OBRAS ESCOGIDAS

 NOVELAS

STEFAN ZWEIG

(1981-1942)

 Stefan Zweig representa uno de los intelectuales más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX.


ÍNDICE

LA ESTRELLA SOBRE EL BOSQUE / LA CONDESA OSTROVSKA (1903)

 

CARTA DE UNA DESCONOCIDA (1922)

 

LOS OJOS DEL HERMANO ETERNO (1922)

CAPÍTULO I / CAPÍTULO II / CAPÍTULO III / CAPÍTULO IV / CAPÍTULO V / CAPÍTULO VI / CAPÍTULO VII / CAPÍTULO VIII / CAPÍTULO IX / CAPÍTULO X / CAPÍTULO XI /

 

24 HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER (1927)

 

EL CANDELABRO ENTERRADO (1937)

 

EN UN LUGAR DE ÁFRICA / NOVELA AUTOBIOGRÁFICA

CAPÍTULO I / CAPÍTULO II /CAPÍTULO III / CAPÍTULO IV / CAPÍTULO V / CAPÍTULO VI / CAPÍTULO VII / CAPÍTULO VIII / CAPÍTULO IX / CAPÍTULO X / CAPÍTULO XI / CAPÍTULO XII / CAPÍTULO XIII / CAPÍTULO XIV / CAPÍTULO XV / CAPÍTULO XVI / CAPÍTULO XVII / CAPÍTULO XVIII / CAPÍTULO XIX / CAPÍTULO XX / CAPÍTULO XXI / CAPÍTULO XXII / CAPÍTULO XXIII / CAPÍTULO XXIV

 

LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN (1939)

 

UNA PARTIDA DE AJEDREZ (1941)

 


  

 

 

LA ESTRELLA SOBRE EL BOSQUE (1903)

STEFAN ZWEIG

 

LA CONDESA OSTROVSKA

Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.

Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus 2 movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador. y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable.

Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.

Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida.

La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.

Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia..., horas y horas a través de bosques y valles, a través 3 de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él...

Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable.

François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad.

Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio.

Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar.

Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero.

Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.

Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.

Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían.

Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se 5 quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad.

François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.

Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella.

Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque... Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.

La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren.

6 De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara.

Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco.

Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo... Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida... Bajo las ruedas... Muerto... En pleno campo...

La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida...

El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos...

FIN

 


 

 

 

CARTA DE UNA DESCONOCIDA

STEFAN ZWEIG

 

Después de una excursión de tres días por la montaña, el famoso novelista R. Volvió a Viena por la mañana temprano, compró un diario en la estación, y al hojearlo se dio cuenta de que era el día de su cumpleaños. “Cuarenta y uno” pensó, y el hecho no le dio ni frío ni calor. Volvió a hojear ligeramente el diario, y en un taxi se dirigió a su casa. El criado le informó de las visitas que había tenido durante su ausencia, así como de las llamadas telefónicas, y le entregó la correspondencia sobre una bandeja. Él la miró distraído, abrió algunos sobres, cuyos remitentes le interesaban, y dejó a un lado uno de letra desconocida, que le pareció muy voluminoso. Entretanto le habían servido el té, y sentado cómodamente en una butaca, hojeó nuevamente el diario y curioseó entre los sobres; encendió un cigarro y tomó otra vez la carta que había apartado. La formaban, aproximadamente, dos docenas de carillas llenas de una escritura muy estrecha, de letra femenina, desconocida y trazada con alguna agitación; más bien parecía un original de imprenta que una carta. Casi inconscientemente apretó el sobre entre sus dedos sospechando que dentro había quedado alguna carta adjunta. Pero estaba vacío y carecía, lo mismo que la extensa epístola, de la dirección del remitente y de la firma. “Es curioso “ pensó, y tomó nuevamente la carta entre sus manos. Arriba a manera de título, aparecía escrito: “A ti, que nunca me has conocido”.

Muy extrañado, se detuvo. ¿Tratábase de una carta destinada efectivamente a él, o a una persona imaginaria? De pronto, saciando su curiosidad, comenzó a leer: “Mi hijo ha muerto ayer. Durante tres días y tres noches he estado luchando con la muerte, queriendo salvar esta pequeña y tierna vida, y durante cuarenta horas he permanecido sentada junto a su cama, mientras la gripe agitaba su pobre cuerpo, ardiente de fiebre día y noche. Al final he caído desplomada. Mis ojos no podían ya más, y se me cerraban sin que yo me diera cuenta. He dormido durante tres o cuatro horas en la dura silla, y mientras dormía se lo ha llevado la muerte. Ahora está allí ese pobre, ese querido niño, en su estrecha camita, tal como murió: únicamente le han cerrado los ojos, aquellos ojos suyos, oscuros e inteligentes; le han cruzado las manos sobre la camisa blanca, y cuatro velas arden a los costados de la cama. No me atrevo a mirarle; no tengo valor para moverme, pues cuando tiemblan las llamas de las bujías, las sombras se deslizan sobre su cara y sobre su boca cerrada, dando la impresión de que sus rasgos se mueven, con lo cual podría yo pensar un momento que no había muerto, que podía despertar para decirme con su voz clara alguna palabra llena de cariño infantil. Pero sé que está muerto y no quiero mirarle para no volver a abrigar una vana esperanza y verme de nuevo desilusionada. Lo sé, lo sé; mi hijo ha muerto ayer y ahora no me queda en todo el mundo nadie más que tú; tú, que no sabes nada de mí; tú, que entretanto te distraes con tus asuntos o con otros hombres.

Sólo te tengo a ti, que nunca me conociste, a quien siempre he querido.

“He tomado una quinta bujía y la he colocado en la mesa, sobre la cual te escribo. Hago esto porque no puedo estar sola con mi hijo muerto sin gritar lo que pesa sobre mi alma, ¿y a quién podría yo hablar en esta hora terrible sino a ti, que has sido y aún lo eres todo para mí? Quizás no pueda explicarme claramente, quizás no me comprendas; tengo pesada la cabeza, siento un latido en las sienes y me duelen los miembros. Creo que tengo fiebre; tal vez es la gripe que anda ahora de puerta en puerta, y esto último sería lo mejor, pues así me iría con mi hijo sin necesidad de hacer nada contra mí misma. De vez en cuando, algo oscuro se me pone delante de los ojos, y acaso no pueda acabar esta carta; pero quiero reunir todas mis fuerzas para hablar contigo esta sola vez, contigo, mi amor, que no me has conocido nunca.

“Sólo a ti quiero hablarte, decírtelo todo por primera vez; debes conocer toda mi vida, que ha sido siempre tuya y de la que nada has sabido jamás. Pero este secreto mío, deberás conocerlo sólo después de mi muerte, cuando ya no necesites contestarme, cuando esto que sacude mis miembros, este escalofrío, signifique realmente el fin. Si he de continuar viviendo haré pedazos esta carta y continuaré callando, como he callado siempre. Cuando la tengas en tus manos será una muerta la que te cuente su vida, su vida, que fue tuya desde su primera hasta su última hora. No debes temer mis palabras; una muerta no quiere ya nada: ni amor, ni compasión, ni consuelo. Sólo deseo algo de ti, y es que creas todo lo que mi dolor, que en ti se refugia, te dice. Créeme todo; sólo ése es mi ruego; no se miente a la hora de la muerte de un hijo único.

“Quiero contarte toda mi vida, esta vida mía que en realidad comenzó en día en que te conocí. Antes no hubo en ella sino algo turbio, y fue como un rincón cualquiera lleno de cosas y hombres torpes, cubierto de polvo y telarañas, de los cuales mi corazón no sabe nada. Cuando tú llegaste, yo tenía trece años y vivía en la misma casa que habitas tú ahora, en la misma casa en la que tienes tú ahora esta carta entre tus manos, como el último aliento de mi vida; vivía en el mismo pasillo, justamente enfrente de tu cuarto. Seguramente ya no te acuerdas de nosotras, de la pobre viuda de un empleado ( siempre iba vestida de luto) y de su delgada niña. Vivíamos tranquilamente, casi sumergidas en nuestra pobreza de pequeñas burguesas. Tal vez nunca hayas oído nuestros nombres, pues no teníamos ninguna chapa en la puerta, y nadie nos visitaba ni preguntaba por nosotras. Es verdad también que ya hace mucho tiempo de esto: quince, dieciséis años; no, seguramente tú no lo recuerdas, querido mío; pero yo, yo me acuerdo apasionadamente de cada detalle y tengo presente como si fuese hoy, el día, mejor dicho la hora, en que oí hablar de ti por primera vez y en que por primera vez te vi; ¡y cómo no recordarlo, si entonces empezó para mí la vida! Consiente, querido, en que te lo cuente todo, todo, desde el principio, te lo suplico, y no te fastidies de oír mi relato, durante un cuarto de hora, pues yo no me he cansado de quererte durante toda mi vida.

“Antes que tu entrases en esa casa vivía en tu cuarto gente mala y comprometedora. Por ser pobres, lo que más odiaban, era la pobreza de los vecinos, la nuestra, ya que no queríamos tener nada en común con su baja brutalidad. El esposo era un borracho y golpeaba a su mujer; a veces nos despertaban durante la noche ruidos de sillas derribadas y de platos rotos; una vez ella, corrió, ensangrentada y con el cabello revuelto, por la escalera, y en su persecución, salió el hombre, hasta que los vecinos se asomaron a las puertas y le amenazaron con llamar a la policía. Desde el primer día mi madre quiso evitar toda relación con ellos, y me tenía prohibido hablar con sus niños, los cuales se vengaban de mi orgullo siempre que se les presentaba alguna ocasión. Cuando me encontraban en la calle, me dirigían palabras obscenas, y una vez me pegaron con pedazos de una nieve endurecida, de tal modo que la sangre corrió por mi frente. Por instinto, todos los demás vecinos de la casa odiaban a aquella familia, y cuando les sucedió algo...-creo que el marido fue encarcelado por robo- y tuvieron que mudarse de casa, respiramos todos de satisfacción. Durante algunos días estuvo colocado el aviso en la puerta que indicaba un cuarto desocupado, y luego lo quitó el portero, por quien se supo en seguida que estaba alquilado. Fue entonces cuando oí tu nombre por primera vez. A los pocos días llegaron los pintores y empapeladores para limpiar y decorar el cuarto sucio y se pasaban todo el día martillando; pero mi madre estaba muy contenta de que aquella gente sucia y escandalosa se hubiera mudado. A ti, en persona, no te vi entonces, ni durante la mudanza, pues el traslado de muebles fue vigilado por tu sirviente, pequeño y serio, de pelo gris, que dirigía todo de una manera silenciosa. El hombre nos infundía respeto; en primer lugar, porque un sirviente era algo nuevo en nuestro barrio, y luego, por la cortesía con que trataba a todos, sin dar confianza ni establecer familiaridad con las sirvientas. Desde el primer día saludó a mi madre con respeto, como si se tratase de una gran dama, e incluso con nosotros, los chicos, era siempre serio y cortés. Cuando pronunciaba tu nombre lo hacía también muy respetuosamente, y al punto se echaba de ver que su afecto hacia ti, era más que el corriente de un sirviente vulgar. Por eso quería yo al buen viejo Juan, a pesar de envidiarle el que pudiera estar cerca de ti y servirte.

“Te cuento toda esta historia, querido mío, para darte a entender cómo desde el principio ejerciste una poderosa influencia sobre aquella tímida niña que era yo. Antes de que tú mismo te hicieras presente en mi vida, había ya un nimbo alrededor de ti, una aureola de riqueza, de un ser especial y misterioso. Todos, en aquella casa del barrio bajo –quienes llevan una vida estrecha sienten curiosidad hacia un recién llegado-, esperábamos con impaciencia tu aparición. Y esta curiosidad aumentó en mí cuando una tarde, al volver del colegio vi un carro de mudanzas delante de la puerta. Me detuve para poder admirarlo todo, pues tus cosas eran tan diferentes a las nuestras, que no las había visto nunca. Había ídolos indios, esculturas italianas, grandes cuadros de vivos colores, y al final venían los libros, tantos y tan bonitos como nunca había podido imaginarme. Los colocaron en la puerta, y allí mismo el sirviente les fue quitando el polvo uno por uno. Me acerqué curiosa y disimuladamente al montón que seguía creciendo; él no me despachó de allí, pero tampoco me animó, y en tal situación no me atreví a tocarlos, aunque me daban ganas de pasar los dedos por las encuadernaciones de blanco cuero. Me limité a mirar tímidamente los títulos: eran libros franceses e ingleses y de algunos no conocía el idioma. Me hubiera quedado mirándolos horas enteras, pero me llamó mi madre.

“Toda la tarde me la pasé pensando en ti, aun sin conocerte todavía. Yo no tenía más que una decena de libros baratos, encuadernados en cartón, usados y rotos; los quería mucho y los leía muchas veces. Y entonces me preguntaba cómo sería el dueño de todos aquellos libros soberbios, que los había leído todos, que comprendía tantos idiomas y que era, al mismo tiempo que rico, tan instruido. Recordando aquel montón de libros sentía hacia su dueño una especie de respeto sobrenatural. Trataba a solas de imaginarme tu figura: tú eras un viejo de gafas y larga barba blanca, parecido a nuestro viejo profesor de geografía, sólo que más bondadoso, más hermoso y de más suave trato, pues no sé por qué ya entonces se me había metido en la cabeza que debías ser buen mozo a pesar de tomarte por un viejo.

Aquella noche, sin conocerte, soñé contigo por primera vez.

“Al día siguiente comenzaste a habitar tu nuevo cuarto; pero aunque yo andaba espiándote no te pude ver, lo cual aumentó mi curiosidad. Pero fin, al tercer día te vi, y la sorpresa me emocionó, pues eras completamente distinto a la idea que de ti me había hecho. Yo había soñado con un viejo de barbas, bondadoso, y te me aparecías –tal como hoy todavía eres-tú el invariable, en quien el tiempo no cambia. Llevabas un encantador traje deportivo gris, y subías las escaleras deprisa, con los modales de un chico, saltando de dos en dos los escalones. Llevabas el sombrero en la mano, y esto me permitió ver tu cara llena de viveza, tu pelo rubio y tu rostro joven; en realidad, quedé impresionada de admiración al comprobar hasta qué punto eras buen mozo, ágil y elegante. Y -¿no es eso extraño?- desde aquel primer instante percibí que había en ti dos hombres: uno joven, ligero, ardiente aficionado al juego y a la aventura, y otro serio hasta el extremo, devoto de su arte, infinitamente instruido. Sentí, sin darme cuenta, lo que todos sienten ante ti: que tienes una doble vida, una de superficie clara y visible para todo el mundo, y otra oculta que sólo tú conoces. Y tal dualidad, tal secreto de tu vida, me atrajo –yo tenía trece años-de manera profunda.

“Comprenderás, querido, ¡qué milagro, qué enigma lleno de interés significabas para mí, todavía una niña! ¡Ver a un hombre por el cual sentía respeto, que escribía libros, que era célebre en un mundo extraño al mío, y presentarse este hombre en la figura de un joven de veinticinco años, elegante y alegre! Debo decirte que desde aquel momento nada de la casa ni de mi pequeño mundo infantil me interesó más que tú; que con la firme tenacidad de una chica de trece años sólo me ocupé de tu existencia. Vigilaba tu persona y observaba todas tus costumbres, examinaba a los hombres que te visitaban, y todo ello, lejos de disminuir mi curiosidad, no hacía sino acrecentarla, ya que la dualidad de tu vida se hacía cada vez más evidente en lo diversos que eran tus visitantes. Llegaban jóvenes amigos tuyos en cuya compañía te reías con satisfacción; llegaban estudiantes pobres o señores en automóvil, y una vez llegó el director de la Opera, el gran director de orquesta, a quien yo, con mucho respeto, había visto desde lejos ante su atril; otras veces eran chicas jóvenes que todavía iban a la escuela de comercio, y entraban en tu casa furtivamente y llenas de timidez; de una o de otra clase, eran muchas las mujeres que te visitaban. Yo no me figuraba nada de particular, ni siquiera cuando una mañana en que me dirigía al colegio, vi salir de tu cuarto a una señora con un espeso velo- pues sólo era una niña- y tampoco me daba cuenta de que la misma apasionada curiosidad con que me dedicaba a seguirte era ya amor.

“Pero recuerdo, querido mío, el día y la hora en que quedé para siempre enamorada de ti.

Acababa de dar un paseo con una amiga del colegio y estábamos las dos charlando delante de la puerta. Llegó un auto y descendiste tú para entrar en tu cuarto. Algo dentro de mí me impulsó a abrir la puerta, y nos cruzamos el uno con el otro. Me lanzaste una suave, cálida y envolvente mirada, llena de ternura, me sonreíste –sí, no puedo decirlo de otra manera afectuosamente, al mismo tiempo que decías en voz baja y casi familiar: “-¡ Muchas gracias, señorita!-“ Eso fue todo, querido, pero desde el instante en que sentí la suavidad y ternura de tu mirada quedé locamente enamorada de ti. Sólo más tarde he comprendido que esa mirada atrayente, y al mismo tiempo desnuda; esa mirada de seductor nato que diriges a cualquier mujer que se halle junto a ti, a la vendedora de tienda o a la sirvienta que abre la puerta; esa mirada no es en ti consciente ni significa ninguna especial inclinación, sino que tu ternura hacia todas las mujeres hace tu mirar siempre dulce y agradable. Pero yo, una niña de trece años, lo ignoraba: me hallaba sumergida en fuego. Pensaba que aquella ternura estaba dedicada a mí solamente, y en aquel instante, en mi derredor, en lo íntimo de aquella criatura todavía a medio formar, se despertó la mujer, una mujer enamorada de ti para siempre.

“-¿ Quién es?-“ preguntó mi amiga.

“Al punto no puede contenerme. Me resultaba imposible pronunciar tu nombre; desde aquel momento habíase convertido para mí en algo sagrado, en un secreto, y le contesté fríamente: “-¡Uno de los tantos que viven aquí!-“ “-¿Y por qué- preguntó mi amiga en un son de burla y con toda malicia de una niña curiosa-¿Te has puesto roja cuando te ha mirado?- “Yo sentí que sus burlas rozaban mi secreto y me puse aún más sofocada. La turbación me impulsó a la grosería: “-¡Idiota!- le dije furiosamente.

“Me dieron ganas de matarla. Pero ella se echó a reír más burlonamente todavía, yo sentí que lágrimas de ira impotente se me agolpaban en los ojos. Me separé de ella y subí las escaleras.

“Te quiero desde aquella hora. Sé que muchas mujeres te han dicho esto mismo y que estás acostumbrado a manjares deliciosos. Pero cree que nadie te ha amado con un amor tan de esclava, tan desinteresado, como aquella niña que yo era y que siempre he seguido siendo para ti, pues nada en el mundo se parece al amor, inadvertido para todos, de una chiquilla oscura; amor sin esperanza, y tan servil, tan modesto, tan vigilante y apasionado como jamás puede llegar a ser el de una mujer ya hecha que, aunque sin quererlo, está llena de deseos y exigencias. Únicamente los niños solitarios pueden ir acumulando todos sus amores; los demás van gastando sus sentimientos en charlas mundanas; los van perdiendo en confidencias mutuas, pues han oído y leído mucho acerca del amor como un juguete, y de él se jactan como los chicos de su primer cigarrillo. Pero yo no tenía a nadie a quien confiarme, nadie podía instruirme o guiarme: era una inexperta sin cuidado, y por lo mismo iba precipitada hacia mi destino. Todo cuanto en mi interior iba brotando aspiraba sólo a ti, como hacia el ser más íntimo. Mi padre había muerto hacía muchos años, mi madre me parecía una extraña, siempre en sus eternos recuerdos de viuda pensionista; odiaba el trato con las amigas del colegio, que tomaban a broma lo que para mí era una pasión. Por lo mismo, todos mis sentimientos concentrados, no compartidos con nadie, eran para ti. Tú significabas para mí -¡Cómo podré explicarme, si cualquier comparación resulta pobre!,- tú eras para mí mi única vida. Nada en mi existencia cobraba sentido sino refiriéndome a ti.

Cambiaste toda mi existencia. Distraída y mediocre colegiala hasta entonces, pasé a ser la primera; por la noche leía y leía libros, pues sabía que a ti te gustaban, y un día, con asombro de mi madre, comencé mis ejercicios de piano, pensando que quizá te agradara la música. Yo misma hacía mis vestidos para presentarme con agradable aspecto, y un delantal de colegio (un antiguo vestido de mi madre), que tenía en el lado izquierdo un remiendo cuadrado, me resultaba odioso. Temía que lo vieses, y lo ocultaba bajo la bolsa de los libros, al subir la escalera. ¡Qué tontas precauciones, pues casi nunca me veías! “A pesar de todo, yo no hacía otra cosa que esperarte y vigilarte. Había en nuestra puerta una ventana redonda por la cual yo veía la tuya. Aquella ventana – no sonrías, querido, que aun hoy mismo no siento vergüenza de aquellas horas- era el ojo del mundo para mí; en aquella antesala fría, con miedo de que mi madre lo sospechase, permanecía sentada, con un libro en las manos, tardes enteras, durante meses y años. Me hallaba siempre cerca de ti, esperándote o siguiéndote; pero tú no podías darte cuenta, no podías prestarme más atención que a la cuerda de tu reloj, que en la oscuridad de tu bolsillo va contando pacientemente las horas; que te acompaña a todas partes con sus imperceptibles latidos, semejantes a los del corazón y al que sólo muy de cuando en cuando lanzas una hojeada entre millones de segundos. Sabía cuanto a ti se refería; conocía todas tus costumbres, cada una de tus corbatas, cada uno de tus trajes; distinguía a cada uno de tus muchos conocidos y los iba clasificando en dos grupos: los que me eran simpáticos y los que no me agradaban.

Desde mis trece hasta mis dieciséis años todas las horas de mi vida han sido para ti. ¡Ah, que tonterías hacía! Besaba el pestillo que tu mano había tocado, levantaba la colilla de un cigarro tuyo como cosa sagrada, porque había estado en tus labios. Cien veces cada tarde corría con un pretexto cualquiera a la calle, para ver en qué lugar de tu habitación había luz y sentir mejor tu presencia invisible. Durante las semanas en que andabas viajando – se me paraba el corazón cada vez que veía al buen Juan con tu bolso de viaje amarillo-, durante aquellas semanas, mi vida no tenía sentido y era como si estuviese muerta... me volvía loca, me aburría y enfermaba, esforzándome al mismo tiempo por que mi madre no notase mi desesperación ni mis ojos irritados, deshechos de llorar.

“Sé que todo esto son excesos; que son tonterías infantiles todo lo que te cuento. Debía darme vergüenza; pero no me da porque nunca mi amor por ti ha sido más puro y más apasionado que en aquellos excesos de niña. Muchas horas y muchos días podría estar contándote de qué manera viví junto a ti en aquella época, sin que tú me vieses; pues cuando te encontraba en la escalera y no podía huir a tiempo, el miedo a tu ardiente mirada me hacía bajar los ojos como quien se arroja al agua para no ser abrasado por una llama.

Muchas horas y muchos días podría pasar contándote la historia de aquellos años, repitiendo todo el calendario de tu vida; pero no quiero aburrirte ni atormentarte. Sólo te voy a contar el más hermoso momento de mi infancia, pidiéndote antes que no te rías de su pequeñez, pues para mí, tan niña, significó algo infinito. Me parece que era domingo. Tú estabas de viaje y tu sirviente iba arrastrando unas pesadas alfombras que acababa de limpiar, hacia la puerta de tu cuarto. El pobre se fatigaba en su trabajo, y en un momento de audacia me acerqué a él y le pregunté si me permitía ayudarle. Me miró a sombrado, pero me lo aceptó, y así pude ver – imposible expresarte con qué respeto y hasta con qué piadosa veneración- el interior de tu cuarto, tu mundo, el escritorio ante el cual solías sentarte y sobre el cual había una jarra de cristal azul con flores; tus armarios, tus libros, tus cuadros.

No pasó de ser una fugaz ojeada a tu vida, pues tu fiel Juan no me hubiese permitido seguramente un examen minucioso; pero en aquel rápido mirar aspiré toda la atmósfera tuya que deseaba para respirar y alimentar mis sueños durante día y noche.

“Ese instante fugaz fue el más feliz de mi niñez. Deseaba contártelo para que comprendas cómo se perdió una vida que de ti dependía. También quiero relatarte lo que pasó en otro momento, poco después del anterior. Por tu causa, -como ya lo he dicho- lo había olvidado todo, incluso a mi madre, ya nada ni nadie me interesaba fuera de tu persona. No prestaba la atención a un señor de cierta edad, un comerciante de Innsbruck, algo pariente de mi madre, que venía a casa frecuentemente y en ocasiones se quedaba bastante tiempo. Mejor dicho me alegraba que viniese; pues a veces llevaba al teatro a mi madre, y así me quedaba yo sola, libre para pensar en ti y observarte, lo cual constituía para mí la única felicidad. Un día me llamó mi madre con ciertos modales enojosos; tenía que hablarme. Palidecí y comencé a sentir los latidos de mi corazón; ¿Había sospechado o adivinado algo? Mi primer pensamiento fuiste tú, el secreto que me unía al mundo. Pero mi madre, un poco turbada ella misma, me besó –cosa que nunca hacía-, me sentó en el sofá y empezó, con vacilaciones y con cierta vergüenza, a decirme, que su pariente, que era viudo, había pedido su mano. Ella había decidido casarse sobre todo por mí. Toda la sangre se me subió a la cabeza, sólo pensaba en ti. “-pero- le pregunté-, ¿Nos quedaremos aquí?- “-No; iremos a Innsbruck.-“ ¡Fernando tiene allí un chalet muy bonito! “No oí más. Algo muy oscuro se me puso delante de los ojos. Más tarde supe que sufrí un desmayo, y que mi madre le había contado a mi padrastro- quien aguardaba detrás de la puerta- que me había dado un ataque, que empecé a retorcerme con los dedos muy separados, y que al fin caí desplomada sin conocimiento. Es imposible expresarte lo que pasó en los días siguientes; cómo me debatí contra una voluntad superior. Aún hoy, al recordarlo, me tiembla la mano. Como no podía revelar el secreto, mi resistencia parecía únicamente terquedad, malévola obstinación. Ya nadie me dio cuentas de nada; todo sucedió a espaldas mías. Aprovechaban las horas en que yo estaba en el colegio para ir haciendo la mudanza, y cada vez que regresaba a casa, todos los muebles de ésta o de la otra pieza habían sido trasladados o vendidos. Vi como nuestro cuarto, y con él mi vida, iba quedándose vacío, hasta que un día los encargados del traslado sacaron lo último que faltaba. En las habitaciones vacías sólo había ya baúles y dos camas plegables, para pasar la última noche, pues al día siguiente sería la partida.

“Ese último día sentí, sin tener que pensarlo, que ya no podría vivir sino próxima a ti. Tú sólo eras mi salvación. No podré decir exactamente lo que pensaba en aquellas horas de desesperación; pero si que de pronto- mi madre había salido- me levanté tal como estaba, con mi vestido de colegio y fui hacia tu puerta. No, no es que fui por mi voluntad; algo empujó mis piernas que parecían sin movimiento, con las rodillas temblorosas hasta tu puerta como hasta un imán. Ya te había dicho que no sabía exactamente lo que quería: tal vez caer a tus pies y pedirte que me tuvieras junto a ti, como criada, como esclava. Temo que te rías de este inocente cariño de una chiquilla de quince años; pero no reirías, querido, si te dieses cuenta de cómo crucé el pasillo helado, con un miedo que me impedía andar, y sin embargo, sintiéndome empujada por una fuerza inexplicable; cómo mi brazo tiraba casi de mi cuerpo inerte, cómo lo levanté temblando y –fue una lucha en una eternidad de terribles segundos- apreté el botón del timbre. Todavía hoy tengo en mis oídos su agudo sonido, y recuerdo también el silencio que siguió y durante el cual se paró mi corazón y toda mi sangre, como aguardando tu llegada. Pero no viniste; no acudió nadie.

Probablemente tú habías salido y Juan estaba haciendo algunos recados; entonces, a tientas, vibrando aún en mis oídos el sonido del timbre, me volví a nuestro cuarto vacío y me dejé caer sobre un baúl, tan abatida tan abatida de los cuatro pasos que había dado, como si hubiese andado por la nieve durante varias horas. Peor bajo aquella extensión ardía aún la decisión de verte, de hablarte antes que me separasen de ti. Te juro que no había en mí ni un solo pensamiento voluptuoso; era todavía inocente, precisamente porque sólo pensaba en ti; lo único que quería era verte por única vez, asirme a ti. Toda la noche, toda aquella noche terrible te esperé, querido mío. Apenas se hubo a costado y dormido mi madre, caminé hasta la antesala para oírte regresar. Estuve aguardando toda la noche, una noche helada de enero. Me sentía cansada, me dolían los miembros y no había una silla para sentarme; entonces me acosté en el suelo frío. Tenía puesto un vestido muy delgado y no había querido llevar allí ni una manta, temerosa de dormirme y dejar de oír tus pasos.

Encogía los pies y brazos temblando; a cada instante tenía que levantarme, tal era el frío que hacía en aquella oscuridad terrible. Pero te esperaba como a mi destino.

“Al fin serían las dos o las tres de la madrugada- oí que se abría la puerta, y momentos después, pasos en la escalera. Dejé de sentir frío; cierto calor me invadió el cuerpo, y silenciosamente abrí la puerta dispuesta a salirte al encuentro y caer a tus pies... No sé, tan niña como era, lo que hubiese hecho en aquel instante. Los pasos se aproximaban y la luz de una bujía temblaba. Agarraba el pestillo con mis manos, también temblorosas. ¿Eras tú el que venía? Sí tú eras, querido mío, pero no venías solo. Oí una risa contenida y alegre, el frufrú de un vestido de seda, y a ti, que hablabas en voz baja. Volvías a casa con una mujer.

“No sé cómo he podido sobrevivir a aquella noche. A la mañana siguiente, a las ocho, me arrastraron a Innsbruck; ya no tenía fuerzas para resistir.

“Mi hijo murió anoche; ahora me quedaré sola nuevamente. Mañana vendrán unos hombres vestidos de negro, extraños y toscos, trayendo un ataúd, y dentro de él colocarán a mi pobre, mi único hijo. Quizás lleguen también algunos amigos para ponerle encima unas pocas flores. Pero ¿qué significan las flores en un ataúd? Intentarán consolarme con palabras, palabras y palabras. Pero ¿de qué sirven las palabras? Sé que he de quedarme otra vez sola, y nada hay más terrible que la soledad entre la gente. Bien lo he experimentado en los dos años que he pasado en Innsbruck, desde mis dieciséis hasta mis dieciocho años, en que he vivido como una desterrada en el seno de mi familia. Mi padrastro, hombre serio y de pocas palabras, era bueno para mí y en cuanto a mi madre, accedía como si quisiera reparar una injusticia, a todos mis deseos. Se me acercaban algunos jóvenes, pero los despreciaba a todos con terquedad apasionada. Lejos de ti no quería vivir feliz y contenta, y voluntariamente me enterraba en un mundo oscuro, de tormento y de soledad. Me negaba a estrenar vestidos de colores variados, así como ir al teatro, a conciertos o de excursión en alegre compañía. Apenas salía a la calle, y ¿puedes creerme, querido mío, que viviendo en una pequeña ciudad durante dos años, no llegué a conocer de ella más que unas diez calles? Deseaba estar triste, y lo estaba; me castigaba en privaciones que yo misma me imponía.

No quería distraerme de mi pasión, y mi único deseo era pensar en ti. Permanecía sola en casa durante horas y días, sin más quehacer que pensar, renovando siempre mil pequeños recuerdos; cada uno de nuestros encuentros, cada una de mis esperas, pasando revista a todos ellos, como en un teatro. Y así, de repetir a cada instante, mil y mil veces cada uno de ellos, se me ha quedado en la memoria toda mi infancia y puedo sentir ardientemente todos los minutos de mi pasado como si ayer mismo hubiesen ocurrido.

“Sólo en ti viví entonces. Compré todos tus libros; el día en que tu nombre aparecía en algún periódico, era para mí el día festivo. ¿Quieres creerme que sé de memoria, línea a línea tus obras? Si alguien me despertase una noche y me señalase una línea cualquiera, hoy, después de trece años, sabría continuar yo como en sueños: te digo que cada una de tus palabras ha sido para mí un evangelio y una oración. El mundo entero no existía sino en cuanto se refería a ti: leía en los diarios de Viena las reseñas de los conciertos y obras de teatro, pensando únicamente cuáles te interesarían, y al llegar la noche, mis pensamientos te acompañaban; ahora- me decía- entra en la sala; ahora se sienta. Lo imaginaba mil veces, porque te había visto una sola vez en un concierto.

“Pero ¿A qué relatarte este frenético cariño trágico y desesperado de una niña abandonada? ¿A qué contárselo a quien nunca se lo imaginó? Pero, realmente, ¿era yo entonces una niña? Tenía diecisiete, dieciocho años, y los jóvenes comenzaban a mirarme al pasar por la calle, lo cual me disgustaba, pues un sentimiento de amor hacia otro que no fueras tú me parecía tan inconcebible, tan absurdo, que la sola idea se me figuraba un crimen. Mi pasión por ti era la misma que años atrás, con la sola diferencia de que al pasar el tiempo se había hecho más ardiente, más física, más femenina, y aquello que no podía presentir la criatura que apretó el timbre de tu puerta, llegó a ser mi pensamiento fijo: entregarme vivamente a ti.

“Los que me rodeaban me juzgaban tímida- pues guardaba mi secreto apretando los dientes-. Pero se iba desarrollando en mí, una voluntad de hierro. Todos mis pensamientos y propósitos se dirigían a lo mismo: volver a Viena, volver junto a ti. Y conseguí que mi voluntad prevaleciera sobre la de los demás. Mi padrastro era rico y me consideraba como a una hija suya. Pero yo insistía tenazmente en ganarme la vida, y al fin obtuve permiso para marcharme a Viena, empleada en una casa de confección, cuyo dueño era un pariente nuestro.

“¿Tendré que decirte hacia dónde dirigí mis primeros pasos al llegar a Viena? Dejé los baúles en la estación, subí precipitadamente a un tranvía- se me figuraba que andaba muy despacio y me irritaba cada una de sus paradas- y corrí hasta ponerme delante de tu casa.

Tus ventanas estaban iluminadas, y mi corazón se puso a cantar. Sólo en ese momento vivía la ciudad y vivía yo, pues estaba cerca de ti, tú, mi sueño eterno. No podía imaginarme que, en realidad, tan lejos de ti estaba en aquel instante, como antes, cuando nos separaban ríos y montañas, no obstante ser un cristal delgado lo que se interponía entre tu persona y mi brillante mirada. Me limitaba a mirar hacia arriba: allí estaba la luz, estaba la casa, estabas tú, estaba mi vida. Durante dos años había soñado aquella hora que estaba viviendo.

Permanecí allí toda la tarde, toda una larga tarde dulce y difuminada, hasta que la luz se apagó: entonces fui a mi habitación.

“Así me pasaba todas las tardes delante de tu casa. Trabajaba en la tienda hasta la seis; el trabajo era duro y penoso, pero me gustaba porque la inquietud del negocio me impedía sentir demasiado dolorosamente la mía. Y cuando al llegar la hora, se cerraban ruidosamente las persianas, corría hacia mi amado puesto de observación. Mi único deseo era verte, encontrarte siquiera una vez, distinguir tu cara una sola vez desde lejos. Pasada una semana, poco más o menos, te encontré precisamente en un momento inesperado; cuando yo estaba mirando a tu ventana, cruzaste tú la calle. Y de repente yo me convertí en la niña de trece años, sentí que la sangre me afluía a las mejillas; involuntariamente bajé la vista, a pesar de mi vivo deseo de contemplar tu rostro, de sentir tu mirada y pasé por tu lado apresurada. Luego me sentí avergonzada de aquella audacia infantil, pues me daba perfecta cuenta de mi propósito: quería encontrarte, te buscaba, quería ser reconocida por ti después de tantos años de ardiente anhelo; quería llamar tu atención, quería ser tu amada.

“Pero durante mucho tiempo no te fijaste en mi persona, a pesar de acudir todas las tardes desafiando a veces remolinos de nieve y el viento helado de Viena. Algunos días esperé varias horas sin resultado; otros, salías acompañado por algún conocido; también te vi dos veces en compañía de una mujer, y entonces sentí algo nuevo dentro de mí; un sentimiento, hasta entonces desconocido, que se manifestaba en saltos bruscos del corazón; se me destrozaba el alma viéndote pasar tan seguro de ti, del brazo de una mujer extraña. No es que me sorprendiera, pues conocía desde mi infancia a tus eternas visitantes; pero entonces sentía un dolor físico, nacía en mí algo nuevo mezclado de hostilidad y de deseo, presenciando tu intimidad con otra. Un día, llena de un orgullo que todavía tengo, no fui a tu casa. ¡Pero qué horrible fue aquella tarde! ¡Al día siguiente me encontraba otra vez humildemente delante de tu puerta esperando, esperando, como lo he hecho siempre ante tu vida, oculta para mí! “Al fin llegó una tarde en que te fijaste en mi presencia. Te había yo visto desde lejos y hacía esfuerzos de voluntad para no apartarme de tu camino. Quiso la fortuna que un carro obstruyese parte de la calle, obligándote a pasar cerca de mí. Involuntaria y distraídamente, me miraste, notaste mi intención, y al punto- aún me asusta el recuerdo- tu mirada fue esa que dedicas a todas las mujeres, esa mirada tierna y envolvente que desnuda, la misma mirada fija y larga que me había transformado, de niña en mujer, en amante. Durante uno, dos, tres segundos, tu mirada se cruzó con la mía, que yo no podía apartar de tu persona, y desapareciste. Me palpitaba el corazón; inconscientemente debí retardar mi paso, y al volver la cabeza, presa de invencible curiosidad, te vi parado, siguiéndome con tu mirada.

Y por la manera de fijarte, con curiosidad e interés, comprendí que no me reconocías.

“Ni me reconociste entonces, ni me has reconocido nunca. ¿Cómo podré, amor mío, describirte mi desilusión de aquel momento, de aquella primera vez en que sentí mi sino de no ser reconocida; este destino que acompaña toda mi vida- con el que muero al fin- de ser desconocida, siempre desconocida para ti? ¿Cómo podré expresarte tal desilusión? Porque has de saber que, durante los dos años pasados en Innsbruck, donde pensaba en ti a todas horas, siempre que me imaginaba el instante de volver a verte, me lo pintaba de distintas maneras: unas veces horrible y otras feliz, según mi estado de ánimo. Soñaba todas las posibilidades; en los peores momentos me figuraba que tú no me aceptarías por demasiado insignificante, por demasiado fea, por demasiado pretenciosa; como una visionaria apasionada me había representado todas las formas de tu frialdad y de tu indiferencia; pero sólo una cosa no había entrado en mis cálculos, ni siquiera en las horas de mayor pesimismo: que ni te dieses cuenta de mi existencia.

Sí, hoy lo comprendo- tú en cambio, no has logrado comprenderme-; el rostro de una niña, de una mujer, tiene que ser forzosamente, para un hombre, algo extremadamente variable; a menudo no pasa de ser un espejo, bien sea de pasión, de ingenuidad o de cansancio, cuya expresión se borra pronto, como sucede con todas las imágenes de los espejos. A un hombre se le puede ir de la memoria fácilmente la cara de una mujer, tanto más cuento que la edad hace cambiar las luces y las sombras, y cada nuevo vestido es un marco diferente.

Las que se resignan son las verdaderamente iniciadas en el secreto de la vida. Pero yo, la mujer que yo era en aquella época, no alcanzaba a comprender tu falta de memoria, y a fuerza de ocuparme de ti había llegado a creer que tú también debías ocuparte de mí, pensar en mí y esperarme. ¡Cómo hubiese podido vivir con la verdad de que no significaba nada para ti; de que en tu memoria no había el menos recuerdo mío! Y aquel despertar ante tu mirada que me indicaba tu olvido, que me decía que ningún hilo de recuerdo, siquiera fuera sutil como el de una telaraña, ligaba tu vida a la mía, fue mi primera caída en la realidad, el primer paso de mi destino.

“Entonces no me reconociste; y cuando dos días más tarde tu mirada se posó sobre mí con cierta familiaridad, tampoco viste en mí a la muchacha que te había amado y a la que tú habías despertado, sino a la bonita muchacha de dieciocho años que hace un par de días habías visto en el mismo lugar. Me miraste agradablemente sorprendido, y una leve sonrisa anduvo jugando por tus labios. Cruzaste y acortaste el paso; yo temblé, y en mi interior hubo gritos de júbilo; recé para que me dirigieses la palabra. Sentí que por primera vez era para ti una mujer viva; retardé por mi parte el paso, y enseguida te sentí a mis espaldas. Sin volverme tuve la certidumbre de que por primera vez iba a oír tu voz tan querida. Esta esperanza me paralizó y empecé a temer que iba a detenerme sin remedio, cuando tú te pusiste ya a mi lado. Me dirigiste la palabra de un modo sincero y alegre, tal como si fuésemos amigos de años atrás.-¡Ah, tú no sabías ni has sabido nunca nada de mi vida!- Me hablaste de una manera tan admirablemente limpia de reservas, que yo no podía contestar fácilmente. Cruzamos toda la calle y me preguntaste si me gustaría que comiésemos juntos, cosa que yo acepté. ¿Cómo hubiese podido negarte nada? “Comimos en un pequeño restaurante. ¿Sabes dónde? ¡Ah, no; tu memoria aquella tarde no se diferencia de otras muchas! Pues ¿Qué significaba yo para ti? Una entre ciento, una aventura más en una cadena de aventuras. Y por otra parte, ¿Qué recuerdo pude dejar en ti? Hablé poco, porque era demasiado feliz sintiéndome junto a ti, oyéndote hablar. No quería perder una sola palabra tuya, con ninguna pregunta, con cualquier palabra tonta. Jamás olvidaré aquella hora deliciosa, en que me colmabas de apasionado respeto, mostrándote tan delicado, tan desenvuelto, y con tal tino, lejos de toda vulgar ternura, y tan lleno de segura, de amistosa familiaridad, que hubieses ganado toda mi voluntad, de no haber sido tuya de antemano. No puedes calcular lo feliz que me hacías no echando por tierra los cinco años de mi ilusionada espera infantil. Era tarde cuando salimos. A la puerta del restaurante me preguntaste si tenía prisa o disponía todavía de tiempo. ¿Cómo podía yo ocultarte que estaba a tu disposición? Te respondí que tenía tiempo todavía, y entonces me preguntaste, tras una ligera vacilación, si quería acompañarte hasta tu casa, para conversar allí un poco.

“Con mucho gusto”, dije delatando mis sentimientos, y pude notar que mi rápida aceptación te sorprendía, no sé si penosa o agradablemente; de cualquier modo, te vi algo sorprendido. Hoy comprendo bien tu sorpresa; hoy sé que entre las mujeres es costumbre, incluso cuando sienten un ardiente deseo, comenzar por negar, fingir temor o indignación; dejarse convencer por medio de súplicas conmovedoras, de mentiras, de juramentos y promesas. Hoy sé que acaso únicamente las profesionales del amor, las prostitutas, aceptan sin dudar, alegremente tales invitaciones, y quizá también las niñas cándidas, las ingenuas adolescentes. Pero en mí-¿Cómo podrías dudar de ello?- era únicamente la voluntad reconociéndose a sí misma, el deseo ardiente y contenido durante miles de días, que se manifestaba en un solo instante. El caso es que tú estabas sorprendido, y que yo empezaba a interesarte. Yendo a tu lado me di cuenta de que me mirabas con curiosidad. Tu intuición tan segura para todo lo humano, te decía que estabas ante algo excepcional, que algún secreto había en aquella linda jovencita. Desperté tu curiosidad y me di cuenta de ello por tu manera de preguntar, por aquella forma envolvente, hecha para adivinar mi secreto.

Llegamos a tu cuarto. Perdona querido, si te digo que tú no puedes comprender lo que fue primero aquel paseo y luego aquella escalera para mí: un vértigo, una confusión, una frenética felicidad, una dicha deliciosa que casi me mataba. Todavía hoy me es imposible recordarlo sin lágrimas, a pesar de que ya no me queda más que llorar.

“Pero yo me defendía y me ocultaba; prefería parecer una tonta a sacrificar mi secreto.

“Imagínate que todo cuanto veía se hallaba impregnado de mi pasión, y cada cosa se me aparecía como un símbolo de mi infancia, de mi anhelo; la puerta donde te había aguardado miles de veces; la escalera en la que resonaban tus pasos y en la que te vi por primera vez; la ventana a través de la cual toda mi alma te había estado espiando; la estera de delante de tu puerta, sobre la cual, en una ocasión, me había arrodillado; el ruido de la llave que me había despertado; toda mi infancia, toda mi pasión animada en aquellos pocos metros: allí estaba toda mi vida y toda ella caía sobre mí como una tempestad en aquel instante, en que todo lo soñado se realizaba, porque iba contigo, ¡Contigo a tu casa, a nuestra casa! Considera- parece una simpleza, pero no puedo explicarme de otro modo- que para mí, la realidad, el mundo me habían parecido cosas torpes y banales durante toda la vida hasta llegar a tu puerta y que, traspasando aquel umbral, comenzaba el país encantado de los niños, el reino de Aladino; considera que miles de veces había mirado con ardientes miradas aquella puerta por la que entraba entonces vacilante. Tú puedes presentir- pero nada más que presentir, pues nunca lo sabrás del todo, querido- las horas de mi vida que palpitaron en aquel brevísimo instante. Pasé contigo toda la noche. No te diste cuenta de que ningún hombre antes que tú había contemplado y tocado mi cuerpo jamás. ¿Cómo hubieras podido sospecharlo, amor mío, si yo no te oponía ninguna resistencia, si reprimía toda pudorosa indecisión, con el sólo propósito de que no adivinases el secreto de mi amor, que te hubiera asustado seguramente? Porque tú no concibes el amor sino como una cosa ligera y juguetona, sin ninguna importancia; temes mezclarte en el destino de una extraña; quieres gustar sin medida todas las alegrías del mundo, pero rehuyes el sacrificio. ¡Amado mío, si ahora te declaro que era pura y virgen cuando me entregué a ti, no tomes en mal sentido mis palabras! No te acuso de nada, puesto que no me sedujiste, no me mentiste; fui yo misma la que me ofrecí, la que me lancé a tu pecho, la que me arrojé a mi destino. No te acusaré nunca, no; por el contrario, te lo agradeceré siempre pues aquella noche fue para mí infinitamente hermosa y resplandeciente de alegría y me encontraba como sumergida en felicidad. Al abrir los ojos en la oscuridad y sentirte a mi lado me pareció extraño, no ver arriba estrellas, pues sentía tan cerca el cielo. No, mi adorado, nunca, nunca me he arrepentido de aquella hora. Todavía recuerdo que, mientras tú dormías y sentía yo tu aliento y me veía tan cerca de ti en la oscuridad, lloraba de alegría.

“Me fui por la mañana temprano. Tenía que ir a la tienda, y, además, quería salir antes de que entrara el sirviente. Una vez vestida ante ti, me abrazaste y te quedaste mirándome fijamente durante mucho tiempo; ¿era, quizás, que pasaba por tu memoria algún borroso recuerdo, o únicamente que yo te parecía bonita y feliz? Enseguida me besaste en la boca, yo me alejé y quise irme. Entonces me peguntaste: “¿No quieres llevarte algunas flores?” Dije que sí. Tomaste cuatro rosas blancas de la jarra de cristal azul, que estaba sobre tu escritorio-¡Ah, la conocía bien desde aquella única ojeada furtiva que, siendo niña, pude lanzar a tu cuarto! Y me las diste. Las estuve besando durante varios días.

“Antes de separarnos habíamos convenido en reunirnos otra tarde. Volví a tu casa y todo volvió a parecerme delicioso. Todavía me concediste una tercera noche, y después me dijiste que tenías que ausentarte-¡Oh, cómo odiaba tales viajes desde mi infancia!- y me prometiste avisarme a tu regreso. Te di una dirección en la lista de Correos, pues no quería decirte mi verdadero nombre. Guardaba mi secreto. De nuevo al despedirnos me diste algunas rosas.

“Día por día, durante dos meses, iba yo a preguntar...; Pero no, ¿Para qué pintarte aquel tormento infernal, aquella espera desesperada? No creas que te acuso: te quiero tal como eres, ardiente, olvidadizo, generoso e infiel; te quiero sólo así, como eras y como eres todavía. Habías regresado hace mucho tiempo, pues me lo decían tus ventanas iluminadas, y no me escribías. No tengo una sola palabra escrita por ti, ni una sola palabra en esta mi última hora, ni una palabra de ti, a quien he dedicado toda mi vida. No he hecho más que esperar, esperar y no conseguir nada. Pero ni me has llamado, ni me has escrito una sola palabra..., una sola palabra...

“Mi hijo ha muerto ayer...;era también tuyo. Era tu hijo también, querido mío; hijo de aquellas tres noches; te lo juro y nadie miente a la sombra de la muerte. Era hijo nuestro, pues ningún hombre me tocó desde aquella vez en que me entregué a ti, hasta el día en que salió de mi vientre. Consideraba mi cuerpo como sagrado por el contacto tuyo. ¿Cómo hubiera podido dividir mi persona entre tú, que lo eras todo para mí, y los demás que pasaban junto a mí, banalmente? Era hijo nuestro, adorado niño, fruto de mi amor consciente y de tu inconsciente y disipada ternura; hijo nuestro, nuestro único hijo. Tú te preguntarás- tal vez asustado, sólo asombrado- por qué te he ocultado la existencia de ese niño, mientras en efecto existía, y por qué sólo hoy te hablo de él, hoy, cuando está ya en la inmensidad, durmiendo, durmiendo para siempre; cuando se ha marchado para no volver más, ¡nunca más! Nunca me hubieras creído, nunca hubieras creído a la mujer extraña que se te había entregado sin reparo, sin resistencia alguna durante tres noches; nunca hubieras creído a aquella anónima capaz de tanta fidelidad hacia ti, que eras tan infiel, y jamás le hubieses reconocido, sin desconfianza, como hijo tuyo.

“Ni aun en el caso de que mi afirmación te hubiese parecido sincera, jamás hubieras podido desechar la secreta sospecha de que se tratara de un intento de suplantar el hijo de un cualquiera por el de un hombre rico. Hubieses tenido la sospecha y una sombra, una ligera desconfianza hubiérase interpuesto entre tú y yo. En cuyo caso, yo te conozco, te conozco mejor que tú mismo- sé que hubiera significado un peso en tu amor-pues sólo quieres lo alegre y lo descuidado- el pensamiento de ser padre y de sentirte responsable de la suerte de otro ser. Tú, que no has conocido más que la libertad, te hubieses sentido ligado a mí. Y me hubieras-sí, contra tu voluntad- odiado por esa misma ligadura. Quizá durante algunas horas, quizá durante algunos minutos me maldecirías, y eso no podía aceptarlo mi orgullo; yo quería que tú pensases en mí durante toda la vida, sin una sola nube que ensombreciese el recuerdo. He preferido echarlo todo sobre mí, antes que convertirme en una carga para ti y ser la única, entre todas las mujeres que has conocido, en la que puedas pensar con amor y gratitud. Pero nunca has pensado en mí, me has olvidado.

“No te acuso, querido mío, no te acuso. Perdona si de vez en cuando una palabra hiriente hacia tu corazón se desliza en mi pluma, perdóname; mi hijo, nuestro hijo, está muerto bajo la luz vacilante de las cuatro velas; he amenazado con mis puños a Dios y le he llamado asesino, pues tengo mis sentidos locos y turbados. ¡Perdóname la queja! Sé que en el fondo eres bondadoso y compasivo y que ayudas a cuantos reclaman tu auxilio, incluso al más desconocido, pero tu bondad es muy curiosa; es una bondad que, en efecto, está abierta para todos y al alcance de lo que cada uno pueda tomar, pues ella es infinita, pero al mismo tiempo es indolente. Quiere que vayan hasta ella a tomarla. Tú ayudas cuando se te quiere, cuando se te pide; concedes tu auxilio por pudor, por debilidad, no por la alegría que da el hacerlo. Más amor sientes- te lo digo francamente- por el hombre feliz que por el atormentado.

“Y a los hombres como tú, incluso a los mejores entre ellos resulta difícil pedirles nada.

Una vez siendo yo niña, vi a través del vidrio de mi puerta como le dabas limosna a un mendigo. Se la diste apresuradamente, mucho antes de que el mendigo te hubiera pedido nada. Se la diste con cierta preocupación temerosa, como si huyeras de ver sus ojos. No he podido olvidar aquella manera inquieta y a la vez tímida de dar limosna, huyendo de la gratitud. Por eso nunca me he dirigido a ti. Tengo la seguridad de que me hubieras ayudado en aquella época, aun no teniendo la seguridad de que se trataba de tu hijo; me hubieras consolado, me hubieras dado dinero... mucho dinero, pero siempre con el inquieto afán de apartar de ti lo desagradable. Sí, creo que hubieras llegado a persuadirme de que me separase de mi hijo, y yo lo hubiese hecho, porque, ¿qué podría negarte? Pero este hijo lo era todo para mí por ser tuyo; eras tú mismo, pero no tú el feliz, el despreocupado que podría escapárseme a cada momento, sino el dedicado- así lo creía- para siempre a mí, el ligado de por vida a mí. En él podía sentir crecer tu vida en mis venas, podía alimentarte, darte de beber, hacerte caricias, besarte cuando en mi alma ardiera tal deseo. Ya ves, querido; por todo eso me sentía tan dichosa al saber que iba a tener un hijo tuyo, y por ello lo callaba; así ya no te me podrías escapar.

“Si he de decirte la verdad, no todo fue felicidad durante algunos meses, como antes lo había imaginado. Pasé también tormentos, y me llené de asco ante la bajeza de los hombres.

No era fácil la vida para mí. Durante el último período de mi embarazo tuve que dejar de ir a la tienda para no llamar la atención de mis parientes que podían avisar a mi familia. No quería pedir dinero a mi madre, y viví, hasta dar a luz, vendiendo algunas alhajas. Una semana antes del parto la lavandera me robó del armario las últimas y pocas coronas que me quedaban, y me vi precisada a entrar en un hospital público. Allí, hasta donde se arrastran las más pobres, las reprobadas, las olvidadas, allí, en medio de la miseria, nació el niño, tu hijo. Aquello era para morirse; todo era extraño, extraño a todo; estábamos ahí, extrañas entre nosotras; todas solitarias y llenas de odio las unas contra las otras, sin que nos uniera más que la común miseria y el tormento, hacinadas en aquella sala de cloroformo y de sangre, de gritos y de quejidos. Todas las humillaciones y vergüenzas físicas y morales que tiene que sufrir la pobreza, las sufrí yo, mezclada con mujeres de la vida y enfermas en comunidad de suerte. Sufrí a aquellos médicos, jóvenes y desvergonzados, que levantaban sonriendo sarcásticamente las sábanas de las mujeres indefensas para tentarlas bajo pretexto de una falsa ciencia; sufrí la avaricia de las enfermeras. ¡Oh, allí el pudor humano es crucificado por las miradas, y amenazado por las palabras! Allí no éramos más que rótulos en que se leían nuestros nombres, pues lo que quedaba en la cama se reducía a un trozo de carne contraído de convulsiones, manoseado por los curiosos, objeto de exhibición y de estudio. ¡Ah, las mujeres que en sus propias casas dan hijos a sus maridos, que aguardan con impaciente ternura, no saben lo que significa dar a luz, sola, indefensa y como sobre una mesa de experimentos! Todavía hoy, cuando leo en algún libro la palabra “infierno”, no puedo menos de pensar inmediatamente, y bien a mi pesar, en aquella sala llena de gemidos, de risas y de gritos sangrientos en que sufrí como en un matadero del pudor.

“Perdóname que hable de esto. Pero es sólo esta vez, nunca más. He callado durante once años, y dentro de poco estaré muda para toda una eternidad. Tenía que gritar una vez, gritar una vez lo caro que me ha costado ese hijo de mi dicha y que ahora está ahí sin aliento.

Había olvidado hacía mucho tiempo aquellas horas de tortura, por la sonrisa, por la voz de mi hijo, por la felicidad; pero, ahora muerto él, revive el tormento y tengo que gritarlo siquiera esta única vez. Pero no te acuso a ti; no acuso más que a Dios, sólo a Dios, que ha permitido este suplicio sin sentido. No te acuso a ti, te lo juro; jamás, ni en momentos de ira, me he rebelado contra ti. Ni en aquella hora en que mi cuerpo se retorcía de dolores y ardía de vergüenza bajo la mirada de los estudiantes de la clínica, ni en aquel segundo en que el dolor desgarró mi alma, te acusé ante Dios; nunca me he arrepentido de nuestras noches de amor; siempre he bendecido la hora en que te cruzaste en mi camino; jamás he tenido un reproche para mi amor por ti, y te he amado siempre... y si por ser tuya nuevamente tuviese que volver a pasar por este infierno, iría a ti otra vez, aún sabiendo de antemano lo que me esperaba; ¡Iría a ti, mi adorado, otras mil veces más!.

“Mi hijo ha muerto ayer... tú no le has conocido. Nunca ni en el casual y fugaz encuentro nuestro se ha posado tu mirada sobre este pequeño ser en que tu ser florecía. Durante mucho tiempo, mientras tenía un hijo tuyo, me escondí de ti; mi anhelo era menos doloroso, y llegó a parecerme que te amaba con menos pasión; al menos no me hacía sufrir tanto desde el instante en que tuve a tu hijo. No quería dividirme entre tú y él, y por eso me consagré, no a ti, al hombre feliz y que vivía lejos de mí, sino a la criatura a la que debía alimentar; a la que debía besar y abrazar. Me parecía como si me encontrara a salvo de las pasadas inquietudes de mi destino, salvada por este segundo tú, que era, en realidad, el mío; raras veces mis sentimientos me empujaban humildemente junto a tu casa. Sólo hacía una cosa: siempre al llegar tu cumpleaños te enviaba un ramo de rosas blancas exactamente iguales a las que me diste después de nuestra primera noche de amor. En estos diez u once años transcurridos, ¿Te has preguntado alguna vez quién te las enviaba? ¿Has recordado alguna vez a aquélla a quien diste unas rosas iguales? No lo sé ni lo sabré jamás.

Enviártelas desde un oscuro anonimato, hacer revivir aquella hora una vez cada año, era para mí suficiente.

“No has llegado a conocer a nuestro pobre hijo; hoy me acuso de habértelo ocultado, pues lo hubieses querido. No le has llegado a conocer, y no le has podido ver sonreír, cuando abriendo sus párpados, dejando ver sus ojos negros e inteligentes- tus ojos-, lanzaba una luz alegre sobre mí y sobre el mundo entero. ¡Ah, era tan alegre, tan encantador! Toda la gracia ligera de tu carácter renovábase en él de manera infantil y en él se hallaba también toda tu vida y tu ágil fantasía; durante horas enteras podía estar jugando, como un enamorado, con un objeto cualquiera, como tú has jugado siempre con la vida, y luego se le podía haber sentado ante sus libros en una actitud seria, con las cejas fruncidas; cada día se parecía más a ti; incluso comenzaba a desarrollarse en él esa dualidad de carácter propicia a la labor seria y al juego, que tú tienes, y cuando más se te parecía, más lo quería. Aprendía con rapidez y charlaba en francés como una cotorrita; sus cuadernos eran los más limpios de la clase, ¡Estaba tan encantador y tan elegante con su traje de terciopelo negro, o con el otro, blanco, de marinero! Por todas partes donde íbamos resultaba siempre el más distinguido.

En Grado, cuando paseábamos por la playa, todas las señoras se paraban y acariciaban sus largos cabellos rubios, y en el Sennering, cuando iba en trineo, todo el mundo se paraba para admirarle. ¡Era tan bonito, tan suave, tan cortés! Cuando el año último entró como interno en el Theresianum, llevaba su uniforme y su espada como un soladito del siglo XVIII; ahora el pobre no tiene más que su camisa, y está allí con los labios pálidos y las manos cruzadas.

“Pero tal vez te preguntes cómo he podido criar a mi hijo con tanto lujo, cómo he podido darle esa vida alegre de los niños ricos. Querido mío, te hablo desde la oscuridad y no me avergüenzo de decírtelo; pero no te asustes: querido mío, me he vendido. No he llegado a ser eso que se llama una chica del arroyo, una mundana, pero me he vendido. Tenía amigos ricos y galantes. Primeramente los busqué yo, y después me buscaron ellos, porque yo era- ¿no lo habías notado?- una mujer muy bonita. Cada uno de aquellos a quienes me entregaba me tomaba cariño; todos se enamoraban, todos se mostraban adictos y me querían todos, excepto tú, amor mío.

“¿Me desprecias desde que te he dicho que me he vendido? No; sé que no me desprecias, sé que eres comprensivo, y entenderás también que lo he hecho solamente por ti, por tu otro yo, por tu hijo. Desde que estuve en el hospital probé el tormento que significa la miseria, me di cuenta que en este mundo, el pobre siempre será el maltratado, el humillado, la eterna víctima, y no quise, me costara lo que me costara, que tu hijo, radiante de belleza, creciese en los bajos fondos de los patios humildes: sus tiernos labios no debían emplear el lenguaje del arroyo, ni su cuerpo tan blanco, ponerse esa triste ropa enmohecida de los pobres. Tu hijo debía tenerlo todo: riqueza, facilidades, para elevarse hasta ti, hasta tu esfera de vida.

“Por eso, y sólo por eso, querido mío, me vendí. No era ello ningún sacrificio para mí, pues lo que se llama honor y vergüenza me parecían cosas sin importancia. No me quería tú, tú a quien debía pertenecer mi cuerpo, y, por lo tanto, me era indiferente lo que se hiciera de él. Las caricias de los hombres y hasta sus más profundas pasiones no alcanzaban a rozar mi corazón aunque llegase a estimar a algunos y su amor no correspondido me conmoviese pensando en mi propio caso. Todos eran buenos para mí. Todos me mimaban y todos me respetaban, especialmente un viudo, un marqués que se pasó las horas a las puertas del Theresianum para conseguir la admisión de mi hijo sin padre, de tu hijo; como a una hija me quería, por su parte. Tres o cuatro veces me ofreció su mano; hoy podría yo ser marquesa, dueña de un castillo encantador en el Tirol; podría vivir sin inquietudes; mi hijo hubiera tenido un padre cariñoso, capaz de adorarle, y yo un marido bondadoso y distinguido; pero no acepté sus proposiciones, no obstante habérmelas reiterado muchas veces y a pesar de que negarle lo que me pedía me dolía a mí misma. Quizás fue una locura, pues de otro modo hubiera vivido tranquilamente y mi hijo junto a mí; pero -¿por qué no confesarlo?- no quería ligarme a nadie: quería conservarme libre para ti, en todo momento. Vivía aún dentro de mí, el sueño de mi infancia; acaso alguna vez me llamases, aunque sólo fuese por una hora. Y por esa posible hora rehusé todo, con objeto de encontrarme n la libertad de acudir a tu primera llamada. ¡Toda mi vida no ha sido otra cosa que una especie de tu voluntad! “Y esa hora soñada llegó en realidad. ¡Pero tú no lo sabes ni puedes sospecharlo, querido mío! Tampoco entonces me conociste; nunca, nunca me has conocido. Ya antes te había encontrado a menudo en teatros, en conciertos, en el Prater, en la calle, cada vez que te veía me palpitaba fuertemente el corazón; pero tú pasabas sin advertirme. Es cierto que en lo exterior resultaba muy otra; la niña tímida de los primeros tiempos, habíase convertido en una mujer bonita, como decían mis amigos, cubierta de magníficas toilettes y rodeada de admiradores. ¿Cómo podrías reconocer en mí a aquella tímida muchacha que habías contemplado a la luz crepuscular de tu pieza? A veces, alguno de mis acompañantes te saludaba, y tú, al contestarle, me mirabas; pero tu mirada era la de un extraño: una mirada cortés y admirativa, pero sin reconocerme jamás. En cierta ocasión, me acuerdo muy bien, ese olvido de mi persona fue para mí un ardiente suplicio. Estaba yo en un palco de la Opera con algunos amigos, y tú te encontrabas en el palco vecino. Se apagaron las luces y ya no pude ver más tu cara, pero sentía tu aliento como en aquella otra noche, y sobre el terciopelo de la barandilla descansaba tu mano; tu mano fina y elegante. Se apoderó de mí el vivo deseo de inclinarme sobre ella y besarla humildemente. La misma música no hacía sino excitarme, mi anhelo era cada vez más intenso, y tuve que hacer terribles esfuerzos para contenerme: tan poderosamente atraía a mis labios aquella mano adorada. Terminando el primer acto le pedí a mi amigo que saliéramos. No podía soportar más tenerte junto a mí en la oscuridad, tan cerca y tan lejano.

“Pero llegó la hora, llegó una vez, la última vez en mi pobre vida. Hace un año, justamente en el día de tu cumpleaños. Es curioso: había estado pensando en ti todo el día, pues festejaba el aniversario de tu nacimiento como una gran fiesta. Por la mañana temprano había salido a comprar las rosas blancas que todos los años te enviaba en memoria de aquella hora olvidada por ti. Por la tarde salí con mi hijo, fui al teatro, pues quería que no dejase él de festejar el día, aunque no conociera su motivo. El día siguiente lo pasé con un joven y rico fabricante de Bruenn, con quien vivía desde hacía dos años, hombre que me adoraba y deseaba casarse conmigo, como los otros, y cuyas proposiciones rechazaba yo, en apariencia sin razón, como las de los otros; nos colmaba de mimos a mí y a mi hijo, sin regatear nada, y era digno de ser amado por su bondad, un poco torpe y servil.

Fuimos a un concierto donde encontramos gente muy alegre, cenamos en un restaurante de la Ringstrasse, y en medio de las risas y de la charla general le propuse ir a un dancing, el Tabarín.

“Esos salones de baile con su alegría artificial y alcohólica no me gustaban nada, y siempre que se me proponía acudir a uno de ellos me negaba; pero esta vez –era como un poder mágico el que me impulsaba a proponerlo yo- sentía un inexplicable deseo, como si algo extraordinario me aguardase allí. Acostumbrados a complacerme, todos los amigos se levantaron enseguida; fuimos al dancing, donde comenzamos a beber champaña y de repente se apoderó de mí una furiosa, casi dolorosa alegría, como no había sentido nunca.

Bebía y bebía, acompañando las canciones frívolas de los demás, y sentía un ardiente deseo de bailar o de dar gritos de júbilo. Pero de pronto- fue como si algo frío o caliente se posase sobre mi corazón- tuve un sobresalto, como si recibiese un golpe: en la mesa vecina estabas tú sentado con algunos amigos y me dirigías una mirada admirativa y deseosa, esa mirada que siempre me ha estremecido hasta el fondo de mi alma. Por primera vez, desde hacía diez años me mirabas de nuevo con esa fuerza inconsciente, apasionada de tu ser. Temblé; casi se me cayo el vaso de la mano. Por fortuna, mis compañeros no notaron mi turbación, que se perdió entre la risa general y la música. Tu mirada se hizo más ardiente y me sumergió en fuego. Yo no sabía si al fin me habías reconocido o si me deseabas simplemente como a una mujer desconocida para ti, como a cualquier otra, como a una completamente extraña. Se me agolpó la sangre en la cabeza y empecé a contestar distraídamente a mis amigos. Indudablemente tú te habías dado cuenta de la turbación que me producía tu mirada. Sin que los otros lo notasen, me hiciste una seña para que te siguiera hacia el vestíbulo. Enseguida pagaste muy gentilmente y te despediste de tus camaradas, no sin indicarme nuevamente que me esperabas fuera. Yo temblaba como si tuviese fiebre, y ya no podía contestar a las derechas ni dominar la excitación de mi sangre.

Quiso la fortuna que una pareja de negros comenzara a bailar taconeando ruidosamente y lanzando gritos agudos. Todos se volvieron a mirarles, y yo aproveché aquel instante. Me levanté, dije a mi amigo que volvería al poco rato y te seguí.

“Estabas esperándome, en la antesala. Cuando llegué se aclaró tu mirada y viniste a mi encuentro con una sonrisa. Noté enseguida que no me reconocías, que no reconocías ni a la niña, ni a la mujer; me deseabas otra vez como a alguien nuevo para ti, como una desconocida.

“-¿También para mí puede usted disponer de una hora?- me preguntaste con familiaridad.

Pro el tono seguro en que me hablabas, comprendí que me tomabas por una de tantas mujeres vulgares.

“-Sí- respondí.

“Era el mismo ‘sí’ de temblorosa complacencia con que te había respondido en la calle, hacía diez años, a la luz del crepúsculo, la muchacha que había sido yo.

“-¿Y cuándo podríamos vernos?- me preguntaste.

“Cuando te parezca- contesté sin ninguna clase de rubor ante ti.

“Me miraste un poco extrañado, con el mismo desconfiado asombro y la misma curiosidad que en la ocasión pasada, cuando te sorprendió mi precipitación de aceptar tu pedido.

“-¿Podría ser ahora?- me preguntaste con un tono de duda.

“-¡Sí- contesté-, vamos! “Quise ir al guardarropa para buscar mi abrigo. Me acordé que mi amigo se había quedado con el número correspondiente a los abrigos de todo el grupo. No me era posible pedírselo sin darle explicaciones de talladas, y por otra parte, no quería desaprovechar aquella hora que desde hacía años esperaba con tanto ardor. No dudé ni un segundo: me puse el echarpe y salí aquella noche húmeda y brumosa, sin preocuparme del abrigo, sin preocuparme de aquel hombre bueno y cariñoso con quien vivía desde hacía años y a quien iba a poner en ridículo delante de sus amigos, abandonándole a la primera llamada de un desconocido. ¡Oh! Razonaba perfectamente de la bajeza, de la ingratitud, de la infamia que cometía con aquel amigo sincero; sentía que mi atracción era cobarde y que con mi locura desgarraba mi vida; pero, ¿Qué significaba para mí la amistad, qué significaba la existencia al lado de la impaciencia de sentir nuevamente tus labios y de oír de nuevo la suavidad de tu palabra? Así te he amado; ahora puedo decírtelo, ahora que todo ha pasado ya y que todo se acaba. Y creo que si recibiera una llamada tuya en mi lecho de muerte, aún tendría fuerzas para levantarme y para correr a tu lado.

“Había un coche a la puerta y en él fuimos a tu casa. Oí otra vez tu voz, sentí otra vez la ternura de tu proximidad y tuve el mismo aturdimiento e infantil confusión que en la ocasión pasada. Por primera vez, desde hacía diez años, volví a subir aquella escalera... No, no puedo expresarte cómo sentí todo dos veces en aquellos instantes; los tiempos pasados y los presentes, y sobre todo a ti, y siempre a ti. Poco había cambiado en tu habitación: algunos nuevos cuadros, más libros, algunos muebles nuevos; pero todo me saludó familiarmente. En el escritorio estaba la jarra de las rosas, con mis rosas, las que yo te había enviado la víspera, día de tu cumpleaños, como recuerdo de una a quien tú no recordabas, a quien no conocías ni siquiera en aquel momento en que tan cerca nos hallábamos, las manos en las manos, los labios sobre los labios. Pero me alegré de que cuidases mis flores: así, por lo menos, había cerca de ti un aliento de mi ser, un hálito de mi amor.

“Me tomaste en tus brazos. De nuevo pasé contigo toda una noche encantadora; pero tampoco en la desnudez de mi cuerpo me conociste. Me abandoné dichosa a tus caricias y pude comprobar que tu amorosa fogosidad no establecía ninguna diferencia entre una verdadera amada y una mujer cualquiera; comprobé que te brindabas con pródiga abundancia de tu ser. ¡Fuiste tan cariñoso, tan tierno para mí, a quien habías encontrado en un lugar de recreo nocturno; tan distinguido y al mismo tiempo tan sencillo! Otra vez, ciega de felicidad, sentí la dualidad de tu persona, tu pasión intelectual y sexual que desde niña me había intrigado. Jamás he conocido en ningún hombre tanta ternura una tan grande explosión de su intimidad, apagada, sin embargo, después de un olvido infinito y casi inhumano. Pero también yo me olvidé. ¿Quién era yo en la oscuridad a tu lado? ¿Era la niña ardiente de otra época, era la madre de tu hijo, o era una extraña? ¡Ah, todo me resultaba tan familiar, tan ya vivido y al mismo tiempo tan nuevo en aquella apasionada noche! Recé porque nunca terminase.

“Pero llegó la mañana; nos levantamos tarde y me convidaste a desayunar contigo.

Tomamos en té que una mano invisible había servido en la antesala y conversamos. Y de nuevo hablaste con aquella franqueza tuya, evitando siempre toda indiscreción, sin curiosidad por conocer nada de mi vida. No preguntaste cuál era mi nombre ni dónde vivía: de nuevo era yo para ti una aventurera, un ser anónimo, una hora apasionada que se pierde en el humos del olvido sin dejar el menor rastro tras de sí. Me dijiste que te proponías ir al norte de África para pasar allí algunos meses; me eché a temblar en medio de mi felicidad, pues de nuevo volví a sentir en mis oídos: todo pasado, y olvidada. Me dieron ganas de arrojarme a tus pies gritando: ‘¡Llévame contigo, para que al fin me conozcas, después de tantos años!’ Pero fui tan tímida, tan cobarde, tan esclava, tan débil delante de ti, que me limité a decir: “-¡Qué lástima! “Me miraste sonriendo y dijiste: “-¿De verdad te da pena? “Entonces se apoderó de mí una especie de furia amorosa. Me levanté y me quedé mirándote fija y prolongadamente. Enseguida te dije: “-También el hombre que yo adoro anda siempre de viaje.

“Miré fijamente tus pupilas. Todo mi ser temblaba. “Ahora- me decía-, ahora me reconocerá”. Pero volviste a sonreír y me dijiste en tono de consuelo: “Se vuelve siempre.

“-Sí, contesté-, se vuelve; pero cuando ya se ha olvidado.

“Seguramente hubo algo extraño, algo apasionado en el tono con que lo dije, pues al oírme te levantaste y te pusiste a contemplarme asombrado y enternecido. Me pusiste las manos sobre los hombros y contestaste: -Lo que es bueno no se olvida nunca; yo nunca me olvidaré de ti “al decirlo sumergía tu mirada en mis ojos, como si quisieras fijar dentro de ti para siempre mi imagen. Y al sentir cómo me penetraba aquella mirada que buscaba dentro de mí, que absorbía todo mi ser, creí que se había desgarrado el velo que te impedía ver.

“¡Ahora me reconocerá, me reconocerá!”; toda mi alma temblaba en ese pensamiento.

“Pero no me conociste. No, no me reconociste; nunca te había sido más extraña que en aquel momento, pues de otro modo..., de otro modo no hubieses hecho lo que hiciste minutos después. Me habías besado, besado apasionadamente. Tuve que arreglarme el peinado, y mientras estaba delante del espejo vi- al verlo creí que me iba a desplomar de vergüenza y horror-, vi cómo de una manera discreta metías algunos billetes en mi manguito. No sé cómo pude reprimir un grito y contener el deseo de pegarte en aquel instante; ¡A mí, que te amaba desde la infancia; a mí, a la madre de tu hijo; a mí me querías pagar aquella noche! Yo no era a tus ojos más que una mujer del Tabarín, ¡Me habías pagado! ¡No era bastante ser olvidada de ti y encima me humillabas! Tomé mi sombrero, que estaba sobre el escritorio, al lado de la jarra en que se hallaban las rosas blancas, mis rosas. Y entonces sentí el deseo irresistible de probar nuevamente a despertar tus recuerdos.

“-¿No te molestaría darme una de esas rosas blancas? “-Con mucho gusto- dijiste tomando algunas.

“-Pero quizá sean regalo de una mujer que te quiere- dije.

“-Tal vez- me contestaste-; no lo sé. Me las han enviado y no sé quién; por eso las quiero tanto.

“Me quedé mirándote.

“-¿No será de alguna que tú has olvidado? “Me miraste sorprendido. Y yo te miré silenciosamente. ‘¡Que me reconozca, que me reconozca!’, gritaba mi mirada. Pero en tus ojos no había sino una especie de amable e inconsciente sonrisa. Me besaste otra vez. No me reconociste.

“Gané precipitadamente la puerta, pues sentía que las lágrimas se me agolpaban en los ojos y no quería que las vieras tú. En la antesala tropecé con tu sirviente, debido a mi apuro.

