OBRAS ESCOGIDAS

 BIOGRAFIAS

STEFAN ZWEIG

(1981-1942)

Stefan Zweig representa uno de los intelectuales más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX. Esta selección de obras, ofrece la visión de este genial autor de la Civilización Occidental en la turbulenta época que le tocó vivir.


ÍNDICE

 

ERASMO DE ROTTERDAM / TRIUNFO Y TRAGEDIA

MISIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

OJEADA A LA ÉPOCA

JUVENTUD OSCURA

RETRATO

GRANDEZA Y LÍMITES DEL HUMANISMO

EL GRAN ADVERSARIO

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

LA GRAN DISPUTA

EL FIN

EL LEGADO DE ERASMO

 

CASTALION CONTRA CALVINO

CALVINO SE APODERA DEL PODER

LA "DISCIPLINA"

APARECE CASTALIÓN

EL CASO SERVET

EL ASESINATO DE SERVET

EL MANIFIESTO DE LA TOLERANCIA

UNA CONCIENCIA CONTRA LA FUERZA

LA FUERZA SE DESHACE DE LA CONCIENCIA

 

MAGALLANES

INTRODUCCIÓN

"NAVIGARE NECESSE EST"

MAGALLANES EN LAS INDIAS (MARZO JUNIO )

MAGALLANES SE EMANCIPA (JUNIO OCTUBRE )

UNA IDEA QUE SE REALIZA ( OCTUBRE - MARZO )

UNA VOLUNTAD CONTRA MIL OBSTÁCULOS ( MARZO - AGOSTO )

LA PARTIDA ( SEPTIEMBRE )

BUSCANDO EN VANO ( SEPTIEMBRE ABRIL )

LA SUBLEVACIÓN ( ABRIL ABRIL )

EL MOMENTO SOLEMNE ( ABRIL - NOVIEMBRE

MAGALLANES DESCUBRE UN REINO PARA SÍ ( NOVIEMBRE - ABRIL )

LA MUERTE ANTE EL TRIUNFO ( ABRIL - ABRIL )

LA VUELTA SIN EL CAUDILLO ( ABRIL SEPTIEMBRE )

LOS MUERTOS NO TIENEN RAZÓN

 

MARÍA ANTONIETA

INTRODUCCIÓN

CASAN A UNA NIÑA

SECRETO DE ALCOBA

PRESENTACIÓN EN VERSALLES

LA LUCHA POR UN SALUDO

LA CONQUISTA DE PARÍS

«LE ROI EST MORT, VIVE LE ROI!»

RETRATO DE UNA PAREJA REGIA

LA REINA DEL ROCOCÓ

TRIANÓN

LA NUEVA SOCIEDAD

LA VISITA DEL HERMANO

MATERNIDAD

LA REINA SE HACE IMPOPULAR

UN RAYO EN EL TEATRO ROCOCÓ

EL ASUNTO DEL COLLAR

PROCESO Y SENTENCIA

DESPIERTA EL PUEBLO, DESPIERTA LA REINA

EL VERANO DE LA DECISIÓN

HUYEN LOS AMIGOS

APARECE EL AMIGO

¿LO ERA O NO LO ERA?

LA ÚLTIMA NOCHE EN VERSALLES

EL CARRO FÚNEBRE DE LA MONARQUÍA

EXAMEN DE CONCIENCIA

MIRABEAU

SE PREPARA LA HUIDA

LA HUIDA A VARENNES

LA NOCHE EN VARENNES

REGRESO

EL UNO ENGAÑA AL OTRO

APARECE EL AMIGO POR ÚLTIMA VEZ

REFUGIO EN LA GUERRA

LOS ÚLTIMOS CLAMORES

EL DIEZ DE AGOSTO

EL TEMPLE

MARÍA ANTONIETA, SOLA

LA ÚLTIMA SOLEDAD

LA CONSERJERÍA

LA ÚLTIMA TENTATIVA

LA GRAN INFAMIA

COMIENZA EL PROCESO

LA VISTA

EL ÚLTIMO VIAJE

LA ENDECHA FÚNEBRE

NOTA DEL AUTOR

CUADRO CRONOLÓGICO

 

FOUCHÉ EL GENIO TENEBROSO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO PRIMERO / ASCENSO (-)

CAPÍTULO II / EL MITRAILLEUR DE LYON

CAPÍTULO III / EL DUELO CON ROBESPIERRE

CAPÍTULO IV / MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO

CAPÍTULO V / MINISTRO DEL EMPERADOR

CAPÍTULO VI / LA LUCHA CONTRA EL EMPERADOR

CAPÍTULO VII / INTERMEZZO INVOLUNTARIO

CAPÍTULO VIII / LA LUCHA FINAL CONTRA NAPOLEÓN

 


 

 

 

ERASMO DE ROTTERDAM

TRIUNFO Y TRAGEDIA

STEFAN ZWEIG

ÍNDICE

MISIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

OJEADA A LA ÉPOCA

JUVENTUD OSCURA

RETRATO

GRANDEZA Y LÍMITES DEL HUMANISMO

EL GRAN ADVERSARIO

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

LA GRAN DISPUTA

EL FIN

EL LEGADO DE ERASMO

 

Traté de saber si Erasmo de Rotterdam era de aquel 'partido.

Pero cierto comerciante me respondió: "Erasmus est homo pro se"

(Erasmo es hombre aparte).

EPÍSTOLAS OBSCURORUM VIRORUM. 1515

 

MISIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

Erasmo de Rotterdam, un tiempo la mayor y más resplandeciente gloria de su siglo, apenas, no lo neguemos, es algo más que un nombre en el día de hoy.

Sus innumerables obras, redactadas en un olvidado idioma supernacional, el latín humanístico, duermen ininterrumpidamente en las bibliotecas; apenas una sola de las que tuvieron fama universal en otro tiempo nos dice ya nada en el nuestro. También su personalidad, por ser de difícil comprensión y presentar sombras crepusculares y contradicciones, ha sido fuertemente obscurecida por la de otros reformadores universales, más robustos y fogosos, y de su vida privada hay poco interesante que comunicar: una criatura humana de existencia silenciosa e incesante trabajo proporciona rara vez una brillante biografía. Pero hasta su auténtica acción ha quedado soterrada y oculta en la conciencia del tiempo presente, como siempre lo están los cimientos bajo el edificio ya construido. Clara y brevemente, por ello, anticipemos aquí lo que hace que Erasmo de Rotterdam, el gran olvidado, sea todavía hoy, y precisamente hoy, de tanto valor para nosotros: entre todos los escritores y creadores del Occidente fue el primer europeo consciente, el primer combatidor amigo de la paz, el más elocuente defensor del ideal humanístico, benévolo para lo mundano y lo espiritual. Y como, además, fue vencido en su lucha por lograr una forma más justa y comprensiva para nuestro mundo espiritual, este su trágico destino lo liga aún más íntimamente con nuestra fraternal sensibilidad.

Erasmo amó muchas cosas que son queridas hoy para nosotros: la poesía y la filosofía, los libros y las obras de arte, las lenguas y los pueblos, y, sin hacer diferencia entre todos ellos, el conjunto de la humanidad, para el logro de una más alta civilización. Y sólo una cosa odió de verdad sobre la tierra, como antagónica de la razón: el fanatismo. Siendo él mismo el menos fanático de todos los hombres, un espíritu acaso no de suprema categoría pero del saber más dilatado, un corazón no mugiente de bondades pero de proba benevolencia, veía Erasmo en toda forma de intolerancia de opiniones el pecado original de nuestro mundo. En su opinión, casi todos los conflictos entre hombres y entre pueblos podían ser resueltos sin violencia, mediante mutua tolerancia, porque todos caen dentro de los dominios de lo humano; casi toda conflagración podía resolverse por medio de árbitros si los incitadores y exaltados de una y otra parte no dieran tensión al arco de la guerra. Por ello combatía Erasmo cualquier fanatismo, ya en el terreno religioso, en el nacional o en el del modo de concebir el Universo y la vida, como perturbador nato y jurado de toda comprensión; odiaba a todos los obstinados y monoideístas, ya aparecieran en hábitos sacerdotales o con togas académicas, a los que llevaban anteojeras en el pensamiento y a los fanáticos de toda clase y raza, que en todas partes exigen una obediencia de cadáver para sus propias opiniones, y a toda otra concepción la llaman despectivamente herejía o bribonería. Así como a nadie quería constreñir a que aceptara las concepciones que él enseñaba, también oponía decidida resistencia a que le forzaran a seguir cualquier confesión religiosa o política.

La independencia del pensamiento era para él cosa evidente, y este libre espíritu siempre consideró como un secuestro de la divina pluralidad del mundo el que alguien, ya en el pulpito o ya en la cátedra, se levantara y hablara de su propia verdad personal como de una misión que Dios le hubiere confiado, hablándole al oído, a él y sólo a él. Con toda la fuerza de su inteligencia, centelleante y convincente, combatió, por tal motivo, en todos los terrenos, a lo largo de toda una vida, contra los fanáticos ergotizantes de sus propias creencias, y sólo en muy raras y felices horas se rió de ellos. En tales momentos más suaves apareciósele el fanatismo de frente estrecha, sólo como una lamentable limitación del espíritu, como una de las innumerables formas de la "stultitiá", cuyas mil degeneraciones y variedades tan regocijadamente clasificó y caricaturizó en su Elogio de la Locura. Como hombre justo, auténtico y sin prejuicios, comprendió y compadeció hasta a su más encarnizado enemigo. Pero en lo más profundo, siempre supo Erasmo que este perverso espíritu de la naturaleza humana, que el fanatismo, había de destrozar su propio mundo benigno y su existencia.

Pues la misión y el sentido de la vida de Erasmo era realizar la síntesis armónica de lo contradictorio en el espíritu de la humanidad. Había nacido con un carácter armonizador, o, para hablar como Goethe, que era semejante a él en la repulsa de todo lo extremo, con "una naturaleza comunicativa".

Toda poderosa subversión, todo tumulto, toda turbia disputa entre las masas, oponíase, ante su sensibilidad, al claro ser de la razón del mundo, a cuyo servicio sentíase obligado como fiel y sereno mensajero, y en especial la guerra, como la más grosera y desaforada forma de resolver internas oposiciones, le parecía incompatible con una humanidad que pensara moralmente. El arte singular de limar conflictos mediante una bondadosa comprensión, de aclarar lo turbio, de concertar lo embrollado, de casar de nuevo lo desunido y dar a lo disgregado un más alto enlace común, era la auténtica fuerza de su paciente genio, y con gratitud, sus contemporáneos llamaron simplemente "erasmismo" a esta voluntad de comprensión que actuaba en plurales formas. Para este "erasmismo" es para lo que aquel hombre quería ganar el mundo. Como reunía en su misma persona todas las formas del poder creador, y a un tiempo era poeta, filólogo, teólogo y pedagogo, consideraba también como posible, en el ámbito total del mundo, el enlace de lo irreconciliable aparentemente; ninguna esfera fue inalcanzable, o ajena, a su arte de conciliador. Para Erasmo no existía ninguna oposición moral irreducible entre Jesús y Sócrates, entre doctrina cristiana y sabiduría antigua, entre piedad y moralidad. Ordenado sacerdote, admitió a los paganos, en el sentido de la tolerancia, en su espiritual celeste paraíso, y los colocó fraternalmente junto a los padres de la Iglesia; la filosofía, como la teología, era para él una forma de buscar a Dios, e igualmente pura; no levantaba la mirada hacia el cielo cristiano con menor fe que con gratitud hacia el Olimpo griego. El Renacimiento, con su sensual y alegre superabundancia, no le parecía, al igual de Calvino y otros fanáticos, como enemigo de la Reforma, sino como su hermano más libre. No avecindado en ningún país, pero familiar con todos, primer cosmopolita y europeo consciente, no reconocía ninguna superioridad de una nación sobre las otras, y como había enseñado a su corazón a valorar sólo a los pueblos en virtud de sus espíritus más nobles y cultivados, en razón de su élite, todos le parecían dignos de afecto. Convocar a todos estos espíritus selectos de todos los países, razas y clases para formar una gran liga de gente cultivada, esta elevada tentativa tomóla a su cargo Erasmo como meta propia de su vida, y al levantar al latín, la lengua que estaba sobre las lenguas, a una nueva forma artística y capacidad de exposición, creó para los pueblos de Europa —¡cosa inolvidable!—, por espacio de una hora universal, una forma supernacional y unitaria de pensamiento y expresión. Su dilatado saber volvía agradecido la vista hacia lo pasado; su creyente sentido dirigíase, lleno de esperanza, hacia lo porvenir. Pero apartaba tenazmente la vista de la barbarie del mundo, que aspira, una y otra vez, a confundir, zopenca y malignamente, el plan divino con permanente hostilidad; sólo la esfera superior, la que crea y da forma, atraíale fraternalmente, y consideraba como misión de todo hombre espiritual dilatar y amplificar este espacio, a fin de que alguna vez, como la luz del cielo, abarque, unitaria y puramente, a toda la humanidad. Pues ésta era la fe más íntima de este temprano humanismo (y su hermoso, su trágico error): Erasmo y los suyos consideraban posible el progreso de la humanidad por medio de la ilustración, y confiaban en la capacidad educativa, tanto de los individuos como de la totalidad, mediante una difusión más general de la cultura, de los escritos, estudios y libros. Estos tempranos idealistas tenían una conmovedora y casi religiosa confianza en la capacidad de ennoblecimiento de la naturaleza humana por medio del perseverante cultivo de la enseñanza y la lectura. Como hombre de letras que creía en los libros, no dudó jamás Erasmo de la perfecta posibilidad de que la moral fuera enseñada y aprendida. Y la solución del problema de la armonización completa de la vida parecíale ya garantizada por esta humanización de la humanidad, soñada por él como muy próxima.

Tan alto sueño estaba constituido de tal forma, que, como imán poderoso, podía atraer en todos los países a los espíritus mejores de aquel tiempo. Al hombre dotado de sensibilidad moral, siempre le parece como cosa insubstancial y sin sentido la propia existencia, sin el consolador pensamiento, creencia que dilata el alma, de que también él, como individuo aislado, con su deseo y su acción, puede añadir algo a la moralización general del mundo. El momento presente no es más que un peldaño para una mayor perfección, sólo preparación de un proceso vital mucho más perfecto. Quien sabe dar autoridad, por medio de un nuevo ideal, a esta fuerza de esperanza en el progreso moral de la humanidad, llega a ser guía de su generación. De éstos fue Erasmo. La hora era» singularmente favorable para su idea de unión europea en el espíritu de la humanidad, pues los grandes descubrimientos e invenciones del cambio de siglo, la renovación de las ciencias y las artes por el Renacimiento, habían vuelto a ser, desde tiempo atrás, para toda Europa, un dichoso y sobrenacional acontecimiento colectivo; por primera vez, después de innumerables años de depresión, daba ánimos al mundo de Occidente la confianza en su destino, y, de todos los países, las mejores fuerzas idealistas concurrían hacia el humanismo. Todos querían ser ciudadanos, ciudadanos del mundo, en este imperio de la cultura; emperadores y papas, príncipes y sacerdotes, artistas y hombres de Estado, mancebos y mujeres, rivalizaban en instruirse en las artes y ciencias; el latín llegó a ser su idioma fraternal común, un primer esperanto del espíritu: por primera vez, desde la ruina de la civilización romana — ¡glorifiquemos este hecho!—, gracias a la república de sabios de Erasmo, volvía a estar en formación una cultura europea colectiva; por primera vez, no la vanidad de una sola nación, sino la salud de toda la humanidad, era la meta de un grupo fraternal de idealistas. Y esta aspiración de los hombres espirituales a ligarse en espíritu, de los idiomas a entenderse en un súper idioma, de las naciones a hacer las paces valederamente en lo sobrenacional, este triunfo de la razón fue también el triunfo de Erasmo, su sagrada, pero breve y transitoria, hora universal.

¿Por qué no podía durar —pregunta dolorosa— un imperio tan puro? ¿Por qué vuelven a ser siempre vencidos los mismos altos y humanos ideales de comprensión espiritual, por qué lo "erasmista" tiene siempre tan escasa fuerza efectiva en una humanidad que conoce, sin embargo, desde hace mucho tiempo lo absurdo de toda hostilidad? Tenemos, por desgracia, que reconocer y confesar claramente que un ideal que sólo se propone el bienestar general jamás puede satisfacer por completo a dilatadas masas del pueblo; en los caracteres de tipo medio también el odio exige el cumplimento de sus sombríos derechos junto a la pura fuerza del amor, y el provecho personal de cada individuo quiere obtener también de aquella idea rápidas ventajas individuales. Para la masa siempre será más accesible que lo abstracto lo concreto y aprehensible; por ello, en lo político siempre encontrará más fácilmente partidarios todo programa que, en lugar de un ideal, proclame una hostilidad, una oposición Bien comprensible y manejable, que se dirija contra otra clase social, otra raza, otra religión, pues, con el odio puede encender fácilmente el fanatismo sus criminales llamas. Por el contrario, un ideal puramente unificador, un ideal supernacional y panhumano como el erasmismo carece, naturalmente, de todo impresionante efecto óptico para una juventud que quiere ver, al luchar, los ojos de su adversario, y jamás trae consigo aquel elemental atractivo que tiene lo orgullosamente disgregador, que muestra siempre al enemigo más allá de las fronteras del propio país y fuera de las de la propia comunidad religiosa. Por ello siempre encontrarán más fácilmente secuaces los espíritus partidistas, que azuzan en una determinada dirección el eterno descontento humano; mas el humanismo, la doctrina de Erasmo, que no tiene espacio para ninguna suerte de odio, que fija heroicamente su paciente aspiración en una meta lejana y apenas visible, es, y seguirá siendo, un ideal de espíritus aristocráticos, en cuanto el pueblo que ella sueña, en cuanto la nación europea, no esté realizada. A un tiempo" idealistas, y a pesar de ello conocedores de la naturaleza humana, los partidarios de una futura inteligencia de la humanidad no pueden dejar de ver con claridad que su obra está siempre amenazada por el elemento eternamente irracional de la pasión; tienen que tener conciencia, al sacrificarse, de que siempre y en todos los tiempos volverá a haber oleadas de fanatismo, brotadas de las primitivas profundidades del orbe de impulsos humanos, que inundarán y destrozarán todo dique: casi no hay generación que no sufra tal retroceso, y, después de ello, su deber moral es sobreponerse a este desconcierto interno.

Pero la tragedia personal de Erasmo consiste en que precisamente él, el más antifanático de todos los hombres, y precisamente en el momento en que la idea de lo supernacional resplandecía por primera vez victoriosa en Europa, fue arrebatado en medio de una de las más salvajes explosiones de pasión colectiva, nacional y religiosa que conoce la historia. Por lo general aquellos acontecimientos a los que atribuimos una significación histórica no llegan en modo alguno hasta la viviente conciencia del pueblo. Aun las mayores olas de la guerra no alcanzaban, en siglos anteriores, si no a poblaciones aisladas, a aisladas provincias, y en general el hombre espiritual podía lograr mantenerse aparte de la agitación en caso de contiendas sociales o religiosas, y contemplar desde lo alto, con corazón imparcial, las pasiones de los políticos —Goethe es el mejor ejemplo de ello, el cual, imperturbable, prosiguió creando su obra íntima en medio del tumulto de las guerras napoleónicas—. Pero a veces, en muy rara ocasión en el decurso de los siglos, se originan tensiones contrapuestas de tal fuerza de impulsión, que todo el mundo queda desgarrado en dos pedazos, lo mismo que una tela, y este desgarrón gigantesco se extiende a través de todo el país, de toda ciudad, de toda casa, de toda familia, de todo corazón. Por todas partes, entonces, con su presión monstruosa, se apodera del individuo la fuerza inmensa de las masas, y éste no puede defenderse, no puede salvarse de la locura colectiva; un oleaje tan furioso no permite que haya ninguna firme posición, ninguna posición aparte. Estas totales divisiones del mundo pueden hacer explosión por el choque de problemas sociales, religiosos o de cualquier otra índole teórica y espiritual, pues en el fondo es siempre indiferente para el fanatismo la materia con que se inflama; sólo quiere arder y dar llamas, descargar su fuerza de odio acumulado; y precisamente en tales apocalípticas horas universales es cuando con mayor frecuencia irrumpe en el delirio de las masas el demonio de la guerra, rompe las cadenas de la razón y se precipita sobre el mundo, libre y lleno de gozo.

En tales espantosa! momentos de locura colectiva y división universal carece de toda defensa la voluntad individual. En vano es que el hombre espiritual quiera salvarse en la apartada esfera de la meditación; los tiempos le fuerzan a penetrar en el tumulto, hacia la derecha o hacia la izquierda, a inscribirse en un bando o en otro, a adoptar un lema u otro de los partidos en lucha; nadie, entre los cientos de miles y millones de combatientes, necesita en tales momentos de mayor valor, de más fuerza, de más decisión moral que el hombre que ha adoptado una posición central, que no quiere someterse a ningún delirio partidista, a ninguna unilateralidad de pensamiento. Y aquí comienza la tragedia de Erasmo.

Como el primer reformador alemán (y realmente el único, pues los otros más bien fueron revolucionarios que reformadores), había tratado de renovar la Iglesia católica según las leyes de la razón; pero el Destino puso frente a él, hombre de espíritu de muy dilatada amplitud de horizontes, evolucionista, un hombre de acción, Lutero, un revolucionario, agitado demoníacamente por las broncas fuerzas del pueblo alemán. De un solo golpe el férreo puño aldeano del doctor Martín destroza lo que la fina mano de Erasmo, sólo armada de la pluma, se había esforzado por enlazar, tímida y delicadamente.

Durante siglos quedará partido el orbe cristiano y europeo en católicos contra protestantes, gentes del norte contra gentes del sur, germanos contra romanos: en este momento sólo hay una elección, una decisión posible para los alemanes, para los hombres de Occidente: o papistas o luteranos, o el poder de las llaves de San Pedro o el Evangelio. Pero Erasmo —y ésta es su acción más memorable— es el único entre los guiadores de aquella época que se niega a adscribirse a un partido. No se pone del lado de la Iglesia, no se pone del de la Reforma, por estar ligado con ambos bandos: con la doctrina evangélica, ya que por convicción era el primero que la había exigido y fomentado; con la Iglesia católica, por defender en ella la última forma de unidad espiritual de un mundo que se viene abajo. Pero a la derecha hay exageración y a la izquierda hay exageración, a la derecha fanatismo y a la izquierda fanatismo, y él, el hombre inmutablemente antifanático, no quiere servir a una exageración ni a la otra, sino sólo a su norma eterna, la justicia. En vano se coloca como mediador en el centro, y con ello en el puesto de mayor peligro, para salvar, en esta discordia, lo general humano, los bienes de la cultura colectiva; intenta, con sus desnudas manos, mezclar fuego y agua, reconciliar unos fanáticos con otros: cosa imposible, y, por ello, doblemente excelsa. Al principio en ninguno de los dos campos se comprende su conducta, y, como habla con suavidad, cada cual confía en poderlo atraer para su propia causa. Pero apenas comprenden ambos que este espíritu libre no quiere prestar acatamiento a ninguna ajena opinión ni proteger ni ayudar a ningún dogma, el odio y el escarnio caen sobre él desde la derecha y desde la izquierda. Como Erasmo no quiere ser de ningún partido, rompe con los dos; "para los güelfos soy un gibelino, y para los gibelinos un güelfo". Lutero, el protestante, maldice gravemente su nombre; la Iglesia católica, por su parte, pone en el índice todos sus libros. Pero ni amenazas ni injurias pueden inclinar a Erasmo hacia un partido o hacia otro; nulli concedo., no quiero pertenecer a ninguno; este lema suyo lo mantiene hasta el final; es homo per se, hombre aparte, hasta sus últimas consecuencias. Frente a los políticos, frente a los conductores y seductores populares que impulsan hacia una pasión unilateral, el artista, el hombre de espíritu en el sentido de Erasmo tiene la misión de ser el mediador comprensivo, hombre de mesura y de centro. No tiene que estar en ningún frente de batalla, sino única y exclusivamente en la que se libra contra el enemigo común de todo libre pensamiento: contra el fanatismo; no apartado de los partidos, pues participar en el sentimiento de todo lo humano es vocación del artista, sino por encima de ellos, audessus de la mélée, combatiendo las exageraciones de uno y otro lado, y, en todos, el odio sin sentido y siniestro.

Esta posición de Erasmo, esta indecisión, o mejor dicho esta voluntad de no decidir, fue, con gran simplicidad, calificada por sus contemporáneos y sucesores como cobardía, y se mofaron de sus vacilaciones conscientes como si fueran flojera e inconstancia. En efecto, Erasmo no se confesó con abierto pecho al mundo, como un Wínkelried; el heroísmo sin temor no era propio suyo. Con toda prudencia se plegó para apartarse; galantemente osciló como una caña, a derecha e izquierda, pero sólo para no dejarse romper por el viento y volver siempre otra vez a levantarse. No llevó orgullosamente, como una bandera, delante de sí, su declaración de independencia, su "nulli concedo", sino escondido bajo el manto como linterna de ladrón; temporalmente se agazapó y ocultó en escondrijos y utilizó efugios y pretextos durante las más bárbaras colisiones del delirio colectivo; pero —y esto es lo más importante— mantuvo a salvo e intacta de los espantosos huracanes de odio de su tiempo su joya espiritual, su fe en la humanidad, y en este breve pabilo ardiente pudieron encender sus luces Spinoza, Lessing y Voltaire, como podrán hacerlo, más tarde, todos los futuros europeos. Como único de su generación espiritual, Erasmo permaneció más fiel a toda la humanidad que a un clan determinado. Fuera del campo de batalla, no perteneciendo a ningún ejército y hostilizado por ambos, Erasmo murió solo y solitario.

Solitario, es verdad; pero —y esto es lo decisivo— independiente y libre.

Mas la historia es injusta con los vencidos. No ama mucho a los hombres mesurados, a los mediadores y reconciliadores, a los hombres de la humanidad. Sus favoritos son los apasionados, los desmedidos, los bárbaros aventureros del espíritu y de la acción: de este modo ha apartado la vista casi despectivamente de este callado servidor de los sentimientos humanitarios.

En el cuadro gigantesco de la Reforma, Erasmo se alza en último término.

Dramáticamente cumplen los otros su destino, todos aquellos posesos de su genio y de su fe: Hus se asfixia entre las llamas ardientes; Savonarola es amarrado al poste de la hoguera en Florencia; Servet, arrojado al fuego por el fanático Calvino. Cada cual tiene su hora trágica: Thomas Münzer es tenaceado con tenazas de fuego; John Knox, clavado en su propia galera; Lutero, apoyándose ampliamente sobre la tierra alemana, lanza contra el emperador y el Imperio su amenaza de: "No puedo hacer otra cosa". A Thomas Moro y a John Fisher les ponen la cabeza sobre el tajo de los criminales; Zwingli, acogotado por la maza de armas, yace en la llanura de Cappel: todos ellos figuras inolvidables, intrépidos en su creyente furor, extáticos en sus cuitas, grandes en su destino. Mas detrás de ellos prosigue ardiendo la llama fatal del delirio religioso; los destruidos castillos de la Guerra de los Aldeanos son testigos infamadores de aquel Cristo, mal comprendido, cada cual según su modo, por aquellos fanáticos; las ciudades arruinadas, las granjas saqueadas de la Guerra de los Treinta Años y de la de los Cien Años, estos panoramas apocalípticos claman a los cielos la sinrazón terrena del "no querer ceder". Pero en medio de este tumulto algo detrás de los capitanes de esta guerra eclesiástica, y claramente alejado de todos ellos, nos contempla el fino semblante de Erasmo, levemente sombreado de duelo. No está amarrado a ninguna picota de martirio, su mano no aparece armada con ninguna espada, ninguna ardiente pasión abrasa su semblante. Pero claramente se destaca su mirada, azul, luminosa y tierna, inmortalizada por Holbein, y, a través de todo aquel tumulto de pasiones colectivas se dirige hacia nuestra época, no menos agitada. Una serena resignación sombrea su frente —¡ay, conoce la eterna stultitia del mundo!— , mientras que una leve y muy delicada sonrisa de confianza se muestra en torno a sus labios. Lo sabe, en su experiencia; es propio del modo de ser de todas las pasiones el llegar a fatigarse. Es destino de todo fanatismo el agotarse a sí propio. La razón, eterna y serenamente paciente, puede esperar y perseverar. A veces, cuando las otras alborotan, en su ebriedad, tiene que enmudecer y guardar silencio. Pero su hora llega, vuelve a llegar siempre.

 

OJEADA A LA ÉPOCA

El tránsito del siglo XV al XVI es una hora fatal para Europa, sólo comparable con la nuestra por su dramático amontonamiento de sucesos. De repente dilátase el recinto europeo, hasta llegar a ser universal; un descubrimiento viene tras otro, y en espacio de pocos años, por la audacia de una estirpe de navegantes, se repara lo que, en su indiferencia o su falta de ánimos, habían dejado de hacer los siglos. Lo mismo que en un reloj eléctrico, van saltando las fechas: en 1486, Bartolomé Díaz fue el primer europeo que se atrevió a ir hasta el Cabo de Buena Esperanza; en 1492, Colón llegó a las Antillas; en 1497, Sebastián Cabot a las costas del Labrador, y con ello, a la tierra firme americana. Un nuevo continente pertenece ahora a la conciencia de la raza blanca; pero ya Vasco de Gama, zarpando de Zanzíbar, navega hacia Calcuta, y abre así el camino marítimo de la India; en 1500, Cabral descubre el Brasil, y por fin, desde 1519 hasta 1522, Magallanes acomete y termina la empresa marítima más digna de memoria y que corona todas las otras: el primer viaje de una criatura humana alrededor de toda la Tierra, desde España hasta España. De este modo queda comprobada como auténtica la imagen de la "manzana terrestre" de Martín Behaim, la primera esfera, de la cual, a su aparición en 1490, se había hecho mofa, como hipótesis anticristiana y obra de un loco: la más osada acción venía a confirmar al más audaz pensamiento. De la noche a la mañana, el redondo globo, en el cual hasta entonces la humanidad pensante había circulado, incierta y oprimida, por los espacios estelares, como en una térra incógnita, se había convertido en una realidad comprobable y navegable; el mar, hasta entonces místico desierto azul con eterno oleaje, es ahora elemento mensurable y medido, muy útil para la humanidad. De pronto se exalta la audacia europea, ya, no hay pausa ni detención para tomar aliento en la ruda carrera por el descubrimiento del cosmos. Cada vez que los cañones de Cádiz o de Lisboa dan la bienvenida a un galeón de regreso, precipitase al puerto una curiosa muchedumbre para recibir otra embajada de recién descubiertos países, para admirar aves nunca vistas, animales y hombres con espanto contemplan los gigantescos cargamentos de plata y oro; hacia todos los rumbos de los vientos corre por Europa la embajada de que, en un abrir de ojos, se ha convertido en centro y señora de todo el Universo, gracias al heroísmo espiritual de su raza. Mas casi al mismo tiempo explota Copérnico el nunca hollado curso de los astros, más allá de la Tierra, clara de repente, y todo este nuevo saber, gracias al recién descubierto arte de la imprenta, penetra con una celeridad igualmente desconocida hasta entonces en las ciudades más apartadas y en los lugares más perdidos de Occidente: por primera vez, desde hace siglos, ocurre en Europa un acontecimiento colectivo próspero y que eleva el nivel (le la existencia. Durante la vida de una sola generación los elementos primitivos de las nociones humanas, el espacio y el tiempo, han recibido otra medida y otro valor. . . Sólo nuestro último cambia de siglo, con la dominación, igualmente repentina y victoriosa del espacio y el tiempo por medio del teléfono, la radio, el automóvil y los aparatos de aviación, experimentó análoga renovación del, ritmo de la vida, merced a invenciones y descubrimientos.

Esta súbita dilatación de los espacios del mundo exterior tiene, como natural consecuencia, una conmutación igualmente violenta en los recintos del alma.

Cada cual, sin sospecharlo, se ve obligado a pensar, calcular y vivir en otras dimensiones; pero antes de que el cerebro se haya acomodado a la transformación apenas comprensible, se ha transformado ya la sensibilidad: una perpleja confusión, un vértigo, mitad temor y mitad entusiasmo, es siempre la primera respuesta del alma cuando pierde repentinamente su medida, cuando todas las normas y formas sobre las cuales hasta entonces se apoyaba, como sobre algo permanente, se deslizan bajo ella, como fantasma.

De la noche a la mañana, todo lo cierto se ha trocado en dudoso, todo lo de ayer parece viejo y gastado, como de mil años; los mapamundis de Tolomeo, santuario no derribado durante veinte generaciones, se convierten en juego de niños, gracias a Colón y a Magallanes; las obras sobre Cosmografía, Astronomía, Geometría, Medicina, Matemáticas, crédulamente copiadas desde hace miles de años y admiradas como sin tacha, llegan a quedar nulas y anticuadas; todo lo anterior se marchita ante el aliento cálido de los tiempos nuevos. Se acabaron ahora todas las disputas y comentarios escolásticos; las antiguas autoridades caen por tierra, como desbaratados ídolos de la veneración; se vienen abajo las torres de papel de la escolástica; la vista queda libre. Una fiebre espiritual de saber y ciencia se origina de la repentina renovación de la sangre del organismo europeo con nuevos temas universales; acelerase el ritmo. Evoluciones que se operaban en lenta transición, reciben rápido curso con esta fiebre; todo lo existente se pone en movimiento, como por un temblor de tierra. Las organizaciones políticas y sociales (heredadas de la Edad Media cambian de situación, unas ascienden, otras se hunden; la clase caballeresca perece, las ciudades aspiran a elevarse, el elemento agrícola se empobrece, el comercio y el lujo florecen con brío tropical merced al estercolamiento del oro de Ultramar. La fermentación se hace cada vez más violenta; entra en curso una completa mutación de grupos sociales, análoga a la nuestra por la invasión de la técnica y su también harto repentina organización y racionalización; prodúcese uno de aquellos momentos típicos en los que la humanidad, por decirlo así, es sobrepasada por sus propias creaciones y tiene que apelar a todas sus fuerzas para volver a alcanzarse a sí misma.

Todas las zonas de las instituciones humanas se conmueven con este choque inmenso, y, hasta aquella capa más profunda del imperio del alma, que otras veces había permanecido intacta bajo las tormentas de los tiempos, la religiosa, es afectada por este magno viraje del siglo y del mundo.

Rígidamente mantenido inmutable, como un encanto, por la Iglesia católica, el dogma, a modo de roca, había resistido a todos los huracanes, y esta grande y fiel obediencia había sido como el emblema de la Edad Media. En lo alto, disponiendo, se alzaba la autoridad de bronce; desde abajo, creyentemente sometida a la palabra santa, la humanidad la contemplaba: ninguna duda osaba afirmarse contra la verdad eclesiástica, y, donde se opusiera resistencia, mostraría la Iglesia su fuerza defensiva; el anatema quebraba la espada del emperador y dejaba sin aliento al hereje. Pueblos, dinastías, razas y clases sociales, por muy extrañas y hostiles que fueran entre sí, quedaban ligadas en una magnífica comunidad, por esta unánime y humilde obediencia, por esta ciega y beatífica fe reverencial; en la Edad Media, la humanidad occidental no había tenido más que un alma única, la católica. Europa descansaba en el regazo de la Iglesia, conmovida y agitada a veces por místicos sueños, pero en reposo, y le era ajeno todo deseo de verdad alcanzada por medio del saber y la ciencia. Por primera vez, ahora, una inquietud comienza a agitar el alma de Occidente; desde que los secretos de la Tierra han sido investigados, ¿por qué no han de serlo también los divinos? Sucesivamente van levantándose algunos del arrodillamiento en que estaban postrados, con la cabeza humildemente inclinada, y alzan, interrogadora, su mirada; en lugar de la humildad, anímales un nuevo valor, interrogador y pensante, y, junto a los audaces aventureros de desconocidos mares, junto a los Colones, Pizarros y Magallanes, surge una estirpe de conquistadores espirituales que se lanzan osadamente hacia lo infinito. La potencia religiosa que, durante siglos, había estado encerrada en el dogma, como en una botella sellada, se exhala como un éter y se vierte desde los concilios sacerdotales hasta lo profundo del pueblo; también en esta última esfera quiere el mundo renovarse y transformarse. Merced a esta confianza en sí mismo, victoriosa y llena de experiencia, el hombre del siglo XVI no se siente ya como una diminuta partícula de polvo sin voluntad, que se muere de sed por el rocío de la gracia divina, sino como centro de los acontecimientos, soporte de la fuerza del mundo; la humildad y lobreguez transfórmarse súbitamente en la conciencia del propio valer, cuya embriaguez de poderío, más sensual e imperecedera, expresamos con la palabra Renacimiento, y, junto al maestro eclesiástico, aparece el intelectual con idéntica autoridad; junto a la Iglesia, la ciencia. También aquí ha quebrado una autoridad suprema, o, por lo menos, está tambaleándose; acábase la humildad y muda humanidad de la Edad Media, comienza una nueva que pregunta e investiga, con el mismo celo religioso con que las anteriores creyeron y oraron. De los monasterios, trasládase el afán de saber a las universidades, que casi al mismo tiempo aparecen en todos los países de Europa, fortalezas desafiadoras de la libre investigación. Se ha abierto un campo para los poetas, los pensadores, los filósofos, para los expositores e investigadores de todos los misterios del alma humana; en otras formas vierte el espíritu su fuerza; el humanismo intenta devolver a los hombres lo divino sin mediación eclesiástica, y se suscita, ya aisladamente primero, impulsada después por la firmeza del apoyo de las muchedumbres, la gran exigencia universal de la Reforma.

Momento grandioso, cambio de siglo que se convierte en un cambio de edades; Europa posee, por decirlo así, durante un instante, un solo corazón, una sola alma, una sola voluntad, un solo anhelo. Poderosamente se siente invitada a transformarse en su totalidad por un mandato aún incomprensible. La hora está magníficamente preparada, la inquietud fermenta en todos los países, temor acongojante e impaciencia en las almas, y, por encima de todo ello, vuela y se cierne el ansia, oscura y única, de escuchar la palabra que liberte y defina los designios; ahora o nunca le es dado al espíritu renovar el mundo.

 

JUVENTUD OSCURA

Insuperable símbolo de este genio sobrenacional que pertenece al mundo entero: Erasmo no tiene patria, no tiene hogar paterno, hasta cierto punto ha nacida en un espacio sin aire. El nombre de Erasmus Roterodamus, que muestra ante la gloria universal, no es heredero de padres y antepasados, sino nombre de adopción; la lengua que habla durante toda su vida no es la de su tierra holandesa, sino el latín, artificialmente aprendido. Las circunstancias y el día de su nacimiento están envueltos en notable oscuridad; apenas se sabe algo más que el año en que ve la luz: 1466. De este ensombrecimiento, no estaba, en modo alguno, limpio de culpas Erasmo, pues no le gustaba hablar de su procedencia por ser hijo ilegítimo, y más enojoso aún, por ser hijo de clérigo "ex illicito , et ut timet incesto damnatoque coitu genitus" (lo que Charles Reade refiere románticamente sobre la niñez de Erasmo en su célebre novela The cloister and the heart, es, naturalmente, cosa inventada). Los padres mueren pronto y es comprensible que los parientes muestren la mayor prisa para, en cuanto sea posible, mantener lejos de sí y sin que les cueste dinero, al bastardo; por fortuna, la Iglesia está siempre dispuesta a atraer a su seno a un mozo bien dotado. A los nueve años, el pequeño Desiderio (en realidad indeseado), es enviado a la escuela capitular de Deventer, después a Herzogenbusch; en 1487 ingresa en el convento de agustinos de Steyn, no tanto por vocación religiosa como porque se encuentra allí la mejor biblioteca clásica del país; pronuncia sus votos en el año de 1488. Pero por parte alguna está probado que en estos años conventuales haya luchado, con alma ardiente, por la palma de la piedad; sábese más bien, por sus cartas, que se ocupaba principalmente de Bellas Artes, que la literatura latina y la pintura eran su capital ocupación.

En todo caso, fue ordenado sacerdote, por mano del obispo de Utrecht, en el año 1492.

Pocos fueron los que vieron jamás a Erasmo, en toda su vida, con hábitos eclesiásticos; y es siempre preciso hacerse cierto esfuerzo para recordar que este hombre, libre de pensamiento y que escribe tan sin preocuparse, haya pertenecido en realidad, hasta la hora de su muerte, al estado eclesiástico.

Pero Erasmo conoce el gran arte de vivir; todo lo que le es molesto lo aparta de sí, de una manera suave y nada llamativa, y, bajo cualquier hábito y sometido a no importa qué coacción, sabe guardar su libertad interna. Por medio de los pretextos más hábiles, alcanzó dispensa de dos papas para no tener que llevar traje sacerdotal de la obligación del ayuno libróse con un certificado de enfermo, y nunca, ni por un solo día, volvió a estar sometido a la disciplina del convento, a pesar de todos los ruegos, admoniciones y hasta amenazas de sus superiores.

Con ello, se nos revela uno de los más importantes rasgos de su carácter, acaso el principal: Erasmo no quiere ligarse a nada ni a nadie. No quiere echar sobre sí, de modo permanente, la obligación de servir a ningún príncipe, a ningún señor, ni siquiera el servicio divino; por un interno impulso de independencia, su naturaleza tiene que permanecer libre y no sometida a nadie, íntimamente, jamás reconoció ningún superior, no se sintió obligado nunca hacia ninguna corte, ninguna universidad, ninguna profesión, ningún monasterio ni ninguna ciudad, y lo mismo que su libertad espiritual, también defendió toda su vida su libertad moral, con serena perseverancia, pero en extremo tenaz.

A este rasgo tan esencial de su carácter, únese orgánicamente un segundo: Erasmo es en verdad un fanático de la independencia, pero en modo alguno, a pesar de ello, un rebelde o un revolucionario. Muy lejos de ello, aborrece todo conflicto público; como táctico inteligente, evita toda inútil resistencia contra los poderes y los poderosos de este mundo. Prefiere pactar con ellos, a rebelarse; le gusta más captar con habilidad su independencia que combatir por ella; no como Lutero, con osado gesto dramático, arroja de sí su capilla de agustino porque le ata demasiado estrechamente el alma; no, prefiere quitársela suavemente, después de haberse procurado subterráneamente, y con todo misterio, permiso para ello; como buen discípulo de su compatriota el zorro Reinefe, se desliza ágil y hábilmente fuera de la trampa que se le ha puesto a su libertad. Demasiado prudente para llegar nunca a ser un héroe, alcanza por medio de su claro espíritu, que cuenta reflexivamente con las debilidades de la humanidad, todo lo que necesita para el desenvolvimiento de su persona; en su eterna batalla por la independencia en la orientación de su vida, triunfa, no por medio del valor, sino de la psicología.

Pero este gran arte de dirigir, libre y con independencia, la propia vida (el más difícil para todo artista) tiene que ser aprendido. La escuela de Erasmo fue dura y de larga duración. Sólo a los veintiséis años se escabulle del claustro, cuya angostura y estrechez mental se le ha hecho insoportable. No obstante —primera prueba de su habilidad diplomática—, no huye de sus superiores como un fraile que cuelga los hábitos, sino que, tras secretas negociaciones, hace que lo llame el obispo de Cambray para que lo acompañe, en su viaje a Italia, como secretario latino; en el mismo año que Colón América, el prisionero monacal descubre Europa, su mundo futuro.

Felizmente, el obispo prolonga su viaje y de este modo Erasmo tiene tiempo bastante para gozar de la vida a su facón: no tiene que decir misa, puede sentarse a la grande Y bien provista mesa del obispo, conocer hombres sabios, entregarse con pasión al estudio de los clásicos latinos y eclesiásticos y, además, escribir su diálogo Antibarbari: este título de su obra primera podría, por lo demás, ser puesto en todas las portadas de sus obras.

Sin saberlo, ha dado comienzo a la gran campaña de su vida contra la mala educación, la necedad y el tradicional engreimiento, al afinar sus usos y dilatar sus conocimientos; mas, por desgracia, el obispo de Cambray, renuncia a su viaje a Roma y la bella estación debe terminar de repente; no es ya preciso un secretario latino. Ahora, Erasmo, el fraile prestado, debería, en realidad, regresar obedientemente a su convento. Sin embargo, ya que una vez ha bebido el dulce veneno de la libertad, no quiere nunca más dejar de gozarlo. Simula un irresistible afán de alcanzar los grados superiores de la ciencia eclesiástica, con toda la pasión y energía de su miedo al convento, y, al mismo tiempo, con el arte rápidamente maduro de su psicología, acosa al bonachón obispo para que lo envíe a París, con una pensión, a fin de que pueda obtener allí el grado de doctor en Teología. Por fin, el obispo le concede su bendición y, cosa más importante para Erasmo, una escasa pensión como beca, con lo cual, en vano aguarda el prior del convento el regreso del infiel. Pero tendrá que acostumbrarse a esperar por él años y decenios, pues hace mucho tiempo que Erasmo se concedió a sí mismo, soberanamente, para la vida, el permiso de librarse del monacato y de toda otra coacción. El obispo de Cambray proporcionó al joven estudiante sacerdotal la pensión acostumbrada. Pero esta pensión es desesperadamente escasa, un estipendio de estudiante para un hombre de treinta años, y, con amarga mofa, bautiza Erasmo a su ahorrativo protector con el nombre de su "Antimaecenas". Profundamente humillado, tiene que hospedarse aquel hombre rápidamente acostumbrado a la libertad y viciado con las abundancias de la mesa episcopal, en el domus pauperum, en el mal afamado collége Montaigu, poco propio para él, por su ascético reglamento y su dirección severamente eclesiástica. Situado en el Barrio Latino, en el Mont Saint Michel (aproximadamente donde está el actual Panteón), esta cárcel del espíritu aísla celosa y por completo al joven estudiante, lleno de curiosidad por la alegre existencia de sus mundanos camaradas; como de un tiempo de vida de presidiario, habla de aquel teológico encierro de su más bella juventud. Erasmo, que tiene de la 'higiene una representación sorprendentemente moderna, estampa en sus cartas queja tras queja: los dormitorios son malsanos, las paredes heladas, revocadas de cal, y perceptiblemente próximos a las letrinas; nadie puede habitar largo tiempo en esta "amarga residencia" sin caer mortalmente enfermo o sin fallecer.

Tampoco los alimentos le agradan, los huecos o la carne están putrefactos, el vino echado a perder, y las noches están llenas de una lucha nada gloriosa contra los bichos. "¿Vienes de Montaigu?", pregunta más tarde, mofadoramente, en sus Coloquios. "Indudablemente tendrás la frente cubierta de laureles. — No, de pulgas". La disciplina conventual de aquellos tiempos no se espanta, además, de los castigos corporales, y lo que veinte años antes, en la misma casa, un asceta fanático como Ignacio de Loyola estuvo dispuesto a sufrir tranquilamente para educación de su voluntad, los azotes y la baqueta, repugnan a una naturaleza nerviosa e independiente como la de Erasmo. También la enseñanza le produce aversión; rápidamente aprende a aborrecer para siempre el espíritu escolástico, con sus muertos formalismos, su huero talmudismo y su sofistería; el artista que hay en él se indigna —no tan divertidamente como más tarde Rabelais, pero con idéntico desprecio— contra la opresión del espíritu en aquel lecho de Procusto. "Nadie puede comprender los misterios de esta ciencia, si alguna vez ha anudado trato con las musas o con las gracias. Todo lo que has adquirido de bonae litterae tienes que perderlo aquí y arrojar de ti lo que hayas bebido en las fuentes del Helicón. Hago todo lo que puedo para no decir nada en latín, nada gracioso o espiritual, y he hecho ya tales progresos en ello que alguna vez, probablemente, llegarán a considerarme como uno de los suyos". Por fin, una enfermedad le da el pretexto, largo tiempo anhelado, para huir de esta odiada galera del cuerpo y del espíritu, con renuncia al grado de doctor en Teología. Cierto que Erasmo regresa nuevamente a París, al cabo de breve convalecimiento, pero no ya a la "amarga residencia", al "Collége vinaigre", sino que prefiere ganarse la vida dando lecciones, como preceptor y repasador de jóvenes alemanes e ingleses bien acomodados; comienza para el sacerdote la independencia del artista.

Pero la independencia es cosa no prevista para el hombre espiritual en aquel mundo aun casi de Edad Media. Todas las clases sociales están claramente delimitadas en bien definidos grados de la escala social; los príncipes mundanos y de la Iglesia, el clero, los gremios, los soldados, los empleados, los artesanos, los aldeanos, cada rango social constituye un grupo rígido, cuidadosamente cerrado por murallas contra todo invasor. Para los hombres espirituales y creadores, para los sabios, para el artista libre, para el músico, todavía no existe espacio alguno en esta disposición del mundo, pues no han sido inventados aún los honorarios que proporcionan más tarde la independencia. Al hombre espiritual no le queda, por tanto, elección posible, sino ponerse al servicio de cualquiera de estas clases dominantes, tiene que ser servidor de un príncipe o servidor de Dios. Como el arte no vale todavía nada como poder independiente, tiene que buscar el favor de los poderosos, tiene que hacerse valido de algún magnánimo señor, mendigar aquí una prebenda y allí una pensión; tiene que doblegarse en el círculo ordinario de la servidumbre, hasta en los años de Mozart y de Haydn. Si no quiere morirse de hambre, tiene que adular con dedicatorias al vanidoso, asustar con libelos al tímido, perseguir con petitorios al rico; infatigablemente y sin seguridad de triunfo, esta indigna lucha por el pan cotidiano renuévase siempre con un protector o con muchos. Diez o veinte generaciones de artistas han vivido así desde Wagner von der Vogelweide hasta Beethoven, quien, como primero, exigió soberanamente de los poderosos sus derechos de artista y se los tomó sin miramientos. Pero este hacerse el pequeño, este adaptarse y agazaparse, no significa, en todo caso, ningún gran sacrificio para un espíritu tan superior e irónico como el de Erasmo. Muy pronto se penetra de las artimañas del mundo social, pero como no es una naturaleza rebelde, acepta sin quejarse las leyes que lo rigen y pone su esfuerzo en transgredirlas y retorcerlas de modo inteligente. Pero, a pesar de ello, su peregrinación hacia el triunfo es cosa dilatada y poco envidiable; hasta los cincuenta años, cuando los príncipes solicitan sus favores, cuando los papas y los reformadores se dirigen suplicantes a él, cuando los editores lo persiguen y los ricos tienen a.

honor enviarle un regalo a su casa. Erasmo vive de un pan regalado y hasta mendigado. Aun con cabellos grises en su cabeza, tiene que inclinarse y hacer reverencias; innumerables son sus dedicatorias devotas; sus epístolas aduladoras llenan gran parte de su correspondencia, y, coleccionadas aparte, formarían un libro, verdaderamente clásico, de modelos de cartas para solicitantes; con tan magnífica astucia y arte aparece expresada en ellas la mendicidad. Pero detrás de esta falta de amor propio y carácter, con frecuencia lamentable, escóndese en él una voluntad decidida y magnífica de independencia. Erasmo adula en sus cartas para poder ser mejor y más verdadero en sus obras. Deja que constantemente le obsequien, pero no se deja comprar por nadie; rechaza todo lo que podría ligarle permanentemente con una persona especial. Aunque es un sabio internacionalmente famoso, a quien docenas de universidades querrían encadenar a sus cátedras, prefiere colocarse como simple corrector de pruebas en una imprenta, como la de Aldus de Venecia,, o se hace mayordomo y aposentador de camino de unos jóvenes ingleses aristócratas, o simplemente, se queda como parásito en casa de unos amigos ricos, pero siempre, todo ello, sólo durante el tiempo que sea de su agrado y nunca por largo plazo en un mismo lugar. Esta tenaz y resuelta voluntad de ser libre, de no querer servir a nadie, hizo de Erasmo un nómada durante toda su vida. Infatigablemente, está de viaje por todos los países; tan pronto en Holanda como en Inglaterra, en Italia, Alemania y Suiza; es el que viaja más, y más ha viajado, entre todos los sabios de su tiempo; nunca completamente pobre, nunca auténticamente rico, siempre, como Beethoven, "viviendo del aire"; pero este vagar y vagabundear es más grato para su naturaleza filosófica que la casa y el hogar. Mejor es ser, por algún tiempo, simple secretario de un obispo que el obispo mismo para siempre y la eternidad; mejor ser consejero ocasional de un príncipe por un puñado de ducados que su canciller todopoderoso. Por un profundo instinto, este hombre espiritual recela todo poder exterior, toda carrera; actuar a la sombra del poder, apartado de toda responsabilidad, leer buenos libros en una tranquila estancia y escribir los suyos, no ser soberano de nadie ni súbdito de nadie, éste, realmente, fue el ideal de la vida de Erasmo. A causa de esta libertad espiritual, recorre muchos oscuros caminos, y hasta tortuosos, pero todos llevan hacia una misma meta: la independencia espiritual de su arte y de su vida.

La verdadera esfera de su acción sólo la descubre, en realidad, Erasmo, a los treinta años, en Inglaterra. Hasta entonces había vivido en ahogadas celdas de convento, entre gentes estrechas y plebeyas. La disciplina espartana del seminario y la coacción espiritual de las empulgueras de la escolástica habían sido para sus nervios, finos, sensitivos y curiosos, un verdadero martirio; su espíritu, hecho para la amplitud, no puede desplegarse en tales angosturas.

Pero quizás esta hiel y este vinagre eran necesarios para darle aquella increíble sed de saber mundano y de libertad, pues en esta disciplina aprendió aquel hombre, largo tiempo castigado, a odiar como inhumano, de una vez para siempre, toda limitación y estrechez de cerebro, toda doctrinaria unilateralidad, toda brutalidad y todo despotismo; precisamente, lo que Erasmo de Rotterdam habían experimentado de modo tan completo y doloroso en su propio cuerpo y en su propia alma, como característica de la Edad Media, lo hacían capaz para llegar a ser el mensajero de los tiempos nuevos. Llevado a Inglaterra por un joven discípulo, por Lord Montjoy, respira por primera vez con infinita satisfacción el tonificante aire de una cultura espiritual. Pues Erasmo llega en un buen momento al mundo anglosajón. Después de la interminable Guerra de las Dos Rosas, que, durante decenios enteros, había triturado al país, de nuevo goza Inglaterra de las bendiciones de la paz, y, en todas partes de donde la guerra y la política han sido alejadas, pueden las artes y la ciencia desplegarse más fácilmente. Por primera vez, descubre el pequeño estudiante de convento y repasador de lecciones que hay una esfera donde únicamente el espíritu y el saber son considerados como potencias.

Nadie le pregunta por su ilegítimo nacimiento y nadie toma en cuenta sus misas y oraciones, aquí es apreciado sólo como artista, como intelectual, por su elegante latín, por su divertido arte de conversador, en la sociedad más distinguida; con gran encanto, por dicha suya, conoce la asombrosa hospitalidad y la noble carencia de prejuicios de los ingleses, "ces granas Mylords — Accords, beaux et courtois, magnanimes et forts", como son celebrados por Ronsard. Otra manera de pensar se le manifiesta en este país.

Aunque Wiclif está olvidado desde hace tiempo, sigue existiendo en Oxford la concepción más libre y atrevida de la Teología; encuentra aquí profesores de griego que abren para él un nuevo mundo clásico; los mejores espíritus, los hombres más grandes, se hacen sus amigos y protectores y hasta Enrique VIH, entonces todavía príncipe, hace que le presenten aquel curilla. Es honra de Erasmo para todos los tiempos y testimonio de la profunda impresión que provocaba su presencia y conducta, que las gentes más nobles de aquella generación, que Thomas Morus y John Fisher, llegaran a ser sus amigos más íntimos, y que John Colet, los arzobispos Warham y Cranmer fueran sus protectores. Con ansia apasionada, el joven humanista aspira aquella atmósfera, espiritualmente ardorosa; aprovecha el tiempo de esta hospitalidad para dilatar su saber hacia todos lados; refina sus formas de trato en conversaciones con los aristócratas y con sus amigos y las esposas de éstos.

La conciencia de su propia situación ayúdale a realizar una transformación rápida: del torpe y tímido curilla surge una especie de abate, que lleva la sotana como un traje de sociedad. Erasmo comienza a equiparse cuidadosamente, aprende a cabalgar y a cazar; su aristocrático porte en la vida, que después, en Alemania, contrasta tan agudamente con las formas más toscas y groseras de los humanistas provincianos y le aporta una buena parte de su alta posición cultural, lo aprende en las hospitalarias casas de la nobleza inglesa. Situado en el centro del mundo político e íntimamente hermanado con los mejores espíritus de la Iglesia y de la corte, su aguda mirada adquiere aquella amplitud y universalidad que el mundo admira en él más tarde. Pero también su ánimo se hace más claro: "Me preguntas", escríbele alegremente a un amigo, "si me gusta Inglaterra. Pues bien, si me prestaste fe alguna vez, te suplico que creas también esto: que nunca cosa alguna me ha hecho tanto bien. Encuentro aquí un clima grato y saludable, mucha cultura y saber; pero, a la verdad, no de un tipo harto nimio y trivial, sino la formación más profunda, exacta y clásica, tanto en latín como en griego, por lo que yo, aparte de las cosas que allí pueden verse, poca nostalgia tengo de Italia. Cuando oigo a mi amigo Colet, me parece que escucho al mismo Platón, y, ¿alguna vez la Naturaleza ha producido un natural más bondadoso, tierno y feliz que el de Thomas Morus?" En Inglaterra, Erasmo se curó de la Edad Media.

Pero todo su amor por Inglaterra no lo convierte, sin embargo, en un inglés. Como cosmopolita, como hombre del mundo, como carácter libre y universal, regresa de allí el libertado; desde entonces, su amor está en todas partes donde reinan el saber y la cultura, la instrucción y el libro; no los países, ni los ríos y los mares dividen ya el cosmos para él, no la profesión, la raza y la clase social; sólo conoce ya dos categorías en la sociedad: la aristocracia de la educación y del espíritu como mundo superior, la plebe y la barbarie como el inferior. Donde domina el libro y la palabra, la "eloquentia et eruditio", allí, desde ahora, está su patria.

Esta obstinada limitación al círculo de la aristocracia del espíritu, a la entonces tan rala y delgada capa de la cultura, presta a la figura de Erasmo y a sus creaciones un carácter de desarraigo; como verdadero cosmopolita no es más que visitante en todas partes, sólo huésped; en ninguna adopta las costumbres y el modo de ser de un pueblo, en ninguna una lengua viva. En todos sus innumerables viajes, en realidad pasó al lado de lo más característico de cada país sin verlo. Para él, Italia, Francia, Alemania e Inglaterra, se componían de la docena de hombres con los cuales podía mantener una conversación refinada; una ciudad, de su biblioteca; y notada, cuando más, aparte de ello, dónde los mesones eran más limpios, las gentes corteses y los vinos más dulces. Pero todo lo que no fuera el arte de los libros permanecía recóndito para él; no tenía ojos para la pintura, ni oído para la música. No advertía lo que en Roma estaban creando un Leonardo, un Rafael y un Miguel Ángel y censuraba el entusiasmo artístico de los papas como superfina dilapidación, como antievangélico amor del lujo. Nunca leyó Erasmo las estrofas del Ariosto; en Inglaterra, Chaucer le es desconocido, lo mismo que la poesía francesa en Francia. Sólo para una lengua, el latín, está verdaderamente abierto su oído y el arte de Gutenberg era la única musa con la cual verdaderamente se sentía hermanado aquel sutilísimo tipo del literato para quien el contenido del mundo sólo era concebible por medio de las litterae, las letras. Apenas podía entrar en relaciones con la realidad de otro modo sino por medio de los libros y tuvo más trato con ellos que con las mujeres. Los amaba porque eran silenciosos y nada violentos e incomprensibles para las torpes muchedumbres, único privilegio de los cultivados en un tiempo, en general, tan ajeno al derecho. Sólo en esta esfera podía convertirse en dilapidador aquel hombre, por lo demás tan económico, y cuando, con una dedicatoria, trataba de procurarse dinero, lo hacía únicamente con el fin de poder comprarse libros, siempre más, cada vez más, clásicos griegos y latinos, y amaba los libros, no sólo a causa de su contenido, sino que además los adoraba como uno de los primeros bibliófilos, de un modo puramente carnal, por su ser y composición, por sus magníficas formas manejables y al mismo tiempo estéticas. Estar en casa de Aldus en Venecia o de Froben en Basilea, en el bajo taller de imprenta, entre los obreros; recibir de la prensa, todavía húmedos, los pliegos de imprenta; colocar en común con los maestros de este arte los ornamentos y las delicadas iniciales; perseguir, con pluma rápida y aguda, las erratas de imprenta, como un cazador de aguda vista, o, con rapidez aun mayor, redondear, en los húmedos pliegos, una frase latina para hacerla aún más pura y más clásica, éstos eran para él los más dichosos momentos de su existencia; intervenir en los libros y actuar en ellos, su forma más natural de vida. En resumidas cuentas, Erasmo no vivió nunca dentro de los pueblos y países, sino por encima de ellos, en una atmósfera más sutil y más claramente transparente, en la torre de marfil del artista y del académico. Pero desde esta torre, totalmente construida con libros y obras, miraba curiosamente hacia abajo, como otro Linceo, para ver y comprender libre, clara y justamente, la vida viviente. Pues comprender, y comprender cada vez mejor, era el verdadero placer para este noble genio. En un sentido estricto, acaso no se pueda calificar a Erasmo de espíritu profundo; no pertenece a los que piensan las cosas hasta el fin, a los grandes reformadores que dotan al espacio del mundo de un nuevo sistema espiritual planetario; las verdades de Erasmo no son en realidad más que claridad. Pero si no profundo, Erasmo poseía un espíritu extraordinariamente amplio; si no era un pensador hondo, pensaba, en cambio, recta, clara y libremente, en el sentido de Voltaire y de Lessing; un modelo de comprensión y de hacer comprensibles las cosas, un difundidor de la ilustración en el sentido más noble de las palabras. Extender la claridad y la veracidad era para él una función natural. Todo lo embrollado le repugnaba; todo confuso misticismo y toda exageración metafísica le repelían orgánicamente; lo mismo que Goethe, nada odiaba tanto como lo "nebuloso". Lo amplio le atraía para hacerle salir de sí mismo, pero no le tentaba lo profundo; jamás se inclinó sobre el "abismo" de Pascal, no conocía las conmociones anímicas de un Lutero, un Loyola o un Dostoiewski, estas especies de espantosas crisis que están ya misteriosamente emparentadas con la muerte y la locura. Todo lo excesivo tenía que permanecer ajeno a su modo de ser razonable. Pero, por otra parte, no había ningún otro hombre de la Edad Media menos supersticioso que él. Probablemente, se habrá' reído para sí de las convulsiones y crisis de sus contemporáneos, de las visiones del infierno de Savonarola, del terror pánico del demonio de Lutero, de las fantasías astrales de un Paracelso; sólo podía comprender lo más comprensible y lo hacía a su vez comprensible. La claridad se asentaba ya orgánicamente en su primer mirada, y todo lo que iluminaba con su vista insobornable convertíase al punto en orden y claridad. Gracias a esta penetración, transparente como el agua, de su pensamiento, y a la perspicacia de su sensibilidad, llegó a ser el gran explicador, el gran crítico de su época, el educador y maestro de su siglo, pero no sólo maestro de su generación sino también de las siguientes, pues todos los espíritus de la época de la ilustración, librepensadores y enciclopedistas del siglo XVIII, y todavía muchos pedagogos del XIX, son espíritus de su espíritu.

En todo lo moderado y doctrinario escóndese el peligro de la superficialidad y estrechez filisteas, mas si el afán ilustrador de los siglos XVII y XVIII nos irrita por su pretenciosa sofistería, no es culpa de Erasmo, pues si se copiaban sus métodos se carecía de su espíritu. A aquellos menudos ingenios les faltaba el grano de sal ática, aquella soberana superioridad que hace tan entretenidos y sabrosos, literariamente, todos los diálogos y cartas de su maestro. En Erasmo, siempre se equilibraba un alegre humor burlesco con la gravedad del sabio; era lo bastante fuerte para poder jugar con sus fuerzas espirituales, y, ante todo, era propia suya una agudeza a un tiempo centelleante, sin ser maliciosa, cáustica y no malévola, cuyo heredero fue Swift, y, más tarde, Lessing, Voltaire y Shaw. Erasmo, como el primer gran estilista de los tiempos nuevos, sabía indicar, como con un guiño y un centelleo de mirada, ciertas heréticas verdades, conocía el modo de hacer pasar por delante de la nariz de la censura, con igual desparpajo e inimitable habilidad, las cosas más resbaladizas, era un rebelde peligroso que nunca se perjudicaba a sí mismo, protegido por su toga de sabio o por un gesto malicioso rápidamente impuesto a su semblante. Por la décima parte de las audacias que Erasmo expuso a su época, fueron llevados otros a la hoguera; las exponían torpemente y sin miramientos; pero los libros erasmianos eran acogidos con grandes honores por los papas y príncipes de la Iglesia, por reyes y por duques, y eran recompensados don honores y regalos; gracias a su arte literario y humanístico de envolver las cosas, en realidad Erasmo deslizó de contrabando, en los conventos y las cortes de los príncipes, toda la materia explosiva de la Reforma. Con él comienza —en todo es iniciador— la maestría de la prosa política, con toda la escala que va desde la poesía hasta el jocundo pasquín; aquel alado arte de encendidas palabras, que después, magníficamente terminado por Voltaire, Heine y Nietzsche, se mofa de todos los poderes mundanos y espirituales y que siempre fue más peligroso para lo existente que los ataques francos y groseros de la gente de sangre espesa. Con Erasmo, el escritor llega a ser por primera vez un poder europeo, junto a los otros poderes. Y el que no haya usado de ello para fomentar la desunión y la discordia, sino únicamente las buenas relaciones y los intereses generales, es su gloria más duradera.

' Erasmo no fue desde el principio el gran escritor que llegó a ser luego.

Un hombre de su carácter tiene que hacerse viejo para actuar sobre el mundo. Un Pascal, un Spinoza, un Nietzsche, pueden morir jóvenes, porque su compendioso espíritu encuentra precisamente su perfección en las formas más angostas y cerradas. Lo contrario ocurre con un Erasmo, espíritu coleccionador, que busca, comenta y resume las cosas, que no extrae la sustancia tanto de sí mismo como la recoge del mundo, que no actúa por su intensidad sino por su extensión. Erasmo era más bien aficionado que artista; para su inteligencia, siempre dispuesta, el escribir no es más que otra forma de la conversación; no le cuesta ningún gran esfuerzo a su movilidad espiritual y él mismo, una vez, declara que le da menos trabajo componer un libro nuevo que leer las pruebas de imprenta de uno antiguo. No necesita caldearse ni elevar su tono, su pensamiento es siempre más rápido de lo que es capaz de expresar la palabra. "Al leer tu escrito", escríbele Zwingli, "me parecía como si te oyera hablar y viera moverse, del modo más grato, tu pequeña y graciosa figura". Cuanto con mayor facilidad escribe, lo logrado es más conveniente; cuanto más produce, tanto más grande es su eficacia.

La primera obra que le proporciona fama tiene que agradecérsela a una casualidad su suerte, o más bien a un inconsciente conocimiento del ambiente de la época. En el curso de los años había reunido el joven Erasmo, con fines de enseñanza para sus discípulos, una colección de citas latinas, y, en buena ocasión, la hizo imprimir en París con el título de Adagio,. Con ello sale al paso, sin proponérselo, del snobismo de su tiempo, pues precisamente el latín se había puesto muy a la moda, y todo hombre de categoría literaria —este mal uso alcanza casi hasta nuestro siglo— se creía obligado, como persona instruida, a tener que lardear una carta, un tratado o un discurso con citas en latín. La hábil selección de Erasmo ahorraba entonces a todos los snobs el trabajo de leer ellos mismos los clásicos. Desde entonces, cuando alguien escribe una carta no necesita ya resolver largos tomos en folio, sino que, rápidamente, atrapa un bonito adorno retórico en los Adagio. Y como los snobs en todos los tiempos fueron y son muy numerosos, el libro hizo rápidamente su fortuna; una docena de ediciones, cada una de ellas conteniendo casi doble número de citas que la precedente, fueron impresas en todos los países, y de repente el nombre de Erasmo, el expósito y el bastardo, fue célebre en todo el mundo europeo.

Pero un éxito único no prueba nada para un escritor. Mas si vuelve a repetirse continuamente, y cada vez en distinto terreno, entonces indica una vocación, testimonia un instinto especial en el artista. Esta fuerza no es posible aumentarla, este arte no puede ser aprendido; nunca apunta conscientemente Erasmo hacia un nuevo éxito, y siempre vuelve a caberle en suerte del modo más sorprendente. Cuando, en sus Colloquia, escribe privadamente para sus discípulos más íntimos algunos diálogos para aprender más fácilmente el latín, resulta de ello un libro de lectura para tres generaciones. Cuando, en su Elogio de la Locura, piensa escribir una sátira burlona, provoca con el libro una revolución contra toda autoridad. Cuando vuelve a traducir la Biblia del griego al latín y la comenta, da comienzo, con ello, a una nueva Teología; cuando escribe, en pocos días, para una mujer piadosa que se lamenta de la irreligiosidad de su marido, un libro de consolación, éste se convierte en el catecismo de la nueva piedad evangélica.

Sin apuntar, da siempre por completo en el blanco. Lo que siempre conmueve soberanamente a un espíritu libre y despreocupado es nuevo para un mundo cautivo de ideas ya superadas. Pues quien piensa con independencia piensa también, al mismo tiempo, del modo mejor y más útil para todos.

 

RETRATO

"El semblante de Erasmo es uno de los rostros más resueltamente expresivos que conozco", dice Lavater, a quien nadie podrá negar conocimientos en fisiognomía. Y como tal, como uno de los más "resueltamente expresivos", como el semblante que habla de un nuevo tipo humano, lo consideraron los grandes pintores de su tiempo. Nada menos que seis veces, en diversas edades de su vida, retrató Hans Holbein, el más nimio de todos los retratistas, al gran praeceptor mundi; dos veces, Alberto Durero; una, Quintín Matsys; ningún otro alemán posee una iconografía igualmente gloriosa. Pues serle dado a un artista pintar a Erasmo, la lumen mundi, era al mismo tiempo rendir público homenaje al hombre universal que había reunido en una única asociación humanística de cultura las separadas gildes artesanas de las diversas artes. En Erasmo, los pintores glorificaban a su preceptor, al gran luchador de vanguardia por una nueva organización poética y moral de la existencia; con todas las insignias de este poder espiritual lo representaban por ello en sus cuadros los pintores. Lo mismo que el guerrero con su armadura, con su espada y yelmo, el noble con su blasón y mote, el obispo con su anillo y ornamentos, así, en cada retrato aparece Erasmo como el hombre de guerra del arma recién descubierta, como el hombre del libro. Sin excepción, lo pintan rodeado de volúmenes, como de un ejército, escribiendo o pensando: en el cuadro de Durero tiene el tintero en la mano izquierda, la pluma en la derecha, a su lado hay unas cartas, y delante de él se amontonan los tomos en folio. Holbein lo representa una vez con la mano apoyada en un libro que ostenta simbólicamente el título de Las Hazañas de Heracles: hábil homenaje para celebrar el titánico rendimiento del trabajo de Erasmo; otra vez lo sorprende con la mano apoyada en la cabeza de Terminus, antiguo dios romano, es decir, formando y produciendo el concepto; pero siempre acentúa, junto con lo corporal, lo "fino, reflexivo, prudente y tímido" (Lavater) de su posición intelectual; siempre el pensar, investigar y sondear en su propio interior prestan a este semblante, fuera de ello más bien abstracto, un resplandor incomparable e inolvidable. Pues, considerado en sí mismo como puramente corporal, sólo como máscara y exterioridad, sin la fuerza que se reconcentra en el interior de sus ojos, el semblante de Erasmo en modo alguno podría ser llamado bello. La Naturaleza no ha dotado pródigamente a este hombre, rico de espíritu; sólo le ha proporcionado una escasa cantidad de auténtico vigor y vitalidad: una figurilla muy pequeña con menuda cabeza en lugar de un cuerpo firme, sano y capaz de resistencia.

Tenue, descolorida y sin temperamento es la sangre que le infundió en las venas, y sobre los nervios ultrasensibles tendió una piel delicada, enfermiza y con color de estar siempre encerrada, la cual, con los años, se arrugó como un pergamino gris y frágil, contrayéndose en mil pliegues y runas. En todas partes se advierte esta escasez de vitalidad; el pelo, demasiado ralo, y no del todo teñido de pigmento, muestra un rubio casi incoloro en las sienes surcadas de venas azules; las manos anémicas relucen translúcidas como alabastro; demasiado aguda y como un cañón de pluma sobresale la puntiaguda nariz sobre el rostro de ave; de un corte demasiado estrecho, demasiado sibilinos los cerrados labios, con su voz débil y sin tono; los ojos harto pequeños y escondidos, a pesar de toda la fuerza de su brillo; en ninguna parte se caldea un color fuerte ni se redondea una forma llena en este severo semblante de trabajador y de asceta. Es difícil representarse como joven a este sabio; montando a caballo, nadando o haciendo esgrima, bromeando con mujeres o acariciándolas, azotado por el viento y el mal tiempo, hablando alto y riéndose. Involuntariamente, se piensa al punto, al ver esta fina cara de monje, con una sequedad como de conserva, en ventanas cerradas, en el calor de la estufa, en el polvo de los libros, en noches de vigilia y días llenos de trabajo; ningún calor, ningún torrente de fuerza brota de este glacial semblante, y, en efecto, Erasmo siempre tiene frío, este hombrecillo de cuarto cerrado se envuelve siempre en unas vestiduras anchas de mangas, gruesas, guarnecidas con pieles; siempre cubierta la ya tempranamente calva cabeza, contra las atormentadoras comentes de aire, por un birrete de terciopelo. Es el semblante de un ser humano que. no vive en la vida, sino en el mundo del pensamiento; su fuerza no reside en el cuerpo entero, sino que está encerrada únicamente en la huesuda bóveda de encima de las sienes. Sin fuerzas de resistencia contra la realidad, Erasmo sólo en la función de su cerebro tiene su vitalidad verdadera. .

Sólo a causa de esta aura de lo espiritual llega a ser expresivo el semblante de Erasmo: incomparable, inolvidable, el cuadro de Holbein que representa a Erasmo en el más sagrado momento de su existencia, en el instante creador del trabajo; esta obra maestra de las obras maestras del pintor acaso pudiera ser calificada como la más perfecta representación pictórica de un escritor, en quien la palabra viva se convierte mágicamente en la visibilidad de lo escrito. Siempre se acuerda uno de esta imagen —pues ¿ quién que la haya visto podrá nunca olvidarla?— Erasmo está en pie ante su pupitre, e involuntariamente percibe uno hasta el temblor de sus nervios: está solo.

Pleno silencio reina en este recinto; la puerta, detrás del hombre que trabaja, tiene que estar cerrada; nadie anda, nada se mueve en la estrecha celda, pero cualquier cosa que en torno ocurriera no sería advertida por este hombre hundido .en sí mismo, embelesado en el trance de crear. Parece de una tranquilidad de piedra en su inmovilidad; pero si se le mira más despacio, su situación no es de quietud, sino de quien está plenamente encerrado en sí mismo, un misterioso estado de vida que se desarrolla por completo en lo interior. Pues, con la más tensa concentración, su resplandeciente mirada azul, como si se derramara luz de sus pupilas sobre las palabras, sigue lo escrito sobre la blanca hoja de papel, donde la mano diestra, flaca, sutil y casi femenina traza sus signos obedeciendo a una orden que viene de arriba. La boca está fruncida; la frente resplandece serena y tranquila; mecánica y fácilmente, parece que el cañón de pluma coloca sus runas sobre la pacífica hoja de papel. No obstante, un pequeño músculo que se hincha entre las cejas revela el esfuerzo del pensamiento que se realiza de modo invisible y casi imperceptible. Apenas material, este breve pliegue convulsivo próximo a la zona creadora del cerebro deja presentir la dolo rosa lucha por la expresión, por estampar la palabra auténtica. El pensar se nos aparece, con ello, como cosa directamente corporal y se comprende que todo es tensión e intensidad en este hombre, cuyo silencio está atravesado por corrientes misteriosas; magníficamente se ha conseguido representar en esta imagen el momento, en general inescrutable, de la transmutación química de la fuerza de la materia espiritual en forma y escritura. Horas enteras puede contemplarse este cuadro y estar al acecho de su vibrante silencio, porque en este símbolo de Erasmo trabajando ha eternizado Holbein la santa gravedad de todo productor espiritual, la invisible paciencia de todo verdadero artista. Sólo en esta única imagen percíbese la esencia de la personalidad de Erasmo; exclusivamente aquí se sospechan las fuerzas escondidas tras aquel pequeño y miserable cuerpo, que este hombre de espíritu arrastraba consigo como una concha de caracol, molesta y frágil. Erasmo, durante toda su vida, sufrió de la inestabilidad de su salud, pues lo que la Naturaleza le había negado en músculos estaba substituido por una superabundancia de nervios. Siempre, ya desde muy joven, sufre de neurastenia, y quizá, hipocondríacamente, de una hipersensibilidad de sus órganos; demasiado angosta y llena de agujeros es la cubierta protectora que la Naturaleza ha tendido sobre su salud; siempre queda, en cualquier lugar, un sitio desguarnecido y sensible. Ya es el estómago el que marra, ya el reumatismo le desgarra los miembros, ya le atormenta el mal de piedra, ya le aprieta la gota con sus malignas tenazas; todo soplo agudo de aire actúa sobre su sensibilidad excesiva como el frío en una muela picada, y sus cartas constituyen un continuo informe de enfermedades. Ningún clima le conviene por completo; se queja del calor, se pone melancólico con la niebla, aborrece el viento, se hiela con el frío más leve; pero, por otra parte, no soporta el calor de las estufas de cerámica, toda exhalación de un aire impuro le produce malestar y dolores de cabeza.

En vano se envuelve siempre en pieles y gruesas vestiduras: no es suficiente para lograr el calor normal del cuerpo; a diario necesita vino de Borgoña para mantener en circulación su medio dormida sangre. Pero con que el vino tenga sólo un indicio de avinagramiento se anuncian ya en sus entrañas señales de alarma. Apasionadamente aficionado a una comida bien guisada, excelente discípulo de Epicuro, Erasmo tiene un miedo indecible a los malos alimentos, pues con una carne echada a perder se le rebela el estómago, y ya el simple olor del pescado le aprieta la garganta. Esta sensibilidad le obliga a mimarse con exceso, la cultura llega a ser para él una necesidad: Erasmo sólo puede llevar sobre su cuerpo tejidos finos y de abrigo, sólo puede dormir en camas limpias, sobre su mesa de trabajo tienen que arder los más caros cirios en lugar de las usuales teas fuliginosas. Cada viaje se convierte, por ello, en una desagradable aventura, y los informes del eterno viajero sobre los entonces aún muy atrasados mesones alemanes constituyen, en la historia de la cultura, un insubstituible y regocijado catálogo de imprecaciones y riesgos. A diario, en Basilea, da un gran rodeo para llegar a su morada a fin de evitar un callejón especialmente maloliente, pues toda forma de hediondez, ruido, inmundicia, humo, y, en el terreno espiritual, de brutalidad y tumulto, provoca, en su sensibilidad, un mortal tormento para el alma; una vez, en Roma, como sus amigos lo llevaran a una corrida de toros, declaró con repugnancia que "no encuentra ningún placer en aquellos sangrientos juegos, restos de la barbarie"; su íntima delicadeza sufre con toda forma de incultura.

Desesperadamente, busca este solitario higienista, en medio de una edad de horrible descuido corporal, en aquel mundo bárbaro, la misma limpieza que él, como artista y escritor, pone en su estilo y en su trabajo; su organismo, nervioso y moderno, se adelantó en varios siglos a las necesidades culturales de sus contemporáneos, groseros de huesos y de piel, con nervios de acero.

Pero el temor de sus temores es el de la peste, que entonces se trasladaba mortíferamente de país en país. Apenas oye que la epidemia negra ha aparecido a cien leguas de distancia de donde él se encuentra, un escalofrío le recorre las espaldas, al instante levanta el campo y huye con gran pánico, indiferente a si el emperador le llama a su consejo, y no le tientan las más seductoras ofertas: ver su cuerpo cubierto de lepra, úlceras o bichos le degradaría ante sí mismo. Este miedo exagerado de todas las enfermedades no lo denegó nunca Erasmo, y, como honrado vecino del mundo terrenal, no se avergüenza lo más mínimo de confesar que "tiembla ante el solo nombre de la muerte". Pues como todo aquel a quien le gusta trabajar y tiene por importante su trabajo, no quiere ser víctima de un azar torpe y necio, de un estúpido contagio, y precisamente porque, como buen conocedor de sí mismo, sabe mejor que nadie cuál es la innata debilidad de su cuerpo y lo que amenaza especialmente a sus nervios, se trata con miramientos y ahorra todo lo que puede, con angustiosa economía, las fuerzas de su sensible cuerpecillo.

Evita los banquetes excesivamente regalones, presta cuidadosa atención a la limpieza y buena preparación de los alimentos, huye las tentaciones de Venus, y, ante todo, siente temor de Marte, el dios de la guerra. Cuanto más, al envejecer, le oprime la miseria corporal, tanto más consciente se hace su método de vida, en una permanente lucha en retirada, para salvar lo poco de tranquilidad, seguridad y aislamiento que necesita para el único placer de su vida, el trabajo. Y sólo gracias a estas precauciones higiénicas, a esta visible resignación, logró Erasmo el hecho inverosímil de arrastrar el frágil vehículo de su cuerpo, a través del más bárbaro y horroroso de todos los tiempos, hasta la edad de setenta años, y conservar lo único que en esta existencia era verdaderamente importante para él: la claridad de su mirada y la intangibilidad de su libertad interna.

Con tal temor en los nervios y tal hipersensibilidad en los órganos del cuerpo, se llega difícilmente a ser un héroe; de modo inevitable, el carácter tiene que reflejar este inseguro habitus corporal. El que este hombrecillo tan delicado y frágil, en medio de las rudas fuerzas naturales del Renacimiento y de la Reforma, servía poco para director de masas, lo muestra una ojeada a su retrato espiritual. "En ninguna parte tiene un rasgo sobresaliente de osadía", expone Lavater al juzgar su semblante, y lo mismo puede decirse del carácter de Erasmo. Este hombre sin temperamento no estaba bastante desarrollado para un auténtico combate; Erasmo sólo puede defenderse a la manera de esos animalitos que, al estar en peligro, se fingen muertos o cambian de color; pero, lo que prefiere, en caso de tumulto, es retirarse a su concha de caracol, a su cuarto de trabajo: sólo detrás del muro de sus libros se siente íntimamente seguro. Observar a Erasmo en momentos decisivos es casi penoso; pues, en cuanto la situación llega a ser más y más aguda, se desliza rápidamente fuera de la zona peligrosa; se cubre la retirada, para huir de toda expresión categórica, con unas no comprometedoras frases de "acaso", "en cuanto"; vacila entre un sí y un no; desconcierta a sus amigos y enoja a sus enemigos, y, quien contara con él como* aliado se sentiría' burlado del modo más lamentable. Porque Erasmo, como inconmovible, solitario, no quiere guardar fidelidad a nadie sino a sí mismo. Aborrece instintivamente toda especie de resolución porque crea compromisos, y probablemente el Dante, tan apasionado amador, lo habría arrojado, a causa de su flojera, a aquella antesala del infierno de los "neutrales", con aquellos ángeles que tampoco quisieron tomar partido en la lucha entre Dios y Lucifer.

"quel cattivo coro Degli angelí che non jurón rebelli ne, fur fedeli a Dio, ma per se foro".

En todas partes donde se exige abnegación y plena responsabilidad, échase atrás Erasmo, retirándose en la fría concha de caracol de la neutralidad; por ninguna idea de este mundo ni por ninguna convicción se habría encontrado dispuesto jamás a poner la cabeza en el tajo del verdugo como mártir. Pero esta debilidad de carácter, conocida por toda la época, nadie la sabía mejor como el propio Erasmo. Confesaba voluntariamente que su cuerpo y su alma no contenían nada de aquella materia con la cual la Naturaleza forma a los mártires; pero, para su posición en la vida, había hecho suya la escala de valores de Platón, según la cual la justicia y la tolerancia son las primeras virtudes del hombre y sólo en segundo lugar aparece el valor. El valor de Erasmo mostróse del modo más alto en poseer la sinceridad de no avergonzarse de esta falta de valor (por lo demás,'una forma muy rara de honradez en todos los tiempos), y como una vez se le reprochara groseramente esta falta de valentía combativa, respondió, fino y sonriente, con esta frase soberana: "Ese sería un duro reproche si fuera yo un soldado suizo mercenario. Pero soy un hombre de letras y necesito de tranquilidad para mi trabajo".

Elemento en el cual confiar en este hombre, en el cual tan poco podía confiarse, no había más que uno: el cerebro, infatigable y siempre trabajando con toda regularidad, como si formara un cuerpo especial, más allá de su débil organismo. Éste no conocía ninguna hostilidad, ninguna fatiga, ninguna vacilación, ninguna incertidumbre; desde sus años más tempranos hasta la hora de su muerte, actuó con idéntica fuerza, clara y luminosa. Siendo, por su carne y su sangre, un débil hipocondríaco, era Erasmo un gigante en el trabajo. Apenas necesitaba más que tres o cuatro horas de sueño para su cuerpecillo —¡ay, lo gastaba tan poco!—, en las restantes veinte horas, estaba en incesante actividad, escribiendo, leyendo, discutiendo, comparando textos, corrigiendo. Escribe en sus viajes, en el traqueteante carruaje; en toda posada la mesa se convierte al instante en pupitre de trabajo. Estar en vigilia significa para él lo mismo que estar entregado a su actividad de escritor, y el estilógrafo es hasta cierto punto como un sexto dedo de su mano. Atrincherado tras sus libros y papeles, observa con celosa curiosidad, como por una cámara oscura, todos los acontecimientos; ningún progreso de las ciencias, ninguna invención, ningún libelo, ningún suceso político, escápase a su mirada acechadora;, sabe todo lo que ocurre en la redondez del mundo por medio de sus libros y epístolas. El que esta trasmisión se efectuara casi exclusivamente por medio de la palabra manuscrita e impresa, y el que en Erasmo el cambio de substancia con la realidad se verificara solamente por vía cerebral, ha acarreado, ciertamente, rasgos de academicismo, cierta abstracta frialdad, a las obras de Erasmo; lo mismo que a su cuerpo, también a la mayor parte de sus escritos les falta pleno jugo y sensibilidad. Sólo con "los ojos del cerebro, no con todos sus órganos, vivos y absorbentes, apodérase del mundo este ser humano, pero esta su curiosidad, su afán de saber, abarca todas las esferas. Movible como un reflector, derrama su luz sobre todos los problemas de la vida y los ilumina con una penetración constante y despiadada; es un aparato de pensar totalmente moderno, de una precisión insuperable y magnífica amplitud y alcance. Apenas algún campo de la actividad de su tiempo quedóse sin iluminar por él; en todo el territorio del pensamiento es un precursor e iniciador de posteriores y más amplios trabajos, este espíritu estimulante, inquieto, vagabundo, y que, sin embargo, siempre apunta claramente hacia el blanco. Pues Erasmo poseía un instinto de zahori totalmente mágico; en todo lugar por donde sus contemporáneos pasaban sin sospecha, presentía el filón de oro o plata de un problema que había que explorar. Lo advierte, lo olfatea, es el primero que se refiere a él, pero, con esta alegría de descubridor, queda en general agotado su interés impaciente, continúa su vagabundaje, y la auténtica extracción del tesoro, las molestias del excavar, cribar, explotar y aprovechar se las deja a sus sucesores. Aquí están sus fronteras: Erasmo (o por mejor decir, su magnífica vista cerebral) no hace más que iluminar los problemas, no los soluciona: lo mismo que su sangre y su cuerpo del estremecimiento de la pasión, también su poder creador carece del más externo fanatismo, del último encarnizamiento, del furor de la parcialidad: su mundo es lo dilatado, no lo profundo.

Por ello, todo juicio sobre esta figura, notablemente moderna y al mismo tiempo extratemporal, será injusto, en cuanto sólo se tome como medidla su obra y no también sus efectos. Pues Erasmo era un alma con muchas zonas superpuestas, un conglomerado de las más diversas aptitudes, una suma, pero no una unidad. Audaz y acobardado, avanzando con fuerza y no obstante indeciso en el último golpe, luchador en su espíritu y amante de la paz con su corazón, soberbio como literato y profundamente humilde como hombre, escéptico e idealista, enlaza en sí, en una mezcla poco uniforme, todos los opuestos elementos. Erudito de una laboriosidad de abeja y teólogo de un libre espíritu, severo crítico de su tiempo y suave pedagogo, poeta algo seco y brillante autor de cartas, satírico, feroz y delicado apóstol de toda la humanidad. . . todo esto encuadra, al mismo tiempo, espacio en este dilatado espíritu, sin combatirse ni aplastarse, pues el talento de sus talentos, el reunir lo contradictorio, resolver las oposiciones, no sólo encontró aplicación en su vida exterior sino también dentro de su propia piel. Mas de tal pluralidad no puede naturalmente resultar ningún efecto unitario, y lo que llamamos la substancia del erasmismo, las ideas erásmicas, sólo con sus sucesores, gracias a una forma de expresión más concentrada, llegaron a efectos de penetración que con Erasmo mismo no habían alcanzado. La Reforma alemana y el Siglo de las luces, la libre investigación de la Biblia, y, por otra parte, las sátiras de un Rabelais o un Swift, las ideas europeas y el moderno humanismo. . . todo esto son pensamientos nacidos de su pensamiento, pero no de su propia acción; en todas partes dio el primer empuje, en todas partes puso en circulación los problemas, pero en todas partes los movimientos fueron más allá de lo que él mismo había ido.

Raramente los caracteres comprensivos son también los que ejecutan, porque la amplitud de visión paraliza la fuerza de ataque: "Pocas veces", como dice Lutero, "empréndese una buena obra por sabiduría y previsión; todo tiene que proceder del desconocimiento". Erasmo era la luz de su siglo, otros eran su fuerza: él alumbraba el camino, otros sabían marchar por él, mientras él mismo permanecía en la sombra, como siempre ocurre con la fuente de la luz. Pero el que señala la vía hacia lo nuevo no es menos digno de veneración que el que por primera vez la recorre; también los que actúan en lo invisible realzan su hazaña. AÑOS DE MAESTRÍA Es una fortuna incomparable en la vida de un artista el dar con la forma temática de arte en la cual puede enlazar armónicamente la suma de sus disposiciones. Erasmo lo logró, gracias a una ocurrencia deslumbradora y perfectamente realizada en su Elogio de la Locura; aquí se encuentran reunidos fraternalmente el erudito de gran saber, el agudo crítico de la época, el mofador satírico, y en ninguna de sus obras se conoce y reconoce tanto la maestría de Erasmo como en este libro más célebre, el único también que resistió el cambio de los tiempos. Mas este inesperado cañonazo que daba de lleno en el corazón de la época fue disparado con mano totalmente ligera, como por puro juego: en siete días y sólo como para descargar el corazón, fue escrita con toda su fluidez esta' sátira deslumbradora. Pero, justamente, esta facilidad le dio sus alas, y la despreocupación, el impulso sereno.

Erasmo había cumplido entonces los cuarenta años y no sólo había leído y escrito desmedidamente sino que también había contemplado a la humanidad de modo profundo, con su mirada escéptica y fría. En forma alguna la había encontrado conforme a sus deseos. Había visto el escaso poder que tiene la razón sobre la realidad, parecíale muy alocada toda la confusa agitación del mundo, y a dondequiera que lanzara su mirada encontraba realizado el sentido del soneto de Shakespeare: "El mérito nacido cual mendigo, la indigente oquedad reverenciada, mordaza para el arte quien gobierna, privado de derechos el espíritu, juzgada necia la honradez sencilla".

Quien, como él, fue pobre durante largo tiempo, quien estuvo en la oscuridad y pidiendo limosna delante de las puertas de los poderosos, tiene empapado el corazón en amargura, como una esponja en bilis, sabe de la injusticia y la locura de toda acción humana y a veces le tiemblan los labios de ira y de tener que ahogar sus gritos. Pero Erasmo, en lo más profundo de su alma, no es ningún seditiosus, ningún rebelde, ninguna naturaleza radical: la queja, patética y agria, no concuerda en su mesurado y previsor temperamento.

Erasrno carece por completo de la ingenua y bella ilusión de que con un solo golpe y empellón se podría echar abajo todo lo malo que existe sobre la tierra; ¿para qué, pues, ponerse a mal con el mundo, piensa tranquilamente, ya que uno solo no puede mudarlo, ya que, según parece, este engañar y engañarse pertenece a lo eterno e inmutable del hombre? El varón prudente no se queja, el sabio, no se excita: mira con penetrante mirada y despreciativos labios el estúpido ajetreo, y, con el "guarda e passa!" del Dante, prosigue su propio y constante camino.

Pero, a veces, un ligero humorismo divierte, por una hora, hasta a la severa y resignada mirada del sabio: entonces se sonríe y con esta sonrisa ilumina irónicamente el mundo. El camino de Erasmo pasaba en aquellos días (1509) por los Alpes, de regreso de Italia. Allí había visto a la Iglesia en plena decadencia religiosa,' al papa Julio, como condottiere, rodeado por la muchedumbre de sus hombres de guerra; a los obispos viviendo en el lujo y la licencia en vez de la apostólica pobreza; había presenciado 'el criminal furor bélico de los príncipes de aquel país destrozado, luchando unos con otros como lobos ansiosos de presa; había visto las arrogancias de los poderosos, el espantable empobrecimiento de los pueblos; de nuevo había lanzado una mirada a lo hondo del abismo del absurdo. Pero ahora, todo aquello quedaba lejos, como una nube obscura, detrás de las soleadas crestas de los Alpes.

Erasmo, el erudito, el hombre de los libros, iba montado en la silla de su caballo, no arrasba consigo, por fortuna especial, su filológico equipaje, sus códices y pergaminos a los que en general permanecía encadenada su curiosidad de comentarista. Su espíritu se encontraba libre en este aire libre, le divertía el jugar y la petulancia; entonces tuvo una ocurrencia multicolor y encantadora, como una mariposa, y la llevó consigo por compañía en este feliz viaje. Apenas llegado a Inglaterra escribió, en la clara e íntima casa de campo de Thomas Morus, el breve escrito satírico, en realidad sólo para proporcionar un entretenimiento al círculo social reunido en torno suyo, y, en honor de Thomas Monis, le puso por título el juego de palabras de Encomium Moriae (Laus Stultitiae en latín, lo que se puede traducir por Elogio de la Locura).

Comparándolo con las obras principales de Erasmo, serias, importantes, cargadas y recargadas de sabiduría, se toma al principio este pequeño y descarado satiricón por un escrito algo juvenil y petulante, algo casquivano y ligero. Pero no por su extensión y peso adquieren su consistencia íntima las obras de arte, y lo mismo que en la esfera de la política, una sola palabra fundamental, una agudeza mortífera producen a menudo un efecto más decisivo que un discurso como los de Demóstenes, así, en el recinto de la literatura, las obras de pequeño tamaño sobreviven en general a los libros voluminosos y pesados; de los ciento ochenta tomos de Voltaire, en realidad sólo la burlona y suscinta novela del Cándido ha conservado vida; de los innumerables volúmenes en folio de Erasmo, tan amigo de escribir, sólo sobrevive este hijo del azar, este producto del animoso buen humor, este deslumbrante juego espiritual del Laus Stultitiae.

El artificio, único e irrenovable de esta obra, consiste en su genial disfraz: Erasmo no habla por sí mismo para decir todas las amargas verdades que dirige a los poderosos de la tierra, sino que, en lugar suyo, hace que la Stultitiae, la Locura, suba a la catedra para pronunciar sus propias alabanzas.

De ello se deriva un divertido quid pro quo. No se sabe nunca quién es en realidad el que tiene la palabra; ¿habla Erasmo seriamente, habla la Locura en persona, a la cual hay que perdonarle hasta lo más grosero y lo más descarado? Con esta ambigüedad créase Erasmo una posición inexpugnable para todas sus audacias; su opinión propia no se deja percibir, y si a alguien se le ocurriera encararse con él a causa de un ardiente latigazo o una mordiente palabra de mofa, como las esparce allí pródigamente en todas direcciones, puede rechazarlo con burla: "No lo he dicho yo, sino Dama Estulticia, y ¿quién tomará en serio los discursos de los locos?" Pasar de contrabando una crítica de los tiempos, en el tiempo de la censura y de la inquisición, por medio de ironías y de símbolos, había sido siempre la única salida de los espíritus libres en épocas de obscurantismo; pero rara vez había alguien hecho de este sagrado derecho de los locos a hablar libremente un uso más hábil que el que hace Erasmo en esta sátira, que al propio tiempo representa la obra primera y más osada de su generación, y también la más artística. Seriedad y broma, saber y alegre burla, verdad y exageración se entremezclan, dando vueltas, para formar un ovillo discoloro, que siempre vuelve a escapársele alegremente a uno de las manos, cada vez que se le quiere coger, para devanarlo seriamente. Y al compararlo con las groseras polémicas y las injurias sin ingenio de sus contemporáneos, bien puede comprenderse cómo este deslumbrador fuego de artificio, en medio de la oscuridad espiritual de todo un siglo, encantaba y libertaba.

En medio de bromas, comienza la sátira. Doña Estulticia, con toga de sabio, pero con la caperuza del bufón sobre la cabeza (así la dibujó Holbein), asciende a la cátedra y pronuncia un académico discurso de alabanza en honor de sí misma. Sólo ella, según dice en su autoelogio, es la que mantiene la marcha del mundo, ayudada por sus servidores la lisonja y el amor propio.

"Sin mí no habría sociedad posible, ni relaciones sólidas y agradables en la vida; sin mí, a la verdad, el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe, el señor a su criado, la criada a su amable dueña, el discípulo a su preceptor, el amigo a su amigo, la esposa a su marido, el mesonero a su huésped, el compañero a su compañero; en una palabra, ningún hombre a otro hombre si no se engañaran mutuamente, se adularan unos a otros y usaran de complacencia, frotándose recíprocamente con la miel de la locura". Sólo por lo que sobrestima el dinero se molesta el comerciante; sólo por "la atracción de una vanagloria", gracias al fuego fatuo de la inmortalidad, crea sus obras el poeta; sólo merced a esta misma ilusión se hace osado el guerrero. Un hombre sobrio y prudente huiría de toda lucha, no haría si no lo estrictamente necesario para sostenerse; nunca, si no estuviera plantada en él esta hierba de locura que le da la sed de eternidad, movería su mano y pondría en tensión su espíritu. Y ahora chisporrotean animosamente las paradojas. Sólo ella, la Estulticia, expendedora de ilusiones, proporciona la felicidad, y todo hombre será tanto más dichoso cuanto más ciegamente dependa de sus pasiones, cuanto más irrazonablemente viva. Pues toda reflexión y todo atormentarse a sí propio obscurece el alma; el placer no está nunca en la claridad y en la prudencia, sino siempre en la embriaguez, en la superabundancia, en estar fuera de sí mismo, en la ilusión; un brote de locura corresponde siempre a toda vida verdadera, y el justo, el clarividente, el que no está sometido a las pasiones, no representa en modo alguno al hombre normal, sino una especie de monstruosidad. "Sólo aquel que en su vida es acometido por la locura puede en verdad ser llamado hombre". Por ello alábase con gran énfasis la Estulticia, como verdadera promotora de todas las humanas obras; con seductora facundia expone cómo todas las muy celebradas virtudes del mundo, el ver claro y verdadero, la sinceridad y la honradez en realidad fueron hechas para amargar la vida del hombre que las ejercita; y como, aparte de esto, es dama instruida, cita orgullosamente en favor suyo la sentencia de Sófocles: "Sólo en la irreflexión es grata la vida".

Para fortificar, punto por punto, su tesis del modo académico más severo, trae diligentemente testigos, como cogidos por los cabezones. En este gran desfile, cada categoría muestra su delirio especial. Todos comparecen: los retóricos charlatanes, los sabios juristas que parten en dos un cabello, los filósofos, cada uno de los cuales querría poner el Universo en su saco especial, los orgullosos de su hidalguía, los rapiñadores del dinero, los escolásticos y los escritores, los jugadores y los guerreros, y, por último, los eternos locos de su sentir, los enamorados, cada uno de los cuales cree que únicamente en su amada se reúne la suma de todo placer y hermosura. Una magnífica galería de locuras humanas es la que reúne aquí Erasmo con su incomparable conocimiento del mundo, y los grandes autores de comedias, un Moliere y un Ben Jonson, sólo necesitaron echar mano de este teatro de títeres para formar verdaderas criaturas humanas con estas caricaturas ligeramente delineadas. Ninguna especie de necedad humana es tratada con miramientos, ninguna olvidada, y precisamente con esta totalidad es con lo que se protege Erasmo. Pues ¿quién puede declararse especialmente burlado ya que ninguna categoría social ha salido mejor librada que la suya? Finalmente, es la primera vez que puede ponerse en juego toda la universalidad de Erasmo, todas sus fuerzas intelectuales, su ingenio y su saber, su clara mirada y su humorismo. Lo escéptico y reflexivo de su visión del mundo parece, en sus cambiantes juegos, como los centenares de chispas y colores de un cohete al ser disparado; un alto espíritu muestra aquí su funcionamiento más completo.

Pero en su último fondo este escrito era para Erasmo algo más que una broma, y podía poner de manifiesto su verdadero ser, de modo más perfecto que en cualquiera otra, en esta obra aparentemente pequeña, porque este su libro favorito, Laus Stultitiae, era también una anímica liquidación de cuentas con su personalidad más íntima. Erasmo, que no se engañaba acerca de nada ni de nadie, conocía la hondura más remota de aquella debilidad secreta que le alejaba de lo poético y de lo verdaderamente creador; es, a saber, que siempre se sentía demasiado razonable y demasiado poco apasionado, que su no tomar partido y colocarse por encima de las cosas lo ponían fuera de lo viviente.

La razón no es nunca más que una fuerza reguladora, jamás constituye por sí misma una capacidad de creación; mas lo verdaderamente fecundo siempre presupone de hecho una locura. Por estar tan maravillosamente libre de ilusión, Erasmo, a lo largo de su vida entera, permaneció siempre privado de pasión; un justo, grande y frío, que jamás conoció la última dicha de la vida, el total rendimiento de sí mismo, la santa dilapidación de la propia persona.

Por primera y única vez se sospecha, gracias a este libro, que Erasmo sufrió secretamente por su exceso de razón, su justicia, su cortesía, su equilibrio de humores. Y como siempre el artista produce del modo más seguro cuando convierte en materia artística algo que a él le falta, algo que anhela, también en este caso precisamente el hombre de la razón par excellence era llamado a componer el alegre himno de la locura y hacerles mofa de la manera más sabia a los adoradores de la pura sabiduría.

