OBRAS ESCOGIDAS

 BIOGRAFIAS

STEFAN ZWEIG

(1981-1942)

Stefan Zweig representa uno de los intelectuales más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX. Esta selección de obras, ofrece la visión de este genial autor de la Civilización Occidental en la turbulenta época que le tocó vivir.


ÍNDICE

 

ERASMO DE ROTTERDAM / TRIUNFO Y TRAGEDIA

MISIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

OJEADA A LA ÉPOCA

JUVENTUD OSCURA

RETRATO

GRANDEZA Y LÍMITES DEL HUMANISMO

EL GRAN ADVERSARIO

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

LA GRAN DISPUTA

EL FIN

EL LEGADO DE ERASMO

 

CASTALION CONTRA CALVINO

CALVINO SE APODERA DEL PODER

LA "DISCIPLINA"

APARECE CASTALIÓN

EL CASO SERVET

EL ASESINATO DE SERVET

EL MANIFIESTO DE LA TOLERANCIA

UNA CONCIENCIA CONTRA LA FUERZA

LA FUERZA SE DESHACE DE LA CONCIENCIA

 

MAGALLANES

INTRODUCCIÓN

"NAVIGARE NECESSE EST"

MAGALLANES EN LAS INDIAS (MARZO JUNIO )

MAGALLANES SE EMANCIPA (JUNIO OCTUBRE )

UNA IDEA QUE SE REALIZA ( OCTUBRE - MARZO )

UNA VOLUNTAD CONTRA MIL OBSTÁCULOS ( MARZO - AGOSTO )

LA PARTIDA ( SEPTIEMBRE )

BUSCANDO EN VANO ( SEPTIEMBRE ABRIL )

LA SUBLEVACIÓN ( ABRIL ABRIL )

EL MOMENTO SOLEMNE ( ABRIL - NOVIEMBRE

MAGALLANES DESCUBRE UN REINO PARA SÍ ( NOVIEMBRE - ABRIL )

LA MUERTE ANTE EL TRIUNFO ( ABRIL - ABRIL )

LA VUELTA SIN EL CAUDILLO ( ABRIL SEPTIEMBRE )

LOS MUERTOS NO TIENEN RAZÓN

 

MARÍA ANTONIETA

INTRODUCCIÓN

CASAN A UNA NIÑA

SECRETO DE ALCOBA

PRESENTACIÓN EN VERSALLES

LA LUCHA POR UN SALUDO

LA CONQUISTA DE PARÍS

«LE ROI EST MORT, VIVE LE ROI!»

RETRATO DE UNA PAREJA REGIA

LA REINA DEL ROCOCÓ

TRIANÓN

LA NUEVA SOCIEDAD

LA VISITA DEL HERMANO

MATERNIDAD

LA REINA SE HACE IMPOPULAR

UN RAYO EN EL TEATRO ROCOCÓ

EL ASUNTO DEL COLLAR

PROCESO Y SENTENCIA

DESPIERTA EL PUEBLO, DESPIERTA LA REINA

EL VERANO DE LA DECISIÓN

HUYEN LOS AMIGOS

APARECE EL AMIGO

¿LO ERA O NO LO ERA?

LA ÚLTIMA NOCHE EN VERSALLES

EL CARRO FÚNEBRE DE LA MONARQUÍA

EXAMEN DE CONCIENCIA

MIRABEAU

SE PREPARA LA HUIDA

LA HUIDA A VARENNES

LA NOCHE EN VARENNES

REGRESO

EL UNO ENGAÑA AL OTRO

APARECE EL AMIGO POR ÚLTIMA VEZ

REFUGIO EN LA GUERRA

LOS ÚLTIMOS CLAMORES

EL DIEZ DE AGOSTO

EL TEMPLE

MARÍA ANTONIETA, SOLA

LA ÚLTIMA SOLEDAD

LA CONSERJERÍA

LA ÚLTIMA TENTATIVA

LA GRAN INFAMIA

COMIENZA EL PROCESO

LA VISTA

EL ÚLTIMO VIAJE

LA ENDECHA FÚNEBRE

NOTA DEL AUTOR

CUADRO CRONOLÓGICO

 

FOUCHÉ EL GENIO TENEBROSO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO PRIMERO / ASCENSO (-)

CAPÍTULO II / EL MITRAILLEUR DE LYON

CAPÍTULO III / EL DUELO CON ROBESPIERRE

CAPÍTULO IV / MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO

CAPÍTULO V / MINISTRO DEL EMPERADOR

CAPÍTULO VI / LA LUCHA CONTRA EL EMPERADOR

CAPÍTULO VII / INTERMEZZO INVOLUNTARIO

CAPÍTULO VIII / LA LUCHA FINAL CONTRA NAPOLEÓN

 


 

 

 

ERASMO DE ROTTERDAM

TRIUNFO Y TRAGEDIA

STEFAN ZWEIG

ÍNDICE

MISIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

OJEADA A LA ÉPOCA

JUVENTUD OSCURA

RETRATO

GRANDEZA Y LÍMITES DEL HUMANISMO

EL GRAN ADVERSARIO

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

LA GRAN DISPUTA

EL FIN

EL LEGADO DE ERASMO

 

Traté de saber si Erasmo de Rotterdam era de aquel 'partido.

Pero cierto comerciante me respondió: "Erasmus est homo pro se"

(Erasmo es hombre aparte).

EPÍSTOLAS OBSCURORUM VIRORUM. 1515

 

MISIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

Erasmo de Rotterdam, un tiempo la mayor y más resplandeciente gloria de su siglo, apenas, no lo neguemos, es algo más que un nombre en el día de hoy.

Sus innumerables obras, redactadas en un olvidado idioma supernacional, el latín humanístico, duermen ininterrumpidamente en las bibliotecas; apenas una sola de las que tuvieron fama universal en otro tiempo nos dice ya nada en el nuestro. También su personalidad, por ser de difícil comprensión y presentar sombras crepusculares y contradicciones, ha sido fuertemente obscurecida por la de otros reformadores universales, más robustos y fogosos, y de su vida privada hay poco interesante que comunicar: una criatura humana de existencia silenciosa e incesante trabajo proporciona rara vez una brillante biografía. Pero hasta su auténtica acción ha quedado soterrada y oculta en la conciencia del tiempo presente, como siempre lo están los cimientos bajo el edificio ya construido. Clara y brevemente, por ello, anticipemos aquí lo que hace que Erasmo de Rotterdam, el gran olvidado, sea todavía hoy, y precisamente hoy, de tanto valor para nosotros: entre todos los escritores y creadores del Occidente fue el primer europeo consciente, el primer combatidor amigo de la paz, el más elocuente defensor del ideal humanístico, benévolo para lo mundano y lo espiritual. Y como, además, fue vencido en su lucha por lograr una forma más justa y comprensiva para nuestro mundo espiritual, este su trágico destino lo liga aún más íntimamente con nuestra fraternal sensibilidad.

Erasmo amó muchas cosas que son queridas hoy para nosotros: la poesía y la filosofía, los libros y las obras de arte, las lenguas y los pueblos, y, sin hacer diferencia entre todos ellos, el conjunto de la humanidad, para el logro de una más alta civilización. Y sólo una cosa odió de verdad sobre la tierra, como antagónica de la razón: el fanatismo. Siendo él mismo el menos fanático de todos los hombres, un espíritu acaso no de suprema categoría pero del saber más dilatado, un corazón no mugiente de bondades pero de proba benevolencia, veía Erasmo en toda forma de intolerancia de opiniones el pecado original de nuestro mundo. En su opinión, casi todos los conflictos entre hombres y entre pueblos podían ser resueltos sin violencia, mediante mutua tolerancia, porque todos caen dentro de los dominios de lo humano; casi toda conflagración podía resolverse por medio de árbitros si los incitadores y exaltados de una y otra parte no dieran tensión al arco de la guerra. Por ello combatía Erasmo cualquier fanatismo, ya en el terreno religioso, en el nacional o en el del modo de concebir el Universo y la vida, como perturbador nato y jurado de toda comprensión; odiaba a todos los obstinados y monoideístas, ya aparecieran en hábitos sacerdotales o con togas académicas, a los que llevaban anteojeras en el pensamiento y a los fanáticos de toda clase y raza, que en todas partes exigen una obediencia de cadáver para sus propias opiniones, y a toda otra concepción la llaman despectivamente herejía o bribonería. Así como a nadie quería constreñir a que aceptara las concepciones que él enseñaba, también oponía decidida resistencia a que le forzaran a seguir cualquier confesión religiosa o política.

La independencia del pensamiento era para él cosa evidente, y este libre espíritu siempre consideró como un secuestro de la divina pluralidad del mundo el que alguien, ya en el pulpito o ya en la cátedra, se levantara y hablara de su propia verdad personal como de una misión que Dios le hubiere confiado, hablándole al oído, a él y sólo a él. Con toda la fuerza de su inteligencia, centelleante y convincente, combatió, por tal motivo, en todos los terrenos, a lo largo de toda una vida, contra los fanáticos ergotizantes de sus propias creencias, y sólo en muy raras y felices horas se rió de ellos. En tales momentos más suaves apareciósele el fanatismo de frente estrecha, sólo como una lamentable limitación del espíritu, como una de las innumerables formas de la "stultitiá", cuyas mil degeneraciones y variedades tan regocijadamente clasificó y caricaturizó en su Elogio de la Locura. Como hombre justo, auténtico y sin prejuicios, comprendió y compadeció hasta a su más encarnizado enemigo. Pero en lo más profundo, siempre supo Erasmo que este perverso espíritu de la naturaleza humana, que el fanatismo, había de destrozar su propio mundo benigno y su existencia.

Pues la misión y el sentido de la vida de Erasmo era realizar la síntesis armónica de lo contradictorio en el espíritu de la humanidad. Había nacido con un carácter armonizador, o, para hablar como Goethe, que era semejante a él en la repulsa de todo lo extremo, con "una naturaleza comunicativa".

Toda poderosa subversión, todo tumulto, toda turbia disputa entre las masas, oponíase, ante su sensibilidad, al claro ser de la razón del mundo, a cuyo servicio sentíase obligado como fiel y sereno mensajero, y en especial la guerra, como la más grosera y desaforada forma de resolver internas oposiciones, le parecía incompatible con una humanidad que pensara moralmente. El arte singular de limar conflictos mediante una bondadosa comprensión, de aclarar lo turbio, de concertar lo embrollado, de casar de nuevo lo desunido y dar a lo disgregado un más alto enlace común, era la auténtica fuerza de su paciente genio, y con gratitud, sus contemporáneos llamaron simplemente "erasmismo" a esta voluntad de comprensión que actuaba en plurales formas. Para este "erasmismo" es para lo que aquel hombre quería ganar el mundo. Como reunía en su misma persona todas las formas del poder creador, y a un tiempo era poeta, filólogo, teólogo y pedagogo, consideraba también como posible, en el ámbito total del mundo, el enlace de lo irreconciliable aparentemente; ninguna esfera fue inalcanzable, o ajena, a su arte de conciliador. Para Erasmo no existía ninguna oposición moral irreducible entre Jesús y Sócrates, entre doctrina cristiana y sabiduría antigua, entre piedad y moralidad. Ordenado sacerdote, admitió a los paganos, en el sentido de la tolerancia, en su espiritual celeste paraíso, y los colocó fraternalmente junto a los padres de la Iglesia; la filosofía, como la teología, era para él una forma de buscar a Dios, e igualmente pura; no levantaba la mirada hacia el cielo cristiano con menor fe que con gratitud hacia el Olimpo griego. El Renacimiento, con su sensual y alegre superabundancia, no le parecía, al igual de Calvino y otros fanáticos, como enemigo de la Reforma, sino como su hermano más libre. No avecindado en ningún país, pero familiar con todos, primer cosmopolita y europeo consciente, no reconocía ninguna superioridad de una nación sobre las otras, y como había enseñado a su corazón a valorar sólo a los pueblos en virtud de sus espíritus más nobles y cultivados, en razón de su élite, todos le parecían dignos de afecto. Convocar a todos estos espíritus selectos de todos los países, razas y clases para formar una gran liga de gente cultivada, esta elevada tentativa tomóla a su cargo Erasmo como meta propia de su vida, y al levantar al latín, la lengua que estaba sobre las lenguas, a una nueva forma artística y capacidad de exposición, creó para los pueblos de Europa —¡cosa inolvidable!—, por espacio de una hora universal, una forma supernacional y unitaria de pensamiento y expresión. Su dilatado saber volvía agradecido la vista hacia lo pasado; su creyente sentido dirigíase, lleno de esperanza, hacia lo porvenir. Pero apartaba tenazmente la vista de la barbarie del mundo, que aspira, una y otra vez, a confundir, zopenca y malignamente, el plan divino con permanente hostilidad; sólo la esfera superior, la que crea y da forma, atraíale fraternalmente, y consideraba como misión de todo hombre espiritual dilatar y amplificar este espacio, a fin de que alguna vez, como la luz del cielo, abarque, unitaria y puramente, a toda la humanidad. Pues ésta era la fe más íntima de este temprano humanismo (y su hermoso, su trágico error): Erasmo y los suyos consideraban posible el progreso de la humanidad por medio de la ilustración, y confiaban en la capacidad educativa, tanto de los individuos como de la totalidad, mediante una difusión más general de la cultura, de los escritos, estudios y libros. Estos tempranos idealistas tenían una conmovedora y casi religiosa confianza en la capacidad de ennoblecimiento de la naturaleza humana por medio del perseverante cultivo de la enseñanza y la lectura. Como hombre de letras que creía en los libros, no dudó jamás Erasmo de la perfecta posibilidad de que la moral fuera enseñada y aprendida. Y la solución del problema de la armonización completa de la vida parecíale ya garantizada por esta humanización de la humanidad, soñada por él como muy próxima.

Tan alto sueño estaba constituido de tal forma, que, como imán poderoso, podía atraer en todos los países a los espíritus mejores de aquel tiempo. Al hombre dotado de sensibilidad moral, siempre le parece como cosa insubstancial y sin sentido la propia existencia, sin el consolador pensamiento, creencia que dilata el alma, de que también él, como individuo aislado, con su deseo y su acción, puede añadir algo a la moralización general del mundo. El momento presente no es más que un peldaño para una mayor perfección, sólo preparación de un proceso vital mucho más perfecto. Quien sabe dar autoridad, por medio de un nuevo ideal, a esta fuerza de esperanza en el progreso moral de la humanidad, llega a ser guía de su generación. De éstos fue Erasmo. La hora era» singularmente favorable para su idea de unión europea en el espíritu de la humanidad, pues los grandes descubrimientos e invenciones del cambio de siglo, la renovación de las ciencias y las artes por el Renacimiento, habían vuelto a ser, desde tiempo atrás, para toda Europa, un dichoso y sobrenacional acontecimiento colectivo; por primera vez, después de innumerables años de depresión, daba ánimos al mundo de Occidente la confianza en su destino, y, de todos los países, las mejores fuerzas idealistas concurrían hacia el humanismo. Todos querían ser ciudadanos, ciudadanos del mundo, en este imperio de la cultura; emperadores y papas, príncipes y sacerdotes, artistas y hombres de Estado, mancebos y mujeres, rivalizaban en instruirse en las artes y ciencias; el latín llegó a ser su idioma fraternal común, un primer esperanto del espíritu: por primera vez, desde la ruina de la civilización romana — ¡glorifiquemos este hecho!—, gracias a la república de sabios de Erasmo, volvía a estar en formación una cultura europea colectiva; por primera vez, no la vanidad de una sola nación, sino la salud de toda la humanidad, era la meta de un grupo fraternal de idealistas. Y esta aspiración de los hombres espirituales a ligarse en espíritu, de los idiomas a entenderse en un súper idioma, de las naciones a hacer las paces valederamente en lo sobrenacional, este triunfo de la razón fue también el triunfo de Erasmo, su sagrada, pero breve y transitoria, hora universal.

¿Por qué no podía durar —pregunta dolorosa— un imperio tan puro? ¿Por qué vuelven a ser siempre vencidos los mismos altos y humanos ideales de comprensión espiritual, por qué lo "erasmista" tiene siempre tan escasa fuerza efectiva en una humanidad que conoce, sin embargo, desde hace mucho tiempo lo absurdo de toda hostilidad? Tenemos, por desgracia, que reconocer y confesar claramente que un ideal que sólo se propone el bienestar general jamás puede satisfacer por completo a dilatadas masas del pueblo; en los caracteres de tipo medio también el odio exige el cumplimento de sus sombríos derechos junto a la pura fuerza del amor, y el provecho personal de cada individuo quiere obtener también de aquella idea rápidas ventajas individuales. Para la masa siempre será más accesible que lo abstracto lo concreto y aprehensible; por ello, en lo político siempre encontrará más fácilmente partidarios todo programa que, en lugar de un ideal, proclame una hostilidad, una oposición Bien comprensible y manejable, que se dirija contra otra clase social, otra raza, otra religión, pues, con el odio puede encender fácilmente el fanatismo sus criminales llamas. Por el contrario, un ideal puramente unificador, un ideal supernacional y panhumano como el erasmismo carece, naturalmente, de todo impresionante efecto óptico para una juventud que quiere ver, al luchar, los ojos de su adversario, y jamás trae consigo aquel elemental atractivo que tiene lo orgullosamente disgregador, que muestra siempre al enemigo más allá de las fronteras del propio país y fuera de las de la propia comunidad religiosa. Por ello siempre encontrarán más fácilmente secuaces los espíritus partidistas, que azuzan en una determinada dirección el eterno descontento humano; mas el humanismo, la doctrina de Erasmo, que no tiene espacio para ninguna suerte de odio, que fija heroicamente su paciente aspiración en una meta lejana y apenas visible, es, y seguirá siendo, un ideal de espíritus aristocráticos, en cuanto el pueblo que ella sueña, en cuanto la nación europea, no esté realizada. A un tiempo" idealistas, y a pesar de ello conocedores de la naturaleza humana, los partidarios de una futura inteligencia de la humanidad no pueden dejar de ver con claridad que su obra está siempre amenazada por el elemento eternamente irracional de la pasión; tienen que tener conciencia, al sacrificarse, de que siempre y en todos los tiempos volverá a haber oleadas de fanatismo, brotadas de las primitivas profundidades del orbe de impulsos humanos, que inundarán y destrozarán todo dique: casi no hay generación que no sufra tal retroceso, y, después de ello, su deber moral es sobreponerse a este desconcierto interno.

Pero la tragedia personal de Erasmo consiste en que precisamente él, el más antifanático de todos los hombres, y precisamente en el momento en que la idea de lo supernacional resplandecía por primera vez victoriosa en Europa, fue arrebatado en medio de una de las más salvajes explosiones de pasión colectiva, nacional y religiosa que conoce la historia. Por lo general aquellos acontecimientos a los que atribuimos una significación histórica no llegan en modo alguno hasta la viviente conciencia del pueblo. Aun las mayores olas de la guerra no alcanzaban, en siglos anteriores, si no a poblaciones aisladas, a aisladas provincias, y en general el hombre espiritual podía lograr mantenerse aparte de la agitación en caso de contiendas sociales o religiosas, y contemplar desde lo alto, con corazón imparcial, las pasiones de los políticos —Goethe es el mejor ejemplo de ello, el cual, imperturbable, prosiguió creando su obra íntima en medio del tumulto de las guerras napoleónicas—. Pero a veces, en muy rara ocasión en el decurso de los siglos, se originan tensiones contrapuestas de tal fuerza de impulsión, que todo el mundo queda desgarrado en dos pedazos, lo mismo que una tela, y este desgarrón gigantesco se extiende a través de todo el país, de toda ciudad, de toda casa, de toda familia, de todo corazón. Por todas partes, entonces, con su presión monstruosa, se apodera del individuo la fuerza inmensa de las masas, y éste no puede defenderse, no puede salvarse de la locura colectiva; un oleaje tan furioso no permite que haya ninguna firme posición, ninguna posición aparte. Estas totales divisiones del mundo pueden hacer explosión por el choque de problemas sociales, religiosos o de cualquier otra índole teórica y espiritual, pues en el fondo es siempre indiferente para el fanatismo la materia con que se inflama; sólo quiere arder y dar llamas, descargar su fuerza de odio acumulado; y precisamente en tales apocalípticas horas universales es cuando con mayor frecuencia irrumpe en el delirio de las masas el demonio de la guerra, rompe las cadenas de la razón y se precipita sobre el mundo, libre y lleno de gozo.

En tales espantosa! momentos de locura colectiva y división universal carece de toda defensa la voluntad individual. En vano es que el hombre espiritual quiera salvarse en la apartada esfera de la meditación; los tiempos le fuerzan a penetrar en el tumulto, hacia la derecha o hacia la izquierda, a inscribirse en un bando o en otro, a adoptar un lema u otro de los partidos en lucha; nadie, entre los cientos de miles y millones de combatientes, necesita en tales momentos de mayor valor, de más fuerza, de más decisión moral que el hombre que ha adoptado una posición central, que no quiere someterse a ningún delirio partidista, a ninguna unilateralidad de pensamiento. Y aquí comienza la tragedia de Erasmo.

Como el primer reformador alemán (y realmente el único, pues los otros más bien fueron revolucionarios que reformadores), había tratado de renovar la Iglesia católica según las leyes de la razón; pero el Destino puso frente a él, hombre de espíritu de muy dilatada amplitud de horizontes, evolucionista, un hombre de acción, Lutero, un revolucionario, agitado demoníacamente por las broncas fuerzas del pueblo alemán. De un solo golpe el férreo puño aldeano del doctor Martín destroza lo que la fina mano de Erasmo, sólo armada de la pluma, se había esforzado por enlazar, tímida y delicadamente.

Durante siglos quedará partido el orbe cristiano y europeo en católicos contra protestantes, gentes del norte contra gentes del sur, germanos contra romanos: en este momento sólo hay una elección, una decisión posible para los alemanes, para los hombres de Occidente: o papistas o luteranos, o el poder de las llaves de San Pedro o el Evangelio. Pero Erasmo —y ésta es su acción más memorable— es el único entre los guiadores de aquella época que se niega a adscribirse a un partido. No se pone del lado de la Iglesia, no se pone del de la Reforma, por estar ligado con ambos bandos: con la doctrina evangélica, ya que por convicción era el primero que la había exigido y fomentado; con la Iglesia católica, por defender en ella la última forma de unidad espiritual de un mundo que se viene abajo. Pero a la derecha hay exageración y a la izquierda hay exageración, a la derecha fanatismo y a la izquierda fanatismo, y él, el hombre inmutablemente antifanático, no quiere servir a una exageración ni a la otra, sino sólo a su norma eterna, la justicia. En vano se coloca como mediador en el centro, y con ello en el puesto de mayor peligro, para salvar, en esta discordia, lo general humano, los bienes de la cultura colectiva; intenta, con sus desnudas manos, mezclar fuego y agua, reconciliar unos fanáticos con otros: cosa imposible, y, por ello, doblemente excelsa. Al principio en ninguno de los dos campos se comprende su conducta, y, como habla con suavidad, cada cual confía en poderlo atraer para su propia causa. Pero apenas comprenden ambos que este espíritu libre no quiere prestar acatamiento a ninguna ajena opinión ni proteger ni ayudar a ningún dogma, el odio y el escarnio caen sobre él desde la derecha y desde la izquierda. Como Erasmo no quiere ser de ningún partido, rompe con los dos; "para los güelfos soy un gibelino, y para los gibelinos un güelfo". Lutero, el protestante, maldice gravemente su nombre; la Iglesia católica, por su parte, pone en el índice todos sus libros. Pero ni amenazas ni injurias pueden inclinar a Erasmo hacia un partido o hacia otro; nulli concedo., no quiero pertenecer a ninguno; este lema suyo lo mantiene hasta el final; es homo per se, hombre aparte, hasta sus últimas consecuencias. Frente a los políticos, frente a los conductores y seductores populares que impulsan hacia una pasión unilateral, el artista, el hombre de espíritu en el sentido de Erasmo tiene la misión de ser el mediador comprensivo, hombre de mesura y de centro. No tiene que estar en ningún frente de batalla, sino única y exclusivamente en la que se libra contra el enemigo común de todo libre pensamiento: contra el fanatismo; no apartado de los partidos, pues participar en el sentimiento de todo lo humano es vocación del artista, sino por encima de ellos, audessus de la mélée, combatiendo las exageraciones de uno y otro lado, y, en todos, el odio sin sentido y siniestro.

Esta posición de Erasmo, esta indecisión, o mejor dicho esta voluntad de no decidir, fue, con gran simplicidad, calificada por sus contemporáneos y sucesores como cobardía, y se mofaron de sus vacilaciones conscientes como si fueran flojera e inconstancia. En efecto, Erasmo no se confesó con abierto pecho al mundo, como un Wínkelried; el heroísmo sin temor no era propio suyo. Con toda prudencia se plegó para apartarse; galantemente osciló como una caña, a derecha e izquierda, pero sólo para no dejarse romper por el viento y volver siempre otra vez a levantarse. No llevó orgullosamente, como una bandera, delante de sí, su declaración de independencia, su "nulli concedo", sino escondido bajo el manto como linterna de ladrón; temporalmente se agazapó y ocultó en escondrijos y utilizó efugios y pretextos durante las más bárbaras colisiones del delirio colectivo; pero —y esto es lo más importante— mantuvo a salvo e intacta de los espantosos huracanes de odio de su tiempo su joya espiritual, su fe en la humanidad, y en este breve pabilo ardiente pudieron encender sus luces Spinoza, Lessing y Voltaire, como podrán hacerlo, más tarde, todos los futuros europeos. Como único de su generación espiritual, Erasmo permaneció más fiel a toda la humanidad que a un clan determinado. Fuera del campo de batalla, no perteneciendo a ningún ejército y hostilizado por ambos, Erasmo murió solo y solitario.

Solitario, es verdad; pero —y esto es lo decisivo— independiente y libre.

Mas la historia es injusta con los vencidos. No ama mucho a los hombres mesurados, a los mediadores y reconciliadores, a los hombres de la humanidad. Sus favoritos son los apasionados, los desmedidos, los bárbaros aventureros del espíritu y de la acción: de este modo ha apartado la vista casi despectivamente de este callado servidor de los sentimientos humanitarios.

En el cuadro gigantesco de la Reforma, Erasmo se alza en último término.

Dramáticamente cumplen los otros su destino, todos aquellos posesos de su genio y de su fe: Hus se asfixia entre las llamas ardientes; Savonarola es amarrado al poste de la hoguera en Florencia; Servet, arrojado al fuego por el fanático Calvino. Cada cual tiene su hora trágica: Thomas Münzer es tenaceado con tenazas de fuego; John Knox, clavado en su propia galera; Lutero, apoyándose ampliamente sobre la tierra alemana, lanza contra el emperador y el Imperio su amenaza de: "No puedo hacer otra cosa". A Thomas Moro y a John Fisher les ponen la cabeza sobre el tajo de los criminales; Zwingli, acogotado por la maza de armas, yace en la llanura de Cappel: todos ellos figuras inolvidables, intrépidos en su creyente furor, extáticos en sus cuitas, grandes en su destino. Mas detrás de ellos prosigue ardiendo la llama fatal del delirio religioso; los destruidos castillos de la Guerra de los Aldeanos son testigos infamadores de aquel Cristo, mal comprendido, cada cual según su modo, por aquellos fanáticos; las ciudades arruinadas, las granjas saqueadas de la Guerra de los Treinta Años y de la de los Cien Años, estos panoramas apocalípticos claman a los cielos la sinrazón terrena del "no querer ceder". Pero en medio de este tumulto algo detrás de los capitanes de esta guerra eclesiástica, y claramente alejado de todos ellos, nos contempla el fino semblante de Erasmo, levemente sombreado de duelo. No está amarrado a ninguna picota de martirio, su mano no aparece armada con ninguna espada, ninguna ardiente pasión abrasa su semblante. Pero claramente se destaca su mirada, azul, luminosa y tierna, inmortalizada por Holbein, y, a través de todo aquel tumulto de pasiones colectivas se dirige hacia nuestra época, no menos agitada. Una serena resignación sombrea su frente —¡ay, conoce la eterna stultitia del mundo!— , mientras que una leve y muy delicada sonrisa de confianza se muestra en torno a sus labios. Lo sabe, en su experiencia; es propio del modo de ser de todas las pasiones el llegar a fatigarse. Es destino de todo fanatismo el agotarse a sí propio. La razón, eterna y serenamente paciente, puede esperar y perseverar. A veces, cuando las otras alborotan, en su ebriedad, tiene que enmudecer y guardar silencio. Pero su hora llega, vuelve a llegar siempre.

 

OJEADA A LA ÉPOCA

El tránsito del siglo XV al XVI es una hora fatal para Europa, sólo comparable con la nuestra por su dramático amontonamiento de sucesos. De repente dilátase el recinto europeo, hasta llegar a ser universal; un descubrimiento viene tras otro, y en espacio de pocos años, por la audacia de una estirpe de navegantes, se repara lo que, en su indiferencia o su falta de ánimos, habían dejado de hacer los siglos. Lo mismo que en un reloj eléctrico, van saltando las fechas: en 1486, Bartolomé Díaz fue el primer europeo que se atrevió a ir hasta el Cabo de Buena Esperanza; en 1492, Colón llegó a las Antillas; en 1497, Sebastián Cabot a las costas del Labrador, y con ello, a la tierra firme americana. Un nuevo continente pertenece ahora a la conciencia de la raza blanca; pero ya Vasco de Gama, zarpando de Zanzíbar, navega hacia Calcuta, y abre así el camino marítimo de la India; en 1500, Cabral descubre el Brasil, y por fin, desde 1519 hasta 1522, Magallanes acomete y termina la empresa marítima más digna de memoria y que corona todas las otras: el primer viaje de una criatura humana alrededor de toda la Tierra, desde España hasta España. De este modo queda comprobada como auténtica la imagen de la "manzana terrestre" de Martín Behaim, la primera esfera, de la cual, a su aparición en 1490, se había hecho mofa, como hipótesis anticristiana y obra de un loco: la más osada acción venía a confirmar al más audaz pensamiento. De la noche a la mañana, el redondo globo, en el cual hasta entonces la humanidad pensante había circulado, incierta y oprimida, por los espacios estelares, como en una térra incógnita, se había convertido en una realidad comprobable y navegable; el mar, hasta entonces místico desierto azul con eterno oleaje, es ahora elemento mensurable y medido, muy útil para la humanidad. De pronto se exalta la audacia europea, ya, no hay pausa ni detención para tomar aliento en la ruda carrera por el descubrimiento del cosmos. Cada vez que los cañones de Cádiz o de Lisboa dan la bienvenida a un galeón de regreso, precipitase al puerto una curiosa muchedumbre para recibir otra embajada de recién descubiertos países, para admirar aves nunca vistas, animales y hombres con espanto contemplan los gigantescos cargamentos de plata y oro; hacia todos los rumbos de los vientos corre por Europa la embajada de que, en un abrir de ojos, se ha convertido en centro y señora de todo el Universo, gracias al heroísmo espiritual de su raza. Mas casi al mismo tiempo explota Copérnico el nunca hollado curso de los astros, más allá de la Tierra, clara de repente, y todo este nuevo saber, gracias al recién descubierto arte de la imprenta, penetra con una celeridad igualmente desconocida hasta entonces en las ciudades más apartadas y en los lugares más perdidos de Occidente: por primera vez, desde hace siglos, ocurre en Europa un acontecimiento colectivo próspero y que eleva el nivel (le la existencia. Durante la vida de una sola generación los elementos primitivos de las nociones humanas, el espacio y el tiempo, han recibido otra medida y otro valor. . . Sólo nuestro último cambia de siglo, con la dominación, igualmente repentina y victoriosa del espacio y el tiempo por medio del teléfono, la radio, el automóvil y los aparatos de aviación, experimentó análoga renovación del, ritmo de la vida, merced a invenciones y descubrimientos.

Esta súbita dilatación de los espacios del mundo exterior tiene, como natural consecuencia, una conmutación igualmente violenta en los recintos del alma.

Cada cual, sin sospecharlo, se ve obligado a pensar, calcular y vivir en otras dimensiones; pero antes de que el cerebro se haya acomodado a la transformación apenas comprensible, se ha transformado ya la sensibilidad: una perpleja confusión, un vértigo, mitad temor y mitad entusiasmo, es siempre la primera respuesta del alma cuando pierde repentinamente su medida, cuando todas las normas y formas sobre las cuales hasta entonces se apoyaba, como sobre algo permanente, se deslizan bajo ella, como fantasma.

De la noche a la mañana, todo lo cierto se ha trocado en dudoso, todo lo de ayer parece viejo y gastado, como de mil años; los mapamundis de Tolomeo, santuario no derribado durante veinte generaciones, se convierten en juego de niños, gracias a Colón y a Magallanes; las obras sobre Cosmografía, Astronomía, Geometría, Medicina, Matemáticas, crédulamente copiadas desde hace miles de años y admiradas como sin tacha, llegan a quedar nulas y anticuadas; todo lo anterior se marchita ante el aliento cálido de los tiempos nuevos. Se acabaron ahora todas las disputas y comentarios escolásticos; las antiguas autoridades caen por tierra, como desbaratados ídolos de la veneración; se vienen abajo las torres de papel de la escolástica; la vista queda libre. Una fiebre espiritual de saber y ciencia se origina de la repentina renovación de la sangre del organismo europeo con nuevos temas universales; acelerase el ritmo. Evoluciones que se operaban en lenta transición, reciben rápido curso con esta fiebre; todo lo existente se pone en movimiento, como por un temblor de tierra. Las organizaciones políticas y sociales (heredadas de la Edad Media cambian de situación, unas ascienden, otras se hunden; la clase caballeresca perece, las ciudades aspiran a elevarse, el elemento agrícola se empobrece, el comercio y el lujo florecen con brío tropical merced al estercolamiento del oro de Ultramar. La fermentación se hace cada vez más violenta; entra en curso una completa mutación de grupos sociales, análoga a la nuestra por la invasión de la técnica y su también harto repentina organización y racionalización; prodúcese uno de aquellos momentos típicos en los que la humanidad, por decirlo así, es sobrepasada por sus propias creaciones y tiene que apelar a todas sus fuerzas para volver a alcanzarse a sí misma.

Todas las zonas de las instituciones humanas se conmueven con este choque inmenso, y, hasta aquella capa más profunda del imperio del alma, que otras veces había permanecido intacta bajo las tormentas de los tiempos, la religiosa, es afectada por este magno viraje del siglo y del mundo.

Rígidamente mantenido inmutable, como un encanto, por la Iglesia católica, el dogma, a modo de roca, había resistido a todos los huracanes, y esta grande y fiel obediencia había sido como el emblema de la Edad Media. En lo alto, disponiendo, se alzaba la autoridad de bronce; desde abajo, creyentemente sometida a la palabra santa, la humanidad la contemplaba: ninguna duda osaba afirmarse contra la verdad eclesiástica, y, donde se opusiera resistencia, mostraría la Iglesia su fuerza defensiva; el anatema quebraba la espada del emperador y dejaba sin aliento al hereje. Pueblos, dinastías, razas y clases sociales, por muy extrañas y hostiles que fueran entre sí, quedaban ligadas en una magnífica comunidad, por esta unánime y humilde obediencia, por esta ciega y beatífica fe reverencial; en la Edad Media, la humanidad occidental no había tenido más que un alma única, la católica. Europa descansaba en el regazo de la Iglesia, conmovida y agitada a veces por místicos sueños, pero en reposo, y le era ajeno todo deseo de verdad alcanzada por medio del saber y la ciencia. Por primera vez, ahora, una inquietud comienza a agitar el alma de Occidente; desde que los secretos de la Tierra han sido investigados, ¿por qué no han de serlo también los divinos? Sucesivamente van levantándose algunos del arrodillamiento en que estaban postrados, con la cabeza humildemente inclinada, y alzan, interrogadora, su mirada; en lugar de la humildad, anímales un nuevo valor, interrogador y pensante, y, junto a los audaces aventureros de desconocidos mares, junto a los Colones, Pizarros y Magallanes, surge una estirpe de conquistadores espirituales que se lanzan osadamente hacia lo infinito. La potencia religiosa que, durante siglos, había estado encerrada en el dogma, como en una botella sellada, se exhala como un éter y se vierte desde los concilios sacerdotales hasta lo profundo del pueblo; también en esta última esfera quiere el mundo renovarse y transformarse. Merced a esta confianza en sí mismo, victoriosa y llena de experiencia, el hombre del siglo XVI no se siente ya como una diminuta partícula de polvo sin voluntad, que se muere de sed por el rocío de la gracia divina, sino como centro de los acontecimientos, soporte de la fuerza del mundo; la humildad y lobreguez transfórmarse súbitamente en la conciencia del propio valer, cuya embriaguez de poderío, más sensual e imperecedera, expresamos con la palabra Renacimiento, y, junto al maestro eclesiástico, aparece el intelectual con idéntica autoridad; junto a la Iglesia, la ciencia. También aquí ha quebrado una autoridad suprema, o, por lo menos, está tambaleándose; acábase la humildad y muda humanidad de la Edad Media, comienza una nueva que pregunta e investiga, con el mismo celo religioso con que las anteriores creyeron y oraron. De los monasterios, trasládase el afán de saber a las universidades, que casi al mismo tiempo aparecen en todos los países de Europa, fortalezas desafiadoras de la libre investigación. Se ha abierto un campo para los poetas, los pensadores, los filósofos, para los expositores e investigadores de todos los misterios del alma humana; en otras formas vierte el espíritu su fuerza; el humanismo intenta devolver a los hombres lo divino sin mediación eclesiástica, y se suscita, ya aisladamente primero, impulsada después por la firmeza del apoyo de las muchedumbres, la gran exigencia universal de la Reforma.

Momento grandioso, cambio de siglo que se convierte en un cambio de edades; Europa posee, por decirlo así, durante un instante, un solo corazón, una sola alma, una sola voluntad, un solo anhelo. Poderosamente se siente invitada a transformarse en su totalidad por un mandato aún incomprensible. La hora está magníficamente preparada, la inquietud fermenta en todos los países, temor acongojante e impaciencia en las almas, y, por encima de todo ello, vuela y se cierne el ansia, oscura y única, de escuchar la palabra que liberte y defina los designios; ahora o nunca le es dado al espíritu renovar el mundo.

 

JUVENTUD OSCURA

Insuperable símbolo de este genio sobrenacional que pertenece al mundo entero: Erasmo no tiene patria, no tiene hogar paterno, hasta cierto punto ha nacida en un espacio sin aire. El nombre de Erasmus Roterodamus, que muestra ante la gloria universal, no es heredero de padres y antepasados, sino nombre de adopción; la lengua que habla durante toda su vida no es la de su tierra holandesa, sino el latín, artificialmente aprendido. Las circunstancias y el día de su nacimiento están envueltos en notable oscuridad; apenas se sabe algo más que el año en que ve la luz: 1466. De este ensombrecimiento, no estaba, en modo alguno, limpio de culpas Erasmo, pues no le gustaba hablar de su procedencia por ser hijo ilegítimo, y más enojoso aún, por ser hijo de clérigo "ex illicito , et ut timet incesto damnatoque coitu genitus" (lo que Charles Reade refiere románticamente sobre la niñez de Erasmo en su célebre novela The cloister and the heart, es, naturalmente, cosa inventada). Los padres mueren pronto y es comprensible que los parientes muestren la mayor prisa para, en cuanto sea posible, mantener lejos de sí y sin que les cueste dinero, al bastardo; por fortuna, la Iglesia está siempre dispuesta a atraer a su seno a un mozo bien dotado. A los nueve años, el pequeño Desiderio (en realidad indeseado), es enviado a la escuela capitular de Deventer, después a Herzogenbusch; en 1487 ingresa en el convento de agustinos de Steyn, no tanto por vocación religiosa como porque se encuentra allí la mejor biblioteca clásica del país; pronuncia sus votos en el año de 1488. Pero por parte alguna está probado que en estos años conventuales haya luchado, con alma ardiente, por la palma de la piedad; sábese más bien, por sus cartas, que se ocupaba principalmente de Bellas Artes, que la literatura latina y la pintura eran su capital ocupación.

En todo caso, fue ordenado sacerdote, por mano del obispo de Utrecht, en el año 1492.

Pocos fueron los que vieron jamás a Erasmo, en toda su vida, con hábitos eclesiásticos; y es siempre preciso hacerse cierto esfuerzo para recordar que este hombre, libre de pensamiento y que escribe tan sin preocuparse, haya pertenecido en realidad, hasta la hora de su muerte, al estado eclesiástico.

Pero Erasmo conoce el gran arte de vivir; todo lo que le es molesto lo aparta de sí, de una manera suave y nada llamativa, y, bajo cualquier hábito y sometido a no importa qué coacción, sabe guardar su libertad interna. Por medio de los pretextos más hábiles, alcanzó dispensa de dos papas para no tener que llevar traje sacerdotal de la obligación del ayuno libróse con un certificado de enfermo, y nunca, ni por un solo día, volvió a estar sometido a la disciplina del convento, a pesar de todos los ruegos, admoniciones y hasta amenazas de sus superiores.

Con ello, se nos revela uno de los más importantes rasgos de su carácter, acaso el principal: Erasmo no quiere ligarse a nada ni a nadie. No quiere echar sobre sí, de modo permanente, la obligación de servir a ningún príncipe, a ningún señor, ni siquiera el servicio divino; por un interno impulso de independencia, su naturaleza tiene que permanecer libre y no sometida a nadie, íntimamente, jamás reconoció ningún superior, no se sintió obligado nunca hacia ninguna corte, ninguna universidad, ninguna profesión, ningún monasterio ni ninguna ciudad, y lo mismo que su libertad espiritual, también defendió toda su vida su libertad moral, con serena perseverancia, pero en extremo tenaz.

A este rasgo tan esencial de su carácter, únese orgánicamente un segundo: Erasmo es en verdad un fanático de la independencia, pero en modo alguno, a pesar de ello, un rebelde o un revolucionario. Muy lejos de ello, aborrece todo conflicto público; como táctico inteligente, evita toda inútil resistencia contra los poderes y los poderosos de este mundo. Prefiere pactar con ellos, a rebelarse; le gusta más captar con habilidad su independencia que combatir por ella; no como Lutero, con osado gesto dramático, arroja de sí su capilla de agustino porque le ata demasiado estrechamente el alma; no, prefiere quitársela suavemente, después de haberse procurado subterráneamente, y con todo misterio, permiso para ello; como buen discípulo de su compatriota el zorro Reinefe, se desliza ágil y hábilmente fuera de la trampa que se le ha puesto a su libertad. Demasiado prudente para llegar nunca a ser un héroe, alcanza por medio de su claro espíritu, que cuenta reflexivamente con las debilidades de la humanidad, todo lo que necesita para el desenvolvimiento de su persona; en su eterna batalla por la independencia en la orientación de su vida, triunfa, no por medio del valor, sino de la psicología.

Pero este gran arte de dirigir, libre y con independencia, la propia vida (el más difícil para todo artista) tiene que ser aprendido. La escuela de Erasmo fue dura y de larga duración. Sólo a los veintiséis años se escabulle del claustro, cuya angostura y estrechez mental se le ha hecho insoportable. No obstante —primera prueba de su habilidad diplomática—, no huye de sus superiores como un fraile que cuelga los hábitos, sino que, tras secretas negociaciones, hace que lo llame el obispo de Cambray para que lo acompañe, en su viaje a Italia, como secretario latino; en el mismo año que Colón América, el prisionero monacal descubre Europa, su mundo futuro.

Felizmente, el obispo prolonga su viaje y de este modo Erasmo tiene tiempo bastante para gozar de la vida a su facón: no tiene que decir misa, puede sentarse a la grande Y bien provista mesa del obispo, conocer hombres sabios, entregarse con pasión al estudio de los clásicos latinos y eclesiásticos y, además, escribir su diálogo Antibarbari: este título de su obra primera podría, por lo demás, ser puesto en todas las portadas de sus obras.

Sin saberlo, ha dado comienzo a la gran campaña de su vida contra la mala educación, la necedad y el tradicional engreimiento, al afinar sus usos y dilatar sus conocimientos; mas, por desgracia, el obispo de Cambray, renuncia a su viaje a Roma y la bella estación debe terminar de repente; no es ya preciso un secretario latino. Ahora, Erasmo, el fraile prestado, debería, en realidad, regresar obedientemente a su convento. Sin embargo, ya que una vez ha bebido el dulce veneno de la libertad, no quiere nunca más dejar de gozarlo. Simula un irresistible afán de alcanzar los grados superiores de la ciencia eclesiástica, con toda la pasión y energía de su miedo al convento, y, al mismo tiempo, con el arte rápidamente maduro de su psicología, acosa al bonachón obispo para que lo envíe a París, con una pensión, a fin de que pueda obtener allí el grado de doctor en Teología. Por fin, el obispo le concede su bendición y, cosa más importante para Erasmo, una escasa pensión como beca, con lo cual, en vano aguarda el prior del convento el regreso del infiel. Pero tendrá que acostumbrarse a esperar por él años y decenios, pues hace mucho tiempo que Erasmo se concedió a sí mismo, soberanamente, para la vida, el permiso de librarse del monacato y de toda otra coacción. El obispo de Cambray proporcionó al joven estudiante sacerdotal la pensión acostumbrada. Pero esta pensión es desesperadamente escasa, un estipendio de estudiante para un hombre de treinta años, y, con amarga mofa, bautiza Erasmo a su ahorrativo protector con el nombre de su "Antimaecenas". Profundamente humillado, tiene que hospedarse aquel hombre rápidamente acostumbrado a la libertad y viciado con las abundancias de la mesa episcopal, en el domus pauperum, en el mal afamado collége Montaigu, poco propio para él, por su ascético reglamento y su dirección severamente eclesiástica. Situado en el Barrio Latino, en el Mont Saint Michel (aproximadamente donde está el actual Panteón), esta cárcel del espíritu aísla celosa y por completo al joven estudiante, lleno de curiosidad por la alegre existencia de sus mundanos camaradas; como de un tiempo de vida de presidiario, habla de aquel teológico encierro de su más bella juventud. Erasmo, que tiene de la 'higiene una representación sorprendentemente moderna, estampa en sus cartas queja tras queja: los dormitorios son malsanos, las paredes heladas, revocadas de cal, y perceptiblemente próximos a las letrinas; nadie puede habitar largo tiempo en esta "amarga residencia" sin caer mortalmente enfermo o sin fallecer.

Tampoco los alimentos le agradan, los huecos o la carne están putrefactos, el vino echado a perder, y las noches están llenas de una lucha nada gloriosa contra los bichos. "¿Vienes de Montaigu?", pregunta más tarde, mofadoramente, en sus Coloquios. "Indudablemente tendrás la frente cubierta de laureles. — No, de pulgas". La disciplina conventual de aquellos tiempos no se espanta, además, de los castigos corporales, y lo que veinte años antes, en la misma casa, un asceta fanático como Ignacio de Loyola estuvo dispuesto a sufrir tranquilamente para educación de su voluntad, los azotes y la baqueta, repugnan a una naturaleza nerviosa e independiente como la de Erasmo. También la enseñanza le produce aversión; rápidamente aprende a aborrecer para siempre el espíritu escolástico, con sus muertos formalismos, su huero talmudismo y su sofistería; el artista que hay en él se indigna —no tan divertidamente como más tarde Rabelais, pero con idéntico desprecio— contra la opresión del espíritu en aquel lecho de Procusto. "Nadie puede comprender los misterios de esta ciencia, si alguna vez ha anudado trato con las musas o con las gracias. Todo lo que has adquirido de bonae litterae tienes que perderlo aquí y arrojar de ti lo que hayas bebido en las fuentes del Helicón. Hago todo lo que puedo para no decir nada en latín, nada gracioso o espiritual, y he hecho ya tales progresos en ello que alguna vez, probablemente, llegarán a considerarme como uno de los suyos". Por fin, una enfermedad le da el pretexto, largo tiempo anhelado, para huir de esta odiada galera del cuerpo y del espíritu, con renuncia al grado de doctor en Teología. Cierto que Erasmo regresa nuevamente a París, al cabo de breve convalecimiento, pero no ya a la "amarga residencia", al "Collége vinaigre", sino que prefiere ganarse la vida dando lecciones, como preceptor y repasador de jóvenes alemanes e ingleses bien acomodados; comienza para el sacerdote la independencia del artista.

Pero la independencia es cosa no prevista para el hombre espiritual en aquel mundo aun casi de Edad Media. Todas las clases sociales están claramente delimitadas en bien definidos grados de la escala social; los príncipes mundanos y de la Iglesia, el clero, los gremios, los soldados, los empleados, los artesanos, los aldeanos, cada rango social constituye un grupo rígido, cuidadosamente cerrado por murallas contra todo invasor. Para los hombres espirituales y creadores, para los sabios, para el artista libre, para el músico, todavía no existe espacio alguno en esta disposición del mundo, pues no han sido inventados aún los honorarios que proporcionan más tarde la independencia. Al hombre espiritual no le queda, por tanto, elección posible, sino ponerse al servicio de cualquiera de estas clases dominantes, tiene que ser servidor de un príncipe o servidor de Dios. Como el arte no vale todavía nada como poder independiente, tiene que buscar el favor de los poderosos, tiene que hacerse valido de algún magnánimo señor, mendigar aquí una prebenda y allí una pensión; tiene que doblegarse en el círculo ordinario de la servidumbre, hasta en los años de Mozart y de Haydn. Si no quiere morirse de hambre, tiene que adular con dedicatorias al vanidoso, asustar con libelos al tímido, perseguir con petitorios al rico; infatigablemente y sin seguridad de triunfo, esta indigna lucha por el pan cotidiano renuévase siempre con un protector o con muchos. Diez o veinte generaciones de artistas han vivido así desde Wagner von der Vogelweide hasta Beethoven, quien, como primero, exigió soberanamente de los poderosos sus derechos de artista y se los tomó sin miramientos. Pero este hacerse el pequeño, este adaptarse y agazaparse, no significa, en todo caso, ningún gran sacrificio para un espíritu tan superior e irónico como el de Erasmo. Muy pronto se penetra de las artimañas del mundo social, pero como no es una naturaleza rebelde, acepta sin quejarse las leyes que lo rigen y pone su esfuerzo en transgredirlas y retorcerlas de modo inteligente. Pero, a pesar de ello, su peregrinación hacia el triunfo es cosa dilatada y poco envidiable; hasta los cincuenta años, cuando los príncipes solicitan sus favores, cuando los papas y los reformadores se dirigen suplicantes a él, cuando los editores lo persiguen y los ricos tienen a.

honor enviarle un regalo a su casa. Erasmo vive de un pan regalado y hasta mendigado. Aun con cabellos grises en su cabeza, tiene que inclinarse y hacer reverencias; innumerables son sus dedicatorias devotas; sus epístolas aduladoras llenan gran parte de su correspondencia, y, coleccionadas aparte, formarían un libro, verdaderamente clásico, de modelos de cartas para solicitantes; con tan magnífica astucia y arte aparece expresada en ellas la mendicidad. Pero detrás de esta falta de amor propio y carácter, con frecuencia lamentable, escóndese en él una voluntad decidida y magnífica de independencia. Erasmo adula en sus cartas para poder ser mejor y más verdadero en sus obras. Deja que constantemente le obsequien, pero no se deja comprar por nadie; rechaza todo lo que podría ligarle permanentemente con una persona especial. Aunque es un sabio internacionalmente famoso, a quien docenas de universidades querrían encadenar a sus cátedras, prefiere colocarse como simple corrector de pruebas en una imprenta, como la de Aldus de Venecia,, o se hace mayordomo y aposentador de camino de unos jóvenes ingleses aristócratas, o simplemente, se queda como parásito en casa de unos amigos ricos, pero siempre, todo ello, sólo durante el tiempo que sea de su agrado y nunca por largo plazo en un mismo lugar. Esta tenaz y resuelta voluntad de ser libre, de no querer servir a nadie, hizo de Erasmo un nómada durante toda su vida. Infatigablemente, está de viaje por todos los países; tan pronto en Holanda como en Inglaterra, en Italia, Alemania y Suiza; es el que viaja más, y más ha viajado, entre todos los sabios de su tiempo; nunca completamente pobre, nunca auténticamente rico, siempre, como Beethoven, "viviendo del aire"; pero este vagar y vagabundear es más grato para su naturaleza filosófica que la casa y el hogar. Mejor es ser, por algún tiempo, simple secretario de un obispo que el obispo mismo para siempre y la eternidad; mejor ser consejero ocasional de un príncipe por un puñado de ducados que su canciller todopoderoso. Por un profundo instinto, este hombre espiritual recela todo poder exterior, toda carrera; actuar a la sombra del poder, apartado de toda responsabilidad, leer buenos libros en una tranquila estancia y escribir los suyos, no ser soberano de nadie ni súbdito de nadie, éste, realmente, fue el ideal de la vida de Erasmo. A causa de esta libertad espiritual, recorre muchos oscuros caminos, y hasta tortuosos, pero todos llevan hacia una misma meta: la independencia espiritual de su arte y de su vida.

La verdadera esfera de su acción sólo la descubre, en realidad, Erasmo, a los treinta años, en Inglaterra. Hasta entonces había vivido en ahogadas celdas de convento, entre gentes estrechas y plebeyas. La disciplina espartana del seminario y la coacción espiritual de las empulgueras de la escolástica habían sido para sus nervios, finos, sensitivos y curiosos, un verdadero martirio; su espíritu, hecho para la amplitud, no puede desplegarse en tales angosturas.

Pero quizás esta hiel y este vinagre eran necesarios para darle aquella increíble sed de saber mundano y de libertad, pues en esta disciplina aprendió aquel hombre, largo tiempo castigado, a odiar como inhumano, de una vez para siempre, toda limitación y estrechez de cerebro, toda doctrinaria unilateralidad, toda brutalidad y todo despotismo; precisamente, lo que Erasmo de Rotterdam habían experimentado de modo tan completo y doloroso en su propio cuerpo y en su propia alma, como característica de la Edad Media, lo hacían capaz para llegar a ser el mensajero de los tiempos nuevos. Llevado a Inglaterra por un joven discípulo, por Lord Montjoy, respira por primera vez con infinita satisfacción el tonificante aire de una cultura espiritual. Pues Erasmo llega en un buen momento al mundo anglosajón. Después de la interminable Guerra de las Dos Rosas, que, durante decenios enteros, había triturado al país, de nuevo goza Inglaterra de las bendiciones de la paz, y, en todas partes de donde la guerra y la política han sido alejadas, pueden las artes y la ciencia desplegarse más fácilmente. Por primera vez, descubre el pequeño estudiante de convento y repasador de lecciones que hay una esfera donde únicamente el espíritu y el saber son considerados como potencias.

Nadie le pregunta por su ilegítimo nacimiento y nadie toma en cuenta sus misas y oraciones, aquí es apreciado sólo como artista, como intelectual, por su elegante latín, por su divertido arte de conversador, en la sociedad más distinguida; con gran encanto, por dicha suya, conoce la asombrosa hospitalidad y la noble carencia de prejuicios de los ingleses, "ces granas Mylords — Accords, beaux et courtois, magnanimes et forts", como son celebrados por Ronsard. Otra manera de pensar se le manifiesta en este país.

Aunque Wiclif está olvidado desde hace tiempo, sigue existiendo en Oxford la concepción más libre y atrevida de la Teología; encuentra aquí profesores de griego que abren para él un nuevo mundo clásico; los mejores espíritus, los hombres más grandes, se hacen sus amigos y protectores y hasta Enrique VIH, entonces todavía príncipe, hace que le presenten aquel curilla. Es honra de Erasmo para todos los tiempos y testimonio de la profunda impresión que provocaba su presencia y conducta, que las gentes más nobles de aquella generación, que Thomas Morus y John Fisher, llegaran a ser sus amigos más íntimos, y que John Colet, los arzobispos Warham y Cranmer fueran sus protectores. Con ansia apasionada, el joven humanista aspira aquella atmósfera, espiritualmente ardorosa; aprovecha el tiempo de esta hospitalidad para dilatar su saber hacia todos lados; refina sus formas de trato en conversaciones con los aristócratas y con sus amigos y las esposas de éstos.

La conciencia de su propia situación ayúdale a realizar una transformación rápida: del torpe y tímido curilla surge una especie de abate, que lleva la sotana como un traje de sociedad. Erasmo comienza a equiparse cuidadosamente, aprende a cabalgar y a cazar; su aristocrático porte en la vida, que después, en Alemania, contrasta tan agudamente con las formas más toscas y groseras de los humanistas provincianos y le aporta una buena parte de su alta posición cultural, lo aprende en las hospitalarias casas de la nobleza inglesa. Situado en el centro del mundo político e íntimamente hermanado con los mejores espíritus de la Iglesia y de la corte, su aguda mirada adquiere aquella amplitud y universalidad que el mundo admira en él más tarde. Pero también su ánimo se hace más claro: "Me preguntas", escríbele alegremente a un amigo, "si me gusta Inglaterra. Pues bien, si me prestaste fe alguna vez, te suplico que creas también esto: que nunca cosa alguna me ha hecho tanto bien. Encuentro aquí un clima grato y saludable, mucha cultura y saber; pero, a la verdad, no de un tipo harto nimio y trivial, sino la formación más profunda, exacta y clásica, tanto en latín como en griego, por lo que yo, aparte de las cosas que allí pueden verse, poca nostalgia tengo de Italia. Cuando oigo a mi amigo Colet, me parece que escucho al mismo Platón, y, ¿alguna vez la Naturaleza ha producido un natural más bondadoso, tierno y feliz que el de Thomas Morus?" En Inglaterra, Erasmo se curó de la Edad Media.

Pero todo su amor por Inglaterra no lo convierte, sin embargo, en un inglés. Como cosmopolita, como hombre del mundo, como carácter libre y universal, regresa de allí el libertado; desde entonces, su amor está en todas partes donde reinan el saber y la cultura, la instrucción y el libro; no los países, ni los ríos y los mares dividen ya el cosmos para él, no la profesión, la raza y la clase social; sólo conoce ya dos categorías en la sociedad: la aristocracia de la educación y del espíritu como mundo superior, la plebe y la barbarie como el inferior. Donde domina el libro y la palabra, la "eloquentia et eruditio", allí, desde ahora, está su patria.

Esta obstinada limitación al círculo de la aristocracia del espíritu, a la entonces tan rala y delgada capa de la cultura, presta a la figura de Erasmo y a sus creaciones un carácter de desarraigo; como verdadero cosmopolita no es más que visitante en todas partes, sólo huésped; en ninguna adopta las costumbres y el modo de ser de un pueblo, en ninguna una lengua viva. En todos sus innumerables viajes, en realidad pasó al lado de lo más característico de cada país sin verlo. Para él, Italia, Francia, Alemania e Inglaterra, se componían de la docena de hombres con los cuales podía mantener una conversación refinada; una ciudad, de su biblioteca; y notada, cuando más, aparte de ello, dónde los mesones eran más limpios, las gentes corteses y los vinos más dulces. Pero todo lo que no fuera el arte de los libros permanecía recóndito para él; no tenía ojos para la pintura, ni oído para la música. No advertía lo que en Roma estaban creando un Leonardo, un Rafael y un Miguel Ángel y censuraba el entusiasmo artístico de los papas como superfina dilapidación, como antievangélico amor del lujo. Nunca leyó Erasmo las estrofas del Ariosto; en Inglaterra, Chaucer le es desconocido, lo mismo que la poesía francesa en Francia. Sólo para una lengua, el latín, está verdaderamente abierto su oído y el arte de Gutenberg era la única musa con la cual verdaderamente se sentía hermanado aquel sutilísimo tipo del literato para quien el contenido del mundo sólo era concebible por medio de las litterae, las letras. Apenas podía entrar en relaciones con la realidad de otro modo sino por medio de los libros y tuvo más trato con ellos que con las mujeres. Los amaba porque eran silenciosos y nada violentos e incomprensibles para las torpes muchedumbres, único privilegio de los cultivados en un tiempo, en general, tan ajeno al derecho. Sólo en esta esfera podía convertirse en dilapidador aquel hombre, por lo demás tan económico, y cuando, con una dedicatoria, trataba de procurarse dinero, lo hacía únicamente con el fin de poder comprarse libros, siempre más, cada vez más, clásicos griegos y latinos, y amaba los libros, no sólo a causa de su contenido, sino que además los adoraba como uno de los primeros bibliófilos, de un modo puramente carnal, por su ser y composición, por sus magníficas formas manejables y al mismo tiempo estéticas. Estar en casa de Aldus en Venecia o de Froben en Basilea, en el bajo taller de imprenta, entre los obreros; recibir de la prensa, todavía húmedos, los pliegos de imprenta; colocar en común con los maestros de este arte los ornamentos y las delicadas iniciales; perseguir, con pluma rápida y aguda, las erratas de imprenta, como un cazador de aguda vista, o, con rapidez aun mayor, redondear, en los húmedos pliegos, una frase latina para hacerla aún más pura y más clásica, éstos eran para él los más dichosos momentos de su existencia; intervenir en los libros y actuar en ellos, su forma más natural de vida. En resumidas cuentas, Erasmo no vivió nunca dentro de los pueblos y países, sino por encima de ellos, en una atmósfera más sutil y más claramente transparente, en la torre de marfil del artista y del académico. Pero desde esta torre, totalmente construida con libros y obras, miraba curiosamente hacia abajo, como otro Linceo, para ver y comprender libre, clara y justamente, la vida viviente. Pues comprender, y comprender cada vez mejor, era el verdadero placer para este noble genio. En un sentido estricto, acaso no se pueda calificar a Erasmo de espíritu profundo; no pertenece a los que piensan las cosas hasta el fin, a los grandes reformadores que dotan al espacio del mundo de un nuevo sistema espiritual planetario; las verdades de Erasmo no son en realidad más que claridad. Pero si no profundo, Erasmo poseía un espíritu extraordinariamente amplio; si no era un pensador hondo, pensaba, en cambio, recta, clara y libremente, en el sentido de Voltaire y de Lessing; un modelo de comprensión y de hacer comprensibles las cosas, un difundidor de la ilustración en el sentido más noble de las palabras. Extender la claridad y la veracidad era para él una función natural. Todo lo embrollado le repugnaba; todo confuso misticismo y toda exageración metafísica le repelían orgánicamente; lo mismo que Goethe, nada odiaba tanto como lo "nebuloso". Lo amplio le atraía para hacerle salir de sí mismo, pero no le tentaba lo profundo; jamás se inclinó sobre el "abismo" de Pascal, no conocía las conmociones anímicas de un Lutero, un Loyola o un Dostoiewski, estas especies de espantosas crisis que están ya misteriosamente emparentadas con la muerte y la locura. Todo lo excesivo tenía que permanecer ajeno a su modo de ser razonable. Pero, por otra parte, no había ningún otro hombre de la Edad Media menos supersticioso que él. Probablemente, se habrá' reído para sí de las convulsiones y crisis de sus contemporáneos, de las visiones del infierno de Savonarola, del terror pánico del demonio de Lutero, de las fantasías astrales de un Paracelso; sólo podía comprender lo más comprensible y lo hacía a su vez comprensible. La claridad se asentaba ya orgánicamente en su primer mirada, y todo lo que iluminaba con su vista insobornable convertíase al punto en orden y claridad. Gracias a esta penetración, transparente como el agua, de su pensamiento, y a la perspicacia de su sensibilidad, llegó a ser el gran explicador, el gran crítico de su época, el educador y maestro de su siglo, pero no sólo maestro de su generación sino también de las siguientes, pues todos los espíritus de la época de la ilustración, librepensadores y enciclopedistas del siglo XVIII, y todavía muchos pedagogos del XIX, son espíritus de su espíritu.

En todo lo moderado y doctrinario escóndese el peligro de la superficialidad y estrechez filisteas, mas si el afán ilustrador de los siglos XVII y XVIII nos irrita por su pretenciosa sofistería, no es culpa de Erasmo, pues si se copiaban sus métodos se carecía de su espíritu. A aquellos menudos ingenios les faltaba el grano de sal ática, aquella soberana superioridad que hace tan entretenidos y sabrosos, literariamente, todos los diálogos y cartas de su maestro. En Erasmo, siempre se equilibraba un alegre humor burlesco con la gravedad del sabio; era lo bastante fuerte para poder jugar con sus fuerzas espirituales, y, ante todo, era propia suya una agudeza a un tiempo centelleante, sin ser maliciosa, cáustica y no malévola, cuyo heredero fue Swift, y, más tarde, Lessing, Voltaire y Shaw. Erasmo, como el primer gran estilista de los tiempos nuevos, sabía indicar, como con un guiño y un centelleo de mirada, ciertas heréticas verdades, conocía el modo de hacer pasar por delante de la nariz de la censura, con igual desparpajo e inimitable habilidad, las cosas más resbaladizas, era un rebelde peligroso que nunca se perjudicaba a sí mismo, protegido por su toga de sabio o por un gesto malicioso rápidamente impuesto a su semblante. Por la décima parte de las audacias que Erasmo expuso a su época, fueron llevados otros a la hoguera; las exponían torpemente y sin miramientos; pero los libros erasmianos eran acogidos con grandes honores por los papas y príncipes de la Iglesia, por reyes y por duques, y eran recompensados don honores y regalos; gracias a su arte literario y humanístico de envolver las cosas, en realidad Erasmo deslizó de contrabando, en los conventos y las cortes de los príncipes, toda la materia explosiva de la Reforma. Con él comienza —en todo es iniciador— la maestría de la prosa política, con toda la escala que va desde la poesía hasta el jocundo pasquín; aquel alado arte de encendidas palabras, que después, magníficamente terminado por Voltaire, Heine y Nietzsche, se mofa de todos los poderes mundanos y espirituales y que siempre fue más peligroso para lo existente que los ataques francos y groseros de la gente de sangre espesa. Con Erasmo, el escritor llega a ser por primera vez un poder europeo, junto a los otros poderes. Y el que no haya usado de ello para fomentar la desunión y la discordia, sino únicamente las buenas relaciones y los intereses generales, es su gloria más duradera.

' Erasmo no fue desde el principio el gran escritor que llegó a ser luego.

Un hombre de su carácter tiene que hacerse viejo para actuar sobre el mundo. Un Pascal, un Spinoza, un Nietzsche, pueden morir jóvenes, porque su compendioso espíritu encuentra precisamente su perfección en las formas más angostas y cerradas. Lo contrario ocurre con un Erasmo, espíritu coleccionador, que busca, comenta y resume las cosas, que no extrae la sustancia tanto de sí mismo como la recoge del mundo, que no actúa por su intensidad sino por su extensión. Erasmo era más bien aficionado que artista; para su inteligencia, siempre dispuesta, el escribir no es más que otra forma de la conversación; no le cuesta ningún gran esfuerzo a su movilidad espiritual y él mismo, una vez, declara que le da menos trabajo componer un libro nuevo que leer las pruebas de imprenta de uno antiguo. No necesita caldearse ni elevar su tono, su pensamiento es siempre más rápido de lo que es capaz de expresar la palabra. "Al leer tu escrito", escríbele Zwingli, "me parecía como si te oyera hablar y viera moverse, del modo más grato, tu pequeña y graciosa figura". Cuanto con mayor facilidad escribe, lo logrado es más conveniente; cuanto más produce, tanto más grande es su eficacia.

La primera obra que le proporciona fama tiene que agradecérsela a una casualidad su suerte, o más bien a un inconsciente conocimiento del ambiente de la época. En el curso de los años había reunido el joven Erasmo, con fines de enseñanza para sus discípulos, una colección de citas latinas, y, en buena ocasión, la hizo imprimir en París con el título de Adagio,. Con ello sale al paso, sin proponérselo, del snobismo de su tiempo, pues precisamente el latín se había puesto muy a la moda, y todo hombre de categoría literaria —este mal uso alcanza casi hasta nuestro siglo— se creía obligado, como persona instruida, a tener que lardear una carta, un tratado o un discurso con citas en latín. La hábil selección de Erasmo ahorraba entonces a todos los snobs el trabajo de leer ellos mismos los clásicos. Desde entonces, cuando alguien escribe una carta no necesita ya resolver largos tomos en folio, sino que, rápidamente, atrapa un bonito adorno retórico en los Adagio. Y como los snobs en todos los tiempos fueron y son muy numerosos, el libro hizo rápidamente su fortuna; una docena de ediciones, cada una de ellas conteniendo casi doble número de citas que la precedente, fueron impresas en todos los países, y de repente el nombre de Erasmo, el expósito y el bastardo, fue célebre en todo el mundo europeo.

Pero un éxito único no prueba nada para un escritor. Mas si vuelve a repetirse continuamente, y cada vez en distinto terreno, entonces indica una vocación, testimonia un instinto especial en el artista. Esta fuerza no es posible aumentarla, este arte no puede ser aprendido; nunca apunta conscientemente Erasmo hacia un nuevo éxito, y siempre vuelve a caberle en suerte del modo más sorprendente. Cuando, en sus Colloquia, escribe privadamente para sus discípulos más íntimos algunos diálogos para aprender más fácilmente el latín, resulta de ello un libro de lectura para tres generaciones. Cuando, en su Elogio de la Locura, piensa escribir una sátira burlona, provoca con el libro una revolución contra toda autoridad. Cuando vuelve a traducir la Biblia del griego al latín y la comenta, da comienzo, con ello, a una nueva Teología; cuando escribe, en pocos días, para una mujer piadosa que se lamenta de la irreligiosidad de su marido, un libro de consolación, éste se convierte en el catecismo de la nueva piedad evangélica.

Sin apuntar, da siempre por completo en el blanco. Lo que siempre conmueve soberanamente a un espíritu libre y despreocupado es nuevo para un mundo cautivo de ideas ya superadas. Pues quien piensa con independencia piensa también, al mismo tiempo, del modo mejor y más útil para todos.

 

RETRATO

"El semblante de Erasmo es uno de los rostros más resueltamente expresivos que conozco", dice Lavater, a quien nadie podrá negar conocimientos en fisiognomía. Y como tal, como uno de los más "resueltamente expresivos", como el semblante que habla de un nuevo tipo humano, lo consideraron los grandes pintores de su tiempo. Nada menos que seis veces, en diversas edades de su vida, retrató Hans Holbein, el más nimio de todos los retratistas, al gran praeceptor mundi; dos veces, Alberto Durero; una, Quintín Matsys; ningún otro alemán posee una iconografía igualmente gloriosa. Pues serle dado a un artista pintar a Erasmo, la lumen mundi, era al mismo tiempo rendir público homenaje al hombre universal que había reunido en una única asociación humanística de cultura las separadas gildes artesanas de las diversas artes. En Erasmo, los pintores glorificaban a su preceptor, al gran luchador de vanguardia por una nueva organización poética y moral de la existencia; con todas las insignias de este poder espiritual lo representaban por ello en sus cuadros los pintores. Lo mismo que el guerrero con su armadura, con su espada y yelmo, el noble con su blasón y mote, el obispo con su anillo y ornamentos, así, en cada retrato aparece Erasmo como el hombre de guerra del arma recién descubierta, como el hombre del libro. Sin excepción, lo pintan rodeado de volúmenes, como de un ejército, escribiendo o pensando: en el cuadro de Durero tiene el tintero en la mano izquierda, la pluma en la derecha, a su lado hay unas cartas, y delante de él se amontonan los tomos en folio. Holbein lo representa una vez con la mano apoyada en un libro que ostenta simbólicamente el título de Las Hazañas de Heracles: hábil homenaje para celebrar el titánico rendimiento del trabajo de Erasmo; otra vez lo sorprende con la mano apoyada en la cabeza de Terminus, antiguo dios romano, es decir, formando y produciendo el concepto; pero siempre acentúa, junto con lo corporal, lo "fino, reflexivo, prudente y tímido" (Lavater) de su posición intelectual; siempre el pensar, investigar y sondear en su propio interior prestan a este semblante, fuera de ello más bien abstracto, un resplandor incomparable e inolvidable. Pues, considerado en sí mismo como puramente corporal, sólo como máscara y exterioridad, sin la fuerza que se reconcentra en el interior de sus ojos, el semblante de Erasmo en modo alguno podría ser llamado bello. La Naturaleza no ha dotado pródigamente a este hombre, rico de espíritu; sólo le ha proporcionado una escasa cantidad de auténtico vigor y vitalidad: una figurilla muy pequeña con menuda cabeza en lugar de un cuerpo firme, sano y capaz de resistencia.

Tenue, descolorida y sin temperamento es la sangre que le infundió en las venas, y sobre los nervios ultrasensibles tendió una piel delicada, enfermiza y con color de estar siempre encerrada, la cual, con los años, se arrugó como un pergamino gris y frágil, contrayéndose en mil pliegues y runas. En todas partes se advierte esta escasez de vitalidad; el pelo, demasiado ralo, y no del todo teñido de pigmento, muestra un rubio casi incoloro en las sienes surcadas de venas azules; las manos anémicas relucen translúcidas como alabastro; demasiado aguda y como un cañón de pluma sobresale la puntiaguda nariz sobre el rostro de ave; de un corte demasiado estrecho, demasiado sibilinos los cerrados labios, con su voz débil y sin tono; los ojos harto pequeños y escondidos, a pesar de toda la fuerza de su brillo; en ninguna parte se caldea un color fuerte ni se redondea una forma llena en este severo semblante de trabajador y de asceta. Es difícil representarse como joven a este sabio; montando a caballo, nadando o haciendo esgrima, bromeando con mujeres o acariciándolas, azotado por el viento y el mal tiempo, hablando alto y riéndose. Involuntariamente, se piensa al punto, al ver esta fina cara de monje, con una sequedad como de conserva, en ventanas cerradas, en el calor de la estufa, en el polvo de los libros, en noches de vigilia y días llenos de trabajo; ningún calor, ningún torrente de fuerza brota de este glacial semblante, y, en efecto, Erasmo siempre tiene frío, este hombrecillo de cuarto cerrado se envuelve siempre en unas vestiduras anchas de mangas, gruesas, guarnecidas con pieles; siempre cubierta la ya tempranamente calva cabeza, contra las atormentadoras comentes de aire, por un birrete de terciopelo. Es el semblante de un ser humano que. no vive en la vida, sino en el mundo del pensamiento; su fuerza no reside en el cuerpo entero, sino que está encerrada únicamente en la huesuda bóveda de encima de las sienes. Sin fuerzas de resistencia contra la realidad, Erasmo sólo en la función de su cerebro tiene su vitalidad verdadera. .

Sólo a causa de esta aura de lo espiritual llega a ser expresivo el semblante de Erasmo: incomparable, inolvidable, el cuadro de Holbein que representa a Erasmo en el más sagrado momento de su existencia, en el instante creador del trabajo; esta obra maestra de las obras maestras del pintor acaso pudiera ser calificada como la más perfecta representación pictórica de un escritor, en quien la palabra viva se convierte mágicamente en la visibilidad de lo escrito. Siempre se acuerda uno de esta imagen —pues ¿ quién que la haya visto podrá nunca olvidarla?— Erasmo está en pie ante su pupitre, e involuntariamente percibe uno hasta el temblor de sus nervios: está solo.

Pleno silencio reina en este recinto; la puerta, detrás del hombre que trabaja, tiene que estar cerrada; nadie anda, nada se mueve en la estrecha celda, pero cualquier cosa que en torno ocurriera no sería advertida por este hombre hundido .en sí mismo, embelesado en el trance de crear. Parece de una tranquilidad de piedra en su inmovilidad; pero si se le mira más despacio, su situación no es de quietud, sino de quien está plenamente encerrado en sí mismo, un misterioso estado de vida que se desarrolla por completo en lo interior. Pues, con la más tensa concentración, su resplandeciente mirada azul, como si se derramara luz de sus pupilas sobre las palabras, sigue lo escrito sobre la blanca hoja de papel, donde la mano diestra, flaca, sutil y casi femenina traza sus signos obedeciendo a una orden que viene de arriba. La boca está fruncida; la frente resplandece serena y tranquila; mecánica y fácilmente, parece que el cañón de pluma coloca sus runas sobre la pacífica hoja de papel. No obstante, un pequeño músculo que se hincha entre las cejas revela el esfuerzo del pensamiento que se realiza de modo invisible y casi imperceptible. Apenas material, este breve pliegue convulsivo próximo a la zona creadora del cerebro deja presentir la dolo rosa lucha por la expresión, por estampar la palabra auténtica. El pensar se nos aparece, con ello, como cosa directamente corporal y se comprende que todo es tensión e intensidad en este hombre, cuyo silencio está atravesado por corrientes misteriosas; magníficamente se ha conseguido representar en esta imagen el momento, en general inescrutable, de la transmutación química de la fuerza de la materia espiritual en forma y escritura. Horas enteras puede contemplarse este cuadro y estar al acecho de su vibrante silencio, porque en este símbolo de Erasmo trabajando ha eternizado Holbein la santa gravedad de todo productor espiritual, la invisible paciencia de todo verdadero artista. Sólo en esta única imagen percíbese la esencia de la personalidad de Erasmo; exclusivamente aquí se sospechan las fuerzas escondidas tras aquel pequeño y miserable cuerpo, que este hombre de espíritu arrastraba consigo como una concha de caracol, molesta y frágil. Erasmo, durante toda su vida, sufrió de la inestabilidad de su salud, pues lo que la Naturaleza le había negado en músculos estaba substituido por una superabundancia de nervios. Siempre, ya desde muy joven, sufre de neurastenia, y quizá, hipocondríacamente, de una hipersensibilidad de sus órganos; demasiado angosta y llena de agujeros es la cubierta protectora que la Naturaleza ha tendido sobre su salud; siempre queda, en cualquier lugar, un sitio desguarnecido y sensible. Ya es el estómago el que marra, ya el reumatismo le desgarra los miembros, ya le atormenta el mal de piedra, ya le aprieta la gota con sus malignas tenazas; todo soplo agudo de aire actúa sobre su sensibilidad excesiva como el frío en una muela picada, y sus cartas constituyen un continuo informe de enfermedades. Ningún clima le conviene por completo; se queja del calor, se pone melancólico con la niebla, aborrece el viento, se hiela con el frío más leve; pero, por otra parte, no soporta el calor de las estufas de cerámica, toda exhalación de un aire impuro le produce malestar y dolores de cabeza.

En vano se envuelve siempre en pieles y gruesas vestiduras: no es suficiente para lograr el calor normal del cuerpo; a diario necesita vino de Borgoña para mantener en circulación su medio dormida sangre. Pero con que el vino tenga sólo un indicio de avinagramiento se anuncian ya en sus entrañas señales de alarma. Apasionadamente aficionado a una comida bien guisada, excelente discípulo de Epicuro, Erasmo tiene un miedo indecible a los malos alimentos, pues con una carne echada a perder se le rebela el estómago, y ya el simple olor del pescado le aprieta la garganta. Esta sensibilidad le obliga a mimarse con exceso, la cultura llega a ser para él una necesidad: Erasmo sólo puede llevar sobre su cuerpo tejidos finos y de abrigo, sólo puede dormir en camas limpias, sobre su mesa de trabajo tienen que arder los más caros cirios en lugar de las usuales teas fuliginosas. Cada viaje se convierte, por ello, en una desagradable aventura, y los informes del eterno viajero sobre los entonces aún muy atrasados mesones alemanes constituyen, en la historia de la cultura, un insubstituible y regocijado catálogo de imprecaciones y riesgos. A diario, en Basilea, da un gran rodeo para llegar a su morada a fin de evitar un callejón especialmente maloliente, pues toda forma de hediondez, ruido, inmundicia, humo, y, en el terreno espiritual, de brutalidad y tumulto, provoca, en su sensibilidad, un mortal tormento para el alma; una vez, en Roma, como sus amigos lo llevaran a una corrida de toros, declaró con repugnancia que "no encuentra ningún placer en aquellos sangrientos juegos, restos de la barbarie"; su íntima delicadeza sufre con toda forma de incultura.

Desesperadamente, busca este solitario higienista, en medio de una edad de horrible descuido corporal, en aquel mundo bárbaro, la misma limpieza que él, como artista y escritor, pone en su estilo y en su trabajo; su organismo, nervioso y moderno, se adelantó en varios siglos a las necesidades culturales de sus contemporáneos, groseros de huesos y de piel, con nervios de acero.

Pero el temor de sus temores es el de la peste, que entonces se trasladaba mortíferamente de país en país. Apenas oye que la epidemia negra ha aparecido a cien leguas de distancia de donde él se encuentra, un escalofrío le recorre las espaldas, al instante levanta el campo y huye con gran pánico, indiferente a si el emperador le llama a su consejo, y no le tientan las más seductoras ofertas: ver su cuerpo cubierto de lepra, úlceras o bichos le degradaría ante sí mismo. Este miedo exagerado de todas las enfermedades no lo denegó nunca Erasmo, y, como honrado vecino del mundo terrenal, no se avergüenza lo más mínimo de confesar que "tiembla ante el solo nombre de la muerte". Pues como todo aquel a quien le gusta trabajar y tiene por importante su trabajo, no quiere ser víctima de un azar torpe y necio, de un estúpido contagio, y precisamente porque, como buen conocedor de sí mismo, sabe mejor que nadie cuál es la innata debilidad de su cuerpo y lo que amenaza especialmente a sus nervios, se trata con miramientos y ahorra todo lo que puede, con angustiosa economía, las fuerzas de su sensible cuerpecillo.

Evita los banquetes excesivamente regalones, presta cuidadosa atención a la limpieza y buena preparación de los alimentos, huye las tentaciones de Venus, y, ante todo, siente temor de Marte, el dios de la guerra. Cuanto más, al envejecer, le oprime la miseria corporal, tanto más consciente se hace su método de vida, en una permanente lucha en retirada, para salvar lo poco de tranquilidad, seguridad y aislamiento que necesita para el único placer de su vida, el trabajo. Y sólo gracias a estas precauciones higiénicas, a esta visible resignación, logró Erasmo el hecho inverosímil de arrastrar el frágil vehículo de su cuerpo, a través del más bárbaro y horroroso de todos los tiempos, hasta la edad de setenta años, y conservar lo único que en esta existencia era verdaderamente importante para él: la claridad de su mirada y la intangibilidad de su libertad interna.

Con tal temor en los nervios y tal hipersensibilidad en los órganos del cuerpo, se llega difícilmente a ser un héroe; de modo inevitable, el carácter tiene que reflejar este inseguro habitus corporal. El que este hombrecillo tan delicado y frágil, en medio de las rudas fuerzas naturales del Renacimiento y de la Reforma, servía poco para director de masas, lo muestra una ojeada a su retrato espiritual. "En ninguna parte tiene un rasgo sobresaliente de osadía", expone Lavater al juzgar su semblante, y lo mismo puede decirse del carácter de Erasmo. Este hombre sin temperamento no estaba bastante desarrollado para un auténtico combate; Erasmo sólo puede defenderse a la manera de esos animalitos que, al estar en peligro, se fingen muertos o cambian de color; pero, lo que prefiere, en caso de tumulto, es retirarse a su concha de caracol, a su cuarto de trabajo: sólo detrás del muro de sus libros se siente íntimamente seguro. Observar a Erasmo en momentos decisivos es casi penoso; pues, en cuanto la situación llega a ser más y más aguda, se desliza rápidamente fuera de la zona peligrosa; se cubre la retirada, para huir de toda expresión categórica, con unas no comprometedoras frases de "acaso", "en cuanto"; vacila entre un sí y un no; desconcierta a sus amigos y enoja a sus enemigos, y, quien contara con él como* aliado se sentiría' burlado del modo más lamentable. Porque Erasmo, como inconmovible, solitario, no quiere guardar fidelidad a nadie sino a sí mismo. Aborrece instintivamente toda especie de resolución porque crea compromisos, y probablemente el Dante, tan apasionado amador, lo habría arrojado, a causa de su flojera, a aquella antesala del infierno de los "neutrales", con aquellos ángeles que tampoco quisieron tomar partido en la lucha entre Dios y Lucifer.

"quel cattivo coro Degli angelí che non jurón rebelli ne, fur fedeli a Dio, ma per se foro".

En todas partes donde se exige abnegación y plena responsabilidad, échase atrás Erasmo, retirándose en la fría concha de caracol de la neutralidad; por ninguna idea de este mundo ni por ninguna convicción se habría encontrado dispuesto jamás a poner la cabeza en el tajo del verdugo como mártir. Pero esta debilidad de carácter, conocida por toda la época, nadie la sabía mejor como el propio Erasmo. Confesaba voluntariamente que su cuerpo y su alma no contenían nada de aquella materia con la cual la Naturaleza forma a los mártires; pero, para su posición en la vida, había hecho suya la escala de valores de Platón, según la cual la justicia y la tolerancia son las primeras virtudes del hombre y sólo en segundo lugar aparece el valor. El valor de Erasmo mostróse del modo más alto en poseer la sinceridad de no avergonzarse de esta falta de valor (por lo demás,'una forma muy rara de honradez en todos los tiempos), y como una vez se le reprochara groseramente esta falta de valentía combativa, respondió, fino y sonriente, con esta frase soberana: "Ese sería un duro reproche si fuera yo un soldado suizo mercenario. Pero soy un hombre de letras y necesito de tranquilidad para mi trabajo".

Elemento en el cual confiar en este hombre, en el cual tan poco podía confiarse, no había más que uno: el cerebro, infatigable y siempre trabajando con toda regularidad, como si formara un cuerpo especial, más allá de su débil organismo. Éste no conocía ninguna hostilidad, ninguna fatiga, ninguna vacilación, ninguna incertidumbre; desde sus años más tempranos hasta la hora de su muerte, actuó con idéntica fuerza, clara y luminosa. Siendo, por su carne y su sangre, un débil hipocondríaco, era Erasmo un gigante en el trabajo. Apenas necesitaba más que tres o cuatro horas de sueño para su cuerpecillo —¡ay, lo gastaba tan poco!—, en las restantes veinte horas, estaba en incesante actividad, escribiendo, leyendo, discutiendo, comparando textos, corrigiendo. Escribe en sus viajes, en el traqueteante carruaje; en toda posada la mesa se convierte al instante en pupitre de trabajo. Estar en vigilia significa para él lo mismo que estar entregado a su actividad de escritor, y el estilógrafo es hasta cierto punto como un sexto dedo de su mano. Atrincherado tras sus libros y papeles, observa con celosa curiosidad, como por una cámara oscura, todos los acontecimientos; ningún progreso de las ciencias, ninguna invención, ningún libelo, ningún suceso político, escápase a su mirada acechadora;, sabe todo lo que ocurre en la redondez del mundo por medio de sus libros y epístolas. El que esta trasmisión se efectuara casi exclusivamente por medio de la palabra manuscrita e impresa, y el que en Erasmo el cambio de substancia con la realidad se verificara solamente por vía cerebral, ha acarreado, ciertamente, rasgos de academicismo, cierta abstracta frialdad, a las obras de Erasmo; lo mismo que a su cuerpo, también a la mayor parte de sus escritos les falta pleno jugo y sensibilidad. Sólo con "los ojos del cerebro, no con todos sus órganos, vivos y absorbentes, apodérase del mundo este ser humano, pero esta su curiosidad, su afán de saber, abarca todas las esferas. Movible como un reflector, derrama su luz sobre todos los problemas de la vida y los ilumina con una penetración constante y despiadada; es un aparato de pensar totalmente moderno, de una precisión insuperable y magnífica amplitud y alcance. Apenas algún campo de la actividad de su tiempo quedóse sin iluminar por él; en todo el territorio del pensamiento es un precursor e iniciador de posteriores y más amplios trabajos, este espíritu estimulante, inquieto, vagabundo, y que, sin embargo, siempre apunta claramente hacia el blanco. Pues Erasmo poseía un instinto de zahori totalmente mágico; en todo lugar por donde sus contemporáneos pasaban sin sospecha, presentía el filón de oro o plata de un problema que había que explorar. Lo advierte, lo olfatea, es el primero que se refiere a él, pero, con esta alegría de descubridor, queda en general agotado su interés impaciente, continúa su vagabundaje, y la auténtica extracción del tesoro, las molestias del excavar, cribar, explotar y aprovechar se las deja a sus sucesores. Aquí están sus fronteras: Erasmo (o por mejor decir, su magnífica vista cerebral) no hace más que iluminar los problemas, no los soluciona: lo mismo que su sangre y su cuerpo del estremecimiento de la pasión, también su poder creador carece del más externo fanatismo, del último encarnizamiento, del furor de la parcialidad: su mundo es lo dilatado, no lo profundo.

Por ello, todo juicio sobre esta figura, notablemente moderna y al mismo tiempo extratemporal, será injusto, en cuanto sólo se tome como medidla su obra y no también sus efectos. Pues Erasmo era un alma con muchas zonas superpuestas, un conglomerado de las más diversas aptitudes, una suma, pero no una unidad. Audaz y acobardado, avanzando con fuerza y no obstante indeciso en el último golpe, luchador en su espíritu y amante de la paz con su corazón, soberbio como literato y profundamente humilde como hombre, escéptico e idealista, enlaza en sí, en una mezcla poco uniforme, todos los opuestos elementos. Erudito de una laboriosidad de abeja y teólogo de un libre espíritu, severo crítico de su tiempo y suave pedagogo, poeta algo seco y brillante autor de cartas, satírico, feroz y delicado apóstol de toda la humanidad. . . todo esto encuadra, al mismo tiempo, espacio en este dilatado espíritu, sin combatirse ni aplastarse, pues el talento de sus talentos, el reunir lo contradictorio, resolver las oposiciones, no sólo encontró aplicación en su vida exterior sino también dentro de su propia piel. Mas de tal pluralidad no puede naturalmente resultar ningún efecto unitario, y lo que llamamos la substancia del erasmismo, las ideas erásmicas, sólo con sus sucesores, gracias a una forma de expresión más concentrada, llegaron a efectos de penetración que con Erasmo mismo no habían alcanzado. La Reforma alemana y el Siglo de las luces, la libre investigación de la Biblia, y, por otra parte, las sátiras de un Rabelais o un Swift, las ideas europeas y el moderno humanismo. . . todo esto son pensamientos nacidos de su pensamiento, pero no de su propia acción; en todas partes dio el primer empuje, en todas partes puso en circulación los problemas, pero en todas partes los movimientos fueron más allá de lo que él mismo había ido.

Raramente los caracteres comprensivos son también los que ejecutan, porque la amplitud de visión paraliza la fuerza de ataque: "Pocas veces", como dice Lutero, "empréndese una buena obra por sabiduría y previsión; todo tiene que proceder del desconocimiento". Erasmo era la luz de su siglo, otros eran su fuerza: él alumbraba el camino, otros sabían marchar por él, mientras él mismo permanecía en la sombra, como siempre ocurre con la fuente de la luz. Pero el que señala la vía hacia lo nuevo no es menos digno de veneración que el que por primera vez la recorre; también los que actúan en lo invisible realzan su hazaña. AÑOS DE MAESTRÍA Es una fortuna incomparable en la vida de un artista el dar con la forma temática de arte en la cual puede enlazar armónicamente la suma de sus disposiciones. Erasmo lo logró, gracias a una ocurrencia deslumbradora y perfectamente realizada en su Elogio de la Locura; aquí se encuentran reunidos fraternalmente el erudito de gran saber, el agudo crítico de la época, el mofador satírico, y en ninguna de sus obras se conoce y reconoce tanto la maestría de Erasmo como en este libro más célebre, el único también que resistió el cambio de los tiempos. Mas este inesperado cañonazo que daba de lleno en el corazón de la época fue disparado con mano totalmente ligera, como por puro juego: en siete días y sólo como para descargar el corazón, fue escrita con toda su fluidez esta' sátira deslumbradora. Pero, justamente, esta facilidad le dio sus alas, y la despreocupación, el impulso sereno.

Erasmo había cumplido entonces los cuarenta años y no sólo había leído y escrito desmedidamente sino que también había contemplado a la humanidad de modo profundo, con su mirada escéptica y fría. En forma alguna la había encontrado conforme a sus deseos. Había visto el escaso poder que tiene la razón sobre la realidad, parecíale muy alocada toda la confusa agitación del mundo, y a dondequiera que lanzara su mirada encontraba realizado el sentido del soneto de Shakespeare: "El mérito nacido cual mendigo, la indigente oquedad reverenciada, mordaza para el arte quien gobierna, privado de derechos el espíritu, juzgada necia la honradez sencilla".

Quien, como él, fue pobre durante largo tiempo, quien estuvo en la oscuridad y pidiendo limosna delante de las puertas de los poderosos, tiene empapado el corazón en amargura, como una esponja en bilis, sabe de la injusticia y la locura de toda acción humana y a veces le tiemblan los labios de ira y de tener que ahogar sus gritos. Pero Erasmo, en lo más profundo de su alma, no es ningún seditiosus, ningún rebelde, ninguna naturaleza radical: la queja, patética y agria, no concuerda en su mesurado y previsor temperamento.

Erasrno carece por completo de la ingenua y bella ilusión de que con un solo golpe y empellón se podría echar abajo todo lo malo que existe sobre la tierra; ¿para qué, pues, ponerse a mal con el mundo, piensa tranquilamente, ya que uno solo no puede mudarlo, ya que, según parece, este engañar y engañarse pertenece a lo eterno e inmutable del hombre? El varón prudente no se queja, el sabio, no se excita: mira con penetrante mirada y despreciativos labios el estúpido ajetreo, y, con el "guarda e passa!" del Dante, prosigue su propio y constante camino.

Pero, a veces, un ligero humorismo divierte, por una hora, hasta a la severa y resignada mirada del sabio: entonces se sonríe y con esta sonrisa ilumina irónicamente el mundo. El camino de Erasmo pasaba en aquellos días (1509) por los Alpes, de regreso de Italia. Allí había visto a la Iglesia en plena decadencia religiosa,' al papa Julio, como condottiere, rodeado por la muchedumbre de sus hombres de guerra; a los obispos viviendo en el lujo y la licencia en vez de la apostólica pobreza; había presenciado 'el criminal furor bélico de los príncipes de aquel país destrozado, luchando unos con otros como lobos ansiosos de presa; había visto las arrogancias de los poderosos, el espantable empobrecimiento de los pueblos; de nuevo había lanzado una mirada a lo hondo del abismo del absurdo. Pero ahora, todo aquello quedaba lejos, como una nube obscura, detrás de las soleadas crestas de los Alpes.

Erasmo, el erudito, el hombre de los libros, iba montado en la silla de su caballo, no arrasba consigo, por fortuna especial, su filológico equipaje, sus códices y pergaminos a los que en general permanecía encadenada su curiosidad de comentarista. Su espíritu se encontraba libre en este aire libre, le divertía el jugar y la petulancia; entonces tuvo una ocurrencia multicolor y encantadora, como una mariposa, y la llevó consigo por compañía en este feliz viaje. Apenas llegado a Inglaterra escribió, en la clara e íntima casa de campo de Thomas Morus, el breve escrito satírico, en realidad sólo para proporcionar un entretenimiento al círculo social reunido en torno suyo, y, en honor de Thomas Monis, le puso por título el juego de palabras de Encomium Moriae (Laus Stultitiae en latín, lo que se puede traducir por Elogio de la Locura).

Comparándolo con las obras principales de Erasmo, serias, importantes, cargadas y recargadas de sabiduría, se toma al principio este pequeño y descarado satiricón por un escrito algo juvenil y petulante, algo casquivano y ligero. Pero no por su extensión y peso adquieren su consistencia íntima las obras de arte, y lo mismo que en la esfera de la política, una sola palabra fundamental, una agudeza mortífera producen a menudo un efecto más decisivo que un discurso como los de Demóstenes, así, en el recinto de la literatura, las obras de pequeño tamaño sobreviven en general a los libros voluminosos y pesados; de los ciento ochenta tomos de Voltaire, en realidad sólo la burlona y suscinta novela del Cándido ha conservado vida; de los innumerables volúmenes en folio de Erasmo, tan amigo de escribir, sólo sobrevive este hijo del azar, este producto del animoso buen humor, este deslumbrante juego espiritual del Laus Stultitiae.

El artificio, único e irrenovable de esta obra, consiste en su genial disfraz: Erasmo no habla por sí mismo para decir todas las amargas verdades que dirige a los poderosos de la tierra, sino que, en lugar suyo, hace que la Stultitiae, la Locura, suba a la catedra para pronunciar sus propias alabanzas.

De ello se deriva un divertido quid pro quo. No se sabe nunca quién es en realidad el que tiene la palabra; ¿habla Erasmo seriamente, habla la Locura en persona, a la cual hay que perdonarle hasta lo más grosero y lo más descarado? Con esta ambigüedad créase Erasmo una posición inexpugnable para todas sus audacias; su opinión propia no se deja percibir, y si a alguien se le ocurriera encararse con él a causa de un ardiente latigazo o una mordiente palabra de mofa, como las esparce allí pródigamente en todas direcciones, puede rechazarlo con burla: "No lo he dicho yo, sino Dama Estulticia, y ¿quién tomará en serio los discursos de los locos?" Pasar de contrabando una crítica de los tiempos, en el tiempo de la censura y de la inquisición, por medio de ironías y de símbolos, había sido siempre la única salida de los espíritus libres en épocas de obscurantismo; pero rara vez había alguien hecho de este sagrado derecho de los locos a hablar libremente un uso más hábil que el que hace Erasmo en esta sátira, que al propio tiempo representa la obra primera y más osada de su generación, y también la más artística. Seriedad y broma, saber y alegre burla, verdad y exageración se entremezclan, dando vueltas, para formar un ovillo discoloro, que siempre vuelve a escapársele alegremente a uno de las manos, cada vez que se le quiere coger, para devanarlo seriamente. Y al compararlo con las groseras polémicas y las injurias sin ingenio de sus contemporáneos, bien puede comprenderse cómo este deslumbrador fuego de artificio, en medio de la oscuridad espiritual de todo un siglo, encantaba y libertaba.

En medio de bromas, comienza la sátira. Doña Estulticia, con toga de sabio, pero con la caperuza del bufón sobre la cabeza (así la dibujó Holbein), asciende a la cátedra y pronuncia un académico discurso de alabanza en honor de sí misma. Sólo ella, según dice en su autoelogio, es la que mantiene la marcha del mundo, ayudada por sus servidores la lisonja y el amor propio.

"Sin mí no habría sociedad posible, ni relaciones sólidas y agradables en la vida; sin mí, a la verdad, el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe, el señor a su criado, la criada a su amable dueña, el discípulo a su preceptor, el amigo a su amigo, la esposa a su marido, el mesonero a su huésped, el compañero a su compañero; en una palabra, ningún hombre a otro hombre si no se engañaran mutuamente, se adularan unos a otros y usaran de complacencia, frotándose recíprocamente con la miel de la locura". Sólo por lo que sobrestima el dinero se molesta el comerciante; sólo por "la atracción de una vanagloria", gracias al fuego fatuo de la inmortalidad, crea sus obras el poeta; sólo merced a esta misma ilusión se hace osado el guerrero. Un hombre sobrio y prudente huiría de toda lucha, no haría si no lo estrictamente necesario para sostenerse; nunca, si no estuviera plantada en él esta hierba de locura que le da la sed de eternidad, movería su mano y pondría en tensión su espíritu. Y ahora chisporrotean animosamente las paradojas. Sólo ella, la Estulticia, expendedora de ilusiones, proporciona la felicidad, y todo hombre será tanto más dichoso cuanto más ciegamente dependa de sus pasiones, cuanto más irrazonablemente viva. Pues toda reflexión y todo atormentarse a sí propio obscurece el alma; el placer no está nunca en la claridad y en la prudencia, sino siempre en la embriaguez, en la superabundancia, en estar fuera de sí mismo, en la ilusión; un brote de locura corresponde siempre a toda vida verdadera, y el justo, el clarividente, el que no está sometido a las pasiones, no representa en modo alguno al hombre normal, sino una especie de monstruosidad. "Sólo aquel que en su vida es acometido por la locura puede en verdad ser llamado hombre". Por ello alábase con gran énfasis la Estulticia, como verdadera promotora de todas las humanas obras; con seductora facundia expone cómo todas las muy celebradas virtudes del mundo, el ver claro y verdadero, la sinceridad y la honradez en realidad fueron hechas para amargar la vida del hombre que las ejercita; y como, aparte de esto, es dama instruida, cita orgullosamente en favor suyo la sentencia de Sófocles: "Sólo en la irreflexión es grata la vida".