Se apartó él rápidamente, abrió la puerta dejándome el paso libre, y entonces, en aquel único segundo, ¿entiendes?, en aquel único segundo, al mirar con mis ojos arrasados de lágrimas a aquel viejo, él me reconoció, ese hombre que no me había visto nunca desde mi infancia. Me dieron ganas de arrojarme a sus pies y besarle las manos. Saqué del manguito los billetes que tú me habías metido y se los di. Se asustó y tembló; sólo en aquel instante, quizá, el viejo me comprendió mejor que tú en una vida entera. Todos, todos los hombres me han querido; todos han sido buenos para mí, menos tú, tú, que me has olvidado; sólo tú, ¡que nunca me has conocido! “Mi hijo, nuestro hijo, ha muerto; ahora no puedo querer a nadie en el mundo más que a ti. ¿Pero quién eres tú para mí, tú que nunca me has conocido, que has pasado cerca de mí como se pasa a la orilla de un arroyo, o sobre una piedra a la cual se pisa; que siempre te vas lejos y me abandonas en una espera eterna? Una vez pensé poder retenerte a ti, el siempre fugitivo, en tu hijo; pero era muy hijo tuyo: durante la noche me ha abandonado cruelmente para emprender un viaje; me ha olvidado y jamás volverá. Otra vez estoy sola, más sola que nunca, ya no tengo nada, nada de ti, sé que si alguien pronunciase mi nombre en tu presencia no te llamaría la atención. ¿Por qué no debo morir alegremente si estoy muerta ya? ¿Por qué no he de abandonarlo todo si tú me has dejado? No, querido, no me quejo, no quiero lanzar mi tormento sobre la alegría de tu casa. No temas que te moleste más; perdóname, pero siquiera una vez, en esta hora en que mi hijo está muerto y abandonado, tenía que gritar mi dolor. Era preciso que esta vez hablase contigo; pero en lo sucesivo vuelvo a ser muda, vuelvo a la oscuridad, como siempre, para ti. Pero este grito no llegarás a oírlo mientras esté viva todavía; sólo después de mi muerte recibirás este legado mío, el de una mujer que te ha amado más que a nadie y a la que nunca has conocido, el de una que siempre te ha esperado y a la que no has amado nunca. Tal vez me llames al oír mi grito, y yo te seré infiel por primera vez; no te oiré desde mi tumba; no te dejo ningún retrato, ningún recuerdo, como tampoco tú me lo has dejado; nunca me reconocerás, nunca.

Ha sido mi destino en la vida y lo será en la muerte. No te quiero llamar en mi última hora; me marcho sin que sepas mi nombre no conozcas mi rostro. Me muero en paz, pues tú te hallas lejos y mi muerte no te hace sufrir. Si te doliese, no podría morir.

“No puedo continuar ya escribiendo...; tengo la cabeza tan pesada...; me duele el cuerpo, y tengo fiebre...; creo que tendré que acostarme enseguida. Quizá todo ocurra muy pronto, quizá la muerte se muestre benigna y no me permita ver cómo se llevan al niño... ya no puedo escribir más. Adiós, querido, te estoy agradecida... A pesar de todo, todo ha ocurrido bien... Te estoy agradecida hasta mi último aliento. Me siento mejor: te lo he dicho ya todo, lo sabes todo ya- ya no solo es un pensamiento en ti-, sabes cómo te he amado y este amor no te deja ningún sufrimiento. No notarás mi falta; eso me consuela; nada cambiará en tu vida brillante y gozosa...; no te molesto con mi muerte..., eso me consuela, querido mío.

¿Pero quién?... ¿Quién te mandará las rosas blancas en tu cumpleaños? ¡Ah, la jarra estará vacía, el tenue aliento de mi vida que allí estaba durante años, se habrá apagado. Óyeme, querido, te lo suplico... es mi primer y último ruego...; hazme el favor de colocar rosas blancas en la jarra el día de tu cumpleaños. Hazlo, querido, como otros mandan a decir una misa por sus difuntos. Yo ya no creo en Dios y no quiero una misa; creo únicamente en ti, sólo te amo a ti, y sólo quiero continuar viviendo en ti... ¡Ah, sólo un día cada año y muy silenciosamente, como he vivido a tu lado!... Te ruego que lo hagas, querido...; es mi premier y último ruego..., te lo agradezco..., te quiero..., te adoro..., ¡adiós!” Terminó la carta con manos temblorosas. Después reflexionó largamente. En su conciencia se clavó el recuerdo confuso de una niña de la vecindad, de una muchacha, de una mujer en un establecimiento nocturno; pero el recuerdo era indeciso y vago como una piedra que brilla y tiembla en el fondo del agua sin que pueda concretarse su forma.

Sombras que van y vienen, pero que no dibujan ninguna imagen. Sentía reflejos de antiguos sentimientos, pero no recordaba. Era como si hubiese soñado algunas figuras, soñado muchas veces y profundamente; pero sólo en realidad. Su mirada cayó sobre la jarra azul puesta sobre el escritorio. Estaba vacía, vacía por primera vez en su cumpleaños. Se asustó.

Fue como si alguien invisible hubiese abierto de repente la puerta y una fría corriente de otro mundo atravesara la habitación. Sintió cerca una muerte y un amor inmortal: algo se extendió por su alma, y se quedó pensando en la amante invisible, inmaterial y apasionada, como en una música lejana.

FIN

 


 

 

 

LOS OJOS DEL HERMANO ETERNO / 1922

STEFAN ZWEIG

 

 

La omisión de los hechos no nos libera de la acción.

Ni por un solo momento nos quedamos libres de obrar.

Bhagavad-gita, (Canto tercero)

Qué es la acción? ¿Qué es la no acción?

Estas interrogantes son las que turban con frecuencia a los sabios.

Hay que poner toda la atención para obrar.

Hay que poner toda la atención para no obrar.

Hay que estar atentos, porque en lo más profundo de la no acción puede estar también la esencia del acto.

Bhagavad-gita, (Capítulo cuarto)

 

CAPÍTULO I

Muchos años antes de que el sublime Buda viviese sobre la Tierra difundiendo la sabiduría entre sus discípulos, vivía en la comarca de Birwag, regida por el rey Rajouta, un noble llamado Virata, pero conocido por todos con el sobrenombre de El Rayo de la Espada. Era el más atrevido de todos los guerreros y un cazador cuyas flechas no fallaban nunca. Su lanza no había permanecido jamás ociosa, y, cuando sus brazos levantaban la espada, se oía zumbar la hoja como un trueno en la tempestad.

Virata tenía la frente despejada, sus ojos serenos miraban con tranquila firmeza a los hombres, sus poderosos puños no se cerraban jamás con injusta violencia y nunca su voz vibró estremecida por la ira.

Servía como un fiel vasallo a su rey y sus esclavos le servían con temeroso respeto, considerándole como al hombre más justo de todos los hombres que habitaban entre las cinco corrientes del río.

Aconteció que un día cayó sobre el rey a quien servía Virata una gran desgracia. El cuñado del soberano, que gobernaba como administrador la mitad del Imperio, ambicionaba apoderarse del trono y con este propósito había ido seduciendo a los mejores guerreros del rey, haciéndoles ricos presentes. Su elocuencia había conseguido atraerse a los sacerdotes encargados de la custodia de las sagradas garzas reales, símbolo del poderío del monarca, enseña milenaria de la raza de los Birwager. Una vez en poder de las sagradas garzas y de los grandes elefantes, reunió a los guerreros, a todos los descontentos de las montañas y, formando con ellos un gran ejército, se dispuso a marchar contra la capital.

Enterado el rey Rajouta de los traidores propósitos del hermano de su mujer, llamó a sus hombres a la guerra. Desde la aurora hasta la puesta del Sol resonaban por todas partes los grandes címbalos de cobre y los blancos cuernos de marfil. Por las noches ardían las hogueras en las altas torres de la ciudad, arrojando sobre las humildes chozas de los pescadores del río una lluvia de ardientes chispas que resplandecían con una triste luz amarilla, bajo la claridad serena de las estrellas, como signos de desgracia.

A la llamada del rey acudieron muy pocos. La noticia del robo de las simbólicas garzas había causado un gran desconcierto en el corazón de los caudillos, y los principales jefes y los conductores de los elefantes habían huido casi todos al campo enemigo.

El rey miraba en vano en torno suyo en busca de amigos. Había sido siempre un monarca implacable, severo en sus sentencias, rapaz en la recaudación de los impuestos y cruel en la exigencia del servicio personal. No quedaba ya en su palacio ninguno de los famosos guerreros ni de los valientes capitanes; en torno suyo pululaba tan sólo una desaconsejada tropa de esclavos y siervos.

 

En esta miserable situación el rey se acordó de Virata. A las primeras llamadas del cuerno guerrero, ordenó a sus siervos que tomasen la silla de mano de ébano y, acompañado de un fiel mensajero, fuese en busca de Virata para llevársele a su palacio. Cuando Virata vio aparecer el cortejo real, se inclinó hasta el suelo; pero el rey se dirigió hacia él no como un monarca, sino humildemente como un suplicante, y le rogó que condujese a su ejército contra el enemigo.

Virata se inclinó de nuevo profundamente y le dijo: -Obedeceré tu mandato, señor. No volveré a mi casa hasta que la hoguera de la insurrección quede apagada bajo los pies de este tu esclavo.

Virata reunió entonces a sus hijos, a sus parientes y esclavos y, poniéndose al frente de sus hombres leales, salió en busca de los rebeldes.

Durante todo el día caminaron a través de las espesuras del bosque, en dirección al río, en cuya opuesta orilla el numeroso ejército enemigo había establecido su campamento. Al comprobar que eran en tan gran número, los rebeldes se sentían seguros de la victoria y se hallaban ocupados en derribar grandes árboles con objeto de construir un puente sobre el río y poder pasar, a la mañana siguiente, a la otra ribera para inundar la tierra como una gran marea y regarla con sangre.

Virata, famoso y astuto cazador de tigres, conocía un vado más arriba del lugar donde los rebeldes querían construir el puente, y durante la noche hizo que sus hombres, uno a uno, fuesen pasando el río. Cuando los tuvo a todos reunidos, cayeron invisibles sobre el enemigo, que dormía tranquilamente. Una vez dentro del campamento, los hombres de Virata comenzaron a agitar encendidos hachones, con lo cual los elefantes y los búfalos huyeron espantados, las tiendas de campaña comenzaron a arder y los durmientes despertaron poseídos de pánico.

Virata entró el primero, como una tempestad, en la tienda del enemigo del rey y, antes de que el durmiente tuviese tiempo de alzarse sobresaltado, le había ya hundido por dos veces la hoja de la espada en el pecho. El enemigo en masa saltó entonces en torno suyo. En la profunda oscuridad, Virata no dic descanso a su espada: hería a un hombre en la frente, a otro en el pecho todavía desnudo, a los que estaban tras él y a los que le arremetían de frente. De pronto se hizo el silencio en torno suyo; se hallaba como una sombra entre las sombras, firme en la entrada de la tienda, en cuyo interior se hallaba el signo del dios, la simbólica blanca garza que quería rescatar.

Luego ya no aparecieron más enemigos; todos yacían en torno suyo muertos o mudos de espanto. Lejos oía Virata los gritos de júbilo de los vencedores, de sus fieles guerreros y siervos. Después comenzó la persecución y se alejaron todos rápidamente.

Entonces Virata cayó de rodillas, silenciosamente, delante de la tienda, con la ensangrentada espada en la mano, e inmóvil esperó que sus camaradas regresasen de su ardiente cacería.

Pronto llegó la madrugada. Detrás del bosque se despertaba el día. Las palmeras se nimbaron con el oro de la aurora, reflejándose en la corriente mansa del río como ardientes antorchas. Al Este había nacido el Sol teñido de sangre.

Virata se puso entonces de pie. Abandonó el campo de batalla y, con las manos elevadas en alto, se acercó a la corriente del río. Allí, con los ojos resplandecientes de chispas de luz, se inclinó en acción de gracias.

Después metió las manos en el agua para hacer desaparecer la sangre que las teñía.

Sintió su cabeza turbada por la rápida visión de la corriente del río; se apartó entonces del agua y, envolviéndose en su ropaje, con el rostro iluminado, se dirigió de nuevo a la tienda de campaña con objeto de hacerse cargo de lo que durante la noche había sucedido.

Los muertos yacían innumerables en torno de la tienda, rígidos, con los ojos desorbitados, con los miembros rotos. El enemigo del rey tenía la frente destrozada y a su alrededor aparecían abiertos los desleales pechos de los que habían sido capitanes en la tierra de Birwager.

Virata cerró los ojos y se apartó para contemplar a los demás que habían caído en el campo de batalla. La mayoría yacían, medio cubiertos con sus esteras y sus rostros le eran desconocidos. Eran esclavos de las regiones del Sur, de rizados cabellos y negro rostro.

Cuando Virata se aproximó al último cadáver, sintió que su mirada se oscurecía. Sabía que era una de sus víctimas, uno de los que había herido con su espada. Acercó su rostro al del muerto y reconoció a su hermano mayor, Belangur, príncipe de las montañas, que había acudido en su ayuda. Virata se agachó y puso su cabeza en el pecho del hermano. El corazón había dejado de latir, los ojos estaban abiertos, y las negras pupilas le miraban y parecían clavársele en el corazón.

Entonces Virata sintió que su espíritu se empequeñecía, se aniquilaba completamente, y, como un agonizante, se sentó entre los muertos. Las negras pupilas de aquel hermano que había nacido de su madre antes que él, continuaban mirándole fijamente y parecían acusarle.

De pronto sonaron gritos en torno suyo. Después de la persecución, como salvajes pájaros acudían sus siervos, llenos de alegría, en busca del botín. Su contento fue inmenso cuando encontraron al enemigo del rey tendido en la tienda y salvada la garza sagrada.

Comenzaron todos a saltar frenéticamente en torno a la tienda y acudieron luego a besar a Virata, sin preocuparse de los muertos que les rodeaban y aclamándole con entusiasmo como al Rayo de la Espada.

Luego fueron llegando más y más y todos juntos comenzaron a recoger el botín, cargando tanto los carros que sus ruedas se hundían profundamente en el barro y las barcas del río casi zozobraban a su peso.

Un mensajero se lanzó al río, nadando presurosamente para ir a dar la buena noticia al rey. Los demás no se apartaron del botín y continuaron celebrando la victoria.

Virata, silencioso, como hundido en un profundo sueño, continuaba sentado en el mismo sitio. Sólo una vez levantó el rostro: cuando sus vasallos quisieron despojar a los muertos de sus vestiduras. Entonces Virata se puso rápidamente en pie y ordenó a los suyos que reuniesen maderos, pusiesen sobre ellos los cadáveres y encendiesen una gran hoguera con objeto de que las almas de los muertos pudiesen entrar purificadas en la eternidad.

Los vasallos quedaron maravillados ante aquella orden. Los traidores debían ser devorados por los chacales del bosque y sus osamentas calcinadas por el sol. Tal era la ley que debía regir para los infieles.

Pero la orden fue cumplida, y, cuando las llamas se elevaron sobre los muertos, Virata arrojó perfumes y sándalo en la hoguera. Luego desvió el rostro y permaneció silencioso hasta que la hoguera se hubo convertido en brasas y las brasas en cenizas esparcidas por el suelo.

Entre tanto, los esclavos habían terminado de construir el puente que el día antes habían comenzado los partidarios del rival del rey. Primero pasaron por él los guerreros, coronados con hojas de laurel; luego siguieron los vasallos y la caballería de los príncipes.

Virata dejó que se adelantasen, pues sus cantos y alegría le oprimían el corazón. Luego se acercó a ellos y había un gran contraste entre aquella alegría y su tristeza. Cuando Virata se halló a la mitad del puente, se detuvo y contempló largo tiempo el agua que corría a uno y otro lado.

Todos los que se hallaban a una y otra orilla le miraban sorprendidos.

Entonces Virata desenvainó su espada, la elevó sobre su cabeza como si quisiese dirigirla contra el cielo, después bajó su brazo como muerto y, soltando la espada, la dejó caer al río.

Inmediatamente de ambas orillas se lanzaron al agua desnudos guerreros que, hundiéndose en la corriente, intentaron rescatar el arma. Virata permaneció indiferente y comenzó a andar, con rostro sombrío, entre las filas de sus maravillados vasallos. Ninguna palabra salió ya de sus labios cuando, después, durante largas horas, la hueste vencedora fue avanzando lentamente por los amarillos caminos de la patria.

Estaban todavía lejos las puertas de jaspe y las almenadas torres de Birwag, cuando apareció a lo lejos una blanca nube de polvo que levantaba un cortejo de jinetes que se iba aproximando.

Cuando los jinetes divisaron al ejército vencedor, se detuvieron inmediatamente y los vasallos tendieron sobre el camino grandes alfombras, pues el rey que con ellos iba no debía jamás pisar el irisado polvo desde su nacimiento hasta que la llama de su vida se apagase.

Entonces el rey se aproximó encima de su anciano elefante, rodeado de sus hijos. El elefante, obedeciendo a la aguijada, dobló las rodillas y el rey descendió sobre el amplio tapiz.

Virata avanzó hacia el monarca y quiso inclinarse delante de su señor, pero el rey corrió hacia él y le abrazó estrechamente. Jamás en las crónicas más antiguas se había consignado tal honor a un vasallo.

Virata mando traer las garzas sagradas y, cuando las blancas alas comenzaron a aletear, estalló un entusiasmo tan grande que los corceles, asustados, se encabritaron y los conductores tuvieron que aplacar a los elefantes con las aguijadas.

Cuando el rey contempló los símbolos de la victoria abrazó a Virata otra vez y éste dobló una rodilla.

El rey tomó entonces en sus manos la espada del heroico padre de Rajputah, guardada hacía siete veces setecientos años en la cámara del tesoro real, la espada cuyo blanco puño era de marfil y en cuya hoja, con ideogramas de oro, estaban escritas las misteriosas palabras de la victoria, palabras que ya no podían descifrar los sabios ni los sacerdotes de los grandes templos.

El rey presentó a Virata la espada del héroe milenario como prenda de su agradecimiento y como símbolo de que él era desde aquel momento el más alto de sus guerreros y el supremo jefe de su ejército.

Pero Virata inclinó su rostro y dijo: -Séarne permitido suplicar benevolencia y hacer una petición al más valeroso de los reyes.

El rey le miró fijamente y dijo: -Tenla por concedida. Levanta tu rostro. Si quieres incluso la mitad de mis garzas reales no tienes más que pedirlo.

Entonces Virata dijo: -Si es así, te ruego dispongas que la espada sea devuelta a la cámara del tesoro. En lo más íntimo de mi corazón he hecho voto de no coger jamás una espada. He matado a mi hermano, al que nació en el mismo regazo que yo, al que jugaba conmigo en los brazos de mi madre.

El rey le miró sorprendido, permaneció un momento silencioso y luego le dijo: -No importa. Sin espada serás el más alto de mis guerreros; contigo mi Imperio se sentirá seguro contra todos los enemigos; jamás ningún guerrero ha podido conducir como tú un ejército a la victoria. Toma mi cinturón como enseña de tu poder y ese mi caballo para que todos te reconozcan como a su jefe.

Virata inclinó el rostro hacia el suelo y respondió: -Un misterioso ser ha hablado a mi corazón y yo le he comprendido. He matado a mi hermano y ahora sé que todo hombre que mata a otro hombre mata a un hermano suyo. Yo no puedo ser caudillo en la guerra, pues en la espada está la fuerza y la fuerza es enemiga del derecho. Quien tiene parte en el pecado de asesinato es él mismo un asesino. Yo no quiero inspirar temor, prefiero conocer la injusticia que se hace contra los débiles y comer el pan de los mendigos. Breve es la vida en el eterno mudar de las cosas. Deja que la parte que me queda de vida pueda vivirla como un justo.

Por un instante el rostro del rey se oscureció. El silencio reinaba en torno de ellos contrastando con el anterior alboroto. Todos estaban sorprendidos, pues jamás en las más antiguas páginas de la historia se había registrado que un guerrero rechazase una ofrenda de su rey.

El rey miró entonces las sagradas garzas, signo de la victoria, rescatadas por Virata, y su rostro se aclaró de nuevo. Luego dijo: -Has sido el más poderoso, Virata, contra mis enemigos. Y ya que ahora no puedo contar contigo para la guerra, quiero, a pesar de todo, tenerte a mi servicio. Como un justo conoces la culpa y la repruebas. Sé entonces el más alto de mis jueces y dicta tus sentencias en la escalinata de mi palacio; de esta manera la verdad será enaltecida en mi mansión y el derecho reinará sobre mi país.

Virata dobló la rodilla ante el rey en señal de agradecimiento. El rey le hizo subir a uno de los elefantes de su séquito y se encaminaron todos a la ciudad de las veintiséis torres, cuyo júbilo llegó hasta ellos como un tempestuoso mar.

 

CAPÍTULO II

Desde la salida hasta la puesta del Sol administró Virata justicia en nombre del rey, en lo alto de la escalinata de mármol rosado, a la sombra del palacio. Sus palabras, como una balanza, fluctuaban largo tiempo hasta que se les ponía un peso. Su mirada penetraba clarividente en el alma de los culpables, y sus preguntas se hundían muy adentro, en lo más profundo de la maldad, como un tejón en la oscuridad de la tierra.

Sus palabras eran rudas y jamás dejaba caer la sentencia en el mismo día. Siempre ponía el frío espacio de la noche entre el interrogatorio y el fallo. Durante largas horas, hasta la salida del Sol, sus familiares le oían ir y venir intranquilo por la terraza de la casa, meditando sobre la justicia y la injusticia.

Antes de decidirse a dictar una sentencia hundía su frente y sus manos en el agua clara y fresca, para que sus palabras estuviesen limpias del calor de la pasión. Y, cuando había hablado, preguntaba siempre a los condenados si les parecía que se había cometido algún error. Ellos besaban entonces el escalón de mármol rosado y se alejaban con la cabeza inclinada, como si hubiesen oído la palabra de Dios.

Y es que Virata jamás habló como un mensajero de la muerte, no impuso jamás esta pena ni aun a los más culpables. Recordaba su involuntario crimen y aborrecía la sangre.

La lluvia acabó, pues, lavando las negras piedras que habían goteado sangre, los pilones que se hallaban en torno de la fuente milenaria de Rajputah y sobre los cuales el verdugo hacía inclinar las cabezas de los reos para cercenarlas. Virata mandaba encerrar a los miserables condenados a prisión en las lóbregas cárceles de piedra, o los enviaba al campo a cortar piedras para las paredes de los jardines, o a los molinos de arroz, junto al río, donde debían empujar las muelas en compañía de los viejos elefantes.

De este modo honraba la vida y los hombres le honraban a él, pues jamás se veía injusticia en sus sentencias, negligencia en sus preguntas ni ira en sus palabras.

Desde muy lejos del país acudían los campesinos, en carros tirados por búfalos, con objeto de que él allanase sus diferencias. Los sacerdotes temían sus discursos y el rey sus consejos. Su fama crecía como el joven bambú en el agua, recto y grácil, en una noche. Los hombres habían olvidado aquel sobrenombre que le dieran de Rayo de la Espada, y en todas las comarcas era conocido con el nombre de Rajputah, el de la Fuente de la Justicia.

Al sexto año de administrar justicia en la escalinata de mármol rosado del palacio real, compareció ante Virata un joven delincuente que pertenecía a la raza de los Kazar, raza salvaje que adoraba a los ídolos de piedra. Sus pies estaban ensangrentados a causa de largos días de caminata, y fuertes cuerdas ligaban estrechamente sus brazos. Los que le llevaban prisionero, dando muestras de gran furor, con los ojos brillantes de cólera bajo las oscuras cejas, le hicieron avanzar hacia la escalinata y le obligaron a ponerse de rodillas delante del juez. Luego todos se inclinaron a su vez con las manos en alto, pidiendo justicia.

Virata miró sorprendido a los extranjeros.

-¿Quiénes sois, hermanos -les preguntó -y quién es ese que comparece atado ante mí? Parece que venís de muy lejos.

El más anciano de ellos se inclinó entonces profundamente y dijo: -Somos campesinos, señor, pacíficos habitantes del Oeste. Y éste que comparece atado es un monstruo que dio muerte a más hombres que dedos tiene en las manos. Pretendía a la hija de un honrado vecino de nuestro pueblo; pero como es un devorador de perros y un asesino de vacas, el padre se negó a concedérsela como mujer, dándola en cambio como esposa a un honrado comerciante. Entonces este monstruo, lleno de ira, se metió como un lobo en nuestro rebaño y por la noche asesinó al padre y a sus tres hijos y, no satisfecha su ira con esto, siempre que uno de los pastores de su víctima salía por la noche para conducir el ganado a los pastos de la montaña, le asesinaba también. De esta manera ha dado muerte a once hombres de nuestro pueblo, hasta que todos nosotros nos reunimos y salimos a cazarle como una fiera. Y aquí le traemos para que tú hagas justicia y nos libres de ese monstruo.

Virata clavó la mirada en el hombre que permanecía inmóvil, arrodillado a sus pies, con los miembros fuertemente atados con cuerdas.

- ¿Es verdad lo que esos me dicen? - le preguntó.

-¿Quién eres? -preguntó a la vez el acusado- ¿Eres el Rey? - Soy Virata, su siervo, y el siervo de la ley. Para expiar mis culpas cuido de las culpa y me esfuerzo en distinguir lo verdadero de lo falso.

El acusado permaneció un espacio silencioso. Luego le miró con angustiosa mirada y le dijo: -¿Cómo puedes tú saber, por lo que te dicen, lo que es verdad y lo que es falso? ¿Cómo puedes ser sabio si tu sabiduría se fía tan sólo en las palabras de los hombres? -De tus palabras puedo yo sacar mi respuesta, por tus palabras puedo yo conocer la verdad.

El acusado le lanzó una mirada despreciativa.

-Yo no tengo nada que ver con esos. Y tú, ¿cómo puedes pretender saber lo que he hecho, si yo mismo no sé lo que mis manos hacen cuando se apodera de mi alma la ira? Yo he hecho justicia al hombre que ha vendido una mujer por dinero, he hecho justicia a sus hijos y a sus siervos. Ellos reclaman contra mí. Yo les desprecio y desprecio también sus palabras.

Al oír esto, la ira se apoderó de todos los que le acompañaban y comenzaron a gritar reclamando justicia contra aquel que, incluso, injuriaba al juez. Uno de ellos, lleno de furia, levantó el bastón para asestarle un golpe, pero Virata dominó con un gesto su furia y con voz tranquila volvió a interrogar a todos. Cuando recibía una contestación de los demandantes, se dirigía al prisionero y le interrogaba a su vez sobre aquella declaración.

Entonces el acusado apretaba los dientes. sonreía con malvada sonrisa y repetía: -¿Cómo intentas saber la verdad valiéndote de las palabras de los demás? El sol del mediodía brillaba ya sobre sus cabezas cuando Virata dic por terminado el interrogatorio. Se puso en pie y, según su costumbre, manifestó que no dictaría la sentencia hasta el día siguiente. Al oír esto, los demandantes elevaron las manos sobre sus cabezas.

-Señor -dijeron -, hemos viajado durante siete días en busca de tu dictado y necesitamos otros siete días para regresar a nuestro país. No podemos esperar hasta mañana. Nuestro ganado estará ya sediento, sin nadie que le conduzca a los abrevaderos, y los campos exigen nuestra labor. Señor, esperamos ahora tu sentencia.

Entonces Virata se volvió a sentar en el escalón y permaneció meditando largo rato. Su rostro reflejaba un gran cansancio, su espalda se inclinaba como abrumada por un enorme peso. Jamás le había acontecido el tener que dictar una sentencia en el mismo día, sin haber meditado antes profundamente sus palabras. Durante largo rato permaneció inmóvil, en silencio. Las sombras de la noche iban ya llegando lentamente.

Al fin se puso en pie y se dirigió a la fuente para refrescar en ella su rostro y sus manos, para que de esta manera su palabra estuviese limpia del calor de la pasión.

Luego dijo: -¡Que mis palabras estén inspiradas por el único deseo de la justicia! Sobre este hombre pesa la pena de muerte, puesto que ha arrancado violentamente la vida a once hombres. Durante un año madura la vida de un hombre encerrada en el regazo de la madre, así éste estará encerrado un año en la oscuridad de la tierra por cada hombre que él ha matado. Y, como ha derramado once veces la sangre de los hombres, once veces al año será azotado hasta que la sangre salte de su piel, para que de esta manera pague la cuenta de su maldad. Pero no quiero que se le quite la vida, pues la vida es de los dioses y el hombre no puede disponer de lo que es de los dioses. Si mi sentencia es justa, esta justicia será mi mayor recompensa.

Después de estas palabras, Virata se sentó pesadamente en el escalón y los demandantes besaron el peldaño rosado en señal de respeto.

El condenado clavó entonces su negra mirada en el juez.

Virata le dijo: -Te pedí con dulzura que me ayudases contra tus acusadores, pero tus labios han permanecido cerrados. Si hay un error en mi sentencia, reclama ahora ante el eterno Dios, no ante mí, reclama ante tu silencio.

Yo quería ser benigno contigo.

El condenado exclamó, entonces: -Yo no quiero tu dulzura ni creo en ella. ¿Qué clase de benignidad es la tuya que me arranca de un golpe la vida? -Yo no te he condenado a muerte.

-Tú haces más que quitarme la vida, me privas de ella con ferocidad.

¿Por qué no me condenas a muerte? He matado hombre tras hombre y tú, en cambio, me dejas abandonado como una carroña en la oscuridad de la tierra, porque tu corazón es cobarde ante la sangre y en tu espíritu no hay fuerza. Tu ley es arbitraria. Tu sentencia no es sentencia, es tortura. Mátame, puesto que he matado.

-Ya te he juzgado y sentenciado.

-¿Dónde está la medida de tu sentencia? ¿Qué medida tienes, juez, para medir? ¿Quién te ha azotado a ti para que sepas lo que significa el látigo? ¿Cómo puedes contar los años como si lo mismo fuesen tus horas pasadas a la luz que las horas pasadas en la oscuridad de la tierra? ¿Has estado alguna vez en la cárcel para que puedas darte cuenta de las primaveras que arrancas a mi vida? ¡Eres un ignorante, no un juez! Solamente aquel que interviene en la batalla sabe de ella, no aquel que la dirige desde lejos. Únicamente quien ha experimentado el sufrimiento puede medir el sufrimiento. Sólo el culpable puede medir tu orgullo para castigarle. Tú eres el más culpable de todos. Yo me he visto cegado y arrebatado por la pasión de mi vida, por la angustia de mi miseria; pero tú dispones a sangre fría de mi vida, me mides con una medida que tu mano no tiene y con un peso que tu mano no ha sostenido nunca. Estás en la silla de la justicia, pero no puedes sentarte en ella como un juez. ¡Mides con la medida de la arbitrariedad! ¡Márchate de la silla de la justicia, ignorante juez, y no juzgues a los hombres vivos con la muerte de tus palabras! Los labios del condenado estaban pálidos de odio, y los demás, al oírle, cayeron furiosamente sobre él. Pero Virata los separó con su autoridad, se inclinó hacia el condenado y le dijo en voz baja: -No puedo romper la sentencia que ha sido dictada en este escalón. Es muy posible que tú hayas sido también un juez.

Después de esto, Virata se alejó a toda prisa, y los demás se apresuraron a cargar con cadenas al sentenciado. Virata volvió la vista atrás y vio los ojos del condenado fijos en él, llenos de una malvada luz, y sintió entonces que aquella mirada se hundía profundamente en su corazón; le pareció, en aquel momento, que eran los ojos de su hermano muerto los que le miraban, de aquel hermano que había dejado tendido ante la tienda de campaña del rival del rey.

Durante la noche, Virata permaneció sin decir palabra alguna. La mirada de aquel extranjero permanecía clavada en su alma, como una ardiente brasa.

Sus familiares le oyeron durante la noche, hora tras hora, ir y venir por la terraza de su casa, hasta que la aurora resplandeció rosada entre las palmas.

 

CAPÍTULO III

Al amanecer se bañó Virata en el sagrado estanque del templo, hizo después sus plegarias vuelto hacia el Oeste y luego entró en su casa para ponerse la amarilla veste de gala. Los suyos se sorprendieron al verle vestido con el traje de ceremonia, pero no se atrevieron a preguntarle nada.

Virata se encaminó al palacio del rey, que estaba siempre abierto para él a cualquier hora del día o de la noche. Virata se inclinó profundamente ante el monarca y tocó el borde de su vestido en señal de que deseaba hacerle una petición.

El rey le miró con ojos tranquilos y dijo: -Tu deseo ha tocado el borde de mi vestido. Antes de que la formules en palabras, tu petición ya está concedida.

Virata volvió a inclinarse profundamente y dijo las siguientes palabras: -Tú me pusiste en el sitio del más alto de tus jueces. Durante siete años he administrado justicia en tu nombre, y después de todo ese tiempo aún no he conseguido saber con certeza si la administro bien. Te ruego que me concedas una luna de completo descanso para que, durante este tiempo, pueda buscar el camino de la verdad. Concédeme que siga ese camino lejos de ti y de los demás. Mi único deseo es obrar sin injusticia y vivir sin culpa.

El rey respondió, sorprendido: -Falto de justicia quedará mi reino hasta que vuelva a nacer la luna nueva. No quiero preguntarte el camino que quieres seguir. Que él pueda conducirte a la verdad.

Virata besó el suelo en señal de agradecimiento, hizo una nueva inclinación y se marchó.

 

CAPÍTULO IV

Al anochecer, entró Virata en su casa y llamó a su mujer y a sus hijos.

-Por espacio de una luna -les dijo - no me veréis. Despedíos de mí y no me preguntéis nada.

La mujer le miró llena de zozobra, los hijos le miraron dulcemente.

Virata los besó en la frente y les dijo: -Recluíos ahora en vuestras habitaciones. Que nadie me siga ni intente saber adónde voy cuando haya salido de casa. No intentéis saber nada de mí hasta que aparezca en el cielo la luna nueva.

La mujer y los hijos inclinaron la cabeza y se fueron en silencio.

Virata se quitó el vestido de gala y se puso una negra veste. Rezó algún tiempo ante la milenaria imagen de Dios, cogió unos manuscritos de hoja de palmera y los arrolló y cerró como una carta. Luego abandonó la casa, sumida en la oscuridad, y, saliendo a las afueras de la ciudad.

se encaminó hacia las rocas donde se hallaban abiertas las profundas cuevas que servían de cárcel a los condenados.

Al llegar allí llamó con recios golpes a la puerta, hasta que el carcelero, dormido sobre una estera, se despertó sobresaltado y acudió a ver quién era el que así llamaba.

Entonces Virata le dijo: -Soy Virata, el supremo juez. Vengo a ver al prisionero que fue encerrado ayer en la cueva.

-Está encerrado en la más profundo, señor -manifestó el carcelero-, en lo más hondo de la oscuridad de la cueva. ¿He de conducirte hasta allí, señor? -Conozco el camino. Dame la llave y vuélvete a descansar. Por la mañana encontrarás la llave junto a la puerta. No digas a nadie que me has visto.

El carcelero se inclinó ante Virata, le entregó la llave y le ofreció una luz. Luego, como se le había ordenado, fue a tenderse de nuevo sobre la estera.

Virata abrió la puerta de cobre que cerraba la oquedad de la roca y se hundió en las profundidades de la cárcel.

Hacía ya más de cien años que los reyes Rajputabs habían comenzado a encerrar allí a sus prisioneros. Los condenados debían trabajar hendiendo, día por día, nuevos agujeros en la entraña de la tierra, abrir nuevas guaridas en el frío y duro granito para que sirviesen de cubil a los nuevos condenados que iban llegando a la cárcel.

Antes de cerrar de nuevo la puerta, Virata lanzó una última mirada al espacio celeste, cuajado de blancas y temblorosas estrellas; luego cerró la puerta y quedó sumido en la más profunda y temerosa oscuridad. Al golpetazo de la puerta la llama de su lámpara se estremeció como un animal moribundo. A través de la puerta se oía aún el blando susurro del viento en los árboles y la alegre gritería de los monos.

En la primera cueva se oía todavía ese rumor perdido a lo lejos. En la segunda cueva reinaba ya el terrible silencio, como en el fondo del mar debajo del inmóvil y frío espejo del agua. Por las rocosas paredes resbalaban lágrimas de humedad, no se respiraba ya el puro aire de la superficie y, a medida que Virata iba andando, sus pasos resonaban en la inmensa frialdad del silencio.

En el quinto agujero, el más profundo bajo la tierra, muy por debajo de la superficie donde las cimbreantes palmeras elevaban su gracia hacia el cielo, se hallaba la celda del condenado. Virata entró en aquel antro y elevó la lámpara sobre su cabeza. Oscuras masas de sombras se confundían al incierto resplandor de la luz.

Se oyó el rechinar de una cadena. Virata se inclinó sobre el ser que yacía en el suelo.

-¿Me reconoces ? -le preguntó.

-Te conozco. Tú eres aquel que, sentado entre los grandes señores, decidiste mi suerte.

-Yo no soy ningún señor. Sólo soy un servidor del rey y de la Justicia.

He venido para servir a ésta.

El prisionero elevó sus sombríos ojos y los clavó en el rostro del juez.

-¿Qué quieres de mí? Virata permaneció largo tiempo silencioso. Luego dijo: -Yo te hice daño con mis palabras, pero tú también me hiciste daño con las tuyas. Yo no sé si mi sentencia ha sido justa, pero sí sé que en tus palabras estaba la verdad. No se puede medir con una medida que uno no conoce. Yo he sido un ignorante y quiero convertirme en un sabio.

He condenado a muchos cientos de hombres a esta pavorosa cárcel y no sé nada de la cárcel. Quiero orientarme y aprender a ser justo. Quiero que, al morirme, no haya culpa en mi alma.

El condenado le miraba sorprendido y, de cuando en cuando, sus cadenas sonaban suavemente.

-Quiero saber lo que es la pena que tú sufres; quiero que mi cuerpo conozca la mordedura del látigo, lo que son las horas de prisión para el alma de un prisionero. Por espacio de una luna quiero permanecer en tu lugar; quiero saber y pagar con esa experiencia mi culpa. Después podré dictar mis sentencias con pleno conocimiento de su peso y de su crueldad. Entre tanto permanecerás libre. Te daré la llave que te conducirá a la luz, serás libre durante el espacio de una luna.

Prométeme que luego volverás a buscarme a esta oscuridad donde se habrá hecho la luz en mi sabiduría.

El prisionero se puso vivamente en pie, las cadenas pendían a lo largo de su cuerpo.

-Júrame -continuó diciendo Virata-, por la despiadada diosa de la venganza, que volverás. Si lo juras te daré la llave y mis propios vestidos. Dejarás la llave cerca de la yácija del carcelero y podrás marcharte libremente. Tu juramento te ligará al dios milenario y, cuando la Luna esté a punto de terminar su círculo, irás a ver al rey y le entregarás este manuscrito para que él quede informado de lo ocurrido y disponga según sea de justicia. ¿Juras ante el dios multiforme cumplir lo que te ordeno? -Lo juro -respondió el prisionero, con voz que el temor hacía temblorosa.

Virata le quitó las cadenas y IEE puso su propio vestido sobre los hombros.

-Aquí está mi vestido. Dame el tuyo. Cúbrete el rostro para que ningún guardián pueda reconocerte. Toma ahora estas tijeras y córtame el cabello y la barba para que yo tampoco pueda ser reconocido por nadie.

El prisionero tomó las tijeras y, temblando, las metió entre los cabellos del juez. Su mirada era suplicante, pero comenzó a cortar como se le había ordenado. De pronto arrojó las tijeras al suelo y exclamó con voz estridente: -Señor, no puedo soportar que tú sufras por mí. Yo he matado, he derramado sangre con mi despiadada mano. Tu sentencia era justa.

-No puedes volverte atrás, puesto que has jurado. Ni yo tampoco, pues dentro de mí ha nacido la luz. Márchate como has prometido, y el día de la luna nueva preséntate al rey, que él me liberará. Entonces habrá nacido en mí la sabiduría, sabré lo que debo hacer con respecto a ti y mi palabra estará libre de injusticia. Márchate.

El prisionero se inclinó y besó la tierra.

Pesadamente chirrió la puerta en la oscuridad. Una vez más saltó la llama de la lámpara como un animal moribundo. Luego la noche se precipitó sobre el tiempo.

 

CAPÍTULO V

Al día siguiente, por la mañana, Virata fue conducido por los carceleros al campo que se hallaba situado delante de la puerta de la ciudad y allí le azotaron, en cumplimiento de la sentencia dictada por el juez. Nadie le había reconocido.

Cuando el látigo mordió por primera vez su espalda desnuda, Virata lanzó un grito; luego apretó fuertemente los dientes. Pero cuando hubo recibido veintisiete golpes sintió que se le nublaba la vista y perdió el sentido. Entonces se le llevaron otra vez al calabozo, como si fuese un animal muerto.

Al volver en sí, Virata se encontró de nuevo encerrado en la oscuridad.

Las heridas abiertas en su espalda le quemaban como fuego. Sintió, sin embargo, en su frente una dulce frescura y respiró un suave perfume de hierbas silvestres. Una mano se había posado sobre sus cabellos y aquella caricia parecía que aliviaba sus sufrimientos. Lentamente abrió los ojos y miró en torno. La mujer del carcelero estaba junto a él y humedecía su frente. Virata la contempló sorprendido y vio que la estrella de la compasión brillaba en los ojos de la mujer. A través de las torturas de su cuerpo, Virata comprendió entonces el sentido del sufrimiento y el inmenso poderío del bien. Dulcemente floreció en sus labios una sonrisa y ya no se dic cuenta de sus padecimientos.

Al día siguiente Virata pudo levantarse de su yácija y tocar con sus manos las paredes del calabozo. Sentía como si un mundo nuevo hubiese nacido en él, y cuando, al tercer día, se cicatrizaron sus heridas, sintió que la fuerza volvía a su espíritu y a su cuerpo. Entonces permanecía largas horas sentado, lleno de tranquilidad. Por las negras paredes resbalaban las gotas de agua, lentamente, a lo largo del tiempo, rompiendo de cuando en cuando el profundo silencio al caer sobre el suelo, como marcando pequeñas partículas de aquel tiempo infinito que estaba compuesto de miles y miles de días, que resbalaba día y noche, impasible, desde los más remotos tiempos de la humanidad antigua.

Dentro de él reinaba también el silencio, una profunda oscuridad reinaba en su sangre; pero la sangre circulaba emanando recuerdos, corriendo como una fuente mansa alimentando el tranquilo estanque del pasado, sin oleajes, lleno de una infinita claridad, donde se reflejaban límpidas imágenes a cuya contemplación su corazón permanecía suspenso. Jamás había sentido su espíritu tan clarividente como en aquella contemplación del espectáculo de las lejanías hundidas en el pasado.

En aquella oscuridad, la mirada de Virata era de clarividente, los recuerdos se alzaban ante él y precisaban sus formas. El suave placer de la contemplación limpia de deseos se cernía sobre el resplandor de los recuerdos, que se transfiguraban en mil formas, que se entremezclaban, como los dispersos guijarros de la prisión bajo las manos acariciadoras del prisionero.

Entonces Virata evocaba la milenaria imagen del dios de la fuerza y se sentía liberado de la servidumbre de la voluntad, muerto entre los vivos y vivo en la muerte. Toda la angustia del pasado había desaparecido y se sumergía en el suave deseo de la liberación de su cuerpo. Le parecía que a cada momento se hundía más profundamente en la oscuridad, como una negra raíz, como una piedra tan sólo, reposando fríamente impasible en la ignorancia del ser.

Durante dieciocho noches permaneció Virata sumido en su contemplación, libre de las espinas de la vida. La bienaventuranza resplandecía en torno suyo, comprendía que había cumplido su expiación; su culpa y su fatalidad eran sólo como un sueño en el despertar de la sabiduría eterna.

A la decimonona noche se sintió de pronto conmovido por un repentino pensamiento, le pareció como si una ardiente aguja le traspasase el cerebro. El espanto sacudió entonces su cuerpo y sus dedos comenzaron a temblar en sus manos como las hojas en una rama. El hombre al que había condenado podía ser infiel a su juramento, olvidarle, y él entonces tendría que permanecer allí miles y miles de días hasta que su carne se desprendiese de sus huesos y cayese al suelo y la lengua se le secase en el eterno silencio.

La voluntad, el ansia de vivir, saltó entonces dentro de él como una pantera; se desencadenó en su espíritu una tempestad de angustia, de confusión y de esperanzas. Ya no podía pensar en el milenario dios de las mil formas, sino únicamente en sí mismo. Sus ojos se sentían hambrientos de luz; sus piernas chocaban contra las duras piedras, querían andar, ir lejos, saltar y correr. Con toda el ansia desesperada de sus sentidos pensaba en su mujer, en sus hijos, en las riquezas del mundo, y su sangre hervía.

Desde este día, sus recuerdos se ensombrecieron, se alzaron como enemigos contra él, fueron como una tempestad que le envolvía. Y él los buscaba, deseaba que los recuerdos le arrebatasen como una hoja muerta hacia las resplandecientes horas pasadas en la libertad; que el tiempo corriese y le acercase a la ansiada hora de la liberación. Pero en torno suyo reinaba tan sólo el silencio, y en el gran naufragio era como un nadador que luchaba y luchaba horas enteras. Las gotas de agua que resbalaban por las paredes le parecía que iban cayendo en un tiempo eterno, sin fin. Desesperado, se alzaba de su yácija y saltaba de un lado a otro, en la cueva llena de silencio; alocadamente giraba como una peonza entre las paredes. Insultaba a las piedras, maldecía a los dioses y al rey, con sus ensangrentadas uñas arañaba las rocas, y daba golpes con el cráneo contra la puerta hasta que caía sin sentido al suelo. Luego volvía en sí, despertaba, y como una rata rabiosa corría por todos los ángulos de su celda.

Desde este día hasta la luna nueva se consumió Virata en su encierro.

Rechazaba la comida miserable que le llevaba el carcelero. No pensaba en nada; sus labios iban contando mecánicamente las gotas de agua que caían en el tiempo sin fin, intentando distinguir un día de otro día, hasta que de pronto la cabeza se inclinaba sobre su pecho pajo el pesado martillazo del sueño.

A los veintitrés días Virata oyó ruido más allá de la puerta de su calabozo. Luego volvió a reinar el silencio. Después se oyeron pasos, la puerta se abrió, una luz resplandeciente cegó sus ojos. Delante de aquel ser enterrado en la oscuridad se hallaba el rey.

El rey abrazó amorosamente a Virata y le dijo: -Me he enterado de tu acción, que es la más grande de todas las que se rememoran en los escritos de los antepasados. Como una estrella, resplandece muy alta sobre la mezquindad de nuestra existencia. Sal afuera para que el fuego de Dios te ilumine y los ojos puros del pueblo puedan contemplar a un hombre justo.

Virata apartó sus manos de los ojos, pues la luz le había herido como un aguijón, dejándole tan sólo ver la púrpura de su sangre. Se puso en pie como un beodo y los siervos tuvieron que sostenerle. Luego, una vez más sereno, dijo al rey: -Tú, rey, me has dado el nombre de justo; pero yo sé que todo aquel que habla de justicia, que quiere hacer justicia, obra injustamente y se llena de culpa. En estas profundidades hay multitud de hombres que sufren con injusticia a causa de mi palabra. Sé ahora lo que les he hecho sufrir y sé que no podré pagar sus sufrimientos. Te ruego que los mandes poner en libertad antes de que yo salga.

El rey ordenó que se liberase a los prisioneros. Luego dijo a Virata: -Te sentabas en la escalinata de mi palacio para administrar justicia como el más alto juez. Ahora eres un sabio, un caballero aleccionado en la caballería de los sufrimientos; ahora, por lo tanto, debes sentarte a mi lado para que yo pueda oír tus palabras y yo mismo llegue a ser sabio con tus conocimientos sobre justicia.

Virata abrazó las rodillas del rey en deseo de hacerle una petición: -Déjame libre de mis cargas; yo ya no puedo administrar justicia, pues sé que nadie puede ser juez, que es a Dios a quien corresponde castigar y no a los hombres. El hombre que señala el destino a los otros hombres cae en pecado y yo quiero vivir sin culpa.

-Sea así -respondió el rey-; no serás juez, sino consejero mío. Me aconsejarás en la guerra y en la paz, sobre la justicia de los impuestos y gabelas, y así no me equivocaré en mis resoluciones.

Otra vez Virata abrazó las rodillas del rey: -No me des poder, pues el poder excita a la acción y cualquier acción puede ser justa o no serlo respecto a su fin. Si te aconsejase la guerra, sembraría entonces la muerte. Solamente puede ser justo aquel que no tiene parte en ninguna obra y vive solo. Jamás he estado más cerca de la sabiduría que ahora que he vivido aislado, sin la palabra de los hombres. Déjame vivir pacíficamente en mi casa, sin más obligación que la del sacrificio a los dioses. De este modo estaré limpio de culpa.

El rey le dijo entonces, contrariado: -¿Cómo es posible contradecir a un sabio? No está permitido torcer la voluntad de un justo. Vive, pues, según tu voluntad. Será una honra para mi Imperio el que dentro de sus límites viva un ser liberado de toda culpa.

Una vez fuera de la cárcel, Virata se despidió del rey. Sentía su espíritu liberado, regresaba a su hogar tranquilo, sin preocupaciones de una pesada obligación.

Detrás de sí oyó Virata un rumor de pasos de pies desnudos. Se volvió y pudo ver al condenado cuyo suplicio había sufrido él. Aquel hombre iba besando las huellas que dejaban en el polvo las sandalias de Virata.

Luego desapareció.

Entonces floreció una sonrisa en los labios de Virata, una sonrisa que no había vuelto a nacer en sus labios desde aquel día en que los aterrados ojos del hermano muerto se habían clavado en él.

Virata entró lleno de alegría en su casa.

 

CAPÍTULO VI

En su casa vivió Virata días llenos de luz. Al despertarse elevaba una plegaria de agradecimiento por ver la claridad del cielo en vez de las tinieblas, por contemplar los colores y sentir el perfume de la tierra y la clara música de la mañana.

Cada día era para él como un maravilloso regalo, y sentía su propia vida dentro de sí como un prodigio, lo mismo que la dulce vida de su mujer, la fuerte vida de sus hijos. Comprendía que sobre todo el Universo se derramaba la bendición del dios milenario, y entonces Virata se sentía lleno de noble orgullo al pensar que jamás causaría más daño a sus hermanos, que jamás se movería como el enemigo de una de las mil formas del dios invisible.

Durante todo el día leía los libros que contienen la sabiduría y profundizaba en las formas de la devoción, concentrando su espíritu en el deseo del bien a los pobres.

Su espíritu permanecía sereno, su palabra era dulce y los suyos le amaban como jamás le habían amado.

Era la ayuda de los pobres y el consuelo de los desgraciados. Ya no era conocido con los nombres de Rayo de la Espada ni Fuente de la Justicia; todos le conocían con el nombre de Fecundo Campo de los Consejos, y a él acudían para que dirimiese las diferencias y dificultades, no como juez, sino como hombre de bondadosas palabras.

Virata se sentía entonces feliz, pues sabía que un consejo era mejor que una orden y una avenencia mejor que una sentencia.

No sentenciaba a los hombres, los ayudaba, y comprendía que su propia vida se había limpiado de toda culpa.

Así llegó a la mitad de su existencia con espíritu clarividente, y así pasaban para él los años uno tras otro, semejantes a un solo y claro día.

Su espíritu se iba haciendo cada vez más puro. Cuando acudían a él para que dirimiese alguna diferencia, para que hiciese nacer la paz entre dos contendientes, su espíritu apenas podía comprender que hubiese tanta injusticia sobre la Tierra y que los hombres luchasen entre sí movidos por los celos o por el amor propio, como si todos no disfrutasen por igual de la vida y de los puros goces de la existencia. A nadie envidiaba y de nadie era envidiado. Su casa se elevaba como una isla de paz en medio del tumulto de la vida de los hombres, lejos del torrente de las pasiones y de la tempestad de los deseos.

Una tarde, al sexto año de su vida de paz, Virata se sintió arrebatado de su contemplación al oír una gran gritería y ruido de golpes. Salió corriendo de su estancia y vio que sus hijos azotaban despiadadamente a un esclavo que se hallaba ante ellos de rodillas. El látigo mordía las espaldas desnudas de aquel hombre hasta hacerle saltar la sangre.

Los ojos del esclavo, desorbitados por el terror, se clavaron en Virata y éste sintió en el fondo de su alma los ojos de su hermano muerto que le miraban. Se interpuso entre el esclavo y sus hijos y preguntó qué era lo que había sucedido.

Pudo comprender, por las frases entrecortadas de sus hijos, que le hablaban al mismo tiempo interrumpiéndose unos a otros, que aquel esclavo, que estaba encargado de transportar agua en grandes cubos, desde la fuente a la casa, muchas veces, en el ardor del mediodía, agotado por el cansancio, se retrasaba en su trabajo, y que el día anterior, después de haber sido castigado por su holgazanería, se había escapado.

Los hijos de Virata habían montado a caballo y habían salido en su persecución, consiguiendo cogerle más allá del río, cerca del pueblo.

Entonces le habían atado con una cuerda a la silla de sus caballos y, medio arrastrándole y medio corriendo, con los pies destrozados por las piedras, le habían traído prisionero, y no bastándoles este suplicio le azotaban ahora despiadadamente, para que su castigo sirviese de ejemplo a los demás esclavos, que contemplaban el suplicio temblándoles de miedo las rodillas, hasta que Virata había llegado para interrumpir el castigo.

Virata miró fijamente al esclavo. La arena, en tomo suyo, se veía salpicada de sangre. Los ojos de la víctima estaban desmesuradamente abiertos, como los de un perro atormentado, y Virata vio, en la profundidad de aquellos negros ojos llenos de espanto, el mismo terror que él había visto en las eternas noches de su calabozo.

-Dejadle libre -ordenó a sus hijos-, su culpa ya está pagada.

El esclavo besó el polvo junto a los pies de Virata. Y por primera vez mostraron los hijos descontento ante una orden de su padre.

Virata volvió a su celda. Sin saber bien lo que hacía se lavó la cara y las manos, y de pronto se dic cuenta, asustado, de que había obrado como antaño, de que por primera vez había vuelto a proceder como juez y había dictado una sentencia sobre un destino humano. Y por primera vez desde hacía seis años, volvió a pasar toda una noche sin sueño.

Permanecía insomne, echado en la oscuridad, viendo los asustados ojos del esclavo que le contemplaban (tal vez eran los ojos del hermano muerto), y se le aparecía luego el furor de sus hijos. Entonces se preguntaba si éstos habían cometido una injusticia con aquel esclavo.

La sangre había teñido el suelo de su casa, el látigo había flagelado a un ser vivo, y aquel castigo le causaba más sufrimiento, le quemaba mucho más que cuando las colas del látigo le habían mordido como culebras en sus propias espaldas. A ningún hombre libre podía aplicársele esta pena, pues se hallaba bajo la protección especial de las leyes del rey; era aquella una pena para los esclavos. Pero, esa ley del monarca, ¿era también una ley del dios milenario? ¿Era justo que unos hombres viviesen completamente libres y otros pendientes de una voluntad ajena? Virata se levantó de su lecho y encendió la luz, y se puso a investigar en los libros de la sabiduría para encontrar la razón. En ninguna parte pudo hallar su mirada el signo de la diferencia entre un hombre y otro hombre. Sólo halló el orden de las castas y de los estamentos, pero nada había en el sentido del dios milenario que precisase las diferencias de amor entre los hombres. Sediento, procuró beber en la fuente de la sabiduría, pero nada contestaba a su pregunta. Entonces arrojó los libros y apagó la luz.

Una vez las paredes de su estancia desaparecieron en la oscuridad, comprendió Virata el misterio. No era su habitación lo que sus ojos veían, era su propia cárcel, aquella cárcel terrible que él había conocido, y comprendió que la libertad es el más esencial de los derechos del hombre y nadie puede negarla, no sólo por toda una vida, ni siquiera por un año.

Ahora se daba cuenta de que había encerrado a sus esclavos en el estrecho círculo de su propia voluntad, los había encadenado de manera que ninguno de sus pasos pudiese ser jamás libre. La claridad se había hecho en él. Ante aquel pensamiento su pecho respiraba liberado y dentro de su profunda oscuridad se había hecho la luz.

Hasta aquel momento no había comprendido que la culpa estaba en él, que había sometido a los hombres a su voluntad, que los llamaba esclavos contra todo derecho, que los hombres solamente debían obediencia al eterno dios de las mil formas.

Entonces se inclinó para elevar una plegaria: -Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos. Así mi vida estará libre de toda culpa.

El rostro de Virata estaba de nuevo lleno de luz. Con puros ojos salió afuera para contemplar la noche y recibir el saludo de las estrellas, y el suave viento de la primavera le acarició en el jardín a la orilla del río.

Cuando el Sol se elevó en el horizonte, se bañó en el sagrado río y luego se dirigió a su casa, donde los suyos se hallaban reunidos para la plegaria matinal.

 

CAPÍTULO VII

Saludó a toda su familia con dulce sonrisa. Ordenó que las mujeres se retirasen a sus habitaciones y luego habló de esta manera a sus hijos: -Vosotros sabéis que, desde hace años, solamente hay una preocupación en mi alma: ser un hombre justo y vivir sin culpa sobre la Tierra. Pero ayer aconteció que la sangre regó el suelo de mi casa, sangre de un ser vivo, de un hombre, y yo quiero liberarme de esa sangre y hacer expiación alejado de la sombra de mi casa. El esclavo que sufrió la pena tan dura debe ser puesto en libertad y desde este mismo momento ir adonde más le plazca, para que de este modo no pueda pedir justicia ante el Supremo Juez contra vosotros y contra mí.

Los hijos permanecieron silenciosos y Virata comprendió que sus palabras habían sido recibidas con hostilidad.

-¿No respondéis a mis palabras? No quiero hacer nada contra vosotros sin antes haberos escuchado.

-Tú quieres dar la libertad a un culpable como premio de su culpa - respondió el hijo mayor-. Tenemos muchos siervos en la casa y uno menos no tiene importancia. Pero todo lo que realizan lo hacen porque están atados con cadenas. Si dejas a ese libre, ¿cómo podrás conseguir que los demás te obedezcan? -Si ellos no quieren obedecerme, debo entonces ponerlos en libertad. No quiero torcer el destino de ningún hombre. Quien dispone de la vida ajena cae en culpa.

-Pero tú te olvidas de la ley -dijo el hijo segundo-. Esos esclavos son de nuestra propiedad como la tierra, los árboles de esa tierra y los frutos de esos árboles. Ellos te sirven y están atados a ti y tú estás atado a ellos. La ley milenaria, nacida en lo más remoto de los tiempos, dice: El esclavo no es dueño de su vida, sino siervo de su señor.

-¡Hay también un derecho de Dios y este derecho es la vida, la vida que él ha creado con el aliento de sus labios. Me has hablado bien, pues yo he estado también ciego y creía estar liberado de mi culpa sin pensar que he dispuesto de la vida ajena durante años. Ahora veo claramente y puedo decir que un justo no puede tratar a los hombres como animales.

Quiero dar a todos la libertad, para que de este modo pueda vivir sin culpa sobre la Tierra.

El furor ensombreció la frente de sus hijos. Y el mayor de ellos respondió: -¿Quién regará las sementeras? ¿Quién cultivará el arroz? ¿Quién conducirá los búfalos al campo? ¿Debemos nosotros convertirnos en esclavos y obedecer a tu voluntad? Tus mismas manos, en tu larga vida, no se han acostumbrado al trabajo y no podrías ahora acostumbrarte a él. El sudor ajeno es el que empleas tú cuando, para poder dormir, te haces abanicar por el siervo. ¿Y tú quieres liberarlos a ellos para que nosotros tengamos que sufrir, nosotros que somos tu propia sangre? ¿Debemos nosotros uncirnos al arado tirado por búfalos y tirar de la cuerda en su lugar para que ellos no sufran? También los búfalos han nacido del aliento del dios de las mil formas. No quieras, padre, cambiar lo estatuido por él. No produce la tierra por sí misma, es necesario que esté sometida a un poderío para que dé frutos. El dominio es la ley que rige bajo las estrellas y no podemos prescindir de él.

-Yo, sin embargo, quiero prescindir del dominio, pues el poder es una infracción del derecho y yo quiero vivir sobre la Tierra sin cometer injusticias.

-El poder abarca todas las cosas, sean hombres o animales o la paciente tierra. Sobre lo que tú eres señor debes ejercer el dominio.

Quien posee está atado al destino de los hombres.

-Yo, sin embargo, quiero liberarme de todo para no caer en culpa. Por lo tanto, os ordeno que pongáis en libertad a los esclavos y que vosotros mismos atendáis a nuestras necesidades.

Los hijos le miraron con ira y apenas pudieron contener sus improperios. Luego dijo el mayor: -Tú has dicho que no quieres torcer el destino de ningún hombre. No quieres mandar sobre tus esclavos para no caer en culpa y, sin embargo, nos mandas a nosotros y quieres cambiar nuestra vida.

¿Dónde está el derecho de Dios y de los hombres? Virata permaneció largo tiempo silencioso. Cuando elevó sus ojos vio que la llama de la codicia ardía en las miradas de sus hijos. Entonces les dijo, lentamente: -Me habéis mostrado lo que es justo. No quiero ejercer mi poder sobre vosotros. Tomad mis bienes y repartíoslos según vuestra voluntad; no quiero tener parte alguna en los bienes ni en la culpa. Habéis hablado acertadamente: quien ejerce el poder priva de libertad a los demás y a su propia alma antes que a todo. Quien quiere vivir sin culpa no puede compartir los bienes, ni puede alimentarse con el trabajo ajeno, ni beber a costa del sudor de otro, ni estar ligado al deseo de la mujer, ni sumirse en la pereza de la hartura. Solamente quien vive solo vive con Dios, solamente quien posee la pobreza lo posee todo. Yo deseo tan sólo estar cerca de Dios en la Tierra, quiero vivir sin culpa. Tomad mi casa y mis bienes y repartíoslos en paz.

Después de decir esto, Virata dejó a sus hijos, que se quedaron profundamente sorprendidos, sintiendo que la codicia ardía dentro de sus cuerpos.

 

CAPÍTULO VIII

Virata se encerró en su estancia y permaneció sordo a todas las llamadas y exhortaciones.

Cuando comenzaron a aparecer las primeras sombras de la noche, se preparó para la larga caminata. Tomó un cayado, un saco, un hacha de trabajo, un puñado de frutas para alimentarse y las hojas de palmera donde se hallaban grabadas las máximas de la sabiduría y de la plegaria. Acortó sus vestidos hasta las rodillas y calladamente abandonó la casa, sin despedirse de su mujer ni de sus hijos, sin preocuparse de todos los bienes que dejaba.

Caminó durante toda la noche para llegar hasta el río donde, después de un amargo despertar, había tirado su espada, y pasó a la otra orilla, que estaba completamente deshabitada y donde la tierra no había sido jamás arañada por el arado.

Al amanecer llegó a un lugar donde se elevaba un árbol gigantesco. El río describía un amplio círculo en torno de aquel lugar, y una multitud de pájaros, armando una gran algarabía, jugueteaban en la ribera sin ningún temor. La claridad resplandecía en la corriente del río y una dulce sombra reinaba bajo la copa del árbol. Una virginal maleza se extendía por aquel paraje y viejos troncos de árboles caídos yacían en el suelo. Virata eligió un pequeño cuadrado en medio del bosque y comenzó a construir allí una choza para vivir en ella alejado de los hombres y de sus culpas.

Durante cinco días trabajó penosamente en la construcción de la choza, pues sus manos no estaban acostumbradas al trabajo. Debía, además, atender a su subsistencia y buscar frutas para alimentarse. La selva era espesa en torno de su choza y tuvo que rodearla de una empalizada para que los hambrientos tigres no le asaltasen en la oscuridad de la noche. Ninguna voz humana llegaba hasta aquel lugar para turbar su espíritu; tranquilos pasaban los días como el agua del río, que manaba siempre nueva de una misteriosa fuente.

Solamente los pájaros acudían allí sin temor a aquel hombre tranquilo, y pronto comenzaron a construir sus nidos en el techo de la choza. El les ofrecía simientes de las grandes flores y de los dulces frutos. Pronto saltaron confiados sobre sus manos, revoloteaban en torno de las palmas cuando los llamaba, y se dejaban acariciar.

Una vez encontró Virata en el bosque a un joven mono que se había roto una pierna y yacía en el suelo lanzando gritos como un chiquillo.

Le llevó a su choza y le atendió cuidadosamente y, una vez curado, el mono no se apartó de él y le sirvió como un esclavo.

Virata era benigno con todos los animales, pero sabía que también los animales ejercen el poder y la maldad como los hombres. Veía cómo los cocodrilos se mordían unos a otros y se perseguían con furor; cómo los pájaros cazadores hundían sus afilados picos en el río y ensartaban cruelmente las pequeñas culebras. La ininterrumpida cadena de la destrucción que la enemiga diosa había enroscado en torno del mundo aparecía ante sus ojos, imponía su derecho, y contra ella nada podía la sabiduría.

Durante un año, durante muchas lunas, no vio jamás a un hombre.

Una vez aconteció que un cazador, que seguía el rastro de un elefante, llegó hasta el otro lado del río.

Entonces aquel cazador pudo contemplar un espectáculo insospechado: Envuelto en el amarillo resplandor de la tarde, se hallaba sentado, ante una pequeña choza, un anciano de larga barba blanca. Los pájaros se posaban pacíficamente en sus cabellos; y un mono, lanzando alegres chillidos, llevaba bayas y nueces junto a sus pies. Aquel hombre elevó la mirada hacia la copa de los árboles, allí donde los papagayos azules dejaban oír su gritería, alzó una mano y una nube azul de pájaros fue a posarse inmediatamente sobre ella.

El cazador creyó entonces que se hallaba ante la visión de un santo, tal como se describen esas visiones: Los animales hablan con él en el lenguaje de los hombres, y las flores se abren en la huella de sus pasos.

Puede encender las estrellas con el soplo de sus labios y hacer resplandecer la Luna con el aliento de su boca.

Y el cazador abandonó su caza y regresó corriendo a la ciudad para referir la aparición.

Al día siguiente se había difundido ya la noticia por toda la orilla opuesta del río; todos corrieron para contemplar la maravilla, hasta que uno de ellos reconoció a Virata, a aquel que había abandonado su patria, su casa y sus tierras, para vivir una vida de pureza.

Pronto llegó la noticia hasta el rey, que no había olvidado a aquel súbdito leal. Mandó inmediatamente que fuese armada una barca con sus mejores remeros. La barca remontó rápidamente la corriente del río hasta el lugar donde se hallaba la choza de Virata y, acercándose entonces a la orilla, los remeros tendieron sobre el suelo una amplia alfombra bajo los pies del rey, hasta donde se hallaba el anciano.

Hacía un año y seis lunas que Virata no había oído la voz de los hombres. Quedó espantado y sorprendido a la vista de su visitante, olvidando la reverencia de los vasallos.

-Bien venido seas, rey mío.

El rey le dijo entonces: Hace años que te permití que siguieses tu camino según tu voluntad.

Ahora he venido para contemplar cómo vive un justo y aprender con su ejemplo.

Virata hizo una profunda inclinación y respondió: -Mi único deseo es vivir apartado de los hombres y permanecer limpio de toda culpa. Solamente la soledad puede aleccionarnos. No sé si es sabiduría lo que hago, sólo sé que siento una gran felicidad. No tengo nada que aconsejar ni nada que aprender. La sabiduría del solitario es muy distinta de la sabiduría del mundo. El estado de contemplación es muy distinto del estado de acción.

-Pero solamente el contemplar cómo vive un justo es una lección - respondió el rey-. Con sólo contemplar tu mirada me siento lleno de bienestar y de paz. No quiero turbar más tu tranquilidad.

Virata se inclinó profundamente otra vez. Y el rey le dijo entonces: -¿Puedo satisfacer alguno de tus deseos en mi Imperio? ¿Quieres que lleve alguna palabra a los tuyos? -Ya no hay nada mío, mi rey, sobre esta Tierra. He olvidado ya que en otro tiempo tenía una casa entre las otras casas y unos hijos entre los otros hijos. El que no tiene patria, tiene el mundo; el que lo ha abandonado todo, tiene el más grande de los bienes; el que vive sin culpa, tiene la paz. No tengo ningún deseo; solamente quiero permanecer sin culpa sobre la Tierra.

-Entonces acuérdate de mí en tus plegarias.

-Doy gracias a Dios y también a ti y a todos los de esta tierra, pues ellos son una parte de Dios y de su espíritu.

Virata hizo una reverencia. La barca del rey se alejó llevada por la corriente, y durante muchas lunas el solitario no volvió a oír la voz de los hombres.

 

CAPÍTULO IX

Una vez más la fama de Virata extendió sus alas y voló como un halcón blanco sobre la tierra. Hasta los más alejados pueblos y las más apartadas chozas de los pescadores llegó la fama de aquel que había abandonado su casa y sus bienes para vivir la verdadera vida de devoción, y los hombres dieron a aquel ser temeroso de Dios los cuatro nombres de la Virtud: le llamaron Estrella de la Soledad.

Los sacerdotes glorificaban sus palabras en el templo y el rey le alababa ante sus servidores. Cuando algún caballero quería dictar alguna sentencia, comenzaba diciendo: Pueda ser mi palabra como la de Virata, que vive en Dios y conoce toda sabiduría.

Y aconteció más de una vez, al correr de los años, que algún hombre que había llevado una vida de injusticias y comprendía de pronto lo torcido de su existencia, abandonaba la casa y la patria y, repartiendo todos sus bienes, se marchaba al bosque para vivir allí apartado del mundo en una miserable choza. El ejemplo es lo que liga más sobre la Tierra, lo que ata más a los hombres. Cada uno de esos hombres que querían llevar una vida de justos, despertaba en otros el deseo de imitarle. Estos convertidos querían llenar su vida que había estado vacía, purificar sus manos que estaban teñidas en sangre, limpiar de culpa sus almas. Por eso se iban al apartamento, para vivir en una choza, con el cuerpo desnudo por la pobreza, sumidos en la devoción. Si se encontraban entre ellos, al ir a buscar frutos para alimentarse, no se decían palabra alguna, no entablaban entre ellos ninguna amistad, pero sus ojos sonreían alegremente y sus espíritus eran mensajeros de paz.

El pueblo conocía aquel bosque con el nombre de El Bosque de los Cenobitas, y, ningún cazador perseguía hasta allí su caza para no turbar la tranquilidad y manchar con sangre aquel lugar santo.

Una mañana en que Virata se dirigía al bosque, vio que uno de aquellos anacoretas se hallaba inmóvil, tendido sobre la tierra. Se acercó a él y, al moverle para prestarle auxilio, vio que estaba muerto. Virata cerró los ojos al cadáver y rezó una plegaria, intentando luego arrastrar aquel cuerpo muerto hasta la espesura del bosque con objeto de darle sepultura bajo un montón de piedras, para que así el alma de aquel hermano pudiese entrar tranquila en el mundo de la transmigración.

Pero la carga era demasiado pesada para sus brazos, debilitados a causa de la parca alimentación. Entonces Virata vadeó el río y fue a buscar ayuda al pueblo más cercano.

Cuando los habitantes del pueblo vieron llegar a aquel solitario y reconocieron en él a la Estrella de la Soledad, acudieron todos para rendirle tributo de respeto y atender a lo que deseaba.

Al paso de Virata, las mujeres se inclinaban ante él y los niños le miraban inmóviles, llenos de sorpresa. Algunos hombres salieron apresuradamente de sus casas para besar la veste del visitante y recibir su bendición.

Virata avanzó sonriendo entre aquella ola de gente, y comprendía que un amor limpio y profundo había nacido en él hacia los hombres desde que no estaba ligado a ellos.

Cuando pasaba por delante de la última casa del pueblo, rodeado de la multitud que le expresaba su devoción, vio clavados en él los ojos de una mujer que le miraban llenos de odio. Virata se estremeció de espanto, pues había olvidado ya, a través de los años, los ojos llenos de terror de su hermano muerto.

Virata volvió el rostro, pues, en la soledad, su espíritu se había desacostumbrado a toda mirada enemiga. Luego pensó que era muy posible que sus propios ojos hubiesen sufrido un error. Pero la mirada estaba allí, profundamente negra, llena de rencor, clavada en él.

Una vez dominada su inquietud, Virata se encaminó hacia la casa en cuyo umbral aquella mujer le miraba como enemigo, y él se sintió entonces dominado por aquellos ojos que parecían los ojos de un tigre agazapado inmóvil en la espesura.

Y Virata se preguntó entonces: ¿Cómo es posible que esta mujer tenga algo que reprocharme, manifieste tanto odio contra mí, si no la he visto nunca? Seguramente debe de estar equivocada.

Con paso tranquilo se dirigió a la casa y golpeó la puerta con la mano.

En la oscuridad de la entrada sintió la presencia de aquella mujer desconocida. Virata se inclinó humildemente como un mendigo.

Entonces la mujer avanzó hacia él con su obscura y turbia mirada de ira.

-¿Qué vienes a buscar aquí? -preguntó.

Virata miró atentamente el rostro de la mujer y en su corazón renació la tranquilidad, pues entonces estuvo seguro de que no la había visto nunca. Ella era muy joven y él hacía ya muchos años que se había apartado del camino de los hombres. Jamás había podido cruzarse con ella en el sendero de la vida y nada, por lo tanto, había podido hacer contra ella.

-Quería darte el saludo de paz, mujer -respondió Virata-. Y preguntarte por qué causa me miras con odio. ¿Qué tienes contra mí? ¿He podido hacer algo que te haya ofendido? -¿Qué me has hecho? -Y los labios de la mujer se abrieron con una sonrisa malvada-. ¿Qué me has hecho? Nada, no me has hecho nada: has convertido la abundancia de mi casa en miseria, me has robado el amor y has hundido mi vida en la muerte. Vete, que no vuelva a ver tu rostro; márchate, mi odio no podría contenerse por más tiempo.

Virata la contempló suspenso. Tan terrible era aquella mirada, que le pareció la mirada de la locura. Se apartó humildemente y le dijo: -Yo no soy quien tú crees. Vivo apartado de los hombres y no llevo sobre mí la culpa de haber torcido ningún destino humano. Tus ojos se equivocan.

-Te conozco perfectamente, te conozco como todos los demás; eres Virata, aquel que es conocido con el sobrenombre de Estrella de la Soledad, aquel a quien glorifican con los cuatro nombres de la Virtud.

Pero mis labios no te glorificarán jamás; mi boca clamará ante el Supremo Juez de los hombres hasta que se te haya hecho justicia.

Acércate y contempla lo que has hecho conmigo.

Entonces aquella mujer cogió al sorprendido Virata y la empujó dentro de la casa, abrió una puerta y le hizo entrar en una habitación pequeña y obscura. Y llevándole hasta el rincón le hizo contemplar algo que yacía inmóvil sobre una estera. Virata se inclinó y se apartó rápidamente con un gesto de sorpresa. Allí, en el suelo. yacía el cadáver de un niño y los ojos de aquel inocente muerto le miraron con aquella mirada lamentable con que en otro tiempo le miraron los ojos de su hermano.

Junto a él, la mujer sollozaba dolorosamente.

-Es el tercero, el último nacido en mi seno, y también tú le has asesinado, tú, a quien llaman el santo y el servidor de Dios.

Y cuando Virata intentó rechazar aquellas acusaciones, la mujer le empujó hacia otro lugar y le dijo: -Mira aquí el telar, el telar vacío. Aquí trabajaba Paratika, mi marido, durante todo el día, tejiendo lino blanco, y no había mejor tejedor en la comarca. Desde muy lejos venían a encargarle trabajo, y con el trabajo atendíamos a nuestra subsistencia; tranquilos eran nuestros días, pues Paratika era un hombre bueno y un trabajador incansable. Evitaba siempre las malas compañías y educábamos a nuestros hijos esperando que cuando serían hombres seguirían su ejemplo de bondad y de trabajo. Un día se enteró él por un cazador (Dios debía haber permitido que este extranjero no llegase jamás a nuestra casa) que un hombre había abandonado su país, su casa y sus bienes, y apartándose de las cosas mundanas se había ido a vivir en la soledad, en una choza construida por sus propias manos. Desde aquel momento Paratika cayó en una profunda meditación, de cada vez se mostraba más preocupado y pasaba días enteros sin pronunciar una sola palabra. Hasta que una noche me desperté y vi que ya no estaba a mi lado. Se había ido al bosque que es conocido con el nombre de El Bosque de los Cenobitas, ese lugar donde tú moras para vivir en la soledad, junto a Dios, olvidándonos a nosotros y olvidándose de que vivíamos de su trabajo.

La pobreza entró entonces en nuestra casa; los hijos no tuvieron pan; primero murió uno, luego otro y hoy el último yace también muerto por tu culpa, pues tú le has matado. Para que tú estés más cerca de la presencia de Dios, tres hijos de mis entrañas han sido enterrados en la dura tierra. ¿Cómo puedes tú reparar esto? ¿Cómo no he de clamar contra ti ante el Supremo Juez de los muertos, si has roto tú sus vidas arrojándolas al sufrimiento con la misma indiferencia con que arrojas las migas de tu pan a los pájaros? ¿Cómo puedes tú redimirte de ser la causa de que un hombre justo abandonare su trabajo con el cual alimentaba a sus inocentes hijos? Virata había palidecido, los labios le temblaban.

-Yo no sabía esto; yo no sabía que hiciese daño a los demás. Creía vivir solitario.

-¿Dónde está, pues, tu sabiduría, sabio, si no sabías eso, que ya saben los niños, que aquel que se aparta de sus deberes cae en culpa? Tú no has sido más que un egoísta; solamente pensabas en ti mismo y no en los demás; lo que era dulce para ti, ha sido para mí amargo; lo que era para ti tu vida, ha sido para mis hijos la muerte.