Pero, además, no es lícito dejarse engañar por el soberano arte carnavalesco del libro en cuanto a su verdadero propósito. Este Elogio de la Locura, en apariencia una farsa, detrás de su careta de carnaval era uno de los libros más peligrosos de su tiempo, y lo que hoy a nosotros nos interesa puramente como fuego de artificio lleno de ingenio, fue en realidad una explosión que dejó libre el camino a la Reforma alemana; el Elogio de la Locura pertenece al número de los libelos de eficacia mayor que hayan sido escritos jamás en tiempo alguno. Extrañados y amargados regresaban entonces de Roma los peregrinos alemanes, donde papas y cardenales llevaban la vida más dilapidadora e inmoral del Renacimiento italiano, de modo que, cada vez más impacientes, las naturalezas verdaderamente religiosas solicitaban una "Reforma de la Iglesia en su cabeza y miembros". Pero la Roma del esplendor papal rechazaba cualquier protesta, hasta las mejor intencionadas; en la hoguera, con una mordaza en la boca, expiaban su culpa todos los que hablaban demasiado alto, con demasiada pasión; sólo en agrias coplas populares o en picantes anécdotas podía descargarse secretamente la irritación por el abuso del comercio de reliquias y de indulgencias; subterráneamente, iban de mano en mano ciertas hojas sueltas con la imagen del papa como una gran araña chupadora de sangre. Erasmo clava públicamente entonces, en la pared del tiempo, la lista de los pecados de la Curia; maestro de ambigüedades, aprovecha su gran artificio para hacer que pronuncie la Stultitiae todo lo necesariamente peligroso, en un ataque decisivo contra los defectos religiosos. Y aunque, aparentemente, sólo es una mano de loco la que empuña la tralla, al punto se comprende por todos la intención crítica de palabras como éstas: "Si los sumos sacerdotes, los papas, los representantes de Cristo se esforzaran por ser semejantes a él en su vida, si sufrieran su pobreza, soportaran sus trabajos, participaran en su doctrina, tomaran consigo su cruz y su desprecio del mundo, ¿quién sobre la tierra sería más de compadecer que ellos? Cuántos tesoros perderían los padres santos si la sabiduría, si un solo grano de la sal de que habla Cristo se apoderase sólo una vez de su espíritu. En lugar de aquellas inmensas riquezas, aquellos divinos honores, la distribución de tantos empleos y dignidades, de tan numerosas dispensas, de tan diversos impuestos y de goces y placeres tan diversos, se presentarían noches sin sueño, días de ayuno, oraciones y lágrimas, ejercicios de devoción y mil otras molestias". Y de pronto sale la Estulticia de su papel de loca y habla clara e inequívocamente de la exigencia de la futura reforma del mundo: "Como toda la doctrina de Cristo predica la dulzura, la paciencia y el desprecio de todo lo terreno, aparece claramente ante los ojos lo que esto significa. Cristo desarma de tal modo a sus embajadores, que les recomienda que se despojen no sólo de su calzado y de su bolsa, sino también de su túnica, a fin de que entren desnudos y libres de todos los bienes en la carrera evangélica. No les deja llevar si no una espada, pero esta espada no es aquella llena de mal de que se arman los bandidos y los parricidas, sino la espada del espíritu que penetra hasta el fondo más íntimo del alma, y que, de un solo golpe, corta en ella todas las pasiones, para que, en adelante, sólo la piedad florezca en el corazón".

Sin advertirlo, de la broma ha resultado una cortante seriedad. Bajo la caperuza de loco aparecen los ojos severos, que no se dejan engañar, del gran crítico del tiempo; la Locura ha pronunciado lo que les quema secretamente los labios a miles y cientos de miles de hombres. Con mayor fuerza, mayor penetración, de un modo más comprensible para todos que en cualquier otro escrito de la época, expónese a la conciencia del mundo la necesidad de una rigurosa reforma de la Iglesia. Siempre, antes de que pueda ser edificado algo nuevo, es preciso que sea atacado y removido primeramente, en su autoridad, lo existente. En todas las revoluciones espirituales el crítico expositor precede al creador y transformador: sólo si primero ha sido laborado, está dispuesto el suelo para recibir la simiente.

Pero la pura negación y la estéril crítica no corresponden en ningún terreno a la posición espiritual de Erasmo; cuando muestra los yerros, lo hace sólo para exigir que se proceda rectamente; jamás censura por un soberbio y astuto placer de censurar. Nada está más lejos de este tolerante temperamento que un ataque grosero, iconoclasta, contra la Iglesia católica; como humanista, Erasmo no sueña con un alzamiento contra lo eclesiástico, sino con una reflorescencia, un renacimiento, de lo religioso, una renovación de la idea cristiana mediante la vuelta a su antigua pureza nazarena. Lo mismo que en el Renacimiento, tanto el arte como la ciencia experimentaron un magnífico rejuvenecimiento por el retorno hacia los modelos antiguos, así Erasmo esperaba una depuración de la Iglesia, que estaba ahogándose en exterioridades, con volver a excavar sus fuentes primitivas; con que la doctrina regresara hacia los Evangelios, y, con ello, hacia las propias palabras de Cristo, "con el descubrimiento del Cristo oculto bajo las enseñanzas dogmáticas". Con este deseo, que siempre vuelve a suscitarse en él, se pone Erasmo —precursor en este punto como en todos— a la cabeza de la Reforma.

Pero el humanismo, según su modo de ser, jamás es revolucionario, y si Erasmo, por medio de sus excitaciones a la reforma de la Iglesia, proporciona los más importantes servicios al preparar el camino, en conformidad con su ánimo conciliador y en extremo pacífico, se hace atrás, no sin espanto, ante un cisma manifiesto. Nunca juzgará Erasmo a la manera violenta, y que no admite contradicción, de Lutero, de Zwingli o de Calvino, lo que está bien o lo que está mal en la Iglesia Católica, qué sacramentos hay que permitir y cuáles son impropios, si la comunión hay que considerarla substancial o no substancial; se limita sólo a acentuar que la observancia de las formas externas, en sí mismas, no es la verdadera esencia de la piedad cristiana, que únicamente en lo interior se decide la verdadera medida de la fe del ser humano. No el culto de los santos, no las peregrinaciones y el rezar los salmos, no la teología escolástica con su estéril "judaismo" hacen del hombre un cristiano, sino la calidad de su alma, su conducta humana y cristiana. Sirve mejor a los santos no el que colecciona sus huesos y los adora, no el que va en peregrinación a sus tumbas, ni el que quema más cirios, sino quien en su existencia personal trata de imitar del modo más perfecto la piadosa vida de aquéllos. Más decisivo que la misma observancia de todos los ritos y plegarias, de todos los ayunos y que oír todas las misas es la dirección personal de la vida en el espíritu de Cristo: "la quinta esencia de nuestra religión es la paz y la conformidad". Aquí, como en todos los casos, se ha esforzado Erasmo por elevar lo viviente hasta el nivel de lo general humano, en lugar de ahogarlo en formulismos. Trata, con conciencia de ello, de separar el cristianismo de lo puramente eclesiástico, poniéndolo en relación con lo universal humano; todo lo que alguna vez fue éticamente perfecto en los pueblos y en las religiones se esfuerza por introducirlo en la idea del cristianismo como elemento fecundador, y, en medio de un siglo de limitación y fanatismo dogmático, este gran humanista pronuncia la magnífica frase siguiente, dilatadora del mundo: "Dondequiera que encuentres la verdad, considérala como cristiana". Con ello queda tendido un puente hacia todos los tiempos y todas las zonas. Quien, como Erasmo, considera, con espíritu libre, a la sabiduría, la piedad y la moralidad, dondequiera que estén, como formas de una más alta humanidad, y con ello, ya como cristianas, no arrojará ya al infierno, como los fanáticos clericales, a los filósofos de la antigüedad ("San Sócrates", exclama una vez, en su entusiasmo, Erasmo), sino que aportará a lo religioso todo lo noble y grande del pasado, "lo mismo que los judíos, al salir de Egipto, tomaron consigo sus utensilios de oro y plata, a fin de adornar con ellos su templo".

Nada de lo que alguna vez ha sido importante fruto de la moral humana o del espíritu ético debe, según el concepto erasmista de la religión, ser separado del cristianismo por rígidas fronteras, pues, en lo humano, no hay verdades cristianas o paganas, sino que la verdad es divina en todas sus formas. Por ello nunca habla Erasmo de una teología de Cristo, de una doctrina de la fe, sino de una "filosofía de Cristo", por lo tanto, de una doctrina de conducta: el cristianismo no es para él si no un sinónimo de la moralidad alta y humana.

Estas ideas fundamentales de Erasmo, comparadas con la fuerza arquitectónica de la exégesis católica y del ardiente impulso amoroso de los místicos, producen quizá el efecto de ser un poco bajas y vulgares, pero son humanas; aquí, como en todos los terrenos del saber, el efecto de Erasmo no se manifiesta tanto hacia lo profundo como en lo amplio. Su Enchiridion Militis Christiani (Manual del caballero cristiano), redactado, como obra ocasional, según deseo de una piadosa dama noble, para aviso de su marido, llega a ser un manual teológico popular, y la Reforma, con sus belicosas exigencias radicales, encuentra, gracias a el, un campo ya labrado. Pero no el inaugurar este combate, sino el apaciguar, en el último instante, por medio de proposiciones conciliadoras, el que ya amenaza, es la misión de este solitario, cuya voz resuena en el desierto, el cual, en un tiempo en el que de los concilios surge amargamente la discordia por insignificantes menudencias dogmáticas, sueña con una última síntesis de todas las formas sinceras de fe espiritual, con un rinascimento del cristianismo, que debe librar a todo el mundo, para siempre, de luchas y conflictos, y con ello elevar verdaderamente la creencia en Dios a religión de la Humanidad.

Es propio de la pluralidad de facetas de Erasmo el que sepa expresar un mismo pensamiento en formas diversas. En el Elogio de la Locura el insobornable crítico de la época expuso los abusos que se daban dentro de la Iglesia Católica; en el Manual del caballero cristiano anticipa, como en sueños, el ideal, para todos comprensible, de una religiosidad convertida en íntima y humanizada; al mismo tiempo pone en ejecución su teoría de la necesaria "exploración de las fuentes del cristianismo", traduciendo nuevamente, como crítico de textos, filólogo y exégeta, los Evangelios del griego al latín, acto que abre camino a la traducción alemana de la Biblia de Lutero, y es casi de igual significación en aquel tiempo.

Volver a las fuentes de la verdadera fe, buscarlas allí donde todavía corren con divina pureza y no mezcladas con ningún dogma: esa había sido exigencia de Erasmo para la nueva Teología humanística, y, con su profundo instinto de las necesidades del tiempo, indica este trabajo como el más decisivo, quince años antes que Lutero. En 1504 escribe: "No soy capaz de expresar cómo me dirijo hacia los Libros Santos, con alas desplegadas, y cómo me repugna todo lo que me detiene lejos de ellos, o, por lo menos me retrasa". La vida de Cristo, tal como es referida en los Evangelios, no debe seguir siendo por más tiempo privilegio de frailes y curas, de la gente que sabe latín; todo el pueblo puede y debe participar en ella, "el aldeano debe leerla detrás de su arado, el tejedor en su telar"; la mujer tiene que poder transmitir a sus hijos este núcleo de todo el cristianismo. Pero, antes de que Erasmo se atreva a promover este gran pensamiento de una traducción a las lenguas nacionales, advierte el sabio que también la Vulgata, esa traducción única latina de la Biblia, consentida y aprobada por la Iglesia, ha experimentado posteriormente desfiguraciones, y que es atacable en sentido filológico. A la verdad, no debe mantenerse adherida ninguna mácula terrena; de este modo emprende la inmensa tarea de volver a traducir de nuevo la Biblia al latín y acompañar sus discrepancias y sus concepciones más libres de un minucioso comentario crítico. Esta nueva traducción de la Biblia, que, al mismo tiempo en griego y en latín, apareció en 1516, en la librería de Froben, en Basilea, vuelve a significar un paso hacia la revolución; también en la última Facultad, la Teología ha penetrado victoriosamente, con ello, el libre espíritu investigador. Pero, cosa típica de Erasmo, también allí donde actúa como revolucionario, guarda hábilmente las formas exteriores, a fin de que el golpe más recio no se convierta en escándalo. Para romper el aguijón, anticipadamente, a todo ataque de los teólogos, dedica esta primera traducción libre de la Biblia al soberano señor de la Iglesia, al pontífice, y éste, León X, a su vez de ideas humanísticas, le responde afectuosamente con un breve: "Nos ha causado alegría", y hasta llega a alabar el celo con que Erasmo se dedica a las Sagradas Escrituras. Siempre supo Erasmo, en lo individual, gracias a su naturaleza conciliadora, sobreponerse al conflicto entre la investigación eclesiástica y la libre, que en todos los otros traía consigo la más espantosa hostilidad: su genio componedor y su arte de allanar, con suavidad, las dificultades triunfaban victoriosamente hasta en estas esferas llenas de tensión.

Con estos libros, Erasmo conquistó a su época. Pronunció las palabras definidoras en los problemas decisivos para su generación, y la manera serena, humana, para todos comprensiva, con que llega a exponer los temas más candentes de su tiempo le proporciona ilimitadas simpatías. La humanidad experimenta siempre un agradecimiento profundo hacia aquellos que consideran posible un progreso por medio de la razón, y se comprende el encanto del nuevo siglo al saber que, después de los frailes exaltados, los fanáticos discutidores, los impíos burlones y los ininteligibles maestros escolásticos, hay, por fin, un hombre en Europa que considera y valora las cosas espirituales y eclesiásticas únicamente desde el punto de vista de lo humano, un alma amiga de lo terrenal, que, a pesar de todos los inconvenientes, cree en este mundo y quiere llevarlo hacia la claridad.

Ocurre así lo que se da siempre cuando un hombre único se acerca resueltamente al decisivo problema de su época: junta alrededor suyo toda una comunidad, y, con la callada expectación de los otros, aumenta su propio poder creador. Toda la fuerza, toda la esperanza, toda la impaciencia por una moralización y elevación de la humanidad merced a las ciencias recién aparecidas, encuentra por fin en este hombre su foco central: él o nadie, piensan los otros, puede resolver la espantosa tirantez que llena aquella época. Por una pura gloria literaria, el nombre de Erasmo llega a tener, a principios del siglo XVI, una fuerza incomparable, podría, si hubiera poseído un ánimo más osado, aprovecharla como dictador, para una acción reformadora de la Historia Universal. Pero el de la acción no es su mundo. Erasmo sólo puede explicar y no dar forma, sólo preparar y no realizar. No es su nombre el que llevará la Reforma escrito a su frente, otro ha de recolectar lo que él sembró.

 

GRANDEZA Y LÍMITES DEL HUMANISMO

En el tiempo comprendido entre los cuarenta y los cincuenta años de su edad alcanza Erasmo de Rotterdam el cénit de su gloria; desde hace cien años Europa no ha conocido mayor figura. Ningún nombre, entre sus contemporáneos, ni siquiera los de Durero, Rafael, Leonardo, Paracelso o Miguel Ángel son pronunciados con igual respeto, en aquellos días, por el mundo espiritual; las obras de ningún escritor se han esparcido en tan numerosas ediciones; ninguna autoridad moral o artística puede compararse con la suya. El nombre de Erasmo significa, simplemente, para el recién comenzado siglo XVI, la suma de la sabiduría, optimum et máximum, lo mejor y más alto que puede pensarse, como lo celebra Melanchthon en su poema latino de alabanza, la autoridad indiscutible en cuestiones científicas y literarias, seculares y espirituales. Se le elogia ya como doctor universalis, ya como "príncipe de la ciencia", como "padre de los estudios", y "protector de la Teología honrada"; se le llama "la luz del mundo", o "la pitia de Occidente", vir incomparabilis et dociorum phoenix. Ninguna laudanza es demasiado grande para él. "Erasmo — escribe Mutiano— se levanta por encima de la medida humana. Hay que adorarle como a una divinidad, y con piadosa devoción, como a un ser celeste", y Carnerario, otro humanista, nos informa de que: "Todo el que no quiere pasar por extranjero en el imperio de las musas, le admira, le alaba y glorifica. Si alguien puede conseguir una carta suya, es inmensa su gloria y solemniza el más espléndido triunfo. Mas aquél a quien le es dado hablarle, puede decirse feliz sobre la tierra".

En efecto, ha comenzado una competencia por el favor de aquel sabio, desconocido aún hace poco tiempo, que hasta entonces sólo conservaba su vida, trabajosamente, gracias a dedicatorias, lecciones y epístolas mendicantes; que, con degradantes lisonjas a los poderosos, se calafateaba con flacas prebendas; pero ahora son los poderosos los que lo solicitan a él, y siempre es un espectáculo magnífico ver cómo los poderes mundanales y el dinero se ven obligados a servir al espíritu. Emperadores y reyes, príncipes y duques, ministros y hombres de letras, papas y prelados compiten en rebajarse por alcanzar el favor de Erasmo: el emperador Carlos V, el señor de ambos mundos, ofrécele un asiento en su consejo; Enrique VIII quiere ganarlo para Inglaterra; Fernando de Austria, para Viena; Francisco I, para París; de Holanda, Brabante, Hungría, Polonia y Portugal vienen las proposiciones más seductoras; cinco universidades se disputan el honor de ofrecerle una cátedra; tres papas le escriben epístolas respetuosas. En su cuarto se amontonan voluntarios tributos de los ricos admiradores, vasos de oro y cubiertos de plata; cargas de vino le son enviadas y valiosos libros; todos lo atraen, todos le invocan, para aumentar con la gloria del escritor la suya propia. Pero Erasmo, a un tiempo prudente y escéptico, acepta cortésmente todos estos dones y honores. Deja que lo obsequien, deja que lo alaben y glorifiquen, hasta gusta de ello y siente satisfacción no disimulada, pero no se vende. Deja que le sirvan, pero no toma a su cargo el servicio de nadie, imperturbable campeón de aquella libertad del artista, íntima e insobornable, reconocida por él como necesaria condición previa de todo efecto moral.

Sabe que, manteniéndose solo, goza de la fuerza más grande, y ¡qué inútil necedad sería la de pasear de corte en corte, detrás de su gloria, en vez de plantarla, serena, clara y luciente como estrella, encima de su propia casa! Hace ya mucho tiempo que Erasmo no necesita viajar en busca de nadie, sino que todos vienen a su encuentro; Basilea se convierte, merced a su presencia, en una residencia real, en centro espiritual del mundo. Ningún príncipe, ningún sabio, ninguna persona que busque notoriedad, omite el ir a rendir homenaje al gran sabio a su paso por la ciudad, pues haber hablado con Erasmo se considera ya como una especie de espaldarazo cultural, y una visita a su morada (lo mismo que en el siglo XVIII a la de Voltaire y en el XIX a la de Goethe) cuenta como el más manifiesto testimonio de respeto al simbólico representante del invisible poder del espíritu. Para obtener en su álbum unos rasgos de su mano, altos aristócratas y sabios hacen varios días de peregrinación; un cardenal, sobrino del papa, que tres veces ha invitado vanamente a Erasmo a comer, no se siente deshonrado, al rehusar éste su invitación, yendo él, por su parte, a buscarlo al sucio taller de imprenta de Froben. Cada carta escrita por Erasmo es encuadernada en brocado por el destinatario y mostrada como una reliquia ante amigos respetuosos; hasta una recomendación del maestro, abre como "sésamo" todas las puertas; jamás un hombre particular, jamás Goethe, y apenas Voltaire, han poseído en Europa un poder universal sólo merced a su espiritual persona.

Considerada desde nuestro tiempo esta sobresaliente posición de Erasmo, no es, al principio, plenamente explicable ni por su obra ni por su persona; nosotros descubrimos hoy en él un espíritu prudente, humano, con plurales facetas y plurales formas, estimulante y atractivo, pero en modo alguno arrebatador ni transformador del mundo. Pero Erasmo, para su siglo, era más que un fenómeno literario; era, y llegó a ser, la expresión simbólica de los más secretos anhelos espirituales colectivos. Cada época que quiere renovarse, proyecta primeramente su ideal en una figura; el espíritu del tiempo elige siempre a un ser humano como tipo para comprender él mismo su propio ser representativamente, y, al elevar a este individuo único, y a veces de fama puramente casual, muy por encima de su medida, se entusiasma, por decirlo así, con su propio entusiasmo. Nuevos sentimientos y nuevos pensamientos nunca son comprensibles más que para un círculo escogido, la dilatada muchedumbre jamás puede concebirlos en forma abstracta, sino, exclusivamente, en una representación sensual y antropomórfica; por ello, gusta de poner a un hombre en lugar de una idea, una imagen, un modelo, al cual procura imitar fielmente. Este deseo de la época, se encuentra como perfectamente acuñado en Erasmo por breve espacio de tiempo, el que "uomo universale", el imparcial, el muy sabio, el que mira libremente hacia el porvenir, ha llegado a ser el tipo ideal de la nueva generación. En el humanismo, celebra la época su propio valor para pensar y sus nuevas esperanzas. Por primera vez, el poder espiritual tiene la precedencia sobre el puramente hereditario y tradicional, y la fuerza, la rapidez, con que se realiza esta transmutación de valores lo demuestra el hecho de que los antiguos representantes del poder se someten ellos mismos voluntariamente a los nuevos. Sólo es un símbolo el que Carlos V, con espanto de sus cortesanos, se incline para recoger el pincel que se le ha caído de las manos al hijo de un pastor, el Ticiano; el que el papa obedezca la grosera orden de Miguel Ángel y abandone la Capilla Sixtina para no estorbar al maestro; el que los príncipes y obispos se pongan de repente a coleccionar, en lugar de armas, libros, cuadros y manuscritos; inconscientemente, capitulan, de este modo, con el reconocimiento de que el poder del espíritu creador ha asumido en sí la soberanía en Occidente y de que las creaciones artísticas están destinadas a sobrevivir a las construcciones militares y políticas de la época. Por primera vez, concibe Europa su razón de ser y su misión en la supremacía del espíritu, en la erección de una uniforme civilización occidental, en una cultura universal que actúe como modelo.

Para abanderado de este nuevo modo de pensar, la época elige a Erasmo.

Como "antibarbarus", como impugnador de toda reacción, de todo tradicionalismo, como precursor de una humanidad más alta, más libre y más humana, como conductor de una futura burguesía universal, antepónelo a todos los otros. Nosotros, gentes de hoy, sentimos, sin duda, encarnado de modo incomparablemente más alto el tipo del que busca audazmente, del que lucha magníficamente, del hombre fáustico de aquel siglo, en otra expresión más profunda del "uomo universale", en un Leonardo o un Paracelso. Pero, en último término, lo que realmente perjudica a la magnitud de Erasmo: su clara comprensión (con frecuencia excesivamente diáfana), su darse por satisfecho con lo perceptible, su carácter obsequioso y urbano, determinó entonces su fortuna. Mas, por instinto, la época elegía rectamente: cada renovación del mundo, cada labor a fondo del mismo, ensáyase primero con los reformadores moderados en lugar de acudir a los revolucionarios rabiosos, y en Erasmo veía la época el símbolo de la razón, silenciosa y tranquila, pero de actuación' incesante. Durante un momento maravilloso, Europa está de acuerdo con el soñado deseo humanístico de una civilización uniforme, que, con un idioma universal, una religión universal, una cultura universal, debía poner fin a la primitiva y fatal discordia, y esta inolvidable tentativa queda memorablemente unida con la figura y el nombre de Erasmo de Rotterdam. Pues sus ideas, sus deseos y sueños han dominado a Europa durante una hora universal de su Historia, y es una fatalidad para él, y al mismo tiempo para nosotros, que esta pura voluntad espiritual de una definitiva unificación y pacificación del Occidente sólo haya sido un entreacto, rápidamente olvidado, de la tragedia, escrita ron sangre, de nuestra común patria.

Este imperio de Erasmo que, por primera vez —¡hora memorable!— abarcaba todos los países, pueblos y lenguas de Europa, era un suave señorío. Como conquistado sin violencia, sólo por la fuerza reclutadora y convincente de unos resultados espirituales, el humanismo aborrece toda violencia. Como únicamente elegido per acclamafionem, no ejercita Erasmo ninguna dictadura ergotista. Espontaneidad e íntima libertad son las leyes políticas fundamentales de este invisible imperio. No con intolerancia, como anteriormente los príncipes y las religiones, es como quiere la posición espiritual erasmista someter a los hombres a sus ideas humanistas y humanitarias, sino que, como una luz al aire libre, que atrae, hacia su pura esfera, a los animales que vagan alrededor por lo obscuro, llama hacia su claridad a los todavía desconocedores y a los apartados, convenciéndolos dulcemente. El humanismo no tiene sentido imperialista, no conoce ningún enemigo ni quiere ningún siervo. Quien no quiera pertenecer al círculo selecto puede permanecer fuera de él, no se le obliga, no se le impele violentamente hacia el nuevo ideal; toda intolerancia —que siempre, en el fondo, procede de una incomprensión íntima—, es ajena a esta teoría de inteligencia universal.

Pero, por otra parte, a nadie se le niega el acceso en esta nueva gilda espiritual. Humanista puede llegar a serlo todo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser humano de cualquier categoría social, hombre o mujer, caballero o sacerdote, rey o mercader, laico o fraile, tiene acceso a esta libre comunidad, a nadie se le pregunta por sus orígenes, su razón y clase social, por su idioma o nación. Con ello, aparece un nuevo concepto en el pensamiento europeo: lo supernacional. Los idiomas, que hasta entonces eran los impenetrables muros divisorios entre los seres humanos, no deben separar ya a los pueblos: tiéndese un puente entre todos ellos con la lengua común, el latín humanístico, que vale universalmente, y, del mismo modo, el ideal de patria debe ser superado como insuficiente, por ser un ideal demasiado estrecho, por el ideal supernacional, el europeo. "El mundo entero es una patria común", proclama Erasmo en su Querela Pacis, y, desde esta prominente altura para la contemplación del panorama europeo, parécele un absurdo la criminal discordia de las naciones, todo odio entre ingleses, alemanes y franceses: "¿Por qué nos apartan aún todos estos nombres estúpidos, ya que nos une el nombre de Cristo". Todas estas rencillas en el interior de Europa, para el ser humano de ideas humanísticas no son más que equivocaciones, debidas a una escasa comprensión, a una escasa cultura, y la misión del europeo futuro, en vez de meterse con tibia emoción en las vanas pretensiones de los principillos, en las de los fanáticos sectarios, de los egoístas del nacionalismo, debe ser acentuar más cada vez lo que una y reúna: lo europeo por encima de lo nacional, lo humano sobre lo patriótico, y transformar el concepto del cristianismo como pura comunidad religiosa, en una cristiandad universal, un amor de la humanidad, abnegado, complaciente y humilde. El ideal erasmista, por lo tanto, dirige sus tiros a mayor altura que a una mera comunidad cosmopolita; actúa ya en él una resuelta voluntad de una nueva forma de unidad espiritual en Occidente. Cierto que ya anteriormente algunos individuos aislados habían intentado una unificación de Europa, los cesares romanos, Carlomagno, y, más tarde habrá de hacerlo Napoleón, pero estos autócratas habían procurado reunir a los pueblos y los Estados con la maza de la violencia, el puño del conquistador había destrozado los imperios más débiles para encadenarlos a los más fuertes. Pero en Erasmo —¡decisiva diferencia!— Europa aparece como una idea moral, como una exigencia espiritual perfectamente limpia de egoísmo, comienza con él, aquel postulado de los Estados Unidos de Europa, todavía hoy no realizado, bajo el signo de una cultura y civilización comunes.

La condición, previa y patente para Erasmo, el paladín de éstas y de todas las ideas de armonía, es la eliminación de toda violencia, y, en especial, la supresión de la guerra, de ese "naufragio de todo bien". Erasmo tiene que ser considerado como el primer teorizador literario del pacifismo; no menos de cinco escritos compuso contra la guerra en un tiempo de continuas luchas; en 1504, la invitación a Felipe el Hermoso; en 1514, la dirigida al obispo de Cambray, en la que le dice que "como príncipe cristiano, por el amor de Cristo, debería aceptar la paz"; en 1515, en los Adagia, el célebre artículo que lleva el título, eternamente verdadero, de: "Dulce bellum inexpertis" ("sólo para aquellos que no la han experimentado parece bella la guerra"); en 1516, en sus Lecciones a un piadoso príncipe cristiano, habíale admonitoriamente al joven emperador Carlos V, y, por último, aparece en 1517 la Querela Pacis, propagada en todas las lenguas, y, sin embargo, desconocida por todos los pueblos, la "queja de la paz que ha sido rechazada, expulsada y asesinada en todas las naciones de Europa".

Pero ya entonces, casi quinientos años antes de nuestro tiempo, sabe Erasmo lo poco que tiene que contar con la gratitud y aprobación generales un convencido amigo de la paz; "se ha llegado a tal punto, que pasa por bestial, necio y anticristiano el que se abra la boca en contra de la guerra"; cosa que, no obstante, no le impide inaugurar, con una decisión siempre repetida, en la época del derecho del más fuerte y de los más groseros actos de violencia, sus ataques contra la continua busca de disputas de los príncipes. A su creer, tiene razón Cicerón cuando dice que "una paz injusta es mejor que una guerra justa", y aquel solitario combatidor de la guerra le opone todo un arsenal de argumentos que todavía hoy podrían ser explotados abundantemente. "El que los animales se ataquen" tal es su lamento, "lo comprendo y se lo perdono a su ignorancia", pero los hombres tendrían que reconocer que la guerra, en sí misma, significa ya necesariamente una injusticia, pues de costumbre no alcanza .a los que la atizan y dirigen, sino que, casi siempre, todo su peso viene a caer sobre los inocentes, sobre el pobre pueblo, que no tiene nada que ganar ni con la victoria ni con la derrota. "La mayor parte de sus males alcanza a aquéllos a quienes en nada les concierne la guerra, y, aun cuando hayan tenido la mayor suerte en ella, la dicha de una parte es siempre el daño y la perdición de la otra". La idea de la guerra no puede, pues, jamás ligarse con la idea de justicia, y, por lo tanto —vuelve a preguntar—, ¿cómo puede ser justa una guerra? Para Erasmo, no hay en el terreno teológico, ni tampoco en el filosófico, una verdad absoluta y valedera para todos los casos. La verdad siempre es, para él, ambigua y multicolora, y del mismo modo el derecho, por lo cual "en ninguna materia debe mostrarse más circunspecto el príncipe que para decidirse a promover la guerra, sin hacer un incondicional alarde de su derecho, pues ¿quién no considera sus asuntos como los más justos?" Todo derecho tiene dos aspectos, todas las cosas están "teñidas, embadurnadas y. echadas a perder por el partidismo", y hasta cuando uno cree estar en su derecho, el derecho no debe resolverse por medio de la violencia ni terminarse nunca por ella, pues "una guerra procede de otra, y de una, dos".

Para unos seres humanos espirituales, la decisión de un conflicto por medio de las armas no significa nunca una solución moral del mismo; expresamente declara Erasmo que, en caso de guerra, los hombres espirituales, los sabios de todas las naciones, no tienen que negarse su amistad. No es permitido que su posición sea nunca la de reforzar, con celo partidista, la hostilidad de las opiniones, de los pueblos, de las razas y de las clases sociales, sino que tienen que permanecer inconmovibles en las puras esferas de la humanidad y de la justicia. Su misión eterna sigue siendo la de oponer al "frenesí inhumano, anticristiano y bestialmente salvaje de la guerra" las ideas de la colectividad universal y del universal cristianismo. Nada reprocha más violentamente Erasmo a la Iglesia, como suprema depositaría de la moral, que el haber renunciado, por un acrecentamiento del poder temporal, a la gran idea agustina de "la paz cristiana universal". "¿No se avergüenzan los teólogos y los maestros de la vida cristiana de ser los principales incitadores, promovedores y fomentadores de aquello que nuestro Señor Jesucristo odió tanto y de modo tan grande?", exclama con ira. "¿Cómo pueden reunirse el báculo episcopal y la espada, la mitra y el casco, el evangelio y el escudo, ¿Cómo es posible predicar a Cristo y la guerra, con la misma trompeta proclamar a Dios y al demonio". "El eclesiástico belicoso" no es otra cosa, por lo tanto, sino una contradicción con la palabra de Dios; niega la más alta embajada de que le encargó su señor y maestro cuando dijo: "¡La paz sea con vosotros!" Siempre se muestra vehemente Erasmo cuando alza la voz contra la guerra, el odio y la limitación partidista, mas esta pasión vehemente jamás enturbia, con su indignación, la claridad de su concepto del mundo. A un tiempo idealista por su corazón y escéptico por su inteligencia, Erasmo conocía todas las resistencias que se oponían, en el terreno de lo real, a la realización de aquella "paz universal cristiana", a aquel único señorío de la humana razón.

El hombre que, en su Elogio de la Locura, describió todas las variedades del delirio humano y de la absurdidad, no pertenece al grupo de aquellos soñadores idealistas que opinan que con la palabra escrita, con libros, predicaciones y tratados, se puede matar el inmanente impulso de violencia de la naturaleza humana, c, por lo menos, adormecerlo; no se engañaba, en modo alguno, acerca del hecho de que el goce en el ejercicio de la fuerza y la alegría del combate fermentan en la sangre de la humanidad desde épocas de canibalismo, hace cientos y miles de años, torpes recuerdos del odio primitivo de la remota bestia humana contra sus semejantes, no menos bestiales, y que, todavía, serán necesarios cientos de años, y quizás miles, de educación moral y elevación de la cultura para una plena desbestialización y humanización de la estirpe del hombre. Sabía que los impulsos elementales no se pueden remover con dulces charlas y palabras morales y aceptaba la barbarie de este mundo como un hecho, por el momento, invencible. Por ello, su propia lucha se desarrollaba en otras esferas; como hombre espiritual no podía dirigirse siempre sino a los espirituales, no a los conducidos y seducidos, sino a los conductores, a los príncipes, a los sacerdotes, a los sabios, a los artistas, a todos aquellos a quienes sabía y hacía responsables de toda discordia en el mundo europeo. Como pensador de largo alcance, había reconocido mucho antes que el impulso hacia la violencia, en sí mismo, no constituye un peligro universa!. La violencia sola tiene corto el aliento; ataca ciega y furiosa, pero, sin meta para su voluntad y escasa de pensamiento, se viene abajo por sí misma, agotada, después de sus bruscas explosiones. Aun donde actúa por contagio y psicopáticamente y excita a grupos enteros, éstos sólo se producen como bandas indisciplinadas, que se extinguen espontáneamente tan pronto como se ha enfriado el primer entusiasmo.

Nunca, en el curso de la historia, las sublevaciones y levantamientos sin una dirección espiritual han llegado a ser peligrosos para un orden social auténtico: sólo cuando el impulso de violencia está al servicio de una idea, o la idea se sirve de él, se producen los verdaderos trastornos, las revoluciones sangrientas y destructoras, pues sólo con una enseña se convierte una banda en partido, sólo con la organización, en un ejército, y sólo con un dogma, en un movimiento general. Todos los grandes conflictos violentos de la humanidad son menos atribuíbles a la voluntad de violencia que reside en la sangre del hombre que a una ideología que desencadena esta voluntad y la impulsa contra otra parte de la familia humana. Sólo el fanatismo, ese bastardo del espíritu y de la violencia, que quiere impone la dictadura de una idea, la de la suya propia, a todo el universo, como la única forma permitida de fe y de existencia, hiende la comunidad humana en enemigos y amigos, partidarios y adversarios, héroes y criminales, creyentes y herejes; como sólo reconoce su sistema y sólo quiere considerar como verdadera su verdad, tiene que echar mano de la violencia para abatir a todos los otros dentro de la pluralidad de representaciones, querida por Dios. Todas las violentas limitaciones de la libertad espiritual, de la libertad de opinión, la inquisición y la censura, la hoguera y el cadalso, no han sido impuestas al mundo por la violencia ciega sino por el fanatismo de severa mirada, ese genio de la parcialidad y enemigo hereditario de la universalidad, ese prisionero de una única idea que intenta siempre hostigar al mundo entero y encerrarlo en esta prisión suya. Por eso, para el humanista Erasmo, que siempre está señalando hacia los intereses comunes de la humanidad por ser su propiedad más excelsa y sagrada, el hombre espiritual no puede arrojar sobre sí culpa más grave que si proporciona un decisivo pretexto de rebelión a la voluntad de las masas, siempre dispuesta a la violencia, al sostener una ideología unilateral, pues, con ello, suscita fuerzas primitivas que, salvajemente, corren más allá de su idea originaria y destruyen sus más puras intenciones. Un hombre solo puede azuzar la pasión de las masas, pero casi nunca le es también dado volver a calmar esta desencadenada pasión.

Quien, con su palabra, sopla una llamita, tiene que tener conciencia de que se producirá una fogata destructora; el que excita el fanatismo, declarando como único valedero un solo sistema de existir, de pensar y de creer, tiene que reconocer la responsabilidad de que, con ello, está provocando la desavenencia universal, una guerra espiritual o corporal, contra toda otra forma de pensar y vivir. Toda tiranía de una idea es una declaración de guerra contra la libertad espiritual humana, y el que, como Erasmo, busca, una síntesis suprema de todas las ideas, una armonía universal humana, tiene, por ello, que considerar como un ataque contra su concepto de inteligencia general toda forma de parcialidad en el pensamiento, de ciega voluntad de incomprensión. El ser humano educado humanísticamente, dotado de humanas opiniones en el sentido de Erasmo, no debe, por consecuencia, conjurarse con ninguna ideología, porque toda idea aspira naturalmente a la hegemonía; no tiene que ligarse con ningún partido, pues es deber de todo hombre de partido ver de un modo partidista las cosas, sentirlas y pensar en ellas. En todo momento tiene que conservar su libertad de pensamiento y de acción, pues, sin libertad, es imposible la justicia, única idea que, como supremo ideal, debería ser común a toda la humanidad. Pensar como Erasmo significa, por lo tanto, pensar con independencia; proceder como Erasmo, proceder en el sentido de la comprensión. El erasmista, el que tiene fe en la humanidad, no tiene que fomentar lo que separa, sino lo que liga, dentro del círculo de su vida; no tiene que fortificar a los parciales en su parcialidad, a los hostiles en su hostilidad, sino extender la inteligencia y preparar la comprensión, y cuánto más fanática se muestre la época en su parcialidad, tanto más resueltamente tiene que perseverar él en su posición por encima de los partidos, desde la cual contempla la colectividad humana en todos estos errores y extravíos, para ser siempre defensor insobornable de la libertad espiritual y de la justicia sobre la tierra. A todas las ideas concédeles Erasmo sus derechos, pero a ninguna sus pretensiones sofísticas; el pensador que ha procurado comprender a la propia locura y la ha elogiado, no se opone, anticipadamente y con hostilidad, a ninguna teoría o tesis, sino sólo en el momento en que éstas pretenden violentar a las otras.

El humanista, como hombre que sabe mucho, ama precisamente al mundo a causa de su diversidad y no le espantan sus contradicciones. Nada está más lejos de su espíritu que pretender eliminar las contradicciones a la manera de los fanáticos y sistemáticos, que procuran reducir todos los valores a un solo número y todas las flores a una sola forma y color; precisamente ésta es la nota característica del espíritu humanista, no valorar las contradicciones como hostilidad y buscar para todo lo aparentemente inconciliable una unidad superior, la unidad humana. Lo mismo que Erasmo, en sí mismo, sabía reconciliar los elementos, más agriamente hostiles,«cristianismo y antigüedad, libertad de fe y teología, Renacimiento y Reforma, tenía que parecerle creíble que también en algún tiempo toda la humanidad llegará a transformar la pluralidad de sus representaciones en un dichoso acuerdo, sus contradicciones en una más alta armonía. Esta última inteligencia universal, la europea, la espiritual, constituye propiamente el único elemento de creencias religiosas del humanismo, por lo demás más bien frío y racionalista, y, con el mismo fervor con que las otras gentes de este obscuro siglo proclaman su fe en Dios, proclama él la embajada de su fe en la humanidad: que llegue a ser sentido, meta y porvenir del mundo, de modo que éste, en lugar de vivir para lo que lo separa, viva para lo que junta en común, y, de este modo, se vaya haciendo cada vez más y más humano.

Para esta educación de la humanidad, el humanismo no conoce más que un solo camino: el de la cultura. Erasmo y los erasmistas piensan que lo humano, en el hombre, sólo puede ser acrecido por medio de la cultura y del libro, pues sólo el ineducado, sólo el no instruido, se entrega sin reflexión a sus pasiones. El hombre culto, el civilizado —aquí aparece el trágico paralogismo de su modo de pensar—, no es ya capaz de groseras violencias, y si los educados, los cultos y civilizados tuvieran en sus manos el poder político, se extinguiría por sí mismo lo caótico y bestial; la guerra y las persecuciones espirituales llegarían a ser decrépitos anacronismos. En su estimación exagerada de la civilización, los humanistas no comprenden las fuerzas primitivas del mundo de los impulsos, con su indomable violencia, y, con su optimismo cultural, convierten en cosa insignificante el espantoso problema, apenas soluble, del odio de las masas y de las grandes psicosis apasionadas de la humanidad. Sus cálculos son demasiado simples: para ellos, hay dos capas sociales, una inferior y otra superior; abajo, la muchedumbre sin civilizar, ruda y apasionada; arriba, el claro círculo de los educados, de los comprensivos, de los humanos, de los civilizados, y el principal trabajo les parece realizado cuando logran atraer partes cada vez mayores de la capa inferior de los incultos para unirlas a la superior de la cultura. Así como en Europa fue siendo labrada cada vez más tierra de la antes inculta, por la que vagaban, peligrosas y salvajes, las errantes fieras, así también, en lo humano, hay que lograr, sucesivamente, desarraigar de nuestros círculos europeos la sinrazón y la rudeza para crear una zona de humanidad libre, clara y fructífera. De este modo, en lugar del pensamiento religioso, colocan la idea de una ascensión incesante de la humanidad. La idea del progreso, mucho tiempo antes de que Darwin haga de ella un método científico, llega a ser un ideal moral, gracias a sus esfuerzos: sobre ella se apoyan los siglos XVIII y XIX; en muchos de sus aspectos, las ideas erásmicas han llegado a ser los principios capitales del moderno orden social. No obstante, nada sería más erróneo que ver en el humanismo, y, más concretamente, en el pensamiento de Erasmo, una doctrina democrática precursora del liberalismo. Ni por un momento piensan, Erasmo ni los suyos, en conceder el más pequeño derecho al pueblo, inculto y menor de edad —para ellos todo hombre inculto no ha alcanzado aún su mayoría— y aunque aman a toda la humanidad, cierto que en abstracto, se guardan mucho de ponerse en común con el vulgus profanum.

Considerándolo más de cerca, en ellos, en vez del antiguo orgullo aristocrático, ha surgido uno nuevo; aquel envanecimiento académico, que vino extendiendo después sus efectos, a través de tres siglos, que sólo al hombre que sabe latín, al formado en las universidades, le reconoce derecho para decidir sobre lo justo y lo injusto, lo moral y lo antiético. Los humanistas están tan resueltos a regir el mundo en nombre de la razón, como los príncipes en nombre de la fuerza y la Iglesia en el de Cristo. Sus sueños encañonan sus tiros hacia una oligarquía; el señorío de la aristocracia de la cultura: sólo los mejores, los más cultivados, oí agicnoi, deben tomar a su cargo, en el sentido de los griegos, la dirección de la polis, del Estado. Gracias a su saber superior, a sus concepciones más clarividentes y más humanas, ellos solos se sienten llamados a intervenir, como mediadores y guías, en las disputas entre las naciones que se les representan como estúpidas y atrasadas ; pero este mejoramiento, de la situación no quieren, en modo alguno, alcanzarlo con ayuda del pueblo, sino por encima de la muchedumbre. Así que, en el fondo último, los humanistas, no representan ninguna renuncia al régimen aristocrático y caballeresco, sino su renovación en una forma espiritual. Esperan conquistar el mundo con la pluma como aquéllos con la espada, y, sin saberlo, se crean, como aquéllos, su propia convención social que los aparta de los "bárbaros", una especie de ceremonial de corte. Ennoblecen sus nombres, traduciéndolos al latín o al griego, para velar, de este modo, su ascendencia popular; se llaman Melanchton en vez de Schwarzerd, Mykonio en vez de Geisshüsler, Oleario en lugar de Oeslchláger, Chytraeo en vez de Kochhafe y Cochlaeo en lugar de Dobnick; se visten, con especial cuidado, de negras y ondulantes vestiduras, para distanciarse ya exteriormente de la clase de los otros ciudadanos. Tendrían por humillación escribir un libro o una carta en su materno idioma, lo mismo que un caballero se indignaría si se le encargara de marchar con la chusma de a pie, con la tropa vulgar de infantería, en vez de ir delante a caballo. Cada cual se siente obligado a un especial y distinguido porte en el trato y comercio social, por su ideal colectivo de cultura; evitan las palabras violentas y cultivan la cortesía urbana, como especial deber, en una época de grosería y rudeza. Oralmente y por escrito, en su palabra y porte, estos aristócratas del espíritu se esfuerzan por alcanzar distinción en su ánimo y expresiones, y, de este modo, todavía se espeja un último reflejo de la moribunda caballería, que bajaba a la tumba con el emperador Maximiliano, en esta orden espiritual que había tomado como pendón el libro en lugar de la cruz. Y así como la noble caballería sucumbía ante la fuerza grosera de los cañones que vomitan hierro, así también este noble escuadrón idealista caerá bellamente, pero sin vigor, ante el ataque robusto, de campesina fuerza, de la revolución popular de un Lutero y un Zwingli.

Porque precisamente este apartar la mirada del pueblo, esta indiferencia hacia la realidad, quitó de antemano al imperio de Erasmo toda posibilidad de duración, y a sus ideas la inmediata fuerza actuante: la falta orgánica fundamental del humanismo era el querer instruir al pueblo desde lo alto, en lugar de intentar comprenderlo y aprender de él. Estos idealistas académicos creían dominar ya porque su imperio se extendía muy a lo lejos; porque en todos los países, cortes, universidades, conventos e iglesias tenían sus servidores, sus embajadores y legados, que anunciaban orgullosamente los progresos de la "eruditio" y de la "eloquentia" en territorios hasta entonces bárbaros; pero, en lo más profundo, este imperio no comprendía sino una tenue capa superficial y estaba débilmente arraigado en la realidad. Cuando, desde Polonia y Bohemia, desde Hungría y Portugal, traíanle todos los días a Erasmo entusiastas mensajes, cuando todos los señores de la tierra, emperadores, reyes y papas, solicitaban su favor, podía, en muchos momentos, el sabio encerrado en su cuarto de estudio abandonarse a la ilusión de que el imperio de la ratio estaba ya permanentemente establecido.

Pero, por encima de estas cartas latinas, no percibía el silencio de las grandes muchedumbres de millones de hombres, ni tampoco la queja que amenazaba cada vez con mayor violencia desde inconmensurables profundidades. Ya que el pueblo no existía para él, ya que lo consideraba como poco fino e indigno de que un hombre culto llegara a solicitar el favor de las masas y tratara, en general, con los ineducados, con los "barbaros", el humanismo, nunca existió más que para los happy few, y no para el pueblo, y su platónico imperio de la humanidad, en resumidas cuentas, no fue más que un imperio de nubes, que, durante una hora breve, iluminó al mundo entero, maravilloso de ver, puro producto del espíritu creador, el cual, desde su altura, miraba a sus pies, dichosamente, un mundo obscurecido. Pero una verdadera tormenta —ya se apelotona en la oscuridad— no puede ser resistida por este frío y artificial producto y sin lucha irá a recaer en lo ya perecido.

Porque, y ésta era la más profunda tragedia del humanismo y la causa de su rápido ocaso, sus ideas eran grandes, pero no lo eran los hombres que las proclamaban. Una pizca de ridiculez va unida a estos idealistas de cuarto cerrado, como lo va siempre a los reformadores del mundo puramente académicos; almas áridas todos ellos, bien intencionados, honrados, un poco pedantes, vanos, que ostentan sus nombres latinos como en una espiritual mascarada; una pedantería de maestro de escuela cubría de polvo, en todos ellos, los más florecientes pensamientos. Estos pequeños camaradas de Erasmo son conmovedores en su ingenuidad profesoral, algo semejantes a las buenas gentes qué también hoy vemos reunidas en asociaciones filantrópicas y de mejoramiento social, idealistas teóricos que creen en el progreso como en una religión, soñadores despiertos que en sus mesas de escribir construyen un mundo moral y redactan tesis sobre la paz perpetua, mientras en el mundo real una guerra sucede a otra y precisamente los mismos papas, emperadores y príncipes que rinden, encantados, un tributo de aplausos a sus ideas de mutua tolerancia, pactan, al propio tiempo, unos con otros y en contra de los otros, y prenden fuego al mundo entero. Si se encuentra un nuevo manuscrito de Cicerón, cree ya el clan humanista que todo el Universo tiene que resonar con sus clamores de júbilo; cualquier libelillo provoca su cólera y su pasión. Pero lo que agita al hombre de la calle, lo que rige fundamentalmente en lo profundo de las muchedumbres, eso no lo saben ni quieren saberlo, y, como permanecen encerrados en sus estancias, su bien intencionada palabra pierde toda resonancia en la realidad. Por este apartamiento fatal, por esta carencia de pasión y de popularidad, el humanismo no logró nunca hacer fructificar en la realidad sus ideas más fructíferas. El magnífico optimismo contenido en el fondo de su doctrina no era capaz de desarrollarse creadoramente y de desplegarse, porque, entre estos pedagogos teóricos de las ideas humanistas no se encontraba uno solo a quien le hubiera sido otorgado el poder natural de la palabra fuerte para lanzar a gritos sus llamadas hasta lo profundo del pueblo. Un pensamiento grande y santo quedó seco para varios siglos por obra de una generación sin ánimos.

No obstante, era hermosa esta hora universal en la que la santa nube de la confianza en la humanidad brillaba, con sus mansos e incruentos resplandores, sobre nuestra tierra europea, y si su ilusión de que ya estaba logrado el reunir en pacífica unidad a los pueblos bajo el signo del espíritu era también un poco precipitada, debemos salir a su encuentro con respeto y gratitud. Siempre fueron necesarios al mundo hombres que se negaran a creer que la historia no sea nada más que una roma y monótona repetición de sí misma, un juego sin sentido que se renueva siempre de igual modo con cambiados ropajes, sino que confían, sin pruebas para ello, en que el curso de la vida de la humanidad significa un progreso moral, en que nuestra especie, por invisibles escalones, asciende desde la bestialidad a la divinidad, de la brutal violencia hacia un sabio espíritu de ordenación y que este último, el grado supremo de la completa concordia humana, está ya próximo, ya casi alcanzado. El Renacimiento y el humanismo produjeron uno de tales minutos optimistas de fe universal; por eso, amamos ese tiempo y veneramos su fértil delirio. Pues, por primera vez, se desarrolló entonces en nuestra estirpe europea la confianza en sí misma, para superar a todas las épocas anteriores y formar una humanidad más alta, más instruida y más prudente aún que 'la de Grecia y Roma. Y la realidad parece dar razón a estos primeros heraldos del optimismo europeo, pues, ¿no ocurrieron en aquellos días maravillas que excedían a todas las anteriores? ¿En Durero y Leonardo no se produjeron unos nuevos Zeuxis y Apeles y en Miguel Ángel un nuevo Fidias? ¿No coordina la ciencia a los astros y al mundo terrestre, según nuevas y claras leyes científicas? El dinero, que fluye a torrentes de los países nuevos, ¿no proporciona inconmensurables riquezas, y estas riquezas un nuevo arte? ¿Y no logró la acción mágica de Gutenberg que, de ahora en adelante, la palabra creadora, la engendradora de cultura, se esparza a millares sobre la tierra? No, no puede pasar mucho tiempo, tal como lo proclaman con júbilo Erasmo y los suyos, antes de que la humanidad, conocedora de sus propias fuerzas y tan pródigamente dotada de ellas, tenga que reconocer su misión ética, vivir en lo porvenir únicamente de un modo fraternal, proceder moralmente y extirpar de modo eficaz los residuos de su naturaleza bestial. Como son de trompeta, resonaban sobre el mundo las palabras de Ulrich von Hutten: "Es un placer vivir", y, llenos de fe e impaciencia, los ciudadanos del imperio erasmista de la nueva Europa ven desde las almenas una raya de luz resplandeciendo en el horizonte del porvenir, que, después de una larga noche espiritual, parece anunciar, por fin, el día de la reconciliación universal. Pero no es la bendita aurora lo que amanece sobre la tierra tenebrosa: es el incendio que destruirá su mundo idealista; al igual de los germanos en la Roma clásica, así irrumpe Lutero, el fanático hombre de acción, con la irresistible fuerza de choque de un movimiento popular nacional, en su mundo de ensueños supernacionales e idealistas, y antes aún de que el humanismo haya comenzado verdaderamente su obra de unificación universal rompe la Reforma, con los golpes de su martillo de hierro, la última unidad espiritual de Europa, la Ecclesia universalis.

 

EL GRAN ADVERSARIO

Rara vez se le presentan al hombre los poderes decisivos, el destino y la muerte sin advertencia previa. Siempre envían por delante un discreto mensajero, pero con el rostro cubierto, y casi nunca presta atención el advertido a aquella llamada misteriosa. Entre las innumerables cartas de adhesión y homenaje que en aquellos años se acumulaban sobre el pupitre de Erasmo, encuéntrase también una de Spalatino, el secretario del Gran Elector de Sajonia, fechada en 11 de diciembre de 1516. En medio de ella, entre fórmulas de admiración y sabios informes, refiere Spalatino que un joven fraile agustino de su ciudad, que venera a Erasmo del modo más alto, no se siente de acuerdo con él en cuanto a la cuestión del pecado original. No aprueba la opinión de Aristóteles de que se es justo cuando se procede justamente, sino que él, por su parte, cree que sólo siendo justo se llega a estar en situación de proceder rectamente; "primero tiene que ser transformada la persona y sólo después vienen las obras" Esta carta representa un trozo de Historia Universal. Pues por primera vez el doctor Martín Lutero nadie otro si no él es aquel desconocido y aún nada lamoso fraile agustino— dirige la palabra al maestro, y su objeción se refiere ya, de modo notable, al problema central en torno al cual, más tarde, han de llegar a colocarse, uno frente a otro, como enemigos, los dos paladines de la Reforma. Cierto que Erasmo sólo habrá leído entonces aquellas líneas con distraída atención. ¿Cómo encontraría tiempo aquel hombre tan ocupado, solicitado por el mundo entero, para discutir seriamente sobre Teología con un frailecito desconocido de cualquier rincón de Sajonia? Pasó por encima de lo escrito sin presagio alguno de que, desde aquella hora, comenzaba un cambio en su vida y en la del mundo. Hasta entonces se alzaba él solo como señor de Europa y maestro de la nueva doctrina evangélica, pero ahora ha surgido el gran adversario. Con suave mano, apenas perceptible, ha llamado a las puertas de su casa y a las de su corazón Martín Lutero, al cual, aquí, todavía no se le cita por su nombre, pero que será llamado por el mundo el heredero y el vencedor de Erasmo.

A este primer encuentro entre Lutero y Erasmo en el universo de lo espiritual jamás siguió, durante todo el tiempo de su vida, un encuentro personal en el espacio físico y terreno; por instinto, desde la primera hora hasta la última, evitaron encontrarse estos dos hombres, que, en innumerables escritos y en numerosos grabados en cobre fueron celebrados, juntas las dos imágenes y juntos los dos nombres, como los libertadores del yugo romano, como los primeros honrados evangélicos alemanes. La historia, con ello, nos ha privado de un gran efecto dramático, pues ¡qué ocasión perdida para considerar, frente a frente, a estos dos grandes antagonistas, hostiles las miradas y enemigos los rostros! Rara vez el destino del mundo ha producido dos criaturas humanas en tan perfecto contraste, por su carácter y su personalidad física, como Erasmo y Lutero. Por su carne y su sangre, por su norma y su forma, por su exposición espiritual y su posición vital, por lo externo del cuerpo como por su nervio más íntimo, pertenecen, por decirlo así, a diversas y hostiles razas de caracteres: tolerancia frente a fanatismo, cultura contra fuerza primitiva, ciudadanía universal contra nacionalismo, evolución frente a revolución.

Esta oposición se hace ya sensible en lo corporal; Lutero, hijo de montañés y de ascendencia campesina,, sano y supersano, siempre vibrante y directamente amenazado, de modo peligroso, por las fuerzas físicas acumuladas en su organismo, dotado de vitalidad y con todo el grosero goce de esta riqueza —"Devoro como un bohemio y me emborracho como un alemán"—, pedazo de vida lleno de tensión, atarugado de energías casi hasta el estallido: el brío y la barbarie de todo un pueblo, reunido en una naturaleza toda demasía. Cuando alza su voz, retumba todo un órgano en su lenguaje; cada palabra suya es sápida y reciamente salada, como un pedazo de moreno pan aldeano recién cocido; todos los elementos de la Naturaleza ventéanse en ella, la tierra con sus olores y sus fuentes, con sus aguas estercolarías y su fiemo: con la violencia de una tempestad salvaje y destructora, rueda esta lengua de fuego por encima del pueblo alemán. El genio de Lutero reside mil veces más en esta su vehemencia, llena de sensualidad, que en su intelecto; lo mismo que habla el lenguaje popular, pero con una añadidura inmensa de fuerza plástica, piensa inconscientemente según el sentido de la muchedumbre, y representa la voluntad general elevada a una potencia que alcanza hasta el grado más alto de la pasión. Su persona es, por así decirlo, el portillo por donde se abre paso todo lo alemán, todos los instintos alemanes, protestantes y rebeldes ante la conciencia del mundo, y al entrar la nación en las ideas de Lutero, también y al mismo tiempo, entra él en la historia de su nación. Devuelve a los elementos su elemental fuerza primitiva.

Si después de esta masa de barro que es Lutero, rechoncho, de grosera carne, duro hueso, pictórico de sangre; si después de este hombre, en cuya baja frente resallan amenazadoras las prominencias bombeadas de la voluntad, recordando los cuernos del Moisés de Miguel Ángel; si después de este hombre de sangre se mira hacia el hombre de espíritu que es Erasmo, hacia el hombre de color de pergamino, fino de piel, sutil, frágil, circunspecto, sólo con contemplar el cuerpo de los dos ya saben los ojos, antes de que intervenga la razón, que entre tales antagonistas nunca será posible una amistad o una inteligencia duraderas. Siempre achacoso, siempre tiritando en su sombría habitación, siempre envuelto en sus pieles, con una salud eternamente escasa (así como Lutero tiene un exceso de salud que le oprime de un modo casi doloroso), Erasmo posee demasiado poco de todo aquello que el otro tiene con exceso; constantemente necesita esta naturaleza delicada mantener caliente con fuerte borgoña su pobre sangre anémica, mientras que Lutero —las oposiciones en lo pequeño son las más perceptibles— precisa a diario su "fuerte cerveza de Wittenberg" para apaciguar, por la noche, sus cálidas, hinchadas y rojas venas con un buen sueño sin ensueños. Cuando habla Lutero, retumba la casa, tiembla la Iglesia, vacila el mundo; pero también a la mesa, entre amigos, sabe reírse bien y estrepitosamente, y como después de la Teología es aficionadísimo a la música, también gusta de alzar la voz en un canto varonil y sonoro. Erasmo, por el contrario, habla débil y delicadamente, como un enfermo del pecho, perfila artificialmente y redondea las frases y les afila sus finas agudezas, mientras que a aquel otro le manan a borbotones los discursos y también su pluma marcha tempestuosamente hacia adelante, "como un caballo ciego". De la persona de Lutero brota una atmósfera de violencia; a cuantos están a su alrededor, a Melanchthon, Spalatin y los príncipes mismos, los mantiene, por medio de su varonil carácter dominador, en una especie de sumisa servidumbre. En cambio, el poder de Erasmo muéstrase del modo más fuerte cuando su persona queda invisible; en sus escritos, en sus cartas. No tiene nada que agradecerle a su cuerpecillo, pobre y mal cuidado, y todo se le debe, únicamente, a su alta, a su amplia espiritualidad, que abarca en sí al Universo.

Pero también la espiritualidad de uno y otro proviene de estirpes totalmente diferentes del mundo del pensamiento. Erasmo es, indudablemente, el de más amplia vista, el que más sabe, ninguna cosa de la vida es extraña a él.

Clara e incolora como la luz del día, su abstracta razón penetra a través de todas las grietas y hendiduras de la realidad e ilumina cada objeto. Lutero, por el contrario, posee un horizonte infinitamente menor que el de Erasmo, pero de mayor profundidad; su mundo es más estrecho, incomparablemente más estrecho que el erásmico, pero sabe dar a cada uno de sus pensamientos, a cada una de sus convicciones, el impulso de su personalidad. Arrebata todo hacia su interior y allí lo caldea con su roja sangre; impregna cada idea con su personal fuerza vital, le da su fanatismo, y aquello que una vez ha sido reconocido y confesado por él, no será abandonado jamás; cada afirmación llega a ser una con todo su ser y adquiere de él una inmensa fuerza dinámica.

Docenas de veces Lutero y Erasmo enunciaron idénticos pensamientos; pero precisamente lo mismo que en Erasmo sólo ejerce una fina atracción espiritual sobre las gentes espirituales, se convierte al punto en Lutero, gracias a su manera de ser arrebatadora, en una divisa bélica, en un grito de guerra, en una exigencia plástica, y estas exigencias las arroja a latigazos, tan furiosamente, sobre el mundo, como las raposas bíblicas con sus tizones, que inflama la conciencia de toda la humanidad. Todo lo erásmico tiende, en su esencia, hacia él descanso y la satisfacción del espíritu, todo lo luterano a una alta tensión y conmoción de la sensibilidad; por ello Erasmo es el "Escéptico", allí donde discurre del modo más fuerte, más claro, más despierto y preciso; Lutero, en cambio, es el "Pater extaticus", y la cólera y el odio brotan del modo más bárbaro' de sus labios.

Tal oposición tiene que conducir, orgánicamente, a una hostilidad, aun cuando sean iguales las metas de su lucha. Al principio, Lutero y Erasmo quieren la misma cosa, pero su temperamento lo quiere de una manera tan completamente opuesta, que acaba por convertirse en oposición. Las hostilidades parten de Lutero. De todos los hombres geniales que ha sostenido la tierra, acaso haya sido Lutero el más fanático, el menos capaz de ilustración, el menos acomodable y el más antipacífico. No podía emplear a su alrededor, para servirse de ellos, más que a gentes que siempre dijeran que "sí"; a los que dicen que "no" los utilizaba para inflamar su cólera contra ellos y pulverizarlos! Para Erasmo, el antifanatismo había llegado a ser como una religión, y el tono duramente dictatorial de Lutero —aparte de lo que dijera— le hería el alma como siniestro cuchillo. Para él, era sencillamente intolerable, ya en lo corporal, este golpear perenne con el puño sobre la mesa, este discurrir con boca espumeante, ya que consideraba como meta suprema la inteligencia universal y culta entre las naturalezas espirituales, y la confianza en sí mismo de Lutero —que éste llamaba su confianza en Dios— se le presentaba como una irritante arrogancia, casi blasfema, en nuestro mundo, que casi siempre vuelve a caer necesariamente en el error y el delirio. Claro que Lutero, por su parte, tenía que corresponder con el odio a la tibieza e indecisión de Erasmo en materia de fe, a aquel no querer decidirse, a lo escurridizo, condescendiente y deslizante de una convicción que nunca podía establecerse de modo inequívoco; y ya la perfección estética, el "discurso artificioso" del gran humanista, en lugar de una clara confesión, irritaba la bilis del reformador. En lo más profundo del ser de Erasmo había algo que tenía que irritar elementalmente a Lutero, y en lo más profundo del ser de Lutero había algo que tenía que irritar del mismo modo a Erasmo. Es insensata, por lo tanto, la concepción de que sólo dependió de exterioridades y casualidades el que estos dos primeros apóstoles de la nueva doctrina evangélica, el que Lutero y Erasmo se unieran para una obra en común. Hasta lo más análogo, dadas las coloraciones tan diferentes de su sangre y de su espíritu, tenía que presentar tono diverso en ellos, pues sus diferencias eran orgánicas. Descendían éstas desde el mundo superior del cerebro hasta la maraña de los instintos, e iban por los conductos sanguíneos hasta aquellas profundidades donde ya no domina la consciente voluntad de pensar. Por ello, a causa de la política y por los asuntos comunes, pudieron guardarse miramiento uno a otro durante largo tiempo; lo mismo que dos troncos de árbol que flotan en la misma corriente, pudieron ir reunidos durante un período, pero en la primera curva y cambio de rumbo tenían fatalmente que estrellarse una contra otro: este conflicto histórico universal era inevitable.

El vencedor de esta lucha sabíase con anticipación que tenía que ser Lutero, no sólo por ser el genio más fuerte, sino también el luchador más acostumbrado a la guerra y más alegre de hacerla. Lutero era, y siguió siendo durante el tiempo de su vida, una naturaleza combatidora, un pendenciero nato con Dios, los hombres y el diablo. Luchar era para él no sólo un goce y una forma de descargar sus fuerzas, sino hasta una salvación para su naturaleza excesivamente plena. Pelearse, disputar., injuriar, combatir, significaba para él una especie de sangría, pues sólo saliendo de sí mismo, dando de palos, experimentaba y ponía en ejecución todas sus dimensiones humanas; con el placer más apasionado, precipitábase por ello a cualquier cuestión, justa o injusta: "Me espanto casi mortalmente", escribe su amigo Bucer, "cuando pienso en el furor que hierve en ese hombre tan pronto como tiene que vérselas con un adversario". Innegablemente Lutero, cuando combate, combate como un endemoniado; con todo su cuerpo, con su bilis enardecida, con sus ojos inyectados en sangre, con espumeantes labios; es como si con este furor teutónico expulsara, por decirlo así, de su cuerpo un veneno febril.

Y, en realidad, sólo cuando ha peleado primero con ciego furor, descargando así su enojo, se siente aliviado, "entonces se me refresca toda la sangre, se me aclara el ingenio y se amortiguan en mí los ataques". En el campo de la lucha, el muy culto Doctor Theologiae se convierte al instante en un gañán del campo: "Cuando llego, ataco a mazazos"; apodérase de él una rabiosa palurdería, una atroz posesión demoníaca, echa mano de cualquier arma sin escrúpulo alguno, a la deslumbrante espada de la dialéctica como a la horca aldeana, llena de insultos y estiércol; sin miramiento, desmeolla todo obstáculo, y, en caso necesario, no retrocede espantado ante la mentira y la calumnia para aniquilamiento del adversario. "Por la corrección y por la Iglesia no hay que espantarse ante una buena y robusta mentira". Lo caballeresco es plenamente ajeno a este luchador campesino. Tampoco con el adversario ya vencido usa de nobleza ni de compasión; hasta al indefenso, ya caído en tierra, sigue golpeándolo en su cólera ciegamente furiosa. Prorrumpe en clamores de alegría cuando Thomas Münzer y diez mil aldeanos son degollados vilmente, y se alaba y glorifica, en voz bien alta, "de que su sangre la lleva él sobre su cabeza"; se regocija de que el "marrano" de Zwingli, Karlstadt y todos los otros que alguna vez se le han opuesto mueran miserablemente: jamás este hombre, ardiente y violento en sus odios, tuvo una palabra justa para un enemigo ya muerto. En el pulpito, una voz humana que arrebata; en su casa, un amable padre de familia; artista y poeta capaz de expresar la más alta cultura, Lutero, en cuanto comienza una contienda, se convierte en un lobo, en un endemoniado, presa de gigantescos furores, al cual no detiene ninguna obligación o justicia. Esta salvaje necesidad de su naturaleza le lleva siempre, durante toda su vida, a buscar la guerra, pues el combatir no sólo le parece la forma de vida más llena de goces, sino también la moralmente más justa. "Un ser humano, y especialmente un cristiano, tiene que ser hombre de guerra", dice con orgullo mirándose al espejo, y en una carta posterior (1541) alza esta declaración hasta los cielos al afirmar misteriosamente "que es seguro que Dios también combate".

Mas Erasmo, como cristiano y como humanista, no conoce ningún Cristo guerrero ni ningún Dios combatidor. El odio y el afán de venganza le parecen a él, aristócrata de la cultura, una recaída en la plebeyez y la barbarie. Todo estrépito y querella, toda riña salvaje le repugnan. Como carácter conciliador nato, siente justamente tanto disgusto en las disputas como placer le proporciona tal situación a Lutero; de modo característico se expresa, cierta vez, al referirse a su temor de las discusiones: "Si pudiera obtener una gran finca rústica y para ello tuviera que poner un pleito, preferiría renunciar a la finca". Sin duda, como hombre de espíritu, a Erasmo le gustaba discutir con gentes igualmente cultas, pero en la forma como al caballero le gustaba el torneo, como un noble juego donde el hombre bien educado, prudente, dúctil, puede presentar, ante el foro de los educados humanísticamente, su arte de esgrimidor, acerado por el fuego del clasicismo. Hacer brotar algunas chispas, señalar algunas fintas serenamente empleadas, arrojar de su silla de montar a un mal jinete del latín; tal caballeresco juego espiritual no es en modo alguno, ajeno al ingenio de Erasmo, pero nunca comprenderá el goce de Lutero de pisotear y aplastar a un enemigo; nunca, en sus numerosas guerras de la pluma, prescindirá de la cortesía, y tampoco se entregará al odio "asesino" con el cual Lutero ataca a su adversario. Erasmo no nació para guerrero, ya porque en lo profundo no posee ningún rígido convencimiento por el cual luchar; las naturalezas objetivas están dotadas de poca firmeza.

Dudan fácilmente de sus propias opiniones, y al punto están dispuestas, por lo menos, a reflexionar sobre los argumentos del adversario. Pero consentir que hable el adversario, significa ya cederle terreno: sólo lucha bien el hombre ciego de furor que se encaja sobre las orejas el casco de la obstinación para no oír cosa alguna y a quien su propia posesión demoníaca protege durante el combate, como una piel córnea. Para el fraile extático que es Lutero cada uno de sus contradictores es ya un enviado del infierno, un enemigo de Cristo, a quien se tiene el deber de aniquilar, mientras que al humano Erasmo, hasta las exageraciones más insensatas del adversario le inspiran, cuando más, una piadosa conmiseración.

Excelentemente había expresado ya Zwingli, en una imagen, la oposición de carácter de ambos rivales al comparar a Lutero con Ayax y a Erasmo con Ulises; Ayax-Lutero es el hombre del valor y de la guerra, nacido para el combate, y que en ninguna otra parte se encuentra en su elemento; Ulises- Erasmo, en realidad, sólo casualmente penetra en un campo de batalla y se siente feliz con volver a su tranquila Itaca, la dichosa isla de la contemplación, en dejar el mundo de la acción por el mundo del espíritu, donde las victorias o las derrotas temporales parecen no existir ante la invencible e inconmovible presencia de las ideas platónicas.

Erasmo no había nacido para la guerra y lo sabía. Dondequiera que procedía en contra de las leyes de su naturaleza y se entregaba al combate tenía que ser vencido; pues siempre, cuando el artista y el sabio traspasan sus fronteras y entran en el camino de los hombres de acción, de los hombres fuertes y de los hombres mundanos, disminuyen sus propias dimensiones. El hombre espiritual no debe inscribirse en un partido, su reino es el de la justicia, que, en todas partes, está por encima de toda discusión.

Erasmo no había prestado atención a la primera y suave llamada de Lutero.

Pero pronto se verá obligado a oír y tendrá que grabar en su corazón este nombre nuevo, pues los férreos martillazos con los que el desconocido fraile agustino clava en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus noventa y cinco tesis retumban a través de todo el imperio alemán. "Como si los propios ángeles hubieran sido sus rápidos mensajeros", así vuelan de mano en mano, aun húmedas de la imprenta, las hojas que las contienen; de la noche a la mañana, en todo el pueblo alemán llega a ser citado, junto al nombre de Erasmo, el de Martín Lutero, como el del más excelente precursor de una libre teología cristiana. Con genial instinto, el futuro hombre popular hirió justamente el punto sensible donde el pueblo alemán siente del modo más doloroso la presión de la curia romana: las indulgencias. Nada soporta de peor gana una nación que un tributo que le sea impuesto por un poder extranjero; y como, en este caso, la Iglesia convierte en dinero el miedo primitivo de las criaturas, valiéndose de gentes que las distribuyen a un tanto por ciento, por medio de traficantes profesionales de indulgencias, en forma que este dinero, arrancado a los aldeanos y burgueses alemanes con células ya impresas, marcha fuera del país y toma el camino de Roma, todo ello viene provocando, desde hace ya tiempo, en todo el país, una obscura indignación nacional, aún no traducida en palabras. Lutero, propiamente, con su acción resuelta, no hace más que poner fuego a la cargada mina.

Nada demuestra más claramente que no es la censura de un abuso, sino la forma de ejercer esta censura, lo que decide la importancia universal del hecho; también Erasmo y otros humanistas habían vertido sus espirituales burlas sobre las indulgencias y sobre las cédulas de libramiento de los fuegos del purgatorio. Pero la mofa y el chiste no hacen más que descomponer de modo negativo las fuerzas existentes, no reúnen ninguna nueva para un golpe creador. Por el contrario, Lutero, naturaleza dramática, acaso la única verdaderamente dramática de la historia alemana, por un instinto primitivo y no aprendido, sabe apoderarse de las cosas de una manera drástica y altamente comprensiva; desde la primera hora, tiene los dones del genial conductor de pueblos: gestos plásticos y palabra programática. Cuando dice clara y sucintamente en sus tesis: "El papa no puede perdonar ninguna falta" o "El papa no puede remitir otros castigos que los que hayan sido impuestos por él mismo", son estas palabras como relámpagos iluminadores, como rayos que caen en la conciencia de toda una nación, y la cúpula de San Pedro comienza a vacilar bajo ellas. Donde Erasmo y los suyos, con befas y críticas, despertaron la atención de los espirituales, pero sin penetrar hasta la zona de la pasión de las muchedumbres, alcanza Lutero, de un solo golpe, las profundidades del sentimiento popular. En término de dos años, llega a ser el símbolo de Alemania, el tribuno de todas las exigencias y deseos nacionales y antirromanos, la fuerza concentrada de toda resistencia.

Un contemporáneo de tan fino oído y tan curioso como Erasmo tuvo, indudablemente, que conocer muy pronto la acción de Lutero. En realidad debía alegrarse, porque, con ello, aparecía a su lado un aliado en la lucha por una libre teología. Y al principio no se percibe ninguna expresión de censura.

"Todos los buenos aman la sinceridad de Lutero", "cierto que hasta ahora Lutero ha sido útil al mundo"; en este tono benévolo manifiéstase a sus amigos humanistas al tratar de la aparición de Lutero. En todo caso, .una primera reflexión paraliza ya prudentemente al psicólogo de dilatada mirada.

"Lutero ha censurado muchas cosas de modo excelente", pero después vacila con un leve suspiro y añade: "mas es lástima que no lo haya hecho con mayor mesura". Por instinto, aquel hombre de fina sensibilidad olfatea como un peligro en el temperamento excesivamente ardoroso de Lutero; con insistencia, hace que le amonesten para que no siempre se presente de modo tan rudo. "Me parece que se alcanza más con la modestia que con la violencia.

Así sometió Cristo .al mundo." No las palabras, no las tesis de Lutero, es lo que intranquiliza a Erasmo, sino únicamente el tono de la elocución, el acento demagógico y fanático que aparece en todo lo que escribe y hace Lutero. En opinión de Erasmo, unas cuestiones teológicas hasta tal punto espinosas se expresan mejor en voz baja, dentro de un círculo de gentes instruidas; al vulgus profanum se le mantiene apartado, por medio del latín académico. Pero no se pone uno a dar gritos tan estentóreos en medio de la calle, sobre cuestiones teológicas, para que los zapateros y tenderos puedan llenarse de furor, groseramente, por tan sutiles cosas. Toda discusión ante la galería, y para ella, rebaja el nivel de la cuestión, según el gusto de los humanistas, y trae consigo inevitablemente el peligro del tumultus, del levantamiento, de la excitación popular. Erasmo odia toda propaganda y toda agitación en favor de la verdad; cree que ésta posee una fuerza que actúa por sí misma. Opina que una confesión, una vez expuesta ante el mundo por medio de la palabra, tiene después que ir avanzando por caminos puramente espirituales y no necesita del aplauso de la muchedumbre ni de la formación de partidos para ir haciéndose, en su esencia, más verdadera y más real. Según su modo de sentir, el hombre espiritual no tiene otra cosa que hacer sino establecer y formular claramente las verdades, no tiene que luchar por ellas. No por envidia, por lo tanto, como le acusaron sus adversarios, sino por* un honrado sentimiento de temor, por aristocrática responsabilidad espiritual, ve con indignación Erasmo cómo, detrás de la tempestad de palabras de Lutero, se levanta al punto, en inmensas nubes de polvo, la excitación popular. "Si fuera más mesurado": vuelve siempre a renovarse la queja de Erasmo acerca de este hombre sin medida, y, en lo secreto, le angustia el consciente presentimiento de que su alto imperio espiritual, el de las bonae litterae, de la ciencia y del humanismo, no podrá resistir semejante tormenta universal. Pero todavía no se ha cambiado palabra alguna entre Erasmo y Lutero; todavía guardan silencio, uno frente a otro, los dos hombres más célebres de la Reforma alemana, y este silencio va siendo poco a poco sorprendente.

Erasmo, el prudente, no tiene ningún motivo para entrar en relaciones personales con aquel hombre incalculable; Lutero, por su parte, cuanto más le arrastra hacia la lucha su íntima convicción, se siente visiblemente más escéptico respecto al escéptico. "Las cosas humanas significan más para él que las divinas", escribe, hablando de Erasmo, y señala con ello, magistralmente, su recíproca posición: para Lutero, lo religioso era lo más importante que había en la tierra, para Erasmo lo humano.

Pero, en estos años, Lutero no se encuentra ya solo. Sin desearlo, y acaso también sin comprenderlo del todo, con sus exigencias sólo pensadas para el orden espiritual, ha llegado a ser el exponente de los más diversos intereses terrenos, el ariete de los asuntos nacionales alemanes, una importante figura en el ajedrez político que se juega entre el papa, el emperador y los príncipes alemanes. Gentes que se aprovechan de sus éxitos, completamente ajenos a su espíritu y sin nada de evangélico, comienzan a cortejar su persona para explotarla en servicio de sus fines propios.

Sucesivamente, va ya formándose alrededor de aquel hombre aislado, el núcleo de un futuro partido, de un futuro sistema religioso. Pero mucho antes de que estuviera reunido el gran ejército de las muchedumbres del protestantismo, se había amontonado ya en torno a Lutero, según correspondía al genio organizador de los alemanes, un estado mayor político, teológico y jurídico: Melanchthon, Spalatin, príncipes, nobles y sabios; curiosamente dirigen la vista hacia el electorado de Sajorna los enviados extranjeros para ver si de este hombre duro no se podría hacer una cuña, que pudieran introducir ellos en el poderoso imperio: una diplomacia política finamente dirigida entreteje sus hebras con las exigencias de Lutero, pensadas en un terreno puramente moral. Precisamente, su círculo más íntimo busca aliados, y Melanchthon, que conoce bien el tumulto que tiene que alzarse cuando aparezca el escrito de Lutero A la nobleza de la nación alemana, insiste repetidas veces para que, en favor de los asuntos evangélicos, se gane la autoridad tan importante del imparcial Erasmo. Lutero acaba por ceder y el 28 de marzo de 1519 se dirige por primera vez, personalmente, a Erasmo.

Corresponde irremisiblemente al carácter de una caria humanística la aduladora cortesía y la humillación de la propia persona llevada hasta extremos de una exageración absolutamente chinesca. Por eso, no es nada sorprendente el que Lutero comience su carta como un himno: "¿Quién hay cuyo pensamiento no esté lleno de Erasmo ? ¿ Quién no ha sido instruido por él y quién no está por él dominado?"; ni el que se presente asimismo como un mozo torpe, de sucias manos, que todavía no aprendió cómo puede dirigirse uno por escrito a una persona que es verdaderamente un gran sabio. Pero como ha oído decir que su nombre ha llegado a ser conocido para los oídos de Erasmo, a causa de sus "vanas" observaciones sobre las indulgencias, Un silencio más prolongado entre ellos dos podría ser interpretado de modo equívoco.

"Reconoce también, por lo tanto, tú, hombre bondadoso, si te dignas así hacerlo, a este hermanito en Cristo que es verdad que por su ignorancia sólo es digno de estar hundido en un rincón obscuro, y no de ser conocido bajo el mismo cielo y bajo el mismo sol que a tu gloria cobijan y alumbran".

A causa de esta sola frase, fue escrita toda la carta. Contiene todo lo que Lutero espera de Erasmo: una carta de adhesión, cualquier palabra benévola para su doctrina (nosotros diríamos: algo que pudiera ser aprovechado publicitariamente). La hora es obscura y decisiva para Lutero; ha comenzado una guerra contra el poder más fuerte de la tierra y ya está dispuesta en Roma la bula de excomunión; sería importante tener en tal combate como auxiliar moral a Erasmo, y acaso decidiera la victoria en favor de la causa luterana, pues el nombre de éste se tiene por incorruptible.

El hombre sin partido es siempre el mejor y más importante estandarte para los hombres de partido. Pero Erasmo no quiere nunca echar sobre sí obligaciones y mucho menos presentar su garantía por una deuda todavía incalculable. Pues aprobar ahora abiertamente a Lutero, significaría asentir anticipadamente a todos sus futuros libros, escritos y ataques, prestar la aprobación a un hombre desmesurado e inconmensurable, cuya "manera" de escribir, violenta y sediciosa", hiere penosamente a Erasmo, el armónico, en lo más profundo de su alma. Y además, ¿cuál es la causa de Lutero? ¿Cuál es hoy, en 1519, cuál será mañana? Tomar partido por un hombre, obligarse a él, significa renunciar a un trozo de la propia libertad moral, salir fiador por exigencias cuyo alcance no se puede descubrir anticipadamente, y Erasmo nunca dejará reducir su libertad. Acaso también el fino olfato del antiguo clérigo percibiría un leve olor herético en los escritos de Lutero. Y comprometerse sin necesidad nunca fue la virtud y la fuerza del previsor Erasmo.

Por ello, evita del modo más cuidadoso, en su respuesta, pronunciar claramente un "sí" o un "no". En primer lugar, se edifica hábilmente una barrera defensiva explicando, por la derecha y por la izquierda, que no ha leído en su texto auténtico los escritos de Lutero. En efecto, a Erasmo le está literalmente prohibido, como sacerdote católico, sin permiso expreso de sus superiores, leer libros enemigos de la Iglesia: con la más extrema prudencia emplea este argumento Erasmo, el experimentado autor de cartas, como disculpa para pasar de largo sin una franca y decisiva declaración.

Agradece al "hermano en Cristo" el que le informe acerca de la inmensa excitación que sus libros (los de Lutero) han provocado en Loewen y lo feamente que los adversarios se han echado sobre ellos: de este modo expresa, por lo menos, cierta simpatía. Pero ¡con qué maestría evita el apasionado amigo de su independencia toda palabra claramente aprobadora con la que se le pudiera coger y obligar! Expresamente recalca que sólo ha "hojeado" (degustaví) el comentario de los salmos escrito por Lutero; por lo tanto, que no lo ha leído y que "espera" que sea de gran utilidad: de nuevo y como circunloquio, un deseo en lugar de un juicio; y, para distanciarse del reformador, se mofa de las noticias que suponen que él mismo ha participado en la redacción de los escritos de Lutero, calificándolas de insensatas y malévolas. Pero después, al final, Erasmo llega a hablar claramente. De un modo liso y llano, declara que no desea verse inmiscuido en estas miserables disputas: "En cuanto cabe, me mantengo neutral (integrum) para mejor poder fomentar las ciencias que de nuevo comienzan a florecer, y creo que se alcanzará más con una reserva hábil que con una intervención violenta". Insistentemente, amonesta aún después a Lutero para que guarde moderación y termina la epístola con el piadoso y no comprometedor deseo de que Cristo, cada día más, quiera prestar a Lutero una porción mayor de su espíritu.

Con ello, Erasmo ha cubierto su posición. Es la misma que tuvo en el asunto de Reuchlin, cuando dijo: "No soy ningún reuchliniano y no tomo partido por ninguno; soy cristiano, pero ni reuchliniano ni erasmiano". Está resuelto a no dejarse llevar ni un paso más adelante de donde realmente quiera ir. Erasmo es un hombre temeroso, pero también el miedo tiene fuerzas de clarividencia: a veces, por una súbita y notable claridad de sus sentimientos, prevé, como en una alucinación, lo venidero. Más clarividente que todos los otros humanistas que aclaman a Lutero como a un salvador, Erasmo reconoce en la manera de proceder, agresiva y sin reservas, de Lutero, los presagios de un tumultus; ve, en lugar de la Reforma, una revolución, y por este peligroso camino no quiere ir en modo alguno. "¿De qué podría servirle yo a Lutero si me hiciera compañero suyo de peligros, sino que fueran dos hombres los que se arruinaran en vez de uno solo ?. . . Ha dicho algunas cosas de modo excelente y ha hecho buenas advertencias, y yo quisiera que no hubiera echado a perder tales merecimientos con sus insoportables faltas.

Pero aun cuando hubiera escrito todo eso en un tono piadoso, no pondría yo en peligro mi cabeza por la verdad. No todo el mundo posee la fuerza necesaria para ser mártir y tengo que temer, tristemente, que, en caso de tumulto, seguiría yo el ejemplo de Pedro. Cumplo los mandamientos del papa y de los príncipes, si son justos, y soporto sus malas leyes porque es más seguro. Creo que tal conducta es la más propia para todo hombre bien pensante si no tiene esperanzas de triunfar con la resistencia". Por su timidez espiritual, lo mismo que por su inquebrantable sentimiento de independencia, está resuelto Erasmo a no poner sus asuntos en común con nadie, y, por lo tanto, tampoco con Lutero. Éste debe seguir su camino y Erasmo el suyo: de modo que sólo se ponen de acuerdo para no oponerse hostilmente uno a otro.

El ofrecimiento de una alianza es rechazado y sólo se concierta un pacto de neutralidad. El destino de Lutero es dar origen a un drama, y Erasmo espera —¡ esperanza vana!— que le será permitido no ser otra cosa más que espectador, spectator: "Ya que Dios, como parece resultar de la poderosa prosperidad de la causa de Lutero, quiere todo esto y quizás ha considerado necesario, por la Corrupción de estos tiempos, un cirujano tan rudo como Lutero, no me toca a mi oponerle resistencia" Pero, en épocas políticas, mantenerse aparte y en un todo imparcial es más difícil que ingresar en un partido, y, con gran enojo suyo, el nuevo partido trata de autorizarse refiriéndose a Erasmo. Erasmo fundó la crítica reformadora de la Iglesia que después Lutero transformó en un ataque contra el papado; como dicen amargamente los teólogos católicos, Erasmo "puso los huevos que empolló Lutero". Quiéralo o no, Erasmo, hasta cierto grado, es responsable de las acciones de Lutero como quien le preparó el camino: "Ubi Erasmus innuit, illic Luther irruit". Donde el uno abrió prudentemente la puerta, precipitóse el otro con toda impetuosidad, y el mismo Erasmo tiene que confesar, dirigiéndose a Zwingli: "Todo lo que exige Lutero, también lo había enseñado yo, sólo que no con tanta violencia, ni con aquel lenguaje que está siempre buscando los extremos". Lo que les separa es únicamente el método. Ambos formularon el mismo diagnóstico: que la Iglesia se encuentra en peligro de muerte, que perece internamente a causa de sus venalidades. Pero mientras Erasmo prescribe un lento y progresivo tratamiento, un proceso cuidadoso y sucesivo de purificación de la sangre por medio de inyecciones de sal de razón y mofa, Lutero se lanza a realizar un corte sangriento. Un procedimiento tan peligroso para la vida tenía que ser rechazado por Erasmo, con su miedo de la sangre, ya que a él le repugnaba todo lo violento: "Mi firme decisión es la de dejar más bien que me despedacen miembro a miembro que favorecer la discordia, especialmente en cosas de fe. Cierto que muchos partidarios de Lutero se apoyan en la frase evangélica que dice: "No he venido a traeros la paz sino la espada. Sólo que, si bien reconozco que muchas cosas en la Iglesia deben ser modificadas para provecho de la religión, tampoco me agrada todo lo que conduce a un levantamiento de esta especie".

Con una resolución que hace pensar en Tolstoi, rechaza Erasmo toda apelación a la violencia, y declara que mejor está dispuesto a seguir soportando la enojosa situación actual, que a obtener la transformación a precio de un tumultus, con derramamiento de sangre. Mientras que los otros humanistas, más cortos de vista y más dotados de optimismo, aclaman con júbilo a Lutero como a un libertador de la Iglesia, como a un salvador de Alemania, reconoce él en tal situación el fraccionamiento de la Ecclesia universalis en iglesias nacionales y la separación de Alemania de la unidad de Occidente. Presiente, más con su corazón de lo que puede saberlo con su entendimiento, que semejante separación de Alemania y de los otros países germánicos del poder de las llaves pontificias no se podrá realizar sin los más sangrientos y mortíferos conflictos.

Y como la guerra significaba para él un paso atrás, una bárbara recaída en épocas superadas desde hace mucho tiempo, emplea todo su poder para evitar, en medio de la cristiandad, esta catástrofe extrema. Con ello, tócale en suerte, de repente, a Erasmo, una misión histórica, que excede íntimamente a sus fuerzas: él solo, en medio de todos aquellos sobreexcitados, representa la clara razón, y, armado solamente de una pluma, defiende la unidad de Europa, la unidad de la Iglesia, la unidad de la humanidad y la ciudadanía universal, contra la ruina y el aniquilamiento.

Erasmo comienza su misión de mediador con el intento de apaciguar a Lutero. Una y otra vez, por medio de amigos, conjura al que nada ha aprendido para que no escriba de modo tan "rebelde", para que no enseñe el Evangelio de manera tan poco "evangélica": "Desearía que Lutero, durante algún tiempo, se abstuviera de toda discusión, y se dedicara a las cuestiones evangélicas de un modo puro y sin mezcla de otra cosa alguna.

Tendría mayor éxito". Y, ante todo, no todos los asuntos deben ser tratados públicamente y en modo alguno se deberían enunciar a gritos, ante los oídos de una muchedumbre inquieta e inclinada a armar pendencias, las exigencias de una reforma de la Iglesia. ¡Con qué elocuencia celebra Erasmo, el diplomático, frente a la fuerza agitadora del arte de hablar, aquella otra maestría del hombre espiritual, el elevado arte del silencio a la hora debida! "No siempre debe ser dicha toda la verdad. Depende mucho del modo como se la diga". Esta concepción de que, a causa de un provecho temporal, pueda ser silenciada la verdad, aunque sólo sea durante un minuto, tiene que ser incomprensible ¿para Lutero. Para él, el confesor, es el más sagrado deber de la conciencia el confesar cada letra y cada sílaba de verdad, una vez que el corazón y el alma las han reconocido, gritándolas a todos con indiferencia de si de ello se origina guerra, rebelión o el derrumbamiento de los cielos. El arte de callar no puede ni quiere aprenderlo nunca Lutero. En estos cuatro años, un nuevo y poderoso lenguaje se ha aposentado en su boca; ilimitadas fuerzas, los resentimientos acumulados de todo un pueblo, han venido a caer entre sus manos; el total de la conciencia nacional alemana, ansiosa de levantarse revolucionariamente contra todo lo güelfo e imperial, el odio a los clérigos, el odio al extranjero, el obscuro ardor social y religioso que, desde los días de la sublevación de las Bundschuhe (sandalias), venía engrosando entre los aldeanos, todo ello fue despertado por los martillazos de Lutero dados en la puerta de la iglesia de Wittenberg; todas las clases sociales, los príncipes, los campesinos, los burgueses, sentían santificados por el Evangelio sus asuntos privados y comunales. La totalidad del pueblo alemán, porque veía en Lutero un hombre valeroso y de acción, depositaba en él sus pasiones, hasta entonces desparramadas. Pero siempre, cuando lo nacional se liga con lo social en el fervor de un éxtasis religioso, se producen aquellos poderosos temblores de tierra que conmueven a todo el universo, y si, como en el caso de Lutero, sólo hay un hombre en quien innumerables personas individuales creen encarnada su inconsciente voluntad, origínanse fuerzas mágicas en ese hombre. Si, a su primer llamada, toda una nación vierte sus fuerzas en la fuerza propia de aquella persona, es fácil que sienta la tentación de considerarse como emisario del Eterno, y, al cabo de innumerables años, un hombre, en Alemania, vuelve a hablar el lenguaje de los profetas. "Dios me ha ordenado que enseñe y juzgue en tierra alemana, como uno de los apóstoles y evangelistas". Por el propio Dios siente el extático que le ha sido atribuida la misión de purificar la Iglesia, de libertar al pueblo alemán de las manos del "Anticristo", del papa, ese "enmascarado y auténtico diablo", de libertarlo con la palabra, y, si no queda otro remedio, con la espada y a sangre y fuego.

Amonestar y predicar prudencia a tal oído, lleno del mugir de las aclamaciones populares y de divinos mandatos, tiene que ser vana tarea. Bien pronto, Lutero apenas presta atención a lo que pueda escribir • o pensar Erasmo; ya no necesita de él. Con paso férreo y despiadado, recorre su histórico camino.

No obstante, con la misma insistencia que a Lutero, dirígese al mismo tiempo Erasmo hacia la opuesta parte, hacia el papa y los obispos, los príncipes y soberanos, para prevenirlos del peligro de toda precipitada dureza ejercida contra Lutero. También aquí ve a su antiguo enemigo, el ciego fanatismo, pagado de sí, en plena actividad y sin querer reconocer sus propias faltas. De este modo, previene que acaso se haya procedido con excesiva dureza al enviar la bula de excomunión; que en Lutero hay que reconocer siempre un hombre totalmente honrado, cuya conducta, en la vida, es, en general, laudable. Cierto que Lutero ha concebido dudas en cuanto a las indulgencias, pero también otros, antes que él. se habían manifestado atrevidamente en este sentido. "No todo error es por ello una herejía", advierte el eterno mediador, y justifica a su peor enemigo, Lutero, diciendo que ha "escrito muchas cosas más bien precipitadamente que con malévola intención". En un caso tal, no hay que gritar en seguida pidiendo la hoguera, ni acusar ya de herejía a todo aquel que sea sospechoso. ¿No sería más aconsejable amonestar a Lutero e instruirle, en lugar de injuriarle y excitarle?'"El medio mejor para alcanzar una pacificación, escríbele al cardenal Campeggio, sería que el papa exigiera de cada partido una pública declaración de fe. Con ello se impediría el abuso de falsas exposiciones y se debilitaría la manía de hablar y escribir". Una y otra vez, el conciliador reclama un concilio, aconseja una íntima deliberación sobre todas estas tesis en un círculo sabio y espiritual, cosa que tenía que conducir a una "inteligencia digna del espíritu cristiano".

Pero Roma, al igual de Wittenberg, tampoco escucha la voz admonitora. Otros cuidados ocupan al papa en aquella hora: su querido Rafael Sanzio, el divino regalo del Renacimiento al mundo recién resucitado, muere de repente en aquellos días. ¿Quién será digno, ahora, de terminar las estancias del Vaticano? ¿Quién llevará a su término la construcción de la iglesia de San Pedro, tan osadamente iniciada? Para el papa mediceo, el arte, grande y duradero, es cien veces más importante que estas pequeñas discusiones de frailucos, allá en cualquier pueblecillo provinciano de Sajonia, y precisamente porque este soberano de la Iglesia ve las cosas con tal amplitud aparta con indiferencia la vista de este insignificante frailecillo. Sus cardenales, por el contrario, altaneros y pagados de sí mismos —¿no acaban de arrojar a la hoguera a Savonarola y de expulsar del país a los herejes de España?—, exigen la excomunión, como única respuesta a las insubordinaciones de Lutero. ¿Para qué oírle primero, para qué contar todavía con este rústico teólogo? Sin que se les preste atención, son dejadas a un lado las previsoras cartas de Erasmo; con toda celeridad se termina, en la cancillería romana, la bula de excomunión y se ordena al legado que se oponga con toda fuerza y dureza al faccioso alemán: por obstinación a la derecha y obstinación a la izquierda, es dilapidada la primera, y, por lo tanto, la mejor posibilidad de reconciliación.

Y, no obstante, en aquellos días decisivos —se ha pensado harto poco en esta escena de entre bastidores—, todo el destino de la Reforma alemana llega a estar, por breves momentos, entre las manos de Erasmo. El emperador Carlos V ha convocado ya la Dieta de Worms, donde debe ser condenada la conducta de Lutero, si a última hora no se somete. También el príncipe soberano de Lutero, Federico de Sajonia, entonces todavía no público partidario suyo, sino sólo su protector, es invitado a la Dieta. Este hombre singular (de una piedad severamente eclesiástica, el mayor coleccionador de reliquias y huesos de santos de toda Alemania, por lo tanto, de cosas que Lutero ataca sarcásticamente como fruslerías y juegos diabólicos), abriga cierta simpatía hacia Lutero; está orgulloso del hombre que ha ganado tal gloria en el mundo para su universidad de Wittenberg. Pero no se atreve todavía a declararse abiertamente suyo. Por prudencia y porque todavía no está decidido en su interior, se guarda diplomáticamente de cultivar el trato personal de Lutero. No lo recibe, para, en caso necesario (exactamente lo mismo que Erasmo), poder decir, como disculpa, que no ha tenido, ad personam, nada que ver con él. Pero por motivos políticos, porque este robusto campesino puede muy bien ser empleado en su juego de ajedrez contra el emperador, y, finalmente, también por orgullo particularista de su propia jurisdicción, hasta entonces tuvo extendida su mano protectora sobre Lutero, y, a pesar de la pontificia fulminación de anatema, le consintió que usara de la universidad y el pulpito.

Pero, ahora, hasta esta misma prudente protección llega a ser un peligro. Pues si Lutero, como es de pensar, incurre en proscripción imperial, entonces continuar protegiéndole significa franca rebelión de un príncipe reinante contra el emperador. Y a esta abierta sublevación, todavía no están bien resueltos los príncipes, sólo a medias protestantes. Cierto que saben que su emperador está militarmente sin poder, tiene ambos brazos atados con las guerras contra Francia y en Italia; la hora sería quizá favorable para aumentar el poder propio, y, para tal ataque el pretexto de los asuntos evangélicos sería, ante la historia, el más bello y glorioso. Pero Federico, que es personalmente hombre piadoso y justo, se halla aún en la más profunda incertidumbre acerca de si este sacerdote y profesor será realmente un enviado de la verdadera doctrina evangélica o sólo uno de los innumerables visionarios y sectarios. Todavía no está decidido sobre la cuestión de si ante Dios y la razón humana, puede aceptar la responsabilidad de continuar protegiendo a este gran espíritu, pero, al mismo tiempo peligroso.

En este estado de indecisión, sabe Federico, al pasar por Colonia, que Erasmo también es huésped de la ciudad. Al punto, por medio de Spalatin, su secretario, le ruega que vaya a verlo. Pues Erasmo es considerado todavía como la mayor autoridad moral en cuestiones temporales y teológicas; todavía ostenta, como corona, su fama, honradamente adquirida, de una imparcialidad sin reserva alguna. El Gran Elector confía en obtener de él el consejo más seguro para su incertidumbre, y le plantea abiertamente la cuestión de si Lutero tiene razón o no la tiene. Preguntas que exigen como respuesta un claro "sí" o un "no" no son nunca del agrado de Erasmo, y, en especial, en aquella ocasión, una desmesurada responsabilidad va enlazada con su voto. Pues, si aprueba los hechos y dichos luteranos, íntimamente fortalecido a causa de ello, Federico continuará manteniendo su mano protectora sobre Lutero, y así, estarán salvados Lutero y la Reforma alemana.

Pero si su soberano, desanimado, lo abandona, Lutero tendrá que huir del país para librase de la hoguera. De este "sí" o de este "no" depende el destino del mundo, y si realmente fuera Erasmo, como lo afirman sus enemigos, envidioso de sus grandes contemporáneos u hostil a ellos, ahora o nunca se le habría ofrecido ocasión para librarse de Lutero de una vez para siempre. Una palabra ásperamente impugnadora habría decidido probablemente al Gran Elector a retirar su protección de Lutero. En este día, 5 de noviembre de 1520, el destino de la Reforma alemana, el rumbo de la Historia Universal, se encuentran, casi con seguridad, por completo entregados a las delicadas y temblorosas manos de Erasmo.

Erasmo, en tal instante, observa una honrada conducta. No una conducta valiente, no grande, decisiva, ni heroica, pero, no obstante (y esto ya es mucho), honrada en absoluto. A la pregunta del Gran Elector de si puede descubrir algo de injusticia y herejía en las opiniones de Lutero, trata primeramente de sustraerse por medio de la frase humorística (no quiere tomar partido por nadie) de que la culpa principal de Lutero ha sido la de haber cogido al papa por la corona y a los frailes por la panza. Pero después, seriamente invitado a exponer sus opiniones, enuncia con firmeza, en veintidós breves frases, que llama axiomata, su concepto personal de la doctrina de Lutero, con toda ciencia y conciencia. Algunas frases tienen un tono desaprobatorio, como "Lutero abusa de la tolerancia del papa", pero, en las tesis decisivas se coloca animosamente del lado del amenazado: "De todas las universidades, sólo dos han condenado a Lutero, y, aun éstas no le han refutado. Lutero, por consiguiente, sólo exige algo equitativo cuando reclama una pública discusión y jueces que no infundan sospecha", y, "lo mejor, también para el papa, sería haber resuelto la cuestión por medio de jueces bien considerados y sin sospecha de parcialidad. El mundo tiene sed del verdadero Evangelio, y el curso de los tiempos va plenamente hacia ello. No debe oponérsele uno de tan odiosa manera". Su definitivo consejo insiste en que por medio de condescendencia y un público concilio, debe ser arreglado este espinoso negocio antes de que degenere en tumultus y desconcierte el mundo para siglos.

Con estas palabras (Lutero se las agradeció mal a Erasmo), se ha introducido un cambio de gran trascendencia en favor de la Reforma. Pues, aunque algo extrañado por ciertas ambigüedades y reservas de la exposición de Erasmo, el Gran Elector hace exactamente lo que Erasmo le ha propuesto en aquella conversación nocturna. Al día siguiente, 6 de noviembre, exige Federico del legado pontificio que Lutero sea oído públicamente ante unos jueces justos, libres y sin sospecha, y que, antes de ello, no sean quemados sus libros. Con ello, protesta contra el áspero punto de vista de Roma y del emperador: el protestantismo de los príncipes alemanes ha alzado su voz por primera vez.

Por medio de su secreto auxilio, prestó Erasmo a la Reforma una decisiva ayuda en una hora decisiva, y, en lugar de las piedras que más tarde arrojaron contra él, habría merecido un monumento.

Entonces llega la hora de Worms, de importancia universal. La ciudad está abarrotada de gente hasta los tejados y gabletes; entra un joven emperador, acompañado de legados, embajadores, grandes electores, secretarios; rodeado de los flameantes colores de los soldados de a caballo y los infantes. Pocos días más tarde, un frailecillo recorre el mismo camino, un hombre solo, herido por el anatema pontificio, y únicamente protegido contra la hoguera de los herejes por un salvoconducto que lleva doblado en el bolsillo. No obstante, otra vez braman y mugen las calles con clamores de júbilo y entusiasmo. Pues a uno de aquellos hombres, al emperador, lo han elegido los príncipes alemanes, pero al otro lo ha elegido el pueblo alemán como adalid de Alemania.