Para fortificar, punto por punto, su tesis del modo académico más severo, trae diligentemente testigos, como cogidos por los cabezones. En este gran desfile, cada categoría muestra su delirio especial. Todos comparecen: los retóricos charlatanes, los sabios juristas que parten en dos un cabello, los filósofos, cada uno de los cuales querría poner el Universo en su saco especial, los orgullosos de su hidalguía, los rapiñadores del dinero, los escolásticos y los escritores, los jugadores y los guerreros, y, por último, los eternos locos de su sentir, los enamorados, cada uno de los cuales cree que únicamente en su amada se reúne la suma de todo placer y hermosura. Una magnífica galería de locuras humanas es la que reúne aquí Erasmo con su incomparable conocimiento del mundo, y los grandes autores de comedias, un Moliere y un Ben Jonson, sólo necesitaron echar mano de este teatro de títeres para formar verdaderas criaturas humanas con estas caricaturas ligeramente delineadas. Ninguna especie de necedad humana es tratada con miramientos, ninguna olvidada, y precisamente con esta totalidad es con lo que se protege Erasmo. Pues ¿quién puede declararse especialmente burlado ya que ninguna categoría social ha salido mejor librada que la suya? Finalmente, es la primera vez que puede ponerse en juego toda la universalidad de Erasmo, todas sus fuerzas intelectuales, su ingenio y su saber, su clara mirada y su humorismo. Lo escéptico y reflexivo de su visión del mundo parece, en sus cambiantes juegos, como los centenares de chispas y colores de un cohete al ser disparado; un alto espíritu muestra aquí su funcionamiento más completo.

Pero en su último fondo este escrito era para Erasmo algo más que una broma, y podía poner de manifiesto su verdadero ser, de modo más perfecto que en cualquiera otra, en esta obra aparentemente pequeña, porque este su libro favorito, Laus Stultitiae, era también una anímica liquidación de cuentas con su personalidad más íntima. Erasmo, que no se engañaba acerca de nada ni de nadie, conocía la hondura más remota de aquella debilidad secreta que le alejaba de lo poético y de lo verdaderamente creador; es, a saber, que siempre se sentía demasiado razonable y demasiado poco apasionado, que su no tomar partido y colocarse por encima de las cosas lo ponían fuera de lo viviente.

La razón no es nunca más que una fuerza reguladora, jamás constituye por sí misma una capacidad de creación; mas lo verdaderamente fecundo siempre presupone de hecho una locura. Por estar tan maravillosamente libre de ilusión, Erasmo, a lo largo de su vida entera, permaneció siempre privado de pasión; un justo, grande y frío, que jamás conoció la última dicha de la vida, el total rendimiento de sí mismo, la santa dilapidación de la propia persona.

Por primera y única vez se sospecha, gracias a este libro, que Erasmo sufrió secretamente por su exceso de razón, su justicia, su cortesía, su equilibrio de humores. Y como siempre el artista produce del modo más seguro cuando convierte en materia artística algo que a él le falta, algo que anhela, también en este caso precisamente el hombre de la razón par excellence era llamado a componer el alegre himno de la locura y hacerles mofa de la manera más sabia a los adoradores de la pura sabiduría.

Pero, además, no es lícito dejarse engañar por el soberano arte carnavalesco del libro en cuanto a su verdadero propósito. Este Elogio de la Locura, en apariencia una farsa, detrás de su careta de carnaval era uno de los libros más peligrosos de su tiempo, y lo que hoy a nosotros nos interesa puramente como fuego de artificio lleno de ingenio, fue en realidad una explosión que dejó libre el camino a la Reforma alemana; el Elogio de la Locura pertenece al número de los libelos de eficacia mayor que hayan sido escritos jamás en tiempo alguno. Extrañados y amargados regresaban entonces de Roma los peregrinos alemanes, donde papas y cardenales llevaban la vida más dilapidadora e inmoral del Renacimiento italiano, de modo que, cada vez más impacientes, las naturalezas verdaderamente religiosas solicitaban una "Reforma de la Iglesia en su cabeza y miembros". Pero la Roma del esplendor papal rechazaba cualquier protesta, hasta las mejor intencionadas; en la hoguera, con una mordaza en la boca, expiaban su culpa todos los que hablaban demasiado alto, con demasiada pasión; sólo en agrias coplas populares o en picantes anécdotas podía descargarse secretamente la irritación por el abuso del comercio de reliquias y de indulgencias; subterráneamente, iban de mano en mano ciertas hojas sueltas con la imagen del papa como una gran araña chupadora de sangre. Erasmo clava públicamente entonces, en la pared del tiempo, la lista de los pecados de la Curia; maestro de ambigüedades, aprovecha su gran artificio para hacer que pronuncie la Stultitiae todo lo necesariamente peligroso, en un ataque decisivo contra los defectos religiosos. Y aunque, aparentemente, sólo es una mano de loco la que empuña la tralla, al punto se comprende por todos la intención crítica de palabras como éstas: "Si los sumos sacerdotes, los papas, los representantes de Cristo se esforzaran por ser semejantes a él en su vida, si sufrieran su pobreza, soportaran sus trabajos, participaran en su doctrina, tomaran consigo su cruz y su desprecio del mundo, ¿quién sobre la tierra sería más de compadecer que ellos? Cuántos tesoros perderían los padres santos si la sabiduría, si un solo grano de la sal de que habla Cristo se apoderase sólo una vez de su espíritu. En lugar de aquellas inmensas riquezas, aquellos divinos honores, la distribución de tantos empleos y dignidades, de tan numerosas dispensas, de tan diversos impuestos y de goces y placeres tan diversos, se presentarían noches sin sueño, días de ayuno, oraciones y lágrimas, ejercicios de devoción y mil otras molestias". Y de pronto sale la Estulticia de su papel de loca y habla clara e inequívocamente de la exigencia de la futura reforma del mundo: "Como toda la doctrina de Cristo predica la dulzura, la paciencia y el desprecio de todo lo terreno, aparece claramente ante los ojos lo que esto significa. Cristo desarma de tal modo a sus embajadores, que les recomienda que se despojen no sólo de su calzado y de su bolsa, sino también de su túnica, a fin de que entren desnudos y libres de todos los bienes en la carrera evangélica. No les deja llevar si no una espada, pero esta espada no es aquella llena de mal de que se arman los bandidos y los parricidas, sino la espada del espíritu que penetra hasta el fondo más íntimo del alma, y que, de un solo golpe, corta en ella todas las pasiones, para que, en adelante, sólo la piedad florezca en el corazón".

Sin advertirlo, de la broma ha resultado una cortante seriedad. Bajo la caperuza de loco aparecen los ojos severos, que no se dejan engañar, del gran crítico del tiempo; la Locura ha pronunciado lo que les quema secretamente los labios a miles y cientos de miles de hombres. Con mayor fuerza, mayor penetración, de un modo más comprensible para todos que en cualquier otro escrito de la época, expónese a la conciencia del mundo la necesidad de una rigurosa reforma de la Iglesia. Siempre, antes de que pueda ser edificado algo nuevo, es preciso que sea atacado y removido primeramente, en su autoridad, lo existente. En todas las revoluciones espirituales el crítico expositor precede al creador y transformador: sólo si primero ha sido laborado, está dispuesto el suelo para recibir la simiente.

Pero la pura negación y la estéril crítica no corresponden en ningún terreno a la posición espiritual de Erasmo; cuando muestra los yerros, lo hace sólo para exigir que se proceda rectamente; jamás censura por un soberbio y astuto placer de censurar. Nada está más lejos de este tolerante temperamento que un ataque grosero, iconoclasta, contra la Iglesia católica; como humanista, Erasmo no sueña con un alzamiento contra lo eclesiástico, sino con una reflorescencia, un renacimiento, de lo religioso, una renovación de la idea cristiana mediante la vuelta a su antigua pureza nazarena. Lo mismo que en el Renacimiento, tanto el arte como la ciencia experimentaron un magnífico rejuvenecimiento por el retorno hacia los modelos antiguos, así Erasmo esperaba una depuración de la Iglesia, que estaba ahogándose en exterioridades, con volver a excavar sus fuentes primitivas; con que la doctrina regresara hacia los Evangelios, y, con ello, hacia las propias palabras de Cristo, "con el descubrimiento del Cristo oculto bajo las enseñanzas dogmáticas". Con este deseo, que siempre vuelve a suscitarse en él, se pone Erasmo —precursor en este punto como en todos— a la cabeza de la Reforma.

Pero el humanismo, según su modo de ser, jamás es revolucionario, y si Erasmo, por medio de sus excitaciones a la reforma de la Iglesia, proporciona los más importantes servicios al preparar el camino, en conformidad con su ánimo conciliador y en extremo pacífico, se hace atrás, no sin espanto, ante un cisma manifiesto. Nunca juzgará Erasmo a la manera violenta, y que no admite contradicción, de Lutero, de Zwingli o de Calvino, lo que está bien o lo que está mal en la Iglesia Católica, qué sacramentos hay que permitir y cuáles son impropios, si la comunión hay que considerarla substancial o no substancial; se limita sólo a acentuar que la observancia de las formas externas, en sí mismas, no es la verdadera esencia de la piedad cristiana, que únicamente en lo interior se decide la verdadera medida de la fe del ser humano. No el culto de los santos, no las peregrinaciones y el rezar los salmos, no la teología escolástica con su estéril "judaismo" hacen del hombre un cristiano, sino la calidad de su alma, su conducta humana y cristiana. Sirve mejor a los santos no el que colecciona sus huesos y los adora, no el que va en peregrinación a sus tumbas, ni el que quema más cirios, sino quien en su existencia personal trata de imitar del modo más perfecto la piadosa vida de aquéllos. Más decisivo que la misma observancia de todos los ritos y plegarias, de todos los ayunos y que oír todas las misas es la dirección personal de la vida en el espíritu de Cristo: "la quinta esencia de nuestra religión es la paz y la conformidad". Aquí, como en todos los casos, se ha esforzado Erasmo por elevar lo viviente hasta el nivel de lo general humano, en lugar de ahogarlo en formulismos. Trata, con conciencia de ello, de separar el cristianismo de lo puramente eclesiástico, poniéndolo en relación con lo universal humano; todo lo que alguna vez fue éticamente perfecto en los pueblos y en las religiones se esfuerza por introducirlo en la idea del cristianismo como elemento fecundador, y, en medio de un siglo de limitación y fanatismo dogmático, este gran humanista pronuncia la magnífica frase siguiente, dilatadora del mundo: "Dondequiera que encuentres la verdad, considérala como cristiana". Con ello queda tendido un puente hacia todos los tiempos y todas las zonas. Quien, como Erasmo, considera, con espíritu libre, a la sabiduría, la piedad y la moralidad, dondequiera que estén, como formas de una más alta humanidad, y con ello, ya como cristianas, no arrojará ya al infierno, como los fanáticos clericales, a los filósofos de la antigüedad ("San Sócrates", exclama una vez, en su entusiasmo, Erasmo), sino que aportará a lo religioso todo lo noble y grande del pasado, "lo mismo que los judíos, al salir de Egipto, tomaron consigo sus utensilios de oro y plata, a fin de adornar con ellos su templo".

Nada de lo que alguna vez ha sido importante fruto de la moral humana o del espíritu ético debe, según el concepto erasmista de la religión, ser separado del cristianismo por rígidas fronteras, pues, en lo humano, no hay verdades cristianas o paganas, sino que la verdad es divina en todas sus formas. Por ello nunca habla Erasmo de una teología de Cristo, de una doctrina de la fe, sino de una "filosofía de Cristo", por lo tanto, de una doctrina de conducta: el cristianismo no es para él si no un sinónimo de la moralidad alta y humana.

Estas ideas fundamentales de Erasmo, comparadas con la fuerza arquitectónica de la exégesis católica y del ardiente impulso amoroso de los místicos, producen quizá el efecto de ser un poco bajas y vulgares, pero son humanas; aquí, como en todos los terrenos del saber, el efecto de Erasmo no se manifiesta tanto hacia lo profundo como en lo amplio. Su Enchiridion Militis Christiani (Manual del caballero cristiano), redactado, como obra ocasional, según deseo de una piadosa dama noble, para aviso de su marido, llega a ser un manual teológico popular, y la Reforma, con sus belicosas exigencias radicales, encuentra, gracias a el, un campo ya labrado. Pero no el inaugurar este combate, sino el apaciguar, en el último instante, por medio de proposiciones conciliadoras, el que ya amenaza, es la misión de este solitario, cuya voz resuena en el desierto, el cual, en un tiempo en el que de los concilios surge amargamente la discordia por insignificantes menudencias dogmáticas, sueña con una última síntesis de todas las formas sinceras de fe espiritual, con un rinascimento del cristianismo, que debe librar a todo el mundo, para siempre, de luchas y conflictos, y con ello elevar verdaderamente la creencia en Dios a religión de la Humanidad.

Es propio de la pluralidad de facetas de Erasmo el que sepa expresar un mismo pensamiento en formas diversas. En el Elogio de la Locura el insobornable crítico de la época expuso los abusos que se daban dentro de la Iglesia Católica; en el Manual del caballero cristiano anticipa, como en sueños, el ideal, para todos comprensible, de una religiosidad convertida en íntima y humanizada; al mismo tiempo pone en ejecución su teoría de la necesaria "exploración de las fuentes del cristianismo", traduciendo nuevamente, como crítico de textos, filólogo y exégeta, los Evangelios del griego al latín, acto que abre camino a la traducción alemana de la Biblia de Lutero, y es casi de igual significación en aquel tiempo.

Volver a las fuentes de la verdadera fe, buscarlas allí donde todavía corren con divina pureza y no mezcladas con ningún dogma: esa había sido exigencia de Erasmo para la nueva Teología humanística, y, con su profundo instinto de las necesidades del tiempo, indica este trabajo como el más decisivo, quince años antes que Lutero. En 1504 escribe: "No soy capaz de expresar cómo me dirijo hacia los Libros Santos, con alas desplegadas, y cómo me repugna todo lo que me detiene lejos de ellos, o, por lo menos me retrasa". La vida de Cristo, tal como es referida en los Evangelios, no debe seguir siendo por más tiempo privilegio de frailes y curas, de la gente que sabe latín; todo el pueblo puede y debe participar en ella, "el aldeano debe leerla detrás de su arado, el tejedor en su telar"; la mujer tiene que poder transmitir a sus hijos este núcleo de todo el cristianismo. Pero, antes de que Erasmo se atreva a promover este gran pensamiento de una traducción a las lenguas nacionales, advierte el sabio que también la Vulgata, esa traducción única latina de la Biblia, consentida y aprobada por la Iglesia, ha experimentado posteriormente desfiguraciones, y que es atacable en sentido filológico. A la verdad, no debe mantenerse adherida ninguna mácula terrena; de este modo emprende la inmensa tarea de volver a traducir de nuevo la Biblia al latín y acompañar sus discrepancias y sus concepciones más libres de un minucioso comentario crítico. Esta nueva traducción de la Biblia, que, al mismo tiempo en griego y en latín, apareció en 1516, en la librería de Froben, en Basilea, vuelve a significar un paso hacia la revolución; también en la última Facultad, la Teología ha penetrado victoriosamente, con ello, el libre espíritu investigador. Pero, cosa típica de Erasmo, también allí donde actúa como revolucionario, guarda hábilmente las formas exteriores, a fin de que el golpe más recio no se convierta en escándalo. Para romper el aguijón, anticipadamente, a todo ataque de los teólogos, dedica esta primera traducción libre de la Biblia al soberano señor de la Iglesia, al pontífice, y éste, León X, a su vez de ideas humanísticas, le responde afectuosamente con un breve: "Nos ha causado alegría", y hasta llega a alabar el celo con que Erasmo se dedica a las Sagradas Escrituras. Siempre supo Erasmo, en lo individual, gracias a su naturaleza conciliadora, sobreponerse al conflicto entre la investigación eclesiástica y la libre, que en todos los otros traía consigo la más espantosa hostilidad: su genio componedor y su arte de allanar, con suavidad, las dificultades triunfaban victoriosamente hasta en estas esferas llenas de tensión.

Con estos libros, Erasmo conquistó a su época. Pronunció las palabras definidoras en los problemas decisivos para su generación, y la manera serena, humana, para todos comprensiva, con que llega a exponer los temas más candentes de su tiempo le proporciona ilimitadas simpatías. La humanidad experimenta siempre un agradecimiento profundo hacia aquellos que consideran posible un progreso por medio de la razón, y se comprende el encanto del nuevo siglo al saber que, después de los frailes exaltados, los fanáticos discutidores, los impíos burlones y los ininteligibles maestros escolásticos, hay, por fin, un hombre en Europa que considera y valora las cosas espirituales y eclesiásticas únicamente desde el punto de vista de lo humano, un alma amiga de lo terrenal, que, a pesar de todos los inconvenientes, cree en este mundo y quiere llevarlo hacia la claridad.

Ocurre así lo que se da siempre cuando un hombre único se acerca resueltamente al decisivo problema de su época: junta alrededor suyo toda una comunidad, y, con la callada expectación de los otros, aumenta su propio poder creador. Toda la fuerza, toda la esperanza, toda la impaciencia por una moralización y elevación de la humanidad merced a las ciencias recién aparecidas, encuentra por fin en este hombre su foco central: él o nadie, piensan los otros, puede resolver la espantosa tirantez que llena aquella época. Por una pura gloria literaria, el nombre de Erasmo llega a tener, a principios del siglo XVI, una fuerza incomparable, podría, si hubiera poseído un ánimo más osado, aprovecharla como dictador, para una acción reformadora de la Historia Universal. Pero el de la acción no es su mundo. Erasmo sólo puede explicar y no dar forma, sólo preparar y no realizar. No es su nombre el que llevará la Reforma escrito a su frente, otro ha de recolectar lo que él sembró.

 

GRANDEZA Y LÍMITES DEL HUMANISMO

En el tiempo comprendido entre los cuarenta y los cincuenta años de su edad alcanza Erasmo de Rotterdam el cénit de su gloria; desde hace cien años Europa no ha conocido mayor figura. Ningún nombre, entre sus contemporáneos, ni siquiera los de Durero, Rafael, Leonardo, Paracelso o Miguel Ángel son pronunciados con igual respeto, en aquellos días, por el mundo espiritual; las obras de ningún escritor se han esparcido en tan numerosas ediciones; ninguna autoridad moral o artística puede compararse con la suya. El nombre de Erasmo significa, simplemente, para el recién comenzado siglo XVI, la suma de la sabiduría, optimum et máximum, lo mejor y más alto que puede pensarse, como lo celebra Melanchthon en su poema latino de alabanza, la autoridad indiscutible en cuestiones científicas y literarias, seculares y espirituales. Se le elogia ya como doctor universalis, ya como "príncipe de la ciencia", como "padre de los estudios", y "protector de la Teología honrada"; se le llama "la luz del mundo", o "la pitia de Occidente", vir incomparabilis et dociorum phoenix. Ninguna laudanza es demasiado grande para él. "Erasmo — escribe Mutiano— se levanta por encima de la medida humana. Hay que adorarle como a una divinidad, y con piadosa devoción, como a un ser celeste", y Carnerario, otro humanista, nos informa de que: "Todo el que no quiere pasar por extranjero en el imperio de las musas, le admira, le alaba y glorifica. Si alguien puede conseguir una carta suya, es inmensa su gloria y solemniza el más espléndido triunfo. Mas aquél a quien le es dado hablarle, puede decirse feliz sobre la tierra".

En efecto, ha comenzado una competencia por el favor de aquel sabio, desconocido aún hace poco tiempo, que hasta entonces sólo conservaba su vida, trabajosamente, gracias a dedicatorias, lecciones y epístolas mendicantes; que, con degradantes lisonjas a los poderosos, se calafateaba con flacas prebendas; pero ahora son los poderosos los que lo solicitan a él, y siempre es un espectáculo magnífico ver cómo los poderes mundanales y el dinero se ven obligados a servir al espíritu. Emperadores y reyes, príncipes y duques, ministros y hombres de letras, papas y prelados compiten en rebajarse por alcanzar el favor de Erasmo: el emperador Carlos V, el señor de ambos mundos, ofrécele un asiento en su consejo; Enrique VIII quiere ganarlo para Inglaterra; Fernando de Austria, para Viena; Francisco I, para París; de Holanda, Brabante, Hungría, Polonia y Portugal vienen las proposiciones más seductoras; cinco universidades se disputan el honor de ofrecerle una cátedra; tres papas le escriben epístolas respetuosas. En su cuarto se amontonan voluntarios tributos de los ricos admiradores, vasos de oro y cubiertos de plata; cargas de vino le son enviadas y valiosos libros; todos lo atraen, todos le invocan, para aumentar con la gloria del escritor la suya propia. Pero Erasmo, a un tiempo prudente y escéptico, acepta cortésmente todos estos dones y honores. Deja que lo obsequien, deja que lo alaben y glorifiquen, hasta gusta de ello y siente satisfacción no disimulada, pero no se vende. Deja que le sirvan, pero no toma a su cargo el servicio de nadie, imperturbable campeón de aquella libertad del artista, íntima e insobornable, reconocida por él como necesaria condición previa de todo efecto moral.

Sabe que, manteniéndose solo, goza de la fuerza más grande, y ¡qué inútil necedad sería la de pasear de corte en corte, detrás de su gloria, en vez de plantarla, serena, clara y luciente como estrella, encima de su propia casa! Hace ya mucho tiempo que Erasmo no necesita viajar en busca de nadie, sino que todos vienen a su encuentro; Basilea se convierte, merced a su presencia, en una residencia real, en centro espiritual del mundo. Ningún príncipe, ningún sabio, ninguna persona que busque notoriedad, omite el ir a rendir homenaje al gran sabio a su paso por la ciudad, pues haber hablado con Erasmo se considera ya como una especie de espaldarazo cultural, y una visita a su morada (lo mismo que en el siglo XVIII a la de Voltaire y en el XIX a la de Goethe) cuenta como el más manifiesto testimonio de respeto al simbólico representante del invisible poder del espíritu. Para obtener en su álbum unos rasgos de su mano, altos aristócratas y sabios hacen varios días de peregrinación; un cardenal, sobrino del papa, que tres veces ha invitado vanamente a Erasmo a comer, no se siente deshonrado, al rehusar éste su invitación, yendo él, por su parte, a buscarlo al sucio taller de imprenta de Froben. Cada carta escrita por Erasmo es encuadernada en brocado por el destinatario y mostrada como una reliquia ante amigos respetuosos; hasta una recomendación del maestro, abre como "sésamo" todas las puertas; jamás un hombre particular, jamás Goethe, y apenas Voltaire, han poseído en Europa un poder universal sólo merced a su espiritual persona.

Considerada desde nuestro tiempo esta sobresaliente posición de Erasmo, no es, al principio, plenamente explicable ni por su obra ni por su persona; nosotros descubrimos hoy en él un espíritu prudente, humano, con plurales facetas y plurales formas, estimulante y atractivo, pero en modo alguno arrebatador ni transformador del mundo. Pero Erasmo, para su siglo, era más que un fenómeno literario; era, y llegó a ser, la expresión simbólica de los más secretos anhelos espirituales colectivos. Cada época que quiere renovarse, proyecta primeramente su ideal en una figura; el espíritu del tiempo elige siempre a un ser humano como tipo para comprender él mismo su propio ser representativamente, y, al elevar a este individuo único, y a veces de fama puramente casual, muy por encima de su medida, se entusiasma, por decirlo así, con su propio entusiasmo. Nuevos sentimientos y nuevos pensamientos nunca son comprensibles más que para un círculo escogido, la dilatada muchedumbre jamás puede concebirlos en forma abstracta, sino, exclusivamente, en una representación sensual y antropomórfica; por ello, gusta de poner a un hombre en lugar de una idea, una imagen, un modelo, al cual procura imitar fielmente. Este deseo de la época, se encuentra como perfectamente acuñado en Erasmo por breve espacio de tiempo, el que "uomo universale", el imparcial, el muy sabio, el que mira libremente hacia el porvenir, ha llegado a ser el tipo ideal de la nueva generación. En el humanismo, celebra la época su propio valor para pensar y sus nuevas esperanzas. Por primera vez, el poder espiritual tiene la precedencia sobre el puramente hereditario y tradicional, y la fuerza, la rapidez, con que se realiza esta transmutación de valores lo demuestra el hecho de que los antiguos representantes del poder se someten ellos mismos voluntariamente a los nuevos. Sólo es un símbolo el que Carlos V, con espanto de sus cortesanos, se incline para recoger el pincel que se le ha caído de las manos al hijo de un pastor, el Ticiano; el que el papa obedezca la grosera orden de Miguel Ángel y abandone la Capilla Sixtina para no estorbar al maestro; el que los príncipes y obispos se pongan de repente a coleccionar, en lugar de armas, libros, cuadros y manuscritos; inconscientemente, capitulan, de este modo, con el reconocimiento de que el poder del espíritu creador ha asumido en sí la soberanía en Occidente y de que las creaciones artísticas están destinadas a sobrevivir a las construcciones militares y políticas de la época. Por primera vez, concibe Europa su razón de ser y su misión en la supremacía del espíritu, en la erección de una uniforme civilización occidental, en una cultura universal que actúe como modelo.

Para abanderado de este nuevo modo de pensar, la época elige a Erasmo.

Como "antibarbarus", como impugnador de toda reacción, de todo tradicionalismo, como precursor de una humanidad más alta, más libre y más humana, como conductor de una futura burguesía universal, antepónelo a todos los otros. Nosotros, gentes de hoy, sentimos, sin duda, encarnado de modo incomparablemente más alto el tipo del que busca audazmente, del que lucha magníficamente, del hombre fáustico de aquel siglo, en otra expresión más profunda del "uomo universale", en un Leonardo o un Paracelso. Pero, en último término, lo que realmente perjudica a la magnitud de Erasmo: su clara comprensión (con frecuencia excesivamente diáfana), su darse por satisfecho con lo perceptible, su carácter obsequioso y urbano, determinó entonces su fortuna. Mas, por instinto, la época elegía rectamente: cada renovación del mundo, cada labor a fondo del mismo, ensáyase primero con los reformadores moderados en lugar de acudir a los revolucionarios rabiosos, y en Erasmo veía la época el símbolo de la razón, silenciosa y tranquila, pero de actuación' incesante. Durante un momento maravilloso, Europa está de acuerdo con el soñado deseo humanístico de una civilización uniforme, que, con un idioma universal, una religión universal, una cultura universal, debía poner fin a la primitiva y fatal discordia, y esta inolvidable tentativa queda memorablemente unida con la figura y el nombre de Erasmo de Rotterdam. Pues sus ideas, sus deseos y sueños han dominado a Europa durante una hora universal de su Historia, y es una fatalidad para él, y al mismo tiempo para nosotros, que esta pura voluntad espiritual de una definitiva unificación y pacificación del Occidente sólo haya sido un entreacto, rápidamente olvidado, de la tragedia, escrita ron sangre, de nuestra común patria.

Este imperio de Erasmo que, por primera vez —¡hora memorable!— abarcaba todos los países, pueblos y lenguas de Europa, era un suave señorío. Como conquistado sin violencia, sólo por la fuerza reclutadora y convincente de unos resultados espirituales, el humanismo aborrece toda violencia. Como únicamente elegido per acclamafionem, no ejercita Erasmo ninguna dictadura ergotista. Espontaneidad e íntima libertad son las leyes políticas fundamentales de este invisible imperio. No con intolerancia, como anteriormente los príncipes y las religiones, es como quiere la posición espiritual erasmista someter a los hombres a sus ideas humanistas y humanitarias, sino que, como una luz al aire libre, que atrae, hacia su pura esfera, a los animales que vagan alrededor por lo obscuro, llama hacia su claridad a los todavía desconocedores y a los apartados, convenciéndolos dulcemente. El humanismo no tiene sentido imperialista, no conoce ningún enemigo ni quiere ningún siervo. Quien no quiera pertenecer al círculo selecto puede permanecer fuera de él, no se le obliga, no se le impele violentamente hacia el nuevo ideal; toda intolerancia —que siempre, en el fondo, procede de una incomprensión íntima—, es ajena a esta teoría de inteligencia universal.

Pero, por otra parte, a nadie se le niega el acceso en esta nueva gilda espiritual. Humanista puede llegar a serlo todo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser humano de cualquier categoría social, hombre o mujer, caballero o sacerdote, rey o mercader, laico o fraile, tiene acceso a esta libre comunidad, a nadie se le pregunta por sus orígenes, su razón y clase social, por su idioma o nación. Con ello, aparece un nuevo concepto en el pensamiento europeo: lo supernacional. Los idiomas, que hasta entonces eran los impenetrables muros divisorios entre los seres humanos, no deben separar ya a los pueblos: tiéndese un puente entre todos ellos con la lengua común, el latín humanístico, que vale universalmente, y, del mismo modo, el ideal de patria debe ser superado como insuficiente, por ser un ideal demasiado estrecho, por el ideal supernacional, el europeo. "El mundo entero es una patria común", proclama Erasmo en su Querela Pacis, y, desde esta prominente altura para la contemplación del panorama europeo, parécele un absurdo la criminal discordia de las naciones, todo odio entre ingleses, alemanes y franceses: "¿Por qué nos apartan aún todos estos nombres estúpidos, ya que nos une el nombre de Cristo". Todas estas rencillas en el interior de Europa, para el ser humano de ideas humanísticas no son más que equivocaciones, debidas a una escasa comprensión, a una escasa cultura, y la misión del europeo futuro, en vez de meterse con tibia emoción en las vanas pretensiones de los principillos, en las de los fanáticos sectarios, de los egoístas del nacionalismo, debe ser acentuar más cada vez lo que una y reúna: lo europeo por encima de lo nacional, lo humano sobre lo patriótico, y transformar el concepto del cristianismo como pura comunidad religiosa, en una cristiandad universal, un amor de la humanidad, abnegado, complaciente y humilde. El ideal erasmista, por lo tanto, dirige sus tiros a mayor altura que a una mera comunidad cosmopolita; actúa ya en él una resuelta voluntad de una nueva forma de unidad espiritual en Occidente. Cierto que ya anteriormente algunos individuos aislados habían intentado una unificación de Europa, los cesares romanos, Carlomagno, y, más tarde habrá de hacerlo Napoleón, pero estos autócratas habían procurado reunir a los pueblos y los Estados con la maza de la violencia, el puño del conquistador había destrozado los imperios más débiles para encadenarlos a los más fuertes. Pero en Erasmo —¡decisiva diferencia!— Europa aparece como una idea moral, como una exigencia espiritual perfectamente limpia de egoísmo, comienza con él, aquel postulado de los Estados Unidos de Europa, todavía hoy no realizado, bajo el signo de una cultura y civilización comunes.

La condición, previa y patente para Erasmo, el paladín de éstas y de todas las ideas de armonía, es la eliminación de toda violencia, y, en especial, la supresión de la guerra, de ese "naufragio de todo bien". Erasmo tiene que ser considerado como el primer teorizador literario del pacifismo; no menos de cinco escritos compuso contra la guerra en un tiempo de continuas luchas; en 1504, la invitación a Felipe el Hermoso; en 1514, la dirigida al obispo de Cambray, en la que le dice que "como príncipe cristiano, por el amor de Cristo, debería aceptar la paz"; en 1515, en los Adagia, el célebre artículo que lleva el título, eternamente verdadero, de: "Dulce bellum inexpertis" ("sólo para aquellos que no la han experimentado parece bella la guerra"); en 1516, en sus Lecciones a un piadoso príncipe cristiano, habíale admonitoriamente al joven emperador Carlos V, y, por último, aparece en 1517 la Querela Pacis, propagada en todas las lenguas, y, sin embargo, desconocida por todos los pueblos, la "queja de la paz que ha sido rechazada, expulsada y asesinada en todas las naciones de Europa".

Pero ya entonces, casi quinientos años antes de nuestro tiempo, sabe Erasmo lo poco que tiene que contar con la gratitud y aprobación generales un convencido amigo de la paz; "se ha llegado a tal punto, que pasa por bestial, necio y anticristiano el que se abra la boca en contra de la guerra"; cosa que, no obstante, no le impide inaugurar, con una decisión siempre repetida, en la época del derecho del más fuerte y de los más groseros actos de violencia, sus ataques contra la continua busca de disputas de los príncipes. A su creer, tiene razón Cicerón cuando dice que "una paz injusta es mejor que una guerra justa", y aquel solitario combatidor de la guerra le opone todo un arsenal de argumentos que todavía hoy podrían ser explotados abundantemente. "El que los animales se ataquen" tal es su lamento, "lo comprendo y se lo perdono a su ignorancia", pero los hombres tendrían que reconocer que la guerra, en sí misma, significa ya necesariamente una injusticia, pues de costumbre no alcanza .a los que la atizan y dirigen, sino que, casi siempre, todo su peso viene a caer sobre los inocentes, sobre el pobre pueblo, que no tiene nada que ganar ni con la victoria ni con la derrota. "La mayor parte de sus males alcanza a aquéllos a quienes en nada les concierne la guerra, y, aun cuando hayan tenido la mayor suerte en ella, la dicha de una parte es siempre el daño y la perdición de la otra". La idea de la guerra no puede, pues, jamás ligarse con la idea de justicia, y, por lo tanto —vuelve a preguntar—, ¿cómo puede ser justa una guerra? Para Erasmo, no hay en el terreno teológico, ni tampoco en el filosófico, una verdad absoluta y valedera para todos los casos. La verdad siempre es, para él, ambigua y multicolora, y del mismo modo el derecho, por lo cual "en ninguna materia debe mostrarse más circunspecto el príncipe que para decidirse a promover la guerra, sin hacer un incondicional alarde de su derecho, pues ¿quién no considera sus asuntos como los más justos?" Todo derecho tiene dos aspectos, todas las cosas están "teñidas, embadurnadas y. echadas a perder por el partidismo", y hasta cuando uno cree estar en su derecho, el derecho no debe resolverse por medio de la violencia ni terminarse nunca por ella, pues "una guerra procede de otra, y de una, dos".

Para unos seres humanos espirituales, la decisión de un conflicto por medio de las armas no significa nunca una solución moral del mismo; expresamente declara Erasmo que, en caso de guerra, los hombres espirituales, los sabios de todas las naciones, no tienen que negarse su amistad. No es permitido que su posición sea nunca la de reforzar, con celo partidista, la hostilidad de las opiniones, de los pueblos, de las razas y de las clases sociales, sino que tienen que permanecer inconmovibles en las puras esferas de la humanidad y de la justicia. Su misión eterna sigue siendo la de oponer al "frenesí inhumano, anticristiano y bestialmente salvaje de la guerra" las ideas de la colectividad universal y del universal cristianismo. Nada reprocha más violentamente Erasmo a la Iglesia, como suprema depositaría de la moral, que el haber renunciado, por un acrecentamiento del poder temporal, a la gran idea agustina de "la paz cristiana universal". "¿No se avergüenzan los teólogos y los maestros de la vida cristiana de ser los principales incitadores, promovedores y fomentadores de aquello que nuestro Señor Jesucristo odió tanto y de modo tan grande?", exclama con ira. "¿Cómo pueden reunirse el báculo episcopal y la espada, la mitra y el casco, el evangelio y el escudo, ¿Cómo es posible predicar a Cristo y la guerra, con la misma trompeta proclamar a Dios y al demonio". "El eclesiástico belicoso" no es otra cosa, por lo tanto, sino una contradicción con la palabra de Dios; niega la más alta embajada de que le encargó su señor y maestro cuando dijo: "¡La paz sea con vosotros!" Siempre se muestra vehemente Erasmo cuando alza la voz contra la guerra, el odio y la limitación partidista, mas esta pasión vehemente jamás enturbia, con su indignación, la claridad de su concepto del mundo. A un tiempo idealista por su corazón y escéptico por su inteligencia, Erasmo conocía todas las resistencias que se oponían, en el terreno de lo real, a la realización de aquella "paz universal cristiana", a aquel único señorío de la humana razón.

El hombre que, en su Elogio de la Locura, describió todas las variedades del delirio humano y de la absurdidad, no pertenece al grupo de aquellos soñadores idealistas que opinan que con la palabra escrita, con libros, predicaciones y tratados, se puede matar el inmanente impulso de violencia de la naturaleza humana, c, por lo menos, adormecerlo; no se engañaba, en modo alguno, acerca del hecho de que el goce en el ejercicio de la fuerza y la alegría del combate fermentan en la sangre de la humanidad desde épocas de canibalismo, hace cientos y miles de años, torpes recuerdos del odio primitivo de la remota bestia humana contra sus semejantes, no menos bestiales, y que, todavía, serán necesarios cientos de años, y quizás miles, de educación moral y elevación de la cultura para una plena desbestialización y humanización de la estirpe del hombre. Sabía que los impulsos elementales no se pueden remover con dulces charlas y palabras morales y aceptaba la barbarie de este mundo como un hecho, por el momento, invencible. Por ello, su propia lucha se desarrollaba en otras esferas; como hombre espiritual no podía dirigirse siempre sino a los espirituales, no a los conducidos y seducidos, sino a los conductores, a los príncipes, a los sacerdotes, a los sabios, a los artistas, a todos aquellos a quienes sabía y hacía responsables de toda discordia en el mundo europeo. Como pensador de largo alcance, había reconocido mucho antes que el impulso hacia la violencia, en sí mismo, no constituye un peligro universa!. La violencia sola tiene corto el aliento; ataca ciega y furiosa, pero, sin meta para su voluntad y escasa de pensamiento, se viene abajo por sí misma, agotada, después de sus bruscas explosiones. Aun donde actúa por contagio y psicopáticamente y excita a grupos enteros, éstos sólo se producen como bandas indisciplinadas, que se extinguen espontáneamente tan pronto como se ha enfriado el primer entusiasmo.

Nunca, en el curso de la historia, las sublevaciones y levantamientos sin una dirección espiritual han llegado a ser peligrosos para un orden social auténtico: sólo cuando el impulso de violencia está al servicio de una idea, o la idea se sirve de él, se producen los verdaderos trastornos, las revoluciones sangrientas y destructoras, pues sólo con una enseña se convierte una banda en partido, sólo con la organización, en un ejército, y sólo con un dogma, en un movimiento general. Todos los grandes conflictos violentos de la humanidad son menos atribuíbles a la voluntad de violencia que reside en la sangre del hombre que a una ideología que desencadena esta voluntad y la impulsa contra otra parte de la familia humana. Sólo el fanatismo, ese bastardo del espíritu y de la violencia, que quiere impone la dictadura de una idea, la de la suya propia, a todo el universo, como la única forma permitida de fe y de existencia, hiende la comunidad humana en enemigos y amigos, partidarios y adversarios, héroes y criminales, creyentes y herejes; como sólo reconoce su sistema y sólo quiere considerar como verdadera su verdad, tiene que echar mano de la violencia para abatir a todos los otros dentro de la pluralidad de representaciones, querida por Dios. Todas las violentas limitaciones de la libertad espiritual, de la libertad de opinión, la inquisición y la censura, la hoguera y el cadalso, no han sido impuestas al mundo por la violencia ciega sino por el fanatismo de severa mirada, ese genio de la parcialidad y enemigo hereditario de la universalidad, ese prisionero de una única idea que intenta siempre hostigar al mundo entero y encerrarlo en esta prisión suya. Por eso, para el humanista Erasmo, que siempre está señalando hacia los intereses comunes de la humanidad por ser su propiedad más excelsa y sagrada, el hombre espiritual no puede arrojar sobre sí culpa más grave que si proporciona un decisivo pretexto de rebelión a la voluntad de las masas, siempre dispuesta a la violencia, al sostener una ideología unilateral, pues, con ello, suscita fuerzas primitivas que, salvajemente, corren más allá de su idea originaria y destruyen sus más puras intenciones. Un hombre solo puede azuzar la pasión de las masas, pero casi nunca le es también dado volver a calmar esta desencadenada pasión.

Quien, con su palabra, sopla una llamita, tiene que tener conciencia de que se producirá una fogata destructora; el que excita el fanatismo, declarando como único valedero un solo sistema de existir, de pensar y de creer, tiene que reconocer la responsabilidad de que, con ello, está provocando la desavenencia universal, una guerra espiritual o corporal, contra toda otra forma de pensar y vivir. Toda tiranía de una idea es una declaración de guerra contra la libertad espiritual humana, y el que, como Erasmo, busca, una síntesis suprema de todas las ideas, una armonía universal humana, tiene, por ello, que considerar como un ataque contra su concepto de inteligencia general toda forma de parcialidad en el pensamiento, de ciega voluntad de incomprensión. El ser humano educado humanísticamente, dotado de humanas opiniones en el sentido de Erasmo, no debe, por consecuencia, conjurarse con ninguna ideología, porque toda idea aspira naturalmente a la hegemonía; no tiene que ligarse con ningún partido, pues es deber de todo hombre de partido ver de un modo partidista las cosas, sentirlas y pensar en ellas. En todo momento tiene que conservar su libertad de pensamiento y de acción, pues, sin libertad, es imposible la justicia, única idea que, como supremo ideal, debería ser común a toda la humanidad. Pensar como Erasmo significa, por lo tanto, pensar con independencia; proceder como Erasmo, proceder en el sentido de la comprensión. El erasmista, el que tiene fe en la humanidad, no tiene que fomentar lo que separa, sino lo que liga, dentro del círculo de su vida; no tiene que fortificar a los parciales en su parcialidad, a los hostiles en su hostilidad, sino extender la inteligencia y preparar la comprensión, y cuánto más fanática se muestre la época en su parcialidad, tanto más resueltamente tiene que perseverar él en su posición por encima de los partidos, desde la cual contempla la colectividad humana en todos estos errores y extravíos, para ser siempre defensor insobornable de la libertad espiritual y de la justicia sobre la tierra. A todas las ideas concédeles Erasmo sus derechos, pero a ninguna sus pretensiones sofísticas; el pensador que ha procurado comprender a la propia locura y la ha elogiado, no se opone, anticipadamente y con hostilidad, a ninguna teoría o tesis, sino sólo en el momento en que éstas pretenden violentar a las otras.

El humanista, como hombre que sabe mucho, ama precisamente al mundo a causa de su diversidad y no le espantan sus contradicciones. Nada está más lejos de su espíritu que pretender eliminar las contradicciones a la manera de los fanáticos y sistemáticos, que procuran reducir todos los valores a un solo número y todas las flores a una sola forma y color; precisamente ésta es la nota característica del espíritu humanista, no valorar las contradicciones como hostilidad y buscar para todo lo aparentemente inconciliable una unidad superior, la unidad humana. Lo mismo que Erasmo, en sí mismo, sabía reconciliar los elementos, más agriamente hostiles,«cristianismo y antigüedad, libertad de fe y teología, Renacimiento y Reforma, tenía que parecerle creíble que también en algún tiempo toda la humanidad llegará a transformar la pluralidad de sus representaciones en un dichoso acuerdo, sus contradicciones en una más alta armonía. Esta última inteligencia universal, la europea, la espiritual, constituye propiamente el único elemento de creencias religiosas del humanismo, por lo demás más bien frío y racionalista, y, con el mismo fervor con que las otras gentes de este obscuro siglo proclaman su fe en Dios, proclama él la embajada de su fe en la humanidad: que llegue a ser sentido, meta y porvenir del mundo, de modo que éste, en lugar de vivir para lo que lo separa, viva para lo que junta en común, y, de este modo, se vaya haciendo cada vez más y más humano.

Para esta educación de la humanidad, el humanismo no conoce más que un solo camino: el de la cultura. Erasmo y los erasmistas piensan que lo humano, en el hombre, sólo puede ser acrecido por medio de la cultura y del libro, pues sólo el ineducado, sólo el no instruido, se entrega sin reflexión a sus pasiones. El hombre culto, el civilizado —aquí aparece el trágico paralogismo de su modo de pensar—, no es ya capaz de groseras violencias, y si los educados, los cultos y civilizados tuvieran en sus manos el poder político, se extinguiría por sí mismo lo caótico y bestial; la guerra y las persecuciones espirituales llegarían a ser decrépitos anacronismos. En su estimación exagerada de la civilización, los humanistas no comprenden las fuerzas primitivas del mundo de los impulsos, con su indomable violencia, y, con su optimismo cultural, convierten en cosa insignificante el espantoso problema, apenas soluble, del odio de las masas y de las grandes psicosis apasionadas de la humanidad. Sus cálculos son demasiado simples: para ellos, hay dos capas sociales, una inferior y otra superior; abajo, la muchedumbre sin civilizar, ruda y apasionada; arriba, el claro círculo de los educados, de los comprensivos, de los humanos, de los civilizados, y el principal trabajo les parece realizado cuando logran atraer partes cada vez mayores de la capa inferior de los incultos para unirlas a la superior de la cultura. Así como en Europa fue siendo labrada cada vez más tierra de la antes inculta, por la que vagaban, peligrosas y salvajes, las errantes fieras, así también, en lo humano, hay que lograr, sucesivamente, desarraigar de nuestros círculos europeos la sinrazón y la rudeza para crear una zona de humanidad libre, clara y fructífera. De este modo, en lugar del pensamiento religioso, colocan la idea de una ascensión incesante de la humanidad. La idea del progreso, mucho tiempo antes de que Darwin haga de ella un método científico, llega a ser un ideal moral, gracias a sus esfuerzos: sobre ella se apoyan los siglos XVIII y XIX; en muchos de sus aspectos, las ideas erásmicas han llegado a ser los principios capitales del moderno orden social. No obstante, nada sería más erróneo que ver en el humanismo, y, más concretamente, en el pensamiento de Erasmo, una doctrina democrática precursora del liberalismo. Ni por un momento piensan, Erasmo ni los suyos, en conceder el más pequeño derecho al pueblo, inculto y menor de edad —para ellos todo hombre inculto no ha alcanzado aún su mayoría— y aunque aman a toda la humanidad, cierto que en abstracto, se guardan mucho de ponerse en común con el vulgus profanum.

Considerándolo más de cerca, en ellos, en vez del antiguo orgullo aristocrático, ha surgido uno nuevo; aquel envanecimiento académico, que vino extendiendo después sus efectos, a través de tres siglos, que sólo al hombre que sabe latín, al formado en las universidades, le reconoce derecho para decidir sobre lo justo y lo injusto, lo moral y lo antiético. Los humanistas están tan resueltos a regir el mundo en nombre de la razón, como los príncipes en nombre de la fuerza y la Iglesia en el de Cristo. Sus sueños encañonan sus tiros hacia una oligarquía; el señorío de la aristocracia de la cultura: sólo los mejores, los más cultivados, oí agicnoi, deben tomar a su cargo, en el sentido de los griegos, la dirección de la polis, del Estado. Gracias a su saber superior, a sus concepciones más clarividentes y más humanas, ellos solos se sienten llamados a intervenir, como mediadores y guías, en las disputas entre las naciones que se les representan como estúpidas y atrasadas ; pero este mejoramiento, de la situación no quieren, en modo alguno, alcanzarlo con ayuda del pueblo, sino por encima de la muchedumbre. Así que, en el fondo último, los humanistas, no representan ninguna renuncia al régimen aristocrático y caballeresco, sino su renovación en una forma espiritual. Esperan conquistar el mundo con la pluma como aquéllos con la espada, y, sin saberlo, se crean, como aquéllos, su propia convención social que los aparta de los "bárbaros", una especie de ceremonial de corte. Ennoblecen sus nombres, traduciéndolos al latín o al griego, para velar, de este modo, su ascendencia popular; se llaman Melanchton en vez de Schwarzerd, Mykonio en vez de Geisshüsler, Oleario en lugar de Oeslchláger, Chytraeo en vez de Kochhafe y Cochlaeo en lugar de Dobnick; se visten, con especial cuidado, de negras y ondulantes vestiduras, para distanciarse ya exteriormente de la clase de los otros ciudadanos. Tendrían por humillación escribir un libro o una carta en su materno idioma, lo mismo que un caballero se indignaría si se le encargara de marchar con la chusma de a pie, con la tropa vulgar de infantería, en vez de ir delante a caballo. Cada cual se siente obligado a un especial y distinguido porte en el trato y comercio social, por su ideal colectivo de cultura; evitan las palabras violentas y cultivan la cortesía urbana, como especial deber, en una época de grosería y rudeza. Oralmente y por escrito, en su palabra y porte, estos aristócratas del espíritu se esfuerzan por alcanzar distinción en su ánimo y expresiones, y, de este modo, todavía se espeja un último reflejo de la moribunda caballería, que bajaba a la tumba con el emperador Maximiliano, en esta orden espiritual que había tomado como pendón el libro en lugar de la cruz. Y así como la noble caballería sucumbía ante la fuerza grosera de los cañones que vomitan hierro, así también este noble escuadrón idealista caerá bellamente, pero sin vigor, ante el ataque robusto, de campesina fuerza, de la revolución popular de un Lutero y un Zwingli.

Porque precisamente este apartar la mirada del pueblo, esta indiferencia hacia la realidad, quitó de antemano al imperio de Erasmo toda posibilidad de duración, y a sus ideas la inmediata fuerza actuante: la falta orgánica fundamental del humanismo era el querer instruir al pueblo desde lo alto, en lugar de intentar comprenderlo y aprender de él. Estos idealistas académicos creían dominar ya porque su imperio se extendía muy a lo lejos; porque en todos los países, cortes, universidades, conventos e iglesias tenían sus servidores, sus embajadores y legados, que anunciaban orgullosamente los progresos de la "eruditio" y de la "eloquentia" en territorios hasta entonces bárbaros; pero, en lo más profundo, este imperio no comprendía sino una tenue capa superficial y estaba débilmente arraigado en la realidad. Cuando, desde Polonia y Bohemia, desde Hungría y Portugal, traíanle todos los días a Erasmo entusiastas mensajes, cuando todos los señores de la tierra, emperadores, reyes y papas, solicitaban su favor, podía, en muchos momentos, el sabio encerrado en su cuarto de estudio abandonarse a la ilusión de que el imperio de la ratio estaba ya permanentemente establecido.

Pero, por encima de estas cartas latinas, no percibía el silencio de las grandes muchedumbres de millones de hombres, ni tampoco la queja que amenazaba cada vez con mayor violencia desde inconmensurables profundidades. Ya que el pueblo no existía para él, ya que lo consideraba como poco fino e indigno de que un hombre culto llegara a solicitar el favor de las masas y tratara, en general, con los ineducados, con los "barbaros", el humanismo, nunca existió más que para los happy few, y no para el pueblo, y su platónico imperio de la humanidad, en resumidas cuentas, no fue más que un imperio de nubes, que, durante una hora breve, iluminó al mundo entero, maravilloso de ver, puro producto del espíritu creador, el cual, desde su altura, miraba a sus pies, dichosamente, un mundo obscurecido. Pero una verdadera tormenta —ya se apelotona en la oscuridad— no puede ser resistida por este frío y artificial producto y sin lucha irá a recaer en lo ya perecido.

Porque, y ésta era la más profunda tragedia del humanismo y la causa de su rápido ocaso, sus ideas eran grandes, pero no lo eran los hombres que las proclamaban. Una pizca de ridiculez va unida a estos idealistas de cuarto cerrado, como lo va siempre a los reformadores del mundo puramente académicos; almas áridas todos ellos, bien intencionados, honrados, un poco pedantes, vanos, que ostentan sus nombres latinos como en una espiritual mascarada; una pedantería de maestro de escuela cubría de polvo, en todos ellos, los más florecientes pensamientos. Estos pequeños camaradas de Erasmo son conmovedores en su ingenuidad profesoral, algo semejantes a las buenas gentes qué también hoy vemos reunidas en asociaciones filantrópicas y de mejoramiento social, idealistas teóricos que creen en el progreso como en una religión, soñadores despiertos que en sus mesas de escribir construyen un mundo moral y redactan tesis sobre la paz perpetua, mientras en el mundo real una guerra sucede a otra y precisamente los mismos papas, emperadores y príncipes que rinden, encantados, un tributo de aplausos a sus ideas de mutua tolerancia, pactan, al propio tiempo, unos con otros y en contra de los otros, y prenden fuego al mundo entero. Si se encuentra un nuevo manuscrito de Cicerón, cree ya el clan humanista que todo el Universo tiene que resonar con sus clamores de júbilo; cualquier libelillo provoca su cólera y su pasión. Pero lo que agita al hombre de la calle, lo que rige fundamentalmente en lo profundo de las muchedumbres, eso no lo saben ni quieren saberlo, y, como permanecen encerrados en sus estancias, su bien intencionada palabra pierde toda resonancia en la realidad. Por este apartamiento fatal, por esta carencia de pasión y de popularidad, el humanismo no logró nunca hacer fructificar en la realidad sus ideas más fructíferas. El magnífico optimismo contenido en el fondo de su doctrina no era capaz de desarrollarse creadoramente y de desplegarse, porque, entre estos pedagogos teóricos de las ideas humanistas no se encontraba uno solo a quien le hubiera sido otorgado el poder natural de la palabra fuerte para lanzar a gritos sus llamadas hasta lo profundo del pueblo. Un pensamiento grande y santo quedó seco para varios siglos por obra de una generación sin ánimos.

No obstante, era hermosa esta hora universal en la que la santa nube de la confianza en la humanidad brillaba, con sus mansos e incruentos resplandores, sobre nuestra tierra europea, y si su ilusión de que ya estaba logrado el reunir en pacífica unidad a los pueblos bajo el signo del espíritu era también un poco precipitada, debemos salir a su encuentro con respeto y gratitud. Siempre fueron necesarios al mundo hombres que se negaran a creer que la historia no sea nada más que una roma y monótona repetición de sí misma, un juego sin sentido que se renueva siempre de igual modo con cambiados ropajes, sino que confían, sin pruebas para ello, en que el curso de la vida de la humanidad significa un progreso moral, en que nuestra especie, por invisibles escalones, asciende desde la bestialidad a la divinidad, de la brutal violencia hacia un sabio espíritu de ordenación y que este último, el grado supremo de la completa concordia humana, está ya próximo, ya casi alcanzado. El Renacimiento y el humanismo produjeron uno de tales minutos optimistas de fe universal; por eso, amamos ese tiempo y veneramos su fértil delirio. Pues, por primera vez, se desarrolló entonces en nuestra estirpe europea la confianza en sí misma, para superar a todas las épocas anteriores y formar una humanidad más alta, más instruida y más prudente aún que 'la de Grecia y Roma. Y la realidad parece dar razón a estos primeros heraldos del optimismo europeo, pues, ¿no ocurrieron en aquellos días maravillas que excedían a todas las anteriores? ¿En Durero y Leonardo no se produjeron unos nuevos Zeuxis y Apeles y en Miguel Ángel un nuevo Fidias? ¿No coordina la ciencia a los astros y al mundo terrestre, según nuevas y claras leyes científicas? El dinero, que fluye a torrentes de los países nuevos, ¿no proporciona inconmensurables riquezas, y estas riquezas un nuevo arte? ¿Y no logró la acción mágica de Gutenberg que, de ahora en adelante, la palabra creadora, la engendradora de cultura, se esparza a millares sobre la tierra? No, no puede pasar mucho tiempo, tal como lo proclaman con júbilo Erasmo y los suyos, antes de que la humanidad, conocedora de sus propias fuerzas y tan pródigamente dotada de ellas, tenga que reconocer su misión ética, vivir en lo porvenir únicamente de un modo fraternal, proceder moralmente y extirpar de modo eficaz los residuos de su naturaleza bestial. Como son de trompeta, resonaban sobre el mundo las palabras de Ulrich von Hutten: "Es un placer vivir", y, llenos de fe e impaciencia, los ciudadanos del imperio erasmista de la nueva Europa ven desde las almenas una raya de luz resplandeciendo en el horizonte del porvenir, que, después de una larga noche espiritual, parece anunciar, por fin, el día de la reconciliación universal. Pero no es la bendita aurora lo que amanece sobre la tierra tenebrosa: es el incendio que destruirá su mundo idealista; al igual de los germanos en la Roma clásica, así irrumpe Lutero, el fanático hombre de acción, con la irresistible fuerza de choque de un movimiento popular nacional, en su mundo de ensueños supernacionales e idealistas, y antes aún de que el humanismo haya comenzado verdaderamente su obra de unificación universal rompe la Reforma, con los golpes de su martillo de hierro, la última unidad espiritual de Europa, la Ecclesia universalis.

 

EL GRAN ADVERSARIO

Rara vez se le presentan al hombre los poderes decisivos, el destino y la muerte sin advertencia previa. Siempre envían por delante un discreto mensajero, pero con el rostro cubierto, y casi nunca presta atención el advertido a aquella llamada misteriosa. Entre las innumerables cartas de adhesión y homenaje que en aquellos años se acumulaban sobre el pupitre de Erasmo, encuéntrase también una de Spalatino, el secretario del Gran Elector de Sajonia, fechada en 11 de diciembre de 1516. En medio de ella, entre fórmulas de admiración y sabios informes, refiere Spalatino que un joven fraile agustino de su ciudad, que venera a Erasmo del modo más alto, no se siente de acuerdo con él en cuanto a la cuestión del pecado original. No aprueba la opinión de Aristóteles de que se es justo cuando se procede justamente, sino que él, por su parte, cree que sólo siendo justo se llega a estar en situación de proceder rectamente; "primero tiene que ser transformada la persona y sólo después vienen las obras" Esta carta representa un trozo de Historia Universal. Pues por primera vez el doctor Martín Lutero nadie otro si no él es aquel desconocido y aún nada lamoso fraile agustino— dirige la palabra al maestro, y su objeción se refiere ya, de modo notable, al problema central en torno al cual, más tarde, han de llegar a colocarse, uno frente a otro, como enemigos, los dos paladines de la Reforma. Cierto que Erasmo sólo habrá leído entonces aquellas líneas con distraída atención. ¿Cómo encontraría tiempo aquel hombre tan ocupado, solicitado por el mundo entero, para discutir seriamente sobre Teología con un frailecito desconocido de cualquier rincón de Sajonia? Pasó por encima de lo escrito sin presagio alguno de que, desde aquella hora, comenzaba un cambio en su vida y en la del mundo. Hasta entonces se alzaba él solo como señor de Europa y maestro de la nueva doctrina evangélica, pero ahora ha surgido el gran adversario. Con suave mano, apenas perceptible, ha llamado a las puertas de su casa y a las de su corazón Martín Lutero, al cual, aquí, todavía no se le cita por su nombre, pero que será llamado por el mundo el heredero y el vencedor de Erasmo.

A este primer encuentro entre Lutero y Erasmo en el universo de lo espiritual jamás siguió, durante todo el tiempo de su vida, un encuentro personal en el espacio físico y terreno; por instinto, desde la primera hora hasta la última, evitaron encontrarse estos dos hombres, que, en innumerables escritos y en numerosos grabados en cobre fueron celebrados, juntas las dos imágenes y juntos los dos nombres, como los libertadores del yugo romano, como los primeros honrados evangélicos alemanes. La historia, con ello, nos ha privado de un gran efecto dramático, pues ¡qué ocasión perdida para considerar, frente a frente, a estos dos grandes antagonistas, hostiles las miradas y enemigos los rostros! Rara vez el destino del mundo ha producido dos criaturas humanas en tan perfecto contraste, por su carácter y su personalidad física, como Erasmo y Lutero. Por su carne y su sangre, por su norma y su forma, por su exposición espiritual y su posición vital, por lo externo del cuerpo como por su nervio más íntimo, pertenecen, por decirlo así, a diversas y hostiles razas de caracteres: tolerancia frente a fanatismo, cultura contra fuerza primitiva, ciudadanía universal contra nacionalismo, evolución frente a revolución.

Esta oposición se hace ya sensible en lo corporal; Lutero, hijo de montañés y de ascendencia campesina,, sano y supersano, siempre vibrante y directamente amenazado, de modo peligroso, por las fuerzas físicas acumuladas en su organismo, dotado de vitalidad y con todo el grosero goce de esta riqueza —"Devoro como un bohemio y me emborracho como un alemán"—, pedazo de vida lleno de tensión, atarugado de energías casi hasta el estallido: el brío y la barbarie de todo un pueblo, reunido en una naturaleza toda demasía. Cuando alza su voz, retumba todo un órgano en su lenguaje; cada palabra suya es sápida y reciamente salada, como un pedazo de moreno pan aldeano recién cocido; todos los elementos de la Naturaleza ventéanse en ella, la tierra con sus olores y sus fuentes, con sus aguas estercolarías y su fiemo: con la violencia de una tempestad salvaje y destructora, rueda esta lengua de fuego por encima del pueblo alemán. El genio de Lutero reside mil veces más en esta su vehemencia, llena de sensualidad, que en su intelecto; lo mismo que habla el lenguaje popular, pero con una añadidura inmensa de fuerza plástica, piensa inconscientemente según el sentido de la muchedumbre, y representa la voluntad general elevada a una potencia que alcanza hasta el grado más alto de la pasión. Su persona es, por así decirlo, el portillo por donde se abre paso todo lo alemán, todos los instintos alemanes, protestantes y rebeldes ante la conciencia del mundo, y al entrar la nación en las ideas de Lutero, también y al mismo tiempo, entra él en la historia de su nación. Devuelve a los elementos su elemental fuerza primitiva.

Si después de esta masa de barro que es Lutero, rechoncho, de grosera carne, duro hueso, pictórico de sangre; si después de este hombre, en cuya baja frente resallan amenazadoras las prominencias bombeadas de la voluntad, recordando los cuernos del Moisés de Miguel Ángel; si después de este hombre de sangre se mira hacia el hombre de espíritu que es Erasmo, hacia el hombre de color de pergamino, fino de piel, sutil, frágil, circunspecto, sólo con contemplar el cuerpo de los dos ya saben los ojos, antes de que intervenga la razón, que entre tales antagonistas nunca será posible una amistad o una inteligencia duraderas. Siempre achacoso, siempre tiritando en su sombría habitación, siempre envuelto en sus pieles, con una salud eternamente escasa (así como Lutero tiene un exceso de salud que le oprime de un modo casi doloroso), Erasmo posee demasiado poco de todo aquello que el otro tiene con exceso; constantemente necesita esta naturaleza delicada mantener caliente con fuerte borgoña su pobre sangre anémica, mientras que Lutero —las oposiciones en lo pequeño son las más perceptibles— precisa a diario su "fuerte cerveza de Wittenberg" para apaciguar, por la noche, sus cálidas, hinchadas y rojas venas con un buen sueño sin ensueños. Cuando habla Lutero, retumba la casa, tiembla la Iglesia, vacila el mundo; pero también a la mesa, entre amigos, sabe reírse bien y estrepitosamente, y como después de la Teología es aficionadísimo a la música, también gusta de alzar la voz en un canto varonil y sonoro. Erasmo, por el contrario, habla débil y delicadamente, como un enfermo del pecho, perfila artificialmente y redondea las frases y les afila sus finas agudezas, mientras que a aquel otro le manan a borbotones los discursos y también su pluma marcha tempestuosamente hacia adelante, "como un caballo ciego". De la persona de Lutero brota una atmósfera de violencia; a cuantos están a su alrededor, a Melanchthon, Spalatin y los príncipes mismos, los mantiene, por medio de su varonil carácter dominador, en una especie de sumisa servidumbre. En cambio, el poder de Erasmo muéstrase del modo más fuerte cuando su persona queda invisible; en sus escritos, en sus cartas. No tiene nada que agradecerle a su cuerpecillo, pobre y mal cuidado, y todo se le debe, únicamente, a su alta, a su amplia espiritualidad, que abarca en sí al Universo.

Pero también la espiritualidad de uno y otro proviene de estirpes totalmente diferentes del mundo del pensamiento. Erasmo es, indudablemente, el de más amplia vista, el que más sabe, ninguna cosa de la vida es extraña a él.

Clara e incolora como la luz del día, su abstracta razón penetra a través de todas las grietas y hendiduras de la realidad e ilumina cada objeto. Lutero, por el contrario, posee un horizonte infinitamente menor que el de Erasmo, pero de mayor profundidad; su mundo es más estrecho, incomparablemente más estrecho que el erásmico, pero sabe dar a cada uno de sus pensamientos, a cada una de sus convicciones, el impulso de su personalidad. Arrebata todo hacia su interior y allí lo caldea con su roja sangre; impregna cada idea con su personal fuerza vital, le da su fanatismo, y aquello que una vez ha sido reconocido y confesado por él, no será abandonado jamás; cada afirmación llega a ser una con todo su ser y adquiere de él una inmensa fuerza dinámica.

Docenas de veces Lutero y Erasmo enunciaron idénticos pensamientos; pero precisamente lo mismo que en Erasmo sólo ejerce una fina atracción espiritual sobre las gentes espirituales, se convierte al punto en Lutero, gracias a su manera de ser arrebatadora, en una divisa bélica, en un grito de guerra, en una exigencia plástica, y estas exigencias las arroja a latigazos, tan furiosamente, sobre el mundo, como las raposas bíblicas con sus tizones, que inflama la conciencia de toda la humanidad. Todo lo erásmico tiende, en su esencia, hacia él descanso y la satisfacción del espíritu, todo lo luterano a una alta tensión y conmoción de la sensibilidad; por ello Erasmo es el "Escéptico", allí donde discurre del modo más fuerte, más claro, más despierto y preciso; Lutero, en cambio, es el "Pater extaticus", y la cólera y el odio brotan del modo más bárbaro' de sus labios.

Tal oposición tiene que conducir, orgánicamente, a una hostilidad, aun cuando sean iguales las metas de su lucha. Al principio, Lutero y Erasmo quieren la misma cosa, pero su temperamento lo quiere de una manera tan completamente opuesta, que acaba por convertirse en oposición. Las hostilidades parten de Lutero. De todos los hombres geniales que ha sostenido la tierra, acaso haya sido Lutero el más fanático, el menos capaz de ilustración, el menos acomodable y el más antipacífico. No podía emplear a su alrededor, para servirse de ellos, más que a gentes que siempre dijeran que "sí"; a los que dicen que "no" los utilizaba para inflamar su cólera contra ellos y pulverizarlos! Para Erasmo, el antifanatismo había llegado a ser como una religión, y el tono duramente dictatorial de Lutero —aparte de lo que dijera— le hería el alma como siniestro cuchillo. Para él, era sencillamente intolerable, ya en lo corporal, este golpear perenne con el puño sobre la mesa, este discurrir con boca espumeante, ya que consideraba como meta suprema la inteligencia universal y culta entre las naturalezas espirituales, y la confianza en sí mismo de Lutero —que éste llamaba su confianza en Dios— se le presentaba como una irritante arrogancia, casi blasfema, en nuestro mundo, que casi siempre vuelve a caer necesariamente en el error y el delirio. Claro que Lutero, por su parte, tenía que corresponder con el odio a la tibieza e indecisión de Erasmo en materia de fe, a aquel no querer decidirse, a lo escurridizo, condescendiente y deslizante de una convicción que nunca podía establecerse de modo inequívoco; y ya la perfección estética, el "discurso artificioso" del gran humanista, en lugar de una clara confesión, irritaba la bilis del reformador. En lo más profundo del ser de Erasmo había algo que tenía que irritar elementalmente a Lutero, y en lo más profundo del ser de Lutero había algo que tenía que irritar del mismo modo a Erasmo. Es insensata, por lo tanto, la concepción de que sólo dependió de exterioridades y casualidades el que estos dos primeros apóstoles de la nueva doctrina evangélica, el que Lutero y Erasmo se unieran para una obra en común. Hasta lo más análogo, dadas las coloraciones tan diferentes de su sangre y de su espíritu, tenía que presentar tono diverso en ellos, pues sus diferencias eran orgánicas. Descendían éstas desde el mundo superior del cerebro hasta la maraña de los instintos, e iban por los conductos sanguíneos hasta aquellas profundidades donde ya no domina la consciente voluntad de pensar. Por ello, a causa de la política y por los asuntos comunes, pudieron guardarse miramiento uno a otro durante largo tiempo; lo mismo que dos troncos de árbol que flotan en la misma corriente, pudieron ir reunidos durante un período, pero en la primera curva y cambio de rumbo tenían fatalmente que estrellarse una contra otro: este conflicto histórico universal era inevitable.

El vencedor de esta lucha sabíase con anticipación que tenía que ser Lutero, no sólo por ser el genio más fuerte, sino también el luchador más acostumbrado a la guerra y más alegre de hacerla. Lutero era, y siguió siendo durante el tiempo de su vida, una naturaleza combatidora, un pendenciero nato con Dios, los hombres y el diablo. Luchar era para él no sólo un goce y una forma de descargar sus fuerzas, sino hasta una salvación para su naturaleza excesivamente plena. Pelearse, disputar., injuriar, combatir, significaba para él una especie de sangría, pues sólo saliendo de sí mismo, dando de palos, experimentaba y ponía en ejecución todas sus dimensiones humanas; con el placer más apasionado, precipitábase por ello a cualquier cuestión, justa o injusta: "Me espanto casi mortalmente", escribe su amigo Bucer, "cuando pienso en el furor que hierve en ese hombre tan pronto como tiene que vérselas con un adversario". Innegablemente Lutero, cuando combate, combate como un endemoniado; con todo su cuerpo, con su bilis enardecida, con sus ojos inyectados en sangre, con espumeantes labios; es como si con este furor teutónico expulsara, por decirlo así, de su cuerpo un veneno febril.

Y, en realidad, sólo cuando ha peleado primero con ciego furor, descargando así su enojo, se siente aliviado, "entonces se me refresca toda la sangre, se me aclara el ingenio y se amortiguan en mí los ataques". En el campo de la lucha, el muy culto Doctor Theologiae se convierte al instante en un gañán del campo: "Cuando llego, ataco a mazazos"; apodérase de él una rabiosa palurdería, una atroz posesión demoníaca, echa mano de cualquier arma sin escrúpulo alguno, a la deslumbrante espada de la dialéctica como a la horca aldeana, llena de insultos y estiércol; sin miramiento, desmeolla todo obstáculo, y, en caso necesario, no retrocede espantado ante la mentira y la calumnia para aniquilamiento del adversario. "Por la corrección y por la Iglesia no hay que espantarse ante una buena y robusta mentira". Lo caballeresco es plenamente ajeno a este luchador campesino. Tampoco con el adversario ya vencido usa de nobleza ni de compasión; hasta al indefenso, ya caído en tierra, sigue golpeándolo en su cólera ciegamente furiosa. Prorrumpe en clamores de alegría cuando Thomas Münzer y diez mil aldeanos son degollados vilmente, y se alaba y glorifica, en voz bien alta, "de que su sangre la lleva él sobre su cabeza"; se regocija de que el "marrano" de Zwingli, Karlstadt y todos los otros que alguna vez se le han opuesto mueran miserablemente: jamás este hombre, ardiente y violento en sus odios, tuvo una palabra justa para un enemigo ya muerto. En el pulpito, una voz humana que arrebata; en su casa, un amable padre de familia; artista y poeta capaz de expresar la más alta cultura, Lutero, en cuanto comienza una contienda, se convierte en un lobo, en un endemoniado, presa de gigantescos furores, al cual no detiene ninguna obligación o justicia. Esta salvaje necesidad de su naturaleza le lleva siempre, durante toda su vida, a buscar la guerra, pues el combatir no sólo le parece la forma de vida más llena de goces, sino también la moralmente más justa. "Un ser humano, y especialmente un cristiano, tiene que ser hombre de guerra", dice con orgullo mirándose al espejo, y en una carta posterior (1541) alza esta declaración hasta los cielos al afirmar misteriosamente "que es seguro que Dios también combate".

Mas Erasmo, como cristiano y como humanista, no conoce ningún Cristo guerrero ni ningún Dios combatidor. El odio y el afán de venganza le parecen a él, aristócrata de la cultura, una recaída en la plebeyez y la barbarie. Todo estrépito y querella, toda riña salvaje le repugnan. Como carácter conciliador nato, siente justamente tanto disgusto en las disputas como placer le proporciona tal situación a Lutero; de modo característico se expresa, cierta vez, al referirse a su temor de las discusiones: "Si pudiera obtener una gran finca rústica y para ello tuviera que poner un pleito, preferiría renunciar a la finca". Sin duda, como hombre de espíritu, a Erasmo le gustaba discutir con gentes igualmente cultas, pero en la forma como al caballero le gustaba el torneo, como un noble juego donde el hombre bien educado, prudente, dúctil, puede presentar, ante el foro de los educados humanísticamente, su arte de esgrimidor, acerado por el fuego del clasicismo. Hacer brotar algunas chispas, señalar algunas fintas serenamente empleadas, arrojar de su silla de montar a un mal jinete del latín; tal caballeresco juego espiritual no es en modo alguno, ajeno al ingenio de Erasmo, pero nunca comprenderá el goce de Lutero de pisotear y aplastar a un enemigo; nunca, en sus numerosas guerras de la pluma, prescindirá de la cortesía, y tampoco se entregará al odio "asesino" con el cual Lutero ataca a su adversario. Erasmo no nació para guerrero, ya porque en lo profundo no posee ningún rígido convencimiento por el cual luchar; las naturalezas objetivas están dotadas de poca firmeza.

Dudan fácilmente de sus propias opiniones, y al punto están dispuestas, por lo menos, a reflexionar sobre los argumentos del adversario. Pero consentir que hable el adversario, significa ya cederle terreno: sólo lucha bien el hombre ciego de furor que se encaja sobre las orejas el casco de la obstinación para no oír cosa alguna y a quien su propia posesión demoníaca protege durante el combate, como una piel córnea. Para el fraile extático que es Lutero cada uno de sus contradictores es ya un enviado del infierno, un enemigo de Cristo, a quien se tiene el deber de aniquilar, mientras que al humano Erasmo, hasta las exageraciones más insensatas del adversario le inspiran, cuando más, una piadosa conmiseración.

Excelentemente había expresado ya Zwingli, en una imagen, la oposición de carácter de ambos rivales al comparar a Lutero con Ayax y a Erasmo con Ulises; Ayax-Lutero es el hombre del valor y de la guerra, nacido para el combate, y que en ninguna otra parte se encuentra en su elemento; Ulises- Erasmo, en realidad, sólo casualmente penetra en un campo de batalla y se siente feliz con volver a su tranquila Itaca, la dichosa isla de la contemplación, en dejar el mundo de la acción por el mundo del espíritu, donde las victorias o las derrotas temporales parecen no existir ante la invencible e inconmovible presencia de las ideas platónicas.

Erasmo no había nacido para la guerra y lo sabía. Dondequiera que procedía en contra de las leyes de su naturaleza y se entregaba al combate tenía que ser vencido; pues siempre, cuando el artista y el sabio traspasan sus fronteras y entran en el camino de los hombres de acción, de los hombres fuertes y de los hombres mundanos, disminuyen sus propias dimensiones. El hombre espiritual no debe inscribirse en un partido, su reino es el de la justicia, que, en todas partes, está por encima de toda discusión.

Erasmo no había prestado atención a la primera y suave llamada de Lutero.

Pero pronto se verá obligado a oír y tendrá que grabar en su corazón este nombre nuevo, pues los férreos martillazos con los que el desconocido fraile agustino clava en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus noventa y cinco tesis retumban a través de todo el imperio alemán. "Como si los propios ángeles hubieran sido sus rápidos mensajeros", así vuelan de mano en mano, aun húmedas de la imprenta, las hojas que las contienen; de la noche a la mañana, en todo el pueblo alemán llega a ser citado, junto al nombre de Erasmo, el de Martín Lutero, como el del más excelente precursor de una libre teología cristiana. Con genial instinto, el futuro hombre popular hirió justamente el punto sensible donde el pueblo alemán siente del modo más doloroso la presión de la curia romana: las indulgencias. Nada soporta de peor gana una nación que un tributo que le sea impuesto por un poder extranjero; y como, en este caso, la Iglesia convierte en dinero el miedo primitivo de las criaturas, valiéndose de gentes que las distribuyen a un tanto por ciento, por medio de traficantes profesionales de indulgencias, en forma que este dinero, arrancado a los aldeanos y burgueses alemanes con células ya impresas, marcha fuera del país y toma el camino de Roma, todo ello viene provocando, desde hace ya tiempo, en todo el país, una obscura indignación nacional, aún no traducida en palabras. Lutero, propiamente, con su acción resuelta, no hace más que poner fuego a la cargada mina.

Nada demuestra más claramente que no es la censura de un abuso, sino la forma de ejercer esta censura, lo que decide la importancia universal del hecho; también Erasmo y otros humanistas habían vertido sus espirituales burlas sobre las indulgencias y sobre las cédulas de libramiento de los fuegos del purgatorio. Pero la mofa y el chiste no hacen más que descomponer de modo negativo las fuerzas existentes, no reúnen ninguna nueva para un golpe creador. Por el contrario, Lutero, naturaleza dramática, acaso la única verdaderamente dramática de la historia alemana, por un instinto primitivo y no aprendido, sabe apoderarse de las cosas de una manera drástica y altamente comprensiva; desde la primera hora, tiene los dones del genial conductor de pueblos: gestos plásticos y palabra programática. Cuando dice clara y sucintamente en sus tesis: "El papa no puede perdonar ninguna falta" o "El papa no puede remitir otros castigos que los que hayan sido impuestos por él mismo", son estas palabras como relámpagos iluminadores, como rayos que caen en la conciencia de toda una nación, y la cúpula de San Pedro comienza a vacilar bajo ellas. Donde Erasmo y los suyos, con befas y críticas, despertaron la atención de los espirituales, pero sin penetrar hasta la zona de la pasión de las muchedumbres, alcanza Lutero, de un solo golpe, las profundidades del sentimiento popular. En término de dos años, llega a ser el símbolo de Alemania, el tribuno de todas las exigencias y deseos nacionales y antirromanos, la fuerza concentrada de toda resistencia.

Un contemporáneo de tan fino oído y tan curioso como Erasmo tuvo, indudablemente, que conocer muy pronto la acción de Lutero. En realidad debía alegrarse, porque, con ello, aparecía a su lado un aliado en la lucha por una libre teología. Y al principio no se percibe ninguna expresión de censura.

"Todos los buenos aman la sinceridad de Lutero", "cierto que hasta ahora Lutero ha sido útil al mundo"; en este tono benévolo manifiéstase a sus amigos humanistas al tratar de la aparición de Lutero. En todo caso, .una primera reflexión paraliza ya prudentemente al psicólogo de dilatada mirada.

"Lutero ha censurado muchas cosas de modo excelente", pero después vacila con un leve suspiro y añade: "mas es lástima que no lo haya hecho con mayor mesura". Por instinto, aquel hombre de fina sensibilidad olfatea como un peligro en el temperamento excesivamente ardoroso de Lutero; con insistencia, hace que le amonesten para que no siempre se presente de modo tan rudo. "Me parece que se alcanza más con la modestia que con la violencia.

Así sometió Cristo .al mundo." No las palabras, no las tesis de Lutero, es lo que intranquiliza a Erasmo, sino únicamente el tono de la elocución, el acento demagógico y fanático que aparece en todo lo que escribe y hace Lutero. En opinión de Erasmo, unas cuestiones teológicas hasta tal punto espinosas se expresan mejor en voz baja, dentro de un círculo de gentes instruidas; al vulgus profanum se le mantiene apartado, por medio del latín académico. Pero no se pone uno a dar gritos tan estentóreos en medio de la calle, sobre cuestiones teológicas, para que los zapateros y tenderos puedan llenarse de furor, groseramente, por tan sutiles cosas. Toda discusión ante la galería, y para ella, rebaja el nivel de la cuestión, según el gusto de los humanistas, y trae consigo inevitablemente el peligro del tumultus, del levantamiento, de la excitación popular. Erasmo odia toda propaganda y toda agitación en favor de la verdad; cree que ésta posee una fuerza que actúa por sí misma. Opina que una confesión, una vez expuesta ante el mundo por medio de la palabra, tiene después que ir avanzando por caminos puramente espirituales y no necesita del aplauso de la muchedumbre ni de la formación de partidos para ir haciéndose, en su esencia, más verdadera y más real. Según su modo de sentir, el hombre espiritual no tiene otra cosa que hacer sino establecer y formular claramente las verdades, no tiene que luchar por ellas. No por envidia, por lo tanto, como le acusaron sus adversarios, sino por* un honrado sentimiento de temor, por aristocrática responsabilidad espiritual, ve con indignación Erasmo cómo, detrás de la tempestad de palabras de Lutero, se levanta al punto, en inmensas nubes de polvo, la excitación popular. "Si fuera más mesurado": vuelve siempre a renovarse la queja de Erasmo acerca de este hombre sin medida, y, en lo secreto, le angustia el consciente presentimiento de que su alto imperio espiritual, el de las bonae litterae, de la ciencia y del humanismo, no podrá resistir semejante tormenta universal. Pero todavía no se ha cambiado palabra alguna entre Erasmo y Lutero; todavía guardan silencio, uno frente a otro, los dos hombres más célebres de la Reforma alemana, y este silencio va siendo poco a poco sorprendente.

Erasmo, el prudente, no tiene ningún motivo para entrar en relaciones personales con aquel hombre incalculable; Lutero, por su parte, cuanto más le arrastra hacia la lucha su íntima convicción, se siente visiblemente más escéptico respecto al escéptico. "Las cosas humanas significan más para él que las divinas", escribe, hablando de Erasmo, y señala con ello, magistralmente, su recíproca posición: para Lutero, lo religioso era lo más importante que había en la tierra, para Erasmo lo humano.

Pero, en estos años, Lutero no se encuentra ya solo. Sin desearlo, y acaso también sin comprenderlo del todo, con sus exigencias sólo pensadas para el orden espiritual, ha llegado a ser el exponente de los más diversos intereses terrenos, el ariete de los asuntos nacionales alemanes, una importante figura en el ajedrez político que se juega entre el papa, el emperador y los príncipes alemanes. Gentes que se aprovechan de sus éxitos, completamente ajenos a su espíritu y sin nada de evangélico, comienzan a cortejar su persona para explotarla en servicio de sus fines propios.

Sucesivamente, va ya formándose alrededor de aquel hombre aislado, el núcleo de un futuro partido, de un futuro sistema religioso. Pero mucho antes de que estuviera reunido el gran ejército de las muchedumbres del protestantismo, se había amontonado ya en torno a Lutero, según correspondía al genio organizador de los alemanes, un estado mayor político, teológico y jurídico: Melanchthon, Spalatin, príncipes, nobles y sabios; curiosamente dirigen la vista hacia el electorado de Sajorna los enviados extranjeros para ver si de este hombre duro no se podría hacer una cuña, que pudieran introducir ellos en el poderoso imperio: una diplomacia política finamente dirigida entreteje sus hebras con las exigencias de Lutero, pensadas en un terreno puramente moral. Precisamente, su círculo más íntimo busca aliados, y Melanchthon, que conoce bien el tumulto que tiene que alzarse cuando aparezca el escrito de Lutero A la nobleza de la nación alemana, insiste repetidas veces para que, en favor de los asuntos evangélicos, se gane la autoridad tan importante del imparcial Erasmo. Lutero acaba por ceder y el 28 de marzo de 1519 se dirige por primera vez, personalmente, a Erasmo.

Corresponde irremisiblemente al carácter de una caria humanística la aduladora cortesía y la humillación de la propia persona llevada hasta extremos de una exageración absolutamente chinesca. Por eso, no es nada sorprendente el que Lutero comience su carta como un himno: "¿Quién hay cuyo pensamiento no esté lleno de Erasmo ? ¿ Quién no ha sido instruido por él y quién no está por él dominado?"; ni el que se presente asimismo como un mozo torpe, de sucias manos, que todavía no aprendió cómo puede dirigirse uno por escrito a una persona que es verdaderamente un gran sabio. Pero como ha oído decir que su nombre ha llegado a ser conocido para los oídos de Erasmo, a causa de sus "vanas" observaciones sobre las indulgencias, Un silencio más prolongado entre ellos dos podría ser interpretado de modo equívoco.

"Reconoce también, por lo tanto, tú, hombre bondadoso, si te dignas así hacerlo, a este hermanito en Cristo que es verdad que por su ignorancia sólo es digno de estar hundido en un rincón obscuro, y no de ser conocido bajo el mismo cielo y bajo el mismo sol que a tu gloria cobijan y alumbran".

A causa de esta sola frase, fue escrita toda la carta. Contiene todo lo que Lutero espera de Erasmo: una carta de adhesión, cualquier palabra benévola para su doctrina (nosotros diríamos: algo que pudiera ser aprovechado publicitariamente). La hora es obscura y decisiva para Lutero; ha comenzado una guerra contra el poder más fuerte de la tierra y ya está dispuesta en Roma la bula de excomunión; sería importante tener en tal combate como auxiliar moral a Erasmo, y acaso decidiera la victoria en favor de la causa luterana, pues el nombre de éste se tiene por incorruptible.

El hombre sin partido es siempre el mejor y más importante estandarte para los hombres de partido. Pero Erasmo no quiere nunca echar sobre sí obligaciones y mucho menos presentar su garantía por una deuda todavía incalculable. Pues aprobar ahora abiertamente a Lutero, significaría asentir anticipadamente a todos sus futuros libros, escritos y ataques, prestar la aprobación a un hombre desmesurado e inconmensurable, cuya "manera" de escribir, violenta y sediciosa", hiere penosamente a Erasmo, el armónico, en lo más profundo de su alma. Y además, ¿cuál es la causa de Lutero? ¿Cuál es hoy, en 1519, cuál será mañana? Tomar partido por un hombre, obligarse a él, significa renunciar a un trozo de la propia libertad moral, salir fiador por exigencias cuyo alcance no se puede descubrir anticipadamente, y Erasmo nunca dejará reducir su libertad. Acaso también el fino olfato del antiguo clérigo percibiría un leve olor herético en los escritos de Lutero. Y comprometerse sin necesidad nunca fue la virtud y la fuerza del previsor Erasmo.

Por ello, evita del modo más cuidadoso, en su respuesta, pronunciar claramente un "sí" o un "no". En primer lugar, se edifica hábilmente una barrera defensiva explicando, por la derecha y por la izquierda, que no ha leído en su texto auténtico los escritos de Lutero. En efecto, a Erasmo le está literalmente prohibido, como sacerdote católico, sin permiso expreso de sus superiores, leer libros enemigos de la Iglesia: con la más extrema prudencia emplea este argumento Erasmo, el experimentado autor de cartas, como disculpa para pasar de largo sin una franca y decisiva declaración.

Agradece al "hermano en Cristo" el que le informe acerca de la inmensa excitación que sus libros (los de Lutero) han provocado en Loewen y lo feamente que los adversarios se han echado sobre ellos: de este modo expresa, por lo menos, cierta simpatía. Pero ¡con qué maestría evita el apasionado amigo de su independencia toda palabra claramente aprobadora con la que se le pudiera coger y obligar! Expresamente recalca que sólo ha "hojeado" (degustaví) el comentario de los salmos escrito por Lutero; por lo tanto, que no lo ha leído y que "espera" que sea de gran utilidad: de nuevo y como circunloquio, un deseo en lugar de un juicio; y, para distanciarse del reformador, se mofa de las noticias que suponen que él mismo ha participado en la redacción de los escritos de Lutero, calificándolas de insensatas y malévolas. Pero después, al final, Erasmo llega a hablar claramente. De un modo liso y llano, declara que no desea verse inmiscuido en estas miserables disputas: "En cuanto cabe, me mantengo neutral (integrum) para mejor poder fomentar las ciencias que de nuevo comienzan a florecer, y creo que se alcanzará más con una reserva hábil que con una intervención violenta". Insistentemente, amonesta aún después a Lutero para que guarde moderación y termina la epístola con el piadoso y no comprometedor deseo de que Cristo, cada día más, quiera prestar a Lutero una porción mayor de su espíritu.

Con ello, Erasmo ha cubierto su posición. Es la misma que tuvo en el asunto de Reuchlin, cuando dijo: "No soy ningún reuchliniano y no tomo partido por ninguno; soy cristiano, pero ni reuchliniano ni erasmiano". Está resuelto a no dejarse llevar ni un paso más adelante de donde realmente quiera ir. Erasmo es un hombre temeroso, pero también el miedo tiene fuerzas de clarividencia: a veces, por una súbita y notable claridad de sus sentimientos, prevé, como en una alucinación, lo venidero. Más clarividente que todos los otros humanistas que aclaman a Lutero como a un salvador, Erasmo reconoce en la manera de proceder, agresiva y sin reservas, de Lutero, los presagios de un tumultus; ve, en lugar de la Reforma, una revolución, y por este peligroso camino no quiere ir en modo alguno. "¿De qué podría servirle yo a Lutero si me hiciera compañero suyo de peligros, sino que fueran dos hombres los que se arruinaran en vez de uno solo ?. . . Ha dicho algunas cosas de modo excelente y ha hecho buenas advertencias, y yo quisiera que no hubiera echado a perder tales merecimientos con sus insoportables faltas.

Pero aun cuando hubiera escrito todo eso en un tono piadoso, no pondría yo en peligro mi cabeza por la verdad. No todo el mundo posee la fuerza necesaria para ser mártir y tengo que temer, tristemente, que, en caso de tumulto, seguiría yo el ejemplo de Pedro. Cumplo los mandamientos del papa y de los príncipes, si son justos, y soporto sus malas leyes porque es más seguro. Creo que tal conducta es la más propia para todo hombre bien pensante si no tiene esperanzas de triunfar con la resistencia". Por su timidez espiritual, lo mismo que por su inquebrantable sentimiento de independencia, está resuelto Erasmo a no poner sus asuntos en común con nadie, y, por lo tanto, tampoco con Lutero. Éste debe seguir su camino y Erasmo el suyo: de modo que sólo se ponen de acuerdo para no oponerse hostilmente uno a otro.

El ofrecimiento de una alianza es rechazado y sólo se concierta un pacto de neutralidad. El destino de Lutero es dar origen a un drama, y Erasmo espera —¡ esperanza vana!— que le será permitido no ser otra cosa más que espectador, spectator: "Ya que Dios, como parece resultar de la poderosa prosperidad de la causa de Lutero, quiere todo esto y quizás ha considerado necesario, por la Corrupción de estos tiempos, un cirujano tan rudo como Lutero, no me toca a mi oponerle resistencia" Pero, en épocas políticas, mantenerse aparte y en un todo imparcial es más difícil que ingresar en un partido, y, con gran enojo suyo, el nuevo partido trata de autorizarse refiriéndose a Erasmo. Erasmo fundó la crítica reformadora de la Iglesia que después Lutero transformó en un ataque contra el papado; como dicen amargamente los teólogos católicos, Erasmo "puso los huevos que empolló Lutero". Quiéralo o no, Erasmo, hasta cierto grado, es responsable de las acciones de Lutero como quien le preparó el camino: "Ubi Erasmus innuit, illic Luther irruit". Donde el uno abrió prudentemente la puerta, precipitóse el otro con toda impetuosidad, y el mismo Erasmo tiene que confesar, dirigiéndose a Zwingli: "Todo lo que exige Lutero, también lo había enseñado yo, sólo que no con tanta violencia, ni con aquel lenguaje que está siempre buscando los extremos". Lo que les separa es únicamente el método. Ambos formularon el mismo diagnóstico: que la Iglesia se encuentra en peligro de muerte, que perece internamente a causa de sus venalidades. Pero mientras Erasmo prescribe un lento y progresivo tratamiento, un proceso cuidadoso y sucesivo de purificación de la sangre por medio de inyecciones de sal de razón y mofa, Lutero se lanza a realizar un corte sangriento. Un procedimiento tan peligroso para la vida tenía que ser rechazado por Erasmo, con su miedo de la sangre, ya que a él le repugnaba todo lo violento: "Mi firme decisión es la de dejar más bien que me despedacen miembro a miembro que favorecer la discordia, especialmente en cosas de fe. Cierto que muchos partidarios de Lutero se apoyan en la frase evangélica que dice: "No he venido a traeros la paz sino la espada. Sólo que, si bien reconozco que muchas cosas en la Iglesia deben ser modificadas para provecho de la religión, tampoco me agrada todo lo que conduce a un levantamiento de esta especie".

Con una resolución que hace pensar en Tolstoi, rechaza Erasmo toda apelación a la violencia, y declara que mejor está dispuesto a seguir soportando la enojosa situación actual, que a obtener la transformación a precio de un tumultus, con derramamiento de sangre. Mientras que los otros humanistas, más cortos de vista y más dotados de optimismo, aclaman con júbilo a Lutero como a un libertador de la Iglesia, como a un salvador de Alemania, reconoce él en tal situación el fraccionamiento de la Ecclesia universalis en iglesias nacionales y la separación de Alemania de la unidad de Occidente. Presiente, más con su corazón de lo que puede saberlo con su entendimiento, que semejante separación de Alemania y de los otros países germánicos del poder de las llaves pontificias no se podrá realizar sin los más sangrientos y mortíferos conflictos.

Y como la guerra significaba para él un paso atrás, una bárbara recaída en épocas superadas desde hace mucho tiempo, emplea todo su poder para evitar, en medio de la cristiandad, esta catástrofe extrema. Con ello, tócale en suerte, de repente, a Erasmo, una misión histórica, que excede íntimamente a sus fuerzas: él solo, en medio de todos aquellos sobreexcitados, representa la clara razón, y, armado solamente de una pluma, defiende la unidad de Europa, la unidad de la Iglesia, la unidad de la humanidad y la ciudadanía universal, contra la ruina y el aniquilamiento.

Erasmo comienza su misión de mediador con el intento de apaciguar a Lutero. Una y otra vez, por medio de amigos, conjura al que nada ha aprendido para que no escriba de modo tan "rebelde", para que no enseñe el Evangelio de manera tan poco "evangélica": "Desearía que Lutero, durante algún tiempo, se abstuviera de toda discusión, y se dedicara a las cuestiones evangélicas de un modo puro y sin mezcla de otra cosa alguna.

Tendría mayor éxito". Y, ante todo, no todos los asuntos deben ser tratados públicamente y en modo alguno se deberían enunciar a gritos, ante los oídos de una muchedumbre inquieta e inclinada a armar pendencias, las exigencias de una reforma de la Iglesia. ¡Con qué elocuencia celebra Erasmo, el diplomático, frente a la fuerza agitadora del arte de hablar, aquella otra maestría del hombre espiritual, el elevado arte del silencio a la hora debida! "No siempre debe ser dicha toda la verdad. Depende mucho del modo como se la diga". Esta concepción de que, a causa de un provecho temporal, pueda ser silenciada la verdad, aunque sólo sea durante un minuto, tiene que ser incomprensible ¿para Lutero. Para él, el confesor, es el más sagrado deber de la conciencia el confesar cada letra y cada sílaba de verdad, una vez que el corazón y el alma las han reconocido, gritándolas a todos con indiferencia de si de ello se origina guerra, rebelión o el derrumbamiento de los cielos. El arte de callar no puede ni quiere aprenderlo nunca Lutero. En estos cuatro años, un nuevo y poderoso lenguaje se ha aposentado en su boca; ilimitadas fuerzas, los resentimientos acumulados de todo un pueblo, han venido a caer entre sus manos; el total de la conciencia nacional alemana, ansiosa de levantarse revolucionariamente contra todo lo güelfo e imperial, el odio a los clérigos, el odio al extranjero, el obscuro ardor social y religioso que, desde los días de la sublevación de las Bundschuhe (sandalias), venía engrosando entre los aldeanos, todo ello fue despertado por los martillazos de Lutero dados en la puerta de la iglesia de Wittenberg; todas las clases sociales, los príncipes, los campesinos, los burgueses, sentían santificados por el Evangelio sus asuntos privados y comunales. La totalidad del pueblo alemán, porque veía en Lutero un hombre valeroso y de acción, depositaba en él sus pasiones, hasta entonces desparramadas. Pero siempre, cuando lo nacional se liga con lo social en el fervor de un éxtasis religioso, se producen aquellos poderosos temblores de tierra que conmueven a todo el universo, y si, como en el caso de Lutero, sólo hay un hombre en quien innumerables personas individuales creen encarnada su inconsciente voluntad, origínanse fuerzas mágicas en ese hombre. Si, a su primer llamada, toda una nación vierte sus fuerzas en la fuerza propia de aquella persona, es fácil que sienta la tentación de considerarse como emisario del Eterno, y, al cabo de innumerables años, un hombre, en Alemania, vuelve a hablar el lenguaje de los profetas. "Dios me ha ordenado que enseñe y juzgue en tierra alemana, como uno de los apóstoles y evangelistas". Por el propio Dios siente el extático que le ha sido atribuida la misión de purificar la Iglesia, de libertar al pueblo alemán de las manos del "Anticristo", del papa, ese "enmascarado y auténtico diablo", de libertarlo con la palabra, y, si no queda otro remedio, con la espada y a sangre y fuego.

Amonestar y predicar prudencia a tal oído, lleno del mugir de las aclamaciones populares y de divinos mandatos, tiene que ser vana tarea. Bien pronto, Lutero apenas presta atención a lo que pueda escribir • o pensar Erasmo; ya no necesita de él. Con paso férreo y despiadado, recorre su histórico camino.

No obstante, con la misma insistencia que a Lutero, dirígese al mismo tiempo Erasmo hacia la opuesta parte, hacia el papa y los obispos, los príncipes y soberanos, para prevenirlos del peligro de toda precipitada dureza ejercida contra Lutero. También aquí ve a su antiguo enemigo, el ciego fanatismo, pagado de sí, en plena actividad y sin querer reconocer sus propias faltas. De este modo, previene que acaso se haya procedido con excesiva dureza al enviar la bula de excomunión; que en Lutero hay que reconocer siempre un hombre totalmente honrado, cuya conducta, en la vida, es, en general, laudable. Cierto que Lutero ha concebido dudas en cuanto a las indulgencias, pero también otros, antes que él. se habían manifestado atrevidamente en este sentido. "No todo error es por ello una herejía", advierte el eterno mediador, y justifica a su peor enemigo, Lutero, diciendo que ha "escrito muchas cosas más bien precipitadamente que con malévola intención". En un caso tal, no hay que gritar en seguida pidiendo la hoguera, ni acusar ya de herejía a todo aquel que sea sospechoso. ¿No sería más aconsejable amonestar a Lutero e instruirle, en lugar de injuriarle y excitarle?'"El medio mejor para alcanzar una pacificación, escríbele al cardenal Campeggio, sería que el papa exigiera de cada partido una pública declaración de fe. Con ello se impediría el abuso de falsas exposiciones y se debilitaría la manía de hablar y escribir". Una y otra vez, el conciliador reclama un concilio, aconseja una íntima deliberación sobre todas estas tesis en un círculo sabio y espiritual, cosa que tenía que conducir a una "inteligencia digna del espíritu cristiano".

Pero Roma, al igual de Wittenberg, tampoco escucha la voz admonitora. Otros cuidados ocupan al papa en aquella hora: su querido Rafael Sanzio, el divino regalo del Renacimiento al mundo recién resucitado, muere de repente en aquellos días. ¿Quién será digno, ahora, de terminar las estancias del Vaticano? ¿Quién llevará a su término la construcción de la iglesia de San Pedro, tan osadamente iniciada? Para el papa mediceo, el arte, grande y duradero, es cien veces más importante que estas pequeñas discusiones de frailucos, allá en cualquier pueblecillo provinciano de Sajonia, y precisamente porque este soberano de la Iglesia ve las cosas con tal amplitud aparta con indiferencia la vista de este insignificante frailecillo. Sus cardenales, por el contrario, altaneros y pagados de sí mismos —¿no acaban de arrojar a la hoguera a Savonarola y de expulsar del país a los herejes de España?—, exigen la excomunión, como única respuesta a las insubordinaciones de Lutero. ¿Para qué oírle primero, para qué contar todavía con este rústico teólogo? Sin que se les preste atención, son dejadas a un lado las previsoras cartas de Erasmo; con toda celeridad se termina, en la cancillería romana, la bula de excomunión y se ordena al legado que se oponga con toda fuerza y dureza al faccioso alemán: por obstinación a la derecha y obstinación a la izquierda, es dilapidada la primera, y, por lo tanto, la mejor posibilidad de reconciliación.

Y, no obstante, en aquellos días decisivos —se ha pensado harto poco en esta escena de entre bastidores—, todo el destino de la Reforma alemana llega a estar, por breves momentos, entre las manos de Erasmo. El emperador Carlos V ha convocado ya la Dieta de Worms, donde debe ser condenada la conducta de Lutero, si a última hora no se somete. También el príncipe soberano de Lutero, Federico de Sajonia, entonces todavía no público partidario suyo, sino sólo su protector, es invitado a la Dieta. Este hombre singular (de una piedad severamente eclesiástica, el mayor coleccionador de reliquias y huesos de santos de toda Alemania, por lo tanto, de cosas que Lutero ataca sarcásticamente como fruslerías y juegos diabólicos), abriga cierta simpatía hacia Lutero; está orgulloso del hombre que ha ganado tal gloria en el mundo para su universidad de Wittenberg. Pero no se atreve todavía a declararse abiertamente suyo. Por prudencia y porque todavía no está decidido en su interior, se guarda diplomáticamente de cultivar el trato personal de Lutero. No lo recibe, para, en caso necesario (exactamente lo mismo que Erasmo), poder decir, como disculpa, que no ha tenido, ad personam, nada que ver con él. Pero por motivos políticos, porque este robusto campesino puede muy bien ser empleado en su juego de ajedrez contra el emperador, y, finalmente, también por orgullo particularista de su propia jurisdicción, hasta entonces tuvo extendida su mano protectora sobre Lutero, y, a pesar de la pontificia fulminación de anatema, le consintió que usara de la universidad y el pulpito.