Virata permaneció un momento pensativo. Luego dijo, humildemente: -Dices la verdad. Siempre hay en el dolor más sabiduría y verdad que en toda la filosofía. Todo lo que sé lo he aprendido junto a los desgraciados, y todo lo que he podido ver con la mirada que penetra en las profundidades ha sido con los ojos del hermano eterno. No he sido un hombre humilde ante Dios, como creía; he estado siempre lleno de orgullo, he podido comprender esto a través de sufrimientos que jamás había experimentado. Perdóname, pues yo no comprendía mi parte de culpa en tu desgracia e ignoraba que hubiese influido en el destino de algunos de mis semejantes. El abstenerse de obrar es realizar también un acto del cual uno puede hacerse culpable sobre la Tierra. El solitario vive, a pesar de estar solo, con sus hermanos. Perdóname, mujer. Iré al bosque en busca de Paratika para que renazca en vuestra casa la vida como en el pasado.

Virata se inclinó y besó humildemente el borde del vestido de la mujer.

Esta sintió desaparecer todo su odio y con ojos sorprendidos contempló cómo se alejaba el solitario.

 

CAPÍTULO X

Virata regresó a su choza y durante toda la noche contempló la blanca maravilla de las estrellas encendidas en la profundidad del cielo. Llegó la aurora borrando las luces estelares y, como siempre, Virata llamó a los pájaros para darles de comer. Luego cogió el cayado y regresó a la ciudad.

Apenas difundida la noticia de que el santo había abandonado su soledad y se hallaba de nuevo entre los hombres, el pueblo se lanzó a las calles para contemplarle. Algunos se sintieron llenos de temor creyendo que su aparición podría ser presagio de alguna desgracia. A través de la respetuosa ola de la muchedumbre, avanzaba Virata con una dulce sonrisa en los labios y humildemente saludaba a los hombres; pero por primera vez en su vida no pudo evitar que su mirada fuese severa. No pronunciaba palabra alguna.

De esta manera llegó hasta el palacio del rey. Había pasado ya la hora del consejo y el rey estaba solo. Virata compareció ante el monarca, y éste, al verle, abrió los brazos para estrecharle contra sí. Pero Virata se inclinó hasta tocar con la frente en el suelo y besó el borde de la veste del rey en señal de que quería hacerle una petición.

-Antes de que tus palabras formulen lo que quieres pedirme, ya lo tienes concedido -dijo el rey-. Es una honra para mí el tener poder para servir a un hombre prudente y ayudar a un sabio.

-No me des estos nombres -respondió Virata-, pues mi camino no ha sido nunca recto. Tú me desligaste de la obligación de servirte y viví como un mendigo lejos de tu puerta. Quise liberarme de mis culpas y de la responsabilidad de la acción, salir de la red de las cosas mundanas, de esa red que ha sido tejida por los dioses.

-Me es difícil comprender lo que dices -respondió el rey-. ¿Cómo puedes haber procedido mal y caer en la culpa viviendo cerca de Dios? -He ignorado todo lo malo que había. He ignorado que nuestros pies están hundidos en la tierra y que nuestros actos deben ceñirse a la eterna ley. También el dejar de actuar es obrar. No podía apartar de mí la mirada de los ojos del hermano eterno, esas miradas eternas que nos hacen buenos o malos contra nuestra voluntad. Por muchas razones soy culpable, pues me acercaba a Dios y me apartaba de servirle en la vida. Era un egoísta, pues me preocupaba tan sólo de alimentar mi vida sin servir a la de los demás. Quiero, pues, volver a servirte.

-No comprendo, Virata, tus palabras. Dime cuáles son tus deseos para que pueda satisfacerlos.

-Ya no quiero que mi voluntad quede libre. El que se figura estar libre no tiene ninguna libertad; el que huye de la acción no huye de la culpa.

Solamente el que sirve a otros tiene libertad; es libre tan sólo el que entrega su voluntad a los demás y pone su fuerza al servicio de una obra sin preguntar nada. Solamente la mitad de lo que hacemos es obra nuestra: el principio y el fin pertenecen a los dioses. Libérame de mi voluntad, pues toda voluntad es confusión y toda obediencia es sabiduría.

-No te comprendo. Me pides que te haga libre y me pides que te ponga a mi servicio. Libres son los que mandan a los demás, pero no aquellos que tienen que obedecer. No te comprendo.

-Es natural que tu corazón no pueda comprender esto, rey mío. ¿Cómo podrías ser rey si lo comprendieses? Los ojos del monarca se obscurecieron llenos de ira.

-¿Cómo puedes decir que el poderoso es tan poca cosa ante Dios como el vasallo? -No hay nadie grande ni pequeño ante Dios. Solamente quien sirve y somete su voluntad sin preguntar nada puede arrojar su culpa y acercarse a Dios. Quien cree y piensa que es capaz de sojuzgar el mal con su sabiduría, cae en la culpa.

El rey miró a Virata con severo rostro.

-Entonces, ¿todos los servicios son iguales? ¿Tienen todos la misma importancia ante Dios y ante los hombres? -Es muy posible, rey mío, que algunos aparezcan como muy altos a los ojos de los hombres. Pero a los ojos de Dios no existen diferencias.

El rey miró fijamente a Virata durante largo tiempo. El orgullo se rebelaba. Pero luego se aplacó contemplando los blancos cabellos que caían sobre la arrugada frente del anciano que le hablaba, y pensó que con el tiempo aquel hombre se había vuelto otra vez un niño. Entonces le dijo, irónicamente, para probarle: -¿Quieres ser el guardián de los perros de mi palacio? Virata inclinó su frente y besó humildemente el suelo en señal de agradecimiento.

 

CAPÍTULO XI

Desde aquel día, el anciano que había sido conocido en todo el país con los cuatro nombres de la Virtud, fue guardián de los perros del palacio del rey y vivió confundido con los esclavos.

Sus hijos se avergonzaron de él y procuraron cobardemente aislar a los suyos para que no tuviesen que avergonzarse de su sangre delante de los demás. Los sacerdotes le consideraron como un hombre indigno y el pueblo se mostró sorprendido, solamente durante algunos días, de que aquel anciano que en otro tiempo había sido el primer personaje del Imperio fuese ahora el criado de una jauría de perros. Pero él parecía no preocuparse de esto y muy pronto todos le olvidaron. Virata cumplió fielmente su servicio desde la primera claridad de la mañana hasta el último resplandor de la tarde. Cuidaba a los animales, rascaba su sarna, les llevaba la comida, arreglaba sus yácijas y apaciguaba sus peleas. Pronto los perros le mostraron gran fidelidad y amor y esto le llenaba de alegría. Su anciana boca, que antes había hablado a los hombres, estaba ahora llena de sonrisas, y aquella vida tranquila le colmaba de felicidad.

La muerte se llevó al rey y otro rey vino. Este ya no le conocía. Una vez ladró un perro al paso del monarca, y entonces éste, furioso, golpeó al anciano con su bastón.

Los demás hombres se habían olvidado también de la pasada vida de Virata.

Vino un día en que la ancianidad de Virata llegó a su término, y murió en el establo de los esclavos sin que nadie en el pueblo se acordase que aquel hombre había sido glorificado con los cuatro nombres de la Virtud.

Sus hijos se apresuraron a enterrarle y ningún sacerdote cantó la plegaria de los muertos ante su cadáver.

Los perros aullaron durante dos días y dos noches; luego se olvidaron también de Virata, cuyo nombre no está escrito en las crónicas ni consignado en los libros de los sabios.

FIN

 


 

 

 

STEFAN ZWEIG

24 HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER

 

"Podrá ser una ilusión, mas quien

piensa resueltamente por encima

de lo existente y lo preexistente,

por lo menos se procura una

libertad personal frente a nuestra

época insensata.”

Stefan Zweig

 

En Florencia, 1932

 

En una modesta pensión de la Riviera, donde residía, diez años antes de la guerra, estalló en la mesa una violenta discusión, que, exacerbando de pronto los ánimos, estuvo a punto de degenerar en reyerta furiosa.

La mayoría de los hombres tiene escasa imaginación. Todo lo que no los afecta de inmediato y directamente, no hiere sus sentidos, cual dura y afilada cuña, casi no logra excitarlos; mas si un día ante sus ojos acontece algo insignificante, inmediatamente estallan apasionados. Entonces la apatía se convierte en frenética vehemencia.

Esto ocurrió entre las personas aburguesadas que se sentaron a nuestra mesa, donde por lo común entregábamonos a pequeñas charlas insubstanciales, para separarnos en cuanto terminaba la comida. El matrimonio alemán tornaba a sus paseos y a sus fotografías, el danés apacible a su aburrida pesca, la respetable dama inglesa a sus libros, el matrimonio italiano escapaba a Montecarlo y yo perezosamente me hundía en una silla del jardín o volvía a mis trabajos.

Aquel día, en cambio, nos sentíamos todos poseídos de viva irritación, y cuando alguno se levantaba repentinamente de la silla no lo hacía con la acostumbrada cortesía, sino con acalorados ademanes que, como dije, pronto adquirieron violentas formas.

El caso que así alteró la placidez de nuestra pequeña mesa redonda era, fuera de duda, muy singular. La pensión en que habitábamos ofrecía, exteriormente, el aspecto de una villa aislada. ¡Ah, cuán maravillosa era la perspectiva que se abría a nuestras miradas a través de las ventanas que daban sobre la playa pequeña! Pero, en realidad, sólo se trataba de una dependencia económica del gran Palace Hotel, con el que inmediatamente se comunicaba por el jardín, de manera que vivíamos en constante relación con sus huéspedes. El día anterior se había producido en el hotel un tremendo escándalo. En el tren de mediodía, a las doce y veinte minutos (cito exactamente la hora, pues se trata de un detalle importante para la explicación de esta historia), había llegado un joven francés, quien alquiló una habitación que daba al mar; esto, de su parte, revelaba ya una desahogada posición económica. Mas este joven no sólo resultaba atrayente por su elegancia, sino también, y muy en particular, por su belleza llena de simpatía: en su delicado y femenino rostro, el bigote rubio y sedoso acariciaba los sensuales y cálidos labios; sobre la frente los cabellos obscuros, suaves y ondulados, se ensortijaban; y sus dulces ojos cautivaban con la mirada. . . Todo en él era delicado. Amable, seductor, pero sin que hubiera ni afecto ni artificio. En el primer momento, observado de lejos, parecía uno de esos maniquíes de cera, rosados, echados hacia atrás, que vemos en las vidrieras de las grandes tiendas de modas; los que, empuñando un bastón de fantasía, parecen representar el ideal de la belleza masculina. Visto de cerca, desaparece esta primera impresión, pues -¡caso raro!- su atractivo era sencillamente natural, innato, como si emanara de su propio organismo. Al pasar, a todos saludaba de manera sencilla y cordial. Resultaba, en efecto, agradable comprobar cómo su gracia espontánea manifestábase en todo momento con naturalidad. Al encaminarse una señora al guardarropa, acudía solícito a recogerle el abrigo; para cada niño tenía una mirada cariñosa, una frase amable; mostrábase como persona accesible y a la vez discreta; en resumen, resultaba uno de esos afortunados mortales que, conscientes de que son simpáticos con la clara expresión de su faz y su gracia juvenil, convierten esa seguridad en una nueva gracia. Entre los huéspedes del hotel, que en su mayoría eran personas viejas y achacosas, su presencia ejercía un saludable efecto, y con ese ímpetu propio de la juventud, con esa agilidad y esa ansia de vivir de que suelen estar maravillosamente dotadas ciertas personas, captábase en forma irresistible la simpatía de todos. A las dos horas de su llegada ya jugaba al tenis con las dos hijas del voluminoso y acaudalado fabricante de Lyon, Annette y Blanche, de doce y trece años respectivamente, mientras la madre, madame Henriette, exquisita, fina, por lo general muy retraída, contemplaba con plácida sonrisa a sus dos inexpertas hijas, tan niñas aún, en tren de flirtear inconscientemente con el desconocido. Por la noche, durante una hora, jugó con nosotros al ajedrez; nos refirió incidentalmente y de modo discreto unas graciosas anécdotas; luego, reuniéndose otra vez con madame Henriette, la acompañó en su paseo por la terraza, ejercicio al que ella se entregaba todas las noches, mientras el esposo hacía su partida de dominó con unos corresponsales. Ya tarde lo observé aún en la penumbra de la oficina con la secretaria del hotel, en una charla íntima, bastante sospechosa. A la mañana siguiente acompañó a la pesca a nuestro compañero el danés, demostrando gran conocimiento sobre la materia; más tarde habló de política con el comerciante de Lyon, demostrando ser muy divertido, pues a menudo oíanse resonar las carcajadas del grueso señor.

Después de la comida -es en absoluto indispensable, para la exacta comprensión del asunto, dejar consignada con exactitud su distribución del tiempo- estuvo sentado en el jardín aún durante una hora con madame Henriette, con la que tomó el café; a continuación jugó otra vez al tenis con las niñas, y charló con el matrimonio alemán unos instantes en el "hall". Hacia las seis me encontré con él en la estación, cuando iba yo a dejar una carta. Vino presurosamente a mi encuentro, diciéndome, con aire de disculpa, que había sido llamado de improviso, pero que volvería dentro de un par de días. A la hora de la cena realmente se le echó de menos, aunque sólo en lo referente a su persona, pues en todas las mesas no se hablaba sino de él, encomiando su manera de ser, tan simpática y alegre. A eso de las once de la noche hallábame sentado en mi habitación terminando la lectura de un libro, cuando de pronto, por la ventana abierta, en el jardín, escuché gritos y llamadas inquietas. En el hotel observé desusada agitación. Alarmado, más que curioso, salvé corriendo los quince pasos que me separaban del hotel y encontré a los huéspedes y al personal de servicio presas de la mayor nerviosidad. Madame Henriette, mientras con la acostumbrada puntualidad su marido jugaba al dominó con los amigos de Ramur, había salido a dar su paseo habitual por la terraza de ¡a playa y no había vuelto aún. Se temía que hubiese sido víctima de algún desagradable accidente. Y el esposo, habitualmente tan reposado y lento, corría ahora cual una fiera por la playa, clamando: "iHenriette! íHenriette!". Su voz, desgarrada por la emoción, tenía algo de primitivo, corno si friera el aullido de una bestia herida de muerte. Los mozos y grooms subían y bajaban las escaleras sin atinar a nada; se despertó a todos los huéspedes; se telefoneó a la policía. En medio de todo aquel bullicio tropezábase con el grueso comerciante que iba de aquí para allá, con el chaleco desabrochado, gritando, sollozando, clamando como un insensato: "iHenriette! ¡Henriette!". Entretanto, allá arriba, las niñas se habían despertado y, asomadas a la ventana, en camisones, llamaban desoladamente a su madre, hasta que el consternado padre corrió hacia ellas para tranquilizarlas. Luego ocurrió algo tan terrible que casi no puede describirse, porque la naturaleza, en momento de violenta tensión, infunde a los individuos actitudes de una expresión tan trágica que ni la imagen ni la palabra pueden reproducirla con suficiente intensidad. De pronto, el adiposo y pesado comerciante descendió los crujientes peldaños de la escalera con aspecto completamente fatigado pero a la vez colérico. En la mano tenía una carta.

-¡Llame otra vez a todos! -dijo con palabras comprensibles al mayordomo-. ¡Ordene que se retiren! ¡Es inútil buscar! ¡Mi mujer me ha abandonado! En aquel hombre mortalmente herido observábase un esfuerzo para reprimirse, un esfuerzo de sobrehumana tensión ante todos los que lo rodeaban y se empujaban para poder contemplarlo y que luego, de súbito, sintiéndose atemorizados, avergonzados, turbados, fueron alejándose. Conservó todavía fuerzas suficientes para pasar tambaleándose por delante de nosotros, sin mirar a nadie, y luego apagar la luz del salón de lectura; después se oyó su voluminoso cuerpo desplomarse pesadamente en un sillón; escuchándose un sollozo salvaje, brutal, única forma en que puede llorar un hombre que no ha llorado nunca. Esa congoja, ese dolor elemental ejercía sobre nosotros, aún sobre los más superficiales, un aturdidor efecto. Ninguno de los camareros, ninguno de los huéspedes a quienes acuciara la curiosidad, arriesgaba la menor sonrisa o, al contrario, una palabra de consuelo. Silenciosos, avergonzados por aquella brutal expresión de sentimiento, todos, uno después del otro, nos retirarnos a nuestras habitaciones, mientras allá, en el oscuro salón, continuaba gimiendo y agitándose convulso y completamente solo aquel hombre dolorido. El hotel mientras tanto, fue apagando sus luces, entre ruidos, murmullos, cuchicheos. . . hasta que quedó todo sumido en el silencio.

Se comprenderá que un suceso tan fulminante y deplorable, desarrollado ante nuestros ojos, era como para conmover violentamente la sensibilidad de personas acostumbradas a una existencia ociosa, exenta de preocupaciones. Pero la disputa que después estalló tan vehemente en nuestra mesa llegando a los límites de la violencia, si bien tenía como punto de partida el extraño incidente, en el fondo era una divergencia de principios, una lucha enconada entre formas muy opuestas de sentir y concebir la vida. Por indiscreción de una de las camareras que había leído la carta -quizá el desesperado marido, ciego de cólera, después de estrujarla entre sus manos, la arrojó al suelo, sin reparar en lo que hacía circuló con rapidez la noticia de que madame Henriette no se había marchado sola, sino en compañía del joven francés, lo que hizo que la simpatía por éste desapareciese rápidamente entre la mayor parte de los huéspedes. Al punto quedó en evidencia que aquella madame Bovary de tercer orden había cambiado su cachaciento marido provinciano por el apuesto y elegante Adonis. Pero lo que en la pensión sorprendía sobremanera era que ni el fabricante, ni sus hijas, ni la misma madame Henriette, hubieran hasta entonces visto a ese Lovelace, y que por consiguiente, las dos horas de conversación en la terraza y la hora que tomaron café en el jardín fueron suficientes para decidir a una mujer de unos treinta y tres años, de todos respetada a abandonar al esposo y a sus hijas para seguir a un desconocido. Este hecho, en apariencia evidente, era generalmente rechazado en nuestra mesa, considerándolo como una estratagema cual un pérfido engaño de los amantes; no cabía duda de que madame Henriette hacía tiempo que sostenía relaciones secretas con el joven, el cual había venido sólo para ultimar los detalles de la huída; porque era, según ellos, absolutamente imposible que una mujer decente, tras un efímero galanteo de dos horas, se fugase tan descaradamente, a la primera indicación. Pero a mí me resultaba divertido sostener una opinión opuesta y, por consiguiente, enérgicamente, la posibilidad y hasta la verosimilitud de que una señora, luego de varios años de matrimonio, decepcionada, hastiada, se sintiese íntimamente predispuesta a correr una aventura de tal género. Debido a mi oposición inesperada, se generalizó la discusión rápidamente subiendo de tono, en particular porque los dos matrimonios, el alemán y el italiano, consideraban un desatino creer en el " flechazo", y lo rechazaban con menosprecio ofensivo, como una fantasía de novela de pésimo gusto.

No hay para qué insistir aquí con todos los detalles del curso borrascoso de una disputa desarrollada desde la sopa al postre: sólo los profesionales de la mesa del hotel suelen mostrarse ingeniosos, y los argumentos expuestos en el calor de una conversación de mesa son en su mayoría superficiales, por lo mismo que surgen sin reflexión y a la ligera. También resulta bastante difícil averiguar por qué motivo nuestra discusión rápidamente adquirió aquella agresividad; la irritación, creo yo, debióse a que los dos maridos, sin propósito deliberado, pretendían que sus respectivas esposas escapaban a la posibilidad de llegar a tales caídas y peligros.

Desgraciadamente, para defender este punto de vista, no encontraron nada mejor para objetarme que declarar que sólo hablaba así quien juzgase la psicología femenina según las conquistas fortuitas y fáciles del soltero. Esto me irritó bastante; pero cuando la señora alemana salió diciendo que de un lado estaban las mujeres honestas y del otro las de temperamento de cocotte, entre las cuales, según ella, había que incluir a madame Henriette, perdí la paciencia y me demostré, a mi vez, agresivo. Esta resistencia a conocer la evidencia de que una mujer, en determinada hora de su vida, malgrado su voluntad y la conciencia de su deber, se halla indefensa frente a fuerzas misteriosas, revelaba miedo del propio instinto, temor del demoníaco fondo de nuestra naturaleza. Y parece que muchas personas experimentan no poca satisfacción al sentirse más fuertes, morales y puras, que las que resultan "fáciles de seducir". Personalmente yo encuentro más digno que una mujer ceda al instinto, en forma libre y apasionadamente, a que, como por lo general ocurre, engañe al esposo en sus propios brazos y a ojos cerrados.

Esto dije yo, poco más o menos. Cuándo los demás, en el fragor de la disputa, arreciaban en sus ataques contra la indefensa madame Henriette, con más apasionamiento hacía yo su defensa, llegando, en verdad, mucho más allá de mis íntimas convicciones. Esta exaltación fue una especie de estocada a fondo para ambos matrimonios, los cuales, enfurecidos, formando un cuarteto muy poco armonioso, lanzáronse sobre mí en forma tal, que el anciano danés, jovial e indiferente por lo común, con el reloj en la mano, como si actuara de árbitro en un partido de fútbol, fue amonestando a unos y otros hasta que se vio en el trance de descargar un puñetazo sobre la mesa, exclamando: "Gentleman, please!".

Pero esto no surtía sino un efecto momentáneo. Por tres veces uno de mis adversarios estuvo a punto de levantarse airado con el rostro enrojecido, y sólo a duras penas logró calmarlo su esposa. En resumen, unos minutos más y nuestra discusión hubiera terminado a golpes si, de pronto, la señora de C., con la eficacia del aceite suavizador, no hubiese calmado las encrespadas olas de la conversación.

La señora C., la anciana dama inglesa, de blancos cabellos, y gran distinción, era, tácitamente, la presidenta de honor de nuestra mesa. Sentada en su lugar, erguido el cuerpo, siempre amable y cordial con todos, por lo regular silenciosa a la vez que dispuesta a escuchar con deferencia e interés, tenía un aspecto físico sumamente agradable. Una maravillosa calma, un notable recogimiento reflejábase en su exterior aristocráticamente reservado. Manteníase apartada de cada uno de nosotros hasta un límite discreto, bien que mostraba, con tacto exquisito, a todos, su personal estima y consideración: por lo regular se sentaba en el jardín con sus libros, tocaba a menudo el piano, raramente se la veía en sociedad o en animada conversación. Muy raramente se notaba su presencia y, sin embargo, sobre todos nosotros ejercía un influjo especial. En cuanto ella hubo intervenido en nuestra discusión, nos percatamos de que nos habíamos expresado con exceso de acritud y destemplanza.

La señora C. aprovechó el molesto silencio que se produjo al levantarse bruscamente el señor alemán y trató de restablecer la paz entre nosotros. Levantó de improviso sus ojos grises y claros, me miró un instante irresoluta, para plantear después, con objetiva claridad, el problema desde un punto de vista particular.

-¿Usted cree, pues, si he entendido bien, que madame Henriette, que una mujer, cualquiera que sea, sin habérselo propuesto, puede lanzarse inconscientemente a una aventura repentina? ¿Cree que hay acciones que una mujer una hora antes de cometerlas juzgaría imposibles y de las cuales no llegaría a ser responsable? -Yo lo creo en absoluto, señora.

-Así, en ese caso, todo juicio moral carecería por completo de sentido, y toda transgresión a las buenas costumbres quedaría justificada. Si, en realidad, usted cree que el crimen pasional, como dicen los franceses, no es un crimen, ¿para qué existen los tribunales? No se precisa mucha buena voluntad (y usted la posee hasta un grado asombroso, añadió sonriendo levemente) para descubrir en cada crimen una pasión, y en cada pasión la causa para disculparlo.

El tono claro y casi jovial de sus palabras fue para mí como un sedante, y adoptando a pesar mío, su aire objetivo, repuse medio en serio: -La justicia sobre esas cosas seguramente procede con mayor severidad que yo; está en el deber de vigilar despiadadamente las costumbres ya establecidas y las convenciones legales; tiene la obligación de juzgar y no de disculpar. Yo, no obstante, como persona privada, no veo por qué motivo he de adoptar la actitud del juez; prefiero más bien actuar de defensor. Personalmente, me produce mayor satisfacción comprender a los hombres y no condenarlos.

La señora C. me miró fijamente con sus ojos grises y claros, y, al cabo, vaciló.

Temí que no hubiera entendido, y me disponía a repetirle en inglés lo dicho; pero, con singular seriedad, como si estuviésemos en un examen, siguió preguntándome: -¿No encuentra, pues, odioso y despreciable que una mujer abandone a su marido y a sus hijas para marcharse tras un hombre cualquiera, de quien no sabe nada, ni si es digno de su amor? ¿Puede, realmente, excusar conducta tan atolondrada y liviana en una mujer que, por otra parte, ya no es una jovencita y que, al menos, por amor a sus hijitas, debió preocuparse de su propia dignidad? -Repito, señora -insistí-, que, en este caso, no quiero ni juzgar ni condenar. Puedo reconocer ante usted que he estado un tanto exagerado: esa pobre madame Henriette no es, por cierto, ninguna heroína, ni siquiera un espíritu aventurero, menos todavía una "grande amoureuse''. Sólo la tengo por una mujer corriente, débil, la cual me merece cierto respeto por haber tenido valor para obrar de acuerdo con su voluntad; pero que me inspira aún mayor lástima porque indudablemente mañana mismo, si no hoy, se sentirá profundamente desgraciada.

Quizá ha obrado estúpida, locamente; pero nunca de una manera ruin y vulgar. Lo mismo ahora que antes discutiré con cualquiera el derecho a menospreciar a esa pobre desgraciada.

-¿Siente todavía por ella idéntico respeto y la misma consideración? ¿No establece diferencia alguna entre la dama respetable con la cual conversaba usted anteayer, y esa otra que huyó ayer con un desconocido? -Absolutamente ninguna diferencia; ni siquiera la más insignificante.

-Is that so? Involuntariamente, la señora C. se expresó en inglés parecía que la conversación le interesaba singularmente. Tras un breve momento, en el cual permaneció pensativa, fijó en mí sus claros ojos para interrogarme: -Si usted encontrase mañana en Niza, a madame Henriette, por ejemplo, del brazo de ese joven, ¿la saludaría? -Naturalmente.

-¿Hablaría con ella? -Naturalmente.

-Y si estuviera... si estuviera usted casado, ¿se atrevería a presentar a su esposa una mujer así, como si nada hubiese ocurrido? -Naturalmente.

-Would you really? -inquirió de nuevo, en inglés, con una expresión escéptica y estupor evidente.

-Surely I would -contesté también, sin darme cuenta, en inglés.

La señora C. calló. Parecía esforzarse en fijar su pensamiento; de pronto mirándome, casi asombrada de su propio coraje, exclamó: -I don't know if I would. Perhaps I might do it also.

Y, poniendo fin a la conversación en forma definitiva aunque sin grosería ni brusquedad, con ese aplomo tan difícil de describir y que sólo es característico de los ingleses, se levantó y me ofreció con amabilidad la mano. Gracias a su influencia volvió a imperar la paz; todos lo agradecimos interiormente. Sintiéndonos aún enemigos, pudimos saludarnos con una relativa cortesía, y la atmósfera, cargada peligrosamente, se despejó otra vez, gracias a unas cuantas vulgares ocurrencias.

Pese a qué la discusión parecía haber concluido de una manera cortés, desde entonces subsistió entre mis adversarios y yo una levísima hostilidad. El matrimonio alemán se mantuvo bastante reservado; el italiano, en cambio, complacíase en interrogarme los días siguientes, con mordaz insistencia, si había tenido noticia de la "cara signora Henrietta". Pese a lo correcto de nuestro trato diario, algo de la cordialidad amable y leal que presidiera antes nuestras comidas había desaparecido definitivamente.

La ironía y la frialdad que demostraban mis adversarios tornábase aún más sensible debido a la preferente y especial cordialidad que me demostró la señora desde aquella discusión. Si antes se encerraba en una extrema reserva, sin mostrarse dispuesta a conversar con sus compañeros de mesa, salvo en las horas de la comida, ahora aprovechaba cualquier coyuntura para conversar conmigo en el jardín, y hasta cabría decir para distinguirme con su trato, ya que sus nobles y reservadas maneras hacían aparecer toda relación con ella cual un favor especial. He de confesar con franqueza que la dama parecía buscar mi compañía, no perdiendo oportunidad de hablar conmigo, haciéndolo de una manera tan ostensible que, si no se hubiera tratado de una dama anciana y de blancos cabellos, me habría hecho concebir tan extraños como vanidosos pensamientos. Cada vez la conversación tenía invariablemente el mismo punto de partida: madame Henriette. Parecía experimentar una secreta satisfacción tachando de infiel y de falta de energía moral a aquella que había olvidado sus deberes. Mas, al mismo tiempo, gozábase también en lo invariable de mi simpatía hacia la indefensa y delicada mujer, sin que nada me decidiese a volverme atrás en mis opiniones. En vista de que nuestras conversaciones siempre derivaban hacia el mismo tema, terminé no sabiendo qué pensar de esa extraña obsesión en que parecía descubrir una punta de pesadumbre.

Esto duró unos cinco o seis días, sin que ella revelase con una sola palabra el motivo por el cual semejante tema revestía tal importancia. Pero que tal era se evidenció completamente cuando, en el curso de un paseo, declaré que mi estancia en la playa había llegado a su término y que partiría dentro de un par de días.

Fue entonces cuando su rostro, de ordinario impasible, se contrajo repentinamente y en forma singular. Por sus ojos, de un gris marino, fugazmente cruzó la sombra de una. nube.

--¡Qué lástima! ¡Y yo que deseaba conversar aún de tantas cosas con usted! Después de haber expresado así, determinada inquietud y desasosiego hizome adivinar que, mientras hablaba, había estado pensando en otra cosa, la cual debía preocuparla muy hondamente y la llevaba a ensimismarse. Por fin pareció como si semejante actitud la molestara a ella misma, por cuanto de pronto, en medio del silencio producido, resueltamente me ofreció su mano.

-Veo que no podré hablar con franqueza de lo que deseaba. Prefiero escribirle.

Y con paso más rápido que el de costumbre, se dirigió hacia el hotel.

En efecto, antes de la cena, aquella noche, encontré en mi cuarto una carta suya escrita con enérgicos y claros trazos. Por desgracia, siempre he sido un hombre distraído en lo que se refiere a la conservación de las cartas recibidas en mis años mozos. No me es posible por lo tanto, reproducir textualmente el original. Me limitaré sólo a dejar aquí expresado el contenido más o menos aproximado de su pregunta respecto a si podría referirme algo de su vida. El episodio -decía en la carta- databa de tan antiguo que, ciertamente, casi no lo consideraba perteneciente a su vida actual; y, además, el hecho de que yo debiera irme dentro de dos días hacíale más fácil hablarme de un asunto que, desde hacía veinte años, la preocupaba y torturaba vivamente. En el caso de que yo no considerase oportuna semejante confidencia, me suplicaba que, al menos, le concediera una entrevista de una hora.

Semejante carta, de la cual no menciono aquí sino el contenido estricto, me interesó extraordinariamente: la redacción inglesa otorgábale un alto grado de claridad y de decisión fácil y, antes de encontrar una fórmula que me satisficiera, debí romper tres borradores.

Al fin quedó concebida en estos términos: "Para mí constituye un gran honor que me otorgue usted semejante confianza. Le prometo corresponder caballerosamente, en el caso de que usted así me lo demande. Naturalmente, no debo pedirle que me relate más que lo que usted desea. Pero cuanto me diga, dígamelo con total y estricta sinceridad, no ya por mí, sino por usted misma. Le suplico crea que considero su confianza como un honor muy especial".

Mi carta llegó a su cuarto por la noche. A la mañana. siguiente hallé la respuesta: "Usted tiene perfecta razón; la verdad a medias carece de valor; sólo la tiene la que exponemos íntegramente. Me esforzaré lo que sea necesario para no ocultar nada ni a usted ni a mí misma. Venga después de cenar a mi habitación. A mis sesenta y, siete años me considero a cubierto de toda maledicencia. Hablar en el jardín o en la proximidad de otras personas no me sería posible. Puede usted creer de veras que el decidirme a esto no ha sido para mí nada fácil".

En todo el día nos encontramos aún en la mesa donde charlamos de cosas indiferentes.

En el jardín, en cambio, visiblemente turbada, evitó cruzarse conmigo: hízome observar cómo aquella dama anciana, de cabellos blancos, huía de mí por una avenida de pinos, atemorizada cual una jovencita.

A la hora convenida llamé a la puerta de su cuarto la que fue abierta inmediatamente.

La habitación aparecía alumbrada por una tenue luz; sólo la pequeña lámpara del velador proyectaba un cono de amarillenta luz entre la oscuridad crepuscular del aposento. La señora C. apareció sin demostrar el menor embarazo.

Ofrecióme un sillón y se ubicó enfrente de m¡. Con-mucha facilidad pude advertir que no había uno solo de sus movimientos que no hubiese sido cuidadosamente preparado; pese a lo cual se produjo una pausa, visiblemente contra su voluntad, una pausa de difícil solución y que fue prolongándose por momentos, sin que me atreviera a cortarla con una sola palabra, consciente de que en aquellos instantes una voluntad poderosa sostenía una lucha violenta con una fuerte resistencia.

Del salón nos llegaban, de vez en cuando, apagados, los truncados acordes de un vais. Yo escuchaba con atención, como deseando despojar a aquel silencio de algo de su molesta opresión. Demostrando darse cuenta, ella, a su vez, de lo penoso de la pausa excesivamente prolongada, de súbito hizo un gesto decisivo, y comenzó: --Únicamente la primera palabra es difícil. Desde hace dos días me preparo para ser clara y franca en absoluto. Espero que lo conseguiré. Por el momento, quizás no acierte usted a explicarse por qué yo le refiero a usted, a un extraño, todas esas cosas. . . ¡Pero es que no pasa un día y apenas unas horas sin que deje de pensar en aquel hecho! Puede usted creer a esta mujer de edad avanzada cuando le declara que no hay nada más insoportable que pasar toda una vida con la obsesión de un solo punto, de un solo día de existencia. Porque todo cuanto voy a narrarle abarca sólo un brevísimo espacio de veinticuatro horas en una vida de sesenta y siete años. Con frecuencia me he dicho a mí misma, hasta volverme loca, que escasa importancia tiene, dentro de una prolongada existencia, el haber obrado mal en una única ocasión. Pero no podemos librarnos de eso que, con expresión bastante vaga, llamamos "conciencia". Con todo, si hubiese llegado a sospechar que un día oiría hablar a usted de modo tan objetivo sobre el caso de madame Henriette, tal vez hubiera puesto fin al incesante cavilar, a la constante denigración de mí misma, y me hubiera decidido de una vez a hablar libremente con alguien sobre aquel único día de mi vida. Si en lugar de pertenecer a la religión anglicana yo hubiera estado afiliada a la religión católica, entonces se me hubiera presentado hace años la oportunidad de la confesión. Mas ese consuelo nos está vedado a nosotros, y yo hoy voy a hacer este ensayo singular: hablarme sinceramente a mí misma a la vez que le hablo a usted. Comprendo que todo esto resulta muy extraño; pero usted aceptó sin vacilar mi proposición y por ello le estoy sumamente agradecida.

Bien. Ya le he dicho que sólo deseaba referirme a un solo día de mi vida; el resto de ella me parece totalmente desprovisto de importancia, sin interés para nadie.

Lo que he visto hasta los cuarenta y dos años no se aparta de lo común. Mis padres eran unos ricos terratenientes de Escocia; poseían grandes fábricas y granjas, y, según la costumbre de la nobleza, la mayor parte del año residíamos en nuestras haciendas, pasando la "season" en Londres. Cuando tenía dieciocho años conocí en un salón a mi marido; era el segundo hijo de la conocida familia de R., y había prestado servicio militar durante diez años en la India. Nos casamos inmediatamente, y llevamos la existencia exenta de preocupaciones propia de la gente de nuestra clase: tres meses en Londres, tres en nuestras propiedades, y el resto del tiempo viajando por Italia, España y Francia. Jamás enturbió la más leve sombra nuestro matrimonio. Los dos hijos que tuvimos ya son adultos. Al llegar a los cuarenta años, inesperadamente falleció mi esposo. En el ejército había contraído una enfermedad del hígado, y después de dos semanas de horrible angustia le perdí. El mayor de mis hijos estaba entonces en el ejército; el menor se hallaba aún en el colegio; así es que me encontré sola completamente, siendo esa soledad, para quien como yo se hallaba acostumbrada a la tierna y solícita compañía de mi esposo, algo así como un tormento insoportable. Permanecer un día más en la casa donde todo me recordaba la dolorosa pérdida del ser querido, resultábame imposible. Decidí, pues, viajar intensamente durante los años siguientes, y mientras mis hijos permanecieron solteros.

Mi vida, en realidad, desde aquel momento me pareció absolutamente insensata e inútil. El hombre con el cual durante veintitrés años compartiera todos los instantes y todos los pensamientos, había desaparecido; mis hijos casi no me necesitaban; y yo, además, temí amargar su juventud con mi pesimismo y melancolía. Para mí misma no ambicionaba ni deseaba cosa alguna.

Primero me fui a París. Allí, para disipar el tedio, me dediqué a visitar establecimientos y museos. Mas, la ciudad y las cosas me resultaban un tanto extrañas.

Huí de la sociedad, pues no me era posible soportar las compasivas miradas que cortésmente todos me dirigían al verme tan enlutada. No llegaría a poder decirle cómo pasé aquellos días de vagabundeo. Sólo sé que no tenía más deseo que el de morir; pero me faltaron las fuerzas para precipitar este anhelo doloroso.

Al cabo de dos años de luto, o sea, a la edad de cuarenta y dos, hallándome en semejante estado de extrema atonía, huyendo de una existencia carente de objetivo, a la que no había sabido sobreponerme, llegué, sin saberlo casi, a Montecarlo.

Diciendo todo con sinceridad, he de manifestar que eso se debió al tedio, al afán de llenar el penoso vacío de mi corazón, el que no puede nutrirse sino con los pequeños estímulos del mundo exterior. Cuanto mayor era mi atonía, más intenso resultaba en mí el anhelo de hallarme allí donde la vida se agitaba más febrilmente. Para el que se siente desasido de todo, la inquietud apasionada de los otros le produce una conmoción en los nervios, cual en el teatro o con la música.

Por eso, también concurrí al Casino varias veces. Me agradaba observar la inquieta fluctuación de la alegría o la consternación en los rostros de la gente, mientras mi interior sólo era un espantoso desierto. Además, mi esposo, sin pecar de frívolo, en vida complacióse en frecuentar, de vez en cuando, las salas de juego, y así a mí me agradaba revivir fielmente, con algo así como una piedad maquinal, todas sus costumbres de antaño. Fue también allí donde comenzaron aquellas veinticuatro horas que para mí resultaron más excitantes que todo juego, y que llegaron a turbar por largos años mi existencia.

Aquel día yo había almorzado con la duquesa de M., pariente de mi familia. Por la noche, después de cenar, no sintiéndome aún lo bastante fatigada para marcharme a la cama, penetré en la sala de juego; y, pese a que yo no jugaba, lentamente iba de una mesa a la otra observando de manera especial a los grupos de jugadores allí reunidos. Digo de una manera especial, refiriéndome a lo que me enseñaba mi marido un día en que me lamentaba de lo aburrido que era contemplar constantemente las mismas caras: mujeres avejentadas y entecas, que permanecían horas y horas como asustadas antes de aventurar una ficha; profesionales astutos, cortesanas, aventureras, toda esa turbia sociedad que, como usted sabe, no resulta tan pintoresca ni romántica como se da en pintarla en las malas novelas, donde siempre aparece como la "fleur d'élegance" y cual la muestra de la aristocracia de Europa. Además, el Casino, hace veinte años, era mucho más atrayente que en el presente:. En aquella época, circulaba el dinero en forma evidente, tangible y verdaderamente desaforada. Los arrugados billetes, los dorados napoleones, las arrogantes monedas de cinco francos, se amontonaban y corrían formando remolinos por las mesas, cual en el más loco de los vértigos. En cambio, hoy un público burgués, de agencia de viajes Cook, acaricia aburridamente las fichas sin carácter del juego, a la moderna. Empero, entonces tampoco encontraba el menor interés en la uniformidad de aquellos rostros extraños, hasta que cierto día mi esposo, cuya secreta pasión era la quiromancia, la expresión de las manos, me enseña una forma especial de mirar, que era, en realidad, más interesante y que impresionaba y excitaba mucho más que el soporífero mariposeo alrededor de las mesas. Consistía en no mirar nunca los rostros, sino el cuadrilátero de la mesa, y sobre todo, no apartar la vista de las manos de los jugadores y su manera particular de moverse.

Ignoro si alguna vez usted habrá puesto, por casualidad, exclusivamente su atención en el tapete verde, en el centro del cual la bolita, como un borracho, vacila de un número a otro y dentro de cuyo cuadrilátero, dividido en secciones, a modo de maná, llegan arrugados pedazos de papel, redondas piezas de oro y plata, que después la raqueta del "croupier", al igual que una fina guadaña, siega y arrastra hacia sí o empuja, cual una gavilla, hacia el ganador. Observándolo desde esta especial perspectiva, lo que varía sólo son las manos, la multitud de manos claras, nerviosas y constantemente en actitud de espera en torno del tapete verde, todas asomando por las cavernas de sus respectivas mangas, cada una de forma y color diferente, unas desnudas, otras adornadas con anillos y pulseras repiqueteantes, muchas velludas como si fueran de animales salvajes, otras muchas húmedas y retorcidas como anguilas; y todas, empero, crispadas, trémulas, poseídas por una terrible impaciencia. Sin querer, siempre pensaba en la pista de las carreras en el momento en que en la línea de largada hay que contener con fuerza a los excitados caballos para que no se salgan antes de tiempo.

Exactamente así temblaban y se agitaban las manos. Todo puede adivinarse en esas manos en su manera de esperar, de coger, de contraerse. Al codicioso se le conoce por su mano semejante a una garra; al pródigo, por su mano blanca y floja; al calculador, por la muñeca firme; al desesperado, por la mano temblorosa; cientos de temperamentos se descubren con la rapidez del rayo, ya sea en la forma de coger el dinero, si lo estruja o lo agita nerviosamente, si, abatido y con mano fatigada, hace indiferente una apuesta en el tapete verde. Decir que al hombre se le descubre en el juego casi es una vulgaridad; pero yo afirmo que todavía su mano le descubre mejor durante el juego. Porque todos o casi la totalidad de los jugadores aprenden muy pronto a dominar su rostro: todos, del cuello para arriba, llevan la máscara fría de la impasibilidad: dominan y borran las arrugas que se forman en torno de la boca: moderan su sobreexcitación apretando constantemente los dientes; ocúltanse a sí mismos la visible inquietud; y, con los músculos en tensión, imprimen al semblante una fingida indiferencia, que por momentos llega a adquirir una aristocrática frialdad. Pero, por lo mismo que la tensión está tensamente concentrada, se afanan en dominar la expresión del semblante, que es la parte más visible del ser, y olvidan las manos, porque no saben que hay quienes las observan y descubren en ellas todo lo que más arriba intentan disimular los labios sonrientes y las miradas aparentemente tranquilas.

Las manos, ponen, impúdicamente, al descubierto su secreto. Porque llega un momento inevitable en que los dedos, a duras penas dominados, en apariencia adormecidos, saldrán de su involuntaria indolencia; en el angustioso segundo en que la bolita de la ruleta cae en la pequeña casilla y se canta el número ganador; en ese instante, cada una de aquellas cien o ciento cincuenta manos dibuja un involuntario movimiento, completamente individual, personal, de instinto primitivo.

Y cuando uno aprende y se acostumbra, como yo, debido a la pasión de mi marido, a observar esa multitud de manos, la explosión constantemente variable, diferente e inesperada del temperamento particular, de cada persona, nos produce un efecto más emotivo que el teatro o la música.

No es posible describir las mil maneras de mover las manos en el juego: las hay cual de bestias salvajes; de velludos y curvados dedos, que arrebatan el dinero forzosamente, otras, nerviosas, trémulas, con las uñas pálidas, que casi no se atreven a avanzar; otras, nobles y a la vez viles, tímidas y brutales, vivas y torpes; y otras, vacilantes... Cada una actúa de modo diferente, porque expresa un temperamento distinto, excepción hecha de las manos de los "croupiers". Las de éstos son máquinas perfectas; junto a la exaltación viva de las otras, funcionan con objetiva precisión, atareadas siempre y con absoluta indiferencia, cual si se tratara de las llaves sonoras de un aparato calculador. Estas manos frías actúan de manera que no sorprende mayormente por el contraste que hacen con sus obsesionadas y apasionadas hermanas. Diríamos que visten uniforme cual policías en medio de las oleadas de exaltación de una revuelta popular.

Agregamos todavía el deleite personal que se experimenta a los pocos días, una vez conocidas las costumbres y las pasiones de cada una de las manos. Al poco tiempo hice distinciones entre ellas, dividiéndolas, cual lo haría con las personas, en simpáticas y antipáticas; las había que me resultaban tan asquerosas por su avidez y su torpeza, que siempre apartaba la mirada de ellas cual ante una indecencia. Una mano nueva en la mesa constituía para mí una aventura y un nuevo motivo de curiosidad. Á menudo olvidaba mirar el rostro que, más arriba, asentaba sobre un cuello cual una fría máscara inmóvil, sobre una camisa de smoking o un resplandeciente descotado.

Aquella noche, cuando entré, pasé de largo frente a dos mesas atestadas de jugadores hasta llegar a una tercera. Preparaba ya unas piezas de oro cuando escuché, en medio de esa pausa tan tensa en que parece vibrar el silencio, esa pausa que se produce cada vez que la bola, mortalmente fatigada, vacila entre los números, escuché, digo, frente a mí, un extraño ruido, cual el crujido de unas articulaciones que se rompen. Quedé estupefacta. En aquel instante vi dos manos (hasta me sobresalté), la derecha y la izquierda, como jamás había visto; dos manos convulsas que, cual animales furiosos, se acometían una a otra, dándose zarpazos y luchando entre sí de manera tal que crujían las articulaciones de los dedos con el ruido seco de una nuez cascada. Eran aquéllas unas manos dé singular belleza, extraordinariamente alargadas y estrechas, aunque, al mismo tiempo, provistas de una sólida musculatura; muy blancas, con las uñas pálidas y las puntas de los dedos finamente redondeadas. Yo las hubiera contemplado toda la noche. Me sentía maravillada de aquellas manos extraordinarias y únicas. Pero lo que en particular me impresionó fue el frenesí, la expresión locamente apasionada y la manera de luchar una con otra. Adiviné al punto que estaba ante un hombre abrumado, el cual contenía todo su sufrimiento con la punta de los dedos para no dejarse aniquilar por él. Y en aquel instante, en aquel instante preciso en que la bolita fue a caer con un ruido seco en la casilla y el "croupier" cantaba el número, en aquel segundo, las dos manos se separaron, cayendo desplomadas, como dos bestias alcanzadas por un mismo tiro. Se abatieron realmente desfallecidas, inertes, con plástica expresión de extenuación y de desengaño, cual heridas por el rayo, como una existencia que se apagara, y en forma tal que no encuentro palabras para expresarlo. Jamás había visto y nunca más veré manos tan elocuentes, en las que cada músculo semejaba estar dotado de palabras y en las que el sufrimiento se exhalaba de cada poro.

Durante unos instantes permanecieron ambas sobre la mesa, como aplastadas y muertas, igual que dos medusas arrojadas al borde de la ribera. Después la derecha empezó a levantarse penosamente sobre la punta de los dedos; temblaba, retrocedía, describía un movimiento de rotación en torno de sí misma, vacilaba y se retorcía; por último, cogió nerviosa una ficha que, indecisa, hizo rodar, como si fuera una ruedecita, entre el índice y el pulgar. De súbito, arqueándose en un gesto felino, de pantera, lanzó., mejor dicho, escupió la ficha de cien francos en el centro de la casilla negra. Luego, como obedeciendo a una señal, la excitación apoderóse también de la inactiva mano izquierda, que hasta entonces permaneciera adormecida; ésta se levantó, se desesperó, se arrastró lentamente hacia la otra mano que yacía trémula y fatigada aún de la jugada que acababa de arriesgar; y ambas permanecieron juntas y horrorizadas, en tanto daban sobre la mesa suaves golpecitos con los nudillos, cual dientes que la fiebre hiciera castañetear... ¡No, nunca jamás había visto yo manos que hablaran con tan viva expresión y estuviesen poseídas de una excitación, de una tensión tan espasmódica! Todo lo demás de aquel enorme local: el murmullo de las salas, los gritos de los "croupiers", el ir y venir de unos y otros, e inclusive aquella bolita que ahora, arrojada de su escondrijo, saltaba como una endemoniada dentro de la jaula redonda y bruñida como un parquet...

toda aquella multitud vertiginosa llena de impresiones relampagueantes y fugaces que influían crudamente sobre los nervios. me parecieron muertas y petrificadas comparadas con aquellas dos manos trémulas, jadeantes, impacientes, anhelantes y heladas, al lado de aquellas dos soberbias manos frente a las cuales me sentía como hipnotizada.

Al fin no pude más: necesitaba ver el rostro de la persona a quien pertenecían las manos aquellas y, angustiosamente, porque sentía miedo de ellas, mi mirada lentamente ascendió desde la manga hacia los estrechos hombros. Y otra vez me estremecí, pues aquel rostro se expresaba con el mismo lenguaje desenfrenado y fantásticamente sobreexcitado que las manos, reflejaba igual cólera horrorizada en su expresión y la misma delicada y casi femenina belleza. Jamás había visto un rostro semejante tan fuera de sí mismo, y ofreciéndome la oportunidad de contemplarlo a mi antojo, cual una máscara, cual una estatua que estuviera desprovista de ojos. Porque aquellas pupilas de poseso no se movían un solo instante ni hacia la derecha ni hacia la izquierda. Inmóviles, negras, bajo los párpados abiertos, eran como inanimadas bolas de vidrio en las cuales se reflejaba el brillo de aquella otra, de color caoba, que, enloquecida, rodaba y saltaba entre las casillas de la ruleta. Una vez más, lo repito, nunca había visto un rostro tan interesante y de tal modo fascinador.

Pertenecía a un joven de unos veinticuatro años; delgado, fino, bastante alto y, por consiguiente, muy expresivo. Exactamente como las manos, aquel rostro ofrecía un aspecto no tan viril, sino más bien el de un muchacho apasionado...

Todo esto no lo observé sino más tarde, pues en aquel momento su rostro se esfumaba por completo bajo una expresión descompuesta por la avidez y la locura. La boca estrecha; anhelosa, entreabierta, dejaba medio al descubierto la dentadura: a la distancia de diez pasos podía vérsele rechinar febrilmente, mientras los labios permanecían entreabiertos e inmóviles. Un rubio y húmedo mechón pegábasele sobre la frente, colgando cual si fuera a caerse, y las aletas de su nariz vibraban con temblor ininterrumpido, como en un movimiento invisible de pequeñas ondas bajo la piel. Y la cabeza toda, echada hacia adelante, inclinábase más y más, sin darse cuenta, en igual dirección, cual si fuera a dar contra el remolino de la bolita y a hacerse añicos. Entonces me expliqué la rígida presión de las manos: únicamente por obra de aquella presión podía mantenerse en pie, en perfecto equilibrio, aquel cuerpo próximo a desplomarse.

Nunca, repito, nunca había visto un rostro en el cual se reflejase en forma tan abierta y tan impúdica, la pasión y el instinto. Yo permanecía inmóvil, atraída por la alocada expresión tan intensamente como él podía estarlo por los movimientos y los saltos de la bolita. A partir de ese instarte no vi nada más en el salón. Todo me pareció vago, sordo, borroso, oscuro, comparado con el fuego que brotaba de aquel rostro. Habiéndome olvidado de la gente que me rodeaba, observé durante una hora únicamente a aquel hombre así como cada uno de sus menores gestos.

En determinado momento, el "croupier" hizo avanzar veinte piezas de oro hacia aquellas anhelosas garras. Sus ojos despidieron vivo resplandor, el crispado ovillo de sus manos se deshizo como bajo una explosión, y los dedos, trémulos, se separaron saltando. En lo que duró aquel segundo, el rostro pareció al punto iluminado y rejuvenecido, las arrugas desaparecieron, los ojos comenzaron a brillar, el cuerpo, rígidamente inclinado, se irguió, ágil, esbelto... Por primera vez se sentó blandamente, al igual del jinete en la silla, movido por la alegría del triunfo; los dedos, pueriles y vanidosos, jugaron con las redondas monedas, haciéndolas bailar y tintinear unas contra otras. Luego, inquieto otra vez, volvió la cabeza y recorrió con la mirada todo el tapete verde, así como el hocico olfateador del sabueso en busca de una pista, para arrojar, de súbito y con un movimiento brusco, todo el montón de monedas en uno de los cuadros. De inmediato volvió aquel acecho y aquel estado de sobreexcitación. De nuevo vi en sus labios aquel temblor brusco, eléctrico; de nuevo se le encogieron las manos, y su rostro de adolescente se transformó bajo la angustiosa espera, hasta que, de pronto, explosivamente la tensión se deshizo en desencanto: la faz febrilmente excitada púsose marchita, lívida y envejecida, los ojos se apagaron cual consumidos por el fuego, y todo en el espacio de un segundo, en cuanto la bolita fue a caer dentro de un número que no era el aguardado. Había perdido.

Unos segundos permaneció inmóvil, con una mirada de estupidez, como si no hubiese comprendido; mas en seguida, al oír el primer grito del "croupier", que sonó como un chasquido, sus dedos se adelantaron otra vez con unas monedas.

Pero ya había perdido la seguridad; primero colocó las monedas en un cuadro; luego, pensándolo mejor, en otro, y, casi cuando la bolita había empezado a rodar, obedeciendo a una repentina inspiración, arrojó rápidamente y con trémula mano dos billetes más en el cuadro.

Estas bruscas oscilaciones entre las pérdidas y las ganancias se prolongaron una hora entera, poco más o menos. En todo aquel tiempo no aparté ni un instante mi mirada del rostro de expresión siempre variable al que afluían todas las pasiones.

Mis ojos expertos, no perdieron nunca de vista aquellas mágicas manos, cada uno de cuyos músculos expresaba plásticamente toda la escala ascendente y descendente de los sentimientos humanos. Nunca en el teatro había contemplado yo con tanto interés el rostro de un actor como miraba entonces a aquel sobre el cual, como la luz y las sombras de un paisaje, en constante desfile, se reflejaban todos los colores y sentimientos. Nunca, en una sala de juego, habíase desvelado mi atención como ante el loco frenesí de aquel desconocido. 5i alguien me hubiera observado en aquellos instantes, habría tomado mi inmovilidad de acero por un caso de hipnosis. Realmente algo de eso tenía mi estado de completo alelamiento. En fin., me era imposible separar la mirada de aquella serie de gestos; y todo lo demás, todo cuanto ocurría en la sala, con las luces, las risas, las personas, las miradas, flotaba alrededor mío corno una humareda amarilla e informe, de la cual surgía el rostro aquel que era cual una llama entre llamas.

No sentía nada, no me percataba de nada, no notaba que la gente se agolpaba en torno mío, ni veía otras manos que, como tentáculos, se alargaban de pronto para lanzar o coger el dinero. No veía, tampoco, la bolita saltarina, ni escuchaba la voz de los "croupiers"; y, sin embargo, cual en un sueño, subyugada por el espectáculo, percatábame de todo cuanto ocurría allí a través de aquellas manos tan sobremanera excitadas. Para saber si la bolita caía en el rojo o en el negro, si rodaba o se detenía, no necesitaba mirar la ruleta: pérdida o ganancia, esperanza o desilusión, una tras otra, estas fases pasaban fulminantes a través de los nervios y gestos de aquel rostro surcado por el ondear incesante de la pasión.

Pero vino después el momento peligroso, momento que hacía rato estaba temiendo sordamente, que se había cernido sobre mis nervios como una tempestad y que, de pronto, los hizo estallar. Naturalmente la bolita, con su suave ruido peculiar, había comenzado a rodar; nuevamente volvía a palpitar aquel segundo en que doscientos labios contenían el aliento, hasta que la voz del "croupier" anunciaba: "cero" mientras su raqueta recogía ágilmente de todas partes las sonoras monedas y los arrugados billetes. En aquel instante, las dos manos encogidas esbozaron un movimiento singular de espanto; se abalanzaron dispuestas a hacer presa en algo inexistente, y volvieron a abatirse exangües sobre la mesa, cediendo tan sólo a su peso de gravedad, diríase que muertas por la fatiga. Mas luego, de pronto, volvieron a animarse, se retiraron febrilmente de la mesa para dirigirse hacia su propio cuerpo, y, a manera de gatos salvajes, treparon por el tronco, deslizándose por arriba, por debajo, hacia la derecha, hacia la izquierda, palpando nerviosamente todos los bolsillos por si- encerraban alguna olvidada moneda de oro. Empero, siempre se retiraban sin resultado y siempre cada vez más enardecidas, repetían la insensata y vana búsqueda, en tanto que, volviendo a funcionar la ruleta, proseguían los otros su juego, sonaban las monedas, movíanse las sillas y escuchábase en el salón el murmullo de mil ruidos distintos. Poseída por el horror, yo temblaba; tuve también la sensación de que mis propios dedos se desesperaban frenéticos buscando una moneda en los bolsillos del arrugado traje. De pronto, el hombre aquel levantóse con rapidez, como lo haría una persona que se sintiese repentinamente indispuesta y se parara para no asfixiarse. Con el movimiento que hizo, la silla se cayó al suelo, produciendo gran estrépito. Sin darse cuenta de esto, sin reparar en los vecinos que entre atemorizados y estupefactos le cedieron el paso, tambaleándose, se alejó de la sala, como enceguecido.

En aquel momento me quedé pasmada, adiviné al punto hacia dónde se encaminaba aquel individuo; iba hacia la muerte. El que de tal manera se levanta no va al hotel, ni al bar, ni al lado de la mujer, ni a la estación, ni a cualquier otro lugar donde hay un poco de vida, sino que se precipita directamente en el abismo. El más indiferente habría adivinado que el hombre aquel carecía de reservas, y no las tenía en casa, ni en el banco, ni en ninguna otra parte y que, habiéndose encaminado al Casino con sus últimos recursos, llevando su vida como postrera apuesta a la mesa de juego, ahora se encaminaba a cualquier parte, sin duda, pero indudablemente fuera de la vida.

Desde el principio temí y sospeché que se hallaba en juego allí algo más importante que una mera pérdida o ganancia. Sin embargo, solamente entonces esa certidumbre cruzó por mi mente como un negro rayo, mostrándome cómo la vida desaparecía de repente ante sus ojos y la muerte cubría con su palidez aquel rostro, hasta entonces rebosante de vida. Hasta tal punto me sentía compenetrada con el mínimo de sus gestos que, inconscientemente, tuve que asirme al borde de la mesa cuando vi que abandonaba su sitio y se alejaba, tambaleándose. El temblor de su cuerpo hablase comunicado al mío, cual antes ocurriera con la palpitación de sus arterias y la tensión de sus nervios. Me sentí como arrebatada. ¡Debía seguirle! Y, extraños a mi voluntad, mis pies echaron a andar. Obraba inconsciente, sólo movida por una fuerza que era superior a mí misma, y tomando por un pasillo me encaminé a la salida.

El individuo se hallaba en el guardarropa; el empleado le entregó el abrigo, mas los brazos ya no obedecían al joven, y el mismo empleado debió prestarle ayuda, cual si se tratara de un paralítico. Le vi buscar maquinalmente en los bolsillos del chaleco una moneda para la propina; pero los dedos reaparecieron sin haber hallado nada, Entonces fue como si al punto recordara todo, murmuró unas palabras y, tal cual hiciera al apartarse de la mesa de juego, realizó un brusco movimiento hacia adelante, para descender la escalinata del Casino tambaleándose como un borracho, seguido unos momentos por la sonrisa, entre despreciativa y compasiva, del criado.

Aquellos gestos me inspiraron tal compasión, que me avergoncé de mirarle. Me aparté a un lado, entristecida de haber presenciado, como desde el palco de un teatro, la desesperación de un infeliz desconocido. Con todo, tornó a hacer presa en mí la inexplicable angustia. Prestamente solicité mi abrigo y sin pensar en nada determinado, de un modo completamente mecánico, impelida por el instinto en pos del desconocido, me hundí en las tinieblas de la noche.

Por un momento, la señora C. interrumpió su narración. Se encontraba sentada, inmóvil, frente a mí, y con aquella su calma y serenidad peculiares, sin hacer una pausa. Había hablado como únicamente lo hace quien se ha preparado lenta e íntimamente, ordenando con cuidado los acontecimientos. Por primera vez se detuvo; vaciló unos instantes y después, interrumpiendo su relato, se dirigió directamente a mí: -He prometido a usted y a mí misma -comenzó con cierta indecisión- contárselo todo, ajustándome a la más absoluta sinceridad. Pero he de exigirle un crédito absoluto a esta sinceridad mía, suplicándole no ver en mi conducta motivos secretos, los cuales, en caso de existir, posiblemente no me avergonzarían, bien que en este caso sería completamente erróneo suponer. He de recalcar que si corrí tras aquel jugador infortunado no fue porque me sintiese enamorada ni poco ni mucho de él. No vi en él más que a un ser humano, y, efectivamente, para mí, que era entonces una mujer de cuarenta años, nunca más la mirada de un hombre tuvo interés después del fallecimiento de mi esposo. Eso, para mí, había concluido en absoluto. Digo esto porque, de otra manera, todo lo que sigue no lo comprendería usted en toda su horrible verdad. Por otra parte, verdad es que me sería harto difícil explicar con claridad el sentimiento que en forma tan irresistible me impulsó a seguir entonces en pos de aquel desdichado. En mí había curiosidad, pero, ante todo, un miedo terrible, o mejor dicho, temor de algo tremendo que desde los primeros instantes advertí que estaba rondando al joven, invisiblemente. Pero una categoría tal de sentimientos no se puede descomponer ni analizar en particular porque chocan entre sí con tal confusión, de manera tan violenta, tan furiosa, tan espontánea.. . No realicé, en verdad, nada más que ese gesto instintivo de prestar auxilio, exactamente como cuando sostenemos a la criatura que, en la calle, está por echarse bajo las ruedas de un automóvil. ¿Puede, acaso, explicarse, que determinados individuos, que no saben siquiera nadar, intenten arrojarse desde lo alto de un puente para salvar a uno que se ahoga? Estos individuos se mueven sencillamente gracias a una fuerza mágica que los impulsa antes de que tengan tiempo de darse cuenta de su insensata temeridad; pues así, exactamente, sin meditarlo, sin una reflexión consciente, seguí en pos de aquel desgraciado, desde la sala de juego hasta el vestíbulo del Casino, y desde allí a la terraza.

Tengo la seguridad de que ni usted ni nadie que tuviese la mirada alerta de una persona sensible habría logrado resistir aquella angustiosa curiosidad. No es posible suponer un aspecto más siniestro que el presentado por aquel joven que contaba escasamente unos veinticinco años y que, fatigado como un anciano, tambaleándose cual borracho, con el cuerpo destrozado, pesadamente se arrastraba escaleras abajo hacia la terraza exterior del Casino. Una vez allí, se dejó caer en un banco, como si tuviera el cuerpo de plomo. Al observar aquella actitud, de nuevo presentí con espanto, que el joven se hallaba al final de la vida. En aquella forma no suele desplomarse sino un muerto o un hombre al cual ninguno de los músculos obedece ya a €a fuerza vital. La cabeza, vuelta hacia un lado, apoyábase en el respaldo del banco, y los brazos colgaban inertes. A la mortecina luz de los turbios faroles un transeúnte lo habría confundido con un cadáver. No puedo explicar cómo se me presentó esta visión, pero es lo cierto que súbitamente se proyectó allí enfrente, palpable, evidente, horrible y terriblemente verdadera; así, cual un cadáver, lo vi ante mí en aquel instante, convencida de que cargaba un revólver en el bolsillo y de que, a la siguiente mañana, le hallarían tendido en aquel banco o en otro cualquiera, inanimado y empapado en sangre.

Su manera de desplomarse fue exactamente como la de una piedra arrojada a€ abismo, y que hasta haber llegado al fondo no se detiene. Jamás había visto yo una expresión de abatimiento y desesperación expresada con un gesto tan humano y desgarrador.

Ahora imagínese mi situación. Me hallaba a diez o veinte pasos del banco sobre el cual aquel hombre yacía inmóvil y destrozado y sin saber qué decidir; por un lado, movida por e€ deseo de prestar auxilio; y, por otro, por el afán de huir, producto de la ingénita timidez y de la educación recibida, que me vedaba dirigir la palabra a un desconocido en medio de la calle. Los faroles brillaban débilmente bajo el cielo nublado. Sólo de vez en cuando, y con prisa, pasaba algún transeúnte, pues ya era medianoche. Casi me encontraba sola en el parque con aquel desventurado que quería suicidarse. Cinco, diez veces concentré mis fuerzas disponiéndome a acercarme a él; pero siempre me hizo retroceder cierta vergüenza o, quizá, el instintivo presentimiento de que siempre los desesperados arrastran consigo a quienes tratan de socorrerlos. En tales dudas y vacilaciones, me di cuenta cabal de lo insensata y ridícula que era mi situación. Porque yo no podía ni hablar, ni alejarme, ni abandonarlo. No sabía qué hacer.

Espero que me creerá usted si declaro que, quizás, por espacio de una hora, interminable hora, durante la cual millares y millares de pequeñas ondas de mar invisible cortaban el tiempo, estuve paseándome vacilante por la terraza, constantemente obsesionada por el espectáculo de total aniquilamiento de aquel hombre.

Decididamente, no poseía coraje suficiente para hablar o para obrar. Quizá hubiera pasado toda la noche aguardando aún o me hubiera decidido finalmente, movida por un prudente egoísmo, a regresar a mi casa. Sí, creo que, incluso, a punto estuve de abandonar a aquel desdichado en manos de su propia debilidad...

Mas una fuerza superior salió al paso de mi indecisión. Comenzó a llover. Durante toda la noche, el viento había acumulado sobre el mar gruesos nubarrones primaverales preñados de agua. Por los pulmones, por el corazón podía uno comprobar que la atmósfera se cargaba por momentos. De pronto cayeron gruesas gotas sonoras a las que siguió una copiosa lluvia que caía en densas madejas agitadas por el viento. Inmediatamente me guarecí bajo la marquesina de un quiosco. Pese a que abrí el paraguas, las impetuosas ráfagas del viento salpicaron de lluvia mi traje. En el rostro y en las manos sentí el polvo líquido y frío que levantaban las gotas al chocar contra el suelo.

Bajo aquel furioso chaparrón, el infeliz permanecía totalmente inmóvil en su banco.

El recuerdo de aquella escena angustiosa me oprime, aún hoy, la garganta.

De todas las canaletas el agua caía a borbotones. De la ciudad llegaba el ruido sordo de los coches. Por la derecha, por la izquierda, los transeúntes envueltos en sus abrigos cruzaban corriendo. Todo cuanto tenía dentro de sí algo de vida huía del chubasco, en busca de un lugar dónde refugiarse. Por doquiera, tanto entre los hombres como entre los animales, manifestábase la angustia ante la explosión de los elementos. Únicamente aquella piltrafa humana estaba derrumbada, inmóvil en el banco. Ya le dije que aquel hombre tenía el mágico poder de exteriorizar plásticamente, con movimientos y gestos, todos sus estados interiores. Nada, sin embargo, absolutamente nada sobre la tierra podría expresar de manera tan conmovedora la desesperación, el abandono absoluto de sí mismo y la apariencia de la muerte con aquella inmovilidad, con aquel estado inerte, inanimado, bajo la terrible lluvia, con aquella fatiga demasiado extrema para permitirle levantarse y dar los pocos pasos que le separaban de un techo protector, con aquella definitiva indiferencia hacia la propia vida. Ningún escultor, ni pintor, ni Miguel Ángel ni Dante, habíame hecho sentir jamás con semejante angustia el gesto de la máxima desesperación, de la miseria definitiva de este mundo, como aquel hombre que estaba vivo aún, y se dejaba azotar por los elementos por hallarse demasiado abatido y destrozado para intentar un solo movimiento que le permitiera guarecerse de ellos.

Estas consideraciones bastaron para decidirme. ¡No podía más! Veloz atravesé la líquida cortina de la lluvia y en cuanto llegué al banco, sacudí aquel húmedo fardo humano.

-¡Venga! -le dije, tomándole por un brazo.

El brazo se mantenía inerte, penosamente levantado. Pareció como si cierto movimiento fuese a iniciarse en él; pero desde luego, el desgraciado no me entendía.

-¡Venga! -repetí, sacudiéndole el brazo, esta vez casi iracunda.

Entonces se levantó lentamente, bamboleándose, sin voluntad.

-¿Qué hace usted? -preguntóme. No supe qué contestarle, pues yo misma ignoraba dónde ir con él. Solo lejos de allí, lejos del terrible y frío chubasco, lejos de aquella postración insensata y suicida, lejos de aquel estado de extrema desesperación. Sin dejarle del brazo lo arrastré hacía el quiosco, suponiendo que allí, bajo la estrecha marquesina, se guarecería al menos de la lluvia que azotaba el viento. No sabía nada más, no deseaba tampoco nada más. Sólo me interesaba poner a aquel hombre al abrigo de la lluvia: por el momento no pensaba otra cosa.

Y así, nos encontramos los dos, uno junto al otro, en el reducido espacio que permanecía seco. Detrás de nosotros la puerta cerrada del quiosco; encima, el techo demasiado pequeño para protegernos por completo de !a pérfida, implacable y terrible lluvia, que, azotada por furiosas rachas de viento, lanzaba torbellinos de frío contra nuestros rostros y empapaba nuestros vestidos. La situación tornábase insoportable. No podía permanecer por más tiempo junto a aquel desconocido chorreando agua, y por otra parte, no me resignaba a abandonarlo sin una explicación, después de haberlo arrastrado allí. Tenía que hacer algo. Me esforcé en meditar sobre la situación, y calculé que lo mejor sería acompañarlo en un coche hasta su casa. A la mañana siguiente, ya lo socorrería. Pensando así, pregunté a la persona que inmóvil, mirando fijamente la negra noche, estaba junto a mí: -¿Dónde vive usted? -No tengo casa... Esta misma noche llegué a Niza. No podemos ir a mi casa. Al punto no comprendí la última frase. Sólo me di cuenta más tarde de que aquel hombre me había confundido con... una "cocotte". Creyó ver en mí una de tantas que, por la noche, rondan por el Casino, esperando sacar todavía algún dinero a los jugadores afortunados o borrachos. Después de todo, no podía suponer otra cosa. Ahora que se lo relato a usted comprendo cuánto de inverosímil y de fantástica tenía mi situación. No podía pensar de otra manera, ya que la forma de sacarle del banco y de forzarle á venir conmigo no era propia de una señora. Empero, la idea no se me ocurrió entonces. Sólo más tarde, demasiado tarde ya, comprobé el terrible error en que había incurrido respecto de mi persona. De lo contrario, no habría proferido las palabras que siguieron y que lo afianzaron más en su equivocación. Dije: -Puede buscarse un cuarto en un hotel. Aquí no debe permanecer. Tiene que ir a cualquier parte.

Entonces fue cuando repentinamente me di cuenta de su lamentable error, pues él, sin mirarme y con expresión irónica, se resistió, diciéndome: -No necesito habitación; no quiero nada. No pierdas el tiempo, porque nada sacarás de mí. Estás equivocada; no tengo ni un céntimo.

Las frases fueron pronunciadas en un tono tan extraño, con tan lacerante indiferencia, y su manera de permanecer de pie, apoyándose abrumado contra la pared, mojado de pies a cabeza, interiormente aniquilado, me impresionó en forma tal que no tuve siquiera tiempo para sentirme tontamente ofendida. Lo que desde el primer momento experimenté, en cuanto le vi salir de la sala, tambaleándose, y !o que sentía constantemente en aquella hora inverosímil, fue que un hombre joven y vigoroso, que alentaba aún, marchaba hacia la muerte y que yo debía salvarlo.

Me aproximé a él y le dije: -No se preocupe por el dinero. ¡Venga! No debe permanecer aquí ni un momento más; yo le encontraré un refugio... No se preocupe por nada. ¡Venga! ¡Sígame! Volvió la cabeza. Mientras la lluvia repiqueteaba sordamente a nuestro alrededor y las canaletas derramaban chorros de agua a nuestros pies, observó cómo en medio de la oscuridad, por primera vez, trataba de ver mi rostro. Su cuerpo también pareció despertar de su letargo. -Como quieras -dijo, cediendo-. A mí ya todo me resulta indiferente... Después de todo, ¿por qué no? ¡Vamos! Abrí el paraguas y él me agarró del brazo. Tan inesperada confianza me causó un efecto harto desagradable. Me asusté, horrorizada hasta lo más profundo de mi corazón. Pero no tuve el valor de prohibírselo. Si en aquellos instantes le hubiera rechazado, se habría hundido en el abismo, y cuanto había logrado hasta entonces habría resultado inútil. Regresamos a! Casino, que estaba sólo a pocos pasos. Allí se me ocurrió lo que había que hacer con é!. Lo más práctico, pensé prontamente, sería conducirlo a un hotel donde pudiera reposar, y darle dinero para que regresara a su casa al siguiente día. No se me ocurrió nada más.

Hice detener un coche que pasaba velozmente por delante del Casino. Subimos.

Cuando el cochero preguntó dónde debía conducirnos, no supe, al punto, qué contestarle. Pero de pronto, percatándome de que el individuo que estaba a mi lado, completamente mojado, no podía ser admitido en ningún buen hotel, y sin sospechar siquiera, dada mi condición, la existencia de alojamientos equívocos, grité al cochero: --¡Llévenos a cualquier hotel! Indiferentemente, el cochero puso en movimiento el vehículo. A mi lado, el desconocido guardaba silencio, mientras las ruedas traqueteaban y la lluvia azotaba con furia los cristales. En el interior de aquella caja obscura como un féretro, yo también, tenía la sensación de acompañar a un cadáver. Intenté imaginar algo, dar con alguna palabra que mitigara el horror de la muda y tenebrosa contigüidad. Nada se me ocurrió. Pocos minutos más tarde se detuvo el vehículo; bajé yo la primera, y pagué el viaje al cochero, mientras mi acompañante cerraba la portezuela. Nos hallábamos frente a la puerta de un pequeño hotel desconocido. Una marquesina de vidrios nos protegía contra la lluvia que continuaba cayendo con angustiosa monotonía en la noche impenetrable.

Cediendo a su pesadumbre, mi acompañante se apoyó contra el muro involuntariamente.

Su sombrero, sus ropas, empapadas en agua y completamente arrugadas, chorreaban. Producía la impresión de un náufrago al que acaban de salvar la vida. Alrededor del espacio reducido que ocupaba su cuerpo formóse un pequeño charco. No obstante, él no hizo ni el mínimo gesto para sacudir el agua, ni escurrir el sombrero, ni secarse las gotas que le resbalaban por las mejillas.

Estaba en absoluta pasividad. No alcanzo a explicarle hasta qué punto me impresionaba semejante actitud de anonadamiento.

Empero, algo había que decir. Metí la mano en mi cartera.

-Tome estos cien francos -dije-, alquile una habitación y regrese mañana a Niza.

El, con estupor, me miró.

-Le vi en la sala de juego -agregué, observando su vacilación-. Sé que lo ha perdido todo y temí que tratara de hacer un disparate. No es para nadie una deshonra el aceptar una ayuda... ¡Vaya, tome! El rechazó mi mano con una energía que hasta entonces no sospeché.

-Eres buena -dijo-, pero no tires tu dinero. Ya no hay por qué ayudarme. Que duerma o no esta noche, me es indiferente. Mañana todo habrá concluido. No hay para qué ayudarme.

-¡No, tiene que aceptar esto! -insistí-. Mañana pensará de otro modo. Ahora, entre y acuéstese. A la luz del día las cosas suelen cambiar de aspecto.

Mas, casi con violencia, tornó a rechazar mi mano.

-Deja -exclamó aún sordamente- Esto ya resulta estúpido. Prefiero acabar conmigo, allá, en la playa, antes que manchar de sangre la habitación de un hotel.

Cien francos no significan para mí ninguna ayuda. ¡Mil tampoco! Mañana regresaría a la sala de juego y no me iría hasta haberlo perdido todo. ¿Para qué, pues, empezar de nuevo? Ya tengo suficiente.

No podrá nunca imaginarse en qué forma aquella tenebrosa manera de hablar me oprimía el corazón. Fíjese en mi situación. A dos pasos de usted se halla un hombre joven, rebosante de vida, y usted sabe que, si no pone en juego todos los recursos, aquel trozo de juventud que piensa, habla y palpita, será un cadáver dentro de dos horas. Un colérico impulso, una suerte de furia incontenible me movió a concluir con aquella insensata resistencia. Le agarré del brazo: -¡Basta de tonterías! Usted subirá ahora mismo; alquilará un _cuarto y mañana por la mañana vendré a buscarle para acompañarle a la estación. Tiene que salir de aquí. No me sentiré tranquila hasta que le vea en el tren. Cuando se es joven no se desprecia la vida sólo por haber perdido unos cientos o miles de francos. Es una cobardía, un estúpido acceso de pundonor producido por la ira y la amargura.