La primera deliberación retrasa la decisión, cargada de fatalidad. Aún está vivo el pensamiento erasmista, aún domina la suave esperanza en la posibilidad de un acomodo. Pero, en una segunda reunión pronuncia Lutero la frase de un alcance de Historia Universal: "Aquí estoy; no puedo hacer otra cosa". El mundo está desgarrado en dos partes: por primera vez, desde los días de Juan Hus, un hombre ha negado su obediencia a la Iglesia en presencia del emperador y de toda la corte reunida. Un silencioso escalofrío corre a través de la reunión cortesana, cuchichean y se asombran del descarado frailecillo. Pero abajo, los lansquenetes aclaman a Lutero. ¿Presagian que, con aquella negativa van a soplar buenos vientos para ellos? ¿Olfatean ya estos pajarracos de tormenta la futura próxima guerra? Pero, ¿dónde se encuentra Erasmo en aquella hora? Está, y ésta es su trágica culpa en un momento de trascendencia universal, está tímidamente en su cuarto de trabajo. Como amigo de juventud del legado Aleander, con quien había compartido mesa y lecho en Venecia, como persona respetable para el emperador, como compañero de opiniones de los evangélicos, únicamente él, sólo él, podría haber retrasado allí la dura decisión. Pero el eterno timorato temía presentarse públicamente, y sólo al saber la mala noticia, comprendió lo irreparable de aquel perdido momento :: "Si hubiera estado allí presente, habría hecho todo lo posible para que esta tragedia terminara con un proceder lleno de comedimiento". Pero tras las horas de importancia histórica para el mundo entero, es en vano correr para alcanzarlas. El ausente nunca tiene razón. Erasmo, en aquella hora universal, no puso en juego todo su ser, toda su fuerza, todo su prestigio, en favor de su convicción, y, por ello quedó perdida la causa erasmista. Lutero entró por completo en la contienda con el más extremo valor y la intacta fuerza de su voluntad de victoria: por ello su voluntad se transformó en acción.

 

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

Con la Dieta de Worms, con la fulminación del anatema de la Iglesia y la proscripción imperial, cree Erasmo —y la mayoría comparte este sentimiento— que queda terminada la tentativa de reforma de Lutero. Lo que resta es franca rebelión contra el Estado y la Iglesia, una nueva sublevación, como la de los albigenses, la de los valdenses o de los husitas, que es probable que sea aniquilada de la misma cruel manera, y precisamente esta solución guerrera era lo que Erasmo quería que fuera evitado. Su sueño había sido reedificar, por medio de una reforma, la doctrina evangélica de la Iglesia, y, a tal objetivo habríale prestado gustoso su asistencia. "Si Lutero permanece en el serio de la Iglesia católica, apareceré con gusto a su lado", había prometido públicamente. Pero, de un solo tirón y rasgón, el hombre violento se ha desprendido para siempre de Roma. Ahora ya está hecho. "La tragedia de Lutero está acabada. ¡Ay, si nunca hubiera aparecido en escena!", es el lamento del engañado amigo de la paz. Extinguida está la chispa de la doctrina evangélica, hundida la estrella de la luz espiritual, actum est de stellula lucís evangelícete. Ahora, los alguaciles y los cañones decidirán los asuntos de Cristo, pero Erasmo está decidido a apartarse de todo futuro conflicto; se siente demasiado débil para aquella gran prueba. Reconoce humildemente que no posee, para una decisión tan inmensa y llena de responsabilidad, aquella última certidumbre divina y personal de que se alaban los otros: "Ojalá que Zwingli y Bucer posean el espíritu; Erasmo no es nada más que un hombre, y no puede percibir el lenguaje del espíritu". El cincuentón, que desde hace mucho tiempo ha adquirido el profundo concepto de la impenetrabilidad de los problemas divinos, no se siente llamado a ser quien lleve la palabra en esta disputa; sólo quiere servir, en silencio y con humildad, allí donde reina claridad eterna, en la ciencia y en el arte. Así, huyendo de la teología, de la política del Estado y de la discordia eclesiástica, se refugia en su cuarto de estudio; apartándose de las disputas, viene a buscar el silencio sublime de los libros; en este terreno aún puede ser de utilidad para el mundo. Por lo tanto, ¡retírate a tu celda, viejecillo, y cierra las ventanas contra las tempestades de los tiempos! ¡Deja la lucha para los otros, los que sienten en su corazón las voces divinas, y prosigue la tarea más tranquila de defender la verdad en las puras esferas del arte y de la ciencia! "Aunque las corrompidas costumbres del clero romano exigen un extraordinario remedio, no me corresponde a mí, ni a las gentes de mi modo de ser, el arrogarnos la cuestión del salvamento.

Prefiero soportar el actual estado de cosas, que no ser yo quien suscite nuevas intranquilidades, cuyo rumbo corre a menudo hacia los fines más opuestos.

Conscientemente, nunca he sido, ni seré, jefe ni participante en una rebelión".

Erasmo se ha apartado de la querella eclesiástica para retirarse al arte y a la ciencia, a su propia obra. Siente repugnancia ante este ladrar y regañar de los partidos. Consulo quieti meae, ya no quiere más que tranquilidad, el sagrado otium del artista. Pero el mundo se ha juramentado para no dejarle descansar. Hay tiempos en los cuales la neutralidad recibe el nombre de crimen; en momentos políticamente agitados, el mundo exige que claramente se esté en favor o en contra, se sea luterano o papista. La ciudad de Loewen, donde reside, le hace difícil mantenerse en paz, y mientras que toda la Alemania reformista censura a Erasmo por ser un amigo demasiado tibio de Lutero, atácale aquí la Facultad, severamente católica, y lo califica de instigador de la "peste luterana". Los estudiantes, que siempre son las tropas de choque de todo radicalismo, preparan ruidosas manifestaciones contra Erasmo, le derriban su cátedra, y, al mismo tiempo en los pulpitos de Loewen se excita el celo contra él, tanto, que el legado pontificio, Aleander, tiene que emplear toda su autoridad para reprimir, por lo menos, las injurias públicas contra su antiguo camarada. El valor no figuró nunca entre las notas características de Erasmo; por lo tanto, prefiere huir en vez de luchar. Lo mismo que anteriormente de la peste, así huye ahora del odio de la ciudad, en la cual había realizado su obra durante años enteros. A toda prisa recoge el viejo nomada sus escasos muebles y se pone en viaje.

"Tengo que guardarme de que no me destrocen los alemanes, que son ahora como endemoniados, antes de que abandone Alemania". Siempre, el hombre sin partido viene a caer en medio de las más amargas querellas.

Erasmo ya no quiere vivir en ninguna ciudad acentuadamente católica, ni en ninguna reformada; sólo el neutral es terreno acomodado para su destino. Por lo tanto, busca refugio en el eterno asilo de toda independencia, en Suiza.

Basilea será desde ahora, durante muchos años, su ciudad predilecta; situada en el centro de Europa, tranquila y distinguida, con limpias calles, con habitantes desapasionados, no sometida a ningún príncipe amigo de la guerra, sino democráticamente libre, prométele la anhelada tranquilidad al sabio independiente. Encuentra aquí una universidad y amigos muy sabios que le conocen y veneran; encuentra aquí complacientes famuli, amables auxiliares para su obra; encuentra aquí artistas como Holbein, y, sobre todo a Froben, el impresor, este gran maestro de su oficio, con quien, desde hace años le ligan las más gratas tareas en común. Gracias al celo de sus admiradores, es puesta a su disposición una cómoda casa; por primera vez aquel emigrante eterno experimenta algo como un sentimiento de hogar en esta libre y hospitalaria ciudad. Aquí puede vivir para el espíritu, es decir, para su verdadero y auténtico mundo. Sólo donde puede escribir pacíficamente sus libros, donde se los imprimen con cuidado, le es posible encontrarse a su gusto. Basilea llega a ser el gran lugar de reposo de su vida. Aquí, el eterno pasajero vivió más largo tiempo que en ningún otro sitio; ocho años enteros, y, en el curso de los tiempos el nombre de la ciudad y el suyo propio se han enlazado gloriosamente uno con otro; desde entonces no se puede ya pensar en Erasmo sin Basilea y en Basilea sin Erasmo. Aquí se alza todavía hoy su casa, muy bien conservada; aquí son custodiados algunos de los retratos de Holbein, que han inmortalizado su semblante, aquí escribió Erasmo muchos de sus más bellos escritos, ante todo los Colloquia, esos chispeantes diálogos latinos, que, originariamente, fueron pensados como ejercicio de lectura para el hijo de Froben, y que han instruido a generaciones enteras en el arte de la prosa latina. Acaba aquí su gran edición de los padres de la Iglesia; desde aquí envía al mundo carta tras carta; aquí, atrincherado en la ciudadela del trabajo, apartado de todo estrépito, crea obra tras obra, y cuando el mundo espiritual de Europa busca con la vista a su guiador, mira hacia la antigua real ciudad, al otro lado del Rhin. Basilea llega a ser, en aquellos años, gracias a Erasmo, como una capital espiritual europea. Alrededor del gran sabio, se reúne una serie de discípulos humanistas, como Oecolampadio, Rhenano y Amerbach; ningún hombre de importancia, ningún príncipe ni sabio, ningún amigo de las bellas artes, deja de presentar sus homenajes en la imprenta de Froben y en la casa zum Lufft; de Francia y Alemanía e Italia llegan en peregrinación los humanistas para ver en su trabajo al varón venerable. Otra vez parece que aquí, en esta calma, les ha sido creado un último refugio a las artes y a las ciencias, mientras en Wittenberg y Zurich y en todas las universidades arde la disputa teológica.

Pero no te dejes engañar, anciano; tu verdadero tiempo está pasado, tus campos asolados. La lucha reina en el mundo, una lucha a vida o muerte, el espíritu se ha hecho parcial, inscríbese bajo hostiles pabellones; al hombre libre, al independiente, al que se mantiene aparte, no se le tolera ya. Ha comenzado una guerra universal a favor o en contra de la renovación evangélica; ahora, no sirve ya de nada el cerrar las ventanas y refugiarse detrás de los libros; ahora, desde que Lutero desgarró el mundo cristiano desde un extremo de Europa hasta el otro, no cabe ya esconder la cabeza bajo el ala y tratar de seguir empleando el pueril efugio de que no se han leído sus obras.

Ahora retumba furiosa, a derecha e izquierda, la eterna y espantosa frase de coacción: "Quien no está conmigo, está contra mí". Si un universo se hiende en dos pedazos, la línea de fractura pasa por cada hombre particular; no, Erasmo, es en vano que hayas huido; con tizones de fuego te van a arrojar fuera de tu humeante ciudadela. Esta época exige confesiones, este mundo quiere saber dónde se halla colocado Erasmo, su guiador espiritual, si está con Lutero o es opuesto a él, si está por el papa o en contra suya.

Ahora comienza un espectáculo conmovedor. El mundo quiere, en absoluto, provocar al combate a un hombre que está cansado de combatir. "Es una desgracia —dice, quejándose, a los cincuenta y cinco años— que esta tormenta universal me haya sorprendido precisamente en el momento en que podía esperar un bien ganado reposo, después de mis muchos trabajos. ¿Por qué no se me permite ser puro espectador de esta tragedia, ya que soy tan poco apto para intervenir como actor y ya que tantas otras gentes se precipitan ávidamente en la escena?" Pero la gloria, en estos tiempos críticos, se convierte en obligación y maldición; un Erasmo está demasiado expuesto a la curiosidad universal, su palabra es demasiado importante para que los parciales de la derecha o de la izquierda quieran renunciar a su autoridad; por todos los medios tiran de él y lo sacuden los adalides de ambos campos, para atraerlo hacia su causa. Lo engolosinan con dinero y lisonjas; se mofan de él, diciendo que carece de valor para arrancarse de su silencio más que prudente; lo espantan con la falsa noticia de que sus libros han sido prohibidos y quemados en Roma; falsifican sus cartas; violentan el sentido de sus palabras. En uno de tales momentos llega a ser magníficamente claro el verdadero valor de un hombre independiente. Pues emperadores y reyes, tres papas, y de la otra parte Lutero, Melanchthon y Zwingli, todos ellos cortejan ahora a Erasmo para obtener de él una aprobadora palabra. Podría alcanzar todos los bienes terrenos si quisiera ingresar en un partido o en el otro: sabe que podría "estar en la primera línea de la Reforma" si se declarara abiertamente en favor de ella; sabe, por otra parte, "que podría obtener un obispado si escribiera contra Lutero". Pero precisamente esta exigencia de una confesión partidista e incondicionada es lo que hace que retroceda, espantada, la honradez de Erasmo. No puede defender, con sincero corazón, a la Iglesia del papa, ya que él, en esta lucha, fue quien primero censuró sus abusos y exigió su renovación; pero tampoco quiere quedar plenamente obligado a los evangélicos, porque no llevan al mundo la idea de su Cristo de paz, sino que se han convertido en unos rudos fanáticos. "Gritan incesantemente: ¡Evangelio, Evangelio!, pero quieren ser ellos mismos sus intérpretes. En otro tiempo, el Evangelio volvía dulces a los bárbaros, bienhechores a los bandidos, pacíficos a los pendencieros, bendecidores a los maldicientes. Pero éstos, como endemoniados, cometen toda suerte de atropellos y hablan mal de los beneméritos. Veo nuevos hipócritas, nuevos tiranos, pero ni una chispa de espíritu evangélico". No, con ninguno de ambos partidos, ni con el papa, ni con Lutero, quiere unirse públicamente Erasmo. Sólo paz, paz, paz; sólo aislamiento y reposo; sólo un trabajo que haga prosperar a toda la humanidad. "Consulo quieti meae".

Pero la gloria de Erasmo es demasiado grande, y demasiado grande también la impaciencia con que esperan los otros su resolución. En todo el mundo se multiplican las llamadas para que se apersone en el campo de la lucha, y en su nombre y en el de todos pronuncie la decisiva palabra. Lo profundamente que se encuentra arraigada la fe en Erasmo y en toda la esfera cultural, como en un espíritu noble e incorruptible, lo atestigua una conmovedora apelación, brotada de lo más íntimo del ánimo de un gran genio alemán. Alberto Durero conoció a Erasmo en su viaje de Holanda; pocos meses más tarde, cuando se extendió el rumor de que había muerto Lutero, el jefe de la contienda religiosa alemana, Durero ve en Erasmo al único hombre que sería digno de llevar adelante la sagrada empresa, y, en la conmoción de su alma, llama a Erasmo desde su diario con las palabras siguientes: "¡Oh, Erasme Rotterdame! ¿dónde quieres quedarte? ¡ Óyeme tú, caballero de Cristo, sal cabalgando al lado del señor Cristo, protege la verdad, alcanza la corona del martirio! Eres, por lo demás, un hombrecillo viejo; te he oído decir a ti mismo que sólo te concedes dos años todavía en los que valgas para hacer algo. Aprovéchalos bien, en favor del Evangelio y de la verdadera fe cristiana en Dios, y haz entonces que se oiga decir que las puertas del infierno y la romana silla no prevalecen, como dice Cristo, contra ti. . . ¡Oh, Erasmo!, resiste para que alabe yo a Dios por tu causa, como está escrito de David; entonces serás capaz de acción, y, a la verdad, podrás derribar a Goliat".

Así piensa Durero, y con él, toda la nación alemana. Pero, en su angustia, también la Iglesia católica lo espera todo de Erasmo, y el representante de Cristo en la tierra, el papa, escríbele en una carta de su propia mano, casi literalmente la misma admonición: "Adelántate, adelántate, a proteger los asuntos divinos. Emplea tus magníficas dotes en honor de Dios. Piensa en que, con el auxilio celestial, depende de ti el que gran parte de aquellos que han sido seducidos por Lutero vuelvan nuevamente al buen camino, el que aquellos que todavía no han caído se mantengan firmes y aquellos que están próximos a la caída sean salvados de ella". El señor de la cristiandad y sus obispos; los señores del mundo, Enrique VIII de Inglaterra, Carlos V, Francisco I y Fernando de Austria, el duque de Borgoña, y, por la otra parte, los jefes de la Reforma, todos ellos se alzan, insistentes y suplicantes, delante de Erasmo, como en otro tiempo los príncipes homéricos delante de la tienda del enojado Aquiles, a fin de que abandone su inactividad y entre en la lucha. La escena es magnífica; rara vez, en la historia, se combatió tanto por los poderosos de la tierra para lograr una sola palabra de un aislado hombre espiritual; rara vez se mostró tan victoriosa la supremacía del poder espiritual sobre el terrenal. Pero pónese aquí de manifiesto la secreta debilidad personal de Erasmo. A ninguno de todos estos que solicitan su favor les lanza un claro y heroico: "No quiero". No puede decidirse por una palabra franca y paladina, por un "no". No quiere estar con ningún partido: eso honra su íntima independencia. Pero, por desgracia, al mismo tiempo tampoco quiere ponerse a mal con ninguno; esto priva de dignidad a su conducta totalmente recta, pues no se atreve a ninguna abierta resistencia frente a esos poderosos, que son sus protectores, admiradores y patrocinadores, sino que los entretiene a todos con inciertas disculpas, divaga, da bordadas, temporiza, caracolea —es preciso elegir aquí, con toda intención, las expresiones más artificiosas para hacer comprender la artificiosidad de su conducta—: promete y vacila en cumplir lo prometido, escribe frases obsequiosas sin quedar ligado por ellas, lisonjea y disimula, se disculpa tan pronto con enfermedad como con fatiga o con su incompetencia. Al papa respóndele con exagerada modestia: ¿Cómo? ¿Yo, que poseo un espíritu tan pequeño, yo, cuya cultura se encuentra por debajo del nivel medio, he de atreverme a la monstruosa tarea de extirpar la herejía? Al rey de Inglaterra le da esperanzas de mes en mes, de año en año, y al mismo tiempo, en el campo contrario apacigua a Melanchthon y a Zwingli con cartas aduladoras; encuentra e inventa juntamente cien pretextos siempre y siempre diversos. Pero detrás de todo este antipático juego de trapazas escóndese una resuelta voluntad: "Si alguien no es capaz de apreciar a Erasmo porque se le figura ser un cristiano demasiado débil, puede pensar de mí lo que quiera. No puedo ser otro de lo que soy. Si otra persona posee mayores dones espirituales de Cristo y está más seguro de sí de lo que yo lo estoy, que los emplee para gloria de Cristo. A mi modo de ser espiritual corresponde el marchar por un camino más tranquilo y seguro.

No puedo hacer otra cosa si no odiar la discordia y amar la paz y la comprensión entre las gentes; pues he reconocido lo obscuros que son todos los asuntos humanos. Sé cuánto más fácil es provocar el desorden que apaciguarlo. Y como no confío, para todas las cosas, en mi propia razón, prefiero abstenerme de enjuiciar, con plena convicción, el modo de ser espiritual de otra persona. Mi deseo sería el de que todos reunidos combatieran por la victoria de la causa cristiana y del evangelio de paz, cierto que sin violencia, y sólo en el sentido de la verdad y de la razón, en forma que nos pusiéramos de acuerdo, tanto en lo que respecta a la dignidad de los sacerdotes como a la libertad de los pueblos, a los que desea libres nuestro señor Jesús. Al lado de todos aquellos que dirigen su acción hacia esta meta, estará gustoso Erasmo en la medida de sus fuerzas.

Pero si alguien desea enredarme en la confusión, no me tendrá consigo como guía ni como compañero". La decisión de Erasmo es inquebrantable: años y años, deja que emperadores, reyes, papas, reformadores, Lutero, Melanchthon, Durero, todo el gran mundo belicoso, espere y espere, y ninguno de ellos logra arrancar de él una palabra decisiva. Sus labios sonríen cortésmente hacia cada uno de ellos, pero permanecen tenazmente cerrados para pronunciar la última palabra decisiva.

Pero hay alguien que no quiere esperar, un ardiente e impaciente guerrero del espíritu, bravamente decidido a cortar este nudo gordiano: Ulrich von Hutten.

Este "caballero contra la muerte y el diablo", este arcángel Miguel de la Reforma alemana, había levantado los ojos hacia Erasmo, con fe y afecto, como hacia un padre. Apasionadamente entregado al humanismo, el deseo más nostálgico de este mancebo había sido "el de llegar a ser el Alcibíades de este Sócrates"; había puesto toda su vida, lleno de con ' fianza, en manos de Erasmo; "in summa, si los dioses me guardan y tú permaneces con nosotros para gloria de Alemania, renunciaría yo a todo para poder permanecer junto a ti". Erasmo, por su parte, siempre sensible a la admiración, había estimulado de la manera más cordial a este "amante excepcional de las musas"; amaba a este ardiente mancebo que había lanzado a los cielos desmesurados clamores de júbilo, como una alondra de hierro: "O saeculum, o litterae! Jubat vivere!; este grito dichoso y lleno de confianza: "¡Es una dicha vivir!" Había confiado en él honrada y activamente y se había preparado para la tarea de educar, en aquel joven escolar, a un nuevo maestro de la sabiduría del mundo, pero pronto la política había atraído hacia sí al mancebo Hutten; poco a poco, el aire de cuarto cerrado, el trato con los libros del humanismo, había llegado a ser demasiado estrecho y demasiado ahogado para él. El joven caballero, hijo de caballeros, vuelve a ponerse el guante de desafío, no quiere manejar ya sólo la pluma, sino también la espada, contra el papa y la clerigalla. Aunque coronado con el laurel de la poesía latina, arroja lejos de sí esta lengua extraña y erudita, para, en adelante, llamar a las armas, con palabras alemanas, a su época, en favor del Evangelio alemán: Latín antes escribí cosa que muchos ignoran, por mi patria clamo ahora.

Pero Alemania expulsa a este audaz, en Roma quieren quemarlo como hereje.

Desterrado de su casa y campos, empobrecido y tempranamente viejo, roído hasta los huesos por el siniestro mal francés, cubierto de úlceras, bestia montaraz semidestrozada y herida en el vientre, arrástrase, con sus últimas fuerzas, hasta Basilea, cuando apenas cuenta treinta y cinco años. Habita allí su gran amigo, "la luz de Alemania", su profesor, su maestro, su protector, Erasmo, cuya gloria había él anunciado, cuya amistad lo había acompañado, cuyas recomendaciones lo habían hecho prosperar; él, a quien debe gran parte de su fuerza artística desaparecida y ya medio destruida.

Corre a refugiarse a su lado, este hombre aguijoneado por los demonios, a punto de perecer, como naufrago que, ya envuelto por las obscuras olas, se agarra a la última tabla.

Pero Erasmo —nunca se mostró más al desnudo que en esta impresionante prueba la lamentable cobardía de su alma— no deja entrar en su casa al desterrado. Hace ya mucho tiempo que se ha hecho desagradable e incómodo para él este eterno pendenciero y camorrista; ya en Loewen, cuando Hutten le invitó a declarar abierta guerra a los curas, había rehusado ásperamente: "Mi misión es fomentar la causa de la cultura". Con este fanático que ha sacrificado la poesía a la política, con este "Pilades de Lutero", no quiere tener nada que ver, siquiera públicamente, y menos aún en esta ciudad, donde cien espías están acechándole por la ventana. Erasmo tiene miedo de esta criatura humana, lamentablemente perseguida y acosada y ya medio muerta; tiene un triple miedo, primero de que este portador de peste —nada ha espantado tanto a Erasmo como el contagio— pueda hacerle la súplica de que lo reciba a vivir en su casa; segundo, de que este ''egens et ómnibus rebus destitutus", este mendigo desprovisto de toda propiedad, llegue a ser permanentemente una carga para él, y tercero, de que este hombre, que injuria al papa y ha azuzado a la nación alemana para hacer la guerra al clero, comprometa su propia imparcialidad, ostentada de modo tan visible.

Por ello, se defiende cuanto puede para no recibir, en Basilea, la visita de Hutten, y, a la verdad, conforme a su manera de ser, no con un franco y decidido: "no quiero", sino bajo pretextos vanos y nimios, diciendo que, a causa de su mal de piedra y de sus cólicos, no puede recibir a Hutten, que necesita un cuarto caliente, en una habitación con calefacción, ya que, a él mismo le son insoportables los vapores de cualquier estufa: patente o, más bien, lamentable subterfugio.

Entonces, a los ojos de todo el mundo, dase un avergonzado espectáculo. En Basilea, que aún es entonces una ciudad pequeña, con un total acaso de cien calles y dos o tres placitas, donde cada cual conoce a los demás, vaga cojeando, por las callejuelas y posadas, durante semanas enteras, un enfermo digno de compasión, Ulrich von Hutten, el gran poeta, el trágico lansquenete de Lutero y de la Reforma alemana, y vuelve a pasar siempre por delante de la casa donde habita su antiguo amigo, el primer suscitador y propulsor de la propia causa evangélica. A veces se detiene en la plaza del mercado y lanza iracundas miradas hacia la puerta cerrada con cerrojos, hacia las ventanas medrosamente entornadas de aquel hombre, que, en otro tiempo, lo proclamaba ante el mundo con entusiasmo como el "nuevo Luciano", como el mayor poeta satírico de la época. Detrás de aquellas hojas de ventana despiadadamente cerradas, lo mismo que un caracol en su concha, permanece sentado Erasmo, el viejo y flaco hombrecillo, y no ve la hora en que aquel aguafiestas, aquel vicioso vagabundo abandone por fin de nuevo la ciudad.

Subterráneamente van y vienen mensajeros, pues todavía espera Hutten que se le abra la puerta, que la antigua mano amiga quiera por fin extenderse para ayudarle en su miseria. Pero Erasmo guarda silencio y se defiende, con poco tranquila conciencia, y previsoriamente se oculta en su casa.

Por fin, parte Hutten, con su sangre envenenada, y con su corazón envenenado también ahora. Se traslada a Zurich, junto a Zwingli, que lo recibe sin temor alguno. Sigue arrastrándose penosamente de lecho de enfermo en lecho de enfermo; ya no transcurrirán más que algunos meses antes de que se disponga su tumba solitaria en la isla de Ufenau, Pero, antes de caer abatido, todavía este negro caballero sin miedo y sin tacha alza, por última vez, su medio rota espada para herir, mortalmente aún, con el puño, a Erasmo: él, el confesor de su fe, al hombre excesivamente prudente que no quiere confesar. Con un espantoso escrito de cólera —Expostulatio cum Erasmo— se arroja sobre su antiguo amigo, su antiguo guía. Lo acusa, ante el mundo entero, de ser un insaciable buscador de gloria, lo que le hace envidioso del creciente poder de otro hombre (éste es su golpe en la cuestión de Lutero); lo acusa de una despiadada falta de fidelidad; denosta sus opiniones y proclama con acritud por toda la tierra alemana que Erasmo ha abandonado y traicionado vergonzosamente la causa nacional, la luterana, aunque íntimamente pertenezca a ella. Desde su lecho de muerte, exhorta a Erasmo, con ardientes palabras, para que, por lo menos, acometa públicamente contra la doctrina evangélica, ya que no tuvo bastante valor para defenderla, pues en las filas de los evangélicos hace ya mucho tiempo que no se le teme: "Aprieta las cintas de tus armas, la causa está ya dispuesta para la acción y es un tema digno de tu avanzada edad.

Reconcentra todas sus fuerzas y aplícalas a la tarea; encontrarás armados a tus adversarios. El partido de los luteranos, a quienes querrías ver expulsados de la tierra, esperan el combate y no se negarán a él". Con profundo conocimiento de la divergencia secreta de Erasmo consigo mismo, predícele Hutten a su adversario que no será bastante fuerte para tal combate, porque su conciencia le da razón a Lutero en muchas cosas. "Una parte de ti mismo, no tanto se dirigirá contra nosotros como contra tus propios anteriores escritos; te verás obligado a emplear tu saber contra ti mismo y a ser elocuente contra tu propia elocuencia. Tus propias obras combatirán unas con otras". Erasmo advierte en seguida la dureza del golpe. Hasta entonces sólo era gentecilla la que había ladrado contra él. De vez en cuando, amargados escritorzuelos le habían señalado algunas faltillas de traducción, negligencias y errores de cita; ya estas inofensivas picaduras de avispa habían inquietado su susceptibilidad.

Pero ahora es por primera vez atacado por un auténtico adversario, atacado y desafiado delante de toda Alemania. En el primer terror, intenta impedir que sea impreso el escrito de Hutten, el cual, primero, sólo circula manuscrito; pero al ver que no lo consigue, empuña enojado la pluma y responde con su "Spongia adversus aspergines Hutteni", (Para borrar con esponja las acusaciones de Hutten). Responde a la dureza con la dureza, y, en este agrio combate, no se avergüenza de dirigir sus tiros por debajo del cinturón, donde sabe que Hutten está ya herido de un modo mortal. En cuatrocientos veinticuatro párrafos sueltos, responde, en particular, a cada uno de los disparos del otro, y, por último —siempre es grande Erasmo cuando se discuten sus decisiones y su independencia—, estampa una grandiosa y clara declaración: "En muchos libros, en muchas cartas y en muchas discusiones he declarado inflexiblemente que no quiero verme mezclado en ningún asunto partidista. Si Hutten se enoja conmigo porque no presto apoyo a Lutero tal como él lo desearía, hace ya más de tres años que tengo declarado públicamente que soy por completo ajeno a ese partido y que quiero seguir siéndolo; más aún, que no sólo permanezco fuera de él, sino que también animo a todos mis amigos a que guarden la misma conducta. En este sentido, no vacilaré jamás. Entiendo por "partidismo" la conformidad plenaria con todo lo que Lutero ha escrito, escribe o escribirá alguna vez; tal modo de total entrega de sí mismo, se da algunas veces en personas distinguidas, pero yo tengo declarado públicamente a todos mis amigos, que, si sólo pueden seguir queriéndome siendo yo luterano incondicional les autorizo para que piensen de mí lo que quieran. Amo la libertad; no quiero ni puedo servir jamás a un partido".

El agudo contraataque no hirió ya a Hutten. Cuando el enojado escrito de Erasmo sale de la imprenta, Hutten, el eterno luchador, yace ya en la paz eterna, y, con suave murmullo, el lago de Zurich baña su solitaria tumba.

La muerte triunfó de Hutien antes de que le hubiera alcanzado el golpe mortal de Erasmo. Pero, ya agonizando, todavía obtuvo Hutten, el gran vencido, una última victoria: obtuvo con sus violencias lo que el emperador y los reyes, los papas y el clero, con todo su poder, no fueron capaces de obtener; con los vapores de su corrosiva mofa, arrojó fuera, a Erasmo, de su cueva de zorro. Pues, públicamente desafiado ante todo el mundo, acusado de cobardía y vacilación, tiene que demostrar ahora Erasmo que no se intimida ante una explicación ni con el más poderoso de todos los adversarios, con Lutero; tiene que confesar cuál es su juego, tiene que tomar partido. Con abrumado corazón, se pone al trabajo Erasmo, el anciano que ya no quiere otra cosa sino su paz, y no se le oculta que la causa luterana hace ya mucho tiempo que ha llegado a ser demasiado poderosa para que se la pueda suprimir de una plumada. Sabe que no convencerá a nadie, que no cambiará ni mejorará cosa alguna. Sin gusto, sin alegría, entra en el combate que le es impuesto. Pero ya no puede retroceder. Y cuando, por fin, en 1524, entrega al impresor el escrito contra Lutero, lanza un suspiro de alivio: "Alea jacta est!". "¡La suerte está echada!"

 

LA GRAN DISPUTA

Las habladurías literarias no son peculiares de tiempo alguno determinado, sino de todos los tiempos; también en el siglo XVI, aunque las gentes intelectuales estaban dispersas por todos los países de un modo muy tenue y aparentemente desligado, no quedaba nada secreto en este círculo eternamente curioso y estrecho. Antes aún de que Erasmo haya empuñado la pluma, antes aún de que sepa con certeza cuándo y cómo habrá de presentar combate, sábese ya en Wittenberg lo que se planea en Basilea. Hace ya mucho tiempo que Lutero cuenta con el ataque: "La verdad es más poderosa que la elocuencia", escríbele a un amigo, ya en 1522; "la fe, más grande que la sabiduría. No desafiaré a Erasmo, ni tampoco pienso devolver en seguida los golpes en el caso de que me ataque. No obstante, no me parece aconsejable que dirija contra mí las fuerzas de su elocuencia. . ., pero, si se atreviese, tendría que experimentar en sí mismo que Cristo no siente temor ni ante las puertas del infierno, ni ante las potencias del aire. Me opondré al célebre Erasmo y en nada cederé, ni por su fama, ni por su nombre, ni por su posición".

Esta carta, que naturalmente está destinada a que se dé conocimiento de ella a Erasmo, contiene una amenaza, o, más bien, una advertencia.

Detrás de sus palabras se percibe que Lutero, en su difícil situación, más bien querría evitar una disputa por escrito, y, por ambas partes, intervienen ahora como mediadores algunos amigos. Tanto Melanchthon como Zwingli, en favor de la causa evangélica, procuran establecer otra vez la paz entre Basilea y Wittenberg, y parece ya que sus esfuerzos van por el mejor camino.

Entonces se decide Lutero, insospechadamente, a dirigirse el mismo a Erasmo.

Pero cómo ha cambiado en pocos años el tono desde que Lutero con una humildad cortés, y más que cortés, se acercaba al "gran hombre" con la reverencia de un escolar! La conciencia de ocupar una posición de importancia universal, el sentimiento de su misión en la tierra alemana, prestan ahora a sus palabras una pasión de bronce. ¿Qué significa un enemigo más para Lutero, que ya está en guerra con el papa y el emperador y todas las potencias de la tierra? Está harto de ataques secretos. No quiere incertidumbre y pactos indecisos. "A las palabras y discursos inciertos, dudosos, vacilantes, hay que quitarles bravamente la armadura, aplastarlos con el rodillo y zamarrearlos al punto, sin darlos por buenos". Lutero quiere claridad. Por primera vez tiende la mano hacia Erasmo, pero armada ya con guantelete de hierro.

Las primeras palabras todavía vibran con cortesía y disimulo: "Llevo esperando mucho tiempo silenciosamente, querido señor Erasmo, y aunque siempre confié en que usted, como el de mayor categoría y más edad, había de ser el primero que pusiera fin al silencio, después de larga espera impúlsame el afecto a ser yo quien comience nuestra correspondencia. En primer lugar, nada tengo que objetar a que usted quiera aparecer como ajeno a nosotros a fin de que su conducta sea bien interpretada por los papistas .. . " Pero después, irrumpe, de un modo poderoso y casi despreciativo, el interno enojo contra el vacilante: "Pues ya que vemos que a usted no le han sido dados todavía por el Señor la perseverancia, el valor y el alma para que apruebe la lucha contra el monstruo, y, confortado, salga contra él a nuestro lado, no queremos exigir de usted lo que está más allá de la medida de mis propias fuerzas. . . Pero habría visto con gusto mayor que usted, prescindiendo de sus dotes, no se hubiera mezclado en nuestro asunto, pues aunque usted, con su posición y su elocuencia, habría podido lograr muchas cosas, habría sido mejor, ya que su corazón no está con nosotros, que hubiera servido a Dios sólo con los talentos que le han sido confiados". Lamenta la debilidad y reserva de Erasmo, pero, al final, arroja contra él la frase decisiva de que la importancia de esta cuestión hace ya I mucho tiempo que está más allá de los objetivos de Erasmo y que ya no significa ningún peligro para el que Erasmo quiera salir en contra suya con toda su fuerza, y, menos todavía, que sólo de cuando en' cuando le zahiera y ultraje levemente, imperiosamente y casi como un amo, invita a Erasmo a que "se abstenga de todos sus discursos mordaces, retóricos y marchitos", y, ante todo, si no puede hacer otra cosa, "a que se mantenga sólo como espectador de nuestra tragedia" y no se asocie con los adversarios. No debe atacarle con escritos, lo mismo que él, Lutero, por su parte, no quiere iniciar nada en contra suya. "Hubo ya bastantes mordiscos y ahora tenemos que andar con cuidado de que no nos devoremos unos a otros y nos quebrantemos".

Una carta de este altivo tipo todavía no la ha recibido nunca de nadie Erasmo de Rotterdam, e] señor del imperio universal humanístico, y, a pesar de todo su pacifismo íntimo, el anciano no está dispuesto a dejarse sermonear de arriba abajo y tratar como un charlatán cualquiera por el mismo hombre que antes solicitó humildemente, una vez, su apoyo y protección. "Me he preocupado más por el Evangelio", responde orgulloso, "que muchos de los que ahora se ufanan con él: Veo que esta renovación ha echado a perder muchas cosas y suscitado gentes revoltosas, y veo que las bellas ciencias caminan con marcha de cangrejo, que las amistades son destrozadas, y temo que llegue a originarse una insurrección sangrienta. Pero a mí nada me obligará a renunciar al Evangelio por las pasiones humanas". Con energía menciona cuánto agradecimiento y aplauso habría encontrado en los poderosos si hubiera estado dispuesto a presentarse contra Lutero. Y quizás se sirve realmente mejor al Evangelio tomando la palabra contra Lutero, que haciendo lo que los tontos, que tan ruidosamente se comprometen por él, y, a causa de los cuales, casi no es factible "permanecer como puro espectador de esta tragedia". La inflexibilidad de Lutero ha endurecido la vacilante voluntad de Erasmo: "Ojalá no llegue realmente a tener un final trágico", suspira, con fosco presentimiento. Y después coge la pluma, su arma única.

Erasmo sabe perfectamente contra qué gigantesco adversario se pone en campaña, sabe también, acaso en lo más profundo de su ser, la superioridad de Lutero para la lucha, el cual, hasta entonces, con sus coléricas fuerzas, ha derribado por tierra a todo contradictor. Pero la auténtica fuerza de Erasmo consiste —caso raro en un artista— en el conocimiento de sus propios límites. Sabe que este torneo espiritual se verifica ante los ojos de todo el mundo reunido; todos los teólogos y humanistas de Europa esperan el espectáculo con apasionada impaciencia: por lo tanto, se trata de buscar una posición inexpugnable y Erasmo la elige de modo magistral, no chocando irreflexivamente con Lutero y toda la doctrina evangélica, sino que, con mirada auténtica de águila, acecha, para su ataque, un único punto débil, o por lo menos vulnerable, del dogma luterano; escoge una cuestión aparentemente accesoria, pero, en realidad, uno de los temas esenciales en la edificación de la doctrina teológica de Lutero, todavía bastante vacilante e insegura. Hasta el principal interesado, hasta Lutero mismo, tendrá "que alabar y elogiar mucho el que seas tú el único de todos mis adversarios que ha comprendido el núcleo de la cuestión; tú eres el único y solo hombre que ha descubierto el nervio de todo el asunto, y, en esta lucha, lo has cogido duramente por el cuello". Erasmo, con su extraordinaria concepción artística, ha preferido elegir para este desafío, en lugar del firme punto de apoyo de un convencimiento, el terreno dialécticamente resbaladizo de una cuestión teológica, en el cual, aquel hombre del puño de hierro no puede derribarlo por completo a tierra, y en el que se sabe invisiblemente protegido y cubierto por los mayores filósofos de todos los tiempos.

El problema del cual Erasmo hace centro de la discusión es un problema eterno de toda teología: el tema de la libertad o falta de libertad de la voluntad humana. Para la doctrina de la predestinación de Lutero, severamente agustiniana, el hombre permanece eternamente como prisionero de Dios. Ni un grano de libre voluntad le es atribuido; todo lo que realiza ha sido previsto por Dios, desde mucho tiempo antes, y por él señalado; por medio de ninguna obra buena, de ninguna bona opera, por medio de ningún arrepentimiento, puede, por lo tanto, el ser humano, alzar su voluntad y libertarse de esa trabazón de culpas anteriores a la vida: únicamente la gracia de Dios es capaz de dirigir un hombre al buen camino. Según una concepción moderna, lo traduciríamos de este modo: estamos dominados, en nuestro destino, por la masa de herencias, por la constelación; nada, por lo tanto, es capaz de hacer la propia voluntad en cuanto Dios no quiera que se opere en nosotros —dicho al modo de Goethe: "todo querer Existe sólo por deber quererlo, y mudo ante el querer es lo arbitrario. .

." (') Tal concepción de Lutero no puede ser aprobada por Erasmo, el humanista, que considera, en la razón humana, un santo poder dado por Dios. Erasmo, que cree de un modo inconmovible que, no sólo el hombre aisladamente, sino toda la humanidad, es capaz de desarrollarse hacia una moralidad cada vez más alta por medio de una voluntad noble y educada, tiene que oponerse del modo más profundo a este rígido fatalismo, casi mahometano. Pero Erasmo no sería Erasmo si, a cualquier concepción adversa, contestara con una violenta y grosera negación; aquí, como en todas partes, sólo censura el extremismo, lo violento e incondicional del concepto determinista de Lutero. Él mismo, dice conforme a su modo de ser, prudentemente oscilante, no tiene "gusto alguno por establecer inconmovibles afirmaciones"; siempre se inclina personalmente hacia la duda, aunque gustoso, en tales casos, se someta a las palabras de las (1) ...aller Wile — Ist nur ein Wollen, weil wir eben sollten, — Und vor dem Willen schweigt die Willkür stille...

Sagradas Escrituras y de la Iglesia. De otra parte, en las Sagradas Escrituras estos conceptos están expresados de un modo misterioso y que no puede ser profundizado por completo; por ello, encuentra también peligroso negar, tan en absoluto como lo hace Lutero, la libertad de la voluntad humana.

En modo alguno dice que la concepción de Lutero sea totalmente falsa, pero se defiende contra, el non nihil, contra la afirmación de que todas las buenas obras que haga el hombre no produzcan efecto alguno ante Dios y sean, por ello, plenamente superfinas. Si, como quiere Lutero, todo se somete únicamente a la misericordia de Dios, ¿qué sentido tendría aún para los hombres el realizar el bien? Se debería, propone en su calidad de eterno mediador, dejar siquiera al hombre la ilusión de su libre voluntad, a fin de que no se desespere y no se le aparezca Dios como cruel e injusto. "Me adhiero a la opinión de aquellos que entregan algunas cosas a la voluntad libre, pero la mayor parte a la divina misericordia, pues no debemos tratar de desviarnos del Escila del orgullo para ser arrojados contra el Caribdis del fatalismo".

Vese que, hasta en las discusiones, Erasmo, el pacífico, sale del modo más indulgente al encuentro de su adversario. Advierte también, en esta ocasión, que no debe concederse excesiva importancia a tales disputas, sino preguntarse uno a sí mismo "si será justo, a causa de algunas afirmaciones paradójicas, poner en conmoción a todo el Universo". Y, efectivamente, si Lutero hubiera cedido ante él sólo en una dracma, si sólo hubiera adelantado un único paso hacia él, esta disputa espiritual habría terminado también en paz y concordia. Pero Erasmo espera una comprensión condescendiente de la cabeza más férrea de su siglo, de un hombre que, en cuestiones de fe y convicción, ni aun en la propia hoguera cedería ni en una sola letra, el cual, como fanático nato y jurado, preferiría perecer, o dejar que pereciera el mundo, antes de dejar perder una pulgada del más insignificante, mezquino y diminuto párrafo de su doctrina.

Lutero no contesta en seguida a Erasmo, aunque a aquel hombre colérico le excita el ataque del modo más terrible: "Mientras que con los otros libros, para hablar como Zuchten, me he limpiado el c. . ., he leído en su totalidad este escrito de Erasmo, pero, en tal forma, que siempre estaba pensando en arrojarle detrás de mi asiento", dice con sus toscas expresiones; pero en este año de 1524 está preocupado por cosas más importantes y difíciles que una discusión teológica. El eterno destino de todo revolucionario comienza a cumplirse en su vida, de modo que también él, que quería sustituir por un orden nuevo uno antiguo, desencadena fuerzas caóticas y corre el peligro de ser sobrepasado, en su radicalismo, por otros más radicales todavía. Lutero había exigido la libertad de expresión y confesión, pero ahora también otros la exigen para ellos: los profetas de Zwickau, Karlstadt, Münzer, todos esos "espíritus de tropel", cómo él les llama, se reúnen también, en nombre del Evangelio, para rebelarse contra el emperador y el imperio; las propias palabras de Lutero contra la nobleza y los príncipes, se convierten en estas coaligadas bandas de campesinos, en picas y mazas; pero donde Lutero sólo desea una revolución espiritual y religiosa, exigen ahora los oprimidos campesinos una revolución social, claramente comunista. En Lutero, repítese este año la tragedia espiritual de Erasmo de que su palabra llegue a ser un acontecimiento universal, mayor de lo que él mismo ha querido, y así como había censurado él a aquel otro a causa de su blandura, también ahora las gentes del Bundschuh y los asaltantes de conventos y destructores de imágenes lo desprecian a él como un "nuevo y sofístico papista, un arehipagano y archibribón", como un "amigo póstumo del Anticristo", como "la carnaza orgullosa de Wittenberg". Destino erásmico: lo que él había pensado en un sentido espiritual y eclesiástico, es entendido por las dilatadas masas y por sus aún más fanáticos guiadores, según lo dice él mismo, en un sentido "carnal" y de grosera agitación. Es la eterna estrella de una revolución el que una ola se desborde por encima de la otra: si Erasmo representa a los girondinos, Lutero es como las gentes de Robespierre, y Tomás Münzer y los suyos como las de Marat. Quien ha sido el director indiscutible tiene, de repente, que luchar en dos frentes, contra los demasiados flojos y los demasiados bravios, y tiene que afrontar la responsabilidad de la revolución social, de aquel levantamiento, el más espantoso y sanguinario que Alemania había experimentado desde hacía siglos. Pues las masas campesinas llevan el nombre de Lutero en el corazón; únicamente su rebeldía y su buen éxito contra el emperador y el imperio ha dado valor a todos esos bajos cabecillas para alzarse contra sus condes y tiranos. "Cosechamos ahora los frutos de tu espíritu", puede con razón echarle en cara Erasmo. "Tú no conoces a los revoltosos, pero ellos te conocen a ti. . . No puedes rechazar la convicción general de que fue dada ocasión para este daño por tus libros, especialmente por los editados en lengua alemana".

Espantosa decisión para Lutero: ¿debe él, que tiene sus raíces en el pueblo y vive con él y lo ha excitado contra los príncipes, renegar ahora de los campesinos que, según su sentido y en nombre del Evangelio, luchan ahora por la libertad, o ser rebelde a los príncipes? Por primera vez (pues su posición, de la noche a la mañana, ha llegado a ser muy semejante a la de Erasmo) intenta proceder erasmísticamente. Amonesta a los príncipes para que sean indulgentes, amonesta a los campesinos "a no hacer del nombre de cristiano una vergonzosa tapadera de vuestra conducta antipacífica, impaciente y anticristiana". Pero, cosa insoportable para un hombre con la conciencia de sí mismo que él posee: el pueblo grosero no le escucha ya, sino que prefiere a los que le prometen más, a Tomás Münzer y los teólogos comunistas.

Finalmente, tiene que decidirse, pues esta sublevación sin freno compromete su obra, y reconoce que esta guerra social en el interior de Alemania le perturba en su propia guerra espiritual contra el papado. "Si estos sediciosos asesinos, con sus aldeanos, no me hubieran pescado con sus redes, estarían colocadas ahora de otro modo las cosas con respecto al pontificado". Y si se trata de su propia obra y de su misión, Lutero no conoce ya vacilación de ninguna clase. Siendo él mismo un revolucionario, tiene que colocarse enfrente de la revolución campesina alemana, y si Lutero se inscribe en un partido, sólo puede hacerlo como extremista, de la manera más rabiosa, unilateral y salvaje. De todos sus escritos, es éste, del tiempo de su mayor peligro, el libelo contra los campesinos alemanes, el más espantoso y cruento.

"Quien perece en defensa de los príncipes —predica—, será bienaventurado mártir; quien cae frente a ellos, se va con el diablo; por eso, el que pueda hacerlo debe combatir, estrangular y apuñalar, secreta o públicamente, pensando que no puede haber nada más venenoso, más pernicioso y diabólico que un hombre rebelde". Sin consideración alguna, se coloca para siempre del lado de la autoridad contra el pueblo. "El asno quiere palos y el populacho ser regido por la fuerza". Ninguna bondadosa palabra de clemencia o de piedad se encuentra en este furioso combatiente, sino que con la más espantosa crueldad incita a la victoriosa nobleza contra los lamentablemente vencidos; ninguna compasión siente este hombre genial, pero desmesurado en su ira, para las innumerables víctimas, millares de las cuales se lanzaron contra los castillos confiando en su nombre y en sus actos de rebelión. Y con un valor espantoso, reconoce al fin que los campos de Wurttenberg están empapados en sangre: "Yo, Martín Lutero, he matado en la sublevación a todos los campesinos, pues les he dicho que pegaran hasta la muerte; toda su sangre está sobre mi conciencia".

Este furor, esta terrible fuerza de odio, palpita todavía en su pluma cuando la dirige contra Erasmo. Acaso habría perdonado a Erasmo la discusión teológica en sí misma, pero la acogida entusiasta que esta apelación a la templanza recibe en todo el territorio del mundo humanista, excita su enojo hasta la rabia furiosa. Lutero no soporta la idea de que sus enemigos entonen ahora un cántico de triunfo. "Decidme, ¿dónde está el gran Macabeo, dónde está aquél que tan firmemente se asentaba sobre su doctrina?" No sólo quiere responder ahora a Erasmo, ya que no le abruma más la preocupación de los campesinos, sino destrozarlo por completo. A la mesa, ante sus amigos congregados, anuncia su intención con estas espantosas palabras: "¿Por eso os ordeno, en nombre de Dios, que seáis enemigos de Erasmo y que os guardéis de sus libros. Quiero escribir contra él, aunque a consecuencia de ello se muera y se condene; con mi pluma quiero matar a Satán", y añade, casi orgulloso: "como he matado a Münzer, cuya sangre está sobre mi conciencia".

Pero también en sus cóleras, y precisamente cuando la sangre le hierve del modo más abrasador en las venas, acredítase Lutero como un gran artista, como un genio de la lengua alemana. Sabe contra qué gran adversario se dirige, y, en esta conciencia de su obligación, su misma obra llega a ser grande, no un pequeño escrito de pelea, sino todo un libro, fundamental, dilatado, centelleante de imágenes y mugiente de pasión; un libro que, junto con su saber teológico, más grandioso que en la mayor parte de sus otros escritos, manifiesta igualmente su fuerza poética y humana. De servo arbitrio, el tratado de la servidumbre de la voluntad, pertenece a los más robustos escritos de polémica de este hombre belicoso, y la disputa con Erasmo, a las más importantes discusiones que nunca hayan sido sostenidas en el campo del pensamiento alemán entre dos hombres de naturaleza opuesta, pero de una capacidad igualmente poderosa. Por muy extraviado que pueda haber llegado a ser hoy su objeto para nuestra sensibilidad presente, este combate, a causa de la magnitud de los adversarios, ha quedado como un acontecimiento de la literatura universal.

Antes de que Lutero dé el primer ataque, antes de que se ate firmemente el yelmo y levante la lanza para un golpe mortal, alza por un momento, pero sólo por un momento, la espada, para un cortés pero rápido saludo. "Yo mismo reconozco en ti muy alto honor y mérito, como en general no lo he reconocido en ningún otro". Confiesa honradamente que Erasmo le "ha tratado con suavidad y plácidamente en todas ocasiones", concede que él es el único de todos sus adversarios que "ha descubierto el nervio de toda la cuestión". Pero después de haberse forzado a este saludo, aprieta resueltamente los puños, se hace grosero, y está, con ello, en su más natural elemento. Además sólo le contesta a Erasmo "porque Pablo ordena tapar la boca de los charlatanes inútiles". Y después, descarga golpe tras golpe. Con magnífica fuerza de imaginación auténticamente luterana, da de martillazos a Erasmo diciendo que "por todas partes anda como sobre huevos, sin querer aplastar a ninguno; pasa por entre vasos de cristal y a ninguno toca". Se mofa de que "Erasmo no quiere afirmar nada con seguridad y, sin embargo, afirma tal juicio de nosotros; eso se llama escapar por librarse de una llovizna y tirarse al estanque". En un solo rasgo revela el contraste entre la circunspección hipócrita de Erasmo y su propia y clara franqueza y sin reservas. Aquél considera "la paz corporal, la comodidad y la tranquilidad como cosa más alta que la fe", mientras que Lutero está dispuesto a confesar sus creencias "aunque el mundo entero, ahora mismo, no sólo se convierta en discordia sino se hunda totalmente y sea sólo ruinas". Y si Erasmo, en su escrito, invita prudentemente a la cautela, señalando la oscuridad de diversos pasajes bíblicos, que ningún hombre en la tierra puede interpretar con plena firmeza y satisfacción, lanza contra él, a grandes gritos, la confesión siguiente "Sin seguridad no hay cristianismo.

Un cristiano debe estar cierto de su doctrina y de su causa o si no, no es cristiano". Quien vacile, quien sea tibio o indeciso en cosas de fe, debe dejar la teología de una vez para siempre. "El Espíritu Santo no es ningún escéptico", lanza contra Erasmo como un trueno; "no ha grabado en nuestros corazones un incierto impulso sino una robusta certidumbre". Con obstinación, persevera Lutero en su punto de vista de que el hombre sólo es bueno si lleva a Dios en sí, y malo si el diablo se ha montado sobre él; su propia voluntad carece de importancia y es imponente contra la providencia de Dios, inevitable e inmodificable. Sucesivamente, se va alzando de este problema particular, de esta ocasión aislada, a un contraste mucho mayor; al igual de una divisoria de aguas, apartan a estos dos renovadores de la religión, de acuerdo con sus temperamentos, sus concepciones plenamente diversas del ser y misión de Cristo. Para Erasmo el humanista, Cristo es el anunciador de todos los sentimientos humanos, el ser divino que ha dado su sangre para eliminar del mundo todo derramamiento de sangre y toda discordia; Lutero, por su parte, el lansquenete de Dios, alardea de las palabras del Evangelio de que Cristo no ha venido "para traer la paz sino la espada". Quien quiera ser cristiano, dice Erasmo, tiene que ser pacífico y tolerante en su espíritu; a quien sea cristiano, responde el inflexible Lutero, no le es lícito ceder jamás cuando se trata de la palabra de Dios, aun cuando todo el Universo perezca por ello. Las palabras que años antes había escrito a Spalatin constituyen el lema de su vida: "No pienses que la cuestión podrá quedar arreglada sin tumulto, escándalo y revueltas. De una espada no puedes hacer una pluma ni de una guerra una paz. La palabra de Dios es guerra, es escándalo, es ruina, es veneno: como un oso en un camino y una leona en un bosque, avanza contra los hijos de Efraín". Violentamente rechaza, por ello, la invitación de Erasmo a una inteligencia y acuerdo: "Déjate de quejas y gritos; contra esta fiebre no sirve ninguna medicina.

Esta es la guerra de Nuestro Señor, el cual la ha suscitado y no cesará hasta que hayan perecido todos los enemigos de su palabra". Los suaves discursos de Erasmo no son más que carencia de verdadera fe cristiana; por ello, debe quedar a un lado, entregado a sus meritorios trabajos de latín y griego —en otras palabras: a sus jugueteos humanistas— y no tocar con sus "adornadas palabras" a problemas que sólo pueden ser resueltos por la íntima certidumbre divina de un hombre fiel y creyente sin reservas. De una vez para siempre, exige Lutero dictatorialmente, debe abstenerse Erasmo de mezclarse en esta lucha religiosa de una importancia de Historia Universal; "que seas bastante fuerte en nuestra causa, todavía no lo ha querido Dios y todavía no te lo ha otorgado". Pero él mismo, Lutero, siente en sí la llamada divina, y, por ello, la seguridad de conciencia: "Qué cosa y quién sea yo, y también por qué espíritu y motivo haya llegado a estar en esta disputa, es cuestión que se la dejo a Dios, el cual lo sabe todo, y también que estos asuntos míos no han comenzado ni han sido dirigidos por la mía, sino por su voluntad libre y divina".

Con esto queda escrita la cédula de divorcio entre el humanismo y la reforma alemana. Lo erasmista y lo luterano, la razón y la pasión, la religión de la humanidad y el fanatismo de la fe, lo supernacional y lo nacional, lo plural y lo uno, lo flexible y lo rígido, no pueden unirse mejor que el agua y el fuego. Siempre que se encuentran juntos en la tierra, silba colérico un elemento contra el otro elemento.

Lutero no perdonará jamás a Erasmo el habérsele opuesto públicamente.

Este hombre lleno de furia combativa no tolera ningún otro final a una discusión, sino el pleno e incondicional aniquilamiento de su contradictor.

Mientras que Erasmo se da por contento con una única respuesta, con su escrito Hyperaspistes, bastante violento para su condescendiente carácter, y después se vuelve a sus estudios, el odio continúa ardiendo en Lutero. No desperdicia ocasión alguna de cubrir con las más espantosas injurias a aquel hombre que osó contradecirle en un único punto de su doctrina, y su odio "asesino", según la queja de Erasmo, no se espanta ante ninguna calumnia. "Quien aplaste a Erasmo, ahogará a una chinche que todavía apestará menos muerta que viva". Le llama el "más furioso enemigo de Cristo", y, una vez, al mostrarle un retrato de Erasmo, previene a sus amigos de que éste es "un hombre astuto y pérfido que se ha mofado juntamente de Dios y de la religión", que "día y noche está inventando palabras ambiguas y cuando se piensa que ha dicho mucho no ha dicho nada".

Con furia, dícele a sus amigos a la mesa: "Dejo consignado en mi testamento, y os tomo a todos como testigos, que tengo a Erasmo por el mayor «enemigo de Cristo, tal como en mil años jamás hubo otro alguno".

Y finalmente, se extravía hasta llegar a esta frase blasfema: "Cuando digo, al rezar: "santificado sea el tu nombre", vuelvo a maldecir a Erasmo y a todos los herejes que infaman y deshonran a Dios".

Pero Lutero, el hombre de la ira, a quien en la lucha le salta ardiente sangre de los ojos, no es sólo un guerrero, sino que también, a causa de su doctrina y de la eficacia de la misma, se ve obligado, de cuando en cuando, a ser diplomático. Probablemente, los amigos le habrán llamado la atención sobre lo poco prudentemente que procede al arrojar tantas sucias injurias y ultrajes contra este hombre viejo, venerado por toda Europa. De este modo, Lutero suelta la espada de su mano y toma una rama de laurel: un año después de su espantosa diatriba contra el "supremo enemigo de Dios", dirígele una carta, casi en broma, en la cual se disculpa "de haberlo atacado tan duramente". Pero es Erasmo quien, ásperamente, rechaza ahora una inteligencia. "No soy de un carácter tan infantil", responde con dureza, "para que se me pueda apaciguar con bromitas o con adulaciones, después de haberme atacado con las más viles injurias. . .

¿Para qué servirían todas esas escarnecedoras observaciones y esas infames mentiras de que yo era un ateo, un escéptico en cuestiones de fe, un blasfemo y no sé qué otras cosas?. . . Lo que ocurrió entre nosotros no tiene importancia, y menos para mí que estoy cercano a la muerte; pero lo que es un escándalo para todo hombre digno, lo mismo que para mí, es que has perturbado el mundo entero con tu conducta arrogante, impudente y rebelde.

. , y que, por voluntad tuya, esta tormenta no tenga aquel fin amistoso por el cual he luchado. . . Nuestras diferencias son cosa particular, pero a mí me duele la miseria general y el caos irremediable, y esto no se lo debemos a nadie sino a tu manera de ser indominable, que no quiere dejarse dirigir por aquéllos que te aconsejan bien... Desearía para ti un carácter diferente del que tienes y que tanto te encanta; tú, por tu parte, puedes desearme lo que quieras menos tu constitución espiritual, salvo el caso en que el Señor la cambiase".

Con una dureza en general ajena a él, rechaza Erasmo la mano que ha convertido en ruinas su mundo, no quiere saludar ya ni conocer al hombre que ha perturbado la paz de la iglesia y que ha traído sobre Alemania y el mundo el más espantoso "¿tumultus" del espíritu.

Pero el tumulto está en el mundo y nadie puede escapar a él, ni tampoco Erasmo. Intranquilidad es la ley que le ha sido adjudicada por el destino, y cada vez que anhela la quietud se subleva el mundo en torno suyo. También Basilea, la ciudad en que se había refugiado a causa de su neutralidad, es atacada por la fiebre de la Reforma. La muchedumbre asalta las iglesias, arranca las imágenes y las maderas talladas de los altares que después son quemadas delante de la catedral, en tres grandes montones. Espantado, ve Erasmo a su antiguo enemigo, el fanatismo, alborotando en torno a su casa con espada y antorcha. En este tumulto, sólo le es dado un pequeño consuelo: "No se ha derramado sangre; ¡que siempre ocurra así!" Pero ahora, ya que Basilea ha llegado a ser una ciudad del partido de la Reforma, no quiere él, a quien repugna todo partidismo, permanecer más tiempo entre sus muros. A los sesenta años, a causa de conseguir tranquilidad para su trabajo, se traslada Erasmo al silencioso Freiburg austríaco, donde los ciudadanos y las autoridades salen a su encuentro en solemne cortejo y le es ofrecido, como vivienda, un palacio imperial. Pero rechaza esta residencia ostentosa y prefiere elegir una casita junto al convento de frailes, para trabajar allí en silencio y morir en paz. La historia no podría crear un símbolo más grandioso para este hombre de posición central, que en ninguna parte es acepto porque no quiere inscribirse en ningún partido: de Loewen tuvo que huir Erasmo porque la ciudad era demasiado católica, de Basilea porque llegó a ser demasiado protestante. Para el espíritu libre e independiente, que no quiere atarse por ningún dogma ni decidirse por ningún partido, en ninguna parte hay un hogar sobre la tierra.

 

EL FIN

Como hombre de sesenta años, fatigado y consumido, vuelve a sentarse Erasmo en Freiburg, en medio de sus libros, huyendo —¡cuántas veces ya!— de las turbonadas e inquietudes del mundo. Cada vez más consumido y encorvado el flaco cuerpecillo, cada vez más semejante el delicado rostro arrugado, con sus mil pliegues, a un pergamino cubierto de místicos signos y runas, aquel hombre, que en otro tiempo había creído apasionadamente en una renovación de la humanidad gracias al puro humanismo, se hace, poco a poco, más amargo, más burlón y más hipócrita. Caprichoso como todos los viejos solterones, se queja mucho de la decadencia de las ciencias, de la malevolencia de sus enemigos, de la carestía y de los engaños de los banqueros, del vino malo y agrio; cada vez más, el gran desengañado se siente extraño en un mundo que en modo alguno quiere tener paz y en el cual, a diario, la razón es asesinada por la pasión y la justicia por la violencia. El corazón se le ha hecho soñoliento desde hace tiempo, pero no la mano, ni tampoco el cerebro, maravillosamente claro y reluciente, que esparce, como una lámpara, un círculo de luz, continuo y sin mácula, sobre todo lo que cae en el campo de visión de su insobornable espíritu. Un único amigo, el más antiguo, el mejor, permanece siempre fiel a su lado: el trabajo. Días tras día, escribe Erasmo treinta o cuarenta cartas, llena gruesos tomos en folio con sus traslaciones de los padres de la Iglesia, completa sus Coloquios y promueve una serie interminable de escritos morales y estéticos. Escribe y actúa con la conciencia del hombre que cree en los derechos y deberes de la razón, en un ingrato mundo, para decir, por sí misma, su palabra eterna. Pero, en lo más íntimo de sí mismo lo sabe Erasmo desde hace tiempo: no tiene sentido, en tal momento de locura universal, incitar a los hombres a ir hacia el humanismo; sabe que su ideal humanístico, alto y noble, se encuentra ahora vencido. Todo lo que él ha querido, aquello a que ha aspirado: inteligencia entre los hombres y amigables composiciones en vez de espantoso guerrear, ha quebrado por la obstinación de los fanáticos; su Estado espiritual, su Estado platónico, no cabe en medio de los Estados terrenos; su república de sabios no tiene sitio alguno entre los campos de batalla de los excitados partidos. Entre religión y religión, entre Roma, Zurich y Wittenberg, se guerrea bárbaramente; entre Alemania y Francia e Italia y España, se suceden infatigablemente las campañas militares, como errantes tempestades; el nombre de Cristo ha llegado a ser grito de guerra y pendón para acciones militares. Qué ridículo que todavía se escriban tratados y se procure traer a los príncipes a la reflexión; qué insensato ser todavía defensor de la doctrina evangélica, desde que el representante de Dios y nunció de las palabras del Evangelio la usa como hacha de combate. "Todos tienen estas cinco expresiones en la boca, evangelio, palabra divina, fe, Cristo y espíritu, y sin embargo, veo a muchos de ellos conducirse como si estuvieran poseídos por el demonio". No; ' ya no tiene sentido alguno, en tal época de sobreexcitación política, querer seguir siendo un mediador y reconciliador; el sublime sueño de un imperio universal moralmente unificado, humanístico y europeo, está ya terminado, y quien lo ha soñado para la humanidad, él mismo, Erasmo, es un hombre viejo, cansado, inútil, porque no le han escuchado. El mundo pasa por encima de él: ya no lo necesita.

Pero antes de que un cirio se extinga, siempre alza una vez más, desesperado, su llama. Antes de que una idea sea eliminada por la tormenta del tiempo, todavía despliega otra vez sus últimas fuerzas. Así, reluce aún de nuevo, por breve tiempo pero magníficamente, el pensamiento erasmista: la idea de reconciliación y mediación. Carlos V, el señor de ambos mundos, ha tomado una importante resolución. El emperador no es ya un inseguro muchacho, como cuando había aparecido en la dieta imperial de Worms.

Desengaños y experiencias le han hecho madurar y la gran victoria que acaba de obtener sobre Francia, le da, por fin, el necesario prestigio y autoridad. De regreso en Alemania, está resuelto a implantar un orden definitivo en las disputas religiosas; a establecer, aunque sea por la violencia, la unidad de la Iglesia, desgarrada por Lutero; pero, en lugar de emplear la fuerza, quiere, en el sentido de Erasmo, intentar una inteligencia y procurar una composición entre la antigua Iglesia y las nuevas ideas; "convocar un concilio de hombres sabios y libres de prejuicios", para que escuchen y pesen, con amor y reflexión, todos los argumentos que pueden conducir a una unificada y renovada Iglesia cristiana. Para este objeto, el emperador Carlos V convoca la dieta imperial de Augsburgo.

Esta dieta de Augsburgo es uno de los mayores momentos del destino alemán, y, más aún, una verdadera hora sideral de la humanidad; una de aquellas ocasiones históricas que no pueden ser evocadas de nuevo; que contienen, plegado dentro de sí, todo el curso de los siglos siguientes.

Exteriormente quizás no tan dramática como la de Worms, esta dieta de Augsburgo apenas queda detrás de la otra en cuanto a las consecuencias históricas de sus resoluciones. Allí, como antes, trátase de la unidad espiritual y eclesiástica de Occidente.

Las sesiones de Augsburgo son, al principio, extraordinariamente favorables al pensamiento erasmista, aquel pronunciamiento reconciliador exigido por él, una y otra vez, entre los adversarios espirituales y eclesiásticos. Pues ambos poderes, la antigua y la nueva Iglesia, están afectados por una crisis, y, por ello, dispuestos a grandes concesiones. La Iglesia católica ha perdido mucho de la inabordable soberbia con la cual, al principio, consideraba al pequeño hereje alemán, desde que se dio cuenta de que la causa de la Reforma se ha extendido por todo el Norte de Europa, al igual que un incendio por un bosque, y, de hora en hora, invade mayor campo con sus llamas. Ya es Holanda, ya son los suecos, ya es Suiza, ya Dinamarca, y, ante todo, Inglaterra, los países ganados para la nueva doctrina; por todas partes descubren los príncipes, que siempre se encuentran en dificultades pecuniarias, lo ventajoso que, para el fomento de sus finanzas, es apoderarse en nombre del evangelio, de los ricos bienes de la Iglesia; hace mucho tiempo que los antiguos medios de combate de Roma, fulminaciones de anatema y exorcismos, no tienen ya la fuerza de los tiempos de Canossa, desde que un único fraile agustino pudo quemar, sin ser castigado públicamente, en una alegre hoguera, una bula de excomunión pontificia. Pero lo más espantoso que tuvo que sufrir, a sus propios ojos, el prestigio del papado, fue cuando el depositario de las llaves de San Pedro se vio obligado a contemplar, a sus pies, desde su castillo del Santo Ángel, una Roma saqueada. El saco de Roma ha trastornado, por decenios, el valor y la insolencia de la Curia. Pero también para Lutero y los suyos han llegado horas de preocupación desde los rumorosos y heroicos días de Worms. También en el campamento evangélico van mal las cosas de la "apacible concordia con la Iglesia". Pues, antes aun de que Lutero haya logrado edificar su propia iglesia como una cerrada organización, álzanse ya algunas iglesias opuestas, la de Zwingli y Karlstadt, la iglesia de Enrique VIII y las sectas de los exaltados y anabaptistas. Ya ha reconocido aquel mismo fanático de la fe, totalmente sincero, que lo que él deseaba en un sentido puramente espiritual ha sido comprendido por muchos en sentido carnal y es explotado furiosamente para utilidad y provecho individuales; del modo más bello, ha expresado Gustavo Freytag la tragedia de los años posteriores de Lutero: "Quien está escogido por el destino para crear de nuevo lo más grande, destruye, al mismo tiempo, una parte de su propia vida. Cuanto más escrupuloso es, tanto más profundamente siente, en su interior, el corte que ha dado en el orden del mundo. Este es el secreto dolor, hasta, el arrepentimiento, de todo gran pensamiento histórico". Por primera vez, se muestra ahora, hasta en este hombre duro y en general inconciliable, una leve voluntad de composición, y sus partidarios, que antes tensaban en él la voluntad, hasta con exceso, incluso los príncipes alemanes, se han vuelto ahora más prudentes desde que notan que Carlos V, su señor y emperador, vuelve a tener el brazo libre y armado de buen hierro. Acaso sería aconsejable, piensan muchos de ellos, no ponerse, como rebelde, frente a este señor de Europa: podrían perderse la cabeza y los estados con una rígida obstinación.

Por primera vez, por lo tanto, falta aquella terrible inflexibilidad que, antes y después, rigió las cuestiones religiosas alemanas, y con esta caída de tensión del fanatismo, se crea una inmensa posibilidad de paz, pues si se hubiera logrado una inteligencia, en el sentido de Erasmo, entre la antigua Iglesia y la nueva doctrina, entonces Alemania y el mundo habrían vuelto a verse unidos en lo espiritual, y podrían haber sido evitadas la guerra religiosa de los Cien Años, la guerra civil, la de los Estados, con todas sus horribles destrucciones de valores culturales y materiales. Habría estado asegurada en el mundo la superioridad moral de Alemania, evitada la ignominia de las persecuciones por motivo de fe. Ya no tendría que haberse vuelto a encender ninguna hoguera, el Index y la inquisición no habrían necesitado poner sus crueles marcas de fuego en la libertad del espíritu, una ilimitada miseria habría sido ahorrada a la castigada Europa. En realidad, sólo un pequeño trecho es el que separa ya a los adversarios. Si queda dominado por el acercamiento de una y otra parte, entonces habrá vencido, de nuevo, la causa de la razón, del humanismo y del Erasmo.

Rica en perspectivas favorables para una tal inteligencia es también esta vez, aparte de lo dicho, la circunstancia de que la representación de la causa protestante no está en las inflexibles manos de Lutero sino en las más diplomáticas de Melanchthon. Este hombre, notablemente suave y noble, a quien la iglesia protestante celebra como el amigo y auxiliar más fiel de Lutero, fue también, de modo extraño, durante toda su vida, un fiel venerador de su gran adversario y un discípulo inconmovible de Erasmo.

Por el carácter de su ánimo, por su naturaleza reflexiva, se encuentra quizás más cerca de la concepción humanística y humana de la doctrina evangélica en el sentido de Erasmo, que del duro y severo formulismo de Lutero; pero la persona y la fuerza de Lutero actúan sobre él, sometiéndolo sugestivamente.

En Wittenberg, en su proximidad inmediata, Melanchthon se siente plenamente sometido y entregado a la voluntad de Lutero, le sirve humildemente con todo' el celo de su pensante espíritu, claro y organizador. Mas aquí, en Augsburgo, por primera vez apartado de la hipnosis provocada en él por el guiador, puede también desplegarse la otra parte de su naturaleza, puede por fin desarrollarse sin trabas lo erasmista que tiene en sí Melanchthon. Sin reserva, presta su asentimiento Melanchthon, en estas sesiones de Augsburgo, a la más extrema reconciliación; va hasta tan lejos en sus concesiones, que ya casi llega a tener un pie, otra vez, dentro de la antigua Iglesia. La Confesión de Augsburgo, personalmente redactada por él, porque Lutero, según reconoce, "no puede pisar de un modo tan dulce y suave", no contiene, a pesar de sus fórmulas claras y habilidosas, nada groseramente provocador para la Iglesia católica; en la discusión, se eluden previsoramente, con el silencio, ciertas importantes cuestiones discutibles.

De este modo, queda sin ser tratada la doctrina de la predestinación, por la cual Lutero había luchado tan agriamente con Erasmo; igualmente, los puntos más espinosos como el derecho divino del pontificado, el carácter indelebilis, inextinguible, del sacerdocio, el número de los sacramentos. Por ambas partes, se oyen palabras sorprendentemente conciliadoras. Melanchthon escribe: "Veneramos la autoridad del Romano Pontífice y toda la piedad de la Iglesia sólo con que el papa no nos rechace"; por la otra parte, declara un representante del Vaticano, de modo semioficial, que es discutible la cuestión del matrimonio de los clérigos y de la comunión bajo las dos especies de los laicos. A pesar de todas las dificultades, una leve esperanza llena ya a los participantes. Y si estuviera allí, ahora, un hombre de alta autoridad moral, un hombre de interna y apasionada voluntad de paz; si emplease toda la fuerza de su elocuencia en la mediación, el arte de su lógica, la maestría de sus fórmulas de lenguaje, acaso podría aún, en el último momento, llevar a una unidad a protestantes y católicos, pues con ambos está íntimamente ligado, con los unos por la simpatía y con los otros por la fidelidad, y el pensamiento europeo se habría salvado.

Este hombre, único y solo, es Erasmo, y el emperador Carlos V, el señor de ambos mundos, lo invitó expresamente para la dieta imperial y anticipadamente prometió él su intervención y consejo. Pero, trágicamente, se repite la forma usual del destino de Erasmo: a este hombre que prevé las cosas, y que, sin embargo, jamás se atreve a dar la cara en lo que debe hacerse, sólo le fue dado reconocer siempre, como ningún otro, en toda su trascendencia, los momentos de importancia histórica; mas, sin embargo, omite el acto que lo resolvería todo, por debilidad personal, por incurable ausencia de ánimo.

Renuévase aquí su culpa histórica: exactamente, lo mismo que en la dieta de Worms, falta también Erasmo en la de Augsburgo; no puede decidirse a aparecer en persona para sostener su causa, para defender su convicción. Cierto que escribe cartas, muchas cartas, a uno y otro partido; cartas muy prudentes, muy humanas, muy convincentes; trata de inducir a sus amigos de ambos campamentos, a Melanchthon, y, por la otra parte, al enviado del papa, a que coincidan hasta lo más extremo. Pero jamás la palabra escrita, en una hora tirante del destino, tiene la fuerza de la exclamación viva y cálida de sangre, y además, también Lutero envía desde Coburgo mensaje tras mensaje, para hacer más duro e inflexible a Melanchthon de lo que querría su íntima naturaleza. Por último, vuelven a ponerse otra vez tirantes las relaciones, porque falta, con su propia persona, el auténtico y genial mediador: en innumerables discusiones, es triturado el pensamiento de una composición, como un fecundo grano de trigo entre las ruedas del molino. El gran concilio de Augsburgo desgarra definitivamente a la cristiandad, a la que debía haber vuelto a unir, en dos opuestas partes de fe; en lugar de la paz, se alza la discordia sobre el mundo. Lutero saca duramente su conclusión: "Si resulta una guerra, nada importa: bastante hemos rogado y hecho nosotros". Y Erasmo dice trágicamente: "Si vieras originarse en el mundo espantosas confusiones, acuérdate entonces de que Erasmo lo había predicho".

Desde este día, cuando su idea "erasmista" tuvo su última y decisiva derrota, este hombre viejo, en su biblioteca de Freiburg, no es ya nada más que un ser inútil, una sombra pálida de su antigua gloria. Y él mismo siente mejor que nadie que a un hombre de silenciosa condescendencia le falta lugar "en esta edad ruidosa, o mejor dicho, furiosa". ¿Para qué arrastrar aún más largo tiempo este cuerpo, frágil y reumático, por este mundo ajeno ya a todo espíritu de paz? Erasmo está cansado de la vida a la que tanto amó en otro tiempo; conmovedoramente, brota de sus labios la súplica de "que Dios me llame por fin a sí fuera de este mundo lleno de furor". Pues ¿dónde queda todavía lugar para lo espiritual, si el fanatismo trata a latigazos a los corazones? El alto imperio humanístico, por él edificado, está asaltado por los enemigos y ya medio conquistado; pasados están los tiempos de la "eruditio et eloquentia"; los seres humanos no prestan ya atención a la palabra, fina y bien ponderada, de la poesía, sino sólo a la grosera y ardorosa de la política. El pensamiento ha decaído hasta el delirio colectivo; se ha puesto el uniforme de luterano o de papista; los sabios no luchan ya con elegantes cartas y folletos, sino que se arrojan unos a otros, a modo de las mujeres del mercado, groseras y ordinarias palabras injuriosas; nadie aspira a comprender al otro, sino que cada cual quiere imprimir poderosamente su doctrina en el prójimo, como una marca de fuego. Y ¡ desgraciados de aquellos que pretendan permanecer apartados y se agarren a sus propias convicciones! Contra los que quieren estar entre los partidos y por encima de ellos se dirige un odio doblado. ¡Qué solitario llega a estar en tales tiempos el que sólo depende de lo espiritual! ¡Ay! ¿para quién se ha de escribir todavía, si en medio de los ladridos y chillería política los oídos se han hecho sordos para los finos tonos intermedios, para la ironía delicada y penetrante? ¿Con quién disputar teológicamente sobre ciencia de Dios, desde que ha caído en manos de doctrinarios y fanáticos, los cuales, como último y mejor argumento de la razón que tienen, acuden a la soldadesca, a las tropas de caballería y a los cañones ? Ha comenzado una batida contra los que no piensan como la generalidad y los que piensan libremente; la dictadura del pensar unilateral.

Créese servir al cristianismo con mazas de armas y espadas de verdugo, y, precisamente, de los más espirituales, de los más osados entre los pensadores religiosos, se apodera la más ruda violencia. Ha llegado el tumulto que Erasmo había predicho: de todos los países arrojan mensajes de espanto sobre su desesperado y fatigado corazón. En París han quemado a fuego lento a su traductor y discípulo Berquin; en Inglaterra, sus queridos John Fisher y Tomás Monis, sus más nobles amigos, han sido arrastrados bajo el hacha del verdugo (¡dichoso quien tiene fuerzas para ser mártir de su fe!) y Erasmo balbucea al recibir el mensaje: "Es para mí como si yo mismo hubiera muerto con ellos". Zwingli, con el cual frecuentemente ha cambiado cartas y palabras amables, ha sido muerto a mazazos en el campo de batalla de Kappel; Tomás Münzer, martirizado hasta la muerte con tales torturas como los paganos y los chinos no habrían sabido imaginar mas horrorosas. A los anabaptistas se les arranca la lengua; a los predicadores los despedazan con tenazas al rojo y los tuestan amarrados al poste de los herejes; saquean las iglesias, queman los libros, queman las ciudades. Roma, la maravilla del mundo, ha sido asolada por los lansquenetes. . . ¡Oh Dios, qué bestiales instintos se desencadenan rugientes en tu nombre! No, el mundo no tiene ya espacio para la libertad de pensamiento, para la comprensión y la tolerancia, estas ideas originarias de la doctrina humanista. Las artes no pueden prosperar en un terreno tan ensangrentado; se ha terminado para decenios, para siglos, acaso para siempre, el tiempo de una comunidad supernacional, y también el latín, está última lengua de la Europa unida, la lengua de su corazón, perece: ¡pues perece tú también, Erasmo! Pero, ¡fatalidad de su vida!, aún otra vez, pero la última, tiene ahora que ponerse nuevamente en camino este eterno nómada. Aún otra vez, casi a los setenta años, huye súbitamente de su casa y hogar. Le ha acometido un ansia plenamente inexplicable de abandonar Freiburg para trasladarse a Brabante, cuyo duque lo ha llamado desde allí; pero en lo profundo, otra cosa es la que lo llama: la muerte. Una misteriosa intranquilidad se ha apoderado de él, y aquel que durante toda su vida fue un cosmopolita, un consciente hombre sin patria, experimenta ahora la necesidad, angustiosa y afectuosa, de ver la tierra natal. El cuerpo fatigado quiere volverse al sitio de donde ha salido; un presentimiento le dice que su viaje por la vida toca a su término.

Pero no alcanza ya su objeto. En un cochecillo de viaje, de los que en general sólo son utilizados por las mujeres, han llevado a Basilea al hombre caduco; allí el anciano quiere descansar y esperar aún durante algún tiempo, hasta que comience el deshielo y con la primavera pueda trasladarse a Brabante, en su patria. Mientras tanto, le retiene Basilea; aquí siempre hay todavía algún calor espiritual; aquí viven aún algunos amigos fieles, el hijo de Froben, Amerbach y otros. Éstos cuidan de la cómoda instalación del enfermo, lo llevan a su casa. Y también está allí todavía la antigua imprenta, y, feliz de nuevo, puede presenciar la transformación de lo pensado y escrito en palabra impresa; respirar el craso olor de las prensas; tener entre las manos los libros, bella y claramente impresos, y celebrar con ellos sus diálogos maravillosamente silenciosos, bellamente pacíficos e instructivos. Del todo en paz y apartado del mundo, demasiado fatigado, ya sin fuerzas para abandonar la cama durante más de cuatro o cinco horas cada día, pasa Erasmo el último tiempo de su vida con un interno frío. Tiene la sensación de estar olvidado y proscripto, pues los católicos ya no lo solicitan y los protestantes se mofan de él; nadie le necesita, nadie solicita ya su juicio y sentencias. "Mis enemigos aumentan, mis amigos desaparecen", quéjase desesperadamente el solitario, para quien el humano trato espiritual fue la mayor belleza y la mayor dicha de la vida.

Pero ved: aún otra vez, como una golondrina retrasada que golpea en una ventana ya invernal y cubierta de hielo, una palabra de respeto y de saludo llama a su puerta. "Todo lo que soy y lo que valgo lo he recibido únicamente de ti, y, si yo no quisiera reconocer esto, sería el hombre más desagradecido de todos los tiempos. Salve itaque etiam atque etiam, pater amantissime, pater decusque patriae, literarum assertor, veritatis propugnator invictissime. Te saludo y otra vez te saludo, padre amado y honor de la patria, espíritu protector de las artes, invencible combatiente por la verdad". El nombre de la persona que escribe estas palabras ha de brillar por encima del suyo; es Francois Rabelais, que, en la aurora de su gloria juvenil saluda al crepúsculo del moribundo maestro. Y después viene todavía otra carta, una carta de Roma. Impacientemente la abre Erasmo, el septuagenario, y la deja a un lado, sonriendo amargamente. ¿No se están burlando de él? El nuevo papa le ofrece un capelo cardenalicio con la más rica prebenda, a él, que durante toda su vida, a causa de su libertad, ha huido despreciativamente de todos los cargos de este mundo. Con superioridad, se mega a recibir este honor casi ofensivo. "¿Debo yo, hombre moribundo, echar sobre mí cargas que he rechazado durante toda mi vida?" No, morir libre como libre ha vivido. Libre y sin hábitos ni uniformes, sin condecoraciones ni honores terrenos, libre como todos los solitarios y solitario como todos los libres.

El eterno y más fiel amigo de toda soledad y su consuelo, el trabajo, permanece hasta el último momento junto al enfermo. Tendido en la cama, con el cuerpo retorcido de dolores y manos temblorosas, escribe y escribe, día y noche, sus comentarios sobre Orígenes, folletos y cartas. Ya no escribe por la gloria ni por el dinero, sino únicamente por el misterioso placer de aprender por medio de la espiritualización de la vida y de vivir otra vez con mayor fuerza gracias a lo aprendido: aspirar ciencia y exhalar ciencia; sólo esta eterna diástole de toda existencia terrena, sólo este movimiento circular mantiene todavía en curso su sangre; activo hasta el último momento, refugiase en el santo laberinto del trabajo para escapar de un mundo al cual ya no conoce ni comprende, un mundo que ya no quiere conocerlo ni comprenderlo a él. Finalmente, la gran portadora de paz se acerca a su lecho. Y ahora que está cerca de ella, de la muerte, a la que Erasmo ha temido de un modo tan excesivo durante toda su vida, el hombre fatigado la contempla tranquilo y casi con gratitud. Su espíritu aún permanece claro hasta la despedida, todavía compara a los amigos que rodean su cama, Groben y Amerbach, con los amigos de Job y conversa con ellos en el latín más bruñido y rico de ingenio. Pero después, en el último minuto, cuando ya la falta de aliento le aprieta la garganta, ocurre algo extraño: el gran sabio humanista, que durante toda su vida sólo ha hablado y escrito en latín, olvida súbitamente esta lengua habitual, y para él la más natural, y, en el temor primitivo de la criatura ante la muerte, sus labios, entumecidos, balbucean de repente el "Heve God", aprendido de niño en su patria: la primera palabra y la última de su vida tienen idéntico acento neerlandés. Y después, sólo un suspiro y tiene ya lo que tan profundamente ha anhelado para toda la humanidad: la paz.

 

EL LEGADO DE ERASMO

En Florencia, en la misma época en que el moribundo Erasmo deja a las generaciones venideras, como noble tarea, su legado espiritual de una concordia europea, aparece uno de los libros más decisivos y osados de la Historia Universal, el famoso Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. En este manual, matemáticamente claro, de política de potencia y de buen éxito sin consideración a cosa alguna, están palpablemente formulados, como en un catecismo, los principios más opuestos al erasmismo. Mientras Erasmo exige de los príncipes y pueblos que subordinen, voluntaria y pacíficamente, en aras a la fraternal comunidad de todos los hombres, sus pretensiones egoístas e imperialistas, Maquiavelo eleva la voluntad de potencia, la voluntad de energía de cada príncipe y de cada nación hasta ser el supremo y único objeto de su pensamiento y acción. Todas las fuerzas de una comunidad nacional tienen que servir al pensamiento de la nacionalidad con el fervor de una idea religiosa; la razón de Estado, el extremo desarrollo de la propia individualidad nacional tiene que ser para ellos el único y visible fin propio y culminante de toda evolución histórica, y su realización, sin miramiento alguno, la más alta tarea dentro de los acontecimientos del mundo; para Maquiavelo, el sentido final es el poder y el desplegamiento del poder, para Erasmo, la justicia.

Con ello, quedan fundidas para todos los tiempos, en su propia forma espiritual, las dos grandes y eternas maneras fundamentales de toda política universal' la práctica y la ideal, la diplomática y la ética, la política de Estado y la política de humanidad. Para Erasmo, el filosófico contemplador del mundo, la política pertenece a la categoría de la ética, en el sentido de Aristóteles, de Platón y de Tomás de Aquino: el príncipe, el guiador del Estado tiene, por encima de todo, que ser un servidor de lo divino, interpretador de ideas morales. Para Maquiavelo, el hombre del oficio, el diplomático familiarizado con el ejercicio práctico de las cancillerías de Estado, la política, por el contrario, representa una ciencia amoral y plenamente independiente. Tiene tan poco que ver con la ética como con la astronomía o la geometría. El príncipe y el jefe del Estado no tienen para qué soñar con la humanidad, ese concepto vago e inabarcable, sino contar con los hombres de un modo en absoluto antisentimental, como con el único material sensible que les es dado utilizar, y aprovechar sus fuerzas y flaquezas con toda la intensidad que, en su provecho y en el de su nación, permita la psicología; clara y fríamente, tienen que usar de tan escasa consideración, y tolerancia con sus adversarios como un jugador de ajedrez, sino que, por todos los medios, permitidos y no permitidos, deben adquirir para su pueblo la más alta medida alcanzable de provechos y predominio. El poder y el incremento del poder son para Maquiavelo el deber más alto, y el buen éxito, el derecho decisivo de un príncipe y un pueblo.

En el terreno real de la Historia, la concepción de Maquiavelo, que glorifica el principio de la fuerza, ha sabido abrirse camino, naturalmente. No la política de la humanidad, reconciliadora y compensadora, no la política "erasmista", sino la política del poder nacional, dispuesta a aprovechar toda ocasión en el sentido del Príncipe, ha determinado, desde entonces el dramático desenvolvimiento de la Historia europea. Generaciones enteras de diplomáticos han aprendido su frío arte en el libro de cálculo político del cruelmente perspicaz florentino; con sangre y hierro han sido dibujadas las fronteras entre las naciones, para desdibujarlas siempre de nuevo. La oposición, y no la colaboración, es lo que ha obligado a surgir apasionadas energías de lodos los pueblos de Europa. Nunca, hasta ahora, por el contrario, el pensamiento erásmico ha determinado la historia ni tenido influencia visible en la formación del destino europeo: el gran sueño humanístico de la resolución de las oposiciones en el espíritu de justicia, la anhelada unión de las naciones bajo el signo de una cultura común, ha seguido siendo una utopía, no ejecutada, y acaso (nunca ejecutable dentro de nuestra realidad.

Pero en el mundo espiritual, hay espacio para todo lo contradictorio: también lo que, en la realidad, nunca se aparece como victorioso, sigue siendo allí eficaz como fuerza dinámica, y precisamente los ideales irrealizables son los que se muestran como invencibles. Una idea que no llega a verse encarnada es, por ello, invencible, ya que no puede probarse su falsedad; lo necesario, aunque se dilate su realización, no por eso es menos necesario; muy a la inversa, sólo los ideales que no se han gastado y comprometido por la realización continúan actuando en cada generación como elemento de impulso moral. Sólo las ideas que no han sido cumplidas retornan eternamente. Por eso, en lo espiritual, no significa una desvaloración el que el ideal humanista, el erasmista, este primer intento visible de una inteligencia europea, no haya llegado nunca a la soberanía, y apenas, alguna vez, a ejercer algún efecto político. No incide en la esencia de la voluntad superpartidista el llegar a ser alguna vez un partido y una mayoría, y apenas puede esperarse que aquella santísima y sublime forma de vida de la serenidad goethiana pueda llegar jamás a ser forma y sentido del alma de las muchedumbres. Todo ideal humanístico, fundamentado en la amplitud de la concepción del mundo y la claridad del corazón, está destinado a no pasar de la situación de ideal espiritual y aristocrático, dado a muy pocos y administrado por éstos como una herencia que va de espíritu en espíritu y de generación en generación; pero, por otra parte, esta fe en un futuro destino de nuestra humanidad nunca se verá extraviada por completo en ningún tiempo, aunque éste sea de los más revueltos. Lo que Erasmo, este anciano desengañado, y sin embargo no excesivamente desengañado, nos dejó como herencia en medio de la confusión de la guerra y de las disensiones europeas, no era otra cosa si no el renovado y soñado antiquísimo deseo de todas las religiones y mitos de una futura y continua humanización de la humanidad y de un triunfo de la razón, clara y justa, sobre las pasiones egoístas y pasajeras: por primera vez dibujado de un modo pragmático, con mano insegura y frecuentemente abatida, este ideal, dotado de esperanzas siempre nuevas, se ha vivificado ante las miradas de diez o veinte generaciones europeas. Nada de lo que alguna vez fue pensado y dicho con claro espíritu y pura fuerza moral es del todo baldío; aun formado por una débil mano y de modo solamente imperfecto, incita al espíritu moral a una siempre renovada formación. Se conservará la gloria del Erasmo vencido en nuestro orbe terreno; la de haber señalado literariamente su camino en el mundo a la idea del humanismo; a la idea, la más sencilla y al mismo tiempo eterna, de que el supremo tema de la humanidad es llegar a ser cada vez más humana, cada vez más espiritual y comprensiva. Después de él, su discípulo Montaigne, para quien significa "la inhumanidad el peor de todos los vicios", "que je n´ai point le courage de concevoir sans horreur", sigue pronunciando el mensaje de la comprensión y la tolerancia. Spinoza reclama el "amor intellectualis" en vez de las ciegas pasiones; Diderot, Voltaire y Lessing, escépticos e idealistas al mismo tiempo, luchan contra la estrechez de opiniones en favor de una tolerancia que todo lo comprenda. En Schiller resucita el mensaje de la ciudadanía universal armado de poéticas alas; en Kant, la exigencia de la eterna paz; repetidamente, hasta Tolstoi, Gandhi y Rolland, el espíritu de concordia reclama, con fuerza lógica, sus derechos morales, junto al violento derecho del más fuerte. De nuevo, una y otra vez, precisamente en los momentos de más celosa separación, se abre camino la fe en una posible reconciliación de la humanidad, pues el género humano no podrá jamás vivir y crear sin este delirio consolador de una ascensión moral, sin este sueño de una última y final comprensión. Y aunque los cautos y fríos calculadores puedan volver a demostrar siempre la falta de porvenir del erasmismo, y aunque la realidad parezca darles cada vez la razón, siempre serán necesarios aquellos espíritus que señalan lo que liga entre sí a los pueblos más allá de los que los separa y que renuevan fielmente, en el corazón de la humanidad, la idea de una edad futura de más elevado sentimiento humano. En este legado actúa creadoramente una gran promesa.

Pues sólo lo que señala al espíritu el rumbo de lo general humano, por encima del propio campo de su vida, proporciona a cada individuo una fuerza sobre sus fuerzas. Sólo en las exigencias superpersonales y apenas realizables, experimentan los hombres y los pueblos la verdadera y santa medida de su capacidad.

FIN

 


 

 

 

CASTALION CONTRA CALVINO

STEFAN ZWEIG

 

ÍNDICE

CALVINO SE APODERA DEL PODER

LA "DISCIPLINA"

APARECE CASTALIÓN

EL CASO SERVET

EL ASESINATO DE SERVET

EL MANIFIESTO DE LA TOLERANCIA

UNA CONCIENCIA CONTRA LA FUERZA

LA FUERZA SE DESHACE DE LA CONCIENCIA

 

 

 

INTRODUCCIÓN

"Celui qui tombe obstiné en son courage, qui, pour quelque danger de la mort voisine, ne relâche aucun point de son assurance, qui regarde encore, en rendant l'âme, son ennemi d´une vue ferme et dédaigneuse, Il est battu, non pas de nous, mais de la fortune; Il est tué, non pas vainéu: les plus vaillants sont parfois les plus infortunés. Aussi y a-t-il des pertes triomphantes á l'envi des victoires...".

MONTAIGNE.

 

EL mosquito contra el elefante". Al principio produce un extraño efecto esta frase puesta por la propia mano de Sebastián Castalión en el ejemplar de Basilea de su escrito polémico contra Calvino y casi estaríamos a punto de sospechar que hay en ella una de las usuales exageraciones humanísticas.

Pero las palabras de Castalión no fueron pensadas de un modo hiperbólico ni irónico. Con tan tajante comparación, este valiente quería sólo mostrar con toda claridad a su amigo Amerbach, hasta qué punto y de qué modo trágico era patente para él a qué gigantesco adversario desafiaba, al acusar públicamente a Calvino de haber asesinado a un hombre, por pedantesco fanatismo, matando así la libertad de conciencia dentro de la Reforma.

Desde el momento en que Castalión alza, como una lanza, su pluma para esta peligrosa contienda, sabe con precisión la flaqueza de todo ataque puramente espiritual contra la prepotencia de una dictadura, armada de arneses y corazas, y, con ello, la falta de perspectivas victoriosas de su empresa. Pues ¿cómo podría un hombre aislado, inerme, combatir y vencer a Calvino, detrás del cual se alzan millares y decenas de millares de hombres, y además, por encima de eso, toda la máquina militar del poder del citado? Gracias a una magnífica técnica organizadora, logró Calvino convertir toda una ciudad, todo un Estado, con miles de ciudadanos, hasta entonces libres, en un rígido mecanismo de obediencia; extirpar toda autonomía individual, secuestrar toda libertad de pensamiento, en favor de su exclusiva doctrina. Todo lo que posee algún poder en la ciudad y en el Estado se somete a su omnipotencia; la totalidad de las autoridades y potestades, la municipalidad y el consistorio, la Universidad y el tribunal, las finanzas y la moral, los clérigos, las escuelas, los alguaciles, las prisiones, la palabra escrita, la hablada y hasta la murmurada en secreto. Su doctrina se ha convertido en ley, y a quien se atreva a alzar la más suave objeción, en su contra, pronto le enseñan la prisión, el destierro o la hoguera, este sencillo razonamiento que concluye cualquier discusión en toda tiranía espiritual, y es el de que, en Ginebra, sólo se consiente una única verdad y que Calvino es un profeta. Pero aun mucho más afuera de las murallas de la ciudad se extiende el siniestro poder de este hombre siniestro; las ciudades confederadas de Suiza ven en él almas importante coaligado político; el protestantismo universal elige al violentissimus Christianus por su caudillo espiritual, príncipes y reyes esfuérzanse por lograr el favor del adalid eclesiástico que, frente a la católico-romana, ha edificado en Europa la más poderosa organización de la cristiandad. No hay acontecimiento temporal político que se realice ya sin que él lo sepa, apenas ninguno contra su voluntad. Ya llegó a ser tan peligroso enemistarse con el predicador de Saint Fierre, como con el emperador o con el papa.

Y su adversario Sebastián Castalión, el cual, como idealista solitario, en nombre de la humana libertad de pensamiento, proclama su hostilidad contra ésta y cualquier otra tiranía espiritual, ¿quién es? Verdaderamente, — comparado con la fantástica plenitud de poderes de Calvino, — el mosquito contra el elefante. Un nemo, un nadie, un nada, en el sentido de pública influencia, y, además un indigente, un miserable hombre de letras, que, con traducciones y lecciones domésticas, sostiene trabajosamente mujer e hijos; un fugitivo en país extranjero, sin derechos de residencia ni de ciudadanía, doblemente emigrante: como siempre, en tiempos de fanatismo universal, el hombre de sentido humano se alza impotente y completamente solo en medio de los fanáticos combatientes. Durante largos años, este grande y modesto humanista arrastra la más mísera existencia, en las tinieblas de la persecución, en las de la pobreza, siempre en estrechez, pero también siempre libre, porque no está ligado a ningún partido ni se ha consagrado a ningún fanatismo. Sólo siente poderosas llamadas en su conciencia cuando el asesinato de Servet y se alza por encima de sus pacíficas obras literarias para acusar a Calvino en nombre de los violados derechos humanos; sólo entonces crece su soledad hasta lo heroico. Pues, no como a su adversario Calvino, habituado a la guerra cubre y rodea a Castalión una escolta organizada de un modo brutalmente cerrado y según un plan dispuesto; ningún partido, ni el católico ni el protestante, le ofrecen su apoyo; ningún gran señor, ningún emperador ni rey, tienen tendida sobre él su mano protectora, como en otro tiempo sobre Lutero y Erasmo, y hasta los escasos amigos que lo admiran, hasta ellos mismos, sólo en secreto se atreven a infundirle bríos. Pues ¡qué peligroso, qué mortalmente peligroso, es colocarse en público de parte de un hombre que, con impávido corazón, mientras que, en todos los países, los herejes, conforme a las opiniones de la época, son acosados y torturados como bestias de carga, alza su voz en favor de estos seres, esclavos y privados de derechos, y, pasando por encima del caso particular, les niega a todos los poderosos de la Tierra, de una vez para siempre, el derecho a perseguir a cualquier ser humano de esta misma Tierra a causa de sus opiniones! Un hombre que en uno de esos espantosos momentos de tinieblas espirituales, que, de cuando en cuando, caen sobre los pueblos, se atreve a conservar clara y humana su mirada y a llamar por su verdadero nombre a toda piadosa carnicería, aunque en apariencia sea ejecutada para gloria de Dios: ¡crímenes, crímenes y siempre crímenes! ¡Un hombre que provoca al combate, con el más profundo sentimiento humanitario, el único que no puede soportar el silencio y clama al cielo su desesperación por las inhumanidades que se cometen, luchando solo en favor de todos y solo contra todos! Pues nunca debe esperar muchos secuaces, en la eterna cobardía de nuestra terrena estirpe, aquel que alza su voz contra los déspotas y contra los que confieren el poder de la hora. De este modo, tampoco Sebastián Castalión, en las horas decisivas, tuvo detrás de sí a nadie más que a su sombra, y ningún medio de fortuna sino la única e inalienable propiedad del artista luchador: una conciencia inflexible en un alma impávida.

Mas justamente el que Sebastián Castalión conjeturara, desde el principio, la falta de perspectivas favorables de su lucha, y, a pesar de ello, obedeciendo a su conciencia, la emprendiera; este santo "no obstante" y "aunque así sea", glorifica como héroe, para todos los tiempos, a este "soldado desconocido" de la gran guerra de la liberación de la humanidad; ya el valor de haber alzado, aislada y solitariamente, una ardiente protesta contra un terrorismo universal, debe hacer memorable la hostilidad de Castalión a Calvino a los ojos de todo hombre espiritual. Pero también en el planteamiento interno del problema, sobrepasa en mucho esta discusión histórica a su motivo ocasional. Pues aquí no se trata de nada estrictamente teológico, no se trata del ser humano Servet, ni siquiera de la decisiva crisis entre el protestantismo liberal y el ortodoxo: en esta franca exposición de cuestiones es enunciado un problema mucho más dilatado y que se tiende por encima de los tiempos: riostra res agitur; inaugúrase una lucha, que, bajo otros nombres y en otras formas, tiene que volver a ser reñida siempre de nuevo. La teología no significa aquí nada más que una máscara accidental de la época, y hasta Castalión y Calvino sólo aparecen como exponentes sensibles de una invisible, pero irreductible, oposición. Es indiferente el nombre que se quiera dar a los polos de esta tensión permanente: ya tolerancia contra intolerancia, libertad contra tutela, humanidad contra fanatismo, individualidad contra mecanización, conciencia contra violencia; todos estos nombres expresan, en el fondo, una última, íntima y personalísima determinación: la de cuál elemento sea lo más importante para cada sujeto, lo humano o lo político, el ethos o el logos, la individualidad o la comunidad.

Esta implantación de límites entre la libertad y la autoridad, que siempre vuelve a presentarse como cosa precisa, no le es evitada a ningún pueblo, a ninguna época, ni a ningún hombre pensante: pues la libertad no es posible sin la autoridad (pues se convertiría en un caos) ni la autoridad sin la libertad (pues llegaría a ser tiranía). Es indudable que, en el fondo de la naturaleza humana, incide un misterioso afán de autodisolverse en la comunidad; permanece inextinguible nuestro primitivo impulso de encontrar determinado sistema religioso, nacional o social, que aporte para el total de la humanidad, con toda justicia, una paz y un orden definitivos. El Gran Inquisidor de Dostoiewski muestra, con dialéctica cruel, cómo la mayor parte de los hombres temen realmente a su propia libertad, y, en forma positiva, por fatiga frente a la agotadora pluralidad del problema, frente a la complicación y responsabilidad de la vida, la gran masa anhela una mecanización del mundo por medio de un orden definitivo, aplicable a todos, absoluto, que les quite de encima el trabajo de pensar. Esta mesiánica nostalgia de la supresión de los problemas de la existencia constituye el auténtico fermento que allana los caminos de todos los profetas sociales y religiosos: cuando los ideales de una generación han perdido su fuego y sus colores, necesitase sólo que se alce un hombre sugestivo y que sea declarado perentoriamente que él, y sólo él, ha encontrado o inventado las fórmulas nuevas; así, la confianza de millares de hombres se precipita hacia el presunto redentor de un pueblo o del mundo: una nueva ideología crea siempre al principio (y éste es su auténtico sentido metafísico) un nuevo idealismo sobre la tierra. Pues aquel que regala a los hombres con una nueva creencia en la unidad y en la pureza suscita primeramente en ellos las más santas fuerzas: su voluntad de sacrificio, su entusiasmó. Millones de seres humanos, como por efecto de un hechizo, están dispuestos a dejar que se apodere de ellos aquel hombre, a que su espíritu sea fecundado por él, hasta a ser esclavizados; y cuanto más exige de ellos tal proclamador y prometedor, más rendidos se le muestran. Aquello que aun ayer constituía su placer más alto, la libertad, arrójanlo de sí gustosos, por amor a él, para dejarse guiar aun más sin resistencia, y la antigua frase de Tácito "ruere in servitium" vuelve a cumplirse una y otra vez, en forma que, con una ardiente embriaguez de solidaridad, los pueblos se arrojan voluntariamente en la servidumbre y todavía glorifican al látigo con que se les golpea.