Pero, ahora, hasta esta misma prudente protección llega a ser un peligro. Pues si Lutero, como es de pensar, incurre en proscripción imperial, entonces continuar protegiéndole significa franca rebelión de un príncipe reinante contra el emperador. Y a esta abierta sublevación, todavía no están bien resueltos los príncipes, sólo a medias protestantes. Cierto que saben que su emperador está militarmente sin poder, tiene ambos brazos atados con las guerras contra Francia y en Italia; la hora sería quizá favorable para aumentar el poder propio, y, para tal ataque el pretexto de los asuntos evangélicos sería, ante la historia, el más bello y glorioso. Pero Federico, que es personalmente hombre piadoso y justo, se halla aún en la más profunda incertidumbre acerca de si este sacerdote y profesor será realmente un enviado de la verdadera doctrina evangélica o sólo uno de los innumerables visionarios y sectarios. Todavía no está decidido sobre la cuestión de si ante Dios y la razón humana, puede aceptar la responsabilidad de continuar protegiendo a este gran espíritu, pero, al mismo tiempo peligroso.

En este estado de indecisión, sabe Federico, al pasar por Colonia, que Erasmo también es huésped de la ciudad. Al punto, por medio de Spalatin, su secretario, le ruega que vaya a verlo. Pues Erasmo es considerado todavía como la mayor autoridad moral en cuestiones temporales y teológicas; todavía ostenta, como corona, su fama, honradamente adquirida, de una imparcialidad sin reserva alguna. El Gran Elector confía en obtener de él el consejo más seguro para su incertidumbre, y le plantea abiertamente la cuestión de si Lutero tiene razón o no la tiene. Preguntas que exigen como respuesta un claro "sí" o un "no" no son nunca del agrado de Erasmo, y, en especial, en aquella ocasión, una desmesurada responsabilidad va enlazada con su voto. Pues, si aprueba los hechos y dichos luteranos, íntimamente fortalecido a causa de ello, Federico continuará manteniendo su mano protectora sobre Lutero, y así, estarán salvados Lutero y la Reforma alemana.

Pero si su soberano, desanimado, lo abandona, Lutero tendrá que huir del país para librase de la hoguera. De este "sí" o de este "no" depende el destino del mundo, y si realmente fuera Erasmo, como lo afirman sus enemigos, envidioso de sus grandes contemporáneos u hostil a ellos, ahora o nunca se le habría ofrecido ocasión para librarse de Lutero de una vez para siempre. Una palabra ásperamente impugnadora habría decidido probablemente al Gran Elector a retirar su protección de Lutero. En este día, 5 de noviembre de 1520, el destino de la Reforma alemana, el rumbo de la Historia Universal, se encuentran, casi con seguridad, por completo entregados a las delicadas y temblorosas manos de Erasmo.

Erasmo, en tal instante, observa una honrada conducta. No una conducta valiente, no grande, decisiva, ni heroica, pero, no obstante (y esto ya es mucho), honrada en absoluto. A la pregunta del Gran Elector de si puede descubrir algo de injusticia y herejía en las opiniones de Lutero, trata primeramente de sustraerse por medio de la frase humorística (no quiere tomar partido por nadie) de que la culpa principal de Lutero ha sido la de haber cogido al papa por la corona y a los frailes por la panza. Pero después, seriamente invitado a exponer sus opiniones, enuncia con firmeza, en veintidós breves frases, que llama axiomata, su concepto personal de la doctrina de Lutero, con toda ciencia y conciencia. Algunas frases tienen un tono desaprobatorio, como "Lutero abusa de la tolerancia del papa", pero, en las tesis decisivas se coloca animosamente del lado del amenazado: "De todas las universidades, sólo dos han condenado a Lutero, y, aun éstas no le han refutado. Lutero, por consiguiente, sólo exige algo equitativo cuando reclama una pública discusión y jueces que no infundan sospecha", y, "lo mejor, también para el papa, sería haber resuelto la cuestión por medio de jueces bien considerados y sin sospecha de parcialidad. El mundo tiene sed del verdadero Evangelio, y el curso de los tiempos va plenamente hacia ello. No debe oponérsele uno de tan odiosa manera". Su definitivo consejo insiste en que por medio de condescendencia y un público concilio, debe ser arreglado este espinoso negocio antes de que degenere en tumultus y desconcierte el mundo para siglos.

Con estas palabras (Lutero se las agradeció mal a Erasmo), se ha introducido un cambio de gran trascendencia en favor de la Reforma. Pues, aunque algo extrañado por ciertas ambigüedades y reservas de la exposición de Erasmo, el Gran Elector hace exactamente lo que Erasmo le ha propuesto en aquella conversación nocturna. Al día siguiente, 6 de noviembre, exige Federico del legado pontificio que Lutero sea oído públicamente ante unos jueces justos, libres y sin sospecha, y que, antes de ello, no sean quemados sus libros. Con ello, protesta contra el áspero punto de vista de Roma y del emperador: el protestantismo de los príncipes alemanes ha alzado su voz por primera vez.

Por medio de su secreto auxilio, prestó Erasmo a la Reforma una decisiva ayuda en una hora decisiva, y, en lugar de las piedras que más tarde arrojaron contra él, habría merecido un monumento.

Entonces llega la hora de Worms, de importancia universal. La ciudad está abarrotada de gente hasta los tejados y gabletes; entra un joven emperador, acompañado de legados, embajadores, grandes electores, secretarios; rodeado de los flameantes colores de los soldados de a caballo y los infantes. Pocos días más tarde, un frailecillo recorre el mismo camino, un hombre solo, herido por el anatema pontificio, y únicamente protegido contra la hoguera de los herejes por un salvoconducto que lleva doblado en el bolsillo. No obstante, otra vez braman y mugen las calles con clamores de júbilo y entusiasmo. Pues a uno de aquellos hombres, al emperador, lo han elegido los príncipes alemanes, pero al otro lo ha elegido el pueblo alemán como adalid de Alemania.

La primera deliberación retrasa la decisión, cargada de fatalidad. Aún está vivo el pensamiento erasmista, aún domina la suave esperanza en la posibilidad de un acomodo. Pero, en una segunda reunión pronuncia Lutero la frase de un alcance de Historia Universal: "Aquí estoy; no puedo hacer otra cosa". El mundo está desgarrado en dos partes: por primera vez, desde los días de Juan Hus, un hombre ha negado su obediencia a la Iglesia en presencia del emperador y de toda la corte reunida. Un silencioso escalofrío corre a través de la reunión cortesana, cuchichean y se asombran del descarado frailecillo. Pero abajo, los lansquenetes aclaman a Lutero. ¿Presagian que, con aquella negativa van a soplar buenos vientos para ellos? ¿Olfatean ya estos pajarracos de tormenta la futura próxima guerra? Pero, ¿dónde se encuentra Erasmo en aquella hora? Está, y ésta es su trágica culpa en un momento de trascendencia universal, está tímidamente en su cuarto de trabajo. Como amigo de juventud del legado Aleander, con quien había compartido mesa y lecho en Venecia, como persona respetable para el emperador, como compañero de opiniones de los evangélicos, únicamente él, sólo él, podría haber retrasado allí la dura decisión. Pero el eterno timorato temía presentarse públicamente, y sólo al saber la mala noticia, comprendió lo irreparable de aquel perdido momento :: "Si hubiera estado allí presente, habría hecho todo lo posible para que esta tragedia terminara con un proceder lleno de comedimiento". Pero tras las horas de importancia histórica para el mundo entero, es en vano correr para alcanzarlas. El ausente nunca tiene razón. Erasmo, en aquella hora universal, no puso en juego todo su ser, toda su fuerza, todo su prestigio, en favor de su convicción, y, por ello quedó perdida la causa erasmista. Lutero entró por completo en la contienda con el más extremo valor y la intacta fuerza de su voluntad de victoria: por ello su voluntad se transformó en acción.

 

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

Con la Dieta de Worms, con la fulminación del anatema de la Iglesia y la proscripción imperial, cree Erasmo —y la mayoría comparte este sentimiento— que queda terminada la tentativa de reforma de Lutero. Lo que resta es franca rebelión contra el Estado y la Iglesia, una nueva sublevación, como la de los albigenses, la de los valdenses o de los husitas, que es probable que sea aniquilada de la misma cruel manera, y precisamente esta solución guerrera era lo que Erasmo quería que fuera evitado. Su sueño había sido reedificar, por medio de una reforma, la doctrina evangélica de la Iglesia, y, a tal objetivo habríale prestado gustoso su asistencia. "Si Lutero permanece en el serio de la Iglesia católica, apareceré con gusto a su lado", había prometido públicamente. Pero, de un solo tirón y rasgón, el hombre violento se ha desprendido para siempre de Roma. Ahora ya está hecho. "La tragedia de Lutero está acabada. ¡Ay, si nunca hubiera aparecido en escena!", es el lamento del engañado amigo de la paz. Extinguida está la chispa de la doctrina evangélica, hundida la estrella de la luz espiritual, actum est de stellula lucís evangelícete. Ahora, los alguaciles y los cañones decidirán los asuntos de Cristo, pero Erasmo está decidido a apartarse de todo futuro conflicto; se siente demasiado débil para aquella gran prueba. Reconoce humildemente que no posee, para una decisión tan inmensa y llena de responsabilidad, aquella última certidumbre divina y personal de que se alaban los otros: "Ojalá que Zwingli y Bucer posean el espíritu; Erasmo no es nada más que un hombre, y no puede percibir el lenguaje del espíritu". El cincuentón, que desde hace mucho tiempo ha adquirido el profundo concepto de la impenetrabilidad de los problemas divinos, no se siente llamado a ser quien lleve la palabra en esta disputa; sólo quiere servir, en silencio y con humildad, allí donde reina claridad eterna, en la ciencia y en el arte. Así, huyendo de la teología, de la política del Estado y de la discordia eclesiástica, se refugia en su cuarto de estudio; apartándose de las disputas, viene a buscar el silencio sublime de los libros; en este terreno aún puede ser de utilidad para el mundo. Por lo tanto, ¡retírate a tu celda, viejecillo, y cierra las ventanas contra las tempestades de los tiempos! ¡Deja la lucha para los otros, los que sienten en su corazón las voces divinas, y prosigue la tarea más tranquila de defender la verdad en las puras esferas del arte y de la ciencia! "Aunque las corrompidas costumbres del clero romano exigen un extraordinario remedio, no me corresponde a mí, ni a las gentes de mi modo de ser, el arrogarnos la cuestión del salvamento.

Prefiero soportar el actual estado de cosas, que no ser yo quien suscite nuevas intranquilidades, cuyo rumbo corre a menudo hacia los fines más opuestos.

Conscientemente, nunca he sido, ni seré, jefe ni participante en una rebelión".

Erasmo se ha apartado de la querella eclesiástica para retirarse al arte y a la ciencia, a su propia obra. Siente repugnancia ante este ladrar y regañar de los partidos. Consulo quieti meae, ya no quiere más que tranquilidad, el sagrado otium del artista. Pero el mundo se ha juramentado para no dejarle descansar. Hay tiempos en los cuales la neutralidad recibe el nombre de crimen; en momentos políticamente agitados, el mundo exige que claramente se esté en favor o en contra, se sea luterano o papista. La ciudad de Loewen, donde reside, le hace difícil mantenerse en paz, y mientras que toda la Alemania reformista censura a Erasmo por ser un amigo demasiado tibio de Lutero, atácale aquí la Facultad, severamente católica, y lo califica de instigador de la "peste luterana". Los estudiantes, que siempre son las tropas de choque de todo radicalismo, preparan ruidosas manifestaciones contra Erasmo, le derriban su cátedra, y, al mismo tiempo en los pulpitos de Loewen se excita el celo contra él, tanto, que el legado pontificio, Aleander, tiene que emplear toda su autoridad para reprimir, por lo menos, las injurias públicas contra su antiguo camarada. El valor no figuró nunca entre las notas características de Erasmo; por lo tanto, prefiere huir en vez de luchar. Lo mismo que anteriormente de la peste, así huye ahora del odio de la ciudad, en la cual había realizado su obra durante años enteros. A toda prisa recoge el viejo nomada sus escasos muebles y se pone en viaje.

"Tengo que guardarme de que no me destrocen los alemanes, que son ahora como endemoniados, antes de que abandone Alemania". Siempre, el hombre sin partido viene a caer en medio de las más amargas querellas.

Erasmo ya no quiere vivir en ninguna ciudad acentuadamente católica, ni en ninguna reformada; sólo el neutral es terreno acomodado para su destino. Por lo tanto, busca refugio en el eterno asilo de toda independencia, en Suiza.

Basilea será desde ahora, durante muchos años, su ciudad predilecta; situada en el centro de Europa, tranquila y distinguida, con limpias calles, con habitantes desapasionados, no sometida a ningún príncipe amigo de la guerra, sino democráticamente libre, prométele la anhelada tranquilidad al sabio independiente. Encuentra aquí una universidad y amigos muy sabios que le conocen y veneran; encuentra aquí complacientes famuli, amables auxiliares para su obra; encuentra aquí artistas como Holbein, y, sobre todo a Froben, el impresor, este gran maestro de su oficio, con quien, desde hace años le ligan las más gratas tareas en común. Gracias al celo de sus admiradores, es puesta a su disposición una cómoda casa; por primera vez aquel emigrante eterno experimenta algo como un sentimiento de hogar en esta libre y hospitalaria ciudad. Aquí puede vivir para el espíritu, es decir, para su verdadero y auténtico mundo. Sólo donde puede escribir pacíficamente sus libros, donde se los imprimen con cuidado, le es posible encontrarse a su gusto. Basilea llega a ser el gran lugar de reposo de su vida. Aquí, el eterno pasajero vivió más largo tiempo que en ningún otro sitio; ocho años enteros, y, en el curso de los tiempos el nombre de la ciudad y el suyo propio se han enlazado gloriosamente uno con otro; desde entonces no se puede ya pensar en Erasmo sin Basilea y en Basilea sin Erasmo. Aquí se alza todavía hoy su casa, muy bien conservada; aquí son custodiados algunos de los retratos de Holbein, que han inmortalizado su semblante, aquí escribió Erasmo muchos de sus más bellos escritos, ante todo los Colloquia, esos chispeantes diálogos latinos, que, originariamente, fueron pensados como ejercicio de lectura para el hijo de Froben, y que han instruido a generaciones enteras en el arte de la prosa latina. Acaba aquí su gran edición de los padres de la Iglesia; desde aquí envía al mundo carta tras carta; aquí, atrincherado en la ciudadela del trabajo, apartado de todo estrépito, crea obra tras obra, y cuando el mundo espiritual de Europa busca con la vista a su guiador, mira hacia la antigua real ciudad, al otro lado del Rhin. Basilea llega a ser, en aquellos años, gracias a Erasmo, como una capital espiritual europea. Alrededor del gran sabio, se reúne una serie de discípulos humanistas, como Oecolampadio, Rhenano y Amerbach; ningún hombre de importancia, ningún príncipe ni sabio, ningún amigo de las bellas artes, deja de presentar sus homenajes en la imprenta de Froben y en la casa zum Lufft; de Francia y Alemanía e Italia llegan en peregrinación los humanistas para ver en su trabajo al varón venerable. Otra vez parece que aquí, en esta calma, les ha sido creado un último refugio a las artes y a las ciencias, mientras en Wittenberg y Zurich y en todas las universidades arde la disputa teológica.

Pero no te dejes engañar, anciano; tu verdadero tiempo está pasado, tus campos asolados. La lucha reina en el mundo, una lucha a vida o muerte, el espíritu se ha hecho parcial, inscríbese bajo hostiles pabellones; al hombre libre, al independiente, al que se mantiene aparte, no se le tolera ya. Ha comenzado una guerra universal a favor o en contra de la renovación evangélica; ahora, no sirve ya de nada el cerrar las ventanas y refugiarse detrás de los libros; ahora, desde que Lutero desgarró el mundo cristiano desde un extremo de Europa hasta el otro, no cabe ya esconder la cabeza bajo el ala y tratar de seguir empleando el pueril efugio de que no se han leído sus obras.

Ahora retumba furiosa, a derecha e izquierda, la eterna y espantosa frase de coacción: "Quien no está conmigo, está contra mí". Si un universo se hiende en dos pedazos, la línea de fractura pasa por cada hombre particular; no, Erasmo, es en vano que hayas huido; con tizones de fuego te van a arrojar fuera de tu humeante ciudadela. Esta época exige confesiones, este mundo quiere saber dónde se halla colocado Erasmo, su guiador espiritual, si está con Lutero o es opuesto a él, si está por el papa o en contra suya.

Ahora comienza un espectáculo conmovedor. El mundo quiere, en absoluto, provocar al combate a un hombre que está cansado de combatir. "Es una desgracia —dice, quejándose, a los cincuenta y cinco años— que esta tormenta universal me haya sorprendido precisamente en el momento en que podía esperar un bien ganado reposo, después de mis muchos trabajos. ¿Por qué no se me permite ser puro espectador de esta tragedia, ya que soy tan poco apto para intervenir como actor y ya que tantas otras gentes se precipitan ávidamente en la escena?" Pero la gloria, en estos tiempos críticos, se convierte en obligación y maldición; un Erasmo está demasiado expuesto a la curiosidad universal, su palabra es demasiado importante para que los parciales de la derecha o de la izquierda quieran renunciar a su autoridad; por todos los medios tiran de él y lo sacuden los adalides de ambos campos, para atraerlo hacia su causa. Lo engolosinan con dinero y lisonjas; se mofan de él, diciendo que carece de valor para arrancarse de su silencio más que prudente; lo espantan con la falsa noticia de que sus libros han sido prohibidos y quemados en Roma; falsifican sus cartas; violentan el sentido de sus palabras. En uno de tales momentos llega a ser magníficamente claro el verdadero valor de un hombre independiente. Pues emperadores y reyes, tres papas, y de la otra parte Lutero, Melanchthon y Zwingli, todos ellos cortejan ahora a Erasmo para obtener de él una aprobadora palabra. Podría alcanzar todos los bienes terrenos si quisiera ingresar en un partido o en el otro: sabe que podría "estar en la primera línea de la Reforma" si se declarara abiertamente en favor de ella; sabe, por otra parte, "que podría obtener un obispado si escribiera contra Lutero". Pero precisamente esta exigencia de una confesión partidista e incondicionada es lo que hace que retroceda, espantada, la honradez de Erasmo. No puede defender, con sincero corazón, a la Iglesia del papa, ya que él, en esta lucha, fue quien primero censuró sus abusos y exigió su renovación; pero tampoco quiere quedar plenamente obligado a los evangélicos, porque no llevan al mundo la idea de su Cristo de paz, sino que se han convertido en unos rudos fanáticos. "Gritan incesantemente: ¡Evangelio, Evangelio!, pero quieren ser ellos mismos sus intérpretes. En otro tiempo, el Evangelio volvía dulces a los bárbaros, bienhechores a los bandidos, pacíficos a los pendencieros, bendecidores a los maldicientes. Pero éstos, como endemoniados, cometen toda suerte de atropellos y hablan mal de los beneméritos. Veo nuevos hipócritas, nuevos tiranos, pero ni una chispa de espíritu evangélico". No, con ninguno de ambos partidos, ni con el papa, ni con Lutero, quiere unirse públicamente Erasmo. Sólo paz, paz, paz; sólo aislamiento y reposo; sólo un trabajo que haga prosperar a toda la humanidad. "Consulo quieti meae".

Pero la gloria de Erasmo es demasiado grande, y demasiado grande también la impaciencia con que esperan los otros su resolución. En todo el mundo se multiplican las llamadas para que se apersone en el campo de la lucha, y en su nombre y en el de todos pronuncie la decisiva palabra. Lo profundamente que se encuentra arraigada la fe en Erasmo y en toda la esfera cultural, como en un espíritu noble e incorruptible, lo atestigua una conmovedora apelación, brotada de lo más íntimo del ánimo de un gran genio alemán. Alberto Durero conoció a Erasmo en su viaje de Holanda; pocos meses más tarde, cuando se extendió el rumor de que había muerto Lutero, el jefe de la contienda religiosa alemana, Durero ve en Erasmo al único hombre que sería digno de llevar adelante la sagrada empresa, y, en la conmoción de su alma, llama a Erasmo desde su diario con las palabras siguientes: "¡Oh, Erasme Rotterdame! ¿dónde quieres quedarte? ¡ Óyeme tú, caballero de Cristo, sal cabalgando al lado del señor Cristo, protege la verdad, alcanza la corona del martirio! Eres, por lo demás, un hombrecillo viejo; te he oído decir a ti mismo que sólo te concedes dos años todavía en los que valgas para hacer algo. Aprovéchalos bien, en favor del Evangelio y de la verdadera fe cristiana en Dios, y haz entonces que se oiga decir que las puertas del infierno y la romana silla no prevalecen, como dice Cristo, contra ti. . . ¡Oh, Erasmo!, resiste para que alabe yo a Dios por tu causa, como está escrito de David; entonces serás capaz de acción, y, a la verdad, podrás derribar a Goliat".

Así piensa Durero, y con él, toda la nación alemana. Pero, en su angustia, también la Iglesia católica lo espera todo de Erasmo, y el representante de Cristo en la tierra, el papa, escríbele en una carta de su propia mano, casi literalmente la misma admonición: "Adelántate, adelántate, a proteger los asuntos divinos. Emplea tus magníficas dotes en honor de Dios. Piensa en que, con el auxilio celestial, depende de ti el que gran parte de aquellos que han sido seducidos por Lutero vuelvan nuevamente al buen camino, el que aquellos que todavía no han caído se mantengan firmes y aquellos que están próximos a la caída sean salvados de ella". El señor de la cristiandad y sus obispos; los señores del mundo, Enrique VIII de Inglaterra, Carlos V, Francisco I y Fernando de Austria, el duque de Borgoña, y, por la otra parte, los jefes de la Reforma, todos ellos se alzan, insistentes y suplicantes, delante de Erasmo, como en otro tiempo los príncipes homéricos delante de la tienda del enojado Aquiles, a fin de que abandone su inactividad y entre en la lucha. La escena es magnífica; rara vez, en la historia, se combatió tanto por los poderosos de la tierra para lograr una sola palabra de un aislado hombre espiritual; rara vez se mostró tan victoriosa la supremacía del poder espiritual sobre el terrenal. Pero pónese aquí de manifiesto la secreta debilidad personal de Erasmo. A ninguno de todos estos que solicitan su favor les lanza un claro y heroico: "No quiero". No puede decidirse por una palabra franca y paladina, por un "no". No quiere estar con ningún partido: eso honra su íntima independencia. Pero, por desgracia, al mismo tiempo tampoco quiere ponerse a mal con ninguno; esto priva de dignidad a su conducta totalmente recta, pues no se atreve a ninguna abierta resistencia frente a esos poderosos, que son sus protectores, admiradores y patrocinadores, sino que los entretiene a todos con inciertas disculpas, divaga, da bordadas, temporiza, caracolea —es preciso elegir aquí, con toda intención, las expresiones más artificiosas para hacer comprender la artificiosidad de su conducta—: promete y vacila en cumplir lo prometido, escribe frases obsequiosas sin quedar ligado por ellas, lisonjea y disimula, se disculpa tan pronto con enfermedad como con fatiga o con su incompetencia. Al papa respóndele con exagerada modestia: ¿Cómo? ¿Yo, que poseo un espíritu tan pequeño, yo, cuya cultura se encuentra por debajo del nivel medio, he de atreverme a la monstruosa tarea de extirpar la herejía? Al rey de Inglaterra le da esperanzas de mes en mes, de año en año, y al mismo tiempo, en el campo contrario apacigua a Melanchthon y a Zwingli con cartas aduladoras; encuentra e inventa juntamente cien pretextos siempre y siempre diversos. Pero detrás de todo este antipático juego de trapazas escóndese una resuelta voluntad: "Si alguien no es capaz de apreciar a Erasmo porque se le figura ser un cristiano demasiado débil, puede pensar de mí lo que quiera. No puedo ser otro de lo que soy. Si otra persona posee mayores dones espirituales de Cristo y está más seguro de sí de lo que yo lo estoy, que los emplee para gloria de Cristo. A mi modo de ser espiritual corresponde el marchar por un camino más tranquilo y seguro.

No puedo hacer otra cosa si no odiar la discordia y amar la paz y la comprensión entre las gentes; pues he reconocido lo obscuros que son todos los asuntos humanos. Sé cuánto más fácil es provocar el desorden que apaciguarlo. Y como no confío, para todas las cosas, en mi propia razón, prefiero abstenerme de enjuiciar, con plena convicción, el modo de ser espiritual de otra persona. Mi deseo sería el de que todos reunidos combatieran por la victoria de la causa cristiana y del evangelio de paz, cierto que sin violencia, y sólo en el sentido de la verdad y de la razón, en forma que nos pusiéramos de acuerdo, tanto en lo que respecta a la dignidad de los sacerdotes como a la libertad de los pueblos, a los que desea libres nuestro señor Jesús. Al lado de todos aquellos que dirigen su acción hacia esta meta, estará gustoso Erasmo en la medida de sus fuerzas.

Pero si alguien desea enredarme en la confusión, no me tendrá consigo como guía ni como compañero". La decisión de Erasmo es inquebrantable: años y años, deja que emperadores, reyes, papas, reformadores, Lutero, Melanchthon, Durero, todo el gran mundo belicoso, espere y espere, y ninguno de ellos logra arrancar de él una palabra decisiva. Sus labios sonríen cortésmente hacia cada uno de ellos, pero permanecen tenazmente cerrados para pronunciar la última palabra decisiva.

Pero hay alguien que no quiere esperar, un ardiente e impaciente guerrero del espíritu, bravamente decidido a cortar este nudo gordiano: Ulrich von Hutten.

Este "caballero contra la muerte y el diablo", este arcángel Miguel de la Reforma alemana, había levantado los ojos hacia Erasmo, con fe y afecto, como hacia un padre. Apasionadamente entregado al humanismo, el deseo más nostálgico de este mancebo había sido "el de llegar a ser el Alcibíades de este Sócrates"; había puesto toda su vida, lleno de con ' fianza, en manos de Erasmo; "in summa, si los dioses me guardan y tú permaneces con nosotros para gloria de Alemania, renunciaría yo a todo para poder permanecer junto a ti". Erasmo, por su parte, siempre sensible a la admiración, había estimulado de la manera más cordial a este "amante excepcional de las musas"; amaba a este ardiente mancebo que había lanzado a los cielos desmesurados clamores de júbilo, como una alondra de hierro: "O saeculum, o litterae! Jubat vivere!; este grito dichoso y lleno de confianza: "¡Es una dicha vivir!" Había confiado en él honrada y activamente y se había preparado para la tarea de educar, en aquel joven escolar, a un nuevo maestro de la sabiduría del mundo, pero pronto la política había atraído hacia sí al mancebo Hutten; poco a poco, el aire de cuarto cerrado, el trato con los libros del humanismo, había llegado a ser demasiado estrecho y demasiado ahogado para él. El joven caballero, hijo de caballeros, vuelve a ponerse el guante de desafío, no quiere manejar ya sólo la pluma, sino también la espada, contra el papa y la clerigalla. Aunque coronado con el laurel de la poesía latina, arroja lejos de sí esta lengua extraña y erudita, para, en adelante, llamar a las armas, con palabras alemanas, a su época, en favor del Evangelio alemán: Latín antes escribí cosa que muchos ignoran, por mi patria clamo ahora.

Pero Alemania expulsa a este audaz, en Roma quieren quemarlo como hereje.

Desterrado de su casa y campos, empobrecido y tempranamente viejo, roído hasta los huesos por el siniestro mal francés, cubierto de úlceras, bestia montaraz semidestrozada y herida en el vientre, arrástrase, con sus últimas fuerzas, hasta Basilea, cuando apenas cuenta treinta y cinco años. Habita allí su gran amigo, "la luz de Alemania", su profesor, su maestro, su protector, Erasmo, cuya gloria había él anunciado, cuya amistad lo había acompañado, cuyas recomendaciones lo habían hecho prosperar; él, a quien debe gran parte de su fuerza artística desaparecida y ya medio destruida.

Corre a refugiarse a su lado, este hombre aguijoneado por los demonios, a punto de perecer, como naufrago que, ya envuelto por las obscuras olas, se agarra a la última tabla.

Pero Erasmo —nunca se mostró más al desnudo que en esta impresionante prueba la lamentable cobardía de su alma— no deja entrar en su casa al desterrado. Hace ya mucho tiempo que se ha hecho desagradable e incómodo para él este eterno pendenciero y camorrista; ya en Loewen, cuando Hutten le invitó a declarar abierta guerra a los curas, había rehusado ásperamente: "Mi misión es fomentar la causa de la cultura". Con este fanático que ha sacrificado la poesía a la política, con este "Pilades de Lutero", no quiere tener nada que ver, siquiera públicamente, y menos aún en esta ciudad, donde cien espías están acechándole por la ventana. Erasmo tiene miedo de esta criatura humana, lamentablemente perseguida y acosada y ya medio muerta; tiene un triple miedo, primero de que este portador de peste —nada ha espantado tanto a Erasmo como el contagio— pueda hacerle la súplica de que lo reciba a vivir en su casa; segundo, de que este ''egens et ómnibus rebus destitutus", este mendigo desprovisto de toda propiedad, llegue a ser permanentemente una carga para él, y tercero, de que este hombre, que injuria al papa y ha azuzado a la nación alemana para hacer la guerra al clero, comprometa su propia imparcialidad, ostentada de modo tan visible.

Por ello, se defiende cuanto puede para no recibir, en Basilea, la visita de Hutten, y, a la verdad, conforme a su manera de ser, no con un franco y decidido: "no quiero", sino bajo pretextos vanos y nimios, diciendo que, a causa de su mal de piedra y de sus cólicos, no puede recibir a Hutten, que necesita un cuarto caliente, en una habitación con calefacción, ya que, a él mismo le son insoportables los vapores de cualquier estufa: patente o, más bien, lamentable subterfugio.

Entonces, a los ojos de todo el mundo, dase un avergonzado espectáculo. En Basilea, que aún es entonces una ciudad pequeña, con un total acaso de cien calles y dos o tres placitas, donde cada cual conoce a los demás, vaga cojeando, por las callejuelas y posadas, durante semanas enteras, un enfermo digno de compasión, Ulrich von Hutten, el gran poeta, el trágico lansquenete de Lutero y de la Reforma alemana, y vuelve a pasar siempre por delante de la casa donde habita su antiguo amigo, el primer suscitador y propulsor de la propia causa evangélica. A veces se detiene en la plaza del mercado y lanza iracundas miradas hacia la puerta cerrada con cerrojos, hacia las ventanas medrosamente entornadas de aquel hombre, que, en otro tiempo, lo proclamaba ante el mundo con entusiasmo como el "nuevo Luciano", como el mayor poeta satírico de la época. Detrás de aquellas hojas de ventana despiadadamente cerradas, lo mismo que un caracol en su concha, permanece sentado Erasmo, el viejo y flaco hombrecillo, y no ve la hora en que aquel aguafiestas, aquel vicioso vagabundo abandone por fin de nuevo la ciudad.

Subterráneamente van y vienen mensajeros, pues todavía espera Hutten que se le abra la puerta, que la antigua mano amiga quiera por fin extenderse para ayudarle en su miseria. Pero Erasmo guarda silencio y se defiende, con poco tranquila conciencia, y previsoriamente se oculta en su casa.

Por fin, parte Hutten, con su sangre envenenada, y con su corazón envenenado también ahora. Se traslada a Zurich, junto a Zwingli, que lo recibe sin temor alguno. Sigue arrastrándose penosamente de lecho de enfermo en lecho de enfermo; ya no transcurrirán más que algunos meses antes de que se disponga su tumba solitaria en la isla de Ufenau, Pero, antes de caer abatido, todavía este negro caballero sin miedo y sin tacha alza, por última vez, su medio rota espada para herir, mortalmente aún, con el puño, a Erasmo: él, el confesor de su fe, al hombre excesivamente prudente que no quiere confesar. Con un espantoso escrito de cólera —Expostulatio cum Erasmo— se arroja sobre su antiguo amigo, su antiguo guía. Lo acusa, ante el mundo entero, de ser un insaciable buscador de gloria, lo que le hace envidioso del creciente poder de otro hombre (éste es su golpe en la cuestión de Lutero); lo acusa de una despiadada falta de fidelidad; denosta sus opiniones y proclama con acritud por toda la tierra alemana que Erasmo ha abandonado y traicionado vergonzosamente la causa nacional, la luterana, aunque íntimamente pertenezca a ella. Desde su lecho de muerte, exhorta a Erasmo, con ardientes palabras, para que, por lo menos, acometa públicamente contra la doctrina evangélica, ya que no tuvo bastante valor para defenderla, pues en las filas de los evangélicos hace ya mucho tiempo que no se le teme: "Aprieta las cintas de tus armas, la causa está ya dispuesta para la acción y es un tema digno de tu avanzada edad.

Reconcentra todas sus fuerzas y aplícalas a la tarea; encontrarás armados a tus adversarios. El partido de los luteranos, a quienes querrías ver expulsados de la tierra, esperan el combate y no se negarán a él". Con profundo conocimiento de la divergencia secreta de Erasmo consigo mismo, predícele Hutten a su adversario que no será bastante fuerte para tal combate, porque su conciencia le da razón a Lutero en muchas cosas. "Una parte de ti mismo, no tanto se dirigirá contra nosotros como contra tus propios anteriores escritos; te verás obligado a emplear tu saber contra ti mismo y a ser elocuente contra tu propia elocuencia. Tus propias obras combatirán unas con otras". Erasmo advierte en seguida la dureza del golpe. Hasta entonces sólo era gentecilla la que había ladrado contra él. De vez en cuando, amargados escritorzuelos le habían señalado algunas faltillas de traducción, negligencias y errores de cita; ya estas inofensivas picaduras de avispa habían inquietado su susceptibilidad.

Pero ahora es por primera vez atacado por un auténtico adversario, atacado y desafiado delante de toda Alemania. En el primer terror, intenta impedir que sea impreso el escrito de Hutten, el cual, primero, sólo circula manuscrito; pero al ver que no lo consigue, empuña enojado la pluma y responde con su "Spongia adversus aspergines Hutteni", (Para borrar con esponja las acusaciones de Hutten). Responde a la dureza con la dureza, y, en este agrio combate, no se avergüenza de dirigir sus tiros por debajo del cinturón, donde sabe que Hutten está ya herido de un modo mortal. En cuatrocientos veinticuatro párrafos sueltos, responde, en particular, a cada uno de los disparos del otro, y, por último —siempre es grande Erasmo cuando se discuten sus decisiones y su independencia—, estampa una grandiosa y clara declaración: "En muchos libros, en muchas cartas y en muchas discusiones he declarado inflexiblemente que no quiero verme mezclado en ningún asunto partidista. Si Hutten se enoja conmigo porque no presto apoyo a Lutero tal como él lo desearía, hace ya más de tres años que tengo declarado públicamente que soy por completo ajeno a ese partido y que quiero seguir siéndolo; más aún, que no sólo permanezco fuera de él, sino que también animo a todos mis amigos a que guarden la misma conducta. En este sentido, no vacilaré jamás. Entiendo por "partidismo" la conformidad plenaria con todo lo que Lutero ha escrito, escribe o escribirá alguna vez; tal modo de total entrega de sí mismo, se da algunas veces en personas distinguidas, pero yo tengo declarado públicamente a todos mis amigos, que, si sólo pueden seguir queriéndome siendo yo luterano incondicional les autorizo para que piensen de mí lo que quieran. Amo la libertad; no quiero ni puedo servir jamás a un partido".

El agudo contraataque no hirió ya a Hutten. Cuando el enojado escrito de Erasmo sale de la imprenta, Hutten, el eterno luchador, yace ya en la paz eterna, y, con suave murmullo, el lago de Zurich baña su solitaria tumba.

La muerte triunfó de Hutien antes de que le hubiera alcanzado el golpe mortal de Erasmo. Pero, ya agonizando, todavía obtuvo Hutten, el gran vencido, una última victoria: obtuvo con sus violencias lo que el emperador y los reyes, los papas y el clero, con todo su poder, no fueron capaces de obtener; con los vapores de su corrosiva mofa, arrojó fuera, a Erasmo, de su cueva de zorro. Pues, públicamente desafiado ante todo el mundo, acusado de cobardía y vacilación, tiene que demostrar ahora Erasmo que no se intimida ante una explicación ni con el más poderoso de todos los adversarios, con Lutero; tiene que confesar cuál es su juego, tiene que tomar partido. Con abrumado corazón, se pone al trabajo Erasmo, el anciano que ya no quiere otra cosa sino su paz, y no se le oculta que la causa luterana hace ya mucho tiempo que ha llegado a ser demasiado poderosa para que se la pueda suprimir de una plumada. Sabe que no convencerá a nadie, que no cambiará ni mejorará cosa alguna. Sin gusto, sin alegría, entra en el combate que le es impuesto. Pero ya no puede retroceder. Y cuando, por fin, en 1524, entrega al impresor el escrito contra Lutero, lanza un suspiro de alivio: "Alea jacta est!". "¡La suerte está echada!"

 

LA GRAN DISPUTA

Las habladurías literarias no son peculiares de tiempo alguno determinado, sino de todos los tiempos; también en el siglo XVI, aunque las gentes intelectuales estaban dispersas por todos los países de un modo muy tenue y aparentemente desligado, no quedaba nada secreto en este círculo eternamente curioso y estrecho. Antes aún de que Erasmo haya empuñado la pluma, antes aún de que sepa con certeza cuándo y cómo habrá de presentar combate, sábese ya en Wittenberg lo que se planea en Basilea. Hace ya mucho tiempo que Lutero cuenta con el ataque: "La verdad es más poderosa que la elocuencia", escríbele a un amigo, ya en 1522; "la fe, más grande que la sabiduría. No desafiaré a Erasmo, ni tampoco pienso devolver en seguida los golpes en el caso de que me ataque. No obstante, no me parece aconsejable que dirija contra mí las fuerzas de su elocuencia. . ., pero, si se atreviese, tendría que experimentar en sí mismo que Cristo no siente temor ni ante las puertas del infierno, ni ante las potencias del aire. Me opondré al célebre Erasmo y en nada cederé, ni por su fama, ni por su nombre, ni por su posición".

Esta carta, que naturalmente está destinada a que se dé conocimiento de ella a Erasmo, contiene una amenaza, o, más bien, una advertencia.

Detrás de sus palabras se percibe que Lutero, en su difícil situación, más bien querría evitar una disputa por escrito, y, por ambas partes, intervienen ahora como mediadores algunos amigos. Tanto Melanchthon como Zwingli, en favor de la causa evangélica, procuran establecer otra vez la paz entre Basilea y Wittenberg, y parece ya que sus esfuerzos van por el mejor camino.

Entonces se decide Lutero, insospechadamente, a dirigirse el mismo a Erasmo.

Pero cómo ha cambiado en pocos años el tono desde que Lutero con una humildad cortés, y más que cortés, se acercaba al "gran hombre" con la reverencia de un escolar! La conciencia de ocupar una posición de importancia universal, el sentimiento de su misión en la tierra alemana, prestan ahora a sus palabras una pasión de bronce. ¿Qué significa un enemigo más para Lutero, que ya está en guerra con el papa y el emperador y todas las potencias de la tierra? Está harto de ataques secretos. No quiere incertidumbre y pactos indecisos. "A las palabras y discursos inciertos, dudosos, vacilantes, hay que quitarles bravamente la armadura, aplastarlos con el rodillo y zamarrearlos al punto, sin darlos por buenos". Lutero quiere claridad. Por primera vez tiende la mano hacia Erasmo, pero armada ya con guantelete de hierro.

Las primeras palabras todavía vibran con cortesía y disimulo: "Llevo esperando mucho tiempo silenciosamente, querido señor Erasmo, y aunque siempre confié en que usted, como el de mayor categoría y más edad, había de ser el primero que pusiera fin al silencio, después de larga espera impúlsame el afecto a ser yo quien comience nuestra correspondencia. En primer lugar, nada tengo que objetar a que usted quiera aparecer como ajeno a nosotros a fin de que su conducta sea bien interpretada por los papistas .. . " Pero después, irrumpe, de un modo poderoso y casi despreciativo, el interno enojo contra el vacilante: "Pues ya que vemos que a usted no le han sido dados todavía por el Señor la perseverancia, el valor y el alma para que apruebe la lucha contra el monstruo, y, confortado, salga contra él a nuestro lado, no queremos exigir de usted lo que está más allá de la medida de mis propias fuerzas. . . Pero habría visto con gusto mayor que usted, prescindiendo de sus dotes, no se hubiera mezclado en nuestro asunto, pues aunque usted, con su posición y su elocuencia, habría podido lograr muchas cosas, habría sido mejor, ya que su corazón no está con nosotros, que hubiera servido a Dios sólo con los talentos que le han sido confiados". Lamenta la debilidad y reserva de Erasmo, pero, al final, arroja contra él la frase decisiva de que la importancia de esta cuestión hace ya I mucho tiempo que está más allá de los objetivos de Erasmo y que ya no significa ningún peligro para el que Erasmo quiera salir en contra suya con toda su fuerza, y, menos todavía, que sólo de cuando en' cuando le zahiera y ultraje levemente, imperiosamente y casi como un amo, invita a Erasmo a que "se abstenga de todos sus discursos mordaces, retóricos y marchitos", y, ante todo, si no puede hacer otra cosa, "a que se mantenga sólo como espectador de nuestra tragedia" y no se asocie con los adversarios. No debe atacarle con escritos, lo mismo que él, Lutero, por su parte, no quiere iniciar nada en contra suya. "Hubo ya bastantes mordiscos y ahora tenemos que andar con cuidado de que no nos devoremos unos a otros y nos quebrantemos".

Una carta de este altivo tipo todavía no la ha recibido nunca de nadie Erasmo de Rotterdam, e] señor del imperio universal humanístico, y, a pesar de todo su pacifismo íntimo, el anciano no está dispuesto a dejarse sermonear de arriba abajo y tratar como un charlatán cualquiera por el mismo hombre que antes solicitó humildemente, una vez, su apoyo y protección. "Me he preocupado más por el Evangelio", responde orgulloso, "que muchos de los que ahora se ufanan con él: Veo que esta renovación ha echado a perder muchas cosas y suscitado gentes revoltosas, y veo que las bellas ciencias caminan con marcha de cangrejo, que las amistades son destrozadas, y temo que llegue a originarse una insurrección sangrienta. Pero a mí nada me obligará a renunciar al Evangelio por las pasiones humanas". Con energía menciona cuánto agradecimiento y aplauso habría encontrado en los poderosos si hubiera estado dispuesto a presentarse contra Lutero. Y quizás se sirve realmente mejor al Evangelio tomando la palabra contra Lutero, que haciendo lo que los tontos, que tan ruidosamente se comprometen por él, y, a causa de los cuales, casi no es factible "permanecer como puro espectador de esta tragedia". La inflexibilidad de Lutero ha endurecido la vacilante voluntad de Erasmo: "Ojalá no llegue realmente a tener un final trágico", suspira, con fosco presentimiento. Y después coge la pluma, su arma única.

Erasmo sabe perfectamente contra qué gigantesco adversario se pone en campaña, sabe también, acaso en lo más profundo de su ser, la superioridad de Lutero para la lucha, el cual, hasta entonces, con sus coléricas fuerzas, ha derribado por tierra a todo contradictor. Pero la auténtica fuerza de Erasmo consiste —caso raro en un artista— en el conocimiento de sus propios límites. Sabe que este torneo espiritual se verifica ante los ojos de todo el mundo reunido; todos los teólogos y humanistas de Europa esperan el espectáculo con apasionada impaciencia: por lo tanto, se trata de buscar una posición inexpugnable y Erasmo la elige de modo magistral, no chocando irreflexivamente con Lutero y toda la doctrina evangélica, sino que, con mirada auténtica de águila, acecha, para su ataque, un único punto débil, o por lo menos vulnerable, del dogma luterano; escoge una cuestión aparentemente accesoria, pero, en realidad, uno de los temas esenciales en la edificación de la doctrina teológica de Lutero, todavía bastante vacilante e insegura. Hasta el principal interesado, hasta Lutero mismo, tendrá "que alabar y elogiar mucho el que seas tú el único de todos mis adversarios que ha comprendido el núcleo de la cuestión; tú eres el único y solo hombre que ha descubierto el nervio de todo el asunto, y, en esta lucha, lo has cogido duramente por el cuello". Erasmo, con su extraordinaria concepción artística, ha preferido elegir para este desafío, en lugar del firme punto de apoyo de un convencimiento, el terreno dialécticamente resbaladizo de una cuestión teológica, en el cual, aquel hombre del puño de hierro no puede derribarlo por completo a tierra, y en el que se sabe invisiblemente protegido y cubierto por los mayores filósofos de todos los tiempos.

El problema del cual Erasmo hace centro de la discusión es un problema eterno de toda teología: el tema de la libertad o falta de libertad de la voluntad humana. Para la doctrina de la predestinación de Lutero, severamente agustiniana, el hombre permanece eternamente como prisionero de Dios. Ni un grano de libre voluntad le es atribuido; todo lo que realiza ha sido previsto por Dios, desde mucho tiempo antes, y por él señalado; por medio de ninguna obra buena, de ninguna bona opera, por medio de ningún arrepentimiento, puede, por lo tanto, el ser humano, alzar su voluntad y libertarse de esa trabazón de culpas anteriores a la vida: únicamente la gracia de Dios es capaz de dirigir un hombre al buen camino. Según una concepción moderna, lo traduciríamos de este modo: estamos dominados, en nuestro destino, por la masa de herencias, por la constelación; nada, por lo tanto, es capaz de hacer la propia voluntad en cuanto Dios no quiera que se opere en nosotros —dicho al modo de Goethe: "todo querer Existe sólo por deber quererlo, y mudo ante el querer es lo arbitrario. .

." (') Tal concepción de Lutero no puede ser aprobada por Erasmo, el humanista, que considera, en la razón humana, un santo poder dado por Dios. Erasmo, que cree de un modo inconmovible que, no sólo el hombre aisladamente, sino toda la humanidad, es capaz de desarrollarse hacia una moralidad cada vez más alta por medio de una voluntad noble y educada, tiene que oponerse del modo más profundo a este rígido fatalismo, casi mahometano. Pero Erasmo no sería Erasmo si, a cualquier concepción adversa, contestara con una violenta y grosera negación; aquí, como en todas partes, sólo censura el extremismo, lo violento e incondicional del concepto determinista de Lutero. Él mismo, dice conforme a su modo de ser, prudentemente oscilante, no tiene "gusto alguno por establecer inconmovibles afirmaciones"; siempre se inclina personalmente hacia la duda, aunque gustoso, en tales casos, se someta a las palabras de las (1) ...aller Wile — Ist nur ein Wollen, weil wir eben sollten, — Und vor dem Willen schweigt die Willkür stille...

Sagradas Escrituras y de la Iglesia. De otra parte, en las Sagradas Escrituras estos conceptos están expresados de un modo misterioso y que no puede ser profundizado por completo; por ello, encuentra también peligroso negar, tan en absoluto como lo hace Lutero, la libertad de la voluntad humana.

En modo alguno dice que la concepción de Lutero sea totalmente falsa, pero se defiende contra, el non nihil, contra la afirmación de que todas las buenas obras que haga el hombre no produzcan efecto alguno ante Dios y sean, por ello, plenamente superfinas. Si, como quiere Lutero, todo se somete únicamente a la misericordia de Dios, ¿qué sentido tendría aún para los hombres el realizar el bien? Se debería, propone en su calidad de eterno mediador, dejar siquiera al hombre la ilusión de su libre voluntad, a fin de que no se desespere y no se le aparezca Dios como cruel e injusto. "Me adhiero a la opinión de aquellos que entregan algunas cosas a la voluntad libre, pero la mayor parte a la divina misericordia, pues no debemos tratar de desviarnos del Escila del orgullo para ser arrojados contra el Caribdis del fatalismo".

Vese que, hasta en las discusiones, Erasmo, el pacífico, sale del modo más indulgente al encuentro de su adversario. Advierte también, en esta ocasión, que no debe concederse excesiva importancia a tales disputas, sino preguntarse uno a sí mismo "si será justo, a causa de algunas afirmaciones paradójicas, poner en conmoción a todo el Universo". Y, efectivamente, si Lutero hubiera cedido ante él sólo en una dracma, si sólo hubiera adelantado un único paso hacia él, esta disputa espiritual habría terminado también en paz y concordia. Pero Erasmo espera una comprensión condescendiente de la cabeza más férrea de su siglo, de un hombre que, en cuestiones de fe y convicción, ni aun en la propia hoguera cedería ni en una sola letra, el cual, como fanático nato y jurado, preferiría perecer, o dejar que pereciera el mundo, antes de dejar perder una pulgada del más insignificante, mezquino y diminuto párrafo de su doctrina.

Lutero no contesta en seguida a Erasmo, aunque a aquel hombre colérico le excita el ataque del modo más terrible: "Mientras que con los otros libros, para hablar como Zuchten, me he limpiado el c. . ., he leído en su totalidad este escrito de Erasmo, pero, en tal forma, que siempre estaba pensando en arrojarle detrás de mi asiento", dice con sus toscas expresiones; pero en este año de 1524 está preocupado por cosas más importantes y difíciles que una discusión teológica. El eterno destino de todo revolucionario comienza a cumplirse en su vida, de modo que también él, que quería sustituir por un orden nuevo uno antiguo, desencadena fuerzas caóticas y corre el peligro de ser sobrepasado, en su radicalismo, por otros más radicales todavía. Lutero había exigido la libertad de expresión y confesión, pero ahora también otros la exigen para ellos: los profetas de Zwickau, Karlstadt, Münzer, todos esos "espíritus de tropel", cómo él les llama, se reúnen también, en nombre del Evangelio, para rebelarse contra el emperador y el imperio; las propias palabras de Lutero contra la nobleza y los príncipes, se convierten en estas coaligadas bandas de campesinos, en picas y mazas; pero donde Lutero sólo desea una revolución espiritual y religiosa, exigen ahora los oprimidos campesinos una revolución social, claramente comunista. En Lutero, repítese este año la tragedia espiritual de Erasmo de que su palabra llegue a ser un acontecimiento universal, mayor de lo que él mismo ha querido, y así como había censurado él a aquel otro a causa de su blandura, también ahora las gentes del Bundschuh y los asaltantes de conventos y destructores de imágenes lo desprecian a él como un "nuevo y sofístico papista, un arehipagano y archibribón", como un "amigo póstumo del Anticristo", como "la carnaza orgullosa de Wittenberg". Destino erásmico: lo que él había pensado en un sentido espiritual y eclesiástico, es entendido por las dilatadas masas y por sus aún más fanáticos guiadores, según lo dice él mismo, en un sentido "carnal" y de grosera agitación. Es la eterna estrella de una revolución el que una ola se desborde por encima de la otra: si Erasmo representa a los girondinos, Lutero es como las gentes de Robespierre, y Tomás Münzer y los suyos como las de Marat. Quien ha sido el director indiscutible tiene, de repente, que luchar en dos frentes, contra los demasiados flojos y los demasiados bravios, y tiene que afrontar la responsabilidad de la revolución social, de aquel levantamiento, el más espantoso y sanguinario que Alemania había experimentado desde hacía siglos. Pues las masas campesinas llevan el nombre de Lutero en el corazón; únicamente su rebeldía y su buen éxito contra el emperador y el imperio ha dado valor a todos esos bajos cabecillas para alzarse contra sus condes y tiranos. "Cosechamos ahora los frutos de tu espíritu", puede con razón echarle en cara Erasmo. "Tú no conoces a los revoltosos, pero ellos te conocen a ti. . . No puedes rechazar la convicción general de que fue dada ocasión para este daño por tus libros, especialmente por los editados en lengua alemana".

Espantosa decisión para Lutero: ¿debe él, que tiene sus raíces en el pueblo y vive con él y lo ha excitado contra los príncipes, renegar ahora de los campesinos que, según su sentido y en nombre del Evangelio, luchan ahora por la libertad, o ser rebelde a los príncipes? Por primera vez (pues su posición, de la noche a la mañana, ha llegado a ser muy semejante a la de Erasmo) intenta proceder erasmísticamente. Amonesta a los príncipes para que sean indulgentes, amonesta a los campesinos "a no hacer del nombre de cristiano una vergonzosa tapadera de vuestra conducta antipacífica, impaciente y anticristiana". Pero, cosa insoportable para un hombre con la conciencia de sí mismo que él posee: el pueblo grosero no le escucha ya, sino que prefiere a los que le prometen más, a Tomás Münzer y los teólogos comunistas.

Finalmente, tiene que decidirse, pues esta sublevación sin freno compromete su obra, y reconoce que esta guerra social en el interior de Alemania le perturba en su propia guerra espiritual contra el papado. "Si estos sediciosos asesinos, con sus aldeanos, no me hubieran pescado con sus redes, estarían colocadas ahora de otro modo las cosas con respecto al pontificado". Y si se trata de su propia obra y de su misión, Lutero no conoce ya vacilación de ninguna clase. Siendo él mismo un revolucionario, tiene que colocarse enfrente de la revolución campesina alemana, y si Lutero se inscribe en un partido, sólo puede hacerlo como extremista, de la manera más rabiosa, unilateral y salvaje. De todos sus escritos, es éste, del tiempo de su mayor peligro, el libelo contra los campesinos alemanes, el más espantoso y cruento.

"Quien perece en defensa de los príncipes —predica—, será bienaventurado mártir; quien cae frente a ellos, se va con el diablo; por eso, el que pueda hacerlo debe combatir, estrangular y apuñalar, secreta o públicamente, pensando que no puede haber nada más venenoso, más pernicioso y diabólico que un hombre rebelde". Sin consideración alguna, se coloca para siempre del lado de la autoridad contra el pueblo. "El asno quiere palos y el populacho ser regido por la fuerza". Ninguna bondadosa palabra de clemencia o de piedad se encuentra en este furioso combatiente, sino que con la más espantosa crueldad incita a la victoriosa nobleza contra los lamentablemente vencidos; ninguna compasión siente este hombre genial, pero desmesurado en su ira, para las innumerables víctimas, millares de las cuales se lanzaron contra los castillos confiando en su nombre y en sus actos de rebelión. Y con un valor espantoso, reconoce al fin que los campos de Wurttenberg están empapados en sangre: "Yo, Martín Lutero, he matado en la sublevación a todos los campesinos, pues les he dicho que pegaran hasta la muerte; toda su sangre está sobre mi conciencia".

Este furor, esta terrible fuerza de odio, palpita todavía en su pluma cuando la dirige contra Erasmo. Acaso habría perdonado a Erasmo la discusión teológica en sí misma, pero la acogida entusiasta que esta apelación a la templanza recibe en todo el territorio del mundo humanista, excita su enojo hasta la rabia furiosa. Lutero no soporta la idea de que sus enemigos entonen ahora un cántico de triunfo. "Decidme, ¿dónde está el gran Macabeo, dónde está aquél que tan firmemente se asentaba sobre su doctrina?" No sólo quiere responder ahora a Erasmo, ya que no le abruma más la preocupación de los campesinos, sino destrozarlo por completo. A la mesa, ante sus amigos congregados, anuncia su intención con estas espantosas palabras: "¿Por eso os ordeno, en nombre de Dios, que seáis enemigos de Erasmo y que os guardéis de sus libros. Quiero escribir contra él, aunque a consecuencia de ello se muera y se condene; con mi pluma quiero matar a Satán", y añade, casi orgulloso: "como he matado a Münzer, cuya sangre está sobre mi conciencia".

Pero también en sus cóleras, y precisamente cuando la sangre le hierve del modo más abrasador en las venas, acredítase Lutero como un gran artista, como un genio de la lengua alemana. Sabe contra qué gran adversario se dirige, y, en esta conciencia de su obligación, su misma obra llega a ser grande, no un pequeño escrito de pelea, sino todo un libro, fundamental, dilatado, centelleante de imágenes y mugiente de pasión; un libro que, junto con su saber teológico, más grandioso que en la mayor parte de sus otros escritos, manifiesta igualmente su fuerza poética y humana. De servo arbitrio, el tratado de la servidumbre de la voluntad, pertenece a los más robustos escritos de polémica de este hombre belicoso, y la disputa con Erasmo, a las más importantes discusiones que nunca hayan sido sostenidas en el campo del pensamiento alemán entre dos hombres de naturaleza opuesta, pero de una capacidad igualmente poderosa. Por muy extraviado que pueda haber llegado a ser hoy su objeto para nuestra sensibilidad presente, este combate, a causa de la magnitud de los adversarios, ha quedado como un acontecimiento de la literatura universal.

Antes de que Lutero dé el primer ataque, antes de que se ate firmemente el yelmo y levante la lanza para un golpe mortal, alza por un momento, pero sólo por un momento, la espada, para un cortés pero rápido saludo. "Yo mismo reconozco en ti muy alto honor y mérito, como en general no lo he reconocido en ningún otro". Confiesa honradamente que Erasmo le "ha tratado con suavidad y plácidamente en todas ocasiones", concede que él es el único de todos sus adversarios que "ha descubierto el nervio de toda la cuestión". Pero después de haberse forzado a este saludo, aprieta resueltamente los puños, se hace grosero, y está, con ello, en su más natural elemento. Además sólo le contesta a Erasmo "porque Pablo ordena tapar la boca de los charlatanes inútiles". Y después, descarga golpe tras golpe. Con magnífica fuerza de imaginación auténticamente luterana, da de martillazos a Erasmo diciendo que "por todas partes anda como sobre huevos, sin querer aplastar a ninguno; pasa por entre vasos de cristal y a ninguno toca". Se mofa de que "Erasmo no quiere afirmar nada con seguridad y, sin embargo, afirma tal juicio de nosotros; eso se llama escapar por librarse de una llovizna y tirarse al estanque". En un solo rasgo revela el contraste entre la circunspección hipócrita de Erasmo y su propia y clara franqueza y sin reservas. Aquél considera "la paz corporal, la comodidad y la tranquilidad como cosa más alta que la fe", mientras que Lutero está dispuesto a confesar sus creencias "aunque el mundo entero, ahora mismo, no sólo se convierta en discordia sino se hunda totalmente y sea sólo ruinas". Y si Erasmo, en su escrito, invita prudentemente a la cautela, señalando la oscuridad de diversos pasajes bíblicos, que ningún hombre en la tierra puede interpretar con plena firmeza y satisfacción, lanza contra él, a grandes gritos, la confesión siguiente "Sin seguridad no hay cristianismo.

Un cristiano debe estar cierto de su doctrina y de su causa o si no, no es cristiano". Quien vacile, quien sea tibio o indeciso en cosas de fe, debe dejar la teología de una vez para siempre. "El Espíritu Santo no es ningún escéptico", lanza contra Erasmo como un trueno; "no ha grabado en nuestros corazones un incierto impulso sino una robusta certidumbre". Con obstinación, persevera Lutero en su punto de vista de que el hombre sólo es bueno si lleva a Dios en sí, y malo si el diablo se ha montado sobre él; su propia voluntad carece de importancia y es imponente contra la providencia de Dios, inevitable e inmodificable. Sucesivamente, se va alzando de este problema particular, de esta ocasión aislada, a un contraste mucho mayor; al igual de una divisoria de aguas, apartan a estos dos renovadores de la religión, de acuerdo con sus temperamentos, sus concepciones plenamente diversas del ser y misión de Cristo. Para Erasmo el humanista, Cristo es el anunciador de todos los sentimientos humanos, el ser divino que ha dado su sangre para eliminar del mundo todo derramamiento de sangre y toda discordia; Lutero, por su parte, el lansquenete de Dios, alardea de las palabras del Evangelio de que Cristo no ha venido "para traer la paz sino la espada". Quien quiera ser cristiano, dice Erasmo, tiene que ser pacífico y tolerante en su espíritu; a quien sea cristiano, responde el inflexible Lutero, no le es lícito ceder jamás cuando se trata de la palabra de Dios, aun cuando todo el Universo perezca por ello. Las palabras que años antes había escrito a Spalatin constituyen el lema de su vida: "No pienses que la cuestión podrá quedar arreglada sin tumulto, escándalo y revueltas. De una espada no puedes hacer una pluma ni de una guerra una paz. La palabra de Dios es guerra, es escándalo, es ruina, es veneno: como un oso en un camino y una leona en un bosque, avanza contra los hijos de Efraín". Violentamente rechaza, por ello, la invitación de Erasmo a una inteligencia y acuerdo: "Déjate de quejas y gritos; contra esta fiebre no sirve ninguna medicina.

Esta es la guerra de Nuestro Señor, el cual la ha suscitado y no cesará hasta que hayan perecido todos los enemigos de su palabra". Los suaves discursos de Erasmo no son más que carencia de verdadera fe cristiana; por ello, debe quedar a un lado, entregado a sus meritorios trabajos de latín y griego —en otras palabras: a sus jugueteos humanistas— y no tocar con sus "adornadas palabras" a problemas que sólo pueden ser resueltos por la íntima certidumbre divina de un hombre fiel y creyente sin reservas. De una vez para siempre, exige Lutero dictatorialmente, debe abstenerse Erasmo de mezclarse en esta lucha religiosa de una importancia de Historia Universal; "que seas bastante fuerte en nuestra causa, todavía no lo ha querido Dios y todavía no te lo ha otorgado". Pero él mismo, Lutero, siente en sí la llamada divina, y, por ello, la seguridad de conciencia: "Qué cosa y quién sea yo, y también por qué espíritu y motivo haya llegado a estar en esta disputa, es cuestión que se la dejo a Dios, el cual lo sabe todo, y también que estos asuntos míos no han comenzado ni han sido dirigidos por la mía, sino por su voluntad libre y divina".

Con esto queda escrita la cédula de divorcio entre el humanismo y la reforma alemana. Lo erasmista y lo luterano, la razón y la pasión, la religión de la humanidad y el fanatismo de la fe, lo supernacional y lo nacional, lo plural y lo uno, lo flexible y lo rígido, no pueden unirse mejor que el agua y el fuego. Siempre que se encuentran juntos en la tierra, silba colérico un elemento contra el otro elemento.

Lutero no perdonará jamás a Erasmo el habérsele opuesto públicamente.

Este hombre lleno de furia combativa no tolera ningún otro final a una discusión, sino el pleno e incondicional aniquilamiento de su contradictor.

Mientras que Erasmo se da por contento con una única respuesta, con su escrito Hyperaspistes, bastante violento para su condescendiente carácter, y después se vuelve a sus estudios, el odio continúa ardiendo en Lutero. No desperdicia ocasión alguna de cubrir con las más espantosas injurias a aquel hombre que osó contradecirle en un único punto de su doctrina, y su odio "asesino", según la queja de Erasmo, no se espanta ante ninguna calumnia. "Quien aplaste a Erasmo, ahogará a una chinche que todavía apestará menos muerta que viva". Le llama el "más furioso enemigo de Cristo", y, una vez, al mostrarle un retrato de Erasmo, previene a sus amigos de que éste es "un hombre astuto y pérfido que se ha mofado juntamente de Dios y de la religión", que "día y noche está inventando palabras ambiguas y cuando se piensa que ha dicho mucho no ha dicho nada".

Con furia, dícele a sus amigos a la mesa: "Dejo consignado en mi testamento, y os tomo a todos como testigos, que tengo a Erasmo por el mayor «enemigo de Cristo, tal como en mil años jamás hubo otro alguno".

Y finalmente, se extravía hasta llegar a esta frase blasfema: "Cuando digo, al rezar: "santificado sea el tu nombre", vuelvo a maldecir a Erasmo y a todos los herejes que infaman y deshonran a Dios".

Pero Lutero, el hombre de la ira, a quien en la lucha le salta ardiente sangre de los ojos, no es sólo un guerrero, sino que también, a causa de su doctrina y de la eficacia de la misma, se ve obligado, de cuando en cuando, a ser diplomático. Probablemente, los amigos le habrán llamado la atención sobre lo poco prudentemente que procede al arrojar tantas sucias injurias y ultrajes contra este hombre viejo, venerado por toda Europa. De este modo, Lutero suelta la espada de su mano y toma una rama de laurel: un año después de su espantosa diatriba contra el "supremo enemigo de Dios", dirígele una carta, casi en broma, en la cual se disculpa "de haberlo atacado tan duramente". Pero es Erasmo quien, ásperamente, rechaza ahora una inteligencia. "No soy de un carácter tan infantil", responde con dureza, "para que se me pueda apaciguar con bromitas o con adulaciones, después de haberme atacado con las más viles injurias. . .

¿Para qué servirían todas esas escarnecedoras observaciones y esas infames mentiras de que yo era un ateo, un escéptico en cuestiones de fe, un blasfemo y no sé qué otras cosas?. . . Lo que ocurrió entre nosotros no tiene importancia, y menos para mí que estoy cercano a la muerte; pero lo que es un escándalo para todo hombre digno, lo mismo que para mí, es que has perturbado el mundo entero con tu conducta arrogante, impudente y rebelde.

. , y que, por voluntad tuya, esta tormenta no tenga aquel fin amistoso por el cual he luchado. . . Nuestras diferencias son cosa particular, pero a mí me duele la miseria general y el caos irremediable, y esto no se lo debemos a nadie sino a tu manera de ser indominable, que no quiere dejarse dirigir por aquéllos que te aconsejan bien... Desearía para ti un carácter diferente del que tienes y que tanto te encanta; tú, por tu parte, puedes desearme lo que quieras menos tu constitución espiritual, salvo el caso en que el Señor la cambiase".

Con una dureza en general ajena a él, rechaza Erasmo la mano que ha convertido en ruinas su mundo, no quiere saludar ya ni conocer al hombre que ha perturbado la paz de la iglesia y que ha traído sobre Alemania y el mundo el más espantoso "¿tumultus" del espíritu.

Pero el tumulto está en el mundo y nadie puede escapar a él, ni tampoco Erasmo. Intranquilidad es la ley que le ha sido adjudicada por el destino, y cada vez que anhela la quietud se subleva el mundo en torno suyo. También Basilea, la ciudad en que se había refugiado a causa de su neutralidad, es atacada por la fiebre de la Reforma. La muchedumbre asalta las iglesias, arranca las imágenes y las maderas talladas de los altares que después son quemadas delante de la catedral, en tres grandes montones. Espantado, ve Erasmo a su antiguo enemigo, el fanatismo, alborotando en torno a su casa con espada y antorcha. En este tumulto, sólo le es dado un pequeño consuelo: "No se ha derramado sangre; ¡que siempre ocurra así!" Pero ahora, ya que Basilea ha llegado a ser una ciudad del partido de la Reforma, no quiere él, a quien repugna todo partidismo, permanecer más tiempo entre sus muros. A los sesenta años, a causa de conseguir tranquilidad para su trabajo, se traslada Erasmo al silencioso Freiburg austríaco, donde los ciudadanos y las autoridades salen a su encuentro en solemne cortejo y le es ofrecido, como vivienda, un palacio imperial. Pero rechaza esta residencia ostentosa y prefiere elegir una casita junto al convento de frailes, para trabajar allí en silencio y morir en paz. La historia no podría crear un símbolo más grandioso para este hombre de posición central, que en ninguna parte es acepto porque no quiere inscribirse en ningún partido: de Loewen tuvo que huir Erasmo porque la ciudad era demasiado católica, de Basilea porque llegó a ser demasiado protestante. Para el espíritu libre e independiente, que no quiere atarse por ningún dogma ni decidirse por ningún partido, en ninguna parte hay un hogar sobre la tierra.

 

EL FIN

Como hombre de sesenta años, fatigado y consumido, vuelve a sentarse Erasmo en Freiburg, en medio de sus libros, huyendo —¡cuántas veces ya!— de las turbonadas e inquietudes del mundo. Cada vez más consumido y encorvado el flaco cuerpecillo, cada vez más semejante el delicado rostro arrugado, con sus mil pliegues, a un pergamino cubierto de místicos signos y runas, aquel hombre, que en otro tiempo había creído apasionadamente en una renovación de la humanidad gracias al puro humanismo, se hace, poco a poco, más amargo, más burlón y más hipócrita. Caprichoso como todos los viejos solterones, se queja mucho de la decadencia de las ciencias, de la malevolencia de sus enemigos, de la carestía y de los engaños de los banqueros, del vino malo y agrio; cada vez más, el gran desengañado se siente extraño en un mundo que en modo alguno quiere tener paz y en el cual, a diario, la razón es asesinada por la pasión y la justicia por la violencia. El corazón se le ha hecho soñoliento desde hace tiempo, pero no la mano, ni tampoco el cerebro, maravillosamente claro y reluciente, que esparce, como una lámpara, un círculo de luz, continuo y sin mácula, sobre todo lo que cae en el campo de visión de su insobornable espíritu. Un único amigo, el más antiguo, el mejor, permanece siempre fiel a su lado: el trabajo. Días tras día, escribe Erasmo treinta o cuarenta cartas, llena gruesos tomos en folio con sus traslaciones de los padres de la Iglesia, completa sus Coloquios y promueve una serie interminable de escritos morales y estéticos. Escribe y actúa con la conciencia del hombre que cree en los derechos y deberes de la razón, en un ingrato mundo, para decir, por sí misma, su palabra eterna. Pero, en lo más íntimo de sí mismo lo sabe Erasmo desde hace tiempo: no tiene sentido, en tal momento de locura universal, incitar a los hombres a ir hacia el humanismo; sabe que su ideal humanístico, alto y noble, se encuentra ahora vencido. Todo lo que él ha querido, aquello a que ha aspirado: inteligencia entre los hombres y amigables composiciones en vez de espantoso guerrear, ha quebrado por la obstinación de los fanáticos; su Estado espiritual, su Estado platónico, no cabe en medio de los Estados terrenos; su república de sabios no tiene sitio alguno entre los campos de batalla de los excitados partidos. Entre religión y religión, entre Roma, Zurich y Wittenberg, se guerrea bárbaramente; entre Alemania y Francia e Italia y España, se suceden infatigablemente las campañas militares, como errantes tempestades; el nombre de Cristo ha llegado a ser grito de guerra y pendón para acciones militares. Qué ridículo que todavía se escriban tratados y se procure traer a los príncipes a la reflexión; qué insensato ser todavía defensor de la doctrina evangélica, desde que el representante de Dios y nunció de las palabras del Evangelio la usa como hacha de combate. "Todos tienen estas cinco expresiones en la boca, evangelio, palabra divina, fe, Cristo y espíritu, y sin embargo, veo a muchos de ellos conducirse como si estuvieran poseídos por el demonio". No; ' ya no tiene sentido alguno, en tal época de sobreexcitación política, querer seguir siendo un mediador y reconciliador; el sublime sueño de un imperio universal moralmente unificado, humanístico y europeo, está ya terminado, y quien lo ha soñado para la humanidad, él mismo, Erasmo, es un hombre viejo, cansado, inútil, porque no le han escuchado. El mundo pasa por encima de él: ya no lo necesita.

Pero antes de que un cirio se extinga, siempre alza una vez más, desesperado, su llama. Antes de que una idea sea eliminada por la tormenta del tiempo, todavía despliega otra vez sus últimas fuerzas. Así, reluce aún de nuevo, por breve tiempo pero magníficamente, el pensamiento erasmista: la idea de reconciliación y mediación. Carlos V, el señor de ambos mundos, ha tomado una importante resolución. El emperador no es ya un inseguro muchacho, como cuando había aparecido en la dieta imperial de Worms.

Desengaños y experiencias le han hecho madurar y la gran victoria que acaba de obtener sobre Francia, le da, por fin, el necesario prestigio y autoridad. De regreso en Alemania, está resuelto a implantar un orden definitivo en las disputas religiosas; a establecer, aunque sea por la violencia, la unidad de la Iglesia, desgarrada por Lutero; pero, en lugar de emplear la fuerza, quiere, en el sentido de Erasmo, intentar una inteligencia y procurar una composición entre la antigua Iglesia y las nuevas ideas; "convocar un concilio de hombres sabios y libres de prejuicios", para que escuchen y pesen, con amor y reflexión, todos los argumentos que pueden conducir a una unificada y renovada Iglesia cristiana. Para este objeto, el emperador Carlos V convoca la dieta imperial de Augsburgo.

Esta dieta de Augsburgo es uno de los mayores momentos del destino alemán, y, más aún, una verdadera hora sideral de la humanidad; una de aquellas ocasiones históricas que no pueden ser evocadas de nuevo; que contienen, plegado dentro de sí, todo el curso de los siglos siguientes.

Exteriormente quizás no tan dramática como la de Worms, esta dieta de Augsburgo apenas queda detrás de la otra en cuanto a las consecuencias históricas de sus resoluciones. Allí, como antes, trátase de la unidad espiritual y eclesiástica de Occidente.

Las sesiones de Augsburgo son, al principio, extraordinariamente favorables al pensamiento erasmista, aquel pronunciamiento reconciliador exigido por él, una y otra vez, entre los adversarios espirituales y eclesiásticos. Pues ambos poderes, la antigua y la nueva Iglesia, están afectados por una crisis, y, por ello, dispuestos a grandes concesiones. La Iglesia católica ha perdido mucho de la inabordable soberbia con la cual, al principio, consideraba al pequeño hereje alemán, desde que se dio cuenta de que la causa de la Reforma se ha extendido por todo el Norte de Europa, al igual que un incendio por un bosque, y, de hora en hora, invade mayor campo con sus llamas. Ya es Holanda, ya son los suecos, ya es Suiza, ya Dinamarca, y, ante todo, Inglaterra, los países ganados para la nueva doctrina; por todas partes descubren los príncipes, que siempre se encuentran en dificultades pecuniarias, lo ventajoso que, para el fomento de sus finanzas, es apoderarse en nombre del evangelio, de los ricos bienes de la Iglesia; hace mucho tiempo que los antiguos medios de combate de Roma, fulminaciones de anatema y exorcismos, no tienen ya la fuerza de los tiempos de Canossa, desde que un único fraile agustino pudo quemar, sin ser castigado públicamente, en una alegre hoguera, una bula de excomunión pontificia. Pero lo más espantoso que tuvo que sufrir, a sus propios ojos, el prestigio del papado, fue cuando el depositario de las llaves de San Pedro se vio obligado a contemplar, a sus pies, desde su castillo del Santo Ángel, una Roma saqueada. El saco de Roma ha trastornado, por decenios, el valor y la insolencia de la Curia. Pero también para Lutero y los suyos han llegado horas de preocupación desde los rumorosos y heroicos días de Worms. También en el campamento evangélico van mal las cosas de la "apacible concordia con la Iglesia". Pues, antes aun de que Lutero haya logrado edificar su propia iglesia como una cerrada organización, álzanse ya algunas iglesias opuestas, la de Zwingli y Karlstadt, la iglesia de Enrique VIII y las sectas de los exaltados y anabaptistas. Ya ha reconocido aquel mismo fanático de la fe, totalmente sincero, que lo que él deseaba en un sentido puramente espiritual ha sido comprendido por muchos en sentido carnal y es explotado furiosamente para utilidad y provecho individuales; del modo más bello, ha expresado Gustavo Freytag la tragedia de los años posteriores de Lutero: "Quien está escogido por el destino para crear de nuevo lo más grande, destruye, al mismo tiempo, una parte de su propia vida. Cuanto más escrupuloso es, tanto más profundamente siente, en su interior, el corte que ha dado en el orden del mundo. Este es el secreto dolor, hasta, el arrepentimiento, de todo gran pensamiento histórico". Por primera vez, se muestra ahora, hasta en este hombre duro y en general inconciliable, una leve voluntad de composición, y sus partidarios, que antes tensaban en él la voluntad, hasta con exceso, incluso los príncipes alemanes, se han vuelto ahora más prudentes desde que notan que Carlos V, su señor y emperador, vuelve a tener el brazo libre y armado de buen hierro. Acaso sería aconsejable, piensan muchos de ellos, no ponerse, como rebelde, frente a este señor de Europa: podrían perderse la cabeza y los estados con una rígida obstinación.

Por primera vez, por lo tanto, falta aquella terrible inflexibilidad que, antes y después, rigió las cuestiones religiosas alemanas, y con esta caída de tensión del fanatismo, se crea una inmensa posibilidad de paz, pues si se hubiera logrado una inteligencia, en el sentido de Erasmo, entre la antigua Iglesia y la nueva doctrina, entonces Alemania y el mundo habrían vuelto a verse unidos en lo espiritual, y podrían haber sido evitadas la guerra religiosa de los Cien Años, la guerra civil, la de los Estados, con todas sus horribles destrucciones de valores culturales y materiales. Habría estado asegurada en el mundo la superioridad moral de Alemania, evitada la ignominia de las persecuciones por motivo de fe. Ya no tendría que haberse vuelto a encender ninguna hoguera, el Index y la inquisición no habrían necesitado poner sus crueles marcas de fuego en la libertad del espíritu, una ilimitada miseria habría sido ahorrada a la castigada Europa. En realidad, sólo un pequeño trecho es el que separa ya a los adversarios. Si queda dominado por el acercamiento de una y otra parte, entonces habrá vencido, de nuevo, la causa de la razón, del humanismo y del Erasmo.

Rica en perspectivas favorables para una tal inteligencia es también esta vez, aparte de lo dicho, la circunstancia de que la representación de la causa protestante no está en las inflexibles manos de Lutero sino en las más diplomáticas de Melanchthon. Este hombre, notablemente suave y noble, a quien la iglesia protestante celebra como el amigo y auxiliar más fiel de Lutero, fue también, de modo extraño, durante toda su vida, un fiel venerador de su gran adversario y un discípulo inconmovible de Erasmo.

Por el carácter de su ánimo, por su naturaleza reflexiva, se encuentra quizás más cerca de la concepción humanística y humana de la doctrina evangélica en el sentido de Erasmo, que del duro y severo formulismo de Lutero; pero la persona y la fuerza de Lutero actúan sobre él, sometiéndolo sugestivamente.

En Wittenberg, en su proximidad inmediata, Melanchthon se siente plenamente sometido y entregado a la voluntad de Lutero, le sirve humildemente con todo' el celo de su pensante espíritu, claro y organizador. Mas aquí, en Augsburgo, por primera vez apartado de la hipnosis provocada en él por el guiador, puede también desplegarse la otra parte de su naturaleza, puede por fin desarrollarse sin trabas lo erasmista que tiene en sí Melanchthon. Sin reserva, presta su asentimiento Melanchthon, en estas sesiones de Augsburgo, a la más extrema reconciliación; va hasta tan lejos en sus concesiones, que ya casi llega a tener un pie, otra vez, dentro de la antigua Iglesia. La Confesión de Augsburgo, personalmente redactada por él, porque Lutero, según reconoce, "no puede pisar de un modo tan dulce y suave", no contiene, a pesar de sus fórmulas claras y habilidosas, nada groseramente provocador para la Iglesia católica; en la discusión, se eluden previsoramente, con el silencio, ciertas importantes cuestiones discutibles.

De este modo, queda sin ser tratada la doctrina de la predestinación, por la cual Lutero había luchado tan agriamente con Erasmo; igualmente, los puntos más espinosos como el derecho divino del pontificado, el carácter indelebilis, inextinguible, del sacerdocio, el número de los sacramentos. Por ambas partes, se oyen palabras sorprendentemente conciliadoras. Melanchthon escribe: "Veneramos la autoridad del Romano Pontífice y toda la piedad de la Iglesia sólo con que el papa no nos rechace"; por la otra parte, declara un representante del Vaticano, de modo semioficial, que es discutible la cuestión del matrimonio de los clérigos y de la comunión bajo las dos especies de los laicos. A pesar de todas las dificultades, una leve esperanza llena ya a los participantes. Y si estuviera allí, ahora, un hombre de alta autoridad moral, un hombre de interna y apasionada voluntad de paz; si emplease toda la fuerza de su elocuencia en la mediación, el arte de su lógica, la maestría de sus fórmulas de lenguaje, acaso podría aún, en el último momento, llevar a una unidad a protestantes y católicos, pues con ambos está íntimamente ligado, con los unos por la simpatía y con los otros por la fidelidad, y el pensamiento europeo se habría salvado.

Este hombre, único y solo, es Erasmo, y el emperador Carlos V, el señor de ambos mundos, lo invitó expresamente para la dieta imperial y anticipadamente prometió él su intervención y consejo. Pero, trágicamente, se repite la forma usual del destino de Erasmo: a este hombre que prevé las cosas, y que, sin embargo, jamás se atreve a dar la cara en lo que debe hacerse, sólo le fue dado reconocer siempre, como ningún otro, en toda su trascendencia, los momentos de importancia histórica; mas, sin embargo, omite el acto que lo resolvería todo, por debilidad personal, por incurable ausencia de ánimo.

Renuévase aquí su culpa histórica: exactamente, lo mismo que en la dieta de Worms, falta también Erasmo en la de Augsburgo; no puede decidirse a aparecer en persona para sostener su causa, para defender su convicción. Cierto que escribe cartas, muchas cartas, a uno y otro partido; cartas muy prudentes, muy humanas, muy convincentes; trata de inducir a sus amigos de ambos campamentos, a Melanchthon, y, por la otra parte, al enviado del papa, a que coincidan hasta lo más extremo. Pero jamás la palabra escrita, en una hora tirante del destino, tiene la fuerza de la exclamación viva y cálida de sangre, y además, también Lutero envía desde Coburgo mensaje tras mensaje, para hacer más duro e inflexible a Melanchthon de lo que querría su íntima naturaleza. Por último, vuelven a ponerse otra vez tirantes las relaciones, porque falta, con su propia persona, el auténtico y genial mediador: en innumerables discusiones, es triturado el pensamiento de una composición, como un fecundo grano de trigo entre las ruedas del molino. El gran concilio de Augsburgo desgarra definitivamente a la cristiandad, a la que debía haber vuelto a unir, en dos opuestas partes de fe; en lugar de la paz, se alza la discordia sobre el mundo. Lutero saca duramente su conclusión: "Si resulta una guerra, nada importa: bastante hemos rogado y hecho nosotros". Y Erasmo dice trágicamente: "Si vieras originarse en el mundo espantosas confusiones, acuérdate entonces de que Erasmo lo había predicho".

Desde este día, cuando su idea "erasmista" tuvo su última y decisiva derrota, este hombre viejo, en su biblioteca de Freiburg, no es ya nada más que un ser inútil, una sombra pálida de su antigua gloria. Y él mismo siente mejor que nadie que a un hombre de silenciosa condescendencia le falta lugar "en esta edad ruidosa, o mejor dicho, furiosa". ¿Para qué arrastrar aún más largo tiempo este cuerpo, frágil y reumático, por este mundo ajeno ya a todo espíritu de paz? Erasmo está cansado de la vida a la que tanto amó en otro tiempo; conmovedoramente, brota de sus labios la súplica de "que Dios me llame por fin a sí fuera de este mundo lleno de furor". Pues ¿dónde queda todavía lugar para lo espiritual, si el fanatismo trata a latigazos a los corazones? El alto imperio humanístico, por él edificado, está asaltado por los enemigos y ya medio conquistado; pasados están los tiempos de la "eruditio et eloquentia"; los seres humanos no prestan ya atención a la palabra, fina y bien ponderada, de la poesía, sino sólo a la grosera y ardorosa de la política. El pensamiento ha decaído hasta el delirio colectivo; se ha puesto el uniforme de luterano o de papista; los sabios no luchan ya con elegantes cartas y folletos, sino que se arrojan unos a otros, a modo de las mujeres del mercado, groseras y ordinarias palabras injuriosas; nadie aspira a comprender al otro, sino que cada cual quiere imprimir poderosamente su doctrina en el prójimo, como una marca de fuego. Y ¡ desgraciados de aquellos que pretendan permanecer apartados y se agarren a sus propias convicciones! Contra los que quieren estar entre los partidos y por encima de ellos se dirige un odio doblado. ¡Qué solitario llega a estar en tales tiempos el que sólo depende de lo espiritual! ¡Ay! ¿para quién se ha de escribir todavía, si en medio de los ladridos y chillería política los oídos se han hecho sordos para los finos tonos intermedios, para la ironía delicada y penetrante? ¿Con quién disputar teológicamente sobre ciencia de Dios, desde que ha caído en manos de doctrinarios y fanáticos, los cuales, como último y mejor argumento de la razón que tienen, acuden a la soldadesca, a las tropas de caballería y a los cañones ? Ha comenzado una batida contra los que no piensan como la generalidad y los que piensan libremente; la dictadura del pensar unilateral.

Créese servir al cristianismo con mazas de armas y espadas de verdugo, y, precisamente, de los más espirituales, de los más osados entre los pensadores religiosos, se apodera la más ruda violencia. Ha llegado el tumulto que Erasmo había predicho: de todos los países arrojan mensajes de espanto sobre su desesperado y fatigado corazón. En París han quemado a fuego lento a su traductor y discípulo Berquin; en Inglaterra, sus queridos John Fisher y Tomás Monis, sus más nobles amigos, han sido arrastrados bajo el hacha del verdugo (¡dichoso quien tiene fuerzas para ser mártir de su fe!) y Erasmo balbucea al recibir el mensaje: "Es para mí como si yo mismo hubiera muerto con ellos". Zwingli, con el cual frecuentemente ha cambiado cartas y palabras amables, ha sido muerto a mazazos en el campo de batalla de Kappel; Tomás Münzer, martirizado hasta la muerte con tales torturas como los paganos y los chinos no habrían sabido imaginar mas horrorosas. A los anabaptistas se les arranca la lengua; a los predicadores los despedazan con tenazas al rojo y los tuestan amarrados al poste de los herejes; saquean las iglesias, queman los libros, queman las ciudades. Roma, la maravilla del mundo, ha sido asolada por los lansquenetes. . . ¡Oh Dios, qué bestiales instintos se desencadenan rugientes en tu nombre! No, el mundo no tiene ya espacio para la libertad de pensamiento, para la comprensión y la tolerancia, estas ideas originarias de la doctrina humanista. Las artes no pueden prosperar en un terreno tan ensangrentado; se ha terminado para decenios, para siglos, acaso para siempre, el tiempo de una comunidad supernacional, y también el latín, está última lengua de la Europa unida, la lengua de su corazón, perece: ¡pues perece tú también, Erasmo! Pero, ¡fatalidad de su vida!, aún otra vez, pero la última, tiene ahora que ponerse nuevamente en camino este eterno nómada. Aún otra vez, casi a los setenta años, huye súbitamente de su casa y hogar. Le ha acometido un ansia plenamente inexplicable de abandonar Freiburg para trasladarse a Brabante, cuyo duque lo ha llamado desde allí; pero en lo profundo, otra cosa es la que lo llama: la muerte. Una misteriosa intranquilidad se ha apoderado de él, y aquel que durante toda su vida fue un cosmopolita, un consciente hombre sin patria, experimenta ahora la necesidad, angustiosa y afectuosa, de ver la tierra natal. El cuerpo fatigado quiere volverse al sitio de donde ha salido; un presentimiento le dice que su viaje por la vida toca a su término.

Pero no alcanza ya su objeto. En un cochecillo de viaje, de los que en general sólo son utilizados por las mujeres, han llevado a Basilea al hombre caduco; allí el anciano quiere descansar y esperar aún durante algún tiempo, hasta que comience el deshielo y con la primavera pueda trasladarse a Brabante, en su patria. Mientras tanto, le retiene Basilea; aquí siempre hay todavía algún calor espiritual; aquí viven aún algunos amigos fieles, el hijo de Froben, Amerbach y otros. Éstos cuidan de la cómoda instalación del enfermo, lo llevan a su casa. Y también está allí todavía la antigua imprenta, y, feliz de nuevo, puede presenciar la transformación de lo pensado y escrito en palabra impresa; respirar el craso olor de las prensas; tener entre las manos los libros, bella y claramente impresos, y celebrar con ellos sus diálogos maravillosamente silenciosos, bellamente pacíficos e instructivos. Del todo en paz y apartado del mundo, demasiado fatigado, ya sin fuerzas para abandonar la cama durante más de cuatro o cinco horas cada día, pasa Erasmo el último tiempo de su vida con un interno frío. Tiene la sensación de estar olvidado y proscripto, pues los católicos ya no lo solicitan y los protestantes se mofan de él; nadie le necesita, nadie solicita ya su juicio y sentencias. "Mis enemigos aumentan, mis amigos desaparecen", quéjase desesperadamente el solitario, para quien el humano trato espiritual fue la mayor belleza y la mayor dicha de la vida.

Pero ved: aún otra vez, como una golondrina retrasada que golpea en una ventana ya invernal y cubierta de hielo, una palabra de respeto y de saludo llama a su puerta. "Todo lo que soy y lo que valgo lo he recibido únicamente de ti, y, si yo no quisiera reconocer esto, sería el hombre más desagradecido de todos los tiempos. Salve itaque etiam atque etiam, pater amantissime, pater decusque patriae, literarum assertor, veritatis propugnator invictissime. Te saludo y otra vez te saludo, padre amado y honor de la patria, espíritu protector de las artes, invencible combatiente por la verdad". El nombre de la persona que escribe estas palabras ha de brillar por encima del suyo; es Francois Rabelais, que, en la aurora de su gloria juvenil saluda al crepúsculo del moribundo maestro. Y después viene todavía otra carta, una carta de Roma. Impacientemente la abre Erasmo, el septuagenario, y la deja a un lado, sonriendo amargamente. ¿No se están burlando de él? El nuevo papa le ofrece un capelo cardenalicio con la más rica prebenda, a él, que durante toda su vida, a causa de su libertad, ha huido despreciativamente de todos los cargos de este mundo. Con superioridad, se mega a recibir este honor casi ofensivo. "¿Debo yo, hombre moribundo, echar sobre mí cargas que he rechazado durante toda mi vida?" No, morir libre como libre ha vivido. Libre y sin hábitos ni uniformes, sin condecoraciones ni honores terrenos, libre como todos los solitarios y solitario como todos los libres.

El eterno y más fiel amigo de toda soledad y su consuelo, el trabajo, permanece hasta el último momento junto al enfermo. Tendido en la cama, con el cuerpo retorcido de dolores y manos temblorosas, escribe y escribe, día y noche, sus comentarios sobre Orígenes, folletos y cartas. Ya no escribe por la gloria ni por el dinero, sino únicamente por el misterioso placer de aprender por medio de la espiritualización de la vida y de vivir otra vez con mayor fuerza gracias a lo aprendido: aspirar ciencia y exhalar ciencia; sólo esta eterna diástole de toda existencia terrena, sólo este movimiento circular mantiene todavía en curso su sangre; activo hasta el último momento, refugiase en el santo laberinto del trabajo para escapar de un mundo al cual ya no conoce ni comprende, un mundo que ya no quiere conocerlo ni comprenderlo a él. Finalmente, la gran portadora de paz se acerca a su lecho. Y ahora que está cerca de ella, de la muerte, a la que Erasmo ha temido de un modo tan excesivo durante toda su vida, el hombre fatigado la contempla tranquilo y casi con gratitud. Su espíritu aún permanece claro hasta la despedida, todavía compara a los amigos que rodean su cama, Groben y Amerbach, con los amigos de Job y conversa con ellos en el latín más bruñido y rico de ingenio. Pero después, en el último minuto, cuando ya la falta de aliento le aprieta la garganta, ocurre algo extraño: el gran sabio humanista, que durante toda su vida sólo ha hablado y escrito en latín, olvida súbitamente esta lengua habitual, y para él la más natural, y, en el temor primitivo de la criatura ante la muerte, sus labios, entumecidos, balbucean de repente el "Heve God", aprendido de niño en su patria: la primera palabra y la última de su vida tienen idéntico acento neerlandés. Y después, sólo un suspiro y tiene ya lo que tan profundamente ha anhelado para toda la humanidad: la paz.

 

EL LEGADO DE ERASMO

En Florencia, en la misma época en que el moribundo Erasmo deja a las generaciones venideras, como noble tarea, su legado espiritual de una concordia europea, aparece uno de los libros más decisivos y osados de la Historia Universal, el famoso Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. En este manual, matemáticamente claro, de política de potencia y de buen éxito sin consideración a cosa alguna, están palpablemente formulados, como en un catecismo, los principios más opuestos al erasmismo. Mientras Erasmo exige de los príncipes y pueblos que subordinen, voluntaria y pacíficamente, en aras a la fraternal comunidad de todos los hombres, sus pretensiones egoístas e imperialistas, Maquiavelo eleva la voluntad de potencia, la voluntad de energía de cada príncipe y de cada nación hasta ser el supremo y único objeto de su pensamiento y acción. Todas las fuerzas de una comunidad nacional tienen que servir al pensamiento de la nacionalidad con el fervor de una idea religiosa; la razón de Estado, el extremo desarrollo de la propia individualidad nacional tiene que ser para ellos el único y visible fin propio y culminante de toda evolución histórica, y su realización, sin miramiento alguno, la más alta tarea dentro de los acontecimientos del mundo; para Maquiavelo, el sentido final es el poder y el desplegamiento del poder, para Erasmo, la justicia.

Con ello, quedan fundidas para todos los tiempos, en su propia forma espiritual, las dos grandes y eternas maneras fundamentales de toda política universal' la práctica y la ideal, la diplomática y la ética, la política de Estado y la política de humanidad. Para Erasmo, el filosófico contemplador del mundo, la política pertenece a la categoría de la ética, en el sentido de Aristóteles, de Platón y de Tomás de Aquino: el príncipe, el guiador del Estado tiene, por encima de todo, que ser un servidor de lo divino, interpretador de ideas morales. Para Maquiavelo, el hombre del oficio, el diplomático familiarizado con el ejercicio práctico de las cancillerías de Estado, la política, por el contrario, representa una ciencia amoral y plenamente independiente. Tiene tan poco que ver con la ética como con la astronomía o la geometría. El príncipe y el jefe del Estado no tienen para qué soñar con la humanidad, ese concepto vago e inabarcable, sino contar con los hombres de un modo en absoluto antisentimental, como con el único material sensible que les es dado utilizar, y aprovechar sus fuerzas y flaquezas con toda la intensidad que, en su provecho y en el de su nación, permita la psicología; clara y fríamente, tienen que usar de tan escasa consideración, y tolerancia con sus adversarios como un jugador de ajedrez, sino que, por todos los medios, permitidos y no permitidos, deben adquirir para su pueblo la más alta medida alcanzable de provechos y predominio. El poder y el incremento del poder son para Maquiavelo el deber más alto, y el buen éxito, el derecho decisivo de un príncipe y un pueblo.

En el terreno real de la Historia, la concepción de Maquiavelo, que glorifica el principio de la fuerza, ha sabido abrirse camino, naturalmente. No la política de la humanidad, reconciliadora y compensadora, no la política "erasmista", sino la política del poder nacional, dispuesta a aprovechar toda ocasión en el sentido del Príncipe, ha determinado, desde entonces el dramático desenvolvimiento de la Historia europea. Generaciones enteras de diplomáticos han aprendido su frío arte en el libro de cálculo político del cruelmente perspicaz florentino; con sangre y hierro han sido dibujadas las fronteras entre las naciones, para desdibujarlas siempre de nuevo. La oposición, y no la colaboración, es lo que ha obligado a surgir apasionadas energías de lodos los pueblos de Europa. Nunca, hasta ahora, por el contrario, el pensamiento erásmico ha determinado la historia ni tenido influencia visible en la formación del destino europeo: el gran sueño humanístico de la resolución de las oposiciones en el espíritu de justicia, la anhelada unión de las naciones bajo el signo de una cultura común, ha seguido siendo una utopía, no ejecutada, y acaso (nunca ejecutable dentro de nuestra realidad.

Pero en el mundo espiritual, hay espacio para todo lo contradictorio: también lo que, en la realidad, nunca se aparece como victorioso, sigue siendo allí eficaz como fuerza dinámica, y precisamente los ideales irrealizables son los que se muestran como invencibles. Una idea que no llega a verse encarnada es, por ello, invencible, ya que no puede probarse su falsedad; lo necesario, aunque se dilate su realización, no por eso es menos necesario; muy a la inversa, sólo los ideales que no se han gastado y comprometido por la realización continúan actuando en cada generación como elemento de impulso moral. Sólo las ideas que no han sido cumplidas retornan eternamente. Por eso, en lo espiritual, no significa una desvaloración el que el ideal humanista, el erasmista, este primer intento visible de una inteligencia europea, no haya llegado nunca a la soberanía, y apenas, alguna vez, a ejercer algún efecto político. No incide en la esencia de la voluntad superpartidista el llegar a ser alguna vez un partido y una mayoría, y apenas puede esperarse que aquella santísima y sublime forma de vida de la serenidad goethiana pueda llegar jamás a ser forma y sentido del alma de las muchedumbres. Todo ideal humanístico, fundamentado en la amplitud de la concepción del mundo y la claridad del corazón, está destinado a no pasar de la situación de ideal espiritual y aristocrático, dado a muy pocos y administrado por éstos como una herencia que va de espíritu en espíritu y de generación en generación; pero, por otra parte, esta fe en un futuro destino de nuestra humanidad nunca se verá extraviada por completo en ningún tiempo, aunque éste sea de los más revueltos. Lo que Erasmo, este anciano desengañado, y sin embargo no excesivamente desengañado, nos dejó como herencia en medio de la confusión de la guerra y de las disensiones europeas, no era otra cosa si no el renovado y soñado antiquísimo deseo de todas las religiones y mitos de una futura y continua humanización de la humanidad y de un triunfo de la razón, clara y justa, sobre las pasiones egoístas y pasajeras: por primera vez dibujado de un modo pragmático, con mano insegura y frecuentemente abatida, este ideal, dotado de esperanzas siempre nuevas, se ha vivificado ante las miradas de diez o veinte generaciones europeas. Nada de lo que alguna vez fue pensado y dicho con claro espíritu y pura fuerza moral es del todo baldío; aun formado por una débil mano y de modo solamente imperfecto, incita al espíritu moral a una siempre renovada formación. Se conservará la gloria del Erasmo vencido en nuestro orbe terreno; la de haber señalado literariamente su camino en el mundo a la idea del humanismo; a la idea, la más sencilla y al mismo tiempo eterna, de que el supremo tema de la humanidad es llegar a ser cada vez más humana, cada vez más espiritual y comprensiva. Después de él, su discípulo Montaigne, para quien significa "la inhumanidad el peor de todos los vicios", "que je n´ai point le courage de concevoir sans horreur", sigue pronunciando el mensaje de la comprensión y la tolerancia. Spinoza reclama el "amor intellectualis" en vez de las ciegas pasiones; Diderot, Voltaire y Lessing, escépticos e idealistas al mismo tiempo, luchan contra la estrechez de opiniones en favor de una tolerancia que todo lo comprenda. En Schiller resucita el mensaje de la ciudadanía universal armado de poéticas alas; en Kant, la exigencia de la eterna paz; repetidamente, hasta Tolstoi, Gandhi y Rolland, el espíritu de concordia reclama, con fuerza lógica, sus derechos morales, junto al violento derecho del más fuerte. De nuevo, una y otra vez, precisamente en los momentos de más celosa separación, se abre camino la fe en una posible reconciliación de la humanidad, pues el género humano no podrá jamás vivir y crear sin este delirio consolador de una ascensión moral, sin este sueño de una última y final comprensión. Y aunque los cautos y fríos calculadores puedan volver a demostrar siempre la falta de porvenir del erasmismo, y aunque la realidad parezca darles cada vez la razón, siempre serán necesarios aquellos espíritus que señalan lo que liga entre sí a los pueblos más allá de los que los separa y que renuevan fielmente, en el corazón de la humanidad, la idea de una edad futura de más elevado sentimiento humano. En este legado actúa creadoramente una gran promesa.

Pues sólo lo que señala al espíritu el rumbo de lo general humano, por encima del propio campo de su vida, proporciona a cada individuo una fuerza sobre sus fuerzas. Sólo en las exigencias superpersonales y apenas realizables, experimentan los hombres y los pueblos la verdadera y santa medida de su capacidad.

FIN

 


 

 

 

CASTALION CONTRA CALVINO

STEFAN ZWEIG

 

ÍNDICE

CALVINO SE APODERA DEL PODER

LA "DISCIPLINA"

APARECE CASTALIÓN

EL CASO SERVET

EL ASESINATO DE SERVET

EL MANIFIESTO DE LA TOLERANCIA

UNA CONCIENCIA CONTRA LA FUERZA

LA FUERZA SE DESHACE DE LA CONCIENCIA

 

 

 

INTRODUCCIÓN

"Celui qui tombe obstiné en son courage, qui, pour quelque danger de la mort voisine, ne relâche aucun point de son assurance, qui regarde encore, en rendant l'âme, son ennemi d´une vue ferme et dédaigneuse, Il est battu, non pas de nous, mais de la fortune; Il est tué, non pas vainéu: les plus vaillants sont parfois les plus infortunés. Aussi y a-t-il des pertes triomphantes á l'envi des victoires...".

MONTAIGNE.

 

EL mosquito contra el elefante". Al principio produce un extraño efecto esta frase puesta por la propia mano de Sebastián Castalión en el ejemplar de Basilea de su escrito polémico contra Calvino y casi estaríamos a punto de sospechar que hay en ella una de las usuales exageraciones humanísticas.