Mañana me dará la razón.

-¡Mañana! -repitióme él, con acento aún más tenebroso e irónico-. ¡Mañana! ¡Si yo mismo lo supiera!... Incluso estoy sintiendo curiosidad por saberlo. No; vete a tu casa, amiga mía; no te preocupes por mí, ni gastes tu dinero.

No pude dejarlo, empero. Era aquello como una obsesión, una furia que me acometía.

Violentamente le agarré la mano y dejé en ella unos cuantos billetes.

-Tiene que tomar este dinero y subir inmediatamente.

Diciendo esto, oprimí el timbre con decisión.

-Ya he llamado. En seguida saldrá el portero. Suba usted. Acuéstese. Mañana a las nueve, le aguardaré aquí mismo, ante este hotel, y le acompañaré hasta la estación. No se preocupe. Yo le facilitaré lo que sea necesario para llegar a su casa.

Pero ahora váyase a descansar y no piense en nada.

En este instante se oyó dar una vuelta a la llave, y el portero abrió: -Ven -dijo él, entonces, de súbito, con voz dura, enérgica y amarga. Y cual si fuesen de acero, sus dedos crispados aprisionaron mi mano. Me estremecí toda asustada; quedé como paralizada, herida por el rayo; perdí la conciencia de mí misma. Quise apartarme... , desasirme.... mas no tuve voluntad. Y yo:.. usted lo comprenderá.... experimentaba el bochorno y la vergüenza de tener que luchar con un desconocido frente al portero que allí estaba aguardando impaciente. Y así... me vi repentinamente dentro del hotel; quise decir algo, pero la garganta no me obedecía... Aquellos dedos no soltaban mi mano... advertí vagamente que subía por una escalera... Escuché luego el ruido de una llave... Y, de pronto, me vi sola ante aquel desconocido, en el cuarto extraño de un hotel cuyo nombre ignoro todavía...

La señora C. interrumpió de nuevo, y súbitamente el relato. Se levantó del sillón.

Parecía que su voz iba a quebrarse. Volvióse hacia la ventana, miró en silencio unos minutos por los cristales, o, quizá, sólo apoyó la frente contra el frío vidrio.

No me atreví a mirarla, pues comprendí el angustioso dolor de la anciana.

Permanecí, pues, en silencio, y así esperé hasta que ella, con pasos lentos, tornó a sentarse junto a mí.

-Bueno; ya le he dicho lo más difícil. Espero que creerá sí le juro otra vez por todo lo más sagrado, por mi honor y por mis hijos, que hasta aquel instante no había reparado en la posibilidad de una unión con aquel desconocido; y que si llegué a caer fue de una manera inconsciente, sin la intervención de mi voluntad. Me precipité en aquella situación como quien, lo hace por un escotillón abierto inesperadamente en el llano camino de mi existencia.

Prometí confesarle a usted y decirme a mí misma toda la verdad; repito pues, una vez más, que debido únicamente a un exaltado empeño de auxiliarlo y no por ningún otro móvil, por ninguna inclinación personal, en fin, sin segunda intención alguna, sin el menor presentimiento, vine a caer en aquella aventura trágica y extraña.

De cuanto ocurrió en la habitación durante la noche me permitirá que no le hable; yo no he olvidado un solo segundo aquellas horas, ni jamás llegaré a olvidarlas nunca. Porque aquella terrible noche luché por salvar la vida al hombre, y tal lucha, repito, era de vida o muerte. Nítidamente, a través de mis nervios, percibí que aquel desconocido, sintiéndose perdido definitivamente, con la avidez y la angustia de un condenado a muerte, afanábase en buscar aún un postrer auxilio.

Se aferraba a mí como quien ve abierto el abismo a sus pies. Yo concentré todas mis energías para lograr salvarle. Horas así no se viven más que una sola vez en la vida. Entre millones y millones de personas, sólo una se encontrará en circunstancias semejantes. Sin aquella horrible casualidad, yo no hubiera sospechado jamás con cuánta avidez, con cuánta desesperación, con cuán desesperante frenesí, el hombre que se siente perdido se empeña todavía en sorber una vez más las rojas gotas de la vida. Apartada, hacía 20 años, de las demoníacas fuerzas de la existencia, nunca habría comprendido en qué forma magnífica y fantástica la naturaleza junta algunas veces en fugaces instantes el calor y el frío, la muerte y la vida, la alegría y el dolor. Aquella noche estuvo tan llena de luchas y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que me parece que duró mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, él deseando locamente la muerte, yo absolutamente ajena a lo que había de acontecer, salimos los dos de aquel tumulto mortal transformados, con otros sentidos y muy distintos sentimientos.

Mas no quiero hablar de eso, no puedo ni debo describirlo. Sólo mencionaré aquel inconcebible minuto de mi despertar, por la mañana. Salí de un sueño de plomo, de las profundidades de una noche que nunca hubiera sospechado. Mucho demoré en abrir los ojos; cuando lo hice, lo primero que vi fue, sobre mi cabeza, un techo que me era totalmente desconocido; después, deslizando la mirada, una habitación odiosa, repelente, fea, extraña, en la que, al punto no pude recordar cómo había entrado. Primeramente, intenté persuadirme de que aquello era aún un sueño, un sueño más claro y transparente que aquel otro, denso y confuso, del que acababa de salir... Pero por las ventanas penetraba la luz del sol, una luz matutina, diáfana, absolutamente real. De la calle llegaba el rumor de los coches y de los tranvías, el ruido de la gente. No soñaba, no; sino que estaba despierta del todo. Me incorporé en el lecho, y entonces... al volver la mirada a un lado... jamás llegaré a describir mi terror, entonces vi, a mi lado, a un hombre extraño, desconocido absolutamente; un hombre medio desnudo, del que nada recordaba.

Nunca; aquel estado de terror, lo sé, no puede describirse. Fue tal la impresión recibida, que me desplomé sin fuerzas. Pero aquella súbita postración no fue tal como la hubiera deseado. Al contrario. Conservando una perfecta lucidez, recordé en un instante todo; y todo me pareció inexplicable. Ante la repugnancia y la vergüenza de verme junto a un hombre desconocido, en el lecho extraño de un hotel sospechoso, no experimenté más que un deseo: el de morir. Recuerdo perfectamente que mi corazón cesó de palpitar, que mi respiración se paralizó cual si fuera a extinguirse mi existencia; y mi conciencia, esa conciencia lúcida, que lo concibe todo y nada comprende...

Jamás sabré qué tiempo permanecí en aquella situación, con todos mis miembros helados. Los muertos deben de yacer en sus ataúdes con análoga rigidez. Yo, únicamente sé que supliqué a Dios que interpusiera cualquier poder celestial para que aquello no fuera real, no fuera verdadero. Pero mis sentidos superagudizados no me permitían engañarme: escuchaba a los que hablaban en el cuarto inmediato; oí correr el agua; afuera, en el corredor, escuchaba pisadas; y cada uno de estos ruidos me convencía en forma inexorable de que me hallaba cruelmente despierta. No puedo saber cuánto duró tan terrible estado; tales instantes no pueden medirse con las vulgares medidas de nuestra existencia corriente. Pero, de pronto, me asaltó otro temor: el horrible temor de que aquel desconocido, cuyo nombre y dirección en absoluto ignoraba, despertara y me hablase. No quedaba sino un recurso: vestirme y huir antes de que despertase.

No ser vista nunca más por él, no cruzar con él ni una sola palabra más. ¡Partir a tiempo, lejos, lejos, lejos! Retornar a mi vida. a mi hotel; y luego tomar el primer aren y escapar para siempre de aquella ciudad maldita, de aquel país. No tropezar nunca más con aquel individuo; no verlo más, no tener a mi lado a ningún testigo, ningún delator, ningún cómplice... Esta idea me arrancó de mi postración, sigilosamente, deslizándome furtivamente, como una malhechora, avanzando palmo a palmo para no hacer ruido, salté del lecho y tomé mis ropas. Me vestí temblando, temerosa de que se despertara. .. Pronto estuve lista para partir... Sólo faltaba el sombrero, que se hallaba al otro lado, a los pies de la cama. Al dirigirme allí, de puntillas, no pude resistir la tentación; tuve que dirigir una mirada al rostro de aquel hombre desconocido que había venido a interponerse en el camino de mi vida como una piedra caída desde lo alto. Quería solamente dirigirle una simple mirada, pero... ¡qué extraño!, el joven que allí estaba, durmiendo, érame realmente desconocido. En el primer momento no logré reconocer el rostro de la noche anterior. Pues los rasgos crispados, tumefactos y tirantes del individuo, mortalmente excitados de la víspera, habían desaparecido enteramente... El hombre que allí dormía mostraba un rostro diferente, infantil, pueril, radiante de pureza y serenidad. Los labios que estaban anoche convulsos y apretados contra los dientes, soñaban hoy tiernamente abiertos, dibujando casi una sonrisa; el cabello sobre la tersa frente y una suave ondulación comunicaba el tranquilo respirar del pecho al cuerpo en total reposo.

Es posible que recuerde usted que le dije que nunca había visto en un hombre tal expresión de avidez y de pasión tan intensa, tan desmesuradamente execrable como en aquel desconocido descubierto en la mesa de juego. Pues le diré, además, que nunca, ni en los niños de pecho, que, cuando duermen, sonríen con una expresión de gozo angelical, nunca había visto una expresión de tan pura serenidad, de sueño realmente tan venturoso. En el rostro aquel adquirían forma exterior, con maravillosa plasticidad, todos los sentimientos. En aquel instante asistía a un alejamiento paradisíaco de todas las pesadumbres íntimas, a la liberación, a la salvación de un espíritu. Ante aquel espectáculo sorprendente, parecióme que, cual un manto negro y pesado, desprendíase de mi cuerpo toda la angustia, todo el temor. Y dejé de sentirme avergonzada, experimentando casi una sensación de júbilo. Súbitamente, lo que ofrecía de horrible y de inconcebible aquella situación mostró para mí un sentido y una razón de ser. Me sentí contenta y orgullosa, pensando que aquel hombre joven, bello, delicado, que sereno y silencioso allí dormía, como una flor, quizá sin mi abnegada intervención, hubiera sido encontrado entre las rocas, con el rostro partido, bañado en sangre, destrozado, sin vida y con los ojos espantosamente abiertos. Yo lo había salvado.

Y ahora -no puedo manifestarlo de otro modo- contemplaba maternalmente a aquel muchacho dormido, a quien de nuevo -¡con dolor, como a mis propios hijos!- había dado el ser.

Y dentro de aquella habitación sucia y maloliente, en aquel hotelucho repugnante, grasiento y turbio, tuve la impresión -le parecerá ridículo lo que voy a decir- de que me hallaba en el interior de un templo, bajo el efecto de una emoción beatífica y santa. De los instantes más angustiosos de mi vida nació otro, fraternalmente intenso: un momento más emotivo y luminoso.

¿Me moví demasiado? ¿Habría hablado sin darme cuenta? No lo sé. El joven abrió los ojos de repente, mostrándose asombrado. Como yo, parecía salir de un inmenso y tenebroso abismo. Retrocedí aterrada. Su mirada atentamente recorría aquella habitación extraña; luego descubrió, maravillado, mi presencia. Mas, antes que hablara o hubiera llegado a recordar, logré dominar mi emoción. Tenía que impedir que dijera una palabra o hiciera alguna confidencia. Nada de lo del día anterior o de la pasada noche tenía que reproducirse, comentarse o ponerse en claro.

-Debo marcharme -le dije rápidamente-. Quédese usted aquí y vístase. A las doce me reuniré con usted en la puerta del Casino; yo me ocuparé de todo.

Y antes de que pudiera responder, salí, esta vez, para no ver jamás aquella habitación; huí corriendo, sin volver la cabeza, abandoné el hotel cuyo nombre ignoraba, exactamente como ignoraba el del hombre aquel con quien había pasado la noche.

La señora C. hizo una nueva pausa cortando por unos instantes su relato; de su voz había desaparecido toda huella de excitación y sufrimiento; cual un vehículo que lucha afanosamente para escalar una pendiente y fuego, una vez en lo alto, rueda, fácil y ligero, así avanzaba, con las palabras libres de toda pesadumbre, su curioso relato: -Perfectamente; marché a toda prisa a mi hotel, a través de las calles inundadas de luz. La tempestad había limpiado la niebla del firmamento, así como mi alma de todo sentimiento y opresión. No debe usted olvidar que, después del fallecimiento de mi esposo, había yo renunciado en absoluto a la vida. No podía tener conmigo a mis hijos, y mi estimación hacia ellos era, incluso, harto relativa.

Una existencia así, sin una finalidad determinada, resulta una equivocación. Por primera vez, inesperadamente, se me presentaba una misión que cumplir: había salvado la vida a un hombre y evitado su aniquilamiento apelando a todas mis fuerzas. Sólo un pequeño detalle ahora quedaba por resolver; pero la tarea debía llevarla a cabo a su debido tiempo. Me apresuré, por lo tanto, a llegar a mi hotel.

La mirada de asombro del portero al verme llegar a las nueve de la mañana resbaló por mi cuerpo. Ni el menor asomo de vergüenza ni de disgusto por lo ocurrido oprimía mi corazón. Antes bien, experimentaba como una sensación de bienestar y exuberancia que hacía circular vivamente la sangre por mis venas, cual si tornara en mí el anhelo de vivir y de pronto hubiera dado con la razón de ser de mi existencia. Ya en mi habitación, cambié rápidamente de vestido y, sin darme cuenta (no reparé en ello hasta más tarde), cambié mi ropa de luto por otra de vivos colores. Luego me dirigí al Banco en busca de dinero; corrí a la estación para informarme de la salida de los trenes, y con una decisión que a mí misma llegaba a maravillarme, me dediqué a otras diligencias y pormenores. No me quedaba por hacer nada más que ultimar la partida y alcanzar la definitiva salvación del hombre que el destino había puesto en mi camino.

Desde luego, en mi nuevo encuentro con él se imponía de mi parte un gran esfuerzo. Porque todo cuanto había acontecido la noche anterior habíase desenvuelto en la oscuridad, en lo profundo de un abismo, al modo de dos piedras que ruedan juntas por un torrente y violentamente chocan una contra otra. Nos habíamos hablado cara a cara y no tenía siquiera la seguridad de que el desconocido me reconociese. El día anterior todo había sido un azar, una embriaguez; el arrebato de locura de dos seres que desvarían. Aquella mañana, en cambio, tenía que entregarme a él más abiertamente, presentándole a la luz del día mi rostro y mi persona, como un ser real y viviente.

Pero todo se produjo más fácilmente de lo que yo me imaginaba. A la hora convenida, cuando me dirigí al Casino, un hombre joven se levantó rápidamente de un banco y corrió a mi encuentro. Fue tan espontáneo, tan infantil, tan feliz en su expresión admirativa como en cada uno de sus elocuentes gestos de la víspera.

Voló hacia mí con un vivaz destello de alegría, de reconocimiento y a la vez de respeto expresado en los ojos, los cuales delicadamente bajó al ver los míos confusos ante su presencia. Raramente se llega a observar la gratitud de los hombres; los agradecidos no saben por lo común cómo exteriorizarlo, se sienten cohibidos, callan avergonzados y, con harta frecuencia, desean ocultar sus sentimientos y se muestran con una extrema torpeza. Pero en aquel joven al cual Dios había otorgado, según parece, la facultad de exteriorizar todos sus sentimientos en una forma bella, espiritual y plástica, el gesto expresivo de la gratitud irradiaba de todo su cuerpo como una pasión. Inclinóse, tomándome la mano, y así, noblemente curvada la línea gentil de su busto, se mantuvo por espacio de unos segundos depositando un respetuoso beso que apenas me rozó los dedos. Luego, ya erguido otra vez, me preguntó cómo seguía, me miró conmovido, y fue tal y tanta la corrección de cada una de sus palabras, que al cabo de pocos minutos el resto de inquietud que en mí subsistía, se desvaneció enteramente.

Como un reflejo de la limpidez de nuestros sentimientos, la Naturaleza quiso brillar en torno nuestro con su máximo esplendor. El mar, ayer furiosamente agitado, permanecía ahora tan sereno, silencioso e iluminado que cada una de las pulidas y blancas piedras del fondo descubríase a nuestra mirada. El Casino, caverna infernal y siniestra, aparecía con una brillantez morisca bajo el cielo diáfano. Y el quiosco, bajo cuya marquesina la estrepitosa lluvia de la víspera nos obligó a cobijarnos, se había trocado en una tienda de flores, que exhibía su policromía y cuya venta atendía una joven de blusa encarnada.

Invité al desconocido a almorzar conmigo en un pequeño restaurante. Allí me narró su trágica aventura. Fue una cabal confirmación de mi primera sospecha, cuando por vez primera vi sus manos trémulas y crispadas sobre la mesa de juego.

Pertenecía a una noble y antigua familia de la Polonia austriaca. Cursaba la carrera diplomática en Viena y hacía un mes que había pasado el primer examen con extraordinario éxito. Para celebrar ese acontecimiento, un tío suyo, alto oficial del estado mayor, que vivía con él, le llevó a las carreras de caballos. El tío, hombre afortunado en el juego, ganó tres carreras seguidas, y con el dinero ganado fueron a cenar a un restaurante de moda. Al día siguiente, como recompensa por el éxito logrado en su primer examen, el padre le envió en un cheque la paga de una de sus mensualidades. Dos días antes esa suma le hubiera parecido elevada; pero ahora, después de la facilidad con que vio ganar una fortuna a su tío, la encontró insignificante y reducida. Así, pues, después de la comida, volvió a las carreras de caballos. Jugó anheloso y apasionado y quiso su suerte, o quizá su mala suerte, que ganara el triple de la vez anterior. A partir de entonces se apoderó de él la locura del juego; jugó en las carreras, en los cafés, en el club, dejando de estudiar y consumiendo tiempo, nervios y, sobre todo, dinero. No podía pensar ni dormir tranquilamente; no lograba dominarse a sí mismo. Una vez, durante la noche, al regresar del club a su casa, creyendo haberlo perdido todo, encontró todavía, mientras se desnudaba, olvidado un billete en uno de los bolsillos del chaleco. No logró contenerse: volvió a vestirse y vagó por los cafés hasta que, en uno de ellos, encontró a algunos jugadores. Allí permaneció jugando hasta la madrugada. En otra oportunidad, una hermana casada le ayudó a pagar sus deudas a los usureros, los cuales se mostraban siempre dispuestos a conceder crédito al que sabían heredero de una rica familia aristocrática. Durante cierto tiempo volvió a sonreírle la suerte; pero después perdió indefectiblemente todos los días. Cuanto más perdía, más febrilmente buscaba el desquite salvador, obligado como estaba por sus descubiertos compromisos y sus palabras de honor empeñadas. Tiempo hacía que se había jugado el reloj y sus trajes. Finalmente llegó a lo inevitable: robó de un armario a una tía suya dos valiosos "boutons" que ella lucía raramente. Uno de ellos lo empeñó por una suma considerable, la que logró cuadruplicar aquella noche en el juego. Pero, en lugar de redimir la joya, continuó jugando y lo perdió todo. A la hora de su partida el robo no había sido descubierto todavía, así es que vendió también el segundo. Obedeciendo a una repentina inspiración, salió para Montecarlo, donde en la ruleta esperaba hallar la soñada fortuna. Aquí había vendido ya sus baúles, sus trajes, sus paraguas; no le restaba más que el revólver con cuatro proyectiles y una cruz diminuta incrustada de piedras preciosas, obsequio de su madrina, la duquesa X., de la cual no quería desprenderse. Mas también aquella tarde había vendido la cruz por cincuenta francos, sólo por probar, por la noche, en desesperado esfuerzo, una vez más, a vida o muerte, el capricho veleidoso de la suerte.

Todo me lo contaba-con la arrebatadora gracia en él peculiar. Lo escuchaba conmovida, trastornada y con el ánimo oprimido; empero ni un solo momento me asaltó la idea de indignarme ante el hecho de que el hombre que se sentaba a mi lado fuese precisamente un ladrón. Si el día antes cualquiera me hubiese dicho a mí, una dama intachable y que imponía en su trato la máxima seriedad, que iba a sentarme a la mesa en compañía de un joven desconocido, no mayor que mis propios hijos, y que había' robado unas joyas, lo hubiese tomado por un loco. Mas, ni un solo momento, durante su relato, experimenté el más leve sentimiento de repugnancia. Hablaba él con tanta naturalidad y pasión, que su acto, más que un hecho delictuoso, semejaba la descripción de un proceso febril o del curso de una enfermedad. Más todavía: para quien, como yo, la víspera había obrado de una manera tan desastrosamente inesperada en una persona de mi posición, la palabra "imposible" parecía haber perdido de pronto su sentido. En aquellas dieciséis horas había aprendido más de la realidad de la vida que en cuarenta años de apacible y ejemplar existencia burguesa...

No obstante, había algo que me atemorizaba en la confesión del joven: me refiero a la mirada febril de sus ojos y que, cada vez que hacía alusión a su pasión por el juego, contraía vivamente todos los músculos de su rostro. Mientras se expresaba en esta forma, excitábase nuevamente; con terrible claridad dibujábanse en la plástica expresión de su semblante varios matices de alegría o de pesimismo.

Inconscientemente, sus manos (admirables manos delgadas y nerviosas), como cuando estaba en la mesa de juego, trocábanse en dos animales de presa que se acometen uno a otro n se rehuyen mutuamente. Las veía temblar desde la muñeca hasta la punta de los dedos, retorcerse, abatirse y caer una sobre otra con energía, para separarse de golpe y volver a juntarse formando como un ovillo.

cuando hizo alusión al robo de los "boutons", a pesar mío me estremecí. Entonces las manos, saltando con rapidez propia del rayo; esbozaron el ademán del ladrón al apoderarse de un objeto. Pude ver perfectamente cómo los dedos, muy abiertos, ávidamente, agarraban las joyas ocultándolas presto en el hueco del puño. Y con un sentimiento de terror indefinible llegué a reconocer que aquel hombre tenía envenenada por la demoníaca pasión hasta la última gota de su sangre.

Lo único que en el curso de su narración me atemorizaba era, aquella esclava subordinación de su personalidad joven, inteligente y despreocupada por naturaleza, a tan funesta pasión. Creí, por consiguiente, que mi primer deber sería hablar bondadosamente al protegido que de improviso se me había presentado, aconsejándole que se alejara cuanto antes de Montecarlo, donde la tentación era más peligrosa, incitándole a que volviese aquella misma noche a su casa antes de que se notase la desaparición de las joyas y quedara destrozado para siempre su porvenir. Le prometí el dinero que necesitara para realizar el viaje y para rescatar las joyas; pero sólo con una condición: la de que partiera aquella noche y jurara por su honor no tocar jamás un naipe ni arriesgar un céntimo en juegos de azar.

No olvidaré nunca con qué expresión de gratitud, primeramente humilde y luego ardiente, me escuchó aquel desconocido, caído en el abismo; de qué modo bebía mis palabras cuando prometí ayudarlo. Por lo pronto colocó sobre la mesa ambas manos para estrechar las mías con un gesto inenarrable de adoración y al mismo tiempo de solemne promesa. En los brillantes ojos, aunque un tanto extraviados, asomaron las lágrimas; todo su, cuerpo se agitó nerviosamente, conmovido por un incontenible sentimiento de felicidad. Con frecuencia he intentado describirle la capacidad expresiva y única de sus gestos; mas, ése ni siquiera puedo intentar su descripción, por cuanto reflejaba una felicidad ultraterrena, como difícilmente puede ofrecérnosla un rostro humano. Tal expresión sólo es comparable a la sombra blanca en la cual, al despertar de un sueño, a veces, creemos descubrir el rostro de un ángel que se desvanece.

¿Y por qué no confesarlo? No logré resistir aquel gesto. La gratitud nos torna felices porque son muy raras las ocasiones en que se nos hace visible; toda delicadeza nos hace un efecto saludable, y para la mía, fría y mesurada, semejante superabundancia de sentimiento implicaba algo nuevo, agradable y felicísimo.

Pero no era sólo aquel hombre caído y aniquilado sino también el paisaje lo que, después del temporal de la víspera, se serenaba mágicamente. Cuando abandonamos el restaurante, el mar, completamente tranquilo, apareció con toda su magnificencia, bajo el vuelo de las gaviotas cuyas siluetas fugaces se destacaban en el azul purísimo del cielo. Usted conoce perfectamente la Riviera.

Se nos presenta siempre bella, bien que monótona; a todas horas brinda un panorama digno de una tarjeta postal. Muestra indolentemente unos colores cansados, una belleza dormida y perezosa que, indiferente, se deja acariciar por todas las miradas, belleza casi orienta¡ en su inmutable y suntuosa disposición.

Pero, algunas veces, muy de cuando en cuando, esa belleza reavivase, brilla, avanza, diríamos, hacia nosotros en forma imperativa, alhajada de colores vivos con encendidos destellos, victoriosa, derramando en nosotros sus encantos policromos, ardiendo toda en sensualidad. Y un día embriagador como éste, fue el siguiente al tempestuoso de la víspera; las avenidas mostraban su blancura, lavadas por ¡a lluvia; el cielo, de un azul turquesa; por doquiera los arbustos, cual antorchas de variados colores, surgían entre húmeda y tierna verdura. Se diría que las montañas, desbordando luz, de pronto habían avanzado, bajo aquel diáfano y espléndido cielo, hacia la población pequeña y pulcra; era posible ver, exteriorizado, las maravillas provocativas y estimulantes que brinda la naturaleza, así como lo inconscientemente que nos atrae hacia ella.

-Tomemos un coche -díjele-; demos una vuelta por la "Corniche".

El joven aceptó complacido. Por primera vez desde su llegada, parecía haberse percatado del paisaje. Hasta aquel instante sólo había conocido la atmósfera viciada del Casino, con aquella concurrencia odiosa y envilecida que se congregaba alrededor de las mesas de juego, así como el mar gris y embravecido de la noche anterior. Ahora, en vez, desplegábase ante nosotros el abanico inmenso de la playa asoleada y las miradas vagaban borrachas de lejanía en lejanía. Paseábamos lentamente (no había aún automóviles en aquellos días) por la ruta carretera, pasando por delante de innumerables chalets y deteniéndose ante perspectivas admirables. Cien veces, frente a cada residencia, a cada chalet sombreado por verdes pinos, un recóndito deseo apuntaba en mi mente: ¡Aquí podría vivir tranquila, feliz, apartada del mundo! ¿Fui yo, en mi vida, alguna vez tan dichosa como en aquella hora? No lo sé... A mi vera, en el coche, iba aquel joven, que ayer bajo la zarpa de la fatalidad y de la muerte habla estado; y que, ahora, gozaba maravillado del magnífico espectáculo.

Parecía muchísimo más joven. Era como un adolescente, hermosa y delicada criatura, de ojos risueños y juguetones y, al mismo tiempo, saturados de respeto.

En él lo que más me seducía era su delicadeza espiritual. Si el coche marchaba cuesta arriba y se cansaban los caballos, apeábase ágilmente para empujarlo por detrás. Si yo nombraba o señalaba alguna flor por el camino, bajaba a buscármela. A un sapito que, maltrecho, penosamente se arrastraba por la carretera, lo levantó y con sumo cuidado lo colocó sobre el pasto del paseo para que no lo aplastara un coche. Mientras tanto, íbame contando jovialmente las cosas más divertidas y graciosas. Paréceme que aquella risa era como una liberación y que de no haber podido reír, hubiera debido saltar, cantar, o realizar cualquier chiquillada. ¡Tanta era su felicidad! Después, cuando nos hallamos en las alturas, ante una pequeña aldea, se descubrió al punto., respetuoso. Me extrañé: ¿a quién saludaba, inquirí, desconocido como era entre desconocidos? A mi pregunta sonrió ligeramente, manifestando en tono de excusa que habíamos pasado por delante de una iglesia y que en Polonia, su patria, como en todo país realmente católico;, están desde la infancia acostumbrados a descubrirse al pasar frente a uno de esos edificios. Tan delicada devoción religiosa conmovióme profundamente.

Al mismo tiempo, como yo me acordase de la cruz de la cual me habla hablado, le pregunté si, en efecto, era creyente. cuando asintió, diciendo que esperaba participar de la gracia divina, tuve de pronto una idea, ante aquellas palabras dichas con un tanto de pudor: --¡Párese! --grité al cochero, y descendí del carruaje. El me siguió, entre confuso y sorprendido: -¿A dónde vamos? Sólo respondí: -Venga conmigo.

Con él retrocedí hasta la iglesia. Era una capilla de ladrillo. Los muros interiores, pintados con cal, grises y desnudos, reflejaban una claridad difusa: las puertas estaban completamente abiertas, proyectando en la oscuridad un haz de luz amarillenta y cruda. Las sombras rodeaban el altar, envuelto por un nimbo azulado.

Dos velas parecían contemplar, con turbia mirada, a través de la penumbra impregnada de incienso. Entramos. El se despojó del sombrero, llevó la mano a la pila de agua bendita, se persignó y dobló la rodilla frente al altar. Apenas se levantó lo atraje hacia mí, diciéndole: -Arrodíllese ante e¡ altar o frente a cualquiera imagen sagrada y formule la promesa de la cual hemos hablado antes.

Asombrado, casi horrorizado, me contempló. Pero, habiendo comprendido, se acercó rápidamente a un altar, hizo la señal de la cruz y se arrodilló obediente.

-Repita las palabras que voy a dictarle -ordené, temblando yo misma de emoción-; diga: "Juro..." --Juro -repitió-, que nunca más volveré a jugar por dinero; que nunca volveré a sacrificar mi vida ni mi honor a la pasión del juego.

Tembloroso repitió esas palabras: que resonaron claramente en el ámbito del templo desierto. Luego -guardamos silencio, un silencio tan profundo que claramente llegaba hasta nosotros del exterior el murmullo de las ramas de los árboles agitados por el viento. De pronto aquel joven cayó al suelo cual un penitente y comenzó a decir en polaco rápidas y confusas palabras, agitado por un frenesí realmente insólito. Debía tratarse de una plegaria, alguna exaltada plegaria en acción de gracias, pues a cada momento su dolorosa confesión obligábale a inclinar humildemente la cabeza, pronunciando cada vez con mayor exaltación aquellas extrañas palabras y repitiendo constantemente una de ellas con fervor realmente indescriptible. Nunca, ni antes ni después, he visto rezar de tal manera a una persona. Sus crispadas manos arañaban el reclinatorio de madera; el cuerpo parecía agitado por un huracán interior que ya le hacía erguirse poseído de loca excitación, ya abatíase de nuevo contra el suelo. No veía ni oía.

Toda su persona parecía encontrarse en otro mundo, en un purgatorio o en el tránsito de elevación hacia una esfera superior. A¡ cabo se levantó lentamente, se persignó y volvió la cabeza con esfuerzo. Sus rodillas temblaban, su rostro estaba muy pálido, como el de un hombre extenuado. Al mirarme, brillaron empero sus ojos y una sonrisa de pura y sincera devoción avivó la expresión exaltada de su semblante. Se aproximó a mí, inclinóse profundamente como suelen hacerlo los rusos, y tomó mis manos para rozarlas devotamente con sus labios.

-¡Dios la ha enviado! ¡Gracias! No supe qué decir. Pero hubiera deseado que, de pronto, hubiera empezado a sonar el órgano triunfalmente. Comprendí que había logrado todo cuanto anhelaba y que había salvado para siempre a aquel joven.

En cuanto salimos de la iglesia nos cegó la violenta luz del día de mayo. Jamás me había parecido más bella la vida. Estuvimos aun paseando por espacio de dos horas en coche por el pintoresco camino sobre la cornisa rica en panoramas y que, a cada recodo; ofrece nuevos y encantadores aspectos. Permanecíamos silenciosos. Al cabo de tales momentos de exaltación sentimental una sola palabra nos parecía vana. Y cuando por casualidad mis miradas tropezaban con las suyas, entonces, ruborizada, volvía la cabeza. Me emocionaba con exceso el espectáculo de aquel milagro. A eso de las cinco de !a tarde regresamos a Montecarlo. 'Yo tenía una cita con unos parientes, a la cual no podía faltar. Sentía, por otra parte, en lo más intimo de mi ser, ¡a necesidad de una pausa, de un reposo, que me aliviara de la tensión sentimental con tanta violencia provocada.

Había en mí excesiva felicidad. Por lo tanto' me era necesario calmar una sobreexcitación que jamás hasta entonces había conocido en mi vida. Rogué a mi acompañante que subiera conmigo a mi habitación del hotel. Allí deposité en sus manos el dinero para el viaje y para que rescatara las joyas. Convinimos en que él compraría el pasaje mientras yo efectuaba la consabida visita a mis parientes.

Después, por la noche, nos reuniríamos en el hall de la estación media hora antes de la partida del tren de Génova, que lo conduciría a su casa.

Pero, en el momento preciso de entregarle yo los cinco billetes, sus labios se pusieron intensamente pálidos: -¡No. . . nada de dinero! ... ¡Se lo ruego! ... ¡Nada de dinero! . . . -exclamó entre dientes, temblándole las manos-. No, no... dinero no.... no quiero, no puedo verlo - repitió de nuevo, con vivo sentimiento de angustia y de repugnancia. Yo, empero, acallé sus escrúpulos diciéndole que sólo se trataba de un préstamo y que si le parecía bien, podía firmarme un recibo.

-Sí, sí... un recibo -exclamó volviendo la vista a un lado, mientras tomaba los billetes, que arrugó como algo despreciable. Luego trazó rápidamente sobre un papel algunas palabras.

Al levantar la mirada tenía la frente toda cubierta por un sudor ardiente. Algo que pugnaba por salir al exterior debía anudarle la garganta; y, después de haberme entregado aquel papel, bruscamente., con gran alarma de mi parte, se arrodilló y besó el borde de mi vestido. Fue un gesto indescriptible. Yo temblaba. Un extraño terror se apoderó de mí, me sentí tremendamente turbada y sólo atiné a murmurar: -Soy sensible de su gratitud. Pero ahora, ¡márchese! Por la noche, al sonar las siete, nos despedíamos en el andén de la estación. Fijó en mí sus ojos, visiblemente emocionado. Por unos instantes pensé que quería confiarme algo., por un momento me figuré que iba a abrazarme. Mas, luego, de pronto, se inclinó de nuevo profundamente, muy profundamente, y abandonó la estancia.

Nuevamente interrumpió la señora C. su relato. Se había levantado y, aproximándose a la ventana, contempló el exterior y así permaneció largo rato.

Vuelta de espaldas, en su silueta proyectada sobre la ventana adiviné un ligero temblor. Mas volvióse resueltamente y las finas manos, hasta entonces tranquilas, hicieron un movimiento enérgico, corno si quisieran romper algo. Luego me miró con dureza, casi desafiándome, y empezó otra vez, decidida: -He prometido ser con usted absolutamente leal y sincera. Ahora es cuando comprendo cuán necesaria es esta promesa. Porque sólo ahora, en este momento en que me esfuerzo por vez primera para explicar ordenadamente el curso de aquellas horas y en encontrar las palabras exactas que expresan un sentimiento que en tales circunstancias me pareció confuso v embrollado, ahora es cuando comprendo, por vez primera, con absoluta claridad, lo que entonces no sabía o me empeñé en ignorar. Por eso quiero decirme a mí misma y confesarle a usted toda la verdad, de una manera franca y decidida.

En los segundos en que el joven abandonó la habitación y me quedé sola, algo semejante a un sordo vahído se apoderó de mí. Tuve la sensación de haber recibido en el corazón un rudo golpe. Algo me había hecho daño; mas no sabía o me resistía a saber por cuáles motivos la conmovedora conducta respetuosa de mi protegido habíame herido hasta el extremo.

Mas ahora, al esforzarme con orden perfecto y con severidad al inquirir en mi, como en una persona extraña, lo que entonces ocurriera, y al hacerlo en presencia de un testigo que no tolera ninguna ocultación ni el escamoteo furtivo y cobarde de un sentimiento que pudiera avergonzarme, ahora reconozco claramente que lo que me lastimó en lo más vivo fue el desencanto. . . el desencanto de que el joven hubiese partido con tanta facilidad, sin manifestar ninguna resistencia, así, sin el menor deseo de permanecer a m¡ lado; que él, tan humilde y respetuoso, se conformara con alejarse de mí a la primera insinuación...

en vez de... en vez de llevarme consigo... ; que me respetara, en fin, cual si fuera una santa aparecida en su camino y, en cambio, no viera en mí a la mujer, toda emoción y deseo.

Esto significó para mí aquel desencanto, desencanto que no me confesé ni entonces ni más tarde. Mas la intuición de una mujer lo adivina todo sin necesidad de palabras, casi inconscientemente. Porque... ya no me engaño: si aquel hombre me hubiera abrazado y pedido que le siguiera hasta el fin del mundo, no habría vacilado un segundo en deshonrar mi nombre y el de mis hijos; hubiera partido con él, despreciando la opinión de todas mis amistades e indiferente a todas las conveniencias sociales... hubiera partido con él, ni más ni menos cual acaba de hacerlo madame Henriette con el joven francés a quien e! día antes no conocía aún... y no hubiera preguntado hacia dónde ni por cuánto tiempo, ni hubiese dirigido ni siquiera una sola mirada sobre mi pasada existencia... Mi fortuna, mi honor, mi reputación, todo lo que poseo, lo hubiera sacrificado por aquel hombre. .

. Inclusive . me hubiera prestado a implorar limosna y posiblemente no existe bajeza en el mundo que no hubiera perpetrado por él. Todo cuanto consideramos pudor o respetabilidad entre !os hombres, lo habría arrojado lejos de mí si él nada más que con una palabra, con un solo gesto, hubiera intentado llevarme... iA tal punto me sentía seducida por él en aquellos instantes! Pero, como dite antes, él no vio en mí a la mujer... mientras yo, arda por él con enloquecida intensidad. esto lo comprobé por vez primera en cuanto me hallé sola, cuando la pasión que provocara en mí su faz iluminada y su rostro angelical se abatió obscuramente en el vacío, haciendo latir en medio de la soledad un pecho abandonado.

Poco más tarde; realizando un gran esfuerzo, me levanté para concurrir a la reunión de mis parientes. Fue corno si me hubieran echado un plúmbeo manto sobre mis hombros y temblase bajo su peso. Mis ideas vacilaban al igual de mis pasos, cuando al fin decidí ir al otro hotel donde se hospedaban mis amigos. Embargada por la tristeza permanecí en medio de la animada charla de todos; y cada vez que por casualidad levantaba la mirada y veía sus rígidos rostros, los cuales, comparados con el del joven, siempre agitado y móvil como el vagar de las nubes, producíanme un nuevo estremecimiento, me figuraba el efecto de máscaras de hielo y sentía estar entre cadáveres dotados de palabras, tan opaca e inanimada, resultaba aquella reunión. Mientras conversaba o echaba azúcar en mi taza, veía constantemente aquel rostro cuya contemplación tanto me apasionaba y que -¡me horrorizaba el pensarlo!- vería por última vez dentro de dos horas.

Sin duda, inadvertidamente, debí exhalar un leve suspiro o algún gemido, pues al instante vi inclinarse hacia mí a la prima de mi marido que me preguntó si me hallaba indispuesta, ya que estaba pálida y abatida. Esta inesperada pregunta me brindó un motivo para excusarme y abandonar la reunión. Sentía, en efecto, una fuerte jaqueca y logré salir de allí sin extrañeza de nadie.

Inmediatamente acudí a mi hotel. En cuanto llegué, experimenté de nuevo la impresión de soledad y de abandono. Me acometió el ardiente deseo de volar hacia el joven que dentro de pocas horas iba a abandonarme definitivamente. Recorrí de arriba abajo mi cuarto; abrí el armario, me cambié de vestido; y, colocada frente al espejo, me contemplé ilusionada con, la esperanza de que, de tal modo ataviada, lograría atraer las miradas del joven.

De súbito comprendí. ¡Hacerlo todo, pero no dejarle partir! Esta resolución fue tomada en un violento segundo. Bajé a la portería para avisar que saldría aquel mismo día en e¡ tren de la noche. Ahora, sólo una cosa resultaba necesaria: darse prisa. Llamé a la sirvienta para que me ayudara a arreglar mis cosas. El tiempo apremiaba.

Mientras ambas rivalizábamos en ello para darnos prisa, guardando en los baúles los vestidos y demás objetos de uso, iba imaginando con profundo entusiasmo la próxima escena: le acompañaría hasta el tren y luego, a último momento, en el último de todos, cuando extendiera la mano para despedirme, de pronto, con gran sorpresa suya, yo subiría al vagón y pasaría con él aquella noche y también las siguientes. . . Todas las que él quisiera, todo el tiempo que se le antojara.

La sangre palpitaba deliciosamente en mis venas. A veces me reía, con gran asombro de la muchacha. Me daba cuenta perfecta de que mis sentidos hallaban se en completo desorden. Cuando llegó el mozo para retirar el equipaje, me quedé mirándolo, extrañada: me resultaba difícil pensar en la realidad mientras mi espíritu estaba poseído por tan intensa emoción.

El tiempo volaba. Eran cerca de las siete. Hubiera sido preferible llegar a la estación veinte minutos antes de la salida del tren... Pero consolábame pensando que toda aquella prisa no significaba una despedida, puesto que había decidido acompañarlo todo el tiempo que él deseara.

A la vez que el mozo cargaba el equipaje, apremiaba yo al cajero del hotel para que me entregara la cuenta. Ya el "manager" me había dado el vuelto y me disponía a salir, cuando sentí que una mano me tocaba suavemente el brazo.

Quedé helada. Era mi prima que, preocupada por mi fingida indisposición, acudía a verme. Los ojos se me nublaron. No me era posible atenderla, cada segundo de retraso significaba una pérdida fatal. Sin embargo, la cortesía me obligaba, muy a pesar mío, a cambiar con ella unas palabras.

---Debes acostarte -insistió ella-, tienes fiebre.

Probablemente la tenía, pues sentí latir las sienes y con frecuencia veía cruzar por mis ojos esas sombras azules, oscilantes, precursoras de un desvanecimiento. Me resistí, aparentando estar reconocida a su interés, aún cuando cada una de sus palabras alteraba mis nervios y la hubiera mandado de buena gana. a paseo. Pero ella no cejaba en sus exhortaciones y prolongaba su visita. Me ofreció agua de Colonia, hube de aceptar que me refrescase las sienes; y yo, mientras, iba contando los minutos, pensaba en él y en el modo como podría esquivar acuella enojosa e intempestiva solicitud. Cuanto mayor era mi impaciencia, tanto más sospechoso le parecía mi aspecto; casi forzosamente quería obligarme a subir a mi alcoba y a acostarme. Al punto, mientras hablábamos, vi el reloj del "hall": faltaban nada más que dos minutos para que dieran las siete y media, y a las siete y treinta y cinco partía el tren.

Entonces, rápida, ásperamente, con la bruta frialdad propia de una desesperación, extendí la mano hacia mi prima: -¡Adiós! Tengo que salir inmediatamente.

Sin reparar absolutamente en su asombro, sin volver la cabeza, apartando a los criados del hotel que extrañados presenciaban la escena, corrí hasta la puerta, hacia la calle, rumbo a la estación. Los expresivos gestos del mozo que me aguardaba con el equipaje hiciéronme dar cuenta, desde lejos, que el tiempo lo tenía contado. Con la rapidez de un rayo acudí enloquecida hacia la entrada del andén; allí un empleado me cerró el paso. ¡Me había olvidado el pasaje! Y mientras con violencia, procuraba convencerle de que debía dejarme pasar, el tren se puso en movimiento. Quedé inmóvil, temblando de pies a cabeza. Esperaba ver asomado a mi amigo en la ventanilla para recoger al menos un ademán de despedida; mi último adiós. Pero, entre tantos rostros y tantos empujones, no logré distinguir el suyo. Pasaron los vagones cada vez con mayor rapidez y unos segundos más tarde mis ojos ya sin luz sólo vieron una negra nube de humo.

Sin duda, debí quedarme allí como una estatua de piedra. ¡Dios sabe cuánto tiempo! El mozo, luego de hablarme en vano varias veces, me tocó el brazo.

Experimenté un leve sobresalto. Quería saber si el equipo debía ser llevado otra vez al hotel. Fueron necesarios varios minutos para que recobrara mi serenidad.

¡No, no podía volver al hotel después de aquella ridícula y precipitada despedida! Ordené, entonces, al mozo que lo dejara en el depósito de la estación. Necesitaba estar sola. Sólo más tarde, entre el agitado ir y venir de la gente que, en los andenes, se empujaba y dispersaba, produciendo un ruido ensordecedor, intenté recapacitar, con toda calma, olvidarme de aquel desesperado y doloroso acceso de cólera, pesar y abatimiento, pues -¿por qué no confesarlo?- me torturaba la idea de haber perdido, por mi culpa, la ocasión de un último encuentro.

Experimentaba deseos de gritar. ¡Cuán dolorosamente me hería aquel súbito desenlace! Sólo las personas que han vivido absolutamente extrañas a toda pasión, al verse presas de ella sufren estas tremendas y repentinas explosiones, estas convulsiones como de avalanchas. En aquellos momentos es como si años enteros de fuerzas no utilizadas se agolparan en el propio corazón. Jamás, ni antes ni después, experimenté un estado tal de sorpresa y de furiosa impotencia como en aquel instante, cuando, pronta a entregarme a la más temeraria de las aventuras, dispuesta a dar un puntapié a mi pasada vida de orden, de prudencia y de recato, tropezaba de pronto con una muralla de insensatez, contra la cual mi pasión en vano golpeaba.

Lo que entonces hice no podía ser sino completamente insensato, definitivamente estúpido. Casi me avergüenza el confesarlo; pero me he prometido y le he prometido no ocultar nada. Entonces comencé a buscarle de nuevo... Es decir, le busqué de nuevo en mí misma, intentando revivir todos los instantes que con él había pasado. Impulsada como por una fuerza violenta, quise recorrer todos los sitios en que habíamos estado juntos e! día anterior: el banco del jardín del que le arranqué arrastrándolo; la sala de juego, donde por primera vez le vi, inclusive la inmunda pieza del hotel desconocido y equívoco. Deseaba vivir una vez más las horas pasadas. Al siguiente día, pasearía en coche por la Corniche, seguiría la misma ruta, con el propósito de resucitar en mí el recuerdo de cada uno de sus gestos, de cada una de sus palabras. Así de insensato e infantil era mi trastorno interior. Sin embargo, no pude olvidar con cuánta fulminante rapidez habíanse precipitado sobre mí aquellos acontecimientos... Yo no había sentido sino un rudo golpe. Luego, arrancada bruscamente- de aquella tumultuosa sucesión de episodios, deseaba por lo mismo que habían sido tan fugaces, revivirlos, gozarlos de nuevo uno a uno, apelando a esa facultad embriagadora y mágica que es el recuerdo. ¡En fin! Que éstas son cosas que se comprenden o no se comprenden.

Quizá, para comprenderlas, se necesite un corazón; apasionado...

Primero fui a la sala de juego dispuesta a contemplar la mesa donde se hallaba sentado, y allí imaginarme de nuevo sus manos entre las otras. Entré. Su mesa era la de la izquierda, en el segundo salón. Me parecía ver aún todos sus ademanes, cual una sonámbula, con los ojos cerrados y las manos extendidas, hubiera encontrado el lugar donde se sentaba. Bien. Entré, penetré en el salón. Y entonces... Cuando, desde la puerta, eché una mirada hacia el confuso grupo de personas... me aconteció algo singular. Allí, precisamente, en el mismo lugar donde yo me lo imaginaba, estaba... (¡espantosa alucinación de la fiebre!) allí estaba él... Exactamente como el día anterior, con los ojos fijos en la bolilla, pálido; convertido en un fantasma... i Mas, era él... él... indudablemente él! De tal modo me sobresalté, que estuve a punto de gritar. Pero logré dominar mis nervios frente a la visión absurda. Cerré los ojos.

-Estás loca. . . desvarías... experimentas los efectos de la fiebre -me dije-. ¡No es posible! Hace media hora que ha abandonado Montecarlo.

Después, abrí otra vez los ojos. ¡Era horrible! ¡Estaba allí, sentado en su silla, no cabía duda! Hubiera reconocido sus manos entre varios millones de manos distintas...

¡No, no soñaba! Era él realmente. No había partido como me prometiera y jurara. Aquel loco había vuelto. El dinero que le había dado para el pasaje y para rescatar las joyas lo había llevado a la mesa de juego. Olvidado de todo, jugaba aquí, impulsado por la demoníaca pasión, mientras mi pobre alma lloraba desesperadamente.

Algo misterioso me empujó hacia adelante. La ira nublábame los ojos; una ira roja, que me inspiraba terribles deseos de tomar por el cuello al perjuro que tan cínicamente se había burlado de mi confianza, de mis sentimientos y de mi abandono.

Mas logré contenerme aún. Con calma deliberada me aproximé a la mesa.

Un señor, cortésmente, me ofreció su sitio. Quedé frente al joven. Dos metros de paño verde nos separaban. Como si estuviera sentada en una butaca, en un teatro, podía observar detenidamente su rostro, el mismo rostro que dos horas antes viera radiante de gratitud, iluminado por el resplandor de la divina gracia, y que ahora, de nuevo, convulsivamente, consumíase en los fuegos infernales de la pasión. Sus manos, las mismas manos que viera aquella misma tarde en la iglesia, aferrándose violentamente al reclinatorio de madera, pronunciando un sagrado juramento, ahora aparecían como dos garras, otra vez retorciéndose entre los billetes, cual dos voluptuosos vampiros. Había ganado, tenía que haber ganado mucho. Ante él se levantaba una enorme pila de fichas, de luises de oro y de billetes; una confusa mezcla de dinero en la que sus dedos nerviosos y trémulos se alargaban y bañaban con deleite. Veíale acariciar y doblar los billetes, hacer rodar las monedas, para después, de pronto, siguiendo una corazonada, empuñar un montón de dinero y arrojarlo en uno de los colores. Repentinamente las aletas de su nariz empezaron a agitarse. La voz del "croupier" hacíale abrir los ojos, que iban ahora, con un brillo de codicia, desde la apuesta hacia la rumorosa bolita. Se hallaba como ausente de sí mismo, con los codos clavados en el tapete verde. Su estado de locura exteriorizábase aún con mayor intensidad que en el día anterior. Cada uno de sus movimientos mataba en mí aquellos otros que, como imágenes luminosas sobre un fondo de oro, se proyectaban nítidamente en mi interior.

Estábamos a una distancia de dos metros uno de otro. Yo le miraba fijamente, sin que él notara mi presencia. No me veía, ni veía a nadie. Sus miradas no hacían más que seguir el juego de las apuestas y el alocado rodar de la ruleta. En aquel solo círculo verde concentrados estaban todos sus sentidos, que husmeaban la suerte cual fieras en procura de la presa. El mundo, la humanidad toda reducíase, para aquel jugador enloquecido, a aquella pequeña superficie cuadrangular del tapete verde. Yo sabía que permanecería allí horas y horas, sin que tuviera el menor presentimiento de mi presencia.

Mas no pude soportar largo tiempo semejante situación. Francamente decidida, di la vuelta a la mesa, me coloqué a sus espaldas y con energía le toqué en el hombro. Su mirada se levantó, vacilante. Durante unos segundos me miró como extrañado, vidriosas las pupilas, sin reconocerme, al igual que un beodo a quien sacudiéramos penosamente para arrancarle de su error y cuyos ojos estuvieran turbios. Cuando, al fin, logró reconocerme, su boca abrióse trémula, me miró como encantado y, en voz queda, con aire de secreta intimidad murmuró: -Todo va bien... Lo adiviné en cuanto entré y vi que él estaba aquí. . . Lo adiviné al punto...

No lo entendía. Sólo vi que estaba enloquecido por el Juego: que lo había olvidado todo., sus promesas, su compromiso y su obligación con los suyos. Pero aún en su delirio me sedujo de tal modo que, sin quererlo; acepté de buen grado sus palabras y le pregunté que a quién aludía con sus palabras.

-A aquel señor, ese viejo conde ruso que sólo tiene un brazo-murmuró muy cerca de mi para que nadie escuchara su mágico secreto-. Fíjese. Es ése, el de cabellos blancos que tiene atrás a su criado. Gana siempre. Lo observé ayer. Ha de conocer alguna combinación. Yo sigo siempre su juego... También ayer ganó en todas las jugadas. . . sólo que yo caí en la imprudencia de continuar jugando después que él se retiró... 'Sí, fue una imprudencia... Ayer ganó unos veinte mil francos. . . Hoy también ha ganado en todas las jugadas. Yo sigo siempre su juego...

Ahora...

Se interrumpió, dejó sin concluir la frase al escuchar al "croupier", que lanzaba su penetrante grito de "Faltes votre jeu!". Su mirada vagó inmediatamente lejos para detenerse en el sitio donde, sereno y confiado, se sentaba el caballero ruso de barba blanca, quien prudentemente, colocaba en el cuarto cuadro una moneda de oro y luego, vacilante., otra segunda. Las nerviosas manos del joven tomaron varias monedas de oro y las arrojaron en el mismo cuadro. Y cuando; un minuto más tarde, el "croupiér" gritó: "¡Cero!" y su raqueta limpió con, un solo movimiento toda la mesa, el joven siguió con la mirada, c cual si presenciase un imposible, el dinero que huía lejos. ¿Cree usted que se volvió hacia mí? ¡Ni por asomo! Me había olvidado completamente. Se hallaba como enajenado; extraviarlo en otro mundo; sus sentidos sobreexcitados no reparaban más que en el anciano conde ruso, quién, con entera indiferencia, tenía en sus manos otras dos monedas de oro, vacilando, sin saber dónde colocarlas.

Me resulta imposible describir la desesperanza y el dolor que sentí. Pero calcule cuál sería mi estado de ánimo. Para aquel hombre por el cual hubiera sacrificado toda mi vida, yo no significaba absolutamente nada. Nuevamente me acometió un acceso de furor.

Le sujeté por el brazo que levantaba en aquel momento: __iLevántese en seguida! --le dije despacio, pero imperativamente--. Acuérdese de lo prometido esta tarde en la iglesia. ¡Usted es un miserable, un perjuro! Me miró con fijeza, perplejo, pálido. Sus ojos de pronto adquirieron la expresión propia del perro vapuleado, temblaban sus labios. Pareció recordarlo todo y fue como si el miedo se apoderara de él...

-Sí, sí. . . -balbució-. ¡Oh, Dios mío!... Sí... Recuerdo... Voy en seguida... ¡Perdóneme! Sus manos rápidas y vehementes recogieron todo el dinero; mas inmediatamente vaciló: se contuvo, como si una fuerza contraria lo hubiera paralizado. Su mirada se fijó otra vez en el conde ruso, que se disponía a hacer otra apuesta.

-Un momento. . . -y arrojó rápido cinco monedas de oro en la misma casilla-. Sólo esta vez... ¡Se lo juro!... Voy con usted inmediatamente... ¡Sólo esta vez y nada más! Calló. La bolita había comenzado a rodar, y saltar, arrastrándolo consigo.. Otra vez aquel poseso se había olvidado de mí y de sí mismo, entregándose en cuerpo y alma al torbellino de la ruleta. De nuevo el "croupier" cantó e! número y de nuevo la raqueta arrastró las cinco monedas de oro. Había perdido. Pero no se levantó. Me había olvidado, ni más ni menos, como había olvidado la promesa y hasta las palabras que pronunciara un minuto antes. Y, como siempre, su mano codiciosa revolvía el dinero; y sus miradas ebrias no seguían otra dirección que la del anciano conde ruso que en aquella forma magnetizaba su voluntad, despojándole de la suerte.

Mi paciencia había terminado. Lo sacudí de nuevo; esta vez con todas mis fuerzas: -¡Levántese, inmediatamente, en el acto!... ¡Ha dicho que sólo una jugada más! Entonces aconteció algo inesperado. Se levantó de pronto, en un arranque, y sus ojos me miraron, no ya de manera humilde y cohibida, sino con furia loca y con los labios temblando de ira.

-¡Déjeme en paz! -rugió-. ¡Márchese! Usted es la causa de mi mala suerte. Así sucedió ayer y así sucede ahora. ¡Márchese, por favor! Pero ante su exaltación, estalló también incontenible mi cólera.

-¿Yo le traigo mala suerte? -le grité-. ¡Mentiroso, ladrón! Usted me había jurado...

Pero no logré terminar la frase. Aquel loco saltó de su silla y me dio un empellón, indiferente al tumulto que se armaba.

-¡Déjeme tranquilo! -exclamó á gritos-. ¡No estoy bajo su tutela! ¡Tome... tome...

tome su dinero!... -y con furia me lanzó un par de billetes de cien francos-. ¡Ahora, déjeme tranquilo! Estas últimas palabras las vociferó como un poseso, sin reparar en las personas que nos rodeaban. Todos fijaban sus miradas en nosotros; reían, cuchicheando y señalándonos, de la sala vecina acudieron algunos Curiosos. Me sentí como si me hubieran desnudado en plena sala. . .

-S Sílence, madame, s'Íl vous plait rogó con voz clara y solemne el "croupier” mientras golpeaba en la mesa con la raqueta. ¡Aquello iba por mí! ¡La reconvención del miserable empleado iba contra mi! Roja de vergüenza, indigna; a, corno una infeliz prostituta a la que se arroja un puñado de monedas, me encontraba entre el cuchicheo de los curiosos. Cien, doscientos impúdicos ojos se clavaron en mí, y precisamente en aquel momento:.. cuando desviaba la mirada para no ver tal cúmulo de bajezas y desvergüenzas, mis ojos tropezaron con otros llenos de sorpresa... Eran los de mi prima que, estupefacta, con la boca abierta. levantaba la mano en acción de terror.

Intensa fue la sacudida que conmovió todo mi ser. Antes que ella diera un paso y hubiera vencido su sorpresa, salí de la sala corriendo y fui a parar precisamente al banco, al mismo banco, en el cual la noche antes habíase desplomado el joven aquel. Lo mismo que él, sin fuerzas,-extenuada, me desplomé en el duro asiento.

Desde entonces acá, han transcurrido veinticinco años, y, empero, se me hiela la sangre en las venas al recordar ahora en qué forma fui humillada y destrozada por su burla y desprecio ante centenares de personas extrañas. Siento dentro de mí, horrorizada, lo débil y miserable que debe ser esa especie de substancia que vanidosamente llamamos alma, espíritu, sentimiento, lo que llamamos dolor, cuando todo esto, aun manifestándose en un grado extremo, no logra destruir el cuerpo ¡acerado... ¡Cuando se sobrevive a horas semejantes en vez de morir y de aniquilarse como un árbol tronchado por el rayo! . . . Sólo por breves momentos el dolor me atenazó los miembros, una vez que caí pesadamente sobre el banco, perdida la respiración y experimentando el voluptuoso desfallecimiento precursor de la muerte. Me repuse al punto, pensando que todo dolor es cobarde, puesto que vacila ante el poderoso imperativo de la oída que parece juntarse a muestra carne más intensamente que todo dolor mortal lo está a nuestro espíritu.

Automáticamente, fui recobrando las fuerzas; mas me levanté de allí sin saber qué hacer. Recordé de pronto que mi equipaje estaba en la estación y entonces se me ocurrió la idea de partir, de huir de aquel maldito antro infernal.

Sin reparar en nada ni en nadie, acudí a la estación y una vez en ella, me informe de la hora de salida de.¡ primer tren para París. Me dijeron que a las diez.

Seguidamente me ocupé de mi equipaje. A las diez... Precisamente a las diez se cumplían las veinticuatro horas desde el instante de aquel maldito encuentro; veinticuatro horas tan llenas de variados y contradictorios acontecimientos sentimentales, que mi mundo interior parecía para siempre destrozado. Pero, de momento, sólo sentía retumbar en mis oídos como un constante martilleo, con un ritmo continuo, esta sola frase: ¡Marchar lejos! ¡Marchar lejos! ¡Marchar lejos! ¡Lejos de aquella ciudad maldita, lejos de mí misma, para encerrarme en mi hogar y, rodeada de los míos, retornar a mi vida anterior, a mi verdadera vida! Realicé de noche el viaje a París. Una vez allí me trasladé de una estación a otra y salí directamente hacia Boulogne, de Boulogne a Dover, de Dover a Londres, de Londres a la casa de mi hijo. Todo el viaje lo efectué en un solo vuelo, sin meditar, sin reflexionar. Cuarenta y ocho horas sin dormir, sin comer, sin hablar; cuarenta y ocho horas en las cuales en todas las ruedas del tren parecía sonar esta única palabra: "¡lejos!, ¡lejos!, ¡lejos!". Cuando, al fin, inesperadamente, penetré en la casa de mi hijo, situada en el campo, todos se asustaron. Algo había en mi aspecto que les hizo adivinar mi angustia. Mi hijo intentó besarme y abrazarme. No se lo permití. Me horrorizaba la idea de que pudiese tocar unos labios que consideraba manchados. Eludí toda pregunta y sólo pedí un baño, del cual sentía absoluta necesidad, no ya para quitarme el polvo del viaje, sino también para borrar de mi cuerpo hasta el más leve resto de mi pasión por aquel loco, por aquel hombre indigno. Luego, casi arrastrándome, subí a mi habitación y dormí doce, catorce horas de un sueño profundo, como nunca, ni antes ni después, he dormido; un sueño merced al cual conozco lo que significa hallarse sin vida, tendida dentro de un féretro. Mis familiares se ocuparon de mí como de una enferma; esta ternura, empero, no me causaba más que dolor. Me avergonzaban su veneración, su respeto, y en todo momento debía dominarme para no descubrirles de qué ignominiosa manera les había engañado a todos, olvidándolos, llevada por una pasión loca y extravagante.

Sin finalidad determinada, más tarde me trasladé a una pequeña ciudad francesa donde nadie me conociera. Sentíame obsesionada por la idea de que toda persona podía descubrir, de una sola mirada, mi vergüenza, el cambio que se había producido en mí y hasta qué punto estaba mi alma mancillada. A veces, por la mañana, al despertarme, en mi lecho, experimentaba un horrible miedo de abrir los ojos. Siempre, de nuevo, acudía ante mi conciencia el recuerdo terrible de aquella noche en que desperté al lado de un hombre desconocido y medio desnudo; y desde aquel momento, sin cesar, me persiguió, igual que en aquella ocasión, el anhelo de morirme en el acto.

El tiempo, no obstante, posee una fuerza profunda y la vejez un singular poder para despojar de intensidad a los sentimientos. Vemos aproximarse la muerte; su sombra negra se proyecta ante nuestros pasos, y, entonces, los hechos nos resultan más amortiguados, no penetran con profundidad en nuestros sentidos, pierden gran parte de su peligrosa violencia. Lentamente llegué a cumplir los sesenta años...

Después, al cabo de los años, encontrándome en una fiesta de sociedad con un joven polaco "attaché" de la Embajada austriaca, contestando a ciertas preguntas mías sobre la familia del muchacho jugador, dijo que, diez años atrás, en Montecarlo, se les había suicidado un hijo. La noticia no me produjo la menor impresión. El recuerdo no me causaba ya dolor alguno y -¿para qué disimular nuestro egoísmo?- la noticia me proporcionó cierto placer, por cuanto con ella desaparecía todo temor, el temor de encontrarme nuevamente con él alguna vez.

No existía, pues, ningún otro testigo contra mí sino mis propios recuerdos. A partir de aquel instante sentíame más tranquila. La vejez no implica más que cesar de sufrir por el pasado.

Y quiero también ahora que comprenda por qué, de súbito, me decidí a confesarle este episodio de mi propia vida. Cuando usted defendía a la señora Henriette afirmando con decidida convicción que veinticuatro horas eran más que suficientes para decidir la suerte de una mujer, yo me sentí, además, agradecida porque por primera vez me veía comprendida. Entonces pensé que, una vez que hubiera confesado el secreto que pesaba sobre mi alma, quizá lograría librarla de esa opresión y de la obsesionante necesidad de mirar hacia el pasado; inmediatamente, al siguiente día, podría retornar a los lugares y penetrar incluso en la misma sala donde se decidió mi destino, sin experimentar la menor sombra de odio ni hacia él ni hacia mí misma. Y, en efecto, mi corazón parecía haberse libertado de la losa que lo abrumaba, y ésta con todo su peso, se ha hundido en el pasado, para no levantarse nunca más. Me ha hecho un gran bien el confesarle a usted eso: me siento más ágil, casi gozosa... y le doy las gracias por ello.

Luego de pronunciar estas palabras se levantó. Comprendí que su relato había concluido. Un poco turbado y confuso quise decirle algo; pero ella pareció adivinar mi esfuerzo y en el acto me disuadió: -No; se lo suplico; no hable.. . No me responda nada, no me diga nada. Le estoy profundamente agradecida, y... ¡buen viaje! De pie, ante mí, tendióme la mano. Involuntariamente contemplé su rostro y entonces me sentí conmovido y maravillado ante la expresión de la anciana señora que, amable y a la vez cohibida, tenía ante mí. ¿Era, acaso, el reflejo de la antigua pasión? ¿El rubor, lo que arrebolaba, de súbito, sus mejillas hasta la raíz del cabello? Estaba ante mí cual una doncella candorosamente turbada, abochornada de sus recuerdos y de su propia confidencia. Conmovido sincera y profundamente, quise testimoniarle, con unas palabras, mi respeto; pero no pude hablar. Entonces me incliné, besando respetuosamente la mano trémula y marchita cual una hoja de hierba en otoño.

FIN

 


 

 

 

EL CANDELABRO ENTERRADO

STEFAN ZWEIG

 

En un luminoso día de junio del año 455 acababa de definirse sangrientamente en el Circo máximo de Roma, la lucha de dos gigantes hérulos contra una jauría de jabalíes hircanos, cuando a la tercera hora de la tarde empezó a cundir entre los miles de espectadores una creciente inquietud. Primero sólo observaban los vecinos próximos que habían entrado a la tribuna -ricamente adornada con tapices y estatuas- en que estaba sentado el emperador Máximo rodeado por sus cortesanos, un mensajero cubierto de polvo, el cual, evidentemente, acababa de apearse al cabo de una cabalgata arrebatada, y que, apenas transmitida la nueva al emperador, éste se levantó, contra todo uso, en mitad de la agitada lucha; le siguió con la misma sugestiva prisa, toda la corte, y pronto desocupáronse también los asientos destinados a los senadores y dignatarios. Tan precipitada partida debía tener un motivo importante. En vano anunciaron nuevos toques estridentes de fanfarrias otra lucha con animales, y en vano azuzóse contra las cortas navajas de los gladiadores a un león numídico de negra melena, que atravesó con bramidos roncos la reja levantada; la oscura nube del desasosiego, cubierta por la espuma pálida de rostros indagadores y tímidamente agitados, se había levantado ya irresistiblemente y se expandió de fila en fila.

La gente saltó de sus asientos, señaló las tribunas vacías de los nobles, preguntó y metió ruido, voceó y silbó; y de pronto se divulgó, sin que se supiera quién lo había pronunciado primero, el rumor confuso de que los vándalos, los temidos piratas del Mediterráneo, habían anclado su poderosa flota en Portus y ya se hallaban en camino a la despreocupada ciudad.

¡Los vándalos! Primero, la palabra corrió de boca en boca, como cuchicheo macilento, luego de repente fue el grito agudamente levantado: "¡Los bárbaros, los bárbaros!", retumbando en centenares, en miles de voces por el redondel escalonado en piedra del circo, y ya se abalanzaba, como empujada por una ráfaga de tempestad, la enorme multitud de hombres en pánico furioso hacia la salida. Derrumbábase todo orden. Los guardias, los soldados en servicio abandonaban sus puestos y huían con los demás; la gente saltó las gradas, se abrió camino con los puños y espadas, pisoteó mujeres y niños que chillaban, y en las salidas formáronse vociferantes y arremolinados embudos de masas apretujadas. A los pocos minutos quedaba completamente barrido el amplio circo que acababa de apretar a ochenta mil personas en un oscuro bloque sonoro. Marmóreo, mudo y vacío, como una cantera abandonada, permanecía el óvalo escalonado en el sol veraniego.

Sólo quedaba en la arena -los gladiadores habían huido ya detrás de los demás- el olvidado león, agitando la melena y bramando provocativo al repentino vacío.

Eran los vándalos. Mensajero tras mensajero llegaron entonces excitados, y cada nueva era peor que la anterior. Habían desembarcado de centenares de veleros y galeras, un pueblo ágil y movedizo; ya se adelantaban relampagueantes al grueso del ejército en la carretera portuense, los jinetes berberiscos y numídicos con albornoces blancos, sobre caballos rápidos y de largo cuello; mañana, pasado mañana, las hordas de bandidos estarían ya a las puertas de la ciudad, y nada estaba dispuesto para la defensa. El ejército de mercenarios luchaba en algún lugar distante, cerca de Ravena; las murallas de las fortificaciones estaban en ruinas desde que Alarico arrasara la ciudad. Nadie pensaba en una resistencia.

Los ricos y nobles disponían presurosos mulas y carros para salvar con la vida por lo menos una parte de sus bienes. Pero ya era tarde. Pues el pueblo no toleraba que en días de bonanza los señores lo oprimiesen y que en la desgracia lo abandonaran cobardemente. Y cuando Máximo, el emperador, se disponía a escapar del palacio con su comitiva, cayeron sobre él primero maldiciones, y piedras después: finalmente se precipitó el populacho amargado sobre el cobarde y mató en la vía a su mísero emperador, a golpes de porras y hachas. Cerráronse luego, por cierto, las puertas como todas las noches; pero con ello quedó el temor del todo encerrado en la ciudad; como un podrido cenagal pesaba, respirando con dificultad, el presentimiento de algo espantoso sobre las casas enmudecidas y sin luz, y como un cobertor asfixiante, ahuecábase la oscuridad sobre la perdida ciudad que perecía de horror y espanto; indiferentes y livianas, en cambio, brillaban las estrellas eternamente displicentes; como todas las noches, colgaba la luna su cuerno argentino en la bóveda azul del cielo. Desvelada y con los nervios vibrantes permanecía Roma, y esperaba a los bárbaros como un condenado, la cabeza apretada sobre el tajo, aguardando el golpe ineludible y ya iniciado.

Despacio, seguros, decididos y victoriosos acercáronse en tanto los vándalos desde el puerto por la abandonada vía romana. Los rubios, melenudos guerreros germánicos, marchaban en perfecta formación, centuria tras centuria, a bien aprendido paso militar, y delante de ellos disparaban inquietos, montados en pelo y dando picadero con ágiles vueltas a sus hermosos caballos de pura sangre, los pueblos tributarios del desierto, los númidas de tez oscura y pelo de azabache.

En el medio del cortejo jineteaba Genserico, el rey de los vándalos. Sonreía displicentemente conforme, desde la montura, sobre su pueblo en marcha. El viejo y experto guerrero sabía desde hacía mucho tiempo, por sus espías, que no era de temer una seria resistencia, y que no se preparaba una batalla campal decisiva, sino solamente un despojo sin peligro. En efecto; no se mostraba ningún guerrero enemigo. Sólo en la Porta Portuensis, donde la bien aplanada carretera del puerto llega al barrio céntrico de Roma, enfrentóse al Rey el Papa Leo, adornado con todas las insignias y brillantemente rodeado por todo el clero.

El Papa Leo, aquel mismo anciano de barba canosa quien sólo unos pocos años atrás había incitado tan gloriosamente al terrible Atila, a que respetase a Roma, y a cuyo ruego había cedido en ese entonces el huno pagano en incomprensible humildad. Genserico también se apeó de inmediato al ver al majestuoso barba blanca, y rengueó cortésmente (su pie derecho era corto), a su encuentro. Pero no besó la mano con el anillo de San Pedro, ni dobló piadosamente la rodilla, ya que, como hereje arriano, consideraba al Papa sólo como usurpador de la verdadera cristiandad; y acogió con fría altanería la conjugadora arenga latina del Papa pidiéndole que perdonase a la santa ciudad.

Que no se preocupase, le mandó decir por el intérprete, nada de inhumano debía temerse de él, pues él mismo era guerrero y cristiano. No incendiaría Roma ni la devastaría, a pesar de que esta ciudad, ambiciosa de imperar, había arrasado miles y miles de ciudades, nivelándolas con el suelo. Su generosidad respetaría tanto los bienes de la Iglesia como las mujeres, y sólo haría botín "sine ferro et igne", según el derecho del más fuerte y del vencedor. Pero ahora aconsejaba, y eso lo decía Genserico en tono amenazador, mientras su caballerizo ya le sostenía el estribo, que le abriesen sin la menor demora las puertas de Roma.

Se hizo según las exigencias de Genserico. No se blandió ninguna lanza, no se desenvainó ninguna espada. Una hora más tarde, toda Roma pertenecía a los vándalos. Pero la triunfadora banda de piratas no invadió la ciudad indefensa como una horda indomada.

Los altos, fuertes y rubios guerreros, hicieron su entrada por la "vía Triumphalis" en filas compactas, dominados por la férrea mano imperativa de Genserico, y sólo fijaban su mirada curiosa en las miles y miles de estatuas de ojos blancos que con sus labios mudos parecían prometer buena presa. Genserico mismo se dirigió de inmediato al "Palatium", la abandonada residencia del emperador. Pero no recibió el planeado homenaje de los senadores que esperaban en temerosa hilera, ni hizo preparar un festín: -apenas rozó con una mirada los regalos con que los ciudadanos acaudalados esperaban aplacar su severidad -sino que de inmediato, el riguroso soldado, inclinado sobre un mapa, trazó su plan para el más rápido y al mismo tiempo más completo saqueo de la ciudad. Cada distrito fue sometido a una centuria, y cada uno de los tenientes fue hecho responsable de la disciplina de su gente. Pues lo que entonces se inició no fue un pillaje feroz y desordenado, sino un robo frío, metódico.

Primero, por orden de Genserico, cerráronse las puertas de la enorme ciudad, en las que se apostaron centinelas a fin de que no se escapase ni una sola presilla o moneda. Luego sus soldados confinaron las embarcaciones, los carros, los animales de carga y obligaron a miles de esclavos al servicio, con el propósito de que a toda prisa se pudieran trasladar al nido de piratas africano, cuantos tesoros albergaba Roma. Sólo entonces comenzó el saqueo metódico con fría y silenciosa exactitud. Despacio y metódicamente, tal como un carnicero descuartiza un animal muerto, destripóse en esos trece días la ciudad viviente, arrancándole pedazo tras pedazo de su cuerpo, que sólo se contraía débilmente. Los distintos grupos pasaban de casa en casa, de templo en templo, conducidos por uno de los nobles vándalos y acompañados por un escribiente, y sacaron poco a poco todo lo que era valioso y movible, las vasijas de oro y plata, las presillas, las monedas, las joyas, las cadenas de ámbar traídas de los países del Norte, las pieles de Transilvania, la malaquita póntica y las dagas labradas de Persia. Obligaron a los obreros a quitar cuidadosamente el mosaico de las paredes de los templos y levantar las lozas porfídicas de los peristilos.

Todo se hizo premeditada, práctica y exactamente. Los obreros bajaron con malacates los tiros broncíneos de los arcos de triunfo, a fin de no deteriorarlos, e hicieron levantar por los esclavos ladrillo tras ladrillo, el techo dorado del templo de "Júpiter Capitolinus", luego de haber saqueado el edificio. Sólo las columnas metálicas demasiado grandiosas como para ser cargadas apresuradamente, fueron rotas a martillazos y serruchadas por mandato de Genserico, con objeto de ganar el metal. Calle tras calle, casa tras casa fueron cuidadosamente limpiadas, y así que se hubieron vaciado por entero las residencias de los vivos, forzáronse los "tumuli", las moradas de los muertos. Violando sarcófagos pétreos arrancaron los invasores peines cubiertos de piedras preciosas del cabello palidecido de difuntas princesas, y los broches dorados de la osamenta descarnada y los anillos con sello de los cadáveres, y aun robaron sus manos, ávidas del "obulus" con que se enterraban los muertos, para que pagasen al barquero por el viaje al otro reino. El botín íntegro de todos esos saqueos aislados juntóse luego, en montones separados, en una plaza previamente designada. Allí yacía la Victoria de alas doradas, junto al cofre adornado con piedras preciosas que contenía la osamenta de un santo. y al lado de los dedos de una noble dama.

Barras de plata amontonáronse junto a vestidos de púrpura, preciosos cristales, junto a tosco metal. El escribiente anotó cada pieza con envaradas letras nórdicas en su largo pergamino para prestar al robo una apariencia de legalidad; Genserico rengueaba, con su séquito, por el tumulto, tocaba las piezas con el bastón, examinaba las joyas, sonreía y daba muestras de aprobación. Miraba satisfecho cómo carro tras carro y barco tras barco, abandonaron, cargados hasta el extremo, la ciudad. Pero no ardía ninguna casa, no se vertía sangre humana. Silenciosos y regulares, tal como en una mina suben y bajan los paternoster, vacíos los unos, llenos los otros, viajaban durante trece días las hileras de carros del puerto al mar y del mar al puerto. Repletos bajaban, vacíos volvían y ya jadeaban los bueyes y las mulas bajo la carga, pues hasta donde llegaba la memoria jamás había sido saqueado tanto en trece días como en este despojo vandálico.