Ahora, para todo hombre espiritual, habría algo sublime en el pensamiento de que siempre es una idea, la fuerza más inmaterial de la Tierra, lo que realiza semejante inverosímil milagro de sugestión en nuestro mundo viejo, prosaico y dominado por la técnica, y con facilidad se caería en la tentación de admirar y celebrar a estos fascinadores del mundo por haber logrado con el espíritu transformar a la obtusa materia. Pero, de un modo fatal, estos idealistas y utópicos, inmediatamente después de su victoria, sé revelan como los peores traidores del espíritu. Pues el poder impulsa a la omnipotencia, la victoria al abuso de la victoria, y, en lugar de contentarse con haber entusiasmado a tantos hombres con su fe en su persona, hasta el punto de que están alegremente dispuestos a vivir y aun a morir por él, todos estos conquistadores caen en la tentación de transformar la mayoría en unanimidad y de querer imponer también su dogma a los que no pertenecen a ningún partido; no les basta con sus gentes acomodaticias, sus alabarderos, sus almas esclavas, los eternos concurrentes a todo movimiento, no, también quieren poseer como lisonjeadores y siervos suyos a los seres libres, a los pocos independientes, y, para erigir su dogma en exclusivo, estigmatizan como criminal, con el poder del Estado, toda opinión adversa. Eternamente, en todas las ideologías religiosas y políticas, se renueva esta maldición de que degeneren en tiranía tan pronto como se convierten en dictaduras. Más desde el momento en que un ser espiritual no confía ya en la fuerza inmanente de su verdad, sino que acude al poder seleccionador, le ha declarado ya la guerra a la libertad humana. No importa cuál sea la idea de que se trate: todas y cada una de ellas, desde el momento en que acuden al terror para uniformar y reglamentar ajenas convicciones, no son ya idealismo sino brutalidad. Hasta la verdad más pura, si es impuesta a otros hombres con violencia, se convierte en pecado contra el espíritu.

Mas el espíritu es un elemento misterioso. Inaprensible e invisible como el aire, parece acomodarse indulgente a todas las formas y fórmulas. Y esto lleva siempre engañados a los caracteres despóticos a la creencia de que se le puede exprimir por completo, encerrarlo, encorcharlo y servirlo mansamente en botellas. Pero con toda opresión se desarrolla su fuerza dinámica de reacción y justamente cuando está apretado y comprimido se convierte en fulminante y explosivo; toda opresión conduce, más pronto o más tarde, a una rebelión. Pues a la larga — ¡eterno consuelo! — es indestructible la independencia moral de la humanidad. Jamás triunfó, hasta ahora, el imponer dictatorialmente a toda la Tierra una única religión, una única filosofía, una única forma de opiniones, y jamás habrá de triunfarse en tal empresa, pues el espíritu siempre sabrá resistirse a todo sometimiento a servidumbre, siempre sabrá negarse a pensar según formas prescritas, a achatarse y a languidecer, a dejarse regir con cicatería y uniformidad. ¡Qué vulgar y vano es, por ello, todo esfuerzo que pretenda reducir a un común denominador la divina pluralidad de la existencia, dividir toda la humanidad en negra o blanca, en buenos y malos, en temerosos de Dios y herejes, en obedientes al Estado y en enemigos suyos, por razón de principios sólo establecidos en virtud del derecho de la fuerza! En todos los tiempos han de encontrarse espíritus independientes para sublevarse contra tal opresión de la libertad humana, "conscientious objectors", hombres decididos que se nieguen a servir a pesar de toda coacción de las conciencias y jamás podría darse una época tan bárbara, jamás una tiranía tan sistemática, sin que algunos individuos aislados hayan sabido zafarse a la opresión general de las masas y defiendan su derecho a una convicción personal contra los violentos monomaniacos que tratan de imponer su verdad, única y exclusiva. También el siglo XVI, aunque muy semejante al nuestro en la sobreexcitación de sus desaforadas ideologías, conoció algunas de esas almas, libres e insobornables. Si se leen las cartas de los humanistas de aquellos días, siéntese fraternalmente su profundo duelo por las perturbaciones causadas en el mundo por la violencia; con emoción, se sufre con ellos la repugnancia de su alma ante la estúpida gritería de mercado con que requieren al público los dogmáticos, cada uno de los cuales pregona: "Lo que enseñamos es verdadero y falso lo que no es enseñado por nosotros". ¡Ah! ¡Qué espanto estremece a estos conscientes ciudadanos de la Tierra ante estos inhumanos mejoradores de la humanidad, que han hecho irrupción en su mundo que cree en la belleza, y, con espumarajos en la boca, proclaman su brutal ortodoxia! ¡Oh! ¡Qué repugnancia experimentan en lo más profundo de sí mismos ante ese Savonarola, ese Calvino, ese John Knox, que quieren extirpar la belleza de sobre la Tierra y convertir el mundo en un seminario de moral! Con trágica perspicacia, reconocen todos aquellos hombres, sabios y humanos, el daño que estos frenéticos pedantes del fanatismo tienen que traer a Europa; ya escuchan el retiñir de las armas detrás de sus palabras exaltadas, y adivinan, en este odio, la inminente y espantosa guerra. Pero, aun sabiendo la verdad, estos humanistas no osan, sin embargo, combatir por ella. Casi siempre en la vida están repartidos los destinos: los que conocen no son los que hacen y los que hacen no son los que conocen. Todos estos trágicos y afligidos humanistas se escriben, unos a otros, conmovedoras y artísticas epístolas; se quejan, detrás de las cerradas puertas de sus cuartos de trabajo, pero ninguno se presenta en público y se opone al Anticristo. De cuando en cuando, desde la sombra, atrévese Erasmo a lanzar algunas flechas; Rabelais arranca con el látigo descomunales carcajadas bajo su traje de bufón; Montaigne, ese noble y prudente filósofo, pone en sus Ensayos las más elocuentes palabras, pero ninguno de ellos intenta intervenir seriamente e impedir ni una sola de aquellas infames persecuciones y ejecuciones. Con locos furiosos, según reconocen todos estos conocedores del mundo y que se han hecho prudentes por ello, no debe combatir el sabio; lo mejor, en tales tiempos, es refugiarse a la sombra, para no ser cogido y sacrificado.

Pero Castalión, — y ésta es su inmarcesible gloria — es el único de todos estos humanistas que avanza resueltamente al encuentro de su destino. De modo heroico, se atreve a alzar la voz en favor de los compañeros perseguidos y con ello se juega su propia existencia. Totalmente libre de fanatismo, aunque amenazado a cada instante por los fanáticos; en absoluto libre de pasión, pero con una firmeza tolstoyana, alza, como una bandera, por encima de aquellos furibundos tiempos, su declaración de que ningún hombre debe ser forzado jamás en sus opiniones y que sobre la conciencia de un ser humano no le es lícito nunca ejercer violencia a ninguna potestad de la Tierra; y como esta declaración no la formula en nombre de ningún partido sino en el del imperecedero espíritu de la humanidad, sus pensamientos, lo mismo que algunas de sus palabras, han quedado por encima del curso de los tiempos. Siempre, cuando están formulados por un verdadero artista, conservan su sello los pensamientos de un universal valor humano, que trascienden por encima de todos los tiempos; siempre son de mayor duración las declaraciones que enlazan al mundo entero que las particulares, doctrinarias y agresivas. Como modelo, sin embargo, para todas las generaciones posteriores debería ser conservado el valor, no por nadie imitado y digno de serlo, de este hombre olvidado. Pues cuando Castalión, a despecho de todos los teólogos del mundo, llama a Servet, víctima de Calvino, un asesinado inocente; cuando contra todos los sofismas de Calvino arroja estas inmortales palabras: "Matar a un hombre no es nunca defender una doctrina sino matar a un hombre"; cuando proclama, en su Manifiesto de la Tolerancia, de una vez para siempre, (mucho antes de que lo hagan Locke, Hume, Voltaire y de modo mucho más magnífico que ellos) el derecho a la libertad de pensamiento, entonces este hombre, como prenda de sus convicciones, se juega su vida. No, no se intente comparar la protesta de Castalión por el asesinato legal de Miguel Servet con las cien veces más célebres protestas de Voltaire en el caso de Calas y de Zola en el affaire Dreyfus: esas comparaciones no llegan, ni de lejos, a la altura moral de su acción. Pues Voltaire, cuando emprende la lucha en favor de Caías, vive ya en un siglo más humano; fuera de ello, detrás del poeta universalmente famoso, se alza la protección de reyes y de príncipes e igualmente se agolpa como un invencible ejército, detrás de Emilio Zola, la admiración de toda Europa, el mundo entero. Uno y otro arriesgan, con su acto de socorro, mucho de su reputación y de sus comodidades en favor de un destino ajeno, pero no su propia vida, como Sebastián Castalión, — y esta diferencia es decisiva —, el cual, en su combate en favor de la humanidad, sufrió, en todo su asesino furor, la inhumanidad de su siglo.

Del método y hasta el último fondo de sus fuerzas, pagó Sebastián Castalión el precio de su heroísmo moral. Conmueve el ver considerar cómo este proclamador de la benignidad, que no quiere servirse de ninguna otra arma sino de las puramente espirituales, es asfixiado por la fuerza bruta: ¡ay! siempre y en cada caso vuelve a advertirse lo falto de perspectivas de triunfo que se encuentra el hombre aislado, constantemente, sin otro poder detrás de sí que el moral del derecho, cuando se pone a luchar contra una cerrada organización. (Una vez que una doctrina ha conseguido adueñarse de los organismos del Estado y de todos sus instrumentos de presión, acude, sin pensarlo más, al terror; a quien discute su plena potencia se le corta la voz en la garganta, y, en general, también la propia garganta. Calvino no respondió jamás seriamente a Castalión; sólo se propuso hacerlo enmudecer.

Sus libros fueron destrozados, prohibidos, quemados, secuestrados; se arrancó violentamente en el cantón vecino, mediante presión política, la prohibición de que pudiera escribir, y no bien le es imposible ya responder, apenas le es dado ya justificarse, cuando caen calumniadoramente sobre él los alabarderos de Calvino: muy pronto no se trata ya de un combate, sino de una lamentable opresión ejercida sobre quien no puede defenderse. Pues Castalión no puede hablar, no puede escribir; sus obras yacen silenciosas en la anaquelería, mientras que Calvino tiene las imprentas y el pulpito, la cátedra y el sínodo, toda la maquinaria de la fuerza del Estado y la hace funcionar sin compasión alguna; cada paso de Castalión es vigilado, acechada cada una de sus palabras, detenida cada una de sus cartas: no es milagro que tal organización de mil cabezas haya triunfado de un hombre aislado; sólo una muerte prematura salvó literalmente a Castalión de la proscripción o de la hoguera. Pero tampoco ante su cadáver se detiene el odio frenético de los triunfadores dogmáticos. Hasta en la fosa, son arrojadas sobre él, como destructora cal, sospechas y calumnias y se derrama ceniza sobre su nombre; la memoria de este hombre único, que no sólo combatió contra la dictadura de Calvino, sino, en general, contra el principio de toda dictadura espiritual, debe quedar olvidada y perdida para todos los tiempos. La fuerza está a punto de lograr este último extremo contra el inerme; no sólo la acción de este gran humanista sobre aquel tiempo quedó estrangulada por aquella opresión metódica, sino que también, durante muchos años, estuvo ahogada su fama póstuma; aun hoy, un hombre culto no tiene que avergonzarse en modo alguno por no haber leído jamás el nombre de Sebastián Castalión, ni haberlo oído citar siquiera. Pues ¡cómo conocerlo cuando lo más esencial de su obra quedó injustamente apartado de la imprenta por la censura, durante decenios y centenios! Ningún impresor, en la proximidad de Calvino, osaba publicar sus escritos, y mucho tiempo después de su muerte, cuando aparecieron, era ya demasiado tarde para la debida fama. Mientras tanto, otros adoptaron las ideas de Castalión; bajo otros nombres es proseguido el combate en el cual él, el primer adalid, había caído demasiado pronto y casi sin ser notado. Muchos hombres están destinados a vivir en la sombra y morir en la oscuridad: los sucesores han recolectado la gloria de Sebastián Castalión, y aun hoy, en todos los libros escolares, puede leerse la errónea noticia de que Hume y Locke fueron los primeros que difundieron por Europa la idea de la tolerancia, como si la obra de Castalión sobre los heréticos no hubiese sido nunca escrita ni impresa nunca. Está olvidada su gran acción moral, la lucha a causa de Servet; olvidada la guerra contra Calvino, la del "mosquito contra el elefante"; olvidada su obra: una insuficiente imagen de ella dada por la edición conjunta holandesa de sus escritos, algunos manuscritos en Suiza y en las bibliotecas holandesas, algunas frases de gratitud de sus discípulos, eso es todo lo que queda de un hombre, a quien, con unanimidad, sus contemporáneos celebraron no sólo como a uno de los hombres más sabios, sino también como a uno de los más nobles de su siglo. ¡Qué deuda de gratitud hay que pagar aún hoy a este olvidado! ¡La monstruosa injusticia queda todavía por reparar! Pues la Historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista, no toma en cuenta más que los resultados; rara vez echa de menos una medida moral. Sólo contempla al vencedor y deja en la sombra a los vencidos; sin reflexionar, estos "soldados desconocidos" son arrojados a la fosa de los grandes olvidados; nulla crux, milla corona, ninguna cruz ni corona celebra sus actos de sacrificio, desconocidos por haber sido vanos. Mas, en realidad, no se puede calificar de vano ningún esfuerzo emprendido por una pura convicción, ninguna muestra moral de fuerza queda jamás totalmente perdida en el Universo. También, como vencidos, han realizado su sentido los que sucumbieron, los que llegaron demasiado pronto con un ideal que trascendía más allá de su tiempo; pues sólo creando testigos y convencidos que por ella vivan y mueran está viva una idea sobre la Tierra. Ante el espíritu, las palabras "victoria" y "derrota" cobran otra significación diversa, y por ello, será necesario siempre y siempre, en un mundo que sólo contempla los monumentos de los triunfadores, advertir que los verdaderos héroes de la humanidad no son aquellos que, por encima de millones de tumbas y de existencias destrozadas, erigieron su imperio transitorio, sino precisamente aquellos otros que sucumbieron inermes bajo la violencia, como Castalión bajo Calvino, en su lucha por la libertad del espíritu y el ilimitado avance de la humanidad sobre la Tierra.

 

CALVINO SE APODERA DEL PODER

EL domingo, 21 de mayo de 1536, solemnemente convocados por toques de clarín, se reúnen los ciudadanos de Ginebra en la plaza pública y declaran unívocamente, alzando las manos, que desde entonces sólo quieren vivir selon l'évangile et la parole de Dieu, "según el Evangelio y la palabra de Dios". Por el procedimiento del referéndum, esta institución archidemocrática todavía hoy usual en Suiza, es introducida, en la antigua residencia episcopal, la religión reformada como creencia de la ciudad y del Estado, como la única confesión válida y permitida. Pocos años habían sido menester para que la vieja fe católica, no sólo fuera rechazada, sino destruida y extirpada en la ciudad del Ródano. Amenazados por el populacho, huyeron de los conventos los últimos sacerdotes, canónigos, frailes y monjas; sin excepción, todas las iglesias quedan limpias de imágenes y otros testimonios de la "superstición". Este solemne día de mayo, sella ahora el triunfo definitivo: desde este momento, el protestantismo tiene legalmente en Ginebra no sólo la supremacía y la prepotencia, sino que es también el poder único. Esta implantación radical y sin reservas, de la religión reformada en Ginebra es, en lo esencial, obra de un único hombre exaltado y terrorista, del pastor Farel. Naturaleza fanática, frente estrecha pero férrea, temperamento poderoso y al propio tiempo sin escrúpulos, — "nunca en mi vida se me presentó hombre alguno tan arrogante y descarado" dice de él el suave Erasmo, — este "Lutero romano" ejerce un poder que sojuzga y constriñe a las masas. Pequeño, feo, con roja barba y erizados cabellos, inflama al pueblo desde el pulpito, con su voz atronadora y el ilimitado furor de su violenta naturaleza, en una febril rebelión, de sentimientos; lo mismo que Dantón en cuanto político, este revolucionario religioso sabe excitar los dispersos y recónditos instintos de la calle e inflamarlos para un decisivo golpe y ataque. Antes de la victoria, cien veces arriesgó Farel su vida, amenazado con pedradas en pleno campo; preso y desterrado por todas las autoridades; pero, con la primitiva fuerza acometedora y la intransigencia de un hombre dominado por una idea única, desbarata poderosamente toda resistencia. De un modo bárbaro, irrumpe en la iglesia católica con sus fuerzas asaltantes, mientras el sacerdote ofrece en el altar el sacrificio de la misa, y asciende arbitrariamente al pulpito para predicar en medio de los bramidos de sus partidarios contra la abominación del Anticristo. Formó, con chicos de la calle, una masa juvenil popular; pagó bandas de pilludos, que, durante el servicio divino, penetrasen en la catedral, y, con sus gritos, gruñidos y carcajadas, perturbaran el recogimiento; por último, cobrando valor de la afluencia cada vez más fuerte de partidarios, movilizó toda su guardia para un último ataque y los hizo penetrar violentamente en los conventos, arrancar las sagradas imágenes de las paredes y quemarlas. Este método de cruda violencia dio la razón debida a su buen éxito: como siempre, una pequeña pero activa minoría, en cuanto muestra valentía y no repara en usar del terror, amedrenta a una mayoría, grande pero indolente. Cierto que los católicos se quejaron del quebrantamiento del derecho y acudieron a la municipalidad, pero, al mismo tiempo, permanecieron resignados en sus casas, y, sin defensa alguna, acabó por fin el obispo por escaparse y abandonar la ciudad de su residencia a la victoriosa Reforma.

Pero ahora, en el triunfo, se manifiesta que Farel sólo corresponde al tipo del revolucionario improductivo, cierto que capaz, con su arrebato y fanatismo, de abatir un orden antiguo, pero que no está llamado a erigir uno nuevo. Farel es un injuriador pero no un formador, un rebelde pero no un constructor; era capaz, con su furia, de suscitar tormentas contra la Iglesia romana, de excitar el odio de las oscuras masas contra frailes y monjas, podía, con su iracundo puño, romper las pétreas tablas de la antigua ley.

Pero, delante de las ruinas, se queda perplejo y sin objeto. Ahora, que en el lugar de la expulsada religión católica habría que implantar en Ginebra una confesión nueva, desfallece Farel por completo; como espíritu puramente destructor, sólo sabía crear un espacio vacío para lo nuevo, pero jamás puede un revolucionario de las calles aparecer como espíritu constructivo. Con el derribo, queda terminada su acción; para reedificar tiene que surgir otro hombre.

No sólo Farel es el que pasa entonces por este crítico momento de incertidumbre, después de una victoria demasiado rápida; también en Alemania y en el resto de Suiza, vacilan los jefes de la Reforma, discordes e inciertos acerca del tema histórico que les fue adjudicado. Lo que Lulero, lo que Zwinglio habían querido ejecutar originariamente, no había sido otra cosa que una purificación de la Iglesia existente, un retorno de la fe desde la autoridad del papa y de los concilios a la olvidada doctrina evangélica.

Reforma, en un principio, no significaba en realidad otra cosa para ellos sino lo que expresa el sentido literal de la palabra: sólo reformar, mejorar, purificar, reencarnar lo antiguo. Pero como la Iglesia Católica persistiera rígidamente en su, punto de vista y no se encontrara dispuesta a ninguna concesión, acrecentóseles insospechadamente la tarea hasta tener que realizar la religión exigida por ellos fuera de la Iglesia Católica, en lugar de hacerlo dentro de ella; y al instante, al pasar de la destrucción a la producción divórcianse sus espíritus. Naturalmente que nada habría sido tan lógico, como el que los revolucionarios religiosos, Lutero, Zwinglio y los otros teólogos de la Reforma, se hubieran unido fraternalmente para una unitaria forma de fe y práctica de la nueva Iglesia ; pero ¿se consigue alguna vez establecer lo lógico y lo natural en el terreno de la Historia? En lugar de una Iglesia universal protestante, surgen por todas partes iglesias independientes; Wittenberg no quiere aceptar la doctrina divina de Zurich, y Ginebra, a su vez, tampoco adopta los usos de Berna, sino que cada ciudad quiere tener su Reforma, de un tipo diferente en Zurich, Berna o Ginebra; ya en esta crisis, se revela proféticamente la soberbia nacionalista de los Estados europeos en el espejo de disminución del espíritu cantonal. En pequeñas querellas, en teológicas nimiedades y convenios, dilapidan ahora sus mejores fuerzas, Lutero, Zwinglio, Melanchton y Karlstadt, todos los que habían minado reunidos el edificio gigantesco de la Ecclesia Universalis. Del todo impotente, sin embargo, encuéntrase Farel en Ginebra ante las ruinas del antiguo orden: eterna tragedia del ser humano que realizó por completo la misión histórica que le fue atribuida pero que no se siente con altura bastante para sus consecuencias y exigencias.

Por ello, fue una hora venturosa para el trágico triunfador aquella en que, por casualidad, se enteró de que Calvino, el célebre Jehan Calvin, se detenía un día en Ginebra en su viaje a Savoya. Al punto lo visitó en su posada, para pedirle consejo y suplicarle su auxilio para la obra de reconstrucción. Pues aunque fuera casi veinte años más joven que Farel, este hombre de veintiséis años pasaba ya por una autoridad indiscutible. Hijo de un arzobispal perceptor de derechos aduaneros y notario, nacido en Noyon, en Francia, educado en la severa disciplina del Colegio de Montaigu (lo mismo que Erasmo y que Ignacio de Loyola), destinado primero a la clerecía y después a ser jurista, Jehan Calvin (o Chauvin), a causa de haber tomado partido en favor de la doctrina luterana, había tenido que huir, a los veinticuatro años, de Francia a Basilea. Pero para él, en oposición a lo que les ocurre a la mayor parte de las gentes, las cuales, con la patria pierden también su fuerza interna, la emigración fue de provecho. Justamente en Basilea, esa encrucijada de Europa, donde las diferentes formas del protestantismo se encontraban y hostilizaban mutuamente, comprende Calvino, con la genial mirada del espíritu lógico que ve las cosas muy de lejos, cuál es la necesidad del momento. Ya las doctrinas evangélicas, hasta en su propio núcleo, están hechas astillas por tesis cada vez más radicales; ya panteístas y ateos, fanáticos y visionarios comienzan a descristianizar el protestantismo y a ultracristianizarlo; ya ha terminado en Munster, con sangre y horror, la espeluznante tragicomedia de los anabaptistas; ya la Reforma amenaza con despedazarse en sectas aisladas y convertirse en nacional, en vez de alzarse hasta llegar a ser un poder universal, al igual de su antagonista la Iglesia romana. Contra semejante diseminación, según columbra con la más perspicaz seguridad el hombre de veinticuatro años, tiene que ser encontrada una síntesis a su debido tiempo, una cristalización espiritual de la nueva doctrina en un libro, en un esquema, en un programa; tiene que ser por fin trazado un bosquejo creador del dogma evangélico. De este modo, este desconocido y joven jurista y teólogo, con la magnífica osadía de la juventud, se propone desde el primer momento, mientras los auténticos directores andan todavía gruñendo por cosas de detalle, atacar resueltamente el problema total, y, en un año de labor, crea, con sus Institiítio religionis Christianae (1535) el primer esbozo de la doctrina evangélica, el libro de enseñanza y guía, la obra canónica del protestantismo.

Esta Institutio es uno de los quince o veinte libros del mundo de los cuales es lícito decir, sin exageración, que han determinado el curso de la Historia y modificado la fisonomía de Europa; obra la más importante de la Reforma, después de la traducción de la Biblia de Lulero, este libro ejerció desde el primer momento influencia decisiva sobre los contemporáneos, por su lógica inflexibilidad, su constructiva energía. Un movimiento espiritual necesita siempre un hombre de genio que lo comience y un hombre de genio que lo termine. Lutero, el inspirador, puso en marcha a la Reforma; Calvino, el organizador, la detuvo antes de que se quebrara en mil sectas. En cierto sentido, la Institutio vino a terminar del todo la revolución religiosa, lo mismo que el Código de Napoleón la francesa; ambas, al trazar la raya final, realizan su suma; ambas le quitan a un movimiento torrencial, y más que torrencial, el ardiente fluir de su principio para imprimirle la forma de la ley y de la estabilidad. Con ello, de la arbitrariedad ha brotado el dogma; de la libertad la dictadura; de la agitación anímica una severa norma espiritual. A la verdad, como toda revolución que se detiene, también esta revolución religiosa pierde en su grado postrero, algo de su dinámica originaria; pero, como potencia terrena espiritualmente unida, álzase desde ahora, frente a la Iglesia católica, una Iglesia protestante.

Es propio de la fuerza de Calvino el que jamás haya suavizado o modificado la rigidez de sus fórmulas primeras; todas las sucesivas ediciones de su obra, significan en adelante una ampliación, pero en modo alguno una corrección de sus decisivas declaraciones primeras. A los veintiséis años de edad, antes de toda experiencia de la vida, de modo análogo a un Marx o a un Schopenhauer, ha meditado ya lógicamente y hasta sus últimas consecuencias su concepto del Universo, y todos los años sucesivos sólo han de servir para trasplantar al ámbito de la realidad sus ideas organizadoras. Ninguna palabra esencial será modificada ya en su obra, y en primer lugar, nada será modificado ya en su persona; no retrocederá ni un solo paso, ni dará uno único al encuentro de nadie. Con tal hombre, sólo cabe despedazarlo o ser despedazado por él. Es vano todo sentimiento intermedio en su favor o en su contra. No hay elección posible: o negarlo, o someterse a él por completo.

Ya en un primer encuentro, ya en una primera conversación, advirtió al punto Farel todo esto — y en ello hay grandeza humana. Y aunque fuera veinte años mayor, ya desde aquella hora sometióse por completo a Calvino.

Reconociólo como su guía y su maestro, convirtióse desde este instante en su fámulo espiritual, en su súbdito, en su esclavo. Jamás, en los treinta años siguientes, osará, pronunciará Farel ni una sola palabra de contradicción.

En toda lucha, en toda cuestión, tomará el partido de Calvino; se precipitará presuroso ante cualquier llamamiento suyo de donde quiera que llegue, para combatir a su favor y bajo sus órdenes. Como primero, presenta Farel el modelo de aquella obediencia que no pregunta nada, anticrítica, de entrega de sí mismo, que Calvino, el fanático de la subordinación, exige de cada ser humano como su deber supremo.

Una única pretensión alzó hacia él Farel en toda su vida, y ya desde esta misma hora: la de que Calvino, como el único digno de ello, tome a su cargo la dirección espiritual de Ginebra, y que, con su energía reflexiva, acometa la obra de reforma para dar cima a la cual el mismo Farel es demasiado débil.

Calvino dio noticia más tarde de durante cuánto tiempo y con qué violencia se negó entonces a prestar obediencia a esta sorprendente llamada. Siempre para el hombre espiritual es una resolución llena de responsabilidad la de abandonar la pura esfera del pensamiento para ingresar en la turbia política de la realidad. Este miedo secreto apoderóse también de Calvino. Vacila, titubea, alude a su juventud, a su inexperiencia; le suplica a Farel que prefiera dejarlo en su mundo creador de los libros y de los problemas. Por último, Farel se impacienta ante la obstinación de Calvino al sustraerse a su invocación, y con bíblica fuerza profética retumba su voz sobre el hombre indeciso. "Te escudas en tus estudios. Pero, en el nombre de Dios Todopoderoso, te anuncio que caerá sobre ti la maldición de Dios si le niegas tu ayuda a la obra del Señor y te buscas a ti mismo más que a Cristo".

Sólo esta apelación determina a Calvino y decide de su vida. Se declara dispuesto a establecer el orden nuevo en Ginebra: lo que hasta entonces mostró como palabra e idea debe en adelante llegar a ser acción y obra. En lugar de componer un libro, intentará ahora imprimir la forma de su voluntad en una ciudad y en un Estado.

Los contemporáneos son siempre los que menos saben de su tiempo. Los momentos más importantes pasan sin ser notados por delante de su atención y casi nunca la hora realmente decisiva encuentra en sus crónicas la correspondiente consideración. Esto mismo se advierte en el protocolo del consejo de Ginebra del 5 de setiembre de 1536 que consigna la proposición de Farel para emplear de un modo permanente a Calvino como "lecteur de la Sainte Escripture" y ni una sola vez se siente en la obligación de consignar allí el nombre de aquella persona que debía dar a Ginebra gloria ilimitada ante el mundo entero. De un modo seco, el secretario del Consejo anota simplemente el hecho de que Farel propuso que iste Gallus "este francés", continúe en sus funciones de pastor. Eso es todo. ¿Para qué molestarse en deletrear primero el nombre y estamparlo después en el acta? Parece ser sólo una decisión que a nada obliga el conceder un pequeño estipendio a este pastor extranjero que no tiene pan.

Pues el consejo municipal de la ciudad de Ginebra es todavía de opinión de que nada han hecho más que nombrar un empleado de ínfima categoría, que, en adelante, desempeñe su cargo con la misma humildad y obediencia que cualquier maestro de escuela recién colocado o un cajero, o un verdugo.

En todo caso, los honrados consejeros no son gente de letras; no leen en sus horas de ocio, ninguna obra teológica y de fijo que ninguno de ellos ha hojeado siquiera antes de entonces la Institutio religionis Christianoe de Calvino.

Pues sino, se habrán espantado mucho, porque allí, en claras palabras, está soberanamente establecido qué plenitud de poder pretende iste gallus para el pastor dentro de la comunidad: "Claramente debe ser aquí enunciado el poder de que deben estar investidos los pastores de la Iglesia. Como han sido nombrados como administradores y proclamadores de la palabra divina, tienen que atreverse a todo para forzar a los grandes y poderosos de este mundo a que se inclinen ante la Majestad de Dios y le sirvan. Tienen que mandarlo todo, desde lo más alto a lo más bajo; tienen que erigir los dogmas de Dios y quebrantar el imperio de Satán; proteger a las ovejas y extirpar a los lobos; tienen que amonestar e instruir a los dóciles y acusar y aniquilar a los que oponen resistencia. Pueden atar y pueden desatar; pueden fulminar excomuniones, pero todo ello conforme a la palabra de Dios".

Esta frase de Calvino "los pastores tienen que mandarlo todo desde lo más alto hasta lo más bajo", es indudable que pasó inadvertida para los consejeros de Ginebra, sino jamás habrían tendido tan rápidamente las manos hacia este hombre lleno de exigencias. Sin sospecha de que este emigrante francés que llamaban ellos a su iglesia estaba decidido, desde el principio, a ser señor de la ciudad y del Estado, invistiéronle en el cargo y la dignidad. Pero, a partir de este día, queda terminado su propio poder, pues, con la fuerza de su implacable energía, Calvino va a arrebatarlo todo para sí; sin escrúpulo alguno va a llevar a efecto sus exigencias totalitarias, y, con ello, a transformar una república democrática en una dictadura teocrática.

Ya las primeras medidas testimonian la lógica de largo alcance del pensamiento de Calvino y la resolución de su ánimo, consciente de sus metas. "Cuando llegué por primera vez a esta iglesia, — escribe más tarde acerca de esta época de Ginebra, — cuanto había aquí era lo mismo que nada. Se hacían sermones y pare usted de contar. Se recogían las imágenes de los santos y se les prendía fuego. Pero, sin embargo, no había aún ninguna Reforma y todo se encontraba en desorden". Pero Calvino es un ordenador nato: todo lo no sometido a reglas y ajeno a sistema repugna a su naturaleza de exactitud matemática. Si se quiere educar a los hombres en una nueva religión, se tiene primeramente que hacerles saber lo que deben creer y confesar. Tienen que poder distinguir claramente lo que es permitido y lo que es prohibido; todo imperio espiritual, lo mismo que todo imperio terreno, necesita sus visibles fronteras y sus leyes. Por ello, ya al cabo de tres meses, presenta Calvino un catecismo al consejo, el cual, en veintiún artículos, formula, con clara nimiedad, los fundamentos de la nueva doctrina evangélica, y este catecismo — hasta cierto punto el decálogo de la nueva iglesia, — es aceptado por el consejo con una adhesión fundamental.

Pero Calvino no se da por contento con una simple adhesión, exige una obediencia al pie de la letra y sin reserva alguna. No es en modo alguno suficiente para él el que esté formulada la doctrina, pues, con ello, siempre le queda el individuo algo de libertad, hasta el punto y con la extensión que quiera ligarse a ella. Calvino, sin embargo, no soporta jamás ni en ningún sentido la libertad en las cosas de la doctrina y de la vida. Ni un palmo de terreno quiere dejar a la convicción individual, en las cuestiones eclesiásticas y espirituales; la Iglesia, según su concepto, tiene, no sólo el derecho, sino también el deber de obligar fuertemente a todos los hombres a una incondicional obediencia a su autoridad, y ya la mera tibieza debe ser castigada de modo implacable. "Piensen otros lo que quieran, no soy yo de opinión de que nuestro cargo esté reducido a tan estrechos límites que, una vez pronunciado nuestro sermón, tengamos ya con ello terminado nuestro cometido, y nos sea lícito dejar ociosas las manos sobre nuestras rodillas". Su catecismo no debe constituir meramente una línea directora de la fe sino una ley del Estado; por ello, exige del Consejo que los ciudadanos de la ciudad de Ginebra sean obligados por la autoridad a que, individualmente, hombre tras hombre, confiesen y juren públicamente tal catecismo. De diez en diez, los ciudadanos, como niños de la escuela, conducidos por los" "anciens", deben dirigirse a la catedral y allí, alzando sus diestras, prestar el juramento cuyo texto sería leído en alta voz por el secretario de Estado. Pero quien se niegue a prestar este juramento, tiene al punto que ser obligado a abandonar la ciudad. Esto, con toda claridad y de una vez para siempre, quiere decir que de entonces en adelante, a ningún ciudadano le será lícito vivir dentro de las murallas de Ginebra si, en las cuestiones eclesiásticas, disiente, aunque sólo sea en el grueso de un cabello, de las exigencias y concepciones de Juan Calvino. Se acabó en Ginebra la "libertad del hombre de Cristo", exigida por Lutero, el concepto de la religión como un asunto individual de conciencia: el Logas triunfó sobre el Ethos, la letra sobre el espíritu de la Reforma. Se terminó en Ginebra toda especie de libertad desde que Calvino penetró en la ciudad; una única voluntad impera ahora sobre todo.

Una dictadura no puede ser pensada ni sostenida sin violencia. Quien quiere conservar el poder, necesita tener medios coactivos entre sus manos; quien quiere mandar, tiene que poseer también el derecho de castigar. Ahora, Calvino, conforme al decreto de su nombramiento, no tendría ni el más mínimo derecho para decretar purificaciones por delitos eclesiásticos. Los consejeros designaron un "lecteur de la Sainte Escripture" para que explique a los creyentes libros santos; un pastor para que predique y amoneste a la comunidad a fin de que siga en la recta creencia en Dios. Pero la facultad de castigar por su conducta legal y moral, a los ciudadanos, pensaba naturalmente el consejo reservarla para su propia jurisdicción. Ni Lutero ni Zwinglio ni ningún otro de los reformadores habían hasta entonces tratado de disputar este derecho y esta facultad a los magistrados civiles; mas Calvino, como naturaleza autoritaria, emplea al instante su gigantesca voluntad en rebajar al consejo municipal hasta que sea un órgano puramente ejecutivo de sus órdenes y disposiciones. Y como a él, legalmente, no le es atribuida ninguna jurisdicción, proporciónasela por su propio derecho, mediante el establecimiento de la excomunión: con una mutación genial, transforma el religioso misterio de la comunión en un instrumento de poder y de presión de carácter personal. Pues el pastor calvinista sólo admitirá a la cena del Señor "a aquellos cuya conducta moral le parezca personalmente irreprochable. Pero aquel a quien el pastor niegue la comunión, — y aquí se manifiesta toda la gravedad de esta arma de dominio, — está civilmente muerto. A nadie le es lícito hablar con él, nadie debe venderle cosa alguna o comprarla de él; con ello, la medida decretada por la autoridad eclesiástica, y en apariencia puramente religiosa, se convierte al instante en un boicot social y mercantil; entonces, en el caso de que el excluido continúe aún sin capitular, y se niegue a hacer la penitencia pública prescrita por el pastor, ordena Calvino su destierro. Un enemigo de Calvino, aunque, por otra parte sea el ciudadano más digno de consideración, no puede, según ello, continuar viviendo en Ginebra, por mucho tiempo; todo hombre malquisto con los eclesiásticos está, desde entonces, amenazado en su existencia civil.

Con este rayo entre las manos, Calvino puede destruir a todos los que le opongan resistencia; con un único y osado zarpazo, ha empuñado en sus manos una incendiaria tea y una piedra de rayo tal como anteriormente ni siquiera el obispo de la ciudad era capaz de fulminarlas. Pues, dentro del catolicismo, se requería siempre una ilimitada serie de instancias, cada vez más altas, antes de que la Iglesia se resolviera a expulsar de sí públicamente a uno de los que le pertenecían; la excomunión era un acto que excedía de lo personal y plenamente sustraído a la arbitrariedad individual; Calvino, no obstante, aspirando a sus fines y despiadado en su voluntad de poder, sitúa este derecho de anatema, que puede aplicarse a diario y de modo cada vez menos sometido a reglas, en manos del pastor y del consistorio; hace de esta espantosa amenaza un castigo casi constante, y, como psicólogo que comprende bien los efectos del terrorismo, con la amenaza de tal castigo, convierte casi en ilimitado su poder personal. Cierto que, trabajosamente, logra aún establecer la municipalidad que la administración de la comunión sólo tenga lugar cada trimestre, y no todos los meses, como exigía Calvino. Pero sólo esta vez se dejará arrebatar Calvino su arma más poderosa, pues, únicamente con ella, puede, en realidad, dar comienzo a su auténtico combate: la lucha por la totalidad del poder.

En general, pasa siempre algún tiempo antes de que un pueblo advierta que paga las transitorias ventajas de una dictadura, su austera disciplina y su robusta fuerza colectiva de acometimiento, con los derechos personales del individuo, y que, innegablemente, cada nueva ley se paga al precio de una antigua libertad. También, en Ginebra, esta conciencia no fue suscitándose, sino sucesivamente. Con honrado pecho, los ciudadanos dieron su asentimiento a la Reforma; por su libre voluntad se reunieron en el público mercado para confesar la nueva fe, levantando la mano como hombres ya no independientes. Pero, por el contrario, se subleva su orgullo republicano con el hecho de ser llevados de diez en diez, bajo la vigilancia de un alguacil, como galeotes, a través de la ciudad, para prometer obediencia en la iglesia, con solemne juramento, a cada párrafo del señor Calvino. No protegieron una reforma de las costumbres más severa para ser ahora amenazados a diario con poco reparo, por ese nuevo pastor, con proscripciones y destierros, simplemente porque alguna vez hayan cantado regocijadamente ante un vaso de vino, o llevado vestiduras que al señor Calvino o a Farel les parezcan demasiado abigarradas o sensuales. Y ¿quiénes son propiamente esas gentes que se conducen con tanto imperio?, comienza a preguntarse el pueblo. ¿Son ciudadanos de Ginebra? ¿Son gentes de antiguo allí establecidas que han colaborado a la grandeza y riqueza de la ciudad, bien probados patriotas, ligados y hermanados secularmente a las mejores familias? No; son recién llegados, que, como fugitivos, vinieron de otro país, de Francia. Se les recibió con hospitalidad, se les dio pan y sustento y una colocación bien retribuida y ahora se atreve, aquel hijo de preceptor de aduanas del país vecino, que al instante trajo a su caliente nido a su hermano y a su cuñado, a injuriar y a reprender a los ciudadanos afincados en la ciudad! ¡ Un refugiado, que vive de un empleo dado por ellos, se abroga el papel de determinar a quién le es lícito, y a quién no, permanecer en Ginebra! Siempre, al principio de una dictadura, mientras las almas libres no están todavía envueltas en niebla y los independientes no han sido expulsados, la resistencia encuentra cierta densidad: en público, declaran en Ginebra las gentes de opiniones republicanas que en todo pensaban menos en dejarse reprender desde el pulpito "como si fueran ladrones de caminos". Calles enteras, ante todo la rué des Allemands, se niegan a prestar el exigido juramento, se quejan en alta voz y con rebeldía de que ni prestarán el juramento ni mucho menos abandonarán su ciudad natal, por mandato de aquel vagabundo hampón francés. Cierto que consigue Calvino comprometer al "consejillo", que le es fiel, para que en realidad penda la pena del destierro sobre los que se nieguen a jurar; pero, en realidad, no se atreven ya a ejecutar la impopular medida y el resultado de una nueva elección ciudadana muestra claramente que la mayoría de la ciudad ha comenzado a levantarse contra las arbitrariedades de Calvino. Las gentes que le son incondicionalmente fieles pierden la supremacía en el nuevo consejo de febrero de 1838; una vez más, supo la democracia de Ginebra defender su voluntad contra las pretensiones autoritarias de Calvino.

Calvino había avanzado en forma harto impetuosa. Los ideólogos políticos tasan siempre como demasiado baja la resistencia fundada en la pereza de la materia humana; siempre piensan que las renovaciones decisivas podrán realizarse de modo tan rápido en el terreno de lo real como en lo interno de sus espirituales construcciones. La prudencia tenía ahora que regir a Calvino mientras no lograra volver a conquistar a las autoridades civiles, hacerle proceder de modo más suave, pues todavía se halla su asunto en una situación favorable; tampoco el consejo recién elegido le opone otra cosa sino prudencia, en modo alguno hostilidad. Hasta sus más francos adversarios han tenido que reconocer, en este breve plazo, que una incondicional voluntad de moralización reside en el fondo del fanatismo de Calvino; que este hombre impetuoso no procede movido por un estrecho orgullo sino por una gran idea. A su vez, su hermano de armas; Farel, continúa siendo siempre el ídolo de la juventud y de la gente de la calle; de este modo, fácilmente podría ser dulcificada la tensión, si Calvino empleara un poco de prudencia diplomática y acomodara sus pretensiones ofensivamente radicales, a las más circunspectas concepciones de la burguesía.

Pero, en este punto, chócase con el granítico fondo del carácter de Calvino, con su rigidez de hierro.

Nada fue más ajeno a este gran fanático durante toda su vida que la conciliación. Calvino no conoce ningún término medio; un solo camino, el suyo. Para él, sólo existe todo o nada; la autoridad plena o el total aniquilamiento. Jamás concertará un compromiso, pues tener derecho y ejercitarlo es para él una propiedad hasta tal punto funcional que en modo alguno puede comprender ni concebir que ningún otro pueda igualmente tener también derecho, considerando las cosas desde su propio campo. Para Calvino, es axiomático que sólo él es el llamado a enseñar y los otros lo están a aprender de él; literalmente, con la más sincera y honrada convicción dice, "recibo de Dios lo que enseño y eso fortalece en mí la conciencia". Con una espantosa y siniestra seguridad en sí mismo, coloca sus afirmaciones al nivel de la verdad absoluta, — "Dieu m'a fait la gráce de déclarer ce qu'est bon et mauvais", — y siempre, este poseído de sí mismo vuelve a sentirse exasperado y agitado cuando cualquier otro se arriesga a manifestar una opinión contraria a la suya. Ya la contradicción provoca en Calvino una especie de ataque de nervios; hasta lo más profundo de lo corporal alcanza la sensibilidad de su espíritu; el estómago se le revuelve y vomita bilis, y aunque el adversario proceda del modo más objetivo y sabio posible al exponer sus objeciones, ya el solo hecho de que se haya atrevido a pensar de otro modo que él, conviértelo personalmente para Calvino en mortal enemigo y más allá de lo que a él le afecta, en enemigo del mundo, en enemigo de Dios. Serpientes que silban contra él, perros que le ladran, bestias, bribones, siervos de Satán, de este modo designa en su vida particular este hombre exagerado y desmedido a los primeros humanistas y teólogos de su tiempo; "la honra de Dios" está ofendida en su "siervo", no bien alguien contradice a Calvino, aunque sólo sea de un modo totalmente académico; la "Iglesia de Cristo está amenazada", no bien alguien osa llamar, ad personam, ansioso de dominio el pastor de San Pedro. Sostener conversaciones ambiguas con algún otro no significa más para Calvino sino que aquel otro tiene que convertirse a su opinión y confesarla: a lo largo de toda una vida, este espíritu, en general tan perspicaz, no dudó ni un solo momento de su título exclusivo para exponer la palabra de Dios y para ser el único que la conociera.

Pero precisamente por esta rígida fe en sí mismo, por esta profética posesión de sí mismo, por esta magnífica monomanía, se mantuvo firme en el terreno de lo real; sólo su inconmovilidad de piedra, su rigidez férrea e inhumana, explica el secreto de su triunfo político. Pues sólo esta posesión de sí mismo, sólo este magnífico y limitado convencimiento, convierte, en la Historia Universal, a un hombre en conductor de hombres. Jamás la humanidad, que siempre se entrega al sugestionador, se sometió a los pacientes y justos, sino sólo a los grandes monomaniacos que encuentran en sí el valor de enunciar su verdad como la única posible, su voluntad como la fórmula fundamental de la ley del universo. No produce, por lo tanto, el más mínimo efecto sobre Calvino el que la mayoría del nuevo consejo de la ciudad se alce en contra suya y le recomiende del modo más cortés, que, a causa de la paz, prescinda de esas rudas amenazas y excomuniones y se ajuste a la concepción más indulgente del sínodo de Berna: un obstinado como Calvino no acepta ninguna paz razonable, si tiene que ceder aunque no sea más que una tilde. Todo compromiso es completamente imposible para su naturaleza autoritaria y en el momento en que la municipalidad le contradice, aquel hombre, que exige de los otros la más incondicional subordinación ante todo superior, se convierte plenamente, sin reflexionarlo, en un revolucionario contra las autoridades legales. Abiertamente, injuria el "consejillo" desde el pulpito y proclama "que prefiere morir antes que arrojar a los perros el santo cuerpo del Señor". Otro pastor llama, en la iglesia, el consejo de la ciudad, una "colección de borrachones"; lo mismo que un bloque de roca, rígido e inconmovible, los partidarios de Calvino se oponen a la pública autoridad.

Este provocativo apoyo del cuerpo de pastores en contra de su jurisdicción, no puede soportarlo el consejo municipal.

Al principio, envía un mandamiento declarando, de modo que no puede dejar lugar a torcidas interpretaciones que no puede seguir abusándose del pulpito para fines políticos, sino que allí únicamente debe ser expuesta la palabra de Dios. Pero como Calvino y los suyos pasan tranquilamente por encima de esta disposición oficial, no resta sino prohibir a los pastores que asciendan al pulpito; el más desafiador de entre ellos, Courtauld, hasta llega a ser encarcelado a causa de publica excitación al motín.

Con ello, está declarada la guerra franca entre la fuerza eclesiástica y civil. Pero Calvino la acepta resueltamente. Acompañado por sus partidarios, penetra violentamente en la catedral de San Pedro, asciende tercamente al pulpito vedado para él y como partidarios y adversarios de uno y otro bando invadan la iglesia con espadas, los unos para proteger el prohibido sermón, los otros para impedirlo; originase un espantoso tumulto y están a punto de llegar a unas Pascuas de sangre. Está terminada ahora la paciencia de la municipalidad. Convoca al gran consejo de los doscientos, la instancia suprema, y le plantea la cuestión de si se debe despedir a Calvino y los demás, que han desdeñado obstinadamente las órdenes de municipio. Una abrumadora mayoría responde que sí. Los eclesiásticos rebeldes son depuestos de sus cargos y se les indica enérgicamente que, en el plazo de tres veces veinticuatro horas, tienen que abandonar la ciudad. El castigo de destierro con el que Calvino, en los últimos diez y ocho meses, amenazaba a tantos ciudadanos de Ginebra, le ha alcanzado ahora a él mismo.

El primer asalto de Calvino a Ginebra está fracasado. Pero tal revés, en la vida de un dictador, no significa nada peligroso. Por el contrario, casi corresponde forzosamente a la definitiva ascensión a una ilimitada posesión de poder, el que el principio se sufra esta dramática derrota. Destierro, prisión, confinamiento, jamás se muestran como obstáculos para el gran revolucionario universal sino sólo como exigencias de su popularidad; para ser divinizado por las masas, hay que haber sido mártir, y precisamente el ser perseguido por un sistema odiado le proporciona al principio a un conductor de pueblos la preparación anímica necesaria para sus posteriores y decisivos triunfos sobre las masas, porque, por medio de aquella simbólica prueba, se eleva hasta lo místico, ante el pueblo, el nimbo del jefe futuro.

Nada es más necesario para un gran político como el desaparecer por el foro de cuando en cuando, pues justamente por su invisibilidad, se convierte en legendario; corno una nube, la fama glorificadora envuelve su nombre, y, a su regreso, avanza a su encuentro una expectación cien veces acrecida, que, sin su intervención, se ha formado, por decirlo así, de la atmósfera. Casi todos los héroes populares de la Historia, han adquirido la máxima fuerza sentimental sobre su nación por medio de un destierro: César en las Galias, Napoleón en Egipto, Garibaldi en América del Sur, Lenin en los montes Urales, se hicieron más fuertes por medio de su ausencia de lo que lo hubieran sido con su presencia, y ése es también el caso de Calvino.

A la verdad, en aquella hora de la expulsión, Calvino parece, según todas las previsiones, un hombre acabado. Su organización está destrozada, su obra plenamente fracasada y nada parece quedar de su actividad sino el recuerdo de una fanática voluntad de orden y algunas docenas de abandonados amigos. Pero vienen en su auxilio, como en el de todas las naturalezas políticas, que, en lugar de pactar en los momentos peligrosos se retiran resueltamente, las faltas de sus sucesores y adversarios.

Trabajosamente, encontró la municipalidad, en lugar de las imponentes personalidades de Calvino y Farel, algunos dóciles pastores que, por miedo de llegar a hacerse odiosos al pueblo con medidas agudas, prefieren dejar que las riendas arrastren negligentemente por el suelo, en lugar de empuñarlas tirantes en sus manos. Bajo su gobierno, la obra de la Reforma en Ginebra, tan enérgicamente comenzada por Calvino, y hasta con exceso de energía, queda detenida muy pronto, y tal inseguridad en las cosas de la le se apodera de los ciudadanos que la oprimida Iglesia católica va, poco a poco, cobrando nuevos ánimos, e intenta, por medio de prudentes mediadores, volver a conquistar a Ginebra para la fe romana. La situación va siendo crítica, cada vez más crítica; poco a poco, los mismos reformados, para quienes Calvino había sido demasiado duro y severo, comienzan a intranquilizarse y a preguntar si, en resumidas cuentas, tal azote dé bronce no habría sido más de desear que el caos que les amenaza. Cada vez con mayor insistencia los ciudadanos, hasta algunos de los anteriores adversarios, invitan a que vuelva a ser llamado el desterrado; por último, el consejo municipal no ve ningún otro refugio sino acceder al general deseo popular. Las primeras embajadas y cortes a Calvino son aún preguntas suaves y prudentes; pero bien pronto se convierten en más francas e insistentes. De modo que no puede desconocerse, la invitación se transforma en ruego: bien pronto el consejo no le escribe ya a Monsieur Calvino que puede regresar para servir a la ciudad, sino que se dirige al Maítre Calvino; por último literalmente de hinojos, los desaconsejados señores del consejo suplican al "buen hermano y único amigo" que vuelva a tomar a su cargo el puesto de pastor, y va ya añadida la promesa de "portarse de tal modo con él, que tenga motivos para estar contento." Si Calvino hubiera poseído un carácter humilde y pudiera contentarse con un triunfo razonable, se daría por pagado con la satisfacción de ser vuelto a llamar de modo tan suplicante por la ciudad que dos años antes lo había expulsado despreciativamente. Pero quien aspira a todo no se dejará satisfacer jamás con términos medios, y, Calvino, en ésta su cuestión más sagrada, no se mueve por vanidad personal sino por la victoria de la autoridad. No quiere, por segunda vez, ser paralizado en su obra por cualquier funcionario; si regresa, no será permitido que haya en Ginebra más que una sola válida voluntad: la suya. Antes de que la ciudad no se le rinda con las manos atadas, y de que se declare de modo definitivo sometida a él, niégase Calvino a toda promesa, y, con un horror tácticamente exagerado, rechaza durante largo tiempo las ofertas insistentes. "Prefiero la muerte mil veces a comenzar otra vez aquellos anteriores y atormentadores combates", escríbele a Farel. No da ni un solo paso hacia su anterior adversario. Por último, cuando la municipalidad suplica ya de rodillas a Calvino para que regrese, hasta su más íntimo amigo Farel se impacienta y le escribe: "¿Esperas acaso a que te llamen hasta las piedras". No obstante, Calvino permanece firme hasta que Ginebra se le rinde a discreción. Sólo cuando han prestado el juramento de cumplir el catecismo y la exigida "discipline" según la voluntad del reformador; sólo cuando los consejeros dirigen humildes cartas a la ciudad de Estrasburgo rogando fraternalmente a los ciudadanos de allí que les cedan a aquel hombre imprescindible; sólo cuando Ginebra se ha rebajado, no ya ante él sino ante el mundo, cede Calvino y se declara finalmente conforme con ejercer su antiguo cargo, pero con renovada plenitud de poderes. Como una ciudad vencida a su conquistador, así se prepara Ginebra para la recepción de Calvino. Hácese todo lo imaginable para apaciguar su enojo. Los antiguos y severos edictos son vueltos a poner en vigor a toda prisa, sólo para que Calvino encuentre ya anticipadamente ejecutadas sus disposiciones eclesiásticas; personalmente, toma a su cargo consejillo el elegir una conveniente residencia, con jardín, para el deseado eclesiástico y adoptar las necesarias disposiciones para su amueblamiento. Del modo más propio, es construido de nuevo al viejo pulpito de Saint Fierre, a fin de que sea más cómodo para sus conferencias y la figura de Calvino sea en todo momento visible para todos los presentes. Un honor sigue a otro honor: antes aun de que pueda haber partido de Estrasburgo, es enviado a su encuentro un heraldo, a fin de que, por el camino, le salude en nombre de la ciudad; a expensas de la burguesía, es traída solemnemente su familia. Por fin, el 13 de setiembre el coche de viaje se aproxima a la puerta de Cornavin, y al punto se reúne gran muchedumbre de gentes para acompañar, con gran júbilo, al que regresa, hasta dentro de los muros de la ciudad. Blanda y manejable como cera tiene ahora Calvino a la ciudad entre sus manos y no cesará hasta que haya creado de ella la obra de arte de su plástico pensamiento. Desde esta hora, ya no es posible separar uno de otro a Calvino y Ginebra, al espíritu y lo formado; al creador y la criatura.

 

LA "DISCIPLINA"

EN la hora en que este hombre flaco y duro, vestido de negro con una flotante sotana eclesiástica, penetró por la Puerta de Cornavin, comienza uno de los experimentos más memorables de todos los tiempos: un Estado, con innumerables células vivientes y palpitantes, debe transformarse en un mecanismo rígido; un pueblo, con todos sus sentimientos y pensamientos, ser convertido a un sistema único; es el primer ensayo de completo gobierno igualitario de todo un pueblo, que aquí, dentro de Europa, es emprendido en nombre de una idea. Con una gravedad demoníaca, una magnífica y sistemática reflexión, prosigue Calvino su plan audaz de hacer de Ginebra el primer Estado de Dios sobre la Tierra: una res publica sin la terrena grosería, sin corrupción, desorden, vicio y ni pecados: la verdadera, la nueva Jerusalén, de la cual debe proceder la salvación de todo el orbe terráqueo.

Esta idea única llena desde entonces su vida, y su vida, a su vez, es vivida únicamente en servicio de esta única idea. Tremendamente serio, santamente sincero es este ideólogo de bronce en su sublime utopía, y nunca, en el cuarto de siglo de su dictadura espiritual, dudó ni por un momento de que no hacía más que mejorar a los hombres el privarlos, sin consideración alguna, de toda libertad individual. Pues, con todas sus exigencias, con su insoportable exceso de exigencias, este piadoso déspota pensaba que no pretendía otra cosa de los hombres sino que vivieran rectamente, esto es, conforme a la voluntad y las prescripciones de Dios.

Esto, a primera vista, parece en realidad sencillo e incontrovertiblemente claro. Pero ¿cómo puede reconocerse esta voluntad de Dios? ¿Dónde hallar sus instrucciones? En el Evangelio, responde Calvino, y sólo en el Evangelio. Allí, en ese escrito eternamente vivo, respira y palpita la voluntad y la palabra de Dios. No por casualidad nos fueron conservados los libros sagrados. Expresamente tomó Dios la palabra en su transmisión, a fin de que sus mandamientos sean fácilmente reconocibles y tenidos en cuenta por los hombres. Este Evangelio existía antes de la Iglesia y se alza por encima dé la Iglesia, y no hay ninguna otra verdad fuera y más allá ("en dehors et au déla") del Escrito Santo. Por ello, en un Estado verdaderamente cristiano, la palabra bíblica, "la parole de Dieu" tiene que ser la única máxima de las costumbres, del pensamiento, de la fe, del derecho y de la vida, pues es el libro de toda sabiduría, de toda justicia y de toda verdad. Al principio y al fin, álzase para Calvino la Biblia; toda resolución en todos los asuntos se fundamenta en su palabra escrita.

Con esta introducción de la sagrada palabra como suprema instancia de toda conducta terrestre, en realidad Calvino no parece hacer más que reproducir literalmente la tan conocida exigencia primitiva de la Reforma. Pero, en verdad, da un paso inmenso más allá de la Reforma y se aleja por completo de su círculo originario de ideas. Pues la Reforma había comenzado como un movimiento de libertad espiritual y religioso, quería poner libremente el Evangelio en las manos de todo hombre; en lugar del papa de Roma y del concilio, debía ser la convicción individual lo que diera forma al cristianismo. Esta "libertad del Cristiano" introducida por Lutero, arrebátasela Calvino a la persona humana sin escrúpulo alguno como toda otra forma de libertad espiritual; la palabra del Señor es del todo clara para su propia inteligencia individual, por lo tanto, exige dictatorialmente que se ponga término a toda futura interpretación y sutilización de la doctrina divina; él sólo es el llamado a explicarla; inconmovible como las agujas de piedra que ostentan las catedrales, la palabra de la Biblia debe "permanecer fuera de todo alcance", a fin de que la Iglesia no caiga en vacilaciones. Nada más que el logos spermatikos, la eterna verdad que continúa creándose y transformándose, debe abrirse paso y actuar en adelante, pero, de una vez para siempre, sólo será válida en la interpretación determinada por Ginebra.

Con esta exigencia de Calvino, queda de fació establecida una nueva ortodoxia, una ortodoxia protestante en lugar de la pontificia, y, con razón, ha sido llamada esta nueva forma de dictadura dogmática, una “bibliocracia”. Pues un único libro es ahora señor y juez en Ginebra, Dios el legislador y su ministro Calvino el único intérprete titular de esta ley.

El es el “juez” en el sentido de la Biblia mosaica, y su fuerza se alza incontrovertible por encima de los reyes y de los pueblos. La interpretación bíblica del consistorio determina exclusivamente ahora, en lugar del municipio y del derecho civil, lo que está permitido y lo que es prohibido y ¡ay de aquel que ose oponerse a esta coacción en cualquier particularidad! Pues será juzgado como rebelde contra Dios todo aquel que se subleve contra la dictadura de los pastores y será escrito con su sangre en breve plazo el comentario a los Escritos Santos. Siempre, un despotismo dogmático que trae su origen de un movimiento de libertad es más duro y severo contra la idea de libertad que todo poder hereditario. Siempre, aquellos que tienen que agradecer su dominio a una revolución, son más tarde los menos considerados y los más intolerantes contra toda novedad.

Todas las dictaduras comienzan por una idea. Pero toda idea sólo adquiere forma y color gracias a los hombres que la realizan.

Indefectiblemente, la doctrina de Calvino, como creación espiritual, tiene que asemejarse a su creador y sólo se necesita contemplar su semblante para saber con anticipación que aquélla tiene que ser más dura, morosa y lúgubre que ninguna anterior exégesis del cristianismo. El rostro de Calvino es como un yermo, como uno de aquellos paisajes de rocas, solitarios y apartados de todo, en cuya muda taciturnidad sólo Dios está presente, pero nada humano.

Todo lo que hace que la vida, habitualmente, sea fecunda, plena, alegre, floreciente, cálida y sensual, falta en este desolado semblante de asceta, sin bondad y sin edad. Todo es duro y feo, esquinado o inarmónico en este lúgubre y largo óvalo de rostro: la frente estrecha y severa, bajo la cual llamean, como carbones encendidos, los dos ojos, profundos e insomnes; la nariz, aguda y ganchuda avanza dominadora entre las mejillas sumidas; la boca delgada, como cortada con un cuchillo, a la que rara vez vio sonreír nadie. Ningún cálido tono de carmín refulge en la piel seca y hundida, de color de ceniza y requemada ; es como si una fiebre interna le hubiera chupado, como vampiro, la sangre de las mejillas: tan grises son sus arrugas, tan enfermizas y lívidas, salvo en los pocos segundos en que la cólera las inflama con manchas héticas. En vano trata la bíblica barba de profeta, larga y ondulada en su descenso, (cosa que todos sus discípulos y alumnos copian obedientes) de dar una apariencia dé fuerza viril a este bilioso y amarillo rostro. Pero tampoco esta barba tiene jugosidad alguna ni ninguna plenitud; no baja en crujiente arroyo poderoso, a modo de la de Dios padre, sino que cae retorcida en una rala trenza, triste matorral brotado en un suelo de rocas.

Un ardoroso estático, requemado y consumido por su propio espíritu, ése es el efecto que produce Calvino en las tablas en que está retratado, y se estaría a punto de sentir compasión hacia este hombre excesivamente fatigado, rendido y agotado por su propio incendio; pero, al bajar la vista, producen súbito espanto sus manos, siniestras como las de un avaro; estas manos enflaquecidas, descarnadas, incoloras, frías y huesudas como garras, capaces de arrapiñarlo todo y que sabían retenerlo furiosas con sus tercas y ávidas articulaciones. No puede pensarse que jamás estos dedos, solo de hueso, hayan jugado tiernamente con una flor ni acariciado el cálido cuerpo de una mujer, o que se hayan tendido hacia un amigo, cordial y alegremente; son las manos de un ser despiadado y sólo gracias a ellas se adivina la grande y cruel energía de dominio y posesión que durante toda su vida brotó de Calvino.

¡Qué cara sin luz, sin alegría, qué solitario y repulsivo semblante el de Calvino! Es comprensible que nadie desee tener colgado en la pared de su cuarto el retrato de este despiadado exigente y reclamador: el aliento le saldría a uno fríamente de la boca si sintiera sin cesar sobre su actividad diaria, la mirada vigilante y acechadora del más entristecedor de todos los hombres. Mejor que por nadie, podemos imaginarnos a Calvino pintado por Zurbarán, según su fanática manera española, tal como representó a ascetas y anacoretas; oscuridad sobre oscuridad, apartamiento del mundo, residencia en cuevas, el libro ante los ojos, siempre el libro, y en todo caso una calavera o la cruz como único símbolo de una vida eclesiástico-espiritual, y, toda en torno, una fría, negra e inaccesible soledad. Pues este ámbito de respeto entre su persona y la humana accesibilidad, congeló a Calvino a lo largo de toda su vida. Desde su más temprana juventud, vistióse de idéntico despiadado color negro. Negro el birrete sobre la reducida frente, mitad capilla de monje, mitad capacete de soldado; negras las amplias vestiduras con pliegues que caen hasta los zapatos, vestimenta de juez para castigar incesantemente a los hombres, vestimenta de médico que tiene que curar eternamente sus pecados y llagas. Negro, siempre negro, siempre el color de la gravedad, de la muerte y de la inflexibilidad. Apenas Calvino apareció alguna vez vestido de otro modo sino con el símbolo de su cargo, pues sólo como siervo de Dios, sólo con los hábitos del deber quería dejarse ver y temer de los otros, no hacerse amar como ser humano y como hermano. Pero si es duro contra el mundo, también lo es contra sí mismo. Durante toda una vida, mantuvo bajo su disciplina a su propio cuerpo, no concediéndole a lo corporal más que la más mínima ración de alimento y reposo, por razón de lo espiritual. Tres horas, cuatro horas cuando más de sueño por la noche, una única y frugal comida en todo el día y ésta tomada rápidamente al lado del abierto 'libro.

Pero jamás un paseo, jamás un juego, una alegría, un descanso, y ante todo jamás una verdadera diversión: en resumidas cuentas, Calvino, en su fanático sometimiento a lo espiritual, estuvo siempre actuando, pensando, escribiendo, trabajando, pero jamás vivió ni una sola hora para sí mismo.

Esta absoluta carencia de sensualidad, junto con su eterna falta de juventud, es el rasgo más característico de la persona de Calvino; no es milagro que también haya sido el más peligroso para su doctrina. Pues mientras los otros reformadores creen servir a Dios del modo más fiel si toman agradecidos de sus manos todos los dones de la vida; mientras los otros, como seres humanos fundamentalmente sanos y normales, disfrutan de su salud y de los goces qué ella da, mientras Zwinglio, ya en su primer cargo parroquial, deja tras sí un hijo ilegítimo, y Lutero, cierta vez, riéndose, estampa esta frase: "Si la señora no quiere, lo hace la criada"; mientras los otros beben y banquetean y bromean, en Calvino todo lo sensual está plenamente reprimido, o sólo existen de ello huellas sombrías. Como fanático intelectualista, vive por completo de la palabra y del espíritu; sólo la claridad lógica es para él la verdad, sólo comprende y soporta lo ordenado, jamás lo extraordinario. De nada embriagador: ni del vino, ni de la mujer, ni del arte, de ninguno de los dones de Dios a la tierra, ha exigido o recibido jamás placer alguno este abstinente fanático. La única vez que, para prestar obediencia al mandato de la Biblia, se acerca al matrimonio, no lo hace por amor ni por pasión, sino, como lo dice él mismo, para poder pertenecer más al trabajo. En lugar de buscarla por sí mismo, comisiona Calvino a sus amigos para que le elijan una esposa conveniente, y, a poco más, el gruñón enemigo de los sentidos habría caído, de este modo, en poder de una moza licenciosa.

Por último, aquel desilusionado se casa con la viuda de un anabaptista convertido por él, pero le está negado por el Destino el ser feliz o hacer feliz a alguien. El único hijo que su mujer le trae al mundo es incapaz de vivir.

Fallece al cabo de pocos días, y cuando, poco después, su mujer lo deja viudo, con ello ha terminado el hombre de treinta y seis años, no sólo con lo matrimonial sino también con todo lo femenino. Hasta su muerte, por lo tanto todavía a lo largo de veinte años de la mejor edad viril, este asceta voluntario, consagrado exclusivamente a lo espiritual, a lo eclesiástico, a la "doctrina", no vuelve jamás a tocar a ninguna otra mujer.

Pero el cuerpo de un ser humano, lo mismo que el espíritu, tiene sus exigencias de desenvolvimiento y quien le hace violencia pecha cruelmente con ello. Cada órgano de un ser terrenal anhela instintivamente realizar por completo el sentido que quiso imponerle la Naturaleza. La sangre quiere a veces circular salvajemente; el corazón martillar con ardor; los pulmones lanzar gritos de alegría, los músculos agitarse, la simiente ser prodigada, y en quien, con su intelecto, de modo permanente retiene esta voluntad vital y se le opone, los órganos de su cuerpo acaban por encabritarse contra él.

Espantosa es la venganza que el cuerpo de Calvino tomó de su domador: para mostrar su existencia al asceta que los trataba como si no existieran, sus nervios inventaron infatigables tormentos contra su déspota y acaso pocos hombres espirituales hayan sufrido jamás tanto como Calvino, durante toda su vida, bajo la sedición de su constitución orgánica. Un achaque sucede al otro en serie ininterrumpida; casi cada carta de Calvino, anuncia un nuevo y pérfido ataque de una nueva sorprendente enfermedad. Ya son jaquecas, y lo obligan a permanecer en el lecho durante días enteros; ya otra vez dolores de estómago, dolores de cabeza, hemorroides, cólicos, enfriamientos, ataques de nervios y hemorragias, litiasis biliar y carbunco; ya fiebres intermitentes, ya escalofríos, reumatismo y dolores a la vejiga. Constantemente, tienen los médicos que vigilar su persona, pues no hay órgano alguno, en este cuerpo delicado y quebradizo, que no le envíe maliciosamente sufrimiento y desorden. Y, balbuceando, escribe cierta vez Calvino: "Mi salud es análoga a una muerte constante".

Pero este hombre eligió como lema la frase: per mediam desperationem prorrumpere convenit, "irrumpir, con acrecida fuerza, de lo profundo de la desesperación"; la demoníaca energía espiritual de este hombre no se deja arrebatar ni una única hora de trabajo. Permanentemente perturbado por su cuerpo, siempre vuelve a oponerle Calvino la sobrevoluntad del espíritu; si durante la fiebre, no es capaz de arrastrarse hasta el pulpito, se hace llevar a la iglesia en una 'litera para predicar en ella. Si tiene que dejar de asistir a las sesiones del consejo, las personas del municipio se reúnen en su casa para deliberar. Si yace en el lecho temblando de fiebre, cargado con cuatro o cinco mantas de abrigo el helado cuerpo sacudido de escalofríos, se sientan junto a él dos o tres famuli, a quienes dicta alternativamente. Si se traslada a pasar el día a la inmediata casa de campo de un amigo, para respirar allí el aire libre, le acompañan los secretarios en el coche, y, apenas allí llegado, los mensajeros van y vienen a galope a la ciudad. Y otra vez empuña la pluma, otra vez comienza el trabajo. Imposible es imaginarse a Calvino sino en actividad ; este demonio de la diligencia trabajó realmente sin descanso alguno, durante todo el tiempo de su vida. Todavía duermen las casas, todavía no ha despertado 'la mañana, y ya está encendida, en ¡a rué des Chanoines, la lámpara colgante sobre su mesa de trabajo, y otra vez, hasta media noche, cuando hace ya mucho tiempo que todo el mundo se ha ido a reposar, vuelve siempre a brillar la misma eterna luz en su ventana. Es incomprensible la labor que rendía su asiduidad ; podría creerse que trabajaba al mismo tiempo con cuatro o cinco cerebros. Pues, en realidad, este enfermo permanente realizó al mismo tiempo, los trabajos diversos de cuatro o cinco profesiones. El cargo que, en realidad, le había sido asignado de pastor de la iglesia de San Pedro sólo es un empleo entre los muchos empleos que sucesivamente va asumiendo su histérico afán de poder, y aunque los sermones que pronunció en esa iglesia llenan ya, ellos solos, todo un armario de volúmenes impresos, y había un copista que ganaba su vida únicamente con copiarlos, esta predicación no constituye más que una pequeña parte de su obra total. Como presidente del consistorio, que, sin él, no adoptaba resolución alguna; como autor de innumerables libros teológicos y polémicos, como traductor de la Biblia, como creador de la Universidad e iniciador del seminario de teología, como permanente consejero del consejo de la ciudad, como general político de la guerra de la fe, como supremo diplomático y organizador del protestantismo, este "Ministro de la Santa Palabra" gobierna y dirige, en propia persona, todos los ministerios de su Estado teocrático. Vigila los informes de los pastores de Francia, Escocia, Inglaterra y Holanda; dirige la propaganda extranjera; crea, por medio de impresores y buhoneros, un servicio secreto, que se extiende sobre todos los países. Discute con los otros jefes protestantes; negocia con los príncipes y diplomáticos. Diariamente, casi a cada hora, le llegan visitas del extranjero; ningún estudiante, ningún teólogo joven, pasa de viaje por Ginebra sin pedirle consejo o rendirle su reverencia. Su vivienda es como una casa de postas y un permanente centro de información de todos los asuntos de Estado y particulares; suspirando, escribe una vez que no puede acordarse de haber dispuesto, durante dos horas seguidas, del tiempo que necesita para su cargo, sin haber sido perturbado. De los países más remotos, de Hungría y de Polonia, le llegan a diario cartas de sus gentes de confianza; pero, al mismo tiempo, lo solicita también la cura de almas, el aconsejar personalmente a las innumerables personas que se dirigen a él, buscando auxilio. Ya es un emigrante que quiere establecerse allí y traer a su familia: Calvino junta dinero, le busca alojamiento y medios de vivir. Aquí se trata de uno que quiere casarse, allí de otro que quiere disolver su matrimonio: ambos caminos llevan hacia Calvino pues ningún acto eclesiástico se realiza en Ginebra sin su aprobación y su consejo. Pero ¡si este goce autocrático se limitara sólo a su propio imperio, a los asuntos eclesiásticos! Mas para un Calvino no hay ningún límite a su poder, pues, como teócrata, quiere saber que todo lo terreno está sometido a lo divino y espiritual.

Pesadamente asienta su dura mano sobre todos los asuntos de la ciudad: apenas hay día en el que, en los protocolos del consejo, no se encuentre esta observación: "acerca de esto, hay que preguntar a Maitre Calvin". De nada prescinde, nada deja de vigilar esta mirada permanentemente despierta y habría que admirar como un milagro este cerebro sin cesar activo si tal ascetismo del espíritu no significara al mismo tiempo un peligro inmenso. Pues quien de modo tan completo aniquila en su persona todo goce de la vida, — cosa que en él se realiza por libre voluntad, — quiere hacer de este aniquilamiento la luz y norma para el vivir de los otros e intenta forzar de modo contranatural a su prójimo a lo que en él mismo es cosa natural. Siempre, — por ejemplo, Robespierre, — el asceta es el tipo más peligroso de déspota. Quien no vive por sí mismo plena y alegremente en lo humano, quien no tiene nada que perdonarse a sí propio, no será nunca indulgente con los demás hombres.

Pero la disciplina y una despiadada severidad son los auténticos fundamentos del edificio doctrinal calvinista. Según la concepción de Calvino, en modo alguno tiene derecho el hombre a ir por nuestro mundo con mirada sinceramente elevada y con clara conciencia, sino que tiene que perseverar permanentemente en el "temor del Señor", aplastado en un humillante sentimiento de agobio por su irremediable insuficiencia. Desde su comienzo, la puritana moral de Calvino establece el concepto de que el alegre e ingenuo goce es igual al "pecado" y todo lo que presta una forma ornada y ardiente a nuestra existencia terrena, todo lo que quiere poner en tensión, elevar, redimir y levantar dichosamente nuestra alma, — en primer término, por lo tanto, la sensualidad, — es prohibido como algo vano y enojosamente superfino. Hasta en el imperio religioso, que desde toda la eternidad vino siempre unido a lo místico y a las artes culturales, imprime Calvino su propia objetividad ideológica; sin excepción, deja a un lado en la iglesia y los ritos todo lo que entretenga a los sentidos, lo que puede ablandar la sensibilidad y acallar vagamente la conciencia, pues, no con un alma excitada por el arte debe acercarse a lo divino el verdadero creyente, no envuelto en dulces vapores de incienso, no fascinado por la música ni seducido por la belleza de pinturas y esculturas, en apariencia devotas, pero en realidad pecaminosas. Sólo en la claridad está la verdad; la certidumbre, sólo en la inteligible palabra de Dios. Fuera, pues, de la iglesia todas las "idolatrías" de cuadros y de estatuas; fuera los policromos ornamentos, fuera los libros de misa y los tabernáculos de la mesa del Señor: Dios no necesita ningún esplendor. Fuera todas las disolutas embriagueces del alma: fuera la música, fuera los sones' del órgano durante él oficio divino. Hasta las campanas de las iglesias tienen, desde entonces, en Ginebra que guardar silencio : al auténtico creyente no debe serle recordado su deber por un muerto bronce. La piedad no se conserva con exterioridades, ni con sacrificios y gastos, sólo con obediencia interna. Fuera, pues, las altas dignidades y todas las ceremonias de la iglesia, fuera todos los símbolos y ritos, que desaparezcan de una vez todas las solemnidades y fiestas. De una sola plumada, borra Calvino los días de fiesta del calendario. Exceptuando las fiestas de Pascua y Navidades, celebradas ya en las catacumbas romanas, son suprimidos todos los días de los santos, prohibidos los usos de antiguo familiares : el Dios de Calvino no quiere ser celebrado y ni siquiera ser amado, sino sólo ser siempre temido. Es engreimiento el que el ser humano intente abrirse paso hasta El con éxtasis y exaltación, en lugar de servirle desde lejos con un decoroso temor. Pues éste es el más profundo sentido del cambio de valores calvinista: para levantar lo más alto posible lo divino sobre el mundo, rebaja Calvino lo terreno hasta un punto inconmensurablemente profundo; para proporcionar a la idea de Dios la más perfecta dignidad, descalifica y degrada la idea del hombre. Jamás, este reformador misantrópico fue capaz de ver en la humanidad algo más que un atajo de pecadores sin salvación ni disciplina, y con una crueldad y espanto monacales, sintió enojo, durante toda su vida, contra las mil deliciosas e inagotables fuentes de donde se derrama el placer en nuestro mundo. ¡ Qué incomprensible decreto de Dios, — vuelve siempre a balbucear Calvino, — el haber creado a sus criaturas con tantas imperfecciones e inmoralidad, inclinadas al vicio de modo permanente, incapaces de reconocer lo divino, impacientes de perderse en el pecado! Apodérase de él un escalofrío cada vez que contempla a su prójimo, y acaso jamás un gran fundador religioso haya rebajado en su dignidad a los hombres de modo tan profundo y despiadado; llámalos "béte indomptable et feroce", y "une ordure", aun más enojado, y literalmente escribe en su Institution Chrétienne: "Si se considera al hombre únicamente según sus dones naturales, no se encuentra en él, desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de los pies, ni la menor huella de bondad. Todo lo que hay en él que aun pueda ser un poco digno de alabanza procede de la bondad de Dios. . . Toda nuestra justicia es injusticia, nuestros méritos basura, nuestra fama vergüenza. Y las mejores cosas que se originan de nosotros, están siempre inficionadas y llenas de vicios por la impureza de la carne y mezcladas con suciedad".

Quien, en sentido filosófico, considera al hombre como tal fracasada y malograda hechura de Dios, es natural que, como teólogo y político, no conceda jamás que Dios haya otorgado a tal monstruo ni la más mínima especie de libertad o de independencia. Despiadadamente, por lo tanto, tiene que ser gobernada y administrada una criatura tan corrompida y dañada por su concupiscencia vital, pues "si se abandona al hombre a sí mismo, su alma sólo es capaz de lo malo". De una vez para siempre, tiene que serle roto el espinazo a la pretensión del hijo de Adán de poseer alguna especie de derecho a establecer sus relaciones con Dios y con el mundo terreno conforme a su personalidad, y cuanto más duramente se le quebrante su propia voluntad, cuanto más se subordine y castigue al hombre, tanto mejor para él. ¡En ningún caso libertad alguna, pues el hombre siempre ha de emplearla para el mal! ¡Sólo rebajarlo con violencia ante la magnitud de Dios! ¡Sólo desengañarlo de su engreimiento e intimidarlo, hasta que, sin contradicción, venga a incluirse en el rebaño, piadoso y obediente, hasta que todo lo extraordinario se haya disuelto sin dejar huella en el orden general, el individuo en la masa! Para esta draconiana desposesión de la personalidad, para este vandálico saqueo del individuo en favor de la comunidad, establece Calvino un método especial, la célebre "disciplina", la "disciplina eclesiástica". Y apenas nunca, hasta nuestros días, fue impuesta a la humanidad una rienda más dura para su refrenamiento. Desde el primer instante, este organizador genial encierra a su "rebaño", a su "comunidad", dentro de un redil de alambres de espino, — las llamadas Ordenanzas, — y establece al mismo tiempo un cargo especial para vigilar la ejecución de su terrorismo de las costumbres, el "consistorio", cuya función primera es definida de modo altamente ambiguo diciendo que tiene que "vigilar a la comunidad a fin de que Dios sea venerado con pureza". Pero sólo en apariencia se limita la esfera de la influencia de esta inspección a la vida religiosa. Pues, mediante el perfecto encadenamiento de lo mundano con lo trascendental en la concepción totalitaria del Estado de Calvino, desde entonces, hasta lo más privado de las manifestaciones de la vida caen bajo la inspección de la autoridad; expresamente figura entre las atribuciones del consistorio prescribir a los anciens que "presten atención a la vida de cada cual". Nada debe escapar a su observación, y no sólo "vigilar las palabras que se dicen, sino también las opiniones e ideas .

Naturalmente, que desde el día en que es impuesto en Ginebra este control universal no existe ya vida privada. De un solo salto, Calvino fue más allá que la inquisición católica, la cual sólo procedía siempre en virtud de avisos y denuncias de sus espías y vigilantes. En Ginebra, sin embargo, conforme con el sistema de concepción universal de Calvino de que cada hombre está inclinado siempre al mal, cada cual es considerado previamente como sospechoso de pecado y tiene que someterse a vigilancia. Desde el regreso de Calvino, todas las casas tienen de pronto abiertas sus puertas y todas las paredes se han hecho súbitamente de cristal. A cada momento, de día y de noche, puede llamar rudamente al aldabón de la puerta y presentarse para una "visitation" un miembro de la policía eclesiástica, sin que al ciudadano le quepa en modo alguno defenderse de ello. El más rico como el más pobre, el mayor como el menor, tienen que someterse, siquiera una vez al mes, a que le pidan amplias cuentas estos profesionales husmeadores de las costumbres. Durante horas enteras, — pues se dispone en las Ordenanzas: "Hay que tomarse bastante tiempo para realizar con calma esta investigación", — varones de canos cabellos, respetables, llenos de experiencia, tienen que dejarse examinar como niños de la escuela para ver si saben bien de memoria las plegarias y por qué dejaron, quizás, de asistir a una predicación de Calvino. Pero con esta catequización y moralización no está de ningún modo terminada la visita. Pues en todo se inmiscuye esta checa moral. Manosea los vestidos de las mujeres para ver si son demasiado largos o demasiado cortos, si tienen excesivos adornos o un corte peligroso; reconoce los cabellos, por si el peinado no se alza de un modo demasiado artificioso, y cuenta los anillos en los dedos y los zapatos en el armario. Del tocador pasan a la mesa de la cocina, por si, con alguna sopilla o un trozo de fiambre, se ha transgredido el único manjar permitido, o si, en cualquier parte, están ocultas golosinas o mermeladas. Y la piadosa policía continúa su peregrinación por la casa. Registra la alacena de los libros por ver si encuentra allí cualquier volumen sin el ilustre sello de censura del consistorio; revuelve los anaqueles, por si se oculta allí alguna sagrada imagen o un rosario. Los sirvientes son interrogados acerca de sus amos y los hijos de sus padres. Al mismo tiempo, la policía escucha por las calles, no vaya a ser que alguien cante en algún sitio una canción profana o ejecute música o acaso llegue hasta a abandonarse al demonio del vicio de la jovialidad. Pues, desde entonces, se mantiene en Ginebra una permanente batida contra toda forma de diversión, contra toda "paillardise", y ¡ay del ciudadano que se deje atrapar cuando, después del trabajo, quiera ir a la taberna en demanda de un sorbo de vino o encuentre satisfacción jugando a los dados o a las cartas! Día tras día, se desarrollan los episodios de esta caza del hombre, y hasta los domingos no se dan reposo alguno los espías de las costumbres. Entonces, son recorridas de nuevo todas las calles y se llama de puerta en puerta para comprobar si no hay algún perezoso o indolente que haya preferido quedarse en la cama en vez de ir a edificarse con la predicación del señor Calvino. En la iglesia, mientras tanto, están ya a su vez preparados otros acechadores para denunciar a todo aquel que entra demasiado tarde en la casa de Dios o quiera abandonarla antes de tiempo.

Omnipresentes e infatigables, trabajan estos protectores oficiales de las buenas costumbres; por la noche, recorren las oscuras arboledas de la ribera del Ródano por si hay alguna pareja pecadora que quiera entregarse allí a minúsculas ternuras; en las posadas registran los lechos y baúles de los forasteros. Abren todas las cartas que llegan a Ginebra o que parten de la ciudad, y la bien organizada vigilancia del consistorio alcanza a mucho más allá de las murallas urbanas. En las diligencias, en los botes, en los navíos, en los mercados extranjeros y en las posadas de los territorios vecinos, en todas partes se encuentran sus espías a sueldo; cada palabra que cualquier descontento haya ( dicho en Lyon o París, es infaliblemente comunicada.

Pero lo que hace aun más insoportable esta vigilancia, ya en sí insoportable, es que, a aquellos acechadores oficiales y pagados, se les unen bien pronto otros innumerables, que no han sido llamados a realizar tal función. Pues, en todas partes donde un Estado mantiene en el terror a sus ciudadanos, florece la repugnante planta de la delación voluntaria. Donde se permita, en principio, y hasta se desee que sean hechas denuncias, siempre habrá hombres, por lo demás honrados, que, por obra del miedo, se conviertan en denunciantes: sólo para apartar de sí la sospecha de "haber delinquido contra el honor de Dios", vitupera y acecha cada ciudadano a sus conciudadanos. El "zelo della paura", el celo del miedo, corre aún con mayor impaciencia que todo denunciador oficial. Y al cabo de algunos años, habría podido en realidad el consistorio interrumpir toda vigilancia, pues todos los ciudadanos se han convertido en soplones voluntarios. Día y noche, fluye la turbia marea de las denuncias y mantiene en rodar permanente el molino de la inquisición eclesiástica.

Pero ¿cómo sentirse seguro bajo este constante terrorismo de las costumbres, de no ser culpable de ninguna transgresión a los mandamientos de Dios, ya que, en realidad, está prohibido por Calvino todo lo que hace la vida alegre y merecedora de ser vivida? Prohibido está el teatro, los recreos, las fiestas del pueblo, el baile y el juego en todas sus formas ; hasta un deporte tan inocente como el patinar provoca el bilioso disfavor de Calvino. Prohibido está todo traje que no sea el más austero y casi monacal; prohibido, por lo tanto, a los sastres, ejecutar ningún cambio en la hechura de la ropa sin permiso de la autoridad; prohibido a las muchachas llevar vestidos de seda antes de la edad de quince años, y, después de esa edad, llevar trajes de terciopelo; prohibida la ropa con bordados de oro y plata, las trencillas de oro, los botones y broches, como en general todo empleo de oro y uso de joyas.

Prohibido a los hombres llevar largos los cabellos, separados por una raya en lo alto de la cabeza, y a las mujeres todo peinado alto y todo rizado; prohibidos los encajes, guantes, escarolados y zapatos acuchillados. Prohibido utilizar las sillas de manos y las voitures roulantes. Prohibidas las fiestas de familia de más de veinte personas; prohibido, en los bautizos y desposorios, servir más de un número determinado de platos y ninguna golosina, como, por ejemplo, frutas confitadas.

Prohibido beber otro vino que no sea el tinto del país, prohibido el brindar, prohibido el comer caza, volatería y pasteles. Prohibido a los casados, con ocasión de su matrimonio, o seis meses después, hacerse ningún presente. Prohibido, naturalmente, todo comercio extramatrimonial; hasta para los desposados no hay indulgencia alguna. Prohibido al natural del país el entrar en ninguna posada; prohibido al posadero suministrar manjares y bebida a un forastero antes de que haya hecho su oración, y, fuera de esto, imponerle severamente el deber de ser espía de sus huéspedes, prestando atención "diligemment" a toda palabra o conducta sospechosa. Prohibido mandar imprimir un libro sin permiso, prohibido escribir para el extranjero; el arte, en todas sus formas, es vigilado del modo más severo; prohibidas las imágenes de santos y esculturas. Hasta al cantar piadosamente los salmos, disponen las ordenanzas "que se preste cuidadosa atención" a que el interés no se dirija a la melodía sino al espíritu y sentido de las palabras, pues "sólo con palabras vivientes debe Dios ser alabado". Ni siquiera la libre elección del nombre que ha de ser impuesto en el bautizo a sus hijos le es ya permitido a los ciudadanos, libres en otro tiempo. Son prohibidos nombres desde hace siglos familiares, como Claudio o Amadeo, porque no están en la Biblia, y, por el contrario, se obliga a imponer nombres bíblicos como Isaac y Adán. Prohibido el rezar el Padrenuestro en latín; prohibido el dejar de trabajar en los días de fiesta de Pascua y Navidades; prohibido todo lo que interrumpe festivamente la gris sobriedad de la existencia; prohibida, naturalmente, toda sombra y apariencia de libertad espiritual en la palabra impresa o hablada. Y prohibida — como crimen capital de todos los crímenes —, toda crítica de la dictadura de Calvino: expresamente, entre toques de trompetas, se advierte que "no se hable de los asuntos públicos más que en presencia del Consejo".

Prohibido, prohibido, prohibido, con un ritmo espantoso. Y, lleno de asombro, pregunta uno: ¿qué es lo que les está todavía permitido a los ciudadanos de Ginebra, al cabo de tantas prohibiciones? No mucho. Les está permitido vivir y morirse, trabajar y obedecer e ir a la iglesia. O mejor dicho, esto último no sólo les es permitido sino que les es ordenado bajo severas penas. Pues ¡ay del ciudadano que no cuide de oír las predicaciones de su parroquia, dos sermones los domingos, tres entre semana, y la clase de edificación para los niños! Ni siquiera en el día de fiesta se afloja el yugo de la coacción; despiadadamente gira el círculo del deber, del deber, siempre del deber. Después del más duro servicio para ganar el pan cotidiano, el servicio divino; la semana para el trabajo, y el domingo para la iglesia; así, y sólo así, puede ser muerto Satán en cada hombre, y, a la verdad, también toda libertad y alegría del vivir quedan muertas con ello.

Pero ¿cómo es posible preguntarse con asombro, que una ciudad republicana, que había vivido a lo largo de decenios en la libertad helvética, soportara tal dictadura a lo Savonarola, cómo que un pueblo alegre hasta entonces, con carácter meridional, permitiera semejante agarrotamiento de su dicha de vivir? ¿Cómo fue capaz un único asceta intelectual de marchitar de modo tan completo el goce de existir de miles y miles de seres humanos? El secreto de Calvino no es cosa nueva sino sólo ¡el eterno y antiguo procedimiento de todas las dictaduras: el terror. Que no se deje engañar nadie: una fuerza a la que no hay nada que la haga retroceder con espanto y que se mofa de todo sentimiento humanitario, como de una debilidad, es una fuerza monstruosa. Un terrorismo de Estado, ideado sistemática y despóticamente practicado, paraliza la voluntad del individuo y desata y socava toda comunidad. Lo mismo que un mal conmutivo, va devorando las almas, y, — este es su último secreto —, bien pronto la cobardía general se trueca en auxiliar y encubridora suya, pues como cada cual se siente acechado, acecha a su vez a los otros, y, los más acobardados pronto van más allá, por miedo hasta de las mismas órdenes y prohibiciones de su tirano.

Un régimen de terror bien organizado es capaz siempre de realizar milagros, y, cuando se trata de su autoridad, jamás vacila Calvino en volver a hacer que sea verdadero este prodigio; en rigor implacable, apenas excedió ningún otro tirano espiritual, y no disculpa su dureza el que, — como todas las otras cualidades de Calvino —, fuera ésta, en realidad, producto de su ideología. Cierto que, personalmente, este hombre espiritual, este hombre nervioso, este intelectual, tuvo el más extremado horror ante la sangre, y fue incapaz, — según él mismo confiesa —, de soportar la crueldad y jamás estuvo en situación de asistir ni a uno solo de los actos de martirio y a quemas en la hoguera que se realizaban en Ginebra. Pero, de una vez para siempre, hay que decir que ésta es la culpa peor del teórico, el cual no posee la resistencia de nervios necesaria para presenciar una sola ejecución, ni mucho menos para ejecutarla por sí mismo, — de nuevo, el tipo de Robespierre —, y sin embargo, ordena sin reflexionar centenares de tales condenas, tan pronto como se siente cubierto por su "idea", su teoría o su sistema. Ser duro y despiadado contra todo "pecador", considerábalo Calvino como el mandamiento capital de su sistema, y el llevar esto a la práctica sin omitir detalle, también a consecuencia de su concepción trascendental del universo, es para él como un servicio que le ha sido impuesto por Dios; de este modo, tiene por deber suyo conducirse despiadadamente con su propia naturaleza, endurecerse para la crueldad con sistemática disciplina; se "ejercita" en ser riguroso como en un arte elevado: "Me ejercito en mi severidad para combatir el vicio general". A la verdad, esta humana voluntad de bronce tuvo un éxito espantosamente completo en su auto-disciplinación para la falta de bondad.

Confiesa abiertamente que preferiría ver que sufriera castigo un inocente que no el que un solo culpable quedara sustraído a la justicia divina; y una vez, como una de las muchas ejecuciones, por torpeza del verdugo, se prolongara hasta convertirse en una involuntaria tortura, escribióle a Farel, Calvino, disculpándolo. "Cierto que no ha sucedido sin especial voluntad de Dios el que el condenado tuviera que sufrir tal prolongación de su tormento". Mejor es ser demasiado duro que demasiado blando cuando se trata de la "honra de Dios", era el argumento favorito de Calvino. Sólo por medio de un permanente castigo, puede llegar a originarse una humanidad moral.

No es difícil imaginarse lo criminal que tiene que resultar esta tesis al ser puesta por obra en un mundo aún medieval. Ya en los primeros cinco años de la soberanía de Calvino, fueron ahorcadas trece personas en aquella ciudad relativamente pequeña, diez decapitadas, treinta y cinco quemadas, aparte de setenta y seis seres humanos expulsados de su casa y residencia y de los muchos, no contados, que a tiempo bastante huyeron ante el terror. Bien pronto están tan repletas todas las cárceles en la "nueva Jerusalén" que el carcelero tiene que comunicar a la municipalidad que en adelante no puede seguir haciéndose cargo de más prisioneros. Tan espantosos martirios son empleados, no sólo después de una sentencia, sino también a causa de simples sospechas, que los acusados prefieren darse muerte a ser arrastrados a la cámara del tormento ; por último, el consejo tiene que disponer que los prisioneros estén día y noche presos con esposas "para impedir acaecimientos de esta especie". Pero nunca se oye ni una sola palabra de Calvino para suprimir semejantes crueldades. Es espantoso el precio que paga la ciudad por el "orden" y la "disciplina", pues jamás conoció Ginebra tantas sentencias de muerte, tantos castigos, tormentos y destierros como desde que, en el nombre de Dios, domina Calvino. Con razón dice Balzac que el terror religioso de Calvino es aún más estremecedor que la orgía de sangre de la Revolución francesa. "La furiosa intolerancia religiosa de Calvino era moralmente más cerrada y menos piadosa que la intolerancia política de Robespierre, y, si le hubiera sido dado un círculo de acción más dilatado que Ginebra, Calvino habría derramado todavía más sangre que el espantoso apóstol de la igualdad política".

No obstante, no sólo son estas bárbaras sentencias de muerte el instrumento con el que Calvino quebrantó el sentimiento de libertad de los ginebrinos: la verdadera labor de reblandecimiento colectivo la realizaban las sistemáticas vejaciones y las intimidaciones diarias. A primera vista, parece quizás ridículo en qué menudencias fue a meterse la "disciplina" de Calvino. Pero no debe despreciarse la psicología de este método. Intencionalmente, teje Calvino de modo tan estrecho y menudo las mallas de la red de prohibiciones, que, en realidad, es imposible desligarse a su través y quedar en libertad: de intento acumula las prohibiciones sobre pequeñeces y menudencias a fin de que cada cual se sienta ininterrumpidamente culpable y se origine una permanente situación de miedo ante la autoridad todopoderosa y sabedora de todo. Pues cuantos más cepos, a derecha e izquierda, se le pongan al hombre en su diario camino, tanto más difícil será para él recorrerlo libre y erguido y pronto es imposible, en Ginebra, sentirse seguro de que el consistorio no declare como pecaminoso cada despreocupada espiración de aire. Basta hojear la lista de los protocolos del consejo para comprender el refinamiento de este método de intimidación. Un ciudadano sonrió durante un bautizo: tres días de prisión. Otro, fatigado por el calor estival, se durmió durante el sermón: cárcel. Unos trabajadores comieron pasteles al almuerzo: tres días a pan y agua. Dos ciudadanos jugaron a los bolos: cárcel. Otros dos jugaron a los dados un cuartillo de vino: cárcel. Un hombre se atrevió a imponer a su hijo en el bautizo el nombre de Abraham: cárcel. Un violinista ciego tocó para que se bailara: destierro de la ciudad. Un hombre alabó la traducción de la Biblia de Castalión: destierro. Una muchacha fue sorprendida patinando, una mujer se arrojó sobre la tumba de su esposo, un ciudadano ofreció a su vecino durante el oficio divino una pulgarada de tabaco: citación ante el consistorio, amonestación y penitencia. Y así siempre y siempre, sin término y sin pausa. Gentes de buen humor, el día de Reyes, introdujeron un haba en la torta: veinticuatro horas a pan y agua. Un ciudadano dijo Monsieur Calvino en vez de Maítre Calvino; algunos aldeanos, según antiquísima costumbre, hablaron de sus asuntos al salir de la iglesia: cárcel, cárcel, cárcel. Un hombre jugó a las cartas: es expuesto en la picota, con los naipes en torno al cuello. Otro cantó petulantemente por la calle: se le indica que "cante fuera", es decir, se le destierra de la ciudad. Dos barqueros tuvieron una pendencia sin que nadie fuera muerto en ella: condenados a la última pena.

Tres muchachos menores que cometieron indecencias entre ellos son sentenciados primero al fuego; después, indultados, tienen que estar en público ante la ardiente hoguera. Del modo más furioso, naturalmente, es castigado todo ataque contra la infalibilidad política y eclesiástica de Calvino.

Un hombre que habló en público contra la doctrina de la predestinación de Calvino, es agotado en todos los cruces de calles de la ciudad hasta que mane sangre, y después desterrado. A un impresor de libros que estando ebrio, insultó a Calvino, le es atravesada la lengua con un hierro candente antes de que se le expulse de la ciudad; Jacques Gruet, sólo porque calificó de hipócrita a Calvino, es atormentado y ajusticiado. Cada delito, hasta los más nimios, son además, cuidadosamente anotados en las actas de la ciudad, de modo que la vida privada de cada uno de los ciudadanos es mantenida en perpetua evidencia; la policía de costumbres de Calvino, al igual de lo que hace él mismo, no conoce ni el perdón ni el olvido.

Es inevitable que tal terrorismo eternamente despierto tenga que acabar por quebrantar la dignidad interna y la energía, tanto de los individuos como de las masas. Si en la vida de un Estado, cada ciudadano tiene que estar incesantemente dispuesto a ser interrogado, sometido a indagaciones y sentenciado; cuando sabe que, de modo permanente, hay unos invisibles ojos y oídos de espías para cada una de sus acciones y de sus palabras; cuando, inesperadamente, de día y de noche, la puerta de su casa puede ser abierta para una súbita "visitación", se van aflojando poco a poco sus nervios, originase un miedo colectivo que sucesivamente rinde, por contagio, hasta a los más valientes. Toda voluntad de afirmarse a sí mismo tiene por último que quedar paralizada en tan vano combatir, y, gracias a su sistema penal, gracias a su "disciplina", en poco tiempo la ciudad de Ginebra se convirtió realmente en tal como la quería su dictador: temerosa de Dios, tímida, sobria y voluntariamente sometida, sin resistencia de ninguna clase, a una voluntad única: la de Calvino.

Bastan algunos años bajo esta disciplina y Ginebra comienza a transformarse. Algo como un velo gris está extendido sobre la ciudad, en otro tiempo libre y alegre.

Han desaparecido los trajes abigarrados, se han apagado los colores, no suena ya ninguna campana en las torres, ni ninguna animadora canción en las calles; cada casa llega a ser fría y sin adornos como una iglesia calvinista. Las posadas están desiertas desde que el violín no es tocado ya para la danza, desde que los bolos no ruedan ya gozosamente por el cobertizo, desde que los dados de hueso no caen ya ligeros del cubilete a la mesa. Los lugares de baile permanecen vacíos; las sombrías alamedas, donde se encontraban las parejas de enamorados, están abandonadas; sólo el desnudo recinto de la iglesia junta los domingos a los seres humanos en una reunión grave y silenciosa, la ciudad tiene ahora otro semblante, severo y moroso, el semblante de Calvino, y, poco a poco, todos sus habitantes, por miedo o inconsciente acomodación, adoptan su rígido continente, su inexorable seriedad.

Ya no caminan fácil y sueltamente de un lado a otro; sus miradas no se atreven ya a mostrar su fuego, por temor a que la cordialidad pueda ser tenida por sensualidad.

Se olvidan de vivir con alegre confianza, por timidez ante el hombre severo que jamás muestra en público jovialidad alguna. Hasta en el círculo más íntimo, se han acostumbrado a murmurar en vez de hablar, pues detrás de cada puerta pueden acechar sirvientes y criadas; por todas partes descubre el miedo, que ya se ha hecho crónico, invisibles delatores y espías, a sus espaldas. ¡Lo que más importa es que nadie se fije en uno! ¡No llamar la atención, ni por la ropa, ni por una frase ligera, ni por un semblante animado! ¡No hacerse sospechoso! ¡Conseguir que le olviden a uno! Lo que prefieren los ginebrinos es permanecer en sus casas: los cerrojos y las paredes todavía protegen, hasta cierto punto, de las miradas y de las sospechas. Pero al instante se retiran espantados de la ventana, si, por casualidad, ven a alguien del consistorio que avanza a lo largo de la calle; ¿quién sabe lo que el vecino puede haber denunciado o dicho acerca de él? Después, si tienen que salir a la calle se deslizan con los ojos bajos, silenciosos y taciturnos, envueltos en sus oscuros mantos, como si fueran al sermón o a un entierro. Hasta los niños que se crían bajo esta nueva severa disciplina y son fuertemente atemorizados en las "lecciones de edificación" no juegan ya petulante y ruidosamente como los otros chicos; también ellos agachan la cabeza, como bajo el temor de un golpe invisible; se desarrollan tímidos y sin frescura, como flores que han florecido, no bajo el sol, sino en una sombra fría.

Con toda regularidad, como una maquinaria de relojería, jamás interrumpida por días de fiesta ni días de descanso, sigue con su triste y helado tic-tac el ritmo de esta ciudad, uniforme, ordenado y seguro. Quien, como nuevo y extraño, llega a sus calles, tendría que creer que la ciudad está de luto, tan fosca y fríamente le miran los hombres, tan silenciosas y sin alegría están las callejas, tan fosca y abrumadora es la atmósfera espiritual. A la verdad, la disciplina es admirable cosa, pero esta severa moderación y templanza que Calvino impuso forzadamente a la ciudad es pagada con una inconmensurable pérdida de todas las fuerzas sagradas que nunca se originan sino de las superfluidades y sobreabundancias. Y aunque esta ciudad pueda llamar suyos a gran número de ciudadanos piadosos y temerosos de Dios, de diligentes teólogos y de graves letrados, aun dos siglos después de Calvino Ginebra no ha producido ningún pintor, ningún músico, ningún artista de fama universal. Lo extraordinario quedó sacrificado a lo ordenado ; la libertad creadora al servilismo que no opone contradicción. Y cuando, por fin, pasando el tiempo, vuelve en esta ciudad a nacer un artista, éste no será, durante toda su vida, sino una perenne rebelión contra lo que oprime la personalidad; sólo en la figura de su más independiente ciudadano, sólo en Juan Jacobo Rousseau, creará Ginebra al opuesto polo espiritual de Calvino.