Pero las palabras de Castalión no fueron pensadas de un modo hiperbólico ni irónico. Con tan tajante comparación, este valiente quería sólo mostrar con toda claridad a su amigo Amerbach, hasta qué punto y de qué modo trágico era patente para él a qué gigantesco adversario desafiaba, al acusar públicamente a Calvino de haber asesinado a un hombre, por pedantesco fanatismo, matando así la libertad de conciencia dentro de la Reforma.

Desde el momento en que Castalión alza, como una lanza, su pluma para esta peligrosa contienda, sabe con precisión la flaqueza de todo ataque puramente espiritual contra la prepotencia de una dictadura, armada de arneses y corazas, y, con ello, la falta de perspectivas victoriosas de su empresa. Pues ¿cómo podría un hombre aislado, inerme, combatir y vencer a Calvino, detrás del cual se alzan millares y decenas de millares de hombres, y además, por encima de eso, toda la máquina militar del poder del citado? Gracias a una magnífica técnica organizadora, logró Calvino convertir toda una ciudad, todo un Estado, con miles de ciudadanos, hasta entonces libres, en un rígido mecanismo de obediencia; extirpar toda autonomía individual, secuestrar toda libertad de pensamiento, en favor de su exclusiva doctrina. Todo lo que posee algún poder en la ciudad y en el Estado se somete a su omnipotencia; la totalidad de las autoridades y potestades, la municipalidad y el consistorio, la Universidad y el tribunal, las finanzas y la moral, los clérigos, las escuelas, los alguaciles, las prisiones, la palabra escrita, la hablada y hasta la murmurada en secreto. Su doctrina se ha convertido en ley, y a quien se atreva a alzar la más suave objeción, en su contra, pronto le enseñan la prisión, el destierro o la hoguera, este sencillo razonamiento que concluye cualquier discusión en toda tiranía espiritual, y es el de que, en Ginebra, sólo se consiente una única verdad y que Calvino es un profeta. Pero aun mucho más afuera de las murallas de la ciudad se extiende el siniestro poder de este hombre siniestro; las ciudades confederadas de Suiza ven en él almas importante coaligado político; el protestantismo universal elige al violentissimus Christianus por su caudillo espiritual, príncipes y reyes esfuérzanse por lograr el favor del adalid eclesiástico que, frente a la católico-romana, ha edificado en Europa la más poderosa organización de la cristiandad. No hay acontecimiento temporal político que se realice ya sin que él lo sepa, apenas ninguno contra su voluntad. Ya llegó a ser tan peligroso enemistarse con el predicador de Saint Fierre, como con el emperador o con el papa.

Y su adversario Sebastián Castalión, el cual, como idealista solitario, en nombre de la humana libertad de pensamiento, proclama su hostilidad contra ésta y cualquier otra tiranía espiritual, ¿quién es? Verdaderamente, — comparado con la fantástica plenitud de poderes de Calvino, — el mosquito contra el elefante. Un nemo, un nadie, un nada, en el sentido de pública influencia, y, además un indigente, un miserable hombre de letras, que, con traducciones y lecciones domésticas, sostiene trabajosamente mujer e hijos; un fugitivo en país extranjero, sin derechos de residencia ni de ciudadanía, doblemente emigrante: como siempre, en tiempos de fanatismo universal, el hombre de sentido humano se alza impotente y completamente solo en medio de los fanáticos combatientes. Durante largos años, este grande y modesto humanista arrastra la más mísera existencia, en las tinieblas de la persecución, en las de la pobreza, siempre en estrechez, pero también siempre libre, porque no está ligado a ningún partido ni se ha consagrado a ningún fanatismo. Sólo siente poderosas llamadas en su conciencia cuando el asesinato de Servet y se alza por encima de sus pacíficas obras literarias para acusar a Calvino en nombre de los violados derechos humanos; sólo entonces crece su soledad hasta lo heroico. Pues, no como a su adversario Calvino, habituado a la guerra cubre y rodea a Castalión una escolta organizada de un modo brutalmente cerrado y según un plan dispuesto; ningún partido, ni el católico ni el protestante, le ofrecen su apoyo; ningún gran señor, ningún emperador ni rey, tienen tendida sobre él su mano protectora, como en otro tiempo sobre Lutero y Erasmo, y hasta los escasos amigos que lo admiran, hasta ellos mismos, sólo en secreto se atreven a infundirle bríos. Pues ¡qué peligroso, qué mortalmente peligroso, es colocarse en público de parte de un hombre que, con impávido corazón, mientras que, en todos los países, los herejes, conforme a las opiniones de la época, son acosados y torturados como bestias de carga, alza su voz en favor de estos seres, esclavos y privados de derechos, y, pasando por encima del caso particular, les niega a todos los poderosos de la Tierra, de una vez para siempre, el derecho a perseguir a cualquier ser humano de esta misma Tierra a causa de sus opiniones! Un hombre que en uno de esos espantosos momentos de tinieblas espirituales, que, de cuando en cuando, caen sobre los pueblos, se atreve a conservar clara y humana su mirada y a llamar por su verdadero nombre a toda piadosa carnicería, aunque en apariencia sea ejecutada para gloria de Dios: ¡crímenes, crímenes y siempre crímenes! ¡Un hombre que provoca al combate, con el más profundo sentimiento humanitario, el único que no puede soportar el silencio y clama al cielo su desesperación por las inhumanidades que se cometen, luchando solo en favor de todos y solo contra todos! Pues nunca debe esperar muchos secuaces, en la eterna cobardía de nuestra terrena estirpe, aquel que alza su voz contra los déspotas y contra los que confieren el poder de la hora. De este modo, tampoco Sebastián Castalión, en las horas decisivas, tuvo detrás de sí a nadie más que a su sombra, y ningún medio de fortuna sino la única e inalienable propiedad del artista luchador: una conciencia inflexible en un alma impávida.

Mas justamente el que Sebastián Castalión conjeturara, desde el principio, la falta de perspectivas favorables de su lucha, y, a pesar de ello, obedeciendo a su conciencia, la emprendiera; este santo "no obstante" y "aunque así sea", glorifica como héroe, para todos los tiempos, a este "soldado desconocido" de la gran guerra de la liberación de la humanidad; ya el valor de haber alzado, aislada y solitariamente, una ardiente protesta contra un terrorismo universal, debe hacer memorable la hostilidad de Castalión a Calvino a los ojos de todo hombre espiritual. Pero también en el planteamiento interno del problema, sobrepasa en mucho esta discusión histórica a su motivo ocasional. Pues aquí no se trata de nada estrictamente teológico, no se trata del ser humano Servet, ni siquiera de la decisiva crisis entre el protestantismo liberal y el ortodoxo: en esta franca exposición de cuestiones es enunciado un problema mucho más dilatado y que se tiende por encima de los tiempos: riostra res agitur; inaugúrase una lucha, que, bajo otros nombres y en otras formas, tiene que volver a ser reñida siempre de nuevo. La teología no significa aquí nada más que una máscara accidental de la época, y hasta Castalión y Calvino sólo aparecen como exponentes sensibles de una invisible, pero irreductible, oposición. Es indiferente el nombre que se quiera dar a los polos de esta tensión permanente: ya tolerancia contra intolerancia, libertad contra tutela, humanidad contra fanatismo, individualidad contra mecanización, conciencia contra violencia; todos estos nombres expresan, en el fondo, una última, íntima y personalísima determinación: la de cuál elemento sea lo más importante para cada sujeto, lo humano o lo político, el ethos o el logos, la individualidad o la comunidad.

Esta implantación de límites entre la libertad y la autoridad, que siempre vuelve a presentarse como cosa precisa, no le es evitada a ningún pueblo, a ninguna época, ni a ningún hombre pensante: pues la libertad no es posible sin la autoridad (pues se convertiría en un caos) ni la autoridad sin la libertad (pues llegaría a ser tiranía). Es indudable que, en el fondo de la naturaleza humana, incide un misterioso afán de autodisolverse en la comunidad; permanece inextinguible nuestro primitivo impulso de encontrar determinado sistema religioso, nacional o social, que aporte para el total de la humanidad, con toda justicia, una paz y un orden definitivos. El Gran Inquisidor de Dostoiewski muestra, con dialéctica cruel, cómo la mayor parte de los hombres temen realmente a su propia libertad, y, en forma positiva, por fatiga frente a la agotadora pluralidad del problema, frente a la complicación y responsabilidad de la vida, la gran masa anhela una mecanización del mundo por medio de un orden definitivo, aplicable a todos, absoluto, que les quite de encima el trabajo de pensar. Esta mesiánica nostalgia de la supresión de los problemas de la existencia constituye el auténtico fermento que allana los caminos de todos los profetas sociales y religiosos: cuando los ideales de una generación han perdido su fuego y sus colores, necesitase sólo que se alce un hombre sugestivo y que sea declarado perentoriamente que él, y sólo él, ha encontrado o inventado las fórmulas nuevas; así, la confianza de millares de hombres se precipita hacia el presunto redentor de un pueblo o del mundo: una nueva ideología crea siempre al principio (y éste es su auténtico sentido metafísico) un nuevo idealismo sobre la tierra. Pues aquel que regala a los hombres con una nueva creencia en la unidad y en la pureza suscita primeramente en ellos las más santas fuerzas: su voluntad de sacrificio, su entusiasmó. Millones de seres humanos, como por efecto de un hechizo, están dispuestos a dejar que se apodere de ellos aquel hombre, a que su espíritu sea fecundado por él, hasta a ser esclavizados; y cuanto más exige de ellos tal proclamador y prometedor, más rendidos se le muestran. Aquello que aun ayer constituía su placer más alto, la libertad, arrójanlo de sí gustosos, por amor a él, para dejarse guiar aun más sin resistencia, y la antigua frase de Tácito "ruere in servitium" vuelve a cumplirse una y otra vez, en forma que, con una ardiente embriaguez de solidaridad, los pueblos se arrojan voluntariamente en la servidumbre y todavía glorifican al látigo con que se les golpea.

Ahora, para todo hombre espiritual, habría algo sublime en el pensamiento de que siempre es una idea, la fuerza más inmaterial de la Tierra, lo que realiza semejante inverosímil milagro de sugestión en nuestro mundo viejo, prosaico y dominado por la técnica, y con facilidad se caería en la tentación de admirar y celebrar a estos fascinadores del mundo por haber logrado con el espíritu transformar a la obtusa materia. Pero, de un modo fatal, estos idealistas y utópicos, inmediatamente después de su victoria, sé revelan como los peores traidores del espíritu. Pues el poder impulsa a la omnipotencia, la victoria al abuso de la victoria, y, en lugar de contentarse con haber entusiasmado a tantos hombres con su fe en su persona, hasta el punto de que están alegremente dispuestos a vivir y aun a morir por él, todos estos conquistadores caen en la tentación de transformar la mayoría en unanimidad y de querer imponer también su dogma a los que no pertenecen a ningún partido; no les basta con sus gentes acomodaticias, sus alabarderos, sus almas esclavas, los eternos concurrentes a todo movimiento, no, también quieren poseer como lisonjeadores y siervos suyos a los seres libres, a los pocos independientes, y, para erigir su dogma en exclusivo, estigmatizan como criminal, con el poder del Estado, toda opinión adversa. Eternamente, en todas las ideologías religiosas y políticas, se renueva esta maldición de que degeneren en tiranía tan pronto como se convierten en dictaduras. Más desde el momento en que un ser espiritual no confía ya en la fuerza inmanente de su verdad, sino que acude al poder seleccionador, le ha declarado ya la guerra a la libertad humana. No importa cuál sea la idea de que se trate: todas y cada una de ellas, desde el momento en que acuden al terror para uniformar y reglamentar ajenas convicciones, no son ya idealismo sino brutalidad. Hasta la verdad más pura, si es impuesta a otros hombres con violencia, se convierte en pecado contra el espíritu.

Mas el espíritu es un elemento misterioso. Inaprensible e invisible como el aire, parece acomodarse indulgente a todas las formas y fórmulas. Y esto lleva siempre engañados a los caracteres despóticos a la creencia de que se le puede exprimir por completo, encerrarlo, encorcharlo y servirlo mansamente en botellas. Pero con toda opresión se desarrolla su fuerza dinámica de reacción y justamente cuando está apretado y comprimido se convierte en fulminante y explosivo; toda opresión conduce, más pronto o más tarde, a una rebelión. Pues a la larga — ¡eterno consuelo! — es indestructible la independencia moral de la humanidad. Jamás triunfó, hasta ahora, el imponer dictatorialmente a toda la Tierra una única religión, una única filosofía, una única forma de opiniones, y jamás habrá de triunfarse en tal empresa, pues el espíritu siempre sabrá resistirse a todo sometimiento a servidumbre, siempre sabrá negarse a pensar según formas prescritas, a achatarse y a languidecer, a dejarse regir con cicatería y uniformidad. ¡Qué vulgar y vano es, por ello, todo esfuerzo que pretenda reducir a un común denominador la divina pluralidad de la existencia, dividir toda la humanidad en negra o blanca, en buenos y malos, en temerosos de Dios y herejes, en obedientes al Estado y en enemigos suyos, por razón de principios sólo establecidos en virtud del derecho de la fuerza! En todos los tiempos han de encontrarse espíritus independientes para sublevarse contra tal opresión de la libertad humana, "conscientious objectors", hombres decididos que se nieguen a servir a pesar de toda coacción de las conciencias y jamás podría darse una época tan bárbara, jamás una tiranía tan sistemática, sin que algunos individuos aislados hayan sabido zafarse a la opresión general de las masas y defiendan su derecho a una convicción personal contra los violentos monomaniacos que tratan de imponer su verdad, única y exclusiva. También el siglo XVI, aunque muy semejante al nuestro en la sobreexcitación de sus desaforadas ideologías, conoció algunas de esas almas, libres e insobornables. Si se leen las cartas de los humanistas de aquellos días, siéntese fraternalmente su profundo duelo por las perturbaciones causadas en el mundo por la violencia; con emoción, se sufre con ellos la repugnancia de su alma ante la estúpida gritería de mercado con que requieren al público los dogmáticos, cada uno de los cuales pregona: "Lo que enseñamos es verdadero y falso lo que no es enseñado por nosotros". ¡Ah! ¡Qué espanto estremece a estos conscientes ciudadanos de la Tierra ante estos inhumanos mejoradores de la humanidad, que han hecho irrupción en su mundo que cree en la belleza, y, con espumarajos en la boca, proclaman su brutal ortodoxia! ¡Oh! ¡Qué repugnancia experimentan en lo más profundo de sí mismos ante ese Savonarola, ese Calvino, ese John Knox, que quieren extirpar la belleza de sobre la Tierra y convertir el mundo en un seminario de moral! Con trágica perspicacia, reconocen todos aquellos hombres, sabios y humanos, el daño que estos frenéticos pedantes del fanatismo tienen que traer a Europa; ya escuchan el retiñir de las armas detrás de sus palabras exaltadas, y adivinan, en este odio, la inminente y espantosa guerra. Pero, aun sabiendo la verdad, estos humanistas no osan, sin embargo, combatir por ella. Casi siempre en la vida están repartidos los destinos: los que conocen no son los que hacen y los que hacen no son los que conocen. Todos estos trágicos y afligidos humanistas se escriben, unos a otros, conmovedoras y artísticas epístolas; se quejan, detrás de las cerradas puertas de sus cuartos de trabajo, pero ninguno se presenta en público y se opone al Anticristo. De cuando en cuando, desde la sombra, atrévese Erasmo a lanzar algunas flechas; Rabelais arranca con el látigo descomunales carcajadas bajo su traje de bufón; Montaigne, ese noble y prudente filósofo, pone en sus Ensayos las más elocuentes palabras, pero ninguno de ellos intenta intervenir seriamente e impedir ni una sola de aquellas infames persecuciones y ejecuciones. Con locos furiosos, según reconocen todos estos conocedores del mundo y que se han hecho prudentes por ello, no debe combatir el sabio; lo mejor, en tales tiempos, es refugiarse a la sombra, para no ser cogido y sacrificado.

Pero Castalión, — y ésta es su inmarcesible gloria — es el único de todos estos humanistas que avanza resueltamente al encuentro de su destino. De modo heroico, se atreve a alzar la voz en favor de los compañeros perseguidos y con ello se juega su propia existencia. Totalmente libre de fanatismo, aunque amenazado a cada instante por los fanáticos; en absoluto libre de pasión, pero con una firmeza tolstoyana, alza, como una bandera, por encima de aquellos furibundos tiempos, su declaración de que ningún hombre debe ser forzado jamás en sus opiniones y que sobre la conciencia de un ser humano no le es lícito nunca ejercer violencia a ninguna potestad de la Tierra; y como esta declaración no la formula en nombre de ningún partido sino en el del imperecedero espíritu de la humanidad, sus pensamientos, lo mismo que algunas de sus palabras, han quedado por encima del curso de los tiempos. Siempre, cuando están formulados por un verdadero artista, conservan su sello los pensamientos de un universal valor humano, que trascienden por encima de todos los tiempos; siempre son de mayor duración las declaraciones que enlazan al mundo entero que las particulares, doctrinarias y agresivas. Como modelo, sin embargo, para todas las generaciones posteriores debería ser conservado el valor, no por nadie imitado y digno de serlo, de este hombre olvidado. Pues cuando Castalión, a despecho de todos los teólogos del mundo, llama a Servet, víctima de Calvino, un asesinado inocente; cuando contra todos los sofismas de Calvino arroja estas inmortales palabras: "Matar a un hombre no es nunca defender una doctrina sino matar a un hombre"; cuando proclama, en su Manifiesto de la Tolerancia, de una vez para siempre, (mucho antes de que lo hagan Locke, Hume, Voltaire y de modo mucho más magnífico que ellos) el derecho a la libertad de pensamiento, entonces este hombre, como prenda de sus convicciones, se juega su vida. No, no se intente comparar la protesta de Castalión por el asesinato legal de Miguel Servet con las cien veces más célebres protestas de Voltaire en el caso de Calas y de Zola en el affaire Dreyfus: esas comparaciones no llegan, ni de lejos, a la altura moral de su acción. Pues Voltaire, cuando emprende la lucha en favor de Caías, vive ya en un siglo más humano; fuera de ello, detrás del poeta universalmente famoso, se alza la protección de reyes y de príncipes e igualmente se agolpa como un invencible ejército, detrás de Emilio Zola, la admiración de toda Europa, el mundo entero. Uno y otro arriesgan, con su acto de socorro, mucho de su reputación y de sus comodidades en favor de un destino ajeno, pero no su propia vida, como Sebastián Castalión, — y esta diferencia es decisiva —, el cual, en su combate en favor de la humanidad, sufrió, en todo su asesino furor, la inhumanidad de su siglo.

Del método y hasta el último fondo de sus fuerzas, pagó Sebastián Castalión el precio de su heroísmo moral. Conmueve el ver considerar cómo este proclamador de la benignidad, que no quiere servirse de ninguna otra arma sino de las puramente espirituales, es asfixiado por la fuerza bruta: ¡ay! siempre y en cada caso vuelve a advertirse lo falto de perspectivas de triunfo que se encuentra el hombre aislado, constantemente, sin otro poder detrás de sí que el moral del derecho, cuando se pone a luchar contra una cerrada organización. (Una vez que una doctrina ha conseguido adueñarse de los organismos del Estado y de todos sus instrumentos de presión, acude, sin pensarlo más, al terror; a quien discute su plena potencia se le corta la voz en la garganta, y, en general, también la propia garganta. Calvino no respondió jamás seriamente a Castalión; sólo se propuso hacerlo enmudecer.

Sus libros fueron destrozados, prohibidos, quemados, secuestrados; se arrancó violentamente en el cantón vecino, mediante presión política, la prohibición de que pudiera escribir, y no bien le es imposible ya responder, apenas le es dado ya justificarse, cuando caen calumniadoramente sobre él los alabarderos de Calvino: muy pronto no se trata ya de un combate, sino de una lamentable opresión ejercida sobre quien no puede defenderse. Pues Castalión no puede hablar, no puede escribir; sus obras yacen silenciosas en la anaquelería, mientras que Calvino tiene las imprentas y el pulpito, la cátedra y el sínodo, toda la maquinaria de la fuerza del Estado y la hace funcionar sin compasión alguna; cada paso de Castalión es vigilado, acechada cada una de sus palabras, detenida cada una de sus cartas: no es milagro que tal organización de mil cabezas haya triunfado de un hombre aislado; sólo una muerte prematura salvó literalmente a Castalión de la proscripción o de la hoguera. Pero tampoco ante su cadáver se detiene el odio frenético de los triunfadores dogmáticos. Hasta en la fosa, son arrojadas sobre él, como destructora cal, sospechas y calumnias y se derrama ceniza sobre su nombre; la memoria de este hombre único, que no sólo combatió contra la dictadura de Calvino, sino, en general, contra el principio de toda dictadura espiritual, debe quedar olvidada y perdida para todos los tiempos. La fuerza está a punto de lograr este último extremo contra el inerme; no sólo la acción de este gran humanista sobre aquel tiempo quedó estrangulada por aquella opresión metódica, sino que también, durante muchos años, estuvo ahogada su fama póstuma; aun hoy, un hombre culto no tiene que avergonzarse en modo alguno por no haber leído jamás el nombre de Sebastián Castalión, ni haberlo oído citar siquiera. Pues ¡cómo conocerlo cuando lo más esencial de su obra quedó injustamente apartado de la imprenta por la censura, durante decenios y centenios! Ningún impresor, en la proximidad de Calvino, osaba publicar sus escritos, y mucho tiempo después de su muerte, cuando aparecieron, era ya demasiado tarde para la debida fama. Mientras tanto, otros adoptaron las ideas de Castalión; bajo otros nombres es proseguido el combate en el cual él, el primer adalid, había caído demasiado pronto y casi sin ser notado. Muchos hombres están destinados a vivir en la sombra y morir en la oscuridad: los sucesores han recolectado la gloria de Sebastián Castalión, y aun hoy, en todos los libros escolares, puede leerse la errónea noticia de que Hume y Locke fueron los primeros que difundieron por Europa la idea de la tolerancia, como si la obra de Castalión sobre los heréticos no hubiese sido nunca escrita ni impresa nunca. Está olvidada su gran acción moral, la lucha a causa de Servet; olvidada la guerra contra Calvino, la del "mosquito contra el elefante"; olvidada su obra: una insuficiente imagen de ella dada por la edición conjunta holandesa de sus escritos, algunos manuscritos en Suiza y en las bibliotecas holandesas, algunas frases de gratitud de sus discípulos, eso es todo lo que queda de un hombre, a quien, con unanimidad, sus contemporáneos celebraron no sólo como a uno de los hombres más sabios, sino también como a uno de los más nobles de su siglo. ¡Qué deuda de gratitud hay que pagar aún hoy a este olvidado! ¡La monstruosa injusticia queda todavía por reparar! Pues la Historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista, no toma en cuenta más que los resultados; rara vez echa de menos una medida moral. Sólo contempla al vencedor y deja en la sombra a los vencidos; sin reflexionar, estos "soldados desconocidos" son arrojados a la fosa de los grandes olvidados; nulla crux, milla corona, ninguna cruz ni corona celebra sus actos de sacrificio, desconocidos por haber sido vanos. Mas, en realidad, no se puede calificar de vano ningún esfuerzo emprendido por una pura convicción, ninguna muestra moral de fuerza queda jamás totalmente perdida en el Universo. También, como vencidos, han realizado su sentido los que sucumbieron, los que llegaron demasiado pronto con un ideal que trascendía más allá de su tiempo; pues sólo creando testigos y convencidos que por ella vivan y mueran está viva una idea sobre la Tierra. Ante el espíritu, las palabras "victoria" y "derrota" cobran otra significación diversa, y por ello, será necesario siempre y siempre, en un mundo que sólo contempla los monumentos de los triunfadores, advertir que los verdaderos héroes de la humanidad no son aquellos que, por encima de millones de tumbas y de existencias destrozadas, erigieron su imperio transitorio, sino precisamente aquellos otros que sucumbieron inermes bajo la violencia, como Castalión bajo Calvino, en su lucha por la libertad del espíritu y el ilimitado avance de la humanidad sobre la Tierra.

 

CALVINO SE APODERA DEL PODER

EL domingo, 21 de mayo de 1536, solemnemente convocados por toques de clarín, se reúnen los ciudadanos de Ginebra en la plaza pública y declaran unívocamente, alzando las manos, que desde entonces sólo quieren vivir selon l'évangile et la parole de Dieu, "según el Evangelio y la palabra de Dios". Por el procedimiento del referéndum, esta institución archidemocrática todavía hoy usual en Suiza, es introducida, en la antigua residencia episcopal, la religión reformada como creencia de la ciudad y del Estado, como la única confesión válida y permitida. Pocos años habían sido menester para que la vieja fe católica, no sólo fuera rechazada, sino destruida y extirpada en la ciudad del Ródano. Amenazados por el populacho, huyeron de los conventos los últimos sacerdotes, canónigos, frailes y monjas; sin excepción, todas las iglesias quedan limpias de imágenes y otros testimonios de la "superstición". Este solemne día de mayo, sella ahora el triunfo definitivo: desde este momento, el protestantismo tiene legalmente en Ginebra no sólo la supremacía y la prepotencia, sino que es también el poder único. Esta implantación radical y sin reservas, de la religión reformada en Ginebra es, en lo esencial, obra de un único hombre exaltado y terrorista, del pastor Farel. Naturaleza fanática, frente estrecha pero férrea, temperamento poderoso y al propio tiempo sin escrúpulos, — "nunca en mi vida se me presentó hombre alguno tan arrogante y descarado" dice de él el suave Erasmo, — este "Lutero romano" ejerce un poder que sojuzga y constriñe a las masas. Pequeño, feo, con roja barba y erizados cabellos, inflama al pueblo desde el pulpito, con su voz atronadora y el ilimitado furor de su violenta naturaleza, en una febril rebelión, de sentimientos; lo mismo que Dantón en cuanto político, este revolucionario religioso sabe excitar los dispersos y recónditos instintos de la calle e inflamarlos para un decisivo golpe y ataque. Antes de la victoria, cien veces arriesgó Farel su vida, amenazado con pedradas en pleno campo; preso y desterrado por todas las autoridades; pero, con la primitiva fuerza acometedora y la intransigencia de un hombre dominado por una idea única, desbarata poderosamente toda resistencia. De un modo bárbaro, irrumpe en la iglesia católica con sus fuerzas asaltantes, mientras el sacerdote ofrece en el altar el sacrificio de la misa, y asciende arbitrariamente al pulpito para predicar en medio de los bramidos de sus partidarios contra la abominación del Anticristo. Formó, con chicos de la calle, una masa juvenil popular; pagó bandas de pilludos, que, durante el servicio divino, penetrasen en la catedral, y, con sus gritos, gruñidos y carcajadas, perturbaran el recogimiento; por último, cobrando valor de la afluencia cada vez más fuerte de partidarios, movilizó toda su guardia para un último ataque y los hizo penetrar violentamente en los conventos, arrancar las sagradas imágenes de las paredes y quemarlas. Este método de cruda violencia dio la razón debida a su buen éxito: como siempre, una pequeña pero activa minoría, en cuanto muestra valentía y no repara en usar del terror, amedrenta a una mayoría, grande pero indolente. Cierto que los católicos se quejaron del quebrantamiento del derecho y acudieron a la municipalidad, pero, al mismo tiempo, permanecieron resignados en sus casas, y, sin defensa alguna, acabó por fin el obispo por escaparse y abandonar la ciudad de su residencia a la victoriosa Reforma.

Pero ahora, en el triunfo, se manifiesta que Farel sólo corresponde al tipo del revolucionario improductivo, cierto que capaz, con su arrebato y fanatismo, de abatir un orden antiguo, pero que no está llamado a erigir uno nuevo. Farel es un injuriador pero no un formador, un rebelde pero no un constructor; era capaz, con su furia, de suscitar tormentas contra la Iglesia romana, de excitar el odio de las oscuras masas contra frailes y monjas, podía, con su iracundo puño, romper las pétreas tablas de la antigua ley.

Pero, delante de las ruinas, se queda perplejo y sin objeto. Ahora, que en el lugar de la expulsada religión católica habría que implantar en Ginebra una confesión nueva, desfallece Farel por completo; como espíritu puramente destructor, sólo sabía crear un espacio vacío para lo nuevo, pero jamás puede un revolucionario de las calles aparecer como espíritu constructivo. Con el derribo, queda terminada su acción; para reedificar tiene que surgir otro hombre.

No sólo Farel es el que pasa entonces por este crítico momento de incertidumbre, después de una victoria demasiado rápida; también en Alemania y en el resto de Suiza, vacilan los jefes de la Reforma, discordes e inciertos acerca del tema histórico que les fue adjudicado. Lo que Lulero, lo que Zwinglio habían querido ejecutar originariamente, no había sido otra cosa que una purificación de la Iglesia existente, un retorno de la fe desde la autoridad del papa y de los concilios a la olvidada doctrina evangélica.

Reforma, en un principio, no significaba en realidad otra cosa para ellos sino lo que expresa el sentido literal de la palabra: sólo reformar, mejorar, purificar, reencarnar lo antiguo. Pero como la Iglesia Católica persistiera rígidamente en su, punto de vista y no se encontrara dispuesta a ninguna concesión, acrecentóseles insospechadamente la tarea hasta tener que realizar la religión exigida por ellos fuera de la Iglesia Católica, en lugar de hacerlo dentro de ella; y al instante, al pasar de la destrucción a la producción divórcianse sus espíritus. Naturalmente que nada habría sido tan lógico, como el que los revolucionarios religiosos, Lutero, Zwinglio y los otros teólogos de la Reforma, se hubieran unido fraternalmente para una unitaria forma de fe y práctica de la nueva Iglesia ; pero ¿se consigue alguna vez establecer lo lógico y lo natural en el terreno de la Historia? En lugar de una Iglesia universal protestante, surgen por todas partes iglesias independientes; Wittenberg no quiere aceptar la doctrina divina de Zurich, y Ginebra, a su vez, tampoco adopta los usos de Berna, sino que cada ciudad quiere tener su Reforma, de un tipo diferente en Zurich, Berna o Ginebra; ya en esta crisis, se revela proféticamente la soberbia nacionalista de los Estados europeos en el espejo de disminución del espíritu cantonal. En pequeñas querellas, en teológicas nimiedades y convenios, dilapidan ahora sus mejores fuerzas, Lutero, Zwinglio, Melanchton y Karlstadt, todos los que habían minado reunidos el edificio gigantesco de la Ecclesia Universalis. Del todo impotente, sin embargo, encuéntrase Farel en Ginebra ante las ruinas del antiguo orden: eterna tragedia del ser humano que realizó por completo la misión histórica que le fue atribuida pero que no se siente con altura bastante para sus consecuencias y exigencias.

Por ello, fue una hora venturosa para el trágico triunfador aquella en que, por casualidad, se enteró de que Calvino, el célebre Jehan Calvin, se detenía un día en Ginebra en su viaje a Savoya. Al punto lo visitó en su posada, para pedirle consejo y suplicarle su auxilio para la obra de reconstrucción. Pues aunque fuera casi veinte años más joven que Farel, este hombre de veintiséis años pasaba ya por una autoridad indiscutible. Hijo de un arzobispal perceptor de derechos aduaneros y notario, nacido en Noyon, en Francia, educado en la severa disciplina del Colegio de Montaigu (lo mismo que Erasmo y que Ignacio de Loyola), destinado primero a la clerecía y después a ser jurista, Jehan Calvin (o Chauvin), a causa de haber tomado partido en favor de la doctrina luterana, había tenido que huir, a los veinticuatro años, de Francia a Basilea. Pero para él, en oposición a lo que les ocurre a la mayor parte de las gentes, las cuales, con la patria pierden también su fuerza interna, la emigración fue de provecho. Justamente en Basilea, esa encrucijada de Europa, donde las diferentes formas del protestantismo se encontraban y hostilizaban mutuamente, comprende Calvino, con la genial mirada del espíritu lógico que ve las cosas muy de lejos, cuál es la necesidad del momento. Ya las doctrinas evangélicas, hasta en su propio núcleo, están hechas astillas por tesis cada vez más radicales; ya panteístas y ateos, fanáticos y visionarios comienzan a descristianizar el protestantismo y a ultracristianizarlo; ya ha terminado en Munster, con sangre y horror, la espeluznante tragicomedia de los anabaptistas; ya la Reforma amenaza con despedazarse en sectas aisladas y convertirse en nacional, en vez de alzarse hasta llegar a ser un poder universal, al igual de su antagonista la Iglesia romana. Contra semejante diseminación, según columbra con la más perspicaz seguridad el hombre de veinticuatro años, tiene que ser encontrada una síntesis a su debido tiempo, una cristalización espiritual de la nueva doctrina en un libro, en un esquema, en un programa; tiene que ser por fin trazado un bosquejo creador del dogma evangélico. De este modo, este desconocido y joven jurista y teólogo, con la magnífica osadía de la juventud, se propone desde el primer momento, mientras los auténticos directores andan todavía gruñendo por cosas de detalle, atacar resueltamente el problema total, y, en un año de labor, crea, con sus Institiítio religionis Christianae (1535) el primer esbozo de la doctrina evangélica, el libro de enseñanza y guía, la obra canónica del protestantismo.

Esta Institutio es uno de los quince o veinte libros del mundo de los cuales es lícito decir, sin exageración, que han determinado el curso de la Historia y modificado la fisonomía de Europa; obra la más importante de la Reforma, después de la traducción de la Biblia de Lulero, este libro ejerció desde el primer momento influencia decisiva sobre los contemporáneos, por su lógica inflexibilidad, su constructiva energía. Un movimiento espiritual necesita siempre un hombre de genio que lo comience y un hombre de genio que lo termine. Lutero, el inspirador, puso en marcha a la Reforma; Calvino, el organizador, la detuvo antes de que se quebrara en mil sectas. En cierto sentido, la Institutio vino a terminar del todo la revolución religiosa, lo mismo que el Código de Napoleón la francesa; ambas, al trazar la raya final, realizan su suma; ambas le quitan a un movimiento torrencial, y más que torrencial, el ardiente fluir de su principio para imprimirle la forma de la ley y de la estabilidad. Con ello, de la arbitrariedad ha brotado el dogma; de la libertad la dictadura; de la agitación anímica una severa norma espiritual. A la verdad, como toda revolución que se detiene, también esta revolución religiosa pierde en su grado postrero, algo de su dinámica originaria; pero, como potencia terrena espiritualmente unida, álzase desde ahora, frente a la Iglesia católica, una Iglesia protestante.

Es propio de la fuerza de Calvino el que jamás haya suavizado o modificado la rigidez de sus fórmulas primeras; todas las sucesivas ediciones de su obra, significan en adelante una ampliación, pero en modo alguno una corrección de sus decisivas declaraciones primeras. A los veintiséis años de edad, antes de toda experiencia de la vida, de modo análogo a un Marx o a un Schopenhauer, ha meditado ya lógicamente y hasta sus últimas consecuencias su concepto del Universo, y todos los años sucesivos sólo han de servir para trasplantar al ámbito de la realidad sus ideas organizadoras. Ninguna palabra esencial será modificada ya en su obra, y en primer lugar, nada será modificado ya en su persona; no retrocederá ni un solo paso, ni dará uno único al encuentro de nadie. Con tal hombre, sólo cabe despedazarlo o ser despedazado por él. Es vano todo sentimiento intermedio en su favor o en su contra. No hay elección posible: o negarlo, o someterse a él por completo.

Ya en un primer encuentro, ya en una primera conversación, advirtió al punto Farel todo esto — y en ello hay grandeza humana. Y aunque fuera veinte años mayor, ya desde aquella hora sometióse por completo a Calvino.

Reconociólo como su guía y su maestro, convirtióse desde este instante en su fámulo espiritual, en su súbdito, en su esclavo. Jamás, en los treinta años siguientes, osará, pronunciará Farel ni una sola palabra de contradicción.

En toda lucha, en toda cuestión, tomará el partido de Calvino; se precipitará presuroso ante cualquier llamamiento suyo de donde quiera que llegue, para combatir a su favor y bajo sus órdenes. Como primero, presenta Farel el modelo de aquella obediencia que no pregunta nada, anticrítica, de entrega de sí mismo, que Calvino, el fanático de la subordinación, exige de cada ser humano como su deber supremo.

Una única pretensión alzó hacia él Farel en toda su vida, y ya desde esta misma hora: la de que Calvino, como el único digno de ello, tome a su cargo la dirección espiritual de Ginebra, y que, con su energía reflexiva, acometa la obra de reforma para dar cima a la cual el mismo Farel es demasiado débil.

Calvino dio noticia más tarde de durante cuánto tiempo y con qué violencia se negó entonces a prestar obediencia a esta sorprendente llamada. Siempre para el hombre espiritual es una resolución llena de responsabilidad la de abandonar la pura esfera del pensamiento para ingresar en la turbia política de la realidad. Este miedo secreto apoderóse también de Calvino. Vacila, titubea, alude a su juventud, a su inexperiencia; le suplica a Farel que prefiera dejarlo en su mundo creador de los libros y de los problemas. Por último, Farel se impacienta ante la obstinación de Calvino al sustraerse a su invocación, y con bíblica fuerza profética retumba su voz sobre el hombre indeciso. "Te escudas en tus estudios. Pero, en el nombre de Dios Todopoderoso, te anuncio que caerá sobre ti la maldición de Dios si le niegas tu ayuda a la obra del Señor y te buscas a ti mismo más que a Cristo".

Sólo esta apelación determina a Calvino y decide de su vida. Se declara dispuesto a establecer el orden nuevo en Ginebra: lo que hasta entonces mostró como palabra e idea debe en adelante llegar a ser acción y obra. En lugar de componer un libro, intentará ahora imprimir la forma de su voluntad en una ciudad y en un Estado.

Los contemporáneos son siempre los que menos saben de su tiempo. Los momentos más importantes pasan sin ser notados por delante de su atención y casi nunca la hora realmente decisiva encuentra en sus crónicas la correspondiente consideración. Esto mismo se advierte en el protocolo del consejo de Ginebra del 5 de setiembre de 1536 que consigna la proposición de Farel para emplear de un modo permanente a Calvino como "lecteur de la Sainte Escripture" y ni una sola vez se siente en la obligación de consignar allí el nombre de aquella persona que debía dar a Ginebra gloria ilimitada ante el mundo entero. De un modo seco, el secretario del Consejo anota simplemente el hecho de que Farel propuso que iste Gallus "este francés", continúe en sus funciones de pastor. Eso es todo. ¿Para qué molestarse en deletrear primero el nombre y estamparlo después en el acta? Parece ser sólo una decisión que a nada obliga el conceder un pequeño estipendio a este pastor extranjero que no tiene pan.

Pues el consejo municipal de la ciudad de Ginebra es todavía de opinión de que nada han hecho más que nombrar un empleado de ínfima categoría, que, en adelante, desempeñe su cargo con la misma humildad y obediencia que cualquier maestro de escuela recién colocado o un cajero, o un verdugo.

En todo caso, los honrados consejeros no son gente de letras; no leen en sus horas de ocio, ninguna obra teológica y de fijo que ninguno de ellos ha hojeado siquiera antes de entonces la Institutio religionis Christianoe de Calvino.

Pues sino, se habrán espantado mucho, porque allí, en claras palabras, está soberanamente establecido qué plenitud de poder pretende iste gallus para el pastor dentro de la comunidad: "Claramente debe ser aquí enunciado el poder de que deben estar investidos los pastores de la Iglesia. Como han sido nombrados como administradores y proclamadores de la palabra divina, tienen que atreverse a todo para forzar a los grandes y poderosos de este mundo a que se inclinen ante la Majestad de Dios y le sirvan. Tienen que mandarlo todo, desde lo más alto a lo más bajo; tienen que erigir los dogmas de Dios y quebrantar el imperio de Satán; proteger a las ovejas y extirpar a los lobos; tienen que amonestar e instruir a los dóciles y acusar y aniquilar a los que oponen resistencia. Pueden atar y pueden desatar; pueden fulminar excomuniones, pero todo ello conforme a la palabra de Dios".

Esta frase de Calvino "los pastores tienen que mandarlo todo desde lo más alto hasta lo más bajo", es indudable que pasó inadvertida para los consejeros de Ginebra, sino jamás habrían tendido tan rápidamente las manos hacia este hombre lleno de exigencias. Sin sospecha de que este emigrante francés que llamaban ellos a su iglesia estaba decidido, desde el principio, a ser señor de la ciudad y del Estado, invistiéronle en el cargo y la dignidad. Pero, a partir de este día, queda terminado su propio poder, pues, con la fuerza de su implacable energía, Calvino va a arrebatarlo todo para sí; sin escrúpulo alguno va a llevar a efecto sus exigencias totalitarias, y, con ello, a transformar una república democrática en una dictadura teocrática.

Ya las primeras medidas testimonian la lógica de largo alcance del pensamiento de Calvino y la resolución de su ánimo, consciente de sus metas. "Cuando llegué por primera vez a esta iglesia, — escribe más tarde acerca de esta época de Ginebra, — cuanto había aquí era lo mismo que nada. Se hacían sermones y pare usted de contar. Se recogían las imágenes de los santos y se les prendía fuego. Pero, sin embargo, no había aún ninguna Reforma y todo se encontraba en desorden". Pero Calvino es un ordenador nato: todo lo no sometido a reglas y ajeno a sistema repugna a su naturaleza de exactitud matemática. Si se quiere educar a los hombres en una nueva religión, se tiene primeramente que hacerles saber lo que deben creer y confesar. Tienen que poder distinguir claramente lo que es permitido y lo que es prohibido; todo imperio espiritual, lo mismo que todo imperio terreno, necesita sus visibles fronteras y sus leyes. Por ello, ya al cabo de tres meses, presenta Calvino un catecismo al consejo, el cual, en veintiún artículos, formula, con clara nimiedad, los fundamentos de la nueva doctrina evangélica, y este catecismo — hasta cierto punto el decálogo de la nueva iglesia, — es aceptado por el consejo con una adhesión fundamental.

Pero Calvino no se da por contento con una simple adhesión, exige una obediencia al pie de la letra y sin reserva alguna. No es en modo alguno suficiente para él el que esté formulada la doctrina, pues, con ello, siempre le queda el individuo algo de libertad, hasta el punto y con la extensión que quiera ligarse a ella. Calvino, sin embargo, no soporta jamás ni en ningún sentido la libertad en las cosas de la doctrina y de la vida. Ni un palmo de terreno quiere dejar a la convicción individual, en las cuestiones eclesiásticas y espirituales; la Iglesia, según su concepto, tiene, no sólo el derecho, sino también el deber de obligar fuertemente a todos los hombres a una incondicional obediencia a su autoridad, y ya la mera tibieza debe ser castigada de modo implacable. "Piensen otros lo que quieran, no soy yo de opinión de que nuestro cargo esté reducido a tan estrechos límites que, una vez pronunciado nuestro sermón, tengamos ya con ello terminado nuestro cometido, y nos sea lícito dejar ociosas las manos sobre nuestras rodillas". Su catecismo no debe constituir meramente una línea directora de la fe sino una ley del Estado; por ello, exige del Consejo que los ciudadanos de la ciudad de Ginebra sean obligados por la autoridad a que, individualmente, hombre tras hombre, confiesen y juren públicamente tal catecismo. De diez en diez, los ciudadanos, como niños de la escuela, conducidos por los" "anciens", deben dirigirse a la catedral y allí, alzando sus diestras, prestar el juramento cuyo texto sería leído en alta voz por el secretario de Estado. Pero quien se niegue a prestar este juramento, tiene al punto que ser obligado a abandonar la ciudad. Esto, con toda claridad y de una vez para siempre, quiere decir que de entonces en adelante, a ningún ciudadano le será lícito vivir dentro de las murallas de Ginebra si, en las cuestiones eclesiásticas, disiente, aunque sólo sea en el grueso de un cabello, de las exigencias y concepciones de Juan Calvino. Se acabó en Ginebra la "libertad del hombre de Cristo", exigida por Lutero, el concepto de la religión como un asunto individual de conciencia: el Logas triunfó sobre el Ethos, la letra sobre el espíritu de la Reforma. Se terminó en Ginebra toda especie de libertad desde que Calvino penetró en la ciudad; una única voluntad impera ahora sobre todo.

Una dictadura no puede ser pensada ni sostenida sin violencia. Quien quiere conservar el poder, necesita tener medios coactivos entre sus manos; quien quiere mandar, tiene que poseer también el derecho de castigar. Ahora, Calvino, conforme al decreto de su nombramiento, no tendría ni el más mínimo derecho para decretar purificaciones por delitos eclesiásticos. Los consejeros designaron un "lecteur de la Sainte Escripture" para que explique a los creyentes libros santos; un pastor para que predique y amoneste a la comunidad a fin de que siga en la recta creencia en Dios. Pero la facultad de castigar por su conducta legal y moral, a los ciudadanos, pensaba naturalmente el consejo reservarla para su propia jurisdicción. Ni Lutero ni Zwinglio ni ningún otro de los reformadores habían hasta entonces tratado de disputar este derecho y esta facultad a los magistrados civiles; mas Calvino, como naturaleza autoritaria, emplea al instante su gigantesca voluntad en rebajar al consejo municipal hasta que sea un órgano puramente ejecutivo de sus órdenes y disposiciones. Y como a él, legalmente, no le es atribuida ninguna jurisdicción, proporciónasela por su propio derecho, mediante el establecimiento de la excomunión: con una mutación genial, transforma el religioso misterio de la comunión en un instrumento de poder y de presión de carácter personal. Pues el pastor calvinista sólo admitirá a la cena del Señor "a aquellos cuya conducta moral le parezca personalmente irreprochable. Pero aquel a quien el pastor niegue la comunión, — y aquí se manifiesta toda la gravedad de esta arma de dominio, — está civilmente muerto. A nadie le es lícito hablar con él, nadie debe venderle cosa alguna o comprarla de él; con ello, la medida decretada por la autoridad eclesiástica, y en apariencia puramente religiosa, se convierte al instante en un boicot social y mercantil; entonces, en el caso de que el excluido continúe aún sin capitular, y se niegue a hacer la penitencia pública prescrita por el pastor, ordena Calvino su destierro. Un enemigo de Calvino, aunque, por otra parte sea el ciudadano más digno de consideración, no puede, según ello, continuar viviendo en Ginebra, por mucho tiempo; todo hombre malquisto con los eclesiásticos está, desde entonces, amenazado en su existencia civil.

Con este rayo entre las manos, Calvino puede destruir a todos los que le opongan resistencia; con un único y osado zarpazo, ha empuñado en sus manos una incendiaria tea y una piedra de rayo tal como anteriormente ni siquiera el obispo de la ciudad era capaz de fulminarlas. Pues, dentro del catolicismo, se requería siempre una ilimitada serie de instancias, cada vez más altas, antes de que la Iglesia se resolviera a expulsar de sí públicamente a uno de los que le pertenecían; la excomunión era un acto que excedía de lo personal y plenamente sustraído a la arbitrariedad individual; Calvino, no obstante, aspirando a sus fines y despiadado en su voluntad de poder, sitúa este derecho de anatema, que puede aplicarse a diario y de modo cada vez menos sometido a reglas, en manos del pastor y del consistorio; hace de esta espantosa amenaza un castigo casi constante, y, como psicólogo que comprende bien los efectos del terrorismo, con la amenaza de tal castigo, convierte casi en ilimitado su poder personal. Cierto que, trabajosamente, logra aún establecer la municipalidad que la administración de la comunión sólo tenga lugar cada trimestre, y no todos los meses, como exigía Calvino. Pero sólo esta vez se dejará arrebatar Calvino su arma más poderosa, pues, únicamente con ella, puede, en realidad, dar comienzo a su auténtico combate: la lucha por la totalidad del poder.

En general, pasa siempre algún tiempo antes de que un pueblo advierta que paga las transitorias ventajas de una dictadura, su austera disciplina y su robusta fuerza colectiva de acometimiento, con los derechos personales del individuo, y que, innegablemente, cada nueva ley se paga al precio de una antigua libertad. También, en Ginebra, esta conciencia no fue suscitándose, sino sucesivamente. Con honrado pecho, los ciudadanos dieron su asentimiento a la Reforma; por su libre voluntad se reunieron en el público mercado para confesar la nueva fe, levantando la mano como hombres ya no independientes. Pero, por el contrario, se subleva su orgullo republicano con el hecho de ser llevados de diez en diez, bajo la vigilancia de un alguacil, como galeotes, a través de la ciudad, para prometer obediencia en la iglesia, con solemne juramento, a cada párrafo del señor Calvino. No protegieron una reforma de las costumbres más severa para ser ahora amenazados a diario con poco reparo, por ese nuevo pastor, con proscripciones y destierros, simplemente porque alguna vez hayan cantado regocijadamente ante un vaso de vino, o llevado vestiduras que al señor Calvino o a Farel les parezcan demasiado abigarradas o sensuales. Y ¿quiénes son propiamente esas gentes que se conducen con tanto imperio?, comienza a preguntarse el pueblo. ¿Son ciudadanos de Ginebra? ¿Son gentes de antiguo allí establecidas que han colaborado a la grandeza y riqueza de la ciudad, bien probados patriotas, ligados y hermanados secularmente a las mejores familias? No; son recién llegados, que, como fugitivos, vinieron de otro país, de Francia. Se les recibió con hospitalidad, se les dio pan y sustento y una colocación bien retribuida y ahora se atreve, aquel hijo de preceptor de aduanas del país vecino, que al instante trajo a su caliente nido a su hermano y a su cuñado, a injuriar y a reprender a los ciudadanos afincados en la ciudad! ¡ Un refugiado, que vive de un empleo dado por ellos, se abroga el papel de determinar a quién le es lícito, y a quién no, permanecer en Ginebra! Siempre, al principio de una dictadura, mientras las almas libres no están todavía envueltas en niebla y los independientes no han sido expulsados, la resistencia encuentra cierta densidad: en público, declaran en Ginebra las gentes de opiniones republicanas que en todo pensaban menos en dejarse reprender desde el pulpito "como si fueran ladrones de caminos". Calles enteras, ante todo la rué des Allemands, se niegan a prestar el exigido juramento, se quejan en alta voz y con rebeldía de que ni prestarán el juramento ni mucho menos abandonarán su ciudad natal, por mandato de aquel vagabundo hampón francés. Cierto que consigue Calvino comprometer al "consejillo", que le es fiel, para que en realidad penda la pena del destierro sobre los que se nieguen a jurar; pero, en realidad, no se atreven ya a ejecutar la impopular medida y el resultado de una nueva elección ciudadana muestra claramente que la mayoría de la ciudad ha comenzado a levantarse contra las arbitrariedades de Calvino. Las gentes que le son incondicionalmente fieles pierden la supremacía en el nuevo consejo de febrero de 1838; una vez más, supo la democracia de Ginebra defender su voluntad contra las pretensiones autoritarias de Calvino.

Calvino había avanzado en forma harto impetuosa. Los ideólogos políticos tasan siempre como demasiado baja la resistencia fundada en la pereza de la materia humana; siempre piensan que las renovaciones decisivas podrán realizarse de modo tan rápido en el terreno de lo real como en lo interno de sus espirituales construcciones. La prudencia tenía ahora que regir a Calvino mientras no lograra volver a conquistar a las autoridades civiles, hacerle proceder de modo más suave, pues todavía se halla su asunto en una situación favorable; tampoco el consejo recién elegido le opone otra cosa sino prudencia, en modo alguno hostilidad. Hasta sus más francos adversarios han tenido que reconocer, en este breve plazo, que una incondicional voluntad de moralización reside en el fondo del fanatismo de Calvino; que este hombre impetuoso no procede movido por un estrecho orgullo sino por una gran idea. A su vez, su hermano de armas; Farel, continúa siendo siempre el ídolo de la juventud y de la gente de la calle; de este modo, fácilmente podría ser dulcificada la tensión, si Calvino empleara un poco de prudencia diplomática y acomodara sus pretensiones ofensivamente radicales, a las más circunspectas concepciones de la burguesía.

Pero, en este punto, chócase con el granítico fondo del carácter de Calvino, con su rigidez de hierro.

Nada fue más ajeno a este gran fanático durante toda su vida que la conciliación. Calvino no conoce ningún término medio; un solo camino, el suyo. Para él, sólo existe todo o nada; la autoridad plena o el total aniquilamiento. Jamás concertará un compromiso, pues tener derecho y ejercitarlo es para él una propiedad hasta tal punto funcional que en modo alguno puede comprender ni concebir que ningún otro pueda igualmente tener también derecho, considerando las cosas desde su propio campo. Para Calvino, es axiomático que sólo él es el llamado a enseñar y los otros lo están a aprender de él; literalmente, con la más sincera y honrada convicción dice, "recibo de Dios lo que enseño y eso fortalece en mí la conciencia". Con una espantosa y siniestra seguridad en sí mismo, coloca sus afirmaciones al nivel de la verdad absoluta, — "Dieu m'a fait la gráce de déclarer ce qu'est bon et mauvais", — y siempre, este poseído de sí mismo vuelve a sentirse exasperado y agitado cuando cualquier otro se arriesga a manifestar una opinión contraria a la suya. Ya la contradicción provoca en Calvino una especie de ataque de nervios; hasta lo más profundo de lo corporal alcanza la sensibilidad de su espíritu; el estómago se le revuelve y vomita bilis, y aunque el adversario proceda del modo más objetivo y sabio posible al exponer sus objeciones, ya el solo hecho de que se haya atrevido a pensar de otro modo que él, conviértelo personalmente para Calvino en mortal enemigo y más allá de lo que a él le afecta, en enemigo del mundo, en enemigo de Dios. Serpientes que silban contra él, perros que le ladran, bestias, bribones, siervos de Satán, de este modo designa en su vida particular este hombre exagerado y desmedido a los primeros humanistas y teólogos de su tiempo; "la honra de Dios" está ofendida en su "siervo", no bien alguien contradice a Calvino, aunque sólo sea de un modo totalmente académico; la "Iglesia de Cristo está amenazada", no bien alguien osa llamar, ad personam, ansioso de dominio el pastor de San Pedro. Sostener conversaciones ambiguas con algún otro no significa más para Calvino sino que aquel otro tiene que convertirse a su opinión y confesarla: a lo largo de toda una vida, este espíritu, en general tan perspicaz, no dudó ni un solo momento de su título exclusivo para exponer la palabra de Dios y para ser el único que la conociera.

Pero precisamente por esta rígida fe en sí mismo, por esta profética posesión de sí mismo, por esta magnífica monomanía, se mantuvo firme en el terreno de lo real; sólo su inconmovilidad de piedra, su rigidez férrea e inhumana, explica el secreto de su triunfo político. Pues sólo esta posesión de sí mismo, sólo este magnífico y limitado convencimiento, convierte, en la Historia Universal, a un hombre en conductor de hombres. Jamás la humanidad, que siempre se entrega al sugestionador, se sometió a los pacientes y justos, sino sólo a los grandes monomaniacos que encuentran en sí el valor de enunciar su verdad como la única posible, su voluntad como la fórmula fundamental de la ley del universo. No produce, por lo tanto, el más mínimo efecto sobre Calvino el que la mayoría del nuevo consejo de la ciudad se alce en contra suya y le recomiende del modo más cortés, que, a causa de la paz, prescinda de esas rudas amenazas y excomuniones y se ajuste a la concepción más indulgente del sínodo de Berna: un obstinado como Calvino no acepta ninguna paz razonable, si tiene que ceder aunque no sea más que una tilde. Todo compromiso es completamente imposible para su naturaleza autoritaria y en el momento en que la municipalidad le contradice, aquel hombre, que exige de los otros la más incondicional subordinación ante todo superior, se convierte plenamente, sin reflexionarlo, en un revolucionario contra las autoridades legales. Abiertamente, injuria el "consejillo" desde el pulpito y proclama "que prefiere morir antes que arrojar a los perros el santo cuerpo del Señor". Otro pastor llama, en la iglesia, el consejo de la ciudad, una "colección de borrachones"; lo mismo que un bloque de roca, rígido e inconmovible, los partidarios de Calvino se oponen a la pública autoridad.

Este provocativo apoyo del cuerpo de pastores en contra de su jurisdicción, no puede soportarlo el consejo municipal.

Al principio, envía un mandamiento declarando, de modo que no puede dejar lugar a torcidas interpretaciones que no puede seguir abusándose del pulpito para fines políticos, sino que allí únicamente debe ser expuesta la palabra de Dios. Pero como Calvino y los suyos pasan tranquilamente por encima de esta disposición oficial, no resta sino prohibir a los pastores que asciendan al pulpito; el más desafiador de entre ellos, Courtauld, hasta llega a ser encarcelado a causa de publica excitación al motín.

Con ello, está declarada la guerra franca entre la fuerza eclesiástica y civil. Pero Calvino la acepta resueltamente. Acompañado por sus partidarios, penetra violentamente en la catedral de San Pedro, asciende tercamente al pulpito vedado para él y como partidarios y adversarios de uno y otro bando invadan la iglesia con espadas, los unos para proteger el prohibido sermón, los otros para impedirlo; originase un espantoso tumulto y están a punto de llegar a unas Pascuas de sangre. Está terminada ahora la paciencia de la municipalidad. Convoca al gran consejo de los doscientos, la instancia suprema, y le plantea la cuestión de si se debe despedir a Calvino y los demás, que han desdeñado obstinadamente las órdenes de municipio. Una abrumadora mayoría responde que sí. Los eclesiásticos rebeldes son depuestos de sus cargos y se les indica enérgicamente que, en el plazo de tres veces veinticuatro horas, tienen que abandonar la ciudad. El castigo de destierro con el que Calvino, en los últimos diez y ocho meses, amenazaba a tantos ciudadanos de Ginebra, le ha alcanzado ahora a él mismo.

El primer asalto de Calvino a Ginebra está fracasado. Pero tal revés, en la vida de un dictador, no significa nada peligroso. Por el contrario, casi corresponde forzosamente a la definitiva ascensión a una ilimitada posesión de poder, el que el principio se sufra esta dramática derrota. Destierro, prisión, confinamiento, jamás se muestran como obstáculos para el gran revolucionario universal sino sólo como exigencias de su popularidad; para ser divinizado por las masas, hay que haber sido mártir, y precisamente el ser perseguido por un sistema odiado le proporciona al principio a un conductor de pueblos la preparación anímica necesaria para sus posteriores y decisivos triunfos sobre las masas, porque, por medio de aquella simbólica prueba, se eleva hasta lo místico, ante el pueblo, el nimbo del jefe futuro.

Nada es más necesario para un gran político como el desaparecer por el foro de cuando en cuando, pues justamente por su invisibilidad, se convierte en legendario; corno una nube, la fama glorificadora envuelve su nombre, y, a su regreso, avanza a su encuentro una expectación cien veces acrecida, que, sin su intervención, se ha formado, por decirlo así, de la atmósfera. Casi todos los héroes populares de la Historia, han adquirido la máxima fuerza sentimental sobre su nación por medio de un destierro: César en las Galias, Napoleón en Egipto, Garibaldi en América del Sur, Lenin en los montes Urales, se hicieron más fuertes por medio de su ausencia de lo que lo hubieran sido con su presencia, y ése es también el caso de Calvino.

A la verdad, en aquella hora de la expulsión, Calvino parece, según todas las previsiones, un hombre acabado. Su organización está destrozada, su obra plenamente fracasada y nada parece quedar de su actividad sino el recuerdo de una fanática voluntad de orden y algunas docenas de abandonados amigos. Pero vienen en su auxilio, como en el de todas las naturalezas políticas, que, en lugar de pactar en los momentos peligrosos se retiran resueltamente, las faltas de sus sucesores y adversarios.

Trabajosamente, encontró la municipalidad, en lugar de las imponentes personalidades de Calvino y Farel, algunos dóciles pastores que, por miedo de llegar a hacerse odiosos al pueblo con medidas agudas, prefieren dejar que las riendas arrastren negligentemente por el suelo, en lugar de empuñarlas tirantes en sus manos. Bajo su gobierno, la obra de la Reforma en Ginebra, tan enérgicamente comenzada por Calvino, y hasta con exceso de energía, queda detenida muy pronto, y tal inseguridad en las cosas de la le se apodera de los ciudadanos que la oprimida Iglesia católica va, poco a poco, cobrando nuevos ánimos, e intenta, por medio de prudentes mediadores, volver a conquistar a Ginebra para la fe romana. La situación va siendo crítica, cada vez más crítica; poco a poco, los mismos reformados, para quienes Calvino había sido demasiado duro y severo, comienzan a intranquilizarse y a preguntar si, en resumidas cuentas, tal azote dé bronce no habría sido más de desear que el caos que les amenaza. Cada vez con mayor insistencia los ciudadanos, hasta algunos de los anteriores adversarios, invitan a que vuelva a ser llamado el desterrado; por último, el consejo municipal no ve ningún otro refugio sino acceder al general deseo popular. Las primeras embajadas y cortes a Calvino son aún preguntas suaves y prudentes; pero bien pronto se convierten en más francas e insistentes. De modo que no puede desconocerse, la invitación se transforma en ruego: bien pronto el consejo no le escribe ya a Monsieur Calvino que puede regresar para servir a la ciudad, sino que se dirige al Maítre Calvino; por último literalmente de hinojos, los desaconsejados señores del consejo suplican al "buen hermano y único amigo" que vuelva a tomar a su cargo el puesto de pastor, y va ya añadida la promesa de "portarse de tal modo con él, que tenga motivos para estar contento." Si Calvino hubiera poseído un carácter humilde y pudiera contentarse con un triunfo razonable, se daría por pagado con la satisfacción de ser vuelto a llamar de modo tan suplicante por la ciudad que dos años antes lo había expulsado despreciativamente. Pero quien aspira a todo no se dejará satisfacer jamás con términos medios, y, Calvino, en ésta su cuestión más sagrada, no se mueve por vanidad personal sino por la victoria de la autoridad. No quiere, por segunda vez, ser paralizado en su obra por cualquier funcionario; si regresa, no será permitido que haya en Ginebra más que una sola válida voluntad: la suya. Antes de que la ciudad no se le rinda con las manos atadas, y de que se declare de modo definitivo sometida a él, niégase Calvino a toda promesa, y, con un horror tácticamente exagerado, rechaza durante largo tiempo las ofertas insistentes. "Prefiero la muerte mil veces a comenzar otra vez aquellos anteriores y atormentadores combates", escríbele a Farel. No da ni un solo paso hacia su anterior adversario. Por último, cuando la municipalidad suplica ya de rodillas a Calvino para que regrese, hasta su más íntimo amigo Farel se impacienta y le escribe: "¿Esperas acaso a que te llamen hasta las piedras". No obstante, Calvino permanece firme hasta que Ginebra se le rinde a discreción. Sólo cuando han prestado el juramento de cumplir el catecismo y la exigida "discipline" según la voluntad del reformador; sólo cuando los consejeros dirigen humildes cartas a la ciudad de Estrasburgo rogando fraternalmente a los ciudadanos de allí que les cedan a aquel hombre imprescindible; sólo cuando Ginebra se ha rebajado, no ya ante él sino ante el mundo, cede Calvino y se declara finalmente conforme con ejercer su antiguo cargo, pero con renovada plenitud de poderes. Como una ciudad vencida a su conquistador, así se prepara Ginebra para la recepción de Calvino. Hácese todo lo imaginable para apaciguar su enojo. Los antiguos y severos edictos son vueltos a poner en vigor a toda prisa, sólo para que Calvino encuentre ya anticipadamente ejecutadas sus disposiciones eclesiásticas; personalmente, toma a su cargo consejillo el elegir una conveniente residencia, con jardín, para el deseado eclesiástico y adoptar las necesarias disposiciones para su amueblamiento. Del modo más propio, es construido de nuevo al viejo pulpito de Saint Fierre, a fin de que sea más cómodo para sus conferencias y la figura de Calvino sea en todo momento visible para todos los presentes. Un honor sigue a otro honor: antes aun de que pueda haber partido de Estrasburgo, es enviado a su encuentro un heraldo, a fin de que, por el camino, le salude en nombre de la ciudad; a expensas de la burguesía, es traída solemnemente su familia. Por fin, el 13 de setiembre el coche de viaje se aproxima a la puerta de Cornavin, y al punto se reúne gran muchedumbre de gentes para acompañar, con gran júbilo, al que regresa, hasta dentro de los muros de la ciudad. Blanda y manejable como cera tiene ahora Calvino a la ciudad entre sus manos y no cesará hasta que haya creado de ella la obra de arte de su plástico pensamiento. Desde esta hora, ya no es posible separar uno de otro a Calvino y Ginebra, al espíritu y lo formado; al creador y la criatura.

 

LA "DISCIPLINA"

EN la hora en que este hombre flaco y duro, vestido de negro con una flotante sotana eclesiástica, penetró por la Puerta de Cornavin, comienza uno de los experimentos más memorables de todos los tiempos: un Estado, con innumerables células vivientes y palpitantes, debe transformarse en un mecanismo rígido; un pueblo, con todos sus sentimientos y pensamientos, ser convertido a un sistema único; es el primer ensayo de completo gobierno igualitario de todo un pueblo, que aquí, dentro de Europa, es emprendido en nombre de una idea. Con una gravedad demoníaca, una magnífica y sistemática reflexión, prosigue Calvino su plan audaz de hacer de Ginebra el primer Estado de Dios sobre la Tierra: una res publica sin la terrena grosería, sin corrupción, desorden, vicio y ni pecados: la verdadera, la nueva Jerusalén, de la cual debe proceder la salvación de todo el orbe terráqueo.

Esta idea única llena desde entonces su vida, y su vida, a su vez, es vivida únicamente en servicio de esta única idea. Tremendamente serio, santamente sincero es este ideólogo de bronce en su sublime utopía, y nunca, en el cuarto de siglo de su dictadura espiritual, dudó ni por un momento de que no hacía más que mejorar a los hombres el privarlos, sin consideración alguna, de toda libertad individual. Pues, con todas sus exigencias, con su insoportable exceso de exigencias, este piadoso déspota pensaba que no pretendía otra cosa de los hombres sino que vivieran rectamente, esto es, conforme a la voluntad y las prescripciones de Dios.

Esto, a primera vista, parece en realidad sencillo e incontrovertiblemente claro. Pero ¿cómo puede reconocerse esta voluntad de Dios? ¿Dónde hallar sus instrucciones? En el Evangelio, responde Calvino, y sólo en el Evangelio. Allí, en ese escrito eternamente vivo, respira y palpita la voluntad y la palabra de Dios. No por casualidad nos fueron conservados los libros sagrados. Expresamente tomó Dios la palabra en su transmisión, a fin de que sus mandamientos sean fácilmente reconocibles y tenidos en cuenta por los hombres. Este Evangelio existía antes de la Iglesia y se alza por encima dé la Iglesia, y no hay ninguna otra verdad fuera y más allá ("en dehors et au déla") del Escrito Santo. Por ello, en un Estado verdaderamente cristiano, la palabra bíblica, "la parole de Dieu" tiene que ser la única máxima de las costumbres, del pensamiento, de la fe, del derecho y de la vida, pues es el libro de toda sabiduría, de toda justicia y de toda verdad. Al principio y al fin, álzase para Calvino la Biblia; toda resolución en todos los asuntos se fundamenta en su palabra escrita.

Con esta introducción de la sagrada palabra como suprema instancia de toda conducta terrestre, en realidad Calvino no parece hacer más que reproducir literalmente la tan conocida exigencia primitiva de la Reforma. Pero, en verdad, da un paso inmenso más allá de la Reforma y se aleja por completo de su círculo originario de ideas. Pues la Reforma había comenzado como un movimiento de libertad espiritual y religioso, quería poner libremente el Evangelio en las manos de todo hombre; en lugar del papa de Roma y del concilio, debía ser la convicción individual lo que diera forma al cristianismo. Esta "libertad del Cristiano" introducida por Lutero, arrebátasela Calvino a la persona humana sin escrúpulo alguno como toda otra forma de libertad espiritual; la palabra del Señor es del todo clara para su propia inteligencia individual, por lo tanto, exige dictatorialmente que se ponga término a toda futura interpretación y sutilización de la doctrina divina; él sólo es el llamado a explicarla; inconmovible como las agujas de piedra que ostentan las catedrales, la palabra de la Biblia debe "permanecer fuera de todo alcance", a fin de que la Iglesia no caiga en vacilaciones. Nada más que el logos spermatikos, la eterna verdad que continúa creándose y transformándose, debe abrirse paso y actuar en adelante, pero, de una vez para siempre, sólo será válida en la interpretación determinada por Ginebra.

Con esta exigencia de Calvino, queda de fació establecida una nueva ortodoxia, una ortodoxia protestante en lugar de la pontificia, y, con razón, ha sido llamada esta nueva forma de dictadura dogmática, una “bibliocracia”. Pues un único libro es ahora señor y juez en Ginebra, Dios el legislador y su ministro Calvino el único intérprete titular de esta ley.

El es el “juez” en el sentido de la Biblia mosaica, y su fuerza se alza incontrovertible por encima de los reyes y de los pueblos. La interpretación bíblica del consistorio determina exclusivamente ahora, en lugar del municipio y del derecho civil, lo que está permitido y lo que es prohibido y ¡ay de aquel que ose oponerse a esta coacción en cualquier particularidad! Pues será juzgado como rebelde contra Dios todo aquel que se subleve contra la dictadura de los pastores y será escrito con su sangre en breve plazo el comentario a los Escritos Santos. Siempre, un despotismo dogmático que trae su origen de un movimiento de libertad es más duro y severo contra la idea de libertad que todo poder hereditario. Siempre, aquellos que tienen que agradecer su dominio a una revolución, son más tarde los menos considerados y los más intolerantes contra toda novedad.

Todas las dictaduras comienzan por una idea. Pero toda idea sólo adquiere forma y color gracias a los hombres que la realizan.

Indefectiblemente, la doctrina de Calvino, como creación espiritual, tiene que asemejarse a su creador y sólo se necesita contemplar su semblante para saber con anticipación que aquélla tiene que ser más dura, morosa y lúgubre que ninguna anterior exégesis del cristianismo. El rostro de Calvino es como un yermo, como uno de aquellos paisajes de rocas, solitarios y apartados de todo, en cuya muda taciturnidad sólo Dios está presente, pero nada humano.

Todo lo que hace que la vida, habitualmente, sea fecunda, plena, alegre, floreciente, cálida y sensual, falta en este desolado semblante de asceta, sin bondad y sin edad. Todo es duro y feo, esquinado o inarmónico en este lúgubre y largo óvalo de rostro: la frente estrecha y severa, bajo la cual llamean, como carbones encendidos, los dos ojos, profundos e insomnes; la nariz, aguda y ganchuda avanza dominadora entre las mejillas sumidas; la boca delgada, como cortada con un cuchillo, a la que rara vez vio sonreír nadie. Ningún cálido tono de carmín refulge en la piel seca y hundida, de color de ceniza y requemada ; es como si una fiebre interna le hubiera chupado, como vampiro, la sangre de las mejillas: tan grises son sus arrugas, tan enfermizas y lívidas, salvo en los pocos segundos en que la cólera las inflama con manchas héticas. En vano trata la bíblica barba de profeta, larga y ondulada en su descenso, (cosa que todos sus discípulos y alumnos copian obedientes) de dar una apariencia dé fuerza viril a este bilioso y amarillo rostro. Pero tampoco esta barba tiene jugosidad alguna ni ninguna plenitud; no baja en crujiente arroyo poderoso, a modo de la de Dios padre, sino que cae retorcida en una rala trenza, triste matorral brotado en un suelo de rocas.

Un ardoroso estático, requemado y consumido por su propio espíritu, ése es el efecto que produce Calvino en las tablas en que está retratado, y se estaría a punto de sentir compasión hacia este hombre excesivamente fatigado, rendido y agotado por su propio incendio; pero, al bajar la vista, producen súbito espanto sus manos, siniestras como las de un avaro; estas manos enflaquecidas, descarnadas, incoloras, frías y huesudas como garras, capaces de arrapiñarlo todo y que sabían retenerlo furiosas con sus tercas y ávidas articulaciones. No puede pensarse que jamás estos dedos, solo de hueso, hayan jugado tiernamente con una flor ni acariciado el cálido cuerpo de una mujer, o que se hayan tendido hacia un amigo, cordial y alegremente; son las manos de un ser despiadado y sólo gracias a ellas se adivina la grande y cruel energía de dominio y posesión que durante toda su vida brotó de Calvino.

¡Qué cara sin luz, sin alegría, qué solitario y repulsivo semblante el de Calvino! Es comprensible que nadie desee tener colgado en la pared de su cuarto el retrato de este despiadado exigente y reclamador: el aliento le saldría a uno fríamente de la boca si sintiera sin cesar sobre su actividad diaria, la mirada vigilante y acechadora del más entristecedor de todos los hombres. Mejor que por nadie, podemos imaginarnos a Calvino pintado por Zurbarán, según su fanática manera española, tal como representó a ascetas y anacoretas; oscuridad sobre oscuridad, apartamiento del mundo, residencia en cuevas, el libro ante los ojos, siempre el libro, y en todo caso una calavera o la cruz como único símbolo de una vida eclesiástico-espiritual, y, toda en torno, una fría, negra e inaccesible soledad. Pues este ámbito de respeto entre su persona y la humana accesibilidad, congeló a Calvino a lo largo de toda su vida. Desde su más temprana juventud, vistióse de idéntico despiadado color negro. Negro el birrete sobre la reducida frente, mitad capilla de monje, mitad capacete de soldado; negras las amplias vestiduras con pliegues que caen hasta los zapatos, vestimenta de juez para castigar incesantemente a los hombres, vestimenta de médico que tiene que curar eternamente sus pecados y llagas. Negro, siempre negro, siempre el color de la gravedad, de la muerte y de la inflexibilidad. Apenas Calvino apareció alguna vez vestido de otro modo sino con el símbolo de su cargo, pues sólo como siervo de Dios, sólo con los hábitos del deber quería dejarse ver y temer de los otros, no hacerse amar como ser humano y como hermano. Pero si es duro contra el mundo, también lo es contra sí mismo. Durante toda una vida, mantuvo bajo su disciplina a su propio cuerpo, no concediéndole a lo corporal más que la más mínima ración de alimento y reposo, por razón de lo espiritual. Tres horas, cuatro horas cuando más de sueño por la noche, una única y frugal comida en todo el día y ésta tomada rápidamente al lado del abierto 'libro.

Pero jamás un paseo, jamás un juego, una alegría, un descanso, y ante todo jamás una verdadera diversión: en resumidas cuentas, Calvino, en su fanático sometimiento a lo espiritual, estuvo siempre actuando, pensando, escribiendo, trabajando, pero jamás vivió ni una sola hora para sí mismo.

Esta absoluta carencia de sensualidad, junto con su eterna falta de juventud, es el rasgo más característico de la persona de Calvino; no es milagro que también haya sido el más peligroso para su doctrina. Pues mientras los otros reformadores creen servir a Dios del modo más fiel si toman agradecidos de sus manos todos los dones de la vida; mientras los otros, como seres humanos fundamentalmente sanos y normales, disfrutan de su salud y de los goces qué ella da, mientras Zwinglio, ya en su primer cargo parroquial, deja tras sí un hijo ilegítimo, y Lutero, cierta vez, riéndose, estampa esta frase: "Si la señora no quiere, lo hace la criada"; mientras los otros beben y banquetean y bromean, en Calvino todo lo sensual está plenamente reprimido, o sólo existen de ello huellas sombrías. Como fanático intelectualista, vive por completo de la palabra y del espíritu; sólo la claridad lógica es para él la verdad, sólo comprende y soporta lo ordenado, jamás lo extraordinario. De nada embriagador: ni del vino, ni de la mujer, ni del arte, de ninguno de los dones de Dios a la tierra, ha exigido o recibido jamás placer alguno este abstinente fanático. La única vez que, para prestar obediencia al mandato de la Biblia, se acerca al matrimonio, no lo hace por amor ni por pasión, sino, como lo dice él mismo, para poder pertenecer más al trabajo. En lugar de buscarla por sí mismo, comisiona Calvino a sus amigos para que le elijan una esposa conveniente, y, a poco más, el gruñón enemigo de los sentidos habría caído, de este modo, en poder de una moza licenciosa.

Por último, aquel desilusionado se casa con la viuda de un anabaptista convertido por él, pero le está negado por el Destino el ser feliz o hacer feliz a alguien. El único hijo que su mujer le trae al mundo es incapaz de vivir.

Fallece al cabo de pocos días, y cuando, poco después, su mujer lo deja viudo, con ello ha terminado el hombre de treinta y seis años, no sólo con lo matrimonial sino también con todo lo femenino. Hasta su muerte, por lo tanto todavía a lo largo de veinte años de la mejor edad viril, este asceta voluntario, consagrado exclusivamente a lo espiritual, a lo eclesiástico, a la "doctrina", no vuelve jamás a tocar a ninguna otra mujer.

Pero el cuerpo de un ser humano, lo mismo que el espíritu, tiene sus exigencias de desenvolvimiento y quien le hace violencia pecha cruelmente con ello. Cada órgano de un ser terrenal anhela instintivamente realizar por completo el sentido que quiso imponerle la Naturaleza. La sangre quiere a veces circular salvajemente; el corazón martillar con ardor; los pulmones lanzar gritos de alegría, los músculos agitarse, la simiente ser prodigada, y en quien, con su intelecto, de modo permanente retiene esta voluntad vital y se le opone, los órganos de su cuerpo acaban por encabritarse contra él.

Espantosa es la venganza que el cuerpo de Calvino tomó de su domador: para mostrar su existencia al asceta que los trataba como si no existieran, sus nervios inventaron infatigables tormentos contra su déspota y acaso pocos hombres espirituales hayan sufrido jamás tanto como Calvino, durante toda su vida, bajo la sedición de su constitución orgánica. Un achaque sucede al otro en serie ininterrumpida; casi cada carta de Calvino, anuncia un nuevo y pérfido ataque de una nueva sorprendente enfermedad. Ya son jaquecas, y lo obligan a permanecer en el lecho durante días enteros; ya otra vez dolores de estómago, dolores de cabeza, hemorroides, cólicos, enfriamientos, ataques de nervios y hemorragias, litiasis biliar y carbunco; ya fiebres intermitentes, ya escalofríos, reumatismo y dolores a la vejiga. Constantemente, tienen los médicos que vigilar su persona, pues no hay órgano alguno, en este cuerpo delicado y quebradizo, que no le envíe maliciosamente sufrimiento y desorden. Y, balbuceando, escribe cierta vez Calvino: "Mi salud es análoga a una muerte constante".

Pero este hombre eligió como lema la frase: per mediam desperationem prorrumpere convenit, "irrumpir, con acrecida fuerza, de lo profundo de la desesperación"; la demoníaca energía espiritual de este hombre no se deja arrebatar ni una única hora de trabajo. Permanentemente perturbado por su cuerpo, siempre vuelve a oponerle Calvino la sobrevoluntad del espíritu; si durante la fiebre, no es capaz de arrastrarse hasta el pulpito, se hace llevar a la iglesia en una 'litera para predicar en ella. Si tiene que dejar de asistir a las sesiones del consejo, las personas del municipio se reúnen en su casa para deliberar. Si yace en el lecho temblando de fiebre, cargado con cuatro o cinco mantas de abrigo el helado cuerpo sacudido de escalofríos, se sientan junto a él dos o tres famuli, a quienes dicta alternativamente. Si se traslada a pasar el día a la inmediata casa de campo de un amigo, para respirar allí el aire libre, le acompañan los secretarios en el coche, y, apenas allí llegado, los mensajeros van y vienen a galope a la ciudad. Y otra vez empuña la pluma, otra vez comienza el trabajo. Imposible es imaginarse a Calvino sino en actividad ; este demonio de la diligencia trabajó realmente sin descanso alguno, durante todo el tiempo de su vida. Todavía duermen las casas, todavía no ha despertado 'la mañana, y ya está encendida, en ¡a rué des Chanoines, la lámpara colgante sobre su mesa de trabajo, y otra vez, hasta media noche, cuando hace ya mucho tiempo que todo el mundo se ha ido a reposar, vuelve siempre a brillar la misma eterna luz en su ventana. Es incomprensible la labor que rendía su asiduidad ; podría creerse que trabajaba al mismo tiempo con cuatro o cinco cerebros. Pues, en realidad, este enfermo permanente realizó al mismo tiempo, los trabajos diversos de cuatro o cinco profesiones. El cargo que, en realidad, le había sido asignado de pastor de la iglesia de San Pedro sólo es un empleo entre los muchos empleos que sucesivamente va asumiendo su histérico afán de poder, y aunque los sermones que pronunció en esa iglesia llenan ya, ellos solos, todo un armario de volúmenes impresos, y había un copista que ganaba su vida únicamente con copiarlos, esta predicación no constituye más que una pequeña parte de su obra total. Como presidente del consistorio, que, sin él, no adoptaba resolución alguna; como autor de innumerables libros teológicos y polémicos, como traductor de la Biblia, como creador de la Universidad e iniciador del seminario de teología, como permanente consejero del consejo de la ciudad, como general político de la guerra de la fe, como supremo diplomático y organizador del protestantismo, este "Ministro de la Santa Palabra" gobierna y dirige, en propia persona, todos los ministerios de su Estado teocrático. Vigila los informes de los pastores de Francia, Escocia, Inglaterra y Holanda; dirige la propaganda extranjera; crea, por medio de impresores y buhoneros, un servicio secreto, que se extiende sobre todos los países. Discute con los otros jefes protestantes; negocia con los príncipes y diplomáticos. Diariamente, casi a cada hora, le llegan visitas del extranjero; ningún estudiante, ningún teólogo joven, pasa de viaje por Ginebra sin pedirle consejo o rendirle su reverencia. Su vivienda es como una casa de postas y un permanente centro de información de todos los asuntos de Estado y particulares; suspirando, escribe una vez que no puede acordarse de haber dispuesto, durante dos horas seguidas, del tiempo que necesita para su cargo, sin haber sido perturbado. De los países más remotos, de Hungría y de Polonia, le llegan a diario cartas de sus gentes de confianza; pero, al mismo tiempo, lo solicita también la cura de almas, el aconsejar personalmente a las innumerables personas que se dirigen a él, buscando auxilio. Ya es un emigrante que quiere establecerse allí y traer a su familia: Calvino junta dinero, le busca alojamiento y medios de vivir. Aquí se trata de uno que quiere casarse, allí de otro que quiere disolver su matrimonio: ambos caminos llevan hacia Calvino pues ningún acto eclesiástico se realiza en Ginebra sin su aprobación y su consejo. Pero ¡si este goce autocrático se limitara sólo a su propio imperio, a los asuntos eclesiásticos! Mas para un Calvino no hay ningún límite a su poder, pues, como teócrata, quiere saber que todo lo terreno está sometido a lo divino y espiritual.

Pesadamente asienta su dura mano sobre todos los asuntos de la ciudad: apenas hay día en el que, en los protocolos del consejo, no se encuentre esta observación: "acerca de esto, hay que preguntar a Maitre Calvin". De nada prescinde, nada deja de vigilar esta mirada permanentemente despierta y habría que admirar como un milagro este cerebro sin cesar activo si tal ascetismo del espíritu no significara al mismo tiempo un peligro inmenso. Pues quien de modo tan completo aniquila en su persona todo goce de la vida, — cosa que en él se realiza por libre voluntad, — quiere hacer de este aniquilamiento la luz y norma para el vivir de los otros e intenta forzar de modo contranatural a su prójimo a lo que en él mismo es cosa natural. Siempre, — por ejemplo, Robespierre, — el asceta es el tipo más peligroso de déspota. Quien no vive por sí mismo plena y alegremente en lo humano, quien no tiene nada que perdonarse a sí propio, no será nunca indulgente con los demás hombres.

Pero la disciplina y una despiadada severidad son los auténticos fundamentos del edificio doctrinal calvinista. Según la concepción de Calvino, en modo alguno tiene derecho el hombre a ir por nuestro mundo con mirada sinceramente elevada y con clara conciencia, sino que tiene que perseverar permanentemente en el "temor del Señor", aplastado en un humillante sentimiento de agobio por su irremediable insuficiencia. Desde su comienzo, la puritana moral de Calvino establece el concepto de que el alegre e ingenuo goce es igual al "pecado" y todo lo que presta una forma ornada y ardiente a nuestra existencia terrena, todo lo que quiere poner en tensión, elevar, redimir y levantar dichosamente nuestra alma, — en primer término, por lo tanto, la sensualidad, — es prohibido como algo vano y enojosamente superfino. Hasta en el imperio religioso, que desde toda la eternidad vino siempre unido a lo místico y a las artes culturales, imprime Calvino su propia objetividad ideológica; sin excepción, deja a un lado en la iglesia y los ritos todo lo que entretenga a los sentidos, lo que puede ablandar la sensibilidad y acallar vagamente la conciencia, pues, no con un alma excitada por el arte debe acercarse a lo divino el verdadero creyente, no envuelto en dulces vapores de incienso, no fascinado por la música ni seducido por la belleza de pinturas y esculturas, en apariencia devotas, pero en realidad pecaminosas. Sólo en la claridad está la verdad; la certidumbre, sólo en la inteligible palabra de Dios. Fuera, pues, de la iglesia todas las "idolatrías" de cuadros y de estatuas; fuera los policromos ornamentos, fuera los libros de misa y los tabernáculos de la mesa del Señor: Dios no necesita ningún esplendor. Fuera todas las disolutas embriagueces del alma: fuera la música, fuera los sones' del órgano durante él oficio divino. Hasta las campanas de las iglesias tienen, desde entonces, en Ginebra que guardar silencio : al auténtico creyente no debe serle recordado su deber por un muerto bronce. La piedad no se conserva con exterioridades, ni con sacrificios y gastos, sólo con obediencia interna. Fuera, pues, las altas dignidades y todas las ceremonias de la iglesia, fuera todos los símbolos y ritos, que desaparezcan de una vez todas las solemnidades y fiestas. De una sola plumada, borra Calvino los días de fiesta del calendario. Exceptuando las fiestas de Pascua y Navidades, celebradas ya en las catacumbas romanas, son suprimidos todos los días de los santos, prohibidos los usos de antiguo familiares : el Dios de Calvino no quiere ser celebrado y ni siquiera ser amado, sino sólo ser siempre temido. Es engreimiento el que el ser humano intente abrirse paso hasta El con éxtasis y exaltación, en lugar de servirle desde lejos con un decoroso temor. Pues éste es el más profundo sentido del cambio de valores calvinista: para levantar lo más alto posible lo divino sobre el mundo, rebaja Calvino lo terreno hasta un punto inconmensurablemente profundo; para proporcionar a la idea de Dios la más perfecta dignidad, descalifica y degrada la idea del hombre. Jamás, este reformador misantrópico fue capaz de ver en la humanidad algo más que un atajo de pecadores sin salvación ni disciplina, y con una crueldad y espanto monacales, sintió enojo, durante toda su vida, contra las mil deliciosas e inagotables fuentes de donde se derrama el placer en nuestro mundo. ¡ Qué incomprensible decreto de Dios, — vuelve siempre a balbucear Calvino, — el haber creado a sus criaturas con tantas imperfecciones e inmoralidad, inclinadas al vicio de modo permanente, incapaces de reconocer lo divino, impacientes de perderse en el pecado! Apodérase de él un escalofrío cada vez que contempla a su prójimo, y acaso jamás un gran fundador religioso haya rebajado en su dignidad a los hombres de modo tan profundo y despiadado; llámalos "béte indomptable et feroce", y "une ordure", aun más enojado, y literalmente escribe en su Institution Chrétienne: "Si se considera al hombre únicamente según sus dones naturales, no se encuentra en él, desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de los pies, ni la menor huella de bondad. Todo lo que hay en él que aun pueda ser un poco digno de alabanza procede de la bondad de Dios. . . Toda nuestra justicia es injusticia, nuestros méritos basura, nuestra fama vergüenza. Y las mejores cosas que se originan de nosotros, están siempre inficionadas y llenas de vicios por la impureza de la carne y mezcladas con suciedad".

Quien, en sentido filosófico, considera al hombre como tal fracasada y malograda hechura de Dios, es natural que, como teólogo y político, no conceda jamás que Dios haya otorgado a tal monstruo ni la más mínima especie de libertad o de independencia. Despiadadamente, por lo tanto, tiene que ser gobernada y administrada una criatura tan corrompida y dañada por su concupiscencia vital, pues "si se abandona al hombre a sí mismo, su alma sólo es capaz de lo malo". De una vez para siempre, tiene que serle roto el espinazo a la pretensión del hijo de Adán de poseer alguna especie de derecho a establecer sus relaciones con Dios y con el mundo terreno conforme a su personalidad, y cuanto más duramente se le quebrante su propia voluntad, cuanto más se subordine y castigue al hombre, tanto mejor para él. ¡En ningún caso libertad alguna, pues el hombre siempre ha de emplearla para el mal! ¡Sólo rebajarlo con violencia ante la magnitud de Dios! ¡Sólo desengañarlo de su engreimiento e intimidarlo, hasta que, sin contradicción, venga a incluirse en el rebaño, piadoso y obediente, hasta que todo lo extraordinario se haya disuelto sin dejar huella en el orden general, el individuo en la masa! Para esta draconiana desposesión de la personalidad, para este vandálico saqueo del individuo en favor de la comunidad, establece Calvino un método especial, la célebre "disciplina", la "disciplina eclesiástica". Y apenas nunca, hasta nuestros días, fue impuesta a la humanidad una rienda más dura para su refrenamiento. Desde el primer instante, este organizador genial encierra a su "rebaño", a su "comunidad", dentro de un redil de alambres de espino, — las llamadas Ordenanzas, — y establece al mismo tiempo un cargo especial para vigilar la ejecución de su terrorismo de las costumbres, el "consistorio", cuya función primera es definida de modo altamente ambiguo diciendo que tiene que "vigilar a la comunidad a fin de que Dios sea venerado con pureza". Pero sólo en apariencia se limita la esfera de la influencia de esta inspección a la vida religiosa. Pues, mediante el perfecto encadenamiento de lo mundano con lo trascendental en la concepción totalitaria del Estado de Calvino, desde entonces, hasta lo más privado de las manifestaciones de la vida caen bajo la inspección de la autoridad; expresamente figura entre las atribuciones del consistorio prescribir a los anciens que "presten atención a la vida de cada cual". Nada debe escapar a su observación, y no sólo "vigilar las palabras que se dicen, sino también las opiniones e ideas .

Naturalmente, que desde el día en que es impuesto en Ginebra este control universal no existe ya vida privada. De un solo salto, Calvino fue más allá que la inquisición católica, la cual sólo procedía siempre en virtud de avisos y denuncias de sus espías y vigilantes. En Ginebra, sin embargo, conforme con el sistema de concepción universal de Calvino de que cada hombre está inclinado siempre al mal, cada cual es considerado previamente como sospechoso de pecado y tiene que someterse a vigilancia. Desde el regreso de Calvino, todas las casas tienen de pronto abiertas sus puertas y todas las paredes se han hecho súbitamente de cristal. A cada momento, de día y de noche, puede llamar rudamente al aldabón de la puerta y presentarse para una "visitation" un miembro de la policía eclesiástica, sin que al ciudadano le quepa en modo alguno defenderse de ello. El más rico como el más pobre, el mayor como el menor, tienen que someterse, siquiera una vez al mes, a que le pidan amplias cuentas estos profesionales husmeadores de las costumbres. Durante horas enteras, — pues se dispone en las Ordenanzas: "Hay que tomarse bastante tiempo para realizar con calma esta investigación", — varones de canos cabellos, respetables, llenos de experiencia, tienen que dejarse examinar como niños de la escuela para ver si saben bien de memoria las plegarias y por qué dejaron, quizás, de asistir a una predicación de Calvino. Pero con esta catequización y moralización no está de ningún modo terminada la visita. Pues en todo se inmiscuye esta checa moral. Manosea los vestidos de las mujeres para ver si son demasiado largos o demasiado cortos, si tienen excesivos adornos o un corte peligroso; reconoce los cabellos, por si el peinado no se alza de un modo demasiado artificioso, y cuenta los anillos en los dedos y los zapatos en el armario. Del tocador pasan a la mesa de la cocina, por si, con alguna sopilla o un trozo de fiambre, se ha transgredido el único manjar permitido, o si, en cualquier parte, están ocultas golosinas o mermeladas. Y la piadosa policía continúa su peregrinación por la casa. Registra la alacena de los libros por ver si encuentra allí cualquier volumen sin el ilustre sello de censura del consistorio; revuelve los anaqueles, por si se oculta allí alguna sagrada imagen o un rosario. Los sirvientes son interrogados acerca de sus amos y los hijos de sus padres. Al mismo tiempo, la policía escucha por las calles, no vaya a ser que alguien cante en algún sitio una canción profana o ejecute música o acaso llegue hasta a abandonarse al demonio del vicio de la jovialidad. Pues, desde entonces, se mantiene en Ginebra una permanente batida contra toda forma de diversión, contra toda "paillardise", y ¡ay del ciudadano que se deje atrapar cuando, después del trabajo, quiera ir a la taberna en demanda de un sorbo de vino o encuentre satisfacción jugando a los dados o a las cartas! Día tras día, se desarrollan los episodios de esta caza del hombre, y hasta los domingos no se dan reposo alguno los espías de las costumbres. Entonces, son recorridas de nuevo todas las calles y se llama de puerta en puerta para comprobar si no hay algún perezoso o indolente que haya preferido quedarse en la cama en vez de ir a edificarse con la predicación del señor Calvino. En la iglesia, mientras tanto, están ya a su vez preparados otros acechadores para denunciar a todo aquel que entra demasiado tarde en la casa de Dios o quiera abandonarla antes de tiempo.

Omnipresentes e infatigables, trabajan estos protectores oficiales de las buenas costumbres; por la noche, recorren las oscuras arboledas de la ribera del Ródano por si hay alguna pareja pecadora que quiera entregarse allí a minúsculas ternuras; en las posadas registran los lechos y baúles de los forasteros. Abren todas las cartas que llegan a Ginebra o que parten de la ciudad, y la bien organizada vigilancia del consistorio alcanza a mucho más allá de las murallas urbanas. En las diligencias, en los botes, en los navíos, en los mercados extranjeros y en las posadas de los territorios vecinos, en todas partes se encuentran sus espías a sueldo; cada palabra que cualquier descontento haya ( dicho en Lyon o París, es infaliblemente comunicada.

Pero lo que hace aun más insoportable esta vigilancia, ya en sí insoportable, es que, a aquellos acechadores oficiales y pagados, se les unen bien pronto otros innumerables, que no han sido llamados a realizar tal función. Pues, en todas partes donde un Estado mantiene en el terror a sus ciudadanos, florece la repugnante planta de la delación voluntaria. Donde se permita, en principio, y hasta se desee que sean hechas denuncias, siempre habrá hombres, por lo demás honrados, que, por obra del miedo, se conviertan en denunciantes: sólo para apartar de sí la sospecha de "haber delinquido contra el honor de Dios", vitupera y acecha cada ciudadano a sus conciudadanos. El "zelo della paura", el celo del miedo, corre aún con mayor impaciencia que todo denunciador oficial. Y al cabo de algunos años, habría podido en realidad el consistorio interrumpir toda vigilancia, pues todos los ciudadanos se han convertido en soplones voluntarios. Día y noche, fluye la turbia marea de las denuncias y mantiene en rodar permanente el molino de la inquisición eclesiástica.

Pero ¿cómo sentirse seguro bajo este constante terrorismo de las costumbres, de no ser culpable de ninguna transgresión a los mandamientos de Dios, ya que, en realidad, está prohibido por Calvino todo lo que hace la vida alegre y merecedora de ser vivida? Prohibido está el teatro, los recreos, las fiestas del pueblo, el baile y el juego en todas sus formas ; hasta un deporte tan inocente como el patinar provoca el bilioso disfavor de Calvino. Prohibido está todo traje que no sea el más austero y casi monacal; prohibido, por lo tanto, a los sastres, ejecutar ningún cambio en la hechura de la ropa sin permiso de la autoridad; prohibido a las muchachas llevar vestidos de seda antes de la edad de quince años, y, después de esa edad, llevar trajes de terciopelo; prohibida la ropa con bordados de oro y plata, las trencillas de oro, los botones y broches, como en general todo empleo de oro y uso de joyas.

Prohibido a los hombres llevar largos los cabellos, separados por una raya en lo alto de la cabeza, y a las mujeres todo peinado alto y todo rizado; prohibidos los encajes, guantes, escarolados y zapatos acuchillados. Prohibido utilizar las sillas de manos y las voitures roulantes. Prohibidas las fiestas de familia de más de veinte personas; prohibido, en los bautizos y desposorios, servir más de un número determinado de platos y ninguna golosina, como, por ejemplo, frutas confitadas.

Prohibido beber otro vino que no sea el tinto del país, prohibido el brindar, prohibido el comer caza, volatería y pasteles. Prohibido a los casados, con ocasión de su matrimonio, o seis meses después, hacerse ningún presente. Prohibido, naturalmente, todo comercio extramatrimonial; hasta para los desposados no hay indulgencia alguna. Prohibido al natural del país el entrar en ninguna posada; prohibido al posadero suministrar manjares y bebida a un forastero antes de que haya hecho su oración, y, fuera de esto, imponerle severamente el deber de ser espía de sus huéspedes, prestando atención "diligemment" a toda palabra o conducta sospechosa. Prohibido mandar imprimir un libro sin permiso, prohibido escribir para el extranjero; el arte, en todas sus formas, es vigilado del modo más severo; prohibidas las imágenes de santos y esculturas. Hasta al cantar piadosamente los salmos, disponen las ordenanzas "que se preste cuidadosa atención" a que el interés no se dirija a la melodía sino al espíritu y sentido de las palabras, pues "sólo con palabras vivientes debe Dios ser alabado". Ni siquiera la libre elección del nombre que ha de ser impuesto en el bautizo a sus hijos le es ya permitido a los ciudadanos, libres en otro tiempo. Son prohibidos nombres desde hace siglos familiares, como Claudio o Amadeo, porque no están en la Biblia, y, por el contrario, se obliga a imponer nombres bíblicos como Isaac y Adán. Prohibido el rezar el Padrenuestro en latín; prohibido el dejar de trabajar en los días de fiesta de Pascua y Navidades; prohibido todo lo que interrumpe festivamente la gris sobriedad de la existencia; prohibida, naturalmente, toda sombra y apariencia de libertad espiritual en la palabra impresa o hablada. Y prohibida — como crimen capital de todos los crímenes —, toda crítica de la dictadura de Calvino: expresamente, entre toques de trompetas, se advierte que "no se hable de los asuntos públicos más que en presencia del Consejo".

Prohibido, prohibido, prohibido, con un ritmo espantoso. Y, lleno de asombro, pregunta uno: ¿qué es lo que les está todavía permitido a los ciudadanos de Ginebra, al cabo de tantas prohibiciones? No mucho. Les está permitido vivir y morirse, trabajar y obedecer e ir a la iglesia. O mejor dicho, esto último no sólo les es permitido sino que les es ordenado bajo severas penas. Pues ¡ay del ciudadano que no cuide de oír las predicaciones de su parroquia, dos sermones los domingos, tres entre semana, y la clase de edificación para los niños! Ni siquiera en el día de fiesta se afloja el yugo de la coacción; despiadadamente gira el círculo del deber, del deber, siempre del deber. Después del más duro servicio para ganar el pan cotidiano, el servicio divino; la semana para el trabajo, y el domingo para la iglesia; así, y sólo así, puede ser muerto Satán en cada hombre, y, a la verdad, también toda libertad y alegría del vivir quedan muertas con ello.

Pero ¿cómo es posible preguntarse con asombro, que una ciudad republicana, que había vivido a lo largo de decenios en la libertad helvética, soportara tal dictadura a lo Savonarola, cómo que un pueblo alegre hasta entonces, con carácter meridional, permitiera semejante agarrotamiento de su dicha de vivir? ¿Cómo fue capaz un único asceta intelectual de marchitar de modo tan completo el goce de existir de miles y miles de seres humanos? El secreto de Calvino no es cosa nueva sino sólo ¡el eterno y antiguo procedimiento de todas las dictaduras: el terror. Que no se deje engañar nadie: una fuerza a la que no hay nada que la haga retroceder con espanto y que se mofa de todo sentimiento humanitario, como de una debilidad, es una fuerza monstruosa. Un terrorismo de Estado, ideado sistemática y despóticamente practicado, paraliza la voluntad del individuo y desata y socava toda comunidad. Lo mismo que un mal conmutivo, va devorando las almas, y, — este es su último secreto —, bien pronto la cobardía general se trueca en auxiliar y encubridora suya, pues como cada cual se siente acechado, acecha a su vez a los otros, y, los más acobardados pronto van más allá, por miedo hasta de las mismas órdenes y prohibiciones de su tirano.