Durante trece días no se percibía en la ciudad con sus millares de casas la voz humana.

Nadie hablaba en alta voz. Nadie reía. Había enmudecido la música de cuerdas en las casas, y en las iglesias no elevábase cántico alguno.

Sólo oíanse los martillazos con que se quitó lo inmueble de su lugar, el ruido de columnas derribadas, el chirriar de carros sobrecargados y el ronco mugir de los cansados animales a los que alcanzaba siempre de nuevo el látigo de los verdugos. A veces lloraban los perros, a los que, absorbido por el propio temor, se había olvidado de dar comida; de tarde en tarde resonaba profundo un sonido de tumba sobre las murallas cuando se revelaban las guardias. Pero los hombres, dentro de las casas, retenían la respiración.

Derribada yacía la ciudad, la triunfadora del mundo, y cuando de noche pasaba el viento por las calles vacías, sonaba como el apagado estertor de un herido que siente derramarse la última gota de sangre de sus venas.

En aquella decimatercera tarde del saqueo estaban reunidos los judíos de la colectividad romana en casa de Moisés Abthalion, en la orilla izquierda del Tíbet, allá donde el río amarillo dobla perezoso como una serpiente saciada. Abthalion no era de los prohombres de la comunidad, ni conocedor de la Sagrada Escritura, sino un viejo trabajador de temple; pero se había elegido su casa para la reunión, porque el taller en la planta baja ofrecía más lugar que las estrechas habitaciones angulosas. Desde hacía tres días estaban cotidianamente sentados llevando sus blancos vestidos mortuorios y rezando a la sombra de persianas cerradas entre los rollos colgados, los lienzos enjabelgados y las anchas tinas, con una tenacidad sorda y casi aturdida ya. Hasta entonces nada malo habían sufrido aún de los vándalos. Dos o tres veces habían pasado grupos acompañados por nobles y escribientes por la baja y estrecha callejuela de los judíos, donde la humedad causada por los frecuentes desbordamientos quedaba adherida como esponja en las losas de las casas y se precipitaba en frías lágrimas de las paredes derruidas; una mirada de desprecio bastaba a los expertos salteadores para reconocer que no se podía sacar botín alguno de tal miseria. Acá no brillaban peristilos artesonados con mármol, ni triclíneos relampagueantes de oro; aquí no se conservaban estatuas y vasijas de bronce. Por eso, los grupos ladrones, pasaban indiferentes y no amenazaban pillaje ni imposición alguna. Y, sin embargo, estaban apesadumbrados los corazones de los judíos de Roma, y se agruparon en presentimiento atemorizado. Pues una desgracia para la ciudad, para el país que habitaban -lo sabían desde generaciones y generaciones- tornábase siempre, al final, en desgracia para ellos.

Afortunados, los pueblos siempre los olvidaban y no se fijaban en ellos. Entonces se adornaban los príncipes y edificaban y pensaban en su magnificencia, y el populacho se divertía rudamente con cacerías y juegos. Pero cada vez que sobrevenían miserias, se cargaba a ellos la culpa. ¡Ah, cuando vencían los enemigos, cuando se saqueaba una ciudad, cuando la peste y otra enfermedad se extendía por los países! Todo el mal del mundo -ellos lo sabían- tornábase inevitablemente en mal para ellos mismos, y no ignoraban ellos desde hacía mucho tiempo, que no había manera de rebelarse contra ese duro destino, pues siempre y en todas partes eran pocos, siempre y en todas partes eran débiles y carentes de poder. Su única arma era la oración.

Estaban, pues, reunidos los judíos de la comunidad de Roma y oraban. El piadoso murmurar fluía silencioso y constante de sus barbas, como delante de las ventanas el chapotear del Tiber, que estregaba tranquilo y tenaz las tablas de las bateas y lavaba las orillas con su suave peregrinación. Ninguno de los hombres miraba al otro, y sin embargo, movíanse al consuno sus viejos hombros fatigados, mientras que cantando y hablando rezaban unos y los mismos salmos que han rezado cien y mil veces antes que ellos, sus padres y los padres y abuelos de sus padres. Los labios apenas sabían que hablaban, ni los sentidos lo que sentían; ese zumbido quejumbroso y vacilante emanaba como de un sueño oscuro y amodorrado.

De repente se espantaron; un sacudimiento enderezó bruscamente las espaldas encorvadas. La aldaba había golpeado fuerte contra la puerta. Y siempre, ya lo tenían en la sangre, se asustaron de todo lo repentino, los judíos en el extranjero.

¿Pero qué podía esperarse de bueno, cuando se abría una puerta en la noche? El murmullo se desgarró, como cortado por una tijera; más potente oíase, a través del silencio al río indiferentemente rumoroso. Todos escucharon con la garganta apretada. Y nuevamente cayó la aldaba: impaciente sacudió un puño la puerta exterior. "Ya voy", dijo como para sí mismo Abthalión, y salió arrastrando los pies. La vela pegada a la mesa inclinó su llama fugitiva en la corriente cortante de la puerta abierta; como interiormente los corazones de todos aquellos hombres, temblaba la vela de repente y fuerte.

Sólo recobraron la respiración, cuando reconocieron al que entraba. Era Hycanos ben Hillel, el tesorero de la imperial acuñadora de oro, el orgullo de la colectividad, porque era el único judío al que se permitía entrar al palacio del emperador. Por una gracia especial de la corte, concedíasele el derecho de vivir del otro lado del Transtevere y de llevar distinguidas vestimentas de color; pero entonces su capa estaba rota y su rostro ensuciado.

Todos le rodearon -pues esperaban que trajera un mensaje- impacientes de que contara prontamente y, sin embargo, de antemano ya azorados, porque presentían en su excitación una desgracia.

Hycanos ben Hillel respiró profundamente. Se veía que en su garganta quedaba anudada una palabra que se resistía a brotar. Finalmente gimió: -Se acabó. Lo tienen. Lo han encontrado.

-¿Qué han encontrado? ¿Quién han encontrado? Todos jadearon en un grito.

-El candelabro, la Menorah. Cuando llegaron los bárbaros la mantenía oculta, entre las sobras de la cocina. Premeditadamente dejé los demás objetos sagrados en el tesoro, la mesa con los panes benditos, las cornetas de plata y el bastón de Aarón y los incensarios, pues demasiados de los servidores sabían de nuestros tesoros como para que hubiera podido ocultarlos todos. Sólo quería salvar a uno de los objetos del templo: el candelabro de Moisés, el candelabro de la casa de Salomón; la Menorah. Y ya habían saqueado todo el tesoro, ya quedaba vacía la cámara, ya no investigaban más y se sentía seguro mi corazón de que por lo menos habíamos salvado para nosotros ese único de los símbolos sagrados.

Pero uno de los esclavos, ¡que su alma se seque! me había espiado cuando guardé el candelabro y lo denunció a los bandidos, para comprar así su propia libertad. Les señaló el lugar y ellos lo excavaron. Ahora está robado todo lo que antaño se guardaba en el santísimo, en la casa de Dios, la mesa y las vasijas y los frontales del sacerdote y la Menorah. Esta noche, hoy mismo, llevan los vándalos el candelabro hasta los mares.

Por un instante todos callaron. Luego surgió confuso de las bocas empalidecidas grito tras grito: -¡El candelabro... ay... la Menorah... el candelabro de Dios... ¡ay!... el candelabro de la mesa del Señor... la Menorah!...

Los judíos tambalearon los unos contra los otros como ebrios, golpearon el pecho con los puños, se tomaban las caderas quejándose como si los abrasara un dolor. Como repentinamente cegados, revolvíanse los circunspectos ancianos.

-¡Silencio! -ordenó de pronto con vigor una voz, y todos enmudecieron en el acto. Pues fue el superior de la comunidad. el más viejo, el más sabio. el que les impuso silencio. el gran intérprete de la Escritura, Rabbi Eliéser, al que llamaban Kab ve Nake, el puro y claro.

Tenía casi ochenta años, y blanca como la nieve cubría la barba su rostro. Su frente estaba surcada por el doloroso arado del pensar inexorable, pero el ojo había quedado bajo el mechón de las cejas, como una estrella bondadoso y limpio. Levantó la mano, delgada amarillenta y arrugada como los muchos pergaminos que había escrito, y cortó con ella el aire en horizontal como si quisiera apartar el ruido cual humo molesto y crear un espacio puro para un decir circunspecto.

-¡Silencio! -repitió-. Los niños gritan de susto, los hombres reflexionan. Sentaos todos y dejadme deliberar. El espíritu es más activo si en tanto descansa el cuerpo.

Los hombres se sentaron avergonzados sobre taburetes y bancos. Rabbi Eliécer hablaba en voz baja a sus barbas y parecía deliberar consigo mismo.

-Ha sucedido una desgracia, una gran desgracia. Hace mucho tiempo ya que nos han quitado los artefactos sagrados y a ninguno de nosotros se ha permitido contemplarlos en el tesoro del emperador, con excepción de solo éste. Hyrcanos ben Hillel. Pero, no obstante, sabíamos que estaban a salvo desde los días de Tito. estaban acá y cerca de nosotros. Más gentil nos parecía la extraña Roma cuando pensábamos que aquí descansaban, con nosotros en una misma ciudad, los sacros objetos, que habían viajado a través de mil años, que habían estado en Jerusalén y en Rabel y que siempre retornaban. No nos dejaban depositar panes en la mesa sagrada y, no obstante, cada vez que cortábamos un pan, pensábamos en ella. No nos dejaban poner luces en el candelabro sagrado. Pero cada vez que encendíamos una luz recordábamos la Menorah que estaba huérfana de luces en la casa extraña. No nos pertenecían los objetos sagrados, pero los sabíamos seguros y a buen recaudo. Y ahora ha de empezar otra vez la marcha del candelabro y no ha de ir a su hogar, según esperábamos, sino que se lo llevan y quién sabe adónde. Pero no nos lamentemos. Las quejas solas no remedian nada. Reflexionemos primero bien sobre todo.

Los hombres escucharon taciturnos. con las frentes inclinadas. La mano del viejo erraba por su barba. Ya seguía deliberando como consigo mismo: -El candelabro es de oro puro, y muchas veces he pensado, ¿por qué deseaba Dios que nuestra ofrenda fuera tan valiosa? ¿Por qué exigió de Moisés que el candelabro sea de gran peso, de siete brazos y adornado con coronas y flores labradas? Muchas veces pensé si ello no creaba un peligro, pues siempre parte el mal de la riqueza, y sólo lo valioso atrae al ladrón. Pero de nuevo reconozco cuán fatuo es nuestro pensar y que todo lo que Dios manda tiene un sentido más allá de nuestro saber e inteligencia. Pues ahora comprendo: sólo por haber sido valiosos, esos objetos sagrados se han conservado a través de los tiempos. Si hubieran sido ordinario metal y trabajo sencillo, los ladrones los hubieran destrozado distraídamente y los hubieran fundido en espadas o cadenas. Pero así conservaron lo precioso por precioso, sin sospechar de su santidad. Así un bandido los quita a otro y ninguno se atreve a destruirlos, y cada uno de sus viajes los conduce de nuevo a Dios.

Ahora dejadnos reflexionar. ¿Qué saben los bárbaros de lo sagrado? Sólo ven que el candelabro es de oro. Si fuera posible halagar su codicia, les daríamos el doble, el triple de su peso en oro y, quizás, conseguiríamos comprarlo. No podemos luchar, los judíos; sólo en el sacrificio reside nuestra fuerza. Tenemos que enviar mensajeros a todos los dispersos en cada país, para que ayuden a rescatar, entre todos, lo sagrado. El doble, el triple, debemos aportar este año en donaciones para el templo, el traje que vestimos y el anillo que llevamos en el dedo.

Hemos de readquirir los objetos sagrados así fuera por el séptuplo de su peso en oro.

Un gemido lo interrumpió. Hyrcanos ben Hillel alzó afligido la vista.

-Es en vano. Ya lo he tratado- dijo silencioso- Fue mi primer pensamiento.

Hablé a sus tasadores y escribientes, pero eran brutos y crueles. Llegué hasta Genserico y le ofrecí elevado rescate. Escuchó gruñón y movió impaciente el pie.

Entonces perdí la razón e insistí y ponderé que el candelabro había estado en el templo de Dios y que Tito lo había traído de Jerusalén como lo más preciado de su triunfo. Sólo entonces comprendió el bárbaro lo que había ganado y contestó, riendo descaradamente: "No necesito vuestro oro. Tanto recogí aquí que puedo adoquinar los establos de mis caballos y clavar piedras preciosas en sus cascos.

Pero si el candelabro es en verdad el candelabro de Salomón, entonces no tiene precio para mí. Si Tito lo llevó delante suyo en el triunfo de Roma, entonces he de llevarlo yo en el triunfo sobre Roma. Si ha servido a vuestro Dios, entonces debe servir ahora al Dios verdadero ¡Vete!", Y con estas palabras me despidió.

-No debías haberte marchado.

-¿Acaso me fui? Me arrodillé delante de él, abracé sus rodillas. Pero su corazón era más duro aún que las tablillas férreas de sus botas. Me arrojó como una piedra. Y luego me hicieron salir sus siervos a golpes, de modo que apenas conservé la vida.

Sólo entonces comprendieron porqué estaban hechas jirones las prendas de Hyrcanos ben Hillel. Sólo entonces notaron el hilo de sangre coagulada en su sien. Calados permanecían sentados y tan quietos que se oía el lejano rechinar de los carros que seguían y seguían atravesando la noche, y ahora también los roncos cuernos vandálicos extrañamente repetidos de uno a otro extremo de la ciudad Después apagóse todo rumor. Todos pensaron lo mismo: ¡El gran saqueo ha terminado, el candelabro está perdido! Rabbi Eliéser alzó la vista penosa: -¿Esta noche, dices, se lo llevan? Esta noche. En un carro lo llevan por la vía portuensis hasta las naves y, quizás, mientras hablamos, ya inicia su viaje. Esos cuernos llamaron a la retaguardia.

Mañana temprano lo cargarán en una embarcación.

Rabbi Eliéser inclinó la cabeza cada vez más profunda sobre la mesa. Parecía quedar dormido al escuchar. Era como un ausente y no se apercibió de que los demás lo miraban desasosegados. Luego levantó la frente y dijo: -Esta noche, dices. Bien. Entonces también tenemos que ir nosotros.

Todos se asombraron. Pero el anciano repitió, sereno y decidido: -Tenemos que acompañarlo. Es nuestro deber. Recordad la Escritura y sus mandamientos. Cuando viajaba el arca, partimos nosotros; sólo cuando descansaba, nos era permitido descansar. Cuando viajan los signos de Dios, nosotros debemos viajar con ellos.

-¿Pero cómo hemos de cruzar el mar? No tenemos barcos.

-Entonces iremos hasta el mar. Es el viaje de una noche.

En ese momento se levantó Hyrcanos: -Como siempre, aconseja Rabbi Eliéser lo acertado. Tenemos que acompañarlo.

Es una parte de nuestra ruta eterna, Cuando viajan el arca y el candelabro, el pueblo, toda la comunidad debe viajar con ellos.

Entonces salió de un rincón una débil vocecita tímida. Simje, el carpintero, un hombre muy contrahecho, fue quien se lamentó medroso.

-¿Y si nos prenden? A centenares de hombres han llevado ya a la servidumbre.

¡Nos golpearán! Nos matarán. Venderán a nuestros hijos, y nada se habrá conseguido y nada se habrá hecho.

-¡Calla! -terció otro-. Y aparta tu temor. Si prenden a uno de nosotros, estará preso. Si muere alguno, habrá muerto por lo sagrado. Todos debemos ir, todos iremos.

-Sí, todos, todos nosotros, -gritaron confusos a un mismo tiempo.

Mas Eliéser, el rabbi, hizo una señal para acallar las voces. Nuevamente cerró los ojos, según era su costumbre cuando deseaba reflexionar. Luego decidió: -Simje tiene razón. No lo injuriéis como cobarde y endeble. Tiene razón; no todos deben arriesgar su vida y dirigirse insensatos en la noche al encuentro de los piratas. Pues nada hay de más sagrado que la vida. Dios no quiere que se malogre ni una sola inútilmente. Tiene razón Simje, prenderían a los jóvenes y los convertirían en esclavos en la ciudad. Por eso los hombres robustos y los niños, no deben salir con los demás en la noche.

Pero otra cosa es con nosotros.

Somos viejos, e inútil es para todos un anciano, y sobre todo para sí mismo. No podemos remar en las galeras, los que apenas tendríamos fuerza de cavar la tierra para nuestra propia sepultura, y hasta la muerte, al sorprendernos, no gana gran cosa. A nosotros toca acompañar los sagrados objetos. Que se reúnan, pues, y se dispongan para el viaje sólo aquellos que tienen más de setenta años.

Salieron fuera del gentío los ancianos, de ambas barbas todos. Eran diez, y al unirse a ellos Rabbi Eliéser, el puro y claro, eran once: los más jóvenes pensaron en los patriarcas del pueblo cuando vieron juntos a los últimos de un tiempo ido, serenos y solemnes. Una vez más se separó el Rabbi de ellos y retornó al otro grupo: -Los viejos, los ancianos iremos: no temáis vosotros por nuestra suerte. Mas, ha de acompañarnos también un niño, un muchacho, a fin de que sea testigo para la próxima y postpróxima generación. Pronto moriremos, nuestra luz está medio consumida y en breve enmudecerá nuestra voz. Pero que quede uno por años y años, uno que haya visto con sus propios ojos el candelabro de la mesa del Señor. para que prosiga viviendo la certeza de linaje en linaje y de generación en generación, de que lo que consideramos lo más sagrado no está perdido para siempre, sino que sólo sigue recorriendo su senda eterna. Un niño de corta edad debe acompañarnos, aunque no comprenda el sentido, para que sea testigo.

Todos callaron. Cada cual pensaba temeroso en su propio hijo al que mandar a la noche y el peligro. Pero ya se había levantado Abthalion el tintorero.

-Voy a buscar a Benjamín. mi nieto. Siete años tiene nada más, tantos años como brazos tiene el candelabro, y eso me parece una señal. Preparaos entretanto para la caminata, tomad para el consumo todo cuanto encontréis en mi casa; yo tengo al niño.

Los ancianos se sentaron alrededor de la mesa, los más jóvenes les sirvieron vino y pan.

Pero antes de que quebrasen el pan, inició el Rabbi la oración que en todos los tiempos pronunciaban los antepasados tres veces por día. Y tres veces repitieron los viejos con sus delgadas voces decrépitas la anhelante sentencia: "Misericordioso, quiera tu misericordia reconducir a Jerusalén tu magnificencia y la atención del sacrificio".

Luego de haber pronunciado por tres veces la oración, los ancianos prepararon su marcha. Con calma y circunspección, como si cumplieran un acto piadoso, quitáronse las chamarretas mortuorias, las guardaron en un hatillo junto con el manto para la plegaria y las correas. Los más jóvenes fueron, entretanto, en busca de pan y de frutas para el viaje, y de fuertes bastones para su apoyo. Después, cada uno de los ancianos escribió todavía en un pergamino lo que debía hacerse con sus bienes en el caso de que no volviese, y los demás fueron testigos.

Ínterin Abthalion, el tintorero, había subido por la escalera de madera. Antes se había quitado las botas, pero como era un hombre obeso y pesado, gimió la madera putrefacta bajo sus pasos. Abrió con cautela la puerta de la habitación en la que dormían amontonados (pues eran pobres) su esposa y la esposa de su hijo y los hijos y los nietos. A través de la hendidura de los postigos cerrados penetraba un incierto resplandor de la luna, húmedo y azulado como la neblina, y a pesar de que Abthalion caminaba todo lo cuidadosamente posible sobre la punta de los pies, sintió que desde sus lechos le miraban aterrados ojos fijos y que lo observaron su esposa y la mujer de su hijo.

-¿Qué pasa? -murmuró espantada una voz.

Abthalion no contestó, sino que siguió palpando el camino hacia el rincón izquierdo donde sabía estaba el lecho de Benjamín, el nieto. Afectuoso inclinóse sobre la baja cama de paja. El niño dormía profundamente, los puños como cerrados con cólera sobre el pecho: bravío y apasionado debía ser su sueño. Abthalion le pasó la mano suavemente sobre el cuello revuelto para despertarlo. El niño no despertó en el acto, más sus sentidos debían haber percibido la caricia a través de la manta negra del sueño, pues los puños se aflojaron, abriéronse sus labios tensos, inconsciente sonrió el niño y extendió satisfecho y suave sus brazos.

Abthalion sintió un sincero dolor por tener que sacar a la inocente criatura de tan dulce reposo. No obstante, tomó al dormido y lo zarandeó más fuerte. De inmediato se enderezó el niño y miró con ojos azorados en derredor suyo: era un niño de sólo siete años, pero un niño judío en tierra extraña y acostumbrado, por lo mismo, a asustarse cuando sucedía algo inesperado. Así se asustó su padre a cada aldabonazo, así se atemorizaron todos ellos, los viejos y sabios, cuando en la calle se leía un nuevo edicto, así se estremecían cuando moría un emperador y le sucedía otro, pues malo y peligroso era todo lo nuevo para la calleja de los judíos del Transtevere en la que él había vivido su pequeña existencia. Aun no ha aprendido la escritura, mas ya sabía eso: temer todo, todo en la Tierra.

Fijó el niño su mirada confusa y rápidamente cubrióle Abthalion la boca para que no gritara espantado. Pero apenas hubo el pequeño reconocido al abuelo, cuando ya se calmó.

Abthalión encorvóse sobre él y musitó, muy cercanos los labios: -Toma tu vestido y tus zapatos, y ven. Pero, ¡silencio, que nadie te oiga! De inmediato se levantó el niño. Advirtió su secreto y se enorgulleció, porque su abuelo le hacía partícipe del mismo. Sin averiguar con una palabra o mirada, tanteó en busca de su indumentaria y sus zapatos.

Ya se deslizaba hacia la puerta, cuando la madre levantó la cabeza de la almohada y.

sollozó recelosa: -¿A dónde llevas al niño? -¡Calla! -replicó brusco Abthalion-. Las mujeres no tenéis que preguntar.

Cerró la puerta. Todas las mujeres debían haber despertado entonces en la habitación.

Se oía detrás de la delgada madera hablar y sollozar, y cuando los once ancianos y con ellos el niño salieron de la puerta, para iniciar la marcha, ya sabía toda la calleja adonde les llevaba su peligroso camino, como si la extraña nueva se hubiese filtrado por las paredes.

De todas las casas salían gemidos y quejidos temerosos. Pero los ancianos no levantaron la vista y no miraron en torno suyo. Callados y serenamente decididos iniciaron su marcha.

Era cerca de medianoche.

Ante su asombro, encontraron la puerta de la ciudad abierta y sin vigilancia.

Nadie preguntaba u obstaculizaba su caminar nocturno. Aquel llamado de corneta que habían oído, reunía los últimos guardias vandálicos, y los romanos, encerrados con su temor en las casas, no osaban aún a creer que había terminado la prueba. Por eso estaba completamente vacía la carretera que conducía al puerto sin un carro, sin un rodado, sin un hombre, sin una sombra: sólo las piedras miliares blancas bajo la luz de la luna cubierta de vapores. Sin impedimento atravesaron los peregrinos nocturnos la puerta abierta.

-Venimos tarde ya- juzgó Hyrcanos ben Hillel-. Los carros con el botín deben habérsenos adelantado mucho. Quizás ya estaban en marcha antes de que sonaran los cuernos. Es menester que nos demos prisa.

Todos apuraron sus pasos. En la primera fila iban, apoyado en un grueso bastón, Abthalion y a su derecha Rabbi Eliéser, al que llamaban Kab ve Nake, y entre el hombre de setenta años y el de ochenta, nadaba con menudos pasos, tímido y un poco amodorrado aún, el niño de siete primaveras. Detrás de ellos marchaban de a tres, los demás ancianos, llevando sus líos en la siniestra y el bastón en la diestra; cabizbajos andaban como detrás de un féretro invisible. En su derredor exhalaba pesada la noche de la Campania; ni una brisa salvadora levantó el vaho cenagoso que se cernía espeso y flemoso sobre los campos y que sabía a tierra putrefacta; y del cielo, sofocadamente cercano, pestañeaba una luna enfermiza y verdosa. Mala y fantasmagórica resultaba en la bochornosa noche la marcha hacia lo incierto, pasando al lado de redondas tumbas, que estaban tendidas en el camino cual animales muertos, y al lado de casas saqueadas cuyos ojos de ventanas destrozadas, seguían estáticos, como los de un ciego, al milagro de los ancianos caminantes. Pero por lo pronto no amenazaba peligro alguno, la carretera dormitaba abandonada y blancuzca como un río congelado en la niebla.

No se veían rastros de los bandidos y una vez sola, recordaba, a la izquierda, una casa veraniega romana en llamas su paso merodeador. Ya se había hundido la cima, mas, de dentro coloreaba el fuego lento el humo que se elevaba en espiral, y todos los viejos, los once, al mirarla, tenían uno y el mismo pensamiento: parecían haber visto la columna de humo y fuego que marchaba con el Tabernáculo cuando los padres y anteriores iban todavía detrás del arca tal, como ellos ahora marchaban detrás de los amados objetos.

Entre los ancianos, su abuelo Abthalion y el Rabbi Eliéser, jadeaba el niño y alargaba esforzado sus pasos para no quedarse atrás. Callaba, porque los demás callaban, pero llenaba su pecho un temor inconmensurable y a cada paso golpeaba su corazoncito doloroso contra las costillas. Tenía miedo, un miedo confuso y sin palabras, porque ignoraba el motivo por el que los ancianos le habían sacado de noche de su cama, miedo porque no sabía adónde lo llevaban, y miedo, sobre todo, porque nunca había visto la noche al aire libre y el cielo inmenso sobre ella. Sólo conocía la noche desde aquella callejuela judía, y ella era pequeña y estrecha. Un palmo de oscuridad con apenas tres o cuatro estrellas que se apretaban a través de las angostas rendijas de los techos. No había por qué temerlas, pues era pletórica de rumores familiares. Llegaban hasta el sueño la oración de los hombres, la tos de los enfermos, el arrastrarse de los pies, el maullido de los gatos, el rumor de la cocina, a la derecha dormía la madre, a la izquierda la hermana, se estaba cuidado, rodeado de calor y respiración, no se estaba solo; el niño se sintió más pequeño que nunca bajo esa cúpula veladamente abovedada.

Si no hubiera estado con los hombres protectores hubiese llorado o tratado de esconderse en alguna parte de esa inmensidad que le acosaba desde todos los lados con su potente silencio. Pero, afortunadamente, quedaba en su minúsculo corazón lugar, al lado del temor, también para un ardiente y alardeante orgullo; pues al mismo tiempo se sintió el niño halagado porque los ancianos (en cuya presencia ni la madre se atrevía a hablar), los grandes y sabios, lo habían elegido a él, precisamente, al más pequeño de entre todos. No sabía por qué y para qué lo llevaban los viejos, pero a pesar de lo infantil que era su sentido, estaba penetrado del pensamiento de que esta marcha a través de la noche debía significar algo grandioso. Quería, por lo mismo, mostrarse digno, a todo trance, de su elección. y alargaba una y otra vez sus pasos, vencía valientemente su corazón cuando golpeaba con excesiva fuerza contra la garganta. Mas el camino seguía demasiado largo.

Desde hacía tiempo ya estaba el niño cansado y lo venció siempre de nuevo el terror cuando, a la lechosa luz de la luna, se alargaban de pronto en el camino las propias sombras y después se derretían y no se oía sino el paso, el propio paso, sobre las aplanadas y retumbantes piedras. Y cuando de pronto algo voló inesperado con breve silbido alrededor de su cabeza, un murciélago negro, y rápidamente alejado a la noche, gritó el niño y tomó convulsivo la mano del abuelo.

-¡Abuelo, abuelo! ¿Adónde vamos? El anciano volvió la cabeza. Únicamente gruñó severo y enojado: -¡Calla y camina! No has de preguntar.

El niño se agachó como bajo un golpe. Se avergonzaba de no haber sabido reprimir su temor, "No debía haber preguntado", se dijo mortificado.

Pero Rabbi Eliéser, el puro y claro, levantó el rostro serio hacia Abthalion, y por encima del niño que lloraba dijo: -¡Necio! ¿Cómo no ha de preguntarnos el niño? ¿Cómo no ha de extrañarse cuando lo arrancan del lecho y lo conducen hacia una noche extraña? ¿Y por qué no ha de conocer la criatura el motivo de nuestro éxodo y viaje? ¿No tiene parte, por la herencia de su sangre, de nuestro destino? ¿No llevará por más espacio que nosotros nuestro infinito pesar a través del tiempo? Nuestros ojos están apagados desde tiempo ya, mas él vivirá todavía, un testigo ante otra generación, y el último de los que han visto en Roma el candelabro de la mesa del señor.

¿Por qué lo quieres mantener en la ignorancia, a él de quien queremos que sea sapiente y mensajero de esta noche? Avergonzado calló Abthalion. Mas Rabbi Eliéser se inclinó tierno hacia el infante, y le alisó alentador el cabello: -¡Pregunta sin cuidado, hijo! Pregunta cuanto quieras y te daré respuesta.

Peor es para el hombre ignorar que preguntar. Sólo el que ha preguntado mucho, puede comprender. Mas sólo el que comprende mucho, será un justo.

El corazón del niño se estremeció de orgullo, porque le hablaba tan seriamente el sabio a quien todos los demás profesaban tanto respeto. Hubiese querido besar las manos del Rabbi, agradecido, pero era excesiva su timidez, y vacío y silencioso temblaba su labio ardiente. Mas Rabbi Eliéser, que en su vida había estudiado muchos libros, sabía leer también en la oscuridad del silencio los caracteres de los corazones. Atrajo suavemente la mano infantil, que descansó liviana y temblorosa como una mariposa, en la palma fría del anciano.

-Voy a decirte adónde vamos, y nada te quede oculto. Pues no cometemos ninguna injusticia y, aún cuando frente a los demás es un viaje secreto el que hoy realizamos, Dios sin embargo, lo ve y conoce nuestros pensamientos. Sabe lo que comenzamos, pero sólo él sabe, además, cómo terminará.

Mientras Rabbi Eliéser hablaba de esa manera al niño, no interrumpía su caminata, ni lo hicieron los demás. Solo se acercaron a los dos para escuchar, ellos también, lo que el sabio contaba al ignorante niño.

-Es un viejo camino, mi niño, el que proseguimos. Ya lo hicieron nuestros padres y abuelos. Pues hemos sido un pueblo peregrino por largos años y lo volvemos a ser y, quizás, ¿quién lo sabe?, es nuestro sino serlo por los tiempos eternos. No nos pertenece.

como a otros pueblos, la tierra sobre la que dormimos, ni crecen semillas y fruto sobre campo nuestro. Atravesamos los países con pies caminantes, y nuestras tumbas están cavadas en tierra extraña. Pero por dispersos que estemos, echados entre surcos como cizaña desde la mañana hasta la medianoche de esta Tierra, nos hemos conservado, sin embargo. como pueblo único y solitario entre los pueblos, por nuestro Dios y nuestra fe en El. Un invisible nos une, un invisible que nos mantiene y reúne, y ese invisible es nuestro Dios.

Sé que te resultará difícil, niño, comprenderlo, pues solo lo visible se abarca fácilmente con los sentidos, sólo lo carnal puede tomarse y tocarse como la tierra y la madera, piedra y metal. Y por eso, los demás pueblos, se han creado sus deidades de objetos visibles de madera y piedras y metales trabajados. Pero nosotros solos y únicos, estamos apegados al invisible y buscamos un sentido superior a nuestros sentidos. Toda nuestra fatiga nace de la urgencia de no atenernos a lo palpable, sino de haber sido y de ser eternamente buscadores de lo invisible. Pero es más fuerte el que se lía con lo invisible que los que dependen de lo material, pues esto es perecedero y aquello perdura. Y más poderoso es, a la larga, el espíritu que la fuerza. Por eso, y nada más que por eso, niño, hemos vencido al tiempo, porque fieles para con lo eterno, con Dios. el Invisible. Él nos guardó la fidelidad... Sé que te ha de costar, niño, comprender eso, pues nosotros mismos no comprendemos a menudo en nuestro aturdimiento, que Dios y la Justicia en que creemos no se haga visible en estos mundos. Pero aunque ahora no me entiendes, no te confundas y sigue escuchando, mi niño.

-Escucho- respiró, tímido y encantado, el muchachito.

-Con esta fe en lo invisible pasaron nuestros padres y abuelos por el mundo, y para confirmarse a sí mismos que únicamente creían en ese invisible Dios, que jamás se descubrió y al que nunca representó imagen alguna, crearon nuestros antepasados un símbolo. Pues nuestro entendimiento es estrecho e incapaz de abarcar el infinito: sólo alcanza de vez en cuando a nuestra vida una sombra de lo divino, y nada más que una pequeña luz de ello llega raras veces hasta nuestros días terrestres. Pero a fin de que nuestro corazón jamás se enajene de su deber de servir a lo invisible que es la justicia, lo duradero y la gracia, creamos unos objetos para el servicio divino que requerían atención constante; un candelabro, llamado la Menorah, en que ardían eternamente las velas, un altar sobre el que se depositaban siempre renovados panes para la contemplación.

"No eran esos objetos que llamamos sagrados, imágenes del Ser divino -recuérdalo bien- como otros pueblos los crearon insolentemente, sino solo testimonios de nuestra fe eternamente vigilante: y dondequiera que caminábamos por el mundo, ellos nos acompañaban. Encerrados en una arca, los guardábamos en una tienda de campaña, y nuestros antepasados, errantes y sin patria como nosotros, llevaban esa tienda sobre sus hombros. Cuando descansaba la tienda con los enseres sagrados, nos era dado descansar, y cuando viajaba, viajábamos con ella. En el descanso y en el andar, por mil y mil años, el pueblo judío siempre se hallaba agrupado alrededor de ese santuario, y mientras conservemos el sentido por lo sagrado, duraremos como un pueblo en todas partes, por extrañas que nos sean.

"Pero ahora escucha. Los objetos sagrados de aquella arca eran un altar en el que depositamos los panes, el fruto nutritivo del regazo de la tierra, y vasijas de las que se elevan nubes de incienso, y las tablas de la ley en que Dios se nos había manifestado. Pero el más visible de todos esos objetos era un candelabro, cuya luz iluminaba eternamente el altar en el Santísimo. Pues Dios ama la luz que encendió, y nuestro agradecimiento por la luz que ha dado a nuestros ojos y sentidos creó ese candelabro. Era artísticamente labrado en oro puro; siete cálices arrancaban de su tallo ancho, y coronas de flores repujadas lo adornaban.

Cuando las siete candelas estaban encendidas en los siete capiteles, ardía una luz en siete flores, y en su aspecto santificamos nuestro corazón. Cada vez que se enciende, los sábados, conviértese nuestra alma en templo de recogimiento; ningún objeto en la tierra nos es, por lo mismo, tan caro como símbolo como la forma de ese candelabro, y en todas partes donde un judío sigue creyendo en lo Santo, en cada casa bajo los cuatro vientos de la Tierra, eleva todavía una copia de la Menorah sus siete brazos en la oración.

-¿Por qué siete? -preguntó tímido el niño.

-¡Pregunta, pregunta mi niño! El preguntar conduce al saber. El siete es un número peculiar y grande entre los números, pues al cabo de siete días terminó Dios de crear el mundo y al hombre, y ningún mayor milagro del que nosotros estemos en este mundo y lo sentimos, y amamos, y reconocemos su creador. Por obra de la luz, Dios enseñó a los sentidos a mirar y al alma a saber; por eso alaba el candelabro en sus siete brazos a la luz, la externa y la interna. Pues Dios también nos concedió una luz interior por medio de la Escritura, y como allá sabemos por el mirar, sabemos acá por el reconocimiento. Lo que la llama es para los sentidos, es para el alma la Escritura en la que están registrados las obras de Dios y las obras de los antepasados, la medida de toda actuación, lo permitido y lo vedado, el espíritu creador y la ley ordenadora. Dos veces vemos por la gracia de Dios al mundo por obra de la luz, una vez de afuera con los sentidos, y la otra con el espíritu, y aun logramos comprender su propia esencia gracias a su iluminación. ¿Me comprendes, niño? -No -exhaló el muchacho.

Entonces, recuerda sólo esto... lo demás lo comprenderás más tarde... Recuerda sólo lo que te voy a decir: lo más sagrado que poseíamos como signo en nuestra peregrinación, y lo único que nos ha quedado de los días de nuestro comienzo, eran la escritura y el candelabro, la Torah y la Menorah.

-La Torah y la Menorah -repitió temeroso el niño, y cerró los puños para retener más fuerte las palabras.

-¡Y ahora sigue escuchando! Llegó un tiempo... lejano ya... en que nos cansamos de caminar. Pues el hombre desea la tierra, como la tierra al hombre. Y como al cabo de años y más años de exilio llegamos a la Tierra que Moisés nos había prometido, nos incautamos de ella por derecho. Sembramos y aramos y cultivamos la vid y domesticamos los animales, y labramos campos fértiles y los rodeamos de setos y vallas, dichosos de no ser eternamente tolerados y expulsados por otros pueblos y los eternos huéspedes del extranjero. Y ya creíamos que nuestra caminata había terminado para siempre, ya osábamos la temeraria palabra de que aquella tierra era nuestra, como si jamás una tierra perteneciese al hombre al que todo sólo le es dado en prenda. Pero siempre olvida que "tener" no significa "mantener", ni "poseer" "conservar". Donde siente tierra bajo sus pies, levanta su casa y quiere asirse al terruño con las raíces de los árboles. Así construimos nosotros por primera vez casas y ciudades, y ya que cada uno de nosotros tenía un hogar, cómo no íbamos a tener urgencia de ofrecer, agradecidos, también a nuestro Dios y Protector, un hogar en nuestro medio, una casa alta y magnífica sobre todas las casas: una casa de Dios. Y surgió en aquellos benditos años de permanencia en nuestro país un rey que era rico y sabio, y al que llamaban Salomón...

-Bendito sea su nombre -interrumpió Abthalión en voz baja.

-Bendito sea su nombre -repitieron los demás ancianos prosiguiendo la marcha.

-...El construyó una casa en el monte Moria donde otrora Jacob, nuestro antepasado, había visto en sueños la escalera que llevaba hasta el cielo, diciendo al despertar: "Este es un sagrado lugar, y por sagrado lo tendrán todos los pueblos de la Tierra". Allá elevó Salomón nuestra casa de Dios y era ella magníficamente construida con piedras y con maderas de cedro y metales trabajados. Y cuando nuestros antepasados elevaban la vista hacia sus muros, sentían su corazón seguro de que Dios iba a residir eternamente en nuestro medio y pacificar nuestro destino para siempre jamás. Tal como nosotros descansamos en hogares propios, descansaba en el recinto sagrado la tienda, y dentro de la tienda el arca tan largamente portada. Día y noche elevaba la Menorah sus siete llamas delante del altar todo lo que nos era sagrado descansaba seguro en el Santísimo del Señor, y aunque invisible, como había sido siempre y será eternamente, residía Dios, sin embargo, pleno de paz, en el país de nuestros abuelos, en el Templo de Jerusalén.

-¡Que mis ojos lo vuelvan a ver! -murmuraron avanzando los hombres, como en la oración.

-Pero oye, más, mi niño. Todo lo que tiene el hombre, sólo le es dado en prenda, Y el tiempo de su dicha corre sobre ruedas veloces. No era nuestra tranquilidad eterna como esperábamos, pues de Levante irrumpió un pueblo salvaje en nuestra ciudad, como los piratas que tú has visto, irrumpieron ahora en esta ciudad extranjera para nosotros. Cuanto podía ser tomado, lo tomaron; cuanto había qué pudiera ser llevado, se llevaron; cuanto pudo destrozarse, lo destrozaron; sólo lo invisible no pudieron quitárnoslo: La palabra y presencia de Dios.

Pero arrancaron la Menorah, el candelabro sagrado, de la mesa, y lo llevaron, no porque era sagrado... pues eso no entendían los siervos del Malo... sino porque era de oro, y siempre aman los ladrones el oro. Y con el pueblo mismo arrastraron al candelabro y el altar, y todos los objetos sagrados consigo hasta Babel...

-¿Babel? -interrumpió vergonzoso el niño.

-Pregunta, pregunta, mi niño, y Dios quiera procurarte siempre réplica. Babel es llamada aquella ciudad, grande y poderosa como ésta en que ahora vivimos, y tan lejos quedaba de nuestra patria, que las estrellas se hallaban allá de distinta manera sobre nuestras cabezas. Y para que calcules cuán lejos viajaban en ese entonces los objetos sagrados con nosotros, cuenta tú mismo conmigo: pues, mira, sólo hemos andado tres horas, y ya sentimos dolor y cansancio en nuestros miembros. Pero Babel distaba a tres veces mil horas y más. Ahora comprenderás, quizás, hasta cuán lejos llevaron al candelabro que nos habían robado.

Pero recuerda también esto: Ante la voluntad de Dios, no vale distancia alguna.

Y cuando vio que su palabra seguía siéndonos sagrada en el exilio y... acaso sea éste el sentido de nuestra eterna persecución a través de la Tierra, el que lo sagrado se nos hace más sagrado aún a través de la lejanía, y nuestro corazón cada vez más humilde por el exceso de penas... cuando Dios. digo, vio que resistimos la prueba, despertó el corazón de un rey de aquel pueblo extraño. Reconoció el rey su error, y permitió a nuestros antepasados que volviesen a su patria y les devolvió el candelabro de la casa de Dios y los objetos. Así regresaron nuestros abuelos de Caldea a Jerusalén pasando por desiertos y montes y matorrales.

Retornaron vivos de los extremos de la tierra al lugar en que siempre estábamos y estaremos con nuestros pensamientos. De nuevo edificamos el templo en el monte Moria, de nuevo llameaba con siete luces el candelabro que regresara delante del altar de Dios, y nuestros corazones ardían con él. Mas recuerda bien esto, para que comprendas el sentido de nuestra marcha de hoy: ninguna obra de este mundo es tan sagrada, tan vieja y ha viajado tanto por los tiempos y por la tierra, como este candelabro de siete brazos, y de todos los símbolos que nuestra unión y pureza que teníamos y tenemos, es ésta la prenda más valiosa. Y siempre se obscurece nuestro destino cuando se apaga y obscurece su luz.

Rabbi Eliéser se interrumpió. Su voz parecía extenuada. El niño alzó bruscamente la cabeza y su ojo se convirtió en una pequeña llama ardiente de ansioso temor de que la narración pudiese haber tocado a su fin. Sonriente observó Rabbi Eliéser la impaciencia del infante. Le asió nuevamente la cabellera y dijo apaciguante: -¡Cómo arden tus ojos desde adentro, niño! Pero no temas: nuestro sino nunca terminará; y aunque yo te narrara por años v más años, no conocerías sino apenas una milésima parte del camino que estamos destinados a recorrer. Mas oye ahora. ya que escuchas bien y a gusto, cómo fue y cómo sucedió en nuestra patria. Nuevamente pensábamos haber fundamentado el templo para los tiempos eternos, pues el perecedero sentido del hombre anhela la duración y desea a sus obras que persistan. Mas otra vez cruzaron enemigos el mar: desde este país en que ahora vivimos como extranjeros, vinieron, y conducíalos un emperador, un guerrero llamado Tito...

-¡Su nombre sea maldito! -murmuraron los ancianos, prosiguiendo la marcha.

-...y él derribó nuestras murallas y trituró nuestro templo. Con insolente pie penetró el temerario al Santísimo y arrancó el candelabro del altar. Su venganza robó lo que Salomón había creado, magnífico, para alabanza de Dios, y llevó consigo. triunfante, a nuestro rey encadenado y los objetos sagrados. Jactancioso prorrumpió el pueblo necio en gritos de júbilo cuando regresó victorioso, como si sus guerreros hubiesen conducido a Dios y lo arrastrasen en cadenas con ellos.

Y tan magnífico creía el abyecto su crimen, tan preciosa nuestra degradación, que mandó construir, fatuo, un arco especial para recuerdo, e hizo grabar en mármol, en la obra artificial, su robo de los objetos divinos.

El niño levantó la frente, atento.

-¿Es aquél arco, con los muchos hombres de piedra? ¿Aquel arco delante de la enorme plaza, del que mi madre me advertía que nunca debía atravesarlo? -El mismo, mi niño. Pasa siempre a su lado, no mires nunca esa puerta del triunfo, pues ella recuerda nuestro día más doloroso. Ningún judío debe atravesar ese arco, cuyas figuras demuestran cómo ellos se burlaban de lo que nos ha sido y siempre nos será sagrado.

Recuerda siempre...

El anciano se detuvo en medio de la palabra. Pues desde atrás se le acercó precipitadamente, de un salto, Hyrcanos ben Hillel, y le puso la mano sobre la boca. Todos se sorprendieron desmesuradamente de semejante osadía. Pero Hyrcanos ben Hillel señaló silencioso a la carretera delante de ellos. Se distinguió allá algo confuso en el halo incierto de luna velada. Algo oscuro se arrastró despacio por la carretera blanca, como un gusano que se desplaza. Y ahora al quedar los viejos parados sin respirar, oíase a través del silencio el chirriar de carros muy cargados. Sobre esa columna obscura que se arrastró laboriosamente, relampagueó algo brillante como tallitos en el rocío matutino: eran las lanzas de la retaguardia númida que custodiaba los carros llenos de botín.

Pero los guardianes perspicaces de aquella caravana, ya debían haber divisado a los que la seguían, pues hicieron volver rápidamente sus caballos, y ya se acercaba a todo galope un destacamento, las lanzas en ristre y con gritos agudos.

Los guerreros numídicos estaban de pie en las sillas, y los albornoces revoloteaban blancos como si los corceles fuesen alados. Los once ancianos se juntaron instintivamente y tomaron al niño en su medio. De pronto se acercaron los jinetes con fuertes gritos y grande revuelo; sólo a unas pocas pulgadas de los asustados ancianos sofrenaron a los caballos con tal fuerza que se encabritaron, para examinar de cerca a los desconocidos rezagados. Pero cuando a la incierta luz de la luna inerte reconocieron que no se trataba de guerreros que les seguían para disputarles el botín, sino sólo de ancianos que atravesaban pacíficos la noche, viejos de barbas blancas y decrépitos, cada uno con un hatillo y un bastón en la mano, tal como en el país de ellos acostumbraban también los beatos a peregrinar de lugar en lugar, reían confiados a los ancianos y los dientes lucían blancos en sus rostros obscuros y salvajes. Luego emitió uno de ellos un silbido breve y fuerte; nuevamente hicieron girar a sus caballos, volviendo alados y ligeros como una bandada de pájaros a su presa, mientras los ancianos quedaron aún inmóviles por el relámpago del susto, y sin atreverse a comprender que habían sido perdonados y salvados.

Rabbi Eliéser, el puro y claro, fue el primero en recobrarse. Golpeó cariñosamente la mejilla del niño.

-Eres un valiente -le dijo, inclinándose sobre él-. Mantuve tu mano, y ella no tembló.

¿Quieres que te siga narrando ahora? Pues aun no sabes adónde vamos y por qué estamos despiertos en esta noche -¡Cuenta! -exhaló con débil ruego el niño.

-Te dije, ¿recuerdas?, que Tito, el detestado, llevó nuestros objetos sagrados a Roma y los condujo, pretencioso, a través de toda la ciudad. Pero después de ese día guardaban los emperadores de Roma nuestra Menorah con los demás objetos sagrados de Salomón, en una casa que ellos llamaban templo de la Paz; necia palabra, ¡como si la paz jamás tuviera duración y un hogar en nuestra tierra belicosa! Pero Dios no toleró que permaneciese en un templo ajeno lo que había sido adorno del suyo propio en Sión; envió de noche un incendio, el fuego devoró aquella casa con techo y cima, imágenes y bienes; sólo nuestro candelabro se salvó de las llamas insaciables, y nuevamente se evidenció que nada pueden sobre él el fuego ni la lejanía, y tampoco la mano rapaz del hombre. Fue un aviso de Dios de que volvieran lo sagrado a su santo lugar y los objetos a la morada que los honraba, no por ser de oro, sino por su santidad. ¿Pero cuándo advierten los necios un aviso, cuándo se doblega el obstinado corazón del hombre dócilmente a la razón? Rabbi Eliéser suspiró; y prosiguió luego: -Tomaron, pues, nuestros objetos sagrados y los guardaron en otra casa del emperador, y como allá permanecían en una cámara cerrada durante años y decenios, creían que ahora los tenían a buen seguro para toda la eternidad. Pero siempre azuza un ladrón detrás de otro, lo que uno quitó a la fuerza, le vuelve la fuerza a quitar. Como Roma cayó sobre Jerusalén, así acaba de caer Cartago sobre Roma. Así como ellos nos robaron a nosotros, acaban de ser robados ellos, y tal como ellos profanaron nuestro santísimo acaba de profanarse el suyo. Pero aquellos bandidos también, han robado lo nuestro, nuestra Menorah, nuestros objetos para el servicio divino, y aquellos carros conducen, allá en la oscuridad, lo más caro a nuestros corazones. Mañana embarcarán el candelabro para llevarlo lejos, inalcanzable a nuestra mirada anhelante. ¡Nunca más veremos, los ancianos, la luz de este candelabro! Y así como se acompañan hasta la tumba los restos de un ser amado, para testimoniar el cariño con ese acompañamiento en el postrer viaje, así acompañamos hoy la Menorah en su partida al exilio. Es lo más sagrado lo que perdemos. ¿Comprendes ahora la tristeza de nuestra caminata dolorosa? El niño marchaba cabizbajo y callado. Parecía reflexionar.

-Pero recuerda esto: Te hemos traído como testigo, para que en otro tiempo, cuando nosotros nos hayamos convertido en polvo, puedas atestiguar que hemos guardado fidelidad a lo sagrado, y para que enseñes a los demás que sigan guardándola Para que les ayudes a creer con nuestra fe que el candelabro volverá siempre de su camino a través de la oscuridad para alumbrar en el futuro gloriosamente con sus siete luces el altar del Señor.

Te hemos despertado, para que se avive tu corazón, y para que en días futuros hables de esta noche a los que vendrán. Recuerda y consuela a los demás diciéndoles que has visto con tus propios ojos el candelabro que ha viajado mil años sin sufrir daño, como nuestro pueblo, en el extranjero, y del que estoy firmemente convencido que no perecerá, mientras no perezcamos nosotros.

El niño continuaba callado. Y Rabbi Eliéser, el puro y claro, sintió una resistencia en el silencio inmutable del niño. Inclinóse, pues, sobre él y preguntó: -¿Me entendiste? Siguió tenaz la nuca del infante.

-No -dijo, terco- no lo entiendo. Pues si... nos es tan caro y tan sagrado el candelabro...

¿por qué nos lo dejamos quitar? El anciano suspiró.

-Preguntas bien, mi niño. ¿Por qué nos lo dejamos quitar? ¿Por qué no lo defendemos? Pero sólo más tarde comprenderás que en este mundo el derecho se pone del lado del más fuerte y no de los justos. La fuerza siempre impone su voluntad en la Tierra, y la piedad no tiene poder terrenal. Sólo hemos aprendido de Dios a sufrir injusticias y no a imponer el derecho a la fuerza, con el puño.

Rabbi Eliéser dijo estas palabras con la cabeza baja y mientras seguía caminando.

Pero de pronto soltó el niño violentamente la mano de la suya y se quedó parado. A boca de jarro, y casi imperiosamente, preguntó el niño ardiente al anciano: -Pero Dios, ¿por qué tolera ese robo? ¿Por qué no nos ayuda? ¿No dijiste que era el Justo y el Omnipotente? ¿Por qué se pone del lado de los ladrones y no del de los justos? Todos se aterraron. Todos quedaron parados, y al mismo tiempo se les detuvo el corazón en el pecho. La pregunta del niño había rajado el vacío de la noche como una fanfarria, como si ese niñito solo declarara la guerra a Dios. Y encolerizado -pues se avergonzaba de su sangre- retó Abthalion a su nieto: -¡Calla y no blasfemes! Pero Rabbi Eliéser laceró sus palabras: -¡Calla tú primero! ¿Por qué rezongas contra el niño inocente? Pues nada más preguntó su cándido corazón, que lo que a diario y hora a hora nos preguntamos tú y yo, y todos nosotros, y los sabios de nuestro pueblo, desde los primeros comienzos. El niño sólo pronunció la vieja pregunta judía: ¿Por qué nos prueba Dios tan duramente, tan luego a nosotros, que le servimos como ningún otro pueblo? ¿Por qué tira justamente a nosotros bajo las suelas de los demás, para que nos pisoteen, a nosotros que fuimos los primeros en reconocerle y loarle en la impenetrabilidad de su ser? ¿Por qué destruye cuanto nosotros edificamos, por qué aniquila lo que anhelamos, por qué nos quita el refugio dondequiera que descansemos, por qué azuza pueblo tras pueblo contra nosotros con odio eternamente renovado? ¿Por qué nos prueba tan duramente, siempre sólo a nosotros, a los que primero eligió y a los que primero reveló su misterio? No, yo no mentiré delante de un niño, pues si su pregunta es blasfema, entonces yo mismo soy blasfemo cada día de mi vida. Pues ved, os digo en verdad a todos: yo también, a pesar de lo mucho que me resisto, yo también disputo con Dios sin cesar, yo también sigo preguntando, a mis ochenta años. día a día, lo que este niño inocente: ¿por qué Dios impele justamente a nosotros a tan profundo pesar? ¿Por que tolera que se nos quiten nuestros derechos, y aun ayuda a quien nos roba? Y una y mil veces me golpeo yo el pecho con el puño, avergonzado, no logro suprimir y aplastar ese grito interrogante. No fuera judío ni hombre si no me mortificase a diario esta pregunta, que sólo la muerte enmudecerá en mis labios.

Los demás ancianos se estremecieron. Jamás habían visto tan tumultuoso a Kal ve Nake, el puro y claro, el siempre justo. Esa acusación debía haber surgido de lo más hondo de su ser, que de ordinario mantenía reservado, y pareció extraño a todos tal como ahora lo veían, temblando todo él en la demasía del dolor, y separando avergonzado la vista del niño, que alzó sorprendido los ojos avizores hacia él. Mas ya se había recogido Rabbi Eliéser, e inclinándose de nuevo sobre el niño, lo calmó: -Perdona que haya hablado a ellos y a otro superior a todos nosotros, en lugar de contestarte. Tú me has preguntado, mi niño, desde la candidez de tu corazón: ¿Por que tolera Dios semejante crimen contra nosotros y contra El? Y yo te contesto desde la simpleza de mi espíritu tan sincero como puedo, y te digo: no lo sé. Pues ignoramos los propósitos de Dios y no sospechamos sus pensamientos, pero cada vez que disputo con El en la torpeza de mi dolor y en el exceso de nuestro sufrimiento común, trato de consolarme diciéndome: Quizás tiene un significado ese dolor que nos atribuye, quizás pagamos cada uno de nosotros una falta ¿Quién puede señalar al que la cometió? Quizás fue Salomón el sabio, imprudente cuando levantó el templo en Jerusalén, como si Dios fuese un hombre ansioso de tener un hogar en un lugar único y entre un sólo pueblo.

Quizás era pecado haberle construido una casa con tanta magnificencia, como si el oro fuese más que la devoción y el mármol más que la consistencia y constancia anterior.

Quizás fue contra la voluntad de Dios que pretendíamos ser un pueblo judío como los demás y tener una patria y un hogar para decir que este país es nuestro, para decir: nuestro templo, y nos ha arrancado de la patria para que no fijemos nuestros sentidos. en lo visible, sino para que siguiésemos fieles interiormente a lo inalcanzable e invisible. Quizás consiste nuestro camino verdadero en quedar siempre caminando, mirando melancólicos hacia atrás y anhelantes hacia adelante, siempre deseando la tranquilidad e inquietos siempre pues siempre es sólo un camino sacro aquel cuya meta se desconoce y el que, no obstante, siempre se prosigue tenazmente, tal como en esta noche marchamos hacia la oscuridad y el peligro sin conocer el fin.

El niño escuchaba. Mas Rabbi Eliéser había concluido.

-Pero ahora no preguntes más. Pues tu interrogación es más extensa que mi saber.

Espera y ten paciencia. Quizás te conteste Dios una vez desde tu propio corazón.

El anciano calló y callaron los demás. Silenciosos permanecían parados en la carretera, y silenciosos los envolvía la noche, y todos tuvieron la impresión de hallarse solos en la oscuridad del mundo allende el tiempo.

De repente se estremeció uno de ellos, y alzó la cabeza. Presa de temor advirtió a los demás que escuchasen. Y en efecto, algo corrió por el silencio y se aproximó rumoroso. Al comienzo sólo parecía que alguien tocara apenas un arpa, un sonido oscuro, in crescendo, pero ya vibró más fuerte acercándose como viento o mar, y de pronto irrumpió en el bochorno una ráfaga poderosa de un temporal, breve y repentino, de tal suerte que los árboles sorprendidos a lo largo de la carretera alzaron sus brazos como si quisieran agarrarse en el vacío, y los arbustos cuchichearon confusos y el polvo se levantó del camino. Fue como si de repente bamboleasen las estrellas, y los ancianos, agitados como estaban a raíz de su disputa sobre su destino y atentos a la presencia divina, temblaban de que repentinamente pudieran recibir una respuesta, pues la Escritura decía de Dios que estaba en el vendaval, y que su voz se levantaba en el gorjeo suave. Todos inclinaron la frente hacia el suelo, todos escucharon al mismo tiempo hacia arriba e inconscientemente tomaron unos las manos de los otros para unirse contra lo maravilloso, y cada uno sentía el pulso del otro en su mano como un pequeño martillo arrebatado...

Pero nada sucedió. Tan repentinamente como se había levantado, cesó el viento huracanado, y poco a poco apagóse el rumor en la pradera. Nada sucedió.

Ninguna voz habló, ningún sonido libertó el silencio aterrado. Y cuando uno tras otro volvieron a levantar la vista del suelo, advirtieron que al Este nacía sobre las tinieblas un primer fulgor ópalo y delicado. Entonces reconocieron que sólo había sido el viento que siempre se levantaba antes de comenzar el día, sólo se había producido el diario milagro del surgir del día como después de cada noche terrenal. Mientras aún permanecían intranquilos, acentuóse la claridad de la lejanía rojiza, y ya se libró el paisaje con pálidos contornos de los velos. Entonces sabían había terminado la noche. la noche de su peregrinaje.

-Amanece -murmuró desengañado Abthalion-. ¡Oremos! Reuniéronse los once ancianos. Quedó a su lado el niño menor, ignorante de la oración, y miró conmovido. Los viejos sacaron de su hatillo los mantos de oración y cubriéronse con ellos los hombros y las cabezas. Ataron las correas a la frente y a la mano, a la izquierda, la más cercana al corazón. Luego se dirigieron al Este, donde sabían a Jerusalén, y agradecieron a Dios que había creado el Universo, y lo alabaron con las dieciocho bendiciones de su perfección. Canturrearon y murmuraron, oscilando el cuerpo hacia adelante y atrás, en el ritmo de su oración. El niño no comprendió todas las palabras, pero vio el fervor con que se balanceaban los viejos en el movido cantar, como antes se habían mecido los arbustos en el huracán de Dios. Después del "Amen" solemnemente elevado, inclináronse todos, doblaron y guardaron sus mantos y preparáronse de nuevo para el viaje.

Parecían más viejos los ancianos en la luz que poco a poco se despertaba: se marcaban más profundas las arrugas de su frente y más obscuras las sombras de sus ojos y boca: como si volviesen de su propia muerte, arrastráronse cansados y penosamente con el niño para cubrir el último y más doloroso tramo de su camino.

Clara y tórrida ardía la mañana itálica cuando los once viejos llegaron con el muchachito al puerto de Portus donde el Tiber deja fluir al mar sus aguas amarillas, lánguido y a desgano. Esperaban muy pocas barcas de los vándalos todavía en la rada: una tras otra hacíanse ya a la mar, con el mástil victoriosamente embanderado, y el ancho vientre cargado de botín. Por último quedó una sola anclada frente a la costa absorbiendo con gula los restos del robo romano de los carros sobrecargados. Carro a carro acercáronse obedientes para ser vaciados, y cada vez llevaban los esclavos sobre sus hombros o alzadas sobre la cabeza las pesadas cargas al barco, pasando por una ancha escalinata de madera: cajones y arcas repletas de oro y ánforas llenas de vino. Pero por más prisa que se daban, consideraba el impaciente capitán que su servicio no era suficientemente rápido y por eso obligaron los guardianes de los vándalos a los esclavos con latigazos a apresurar más y más sus pasos. Ahora que paraba el último carro junto a la barca; era el mismo que los ancianos y el niño habían seguido durante la noche, y que conducía el candelabro del templo. Su carga estaba cubierta todavía con pajas y trapos, pero los ancianos fijaron su ardiente mirada sobre el carruaje repleto, y temblando esperaron que se descubriera. Era ése el momento de la decisión: entonces o nunca había de producirse el milagro.

Pero el niño no miraba como ellos. Como encantado admiró el mar que veía por primera vez. Allá estaba. un infinito espejo azul, brillantemente arqueado hasta la cortante línea donde las aguas tocan al cielo, y más amplio aún apréciale aquel espacio enorme que la cúpula de la noche en la que por primera vez había visto la ronda eterna de las estrellas en el cielo abovedado. Miraba hechizado cómo las olas jugaban unas con otras, como se perseguían, cómo una saltó sobre la espalda de otra y luego se escurría espumosa con una ligera, chasqueante risa de petulancia, para formarse una y otra vez de nuevo: y presintió en ese juego bienaventurado una alegría como jamás se había atrevido a soñarla en la herrumbrada sombra de su angosta callejuela de pobres. Su estrecho pecho infantil se tendió poderosamente y anhelaba ensancharse, hacerse fuerte y grande para embeberse de aire y mundo, y sentir el halo de ese goce hasta muy adentro de su sangre judía, intimidada.

El niño sintió irresistible deseo de adelantarse hasta junto al líquido, de abrir sus pequeños brazos para apretar cuando menos un soplo comprensivo de ese infinito contra el propio cuerpo; sentíase interiormente elevado al contemplar tal belleza y claridad, y dichoso como nunca. ¡Oh, cuán cándido era todo aquí, cuán libre y exento de temores! Como proyectiles blancos abalanzábanse y levantábanse las gaviotas, las hermosas embarcaciones hinchaban suaves y sedosas sus velas en el viento. Y de repente, cuando el niño reclinó la cabeza, con los ojos cerrados, para embeber más profundamente el fresco aire salado, recordó la primera palabra que había aprendido: ¡Al principio creó Dios el cielo y la tierra! Y por primera vez le resultó con sentido y forma el nombre de Dios que el día anterior habían pronunciado los padres, los ancianos. Un grito le sobrecogió. Los once ancianos se habían exclamado como por una sola boca, y en seguida corrió hacia ellos. Se acababa de quitar los trapos que cubrían el último carro, y cuando los esclavos berberiscos se inclinaron para sacar una estatua argentina de Hera -pesaba varios quintales- empujó uno de ellos con un pie el candelabro a un lado, porque le molestaba. La Menorah se golpeó y rodó duramente.

Y cayó del carro a tierra. Un solo grito de espanto desgarró el pecho de los ancianos cuando vieron cómo el símbolo sagrado que viera Moisés, que bendijera Aarón, que había estado en la mesa del Señor en la casa de Salomón, rodaba míseramente en los excrementos de los tiros, profanado y manchado con lodo. Los esclavos negros levantaron curiosos la vista al oír el grito. No comprendieron por qué aquellos necios barba-blancas emitieron tan aguda voz y por qué se tomaron de los brazos los unos a los otros formando una convulsiva cadena de dolor. Pues no se les había hecho mal alguno. Pero ya chasqueaba el látigo del guardián sobre su carne desnuda, y serviles hundieron de nuevo sus brazos en la paja del carro, sacando un desnudo de pórfido brillante, luego otra enorme estatua que, con cuerdas en la nuca y en los pies, subieron sobre la escalinata de a bordo como a un animal carneado.

El fondo del carro se vació cada vez más rápidamente. Sólo quedaba tendido, descuidado debajo del carro, medio cubierto por una rueda, el candelabro, el imperecedero. Y los ancianos, que se agarraban mutuamente, vibraban en una esperanza común: ¡Ojalá los ladrones olvidasen en su precipitación el candelabro! ¡Ojalá lo pasasen por alto! ¡Ojalá se realice aún en último momento el milagro de la salvación! Pero en ese instante observó uno de los esclavos el candelabro, se inclinó, lo levantó y lo cargó sobre sus espaldas. Ardía puro en el sol, brillaba y llameaba y parecía iluminar más aún al día: por primera vez en su vida contemplaron los ancianos el perdido sagrario de su pueblo, y ¡ay!, en el mismo instante en que vieron al amado símbolo, ya volvió a desaparecer en la lejanía. Con ambas manos, la derecha y la izquierda, sostuvo el negro de anchos hombros la dorada Menorah para mantener en equilibrio su pesada carga mientras subía por la vacilante escalera de madera; cuatro pasos, cinco pasos aún, y había desaparecido por siempre ese objeto sagrado. Como atraído por una fuerza secreta, se arrastraron los once ancianos, sosteniéndose mutuamente, hasta la escalinata, la vista casi cegada por las lágrimas, y con palabras confusas chorreaba la baba de sus labios.

Se adelantaron vacilantes. como bebidos, con la boca ávida, con ávida mirada para, al menos tocar con su devoto beso el símbolo sagrado. Uno solo, Rabbi Eliéser conservó la lucidez en su dolor. Apretó nervioso la mano del niño -y su apretón le dolió tanto al niño que éste por poco gritó.

-¡Mira! ¡Mira! Tú serás el último de los que han visto lo sagrado. Tú serás testigo de cómo lo llevaron, de cómo lo robaron.

El niño no comprendió las palabras. Pero sintió el dolor de los demás hasta en la profundidad de la sangre, y advirtió que se estaba cometiendo una injusticia.

Una ira, una cólera infantil, atravesó ardiente su cuerpo. Sin saber qué hacía, se soltó el niño, del septenal, a la fuerza, y corrió detrás del negro que en ese instante pisaba la escalinata bamboleándose fatigado bajo la pesada carga. ¡No, no había de llevarse la Menorah, ese hombre extraño! Insensato asaltó el niño al fornido hombre, para. arrebatarle el robo.

El esclavo, grandemente cargado, vaciló bajo la inesperada arremetida. Fue solo un niño el que se colgó de su brazo, pero manteniéndose con dificultad en equilibrio sobre la estrecha tabla oscilante, pisó el esclavo tambaleante en el vacío, a consecuencia del repentino asalto de atrás, y se cayó arrastrando al niño.

En eso se le escapó rodando el candelabro. Desplomóse con todo su peso violentamente sobre el brazo derecho del infante. Este sintió como si se le hubiera picoteado y triturado la carne y los huesos. Pegó un grito penetrante. Mas este grito se perdió en el repentino puje de los demás. Pues todos gritaron simultáneamente: los ancianos horrorizados por el crimen de que la sagrada Menorah rodara de nuevo por el fango; desde la embarcación gritaban, a su vez, furiosos, los vándalos. El guardián se acercó e hizo retroceder a los ancianos a latigazos.

Entretanto ya se había levantado amargado el esclavo, apartó con el pie al niño que gemía, volvió a hombrear el candelabro y lo llevó entonces rápidamente, como un fugitivo, por la escalinata hasta a bordo.

Los once viejos no prestaron atención al niño. Ninguno vio cómo estaba tendido quejándose y retorcido, pues no miraban al suelo. Sólo veían al candelabro que ahora subía sobre los hombros del esclavo, elevados los siete cálices hacia Dios, como unos sacrificios.

Ahora vieron cómo a bordo lo tomaron indiferentes manos extrañas y cómo lo tiraron junto a los demás despojos. Y ya sonó estridente un silbido, rechinando subió la cadena al ancla, y abajo, en el espacio invisible en que los esclavos de la galera estaban encadenados a sus bancos, empezaron cuarenta remos el uniforme movimiento hacia adelante, atrás, adelante, atrás. Bruscamente se movió la embarcación. Blanca espuma corrió sobre la carena, rumorosa se deslizó y ya se levantaba y se hundía su cuerpo pardo sobre las olas como si viviera y respirara, y con las velas hinchadas dirigióse la goleta desde la rada directamente a la infinita mar abierta.

Los once ancianos siguieron con la vista fija en el navío que se alejaba. Otra vez se habían tomado de las manos y temblaban, una sola cadena de terror y dolor. Todos habían esperado en secreto, sin que el uno se confiara al otro, que en último y postrer momento aún se produjera el milagro. Pero liviana y acariciada por el viento suave, resbaló la nave con las velas combadas sobre las aguas, y cuanto se achicó su silueta en la lejanía, tanto más lastimeramente se derritió la esperanza en sus corazones y se perdió en el inacabable mar de su tristeza. Ya, la nave sólo brillaba pequeña como el ala de una gaviota, y al fin -las lágrimas obscurecieron su mirada. ¡Perdida toda esperanza! Una vez más viajaba el candelabro a tierra extraña y lejana, eternamente en camino, eternamente perdido.

Sólo entonces, volviendo la vista del mar, recordaron al niño que estaba tendido, lanzando gemidos sordos, con su brazo machacado, en el lugar al que el candelabro lo había tirado al caerse. Levantaron al sangrante y lo colocaron sobre unas angarillas. Todos se avergonzaron porque ese niño había hecho ingenuamente lo que ninguno de los hombres se había atrevido a hacer, y Abthalión temía a las mujeres porque devolvía al nieto como lisiado a la madre e hija. Sólo Rabbi Eliéser, el puro y claro, los consoló: -No os quejéis, ni os condoláis de él. Recordad la Escritura que habla del hombre a quien Dios abatió porque había tocado el arca para apoyarla, pues Dios no quiere que se toque lo sagrado con manos carnales. Pero El perdonó al niño y sólo golpeó el brazo. Hay quizás una bendición en ese dolor, y un llamamiento. Luego se inclinó tiernamente sobre el niño gimiente: -No reprimas ese dolor, sino absórbelo. Este dolor también es una herencia.

Pues sólo en el dolor vive nuestro pueblo, sólo el pesar engendra su fuerza creadora.

Has experimentado algo grande, pues tocaste lo sagrado y sólo se lastimó tu cuerpo, mas no tu vida. Quizás resultes elegido por este dolor y queda un sentido en tu destino.

Desde aquella noche vandálica pasaron los años inquietos en el Imperio romano, y sucedió más en el tiempo en que vive un hombre sólo de lo que antes había sucedido en siete generaciones. Otro emperador llegó al poder sobre Roma, y otro, y otro más, uno se llamó Aurilius, los que le siguieron Maioranus y Libius Severus, y Anthemius. Uno asesinaba o expulsaba al oro, de nuevo invadían pueblos germanos la ciudad y la saqueaban.

Otra vez (y eso siempre dentro del espacio de vida de una sola generación), fueron coronados nuevos emperadores, y depuestos, y por fin, los últimos de Roma, Licerius y Julius, Nepos y Rómulus Augustulus, hasta que luego se incautaban del dominio rigurosos guerreros nórdicos, Odoacro y Teodorico. Pero también este imperio gótico, del que sus reyes creían que, endurecido en la disciplina y ceñido en acero, sobreviviría generaciones, cayó y decayó en los años de esa misma generación, mientras en el Norte emigraban y se unían pueblos y, allende el mar, en Bizancio, se levantó otra Roma. Parecía que desde la noche en que la Menorah se encaminó por la Porta Portuensis, no debía haber más paz y tranquilidad en la milenaria ciudad del Tíber.

Hacía tiempo ya, que la muerte se había llevado a los once viejos que acompañaron al candelabro en aquel su último viaje, y ya estaban enterrados también sus hijos, y eran ancianos ya sus nietos. Mas seguía en vida Benjamín, el nieto de Abthalion, el testigo de aquella noche vandálica. El niño de entonces se había convertido en mozo, el mozo en hombre y el hombre en anciano. Siete de sus hijos le habían precedido en la muerte, y uno de sus nietos había perecido cuando el populacho incendió, bajo Teodorico, la sinagoga.

Pero él, con su brazo destrozado, vivía aún; así como en el bosque la tempestad derriba a los árboles a diestra y siniestra y queda uno solo, el más fuerte, así sobrevivía ese anciano al tiempo, y vio morir a emperadores y desaparecer imperios. La muerte solo lo respetaba a él, y su nombre era grande y casi santo entre los judíos del mundo.

Llamábanle, por su brazo destrozado, Benjamín Marnefesh, lo que quiere decir el hombre a quien Dios probó amargamente; y a nadie veneraban como a él.

Pues era el último y único que con sus propios ojos había visto al candelabro de Moisés, el candelabro del templo de Salomón, la Menorah que, huérfana de luces, yacía sepultada en el tesoro de los vándalos. Cuando llegaban a Roma mercaderes procedentes de Livorno, Génova o Salerno, de Maguncia, Tréveris o los países de levante, se dirigían siempre primero a su casa para ver de cara a cara el hombre que con sus propios ojos había visto aún los objetos sagrados de Moisés y Salomón. Inclinábanse respetuosos delante del viejo como ante una imagen sagrada, y contemplaban con conmovido terror su brazo tullido y con los dedos palpaban la mano que otrora había tocado el candelabro del Señor. Y aun cuando todos sabían -pues en aquel tiempo el verbo se difundía tan activo por el mundo como hoy lo escrito- lo que Benjamín Marnefesh había sufrido en aquella noche vandálica, no dejaban de rogarle que una y otra vez les narrase el viaje de esa noche. Y con eternamente igual paciencia contaba el anciano siempre el éxodo del candelabro, y un fulgor atravesaba la maraña de su barba cada vez que anunciaba lo que en aquel entonces le había predicho Rabbi Eliéser, el puro y claro, cuyo cuerpo se había hundido en la fosa, hacía mucho tiempo ya. Advertía a sus visitantes que no debían desanimarse, pues no había llegado a su término el viaje del símbolo sacro; el candelabro volvería a Jerusalén, y entonces terminaría su propio destierro y se volvería a reunir el pueblo en torno a su símbolo salvado.

De esa suerte, todos salían reconfortados de su casa, y enlazaban su nombre en la oración, pidiendo porque permaneciera mucho tiempo junto a su pueblo el consolador, el testigo, el último que había visto los objetos sagrados.

Y Benjamín, el tan duramente probado, de niño de aquella noche lejana, llegó a los setenta años, a los ochenta y cinco, a los ochenta y siete. Poco a poco encorváronse ya sus hombros bajo el peso del tiempo, su vista perdió claridad, y a veces cansábase en medio del día. Pero ninguno de los judíos de Roma quería creer que la muerte pudiese cobrar poder, sobre él, pues su existencia les significaba una prenda de un acontecimiento grande. Todos consideraban inimaginable que pudieran apagarse esos ojos humanos que habían visto el candelabro del Señor, sin haber presenciado el retorno de la Menorah; y cuidaban su existencia como un símbolo de la voluntad divina. No había fiesta sin él, ni servicio religioso en que no se lo nombrara. Donde iba, inclinábanse devotos los ancianos ante el patriarca, cada uno pronunciaba la sentencia de la bendición a su paso, y dondequiera que se reunían, apesadumbrados o para la fiesta, siempre se le reservaba el sitio de honor en la mesa.

Así honraron los judíos de Roma a Benjamín Marnefesh, como el más viejo y digno de la comunidad aquella vez que, según ordenaba la costumbre, se reunieron en el cementerio en el día más triste del año, el 9 de Abril, el día de la destrucción del templo, aquel día de sombría recordación que había hecho de sus padres unos sin patria y los había esparcido como sal sobre los países de la tierra. No estaban sentados en la casa de oraciones, pues poco tiempo atrás la había ultrajado el populacho hostil, sino que deseaban hallarse cerca de sus muertos en ese día mortal; reuniéronse fuera de la ciudad, donde sus padres estaban sepultados en tierra extraña, para quejarse unos a otros del propio exilio. Estaban sentados entre los sepulcros, algunos sobre lozas rotas ya; sabían que se hallaban junto a sus padres, hijos también de su tristeza, y en las losas de los antepasados leían los nombres y su elogio. En muchas piedras estaban grabados, encima de los nombres, símbolos, dos manos cruzadas como testimonio de clerecía, o el cántaro de ablución de los Levita, o un león, o una estrella de David. Una de las lozas paradas ostentaba una reproducción del candelabro de siete brazos, de la Menorah, para significar que el que allá dormía el sueño eterno había sido un sabio, un gran justo y el mismo una lumbrera en Israel. Delante de esa tumba estaba sentado Benjamín Marnefesh rodeado por otros, con cenizas esparcidas sobre la cabeza, con las vestimentas rotas como los demás que, como sauces, se doblaban e inclinaban sobre las aguas negras de su aflicción.

Era tarde, y el sol bajó ya oblicuamente entre pinos y cipreses. Mariposas de abigarrados colores aleteaban alrededor de los judíos como en torno a troncos en descomposición, libélulas con alas de los colores del arco iris posábanse descuidadas en sus espaldas encorvadas, y en la hierba exuberante jugaban escarabajos alrededor de sus sandalias. En el follaje que brillaba como oro, abanicaba aromático el viento, caía una tarde muelle como terciopelo, pero los judíos no levantaron los ojos ni los corazones. Impelíanse una y otra vez hacia renovada tristeza, recordando siempre de nuevo en lamento común el abatimiento de su pueblo.