 

APARECE CASTALIÓN

TEMER a un dictador no es en modo alguno lo mismo que amarle y quien se somete exteriormente a un sistema de terror está muy lejos de reconocer su justificación con ello. A la verdad, en los primeros meses después de su regreso, todavía es unánime, en ciudadanos y funcionarios, la admiración hacia Calvino. Todos los partidos parecen estar en su favor desde que ya no hay más que un solo partido, y la mayor parte de las gentes ceden con entusiasmo a la embriaguez de la unificación. Pero pronto comienza la desilusión. Pues, naturalmente, todos los que habían llamado a Calvino para que pusiera orden habían esperado en secreto que este furioso dictador, tan pronto como estuviera asegurada la "disciplina", cedería en el rigor de su draconiana moral. En vez de ello, ven, de día en día, que los azotes se alzan más tensos; no escuchan nunca ni una sola frase de gracias por el inmenso sacrificio de libertad personal y alegría que han hecho; con enojo, tienen que escuchar desde el pulpito palabras como éstas: que sería necesaria una horca para colgar a unos setecientos u ochocientos muchachos ginebrinos, a fin de introducir realmente las buenas costumbres y la disciplina en esta ciudad podrida. Sólo ahora advierten que, en lugar del médico para las almas que pedían, han llamado dentro de los muros de la ciudad a un carcelero de su libertad y que, con medidas de coacción cada vez más duras, acabará por fin por causar el enojo de sus más fieles partidarios.

Por lo tanto, basta que trascurran muy pocos meses y ya existe de nuevo en Ginebra el descontento contra Calvino: desde la lejanía, como imagen del deseo, su "disciplina" actuaba de un modo mucho más seductor que con su dominadora presencia. Ahora, palidecen los colores románticos, y los que aun ayer lanzaban clamores de júbilo comienzan en voz baja a lanzar quejidos.

Mas, en todo caso, es preciso una ocasión bien patente y para todos comprensible, que conmueva el nimbo personal de un dictador, y esta ocasión ofrécese pronto. Por primera vez, comienzan los ginebrinos a dudar de la humana infalibilidad del consistorio durante una espantosa epidemia de peste que, durante tres años (desde 1542 hasta 1545), asoló la ciudad. Pues los mismos pastores que en general, con amenaza de los más severos castigos, exigían que todo enfermo, dentro del plazo de tres días, llamara al eclesiástico a la cabecera de su lecho, desde que uno de ellos falleció del contagio, dejan que los enfermos del hospital de apestados, padezcan y mueran sin el consuelo de la iglesia. Imploradora suplica la municipalidad, que, por lo menos uno de los miembros del consistorio, se encuentre dispuesto para "edificar y consolar a los pobres enfermos del hospital de apestados". Pero ni uno solo solicita ese puesto, fuera del rector de la escuela, Castalión, al cual, no obstante, no le es confiada esa misión por no ser miembro del consistorio. El mismo Calvino consiente que sus colegas lo declaren "indispensable" y confiesa abiertamente "que no convendría abandonar a toda la iglesia para socorrer a una de sus partes". Pero también los otros pastores, que no tenían que defender una misión tan decisiva, se ocultan porfiadamente lo más lejos posible del peligro. Siguen siendo vanas todas las conjuraciones del Consejo a los temerosos pastores de almas: algunos de ellos, hasta llegan a declarar, franca y libremente, que "preferirían ir a la horca que al hospital de apestados", y, el 5 de enero de 1543, presencia Ginebra la sorprendente escena de que la totalidad de los pastores reformados de la ciudad, con Calvino a su cabeza, se presenten en la asamblea del consejo para hacer allí pública su declaración, valiente a su manera de que ninguno de ellos tiene el valor suficiente para entrar en el hospital de apestados, aunque saben que sería su misión servir a Dios y a su santa Iglesia en los buenos como en los malos días.

Ahora bien, nada actúa de un modo tan convincente sobre un pueblo como el valor personal de sus directores. En Marsella, en Viena y en otras muchas ciudades, se celebra todavía, al cabo de varios siglos, la memoria de aquellos heroicos sacerdotes que, durante la gran epidemia, llevaron consuelos a las casas de los afectados. Tal heroísmo en sus cabezas no lo olvida jamás un pueblo; pero menos aún su personal cobardía en horas decisivas. Con furiosa befa, observaban y satirizaban ahora los ginebrinos el que los mismos clérigos que, desde lo alto del pulpito, exigían los mayores sacrificios, no estaban ellos mismos dispuestos ni a realizar el más pequeño, y fue en vano que, para desviar la desazón general, fuera inventada una comedia infame. Por orden del consejo, fueron atrapados algunos hampones y atormentados de la manera más espantosa hasta que confesaron, que, untando los llamadores de las puertas con un ungüento formado con excrementos del diablo, habían traído la peste a la ciudad. En vez de que Calvino, como humanista, se opusiera despreciativamente a tal chismorreo de viejas, este espíritu, siempre vuelto hacia el pasado, confiesa ser un convencido defensor de aquel medieval delirio. Pero aun más que su convencimiento, públicamente enunciado, de que los "semeurs de peste" habían llevado su merecido, le perjudica su afirmación, hecha desde lo alto del pulpito, de que un hombre, a causa de su ateísmo, había sido arrancado de su cama, en claro día, por el demonio, y arrojado a las aguas del Ródano; por primera vez, tiene que presenciar Calvino el que varios de sus oyentes apenas se molesten para ocultar su burla ante tal superstición.

En todo caso, una buena parte de aquella fe en su infalibilidad que significa para cada dictador un imprescindible elemento de poder psicológico, queda perturbada durante la epidemia de peste. Establécese una innegable desilusión: de modo más vivo y por círculos cada vez más dilatados, se extiende la resistencia. Pero, por dicha para Calvino, si se extiende no se reconcentra. Pues, en todos los tiempos, la ventaja momentánea de una dictadura, que le garantiza aún la soberanía cuando hace ya mucho tiempo que se ha pasado mucha gente a la oposición, consiste en que su militarizada voluntad se presenta unitariamente cerrada y organizada, mientras que la voluntad contraria, llegando de diversas partes y actuando por diversos motivos, nunca, o sólo tarde, se junta en una auténtica fuerza de choque.

No sirve de nada el que mucha y mucha gente de un pueblo esté internamente en contra de una dictadura, mientras estos muchos no se reúnan para actuar según un plan unitario y una estructura cerrada. Por ello, en general, desde las primeras sacudidas dadas a la autoridad de un dictador hasta su ruina definitiva hay todavía un largo y dificultoso trecho. Calvino, su consistorio, sus pastores y los emigrantes partidarios suyos representan un único bloque de voluntades, una apretada fuerza, segura de su propósito; sus adversarios, por el contrario, se reclutan, sin relación unos con otros, en todas las posibles esferas y clases sociales. Allí están, de una parte, los antiguos católicos, que, en lo secreto, pertenecen aún a su antigua fe, pero, junto a ellos, están también los bebedores de vino a quien les han cerrado las tabernas y las mujeres a quienes no se le permite adornarse. Después, de otra parte, los, antiguos patricios de Ginebra, enojados contra la pelonería de nueva cochura, contra los forasteros, que, apenas llegados en su emigración se posesionan cómodamente de todos los destinos públicos: esta oposición, relativamente numerosa y fuerte, se integra, de una parte, los elementos más nobles, y de otra, de los más lamentables; pero mientras los desazonados no se liguen entre sí con una idea general, sigue siendo impotente su descontento; sólo es una fuerza latente, en vez de ser una eficaz. Jamás puede prosperar una improvisada banda contra un militarizado ejército; jamás un desorganizado descontento contra un terror organizado. Por ello, en los primeros años es fácil para Calvino refrenar estos desparramados grupos, porque nunca se le oponen como totalidad, y de este modo, puede irse librando ya del uno ya del otro, con una dentellada dada de costado.

Realmente peligroso para el portador de una idea sólo lo es el hombre que le opone otro pensamiento, y eso lo reconoció al punto Calvino, con su clara y desconfiada mirada. Pues desde la primera hora hasta la última, entre todos sus adversarios, a ninguno temió más que al único que, espiritual y moralmente, era de condición igual a la suya, y que, con toda la pasión de una conciencia libre se sublevaba contra su tiranía espiritual: Sebastián Castalión.

Sólo nos ha sido conservado un único retrato de Castalión, y, por desgracia, no es más que mediano. Muestra un semblante totalmente grave y espiritual, con unos ojos francos, y casi podría decirse que veraces, bajo una frente alta y libre: fisonómicamente no nos dice nada más. No es ningún retrato que permita lanzar una ojeada a lo profundo de un carácter, pero de todos modos, informa de modo inequívoco sobre los rasgos más esenciales de este hombre: su íntima seguridad en sí mismo y su equilibrio. Si se ponen una al lado de la otra, las imágenes de ambos adversarios, Calvino y Castalión, será ya clara, plásticamente, la oposición que tenía que manifestarse más tarde en lo espiritual, de modo tan resuelto: el rostro de Calvino es todo tensión, una energía reconcentrada de modo convulsivo y enfermizo, que quiere ser descargada en impaciencia y rudeza; el semblante de Castalión se muestra indulgente y lleno de espectante serenidad. Toda fuego la mirada del uno, toda oscura serenidad la del otro: la impaciencia contra paciencia; celo explosivo contra resolución perseverante; fanatismo contra humanidad.

Casi tan escasas como las que poseemos de su aspecto exterior son las noticias de la juventud de Castalión. En 1515, seis años después que Calvino, nació en la frontera entre Suiza, Francia y Saboya. Su familia tuvo por nombre Chatillon o Chataillon, y acaso también, bajo el señorío saboyano, fue llamada Castellione o Castiglione, pero su lengua materna no debe haber sido la italiana sino la francesa. Bien pronto, a la verdad, su idioma propio llega a ser el latín, pues, a los veinte años, surge Castalión como estudiante en la Universidad de Lyon y allí adquiere además del conocimiento de las lenguas francesa e italiana, la absoluta maestría en el latín, el griego y el hebreo. Más tarde aprende alemán también, y de este modo, en todos los otros territorios del saber, su celo y sus conocimientos se muestran como tan sobresalientes que los humanistas y los teólogos, por unanimidad, lo contaron entre los hombres más sabios de aquel tiempo.

Al principio, son las bellas artes y las musas lo que seduce al joven estudiante, el cual, valiente y miserablemente, gana su pan dando lecciones; produce una serie de poesías y de escritos literarios latinos. Pero pronto se apodera de él una pasión más fuerte que la de las ya muertas cosas pretéritas: siéntese poderosamente poseído por los nuevos problemas del tiempo. El humanismo clásico, si se le considera históricamente, sólo tuvo en realidad una muy breve y gloriosa floración, que ocupa pocos decenios entre las dos grandes épocas de valor universal del Renacimiento y de la Reforma. Sólo durante un momento, esperó la juventud la redención del mundo de una renovación de los estudios clásicos, de una educación sistemática; no obstante, bien pronto les parece a los más apasionados a los mejores de esta generación, que no es nada más que una labor de viejos, un bajo servicio de carromateros, el reproducir una y otra vez, copiando antiguos pergaminos, a Cicerón y a Tucídides, mientras que, partiendo de Alemania como un incendio por un bosque, una revolución religiosa se va apoderando ya de millones de almas. Pronto, en todas las Universidades, se disputa más sobre la antigua Iglesia y la nueva que sobre Platón y Aristóteles; en lugar de las Pandectas, profesores y estudiantes hacen investigaciones sobre la Biblia; lo mismo que, en tiempos posteriores las oleadas de lo político, de lo nacional o de lo social, en el siglo XVI la irresistible pasión de contribuir a pensar, a discutir, a elaborar las ideas religiosas del tiempo, se apodera de toda la juventud europea. También Castalión es arrebatado por tal marea y un acaecimiento personal fue decisivo para su naturaleza humanitaria. Cuando, en Lyon, asiste por vez primera a la quema en la hoguera de un hereje, conmuévele hasta las últimas profundidades de su alma, de una parte, la crueldad de la Inquisición, y de otra, el animoso porte de la víctima. Desde este día, está resuelto a vivir y a luchar por la nueva doctrina, en la que ve libertad y liberación.

Naturalmente, que desde el momento en que el mancebo de veinticinco años se ha decidido por la Reforma, corre peligro su vida en Francia.

Siempre, donde quiera que un Estado o un sistema oprime fuertemente la libertad de creencias, sólo quedan tres caminos para aquellos que no quieran someterse a que sea violentada su conciencia: pueden combatir abiertamente al terrorismo estatal y convertirse en mártires; esta vía de la franca resistencia, la más osada de todas, la eligieron Berquin y Etienne Dolet, y pagaron su rebelión en la hoguera. O, para preservar la interna libertad, y, al mismo tiempo, conservar también la vida pueden someterse en apariencia y encubrir su auténtica opinión: ésta es la técnica de Erasmo y de Rabelais, los cuales, exteriormente, mantienen paz con la Iglesia y el Estado, para, envueltos en el manto de la sabiduría o cubiertos con la caperuza de cascabeles del bufón, disparar desde retaguardia sus envenenadas flechas, eludiendo con habilidad la acción de la fuerza, engañando a la brutalidad con astucias de Ulises. Como tercer refugio queda la emigración: el intento de pasar a salvo, con su persona, la interna libertad, desde el país donde es perseguida y despreñada hasta otra tierra donde le sea lícito respirar sin estorbos. Castalión, carácter recto pero al mismo tiempo suave, eligió, como Calvino, el camino más pacífico. A principios de 1540, poco después de haber contemplado con atormentado pecho, en Lyon, el suplicio en la hoguera de los primeros mártires evangélicos, abandonó su patria para ser desde entonces emisario y mediador de la doctrina evangélica.

Castalión se dirige a Estrasburgo, y, a la verdad, como la mayor parte de estos emigrados religiosos, propter Calvinum, "a causa de Calvino". Pues desde que este hombre, en el prólogo de su Institutio, exigió del modo más audaz, de Francisco I, la tolerancia y la libertad de creencias, aunque él mismo sea todavía un mancebo, pasa, ante toda la juventud francesa, como heraldo y abanderado de la doctrina evangélica. De él esperan todos estos refugiados aprender a sufrir sus persecuciones; de él, que sabe formular exigencias y plantear problemas, recibir una tarea para su vida. Como discípulo, y como discípulo entusiasta, — pues todavía el carácter ansioso de libertad de Castalión ve en Calvino el representante de la libertad espiritual, — dirígese inmediatamente Castalión a casa de su compatriota, y, durante una semana, habita en el hospedaje estudiantil que la mujer de Calvino ha organizado para estos futuros misioneros de la nueva doctrina. No obstante, en este primer momento no puede llegar a las deseadas íntimas relaciones, pues, poco después, es llamado ya Calvino a los concilios de Worms y de Hagenau. Se perdió la ocasión de establecer un primer lazo entre ellos. Pero el que Castalión, entonces de veinticuatro años, produjo ya una profunda impresión, manifiéstase muy pronto, pues apenas está asegurada la definitiva invocación a Calvino para que regrese a Ginebra, cuando, a propuesta de Farel con aprobación de Calvino, aquel otro sabio, floreciente de juventud, es llamado también a Ginebra como profesor de su escuela. Expresamente se le atribuye el título de rector, le son asignados dos maestros auxiliares a sus órdenes, y además, se le impone la deseada obligación de predicar en la iglesia de Vandoeuvres, una parroquia del territorio ginebrino.

Castalión justifica en un todo esta confianza y su actuación docente le proporciona además ocasión de un éxito, especialmente literario. Pues, para hacer a los discípulos más estimulante el aprendizaje del latín, traduce Castalión los más plásticos episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento en forma de diálogo latino. Pronto, el librillo, que al principio había sido pensado como un puente de los asnos para los niños de Ginebra, llega a ser universalmente conocido, y, en sus efectos literarios y pedagógicos, acaso sólo puede ser comparado con los Coloquios de Erasmo. Y aun, al cabo de los siglos, el librillo sigue siendo impreso; nada menos que cuarenta y siete ediciones han aparecido de él, cientos de miles de alumnos han aprendido en sus páginas los fundamentos del latín clásico. Y aunque, en el sentido de sus aspiraciones humanísticas, sea sólo una obra accesoria y de puro azar, siempre es este manualito latino el primer libro con el que Castalión se presentó en el proscenio espiritual de aquel tiempo.

Pero las ambiciones de Castalión van dirigidas hacia metas más elevadas que a escribir un libro escolar, agradable y útil. No renunció al humanismo para desparramar sus fuerzas y saber en pequeños trabajos. Este ser humano, joven e idealista, lleva en sí un alto plan que, hasta cierto punto, debe repetir y sobrepasar juntamente, la poderosa acción de Erasmo y la de Lutero: no se propone nada menos que traducir nuevamente toda la Biblia al latín y al francés. También su pueblo, el francés, debe tener a su alcance toda la verdad, lo mismo que, por la voluntad creadora de Erasmo y de Lutero, la tienen el mundo humanístico y el alemán. Y con la fe tenaz y silenciosa de su ser, Castalión se pone al trabajo en esta gigantesca empresa. Noche tras noche, el joven sabio que durante el día lucha fatigosamente en una tarea mal pagada para obtener el escaso pan de su familia, trabaja en aquel plan sacratísimo a que ha de consagrar su vida entera.

Empero, y en los primeros pasos tropieza Castalión con una resuelta resistencia. Un librero ginebrino se ha declarado dispuesto a imprimir la primera parte de su traducción latina de la Biblia. Pero en Ginebra, Calvino es ilimitado dictador en todas las cuestiones espirituales y eclesiásticas. Sin su consentimiento, sin su imprimatur, no es lícito que sea impreso libro alguno dentro de los muros de la ciudad; la censura nace siempre, naturalmente, como hija de toda dictadura.

De este modo, Castalión se dirige a Calvino, un hombre de letras a otro hombre de letras, un teólogo a otro teólogo, y le pide, como colega, el imprimatur. No obstante los caracteres autoritarios siempre ven en los pensadores independientes un adversario insoportable. La primera impresión de Calvino es de enojo y de despecho apenas disimulados. Pues él mismo escribió el prólogo para una traducción francesa de la Biblia hecha por un pariente suyo, y, con ello, hasta cierto punto, la ha reconocido como la Vulgata, como la Biblia oficial universalmente válida del protestantismo.

¡Qué "osadía", por lo tanto, la de este "joven" que no quiere reconocer humildemente como única válida y auténtica la versión que ha sido testimoniada por él y en la que colaboró él mismo, sino que, en vez de ello, quiere poner al lado de la otra una versión nueva y hecha además por su saber y conocimientos! Claramente se advierte el excitado mal humor de Calvino ante esa "arrogancia" de Castalión en su carta a Viret: "Escucha, ahora, la fantasía que le ha dado a nuestro Sebastián: nos da ocasión para reír pero también para sentir enojo. Race tres días vino a mi encuentro y me pidió permiso para publicar su traducción del Nuevo Testamento". Ya por este irónico tono puede uno imaginarse lo cordialmente que habrá recibido a su rival. En realidad, despacha a Castalión sin miramiento alguno: está dispuesto a darle el permiso, pero sólo con la condición de que ha de leer primero la versión y le sea lícito corregir en ella lo que, por su parte, considere corno necesitado de corrección.

Ahora bien, nada hay más remoto del carácter de Castalión que la vana complacencia en sus propias obras y la seguridad de sí mismo. Jamás, como Calvino, considera sus opiniones como las únicas verdaderas, su concepto sobre cualquier cosa como algo sin mácula e inatacable, y el prólogo que escribió después para esta traducción presenta por completo un dechado de modestia científica y humana. Abiertamente, consigna allí que él mismo no ha entendido todos los pasajes de la Sagrada Escritura, y avisa de ello al lector, para que no confíe, en su traducción, sin reflexionar, pues la Biblia es un libro oscuro, lleno de contradicciones y lo que él ofrece, es sólo una interpretación y no, en modo alguno, una certidumbre.

No obstante, por muy humana y humildemente que Castalión tase su propia obra, a tanta mayor altura coloca, como hombre, la nobleza de la independencia personal. En su conciencia de que, como hebraísta, como helenista y hombre de letras, en modo alguno se encuentra por debajo de Calvino, ve con razón una cosa depresiva en este querer censurarle de arriba abajo, en esta pretensión autoritaria cíe "mejorar" su obra. En una libre república de hombre de letras junto a hombres de letras, de teólogos junto a teólogos, no quiere colocarse, respecto a Calvino, en la situación de discípulo y maestro; no quiere dejar que sea tratada con el lápiz rojo su obra, sencillamente como el tema de un escolar. Para encontrar una humana salida, para testimoniar a Calvino su consideración personal, le ofrece que, a la hora que fuera conveniente para Calvino, iría a leerle el manuscrito, y ya se declara, con anticipación, dispuesto, a aceptar, en cuestiones de detalle, los consejos y las proposiciones del dictador. Pero Calvino es fundamentalmente opuesto a toda fórmula de conciliación. No quiere aconsejar, sólo ordenar. Rechaza esto, mezquiné y ásperamente. "Le comuniqué que, aunque me prometiera cien coronas, no me encontraría dispuesto a dejarme ligar con compromisos para un tiempo determinado, y después, quizás, discutir dos horas acerca de una palabra única. Con ello, se marchó enojado".

Por primera vez se cruzaron los aceros. Calvino experimentó que Castalión no está inclinado a someterse a él, sin voluntad alguna, en cosas eclesiásticas y espirituales; reconoció, en medio de la general adulación al eterno adversario de toda dictadura, al hombre independiente. Y desde esta hora, Calvino está decidido a apartar de su cargo, en la primera ocasión, y a ser posible de Ginebra, a este hombre que no quiere servirle a él, sino a su propia conciencia.

Quien busca un pretexto sabe siempre encontrarlo. Calvino no tuvo que esperar largo tiempo. Pues Castalión, que no puede alimentar a su numerosa familia con el sueldo tasado con mezquindad de un maestro de escuela, aspira al cargo íntimamente más adecuado para él y mejor pagado, de "Predicador de la palabra divina". Desde la hora en que dejó Lyon, el objetivo de su vida había sido el "llegar a ser servidor y mensajero de la doctrina evangélica, y ahora, hace ya meses que el excelente teólogo viene predicando en la iglesia de Vandoeuvres, sin que jamás haya sido alzada la menor objeción en aquella ciudad de costumbres tan severas; nadie, por lo tanto, en Ginebra puede solicitar con mejores títulos su admisión en el cuerpo de pastores. En efecto, la solicitud de Castalión encuentra unánime aprobación en el municipio, y, el 15 de diciembre de 1543, se decide que: "Sebastián, es un hombre muy sabio y muy indicado para servir a la iglesia, y, con ello, se ordena su colocación en el servicio eclesiástico".

Pero la municipalidad no contó con Calvino. £ Cómo? ¿sin preguntarle antes a él del modo más sumiso, ordenó el consejo municipal nombrar pastor, y, junto con ello, miembro del consistorio, a Castalión, persona que puede ser molesta para Calvino a causa de su íntima independencia? Al punto protesta contra el nombramiento de Castalión y explica su manera de proceder, poco propia de un colega, en una carta dirigida a Farel, con estos oscuros términos: "Hay importantes razones que impiden su nombramiento. . . En todo caso, ante el consejo no hice más que aludir a estos motivos y no los expresé, pero, al mismo tiempo, salí al encuentro de toda falsa sospecha respecto a él, para dejar su nombre libre de todo ataque. Mi intención es la de guardarle miramientos".

Al leer estas palabras, oscura y misteriosamente empleadas, es sorprendido el lector por cierta sospecha, en el primer momento desagradable.

¿No parece, realmente, como si aludieran a algo afrentoso contra Castalión, que le hacía incapaz de revestir la dignidad de pastor, a cualquier mácula que Calvino cubre magnánimamente con el cristiano manto de la indulgencia al "guardarle miramientos"? ¿De qué delito, pregúntase el lector, ha podido hacerse culpable este hombre de letras tan altamente apreciado, el cual es pasado en silencio por Calvino, con tanta magnanimidad? ¿Se ha apoderado de dinero ajeno? ¿Ha delinquido con mujeres? ¿Encubre su carácter, por toda la ciudad tenido como irreprochable, cualquier error secreto? Pero, con voluntaria falta de claridad, deja Calvino que se cierna sobre Castalión la más indeterminada de las sospechas, y nada es tan fatal para el honor y la consideración pública de un hombre como una ambigüedad que "guarda miramientos".

No obstante, Sebastián Castalión no quiere que se le "guarden". Tiene su conciencia pura y clara, y apenas llega a su conocimiento que es el propio Calvino, quien, a escondidas, quiere arruinar su fama, se presenta y exige que Calvino declare públicamente, ante la autoridad, por qué razones debe serle rehusado el cargo de pastor. Ahora tiene Calvino que poner sus cartas sobre la mesa y exponer el misterioso delito de Castalión; por fin, se llega a conocer el crimen con tan tierna solicitud silenciado por Calvino: Castalión, — ¡espantoso descarrío! — en dos secundarias interpretaciones teológicas de la Biblia no es por completo de la opinión de Calvino. En primer término expresó el punto de vista — y a ello asienten todos los teólogos, en alta voz o en voz baja, — de que el Cantar de Salomón no es en modo alguno una poesía religiosa, sino profana: el himno de la Sulamita, cuyos pechos triscan como dos cervatillos en campo de azucenas, constituye una poesía erótica totalmente mundanal y está bien lejos de ser una glorificación de la Iglesia. También la segunda divergencia es baladí: Castalión le concede al descendimiento de Cristo a los infiernos una significación distinta de la de Calvino.

Muy menudos y muy sin importancia se muestran, por lo tanto, los crímenes de Castalión "magnánimamente silenciados" por Calvino y a causa de los cuales debe serle negada la dignidad de pastor. Pero — y en este punto reside la cuestión realmente decisiva, — para un Calvino, en el terreno de la doctrina, no hay ni pequeñeces ni menudencias. Para su espíritu metódico, que aspira a una altísima unidad y autoridad en la nueva Iglesia, la más mínima desviación es tan peligrosa corno la más grande. Calvino quiere que en su fábrica, poderosa y lógicamente edificada, cada piedra, y hasta cada granillo de arena, esté inconmoviblemente colocado en su puesto, y lo mismo que en la vida política, lo mismo que en las costumbres y el derecho, también, en sentido religioso, le parece fundamentalmente insoportable cualquier forma de libertad. Si su Iglesia ha de durar, tiene que mostrarse autoritaria, desde sus cimientos hasta el último y más diminuto ornamento, y para quien no reconozca este su principio director, quien intente pensar con independencia en sentido liberal, para ése no hay espacio alguno en su Estado.

Desde el principio, pues, es trabajo perdido el que el consejo invite a Castalión y Calvino a una pública controversia, a fin de que concilien amigablemente sus diferencias de opinión. Pues—siempre hay que repetido—Calvino quiere ser él exclusivamente quien enseñe y no dejarse jamás instruir o convencer; no disputa nunca con nadie; sólo actúa como dictador. Ya en las primeras palabras exige de Castalión que "se convierta a nuestra opinión" y le previene del peligro de "confiar en su propio juicio", por tratarse, según el sentido de la concepción calvinista, de la necesaria unidad y autoridad en la Iglesia. Pero también Castalión permanece fiel a sí mismo. Pues la libertad de conciencia es para Castalión el supremo bien del alma y está dispuesto a pagar en el mundo cualquier precio por esta libertad. Sabe perfectamente que sólo necesitaría someterse a Calvino en estos dos minúsculos detalles y al instante le sería asegurada su lucrativa plaza en el Consistorio. Pero, insobornable en su independencia, responde Castalión que no puede prometer lo que no es capaz de cumplir sin proceder contra su conciencia.

Por lo tanto, es inútil la discusión. En estos dos hombres opónense, en aquella hora, la Reforma liberal, que exige para cada persona libertad en las cuestiones religiosas, y la Reforma ortodoxa; y con razón escribe Calvino después de esta fracasada explicación con Castalión: "Es un hombre que, en cuanto puedo juzgar por nuestras conversaciones, tiene tales ideas acerca de mí, que es difícil admitir que pueda jamás, entre nosotros, llegar a establecerse una unidad".

Pero ¿qué "ideas" son esas que tiene Castalión acerca de Calvino? Este último se hace traición a sí mismo al escribir que "a Sebastián se le ha puesto en la cabeza que tengo yo ansia de dominar". De modo más justo, no pueden, en realidad, ser expresados los hechos. Castalión, al cabo de poco tiempo, ha reconocido lo que los otros han de reconocer también prontamente: que Calvino, conforme a su tiránico natural, está decidido a no soportar en Ginebra más que una sola opinión, la suya, y que sólo es posible vivir en su esfera espiritual, si, como los de Beze y sus otros sucesores, se somete uno servilmente a cada letra de su doctrina. Pero Castalión no quiere respirar este aire de calabozo de un espiritual dominio coactivo. No es para someterse a una nueva vigilancia protestante de las conciencias para lo que huyó, desde Francia, ante el poder de la católica Inquisición; no renunció al antiguo dogma para ser siervo de uno nuevo. Para él, el Evangelio no es puramente un rígido y severo código de leyes, sino un modelo ético según el cual cada uno, con toda humildad, debe vivir dentro de sí y a su manera, sin que por ello ose afirmar que él y sólo él conoce la verdad. Una franca irritación asfixia el alma de este hombre libre cuando tiene que presenciar con qué soberbia y suficiencia, en Ginebra, los pastores recién nombrados exponen la palabra de Dios, como si sólo para ellos hubiera sido pronunciada claramente; apodérase de él la cólera contra estos orgullosos que, incesantemente, alaban su santa vocación y hablan de todos los demás como de repugnantes pecadores indignos. Y una vez, en una reunión pública, cuando era comentada la frase del Apóstol que dice: "Tenemos, en todas las cosas, por medio de una gran paciencia, que mostrarnos como enviados de Dios", alzóse repentinamente Castalión y dirigió a los "enviados de Dios" la invitación de que, por una vez siquiera, se examinaran a sí mismos en lugar de estar siempre, examinando, juzgando y castigando a los otros. Por desgracia, no conocemos el texto literal de la acometida de Castalión más que a través de la versión que comunica Calvino (el cual jamás hizo demasiados melindres para mudar alguna cosa cuando se trataba de un adversario). Pero aun en su unilateral versión, puede advertirse que Castalión se incluye a sí mismo en esta confesión de las faltas generales, pues dice: "Pablo era un siervo de Dios, pero nosotros nos servimos a nosotros mismos; era paciente, nosotros somos impacientes. Sufrió injusticias de los otros, pero nosotros perseguimos inocentes".

Calvino, presente en aquella reunión, parece haber quedado plenamente sorprendido del no preparado ataque de Castalión. Un discutidor apasionado y sanguíneo, un Lutero, habría saltado al instante y habría respondido con un encendido discurso; un Erasmo, un humanista, habría probablemente disputado sabia y serenamente; pero Calvino es, en primer término, político realista, un hombre de táctica y de práctica que sabe poner un freno a su temperamento. Advierte la fuerza con que las palabras de Castalión actuaron sobre los presentes y que no sería aconsejable oponérsele en aquel momento.

De este modo, permanece silencioso y aprieta sus sutiles labios hasta hacerlos aún más sutiles. "Por el momento guardé silencio — dice posteriormente, disculpando esta extraña moderación, — pero sólo para no iniciar una discusión violenta ante tantos extraños".

¿La desarrollará después en un círculo íntimo? ¿Tendrá una explicación con Castalión, hombre contra hombre y opinión contra opinión? ¿Le desafiará ante el Consistorio a que desarrolle su acusación general, citando nombres y hechos? De ningún modo. Calvino, en política, fue siempre ajeno a toda lealtad. Para él, toda tentativa de crítica no representa simplemente una discrepancia de opinión, sino un delito de Estado, un crimen. Mas los crímenes pertenecen al campo de las autoridades civiles. Allí, en lugar de llevarlo ante el Consistorio, es adonde arrastra a Castalión, transformando una discusión moral en una querella disciplinaria. Su acusación ante la municipalidad de la ciudad de Ginebra dice de este modo: "Castalión ha deprimido la autoridad de los eclesiásticos".

No con mucha satisfacción se reúne el consejo. No le gustan mucho estas regañinas eclesiásticas; hasta hay trazas de como si para las autoridades civiles no fuera muy desagradable el que, por fin, alguna vez, hubiera alguien que se atreviera a lanzar enérgicas y francas palabras contra la soberbia del Consistorio. Al principio, los consejeros van aplazando la resolución durante mucho tiempo, y su sentencia final atrae la atención por su carácter sorprendentemente ambiguo. Castalión es reprendido oralmente, pero no condenado o despedido; sólo su actividad como pastor de Vandoeuvres permanece en suspenso hasta más adelante1. Con esta tibia reprimenda, podía con facilidad haberse dado por contento Castalión. Pero, internamente, tiene ya tomada su' resolución. De nuevo ve confirmado el que junto a un carácter hasta tal punto tiránico como el de Calvino, no queda espacio alguno, en Ginebra, para un hombre libre. Por ello, solicita de la municipalidad la cesantía de su empleo. Pero, en esta primera prueba de fuerza, conoció ya, de modo suficiente, la táctica de su adversario para saber que los hombres de partido siempre tratan como soberanos a la verdad, cuando debe servir a su política; muy justamente prevé que su libre y varonil renuncia al cargo y dignidad de que había disfrutado será desfigurada después con la mentira de que perdió su puesto por cualquier clase de impuras razones. De este modo, exige Castalión, antes de abandonar Ginebra, un testimonio escrito sobre lo acaecido. Y con ello, se ve obligado Calvino a suscribir de su propia mano (todavía hoy puede verse el informe en la biblioteca de Basilea) que sólo a causa de haber surgido discrepancias entre ellos, en torno de dos aisladas cuestiones teológicas, ya no será Castalión nombrado pastor. Y, literalmente, sigue diciendo el documento: "A fin de que nadie pueda imaginar otra causa a la partida de Sebastián Castalión, testimoniamos aquí, para que haga efecto en todas partes, que renunció espontáneamente (sponte) a su cargo de maestro, y que antes lo había desempeñado de tal modo, que lo habíamos tenido por digno de pertenecer a la categoría de pastor. Si, no obstante, no fue recibido en ella, tal cosa no ocurrió, en modo alguno, porque se encontrara ninguna mácula en su conducta, sino, exclusivamente, por el motivo arriba mencionado".

El alejamiento casi forzado de Ginebra del único letrado de categoría igual a la suya significa una victoria para el despotismo de Calvino, pero propiamente, una victoria pírrica. Pues en los círculos más amplios, la separación del hombre de letras tan altamente apreciado se consideró como una gran pérdida. Públicamente se declara que "Calvino trató injustamente al Maestro Castalión", y, en todo el ámbito cosmopolita del humanismo, queda como probado, por medio de esta ocurrencia, que Calvino, en Ginebra, no tolera más que imitadores y secuaces suyos, y aun dos siglos después, Voltaire citará la opresión de Castalión como el más resuelto testimonio de la tiránica conducta espiritual de Calvino. "Puede medírsele por las persecuciones que infligió a Castalión, que era un letrado mucho mayor que él, y a quien, por celos, desterró de Ginebra".

Calvino, para las censuras, posee una piel sensible, hipersensible. Percibe, al instante, el general malestar que produjo con el apartamiento de Castalión. Y apenas tiene alcanzado su objeto de saber arrojado de Ginebra a este único hombre independiente y de categoría, oprímele la preocupación de que el público pueda acusarle a él de que Castalión ande vagando ahora por el mundo, absolutamente sin recursos. En efecto, la resolución de Castalión había sido desesperada. Pues, como declarado adversario de la más poderosa política protestante, no puede contar, dentro de Suiza, con ningún inmediato empleo en la Iglesia reformada; su ardiente determinación le ha arrojado en la más amarga miseria. Como mendigo, como hambriento, va de puerta en puerta el antiguo rector de la Escuela Reformada de Ginebra, y Calvino posee una vista lo bastante perspicaz para reconocer que esta pública situación de indigencia de un oprimido rival suyo tiene que aportar el más grave daño a su propia persona. De este modo, ahora, ya que Castalión no le es enojoso con su presencia, procura tender al expulsado un puente de plata. Con sorprendente diligencia, escribe carta tras carta a sus amigos, para disculparse, explicándoles cuánto se ha esforzado para conseguir una posición conveniente para el pobre y necesitado Castalión (que sólo por culpa suya llegó a ser pobre y necesitado). "Deseaba que pudiera, sin obstáculo, encontrar acomodo en cualquier lugar, y, por mi parte, habría dado facilidades para ello". Pero Castalión, como imaginaba Calvino, no se deja tapar la boca. Franca y abiertamente refiere por todas partes que tuvo que abandonar Ginebra a causa de] carácter despótico de Calvino, y, con ello, le hiere en su punto más sensible, pues jamás confesó públicamente éste su poder dictatorial, sino que siempre quiso ser considerado solamente como el más modesto y el más humilde esclavo de sus difíciles deberes. Al punto, cambiase ahora el tono de las cartas de Calvino; ha terminado, de repente, la piedad hacia Castalión. "¡Si supieras — dícele, quejándose, a un amigo — lo que este perro, me refiero a Sebastián, ladra contra mí! Refiere que sólo a causa de mi tiranía fue echado de su cargo, para que yo pudiera gobernar solo". En el transcurso de muy pocos meses, el mismo hombre acerca del cual Calvino suscribió con su propia mano que era totalmente digno de ser revestido con el sagrado cargo de siervo del Señor, se convirtió, para el mismo Calvino, en una "bestia", en un "chien", sólo porque prefirió hacer suya la más amarga pobreza en lugar de dejarse comprar y seducir con prebendas.

Esta heroica pobreza voluntariamente elegida por Castalión produjo, ya entonces, admiración entre sus contemporáneos. Expresamente consigna Montaigne que es lamentable que un hombre de tales merecimientos como Castalión tenga que sufrir tamaña necesidad, y ciertamente, añade, que muchas gentes habrían estado dispuestas a ayudarle, si, a tiempo bastante, hubieran tenido noticia de ello. Pero, en realidad, en modo alguno se muestran dispuestas a evitar a Castalión ni aun la necesidad más extrema.

Años y años han de pasar todavía antes que el desterrado alcance un cargo que, sólo a medias, sea acomodado a su saber y superioridad moral; al principio, no lo llama ninguna Universidad, no le es ofrecido ningún cargo de pastor, pues la dependencia política de las ciudades de Suiza con relación a Calvino es ya harto grande para que nadie ose ponerse públicamente en contra del dictador de Ginebra. Con gran trabajo encuentra, por fin, el expulsado algo que sostenga su vida en un subalterno cargo de corrector en la imprenta basiliense de Oporin; no obstante, el irregular trabajo no es suficiente para alimentar a mujer e hijos, y, de este modo, Castalión tiene además que emplearse como profesor privado, a fin de atrapar los necesarios groschen para cubrir la mesa de seis u ocho bocas. En una miseria indecible, mezquina, lamentable, diaria, paralizadora del alma y entorpecedora de las fuerzas, tiene que vivir aún durante muchos años de oscuridad, antes que, por fin, la Universidad nombre siquiera lector de lengua griega al hombre de letras de un saber universal. Pero todavía este cargo, más honorífico que lucrativo, no proporciona en mucho tiempo a Castalión el liberarse de su eterna servidumbre; durante toda su vida, el gran literato, que hasta llega a ser llamado por algunos el sabio más sabio de su tiempo, tiene que seguir realizando bajos trabajos manuales. Por su propia mano, labra la tierra en su casita del arrabal de Basilea, y como el trabajo diario no alcanza para alimentar a la familia, Castalión se atormenta toda la noche corrigiendo textos impresos, mejorando obras ajenas y traduciendo de todos los imaginables idiomas; por miles y miles se cuentan las páginas que, por ganar su pan, tradujo, para el editor de Basilea, del griego, del hebreo, del italiano, del alemán.

Pero esta indigencia prolongada durante años y años, sólo lograba corroer su cuerpo, su cuerpo sensible y débil, pero jamás la independencia y decisión de su orgullosa alma. Pues, en medio de tal inmensidad de forzoso trabajo, en modo alguno olvida Castalión su misión verdadera. De manera inconmovible, prosigue laborando en la obra de su vida, en la traducción de la Biblia al latín y al francés, y, en los intermedios, brotan de su pluma escritos de ocasión y de polémica, comentarios y diálogos; no hay día ninguno, ninguna noche, en que Castalión no haya laborado; este eterno carromatero de las letras no conoció jamás el placer de un viaje, la merced del reposo, nunca tampoco la sensual recompensa de la gloria o de la riqueza. Pero este espíritu libre prefiere hacerse siervo de la eterna pobreza, prefiere sacrificar el sueño de sus noches antes que ¡a independencia de su conciencia: magnífico ejemplo para aquellos secretos héroes del espíritu que, inadvertidos por el mundo, prosiguen, también en la oscuridad del olvido, la lucha por las cosas más santas para ellos: la intangibilidad de la palabra, el inconmovible derecho de la opinión personal.

Todavía no ha comenzado, en realidad, el duelo entre Castalión y Calvino. Pero dos hombres, dos ideales, se han mirado a los ojos y se han reconocido, uno a otro, como rivales irreconciliables. Imposible habría llegado a ser para ambos el vivir en la misma ciudad, en el mismo ámbito espiritual, aunque no fuera más que por una hora de tiempo; pero si bien ahora están definitivamente separados, el uno en Basilea, el otro en Ginebra, se observan no obstante uno a otro con vigilantes ojos. Castalión no olvida a Calvino ni Calvino a Castalión, y su silencio es sólo una espera de la palabra decisiva. Pues divergencias de aquella íntima naturaleza, que ya no son simplemente diversidad de opiniones, sino contiendas primitivas entre opuestas concepciones del universo, no pueden mantener una paz duradera; jamás la libertad espiritual puede sentirse completa a la sombra de una dictadura;} jamás puede vivir descuidada una dictadura mientras permanezca en pie un solo hombre independiente dentro de sus fronteras.

Pero siempre se necesita una ocasión para que se exteriorice una latente hostilidad. Sólo cuando Calvino enciende la hoguera de Servet, brota acusadora de labios de Castalión la inflamada palabra. Sólo cundo Calvino declara la guerra a toda conciencia libre, proclama también Castalión, en nombre de esa propia conciencia, su lucha a vida o muerte.

 

EL CASO SERVET

A veces la Historia, en el rodar de los tiempos, entre las millones de individuos de la masa de la humanidad elige una figura aislada para desplegar plásticamente con ella, hasta sus últimas consecuencias, una concepción del universo. Tal hombre no es preciso, en modo alguno, que sea siempre un genio del más alto grado. Con frecuencia conténtase simplemente el destino con destacar un nombre, por completo al azar, entre otros muchos, para escribirlo, de modo imborrable, en la memoria de la posteridad. De tal manera tampoco Miguel Servet llegó a poseer una personalidad memorable por la fuerza de su genio, en un todo singular, sino sólo merced a su final espantoso.

Con dotes muy variadas, pero no dichosamente dispuestas, en este hombre notable se dan las aptitudes en una extraña mezcla: intelecto fuerte, despierto, curioso, obstinado, que va mariposeando de uno en otro problema; voluntad pura de lograr la verdad, pero incapaz de claridad creadora. A ninguna ciencia se adapta en forma fundamental este espíritu fáustico, aunque a todas las ataque; guerrillero, a la vez, de la filosofía, la medicina, la teología, deslumbrante a veces por sus audaces observaciones, nuevamente afeado después con frívola charlatanería. En todo caso, en el libro de sus proféticas predicciones alza una vez sus claras llamas una observación verdaderamente capital y de las que muestran caminos nuevos a los hombres, el descubrimiento médico de la llamada pequeña circulación de la sangre; pero Servet no piensa en hacer valer su hallazgo de modo sistemático y en profundizarlo científicamente; como una exhalación aislada y prematura, extínguese este fulgor genial en la oscura superficie de su siglo. Hay mucha fuerza espiritual en este solitario, pero sólo la íntima aspiración a un fin transforma su fuerte espíritu en una figura creadora.

Ha solido ser repetido hasta dar tedio que en cada español se esconde un vástago de Don Quijote; no obstante, la observación es asombrosa y totalmente por justa aplicada a Miguel Servet. No sólo en cuanto a su estampa tiene gran semejanza este aragonés extenuado, amarillo, de barba puntiaguda, como el macilento y enflaquecido héroe manchego; también en lo interno está abrasado por idéntica pasión, magnífica y grotesca, de combatir en favor de lo absurdo y de precipitarse, con un idealismo ciego de furia, contra todas las resistencias de la realidad. Privado en absoluto de autocrítica, atrafagado siempre en descubrir o afirmar alguna cosa, este caballero andante de la Teología cabalga contra todas las ventas y molinos de viento de su época. Sólo le excita la aventura, lo absurdo, lo extraviado y peligroso, y, con un agudo placer de luchar, choca, exacerbado, contra todos les otros ergotistas, sin ligarse a ningún partido, sin pertenecer a ningún clan, siempre solitario, a un tiempo lleno de fantasía y fantástico, y, con ello, una figura excéntrica, en todo y por completo.

Quien, con tan hirsuto aprecio excesivo de sí mismo, se alza, de modo constante, solo contra todos, tiene, directa y fatalmente, que ponerse a mal con todos. Poco más o menos de la misma edad de Calvino, siendo todavía un semimuchacho, tuvo ya Servet su primer choque con el mundo; ya a los quince años, a causa de la Inquisición, se vio obligado a huir desde su patria aragonesa a Toulouse, para proseguir allí sus estudios. Desde la Universidad, llevólo a Italia, como secretario, el confesor de Carlos V, y después también lo acompañó a la Dieta de Ausburgo; allí se apoderó del joven humanista, como de todos sus contemporáneos, el apasionamiento político por las grandes contiendas de la Iglesia.

Su inquieto espíritu entró en fermentación al presenciar la polémica, de alcance universal, entre la nueva doctrina y la vieja. Donde todo luchaba, quiso luchar también él; donde todo procuraba reformar la Iglesia, quiso también él colaborar a la reforma, y, con el radicalismo de la juventud, aquel exaltado despreció todas las anteriores soluciones y resoluciones a los problemas de la antigua Iglesia, por demasiado vacilantes, tibias e indecisas. Hasta Lutero, Zwingli y Calvino no le parecían, ni con mucho, bastante revolucionarios a este osado renovador para la purificación del Evangelio, ya que todavía admitían en sus nuevas doctrinas el dogma de la Trinidad. Mas Servet, con la intransigencia de sus veinte años, decíala simplemente nulo el Concilio de Nicea y el dogma de las tres eternas hipótesis como inconciliable con la unidad del Ser divino.

Esta radical concepción no sería en sí misma de ningún modo sorprendente en tiempos de tal sobreexcitación religiosa. Siempre, cuando todos los valores y leyes han empezado a bambolearse, busca cada cual su derecho de pensar con independencia y sin tradición. Pero, de un modo fatal, copia Servet de todos aquellos gruñidores teólogos, no sólo el goce en la discusión, sino también su peor cualidad: la pedantería intolerante y fanática. Pues, al punto, el mancebo de veinte años pretende demostrar a los directores de la Reforma que han reformado la Iglesia de modo por completo insuficiente, y que sólo él, Miguel Servet, sabe la verdad. Con impaciencia, visita a los mayores sabios de su tiempo; en Estraburgo, a Martín Bucer y a Capito, y en Basilea, a Decolampadius, para invitarlos precipitadamente a suprimir de la Iglesia evangélica el "errado" dogma de la Trinidad. Con facilidad puede pensarse el espanto de los dignos y maduros predicadores y profesores, cuando, de súbito, un imberbe estudiante español surge impensadamente en su casa, y, con los rudos modales de un temperamento violento e histérico, exige que echen a rodar al punto todas sus concepciones, y se liguen obedientes a su? radicales tesis. Como si el demonio en persona les hubiera enviado a su cuarto de estudio uno de sus hermanos infernales, hácense así cruces ante este no domado hereje. Decolampadius lo arroja de su casa como a un perro, y le llama "judío, turco, blasfemo y poseído del demonio"; Bucer lo saca a la vergüenza desde el pulpito como * ' un siervo del diablo, y Zwinglio previene públicamente en contra del "criminal español, cuya falsa y maligna doctrina quiere acabar con toda nuestra religión cristiana".

Pero lo mismo que el hidalgo manchego no se deja apartar de su errada vía con 'injurias y palos, tampoco este teológico paisano suyo quiere dejarse inmutar, en su lucha, con argumentos o repulsas. Si los directores no quieren comprenderle, ni los sabios y prudentes no quieren oírle en sus cuartos de estudio, entonces tiene que proseguir públicamente el combate. ¡ Que toda la cristiandad lea, en un libro, sus argumentos demostrativos! A los veintidós años, arrambla Servet con su último discurso y da su tesis a la imprenta en Hagenau.

Ahora la tormenta contra él estalla abiertamente. Bucer declara, desde lo alto del sagrado pulpito, nada más ni nada menos sino que este criminal merece "que le sean arrancadas las entrañas de su cuerpo viviente", y en todo el ámbito del protestantismo, desde esta hora, pasa Servet por el predilecto legado del auténtico Satanás.

Naturalmente que para un hombre que hasta este punto se coloca en una posición provocadora contra todo el mundo, que al mismo tiempo tiene por errónea la doctrina de la Iglesia católica y la de la protestante, no hay ya ningún sitio tranquilo en todo el Occidente cristiano, ni casa ni hogar. Desde que Miguel Servet se hizo, con su libro, culpable de la "herejía arriana", el ser humano que lleva tal nombre es expulsado y perseguido como un animal salvaje. Una única salvación puede todavía pensarse para él: desaparecer sin dejar huella, hacerse invisible e inencontrable, arrancar de sí su nombre, como un traje que arde; como Michel de Villenueve, regresa a Francia el proscrito, y se coloca como corrector, bajo tal seudónimo, en una imprenta de Lyon. Su fuerte capacidad para impregnarse, como aficionado de todas las cosas, encuentra también pronto en este terreno un nuevo estímulo y posibilidades polémicas. Con la corrección de la Geografía de Ptolomeo, desarróllase en Servet, de la noche a la mañana, el saber geográfico y dota a la obra de una extensa introducción. Con la revisión de libros médicos, dirígese de nuevo aquel inquieto espíritu hacia la Medicina, y, al cabo de poco tiempo, emprende, ya seriamente, el estudio del arte de curar; va a París para seguir perfeccionándose y trabaja con Vesalius, como preparador, en unas lecciones de Anatomía. Pero de nuevo, al igual que antes con la Teología, comienza el impaciente a querer enseñar y sobrepasar a todos los otros en esta nueva materia, sin haber llegado todavía hasta el final, y, probablemente, sin haber recibido tampoco el grado de doctor. Con osadía, anuncia en la Escuela de Medicina de París un curso sobre Matemáticas, Meteorología, Astronomía y Astrología; pero tal mezcla del estudio de los astros y del arte de curar, junto con ciertas prácticas de charlatanería, enojan a los médicos; Servet-Villanovus entra en conflicto con las autoridades, y, por último, es públicamente acusado ante el Parlamento de que comete groseros abusos con su Astrología, saber penado por las leyes divinas y terrenas. Otra vez se pone a salvo Servet, por medio de un rápido buceo, sólo con el objeto de que, en la investigación judicial, no sea descubierta su identidad con el tan buscado archihereje. De la noche a la mañana, el maestro Villanovus desaparece de París, lo mismo que antes el teólogo Servet de Alemania. En mucho tiempo no se oye ya nada más acerca de él. Y cuando vuelve a salir otra vez a flote, está ya provisto de otra máscara nueva: c quién podría tampoco sospechar que el nuevo médico del arzobispo Parelmier de Vienne, este piadoso católico que va a misa todos los domingos, es un proscrito archihereje y un charlatán condenado por el Parlamento? En todo caso, Michel de Villeneuve se abstiene muy sabiamente en Vienne de extender tesis heréticas. Se mantiene en un todo tranquilo y sin atraer la atención; visita y cura a mucha gente, gana dinero en abundancia, y, llenos de respeto, sin sospecha alguna, los valientes burgueses de Vienne lo saludan con el sombrero cuando el docteur Michel de Villeneuve, pasa por su lado lleno de dignidad y de española grandezza: ¡qué hombre noble, piadoso, humilde y sabio! Pero, en realidad, el archihereje no está en modo alguno muerto en este hombre apasionado y ambicioso; en lo más profundo del alma de Miguel Servet, vive inconmovible el antiguo espíritu, inquieto e investigador.

Siempre que una idea ha tomado posesión de un ser humano, lo domina hasta las últimas fibras de su pensar y de su sentir, y engendra en él, irresistiblemente, una fiebre íntima. Una idea viviente no quiere nunca existir dentro de un único mortal y perecer con él: quiere espacio y mundo y libertad. Por ello, para cada pensador llega siempre la hora en que la idea de su vida empuje de dentro afuera, como una espina en un dedo inflamado, como un niño en el vientre materno, como la fruta encerrada en su cáscara. Un hombre de la pasión y la conciencia de su valer, de un Servet, no puede, a la larga, sufrir el que sólo para él mismo hayan sido pensados los pensamientos de su vida; irresistiblemente, tiene que apetecer que todo el mundo llegue a pensar como él. Después como antes significa para él un cotidiano tormento de conciencia el considerar cómo los directores evangélicos, según su opinión, siguen proclamando, según falsos dogmas, el bautismo y la Trinidad; cómo el cristianismo está todavía manchado con estos errores "anticristianos". ¿No es deber suyo presentarse por fin en la palestra y apartar a todo el mundo al mensaje de la verdadera fe? De modo espantoso tienen que haber pesado sobre Servet estos años de forzado silencio. De una parte, le angustia la palabra no pronunciada; de otra, como proscrito y disfrazado, tiene que mantener apretados los labios. En esta penosa situación, intenta, por último, Servet — bien comprensible afán, — encontrar siquiera en la lejanía un pensamiento hermano con el cual poder mantener una discusión espiritual; ya que él, en su residencia, con nadie osa entenderse en el terreno espiritual, manifiesta con las palabras escritas en una carta sus convicciones teológicas.

De un modo fatal, es precisamente a Calvino a quien el deslumbrado pensador va a hacer objeto de su completa confianza. Precisamente con este radicalísimo y osadísimo renovador de la doctrina evangélica, anhela Servet ponerse de acuerdo para una interpretación de los Escritos Santos aun más severa y audaz: acaso con ello no haga más que renovar una antigua comunicación oral. Pues ya en los años universitarios, ambos coetáneos se encontraron una vez en París; pero sólo al cabo de los años, cuando ya Calvino es señor de Ginebra y Michel de Villeneuve ha llegado a ser médico del arzobispo de Vienne, reanúdase entre ambos, por mediación de un librero de Lyon, un cambio epistolar. La iniciativa parte de Servet. Con una insistencia que no puede ser rechazada, hasta con inoportunidad, dirígesela Calvino para adquirir el auxilio de este fortísimo teorizador de la Reforma en su combate contra el dogma de la Trinidad y le escribe carta tras carta. Al principio, Calvino sólo le contesta disuadiéndolo de un modo doctrinal; en la idea de su deber de instruir a los que yerran, y, como jefe de la Iglesia, volver a traer al redil a los descarriados, trata de hacer comprender a Servet sus errores; pero, por último, tanto le irrita la tesis herética como el tono arrogante y soberano con que Servet la expone. A un carácter hasta tal punto autoritario como el de Calvino, a quien ya la más mínima oposición, en la más minúscula pequeñez, le ataca a la bilis dirigirle frases como éstas: "Con frecuencia te hice comprender que vas por erróneo camino al aprobar la monstruosa diferencia de las tres esencias divinas", ya eso solo se llama excitar, del modo más peligroso a un peligrosísimo adversario. Pero cuando Servet, por último, envía al propio autor de fama universal un ejemplar de su "Institutio religionis Christianae", en el cual, como un maestro de escuela con el ejercicio de un discípulo, ha anotado él, en las márgenes, las pretendidas faltas que el texto contiene, entonces es fácil imaginarse la disposición de ánimo con que el señor de Ginebra recibiría la arrogancia de este teólogo de afición: "Servet se arroja sobre mi libro y lo ensucia y babea como un perro que muerde una piedra y la lleva con los dientes de un lado a' otro", escribe Calvino despreciativamente a su amigo Farel. ¿Para qué perder el tiempo en discutir con semejante cabeza llena de embrollos? De un puntapié acaba con los argumentos de Servet. "No presto ya más atención a las palabras de este individuo que al rebuzno de un asno (le hinhan d'un áne)".

Pero el desgraciado Don Quijote, en vez de advertir a tiempo bastante contra qué férrea coraza de orgullo y posesión de sí mismo, fustea él con su débil lanza, no cede en modo alguno. Precisamente a este hombre, uno y único que no quiere saber nada de él, anhela conquistarlo para sus ideas a cualquier precio que sea y no ceja en sus solicitudes; es, en realidad, según escribe Calvino, como si estuviera poseído por un "Satán". En lugar de defenderse de Calvino como del adversario más peligroso que pudiera imaginarse, llega hasta a enviarle, para su lectura, las pruebas de la aun no tirada obra teológica que prepara y en la cual, si el contenido tiene que indignar a Calvino, ¡qué no pasará con el título! Pues Servet denomina su escrito de confesiones Christianismi Resttíutio, para significar de modo bien visible, ante todo el mundo, que a la Institutio de Calvino tiene que serle contrapuesta una Restitutio. Llega ahora a ser demasiado enojoso para Calvino el patológico afán de proselitismo de este contradictor y su alocada insistencia.

Expresamente, hácele comprender al librero Frellon, que hasta entonces ha servido de mediador en el cambio de correspondencia, que, en realidad, tiene cosas más apremiantes que hacer que perder su tiempo con tal hinchado loco. Pero al mismo tiempo le escribe a su amigo Farel — y estas palabras han de adquirir después una espantosa trascendencia: — "Servet me escribió hace poco tiempo y añadió a su carta un grueso volumen con las elucubraciones de su sesera, afirmando, con increíble petulancia, que había de leer en él cosas sorprendentes. Se declara dispuesto a venir aquí en cuanto yo lo desee. . .

Pero no quiero decirle acerca de ello ni una sola palabra, pues si llegara a venir, lo que es yo, en cuanto todavía conservara alguna influencia sobre esta ciudad, no soportaría que volviera a salir vivo de ella".

No se sabe si Servet tuvo conocimiento por un tercero de esta amenaza de Calvino, o si (en alguna carta perdida) Calvino mismo le habrá prevenido acerca de ello: en todo caso, parece por fin haberle asaltado cierto recelo por haberse confiado a aquel odiador mortífero; por primera vez, se siente inquieto por haber enviado a Calvino, "sub sigillo secreti", aquel peligroso manuscrito, por saberlo entre las manos de un hombre que tan abiertamente manifiesta su hostilidad hacia él. "Como eres de opinión — escríbele espantado a Calvino, — de que soy un Satán para ti, pongo punto final.

Devuélveme mi manuscrito y consérvate bueno. Pero si crees sinceramente que el Papa es el Anticristo, tienes también que estar convencido de que la Trinidad y el bautizo de los niños, que constituyen una parte de la doctrina pontificia, son un dogma demoníaco." Pero Calvino se guarda de contestar, ni mucho menos piensa en enviar a Servet el acusador manuscrito. Cuidadosamente, como un arma peligrosa, conserva el herético escrito en un armario, para poder sacarlo en la hora que convenga. Pues, uno y otro saben, después de esta última y dura declaración, que va a comenzar un combate, y, con lúgubre presentimiento, escríbele Servet en aquellos días a un teólogo: "Es plenamente claro para mí que, a causa de estas cosas, está próxima para mí la muerte. Pero tal pensamiento no puede abatir mi valor. Como discípulo de Cristo, sigo las huellas de mi Maestro".

Es cosa arriesgada y peligrosa para la vida, todos lo han experimentado, Castalión, Servet y cien otros más, encontrarse en oposición con un pedante tan fanático como Calvino, aunque sólo sea por una única vez y en un punto accesorio de su doctrina. Pues el odio de Calvino, como todo en su carácter, es rígido y metódico; no a modo de una llamarada de cólera que brota rudamente y vuelve a extinguirse por sí misma, como las explosiones atroces de un Lutero y el palurdismo de Farel. Su odio es un resentimiento, duro, agudo y cortante como bronce; no procede, como el de Lutero, de la sangre, del temperamento, de acaloramiento o de la bilis: el rencor de Calvino, fiero y frío, viene del cerebro y su odio posee una memoria espantosamente feliz. Calvino no olvida jamás ninguna cosa ni a nadie, — "quand, U a le dent contre quelqu'un ce ríest jamáis fait", dice de él el pastor de la Mare, — y un nombre, una vez que queda escrito dentro de él con su aguda garra, nunca es borrado después antes que el hombre mismo lo haya sido del libro de la vida. De este modo, tampoco influyeron cosa alguna todos los años durante los cuales Calvino no oyó absolutamente nada de Servet: no por eso le ha olvidado. Calladamente conserva en la alacena las cartas comprometedoras; en su carcaj, la flechas; en su alma, dura y despiadada, el antiguo e inmodificable odio.

En realidad, durante este largo plazo, Servet se mantiene en apariencia plenamente tranquilo. Ha cesado de tratar de convencer al que nada puede aprender; toda su pasión se dirige ahora hacia la obra. Con una abnegación silenciosa y verdaderamente conmovedora, el médico del arzobispo sigue trabajando en secreto en su Restitutio, obra que, según el autor espera, debe sobrepasar mucho en veracidad a la Reforma de Calvino, Lutero y Zwinglio y rescatar al mundo para el verdadero cristianismo. Pues en manera alguna fue jamás Servet aquel "ciclópeo despreciador del Evangelio", título que después trata de imprimir en él Calvino, ni tampoco el audaz libre pensador y ateo que a veces es celebrado hoy. Siempre permaneció Servet dentro del ámbito de lo religioso, y la invocación del prólogo de su libro testimonia hasta qué punto se siente el autor a sí mismo como piadoso cristiano, que tiene que poner en peligro su vida por su fe en lo divino. "¡Oh Jesucristo, hijo de Dios, que nos has sido dado por el cielo, revélate por ti mismo a tu siervo a fin de que pueda ser clara para nosotros, de manera verosímil, tan gran revelación! Son tus asuntos lo que yo, siguiendo internamente un divino impulso, me propongo defender. Ya antes, hice una primera tentativa; ahora me veo otra vez obligado a ello, ya que en verdad están cumplidos los tiempos. ¡Tú nos has enseñado a no encubrir nuestra luz! ¡Ay de mí, pues, si no anunciara la verdad!" El que Servet tiene plena conciencia del peligro que conjura contra sí con la publicación de su libro, lo atestiguan, fuera de esto, las especiales medidas precautorias, que toma en la impresión. Pues ¡ qué monstruosa osadía, como médico del arzobispo, hacer imprimir, en una pequeña ciudad charlatana, una gruesa obra herética de setecientas páginas! No sólo el autor, sino también el corrector y todos los impresores se juegan la vida en tan loca empresa. Pero con gusto sacrifica Servet todos los haberes adquiridos trabajosamente en muchos años de actividad médica, sobornando a los indecisos trabajadores para que impriman en secreto su obra, a pesar de la Inquisición. Por precaución, además, la prensa de imprimir es llevada, desde la auténtica imprenta, a una casa apartada que el propio Servet alquiló para este objeto. Ahora, gentes de fiar, que se han obligado entre sí a guardar secreto bajo juramento, trabajan allí en el libro herético de la manera que menos llame la atención, y bien se comprende que en la obra terminada quedará suprimida toda indicación de lugar de impresión y sitio de publicación. Sólo en la última página, de un modo fatal, hace estampar Servet, encima del año de la publicación, las traidoras iniciales M. S. V. (Michael Servet Villanovus) y suministra con ello a los sabuesos de la Inquisición un irrefutable testimonio de que él es el autor.

Pero Servet no precisa, en modo alguno, hacerse traición a sí mismo; de eso cuida ya el odio de su implacable adversario, en apariencia adormecido, pero que en realidad acecha con agudas miradas. La magnífica organización de espionaje y vigilancia que Calvino organizó en Ginebra de un modo cada vez más metódico y de mallas más cerradas, extiende también su acción a los países próximos y actúa en Francia hasta de manera más precisa que la Inquisición pontificia allí establecida. Aun no ha aparecido realmente la obra de Servet; aun están empaquetados en Lyon casi todo el millar de volúmenes o rueda, sin desatar, en los carros de libros que van a la feria de Francfort; aun el mismo Servet se ha desprendido de tan escasos ejemplares, que, hasta el día de hoy, en total, no se han conservado más de tres, cuando, sin embargo, Calvino tiene ya uno entre sus manos. Y, al instante, procede a aniquilar de un solo golpe a los dos: al hereje y a su obra.

Esta primera tentativa de Calvino (poco conocida) para deshacerse de Servet es, en realidad, a causa de su astucia, aún más repugnante que el posterior asesinato en la plaza del mercado de Champel. Pues si Calvino, después del recibo del libro juzgado por él como archiherético, quisiera hacer caer a su adversario en manos de las autoridades eclesiásticas, habría tenido para ello un camino franco y honrado. Sólo necesitaba prevenir a la cristiandad, desde el pulpito, acerca de ese libro, y ya la Inquisición católica, dentro de breve plazo, habría descubierto por sí misma al autor a la sombra de un palacio arzobispal. Pero el jefe de la Reforma le ahorra al Santo Oficio papal el trabajo de hacer la investigación, y, a la verdad, del modo más pérfido. En vano es que los panegiristas de Calvino procuraran defenderlo aún en este punto oscurísimo, porque desconocen y decoloran, con ello, hasta en lo más profundo, su carácter: Calvino, que¿ indudablemente, en lo personal, es un hombre lleno del más sincero celo y de la más pura voluntad religiosa, pierde al instante todos sus escrúpulos en el momento en que se trata de su dogma, en que se trata de su "causa". En favor de su doctrina, de su partido (y en este punto su oposición con Ignacio de Loyola se convierte en identidad) está al instante dispuesto a aprobar todo procedimiento con tal de que parezca eficaz. No bien el libro de Servet se encuentra en mano de Calvino, cuando, inmediatamente, ya el 16 de febrero de 1553, uno de sus más próximos amigos, un protestante emigrado llamado Guillaume de Trye, escribe desde Ginebra una carta a Francia, a su primo Antoine Arneys, que ha seguido siendo tan fanático católico como de Trye ha llegado a serlo protestante. En esta carta celebra primero en general de Trye el modo excelente cómo la protestante Ginebra suprime toda maquinación herética, mientras que en la católica Francia se desarrolla lozanamente esta mala yerba. Pero, de súbito, la amistosa parlería se trueca en seriamente peligrosa: allí, en Francia, escribe de Trye, reside ahora, por ejemplo, cierto hereje que merece ser quemado donde quiera que se le pueda echar mano ("qui mérite míen d'étre brulé partout ou il sera").

Siéntese aquí un involuntario espanto. Pues tal frase rima ya de modo peligroso con el antiguo anuncio de Calvino de que si Servet llegara a pisar Ginebra ya cuidaría él de que no saliera vivo de la ciudad. Pero de Trye, el auxiliar de Calvino, llega aún a hablar en forma más paladina. Especifica luego, con toda claridad: "Trátase de un español aragonés que se llama Michael Servet, pero que se hace llamar Michel de Villenueve, y que ejerce la profesión de médico" y consigna inmediatamente el título impreso en la portada del libro de Servet, su índice, lo mismo que el texto de las cuatro primeras páginas. Después, con un piadoso suspiro por los pecados del mundo, envía su mortífera carta.

Esta bomba de Ginebra está dispuesta con tal arte, que no debe hacer en seguida explosión sino sólo en su debido lugar. Todo ocurre exactamente tal como el delator lo había calculado. El piadoso católico Arneys, completamente fuera de sí, corre, agitando el escrito, en demanda de las autoridades eclesiásticas de Lyon; el cardenal convoca con la mayor prisa al inquisidor pontificio Fierre Ory. Con funesta celeridad, pónese en movimiento la rueda impulsada por Calvino. El 27 de febrero partió de Ginebra la denuncia; el 16 de marzo, Michel de Villenueve es ya emplazado en Vienne.

Pero — amargo desengaño para los conspiradores de Ginebra — la bomba, hecha con todas las reglas del arte, no produce explosión. Cualquier mano benévola tiene que haber cortado la mecha. Probablemente, el arzobispo de Vienne, en propia persona, le había hecho a tiempo bastante a su médico alguna preciosa indicación para que se cubriera. Pues cuando el inquisidor aparece en Vienne, la prensa, de modo mágico, ha desaparecido ya del lugar de la impresión; los obreros declaran bajo juramento que jamás han impreso un libro de esa especie, y el altamente apreciado médico Villanovus rechaza con enojo toda identidad con Miguel Servet. De modo asombroso, la Inquisición se da ya por satisfecha con esta simple protesta, y esta sorprendente benignidad fortalece las sospechas de que alguna poderosa mano tiene que haber protegido entonces a Servet. El tribunal, que generalmente interroga con empulgueras y cabrestantes, contentase con dejar en libertad a Villeneuve; el inquisidor se vuelve a Lyon sin haber procedido en el asunto y allí le es comunicado a Arneys que, por desgracia, los informes que ha portado no han sido suficientes para una acusación. Parece fracasada la jugada de Ginebra de librarse de Servet por el rodeo de la Inquisición católica. Y probablemente, todo el oscuro asunto se habría sumido en la arena, si, por segunda vez, no se dirigiera Arneys a Ginebra para pedirle a su primo de Trye nuevos y más sólidos testimonios.

Hasta este momento podríamos aún haber admitido, llevando hasta lo más extremo la indulgencia, que en realidad de Trye sólo procedió por puro celo religioso al informar a su primo católico acerca del autor de la Restituíio, ajeno a él personalmente, y que ni él ni Calvino habían sospechado siquiera que su decencia personal a las autoridades pontificias podía trascender más allá. Pero ahora que la máquina de la justicia está ya en movimiento y el grupo de Ginebra tiene que saber con exactitud que, no por su propia curiosidad, sino por encargo de la Inquisición, se dirige a ellos Arneys en demanda de posteriores informes, no podían estar ya a oscuras acerca de cuál poder era aquel al que, en realidad, venían favoreciendo.

Según todas las humanas previsiones, un clérigo de la Iglesia evangélica tendría ahora que retroceder, espantado de prestar servicios de delación a aquellas autoridades, que, precisamente entonces, habían otra vez tostado a fuego lento a algunos amigos de Calvino y, con razón, después, ha de arrojar Servet al rostro de Calvino la pregunta de "si no es sabido por él que la función de un servidor del Evangelio no es la de convertirse en delator oficial y tender asechanzas a un ser humano, aprovechándose de su cargo".

Pero cuando se trata de su doctrina — una y otra vez es necesario volver a decirlo —, pierde Calvino toda mesura moral y todo humano sentimiento. Hay que deshacerse de Servet, y, por el momento, es del todo indiferente a este fiero odiador con qué armas y de qué manera ello sea hecho. En realidad, la empresa se llevó a efecto del modo más ruin y más vergonzoso posibles. Pues la nueva carta que de Trye, — indudablemente bajo dictado de Calvino —, dirige a su primo Arneys, es una obra maestra de hipocresía. De Trye se muestra primero muy sorprendido de que su primo haya hecho llegar su epístola a la Inquisición. La comunicación no había sido hecha más que para él sólo de un modo totalmente personal, "privément á vous seul". "Mi propósito no era otro sino el de demostrar simplemente de qué clase es el hermoso celo por la fe que poseen aquellos que se llaman pilares de la Iglesia". Pero ahora, ya que sabe que será alzada una pira, en vez de abstenerse de todo posterior envío de materiales acusatorios a la Inquisición católica, declara, alzando piadosamente los ojos, que, ya que ha ocurrido semejante error, ello ha sido sin duda porque cristiandad sea purificada de tal basura y tal peste "Dios lo ha querido para bien de todos, a fin de que la mortífera". E inmediatamente prodúcese lo increíble: después de esta pésima tentativa de inmiscuir a Dios en este asunto de humano odio, o, más bien, de odio inhumano, el convencido protestante preséntale a la Inquisición católica todo el imaginable material probatorio capaz de asesinar, es decir, cartas de la propia letra de Servet y una parte del manuscrito de su obra. Ahora el juez de los herejes puede comenzar rápida y cómodamente su trabajo.

¿Cartas de la propia mano de Servet? Pero, ¿cómo y por dónde puede Trye, a quien Servet no escribió jamás, haberse proporcionado tales cartas de su propia mano? Ahora no es ya posible ningún disimulo más: Calvino tiene que salir del escondrijo en que tan cuidadosamente quería ocultarse en este oscuro asunto. Pues, naturalmente, tales cartas son las dirigidas a Calvino y la parte del manuscrito de la obra que le había sido enviada, y Calvino — esto es lo decisivo — sabe perfectamente bien para qué saca de su alacena esos papeles.

Sabe a quién han de ser entregadas estas cartas: a los mismos "papistas" a quienes a diario, desde el pulpito, llama siervos de Satán y que martirizan y queman a sus propios discípulos. Y sabe, con exactitud, para qué objeto necesita el gran inquisidor las cartas con tanta insistencia demandadas: con el de llevar a Servet a la hoguera.

Es, pues, en vano, por lo tanto, el que después, con la sensación clarísima de una interna injusticia, trate de oscurecer este patente hecho, al escribir sofísticamente: "Corre el rumor de que motivé yo el que Servet hubiera sido hecho prisionero por la Inquisición pontificia, y algunos dicen que no habría procedido yo honradamente si hubiera entregado al enemigo mortal de la fe y arrojádolo a la venganza de los lobos. Pero yo os pregunto: ¿de qué manera hubiera podido yo, súbitamente, ponerme en relación con los satélites del Papa? Porque es poco creíble que tuviéramos trato unos con otros, y que, con aquellos que se alzan frente a mí, como Belial frente a Cristo, estuviera yo reunido en un complot". Pero esta tentativa para el encubrimiento de un hecho enojoso es bien poco hábil; pues cuando Calvino pregunta "de qué modo hubiera podido ponerse en relación con los satélites del Papa , los documentos dan una abrumadora y clara respuesta diciendo que por el camino directo que pasaba a través de su amigo de Trye, el cual, por lo demás, en su carta a Arneys, confiesa con toda ingenuidad la colaboración de Calvino: "Tengo que reconocer que me costó mucho trabajo obtener las piezas que incluyo de manos del señor Calvino. No porque no sea de opinión de que tales deshonrosas ofensas de Dios deban quedar sin castigo, sino porque, en lo que afecta a su persona, considera como deber suyo convencer con la doctrina a los herejes y no perseguirlos con la espada de la justicia". De modo en extremo vano (manifiestamente según dictado del propio Calvino), trata el torpe corresponsal de apartar todas las culpas del auténtico culpable, al decir: "Pero estreché de tal modo al señor Calvino y de manera tan convincente le hice comprender que, si no me ayudaba, caería sobre mí el reproche de haber hablado ligeramente y sin fundamento, que, por último, acabó por poner a mi disposición el material que acompaño". Los hechos documéntanos hablan aquí de un modo cruel e irrebatible: con resistencia o sin ella, el hecho es que Calvino proporcionó a los "satélites del Papa" las cartas que Servet le había dirigido particularmente. Sólo con su consciente colaboración era posible que de Tyre enviara a Arneys — en realidad, a la Inquisición del Papa — el mortífero material acusatorio y que pudiera cerrar su escrito con este claro testimonio: "Creo haberle proveído de buenos documentos y que ya no existe dificultad alguna para que se apoderen de Servet y le instruyan proceso".

Hay noticias de que el cardenal de Tournon y el gran maestre Ory, al recibir importunamente estos valiosos testimonios contra el hereje Servet, gracias a la gentil diligencia de su mortal enemigo el archiereje Calvino, prorrumpieron al principio en estrepitosas carcajadas, y puede comprenderse perfectamente el buen humor de los príncipes de la Iglesia; pues, de modo harto torpe, el estilo santurrón de Trye disimula la mácula que cae sobre Calvino, al decir que sólo por bondad, dulzura y amistad hacia él, entregó el heresiarca de Ginebra tales documentos, siendo así que, a pesar de cuanto de Trye disimula, a pesar de cuanto finge y a pesar de cuanto inventa, lo que aparece claro es que, del modo más amable, el jefe del protestantismo quiere colaborar en la quema de un hereje con ellos, precisamente con ellos, los inquisidores romanos. Tales atenciones y complacencias no eran generalmente usadas entre ambas religiones que se combatían a sangre y fuego, con patíbulos y tormentos, en todos los países del globo terráqueo. Pero al instante, después de este momento de divertida sedación, los inquisidores proceden enérgicamente en su tan grave asunto. Servet es detenido, puesto en la cárcel y estrechamente interrogado. Las cartas aportadas por Calvino forman una prueba tan deslumbradora y aniquilante que el acusado no puede negar ya la identidad de Michel de Villenueve con Miguel Servet y la paternidad del libro. Su causa está perdida. Pronto será encendida en Vienne la hoguera.

Pero, por segunda vez, resulta prematura la violenta esperanza de Calvino de que sus archienemigos lo librarían de su archienemigo. Pues o Servet; el cual desde hace años es altamente apreciado en la región como médico, habrá tenido auxiliares especialmente buenos, o — lo que es aún más verosímil, — las autoridades eclesiásticas, precisamente porque insista Calvino de un modo tan inaudito en llevar al palo a aquel hombre, se habrán dado el gusto de prenderlo algo descuidadamente. (Es preferible, piensan quizá, dejar escapar a un insignificante hereje que serle agradable al mil veces más peligroso propagandista y organizador de todas las herejías, a Maítre Calvino de Ginebra). El caso es que la guardia de Servet sigue siendo sorprendentemente descuidada. Mientras que, en general, los herejes son encerrados en estrechos calabozos y presos a la pared con cadenas de hierro, a Servet, de un modo totalmente desacostumbrado, se le permite que dé un diario paseo por el jardín, para respirar el aire libre. Y el 7 de abril, después de uno de tales paseos, Servet ha desaparecido; el jefe de la cárcel no encuentra ya más que su bata de casa y la escalera con la cual pasó por encima de la pared del huerto; en vez del hombre vivo, es quemado simplemente su retrato y cinco fardos de ejemplares de la Restitutio, en la plaza del mercado de Vienne. De modo lamentable fracasó el plan ginebrino de hacer matar alevosamente a su adversario personal y espiritual, por medio del ajeno fanatismo, mientras uno mismo conserva limpias las manos. Con ellas empapadas en sangre y herido por el odio de todos los humanos, tendrá el mismo Calvino que responder de sus culpas cuando, más adelante, seguiendo en su furor contra Servet, exclusivamente a causa de sus opiniones, haga que realice un hombre el tránsito de la vida a la muerte.

 

EL ASESINATO DE SERVET

DESPUÉS de su fuga de la prisión, Servet sigue desaparecido, sin dejar huella de sí, durante algunos meses. Jamás podrá ser imaginado ni expresado por nadie qué espantos habrá soportado el alma del perseguido hasta aquel día del mes de agosto, en el cual, en un caballo de alquiler, penetra en el lugar del mundo más peligroso para él, en Ginebra, y se hospeda en la Posada de la Rosa.

Tampoco el motivo por el cual este hombre, "malis auspiciis appulsus", como dice después el propio Calvino, este hombre enlazado con una mala estrella, va a buscar refugio precisamente a Ginebra, es cosa que no será aclarada jamás.

¿Pensó realmente en no pasar aquí más que una sola noche, para continuar su fuga al día siguiente, atravesando el lago en una barca? c Esperaba convencer mejor a su archienemigo con una exposición oral que por medio de cartas? ¿O su viaje a Ginebra no era acaso más que uno de esos actos sin sentido de unos nervios sobreexcitados, ese placer, diabólicamente dulce y abrasador de jugar con el peligro, que, a veces, acomete a los humanos, justamente en su última desesperación? No se sabe, no se sabrá nunca. Todos los interrogatorios y protocolos no aclaran el verdadero secreto de por qué Servet busca refugio en Ginebra, precisamente en Ginebra, donde sólo tiene que esperar de Calvino lo más desaforado.

Pero aun más allá arrastra al desdichado su erróneo y provocativo valor.

Apenas llegado a Ginebra, dirígese Servet a la iglesia, donde, como es domingo, está reunida toda la congregación calvinista, y, error tras error, entre todas las iglesias ginebrinas aquella a la que se dirige es precisamente a la de San Pedro, donde predica Calvino, el único hombre que, desde aquellos remotos días de París, conoce su semblante. Se dan aquí unos fenómenos de hipnotismo que se resisten a toda lógica interpretación: ¿busca la serpiente la mirada de su víctima o busca más bien la víctima la mirada de acero, espantosa y fascinadora, del sacrificador ? En todo caso tiene que haber sido un impulso fatal lo que lanzó a Servet al encuentro de su destino.

Pues, de modo inevitable, en una ciudad donde cada cual está oficialmente encargado de vigilar a los otros, un extranjero atrae hacia sí todas las miradas curiosas; Calvino, en medio de su piadoso rebaño, reconoce al lobo viajero y da inmediata orden a sus alguaciles para que lo hagan prisionero al abandonar la iglesia. Una hora después, Servet yace entre cadenas.

Esta detención de Servet es, naturalmente, un paladino quebrantamiento de toda ley jurídica, una grosera infracción del sagrado derecho de hospitalidad y del derecho de gentes de todos los países; Servet es un extranjero, un español; viene entonces por primera vez a Ginebra; no puede, por lo tanto, haber cometido jamás allí delito alguno que requiera prisión. Los libros compuestos por él fueron impresos todos ellos en el extranjero, y, por lo tanto, nadie puede haber sido convertido en rebelde, ninguna alma piadosa dañada en Ginebra con sus heréticos puntos de vista. Fuera de ello, a un "predicador de la palabra divina", a una personalidad eclesiástica, no le asiste ningún género de potestad, sin haber obtenido antes una resolución judicial, para poner en prisión a nadie y cargarlo de cadenas dentro de la jurisdicción de la ciudad de Ginebra: desde cualquier aspecto que se le considere, el ataque por sorpresa de Calvino a Servet constituye un acto de arbitrariedad dictatorial, de un alcance universal, comparable, en su franco desprecio de todas las prescripciones y convenios, con la prisión imprevista y asesinato del duque de Enghien ordenados por Napoleón; también aquí con una privación de libertad contraria a todo derecho, comienza no un proceso regular contra Servet, sino un violento y despiadado modo de deshacerse de él.

Sin anterior acusación, es aprisionado Servet y arrojado a la cárcel; por lo tanto, siquiera ahora, con posterioridad, tiene que serle elaborada una culpabilidad. Sería lógico que el hombre que tiene sobre su conciencia este encarcelamiento, me auctore, "a instancias mías", reconoce el propio Calvino, se presentara también como acusador de Servet. Pero según la ley ginebrina, realmente ejemplar, todo ciudadano que culpa a algún otro de un delito tiene que constituirse en prisión al mismo tiempo que el acusado y permanecer allí hasta que se demuestre que su acusación era cosa capaz de ser probada. Por lo tanto, para inculpar legalmente a Servet, tendría Calvino que ponerse a disposición del tribunal. Para acomodarse a seguir un procedimiento tan penoso, imagínase Calvino que su persona está a demasiada altura, como teocrático soberano de Ginebra: pues ¿y si el consejo reconociera la inocencia de hecho de Servet y él mismo, como acusador, tuviera que quedarse en la prisión? ¡Qué catástrofe para su dignidad, qué triunfo para su adversario! Por ello, prefiere Calvino, diplomático como siempre, adjudicar a su secretario, Nicolaus de la Fontaine, el desagradable papel de acusador; y en realidad, su secretario, bravo y silencioso, se deja llevar a la prisión en vez de Calvino, después de haber dirigido a ¡a autoridad la acusación contra Servet — claro que redactada por Calvino, — y que consta de veintitrés puntos: una comedia sirve de introducción a esta furibunda tragedia. En todo caso, ahora, después del manifiesto quebrantamiento del derecho, vuelve a haber, siquiera en lo exterior, una apariencia de procedimiento legal. Por primera vez es sometido Servet a un interrogatorio, y, en una serie de párrafos, le son comunicadas las diversas inculpaciones de su acusador. A estas preguntas y cargos responde Servet con serenidad y prudencia; su energía no está todavía quebrantada por la prisión, sus nervios se encuentran intactos.

Punto tras punto, rechaza las inculpaciones y responde, por ejemplo, al reproche de que, en sus escritos, ha atacado a la persona del señor Calvino, que esto es una inversión, del orden de los hechos, pues primeramente Calvino le atacó a él, y, solo como consecuencia, él, por su parte, probó, en algunos razonamientos, que tampoco era infalible Calvino. Si éste le acusa de que él, Servet, se mantiene rudamente asido a diversas tesis, del mismo modo también él puede acusar a Calvino de igual obstinación. Sólo se trata, entre Calvino y él, de una divergencia de opiniones teológicas que no pueden ser resueltas ante ningún tribunal secular, y si, a pesar de ello, Calvino lo hizo encarcelar, esto no fue más que un acto de venganza' absolutamente personal.

..Ningún otro, si no el jefe del protestantismo, lo denunció anteriormente a la Inquisición católica y le habría agradado mucho a este predicador de la palabra de Dios que el aborrecido teólogo Servet hubiera estado ya quemado desde mucho antes.

Esta posición de Servet, en su solidez jurídica, es de tal modo inatacable, que ya la opinión del consejo se inclina mucho en su favor y probablemente se habrían contentado con la simple expulsión de Servet del país. Pero, por cualquier indicio, tiene que haber advertido Calvino que la situación no es desfavorable para Servet, y que, al final, todavía podrá escapársele su víctima.

Pues el 17 de agosto se presenta de repente ante el consejo y pone inesperadamente término a su aparente falta de interés. Clara y francamente descubre ahora su juego; no niega ya por más tiempo que sea él el auténtico acusador de Servet y requiere del Consejo que le sea permitido, de entonces en adelante, participar en los interrogatorios bajo pretexto "de que puedan serle mejor probados al acusado sus errores"; en realidad, naturalmente, con el propósito de impedir, mediante el empleo de toda su fuerza moral, la liberación de la víctima que amenaza producirse.

Desde el momento en que Calvino se ha introducido, soberanamente, entre el acusado y sus jueces, empeora gravemente la causa de Servet. El hábil razonador y docto jurista Calvino sabe dirigir los ataques de modo distinto al secretarillo la Fontaine, y, en la misma medida en que el acusador muestra su fortaleza, debilítase la seguridad en el acusado. El excitable español pierde a ojos vistas la tranquilidad de sus nervios tan pronto como ve a su acusador y mortal enemigo sentado entre sus jueces, enunciando cada una de sus preguntas, fría, severa, y con fingida apariencia de absoluta objetividad; pero Servet siente que hasta los tuétanos está férreamente decidido a cogerlo y agarrotarlo con cada una de tales preguntas. Un dañino ardor belicoso, una amarga cólera, apodérase del indefenso; en vez de perseverar tranquilamente y sin nerviosidades en un seguro punto de vista jurídico, se deja arrastrar por las preguntas capciosas de Calvino al resbaladizo terreno de las discusiones teológicas y se perjudica a sí mismo con su férrea pedantería ergotista. Pues cualquier afirmación aislada, como, por ejemplo, aquella de que también el diablo es una parte de la sustancia divina, basta ya plenamente para hacer que un escalofrío de horror recorra las espaldas de los piadosos consejeros. Pero, una vez excitado en él su orgullo filosófico, expláyase Servet, sin reserva alguna, acerca de los más espinosos y sutiles artículos de la fe, como si aquellos señores del Consejo fueran doctos teólogos ante los cuales le fuera lícito discutir la verdad sin preocupación alguna. Mas justamente este mismo furor de hablar y ansia apasionada de discutir, hacen a Servet sospechoso ante sus jueces: de modo cada vez más manifiesto comienzan a inclinarse al punto de vista de Calvino de que este extranjero que perora contra el maestro de su iglesia, con ojos llameantes y apretados puños, tiene que ser un perturbador peligroso de la paz eclesiástica, y, de modo extremadamente probable, un hereje sin posible redención; pero, en todo caso, es prudente iniciar contra él una investigación a fondo. Deciden mantenerlo en prisión, y, por el contrario, poner en libertad a su acusador Nicolaus de la Fontaine. Impuso su voluntad Calvino y le escribe alegremente a un amigo: "Espero que será condenado a muerte'.

¿Por qué desea con tanta insistencia Calvino que sea condenado a muerte Servet? ¿Por qué no se contenta con el triunfo más modesto de saber que su contradictor es simplemente expulsado del país, o, en general, despachado de modo afrentoso? Involuntariamente, se abandona uno aquí primero a la impresión de que Calvino satisface un odio puramente privado y personal.

Pero, a la verdad, Calvino no odia a Servet en un grado mayor que a Castalión y a todos los otros que se rebelan contra su autoridad: el odio incondicional contra todo aquel que se atreva a enseñar la verdad de modo distinto a como lo hace él mismo es un sentimiento en absoluto instintivo dentro de su tiránico carácter. Pero el que precisamente sea al tratarse de Servet y precisamente" en aquellos momentos cuando trata de seguir adelante, manejando el tajo, más afilado que es capaz de emplear él, no depende de razones privadas, sino de su fuerza política; el rebelde contra su autoridad, Miguel Servet, debe pagar en vez de otro adversario de su ortodoxia, en lugar del antiguo fraile dominico Hieronimus Bolsee a quien también quiso atrapar con las tenadas de agarrar herejes y que de la manera más enojosa se le escapó de entre las manos. Este Hieronimus Bolsee, que, como médico de las familias más distinguidas, gozaba en Ginebra de consideración general, había atacado públicamente el punto más débil y discutible de la doctrina calvinista, su rígida fe en la predestinación, con argumentos análogos a aquellos con los que Erasmo, al razonar contra Lutero sobre la misma cuestión, había declarado absurdo el pensamiento de que Dios, como principio de todo bien, pudiera, con conocimiento y voluntad, destinar e impulsar a los hombres a sus crímenes más ruines. Es sabido con qué escasa gentileza acogió Lutero las objeciones de Erasmo, qué carretadas de injurias y basuras descargó este maestro de groserías sobre el viejo y sabio humanista. Pero, aunque colérico, ordinario y violento, siempre respondió Lutero a Erasmo en forma de una oposición espiritual, y ni remotamente se le ocurrió la idea de acusar al punto a Erasmo ante un tribunal del Estado, porque contradecía la doctrina de la predestinación. Mas Calvino, en su delirio de infalibilidad, considera ya implícitamente como un hereje a cada contradictor; una oposición contra su doctrina de la Iglesia, significa ya, para él, lo mismo que un crimen de Estado. Por tanto, en lugar de contestar a Hieronimus Bolsee como teólogo, hace inmediatamente que lo arrojen a una prisión.

Pero, de modo inesperado, en Hieronymus Bolsee debía fracasar de la manera más lamentable la ejemplaridad de la intimidación. Pues demasiada gente en Ginebra conocía a este sabio médico como a un hombre temeroso de Dios, y, exactamente lo mismo que en el caso de Castalión, prodújose la sospecha de que Calvino sólo quería librarse de un hombre que pensaba por su cuenta y no era plenamente servil, para quedarse en Ginebra como uno y único. La canción de queja compuesta por Bolsee en la prisión, en la que exponía su inocencia, circulaba de mano en mano en forma de copias, y, por muy violentamente que Calvino acosara a las autoridades municipales, los consejeros no osaban pronunciar la exigida sentencia de herejía. Para apartar de sí la penosa resolución, se declararon incompetentes en cuestiones eclesiásticas; se negaron a hacer recaer sentencia, porque aquel asunto teológico excedía a su capacidad de juzgar. Primeramente, en este difícil asunto, tuvieron que obtener un dictamen legítimo de las otras iglesias territoriales de Suiza. Y con esta consulta, quedó a salvo Bolsee, pues las iglesias reformadas de Zurich, de Berna y Basilea, rechazaron, por unanimidad, que en las manifestaciones de Bolsee pudiera verse la expresión de una opinión blasfematoria. De este modo, el Consejo pronunció la absolución ; Calvino tuvo que renunciar a su víctima y contentarse con que Bolsee, por deseo del municipio, desapareciera de la ciudad.

Esta manifiesta derrota de su autoridad teológica sólo puede ser puesta en olvido con un nuevo proceso de herejía. Servet tiene que pagar por Bolsee, y, en esta nueva tentativa, las probabilidades de Calvino son inmensamente favorables. Pues Servet es un extranjero, un español; no tiene, como Castalión y como Bolsee, amigos, admiradores y auxiliares en Ginebra; aparte de ello, hace ya años que es odiado por toda la clerecía reformada a causa de sus descarados ataques a la Trinidad y su proceder desafiador. Utilizando uno de tales individuos aislados, que no tienen a nadie que les cubra las espaldas, puede, con facilidad mucha mayor, ser estatuido el ejemplo de intimidación desde el primer instante; por ello, este proceso había sido por completo político: para Calvino un problema de poder, una demostración de capacidad, la demostración decisiva de la capacidad de su voluntad de ejercer una dictadura espiritual. Si Calvino no hubiera querido otra cosa sino deshacerse simplemente del adversario privado y teológico, ¡con qué facilidad se lo habrían dado hecho las circunstancias! Pues apenas está comenzando el proceso ginebrino, cuando aparece ya un emisario de la justicia francesa para pedir la entrega del fugitivo, condenado en Francia, para llevarlo a Vienne, donde le espera la hoguera. ¡ Qué ocasión única para Calvino de fingirse magnánimo, y, sin embargo, deshacerse del odiado contradictor! El Consejo de Ginebra no necesita más que aprobar la extradición, y el enojoso asunto de Servet quedaría terminado para Ginebra. Pero Calvino impide la entrega. Para él, Servet no es un viviente ser humano, no es un sujeto, sino, ante todo, un objeto con el cual quiere demostrar, palpablemente, ante el mundo, la intangibilidad de su propia doctrina. Sin entrar a juzgar el asunto, es despachado el emisario de las autoridades francesas; con la jurisdicción de su propio poder, quiere el dictador del protestantismo desenvolver y terminar este proceso para elevar a ley del Estado el que arriesga su vida todo aquel que intente contradecirle.

El que Calvino, en el caso de Servet, únicamente busca una demostración política de su poder, lo advierten prontamente en Ginebra tanto sus amigos como sus enemigos. Nada más natural, por ello, como el que todos éstos intenten estropearle a Calvino esta demostración de ejemplaridad. Bien se comprende que para estos políticos no se trata en lo más mínimo de la persona de Servet; tampoco para ellos es otra cosa el desgraciado sino una pelota, un objeto de experimentos, una pequeña palanca para remover lateralmente el poder del dictador, y, en lo íntimo, les es del todo igual el que, en esta tentativa, les quede rota la herramienta entre las manos. En realidad, estos peligrosos amigos de Servet le prestan el peor de los servicios, al levantar con falsos rumores la vacilante conciencia de sí mismo de aquel ser histérico, y al enviarle secretos mensajes a la prisión, para que oponga a Calvino una muy decidida resistencia. En su interés no está otra cosa sino el que el proceso, en todo lo posible, se desarrolle de un modo llamativo y sensacional: cuanto más enérgicamente se defienda Servet, cuanto más rabiosamente ataque al odiado adversario, será tanto mejor.

Pero, por fatalidad, aun sin eso, no se necesita ya mucho para hacer todavía más irreflexivo al ya por sí mismo irreflexivo. La larga y cruel prisión hace ya mucho tiempo que hizo su cruel labor para impulsar al exaltado a una situación de irrefrenado furor, pues Servet es tratado en la prisión (y Calvino tiene que saberlo) con una consciente y refinada dureza. Desde hace semanas, mantienen a aquel hombre enfermo, nervioso e histérico, que se siente por completo inocente, cautivo en una calabozo, húmedo y glacial, con cadenas en pies y manos, como un asesino. Podridas cuelgan de su helado cuerpo las 74 piezas del traje, a pesar del cual no se le concede ninguna camisa limpia; los más elementales mandamientos de la limpieza son desatendidos; a nadie le es lícito prestarle ni el más insignificante auxilio. En su miseria sin fondo, dirígese Servet al Consejo en una carta conmovedora, en demanda de mayor humanidad. "Las pulgas me devoran en vida, mis zapatos están destrozados, no tengo ya vestidos ni ropa blanca".

Pero una mano secreta — cree uno conocer esta mano dura, que, inhumana como un tornillo, va apretando y deshaciendo toda resistencia, — aunque el Consejo dispone inmediatamente, ante las quejas de Servet, la supresión de tales anormalidades, impide todo mejoramiento de su suerte. Lo mismo que a un perro sarnoso en un montón de estiércol, siguen, dejando que este osado pensador y sabio de espíritu libre continúe consumiéndose en su húmeda cueva. Y todavía de modo más espantoso resuenan pocas semanas después, en una segunda carta, los penetrantes gritos de angustia del que, literalmente, se ahoga en su propia basura: "¡Os suplico, por el amor de Cristo, que no me neguéis lo que otorgaríais a un turco y a un criminal! De todo lo que habéis ordenado para mantenerme limpio, nada se ha cumplido. Estoy en una situación más lamentable que nunca. Es una gran crueldad que no se me dé ninguna posibilidad de remediar esta mi extremada miseria corporal".

Pero ¡nada es hecho! ¿Es, pues, un milagro que cada vez que se le saca de su empapada cueva estalle aquel hombre en ataques de una verdadera locura furiosa? Con cadenas en los pies y humillado con sus hediondos pingajos, el ser puesto delante del tribunal, sentado con su negra y bien cepillada ropa talar, frío y sereno, bien preparado y espiritualmente en reposo, al hombre con el cual quería comenzar él una discusión, espíritu contra espíritu, letrado contra letrado, el cual, ahora, le trata y maltrata más enojosamente que a un asesino. ¿No es inevitable que, atormentado y hostigado por las más groseras y malignas preguntas e insinuaciones, que hasta se mezclan en su más secreta vida sexual, pierda todo sentido y prudencia, y, por su parte, asalte al atormentador de su alma con las más espantosas injurias? Febril por las noches su sueño, se echa al gañote del hombre a quien debe todas estas inhumanidades con palabras como éstas: "¿Es que niegas que eres un asesino? Te lo demostraré con tus acciones. En lo que a mí hace, estoy seguro de la justicia de mi causa y no temo a la muerte. Pero tú gritas como un ciego en el desierto porque el espíritu de la venganza abrasa tu corazón. ¡Has mentido, has mentido, ignorante, calumniador! Espumajea en ti la cólera cuando persigues a alguien hasta la muerte. Quisiera que toda tu magia estuviera aun en el vientre de tu madre y me fuera dada ocasión para mostrar todos tus errores". En la sangrienta embriaguez de su furor, el desdichado Servet se olvida por completo de su propia impotencia; haciendo resonar sus cadenas, con espumarajos en la boca, este hombre enfurecido exige del Consejo que debe juzgarle que, en lugar de realizar tal labor, lance una sentencia contra el quebrantador del derecho Calvino, contra el dictador de Ginebra. "En ella, como mágico que es, no sólo debe ser declarado culpable y condenado, sino también desterrado fuera de la ciudad y su hacienda debe serme adjudicada en compensación de la mía, que ha perdido por su culpa".

Bien se comprende que, ante tales palabras, ante el aspecto de tal figura, se apodere de los valientes consejeros un violento espanto: este hombre flaco, lívido, extenuado, con su barba enmarañada y sucia, que, con centelleantes ojos y acento extranjero, arroja a borbotones, salvajemente, las más monstruosas acusaciones contra su cristiano jefe, tiene, sin voluntad de los jueces que presentárseles como un poseído, un impulsado por Satán. De interrogatorio en interrogatorio, la impresión va siendo más favorable. En realidad, el proceso estaría ya ahora terminado y la condena de Servet sería inevitable. Pero los secretos enemigos de Calvino tienen todo su interés en alargar y retrasar el procedimiento porque no quieren concederle a Calvino el triunfo de que su contradictor perezca bajo la ley. Aun otra vez intenta salvar a Servet, ofreciéndole solicitar, como en el caso de Bolsee, la opinión de los otros sínodos reformados suizos, animados por la secreta esperanza de que, también esta vez, en el último momento, le sería arrebatado a Calvino la víctima de su dogmatismo.

Pero el mismo Calvino sabe demasiado bien que ahora, en definitiva, de lo que se trata es de su propia autoridad. No va a dejar que por segunda vez jueguen con él. A tiempo bastante y con todo cuidado adopta sus medidas. Mientras su desdichada víctima se pudre indefensa entre sus cadenas, redacta misiva tras misiva a los directores de las iglesias de Zurich, Basilea, Berna y Schaffhausen para influir anticipadamente en su respuesta. Envía mensajeros en todas direcciones, pone en movimiento a todos los amigos para amonestar a sus hermanos de cargo a fin de que no vayan a sustraer del justo castigo a un blasfemador hasta tal punto vituperable. Es de provecho para su unilateral influencia la circunstancia de que en el caso de Servet se trata de un perturbador conocido de la paz teológica, y que, ya desde los días de Zwingli y de Bucer, el "descarado español" es odiado en el ámbito de toda la Iglesia suiza; en efecto, unánimemente declaran todos los sínodos de Suiza que las opiniones de Servet son erróneas y pecaminosas, y si bien tampoco ninguna de las cuatro comunidades eclesiásticas pide abiertamente, o por lo menos aprueba, la pena de muerte, autorizan, en principio, todo empleo de severidad. Zurich escribe: "Qué castigo debe serle infligido a este hombre es cosa que dejamos a vuestra sabiduría"; Berna invoca al Señor para que "preste (a los ginebrinos) la sabiduría y la fuerza necesaria para que sirváis a vuestra iglesia y a las otras, librándolas de esta peste". Pero esta indicación de un fuerte alejamiento está a la vez debilitada por la admonición de que "sea realizado esto en tal forma, que, al mismo tiempo, nada se haga que pueda parecer impropio de una autoridad cristiana". Por ninguna parte se anima claramente a Calvino para una condena a muerte. No obstante, ya que las iglesias han aprobado el proceso contra Servet, aprobarán también, según el sentir de Calvino, lo restante, pues, con sus ambiguas palabras, le dejan libres las manos para cualquier resolución. Y siempre que están libres, estas manos hieren con dureza y decisión. En vano procuran ahora los secretos ayudadores, tan pronto como conocen los dictámenes de las iglesias, dilatar aun en el último momento el daño que amenaza. Perrin y los otros republicanos proponen que sea aún interrogada la suprema instancia de la comunidad, el consejo de los doscientos.

Pero es demasiado tarde; es ya harto peligrosa la resistencia para los adversarios de Calvino: el 26 de octubre, por unanimidad, es condenado Servet a ser quemado vivo, y este cruel veredicto debe ya ser ejecutado al día siguiente en la plaza de Champel.