Un régimen de terror bien organizado es capaz siempre de realizar milagros, y, cuando se trata de su autoridad, jamás vacila Calvino en volver a hacer que sea verdadero este prodigio; en rigor implacable, apenas excedió ningún otro tirano espiritual, y no disculpa su dureza el que, — como todas las otras cualidades de Calvino —, fuera ésta, en realidad, producto de su ideología. Cierto que, personalmente, este hombre espiritual, este hombre nervioso, este intelectual, tuvo el más extremado horror ante la sangre, y fue incapaz, — según él mismo confiesa —, de soportar la crueldad y jamás estuvo en situación de asistir ni a uno solo de los actos de martirio y a quemas en la hoguera que se realizaban en Ginebra. Pero, de una vez para siempre, hay que decir que ésta es la culpa peor del teórico, el cual no posee la resistencia de nervios necesaria para presenciar una sola ejecución, ni mucho menos para ejecutarla por sí mismo, — de nuevo, el tipo de Robespierre —, y sin embargo, ordena sin reflexionar centenares de tales condenas, tan pronto como se siente cubierto por su "idea", su teoría o su sistema. Ser duro y despiadado contra todo "pecador", considerábalo Calvino como el mandamiento capital de su sistema, y el llevar esto a la práctica sin omitir detalle, también a consecuencia de su concepción trascendental del universo, es para él como un servicio que le ha sido impuesto por Dios; de este modo, tiene por deber suyo conducirse despiadadamente con su propia naturaleza, endurecerse para la crueldad con sistemática disciplina; se "ejercita" en ser riguroso como en un arte elevado: "Me ejercito en mi severidad para combatir el vicio general". A la verdad, esta humana voluntad de bronce tuvo un éxito espantosamente completo en su auto-disciplinación para la falta de bondad.

Confiesa abiertamente que preferiría ver que sufriera castigo un inocente que no el que un solo culpable quedara sustraído a la justicia divina; y una vez, como una de las muchas ejecuciones, por torpeza del verdugo, se prolongara hasta convertirse en una involuntaria tortura, escribióle a Farel, Calvino, disculpándolo. "Cierto que no ha sucedido sin especial voluntad de Dios el que el condenado tuviera que sufrir tal prolongación de su tormento". Mejor es ser demasiado duro que demasiado blando cuando se trata de la "honra de Dios", era el argumento favorito de Calvino. Sólo por medio de un permanente castigo, puede llegar a originarse una humanidad moral.

No es difícil imaginarse lo criminal que tiene que resultar esta tesis al ser puesta por obra en un mundo aún medieval. Ya en los primeros cinco años de la soberanía de Calvino, fueron ahorcadas trece personas en aquella ciudad relativamente pequeña, diez decapitadas, treinta y cinco quemadas, aparte de setenta y seis seres humanos expulsados de su casa y residencia y de los muchos, no contados, que a tiempo bastante huyeron ante el terror. Bien pronto están tan repletas todas las cárceles en la "nueva Jerusalén" que el carcelero tiene que comunicar a la municipalidad que en adelante no puede seguir haciéndose cargo de más prisioneros. Tan espantosos martirios son empleados, no sólo después de una sentencia, sino también a causa de simples sospechas, que los acusados prefieren darse muerte a ser arrastrados a la cámara del tormento ; por último, el consejo tiene que disponer que los prisioneros estén día y noche presos con esposas "para impedir acaecimientos de esta especie". Pero nunca se oye ni una sola palabra de Calvino para suprimir semejantes crueldades. Es espantoso el precio que paga la ciudad por el "orden" y la "disciplina", pues jamás conoció Ginebra tantas sentencias de muerte, tantos castigos, tormentos y destierros como desde que, en el nombre de Dios, domina Calvino. Con razón dice Balzac que el terror religioso de Calvino es aún más estremecedor que la orgía de sangre de la Revolución francesa. "La furiosa intolerancia religiosa de Calvino era moralmente más cerrada y menos piadosa que la intolerancia política de Robespierre, y, si le hubiera sido dado un círculo de acción más dilatado que Ginebra, Calvino habría derramado todavía más sangre que el espantoso apóstol de la igualdad política".

No obstante, no sólo son estas bárbaras sentencias de muerte el instrumento con el que Calvino quebrantó el sentimiento de libertad de los ginebrinos: la verdadera labor de reblandecimiento colectivo la realizaban las sistemáticas vejaciones y las intimidaciones diarias. A primera vista, parece quizás ridículo en qué menudencias fue a meterse la "disciplina" de Calvino. Pero no debe despreciarse la psicología de este método. Intencionalmente, teje Calvino de modo tan estrecho y menudo las mallas de la red de prohibiciones, que, en realidad, es imposible desligarse a su través y quedar en libertad: de intento acumula las prohibiciones sobre pequeñeces y menudencias a fin de que cada cual se sienta ininterrumpidamente culpable y se origine una permanente situación de miedo ante la autoridad todopoderosa y sabedora de todo. Pues cuantos más cepos, a derecha e izquierda, se le pongan al hombre en su diario camino, tanto más difícil será para él recorrerlo libre y erguido y pronto es imposible, en Ginebra, sentirse seguro de que el consistorio no declare como pecaminoso cada despreocupada espiración de aire. Basta hojear la lista de los protocolos del consejo para comprender el refinamiento de este método de intimidación. Un ciudadano sonrió durante un bautizo: tres días de prisión. Otro, fatigado por el calor estival, se durmió durante el sermón: cárcel. Unos trabajadores comieron pasteles al almuerzo: tres días a pan y agua. Dos ciudadanos jugaron a los bolos: cárcel. Otros dos jugaron a los dados un cuartillo de vino: cárcel. Un hombre se atrevió a imponer a su hijo en el bautizo el nombre de Abraham: cárcel. Un violinista ciego tocó para que se bailara: destierro de la ciudad. Un hombre alabó la traducción de la Biblia de Castalión: destierro. Una muchacha fue sorprendida patinando, una mujer se arrojó sobre la tumba de su esposo, un ciudadano ofreció a su vecino durante el oficio divino una pulgarada de tabaco: citación ante el consistorio, amonestación y penitencia. Y así siempre y siempre, sin término y sin pausa. Gentes de buen humor, el día de Reyes, introdujeron un haba en la torta: veinticuatro horas a pan y agua. Un ciudadano dijo Monsieur Calvino en vez de Maítre Calvino; algunos aldeanos, según antiquísima costumbre, hablaron de sus asuntos al salir de la iglesia: cárcel, cárcel, cárcel. Un hombre jugó a las cartas: es expuesto en la picota, con los naipes en torno al cuello. Otro cantó petulantemente por la calle: se le indica que "cante fuera", es decir, se le destierra de la ciudad. Dos barqueros tuvieron una pendencia sin que nadie fuera muerto en ella: condenados a la última pena.

Tres muchachos menores que cometieron indecencias entre ellos son sentenciados primero al fuego; después, indultados, tienen que estar en público ante la ardiente hoguera. Del modo más furioso, naturalmente, es castigado todo ataque contra la infalibilidad política y eclesiástica de Calvino.

Un hombre que habló en público contra la doctrina de la predestinación de Calvino, es agotado en todos los cruces de calles de la ciudad hasta que mane sangre, y después desterrado. A un impresor de libros que estando ebrio, insultó a Calvino, le es atravesada la lengua con un hierro candente antes de que se le expulse de la ciudad; Jacques Gruet, sólo porque calificó de hipócrita a Calvino, es atormentado y ajusticiado. Cada delito, hasta los más nimios, son además, cuidadosamente anotados en las actas de la ciudad, de modo que la vida privada de cada uno de los ciudadanos es mantenida en perpetua evidencia; la policía de costumbres de Calvino, al igual de lo que hace él mismo, no conoce ni el perdón ni el olvido.

Es inevitable que tal terrorismo eternamente despierto tenga que acabar por quebrantar la dignidad interna y la energía, tanto de los individuos como de las masas. Si en la vida de un Estado, cada ciudadano tiene que estar incesantemente dispuesto a ser interrogado, sometido a indagaciones y sentenciado; cuando sabe que, de modo permanente, hay unos invisibles ojos y oídos de espías para cada una de sus acciones y de sus palabras; cuando, inesperadamente, de día y de noche, la puerta de su casa puede ser abierta para una súbita "visitación", se van aflojando poco a poco sus nervios, originase un miedo colectivo que sucesivamente rinde, por contagio, hasta a los más valientes. Toda voluntad de afirmarse a sí mismo tiene por último que quedar paralizada en tan vano combatir, y, gracias a su sistema penal, gracias a su "disciplina", en poco tiempo la ciudad de Ginebra se convirtió realmente en tal como la quería su dictador: temerosa de Dios, tímida, sobria y voluntariamente sometida, sin resistencia de ninguna clase, a una voluntad única: la de Calvino.

Bastan algunos años bajo esta disciplina y Ginebra comienza a transformarse. Algo como un velo gris está extendido sobre la ciudad, en otro tiempo libre y alegre.

Han desaparecido los trajes abigarrados, se han apagado los colores, no suena ya ninguna campana en las torres, ni ninguna animadora canción en las calles; cada casa llega a ser fría y sin adornos como una iglesia calvinista. Las posadas están desiertas desde que el violín no es tocado ya para la danza, desde que los bolos no ruedan ya gozosamente por el cobertizo, desde que los dados de hueso no caen ya ligeros del cubilete a la mesa. Los lugares de baile permanecen vacíos; las sombrías alamedas, donde se encontraban las parejas de enamorados, están abandonadas; sólo el desnudo recinto de la iglesia junta los domingos a los seres humanos en una reunión grave y silenciosa, la ciudad tiene ahora otro semblante, severo y moroso, el semblante de Calvino, y, poco a poco, todos sus habitantes, por miedo o inconsciente acomodación, adoptan su rígido continente, su inexorable seriedad.

Ya no caminan fácil y sueltamente de un lado a otro; sus miradas no se atreven ya a mostrar su fuego, por temor a que la cordialidad pueda ser tenida por sensualidad.

Se olvidan de vivir con alegre confianza, por timidez ante el hombre severo que jamás muestra en público jovialidad alguna. Hasta en el círculo más íntimo, se han acostumbrado a murmurar en vez de hablar, pues detrás de cada puerta pueden acechar sirvientes y criadas; por todas partes descubre el miedo, que ya se ha hecho crónico, invisibles delatores y espías, a sus espaldas. ¡Lo que más importa es que nadie se fije en uno! ¡No llamar la atención, ni por la ropa, ni por una frase ligera, ni por un semblante animado! ¡No hacerse sospechoso! ¡Conseguir que le olviden a uno! Lo que prefieren los ginebrinos es permanecer en sus casas: los cerrojos y las paredes todavía protegen, hasta cierto punto, de las miradas y de las sospechas. Pero al instante se retiran espantados de la ventana, si, por casualidad, ven a alguien del consistorio que avanza a lo largo de la calle; ¿quién sabe lo que el vecino puede haber denunciado o dicho acerca de él? Después, si tienen que salir a la calle se deslizan con los ojos bajos, silenciosos y taciturnos, envueltos en sus oscuros mantos, como si fueran al sermón o a un entierro. Hasta los niños que se crían bajo esta nueva severa disciplina y son fuertemente atemorizados en las "lecciones de edificación" no juegan ya petulante y ruidosamente como los otros chicos; también ellos agachan la cabeza, como bajo el temor de un golpe invisible; se desarrollan tímidos y sin frescura, como flores que han florecido, no bajo el sol, sino en una sombra fría.

Con toda regularidad, como una maquinaria de relojería, jamás interrumpida por días de fiesta ni días de descanso, sigue con su triste y helado tic-tac el ritmo de esta ciudad, uniforme, ordenado y seguro. Quien, como nuevo y extraño, llega a sus calles, tendría que creer que la ciudad está de luto, tan fosca y fríamente le miran los hombres, tan silenciosas y sin alegría están las callejas, tan fosca y abrumadora es la atmósfera espiritual. A la verdad, la disciplina es admirable cosa, pero esta severa moderación y templanza que Calvino impuso forzadamente a la ciudad es pagada con una inconmensurable pérdida de todas las fuerzas sagradas que nunca se originan sino de las superfluidades y sobreabundancias. Y aunque esta ciudad pueda llamar suyos a gran número de ciudadanos piadosos y temerosos de Dios, de diligentes teólogos y de graves letrados, aun dos siglos después de Calvino Ginebra no ha producido ningún pintor, ningún músico, ningún artista de fama universal. Lo extraordinario quedó sacrificado a lo ordenado ; la libertad creadora al servilismo que no opone contradicción. Y cuando, por fin, pasando el tiempo, vuelve en esta ciudad a nacer un artista, éste no será, durante toda su vida, sino una perenne rebelión contra lo que oprime la personalidad; sólo en la figura de su más independiente ciudadano, sólo en Juan Jacobo Rousseau, creará Ginebra al opuesto polo espiritual de Calvino.

 

APARECE CASTALIÓN

TEMER a un dictador no es en modo alguno lo mismo que amarle y quien se somete exteriormente a un sistema de terror está muy lejos de reconocer su justificación con ello. A la verdad, en los primeros meses después de su regreso, todavía es unánime, en ciudadanos y funcionarios, la admiración hacia Calvino. Todos los partidos parecen estar en su favor desde que ya no hay más que un solo partido, y la mayor parte de las gentes ceden con entusiasmo a la embriaguez de la unificación. Pero pronto comienza la desilusión. Pues, naturalmente, todos los que habían llamado a Calvino para que pusiera orden habían esperado en secreto que este furioso dictador, tan pronto como estuviera asegurada la "disciplina", cedería en el rigor de su draconiana moral. En vez de ello, ven, de día en día, que los azotes se alzan más tensos; no escuchan nunca ni una sola frase de gracias por el inmenso sacrificio de libertad personal y alegría que han hecho; con enojo, tienen que escuchar desde el pulpito palabras como éstas: que sería necesaria una horca para colgar a unos setecientos u ochocientos muchachos ginebrinos, a fin de introducir realmente las buenas costumbres y la disciplina en esta ciudad podrida. Sólo ahora advierten que, en lugar del médico para las almas que pedían, han llamado dentro de los muros de la ciudad a un carcelero de su libertad y que, con medidas de coacción cada vez más duras, acabará por fin por causar el enojo de sus más fieles partidarios.

Por lo tanto, basta que trascurran muy pocos meses y ya existe de nuevo en Ginebra el descontento contra Calvino: desde la lejanía, como imagen del deseo, su "disciplina" actuaba de un modo mucho más seductor que con su dominadora presencia. Ahora, palidecen los colores románticos, y los que aun ayer lanzaban clamores de júbilo comienzan en voz baja a lanzar quejidos.

Mas, en todo caso, es preciso una ocasión bien patente y para todos comprensible, que conmueva el nimbo personal de un dictador, y esta ocasión ofrécese pronto. Por primera vez, comienzan los ginebrinos a dudar de la humana infalibilidad del consistorio durante una espantosa epidemia de peste que, durante tres años (desde 1542 hasta 1545), asoló la ciudad. Pues los mismos pastores que en general, con amenaza de los más severos castigos, exigían que todo enfermo, dentro del plazo de tres días, llamara al eclesiástico a la cabecera de su lecho, desde que uno de ellos falleció del contagio, dejan que los enfermos del hospital de apestados, padezcan y mueran sin el consuelo de la iglesia. Imploradora suplica la municipalidad, que, por lo menos uno de los miembros del consistorio, se encuentre dispuesto para "edificar y consolar a los pobres enfermos del hospital de apestados". Pero ni uno solo solicita ese puesto, fuera del rector de la escuela, Castalión, al cual, no obstante, no le es confiada esa misión por no ser miembro del consistorio. El mismo Calvino consiente que sus colegas lo declaren "indispensable" y confiesa abiertamente "que no convendría abandonar a toda la iglesia para socorrer a una de sus partes". Pero también los otros pastores, que no tenían que defender una misión tan decisiva, se ocultan porfiadamente lo más lejos posible del peligro. Siguen siendo vanas todas las conjuraciones del Consejo a los temerosos pastores de almas: algunos de ellos, hasta llegan a declarar, franca y libremente, que "preferirían ir a la horca que al hospital de apestados", y, el 5 de enero de 1543, presencia Ginebra la sorprendente escena de que la totalidad de los pastores reformados de la ciudad, con Calvino a su cabeza, se presenten en la asamblea del consejo para hacer allí pública su declaración, valiente a su manera de que ninguno de ellos tiene el valor suficiente para entrar en el hospital de apestados, aunque saben que sería su misión servir a Dios y a su santa Iglesia en los buenos como en los malos días.

Ahora bien, nada actúa de un modo tan convincente sobre un pueblo como el valor personal de sus directores. En Marsella, en Viena y en otras muchas ciudades, se celebra todavía, al cabo de varios siglos, la memoria de aquellos heroicos sacerdotes que, durante la gran epidemia, llevaron consuelos a las casas de los afectados. Tal heroísmo en sus cabezas no lo olvida jamás un pueblo; pero menos aún su personal cobardía en horas decisivas. Con furiosa befa, observaban y satirizaban ahora los ginebrinos el que los mismos clérigos que, desde lo alto del pulpito, exigían los mayores sacrificios, no estaban ellos mismos dispuestos ni a realizar el más pequeño, y fue en vano que, para desviar la desazón general, fuera inventada una comedia infame. Por orden del consejo, fueron atrapados algunos hampones y atormentados de la manera más espantosa hasta que confesaron, que, untando los llamadores de las puertas con un ungüento formado con excrementos del diablo, habían traído la peste a la ciudad. En vez de que Calvino, como humanista, se opusiera despreciativamente a tal chismorreo de viejas, este espíritu, siempre vuelto hacia el pasado, confiesa ser un convencido defensor de aquel medieval delirio. Pero aun más que su convencimiento, públicamente enunciado, de que los "semeurs de peste" habían llevado su merecido, le perjudica su afirmación, hecha desde lo alto del pulpito, de que un hombre, a causa de su ateísmo, había sido arrancado de su cama, en claro día, por el demonio, y arrojado a las aguas del Ródano; por primera vez, tiene que presenciar Calvino el que varios de sus oyentes apenas se molesten para ocultar su burla ante tal superstición.

En todo caso, una buena parte de aquella fe en su infalibilidad que significa para cada dictador un imprescindible elemento de poder psicológico, queda perturbada durante la epidemia de peste. Establécese una innegable desilusión: de modo más vivo y por círculos cada vez más dilatados, se extiende la resistencia. Pero, por dicha para Calvino, si se extiende no se reconcentra. Pues, en todos los tiempos, la ventaja momentánea de una dictadura, que le garantiza aún la soberanía cuando hace ya mucho tiempo que se ha pasado mucha gente a la oposición, consiste en que su militarizada voluntad se presenta unitariamente cerrada y organizada, mientras que la voluntad contraria, llegando de diversas partes y actuando por diversos motivos, nunca, o sólo tarde, se junta en una auténtica fuerza de choque.

No sirve de nada el que mucha y mucha gente de un pueblo esté internamente en contra de una dictadura, mientras estos muchos no se reúnan para actuar según un plan unitario y una estructura cerrada. Por ello, en general, desde las primeras sacudidas dadas a la autoridad de un dictador hasta su ruina definitiva hay todavía un largo y dificultoso trecho. Calvino, su consistorio, sus pastores y los emigrantes partidarios suyos representan un único bloque de voluntades, una apretada fuerza, segura de su propósito; sus adversarios, por el contrario, se reclutan, sin relación unos con otros, en todas las posibles esferas y clases sociales. Allí están, de una parte, los antiguos católicos, que, en lo secreto, pertenecen aún a su antigua fe, pero, junto a ellos, están también los bebedores de vino a quien les han cerrado las tabernas y las mujeres a quienes no se le permite adornarse. Después, de otra parte, los, antiguos patricios de Ginebra, enojados contra la pelonería de nueva cochura, contra los forasteros, que, apenas llegados en su emigración se posesionan cómodamente de todos los destinos públicos: esta oposición, relativamente numerosa y fuerte, se integra, de una parte, los elementos más nobles, y de otra, de los más lamentables; pero mientras los desazonados no se liguen entre sí con una idea general, sigue siendo impotente su descontento; sólo es una fuerza latente, en vez de ser una eficaz. Jamás puede prosperar una improvisada banda contra un militarizado ejército; jamás un desorganizado descontento contra un terror organizado. Por ello, en los primeros años es fácil para Calvino refrenar estos desparramados grupos, porque nunca se le oponen como totalidad, y de este modo, puede irse librando ya del uno ya del otro, con una dentellada dada de costado.

Realmente peligroso para el portador de una idea sólo lo es el hombre que le opone otro pensamiento, y eso lo reconoció al punto Calvino, con su clara y desconfiada mirada. Pues desde la primera hora hasta la última, entre todos sus adversarios, a ninguno temió más que al único que, espiritual y moralmente, era de condición igual a la suya, y que, con toda la pasión de una conciencia libre se sublevaba contra su tiranía espiritual: Sebastián Castalión.

Sólo nos ha sido conservado un único retrato de Castalión, y, por desgracia, no es más que mediano. Muestra un semblante totalmente grave y espiritual, con unos ojos francos, y casi podría decirse que veraces, bajo una frente alta y libre: fisonómicamente no nos dice nada más. No es ningún retrato que permita lanzar una ojeada a lo profundo de un carácter, pero de todos modos, informa de modo inequívoco sobre los rasgos más esenciales de este hombre: su íntima seguridad en sí mismo y su equilibrio. Si se ponen una al lado de la otra, las imágenes de ambos adversarios, Calvino y Castalión, será ya clara, plásticamente, la oposición que tenía que manifestarse más tarde en lo espiritual, de modo tan resuelto: el rostro de Calvino es todo tensión, una energía reconcentrada de modo convulsivo y enfermizo, que quiere ser descargada en impaciencia y rudeza; el semblante de Castalión se muestra indulgente y lleno de espectante serenidad. Toda fuego la mirada del uno, toda oscura serenidad la del otro: la impaciencia contra paciencia; celo explosivo contra resolución perseverante; fanatismo contra humanidad.

Casi tan escasas como las que poseemos de su aspecto exterior son las noticias de la juventud de Castalión. En 1515, seis años después que Calvino, nació en la frontera entre Suiza, Francia y Saboya. Su familia tuvo por nombre Chatillon o Chataillon, y acaso también, bajo el señorío saboyano, fue llamada Castellione o Castiglione, pero su lengua materna no debe haber sido la italiana sino la francesa. Bien pronto, a la verdad, su idioma propio llega a ser el latín, pues, a los veinte años, surge Castalión como estudiante en la Universidad de Lyon y allí adquiere además del conocimiento de las lenguas francesa e italiana, la absoluta maestría en el latín, el griego y el hebreo. Más tarde aprende alemán también, y de este modo, en todos los otros territorios del saber, su celo y sus conocimientos se muestran como tan sobresalientes que los humanistas y los teólogos, por unanimidad, lo contaron entre los hombres más sabios de aquel tiempo.

Al principio, son las bellas artes y las musas lo que seduce al joven estudiante, el cual, valiente y miserablemente, gana su pan dando lecciones; produce una serie de poesías y de escritos literarios latinos. Pero pronto se apodera de él una pasión más fuerte que la de las ya muertas cosas pretéritas: siéntese poderosamente poseído por los nuevos problemas del tiempo. El humanismo clásico, si se le considera históricamente, sólo tuvo en realidad una muy breve y gloriosa floración, que ocupa pocos decenios entre las dos grandes épocas de valor universal del Renacimiento y de la Reforma. Sólo durante un momento, esperó la juventud la redención del mundo de una renovación de los estudios clásicos, de una educación sistemática; no obstante, bien pronto les parece a los más apasionados a los mejores de esta generación, que no es nada más que una labor de viejos, un bajo servicio de carromateros, el reproducir una y otra vez, copiando antiguos pergaminos, a Cicerón y a Tucídides, mientras que, partiendo de Alemania como un incendio por un bosque, una revolución religiosa se va apoderando ya de millones de almas. Pronto, en todas las Universidades, se disputa más sobre la antigua Iglesia y la nueva que sobre Platón y Aristóteles; en lugar de las Pandectas, profesores y estudiantes hacen investigaciones sobre la Biblia; lo mismo que, en tiempos posteriores las oleadas de lo político, de lo nacional o de lo social, en el siglo XVI la irresistible pasión de contribuir a pensar, a discutir, a elaborar las ideas religiosas del tiempo, se apodera de toda la juventud europea. También Castalión es arrebatado por tal marea y un acaecimiento personal fue decisivo para su naturaleza humanitaria. Cuando, en Lyon, asiste por vez primera a la quema en la hoguera de un hereje, conmuévele hasta las últimas profundidades de su alma, de una parte, la crueldad de la Inquisición, y de otra, el animoso porte de la víctima. Desde este día, está resuelto a vivir y a luchar por la nueva doctrina, en la que ve libertad y liberación.

Naturalmente, que desde el momento en que el mancebo de veinticinco años se ha decidido por la Reforma, corre peligro su vida en Francia.

Siempre, donde quiera que un Estado o un sistema oprime fuertemente la libertad de creencias, sólo quedan tres caminos para aquellos que no quieran someterse a que sea violentada su conciencia: pueden combatir abiertamente al terrorismo estatal y convertirse en mártires; esta vía de la franca resistencia, la más osada de todas, la eligieron Berquin y Etienne Dolet, y pagaron su rebelión en la hoguera. O, para preservar la interna libertad, y, al mismo tiempo, conservar también la vida pueden someterse en apariencia y encubrir su auténtica opinión: ésta es la técnica de Erasmo y de Rabelais, los cuales, exteriormente, mantienen paz con la Iglesia y el Estado, para, envueltos en el manto de la sabiduría o cubiertos con la caperuza de cascabeles del bufón, disparar desde retaguardia sus envenenadas flechas, eludiendo con habilidad la acción de la fuerza, engañando a la brutalidad con astucias de Ulises. Como tercer refugio queda la emigración: el intento de pasar a salvo, con su persona, la interna libertad, desde el país donde es perseguida y despreñada hasta otra tierra donde le sea lícito respirar sin estorbos. Castalión, carácter recto pero al mismo tiempo suave, eligió, como Calvino, el camino más pacífico. A principios de 1540, poco después de haber contemplado con atormentado pecho, en Lyon, el suplicio en la hoguera de los primeros mártires evangélicos, abandonó su patria para ser desde entonces emisario y mediador de la doctrina evangélica.

Castalión se dirige a Estrasburgo, y, a la verdad, como la mayor parte de estos emigrados religiosos, propter Calvinum, "a causa de Calvino". Pues desde que este hombre, en el prólogo de su Institutio, exigió del modo más audaz, de Francisco I, la tolerancia y la libertad de creencias, aunque él mismo sea todavía un mancebo, pasa, ante toda la juventud francesa, como heraldo y abanderado de la doctrina evangélica. De él esperan todos estos refugiados aprender a sufrir sus persecuciones; de él, que sabe formular exigencias y plantear problemas, recibir una tarea para su vida. Como discípulo, y como discípulo entusiasta, — pues todavía el carácter ansioso de libertad de Castalión ve en Calvino el representante de la libertad espiritual, — dirígese inmediatamente Castalión a casa de su compatriota, y, durante una semana, habita en el hospedaje estudiantil que la mujer de Calvino ha organizado para estos futuros misioneros de la nueva doctrina. No obstante, en este primer momento no puede llegar a las deseadas íntimas relaciones, pues, poco después, es llamado ya Calvino a los concilios de Worms y de Hagenau. Se perdió la ocasión de establecer un primer lazo entre ellos. Pero el que Castalión, entonces de veinticuatro años, produjo ya una profunda impresión, manifiéstase muy pronto, pues apenas está asegurada la definitiva invocación a Calvino para que regrese a Ginebra, cuando, a propuesta de Farel con aprobación de Calvino, aquel otro sabio, floreciente de juventud, es llamado también a Ginebra como profesor de su escuela. Expresamente se le atribuye el título de rector, le son asignados dos maestros auxiliares a sus órdenes, y además, se le impone la deseada obligación de predicar en la iglesia de Vandoeuvres, una parroquia del territorio ginebrino.

Castalión justifica en un todo esta confianza y su actuación docente le proporciona además ocasión de un éxito, especialmente literario. Pues, para hacer a los discípulos más estimulante el aprendizaje del latín, traduce Castalión los más plásticos episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento en forma de diálogo latino. Pronto, el librillo, que al principio había sido pensado como un puente de los asnos para los niños de Ginebra, llega a ser universalmente conocido, y, en sus efectos literarios y pedagógicos, acaso sólo puede ser comparado con los Coloquios de Erasmo. Y aun, al cabo de los siglos, el librillo sigue siendo impreso; nada menos que cuarenta y siete ediciones han aparecido de él, cientos de miles de alumnos han aprendido en sus páginas los fundamentos del latín clásico. Y aunque, en el sentido de sus aspiraciones humanísticas, sea sólo una obra accesoria y de puro azar, siempre es este manualito latino el primer libro con el que Castalión se presentó en el proscenio espiritual de aquel tiempo.

Pero las ambiciones de Castalión van dirigidas hacia metas más elevadas que a escribir un libro escolar, agradable y útil. No renunció al humanismo para desparramar sus fuerzas y saber en pequeños trabajos. Este ser humano, joven e idealista, lleva en sí un alto plan que, hasta cierto punto, debe repetir y sobrepasar juntamente, la poderosa acción de Erasmo y la de Lutero: no se propone nada menos que traducir nuevamente toda la Biblia al latín y al francés. También su pueblo, el francés, debe tener a su alcance toda la verdad, lo mismo que, por la voluntad creadora de Erasmo y de Lutero, la tienen el mundo humanístico y el alemán. Y con la fe tenaz y silenciosa de su ser, Castalión se pone al trabajo en esta gigantesca empresa. Noche tras noche, el joven sabio que durante el día lucha fatigosamente en una tarea mal pagada para obtener el escaso pan de su familia, trabaja en aquel plan sacratísimo a que ha de consagrar su vida entera.

Empero, y en los primeros pasos tropieza Castalión con una resuelta resistencia. Un librero ginebrino se ha declarado dispuesto a imprimir la primera parte de su traducción latina de la Biblia. Pero en Ginebra, Calvino es ilimitado dictador en todas las cuestiones espirituales y eclesiásticas. Sin su consentimiento, sin su imprimatur, no es lícito que sea impreso libro alguno dentro de los muros de la ciudad; la censura nace siempre, naturalmente, como hija de toda dictadura.

De este modo, Castalión se dirige a Calvino, un hombre de letras a otro hombre de letras, un teólogo a otro teólogo, y le pide, como colega, el imprimatur. No obstante los caracteres autoritarios siempre ven en los pensadores independientes un adversario insoportable. La primera impresión de Calvino es de enojo y de despecho apenas disimulados. Pues él mismo escribió el prólogo para una traducción francesa de la Biblia hecha por un pariente suyo, y, con ello, hasta cierto punto, la ha reconocido como la Vulgata, como la Biblia oficial universalmente válida del protestantismo.

¡Qué "osadía", por lo tanto, la de este "joven" que no quiere reconocer humildemente como única válida y auténtica la versión que ha sido testimoniada por él y en la que colaboró él mismo, sino que, en vez de ello, quiere poner al lado de la otra una versión nueva y hecha además por su saber y conocimientos! Claramente se advierte el excitado mal humor de Calvino ante esa "arrogancia" de Castalión en su carta a Viret: "Escucha, ahora, la fantasía que le ha dado a nuestro Sebastián: nos da ocasión para reír pero también para sentir enojo. Race tres días vino a mi encuentro y me pidió permiso para publicar su traducción del Nuevo Testamento". Ya por este irónico tono puede uno imaginarse lo cordialmente que habrá recibido a su rival. En realidad, despacha a Castalión sin miramiento alguno: está dispuesto a darle el permiso, pero sólo con la condición de que ha de leer primero la versión y le sea lícito corregir en ella lo que, por su parte, considere corno necesitado de corrección.

Ahora bien, nada hay más remoto del carácter de Castalión que la vana complacencia en sus propias obras y la seguridad de sí mismo. Jamás, como Calvino, considera sus opiniones como las únicas verdaderas, su concepto sobre cualquier cosa como algo sin mácula e inatacable, y el prólogo que escribió después para esta traducción presenta por completo un dechado de modestia científica y humana. Abiertamente, consigna allí que él mismo no ha entendido todos los pasajes de la Sagrada Escritura, y avisa de ello al lector, para que no confíe, en su traducción, sin reflexionar, pues la Biblia es un libro oscuro, lleno de contradicciones y lo que él ofrece, es sólo una interpretación y no, en modo alguno, una certidumbre.

No obstante, por muy humana y humildemente que Castalión tase su propia obra, a tanta mayor altura coloca, como hombre, la nobleza de la independencia personal. En su conciencia de que, como hebraísta, como helenista y hombre de letras, en modo alguno se encuentra por debajo de Calvino, ve con razón una cosa depresiva en este querer censurarle de arriba abajo, en esta pretensión autoritaria cíe "mejorar" su obra. En una libre república de hombre de letras junto a hombres de letras, de teólogos junto a teólogos, no quiere colocarse, respecto a Calvino, en la situación de discípulo y maestro; no quiere dejar que sea tratada con el lápiz rojo su obra, sencillamente como el tema de un escolar. Para encontrar una humana salida, para testimoniar a Calvino su consideración personal, le ofrece que, a la hora que fuera conveniente para Calvino, iría a leerle el manuscrito, y ya se declara, con anticipación, dispuesto, a aceptar, en cuestiones de detalle, los consejos y las proposiciones del dictador. Pero Calvino es fundamentalmente opuesto a toda fórmula de conciliación. No quiere aconsejar, sólo ordenar. Rechaza esto, mezquiné y ásperamente. "Le comuniqué que, aunque me prometiera cien coronas, no me encontraría dispuesto a dejarme ligar con compromisos para un tiempo determinado, y después, quizás, discutir dos horas acerca de una palabra única. Con ello, se marchó enojado".

Por primera vez se cruzaron los aceros. Calvino experimentó que Castalión no está inclinado a someterse a él, sin voluntad alguna, en cosas eclesiásticas y espirituales; reconoció, en medio de la general adulación al eterno adversario de toda dictadura, al hombre independiente. Y desde esta hora, Calvino está decidido a apartar de su cargo, en la primera ocasión, y a ser posible de Ginebra, a este hombre que no quiere servirle a él, sino a su propia conciencia.

Quien busca un pretexto sabe siempre encontrarlo. Calvino no tuvo que esperar largo tiempo. Pues Castalión, que no puede alimentar a su numerosa familia con el sueldo tasado con mezquindad de un maestro de escuela, aspira al cargo íntimamente más adecuado para él y mejor pagado, de "Predicador de la palabra divina". Desde la hora en que dejó Lyon, el objetivo de su vida había sido el "llegar a ser servidor y mensajero de la doctrina evangélica, y ahora, hace ya meses que el excelente teólogo viene predicando en la iglesia de Vandoeuvres, sin que jamás haya sido alzada la menor objeción en aquella ciudad de costumbres tan severas; nadie, por lo tanto, en Ginebra puede solicitar con mejores títulos su admisión en el cuerpo de pastores. En efecto, la solicitud de Castalión encuentra unánime aprobación en el municipio, y, el 15 de diciembre de 1543, se decide que: "Sebastián, es un hombre muy sabio y muy indicado para servir a la iglesia, y, con ello, se ordena su colocación en el servicio eclesiástico".

Pero la municipalidad no contó con Calvino. £ Cómo? ¿sin preguntarle antes a él del modo más sumiso, ordenó el consejo municipal nombrar pastor, y, junto con ello, miembro del consistorio, a Castalión, persona que puede ser molesta para Calvino a causa de su íntima independencia? Al punto protesta contra el nombramiento de Castalión y explica su manera de proceder, poco propia de un colega, en una carta dirigida a Farel, con estos oscuros términos: "Hay importantes razones que impiden su nombramiento. . . En todo caso, ante el consejo no hice más que aludir a estos motivos y no los expresé, pero, al mismo tiempo, salí al encuentro de toda falsa sospecha respecto a él, para dejar su nombre libre de todo ataque. Mi intención es la de guardarle miramientos".

Al leer estas palabras, oscura y misteriosamente empleadas, es sorprendido el lector por cierta sospecha, en el primer momento desagradable.

¿No parece, realmente, como si aludieran a algo afrentoso contra Castalión, que le hacía incapaz de revestir la dignidad de pastor, a cualquier mácula que Calvino cubre magnánimamente con el cristiano manto de la indulgencia al "guardarle miramientos"? ¿De qué delito, pregúntase el lector, ha podido hacerse culpable este hombre de letras tan altamente apreciado, el cual es pasado en silencio por Calvino, con tanta magnanimidad? ¿Se ha apoderado de dinero ajeno? ¿Ha delinquido con mujeres? ¿Encubre su carácter, por toda la ciudad tenido como irreprochable, cualquier error secreto? Pero, con voluntaria falta de claridad, deja Calvino que se cierna sobre Castalión la más indeterminada de las sospechas, y nada es tan fatal para el honor y la consideración pública de un hombre como una ambigüedad que "guarda miramientos".

No obstante, Sebastián Castalión no quiere que se le "guarden". Tiene su conciencia pura y clara, y apenas llega a su conocimiento que es el propio Calvino, quien, a escondidas, quiere arruinar su fama, se presenta y exige que Calvino declare públicamente, ante la autoridad, por qué razones debe serle rehusado el cargo de pastor. Ahora tiene Calvino que poner sus cartas sobre la mesa y exponer el misterioso delito de Castalión; por fin, se llega a conocer el crimen con tan tierna solicitud silenciado por Calvino: Castalión, — ¡espantoso descarrío! — en dos secundarias interpretaciones teológicas de la Biblia no es por completo de la opinión de Calvino. En primer término expresó el punto de vista — y a ello asienten todos los teólogos, en alta voz o en voz baja, — de que el Cantar de Salomón no es en modo alguno una poesía religiosa, sino profana: el himno de la Sulamita, cuyos pechos triscan como dos cervatillos en campo de azucenas, constituye una poesía erótica totalmente mundanal y está bien lejos de ser una glorificación de la Iglesia. También la segunda divergencia es baladí: Castalión le concede al descendimiento de Cristo a los infiernos una significación distinta de la de Calvino.

Muy menudos y muy sin importancia se muestran, por lo tanto, los crímenes de Castalión "magnánimamente silenciados" por Calvino y a causa de los cuales debe serle negada la dignidad de pastor. Pero — y en este punto reside la cuestión realmente decisiva, — para un Calvino, en el terreno de la doctrina, no hay ni pequeñeces ni menudencias. Para su espíritu metódico, que aspira a una altísima unidad y autoridad en la nueva Iglesia, la más mínima desviación es tan peligrosa corno la más grande. Calvino quiere que en su fábrica, poderosa y lógicamente edificada, cada piedra, y hasta cada granillo de arena, esté inconmoviblemente colocado en su puesto, y lo mismo que en la vida política, lo mismo que en las costumbres y el derecho, también, en sentido religioso, le parece fundamentalmente insoportable cualquier forma de libertad. Si su Iglesia ha de durar, tiene que mostrarse autoritaria, desde sus cimientos hasta el último y más diminuto ornamento, y para quien no reconozca este su principio director, quien intente pensar con independencia en sentido liberal, para ése no hay espacio alguno en su Estado.

Desde el principio, pues, es trabajo perdido el que el consejo invite a Castalión y Calvino a una pública controversia, a fin de que concilien amigablemente sus diferencias de opinión. Pues—siempre hay que repetido—Calvino quiere ser él exclusivamente quien enseñe y no dejarse jamás instruir o convencer; no disputa nunca con nadie; sólo actúa como dictador. Ya en las primeras palabras exige de Castalión que "se convierta a nuestra opinión" y le previene del peligro de "confiar en su propio juicio", por tratarse, según el sentido de la concepción calvinista, de la necesaria unidad y autoridad en la Iglesia. Pero también Castalión permanece fiel a sí mismo. Pues la libertad de conciencia es para Castalión el supremo bien del alma y está dispuesto a pagar en el mundo cualquier precio por esta libertad. Sabe perfectamente que sólo necesitaría someterse a Calvino en estos dos minúsculos detalles y al instante le sería asegurada su lucrativa plaza en el Consistorio. Pero, insobornable en su independencia, responde Castalión que no puede prometer lo que no es capaz de cumplir sin proceder contra su conciencia.

Por lo tanto, es inútil la discusión. En estos dos hombres opónense, en aquella hora, la Reforma liberal, que exige para cada persona libertad en las cuestiones religiosas, y la Reforma ortodoxa; y con razón escribe Calvino después de esta fracasada explicación con Castalión: "Es un hombre que, en cuanto puedo juzgar por nuestras conversaciones, tiene tales ideas acerca de mí, que es difícil admitir que pueda jamás, entre nosotros, llegar a establecerse una unidad".

Pero ¿qué "ideas" son esas que tiene Castalión acerca de Calvino? Este último se hace traición a sí mismo al escribir que "a Sebastián se le ha puesto en la cabeza que tengo yo ansia de dominar". De modo más justo, no pueden, en realidad, ser expresados los hechos. Castalión, al cabo de poco tiempo, ha reconocido lo que los otros han de reconocer también prontamente: que Calvino, conforme a su tiránico natural, está decidido a no soportar en Ginebra más que una sola opinión, la suya, y que sólo es posible vivir en su esfera espiritual, si, como los de Beze y sus otros sucesores, se somete uno servilmente a cada letra de su doctrina. Pero Castalión no quiere respirar este aire de calabozo de un espiritual dominio coactivo. No es para someterse a una nueva vigilancia protestante de las conciencias para lo que huyó, desde Francia, ante el poder de la católica Inquisición; no renunció al antiguo dogma para ser siervo de uno nuevo. Para él, el Evangelio no es puramente un rígido y severo código de leyes, sino un modelo ético según el cual cada uno, con toda humildad, debe vivir dentro de sí y a su manera, sin que por ello ose afirmar que él y sólo él conoce la verdad. Una franca irritación asfixia el alma de este hombre libre cuando tiene que presenciar con qué soberbia y suficiencia, en Ginebra, los pastores recién nombrados exponen la palabra de Dios, como si sólo para ellos hubiera sido pronunciada claramente; apodérase de él la cólera contra estos orgullosos que, incesantemente, alaban su santa vocación y hablan de todos los demás como de repugnantes pecadores indignos. Y una vez, en una reunión pública, cuando era comentada la frase del Apóstol que dice: "Tenemos, en todas las cosas, por medio de una gran paciencia, que mostrarnos como enviados de Dios", alzóse repentinamente Castalión y dirigió a los "enviados de Dios" la invitación de que, por una vez siquiera, se examinaran a sí mismos en lugar de estar siempre, examinando, juzgando y castigando a los otros. Por desgracia, no conocemos el texto literal de la acometida de Castalión más que a través de la versión que comunica Calvino (el cual jamás hizo demasiados melindres para mudar alguna cosa cuando se trataba de un adversario). Pero aun en su unilateral versión, puede advertirse que Castalión se incluye a sí mismo en esta confesión de las faltas generales, pues dice: "Pablo era un siervo de Dios, pero nosotros nos servimos a nosotros mismos; era paciente, nosotros somos impacientes. Sufrió injusticias de los otros, pero nosotros perseguimos inocentes".

Calvino, presente en aquella reunión, parece haber quedado plenamente sorprendido del no preparado ataque de Castalión. Un discutidor apasionado y sanguíneo, un Lutero, habría saltado al instante y habría respondido con un encendido discurso; un Erasmo, un humanista, habría probablemente disputado sabia y serenamente; pero Calvino es, en primer término, político realista, un hombre de táctica y de práctica que sabe poner un freno a su temperamento. Advierte la fuerza con que las palabras de Castalión actuaron sobre los presentes y que no sería aconsejable oponérsele en aquel momento.

De este modo, permanece silencioso y aprieta sus sutiles labios hasta hacerlos aún más sutiles. "Por el momento guardé silencio — dice posteriormente, disculpando esta extraña moderación, — pero sólo para no iniciar una discusión violenta ante tantos extraños".

¿La desarrollará después en un círculo íntimo? ¿Tendrá una explicación con Castalión, hombre contra hombre y opinión contra opinión? ¿Le desafiará ante el Consistorio a que desarrolle su acusación general, citando nombres y hechos? De ningún modo. Calvino, en política, fue siempre ajeno a toda lealtad. Para él, toda tentativa de crítica no representa simplemente una discrepancia de opinión, sino un delito de Estado, un crimen. Mas los crímenes pertenecen al campo de las autoridades civiles. Allí, en lugar de llevarlo ante el Consistorio, es adonde arrastra a Castalión, transformando una discusión moral en una querella disciplinaria. Su acusación ante la municipalidad de la ciudad de Ginebra dice de este modo: "Castalión ha deprimido la autoridad de los eclesiásticos".

No con mucha satisfacción se reúne el consejo. No le gustan mucho estas regañinas eclesiásticas; hasta hay trazas de como si para las autoridades civiles no fuera muy desagradable el que, por fin, alguna vez, hubiera alguien que se atreviera a lanzar enérgicas y francas palabras contra la soberbia del Consistorio. Al principio, los consejeros van aplazando la resolución durante mucho tiempo, y su sentencia final atrae la atención por su carácter sorprendentemente ambiguo. Castalión es reprendido oralmente, pero no condenado o despedido; sólo su actividad como pastor de Vandoeuvres permanece en suspenso hasta más adelante1. Con esta tibia reprimenda, podía con facilidad haberse dado por contento Castalión. Pero, internamente, tiene ya tomada su' resolución. De nuevo ve confirmado el que junto a un carácter hasta tal punto tiránico como el de Calvino, no queda espacio alguno, en Ginebra, para un hombre libre. Por ello, solicita de la municipalidad la cesantía de su empleo. Pero, en esta primera prueba de fuerza, conoció ya, de modo suficiente, la táctica de su adversario para saber que los hombres de partido siempre tratan como soberanos a la verdad, cuando debe servir a su política; muy justamente prevé que su libre y varonil renuncia al cargo y dignidad de que había disfrutado será desfigurada después con la mentira de que perdió su puesto por cualquier clase de impuras razones. De este modo, exige Castalión, antes de abandonar Ginebra, un testimonio escrito sobre lo acaecido. Y con ello, se ve obligado Calvino a suscribir de su propia mano (todavía hoy puede verse el informe en la biblioteca de Basilea) que sólo a causa de haber surgido discrepancias entre ellos, en torno de dos aisladas cuestiones teológicas, ya no será Castalión nombrado pastor. Y, literalmente, sigue diciendo el documento: "A fin de que nadie pueda imaginar otra causa a la partida de Sebastián Castalión, testimoniamos aquí, para que haga efecto en todas partes, que renunció espontáneamente (sponte) a su cargo de maestro, y que antes lo había desempeñado de tal modo, que lo habíamos tenido por digno de pertenecer a la categoría de pastor. Si, no obstante, no fue recibido en ella, tal cosa no ocurrió, en modo alguno, porque se encontrara ninguna mácula en su conducta, sino, exclusivamente, por el motivo arriba mencionado".

El alejamiento casi forzado de Ginebra del único letrado de categoría igual a la suya significa una victoria para el despotismo de Calvino, pero propiamente, una victoria pírrica. Pues en los círculos más amplios, la separación del hombre de letras tan altamente apreciado se consideró como una gran pérdida. Públicamente se declara que "Calvino trató injustamente al Maestro Castalión", y, en todo el ámbito cosmopolita del humanismo, queda como probado, por medio de esta ocurrencia, que Calvino, en Ginebra, no tolera más que imitadores y secuaces suyos, y aun dos siglos después, Voltaire citará la opresión de Castalión como el más resuelto testimonio de la tiránica conducta espiritual de Calvino. "Puede medírsele por las persecuciones que infligió a Castalión, que era un letrado mucho mayor que él, y a quien, por celos, desterró de Ginebra".

Calvino, para las censuras, posee una piel sensible, hipersensible. Percibe, al instante, el general malestar que produjo con el apartamiento de Castalión. Y apenas tiene alcanzado su objeto de saber arrojado de Ginebra a este único hombre independiente y de categoría, oprímele la preocupación de que el público pueda acusarle a él de que Castalión ande vagando ahora por el mundo, absolutamente sin recursos. En efecto, la resolución de Castalión había sido desesperada. Pues, como declarado adversario de la más poderosa política protestante, no puede contar, dentro de Suiza, con ningún inmediato empleo en la Iglesia reformada; su ardiente determinación le ha arrojado en la más amarga miseria. Como mendigo, como hambriento, va de puerta en puerta el antiguo rector de la Escuela Reformada de Ginebra, y Calvino posee una vista lo bastante perspicaz para reconocer que esta pública situación de indigencia de un oprimido rival suyo tiene que aportar el más grave daño a su propia persona. De este modo, ahora, ya que Castalión no le es enojoso con su presencia, procura tender al expulsado un puente de plata. Con sorprendente diligencia, escribe carta tras carta a sus amigos, para disculparse, explicándoles cuánto se ha esforzado para conseguir una posición conveniente para el pobre y necesitado Castalión (que sólo por culpa suya llegó a ser pobre y necesitado). "Deseaba que pudiera, sin obstáculo, encontrar acomodo en cualquier lugar, y, por mi parte, habría dado facilidades para ello". Pero Castalión, como imaginaba Calvino, no se deja tapar la boca. Franca y abiertamente refiere por todas partes que tuvo que abandonar Ginebra a causa de] carácter despótico de Calvino, y, con ello, le hiere en su punto más sensible, pues jamás confesó públicamente éste su poder dictatorial, sino que siempre quiso ser considerado solamente como el más modesto y el más humilde esclavo de sus difíciles deberes. Al punto, cambiase ahora el tono de las cartas de Calvino; ha terminado, de repente, la piedad hacia Castalión. "¡Si supieras — dícele, quejándose, a un amigo — lo que este perro, me refiero a Sebastián, ladra contra mí! Refiere que sólo a causa de mi tiranía fue echado de su cargo, para que yo pudiera gobernar solo". En el transcurso de muy pocos meses, el mismo hombre acerca del cual Calvino suscribió con su propia mano que era totalmente digno de ser revestido con el sagrado cargo de siervo del Señor, se convirtió, para el mismo Calvino, en una "bestia", en un "chien", sólo porque prefirió hacer suya la más amarga pobreza en lugar de dejarse comprar y seducir con prebendas.

Esta heroica pobreza voluntariamente elegida por Castalión produjo, ya entonces, admiración entre sus contemporáneos. Expresamente consigna Montaigne que es lamentable que un hombre de tales merecimientos como Castalión tenga que sufrir tamaña necesidad, y ciertamente, añade, que muchas gentes habrían estado dispuestas a ayudarle, si, a tiempo bastante, hubieran tenido noticia de ello. Pero, en realidad, en modo alguno se muestran dispuestas a evitar a Castalión ni aun la necesidad más extrema.

Años y años han de pasar todavía antes que el desterrado alcance un cargo que, sólo a medias, sea acomodado a su saber y superioridad moral; al principio, no lo llama ninguna Universidad, no le es ofrecido ningún cargo de pastor, pues la dependencia política de las ciudades de Suiza con relación a Calvino es ya harto grande para que nadie ose ponerse públicamente en contra del dictador de Ginebra. Con gran trabajo encuentra, por fin, el expulsado algo que sostenga su vida en un subalterno cargo de corrector en la imprenta basiliense de Oporin; no obstante, el irregular trabajo no es suficiente para alimentar a mujer e hijos, y, de este modo, Castalión tiene además que emplearse como profesor privado, a fin de atrapar los necesarios groschen para cubrir la mesa de seis u ocho bocas. En una miseria indecible, mezquina, lamentable, diaria, paralizadora del alma y entorpecedora de las fuerzas, tiene que vivir aún durante muchos años de oscuridad, antes que, por fin, la Universidad nombre siquiera lector de lengua griega al hombre de letras de un saber universal. Pero todavía este cargo, más honorífico que lucrativo, no proporciona en mucho tiempo a Castalión el liberarse de su eterna servidumbre; durante toda su vida, el gran literato, que hasta llega a ser llamado por algunos el sabio más sabio de su tiempo, tiene que seguir realizando bajos trabajos manuales. Por su propia mano, labra la tierra en su casita del arrabal de Basilea, y como el trabajo diario no alcanza para alimentar a la familia, Castalión se atormenta toda la noche corrigiendo textos impresos, mejorando obras ajenas y traduciendo de todos los imaginables idiomas; por miles y miles se cuentan las páginas que, por ganar su pan, tradujo, para el editor de Basilea, del griego, del hebreo, del italiano, del alemán.

Pero esta indigencia prolongada durante años y años, sólo lograba corroer su cuerpo, su cuerpo sensible y débil, pero jamás la independencia y decisión de su orgullosa alma. Pues, en medio de tal inmensidad de forzoso trabajo, en modo alguno olvida Castalión su misión verdadera. De manera inconmovible, prosigue laborando en la obra de su vida, en la traducción de la Biblia al latín y al francés, y, en los intermedios, brotan de su pluma escritos de ocasión y de polémica, comentarios y diálogos; no hay día ninguno, ninguna noche, en que Castalión no haya laborado; este eterno carromatero de las letras no conoció jamás el placer de un viaje, la merced del reposo, nunca tampoco la sensual recompensa de la gloria o de la riqueza. Pero este espíritu libre prefiere hacerse siervo de la eterna pobreza, prefiere sacrificar el sueño de sus noches antes que ¡a independencia de su conciencia: magnífico ejemplo para aquellos secretos héroes del espíritu que, inadvertidos por el mundo, prosiguen, también en la oscuridad del olvido, la lucha por las cosas más santas para ellos: la intangibilidad de la palabra, el inconmovible derecho de la opinión personal.

Todavía no ha comenzado, en realidad, el duelo entre Castalión y Calvino. Pero dos hombres, dos ideales, se han mirado a los ojos y se han reconocido, uno a otro, como rivales irreconciliables. Imposible habría llegado a ser para ambos el vivir en la misma ciudad, en el mismo ámbito espiritual, aunque no fuera más que por una hora de tiempo; pero si bien ahora están definitivamente separados, el uno en Basilea, el otro en Ginebra, se observan no obstante uno a otro con vigilantes ojos. Castalión no olvida a Calvino ni Calvino a Castalión, y su silencio es sólo una espera de la palabra decisiva. Pues divergencias de aquella íntima naturaleza, que ya no son simplemente diversidad de opiniones, sino contiendas primitivas entre opuestas concepciones del universo, no pueden mantener una paz duradera; jamás la libertad espiritual puede sentirse completa a la sombra de una dictadura;} jamás puede vivir descuidada una dictadura mientras permanezca en pie un solo hombre independiente dentro de sus fronteras.

Pero siempre se necesita una ocasión para que se exteriorice una latente hostilidad. Sólo cuando Calvino enciende la hoguera de Servet, brota acusadora de labios de Castalión la inflamada palabra. Sólo cundo Calvino declara la guerra a toda conciencia libre, proclama también Castalión, en nombre de esa propia conciencia, su lucha a vida o muerte.

 

EL CASO SERVET

A veces la Historia, en el rodar de los tiempos, entre las millones de individuos de la masa de la humanidad elige una figura aislada para desplegar plásticamente con ella, hasta sus últimas consecuencias, una concepción del universo. Tal hombre no es preciso, en modo alguno, que sea siempre un genio del más alto grado. Con frecuencia conténtase simplemente el destino con destacar un nombre, por completo al azar, entre otros muchos, para escribirlo, de modo imborrable, en la memoria de la posteridad. De tal manera tampoco Miguel Servet llegó a poseer una personalidad memorable por la fuerza de su genio, en un todo singular, sino sólo merced a su final espantoso.

Con dotes muy variadas, pero no dichosamente dispuestas, en este hombre notable se dan las aptitudes en una extraña mezcla: intelecto fuerte, despierto, curioso, obstinado, que va mariposeando de uno en otro problema; voluntad pura de lograr la verdad, pero incapaz de claridad creadora. A ninguna ciencia se adapta en forma fundamental este espíritu fáustico, aunque a todas las ataque; guerrillero, a la vez, de la filosofía, la medicina, la teología, deslumbrante a veces por sus audaces observaciones, nuevamente afeado después con frívola charlatanería. En todo caso, en el libro de sus proféticas predicciones alza una vez sus claras llamas una observación verdaderamente capital y de las que muestran caminos nuevos a los hombres, el descubrimiento médico de la llamada pequeña circulación de la sangre; pero Servet no piensa en hacer valer su hallazgo de modo sistemático y en profundizarlo científicamente; como una exhalación aislada y prematura, extínguese este fulgor genial en la oscura superficie de su siglo. Hay mucha fuerza espiritual en este solitario, pero sólo la íntima aspiración a un fin transforma su fuerte espíritu en una figura creadora.

Ha solido ser repetido hasta dar tedio que en cada español se esconde un vástago de Don Quijote; no obstante, la observación es asombrosa y totalmente por justa aplicada a Miguel Servet. No sólo en cuanto a su estampa tiene gran semejanza este aragonés extenuado, amarillo, de barba puntiaguda, como el macilento y enflaquecido héroe manchego; también en lo interno está abrasado por idéntica pasión, magnífica y grotesca, de combatir en favor de lo absurdo y de precipitarse, con un idealismo ciego de furia, contra todas las resistencias de la realidad. Privado en absoluto de autocrítica, atrafagado siempre en descubrir o afirmar alguna cosa, este caballero andante de la Teología cabalga contra todas las ventas y molinos de viento de su época. Sólo le excita la aventura, lo absurdo, lo extraviado y peligroso, y, con un agudo placer de luchar, choca, exacerbado, contra todos les otros ergotistas, sin ligarse a ningún partido, sin pertenecer a ningún clan, siempre solitario, a un tiempo lleno de fantasía y fantástico, y, con ello, una figura excéntrica, en todo y por completo.

Quien, con tan hirsuto aprecio excesivo de sí mismo, se alza, de modo constante, solo contra todos, tiene, directa y fatalmente, que ponerse a mal con todos. Poco más o menos de la misma edad de Calvino, siendo todavía un semimuchacho, tuvo ya Servet su primer choque con el mundo; ya a los quince años, a causa de la Inquisición, se vio obligado a huir desde su patria aragonesa a Toulouse, para proseguir allí sus estudios. Desde la Universidad, llevólo a Italia, como secretario, el confesor de Carlos V, y después también lo acompañó a la Dieta de Ausburgo; allí se apoderó del joven humanista, como de todos sus contemporáneos, el apasionamiento político por las grandes contiendas de la Iglesia.

Su inquieto espíritu entró en fermentación al presenciar la polémica, de alcance universal, entre la nueva doctrina y la vieja. Donde todo luchaba, quiso luchar también él; donde todo procuraba reformar la Iglesia, quiso también él colaborar a la reforma, y, con el radicalismo de la juventud, aquel exaltado despreció todas las anteriores soluciones y resoluciones a los problemas de la antigua Iglesia, por demasiado vacilantes, tibias e indecisas. Hasta Lutero, Zwingli y Calvino no le parecían, ni con mucho, bastante revolucionarios a este osado renovador para la purificación del Evangelio, ya que todavía admitían en sus nuevas doctrinas el dogma de la Trinidad. Mas Servet, con la intransigencia de sus veinte años, decíala simplemente nulo el Concilio de Nicea y el dogma de las tres eternas hipótesis como inconciliable con la unidad del Ser divino.

Esta radical concepción no sería en sí misma de ningún modo sorprendente en tiempos de tal sobreexcitación religiosa. Siempre, cuando todos los valores y leyes han empezado a bambolearse, busca cada cual su derecho de pensar con independencia y sin tradición. Pero, de un modo fatal, copia Servet de todos aquellos gruñidores teólogos, no sólo el goce en la discusión, sino también su peor cualidad: la pedantería intolerante y fanática. Pues, al punto, el mancebo de veinte años pretende demostrar a los directores de la Reforma que han reformado la Iglesia de modo por completo insuficiente, y que sólo él, Miguel Servet, sabe la verdad. Con impaciencia, visita a los mayores sabios de su tiempo; en Estraburgo, a Martín Bucer y a Capito, y en Basilea, a Decolampadius, para invitarlos precipitadamente a suprimir de la Iglesia evangélica el "errado" dogma de la Trinidad. Con facilidad puede pensarse el espanto de los dignos y maduros predicadores y profesores, cuando, de súbito, un imberbe estudiante español surge impensadamente en su casa, y, con los rudos modales de un temperamento violento e histérico, exige que echen a rodar al punto todas sus concepciones, y se liguen obedientes a su? radicales tesis. Como si el demonio en persona les hubiera enviado a su cuarto de estudio uno de sus hermanos infernales, hácense así cruces ante este no domado hereje. Decolampadius lo arroja de su casa como a un perro, y le llama "judío, turco, blasfemo y poseído del demonio"; Bucer lo saca a la vergüenza desde el pulpito como * ' un siervo del diablo, y Zwinglio previene públicamente en contra del "criminal español, cuya falsa y maligna doctrina quiere acabar con toda nuestra religión cristiana".

Pero lo mismo que el hidalgo manchego no se deja apartar de su errada vía con 'injurias y palos, tampoco este teológico paisano suyo quiere dejarse inmutar, en su lucha, con argumentos o repulsas. Si los directores no quieren comprenderle, ni los sabios y prudentes no quieren oírle en sus cuartos de estudio, entonces tiene que proseguir públicamente el combate. ¡ Que toda la cristiandad lea, en un libro, sus argumentos demostrativos! A los veintidós años, arrambla Servet con su último discurso y da su tesis a la imprenta en Hagenau.

Ahora la tormenta contra él estalla abiertamente. Bucer declara, desde lo alto del sagrado pulpito, nada más ni nada menos sino que este criminal merece "que le sean arrancadas las entrañas de su cuerpo viviente", y en todo el ámbito del protestantismo, desde esta hora, pasa Servet por el predilecto legado del auténtico Satanás.

Naturalmente que para un hombre que hasta este punto se coloca en una posición provocadora contra todo el mundo, que al mismo tiempo tiene por errónea la doctrina de la Iglesia católica y la de la protestante, no hay ya ningún sitio tranquilo en todo el Occidente cristiano, ni casa ni hogar. Desde que Miguel Servet se hizo, con su libro, culpable de la "herejía arriana", el ser humano que lleva tal nombre es expulsado y perseguido como un animal salvaje. Una única salvación puede todavía pensarse para él: desaparecer sin dejar huella, hacerse invisible e inencontrable, arrancar de sí su nombre, como un traje que arde; como Michel de Villenueve, regresa a Francia el proscrito, y se coloca como corrector, bajo tal seudónimo, en una imprenta de Lyon. Su fuerte capacidad para impregnarse, como aficionado de todas las cosas, encuentra también pronto en este terreno un nuevo estímulo y posibilidades polémicas. Con la corrección de la Geografía de Ptolomeo, desarróllase en Servet, de la noche a la mañana, el saber geográfico y dota a la obra de una extensa introducción. Con la revisión de libros médicos, dirígese de nuevo aquel inquieto espíritu hacia la Medicina, y, al cabo de poco tiempo, emprende, ya seriamente, el estudio del arte de curar; va a París para seguir perfeccionándose y trabaja con Vesalius, como preparador, en unas lecciones de Anatomía. Pero de nuevo, al igual que antes con la Teología, comienza el impaciente a querer enseñar y sobrepasar a todos los otros en esta nueva materia, sin haber llegado todavía hasta el final, y, probablemente, sin haber recibido tampoco el grado de doctor. Con osadía, anuncia en la Escuela de Medicina de París un curso sobre Matemáticas, Meteorología, Astronomía y Astrología; pero tal mezcla del estudio de los astros y del arte de curar, junto con ciertas prácticas de charlatanería, enojan a los médicos; Servet-Villanovus entra en conflicto con las autoridades, y, por último, es públicamente acusado ante el Parlamento de que comete groseros abusos con su Astrología, saber penado por las leyes divinas y terrenas. Otra vez se pone a salvo Servet, por medio de un rápido buceo, sólo con el objeto de que, en la investigación judicial, no sea descubierta su identidad con el tan buscado archihereje. De la noche a la mañana, el maestro Villanovus desaparece de París, lo mismo que antes el teólogo Servet de Alemania. En mucho tiempo no se oye ya nada más acerca de él. Y cuando vuelve a salir otra vez a flote, está ya provisto de otra máscara nueva: c quién podría tampoco sospechar que el nuevo médico del arzobispo Parelmier de Vienne, este piadoso católico que va a misa todos los domingos, es un proscrito archihereje y un charlatán condenado por el Parlamento? En todo caso, Michel de Villeneuve se abstiene muy sabiamente en Vienne de extender tesis heréticas. Se mantiene en un todo tranquilo y sin atraer la atención; visita y cura a mucha gente, gana dinero en abundancia, y, llenos de respeto, sin sospecha alguna, los valientes burgueses de Vienne lo saludan con el sombrero cuando el docteur Michel de Villeneuve, pasa por su lado lleno de dignidad y de española grandezza: ¡qué hombre noble, piadoso, humilde y sabio! Pero, en realidad, el archihereje no está en modo alguno muerto en este hombre apasionado y ambicioso; en lo más profundo del alma de Miguel Servet, vive inconmovible el antiguo espíritu, inquieto e investigador.

Siempre que una idea ha tomado posesión de un ser humano, lo domina hasta las últimas fibras de su pensar y de su sentir, y engendra en él, irresistiblemente, una fiebre íntima. Una idea viviente no quiere nunca existir dentro de un único mortal y perecer con él: quiere espacio y mundo y libertad. Por ello, para cada pensador llega siempre la hora en que la idea de su vida empuje de dentro afuera, como una espina en un dedo inflamado, como un niño en el vientre materno, como la fruta encerrada en su cáscara. Un hombre de la pasión y la conciencia de su valer, de un Servet, no puede, a la larga, sufrir el que sólo para él mismo hayan sido pensados los pensamientos de su vida; irresistiblemente, tiene que apetecer que todo el mundo llegue a pensar como él. Después como antes significa para él un cotidiano tormento de conciencia el considerar cómo los directores evangélicos, según su opinión, siguen proclamando, según falsos dogmas, el bautismo y la Trinidad; cómo el cristianismo está todavía manchado con estos errores "anticristianos". ¿No es deber suyo presentarse por fin en la palestra y apartar a todo el mundo al mensaje de la verdadera fe? De modo espantoso tienen que haber pesado sobre Servet estos años de forzado silencio. De una parte, le angustia la palabra no pronunciada; de otra, como proscrito y disfrazado, tiene que mantener apretados los labios. En esta penosa situación, intenta, por último, Servet — bien comprensible afán, — encontrar siquiera en la lejanía un pensamiento hermano con el cual poder mantener una discusión espiritual; ya que él, en su residencia, con nadie osa entenderse en el terreno espiritual, manifiesta con las palabras escritas en una carta sus convicciones teológicas.

De un modo fatal, es precisamente a Calvino a quien el deslumbrado pensador va a hacer objeto de su completa confianza. Precisamente con este radicalísimo y osadísimo renovador de la doctrina evangélica, anhela Servet ponerse de acuerdo para una interpretación de los Escritos Santos aun más severa y audaz: acaso con ello no haga más que renovar una antigua comunicación oral. Pues ya en los años universitarios, ambos coetáneos se encontraron una vez en París; pero sólo al cabo de los años, cuando ya Calvino es señor de Ginebra y Michel de Villeneuve ha llegado a ser médico del arzobispo de Vienne, reanúdase entre ambos, por mediación de un librero de Lyon, un cambio epistolar. La iniciativa parte de Servet. Con una insistencia que no puede ser rechazada, hasta con inoportunidad, dirígesela Calvino para adquirir el auxilio de este fortísimo teorizador de la Reforma en su combate contra el dogma de la Trinidad y le escribe carta tras carta. Al principio, Calvino sólo le contesta disuadiéndolo de un modo doctrinal; en la idea de su deber de instruir a los que yerran, y, como jefe de la Iglesia, volver a traer al redil a los descarriados, trata de hacer comprender a Servet sus errores; pero, por último, tanto le irrita la tesis herética como el tono arrogante y soberano con que Servet la expone. A un carácter hasta tal punto autoritario como el de Calvino, a quien ya la más mínima oposición, en la más minúscula pequeñez, le ataca a la bilis dirigirle frases como éstas: "Con frecuencia te hice comprender que vas por erróneo camino al aprobar la monstruosa diferencia de las tres esencias divinas", ya eso solo se llama excitar, del modo más peligroso a un peligrosísimo adversario. Pero cuando Servet, por último, envía al propio autor de fama universal un ejemplar de su "Institutio religionis Christianae", en el cual, como un maestro de escuela con el ejercicio de un discípulo, ha anotado él, en las márgenes, las pretendidas faltas que el texto contiene, entonces es fácil imaginarse la disposición de ánimo con que el señor de Ginebra recibiría la arrogancia de este teólogo de afición: "Servet se arroja sobre mi libro y lo ensucia y babea como un perro que muerde una piedra y la lleva con los dientes de un lado a' otro", escribe Calvino despreciativamente a su amigo Farel. ¿Para qué perder el tiempo en discutir con semejante cabeza llena de embrollos? De un puntapié acaba con los argumentos de Servet. "No presto ya más atención a las palabras de este individuo que al rebuzno de un asno (le hinhan d'un áne)".

Pero el desgraciado Don Quijote, en vez de advertir a tiempo bastante contra qué férrea coraza de orgullo y posesión de sí mismo, fustea él con su débil lanza, no cede en modo alguno. Precisamente a este hombre, uno y único que no quiere saber nada de él, anhela conquistarlo para sus ideas a cualquier precio que sea y no ceja en sus solicitudes; es, en realidad, según escribe Calvino, como si estuviera poseído por un "Satán". En lugar de defenderse de Calvino como del adversario más peligroso que pudiera imaginarse, llega hasta a enviarle, para su lectura, las pruebas de la aun no tirada obra teológica que prepara y en la cual, si el contenido tiene que indignar a Calvino, ¡qué no pasará con el título! Pues Servet denomina su escrito de confesiones Christianismi Resttíutio, para significar de modo bien visible, ante todo el mundo, que a la Institutio de Calvino tiene que serle contrapuesta una Restitutio. Llega ahora a ser demasiado enojoso para Calvino el patológico afán de proselitismo de este contradictor y su alocada insistencia.

Expresamente, hácele comprender al librero Frellon, que hasta entonces ha servido de mediador en el cambio de correspondencia, que, en realidad, tiene cosas más apremiantes que hacer que perder su tiempo con tal hinchado loco. Pero al mismo tiempo le escribe a su amigo Farel — y estas palabras han de adquirir después una espantosa trascendencia: — "Servet me escribió hace poco tiempo y añadió a su carta un grueso volumen con las elucubraciones de su sesera, afirmando, con increíble petulancia, que había de leer en él cosas sorprendentes. Se declara dispuesto a venir aquí en cuanto yo lo desee. . .

Pero no quiero decirle acerca de ello ni una sola palabra, pues si llegara a venir, lo que es yo, en cuanto todavía conservara alguna influencia sobre esta ciudad, no soportaría que volviera a salir vivo de ella".

No se sabe si Servet tuvo conocimiento por un tercero de esta amenaza de Calvino, o si (en alguna carta perdida) Calvino mismo le habrá prevenido acerca de ello: en todo caso, parece por fin haberle asaltado cierto recelo por haberse confiado a aquel odiador mortífero; por primera vez, se siente inquieto por haber enviado a Calvino, "sub sigillo secreti", aquel peligroso manuscrito, por saberlo entre las manos de un hombre que tan abiertamente manifiesta su hostilidad hacia él. "Como eres de opinión — escríbele espantado a Calvino, — de que soy un Satán para ti, pongo punto final.

Devuélveme mi manuscrito y consérvate bueno. Pero si crees sinceramente que el Papa es el Anticristo, tienes también que estar convencido de que la Trinidad y el bautizo de los niños, que constituyen una parte de la doctrina pontificia, son un dogma demoníaco." Pero Calvino se guarda de contestar, ni mucho menos piensa en enviar a Servet el acusador manuscrito. Cuidadosamente, como un arma peligrosa, conserva el herético escrito en un armario, para poder sacarlo en la hora que convenga. Pues, uno y otro saben, después de esta última y dura declaración, que va a comenzar un combate, y, con lúgubre presentimiento, escríbele Servet en aquellos días a un teólogo: "Es plenamente claro para mí que, a causa de estas cosas, está próxima para mí la muerte. Pero tal pensamiento no puede abatir mi valor. Como discípulo de Cristo, sigo las huellas de mi Maestro".

Es cosa arriesgada y peligrosa para la vida, todos lo han experimentado, Castalión, Servet y cien otros más, encontrarse en oposición con un pedante tan fanático como Calvino, aunque sólo sea por una única vez y en un punto accesorio de su doctrina. Pues el odio de Calvino, como todo en su carácter, es rígido y metódico; no a modo de una llamarada de cólera que brota rudamente y vuelve a extinguirse por sí misma, como las explosiones atroces de un Lutero y el palurdismo de Farel. Su odio es un resentimiento, duro, agudo y cortante como bronce; no procede, como el de Lutero, de la sangre, del temperamento, de acaloramiento o de la bilis: el rencor de Calvino, fiero y frío, viene del cerebro y su odio posee una memoria espantosamente feliz. Calvino no olvida jamás ninguna cosa ni a nadie, — "quand, U a le dent contre quelqu'un ce ríest jamáis fait", dice de él el pastor de la Mare, — y un nombre, una vez que queda escrito dentro de él con su aguda garra, nunca es borrado después antes que el hombre mismo lo haya sido del libro de la vida. De este modo, tampoco influyeron cosa alguna todos los años durante los cuales Calvino no oyó absolutamente nada de Servet: no por eso le ha olvidado. Calladamente conserva en la alacena las cartas comprometedoras; en su carcaj, la flechas; en su alma, dura y despiadada, el antiguo e inmodificable odio.

En realidad, durante este largo plazo, Servet se mantiene en apariencia plenamente tranquilo. Ha cesado de tratar de convencer al que nada puede aprender; toda su pasión se dirige ahora hacia la obra. Con una abnegación silenciosa y verdaderamente conmovedora, el médico del arzobispo sigue trabajando en secreto en su Restitutio, obra que, según el autor espera, debe sobrepasar mucho en veracidad a la Reforma de Calvino, Lutero y Zwinglio y rescatar al mundo para el verdadero cristianismo. Pues en manera alguna fue jamás Servet aquel "ciclópeo despreciador del Evangelio", título que después trata de imprimir en él Calvino, ni tampoco el audaz libre pensador y ateo que a veces es celebrado hoy. Siempre permaneció Servet dentro del ámbito de lo religioso, y la invocación del prólogo de su libro testimonia hasta qué punto se siente el autor a sí mismo como piadoso cristiano, que tiene que poner en peligro su vida por su fe en lo divino. "¡Oh Jesucristo, hijo de Dios, que nos has sido dado por el cielo, revélate por ti mismo a tu siervo a fin de que pueda ser clara para nosotros, de manera verosímil, tan gran revelación! Son tus asuntos lo que yo, siguiendo internamente un divino impulso, me propongo defender. Ya antes, hice una primera tentativa; ahora me veo otra vez obligado a ello, ya que en verdad están cumplidos los tiempos. ¡Tú nos has enseñado a no encubrir nuestra luz! ¡Ay de mí, pues, si no anunciara la verdad!" El que Servet tiene plena conciencia del peligro que conjura contra sí con la publicación de su libro, lo atestiguan, fuera de esto, las especiales medidas precautorias, que toma en la impresión. Pues ¡ qué monstruosa osadía, como médico del arzobispo, hacer imprimir, en una pequeña ciudad charlatana, una gruesa obra herética de setecientas páginas! No sólo el autor, sino también el corrector y todos los impresores se juegan la vida en tan loca empresa. Pero con gusto sacrifica Servet todos los haberes adquiridos trabajosamente en muchos años de actividad médica, sobornando a los indecisos trabajadores para que impriman en secreto su obra, a pesar de la Inquisición. Por precaución, además, la prensa de imprimir es llevada, desde la auténtica imprenta, a una casa apartada que el propio Servet alquiló para este objeto. Ahora, gentes de fiar, que se han obligado entre sí a guardar secreto bajo juramento, trabajan allí en el libro herético de la manera que menos llame la atención, y bien se comprende que en la obra terminada quedará suprimida toda indicación de lugar de impresión y sitio de publicación. Sólo en la última página, de un modo fatal, hace estampar Servet, encima del año de la publicación, las traidoras iniciales M. S. V. (Michael Servet Villanovus) y suministra con ello a los sabuesos de la Inquisición un irrefutable testimonio de que él es el autor.

Pero Servet no precisa, en modo alguno, hacerse traición a sí mismo; de eso cuida ya el odio de su implacable adversario, en apariencia adormecido, pero que en realidad acecha con agudas miradas. La magnífica organización de espionaje y vigilancia que Calvino organizó en Ginebra de un modo cada vez más metódico y de mallas más cerradas, extiende también su acción a los países próximos y actúa en Francia hasta de manera más precisa que la Inquisición pontificia allí establecida. Aun no ha aparecido realmente la obra de Servet; aun están empaquetados en Lyon casi todo el millar de volúmenes o rueda, sin desatar, en los carros de libros que van a la feria de Francfort; aun el mismo Servet se ha desprendido de tan escasos ejemplares, que, hasta el día de hoy, en total, no se han conservado más de tres, cuando, sin embargo, Calvino tiene ya uno entre sus manos. Y, al instante, procede a aniquilar de un solo golpe a los dos: al hereje y a su obra.

Esta primera tentativa de Calvino (poco conocida) para deshacerse de Servet es, en realidad, a causa de su astucia, aún más repugnante que el posterior asesinato en la plaza del mercado de Champel. Pues si Calvino, después del recibo del libro juzgado por él como archiherético, quisiera hacer caer a su adversario en manos de las autoridades eclesiásticas, habría tenido para ello un camino franco y honrado. Sólo necesitaba prevenir a la cristiandad, desde el pulpito, acerca de ese libro, y ya la Inquisición católica, dentro de breve plazo, habría descubierto por sí misma al autor a la sombra de un palacio arzobispal. Pero el jefe de la Reforma le ahorra al Santo Oficio papal el trabajo de hacer la investigación, y, a la verdad, del modo más pérfido. En vano es que los panegiristas de Calvino procuraran defenderlo aún en este punto oscurísimo, porque desconocen y decoloran, con ello, hasta en lo más profundo, su carácter: Calvino, que¿ indudablemente, en lo personal, es un hombre lleno del más sincero celo y de la más pura voluntad religiosa, pierde al instante todos sus escrúpulos en el momento en que se trata de su dogma, en que se trata de su "causa". En favor de su doctrina, de su partido (y en este punto su oposición con Ignacio de Loyola se convierte en identidad) está al instante dispuesto a aprobar todo procedimiento con tal de que parezca eficaz. No bien el libro de Servet se encuentra en mano de Calvino, cuando, inmediatamente, ya el 16 de febrero de 1553, uno de sus más próximos amigos, un protestante emigrado llamado Guillaume de Trye, escribe desde Ginebra una carta a Francia, a su primo Antoine Arneys, que ha seguido siendo tan fanático católico como de Trye ha llegado a serlo protestante. En esta carta celebra primero en general de Trye el modo excelente cómo la protestante Ginebra suprime toda maquinación herética, mientras que en la católica Francia se desarrolla lozanamente esta mala yerba. Pero, de súbito, la amistosa parlería se trueca en seriamente peligrosa: allí, en Francia, escribe de Trye, reside ahora, por ejemplo, cierto hereje que merece ser quemado donde quiera que se le pueda echar mano ("qui mérite míen d'étre brulé partout ou il sera").

Siéntese aquí un involuntario espanto. Pues tal frase rima ya de modo peligroso con el antiguo anuncio de Calvino de que si Servet llegara a pisar Ginebra ya cuidaría él de que no saliera vivo de la ciudad. Pero de Trye, el auxiliar de Calvino, llega aún a hablar en forma más paladina. Especifica luego, con toda claridad: "Trátase de un español aragonés que se llama Michael Servet, pero que se hace llamar Michel de Villenueve, y que ejerce la profesión de médico" y consigna inmediatamente el título impreso en la portada del libro de Servet, su índice, lo mismo que el texto de las cuatro primeras páginas. Después, con un piadoso suspiro por los pecados del mundo, envía su mortífera carta.

Esta bomba de Ginebra está dispuesta con tal arte, que no debe hacer en seguida explosión sino sólo en su debido lugar. Todo ocurre exactamente tal como el delator lo había calculado. El piadoso católico Arneys, completamente fuera de sí, corre, agitando el escrito, en demanda de las autoridades eclesiásticas de Lyon; el cardenal convoca con la mayor prisa al inquisidor pontificio Fierre Ory. Con funesta celeridad, pónese en movimiento la rueda impulsada por Calvino. El 27 de febrero partió de Ginebra la denuncia; el 16 de marzo, Michel de Villenueve es ya emplazado en Vienne.

Pero — amargo desengaño para los conspiradores de Ginebra — la bomba, hecha con todas las reglas del arte, no produce explosión. Cualquier mano benévola tiene que haber cortado la mecha. Probablemente, el arzobispo de Vienne, en propia persona, le había hecho a tiempo bastante a su médico alguna preciosa indicación para que se cubriera. Pues cuando el inquisidor aparece en Vienne, la prensa, de modo mágico, ha desaparecido ya del lugar de la impresión; los obreros declaran bajo juramento que jamás han impreso un libro de esa especie, y el altamente apreciado médico Villanovus rechaza con enojo toda identidad con Miguel Servet. De modo asombroso, la Inquisición se da ya por satisfecha con esta simple protesta, y esta sorprendente benignidad fortalece las sospechas de que alguna poderosa mano tiene que haber protegido entonces a Servet. El tribunal, que generalmente interroga con empulgueras y cabrestantes, contentase con dejar en libertad a Villeneuve; el inquisidor se vuelve a Lyon sin haber procedido en el asunto y allí le es comunicado a Arneys que, por desgracia, los informes que ha portado no han sido suficientes para una acusación. Parece fracasada la jugada de Ginebra de librarse de Servet por el rodeo de la Inquisición católica. Y probablemente, todo el oscuro asunto se habría sumido en la arena, si, por segunda vez, no se dirigiera Arneys a Ginebra para pedirle a su primo de Trye nuevos y más sólidos testimonios.

Hasta este momento podríamos aún haber admitido, llevando hasta lo más extremo la indulgencia, que en realidad de Trye sólo procedió por puro celo religioso al informar a su primo católico acerca del autor de la Restituíio, ajeno a él personalmente, y que ni él ni Calvino habían sospechado siquiera que su decencia personal a las autoridades pontificias podía trascender más allá. Pero ahora que la máquina de la justicia está ya en movimiento y el grupo de Ginebra tiene que saber con exactitud que, no por su propia curiosidad, sino por encargo de la Inquisición, se dirige a ellos Arneys en demanda de posteriores informes, no podían estar ya a oscuras acerca de cuál poder era aquel al que, en realidad, venían favoreciendo.

Según todas las humanas previsiones, un clérigo de la Iglesia evangélica tendría ahora que retroceder, espantado de prestar servicios de delación a aquellas autoridades, que, precisamente entonces, habían otra vez tostado a fuego lento a algunos amigos de Calvino y, con razón, después, ha de arrojar Servet al rostro de Calvino la pregunta de "si no es sabido por él que la función de un servidor del Evangelio no es la de convertirse en delator oficial y tender asechanzas a un ser humano, aprovechándose de su cargo".

Pero cuando se trata de su doctrina — una y otra vez es necesario volver a decirlo —, pierde Calvino toda mesura moral y todo humano sentimiento. Hay que deshacerse de Servet, y, por el momento, es del todo indiferente a este fiero odiador con qué armas y de qué manera ello sea hecho. En realidad, la empresa se llevó a efecto del modo más ruin y más vergonzoso posibles. Pues la nueva carta que de Trye, — indudablemente bajo dictado de Calvino —, dirige a su primo Arneys, es una obra maestra de hipocresía. De Trye se muestra primero muy sorprendido de que su primo haya hecho llegar su epístola a la Inquisición. La comunicación no había sido hecha más que para él sólo de un modo totalmente personal, "privément á vous seul". "Mi propósito no era otro sino el de demostrar simplemente de qué clase es el hermoso celo por la fe que poseen aquellos que se llaman pilares de la Iglesia". Pero ahora, ya que sabe que será alzada una pira, en vez de abstenerse de todo posterior envío de materiales acusatorios a la Inquisición católica, declara, alzando piadosamente los ojos, que, ya que ha ocurrido semejante error, ello ha sido sin duda porque cristiandad sea purificada de tal basura y tal peste "Dios lo ha querido para bien de todos, a fin de que la mortífera". E inmediatamente prodúcese lo increíble: después de esta pésima tentativa de inmiscuir a Dios en este asunto de humano odio, o, más bien, de odio inhumano, el convencido protestante preséntale a la Inquisición católica todo el imaginable material probatorio capaz de asesinar, es decir, cartas de la propia letra de Servet y una parte del manuscrito de su obra. Ahora el juez de los herejes puede comenzar rápida y cómodamente su trabajo.

¿Cartas de la propia mano de Servet? Pero, ¿cómo y por dónde puede Trye, a quien Servet no escribió jamás, haberse proporcionado tales cartas de su propia mano? Ahora no es ya posible ningún disimulo más: Calvino tiene que salir del escondrijo en que tan cuidadosamente quería ocultarse en este oscuro asunto. Pues, naturalmente, tales cartas son las dirigidas a Calvino y la parte del manuscrito de la obra que le había sido enviada, y Calvino — esto es lo decisivo — sabe perfectamente bien para qué saca de su alacena esos papeles.

Sabe a quién han de ser entregadas estas cartas: a los mismos "papistas" a quienes a diario, desde el pulpito, llama siervos de Satán y que martirizan y queman a sus propios discípulos. Y sabe, con exactitud, para qué objeto necesita el gran inquisidor las cartas con tanta insistencia demandadas: con el de llevar a Servet a la hoguera.

Es, pues, en vano, por lo tanto, el que después, con la sensación clarísima de una interna injusticia, trate de oscurecer este patente hecho, al escribir sofísticamente: "Corre el rumor de que motivé yo el que Servet hubiera sido hecho prisionero por la Inquisición pontificia, y algunos dicen que no habría procedido yo honradamente si hubiera entregado al enemigo mortal de la fe y arrojádolo a la venganza de los lobos. Pero yo os pregunto: ¿de qué manera hubiera podido yo, súbitamente, ponerme en relación con los satélites del Papa? Porque es poco creíble que tuviéramos trato unos con otros, y que, con aquellos que se alzan frente a mí, como Belial frente a Cristo, estuviera yo reunido en un complot". Pero esta tentativa para el encubrimiento de un hecho enojoso es bien poco hábil; pues cuando Calvino pregunta "de qué modo hubiera podido ponerse en relación con los satélites del Papa , los documentos dan una abrumadora y clara respuesta diciendo que por el camino directo que pasaba a través de su amigo de Trye, el cual, por lo demás, en su carta a Arneys, confiesa con toda ingenuidad la colaboración de Calvino: "Tengo que reconocer que me costó mucho trabajo obtener las piezas que incluyo de manos del señor Calvino. No porque no sea de opinión de que tales deshonrosas ofensas de Dios deban quedar sin castigo, sino porque, en lo que afecta a su persona, considera como deber suyo convencer con la doctrina a los herejes y no perseguirlos con la espada de la justicia". De modo en extremo vano (manifiestamente según dictado del propio Calvino), trata el torpe corresponsal de apartar todas las culpas del auténtico culpable, al decir: "Pero estreché de tal modo al señor Calvino y de manera tan convincente le hice comprender que, si no me ayudaba, caería sobre mí el reproche de haber hablado ligeramente y sin fundamento, que, por último, acabó por poner a mi disposición el material que acompaño". Los hechos documéntanos hablan aquí de un modo cruel e irrebatible: con resistencia o sin ella, el hecho es que Calvino proporcionó a los "satélites del Papa" las cartas que Servet le había dirigido particularmente. Sólo con su consciente colaboración era posible que de Tyre enviara a Arneys — en realidad, a la Inquisición del Papa — el mortífero material acusatorio y que pudiera cerrar su escrito con este claro testimonio: "Creo haberle proveído de buenos documentos y que ya no existe dificultad alguna para que se apoderen de Servet y le instruyan proceso".

Hay noticias de que el cardenal de Tournon y el gran maestre Ory, al recibir importunamente estos valiosos testimonios contra el hereje Servet, gracias a la gentil diligencia de su mortal enemigo el archiereje Calvino, prorrumpieron al principio en estrepitosas carcajadas, y puede comprenderse perfectamente el buen humor de los príncipes de la Iglesia; pues, de modo harto torpe, el estilo santurrón de Trye disimula la mácula que cae sobre Calvino, al decir que sólo por bondad, dulzura y amistad hacia él, entregó el heresiarca de Ginebra tales documentos, siendo así que, a pesar de cuanto de Trye disimula, a pesar de cuanto finge y a pesar de cuanto inventa, lo que aparece claro es que, del modo más amable, el jefe del protestantismo quiere colaborar en la quema de un hereje con ellos, precisamente con ellos, los inquisidores romanos. Tales atenciones y complacencias no eran generalmente usadas entre ambas religiones que se combatían a sangre y fuego, con patíbulos y tormentos, en todos los países del globo terráqueo. Pero al instante, después de este momento de divertida sedación, los inquisidores proceden enérgicamente en su tan grave asunto. Servet es detenido, puesto en la cárcel y estrechamente interrogado. Las cartas aportadas por Calvino forman una prueba tan deslumbradora y aniquilante que el acusado no puede negar ya la identidad de Michel de Villenueve con Miguel Servet y la paternidad del libro. Su causa está perdida. Pronto será encendida en Vienne la hoguera.

Pero, por segunda vez, resulta prematura la violenta esperanza de Calvino de que sus archienemigos lo librarían de su archienemigo. Pues o Servet; el cual desde hace años es altamente apreciado en la región como médico, habrá tenido auxiliares especialmente buenos, o — lo que es aún más verosímil, — las autoridades eclesiásticas, precisamente porque insista Calvino de un modo tan inaudito en llevar al palo a aquel hombre, se habrán dado el gusto de prenderlo algo descuidadamente. (Es preferible, piensan quizá, dejar escapar a un insignificante hereje que serle agradable al mil veces más peligroso propagandista y organizador de todas las herejías, a Maítre Calvino de Ginebra). El caso es que la guardia de Servet sigue siendo sorprendentemente descuidada. Mientras que, en general, los herejes son encerrados en estrechos calabozos y presos a la pared con cadenas de hierro, a Servet, de un modo totalmente desacostumbrado, se le permite que dé un diario paseo por el jardín, para respirar el aire libre. Y el 7 de abril, después de uno de tales paseos, Servet ha desaparecido; el jefe de la cárcel no encuentra ya más que su bata de casa y la escalera con la cual pasó por encima de la pared del huerto; en vez del hombre vivo, es quemado simplemente su retrato y cinco fardos de ejemplares de la Restitutio, en la plaza del mercado de Vienne. De modo lamentable fracasó el plan ginebrino de hacer matar alevosamente a su adversario personal y espiritual, por medio del ajeno fanatismo, mientras uno mismo conserva limpias las manos. Con ellas empapadas en sangre y herido por el odio de todos los humanos, tendrá el mismo Calvino que responder de sus culpas cuando, más adelante, seguiendo en su furor contra Servet, exclusivamente a causa de sus opiniones, haga que realice un hombre el tránsito de la vida a la muerte.

 

EL ASESINATO DE SERVET

DESPUÉS de su fuga de la prisión, Servet sigue desaparecido, sin dejar huella de sí, durante algunos meses. Jamás podrá ser imaginado ni expresado por nadie qué espantos habrá soportado el alma del perseguido hasta aquel día del mes de agosto, en el cual, en un caballo de alquiler, penetra en el lugar del mundo más peligroso para él, en Ginebra, y se hospeda en la Posada de la Rosa.

Tampoco el motivo por el cual este hombre, "malis auspiciis appulsus", como dice después el propio Calvino, este hombre enlazado con una mala estrella, va a buscar refugio precisamente a Ginebra, es cosa que no será aclarada jamás.

¿Pensó realmente en no pasar aquí más que una sola noche, para continuar su fuga al día siguiente, atravesando el lago en una barca? c Esperaba convencer mejor a su archienemigo con una exposición oral que por medio de cartas? ¿O su viaje a Ginebra no era acaso más que uno de esos actos sin sentido de unos nervios sobreexcitados, ese placer, diabólicamente dulce y abrasador de jugar con el peligro, que, a veces, acomete a los humanos, justamente en su última desesperación? No se sabe, no se sabrá nunca. Todos los interrogatorios y protocolos no aclaran el verdadero secreto de por qué Servet busca refugio en Ginebra, precisamente en Ginebra, donde sólo tiene que esperar de Calvino lo más desaforado.

Pero aun más allá arrastra al desdichado su erróneo y provocativo valor.

Apenas llegado a Ginebra, dirígese Servet a la iglesia, donde, como es domingo, está reunida toda la congregación calvinista, y, error tras error, entre todas las iglesias ginebrinas aquella a la que se dirige es precisamente a la de San Pedro, donde predica Calvino, el único hombre que, desde aquellos remotos días de París, conoce su semblante. Se dan aquí unos fenómenos de hipnotismo que se resisten a toda lógica interpretación: ¿busca la serpiente la mirada de su víctima o busca más bien la víctima la mirada de acero, espantosa y fascinadora, del sacrificador ? En todo caso tiene que haber sido un impulso fatal lo que lanzó a Servet al encuentro de su destino.

Pues, de modo inevitable, en una ciudad donde cada cual está oficialmente encargado de vigilar a los otros, un extranjero atrae hacia sí todas las miradas curiosas; Calvino, en medio de su piadoso rebaño, reconoce al lobo viajero y da inmediata orden a sus alguaciles para que lo hagan prisionero al abandonar la iglesia. Una hora después, Servet yace entre cadenas.

Esta detención de Servet es, naturalmente, un paladino quebrantamiento de toda ley jurídica, una grosera infracción del sagrado derecho de hospitalidad y del derecho de gentes de todos los países; Servet es un extranjero, un español; viene entonces por primera vez a Ginebra; no puede, por lo tanto, haber cometido jamás allí delito alguno que requiera prisión. Los libros compuestos por él fueron impresos todos ellos en el extranjero, y, por lo tanto, nadie puede haber sido convertido en rebelde, ninguna alma piadosa dañada en Ginebra con sus heréticos puntos de vista. Fuera de ello, a un "predicador de la palabra divina", a una personalidad eclesiástica, no le asiste ningún género de potestad, sin haber obtenido antes una resolución judicial, para poner en prisión a nadie y cargarlo de cadenas dentro de la jurisdicción de la ciudad de Ginebra: desde cualquier aspecto que se le considere, el ataque por sorpresa de Calvino a Servet constituye un acto de arbitrariedad dictatorial, de un alcance universal, comparable, en su franco desprecio de todas las prescripciones y convenios, con la prisión imprevista y asesinato del duque de Enghien ordenados por Napoleón; también aquí con una privación de libertad contraria a todo derecho, comienza no un proceso regular contra Servet, sino un violento y despiadado modo de deshacerse de él.

Sin anterior acusación, es aprisionado Servet y arrojado a la cárcel; por lo tanto, siquiera ahora, con posterioridad, tiene que serle elaborada una culpabilidad. Sería lógico que el hombre que tiene sobre su conciencia este encarcelamiento, me auctore, "a instancias mías", reconoce el propio Calvino, se presentara también como acusador de Servet. Pero según la ley ginebrina, realmente ejemplar, todo ciudadano que culpa a algún otro de un delito tiene que constituirse en prisión al mismo tiempo que el acusado y permanecer allí hasta que se demuestre que su acusación era cosa capaz de ser probada. Por lo tanto, para inculpar legalmente a Servet, tendría Calvino que ponerse a disposición del tribunal. Para acomodarse a seguir un procedimiento tan penoso, imagínase Calvino que su persona está a demasiada altura, como teocrático soberano de Ginebra: pues ¿y si el consejo reconociera la inocencia de hecho de Servet y él mismo, como acusador, tuviera que quedarse en la prisión? ¡Qué catástrofe para su dignidad, qué triunfo para su adversario! Por ello, prefiere Calvino, diplomático como siempre, adjudicar a su secretario, Nicolaus de la Fontaine, el desagradable papel de acusador; y en realidad, su secretario, bravo y silencioso, se deja llevar a la prisión en vez de Calvino, después de haber dirigido a ¡a autoridad la acusación contra Servet — claro que redactada por Calvino, — y que consta de veintitrés puntos: una comedia sirve de introducción a esta furibunda tragedia. En todo caso, ahora, después del manifiesto quebrantamiento del derecho, vuelve a haber, siquiera en lo exterior, una apariencia de procedimiento legal. Por primera vez es sometido Servet a un interrogatorio, y, en una serie de párrafos, le son comunicadas las diversas inculpaciones de su acusador. A estas preguntas y cargos responde Servet con serenidad y prudencia; su energía no está todavía quebrantada por la prisión, sus nervios se encuentran intactos.

Punto tras punto, rechaza las inculpaciones y responde, por ejemplo, al reproche de que, en sus escritos, ha atacado a la persona del señor Calvino, que esto es una inversión, del orden de los hechos, pues primeramente Calvino le atacó a él, y, solo como consecuencia, él, por su parte, probó, en algunos razonamientos, que tampoco era infalible Calvino. Si éste le acusa de que él, Servet, se mantiene rudamente asido a diversas tesis, del mismo modo también él puede acusar a Calvino de igual obstinación. Sólo se trata, entre Calvino y él, de una divergencia de opiniones teológicas que no pueden ser resueltas ante ningún tribunal secular, y si, a pesar de ello, Calvino lo hizo encarcelar, esto no fue más que un acto de venganza' absolutamente personal.

..Ningún otro, si no el jefe del protestantismo, lo denunció anteriormente a la Inquisición católica y le habría agradado mucho a este predicador de la palabra de Dios que el aborrecido teólogo Servet hubiera estado ya quemado desde mucho antes.

Esta posición de Servet, en su solidez jurídica, es de tal modo inatacable, que ya la opinión del consejo se inclina mucho en su favor y probablemente se habrían contentado con la simple expulsión de Servet del país. Pero, por cualquier indicio, tiene que haber advertido Calvino que la situación no es desfavorable para Servet, y que, al final, todavía podrá escapársele su víctima.

Pues el 17 de agosto se presenta de repente ante el consejo y pone inesperadamente término a su aparente falta de interés. Clara y francamente descubre ahora su juego; no niega ya por más tiempo que sea él el auténtico acusador de Servet y requiere del Consejo que le sea permitido, de entonces en adelante, participar en los interrogatorios bajo pretexto "de que puedan serle mejor probados al acusado sus errores"; en realidad, naturalmente, con el propósito de impedir, mediante el empleo de toda su fuerza moral, la liberación de la víctima que amenaza producirse.

Desde el momento en que Calvino se ha introducido, soberanamente, entre el acusado y sus jueces, empeora gravemente la causa de Servet. El hábil razonador y docto jurista Calvino sabe dirigir los ataques de modo distinto al secretarillo la Fontaine, y, en la misma medida en que el acusador muestra su fortaleza, debilítase la seguridad en el acusado. El excitable español pierde a ojos vistas la tranquilidad de sus nervios tan pronto como ve a su acusador y mortal enemigo sentado entre sus jueces, enunciando cada una de sus preguntas, fría, severa, y con fingida apariencia de absoluta objetividad; pero Servet siente que hasta los tuétanos está férreamente decidido a cogerlo y agarrotarlo con cada una de tales preguntas. Un dañino ardor belicoso, una amarga cólera, apodérase del indefenso; en vez de perseverar tranquilamente y sin nerviosidades en un seguro punto de vista jurídico, se deja arrastrar por las preguntas capciosas de Calvino al resbaladizo terreno de las discusiones teológicas y se perjudica a sí mismo con su férrea pedantería ergotista. Pues cualquier afirmación aislada, como, por ejemplo, aquella de que también el diablo es una parte de la sustancia divina, basta ya plenamente para hacer que un escalofrío de horror recorra las espaldas de los piadosos consejeros. Pero, una vez excitado en él su orgullo filosófico, expláyase Servet, sin reserva alguna, acerca de los más espinosos y sutiles artículos de la fe, como si aquellos señores del Consejo fueran doctos teólogos ante los cuales le fuera lícito discutir la verdad sin preocupación alguna. Mas justamente este mismo furor de hablar y ansia apasionada de discutir, hacen a Servet sospechoso ante sus jueces: de modo cada vez más manifiesto comienzan a inclinarse al punto de vista de Calvino de que este extranjero que perora contra el maestro de su iglesia, con ojos llameantes y apretados puños, tiene que ser un perturbador peligroso de la paz eclesiástica, y, de modo extremadamente probable, un hereje sin posible redención; pero, en todo caso, es prudente iniciar contra él una investigación a fondo. Deciden mantenerlo en prisión, y, por el contrario, poner en libertad a su acusador Nicolaus de la Fontaine. Impuso su voluntad Calvino y le escribe alegremente a un amigo: "Espero que será condenado a muerte'.