No comían, ni bebían, ni dirigían la mirada hacia la claridad del día: sólo leyeron unos a los otros los cánticos que se referían a la destrucción del templo y la caída de Jerusalén, y a pesar de que cada palabra de esos cantares dolorosos estaba marcada desde hacía tiempo ya con fuego hasta en la última gota de su sangre, las repetían siempre de nuevo para agudizar el dolor y sentirlo destrozar su corazón. No querían sentir sino pena en ese obscurísimo día, y por eso recordaron, amén de su propia expatriación y humillación, los sinsabores y sufrimientos de los muertos, el penoso destino de todo su pueblo, y con sus palabras renovaron y recordaron mutuamente los sufrimientos del pasado. Y como éstos en Roma, así estaban sentados, con los cabellos cubiertos de ceniza y la indumentaria destrozada, los judíos en todas las ciudades y comunidades del mundo, juntos a las tumbas, y, desde un extremo del mundo hasta el otro hablaban y leían a la misma hora los mismos lamentos, la lamentación de Jeremías por la caída de Jerusalén que se había convertido en burla de los pueblos. Y sabían que esa pena y esa lamentación del común exilio constituía su sola unidad en la Tierra.

Mientras estaban sentados así y murmuraban y se trituraban el corazón con el dolor del recuerdo, no se daban cuenta de que el sol y los troncos de los pinos y cipreses se doraban más y más y que, como iluminados por una luz interior, empezaron a arder rojizos. No notaban que el nueve de Ab, el día de la gran tristeza, llegaba paulatinamente a su fin, y que se acercaba la hora de su última oración. En eso rechinó afuera el portón aherrumbrado del cementerio. Si bien oían que alguien entraba, no se levantaron, y también el extraño esperaba silencioso hasta que se terminara de pronunciar la postrera plegaria. Sólo entonces miró el jefe de la comunidad al recién llegado y le saludó: -Bendito sea el que llega. La paz le acompañe, judío.

Y preguntó entonces el superior: -¿De dónde vienes y a qué comunidad perteneces? -La comunidad con que he vivido, no existe más; he huido en un barco de Cartago.

Algo grande ha sucedido. Justiniano el emperador, ha enviado desde Bizancio un ejército contra los vándalos y, Belisario, su general, ha tomado Cartago, la bastilla de los piratas. El rey de los vándalos está preso y su imperio aniquilado. Todo lo que los bandidos han robado durante años y años, Belisario lo capturó y lo llevó a Bizancio. La guerra ha terminado.

Los judíos lo miraron indiferentes y mudos, sin levantarse. ¡Qué les significaba Bizancio y Cartago! Edom era todo eso y Amelec, el eterno enemigo. Esos pueblos impíos estaban continuamente en guerra sin sentido, unas veces ganaban éstos y otras veces aquéllos y jamás la justicia. ¿Qué tenían ellos que ver con todo eso? ¿Qué era Cartago, Bizancio o Roma para su corazón, que sólo se preocupaba por una ciudad Jerusalén? Únicamente Benjamín Marnefesh, el amargamente probado, alzó entonces la vista: ¿Y el candelabro? -Está a salvo. Belisario lo tomó como botín. Y he sabido que lo lleva junto con los demás tesoros a Bizancio.

Sólo entonces se estremecieron los otros. Sólo entonces comprendieron la pregunta de Benjamín; una vez más debía viajar el candelabro a tierra extraña.

La noticia cayó como tea encendida sobre la estructura sombría de su duelo.

Levantáronse rápidamente del suelo, saltaron sobre los sepulcros, rodearon al desconocido, sollozaron y lloraron: -¡Ay! ¡A Bizancio! ¡Nuevamente a través del mar! Otra vez a tierra extraña...

De nuevo lo arrastrarían triunfantes como Tito, el maldito Siempre a otro país y nunca a Jerusalén... ¡Ay de nosotros! Era como si se hubiera tocado una herida con acero candente. Pues recónditamente temían y se inquietaban que al trasladarse los objetos sagrados del arca, debían de exilar ellos también, otra y otra vez, en busca de una patria que no era tal. Así sucedía desde que destrozara el templo y siempre que se aniquilaba de nuevo su existencia. El dolor pasado y el presente se confundían impetuosamente.

Todos gritaban, sollozaban y se quejaban, y los pajaritos que habían estado sentados pacíficamente en archiviejas piedras, se desbandaron y huyeron ante el ardiente tumulto de los hombres.

Uno solo, Benjamín, el anciano, se había quedado tranquilo sobre la piedra enmohecida, y callaba mientras los demás se confundían y lloraban. Sin que lo supiera, habíanse unido sus manos, y como soñando estaba sentado sonriendo quedamente a la lápida funeraria en que se hallaba grabada la silueta de la Menorah.

De pronto relucía en su ajado rostro de anciano algo del niño que había sido en aquella noche. Alisáronse las arrugas, los labios se abrieron suaves, y la ligera sonrisa parecía pasar de su boca sobre el cuerpo entero que, inclinado sobre sí mismo, escuchaba hacia adentro.

Por ultimo fijóse alguien en el anciano, y se avergonzó de su propia irritación.

Quedóse respetuosamente parado y tocó despacio el próximo. Calláronse uno tras otro y todos miraban entonces sin respirar al viejo, cuya sonrisa flotaba como una nube blanca sobre su oscuro dolor. Hizose un silencio como entre los muertos debajo de la tierra, a cuyas tumbas rodeaban sombreándolas. Sólo por el silencio absoluto sintió Benjamín que todos lo miraban. Se levantó con dificultad, pues ya era decrépito, de la piedra rota en que había estado sentado; a todos les pareció de repente robusto como nunca, así como entonces lo veían, con el rostro circundado de mechones argentinos, el cabello ardiente como llama blanca por debajo del gorrito de seda. Nunca sintieron tan íntimamente como en esa hora que Marnefesh, el amargamente probado, también era un mensajero, Mas Benjamín comenzó, y había en su palabra la devoción de una plegaria: -Ahora sé por qué Dios me conservó hasta esta hora. Siempre me preguntaba por qué rompía inútil el pan, por qué me esquiva la muerte, a mí, anciano, cansado e inservible, que ya no anhela sino el silencio. Ya me desalentaba, pues demasiado sufrimiento vi en nuestro pueblo y se cansó mi esperanza. Pero ahora comprendo que aun me estaba destinado algo en esta vida. Yo vi el principio; ahora me llama el fin.

Respetuosos atendieron los demás a la oscuridad de su hablar. Finalmente preguntó uno en voz baja al superior: -¿Qué piensas hacer? -Creo que Dios sólo me guardaba tanto tiempo la vida y la luz de los ojos para que vuelva a ver el candelabro. Debo irme a Bizancio. Lo que no consiguió el niño -rescatar lo sagrado para nosotros- quizás lo logre el anciano.

Todos vibraban de emoción e impaciencia. Todos consideraban en verdad, increíble que ese frágil anciano pudiese recuperar el candelabro del más poderoso emperador del mundo, y sin embargo, embriagaba la fe en el milagro. Uno sólo preguntó receloso: -¿Cómo habrías de resistir tan largo viaje? Piensa que son tres semanas sobre el mar invernal. Temo que no seas suficientemente fuerte para soportar tal fatiga.

-Siempre se es fuerte, cuando se trata de lo sagrado. Aquella vez también lo fui. Cuando me llevaron, un niñito, creían que el camino era demasiado cansador y, sin embargo, lo cubrí hasta el final. Sólo hará falta, pues mi brazo esta deshecho, que me acompañe un hombre vigoroso, y además joven, para que sea testigo ante una generación venidera, como lo fui yo ante la vuestra.

Pasó la vista buscando en torno suyo, miró a uno tras otro de los hombres lozanos como si quisiera examinarlos Cada cual temblaba bajo esa mirada palpitante, y sentía su punto hasta en el enmudecido corazón. Todos anhelaban ser elegidos para la misión, y todos eran demasiado cohibidos para presentarse.

Todos esperaban con el alma conmovida. Pero el anciano inclinó inseguro la cabeza, y murmuró únicamente: -No, no quiero decidir. No sea mía la elección. Echad la suerte. Que Dios me elija al que debe ser.

Los hombres se juntaron, arrancaron tallos de la hierba que crecía entre los sepulcros, los rompieron en trozos más largos y más cortos y se los repartieron La suerte se decidió por Joaquín ben Gamaliel, un joven de veinte años, alto y fuerte, herrero de profesión, mas al que no querían. Pues ignoraba la Escritura y era el suyo un modo de ser impaciente. Sus manos estaban manchadas de sangre; había muerto a un sirio de Esmirna en una pelea, y huido a Roma antes de que los alguaciles lo prendieran. Todos se extrañaban incomodados para sus adentros, de que la suerte hubiese tocado precisamente a ese terco y feroz y no a un hombre respetuoso y beato. Pero al adelantarse Joaquín, como el elegido, el anciano apenas alzó la vista y le ordenó: -Prepara todo. Mañana a la tarde partiremos.

La comunidad romana pasó todo el día siguiente a ese nueve de Ab, en excitada actividad. Ninguno de los judíos se cuidaba de su propio negocio, todos traían y recolectaban dinero, y los que eran pobres, tomaron prestado contra prenda, y las mujeres dieron sus presillas y piedras. Pues se acrecentaba en ellos la seguridad de que Benjamín estaba predestinado a rescatar la Menorah del nuevo cautiverio y a decidir al emperador a repatriar al pueblo con sus objetos sagrados, como otrora lo había hecho Ciro. Día y noche escribieron cartas a todas las comunidades del Este, a Esmirna, Creta y Salónica, a Tarsos, Nicea y Trebisonda, para que enviaran mensajeros a Bizancio y aprontasen dinero a fin de que se realizase el sacro acto de la liberación. Avisaron a los hermanos de Bizancio y Galata que anticipadamente allanasen a Benjamín Marnefesh, el amargamente probado, como el elegido, el camino hacia el grandioso evento. Al mismo tiempo preparaban las mujeres mantos, almohadas y alimentos para el viaje, a fin de que los labios del piadoso no tuvieran que tocar nada impuro en el barco. Y a pesar de que les era prohibido a los judíos de Roma ir en coche o a caballo, mandaron secretamente esperar un carruaje fuera de las puertas de la ciudad para que el anciano no comenzase su viaje fatigado ya.

Pero se extrañaron mucho cuando Benjamín se negó a subir al carruaje. Insistió obstinadamente que deseaba hacer a pie el camino a Portus, tal como en aquella noche lo había cubierto, más de ochenta años atrás, un niño débil. Creyeron imposible y demasiado atrevido el propósito de que el anciano, por lo común tan decrépito, pudiera llegar caminando hasta el mar. Pero se sorprendieron al verlo, pues estaba transformado desde que había llegado aquel mensaje.

Parecía que de la noche a la mañana hubiese retornado el vigor a sus miembros y corrido nuevo calor por su sangre entrada en años. Su voz, de ordinario apagada y debilitada, sonaba altiva y fuerte cuando rechazó, furioso casi, sus cuitas; y respetuosos le obedecieron.

Durante toda la noche escoltaron los varones judíos de Roma a Benjamín Marnefesh, el elegido de su comunidad, en el mismo camino que otrora habían cubierto sus abuelos para acompañar el candelabro del Señor. Llevaban, sin embargo, oculta, una parihuela, para conducir al anciano en el caso de que le abandonasen las fuerzas antes de tiempo. Pero el viejo caminaba vigoroso al frente de todos. No hablaba con nadie, y su pensamiento estaba íntegramente dedicado al tiempo ido. En cada piedra y en cada recodo del camino, que no había vuelto a recorrer desde aquella noche recordaba más y más claramente la poderosa hora de su infancia. Tenía presente todo lo que le había sucedido en aquel entonces, oía la voz de los muertos en la suave brisa, despertóse cada palabra que unos y otros habían pronunciado. Aquí, a la derecha, había llameado la columna de fuego de la casa incendiada, allí estaba la piedra miliar junto a la que vacilaban los corazones apagados cuando los jinetes numídicos galoparon hacia ellos. Recordó cada pregunta que había formulado y cada respuesta que le fue dada. Y cuando llegó al lugar en que, aquel amanecer, los ancianos pronunciaron al borde de la carretera, la oración, sacó, como aquéllos lo habían hecho, la chamarreta de ritual y la correa para decir, mirando hacia el Este, la misma plegaria que los padres y antepasados ya habían rezado a la mañana, y que, conservada en la sangre y transmitiéndose en oscuro fluido de generación en generación, orarían también sus hijos y nietos y la más lejana descendencia de éstos.

Detrás suyo, los demás, se sorprendieron tímidamente, pues no comprendieron su extraño proceder. Como la época del año era más próxima al otoño que en oportunidad de aquella otra caminata, no observábase en el cielo resplandor alguno del amanecer y era lejana aún la hora del día: ¿Cómo podría un creyente pronunciar la oración matutina antes de que despertara la mañana? Era eso contrario a toda costumbre y un insulto a la tradición y a la Escritura Pero, no obstante, permanecieron respetuosamente agrupados alrededor del que oraba.

Pues lo que hacía el ungido, no podía ser un agravio. Sentían todos que le era permitido todo, y aunque diera a Dios la gracia por la luz antes de que la luz se hiciera.

Terminada la oración, el anciano dobló la manta y prosiguió, vigoroso, la marcha como si las palabras devotas le hubiesen reconfortado. Cuando por fin llegaron al puerto, miró largo rato fijamente el mar: revivió en su alma el niño, el niño de tanto tiempo atrás que en aquella oportunidad había visto por vez primera el oleaje y la lejanía. Era el mismo mar de hacía ochenta años; profundo e inexplorable como los pensamientos de Dios, pensó piadoso. Como en aquel entonces se iluminó su ojo en la claridad del cielo. Bendijo a todos los compañeros que lo habían escoltado. al despedirse de ellos para siempre, luego subió con Joaquín a la embarcación. Y como otrora los abuelos y antepasados, así miraron ahora los hombres conmovidos desde el muelle cómo se movía el galeón y cómo se alejaba con velas hinchadas de la ribera. Sabían que habían visto por última vez al amargamente probado, y cuando la vela desapareció en lontananza, sintiéronse pobres y despojados.

Fuerte e incesante, adelantó la nave por las aguas. Las olas se encresparon con furia y del Oeste venían rodando oscuras nubes. Los timoneles miraban preocupados si no se acercaba un temporal, y con éste, peligro mortal.

Pero aun azotada por la tempestad, y por dos veces rechazada en el viaje, venció la nave las dificultades y fondeó felizmente en Bizancio, tres días después de haber llegado Belisario con el botín de África.

Bizancio, centro del imperio y dueña del mundo desde que la corona cayera de la testa de Roma, era aquella mañana, un enjambre de gente, pues desde hacía años no se había prometido a esa ciudad, que amaba las fiestas y juegos más que a Dios y la justicia, más hermoso espectáculo que entonces: Belisario, el vencedor de los vándalos, debía llevar, en el circo, su ejército victorioso y todo el botín al encuentro del Basileus, el señor del mundo.

Multitudes incalculables se estrujaban en las calles embanderadas, una sola masa llenaba, negra, el ovalado espacio enorme del hipódromo, y la espera apretujada retumbaba y gemía como un mar agitado, hosco e impaciente. Pues seguía completamente vacía aún la tribuna imperial, la catisma, que cubierta de columnas y cargada de adornos, cerraba con una recta el enorme óvalo. Todavía el Basileus no había llegado hasta su pueblo atravesando el paso subterráneo que unía ese espacio festivo con el palacio imperial.

Finalmente anunciaron toques estridentes el momento solemne. Primero se alinearon los guardias imperiales formando, con sus uniformes rojos y sus espadas relucientes, un murallón brillante; luego llegaron numerosos, en sus vestimentas de seda los dignatarios, sacerdotes y eunucos, y por último hicieron su entrada bajo palio y llevados en dos sillas de mano, Justiniano, el Basileus, el autócrata, la corona de oro combada sobre la cabeza como una aureola. y Teodora en el resplandor de sus joyas. Cuando se adelantaron en su sitial imperial estalló de golpe de todas las gradas un huracán de júbilo alborotado. Ya nadie recordaba que en ese mismo lugar sólo unos pocos años atrás la misma multitud se había abalanzado sobre la misma tribuna ocupada por el mismo emperador y que, por castigo, se degollaron a treinta mil personas en ese sitio; siempre borra el triunfo toda culpa para la masa eternamente olvidadiza. Embriagados por el fausto y al mismo tiempo por el celo del propio entusiasmo, gritaban y rugían y se enardecían y aplaudían esos miles de bocas en centenares de idiomas hasta hacer temblar, retumbantes, las murallas de piedra: era toda una ciudad, un mundo entero que vibraba hacia el hijo de campesinos de Macedonia y la graciosa mujer, que otrora -los viejos aún lo recordaban- había exhibido en ese mismo lugar su cuerpo como bailarina y que, de noche, lo vendía a cualquiera. Pero eso también había quedado en el olvido, como toda vergüenza después de la victoria, y todo acto de violencia después de su triunfo.

Pero otro pueblo permanecía mudo en las terrazas superiores sobre esa multitud arrebatada que lanzaba su júbilo venal, sucio y gritón como un desagüe hacia el vencedor, un pueblo silencioso y pétreo: los cientos y cientos de estatuas de Grecia. Habían sido arrancadas de sus templos, en que sólo había paz, esas imágenes de los dioses de Palmira y Cos, de Corinto y Atenas, las habían sacado de arcos de triunfo y columnas, desnudas y relucientes en el albo eterno de su mármol. Inaccesibles a la pasión fugaz, hundidas para siempre en el sueño infinito de su belleza, estaban allí mudas e indiferentes, no reverenciaban a lo terrestre ni se movían. Miraban pétreas y altaneras sobre los juegos sangrientos hacia la lontananza azul del mar, que echaba espumas con olas puras contra el Bósforo.

Nuevamente resonaron, cercanas y estridentes, las cornetas para anunciar que el cortejo triunfal del estratego había llegado al pórtico exterior del hipódromo.

Abriéronse las puertas, y otra vez creció el zumbido ya atemperado de la multitud hasta el atronar jubiloso. Ahí estaban las cohortes férreas de Belisario que habían establecido el imperio, vencido a todos los enemigos, y les brindaron ahora el goce de juegos descuidados. El júbilo se levantó más alto y estridente aún cuando, detrás de los vencedores, fue acarreado el botín, los tesoros de Cartago, la abundancia sin fin. Primero pasaron altaneros los carros triunfadores que otrora habían capturado los vándalos, luego desfilaron sobre altos andamios tronos adornados con joyas, los altares de dioses desconocidos, relucieron estatuas creadas por maestros anónimos en el nombre de la belleza, y luego, cargadas hasta el borde, arcas repletas de oro y cálices y vasijas y vestidos de seda; todo lo que el pueblo pirata había robado en todos los confines de la tierra, volvió entonces y pertenecía al emperador, al imperio, y el pueblo prorrumpía en júbilo ante cada nueva magnificencia y soñaba en crédula embriaguez que todo el esplendor, toda la riqueza del mundo se vertía ahora y para los tiempos de los tiempos sobre ellos.

La multitud no paró mientes en que los portadores traían ahora, en medio de tan deslumbrantes tesoros, unos objetos que, comparados con la magnificencia escogida, parecían ruines: una mesa cubierta de planchas de oro, dos tubos de plata y un candelabro de siete brazos. Ningún júbilo recibió esos objetos insignificantes.

Pero, muy alto, en medio de la multitud, gimió un anciano mientras presionaba con su mano -era la siniestra- el brazo de su vecino, Joaquín: después de ochenta años volvió a ver el viejo lo que en otro tiempo había visto siendo niño, el candelabro sagrado de la casa de Salomón, el candelabro al que había tocado su mano infantil y que había destrozado para siempre su brazo.

Bienaventurada vista; ¡era él, el mismo! ¡Invencible, dio el candelabro imperecedero un nuevo paso a través del tiempo infinito, hacia el retorno! El anciano sintió la gracia del encuentro como una tormenta interior: incapaz de retener el exceso de júbilo, gritó ardientemente: -¡Nuestro! ¡Nuestro! ¡Nuestro por toda la eternidad! Pero nadie, ni siquiera los más cercanos, oyeron el grito aislado. Pues la masa prorrumpió entonces en un solo alarido de goce: Belisario, el triunfador, había penetrado en la arena. Caminaba a larga distancia de los carros triunfales, de la presa inconmensurable vistiendo el sencillo uniforme de sus guerreros. Pero el pueblo conocía y reconocía a su héroe, y gritaba tan fuertemente su nombre, y sólo el suyo, que Justiniano se mordió celoso los labios cuando su general se inclinó delante suyo.

Siguió luego el silencio, pletórico e intenso como antes lo había sido el estrépito.

Gelimer, el rey de los vándalos, que, irónicamente cubierto de un manto de púrpura iba detrás de su vencedor, Belisario, estaba ahora frente al emperador.

Los esclavos le arrancaron el manto y el vencido se echó de bruces. Por un instante no franqueó un solo hálito los miles y miles de labios. Todo el mundo miró fríamente la mano de Basileus. ¿Concedería perdón o no? ¿Se levantaría o inclinaría el dedo? Y helo aquí, lo levantó, regalando la vida al vencido, y en un solo trueno desencadenóse el entusiasmo.

Uno sólo en medio del gentío no lo había mirado, Benjamín el anciano conmovido. Miraba únicamente a la Menorah, que los portadores seguían conduciendo despacio a través de la arena. A ella sólo se dirigió su mirada, y cuando el sagrado objeto desapareció con el cortejo, hízose la oscuridad ante sus sentidos.

-¡Llévame de aquí, Joaquín!- gritó en voz baja-. El brillo del singular espectáculo atraía al mismo joven. Pero la mano del viejo se aferró convulsivamente, dura y ósea, a su brazo.

-¡Llévame! ¡Llévame de acá! Anduvo luego a tientas y torpemente por la ciudad, tomado como un ciego de la mano de su asistente. Seguía viendo siempre con los ojos del alma el candelabro, e impaciente instó a Joaquín que le llevase a toda prisa hasta la comunidad de los judíos. Hizo, de pronto, presa de él un temor de que, ahora que se tocaban el comienzo y el fin, su vida pudiera apagarse antes de tiempo y él dejar escapar otra vez la salvación del candelabro.

En el oratorio de Pera esperaba en tanto la comunidad, desde horas y horas, al ilustre huésped. Así como en Roma se concedía a los judíos permanecer en la ribera opuesta del Tíber, tolerábase a los judíos de Bizancio nada más que en Pera, en la costa opuesta del Cuerno de Oro; allá como en todas partes, era el apartamiento su destino, pero también el secreto de su supervivencia en el tiempo.

Lleno y repleto, sofocaba el estrecho espacio del oratorio. Pues no sólo los judíos de Bizancio estaban reunidos en espera; desde cerca y lejos, de Nicea y Trabissonda, de Odesa y Esmirna, habían llegado delegados de todas, las comunidades judías para participar del consejo y evento. Hacia tiempo ya que la noticia de que Belisario había asaltado la bastilla de los vándalos y recapturado con los demás tesoros también al candelabro eterno, se difundía por todas las costas del mar hasta las comunidades; no quedaba judío en el imperio de Bizancio que no hubiese recibido exaltado la noticia. Pues, aun esparcido como paja sobre las eras del mundo y desgarrado en muchos idiomas, percibía ese pueblo perdido todo lo que sucedía a sus símbolos sagrados, como un goce o una pena común, y todo peligro refundía fraternalmente sus corazones, aun cuando a menudo se olvidaban y se mostraban mutuamente endurecidos. La persecución y la injusticia forjaban incesantemente la férrea cadena que sostenía el tronco quebrantado de su unidad a fin de que no se carcoma y derrumbe; tanto más fuertes se juntaban sus almas. Esa vez también alcanzó el rumor de que la Menorah, el candelabro del pueblo, había vuelto a ser libertado del cautiverio oculto y viajaba, como en otro tiempo desde Babel hasta Roma, a través de países y mares, a cada judío como un destino propio. Uníanse en las calles y en las casas hablando agitadamente, examinaban con sus maestros y sabios detenidamente la Escritura para interpretar el sentido de esa peregrinación. Pues, ¿qué significaba el que lo sagrado vuelva a viajar? ¿Presagiaba ello esperanza o pena? ¿Comenzaba una nueva persecución o era ese su término? ¿Serían ellos otra vez, dentro de poco, los expulsados y peregrinos sin meta de las carreteras, otra y otra vez los sin descanso, ahora que el candelabro viajaba sin tregua? ¿O significaba la liberación del candelabro también la suya propia, partida y regreso, el término, finalmente, de la desdichada peregrinación? Ardían las almas de todos en impaciencia.

Corrían mensajeros de lugar a lugar para saber más del viaje y destino del candelabro, y era grande su terror, cuando al final supieron que el objeto sagrado sería llevado en público triunfo, como otrora en Roma, ante el emperador Justiniano.

Ya esa noticia atormentó poderosamente las almas Pero la agitación llegó a la embriaguez cuando los mensajeros de Roma comunicaron que se hallaba camino de Bizancio Benjamín Marnefesh, el amargamente probado, quien de niño había visto, como último, el candelabro en oportunidad del saqueo vándalo.

Fueron presa primero de asombro. Pues, desde años y años, conocían todos los judíos, por muy dispersos que se hallaran en la lejanía, la maravillosa acción de aquel niño de siete años que durante el saqueo vandálico pretendía arrancar el candelabro a los piratas y al que se le había destrozado el brazo al caerse. Las madres hablaban a sus hijos de Benjamín Marnefesh y del castigo de Dios, y de él hablaban los sabios a sus alumnos. Su acción se había convertido ya en leyenda piadosa como las de la Escritura, que se leía e interpretaba.

De noche se la contaba en las casas judías. como una de las historias viejas, como los actos claros y obscuros de Ruth y Simson, y de Amán y Esther, de las madres y antepasados del pueblo, y ahora llegó de pronto la noticia increíble, maravillosa: aun vivía el niño de aquel entonces. Y más aún, ese niño, hecho un anciano ahora, venía por tierras y mares. Estaba en camino Benjamín Marnefesh, ultimo testigo, para ver una vez más el candelabro. ¡Esa debía ser una señal! Dios no podía haber conservado y guardado por nada a ese hombre más allá de la medida común del tiempo terrenal. Quizás era el llamado a conducir el regreso al sagrario y a ellos mismos simultáneamente. Y cuanto más se hablaban unos a otros, tanto menos dudaban: la fe en el redentor, en el salvador que eternamente germinaba y brotaba en la sangre de ese pueblo expulsado al primer soplo cálido de cada esperanza, encumbróse poderosa y fecundó sus corazones. Sorprendida, miraba en los pueblos y ciudades la gente extraña a los judíos, pues habían cambiado de la noche a la mañana.

Mientras antes se arrastraban tímidos y encorvados, siempre aguardando un insulto o un golpe caminaban ahora alegres y como extasiados.

Avaros que siempre volvían y escatimaban cada grupo, compraron ricas indumentarias, hombres que tartamudeaban levantáronse y predicaron elocuentemente la promesa, mujeres embarazadas tenían visiones y se arrastraban hasta el mercado para comunicarlas cuanto antes a las demás, y los niños llevaban banderas policromas y coronas. Los más fervientes, aprontáronse para el viaje y hasta vendían precipitados sus bienes para tener de antemano dispuestos mulas y carruajes de modo que no perdiesen ni un día en sus preparativos cuando resonase el llamado al retorno. ¿Pues no debían viajar cuando el candelabro viajaba por el mundo, y no estaba ya en camino el mensajero que, como niño, había acompañado el sagrado objeto? ¿Cuándo se había producido en sus días un signo, un milagro como ese? Cada comunidad a la que el mensaje había llegado con tiempo, elegía a un hombre de su medio como delegado a fin de que asistiese con los demás a la llegada del candelabro a Bizancio y participase de las deliberaciones. Y todos los que fueron enviados se estremecieron de dicha y bendijeron el nombre de Dios.

Parecíales maravilloso, en su pequeña existencia oscura, que de ordinario transcurría en peligro y necesidad diaria, que ellos, pequeños mercaderes y obreros, pudiesen participar de tan milagroso suceso y ver al hombre que Dios había guardado, visiblemente, para el acto liberador. Compraron o pidieron prestados ricos atavíos, como si fuesen invitados a una fiesta, ayunaron, se bañaban y oraban a diario antes de partir, para recibir el mensaje, limpios de cuerpo y alma, y al iniciar el viaje, les acompañaba la comunidad del pueblo o de la ciudad de cada uno en todo el primer día de su caminata. En todos los lugares que atravesaban hasta llegar a Bizancio, ofrecíanles los piadosos albergues y recolectaban dinero para el rescate del candelabro. Orgullos y misteriosos como embajadores de un poderoso rey, marchaban esos pequeños mensajeros de un pueblo pobre y débil hacia Bizancio, y cuando se encontraban en la ruta y la proseguían en común, discutían excitadamente lo que sucedería, y cuanto más hablaban tanto más se agitaban. Y cuanto más se conmovían mutuamente, tanta más seguridad adquirían todos ellos de que llegarían a ser testigos de un milagro y del –desde tanto tiempo anunciado- cambio de suerte de su pueblo.

Y ahora esperaban todos juntos en el oratorio de Pera, un turbulento y ardiente enjambre de hombres que hablaban, se excitaban, vaticinaban y preguntaban.

Por fin llegó exhausto el niño que habían enviado impacientes, agitando desde lejos ya un lienzo sobre la cabeza en señal de que Benjamín Marnefesh, el ansiado huésped, había desembarcado de un bote procedente de Bizancio. Los que todavía estaban sentados, se levantaron rápidamente, los que en ese momento habían estado gritando y disputando, se quedaron mudos y a uno de ellos, viejísimo, le abandonaron las fuerzas; cayóse desmayado en el tumulto de los sentidos conmovidos. Pero ninguno, ni siquiera el superior, se atrevió a ir al encuentro del esperado. Permanecían aguardando con la respiración retenida, y cuando Benjamín, conducido por Joaquín, se acercó a la casa, parecía, por su barba alba y la potencia de su mirada oscuramente brillante, a Samuel conducido por el niño, la figura de un patriarca; el verdadero señor y maestro del milagro. Estalló entonces incontenible el entusiasmo refrenado: ¡Bendita sea tu llegada! ¡Bendito tu nombre!- le gritaron jubilosamente. Rodeárosle precipitados. Besaron su vestimenta y las lágrimas rodaron sobre sus mejillas apergaminadas, se empujaron y apretaron para tocar, cada uno, devotamente el santo brazo, que el candelabro del Señor había destrozado, y el superior hubo de colocarse como protector delante del anciano, ya que de lo contrario le hubiera aplastado el exceso de los hombres embriagados.

La fogosidad de su fervor piadoso asustó grandemente a Benjamín. ¿Qué querían, qué esperaban de él? Fue presa repentinamente del temor ante la carga de la inmensa esperanza que depositaron en él. Defendióse suave y perentoriamente.

-¡No me miréis así, y no me envanezcáis, a fin de que no me envanezca yo mismo! ¡No esperéis milagro alguno de mí! ¡Conformáos con esperar pacientemente! Pues es pecado exigir un milagro como una seguridad.

Todos dejaron caer la cabeza, sorprendidos de que Benjamín hubiera adivinado su pensamiento más oculto. Y avergonzados de su arrebatada impaciencia, apartáronse silenciosos, de manera que el superior pudo conducir a Benjamín hasta el lugar que le estaba preparado, un asiento cuidadosamente acomodado con almohadones y visiblemente elevado sobre los demás. Pero de nuevo rehusó Benjamín: -No, no me enaltezcáis. No quiero sentarme en lugar especial elevado sobre vosotros.

Pues no soy más que todos vosotros, y quizás, incluso, soy uno de los más insignificantes en medio de vosotros. No soy nada más que un anciano a quien Dios sólo ha dejado exigua fuerza. Sólo vine a ver y a aconsejaros. Mas no esperéis milagro alguno de mí.

Dóciles hicieron según era su voluntad y sentóse entre ellos, el único paciente en medio de la impaciencia de los demás. Sólo entonces levantóse el jefe de la comunidad para saludarlo: -¡La paz sea contigo; bendita tu llegada, bendita tu salida! Nuestras almas se regocijan de verte.

Todos callaron solemnemente. Luego prosiguió el superior con queda voz: -Recibimos las cartas de tus hermanos de Roma. que nos anunciaron tu llegada, e hicimos todo lo que estaba en nuestro poder. Hemos recolectado dinero de casa en casa y de lugar en lugar a fin de que se consiga rescatar la Menorah.

Preparamos un regalo para disponer los sentidos del emperador a la clemencia.

Dispusimos lo más precioso que poseemos, una piedra del templo de Salomón que nuestros antepasados salvaron después de la destrucción del templo, y queremos ofrecerla al emperador como regalo. Pues todo su pensamiento está puesto en esta hora en el propósito de erigir una casa de Dios mas magnífica que todas las que había. Para ella reúne lo más hermoso y sagrado de todos los países y ciudades. Todo eso lo hicimos de buen grado y contentos. Pero nos espantamos al oír lo que de nosotros esperaban nuestros hermanos de Roma; que te consiguiéramos paso a la presencia del emperador para que de él solicites el candelabro sagrado. Nos asustamos grandemente, pues aquel que es dueño de este país, Justiniano, no nos quiere bien. Es intolerante con todos los que no confiesan exactamente su fe ya sean cristianos de otro pensar o herejes o judíos, y quizás ya no sea de larga duración nuestra permanencia en este país, quizás nos expulse muy pronto. Jamás admitió a uno de los nuestros en su presencia, y con el corazón avergonzado llegué a esta casa y a esta hora para tener que decirte que es un imposible lo que piden los hermanos de Roma. Un judío no puede presentarse a la faz del emperador.

El superior se llamó a un grande y temeroso silencio. Todos bajaron confusos la cabeza.

¿Dónde quedaba el milagro? ¿Cómo iba a producirse un cambio cuando el emperador negaba su oído y sus sentidos al enviado por Dios? Pero con voz más clara prosiguió entonces el mayor: -Mas es confortante y maravilloso, saber siempre de nuevo, que para Dios no hay ningún imposible. Cuando entré con el corazón oprimido a esta casa. vino a mi encuentro uno de nuestra comunidad. Zacarías el platero, un hombre piadoso y justo, y me trajo la nueva de que se había cumplido el deseo de nuestros hermanos en Roma. Mientras hablamos, hablábamos y nos esforzamos desorientados, él obró en silencio y realizó lo que los sabios y los más sabios creían imposible. ¡Habla Zacarías e informa! En una fila trasera levantóse indeciso un delicado hombre giboso de baja estatura, tímido y avergonzado porque todos lo miraban curiosos. Inclinó la frente para disimular su rubor, pues, simple trabajador y siempre ocupado en silencio, temía la oratoria y el ser escuchado. Tosió repetidas veces y se mantuvo su voz débil como la de un niño: -No me alabéis, Rabbi -cuchicheó-, no es mío el mérito. Dios me alivió la tarea.

Desde hace treinta años me estima el tesorero; desde hace treinta años de trabajo día a día, y cuando hace pocos años, el pueblo se alzó contra el emperador y saqueó e incendió las casas de los cortesanos, lo oculté por tres días, juntamente con su mujer e hijos, en mi casa hasta que había pasado el peligro. Sabía yo, pues, que me concedería cualquier pedido, pero nunca le había hecho ninguno.

Mas, al saber ahora que Benjamín estaba en camino, le rogué por primera vez, y fue al emperador para anunciarle que venía un grande y secreto mensaje para él de allende el mar.

Y Dios quiso que sus palabras tuviesen fuerza y que el emperador le complaciera. Mañana se permitirá a Benjamín y al Rabbi la entrada al Chalké, la sala de audiencia del emperador, Zacarías volvió a sentarse tranquilo y huraño. Todos callaron y se estremecieron.

Pues ya era un milagro inaudito el que se permitiese a un judío colocarse frente al inaccesible. Sus almas temblaron, sus ojos se agrandaron y el mensaje de la gracia aleteaba sobre su silencio respetuoso. Pero como un herido gimió Benjamín: -¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Qué carga me imponéis! Mi corazón está extenuado y no hablo.

el lenguaje extraño. ¿Cómo he de presentarme, precisamente yo, ante el emperador? Sólo he sido llamado para testigo, para contemplar el candelabro, no para tocarlo y conquistarlo.

¡No me elijáis a mi! Que hable otro; yo soy demasiado viejo, demasiado débil.

Todos se espantaron. Estaba preparado un milagro y ahora se negaba el llamado a realizarlo. Pero mientras aun reflexionaban recelosos de qué modo se pudiera persuadir al apocado, levantóse Zacarías otra vez silencioso de su asiento.

Otra era entonces su voz, resuelta, y firme: -No, tú debes ir, nadie más que tú. Era poco mi trabajo y, sin embargo, sólo por ti y por ningún otro pensaba realizarlo. Pues yo sé que hay uno entre nosotros, eres tú el que puede llevar la paz al candelabro.

Benjamín, lo miró de hito en hito: -¿Cómo puedes saber tú eso? Pero Zacarías repitió sereno y decidido: -Lo sé, y lo sé desde hace mucho tiempo.

Si uno hay, capaz de devolver la quietud al candelabro, ése eres tú.

El alma de Benjamín vaciló ante tanta firmeza. Contempló a Zacarías quien le miró refirmativo y sonriente, y de repente le pareció haber visto antes ya sus ojos. El otro también parecía sentir algo de ese reconocimiento, pues se aclaró su sonrisa y habló casi confidencialmente, por encima de los demás: -¿Recuerdas aquella noche? ¿Recuerdas uno que en aquel entonces iba con la comunidad: Hyrcanos ben Hillel? Entonces sonrió también Benjamín.

-¿Cómo no he de recordarlo? Aun tengo presente cada palabra y cada sombra de aquella noche bendita.

Zacarías prosiguió: -Yo soy hijo de su nieto. Todos somos y seremos plateros, y donde haya un emperador o un rey que tenga joyas y oro y que busque quien les dé forma y las avalúe, elige a uno de nuestra familia. Hyrcanos ben Hillel cuidó en Roma del candelabro durante su cautiverio, y todos los de su estirpe, dondequiera nos encontremos, esperamos desde entonces la hora de verlo regresar a otro tesoro para ser guardado, pues donde hay tesoros, estamos nosotros para apreciarlos y formarlos.

Pero el padre de mi padre me dijo a mí, que después de aquella noche en que fue destrozado tu brazo, Rabbi Eliéser, el puro y claro, anunció refiriéndose a ti, lo que tu mismo ignorabas por niño: "Su acción y su dolor deben tener un sentido. Si alguno rescatará el candelabro, será él".

Todos temblaban. Benjamin inclinó la cabeza, conmovido, y dijo: Nadie ha sido más bondadoso conmigo que Rabbi Eliéser en aquella noche, y me es santa su palabra. Perdonad la pusilanimidad de mi corazón. Una vez, de niño, fui valiente también, sólo el tiempo y la vejez han hecho de mí un tímido.

Pero una vez más os ruego a todos: ¡No esperéis milagro alguno de mí! Si deseáis que vaya hasta el que retiene al candelabro, lo probaré, pues guay del que se niega al piadoso ensayo! Yo mismo carezco del poder de la persuasión y de la oratoria, pero acaso Dios me dispone la palabra adecuada.

Había una inflexión decreciente en la voz de Benjamín, y su cabeza se inclinó profundamente bajo la carga del llamamiento. Sólo lo pidió muy bajito: -Perdonad que os deje ahora. Soy un hombre viejo y cansado del día y del viaje.

Permitid que me retire a descansar.

Todos lo dejaron pasar respetuosos. Uno solo, su acompañante, Joaquín el indomable, no consiguió retener la impaciencia y preguntó mientras acostaba al anciano sobre el lecho preparado.

-¿Pero qué le dirás mañana al emperador? El anciano no levantó la mirada y sólo murmuró como hablando consigo mismo: -No lo sé, ni lo quiero saber y pensar. No tengo valor. Todo tiene que venir de Él.

Los judíos en Pera quedaron aquella noche, reunidos largo tiempo aún. Ninguno consiguió dormir, incesantes hablaban y deliberaban, con ojos ardientes, más que despiertos. Jamás se habían sentido tan cerca del prodigio. ¿Y si en verdad terminase ahora la dispersión, la cruel miseria del éxodo, el eterno ser perseguidos y pisoteados, el temor diario y nocturno de la próxima hora, del día siguiente? ¿Y si en verdad ese anciano que acababa de estar de cuerpo entero entre ellos, fuera el enviado, uno de los maestros como en otros tiempo habían surgido del medio de este pueblo y que supieron guiar el corazón de los reyes hacia la justicia? Dicha inimaginable, merced increíble, poder reconducir los objetos sagrados, reconstruir el templo y vivir en su sombra. Hablaron de ello como embriagados durante toda la larga noche confusa, y su confianza fue más y más ardiente.

Habían olvidado la advertencia del viejo de que no debían esperar milagro alguno de él, pues como judíos no habían aprendido otra cosa de sus libros que confiar en los prodigios de Dios, ¿y cómo habían de vivir los expulsados y oprimidos por eterna persecución, sino gracias a esa infinita espera de la redención?, y cuanto más se acortaba, tanto más larga les parecía la noche hasta el próximo día y ya no lograron sujetar sus corazones; miraron sin cesar el reloj de arena que para ellos corría demasiado lento y perezoso. A cada momento iba uno hasta la ventana, y siempre de nuevo salía el uno o el otro a la callejuela para mirar si no brillaba, al fin, la aurora en el linde del mar obscurecido, y si no se encendía el día con su propio corazón ardiente.

Mucho trabajo le costó al rabino refrenar a la colectividad que de ordinario le obedecía tan voluntariosa. Pues todos querían ir a pasar ese día a Bizancio, acompañar a Benjamín y esperar frente al palacio mientras él hablaría con el emperador, el soberano del mundo, para estar más cercanos y participar más con el propio cuerpo del milagro. Pero el superior les aconsejó severo que era peligroso aparecer en un cortejo cerrado o en gran masa llamativa ante el palacio imperial, pues el pueblo les era adverso, siempre y en todas partes les resultaba peligroso a los judíos el causar sensación. Sólo por medio de serias amenazas pudo obligarlos a permanecer reunidos en el oratorio de Pera y a rezar, invisibles para los demás, al invisible, mientras Benjamín era llevado a la presencia del gran monarca; y así oraron y ayunaron ese día entero. Rezaba cada cual con tal fervor y fuerza como si las nostalgias de todos los judíos del mundo estuviese encerrada en el pequeño corazón de cada uno, y su sentido permaneció cerrado a todo otro pensamiento del mundo que no fuera éste; que aquél logre obrar el prodigio y que se liberte al pueblo graciosamente de la maldición del exilio.

Era cerca del mediodía, la hora prescrita, cuando Benjamín cruzó con el rabino de la colectividad la amplia plaza cuadrada rodeada de columnas, delante del palacio de Agustina. Detrás de ellos llevaba Joaquín, el fuerte y robusto, sobre los hombros, una pesada carga cubierta. Prontamente, serenos y tranquilos, marcharon los dos ancianos, ataviados de sencilla vestimenta oscura, hacia la puerta de bronce de la Chalké, que formaba la entrada a la fastuosa sala del trono del emperador de Bizancio. Pero tuvieron que esperar en el vestíbulo hasta mucho después de la hora fijada, pues era costumbre deliberada de la corte bizantina hacer aguardar interminablemente a los enviados postulantes a fin de que la espera les enseñe interiormente a apreciar la extraordinaria gracia que significa poder ver el rostro del más poderoso de la Tierra. Se dejó a los dos ancianos estar de pie indiferentemente una, dos, tres horas, sobre el frío mármol, sin ofrecerles un taburete o una silla. Pasaron delante de ellos en displicente actividad los cortesanos y grasos eunucos, los guardias de la corte y servidores vestidos con ropas de colores brillantes pero nadie se cuidaba de ellos, nadie les hablaba o miraba, mientras desde las paredes los contemplaban, multicolores y fríos, los mosaicos eternamente iguales y mientras sobre sus cabezas, la cúpula que descansaba sobre columnas, mezclaba su oro exuberante cada vez más rojo con los rayos del sol. Mas Benjamín y el superior de la comunidad esperaban pacientes y tranquilos. Como ancianos, sabían aguardar. Había corrido demasiado tiempo junto a ellos para que aun asignasen valor a una hora o dos. Sólo Joaquín, el joven e inquieto, miraba curioso a todo el que iba y venía, y en su impaciencia contaba y recontaba las piedras de los mosaicos para abreviar el tiempo insoportablemente lento.

Por fin, cuando el sol ya bajó del cenit, se les acercó el praepositus sacri cubiculi, y les instruyó en las costumbres que la ley escrita de la corte reclamaba inexorable de todos los que gozaban del privilegio de pasar a la presencia del emperador. En cuanto se abría la puerta, les enseñó, debían adelantar veinte pasos con la cabeza baja hasta el lugar marcado por una veta blanca en el mármol, y de ahí no debían pasar a fin de que su hálito no se mezclase con el del emperador. Y antes de que pudiesen atreverse a levantar la mirada al Autócrata, debían prosternarse tres veces, separando grandemente los brazos y las piernas, Sólo entonces les era permitido acercarse a las gradas porfídicas del trono para besar la cola purpúrea, colgante del atavío del Basileus.

-No -protestó Joaquín airado, mas en voz baja- sólo nos podemos prosternar ante Dios, mas no ante hombre alguno Yo no lo haré.

-¡Calla! -replicó severo Benjamín-, ¿Por qué no he de besar la tierra? ¿No la creó el mismo Dios? Y aunque fuera un mal inclinarse delante de un hombre, también nos es permitido hacer el mal por lo más sagrado.

En ese instante se abrió la puerta marfilina de la sala de audiencias. Salió una embajada caucásica que había venido para rendir homenaje al emperador.

La puerta se cerró sigilosa detrás de ella, pero los extranjeros permanecieron aún confusos, con sus gorras de piel y su vestimenta de terciopelo En sus rostros se reflejaba un gran desconcierto; a lo que parecía, Justiniano les había insultado dura y soberbiamente porque sólo le ofrecían alianza, en nombre de su pueblo en lugar de la total sumisión.

Joaquín miró fijamente a los extraños y su rara vestimenta, pero ya le ordenó el praepositus que cargase sobre su espalda el fardo cubierto, y al mismo tiempo recordó a los demás, que le siguiesen en todo con suma exactitud. Luego golpeó. despacio, con su bastón de oro la puerta marfilina, produciendo un muy fino sonido vibrante. La puerta se abrió silenciosa hacia adentro, y entonces penetraron los tres, a quienes se unía a una señal del praepositus, un intérprete, a la espaciosa sala del trono del emperador de Bizancio, el consistorion.

Desde la puerta hasta el centro del enorme espacio formaba una doble fila de soldados que habían de atravesar, una hilera inmóvil vestida de rojo, cada soldado con la espada ceñida, en la cabeza un yelmo dorado con gigantesca cola roja, en la mano una larga lanza y sobre los hombros la tremenda azada de doble filo.

Así como en una muralla las piedras están dispuestas en línea plana, todas iguales, bien ensambladas, así permanecía tiesa esa espaldera de hombres en inmóvil rectitud, y detrás de ellos quedaban, igualmente pétreos, los jefes de los cohortes que mantenían impasibles sus pendones. Lentamente atravesaron los tres y el intérprete esa inmóvil pared de hombres sin aliento, de ojos fijos como sus cuerpos y de los que ninguno los miraba; silenciosos adelantaron en medio del silencio hacia el fondo del espacio, donde, a lo que parecía -pues aun no les era permitido levantar la vista- los aguardaba el emperador. Pero el praepositus que se les adelantaba con el bastón dorado en alto, se quedó ahora parado, y cuando entonces alzaron la vista, según se les autorizaba, hacia el trono imperial, no había allá trono ni emperador. Una cortina de seda tendida a todo ancho de la sala, atajaba su vista.

Los tres quedaron inactivos y miraron sorprendidos la defensiva pared de color.

En eso alzó el maestro de ceremonias de nuevo el bastón. Y he aquí que, tirada por cordones invisibles, se abrió la cortina crepitante y al fondo levantábase sobre gradas de pórfido, el trono sembrado de piedras preciosas sobre el que estaba sentado el Basileus a la sombra de una cúpula de oro. Estaba sentado tieso, más su propio retrato que él mismo, un hombre grueso e impresionante, y su frente desaparecía bajo la brillante aura de la corona que irradiaba como una aureola alrededor de su cabeza. Igualmente entumecidos como imágenes, formaban en su torno un círculo ahondado los guardias de túnicas blancas, yelmos dorados, con cadenas de oro al cuello, y delante de ellos, por separado, vistiendo amplias vestiduras de seda púrpura, los senadores y dignatarios. Parecía que a todos se les había apagado el aliento, helado la miraba, y era visible el propósito de esa estudiada rigidez de hacer entumecer de respeto el corazón de todo el que por primera vez llegase hasta frente al rostro del señor del mundo.

Y en efecto, el rabino y Joaquín bajaron aterrados la vista como quien acaba de mirar inesperadamente al fuerte sol. Sólo Benjamín, el viejísimo, miró claro e imperturbable al emperador. Pues él solo había sobrevivido en su larga existencia a diez emperadores y señores de Roma; sabía por lo mismo, que bajo sus preciosas insignias y coronas, los emperadores eran hombres mortales que comían y bebían, se ensuciaban, dormían con mujeres y fallecían como los demás.

Su alma permaneció firme y no se estremeció. Levantó sereno la vista para leer en la mirada del monarca a quien se le encomendara dirigir un ruego.

Entonces sintió la espalda urgentemente tocada por el bastón de oro, y de inmediato recordó la costumbre requerida. Pese a lo difícil que les resultó a sus miembros endebles, tiróse al frío mármol del piso, apartando los brazos y las piernas; por tres veces acható la frente contra el suelo, y su enmarañada barba insensible. Luego se levantó ayudado por Joaquín, su acompañante, se adelantó con la nuca inclinada hasta las gradas y besó el borde de la púrpura del emperador.

El Basileus permaneció inmóvil. Su pupila estaba fija como una piedra verde, y no se movían el párpado ni la ceja. Miró duramente por encima del anciano, pues parecíale al emperador indiferente lo que sucedía a sus pies y cuáles eran los gusanos que se arrastraban hasta el ribete de sus trajes.

A una señal del maestro de ceremonias se habían retirado los tres y formaron una fila; sólo el intérprete estaba a un paso delante de ellos como su boca viviente.

De nuevo levantó el praepositus el bastón, Entonces comenzó a hablar el intérprete.

Que ese era un judío, dijo, venido a propósito en el nombre de los demás, residentes en Roma, para presentar el emperador del mundo el agradecimiento y la felicitación por haber vengado a Roma de los bandoleros y por haber libertado el mar y la tierra de esos malvados piratas. Y como habían sabido los judíos del mundo, el que pertenecía al emperador, que en su sabiduría pensaba el Basileus elevar una casa en honor la sagrada sabiduría, Hagia Sophia, una casa de Dios, que debía ser más esplendorosa y valiosa que todas las demás que hasta entonces se habían visto sobre la tierra, se sentían, a pesar de su pobreza, impelidos a contribuir con un óbolo a la santidad de la obra. Que su ofrenda era exigua comparada con la magnificencia del emperador, que era lo más grande y sagrado de cuanto poseían desde los tiempos remotos. Cuando sus antepasados abandonaron Jerusalén, habían llevado consigo, salvándola, una piedra del templo de Salomón. La traían ahora para que fuese colocada en los basamentos, a fin de que hubiera en la casa de Justiniano una parte y una bendición de la sagrada casa de Salomón.

A una indicación del praepositus, aproximó Joaquín la pesada piedra y la arrimó a los regalos que los enviados caucásicos habían amontonado a la izquierda del trono, pieles, marfil indostánico y cachemires bordados. Pero Justiniano no volvió su mirada al intérprete ni al obsequio. Vacuo y tedioso miró por encima de todos al vacío, y su labio se movió entonces sólo perezosamente y sonaba a disgustado y despreciativo: -Pregunta qué quieren El intérprete explicó en dolorido lenguaje que entre la magnífica presa traída por Belisario, se hallaba una pieza mísera, pero que le era singularmente cara a ese pueblo.

Pues el candelabro de siete brazos, que en otro tiempo los paganos arrastraban por mar y tierra, había sido robado del templo de Salomón, la casa de Dios de los judíos. Por eso, los judíos querían rogar e implorar al emperador que les conceda ese candelabro de su botín, y que estaban dispuestos a rescatar el valor de su oro por el doble y décuplo de su peso. No habría casa ni choza en que todos los judíos del mundo no agradecieran a diario en la oración al más bondadoso de todos los emperadores y no rogasen por la duración de su imperio.

El ojo de Basileus permaneció impasible. Malhumorado, replicó: -No deseo oración de no-cristianos. Pero, pregúntales qué hay con esa cosa y qué se proponen hacer con ella.

El intérprete miró a Benjamín mientras le tradujo esas palabras, y éste sintió un estremecimiento y un frío en sus miembros ante la dura mirada del emperador.

Sintió una resistencia y fue presa del pánico de, quizás, no poderla vencer.

Por eso alzó suplicante las manos: -¡Piensa, señor, que es el único de los objetos sagrados que le ha quedado a nuestro pueblo! ¡Han devastado nuestra ciudad, derribado nuestras murallas, destruido nuestro templo! Todo lo que amábamos, teníamos y reverenciábamos, ha desaparecido. Una sola cosa, ese candelabro, ha durado a través del tiempo.

Tiene mil años, más edad que todo lo que hay en la tierra, y desde hace siglos viaja sin patria, y no tendrá tranquilidad nuestro pueblo mientras él peregrine.

¡Señor, compadécete de nosotros! Este candelabro es el último de nuestros bienes, ¡devuélvenoslo! Piensa que Dios te ha elevado desde la profundidad a la altura y te ha hecho rico sobre todos, y aquél a quien El dio, ése también ha de dar: así lo quiere Dios.

Señor, ¿qué es para ti eso solo, qué significa el candelabro peregrino? ¡Señor, hazlo descansar y procúrale la paz ! El intérprete tradujo esas palabras con embellecimiento cortesano. El emperador escuchó indiferente. pero apenas oyó lo que Benjamín dijera de la profundidad de que Dios lo había elevado, se ensombreció su semblante, pues Justiniano no gustaba que se recordase que él, el divino, había nacido como hijo de pequeños labradores en una aldea de Tracia.

Frunció el entrecejo y ya se tendió el labio negativo.

Pero con el avío del temor que ya había notado Benjamín que la palabra rehusadora se formaba en el labio del emperador, y muy adentro de su corazón oyó ya el tremendo, el irrevocable no. Y ese temor lo animó, Le impelió como un puño interior y, olvidando la orden que prohibía traspasar la veta blanca de mármol, se acercó -todos se estremecieronhasta muy junto al trono, y sin que lo sintiera, se levantó su mano conjurando hacia el emperador: -¡Señor, está en juego tu imperio, tu ciudad! ¡No te envanezcas y no trates de retener lo que hasta ahora ninguno ha logrado conservar! También eran grandes Babilonia, Roma y Cartago y, sin embargo, han caído los templos que guardaban el candelabro y se han desplomado los muros que lo encerraban. El, sólo él permanecía intacto, y lo demás se convirtió en ruinas. El que trata de retenerlo, a ése le destroza el brazo, y aquél que lo arroja al desasosiego, será presa él mismo, de disensión. ¡Guay del que retiene lo que no le pertenece! Pues no habrá paz ante Dios antes de que no vuelva a su santo lugar lo que es consagrado. Señor, te prevengo: ¡Devuelve el candelabro! Todos quedaron atónitos. Nadie había comprendido las agitadas palabras.

Los dignatarios sólo habían observado con asombro que alguien se atrevía a lo que hasta entonces nadie había osado: acercarse en su excitación a la más próxima vecindad del emperador y arrancar al más poderoso de la tierra la palabra de la boca. Espantados miraron todos al viejísimo que estaba allá sacudido por el exceso de su dolor, con lágrimas en la barba y con ojos relampagueantes de ira.

Muy detrás suyo se agazapó, luego de haberse retirado, el rabino; habíase apartado el intérprete, y seguía completamente solo y próximo, frente a frente, Benjamín ante el Basileus.

Justiniano había despertado de su rigidez. Midió con mirada insegura al anciano ebrio de ira, y con otra impaciente, luego, al intérprete para que le tradujese las palabras. El intérprete lo hizo con prudente atenuación. Pidió al emperador que en su bondad perdonase al anciano lo indebido, ya que sólo lo confundía su preocupación por el bien del imperio.

Quería avisar lealmente al emperador de que Dios había depositado una terrible maldición sobre aquel objeto.

Traía desgracia a quienes lo guardaban, y cada ciudadano que lo albergaba, sucumbía ante el enemigo. Consideraba el viejo, por lo mismo, de su deber avisar al emperador e invitarlo a que deshiciera la maldición de ese objeto, restituyéndolo al lugar de su origen, a Jerusalén.

Justiniano escuchaba con la frente tensa: Llenábale de indignación la temeridad de ese viejo judío descomedido que levantaba la voz y el puño en su presencia.

Pero al mismo tiempo despertó en él una inquietud. Pues como descendiente de campesinos, era supersticioso, y como todo hijo de la suerte temía mucho todo embrujo y presagio. Calló un rato y reflexionó. Luego mandó secamente: -¡Sea! ¡Apártese esa cosa del botín y condúzcasela a Jerusalén! El anciano se estremeció al traducirle el intérprete esas palabras. La venturosa nueva cayó sobre él como un relámpago e iluminó su corazón. Ahora todo quedaba cumplido.

Había vivido para ese instante. Para ese momento lo había conservado Dios. Sin saberlo, sin sentirlo, levantó una mano, la sana, como si quisiera alzar su agradecimiento hasta Dios.

Pero Justiniano observó penetrantemente cómo se iluminaba de alegría el rostro del anciano. Le sobrevino un deseo perverso. No iría ese judío atrevido a vanagloriarse delante de su pueblo: "Yo determiné y vencí al emperador". Sonrió maligna y brevemente: -No te alegres antes de tiempo. Pues ese candelabro no pertenecerá a vosotros, los judíos, ni servirá a vuestro culto equivocado.

Y dirigiéndose a Eufemio, el obispo, que se hallaba a su diestra: -Cuando, al renovarse la luna, emprendas el viaje para bendecir la nueva iglesia en Jerusalén que donara Teodora, llévate ese candelabro. Pero no debe brillar sobre el altar, sino permanecer sin luces debajo del altar para que cualquiera vea bien a las claras cómo nuestra creencia está por encima de la de ellos y la verdad encima del error. Que se le conserve en la iglesia verdadera y no entre aquellos a quienes ha llegado Cristo y que no lo reconocieron.

El anciano se espantó. No había comprendido las palabras extrañas. Pero sentía la sonrisa perversa alrededor de la boca del emperador, y notó que ordenaba algo que le era hostil. Quiso tirarse otra vez al suelo, suplicante, para que cambiase de opinión. Pero ya Justiniano había mirado al praepositus. Este levantó el bastón y cerráronse rumorosas cortinas: desaparecieron el emperador y el trono, y quedó terminada la audiencia.

Aturdido se hallaba el viejo ante la pared cerrada. Entonces le tocó el maestro de ceremonias desde atrás el hombro, en señal de que debía alejarse. Apoyado en Joaquín, se retiró el anciano, de pie inseguro, con la mirada ensombrecida.

Sintió que por segunda vez le rechazaba Dios cuando lo sagrado se hallaba ya casi en sus manos. De nuevo había dejado escapar el momento. Y otra vez pertenecía el candelabro a los dueños de la fuerza.

A los pocos pasos de haber salido del palacio imperial, empezó Benjamín, el de nuevo amargamente probado, a vacilar de repente. El superior y Joaquín tuvieron que sostener al tambaleante anciano con toda su fuerza. Lo llevaron a una casa próxima y lo acostaron.

Estaba apagado el color de su faz, con los ojos cerrados estaba tendido el viejo y ya creían que la muerte lo abrazaba, pues sus manos exangües colgaban inertes, y cuando el rabino palpaba temeroso el corazón, sólo latía a largos intervalos y débilmente. El anciano permaneció horas y horas completamente insensible, como si con aquel llamado vano al emperador hubiera salido de su cuerpo el resto de sus fuerzas; mas de repente -ya caían las sombras de la tarde- se enderezó ante igual asombro de ambos, y los miró fijamente con extraña mirada, como quien vuelve del más allá. Pero luego, reconociéndolos, ordenó ante su renovada sorpresa, con arrebatada precipitación, que lo llevasen inmediatamente al oratorio de Pera, porque deseaba despedirse de la comunidad. En vano le aconsejaron los dos que descansase más y cuidase de su cuerpo: el anciano insistió tercamente en su mandato y hubieron de complacerle.

Lo llevaron en andas hasta un bote, y en el bote hasta Pera. Se dejó llevar como dormido, la mirada vacía y la boca cerrada.

En tanto, los judíos de Pera, hacía tiempo ya que se enteraron de la sentencia y orden del emperador. Pero había sido demasiado grande ante su seguridad del milagro como para que pudiesen regocijarse del autorizado retorno del candelabro.

Era mucho demasiado pequeño ese solo cumplimiento, para la fatal demasía de su esperanza. ¿Pues no había de encerrar nuevamente un templo extraño a la Menorah, y ellos mismos, no debían seguir errando y pereciendo en el destierro y el extranjero? No, no era el candelabro por el que se preocupaban, sino por su propio destino. Estaban sentados como vencidos, abatidos y llenos de oculto encono. Oh, siempre engañaba la promesa; desatinado el que la creía, y los milagros gloriosamente registrados en la Sagrada Escritura y bellos en el cielo de la lontananza, sólo irradiaban desde los días cercanos de Dios como nubes de fuego, pero nunca volvieron a bajarse hasta su vida diaria. Dios se olvidaba de su pueblo, dejó a los que otrora eligiera, indiferentemente, solos en su aflicción y angustia. No despertó más profetas que hablaban en su nombre; era insensato, pues, creer en signos inseguros y esperar milagros y cambios. Los judíos en el oratorio de Pera no oraban más, no seguían ayunando. Permanecían indolentes en los rincones y masticaban con labios amargados panes con cebolla. Y ahora, que la espera del milagro no iluminaba más sus miradas y no resplandecía más en sus frentes, volvieron a ser los pequeños, míseros hombres, que habían sido antes, judíos pobres y oprimidos, y sus pensamientos que acababan de erguirse grandes y potentes hacia Dios, eran de nuevo estrechos y menudos como su vida diaria. Rezongaban y calculaban y se quejaban unos a otros, porque habían hecho el largo y costoso viaje. Y les pesaban los vestidos buenos que habían gastado en el camino. Los negocios que habían dejado escapar y el tiempo que habían perdido. Temían de antemano regresar a la burla de los incrédulos y la discordia y disputa de las mujeres que les aguardaban. Y como el corazón del hombre siempre se torna más furioso contra aquél que primero lo animara y luego lo rechaza, desengañado, a la propia estrechez, acumularon todos su oscuro rencor contra los hermanos romanos y contra Benjamín, su falso mensajero; en verdad no era sino un amargamente probado a quien Dios no amaba, y emanaba de él amargura. Cuando Marnefesh -era ya casi de noche- llegó por fin al oratorio, demostráronle claramente su sentimiento indignado. No se levantaron, como antes, respetuosos, a su llegada, ni le saludaron; apartaron ex profeso su mirada: ¡Qué les importaba el viejo judío de Roma! Era tan impotente como todos ellos, y Dios se fijaba tan poco en él como en su propio sino agobiado.

Benjamín advirtió de inmediato lo irritante de ese silencio, sintió la cenagosa inquina sorda de los que callaban apartando la vista. Vio, afligido, cómo las miradas le huían bajo las frentes oblicuas, y la desilusión de los demás le afectó como una culpa propia. Rogó al superior que advirtiese a los demás que tenía aún una palabra que decir a la comunidad, y el superior hizo según su voluntad.

Contrariados y a disgusto, alzábanse las cabezas masticantes. ¿Qué podía decirles todavía el extraño, el de la falsa promesa? Y, sin embargo, apoderóse de ellos la compasión, cuando vieron al archiviejo que, apoyado en el bastón, se levantó fatigoso de su asiento; no se enderezó del todo, sino que se quedó inclinado, como encorvado, el de más edad entre todos ante su enmudecer. Esfuerzo costóle hablar: -He venido otra vez, hermanos, para despedirme de vosotros. Y también para humillarme delante vuestro, pues a pesar mío cargué un peso sobre vuestras almas. Bien sabéis que fui a disgusto al emperador, pero, ¿cómo me lo reclamasteis? Cuando niño aún, me llevaron los viejos de ese modo a su peregrinación, arrancaron del sueño al que no sabía y no quería, y siempre decían y presagiaban que era el sentido de mi vida rescatar el candelabro. Creedme, hermanos, es terrible ser uno a quien Dios llama siempre y no escucha nunca, a quien atrae con signos que jamás cumple. Sería mejor que tal ser permanezca siempre en la penumbra y que nadie lo vea ni oiga. Por eso os ruego: ¡Perdonádme y olvidadme y no preguntéis por mí! No nombréis más al que era el equivocado. Y esperad con gran paciencia hasta que por fin surja el que en verdad libertará al pueblo y al candelabro.

Tres veces inclinóse el anciano ante la comunidad como un culpable que reconoce su falta. Tres veces golpeó el pecho con su débil mano izquierda -la otra, la destrozada, colgaba inanimada y vacía- luego se enderezó y atravesó el espacio hasta la puerta, Nadie se movía, nadie le contestó. Sólo Joaquín recordando su deber de apoyar al anciano, corrió tras suyo hasta el umbral. Pero Benjamín lo apartó perentoriamente: -Regresa a Roma y si preguntan por mi, diles que Benjamín Marnefesh no está más y que no ha sido el señalado. Que olviden mi nombre y no recen ninguna plegaria de mi recordación. Quiero estar muerto por encima de mi muerte y perdido de la memoria de los hombres. Pero tú, ¡vete en paz, y no te preocupes más por mí! Obediente se quedó Joaquín en el umbral. Lo miró intranquilo y se sorprendió de que el anciano, penosamente apoyado en su bastón, marchase torpe por la extraña calleja angosta en dirección al camino que ascendía a las colinas. Pero no se atrevió a seguirle, y, por eso; sólo miraba fijamente hasta que la encorvada figura se perdía del todo en la sombra.

Aquella noche, a los ochenta y ocho años de edad, disputaba Benjamín, que siempre había sido tranquilo y resignado, por primera vez con Dios. Con el corazón apretado había atravesado las estrechas callejuelas angulosas de Pera, sin saber él mismo adónde se dirigía.

Solo deseaba huir con su vergüenza ardiente por haber despertado en el pueblo esperanzas excesivas. Quería esconderse en un perdido rincón cualquiera, donde nadie le conociese y donde pudiera morir como un animal en agonía. "No era mi culpa" se repetía de continuo murmurando, "¿por qué me cargaron a mí la expectación del milagro? ¿Por qué me buscaban, por qué me tentaron?" Pero no le calmó su propio consuelo, y el temor de que alguien pudiese seguirle, le arrojaba más y más lejos. Hacía rato ya que se cansaban sus pies y temblaban sus rodillas enclenques. El sudor surcaba la frente arrugada y le corría salado y amargo por los labios y la barba. El corazón atormentado martillaba violentamente el pecho dolorido, pero como un perseguido trepaba el viejo, apoyado en su bastón, el camino escarpado que conducía del enjambre de casas hasta las colinas y el campo abierto.

¡Con sólo no ver más hombres y no ser visto por nadie! ¡Estar lejos de casas y hogares, perdido para siempre, olvidado, y libre, por fin, de la eterna ilusión de la salvación! Así llegó el anciano tambaleante -se arrastraba como un beodo- por fin a la altura, el paisaje quebrado sobre la ciudad y allá, en el vacío, apoyado en un pino que daba sombra y que (él lo ignoraba), hacía guardia a una tumba, se detuvo con el corazón que se paraba, y respiró. La noche meridional brillaba límpida, claro tendíase el mar de plata escamada, un pez enorme y retorcido como una víbora parecía el cercano arco del "Cuerno de Oro". Del otro lado de la bahía dormía Bizancio en la blanca luz de la luna, con sus cúpulas y torres resplandecientes.

Sólo de tarde en tarde refulgía una luz en el puerto, pues había pasado mucho ya la medianoche y no quedaba despierto ya sonido alguno del trajinar terreno.

Pero arriba pasaba el viento con ligero sonido por los viñedos, y cada vez se desprendían hojas mustias de las vides cosechadas y revoloteaban despacio y silenciosas hasta caer al suelo. Cerca de allí debía haber, en alguna parte, lagares o depósitos, pues cuando cesaba el viento, sentíase un olor harto y agrillo, olor de fugacidad; y con las ventanas de la nariz temblorosas aspiraba el anciano, cansado, el húmedo vaho pútrido: ¡Oh, hacerse él mismo polvo, oh, caer él mismo como esas hojas revoloteantes, irse y perecer! ¡Oh, no tener que volver, no tener que estar de nuevo en tensión y martirizarse, quedar finalmente libre de la propia carga! Y cuando entonces el silencio lo agobió poderosamente y tuvo la certeza de su soledad, vencióle un indómito anhelo de tranquilidad eterna, y en medio del silencio elevó su voz a Dios, mitad acusando, mitad orando: "¡Señor, quiero morir! ¿Para qué sigo viendo, inútil para mí mismo y burla y carga para los demás? ¿Por qué me conservas sabiendo que no lo deseo más? He engendrado hijos, siete, varoniles y sedientos de vida cada uno y, sin embargo, eché yo, el padre, tierra sobre sus siete sepulcros. Me habías dado un nieto, juvenil y claro, ignorante aún del goce de las mujeres y de la dulzura de la vida, pero los herejes lo golpearon duramente; no quiso morir, no, morir no: durante cuatro días luchó herido contra la muerte, y no obstante, tú lo tomaste a ese que quería vivir, y a mí, que me estremezco del goce y del deseo de morir, a mí me rechazas.

¡Señor! ¿Qué quieres de mí que no quiere y que se defiende? Niño aún, ya me arrancaron, y yo seguí obediente, mas he desilusionado a los que creían en mí y los signos eran traición.

¡Señor, haz que termine! Me desanimé, échame, pues. He vivido ochenta y ocho años, ochenta y ocho años he esperado en vano que hubiera un sentido en mi duración, y que surgiera una acción de mi fidelidad hacia Ti. ¡Pero ahora estoy cansado, Señor, no quiero, no puedo más! ¡Señor, haz un final! Señor, déjame morir!" En alta voz rogaba y rezaba el viejo, anhelante elevó la mirada hacia el cielo que brillaba apasionado con sus estrellas y resplandecía con la luz desparramada por las mismas. Así permanecía y esperaba el anciano si Dios le replicaba por primera vez.

Esperaba paciente y poco a poco se le caía la mano que había alzado recientemente, y cayó sobre él un cansancio, un cansancio infinito. De pronto sintió un azul aturdimiento en las sienes y al mismo tiempo un dolor y una inseguridad en el pie y en la rodilla; sin que lo quisiera o supiera, cayó en dulce desmayo y se dejó caer pesado y liviano al mismo tiempo, como si se hubiera desangrado. Pero percibió esa debilidad como un goce. "Esa es la muerte", pensó agradecido, "Dios me escuchó", y devoto y tranquilo posó la cabeza sobre la tierra que otoñalmente olía a cosa perecedera. "Debía haberme puesto la chamarreta mortuoria", recordó aún vagamente, pero ya estaba demasiado cansado, y sólo se envolvió más estrechamente, inconsciente, en su manto. Luego cerró los ojos y esperó con confianza a la muerte solicitada.

Pero no llegó hasta Benjamín, el amargamente probado, la muerte en aquella noche.

Sólo abrazó suave y estrechamente un sueño el cuerpo cansado Y le llenó la mirada interior con imágenes y visiones.

Este era el sueño que soñó Benjamín en aquella noche de su última prueba: Volvió a caminar a tientas y fugitivo en ese sueño por las estrechas, sordas, obscurecidas callejuelas de Pera; su oscuridad era más profunda aún que antes, y era negro y cubierto el cielo sobre las alturas y las cimas. Y hasta en el sueño volvió a estremecerse, y su corazón golpeaba fuertemente contra el pecho cuando oía pasos tras de sí, y otra vez era presa del temor, como antes, de que alguno pudiera seguirle, y nuevamente huía. Pero quedaban los pasos, delante suyo, detrás y ahora también en todas partes del pesado, vacío y negro campo. No podía ver quiénes eran los que caminaban a su derecha e izquierda, delante y detrás suyo, pero debían de ser muchos, un tropel de gente, un gran tropel caminando; distinguía los pesados pasos de hombres y los más livianos con tintineo de presillas de las mujeres, y el pie casi alado de los niños. Debía de ser un pueblo entero el que cruzaba la metálica noche sin luna, y un pueblo triste, abatido.

Pues continuamente salían su sus filas invisibles, sordos quejidos, murmullos y gritos, y él sintió que de buen seguro ya caminaban así desde tiempos inmemoriales, cansados desde hacía mucho ya de la obligada peregrinación y de la ignorancia de la meta. "¿Quién es este pueblo perdido?", oyóse preguntar a sí mismo.

"¿Por qué está cubierto el cielo para él, precisamente para él? ¿Por qué se le niega a él, a él solo, un descanso?" Pero no sospechó en su sueño quiénes eran esos caminantes y, no obstante, se adueño fraternalmente de él la compasión; más que la sonora queja afligíanle las lágrimas, el anhelo y los gemidos en el espacio invisible. E inconsciente, murmuró: "No se puede ir eternamente así, siempre en la penumbra y desconociendo el camino. Ningún pueblo puede vivir así, sin hogar y meta, caminando y sin patria y rodeado eternamente de peligros.

Habría que encenderle una luz, señalarle un camino, de lo contrario se amilanaría y se apagaría ese pueblo atosigado y perdido. Alguno habría de conducirlo y llevarlo e iluminar su camino. Habría que encontrar una luz, una luz es lo que necesita".

Le ardían los ojos de dolor, tal era la compasión que sintió por ese pueblo perdido que atravesaba la silenciosa noche acechadora. quejándose en voz baja, y desalentado ya. Pero cuando midió desesperado la lejanía, parecía que en el extremo borde de lo que alcanzaba su vista brillaba ya una débil claridad, una pequeña, una mínima señal de luz, una chispita o dos nada más, inseguras como fuegos fatuos en la oscuridad. "Hay que seguirle", murmuró, "aunque sea un fuego fatuo. Quizás en el fuego pequeño pueda encenderse otro grande. Hay que ir a buscarla, la luz". Y en el sueño olvidó Benjamín que sus miembros eran viejos y decrépitos. Como un niño, ágil y alado, corrió con pie ligero para agarrar la luz. Se abrió camino, violentamente, entre la masa descontenta y sombría del pueblo que se apartó de él maliciosamente desconfiada. "Pero mirad la luz, la luz, allá lejos", les gritó consolador. Mas, con la frente inclinada y con el alma acongojada seguían, roncos y romos, los oprimidos; no la vieron, la luz lejana; quizás sus ojos ya estaban ciegos de lágrimas y sus corazones tullidos de la miseria demasiado corriente. Pero él notó clara y cada vez más clara la luz, siete chispas pequeñas. que estaban suspendidas en el aire una al lado de la otra, y ahora que corría y llegaba más cerca y cerca (ya retumbaba su corazón) reconoció que debía ser un candelabro, de siete brazos, que alimentaba y sostenía esas llamitas. Pero este candelabro -aun no lo vio- tampoco permanecía quieto, él también caminaba como aquellos que atravesaban la oscuridad. Misteriosamente perseguidos e impedidos por un mal viento y por eso no brillaban las llamas voladeras, quietas y derechas, por eso no iluminaron, sino que ondeaban inseguras y pequeñas, "Hay que agarrarlo. hay que hacerlo estarse quieto al candelabro", pensó en sueños, mientras su propia imagen soñada corría y corría, "pues cuán claramente brillaría si estuviera en paz y reposo. ¡Cómo florecería y obraría este pueblo probado, si tuviera una patria y descanso!" Corrió a ciegas, y era como un vuelo: cada vez se acercaba más al candelabro, ya vio el tallo dorado y los brazos levantados y en los siete capiteles de oro las siete llamas, cada una abatida por el viento que elevaba a ese candelabro impetuosamente por tierras y montes y mares. "¡Quédate!", gemía tras suyo. "El pueblo perece, necesita del consuelo de la luz. No puede ambular eternamente en las tinieblas". Pero el candelabro seguía perdiéndose más y más, y sus llamas fugitivas pestañeaban maliciosas y taimadas. Entonces el que corría fue presa de ira; reunió sus últimas fuerzas, su corazón golpeó como un martillo y con un salto alcanzó al fugitivo para agarrarlo con el puño. Ya sintió su mano fuertemente el frío metal, ya agarró, ya tenía el tronco pesado -cuando cayó potente un trueno y crujió dolorosamente el brazo deshecho. Y en el propio grito oyó millares de veces la queja vibrante del pueblo: "¡Perdido! ¡Perdido para siempre!" Pero he aquí que se apaciguó la tempestad y grande y recto flotaba de repente el candelabro y se detuvo en su vuelo. Quedó suspendido en el aire tan quieto y derecho como sobre un fundamento férreo. Sus siete llamas, abatidas hasta ahora por la fuga trémula del viento, se desplegaron doradas y empezaron a iluminar y a brillar. Alumbraron cada vez con más fuerza; paulatinamente aclaraba su brillo dorado a la profundidad. Y cuando el caído levantó la mirada confuso hacia aquellos que caminaban tras suyo en la oscuridad, ya no era noche en el mundo sin caminos y no estaba más el pueblo peregrino. Fértil y pacífico se extendía un país meridional, abrazado al mar, sombreado por montañas, y palmas y cedros se mezclan en una suave brisa, y florecía el vino y se doraban las mieses.