Durante semanas y semanas estuvo Servet en su calabozo, separado del auténtico mundo, entregado a las más inagotables esperanzas. De un natural ya de por sí abundante en exaltada fantasía, y, fuera de eso, desconcertado aún por las secretas insinuaciones de sus presuntos amigos, embriágase siempre ardientemente con el delirio de que hace ya mucho tiempo que tiene convencidos a los jueces de la verdad de su tesis, y de que, con injurias y vergüenza, será expulsado de allí el usurpador Calvino dentro de pocos días. Tanto más espantoso es su despertar, por ello, cuando, con reservado semblante, entran en su celda los secretarios del consejo y, solemnemente, desenrollan un pergamino para darle de él lectura. La sentencia le hiere como un rayo. Rígido, como si no comprendiera lo monstruoso, escucha la lectura del texto que dispone que, en cuerpo viviente, sea quemado, como blasfemo, al día siguiente. Durante algunos minutos, permanece como aturdido y sin conciencia. Pero después, los nervios desgarran al hombre atormentado. Comienza a balbucear, a lanzar ayes, a sollozar; de modo retumbante, brota de su garganta, en su materna lengua española, el equivocado grito de espanto: "¡Misericordia!". Hasta lo más hondo de sus raíces parece haber sido destrozada, con esta espantosa noticia, su soberbia hasta entonces enfermizamente tensa e hipertensa; como un hombre deshecho, aniquilado, el desgraciado mira fijamente ante sí, con ojos inmóviles y sin alma. Y ya se imaginan los pedantes pastores que ha llegado también la hora de obtener un triunfo eclesiástico sobre Servet, después de haber alcanzado el secular y de arrancar a su desesperación la voluntaria confesión de sus errores.

Pero es asombroso: apenas a este hombre destrozado y ya casi extinguido se le toca a este íntimo punto de su fe, apenas se exige de él la retractación de su tesis, cuando la antigua obstinación alza llamas, poderosas y soberbias. Ya pueden condenarlo y martirizarlo y quemarlo, ya pueden despedazar trozo a trozo su cuerpo: Servet no cederá ni una sola pulgada en el terreno de sus concepciones; justamente estos últimos días elevan a este caballero andante de la ciencia hasta la categoría de mártir y héroe de sus pensamientos.

Ásperamente, rechaza la insistencia de Farel, el cual llegó a toda prisa de Lausanne para celebrar el triunfo de Calvino; declara que una sentencia judicial terrena no puede nunca servir como prueba de si un hombre tiene o no razón en las cosas divinas. Asesinar no es convencer. No le han probado cosa alguna; sólo se intenta matarlo. Ni con amenazas ni con promesas, consigue Farel arrancar de la víctima, encadenada y ya próxima a la muerte, ni una sola palabra de retractación. Pero, para probar de modo más visible que, a pesar de su perseverancia en sus convicciones, no es un hereje, sino un creyente cristiano, y, como tal, obligado a reconciliarse hasta con el más mortal de sus enemigos, declárase Servet dispuesto, antes de su muerte, a recibir en su calabozo la visita de Calvino. Acerca de esta entrevista de Calvino con su víctima no poseemos más que las noticias de una sola de las partes: el informe de Calvino. Pero, aun en su propia exposición, llega a ser espantosamente manifiesta la interna rigidez y dureza de alma del dictador: el victimario desciende a la húmeda celda carcelaria, junto a su víctima, pero no para prestar ánimos con algunas palabras al consagrado a la muerte, no para proporcionar a un ser humano, que, al día siguiente, debe morir en medio de los más espantosos martirios, un consuelo fraternal o cristiano. Helado y objetivo, inicia Calvino la conversación preguntando por qué motivo le ha mandado a llamar Servet y qué es lo que tiene que decirle. Manifiestamente esperaba que Servet, ahora, se postraría de rodillas y comenzaría a rogar que el todopoderoso déspota anulara la sentencia o, por lo menos, la dulcificara.

Pero el condenado responde sólo con toda sencillez — y ya esto tendría que conmover a toda persona humanitaria — que únicamente había hecho llamar a Calvino junto a sí para pedirle perdón. La víctima le ofrece a su sacrificador la personal reconciliación. No obstante, nunca los pétreos ojos de Calvino querrán reconocer en un adversario político y religioso a un ser humano ni a un cristiano. Glacialmente frío escribe en su informe: "Objeté a ello, simplemente, que jamás había abrigado odio personal contra él, como es la pura verdad".

El no comprender o no querer comprender lo cristiano del gesto del moribundo Servet, impide toda especie de humana reconciliación entre ambos ; que Servet deje a un lado todo lo que se refiere a su persona y únicamente confiese su error contra Dios, cuya triple personalidad ha negado. Consciente o inconscientemente, el ideólogo que hay en Calvino se niega a reconocer como prójimo suyo a este hombre destinado ya al sacrificio, que el día siguiente debe ser arrojado a las llamas, como leño sin valor; en su calidad de riguroso dogmático, sólo ve en Servet al negador de su propio concepto personal de Dios, y, por lo tanto, en general, al negador de Dios. Para su pedantería satisfecha de sí, aun ahora, lo único importante es exprimir del destinado a la muerte, antes que exhale su postrer aliento, la confesión de que Servet no tiene razón, y él, Calvino, sí la tiene. Pero como Servet advierte que su adversario querría arrebatarle lo único que queda viviente en su perdido cuerpo y que es inmortal para él: su fe, su convicción, enarmónase violento el atormentado. Rechaza resueltamente toda cobarde concesión. Con ello, le parece a Calvino que es ya superflua toda palabra posterior: un hombre que en las cosas religiosas no se le somete por completo, ya no es para él ningún hermano en Cristo, sino un siervo de Satanás y un pecador, con el cual sería cosa perdida cualquier palabra afectuosa. ¿Para qué emplear ni un granillo de bondad con un hereje? Duramente se aparta Calvino ; sin una palabra ni una mirada piadosa, abandona a su víctima. Tras él, chirrían férreamente los Cerrojos, y, con estas palabras que espantan por su falta de sensibilidad, este fanático acusador cierra el informe que ha de acusarle a él por toda la eternidad: "Ya que, con persuasión y advertencias, nada podría lograr, no quise ser más sabio de lo que mi maestro lo permite. Seguí la regla de San Pablo y me retiré del lado de aquel hombre herético, que él mismo había pronunciado su sentencia".

La muerte atado al poste de la hoguera, para ser poco a poco tostado a fuego lento, es, de todos los géneros de ejecución, el más lleno de tormento; hasta la Edad Media, mal afamada por cruel, sólo la empleó en los más raros casos en toda su espantosa y larga duración; en general, los condenados eran estrangulados antes contra el poste o aturdidos por medio de bebidas. Pues precisamente este género de muerte, el más horroroso y estremecedor, fue, sin embargo, el previamente elegido para la primera víctima de herejía del protestantismo, y bien puede suponerse que Calvino, después de los clamores de indignación de todo el mundo humanitario, había intentado alejar de sí, posteriormente, muy posteriormente, la responsabilidad de la especial sevicia usada en el asesinato de Servet. Su persona y el resto del consistorio se habían esforzado, según refiere (cuando el cuerpo de Servet hacía ya mucho tiempo que se había convertido en cenizas), por convertir el martirizador género de muerte de la quema en cuerpo viviente en el más benigno de la decapitación, pero "sus esfuerzos habían sido inútiles" ("gemís mortis conati sumus mutare, sed frustra"). De tales presuntos esfuerzos no puede encontrarse palabra alguna en los protocolos del Consejo, y para nadie, libre de prejuicios, resultará creíble que Calvino, quien, no obstante, sin intervención ajena, había forzado a que se instruyera este proceso, y directamente y casi con empulgueras, había arrancado del dócil consejo la sentencia de muerte contra Servet; para nadie, repito, parecerá creíble que precisamente este mismo Calvino se hubiera convertido de repente en Ginebra en una persona particular tan sin influencia ni poder, que no pudiera conseguir que fuera empleado un medio de ejecución más humano. Cierto que es literalmente verdadero que Calvino, en efecto, había concebido una dulcificación en el género de muerte aplicado a Servet, pero a la verdad (y aquí reside la dialéctica reserva de su afirmación) sólo para el caso 'único en que Servet pagase en sus últimos instantes esta dulcificación a precio de un sacrificio d'intelletto, con una retractación; no por humanidad, sino sólo por un simple cálculo político habría estado entonces dispuesto Calvino — por primera vez en su vida — a proceder benignamente con un adversario. Pues ¡ qué triunfo para la doctrina de Ginebra si se le hubiera podido arrancar a Servet, a un paso del poste de la hoguera, la confesión de que él no tenía razón y Calvino sí la tenía! ¡Qué victoria haber podido obligar al intimidado a que no muriera como mártir de su propia doctrina, sino que, en el último momento, delante de todo el pueblo, proclamara que sólo la doctrina de Calvino, y no la suya, era la verdadera, la única verdadera en toda la Tierra! Pero también Servet sabe el precio que tendría que pagar por ello.

Obstinación álzase aquí contra obstinación, fanatismo contra fanatismo.

¡Mejor perecer, en medio de indecibles tormentos, en aras del propio convencimiento, que sufrir una muerte más benigna en servicio del dogma de Maítre Jehan Calvin! ¡ Mejor sufrir sin medida durante media hora, pero adquiriendo la gloria espiritual del martirio, y, al mismo tiempo, arrojando por toda la eternidad sobre su adversario el odio producido por su inhumanidad! De modo cortante, rechaza Servet lo que se le propone y se prepara a pagar como amargo precio de su obstinación el afrontar todos los imaginables tormentos.

El resto es horror. El 27 de octubre, a las once de la mañana, el prisionero es sacado del calabozo con sus harapos hechos jirones. Por primera vez, desde hace mucho tiempo, y por última por toda la eternidad, sus desacostumbrados ojos vuelven a ver la luz del cielo. Aborrascada la barba, sucio, extenuado, haciendo retiñir sus cadenas, vacila al andar el condenado y produce un espantable efecto bajo la clara luz otoñal el estado de decrepitud de su semblante de color de ceniza. Ante la escalinata de la casa ayuntamiento, los alguaciles empujan, ruda y fuertemente, para que caiga de rodillas, al hombre que sólo consigue avanzar tambaleándose trabajosamente, — desde hace semanas tiene olvidado lo que es caminar. — Inclinada la cabeza, le es forzoso oír la sentencia que el síndico proclama ante el congregado pueblo y que termina con estas palabras: "Te condenamos, Michael Servet, a ser conducido encadenado a Champel y a ser quemado vivo, y contigo, tanto el manuscrito de tu libro como también los ejemplares impresos del mismo, hasta que tu cuerpo se consuma en cenizas; así debes terminar tus días para dar un ejemplo admonitorio a todos aquellos que desearan cometer un crimen análogo".

Estremecido y tembloroso, escucha el condenado. En su mortal angustia, arrástrase de rodillas hasta cerca de los señores del municipio y suplica implorante la leve merced de ser decapitado, "a fin de que el exceso del dolor no lo lleve a la desesperación". Si cometió alguna falta, habrá sido sin saberlo; pero nunca le impulsó otro afán sino el pensamiento de procurar la gloria de Dios. En este momento, colócase Farel entre los jueces y el hombre arrodillado.

En forma que pueda ser oído desde lejos, pregunta el consagrado a la muerte si está dispuesto a abjurar de su condenada doctrina del dogma de la Trinidad, y alcanzar, con ello, la merced de una ejecución más benigna. Pero Servet — y precisamente esta última hora de su vida realza moralmente la figura de este hombre, en general sólo mediana — rechaza de, nuevo el trato que se le ofrece, decidido a cumplir su anterior palabra de que está dispuesto a sufrirlo todo por sus convicciones.

Por lo tanto, nada resta sino recorrer el trágico camino. Pónese en marcha el cortejo. Delante, marcha el seigneur teniente con su ayudante provistos ambos del tremendo distintivo de su funesto cargo y rodeados de arqueros militares; al final, se agolpa la muchedumbre curiosa eternamente. Durante todo el recorrido por la ciudad, ante innumerables espectadores que miran tímida y en silencio, Farel se mantiene al lado del condenado. De modo incesante, procura persuadir a Servet, paso tras paso, para que renuncie a su error en el último instante y se retracte de sus falsas concepciones. Y ante la respuesta verdaderamente piadosa de Servet de que sufre injusta muerte, pero que implora a Dios para que sea piadoso con sus acusadores, atácale rudamente Farel, con dogmático furor: "¿Cómo? ¿Después de haber cometido el más grave de todos los pecados, todavía pretendes justificarte? Si sigues hablando de este modo, te entrego a la sentencia de Dios y no te acompañaré más, aunque estaba decidido a no abandonarte sino con tu último aliento".

Pero Servet ya no responde. Le repugnan los sayones y pendencieros: ¡ni una palabra más para ellos! Sin cesar va murmurando entre sí mismo y para sí mismo el presunto hereje y negador de Dios: "¡Oh, Señor, salva mi alma! ¡Oh, Jesús, hijo del Eterno, ten compasión de mí!". Después, una y otra vez suplica a los presentes, alzando la voz, que oren con él y por él. Aun en el lugar del suplicio, ante el poste de la hoguera, pónese una vez más de rodillas, para recogerse piadosamente. Pero, por temor de que este puro gesto del presunto hereje pueda impresionar al pueblo, el fanático Farel grita por encima de la víctima respetuosamente postrada: "¡Ya veis el poder que posee Satanás cuando tiene a un hombre entre sus garras! Este hombre es muy instruido y quizá cree proceder rectamente. Pero ahora está en poder de Satanás y a cada uno de vosotros puede ocurriros otro tanto".

Mientras esto ocurre, han comenzado los pavorosos preparativos. Ya está la leña amontonada al pie del poste, ya chirrían las cadenas con las que Servet debe ser colgado del palo, ya el verdugo tiene amarradas las manos del condenado. Entonces, acércase por última vez Farel hasta Servet, el cual no hace más que suspirar en voz baja: "¡Dios mío! ¡Dios mío!", y le grita, con coléricas palabras: "¿No tienes otra cosa que decir?" Todavía espera aquel desalmado pedante que Servet, a la vista del poste del martirio, confesará la verdad única verdadera: la calvinista. Pero Servet responde: "¿Qué otra cosa podría hacer sino hablar de Dios?" Desengañado abandona Farel a su víctima. Ahora no resta ya nada más sino que el otro verdugo, el del cuerpo, realice su función pavorosa. Con una cadena de hierro, es colgado Servet del poste, atado con una maroma que da cuatro o cinco vueltas alrededor del extenuado mártir. Entre el cuerpo viviente y la soga que lo oprime cortándolo cruelmente, sujetan aún los ayudantes del verdugo un ejemplar del libro y aquel manuscrito que Servet, en otro tiempo, sub sigillo secreti, le había enviado a Calvino, pidiéndole su opinión fraternal; por último, todavía le plantan, como mofa, una repulsiva corona de dolor en la cabeza, una guirnalda de laurel untada con azufre. Con estos crudelísimos preparativos queda terminado el trabajo del verdugo. Ya no se necesita más que prender simplemente fuego al montón de leña y con ello queda ya comenzado el asesinato.

Cuando brotan por todas partes las llamas, lanza el martirizado un grito tan espantoso, que todo el mundo, durante un momento, vuelve la cabeza estremecido. Pronto, el humo y el fuego envuelven aquel cuerpo que se retuerce en su tormento; sin cesar y de modo cada vez más penetrante, brotado de la carne viviente lentamente devorada por el fuego, escúchase el estridente grito de dolor del que sufre de indecible modo. Por último, retumba su postrero y fervoroso clamor de angustia: "¡Jesús, hijo del eterno Dios, ten piedad de mí!" Media hora dura este indescriptible y horrendo combate con la muerte.

Sólo entonces descienden las ya ahítas llamas, el humo fluye en desparramados chorros, y del ennegrecido poste, colgado de la cadena puesta al rojo, pende una masa negra, humeante, carbonizada, una horrenda pasta que en nada recuerda ya a lo humano. Lo que antes era una terrena criatura pensadora, consagrada apasionadamente a lo eterno, una palpitante porción del alma divina, no es ya más que una tremenda basura, está convertida en una masa tan horrible, repugnante y hedionda, que tal panorama acaso hubiera podido edificar durante un instante a Calvino acerca de lo inhumano de su pretensión de arrogarse el ser juez y verdugo de un prójimo suyo.

Pero ¿dónde está Calvino en esta hora de espanto? Para parecer imparcial o para guardar sus propios nervios, se quedó prudentemente en casa; cerrada la ventana, está sentado en su cuarto de trabajo abandonando el cruel asunto al verdugo y a su más brutal hermano de fe, Farel. Cuando se trataba de acechar al inocente, de acusarlo, de excitarlo y llevarlo al palo, Calvino había estado infatigable delante de todos los otros: no obstante, en la hora de la ejecución, no se vio más que a los mercenarios servidores del tormento, pero no el verdadero culpable que había querido y ordenado este "crimen piadoso". Sólo al domingo siguiente, con su negro traje talar, asciende solemnemente al pulpito para celebrar, ante la silenciosa comunidad, como grande, debido y justo, un hecho que no se había atrevido él mismo a contemplar con sus propios ojos, libre y abiertamente.

 

EL MANIFIESTO DE LA TOLERANCIA

 

"Investigar la verdad y decirla tal como se la piensa no puede nunca ser criminal. Nadie debe ser forzado a una convicción. La convicción es libre".

SEBASTIÁN CASTALIÓN. 1551.

 

EL suplicio de Servet en la hoguera es considerado, al punto, por todos los contemporáneos, como la separación moral de caminos de la Reforma. Cierto que, en sí misma, no significa nada sorprendente la ejecución de un hombre en aquel siglo violento; desde las costas de España hasta muy arriba por las del Mar del Norte y en las Islas Británicas, son quemados entonces innumerables herejes en honor a Cristo.

Por miles y miles, en nombre de las diversas iglesias, únicas verdaderas, y de las sectas, son cortados en pedazos, quemados, decapitados, estrangulados y ahogados, los hombres indefensos en los lugares del suplicio. "Si fueran, no digo ya caballos, sino cerdos los que son llevados a perecer allí — dícese en el Tratado de los heréticos de Castalión, — habría creído cada príncipe que sufría una gran pérdida con ello". Pero no son más que hombres los que son aniquilados, y por eso, nadie piensa en contar las víctimas. "No sé — balbucea el desesperado Castalión, que, a la verdad, todavía no podía prever nuestro siglo de guerras, — si jamás, en tiempo alguno, habrá sido derramada tanta sangre como en el nuestro".

Pero siempre, en cada siglo, hay un crimen, en medio de los crímenes innumerables, con el cual despierta la conciencia del mundo, dormida en apariencia. La llamas del martirio de Servet alumbran más que todas las otras llamas de su tiempo, y todavía reconoce Gibbon, dos siglos después, que "este único sacrificio produjo una conmoción más profunda que el de los millares de hombres que perecían en las hogueras de la Inquisición". Pues el suplicio de Servet — para emplear la frase de Voltaire, — es el primer "asesinato religioso" dentro de la Reforma y la primera negación, trascendente y visible, de su idea originaria. En sí mismo, el concepto de "hereje" ya representa un absurdo para la doctrina evangélica, que prometía a cada cual el libre derecho de interpretación, y, al principio, en efecto, también Lutero, Zwingli y Melanchthon mostraron clara repugnancia ante toda medida de violencia contra los disidentes y exaltados de su movimiento. Expresamente lo declara Lutero: "Me gusta poco la pena de muerte, hasta cuando es merecida, y lo que me espanta en ella es el ejemplo que se da. Por eso, no puedo en modo alguno aprobar el que sean condenados los falsos doctores". Con memorable nimiedad formula así su pensamiento: "Los herejes no deben ser oprimidos por ninguna fuerza exterior o mantenidos en sujeción, sino sólo combatidos con la palabra de Dios. Pues la herejía es una cuestión espiritual que no puede ser purificada por ningún fuego ni por ninguna agua terrestres". De un modo igualmente claro, manifiesta su repugnancia Zwinglio ante toda apelación a las autoridades seculares, y toda fuerza que haga una .selección.

Pero la nueva doctrina, porque mientras tanto se ha convertido ella también en una "iglesia", tiene que reconocer prontamente — cosa que de mucho antes sabía la antigua — que, a la larga, no puede mantenerse en pie una autoridad sin Una fuerza; de este modo, Lutero, para aplazar la inevitable determinación, propone primero un compromiso, al pretender diferenciar los "haereticis" de los "seditiosis"; distinguir entre aquellos "remonstrantes, que sólo en cosas espirituales y eclesiásticas disienten de la opinión de la Iglesia reformada, y los seditiosis, verdaderos rebeldes, que, al mismo tiempo que el religioso quieren modificar también el orden social. Sólo contra estos últimos — al expresarse así, piensa en los anabaptistas comunistas, — concede a las autoridades seculares derecho a someterlos por la fuerza. Mas a dar el paso decisivo de entregar los disidentes y librepensadores al verdugo, no quiere decidirse ninguno de los jefes de la Iglesia reformada. Todavía vive en su memoria el recuerdo de los tiempos en que, como revolucionarios espirituales contra el papa y el emperador, reconocían en las convicciones íntimas el más sagrado de los derechos del hombre. Por eso, les parece imposible la introducción de una nueva Inquisición protestante.

Este paso de trascendencia universal lo da ahora Calvino al llevar a Servet a la hoguera. De un único tirón desgarra el derecho de "libertad del cristiano" defendido por la Reforma; de un salto se empareja con la Iglesia Católica, la cual, en su honor sea dicho, había vacilado más de mil años antes de quemar vivo' a un ser humano a causa de una caprichosa interpretación en cuestiones de fe cristiana. Pero Calvino, ya en el segundo decenio de su soberanía, grava ya a la Reforma con este crudelísimo acto de su intolerancia, y, por ello, aquella inscripción de la piedra conmemorativa que, siglos después, erigió la ciudad libre de Ginebra al pensador libre Servet, procura en vano disculpar a Calvino, al calificar a Servet de "víctima de su tiempo", pues no la ceguera y el delirio de su época — también un Montaigne y un Castalión vivían en aquellos días, — fueron los que amarraron a Servet al poste de la hoguera, sino única y exclusivamente el despotismo personal de Calvino. Ninguna excusa puede disculparle de este hecho digno de Torquemada. Pues aunque el descreimiento y el fanatismo estén asentados sobre una época, de cada crimen particular es siempre responsable el hombre que lo cometió.

Es innegable, desde el primer momento, la creciente agitación causada por el cruel sacrificio de Servet, y hasta de Beze, el offiziosus y el evangelista de Calvino, se ve obligado a hacer constar: "Todavía no se habían enfriado las cenizas de aquel desdichado, cuando ya se comenzó a discutir violentamente la cuestión de si era o no lícito castigar a los herejes. Los unos eran de opinión de que hay que someterlos, pero no con la pena de muerte. Otros deseaban que se remitiera exclusivamente al juicio de Dios su castigo". Hasta este incondicional glorificador de todas las acciones de Calvino tiene, de repente, en su voz, un tono sorprendentemente vacilante, y aun más los otros amigos del déspota ginebrino. Cierto que Melanchthon, el cual es verdad que en otro tiempo había atacado a Servet con las peores injurias, le escribe a su "querido hermano" Calvino: "La Iglesia te da las gracias y seguirá dándotelas en lo porvenir. Vuestros funcionarios han procedido en justicia al condenar a muerte a este blasfemador de Dios", y hasta aparece un ultrafervoroso filólogo llamado Musculus — eterna "trahison des cleros", — que, con esta ocasión, compuso una solemne poesía. Pero en general no puede advertirse ninguna directa aprobación. Zurich, Schaffhausen y los otros sínodos no se muestran en modo alguno tan entusiasmados como había esperado Ginebra con la muerte de mártir dada a Servet.

Mas, al mismo tiempo, se alzan voces de muy otra especie. El gran jurista de aquella época, Baudouin, expide, públicamente, el decisivo testimonio. "A mi modo de ver Calvino no tenía derecho a plantear un proceso criminal a causa del debate de una cuestión religiosa". Pero no son sólo todos los humanistas de espíritu libre de Europa los que están espantados e indignados ; también en el círculo de los eclesiásticos protestantes aumenta la oposición. Escasamente a una hora de las puertas de Ginebra, los eclesiásticos del cantón de Vaud condenan, desde el pulpito, el proceder seguido en el asunto de Servet, como irreligioso e ilegal, y, hasta en su propia ciudad, tiene que reprimir Calvino que se ejerza la crítica, por medio de fuerzas de policía. Una mujer que dice públicamente que Servet fue un mártir de Jesucristo es arrojada al calabozo, y del mismo modo se procedió con un impresor a causa de su afirmación de que la autoridad había condenado a Servet sólo para satisfacción de un único hombre. Algunos sobresalientes sabios extranjeros abandonan de modo bien ostensible la ciudad, en la que se habían sentido seguros durante mucho tiempo, desde que la libertad de pensamiento está amenazada allí por tal despotismo. Y pronto ha de reconocer Calvino que Servet llegó a ser mucho más peligroso para él, por medio de su muerte de mártir, de lo que jamás lo había sido con sus escritos y su vida.

Calvino, para toda contradicción, posee un oído impaciente y nervioso. No sirve de nada el que en Ginebra uno se guarde, temerosamente, de toda palabra franca; a través de las paredes y por las ventanas, percibe Calvino la agitación trabajosamente reprimida. Pero el hecho está realizado; ya no es posible darlo por no ocurrido, y, como no puede librarse de él, no le queda otro remedio que el de plantarse abiertamente a su frente. Sin ser notado, Calvino, en este asunto que había comenzado con tanta alegría acometedora, ha venido a refugiarse en la defensiva. Todos sus amigos le confirman por unanimidad en la idea de que es más que tiempo de justificar, por fin, este acto de condenación a la hoguera, que produce una agitación tan escandalosa; realmente, en contra su voluntad, decídese por fin Calvino a "ilustrar" al mundo acerca de Servet, después de haberlo hecho perecer él mismo, previsoramente, y a redactar una apología de su acción.

Pero Calvino, en el caso de Servet, tiene mala conciencia; y con mala conciencia se escribe mal. Por ello su apología "Defensa de la legítima fe y de la Trinidad contra los espantosos errores, de Servet", que — como dice Castalión, — redactó "aún con la sangre de Servet en sus manos", es una de sus obras más débiles. El mismo Calvino confesó que la había arrojado de sí "tumultuarle", por lo tanto, precipitada y nerviosamente ; y, lo poco seguro que se sentía en su defensa, pruébalo el que hizo que su tesis fuera firmada por todos los eclesiásticos de Ginebra para no soportar la responsabilidad él solamente. De una parte, Calvino, advertido de la mala voluntad general, quiere hacer que pase la responsabilidad desde su persona a los "magistrados"; de otra, tiene que demostrar que la municipalidad procedió rectamente al aniquilar a semejante "monstrum". Y, al mismo tiempo, para presentarse a sí mismo como un hombre singularmente indulgente y enemigo, en su interior, de toda violenta actividad, el hábil dialéctico llena una buena parte del libro con quejas acerca de la crueldad de la Inquisición católica que, sin medios de defensa, hace condenar a los creyentes y ejecutarlos del modo más cruel. (¿Y tú — ha de responderle después Castalión, — cuándo le has designado un defensor a Servet?). Mas después, sorprende al asombrado lector haciéndole saber que, "en secreto, trató incesantemente de atraer a Servet hacia mejores opiniones". ("Je nal pas cessé de faire mon possible, en secret, pour le ramener á des sentiments plus saints"); realmente, fue sólo la municipalidad la que — a pesar de la inclinación de Calvino a la benignidad, 1— impuso la sentencia de muerte, y, a la verdad, en su forma especialmente cruel. Pero firmemente establece Castalión la verdad de los hechos. "Las primeras de tus admoniciones fueron injurias, las segundas prisión, y Servet ya no volvió a abandonarla sino para ser arrastrado a la hoguera y allí quemado vivo".

Pero mientras que Calvino, con una mano, aparta de sí la responsabilidad por el martirio de Servet, facilita, con la otra, toda clase de disculpas a los "magistrados" por aquella sentencia. E inmediatamente después, al tratarse de justificar tales coacciones, se hace elocuente Calvino. No es posible, tal es su argumento, que se le deje a cada cual en libertad de decir lo que piense (la liberté á chacun de diré ce qu'il voudrait), pues eso sería demasiado grato para epicúreos, ateos y blasfemos. Sólo es lícito proclamar la verdadera doctrina (la de Calvino). Pero el establecimiento de tal censura no significa, en modo alguno, una limitación de la libertad — las concepciones despóticas repiten siempre los mismos antilógicos razonamientos. — "Ce n'est par tyranniser l'Eglise que d'empécher les écrivains mal intentionnés de repondré publiquement ce qui leur passe par la tete". Si se hace que guarden silencio los otros, eso — según Calvino y sus semejantes, — no es, ni de lejos, que se ejerza una coacción; no se ha hecho otra cosa sino proceder con justicia y servir a una idea más alta, esta vez la de la "gloria de Dios".

Pero no es el del sometimiento moral del hereje el punto discutible que en realidad tiene que defender Calvino — hace mucho tiempo que esta tesis ha sido adoptada por el protestantismo, — sino que lo que se discute es la cuestión de si a quien piense de otro modo es lícito matarlo o dejarle matar. Como Calvino, en el caso de Servet, ha respondido ya, con los hechos, de un modo afirmativo a esta pregunta, tiene ahora, posteriormente, que fundamentar su decisión, y como es natural, busca en la Biblia su defensa para probar que sólo por una "misión más alta" y obedeciendo a un "mandamiento divino" había quitado de en medio a Servet. Para ello busca en toda la doctrina mosaica (pues el Evangelio habla demasiado de: "¡Amad a vuestros enemigos!") ejemplos de ejecuciones de herejes, pero, en realidad, no le es posible aportar nada verdaderamente convincente, pues la Biblia, en general, aun no conocía el concepto de hereje, sino sólo el de "blasfemador", de negador de Dios; Servet, no obstante, el cual aun en medio de las llamas había invocado el nombre de Dios, no había sido ningún ateo. Pero Calvino, que siempre se apoya en los pasajes de la Biblia que conciertan con su opinión del modo más cómodo, declara, a pesar de ello, que el aniquilamiento por las autoridades de los que piensan de otro modo es un deber "sagrado": "Lo mismo que un hombre corriente sería culpable si no empuñara la espada tan pronto como viera su casa manchada por el culto de los ídolos y que uno de sus parientes se rebelaba contra Dios, cuánto más vil no sería esa cobardía en un príncipe si cerrara los ojos cuando es ofendida la religión". Les es dada la espada para que la empleen "en gloria de Dios"; toda acción realizada con "saint zéle", con piadoso ardor, está justificada previamente. La defensa de la ortodoxia, de la verdadera fe, desata, según Calvino, todos los lazos de la sangre, todos los mandamientos humanitarios; hay que extirpar hasta a los más próximos parientes si Satán los impulsa a negar la "verdadera" religión y produce espanto el leer cosas 'como éstas: "On ne luí fait point l'honneur qu'on luí doit, si on ne préfére son service á tout regará humain, pour n'épargner ni parentage, ni sang, ni vie qui soit et qu'on mette en oublie toute humanité quand U est question de combatiré pour sa gloire".

¡ Espantosas palabras y trágico testimonio de hasta qué punto puede cegar el fanatismo a un hombre que, fuera de ello, suele pensar con claridad! Pues, con terrible desnudez, dícese aquí que, en el sentido de Calvino, sólo pasa por piadoso aquel que, por la "doctrina" — la doctrina suya, naturalmente, — ahogue en sí "tout regard humain", por lo tanto, todo sentimiento de humanidad; quien entregue voluntariamente a la inquisición, esposa y amigos, hermanos y parientes, tan pronto como en cualquier cuestión, o cuestioncilla, tengan otra opinión que la del consistorio. Y a fin de que nadie combata una tesis hasta tal punto antihumana, Calvino echa mano de su último, de su favorito argumento: del terrorismo. Declara que cualquiera que defienda o disculpe a un hereje es también él culpable de herejía y queda designado para el castigo. De una vez para siempre, quiere saber Calvino que está solventada y terminada toda discusión, penosa para él, sobre el asesinato de Servet.

Pero la acusadora voz de la víctima del sacrificio, por .agria y furiosamente que grite ante el mundo sus amenazas, Calvino, no se deja imponer silencio, y el escrito calvinista de defensa, con su incitación a la caza de herejes, produce pésima impresión; se apodera el espanto justamente de los protestantes más sinceros al ver cómo se exige ahora la Inquisición, ex cathedra, en su Iglesia reformada. Algunos declaran que habría sido más conveniente que una tesis tan sanguinaria fuera perseguida por la municipalidad en lugar de haberlo sido un predicador de la palabra de Dios, un servidor de Cristo; y del modo más soberbiamente decisivo, el secretario de la ciudad de Berna, Zerchintes, que después también ha dé ser el amigo más fiel y el protector de Castalión, responde a la teoría ginebrina: "Confieso abiertamente — escríbele a Calvino, — que también yo pertenezco al número de aquellos que, en cuanto sea posible, querrían limitar la aplicación de la pena de muerte en el caso de los adversarios del movimiento de la fe y hasta frente a aquellos que se hallan en error voluntariamente. Lo que en especial me determina a ello, no sólo son aquellos pasajes de la Sagrada Escritura que pueden aducirse contra todo empleo de violencia, sino el ejemplo de cómo se procedió en esta ciudad contra los anabaptistas. Yo mismo vi arrastrar al cadalso a una mujer de ochenta años junto con su hija, madre de seis criaturas, mujeres que no habían cometido ningún otro delito sino negarse a que fueran bautizados los niños. Bajo la impresión de tal ejemplo, tengo que temer que las autoridades del tribunal no se mantengan en los estrechos límites en que querrías encerrarte tú mismo, y que castiguen pequeños errores como grandes delitos. Por ello, consideraría como deseable el que la justicia más bien se dejara conducir hacia un exceso de benignidad y escrúpulos exculpatorios que a desenvainar severamente la espada. . . Por mi parte, preferiría derramar mi propia sangre antes de saberme manchado por la de un hombre que no hubiera merecido la muerte de la manera más indudable".

De este modo habla un desconocido secretarillo de consejo en un tiempo fanático y así piensan muchos otros; pero todos reservan sus opiniones en lo secreto. También el valiente Zerchintes tiene la timidez de su maestro Erasmo de Rotterdam ante las disputas del tiempo, y, sinceramente avergonzado, confiésale a Calvino que sólo por carta le comunica su opinión disidente, pero que en público preferiría guardar silencio. "No descenderé al campo de la lucha mientras no me obligue a ello mi conciencia. Me propongo callar en tanto lo consientan mis escrúpulos, en vez de provocar discusiones y ofender a alguien". Los caracteres humanitarios se resignan siempre harto rápidamente, y, con ello, les hacen el juego a los violentos; todos proceden lo mismo que este excelente, pero no combativo, Zerchintes: se callan y se callan, los humanistas, los eclesiásticos, los sabios; los unos, por repugnancia ante la estrepitosa contienda; los otros por miedo de ser ellos mismos sospechosos de herejía si no celebran hipócritamente la ejecución de Servet como un hecho digno de alabanza. Y ya parece como si la monstruosa invitación de Calvino a una persecución general de los que piensan de otro modo debiera quedar incontestada. Pero entonces se eleva súbitamente una voz — bien conocida de Calvino y odiada por él, — para denunciar públicamente, en nombre de la ofendida humanidad, el crimen cometido en la persona de Miguel Servet: la clara voz de Castalión, a quien todavía nunca intimidó una amenaza del desaforado ginebrino y que se juega resueltamente su vida para salvar la de innumerables seres humanos. En toda guerra espiritual, no son los mejores luchadores aquellos que comienzan una contienda de un modo fácil y apasionado, sino los que vacilan mucho tiempo, los que interiormente aman la paz, en los que sólo con lentitud ha madurado la resolución y la decisión.

Sólo cuando han agotado todas las otras posibilidades de inteligencia y reconocido que es inevitable el empleo de las armas avanzan, con abrumado y descontento corazón, para realizar la forzada campaña defensiva; pero precisamente los que con mayor dificultad se resuelven a ir al combate han de ser después, siempre, los más decididos y resueltos. Esto le ocurre a Castalión. Como verdadero humanista, no es en modo alguno un luchador nato y convencido; la cortesía, la indulgencia, la insistente conciliación, concuerdan infinitamente más, en profundo sentido, con su naturaleza religiosa. Lo mismo que su ascendiente espiritual Erasmo, sabe la diversidad de formas y significaciones de toda verdad terrena y divina, y no por azar ostenta una de sus obras más esenciales el significativo título de De Arte Dubitandi ("Del arte de dudar"). Pero esta permanente duda y este permanente ensayo de sí mismo no convierte en modo alguno a Castalión en un frío escéptico; su circunspección le enseña sólo a guardar miramientos con todas las otras opiniones y prefiere callar antes que entremezclarse precipitadamente en ajenas disputas. Desde que para preservar su interna libertad había renunciado voluntariamente a su cargo y dignidad, se había retirado totalmente de la política del tiempo, para servir mejor al Evangelio con una acción espiritualmente fecunda, al realizar su doble traducción de la Biblia. Llega a ser, para él, pacífico hogar y residencia Basilea, esta última isla de la paz religiosa; aquí, la Universidad custodia todavía la herencia de Erasmo, y, por ello, viven refugiados en este postrer lugar libre que le resta al humanismo paneuropeo, todos aquellos que sufren persecución de las dictaduras eclesiásticas. Aquí vive Karlstadt, expulsado por Lutero de Alemania, y Bernardo Ochino, lanzado fuera de Italia por la Inquisición romana; aquí está Castalión oprimido por Calvino en Ginebra; aquí están Lelio Socino y Curione, y misteriosamente, escondido bajo un extraño nombre, David de Joris, anabaptista desterrado de los Países Bajos. Un común destino, una común persecución, liga a estos emigrantes, aunque de ningún modo sean de igual opinión, en todas las cuestiones teológicas; pero jamás necesita la naturaleza humana de una sistemática igualdad de concepciones, hasta en sus detalles últimos, para que los individuos se relacionen humanamente entre sí, en amistoso trato. Todos estos que se niegan a servir a cualquier dictadura moral llevan en Basilea una existencia de sabios, recogida y sin estruendo; no vierten sobre el mundo tratados y folletos, no peroran en las lecciones, no se unen en bandas con ligas y sectas; sólo un pesar común por el creciente acuartelamiento y reglamentación del espíritu mantiene unidos, en una silenciosa hermandad, a estos solitarios "remonstrantes" (así serán designados después estos rebeldes contra todo terrorismo dogmático).

Para estos pensadores independientes, la quema de Servet y el sanguinario libelo defensivo de Calvino significan, naturalmente, una declaración de guerra. Enojo y espanto llenan el ánimo de todos ante este audaz desafío. El momento es decisivo, según todos reconocen al momento; si semejante acto de tiranía queda sin respuesta, entonces se ha renunciado en Europa a la libertad del espíritu, entonces la fuerza se ha convertido en derecho. Pero ¿se debe en realidad volver otra vez a las tinieblas, "después de que ya una vez había sido hecha la luz", después de que la Reforma ha traído al mundo la exigencia de la libertad de conciencia? ¿Deben, efectivamente, con la horca y la espada, ser extirpados todos los cristianos disidentes, tal corno lo exige Calvino? ¿No es preciso ahora, en el momento del máximo peligro, antes que sean encendidas millares de hogueras como la de Champel, proclamar paladinamente que no es lícito cazar como a animales dañinos ni atormentar cruelmente como a bandidos y asesinos a los hombres que sustentan opiniones disidentes en cosas espirituales? En voz alta y clara, tiene que ser demostrado ahora al mundo entero, en la hora postrera de todas las posibles, que toda intolerancia procede siempre de modo anticristiano y en forma inhumana si llega a acudir el terrorismo; en voz alta y clara, todos lo comprenden así, tienen que ser ahora lanzadas al público unas palabras en favor del perseguido, unas palabras en contra del perseguidor.

En voz alta y clara. . ., pero ¿cómo sería en aquella hora posible? Hay tiempos en los que las más simples y manifiestas verdades de la humanidad tienen que ser envueltas en niebla y disfrazadas para que lleguen a los hombres; en que los pensamientos más humanos y santos tienen que pasar de contrabando como ladrones por las puertas de escape, embozados y rebujados, porque el portal principal está guardado por los alguaciles y aduaneros del tirano. Repítese siempre el hecho absurdo de que mientras todas las provocaciones de un pueblo a los otros pueblos de una religión contra las otras, están siempre admitidas a libre plática, todas las tendencias conciliadoras, todos los ideales pacifistas y conformadores son sospechosos y se las reprime, a pretexto de que perjudican a cualquier autoridad (siempre diferente) estatal o divina, y debilitan, en forma "derrotista", el celo piadoso o patriótico con su voluntad de humanización. De este modo, bajo el terrorismo de Calvino, en manera alguna pueden Castalión y los suyos atreverse a exponer clara y abiertamente sus opiniones; un manifiesto de la tolerancia, una apelación a la humanidad, tal como la planean, caería desde el primer instante bajo el secuestro de la dictadura eclesiástica. A la fuerza, por lo tanto, sólo se le puede salir al encuentro por medio de la astucia. Un nombre plenamente inventado, "Martinus Bellius", es puesto como el del editor y un fingido lugar de impresión (Magdeburgo en vez de Basilea) estampado en la portada; pero, ante todo, el texto mismo de este llamamiento para salvación de los injustamente perseguidos preséntase disfrazado con apariencias de obra científica, de obra teológica; debe parecer que sólo de un modo puramente académico, ante autoridades altamente instruidas, eclesiásticas y civiles, se discute la cuestión: De haereticis an sint perseguendi et omnino quomodo sit cum eis agendum multorum tum veterum tum recentiorum sententiae, es decir: "De si los herejes han de ser perseguidos y de cómo se debe proceder con ellos probado con sentencias de muchos autores tanto antiguos como modernos". Y, en realidad, si se hojean sus páginas de un modo superficial, se piensa, efectivamente, el principio, que sólo se tiene entre las manos un tratadillo teórico y piadoso, pues aquí las sentencias de los más célebres padres de la Iglesia, de San Agustín como de San Juan Crisóstomo y de San Jerónimo, se muestran fraternalmente unidas a selectas manifestaciones de grandes autoridades protestantes, como Lutero y Sebastián Frank, o de imparciales humanistas, como Erasmo. Sólo parece encontrarse coleccionada aquí una antología escolástica, una selección de citas jurídico-teológicas de los más diversos filósofos de todos los partidos para facilitar al lector un juicio individual e imparcial sobre esta difícil cuestión. Pero si se le considera más de cerca, vese que, con unanimidad, sólo están escogidos los testimonios que declaran que es inadmisible la pena de muerte contra el hereje. Y la más ingeniosa astucia, la única malicia de este libro, de un fondo tremendamente serio, es que entre los contradictores de Calvino que son aquí citados, se encuentra uno cuya tesis tiene que serle particularmente enojosa: ningún otro sino el propio Calvino. Su propio testimonio, cierto que del tiempo en que todavía era él un perseguido, se opone ásperamente a su actual y ardorosa apelación al hierro y al fuego; con sus propias palabras, tiene que permitir Calvino que el propio Calvino lo califique de anticristiano, pues aparece aquí impreso y firmado con su propio nombre: "Es anticristiano perseguir con las armas al expulsado de la Iglesia y negarle los derechos de la humanidad".

Pero a un libro sólo le da siempre su valor la palabra expresa en él y no las opiniones escondidas y ocultas. Esta palabra la pronuncia ahora Castalión en la dedicatoria del duque de Wurtenberg que le sirve de introducción, y ya sólo con estas palabras del comienzo y de la conclusión eleva la antología teológica por encima de todo su tiempo. Pues, aunque apenas ocupen algo más que una docena de páginas, son, sin embargo, las primeras con las que la libertad de pensamiento reclama su sagrado derecho de ciudadanía en Europa. Escritas en aquella hora sólo en favor de los herejes, son, al mismo tiempo, una llamada a la reconciliación para todos aquellos que, en días más tardíos, a causa de su independencia política o de su concepto del mundo, tienen que sufrir persecuciones de otras dictaduras. Para todos los tiempos queda inaugurado aquí el combate contra el enemigo secular de toda justicia espiritual, contra la estrechez mental del fanatismo que quiere oprimir toda opinión que se aparte de la de su propio partido y queda implantada victoriosamente frente a él, aquella idea única que puede apaciguar toda hostilidad sobre la Tierra: la idea de la tolerancia.

Con desapasionada lógica, de un modo claro e irrebatible, desenvuelve su tesis Castalión. Plantea la cuestión de si los herejes deben ser perseguidos, y si por un delito puramente espiritual es lícito imponerles la pena de la vida. Esta cuestión viene precedida en el escrito de Castalión por otra decisiva: ¿Que es, en realidad, un hereje? ¿A quién es lícito calificar de tal, sin injusticia? Pues — de este modo razona Castalión con su impávida presencia de ánimo — "no creo que sean herejes todos aquellos a quienes así se les llama. . . Esta designación es hoy tan injuriosa, tan espantable y temible, acarrea tal desprecio, que si alguien quiere deshacerse de un enemigo personal suyo, tiene el camino totalmente cómodo de hacerlo sospechoso de herejía. Pues apenas los demás hombres hayan oído tal cosa, cuando sentirán tal espanto, sencillamente ante el nombre de hereje, que se taparán los oídos, y, con ciego furor, no sólo lo perseguirán a él, sino a todos aquellos que se atrevan a decir una palabra en favor suyo".

Pero Castalión no quiere juzgar a nadie con tal histerismo persecutorio.

Sabe que cada época elige siempre un grupo distinto de desdichados para descargar sobre ellos su acumulado odio colectivo. Cada vez se selecciona, ya por su religión, ya por el color de su piel, por su raza, su ascendencia, su ideal social, su concepto del mundo, un grupo más pequeño y más débil por el grupo más numeroso y más fuerte para descargar sobre él las energías aniquiladoras latentes en lo humano; los lemas, los pretextos van cambiando sucesivamente, pero siempre sigue siendo el mismo el método de calumnia, de desprecio, de aniquilamiento. A un hombre espiritual, sin embargo, no le es jamás lícito dejarse deslumbrar por tales recónditas palabras condenatorias ni arrebatar por el furor instintivo de las masas: tiene siempre que buscar lo justo, con nueva serenidad y justicia; por ello en el problema del hereje, niégase Castalión a exponer ninguna opinión antes de haber penetrado por completo el sentido de esta palabra de odio.

¿Qué es, pues, un hereje? Una y otra vez vuelve Castalión a plantear este problema ante sí mismo y ante el lector. Y ya que Calvino y los otros inquisidores apelan a la Biblia como al único cuerpo legal valedero, investiga también en ella página tras página. Pero es el caso que en modo alguno encuentra allí ni la palabra ni el concepto: tenían que venir primero una dogmática, una ortodoxia, una doctrina unitaria para inventarlo, pues para rebelarse contra la Iglesia tenía primero que ser fundada, como institución, una Iglesia. Las Sagradas Escrituras es cierto que hablan de los ateos y de su necesario castigo. Pero un hereje no es preciso, en modo alguno, que sea un ateo — el caso de Servet lo ha demostrado; — por el contrario, precisamente los que son llamados herejes, y del modo más encendido los anabaptistas, afirman ser los auténticos, los verdaderos cristianos y veneran al Salvador como al modelo más sublime y amado. Ya que nunca un turco, un judío, un pagano, son llamados herejes, la herejía tiene que ser un delito que crece exclusivamente dentro del cristianismo. Por lo tanto, nueva definición: herejes son aquellos que, aunque cristianos, no siguen el "verdadero" cristianismo, sino que, por su propio arbitrio, en diversos puntos aislados se apartan de la interpretación "auténtica".

En apariencia, estaría encontrada con esto la valedera definición. Pero — ¡ fatídica cuestión! — entre todas las interpretaciones, ¿cuál es el "verdadero" cristianismo, cuál es el "auténtico" sentido de la palabra de Dios? ¿El de la exégesis católica, el de la luterana, el de Zwinglio, el de las anabaptistas, el de los husitas, el de los calvinistas? ¿Existe realmente una seguridad absoluta en cuestiones religiosas? ¿Es, en efecto, siempre inteligible la palabra de las Sagradas Escrituras? Castalión — el contrarío del pedante Calvino, — tiene el valor de responder con un modesto "no". Ve, en las Sagradas Escrituras, cosas comprensibles al lado de otras incomprensibles. "Las verdades de la religión — escribe con el más profundo espíritu religioso, — según su misma naturaleza, son misteriosas y aun hoy, al cabo de mucho más de mil años, constituyen el objeto dé una eterna disputa en la cual la sangre no quiere dejar de correr, en cuanto el amor no ilumina a los espíritus y no tiene la última palabra. "Todo aquel que interpreta la palabra de Dios puede caer en falta e incurrir en errores, y, por eso, el primer deber sería el de una tolerancia mutua. "Si todas las cosas fueran tan claras y manifiestas como es claro que hay un Dios, todos los cristianos podrían fácilmente ser de la misma opinión sobre estas cosas, lo mismo que todas las naciones están concordes en el reconocimiento de que hay un Dios; pero, una vez que todo es oscuro y confuso, deberían los cristianos no juzgarse unos a otros, y ya que somos más sabedores que los paganos, seamos también mejores y más compasivos que ellos".

De nuevo ha avanzado Castalión un paso adelante en su investigación: es llamado hereje aquel que, aunque reconoce las leyes fundamentales de la fe cristiana, no lo hace en la forma autoritariamente exigida en su país. Herejía, por lo tanto — llégase por fin a la más importante distinción, — no es un concepto absoluto, sino relativo. Un calvinista constituye naturalmente un hereje para un católico, y, del mismo modo, también naturalmente, lo es un anabaptista para los calvinistas; el mismo hombre que pasa en Francia por poseedor de la verdadera fe, es un hereje en Ginebra e inversamente. El que en un país es quemado como hereje, es un mártir para el país vecino: "mientras que tú, en una ciudad o comarca, pasas por verdadero creyente, sólo por ello serás ya considerado como hereje en el país inmediato, en forma que hoy, si alguien quisiera vivir sin ser molestado, tendría que tener tantas convicciones y religiones como ciudades y países hay sobre la tierra". De este modo, llega Castaíión a su última y más atrevida fórmula: "Si reflexiono acerca de lo que, en realidad, sea un hereje, no encuentro otro carácter sino que designamos como hereje a aquel que no concuerda con nuestra opinión".

Esto parece una frase totalmente sencilla, de una evidencia casi trivial.

Pero pronunciarla de un modo franco y despreocupado, significaba entonces un enorme consumo de valor moral. Pues, con ello, una época entera, con sus directores, príncipes y sacerdotes, católicos y luteranos, es abofeteada por un solo ser humano, aislado e impotente, al probarle que su cruel caza de herejes es una insensatez y un criminal delirio. Los inocentes perseguidos contra todo derecho, todos los miles y decenas de miles de hombres ahorcados, ahogados y quemados, no han cometido crimen de ninguna especie contra Dios ni el Estado; en el ámbito real de la acción, no se han apartado en nada de los otros, sino sólo en el orbe invisible del pensamiento. Pero ¿a quién le corresponde el derecho de juzgar los pensamientos de un hombre, equiparar sus íntimas y particulares convicciones con un vulgar delito? No al Estado, no a las autoridades. Al cesar, según la sentencia del Evangelio, no le corresponde más que lo que es del cesar, y literalmente aduce Castalión la frase de Lutero de que el reino terrenal sólo tiene fuerza sobre los cuerpos; mas en cuanto a las almas, no quiere Dios que ningún derecho terreno impere sobre ellas. El Estado puede exigir de cada súbdito la abstención de lo que perturbe el orden externo y político. Toda intromisión de cualquier autoridad en el íntimo mundo de las convicciones morales, religiosas — y artísticas nosotros añadiríamos, — en cuanto no producen una visible rebelión contra el ser del Estado (una agitación política, diríamos nosotros), significa una usurpación y una invasión del inviolable derecho de la personalidad. En lo que afecta a su propio mundo interno, nadie tiene responsabilidad, ni necesita justificarse ante ninguna instancia del Estado, pues "cada uno de nosotros tiene que dirigir por sí mismo sus relaciones con Dios". La fuerza del Estado no es competente en asuntos de opinión. ¿Por qué, pues, este repugnante escándalo, con espumeantes labios, cuando alguien, en su concepción del mundo, tiene convicciones personales; por qué este incesante gritar apelando a la policía del Estado, por qué este odio mortal? Sin voluntad de conciliación, es imposible que haya una verdadera humanidad, pues sólo "cuando nos dominamos íntimamente podemos vivir juntos y en paz, y aun cuando seamos a veces diferentes en nuestras opiniones, por lo menos nos comprendemos y nos acogemos con mutua benevolencia en lo que afecta al amor y al lazo de la paz, hasta que lleguemos a la unificación de la fe".

La culpa de estas espantosas carnicerías, de estas bárbaras persecuciones que deshonran la dignidad humana, no reside, pues, en los herejes que no cometen falta alguna (¿quién sería responsable de sus pensamientos, de sus convicciones?) ; el culpable, el eterno culpable, del delirio asesino y la salvaje perturbación de nuestro mundo, lo es, según Castalión (el fanatismo, la intolerancia de los ideólogos que quieren siempre que sólo sean tenidas por verdaderas sus ideas, su religión, su concepción del mundo.) Despiadadamente, saca Castelión a la vergüenza pública este furibundo orgullo y satisfacción de sí. Los seres humanos están tan poseídos de su propia opinión, o más bien de la falsa certidumbre que tienen de su opinión, que desprecian soberbios a los otros; de esta soberbia se originan las crueldades y persecuciones, en forma que ya nadie quiere soportar a los otros tan pronto como no son de su misma idea, aunque, en el día de hoy, hay casi tantas opiniones diversas como hombres. No obstante, no se encuentra una sola secta que no quiera juzgar a todas las demás y dominar ella sola. Y de ahí derivan todas estas proscripciones: destierros, encarcelamientos, quemas, ahorcaduras, toda esta miserable furia de ejecuciones y suplicios, que se ejecutan a diario, y sólo a causa de cualquier opinión que desagrada a los grandes señores, y con frecuencia hasta sin ninguna razón determinada". Sólo de la terquedad procede la obstinación; sólo de la intolerancia "aquel indómito y bárbaro placer de cometer crueldades, y se ve a muchos, en el día de hoy, inflamados hasta tal punto por estas excitantes calumnias, que se ponen furiosos si uno de aquellos a quienes hacen ejecutar es estrangulado y no quemado a fuego lento del modo más martirizador".

Una cosa única puede, por ello, a juicio de Castalión, salvar a la humanidad de esta barbarie: la tolerancia. Nuestro mundo tiene cabida para muchas verdades y no para una sola. W si los hombres así lo quisieran, éstas podrían vivir unas junto a otras. "¡Soportemos los unos a los otros y no juzguemos la fe de los demás!" Superfluos son, por lo tanto, estos feroces gritos contra el hereje; innecesarias todas las persecuciones por cosas espirituales. Y mientras Calvino, en su escrito, anima a los príncipes a que empleen la espada para una total extirpación de los heréticos, implórales así Castalión: "Inclinaos más bien del lado de la benevolencia y no obedezcáis a aquellos que os hostigan para que asesinéis, pues no podrán estar a vuestro lado, como auxiliares, cuando tengáis que rendir vuestras cuentas ante Dios; ya les dará bastante que hacer su propia defensa. Creedme: si Cristo estuviera aquí presente, jamás os aconsejaría que matarais a los que confiesan su nombre, aunque erraran en algunos detalles o siguieran falsas vías".

Con la imparcialidad que corresponde serlo ante un problema espiritual, ha recorrido Sebastián Castalión la peligrosa senda de estudiar la culpabilidad o inocencia de los llamados herejes. Ya ha examinado, la ha pesado. Y si ahora, por íntima convicción, exige paz y libertad para estos perseguidos y expulsados, a pesar de su interna certidumbre expone semejante tesis de un modo casi humilde. Mientras los sectarios, como pregoneros del mercado, alaban sus dogmas, en voz alta y aguda y de modo estrepitoso; mientras cada uno de aquellos doctrinarios de frente estrecha clamorean incesantemente desde el pulpito que ellos y sólo ellos venden al menudeo la pura y verdadera doctrina, que ellos y sólo ellos anuncian con su voz la voluntad y palabra de Dios, Castalión dice simplemente: "No hablo con vosotros como si fuera un profeta enviado por Dios, sino sólo como uno de tantos hombres, miembro de la muchedumbre que aborrece las disputas y que sólo desearía que la religión no fuera demostrada con querellas, sino con un amar compasivo; no con usos externos, sino con íntimas devociones del corazón". Los doctrinarios se dirigen siempre a los otros hombres como a siervos y discípulos. Los humanitarios hablan siempre como un hermano con su hermano, como un hombre con otro.

Pero a un ser humano verdaderamente humanitario no le es posible permanecer sin emoción cuando ve que ocurren actos inhumanos. La mano de un honrado escritor no puede escribir serenamente, fría y con conceptos abstractos, cuando le tiembla el alma por el frenesí de su tiempo; su voz no es capaz de seguir siendo mesurada si los nervios le arden de justa indignación. De este modo, tampoco Castalión, a la larga, es capaz de contenerse y desarrollar únicamente unas investigaciones académicas en presencia de aquel palo del martirio de Champel, al cual, con las angustias de la muerte, está amarrado un inocente, un ser humano sacrificado en vida al mandato de un hermano espiritual suyo, un hombre de letras mandado matar por otro hombre de letras, un teólogo por otro teólogo, y además, de ello, en nombre de la religión, del amor. Llevando ante el alma la imagen del martirizado Servet, y la cruel persecución colectiva del hereje, alza Castalión la mirada por encima de las páginas de su escrito y busca al promotor de estos horrores, que, en vano, quiere disculpar su intolerancia personal bajo el piadoso servicio de Dios. Dirige su mirada hacia los duros ojos de Calvino al exclamar: "Y por muy crueles que puedan ser estas cosas, todavía cometen sus autores un pecado más espantoso cuando tratan de cubrir tales crímenes con el manto de Cristo y simulan que, con ello, han cumplido su divina voluntad". Sabe que los desaforados autores de tales atrocidades procuran en todo tiempo adornar con cualquier ideal religioso o filosófico sus actos execrables Apero la sangre ensucia toda idea y la violencia envilece todo pensamiento. No, Miguel Servet no fue quemado por mandato de Cristo, sino por orden de Jehan Calvin, pues toda la cristiandad quedaría deshonrada en la Tierra con semejante hecho, "¿Quién querría aún hoy ser cristiano — exclama Castalión — si aquellos que se reconocen como tales fueran destrozados con el fuego y el agua y tratados de modo más cruel que los asesinos y bandidos?... c Quién debe querer servir todavía a Cristo si ve que en el día de hoy cualquier persona que, en cualquier particularidad, no concierta con aquellos que han arrebatado para sí el poder y la fuerza es quemado vivo en nombre de Cristo, aunque en medio de las llamas confiese a gritos que cree en él?".

Por ello, según el sentir de este hombre magníficamente humano, es preciso que sea puesto por fin un dique a la locura, que no sea permitido martirizar y asesinar a los hombres sólo porque se resistan, en lo espiritual, a la opinión de los poseedores de la fuerza en aquel momento. Y como ve que los poseedores de la fuerza vuelven siempre a usar mal de su poder, y que, sobre la Tierra nadie sino él solo, único, pequeño, débil, abraza la causa de los perseguidos y expulsados, alza desesperado la voz hasta el cielo y su apelación termina con un extático himno en alabanza de la compasión, "¡Oh Cristo, creador y rey del mundo!, ¿ves estas cosas? ¿Te han convertido, en realidad, en totalmente distinto de lo que fuiste en tu vida terrena, en tan cruel y hostil contra ti mismo? Cuando te demoraste sobre la Tierra, nadie había más dulce, más bondadoso que tú; ninguno sufría las befas de modo más benigno; injuriado, escupido, burlado, coronado de. espinas, crucificado entre ladrones, en medio de la humillación más profunda, rogaste por aquellos que te inferían todas estas ofensas y denuestos. ¿Es verdad que estás tan transformado ahora? Te imploro, evocando el santísimo nombre de tu padre, ¿ordenas tú, realmente, que aquellos que no cumplan todas tus disposiciones y mandamientos, tal como lo exigen los que dicen enseñar en tu nombre, sean ahogados en el agua, destrozados con tenazas hasta las entrañas, cubiertos de sal, despedazados por la espada, tostados a fuego lento y mortalmente atormentados con toda suerte de martirios tan pausados como sea posible? ¿Apruebas realmente tales cosas, oh Cristo? ¿Son, en realidad, servidores tuyos los que producen tamañas carnicerías, los que hacen, de ese modo, que la gente sea despellejada y despedazada? ¿Estás realmente allí presente, cuando se invoca tu nombre como testigo en estas tremendas jiferías, como si estuvieras hambriento de carne , humana? Si en realidad tú, ¡oh Cristo!, hubieras dispuesto tales cosas, ¿qué restaría para Satán? ¡Espantosa blasfemia la de decir que haces tú estas cosas, las mismas que opera el eterno enemigo! ¡Miserable corazón el de los hombres capaces de atribuir a Cristo lo que sólo puede ser voluntad e invención del demonio!" Si Sebastián Castalión no hubiera escrito nada más que este prólogo al libro De los herejes, y, en este prólogo, sólo esta página, su nombre tendría ya que permanecer inmarcesible en la historia de la humanidad. Pues ¡qué solitaria se alza esta voz, qué poca esperanza tiene su emocionante imprecación de ser oída en un mundo donde las armas resuenan más que las palabras y la guerra asume para sí las últimas resoluciones! Pero aunque hayan sido innumerables veces anunciadas por todas las religiones y por todos los maestros del saber, siempre hay que presentar de nuevo estas humanísimas exigencias ante el recuerdo de la olvidadiza humanidad. "Sin duda que no digo cosa alguna — añade . el modesto Castalión, — que otros muchos no hayan ya dicho antes. Pero no es ocioso para nadie el que sea repetido lo que es verdadero y justo tantas veces como sean precisas hasta que forzosamente lleguen a imponer su validez". Ya que la acción de la violencia, en aquella época, se presenta en renovadas formas, es preciso también que sea renovada por los espirituales la lucha contra ella; jamás les será lícito la huida bajo pretexto de que en aquella hora es demasiado fuerte la violencia, y, por lo tanto, no tiene sentido el oponérsele con la palabra. Pues lo necesario jamás ha sido dicho demasiadas veces y nunca la verdad es formulada en vano. (Aun cuando no sea vencedora, la palabra manifiesta, no obstante, su eterna presencia, y quien en tales horas la sirve ha testimoniado, en lo que a él toca, que ningún terrorismo tiene poder sobre un alma libre, y que, aún en el siglo más inhumano, queda, sin embargo, espacio para la voz de la humanidad.

 

UNA CONCIENCIA CONTRA LA FUERZA

AQUELLOS hombres que, del modo más desconsiderado, procuran oprimir las opiniones ajenas, son siempre los que más dolorosamente se ofenden con toda contradicción a su propia persona.] De este modo, también Calvino consideró como una monstruosa injusticia el que el mundo se permitiera discutir la ejecución de Servet, en vez de alabarla con entusiasmo, como una acción piadosa y grata a Dios. Con toda gravedad, el mismo hombre, que, sin compasión alguna, sólo por una diferencia principial de opiniones, hizo achicharrar a fuego lento a otro hombre, exige que no haya piedad para el sacrificado, sino simpatía hacia él. "Si conocieras sólo la décima parte de las injurias y ataques a que estoy expuesto — escríbele a un amigo —, tendrías lástima de mi triste situación. Por todas partes me gruñen los perros; todos los imaginables denuestos son amontonados sobre mí con mayor furia que los adversarios públicos del campo papista me atacan ahora las envidias y odios de mi propio campo". Lleno de enojo tiene que comprobar Calvino que, a pesar de sus citas bíblicas y de sus razonamientos, no se está dispuesto a aceptar calladamente la eliminación de Servet; y esta nerviosidad de su mala conciencia asciende hasta una especie de pánico tan pronto como sabe que Castalión y sus amigos preparan en Basilea una réplica a su escrito.

La primera idea de su temperamento tiránico es siempre la de la represión, la censura y el amordazamiento de toda opinión adversa. Inmediatamente después de la primera noticia, corre Calvino a su pupitre y, sin conocer en modo alguno el libro De Haereticis, acosa anticipadamente a los sínodos suizos para que, en todo caso, acuerden inhibirse. ¡Que no se discuta más! Ha hablado Ginebra, Genqva locuta est; todo lo que ahora quieran manifestar los otros acerca del caso de Servet, tiene, por tanto, que ser anticipadamente considerado como error, insensatez, mentira, herejía, blasfemia, ya que lo contradice a él, a Calvino. La pluma corre diligentemente: el 28 de marzo de 1554 le escribe ya a Bullinger diciéndole que precisamente entonces se acaba de imprimir en Basilea un libro, bajo nombre supuesto, en el cual Castalión y Curione quieren probar que no se debe eliminar violentamente a los herejes. Tal doctrina errónea no tiene derecho a entrar en circulación, pues es como un "veneno el presentarse ahora en favor de la indulgencia y negar que las herejías y blasfemias deban ser castigadas". ¡A todo prisa, pues, la mordaza para la embajada de la tolerancia!" Plega a Dios que los pastores de esta iglesia, aunque sea tarde ya, velen para que ese daño no continúe extendiéndose". Pero no es suficiente esta única llamada; al día siguiente, requiere, aún con mayor insistencia, a su imitador Theodor de Beze: "Han impreso en el título el nombre de Magdeburgo, pero, según creo, este Magdeburgo está en el Rhin: sabía yo ya desde hace tiempo que se preparaba allí sofísticamente tal vergüenza. Y pregunto ahora: ¿qué queda aún en pie de la religión cristiana si se consiente lo que esos reprobos han vomitado en su prólogo?" Pero es ya demasiado tarde; el tratado se ha adelantado al intento de represión, y ahora, cuando el primer ejemplar llega a Ginebra, inflámase allí un verdadero incendio frenético de espanto. ¿Cómo? ¿Ha habido hombres capaces de poner lo humanitario por encima de lo autoritario? Los que disienten ¿deben ser tratados con miramientos y fraternalmente en vez de ser arrastrados a la hoguera? A cada cristiano, y no sólo a Calvino, ¿le ha de ser lícito interpretar las Sagradas Escrituras, según su propio sentir? Con ello, correría peligro la Iglesia — Calvino, naturalmente, piensa, mi "Iglesia. — A una señal dada, es lanzado desde Ginebra el clamor de herejía. Ha sido inventada una nueva herejía — gritan a todos los vientos, — una herejía especialmente peligrosa, el "bellianismo", — así designan desde entonces la doctrina de la tolerancia en cuestiones de fe, según el nombre de su apóstol: Martnus Bellius (Castalión). — ¡A pisotear, pues, rápidamente este fuego del infierno antes que se extienda por la tierra. Y en su primera cólera ante la exigencia de tolerancia, aquí por primera vez proclamada, escribe de Beze: "¡Desde el comienzo del cristianismo, no se habían oído aún tales blasfemias!" Al punto, en Ginebra, celébrase un consejo de guerra: ¿se debe contestar o no se debe contestar? El sucesor de Zwingli, Bullinger, a quien los ginebrinos habían rogado con tanta insistencia para que el libro fuera suprimido a su debido tiempo, aconseja prudentemente desde Zurich: el libro será olvidado por sí mismo; por ello, se procedería mejor no oponiéndose a él en modo alguno. Pero Farel y Calvino, en su ardiente impaciencia, se obstinan en querer una respuesta pública. Y como Calvino prefiere mantenerse oculto en el foro, después de las malas experiencias de su primera defensa, confía a uno de sus más jóvenes partidarios, a Theodor de Beze, el que conquiste las espuelas teológicas y su agradecimiento de dictador con un ataque impetuoso contra la "satánica" doctrina de la tolerancia.

Theodor de Beze, en lo personal un hombre piadoso y honrado, que, como recompensa a muchos años de obediente servicio, llegó a ser después el sucesor de Calvino, sobrepasa aún a éste en su odio frenético contra todo hálito de libertad espiritual, como siempre les acontece a los espíritus no independientes ante el espíritu creador. De él procede aquella espantosa frase de que la libertad de conciencia es una doctrina del demonio: libertas conscientiae diabolicum dogma. Por lo tanto, ¡nada de libertad ¡(Mejor achicharrar a los hombres y matarlos a sangre y fuego que sufrir el engreimiento de un pensar independiente; "mejor es tener un tirano y que además sea cruel" — afirmas celosamente, de Beze, — que la licencia de que a cada cual le sea lícito proceder según su personal sentido. . A Afirmar que no es lícito castigar a los herejes es como si se dijera que no se debe matar a los asesinos de su padre y de su madre, ya que los herejes son todavía mil veces más criminales que aquéllos". Después de esta muestra, ya puede uno imaginarse en qué furor se exalta este inflamado libelo contra el "bellianismo". ¿Cómo es posible? Estos "monstruos disfrazados de hombres" (monstres déquisés en hornmes) ¿deben aún, al final, ser tratados con humanidad? ¡No! ¡Primero la disciplina y sólo después la humanidad! En ningún caso ni a ningún precio le es lícito a un jefe espiritual ceder ante un movimiento de piedad cuando se trata de la doctrina, pues tal caridad no sería cristiana, sino diabólica ("chanté diabolique et non chrétienne") ; por primera, pero no por última vez, encuéntrase aquí la teoría militante de que el humanitarismo — el "crudelis humanitas" como fórmula de Beze, — es un crimen contra la humanidad, la cual sólo con una disciplina de hierro y una severidad sin miramientos puede ser conducida hacia un fin ideológico. No es lícito "ser indulgente con algunos lobos trashumantes si no han de serles entregados todos los creyentes rebaños de Cristo... Noramala esa aparente mansedumbre que, en verdad, es la crueldad más extrema", exclama de Beze en su furia fanática contra el "bellianismo", y conjura a las autoridades para que no cejen en "atacar virtuosamente con la espada" (frapper vertueusement de se glaive). Al mismo Dios, cuya piedad invoca un Castalión en la plenitud de su piedad propia y con cuyo auxilio quiere por fin poner término a esta carnicería bestial, lo invoca el pastor de Ginebra, con todo el ardor de su odio ferviente, a fin de que no ponga obstáculo a las matanzas, para que quiera "prestar la suficiente grandeza y firmeza de alma a los príncipes cristianos para que sean extirpados por completo estos dañinos seres". Pero ni aun este aniquilamiento de los disidentes le parece bastante cruel al espíritu vindicativo de de Beze. Los herejes no sólo deben ser muertos, sino que en su ejecución deben ser empleadas cuantas formas de tormento puedan imaginarse, y, por anticipado, con esta piadosa indicación, disculpa ya de Beze todas las torturas que sean inventadas: "Si tienen que ser castigados conforme a la magnitud de su crimen, creo yo que apenas será posible encontrar un medio de martirio que pueda guardar relación con las monstruosas dimensiones de su delito".

Sólo con repugnancia llegamos a copiar tales himnos al terrorismo, tales espantosos razonamientos de la antihumanidad. Pero es necesario hacerlos constar y expresarlos palabra por palabra para que se comprenda el daño en que habría caído el mundo protestante si se hubiera dejado arrastrar hacia una nueva Inquisición por el frenesí de odio de los fanáticos ginebrinos, y también para celebrar en su justo merecimiento la empresa que se atrevían a acometer aquellos varones, valientes y prudentes, que se oponían al delirio antiherético de estos energúmenos, a la verdad, con peligro y sacrificio de su vida. Pues para "neutralizar" a tiempo bastante la idea de la tolerancia, propone tiránicamente en su libelo de Beze, la exigencia de que todo amigo de la tolerancia, todo defensor del "bellianismo", deba desde entonces ser tratado como "enemigo de la religión cristiana", esto es, que debe ser quemado. "En sus propias personas debe serles aplicado cada punto de la tesis que yo presento aquí, para el castigo por las autoridades de los herejes y blasfemos".

Y a fin de que Castalión y sus amigos no queden ignorantes de lo que les espera si persisten en la defensa de los perseguidos por sus opiniones, de Beze amenaza también con el puño cerrado, diciendo que el lugar de impresión falsamente expresado y el seudónimo puesto delante del libro, no les "salvará de la persecución, pues todo el mundo sabe quién sois y lo que os proponéis. . . Recibís el aviso a tiempo bastante, Bellius, Montfort y toda vuestra pandilla".

Bien se echa de ver: sólo en apariencia constituye una tesis académica el libelo de de Beze; su verdadero sentido reside en esta amenaza. Los aborrecidos defensores de la libertad espiritual deben saber, por fin, que arriesgan su vida prosiguiendo más adelante en aquella solicitación de humano trato para los disidentes, y, en su afán de hacer que cometa una imprudencia la cabeza del "bellianismo", Sebastián Castalión, de Beze acusa provocativamente de cobardía a este hombre tan animoso. Escribe con befa: "Esa persona que, otras veces, se nos apareció como tan audaz y osada, muéstrase tan cobarde y angustiada en este libro que no habla más que de compasión y benignidad, que sólo de un modo encubierto y enmascarado se atreve a asomar la cabeza". Acaso espera que Castalión, en vista del peligro, dirá abiertamente su nombre y reconocerá su falta, haciéndose atrás con prudente espanto; pero Castalión acepta el desafío. Ya que la ortodoxia de Ginebra quiere elevar su reprobable acción hasta convertirla en dogma y regla de conducta para todos, este apasionado amigo de la paz se ve obligado a entrar en franca guerra. Conoce que han llegado las horas decisivas. Si el crimen cometido con Servet no es llevado, en última instancia, ante el tribunal de toda la humanidad, con esta hoguera se encenderán cientos y miles, y lo que hasta ahora no fue más que una aislada acción criminosa, se generalizará hasta constituir un principio asesino. Resueltamente, prescinde Castalión de su propio trabajo literario y erudito, para escribir el J'accuse de su siglo, la acusación contra Juan Calvino a causa de un asesinato religioso cometido en la plaza de Champel en la persona de Miguel Servet. Y esta acusación pública Contra libellum Calvini, aunque dirigida contra una personalidad aislada, llega a ser, gracias a su fuerza moral, uno de los escritos polémicos más sublimes que jamás hayan sido compuestos contra toda tentativa de esclavizar a la palabra por medio de la ley, a las libres opiniones por la imposición de una forzosa doctrina, a la conciencia, siempre nacida libre, por medio de la fuerza eternamente despreciable.

Hace años y años que Castalión conoce a su adversario y que conoce también sus métodos. Sabe que Calvino convertirá todo ataque contra su persona en un ataque contra la "doctrina", contra la religión y hasta contra Dios. Por ello, hace constar Castalión desde el principio que su escrito Contra libellum Calvini ni representa ni juzga las tesis de Servet, y que, en modo alguno, se propone entrar en cuestiones religiosas o exegéticas, sino que únicamente presenta una querella contra el hombre Jehan Calvin que ha dado muerte a otro hombre, Miguel Servet. Con la firme resolución de no soportar, desde el comienzo, ninguna retorsión sofística, plantea con toda claridad, como un jurista, desde las palabras del principio, el proceso que se propone desarrollar. Comienza así su escrito acusatorio: "Jehan Calvin goza hoy de gran autoridad y yo desearía que fuera aun mayor si le viera animado de más benignas intenciones. Pero su acción última fue una sanguinaria ejecución y constituye una amenaza para muchos hombres piadosos. Por eso yo, que aborrezco el derramamiento de sangre, (¿no debería hacer lo mismo todo el mundo?) acometo con la ayuda de Dios la empresa de descubrir ante el mundo entero sus propósitos y sacar de su error siquiera a algunos de los que han sido descarriados por sus falsas opiniones.

"El 27 de octubre del pasado año de 1553 fue quemado en Ginebra, a causa de sus convicciones religiosas, por instigación de Calvino, pastor de aquella iglesia, el español Miguel Servet. Esta ejecución provocó muchas protestas, especialmente en Italia y en Francia, y, como respuesta a estas acusaciones, Calvino publicó al instante un libro, según todas las apariencias compuesto del modo más hábil, en el cual se propone justificar su propia conducta, combatir a Servet y demostrar, con ello, además, que Servet era merecedor de la pena de muerte. Quiero someter a un examen crítico el citado libro. Conforme a su costumbre, Calvino llegará quizás hasta llamarme discípulo de Servet; pero no quiero que nadie sea inducido a error. No defiendo las tesis de Servet, sino que ataco las falsas tesis de Calvino. Dejo por completo a un lado toda discusión sobre el bautizo, la Trinidad y todas las cuestiones análogas; tampoco poseo los libros de Servet, que Calvino hizo quemar, y no sé, por lo tanto, qué ideas representaba aquél. Sólo en aquellos otros puntos que no se refieren a tales diferencias fundamentales entre las opiniones, probaré los errores de Calvino, y cada cual puede ver quién es este hombre que ha sido desconcertado por la sangre. No procederé contra él del modo como procedió él contra Servet, a quien primero mandó quemar vivo con sus libros, y, ahora que está muerto, le injuria todavía. El adversario de Servet, cuando, después de haber quemado los libros con el autor, tiene ahora la osadía de remitirnos a esos libros al citar algún pasaje aislado de los mismos, comete un acto análogo al del incendiario que, después de haber reducido a cenizas una casa, nos invitara a examinar los objetos del moblaje en cada una de las habitaciones. En lo que a nosotros se refiere, no quemaremos jamás a un autor, no quemaremos jamás una obra. El libro que combatimos puede leerlo cada cual; existe en dos ediciones, una latina y otra francesa, y, a fin de que no sea posible ninguna objeción, los párrafos que quiero reproducir y mi respuesta quedarán siempre numerados con la misma cifra".

Una discusión no puede ser llevada de modo más honrado. Calvino, en su libro impreso, estableció de modo inequívoco su punto de vista, y este documento, accesible a todo el mundo, lo utiliza Castalión como un juez de instrucción las declaraciones protocolizadas de un inculpado. Palabra tras palabra, copia otra vez todo el libro de Calvino a fin de que nadie pueda afirmar que ha falseado o cambiado la opinión de su adversario; y, para desbaratar en el lector la sospecha de que ha deformado el texto de Calvino con intencionadas abreviaciones, numera cada uno de los párrafos del libro que combate. De un modo mucho más justo es, pues, conducido este segundo proceso espiritual del asunto Servet de lo que lo había sido, en Ginebra, aquel primero, en el cual el acusado había permanecido glacialmente cautivo en el fondo de una cueva y le había sido negado todo defensor y todo testigo. Libremente, y ante las miradas de todo el mundo humanístico, debe ser desarrollada aquí la causa de Servet hasta su resolución moral.

El fundamento de hecho es claro e indiscutible: un hombre, que todavía cuando era ya lamido por las llamas declaraba su inocencia con voz perceptible, fue ejecutado del modo más cruel por impulso de Calvino y mandato de la justicia ginebrina. Ahora Castalión plantea las decisivas cuestiones siguientes: ¿Qué crimen, realmente, fue el cometido por Miguel Servet? ¿Cómo le fue lícito a Jehan Calvin, que no estaba investido de ningún cargo del Estado, sino sólo de uno eclesiástico, endosar a la municipalidad esta cuestión puramente teológica? ¿Heñía la municipalidad ginebrina derecho a juzgar a Servet a causa de este presunto crimen? Y finalmente, ¿con qué autoridad y conforme a qué ley fue decretada la pena de muerte aplicada a este teólogo extranjero? En cuanto a la primera cuestión, examina Castalión el protocolo, la propia declaración de Calvino para establecer primero de qué transgresión acusa, realmente, Calvino a Miguel Servet. Y no encuentra ninguna otra inculpación sino la de que Servet, en opinión de Calvino, "deformó el Evangelio de atrevida manera y fue impulsado por un inexplicable afán de novedades". Calvino, por lo tanto, no acusa a Servet de ningún otro crimen, sino de haber llevado a cabo, de un modo independiente y según su voluntad, la interpretación de la Biblia, y, al hacerlo, haber llegado a consecuencias distintas de aquellas a que llegaba Calvino en su propia doctrina de la Iglesia. Pero al instante rebate Castalión: ¿Era acaso Servet el único que practicaba tales caprichosas interpretaciones del Evangelio dentro del ámbito de la Reforma? Y ¿quién osa afirmar que quebrantaba con ello el verdadero sentido de la nueva doctrina? ¿No había sido esta interpretación individual una de las exigencias fundamentales de la Reforma, y qué otra cosa hicieron los directores de la Iglesia evangélica sino predicar y poner por escrito estas nuevas interpretaciones? Y ¿no fue Calvino, precisamente Calvino con su amigo Farel, el más audaz y resuelto obrero de este derribo y reedificación de la Iglesia, "no sólo porque se entregó a un verdadero desenfreno de renovaciones, sino que de tal modo forzó a los otros, que es ya muy peligroso contradecirle? De facto, introdujo más novedades en diez años que la Iglesia católica en seis siglos"; si hay alguien que no tiene derecho a calificar de crimen y a juzgar como tal las nuevas interpretaciones dentro de la Iglesia protestante, ese alguien es Calvino, como el más audaz reformador existido en ella.

Pero desde el punto de vista de la evidencia de su infalibilidad, considera Calvino sus opiniones como auténticas y todas las otras como falsas. Y aquí comienza inmediatamente Castalión con el segundo problema: ¿Quién ha constituido a Calvino en juez de lo verdadero y de lo falso? "Calvino califica, naturalmente, como animados de malas disposiciones a todos aquellos escritores que no se truecan en imitadores de su doctrina. Por eso, exige, no sólo que se les impida escribir, sino también hablar, de modo que sólo él debe poseer el derecho de exponer lo que tiene por auténtico". Pero precisamente esto es lo que Castalión quiere combatir: el que cualquier ser humano o cualquier partido pueda suscitar la pretensión de decir: sólo nosotros sabemos cuál es la verdad y toda otra opinión es errónea. Todas las verdades, pero muy en especial las religiosas, son discutibles y ambiguas, "por ello es pura presunción disputar con tal pedantería acerca de secretos que sólo a Dios pertenecen, como si nosotros fuéramos participantes en sus más ocultos planes, y es soberbia engañarnos con fingir una certidumbre sobre cosas acerca de las cuales, en el fondo, nada sabemos". Desde el principio del mundo sólo daño ha venido de los doctrinarios que declaran con intolerancia que únicamente sus ideas y concepciones son las únicas verdaderas. Sólo estos fanáticos de la unidad de pensamiento y unidad de acción embrollan con su despótico goce en la disputa la paz de la tierra y transforman la natural convivencia de las ideas en hostilidad entre las mismas y mortal discordia. Como a uno de tales instigadores de la intolerancia espiritual, acusa ahora Castalión a Calvino. "Todas las sectas alzan sus concepciones religiosas sobre una interpretación de la palabra divina y todas consideran la suya como auténtica. Según la concepción de Calvino, cada una tendría que perseguir a las otras. Claro que Calvino afirma que su doctrina es la verdadera. Pero las otras afirman lo propio. El dice que las otras se equivocan; las otras afirman lo mismo de él. Calvino quiere ser juez: los otros también.

¿Cómo sería entonces posible encontrar la solución? Pero ¿quién ha constituido a Calvino en supremo juez sobre todos los otros, con el exclusivo derecho de aplicar la pena de muerte? ¿Sobre qué testimonio descansa este monopolio judicial? Sobre el de que posee la palabra de Dios. Pero los otros también afirman poseerla. O sobre que es indiscutible su doctrina. Indiscutible ¿a ojos de quién? Ante los suyos propios, ante los de Calvino. Pero, ¿por qué escribe entonces tantos libros si en verdad la verdad anunciada por él es tan manifiesta? ¿Por qué no ha escrito ni uno solo para probar, por ejemplo, que el asesinato o el adulterio sean delitos? Porque estas cosas son claras para todo el mundo. Si Calvino, en efecto, ha penetrado y descubierto por sí todas las verdades espirituales ¿por qué no otorga también algún tiempo a los otros para que también por su parte las comprendan? ¿Por qué los aplasta desde el primer momento y les priva, con ello, de la posibilidad de llegar a reconocerlas?" De este modo queda asentada ya desde ahora una primera cosa decisiva: Calvino, en las cosas espirituales y eclesiásticas, se ha arrogado un papel de juez para el cual no posee ninguna clase de derecho. La misión que le hubiera sido propia sería la de ilustrar a Servet acerca de sus errores, y convertirlo a la buena doctrina, si estimaba equivocadas sus opiniones. Pero, en lugar de explicarse bondadosamente, acudió inmediatamente a la fuerza. "Tú primera acción fue el encarcelamiento; encerraste a Servet y no sólo mantuviste alejados del proceso a cada uno de sus amigos, sino también a todo aquel que no fuera su adversario". Sólo empleó el antiguo y eterno método de discusión de que se valen siempre los doctrinarios cuando llega a hacérseles importuna una discusión: se tapan a sí mismos los oídos y a los otros les amordazan la lengua; pero el ocultarse detrás de la censura revela siempre, del modo más seguro, la inseguridad espiritual de una persona o de una doctrina. Y como si hubiera barruntado anticipadamente su propio destino, invita Castalión a Calvino a que se defina ante un caso de responsabilidad moral. "Te pregunto, Calvino, si tuvieras un pleito con alguien acerca de una herencia y tu adversario lograra del juez que le dejara hablar sólo a él mientras que a ti te fuera prohibido usar de la palabra, ¿no te sublevarías contra tamaña injusticia? ¿Por qué proceder, pues, de otro modo de como quisieras que se procediera contigo? Nos encontramos ante un problema de interpretaciones sobre cosas de fe: ¿por qué nos tapas la boca? ¿Tan convencido estás de la ruindad de tu causa; temes tanto ser vencido y perder tu poder de dictador?" Durante un momento, interrumpe ahora Castalión su proceso para interrogar a un testigo. Un teólogo bien conocido debe dejar establecido contra el predicador Jehan Calvin que toda persecución por las autoridades temporales por delitos simplemente espirituales no está permitida por las leyes divinas.

Pero este gran letrado a quien Castalión le cede la palabra, no es, importunamente, otro sino el mismo Calvino. Muy contra su propia voluntad es introducido en el debate este testigo. "Ya que Calvino afirma que todo es confusión, apresúrase a acusar a los otros para que no se sospeche de él mismo. Pero es evidente que sólo una cosa ha producido semejante confusión, y es su conducta como perseguidor. El hecho único de que haya mandado condenar a Servet ha producido enojo, no sólo en Ginebra, sino en toda Europa, y ha puesto en inquietud a todos los países; ahora procura atribuir a los otros la culpa de lo que ha ejecutado él mismo. Pero, en otro tiempo, cuando Cal vino pertenecía todavía al número de los que sufren persecuciones, hablaba otro lenguaje; entonces, aun escribió largas páginas contra los que perseguían y, a fin de que nadie dude de ello, copio aquí un pasaje de su Institutio".

Y cita Castalión las palabras de la Institutio, palabras del Calvino de otros tiempos, por las cuales, probablemente, el Calvino de hoy haría quemar al autor que las compuso. Pues ni en una sola sílaba se desvía este Calvino de otros tiempos de la tesis que defiende ahora Castalión en su contra; literalmente aparece en la primera edición de la Institutio que es "criminal matar a los herejes. Hacerlos perecer por medio del hierro y el fuego es negar todo principio de humanidad". Cierto que apenas llegado al señorío, apresuróse Calvino a tachar de su obra esta confesión de humanidad. En la segunda edición de la Institutio, está ya cambiado el texto y ha desaparecido esta clara y resuelta afirmación; así como Napoleón, siendo cónsul y emperador, hizo desaparecer del modo más cuidadoso el libelo jacobino de su juventud, también este jefe eclesiástico, apenas trocado él mismo de perseguido en perseguidor, quiso hacer inencontrable para siempre esta declaración. Pero Castalión no deja que se le escape Calvino. Literalmente estampa las líneas de la Institutio y va llamando la atención sobre ellas. "Compare cada cual ahora esta primera declaración de Calvino con sus escritos y actos de hoy y se verá que su presente y su pasado son tan diferentes entre sí como la luz y las sombras. Ya que mandó ejecutar a Servet, quiere ahora la ruina de todas las diversas opiniones que están en su contra. Niega las leyes que estableció él mismo y exige la muerte. . . ¿Asombraráse uno ahora de que Calvino quiera llevar a los otros al suplicio por temor a que hagan demasiado manifiestas su inconstancia y sus cambios y puedan ponerlo a la debida luz? Por haber procedido mal, teme la claridad".

Pero precisamente esta claridad es lo que quiere Castalión. Sin ninguna ambigüedad, debe, por fin, Calvino exponer ante el mundo por qué razones él, el antiguo defensor de la libertad de opiniones, hizo que — mar a Miguel Servet, en medio de los más crueles tormentos, en la abierta plaza del mercado de Champel: y en forma despiadada comienza de nuevo el interrogatorio Dos preguntas quedan ya contestadas. De la información de hechos, ha resultado primeramente que Miguel Servet no ha cometido ningún otro delito sino uno espiritual, y, en segundo lugar, que por una discrepancia con la interpretación considerada como valedera nadie debe ser considerado como delincuente vulgar. ¿Por qué, pues, pregunta Castalión, en una cuestión puramente teorética y abstracta ha acudido Calvino, como pastor de la Iglesia, a las autoridades temporales para que reprimieran la opinión contraria a la suya? Entre gentes espirituales, las cosas espirituales sólo pueden ser discutidas de un modo espiritual. "Si Servet te hubiera combatido con las armas habrías estado en tu derecho al llamar en tu favor al consejo. Pero como sólo te combatió con la pluma, ¿por qué has procedido contra sus escritos con el hierro y con el fuego? ¿Di, pues, por qué te has escondido detrás de la municipalidad?" El Estado no tiene ninguna especie de autoridad en los íntimos asuntos de conciencia, "no es competencia del municipio defender doctrinas teológicas; la espada no tiene nada que ver con la doctrina ; la doctrina es exclusivamente asunto de clérigos. La justicia no debe proteger a los clérigos de modo distinto de como proteja a un obrero, un trabajador, un médico o un ciudadano, si les es infligido un daño material. Sólo si Servet hubiera querido matar a Calvino, sólo entonces habría tenido la municipalidad derecho para proceder en defensa de Calvino. Pero como Servet sólo luchó con escritos y razonamientos no era licito responderle en otra forma sino, a su vez, con razonamientos y escritos".

Irrefutablemente rechaza ahora Castalión todo intento de Calvino para justificar su acción por medio de un superior mandato divino; para Castalión, no hay ningún mandamiento divino, ningún mandamiento cristiano que ordene el asesinato de un hombre. Cuando Calvino, en su escrito, procura apoyarse en que la ley mosaica exige que sean extirpados a sangre y fuego los que tienen falsas creencias, Castalión responde, enojada y agudamente: Pero, ¿cómo quiere Calvino ejecutar en nombre de Dios esta ley que invoca? ¿No tendría entonces que destruir, en todas las ciudades, viviendas, edificios, bestias y utensilios domésticos, si algún día tuviera fuerza militar suficiente para caer sobre Francia y todas las demás naciones consideradas por él como herejes y raer en todas las ciudades los solares de las casas, aniquilar a los hombres, mujeres y niños, y hasta acabar con las criaturas en el vientre de sus madres? "Si Calvino aduce, como justificación, que se dañará el cuerpo de la doctrina cristiana tan pronto como no se posea el valor suficiente para cortar de él un miembro podrido, Castalión responde: "Este apartamiento de los incrédulos del cuerpo de la Iglesia es asunto puramente eclesiástico y significa sólo que al hereje se le excomulga y se le rechaza de la comunidad, pero no que deba quitársele la vida". Jamás en el Evangelio ni en ningún libro de moral del mundo es exigida semejante intolerancia. "Llegarás a decir, en último extremo, que es Cristo el que te ha enseñado a quemar a los hombres?", lanza después contra Calvino, el cual, según él, traza esta desesperada apología "con las manos empapadas en la sangre de Servet". Y como Calvino vuelva a repetir, una y otra vez, insistente, que fue necesario quemar a Servet para defender la doctrina, para proteger la palabra divina; ya que una y otra vez, como todos los déspotas, trata de disculpar su despotismo con un interés sobrepersonal, colocado por encima de él, prorrumpe Castalión en una frase inmortal, que es como un relámpago iluminador en medio de la noche de un oscuro siglo: "Matar a un hombre no es nunca defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna teoría, sino que sacrificaron a un hombre; pero no proclama uno sus creencias quemando a los otros hombres, sino sólo dejándose quemar uno mismo por ellas".

"Matar a un hombre no es jamás defender una doctrina, sino matar a un hombre": palabras magníficas y más que humanas, en su inmarcesible verdad y claridad. Con esta frase, como forjada en duro bronce, ha pronunciado Sebastián Castalión, para todos los tiempos, la sentencia contra toda persecución por diferencia de concepciones. Cualquiera que sean los pretextos lógicos, éticos, nacionales o religiosos que puedan ser fingidos o aducidos para justificar la eliminación de un ser humano, ninguno de estos fundamentos descarga al hombre que cometió u ordenó semejante hecho de su responsabilidad personal. Siempre subsiste la responsabilidad por un derramamiento de sangre, y jamás, con un concepto trascendental puede ser justificado un asesinato. Las verdades pueden ser extendidas, pero no impuestas. Ninguna doctrina se hace más justa, ninguna verdad más verdadera, si grita y se afana por imponerse; ninguna puede ser llevada artificialmente más allá de los límites de extensión que correspondan a su ser y carácter, por medio de una violenta propaganda. Pero mucho menos se hace verdadera una doctrina, una concepción trascendente, persiguiendo a los hombres que se le resisten por razón de sus internas opiniones. Las ideas de cada cual nacen de recuerdos y sucesos individuales; a nadie obligan sino al individuo que las piensa y siente; no pueden ser reglamentadas ni corporalizadas, y aunque mil veces invoque el nombre de Dios una verdad, y se titule a sí misma santa, jamás le será lícito considerar como justificada la destrucción del santuario de una vida humana, creada por Dios. Mientras que para Calvino, dogmático, hombre de partido, es cosa accesoria el que perezcan por la idea que juzga él como imperecedera los perecederos hombres, para Castalión cada hombre que sufre y muere por sus convicciones es una inocente víctima de cruel sacrificio. Pero la coacción en las cosas espirituales no sólo es, a sus ojos, un crimen contra el espíritu, sino también una molestia vana. "¡No forcemos a nadie! Pues nunca la coacción ha hecho a ningún hombre mejor de lo que es. Aquellos que quieren forzar a los hombres a que adopten una fe determinada, proceden tan sin sentido como alguien que, por la fuerza, con un bastón, quisiera empujar hacia abajo los alimentos en la boca de un enfermo".

¡Que termine, de una vez para siempre, la esclavitud de los disidentes! "¡Priva, por fin, a tu personalidad oficial del derecho a la persecución y la violencia! ¡Otórgale a cada cual, como lo desea San Pablo, el derecho de hablar y escribir, y pronto habrás de reconocer de cuánto es capaz la libertad sobre la Tierra, una vez redimida de la coacción".

Todos los hechos están ya probados, contestadas todas las preguntas; ahora, Sebastián Castalión, en nombre de la ofendida humanidad, pronuncia la sentencia — y la historia la ha suscrito. — Un hombre llamado Miguel Servet, un investigador de la ciencia de Dios, un étudiant de la Sainte Escripture, ha sido muerto; acusados de esta muerte en la hoguera lo están Calvino, como causante espiritual del proceso, y la municipalidad de Ginebra, como autoridad ejecutante. La revisión moral ha examinado el caso y establecido firmemente que ambas instancias, la eclesiástica lo mismo que la civil, se han excedido de sus atribuciones. El consejo municipal es culpable de una usurpación de funciones, "pues no está llamado a definir el derecho en los delitos espirituales". Y más culpable aún el propio Calvino, que hizo caer sobre él esta responsabilidad. "Por tu testimonio y por el de tus cómplices, el municipio ha dado muerte a un hombre. Y la municipalidad era tan incapaz de decidir en esta causa, como un ciego de distinguir de colores". Calvino es doblemente culpable: es culpable tanto del mandato como de la ejecución de este hecho abominable. Es indiferente el motivo por el cual hizo precipitar en la hoguera a este desgraciado; su acción constituye un crimen. "O bien has hecho ejecutar a Servet porque pensaba lo que decía, o porque, conforme a su íntima convicción, decía lo que pensaba. Si lo has muerto porque expresaba sus íntimas convicciones, entonces lo has muerto a causa de la verdad, porque la verdad consiste en que cada cual diga lo que piensa aun cuando esté en el error.

Pero si lo has hecho matar simplemente a causa de una idea errónea, entonces tu deber anterior habría sido el de tratar de ganarlo para las rectas ideas, o el de probarle, con los textos en la mano, que todos los que de buena fe se hallan en error tienen que ser ajusticiados". Pero Calvino mató injustamente, injustamente eliminó a su contradictor; por todo ello es culpable y culpable del premeditado homicidio. . , Culpable, culpable y culpable; de un modo triplemente amenazador, con el duro son metálico de la trompeta, es anunciada la sentencia a todos los tiempos; la última, la suprema instancia moral, la humanidad, ha pronunciado la sentencia.

Pero ¿de qué sirve salvar el honor de un difunto a quien ningún acto expiatorio puede volver a traer a la luz? Sirve para proteger a los vivientes, y, al imponer la marca del fuego en un acto de inhumanidad, evita la ejecución de otros innumerables. No únicamente el hombre Jehan Calvin debe ser condenado, sino que debe también serlo su libro, que encierra la terrible doctrina del terrorismo y de la represión. "¿No ves, pues, adonde conducen, tu libro y tus acciones? — interpela Castalión al acusado —. Hay muchos que afirman defender el honor de Dios, pero ahora cuando quieran degollar a los hombres podrán invocar tu testimonio. Al seguir tu fatal camino, se mancharán, como tú, de sangre. Como tú harán ejecutar a todos aquellos que son de opinión distinta de la suya". No sólo cada uno de los fanáticos es peligroso en sí mismo, sino el maldito espíritu del fanatismo; no sólo, por lo tanto, es con los hombres, duros, pedantes y ávidos de sangre con los que tiene que luchar el ser humano espiritual, sino con cada una de aquellas ideas que tengan trazas de terrorismo, pues — profético presentimiento en el primer disparo de una guerra de religión de cien años, — "ni aun los más crueles tiranos derramarán tanta sangre con sus cañones como la que habéis vertido vosotros con vuestras sangrientas conjuraciones y la que aun habéis de verter en inmediatos tiempos. ¡Ojalá que Dios se compadezca de la especie humana y abra los ojos a los príncipes y autoridades a fin de que, por fin, se nieguen a realizar un cruento oficio!". Y como Sebastián Castalión en su benigna embajada de tolerancia no es ya capaz de permanecer tranquilo ante las cuitas de los acosados y perseguidos; como eleva allí la voz hasta Dios, en una desesperada plegaria, para que reinen más humanitarios sentimientos sobre la tierra, así en este libro polémico su palabra asciende hasta trocarse en una emocionante maldición contra todos aquellos que, con su odio pedantesco, perturban la paz del mundo; entre los truenos y relámpagos de la más noble indignación contra todo fanatismo, termina su libro con un gran cántico: "Esta infamia de las persecuciones religiosas bramaba ya en los tiempos de Daniel, y como nada vulnerable era hallado en su manera de vivir, dijeron sus enemigos: tenemos que combatirlo por sus convicciones. Exactamente de este modo se procede hoy. Cuando a un enemigo no se le puede atrapar por su conducta moral, se le ataca por la "doctrina", y tal proceder es muy hábil porque las autoridades civiles que, en estos casos, carecen de juicio propio, tanto más fácilmente se dejan convencer. De este modo, se oprime a los más débiles mientras se hacen resonar altamente las palabras de la "santa doctrina".

¡Ah! ¡Cómo abominará Cristo de vuestra "santa doctrina" el día del Juicio! Exigirá cuentas sobre el curso de la vida, no sobre la "doctrina", y si le decís: "Señor, estábamos contigo; hemos enseñado según lo que tú querías", entonces os responderá: "¡Fuera de aquí, criminales!" "¡Oh, ciegos! ¡Oh, deslumbrados, oh, sanguinarios y dañinos hipócritas! ¿Cuándo reconoceréis, por fin, la verdad, y cuándo cesarán los jueces de la Tierra de derramar ciegamente la sangre de los hombres, conforme a vuestra arbitrariedad?"

 

LA FUERZA SE DESHACE DE LA CONCIENCIA

RARA vez habrá sido compuesto un escrito polémico más decisivo contra un déspota espiritual, y acaso nunca con análoga fuerza iluminadora y apasionada, que el de Castalión Contra Libellum Calvini; merced a su verdad y claridad, tenía que informar hasta a los más indiferentes de aquel tiempo, de que estaba perdida la libertad de pensamiento del protestantismo, y, con ello, la del espíritu europeo, si no se la defendía, a tiempo bastante, de la Inquisición de Ginebra.

Conforme a todas las probabilidades humanas, es de suponer, por ello, que, después de la demostración de Castalión, que, en el caso de Servet, no deja efugio alguno, todo el mundo moral habrá suscrito unánimamente la sentencia condenatoria. Quien en tal combate fue apresado y derribado a tierra por aquella mano, parece acabado para siempre, y el manifiesto de Castalión un golpe mortal para la ortodoxia intransigente.

Pero, en realidad, no sucede nada. El deslumbrante escrito polémico de Castalión y su magnífica apelación a la tolerancia no producen ni el más mínimo efecto en el mundo de lo real, y ello, a la verdad, por la más simple y cruel de las razones: porque la obra Contra Libellum Calvini no llega a ser impresa; porque este libro, por comisión de Calvino, es agarrotado ya por la censura antes que pueda remover la conciencia de Europa.

En el último momento — circulan ya copias del modo más secreto, dentro del ámbito de Basilea, está preparado ya todo el manuscrito para la imprenta, — los dictadores ginebrinos, bien servidos por sus espías, ventean qué acometida mortalmente peligrosa contra su autoridad prepara Castalión. Y al instante, atacan de modo abrumador. Espantosamente se muestra, en tal ocasión, la poderosa superioridad de una organización estatal frente a un hombre aislado.

¡A Calvino, que cometió la crueldad de quemar vivo y en medio de los más espantosos tormentos a quien pensaba de otro modo que él, le es permitido, gracias a la parcialidad de la censura, defender su delito sin molestia alguna; pero a Castalión, que quiere elevar una protesta en nombre de los sentimientos humanos, se le niega la palabra! Cierto que la ciudad de Basilea no tendría en sí ningún motivo para prohibirle a un ciudadano libre, a un profesor de su Universidad, una polémica literaria; pero Calvino, siempre magistral en táctica y práctica, maneja hábilmente la palanca política. Plantéase una cuestión diplomática: no es personalmente Calvino, como individuo particular, sino la ciudad de Ginebra quien promueve una queja, ex officio, por el ataque contra la "doctrina". El consejo de la ciudad de Basilea y la Universidad se ven, con ello, en la más penosa disyuntiva: o estrangular el derecho de un escritor libre o entrar en conflicto diplomático con la poderosa ciudad de la confederación helvética, y, como siempre, él elemento del poder político triunfa sobre la moral. Prefieren los consejeros sacrificar al hombre particular y lanzan la prohibición de que sea publicado cualquier escrito que no sea de un carácter severamente ortodoxo. Con ello, queda impedida la aparición del Contra Libellum Calvini de Castalión, y Cal vino puede exclamar con júbilo: "Es una fortuna que los perros que ladraban detrás de nosotros no puedan ya mordernos". (// va bien que les chiens qui aboient derriére nous ne nous peuvent morare}.