¿Por qué desea con tanta insistencia Calvino que sea condenado a muerte Servet? ¿Por qué no se contenta con el triunfo más modesto de saber que su contradictor es simplemente expulsado del país, o, en general, despachado de modo afrentoso? Involuntariamente, se abandona uno aquí primero a la impresión de que Calvino satisface un odio puramente privado y personal.

Pero, a la verdad, Calvino no odia a Servet en un grado mayor que a Castalión y a todos los otros que se rebelan contra su autoridad: el odio incondicional contra todo aquel que se atreva a enseñar la verdad de modo distinto a como lo hace él mismo es un sentimiento en absoluto instintivo dentro de su tiránico carácter. Pero el que precisamente sea al tratarse de Servet y precisamente" en aquellos momentos cuando trata de seguir adelante, manejando el tajo, más afilado que es capaz de emplear él, no depende de razones privadas, sino de su fuerza política; el rebelde contra su autoridad, Miguel Servet, debe pagar en vez de otro adversario de su ortodoxia, en lugar del antiguo fraile dominico Hieronimus Bolsee a quien también quiso atrapar con las tenadas de agarrar herejes y que de la manera más enojosa se le escapó de entre las manos. Este Hieronimus Bolsee, que, como médico de las familias más distinguidas, gozaba en Ginebra de consideración general, había atacado públicamente el punto más débil y discutible de la doctrina calvinista, su rígida fe en la predestinación, con argumentos análogos a aquellos con los que Erasmo, al razonar contra Lutero sobre la misma cuestión, había declarado absurdo el pensamiento de que Dios, como principio de todo bien, pudiera, con conocimiento y voluntad, destinar e impulsar a los hombres a sus crímenes más ruines. Es sabido con qué escasa gentileza acogió Lutero las objeciones de Erasmo, qué carretadas de injurias y basuras descargó este maestro de groserías sobre el viejo y sabio humanista. Pero, aunque colérico, ordinario y violento, siempre respondió Lutero a Erasmo en forma de una oposición espiritual, y ni remotamente se le ocurrió la idea de acusar al punto a Erasmo ante un tribunal del Estado, porque contradecía la doctrina de la predestinación. Mas Calvino, en su delirio de infalibilidad, considera ya implícitamente como un hereje a cada contradictor; una oposición contra su doctrina de la Iglesia, significa ya, para él, lo mismo que un crimen de Estado. Por tanto, en lugar de contestar a Hieronimus Bolsee como teólogo, hace inmediatamente que lo arrojen a una prisión.

Pero, de modo inesperado, en Hieronymus Bolsee debía fracasar de la manera más lamentable la ejemplaridad de la intimidación. Pues demasiada gente en Ginebra conocía a este sabio médico como a un hombre temeroso de Dios, y, exactamente lo mismo que en el caso de Castalión, prodújose la sospecha de que Calvino sólo quería librarse de un hombre que pensaba por su cuenta y no era plenamente servil, para quedarse en Ginebra como uno y único. La canción de queja compuesta por Bolsee en la prisión, en la que exponía su inocencia, circulaba de mano en mano en forma de copias, y, por muy violentamente que Calvino acosara a las autoridades municipales, los consejeros no osaban pronunciar la exigida sentencia de herejía. Para apartar de sí la penosa resolución, se declararon incompetentes en cuestiones eclesiásticas; se negaron a hacer recaer sentencia, porque aquel asunto teológico excedía a su capacidad de juzgar. Primeramente, en este difícil asunto, tuvieron que obtener un dictamen legítimo de las otras iglesias territoriales de Suiza. Y con esta consulta, quedó a salvo Bolsee, pues las iglesias reformadas de Zurich, de Berna y Basilea, rechazaron, por unanimidad, que en las manifestaciones de Bolsee pudiera verse la expresión de una opinión blasfematoria. De este modo, el Consejo pronunció la absolución ; Calvino tuvo que renunciar a su víctima y contentarse con que Bolsee, por deseo del municipio, desapareciera de la ciudad.

Esta manifiesta derrota de su autoridad teológica sólo puede ser puesta en olvido con un nuevo proceso de herejía. Servet tiene que pagar por Bolsee, y, en esta nueva tentativa, las probabilidades de Calvino son inmensamente favorables. Pues Servet es un extranjero, un español; no tiene, como Castalión y como Bolsee, amigos, admiradores y auxiliares en Ginebra; aparte de ello, hace ya años que es odiado por toda la clerecía reformada a causa de sus descarados ataques a la Trinidad y su proceder desafiador. Utilizando uno de tales individuos aislados, que no tienen a nadie que les cubra las espaldas, puede, con facilidad mucha mayor, ser estatuido el ejemplo de intimidación desde el primer instante; por ello, este proceso había sido por completo político: para Calvino un problema de poder, una demostración de capacidad, la demostración decisiva de la capacidad de su voluntad de ejercer una dictadura espiritual. Si Calvino no hubiera querido otra cosa sino deshacerse simplemente del adversario privado y teológico, ¡con qué facilidad se lo habrían dado hecho las circunstancias! Pues apenas está comenzando el proceso ginebrino, cuando aparece ya un emisario de la justicia francesa para pedir la entrega del fugitivo, condenado en Francia, para llevarlo a Vienne, donde le espera la hoguera. ¡ Qué ocasión única para Calvino de fingirse magnánimo, y, sin embargo, deshacerse del odiado contradictor! El Consejo de Ginebra no necesita más que aprobar la extradición, y el enojoso asunto de Servet quedaría terminado para Ginebra. Pero Calvino impide la entrega. Para él, Servet no es un viviente ser humano, no es un sujeto, sino, ante todo, un objeto con el cual quiere demostrar, palpablemente, ante el mundo, la intangibilidad de su propia doctrina. Sin entrar a juzgar el asunto, es despachado el emisario de las autoridades francesas; con la jurisdicción de su propio poder, quiere el dictador del protestantismo desenvolver y terminar este proceso para elevar a ley del Estado el que arriesga su vida todo aquel que intente contradecirle.

El que Calvino, en el caso de Servet, únicamente busca una demostración política de su poder, lo advierten prontamente en Ginebra tanto sus amigos como sus enemigos. Nada más natural, por ello, como el que todos éstos intenten estropearle a Calvino esta demostración de ejemplaridad. Bien se comprende que para estos políticos no se trata en lo más mínimo de la persona de Servet; tampoco para ellos es otra cosa el desgraciado sino una pelota, un objeto de experimentos, una pequeña palanca para remover lateralmente el poder del dictador, y, en lo íntimo, les es del todo igual el que, en esta tentativa, les quede rota la herramienta entre las manos. En realidad, estos peligrosos amigos de Servet le prestan el peor de los servicios, al levantar con falsos rumores la vacilante conciencia de sí mismo de aquel ser histérico, y al enviarle secretos mensajes a la prisión, para que oponga a Calvino una muy decidida resistencia. En su interés no está otra cosa sino el que el proceso, en todo lo posible, se desarrolle de un modo llamativo y sensacional: cuanto más enérgicamente se defienda Servet, cuanto más rabiosamente ataque al odiado adversario, será tanto mejor.

Pero, por fatalidad, aun sin eso, no se necesita ya mucho para hacer todavía más irreflexivo al ya por sí mismo irreflexivo. La larga y cruel prisión hace ya mucho tiempo que hizo su cruel labor para impulsar al exaltado a una situación de irrefrenado furor, pues Servet es tratado en la prisión (y Calvino tiene que saberlo) con una consciente y refinada dureza. Desde hace semanas, mantienen a aquel hombre enfermo, nervioso e histérico, que se siente por completo inocente, cautivo en una calabozo, húmedo y glacial, con cadenas en pies y manos, como un asesino. Podridas cuelgan de su helado cuerpo las 74 piezas del traje, a pesar del cual no se le concede ninguna camisa limpia; los más elementales mandamientos de la limpieza son desatendidos; a nadie le es lícito prestarle ni el más insignificante auxilio. En su miseria sin fondo, dirígese Servet al Consejo en una carta conmovedora, en demanda de mayor humanidad. "Las pulgas me devoran en vida, mis zapatos están destrozados, no tengo ya vestidos ni ropa blanca".

Pero una mano secreta — cree uno conocer esta mano dura, que, inhumana como un tornillo, va apretando y deshaciendo toda resistencia, — aunque el Consejo dispone inmediatamente, ante las quejas de Servet, la supresión de tales anormalidades, impide todo mejoramiento de su suerte. Lo mismo que a un perro sarnoso en un montón de estiércol, siguen, dejando que este osado pensador y sabio de espíritu libre continúe consumiéndose en su húmeda cueva. Y todavía de modo más espantoso resuenan pocas semanas después, en una segunda carta, los penetrantes gritos de angustia del que, literalmente, se ahoga en su propia basura: "¡Os suplico, por el amor de Cristo, que no me neguéis lo que otorgaríais a un turco y a un criminal! De todo lo que habéis ordenado para mantenerme limpio, nada se ha cumplido. Estoy en una situación más lamentable que nunca. Es una gran crueldad que no se me dé ninguna posibilidad de remediar esta mi extremada miseria corporal".

Pero ¡nada es hecho! ¿Es, pues, un milagro que cada vez que se le saca de su empapada cueva estalle aquel hombre en ataques de una verdadera locura furiosa? Con cadenas en los pies y humillado con sus hediondos pingajos, el ser puesto delante del tribunal, sentado con su negra y bien cepillada ropa talar, frío y sereno, bien preparado y espiritualmente en reposo, al hombre con el cual quería comenzar él una discusión, espíritu contra espíritu, letrado contra letrado, el cual, ahora, le trata y maltrata más enojosamente que a un asesino. ¿No es inevitable que, atormentado y hostigado por las más groseras y malignas preguntas e insinuaciones, que hasta se mezclan en su más secreta vida sexual, pierda todo sentido y prudencia, y, por su parte, asalte al atormentador de su alma con las más espantosas injurias? Febril por las noches su sueño, se echa al gañote del hombre a quien debe todas estas inhumanidades con palabras como éstas: "¿Es que niegas que eres un asesino? Te lo demostraré con tus acciones. En lo que a mí hace, estoy seguro de la justicia de mi causa y no temo a la muerte. Pero tú gritas como un ciego en el desierto porque el espíritu de la venganza abrasa tu corazón. ¡Has mentido, has mentido, ignorante, calumniador! Espumajea en ti la cólera cuando persigues a alguien hasta la muerte. Quisiera que toda tu magia estuviera aun en el vientre de tu madre y me fuera dada ocasión para mostrar todos tus errores". En la sangrienta embriaguez de su furor, el desdichado Servet se olvida por completo de su propia impotencia; haciendo resonar sus cadenas, con espumarajos en la boca, este hombre enfurecido exige del Consejo que debe juzgarle que, en lugar de realizar tal labor, lance una sentencia contra el quebrantador del derecho Calvino, contra el dictador de Ginebra. "En ella, como mágico que es, no sólo debe ser declarado culpable y condenado, sino también desterrado fuera de la ciudad y su hacienda debe serme adjudicada en compensación de la mía, que ha perdido por su culpa".

Bien se comprende que, ante tales palabras, ante el aspecto de tal figura, se apodere de los valientes consejeros un violento espanto: este hombre flaco, lívido, extenuado, con su barba enmarañada y sucia, que, con centelleantes ojos y acento extranjero, arroja a borbotones, salvajemente, las más monstruosas acusaciones contra su cristiano jefe, tiene, sin voluntad de los jueces que presentárseles como un poseído, un impulsado por Satán. De interrogatorio en interrogatorio, la impresión va siendo más favorable. En realidad, el proceso estaría ya ahora terminado y la condena de Servet sería inevitable. Pero los secretos enemigos de Calvino tienen todo su interés en alargar y retrasar el procedimiento porque no quieren concederle a Calvino el triunfo de que su contradictor perezca bajo la ley. Aun otra vez intenta salvar a Servet, ofreciéndole solicitar, como en el caso de Bolsee, la opinión de los otros sínodos reformados suizos, animados por la secreta esperanza de que, también esta vez, en el último momento, le sería arrebatado a Calvino la víctima de su dogmatismo.

Pero el mismo Calvino sabe demasiado bien que ahora, en definitiva, de lo que se trata es de su propia autoridad. No va a dejar que por segunda vez jueguen con él. A tiempo bastante y con todo cuidado adopta sus medidas. Mientras su desdichada víctima se pudre indefensa entre sus cadenas, redacta misiva tras misiva a los directores de las iglesias de Zurich, Basilea, Berna y Schaffhausen para influir anticipadamente en su respuesta. Envía mensajeros en todas direcciones, pone en movimiento a todos los amigos para amonestar a sus hermanos de cargo a fin de que no vayan a sustraer del justo castigo a un blasfemador hasta tal punto vituperable. Es de provecho para su unilateral influencia la circunstancia de que en el caso de Servet se trata de un perturbador conocido de la paz teológica, y que, ya desde los días de Zwingli y de Bucer, el "descarado español" es odiado en el ámbito de toda la Iglesia suiza; en efecto, unánimemente declaran todos los sínodos de Suiza que las opiniones de Servet son erróneas y pecaminosas, y si bien tampoco ninguna de las cuatro comunidades eclesiásticas pide abiertamente, o por lo menos aprueba, la pena de muerte, autorizan, en principio, todo empleo de severidad. Zurich escribe: "Qué castigo debe serle infligido a este hombre es cosa que dejamos a vuestra sabiduría"; Berna invoca al Señor para que "preste (a los ginebrinos) la sabiduría y la fuerza necesaria para que sirváis a vuestra iglesia y a las otras, librándolas de esta peste". Pero esta indicación de un fuerte alejamiento está a la vez debilitada por la admonición de que "sea realizado esto en tal forma, que, al mismo tiempo, nada se haga que pueda parecer impropio de una autoridad cristiana". Por ninguna parte se anima claramente a Calvino para una condena a muerte. No obstante, ya que las iglesias han aprobado el proceso contra Servet, aprobarán también, según el sentir de Calvino, lo restante, pues, con sus ambiguas palabras, le dejan libres las manos para cualquier resolución. Y siempre que están libres, estas manos hieren con dureza y decisión. En vano procuran ahora los secretos ayudadores, tan pronto como conocen los dictámenes de las iglesias, dilatar aun en el último momento el daño que amenaza. Perrin y los otros republicanos proponen que sea aún interrogada la suprema instancia de la comunidad, el consejo de los doscientos.

Pero es demasiado tarde; es ya harto peligrosa la resistencia para los adversarios de Calvino: el 26 de octubre, por unanimidad, es condenado Servet a ser quemado vivo, y este cruel veredicto debe ya ser ejecutado al día siguiente en la plaza de Champel.

Durante semanas y semanas estuvo Servet en su calabozo, separado del auténtico mundo, entregado a las más inagotables esperanzas. De un natural ya de por sí abundante en exaltada fantasía, y, fuera de eso, desconcertado aún por las secretas insinuaciones de sus presuntos amigos, embriágase siempre ardientemente con el delirio de que hace ya mucho tiempo que tiene convencidos a los jueces de la verdad de su tesis, y de que, con injurias y vergüenza, será expulsado de allí el usurpador Calvino dentro de pocos días. Tanto más espantoso es su despertar, por ello, cuando, con reservado semblante, entran en su celda los secretarios del consejo y, solemnemente, desenrollan un pergamino para darle de él lectura. La sentencia le hiere como un rayo. Rígido, como si no comprendiera lo monstruoso, escucha la lectura del texto que dispone que, en cuerpo viviente, sea quemado, como blasfemo, al día siguiente. Durante algunos minutos, permanece como aturdido y sin conciencia. Pero después, los nervios desgarran al hombre atormentado. Comienza a balbucear, a lanzar ayes, a sollozar; de modo retumbante, brota de su garganta, en su materna lengua española, el equivocado grito de espanto: "¡Misericordia!". Hasta lo más hondo de sus raíces parece haber sido destrozada, con esta espantosa noticia, su soberbia hasta entonces enfermizamente tensa e hipertensa; como un hombre deshecho, aniquilado, el desgraciado mira fijamente ante sí, con ojos inmóviles y sin alma. Y ya se imaginan los pedantes pastores que ha llegado también la hora de obtener un triunfo eclesiástico sobre Servet, después de haber alcanzado el secular y de arrancar a su desesperación la voluntaria confesión de sus errores.

Pero es asombroso: apenas a este hombre destrozado y ya casi extinguido se le toca a este íntimo punto de su fe, apenas se exige de él la retractación de su tesis, cuando la antigua obstinación alza llamas, poderosas y soberbias. Ya pueden condenarlo y martirizarlo y quemarlo, ya pueden despedazar trozo a trozo su cuerpo: Servet no cederá ni una sola pulgada en el terreno de sus concepciones; justamente estos últimos días elevan a este caballero andante de la ciencia hasta la categoría de mártir y héroe de sus pensamientos.

Ásperamente, rechaza la insistencia de Farel, el cual llegó a toda prisa de Lausanne para celebrar el triunfo de Calvino; declara que una sentencia judicial terrena no puede nunca servir como prueba de si un hombre tiene o no razón en las cosas divinas. Asesinar no es convencer. No le han probado cosa alguna; sólo se intenta matarlo. Ni con amenazas ni con promesas, consigue Farel arrancar de la víctima, encadenada y ya próxima a la muerte, ni una sola palabra de retractación. Pero, para probar de modo más visible que, a pesar de su perseverancia en sus convicciones, no es un hereje, sino un creyente cristiano, y, como tal, obligado a reconciliarse hasta con el más mortal de sus enemigos, declárase Servet dispuesto, antes de su muerte, a recibir en su calabozo la visita de Calvino. Acerca de esta entrevista de Calvino con su víctima no poseemos más que las noticias de una sola de las partes: el informe de Calvino. Pero, aun en su propia exposición, llega a ser espantosamente manifiesta la interna rigidez y dureza de alma del dictador: el victimario desciende a la húmeda celda carcelaria, junto a su víctima, pero no para prestar ánimos con algunas palabras al consagrado a la muerte, no para proporcionar a un ser humano, que, al día siguiente, debe morir en medio de los más espantosos martirios, un consuelo fraternal o cristiano. Helado y objetivo, inicia Calvino la conversación preguntando por qué motivo le ha mandado a llamar Servet y qué es lo que tiene que decirle. Manifiestamente esperaba que Servet, ahora, se postraría de rodillas y comenzaría a rogar que el todopoderoso déspota anulara la sentencia o, por lo menos, la dulcificara.

Pero el condenado responde sólo con toda sencillez — y ya esto tendría que conmover a toda persona humanitaria — que únicamente había hecho llamar a Calvino junto a sí para pedirle perdón. La víctima le ofrece a su sacrificador la personal reconciliación. No obstante, nunca los pétreos ojos de Calvino querrán reconocer en un adversario político y religioso a un ser humano ni a un cristiano. Glacialmente frío escribe en su informe: "Objeté a ello, simplemente, que jamás había abrigado odio personal contra él, como es la pura verdad".

El no comprender o no querer comprender lo cristiano del gesto del moribundo Servet, impide toda especie de humana reconciliación entre ambos ; que Servet deje a un lado todo lo que se refiere a su persona y únicamente confiese su error contra Dios, cuya triple personalidad ha negado. Consciente o inconscientemente, el ideólogo que hay en Calvino se niega a reconocer como prójimo suyo a este hombre destinado ya al sacrificio, que el día siguiente debe ser arrojado a las llamas, como leño sin valor; en su calidad de riguroso dogmático, sólo ve en Servet al negador de su propio concepto personal de Dios, y, por lo tanto, en general, al negador de Dios. Para su pedantería satisfecha de sí, aun ahora, lo único importante es exprimir del destinado a la muerte, antes que exhale su postrer aliento, la confesión de que Servet no tiene razón, y él, Calvino, sí la tiene. Pero como Servet advierte que su adversario querría arrebatarle lo único que queda viviente en su perdido cuerpo y que es inmortal para él: su fe, su convicción, enarmónase violento el atormentado. Rechaza resueltamente toda cobarde concesión. Con ello, le parece a Calvino que es ya superflua toda palabra posterior: un hombre que en las cosas religiosas no se le somete por completo, ya no es para él ningún hermano en Cristo, sino un siervo de Satanás y un pecador, con el cual sería cosa perdida cualquier palabra afectuosa. ¿Para qué emplear ni un granillo de bondad con un hereje? Duramente se aparta Calvino ; sin una palabra ni una mirada piadosa, abandona a su víctima. Tras él, chirrían férreamente los Cerrojos, y, con estas palabras que espantan por su falta de sensibilidad, este fanático acusador cierra el informe que ha de acusarle a él por toda la eternidad: "Ya que, con persuasión y advertencias, nada podría lograr, no quise ser más sabio de lo que mi maestro lo permite. Seguí la regla de San Pablo y me retiré del lado de aquel hombre herético, que él mismo había pronunciado su sentencia".

La muerte atado al poste de la hoguera, para ser poco a poco tostado a fuego lento, es, de todos los géneros de ejecución, el más lleno de tormento; hasta la Edad Media, mal afamada por cruel, sólo la empleó en los más raros casos en toda su espantosa y larga duración; en general, los condenados eran estrangulados antes contra el poste o aturdidos por medio de bebidas. Pues precisamente este género de muerte, el más horroroso y estremecedor, fue, sin embargo, el previamente elegido para la primera víctima de herejía del protestantismo, y bien puede suponerse que Calvino, después de los clamores de indignación de todo el mundo humanitario, había intentado alejar de sí, posteriormente, muy posteriormente, la responsabilidad de la especial sevicia usada en el asesinato de Servet. Su persona y el resto del consistorio se habían esforzado, según refiere (cuando el cuerpo de Servet hacía ya mucho tiempo que se había convertido en cenizas), por convertir el martirizador género de muerte de la quema en cuerpo viviente en el más benigno de la decapitación, pero "sus esfuerzos habían sido inútiles" ("gemís mortis conati sumus mutare, sed frustra"). De tales presuntos esfuerzos no puede encontrarse palabra alguna en los protocolos del Consejo, y para nadie, libre de prejuicios, resultará creíble que Calvino, quien, no obstante, sin intervención ajena, había forzado a que se instruyera este proceso, y directamente y casi con empulgueras, había arrancado del dócil consejo la sentencia de muerte contra Servet; para nadie, repito, parecerá creíble que precisamente este mismo Calvino se hubiera convertido de repente en Ginebra en una persona particular tan sin influencia ni poder, que no pudiera conseguir que fuera empleado un medio de ejecución más humano. Cierto que es literalmente verdadero que Calvino, en efecto, había concebido una dulcificación en el género de muerte aplicado a Servet, pero a la verdad (y aquí reside la dialéctica reserva de su afirmación) sólo para el caso 'único en que Servet pagase en sus últimos instantes esta dulcificación a precio de un sacrificio d'intelletto, con una retractación; no por humanidad, sino sólo por un simple cálculo político habría estado entonces dispuesto Calvino — por primera vez en su vida — a proceder benignamente con un adversario. Pues ¡ qué triunfo para la doctrina de Ginebra si se le hubiera podido arrancar a Servet, a un paso del poste de la hoguera, la confesión de que él no tenía razón y Calvino sí la tenía! ¡Qué victoria haber podido obligar al intimidado a que no muriera como mártir de su propia doctrina, sino que, en el último momento, delante de todo el pueblo, proclamara que sólo la doctrina de Calvino, y no la suya, era la verdadera, la única verdadera en toda la Tierra! Pero también Servet sabe el precio que tendría que pagar por ello.

Obstinación álzase aquí contra obstinación, fanatismo contra fanatismo.

¡Mejor perecer, en medio de indecibles tormentos, en aras del propio convencimiento, que sufrir una muerte más benigna en servicio del dogma de Maítre Jehan Calvin! ¡ Mejor sufrir sin medida durante media hora, pero adquiriendo la gloria espiritual del martirio, y, al mismo tiempo, arrojando por toda la eternidad sobre su adversario el odio producido por su inhumanidad! De modo cortante, rechaza Servet lo que se le propone y se prepara a pagar como amargo precio de su obstinación el afrontar todos los imaginables tormentos.

El resto es horror. El 27 de octubre, a las once de la mañana, el prisionero es sacado del calabozo con sus harapos hechos jirones. Por primera vez, desde hace mucho tiempo, y por última por toda la eternidad, sus desacostumbrados ojos vuelven a ver la luz del cielo. Aborrascada la barba, sucio, extenuado, haciendo retiñir sus cadenas, vacila al andar el condenado y produce un espantable efecto bajo la clara luz otoñal el estado de decrepitud de su semblante de color de ceniza. Ante la escalinata de la casa ayuntamiento, los alguaciles empujan, ruda y fuertemente, para que caiga de rodillas, al hombre que sólo consigue avanzar tambaleándose trabajosamente, — desde hace semanas tiene olvidado lo que es caminar. — Inclinada la cabeza, le es forzoso oír la sentencia que el síndico proclama ante el congregado pueblo y que termina con estas palabras: "Te condenamos, Michael Servet, a ser conducido encadenado a Champel y a ser quemado vivo, y contigo, tanto el manuscrito de tu libro como también los ejemplares impresos del mismo, hasta que tu cuerpo se consuma en cenizas; así debes terminar tus días para dar un ejemplo admonitorio a todos aquellos que desearan cometer un crimen análogo".

Estremecido y tembloroso, escucha el condenado. En su mortal angustia, arrástrase de rodillas hasta cerca de los señores del municipio y suplica implorante la leve merced de ser decapitado, "a fin de que el exceso del dolor no lo lleve a la desesperación". Si cometió alguna falta, habrá sido sin saberlo; pero nunca le impulsó otro afán sino el pensamiento de procurar la gloria de Dios. En este momento, colócase Farel entre los jueces y el hombre arrodillado.

En forma que pueda ser oído desde lejos, pregunta el consagrado a la muerte si está dispuesto a abjurar de su condenada doctrina del dogma de la Trinidad, y alcanzar, con ello, la merced de una ejecución más benigna. Pero Servet — y precisamente esta última hora de su vida realza moralmente la figura de este hombre, en general sólo mediana — rechaza de, nuevo el trato que se le ofrece, decidido a cumplir su anterior palabra de que está dispuesto a sufrirlo todo por sus convicciones.

Por lo tanto, nada resta sino recorrer el trágico camino. Pónese en marcha el cortejo. Delante, marcha el seigneur teniente con su ayudante provistos ambos del tremendo distintivo de su funesto cargo y rodeados de arqueros militares; al final, se agolpa la muchedumbre curiosa eternamente. Durante todo el recorrido por la ciudad, ante innumerables espectadores que miran tímida y en silencio, Farel se mantiene al lado del condenado. De modo incesante, procura persuadir a Servet, paso tras paso, para que renuncie a su error en el último instante y se retracte de sus falsas concepciones. Y ante la respuesta verdaderamente piadosa de Servet de que sufre injusta muerte, pero que implora a Dios para que sea piadoso con sus acusadores, atácale rudamente Farel, con dogmático furor: "¿Cómo? ¿Después de haber cometido el más grave de todos los pecados, todavía pretendes justificarte? Si sigues hablando de este modo, te entrego a la sentencia de Dios y no te acompañaré más, aunque estaba decidido a no abandonarte sino con tu último aliento".

Pero Servet ya no responde. Le repugnan los sayones y pendencieros: ¡ni una palabra más para ellos! Sin cesar va murmurando entre sí mismo y para sí mismo el presunto hereje y negador de Dios: "¡Oh, Señor, salva mi alma! ¡Oh, Jesús, hijo del Eterno, ten compasión de mí!". Después, una y otra vez suplica a los presentes, alzando la voz, que oren con él y por él. Aun en el lugar del suplicio, ante el poste de la hoguera, pónese una vez más de rodillas, para recogerse piadosamente. Pero, por temor de que este puro gesto del presunto hereje pueda impresionar al pueblo, el fanático Farel grita por encima de la víctima respetuosamente postrada: "¡Ya veis el poder que posee Satanás cuando tiene a un hombre entre sus garras! Este hombre es muy instruido y quizá cree proceder rectamente. Pero ahora está en poder de Satanás y a cada uno de vosotros puede ocurriros otro tanto".

Mientras esto ocurre, han comenzado los pavorosos preparativos. Ya está la leña amontonada al pie del poste, ya chirrían las cadenas con las que Servet debe ser colgado del palo, ya el verdugo tiene amarradas las manos del condenado. Entonces, acércase por última vez Farel hasta Servet, el cual no hace más que suspirar en voz baja: "¡Dios mío! ¡Dios mío!", y le grita, con coléricas palabras: "¿No tienes otra cosa que decir?" Todavía espera aquel desalmado pedante que Servet, a la vista del poste del martirio, confesará la verdad única verdadera: la calvinista. Pero Servet responde: "¿Qué otra cosa podría hacer sino hablar de Dios?" Desengañado abandona Farel a su víctima. Ahora no resta ya nada más sino que el otro verdugo, el del cuerpo, realice su función pavorosa. Con una cadena de hierro, es colgado Servet del poste, atado con una maroma que da cuatro o cinco vueltas alrededor del extenuado mártir. Entre el cuerpo viviente y la soga que lo oprime cortándolo cruelmente, sujetan aún los ayudantes del verdugo un ejemplar del libro y aquel manuscrito que Servet, en otro tiempo, sub sigillo secreti, le había enviado a Calvino, pidiéndole su opinión fraternal; por último, todavía le plantan, como mofa, una repulsiva corona de dolor en la cabeza, una guirnalda de laurel untada con azufre. Con estos crudelísimos preparativos queda terminado el trabajo del verdugo. Ya no se necesita más que prender simplemente fuego al montón de leña y con ello queda ya comenzado el asesinato.

Cuando brotan por todas partes las llamas, lanza el martirizado un grito tan espantoso, que todo el mundo, durante un momento, vuelve la cabeza estremecido. Pronto, el humo y el fuego envuelven aquel cuerpo que se retuerce en su tormento; sin cesar y de modo cada vez más penetrante, brotado de la carne viviente lentamente devorada por el fuego, escúchase el estridente grito de dolor del que sufre de indecible modo. Por último, retumba su postrero y fervoroso clamor de angustia: "¡Jesús, hijo del eterno Dios, ten piedad de mí!" Media hora dura este indescriptible y horrendo combate con la muerte.

Sólo entonces descienden las ya ahítas llamas, el humo fluye en desparramados chorros, y del ennegrecido poste, colgado de la cadena puesta al rojo, pende una masa negra, humeante, carbonizada, una horrenda pasta que en nada recuerda ya a lo humano. Lo que antes era una terrena criatura pensadora, consagrada apasionadamente a lo eterno, una palpitante porción del alma divina, no es ya más que una tremenda basura, está convertida en una masa tan horrible, repugnante y hedionda, que tal panorama acaso hubiera podido edificar durante un instante a Calvino acerca de lo inhumano de su pretensión de arrogarse el ser juez y verdugo de un prójimo suyo.

Pero ¿dónde está Calvino en esta hora de espanto? Para parecer imparcial o para guardar sus propios nervios, se quedó prudentemente en casa; cerrada la ventana, está sentado en su cuarto de trabajo abandonando el cruel asunto al verdugo y a su más brutal hermano de fe, Farel. Cuando se trataba de acechar al inocente, de acusarlo, de excitarlo y llevarlo al palo, Calvino había estado infatigable delante de todos los otros: no obstante, en la hora de la ejecución, no se vio más que a los mercenarios servidores del tormento, pero no el verdadero culpable que había querido y ordenado este "crimen piadoso". Sólo al domingo siguiente, con su negro traje talar, asciende solemnemente al pulpito para celebrar, ante la silenciosa comunidad, como grande, debido y justo, un hecho que no se había atrevido él mismo a contemplar con sus propios ojos, libre y abiertamente.

 

EL MANIFIESTO DE LA TOLERANCIA

 

"Investigar la verdad y decirla tal como se la piensa no puede nunca ser criminal. Nadie debe ser forzado a una convicción. La convicción es libre".

SEBASTIÁN CASTALIÓN. 1551.

 

EL suplicio de Servet en la hoguera es considerado, al punto, por todos los contemporáneos, como la separación moral de caminos de la Reforma. Cierto que, en sí misma, no significa nada sorprendente la ejecución de un hombre en aquel siglo violento; desde las costas de España hasta muy arriba por las del Mar del Norte y en las Islas Británicas, son quemados entonces innumerables herejes en honor a Cristo.

Por miles y miles, en nombre de las diversas iglesias, únicas verdaderas, y de las sectas, son cortados en pedazos, quemados, decapitados, estrangulados y ahogados, los hombres indefensos en los lugares del suplicio. "Si fueran, no digo ya caballos, sino cerdos los que son llevados a perecer allí — dícese en el Tratado de los heréticos de Castalión, — habría creído cada príncipe que sufría una gran pérdida con ello". Pero no son más que hombres los que son aniquilados, y por eso, nadie piensa en contar las víctimas. "No sé — balbucea el desesperado Castalión, que, a la verdad, todavía no podía prever nuestro siglo de guerras, — si jamás, en tiempo alguno, habrá sido derramada tanta sangre como en el nuestro".

Pero siempre, en cada siglo, hay un crimen, en medio de los crímenes innumerables, con el cual despierta la conciencia del mundo, dormida en apariencia. La llamas del martirio de Servet alumbran más que todas las otras llamas de su tiempo, y todavía reconoce Gibbon, dos siglos después, que "este único sacrificio produjo una conmoción más profunda que el de los millares de hombres que perecían en las hogueras de la Inquisición". Pues el suplicio de Servet — para emplear la frase de Voltaire, — es el primer "asesinato religioso" dentro de la Reforma y la primera negación, trascendente y visible, de su idea originaria. En sí mismo, el concepto de "hereje" ya representa un absurdo para la doctrina evangélica, que prometía a cada cual el libre derecho de interpretación, y, al principio, en efecto, también Lutero, Zwingli y Melanchthon mostraron clara repugnancia ante toda medida de violencia contra los disidentes y exaltados de su movimiento. Expresamente lo declara Lutero: "Me gusta poco la pena de muerte, hasta cuando es merecida, y lo que me espanta en ella es el ejemplo que se da. Por eso, no puedo en modo alguno aprobar el que sean condenados los falsos doctores". Con memorable nimiedad formula así su pensamiento: "Los herejes no deben ser oprimidos por ninguna fuerza exterior o mantenidos en sujeción, sino sólo combatidos con la palabra de Dios. Pues la herejía es una cuestión espiritual que no puede ser purificada por ningún fuego ni por ninguna agua terrestres". De un modo igualmente claro, manifiesta su repugnancia Zwinglio ante toda apelación a las autoridades seculares, y toda fuerza que haga una .selección.

Pero la nueva doctrina, porque mientras tanto se ha convertido ella también en una "iglesia", tiene que reconocer prontamente — cosa que de mucho antes sabía la antigua — que, a la larga, no puede mantenerse en pie una autoridad sin Una fuerza; de este modo, Lutero, para aplazar la inevitable determinación, propone primero un compromiso, al pretender diferenciar los "haereticis" de los "seditiosis"; distinguir entre aquellos "remonstrantes, que sólo en cosas espirituales y eclesiásticas disienten de la opinión de la Iglesia reformada, y los seditiosis, verdaderos rebeldes, que, al mismo tiempo que el religioso quieren modificar también el orden social. Sólo contra estos últimos — al expresarse así, piensa en los anabaptistas comunistas, — concede a las autoridades seculares derecho a someterlos por la fuerza. Mas a dar el paso decisivo de entregar los disidentes y librepensadores al verdugo, no quiere decidirse ninguno de los jefes de la Iglesia reformada. Todavía vive en su memoria el recuerdo de los tiempos en que, como revolucionarios espirituales contra el papa y el emperador, reconocían en las convicciones íntimas el más sagrado de los derechos del hombre. Por eso, les parece imposible la introducción de una nueva Inquisición protestante.

Este paso de trascendencia universal lo da ahora Calvino al llevar a Servet a la hoguera. De un único tirón desgarra el derecho de "libertad del cristiano" defendido por la Reforma; de un salto se empareja con la Iglesia Católica, la cual, en su honor sea dicho, había vacilado más de mil años antes de quemar vivo' a un ser humano a causa de una caprichosa interpretación en cuestiones de fe cristiana. Pero Calvino, ya en el segundo decenio de su soberanía, grava ya a la Reforma con este crudelísimo acto de su intolerancia, y, por ello, aquella inscripción de la piedra conmemorativa que, siglos después, erigió la ciudad libre de Ginebra al pensador libre Servet, procura en vano disculpar a Calvino, al calificar a Servet de "víctima de su tiempo", pues no la ceguera y el delirio de su época — también un Montaigne y un Castalión vivían en aquellos días, — fueron los que amarraron a Servet al poste de la hoguera, sino única y exclusivamente el despotismo personal de Calvino. Ninguna excusa puede disculparle de este hecho digno de Torquemada. Pues aunque el descreimiento y el fanatismo estén asentados sobre una época, de cada crimen particular es siempre responsable el hombre que lo cometió.

Es innegable, desde el primer momento, la creciente agitación causada por el cruel sacrificio de Servet, y hasta de Beze, el offiziosus y el evangelista de Calvino, se ve obligado a hacer constar: "Todavía no se habían enfriado las cenizas de aquel desdichado, cuando ya se comenzó a discutir violentamente la cuestión de si era o no lícito castigar a los herejes. Los unos eran de opinión de que hay que someterlos, pero no con la pena de muerte. Otros deseaban que se remitiera exclusivamente al juicio de Dios su castigo". Hasta este incondicional glorificador de todas las acciones de Calvino tiene, de repente, en su voz, un tono sorprendentemente vacilante, y aun más los otros amigos del déspota ginebrino. Cierto que Melanchthon, el cual es verdad que en otro tiempo había atacado a Servet con las peores injurias, le escribe a su "querido hermano" Calvino: "La Iglesia te da las gracias y seguirá dándotelas en lo porvenir. Vuestros funcionarios han procedido en justicia al condenar a muerte a este blasfemador de Dios", y hasta aparece un ultrafervoroso filólogo llamado Musculus — eterna "trahison des cleros", — que, con esta ocasión, compuso una solemne poesía. Pero en general no puede advertirse ninguna directa aprobación. Zurich, Schaffhausen y los otros sínodos no se muestran en modo alguno tan entusiasmados como había esperado Ginebra con la muerte de mártir dada a Servet.

Mas, al mismo tiempo, se alzan voces de muy otra especie. El gran jurista de aquella época, Baudouin, expide, públicamente, el decisivo testimonio. "A mi modo de ver Calvino no tenía derecho a plantear un proceso criminal a causa del debate de una cuestión religiosa". Pero no son sólo todos los humanistas de espíritu libre de Europa los que están espantados e indignados ; también en el círculo de los eclesiásticos protestantes aumenta la oposición. Escasamente a una hora de las puertas de Ginebra, los eclesiásticos del cantón de Vaud condenan, desde el pulpito, el proceder seguido en el asunto de Servet, como irreligioso e ilegal, y, hasta en su propia ciudad, tiene que reprimir Calvino que se ejerza la crítica, por medio de fuerzas de policía. Una mujer que dice públicamente que Servet fue un mártir de Jesucristo es arrojada al calabozo, y del mismo modo se procedió con un impresor a causa de su afirmación de que la autoridad había condenado a Servet sólo para satisfacción de un único hombre. Algunos sobresalientes sabios extranjeros abandonan de modo bien ostensible la ciudad, en la que se habían sentido seguros durante mucho tiempo, desde que la libertad de pensamiento está amenazada allí por tal despotismo. Y pronto ha de reconocer Calvino que Servet llegó a ser mucho más peligroso para él, por medio de su muerte de mártir, de lo que jamás lo había sido con sus escritos y su vida.

Calvino, para toda contradicción, posee un oído impaciente y nervioso. No sirve de nada el que en Ginebra uno se guarde, temerosamente, de toda palabra franca; a través de las paredes y por las ventanas, percibe Calvino la agitación trabajosamente reprimida. Pero el hecho está realizado; ya no es posible darlo por no ocurrido, y, como no puede librarse de él, no le queda otro remedio que el de plantarse abiertamente a su frente. Sin ser notado, Calvino, en este asunto que había comenzado con tanta alegría acometedora, ha venido a refugiarse en la defensiva. Todos sus amigos le confirman por unanimidad en la idea de que es más que tiempo de justificar, por fin, este acto de condenación a la hoguera, que produce una agitación tan escandalosa; realmente, en contra su voluntad, decídese por fin Calvino a "ilustrar" al mundo acerca de Servet, después de haberlo hecho perecer él mismo, previsoramente, y a redactar una apología de su acción.

Pero Calvino, en el caso de Servet, tiene mala conciencia; y con mala conciencia se escribe mal. Por ello su apología "Defensa de la legítima fe y de la Trinidad contra los espantosos errores, de Servet", que — como dice Castalión, — redactó "aún con la sangre de Servet en sus manos", es una de sus obras más débiles. El mismo Calvino confesó que la había arrojado de sí "tumultuarle", por lo tanto, precipitada y nerviosamente ; y, lo poco seguro que se sentía en su defensa, pruébalo el que hizo que su tesis fuera firmada por todos los eclesiásticos de Ginebra para no soportar la responsabilidad él solamente. De una parte, Calvino, advertido de la mala voluntad general, quiere hacer que pase la responsabilidad desde su persona a los "magistrados"; de otra, tiene que demostrar que la municipalidad procedió rectamente al aniquilar a semejante "monstrum". Y, al mismo tiempo, para presentarse a sí mismo como un hombre singularmente indulgente y enemigo, en su interior, de toda violenta actividad, el hábil dialéctico llena una buena parte del libro con quejas acerca de la crueldad de la Inquisición católica que, sin medios de defensa, hace condenar a los creyentes y ejecutarlos del modo más cruel. (¿Y tú — ha de responderle después Castalión, — cuándo le has designado un defensor a Servet?). Mas después, sorprende al asombrado lector haciéndole saber que, "en secreto, trató incesantemente de atraer a Servet hacia mejores opiniones". ("Je nal pas cessé de faire mon possible, en secret, pour le ramener á des sentiments plus saints"); realmente, fue sólo la municipalidad la que — a pesar de la inclinación de Calvino a la benignidad, 1— impuso la sentencia de muerte, y, a la verdad, en su forma especialmente cruel. Pero firmemente establece Castalión la verdad de los hechos. "Las primeras de tus admoniciones fueron injurias, las segundas prisión, y Servet ya no volvió a abandonarla sino para ser arrastrado a la hoguera y allí quemado vivo".

Pero mientras que Calvino, con una mano, aparta de sí la responsabilidad por el martirio de Servet, facilita, con la otra, toda clase de disculpas a los "magistrados" por aquella sentencia. E inmediatamente después, al tratarse de justificar tales coacciones, se hace elocuente Calvino. No es posible, tal es su argumento, que se le deje a cada cual en libertad de decir lo que piense (la liberté á chacun de diré ce qu'il voudrait), pues eso sería demasiado grato para epicúreos, ateos y blasfemos. Sólo es lícito proclamar la verdadera doctrina (la de Calvino). Pero el establecimiento de tal censura no significa, en modo alguno, una limitación de la libertad — las concepciones despóticas repiten siempre los mismos antilógicos razonamientos. — "Ce n'est par tyranniser l'Eglise que d'empécher les écrivains mal intentionnés de repondré publiquement ce qui leur passe par la tete". Si se hace que guarden silencio los otros, eso — según Calvino y sus semejantes, — no es, ni de lejos, que se ejerza una coacción; no se ha hecho otra cosa sino proceder con justicia y servir a una idea más alta, esta vez la de la "gloria de Dios".

Pero no es el del sometimiento moral del hereje el punto discutible que en realidad tiene que defender Calvino — hace mucho tiempo que esta tesis ha sido adoptada por el protestantismo, — sino que lo que se discute es la cuestión de si a quien piense de otro modo es lícito matarlo o dejarle matar. Como Calvino, en el caso de Servet, ha respondido ya, con los hechos, de un modo afirmativo a esta pregunta, tiene ahora, posteriormente, que fundamentar su decisión, y como es natural, busca en la Biblia su defensa para probar que sólo por una "misión más alta" y obedeciendo a un "mandamiento divino" había quitado de en medio a Servet. Para ello busca en toda la doctrina mosaica (pues el Evangelio habla demasiado de: "¡Amad a vuestros enemigos!") ejemplos de ejecuciones de herejes, pero, en realidad, no le es posible aportar nada verdaderamente convincente, pues la Biblia, en general, aun no conocía el concepto de hereje, sino sólo el de "blasfemador", de negador de Dios; Servet, no obstante, el cual aun en medio de las llamas había invocado el nombre de Dios, no había sido ningún ateo. Pero Calvino, que siempre se apoya en los pasajes de la Biblia que conciertan con su opinión del modo más cómodo, declara, a pesar de ello, que el aniquilamiento por las autoridades de los que piensan de otro modo es un deber "sagrado": "Lo mismo que un hombre corriente sería culpable si no empuñara la espada tan pronto como viera su casa manchada por el culto de los ídolos y que uno de sus parientes se rebelaba contra Dios, cuánto más vil no sería esa cobardía en un príncipe si cerrara los ojos cuando es ofendida la religión". Les es dada la espada para que la empleen "en gloria de Dios"; toda acción realizada con "saint zéle", con piadoso ardor, está justificada previamente. La defensa de la ortodoxia, de la verdadera fe, desata, según Calvino, todos los lazos de la sangre, todos los mandamientos humanitarios; hay que extirpar hasta a los más próximos parientes si Satán los impulsa a negar la "verdadera" religión y produce espanto el leer cosas 'como éstas: "On ne luí fait point l'honneur qu'on luí doit, si on ne préfére son service á tout regará humain, pour n'épargner ni parentage, ni sang, ni vie qui soit et qu'on mette en oublie toute humanité quand U est question de combatiré pour sa gloire".

¡ Espantosas palabras y trágico testimonio de hasta qué punto puede cegar el fanatismo a un hombre que, fuera de ello, suele pensar con claridad! Pues, con terrible desnudez, dícese aquí que, en el sentido de Calvino, sólo pasa por piadoso aquel que, por la "doctrina" — la doctrina suya, naturalmente, — ahogue en sí "tout regard humain", por lo tanto, todo sentimiento de humanidad; quien entregue voluntariamente a la inquisición, esposa y amigos, hermanos y parientes, tan pronto como en cualquier cuestión, o cuestioncilla, tengan otra opinión que la del consistorio. Y a fin de que nadie combata una tesis hasta tal punto antihumana, Calvino echa mano de su último, de su favorito argumento: del terrorismo. Declara que cualquiera que defienda o disculpe a un hereje es también él culpable de herejía y queda designado para el castigo. De una vez para siempre, quiere saber Calvino que está solventada y terminada toda discusión, penosa para él, sobre el asesinato de Servet.

Pero la acusadora voz de la víctima del sacrificio, por .agria y furiosamente que grite ante el mundo sus amenazas, Calvino, no se deja imponer silencio, y el escrito calvinista de defensa, con su incitación a la caza de herejes, produce pésima impresión; se apodera el espanto justamente de los protestantes más sinceros al ver cómo se exige ahora la Inquisición, ex cathedra, en su Iglesia reformada. Algunos declaran que habría sido más conveniente que una tesis tan sanguinaria fuera perseguida por la municipalidad en lugar de haberlo sido un predicador de la palabra de Dios, un servidor de Cristo; y del modo más soberbiamente decisivo, el secretario de la ciudad de Berna, Zerchintes, que después también ha dé ser el amigo más fiel y el protector de Castalión, responde a la teoría ginebrina: "Confieso abiertamente — escríbele a Calvino, — que también yo pertenezco al número de aquellos que, en cuanto sea posible, querrían limitar la aplicación de la pena de muerte en el caso de los adversarios del movimiento de la fe y hasta frente a aquellos que se hallan en error voluntariamente. Lo que en especial me determina a ello, no sólo son aquellos pasajes de la Sagrada Escritura que pueden aducirse contra todo empleo de violencia, sino el ejemplo de cómo se procedió en esta ciudad contra los anabaptistas. Yo mismo vi arrastrar al cadalso a una mujer de ochenta años junto con su hija, madre de seis criaturas, mujeres que no habían cometido ningún otro delito sino negarse a que fueran bautizados los niños. Bajo la impresión de tal ejemplo, tengo que temer que las autoridades del tribunal no se mantengan en los estrechos límites en que querrías encerrarte tú mismo, y que castiguen pequeños errores como grandes delitos. Por ello, consideraría como deseable el que la justicia más bien se dejara conducir hacia un exceso de benignidad y escrúpulos exculpatorios que a desenvainar severamente la espada. . . Por mi parte, preferiría derramar mi propia sangre antes de saberme manchado por la de un hombre que no hubiera merecido la muerte de la manera más indudable".

De este modo habla un desconocido secretarillo de consejo en un tiempo fanático y así piensan muchos otros; pero todos reservan sus opiniones en lo secreto. También el valiente Zerchintes tiene la timidez de su maestro Erasmo de Rotterdam ante las disputas del tiempo, y, sinceramente avergonzado, confiésale a Calvino que sólo por carta le comunica su opinión disidente, pero que en público preferiría guardar silencio. "No descenderé al campo de la lucha mientras no me obligue a ello mi conciencia. Me propongo callar en tanto lo consientan mis escrúpulos, en vez de provocar discusiones y ofender a alguien". Los caracteres humanitarios se resignan siempre harto rápidamente, y, con ello, les hacen el juego a los violentos; todos proceden lo mismo que este excelente, pero no combativo, Zerchintes: se callan y se callan, los humanistas, los eclesiásticos, los sabios; los unos, por repugnancia ante la estrepitosa contienda; los otros por miedo de ser ellos mismos sospechosos de herejía si no celebran hipócritamente la ejecución de Servet como un hecho digno de alabanza. Y ya parece como si la monstruosa invitación de Calvino a una persecución general de los que piensan de otro modo debiera quedar incontestada. Pero entonces se eleva súbitamente una voz — bien conocida de Calvino y odiada por él, — para denunciar públicamente, en nombre de la ofendida humanidad, el crimen cometido en la persona de Miguel Servet: la clara voz de Castalión, a quien todavía nunca intimidó una amenaza del desaforado ginebrino y que se juega resueltamente su vida para salvar la de innumerables seres humanos. En toda guerra espiritual, no son los mejores luchadores aquellos que comienzan una contienda de un modo fácil y apasionado, sino los que vacilan mucho tiempo, los que interiormente aman la paz, en los que sólo con lentitud ha madurado la resolución y la decisión.

Sólo cuando han agotado todas las otras posibilidades de inteligencia y reconocido que es inevitable el empleo de las armas avanzan, con abrumado y descontento corazón, para realizar la forzada campaña defensiva; pero precisamente los que con mayor dificultad se resuelven a ir al combate han de ser después, siempre, los más decididos y resueltos. Esto le ocurre a Castalión. Como verdadero humanista, no es en modo alguno un luchador nato y convencido; la cortesía, la indulgencia, la insistente conciliación, concuerdan infinitamente más, en profundo sentido, con su naturaleza religiosa. Lo mismo que su ascendiente espiritual Erasmo, sabe la diversidad de formas y significaciones de toda verdad terrena y divina, y no por azar ostenta una de sus obras más esenciales el significativo título de De Arte Dubitandi ("Del arte de dudar"). Pero esta permanente duda y este permanente ensayo de sí mismo no convierte en modo alguno a Castalión en un frío escéptico; su circunspección le enseña sólo a guardar miramientos con todas las otras opiniones y prefiere callar antes que entremezclarse precipitadamente en ajenas disputas. Desde que para preservar su interna libertad había renunciado voluntariamente a su cargo y dignidad, se había retirado totalmente de la política del tiempo, para servir mejor al Evangelio con una acción espiritualmente fecunda, al realizar su doble traducción de la Biblia. Llega a ser, para él, pacífico hogar y residencia Basilea, esta última isla de la paz religiosa; aquí, la Universidad custodia todavía la herencia de Erasmo, y, por ello, viven refugiados en este postrer lugar libre que le resta al humanismo paneuropeo, todos aquellos que sufren persecución de las dictaduras eclesiásticas. Aquí vive Karlstadt, expulsado por Lutero de Alemania, y Bernardo Ochino, lanzado fuera de Italia por la Inquisición romana; aquí está Castalión oprimido por Calvino en Ginebra; aquí están Lelio Socino y Curione, y misteriosamente, escondido bajo un extraño nombre, David de Joris, anabaptista desterrado de los Países Bajos. Un común destino, una común persecución, liga a estos emigrantes, aunque de ningún modo sean de igual opinión, en todas las cuestiones teológicas; pero jamás necesita la naturaleza humana de una sistemática igualdad de concepciones, hasta en sus detalles últimos, para que los individuos se relacionen humanamente entre sí, en amistoso trato. Todos estos que se niegan a servir a cualquier dictadura moral llevan en Basilea una existencia de sabios, recogida y sin estruendo; no vierten sobre el mundo tratados y folletos, no peroran en las lecciones, no se unen en bandas con ligas y sectas; sólo un pesar común por el creciente acuartelamiento y reglamentación del espíritu mantiene unidos, en una silenciosa hermandad, a estos solitarios "remonstrantes" (así serán designados después estos rebeldes contra todo terrorismo dogmático).

Para estos pensadores independientes, la quema de Servet y el sanguinario libelo defensivo de Calvino significan, naturalmente, una declaración de guerra. Enojo y espanto llenan el ánimo de todos ante este audaz desafío. El momento es decisivo, según todos reconocen al momento; si semejante acto de tiranía queda sin respuesta, entonces se ha renunciado en Europa a la libertad del espíritu, entonces la fuerza se ha convertido en derecho. Pero ¿se debe en realidad volver otra vez a las tinieblas, "después de que ya una vez había sido hecha la luz", después de que la Reforma ha traído al mundo la exigencia de la libertad de conciencia? ¿Deben, efectivamente, con la horca y la espada, ser extirpados todos los cristianos disidentes, tal corno lo exige Calvino? ¿No es preciso ahora, en el momento del máximo peligro, antes que sean encendidas millares de hogueras como la de Champel, proclamar paladinamente que no es lícito cazar como a animales dañinos ni atormentar cruelmente como a bandidos y asesinos a los hombres que sustentan opiniones disidentes en cosas espirituales? En voz alta y clara, tiene que ser demostrado ahora al mundo entero, en la hora postrera de todas las posibles, que toda intolerancia procede siempre de modo anticristiano y en forma inhumana si llega a acudir el terrorismo; en voz alta y clara, todos lo comprenden así, tienen que ser ahora lanzadas al público unas palabras en favor del perseguido, unas palabras en contra del perseguidor.

En voz alta y clara. . ., pero ¿cómo sería en aquella hora posible? Hay tiempos en los que las más simples y manifiestas verdades de la humanidad tienen que ser envueltas en niebla y disfrazadas para que lleguen a los hombres; en que los pensamientos más humanos y santos tienen que pasar de contrabando como ladrones por las puertas de escape, embozados y rebujados, porque el portal principal está guardado por los alguaciles y aduaneros del tirano. Repítese siempre el hecho absurdo de que mientras todas las provocaciones de un pueblo a los otros pueblos de una religión contra las otras, están siempre admitidas a libre plática, todas las tendencias conciliadoras, todos los ideales pacifistas y conformadores son sospechosos y se las reprime, a pretexto de que perjudican a cualquier autoridad (siempre diferente) estatal o divina, y debilitan, en forma "derrotista", el celo piadoso o patriótico con su voluntad de humanización. De este modo, bajo el terrorismo de Calvino, en manera alguna pueden Castalión y los suyos atreverse a exponer clara y abiertamente sus opiniones; un manifiesto de la tolerancia, una apelación a la humanidad, tal como la planean, caería desde el primer instante bajo el secuestro de la dictadura eclesiástica. A la fuerza, por lo tanto, sólo se le puede salir al encuentro por medio de la astucia. Un nombre plenamente inventado, "Martinus Bellius", es puesto como el del editor y un fingido lugar de impresión (Magdeburgo en vez de Basilea) estampado en la portada; pero, ante todo, el texto mismo de este llamamiento para salvación de los injustamente perseguidos preséntase disfrazado con apariencias de obra científica, de obra teológica; debe parecer que sólo de un modo puramente académico, ante autoridades altamente instruidas, eclesiásticas y civiles, se discute la cuestión: De haereticis an sint perseguendi et omnino quomodo sit cum eis agendum multorum tum veterum tum recentiorum sententiae, es decir: "De si los herejes han de ser perseguidos y de cómo se debe proceder con ellos probado con sentencias de muchos autores tanto antiguos como modernos". Y, en realidad, si se hojean sus páginas de un modo superficial, se piensa, efectivamente, el principio, que sólo se tiene entre las manos un tratadillo teórico y piadoso, pues aquí las sentencias de los más célebres padres de la Iglesia, de San Agustín como de San Juan Crisóstomo y de San Jerónimo, se muestran fraternalmente unidas a selectas manifestaciones de grandes autoridades protestantes, como Lutero y Sebastián Frank, o de imparciales humanistas, como Erasmo. Sólo parece encontrarse coleccionada aquí una antología escolástica, una selección de citas jurídico-teológicas de los más diversos filósofos de todos los partidos para facilitar al lector un juicio individual e imparcial sobre esta difícil cuestión. Pero si se le considera más de cerca, vese que, con unanimidad, sólo están escogidos los testimonios que declaran que es inadmisible la pena de muerte contra el hereje. Y la más ingeniosa astucia, la única malicia de este libro, de un fondo tremendamente serio, es que entre los contradictores de Calvino que son aquí citados, se encuentra uno cuya tesis tiene que serle particularmente enojosa: ningún otro sino el propio Calvino. Su propio testimonio, cierto que del tiempo en que todavía era él un perseguido, se opone ásperamente a su actual y ardorosa apelación al hierro y al fuego; con sus propias palabras, tiene que permitir Calvino que el propio Calvino lo califique de anticristiano, pues aparece aquí impreso y firmado con su propio nombre: "Es anticristiano perseguir con las armas al expulsado de la Iglesia y negarle los derechos de la humanidad".

Pero a un libro sólo le da siempre su valor la palabra expresa en él y no las opiniones escondidas y ocultas. Esta palabra la pronuncia ahora Castalión en la dedicatoria del duque de Wurtenberg que le sirve de introducción, y ya sólo con estas palabras del comienzo y de la conclusión eleva la antología teológica por encima de todo su tiempo. Pues, aunque apenas ocupen algo más que una docena de páginas, son, sin embargo, las primeras con las que la libertad de pensamiento reclama su sagrado derecho de ciudadanía en Europa. Escritas en aquella hora sólo en favor de los herejes, son, al mismo tiempo, una llamada a la reconciliación para todos aquellos que, en días más tardíos, a causa de su independencia política o de su concepto del mundo, tienen que sufrir persecuciones de otras dictaduras. Para todos los tiempos queda inaugurado aquí el combate contra el enemigo secular de toda justicia espiritual, contra la estrechez mental del fanatismo que quiere oprimir toda opinión que se aparte de la de su propio partido y queda implantada victoriosamente frente a él, aquella idea única que puede apaciguar toda hostilidad sobre la Tierra: la idea de la tolerancia.

Con desapasionada lógica, de un modo claro e irrebatible, desenvuelve su tesis Castalión. Plantea la cuestión de si los herejes deben ser perseguidos, y si por un delito puramente espiritual es lícito imponerles la pena de la vida. Esta cuestión viene precedida en el escrito de Castalión por otra decisiva: ¿Que es, en realidad, un hereje? ¿A quién es lícito calificar de tal, sin injusticia? Pues — de este modo razona Castalión con su impávida presencia de ánimo — "no creo que sean herejes todos aquellos a quienes así se les llama. . . Esta designación es hoy tan injuriosa, tan espantable y temible, acarrea tal desprecio, que si alguien quiere deshacerse de un enemigo personal suyo, tiene el camino totalmente cómodo de hacerlo sospechoso de herejía. Pues apenas los demás hombres hayan oído tal cosa, cuando sentirán tal espanto, sencillamente ante el nombre de hereje, que se taparán los oídos, y, con ciego furor, no sólo lo perseguirán a él, sino a todos aquellos que se atrevan a decir una palabra en favor suyo".

Pero Castalión no quiere juzgar a nadie con tal histerismo persecutorio.

Sabe que cada época elige siempre un grupo distinto de desdichados para descargar sobre ellos su acumulado odio colectivo. Cada vez se selecciona, ya por su religión, ya por el color de su piel, por su raza, su ascendencia, su ideal social, su concepto del mundo, un grupo más pequeño y más débil por el grupo más numeroso y más fuerte para descargar sobre él las energías aniquiladoras latentes en lo humano; los lemas, los pretextos van cambiando sucesivamente, pero siempre sigue siendo el mismo el método de calumnia, de desprecio, de aniquilamiento. A un hombre espiritual, sin embargo, no le es jamás lícito dejarse deslumbrar por tales recónditas palabras condenatorias ni arrebatar por el furor instintivo de las masas: tiene siempre que buscar lo justo, con nueva serenidad y justicia; por ello en el problema del hereje, niégase Castalión a exponer ninguna opinión antes de haber penetrado por completo el sentido de esta palabra de odio.

¿Qué es, pues, un hereje? Una y otra vez vuelve Castalión a plantear este problema ante sí mismo y ante el lector. Y ya que Calvino y los otros inquisidores apelan a la Biblia como al único cuerpo legal valedero, investiga también en ella página tras página. Pero es el caso que en modo alguno encuentra allí ni la palabra ni el concepto: tenían que venir primero una dogmática, una ortodoxia, una doctrina unitaria para inventarlo, pues para rebelarse contra la Iglesia tenía primero que ser fundada, como institución, una Iglesia. Las Sagradas Escrituras es cierto que hablan de los ateos y de su necesario castigo. Pero un hereje no es preciso, en modo alguno, que sea un ateo — el caso de Servet lo ha demostrado; — por el contrario, precisamente los que son llamados herejes, y del modo más encendido los anabaptistas, afirman ser los auténticos, los verdaderos cristianos y veneran al Salvador como al modelo más sublime y amado. Ya que nunca un turco, un judío, un pagano, son llamados herejes, la herejía tiene que ser un delito que crece exclusivamente dentro del cristianismo. Por lo tanto, nueva definición: herejes son aquellos que, aunque cristianos, no siguen el "verdadero" cristianismo, sino que, por su propio arbitrio, en diversos puntos aislados se apartan de la interpretación "auténtica".

En apariencia, estaría encontrada con esto la valedera definición. Pero — ¡ fatídica cuestión! — entre todas las interpretaciones, ¿cuál es el "verdadero" cristianismo, cuál es el "auténtico" sentido de la palabra de Dios? ¿El de la exégesis católica, el de la luterana, el de Zwinglio, el de las anabaptistas, el de los husitas, el de los calvinistas? ¿Existe realmente una seguridad absoluta en cuestiones religiosas? ¿Es, en efecto, siempre inteligible la palabra de las Sagradas Escrituras? Castalión — el contrarío del pedante Calvino, — tiene el valor de responder con un modesto "no". Ve, en las Sagradas Escrituras, cosas comprensibles al lado de otras incomprensibles. "Las verdades de la religión — escribe con el más profundo espíritu religioso, — según su misma naturaleza, son misteriosas y aun hoy, al cabo de mucho más de mil años, constituyen el objeto dé una eterna disputa en la cual la sangre no quiere dejar de correr, en cuanto el amor no ilumina a los espíritus y no tiene la última palabra. "Todo aquel que interpreta la palabra de Dios puede caer en falta e incurrir en errores, y, por eso, el primer deber sería el de una tolerancia mutua. "Si todas las cosas fueran tan claras y manifiestas como es claro que hay un Dios, todos los cristianos podrían fácilmente ser de la misma opinión sobre estas cosas, lo mismo que todas las naciones están concordes en el reconocimiento de que hay un Dios; pero, una vez que todo es oscuro y confuso, deberían los cristianos no juzgarse unos a otros, y ya que somos más sabedores que los paganos, seamos también mejores y más compasivos que ellos".

De nuevo ha avanzado Castalión un paso adelante en su investigación: es llamado hereje aquel que, aunque reconoce las leyes fundamentales de la fe cristiana, no lo hace en la forma autoritariamente exigida en su país. Herejía, por lo tanto — llégase por fin a la más importante distinción, — no es un concepto absoluto, sino relativo. Un calvinista constituye naturalmente un hereje para un católico, y, del mismo modo, también naturalmente, lo es un anabaptista para los calvinistas; el mismo hombre que pasa en Francia por poseedor de la verdadera fe, es un hereje en Ginebra e inversamente. El que en un país es quemado como hereje, es un mártir para el país vecino: "mientras que tú, en una ciudad o comarca, pasas por verdadero creyente, sólo por ello serás ya considerado como hereje en el país inmediato, en forma que hoy, si alguien quisiera vivir sin ser molestado, tendría que tener tantas convicciones y religiones como ciudades y países hay sobre la tierra". De este modo, llega Castaíión a su última y más atrevida fórmula: "Si reflexiono acerca de lo que, en realidad, sea un hereje, no encuentro otro carácter sino que designamos como hereje a aquel que no concuerda con nuestra opinión".

Esto parece una frase totalmente sencilla, de una evidencia casi trivial.

Pero pronunciarla de un modo franco y despreocupado, significaba entonces un enorme consumo de valor moral. Pues, con ello, una época entera, con sus directores, príncipes y sacerdotes, católicos y luteranos, es abofeteada por un solo ser humano, aislado e impotente, al probarle que su cruel caza de herejes es una insensatez y un criminal delirio. Los inocentes perseguidos contra todo derecho, todos los miles y decenas de miles de hombres ahorcados, ahogados y quemados, no han cometido crimen de ninguna especie contra Dios ni el Estado; en el ámbito real de la acción, no se han apartado en nada de los otros, sino sólo en el orbe invisible del pensamiento. Pero ¿a quién le corresponde el derecho de juzgar los pensamientos de un hombre, equiparar sus íntimas y particulares convicciones con un vulgar delito? No al Estado, no a las autoridades. Al cesar, según la sentencia del Evangelio, no le corresponde más que lo que es del cesar, y literalmente aduce Castalión la frase de Lutero de que el reino terrenal sólo tiene fuerza sobre los cuerpos; mas en cuanto a las almas, no quiere Dios que ningún derecho terreno impere sobre ellas. El Estado puede exigir de cada súbdito la abstención de lo que perturbe el orden externo y político. Toda intromisión de cualquier autoridad en el íntimo mundo de las convicciones morales, religiosas — y artísticas nosotros añadiríamos, — en cuanto no producen una visible rebelión contra el ser del Estado (una agitación política, diríamos nosotros), significa una usurpación y una invasión del inviolable derecho de la personalidad. En lo que afecta a su propio mundo interno, nadie tiene responsabilidad, ni necesita justificarse ante ninguna instancia del Estado, pues "cada uno de nosotros tiene que dirigir por sí mismo sus relaciones con Dios". La fuerza del Estado no es competente en asuntos de opinión. ¿Por qué, pues, este repugnante escándalo, con espumeantes labios, cuando alguien, en su concepción del mundo, tiene convicciones personales; por qué este incesante gritar apelando a la policía del Estado, por qué este odio mortal? Sin voluntad de conciliación, es imposible que haya una verdadera humanidad, pues sólo "cuando nos dominamos íntimamente podemos vivir juntos y en paz, y aun cuando seamos a veces diferentes en nuestras opiniones, por lo menos nos comprendemos y nos acogemos con mutua benevolencia en lo que afecta al amor y al lazo de la paz, hasta que lleguemos a la unificación de la fe".

La culpa de estas espantosas carnicerías, de estas bárbaras persecuciones que deshonran la dignidad humana, no reside, pues, en los herejes que no cometen falta alguna (¿quién sería responsable de sus pensamientos, de sus convicciones?) ; el culpable, el eterno culpable, del delirio asesino y la salvaje perturbación de nuestro mundo, lo es, según Castalión (el fanatismo, la intolerancia de los ideólogos que quieren siempre que sólo sean tenidas por verdaderas sus ideas, su religión, su concepción del mundo.) Despiadadamente, saca Castelión a la vergüenza pública este furibundo orgullo y satisfacción de sí. Los seres humanos están tan poseídos de su propia opinión, o más bien de la falsa certidumbre que tienen de su opinión, que desprecian soberbios a los otros; de esta soberbia se originan las crueldades y persecuciones, en forma que ya nadie quiere soportar a los otros tan pronto como no son de su misma idea, aunque, en el día de hoy, hay casi tantas opiniones diversas como hombres. No obstante, no se encuentra una sola secta que no quiera juzgar a todas las demás y dominar ella sola. Y de ahí derivan todas estas proscripciones: destierros, encarcelamientos, quemas, ahorcaduras, toda esta miserable furia de ejecuciones y suplicios, que se ejecutan a diario, y sólo a causa de cualquier opinión que desagrada a los grandes señores, y con frecuencia hasta sin ninguna razón determinada". Sólo de la terquedad procede la obstinación; sólo de la intolerancia "aquel indómito y bárbaro placer de cometer crueldades, y se ve a muchos, en el día de hoy, inflamados hasta tal punto por estas excitantes calumnias, que se ponen furiosos si uno de aquellos a quienes hacen ejecutar es estrangulado y no quemado a fuego lento del modo más martirizador".

Una cosa única puede, por ello, a juicio de Castalión, salvar a la humanidad de esta barbarie: la tolerancia. Nuestro mundo tiene cabida para muchas verdades y no para una sola. W si los hombres así lo quisieran, éstas podrían vivir unas junto a otras. "¡Soportemos los unos a los otros y no juzguemos la fe de los demás!" Superfluos son, por lo tanto, estos feroces gritos contra el hereje; innecesarias todas las persecuciones por cosas espirituales. Y mientras Calvino, en su escrito, anima a los príncipes a que empleen la espada para una total extirpación de los heréticos, implórales así Castalión: "Inclinaos más bien del lado de la benevolencia y no obedezcáis a aquellos que os hostigan para que asesinéis, pues no podrán estar a vuestro lado, como auxiliares, cuando tengáis que rendir vuestras cuentas ante Dios; ya les dará bastante que hacer su propia defensa. Creedme: si Cristo estuviera aquí presente, jamás os aconsejaría que matarais a los que confiesan su nombre, aunque erraran en algunos detalles o siguieran falsas vías".

Con la imparcialidad que corresponde serlo ante un problema espiritual, ha recorrido Sebastián Castalión la peligrosa senda de estudiar la culpabilidad o inocencia de los llamados herejes. Ya ha examinado, la ha pesado. Y si ahora, por íntima convicción, exige paz y libertad para estos perseguidos y expulsados, a pesar de su interna certidumbre expone semejante tesis de un modo casi humilde. Mientras los sectarios, como pregoneros del mercado, alaban sus dogmas, en voz alta y aguda y de modo estrepitoso; mientras cada uno de aquellos doctrinarios de frente estrecha clamorean incesantemente desde el pulpito que ellos y sólo ellos venden al menudeo la pura y verdadera doctrina, que ellos y sólo ellos anuncian con su voz la voluntad y palabra de Dios, Castalión dice simplemente: "No hablo con vosotros como si fuera un profeta enviado por Dios, sino sólo como uno de tantos hombres, miembro de la muchedumbre que aborrece las disputas y que sólo desearía que la religión no fuera demostrada con querellas, sino con un amar compasivo; no con usos externos, sino con íntimas devociones del corazón". Los doctrinarios se dirigen siempre a los otros hombres como a siervos y discípulos. Los humanitarios hablan siempre como un hermano con su hermano, como un hombre con otro.

Pero a un ser humano verdaderamente humanitario no le es posible permanecer sin emoción cuando ve que ocurren actos inhumanos. La mano de un honrado escritor no puede escribir serenamente, fría y con conceptos abstractos, cuando le tiembla el alma por el frenesí de su tiempo; su voz no es capaz de seguir siendo mesurada si los nervios le arden de justa indignación. De este modo, tampoco Castalión, a la larga, es capaz de contenerse y desarrollar únicamente unas investigaciones académicas en presencia de aquel palo del martirio de Champel, al cual, con las angustias de la muerte, está amarrado un inocente, un ser humano sacrificado en vida al mandato de un hermano espiritual suyo, un hombre de letras mandado matar por otro hombre de letras, un teólogo por otro teólogo, y además, de ello, en nombre de la religión, del amor. Llevando ante el alma la imagen del martirizado Servet, y la cruel persecución colectiva del hereje, alza Castalión la mirada por encima de las páginas de su escrito y busca al promotor de estos horrores, que, en vano, quiere disculpar su intolerancia personal bajo el piadoso servicio de Dios. Dirige su mirada hacia los duros ojos de Calvino al exclamar: "Y por muy crueles que puedan ser estas cosas, todavía cometen sus autores un pecado más espantoso cuando tratan de cubrir tales crímenes con el manto de Cristo y simulan que, con ello, han cumplido su divina voluntad". Sabe que los desaforados autores de tales atrocidades procuran en todo tiempo adornar con cualquier ideal religioso o filosófico sus actos execrables Apero la sangre ensucia toda idea y la violencia envilece todo pensamiento. No, Miguel Servet no fue quemado por mandato de Cristo, sino por orden de Jehan Calvin, pues toda la cristiandad quedaría deshonrada en la Tierra con semejante hecho, "¿Quién querría aún hoy ser cristiano — exclama Castalión — si aquellos que se reconocen como tales fueran destrozados con el fuego y el agua y tratados de modo más cruel que los asesinos y bandidos?... c Quién debe querer servir todavía a Cristo si ve que en el día de hoy cualquier persona que, en cualquier particularidad, no concierta con aquellos que han arrebatado para sí el poder y la fuerza es quemado vivo en nombre de Cristo, aunque en medio de las llamas confiese a gritos que cree en él?".

Por ello, según el sentir de este hombre magníficamente humano, es preciso que sea puesto por fin un dique a la locura, que no sea permitido martirizar y asesinar a los hombres sólo porque se resistan, en lo espiritual, a la opinión de los poseedores de la fuerza en aquel momento. Y como ve que los poseedores de la fuerza vuelven siempre a usar mal de su poder, y que, sobre la Tierra nadie sino él solo, único, pequeño, débil, abraza la causa de los perseguidos y expulsados, alza desesperado la voz hasta el cielo y su apelación termina con un extático himno en alabanza de la compasión, "¡Oh Cristo, creador y rey del mundo!, ¿ves estas cosas? ¿Te han convertido, en realidad, en totalmente distinto de lo que fuiste en tu vida terrena, en tan cruel y hostil contra ti mismo? Cuando te demoraste sobre la Tierra, nadie había más dulce, más bondadoso que tú; ninguno sufría las befas de modo más benigno; injuriado, escupido, burlado, coronado de. espinas, crucificado entre ladrones, en medio de la humillación más profunda, rogaste por aquellos que te inferían todas estas ofensas y denuestos. ¿Es verdad que estás tan transformado ahora? Te imploro, evocando el santísimo nombre de tu padre, ¿ordenas tú, realmente, que aquellos que no cumplan todas tus disposiciones y mandamientos, tal como lo exigen los que dicen enseñar en tu nombre, sean ahogados en el agua, destrozados con tenazas hasta las entrañas, cubiertos de sal, despedazados por la espada, tostados a fuego lento y mortalmente atormentados con toda suerte de martirios tan pausados como sea posible? ¿Apruebas realmente tales cosas, oh Cristo? ¿Son, en realidad, servidores tuyos los que producen tamañas carnicerías, los que hacen, de ese modo, que la gente sea despellejada y despedazada? ¿Estás realmente allí presente, cuando se invoca tu nombre como testigo en estas tremendas jiferías, como si estuvieras hambriento de carne , humana? Si en realidad tú, ¡oh Cristo!, hubieras dispuesto tales cosas, ¿qué restaría para Satán? ¡Espantosa blasfemia la de decir que haces tú estas cosas, las mismas que opera el eterno enemigo! ¡Miserable corazón el de los hombres capaces de atribuir a Cristo lo que sólo puede ser voluntad e invención del demonio!" Si Sebastián Castalión no hubiera escrito nada más que este prólogo al libro De los herejes, y, en este prólogo, sólo esta página, su nombre tendría ya que permanecer inmarcesible en la historia de la humanidad. Pues ¡qué solitaria se alza esta voz, qué poca esperanza tiene su emocionante imprecación de ser oída en un mundo donde las armas resuenan más que las palabras y la guerra asume para sí las últimas resoluciones! Pero aunque hayan sido innumerables veces anunciadas por todas las religiones y por todos los maestros del saber, siempre hay que presentar de nuevo estas humanísimas exigencias ante el recuerdo de la olvidadiza humanidad. "Sin duda que no digo cosa alguna — añade . el modesto Castalión, — que otros muchos no hayan ya dicho antes. Pero no es ocioso para nadie el que sea repetido lo que es verdadero y justo tantas veces como sean precisas hasta que forzosamente lleguen a imponer su validez". Ya que la acción de la violencia, en aquella época, se presenta en renovadas formas, es preciso también que sea renovada por los espirituales la lucha contra ella; jamás les será lícito la huida bajo pretexto de que en aquella hora es demasiado fuerte la violencia, y, por lo tanto, no tiene sentido el oponérsele con la palabra. Pues lo necesario jamás ha sido dicho demasiadas veces y nunca la verdad es formulada en vano. (Aun cuando no sea vencedora, la palabra manifiesta, no obstante, su eterna presencia, y quien en tales horas la sirve ha testimoniado, en lo que a él toca, que ningún terrorismo tiene poder sobre un alma libre, y que, aún en el siglo más inhumano, queda, sin embargo, espacio para la voz de la humanidad.

 

UNA CONCIENCIA CONTRA LA FUERZA

AQUELLOS hombres que, del modo más desconsiderado, procuran oprimir las opiniones ajenas, son siempre los que más dolorosamente se ofenden con toda contradicción a su propia persona.] De este modo, también Calvino consideró como una monstruosa injusticia el que el mundo se permitiera discutir la ejecución de Servet, en vez de alabarla con entusiasmo, como una acción piadosa y grata a Dios. Con toda gravedad, el mismo hombre, que, sin compasión alguna, sólo por una diferencia principial de opiniones, hizo achicharrar a fuego lento a otro hombre, exige que no haya piedad para el sacrificado, sino simpatía hacia él. "Si conocieras sólo la décima parte de las injurias y ataques a que estoy expuesto — escríbele a un amigo —, tendrías lástima de mi triste situación. Por todas partes me gruñen los perros; todos los imaginables denuestos son amontonados sobre mí con mayor furia que los adversarios públicos del campo papista me atacan ahora las envidias y odios de mi propio campo". Lleno de enojo tiene que comprobar Calvino que, a pesar de sus citas bíblicas y de sus razonamientos, no se está dispuesto a aceptar calladamente la eliminación de Servet; y esta nerviosidad de su mala conciencia asciende hasta una especie de pánico tan pronto como sabe que Castalión y sus amigos preparan en Basilea una réplica a su escrito.

La primera idea de su temperamento tiránico es siempre la de la represión, la censura y el amordazamiento de toda opinión adversa. Inmediatamente después de la primera noticia, corre Calvino a su pupitre y, sin conocer en modo alguno el libro De Haereticis, acosa anticipadamente a los sínodos suizos para que, en todo caso, acuerden inhibirse. ¡Que no se discuta más! Ha hablado Ginebra, Genqva locuta est; todo lo que ahora quieran manifestar los otros acerca del caso de Servet, tiene, por tanto, que ser anticipadamente considerado como error, insensatez, mentira, herejía, blasfemia, ya que lo contradice a él, a Calvino. La pluma corre diligentemente: el 28 de marzo de 1554 le escribe ya a Bullinger diciéndole que precisamente entonces se acaba de imprimir en Basilea un libro, bajo nombre supuesto, en el cual Castalión y Curione quieren probar que no se debe eliminar violentamente a los herejes. Tal doctrina errónea no tiene derecho a entrar en circulación, pues es como un "veneno el presentarse ahora en favor de la indulgencia y negar que las herejías y blasfemias deban ser castigadas". ¡A todo prisa, pues, la mordaza para la embajada de la tolerancia!" Plega a Dios que los pastores de esta iglesia, aunque sea tarde ya, velen para que ese daño no continúe extendiéndose". Pero no es suficiente esta única llamada; al día siguiente, requiere, aún con mayor insistencia, a su imitador Theodor de Beze: "Han impreso en el título el nombre de Magdeburgo, pero, según creo, este Magdeburgo está en el Rhin: sabía yo ya desde hace tiempo que se preparaba allí sofísticamente tal vergüenza. Y pregunto ahora: ¿qué queda aún en pie de la religión cristiana si se consiente lo que esos reprobos han vomitado en su prólogo?" Pero es ya demasiado tarde; el tratado se ha adelantado al intento de represión, y ahora, cuando el primer ejemplar llega a Ginebra, inflámase allí un verdadero incendio frenético de espanto. ¿Cómo? ¿Ha habido hombres capaces de poner lo humanitario por encima de lo autoritario? Los que disienten ¿deben ser tratados con miramientos y fraternalmente en vez de ser arrastrados a la hoguera? A cada cristiano, y no sólo a Calvino, ¿le ha de ser lícito interpretar las Sagradas Escrituras, según su propio sentir? Con ello, correría peligro la Iglesia — Calvino, naturalmente, piensa, mi "Iglesia. — A una señal dada, es lanzado desde Ginebra el clamor de herejía. Ha sido inventada una nueva herejía — gritan a todos los vientos, — una herejía especialmente peligrosa, el "bellianismo", — así designan desde entonces la doctrina de la tolerancia en cuestiones de fe, según el nombre de su apóstol: Martnus Bellius (Castalión). — ¡A pisotear, pues, rápidamente este fuego del infierno antes que se extienda por la tierra. Y en su primera cólera ante la exigencia de tolerancia, aquí por primera vez proclamada, escribe de Beze: "¡Desde el comienzo del cristianismo, no se habían oído aún tales blasfemias!" Al punto, en Ginebra, celébrase un consejo de guerra: ¿se debe contestar o no se debe contestar? El sucesor de Zwingli, Bullinger, a quien los ginebrinos habían rogado con tanta insistencia para que el libro fuera suprimido a su debido tiempo, aconseja prudentemente desde Zurich: el libro será olvidado por sí mismo; por ello, se procedería mejor no oponiéndose a él en modo alguno. Pero Farel y Calvino, en su ardiente impaciencia, se obstinan en querer una respuesta pública. Y como Calvino prefiere mantenerse oculto en el foro, después de las malas experiencias de su primera defensa, confía a uno de sus más jóvenes partidarios, a Theodor de Beze, el que conquiste las espuelas teológicas y su agradecimiento de dictador con un ataque impetuoso contra la "satánica" doctrina de la tolerancia.

Theodor de Beze, en lo personal un hombre piadoso y honrado, que, como recompensa a muchos años de obediente servicio, llegó a ser después el sucesor de Calvino, sobrepasa aún a éste en su odio frenético contra todo hálito de libertad espiritual, como siempre les acontece a los espíritus no independientes ante el espíritu creador. De él procede aquella espantosa frase de que la libertad de conciencia es una doctrina del demonio: libertas conscientiae diabolicum dogma. Por lo tanto, ¡nada de libertad ¡(Mejor achicharrar a los hombres y matarlos a sangre y fuego que sufrir el engreimiento de un pensar independiente; "mejor es tener un tirano y que además sea cruel" — afirmas celosamente, de Beze, — que la licencia de que a cada cual le sea lícito proceder según su personal sentido. . A Afirmar que no es lícito castigar a los herejes es como si se dijera que no se debe matar a los asesinos de su padre y de su madre, ya que los herejes son todavía mil veces más criminales que aquéllos". Después de esta muestra, ya puede uno imaginarse en qué furor se exalta este inflamado libelo contra el "bellianismo". ¿Cómo es posible? Estos "monstruos disfrazados de hombres" (monstres déquisés en hornmes) ¿deben aún, al final, ser tratados con humanidad? ¡No! ¡Primero la disciplina y sólo después la humanidad! En ningún caso ni a ningún precio le es lícito a un jefe espiritual ceder ante un movimiento de piedad cuando se trata de la doctrina, pues tal caridad no sería cristiana, sino diabólica ("chanté diabolique et non chrétienne") ; por primera, pero no por última vez, encuéntrase aquí la teoría militante de que el humanitarismo — el "crudelis humanitas" como fórmula de Beze, — es un crimen contra la humanidad, la cual sólo con una disciplina de hierro y una severidad sin miramientos puede ser conducida hacia un fin ideológico. No es lícito "ser indulgente con algunos lobos trashumantes si no han de serles entregados todos los creyentes rebaños de Cristo... Noramala esa aparente mansedumbre que, en verdad, es la crueldad más extrema", exclama de Beze en su furia fanática contra el "bellianismo", y conjura a las autoridades para que no cejen en "atacar virtuosamente con la espada" (frapper vertueusement de se glaive). Al mismo Dios, cuya piedad invoca un Castalión en la plenitud de su piedad propia y con cuyo auxilio quiere por fin poner término a esta carnicería bestial, lo invoca el pastor de Ginebra, con todo el ardor de su odio ferviente, a fin de que no ponga obstáculo a las matanzas, para que quiera "prestar la suficiente grandeza y firmeza de alma a los príncipes cristianos para que sean extirpados por completo estos dañinos seres". Pero ni aun este aniquilamiento de los disidentes le parece bastante cruel al espíritu vindicativo de de Beze. Los herejes no sólo deben ser muertos, sino que en su ejecución deben ser empleadas cuantas formas de tormento puedan imaginarse, y, por anticipado, con esta piadosa indicación, disculpa ya de Beze todas las torturas que sean inventadas: "Si tienen que ser castigados conforme a la magnitud de su crimen, creo yo que apenas será posible encontrar un medio de martirio que pueda guardar relación con las monstruosas dimensiones de su delito".

Sólo con repugnancia llegamos a copiar tales himnos al terrorismo, tales espantosos razonamientos de la antihumanidad. Pero es necesario hacerlos constar y expresarlos palabra por palabra para que se comprenda el daño en que habría caído el mundo protestante si se hubiera dejado arrastrar hacia una nueva Inquisición por el frenesí de odio de los fanáticos ginebrinos, y también para celebrar en su justo merecimiento la empresa que se atrevían a acometer aquellos varones, valientes y prudentes, que se oponían al delirio antiherético de estos energúmenos, a la verdad, con peligro y sacrificio de su vida. Pues para "neutralizar" a tiempo bastante la idea de la tolerancia, propone tiránicamente en su libelo de Beze, la exigencia de que todo amigo de la tolerancia, todo defensor del "bellianismo", deba desde entonces ser tratado como "enemigo de la religión cristiana", esto es, que debe ser quemado. "En sus propias personas debe serles aplicado cada punto de la tesis que yo presento aquí, para el castigo por las autoridades de los herejes y blasfemos".

Y a fin de que Castalión y sus amigos no queden ignorantes de lo que les espera si persisten en la defensa de los perseguidos por sus opiniones, de Beze amenaza también con el puño cerrado, diciendo que el lugar de impresión falsamente expresado y el seudónimo puesto delante del libro, no les "salvará de la persecución, pues todo el mundo sabe quién sois y lo que os proponéis. . . Recibís el aviso a tiempo bastante, Bellius, Montfort y toda vuestra pandilla".

Bien se echa de ver: sólo en apariencia constituye una tesis académica el libelo de de Beze; su verdadero sentido reside en esta amenaza. Los aborrecidos defensores de la libertad espiritual deben saber, por fin, que arriesgan su vida prosiguiendo más adelante en aquella solicitación de humano trato para los disidentes, y, en su afán de hacer que cometa una imprudencia la cabeza del "bellianismo", Sebastián Castalión, de Beze acusa provocativamente de cobardía a este hombre tan animoso. Escribe con befa: "Esa persona que, otras veces, se nos apareció como tan audaz y osada, muéstrase tan cobarde y angustiada en este libro que no habla más que de compasión y benignidad, que sólo de un modo encubierto y enmascarado se atreve a asomar la cabeza". Acaso espera que Castalión, en vista del peligro, dirá abiertamente su nombre y reconocerá su falta, haciéndose atrás con prudente espanto; pero Castalión acepta el desafío. Ya que la ortodoxia de Ginebra quiere elevar su reprobable acción hasta convertirla en dogma y regla de conducta para todos, este apasionado amigo de la paz se ve obligado a entrar en franca guerra. Conoce que han llegado las horas decisivas. Si el crimen cometido con Servet no es llevado, en última instancia, ante el tribunal de toda la humanidad, con esta hoguera se encenderán cientos y miles, y lo que hasta ahora no fue más que una aislada acción criminosa, se generalizará hasta constituir un principio asesino. Resueltamente, prescinde Castalión de su propio trabajo literario y erudito, para escribir el J'accuse de su siglo, la acusación contra Juan Calvino a causa de un asesinato religioso cometido en la plaza de Champel en la persona de Miguel Servet. Y esta acusación pública Contra libellum Calvini, aunque dirigida contra una personalidad aislada, llega a ser, gracias a su fuerza moral, uno de los escritos polémicos más sublimes que jamás hayan sido compuestos contra toda tentativa de esclavizar a la palabra por medio de la ley, a las libres opiniones por la imposición de una forzosa doctrina, a la conciencia, siempre nacida libre, por medio de la fuerza eternamente despreciable.

Hace años y años que Castalión conoce a su adversario y que conoce también sus métodos. Sabe que Calvino convertirá todo ataque contra su persona en un ataque contra la "doctrina", contra la religión y hasta contra Dios. Por ello, hace constar Castalión desde el principio que su escrito Contra libellum Calvini ni representa ni juzga las tesis de Servet, y que, en modo alguno, se propone entrar en cuestiones religiosas o exegéticas, sino que únicamente presenta una querella contra el hombre Jehan Calvin que ha dado muerte a otro hombre, Miguel Servet. Con la firme resolución de no soportar, desde el comienzo, ninguna retorsión sofística, plantea con toda claridad, como un jurista, desde las palabras del principio, el proceso que se propone desarrollar. Comienza así su escrito acusatorio: "Jehan Calvin goza hoy de gran autoridad y yo desearía que fuera aun mayor si le viera animado de más benignas intenciones. Pero su acción última fue una sanguinaria ejecución y constituye una amenaza para muchos hombres piadosos. Por eso yo, que aborrezco el derramamiento de sangre, (¿no debería hacer lo mismo todo el mundo?) acometo con la ayuda de Dios la empresa de descubrir ante el mundo entero sus propósitos y sacar de su error siquiera a algunos de los que han sido descarriados por sus falsas opiniones.

"El 27 de octubre del pasado año de 1553 fue quemado en Ginebra, a causa de sus convicciones religiosas, por instigación de Calvino, pastor de aquella iglesia, el español Miguel Servet. Esta ejecución provocó muchas protestas, especialmente en Italia y en Francia, y, como respuesta a estas acusaciones, Calvino publicó al instante un libro, según todas las apariencias compuesto del modo más hábil, en el cual se propone justificar su propia conducta, combatir a Servet y demostrar, con ello, además, que Servet era merecedor de la pena de muerte. Quiero someter a un examen crítico el citado libro. Conforme a su costumbre, Calvino llegará quizás hasta llamarme discípulo de Servet; pero no quiero que nadie sea inducido a error. No defiendo las tesis de Servet, sino que ataco las falsas tesis de Calvino. Dejo por completo a un lado toda discusión sobre el bautizo, la Trinidad y todas las cuestiones análogas; tampoco poseo los libros de Servet, que Calvino hizo quemar, y no sé, por lo tanto, qué ideas representaba aquél. Sólo en aquellos otros puntos que no se refieren a tales diferencias fundamentales entre las opiniones, probaré los errores de Calvino, y cada cual puede ver quién es este hombre que ha sido desconcertado por la sangre. No procederé contra él del modo como procedió él contra Servet, a quien primero mandó quemar vivo con sus libros, y, ahora que está muerto, le injuria todavía. El adversario de Servet, cuando, después de haber quemado los libros con el autor, tiene ahora la osadía de remitirnos a esos libros al citar algún pasaje aislado de los mismos, comete un acto análogo al del incendiario que, después de haber reducido a cenizas una casa, nos invitara a examinar los objetos del moblaje en cada una de las habitaciones. En lo que a nosotros se refiere, no quemaremos jamás a un autor, no quemaremos jamás una obra. El libro que combatimos puede leerlo cada cual; existe en dos ediciones, una latina y otra francesa, y, a fin de que no sea posible ninguna objeción, los párrafos que quiero reproducir y mi respuesta quedarán siempre numerados con la misma cifra".

Una discusión no puede ser llevada de modo más honrado. Calvino, en su libro impreso, estableció de modo inequívoco su punto de vista, y este documento, accesible a todo el mundo, lo utiliza Castalión como un juez de instrucción las declaraciones protocolizadas de un inculpado. Palabra tras palabra, copia otra vez todo el libro de Calvino a fin de que nadie pueda afirmar que ha falseado o cambiado la opinión de su adversario; y, para desbaratar en el lector la sospecha de que ha deformado el texto de Calvino con intencionadas abreviaciones, numera cada uno de los párrafos del libro que combate. De un modo mucho más justo es, pues, conducido este segundo proceso espiritual del asunto Servet de lo que lo había sido, en Ginebra, aquel primero, en el cual el acusado había permanecido glacialmente cautivo en el fondo de una cueva y le había sido negado todo defensor y todo testigo. Libremente, y ante las miradas de todo el mundo humanístico, debe ser desarrollada aquí la causa de Servet hasta su resolución moral.

El fundamento de hecho es claro e indiscutible: un hombre, que todavía cuando era ya lamido por las llamas declaraba su inocencia con voz perceptible, fue ejecutado del modo más cruel por impulso de Calvino y mandato de la justicia ginebrina. Ahora Castalión plantea las decisivas cuestiones siguientes: ¿Qué crimen, realmente, fue el cometido por Miguel Servet? ¿Cómo le fue lícito a Jehan Calvin, que no estaba investido de ningún cargo del Estado, sino sólo de uno eclesiástico, endosar a la municipalidad esta cuestión puramente teológica? ¿Heñía la municipalidad ginebrina derecho a juzgar a Servet a causa de este presunto crimen? Y finalmente, ¿con qué autoridad y conforme a qué ley fue decretada la pena de muerte aplicada a este teólogo extranjero? En cuanto a la primera cuestión, examina Castalión el protocolo, la propia declaración de Calvino para establecer primero de qué transgresión acusa, realmente, Calvino a Miguel Servet. Y no encuentra ninguna otra inculpación sino la de que Servet, en opinión de Calvino, "deformó el Evangelio de atrevida manera y fue impulsado por un inexplicable afán de novedades". Calvino, por lo tanto, no acusa a Servet de ningún otro crimen, sino de haber llevado a cabo, de un modo independiente y según su voluntad, la interpretación de la Biblia, y, al hacerlo, haber llegado a consecuencias distintas de aquellas a que llegaba Calvino en su propia doctrina de la Iglesia. Pero al instante rebate Castalión: ¿Era acaso Servet el único que practicaba tales caprichosas interpretaciones del Evangelio dentro del ámbito de la Reforma? Y ¿quién osa afirmar que quebrantaba con ello el verdadero sentido de la nueva doctrina? ¿No había sido esta interpretación individual una de las exigencias fundamentales de la Reforma, y qué otra cosa hicieron los directores de la Iglesia evangélica sino predicar y poner por escrito estas nuevas interpretaciones? Y ¿no fue Calvino, precisamente Calvino con su amigo Farel, el más audaz y resuelto obrero de este derribo y reedificación de la Iglesia, "no sólo porque se entregó a un verdadero desenfreno de renovaciones, sino que de tal modo forzó a los otros, que es ya muy peligroso contradecirle? De facto, introdujo más novedades en diez años que la Iglesia católica en seis siglos"; si hay alguien que no tiene derecho a calificar de crimen y a juzgar como tal las nuevas interpretaciones dentro de la Iglesia protestante, ese alguien es Calvino, como el más audaz reformador existido en ella.

Pero desde el punto de vista de la evidencia de su infalibilidad, considera Calvino sus opiniones como auténticas y todas las otras como falsas. Y aquí comienza inmediatamente Castalión con el segundo problema: ¿Quién ha constituido a Calvino en juez de lo verdadero y de lo falso? "Calvino califica, naturalmente, como animados de malas disposiciones a todos aquellos escritores que no se truecan en imitadores de su doctrina. Por eso, exige, no sólo que se les impida escribir, sino también hablar, de modo que sólo él debe poseer el derecho de exponer lo que tiene por auténtico". Pero precisamente esto es lo que Castalión quiere combatir: el que cualquier ser humano o cualquier partido pueda suscitar la pretensión de decir: sólo nosotros sabemos cuál es la verdad y toda otra opinión es errónea. Todas las verdades, pero muy en especial las religiosas, son discutibles y ambiguas, "por ello es pura presunción disputar con tal pedantería acerca de secretos que sólo a Dios pertenecen, como si nosotros fuéramos participantes en sus más ocultos planes, y es soberbia engañarnos con fingir una certidumbre sobre cosas acerca de las cuales, en el fondo, nada sabemos". Desde el principio del mundo sólo daño ha venido de los doctrinarios que declaran con intolerancia que únicamente sus ideas y concepciones son las únicas verdaderas. Sólo estos fanáticos de la unidad de pensamiento y unidad de acción embrollan con su despótico goce en la disputa la paz de la tierra y transforman la natural convivencia de las ideas en hostilidad entre las mismas y mortal discordia. Como a uno de tales instigadores de la intolerancia espiritual, acusa ahora Castalión a Calvino. "Todas las sectas alzan sus concepciones religiosas sobre una interpretación de la palabra divina y todas consideran la suya como auténtica. Según la concepción de Calvino, cada una tendría que perseguir a las otras. Claro que Calvino afirma que su doctrina es la verdadera. Pero las otras afirman lo propio. El dice que las otras se equivocan; las otras afirman lo mismo de él. Calvino quiere ser juez: los otros también.

¿Cómo sería entonces posible encontrar la solución? Pero ¿quién ha constituido a Calvino en supremo juez sobre todos los otros, con el exclusivo derecho de aplicar la pena de muerte? ¿Sobre qué testimonio descansa este monopolio judicial? Sobre el de que posee la palabra de Dios. Pero los otros también afirman poseerla. O sobre que es indiscutible su doctrina. Indiscutible ¿a ojos de quién? Ante los suyos propios, ante los de Calvino. Pero, ¿por qué escribe entonces tantos libros si en verdad la verdad anunciada por él es tan manifiesta? ¿Por qué no ha escrito ni uno solo para probar, por ejemplo, que el asesinato o el adulterio sean delitos? Porque estas cosas son claras para todo el mundo. Si Calvino, en efecto, ha penetrado y descubierto por sí todas las verdades espirituales ¿por qué no otorga también algún tiempo a los otros para que también por su parte las comprendan? ¿Por qué los aplasta desde el primer momento y les priva, con ello, de la posibilidad de llegar a reconocerlas?" De este modo queda asentada ya desde ahora una primera cosa decisiva: Calvino, en las cosas espirituales y eclesiásticas, se ha arrogado un papel de juez para el cual no posee ninguna clase de derecho. La misión que le hubiera sido propia sería la de ilustrar a Servet acerca de sus errores, y convertirlo a la buena doctrina, si estimaba equivocadas sus opiniones. Pero, en lugar de explicarse bondadosamente, acudió inmediatamente a la fuerza. "Tú primera acción fue el encarcelamiento; encerraste a Servet y no sólo mantuviste alejados del proceso a cada uno de sus amigos, sino también a todo aquel que no fuera su adversario". Sólo empleó el antiguo y eterno método de discusión de que se valen siempre los doctrinarios cuando llega a hacérseles importuna una discusión: se tapan a sí mismos los oídos y a los otros les amordazan la lengua; pero el ocultarse detrás de la censura revela siempre, del modo más seguro, la inseguridad espiritual de una persona o de una doctrina. Y como si hubiera barruntado anticipadamente su propio destino, invita Castalión a Calvino a que se defina ante un caso de responsabilidad moral. "Te pregunto, Calvino, si tuvieras un pleito con alguien acerca de una herencia y tu adversario lograra del juez que le dejara hablar sólo a él mientras que a ti te fuera prohibido usar de la palabra, ¿no te sublevarías contra tamaña injusticia? ¿Por qué proceder, pues, de otro modo de como quisieras que se procediera contigo? Nos encontramos ante un problema de interpretaciones sobre cosas de fe: ¿por qué nos tapas la boca? ¿Tan convencido estás de la ruindad de tu causa; temes tanto ser vencido y perder tu poder de dictador?" Durante un momento, interrumpe ahora Castalión su proceso para interrogar a un testigo. Un teólogo bien conocido debe dejar establecido contra el predicador Jehan Calvin que toda persecución por las autoridades temporales por delitos simplemente espirituales no está permitida por las leyes divinas.