Pacían corderos y en ágil pie corría el corzo. Pacíficamente trabajaban los hombres en tierra patria, subían las aguas de las fuentes y conducían el arado, ordeñaban y rastrillaban y sembraban y rodeaban su casa con yedra y flores de todo color. Caminaban niños y cantaban y desde donde estaban los rebaños oíanse el caramillo de los pastores, y de noche brillaban sobre las casas dormidas las estrellas de la paz: "¿Qué país es éste?" se preguntó sorprendido el soñador en su sueño. "Y es este pueblo el mismo que antes caminaba en las tinieblas? ¿Encontró, por fin, reposo y llegó, por último, a su país?" Pero de nuevo alzóse el candelabro más y más alto, y su brillo iluminaba ahora como un sol los márgenes del cielo sobre el país de descanso. Unas montañas descubrían iluminadas su cima y en una de las colinas brillaba blanca con poderosas torres una ciudad, y sobre las torres surgía impresionante una gigantesca casa de piedra acantonada. Temblaba el corazón del dormido.

"Esto ha de ser Jerusalén y el templo", respiró agitadamente Pero entonces el candelabro ya flotaba más lejos hacia la ciudad y el templo. Las murallas lo dejaron penetrar como aguas que se apartan y ahora, que se cernía en el santísimo, resplandecía el edificio del templo como una jícara de alabastro: "Regresó", tembló el dormido en su sueño. "Alguno hizo lo que yo siempre anhelaba, alguien libertó el candelabro errabundo. Tengo que verlo con mis propios ojos, yo, el testigo. Una vez más quiero ver a la Menorah descansando en el sagrado hogar divino". Y he aquí que su deseo lo transportaba como una nube, se abrieron las puertas y él penetró al santísimo para contemplar al candelabro. Pero la luz era insoportablemente fuerte. Las siete llamas del candelabro echaban una lumbre blanca y su luz ardía tan dolorosamente en sus ojos que lanzó un grito en su sueño. Se despertó.

Benjamín había despertado de su sueño, pero aún seguía ardiendo dolorosamente en su ojo. Tuvo que bajar rápidamente los párpados para protegerse contra el candente choque de la luz, y aun entonces seguía la sangre agitándose purpúrea y brillante bajo los mismos.

Sólo cuando levantó la mano para hacer sombra, reconoció que era el sol que le iluminaba tan dolorosamente el rostro y que se había quedado dormido, en el lugar en que creía morir, desde el término de la noche hasta la aurora; sólo entonces le alcanzaba y le despertaba la luz a través del ramaje del árbol. Confuso pasaba Benjamín, alzándose fatigosamente agarrado al tronco, la vista a la profundidad. Y he aquí, tendido el mar infinito en su amplio azul tal como él lo había visto por primera vez siendo niño, y refulgente en mármol y piedra, Bizancio. El mundo le iluminaba con el color y el brillo de una mañana meridional ¡No, Dios no quiso que muriera!. Respetuoso se prosternó el anciano e inclinó la frente en la oración.

Cuando Benjamín hubo terminado su plegaria al que concede la vida y la mide de acuerdo a su voluntad y decisión, se sintió tocado delicadamente desde atrás. Era Zacarías el que estaba detrás suyo quien -Benjamín lo sospechó en seguida-, vigilaba desde hacía tiempo ya su sueño. Y antes de que el anciano pudiera dominar su sorpresa -pues, ¿cómo sabía aquél su camino y cómo encontró el lugar de su reposo?- cuchicheó Zacarías: -Desde la primera hora del día te buscaba. Y cuando en Pera me dijeron que habías caminado colinas arriba, durante la noche, no daba tregua hasta encontrarte.

Los demás se preocuparon grandemente por ti. Pero yo no me inquietaba.

Pues sé que Dios aun te desea. Mas, ahora ven a mi casa. Tengo un mensaje para ti.

-¿Qué mensaje? -iba a preguntar Benjamín. Yo "no quiero más mensajes", quería decir tercamente. "demasiadas veces me ha probado Dios". Pero aun ondeaban en sus adentros la comprobación del sueño y la luz que tan bienaventuradamente brillaba en aquel país de paz, y creyó reconocer en la mirada sonriente del amigo un suave reflejo de la misma. No se negó, pues, y bajaron los dos. Atravesaban la bahía en un bote y llegaron al cuadrado enmurado del palacio.

Los guardianes estaban severos ante las puertas del distrito imperial, pero, ante el renovado asombro de Benjamín, dejaron pasar libremente a Zacarías. "Mi taller", explicó, "está contiguo al tesoro en el que trabajo en secreto y a salvo de todo peligro para el emperador. Entra y que sea bendita tu venida. No temas a los demás: Estamos y nos quedamos solos".

Arrastrando los pies atravesaban los dos hombres el taller en cuya incierta penumbra relucían objetos artísticamente labrados. En un lugar oculto abrió el platero una pequeña puerta que conducía por unos peldaños hasta una pieza situada más atrás y en la que se dividían su vivienda y el lugar de su propio trabajo. Los postigos estaban cerrados y enrejados, las paredes desaparecían en la oscuridad completa, sólo en la mesa proyectaba la lámpara de trabajo con su pantalla un pequeño círculo dorado de luz economizada.

-¡Siéntate, querido! dijo Zacarías a su huésped-, debes de tener hambre y sueño.

Desocupó la mesa, trajo pan y vino y unos platos argentinos bellamente labrados en los que depositaba frutas, dátiles, nueces y almendras. Luego levantó un poco la pantalla de la lámpara. Se amplió el círculo de luz, inundó la mesa entera e iluminó las sarmentosas manos de Benjamín que estaban plegadas, como agotadas.

-¡Come! -le recomendó Zacarías; suave familiar parecía a Benjamín, el amargamente probado, esa extraña voz que le llegaba como un dulce viento de un lejano país. Se sirvió gustoso la fruta, rompió despacio el pan y con pequeños y silenciosos sorbos bebió el vino que resplandecía purpúreo en la luz. Estimaba el que se le dejara esperar en silencio y recogerse. Le gustaba que inmediatamente encima del circulo iluminado comenzase la oscuridad. Erale caro este hombre extraño y familiar como de los días de su niñez. A veces miraba tímida y contenidamente al que sentía frente suyo en las tinieblas con el liviano gesto de la preocupación delicada.

Zacarías sacó entonces del todo la pantalla de la lámpara como si hubiera sentido ese deseo de proximidad confidencial. La luz, hasta entonces oprimida sobre la mesa, se difundió claramente en el espacio entero. Por primera vez vio Benjamín de cerca al amigo que hasta entonces sólo conocía fugazmente, un cansado rostro delicado y enfermizo en que estaban grabadas innumerables arrugas como con un buril fino, un rostro de pena secreta y de una paciencia que obra en silencio. Y cuando aquél levantó la vista y miró francamente a los ojos que le contemplaban, comenzó a manar de sus pupilas un cálido resplandor: Zacarías le sonreía.

Esa sonrisa animó al anciano: -Cuán distinto eres conmigo de los demás. Todos se enojaron porque no realicé un milagro a pesar de que les había conjurado que no esperasen prodigios.

Sólo tú, que me abriste el camino al emperador, tú sólo no estás enojado. Y, sin embargo, ellos tienen razón cuando ahora se mofan de mí. ¿Por qué desperté esperanza, para qué vine? ¿Para qué vivo todavía si sólo es para ver cómo el candelabro viaja de nuevo y sigue huyéndonos? Pero Zacarías continuaba sonriéndole, y de esta fuerte y suave sonrisa emanaba consuelo: -¡No te subleves! Quizás era demasiado temprano y nuestro camino equivocado.

Pues, ¿a qué nos ha de servir el candelabro mientras el templo yace en ruinas y el pueblo peregrina en el exilio? Quizás quiere Dios que el destino del candelabro continúe siendo un secreto y no se manifieste al pueblo.

Benjamín sintió el consuelo. Las palabras caldeaban su corazón. Inclinó la cabeza y dijo como a sí mismo: -Perdona mi desaliento, pero mi vida se ha estrechado y está demasiado cerca ya de la muerte. He subsistido ochenta y ocho años; a esa edad el corazón ya no quiere esperar.

Desde que quise salvar el candelabro, siendo un niño, sólo vivía con un objeto: su retorno y liberación, y de año en año esperaba fiel y pacientemente.

Llegué a anciano: y ¿cómo pudiera seguir esperando y confiando? -No tienes que esperar más. Pronto todo estará cumplido.

Benjamín lo miró sorprendido. El corazón golpeó vehemente esperanza. Zacarías le sonrió más fuerte: -¿No adviertes que fui a llevarte un mensaje? -¿Qué mensaje? -El que esperas.

Benjamín se estremeció. De pronto temblaron, como un follaje trémulo en el viento, sus manos que recién aún descansaban fatigadas sobre la mesa.

-Tú crees... quieres decir, que podré volver al emperador para...

-No- eso no. Jamás retira lo que ha dicho. No nos devolverá la Menorah.

-¿A qué entonces mi permanencia, mi vida? ¿Para qué he de esperar aquí y lamentarme, una carga para los demás, y se aleja el sagrado símbolo y lo perdernos para siempre? Pero Zacarías sonrió todavía, y su sonrisa iluminó más y más fuerte su ojo y su boca: -El candelabro aún no se ha ido de nuestro lado.

-¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes afirmar eso? -Lo sé. Ten confianza en mí.

-¿Lo viste ? -Lo vi. Hace dos horas, nada más, aún permanecía encerrado en el tesoro.

-¿Pero ahora? ¿Se lo han llevado? -Aun no. Aun no.

-Mas ahora, ¿dónde está? Zacarías no contestó de inmediato. Dos veces temblaban ya, separados, los labios, pero no se abrió camino la palabra. Finalmente se inclinó más sobre la mesa y exhaló, tal como se susurra un secreto: -Aquí. Junto a mí. Junto a nosotros.

Benjamín se movió convulsivamente, como si alguien hubiera golpeado su corazón: -¿Junto a ti? -En mi casa.

-¿Aquí, en tu casa? -En esta casa. En esta pieza. Por eso te busqué.

Benjamín vibraba. Había algo en la quietud de ese hombre que le aturdía.

Sin que lo supiera, se habían juntado sus manos, y apenas perceptible susurró: -¿Aquí? ¿Cómo es posible eso? -Por muy extraño que te parezca, no es milagro alguno. Desde hace treinta años trabajo en este palacio como orfebre, y el tesoro no encierra pieza alguna que no hubieran traído primero a mi taller para que lo pese y aquilate. Y ahora, lo sé, me entregarán también todo lo que Belisario conquistara de los vándalos, para que lo aprecie según su valor y peso, y como primera prenda pedí el candelabro.

Ayer me lo trajeron los siervos del tesoro: tengo permiso para guardarlo siete días.

-¿Y luego ? -Luego lo llevará la nave.

Benjamín empalideció de nuevo. ¿Para qué llamarlo entonces? ¿Para que sea testigo una y otra vez de cómo el candelabro, el sagrado, estaba cercano y era robado siempre de nuevo? Pera significativamente le sonrió Zacarías: -Mas también me es permitido formar copias de todo lo valioso que contiene el tesoro imperial. Muchas veces, cuando en la cámara no figura sino una sola pieza, me exigen que haga otra igual, pues confían en mi mano. Labré la corona de Justiniano de acuerdo a la de Constantino, y para Teodora hice una diadema como otra igual llevaba en su tiempo Cleopatra. Y ahora solicité licencia para crear una copia del candelabro antes de que lo envíen a la nueva iglesia allende el mar, y hoy mismo iniciaré la labor. Ya están calentados los crisoles, y tengo preparado el oro; dentro de siete días estará terminado un candelabro nuevo, tan exactamente igual al nuestro que nadie podrá distinguir entre ellos, pues idéntico será éste a aquél en peso, en forma y aun en el adorno, y será igual el grano del oro.

Sólo que el uno será sagrado y el otro nada más que trabajo humano. Pero a partir de ahora será secreto de dos hombres solamente, tuyo y mío, cuál de los dos es el sagrado y cuál el otro, cuál el que nosotros mismos conservaremos piadosos, y cuál entregaremos a aquéllos para el viaje al extranjero.

Benjamín no sintió más el temblor en sus labios. La ola de la sangre pasaba de pronto suave y cálida por su cuerpo entero, el pecho se distendió, los ojos se aclararon y como un reflejo se dibujó la sonrisa del otro en su propio viejo rostro arrugado. Comprendió. Lo que él mismo había ensayado antes, lo realizaba ahora ese otro. Retomó el candelabro de los otros, devolviendo igual por igual en oro y peso y salvando únicamente lo sagrado. Pero no envidió a Zacarías la acción, cuya realización había sido hasta ahora objeto de su vida. Sólo dijo humildemente: -Alabado sea Dios. Ahora muero gustoso. Tú encontraste el camino que yo buscaba en balde. A mí Dios me llamó. A ti, te bendijo.

Pero Zacarías lo refutó.

-No. Si hay uno que restituye el candelabro a la patria, ese uno serás tú.

-Yo no. Yo soy un viejo. Puedo morir en el camino, y de nuevo caería en manos extrañas.

Pero Zacarías sonrió fuerte y decididamente: -No morirás. Ya sabes tú que no pasará tu vida antes de que se haya cumplido su sentido.

Benjamín recordó: la víspera aun deseaba morir y Dios le había negado el deseo. Quizá le esperaba aún en verdad una misión. Por eso no se resistió más, y dijo solamente: -No tengo voluntad contra su voluntad. Si Dios me elige verdaderamente, ¿cómo he de negarme? ¡Ve y empieza! Durante siete días permaneció cerrado el taller de Zacarías, el orfebre. Por siete días no pisó su pie la calle y no se abrió su casa a ningún llamado. Delante suyo estaba, en un andamio elevado, el candelabro eterno, quieto y magnífico, tal como otrora había estado delante del altar del Señor; en el horno se contraía, convulsivamente, con lenguas silenciosas el fuego, derritiendo el oro despedazado de anillos, presillas y monedas.

Benjamín no pronunció en estos siete días palabra alguna. Miraba cómo la masa hirviente se agitaba en el crisol, y cómo la que se echaba afluía sumisa en las formas preparadas y se endurecía enfriándose.

Cuando luego Zacarías, con cuidadosos golpes de espátula rompió la envoltura, ya pudo reconocer aproximadamente la forma del nuevo candelabro. Fuerte y erguida, salía la columna del sostén del basamento, y de ella partían los siete brazos combados hacia arriba como tallos del tronco. Formáronse claramente los cálices, destinados a sostener las luces, y la mano del orfebre que martillaba y limaba incansablemente, dibujaba más y más netamente en las superficies, planas aún, exactamente los mismos delicados ornamentos de flores que adornaban al candelabro sagrado. De un día a otro aumentaba la similitud entre el candelabro que se estaba haciendo y el milenario, la forma nueva y el santo original. Y finalmente, el séptimo día estaban uno frente al otro como hermanos gemelos, sin que se pudiera distinguir uno del otro, gracias a su absoluta igualdad en tamaño y color, medida y peso. Pero Zacarías comparaba una y otra vez incansable con su ojo experto, a los dos, y siempre entallaba y repujaba algo con el buril más fino y la lima más aguda en su obra amada. Finalmente dejó caer la mano. No quedaba diferencia alguna para poder acechar, y tan fielmente parecidos era uno al otro que, para no engañarse a sí mismo, Zacarías tomó por última vez el buril y marcó en el sombreado pistilo interior de una flor, una última señal para reconocer que éste era el candelabro nuevo, su obra propia, y no el del pueblo y del templo.

Hecho eso, dio un paso atrás, se quitó el delantal de cuero y se lavó las manos.

Después de siete días de labor volvió por primera vez a dirigir la palabra a Benjamín.

-Mi servicio ha terminado. Ahora empieza el tuyo. Toma nuestro candelabro y haz con él según tu mejor parecer.

Pero ante su asombro, lo rechazó Benjamín: -Tú has trabajado siete días, y siete días he pensado yo y consultado a mi corazón. Asaltóme un temor, y me pregunto si no es engaño lo que hacemos. Pues algo tomaste, y devuelves cosa distinta a aquello que te confiaron de buen grado. No, no es posible que retornemos el substituto y nos quedemos con el auténtico, que tomemos por sorpresa lo que no nos dan abiertamente. Dios no ama la fuerza, y cuando yo, de niño, alargué el puño hacia lo sagrado, me laceró el brazo. Pero yo sé que Dios no desprecia menos el engaño, y el que engaña y embauca, a ése lastima el alma.

Zacarías reflexionó: -¿Pero si el tesorero mismo elige entre los dos al que no es auténtico? Benjamín levantó la vista.

-El tesorero sabe que uno es viejo y otro nuevo, y si pregunta por el auténtico y verdadero, nosotros tenemos que darle ése. Pero si Dios dispone que él no pregunte y uno le signifique tanto como el otro, porque son iguales por su oro y peso, entonces, considero, no hemos cometido deslealtad alguna. Si él mismo decide y elige el tuyo, ello nos servirá de aviso. Pero que no sea nuestra la decisión.

Entonces envió Zacarías al siervo hasta la casa del tesorero, y éste llegó, un hombre afable y bonachón de pequeños ojos redondos que miraban penetrantes y expertos por encima de las mejillas rosadas. Tocó como conocedor en el vestíbulo ya dos bandejas de plata labrada que acababan de terminarse, las golpeó con el dedo y examinó su dibujo gracioso. Curioso levantó una detrás de la otra las piedras talladas de la mesa de trabajo.

contra la luz; tan juguetón y enamorado repasaba pieza por pieza, tanto las obras terminadas como las que tenía entre manos el orfebre. que Zacarías tuvo que advertirle que mirase por fin a los candelabros, el milenario y el recién creado, el original y la copia, que permanecían tranquilos y dorados uno al lado del otro sobre la mesa.

El tesorero se colocó interesado frente al par de candelabros. Se notaba que su goce de conocedor se sentía estimulado por reconocer en una falla mínima o en una desigualdad oculta cuál era el recién formado, y cuál el que pertenecía al botín. Daba vueltas cuidadosamente a uno y otro y los miraba de todos los lados, de manera que la luz caía siempre en otros ángulos sobre ellos. Comprobó su peso, arañó el oro, apartándose y acercándose de nuevo comparó y volvió a comparar con creciente atención su proporción intachable. Por último se inclinó muy cerca sobre las ranuras y fisuras delicadísimas acercando a los ojos un cristal tallado de los que aumentan. Pero no pudo encontrar diferencia alguna. Cansado, dejó las vanas comparaciones y golpeó el hombro de Zacarías: -Eres un maestro. Zacarías. y tú mismo un tesoro para nuestro tesoro. Por toda la eternidad nadie podrá distinguir cuál es el viejo y cuál el nuevo, tan firmemente obra tu mano. Magnífico, querido.

Y ya se dio vuelta displicentemente para examinar otra vez las piedras talladas, y eligió una para sí mismo. Entonces, Zacarías tuvo que advertirle: -¿Cuál es, pues, el candelabro que pretendéis? Indiferente, y casi de espaldas ya, contestó el tesorero: -El que quieras. Lo mismo me da.

Entonces salió Benjamín de la sombra en que se había ocultado, tímido y agitado: -Señor, te rogamos que tú mismo elijas uno de los dos.

El tesorero miró extrañado al anciano desconocido. ¿Qué pretendía este hombre raro y para qué lo miraba tan suplicante con ojos ardientes e inquietos? Pero bien humorado como estaba, y demasiado indiferente como para no cumplir el deseo de un viejo, volvió sobre sus pasos. De buen talante, tomó una pequeña moneda y la tiró al aire. Cayó y dio vueltas como un trompo en el suelo, tres veces giró y volvió, y por último quedó quieta a su siniestra. Sonriente señaló el tesorero el candelabro que también estaba a su izquierda: "¡Este, pues!" Luego se fue. Los siervos que habían sido llamados llevaron al candelabro elegido hasta el tesoro. El orfebre acompañó a su profesor, agradecido y atento, hasta el umbral de su aposento.

Benjamín se había quedado atrás. Tocó con .mano trémula al candelabro.

Era el auténtico, el sagrado, y aquél había escogido el otro para el emperador.

Cuando Zacarías regresó, vio a Benjamín permanecer inmóvil ante el candelabro, y contemplarlo tan ardientemente como si lo absorbiera del todo con su mirada. Cuando el anciano se volvió hacia él, parecía el reflejo dorado brillar todavía en la niña de sus ojos. El probado había encontrado aquella tranquila serenidad que la clara decisión obsequia siempre al alma. Sólo pidió en voz baja: -Dios te agradezca, hermano. Y ahora, consígueme una sola cosa más: Un ataúd.

-¿Un ataúd ? -No te extrañe. También he pensado y reflexionado en estos siete días y noches cómo podría llevarse la paz al candelabro. Como tú, pensé yo primero que si salvamos la Menorah, ha de pertenecer al pueblo y él debe guardarla como sagradísima prenda. Pero nuestro pueblo, ¿dónde está y cuál es su residencia? Aun somos, en todas partes, azuzados y tolerados, en ningún lado nos está asegurado un sitio para guardar dignamente el candelabro. Donde tenemos una casa, nos arrojan, y donde elevamos un templo, lo destruyen; mientras la fuerza siga rigiendo a los pueblos, no tendrá paz lo sagrado sobre la tierra. Sólo hay paz bajo la tierra. Allá descansan los muertos, con el pie horizontal, de su viajar. Ahí no brilla el oro para ningún ladrón y no excita la codicia. ¡Qué descanse, pues, en paz allá, el que retorna de mil años de peregrinación ! -¿Para siempre -se sorprendió Zacarías-, piensas enterrar el candelabro? -¿Cuándo le ha sido dado al hombre imaginarse tan sólo la eternidad? ¿Cómo podría fijar yo un término a una cosa desconociendo el de mi propio ser? Quiero hacer descansar el candelabro, pero ¿quien, sino Dios, sabe cuánto tiempo descansará? Yo puedo realizar la acción mas, ¿cómo he de poder medir sus consecuencias, calcular el tiempo y la eternidad? ¡Que decida Dios, El solo.

sobre el destino del candelabro! Yo lo entierro, porque no sé de otro modo de cuidarlo verdaderamente, pero ¿quién sabría decir para cuánto tiempo? Quizás, Dios lo dejará eternamente en la oscuridad, y nuestro pueblo tendrá que peregrinar inconsolado, disperso y desparramado sobre el lomo de la tierra. Mas, quizás -y mi corazón está pletórico de tal esperanza- quizás querrá su voluntad que nuestro pueblo regrese a su patria. Entonces sabrá encontrar -¡ten la seguridad!- a alguno que casualmente tome un azadón y descubra la tumba del sepultado, tal como Dios me encontró a mí para que esconda al inquieto. No te preocupe la decisión, déjasela a El y al tiempo. Que se dé por perdido el candelabro.

Nosotros, secretos de Dios, nosotros no estamos perdidos. Pues el oro no perece en el regazo de la tierra, como el cuerpo humano, ni perece nuestro pueblo en las tinieblas del tiempo. Perdurará el uno y el otro, el pueblo y el candelabro. Déjanos creer, pues, que resurgirá el que enterramos y que brillará de nuevo ante el pueblo que habrá regresado.

Pues sólo si nunca dejamos de creer, resistiremos al mundo.

Ambos apartaron la vista uno del otro y miraron a lo lejos. Luego repitió Benjamín: -Y ahora, procúrame el féretro.

El carpintero trajo el ataúd. Era un cajón común, y así lo había pedido Benjamín, para que no despertara mayor curiosidad si lo llevaba consigo hasta la tierra de los antepasados.

Muy a menudo llevaban los devotos ataúdes a sus peregrinaciones para enterrar a padres y parientes en tierra santa. Podía guardar el candelabro sin peligro en tal ataúd de pino, pues de todas las cosas del mundo sólo lo que ha perecido se escapa a la codicia de los hombres.

Respetuosos depositaron los dos la Menorah en el cajón mortuorio. Envolvieron cuidadosamente sus brazos dorados con seda y pesados brocados, tal como se envuelve la Thora, hija del propio Dios. Rellenaron los huecos con estopa y lana suave para que el metal no golpease durante el transporte resonando contra h madera y no revelase el secreto.

Con mano delicada y trémula recostaron a la Menorah en el ataúd, la cuna de los muertos; y ambos sabían y se estremecieron: Quizás, si Dios no cambiaba graciosamente el sino del pueblo, ellos dos serían para toda eternidad los últimos que hayan visto con ojos respetuosos y tocado con sus manos al candelabro de Moisés, el sagrado candelabro del templo. Mas, antes de que cerraran el féretro, fueron aún en busca de un pergamino consistente y en él escribieron y confirmaron que ellos, Benjamín Marnefesh, llamado el amargamente probado, de la familia de Abthalion, y Zacarías, de la sangre de Hillel, habían depositado en este ataúd la sagrada Menorah, en el octavo año del gobierno de Justiniano sobre Bizancio, para que quedara testimoniado, en el caso de que alguna vez alguien desenterrara a este candelabro en la Tierra Santa, que ése era el verdadero candelabro del pueblo. Guardaron ese rollo de pergamino en una cápsula de plomo, y Zacarías, el platero soldó esa cápsula minuciosamente para que jamás destruyeran la humedad y el moho la escritura. Unió la cápsula con graciosa cadenita de oro al tronco del candelabro, de tal modo que habían de encontrarse simultáneamente el candelabro y el testimonio. Hecho eso, cerraron el ataúd con clavos y remaches y no cambiaron ni una palabra más hasta que los siervos le llevaron el ataúd a Benjamín hasta la nave que salía con rumbo a Jope.

Sólo a bordo, cuando ya la vela crujía en el viento, se despidió Zacarías del amigo, y lo besó: -¡Que Dios te bendiga y te guarde! ¡Que El señale tu camino y consagre tu obra! Hasta ahora, nosotros dos éramos los últimos y únicos que conocían el camino del candelabro. De aquí en adelante lo conocerás tú solo.

Benjamín se inclinó devotamente.

-A mi saber también le está concedido sólo un breve término todavía. Entonces ya sabrá únicamente Dios dónde descansa la Menorah.

Como siempre cuando anclaba una nave en Jope, reunióse una gran cantidad de curiosos en la playa para mirar de cerca y saludar a los que llegaban. Había entre ellos también algunos judíos, y apenas reconocieron que aquel anciano de barbas blancas era uno de los suyos, y tan pronto como vieron que tras suyo bajaban un ataúd, juntáronse todos y siguieron en silencioso acuerdo al féretro, formando un cortejo solemne, pues considera la fe judía como acción bondadosa y agradable a Dios el acompañar a todo muerto en una parte de su último camino y el ayudar devotamente también en el entierro de un extraño y desconocido.

Y no se substrajo al deber sagrado ninguno de los judíos de Jope tan pronto como tuvieron noticias del ataúd que uno de los suyos había traído a través del mar. Llegaron de todas las callejuelas y casas, dejando su obra y trabajo, y silenciosamente acompañó un creciente cortejo al ataúd hasta el albergue en el que Benjamín buscaba alojamiento para la noche. Sólo allí rompieron el silencio después de que se hubo colocado el ataúd al lado de su lecho, pues eso era lo que extrañamente exigía el anciano. Saludaron al compañero de su fe con la expresión de la bendición, y preguntáronle de dónde venía y adónde le conducía su camino. Benjamín contestó brevemente. Temía mucho que ya pudiesen haber llegado a ellos noticias de Bizancio y que alguno le reconociera. Y no quería avivar nuevamente indómita esperanza entre sus hermanos. Pero también quiso evitar toda mentira a la sombra del candelabro, y pidióles permiso para guardar silencio. Dijo tener la misión de sepultar este féretro, y que no le era permitido decir más. Evitó cuidadosamente la curiosidad que seguía preguntando, consultando a su vez dónde estaba el sagrado lugar para bajar un ataúd a la tierra. Entonces sonreían los judíos de Jope con tranquilo orgullo, y le dijeron que todo y cualquier lugar de esa tierra era sagrado y en todas partes el suelo bendito de por sí. Pero luego le designaron y le señalaron todos los lugares en que descansaban, en sus tumbas, en cuevas o en el campo plano, reconocibles solamente por piedras acumuladas y toscas, los antepasados, los patriarcas y las madres de las tribus y los héroes y los reyes del pueblo, y alabaron el rigor activo de esos lugares sagrados. Advirtieron que ningún devoto dejaba de visitarlos para recibir consuelo en ellos. Ofrecieronse diligentes para acompañarlo ahí -pues emanaba de ese viejo algo que demandaba respeto y sus almas sospechaban un secreto- y de bajar a la tumba, con su permiso, al muerto desconocido, uniéndose con él en la oración. Pero Benjamín rechazó su buena voluntad invocando su secreto y los despidió con muchas protestas de agradecimiento. Sólo pidió al dueño del albergue que pusiera a su disposición, a la mañana siguiente, un mozo, a quien pagaría bien, conocedor de los caminos y suficientemente fuerte para excavar una tumba en un lugar que le señalaría, así como una mula para el transporte del féretro. El posadero le prometió que al levantarse el sol estaría preparado su propio siervo para acompañarle a donde deseara.

Esa noche en el albergue de Jope era la última de doloroso inquirir y de santo martirio en la vida de Benjamín, el probado. Una vez más apartóse la seguridad de su alma, una vez más le pesaba, dolorosa y penosa, la decisión. Preguntóse una y otra vez si tenía verdaderamente el derecho de callar al pueblo el regreso y la salvación del candelabro, y de no revelar a sus hermanos el sacro objeto que iba a enterrar en esa tumba. Pues si ya emanaba tan fuerte consuelo para los afligidos de la osamenta muerta, de las tumbas de los antepasados y patriarcas, ¡cuán dichoso habría de ser ese pueblo perseguido, pisoteado y perdido en todos los vientos, si se le dejara nada mas que la más débil sospecha de que no estaba perdido el candelabro eterno, ese símbolo más visible de su unidad, sino que aguardaba a salvo y seguro en tierra patria el día del retorno! "¿Cómo puedo negarles la esperanza? -gimió sin poder dormir-, ¿cómo puedo guardar para mí el secreto, cómo puedo llevarme a la muerte lo que resultaría esperanza y alegría a miles? Sé cómo están sedientos de consuelo: terrible destino el de un pueblo: tener que esperar eternamente lo que quizás y alguna vez se produce, confiar siempre calladamente en la Escritura y no poder retener jamás un aviso.

Y sin embargo sólo callándome puede conservarse el candelabro para el pueblo.

Señor, ¡ayúdame en mi desazón! ¿Cual es el modo de obrar bien y cual es la manera de no cometer una injusticia con mis hermanos? ¡Puedo mandar de vuelta desde la tumba al siervo que aquél me prometió, con la consoladora nueva de que en ella descansa una prenda sagrada? ¿O debo permanecer mudo para que ninguno conozca, fuera de Ti, el lugar de ese sepulcro? ¡Señor, decide Tú por mí! ¡Una vez, ya me diste una señal, ahora dame otra más: Señor, líbrame de la resolución! Pero la noche permaneció muda, y el sueño huyó hostil al probado. Siguió despierto con el ojo ardiente hasta el nacer del nuevo día, preguntando y preguntando, y con cada pregunta más profundamente engolfado en la red ahogadora del temor y del pesar. Ya se aclaró el oriente, y aun no había ganado claridad el alma del anciano.

Entonces penetró el hostelero con mirada afligida a la cámara.

-Perdón, pero no puedo hacerte acompañar por el mozo que conoce el camino, según ayer te prometí. Durante la noche se descompuso repentinamente.

Salió convulsivamente espuma de su boca, y ahora está yaciente con una fiebre devoradora. Sólo puedo cederte al otro sirviente. En verdad le es extraño el país, y además es mudo; Dios le cerró la boca desde su nacimiento. Pero si con él te conformas, gustoso te mandaré el mudo.

Benjamín no miró al posadero. Sólo levantó, agradecido, la mirada. Había recibido respuesta. Fuéle enviado un mudo en señal de silencio. Uno que desconocía el país para que permaneciera eternamente oculto el lugar. No titubeó más su alma, y agradecido contestó: -¡Mándame el mudo! Y no te preocupes. Yo mismo conozco mi camino.

Benjamín marchó desde la mañana hasta la tarde con su mudo acompañante a través del país abandonado. Detrás de ellos trotaba, silenciosa y paciente, la mula con el féretro atado a su lomo. A veces, pasaban delante de chozas que quedaban, pobres y llenas de tierra, a la vera del camino, pero Benjamín no descansó en ninguna de ellas. Y si se encontraban con caminantes, sólo les daba el saludo de la paz y evitaba toda conversación. Ya sintió ansia por terminar la labor encomendada y por enterrar el candelabro. Aun ignoraba el lugar apropiado, y un temor oscuro y misterioso vetole la elección propia. "Por dos veces", pensó piadosamente, "recibí señales. Esperaré la tercera". Así siguieron de consuno por el país que poco a poco se obscurecía, y sobre las colinas elevóse la noche y unas nubes grávidas que pasaron inquietas y cubrieron la luna que, desde hacía tiempo ya, estaba en el cenit, según denunciaba un pálido claror sobre las cimas. Faltaría una hora o dos aún hasta el próximo lugar que ofrecía albergue. Pero Benjamín proseguía esforzadamente y a su lado, como una sombra callada, el mudo con la pala al hombro y, detrás de los dos, la mula a trote regular y paciente.

De pronto se empacó el animal y se quedó parado. El siervo tomó la mula de las riendas para arrastrarla. Pero el animal lo rechazó afirmando sus patas delanteras tercamente contra el suelo y rechinó los dientes encolerizado. No quería seguir. El mudo bajó furioso la pala para golpear con su mango de madera al animal obstinado, pero Benjamín lo agarró fuertemente del brazo. Que esperase le mandó, y dejase al animal en paz. Quizás era esa demora una advertencia y una señal.

Benjamín miró en torno suyo. El oscuro paisaje de colinas yacía abandonado, no había en la proximidad casa ni choza alguna. Debían haberse desviado de la carretera a Jerusalén, y Benjamín reflexionó que ése era un lugar apropiado para realizar su obra sin testigos.

Probó la tierra con el bastón; era grasa, firme y sin piedras. Podría excavarse rápidamente un sepulcro allá y las colinas circundantes ofrecían protección contra las arenas movedizas que de ordinario borraban prontamente la huella. Ahora ya sólo se trataba de encontrar un lugar adecuado.

Miró, indeciso, largo rato primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, para realizar la postrera elección. Pero entonces vio a la diestra en el campo abandonado, a la distancia de dos o tres pedradas del camino, un árbol de mucha sombra, muy parecido, en su forma y crecimiento, a aquel otro en la colina de Pera bajo el que había descansado y le había llegado el mensaje de guardar el candelabro. Recordó su sueño, y su corazón cobró seguridad. De inmediato ordenó al mudo que desatase el ataúd del lomo de la mula, y apenas se cumplió su mandato cuando el animal ya aflojó sus miembros y se arrimó a él de modo que sintió en su mano el halo cálido del hocico. Refirmóse entonces su seguridad de que aquél era el lugar propicio, y lo señaló al siervo que comenzó, laborioso, su trabajo. La pala resonaba como si fuera de plata; obediente y vigoroso removió el mudo la muda tierra.

Pronto llegó a la profundidad requerida. Ya no restó sino lo último: bajar el candelabro a ella. Con los brazos vigorosos sostuvo el siervo la carga sin sospechar nada; el ataúd se deslizó cuidadosamente y quedó por fin tendido para el eterno sueño guardando en la cáscara de madera el valioso fruto de oro al que pronto habría de cubrir la corteza eternamente viviente de la tierra que respiraba, verdeaba y germinaba.

Lleno de veneración se inclinó Benjamín: "Soy el testigo, el último", pensó y nuevamente se estremeció bajo la pesada carga de la idea: "Nadie fuera de mí conoce ahora el secreto de nuestro candelabro. Nadie sabe su sepulcro y sospecha el lugar oculto". Pero en ese momento desgarró la luna su velo. Las nubes, que desde el atardecer habían retenido su brillo apartáronse un poco, y llegó a la tierra una claridad en un rayo fuerte, y era como si desde el medio del cielo mirara un gigantesco ojo blanco entre obscuros párpados. No era como un ojo humano, sombreado y con pestañas, tierno y perecedero, sino un ojo redondo y duro como hecho de hielo, eterno e indestructible. Miró y brilló hasta la profundidad del sepulcro abierto, y fueron visibles los cuatro flancos recortados de la excavación, y las planas paredes de pino del ataúd relucían en la luz blanquecina como metal brillante. Fue un solo instante, una sola mirada desde lejanías infinitas; luego cubrieron las nubes de nuevo a la luna errabunda. Pero Benjamín supo que otro ojo, fuera del suyo, había distinguido la morada del candelabro.

A una señal suya cubrió el siervo el hueco con terrones de tierra, y cuando quedó concluida la labor y el suelo plano otra vez sobre la tumba cerrada, ordenó Benjamín al siervo que regresara y llevara consigo la mula libre de la carga. El mudo hizo desesperadas señas con las manos. Quiso expresar que el anciano no debía quedarse solo en la oscuridad y en tierra extraña, porque amenazaba peligro de asaltantes y de bestias salvajes. Quería acompañar al bondadoso señor, cuando menos hasta el próximo paraje de descanso. Pero, decidido e impaciente, mandó el anciano al mudo que cumpliese estrictamente su orden; y como aun titubeara, le echó con palabras de reconvención. Estaba impaciente por ver desaparecer finalmente al hombre y a la bestia detrás del recodo del camino y de quedarse solo bajo el cielo inmensamente vacío y en medio de lo inconcebible de la noche grandiosa.

Se acercó una vez más al sepulcro, e inclinando la cabeza pronunció la oración de los muertos: "Grande es el nombre y sagrado es el nombre de lo eterno en este mundo y en los otros mundos y también en los días de la resurrección".

Sintió el deseo de colocar, según la costumbre piadosa, una piedra u otra señal sobre la tierra removida. Pero desistió en holocausto del secreto, y sin volver de nuevo la mirada, caminó sin rumbo y sin preguntarse adónde. Ya no tenía meta desde que había dado reposo al candelabro. Le había abandonado todo temor, y su alma no sentía más miedo. Había hecho lo que estaba destinado hacer. Ahora quedaba de Dios si el candelabro había de permanecer oculto hasta el fin de los días y si el pueblo había de seguir diseminado sobre la tierra. O si quería reconducir, finalmente, a su pueblo y hacer resucitar el candelabro de su tumba desconocida.

El anciano atravesó la noche, que jugaba obscura con las nubes y a momentos brillaba con las estrellas, y su paso era cada vez más contento y alegre. Como por encantamiento se desvaneció el peso y la gravedad de los muchos años vividos, y desde los adentros se aligeraban sus miembros, y sintióse ágil como nunca.

Las viejas articulaciones le obedecían de pronto como untadas con un aceite suave y cálido; caminó ligero y como alado, cual si pisara sobre agua. Levantó la cabeza, alzó la mano como llevada por un viento imperceptible, y ya le parecía - ¿o lo soñaba sólo, despierto?- que por primera vez podía volver a levantar también el brazo destrozado. Sintió en su interior la sangre más y más clara, y subir como una savia vivificante en el tronco; ya, golpeó finalmente en las sienes, y de repente oyó un canto. No sabía ya si eran los muertos bajo la tierra los que cantaban en un coro fraternal para saludarle al volver, o si ese rumor cálido llegaba desde las estrellas que brillaban cada vez con más fuerza. No lo sabía. Sólo caminaba y caminaba, como llevado sobre las alas más y más adentro de la noche rumorosa.

A la mañana siguiente encontraron unos mercaderes, que se dirigían al mercado de Ramleh, a un hombre anciano en un campo cercano a la carretera. Estaba muerto. Yacía con la cabeza descubierta y con la espalda contra la tierra.

Tenia los brazos como si quisiera abrazar algo infinito, grandemente abiertos; las manos se tendían con los dedos separados como las del que va a recibir un gran regalo. Los ojos estaban claramente abiertos en el pacífico rostro transfigurado del que descansaba en la bienaventuranza. Y cuando uno de los mercaderes se inclinó para cerrarlos piadosamente, vio que estaban plenos de luz y que en sus redondas pupilas tranquilas se reflejaba el cielo entero.

Mas, los labios del extraño estaban severamente cerrados bajo la barba: y era como si retuviera un secreto entre sus dientes aun más allá de su propia muerte.

El candelabro imitado llegó pocas semanas después a tierra santa y, de acuerdo a la ordenes de Justiniano, fue colocado en la iglesia de Jerusalén, debajo del altar. Pero no fue larga su permanencia allá. Pues hicieron irrupción los persas y lo rompieron y despedazaron para convertirlo en presillas para sus mujeres y en una cadena para su rey; así como siempre perece la obra del hombre en el tiempo absorbente y en el sentido destructor del hombre, así pereció también el signo que aquel platero había formado, y su huella quedaba perdida para siempre .

Pero guardado por el secreto, sigue esperando el candelabro eterno, desconocido e intacto en su sepulcro oculto. Ruidosos e indómitos pasaban sobre él las tiempos, en cientos de años luchaban pueblos y más pueblos por su tierra, y extrañas generaciones, cada vez mas diferentes, se combatían sobre su reposo.

Pero no pudo hacer presa de él robo alguno ni destrozarlo ninguna codicia. A veces pasa hoy un pie apurado sobre los terrones protectores, a veces descansan, bajo el ardor del mediodía, algunos durmientes en la vera del camino, cerca de su sueño, pero nadie sospecha de su proximidad y ninguna curiosidad ha extendido todavía la mano hasta su profundidad. Como todo secreto de Dios, descansa en la oscuridad de los tiempos, y nadie sabe si dormirá eternamente, oculto y perdido para su pueblo que aun sigue errando sin paz, de exilio en exilio, o si finalmente lo hallará alguien en el día en que su pueblo se vuelva a encontrar y en que él pueda iluminar a los pacificados en el templo de la paz.

FIN

 


 

 

 

EN UN LUGAR DE ÁFRICA

STEFAN ZWEIG 

NOVELA AUTOBIOGRÁFICA

En memoria de mi padre

 

CAPÍTULO I

Rongai, 4 de febrero de 1938

Querida Jettel:

En primer lugar, ve a buscar un pañuelo y siéntate tranquilamente. Es preciso que tengas los nervios bien templados. Si Dios quiere, volveremos a vernos muy pronto. Sea como fuere, mucho antes de lo que esperábamos. A partir de mi última carta desde Mombasa, que te escribí el día en que llegué, han pasado tantas cosas que la cabeza aún me da vueltas. Sólo estuve una semana en Nairobi y la pasé bastante abatido, pues todo el mundo me decía que aquí, si no sabes inglés, no hace falta ni que te molestes en buscar trabajo en la ciudad. Pero tampoco veía posibilidad alguna de encontrar empleo en una granja, como hacen casi todos para tener al menos un techo. Entonces, hace una semana, me invitaron a comer junto con Walter Süskind (de Pomerania) a casa de una rica familia judía.

Al principio no le di mayor importancia y supuse que la gente de este lugar no sería muy distinta de mi madre en Sohrau*. que siempre sentaba a su mesa a algún pobre diablo. Sin embargo, ahora sé lo que es un milagro. La familia Rubens lleva cincuenta años viviendo en Kenia. El anciano Rubens es presidente de la Comunidad Judía de Nairobi, la cual se ocupa de los refugees (ésos somos nosotros) recién llegados al país.

Los Rubens (cinco hijos adultos) pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron de que tú y Regina aún seguíais en Alemania. Aquí las cosas se ven de un modo muy distinto de como yo las veía en casa. Ya ves, tú y mi padre teníais toda la razón cuando no queríais que emigrara yo solo, y me avergüenzo de no haberos escuchado. Por lo que supe más tarde, Rubens me echó una buena reprimenda, aunque naturalmente yo no le entendía. No puedes hacerte una idea de lo que tardé en comprender que la Comunidad está dispuesta a adelantar las cien libras que necesitáis tú y Regina para el servicio de inmigración. A mí me han mandado de inmediato a una granja para que los tres tengamos un alojamiento cuanto antes y yo al menos pueda ganar algo de dinero.

Eso significa que debéis partir lo antes posible. Esta frase es la más importante de toda la carta. Aunque me he comportado como un borrico, ahora has de confiar en mí. Cada día que pases con la niña en Breslau* será un día perdido. De modo que ve inmediatamente a ver a Karl Silbermann. Él es quien más experiencia tiene en cuestiones de emigración, y te llevará a ver al hombre de la agencia de viajes Deutsches Reisebüro que tan bien se portó conmigo. Él te dirá cuál es la forma más rápida de conseguir un pasaje de barco, da igual el barco que sea y lo que dure la travesía. A ser posible, toma un camarote en tercera. Sé que no es lo más confortable, pero será mucho más barato que segunda y necesitamos hasta el último céntimo. Lo principal es que estéis a bordo y en el mar cuanto antes. Sólo así podremos volver a dormir tranquilos.

Asimismo deberás ponerte en contacto sin pérdida de tiempo con la empresa Danziger por lo de nuestros cajones. Ya sabes que dejamos uno vacío para lo que se nos ocurriera.

En los trópicos es muy importante una nevera. También necesitamos como sea una lámpara de gas, una Petromax. Asegúrate de que también te den los accesorios. De lo contrario tendremos la lámpara, pero estaremos a oscuras. En la granja a la que he venido a parar no hay luz eléctrica. Compra también dos mosquiteras; si te llega el dinero, tres. Lo cierto es que Rongai no es zona declarada de malaria, pero quién sabe dónde acabaremos. Si no queda sitio para la nevera, saca la porcelana de Rosenthal. No creo que vayamos a necesitarla en esta nueva vida y ya hemos tenido que separarnos de otras muchas cosas además de los platos con florecitas.

Regina necesitará botas de goma y pantalones de pana (dicho sea de paso, tú también).

Si alguien desea hacerle un regalo de despedida, pide zapatos que le sirvan dentro de dos años. No puedo imaginarme, al menos hoy no, que lleguemos a ser lo bastante ricos para comprar zapatos.

No hagas la lista para Emigración hasta que lo tengas todo. Es importante que especifiques cada una de las cosas que vayas a llevarte. De lo contrario te pondrán muchas pegas. Y no dejes que nadie te convenza para traer cosas de otro. Piensa en el pobre B. Las dificultades que tuvo en la aduana de Hamburgo son sólo consecuencia de su bondad. Quién sabe si conseguirá llegar a Inglaterra y cuánto tiempo lo tendrán retenido. Lo mejor será que hables lo menos posible de tus planes. Uno ya no sabe adonde te puede llevar una conversación, ni qué puedes esperar de personas a las que conoces de toda la vida.

Hoy no hablaré mucho de mí, si no te pondré la cabeza como un bombo. Rongai se encuentra a unos mil metros de altitud, pero hace mucho calor. Las noches son muy frías (así que tráete prendas de lana). En la granja se cultiva sobre todo maíz, aunque aún no he averiguado qué tengo que hacer con él. Además tenemos quinientas vacas y un montón de gallinas. De modo que no nos faltará leche, mantequilla y huevos. No te olvides de traer una receta para hacer pan.

Lo que hace el chico parece pan ázimo y sabe aún peor. Sus huevos fritos son fantásticos, pero no tiene ni idea de hacer huevos revueltos. Y cuando los prepara pasados por agua, siempre canturrea la misma canción. Desgraciadamente la canción es demasiado larga y los huevos acaban siendo duros.

Como ves, ya tengo chico propio. Es alto, naturalmente negro (te lo ruego, explícale a Regina que no todo el mundo es blanco) y se llama Owuor. Se ríe mucho, cosa que, teniendo en cuenta mi inquietud actual, me sienta muy bien. Chico es como llaman aquí a los criados, pero tener un chico no significa nada. En una granja puedes tener tantos sirvientes como quieras, de modo que no es preciso que te preocupes por lo de la criada.

Aquí vive mucha gente. La envidio porque no sabe lo que está ocurriendo en el mundo y porque tiene lo suficiente para vivir.

En la próxima carta te contaré más cosas de Süskind. Es un ángel, hoy va a Nairobi y llevará el correo. Así se gana al menos una semana, y para nosotros una correspondencia ágil es ahora de suma importancia. Cuando contestes, numera tus cartas y di concretamente a cuál estás respondiendo. De lo contrario nuestra vida será aún más caótica de lo que ya es. Escribe lo antes posible a mi padre y a Liesel y disipa sus miedos sobre nosotros.

Mi corazón se llena de gozo al pensar que tal vez muy pronto pueda estrecharos entre mis brazos a ti y a la niña. Y me aflige pensar el daño que esta carta le hará a tu madre.

Ahora, de sus dos hijas, sólo le quedará una a su lado y quién sabe por cuánto tiempo.

Pero tu madre siempre ha sido una gran mujer y sé que preferirá saberos a ti y a su nieta en África que en Breslau. Dale a Regina un beso muy fuerte de mi parte y no la mimes demasiado. La gente pobre no puede permitirse ir al médico.

Me imagino el nerviosismo que esta carta te producirá, pero ahora has de ser fuerte.

Por todos nosotros.

Te abraza, lleno de nostalgia,

 

Tu viejo Walter

PD: Te gustarían los hijos del señor Rubens, unos muchachos muy apuestos. Como antes, cuando íbamos a clases de baile. Creía que todos ellos estaban solteros, pero más tarde me enteré de que cuando tratan de nosotros, los refugiados, sus esposas siempre se van a jugar al bridge. Están hasta la coronilla del tema.

 

Rongai, 15 de febrero de 1938

Querido padre:

Espero que hayas recibido noticias de Jettel y te hayas enterado de que tu hijo se ha hecho granjero. Seguro que mamá habría dicho «bonito pero duro», pero un abogado y notario destituido no podría desear nada mejor. Esta mañana he ayudado a un ternero a salir del vientre de una vaca y lo he bautizado con el nombre de Sohrau. Preferiría haber hecho de comadrona en el parto de un potro, pues ya sabes que aprendí a montar contigo antes de que entraras en el ejército.

No pienses que fue un error permitirme que estudiara. Eso es sólo lo que parece ahora.

¿Cuánto durará esto? Mi jefe, que no vive en la granja sino en Nairobi, tiene montones de libros en el armario. Entre ellos se encuentran la Enciclopedia Británica y un diccionario de latín. Aquí, en esta región despoblada, no podría aprender inglés si no hubiera aprendido antes latín. Pero ya puedo hablar de comidas, ríos, legiones y guerras, e incluso sé decir «soy un hombre sin patria». Desgraciadamente eso sólo funciona en teoría porque aquí, en la granja, sólo hay negros, y hablan suahili y encuentran tremendamente cómico que no los entienda.

Ahora mismo estoy releyendo en la enciclopedia cosas sobre Prusia. Como aún no hablo el idioma, tengo que escoger temas que conozco. No te imaginas lo largos que son los días en una granja como ésta, pero no quiero quejarme. Le doy gracias al destino, sobre todo desde que albergo la esperanza de que Regina y Jettel estén pronto conmigo.

Me preocupáis mucho vosotros dos. ¿Qué ocurrirá si los alemanes entran en Polonia? A ellos no les importará que tú y Liesel hayáis seguido siendo alemanes y no hayáis optado por Polonia. Para ellos sois judíos, y no creas que te van a servir de nada tus condecoraciones de guerra. Ya lo vimos después de 1933. Por otra parte, precisamente porque no habéis optado por Polonia, no podéis entrar en el contingente polaco, que está entorpeciendo la emigración en todas partes. Si vendieras el hotel, también tú podrías pensar en emigrar. Deberías hacerlo, sobre todo por Liesel. Sólo tiene treinta y dos años y la vida aún no le ha dado nada.

He hablado de Liesel a un antiguo banquero de Berlín (ahora cuenta sacos en una granja de café), le he contado que aún sigue en Sohrau. En su opinión, las autoridades de inmigración locales no ven con malos ojos la entrada de mujeres solteras. Éstas consiguen buenos empleos, sobre todo de niñeras en las casas de las ricas familias de granjeros ingleses. Si tuviera las cien libras necesarias para avalaros, te instaría de otro modo a que emigrarais. Pero ya es bastante bendición que pueda traer a Jettel y a la niña.

Quizá podrías ponerte en contacto con el abogado Kammer, de Leobschütz*. Fue extremadamente honesto conmigo hasta el final. Cuando me destituyeron, me prometió que pondría a buen recaudo el dinero que aún se ingresara de los clientes. Seguro que te ayudaría si le explicaras que sigues teniendo un hotel, pero que no tienes dinero. En Leobschütz es de sobra sabido cómo les ha ido a los alemanes en Polonia todos estos años.

Solo aquí, a solas con mis pensamientos, me doy perfecta cuenta de lo poco que me he ocupado de Liesel. Con su bondad y su abnegación tras la muerte de mamá, se habría merecido un hermano mejor. Y tú, un hijo que te hubiese agradecido a tiempo todo lo que has hecho por él.

No es preciso que me mandes nada, de veras. Con los alimentos de la granja tengo todo lo que necesito para vivir, y abrigo la esperanza de conseguir algún día un empleo en el que gane lo bastante para poder enviar a Regina a la escuela (aquí cuesta una fortuna y la enseñanza no es obligatoria). Por supuesto que me encantaría recibir las semillas de rosas. Así crecerían en este rincón de la tierra dejado de la mano de Dios las mismas flores que en el jardín de la casa de mi padre. Quizá Liesel pueda mandarme la receta del chucrú. He oído que aquí se da bien la col.

Recibid un cariñoso abrazo,

Vuestro Walter

 

Rongai, 27 de febrero de 1938

Querida Jettel:

Hoy ha llegado tu carta del 17 de enero. Tuvieron que reexpedirla desde Nairobi. Es un milagro que la haya recibido. No tienes idea de lo que significan las distancias en este país. De aquí a la granja más cercana hay cincuenta y cinco kilómetros, y Walter Süskind se encuentra a tres horas por carreteras malas, fangosas a trozos. A pesar de todo, hasta ahora ha venido a verme todas las semanas para celebrar conmigo el sabat.

Es de una familia piadosa. Tiene la suerte de que su jefe le ha puesto un coche a su disposición. Por desgracia, el mío, el señor Morrison, opina que desde el éxodo por el desierto todos los hijos de Israel son buenos andarines. Desde que Süskind me trajo hasta aquí, no he vuelto a salir de la granja.

Es una lástima que no haya caballos. El único burro de esta granja me ha derribado tantas veces que me duele todo el cuerpo. Süskind se desternilló de risa y dijo que los burros africanos no se pueden montar. No se dejan tomar por tontos como en las playas alemanas. Cuando vengas, también tendrás que acostumbrarte a que la lluvia entre en el dormitorio. La gente se limita a poner un cubo y se alegra por tener agua. Aquí es muy valiosa. La semana pasada hubo incendios por todas partes. Me llevé un buen susto. Por suerte Sükind estaba de visita y me explicó lo de quemar el matorral. Aquí es algo habitual.

Me hace bien saber que la mayor parte de tu carta está superada. Entretanto ya te habrás enterado de que tus días en Breslau están contados. La sola idea de teneros aquí hace que mi corazón vuelva a latir como antaño en mayo, cuando nos imaginábamos un gran porvenir. Hoy ambos sabemos que sólo importa una cosa: sobrevivir.

Debes seguir como sea con tus clases de inglés, poco importa que no te guste el profesor. Puedes dejar el español, sólo era por si nos concedían el visado para Montevideo. Para hablar con la gente de la granja hay que aprender suahili. Por una vez, Dios ha sido benévolo con nosotros: el suahili es un idioma muy sencillo. Cuando llegué a Rongai no sabía ni una palabra, y ahora hasta puedo entenderme más o menos con Owuor. A él le encanta que le señale cosas para que me diga su nombre. Me llama bwana. Así es como se dirigen aquí a los hombres blancos. Tú serás la memsahib (esta palabra sólo se utiliza para las mujeres blancas) y Regina será la toto, que quiere decir niño.

Quizá para mi próxima carta ya haya aprendido suficiente suahili para explicarle a Owuor que no me gusta comer la sopa detrás del pudin. Dicho sea de paso, hace un pudin exquisito. La primera vez hice diversos ruiditos al comerlo. Él me imitó, y desde entonces prepara el mismo pudín todos los días. Lo cierto es que tendría que reírme más, pero reír solo no es tan divertido. Nada en absoluto por la noche, cuando uno no puede luchar contra los recuerdos.

Ojalá tuviera ya noticias tuyas. ¿Tendréis ya los pasajes? Quién habría pensado que acabaría siendo tan importante salir del país. Ahora me dispongo a ir a ordeñar. Es decir, yo miro mientras los chicos ordeñan y aprendo el nombre de las vacas. Eso me distrae.

Por favor, escríbeme en cuanto recibas mis cartas. E intenta alterarte lo menos posible.

Puedes estar segura de que os llevo conmigo día y noche en mis pensamientos.

Un beso muy fuerte para las dos, para tu madre y para tu hermana.

Tu viejo Walter

 

Rongai, 15 de marzo de 1938

Querida Jettel:

Hoy he recibido tu carta del 31 de enero. Me ha entristecido mucho, ya que no puedo ayudarte con tus temores. Me imagino perfectamente que ahora oirás muchas cosas tristes, pero eso también debería servir para demostrarte que el destino no sólo se ha burlado de nosotros. Además, no es cierto que sea yo el único que ha emigrado. Aquí hay muchos hombres que desean intentar primero labrarse una posición antes de hacer venir a sus familias, hombres que están en la misma situación que yo, salvo que ellos no han tenido la suerte de que entre en sus vidas un ángel salvador como Rubens. Debes tener fe en que pronto volveremos a vernos. Algo que deberemos a Dios. No tiene ningún sentido que le demos vueltas ahora a si no sería mejor que hubiésemos ido a Holanda o a Francia. No tuvimos otra elección y quién sabe si no será la acertada.

Ya no tiene importancia que no acepten a Regina en la guardería. Ni tampoco importa para nuestro futuro que personas a las que conoces desde hace años te nieguen el saludo.

Ahora es cuando debes aprender a distinguir las cosas importantes de las que no lo son.

En nuestra vida ya no es relevante que crecieras siendo la niña mimada de una buena familia. En la emigración no cuenta lo que uno fue, sino sólo que marido y mujer persigan el mismo fin. Estoy seguro de que saldremos adelante. Ojalá ya estuvieras aquí y pudiéramos ponernos en camino.

Un beso muy fuerte para las dos,

Tu viejo Walter

 

Rongai, 17 de marzo de 1938

Querido Süskind:

No sé cuánto tardará el chico en llevarte esta carta. Tengo cuarenta de fiebre y no siempre puedo pensar con claridad. Si algo me sucediera, encontrarás la dirección de mi esposa en una cajita en el cajón que hay junto a mi cama.

Walter

 

Rongai, 4 de abril de 1938

Querida Jettel:

Hoy me ha llegado tu carta con la noticia que aguardaba con tanta impaciencia. Me la ha traído Süskind de la estación de ferrocarril y, como es natural, se ha llevado un buen susto al ver que me echaba a llorar. Imagínate, luego el grandullón se ha puesto a llorar conmigo. Eso es lo bueno cuando uno es un refugiado y ya no es alemán. No tiene que avergonzarse de sus lágrimas.

Los días se me harán eternos hasta que llegue junio y estéis a bordo. Si no recuerdo mal, el Adolf Woermann es un barco de lujo que rodea toda África. Eso significa que haréis más escalas prolongadas y que la travesía será más larga que la mía en el Ussukuma. Intenta disfrutar al máximo, aunque será mejor para vosotras que os arriméis a gente que celebre el año nuevo en septiembre. Os ahorraréis problemas innecesarios.

Yo me pasé gran parte del viaje escondido en mi camarote, y fue la última oportunidad que tuve de hablar con gente.

Lástima que no hayas seguido mi consejo en lo del camarote de tercera. Nos habríamos ahorrado mucho dinero, dinero que aquí echaremos en falta, y seguro que a la niña no le habría venido mal compartir el camarote con un extraño. Ha de aprender que, aunque se llame Regina, no es una reina.

Sin embargo, no quiero discutir contigo en un momento en el que me siento tan feliz y agradecido. Ahora es importante que estés bien atenta y te asegures de que las cajas pueden ir con vosotras. No porque necesitemos tanto las cosas, sino porque he sabido de gente que dispuso que le fueran enviadas sus pertenencias cuando emigró y aún sigue esperando. Temo que no hayas comprendido lo importante que es para nosotros una nevera. En los trópicos es tan necesaria como el pan de cada día. Deberías esforzarte por encontrar una. Süskind podría traerme carne de Nakuru, pero sin nevera se echa a perder en tan sólo un día. Y, como jefe que es, el señor Morrison es muy estricto. Sólo podemos matar una de sus gallinas cuando él viene a la granja. Me alegro de que al menos me deje comer los huevos.

Enhorabuena por la lámpara. Así no tendremos que acostarnos con las valiosas gallinas del señor Morrison. No deberías haberte comprado el traje de noche. Aquí no tendrás ocasión de lucirlo. Estás muy equivocada si crees que la gente como los Rubens va a invitarte a sus fiestas. En primer lugar, hay un gran abismo entre los judíos ricos, establecidos aquí desde hace tiempo, y nosotros, refugiados sin recursos, y, en segundo lugar, los Rubens viven en Nairobi, que está más lejos de Rongai que Breslau de Sohrau.

Así y todo no puedo reprocharte que tengas un concepto equivocado de África. Yo tampoco tenía ni idea de lo que nos esperaba y no dejan de sorprenderme cosas que Süskind, al cabo de dos años, encuentra de lo más naturales. Ya hablo bien suahili y cada vez me doy más cuenta de la amabilidad con que Owuor se ocupa de mí.

Lo cierto es que he estado enfermo. Un día tenía mucha fiebre y Owuor insistió en que mandara llamar a Süskind. Éste llegó aquí bien entrada la noche y supo de inmediato lo que me pasaba. Malaria. Afortunadamente llevaba consigo quinina y pronto empecé a sentirme mejor. Pero no te asustes cuando me veas. He perdido mucho peso y tengo la cara bastante amarillenta. Como ves, el regalo de despedida de tu hermana, ese espejito que tan superfluo me pareció en su momento, ha resultado de gran utilidad.

Desgraciadamente la mayoría de las veces sólo me cuenta historias desagradables.

Mi enfermedad me ha hecho comprender lo importantes que son los medicamentos en un país en el que no se puede telefonear a un médico y en el que, de todos modos, no podría pagarlo. Necesitamos, sobre todo, yodo y quinina. Seguro que tu madre conoce a algún médico que aún quiera el bien de gentes como nosotros y pueda procurarte esas cosas. Pídele también que te explique cuánta quinina hay que administrarle a un niño.

No quiero asustarte, pero en esta tierra hay que aprender a valerse por uno mismo. Sin Süskind lo habría pasado muy mal. Y, claro está, también sin Owuor, que no se ha apartado de mi lado ni un momento y me ha dado de comer como a un niño. Por cierto, no se puede creer que sólo tenga un hijo. Él tiene siete, pero, si no he entendido mal, también tiene tres esposas. Imagínate, ¡tuvo que conseguir avales para toda la familia! Pero ahora tiene una patria. Lo envidio sobremanera. También lo envidio porque no sabe leer y no se entera de lo que pasa en el mundo. Sin embargo, es curioso que parezca saber que soy un europeo distinto del señor Morrison.

Habíale a Regina de mí. ¿Reconocerá aún a su papá? ¿Se enterará la niña de lo que está pasando? Será mejor que no le cuentes nada hasta que estéis en el barco. Allí ya no tendrá importancia que se le escape algo. No te despidas de mucha gente antes de irte.

Te romperá el corazón. Mi padre comprenderá que ni siquiera vayáis a Sohrau. Creo que incluso estará de acuerdo. Y dales a tu madre y a Käte un beso de mi parte. El día de la separación les resultará duro. A uno le cuesta hacerse a la idea de algunas cosas.

Recibid un cariñoso abrazo,

Tu viejo Walter

 

Rongai, 4 de abril de 1938

Querida Regina:

Hoy vas a recibir tu propia carta, pues tu papá está muy contento porque pronto volverá a verte. Ahora debes ser especialmente buena, rezar todas las noches y ayudar a mamá en lo que puedas. Estoy seguro de que te gustará la granja en la que vamos a vivir los tres. Hay muchos niños. Sólo tendrás que aprender su lengua para poder jugar con ellos. Aquí brilla el sol todos los días. De los huevos salen unos pollitos preciosos, pequeñitos. Desde que estoy en este lugar también han nacido dos terneros. Pero has de saber una cosa: en África sólo dejan entrar a niños que no les tengan miedo a los perros.

Así que practica para ser valiente. El valor es más importante en la vida que el chocolate.

Te envío tantos besos como caben en tu cara. Dale algunos a mamá, a la abuela y a la tía Käte.

Tu papá

 

Rongai, 1 de mayo de 1938

Querido padre, querida Liesel:

Ayer llegó vuestra carta con las semillas de rosa, la receta del chucrú y las novedades de Sohrau. Ojalá pudiera expresar con palabras lo mucho que significa una carta así.

Tengo la sensación de ser aquel muchacho al que tú, querido padre, escribías desde el frente. Cada una de tus cartas rebosaba valor y lealtad a la patria. Sólo que entonces ninguno de nosotros pensaba que cuando uno necesita más valor es cuando ya no tiene patria.

Estoy aún más preocupado por vosotros desde que los austriacos han sido anexionados al Reich. Quién sabe si los alemanes no les tendrán reservada una suerte similar a los checos. ¿Y qué será de Polonia? Siempre creí que podría hacer algo por vosotros cuando estuviera en África. Pero, naturalmente, nunca habría sospechado que en el siglo XX se contratara a la gente sólo por cama y comida. Hasta que no lleguen Jettel y Regina es impensable cualquier cambio. Después tampoco será fácil encontrar un trabajo en el que además de huevos, mantequilla y leche también me den un salario.

Poneos al menos en contacto con una organización judía que asesore a los emigrantes.

Por eso también merece la pena que vayáis a Breslau. Así podríais volver a ver a Regina y a Jettel. No he querido que ellas fueran a Sohrau antes de partir. Percibo en las cartas de Jettel lo nerviosa que está.

Ante todo, querido padre, no te hagas más ilusiones. Nuestra Alemania ha muerto. Ha pisoteado nuestro amor. No pasa un día sin que intente arrancármela del corazón. La única que no desea abandonarlo es nuestra Silesia.

Tal vez os preguntéis cómo es que aquí, en el extranjero, estoy tan al tanto de lo que pasa en el mundo. La radio que me regalaron los Stattler al marcharme es una auténtica maravilla. Me llega Alemania con tanta nitidez como si estuviera en casa. Aparte de mi amigo Süskind (vive en la granja vecina y ya era agricultor en su anterior vida), la radio es el único ser que me habla en alemán. ¿Le gustaría a Goebbels que el judío de Rongai sacie su sed de lengua materna con sus arengas? Sólo me entrego a semejante placer por la noche. Durante el día hablo con los negros, algo que cada vez me sale mejor, y les cuento a las vacas mis progresos. Esos animales de ojos tiernos lo comprenden todo. Esta misma mañana me dijo un buey que hacía bien en no deshacerme del código civil. Pese a ello, no me abandona la sensación de que a un granjero le sirve menos que a un abogado.

Süskind siempre dice que tengo el sentido del humor necesario para sobrevivir en este país. Me temo que se confunde. Por cierto, Wilhelm Kulas haría carrera aquí. Los mecánicos se llaman a sí mismos ingenieros y no tardan en encontrar trabajo. Sin embargo, si yo dijera que en mi país era ministro de Justicia, no ganaría nada con ello.

He enseñado a mi chico a cantar Perdí mi corazón en Heidelberg. Cuando a alguien le cuesta tanto pronunciar cada palabra como a él, la canción dura exactamente cuatro minutos y medio y es perfecta como ampolleta. Ahora mis huevos pasados por agua saben como los de casa. Como veréis, también tengo mis pequeños logros. Lástima que los grandes tarden tanto en llegar.

Con la esperanza de que os decidáis a hacer algo, os envía un abrazo lleno de nostalgia,

Vuestro Walter

 

Rongai, 25 de mayo de 1938

Querida Ina, querida Käte:

Cuando os llegue esta carta, Jettel y Regina ya estarán en camino, si Dios quiere. Me imagino cómo os sentiréis, pero no encuentro palabras para deciros lo mucho que me emociono cuando pienso en vosotras y en Breslau. Habéis ayudado a Jettel a soportar nuestra separación y, conociendo como conozco a mi des—contentadiza Jettel, supongo que no os lo habrá puesto nada fácil.

No os preocupéis por ella. Espero con toda mi alma que se habitúe a esto. Seguro que con las vivencias de estos últimos años, y en particular de estos últimos meses, habrá comprendido que sólo hay una cosa que de verdad cuenta: que estemos juntos y a salvo. Sé, querida Ina, que te preocupa mucho que yo sea un hombre colérico y Jettel una niña testaruda que pierde los nervios con facilidad cuando las cosas no salen a su gusto, pero eso no tiene nada que ver con nuestro matrimonio. Jettel ha sido el gran amor de mi vida y siempre lo será. Por muy difícil que me lo ponga también a mí a veces.

Como ves, el eterno sol africano hace que se abran el corazón y la boca, pero creo que algunas cosas hay que decirlas a tiempo. Y ya que estoy en ello, te diré que no hay mejor suegra que tú, queridísima Ina. Y no me refiero a tus patatas salteadas, sino a toda mi época de estudiante.

Tenía diecinueve años cuando llegué a tu casa, y tú me trataste como si fuera tu hijo. Qué lejano parece todo aquello y qué poco te he recompensado por tu bondad.

Ahora necesitáis todas vuestras fuerzas para vosotras. Tengo puestas grandes esperanzas en vuestra correspondencia con América. Aprovechad cualquier posibilidad. Sé que no tienes en mucha estima la oración, Ina, pero no puedo dejar de pedirle a Dios que nos ayude. Quizá algún día me dé la oportunidad de agradecérselo.

Jettel y Regina serán recibidas como princesas. He mandado hacer una fantástica cama de cedro con una corona en la cabecera para Regina (a decir verdad aquí no tengo mucho para vivir, pero sí puedo cortar tantos árboles como desee). Dibujé la corona en papel y Owuor, mi chico fiel, mi camarada, logró traer hasta aquí a un gigante casi desnudo con un cuchillo que se encargó de tallar nuestra corona. Seguro que no hay nada más bello en toda Breslau. Para Jettel hemos cubierto de tablones el sendero que hay entre la casa y la letrina, para que no se hunda en el barro cuando tenga que salir en la estación de las lluvias. Espero que no se asuste demasiado cuando vea que aquí hay que planear con total precisión incluso las aguas menores. De la casa al retrete hay tres minutos. En caso de diarrea, menos.

Saluda de mi parte al ayuntamiento y a todos los que han apoyado a los míos. Y cuidaos mucho. Qué tonto me hacen parecer mis palabras, pero, ¿cómo expresar lo que uno siente?

Os quiere, Vuestro Walter

 

Rongai. 20 de julio de 1938

Querida Jettel:

Hoy he recibido tu carta de Southampton. ¿Puede un hombre solo sentirse más agradecido, feliz y aliviado? Por fin, por fin, por fin. Ahora podemos volver a escribirnos sin temor. Me admira que se te haya ocurrido indicarme los puertos en los que el Adolf Woermann recoge correo. Es una idea que no me pasó por la cabeza en su momento. De modo que esta carta irá a Tánger. Si el correo funciona según mis cálculos, te llegará allí sin problemas. Iría muy justa de tiempo si te la mandase a Niza.

Espero que no estés decepcionada. De sobra sé lo que es esperar correo.

En Tánger Regina verá a las primeras personas de color: confío en que nuestra pequeña miedica no se asuste demasiado. Me alegré mucho al saber que aguantó bien las emociones de la partida; tal vez siempre la hayamos considerado más delicada de lo que es. Puedo imaginarme cómo lo habrás pasado tú. Por cierto, me afectó mucho que tu madre te acompañara hasta Hamburgo, que un corazón sin esperanza aún pueda pensar en los demás.

No te hagas mala sangre por no haber comprado la nevera. Envolveremos la carne y la mantequilla en tu nuevo vestido de noche y lo colgaremos al ardiente sol, al viento. Es cierto, así es como mantienen fríos aquí los alimentos, aunque no sea entre sedas, pero siempre podemos probar. Así tendrás la sensación de que el vestido al menos tiene alguna utilidad. Ayer compré plátanos. No una libra ni un kilo, sino todo un racimo con al menos cincuenta plátanos. Regina se quedará de una pieza cuando lo vea. De vez en cuando pasan por aquí mujeres con enormes penachos de plátanos y los ofrecen por las granjas. La primera vez acudieron todos los negros en masa y casi se mueren de risa al ver que yo sólo quería comprar tres. Los plátanos son muy baratos (incluso para esos pobres infelices) y muy verdes, pero saben estupendamente. Me gustaría que todo supiera igual de bien.

Creo que Owuor se alegra de que vengáis. Conmigo estuvo enfadado tres días. Y es que cuando por fin hube aprendido bastante suahili para construir frases completas, le confesé que no quería comer el mismo pudín todos los días. Eso lo sacó de sus casillas.

No paraba de reprocharme que el primer día elogiara su pudín. Empezó a imitar los ruiditos que hice la primera vez que lo probé y a dirigirme miradas burlonas. Yo me quedé desconcertado y, claro está, no sabía cómo decir variedad en suahili, si es que existe esa palabra.

Lleva mucho tiempo entender la mentalidad de los de aquí, pero son muy simpáticos y no cabe duda de que también muy listos. Sobre todo, nunca se les ocurriría encarcelar a la gente o echarla del país. A ellos les da lo mismo que seamos judíos, refugiados o, por desgracia, ambas cosas. En los días buenos a veces pienso que podría acostumbrarme a esta tierra. Quizá los negros tengan una medicina (que aquí se dice daua) contra los recuerdos.

Ahora debo hablarte de un gran acontecimiento. Hace una semana apareció de repente ante mis ojos Heini Weyl. El del gran establecimiento de lencería de la plaza Tauentzienplatz al que fui a ver, siguiendo el consejo de mi padre, cuando me destituyeron y no sabía adonde podíamos emigrar. Entonces Heini me recomendó Kenia, pues sólo se necesitaban cincuenta libras por cabeza.

Ya lleva once meses en el país y ha intentado conseguir un empleo en un hotel, cosa que no ha logrado. Ser camarero no es trabajo de blancos y para ocupar puestos mejores es necesario hablar inglés. Pues bien, se ha colocado de gerente (aquí lo es todo el mundo, hasta yo) de una mina de oro en Kisumu. Conserva su optimismo, aunque en Kisumu debe de hacer un calor horrible y tiene fama de ser una zona infectada de malaria. Como Rongai queda de camino entre Nairobi y Kisumu, Heini, que tiene un coche que compró con sus últimos ahorros, se detuvo en la granja junto con su esposa, Ruth. Nos pasamos la noche charlando y hablando de Breslau.

Owuor olvidó su enfado por lo del pudín y apareció con una gallina, aunque las gallinas sólo se pueden matar para el señor Morrison. Owuor aseguró que el animal pasó corriendo ante sus pies y cayó muerto.

No te imaginas lo que significa tener una visita en la granja. Es como si uno estuviera muerto y volviera a la vida.

Desgraciadamente los Weyl me contaron que han detenido a Fritz Feuerstein y a los dos hermanos Hirsch. Según he sabido por una carta de los Schlesinger, de Leobschütz, también han ido a buscar a Hans Wohlgemut y a su cuñado Siegfried. Hace tiempo que lo sé, pero tenía miedo de hablarte de detenciones mientras seguías en Breslau.

Tampoco te he contado nunca que el bueno de Greschek, nuestro fiel amigo, que insistió hasta el final en acudir a un abogado judío, fue conmigo en tren hasta Génova.

También me ha escrito una carta. Espero que comprenda que no le he respondido por su bien.

Qué afortunados somos por poder volver a escribirnos sin temor. ¿Qué importa que en el Adolf Woermann tengas que escuchar cómo los nazis idolatran en tu mesa la figura de Hitler? Has de aprender a no tomarte en serio los agravios. Eso es algo que sólo pueden permitirse los ricos. Lo único que cuenta es que estéis en el Adolf Woermann, no quién va en él.

Dentro de un mes no volverás a ver a esos que tanto te repatean. Owuor ni siquiera sabe ofender a la gente.