Lo mismo que Servet por la hoguera, también es enmudecido Castalión por la censura; de nuevo la "autoridad" ha vuelto a ser salvada sobre la tierra por medio del terror. Queda Castalión alzando su apretado puño combativo; al escritor ya no le es lícito escribir, y, lo que es aún más injusto y más cruel, tampoco puede defenderse si ahora su triunfante contradictor le ataca con redoblada furia. Pasará casi un siglo antes que aparezca impreso Contra Libellum Calvini: ha llegado a ser una espantosa verdad la frase, llena de presentimientos, de Castalión en su Tratado: "¿Por qué haces a los otros lo que no querrías soportar tú mismo? Nos encontramos en un proceso por cuestiones religiosas, ¿por qué nos amordazas?" No obstante, el terror no reconoce en contra suyo ni derecho ni juez. Donde llega a señorear la fuerza, no se les deja a los vencidos ninguna probabilidad de apelación; el terrorismo sigue siendo siempre allí la primera instancia y la única. Con trágica resignación tiene que conformarse Castalión con sufrir la injusticia; mas es consolador, para todos los tiempos en los que la fuerza se sobrepone al espíritu, el soberano desdén del vencido por ella: "Vuestras palabras y vuestras armas no son más que las propias de aquel despotismo con que soñáis en vuestra soberanía más temporal que espiritual, fundada en la coacción y no en el amor de Dios. Pero no os envidio ni vuestro poder ni vuestras armas. Tengo otras: la verdad, el sentimiento de mi inocencia y el nombre de aquel que me auxilia y me dará gracia. Y aunque durante algún tiempo sea oprimida la verdad por el ciego juez que es el mundo, nadie hay que posea poder sobre ella. Prescindamos de la sentencia de un mundo que mató a Cristo y no nos preocupemos de tribunales ante el cual nunca hay victorias sino para la violencia. El auténtico reino de Dios no es de este mundo".

Aun otra vez fue el triunfo para el terror y hasta de modo todavía más trágico: el poder externo de Calvino no ha vacilado con su peor acción, sino que se ha fortalecido de modo aun más sorprendente. Pues ¡en vano es buscar en el ámbito de la historia la piadosa moral y la conmovedora justicia de los libros escolares de lectura! No se las cumple: la Historia, esa sombra terrena del espíritu del Universo, no procede en forma moral ni inmoral. Ni castiga los crímenes ni recompensa los actos de bondad. Como, en último término, descansa sobre la fuerza y no sobre el derecho, adjudica en general las ventajas externas a los hombres poderosos, y, audacias sin freno, brutales determinaciones, más bien procuran provecho que daño, en los combates temporales, a su autor o a su perpetrador.

También Cal vino, combatido a causa de su dureza, reconoce que sólo una cosa puede salvarle: una dureza todavía mayor, una fuerza aun más sin escrúpulos.

Cúmplese siempre la misma ley de que quien una vez se valió de la violencia tiene que seguir empleándola, y quien comenzó con el terror no tiene ya ninguna otra posibilidad sino la de acrecentarlo. La resistencia que Calvino había encontrado durante el proceso de Servet y después de él, le fortalece más aún en su idea de que, para ejercer un dominio autoritario, el mantener sometido al partido adverso, conforme a la ley y por medio de la pura intimidación, es un método deficiente y que sólo una cosa única asegura la totalidad del poder: el aniquilamiento total de toda oposición.

Primitivamente, Calvino habíase contentado con mantener paralizada, por procedimientos legales, a la minoría republicana del consejo de Ginebra, mientras por caminos subterráneos iba transformando en su favor las disposiciones electorales.

En toda sesión del consejo parroquial eran hechos ciudadanos ginebrinos nuevos emigrados protestantes de Francia, que, en lo material y moral, dependían de Calvino, y, con ello, eran recibidos en las listas electorales: de esta manera debía ir cambiando de color, sucesivamente, en favor del dictador, el ánimo y las opiniones del Consejo; todos los empleos debían ser adjudicados a los dóciles incondicionales, y, de un modo lento, reprimir por completo el influjo de los viejos patricios republicanos. Pero esta tendencia de alejamiento sistemático, llega a ser pronto harto transparente para los patriotas ginebrinos; tarde, muy tarde, comienzan ahora a inquietarse los demócratas que han derramado su sangre por la libertad de Ginebra. Celebran reuniones secretas, deliberan acerca de cómo podrán ser defendidos los últimos restos de su antigua independencia contra la avidez de mando de los puritanos. Los ánimos se excitan cada vez más. En la calle, se llega a violentas explicaciones entre los naturales del país y los inmigrados; por último, hasta acaece una refriega, en todo caso bien inocente, en la cual dos personas son heridas de pedradas.

Pero Calvino no esperaba más que un pretexto. Ahora, por fin, puede ejecutar el golpe de Estado, desde hace mucho tiempo planeado, que debe asegurar para su persona la totalidad del poder. Al instante, la pequeña camorra callejera es hinchada hasta que se convierte en una "espantosa conjuración", la cual quedó frustrada por "merced de Dios". Súbitamente, son encarcelados los jefes del partido republicano, que nada en absoluto tenían que ver con esta pendencia de arrabal, y torturados del modo más cruel, hasta que todos declaran lo que el dictador necesita para sus fines: estaba planeada una noche de San Bartolomé; Calvino y los suyos debían ser asesinados e introducidas en la ciudad tropas extranjeras. Sobre la base de esta "confesión", sólo arrancada con los más horrendos martirios, acerca de la presunta "rebelión" y de la artificiosa "traición al país", puede, por fin, comenzar su trabajo el verdugo. Todos los que opusieron a Calvino, aunque sólo fuera una minúscula resistencia, son ejecutados, si no se habrán fugado a tiempo bastante de Ginebra. En una sola noche no queda ya en la ciudad otro partido que no sea el calvinista.

Después de una victoria tan ilimitada, después de este barrido radical de sus últimos contradictores ginebrinos, ya podía en realidad Calvino estar sin cuidados, ser magnánimo, por lo tanto. Pero desde Tucídides, Jenofonte y Plutarco, sabemos que, siempre y en todos los tiempos, los oligarcas se truecan aún en menos sufridos después de la victoria. Es propio de la tragedia de todos los déspotas, el que teman todavía al hombre independiente, cuando en lo político lo ha convertido en impotente y mudo. No les basta que calle y que se vea precisado a callar. Ya el que no asienta, ya el que no les sirve ni les haga reverencias, el que no se inscriba solícitamente en el corro de sus aduladores y sirvientes, hace enojoso para los tiranos el que el hombre libre exista, el que exista todavía. Y precisamente porque Calvino, después de aquel brutal golpe de Estado, se libró de todos sus adversarios políticos y sólo ha remanecido este único, el adversario moral, dirígese con la violencia multiplicada de toda su pasión de luchar contra este solo adversario contra Sebastián Castalión.

La única dificultad para esta acometida consiste en arrancar al pacífico letrado fuera de su seguro silencio. Pues, por su parte, Castalión está fatigado de la lucha franca. Los caracteres humanísticos o erasmistas no son, a la larga, luchadores. La fanática insistencia del hombre de partido y su perseverante caja de prosélitos, les parece tarea indigna de un hombre espiritual. Declaran sus verdades, pero tan pronto como las han dado a conocer, les parece superfluo procurar convencer al mundo, una y otra vez, a modo de propagandistas, de que sus ideas son las únicas auténticas y valederas.

Castalión, en el asunto de Servet, dijo ya su palabra; a pesar de todos los peligros, tomó a su cargo la defensa de los perseguidos y se presentó frente al terrorismo opresor de la conciencia con mayor decisión que ningún otro hombre de su tiempo. Pero, en el reloj del mundo, la hora ha sido adversa para su libre palabra; ha triunfado la fuerza, por cierto período de tiempo. De este modo se decide a esperar en silencio la ocasión en que pueda volver a ser acometida la lucha decisiva entre tolerancia e intolerancia. Profundamente desengañado, pero en modo alguno vencido en sus convicciones, se vuelve a su trabajo. Por fin, la Universidad lo ha nombrado maestro; por fin, la gran tarea de su vida, la doble traducción de la Biblia, se aproxima a su terminación. En los años de 1555 y 1556, después de que han abatido de sus manos el arma de la palabra, Castalión, como polemista, se ha quedado del todo enmudecido.

Pero los ginebrinos saben, por medio de espías, que Castalión, en el estrecho círculo de la Universidad, prosigue manteniendo sus humanos puntos de vista; que si le ligan la mano de escritor, en modo alguno se deja cerrar los labios, y, con enojo, observan los cruzados de la intolerancia que la odiada invitación del maestro a la tolerancia y sus irrebatibles argumentos en contra de la doctrina de la predestinación, hallan, entre los estudiantes, una resonancia cada vez mayor. Un hombre moral actúa ya por el mero hecho de existir, pues su ser crea en torno suyo una atmósfera de convicciones, y aunque, en apariencia, se limite a un círculo estrecho, sin embargo, este interno efecto, a modo de oleaje, sin ser notado irresistiblemente, se traslada hasta la lejanía. Por lo tanto, ya que Castalión sigue siendo peligroso y no quiere doblegarse, su in fluencia tiene que ser quebrada oportunamente. Con gran astucia le es presentada una trampa para volver a atraerlo hacia la lucha en favor de los herejes, y uno de sus colegas de la Universidad se presta voluntariamente como agente provocador para este servicio. Dirígese a Castalión con una carta muy amable, como si sólo se tratara de una cuestión teorética, y con el ruego de que éste le exponga sus puntos de vista sobre la doctrina de la predestinación. Castalión se declara dispuesto a una discusión pública, pero durante sus primeras palabras, levántase ya rápidamente uno de los auditores y lo acusa de hereje. Al punto Castalión advierte el propósito. En vez de pasar al caso propuesto y defender su tesis (a fin de que hubiera bastantes materiales para una acusación en su contra), interrumpe la discusión y sus colegas de la Universidad impiden toda posterior intervención en contra suya. Pero Ginebra no ceja tan fácilmente. Después de haber fracasado en esta primera tentativa, cambiase rápidamente de sistema; ya que Castalión no se deja provocar a una discusión, trátase de excitarlo con rumores y libelos. Se hace mofa de su traducción de la Biblia, se le hace responsable de escritos anónimos injuriosos y maldicientes; se esparcen a todos los vientos las más odiosas calumnias: como a una señal, lánzanse de repente, desde todas partes, tormentas contra él.

Pero precisamente gracias a este exceso de celo ha llegado a ser notorio para todos los imparciales; mientras tanto, que a este gran literato y hombre verdaderamente piadoso, después de haberle arrebatado la libertad de hablar como él desea, se le quiere ahora atacar directamente en su persona y en su vida. Lo desmedido de la persecución procúrale al perseguido amigos en todas partes, y de modo repentino e inesperado, el gran abuelo de la Reforma alemana, Melanchthon, preséntase ahora públicamente al lado de Castalión. También a él le repugna, como en otro tiempo a Erasmo, el seco sentido de aquellos que, no en la reconciliación, sino en la lucha, descubren el sentido de la vida, y, de modo espontáneo, dirige una carta a Sebastián Castalión. "Hasta ahora — dícele en ella, — no te he escrito, porque, en medio de las ocupaciones cuya magnitud y enojo me tienen abrumado, me queda poco tiempo para este genera de correspondencia, que, en sí mismo, me agrada en extremo. Por otra parte, me apartó de hacerlo el que cuando veo como reina la mala inteligencia más espantosa entre aquellos que se dan por enemigos de la sabiduría y la virtud, me siendo dominado por una inmensa tristeza. Sin embargo, siempre te he apreciado por tu manera de escribir. . . Y quiero que esta carta sea para ti un testimonio de mi aprobación y una prueba de mi sincera simpatía. ¡Ojalá nos una amistad eterna! "Al quejarte de que no sólo eres perseguido por disidencia de opiniones, sino del odio cruel con que algunos atacan a los amigos de la verdad, no haces más que aumentar un dolor que siento yo mismo de modo permanente.

Cuenta la fábula que de la sangre de los titanes proceden los gigantes. Así, de la simiente de los monjes se han originado los nuevos sofistas que tratan de regir las cortes, las familias y el pueblo y creen que les estorban los hombres de letras. Pero Dios sabrá proteger lo que quede de su rebaño verdadero.

"De este modo, tenemos que sufrir con sabiduría lo que no podemos modificar. Para mí, mi avanzada edad es alivio de mi dolor. Espero entrar pronto en la Iglesia celeste, muy lejos de las furiosas tormentas que de modo tan espantoso agitan a la Iglesia de aquí abajo. Si conservo la vida, quiero hablar contigo sobre muchas cosas. Adiós".

Este documento está concebido como una carta de protección para Castalión, la cual, al instante, debía pasar en copias de mano en mano, y, al mismo tiempo, está también pensado como una advertencia para Calvino, para que, por fin, ceda en su insensata persecución a este gran hombre de letras. Y efectivamente, una vez conocidas las palabras de Melanchthon, actúan de modo poderoso sobre todo el mundo humanístico; hasta los más próximos amigos de Calvino insisten ahora en establecer la paz. Así, el gran letrado Baudouin escribe a Ginebra: "Ahora puedes ver cómo juzga Melanchthon la saña con que persigues a ese hombre, y, al mismo tiempo, lo lejos que está de aprobar todas tus paradojas. ¿Tiene realmente algún sentido seguir tratando a Castalión como a un segundo Satán, y, al mismo tiempo, honrar a Melanchthon como a un ángel?" Pero ¡qué error el de pensar que pueda nunca adoctrinarse o apaciguarse a un fanático! De un modo paradójico — o quizá lógico, — la carta protectora de Melanchthon produce exactamente el efecto opuesto sobre Calvino. Pues el hecho de que se le tributen testimonios de aprobación a su adversario no hace más que acrecer su odio. Calvino sabe demasiado bien que estos pacifistas espirituales son más peligrosos aún para su belicosa dictadura que Roma, Ignacio de Loyola y sus jesuitas. Pues en aquéllos no se alza más que dogma contra dogma, palabra contra palabra, doctrina contra doctrina; pero aquí, en las pretensiones de libertad de Castalión, siente discutido el principio fundamental de su voluntad y acción, la idea de la autoridad unitaria, el sentido de la ortodoxia, y siempre, en toda guerra, el pacifista de las propias filas es más peligroso que el adversario militante. Precisamente porque la carta de protección de Melanchthon ha elevado la significación de Castalión ante el mundo, ya no conoce Calvino ningún otro objeto para su acción que el de aniquilar su nombre. Desde esta hora, comienza el auténtico combate, la lucha hasta las puñaladas.

El que se trata ahora de una pelea a vida o muerte, muéstralo ya el hecho de que aparezca Calvino en persona. Lo mismo que en el caso de Servet, tan pronto como fue necesario dar el último y decisivo golpe echó a un lado a su testaferro Nicolaus de la Fontaine para empuñar él mismo la espada, así ahora no se sirve ya más de su peón de Beze. Ahora no se trata ya, para él, de justicia o injusticia, del texto de la Biblia y de interpretaciones, de verdades o mentiras, sino de una sola cosa: de deshacerse de Castalión rápida y definitivamente, de una vez para siempre. Cierto que en aquel tiempo no hay motivo auténtico ninguno para atacarle, pues Castalión se ha refugiado en su trabajo. Pero ya que no puede ser encontrada razón alguna, se crea artificialmente y se agarra al azar cualquier estaca para matar a palos a la aborrecida criatura. Como pretexto, toma Calvino un libelo anónimo encontrado por sus espías en poder de un comerciante viajero; a la verdad, no existe ni la más leve sombra de prueba de que tal folleto tenga por autor a Castalión, y, en efecto, jamás fue Castalión autor del mismo. Pero Carthaginem esse delendam, Castalión tiene que ser aniquilado, y, de este modo, emplea Calvino este libro, en absoluto no redactado por Castalión, como plataforma para verter plebeyamente sobre él, como si fuera su autor, las más groseras y rabiosas injurias. Su escrito polémico Calumniae nebulosis cujusdam, no es ya el libro de un teólogo contra otro teólogo, sino sólo una explosión de rabioso furor: de ladrón, de belitre, de blasfemo, es calificado allí Castalión, con otros nombres injuriosos, tales como ningún carretero podría arrojárselos más ordinarios sobre otro. No se le reprocha nada menos que al profesor de la Universidad de Basilea sino el que ha robado madera en el más claro día, y ascendiendo el ebrio aborrecimiento de página en página este rabioso opúsculo termina con este espumazeante grito de cólera: "¡Aniquílete Dios, Satán!".

Este escrito acusatorio de Calvino puede ser tomado como uno de los más memorables ejemplos de lo profundamente que puede perturbar el furor partidista a un ser humano colocado a gran altura en lo espiritual. Es incomprensible que el fino sentido de un hombre profundamente religioso, que, como maestro de lenguaje, conoce el valor de cada vocablo, y corno letrado sabe juzgar la categoría moral de su adversario, pueda echar mano de las injurias más vio lentas en el ardor de la cólera. En este demoníaco ser humano, el odio, como todas sus fuerzas sensibles, estaba entonces demoníacamente aumentado. En todo caso, el libelo representa, al mismo tiempo, una advertencia de lo impolíticamente que procede un político cuando no sabe tirar de las riendas de su pasión. Pues, bajo la impresión de la terrible injusticia con que es atacado un hombre digno de todo honor, el Consejo de la Universidad de Basilea revoca la prohibición de escribir que pesa sobre Castalión. Una Universidad de fama europea no puede encontrar compatible con su dignidad el que uno de sus profesores titulares sea acusado, ante todo el mundo humanístico, de ser un vulgar ladrón de leña, un bribón y un vagabundo. En vista de que manifiestamente no se trata aquí ya de una discusión sobre la "doctrina", sino de inculpaciones privadas, le es concedido expresamente a Castalión por el senado el permiso para una respuesta pública.

Este escrito de réplica de Castalión constituye un magistral ejemplo, verdaderamente edificante, de una polémica llevada del modo más humano y humanístico. Hasta la última malevolencia no puede envenenar con odio a este ser íntimamente tolerante; ninguna ordinariez hace que llegue a ser ordinario el tono de su estilo. ¡Qué serenidad y distinción equilibra el ritmo de su principio! "Sin entusiasmo acudo a esta vía de la pública discusión. ¡Cuánto más deseable hubiera sido para mí el explicarme contigo con toda fraternidad y según el espíritu de Cristo, y no a manera de palurdos cubrirnos de injurias que sólo pueden ser dañosos para la dignidad de la Iglesia! Pero ya que tú y tus amigos habéis hecho imposible mi sueño de un pacífico comercio de ideas, creo que no es incompatible con mi deber de cristiano el responder con moderación a tu ardorosa acometida". Al principio, expone simplemente Castalión que, en la primera edición de aquel escrito del Nebulo, aun lo había designado públicamente como autor de aquel libelo, pero en la segunda — enterado indudablemente de su error — no le acusa ya con palabra alguna de tal paternidad, pero sin tener tampoco la lealtad de confesar honradamente que, sin motivo alguno, había sospechado antes de Castalión. Con duro ataque deja clavado a Calvino contra la pared: "¿Sí o no? ¿Has o no sabido que me atribuías injustamente ese escrito? Yo mismo no puedo decidirlo. Pero has lanzado tus acusaciones en un tiempo en que ya sabías que eso no era cierto y entonces cometiste un acto de engaño, o todavía no estabas en esa certidumbre y entonces tu inculpación imponía por lo menos negligencia. Tanto en un caso como en el otro, no era nada elegante tu posición, pues todo lo que aduces es incierto. Yo no soy el autor de aquel folleto y jamás lo he enviado a París para ser allí impreso. Si su circulación fuera un crimen, te has acusado a ti mismo como autor de ese crimen, pues tú fuiste el primero que lo dio a conocer".

Sólo ahora, después de haber descubierto por medio de que tenues pretextos le ha acometido Calvino, vuélvese Castalión contra la ruda forma del ataque.

"Eres muy fértil en injurias y tus labios hablan de aquello que constituye la plenitud de tu corazón. En tu libelo latino me llamas, una cosa detrás de la otra, blasfemo, calumniador, maléfico, perro ladrador, ente descarado lleno de ignorancia y de bestialidad, impío dañador de la Sagrada Escritura, loco que se divierte a cuenta de Dios, despreciador de la fe, individuo desvergonzado, otra vez perro asqueroso, un ser repugnante y lleno de irreverencia, y espíritu tortuoso y pervertido, vagabundo y mauvais sujet. Ocho veces me designas como miserable (así traduzco yo la palabra nébula) ; toda esta malevolencia la dilatas gustoso a lo largo de dos pliegos impresos, titulas tu libro Calumnias de un miserable y su última frase dice de este modo: "¡Que te aniquile Dios, Satán!" Dentro del libro todo guarda relación con este estilo; y ahora bien: ¿debe ser éste el modo de expresarse de un hombre de gravedad apostólica, de cristiana dulzura. ¡Ay del pueblo al que diriges si se deja inspirar por tales sentimientos, y si debiera acreditarse que tus discípulos son semejantes a su maestro! Pero a mí, en modo alguno me alcanzan todas estas injurias. . . Un día se alzará la verdad crucificada, y tú, Calvino, tendrás, por tu parte, que dar cuenta a Dios de las injurias con que has abrumado a alguien por el cual también murió Jesucristo. ¿No sientes en realidad vergüenza alguna ni escuchas en tu alma las palabras de Cristo: "Quien, sin fundamento, monta en cólera contra su hermano será condenado", y "quien llama a su hermano mal hombre será arrojado a las tinieblas"? Aun casi de modo más sereno, con el soberano sentimiento de su intangibilidad, deshácese después Castalión de la acusación principal de Calvino en cuanto al robo de leña en Basilea. "Sería en efecto un grave delito — dice mofándose, — presupuesto que yo lo hubiera cometido. Pero delito igualmente grande es la calumnia. Admitamos ahora que fuera verdad y que realmente hubiera yo robado, porque — éste es el golpe más deslumbrador a la doctrina de la predestinación de Calvino — hubiera estado predestinado a ello, según tú enseñas. ¿Por qué entonces me injurias? ¿No tendrías más bien que tener compasión de mí, ya que Dios me había asignado este destino y había hecho imposible para mí el no robar? , ¿Por qué, entonces, llenas el mundo con tus gritos ante mi latrocinio? ¿A fin de que en lo sucesivo me aparte de robar? Pero si robo arrastrado por una fuerza coactiva, si robo a consecuencia de una divina predestinación, entonces tienes que declararme absuelto en tus escritos a causa de la coacción que sobre mí pesa.

En este caso, sería tan imposible para mí abstenerme del latrocinio como añadir una pulgada a la estatura de mi cuerpo".

Sólo ahora, después de haber presentado la insensatez de esta calumnia, describe Castalión las reales circunstancias del suceso. Como cien otros, en una riada del Rin, había pescado, con un arpón, la madera que era arrastrada por la corriente; cosa que, naturalmente, no sólo había sido una acción permitida por las leyes, ya que la madera de arrastres, según es sabido, constituye en todas partes una propiedad libre, sino que tal acción hasta había sido expresamente deseada por la municipalidad, porque estos montones de leña de las riadas amenazaban los puentes. Y Castalión llega hasta poder probar que, tanto él como otros muchos "ladrones", recibieron del Senado de la ciudad de Basilea quaternos sólidos (algo así como la cuarta parte de una moneda de oro) como recompensa por este "latrocinio", que, en realidad, constituía un servicio de auxilio público prestado con peligro de la vida; después de este restablecimiento de los hechos, nunca más, ni aun los compinches de Ginebra, se atrevieron a volver a repetir aquella injuria personal, que no rebajaba a Castalión, sino sólo a Calvino.

De nada sirve el negarlo ni el procurar teñirlo con bellos colores: Calvino, en su furor, para deshacerse a cualquier precio de un enemigo político, de un enemigo de su ideología, trató de violentar la verdad con ¡a misma osadía que en el caso de Servet. Jamás se logró encontrar ni la más insignificante mácula en la conducta del ser humano Castalión. "Todos pueden juzgar lo que queda escrito — puede responder Castalión tranquilamente, — y no temo la opinión de ningún hombre, en cuanto me juzgue sin odio. La pobreza de mi vida personal puede confirmarla todo el que me ha conocido desde mi niñez, y, si fuera necesario, puedo aportar innumerables testigos. Pero ¿es que es necesario? ¿No bastan los testimonios forjados por ti y el mismo tuyo? . . .

Hasta tus propios discípulos han tenido que reconocer más de una vez que no se podía suscitar ni la más minúscula duda en cuanto a la severidad de mi vida.

Ya que mi doctrina difiere de la tuya, se veían obligados a limitarse a afirmar que estaba yo en el error. ¿Cómo osas, por lo tanto, hacer circular tales cosas acerca de mí e invocar el nombre de Dios al hacerlo? ¿No adviertes, Calvino, lo espantoso que es invocar el testimonio de Dios para inculpaciones dictadas exclusivamente por el odio y el furor? "Pero también yo acudo a Dios, y mientras tú lo invocas para acusarme ante los hombres de la más ruda manera, lo invoco yo porque me has acusado falsamente. Si yo he mentido y tú has dicho la verdad, entonces ruego a Dios que me castigue según la magnitud de mi delito y suplico a los hombres que me priven de la vida y del honor.

Pero si he dicho la verdad y tú eres un falso acusador, entonces ruego a Dios, que me protege contra las añagazas de mi adversario, que, antes de la hora de tu muerte, te conceda ocasión para que sientas arrepentimiento por tu conducta a fin de que más adelante tal pecado no sea perjudicial para la salvación de tu alma".

¡Qué diferencia, qué superioridad la del hombre libre y sin prejuicios ante aquel que permanece arrecido en el sentimiento de su propio autoconvencimiento! Es la eterna oposición entre la naturaleza humanitaria y la doctrinaria, entre el hombre sereno que nada quiere preservar sino su propia opinión y el pedante ergotista que no puede soportar que no se humille el mundo entero ante sus imitaciones y repeticiones. Allí, en forma mesurada, habla la pura y clara conciencia; aquí, el ansia de dominar se derrama en amenazas y exorcismos. Pero la verdadera claridad no se deja perturbar por ningún odio. Los más puros hechos no fuerzan al espíritu por medio del fanatismo, sino que siempre se apoderan de él por dominio de sí mismo y moderación.

Por el contrario, a los hombres de partido no les importa nunca la justicia, sino sólo la victoria. No quieren tener razón, sino sólo mantener su poder. Apenas aparecido el escrito de Castalión, comenzaron de nuevo los asaltos. Cierto que las difamaciones personales del "perro" y del "bestia" de Castalión y la simplona fábula de su supuesto robo de madera se van abatiendo sucesivamente; ni al mismo Calvino le es lícito atreverse a dar de nuevo golpes en semejante coraza. Por ello, con toda celeridad, los ataques son transferidos a otro campo, al teológico; otra vez se ponen en movimiento las prensas ginebrinas, aunque todavía están húmedas de las últimas calumnias, y, por segunda vez, es echado por delante Theodor de Beze. Más fiel a su maestro que a la verdad, en su prólogo a la edición oficial ginebrina de la Biblia (1558), antepone un ataque a Castalión, de una malignidad altamente acusatoria, al texto de las Sagradas Escrituras, cosa que, en tal lugar, produce efecto doloroso.

"Satán, nuestro antiguo adversario — escribe de Beze, — que ha reconocido ahora que no puede retener, como en otro tiempo, la extensión de la palabra divina, ataca nuestros días de modo aún más peligroso. Durante mucho tiempo, no hubo ninguna traducción francesa de la Biblia, por lo menos ninguna traducción de las Santas Escrituras que mereciera el nombre de tal; pero ahora, Satán ha encontrado tantos traductores como espíritus frívolos y desvergonzados existen y acaso llegue a encontrar todavía más, si Dios, a tiempo bastante, no dispone que se detengan. Si se me pregunta, por un ejemplo, me referiré a la traducción latina y francesa de la Biblia de Sebastián Castalión, persona que en nuestra Iglesia es tan bien conocida por su ingratitud y desvergüenza como por las molestias que se han perdido para traerlo a buen camino. Por eso, consideramos deber de conciencia no pasar en silencio su nombre por más tiempo (como hasta ahora hemos hecho), sino más bien advertir a todos los cristianos que se guarden de tal hombre elegido de Satán.

De modo más claro e intencionado no se puede entregar a un hombre de letras al tribunal de herejes. Pero el "elegido de Satán", Castalión, no necesita ahora guardar silencio por más tiempo; animado por la carta de protección de Melanchthon, el senado de la Universidad ha vuelto a dar libertad de palabra al perseguido.

Esta respuesta de Castalión a de Beze está llena de una tristeza profunda, y hasta podría decirse de una tristeza mística. Sólo compasión produce en el fuero humanista el que hombres de su modo de ser espiritual puedan odiar de modo tan desenfrenado. Cierto que sabe muy bien que a los amigos de Calvino no les importa la verdad, sino sólo el monopolio de su verdad, y que no han de descansar hasta que lo hayan hecho desaparecer a él de su camino, igual que han hecho hasta entonces con todos sus adversarios espirituales o políticos.

Pero, sin embargo, su noble sensibilidad se niega a descender hasta tales vilezas del odio. "Aguzáis y exhortáis a la justicia para que proceda a darme muerte — escribe con profetice presentimiento. — Si no estuviera públicamente demostrado por vuestros libros, no osaría consignar aquí tal afirmación, aunque estoy convencido de su exactitud; pues una vez muerto, ya no podré daros ninguna respuesta. El que aun viva es para vosotros una verdadera pesadilla, y como veis que la justicia no cede a vuestra presión, o, por lo menos, no cede todavía — pero esto puede cambiar prontamente, — procuráis hacerme odioso y proscrito ante todo el mundo". Plenamente consciente de que sus adversarios se esfuerzan con franqueza por arrancarle la vida, sólo corresponde a ello Castalión habiéndoles a la conciencia. "Decidme, pues — pregúntales a estos nominales servidores del Evangelio, — en qué respecto la conducta que tenéis conmigo puede invocar el nombre de Cristo.

Hasta en el momento en que los traidores lo entregan a los esbirros, habíales el Señor lleno de bondad, y en la cruz, todavía ruega por sus verdugos. ¿Y vosotros? Únicamente porque mis doctrinas y opiniones disienten de las vuestras me perseguís por todos los países del mundo con vuestro odio y azuzáis igualmente a los otros para que procedan con odio contra mí. . . ¡ Qué amargura tenéis que sentir en lo secreto el ver cómo es condenada tan absoluto vuestra conducta por Cristo, como cuando dice: "Quien odia a su hermano es un asesino"!. . . Estos son claros preceptos de la verdad, accesibles para todo el mundo, en tanto se desprenda de todo teológico rebujo, y vosotros mismos los enseñáis con vuestras palabras y en vuestros libros. ¿Por qué no los reconocéis también con los actos de vuestra vida?" Pero de Beze, bien lo sabe Castalión, no es más que un echadizo. No es de él de quien procede este odio asesino, sino de Calvino, el déspota de las opiniones, que quiere prohibir todo intento de interpretación fuera de las suyas. Por ello, pasando por encima de de Beze, Castalión habíale directamente a Calvino. Sin alteración, fijando la vista en sus ojos, pónese frente a él. "Te confieres título de cristiano, confiesas el Evangelio, te engríes con el nombre de Dios, te glorificas de haber penetrado sus intenciones y afirmas saber la verdad evangélica. Ahora bien: ya que adoctrinas a los otros, ¿por qué no te adoctrinas a ti mismo? ¿Por qué, tú, que desde lo alto del pulpito predicas que no se debe calumniar, llenas tus libros de calumnias? ¿Por qué en apariencia para abatir de modo definitivo mi orgullo, me juzgas con tanta soberbia, tanta arrogancia y tanta satisfacción de ti mismo como si tuvieras asiento en el Consejo de Dios y te hubiera revelado El los secretos de su corazón? . . . Introducíos por fin dentro de vosotros mismos y procurad que no sea demasiado tarde. Intentad, pues, por un momento, si ello os es posible, dudar de vosotros y veréis lo que ya ven otros muchos. Deponed ese amor propio, que os consume, y el odio contra los otros y en especial contra mi persona. Compitamos unos con otros sin escrúpulos y descubriréis que mi impiedad es tan irreal como la infamia que procuráis infligirme. Sufrid, pues, que disienta de vosotros en algunos puntos de la doctrina, c No sería realmente de desear que entre las gentes piadosas pudiera haber, al mismo tiempo, diferencia de opiniones y unidad de corazón? ..." De modo más benigno no ha respondido jamás un espíritu piadoso y reconciliador a unos fanáticos y doctrinarios, y si ya antes había realizado Castalión la idea de la tolerancia de modo tan magnífico en sus palabras, ahora, quizá de modo aun más ejemplar, la lleva a la práctica con su conducta humana en el combate que a la fuerza le es impuesto. En vez de corresponder a la befa con la befa y el odio con el odio — "no sé de ninguna tierra ni de ningún país donde, en mi vergüenza, hubiera podido esconderme si hubiera aducido contra vosotros cosas análogas a las que habéis empleado contra mí", — prefiere intentar, una vez más, el poner término a la lucha por medio de una humana explicación, a la manera como, según su modo de pensar, debe ser siempre posible entre gentes espirituales. Aun otra vez ofrécele al adversario la pacífica mano, aunque aquellos apuntan ya hacia él con el hacha de las ejecuciones. "Por lo tanto, os ruego, por el amor de Cristo, que respetéis mi libertad y desistáis por fin de acumular sobre mí falsas inculpaciones. Dejadme que, sin coacción, confiese mi fe, tal como se os permite hacer con la vuestra, y como yo, por mi parte, estoy dispuesto a consentiros siempre muy gustoso. No afirméis siempre de todos aquellos cuya doctrina difiere de la vuestra que están en el error, y no les acuséis inmediatamente de herejía. . . Si yo, lo mismo que tantas otras gentes piadosas, explico las Escrituras de un modo diferente del vuestro, confieso, sin embargo, con todas las de mi alma, mi fe en Cristo. De fijo que uno de nosotros está en el error, pero, precisamente por ello, amémonos, no obstante, unos a otros. Ya llegará el día en que el Maestro manifieste la verdad a quien ahora yerra. Lo único que sabemos con seguridad, o por lo menos que debemos saber, es que estamos obligados al amor cristiano.

Pongámoslo en práctica, y, al ejercitarlo, cerremos la boca de todos nuestros adversarios. ¿Consideráis como auténtica vuestra opinión? Los otros también creen lo mismo de la suya: que, por lo tanto, los más sabios muestren al mismo tiempo que son también los guiados por más fraternales sentimientos y que no se conviertan en soberbios a causa de su sabiduría. Pues Dios lo sabe todo y doblega a los orgullosos y alza a los humildes. "Os digo estas palabras con gran afán de amor. Os pido el amor y la paz cristiana. Os invoco por amor, y de que lo hago con toda el alma, tomo por testigos a Dios y al Espíritu Santo.

"Pero si a pesar de todo esto habéis de continuar combatiéndome con odio, si no me permitís que os obligue al cristiano amor, no puedo hacer otra cosa sino guardar silencio. Que Dios sea nuestro juez y que decida entre nosotros, según la medida de como le hayamos sido fieles".

Es incomprensible para la sensibilidad el que una invitación a la paz tan arrebatadora, tan profundamente humana, no debiera obligar a un adversario espiritual. No obstante, figura entre los contrasentidos de la naturaleza terrena el que precisamente aquellos ideólogos que nunca juran más que por una única idea, sean en absoluto insensibles para todo otro pensamiento, aunque sea para el más humano, si no es el suyo. Unilateralidad en el pensamiento fuerza inevitablemente a injusticia en la acción, y donde quiera que un hombre o un pueblo están por completo henchidos del fanatismo de una única concepción trascendente, no queda espacio alguno para la inteligencia y tolerancia. Ni la más mínima impresión produce en un Calvino la conmovedora admonición de este hombre que sólo anhela la paz, que no predica públicamente, que no recluta partidarios ni disputa, a quien no mueve ni el más pequeño orgullo de obligar por la violencia a ningún otro hombre de la tierra a que adopte sus opiniones; como una "monstruosidad", la piadosa Ginebra rechaza aquella invitación a una cristiana paz. Y al punto comienza una nueva tromba de fuego, con todos los gases asfixiantes de la mofa y de la provocación. Otra mentira, y acaso la más pérfida de todas, es sacada ahora a escena para hacer sospechoso a Castalión, o por lo menos ridículo. Mientras al pueblo de Ginebra le está severamente prohibida, como pecado, toda diversión teatral, en el seminario ginebrino, por los discípulos de Calvino se aprende una "piadosa" comedia escolar en la que se hace aparecer a Castalión, bajo el transparente nombre de "parvo Castello", como el primer servidor de Satán, y se ponen en su boca versos como los siguientes:

"Quant á moy, un chacun je sers Pour argent en prose oy

en vers, Aussi ne visje d'aultre chose. . .

Hasta esta última calumnia de que aquel hombre, que vive en apostólica pobreza, vende su pluma por dinero y sólo lucha por la pura doctrina de la tolerancia como pagado agitador de cualquier papista, es desvergonzadamente aventurada con permiso de Calvino. Pero la verdad o la calumnia hace mucho tiempo que ha llegado a ser del todo indiferente para el odio de partido del calvinismo: sólo un pensamiento llena el espíritu de todos: arrancar a Castalión de su cátedra de la Universidad de Basilea, quemar sus escritos, y, a ser posible, también a su persona.

Por ello, es un grato hallazgo para estos furiosos odiadores el que en uno de los usuales registros domiciliarios de Ginebra se haya sorprendido a dos ciudadanos con un libro, el cual — ya esto sólo constituye un hecho criminoso, — no estaba provisto del solemne imprimatur de Calvino. Ni nombre de autor ni lugar de impresión es indicado en este breve escrito, Conseil á la France desolée; por ello, la opus huele tanto más fuertemente a herejía. Al punto, ambos ciudadanos son arrastrados ante el consistorio. Por temor al retorcimiento de pulgares y a la garrucha del tormento, confiesan que un sobrino de Castalión les ha prestado este escrito, y, con fanática impetuosidad, los cazadores siguen ahora la reciente huella, hasta que por fin es derribada la pieza perseguida.

En efecto, este "libro dañoso, por estar lleno de errores", es una nueva obra de Castalión. Aun otra vez ha vuelto a recaer en su viejo e incurable "error" de amonestar, con un esfuerzo erasmista, para que se terminen con una pacífica estipulación las luchas de la Iglesia. No quería ver, en silencio, cómo en su querida Francia el furor religioso comenzaba por fin a rendir frutos sangrientos; cómo los protestantes franceses (con secreta satisfacción de Ginebra) empuñaban las armas contra los católicos. Y como si pudiera presentir anticipadamente la noche de San Bartolomé y los tremendos espantos de la guerra de los hugonotes, sentíase de nuevo obligado, y en el último momento, a demostrar la insensatez de semejante derramamiento de sangre. No esta doctrina ni la otra, decía en resumen, son en sí mismas erróneas: falso y criminal sólo lo es, en todos los casos, la tentativa de obligar por la violencia a un ser humano a que adopte una fe en la que no cree. Todo el daño sobre la tierra procede de este "forcement des consciences"; la tentativa de la estrecha frente del fanatismo, siempre renovada y siempre sedienta de sangre, de violentar las conciencias. Pero no sólo es inmoral y contra derecho, según Castalión demuestra, el obligar a alguien a adoptar una confesión en la que internamente no cree; es, además, absurdo e insensato. Pues toda recluta forzada para cualquier credo aporta simplemente creyentes de apariencia ; sólo en lo externo y en cuanto a las cifras aumenta los prosélitos de un partido el sistema de retorcer los pulgares de toda propaganda coactiva. Pero, a la verdad, aquella idea que de esta violenta manera obliga a sus prosélitos, con sus falsas matemáticas no tanto engaña al mundo como a sí misma. Pues — y estas palabras de Castalión son aplicables a todos los tiempos, — "aquellos que sólo aspiran a tener un número de partidarios lo más dilatado posible, y, para ello, necesitan muchos hombres, se parecen a un loco que tuviera una gran vasija con poco vino en ella y la llenara de agua para aumentar su vino; pues con tal procedimiento no aumentaría en modo alguno su vino, sino que sólo echaría a perder el bueno que allí tuviera. Jamás podréis afirmar que aquellos a quien habéis forzado a adoptar una confesión, la profesen de corazón. Si se les dejara en libertad, dirían: creo con toda el alma que sois unos injustos tiranos y que aquello a que me habéis obligado carece de todo valor. Un mal vino no se torna mejor porque se obligue a la gente a que lo beba".

Siempre de nuevo y siempre con renovada pasión, repite Castalión su credo: la intolerancia conduce inevitablemente a la guerra y sólo la tolerancia a la paz.

No con retorcimiento de pulgares, no con hachas de combate y con cañones, puede ser sustituido un credo por otro, sino sólo de un modo individual y acudiendo al íntimo convencimiento; sólo con acuerdo y armonía pueden ser evitadas las guerras y ligadas entre sí las ideas. Que se deje, pues, ser protestante a quien quiera ser protestante y que continúen siendo católicos los que sinceramente confiesen su catolicismo; que no se fuerce a unos ni a otros.

Sesenta años antes que en Nantes, por encima de las sepulturas de centenares de miles de hombres sacrificados insensatamente, ambas confesiones se pongan de acuerdo para la paz, ya bosqueja aquí, para Francia, el edicto de tolerancia un solitario y trágico humanista. "El consejo que te doy, Francia, es que ceses de violentar las conciencias, de perseguir y de matar, y, en vez de ello, permitas, en tu país, que, a cada cual que cree en Cristo, le sea permitido servir a Dios, no según una opinión ajena, sino según la suya propia".

Tal proposición de inteligencia entre católicos y protestantes en Francia, pasa, naturalmente, en Ginebra por el crimen de los crímenes. Pues la diplomacia secreta de Calvino, precisamente a la misma hora, está ocupada en atizar poderosamente en Francia la guerra de los hugonotes; nada puede ser, por lo tanto, menos grato para su agresiva política clerical que este humanitario pacifismo. Al instante, son puestas en movimiento todas las palancas para suprimir el escrito de paz de Castalión. Hacia todos los rumbos del viento galopan mensajeros, a todas las autoridades protestantes les son escritas cartas de súplica, y, en efecto, logra Calvino, con su agitación organizada, que en el sínodo general de la Reforma de agosto de 1563 se adopte la determinación que sigue: "La Iglesia queda impuesta de la aparición del libro Conseil á la France désolée, cuyo autor es Castalión. Es un libro muy peligroso y hay que prevenirse en su contra".

De nuevo ha logrado el fanatismo suprimir un "peligroso libro" de Castalión antes que circulara. Pero ahora ¡hay que hacer lo mismo con el hombre, con este inconmovible e inflexible antidogmático y antidoctrinario ! ¡ Acabar por fin con él, no sólo tapándole la boca, sino rompiéndole para siempre el espinazo! De nuevo se hace que aparezca Theodor de Beze para dar a Castalión el golpe en la nuca. Su Responsia ad defensionem et reprehensiones Sebastiani Castellionis, dedicado a los pastores de la ciudad de Basilea, muestra, ya sólo en esta dedicatoria a las autoridades eclesiásticas, dónde debe ser apoyada la palanca contra Castalión. Es ya tiempo, más que tiempo, insinúa de Beze, de que la justicia eclesiástica se ocupe de este peligroso hereje y amigó de herejes. En grosera confusión, este piadoso teólogo pone en la picota a Castalión como embustero, blasfemo, el peor de los anabaptistas, profanador de la Sagrada Escritura, hediondo sicofante, protector no sólo de todos los herejes, sino también de los adúlteros y criminales; por último hasta le llama hombre que emplea en su defensa las oficinas de Satán. Cierto que, en la precipitación del furor, todas estas rudas injurias se amontonan unas contra otras de un .modo tan cruzado y tortuoso, que se contradicen mutuamente y se ahogan entre sí. Pero hay una cosa, clara y manifiesta, que ilumina este férreo tumulto: la voluntad homicida de tapar de una vez para siempre la boca de Castalión; de una vez para siempre, de una vez para siempre, y, lo mejor de todo, matarlo.

El escrito de de Beze significa la acusación que amenaza desde hace tanto tiempo ante el tribunal de herejes; sin taparrabo, en su desnudez desafiadora, muéstrase ahora el propósito denunciador. Pues en forma del todo inconfundible, invítase al sínodo de Basilea, a que, in continenti, acuda a las autoridades civiles, para que éstas se apoderen de Castalión como de un malhechor vulgar. Por desgracia, todavía hay una última formalidad que se opone a su impaciencia: conforme a la ley de Basilea, siempre es necesaria una denuncia escrita y firmada, dirigida a las autoridades, para que pueda ser incoado un proceso; y como tal, no vale jamás un libro impreso. Lo natural, lo comprensible, habría sido ahora que Calvino y de Beze acusaran de hecho a Castalión, y, en su propio nombre, dirigieran ahora una denuncia escrita a las autoridades. Pero Calvino se atiene a su método antiguo — tan a la perfección empleado en el caso de Servet, — de preferir suscitar una acusación por medio de cualquier tercero, a presentarla él mismo a la autoridad, bajo su responsabilidad propia. Exactamente del mismo modo, emplea ahora el mismo hipócrita procedimiento que en Vienne y en Ginebra: en noviembre de 1563, poco después de la aparición del libro de de Beze, un hombre del todo incompetente, un tal Adam von Bodenstein, presenta a la municipalidad de Basilea una acusación escrita de herejía contra Castalión. Ahora bien: este Adam con Bodenstein sería el último a quien sería lícito representar ante el juez los derechos de la fe, pues no es otro que el hijo de aquel mal afamado Karlstadt, a quien Lutero, como exaltado peligroso, había expulsado de la Universidad de Wittenberg, y que, como discípulo del también muy impío Paracelso, apenas puede ser considerado como sincero pilar de la Iglesia protestante. Pero, en su carta al consejo, repite, palabra por palabra, todos los embrollados argumentos de aquel libro, injuriando a Castalión de un lado como papista y del otro como anabaptista, en tercer lugar como libre pensador y en cuarto como blasfemo, y, por encima de todo ello, como protector de todos los adúlteros y criminales. No obstante, con verdad o falsía, siempre queda presentada ante la autoridad y por el formal camino de la ley, la carta acusatoria, que todavía hoy se conserva y está oficialmente dirigida al consejo municipal. Como existe un documento protocolario, no le queda otra posibilidad al tribunal de Basilea que la de iniciar una investigación. Calvino y los suyos han alcanzado su objeto: Castalión, como hereje, ocupa el banquillo de los delincuentes.

En sí mismo, hubiera sido fácil para Castalión defenderse contra la mentecata inmundicia de estas inculpaciones. Pues, en su ciego exceso de celo, Bodenstein lo acusa, al mismo tiempo, de tantas cosas contradictorias, que sale a luz francamente su incredibilidad. Fuera de ello, es conocido en Basilea, con todo detalle, el intachable modo de vivir de Castalión; no corno se logró tan fácilmente al, tratarse de Servet, será reducido a prisión un Castalión, cargado de cadenas y torturado a preguntas, sino que, por ser profesor de la Universidad, se le invitará primero a que se justifique ante el Senado de las inculpaciones contra él aducidas. Y es suficiente para sus colegas el que declare, con forme con la verdad, que su acusador Bodenstein es un testaferro echadizo y que pida que Calvino y de Beze, los verdaderos propulsores, lo acusen por sí mismos, y, a ser posible, comparezcan ante el tribunal personalmente. "Ya que con tanta pasión se sospecha de mí, solicito con toda el alma, de vosotros, licencia para que se me permita defenderme. Si Calvino y de Beze proceden de buena fe, que se presenten ellos mismos, y que, ante vosotros, prueben el crimen de que me acusan. Si tienen conciencia de haber obrado con rectitud no tienen por qué espantarse del tribunal de Basilea, ya que no surge en ellos ninguna especie de escrúpulos para acusarme ante el mundo entero. . . Ya sé que mis inculpadores son grandes y poderosos, pero Dios también lo es y juzga sin distinguir de personas. Ya sé que yo no soy más que un hombre pobre y oscuro, muy humilde y sin gloria, pero precisamente Dios mira a los humildes y no deja sin expiación su sangre, si fuera derramada injustamente". En cuanto a él, Castalión, acepta el ser procesado. Y también si pudiera demostrársele una sola de las inculpaciones enemigas, ofrece él mismo su cuello para la condigna expiación.

Bien se comprende que Calvino y de Beze se guardan muy bien de aceptar tan leal proposición; ni él ni su de Beze comparecen ante el Senado de Basilea. Y ya parece como si la maligna denuncia fuera a convertirse en arena, cuando una casualidad procura a los adversarios de Castalión un inesperado auxilio. Pues de modo fatal, precisamente entonces, nácese luz sobre un oscuro asunto que presta peligrosa fuerza a la sospecha de herejía y de amistad con herejes de Castalión.

En Basilea, ha ocurrido algo singular: durante doce años, vivió allí, en su castillo de Binningen, un rico noble extranjero bajo el nombre de Jean de Bruge; gracias a su espíritu benéfico, fue altamente respetado y querido en todos los círculos ciudadanos. Y cuando murió este distinguido extranjero, en el año de 1556, toda la ciudad participó solemnemente en su fastuoso entierro; en el lugar más digno, fue depositado el ataúd en la iglesia de San Leonardo.

Volvieron a pasar los años; entonces, cierto día, extendióse el rumor, apenas creíble al principio, de que este distingo forastero en modo alguno había sido un noble o un comerciante de otra nación, sino nada menos que el mal afamado y proscrito archihereje David de Joris, el autor del Wonderboek, el cual, durante la cruel matanza de los anabaptistas, había desaparecido de Flandes de una manera misteriosa. ¡ Qué disgusto ahora para toda Basilea el haber rendido públicamente los mayores honores, en vida y muerte, a este impío enemigo de la Iglesia! Para expiar ahora, sensiblemente, el errado mal uso de la hospitalidad, se instruye un proceso ante las autoridades al hace tiempo fallecido. Tiene lugar una ceremonia atroz; sacan el semipodrido cadáver del hereje de su sepultura de honor, y lo cuelgan de una horca, ante que, junto con un buen número de amontonados escritos heréticos, sea quemado en la v gran plaza del mercado de Basilea, en presencia de millares de espectadores.

También Castalión tiene que ser testigo del asqueroso espectáculo, junto con los otros profesores de la Universidad: ¡bien se puede pensar con qué impresión de abatimiento y repugnancia! Pues con este David de Joris le había ligado una .buena amistad durante todos aquellos años; juntos intentaron, en su tiempo, la salvación de Servet y hasta es muy probable que David de Joris, el archihereje, haya sido también uno de los anónimos colaboradores del libro de Martin Bellius, De Haereticis. En todo caso, no puede dudarse de que Castalión nunca tuvo, al castellano de Binmingen por el simple comerciante por que él se hacía pasar, sino que, desde el principio, supo el verdadero nombre del supuesto Jean de Bruges; pero, tolerante en su vida como en sus escritos, nunca pensó en asumir el papel de denunciante ni en privar de su amistad a un hombre sólo porque estuviera proscrito por todas las iglesias y autoridades del mundo.

Esta relación, súbitamente descubierta, con el más infamado de todos los anabaptistas, da ahora una confirmación casi mortal a la acusación de los calvinistas de que Castalión es un protector y encubridor de todos los herejes y criminales. Y como la casualidad agarra siempre con dobles tenazas, revélase, a la misma hora, otra próxima relación de Castalión con otro hereje gravemente inculpado: con Bernardo Ochino. En un principio, célebre fraile franciscano conocido en toda Italia por sus incomparables predicaciones, había sido expulsado de repente fuera de su patria por la Inquisición pontificia. Pero también en Suiza espantó pronto a los clérigos reformados por la fantasía de sus tesis; ante todo, su último libro, Treinta Diálogos, contiene una interpretación de la Biblia que en todo el mundo protestante fue tomada como increíble blasfemia: Bernardo Ochino declara allí, invocando la ley de Moisés, que la poligamia, sin que él la recomiende, puede considerarse como autorizada por la Biblia, según los principios, y, por lo tanto, como cosa permisible.

Este libro, con esta tesis escandalosa y muchas otras interpretaciones insoportables para la ortodoxia — al punto se inicia un proceso contra Bernardo Ochino, — había sido traducida del italiano al latín nada menos que por Castalión. En su versión, fue como fue llevada a la imprenta la herética obra; con ello, se había hecho culpable de contribuir activamente a la difusión de tales interpretaciones blasfemas. Naturalmente que ahora, como cómplice, apenas está menos amenazado que el propio autor ante el tribunal religioso.

De la noche a la mañana, las vagas acusaciones de Calvino y de Beze de que Castalión era el amparo y la cabeza de la más salvaje herejía, han recibido gracias a su íntima amistad con David de Joris y Bernardo Ochino, una inquietante verosimilitud. A tal hombre no puede ni quiere seguir protegiéndolo la Universidad. Y antes que haya comenzado el auténtico proceso, Castalión está ya perdido.

Lo que le espera al abogado de la tolerancia ante la intolerancia de sus contemporáneos, puede medirlo por la crueldad con que las autoridades eclesiásticas proceden contra su camarada Bernardo Ochino. En Zurich,, donde al cabo de largo vagabundaje había encontrado por fin un refugio como pastor de la pequeña parroquia de emigrantes italianos, es condenado a abandonar la ciudad dentro del término de tres días, y sólo al cabo de suplicantes ruegos se le alarga un poco el plazo. El que su edad sea de setenta y cuatro años no le proporciona ninguna compasión; el que, pocos días antes de su proceso, haya perdido, en una desgracia espantosa, a su mujer mucho más joven que él, no produce ningún más largo aplazamiento. El que, con cuatro niños pequeños, tenga que vagar por el mundo, sin caudal alguno, en medio del más furioso tiempo invernal de diciembre, no suaviza la despiadada sentencia.

Al principio, Ochino quiere refugiarse en la Valtelina, al otro lado de las grises montañas de la Confederación, donde tiene algunos amigos, pero ya se ha procurado que a aquel perseguido, a aquel hereje, no le sea dado descansar en ninguna casa ni hogar, y, cuidadosamente, se han enviado cartas, que han sido llevadas a galope delante de él, a fin de que se le niegue el hospedaje en todas partes, y, de este modo, como a un atacado de lepra, se le cierran en cada lugar las puertas de la ciudad y las de las casas. Quiere reposar en Basilea; pero también aquí le alcanza el destierro y sigue adelante, adelante, en la más espantosa odisea, el mártir de setenta y cuatro años con sus cuatro niños, a lo largo de los caminos de Europa. En Mulhausen, en Frankfort, en Nurenberg, en todas partes es acechado y de todas expulsado; delante de él, a su espalda, azuzan a las gentes las cartas requisitorias; los países católicos lo mismo que los protestantes, por lo tanto, toda la tierra europea está vedada para el proscrito clérigo anciano, en un común furor. Jamás, en medio de lo oscuro y contradictorio de las noticias, se sabrá por completo lo que este trágico desterrado sufrió en aquellos dos años; sólo le mantiene en pie la esperanza de encontrar por fin en Polonia, en medio de hombres más humanos, un alojamiento para sí y para sus hijos. Pero el esfuerzo es demasiado duro para aquel hombre quebrantado. Bernardo Ochino no llega jamás a su meta, jamás alcanza la paz. Víctima de la intolerancia, el agotado anciano, en cualquier camino de Moravia, se queda derrumbado en medio de la senda, y allí, en el extranjero, como a cualquier vagabundo, lo arrastran hasta cualquier fosa, hace ya mucho tiempo olvidada.

En el deformador espejo de la quema postuma de David de Joris y de la expulsión de Ochino, puede leer anticipadamente Castalión su propio destino.

Ya se prepara un proceso contra él y no puede confiar en ninguna compasión, en ninguna humanidad, en un tiempo de tamaña inhumanidad, el hombre cuyo único crimen es el de haber sentido demasiado humanamente y haber mostrado piedad hacia muchos perseguidos. Ya existe el proyecto de aplicar al defensor de Servet la suerte de Servet, ya la intolerancia del tiempo tiene cogido por la garganta al más peligroso de sus adversarios, al abogado de la tolerancia.

Pero un bondadoso destino quiere que no les sea concedido a sus perseguidores el bien perceptible triunfo de ver a Sebastián Castalión, el archienemigo de toda dictadura espiritual, en la prisión, en el destierro o en la hoguera. Una rápida muerte salva, en el último momento, a Sebastián Castalión, del proceso y de la mortal acometida de sus enemigos. Hacía ya tiempo que estaba debilitado su cuerpo, privado de fuerzas por el trabajo excesivo, y cuando, ahora, preocupaciones e inquietudes fatigan también el alma, el minado organismo no puede resistir por más tiempo. Cierto que hasta el último momento todavía se arrastra Castalión hasta la Universidad y el pupitre de escribir, pero es en vano toda resistencia. La muerte supera ya a la Voluntad de vivir y de producir obras espirituales. Llevan al lecho al escalofriado por la fiebre; violentas náuseas le hacen rechazar todo alimento; los órganos trabajan de un modo cada vez peor; por fin, el agitado corazón no puede seguir ya más adelante. El 29 de diciembre de 1563, muere Sebastián Castalión, a la edad de cuarenta y ocho años, "escapando a las garras de sus adversarios, con el auxilio de Dios", como un emocionado amigo expresa en su muerte.

Con ésta, abátese también la calumnia; harto tarde reconocen sus conciudadanos lo mal y tibiamente que han defendido al mejor de sus hombres.

Su herencia manifiesta de modo irrebatible en qué apostólica pobreza había vivido este puro y gran hombre de letras; ni una sola moneda de plata fue encontrada en su casa; los amigos tuvieron que pagar el ataúd y las pequeñas deudas, subvenir a los gastos del sepelio y tomar a su cargo los hijos, aun menores. Pero, de igual modo, como resarcimiento por la vergüenza de la acusación, el entierro de Sebastián Castalión se convierte en un cortejo de triunfo moral; todos los que, acobardados y previsores, habían guardado silencio mientras Castalión estuvo bajo la sospecha de herejía, se agolpan ahora para dar pruebas de cuánto le amaban y veneraban; pues siempre es más cómodo defender a un muerto que a un vivo y mal querido. Solemnemente, toda la Universidad sigue al cortejo fúnebre; el féretro, en hombros de estudiantes, es llevado a la catedral y sepultado en el claustro. A su propio coste, tres de sus discípulos hacen que se talle en la piedra sepulcral una inscripción: "Al maestro altamente glorioso, como agradecimiento por su gran saber y la pureza de su vida".

Pero mientras que Basilea lleva luto por el hombre sabio y puro, reina en Ginebra el más alegre júbilo; lo único que falta es que echen las campanas a vuelo ante la bien acogida noticia de que este resuelto defensor de la libertad espiritual está dichosamente aniquilado; de que la boca más elocuente que habló en contra de toda opresión de las conciencias ha por fin enmudecido. Con callada o estruendosa satisfacción, comentan los teólogos la muerte del hombre que, serena y limpiamente, sirvió a su causa: "Castalión ¿ha muerto? Optime factum" escribe Bullinger de Zurich. Otro, a su vez, aporta la furiosa frase: "Para no tener que defender su causa ante el Senado de Basilea, Castalión se refugió junto a Radamanto (el príncipe infernal)". De Beze, que, por medio de sus inculpaciones, actuó 'impulsu instinctuque Diaboli" para abreviarle los postreros días de su vida, glorifícase como inspirado predecidor: "Fui buen profeta cuando le anuncié a Castalión que pronto le castigaría el Señor por sus blasfemias". Ni aun con la muerte de este luchador que se había alzado solitario, y, con ello, era un vencido doblemente digno de honor, agótase todavía en su odio el furor. Pero este odio es vano, como siempre: al muerto no puede ofenderle ya ninguna befa y la idea por la cual vivió y murió, como todos los pensamientos verdaderamente humanos se alza por encima de todas las fuerzas temporales y terrenas.

TOCANSE LOS POLOS

Le temps est trouble, le temps se esciarsira,

Aprés la plue l'on atend le beau temps,

Aprés noises et grans divers contens

Paix adviendra et maleur cessero.

Mais entre deulx que mal l'on. souffrera!

CANCIÓN DE MARGARITA DE AUSTRIA

 

EL combate parece terminado. Con Castalión apartó Calvino al único adversario espiritual de alta categoría, y, como el mismo tiempo, redujo al silencio en Ginebra la oposición política, puede ahora, sin obstáculo, proseguir edificando su obra, en escala cada vez mayor. Una vez que las dictaduras han dominado las inevitables crisis de sus comienzos, les es, en general, lícito, considerarse como firmemente establecidas para bastante tiempo; lo mismo que el organismo humano acaba por acomodarse, después de las molestias del principio, a las mutaciones de clima y al cambio de las circunstancias de la vida, también los pueblos se habitúan, sorprendentemente pronto, a nuevas formas de soberanía. Al cabo de algún tiempo, la antigua generación, a la que le enoja la existencia y continuidad de un hecho de fuerza, comienza a desaparecer, y, detrás de ella, mientras tanto, ha ido desarrollándose en la nueva tradición una juventud que, con toda naturalidad y sin presentimientos, la acepta como lo único posible. Siempre, en el curso de una generación, un pueblo puede ser transformado por una idea decisiva, y de este modo, también los mandamientos de Dios, interpretados por Calvino al cabo de dos decenios, desde ser una substancia teológica de pensamiento se han condensado en una simbólica y visible forma de existencia. Es justo reconocer en este organizador genial, que después de la victoria, con magnífico método, llevó su sistema desde lo angosto a lo dilatado y, sucesivamente, lo fue ampliando hasta lo universal. Un orden férreo hace de Ginebra, en el sentido de la corrección externa de la vida, una ciudad modelo; de todos los países, llegan en peregrinación los reformados a la "Roma protestante" para admirar allí la realización ejemplar del régimen teocrático. Todo lo que es capaz de conseguir una rígida disciplina y un adiestramiento espartano es en absoluto alcanzado; cierto que la pluralidad creadora es sacrificada en aras de una sobria monotonía, y la alegría en las de una corrección matemática y fría; pero para lograrlo, hasta la misma educación ascendió hasta ser una especie de arte. De un modo perfecto son dirigidos los institutos de enseñanza y los establecimientos de beneficencia; a la ciencia se le reserva un espacio cada vez más dilatado, y con la fundación de la "Academia", no sólo crea Calvino la primera central espiritual del protestantismo, sino también, al mismo tiempo, el opuesto polo de la orden de los jesuitas y de su antiguo compañero de colegio, Ignacio de Loyola: lógica disciplina contra disciplina, endurecida voluntad contra voluntad. Equipados con excelentes pertrechos bélicos de teología, son enviados, desde aquí, por el mundo, según un plan de guerra nimiamente calculado, los predicadores y agitadores de la doctrina calvinista. Pues hace mucho que ya no piensa Calvino en limitar su poder y el de sus ideas a esta pequeña ciudad suiza; por encima de las tierras y de los mares, se extiende su indomable voluntad de dominio, para ir ganando sucesivamente para su sistema totalitario, toda Europa y todo el mundo. Ya le está sometida Escocia por medio de su legado John Knox; ya están penetrados de espíritu puritano Holanda y una parte de los reinos del Norte; ya se arman los hugonotes en Francia, para dar un golpe decisivo; un único paso más, feliz, y la Instiiutio se habría convertido en una institución universal, el calvinismo habría llegado a ser la forma unitaria de pensamiento y vida del mundo occidental.

El modo decisivo como tal victoriosa penetración de la doctrina calvinista habría cambiado la forma de la cultura de Europa, puede medirse por la estructura especial que el calvinismo imprimió, dentro ya del plazo más breve, en los países que se le rindieron. En todas partes donde la Iglesia ginebrina pudo realizar su dictadura moral y religiosa — aunque sólo fuera por corto tiempo, — se produjo un tipo especial dentro de la general fisonomía nacional: el del ciudadano que vive sin atraer la atención, el del "sin tacha", el del "spotless", que cumple todos sus deberes morales y religiosos; por todas partes se veló visiblemente la libertad sensual con ligaduras metódicas, y la vida se convirtió en insípida, merced a una conducta más fría. Ya en la propia calle — de tal modo es capaz de eternizarse una fuerte personalidad hasta en las cosas, — se reconoce aún hoy, a primera vista, en cada país, la presencia o la anterior presencia de la disciplina calvinista, en cierta mesura de modales, una uniformidad en traje y actitudes, y hasta en la falta de esplendor y pompa de los edificios de piedra. Quebrantando en todos sus aspectos al individuo y las impetuosas exigencias vitales de los particulares, fortaleciendo en todas partes el poder de las autoridades, el calvinismo, en las naciones por él dominadas, produjo plásticamente el tipo del correcto servidor, del que humilde y perseverante se somete al orden de la comunidad; por lo tanto, el excelente empleado y el hombre ideal de clase media, y, con razón, Weber, en su célebre estudio sobre el capitalismo, demuestra que ningún elemento ayudó tanto como la doctrina calvinista a preparar la absoluta obediencia del industrialismo, porque ya en la escuela se educaba de manera religiosa a las masas para la igualdad de clases y la mecanización. Pero una decidida organización fundamental de los súbditos, eleva siempre las fuerzas externas, las fuerzas militares de choque de un Estado; aquellas magníficas estirpes de marinos y colonizadores, duros, rudos y capaces de sufrir privaciones, que, primero en Holanda y después en Inglaterra, conquistaron y dominaron nuevos continentes, fueron, principalmente, de puritana ascendencia, y este origen espiritual determinó más recientemente, de modo creador, el carácter de Norteamérica; un número infinito de los buenos éxitos de su política universal se la deben todas estas naciones a la influencia severamente educadora del predicador picardo de Saint Fierre.

Pero, sin embargo, ¡qué pesadilla si Calvino, de Beze y John Knox, estos "Kill joy", hubieran podido conquistar todo el mundo, en la cruda forma de sus primeras pretensiones! ¡Qué insipidez, qué monotonía, qué falta de colores habría caído sobre Europa! ¡De qué modo estos devotos enemigos del arte, de la alegría y de la vida se habrían enfurecido contra la magnífica superabundancia y contra todas aquellas lindas superfluidades en las cuales el creador impulso de juego artístico se hizo manifiesto en divinas y plurales magnificencias! ¡Cómo habrían descuajado, en favor de una seca uniformidad, todos los contrastes sociales y nacionales, que, precisamente con su sensual abigarramiento, proporcionaron a Occidente el imperio en la Historia de la Cultura; cómo habrían impedido la gran embriaguez de la evolución con su terrible y exacto ordenamiento! Lo mismo que en Ginebra castraron para siglos el impulso artístico, lo mismo que en sus primeros pasos para lograr el señorío de Inglaterra pisotearon para siempre, sin piedad, una de las floraciones más preciosas del espíritu del mundo, el teatro shakespeariano, e instalaron el temor de Dios en vez de la humana alegría, de igual modo, en toda Europa habría caído sacrificado bajo su anatema bíblico mosaico todo esfuerzo fervoroso que fuera otra cosa que un simple medio para acercarse a la divinidad en una devoción canónica. Deja sin aliento el imaginar internamente a los siglos XVII, XVIII y XIX de Europa sin ópera, sin teatro, sin danzas, sin su frondosa arquitectura, sin sus fiestas, su delicada erótica, su refinamiento de la vida social. ¡Sólo vacías iglesias y severas prédicas edificantes; sólo azote y humildad y temor de Dios! ¡ El arte, esa luz divina en medio de nuestras veladas y oscuras tareas cotidianas, no lo habrían prohibido los predicadores como "pecaminosa" orgía, corno bufonada, como "paulardise", reprimiendo su libre desarrollo. Jamás habrían tenido ocasión de dilapidarse y de cometer audacias los espíritus plásticos a quienes les fue dado inmortalizarse en la piedra, con tan memorable esplendor, en Versalles y en el barroco romano; jamás, en modas y danzas, hubieran podido desplegarse los delicados juegos de colores del rococó; el espíritu europeo estaría secuestrado por la teológica sabulistería, en vez de desplegarse en creadoras mudanzas. Pues el mundo permanece estéril y seco si no es abrevado y puesto en actividad por medio de la libertad y la alegría, y en todo rígido sistema se hiela siempre la vida.

Felizmente, Europa no se plegó a aquella rigurosa disciplina, así como Grecia no tomó por ley las severidades de Esparta: como en todas las otras tentativas para encerrar al mundo en un sistema único, también esta vez la voluntad de vivir, que anhela una renovación eterna, impuso su irresistible fuerza contraria. Sólo en una pequeña parte de Europa se abrió paso victoriosamente la disciplina calvinista; pero hasta donde había llegado a la soberanía, pronto renunció, por libre voluntad, a la severidad literal de su dictadura bíblica. A ningún Estado, a la larga, pudo imponer su omnipotencia la teocracia de Calvino, y, ante ¡as resistencias de la realidad, se suavizan y humanizan, poco después de su muerte, la hostilidad a la vida, la hostilidad al arte, de la en otro tiempo despiadada "disciplina". Pues a la larga, siempre es más fuerte la vida sensual que toda abstracta doctrina. Niega toda sequedad con sus cálidos jugos, ablanda toda severidad, dulcifica toda dureza. Lo mismo que un músculo, sujeto sin interrupción a la tensión más extrema, queda después sometido a espasmos, lo mismo una pasión no puede perseverar permanentemente el rojo blanco, así también las dictaduras espirituales no son nunca capaces de conservar, a la larga, su radicalismo desconsiderado; en general, sólo una única generación es la que tiene que sufrir dolorosamente su exceso de presión.

También la doctrina de Calvino, más de prisa de lo que fuera de esperar, perdió su elevada intolerancia. Casi nunca, al cabo de un siglo, se asemeja ya una doctrina al pensamiento de su primitivo iniciador, y sería un error fatal poner en la misma línea lo que exigió el propio Calvino y lo que llegó a ser el calvinismo dentro de su desenvolvimiento histórico. Cierto que aun en tiempos de Juan Jacobo Rousseau se discute en Ginebra si debe ser permitido o prohibido el teatro, y se plantea seriamente la singular cuestión de si las "bellas artes" significan un progreso o una maldición para la humanidad, pero hace ya mucho tiempo que está rota la más peligrosa tensión de la "disciplina" y la rígida fe en la Biblia se ha acomodado a lo humano orgánicamente. Pues siempre el espíritu del libre desarrollo sabe utilizar para sus misteriosos fines lo que al principio nos espanta como un grosero retroceso: de todo sistema, el progreso eterno recoge únicamente lo provechoso, y lo paralizador lo arroja tras sí, como a un fruto ya exprimido. Las dictaduras no significan otra cosa, en el gran plan de la humanidad, sino unas correcciones a breve plazo, y aquello que el ritmo reaccionario de la vida pretende impedir, impulsa a la verdad, más adelante, al cabo de breve retroceso: eterno símbolo el de Balaam, que quiere maldecir, y, a pesar de su" voluntad, bendice. De este modo, por la más sorprendente transformación, precisamente del sistema calvinista, que con singular furia quería limitar la libertad individual, se origina la idea de la libertad política; Holanda, la Inglaterra de Cromwell y los Estados Unidos, sus primeros campos de acción, prestan campo, del modo más gustoso, a la idea liberal y democrática del Estado. De un espíritu puritano se originó uno de los más importantes documentos de los nuevos tiempos: la declaración de la independencia de los Estados Unidos, la cual, a su vez, influye decisivamente en la francesa Declaración de los Derechos del Hombre. Y (notable subversión de todo lo imaginable, contacto de los polos), precisamente aquellos países que del modo más fuerte debían estar impregnados de intolerancia, llegaron a ser, en forma sorprendente, los primeros libres asilos de la tolerancia en Europa. Precisamente donde es ley la religión de Calvino, llega también a ser realidad la idea de Castalión. En la misma Ginebra, donde siglos antes Calvino quemó a Servet a causa de su divergencia de opiniones in theologicis, busca refugio él "enemigo de Dios", el viviente Anticristo de su tiempo: Voltaire. Pero he aquí que los sucesores en el cargo de Calvino, los pastores de su propia iglesia, lo visitan amablemente para filosofar del modo más humano posible con el blasfemo. En Holanda, a su vez, escriben los que en general no encontraban reposo en ningún lugar de la tierra, Descartes y Spinoza, aquellas obras que libertan el pensamiento de la humanidad de todas las ataduras de lo eclesiástico y lo tradicional.

Precisamente, a la sombra de la más rigorosa de las doctrinas divinas, un "milagro" llamó Renán, en general poco creyente en tales cosas a esta conversión del más severo protestantismo en la Anfklarung, la época de la ilustración, de las luces, se refugian, desde todos los países, los amenazados a causa de su fe y de sus opiniones. Siempre son las oposiciones más absolutas las que, a su final, se tocan primero; y de este modo, en Holanda, en Inglaterra y Norteamérica, al cabo de dos siglos de casi fraternal tolerancia y religión, se impregnan mutuamente las exigencias de Castalión y las de Calvino.

Pues también las ideas de Castalión sobreviven a su tiempo. Sólo por un momento parece enmudecida, con el hombre, la misión que tuvo que difundir; todavía durante unos decenios, rodea su nombre un silencio tan denso y oscuro como la tierra que envuelve su ataúd. Nadie pregunta ya por Castalión: sus amigos fallecen o se pierden, sus pocas obras impresas se hacen inalcanzables poco a poco, y nadie osa llevar ya a la imprenta lo no publicado; en vano parece que aquel hombre luchó su lucha y vivió su vida.

Pero la Historia marcha por misteriosas sendas: precisamente la victoria de su adversario ayudó a la resurrección de Castalión. De un modo impetuoso, acaso demasiado impetuoso, se abrió camino en Holanda el calvinismo. Los pastores, endurecidos en la fanática escuela de la Academia, pensaban que aun tenían que sobrepasar la severidad de Calvino en el país recién convertido.

Pero pronto se suscitó una resistencia, en este pueblo, el primero que se había revelado contra el emperador de dos mundos; no quiere pagar esta libertad política nuevamente alianzada, con una dogmática coacción de su conciencia. En el círculo de los eclesiásticos, algunos pastores — después llamados los remonstrantes, — presentaron reclamaciones contra las pretensiones totalitarias del calvinismo, y cuando, en esta lucha, buscan armas espirituales contra la despiadada ortodoxia, se acordaron, de repente, del precursor desaparecido y casi convertido ya en fabuloso. Coornhert y los otros protestantes liberales se refirieron a los escritos de Castalión, y, desde 1603, fueron apareciendo, uno tras otro, en nuevas ediciones y en traducciones al holandés, provocando sensación en todas partes y una admiración siempre creciente. De pronto, se mostró que la idea de Castalión en modo alguno había estado sepultada, sino que sólo había tenido como una especie de sueño invernal en los más duros tiempos; ahora, se acerca la época de su verdadero efecto. Pronto no bastan ya las obras publicadas y se envían mensajeros a Basilea para investigar qué escritos póstumos quedan inéditos; son llevados a Holanda, donde, en su lengua original y en traducciones son publicados una y otra vez, y, medio siglo después de su muerte, hasta se consagra al desaparecido lo que jamás hubiera osado esperar él durante su vida: una edición completa de sus obras y escritos (Gouda 1612). Con ello, Castalión vuelve a estar en el centro de la lucha, victoriosamente resucitado y por primera vez rodeado de una fiel .escolta; es inconcebible su efecto, aunque también casi impersonal y anónimo. En ajenas obras, en ajenos combates, viven los pensamientos de Castalión; en la célebre discusión de los arminianos por la reforma liberal del protestantismo, la mayor parte de los argumentos están tomados a préstamo de sus escritos; el predicador grisón Gantner — magnífica figura digna de que un poeta suizo le preste forma, — en la abnegada defensa de un anabaptista ante el tribunal eclesiástico de Coira, se presenta con el libro de Martín Bellius en la mano, y, aun cuando acaso nunca podrá ser demostrado documentalmente que, en la extraordinaria circulación de sus obras por Holanda, hasta Descartes como también Spinoza entraron en contacto espiritual con el pensamiento de Castalión, la sospecha casi tiene aquí la fuerza de un hecho. Pero en Holanda no son sólo los espirituales, los humanistas, los que se dejan conquistar por las ideas de tolerancia; este pensamiento va penetrando sucesivamente y de un modo profundo en la nación, fatigada de contiendas teológicas y de mortíferas guerras de religión.

En la Paz de Utrecht la idea de la tolerancia hace su aparición en la política de los Estados, y pasa, con ello, en forma poderosa de lo abstracto al terreno de lo real: la arrebatadora apelación al mutuo respeto de opiniones que, en otro tiempo, había dirigido Castalión a los príncipes, es oída por un pueblo políticamente libre y asciende a ley. Desde esta primera provincia de su futuro señorío universal, se extiende y penetra victoriosamente, a través del tiempo, la idea del respeto de toda fe y toda opinión; un país tras otro, van condenando, en el sentido de Castalión, toda persecución religiosa y filosófica. En la Revolución Francesa, le es por fin concedido al individuo su derecho a confesar libre y con igualdad jurídica su fe y opiniones, y en el siglo inmediato, el XIX, la idea de la libertad — libertad de los pueblos, libertad de los hombres y libertad del pensamiento, — reina ya como inalienable axioma en todo el mundo civilizado.

Durante todo un siglo, precisamente hasta el umbral de nuestro tiempo, impera en Europa la idea de la libertad con absoluta evidencia. En los cimientos de cada Estado, se han encerrado los Derechos del Hombre, como elemento intangible e inmodificable de toda Constitución política, y ya pensábamos que los tiempos del despotismo espiritual, de las concepciones ideológicas impuestas a la fuerza, de las opiniones exigidas dictatorialmente y de la censura de ideas, habían terminado para siempre, y que la aspiración de cada individuo a la independencia espiritual estaba tan asegurada como el derecho que tiene a su propio cuerpo terrestre. Pero la Historia es flujo y reflujo, eterno ascender y descender; nunca está terminada, para todos los tiempos, la contienda por un derecho, ni ninguna libertad asegurada contra una violencia que siempre vuelve a surgir en otra forma. Todo progreso se le volverá siempre a disputar a la humanidad, y hasta lo más evidente vuelve a ser otra vez discutido. Justamente, cuando la libertad es sentida ya por nosotros como un hábito y no ya como la más sacrosanta propiedad, desde lo oscuro del mundo de los impulsos, asciende una misteriosa voluntad de hacerle violencia; siempre, cuando la humanidad ha gozado de la paz por demasiado tiempo y demasiado descuidadamente, cae sobre ella una peligrosa curiosidad por las embriagueces de la fuerza y la criminal afición hacia la guerra. Pues, para seguir llevando adelante su insondable propósito, de cuando en cuando la Historia nos procura incomprensibles retrocesos, y lo mismo que en una inundación los más firmes diques y malecones, así se arruinan entonces los heredados muros del derecho; involutivamente parece que se vuelve, en tales espantosas horas, al cruento furor de la horda y a la esclava docilidad del rebaño. Pero al igual que después de toda riada tienen que agotarse las aguas, todo despotismo envejece o se enfría en el plazo más breve; todas sus ideologías y temporales victorias terminan con su época: sólo la idea de la libertad espiritual, idea de las ideas, y que, por ello, no queda jamás vencida bajo ninguna, tiene un retorno eterno, porque es eterna como el espíritu. Si se le priva externamente de la palabra durante algún tiempo, se refugia entonces en los más recónditos ámbitos del espíritu, inalcanzables para toda opresión. En vano, por lo tanto, es que piensen los déspotas que tienen vencido ya al libre espíritu porque le hayan cerrado los labiosa. Pues con cada nuevo hombre nacerá una nueva conciencia, y siempre habrá alguien que se acuerde de su deber espiritual de recomenzar el viejo combate por los inalienables derechos de los hombres, y, en la humanidad, contra cada Calvino volverá siempre a surgir un Castalión que defienda la soberana independencia del pensamiento/ frente a todas las fuerzas de la fuerza.

F I N No existen todavía, en nuestra época, nuevas ediciones de las obras de Sebastián Castalión, excepto una reimpresión del Trátete des hérétiques, a cargo del clérigo A. Olivet con prólogo del profesor E. Choisy (Ginebra, 1913); una primera publicación de De Arte Dubitandi la prepara la doctora Elisabeth Feist para la Academia de Roma, según el manuscrito que se encuentra en Rotterdam; las citas de nuestro libro están en parte tomadas de las ediciones originales, en parte de dos obras: la de Ferdinand Buisson, Sebastien Casteilion (París, 1892) y la de Étienne Giran, Sebastien Casteilion et la Reforme Calviniste (París, 1914), las únicas fundamentales que hasta hoy han sido consagradas a Castalión. Dada la escasez y dispersión de materiales, tengo que estar tanto más agradecido a Fraulein Lihane Rosset de Végenay por sus decisivas incitaciones y al señor pastor de la catedral de Calvino en Ginebra, M. Jean Schorer, por su auxilio bondadoso. A un especial reconocimiento me han obligado, fuera de eso, la Biblioteca de la Universidad de Basilea, que me permitió gustosa el examen de los manuscritos de Castalión, lo mismo que la Biblioteca Central de Zurich y el British Museum de Londres.

St. Z. Abril 1936.

FIN

 


 

 

 

 

MAGALLANES

1938

Stefan Zweig

1881-1941

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

"NAVIGARE NECESSE EST"

MAGALLANES EN LAS INDIAS (MARZO 1505 JUNIO 1512)

MAGALLANES SE EMANCIPA (JUNIO 1512 OCTUBRE 1517)

UNA IDEA QUE SE REALIZA (20 OCTUBRE 1517 - 22 MARZO 1518)

UNA VOLUNTAD CONTRA MIL OBSTÁCULOS (22 MARZO 1518 - 10 AGOSTO 1519)

LA PARTIDA (20 SEPTIEMBRE 1519)

BUSCANDO EN VANO (20 SEPTIEMBRE 1519 1 ABRIL 1520)

LA SUBLEVACIÓN (2 ABRIL 1520 7 ABRIL 1520)

EL MOMENTO SOLEMNE (7 ABRIL 1520 - 28 NOVIEMBRE 1520

MAGALLANES DESCUBRE UN REINO PARA SÍ (28 NOVIEMBRE 1520 - 7 ABRIL 1521)

LA MUERTE ANTE EL TRIUNFO (7 ABRIL 1521 - 27 ABRIL 1521)

LA VUELTA SIN EL CAUDILLO (27 ABRIL 1521 6 SEPTIEMBRE 1522)

LOS MUERTOS NO TIENEN RAZÓN

 

A principios del siglo XVI, la empresa de llegar a la especiería de las Indias Orientales abriendo una ruta navegando de Europa hacia el Oeste, cobro nuevo vigor tras la aceptación de la tesis de Américo Vespucio de que los territorios descubiertos por Colón era un nuevo continente y no las Indias Orientales. A partir de ese momento la búsqueda de un paso marítimo que permitiera rebasar el nuevo continente para llegar por mar en dirección Oeste a la especiería de las Indias Orientales seguía interesando al reino de Castilla, pues la ruta por el Este doblando África por el cabo de Buena Esperanza pertenecía a los portugueses. Magallanes bajo bandera castellana fue el encargado de abrir esta nueva ruta para lo que debía hallar el paso entre océanos. Pero los desafíos y misterios, que tenía que afrontar la expedición, no terminaban en la búsqueda del paso sino que a ello había que añadir el desconocimiento del tamaño del mar que se abría entre el nuevo continente y las costas de China, así como el viaje de retorno. Por ello, no sin razón los contemporáneos calificaron el viaje de Magallanes como la empresa más maravillosa de todos los tiempos. Este libro de Zweig, emocionante como un relato de aventuras, ofrece el retrato de un hombre intrépido, que sin duda cautivó por su inaudito valor a un artista como Stefan Zweig, quien une magistralmente la seriedad de la investigación histórica con el ardor de su prosa, haciendo de esta obra una delicia para los amantes de este tipo de literatura.

 

INTRODUCCIÓN

 

Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos; Pero otras veces ?demasiadas ? impelen a la producción motivos de índole más delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una de sus obras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza.

Sucedió de este modo: el año pasado tuve por primera vez la tan anhelada oportunidad de un viaje a América del Sur. Sabía que en el Brasil me esperaban algunos de los paisajes más bellos de la tierra, y en la Argentina un círculo de camaradas intelectuales cuya compañía sería para mí un inigualable gozo. Y a esta anticipación, que por sí sola me hubiera hecho el viaje delicioso, uniéronse las circunstancias inmediatas del mismo: un mar tranquilo, la natural distensión en el holgado y rápido transatlántico, el sentirse libre de todas las ataduras y de las cotidianas vejaciones. Gocé infinitamente de los días paradisíacos que duró la travesía. Pero, de pronto ?esto fue en el séptimo u octavo día ?, me sorprendí en flagrante impaciencia. Siempre el mismo cielo azul y el mismo mar azul en calma. ¡Qué largas me parecían las horas de viaje en medio de aquella súbita reacción! Deseaba íntimamente haber llegado al término y me alegraba la idea de que el reloj, incansable, iba acortando el tiempo. Ahora, el flojo, el indolente placer de la nada, me molestaba. Las mismas caras de unas mismas personas llegaban a hastiarme, la monotonía del movimiento de a bordo me excitaba los nervios, precisamente por la tranquila regularidad del pulso. ¡Adelante, adelante! ¡Más aprisa, más aprisa! De pronto, el bello transatlántico, tan lujoso, tan cómodo, no andaba con la suficiente velocidad.

Tal vez sólo faltaba ese minuto en que se me reveló mi estado de impaciencia para que inmediatamente me avergonzara de mí mismo. Estás haciendo ?me dije, airado?las más galana de las travesías en el más seguro de los buques; tienes a tu disposición todo el lujo que se puede alcanzar en la vida. Si, llegada la noche, la atmósfera refresca excesivamente en tu camarote, no tienes más que dar vuelta con dos dedos a una llave y el aire se calienta. Si el mediodía en el ecuador te resulta demasiado bochornoso, tienes a un paso los ventiladores, que refrescan el aire, y diez pasos más allá te espera la piscina. En la mesa de este hotel, el mejor provisto, puedes escoger el plato o la bebida que se te antojen, pues de todo hay en este mundo encantado, como traído por manos de los ángeles. Si así te acomoda, puedes estar solo y leer libros, o bien hacer una partida de juego, o gozar de la música y de la sociedad hasta saciarte. Se te brindan todas las comodidades y toda seguridad. Sabes el término de tu viaje, a qué hora llegarás y que serás acogido amablemente. Y los habitantes de Londres, París, Buenos Aires, Nueva York conocen también, hora por hora, en qué punto del universo se encuentra el buque. Te basta subir unos pocos peldaños, dar unos veinte pasos, y la dócil chispa salta del aparato de telegrafía sin kilos y lleva tu pregunta, tu saludo, a cualquier punto de la tierra, y al cabo de una hora, desde donde sea, tu mensaje es correspondido. ¡Acuérdate, impaciente; acuérdate, descontentadizo, cómo era en otro tiempo! Compara un momento este viaje de hoy con los de antaño, sobre todo con los primeros viajes de aquellos temerarios que descubrieron, en beneficio nuestro, estos mares inmensos y un mundo nuevo, y avergüénzate en su memoria. Intenta representártelos partiendo en sus frágiles barcas de pescador hacia lo desconocido, ignorantes de los derroteros, perdidos en lo infinito, continuamente expuestos al peligro, al capricho de las inclemencias del tiempo y a todas las torturas de la escasez. Sin luz en la noche, sin más bebida que el agua tibia de las cubas y la que recogieran de las lluvias; sin más comida que la sosa galleta y el tocino rancio, y aun faltos días y días de esta somerísima alimentación. Ni una cama, ni el oasis de una tregua, infernal el calor, sin misericordia el frío, y además la conciencia de la soledad, del desamparo en el desierto cruel del agua. Allá, en los hogares, durante meses y años, nadie sabía dónde estaban; ni ellos mismos sabían adónde iban. La escasez era su compañera, la Muerte los cercaba de noche y de día en mil formas, por mar y tierra; no podían esperar más que peligros, así de los hombres como de los elementos, y durante meses y años la soledad más espantosa rodeaba sus míseras embarcaciones. Sabían que nadie saldría a su socorro, que no encontrarían un solo barco durante meses y meses en aquellas aguas no surcadas, que nadie los sacaría del apuro y del peligro, ni podrían hacer saber su muerte, su fracaso. Así revivían en mi interior los primeros viajes de los conquistadores del mar, y hube de avergonzarme de mi impaciencia.

Una vez experimentado, este sentimiento de vergüenza no se borró de mí en toda la travesía. El pensamiento de aquellos héroes anónimos no me dejó un instante. Y quise saber más de quiénes fueron los primeros en afrontar a los elementos, y leer sobre los primeros viajes por los océanos inexplorados, cuya descripción ya me había impresionado en los años de mi infancia. Entré en la biblioteca del transatlántico y cogí al azar unos volúmenes. De entre todas las figuras y todas las rutas, mi admiración se asió a los hechos del hombre que, en mi sentir, llegó a lo más extraordinario en la historia de los descubrimientos geográficos: Fernando Magallanes, el que salió de Sevilla con cinco barcas de pescador para dar la vuelta a toda la tierra. Tal vez en la historia de la humanidad es la odisea más magnífica esta partida de los doscientos sesenta y cinco hombres decididos, de los cuales sólo dieciocho volvieron a sus lares en los míseros barcos castigados, pero con la bandera de la gran victoria en el mástil. No eran muy abundantes las noticias, para mi deseo al menos, en aquellos libros. De vuelta a mi hogar, leí e investigué más y más, asombrándome a cada paso de lo poco digno de crédito que se había expuesto hasta entonces sobre aquella realización heroica. Como ya me ha sucedido otras veces, no hallé mejor ni más eficaz modo para aclararme a mí mismo el hecho que darle forma y describirlo para los otros. Así nació este libro, causándome sorpresa a mí mismo, si he de decir honradamente la verdad. Mientras describía (ajustándome a los documentos fidedignos a mi alcance, fiel a la realidad) esta segunda Odisea, tenía continuamente la singular sensaci6n de contar algo inventado, uno de los más altos anhelos, una de las sagradas leyendas de la Humanidad. ¡Nada hay más excelente que una verdad que parece inverosímil! Siempre se adhiere a las grandes gestas de la Humanidad algo de inconcebible, porque, en realidad, se elevan muy por encima del nivel medio. Es precisamente en lo increíble que ha llevado a cabo como la Humanidad remoza la fe en sí misma.

 

Capítulo

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"NAVIGARE NECESSE EST"

 

En el principio eran las especias... Desde que los romanos, a través de sus viajes y sus campañas, empezaron a hallar gusto en los ingredientes estimulantes, calmantes o embriagadores de Oriente, las tierras occidentales no saben ya prescindir de la especiería de las drogas índicas, tanto en la cocina como en la bodega. Hasta muy entrada la Edad Media, la alimentación nórdica resulta sosa hasta lo inconcebible, y aun las hortalizas hoy día más comunes, como las patatas, el maíz y los tomates, tardarían todavía mucho en adquirir carta de naturaleza en Europa; el limón como acidulante y el azúcar para endulzar son todavía una vaguedad, y los sabrosos tónicos, el café y el té, no se han descubierto aún. Hasta entre los príncipes y la gente distinguida, la burda voracidad es el desquite de la monotonía sin espiritualidad de las comidas. Y aparece el prodigio: un solo gramo de un condimento indico, un poco de pimienta, una flor seca de moscada, una punta de cuchillo de jengibre o de canela mezclados en la más grosera de las viandas, bastan para que el paladar, halagado, experimente un raro y grato estímulo. Entre el tono mayor y el menor de lo ácido y de lo dulce, de lo cargado y de lo insulso, aparecen de pronto una serie de ricos tonos y semitonos: los nervios del gusto, todavía bárbaros, de la gente medieval nunca se satisfacen bastante con los estimulantes nuevos: un plato no está en su punto si no lo cargan de pimienta; llegan a echar jengibre a la cerveza y refuerzan el vino con especies molidas, hasta que cada sorbo quema en la garganta como la pólvora. Pero no se limitaba a la cocina el uso de abundantes masas de especiería. La vanidad femenina es también cada vez más exigente respecto a los aromáticos de Arabia, y va del almizcle voluptuoso al ámbar sofocante y al dulce aceite de rosas; los tejedores y tintoreros hacen elaborar para ellas las sedas chinas y los damascos de la India, y los orfebres, montar las perlas blancas de Ceilán y los azulados diamantes de Narsingar. Más imperiosamente todavía, la Iglesia católica impulsa el consumo de los productos orientales, pues de los millares de millones de granos de incienso que levantan el humo de los incensarios movidos por los celebrantes en los millares de iglesias, ni uno solo ha salido de tierra europea; cada uno de esos millares de millones de granos de incienso llegaban por mar, embarcados en tierras de Arabia. También los boticarios son asiduos clientes de los tan celebrados específicos de Indias, tales como el opio, el alcanfor, la tan estimada resina, y saben por experiencia que para el enfermo no hay bálsamo ni droga que parezcan tan activos como los que en los botes de porcelana que los contienen llevan en letras azules las palabras mágicas arabicum o indicum. Por su carácter de cosa selecta y rara, y quizá también por lo elevado del precio, todo lo oriental ejercía una atracción hipnótica en los europeos. Como en el siglo dieciocho lo francés, los atributos árabe, persa, indostánico, se identificaban en la Edad Media con los conceptos de exuberante, refinado, distinguido, cortesano, costoso y precioso. Ningún artículo tan apetecido como la especiería. Era como si el aroma de las flores orientales hubiera enajenado con su mágica influencia el alma de Europa.

Precisamente porque, con el aceite de la moda, es tanta la demanda, la mercancía índica se mantiene a altos precios, que siguen subiendo. Hoy son poco menos que incalculables las curvas de aquellos precios en continua alza, ya que todas las tablas caen en lo abstracto, y es aún más fácil hacerse cargo de la loca supervaloración de las especias por vía óptica, recordando que la misma pimienta que hoy hallamos a libre disposición en cualquier mesa de onda, y que se prodiga como si fuera arena, al principio del segundo milenario era contada por granos y casi tan apreciada al peso como la plata. Tan sólido se consideraba su valor, que eran varios los Estados y ciudades que calculaban a base de pimienta, como si fuera un metal noble: a cambio de pimienta se adquirían haciendas, se pagaban dotes y se obtenía el derecho de ciudadanía; príncipes y ciudades cobraban tributo en pimienta, y cuando en la Edad Media se quería ponderar la riqueza de un hombre, se le motejaba de saco de pimienta. EI jengibre, la canela, la quina y el alcanfor se pesaban en balanzas de orfebre o de boticario, tomando la precaución de cerrar puertas y ventanas, no fuera que una corriente de aire aventara ni siquiera una dracma de polvo precioso. Absurda podrá parecer hoy esta valorización, tanto como justificada la vemos en cuanto consideramos las dificultades y el riesgo del transporte. Oriente y Occidente están en aquel entonces a una distancia imponderable entre sí. ¡Cuántas dificultades y obstáculos tienen que vencer los buques, las caravanas, los carros en sus trayectos! ¡Que odisea han de afrontar cada grano, cada flor, desde que se cosechan en el archipiélago hasta que, llegados a la última playa, descansan sobre el mostrador del tendero europeo! Ninguna de esas especias es en sí misma una rareza. Allá, a la otra parte del globo terráqueo, crecen los tallos de canela, de Tídore, los clavos de Amboina, las nueces moscadas de Banda, los arbustos de pimienta del Malabar, con la misma prodigalidad y espontaneidad que los cardos en nuestro suelo, y allá en las islas malayas, un quintal de ellos no tiene más valor que en Occidente lo que cabe de los mismos en una punta de cuchillo. Pero la mercancía pasa de mano en mano, ¡y por cuántas ha de pasar hasta llegar, a través de desiertos y mares, a las del consumidor! Como siempre, la primera mano es la que peor se paga: el esclavo malayo que coge las flores frescas y, con los laces sobre su morena espalda, las lleva al mercado, no recibe otro salario que el del propio sudor. Pero su dueño ya empieza a sacar provecho del negociante mahometano que le compra su carga y la lleva, en una mala embarcación a remo, bajo el incendio del sol, ocho, diez o más días de las islas especiarias, hacia Malaca ?en las cercanías del actual Singapur?. Aquí está ya al acecho la primera araña dispuesta a sacar jugo; el señor del puerto, un poderoso sultán, exige un tributo del negociante para la descarga. Una vez satisfecho el tributo, el romántico producto puede ser transportado a otra embarcación más grande, y vuelve a resbalar lentamente, impelido por el ancho remo o la vela cuadrilátera, de una a otra costa índica. Transcurren meses en ese monótono avance, y vienen las esperas interminables, cuando cae el viento bajo un cielo ardiente, sin nubes; y el esquivar los tifones y huir de los corsarios... Trabajoso hasta lo indecible y rodeado de peligros es ese transporte a través de dos, de tres mares tropicales; casi siempre, de cada cinco barcos sucumbe uno por el camino, bajo la tormenta o el asalto de los piratas.

El comprador de la mercancía bendice a Dios cuando ha podido dar felizmente la vuelta a Camboya y alcanza por fin Ormuz o Adén y, con ello, el paso a la Arabia feliz o a Egipto. Pero no es menos deficiente la forma de fletamento que aquí empieza, ni menos arriesgada. Largas hileras de millares de resignados camellos esperan en aquellos puertos de transición. Dóciles a la señal de su dueño, se arrodillan, y un saco detrás de otro, los haces de pimienta y de nuez moscada vienen sobre el lomo de aquellos barcos de cuatro patas que oscilarán lentamente a través del mar de arena. Durante meses las caravanas árabes llevan las mercancías indicas, por Basora, Bagdad y Damasco, y Beirut y Trebisonda, o por Dsehidda al Cairo, nombres que resuenan con las maravillas de Las mil y una noches. Antiquísimas son esas largas rutas a través del desierto, y familiares a los mercaderes desde el tiempo de los faraones y de los bactrianos. Pero no menos las conocen, por desgracia, los beduinos ?esos piratas del desierto?. A veces un ataque osado y rápido aniquila en un momento el fruto adquirido y defendido a duras penas durante muchos meses. Lo que habría escapado felizmente a las tempestades de arena y a los beduinos, tienta la codicia de otros: emires de Hedscha, sultanes de Egipto y Siria, que exigen el tributo, y costosísimo por cierto, para cada fardo ?se calcula en cien mil ducados lo que se recauda anualmente por derechos de pasaje de especias solamente en Egipto-. Y por fin cuando el cargamento ha alcanzado la desembocadura del Nilo cerca de Alejandría, le espera un nuevo usufructuario, y no el menos exigente, en la flota de Venecia. Desde la pérfida abolición de la competidora Bizancio, la pequeña República de Venecia se ha apropiado el monopolio del comercio oriental de las especias; la mercancía, en vez de ir directamente a su destino, ha de pasar por el Rialto, donde los factores alemanes, flamencos e ingleses la encarecen. Y de allí, en carros de anchas ruedas, atravesarán las nieves y los hielos de los pasos alpinos, las mismas especias que dos años antes brotaban al sol tropical, hasta dejarlas en poder del tendero europeo y, por ende, en manos del consumidor.

Por doce manos si no más ?así lo apunta melancólicamente Martín Behaim en su famosa Esfera del Mundo de 1492?, ha de pasar usurariamente la especia Indica antes de llegar a la última, la del consumidor. "Item, conviene saber que la especiería ha de pasar por muchas manos antes de llegar a la venta en nuestra tierra." Ni aun siendo doce las manos que se reparten la ganancia, se satisface cada una de ellas con el áureo jugo de las especias indicas. A través de todos los riesgos y obstáculos, el comercio de la especiería se considera el más lucrativo de los de la Edad Media, pues en él se reúnen el más pequeño volumen y el margen más grande de beneficio. Si de cinco embarcaciones ?la expedición de Magallanes es de esto un vivo ejemplo? se pierden cuatro con su cargamento, y si de los doscientos sesenta y cinco hombres que partieron vuelven sesenta y cinco, el mercader no solamente no habrá perdido nada en el juego, sino que saldrá aún ganando: si de los cinco barcos vuelve uno solo al cabo de tres años, su carga compensa con creces del desastre, pues un solo saco de pimienta vale en el siglo xv más dinero que toda una vida humana. ¡No es, pues, maravilla el que, con la gran oferta de menospreciadas vidas humanas y la avasalladora demanda de especias, las cuentas se salden siempre a pedir de boca! Los palacios de Venecia y los de los Fugger y Welser se construyeron casi exclusivamente con dinero ganado en la especiería índica.

Pero la envidia va unida a los grandes beneficios como la herrumbre a la hoja de acero. Todo privilegio será estimado por los otros como injusticia, y allí donde sólo un pequeño grupo se enriquece en demasía, se forma inevitablemente una coalición de los perjudicados. Hace muchos años que genoveses, franceses y españoles miran con evidente animosidad a los más listos venecianos que han sabido captar los chorros del oro en el Gran Canal, y con más enojo todavía vuelven los ojos hacia Egipto y Siria, donde el Islam tiene echada una cadena infranqueable entre la India y Europa. No le es permitido a ningún buque cristiano surcar el mar Rojo, ni a ningún comerciante le es lícito el paso; todo el comercio índico queda rigurosamente limitado a las manos de los mercaderes turcos y árabes, con lo cual no solamente sube inútilmente de precio la mercancía para los consumidores europeos y se le hace imposible desde un principio toda ganancia al comercio cristiano, sino que también se corre el riesgo de que todo el sobrante de metal rico fluya hacia Oriente, ya que las mercancías europeas no tienen, ni con mucho, el valor de trueque alcanzado por las preciosas materias índicas. Bastaba este sensible déficit comercial para que la impaciencia de Occidente aumentase cada vez más, ansiosa de sustraerse al ruinoso y rebajante dominio, hasta que las energías hallaron su punto de convergencia. Las Cruzadas no fueron solamente ?como románticamente se ha interpretado? un intento puramente místico para arrebatar a los infieles la tierra donde se erige el Santo Sepulcro; esta primera coalición cristiano europea representaba asimismo el primer esfuerzo lógico y ordenado conscientemente para echar abajo aquella barrera que vedaba el mar Rojo, y franquear a Europa y a la cristiandad el comercio con Oriente. Como este golpe se frustró y, no pudiendo arrebatar Egipto a los mahometanos, el Islam continuaba atajando el camino de la India, se despertó el deseo de encontrar otro camino libre, independiente. El valor que dio el impulso a Colón para explorar hacia Occidente, a Bartolomé Díaz y a Vasco de Gama hacia el Sur, y a Cabot al Norte, hacia el Labrador, nació, ante todo, de la voluntad de descubrir, por fin, en beneficio del mundo occidental, una ruta marítima libre, sin pago de derechos, quebrantando así la ignominiosa prepotencia del Islam.

En todo descubrimiento o invención hay un estímulo moral, una fuerza alada del espíritu; pero, muy en general, lo que da el empuje definitivo hacia la realización es la conciencia de unos móviles materiales. Cierto que el rey y sus consejeros se hubieran entusiasmado, en todo caso, con la atrevida idea que encerraban los propósitos de Colón y de Magallanes de buscar un mundo nuevo; pero nunca el dinero necesario para sus planes hubiera corrido el riesgo, nunca los príncipes y los especuladores hubieran armado y puesto a su disposición una flota, sin la perspectiva de poder sacar enormes réditos de la suma empleada en el viaje de descubrimiento. Detrás de los héroes de aquella edad de los descubrimientos se movían como fuerzas impulsivas los negociantes; también este primer impulso heroico hacia la conquista de un mundo partía de fuerzas muy terrenales. En el principio eran las especias...

En el curso de la Historia es siempre un momento admirable aquel en que el genio de un hombre se combina con el genio del tiempo, cuando un individuo clarividente asume el anhelo creador de su época. Entre las tierras europeas hay una que no ha podido ocupar todavía su sitio en la misión a Europa encomendada. Esta es Portugal que, a través de largas luchas heroicas, se sustraía al dominio mauritano; pero, ya conquistada la victoria y la independencia, su fuerza magnífica de pueblo joven y ardiente no sabía en qué emplearse. Con toda su frontera de tierra se recuesta Portugal en España, en una nación amiga, hermana. Tierra pequeña y pobre, no tiene más expansión que la que el mar le ofrece por medio del comercio y de la colonización. Pero, fatalmente, la situación geográfica de Portugal es ?o parece ser, al menos? la más desfavorable entre todas las naciones navegantes de Europa. Porque el océano Atlántico, cuyas olas vienen del Oeste a estrellarse contra las playas, según la geografía de Ptolomeo ?única autoridad de la Edad Media?, no es más que un desierto infinito de agua, impracticable para la navegación. Como no menos impracticable señalan los mapas generales ptolomeicos el camino del Sur a lo largo de la costa africana: es imposible dar la vuelta en barco a este desierto de arena, pues la tierra inhospitalaria, inhabitable, llega hasta el Polo Ártico y sería una tierra intransitable, y una misma cosa en la tierra australis. Según estas suposiciones de la antigua geografía, Portugal, por no confrontar con el único mar navegable, el Mediterráneo, ocuparía la posición más desventajosa entre las naciones marítimas europeas.