Pero este gran letrado a quien Castalión le cede la palabra, no es, importunamente, otro sino el mismo Calvino. Muy contra su propia voluntad es introducido en el debate este testigo. "Ya que Calvino afirma que todo es confusión, apresúrase a acusar a los otros para que no se sospeche de él mismo. Pero es evidente que sólo una cosa ha producido semejante confusión, y es su conducta como perseguidor. El hecho único de que haya mandado condenar a Servet ha producido enojo, no sólo en Ginebra, sino en toda Europa, y ha puesto en inquietud a todos los países; ahora procura atribuir a los otros la culpa de lo que ha ejecutado él mismo. Pero, en otro tiempo, cuando Cal vino pertenecía todavía al número de los que sufren persecuciones, hablaba otro lenguaje; entonces, aun escribió largas páginas contra los que perseguían y, a fin de que nadie dude de ello, copio aquí un pasaje de su Institutio".

Y cita Castalión las palabras de la Institutio, palabras del Calvino de otros tiempos, por las cuales, probablemente, el Calvino de hoy haría quemar al autor que las compuso. Pues ni en una sola sílaba se desvía este Calvino de otros tiempos de la tesis que defiende ahora Castalión en su contra; literalmente aparece en la primera edición de la Institutio que es "criminal matar a los herejes. Hacerlos perecer por medio del hierro y el fuego es negar todo principio de humanidad". Cierto que apenas llegado al señorío, apresuróse Calvino a tachar de su obra esta confesión de humanidad. En la segunda edición de la Institutio, está ya cambiado el texto y ha desaparecido esta clara y resuelta afirmación; así como Napoleón, siendo cónsul y emperador, hizo desaparecer del modo más cuidadoso el libelo jacobino de su juventud, también este jefe eclesiástico, apenas trocado él mismo de perseguido en perseguidor, quiso hacer inencontrable para siempre esta declaración. Pero Castalión no deja que se le escape Calvino. Literalmente estampa las líneas de la Institutio y va llamando la atención sobre ellas. "Compare cada cual ahora esta primera declaración de Calvino con sus escritos y actos de hoy y se verá que su presente y su pasado son tan diferentes entre sí como la luz y las sombras. Ya que mandó ejecutar a Servet, quiere ahora la ruina de todas las diversas opiniones que están en su contra. Niega las leyes que estableció él mismo y exige la muerte. . . ¿Asombraráse uno ahora de que Calvino quiera llevar a los otros al suplicio por temor a que hagan demasiado manifiestas su inconstancia y sus cambios y puedan ponerlo a la debida luz? Por haber procedido mal, teme la claridad".

Pero precisamente esta claridad es lo que quiere Castalión. Sin ninguna ambigüedad, debe, por fin, Calvino exponer ante el mundo por qué razones él, el antiguo defensor de la libertad de opiniones, hizo que — mar a Miguel Servet, en medio de los más crueles tormentos, en la abierta plaza del mercado de Champel: y en forma despiadada comienza de nuevo el interrogatorio Dos preguntas quedan ya contestadas. De la información de hechos, ha resultado primeramente que Miguel Servet no ha cometido ningún otro delito sino uno espiritual, y, en segundo lugar, que por una discrepancia con la interpretación considerada como valedera nadie debe ser considerado como delincuente vulgar. ¿Por qué, pues, pregunta Castalión, en una cuestión puramente teorética y abstracta ha acudido Calvino, como pastor de la Iglesia, a las autoridades temporales para que reprimieran la opinión contraria a la suya? Entre gentes espirituales, las cosas espirituales sólo pueden ser discutidas de un modo espiritual. "Si Servet te hubiera combatido con las armas habrías estado en tu derecho al llamar en tu favor al consejo. Pero como sólo te combatió con la pluma, ¿por qué has procedido contra sus escritos con el hierro y con el fuego? ¿Di, pues, por qué te has escondido detrás de la municipalidad?" El Estado no tiene ninguna especie de autoridad en los íntimos asuntos de conciencia, "no es competencia del municipio defender doctrinas teológicas; la espada no tiene nada que ver con la doctrina ; la doctrina es exclusivamente asunto de clérigos. La justicia no debe proteger a los clérigos de modo distinto de como proteja a un obrero, un trabajador, un médico o un ciudadano, si les es infligido un daño material. Sólo si Servet hubiera querido matar a Calvino, sólo entonces habría tenido la municipalidad derecho para proceder en defensa de Calvino. Pero como Servet sólo luchó con escritos y razonamientos no era licito responderle en otra forma sino, a su vez, con razonamientos y escritos".

Irrefutablemente rechaza ahora Castalión todo intento de Calvino para justificar su acción por medio de un superior mandato divino; para Castalión, no hay ningún mandamiento divino, ningún mandamiento cristiano que ordene el asesinato de un hombre. Cuando Calvino, en su escrito, procura apoyarse en que la ley mosaica exige que sean extirpados a sangre y fuego los que tienen falsas creencias, Castalión responde, enojada y agudamente: Pero, ¿cómo quiere Calvino ejecutar en nombre de Dios esta ley que invoca? ¿No tendría entonces que destruir, en todas las ciudades, viviendas, edificios, bestias y utensilios domésticos, si algún día tuviera fuerza militar suficiente para caer sobre Francia y todas las demás naciones consideradas por él como herejes y raer en todas las ciudades los solares de las casas, aniquilar a los hombres, mujeres y niños, y hasta acabar con las criaturas en el vientre de sus madres? "Si Calvino aduce, como justificación, que se dañará el cuerpo de la doctrina cristiana tan pronto como no se posea el valor suficiente para cortar de él un miembro podrido, Castalión responde: "Este apartamiento de los incrédulos del cuerpo de la Iglesia es asunto puramente eclesiástico y significa sólo que al hereje se le excomulga y se le rechaza de la comunidad, pero no que deba quitársele la vida". Jamás en el Evangelio ni en ningún libro de moral del mundo es exigida semejante intolerancia. "Llegarás a decir, en último extremo, que es Cristo el que te ha enseñado a quemar a los hombres?", lanza después contra Calvino, el cual, según él, traza esta desesperada apología "con las manos empapadas en la sangre de Servet". Y como Calvino vuelva a repetir, una y otra vez, insistente, que fue necesario quemar a Servet para defender la doctrina, para proteger la palabra divina; ya que una y otra vez, como todos los déspotas, trata de disculpar su despotismo con un interés sobrepersonal, colocado por encima de él, prorrumpe Castalión en una frase inmortal, que es como un relámpago iluminador en medio de la noche de un oscuro siglo: "Matar a un hombre no es nunca defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna teoría, sino que sacrificaron a un hombre; pero no proclama uno sus creencias quemando a los otros hombres, sino sólo dejándose quemar uno mismo por ellas".

"Matar a un hombre no es jamás defender una doctrina, sino matar a un hombre": palabras magníficas y más que humanas, en su inmarcesible verdad y claridad. Con esta frase, como forjada en duro bronce, ha pronunciado Sebastián Castalión, para todos los tiempos, la sentencia contra toda persecución por diferencia de concepciones. Cualquiera que sean los pretextos lógicos, éticos, nacionales o religiosos que puedan ser fingidos o aducidos para justificar la eliminación de un ser humano, ninguno de estos fundamentos descarga al hombre que cometió u ordenó semejante hecho de su responsabilidad personal. Siempre subsiste la responsabilidad por un derramamiento de sangre, y jamás, con un concepto trascendental puede ser justificado un asesinato. Las verdades pueden ser extendidas, pero no impuestas. Ninguna doctrina se hace más justa, ninguna verdad más verdadera, si grita y se afana por imponerse; ninguna puede ser llevada artificialmente más allá de los límites de extensión que correspondan a su ser y carácter, por medio de una violenta propaganda. Pero mucho menos se hace verdadera una doctrina, una concepción trascendente, persiguiendo a los hombres que se le resisten por razón de sus internas opiniones. Las ideas de cada cual nacen de recuerdos y sucesos individuales; a nadie obligan sino al individuo que las piensa y siente; no pueden ser reglamentadas ni corporalizadas, y aunque mil veces invoque el nombre de Dios una verdad, y se titule a sí misma santa, jamás le será lícito considerar como justificada la destrucción del santuario de una vida humana, creada por Dios. Mientras que para Calvino, dogmático, hombre de partido, es cosa accesoria el que perezcan por la idea que juzga él como imperecedera los perecederos hombres, para Castalión cada hombre que sufre y muere por sus convicciones es una inocente víctima de cruel sacrificio. Pero la coacción en las cosas espirituales no sólo es, a sus ojos, un crimen contra el espíritu, sino también una molestia vana. "¡No forcemos a nadie! Pues nunca la coacción ha hecho a ningún hombre mejor de lo que es. Aquellos que quieren forzar a los hombres a que adopten una fe determinada, proceden tan sin sentido como alguien que, por la fuerza, con un bastón, quisiera empujar hacia abajo los alimentos en la boca de un enfermo".

¡Que termine, de una vez para siempre, la esclavitud de los disidentes! "¡Priva, por fin, a tu personalidad oficial del derecho a la persecución y la violencia! ¡Otórgale a cada cual, como lo desea San Pablo, el derecho de hablar y escribir, y pronto habrás de reconocer de cuánto es capaz la libertad sobre la Tierra, una vez redimida de la coacción".

Todos los hechos están ya probados, contestadas todas las preguntas; ahora, Sebastián Castalión, en nombre de la ofendida humanidad, pronuncia la sentencia — y la historia la ha suscrito. — Un hombre llamado Miguel Servet, un investigador de la ciencia de Dios, un étudiant de la Sainte Escripture, ha sido muerto; acusados de esta muerte en la hoguera lo están Calvino, como causante espiritual del proceso, y la municipalidad de Ginebra, como autoridad ejecutante. La revisión moral ha examinado el caso y establecido firmemente que ambas instancias, la eclesiástica lo mismo que la civil, se han excedido de sus atribuciones. El consejo municipal es culpable de una usurpación de funciones, "pues no está llamado a definir el derecho en los delitos espirituales". Y más culpable aún el propio Calvino, que hizo caer sobre él esta responsabilidad. "Por tu testimonio y por el de tus cómplices, el municipio ha dado muerte a un hombre. Y la municipalidad era tan incapaz de decidir en esta causa, como un ciego de distinguir de colores". Calvino es doblemente culpable: es culpable tanto del mandato como de la ejecución de este hecho abominable. Es indiferente el motivo por el cual hizo precipitar en la hoguera a este desgraciado; su acción constituye un crimen. "O bien has hecho ejecutar a Servet porque pensaba lo que decía, o porque, conforme a su íntima convicción, decía lo que pensaba. Si lo has muerto porque expresaba sus íntimas convicciones, entonces lo has muerto a causa de la verdad, porque la verdad consiste en que cada cual diga lo que piensa aun cuando esté en el error.

Pero si lo has hecho matar simplemente a causa de una idea errónea, entonces tu deber anterior habría sido el de tratar de ganarlo para las rectas ideas, o el de probarle, con los textos en la mano, que todos los que de buena fe se hallan en error tienen que ser ajusticiados". Pero Calvino mató injustamente, injustamente eliminó a su contradictor; por todo ello es culpable y culpable del premeditado homicidio. . , Culpable, culpable y culpable; de un modo triplemente amenazador, con el duro son metálico de la trompeta, es anunciada la sentencia a todos los tiempos; la última, la suprema instancia moral, la humanidad, ha pronunciado la sentencia.

Pero ¿de qué sirve salvar el honor de un difunto a quien ningún acto expiatorio puede volver a traer a la luz? Sirve para proteger a los vivientes, y, al imponer la marca del fuego en un acto de inhumanidad, evita la ejecución de otros innumerables. No únicamente el hombre Jehan Calvin debe ser condenado, sino que debe también serlo su libro, que encierra la terrible doctrina del terrorismo y de la represión. "¿No ves, pues, adonde conducen, tu libro y tus acciones? — interpela Castalión al acusado —. Hay muchos que afirman defender el honor de Dios, pero ahora cuando quieran degollar a los hombres podrán invocar tu testimonio. Al seguir tu fatal camino, se mancharán, como tú, de sangre. Como tú harán ejecutar a todos aquellos que son de opinión distinta de la suya". No sólo cada uno de los fanáticos es peligroso en sí mismo, sino el maldito espíritu del fanatismo; no sólo, por lo tanto, es con los hombres, duros, pedantes y ávidos de sangre con los que tiene que luchar el ser humano espiritual, sino con cada una de aquellas ideas que tengan trazas de terrorismo, pues — profético presentimiento en el primer disparo de una guerra de religión de cien años, — "ni aun los más crueles tiranos derramarán tanta sangre con sus cañones como la que habéis vertido vosotros con vuestras sangrientas conjuraciones y la que aun habéis de verter en inmediatos tiempos. ¡Ojalá que Dios se compadezca de la especie humana y abra los ojos a los príncipes y autoridades a fin de que, por fin, se nieguen a realizar un cruento oficio!". Y como Sebastián Castalión en su benigna embajada de tolerancia no es ya capaz de permanecer tranquilo ante las cuitas de los acosados y perseguidos; como eleva allí la voz hasta Dios, en una desesperada plegaria, para que reinen más humanitarios sentimientos sobre la tierra, así en este libro polémico su palabra asciende hasta trocarse en una emocionante maldición contra todos aquellos que, con su odio pedantesco, perturban la paz del mundo; entre los truenos y relámpagos de la más noble indignación contra todo fanatismo, termina su libro con un gran cántico: "Esta infamia de las persecuciones religiosas bramaba ya en los tiempos de Daniel, y como nada vulnerable era hallado en su manera de vivir, dijeron sus enemigos: tenemos que combatirlo por sus convicciones. Exactamente de este modo se procede hoy. Cuando a un enemigo no se le puede atrapar por su conducta moral, se le ataca por la "doctrina", y tal proceder es muy hábil porque las autoridades civiles que, en estos casos, carecen de juicio propio, tanto más fácilmente se dejan convencer. De este modo, se oprime a los más débiles mientras se hacen resonar altamente las palabras de la "santa doctrina".

¡Ah! ¡Cómo abominará Cristo de vuestra "santa doctrina" el día del Juicio! Exigirá cuentas sobre el curso de la vida, no sobre la "doctrina", y si le decís: "Señor, estábamos contigo; hemos enseñado según lo que tú querías", entonces os responderá: "¡Fuera de aquí, criminales!" "¡Oh, ciegos! ¡Oh, deslumbrados, oh, sanguinarios y dañinos hipócritas! ¿Cuándo reconoceréis, por fin, la verdad, y cuándo cesarán los jueces de la Tierra de derramar ciegamente la sangre de los hombres, conforme a vuestra arbitrariedad?"

 

LA FUERZA SE DESHACE DE LA CONCIENCIA

RARA vez habrá sido compuesto un escrito polémico más decisivo contra un déspota espiritual, y acaso nunca con análoga fuerza iluminadora y apasionada, que el de Castalión Contra Libellum Calvini; merced a su verdad y claridad, tenía que informar hasta a los más indiferentes de aquel tiempo, de que estaba perdida la libertad de pensamiento del protestantismo, y, con ello, la del espíritu europeo, si no se la defendía, a tiempo bastante, de la Inquisición de Ginebra.

Conforme a todas las probabilidades humanas, es de suponer, por ello, que, después de la demostración de Castalión, que, en el caso de Servet, no deja efugio alguno, todo el mundo moral habrá suscrito unánimamente la sentencia condenatoria. Quien en tal combate fue apresado y derribado a tierra por aquella mano, parece acabado para siempre, y el manifiesto de Castalión un golpe mortal para la ortodoxia intransigente.

Pero, en realidad, no sucede nada. El deslumbrante escrito polémico de Castalión y su magnífica apelación a la tolerancia no producen ni el más mínimo efecto en el mundo de lo real, y ello, a la verdad, por la más simple y cruel de las razones: porque la obra Contra Libellum Calvini no llega a ser impresa; porque este libro, por comisión de Calvino, es agarrotado ya por la censura antes que pueda remover la conciencia de Europa.

En el último momento — circulan ya copias del modo más secreto, dentro del ámbito de Basilea, está preparado ya todo el manuscrito para la imprenta, — los dictadores ginebrinos, bien servidos por sus espías, ventean qué acometida mortalmente peligrosa contra su autoridad prepara Castalión. Y al instante, atacan de modo abrumador. Espantosamente se muestra, en tal ocasión, la poderosa superioridad de una organización estatal frente a un hombre aislado.

¡A Calvino, que cometió la crueldad de quemar vivo y en medio de los más espantosos tormentos a quien pensaba de otro modo que él, le es permitido, gracias a la parcialidad de la censura, defender su delito sin molestia alguna; pero a Castalión, que quiere elevar una protesta en nombre de los sentimientos humanos, se le niega la palabra! Cierto que la ciudad de Basilea no tendría en sí ningún motivo para prohibirle a un ciudadano libre, a un profesor de su Universidad, una polémica literaria; pero Calvino, siempre magistral en táctica y práctica, maneja hábilmente la palanca política. Plantéase una cuestión diplomática: no es personalmente Calvino, como individuo particular, sino la ciudad de Ginebra quien promueve una queja, ex officio, por el ataque contra la "doctrina". El consejo de la ciudad de Basilea y la Universidad se ven, con ello, en la más penosa disyuntiva: o estrangular el derecho de un escritor libre o entrar en conflicto diplomático con la poderosa ciudad de la confederación helvética, y, como siempre, él elemento del poder político triunfa sobre la moral. Prefieren los consejeros sacrificar al hombre particular y lanzan la prohibición de que sea publicado cualquier escrito que no sea de un carácter severamente ortodoxo. Con ello, queda impedida la aparición del Contra Libellum Calvini de Castalión, y Cal vino puede exclamar con júbilo: "Es una fortuna que los perros que ladraban detrás de nosotros no puedan ya mordernos". (// va bien que les chiens qui aboient derriére nous ne nous peuvent morare}.

Lo mismo que Servet por la hoguera, también es enmudecido Castalión por la censura; de nuevo la "autoridad" ha vuelto a ser salvada sobre la tierra por medio del terror. Queda Castalión alzando su apretado puño combativo; al escritor ya no le es lícito escribir, y, lo que es aún más injusto y más cruel, tampoco puede defenderse si ahora su triunfante contradictor le ataca con redoblada furia. Pasará casi un siglo antes que aparezca impreso Contra Libellum Calvini: ha llegado a ser una espantosa verdad la frase, llena de presentimientos, de Castalión en su Tratado: "¿Por qué haces a los otros lo que no querrías soportar tú mismo? Nos encontramos en un proceso por cuestiones religiosas, ¿por qué nos amordazas?" No obstante, el terror no reconoce en contra suyo ni derecho ni juez. Donde llega a señorear la fuerza, no se les deja a los vencidos ninguna probabilidad de apelación; el terrorismo sigue siendo siempre allí la primera instancia y la única. Con trágica resignación tiene que conformarse Castalión con sufrir la injusticia; mas es consolador, para todos los tiempos en los que la fuerza se sobrepone al espíritu, el soberano desdén del vencido por ella: "Vuestras palabras y vuestras armas no son más que las propias de aquel despotismo con que soñáis en vuestra soberanía más temporal que espiritual, fundada en la coacción y no en el amor de Dios. Pero no os envidio ni vuestro poder ni vuestras armas. Tengo otras: la verdad, el sentimiento de mi inocencia y el nombre de aquel que me auxilia y me dará gracia. Y aunque durante algún tiempo sea oprimida la verdad por el ciego juez que es el mundo, nadie hay que posea poder sobre ella. Prescindamos de la sentencia de un mundo que mató a Cristo y no nos preocupemos de tribunales ante el cual nunca hay victorias sino para la violencia. El auténtico reino de Dios no es de este mundo".

Aun otra vez fue el triunfo para el terror y hasta de modo todavía más trágico: el poder externo de Calvino no ha vacilado con su peor acción, sino que se ha fortalecido de modo aun más sorprendente. Pues ¡en vano es buscar en el ámbito de la historia la piadosa moral y la conmovedora justicia de los libros escolares de lectura! No se las cumple: la Historia, esa sombra terrena del espíritu del Universo, no procede en forma moral ni inmoral. Ni castiga los crímenes ni recompensa los actos de bondad. Como, en último término, descansa sobre la fuerza y no sobre el derecho, adjudica en general las ventajas externas a los hombres poderosos, y, audacias sin freno, brutales determinaciones, más bien procuran provecho que daño, en los combates temporales, a su autor o a su perpetrador.

También Cal vino, combatido a causa de su dureza, reconoce que sólo una cosa puede salvarle: una dureza todavía mayor, una fuerza aun más sin escrúpulos.

Cúmplese siempre la misma ley de que quien una vez se valió de la violencia tiene que seguir empleándola, y quien comenzó con el terror no tiene ya ninguna otra posibilidad sino la de acrecentarlo. La resistencia que Calvino había encontrado durante el proceso de Servet y después de él, le fortalece más aún en su idea de que, para ejercer un dominio autoritario, el mantener sometido al partido adverso, conforme a la ley y por medio de la pura intimidación, es un método deficiente y que sólo una cosa única asegura la totalidad del poder: el aniquilamiento total de toda oposición.

Primitivamente, Calvino habíase contentado con mantener paralizada, por procedimientos legales, a la minoría republicana del consejo de Ginebra, mientras por caminos subterráneos iba transformando en su favor las disposiciones electorales.

En toda sesión del consejo parroquial eran hechos ciudadanos ginebrinos nuevos emigrados protestantes de Francia, que, en lo material y moral, dependían de Calvino, y, con ello, eran recibidos en las listas electorales: de esta manera debía ir cambiando de color, sucesivamente, en favor del dictador, el ánimo y las opiniones del Consejo; todos los empleos debían ser adjudicados a los dóciles incondicionales, y, de un modo lento, reprimir por completo el influjo de los viejos patricios republicanos. Pero esta tendencia de alejamiento sistemático, llega a ser pronto harto transparente para los patriotas ginebrinos; tarde, muy tarde, comienzan ahora a inquietarse los demócratas que han derramado su sangre por la libertad de Ginebra. Celebran reuniones secretas, deliberan acerca de cómo podrán ser defendidos los últimos restos de su antigua independencia contra la avidez de mando de los puritanos. Los ánimos se excitan cada vez más. En la calle, se llega a violentas explicaciones entre los naturales del país y los inmigrados; por último, hasta acaece una refriega, en todo caso bien inocente, en la cual dos personas son heridas de pedradas.

Pero Calvino no esperaba más que un pretexto. Ahora, por fin, puede ejecutar el golpe de Estado, desde hace mucho tiempo planeado, que debe asegurar para su persona la totalidad del poder. Al instante, la pequeña camorra callejera es hinchada hasta que se convierte en una "espantosa conjuración", la cual quedó frustrada por "merced de Dios". Súbitamente, son encarcelados los jefes del partido republicano, que nada en absoluto tenían que ver con esta pendencia de arrabal, y torturados del modo más cruel, hasta que todos declaran lo que el dictador necesita para sus fines: estaba planeada una noche de San Bartolomé; Calvino y los suyos debían ser asesinados e introducidas en la ciudad tropas extranjeras. Sobre la base de esta "confesión", sólo arrancada con los más horrendos martirios, acerca de la presunta "rebelión" y de la artificiosa "traición al país", puede, por fin, comenzar su trabajo el verdugo. Todos los que opusieron a Calvino, aunque sólo fuera una minúscula resistencia, son ejecutados, si no se habrán fugado a tiempo bastante de Ginebra. En una sola noche no queda ya en la ciudad otro partido que no sea el calvinista.

Después de una victoria tan ilimitada, después de este barrido radical de sus últimos contradictores ginebrinos, ya podía en realidad Calvino estar sin cuidados, ser magnánimo, por lo tanto. Pero desde Tucídides, Jenofonte y Plutarco, sabemos que, siempre y en todos los tiempos, los oligarcas se truecan aún en menos sufridos después de la victoria. Es propio de la tragedia de todos los déspotas, el que teman todavía al hombre independiente, cuando en lo político lo ha convertido en impotente y mudo. No les basta que calle y que se vea precisado a callar. Ya el que no asienta, ya el que no les sirve ni les haga reverencias, el que no se inscriba solícitamente en el corro de sus aduladores y sirvientes, hace enojoso para los tiranos el que el hombre libre exista, el que exista todavía. Y precisamente porque Calvino, después de aquel brutal golpe de Estado, se libró de todos sus adversarios políticos y sólo ha remanecido este único, el adversario moral, dirígese con la violencia multiplicada de toda su pasión de luchar contra este solo adversario contra Sebastián Castalión.

La única dificultad para esta acometida consiste en arrancar al pacífico letrado fuera de su seguro silencio. Pues, por su parte, Castalión está fatigado de la lucha franca. Los caracteres humanísticos o erasmistas no son, a la larga, luchadores. La fanática insistencia del hombre de partido y su perseverante caja de prosélitos, les parece tarea indigna de un hombre espiritual. Declaran sus verdades, pero tan pronto como las han dado a conocer, les parece superfluo procurar convencer al mundo, una y otra vez, a modo de propagandistas, de que sus ideas son las únicas auténticas y valederas.

Castalión, en el asunto de Servet, dijo ya su palabra; a pesar de todos los peligros, tomó a su cargo la defensa de los perseguidos y se presentó frente al terrorismo opresor de la conciencia con mayor decisión que ningún otro hombre de su tiempo. Pero, en el reloj del mundo, la hora ha sido adversa para su libre palabra; ha triunfado la fuerza, por cierto período de tiempo. De este modo se decide a esperar en silencio la ocasión en que pueda volver a ser acometida la lucha decisiva entre tolerancia e intolerancia. Profundamente desengañado, pero en modo alguno vencido en sus convicciones, se vuelve a su trabajo. Por fin, la Universidad lo ha nombrado maestro; por fin, la gran tarea de su vida, la doble traducción de la Biblia, se aproxima a su terminación. En los años de 1555 y 1556, después de que han abatido de sus manos el arma de la palabra, Castalión, como polemista, se ha quedado del todo enmudecido.

Pero los ginebrinos saben, por medio de espías, que Castalión, en el estrecho círculo de la Universidad, prosigue manteniendo sus humanos puntos de vista; que si le ligan la mano de escritor, en modo alguno se deja cerrar los labios, y, con enojo, observan los cruzados de la intolerancia que la odiada invitación del maestro a la tolerancia y sus irrebatibles argumentos en contra de la doctrina de la predestinación, hallan, entre los estudiantes, una resonancia cada vez mayor. Un hombre moral actúa ya por el mero hecho de existir, pues su ser crea en torno suyo una atmósfera de convicciones, y aunque, en apariencia, se limite a un círculo estrecho, sin embargo, este interno efecto, a modo de oleaje, sin ser notado irresistiblemente, se traslada hasta la lejanía. Por lo tanto, ya que Castalión sigue siendo peligroso y no quiere doblegarse, su in fluencia tiene que ser quebrada oportunamente. Con gran astucia le es presentada una trampa para volver a atraerlo hacia la lucha en favor de los herejes, y uno de sus colegas de la Universidad se presta voluntariamente como agente provocador para este servicio. Dirígese a Castalión con una carta muy amable, como si sólo se tratara de una cuestión teorética, y con el ruego de que éste le exponga sus puntos de vista sobre la doctrina de la predestinación. Castalión se declara dispuesto a una discusión pública, pero durante sus primeras palabras, levántase ya rápidamente uno de los auditores y lo acusa de hereje. Al punto Castalión advierte el propósito. En vez de pasar al caso propuesto y defender su tesis (a fin de que hubiera bastantes materiales para una acusación en su contra), interrumpe la discusión y sus colegas de la Universidad impiden toda posterior intervención en contra suya. Pero Ginebra no ceja tan fácilmente. Después de haber fracasado en esta primera tentativa, cambiase rápidamente de sistema; ya que Castalión no se deja provocar a una discusión, trátase de excitarlo con rumores y libelos. Se hace mofa de su traducción de la Biblia, se le hace responsable de escritos anónimos injuriosos y maldicientes; se esparcen a todos los vientos las más odiosas calumnias: como a una señal, lánzanse de repente, desde todas partes, tormentas contra él.

Pero precisamente gracias a este exceso de celo ha llegado a ser notorio para todos los imparciales; mientras tanto, que a este gran literato y hombre verdaderamente piadoso, después de haberle arrebatado la libertad de hablar como él desea, se le quiere ahora atacar directamente en su persona y en su vida. Lo desmedido de la persecución procúrale al perseguido amigos en todas partes, y de modo repentino e inesperado, el gran abuelo de la Reforma alemana, Melanchthon, preséntase ahora públicamente al lado de Castalión. También a él le repugna, como en otro tiempo a Erasmo, el seco sentido de aquellos que, no en la reconciliación, sino en la lucha, descubren el sentido de la vida, y, de modo espontáneo, dirige una carta a Sebastián Castalión. "Hasta ahora — dícele en ella, — no te he escrito, porque, en medio de las ocupaciones cuya magnitud y enojo me tienen abrumado, me queda poco tiempo para este genera de correspondencia, que, en sí mismo, me agrada en extremo. Por otra parte, me apartó de hacerlo el que cuando veo como reina la mala inteligencia más espantosa entre aquellos que se dan por enemigos de la sabiduría y la virtud, me siendo dominado por una inmensa tristeza. Sin embargo, siempre te he apreciado por tu manera de escribir. . . Y quiero que esta carta sea para ti un testimonio de mi aprobación y una prueba de mi sincera simpatía. ¡Ojalá nos una amistad eterna! "Al quejarte de que no sólo eres perseguido por disidencia de opiniones, sino del odio cruel con que algunos atacan a los amigos de la verdad, no haces más que aumentar un dolor que siento yo mismo de modo permanente.

Cuenta la fábula que de la sangre de los titanes proceden los gigantes. Así, de la simiente de los monjes se han originado los nuevos sofistas que tratan de regir las cortes, las familias y el pueblo y creen que les estorban los hombres de letras. Pero Dios sabrá proteger lo que quede de su rebaño verdadero.

"De este modo, tenemos que sufrir con sabiduría lo que no podemos modificar. Para mí, mi avanzada edad es alivio de mi dolor. Espero entrar pronto en la Iglesia celeste, muy lejos de las furiosas tormentas que de modo tan espantoso agitan a la Iglesia de aquí abajo. Si conservo la vida, quiero hablar contigo sobre muchas cosas. Adiós".

Este documento está concebido como una carta de protección para Castalión, la cual, al instante, debía pasar en copias de mano en mano, y, al mismo tiempo, está también pensado como una advertencia para Calvino, para que, por fin, ceda en su insensata persecución a este gran hombre de letras. Y efectivamente, una vez conocidas las palabras de Melanchthon, actúan de modo poderoso sobre todo el mundo humanístico; hasta los más próximos amigos de Calvino insisten ahora en establecer la paz. Así, el gran letrado Baudouin escribe a Ginebra: "Ahora puedes ver cómo juzga Melanchthon la saña con que persigues a ese hombre, y, al mismo tiempo, lo lejos que está de aprobar todas tus paradojas. ¿Tiene realmente algún sentido seguir tratando a Castalión como a un segundo Satán, y, al mismo tiempo, honrar a Melanchthon como a un ángel?" Pero ¡qué error el de pensar que pueda nunca adoctrinarse o apaciguarse a un fanático! De un modo paradójico — o quizá lógico, — la carta protectora de Melanchthon produce exactamente el efecto opuesto sobre Calvino. Pues el hecho de que se le tributen testimonios de aprobación a su adversario no hace más que acrecer su odio. Calvino sabe demasiado bien que estos pacifistas espirituales son más peligrosos aún para su belicosa dictadura que Roma, Ignacio de Loyola y sus jesuitas. Pues en aquéllos no se alza más que dogma contra dogma, palabra contra palabra, doctrina contra doctrina; pero aquí, en las pretensiones de libertad de Castalión, siente discutido el principio fundamental de su voluntad y acción, la idea de la autoridad unitaria, el sentido de la ortodoxia, y siempre, en toda guerra, el pacifista de las propias filas es más peligroso que el adversario militante. Precisamente porque la carta de protección de Melanchthon ha elevado la significación de Castalión ante el mundo, ya no conoce Calvino ningún otro objeto para su acción que el de aniquilar su nombre. Desde esta hora, comienza el auténtico combate, la lucha hasta las puñaladas.

El que se trata ahora de una pelea a vida o muerte, muéstralo ya el hecho de que aparezca Calvino en persona. Lo mismo que en el caso de Servet, tan pronto como fue necesario dar el último y decisivo golpe echó a un lado a su testaferro Nicolaus de la Fontaine para empuñar él mismo la espada, así ahora no se sirve ya más de su peón de Beze. Ahora no se trata ya, para él, de justicia o injusticia, del texto de la Biblia y de interpretaciones, de verdades o mentiras, sino de una sola cosa: de deshacerse de Castalión rápida y definitivamente, de una vez para siempre. Cierto que en aquel tiempo no hay motivo auténtico ninguno para atacarle, pues Castalión se ha refugiado en su trabajo. Pero ya que no puede ser encontrada razón alguna, se crea artificialmente y se agarra al azar cualquier estaca para matar a palos a la aborrecida criatura. Como pretexto, toma Calvino un libelo anónimo encontrado por sus espías en poder de un comerciante viajero; a la verdad, no existe ni la más leve sombra de prueba de que tal folleto tenga por autor a Castalión, y, en efecto, jamás fue Castalión autor del mismo. Pero Carthaginem esse delendam, Castalión tiene que ser aniquilado, y, de este modo, emplea Calvino este libro, en absoluto no redactado por Castalión, como plataforma para verter plebeyamente sobre él, como si fuera su autor, las más groseras y rabiosas injurias. Su escrito polémico Calumniae nebulosis cujusdam, no es ya el libro de un teólogo contra otro teólogo, sino sólo una explosión de rabioso furor: de ladrón, de belitre, de blasfemo, es calificado allí Castalión, con otros nombres injuriosos, tales como ningún carretero podría arrojárselos más ordinarios sobre otro. No se le reprocha nada menos que al profesor de la Universidad de Basilea sino el que ha robado madera en el más claro día, y ascendiendo el ebrio aborrecimiento de página en página este rabioso opúsculo termina con este espumazeante grito de cólera: "¡Aniquílete Dios, Satán!".

Este escrito acusatorio de Calvino puede ser tomado como uno de los más memorables ejemplos de lo profundamente que puede perturbar el furor partidista a un ser humano colocado a gran altura en lo espiritual. Es incomprensible que el fino sentido de un hombre profundamente religioso, que, como maestro de lenguaje, conoce el valor de cada vocablo, y corno letrado sabe juzgar la categoría moral de su adversario, pueda echar mano de las injurias más vio lentas en el ardor de la cólera. En este demoníaco ser humano, el odio, como todas sus fuerzas sensibles, estaba entonces demoníacamente aumentado. En todo caso, el libelo representa, al mismo tiempo, una advertencia de lo impolíticamente que procede un político cuando no sabe tirar de las riendas de su pasión. Pues, bajo la impresión de la terrible injusticia con que es atacado un hombre digno de todo honor, el Consejo de la Universidad de Basilea revoca la prohibición de escribir que pesa sobre Castalión. Una Universidad de fama europea no puede encontrar compatible con su dignidad el que uno de sus profesores titulares sea acusado, ante todo el mundo humanístico, de ser un vulgar ladrón de leña, un bribón y un vagabundo. En vista de que manifiestamente no se trata aquí ya de una discusión sobre la "doctrina", sino de inculpaciones privadas, le es concedido expresamente a Castalión por el senado el permiso para una respuesta pública.

Este escrito de réplica de Castalión constituye un magistral ejemplo, verdaderamente edificante, de una polémica llevada del modo más humano y humanístico. Hasta la última malevolencia no puede envenenar con odio a este ser íntimamente tolerante; ninguna ordinariez hace que llegue a ser ordinario el tono de su estilo. ¡Qué serenidad y distinción equilibra el ritmo de su principio! "Sin entusiasmo acudo a esta vía de la pública discusión. ¡Cuánto más deseable hubiera sido para mí el explicarme contigo con toda fraternidad y según el espíritu de Cristo, y no a manera de palurdos cubrirnos de injurias que sólo pueden ser dañosos para la dignidad de la Iglesia! Pero ya que tú y tus amigos habéis hecho imposible mi sueño de un pacífico comercio de ideas, creo que no es incompatible con mi deber de cristiano el responder con moderación a tu ardorosa acometida". Al principio, expone simplemente Castalión que, en la primera edición de aquel escrito del Nebulo, aun lo había designado públicamente como autor de aquel libelo, pero en la segunda — enterado indudablemente de su error — no le acusa ya con palabra alguna de tal paternidad, pero sin tener tampoco la lealtad de confesar honradamente que, sin motivo alguno, había sospechado antes de Castalión. Con duro ataque deja clavado a Calvino contra la pared: "¿Sí o no? ¿Has o no sabido que me atribuías injustamente ese escrito? Yo mismo no puedo decidirlo. Pero has lanzado tus acusaciones en un tiempo en que ya sabías que eso no era cierto y entonces cometiste un acto de engaño, o todavía no estabas en esa certidumbre y entonces tu inculpación imponía por lo menos negligencia. Tanto en un caso como en el otro, no era nada elegante tu posición, pues todo lo que aduces es incierto. Yo no soy el autor de aquel folleto y jamás lo he enviado a París para ser allí impreso. Si su circulación fuera un crimen, te has acusado a ti mismo como autor de ese crimen, pues tú fuiste el primero que lo dio a conocer".

Sólo ahora, después de haber descubierto por medio de que tenues pretextos le ha acometido Calvino, vuélvese Castalión contra la ruda forma del ataque.

"Eres muy fértil en injurias y tus labios hablan de aquello que constituye la plenitud de tu corazón. En tu libelo latino me llamas, una cosa detrás de la otra, blasfemo, calumniador, maléfico, perro ladrador, ente descarado lleno de ignorancia y de bestialidad, impío dañador de la Sagrada Escritura, loco que se divierte a cuenta de Dios, despreciador de la fe, individuo desvergonzado, otra vez perro asqueroso, un ser repugnante y lleno de irreverencia, y espíritu tortuoso y pervertido, vagabundo y mauvais sujet. Ocho veces me designas como miserable (así traduzco yo la palabra nébula) ; toda esta malevolencia la dilatas gustoso a lo largo de dos pliegos impresos, titulas tu libro Calumnias de un miserable y su última frase dice de este modo: "¡Que te aniquile Dios, Satán!" Dentro del libro todo guarda relación con este estilo; y ahora bien: ¿debe ser éste el modo de expresarse de un hombre de gravedad apostólica, de cristiana dulzura. ¡Ay del pueblo al que diriges si se deja inspirar por tales sentimientos, y si debiera acreditarse que tus discípulos son semejantes a su maestro! Pero a mí, en modo alguno me alcanzan todas estas injurias. . . Un día se alzará la verdad crucificada, y tú, Calvino, tendrás, por tu parte, que dar cuenta a Dios de las injurias con que has abrumado a alguien por el cual también murió Jesucristo. ¿No sientes en realidad vergüenza alguna ni escuchas en tu alma las palabras de Cristo: "Quien, sin fundamento, monta en cólera contra su hermano será condenado", y "quien llama a su hermano mal hombre será arrojado a las tinieblas"? Aun casi de modo más sereno, con el soberano sentimiento de su intangibilidad, deshácese después Castalión de la acusación principal de Calvino en cuanto al robo de leña en Basilea. "Sería en efecto un grave delito — dice mofándose, — presupuesto que yo lo hubiera cometido. Pero delito igualmente grande es la calumnia. Admitamos ahora que fuera verdad y que realmente hubiera yo robado, porque — éste es el golpe más deslumbrador a la doctrina de la predestinación de Calvino — hubiera estado predestinado a ello, según tú enseñas. ¿Por qué entonces me injurias? ¿No tendrías más bien que tener compasión de mí, ya que Dios me había asignado este destino y había hecho imposible para mí el no robar? , ¿Por qué, entonces, llenas el mundo con tus gritos ante mi latrocinio? ¿A fin de que en lo sucesivo me aparte de robar? Pero si robo arrastrado por una fuerza coactiva, si robo a consecuencia de una divina predestinación, entonces tienes que declararme absuelto en tus escritos a causa de la coacción que sobre mí pesa.

En este caso, sería tan imposible para mí abstenerme del latrocinio como añadir una pulgada a la estatura de mi cuerpo".

Sólo ahora, después de haber presentado la insensatez de esta calumnia, describe Castalión las reales circunstancias del suceso. Como cien otros, en una riada del Rin, había pescado, con un arpón, la madera que era arrastrada por la corriente; cosa que, naturalmente, no sólo había sido una acción permitida por las leyes, ya que la madera de arrastres, según es sabido, constituye en todas partes una propiedad libre, sino que tal acción hasta había sido expresamente deseada por la municipalidad, porque estos montones de leña de las riadas amenazaban los puentes. Y Castalión llega hasta poder probar que, tanto él como otros muchos "ladrones", recibieron del Senado de la ciudad de Basilea quaternos sólidos (algo así como la cuarta parte de una moneda de oro) como recompensa por este "latrocinio", que, en realidad, constituía un servicio de auxilio público prestado con peligro de la vida; después de este restablecimiento de los hechos, nunca más, ni aun los compinches de Ginebra, se atrevieron a volver a repetir aquella injuria personal, que no rebajaba a Castalión, sino sólo a Calvino.

De nada sirve el negarlo ni el procurar teñirlo con bellos colores: Calvino, en su furor, para deshacerse a cualquier precio de un enemigo político, de un enemigo de su ideología, trató de violentar la verdad con ¡a misma osadía que en el caso de Servet. Jamás se logró encontrar ni la más insignificante mácula en la conducta del ser humano Castalión. "Todos pueden juzgar lo que queda escrito — puede responder Castalión tranquilamente, — y no temo la opinión de ningún hombre, en cuanto me juzgue sin odio. La pobreza de mi vida personal puede confirmarla todo el que me ha conocido desde mi niñez, y, si fuera necesario, puedo aportar innumerables testigos. Pero ¿es que es necesario? ¿No bastan los testimonios forjados por ti y el mismo tuyo? . . .

Hasta tus propios discípulos han tenido que reconocer más de una vez que no se podía suscitar ni la más minúscula duda en cuanto a la severidad de mi vida.

Ya que mi doctrina difiere de la tuya, se veían obligados a limitarse a afirmar que estaba yo en el error. ¿Cómo osas, por lo tanto, hacer circular tales cosas acerca de mí e invocar el nombre de Dios al hacerlo? ¿No adviertes, Calvino, lo espantoso que es invocar el testimonio de Dios para inculpaciones dictadas exclusivamente por el odio y el furor? "Pero también yo acudo a Dios, y mientras tú lo invocas para acusarme ante los hombres de la más ruda manera, lo invoco yo porque me has acusado falsamente. Si yo he mentido y tú has dicho la verdad, entonces ruego a Dios que me castigue según la magnitud de mi delito y suplico a los hombres que me priven de la vida y del honor.

Pero si he dicho la verdad y tú eres un falso acusador, entonces ruego a Dios, que me protege contra las añagazas de mi adversario, que, antes de la hora de tu muerte, te conceda ocasión para que sientas arrepentimiento por tu conducta a fin de que más adelante tal pecado no sea perjudicial para la salvación de tu alma".

¡Qué diferencia, qué superioridad la del hombre libre y sin prejuicios ante aquel que permanece arrecido en el sentimiento de su propio autoconvencimiento! Es la eterna oposición entre la naturaleza humanitaria y la doctrinaria, entre el hombre sereno que nada quiere preservar sino su propia opinión y el pedante ergotista que no puede soportar que no se humille el mundo entero ante sus imitaciones y repeticiones. Allí, en forma mesurada, habla la pura y clara conciencia; aquí, el ansia de dominar se derrama en amenazas y exorcismos. Pero la verdadera claridad no se deja perturbar por ningún odio. Los más puros hechos no fuerzan al espíritu por medio del fanatismo, sino que siempre se apoderan de él por dominio de sí mismo y moderación.

Por el contrario, a los hombres de partido no les importa nunca la justicia, sino sólo la victoria. No quieren tener razón, sino sólo mantener su poder. Apenas aparecido el escrito de Castalión, comenzaron de nuevo los asaltos. Cierto que las difamaciones personales del "perro" y del "bestia" de Castalión y la simplona fábula de su supuesto robo de madera se van abatiendo sucesivamente; ni al mismo Calvino le es lícito atreverse a dar de nuevo golpes en semejante coraza. Por ello, con toda celeridad, los ataques son transferidos a otro campo, al teológico; otra vez se ponen en movimiento las prensas ginebrinas, aunque todavía están húmedas de las últimas calumnias, y, por segunda vez, es echado por delante Theodor de Beze. Más fiel a su maestro que a la verdad, en su prólogo a la edición oficial ginebrina de la Biblia (1558), antepone un ataque a Castalión, de una malignidad altamente acusatoria, al texto de las Sagradas Escrituras, cosa que, en tal lugar, produce efecto doloroso.

"Satán, nuestro antiguo adversario — escribe de Beze, — que ha reconocido ahora que no puede retener, como en otro tiempo, la extensión de la palabra divina, ataca nuestros días de modo aún más peligroso. Durante mucho tiempo, no hubo ninguna traducción francesa de la Biblia, por lo menos ninguna traducción de las Santas Escrituras que mereciera el nombre de tal; pero ahora, Satán ha encontrado tantos traductores como espíritus frívolos y desvergonzados existen y acaso llegue a encontrar todavía más, si Dios, a tiempo bastante, no dispone que se detengan. Si se me pregunta, por un ejemplo, me referiré a la traducción latina y francesa de la Biblia de Sebastián Castalión, persona que en nuestra Iglesia es tan bien conocida por su ingratitud y desvergüenza como por las molestias que se han perdido para traerlo a buen camino. Por eso, consideramos deber de conciencia no pasar en silencio su nombre por más tiempo (como hasta ahora hemos hecho), sino más bien advertir a todos los cristianos que se guarden de tal hombre elegido de Satán.

De modo más claro e intencionado no se puede entregar a un hombre de letras al tribunal de herejes. Pero el "elegido de Satán", Castalión, no necesita ahora guardar silencio por más tiempo; animado por la carta de protección de Melanchthon, el senado de la Universidad ha vuelto a dar libertad de palabra al perseguido.

Esta respuesta de Castalión a de Beze está llena de una tristeza profunda, y hasta podría decirse de una tristeza mística. Sólo compasión produce en el fuero humanista el que hombres de su modo de ser espiritual puedan odiar de modo tan desenfrenado. Cierto que sabe muy bien que a los amigos de Calvino no les importa la verdad, sino sólo el monopolio de su verdad, y que no han de descansar hasta que lo hayan hecho desaparecer a él de su camino, igual que han hecho hasta entonces con todos sus adversarios espirituales o políticos.

Pero, sin embargo, su noble sensibilidad se niega a descender hasta tales vilezas del odio. "Aguzáis y exhortáis a la justicia para que proceda a darme muerte — escribe con profetice presentimiento. — Si no estuviera públicamente demostrado por vuestros libros, no osaría consignar aquí tal afirmación, aunque estoy convencido de su exactitud; pues una vez muerto, ya no podré daros ninguna respuesta. El que aun viva es para vosotros una verdadera pesadilla, y como veis que la justicia no cede a vuestra presión, o, por lo menos, no cede todavía — pero esto puede cambiar prontamente, — procuráis hacerme odioso y proscrito ante todo el mundo". Plenamente consciente de que sus adversarios se esfuerzan con franqueza por arrancarle la vida, sólo corresponde a ello Castalión habiéndoles a la conciencia. "Decidme, pues — pregúntales a estos nominales servidores del Evangelio, — en qué respecto la conducta que tenéis conmigo puede invocar el nombre de Cristo.

Hasta en el momento en que los traidores lo entregan a los esbirros, habíales el Señor lleno de bondad, y en la cruz, todavía ruega por sus verdugos. ¿Y vosotros? Únicamente porque mis doctrinas y opiniones disienten de las vuestras me perseguís por todos los países del mundo con vuestro odio y azuzáis igualmente a los otros para que procedan con odio contra mí. . . ¡ Qué amargura tenéis que sentir en lo secreto el ver cómo es condenada tan absoluto vuestra conducta por Cristo, como cuando dice: "Quien odia a su hermano es un asesino"!. . . Estos son claros preceptos de la verdad, accesibles para todo el mundo, en tanto se desprenda de todo teológico rebujo, y vosotros mismos los enseñáis con vuestras palabras y en vuestros libros. ¿Por qué no los reconocéis también con los actos de vuestra vida?" Pero de Beze, bien lo sabe Castalión, no es más que un echadizo. No es de él de quien procede este odio asesino, sino de Calvino, el déspota de las opiniones, que quiere prohibir todo intento de interpretación fuera de las suyas. Por ello, pasando por encima de de Beze, Castalión habíale directamente a Calvino. Sin alteración, fijando la vista en sus ojos, pónese frente a él. "Te confieres título de cristiano, confiesas el Evangelio, te engríes con el nombre de Dios, te glorificas de haber penetrado sus intenciones y afirmas saber la verdad evangélica. Ahora bien: ya que adoctrinas a los otros, ¿por qué no te adoctrinas a ti mismo? ¿Por qué, tú, que desde lo alto del pulpito predicas que no se debe calumniar, llenas tus libros de calumnias? ¿Por qué en apariencia para abatir de modo definitivo mi orgullo, me juzgas con tanta soberbia, tanta arrogancia y tanta satisfacción de ti mismo como si tuvieras asiento en el Consejo de Dios y te hubiera revelado El los secretos de su corazón? . . . Introducíos por fin dentro de vosotros mismos y procurad que no sea demasiado tarde. Intentad, pues, por un momento, si ello os es posible, dudar de vosotros y veréis lo que ya ven otros muchos. Deponed ese amor propio, que os consume, y el odio contra los otros y en especial contra mi persona. Compitamos unos con otros sin escrúpulos y descubriréis que mi impiedad es tan irreal como la infamia que procuráis infligirme. Sufrid, pues, que disienta de vosotros en algunos puntos de la doctrina, c No sería realmente de desear que entre las gentes piadosas pudiera haber, al mismo tiempo, diferencia de opiniones y unidad de corazón? ..." De modo más benigno no ha respondido jamás un espíritu piadoso y reconciliador a unos fanáticos y doctrinarios, y si ya antes había realizado Castalión la idea de la tolerancia de modo tan magnífico en sus palabras, ahora, quizá de modo aun más ejemplar, la lleva a la práctica con su conducta humana en el combate que a la fuerza le es impuesto. En vez de corresponder a la befa con la befa y el odio con el odio — "no sé de ninguna tierra ni de ningún país donde, en mi vergüenza, hubiera podido esconderme si hubiera aducido contra vosotros cosas análogas a las que habéis empleado contra mí", — prefiere intentar, una vez más, el poner término a la lucha por medio de una humana explicación, a la manera como, según su modo de pensar, debe ser siempre posible entre gentes espirituales. Aun otra vez ofrécele al adversario la pacífica mano, aunque aquellos apuntan ya hacia él con el hacha de las ejecuciones. "Por lo tanto, os ruego, por el amor de Cristo, que respetéis mi libertad y desistáis por fin de acumular sobre mí falsas inculpaciones. Dejadme que, sin coacción, confiese mi fe, tal como se os permite hacer con la vuestra, y como yo, por mi parte, estoy dispuesto a consentiros siempre muy gustoso. No afirméis siempre de todos aquellos cuya doctrina difiere de la vuestra que están en el error, y no les acuséis inmediatamente de herejía. . . Si yo, lo mismo que tantas otras gentes piadosas, explico las Escrituras de un modo diferente del vuestro, confieso, sin embargo, con todas las de mi alma, mi fe en Cristo. De fijo que uno de nosotros está en el error, pero, precisamente por ello, amémonos, no obstante, unos a otros. Ya llegará el día en que el Maestro manifieste la verdad a quien ahora yerra. Lo único que sabemos con seguridad, o por lo menos que debemos saber, es que estamos obligados al amor cristiano.

Pongámoslo en práctica, y, al ejercitarlo, cerremos la boca de todos nuestros adversarios. ¿Consideráis como auténtica vuestra opinión? Los otros también creen lo mismo de la suya: que, por lo tanto, los más sabios muestren al mismo tiempo que son también los guiados por más fraternales sentimientos y que no se conviertan en soberbios a causa de su sabiduría. Pues Dios lo sabe todo y doblega a los orgullosos y alza a los humildes. "Os digo estas palabras con gran afán de amor. Os pido el amor y la paz cristiana. Os invoco por amor, y de que lo hago con toda el alma, tomo por testigos a Dios y al Espíritu Santo.

"Pero si a pesar de todo esto habéis de continuar combatiéndome con odio, si no me permitís que os obligue al cristiano amor, no puedo hacer otra cosa sino guardar silencio. Que Dios sea nuestro juez y que decida entre nosotros, según la medida de como le hayamos sido fieles".

Es incomprensible para la sensibilidad el que una invitación a la paz tan arrebatadora, tan profundamente humana, no debiera obligar a un adversario espiritual. No obstante, figura entre los contrasentidos de la naturaleza terrena el que precisamente aquellos ideólogos que nunca juran más que por una única idea, sean en absoluto insensibles para todo otro pensamiento, aunque sea para el más humano, si no es el suyo. Unilateralidad en el pensamiento fuerza inevitablemente a injusticia en la acción, y donde quiera que un hombre o un pueblo están por completo henchidos del fanatismo de una única concepción trascendente, no queda espacio alguno para la inteligencia y tolerancia. Ni la más mínima impresión produce en un Calvino la conmovedora admonición de este hombre que sólo anhela la paz, que no predica públicamente, que no recluta partidarios ni disputa, a quien no mueve ni el más pequeño orgullo de obligar por la violencia a ningún otro hombre de la tierra a que adopte sus opiniones; como una "monstruosidad", la piadosa Ginebra rechaza aquella invitación a una cristiana paz. Y al punto comienza una nueva tromba de fuego, con todos los gases asfixiantes de la mofa y de la provocación. Otra mentira, y acaso la más pérfida de todas, es sacada ahora a escena para hacer sospechoso a Castalión, o por lo menos ridículo. Mientras al pueblo de Ginebra le está severamente prohibida, como pecado, toda diversión teatral, en el seminario ginebrino, por los discípulos de Calvino se aprende una "piadosa" comedia escolar en la que se hace aparecer a Castalión, bajo el transparente nombre de "parvo Castello", como el primer servidor de Satán, y se ponen en su boca versos como los siguientes:

"Quant á moy, un chacun je sers Pour argent en prose oy

en vers, Aussi ne visje d'aultre chose. . .

Hasta esta última calumnia de que aquel hombre, que vive en apostólica pobreza, vende su pluma por dinero y sólo lucha por la pura doctrina de la tolerancia como pagado agitador de cualquier papista, es desvergonzadamente aventurada con permiso de Calvino. Pero la verdad o la calumnia hace mucho tiempo que ha llegado a ser del todo indiferente para el odio de partido del calvinismo: sólo un pensamiento llena el espíritu de todos: arrancar a Castalión de su cátedra de la Universidad de Basilea, quemar sus escritos, y, a ser posible, también a su persona.

Por ello, es un grato hallazgo para estos furiosos odiadores el que en uno de los usuales registros domiciliarios de Ginebra se haya sorprendido a dos ciudadanos con un libro, el cual — ya esto sólo constituye un hecho criminoso, — no estaba provisto del solemne imprimatur de Calvino. Ni nombre de autor ni lugar de impresión es indicado en este breve escrito, Conseil á la France desolée; por ello, la opus huele tanto más fuertemente a herejía. Al punto, ambos ciudadanos son arrastrados ante el consistorio. Por temor al retorcimiento de pulgares y a la garrucha del tormento, confiesan que un sobrino de Castalión les ha prestado este escrito, y, con fanática impetuosidad, los cazadores siguen ahora la reciente huella, hasta que por fin es derribada la pieza perseguida.

En efecto, este "libro dañoso, por estar lleno de errores", es una nueva obra de Castalión. Aun otra vez ha vuelto a recaer en su viejo e incurable "error" de amonestar, con un esfuerzo erasmista, para que se terminen con una pacífica estipulación las luchas de la Iglesia. No quería ver, en silencio, cómo en su querida Francia el furor religioso comenzaba por fin a rendir frutos sangrientos; cómo los protestantes franceses (con secreta satisfacción de Ginebra) empuñaban las armas contra los católicos. Y como si pudiera presentir anticipadamente la noche de San Bartolomé y los tremendos espantos de la guerra de los hugonotes, sentíase de nuevo obligado, y en el último momento, a demostrar la insensatez de semejante derramamiento de sangre. No esta doctrina ni la otra, decía en resumen, son en sí mismas erróneas: falso y criminal sólo lo es, en todos los casos, la tentativa de obligar por la violencia a un ser humano a que adopte una fe en la que no cree. Todo el daño sobre la tierra procede de este "forcement des consciences"; la tentativa de la estrecha frente del fanatismo, siempre renovada y siempre sedienta de sangre, de violentar las conciencias. Pero no sólo es inmoral y contra derecho, según Castalión demuestra, el obligar a alguien a adoptar una confesión en la que internamente no cree; es, además, absurdo e insensato. Pues toda recluta forzada para cualquier credo aporta simplemente creyentes de apariencia ; sólo en lo externo y en cuanto a las cifras aumenta los prosélitos de un partido el sistema de retorcer los pulgares de toda propaganda coactiva. Pero, a la verdad, aquella idea que de esta violenta manera obliga a sus prosélitos, con sus falsas matemáticas no tanto engaña al mundo como a sí misma. Pues — y estas palabras de Castalión son aplicables a todos los tiempos, — "aquellos que sólo aspiran a tener un número de partidarios lo más dilatado posible, y, para ello, necesitan muchos hombres, se parecen a un loco que tuviera una gran vasija con poco vino en ella y la llenara de agua para aumentar su vino; pues con tal procedimiento no aumentaría en modo alguno su vino, sino que sólo echaría a perder el bueno que allí tuviera. Jamás podréis afirmar que aquellos a quien habéis forzado a adoptar una confesión, la profesen de corazón. Si se les dejara en libertad, dirían: creo con toda el alma que sois unos injustos tiranos y que aquello a que me habéis obligado carece de todo valor. Un mal vino no se torna mejor porque se obligue a la gente a que lo beba".

Siempre de nuevo y siempre con renovada pasión, repite Castalión su credo: la intolerancia conduce inevitablemente a la guerra y sólo la tolerancia a la paz.

No con retorcimiento de pulgares, no con hachas de combate y con cañones, puede ser sustituido un credo por otro, sino sólo de un modo individual y acudiendo al íntimo convencimiento; sólo con acuerdo y armonía pueden ser evitadas las guerras y ligadas entre sí las ideas. Que se deje, pues, ser protestante a quien quiera ser protestante y que continúen siendo católicos los que sinceramente confiesen su catolicismo; que no se fuerce a unos ni a otros.

Sesenta años antes que en Nantes, por encima de las sepulturas de centenares de miles de hombres sacrificados insensatamente, ambas confesiones se pongan de acuerdo para la paz, ya bosqueja aquí, para Francia, el edicto de tolerancia un solitario y trágico humanista. "El consejo que te doy, Francia, es que ceses de violentar las conciencias, de perseguir y de matar, y, en vez de ello, permitas, en tu país, que, a cada cual que cree en Cristo, le sea permitido servir a Dios, no según una opinión ajena, sino según la suya propia".

Tal proposición de inteligencia entre católicos y protestantes en Francia, pasa, naturalmente, en Ginebra por el crimen de los crímenes. Pues la diplomacia secreta de Calvino, precisamente a la misma hora, está ocupada en atizar poderosamente en Francia la guerra de los hugonotes; nada puede ser, por lo tanto, menos grato para su agresiva política clerical que este humanitario pacifismo. Al instante, son puestas en movimiento todas las palancas para suprimir el escrito de paz de Castalión. Hacia todos los rumbos del viento galopan mensajeros, a todas las autoridades protestantes les son escritas cartas de súplica, y, en efecto, logra Calvino, con su agitación organizada, que en el sínodo general de la Reforma de agosto de 1563 se adopte la determinación que sigue: "La Iglesia queda impuesta de la aparición del libro Conseil á la France désolée, cuyo autor es Castalión. Es un libro muy peligroso y hay que prevenirse en su contra".

De nuevo ha logrado el fanatismo suprimir un "peligroso libro" de Castalión antes que circulara. Pero ahora ¡hay que hacer lo mismo con el hombre, con este inconmovible e inflexible antidogmático y antidoctrinario ! ¡ Acabar por fin con él, no sólo tapándole la boca, sino rompiéndole para siempre el espinazo! De nuevo se hace que aparezca Theodor de Beze para dar a Castalión el golpe en la nuca. Su Responsia ad defensionem et reprehensiones Sebastiani Castellionis, dedicado a los pastores de la ciudad de Basilea, muestra, ya sólo en esta dedicatoria a las autoridades eclesiásticas, dónde debe ser apoyada la palanca contra Castalión. Es ya tiempo, más que tiempo, insinúa de Beze, de que la justicia eclesiástica se ocupe de este peligroso hereje y amigó de herejes. En grosera confusión, este piadoso teólogo pone en la picota a Castalión como embustero, blasfemo, el peor de los anabaptistas, profanador de la Sagrada Escritura, hediondo sicofante, protector no sólo de todos los herejes, sino también de los adúlteros y criminales; por último hasta le llama hombre que emplea en su defensa las oficinas de Satán. Cierto que, en la precipitación del furor, todas estas rudas injurias se amontonan unas contra otras de un .modo tan cruzado y tortuoso, que se contradicen mutuamente y se ahogan entre sí. Pero hay una cosa, clara y manifiesta, que ilumina este férreo tumulto: la voluntad homicida de tapar de una vez para siempre la boca de Castalión; de una vez para siempre, de una vez para siempre, y, lo mejor de todo, matarlo.

El escrito de de Beze significa la acusación que amenaza desde hace tanto tiempo ante el tribunal de herejes; sin taparrabo, en su desnudez desafiadora, muéstrase ahora el propósito denunciador. Pues en forma del todo inconfundible, invítase al sínodo de Basilea, a que, in continenti, acuda a las autoridades civiles, para que éstas se apoderen de Castalión como de un malhechor vulgar. Por desgracia, todavía hay una última formalidad que se opone a su impaciencia: conforme a la ley de Basilea, siempre es necesaria una denuncia escrita y firmada, dirigida a las autoridades, para que pueda ser incoado un proceso; y como tal, no vale jamás un libro impreso. Lo natural, lo comprensible, habría sido ahora que Calvino y de Beze acusaran de hecho a Castalión, y, en su propio nombre, dirigieran ahora una denuncia escrita a las autoridades. Pero Calvino se atiene a su método antiguo — tan a la perfección empleado en el caso de Servet, — de preferir suscitar una acusación por medio de cualquier tercero, a presentarla él mismo a la autoridad, bajo su responsabilidad propia. Exactamente del mismo modo, emplea ahora el mismo hipócrita procedimiento que en Vienne y en Ginebra: en noviembre de 1563, poco después de la aparición del libro de de Beze, un hombre del todo incompetente, un tal Adam von Bodenstein, presenta a la municipalidad de Basilea una acusación escrita de herejía contra Castalión. Ahora bien: este Adam con Bodenstein sería el último a quien sería lícito representar ante el juez los derechos de la fe, pues no es otro que el hijo de aquel mal afamado Karlstadt, a quien Lutero, como exaltado peligroso, había expulsado de la Universidad de Wittenberg, y que, como discípulo del también muy impío Paracelso, apenas puede ser considerado como sincero pilar de la Iglesia protestante. Pero, en su carta al consejo, repite, palabra por palabra, todos los embrollados argumentos de aquel libro, injuriando a Castalión de un lado como papista y del otro como anabaptista, en tercer lugar como libre pensador y en cuarto como blasfemo, y, por encima de todo ello, como protector de todos los adúlteros y criminales. No obstante, con verdad o falsía, siempre queda presentada ante la autoridad y por el formal camino de la ley, la carta acusatoria, que todavía hoy se conserva y está oficialmente dirigida al consejo municipal. Como existe un documento protocolario, no le queda otra posibilidad al tribunal de Basilea que la de iniciar una investigación. Calvino y los suyos han alcanzado su objeto: Castalión, como hereje, ocupa el banquillo de los delincuentes.

En sí mismo, hubiera sido fácil para Castalión defenderse contra la mentecata inmundicia de estas inculpaciones. Pues, en su ciego exceso de celo, Bodenstein lo acusa, al mismo tiempo, de tantas cosas contradictorias, que sale a luz francamente su incredibilidad. Fuera de ello, es conocido en Basilea, con todo detalle, el intachable modo de vivir de Castalión; no corno se logró tan fácilmente al, tratarse de Servet, será reducido a prisión un Castalión, cargado de cadenas y torturado a preguntas, sino que, por ser profesor de la Universidad, se le invitará primero a que se justifique ante el Senado de las inculpaciones contra él aducidas. Y es suficiente para sus colegas el que declare, con forme con la verdad, que su acusador Bodenstein es un testaferro echadizo y que pida que Calvino y de Beze, los verdaderos propulsores, lo acusen por sí mismos, y, a ser posible, comparezcan ante el tribunal personalmente. "Ya que con tanta pasión se sospecha de mí, solicito con toda el alma, de vosotros, licencia para que se me permita defenderme. Si Calvino y de Beze proceden de buena fe, que se presenten ellos mismos, y que, ante vosotros, prueben el crimen de que me acusan. Si tienen conciencia de haber obrado con rectitud no tienen por qué espantarse del tribunal de Basilea, ya que no surge en ellos ninguna especie de escrúpulos para acusarme ante el mundo entero. . . Ya sé que mis inculpadores son grandes y poderosos, pero Dios también lo es y juzga sin distinguir de personas. Ya sé que yo no soy más que un hombre pobre y oscuro, muy humilde y sin gloria, pero precisamente Dios mira a los humildes y no deja sin expiación su sangre, si fuera derramada injustamente". En cuanto a él, Castalión, acepta el ser procesado. Y también si pudiera demostrársele una sola de las inculpaciones enemigas, ofrece él mismo su cuello para la condigna expiación.

Bien se comprende que Calvino y de Beze se guardan muy bien de aceptar tan leal proposición; ni él ni su de Beze comparecen ante el Senado de Basilea. Y ya parece como si la maligna denuncia fuera a convertirse en arena, cuando una casualidad procura a los adversarios de Castalión un inesperado auxilio. Pues de modo fatal, precisamente entonces, nácese luz sobre un oscuro asunto que presta peligrosa fuerza a la sospecha de herejía y de amistad con herejes de Castalión.

En Basilea, ha ocurrido algo singular: durante doce años, vivió allí, en su castillo de Binningen, un rico noble extranjero bajo el nombre de Jean de Bruge; gracias a su espíritu benéfico, fue altamente respetado y querido en todos los círculos ciudadanos. Y cuando murió este distinguido extranjero, en el año de 1556, toda la ciudad participó solemnemente en su fastuoso entierro; en el lugar más digno, fue depositado el ataúd en la iglesia de San Leonardo.

Volvieron a pasar los años; entonces, cierto día, extendióse el rumor, apenas creíble al principio, de que este distingo forastero en modo alguno había sido un noble o un comerciante de otra nación, sino nada menos que el mal afamado y proscrito archihereje David de Joris, el autor del Wonderboek, el cual, durante la cruel matanza de los anabaptistas, había desaparecido de Flandes de una manera misteriosa. ¡ Qué disgusto ahora para toda Basilea el haber rendido públicamente los mayores honores, en vida y muerte, a este impío enemigo de la Iglesia! Para expiar ahora, sensiblemente, el errado mal uso de la hospitalidad, se instruye un proceso ante las autoridades al hace tiempo fallecido. Tiene lugar una ceremonia atroz; sacan el semipodrido cadáver del hereje de su sepultura de honor, y lo cuelgan de una horca, ante que, junto con un buen número de amontonados escritos heréticos, sea quemado en la v gran plaza del mercado de Basilea, en presencia de millares de espectadores.

También Castalión tiene que ser testigo del asqueroso espectáculo, junto con los otros profesores de la Universidad: ¡bien se puede pensar con qué impresión de abatimiento y repugnancia! Pues con este David de Joris le había ligado una .buena amistad durante todos aquellos años; juntos intentaron, en su tiempo, la salvación de Servet y hasta es muy probable que David de Joris, el archihereje, haya sido también uno de los anónimos colaboradores del libro de Martin Bellius, De Haereticis. En todo caso, no puede dudarse de que Castalión nunca tuvo, al castellano de Binmingen por el simple comerciante por que él se hacía pasar, sino que, desde el principio, supo el verdadero nombre del supuesto Jean de Bruges; pero, tolerante en su vida como en sus escritos, nunca pensó en asumir el papel de denunciante ni en privar de su amistad a un hombre sólo porque estuviera proscrito por todas las iglesias y autoridades del mundo.

Esta relación, súbitamente descubierta, con el más infamado de todos los anabaptistas, da ahora una confirmación casi mortal a la acusación de los calvinistas de que Castalión es un protector y encubridor de todos los herejes y criminales. Y como la casualidad agarra siempre con dobles tenazas, revélase, a la misma hora, otra próxima relación de Castalión con otro hereje gravemente inculpado: con Bernardo Ochino. En un principio, célebre fraile franciscano conocido en toda Italia por sus incomparables predicaciones, había sido expulsado de repente fuera de su patria por la Inquisición pontificia. Pero también en Suiza espantó pronto a los clérigos reformados por la fantasía de sus tesis; ante todo, su último libro, Treinta Diálogos, contiene una interpretación de la Biblia que en todo el mundo protestante fue tomada como increíble blasfemia: Bernardo Ochino declara allí, invocando la ley de Moisés, que la poligamia, sin que él la recomiende, puede considerarse como autorizada por la Biblia, según los principios, y, por lo tanto, como cosa permisible.

Este libro, con esta tesis escandalosa y muchas otras interpretaciones insoportables para la ortodoxia — al punto se inicia un proceso contra Bernardo Ochino, — había sido traducida del italiano al latín nada menos que por Castalión. En su versión, fue como fue llevada a la imprenta la herética obra; con ello, se había hecho culpable de contribuir activamente a la difusión de tales interpretaciones blasfemas. Naturalmente que ahora, como cómplice, apenas está menos amenazado que el propio autor ante el tribunal religioso.

De la noche a la mañana, las vagas acusaciones de Calvino y de Beze de que Castalión era el amparo y la cabeza de la más salvaje herejía, han recibido gracias a su íntima amistad con David de Joris y Bernardo Ochino, una inquietante verosimilitud. A tal hombre no puede ni quiere seguir protegiéndolo la Universidad. Y antes que haya comenzado el auténtico proceso, Castalión está ya perdido.

Lo que le espera al abogado de la tolerancia ante la intolerancia de sus contemporáneos, puede medirlo por la crueldad con que las autoridades eclesiásticas proceden contra su camarada Bernardo Ochino. En Zurich,, donde al cabo de largo vagabundaje había encontrado por fin un refugio como pastor de la pequeña parroquia de emigrantes italianos, es condenado a abandonar la ciudad dentro del término de tres días, y sólo al cabo de suplicantes ruegos se le alarga un poco el plazo. El que su edad sea de setenta y cuatro años no le proporciona ninguna compasión; el que, pocos días antes de su proceso, haya perdido, en una desgracia espantosa, a su mujer mucho más joven que él, no produce ningún más largo aplazamiento. El que, con cuatro niños pequeños, tenga que vagar por el mundo, sin caudal alguno, en medio del más furioso tiempo invernal de diciembre, no suaviza la despiadada sentencia.

Al principio, Ochino quiere refugiarse en la Valtelina, al otro lado de las grises montañas de la Confederación, donde tiene algunos amigos, pero ya se ha procurado que a aquel perseguido, a aquel hereje, no le sea dado descansar en ninguna casa ni hogar, y, cuidadosamente, se han enviado cartas, que han sido llevadas a galope delante de él, a fin de que se le niegue el hospedaje en todas partes, y, de este modo, como a un atacado de lepra, se le cierran en cada lugar las puertas de la ciudad y las de las casas. Quiere reposar en Basilea; pero también aquí le alcanza el destierro y sigue adelante, adelante, en la más espantosa odisea, el mártir de setenta y cuatro años con sus cuatro niños, a lo largo de los caminos de Europa. En Mulhausen, en Frankfort, en Nurenberg, en todas partes es acechado y de todas expulsado; delante de él, a su espalda, azuzan a las gentes las cartas requisitorias; los países católicos lo mismo que los protestantes, por lo tanto, toda la tierra europea está vedada para el proscrito clérigo anciano, en un común furor. Jamás, en medio de lo oscuro y contradictorio de las noticias, se sabrá por completo lo que este trágico desterrado sufrió en aquellos dos años; sólo le mantiene en pie la esperanza de encontrar por fin en Polonia, en medio de hombres más humanos, un alojamiento para sí y para sus hijos. Pero el esfuerzo es demasiado duro para aquel hombre quebrantado. Bernardo Ochino no llega jamás a su meta, jamás alcanza la paz. Víctima de la intolerancia, el agotado anciano, en cualquier camino de Moravia, se queda derrumbado en medio de la senda, y allí, en el extranjero, como a cualquier vagabundo, lo arrastran hasta cualquier fosa, hace ya mucho tiempo olvidada.

En el deformador espejo de la quema postuma de David de Joris y de la expulsión de Ochino, puede leer anticipadamente Castalión su propio destino.

Ya se prepara un proceso contra él y no puede confiar en ninguna compasión, en ninguna humanidad, en un tiempo de tamaña inhumanidad, el hombre cuyo único crimen es el de haber sentido demasiado humanamente y haber mostrado piedad hacia muchos perseguidos. Ya existe el proyecto de aplicar al defensor de Servet la suerte de Servet, ya la intolerancia del tiempo tiene cogido por la garganta al más peligroso de sus adversarios, al abogado de la tolerancia.

Pero un bondadoso destino quiere que no les sea concedido a sus perseguidores el bien perceptible triunfo de ver a Sebastián Castalión, el archienemigo de toda dictadura espiritual, en la prisión, en el destierro o en la hoguera. Una rápida muerte salva, en el último momento, a Sebastián Castalión, del proceso y de la mortal acometida de sus enemigos. Hacía ya tiempo que estaba debilitado su cuerpo, privado de fuerzas por el trabajo excesivo, y cuando, ahora, preocupaciones e inquietudes fatigan también el alma, el minado organismo no puede resistir por más tiempo. Cierto que hasta el último momento todavía se arrastra Castalión hasta la Universidad y el pupitre de escribir, pero es en vano toda resistencia. La muerte supera ya a la Voluntad de vivir y de producir obras espirituales. Llevan al lecho al escalofriado por la fiebre; violentas náuseas le hacen rechazar todo alimento; los órganos trabajan de un modo cada vez peor; por fin, el agitado corazón no puede seguir ya más adelante. El 29 de diciembre de 1563, muere Sebastián Castalión, a la edad de cuarenta y ocho años, "escapando a las garras de sus adversarios, con el auxilio de Dios", como un emocionado amigo expresa en su muerte.

Con ésta, abátese también la calumnia; harto tarde reconocen sus conciudadanos lo mal y tibiamente que han defendido al mejor de sus hombres.

Su herencia manifiesta de modo irrebatible en qué apostólica pobreza había vivido este puro y gran hombre de letras; ni una sola moneda de plata fue encontrada en su casa; los amigos tuvieron que pagar el ataúd y las pequeñas deudas, subvenir a los gastos del sepelio y tomar a su cargo los hijos, aun menores. Pero, de igual modo, como resarcimiento por la vergüenza de la acusación, el entierro de Sebastián Castalión se convierte en un cortejo de triunfo moral; todos los que, acobardados y previsores, habían guardado silencio mientras Castalión estuvo bajo la sospecha de herejía, se agolpan ahora para dar pruebas de cuánto le amaban y veneraban; pues siempre es más cómodo defender a un muerto que a un vivo y mal querido. Solemnemente, toda la Universidad sigue al cortejo fúnebre; el féretro, en hombros de estudiantes, es llevado a la catedral y sepultado en el claustro. A su propio coste, tres de sus discípulos hacen que se talle en la piedra sepulcral una inscripción: "Al maestro altamente glorioso, como agradecimiento por su gran saber y la pureza de su vida".

Pero mientras que Basilea lleva luto por el hombre sabio y puro, reina en Ginebra el más alegre júbilo; lo único que falta es que echen las campanas a vuelo ante la bien acogida noticia de que este resuelto defensor de la libertad espiritual está dichosamente aniquilado; de que la boca más elocuente que habló en contra de toda opresión de las conciencias ha por fin enmudecido. Con callada o estruendosa satisfacción, comentan los teólogos la muerte del hombre que, serena y limpiamente, sirvió a su causa: "Castalión ¿ha muerto? Optime factum" escribe Bullinger de Zurich. Otro, a su vez, aporta la furiosa frase: "Para no tener que defender su causa ante el Senado de Basilea, Castalión se refugió junto a Radamanto (el príncipe infernal)". De Beze, que, por medio de sus inculpaciones, actuó 'impulsu instinctuque Diaboli" para abreviarle los postreros días de su vida, glorifícase como inspirado predecidor: "Fui buen profeta cuando le anuncié a Castalión que pronto le castigaría el Señor por sus blasfemias". Ni aun con la muerte de este luchador que se había alzado solitario, y, con ello, era un vencido doblemente digno de honor, agótase todavía en su odio el furor. Pero este odio es vano, como siempre: al muerto no puede ofenderle ya ninguna befa y la idea por la cual vivió y murió, como todos los pensamientos verdaderamente humanos se alza por encima de todas las fuerzas temporales y terrenas.

TOCANSE LOS POLOS

Le temps est trouble, le temps se esciarsira,

Aprés la plue l'on atend le beau temps,

Aprés noises et grans divers contens

Paix adviendra et maleur cessero.

Mais entre deulx que mal l'on. souffrera!

CANCIÓN DE MARGARITA DE AUSTRIA

 

EL combate parece terminado. Con Castalión apartó Calvino al único adversario espiritual de alta categoría, y, como el mismo tiempo, redujo al silencio en Ginebra la oposición política, puede ahora, sin obstáculo, proseguir edificando su obra, en escala cada vez mayor. Una vez que las dictaduras han dominado las inevitables crisis de sus comienzos, les es, en general, lícito, considerarse como firmemente establecidas para bastante tiempo; lo mismo que el organismo humano acaba por acomodarse, después de las molestias del principio, a las mutaciones de clima y al cambio de las circunstancias de la vida, también los pueblos se habitúan, sorprendentemente pronto, a nuevas formas de soberanía. Al cabo de algún tiempo, la antigua generación, a la que le enoja la existencia y continuidad de un hecho de fuerza, comienza a desaparecer, y, detrás de ella, mientras tanto, ha ido desarrollándose en la nueva tradición una juventud que, con toda naturalidad y sin presentimientos, la acepta como lo único posible. Siempre, en el curso de una generación, un pueblo puede ser transformado por una idea decisiva, y de este modo, también los mandamientos de Dios, interpretados por Calvino al cabo de dos decenios, desde ser una substancia teológica de pensamiento se han condensado en una simbólica y visible forma de existencia. Es justo reconocer en este organizador genial, que después de la victoria, con magnífico método, llevó su sistema desde lo angosto a lo dilatado y, sucesivamente, lo fue ampliando hasta lo universal. Un orden férreo hace de Ginebra, en el sentido de la corrección externa de la vida, una ciudad modelo; de todos los países, llegan en peregrinación los reformados a la "Roma protestante" para admirar allí la realización ejemplar del régimen teocrático. Todo lo que es capaz de conseguir una rígida disciplina y un adiestramiento espartano es en absoluto alcanzado; cierto que la pluralidad creadora es sacrificada en aras de una sobria monotonía, y la alegría en las de una corrección matemática y fría; pero para lograrlo, hasta la misma educación ascendió hasta ser una especie de arte. De un modo perfecto son dirigidos los institutos de enseñanza y los establecimientos de beneficencia; a la ciencia se le reserva un espacio cada vez más dilatado, y con la fundación de la "Academia", no sólo crea Calvino la primera central espiritual del protestantismo, sino también, al mismo tiempo, el opuesto polo de la orden de los jesuitas y de su antiguo compañero de colegio, Ignacio de Loyola: lógica disciplina contra disciplina, endurecida voluntad contra voluntad. Equipados con excelentes pertrechos bélicos de teología, son enviados, desde aquí, por el mundo, según un plan de guerra nimiamente calculado, los predicadores y agitadores de la doctrina calvinista. Pues hace mucho que ya no piensa Calvino en limitar su poder y el de sus ideas a esta pequeña ciudad suiza; por encima de las tierras y de los mares, se extiende su indomable voluntad de dominio, para ir ganando sucesivamente para su sistema totalitario, toda Europa y todo el mundo. Ya le está sometida Escocia por medio de su legado John Knox; ya están penetrados de espíritu puritano Holanda y una parte de los reinos del Norte; ya se arman los hugonotes en Francia, para dar un golpe decisivo; un único paso más, feliz, y la Instiiutio se habría convertido en una institución universal, el calvinismo habría llegado a ser la forma unitaria de pensamiento y vida del mundo occidental.

El modo decisivo como tal victoriosa penetración de la doctrina calvinista habría cambiado la forma de la cultura de Europa, puede medirse por la estructura especial que el calvinismo imprimió, dentro ya del plazo más breve, en los países que se le rindieron. En todas partes donde la Iglesia ginebrina pudo realizar su dictadura moral y religiosa — aunque sólo fuera por corto tiempo, — se produjo un tipo especial dentro de la general fisonomía nacional: el del ciudadano que vive sin atraer la atención, el del "sin tacha", el del "spotless", que cumple todos sus deberes morales y religiosos; por todas partes se veló visiblemente la libertad sensual con ligaduras metódicas, y la vida se convirtió en insípida, merced a una conducta más fría. Ya en la propia calle — de tal modo es capaz de eternizarse una fuerte personalidad hasta en las cosas, — se reconoce aún hoy, a primera vista, en cada país, la presencia o la anterior presencia de la disciplina calvinista, en cierta mesura de modales, una uniformidad en traje y actitudes, y hasta en la falta de esplendor y pompa de los edificios de piedra. Quebrantando en todos sus aspectos al individuo y las impetuosas exigencias vitales de los particulares, fortaleciendo en todas partes el poder de las autoridades, el calvinismo, en las naciones por él dominadas, produjo plásticamente el tipo del correcto servidor, del que humilde y perseverante se somete al orden de la comunidad; por lo tanto, el excelente empleado y el hombre ideal de clase media, y, con razón, Weber, en su célebre estudio sobre el capitalismo, demuestra que ningún elemento ayudó tanto como la doctrina calvinista a preparar la absoluta obediencia del industrialismo, porque ya en la escuela se educaba de manera religiosa a las masas para la igualdad de clases y la mecanización. Pero una decidida organización fundamental de los súbditos, eleva siempre las fuerzas externas, las fuerzas militares de choque de un Estado; aquellas magníficas estirpes de marinos y colonizadores, duros, rudos y capaces de sufrir privaciones, que, primero en Holanda y después en Inglaterra, conquistaron y dominaron nuevos continentes, fueron, principalmente, de puritana ascendencia, y este origen espiritual determinó más recientemente, de modo creador, el carácter de Norteamérica; un número infinito de los buenos éxitos de su política universal se la deben todas estas naciones a la influencia severamente educadora del predicador picardo de Saint Fierre.

Pero, sin embargo, ¡qué pesadilla si Calvino, de Beze y John Knox, estos "Kill joy", hubieran podido conquistar todo el mundo, en la cruda forma de sus primeras pretensiones! ¡Qué insipidez, qué monotonía, qué falta de colores habría caído sobre Europa! ¡De qué modo estos devotos enemigos del arte, de la alegría y de la vida se habrían enfurecido contra la magnífica superabundancia y contra todas aquellas lindas superfluidades en las cuales el creador impulso de juego artístico se hizo manifiesto en divinas y plurales magnificencias! ¡Cómo habrían descuajado, en favor de una seca uniformidad, todos los contrastes sociales y nacionales, que, precisamente con su sensual abigarramiento, proporcionaron a Occidente el imperio en la Historia de la Cultura; cómo habrían impedido la gran embriaguez de la evolución con su terrible y exacto ordenamiento! Lo mismo que en Ginebra castraron para siglos el impulso artístico, lo mismo que en sus primeros pasos para lograr el señorío de Inglaterra pisotearon para siempre, sin piedad, una de las floraciones más preciosas del espíritu del mundo, el teatro shakespeariano, e instalaron el temor de Dios en vez de la humana alegría, de igual modo, en toda Europa habría caído sacrificado bajo su anatema bíblico mosaico todo esfuerzo fervoroso que fuera otra cosa que un simple medio para acercarse a la divinidad en una devoción canónica. Deja sin aliento el imaginar internamente a los siglos XVII, XVIII y XIX de Europa sin ópera, sin teatro, sin danzas, sin su frondosa arquitectura, sin sus fiestas, su delicada erótica, su refinamiento de la vida social. ¡Sólo vacías iglesias y severas prédicas edificantes; sólo azote y humildad y temor de Dios! ¡ El arte, esa luz divina en medio de nuestras veladas y oscuras tareas cotidianas, no lo habrían prohibido los predicadores como "pecaminosa" orgía, corno bufonada, como "paulardise", reprimiendo su libre desarrollo. Jamás habrían tenido ocasión de dilapidarse y de cometer audacias los espíritus plásticos a quienes les fue dado inmortalizarse en la piedra, con tan memorable esplendor, en Versalles y en el barroco romano; jamás, en modas y danzas, hubieran podido desplegarse los delicados juegos de colores del rococó; el espíritu europeo estaría secuestrado por la teológica sabulistería, en vez de desplegarse en creadoras mudanzas. Pues el mundo permanece estéril y seco si no es abrevado y puesto en actividad por medio de la libertad y la alegría, y en todo rígido sistema se hiela siempre la vida.

Felizmente, Europa no se plegó a aquella rigurosa disciplina, así como Grecia no tomó por ley las severidades de Esparta: como en todas las otras tentativas para encerrar al mundo en un sistema único, también esta vez la voluntad de vivir, que anhela una renovación eterna, impuso su irresistible fuerza contraria. Sólo en una pequeña parte de Europa se abrió paso victoriosamente la disciplina calvinista; pero hasta donde había llegado a la soberanía, pronto renunció, por libre voluntad, a la severidad literal de su dictadura bíblica. A ningún Estado, a la larga, pudo imponer su omnipotencia la teocracia de Calvino, y, ante ¡as resistencias de la realidad, se suavizan y humanizan, poco después de su muerte, la hostilidad a la vida, la hostilidad al arte, de la en otro tiempo despiadada "disciplina". Pues a la larga, siempre es más fuerte la vida sensual que toda abstracta doctrina. Niega toda sequedad con sus cálidos jugos, ablanda toda severidad, dulcifica toda dureza. Lo mismo que un músculo, sujeto sin interrupción a la tensión más extrema, queda después sometido a espasmos, lo mismo una pasión no puede perseverar permanentemente el rojo blanco, así también las dictaduras espirituales no son nunca capaces de conservar, a la larga, su radicalismo desconsiderado; en general, sólo una única generación es la que tiene que sufrir dolorosamente su exceso de presión.

También la doctrina de Calvino, más de prisa de lo que fuera de esperar, perdió su elevada intolerancia. Casi nunca, al cabo de un siglo, se asemeja ya una doctrina al pensamiento de su primitivo iniciador, y sería un error fatal poner en la misma línea lo que exigió el propio Calvino y lo que llegó a ser el calvinismo dentro de su desenvolvimiento histórico. Cierto que aun en tiempos de Juan Jacobo Rousseau se discute en Ginebra si debe ser permitido o prohibido el teatro, y se plantea seriamente la singular cuestión de si las "bellas artes" significan un progreso o una maldición para la humanidad, pero hace ya mucho tiempo que está rota la más peligrosa tensión de la "disciplina" y la rígida fe en la Biblia se ha acomodado a lo humano orgánicamente. Pues siempre el espíritu del libre desarrollo sabe utilizar para sus misteriosos fines lo que al principio nos espanta como un grosero retroceso: de todo sistema, el progreso eterno recoge únicamente lo provechoso, y lo paralizador lo arroja tras sí, como a un fruto ya exprimido. Las dictaduras no significan otra cosa, en el gran plan de la humanidad, sino unas correcciones a breve plazo, y aquello que el ritmo reaccionario de la vida pretende impedir, impulsa a la verdad, más adelante, al cabo de breve retroceso: eterno símbolo el de Balaam, que quiere maldecir, y, a pesar de su" voluntad, bendice. De este modo, por la más sorprendente transformación, precisamente del sistema calvinista, que con singular furia quería limitar la libertad individual, se origina la idea de la libertad política; Holanda, la Inglaterra de Cromwell y los Estados Unidos, sus primeros campos de acción, prestan campo, del modo más gustoso, a la idea liberal y democrática del Estado. De un espíritu puritano se originó uno de los más importantes documentos de los nuevos tiempos: la declaración de la independencia de los Estados Unidos, la cual, a su vez, influye decisivamente en la francesa Declaración de los Derechos del Hombre. Y (notable subversión de todo lo imaginable, contacto de los polos), precisamente aquellos países que del modo más fuerte debían estar impregnados de intolerancia, llegaron a ser, en forma sorprendente, los primeros libres asilos de la tolerancia en Europa. Precisamente donde es ley la religión de Calvino, llega también a ser realidad la idea de Castalión. En la misma Ginebra, donde siglos antes Calvino quemó a Servet a causa de su divergencia de opiniones in theologicis, busca refugio él "enemigo de Dios", el viviente Anticristo de su tiempo: Voltaire. Pero he aquí que los sucesores en el cargo de Calvino, los pastores de su propia iglesia, lo visitan amablemente para filosofar del modo más humano posible con el blasfemo. En Holanda, a su vez, escriben los que en general no encontraban reposo en ningún lugar de la tierra, Descartes y Spinoza, aquellas obras que libertan el pensamiento de la humanidad de todas las ataduras de lo eclesiástico y lo tradicional.

Precisamente, a la sombra de la más rigorosa de las doctrinas divinas, un "milagro" llamó Renán, en general poco creyente en tales cosas a esta conversión del más severo protestantismo en la Anfklarung, la época de la ilustración, de las luces, se refugian, desde todos los países, los amenazados a causa de su fe y de sus opiniones. Siempre son las oposiciones más absolutas las que, a su final, se tocan primero; y de este modo, en Holanda, en Inglaterra y Norteamérica, al cabo de dos siglos de casi fraternal tolerancia y religión, se impregnan mutuamente las exigencias de Castalión y las de Calvino.

Pues también las ideas de Castalión sobreviven a su tiempo. Sólo por un momento parece enmudecida, con el hombre, la misión que tuvo que difundir; todavía durante unos decenios, rodea su nombre un silencio tan denso y oscuro como la tierra que envuelve su ataúd. Nadie pregunta ya por Castalión: sus amigos fallecen o se pierden, sus pocas obras impresas se hacen inalcanzables poco a poco, y nadie osa llevar ya a la imprenta lo no publicado; en vano parece que aquel hombre luchó su lucha y vivió su vida.

Pero la Historia marcha por misteriosas sendas: precisamente la victoria de su adversario ayudó a la resurrección de Castalión. De un modo impetuoso, acaso demasiado impetuoso, se abrió camino en Holanda el calvinismo. Los pastores, endurecidos en la fanática escuela de la Academia, pensaban que aun tenían que sobrepasar la severidad de Calvino en el país recién convertido.

Pero pronto se suscitó una resistencia, en este pueblo, el primero que se había revelado contra el emperador de dos mundos; no quiere pagar esta libertad política nuevamente alianzada, con una dogmática coacción de su conciencia. En el círculo de los eclesiásticos, algunos pastores — después llamados los remonstrantes, — presentaron reclamaciones contra las pretensiones totalitarias del calvinismo, y cuando, en esta lucha, buscan armas espirituales contra la despiadada ortodoxia, se acordaron, de repente, del precursor desaparecido y casi convertido ya en fabuloso. Coornhert y los otros protestantes liberales se refirieron a los escritos de Castalión, y, desde 1603, fueron apareciendo, uno tras otro, en nuevas ediciones y en traducciones al holandés, provocando sensación en todas partes y una admiración siempre creciente. De pronto, se mostró que la idea de Castalión en modo alguno había estado sepultada, sino que sólo había tenido como una especie de sueño invernal en los más duros tiempos; ahora, se acerca la época de su verdadero efecto. Pronto no bastan ya las obras publicadas y se envían mensajeros a Basilea para investigar qué escritos póstumos quedan inéditos; son llevados a Holanda, donde, en su lengua original y en traducciones son publicados una y otra vez, y, medio siglo después de su muerte, hasta se consagra al desaparecido lo que jamás hubiera osado esperar él durante su vida: una edición completa de sus obras y escritos (Gouda 1612). Con ello, Castalión vuelve a estar en el centro de la lucha, victoriosamente resucitado y por primera vez rodeado de una fiel .escolta; es inconcebible su efecto, aunque también casi impersonal y anónimo. En ajenas obras, en ajenos combates, viven los pensamientos de Castalión; en la célebre discusión de los arminianos por la reforma liberal del protestantismo, la mayor parte de los argumentos están tomados a préstamo de sus escritos; el predicador grisón Gantner — magnífica figura digna de que un poeta suizo le preste forma, — en la abnegada defensa de un anabaptista ante el tribunal eclesiástico de Coira, se presenta con el libro de Martín Bellius en la mano, y, aun cuando acaso nunca podrá ser demostrado documentalmente que, en la extraordinaria circulación de sus obras por Holanda, hasta Descartes como también Spinoza entraron en contacto espiritual con el pensamiento de Castalión, la sospecha casi tiene aquí la fuerza de un hecho. Pero en Holanda no son sólo los espirituales, los humanistas, los que se dejan conquistar por las ideas de tolerancia; este pensamiento va penetrando sucesivamente y de un modo profundo en la nación, fatigada de contiendas teológicas y de mortíferas guerras de religión.

En la Paz de Utrecht la idea de la tolerancia hace su aparición en la política de los Estados, y pasa, con ello, en forma poderosa de lo abstracto al terreno de lo real: la arrebatadora apelación al mutuo respeto de opiniones que, en otro tiempo, había dirigido Castalión a los príncipes, es oída por un pueblo políticamente libre y asciende a ley. Desde esta primera provincia de su futuro señorío universal, se extiende y penetra victoriosamente, a través del tiempo, la idea del respeto de toda fe y toda opinión; un país tras otro, van condenando, en el sentido de Castalión, toda persecución religiosa y filosófica. En la Revolución Francesa, le es por fin concedido al individuo su derecho a confesar libre y con igualdad jurídica su fe y opiniones, y en el siglo inmediato, el XIX, la idea de la libertad — libertad de los pueblos, libertad de los hombres y libertad del pensamiento, — reina ya como inalienable axioma en todo el mundo civilizado.

Durante todo un siglo, precisamente hasta el umbral de nuestro tiempo, impera en Europa la idea de la libertad con absoluta evidencia. En los cimientos de cada Estado, se han encerrado los Derechos del Hombre, como elemento intangible e inmodificable de toda Constitución política, y ya pensábamos que los tiempos del despotismo espiritual, de las concepciones ideológicas impuestas a la fuerza, de las opiniones exigidas dictatorialmente y de la censura de ideas, habían terminado para siempre, y que la aspiración de cada individuo a la independencia espiritual estaba tan asegurada como el derecho que tiene a su propio cuerpo terrestre. Pero la Historia es flujo y reflujo, eterno ascender y descender; nunca está terminada, para todos los tiempos, la contienda por un derecho, ni ninguna libertad asegurada contra una violencia que siempre vuelve a surgir en otra forma. Todo progreso se le volverá siempre a disputar a la humanidad, y hasta lo más evidente vuelve a ser otra vez discutido. Justamente, cuando la libertad es sentida ya por nosotros como un hábito y no ya como la más sacrosanta propiedad, desde lo oscuro del mundo de los impulsos, asciende una misteriosa voluntad de hacerle violencia; siempre, cuando la humanidad ha gozado de la paz por demasiado tiempo y demasiado descuidadamente, cae sobre ella una peligrosa curiosidad por las embriagueces de la fuerza y la criminal afición hacia la guerra. Pues, para seguir llevando adelante su insondable propósito, de cuando en cuando la Historia nos procura incomprensibles retrocesos, y lo mismo que en una inundación los más firmes diques y malecones, así se arruinan entonces los heredados muros del derecho; involutivamente parece que se vuelve, en tales espantosas horas, al cruento furor de la horda y a la esclava docilidad del rebaño. Pero al igual que después de toda riada tienen que agotarse las aguas, todo despotismo envejece o se enfría en el plazo más breve; todas sus ideologías y temporales victorias terminan con su época: sólo la idea de la libertad espiritual, idea de las ideas, y que, por ello, no queda jamás vencida bajo ninguna, tiene un retorno eterno, porque es eterna como el espíritu. Si se le priva externamente de la palabra durante algún tiempo, se refugia entonces en los más recónditos ámbitos del espíritu, inalcanzables para toda opresión. En vano, por lo tanto, es que piensen los déspotas que tienen vencido ya al libre espíritu porque le hayan cerrado los labiosa. Pues con cada nuevo hombre nacerá una nueva conciencia, y siempre habrá alguien que se acuerde de su deber espiritual de recomenzar el viejo combate por los inalienables derechos de los hombres, y, en la humanidad, contra cada Calvino volverá siempre a surgir un Castalión que defienda la soberana independencia del pensamiento/ frente a todas las fuerzas de la fuerza.

F I N No existen todavía, en nuestra época, nuevas ediciones de las obras de Sebastián Castalión, excepto una reimpresión del Trátete des hérétiques, a cargo del clérigo A. Olivet con prólogo del profesor E. Choisy (Ginebra, 1913); una primera publicación de De Arte Dubitandi la prepara la doctora Elisabeth Feist para la Academia de Roma, según el manuscrito que se encuentra en Rotterdam; las citas de nuestro libro están en parte tomadas de las ediciones originales, en parte de dos obras: la de Ferdinand Buisson, Sebastien Casteilion (París, 1892) y la de Étienne Giran, Sebastien Casteilion et la Reforme Calviniste (París, 1914), las únicas fundamentales que hasta hoy han sido consagradas a Castalión. Dada la escasez y dispersión de materiales, tengo que estar tanto más agradecido a Fraulein Lihane Rosset de Végenay por sus decisivas incitaciones y al señor pastor de la catedral de Calvino en Ginebra, M. Jean Schorer, por su auxilio bondadoso. A un especial reconocimiento me han obligado, fuera de eso, la Biblioteca de la Universidad de Basilea, que me permitió gustosa el examen de los manuscritos de Castalión, lo mismo que la Biblioteca Central de Zurich y el British Museum de Londres.

St. Z. Abril 1936.

FIN

 


 

 

 

 

MAGALLANES

1938

Stefan Zweig

1881-1941

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

"NAVIGARE NECESSE EST"

MAGALLANES EN LAS INDIAS (MARZO 1505 JUNIO 1512)

MAGALLANES SE EMANCIPA (JUNIO 1512 OCTUBRE 1517)

UNA IDEA QUE SE REALIZA (20 OCTUBRE 1517 - 22 MARZO 1518)

UNA VOLUNTAD CONTRA MIL OBSTÁCULOS (22 MARZO 1518 - 10 AGOSTO 1519)

LA PARTIDA (20 SEPTIEMBRE 1519)

BUSCANDO EN VANO (20 SEPTIEMBRE 1519 1 ABRIL 1520)

LA SUBLEVACIÓN (2 ABRIL 1520 7 ABRIL 1520)

EL MOMENTO SOLEMNE (7 ABRIL 1520 - 28 NOVIEMBRE 1520

MAGALLANES DESCUBRE UN REINO PARA SÍ (28 NOVIEMBRE 1520 - 7 ABRIL 1521)

LA MUERTE ANTE EL TRIUNFO (7 ABRIL 1521 - 27 ABRIL 1521)

LA VUELTA SIN EL CAUDILLO (27 ABRIL 1521 6 SEPTIEMBRE 1522)

LOS MUERTOS NO TIENEN RAZÓN

 

A principios del siglo XVI, la empresa de llegar a la especiería de las Indias Orientales abriendo una ruta navegando de Europa hacia el Oeste, cobro nuevo vigor tras la aceptación de la tesis de Américo Vespucio de que los territorios descubiertos por Colón era un nuevo continente y no las Indias Orientales. A partir de ese momento la búsqueda de un paso marítimo que permitiera rebasar el nuevo continente para llegar por mar en dirección Oeste a la especiería de las Indias Orientales seguía interesando al reino de Castilla, pues la ruta por el Este doblando África por el cabo de Buena Esperanza pertenecía a los portugueses. Magallanes bajo bandera castellana fue el encargado de abrir esta nueva ruta para lo que debía hallar el paso entre océanos. Pero los desafíos y misterios, que tenía que afrontar la expedición, no terminaban en la búsqueda del paso sino que a ello había que añadir el desconocimiento del tamaño del mar que se abría entre el nuevo continente y las costas de China, así como el viaje de retorno. Por ello, no sin razón los contemporáneos calificaron el viaje de Magallanes como la empresa más maravillosa de todos los tiempos. Este libro de Zweig, emocionante como un relato de aventuras, ofrece el retrato de un hombre intrépido, que sin duda cautivó por su inaudito valor a un artista como Stefan Zweig, quien une magistralmente la seriedad de la investigación histórica con el ardor de su prosa, haciendo de esta obra una delicia para los amantes de este tipo de literatura.