Süskind abriga la esperanza de que su jefe le permita ir con el coche a Mombasa. Así podríamos recogeros y traeros aquí directamente. Dicho sea de paso, directamente quiere decir un trayecto de al menos dos días por carreteras sin asfaltar, pero podemos pasar una noche en Nairobi en casa de la familia Gordon. Los Gordon llevan ya cuatro años viviendo allí y siempre están dispuestos a ayudar a los recién llegados. En caso de que el jefe de Süskind no comprenda que, al cabo de meses de angustia, un refugiado tiene la necesidad de estrechar entre sus brazos a su esposa y su hija, no te entristezcas.

Alguien de la Comunidad Judía os recogerá en Mombasa, os pondrá en el tren de Nairobi y se ocupará de que sigáis viaje hasta Rongai. Las comunidades aquí son excelentes. Lástima que sólo se encarguen de la llegada.

Ya no cuento las semanas, sino los días y las horas que faltan para volver a vernos.

Parezco un novio antes de su noche de bodas.

Recibe un fuerte abrazo,

Tu viejo Walter

 

CAPÍTULO II

Toto—sonrió Owuor al sacar del coche a Regina. La lanzó suavemente hacia arriba, la recogió y la estrechó contra sí.

Sus brazos eran blandos y cálidos; sus dientes, muy blancos. Las grandes pupilas de sus ojos redondos dotaban de claridad a su rostro, y llevaba un gorro alto, color vino, que parecía un cubo boca abajo, uno de aquellos cubos con los que Regina había estado haciendo pasteles en la arena antes de emprender el gran viaje. Del gorro se columpiaba una borla negra de finos flecos; por el borde asomaban unos minúsculos rizos negros.

Owuor llevaba una larga camisa blanca por encima de los pantalones, igual que los alegres ángeles de los libros de estampas para niños buenos. Tenía nariz chata, labios abultados y una cabeza que parecía una luna negra. Cuando el sol hizo brillar las gotas de sudor de su frente, éstas se transformaron en perlas multicolores. Regina nunca había visto perlas tan diminutas.

El delicioso aroma que exhalaba la piel de Owuor olía a miel, ahuyentaba el miedo y hacía que una niña pequeña se convirtiera en una persona mayor. Regina abrió la boca de par en par para engullir mejor la magia que expulsaba del cuerpo el cansancio y los dolores. Primero notó lo fuerte que se volvía en brazos de Owuor y después se dio cuenta de que su lengua había aprendido a volar.

—Toto —repitió ella esa hermosa y extraña palabra.

Con sumo cuidado, el gigante de las manos poderosas y la piel suave la posó en el suelo. Su garganta dejó escapar una risotada que le hizo cosquillas en los oídos. Los altos árboles comenzaron a dar vueltas, las nubes se pusieron a bailar y negras sombras se deslizaron veloces ante la luz del sol.

—Toto —sonrió de nuevo Owuor. Su voz era sonora y espléndida, muy distinta de los lamentos y susurros de la gente de la gran ciudad gris con la que Regina soñaba por las noches.

—Toto —replicó Regina exultante, aguardando con impaciencia la chispeante alegría de Owuor.

Abrió tanto los ojos que vio puntitos centelleantes que, con la claridad, se convirtieron en una bola de fuego antes de desaparecer. Papá había apoyado su mano, pequeña y blanca, en el hombro de mamá. La certeza de tener nuevamente consigo a papá y mamá le recordó a Regina el chocolate. Sacudió la cabeza, asustada, y sintió de inmediato un viento frío en la piel. ¿Acaso el hombre negro de la luna no volvería a reír nunca más si ella pensaba en el chocolate? No había chocolate para los niños pobres, y Regina sabía que era pobre porque su padre ya no podía ser abogado. Mamá se lo había contado en el barco y la había elogiado por haberlo entendido todo tan bien y no haber hecho preguntas tontas, pero ahora, con el nuevo aire, cálido y húmedo, Regina ya no recordaba el final de la historia.

Sólo veía que las flores azules y rojas del vestido blanco de su madre revoloteaban como pájaros. También en la frente de papá resplandecían diminutas perlas, no tan bonitas y multicolores como las del rostro de Owuor, pero sí lo bastante graciosas para echarse a reír.

«Vamos, niña —le oyó decir a su madre—, hemos de asegurarnos de que te apartas del sol ahora mismo», y notó que su padre buscaba su mano, pero los dedos habían dejado de pertenecerle. Se aferraban a la camisa de Owuor.

Owuor dio una palmada y le devolvió los dedos. Los grandes pájaros negros posados en el arbolito de delante de la casa alzaron el vuelo, vocingleros, hacia las nubes, y los desnudos pies de Owuor se alejaron raudos por la tierra roja. Con el viento, la camisa del ángel se transformó en una bola. Ver a Owuor marcharse corriendo no le gustó.

Regina sintió el punzante dolor en el pecho que siempre precedía a un gran pesar, pero se acordó a tiempo de que su madre le había dicho que en su nueva vida no debía llorar.

Así que cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas. Cuando pudo ver de nuevo, Owuor apareció entre la alta hierba amarilla. En sus brazos llevaba un pequeño corzo.

—Éste es Suara. Es un toto, como tú —dijo.

Y aunque Regina no le entendió, extendió los brazos. Owuor le entregó el tembloroso animalillo. Yacía boca arriba, tenía unas patas delgadas y unas orejas tan pequeñas como las de la muñeca Anni, que no había podido venir con ella de viaje porque en las cajas no había más espacio. Regina nunca había tenido en sus manos un animal. Pero no sintió miedo. Dejó que su cabello cayera sobre los ojos del pequeño corzo y le rozó la cabeza con los labios, como si llevara tiempo deseando no pedir ayuda, sino ofrecer protección.

—Tiene hambre —musitó su boca—. Yo también.

—Santo Dios, es la primera vez en la vida que te oigo decir eso.

—Lo ha dicho mi corzo, no yo.

—Llegarás lejos en esta tierra, tímida princesita. Ya hablas como un negro —dijo Süskind. Su risa era distinta de la de Owuor, pero también era agradable a los oídos.

Regina apretó al corzo contra su pecho y no oyó más que los latidos regulares de su cálido cuerpo. Luego cerró los ojos. Su padre le quitó de las manos el animalillo dormido y se lo dio a Owuor. Entonces tomó a Regina en brazos como si fuera una niña pequeña y entró en la casa.

—¡Bien! —exclamó Regina llena de júbilo—. Tenemos agujeros en el techo. Nunca había visto nada igual.

—Tampoco yo hasta que llegué aquí. Espera y verás lo diferente que es todo en nuestra nueva vida.

—Nuestra nueva vida es tan bonita...

El corzo se llamaba Suara porque ése fue el nombre que le dio Owuor el primer día.

Suara vivía en un gran establo que había detrás de la pequeña casa, lamía los dedos de Regina con su cálida lengua, bebía leche de un pequeño recipiente de hojalata y al cabo de pocos días ya podía mordisquear mazorcas de maíz tiernas. Cada mañana, Regina abría la puerta del establo; entonces Suara se ponía a dar saltos entre la alta hierba y, de camino a casa, iba restregando la cabeza contra los pantalones marrones de Regina.

Llevaba esos pantalones desde el día en que dio comienzo la gran magia. Cuando al atardecer caía el sol del cielo y un manto negro envolvía la granja, Regina escuchaba las historias de hermanitos y hermanitas que le contaba su madre. Sabía que su corzo también terminaría siendo un apuesto joven.

Cuando las patas de Suara fueron más largas que la hierba de detrás de los árboles espinosos y Regina ya conocía los nombres de tantas vacas que tenía que decirle a su padre cómo se llamaban cuando ordeñaba, Owuor trajo un perro de pelaje blanco y manchas negras. Sus ojos eran del color de las estrellas luminosas y su hocico era largo y húmedo. Regina le rodeó el cuello con los brazos, un cuello tan redondo y cálido como los brazos de Owuor. Su madre salió de la casa corriendo y exclamó: —¡Pero si a ti te dan miedo los perros! —Aquí no.

—Lo llamaremos Rummler —dijo el padre con una voz tan grave que Regina se atragantó al echarse a reír.

—Rummler —dijo entre risas— es una bonita palabra. Igual que Suara.

—Pero Rummler es alemán. Y a ti ya sólo te gusta el suahili.

—Rummler también me gusta.

—¿Cómo se te ocurre ponerle ese nombre, Rummler? —quiso saber la madre—, ¡Pero si ése era el jefe de distrito de Leobschütz! —Bah, Jettel, necesitamos nuestros juegos. Ahora podemos pasarnos todo el día gritándole: Rummler, hijo de puta, y alegrarnos de que nadie venga a detenernos.

Regina suspiró y acarició la cabezota del perro, que espantaba las moscas con sus cortas orejas. Con el calor, su cuerpo desprendía vaho y olía a lluvia. A menudo papá decía cosas que ella no entendía, y cuando se reía, sólo emitía un breve sonido agudo que no retumbaba en las montañas como la risa de Owuor. Le susurró al perro la historia de la transformación del corzo y el perro miró en dirección al establo de Suara y comprendió lo mucho que Regina deseaba tener un hermano.

Dejó que el viento le acariciara los oídos y oyó que sus padres pronunciaban una y otra vez el nombre de Rummler, pero no acababa de entenderlos bien, aunque sus voces eran muy nítidas.

Cada palabra era como una pompa de jabón que estallaba en el mismo instante en que uno trataba de agarrarla.

«Rummler, hijo de puta», terminó diciendo Regina, pero sólo cuando los rostros de sus padres se tornaron tan luminosos como una lámpara con una mecha nueva supo que esas cuatro palabras eran una fórmula mágica.

Regina también adoraba al aja que había llegado a la granja poco después que Rummler.

Apareció una mañana delante de la casa, cuando se desvanecía el último arrebol del firmamento y los buitres negros posados sobre los espinos egipcios asomaban la cabeza por entre las alas.

Aja era la palabra para niñera y era más hermosa que las demás precisamente porque se podía leer igual hacia delante que hacia atrás. El aja era, al igual que Suara y Rummler, un regalo de Owuor.

Todas las familias ricas de las grandes granjas con pozos profundos en el césped delante de imponentes casas de piedra blanca tenían un aja. Antes de llegar a Rongai, Owuor había trabajado en una granja para un bwana que tenía un coche y muchos caballos y, naturalmente, un aja para sus hijos.

«Una casa sin aja no es buena», dijo el día en que trajo consigo a la joven mujer de las chozas situadas a orillas del río. La nueva memsahib, a la que había enseñado a decir senté sana cuando quería dar las gracias, le dirigió una mirada de aprobación.

Los ojos del aja eran de color café y tan dulces y grandes como los de Suara. Sus manos eran delicadas; las palmas, más blancas que el pelaje de Rummler. Se movía con la agilidad de los árboles jóvenes al viento y su piel era más clara que la de Owuor, aunque los dos pertenecían al clan de los jaluo. Cuando el viento le arrebataba el manto amarillo que llevaba sujeto en el hombro derecho con un grueso nudo, sus pequeños, firmes pechos se mecían como bolas pendientes de un cordón. El aja nunca se enfadaba ni se impacientaba. Hablaba poco, pero los breves sonidos que escapaban de su garganta sonaban como canciones.

Si Regina aprendió de Owuor su lengua tan bien y tan aprisa que muy pronto la gente comenzó a entenderla mejor que a sus padres, el aja trajo el silencio a su nueva vida. Todos los días, después de almorzar, las dos se sentaban en la redonda mancha de sombra del árbol espinoso que se hallaba entre la casa y la cocina. Allí, mejor que en cualquier otro lugar de la granja, era donde la nariz podía atrapar el aroma de la leche caliente y los huevos fritos. Cuando la nariz estaba saciada y la garganta húmeda, Regina se frotaba suavemente el rostro contra la tela del manto del aja. Entonces oía latir dos corazones antes de quedarse dormida. No se despertaba hasta que las sombras se hacían alargadas y Rummler le lamía la cara.

Después venían las horas en que el aja trenzaba cestitas con largas hierbas. Sus dedos arrancaban del sueño a pequeños animales de alas diminutas y sólo Regina sabía que eran caballos alados que volaban hasta el cielo portando sus deseos. Mientras trabajaba, el aja hacía ruiditos con la lengua, como chasquidos, pero nunca movía los labios.

La noche también tenía sus propios sonidos. Tan pronto oscurecía, comenzaban a aullar las hienas y de las chozas llegaban retazos de cánticos. Ya en la cama, los oídos de Regina seguían engullendo sonidos. Como las paredes de la casa eran tan bajas que ni siquiera llegaban hasta el techo, ella podía oír cada una de las palabras que decían sus padres en el dormitorio.

Aun cuando hablaban entre susurros, los sonidos eran tan nítidos como las voces durante el día. En las noches buenas, sonaban soñolientos como el zumbido de las abejas y los ronquidos de Rummler cuando, con unos pocos lengüetazos, había vaciado la escudilla. Pero había noches largas y enojadas, con palabras que se disparaban con los primeros aullidos de las hienas, que daban miedo y sólo se ahogaban y se sumían en el silencio cuando el sol despertaba a los gallos.

Tras las noches del gran ruido, Walter iba por la mañana a los establos más temprano que los pastores que ordeñaban las vacas y Jettel aparecía en la cocina con los ojos rojos y desleía su ira en la cazuela de leche sobre el humeante hornillo. Después del suplicio nocturno, ninguno de ellos era capaz de hallar el camino hacia el otro hasta que la refrescante brisa vespertina de Rongai apagaba el rescoldo del día y se apiadaba de sus desconcertadas cabezas.

En esos momentos de reconciliación, rebosantes de vergüenza y turbación, a Walter y a Jettel sólo les quedaba el extraño milagro que la granja había obrado en Regina.

Compartían agradecidos el asombro y el alivio. Aquella niña apocada a la que antes bastaba que le sonrieran los extraños para que cruzara los brazos a la espalda y bajara la cabeza, había resultado un camaleón. Regina mejoraba en Rongai a medida que pasaban los días. Rara vez lloraba y se echaba a reír en cuanto se le acercaba Owuor. Entonces su voz se despojaba de todo soplo de candidez y mostraba una firmeza que era la envidia de Walter.

—Los niños se adaptan rápidamente —afirmó Jettel el día en que Regina le contó que había aprendido jaluo para poder hablar con Owuor y el aja en su idioma—, ya lo decía mi madre.

—En ese caso aún hay esperanza para ti.

—Eso no tiene gracia.

—No pretendía ser gracioso.

Walter se arrepintió de su pequeño arrebato. Echaba de menos su anterior talento para gastar bromas inofensivas. Desde que su ironía se había vuelto mordaz y la infelicidad de Jettel la hacía impredecible, los nervios de ambos ya no aguantaban las pequeñas pullas, tan naturales en tiempos mejores.

La alegría del reencuentro no duró mucho en las vidas de Walter y Jettel, y pronto regresó el desaliento que los atormentaba. Sin que se atrevieran a reconocerlo, ambos sufrían más la obligada compañía que les imponía la soledad en la granja que la soledad en sí.

No estaban acostumbrados a estar siempre juntos, y sin embargo se veían forzados a pasar cada hora del día sin otra compañía y al margen de las emociones y distracciones del mundo exterior. Las habladurías provincianas que les hicieran sonreír y a menudo incluso consideraran molestas en los primeros años de matrimonio les parecían ahora divertidas y emocionantes. Ya no había breves separaciones y, por tanto, tampoco la alegría del reencuentro, lo cual quitaba hierro a las discusiones y hacía que en el recuerdo se les antojaran inocentes escaramuzas.

Walter y Jettel empezaron a pelearse el día en que se conocieron. El temperamento irascible de Walter no admitía réplica y ella tenía el aplomo de una mujer que de niña fue de una belleza extraordinaria y recibió todos los mimos de una madre que enviudó pronto. Durante el largo tiempo que estuvieron comprometidos, las discrepancias sobre trivialidades y su incapacidad para ceder les hicieron la vida imposible sin que dieran con una solución. Sólo de casados aprendieron a aceptar el equilibrio íntimo entre pequeñas disputas y estimulantes reconciliaciones como parte de su amor.

Cuando nació Regina y, seis meses más tarde, Hitler llegó al poder, Walter y Jettel hallaron en el otro más apoyo que antes sin ser conscientes de que ya eran unos marginados en el supuesto paraíso. Sólo en el monótono ritmo de vida de Rongai cayeron en la cuenta de lo que realmente había ocurrido. Se habían pasado cinco años dedicando toda la fuerza de su juventud a la ilusión de forjarse una patria que hacía tiempo los había rechazado. Ahora ambos se avergonzaban de su falta de perspicacia y de la certeza de no haber querido ver lo que muchos ya veían.

El tiempo había dado al traste con sus sueños. En el oeste de Alemania, ya el 1 de abril de 1933, con el boicot de los comercios judíos, el rumbo de los acontecimientos dio un giro hacia la desesperanza. Destituyeron a los jueces judíos; expulsaron a los profesores de las universidades; los abogados y los médicos perdieron sus puestos; los comerciantes, sus negocios; y todos los judíos, la esperanza inicial de que el terror durara poco. No obstante, gracias al Convenio de Ginebra para la Protección de las Minorías, los judíos de la Alta Silesia quedaron por de pronto dispensados de un destino que no podían concebir.

Walter no entendía que no podía escapar al destino de los proscritos cuando empezó a consolidar su bufete en Leobschütz e incluso se hizo notario. En sus recuerdos, las gentes de Leobschütz —claro que con algunas excepciones cuyos nombres podía enumerar, cosa que hacía una y otra vez en Rongai— eran amables y tolerantes. Pese a las persecuciones de los judíos, también incipientes en la Alta Silesia, algunas personas, cuyo número era cada vez mayor en su memoria, insistían en acudir a un abogado judío.

Con un orgullo que con el tiempo se le antojaba tan indigno como presuntuoso, él se había contado entre las excepciones de los condenados por el destino.

El día en que expiró el Convenio de Ginebra para la Protección de las Minorías, Walter supo de su destitución como abogado. Ésa fue su primera confrontación con la Alemania que no había querido admitir. El golpe fue demoledor. Para él, el hecho de que tanto su instinto como su sentido de la responsabilidad para con su familia le hubieran fallado se convirtió en un fracaso irreparable.

Con sus ganas de vivir, Jettel había tenido aún menos presente aquella amenaza. Le bastaba con ser el admirado centro de un pequeño círculo de amigos y conocidos. Más por casualidad que por premeditación, de niña sólo había tenido amigas judías, al terminar sus estudios había entrado de ayudante de un abogado judío y a través de la asociación de estudiantes de Walter, la KC, sólo había tenido contacto con judíos. A ella no le importó que después de 1933 sólo pudiera relacionarse con los judíos de Leobschütz. La mayor parte de ellos tenía la edad de su madre y encontraba estimulantes la juventud, el encanto y la amabilidad de Jettel. Además, Jettel estaba embarazada y resultaba enternecedora en su ingenuidad. Las gentes de Leobschütz pronto empezaron a mimarla como antes hiciera su madre y, al contrario de lo que se temía en un principio, disfrutaba de la vida de provincias. Y cada vez que se aburría, se iba a Breslau.

Los domingos solían ir a Tropau. La frontera checa estaba a un paso. Allí, además del suculento escalope que se comía y la gran selección de tartas, Jettel tenía al menos la ilusión de que la emigración, de la que había que hablar de vez en cuando ya que a muchos conocidos no les quedaba más remedio, no sería muy distinta de las festivas excursiones al hospitalario país vecino.

A Jettel jamás se le habría ocurrido que no pudieran satisfacerse necesidades tales como la compra diaria, los convites de amigos, los viajes a Breslau, el cine y un compasivo médico de cabecera junto a la cama tan pronto como la paciente tenía unas décimas de fiebre. Sólo el traslado a Breslau como paso previo a la emigración, la búsqueda desesperada de un país que estuviera dispuesto a acoger a judíos, la separación de Walter y, en último término, el miedo de no volver a verlo y tener que quedarse sola en Alemania con Regina hicieron despertar a Jettel. Comprendió lo que había ocurrido durante los años en que había disfrutado del presente, un presenté que hacía ya tiempo había dejado de ser la promesa de un futuro. De modo que Jettel, que se tenía por una persona con experiencia en la vida y creía poseer un instinto certero para las personas, más tarde también se avergonzaría de su exceso de confianza y su buena fe.

En Rongai, sus reproches y su infelicidad fueron creciendo como la hierba silvestre.

En los tres meses que llevaba en la granja, Jettel no había visto más que la casa, el establo y el bosque. Además sentía una profunda aversión tanto por la aridez, esa sequedad que a su llegada le dejó el cuerpo debilitado y la cabeza sin voluntad, como por las copiosas lluvias, que no tardaron en llegar. La lluvia reducía la vida a la lucha desesperada contra el lodo y a los infructuosos esfuerzos por mantener seca la leña para el fuego de la cocina.

Y siempre estaba presente el temor a la malaria y a que Regina pudiera enfermar y morir. Sobre todo, Jettel vivía con el constante pánico de que Walter perdiera su empleo y los tres se vieran obligados a dejar Rongai y quedarse a la intemperie. Jettel se dio cuenta de que el señor Morrison, que en sus visitas incluso se mostraba antipático con Regina, hacía responsable a su esposo del devenir de la granja.

Para el maíz, el tiempo había sido primero demasiado seco y luego demasiado húmedo. Y el trigo aún no había empezado a verdear. Las gallinas tenían una enfermedad en los ojos: morían al menos cinco cada día. Las vacas no daban bastante leche. Ni uno solo de los cuatro últimos terneros que habían nacido había llegado a las dos semanas. El pozo que Walter había hecho cavar por deseo del señor Morrison no daba agua. Sólo los agujeros del techo eran cada vez mayores.

El día en que el primer incendio del matorral después de las grandes lluvias tornó al Menengai en una pantalla rojiza fue especialmente tórrido. Pese a ello, Owuor colocó ante la casa unas sillas para Walter y Jettel.

—Hay que contemplar el fuego, que llevaba mucho tiempo dormido —afirmó.

—Entonces, ¿por qué no te quedas tú a verlo? ' —Mis piernas deben marcharse.

El viento soplaba con demasiada vehemencia para las horas previas al ocaso, el espeso humo que sobrevolaba la granja en abultadas nubes había teñido el cielo de gris. Los buitres habían abandonado los árboles. En el bosque chillaban los monos y también las hienas habían comenzado a aullar antes de tiempo. El aire era acre, dificultaba el habla.

Sin embargo, Jettel gritó de pronto: —¡No puedo más! —No tengas miedo. La primera vez también yo pensé que ardería la casa y quise llamar a los bomberos.

—No estoy hablando del fuego. No aguanto más este lugar.

—Debes hacerlo, Jettel. No tenemos otra elección.

—Pero, ¿qué va a ser de nosotros aquí? Tú no ganas ni un céntimo y pronto nos quedaremos sin dinero. ¿Cómo vamos a mandar a Regina a la escuela? Ésta no es vida para una niña, todo el día con el aja, sentadas bajo el árbol.

—¿Acaso crees que no lo sé? Con lo grandes que son las distancias aquí, los niños van al internado. El más cercano está en Nakuru y cuesta cinco libras al mes. Süskind ha estado informándose. A menos que se produzca un milagro, no podremos permitírnoslo en unos cuantos años.

—Siempre estamos esperando un milagro.

—Jettel, hasta ahora Dios no se ha portado tan mal con nosotros. De lo contrario no estarías aquí para quejarte. Estamos vivos, eso es lo principal.

—Estoy harta de oír eso —dijo ella con voz ahogada—. Estamos vivos. ¿Para qué? ¿Para preocuparnos de terneros muertos y gallinas inertes? También yo tengo la sensación de estar muerta. A veces incluso he llegado a desearlo.

—Jettel, no vuelvas a decir eso nunca más. Por el amor de Dios, eso es pecado.

Walter se puso en pie y la obligó a levantarse de su silla. Su desesperación le hizo quedarse inmóvil y permitió que la ira consumiera su ecuanimidad, su bondad y su entendimiento. Pero entonces vio que Jettel estaba llorando en silencio. Su semblante pálido y su desvalimiento lo conmovieron. Finalmente, halló suficiente compasión para tragarse sus reproches y su furia. Con una ternura que lo dejó tan perplejo como antes lo hiciera su vehemencia, Walter estrechó a su mujer entre sus brazos. Por un breve instante se dejó llevar por el familiar estímulo de sentir el cuerpo de ella contra el suyo, pero su cabeza no tardó en negarle tan nimio consuelo.

—Nos hemos salvado. Tenemos la obligación de continuar.

—¿Y qué se supone que significa eso? —Jettel —dijo Walter en voz queda, a sabiendas de que no podría seguir reprimiendo por mucho tiempo las lágrimas que lo atenazaban desde el amanecer—, ayer en Alemania ardieron las sinagogas. Hicieron saltar en mil pedazos los cristales de los comercios judíos, a algunos los sacaron de sus casas y los apalearon hasta dejarlos medio muertos. Llevo todo el día queriendo decírtelo, pero no he podido.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes decir algo así? ¿Cómo es posible que te hayas enterado de eso en esta maldita granja? —Esta mañana, a las cinco, sintonicé una emisora suiza.

—Pero no pueden incendiar las sinagogas sin más ni más. Nadie puede hacer algo así.

—Sí que pueden. Esos monstruos pueden. Para ellos hemos dejado de ser personas.

Las sinagogas son sólo el principio. Ya no hay quien pare a los nazis. ¿Comprendes ahora que no tiene ninguna importancia que Regina aprenda a leer, ni cuándo? Walter tenía miedo de mirar a su mujer, pero cuando por fin se atrevió a hacerlo, se percató de que ella no había entendido lo que él pretendía decirle. Para su madre y Käte, para su padre y Liesel ya no había esperanza de huir de aquel infierno. Desde que esa mañana apagara la radio, Walter estuvo dispuesto a cumplir con su obligación, a decir la verdad, pero el momento del desafío logró paralizar su lengua. Era la estupefacción la que lo anulaba, no el dolor.

La vida no volvió a sus miembros hasta que no se obligó a apartar los ojos del tembloroso cuerpo de Jettel. Sus oídos volvían a captar sonidos. Oyó los ladridos del perro, los graznidos de los cuervos, las voces procedentes de las chozas y el sordo clamor de los tambores del bosque.

Owuor llegó corriendo a la casa por entre la hierba agostada. Su camisa blanca resplandecía a la postrera luz del día. Tanto se asemejaba a los ufanos pájaros que Walter se sorprendió sonriendo.

—Bwana —dijo Owuor jadeante—, sigi na kuja.

Le gustó ver el desconcierto en los ojos del bwana, A Owuor le encantaba esa expresión, pues hacía que su bwana pareciera tonto como un burro aún no destetado; y él, listo como la serpiente que lleva mucho tiempo hambrienta y sabe encontrar pronto a su presa. La hermosa sensación de saber más que el bwana era dulce como el tabaco que aún no has acabado de mascar.

Owuor se tomó su tiempo antes de abandonar su triunfo, mas luego ansió la agitación que debían suscitar sus palabras. A punto estaba de repetirlas cuando comprendió que el bwana no le había entendido.

De modo que se limitó a decir sigi al tiempo que se sacaba, ceremonioso, una langosta del bolsillo del pantalón. No había sido fácil mantenerla con vida mientras corría, pero aún movía las alas.

—Esto es una sigi —aclaró Owuor con el tono de una madre que habla a un hijo tonto—. Es la primera. La he cogido para ti. Cuando lleguen las demás, lo devorarán todo.

—¿Qué podemos hacer? —Hacer mucho ruido es bueno, pero una boca es demasiado pequeña. Si sólo gritas tú no servirá de nada, bwana.

—Owuor, ayúdame, no sé qué hacer.

—Se puede ahuyentar a la sigi —explicó Owuor, hablando exactamente igual que el aja cuando arrancaba a Regina del sueño y la devolvía al calor—. Necesitamos cacerolas y cucharas y tenemos que golpearlas. Como tambores. Aún mejor si rompemos cristales. Todos los animales tienen miedo cuando el cristal muere. ¿No lo sabías, bwana?

 

CAPÍTULO III

Cuando a la mañana siguiente al episodio de las langostas salió el sol, todos los de las schambas y las chozas sabían —de ahí los tambores de los bosques de las lejanas granjas vecinas— que Owuor era algo más que un simple chico que removía las cazuelas y convertía en furiosos agujeros las mansas burbujitas. En la lucha contra la sigi había sido más veloz que las flechas de los masai. Owuor había convertido en guerreros a los hombres y las mujeres, y también a todos los niños que podían andar sin tener que agarrarse al pañuelo que ceñía las caderas de sus madres.

Sus gritos y el potente ruido de cacerolas, el estruendo de pesadas barras de hierro golpeándose entre sí y, sobre todo, la estridente tormenta de fragmentos de vidrio que saltaban en pedazos contra las grandes piedras habían ahuyentado a las langostas antes de que descendieran sobre las schambas repletas de trigo y maíz. Habían seguido volando como aves despistadas demasiado endebles para conocer su destino.

El día en que el bwana se puso a berrear como un niño consumido por su propia rabia y Owuor pasó a ser el ángel vengador, éste hasta les puso en la mano a sus luchadores las krais redondas en que preparaban el poscho por la noche. Tras la gran victoria, Owuor no había malgastado la noche durmiendo, ni tampoco había tenido oídos para las ruidosas bromas de sus amigos; tanto le embriagó la certeza de que podía hacer magia, tan dulce era el sabor en su boca cuando su lengua dejaba escapar la palabra sigi.

Al día siguiente a aquella noche tan deliciosamente larga, el bwana regresó del ordeño antes de que la última gota de leche estuviera en el cubo. Llamó a Owuor para que acudiera a la casa justo cuando éste se disponía a cantar la canción de los huevos. La memsahib estaba sentada en la silla del asiento rojo que parecía un pedazo del sol poniente y sonreía. Regina se hallaba agachada en el suelo, con la cabeza de Rummler entre las rodillas. Despertó al perro tan pronto como Owuor entró en la habitación.

El bwana tenía en la mano una gran pelota negra. La desplegó, la convirtió en un abrigo y tiró de la mano de Owuor para que tocara la tela. El abrigo era como la tierra tras las grandes lluvias. A ambos lados y en el cuello brillaba un tejido aún más delicado que el de la espalda; igual de suave era la voz del bwana cuando le puso a Owuor el abrigo sobre los hombros y le dijo: —Es para ti.

—¿Me regalas tu abrigo, bwana? —No es un abrigo, es una toga. Un hombre como tú ha de llevar una toga.

Owuor probó a decir la extraña palabra al punto. Como no provenía de la lengua de los jaluo y tampoco era suahili, le ocasionó grandes dificultades en la boca y la garganta.

La memsahib y la niña se echaron a reír. Incluso Rummler abrió la boca, pero el bwana, que había enviado a sus ojos de safari, permanecía allí, en pie, como un árbol que no ha crecido lo bastante para que su copa se impregne del frescor del viento.

—Toga —dijo el bwana—. Debes decirla a menudo. Así pronto la pronunciarás tan bien como yo.

Durante siete noches, cuando después del trabajo iba a ver a los hombres de las chozas, Owuor se ponía el abrigo negro detrás de una mata, un abrigo que se inflaba de tal forma con el viento que los niños, los perros e incluso los ancianos que ya no veían bien chillaban como pájaros asustados. Apenas la tela —que con el sol arrojaba una luz negruzca e incluso a la luz de la luna era más oscura que la noche— tocaba cuello y hombros, Owuor se esforzaba por pronunciar la extraña palabra.

Para Owuor, abrigo y palabra eran un encantamiento del que sabía que algo tenía que ver con su lucha contra la langosta. Cuando el sol salió por octava vez, la palabra se deshizo por fin en su boca como un pequeño bocado de poscho. Era el momento de ceder al impulso de averiguar más cosas sobre el abrigo.

Hasta que llegó la hora de avivar el fuego de la cocina, Owuor se empapó de la certeza de que hacía ya tiempo que su bwana, la memsahib y la toto lo entendían igual de bien que quienes no temen a las langostas ni a las hormigas gigantes. Durante un tiempo dejó que creciera aún más la pregunta que tanto llevaba bullendo en su cabeza, pero la curiosidad le devoraba la paciencia, de modo que fue en busca del bwana.

Walter se hallaba junto al depósito de hojalata, golpeando las estrías para escuchar hasta cuándo tendrían agua potable, cuando Owuor le preguntó: —¿Cuándo llevabas la toga? —Owuor, ésa era mi toga cuando aún no era un bwana. Llevaba la toga para trabajar.

—Toga —repitió Owuor, alegre porque por fin el bwana había comprendido que las buenas palabras han de decirse dos veces—. ¿Puede un hombre trabajar con la toga? —Sí, Owuor, sí. Pero en Rongai ya no puedo trabajar con la toga.

—¿Trabajabas con las manos cuando aún no eras un bwana? —No, con la boca. Un hombre ha de ser inteligente para llevar la toga. En Rongai tú eres inteligente. Yo no.

A Owuor no le quedó claro por qué el bwana era tan distinto de los hombres blancos para los que antes había trabajado, hasta que estuvo en la cocina. Su nuevo bwana decía palabras que con la magia de la repetición secaban la boca, pero que se grababan en el oído y la cabeza.

La noticia de la derrota de las langostas tardó exactamente ocho días en llegar a Sabbatia y animar a Süskind a partir hacia Rongai, aunque entre las vacas de su granja se habían declarado los primeros casos de fiebre de la costa oriental.

—Hombre —gritó desde el coche—, te has convertido en un auténtico granjero.

¿Cómo lo has conseguido? Yo no lo he logrado en toda mi vida. Tras la última estación de las lluvias esas malas bestias acabaron con la mitad de la granja.

La noche se convirtió en un derroche de armonía y serenidad. Jettel se despidió de sus últimas patatas, que reservaba para una ocasión especial, enseñó a Owuor a preparar albóndigas de Silesia y le habló de las peras secas que su madre siempre le mandaba a comprar al pequeño establecimiento de la calle Goethestra. Melancólica, aunque al mismo tiempo alegre, se puso la falda blanca y la blusa de listas azules y rojas que no había vuelto a sacar desde Breslau, y pronto tuvo la oportunidad de quedarse extasiada ante la admiración que despertó en Süskind.

—Sin ti —dijo éste— ya no sabría lo bonita que puede llegar a ser una mujer. Seguro que todos los hombres de Breslau andaban detrás de ti.

—Así era —confirmó Walter, y Jettel disfrutó al comprobar que sus celos no habían perdido un ápice de su antigua fuerza.

Regina no tuvo que irse a la cama. Pudo dormir frente al fuego y, tan pronto la despertaban las voces, se imaginaba que la chimenea era el Menengai; y las negras cenizas tras la quema del matorral, chocolate. Aprendió algunas palabras nuevas para el cajón secreto de su cabeza. Las que más le gustaron fueron «impuesto a la fuga del Reich»2, aunque también fueron las que más le costó memorizar.

Walter le habló a Süskind de su primer proceso en Leobschütz y de cómo, acto seguido, había remojado su inesperado éxito con Greschek en la fiesta de la matanza de Hennerwitz. Süskind trató de acordarse de Pomerania, pero empezaba a confundir los años, los lugares y los nombres que su memoria le proporcionaba.

—Esperad y veréis —advirtió—. Pronto os pasará lo mismo. El gran olvido es lo mejor de África.

Al día siguiente llegó a la granja el señor Morrison. No cabía duda de que la noticia de la salvación de la cosecha también había llegado a Nairobi, pues le tendió la mano a Walter, algo que nunca había hecho. Más extraordinario aún fue que, al contrario que en sus anteriores visitas, también supo ver el gesto de Jettel, que había preparado té para él.

Lo bebió de la taza de porcelana de Rosenthal con las florecitas de colores, sacudiendo la cabeza cada vez que tomaba un terrón de azúcar del azucarero de porcelana con las pinzas de plata.

Cuando el señor Morrison regresó a la casa después de ir a ver las vacas y las gallinas, se quitó el sombrero. Su rostro parecía más joven: tenía el cabello muy rubio y las cejas pobladas. Pidió una tercera taza de té. Estuvo jugueteando un rato con las pinzas del azúcar y de nuevo sacudió la cabeza. De pronto se puso en pie, se dirigió al armario donde estaban el diccionario de latín y la Enciclopedia Británica, sacó un servilletero de marfil del cajón y se lo dio a Regina.

El aro le pareció tan hermoso que el corazón se le aceleró. Sin embargo, llevaba tanto tiempo sin tener que dar las gracias por un regalo que no se le ocurrió nada que decir salvo senté sana, aunque sabía que una niña no podía hablar suahili con un hombre tan poderoso como el señor Morrison.

Nada más equivocado, aunque quizá no tanto, ya que el señor Morrison mostró dos dientes de oro al reír. Regina salió corriendo de la casa presa de la excitación. No era la primera vez que veía al señor Morrison, pero no se había reído nunca y tampoco le había prestado demasiada atención a ella. Si había cambiado tanto, quizá fuera él su corzo, que se había transformado en una persona por arte de magia.

Suara dormía bajo el árbol de las espinas. El descubrimiento de que el aro blanco no poseía ningún poder especial lo despojó de parte de su belleza. De modo que Regina susurró «la próxima vez» al oído de Suara, esperó a que el corzo moviera la cabeza y luego volvió lentamente a la casa.

Morrison se había puesto el sombrero y tenía el mismo aspecto de siempre. Hizo de la mano derecha un puño y se quedó mirando por la ventana. Por un instante se pareció un poco a Owuor el día que llegaron las langostas, sólo que él no se sacó del pantalón ningún diablillo batiendo alas, sino seis billetes que fue dejando uno a uno en la mesa.

—Every month —dijo Morrison, y se dirigió al coche. Primero aulló el motor, luego Rummler, y al poco se levantó una nube de polvo en la que desapareció el automóvil.

—Dios mío, ¿qué ha dicho? Jettel, ¿lo has entendido? —Sí. Quiero decir, casi. Month significa mes. De eso estoy segura. Aprendimos esa palabra en el curso. A decir verdad, yo fui la única que logró pronunciarla correctamente, pero, ¿crees que el asqueroso del profesor me elogió por ello o asintió siquiera con la cabeza? —Eso ahora no tiene importancia. ¿Qué significa la otra palabra? —No te pongas a vociferar. Ésa también la aprendimos, pero no me acuerdo.

—Tienes que acordarte. Aquí hay seis libras. Seguro que significa algo.

—Month significa mes —repitió Jettel.

Ambos estaban tan agitados que durante un rato sólo fueron capaces de pasarse los billetes, contarlos sobre la mesa y encogerse de hombros.

—Pero si tenemos un diccionario —recordó por fin Jettel. Rebuscó nerviosa en una caja y sacó un libro de tapas amarillas y rojas—. Aquí está, Mil palabras en inglés. — Rió.—También tenemos Mil palabras en español.

—Ya no nos sirven. El español era para Montevideo. ¿Puedo decirte algo, Jettel? Esta empresa está condenada al fracaso. No tenemos ni idea de cuál es la palabra que debemos buscar.

Presa de una expectación que le abrasaba la piel, Regina se sentó en el suelo.

Comprendió que sus padres, que sacaban de la garganta la misma palabra una y otra vez y olfateaban igual que Rummler cuando estaba hambriento, habían inventado un juego nuevo. Para poder disfrutar de la alegría por más tiempo, era mejor no participar de ella.

Regina también reprimió las ganas de ir a buscar a Owuor y al aja, y estuvo tanto tiempo jugueteando con la oreja de Rummler que éste empezó a proferir suaves ruiditos de satisfacción. Entonces oyó a su padre decir: —Tal vez tú sepas lo que ha dicho Morrison.

Regina quería saborear un poco más el placer que le suponía poder participar por fin en la nueva ronda de palabras extrañas, sacudidas de cabeza y movimientos de hombros.

Sus padres seguían olfateando como Rummler cuando tenía que esperar mucho por su comida. Así que abrió la boca, se pasó el servilletero por la mano y fue deslizándolo poco a poco hasta el codo. Qué bien que había aprendido de Owuor a atrapar sonidos que no entendía. Sólo había que encerrarlos en la cabeza y dejarlos salir de vez en cuando sin abrir la boca.

—Every month —recordó, pero, dejándose acariciar largo rato por el asombro de sus padres, permitió que se escapara el momento adecuado para repetir el encantamiento.

Pese a todo, sus oídos fueron recompensados con el elogio de su padre: —Eres una niña muy lista. —Y de pronto se pareció al gallo blanco de la cresta color rojo sangre. Pero no tardó en transformarse de nuevo en el padre con los ojos rojos de impaciencia; tomó el libro de la mesa, volvió a dejarlo en el mismo sitio al instante, se frotó las manos y suspiró—: Soy un burro. Un pobre burro.

—¿Por qué? —También hay que saber deletrear las palabras que se quieren buscar en el diccionario, Regina.

—Tu padre no tiene agallas; él piensa y yo actúo —intervino Jettel—. Aver—leyó en voz alta— significa afirmar. Aviary es una pajarera. Ésta es aún más estúpida. Luego viene avid. Significa ávido.

—Jettel, eso es absurdo. Así nunca lo conseguiremos.

—¿Para qué sirve un diccionario si no puedes encontrar nada en él? —Bueno. Dámelo. Ahora buscaré yo por la E. Evergreen —leyó Walter— significa de hoja perenne.

Regina se dio cuenta por vez primera de que su padre pronunciaba mejor que Owuor.

Retiró las manos de la cabeza de Rummler y se puso a batir palmas.

—Cállate, Regina. Maldita sea, esto no es ningún juego de niños. Va a ser evergreen.

Claro, Morrison hablaba de sus maizales siempre verdes. Es curioso, jamás le habría creído capaz de decir tal cosa.

—No —dijo Jettel, y su voz se volvió muy queda—. Ya lo tengo. Lo tengo, en serio.

Every significa cada. Eh, Walter, every month debe significar cada mes. No puede ser otra cosa. ¿Querrá eso decir que nos dará seis libras cada mes? —No lo sé. Habremos de esperar a ver si se repite el milagro.

—Siempre hablas de milagros. —Regina aguardó para ver si su padre se daba cuenta de que había imitado la voz de su madre, pero ni sus ojos ni sus oídos, que permanecían al acecho, lograron captar nada.

—Esta vez tiene razón —musitó Jettel—. Sencillamente ha de tenerla. —Se puso en pie, atrajo a Regina hacia sí y le dio un beso que sabía a sal.

El milagro se hizo realidad. Al comienzo de cada mes, Morrison se presentaba en la granja, tomaba primero dos tazas de té, visitaba a sus gallinas y sus vacas, se acercaba a los maizales, regresaba para tomar la tercera taza de té y dejaba sobre la mesa, en silencio, seis billetes de una libra.

Jettel podía henchirse de orgullo igual que Owuor cuando se hablaba del día en que la fortuna cambió la vida en Rongai.

—¿Ves? —decía ella entonces, y Regina pronunciaba al unísono las familiares palabras sin mover los labios—. ¿De qué te sirve toda tu preciada formación si ni siquiera has aprendido inglés? —De nada, Jettel, de nada, tan poco como mi toga.

Cuando Walter decía eso, sus ojos no parecían tan cansados como en los meses anteriores. En los días buenos parecían los mismos que antes de la malaria, y luego también se echaba a reír cuando Jettel saboreaba su victoria, la llamaba «mi pequeño Owuor» y disfrutaba por las noches de la ternura que ambos creían perdida para siempre.

—Esta noche me han hecho un hermanito —le contó Regina al aja bajo el árbol de las espinas.

—Eso está bien —repuso el aja—. Suara ya no se convertirá en un niño.

Por la noche Walter propuso: —Vamos a mandar a Regina a la escuela. La próxima vez que Süskind vaya a Nakuru, se enterará de lo que hay que hacer.

—No —rehusó Jettel—. Aún no.

—Pero has insistido tanto... Y yo también lo quiero.

Jettel se percató de que empezaba a arderle la piel, pero no se avergonzó de su turbación.

—No he olvidado lo que ocurrió el día antes de que llegaran las langostas —dijo—.

Entonces pensaste que no había entendido lo que me contaste, pero no soy tan tonta como piensas. Regina aún podrá aprender a leer con siete años. Ahora necesitamos el dinero para mamá y Käte.

—¿Y cómo vas a hacer eso? —Aquí tenemos suficiente para hartarnos. ¿Por qué no podemos dejar las cosas como están durante un tiempo? Lo tengo todo calculado. Si no tocamos el dinero, dentro de diecisiete meses habremos reunido las cien libras para sacar de allí a mamá y Käte. Y aún nos sobrarán dos libras. Ya verás como lo logramos.

—Si no pasa nada.

—¿Qué iba a pasar? Pero si aquí nunca pasa nada.

—Pero sí en el resto del mundo, Jettel. En casa las cosas están muy mal.

A Walter el empeño y la disposición para la renuncia de Jettel, el júbilo con que cada mes metía las seis libras en un cofrecillo y las contaba una y otra vez, la confianza en que lograría reunir a tiempo la suma de la salvación le resultaban más difíciles de soportar que las noticias que escuchaba cada hora del día y, a menudo, incluso de la noche.

Los intervalos entre las cartas procedentes de Breslau y Sohrau eran cada vez mayores, las propias cartas, pese a todos sus esfuerzos por silenciar el miedo, resultaban tan alarmantes que Walter a menudo se preguntaba si de verdad su mujer no se daba cuenta de que la esperanza era una ofensa. A veces la creía realmente ingenua, se sentía conmovido y la envidiaba. Sin embargo, cuando el abatimiento lo atormentaba de tal modo que ni siquiera era capaz . de sentir agradecimiento por su propia salvación, su desesperación se convertía en odio hacia Jettel y sus ilusiones.

Su padre le había escrito acerca de sus vanas tentativas de vender el hotel, le contaba que apenas salía y que en Sohrau ya sólo quedaban tres familias judías, pero que, teniendo en cuenta las circunstancias, le iba bien y no quería quejarse. Al día siguiente de que ardieran las sinagogas, escribió: «Tal vez Liesel pueda emigrar a Palestina. Ojalá pudiera convencerla de que se separe de este viejo tonto.» Además, desde el 9 de noviembre de 1938, había suprimido de sus cartas la esperanzada despedida: «Hasta la vista.» En cada una de las líneas de las cartas de Breslau se palpaba el miedo a la censura.

Käte hablaba de restricciones que «nos traen de cabeza» y siempre mencionaba a amigos comunes «que tuvieron que salir de viaje repentinamente y de los que no hemos vuelto a tener noticias». Ina relataba que ya no podía alquilar ninguna habitación y escribía: «Sólo salgo de casa a determinadas horas.» El regalo de cumpleaños de Regina, que era en septiembre, lo habían mandado en febrero. Walter comprendió el mensaje en clave con horror. Su suegra y su cuñada ya no se atrevían a hacer planes a largo plazo y habían abandonado la esperanza de salir de Alemania.

Le hacía sufrir el deber de hacer que Jettel se enfrentara a la verdad, pero sabía que era pecado no hacerlo. Sin embargo, cuando la veía contar su dinero, igual que un niño que tiene perfectamente calculada la realización de sus deseos, dejaba pasar la ocasión de hablar con ella. A ojos de Walter, su silencio era una capitulación, su debilidad le repugnaba. Se iba a la cama después que Jettel y se levantaba antes que ella.

El tiempo parecía haberse detenido. A mediados de agosto, el chico de Süskind trajo una carta en la que decía: «Definitivamente tenemos en Sabbatia la maldita fiebre de la costa oriental. Por de pronto se acabaron los sabat. He de rezar por mis vacas y ver si aún puedo salvar algo aquí. Si tus vacas empiezan a dar vueltas, es demasiado tarde. En tal caso la epidemia ya habrá llegado a Rongai.» —¿Y por qué no puede venir? —preguntó Jettel furiosa cuando Walter le mostró la carta—. Pero si él no está enfermo.

—Al menos ha de estar en la granja cuando sus vacas mueran. Süskind también teme por su empleo. Cada vez están llegando más refugiados al país que quieren colocarse en las granjas. Eso hace que cualquiera de nosotros sea aún más fácil de sustituir.

Las visitas de Süskind los viernes constituían el punto álgido de la semana, el recuerdo de una vida con conversaciones y distracciones, un mutuo dar y recibir, un soplo de normalidad. Ahora se habían terminado la expectación y la alegría. Cuanto más monótona se tornaba la vida, más ansiaba Jettel los relatos de Süskind sobre Nairobi y Nakuru. Él siempre sabía quién acababa de llegar al país y dónde había ido a parar. Más aún extrañaba su buen humor, las bromas y los cumplidos, el optimismo que siempre le hacía mirar hacia delante y que la reafirmaba a ella en su fe en el futuro.

Walter sufría todavía más. Desde que estaba en la granja, y tanto más después de su malaria, veía en Süskind a su salvador en momentos de acuciante necesidad. Precisaba del altivo talante del amigo para no caer en sus estados depresivos y en aquella añoranza de Alemania que le hacía dudar de su propio juicio. Para él, Süskind era la prueba de que un hombre podía llegar a adaptarse a su destino de apátrida. Más aún, era su único contacto con la vida.

Incluso Owuor se lamentaba de que el bwana Sabbatia ya no fuera por la granja.

Nadie movía la boca como él cuando llegaba el pudín. Nadie reía tan alto como el bwana Sabbatia cuando Owuor vestía su toga y cantaba Perdí mi corazón en Heidelberg.

—El bwana Sabbatia —se quejó Owuor cuando el día se hizo noche sin su visita— es como un tambor. Yo lo toco en Rongai y él me contesta desde el Menengai.

—Nuestra radio también echa de menos a Süskind —afirmó Walter la noche del 1 de septiembre—. La batería está estropeada y sin su coche no podemos cargarla.

—¿Ahora ya no escuchas las noticias? —No, Regina. El mundo ha muerto para nosotros.

—¿La radio también está muerta? —Muerta y bien muerta. Ahora sólo tus oídos pueden saber lo que hay de nuevo. Así que échate en el suelo y cuéntame algo bonito.

A Regina le daba vueltas la cabeza de alegría y orgullo. Tras las pequeñas lluvias, Owuor le había enseñado a tenderse boca abajo y quedarse inmóvil para arrancarle a la tierra sus sonidos. Desde entonces, había oído muchas veces el coche de Süskind antes de que estuviera a la vista, pero su padre nunca había dado crédito a sus oídos, se limitaba a decir, enfadado, que eran «tonterías» y ni siquiera se avergonzaba cuando en efecto Süskind aparecía después de que ella lo hubiera anunciado. Ahora que ya no podía escuchar más voces en la radio muerta, había comprendido por fin que sin los oídos de Regina estaba tan sordo como el viejo Cheroni, el que metía las vacas en el establo para ordeñarlas. Se sintió fuerte y lista. A pesar de todo, se tomó su tiempo para atrapar unos sonidos que tenían que ir de safari por el Menengai antes de que pudieran escucharse en Rongai. Regina no se tendió sobre el pedregoso sendero que llevaba a la casa hasta la noche siguiente a la muerte de la radio, pero la tierra no dejaba escapar ningún ruido salvo el lenguaje de los árboles al viento. Tampoco a la mañana siguiente halló más que silencio, pero a mediodía sus oídos despertaron.

Cuando le llegó el primer sonido, Regina no se atrevió ni a respirar para no importunarlo. Hasta el segundo no debería haber transcurrido más tiempo del que tarda un pájaro en volar de un árbol a otro. Sin embargo, se hizo esperar tanto que Regina temió haber separado la oreja del suelo más de la cuenta y haber escuchado tan sólo los tambores de la selva. Estaba a punto de levantarse, antes de que la decepción le secara la garganta, cuando de la tierra surgió un latido tan poderoso que tuvo que apresurarse.

Esta vez su padre no podía pensar que había visto el coche antes de oírlo.

Hizo bocina con las manos para que su voz sonase más fuerte y aulló: «Deprisa, papá, tenemos visita. Pero no es el coche de Süskind.» El camión que avanzaba jadeante hacia la granja por la empinada pendiente era más grande que todos los demás que habían pasado por Rongai. Los niños salieron corriendo de las chozas en dirección a la casa, muy juntos sus cuerpos desnudos. Les seguían las mujeres con los bebés a la espalda, las muchachas con calabazas llenas de agua y las cabras, azuzadas por los ladridos de los perros. Los chicos de las schambas soltaron sus azadas y abandonaron los campos; los pastores, sus vacas.

Alzaban los brazos, chillaban como si hubieran vuelto las langostas y cantaban las canciones que sólo al anochecer llegaban desde las chozas. La risa de los curiosos y los nerviosos se estrellaba una y otra vez contra el Menengai y regresaba en forma de claro eco. Éste enmudeció tan aprisa como había empezado y el camión se detuvo en medio del silencio.

Al principio sólo pudieron ver una fina nube de tierra roja que subió muy alto y bajó del cielo al instante. Cuando se hubo desvanecido, los ojos se abrieron como platos y los brazos y las piernas se quedaron inmóviles. Incluso los hombres más ancianos de Rongai, que ya ni siquiera contaban las lluvias que habían vivido, tuvieron que vencer a sus ojos antes de que estuvieran dispuestos a ver. El camión era tan verde como los bosques que nunca se secan, y detrás, en el remolque para ganado, no había bueyes ni vacas en su primer safari, sino hombres de piel blanca y grandes sombreros.

Al lado del aja y Owuor estaban Walter, Jettel y Regina, inertes junto al depósito de agua, delante de la casa, temerosos de levantar la cabeza, aunque todos vieron que el hombre que estaba junto al conductor abría de golpe la puerta del camión y bajaba lentamente.

Llevaba pantalones cortos caqui, tenía las piernas enrojecidas y unas relucientes botas negras que a su paso espantaban las moscas de la hierba. En una mano sostenía una hoja de papel más luminosa que el sol. Con la otra se tocaba la gorra, que descansaba sobre su cabeza como un plato llano de color verde oscuro. Cuando por fin el extraño abrió la boca, Rummler se puso a ladrar.

—Mister Redlich —ordenó la potente voz—, come along! I have to arrest you. We are at war.

Hasta entonces nadie se había movido. Luego llegó un sonido familiar del camión; era Süskind gritando: —¡Santo cielo, Walter, no me digas que no te has enterado! Ha estallado la guerra.

Van a internarnos a todos. Vamos, sube. Y no te preocupes por Jettel y Regina. Hoy mismo pasarán a buscar a las mujeres y los niños para llevarlos a Nairobi.

 

CAPÍTULO IV

Los hombres jóvenes que aún conservaban vivos sus recuerdos de los colegios ingleses y las alegres noches en Oxford recibieron la noticia del estallido de la guerra - por profundo que fuera su pesar por la amenazada patria- como un cambio no del todo indeseable. Lo mismo les ocurrió a los veteranos de ilusiones marchitas que, con cierto tedio por la monótona rutina de la vida colonial, cumplían con sus obligaciones en la policía de Nairobi y las fuerzas armadas del resto del país. De repente, su cometido ya no tenía que ver solamente con robos de ganado, ocasionales luchas tribales y crímenes pasionales en la alta sociedad inglesa, sino con la propia colonia de la Corona.

En los últimos cinco años, ésta venía acogiendo cada vez a más gente del continente, y justo esta gente planteaba ahora a las autoridades nuevos desafíos. En tiempos de paz, los refugiados sin recursos, con nombres de tan difícil pronunciación como escritura, suponían una contrariedad precisamente por su horrible acento y por su ambición, considerada poco deportiva en vista de la tendencia británica al comedimiento. Con todo, por lo general se les tenía por disciplinados y fáciles de manejar. Durante largo tiempo, uno de los principales objetivos de las autoridades había sido no sacudir los sólidos cimientos de la vida y la economía de Nairobi, es decir, dispensar a la ciudad de los emigrantes y alojarlos en granjas. Todo ello se había llevado a cabo siempre con rapidez y a entera satisfacción de los granjeros gracias a la Comunidad Judía, cuyos miembros más antiguos compartían la misma opinión.

La guerra trajo consigo otras prioridades. Ahora lo único importante era proteger a la nación de aquellos que por nacimiento, lengua, educación, tradición y lealtad pudieran mantener unos lazos más estrechos con el enemigo que con el país de acogida. Las autoridades sabían que debían actuar de forma rápida y eficaz, y por lo pronto no estaban en absoluto descontentas con el modo en que habían hecho frente a tan inusitado cometido. En el plazo de tres días, todos los extranjeros enemigos de las ciudades y también de las remotas granjas habían pasado a manos del ejército en Nairobi y habían sido informados de que, en adelante, dejaban de tener el estatus de refugees y pasaban a ser considerados enemy aliens.

Contaban con vivencias análogas de la anterior Guerra Mundial, que ahora era la Primera, y también con suficientes oficiales veteranos que habían servido en el ejército y sabían lo que había que hacer. Se internó a todos los hombres mayores de dieciséis años; los enfermos y los que necesitaban cuidados fueron repartidos entre los distintos hospitales que tenían la vigilancia adecuada. Se desalojaron de inmediato los barracones del Segundo Regimiento de los King's African Rifles de Ngong, a veinte millas de Nairobi.

Los soldados cuyo cometido era ir a buscar a los hombres de las granjas habían procedido de forma inesperadamente rápida y en extremo concienzuda. «Un tanto demasiado concienzuda», según palabras del coronel Whidett —el cual estaba a cargo de la operación Enemy Aliens— en su primera comparecencia tras el exitoso resultado.

En tan precipitada detención, los jóvenes soldados ni siquiera habían dado tiempo a los bloody refugee —como los llamaban en su reavivado patriotismo— a hacer la maleta, y con su mal dosificado celo acabaron causando a sus superiores dificultades fácilmente evitables. En primer lugar, se vieron obligados a vestir a los hombres, que habían llegado a Ngong únicamente con pantalón, camisa y sombrero o a veces incluso en pijama. De encontrarse en la madre patria, semejante problema habría sido atajado de inmediato recurriendo a las ropas de presidiario.

Pero en Kenia resultaba tan inmoral como falto de gusto ponerle a los blancos la misma ropa que a los prisioneros negros. En las cárceles del país no había ni un solo europeo y, por consiguiente, tampoco cosas tan naturales para las necesidades diarias como cepillos de dientes, mudas o esponjas. Para no cargar el presupuesto ya en los primeros días de la guerra ni suscitar preguntas desagradables por parte del Ministerio de la Guerra de Londres, se hizo un llamamiento a los sorprendidos ciudadanos para que efectuaran los correspondientes donativos, medida ésta que provocó una avalancha de cartas al director dolorosamente burlonas en el East African Standard.

Aún peor acogida recibió la particularidad de que los internados llevaran los mismos uniformes caqui que sus guardianes. En los propios círculos militares, la indeseada pero necesaria igualdad de la apariencia externa entre los defensores de la patria y sus eventuales atacantes despertó gran indignación. No era posible acallar los rumores de que los hombres del continente se mofaban de la gravedad de la situación. Existían informes de que se saludaban entre sí con sorna y que los que hablaban inglés preguntaban sin más ni más a los guardianes cuál era el camino del frente. El Sunday Post aconsejaba a sus lectores: «Si se encuentra a un hombre que vista el uniforme británico, por su propia seguridad hágale entonar primero el God Save the King.» El Standard se contentaba con un comentario que, pese a todo, llevaba por título «Escándalo».

Aun siguiendo la más estricta interpretación del riesgo para la seguridad, no habría sido preciso internar de inmediato a mujeres y niños. El ejército estimaba más que suficiente limitarse a confiscar radios y cámaras para evitar que pudieran ser utilizadas para una posible toma de contacto con el enemigo en los campos de batalla europeos.

Por otra parte, no había que olvidar que también en 1914, en la Guerra de los Böers, habían concentrado a mujeres y niños en campos. Más aún pesaba el argumento de que era contrario a la tradición británica del honor y el sentido de la responsabilidad dejar en una granja a seres indefensos sin protección masculina. Nuevamente se procedió de forma rápida y nada burocrática. Al estallar la guerra, ninguna mujer debía quedarse más de tres horas sola en una granja.

A las internadas y, con mayor razón, a los niños no se les podía alojar en barracones militares, pero de nuevo el coronel Whidett dio con una solución satisfactoria. Sin reparar en el esparcimiento de los fines de semana de los granjeros que habitaban las tierras altas, el tradicional hotel Norfolk y el lujoso hotel New Stanley fueron requisados como alojamiento para las familias de los «extranjeros enemigos». Se impuso esta opción porque Nairobi era el único lugar que contaba con suficientes funcionarios competentes para hacerse cargo de una situación que no podía seguir así a la larga.

Las internadas se quedaron desconcertadas al llegar a Nairobi después del largo y penoso viaje desde las granjas. Recibieron una jubilosa bienvenida por parte del personal del hotel, al que hasta entonces siempre se había exhortado a saludar gustosamente a los huéspedes y al que no se había podido reeducar a tiempo para hacer frente a los cambios que trajo consigo la guerra. También se había ordenado que acudieran a los dos hoteles médicos, enfermeras, puericultoras y profesores. Debido a la urgencia de su movilización, esperaban encontrarse problemas que guardaran una relación causal con la guerra; mas pronto se dieron cuenta de que ese caso especial nada tenía que ver con estallidos de epidemias ni problemas psicológicos, sino con dificultades de comunicación. El mejor modo de resolver esas dificultades habría sido utilizando el suahili, idioma que, sin embargo, los pretenciosos funcionarios de la colonia no dominaban tan bien como aquellas gentes que no llevaban mucho tiempo en el país y que en modo alguno se correspondían con la imagen habitual de los agentes enemigos.

El transporte de Nakuru, Gilgil, Sabbatia y Rongai fue el último en llegar al hotel Norfolk. Ya en el trayecto y gracias al consuelo y la tranquilidad proporcionados por el destino común, Jettel había superado su miedo al incierto futuro y la conmoción de la repentina separación de Walter, y hasta consideró beneficiosa la inesperada liberación de la soledad y la monotonía de la granja. Estaba tan fascinada por la elegancia y el animado ambiente del hotel que por un momento, al igual que las demás mujeres, olvidó la causa de tan abrupto cambio en su vida.

Regina también estaba deslumbrada. En Rongai se había negado a subir al camión y tuvieron que arrastrarla a la fuerza. Durante el viaje no había parado de llorar y de llamar a Owuor, al aja, a Suara, a Rummler y a su padre, pero el brillo de las numerosas luces, las cortinas de terciopelo azul de los altos ventanales, los cuadros con marcos dorados y las rosas rojas en copas de plata, además de las muchas personas y aromas, capaces de despertar en ella un entusiasmo aún mayor que los cuadros, lograron ahuyentar de inmediato sus preocupaciones. Se quedó boquiabierta, aferrada al vestido de su madre mientras contemplaba a las enfermeras de almidonadas cofias blancas.

La cena acababa de empezar. Se trataba de uno de esos menús elaborados con esmero por los cuales el Norfolk era famoso no sólo en Kenia, sino en toda África oriental. El jefe de cocina, un hombre oriundo de Sudáfrica y con experiencia en dos barcos de lujo, no tenía la menor intención de romper con la tradición de la casa sólo porque en algún lugar de Europa hubiera estallado una guerra y en el comedor no hubiese más que mujeres y niños.

El día anterior habían llegado bogavantes de Mombasa, cordero de las tierras altas, y judías verdes, apio y patatas de Naivasha. La carne iba acompañada de esa salsa de menta considerada una especialidad legendaria del Norfolk, gratín a la francesa, frutas tropicales sobre un delicado lecho de bizcocho y una selección de quesos que, con el stilton, el cheshire y el cheddar ingleses, de sobra completaba la oferta de paz. La primera noche, el cocinero atribuyó el hecho de que numerosas porciones de bogavante y cordero volvieran intactas a la cocina debido al excesivo cansancio de los comensales.

Sin embargo, como persistiera la aversión a los crustáceos y a la carne, se pidió consejo a un representante de la Comunidad Judía de Nairobi. A decir verdad, éste pudo informar sobre las prescripciones alimentarias judías, pero tampoco él sabía por qué los niños regaban los postres con su salsa de menta. El cocinero maldijo primero la bloody war y muy pronto a los bloody refugees.

Ni siquiera un hotel tan espacioso como el Norfolk tenía sitio suficiente para tan inusitada afluencia de huéspedes, de modo que cada habitación hubo de ser compartida por dos mujeres con sus respectivos hijos. Se temió incluso que hubiera que recurrir a los cuartos del servicio. Lo cierto es que éstos no estaban ocupados, ya que, contrariamente a la costumbre habitual en el Norfolk, las mujeres y los niños habían llegado sin sus chicos y ajas personales, pero la sensibilidad del director del hotel se oponía a que los europeos vivieran en las habitaciones destinadas a los negros.

Regina compartía una cama turca con una chica unos meses mayor que ella. Esto les ocasionó ciertas dificultades la primera noche, puesto que, como hijas únicas que eran ambas, no estaban acostumbradas a tan estrecho contacto, pero sirvió para que superaran tanto más rápido el miedo y la timidez. Inge Sadler era una niña fuerte que llevaba traje bávaro y dormía con camisones de franela de cuadros azules y blancos. Era muy independiente y amable y estaba a todas luces encantada con la perspectiva de tener una amiga. Los primeros días, Regina pensó que su dialecto bávaro era inglés, pero pronto se acostumbró a la pronunciación de su nueva amiga y se asombró de que supiera leer y escribir.

Inge había ido un año a la escuela en Alemania y estaba dispuesta a transmitirle sus conocimientos a Regina. Cuando Inge se despertaba por las noches, lloraba angustiada y tenía que acudir a calmarla su madre, quien, pese a su energía y severidad durante el día, sabía consolar tan dulcemente como el aja y conquistó el corazón de Regina tan aprisa como en su antigua vida lo hiciera Owuor. Cuando Regina le habló a la señora Sadler de Suara, ella sacó de su costurero lana azul y le hizo un corzo de ganchillo.

Los Sadler eran de Weiden in der Oberpfalz y habían llegado a Kenia seis meses antes de que estallara la guerra. Dos de los hermanos tenían una tienda de confección y el tercero era agricultor. Las tres esposas eran demasiado resueltas para añorar el fulgor del pasado. Tejían jerseys y cosían blusas para un afamado establecimiento de Nairobi y habían animado a sus esposos a arrendar una granja en Londiani que ya a los seis meses producía sus primeros beneficios.

Inge había vivido en Weiden el pogromo del 9 de noviembre y había tenido que presenciar cómo destrozaban el escaparate de la tienda paterna, arrojaban a la calle telas y vestidos y saqueaban la casa. A su padre y sus dos tíos los sacaron de casa a rastras, los golpearon y se los llevaron a Dachau. Cuando volvieron al cabo de cuatro meses, Inge no reconoció a ninguno de los tres. Como la avergonzaba llorar por la noche, a las dos semanas de estar en el Norfolk le relató a Regina los acontecimientos de los que nunca hablaba con sus padres.

—A mi papá no le pegó nadie —afirmó Regina cuando Inge hubo acabado.

—Entonces es que no es judío.

—Eso es mentira.

—Ni siquiera sois alemanes.

—Somos de la patria —aclaró Regina—. De Leobschütz, Sohrau y Breslau.

—En Alemania muelen a palos a todos los judíos. Lo sé perfectamente. Odio a los alemanes.

—Yo también odio a los alemanes —aseguró Regina.

Se propuso hablarle lo antes posible a su padre de su nuevo odio, de Inge, de los vestidos en la calle y de Dachau. Aunque mencionaba mucho menos a su padre que a Owuor, al aja, Suara y Rummler, lo echaba de menos y sentía la separación tanto más cuanto que le remordía la conciencia. Se había tendido en el suelo y había sido la primera en oír el camión que los había desterrado a todos de Rongai.

En el pequeño estanque de los nenúfares blancos sobre los que, al calor del mediodía, se posaban las mariposas como nubes amarillas, le reveló a Inge: —He hecho la guerra.

—Tonterías, los alemanes han hecho la guerra. Eso lo sabe todo el mundo.

—Tengo que contárselo a mi papá.

—Él ya lo sabe.

Sólo después de esa conversación cayó Regina en la cuenta de que todas las mujeres hablaban de la guerra. Hacía tiempo que ya no estaban tan alegres como al principio del internamiento. Decían cada vez más a menudo: «Cuando volvamos a la granja», y ninguna de ellas quería saber nada del entusiasmo con el que llegaron a Nairobi. El cambio de tono en el Norfolk aumentaba la añoranza de la vida en la granja.

El director del hotel, un hombre enjuto y desabrido llamado Applewaithe, hacía tiempo que había dejado de esforzarse por ocultar su aversión hacia quienes no sabían pronunciar su nombre. Detestaba a los niños, con los que hasta el momento no había tenido relación alguna ni personal ni profesionalmente, y a las madres recientes les prohibió calentar la leche para los niños en la cocina, tender pañales en el balcón y colocar los cochecitos bajo los árboles. Daba a entender a las mujeres cada vez con mayor claridad que para él eran unas intrusas y, aún peor, enemy aliens.

Tras la desconcertante euforia inicial que había suscitado en ellas la dicha de estar juntas, las mujeres volvieron a la realidad consternadas y conscientes de su culpabilidad.

Casi todas tenían aún parientes en Alemania y ahora comprendían que para padres, hermanos y amigos ya no había escapatoria posible. La certidumbre de esa perentoriedad y el descubrimiento de la inseguridad del propio futuro las paralizaban.

Añoraban a sus esposos, que antes tomaban solos todas las decisiones y asumían la responsabilidad de la familia y de los cuales ni siquiera sabían adonde los habían llevado. La conciencia de la propia impotencia las desconcertaba y trajo consigo mezquinas rencillas y, después, una apatía que las hacía refugiarse en el pasado. Las mujeres rivalizaban en descripciones relativas a la buena vida que una vez tuvieran, una vida que con cada día de obligada ociosidad brillaba aún más en el recuerdo. Se avergonzaban de sus lágrimas y más aún cuando decían «en el hogar» o «en casa» y ya no sabían si hablaban de la granja o de Alemania.

Jettel sufría lo indecible por su necesidad insatisfecha de protección y consuelo.

Anhelaba la vida en Rongai, con el buen humor de Owuor y el ritmo familiar de los días, que ya no le parecían solitarios, sino llenos de esperanza y futuro. Incluso echaba de menos las peleas con Walter, que ahora se le antojaban una sucesión de cariñosas bromas, y lloraba con la sola mención de su nombre. Después de cada arrebato decía: «Si mi marido supiera por lo que estoy pasando aquí, vendría a recogerme en el acto.» La mayoría de las veces, las mujeres se encerraban en su habitación cuando Jettel se abandonaba a su desesperanza, pero una tarde en que su dolor era más intenso que de costumbre, Elsa Conrad se puso a vociferar inesperada y ruidosamente: —Deja ya de lloriquear y haz algo. ¿Acaso crees que si se hubieran llevado a mi marido me quedaría de brazos cruzados gimoteando? Las mujeres jóvenes dais asco.

Jettel se quedó tan estupefacta que dejó de sollozar al instante. —¿Qué puedo hacer? —preguntó con una voz sin rastro de llanto.

Desde el primer día en el Norfolk, Elsa Conrad se convirtió en una autoridad por todas respetada que no admitía réplica. No le temía ni a las discusiones ni a las personas, era la única berlinesa del grupo y la única no judía. Ya su sola apariencia resultaba imponente. Elsa, tan gruesa como impasible, de día envolvía su corpulencia en largos vestidos de flores; y de noche, en escotados vestidos de fiesta. Llevaba turbantes de un rojo encendido que asustaban tanto a los niños que empezaban a gritar nada más verla.

Por las mañanas nunca se levantaba antes de las diez, apelando al señor Applewaithe había conseguido que el desayuno le fuera servido en su habitación y no paraba de amonestar a los niños y, con igual insistencia, a las mujeres que se ahogaban en sus penas o se quejaban de nimiedades. Sólo fue temida los primeros días. Su capacidad de réplica hacía soportables sus provocaciones y su humor hacía lo propio con su temperamento. Cuando contó su historia, pasó a ser una heroína.

Elsa poseía un bar en Berlín y no solía tener trato con clientes que le desagradaran. A los pocos días de que ardieran las sinagogas, en el bar de Elsa entró una mujer con dos acompañantes y, aún con el abrigo puesto, lanzó un discurso incendiario contra los judíos. Elsa la agarró por el cuello del abrigo, la echó a la calle y le gritó: «¿De dónde crees que ha salido tu caro abrigo de pieles? Seguro que se lo has robado a los judíos, puta.» Esto le valió seis meses en prisión y, acto seguido, la expulsión inmediata de Alemania. Elsa había llegado a Kenia sin recursos y ya a la primera semana la había contratado de niñera un matrimonio escocés de Nanyuki. En ningún momento se había llevado bien con los niños, pero sí con los padres, pese al escaso inglés chapurreado que había cogido al vuelo en el barco. A ellos les enseñó a jugar al skat y al cocinero, a adobar huevos cocidos y a hacer albóndigas. Cuando estalló la guerra, los escoceses se separaron de Elsa muy a su pesar y no permitieron que subiera al camión. Ellos mismos la llevaron en coche al Norfolk, y al despedirse, la abrazaron maldiciendo a los ingleses y a Chamberlain.

Elsa sólo conocía la victoria. «Y ahora, ¿qué voy a hacer?», imitó la voz de Jettel la tarde en que logró encauzar su futuro. «¿Queréis pasaros toda la guerra aquí metidas, mano sobre mano, mientras retienen a vuestros maridos? Entonces, ¿por qué me miráis con cara de bobas? ¿Ni siquiera podéis olvidar que os tienen en palmitas? Moved vuestros mimados traseros y escribid a las autoridades. Seguro que alguna de estas señoritingas habrá ido a la escuela y sabrá suficiente inglés para escribir una carta.» La propuesta, por poco éxito que prometiera, fue aceptada, ya que temían más la ira de Elsa que al ejército británico. Tenía tanta capacidad de organización como de persuasión, así que ordenó a cuatro mujeres que poseían bastantes conocimientos de inglés y a Jettel, por su bonita caligrafía, que escribieran cartas en las que relataran su suerte y aclararan sus puntos de vista. El señor Applewaithe se dejó convencer inusualmente deprisa de que era su obligación dar curso al correo de quienes no podían abandonar el hotel.

Ni siquiera la propia Elsa contaba con que esta campaña tuviera un éxito tan rápido.

Para las autoridades militares, lo decisivo no fue ni el tono ni el contenido de las misivas, sino la particularidad de que ellas mismas habían empezado a cuestionar algunos aspectos. Tras las primeras reacciones de Londres, en Nairobi se dudaba de si realmente tendrían que haber internado a todos los refugiados o de si no habría sido más racional comprobar previamente su orientación política.

A ello había que añadir el hecho de que numerosos granjeros esperaban ser llamados a filas y querían saber que sus granjas estarían al cuidado de los refugiados, económicos y muy responsables. La sección de cartas al director del East African Standard la ocupaban casi exclusivamente comentarios que se preguntaban por qué precisamente en Nairobi los prisioneros de guerra tenían que vivir en hoteles de lujo. También los propietarios del Norfolk y del New Stanley reclamaban con insistencia la restitución de su propiedad. El coronel Whidett estimó inteligente mostrar al menos cierta flexibilidad.

En primer lugar, autorizó los contactos entre matrimonios con hijos y dejó entrever que estudiaría medidas adicionales. Exactamente a los diez días de que Applewaithe entregara las cartas a las autoridades militares, volvieron a presentarse ante la puerta los camiones del ejército. Tenían orden de llevar a mujeres y niños al campo de internamiento de Ngong.

A los hombres les sucedió lo mismo que a sus mujeres. El internamiento los había devuelto a la vida tras la soledad y el mutismo. La embriaguez de la liberación fue inmensa. Viejos conocidos y amigos que se habían visto por última vez en Alemania volvían a encontrarse; los compañeros de infortunio del barco se abrazaban de nuevo; los extraños constataban que tenían amigos comunes. Pasaron días y noches intercambiando vivencias, esperanzas y opiniones. Los que se habían salvado supieron de desgracias que empequeñecían las propias. Aprendieron a escuchar otra vez, podían hablar. Era como si se hubiera roto un dique.

Después del tiempo pasado en las granjas, solos con la esposa y los hijos y con la obligación de dominarse y reprimir sus miedos, o después de pasar años solos en una granja, todos ellos se alegraban de vivir en un grupo de hombres. Al menos temporalmente, vivirían sin las preocupaciones económicas y sin el tormento de saber que un despido significaba la pérdida inmediata de la morada. Solamente aquel respiro alimentaba la sensación de una reconfortante seguridad. Fue Walter el que acuñó la frase que después repetirían una y otra vez: «Por fin los judíos vuelven a tener un rey que se ocupa de ellos.» Durante los primeros días en el campo, era como si tras un largo viaje se hubiera topado con unos parientes lejanos a los que se sintiera vinculado de inmediato. Osear Hahn, que fuera abogado en Francfort, llevaba seis años de granjero en Gilgil; Kurt Piakowsky, médico berlinés, ahora era jefe de lavandería en el hospital de Nairobi; y Leo Hirsch, dentista en Erfurt, había encontrado trabajo de gerente en una mina de oro en Kisumu; todos ellos eran miembros de la misma asociación estudiantil que Walter y estaban dispuestos en todo momento a intercambiar con él recuerdos de amigos comunes y alegrías de su época de estudiantes.