 

INTRODUCCIÓN

 

Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos; Pero otras veces ?demasiadas ? impelen a la producción motivos de índole más delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una de sus obras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza.

Sucedió de este modo: el año pasado tuve por primera vez la tan anhelada oportunidad de un viaje a América del Sur. Sabía que en el Brasil me esperaban algunos de los paisajes más bellos de la tierra, y en la Argentina un círculo de camaradas intelectuales cuya compañía sería para mí un inigualable gozo. Y a esta anticipación, que por sí sola me hubiera hecho el viaje delicioso, uniéronse las circunstancias inmediatas del mismo: un mar tranquilo, la natural distensión en el holgado y rápido transatlántico, el sentirse libre de todas las ataduras y de las cotidianas vejaciones. Gocé infinitamente de los días paradisíacos que duró la travesía. Pero, de pronto ?esto fue en el séptimo u octavo día ?, me sorprendí en flagrante impaciencia. Siempre el mismo cielo azul y el mismo mar azul en calma. ¡Qué largas me parecían las horas de viaje en medio de aquella súbita reacción! Deseaba íntimamente haber llegado al término y me alegraba la idea de que el reloj, incansable, iba acortando el tiempo. Ahora, el flojo, el indolente placer de la nada, me molestaba. Las mismas caras de unas mismas personas llegaban a hastiarme, la monotonía del movimiento de a bordo me excitaba los nervios, precisamente por la tranquila regularidad del pulso. ¡Adelante, adelante! ¡Más aprisa, más aprisa! De pronto, el bello transatlántico, tan lujoso, tan cómodo, no andaba con la suficiente velocidad.

Tal vez sólo faltaba ese minuto en que se me reveló mi estado de impaciencia para que inmediatamente me avergonzara de mí mismo. Estás haciendo ?me dije, airado?las más galana de las travesías en el más seguro de los buques; tienes a tu disposición todo el lujo que se puede alcanzar en la vida. Si, llegada la noche, la atmósfera refresca excesivamente en tu camarote, no tienes más que dar vuelta con dos dedos a una llave y el aire se calienta. Si el mediodía en el ecuador te resulta demasiado bochornoso, tienes a un paso los ventiladores, que refrescan el aire, y diez pasos más allá te espera la piscina. En la mesa de este hotel, el mejor provisto, puedes escoger el plato o la bebida que se te antojen, pues de todo hay en este mundo encantado, como traído por manos de los ángeles. Si así te acomoda, puedes estar solo y leer libros, o bien hacer una partida de juego, o gozar de la música y de la sociedad hasta saciarte. Se te brindan todas las comodidades y toda seguridad. Sabes el término de tu viaje, a qué hora llegarás y que serás acogido amablemente. Y los habitantes de Londres, París, Buenos Aires, Nueva York conocen también, hora por hora, en qué punto del universo se encuentra el buque. Te basta subir unos pocos peldaños, dar unos veinte pasos, y la dócil chispa salta del aparato de telegrafía sin kilos y lleva tu pregunta, tu saludo, a cualquier punto de la tierra, y al cabo de una hora, desde donde sea, tu mensaje es correspondido. ¡Acuérdate, impaciente; acuérdate, descontentadizo, cómo era en otro tiempo! Compara un momento este viaje de hoy con los de antaño, sobre todo con los primeros viajes de aquellos temerarios que descubrieron, en beneficio nuestro, estos mares inmensos y un mundo nuevo, y avergüénzate en su memoria. Intenta representártelos partiendo en sus frágiles barcas de pescador hacia lo desconocido, ignorantes de los derroteros, perdidos en lo infinito, continuamente expuestos al peligro, al capricho de las inclemencias del tiempo y a todas las torturas de la escasez. Sin luz en la noche, sin más bebida que el agua tibia de las cubas y la que recogieran de las lluvias; sin más comida que la sosa galleta y el tocino rancio, y aun faltos días y días de esta somerísima alimentación. Ni una cama, ni el oasis de una tregua, infernal el calor, sin misericordia el frío, y además la conciencia de la soledad, del desamparo en el desierto cruel del agua. Allá, en los hogares, durante meses y años, nadie sabía dónde estaban; ni ellos mismos sabían adónde iban. La escasez era su compañera, la Muerte los cercaba de noche y de día en mil formas, por mar y tierra; no podían esperar más que peligros, así de los hombres como de los elementos, y durante meses y años la soledad más espantosa rodeaba sus míseras embarcaciones. Sabían que nadie saldría a su socorro, que no encontrarían un solo barco durante meses y meses en aquellas aguas no surcadas, que nadie los sacaría del apuro y del peligro, ni podrían hacer saber su muerte, su fracaso. Así revivían en mi interior los primeros viajes de los conquistadores del mar, y hube de avergonzarme de mi impaciencia.

Una vez experimentado, este sentimiento de vergüenza no se borró de mí en toda la travesía. El pensamiento de aquellos héroes anónimos no me dejó un instante. Y quise saber más de quiénes fueron los primeros en afrontar a los elementos, y leer sobre los primeros viajes por los océanos inexplorados, cuya descripción ya me había impresionado en los años de mi infancia. Entré en la biblioteca del transatlántico y cogí al azar unos volúmenes. De entre todas las figuras y todas las rutas, mi admiración se asió a los hechos del hombre que, en mi sentir, llegó a lo más extraordinario en la historia de los descubrimientos geográficos: Fernando Magallanes, el que salió de Sevilla con cinco barcas de pescador para dar la vuelta a toda la tierra. Tal vez en la historia de la humanidad es la odisea más magnífica esta partida de los doscientos sesenta y cinco hombres decididos, de los cuales sólo dieciocho volvieron a sus lares en los míseros barcos castigados, pero con la bandera de la gran victoria en el mástil. No eran muy abundantes las noticias, para mi deseo al menos, en aquellos libros. De vuelta a mi hogar, leí e investigué más y más, asombrándome a cada paso de lo poco digno de crédito que se había expuesto hasta entonces sobre aquella realización heroica. Como ya me ha sucedido otras veces, no hallé mejor ni más eficaz modo para aclararme a mí mismo el hecho que darle forma y describirlo para los otros. Así nació este libro, causándome sorpresa a mí mismo, si he de decir honradamente la verdad. Mientras describía (ajustándome a los documentos fidedignos a mi alcance, fiel a la realidad) esta segunda Odisea, tenía continuamente la singular sensaci6n de contar algo inventado, uno de los más altos anhelos, una de las sagradas leyendas de la Humanidad. ¡Nada hay más excelente que una verdad que parece inverosímil! Siempre se adhiere a las grandes gestas de la Humanidad algo de inconcebible, porque, en realidad, se elevan muy por encima del nivel medio. Es precisamente en lo increíble que ha llevado a cabo como la Humanidad remoza la fe en sí misma.

 

Capítulo

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"NAVIGARE NECESSE EST"

 

En el principio eran las especias... Desde que los romanos, a través de sus viajes y sus campañas, empezaron a hallar gusto en los ingredientes estimulantes, calmantes o embriagadores de Oriente, las tierras occidentales no saben ya prescindir de la especiería de las drogas índicas, tanto en la cocina como en la bodega. Hasta muy entrada la Edad Media, la alimentación nórdica resulta sosa hasta lo inconcebible, y aun las hortalizas hoy día más comunes, como las patatas, el maíz y los tomates, tardarían todavía mucho en adquirir carta de naturaleza en Europa; el limón como acidulante y el azúcar para endulzar son todavía una vaguedad, y los sabrosos tónicos, el café y el té, no se han descubierto aún. Hasta entre los príncipes y la gente distinguida, la burda voracidad es el desquite de la monotonía sin espiritualidad de las comidas. Y aparece el prodigio: un solo gramo de un condimento indico, un poco de pimienta, una flor seca de moscada, una punta de cuchillo de jengibre o de canela mezclados en la más grosera de las viandas, bastan para que el paladar, halagado, experimente un raro y grato estímulo. Entre el tono mayor y el menor de lo ácido y de lo dulce, de lo cargado y de lo insulso, aparecen de pronto una serie de ricos tonos y semitonos: los nervios del gusto, todavía bárbaros, de la gente medieval nunca se satisfacen bastante con los estimulantes nuevos: un plato no está en su punto si no lo cargan de pimienta; llegan a echar jengibre a la cerveza y refuerzan el vino con especies molidas, hasta que cada sorbo quema en la garganta como la pólvora. Pero no se limitaba a la cocina el uso de abundantes masas de especiería. La vanidad femenina es también cada vez más exigente respecto a los aromáticos de Arabia, y va del almizcle voluptuoso al ámbar sofocante y al dulce aceite de rosas; los tejedores y tintoreros hacen elaborar para ellas las sedas chinas y los damascos de la India, y los orfebres, montar las perlas blancas de Ceilán y los azulados diamantes de Narsingar. Más imperiosamente todavía, la Iglesia católica impulsa el consumo de los productos orientales, pues de los millares de millones de granos de incienso que levantan el humo de los incensarios movidos por los celebrantes en los millares de iglesias, ni uno solo ha salido de tierra europea; cada uno de esos millares de millones de granos de incienso llegaban por mar, embarcados en tierras de Arabia. También los boticarios son asiduos clientes de los tan celebrados específicos de Indias, tales como el opio, el alcanfor, la tan estimada resina, y saben por experiencia que para el enfermo no hay bálsamo ni droga que parezcan tan activos como los que en los botes de porcelana que los contienen llevan en letras azules las palabras mágicas arabicum o indicum. Por su carácter de cosa selecta y rara, y quizá también por lo elevado del precio, todo lo oriental ejercía una atracción hipnótica en los europeos. Como en el siglo dieciocho lo francés, los atributos árabe, persa, indostánico, se identificaban en la Edad Media con los conceptos de exuberante, refinado, distinguido, cortesano, costoso y precioso. Ningún artículo tan apetecido como la especiería. Era como si el aroma de las flores orientales hubiera enajenado con su mágica influencia el alma de Europa.

Precisamente porque, con el aceite de la moda, es tanta la demanda, la mercancía índica se mantiene a altos precios, que siguen subiendo. Hoy son poco menos que incalculables las curvas de aquellos precios en continua alza, ya que todas las tablas caen en lo abstracto, y es aún más fácil hacerse cargo de la loca supervaloración de las especias por vía óptica, recordando que la misma pimienta que hoy hallamos a libre disposición en cualquier mesa de onda, y que se prodiga como si fuera arena, al principio del segundo milenario era contada por granos y casi tan apreciada al peso como la plata. Tan sólido se consideraba su valor, que eran varios los Estados y ciudades que calculaban a base de pimienta, como si fuera un metal noble: a cambio de pimienta se adquirían haciendas, se pagaban dotes y se obtenía el derecho de ciudadanía; príncipes y ciudades cobraban tributo en pimienta, y cuando en la Edad Media se quería ponderar la riqueza de un hombre, se le motejaba de saco de pimienta. EI jengibre, la canela, la quina y el alcanfor se pesaban en balanzas de orfebre o de boticario, tomando la precaución de cerrar puertas y ventanas, no fuera que una corriente de aire aventara ni siquiera una dracma de polvo precioso. Absurda podrá parecer hoy esta valorización, tanto como justificada la vemos en cuanto consideramos las dificultades y el riesgo del transporte. Oriente y Occidente están en aquel entonces a una distancia imponderable entre sí. ¡Cuántas dificultades y obstáculos tienen que vencer los buques, las caravanas, los carros en sus trayectos! ¡Que odisea han de afrontar cada grano, cada flor, desde que se cosechan en el archipiélago hasta que, llegados a la última playa, descansan sobre el mostrador del tendero europeo! Ninguna de esas especias es en sí misma una rareza. Allá, a la otra parte del globo terráqueo, crecen los tallos de canela, de Tídore, los clavos de Amboina, las nueces moscadas de Banda, los arbustos de pimienta del Malabar, con la misma prodigalidad y espontaneidad que los cardos en nuestro suelo, y allá en las islas malayas, un quintal de ellos no tiene más valor que en Occidente lo que cabe de los mismos en una punta de cuchillo. Pero la mercancía pasa de mano en mano, ¡y por cuántas ha de pasar hasta llegar, a través de desiertos y mares, a las del consumidor! Como siempre, la primera mano es la que peor se paga: el esclavo malayo que coge las flores frescas y, con los laces sobre su morena espalda, las lleva al mercado, no recibe otro salario que el del propio sudor. Pero su dueño ya empieza a sacar provecho del negociante mahometano que le compra su carga y la lleva, en una mala embarcación a remo, bajo el incendio del sol, ocho, diez o más días de las islas especiarias, hacia Malaca ?en las cercanías del actual Singapur?. Aquí está ya al acecho la primera araña dispuesta a sacar jugo; el señor del puerto, un poderoso sultán, exige un tributo del negociante para la descarga. Una vez satisfecho el tributo, el romántico producto puede ser transportado a otra embarcación más grande, y vuelve a resbalar lentamente, impelido por el ancho remo o la vela cuadrilátera, de una a otra costa índica. Transcurren meses en ese monótono avance, y vienen las esperas interminables, cuando cae el viento bajo un cielo ardiente, sin nubes; y el esquivar los tifones y huir de los corsarios... Trabajoso hasta lo indecible y rodeado de peligros es ese transporte a través de dos, de tres mares tropicales; casi siempre, de cada cinco barcos sucumbe uno por el camino, bajo la tormenta o el asalto de los piratas.

El comprador de la mercancía bendice a Dios cuando ha podido dar felizmente la vuelta a Camboya y alcanza por fin Ormuz o Adén y, con ello, el paso a la Arabia feliz o a Egipto. Pero no es menos deficiente la forma de fletamento que aquí empieza, ni menos arriesgada. Largas hileras de millares de resignados camellos esperan en aquellos puertos de transición. Dóciles a la señal de su dueño, se arrodillan, y un saco detrás de otro, los haces de pimienta y de nuez moscada vienen sobre el lomo de aquellos barcos de cuatro patas que oscilarán lentamente a través del mar de arena. Durante meses las caravanas árabes llevan las mercancías indicas, por Basora, Bagdad y Damasco, y Beirut y Trebisonda, o por Dsehidda al Cairo, nombres que resuenan con las maravillas de Las mil y una noches. Antiquísimas son esas largas rutas a través del desierto, y familiares a los mercaderes desde el tiempo de los faraones y de los bactrianos. Pero no menos las conocen, por desgracia, los beduinos ?esos piratas del desierto?. A veces un ataque osado y rápido aniquila en un momento el fruto adquirido y defendido a duras penas durante muchos meses. Lo que habría escapado felizmente a las tempestades de arena y a los beduinos, tienta la codicia de otros: emires de Hedscha, sultanes de Egipto y Siria, que exigen el tributo, y costosísimo por cierto, para cada fardo ?se calcula en cien mil ducados lo que se recauda anualmente por derechos de pasaje de especias solamente en Egipto-. Y por fin cuando el cargamento ha alcanzado la desembocadura del Nilo cerca de Alejandría, le espera un nuevo usufructuario, y no el menos exigente, en la flota de Venecia. Desde la pérfida abolición de la competidora Bizancio, la pequeña República de Venecia se ha apropiado el monopolio del comercio oriental de las especias; la mercancía, en vez de ir directamente a su destino, ha de pasar por el Rialto, donde los factores alemanes, flamencos e ingleses la encarecen. Y de allí, en carros de anchas ruedas, atravesarán las nieves y los hielos de los pasos alpinos, las mismas especias que dos años antes brotaban al sol tropical, hasta dejarlas en poder del tendero europeo y, por ende, en manos del consumidor.

Por doce manos si no más ?así lo apunta melancólicamente Martín Behaim en su famosa Esfera del Mundo de 1492?, ha de pasar usurariamente la especia Indica antes de llegar a la última, la del consumidor. "Item, conviene saber que la especiería ha de pasar por muchas manos antes de llegar a la venta en nuestra tierra." Ni aun siendo doce las manos que se reparten la ganancia, se satisface cada una de ellas con el áureo jugo de las especias indicas. A través de todos los riesgos y obstáculos, el comercio de la especiería se considera el más lucrativo de los de la Edad Media, pues en él se reúnen el más pequeño volumen y el margen más grande de beneficio. Si de cinco embarcaciones ?la expedición de Magallanes es de esto un vivo ejemplo? se pierden cuatro con su cargamento, y si de los doscientos sesenta y cinco hombres que partieron vuelven sesenta y cinco, el mercader no solamente no habrá perdido nada en el juego, sino que saldrá aún ganando: si de los cinco barcos vuelve uno solo al cabo de tres años, su carga compensa con creces del desastre, pues un solo saco de pimienta vale en el siglo xv más dinero que toda una vida humana. ¡No es, pues, maravilla el que, con la gran oferta de menospreciadas vidas humanas y la avasalladora demanda de especias, las cuentas se salden siempre a pedir de boca! Los palacios de Venecia y los de los Fugger y Welser se construyeron casi exclusivamente con dinero ganado en la especiería índica.

Pero la envidia va unida a los grandes beneficios como la herrumbre a la hoja de acero. Todo privilegio será estimado por los otros como injusticia, y allí donde sólo un pequeño grupo se enriquece en demasía, se forma inevitablemente una coalición de los perjudicados. Hace muchos años que genoveses, franceses y españoles miran con evidente animosidad a los más listos venecianos que han sabido captar los chorros del oro en el Gran Canal, y con más enojo todavía vuelven los ojos hacia Egipto y Siria, donde el Islam tiene echada una cadena infranqueable entre la India y Europa. No le es permitido a ningún buque cristiano surcar el mar Rojo, ni a ningún comerciante le es lícito el paso; todo el comercio índico queda rigurosamente limitado a las manos de los mercaderes turcos y árabes, con lo cual no solamente sube inútilmente de precio la mercancía para los consumidores europeos y se le hace imposible desde un principio toda ganancia al comercio cristiano, sino que también se corre el riesgo de que todo el sobrante de metal rico fluya hacia Oriente, ya que las mercancías europeas no tienen, ni con mucho, el valor de trueque alcanzado por las preciosas materias índicas. Bastaba este sensible déficit comercial para que la impaciencia de Occidente aumentase cada vez más, ansiosa de sustraerse al ruinoso y rebajante dominio, hasta que las energías hallaron su punto de convergencia. Las Cruzadas no fueron solamente ?como románticamente se ha interpretado? un intento puramente místico para arrebatar a los infieles la tierra donde se erige el Santo Sepulcro; esta primera coalición cristiano europea representaba asimismo el primer esfuerzo lógico y ordenado conscientemente para echar abajo aquella barrera que vedaba el mar Rojo, y franquear a Europa y a la cristiandad el comercio con Oriente. Como este golpe se frustró y, no pudiendo arrebatar Egipto a los mahometanos, el Islam continuaba atajando el camino de la India, se despertó el deseo de encontrar otro camino libre, independiente. El valor que dio el impulso a Colón para explorar hacia Occidente, a Bartolomé Díaz y a Vasco de Gama hacia el Sur, y a Cabot al Norte, hacia el Labrador, nació, ante todo, de la voluntad de descubrir, por fin, en beneficio del mundo occidental, una ruta marítima libre, sin pago de derechos, quebrantando así la ignominiosa prepotencia del Islam.

En todo descubrimiento o invención hay un estímulo moral, una fuerza alada del espíritu; pero, muy en general, lo que da el empuje definitivo hacia la realización es la conciencia de unos móviles materiales. Cierto que el rey y sus consejeros se hubieran entusiasmado, en todo caso, con la atrevida idea que encerraban los propósitos de Colón y de Magallanes de buscar un mundo nuevo; pero nunca el dinero necesario para sus planes hubiera corrido el riesgo, nunca los príncipes y los especuladores hubieran armado y puesto a su disposición una flota, sin la perspectiva de poder sacar enormes réditos de la suma empleada en el viaje de descubrimiento. Detrás de los héroes de aquella edad de los descubrimientos se movían como fuerzas impulsivas los negociantes; también este primer impulso heroico hacia la conquista de un mundo partía de fuerzas muy terrenales. En el principio eran las especias...

En el curso de la Historia es siempre un momento admirable aquel en que el genio de un hombre se combina con el genio del tiempo, cuando un individuo clarividente asume el anhelo creador de su época. Entre las tierras europeas hay una que no ha podido ocupar todavía su sitio en la misión a Europa encomendada. Esta es Portugal que, a través de largas luchas heroicas, se sustraía al dominio mauritano; pero, ya conquistada la victoria y la independencia, su fuerza magnífica de pueblo joven y ardiente no sabía en qué emplearse. Con toda su frontera de tierra se recuesta Portugal en España, en una nación amiga, hermana. Tierra pequeña y pobre, no tiene más expansión que la que el mar le ofrece por medio del comercio y de la colonización. Pero, fatalmente, la situación geográfica de Portugal es ?o parece ser, al menos? la más desfavorable entre todas las naciones navegantes de Europa. Porque el océano Atlántico, cuyas olas vienen del Oeste a estrellarse contra las playas, según la geografía de Ptolomeo ?única autoridad de la Edad Media?, no es más que un desierto infinito de agua, impracticable para la navegación. Como no menos impracticable señalan los mapas generales ptolomeicos el camino del Sur a lo largo de la costa africana: es imposible dar la vuelta en barco a este desierto de arena, pues la tierra inhospitalaria, inhabitable, llega hasta el Polo Ártico y sería una tierra intransitable, y una misma cosa en la tierra australis. Según estas suposiciones de la antigua geografía, Portugal, por no confrontar con el único mar navegable, el Mediterráneo, ocuparía la posición más desventajosa entre las naciones marítimas europeas.

Estaba reservado a la iniciativa de un real vástago portugués el convertir en posible esta pretendida imposibilidad y arriesgar la prueba para ver si, como dice la Biblia, los últimos podrían llegar a ser los primeros. ¿Quién sabe si aquel Ptolomeo, aquel geógrafo máximo, especie de pontífice de la Geografía, se equivocó? ¿Quién sabe si este océano, que en la cresta de las impetuosas olas llegadas del Oeste deja en las playas portuguesas pedazos de raras maderas que deben haber crecido en alguna parte, lejos de ser infinito, sería el camino hacia tierras nuevas desconocidas? ¿Quién sabe si África es habitable más allá del Trópico y si el omnisciente griego mintió burdamente al pretender que el inexplorado continente no se puede rodear navegando, y que no hay camino que lleve al mar de la India? Entonces Portugal, precisamente porque está en un extremo occidental, sería la verdadera palanca de todos los descubrimientos, el pueblo que tiene más corto el camino de la India. Lejos de ser repelida por el océano, sería destinada a la navegación como ninguna otra tierra de Europa. Este sueño de elevar el pequeño Portugal su poder a primera categoría marítima y de convertir en estrecho el océano Atlántico, considerado hasta aquel día como una barrera, es in nuce la idea vital del infante Enrique, a quien la Historia, con razón y sin ella, llama Enrique el Navegante. Sin razón porque, salvo su corto viaje a Ceuta con fines guerreros, Enrique no subió a bordo de una nave, ni existen de su mano libros, tratados náuticos ni mapas. Pero también hay razón para otorgarle el nombre de Navegante, porque el hijo de príncipes dedicó toda su vida y su fortuna a la navegación y a los navegantes. Ya en el sitio de Ceuta ?1492?, uno de los hombres más acaudalados del país se da cuenta de la brillante eficacia a que podría llevar sus ambiciones aquel hijo de un príncipe portugués Y sobrino de un rey de Inglaterra; todas las cortes le invitan y los ingleses le brindan un alto mando. Pero el visionario singular elige como forma de vida la soledad creadora. Se retira a Cabo Sagres, el un día sagrado promontorio de los antiguos, y desde allí prepara, por espacio de unos cincuenta años el viaje marítimo en dirección a la India y, con él, la gran ofensiva contra el mare incognitum.

Lo que inspiraba valor a aquel temerario iluso para sostener decididamente, contra las más altas autoridades cosmográficas de su tiempo, contra los secuaces de Ptolomeo, que África no era un continente pegado al Polo, sino que podía rodearse navegando y era el verdadero camino marítimo para la India, es un último secreto que no se descifrará así como así. Nunca, empero, había cedido del todo la sospecha ?que también asomaba en Heródoto y en Estrabón? de que una vez, en los oscuros tiempos faraónicos, una flota fenicia había bajado por el mar Rojo y, sin voluntaria revisión, al cabo de dos años había regresado a través de las Columnas de Hércules ?el estrecho de Gibraltar?. También podía haber tenido noticia el infante, por boca de algún mercader de esclavos moros, de que allende la Libia desértica y el arenoso Sahara se extendía una tierra de los tesoros, bilat ghana, y, en efecto ya en un mapa que en 1150 delineó un cosmógrafo árabe para el rey de los normandos Rogerio II, se destacaba muy bien la actual Guinea bajo ese nombre de bilat ihana. Entra en lo posible que Enrique, por medio de asiduos informadores, estuviera más enterado de la forma real de África que los geógrafos escolásticos, que sólo sabían jurar con la mano puesta sobre los códices de Ptolomeo y desechaban como fabulosos los informes de Marco Polo y de Jan Batuta. La importancia moral de la actitud de Enrique estriba en haber reconocido, a la vez que la magnitud del objetivo, las dificultades que éste suponía, convencido con noble resignación de que él no podía ver ya realizado su sueño, pues no basta una generación para preparar una tan magna empresa. Porque, ¿quién hubiera osado entonces emprender un viaje por mar desde Portugal a las Indias sin tener conocimiento del mar y sin los buques aptos para la travesía? No es fácil imaginar lo primitivos que eran a la sazón los conocimientos geográficos y náuticos en Europa. En los caóticos siglos de ofuscación que siguieron a la caída del Imperio romano, la Edad Media había olvidado casi todas las nociones que los griegos, fenicios y romanos trajeron de sus arriesgados viajes. Habíase hecho increíble como un cuento, en aquellos siglos de horizontes limitados, la proeza de un Alejandro llegando a las fronteras de Afganistán y penetrando hasta la India. Perdidos los primorosos mapas, las ilustraciones del universo de los romanos, y maltrechas sus vías militares y sus piedras miliarias, que se extendían hasta el interior de Inglaterra y de Bitinia; desaparecido su servicio de noticias políticas y geográficas, habían decaído el gusto de descubrir, la facultad de viajar y el arte de la navegación. Sin aquel objetivo atrevido en lontananza, sin una buena brújula, sin mapas suficientemente claros, las pequeñas embarcaciones van costeando de un puerto a otro, recelando continuamente de la tormenta o de la no menos temible piratería. En medio de una decadencia tal de la cosmografía y con unos barcos lamentables, era demasiado temprano todavía para someter los océanos y conquistar reinos de ultramar. Lo que durante siglos de indiferencia se había malogrado, tenía que recuperarse con una generación de sacrificio. Y Enrique ?ésta es su grandeza? tuvo la decisión de sacrificar toda una vida a realizaciones futuras.

Del que fue un día castillo de Cabo Sagres quedan en pie sólo un par de paredes rotas. Lo que el príncipe Enrique erigía, un heredero de su ciencia, muy desagradecido por cierto, Francis Drake, lo removió y demolió. Hoy es casi imposible sacar en claro, de entre las sombras y los velos de la leyenda, el detalle de las particularidades en que se movía el príncipe Enrique para asentar los precedentes de las conquistas portuguesas. Según los informes, tal vez románticos, de sus cronistas de cámara, recorría los cuatro puntos cardinales para procurarse todos los libros y mapas imaginables, llamaba a los sabios árabes y judíos y les mandaba construir mejores instrumentos y componer tablas. No había navegante o capitán de regreso de un viaje a quien no hiciera preguntas, y todas las noticias y experimentaciones eran cuidadosamente ordenadas en un archivo privado, a la vez que concertadas una serie de expediciones. El arte de la construcción de naves es fomentado sin tregua, y en pocos años sustituyen a las antiguas “barcas”, o sea; botes de pesca abiertos, con una tripulación de dieciocho hombres, las genuinas "naos", anchas embarcaciones de ochenta y cien toneladas, capaces de soportar los azares atmosféricos en la navegación de alta mar. Este nuevo tipo más apto de buque determinó el empleo de un nuevo tipo de navegante. Agregase al timonel un "Maestro en astrología", nauta experimentado en la lectura de los portulanos y en la fijación de las declinaciones y de los meridianos. Teoría y práctica se reúnen con ánimo creador, y paulatinamente va saliendo de las expediciones de simples pescadores y marineros una generación de navegantes y descubridores sistemáticamente formados, cuyas gestas quedan reservadas al porvenir. Como Filipo de Macedonia legaba a su hijo la invencible falange para la conquista del mundo, así legó Enrique de Portugal los mejores buques, los más adelantados de su época y los hombres de mar mejor dispuestos para la conquista del océano.

Pero un trágico sino de los precursores es morir en el umbral sin haber divisado la tierra de promisión. Enrique no consiguió vivir ni uno solo de los grandes descubrimientos que inmortalizaron a su patria en la historia del descubrimiento del mundo.

En 1460, el año de su muerte, apenas se ha alcanzado algo visible en un sentido propiamente geográfico, pues el tan sonado descubrimiento de las Azores y de Madeira no fue otra cosa que un segundo descubrimiento ?el Portulano Laurentino las registraba ya en 1351?. Sus barcos, en la costa occidental, no han logrado siquiera llegar al ecuador, y no han de conseguir mayor fama con el pequeño tráfico iniciado: el del marfil blanco; ni tampoco con el del "marfil negro", o sea la masa de hombres negros robados en la costa senegalesa para venderlos en el mercado de esclavos de Lisboa; ni vale la pena el poco polvo de oro encontrado. Estos insuficientes preliminares es todo lo que Enrique pudo ver de su soñada acción. Pero, en realidad, el éxito decisivo está logrado. Porque el primer triunfo de la navegación portuguesa en aquel entonces no consiste precisamente en el trecho recorrido, sino en un factor de carácter moral: en el acrecentamiento del apetito emprendedor y en la abolición de una leyenda nefasta. Por siglos y siglos se había susurrado entre hombres de mar que detrás del cabo No ? "no más allá"? (Bojador), la navegación se hacía imposible. Allá detrás empezaba "el mar verde de lo misterioso", y ¡ay del barco que se aventurase a entrar en la zona mortífera, porque en aquellos parajes el mar hierve y las tablas y el velamen se convertirían inmediatamente en llama viva, y la piel del cristiano que intentara hollar la Tierra de Satanás, adusta como un paisaje volcánico, se volvería negra al instante (Tan insuperable se había hecho, al arrullo de tales fábulas, el horror de un viaje al Sur, que el Papa, con la intención de proporcionar a Enrique unos tripulantes para las primeras expediciones, aseguraba a los que participaran en ellas la remisión de sus culpas; así se logró reclutar, para los primeros viajes de exploración, unos pocos hombres arrojados. ¡Qué jubilo cuando, en 1434, Gil Eannes dio la vuelta a ese cabo! No, reputado inabordable, y pudo anunciar desde Guinea que aquel tan famoso Ptolomeo acababa de revelarse como un atolondrado, ya que "aquí se puede navegar a la vela tan fácilmente como en nuestras aguas, y la tierra es en extremo rica y hermosa". El punto muerto ha sido vencido. Ahora, Portugal ya no se verá precisado a reclutar la tripulación, porque de todas las tierras llegan ofrecimientos de voluntarios, aventureros de raza o gente dispuesta a catar la aventura. Cada nuevo viaje feliz acrecienta la temeridad de los tripulantes, y, de pronto, se dispone de una generación de jóvenes para los cuales la aventura importa más que la vida. Navigare necesse est; vivere non est necesse. Este proverbio de la gente de mar vuelve a ejercer su dominio en las almas. Y ya es sabido que donde exista una generación decidida, el mundo se transformará.

La muerte de Enrique representa el punto en que se toma aliento para dar el gran salto. Así y todo, el avance que se inicia con la elevación al trono del rey Juan II llega a superar las mejores esperanzas. Lo que hasta entonces había sido paso de caracol se convierte de una vez en torrente impetuoso y en salto leonino. Ayer se señalaba como un gran logro el hecho de salvar a la vela, al cabo de doce años de tanteos, las pocas millas hasta el cabo Boador, y se necesitaban otros doce de lento avance para llegar a Cabo Verde; desde ahora ya no se considera nada extraordinario una embestida de cien, de quinientas millas.

Tal vez nuestra generación, la que ha vivido la conquista del aire; nosotros que nos alborozamos ya al saber que un avión se había sostenido en el aire hasta la distancia de tres, de cinco kilómetros del Campo de Marte, y que diez años más tarde hemos visto volar sobre continentes Y océanos, seamos los únicos capaces de imaginar la ardiente solidaridad, la jubilosa excitación con que toda Europa acompañó el súbito empuje de Portugal hacia lo desconocido. En 1471 se alcanzaba el ecuador; en 1484, Diego Cam ponía pie en la desembocadura del Congo y, finalmente, en 1486 se cumplía el sueño profético de Enrique: el navegante portugués Bartolomé Díaz llegaba a la punta sur del Africa, al cabo de Buena Esperanza, bautizado primero con el nombre de cabo de las Tormentas, en memoria de las tormentas que allí tuvieron que soportar. Pero el valiente conquistador, aunque la tormenta haya rasgado las velas y quebrado el árbol, guía decididamente el timón más adelante. Ya ha llegado a la costa oriental de África, desde donde no dejan de procurarse fácil acceso a la India los pilotos mahometanos. Pero he aquí que los tripulantes se amotinan, y Bartolomé Díaz, herida el alma, ha de renunciar y volver atrás, perdiendo así por culpa ajena la gloria de haber sido el primer europeo que forzara la ruta de las Indias, gesta que llevará a cabo otro portugués, Vasco de Gama, dando lugar a que Camoens lo inmortalice en su poema. Como siempre, el que comienza, el trágico iniciador, quedará olvidado, en beneficio del más afortunado que lleva a cabo el hecho. Sea como fuere, el paso decisivo está dado. Por primera vez, la figura geográfica del continente africano queda fijada, y probado, contra la opinión de Ptolomeo, que la libre ruta marítima a la India es un hecho práctico. Los discípulos y herederos de Enrique, una generación después de su maestro, realizan lo que fue ilusión de su vida entera.

Con asombro y envidia vuelve el mundo la mirada hacia el pequeño pueblo perdido en un rincón extremo de Europa, del cual no se hacía caso. Mientras las grandes potencias: Francia, Italia, Alemania, se despedazaban en insensatas guerras, Portugal, la cenicienta de Europa, ensanchaba sus dominios en una proporción de millares respecto al territorio estricto del reino. ¿Quién podrá atajar su vuelo? ¿Quién la aventajará? De la noche a la mañana, Portugal se ha convertido en la primera nación marítima del mundo y se ha asegurado con sus empresas no solamente la posesión de nuevas provincias, sino también el dominio de verdaderos mundos. Diez años más, y esta nación, la más pequeña de Europa, pretenderá la posesión y régimen de más amplios espacios, como no lo fueron ni los que poseyó el Imperio romano en la época de su mayor expansión.

Es evidente que la exigencia imperialista llevada a tal extremo, al ser puesta en práctica habrá de agotar pronto las energías de Portugal. Un muchacho hubiera podido prever que un país de millón y medio de habitantes no podrá mucho tiempo por si solo ocupar, colonizar, administrar, ni siquiera monopolizar comercialmente todo el África la India y el Brasil, y menos aún defenderlos por un tiempo incalculable de los celos de las demás naciones. Una gota de aceite no puede calmar un océano turbulento, ni una tierra del tamaño de un alfiler tener sometidas unas tierras cien mil veces más extensas. Desde un punto de vista racional, la ilimitada expansión de Portugal representaba un absurdo, una quijotada de las más peligrosas. Pero lo heroico es siempre irracional y antirracional; siempre que un hombre o un pueblo se lanzan a una empresa que rebase su propia medida, crecen también sus fuerzas hasta lo nunca imaginado. Tal vez no haya otra nación que en un único momento triunfal se concentrara más eficazmente que Portugal en el transcurso del siglo XV: no solamente el país crea de improviso su Alejandro y sus argonautas con Alburquerque, Vasco de Gama y Magallanes, sino también su Homero en el poeta Camoens, y su Livio en Barros. Eruditos, arquitectos, grandes comerciantes, ocupan cada uno su sitio: como la Grecia bajo Pericles, Inglaterra bajo Isabel y Francia al mando de Napoleón, un pueblo realiza en forma universal su íntima idea y se ofrece al mundo como un hecho viviente. Portugal se convierte por un momento, inolvidable ante la Historia, en la primera nación europea, la que acaudilla a la Humanidad.

Pero la gran acción de un pueblo en particular se realiza siempre para todos los pueblos. Todos ellos barruntan que ese primer asalto a lo desconocido rompe con las medidas, nociones e ideas de distancia hasta entonces aceptadas. Por eso, con impaciencia palpitante, en todas las cortes, en todas las universidades, se está al acecho de las últimas noticias de Lisboa. Con señalada clarividencia, Europa se da cuenta del poder fecundador de este hecho portugués que ensancha al mundo; comprende que la navegación y el descubrimiento están llamados a transformar el mundo más decisivamente que todas las guerras y todos los protocolos, y que una época centenaria, milenaria, la Edad Media, ha tocado a su fin, y se inaugura una nueva edad que pensará y creará dentro de otras dimensiones de espacio. Sintiendo plenamente el momento histórico, un humanista de Florencia, Policiano, levanta la voz solemnemente, como representante de la razón pacífica, en loor de Portugal, y vibra en sus palabras entusiastas el agradecimiento de toda la Europa culta: "No solamente ha dejado detrás de sí las Columnas de Hércules y apaciguado el océano enfurecido, sino que ha establecido al mismo tiempo la unidad del mundo habitado, que no podía realizarse. ¡Cuántas nuevas posibilidades y ventajas económicas, qué elevación del conocimiento y de confirmaciones de la antigua ciencia, hasta hoy desechadas como increíbles, se nos prometen todavía! Nuevas tierras, nuevos mares, nuevos mundos ?aliz mundi? surgen de una oscuridad de siglos. Portugal es hoy el custodio y el centinela de un mundo más."

Un incidente viene a turbar el grandioso empuje de Portugal hacia Oriente. El "nuevo mundo" parece logrado, las coronas y todos los tesoros de las Indias parecen garantizados al rey Juan; después del rodeo al cabo de Buena Esperanza, nadie se pondrá delante de Portugal y ninguna de las potencias europeas podrá intentar emularlo. Con toda previsión, Enrique el Navegante había conseguido cartas del Papa en las cuales se concretaba que todas las tierras, los mares, las islas que se descubrieran allende el promontorio de Bojador serán de pertenencia única de Portugal; y otros tres papas habían refrendado este "regalo" que, con un rasgo de pluma, daba a la casa de Viseo, como legal patrimonio de la corona, el Oriente todavía incógnito, con sus millones de pobladores. A Portugal, y sólo a Portugal, se destinaban todos los "mundos nuevos". Quien está en posesión de tales garantías, generalmente no siente muy vivo el apetito hacia los negocios inseguros, y por esto no estimamos tan rara como la mayoría de historiadores la han pintado a posteriori la actitud de Juan II, el beatus posszdens, al interesarse apenas en el proyecto algo confuso de un genovés desconocido que solicitaba con énfasis una flota "para buscar el Levante por el Poniente", o sea para llegar a las Indias. En el castillo de Lisboa, el Maestre Cristóbal Colón es escuchado con deferencia, sin oponerle un no rotundo. Pero se tiene muy buena memoria de que todas las expediciones hacia las legendarias Antillas y hacia el Brasil, que han de hallarse al Occidente, entre Europa y la India, han sido un puro fracaso hasta entonces. Y además, ¿para qué arriesgar buenos ducados portugueses en la busca un camino de la India muy inseguro, cuando después de años de penalidades se ha dado la con el camino verdadero y se está construyendo en los astilleros del Tajo la gran flota destinada a alcanzar la India rodeando el cabo?

Como pedrada en cristal cae en el palacio de Lisboa la súbita noticia de que el fanfarrón aventurero genovés ha surcado bajo pabellón español el Océano Tenebroso, y en cinco semanas ha tocado tierra en la parte occidental. Acaba de cumplirse el milagro. La mística profecía de la Medea de Séneca, que durante años y años movió el ánimo de los grandes viajantes, acaba de realizarse:

 

Venient annis

sciecula seris, quibus Oceanus

vincula rerum laxet et ingens

pateat tellus, Typhisque novos

detegat orbes, nec sit terris

Ultima Thula.

 

En verdad, parece que ha llegado "el tiempo en que el océano revela, tras de siglos, su secreto y aparece una tierra desconocida; cuando el piloto argonáutico descubre otros mundos y Thule ya no es el sitio más remoto de nuestra tierra". Cierto es que Colón, el "piloto argonáutico" no sospecha haber descubierto una nueva parte del mundo. Hasta el fin de su vida, el obstinado fantaseador se había encerrado en la ilusión de que ya había alcanzado el continente de Asia, y que navegando hacia el occidente de su Hispaniola podrá pisar la tierra en la desembocadura del Ganges, tras pocos días de navegación. Es esto precisamente lo que infunde un miedo mortal a los portugueses. Porque, ¿de qué le servirá a Portugal la carta del Papa concediéndole en el viaje a Oriente todas las tierras, si ahora, antes de la final embestida, en los últimos momentos, España viene a quitarle la India por el más corto camino occidental? Con esto perderían su sentido la labor de cincuenta años de Enrique, y los afanes de los cuarenta años que a su muerte siguieron. Las islas se malograrán para Portugal gracias a la loca aventura del maldito genovés. Si Portugal quiere hacer valer su preeminencia y sus derechos sobre la India, no le queda ahora más elección que tomar las armas contra el intruso.

Afortunadamente, el Papa consigue orillar el peligro que amenazaba. Portugal y España son las hijas predilectas de su corazón, por ser las únicas naciones cuyos reyes no se opusieron nunca cerrilmente a su autoridad espiritual. Han combatido contra los moros y expulsado a los infieles; por el fuego y el acero han desbaratado la herejía en sus territorios, y en ningún otro país tiene la Inquisición papal contra los moros, marranos y judíos una tan eficaz ayuda como en aquellos dos. No, sus hijas predilectas no han de tener diferencias, concluye el Papa. Y procede simplemente a dividir las todavía desconocidas esferas del mundo entre España y Portugal, y no ya considerándolas como “esferas de intereses”, según el disfrazado idioma diplomático moderno, sino partiendo entre ambos pueblos las naciones, islas, grandes territorios y mares, a título de autorizado representante de Cristo. Como si fuera una manzana, toma la esfera del mundo y la divide en dos panes con el cuchillo de la bula del 4 de mayo de 1493. La línea de este corte atraviesa a cien leguas de las islas de Cabo Verde. Lo que queda al occidente de esta línea de tierras no descubiertas pertenecerá a su querida hija España, y lo que queda al este, a su querido hijo Portugal. Ambos se declaran conformes y agradecidos por el hermoso regalo. Pero no tarda Portugal en sentir cierta inquietud, y solicita que la línea fronteriza venga un poco más hacia el Occidente. Puntualizase todo esto en el Tratado de Tordesillas ? 7 de junio de 1494?, que fija la línea fronteriza a doscientas treinta leguas más hacia Occidente, con lo cual los portugueses ganarán un día el Brasil, no descubierto aún en aquella fecha.

Por grotesca que a primera vista pueda parecer una generosidad que divide entre dos únicas naciones casi la totalidad del mundo, sin acordarse de las otras, hemos de admitir en esta solución pacífica uno de los escasos actos razonables de la Historia, con el cual se resuelve un conflicto no por la violencia, sino por medio de un pacífico acuerdo. Quedaba prácticamente conjurada, durante años y decenios, toda guerra colonial entre Portugal y España gracias al Tratado de Tordesillas, aunque, desde un principio, la solución sólo pudiera ser provisional. Porque cuando se corta una manzana no se sabe lo que queda en el interior de cada parte, más allá de la línea del corte. ¿Dentro de cuál de las dos mitades se encuentran las apetecidas, las tan ricas islas de las especias? ¿Al este o al oeste del corte, en el otro hemisferio? De momento no pueden adelantarlo ni el Papa ni los eruditos, porque nadie ha medido aún la redondez de la Tierra, y la Iglesia, por su parte, de ningún modo quiere reconocer públicamente la forma esférica del cosmos. De todas maneras, bastante tienen que hacer ambas naciones, antes de que llegue la decisión final, con zamparse las inmensas tajadas que la suerte les ha echado: la colosal América, a la pequeña España; y toda la India y el Africa, al diminuto Portugal.

La venturosa empresa de Colón levanta de pronto en Europa un verdadero pasmo. Y luego, estalla un delirio de aventuras y de ansias de descubrimiento como nunca había conocido nuestro viejo mundo. A1 buen éxito de una personalidad valerosa sigue siempre una corriente de celo y de valor en toda una generación. Todo aquel que, a lo ancho de Europa, se siente descontento de la suerte o relegado y no tiene paciencia para esperar, y los segundones, los oficiales sin inmediata ocupación los bastardos de los grandes señores y la gente de conducta turbia, perseguida por la justicia, vienen a engrosar el grupo de los que anhelan el nuevo mundo. Los príncipes, los mercaderes, los especuladores cargan con cuanto pueden en los barcos; es forzoso ejercer la autoridad haciendo cara a los aventureros y fugitivos, prontos a sacar el cuchillo para pasar delante de los demás en la tierra del oro; así como, en su tiempo, Enrique se veía obligado a implorar el perdón de las culpas para los participantes más indispensables a la expedición, ahora acuden a los puertos aldeas enteras, y los capitanes y los patronos de barcos mercantes no saben cómo librarse del alud. Una expedición alcanza a la otra; y es que, en realidad, como si de pronto se hubiera disipado una muralla de niebla, de Norte a Sur y de Oriente a Occidente surgen por todas partes islas nuevas, territorios desconocidos; unos, como petrificados en el pasmo de los hielos, decorados otros de palmeras; en el espacio de dos, de tres decenios, el par de centenares de barcos pequeños que zarpan de Cádiz, Palos o Lisboa, descubren más mundo desconocido que antes la Humanidad entera en el transcurso de miles de años de existencia. Los anales de aquella jornada de descubrimientos serán de memoria perdurable. En 1498, Vasco de Gama, "al servicio de Dios y provecho de la corona portuguesa" como expresa con orgullo el rey Manuel, llega a la India, desembarcando en Calicut (Kozhikode); aquel mismo año, Cabot, en calidad de capitán al servicio de Inglaterra, otea Terra Nova y, con ella la costa norte de América, y a la vuelta de un año, simultáneamente y cada uno por su lado, Pinzón bajo pabellón español y Cabral bajo el portugués, descubren el Brasil, en tanto que Corterreal emula, a quinientos años de distancia, la empresa de los vikingos pisando la tierra de Labrador. En los primeros años del nuevo siglo dos expediciones portuguesas, una de ellas guiada por Américo Vespucio rozan la costa sudamericana hasta cerca del Río de la Plata. Y en 1506 los portugueses descubren Madagascar; en 1507, Mauricio; en 1509 llegan a Malaca, y en 1511 la toman por asalto, que es como tener en la mano la llave del archipiélago malayo. En 1512, Ponce de León franquea Florida; en 1513, Núñez de Balboa es el primero de los europeos que contempla desde Darien el océano Pacífico. En adelante ya no hay mares desconocidos para la Humanidad. En el corto espacio de cien años la navegación se ha superado en sus actividades no ya como cien veces, sino como mil. Mientras en 1418, a las órdenes de Enrique, ya se vio con asombro la llegada a Madera de las primeras barcas, en el año 1518 unos barcos portugueses llegan ?compárense las distancias en el mapa ? a Cantón y a tierra japonesa; un viaje a las Indias se considerará pronto empresa muy por debajo de la que significaba antaño el viaje hasta cabo Bojador. A este paso, la figura del mundo se transformara y se ampliará de año en año, de un mes a otro. Los grabadores mapas y los cosmógrafos ocupan día y noche sus mesas de trabajo en los talleres de Augsburgo y no pueden dar abasto a los numerosos encargos. Les arrebatan el grabado de las manos, todavía húmedo y sin colorear; y tampoco bastan al afán de noticias del mundus novis los informes de viajes y los atlas con que los impresores acuden a las ferias de libros. Pero apenas los cosmógrafos han grabado sus mapas mundiales pulcra y exactamente, ajustándose a las últimas referencias, llegan ya nuevos informes y es preciso hacer el trabajo desde el principio, pues lo que se creía isla ha resultado ser continente. Hay que trazar otros ríos, costas y montes, y así, los grabadores tienen que empezar otro mapa, rectificado y ampliado, no bien han terminado el nuevo. Nunca, ni antes ni después, la Geografía, la Cosmografía y la Cartografía han llegado a un ritmo tan acelerado, tan arrollador, como en aquellos cincuenta años progresivos, durante los cuales se fijaban la forma y la extensión de la Tierra por primera vez desde que los hombres viven, respiran y piensan, y ellos mismos aprendían a conocer el planeta en el cual, desde el principio de los tiempos, son llevados por el espacio. Y todo ello en una generación. Soportaban sus navegantes toda clase de peligros en beneficio de la posteridad, franqueaban sus conquistadores todos los caminos, y resolvían sus héroes todos o casi todos los propósitos. Un solo hecho quedaba por cumplir, el último, el de más bizarría, el más costoso: dar la vuelta a toda la Tierra en un buque, y en este único viaje medir Y probar con toda evidencia la forma redonda de nuestra tierra, contra todos los cosmólogos y los teólogos del pasado. Y éstos serán la idea y el destino del portugués Fernão de Magelhaes, que conocemos por Magallanes.

 

Capítulo

2

MAGALLANES EN LAS INDIAS Marzo 1505 junio 1512

 

Los primeros barcos portugueses que salían del Tajo hacia la lejanía incógnita habían servido al descubrimiento; los segundos procuraban establecer relaciones comerciales con los nuevos territorios descubiertos, en un plan pacifico. La tercera flota ya presenta en su equipo un carácter guerrero. Este triple ritmo caracterizará toda la época colonizadora que empezaba en 25 de marzo de 1505. Durante siglos se repetirá el mismo proceso: primero se erigirá la factoría; luego, la fortificación para su pretendido amparo. A1 principio se negociará pacíficamente con los dominados indígenas; después, así que se disponga de un numero suficiente de soldados, se les tomarán las tierras y, con ellas, toda la mercancía. Diez años han pasado apenas y Portugal, en medio de sus nacientes prosperidades, ya no se acuerda de que su única ambición era tener una modesta participación en el comercio de las especias de Oriente. Los buenos propósitos se desvanecen muy pronto en la bienandanza; desde el día que Vasco de Gama entra en las Indias, siente Portugal el prurito de echar fuera a las demás naciones. Considera el Africa, las Indias y el Brasil como un coto particular. En lo sucesivo, desde Gibraltar a Singapur y a la China, ningún barco cortará los mares ni se atreverá nadie al tráfico en todo el hemisferio si no pertenecen a la nación más pequeña de la pequeña Europa.

Magno espectáculo el de aquel 25 de marzo de 1505, cuando la primera flota de guerra portuguesa que ha de conquistar el nuevo Imperio –el más extenso de la Tierra ?sale del puerto de Lisboa: un espectáculo sólo comparable en la Historia al de Alejandro Magno atravesando el Helesponto; también aquí el propósito es arduo, por que la flota sale asimismo para subyugar no ya a un pueblo, sino a un mundo. Veinte buques esperan con las velas tensas el mandato del rey para levar anclas; no son barcas abiertas, de pequeña dimensión, como en tiempos de Enrique, sino anchos y ponderados galeones con altos castillos a ambos extremos, poderosos barcos de vela con tres y cuatro mástiles, y tripulados por hombres aptos. A1 lado de los centenares de marineros ejercitados en la guerra, muévense a bordo no menos de mil quinientos soldados armados de punta en blanco y doscientos granaderos; hay, además, carpinteros y artesanos de toda clase, que, una vez en la India, montarán nuevas embarcaciones sobre el terreno.

Bastará una mirada para que cualquiera se dé cuenta de que una flota gigante sólo por una finalidad gigante puede ser impulsada: la toma de posesión de la tierra oriental. No en vano se ha impuesto al almirante Francisco d'Almeida el titulo de Virrey de Indias, ni es casualidad que el primer héroe y navegante de Portugal, Vasco de Gama, almirante de las aguas indicas, haya presidido el equipo de la flota. El propósito militar de Almeida no es dudoso. Almeida va a devastar todas las ciudades comerciales de Indias y del África, a instalar fortificaciones y a establecer una guarnición en todos los puntos estratégicos. Adelantándose a la que sería idea política de Inglaterra, va a hacerse fuerte en todos los puntos de salida o de paso y a bloquear, desde Gibraltar a Singapur, todos los estrechos, para cerrar el paso al tráfico comercial extranjero. El virrey tiene, además, a su cargo el aniquilamiento del poder naval del sultán de Egipto, así como el del rajá indio, y una vigilancia de todos los puestos tan severa, que ningún buque sin pasaporte portugués podrá cargar desde este año del Señor, 1505, ni, siquiera un gramo de especias. Y van de la mano esta misión militar y otra misión ideológica religiosa: la expansión del cristianismo a todas las tierras conquistadas; por esto la expedición guerrera tiene, al mismo tiempo, el ceremonial de una Cruzada. Por su propia mano confía el rey a Francisco d'Almeida, en la catedral, la nueva bandera de damasco blanco que lleva entretejida la Cruz de Cristo y ha de tremolar victoriosa sobre los territorios paganos y moriscos. De rodillas la aceptan el almirante y los mil quinientos soldados, que hacen Juramento de fidelidad a su señor en la Tierra, el rey de Portugal, después de haber confesado y comulgado para unirse con su Señor celestial, cuyo reinado han de establecer sobre aquellos países forasteros. Con solemnidad procesional atraviesan la ciudad, camino del puerto; retruena la artillería en señal de despedida, y los galeones resbalan con grandiosidad en la corriente del Tajo hacia el mar abierto que su almirante es el llamado a conquistar para Portugal hasta el otro extremo de la Tierra.

Entre los mil quinientos que prestan juramento de fidelidad ante el altar, con la mano levantada, hay también de rodillas un hombre de veinticuatro años, hasta entonces de nombre oscuro. Es Fernando de Magallanes. Poco se conoce de su pasado, a no ser que nació en 1480; ya no hay acuerdo al tratar del lugar del nacimiento: el de Sabrosa, en la provincia de Trasos Montes, que defienden los cronistas del tiempo, se ha demostrado como falso en posteriores investigaciones, por ser falsificado el testamento del cual se sacó la noticia; el más verosímil de los datos es el que sitúa a Porto su nacimiento. Tampoco se tienen más datos de su familia que el de su nobleza, y ésta de cuarto grado, la de "fidalgos de cota de armas”, ascendencia que da a Magallanes el derecho de llevar y traspasar en herencia un escudo propio y le abre las puertas de la corte real. Se supone que, siendo más joven, sirvió a la reina Leonor de Portugal como paje, sin que esto aclare nada sobre otra posición cualquiera de mayor importancia durante los años anónimos. Así, cuando el "fidalgo" entra en la flota a los veinticuatro años, no es más que un "sobresaliente" entre tantos, y uno más entre los mil quinientos hombres de guerra subalternos que comen, viven y duermen en la cámara del barco, en común con los trabajadores de a bordo y los grumetes, un "soldado desconocido" más, de los que a millares salen a la conquista del mundo en esta campaña, de los cuales muchísimos caerán, y quedarán una docena para contar la aventura, y uno sólo que se llevará la gloria imperecedera del hecho colectivo.

Magallanes es, pues, en este viaje, uno de los mil quinientos, y nada más. Buscaríamos en vano su nombre en las crónicas de la guerra de Indias, y poco más podemos asegurar honradamente de todos aquellos años, a no ser su inigualable valor como años de aprendizaje para el futuro viajero del mundo. Un sobresaliente no se escapa de manejar las velas en las tormentas y de aguantar firme al servicio de las bombas del agua, y hoy ha de formar en el asalto de una ciudad, y mañana le toca acarrear la arena para construir fortificaciones bajo un sol ardiente. Tiene que llevar a cuestas fardos de mercancías para el trueque y hacer centinela en las factorías, y pelear en tierra firme o a bordo, y ser tan diestro en el manejo de la sonda como de la espada, y saber obedecer y saber mandar. Participe de todo aprende a poner el alma en todo, y será a la vez soldado, navegante, mercader y conocedor de la gente, de las tierras, de los mares y de los astros. Ya de joven el destino le asoció a los grandes acontecimientos que determinarán el aprecio de su nación en el mundo y la estructura de la Tierra para los siglos. Por esos derroteros recibe Magallanes el auténtico bautismo de fuego en el combate naval de Cannanore ?16 marzo 1506?, después de algunas escaramuzas que tuvieron más carácter de pillaje que de verdaderas batallas.

El ataque de Cannanore señala el punto decisivo en la historia de las conquistas portuguesas. El zamorín de Calicut ?la actual Kozhikode? había recibido afablemente a Vasco de Gama en su primer desembarque, manifestándose dispuesto a entablar relaciones comerciales con la nación desconocida. Pero pronto tuvo que reconocer, cuando los vio volver pocos años después con una flota más grande y, bien provista que los portugueses aspiraban a un notorio derecho de dominación sobre las Indias. Con terror vieron los mercaderes indios y mahometanos la súbita aparición de un esturión voraz en medio de las carpas de su tranquilo estanque. Porque lo cierto es que aquellos forasteros se apoderan de todos los mares. Ya no hay navío que se arriesgue a salir de un puerto por miedo a los brutales piratas de nuevo cuño, y se entorpece el negocio de las especias, y las caravanas de Egipto son esperadas en vano. Hasta el Rialto de Venecia llega la aprensión de que una mano muy dura ha debido de cortar el antiguo curso de los acontecimientos. El sultán de Egipto, que ve menguar la recaudación de sus derechos, es el primero que levanta la voz, instando al Papa. Le escribe que en el caso de que los portugueses insistan en portarse como salteadores en el mar Índico, demolerá el Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero ni el Papa ni otro emperador o rey tiene ya ninguna autoridad sobre la voluntad imperialista de Portugal. La única salida que a los perjudicados se ofrece es juntarse y dar jaque a los portugueses en Indias, antes de que sienten allí sus reales definitivamente. El zamorín de Calicut prepara el ataque ayudado secretamente por el sultán de Egipto, así como por los venecianos, que mandan bajo mano a Calicut ?porque el oro pesa más que la sangre? fundidores de cañones y maestros artilleros. Con un ataque por sorpresa, la flota cristiana quedará abatida para no levantarse más.

Pero, a veces, una figura de último término, con su presencia de espíritu y su energía, da a la Historia un giro que durará siglos. Una feliz casualidad salva a los portugueses. Vaga por el mundo en aquellos tiempos un temerario aventurero italiano a quien llaman Ludovico Varthema. Ni el espíritu de lucro ni vanidad alguna mueve al joven aventurero, sino el gusto de vagabundear que lleva en la sangre. Este vago por naturaleza confiesa sin falso recato: “Porque soy tardo en comprender y no inclinado al estudio de los libros”, se ha decidido, dice, "a ver personalmente, con mis propios ojos, los distintos lugares del mundo, pues tienen más valor los informes de un solo testimonio de vista que todo lo que se aprende de oído." El osado Varthema, el primero de los que no creen si no ven, se ha filtrado en la prohibida ciudad de la Meca ?su informe queda principalmente como descripción modélica de la Kaaba? y alcanza, tras de mucho porfiar, no solamente los derroteros de Indias, Sumatra y Borneo, que ya conoció Marco Polo, sino que es, además, el primero entre los europeos ?y esto influye decisivamente en la gesta de Magallanes? que alcanza las tan buscadas islas de la especiería. A la vuelta, disfrazado de monje mahometano, se entera en Calicut, por boca de dos cristianos renegados, del planeado ataque del zamorín contra los portugueses. Animado de solidaridad cristiana, corre a reunirse con los lusos, atravesando peligros de muerte, y llega, por suerte, a tiempo. Cuando en 16 de marzo de 1506 los doscientos barcos del zamorín esperan caer por sorpresa sobre los once de los portugueses, éstos ya están dispuestos a la defensa. Es el combate más rudo que hasta el día haya sostenido el virrey. Con no menos de ochenta muertos y doscientos heridos ? que eran muchos en aquellas primeras guerras coloniales? han de pagar los portugueses su victoria, la cual no deja de afianzarles el dominio sobre las costas índicas.

Entre los doscientos heridos está Magallanes: es su destino, como cada vez durante esos años de vida oscura, recibir heridas y no distinciones. Pronto lo mandan a Africa al lado de otros heridos, Y aquí se pierde su rastro, porque ¿quién llevará el registro de las circunstancias de la vida y de la muerte de un simple sobresaliente? Durante cierto tiempo parece que residió en Sofala, y más tarde, no se sabe de qué modo, debieron de llamarle para dirigir un transporte; probablemente ?en este punto las crónicas no coinciden? vuelve a Lisboa en el mismo barco que llevaba a Varthema. Pero la ausencia ha ejercido su poder sobre el navegante. Portugal le saluda como a un extranjero, y su corto permiso no es más que la tregua impaciente hasta poder embarcar en la próxima flota destinada a Indias, que le vuelva a la que es propiamente su patria: la aventura.

A esta nueva flota en que Magallanes vuelve a las Indias le incumbe una misión especial. Sin duda, su ilustre compañero de viaje, Ludovico Varthema, ha informado a 1a corte de la riqueza de la ciudad de Malaca y ha dado detalles sobre las tan perseguidas islas de la especiería, que él ha visto ipsis ocultis el primero entre los europeos y cristianos. Gracias a sus informaciones, en la corte portuguesa entienden que la conquista de las Indias quedará incompleta y toda su riqueza malograda mientras no caiga en poder de Portugal la cámara del tesoro de todas las especias: las islas de la especiería; pero esto presupone tener en la mano las llaves que las encierra: el estrecho y la ciudad de Malaca ?el actual Singapur, cuya importancia estratégica no ha pasado por alto a los ingleses?. Siguiendo la política encubierta, la flota de guerra portuguesa no se pone en camino. Es López de Sequeira, al frente de cuatro barcos, el encargado de rondar Malaca precavidamente, tantear el terreno y, por fin, introducirse bajo la máscara apacible de un mercader.

Sin incidentes dignos de notar, la pequeña flota llega a las Indias en abril de 1509. Ahora el viaje a Calicut, que diez años atrás era una gesta única, por la cual Vasco de Gama merecería ser inmortalizado en la Historia y en el poema, lo lleva a cabo cualquier capitán mercante portugués. Desde Lisboa a Mombassa y desde Mombassa a la India, son conocidos todos los escollos y todos los puertos. No hay necesidad de pilotos ni de maestros de Astronomía. Unicamente desde el 19 de agosto, al salir Sequeira del puerto de Cochín para seguir el curso hacia Oriente, surcan los barcos portugueses zonas desconocidas.

El 11 de septiembre de 1509, al cabo de tres semanas de viaje, se aproximan los barcos, los primeros de Portugal, al puerto de Malaca. Ya de lejos advierten que el valeroso Varthema no inventaba ni exageraba al decir que en aquel puerto "atracaban más barcos que en cualquier otro del mundo". Alineanse en la ancha rada, velamen contra velamen, los barcos grandes y pequeños; blancos o abigarrados, los de procedencia malaya, china y siamesa, cada grupo con sus formas características. Porque, debido a su natural situación, el aurea chersonesus, el estrecho de Singapur, está como destinado a ser el gran parador de Oriente. Cada nave que intenta pasar de Este a Oeste, de Norte a Sur, de las Indias a la China, de las Molucas hacia Persia, tiene que cruzar ese Gibraltar de Oriente. Truécanse en este emporio toda clase de mercancías, los clavos de especia de las Molucas y los rubíes de Ceilán; la porcelana china y el marfil de Siam; los casimires bengalinos y el sándalo de Timor; las hojas damasquinadas árabes la pimienta del Malabar y los esclavos de Borneo. Todas las razas con los colores diversos de sus pieles y hablando todos los idiomas, hormiguean babilónicamente en este emporio del comercio oriental, y se elevan, poderosos, en medio de él, por encima de la confusión de maderas de las casas bajas, un palacio refulgente y una mezquita de piedra.

Admirados contemplan los portugueses desde sus naves la poderosa ciudad, codiciosos de aquella joya oriental que resplandece clara bajo el sol deslumbrante, destinada a adornar, como la más bella piedra preciosa, la corona de Portugal, señora de Indias. Admirado y, a la vez, intranquilo, contempla también desde su palacio el príncipe malayo los barcos extranjeros, que son una amenaza. ¡Allí están los bandidos, los malditos herejes, que han dado por fin con la ruta de Malaca! Ya desde hace tiempo se viene propagando en una extensión de millas la noticia de las batallas y las degollinas de Almeida y de Albuquerque; bien saben en Malaca que aquellos terribles portugueses no vienen, como los patronos siameses y japoneses en sus barcazas, con el único objeto de trocar mercancías; los portugueses aguardan pérfidamente la ocasión para asentar, por fin, su dominio y saquearlo todo. Lo más prudente sería no permitir la entrada del puerto a aquellos cuatro barcos; luego que el invasor logra poner pie en el umbral, ya es demasiado tarde. Pero el sultán tiene también noticias fidedignas sobre la eficacia de aquellos pesados cañones que amenazan con su negra boca silenciosa desde los castillos de la flota portuguesa, sabe que los bandidos blancos luchan como demonios y no hay resistencia que valga contra ellos. Lo mejor sería devolver engaño por engaño, falsa amistad con hospitalidad fingida, y antes de que ellos muevan el brazo para atacar, echárseles encima y dar a punto el golpe mortal.

Por eso el sultán de Malaca recibe a los emisarios de Sequeira y corresponde a sus presentes con forzada gratitud. Les transmite su más cordial bienvenida y su deseo de que puedan concertar a su gusto los negocios que les convenga. Dentro de pocos días les habrán procurado pimienta y otras especias con tal profusión que colmarán los barcos. Invita amablemente a los capitanes a comer en su palacio, y aunque esta invitación, por las razones íntimas que se quiera, no es aceptada, la tripulación corre y goza a sus anchas por la hospitalaria ciudad forastera. Diversión, tierra firme bajo los pies, mujeres complacientes: todo los invita. ¡Poder respirar otro aire que el de las cámaras fétidas o el de las infectas aldeanas, donde los puercos y las aves de corral viven en común con las desnudas bestias humanas!... Platican los felices marineros en las casas de té, compran a su capricho en los mercados, regodéanse con las bebidas y los frutos recién cogidos; en ningún otro sitio han sido recibidos tan cordialmente, tan familiarmente, desde que salieron de Lisboa. Centenares de malayos reman en sus botes pequeños y veloces, cargados de provisiones de boca, y rodean los barcos portugueses, trepan, ágiles como monos, por los cables, y los forasteros se quedan boquiabiertos ante cosas nunca vistas; se ha desplegado un festivo trueque de materias; y con disgusto se entera la tripulación de que el sultán ya tiene a punto el cargamento prometido y ha dado instrucciones a Sequeira para que mande los botes a la playa a la mañana siguiente y tenga cargado antes de la puesta del sol todo lo concertado.

Sequeira, contento por la rápida obtención de los preciados géneros, manda, en efecto, a la ribera todos los botes de que dispone la flota, con numerosa tripulación. Y él, como buen hidalgo portugués, estimándose superior al tráfico, permanece a bordo haciendo una partida de ajedrez con un camarada, la más juiciosa ocupación en el aburrimiento de un día bochornoso a bordo. Los otros tres barcos están también quietos, amodorrados. Pero una circunstancia alarmante llama la atención de García De Susa, el capitán de la pequeña carabela que sigue a las otras cuatro naves. El capitán ha notado que el número de los botes malayos crece por momentos alrededor de los cuatro barcos casi abandonados y que, con el pretexto de subir mercancías a bordo, son cada vez más los muchachos desnudos que trepan por las cuerdas. Llega a sospechar el capitán de la carabela si tal vez el amable sultán está preparando un ataque por sorpresa.

Afortunadamente, la pequeña carabela no ha mandado su bote a la playa con los demás. De Susa encomienda a su hombre de confianza que salga enseguida a remo hacia el barco almirante para poner alerta al capitán. El hombre de confianza a quien da el encargo no es otro que el sobresaliente Magallanes. Rema a golpes frecuentes y enérgicos. Encuentra al capitán Sequeira jugando tranquilamente al ajedrez; ve con disgusto, a la espalda de los dos jugadores, un grupo de malayos, al parecer curiosos, pero con el cris al cinto siempre a punto. El hombre susurra disimuladamente la advertencia a Sequeira. Éste no pierde la presencia de espíritu y sigue jugando para no despertar sospechas. Pero ordena a un marinero que se ponga alerta en la gavia, y desde este momento, sin dejar el juego, no quita una mano de la espada.

La alarma de Magallanes llegaba a tiempo. Casi en el mismo instante se levantaba por encima del palacio del sultán una columna de humo, la señal convenida para atacar a un tiempo a bordo y en tierra. El marinero que otea desde la gavia es oportuno en dar la alarma. Instantáneamente, Sequeira da un salto y rechaza a un lado a los malayos, sin darles tiempo de atacar. Suena la señal de alarma y la tripulación se reúne a bordo; en todos los barcos los malayos son acorralados, y ya es en vano que se acerquen por todos lados en sus botes, armados y dispuestos a atacar la flota. Sequeira ha ganado tiempo para levar anclas, y ya retumban los cañones con poderosas salvas. Gracias a la vigilancia de Susa y a la prontitud de Magallanes, el golpe ha fracasado.

Peor les va a los infelices que confiadamente han desembarcado, una porción de desprevenidos que andan esparcidos por la ciudad, contra millares de astutos enemigos. Son pocos los portugueses que logran escapar de la muerte huyendo hacia la playa, y aun éstos lo pasan mal: los malayos ya se han apoderado de los botes, con los que se les hace imposible la vuelta a bordo. Caen los portugueses uno tras otro bajo el poder del número. Uno solo, el más valiente, logra escapar de la muerte, el amigo fraternal de Magallanes, Francisco Serráo. Ya le rodean, ya le hieren y parece perdido cuando aparece Magallanes remando en su bote, con otro soldado, sin miedo y dispuesto a exponer la vida por su amigo. Un par de golpes decididos bastan para quitarlo de las manos de los que le agredían, y lo pone a salvo en su barca. La flota portuguesa perdió en aquel ataque más de una tercera parte de sus hombres. Pero Magallanes ganó en él, por segunda vez, un amigo cuyo afecto paternal y cuya confianza serán decisivos para sus acciones venideras.

Es la primera vez que se dibuja en la figura, todavía borrosa, de Magallanes un trazo característico de personalidad. No hay nada patético en su naturaleza, nada de chocante en su porte; se comprende que los cronistas de la guerra de Indias lo pasaran por alto durante mucho tiempo. Porque Magallanes fue toda su vida uno de esos hombres que no son notados. No sabía hacerse valer ni querer. Pero en cuanto se le proponía una tarea, y mejor si se la proponía él mismo, este hombre oscuro que queda en último término actúa con una prudencia y un valor generosos que admiran. No es, en cambio, de los que saben sacar partido o adornarse con lo llevado a cabo; quedo y paciente, vuelve a ocupar su sitio en último término. Sabe callar, sabe esperar, como si presintiera que para la tarea que le toca cumplir, el destino le reserva todavía largos años de experiencia y de prueba. Poco después de haber vivido con Cannanore una de las victorias más brillantes de la flota portuguesa, y en Malaca una de sus más duras derrotas, le es destinado en su áspera carrera de navegante un accidente que ha de templarle el ánimo: un naufragio.

Magallanes acababa de ser designado para acompañar, en su viaje de regreso, un galeón de especias que hacía el transporte regular. El galeón topó con el banco llamado de Padua. Nadie perece en el accidente, pero el galeón se rompe en cien pedazos contra el arrecife de corales, y como los pocos botes no bastan para el salvamento de toda la tripulación, una parte de los navegantes ha de quedar atrás. La pretensión del capitán, los oficiales y los nobles de tener preferencia en el salvamento exaspera a los grumetes y a los marineros. La disputa se hacía amenazadora, cuando sale de entre los nobles Magallanes, dispuesto a permanecer atrás con los marinos, a condición de que los "capitanes e hidalgos" empeñen su honor en que, una vez ganada tierra, volverán con una nueva embarcación para recoger a todos. Esta actitud decidida parece haber atraído por primera vez la atención del alto mando sobre el "soldado desconocido", pues poco tiempo después, en octubre de 1510, cuando Albuquerque, el nuevo virrey, pide consejo a los "capitanes del rey" de cómo emprender el sitio de Goa, uno de los consultados es Magallanes. Con esto, al cabo de cinco años de servicio, el sobresaliente, el soldado raso y simple marinero parece por fin ser elevado a la categoría de oficial, y como tal formará parte de la flota de Albuquerque destinada a vengar la ignominiosa derrota que Sequeira había sufrido en Malaca. Así es como, dos años más tarde, vemos a Magallanes con rumbo al Lejano Oriente, al aurea chersonesua. Diecinueve amenazadores barcos, formando una selecta flota de guerra, están alineados en julio de 1511 ante el puerto de Malaca y rompen una áspera lucha contra el anfitrión desleal. Pasan seis semanas antes de que Albuquerque logre vencer la resistencia del sultán. Y entonces cae bajo las manos de los saqueadores un botín como no lo habían cobrado nunca en las benditas Indias; con la conquista de Malaca, Portugal tiene en el puño todo el mundo de Oriente. Por fin se ha cortado para siempre la arteria del tráfico mahometano, que se desangrará en pocas semanas. Todos los mares, desde Gibraltar ?las Columnas de Hércules? hasta el estrecho de Singapur, el aurea chersonesus, son ahora un solo océano portugués. El resonar de este golpe, el más decisivo que en todos los tiempos haya recibido el Islam, se oye a lo lejos hasta China y el Japón, y el eco lo devuelve jubiloso a Europa. Ante los fieles congregados, el Papa da las gracias públicamente y levanta sus preces por el hecho magnifico de los portugueses al poner en manos de la Cristiandad la mitad de la Tierra. Roma asiste al espectáculo de un triunfo como no había visto el caput mundi desde el tiempo de los Césares. Una embajada presidida por Tristáo da Cunha trae el botín de guerra de la India conquistada: preciosos caballos embridados, leopardos y panteras; pero la pieza principal, y la que más llama la atención, es un elefante que forma parte del cargamento de la flota portuguesa y que ahora, levantando gritos de júbilo en la multitud, se arrodilla tres veces ante el Padre Santo.

Pero el triunfo no llega a calmar el desenfrenado prurito de expansión de Portugal. Nunca se ha visto en la Historia que un vencedor se vea saciado en la victoria, por grande que ésta sea. Malaca no es más que la llave del tesoro de la especiería: ahora que la tienen en la mano, los portugueses se disponen a acercarse a él y apoderarse de las fabulosas islas de las especias; archipiélago de la Sonda, las islas de Amboina, Banda, Ternate y Tidore. Se arman tres naves al mando de Antonio d'Abreu, y algunos de los cronistas de la época citan también el nombre de Magallanes entre los participantes de aquella expedición al entonces más lejano extremo de la Tierra por Oriente. Pero, en realidad, la jornada índica de Magallanes en aquellos momentos ha tocado a su término.

“Basta ?le dice el destino?. Ya has visto bastante en Oriente, ya lo has vivido bastante. Sigue otros derroteros, los tuyos.” Aquellas fabulosas islas de las especias con que soñara toda su vida y que ve desde ahora con la mirada interior fascinada, nunca las ha podido ver Magallanes por sus propios ojos. Jamás le fue concedido poner la planta en ese El dorado; quedarán para él reducidas a un sueño, un sueño creador. Pero, gracias a la amistad de Francisco Serráo, estas islas nunca vistas le son familiares como si hubiera vivido en ellas, y la singular robinsonada de su amigo le anima a emprender la más grande y osada aventura de su tiempo.

Esta insigne aventura personal de Francisco Serráo, tan decisiva para Magallanes en su futura vuelta al mundo, representa una benéfica distensión en medio de la crónica sangrienta de las batallas y las degollinas portuguesas; entre tantos renombrados capitanes, la figura del hombre modesto merece una atención especial. Después que se hubo despedido cordialmente en Malaca de su entrañable amigo Magallanes, que iba de vuelta al hogar, Francisco Serráo se dirige con los capitanes de las otras dos naves a las legendarias islas de las especias. Sin esfuerzo ni incidente de notar alcanzan la ribera lozana, donde son recibidos con afabilidad sorprendente. Porque en aquellas orillas apartadas los mahometanos no son exigentes en cultura ni de espíritu bélico; viven en estado natural, desnudos y pacíficos, ignorantes de lo que sea el dinero y sin grandes ambiciones. Por un par de cascabeles o de brazaletes, los ingenuos isleños transportan grandes fardos de clavos de especia, y como en las dos primeras islas, Banda y Amboina, los barcos de los portugueses quedan ya colmados hasta los bordes, el almirante D'Abreu decide no visitar las islas restantes y volver a Malaca sin tardanza.

Tal vez la codicia haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de ellos, y precisamente el que manda Francisco Serráo, da contra un escollo, y solamente las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que hubiera sido el de sus penas, Serráo consigue, con un golpe de astucia, apoderarse de un barco de piratas, en el cual hacen rumbo de nuevo a Amboina. Con la misma afabilidad que cuando habían abordado, como grandes señores recibe el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en sus playas y les brinda acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor, veneración y magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio de su dicha y gratitud, un caso increíble.

Parece que el más elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serráo, no bien repuestos los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que continuamente se dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después, ya de vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.

Pero el país paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en Francisco Serráo el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o pensionados. Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de que ha expuesto su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él, Francisco Serráo, pudiera por fin empezar a vivir, sin más ansias ni incomodidades, la vida de ese Francisco Serráo, con la misma plenitud que gozan de la suya todos los pobladores desnudos y, sin cuidado de aquellas benditas islas. Que los otros marineros y capitanes continúen enhorabuena arando el mar y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela para unos trujamanes forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos bobos leales, sólo para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus arcas. Él, personalmente, Francisco Serráo, de ahora en adelante ex capitán de la flota portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias. Sin más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al mundo idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo y magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho trabajo el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue: sólo una vez, en una guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de consejero militar y se lo recompensan, dándole posesión de una casa con sus esclavos y servidores, a más de una esposa bonita y morena, de la cual cosecha dos o tres niños de un color moreno claro.

Años y años permanece Francisco Serráo, como otro Ulises que ha olvidado su Itaca, en los brazos de la morena Calipso, y ni el mismo Angel de la Ambición sería capaz de sacarle de aquel paraíso del dolce farniente. Nueve años, hasta su muerte, pasó aquel Robinsón voluntario, aquel desertor de la cultura, en las islas de la Sonda, no precisamente el más heroico entre los conquistadores y capitanes de la jornada heroica de Portugal, pero sí, acaso, el más prudente y también el más dichoso.

La huida romántica de Francisco Serráo no parece, a primera vista, tener relación alguna con la vida y las tareas de Magallanes. Pero, en realidad, el epicúreo renunciamiento de aquel capitán sin lustre ejerció la más decisiva influencia en la forma de vida de Magallanes y de rechazo, en el curso histórico del descubrimiento del mundo. Porque, a través de la inmensa distancia en el espacio, los dos entrañables amigos se comunican continuamente. Cada vez que se le presenta la ocasión de mandar desde su isla un emisario a Malaca, y de allí a Portugal, Serráo escribe a Magallanes detalladas cartas, ponderándole con entusiasmo la opulencia y la hospitalidad de su nuevo hogar.

Le escribe literalmente: “Aquí he hallado un nuevo mundo más rico y más grande que el de Vasco de Gama”: Y, prisionero del encanto de los trópicos, insta al amigo para que, abandonando de una vez la ingrata Europa y a ínfima retribución que se da a sus servicios, se apresure a imitar su ejemplo. Es casi indudable que fue Francisco Serráo quien dio a Magallanes la idea de buscar las islas según la orientación de Cristóbal Colón, desde el Oeste, preferible a la de Vasco de Gama.

Ignoramos hasta dónde llegaron las confidencias de los dos amigos, pero algo concretarían, cuando, después de la muerte de Serráo, se encontró entre sus papeles una carta de Magallanes en la que éste promete confidencialmente al amigo que irá pronto a Ternate, "sino desde Portugal, por otro derrotero". Y la idea que alimentó Magallanes toda su vida fue precisamente concretar este otro camino.

Su idea fija, un par de cicatrices en la piel atezada y un esclavo comprado en Malaca son las tres únicas cosas que trae Magallanes a su vuelta, después de los siete años en el frente de las Indias. Tanto él como todos los soldados que allí se batieron han de ver con singular asombro, tal vez con una cierta indignación, al desembarcar por fin en la Lisboa del año 1512, una ciudad nueva, un Portugal que no es el que dejaron siete años atrás. Ya al entrar en Belem comienza su asombro. Donde había aquella iglesia pequeña y baja en que Vasco de Gama recibió un día la bendición, antes de emprender su ruta, se levanta, por fin terminada, la catedral sólida y magnífica, primera muestra visible de la enorme riqueza que con las especias índicas ha entrado en su patria. Dondequiera que se vuelvan, los ojos caen sobre algo nuevo. En el río, ayer apenas surcado, se tocan unas velas con otras; en los astilleros de la orilla martillean los operarios que se ocupan en la apresurada construcción de flotas más capaces. Tremolan flámulas y velas en los barcos nacionales y forasteros, apretados en el puerto; desborda la rada de mercancías, que colman asimismo los almacenes; y millares de personas circulan por las calles, rompiéndose su murmullo y sus pasos en las paredes de los magnos palacios recién construidos. En las factorías, en las casas de Cambio y en los cuchitriles de los corredores cunde un torbellino babilónico de todas las lenguas. Gracias a la explotación de las Indias, Lisboa se ha convertido, en diez años, de ciudad pequeña, en emporio, en ciudad de lujo. Las damas de la nobleza, en carroza abierta, exhiben sus perlas índicas; un numeroso enjambre de cortesanos escarcea por el castillo, luciendo sus atavíos, y el que vuelve de nuevo a la patria ha de reconocer que la sangre que han derramado él y sus camaradas en las Indias, por misterios de la química se ha convertido en oro. Mientras ellos luchaban, padecían, conocían las privaciones y daban la sangre bajo el sol implacable del Sur, Lisboa se convertía, gracias a sus gestas, en la heredera de Alejandría y de Venecia, y Manuel, el "Afortunado", llegaba a ser el monarca más rico de Europa. Su patria se ha transformado en todo, y todos viven en el mundo viejo más ricos, más ufanos, más pródigos y dados a los placeres como si las especias conquistadas y el oro ganado hubieran embriagado los sentidos. Só1o él vuelve a una patria donde nadie lo espera ni le demuestra gratitud. Pasa como un forastero, sin recibir de nadie un saludo. Así entra en su patria el "soldado desconocido", el portugués Fernando de Magallanes.

 

Capítulo

3

MAGALLANES SE EMANCIPA Junio 1512 octubre 1517

Las épocas heroicas no son ni fueron nunca sentimentales, y muy pobre correspondencia obtuvieron de sus reyes aquellos esforzados conquistadores que ganaron mundos para España o para Portugal. Colón vuelve a Sevilla encadenado; Cortés cae en desgracia; Pizarro es asesinado; Núñez de Balboa, el descubridor del Mar del Sur, muere decapitado; Camoens, paladín y poeta de Portugal, calumniado por miserables funcionarios provinciales, pasa meses y años, como su gran colega Cervantes, en una prisión no mucho mejor que un estercolero. ¡Enorme ingratitud de la jornada de descubrimientos! Desamparados, invadidos de piojos, vagan por las callejas de Cádiz y de Sevilla, como mendigos o contrahechos, los mismos marineros y soldados que hicieron presa en las joyas de Moctezuma y en las cámaras del oro de los Incas para engrosar el tesoro de la Corona de España. Pocos son los que perdonó la muerte más allá en las colonias, y los supervivientes vagan ahora sin gloria vueltos a su patria. ¿Qué pueden importarles los actos de aquellos héroes innominados a los cortesanos que nunca dejaron el palacio donde se hallan seguros al amor de las riquezas conquistadas con tales luchas? Ellos, los abejones del palacio, son promovidos a los cargos de adelantados y gobernadores de las nuevas provincias, y amontonan el oro y, temiendo por él, apartan a un lado a los luchadores coloniales ?los oficiales del frente de aquel tiempo? cuando cometen la locura de volver agotados a sus tares al cabo de años de abnegación. El haber tomado parte en los combates de Cannanore, de Malaca y en tantos otros; el haberse jugado una docena de veces la vida y la salud por el honor de Portugal, no da al repatriado Magallanes ni la más mínima opción a un cargo digno, a algo que asegure su existencia. Sólo a la casual circunstancia de su ascendencia noble y a que anteriormente había pertenecido a la casa del rey ?criaçao do rey? ha de agradecer que lo incluyan en la lista de los que reciben pensiones, o más bien limosnas, y esto en la categoría inferior, o sea moço fidalgo, con la miseria de mil reis mensuales. Sólo al cabo de un mes, y probablemente no sin dificultades, le es concedido un pequeño ascenso a fidalgo escudeiro, con mil ochocientos cincuenta reis ?o, según otra noticia, a la jerarquía de cavaleiro fidalgo, con mil doscientos cincuenta?. De todos modos, sea cual fuere el más ajustado de esos títulos, ninguno importaba gran cosa, ya que ninguno de ellos obliga o da derecho a Magallanes para nada más que holgar de antecámara en antecámara. Un hombre de honor y de ambiciones no se contenta durante mucho tiempo con una pensión mendicante como ésta. No es de extrañar que Magallanes aproveche, si no la mejor, la primera ocasión para alistarse de nuevo en el servicio militar, donde pueda poner en valor su actividad y sus cualidades.

Ha de esperar cosa de un año, pero llega el verano de 1513, y no bien el rey Manuel ha aprestado la gran expedición militar contra Marruecos, para acogotar, por fin, a los piratas moros, el luchador de Indias se da prisa a incorporarse, corazonada que sólo se explica como desquite de su forzada inactividad. Porque no será en una guerra en tierra firme donde Magallanes (que casi siempre ha servido en la marina y se ha revelado durante siete años expertísimo navegante) pueda hacer gala de las dotes que le son propias. En medio de la gran Armada que se dirige a Azamor no pasa, una vez más, de oficial sin categoría, de subalterno sin independencia en el mando. Una vez más, como en Indias, su nombre no figura en primer término en ningún informe, aunque su persona, lo mismo que en los combates de Indias, esté siempre en primer término en el peligro. También esta vez ?y es la tercera? Magallanes sufre una herida en un cuerpo a cuerpo: una lanzada en la rodilla, que interesa al nervio y le deja la pierna entorpecida para siempre.

En el servicio del frente, un hombre que cojea impedido de andar aprisa y de montar a caballo, no sirve para gran cosa. A Magallanes se le presentaba ahora una cómoda oportunidad para dejar Africa y exigir, como herido, una crecida pensión. Pero vuelve a abrazarse al ejército, a la guerra, al peligro, que son su elemento. E1 herido es designado, junto con otro oficial, para el cargo de oficial de presas ? quadrileiro das preses? y administra la enorme cantidad de caballos y ganadería tomados a los moros. A raíz de este cargo, Magallanes se halla envuelto en un ingrato incidente; una noche desaparecen de los gigantescos apriscos algunas docenas de carneros y se extiende el malévolo rumor de que Magallanes y su camarada han revendido secretamente a los moros una parte de las presas, o bien han facilitado con su negligencia que las sacaran de sus majadas al amparo de la oscuridad. Por singular coincidencia, esta miserable sospecha de infidelidad en perjuicio del Estado es la misma con que los empleados de las colonias portuguesas, unos decenios más tare, denigrarán a otro hombre famoso: el poeta Camoens. El honor de entrambos, que tuvieron cien facilidades para enriquecerse en el saqueo durante sus años de Indias y volvieron pobres, será manchado con las mismas injuriosas sospechas.

Pero, afortunadamente, Magallanes es de más fuerte madera que el blando Camoens. No se le ocurre que aquella clase de criaturas hayan de llamarle a juicio y dejarle consumir durante meses en las prisiones, como a Camoens. No vuelve la espalda a sus contrarios, como lo hiciera el suave autor de Os Lusíadas, sino que, apenas extendido el rumor y antes de que nadie se atreviera a acusarle públicamente, deja el ejército y se presenta en Portugal para pedir explicaciones.

La prueba de que Magallanes no se sentía culpable en lo más mínimo de los turbios actos que le imputaban es que, llegado a Lisboa, reclama audiencia del rey, pero no para defenderse, antes al contrario, para exigir por fin, plenamente satisfecho de la obligación cumplida, una ocupación más digna y mejor paga. De nuevo ha perdido otros dos años, de nuevo ha recibido en franca lucha una herida que casi le deja inútil. Pero es mal acogido; el rey Manuel no da tiempo al enérgico acreedor para exponer sus pretensiones. Ya enterado por el alto mando de Africa de que el intratable capitán, obrando a su antojo, sin pedir autorización, había abandonado el ejército de Marruecos, el rey trata al benemérito oficial herido como a un vulgar desertor. No queriendo oír nada más, ordena sin rodeos a Magallanes que vuelva a Africa para ocupar inmediatamente su sitio, y se ponga, ante todo, a la disposición del superior. Magallanes ha de callar por disciplina. Se embarca para Azamor en la primera nave. Huelga decir que, una vez allí, ya no se habla de pública investigación, ni se atreve nadie a acusar al digno soldado, y apoyado por la declaración expresa del alto mando de que ha salido del ejército con honor y provisto de todos los documentos que atestiguan su inocencia y sus merecimientos, Magallanes vuelve a Lisboa por segunda vez, ya se puede suponer con qué exasperación de ánimo. En vez de distinciones han caído sobre él sospechas; en vez de recompensas, cicatrices. Bastante ha callado y se ha mantenido en último término. Ahora, a los treinta y cinco años de edad, la fatiga no le permite ya implorar su derecho como si fuera una limosna.

La prudencia debió aconsejar a Magallanes en aquel caso dejar para más adelante el insistir cerca del rey Manuel. Sería mejor pasar una temporada quietamente granjeándose relaciones y amistades en las esferas cortesanas, no escatimando su presencia ni las lisonjas. Pero la habilidad y la flexibilidad nunca se avinieron con Magallanes. Por poco que sepamos de él, basta para cerciorarnos de que aquel hombre tostado, pequeño, borroso y reservado no poseyó ni un gramo siquiera del don de gentes. El rey, no se sabe por qué, le tuvo inquina toda la vida ?sempre teve hum entejo? y aun su inseparable Pigafetta ha da confesar que los oficiales lo odiaban sinceramente ?li capitani sui lo odiavano?. "Todo era aspereza a su alrededor", como dice la Raquel de Kleist. No sabía sonreír ni ser amable ni complaciente, como tampoco dar cuerpo a sus ideas en la conversación. Nada afable ni comunicativo, siempre envuelto en una nube misteriosa, el solitario eterno debía crear a su alrededor una atmósfera glacial, de incomodidad y de recelo, pues pocos llegaron a tratarle y ninguno conoció su intimo sentir. Instintivamente, sus camaradas barruntaban en su callado alejamiento una ambición de índole oscura que se les hacía más sospechosa que la de los cazadores de ocasiones, los cuales, abiertamente, sin rubor y con vehemencia, se lanzaban sobre las tajadas. Algo quedaba continuamente oculto tras de sus ojillos hundidos y duros, tras de su boca emboscada: un secreto que no descubría a nadie; un hombre que guarda un secreto y tiene la fuerza de oprimirlo años enteros tras de los dientes, se hará extraño a unos y a otros. Magallanes, desde los abismos de su ser, fue siempre creándose alrededor la oposición. No era fácil estar con él y por él; quizás era más difícil aún, para el trágico solitario, estar tan solo consigo mismo.

También esta vez el fidallo escudeiro Fernando de Magallanes se presenta solo, sin protector ni abogado, a la audiencia del rey, escogiendo el peor de los caminos para la corte: el camino recto y sincero. El rey Manuel lo recibe en la misma sala, tal vez desde el mismo trono donde su antecesor Juan II había despachado a Cristóbal Colón; y en el mismo sitio se reproduce una misma escena histórica. Porque el hombrecillo de anchos hombros de campesino, de ademán rudo, con su barba negra; el portugués de ojos emboscados y hundidos que ahora se inclina ante su soberano, y a quien éste despedirá con el mismo desdén, no desmerece en los propósitos de aquel genovés llegado de fuera; y tal vez en decisión y en experiencia sea Magallanes superior a Colón, su famoso antecesor. No hubo, de aquella hora del destino, otro testigo que el rey; pero, a través de las descripciones coincidentes de los cronistas de la época, nos parece estar en la sala del trono, salvando la distancia de siglos. Magallanes, cojeando de su pierna maltrecha, se acerca al rey y, con una inclinación, le tiende los documentos que prueban en forma incontrovertible lo injusto de las maliciosas acusaciones. Inmediatamente después de presentadas esas pruebas hace al rey el primer ruego; que, en atención a su última herida, que le hace inútil para la guerra, le sea aumentado su sueldo mensual, su moradia, en medio crusado ?aproximadamente, un chelín inglés de nuestros días?. Es un aumento insignificante, ridículo, el que reclama, y no parece propia del hombre orgulloso, recio y con ambiciones, esta petición, con la rodilla hincada. Y es que a Magallanes poco le importa, naturalmente, la pieza de plata de medio crusado; lo que le importa es su categoría, su honor. Allá en la corte, el importe de la moradaa, de la pensión, entre los cortesanos celosos unos de otros, que se apartan a codazos, representa el grado que ocupa cada noble en la casa real. Magallanes, con sus treinta y cinco años, veterano de las guerras de Indias y de Marruecos, no quiere permanecer más tiempo a la retaguardia de aquellos muchachos a quienes apunta el bozo, que aguantan el plato al rey o abren la portezuela de su coche. Nunca el orgullo le ha movido a dar empujones a nadie, pero si le veda el dejarse poner detrás de los más jóvenes y de los que tienen menos méritos. No quiere que se le estime en menos de lo que él se estima a sí mismo y a su tarea.

Pero el rey Manuel observa, duro el entrecejo, al inquieto solicitante. Tampoco a él, rico entre todos los monarcas, le importa la miserable moneda de plata. Lo que le molesta es la actitud de este hombre, que, lejos de rogar humildemente, exigía impetuoso; que no se conforma con esperar que el rey le conceda el sueldo como una gracia, sino que insiste, envarado y cerril, como si se tratara de un derecho. ¡Ea, ya aprenderá a esperar y a pedir ese muchacho testarudo! Mal aconsejado por el enojo, Manuel, llamado el fortunado, el dichoso, rehúsa, por desdicha, el aumento de pensión que exige Magallanes, sin imaginar los miles de ducados de oro que, en día no lejano, quisiera poder pagar a cambio del medio crusado que ahora niega.

Es hora de que Magallanes se retire, pues la frente nublada del rey no deja esperar ni un rayo siquiera de cortesana benevolencia. Pero, lejos de inclinarse, servil, y dejar la sala, Magallanes endurecido por el orgullo, permanece de pie, imperturbable ante su monarca y expone su segundo ruego, el que más le interesa. Inquiere si el rey tiene, acaso, para él un cargo, una ocupación digna, por medio de la cual pudiera cumplir su deber, pues se siente demasiado joven y dispuesto para quedar reducido a vivir de limosna toda la vida. Cada mes, y hasta cada semana, salen de los puertos de Portugal los barcos que van a Indias, a Africa y al Brasil; nada tan propio como confiar el mando de uno de los muchos barcos a un hombre que conoce los mares del Este tan bien como el mejor. Nadie en la ciudad ni en todo el Imperio, con excepción del veterano Vasco de Gama, podría gloriarse de superar en conocimiento a Magallanes. Pero al rey Manuel se le hace cada momento más insoportable la dura mirada exigente del querellante. Sin dar a Magallanes ninguna esperanza, le responde fríamente que no tiene ningún cargo para él.

Es asunto concluido. La última palabra. Pero Magallanes expone todavía una tercera petición, más bien una simple pregunta. Magallanes pregunta al rey si tendrá inconveniente en que preste sus servicios a otro país donde haya esperanzas de ser mejor atendido. El rey, con una frialdad ofensiva, le da a entender que a él le tiene sin cuidado y que puede prestar sus servicios donde mejor le acomode. Con esto Magallanes queda convencido de que en la corte portuguesa se renuncia sin reservas a sus actividades, que le reconocen todavía graciosamente el derecho a la limosna para lo sucesivo, pero que estarían conformes en que volviera la espalda al país y a la corte.

No hubo más oyente que el rey en esta audiencia. No se sabe si fue entonces o en otra ocasión cuando Magallanes debió de exponer al rey su plan secreto. Tal vez no le dieron oportunidad de desplegar sus ideas o las oyeron con frialdad. Lo cual no es óbice para que en la misma audiencia Magallanes manifestara una vez más su voluntad de poner, como hasta entonces, la sangre y la existencia al servicio de Portugal. Por reacción de la áspera negativa, se creyó obligado a tomar una decisión, caso que se presenta inevitablemente, uno a otro día, en la vida de todo hombre creador.

En el momento de salir como un mendigo rechazado del palacio de su rey, está convencido de que no es hora de esperar ni de vacilar. Con sus treinta y cinco años ha vivido y experimentado en los campos y en el mar todo lo que un guerrero y un navegante puedan reunir de conocimientos. Ha rodeado el Cabo cuatro veces, dos por Occidente y dos por Oriente. Ha estado innumerables veces a punto de morir; tres veces ha sentido en la carne cálida y sangrienta el frío del metal de las armas enemigas. Ha visto una porción de mundo inconmensurable, sabe más del oriente de la tierra que todos los geógrafos y los cartógrafos famosos de su tiempo; ha dado testimonio de conocer toda la técnica de la guerra en casi diez años de prueba; sabe manejar la espada y el arcabuz, servirse del timón y de la brújula, y gobernar el velamen como el cañón, el remo, la azada y la lanza. Sabe orientarse en los portulanos, servirse de la sonda y, con no menos exactitud que un maestro en Astronomía, utiliza todos los instrumentos náuticos. Lo que otros curiosean únicamente en los libros: las interminables calmas del viento y los ciclones que duran días, las batallas en el mar y en la tierra, los cercos y los pillajes, el ataque por sorpresa y el naufragio, él lo ha vivido y en todo ha actuado. Por espacio de diez años, en mil noches y días se ha templado en la espera sobre el infinito de los mares, y ha tenido que saber aprovechar el instante decisivo que pasa como un relámpago. Se ha familiarizado con toda raza de hombres, amarillos y blancos, negros y morenos, hindúes y negros, malayos y chinos, árabes y turcos. En todas las formas de servicio, por mar y tierra, en las diversas estaciones y en las diversas zonas, entre los hielos y bajo cielos ardientes, ha servido a su rey y a su país. Pero servir es propio de la juventud, y ahora, al borde de los treinta y seis años, Magallanes decide que ya ha sacrificado bastante tiempo a los intereses y a la fama de los demás. Como todo hombre creador, experimenta, media in vita, el anhelo de la propia responsabilidad y de la realización personal. La patria le ha abandonado y ha roto los vínculos que le unían al cargo y al deber ¡Mejor! Ahora es libre. Como tantas otras veces, el puño que intentaba apartar a un hombre, lo que logra en realidad es hac