Estaba reservado a la iniciativa de un real vástago portugués el convertir en posible esta pretendida imposibilidad y arriesgar la prueba para ver si, como dice la Biblia, los últimos podrían llegar a ser los primeros. ¿Quién sabe si aquel Ptolomeo, aquel geógrafo máximo, especie de pontífice de la Geografía, se equivocó? ¿Quién sabe si este océano, que en la cresta de las impetuosas olas llegadas del Oeste deja en las playas portuguesas pedazos de raras maderas que deben haber crecido en alguna parte, lejos de ser infinito, sería el camino hacia tierras nuevas desconocidas? ¿Quién sabe si África es habitable más allá del Trópico y si el omnisciente griego mintió burdamente al pretender que el inexplorado continente no se puede rodear navegando, y que no hay camino que lleve al mar de la India? Entonces Portugal, precisamente porque está en un extremo occidental, sería la verdadera palanca de todos los descubrimientos, el pueblo que tiene más corto el camino de la India. Lejos de ser repelida por el océano, sería destinada a la navegación como ninguna otra tierra de Europa. Este sueño de elevar el pequeño Portugal su poder a primera categoría marítima y de convertir en estrecho el océano Atlántico, considerado hasta aquel día como una barrera, es in nuce la idea vital del infante Enrique, a quien la Historia, con razón y sin ella, llama Enrique el Navegante. Sin razón porque, salvo su corto viaje a Ceuta con fines guerreros, Enrique no subió a bordo de una nave, ni existen de su mano libros, tratados náuticos ni mapas. Pero también hay razón para otorgarle el nombre de Navegante, porque el hijo de príncipes dedicó toda su vida y su fortuna a la navegación y a los navegantes. Ya en el sitio de Ceuta ?1492?, uno de los hombres más acaudalados del país se da cuenta de la brillante eficacia a que podría llevar sus ambiciones aquel hijo de un príncipe portugués Y sobrino de un rey de Inglaterra; todas las cortes le invitan y los ingleses le brindan un alto mando. Pero el visionario singular elige como forma de vida la soledad creadora. Se retira a Cabo Sagres, el un día sagrado promontorio de los antiguos, y desde allí prepara, por espacio de unos cincuenta años el viaje marítimo en dirección a la India y, con él, la gran ofensiva contra el mare incognitum.

Lo que inspiraba valor a aquel temerario iluso para sostener decididamente, contra las más altas autoridades cosmográficas de su tiempo, contra los secuaces de Ptolomeo, que África no era un continente pegado al Polo, sino que podía rodearse navegando y era el verdadero camino marítimo para la India, es un último secreto que no se descifrará así como así. Nunca, empero, había cedido del todo la sospecha ?que también asomaba en Heródoto y en Estrabón? de que una vez, en los oscuros tiempos faraónicos, una flota fenicia había bajado por el mar Rojo y, sin voluntaria revisión, al cabo de dos años había regresado a través de las Columnas de Hércules ?el estrecho de Gibraltar?. También podía haber tenido noticia el infante, por boca de algún mercader de esclavos moros, de que allende la Libia desértica y el arenoso Sahara se extendía una tierra de los tesoros, bilat ghana, y, en efecto ya en un mapa que en 1150 delineó un cosmógrafo árabe para el rey de los normandos Rogerio II, se destacaba muy bien la actual Guinea bajo ese nombre de bilat ihana. Entra en lo posible que Enrique, por medio de asiduos informadores, estuviera más enterado de la forma real de África que los geógrafos escolásticos, que sólo sabían jurar con la mano puesta sobre los códices de Ptolomeo y desechaban como fabulosos los informes de Marco Polo y de Jan Batuta. La importancia moral de la actitud de Enrique estriba en haber reconocido, a la vez que la magnitud del objetivo, las dificultades que éste suponía, convencido con noble resignación de que él no podía ver ya realizado su sueño, pues no basta una generación para preparar una tan magna empresa. Porque, ¿quién hubiera osado entonces emprender un viaje por mar desde Portugal a las Indias sin tener conocimiento del mar y sin los buques aptos para la travesía? No es fácil imaginar lo primitivos que eran a la sazón los conocimientos geográficos y náuticos en Europa. En los caóticos siglos de ofuscación que siguieron a la caída del Imperio romano, la Edad Media había olvidado casi todas las nociones que los griegos, fenicios y romanos trajeron de sus arriesgados viajes. Habíase hecho increíble como un cuento, en aquellos siglos de horizontes limitados, la proeza de un Alejandro llegando a las fronteras de Afganistán y penetrando hasta la India. Perdidos los primorosos mapas, las ilustraciones del universo de los romanos, y maltrechas sus vías militares y sus piedras miliarias, que se extendían hasta el interior de Inglaterra y de Bitinia; desaparecido su servicio de noticias políticas y geográficas, habían decaído el gusto de descubrir, la facultad de viajar y el arte de la navegación. Sin aquel objetivo atrevido en lontananza, sin una buena brújula, sin mapas suficientemente claros, las pequeñas embarcaciones van costeando de un puerto a otro, recelando continuamente de la tormenta o de la no menos temible piratería. En medio de una decadencia tal de la cosmografía y con unos barcos lamentables, era demasiado temprano todavía para someter los océanos y conquistar reinos de ultramar. Lo que durante siglos de indiferencia se había malogrado, tenía que recuperarse con una generación de sacrificio. Y Enrique ?ésta es su grandeza? tuvo la decisión de sacrificar toda una vida a realizaciones futuras.

Del que fue un día castillo de Cabo Sagres quedan en pie sólo un par de paredes rotas. Lo que el príncipe Enrique erigía, un heredero de su ciencia, muy desagradecido por cierto, Francis Drake, lo removió y demolió. Hoy es casi imposible sacar en claro, de entre las sombras y los velos de la leyenda, el detalle de las particularidades en que se movía el príncipe Enrique para asentar los precedentes de las conquistas portuguesas. Según los informes, tal vez románticos, de sus cronistas de cámara, recorría los cuatro puntos cardinales para procurarse todos los libros y mapas imaginables, llamaba a los sabios árabes y judíos y les mandaba construir mejores instrumentos y componer tablas. No había navegante o capitán de regreso de un viaje a quien no hiciera preguntas, y todas las noticias y experimentaciones eran cuidadosamente ordenadas en un archivo privado, a la vez que concertadas una serie de expediciones. El arte de la construcción de naves es fomentado sin tregua, y en pocos años sustituyen a las antiguas “barcas”, o sea; botes de pesca abiertos, con una tripulación de dieciocho hombres, las genuinas "naos", anchas embarcaciones de ochenta y cien toneladas, capaces de soportar los azares atmosféricos en la navegación de alta mar. Este nuevo tipo más apto de buque determinó el empleo de un nuevo tipo de navegante. Agregase al timonel un "Maestro en astrología", nauta experimentado en la lectura de los portulanos y en la fijación de las declinaciones y de los meridianos. Teoría y práctica se reúnen con ánimo creador, y paulatinamente va saliendo de las expediciones de simples pescadores y marineros una generación de navegantes y descubridores sistemáticamente formados, cuyas gestas quedan reservadas al porvenir. Como Filipo de Macedonia legaba a su hijo la invencible falange para la conquista del mundo, así legó Enrique de Portugal los mejores buques, los más adelantados de su época y los hombres de mar mejor dispuestos para la conquista del océano.

Pero un trágico sino de los precursores es morir en el umbral sin haber divisado la tierra de promisión. Enrique no consiguió vivir ni uno solo de los grandes descubrimientos que inmortalizaron a su patria en la historia del descubrimiento del mundo.

En 1460, el año de su muerte, apenas se ha alcanzado algo visible en un sentido propiamente geográfico, pues el tan sonado descubrimiento de las Azores y de Madeira no fue otra cosa que un segundo descubrimiento ?el Portulano Laurentino las registraba ya en 1351?. Sus barcos, en la costa occidental, no han logrado siquiera llegar al ecuador, y no han de conseguir mayor fama con el pequeño tráfico iniciado: el del marfil blanco; ni tampoco con el del "marfil negro", o sea la masa de hombres negros robados en la costa senegalesa para venderlos en el mercado de esclavos de Lisboa; ni vale la pena el poco polvo de oro encontrado. Estos insuficientes preliminares es todo lo que Enrique pudo ver de su soñada acción. Pero, en realidad, el éxito decisivo está logrado. Porque el primer triunfo de la navegación portuguesa en aquel entonces no consiste precisamente en el trecho recorrido, sino en un factor de carácter moral: en el acrecentamiento del apetito emprendedor y en la abolición de una leyenda nefasta. Por siglos y siglos se había susurrado entre hombres de mar que detrás del cabo No ? "no más allá"? (Bojador), la navegación se hacía imposible. Allá detrás empezaba "el mar verde de lo misterioso", y ¡ay del barco que se aventurase a entrar en la zona mortífera, porque en aquellos parajes el mar hierve y las tablas y el velamen se convertirían inmediatamente en llama viva, y la piel del cristiano que intentara hollar la Tierra de Satanás, adusta como un paisaje volcánico, se volvería negra al instante (Tan insuperable se había hecho, al arrullo de tales fábulas, el horror de un viaje al Sur, que el Papa, con la intención de proporcionar a Enrique unos tripulantes para las primeras expediciones, aseguraba a los que participaran en ellas la remisión de sus culpas; así se logró reclutar, para los primeros viajes de exploración, unos pocos hombres arrojados. ¡Qué jubilo cuando, en 1434, Gil Eannes dio la vuelta a ese cabo! No, reputado inabordable, y pudo anunciar desde Guinea que aquel tan famoso Ptolomeo acababa de revelarse como un atolondrado, ya que "aquí se puede navegar a la vela tan fácilmente como en nuestras aguas, y la tierra es en extremo rica y hermosa". El punto muerto ha sido vencido. Ahora, Portugal ya no se verá precisado a reclutar la tripulación, porque de todas las tierras llegan ofrecimientos de voluntarios, aventureros de raza o gente dispuesta a catar la aventura. Cada nuevo viaje feliz acrecienta la temeridad de los tripulantes, y, de pronto, se dispone de una generación de jóvenes para los cuales la aventura importa más que la vida. Navigare necesse est; vivere non est necesse. Este proverbio de la gente de mar vuelve a ejercer su dominio en las almas. Y ya es sabido que donde exista una generación decidida, el mundo se transformará.

La muerte de Enrique representa el punto en que se toma aliento para dar el gran salto. Así y todo, el avance que se inicia con la elevación al trono del rey Juan II llega a superar las mejores esperanzas. Lo que hasta entonces había sido paso de caracol se convierte de una vez en torrente impetuoso y en salto leonino. Ayer se señalaba como un gran logro el hecho de salvar a la vela, al cabo de doce años de tanteos, las pocas millas hasta el cabo Boador, y se necesitaban otros doce de lento avance para llegar a Cabo Verde; desde ahora ya no se considera nada extraordinario una embestida de cien, de quinientas millas.

Tal vez nuestra generación, la que ha vivido la conquista del aire; nosotros que nos alborozamos ya al saber que un avión se había sostenido en el aire hasta la distancia de tres, de cinco kilómetros del Campo de Marte, y que diez años más tarde hemos visto volar sobre continentes Y océanos, seamos los únicos capaces de imaginar la ardiente solidaridad, la jubilosa excitación con que toda Europa acompañó el súbito empuje de Portugal hacia lo desconocido. En 1471 se alcanzaba el ecuador; en 1484, Diego Cam ponía pie en la desembocadura del Congo y, finalmente, en 1486 se cumplía el sueño profético de Enrique: el navegante portugués Bartolomé Díaz llegaba a la punta sur del Africa, al cabo de Buena Esperanza, bautizado primero con el nombre de cabo de las Tormentas, en memoria de las tormentas que allí tuvieron que soportar. Pero el valiente conquistador, aunque la tormenta haya rasgado las velas y quebrado el árbol, guía decididamente el timón más adelante. Ya ha llegado a la costa oriental de África, desde donde no dejan de procurarse fácil acceso a la India los pilotos mahometanos. Pero he aquí que los tripulantes se amotinan, y Bartolomé Díaz, herida el alma, ha de renunciar y volver atrás, perdiendo así por culpa ajena la gloria de haber sido el primer europeo que forzara la ruta de las Indias, gesta que llevará a cabo otro portugués, Vasco de Gama, dando lugar a que Camoens lo inmortalice en su poema. Como siempre, el que comienza, el trágico iniciador, quedará olvidado, en beneficio del más afortunado que lleva a cabo el hecho. Sea como fuere, el paso decisivo está dado. Por primera vez, la figura geográfica del continente africano queda fijada, y probado, contra la opinión de Ptolomeo, que la libre ruta marítima a la India es un hecho práctico. Los discípulos y herederos de Enrique, una generación después de su maestro, realizan lo que fue ilusión de su vida entera.

Con asombro y envidia vuelve el mundo la mirada hacia el pequeño pueblo perdido en un rincón extremo de Europa, del cual no se hacía caso. Mientras las grandes potencias: Francia, Italia, Alemania, se despedazaban en insensatas guerras, Portugal, la cenicienta de Europa, ensanchaba sus dominios en una proporción de millares respecto al territorio estricto del reino. ¿Quién podrá atajar su vuelo? ¿Quién la aventajará? De la noche a la mañana, Portugal se ha convertido en la primera nación marítima del mundo y se ha asegurado con sus empresas no solamente la posesión de nuevas provincias, sino también el dominio de verdaderos mundos. Diez años más, y esta nación, la más pequeña de Europa, pretenderá la posesión y régimen de más amplios espacios, como no lo fueron ni los que poseyó el Imperio romano en la época de su mayor expansión.

Es evidente que la exigencia imperialista llevada a tal extremo, al ser puesta en práctica habrá de agotar pronto las energías de Portugal. Un muchacho hubiera podido prever que un país de millón y medio de habitantes no podrá mucho tiempo por si solo ocupar, colonizar, administrar, ni siquiera monopolizar comercialmente todo el África la India y el Brasil, y menos aún defenderlos por un tiempo incalculable de los celos de las demás naciones. Una gota de aceite no puede calmar un océano turbulento, ni una tierra del tamaño de un alfiler tener sometidas unas tierras cien mil veces más extensas. Desde un punto de vista racional, la ilimitada expansión de Portugal representaba un absurdo, una quijotada de las más peligrosas. Pero lo heroico es siempre irracional y antirracional; siempre que un hombre o un pueblo se lanzan a una empresa que rebase su propia medida, crecen también sus fuerzas hasta lo nunca imaginado. Tal vez no haya otra nación que en un único momento triunfal se concentrara más eficazmente que Portugal en el transcurso del siglo XV: no solamente el país crea de improviso su Alejandro y sus argonautas con Alburquerque, Vasco de Gama y Magallanes, sino también su Homero en el poeta Camoens, y su Livio en Barros. Eruditos, arquitectos, grandes comerciantes, ocupan cada uno su sitio: como la Grecia bajo Pericles, Inglaterra bajo Isabel y Francia al mando de Napoleón, un pueblo realiza en forma universal su íntima idea y se ofrece al mundo como un hecho viviente. Portugal se convierte por un momento, inolvidable ante la Historia, en la primera nación europea, la que acaudilla a la Humanidad.

Pero la gran acción de un pueblo en particular se realiza siempre para todos los pueblos. Todos ellos barruntan que ese primer asalto a lo desconocido rompe con las medidas, nociones e ideas de distancia hasta entonces aceptadas. Por eso, con impaciencia palpitante, en todas las cortes, en todas las universidades, se está al acecho de las últimas noticias de Lisboa. Con señalada clarividencia, Europa se da cuenta del poder fecundador de este hecho portugués que ensancha al mundo; comprende que la navegación y el descubrimiento están llamados a transformar el mundo más decisivamente que todas las guerras y todos los protocolos, y que una época centenaria, milenaria, la Edad Media, ha tocado a su fin, y se inaugura una nueva edad que pensará y creará dentro de otras dimensiones de espacio. Sintiendo plenamente el momento histórico, un humanista de Florencia, Policiano, levanta la voz solemnemente, como representante de la razón pacífica, en loor de Portugal, y vibra en sus palabras entusiastas el agradecimiento de toda la Europa culta: "No solamente ha dejado detrás de sí las Columnas de Hércules y apaciguado el océano enfurecido, sino que ha establecido al mismo tiempo la unidad del mundo habitado, que no podía realizarse. ¡Cuántas nuevas posibilidades y ventajas económicas, qué elevación del conocimiento y de confirmaciones de la antigua ciencia, hasta hoy desechadas como increíbles, se nos prometen todavía! Nuevas tierras, nuevos mares, nuevos mundos ?aliz mundi? surgen de una oscuridad de siglos. Portugal es hoy el custodio y el centinela de un mundo más."

Un incidente viene a turbar el grandioso empuje de Portugal hacia Oriente. El "nuevo mundo" parece logrado, las coronas y todos los tesoros de las Indias parecen garantizados al rey Juan; después del rodeo al cabo de Buena Esperanza, nadie se pondrá delante de Portugal y ninguna de las potencias europeas podrá intentar emularlo. Con toda previsión, Enrique el Navegante había conseguido cartas del Papa en las cuales se concretaba que todas las tierras, los mares, las islas que se descubrieran allende el promontorio de Bojador serán de pertenencia única de Portugal; y otros tres papas habían refrendado este "regalo" que, con un rasgo de pluma, daba a la casa de Viseo, como legal patrimonio de la corona, el Oriente todavía incógnito, con sus millones de pobladores. A Portugal, y sólo a Portugal, se destinaban todos los "mundos nuevos". Quien está en posesión de tales garantías, generalmente no siente muy vivo el apetito hacia los negocios inseguros, y por esto no estimamos tan rara como la mayoría de historiadores la han pintado a posteriori la actitud de Juan II, el beatus posszdens, al interesarse apenas en el proyecto algo confuso de un genovés desconocido que solicitaba con énfasis una flota "para buscar el Levante por el Poniente", o sea para llegar a las Indias. En el castillo de Lisboa, el Maestre Cristóbal Colón es escuchado con deferencia, sin oponerle un no rotundo. Pero se tiene muy buena memoria de que todas las expediciones hacia las legendarias Antillas y hacia el Brasil, que han de hallarse al Occidente, entre Europa y la India, han sido un puro fracaso hasta entonces. Y además, ¿para qué arriesgar buenos ducados portugueses en la busca un camino de la India muy inseguro, cuando después de años de penalidades se ha dado la con el camino verdadero y se está construyendo en los astilleros del Tajo la gran flota destinada a alcanzar la India rodeando el cabo?

Como pedrada en cristal cae en el palacio de Lisboa la súbita noticia de que el fanfarrón aventurero genovés ha surcado bajo pabellón español el Océano Tenebroso, y en cinco semanas ha tocado tierra en la parte occidental. Acaba de cumplirse el milagro. La mística profecía de la Medea de Séneca, que durante años y años movió el ánimo de los grandes viajantes, acaba de realizarse:

 

Venient annis

sciecula seris, quibus Oceanus

vincula rerum laxet et ingens

pateat tellus, Typhisque novos

detegat orbes, nec sit terris

Ultima Thula.

 

En verdad, parece que ha llegado "el tiempo en que el océano revela, tras de siglos, su secreto y aparece una tierra desconocida; cuando el piloto argonáutico descubre otros mundos y Thule ya no es el sitio más remoto de nuestra tierra". Cierto es que Colón, el "piloto argonáutico" no sospecha haber descubierto una nueva parte del mundo. Hasta el fin de su vida, el obstinado fantaseador se había encerrado en la ilusión de que ya había alcanzado el continente de Asia, y que navegando hacia el occidente de su Hispaniola podrá pisar la tierra en la desembocadura del Ganges, tras pocos días de navegación. Es esto precisamente lo que infunde un miedo mortal a los portugueses. Porque, ¿de qué le servirá a Portugal la carta del Papa concediéndole en el viaje a Oriente todas las tierras, si ahora, antes de la final embestida, en los últimos momentos, España viene a quitarle la India por el más corto camino occidental? Con esto perderían su sentido la labor de cincuenta años de Enrique, y los afanes de los cuarenta años que a su muerte siguieron. Las islas se malograrán para Portugal gracias a la loca aventura del maldito genovés. Si Portugal quiere hacer valer su preeminencia y sus derechos sobre la India, no le queda ahora más elección que tomar las armas contra el intruso.

Afortunadamente, el Papa consigue orillar el peligro que amenazaba. Portugal y España son las hijas predilectas de su corazón, por ser las únicas naciones cuyos reyes no se opusieron nunca cerrilmente a su autoridad espiritual. Han combatido contra los moros y expulsado a los infieles; por el fuego y el acero han desbaratado la herejía en sus territorios, y en ningún otro país tiene la Inquisición papal contra los moros, marranos y judíos una tan eficaz ayuda como en aquellos dos. No, sus hijas predilectas no han de tener diferencias, concluye el Papa. Y procede simplemente a dividir las todavía desconocidas esferas del mundo entre España y Portugal, y no ya considerándolas como “esferas de intereses”, según el disfrazado idioma diplomático moderno, sino partiendo entre ambos pueblos las naciones, islas, grandes territorios y mares, a título de autorizado representante de Cristo. Como si fuera una manzana, toma la esfera del mundo y la divide en dos panes con el cuchillo de la bula del 4 de mayo de 1493. La línea de este corte atraviesa a cien leguas de las islas de Cabo Verde. Lo que queda al occidente de esta línea de tierras no descubiertas pertenecerá a su querida hija España, y lo que queda al este, a su querido hijo Portugal. Ambos se declaran conformes y agradecidos por el hermoso regalo. Pero no tarda Portugal en sentir cierta inquietud, y solicita que la línea fronteriza venga un poco más hacia el Occidente. Puntualizase todo esto en el Tratado de Tordesillas ? 7 de junio de 1494?, que fija la línea fronteriza a doscientas treinta leguas más hacia Occidente, con lo cual los portugueses ganarán un día el Brasil, no descubierto aún en aquella fecha.

Por grotesca que a primera vista pueda parecer una generosidad que divide entre dos únicas naciones casi la totalidad del mundo, sin acordarse de las otras, hemos de admitir en esta solución pacífica uno de los escasos actos razonables de la Historia, con el cual se resuelve un conflicto no por la violencia, sino por medio de un pacífico acuerdo. Quedaba prácticamente conjurada, durante años y decenios, toda guerra colonial entre Portugal y España gracias al Tratado de Tordesillas, aunque, desde un principio, la solución sólo pudiera ser provisional. Porque cuando se corta una manzana no se sabe lo que queda en el interior de cada parte, más allá de la línea del corte. ¿Dentro de cuál de las dos mitades se encuentran las apetecidas, las tan ricas islas de las especias? ¿Al este o al oeste del corte, en el otro hemisferio? De momento no pueden adelantarlo ni el Papa ni los eruditos, porque nadie ha medido aún la redondez de la Tierra, y la Iglesia, por su parte, de ningún modo quiere reconocer públicamente la forma esférica del cosmos. De todas maneras, bastante tienen que hacer ambas naciones, antes de que llegue la decisión final, con zamparse las inmensas tajadas que la suerte les ha echado: la colosal América, a la pequeña España; y toda la India y el Africa, al diminuto Portugal.

La venturosa empresa de Colón levanta de pronto en Europa un verdadero pasmo. Y luego, estalla un delirio de aventuras y de ansias de descubrimiento como nunca había conocido nuestro viejo mundo. A1 buen éxito de una personalidad valerosa sigue siempre una corriente de celo y de valor en toda una generación. Todo aquel que, a lo ancho de Europa, se siente descontento de la suerte o relegado y no tiene paciencia para esperar, y los segundones, los oficiales sin inmediata ocupación los bastardos de los grandes señores y la gente de conducta turbia, perseguida por la justicia, vienen a engrosar el grupo de los que anhelan el nuevo mundo. Los príncipes, los mercaderes, los especuladores cargan con cuanto pueden en los barcos; es forzoso ejercer la autoridad haciendo cara a los aventureros y fugitivos, prontos a sacar el cuchillo para pasar delante de los demás en la tierra del oro; así como, en su tiempo, Enrique se veía obligado a implorar el perdón de las culpas para los participantes más indispensables a la expedición, ahora acuden a los puertos aldeas enteras, y los capitanes y los patronos de barcos mercantes no saben cómo librarse del alud. Una expedición alcanza a la otra; y es que, en realidad, como si de pronto se hubiera disipado una muralla de niebla, de Norte a Sur y de Oriente a Occidente surgen por todas partes islas nuevas, territorios desconocidos; unos, como petrificados en el pasmo de los hielos, decorados otros de palmeras; en el espacio de dos, de tres decenios, el par de centenares de barcos pequeños que zarpan de Cádiz, Palos o Lisboa, descubren más mundo desconocido que antes la Humanidad entera en el transcurso de miles de años de existencia. Los anales de aquella jornada de descubrimientos serán de memoria perdurable. En 1498, Vasco de Gama, "al servicio de Dios y provecho de la corona portuguesa" como expresa con orgullo el rey Manuel, llega a la India, desembarcando en Calicut (Kozhikode); aquel mismo año, Cabot, en calidad de capitán al servicio de Inglaterra, otea Terra Nova y, con ella la costa norte de América, y a la vuelta de un año, simultáneamente y cada uno por su lado, Pinzón bajo pabellón español y Cabral bajo el portugués, descubren el Brasil, en tanto que Corterreal emula, a quinientos años de distancia, la empresa de los vikingos pisando la tierra de Labrador. En los primeros años del nuevo siglo dos expediciones portuguesas, una de ellas guiada por Américo Vespucio rozan la costa sudamericana hasta cerca del Río de la Plata. Y en 1506 los portugueses descubren Madagascar; en 1507, Mauricio; en 1509 llegan a Malaca, y en 1511 la toman por asalto, que es como tener en la mano la llave del archipiélago malayo. En 1512, Ponce de León franquea Florida; en 1513, Núñez de Balboa es el primero de los europeos que contempla desde Darien el océano Pacífico. En adelante ya no hay mares desconocidos para la Humanidad. En el corto espacio de cien años la navegación se ha superado en sus actividades no ya como cien veces, sino como mil. Mientras en 1418, a las órdenes de Enrique, ya se vio con asombro la llegada a Madera de las primeras barcas, en el año 1518 unos barcos portugueses llegan ?compárense las distancias en el mapa ? a Cantón y a tierra japonesa; un viaje a las Indias se considerará pronto empresa muy por debajo de la que significaba antaño el viaje hasta cabo Bojador. A este paso, la figura del mundo se transformara y se ampliará de año en año, de un mes a otro. Los grabadores mapas y los cosmógrafos ocupan día y noche sus mesas de trabajo en los talleres de Augsburgo y no pueden dar abasto a los numerosos encargos. Les arrebatan el grabado de las manos, todavía húmedo y sin colorear; y tampoco bastan al afán de noticias del mundus novis los informes de viajes y los atlas con que los impresores acuden a las ferias de libros. Pero apenas los cosmógrafos han grabado sus mapas mundiales pulcra y exactamente, ajustándose a las últimas referencias, llegan ya nuevos informes y es preciso hacer el trabajo desde el principio, pues lo que se creía isla ha resultado ser continente. Hay que trazar otros ríos, costas y montes, y así, los grabadores tienen que empezar otro mapa, rectificado y ampliado, no bien han terminado el nuevo. Nunca, ni antes ni después, la Geografía, la Cosmografía y la Cartografía han llegado a un ritmo tan acelerado, tan arrollador, como en aquellos cincuenta años progresivos, durante los cuales se fijaban la forma y la extensión de la Tierra por primera vez desde que los hombres viven, respiran y piensan, y ellos mismos aprendían a conocer el planeta en el cual, desde el principio de los tiempos, son llevados por el espacio. Y todo ello en una generación. Soportaban sus navegantes toda clase de peligros en beneficio de la posteridad, franqueaban sus conquistadores todos los caminos, y resolvían sus héroes todos o casi todos los propósitos. Un solo hecho quedaba por cumplir, el último, el de más bizarría, el más costoso: dar la vuelta a toda la Tierra en un buque, y en este único viaje medir Y probar con toda evidencia la forma redonda de nuestra tierra, contra todos los cosmólogos y los teólogos del pasado. Y éstos serán la idea y el destino del portugués Fernão de Magelhaes, que conocemos por Magallanes.

 

Capítulo

2

MAGALLANES EN LAS INDIAS Marzo 1505 junio 1512

 

Los primeros barcos portugueses que salían del Tajo hacia la lejanía incógnita habían servido al descubrimiento; los segundos procuraban establecer relaciones comerciales con los nuevos territorios descubiertos, en un plan pacifico. La tercera flota ya presenta en su equipo un carácter guerrero. Este triple ritmo caracterizará toda la época colonizadora que empezaba en 25 de marzo de 1505. Durante siglos se repetirá el mismo proceso: primero se erigirá la factoría; luego, la fortificación para su pretendido amparo. A1 principio se negociará pacíficamente con los dominados indígenas; después, así que se disponga de un numero suficiente de soldados, se les tomarán las tierras y, con ellas, toda la mercancía. Diez años han pasado apenas y Portugal, en medio de sus nacientes prosperidades, ya no se acuerda de que su única ambición era tener una modesta participación en el comercio de las especias de Oriente. Los buenos propósitos se desvanecen muy pronto en la bienandanza; desde el día que Vasco de Gama entra en las Indias, siente Portugal el prurito de echar fuera a las demás naciones. Considera el Africa, las Indias y el Brasil como un coto particular. En lo sucesivo, desde Gibraltar a Singapur y a la China, ningún barco cortará los mares ni se atreverá nadie al tráfico en todo el hemisferio si no pertenecen a la nación más pequeña de la pequeña Europa.

Magno espectáculo el de aquel 25 de marzo de 1505, cuando la primera flota de guerra portuguesa que ha de conquistar el nuevo Imperio –el más extenso de la Tierra ?sale del puerto de Lisboa: un espectáculo sólo comparable en la Historia al de Alejandro Magno atravesando el Helesponto; también aquí el propósito es arduo, por que la flota sale asimismo para subyugar no ya a un pueblo, sino a un mundo. Veinte buques esperan con las velas tensas el mandato del rey para levar anclas; no son barcas abiertas, de pequeña dimensión, como en tiempos de Enrique, sino anchos y ponderados galeones con altos castillos a ambos extremos, poderosos barcos de vela con tres y cuatro mástiles, y tripulados por hombres aptos. A1 lado de los centenares de marineros ejercitados en la guerra, muévense a bordo no menos de mil quinientos soldados armados de punta en blanco y doscientos granaderos; hay, además, carpinteros y artesanos de toda clase, que, una vez en la India, montarán nuevas embarcaciones sobre el terreno.

Bastará una mirada para que cualquiera se dé cuenta de que una flota gigante sólo por una finalidad gigante puede ser impulsada: la toma de posesión de la tierra oriental. No en vano se ha impuesto al almirante Francisco d'Almeida el titulo de Virrey de Indias, ni es casualidad que el primer héroe y navegante de Portugal, Vasco de Gama, almirante de las aguas indicas, haya presidido el equipo de la flota. El propósito militar de Almeida no es dudoso. Almeida va a devastar todas las ciudades comerciales de Indias y del África, a instalar fortificaciones y a establecer una guarnición en todos los puntos estratégicos. Adelantándose a la que sería idea política de Inglaterra, va a hacerse fuerte en todos los puntos de salida o de paso y a bloquear, desde Gibraltar a Singapur, todos los estrechos, para cerrar el paso al tráfico comercial extranjero. El virrey tiene, además, a su cargo el aniquilamiento del poder naval del sultán de Egipto, así como el del rajá indio, y una vigilancia de todos los puestos tan severa, que ningún buque sin pasaporte portugués podrá cargar desde este año del Señor, 1505, ni, siquiera un gramo de especias. Y van de la mano esta misión militar y otra misión ideológica religiosa: la expansión del cristianismo a todas las tierras conquistadas; por esto la expedición guerrera tiene, al mismo tiempo, el ceremonial de una Cruzada. Por su propia mano confía el rey a Francisco d'Almeida, en la catedral, la nueva bandera de damasco blanco que lleva entretejida la Cruz de Cristo y ha de tremolar victoriosa sobre los territorios paganos y moriscos. De rodillas la aceptan el almirante y los mil quinientos soldados, que hacen Juramento de fidelidad a su señor en la Tierra, el rey de Portugal, después de haber confesado y comulgado para unirse con su Señor celestial, cuyo reinado han de establecer sobre aquellos países forasteros. Con solemnidad procesional atraviesan la ciudad, camino del puerto; retruena la artillería en señal de despedida, y los galeones resbalan con grandiosidad en la corriente del Tajo hacia el mar abierto que su almirante es el llamado a conquistar para Portugal hasta el otro extremo de la Tierra.

Entre los mil quinientos que prestan juramento de fidelidad ante el altar, con la mano levantada, hay también de rodillas un hombre de veinticuatro años, hasta entonces de nombre oscuro. Es Fernando de Magallanes. Poco se conoce de su pasado, a no ser que nació en 1480; ya no hay acuerdo al tratar del lugar del nacimiento: el de Sabrosa, en la provincia de Trasos Montes, que defienden los cronistas del tiempo, se ha demostrado como falso en posteriores investigaciones, por ser falsificado el testamento del cual se sacó la noticia; el más verosímil de los datos es el que sitúa a Porto su nacimiento. Tampoco se tienen más datos de su familia que el de su nobleza, y ésta de cuarto grado, la de "fidalgos de cota de armas”, ascendencia que da a Magallanes el derecho de llevar y traspasar en herencia un escudo propio y le abre las puertas de la corte real. Se supone que, siendo más joven, sirvió a la reina Leonor de Portugal como paje, sin que esto aclare nada sobre otra posición cualquiera de mayor importancia durante los años anónimos. Así, cuando el "fidalgo" entra en la flota a los veinticuatro años, no es más que un "sobresaliente" entre tantos, y uno más entre los mil quinientos hombres de guerra subalternos que comen, viven y duermen en la cámara del barco, en común con los trabajadores de a bordo y los grumetes, un "soldado desconocido" más, de los que a millares salen a la conquista del mundo en esta campaña, de los cuales muchísimos caerán, y quedarán una docena para contar la aventura, y uno sólo que se llevará la gloria imperecedera del hecho colectivo.

Magallanes es, pues, en este viaje, uno de los mil quinientos, y nada más. Buscaríamos en vano su nombre en las crónicas de la guerra de Indias, y poco más podemos asegurar honradamente de todos aquellos años, a no ser su inigualable valor como años de aprendizaje para el futuro viajero del mundo. Un sobresaliente no se escapa de manejar las velas en las tormentas y de aguantar firme al servicio de las bombas del agua, y hoy ha de formar en el asalto de una ciudad, y mañana le toca acarrear la arena para construir fortificaciones bajo un sol ardiente. Tiene que llevar a cuestas fardos de mercancías para el trueque y hacer centinela en las factorías, y pelear en tierra firme o a bordo, y ser tan diestro en el manejo de la sonda como de la espada, y saber obedecer y saber mandar. Participe de todo aprende a poner el alma en todo, y será a la vez soldado, navegante, mercader y conocedor de la gente, de las tierras, de los mares y de los astros. Ya de joven el destino le asoció a los grandes acontecimientos que determinarán el aprecio de su nación en el mundo y la estructura de la Tierra para los siglos. Por esos derroteros recibe Magallanes el auténtico bautismo de fuego en el combate naval de Cannanore ?16 marzo 1506?, después de algunas escaramuzas que tuvieron más carácter de pillaje que de verdaderas batallas.

El ataque de Cannanore señala el punto decisivo en la historia de las conquistas portuguesas. El zamorín de Calicut ?la actual Kozhikode? había recibido afablemente a Vasco de Gama en su primer desembarque, manifestándose dispuesto a entablar relaciones comerciales con la nación desconocida. Pero pronto tuvo que reconocer, cuando los vio volver pocos años después con una flota más grande y, bien provista que los portugueses aspiraban a un notorio derecho de dominación sobre las Indias. Con terror vieron los mercaderes indios y mahometanos la súbita aparición de un esturión voraz en medio de las carpas de su tranquilo estanque. Porque lo cierto es que aquellos forasteros se apoderan de todos los mares. Ya no hay navío que se arriesgue a salir de un puerto por miedo a los brutales piratas de nuevo cuño, y se entorpece el negocio de las especias, y las caravanas de Egipto son esperadas en vano. Hasta el Rialto de Venecia llega la aprensión de que una mano muy dura ha debido de cortar el antiguo curso de los acontecimientos. El sultán de Egipto, que ve menguar la recaudación de sus derechos, es el primero que levanta la voz, instando al Papa. Le escribe que en el caso de que los portugueses insistan en portarse como salteadores en el mar Índico, demolerá el Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero ni el Papa ni otro emperador o rey tiene ya ninguna autoridad sobre la voluntad imperialista de Portugal. La única salida que a los perjudicados se ofrece es juntarse y dar jaque a los portugueses en Indias, antes de que sienten allí sus reales definitivamente. El zamorín de Calicut prepara el ataque ayudado secretamente por el sultán de Egipto, así como por los venecianos, que mandan bajo mano a Calicut ?porque el oro pesa más que la sangre? fundidores de cañones y maestros artilleros. Con un ataque por sorpresa, la flota cristiana quedará abatida para no levantarse más.

Pero, a veces, una figura de último término, con su presencia de espíritu y su energía, da a la Historia un giro que durará siglos. Una feliz casualidad salva a los portugueses. Vaga por el mundo en aquellos tiempos un temerario aventurero italiano a quien llaman Ludovico Varthema. Ni el espíritu de lucro ni vanidad alguna mueve al joven aventurero, sino el gusto de vagabundear que lleva en la sangre. Este vago por naturaleza confiesa sin falso recato: “Porque soy tardo en comprender y no inclinado al estudio de los libros”, se ha decidido, dice, "a ver personalmente, con mis propios ojos, los distintos lugares del mundo, pues tienen más valor los informes de un solo testimonio de vista que todo lo que se aprende de oído." El osado Varthema, el primero de los que no creen si no ven, se ha filtrado en la prohibida ciudad de la Meca ?su informe queda principalmente como descripción modélica de la Kaaba? y alcanza, tras de mucho porfiar, no solamente los derroteros de Indias, Sumatra y Borneo, que ya conoció Marco Polo, sino que es, además, el primero entre los europeos ?y esto influye decisivamente en la gesta de Magallanes? que alcanza las tan buscadas islas de la especiería. A la vuelta, disfrazado de monje mahometano, se entera en Calicut, por boca de dos cristianos renegados, del planeado ataque del zamorín contra los portugueses. Animado de solidaridad cristiana, corre a reunirse con los lusos, atravesando peligros de muerte, y llega, por suerte, a tiempo. Cuando en 16 de marzo de 1506 los doscientos barcos del zamorín esperan caer por sorpresa sobre los once de los portugueses, éstos ya están dispuestos a la defensa. Es el combate más rudo que hasta el día haya sostenido el virrey. Con no menos de ochenta muertos y doscientos heridos ? que eran muchos en aquellas primeras guerras coloniales? han de pagar los portugueses su victoria, la cual no deja de afianzarles el dominio sobre las costas índicas.

Entre los doscientos heridos está Magallanes: es su destino, como cada vez durante esos años de vida oscura, recibir heridas y no distinciones. Pronto lo mandan a Africa al lado de otros heridos, Y aquí se pierde su rastro, porque ¿quién llevará el registro de las circunstancias de la vida y de la muerte de un simple sobresaliente? Durante cierto tiempo parece que residió en Sofala, y más tarde, no se sabe de qué modo, debieron de llamarle para dirigir un transporte; probablemente ?en este punto las crónicas no coinciden? vuelve a Lisboa en el mismo barco que llevaba a Varthema. Pero la ausencia ha ejercido su poder sobre el navegante. Portugal le saluda como a un extranjero, y su corto permiso no es más que la tregua impaciente hasta poder embarcar en la próxima flota destinada a Indias, que le vuelva a la que es propiamente su patria: la aventura.

A esta nueva flota en que Magallanes vuelve a las Indias le incumbe una misión especial. Sin duda, su ilustre compañero de viaje, Ludovico Varthema, ha informado a 1a corte de la riqueza de la ciudad de Malaca y ha dado detalles sobre las tan perseguidas islas de la especiería, que él ha visto ipsis ocultis el primero entre los europeos y cristianos. Gracias a sus informaciones, en la corte portuguesa entienden que la conquista de las Indias quedará incompleta y toda su riqueza malograda mientras no caiga en poder de Portugal la cámara del tesoro de todas las especias: las islas de la especiería; pero esto presupone tener en la mano las llaves que las encierra: el estrecho y la ciudad de Malaca ?el actual Singapur, cuya importancia estratégica no ha pasado por alto a los ingleses?. Siguiendo la política encubierta, la flota de guerra portuguesa no se pone en camino. Es López de Sequeira, al frente de cuatro barcos, el encargado de rondar Malaca precavidamente, tantear el terreno y, por fin, introducirse bajo la máscara apacible de un mercader.

Sin incidentes dignos de notar, la pequeña flota llega a las Indias en abril de 1509. Ahora el viaje a Calicut, que diez años atrás era una gesta única, por la cual Vasco de Gama merecería ser inmortalizado en la Historia y en el poema, lo lleva a cabo cualquier capitán mercante portugués. Desde Lisboa a Mombassa y desde Mombassa a la India, son conocidos todos los escollos y todos los puertos. No hay necesidad de pilotos ni de maestros de Astronomía. Unicamente desde el 19 de agosto, al salir Sequeira del puerto de Cochín para seguir el curso hacia Oriente, surcan los barcos portugueses zonas desconocidas.

El 11 de septiembre de 1509, al cabo de tres semanas de viaje, se aproximan los barcos, los primeros de Portugal, al puerto de Malaca. Ya de lejos advierten que el valeroso Varthema no inventaba ni exageraba al decir que en aquel puerto "atracaban más barcos que en cualquier otro del mundo". Alineanse en la ancha rada, velamen contra velamen, los barcos grandes y pequeños; blancos o abigarrados, los de procedencia malaya, china y siamesa, cada grupo con sus formas características. Porque, debido a su natural situación, el aurea chersonesus, el estrecho de Singapur, está como destinado a ser el gran parador de Oriente. Cada nave que intenta pasar de Este a Oeste, de Norte a Sur, de las Indias a la China, de las Molucas hacia Persia, tiene que cruzar ese Gibraltar de Oriente. Truécanse en este emporio toda clase de mercancías, los clavos de especia de las Molucas y los rubíes de Ceilán; la porcelana china y el marfil de Siam; los casimires bengalinos y el sándalo de Timor; las hojas damasquinadas árabes la pimienta del Malabar y los esclavos de Borneo. Todas las razas con los colores diversos de sus pieles y hablando todos los idiomas, hormiguean babilónicamente en este emporio del comercio oriental, y se elevan, poderosos, en medio de él, por encima de la confusión de maderas de las casas bajas, un palacio refulgente y una mezquita de piedra.

Admirados contemplan los portugueses desde sus naves la poderosa ciudad, codiciosos de aquella joya oriental que resplandece clara bajo el sol deslumbrante, destinada a adornar, como la más bella piedra preciosa, la corona de Portugal, señora de Indias. Admirado y, a la vez, intranquilo, contempla también desde su palacio el príncipe malayo los barcos extranjeros, que son una amenaza. ¡Allí están los bandidos, los malditos herejes, que han dado por fin con la ruta de Malaca! Ya desde hace tiempo se viene propagando en una extensión de millas la noticia de las batallas y las degollinas de Almeida y de Albuquerque; bien saben en Malaca que aquellos terribles portugueses no vienen, como los patronos siameses y japoneses en sus barcazas, con el único objeto de trocar mercancías; los portugueses aguardan pérfidamente la ocasión para asentar, por fin, su dominio y saquearlo todo. Lo más prudente sería no permitir la entrada del puerto a aquellos cuatro barcos; luego que el invasor logra poner pie en el umbral, ya es demasiado tarde. Pero el sultán tiene también noticias fidedignas sobre la eficacia de aquellos pesados cañones que amenazan con su negra boca silenciosa desde los castillos de la flota portuguesa, sabe que los bandidos blancos luchan como demonios y no hay resistencia que valga contra ellos. Lo mejor sería devolver engaño por engaño, falsa amistad con hospitalidad fingida, y antes de que ellos muevan el brazo para atacar, echárseles encima y dar a punto el golpe mortal.

Por eso el sultán de Malaca recibe a los emisarios de Sequeira y corresponde a sus presentes con forzada gratitud. Les transmite su más cordial bienvenida y su deseo de que puedan concertar a su gusto los negocios que les convenga. Dentro de pocos días les habrán procurado pimienta y otras especias con tal profusión que colmarán los barcos. Invita amablemente a los capitanes a comer en su palacio, y aunque esta invitación, por las razones íntimas que se quiera, no es aceptada, la tripulación corre y goza a sus anchas por la hospitalaria ciudad forastera. Diversión, tierra firme bajo los pies, mujeres complacientes: todo los invita. ¡Poder respirar otro aire que el de las cámaras fétidas o el de las infectas aldeanas, donde los puercos y las aves de corral viven en común con las desnudas bestias humanas!... Platican los felices marineros en las casas de té, compran a su capricho en los mercados, regodéanse con las bebidas y los frutos recién cogidos; en ningún otro sitio han sido recibidos tan cordialmente, tan familiarmente, desde que salieron de Lisboa. Centenares de malayos reman en sus botes pequeños y veloces, cargados de provisiones de boca, y rodean los barcos portugueses, trepan, ágiles como monos, por los cables, y los forasteros se quedan boquiabiertos ante cosas nunca vistas; se ha desplegado un festivo trueque de materias; y con disgusto se entera la tripulación de que el sultán ya tiene a punto el cargamento prometido y ha dado instrucciones a Sequeira para que mande los botes a la playa a la mañana siguiente y tenga cargado antes de la puesta del sol todo lo concertado.

Sequeira, contento por la rápida obtención de los preciados géneros, manda, en efecto, a la ribera todos los botes de que dispone la flota, con numerosa tripulación. Y él, como buen hidalgo portugués, estimándose superior al tráfico, permanece a bordo haciendo una partida de ajedrez con un camarada, la más juiciosa ocupación en el aburrimiento de un día bochornoso a bordo. Los otros tres barcos están también quietos, amodorrados. Pero una circunstancia alarmante llama la atención de García De Susa, el capitán de la pequeña carabela que sigue a las otras cuatro naves. El capitán ha notado que el número de los botes malayos crece por momentos alrededor de los cuatro barcos casi abandonados y que, con el pretexto de subir mercancías a bordo, son cada vez más los muchachos desnudos que trepan por las cuerdas. Llega a sospechar el capitán de la carabela si tal vez el amable sultán está preparando un ataque por sorpresa.

Afortunadamente, la pequeña carabela no ha mandado su bote a la playa con los demás. De Susa encomienda a su hombre de confianza que salga enseguida a remo hacia el barco almirante para poner alerta al capitán. El hombre de confianza a quien da el encargo no es otro que el sobresaliente Magallanes. Rema a golpes frecuentes y enérgicos. Encuentra al capitán Sequeira jugando tranquilamente al ajedrez; ve con disgusto, a la espalda de los dos jugadores, un grupo de malayos, al parecer curiosos, pero con el cris al cinto siempre a punto. El hombre susurra disimuladamente la advertencia a Sequeira. Éste no pierde la presencia de espíritu y sigue jugando para no despertar sospechas. Pero ordena a un marinero que se ponga alerta en la gavia, y desde este momento, sin dejar el juego, no quita una mano de la espada.

La alarma de Magallanes llegaba a tiempo. Casi en el mismo instante se levantaba por encima del palacio del sultán una columna de humo, la señal convenida para atacar a un tiempo a bordo y en tierra. El marinero que otea desde la gavia es oportuno en dar la alarma. Instantáneamente, Sequeira da un salto y rechaza a un lado a los malayos, sin darles tiempo de atacar. Suena la señal de alarma y la tripulación se reúne a bordo; en todos los barcos los malayos son acorralados, y ya es en vano que se acerquen por todos lados en sus botes, armados y dispuestos a atacar la flota. Sequeira ha ganado tiempo para levar anclas, y ya retumban los cañones con poderosas salvas. Gracias a la vigilancia de Susa y a la prontitud de Magallanes, el golpe ha fracasado.

Peor les va a los infelices que confiadamente han desembarcado, una porción de desprevenidos que andan esparcidos por la ciudad, contra millares de astutos enemigos. Son pocos los portugueses que logran escapar de la muerte huyendo hacia la playa, y aun éstos lo pasan mal: los malayos ya se han apoderado de los botes, con los que se les hace imposible la vuelta a bordo. Caen los portugueses uno tras otro bajo el poder del número. Uno solo, el más valiente, logra escapar de la muerte, el amigo fraternal de Magallanes, Francisco Serráo. Ya le rodean, ya le hieren y parece perdido cuando aparece Magallanes remando en su bote, con otro soldado, sin miedo y dispuesto a exponer la vida por su amigo. Un par de golpes decididos bastan para quitarlo de las manos de los que le agredían, y lo pone a salvo en su barca. La flota portuguesa perdió en aquel ataque más de una tercera parte de sus hombres. Pero Magallanes ganó en él, por segunda vez, un amigo cuyo afecto paternal y cuya confianza serán decisivos para sus acciones venideras.

Es la primera vez que se dibuja en la figura, todavía borrosa, de Magallanes un trazo característico de personalidad. No hay nada patético en su naturaleza, nada de chocante en su porte; se comprende que los cronistas de la guerra de Indias lo pasaran por alto durante mucho tiempo. Porque Magallanes fue toda su vida uno de esos hombres que no son notados. No sabía hacerse valer ni querer. Pero en cuanto se le proponía una tarea, y mejor si se la proponía él mismo, este hombre oscuro que queda en último término actúa con una prudencia y un valor generosos que admiran. No es, en cambio, de los que saben sacar partido o adornarse con lo llevado a cabo; quedo y paciente, vuelve a ocupar su sitio en último término. Sabe callar, sabe esperar, como si presintiera que para la tarea que le toca cumplir, el destino le reserva todavía largos años de experiencia y de prueba. Poco después de haber vivido con Cannanore una de las victorias más brillantes de la flota portuguesa, y en Malaca una de sus más duras derrotas, le es destinado en su áspera carrera de navegante un accidente que ha de templarle el ánimo: un naufragio.

Magallanes acababa de ser designado para acompañar, en su viaje de regreso, un galeón de especias que hacía el transporte regular. El galeón topó con el banco llamado de Padua. Nadie perece en el accidente, pero el galeón se rompe en cien pedazos contra el arrecife de corales, y como los pocos botes no bastan para el salvamento de toda la tripulación, una parte de los navegantes ha de quedar atrás. La pretensión del capitán, los oficiales y los nobles de tener preferencia en el salvamento exaspera a los grumetes y a los marineros. La disputa se hacía amenazadora, cuando sale de entre los nobles Magallanes, dispuesto a permanecer atrás con los marinos, a condición de que los "capitanes e hidalgos" empeñen su honor en que, una vez ganada tierra, volverán con una nueva embarcación para recoger a todos. Esta actitud decidida parece haber atraído por primera vez la atención del alto mando sobre el "soldado desconocido", pues poco tiempo después, en octubre de 1510, cuando Albuquerque, el nuevo virrey, pide consejo a los "capitanes del rey" de cómo emprender el sitio de Goa, uno de los consultados es Magallanes. Con esto, al cabo de cinco años de servicio, el sobresaliente, el soldado raso y simple marinero parece por fin ser elevado a la categoría de oficial, y como tal formará parte de la flota de Albuquerque destinada a vengar la ignominiosa derrota que Sequeira había sufrido en Malaca. Así es como, dos años más tarde, vemos a Magallanes con rumbo al Lejano Oriente, al aurea chersonesua. Diecinueve amenazadores barcos, formando una selecta flota de guerra, están alineados en julio de 1511 ante el puerto de Malaca y rompen una áspera lucha contra el anfitrión desleal. Pasan seis semanas antes de que Albuquerque logre vencer la resistencia del sultán. Y entonces cae bajo las manos de los saqueadores un botín como no lo habían cobrado nunca en las benditas Indias; con la conquista de Malaca, Portugal tiene en el puño todo el mundo de Oriente. Por fin se ha cortado para siempre la arteria del tráfico mahometano, que se desangrará en pocas semanas. Todos los mares, desde Gibraltar ?las Columnas de Hércules? hasta el estrecho de Singapur, el aurea chersonesus, son ahora un solo océano portugués. El resonar de este golpe, el más decisivo que en todos los tiempos haya recibido el Islam, se oye a lo lejos hasta China y el Japón, y el eco lo devuelve jubiloso a Europa. Ante los fieles congregados, el Papa da las gracias públicamente y levanta sus preces por el hecho magnifico de los portugueses al poner en manos de la Cristiandad la mitad de la Tierra. Roma asiste al espectáculo de un triunfo como no había visto el caput mundi desde el tiempo de los Césares. Una embajada presidida por Tristáo da Cunha trae el botín de guerra de la India conquistada: preciosos caballos embridados, leopardos y panteras; pero la pieza principal, y la que más llama la atención, es un elefante que forma parte del cargamento de la flota portuguesa y que ahora, levantando gritos de júbilo en la multitud, se arrodilla tres veces ante el Padre Santo.

Pero el triunfo no llega a calmar el desenfrenado prurito de expansión de Portugal. Nunca se ha visto en la Historia que un vencedor se vea saciado en la victoria, por grande que ésta sea. Malaca no es más que la llave del tesoro de la especiería: ahora que la tienen en la mano, los portugueses se disponen a acercarse a él y apoderarse de las fabulosas islas de las especias; archipiélago de la Sonda, las islas de Amboina, Banda, Ternate y Tidore. Se arman tres naves al mando de Antonio d'Abreu, y algunos de los cronistas de la época citan también el nombre de Magallanes entre los participantes de aquella expedición al entonces más lejano extremo de la Tierra por Oriente. Pero, en realidad, la jornada índica de Magallanes en aquellos momentos ha tocado a su término.

“Basta ?le dice el destino?. Ya has visto bastante en Oriente, ya lo has vivido bastante. Sigue otros derroteros, los tuyos.” Aquellas fabulosas islas de las especias con que soñara toda su vida y que ve desde ahora con la mirada interior fascinada, nunca las ha podido ver Magallanes por sus propios ojos. Jamás le fue concedido poner la planta en ese El dorado; quedarán para él reducidas a un sueño, un sueño creador. Pero, gracias a la amistad de Francisco Serráo, estas islas nunca vistas le son familiares como si hubiera vivido en ellas, y la singular robinsonada de su amigo le anima a emprender la más grande y osada aventura de su tiempo.

Esta insigne aventura personal de Francisco Serráo, tan decisiva para Magallanes en su futura vuelta al mundo, representa una benéfica distensión en medio de la crónica sangrienta de las batallas y las degollinas portuguesas; entre tantos renombrados capitanes, la figura del hombre modesto merece una atención especial. Después que se hubo despedido cordialmente en Malaca de su entrañable amigo Magallanes, que iba de vuelta al hogar, Francisco Serráo se dirige con los capitanes de las otras dos naves a las legendarias islas de las especias. Sin esfuerzo ni incidente de notar alcanzan la ribera lozana, donde son recibidos con afabilidad sorprendente. Porque en aquellas orillas apartadas los mahometanos no son exigentes en cultura ni de espíritu bélico; viven en estado natural, desnudos y pacíficos, ignorantes de lo que sea el dinero y sin grandes ambiciones. Por un par de cascabeles o de brazaletes, los ingenuos isleños transportan grandes fardos de clavos de especia, y como en las dos primeras islas, Banda y Amboina, los barcos de los portugueses quedan ya colmados hasta los bordes, el almirante D'Abreu decide no visitar las islas restantes y volver a Malaca sin tardanza.

Tal vez la codicia haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de ellos, y precisamente el que manda Francisco Serráo, da contra un escollo, y solamente las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que hubiera sido el de sus penas, Serráo consigue, con un golpe de astucia, apoderarse de un barco de piratas, en el cual hacen rumbo de nuevo a Amboina. Con la misma afabilidad que cuando habían abordado, como grandes señores recibe el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en sus playas y les brinda acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor, veneración y magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio de su dicha y gratitud, un caso increíble.

Parece que el más elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serráo, no bien repuestos los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que continuamente se dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después, ya de vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.

Pero el país paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en Francisco Serráo el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o pensionados. Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de que ha expuesto su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él, Francisco Serráo, pudiera por fin empezar a vivir, sin más ansias ni incomodidades, la vida de ese Francisco Serráo, con la misma plenitud que gozan de la suya todos los pobladores desnudos y, sin cuidado de aquellas benditas islas. Que los otros marineros y capitanes continúen enhorabuena arando el mar y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela para unos trujamanes forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos bobos leales, sólo para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus arcas. Él, personalmente, Francisco Serráo, de ahora en adelante ex capitán de la flota portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias. Sin más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al mundo idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo y magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho trabajo el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue: sólo una vez, en una guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de consejero militar y se lo recompensan, dándole posesión de una casa con sus esclavos y servidores, a más de una esposa bonita y morena, de la cual cosecha dos o tres niños de un color moreno claro.

Años y años permanece Francisco Serráo, como otro Ulises que ha olvidado su Itaca, en los brazos de la morena Calipso, y ni el mismo Angel de la Ambición sería capaz de sacarle de aquel paraíso del dolce farniente. Nueve años, hasta su muerte, pasó aquel Robinsón voluntario, aquel desertor de la cultura, en las islas de la Sonda, no precisamente el más heroico entre los conquistadores y capitanes de la jornada heroica de Portugal, pero sí, acaso, el más prudente y también el más dichoso.

La huida romántica de Francisco Serráo no parece, a primera vista, tener relación alguna con la vida y las tareas de Magallanes. Pero, en realidad, el epicúreo renunciamiento de aquel capitán sin lustre ejerció la más decisiva influencia en la forma de vida de Magallanes y de rechazo, en el curso histórico del descubrimiento del mundo. Porque, a través de la inmensa distancia en el espacio, los dos entrañables amigos se comunican continuamente. Cada vez que se le presenta la ocasión de mandar desde su isla un emisario a Malaca, y de allí a Portugal, Serráo escribe a Magallanes detalladas cartas, ponderándole con entusiasmo la opulencia y la hospitalidad de su nuevo hogar.

Le escribe literalmente: “Aquí he hallado un nuevo mundo más rico y más grande que el de Vasco de Gama”: Y, prisionero del encanto de los trópicos, insta al amigo para que, abandonando de una vez la ingrata Europa y a ínfima retribución que se da a sus servicios, se apresure a imitar su ejemplo. Es casi indudable que fue Francisco Serráo quien dio a Magallanes la idea de buscar las islas según la orientación de Cristóbal Colón, desde el Oeste, preferible a la de Vasco de Gama.

Ignoramos hasta dónde llegaron las confidencias de los dos amigos, pero algo concretarían, cuando, después de la muerte de Serráo, se encontró entre sus papeles una carta de Magallanes en la que éste promete confidencialmente al amigo que irá pronto a Ternate, "sino desde Portugal, por otro derrotero". Y la idea que alimentó Magallanes toda su vida fue precisamente concretar este otro camino.

Su idea fija, un par de cicatrices en la piel atezada y un esclavo comprado en Malaca son las tres únicas cosas que trae Magallanes a su vuelta, después de los siete años en el frente de las Indias. Tanto él como todos los soldados que allí se batieron han de ver con singular asombro, tal vez con una cierta indignación, al desembarcar por fin en la Lisboa del año 1512, una ciudad nueva, un Portugal que no es el que dejaron siete años atrás. Ya al entrar en Belem comienza su asombro. Donde había aquella iglesia pequeña y baja en que Vasco de Gama recibió un día la bendición, antes de emprender su ruta, se levanta, por fin terminada, la catedral sólida y magnífica, primera muestra visible de la enorme riqueza que con las especias índicas ha entrado en su patria. Dondequiera que se vuelvan, los ojos caen sobre algo nuevo. En el río, ayer apenas surcado, se tocan unas velas con otras; en los astilleros de la orilla martillean los operarios que se ocupan en la apresurada construcción de flotas más capaces. Tremolan flámulas y velas en los barcos nacionales y forasteros, apretados en el puerto; desborda la rada de mercancías, que colman asimismo los almacenes; y millares de personas circulan por las calles, rompiéndose su murmullo y sus pasos en las paredes de los magnos palacios recién construidos. En las factorías, en las casas de Cambio y en los cuchitriles de los corredores cunde un torbellino babilónico de todas las lenguas. Gracias a la explotación de las Indias, Lisboa se ha convertido, en diez años, de ciudad pequeña, en emporio, en ciudad de lujo. Las damas de la nobleza, en carroza abierta, exhiben sus perlas índicas; un numeroso enjambre de cortesanos escarcea por el castillo, luciendo sus atavíos, y el que vuelve de nuevo a la patria ha de reconocer que la sangre que han derramado él y sus camaradas en las Indias, por misterios de la química se ha convertido en oro. Mientras ellos luchaban, padecían, conocían las privaciones y daban la sangre bajo el sol implacable del Sur, Lisboa se convertía, gracias a sus gestas, en la heredera de Alejandría y de Venecia, y Manuel, el "Afortunado", llegaba a ser el monarca más rico de Europa. Su patria se ha transformado en todo, y todos viven en el mundo viejo más ricos, más ufanos, más pródigos y dados a los placeres como si las especias conquistadas y el oro ganado hubieran embriagado los sentidos. Só1o él vuelve a una patria donde nadie lo espera ni le demuestra gratitud. Pasa como un forastero, sin recibir de nadie un saludo. Así entra en su patria el "soldado desconocido", el portugués Fernando de Magallanes.

 

Capítulo

3

MAGALLANES SE EMANCIPA Junio 1512 octubre 1517

Las épocas heroicas no son ni fueron nunca sentimentales, y muy pobre correspondencia obtuvieron de sus reyes aquellos esforzados conquistadores que ganaron mundos para España o para Portugal. Colón vuelve a Sevilla encadenado; Cortés cae en desgracia; Pizarro es asesinado; Núñez de Balboa, el descubridor del Mar del Sur, muere decapitado; Camoens, paladín y poeta de Portugal, calumniado por miserables funcionarios provinciales, pasa meses y años, como su gran colega Cervantes, en una prisión no mucho mejor que un estercolero. ¡Enorme ingratitud de la jornada de descubrimientos! Desamparados, invadidos de piojos, vagan por las callejas de Cádiz y de Sevilla, como mendigos o contrahechos, los mismos marineros y soldados que hicieron presa en las joyas de Moctezuma y en las cámaras del oro de los Incas para engrosar el tesoro de la Corona de España. Pocos son los que perdonó la muerte más allá en las colonias, y los supervivientes vagan ahora sin gloria vueltos a su patria. ¿Qué pueden importarles los actos de aquellos héroes innominados a los cortesanos que nunca dejaron el palacio donde se hallan seguros al amor de las riquezas conquistadas con tales luchas? Ellos, los abejones del palacio, son promovidos a los cargos de adelantados y gobernadores de las nuevas provincias, y amontonan el oro y, temiendo por él, apartan a un lado a los luchadores coloniales ?los oficiales del frente de aquel tiempo? cuando cometen la locura de volver agotados a sus tares al cabo de años de abnegación. El haber tomado parte en los combates de Cannanore, de Malaca y en tantos otros; el haberse jugado una docena de veces la vida y la salud por el honor de Portugal, no da al repatriado Magallanes ni la más mínima opción a un cargo digno, a algo que asegure su existencia. Sólo a la casual circunstancia de su ascendencia noble y a que anteriormente había pertenecido a la casa del rey ?criaçao do rey? ha de agradecer que lo incluyan en la lista de los que reciben pensiones, o más bien limosnas, y esto en la categoría inferior, o sea moço fidalgo, con la miseria de mil reis mensuales. Sólo al cabo de un mes, y probablemente no sin dificultades, le es concedido un pequeño ascenso a fidalgo escudeiro, con mil ochocientos cincuenta reis ?o, según otra noticia, a la jerarquía de cavaleiro fidalgo, con mil doscientos cincuenta?. De todos modos, sea cual fuere el más ajustado de esos títulos, ninguno importaba gran cosa, ya que ninguno de ellos obliga o da derecho a Magallanes para nada más que holgar de antecámara en antecámara. Un hombre de honor y de ambiciones no se contenta durante mucho tiempo con una pensión mendicante como ésta. No es de extrañar que Magallanes aproveche, si no la mejor, la primera ocasión para alistarse de nuevo en el servicio militar, donde pueda poner en valor su actividad y sus cualidades.

Ha de esperar cosa de un año, pero llega el verano de 1513, y no bien el rey Manuel ha aprestado la gran expedición militar contra Marruecos, para acogotar, por fin, a los piratas moros, el luchador de Indias se da prisa a incorporarse, corazonada que sólo se explica como desquite de su forzada inactividad. Porque no será en una guerra en tierra firme donde Magallanes (que casi siempre ha servido en la marina y se ha revelado durante siete años expertísimo navegante) pueda hacer gala de las dotes que le son propias. En medio de la gran Armada que se dirige a Azamor no pasa, una vez más, de oficial sin categoría, de subalterno sin independencia en el mando. Una vez más, como en Indias, su nombre no figura en primer término en ningún informe, aunque su persona, lo mismo que en los combates de Indias, esté siempre en primer término en el peligro. También esta vez ?y es la tercera? Magallanes sufre una herida en un cuerpo a cuerpo: una lanzada en la rodilla, que interesa al nervio y le deja la pierna entorpecida para siempre.

En el servicio del frente, un hombre que cojea impedido de andar aprisa y de montar a caballo, no sirve para gran cosa. A Magallanes se le presentaba ahora una cómoda oportunidad para dejar Africa y exigir, como herido, una crecida pensión. Pero vuelve a abrazarse al ejército, a la guerra, al peligro, que son su elemento. E1 herido es designado, junto con otro oficial, para el cargo de oficial de presas ? quadrileiro das preses? y administra la enorme cantidad de caballos y ganadería tomados a los moros. A raíz de este cargo, Magallanes se halla envuelto en un ingrato incidente; una noche desaparecen de los gigantescos apriscos algunas docenas de carneros y se extiende el malévolo rumor de que Magallanes y su camarada han revendido secretamente a los moros una parte de las presas, o bien han facilitado con su negligencia que las sacaran de sus majadas al amparo de la oscuridad. Por singular coincidencia, esta miserable sospecha de infidelidad en perjuicio del Estado es la misma con que los empleados de las colonias portuguesas, unos decenios más tare, denigrarán a otro hombre famoso: el poeta Camoens. El honor de entrambos, que tuvieron cien facilidades para enriquecerse en el saqueo durante sus años de Indias y volvieron pobres, será manchado con las mismas injuriosas sospechas.

Pero, afortunadamente, Magallanes es de más fuerte madera que el blando Camoens. No se le ocurre que aquella clase de criaturas hayan de llamarle a juicio y dejarle consumir durante meses en las prisiones, como a Camoens. No vuelve la espalda a sus contrarios, como lo hiciera el suave autor de Os Lusíadas, sino que, apenas extendido el rumor y antes de que nadie se atreviera a acusarle públicamente, deja el ejército y se presenta en Portugal para pedir explicaciones.

La prueba de que Magallanes no se sentía culpable en lo más mínimo de los turbios actos que le imputaban es que, llegado a Lisboa, reclama audiencia del rey, pero no para defenderse, antes al contrario, para exigir por fin, plenamente satisfecho de la obligación cumplida, una ocupación más digna y mejor paga. De nuevo ha perdido otros dos años, de nuevo ha recibido en franca lucha una herida que casi le deja inútil. Pero es mal acogido; el rey Manuel no da tiempo al enérgico acreedor para exponer sus pretensiones. Ya enterado por el alto mando de Africa de que el intratable capitán, obrando a su antojo, sin pedir autorización, había abandonado el ejército de Marruecos, el rey trata al benemérito oficial herido como a un vulgar desertor. No queriendo oír nada más, ordena sin rodeos a Magallanes que vuelva a Africa para ocupar inmediatamente su sitio, y se ponga, ante todo, a la disposición del superior. Magallanes ha de callar por disciplina. Se embarca para Azamor en la primera nave. Huelga decir que, una vez allí, ya no se habla de pública investigación, ni se atreve nadie a acusar al digno soldado, y apoyado por la declaración expresa del alto mando de que ha salido del ejército con honor y provisto de todos los documentos que atestiguan su inocencia y sus merecimientos, Magallanes vuelve a Lisboa por segunda vez, ya se puede suponer con qué exasperación de ánimo. En vez de distinciones han caído sobre él sospechas; en vez de recompensas, cicatrices. Bastante ha callado y se ha mantenido en último término. Ahora, a los treinta y cinco años de edad, la fatiga no le permite ya implorar su derecho como si fuera una limosna.

La prudencia debió aconsejar a Magallanes en aquel caso dejar para más adelante el insistir cerca del rey Manuel. Sería mejor pasar una temporada quietamente granjeándose relaciones y amistades en las esferas cortesanas, no escatimando su presencia ni las lisonjas. Pero la habilidad y la flexibilidad nunca se avinieron con Magallanes. Por poco que sepamos de él, basta para cerciorarnos de que aquel hombre tostado, pequeño, borroso y reservado no poseyó ni un gramo siquiera del don de gentes. El rey, no se sabe por qué, le tuvo inquina toda la vida ?sempre teve hum entejo? y aun su inseparable Pigafetta ha da confesar que los oficiales lo odiaban sinceramente ?li capitani sui lo odiavano?. "Todo era aspereza a su alrededor", como dice la Raquel de Kleist. No sabía sonreír ni ser amable ni complaciente, como tampoco dar cuerpo a sus ideas en la conversación. Nada afable ni comunicativo, siempre envuelto en una nube misteriosa, el solitario eterno debía crear a su alrededor una atmósfera glacial, de incomodidad y de recelo, pues pocos llegaron a tratarle y ninguno conoció su intimo sentir. Instintivamente, sus camaradas barruntaban en su callado alejamiento una ambición de índole oscura que se les hacía más sospechosa que la de los cazadores de ocasiones, los cuales, abiertamente, sin rubor y con vehemencia, se lanzaban sobre las tajadas. Algo quedaba continuamente oculto tras de sus ojillos hundidos y duros, tras de su boca emboscada: un secreto que no descubría a nadie; un hombre que guarda un secreto y tiene la fuerza de oprimirlo años enteros tras de los dientes, se hará extraño a unos y a otros. Magallanes, desde los abismos de su ser, fue siempre creándose alrededor la oposición. No era fácil estar con él y por él; quizás era más difícil aún, para el trágico solitario, estar tan solo consigo mismo.

También esta vez el fidallo escudeiro Fernando de Magallanes se presenta solo, sin protector ni abogado, a la audiencia del rey, escogiendo el peor de los caminos para la corte: el camino recto y sincero. El rey Manuel lo recibe en la misma sala, tal vez desde el mismo trono donde su antecesor Juan II había despachado a Cristóbal Colón; y en el mismo sitio se reproduce una misma escena histórica. Porque el hombrecillo de anchos hombros de campesino, de ademán rudo, con su barba negra; el portugués de ojos emboscados y hundidos que ahora se inclina ante su soberano, y a quien éste despedirá con el mismo desdén, no desmerece en los propósitos de aquel genovés llegado de fuera; y tal vez en decisión y en experiencia sea Magallanes superior a Colón, su famoso antecesor. No hubo, de aquella hora del destino, otro testigo que el rey; pero, a través de las descripciones coincidentes de los cronistas de la época, nos parece estar en la sala del trono, salvando la distancia de siglos. Magallanes, cojeando de su pierna maltrecha, se acerca al rey y, con una inclinación, le tiende los documentos que prueban en forma incontrovertible lo injusto de las maliciosas acusaciones. Inmediatamente después de presentadas esas pruebas hace al rey el primer ruego; que, en atención a su última herida, que le hace inútil para la guerra, le sea aumentado su sueldo mensual, su moradia, en medio crusado ?aproximadamente, un chelín inglés de nuestros días?. Es un aumento insignificante, ridículo, el que reclama, y no parece propia del hombre orgulloso, recio y con ambiciones, esta petición, con la rodilla hincada. Y es que a Magallanes poco le importa, naturalmente, la pieza de plata de medio crusado; lo que le importa es su categoría, su honor. Allá en la corte, el importe de la moradaa, de la pensión, entre los cortesanos celosos unos de otros, que se apartan a codazos, representa el grado que ocupa cada noble en la casa real. Magallanes, con sus treinta y cinco años, veterano de las guerras de Indias y de Marruecos, no quiere permanecer más tiempo a la retaguardia de aquellos muchachos a quienes apunta el bozo, que aguantan el plato al rey o abren la portezuela de su coche. Nunca el orgullo le ha movido a dar empujones a nadie, pero si le veda el dejarse poner detrás de los más jóvenes y de los que tienen menos méritos. No quiere que se le estime en menos de lo que él se estima a sí mismo y a su tarea.

Pero el rey Manuel observa, duro el entrecejo, al inquieto solicitante. Tampoco a él, rico entre todos los monarcas, le importa la miserable moneda de plata. Lo que le molesta es la actitud de este hombre, que, lejos de rogar humildemente, exigía impetuoso; que no se conforma con esperar que el rey le conceda el sueldo como una gracia, sino que insiste, envarado y cerril, como si se tratara de un derecho. ¡Ea, ya aprenderá a esperar y a pedir ese muchacho testarudo! Mal aconsejado por el enojo, Manuel, llamado el fortunado, el dichoso, rehúsa, por desdicha, el aumento de pensión que exige Magallanes, sin imaginar los miles de ducados de oro que, en día no lejano, quisiera poder pagar a cambio del medio crusado que ahora niega.

Es hora de que Magallanes se retire, pues la frente nublada del rey no deja esperar ni un rayo siquiera de cortesana benevolencia. Pero, lejos de inclinarse, servil, y dejar la sala, Magallanes endurecido por el orgullo, permanece de pie, imperturbable ante su monarca y expone su segundo ruego, el que más le interesa. Inquiere si el rey tiene, acaso, para él un cargo, una ocupación digna, por medio de la cual pudiera cumplir su deber, pues se siente demasiado joven y dispuesto para quedar reducido a vivir de limosna toda la vida. Cada mes, y hasta cada semana, salen de los puertos de Portugal los barcos que van a Indias, a Africa y al Brasil; nada tan propio como confiar el mando de uno de los muchos barcos a un hombre que conoce los mares del Este tan bien como el mejor. Nadie en la ciudad ni en todo el Imperio, con excepción del veterano Vasco de Gama, podría gloriarse de superar en conocimiento a Magallanes. Pero al rey Manuel se le hace cada momento más insoportable la dura mirada exigente del querellante. Sin dar a Magallanes ninguna esperanza, le responde fríamente que no tiene ningún cargo para él.

Es asunto concluido. La última palabra. Pero Magallanes expone todavía una tercera petición, más bien una simple pregunta. Magallanes pregunta al rey si tendrá inconveniente en que preste sus servicios a otro país donde haya esperanzas de ser mejor atendido. El rey, con una frialdad ofensiva, le da a entender que a él le tiene sin cuidado y que puede prestar sus servicios donde mejor le acomode. Con esto Magallanes queda convencido de que en la corte portuguesa se renuncia sin reservas a sus actividades, que le reconocen todavía graciosamente el derecho a la limosna para lo sucesivo, pero que estarían conformes en que volviera la espalda al país y a la corte.

No hubo más oyente que el rey en esta audiencia. No se sabe si fue entonces o en otra ocasión cuando Magallanes debió de exponer al rey su plan secreto. Tal vez no le dieron oportunidad de desplegar sus ideas o las oyeron con frialdad. Lo cual no es óbice para que en la misma audiencia Magallanes manifestara una vez más su voluntad de poner, como hasta entonces, la sangre y la existencia al servicio de Portugal. Por reacción de la áspera negativa, se creyó obligado a tomar una decisión, caso que se presenta inevitablemente, uno a otro día, en la vida de todo hombre creador.

En el momento de salir como un mendigo rechazado del palacio de su rey, está convencido de que no es hora de esperar ni de vacilar. Con sus treinta y cinco años ha vivido y experimentado en los campos y en el mar todo lo que un guerrero y un navegante puedan reunir de conocimientos. Ha rodeado el Cabo cuatro veces, dos por Occidente y dos por Oriente. Ha estado innumerables veces a punto de morir; tres veces ha sentido en la carne cálida y sangrienta el frío del metal de las armas enemigas. Ha visto una porción de mundo inconmensurable, sabe más del oriente de la tierra que todos los geógrafos y los cartógrafos famosos de su tiempo; ha dado testimonio de conocer toda la técnica de la guerra en casi diez años de prueba; sabe manejar la espada y el arcabuz, servirse del timón y de la brújula, y gobernar el velamen como el cañón, el remo, la azada y la lanza. Sabe orientarse en los portulanos, servirse de la sonda y, con no menos exactitud que un maestro en Astronomía, utiliza todos los instrumentos náuticos. Lo que otros curiosean únicamente en los libros: las interminables calmas del viento y los ciclones que duran días, las batallas en el mar y en la tierra, los cercos y los pillajes, el ataque por sorpresa y el naufragio, él lo ha vivido y en todo ha actuado. Por espacio de diez años, en mil noches y días se ha templado en la espera sobre el infinito de los mares, y ha tenido que saber aprovechar el instante decisivo que pasa como un relámpago. Se ha familiarizado con toda raza de hombres, amarillos y blancos, negros y morenos, hindúes y negros, malayos y chinos, árabes y turcos. En todas las formas de servicio, por mar y tierra, en las diversas estaciones y en las diversas zonas, entre los hielos y bajo cielos ardientes, ha servido a su rey y a su país. Pero servir es propio de la juventud, y ahora, al borde de los treinta y seis años, Magallanes decide que ya ha sacrificado bastante tiempo a los intereses y a la fama de los demás. Como todo hombre creador, experimenta, media in vita, el anhelo de la propia responsabilidad y de la realización personal. La patria le ha abandonado y ha roto los vínculos que le unían al cargo y al deber ¡Mejor! Ahora es libre. Como tantas otras veces, el puño que intentaba apartar a un hombre, lo que logra en realidad es hacerlo entrar en sí mismo.

En Magallanes, una decisión no se exterioriza nunca impulsivamente. Por poca que sea la luz que las descripciones de sus contemporáneos proyectan sobre su carácter, hay una virtud esencial que informa visiblemente cada una de las fases de su vida: Magallanes sabía callar de un modo admirable. De natural no impaciente ni locuaz, borroso y apartado aun en medio del tumulto militar, se recluía en sus pensamientos. Con la mirada puesta en lejanos plazos, pesando en el silencio cada posibilidad, nunca expuso Magallanes su plan a los demás o una determinación sin antes haber dejado sazonar la idea y reconocerla irrefutable.

También esta vez ejerce Magallanes su magnifico arte del silencio. Otro cualquiera, después de la negativa del rey Manuel, seguramente hubiera abandonado en el acto el país para ofrecerse a un monarca extranjero. Magallanes se queda todavía tranquilamente un año entero en Portugal, sin que nadie atine en qué se ocupa. Notan a lo más ?si es que esto es de notar en un curtido navegante de Indias? que Magallanes frecuentaba mucho los grupos de pilotos y capitanes, principalmente los que un tiempo surcaban las aguas del Sur. ¿Pero de qué pueden hablar mejor los cazadores sino de caza, y los navegantes de cosas de mar y del descubrimiento reciente de tierras? Tampoco es bastante para despertar ninguna sospecha el verle en la Tesoraria, archivo particular del rey Manuel, sobre los mapas de las costas, los portulanos y las libretas de a bordo de las últimas expediciones al Brasil, que allí se archivan en calidad de secretissima. ¿En qué se ocuparía un capitán cesante, en sus muchas horas libres, sino en el estudio de los libros y los informes sobre las tierras y los mares recién descubiertos? Más bien puede resultar chocante la amistad que ha hecho Magallanes. Este hombre, Ruy Faleiro, con quien parece intimar de día en día, por lo inquieto y nervioso, por su fogoso intelectualismo y la vehemencia de su temple, presuntuoso y pendenciero como es, no se diría apto para congeniar con el navegante guerrero, silencioso, contenido, impenetrable. Pero las dotes de los dos hombres, a los que pronto se ve como inseparables, precisamente porque son los dos polos, dan por resultado una cierta armonía que necesariamente será breve. Como para Magallanes la aventura del mar y la investigación práctica del mundo terrestre, son para Faleiro lo más apasionante las noticias abstractas del cielo y de la tierra. En calidad de teórico puro y de estudioso que no ha pisado los barcos, que no ha salido de Portugal, y sólo sabe de la tierra a través de los cálculos, libros, tablas y mapas, conoce Ruy Faleiro los lejanos derroteros del cielo y de la tierra, y en esta esfera abstracta, como cartógrafo y astrónomo, es considerado la más alta autoridad. No sabe armar una vela, pero tiene un sistema de su invención para calcular las longitudes, que, aunque defectuoso, abarca todo el globo y prestará decisivos servicios a Magallanes, andando el tiempo. No ha gobernado nunca un timón, pero los mapas oceanográficos, los portulanos, los astrolabios y otros instrumentos construidos por su propia mano parecen haber sido los más perfectos auxiliares de la navegación en su época. Magallanes, el práctico ideal, cuyas universidades fueron la guerra y la aventura, que no sabe más del cielo y de la tierra que lo que en sus viajes ha aprendido, pudo sacar inmensa utilidad de la frecuentación de aquel especialista. Precisamente porque son como dos polos opuestos en sus dotes e inclinaciones, se completan ambos felizmente, como siempre se han completado el cálculo y la experiencia, la idea y la acción, el espíritu y la materia.

Pero en este caso particular hay, además, la comunidad de destino. Estos dos portugueses extraordinarios han sido ofendidos en las convicciones por su soberano y se les ha impedido realizar la empresa de su vida. Ruy Faleiro aspira desde hace años al cargo de astrónomo real, Y nadie se hallaría en tierra portuguesa con derecho tan bien adquirido a tal aspiración. Pero, como Magallanes con su reservado orgullo, Ruy Faleiro parece tener ofendida a la corte con su condición impulsiva, nerviosa, pronta, y que se molesta fácilmente. Sus contrarios le tachan de majadero y, para deshacerse de él por medio de la Inquisición, propagan la sospecha de que Faleiro utiliza en sus trabajos fuerzas del espíritu más allá de lo natural y debe de estar aliado con el demonio. Así se ven entrambos, Magallanes y Ruy Faleiro, relegados, por razones de odio y desconfianza, en su misma patria; y esta presión de desconfianza y odio en el ambiente es lo que los acerca más. Faleiro estudia las comunicaciones y proyectos de Magallanes. Les da estructura científica, y sus cálculos reafirman con datos precisos lo que Magallanes conocía por pura intuición. Cuanto más el teórico y el práctico cotejan sus experiencias, más apasionada se hace la decisión de dar realidad a su proyecto concreto y de que sea en común, como en común lo han madurado y estructurado. Comprométense bajo palabra de honor a guardar el secreto su propósito hasta que llegue el momento decisivo de la realización, y si es preciso, llevar a cabo sin el apoyo de su patria, y hasta contra ella, un hecho que no ha de pertenecer a un país único, sino a toda la Humanidad.

Ha llegado el momento de preguntar: ¿qué hay, propiamente, bajo el proyecto misterioso que Magallanes y Faleiro discuten, como unos conjurados, a la sombra del palacio real? ¿En qué consiste esa novedad, esa cosa nunca vista, y qué es lo que hace tan precioso el plan que se obliguen a mantenerlo escondido como un arma envenenada? La respuesta desilusiona, de momento. El plan no es otro que la misma idea que ya trajo Magallanes de las Indias, y a cuya realización le animó Serráo: el llegar a las opulentas islas de la especiería, no como los portugueses hasta Oriente, por encima de Africa, sino por Occidente y bordeando América. Este plan no ofrece, al parecer, ninguna novedad. Ya es sabido que el mismo Colón no había salido para descubrir la entonces todavía desconocida América, sino para llegar a las Indias, y cuando por fin el mundo se dio cuenta de su error ?él nunca lo reconoció, creyó hasta su muerte haber desembarcado en una provincia del Kan de la China? no pensó España en modo alguno renunciar al viaje a las Indias por razón de aquel casual descubrimiento. Por que al gozo del principio había seguido la decepción. Se sabía ya que era una fábula la noticia del precipitado y fantástico Colón de que en Santo Domingo y en Hispaniola el oro se encontraba casi a flor de tierra. Ni oro ni especias se habían hallado ni siquiera el llamado "marfil negro", ya que los endebles indios no podían ser útiles como esclavos. Hasta que Pizarro saqueó las cámaras del tesoro de los Incas y fue sacada la plata de las minas de Potosí, el descubrimiento de América era, comercialmente, una bicoca, y a los castellanos les daría más quehacer la colonización y gobierno de América que la rápida expedición al paraíso de las joyas y de las especias. Proseguíanse sin tregua los tanteos bajo las órdenes de la Corona para bordear navegando la nueva tierra firme encontrada y hacer irrupción, antes que los portugueses, en la verdadera cámara de los tesoros de Oriente, en las islas de las especias. Una expedición iba en pos de la otra, pero los españoles, como antes los portugueses en Africa, hubieron de soportar pronto la decepción en la busca de aquella ruta marítima que los llevara a las Indias anheladas. Porque la nueva tierra de América resultaba ser mucho más extensa de lo que sospecharon al principio. Fuera por el Sur, fuera por el Norte, en todas las rutas del mar que quieren abrir con sus buques, les sale al paso una escarpada barrera de tierra firme. Como una ancha viga les cierra el camino el extenso continente, ese "estorbo" de América. Uno tras otro prueban fortuna los grandes conquistadores a ver si dan con el paso con el estrecho apetecible. Colón, en su cuarto viaje, se decanta al Oeste para regresar por las Indias y da con la barrera. La expedición en la cual participa Vespucio tienta en balde toda la costa americana del Sur “con propósito di andare a scoprire un, isola verso Oriente che si dice Melacha”, para llegar a las Molucas, las islas de la especiería. Cortés, en su cuarta relación, promete explícitamente al emperador Carlos que va a buscar la entrada por Panamá. Corterreal y Cabot intentan la entrada al Norte por los derroteros del Mar Glacial, y Juan de Solís, al Sur, por el río de la Plata. ¡Pero es en vano! Por todas partes, al Norte, al Sur, en las zonas glaciales como en los grados tropicales, ¡la misma muralla inconmovible de tierra y piedra! Empieza a desvanecerse la esperanza de llegar por el océano Atlántico a aquel otro que vio por primera vez Núñez de Balboa desde los altos del Panamá. Los cosmógrafos ya trazan en sus mapas el sur de América como pegado al Polo Antártico, ya se han estrellado innumerables barcos en esa vana exploración, y España se conforma con quedar excluida de las tierras y mares del opulento océano Indico, porque es imposible encontrar el paso, la entrada, con tanta pasión buscados.

Y, de pronto, sale del anónimo de su existencia el pequeño capitán Magallanes y declara, con la emoción de la seguridad absoluta: “Hay un paso del océano Atlántico al Pacifico. Lo sé; conozco el sitio. Dadme una escuadra y, en beneficio vuestro, llegaré a él; y, de Este a Oeste, daré la vuelta a toda la tierra.”

Nos hallamos ante el secreto de Magallanes que ha ocupado durante siglos a eruditos y psicólogos. El proyecto de Magallanes en sí mismo ?esto ya se vio entonces? no ofrecía originalidad alguna; quería, en sustancia, lo mismo que Colón, Vespucio, Corterreal, Cortés y Cabot. La novedad desconcertante del propósito no es el propósito en sí mismo, sino lo concluyente da la afirmación de Magallanes sobre una ruta marítima occidental hacia la India. Porque, ya en su principio, no dice, con la modestia de sus antecesores: "Espero hallar en alguna parte un paso, una entrada", sino que afirma, con el tono de una seguridad de bronce: "Hallaré el paso. Porque soy el único que conoce la existencia de ese paso entre el océano Atlántico y el Pacifico, y sé en qué paraje lo he de encontrar."

Pero ¿cómo puede Magallanes ?aquí el enigma- ­conocer de antemano la situación de este derrotero que todos los otros navegantes persiguieron sin resultado? Nunca se ha acercado él mismo a la costa americana, y su colega Faleiro tampoco. Si afirma, pues, con tal certeza la realidad de este derrotero será porque le consta su existencia y su situación por experiencia de algún predecesor que vio el paso ipsis oculos. Pero si otro navegante lo hubiera visto, entonces ?¡complicada situación!? Magallanes no seria el glorioso descubridor que festeja la Historia, sino el plagiador, el usurpador de la realización ajena. Entonces estaría tan fuera de lo justo el haber dado su nombre al estrecho de Magallanes, como el dar a América el de Américo Vespucio, que no fue su descubridor.

En esta única pregunta queda, pues, condensado el verdadero secreto de la historia de Magallanes. ¿Por quién y por qué camino el pequeño capitán portugués tuvo tan fiado conocimiento de la existencia de un paso de mar a mar, para atreverse a prometer el cumplimiento de lo hasta entonces tenido por imposible, o sea dar la vuelta al mundo en un solo viaje? El primer indicio de cuál pudiera ser la base de información que tal seguridad prestaba al propósito de Magallanes lo debemos a Antonio Pigafetta, su confidente y biógrafo, quien da este informe: aún teniendo ante los ojos la entrada de aquel estrecho, ninguno de los tripulantes hubiera creído en la posibilidad de su oficio de comunicación entre los océanos. El convencimiento de Magallanes hubiera sido el único inconmovible, por conocer ya de antemano la existencia del escondido estrecho gracias a un mapa del famoso cosmógrafo Martín Behaim que había atisbado en el particular archivo del rey de Portugal. Esta noticia de Pigafetta es de muy verosímil autenticidad, tanto por el hecho de que Martín Behaim fue cartógrafo del rey de Portugal hasta su muerte ?1507 ? como por constarnos que el reservado investigador Magallanes había sabido procurarse oportunamente el acceso a aquel archivo secreto. Pero el tal Martín Behaim ?el rompecabezas se complica? no había tomado parte personalmente en ninguna expedición de ultramar; por lo tanto, también él debió de recoger de otros navegantes la pasmosa afirmación de 1a existencia de un “paso”. También él debió de tener precursores. Y una pregunta sigue a la otra. ¿Quiénes eran los precursores, esos navegantes desconocidos, los auténticos descubridores? ¿Penetraron en realidad otros buques portugueses, antes de que nadie delineara aquellos mapas y globos, hasta el misterioso estrecho del Atlántico al Pacífico? He aquí que unos documentos intangibles vienen a darnos la segundad de que a principios del siglo varias expediciones portuguesas ?una de ellas guiada por Vespucio? habían dado noticia de las costas del Brasil y tal vez de la Argentina; ellos solamente podían haber visto el "paso".

Pero la cuestión no acaba aquí y una pregunta llama a la otra. Aquellas misteriosas expediciones ¿hasta dónde habían llegado? ¿Habían alcanzado la travesía, el estrecho de Magallanes? Para suponer que otros navegantes conocieran el "paso" antes que Magallanes no existía más punto de apoyo que aquella noticia de Pigafetta y un globo de Juan Schöner, hoy todavía existente, que ya en 1515, antes, por lo tanto, de la expedición de Magallanes, señala claramente un "paso" al Sur, si bien en un sitio equivocado. Nada de esto, empero, nos explica de dónde pudieron sacar sus informaciones Behaim y el profesor alemán. En aquella edad de los descubrimientos, cada nación velaba con celo comercial por que permanecieran rigurosamente secretos los resultados de las expediciones. Las libretas de observación de los pilotos, las memorias de los capitanes, los mapas y portulanos se guardaban severamente en la Tesorería de Lisboa, y el rey Manuel prohibía, por el edicto de 18 de noviembre de 1504, "hacer declaraciones acerca de la navegación más allá de la corriente del Congo, a fin de que los extranjeros no puedan aprovecharse de los descubrimientos de Portugal". Ya se hubiera creído vana la cuestión de la primacía cuando, a un siglo de distancia, un hallazgo insospechado vino a aclarar ?o así pareció, al menos? a quién debían Behaim y Schöner, y por remate Magallanes, sus conocimientos geográficos. Era una hoja en alemán, impresa en un papel muy malo, lo que se descubrió: "Copia der Newen Zeytung au Presillg Landt" y tenía el carácter de un informe que el comercio de Portugal presentó a principios del siglo a los grandes mercaderes de Augsburgo. En un alemán espeluznante se da noticia, en la hoja, de que un buque portugués, cerca del grado cuarenta de latitud, ha encontrado un cabo, correspondiendo al de Buena Esperanza, y que, dando la vuelta a ese cabo, se ha visto que detrás, en dirección de Este a Oeste, hay un ancho paso, parecido al estrecho de Gibraltar, que comunica con el otro mar, de modo que es cosa fácil por ese camino alcanzar las Molucas, las islas de la especiería. Claramente afirma, pues, dicho informe la existencia de una comunicación entre el océano Atlántico y el océano Pacífico ?quod erat demostrandum.

El enigma parecía, así, descifrado, y Magallanes declarado usurpador, plagiador de un descubrimiento anterior a él. Porque, naturalmente, Magallanes debió de conocer, tan bien como otros, los resultados de aquella anterior expedición portuguesa, con lo cual todo su mérito quedaría reducido, desde el punto de vista histórico, a haber sabido transformar enérgicamente un secreto bien guardado en una decisión útil a toda la humanidad. Todo el prestigio de Magallanes consistiría en haber sido hábil y decidido en aprovecharse del éxito ajeno.

Pero esto no acaba aquí todavía. Hoy sabemos muy bien lo que Magallanes ignoraba: que aquellos navegantes de la desconocida expedición portuguesa no llegaron nunca prácticamente al estrecho de Magallanes y que sus informes (los cuales Magallanes, no menos crédulo que Martín Behaim y Juan Schöner, aceptó como buenos) eran, en realidad, una mala interpretación, un error fácilmente comprensible. Porque ¿qué es lo que habían visto ?y aquí ponemos el dedo en la llaga? aquellos pilotos, cerca del grado cuarenta de latitud? ¿Qué es propiamente lo que comunica aquel testimonio de vista de la Newen Zeytung? Esto y nada más: que aquellos navegantes, aproximadamente en el grado cuarenta de latitud, habían descubierto una bahía, dentro de la cual navegaron dos días sin llegar a su término; y que así, sin hallar salida, una tormenta los había impelido hacia atrás. No vieron más que esto: la entrada de un estrecho, que les pareció ser ?pero sin más seguridad? el tan buscado canal de comunicación con el océano Pacífico. Mas el paso auténtico ?y eso lo sabemos desde Magallanes? cae cerca del grado cincuenta y dos de latitud. ¿Qué es, pues, lo que pudieron ver aquellos marinos anónimos en la proximidad del grado cuarenta? En este punto tenemos una fundada sospecha. Sólo quien haya visto por primera vez las moles inmensas de agua, la ancha llanura líquida con que el río de la Plata desemboca en el mar, podrá comprender que no fue equivocación circunstancial, sino necesaria, el tomar por una bahía, por un mar, esta aparatosa desembocadura de un río. Nada tan comprensible como que aquellos navegantes, que nunca habían visto en Europa un río de tan gigantes dimensiones, cantaran victoria a la vista de la anchura interminable, creyendo, en su precipitación, que aquél tenía que ser el tan buscado estrecho, el paso que unía un océano con otro. Que aquellos pilotos a que se refiere la Newen Zeytung confundieron la magna corriente con un estrecho lo atestiguaron plenamente los mapas trazados al dictado de su acción. Porque si los tales pilotos anónimos, aparte la corriente del Plata, hubieran hallado más hacia el Sur el verdadero estrecho de Magallanes, el auténtico "paso", se vería marcado también en sus portulanos, así como en el globo de Schöner, el de la Plata, ese gigante entre las corrientes de la tierra. Pero he aquí que lo mismo Schöner que los otros mapas que conocemos no señalan la corriente del Plata, sino que señalan en su lugar el “paso” el estrecho mítico, precisamente en el mismo grado de latitud. Con esto queda plenamente dilucidada la cuestión. Aquellos fiadores de la Newen Zeyttcng se engañaron en medio de su probidad, victimas de una confusión ajena muy explicable; y con igual probidad procedía Magallanes al afirmar que tenía noticia auténtica de la existencia de un "paso". Cayó en error a través del error de otros cuando, al proyectar su magno plan de la vuelta al mundo, echó mano de aquellos mapas e informes. El secreto de Magallanes fue, en definitiva, un error honradamente aceptado.

¡Pero no maldigamos del error! Hasta de un error, si el genio lo toca y un buen azar lo conduce, puede salir una elevada verdad. Cuéntase por cientos y por miles los inventos trascendentales, en todos los terrenos del conocimiento, que han sido promovidos en medio de falsas hipótesis. Nunca se hubiera arriesgado al mar Cristóbal Colón de no existir aquel mapa de Toscanelli que, calculando con absurda falsedad la extensión del orbe, le hacia abrigar la ilusión de haber hallado el derrotero para llegar, en el menor tiempo posible, a la costa oriental de la India. Nunca Magallanes hubiera podido persuadir a un monarca para que le confiara una flota si, con seguridad ingenua, no hubiera puesto fe en aquel mapa erróneo de Behaim y en aquellos informes fantásticos de los pilotos portugueses. Sólo porque creía conocer un secreto le fue posible a Magallanes descifrar el secreto geográfico más grande de su época. Sólo porque se entregó con toda el alma a una ilusión transitoria descubrió una verdad permanente.

 

Capítulo

4

UNA IDEA QUE SE REALIZA 20 octubre 1517 22 marzo 1518

 

Magallanes está frente a frente de la responsabilidad de su decisión. Tiene un plan atrevido como ningún otro navegante de la época haya abrigado en su alma, y con él la seguridad ?o tal le parece, al menos? de que gracias a sus informaciones particulares ha de conseguir el objetivo. Pero ¿cómo convertir en realidad una empresa tan costosa y erizada de peligros? Su propio rey le ha quitado de delante, y puede apenas contar con el apoyo de los armadores portugueses que simpatizan con él, porque no se arriesgarán a confiar el mando a un hombre caído en desgracia en la corte. Sólo queda un camino: dirigirse a España. De allí únicamente puede esperar Magallanes un apoyo; es la única corte para la cual su persona puede ser valiosa, pues no solamente aporta a la misma las preciadas informaciones de la Tesorería de Lisboa, sino que brinda también a España lo que no importa menos a la empresa: un título moral. Su colega Faleiro ha calculado ?cálculo erróneo, como errónea era la información que tenía Magallanes? que las islas de las especias han de caer fuera de la opción portuguesa, en la zona que el Papa destina a España en su partición, y, por lo tanto, vendrán a ser patrimonio de la corona española y no de la portuguesa. Las islas más opulentas del mundo y el camino más corto para llegar a ellas es el dote que brinda a Carlos V el pequeño capitán portugués. Si en alguna parte ha de ser dado curso a su idea es en la corte española. Sólo en ella podrá realizarse el hecho magno, la obsesión de su vida, aunque sea al precio del mayor dolor. Porque bien sabe Magallanes que, dirigiéndose a España, pierde en Portugal sus títulos de caballero y de portugués. No será más Magelhaes. Sabe que tendrá que arrancarse este nombre como quien se arranca la piel, y que su rey y sus compatriotas le considerarán traidor y deshonrado tránsfuga durante generaciones. La voluntaria expatriación de Magallanes y su desesperado ofrecimiento de servicio al extranjero no son comparables con el modo de proceder de un Colón, de un Cabot, de un Cadamosto o de un Vespucio, aunque también éstos salieron con flotas extranjeras. Porque Magallanes no sólo abandona su patria, sino que también ?no se puede pasar en silencio? la perjudica, puesto que pone en las manos del más enconado rival de su rey las islas de las especias, que ya sabe ocupadas por sus compatriotas; su proceder es más que osado: está totalmente falto de patriotismo, por cuanto procura, allende sus fronteras, unos secretos náuticos adquiridos simplemente gracias a la entrada en la Tesorería de Lisboa. Traducido al lenguaje contemporáneo: Magallanes, en su calidad de hidalgo portugués y ex capitán de la flota portuguesa, cometía un delito no menor que si en nuestros días un oficial entregara unos mapas del Estado Mayor y planos de movili­zación a una nación rival. Y lo único que infunde una cierta grandeza a su turbio proceder es el no haber pasado la frontera cobardemente y receloso como un contrabandista, sino con la visera levantada y consciente de todas las injurias que su paso al otro lado va a acarrearle.

Pero el hombre creador se mueve más allá de lo estrictamente nacional. Quien ha de realizar una acción o llevar a cabo un descubrimiento que toda la Humanidad reclama, ya tiene por patria su obra más bien que su misma patria. En último término se sentirá responsable únicamente ante la empresa misma que le es encomendada, y antes le será tolerado que menosprecie los intereses estatales y pasajeros que la íntima obligación que le imponen su particular misión y su personal aptitud. Magallanes, al cabo de años de fidelidad a su patria, en medio del camino de la vida, reconoce su tarea ineludible. Ya que su patria se niega a ayudar a la realización de la misma, se ve obligado a hacer patria de su propia idea. Decidido, renuncia a su nombre y al honor de ciudadano para levantarse y andar hacia un hecho inmortal, consecuente con su propósito.

Ha pasado para Magallanes el tiempo de la espera, de la paciencia y de los proyectos. En otoño de 1517 empieza la realización de su atrevido propósito. Dejando de momento en Portugal a su colega Faleiro, menos animoso que él, atraviesa Magallanes el Rubicón de su vida: la frontera española. En 20 de octubre de 1517 llega a Sevilla, acompañado de su esclavo Enrique, que le sigue hace años como su sombra. No es Sevilla, en aquel entonces, residencia del rey de España Carlos I, a quien conocemos como Carlos V en calidad de rey de ambos mundos; el monarca de dieciocho años acaba de llegar de Flandes a Santander, en su jornada hacia Valladolid, donde habrá de reunir las Cortes desde mediados de noviembre. Magallanes no sabe dónde pasar el tiempo de espera mejor que en Sevilla, porque su puerto es como el umbral de la nueva India; salen de las riberas del Guadalquivir la mayoría de los veleros que van a Occidente, y es tal la afluencia de compradores, capitanes, corredores y factores, que el rey manda erigir una Casa del Comercio propia: la famosa "Casa de Contratación", o "Casa de Indias" ?domus indica?, o "Casa del Océano". Reúnense en ésta para su custodia todas las actas y mapas, todas las anotaciones e informes de todos los navegantes y mercaderes ?Habet rex in ea urbe ad oceana tantum negotia domum erectam ad quam euntes, redeuntesques visitores confluunt?. La Casa de Indias es, a la vez, Bolsa de mercancías y agencia de navegación, y ningún nombre le sentaría mejor que el de Cámara de Comercio marítimo, un centro de consulta y de información, donde se relacionan, bajo la inspección del Estado, los hombres de negocios que financian las expediciones, por una parte y, por otra, los capitanes dispuestos a con­ducirlas. Quien proyectase una nueva empresa bajo pabellón español habrá de presentarse, primero, en la "Casa de Contratación" en demanda de permiso o de apoyo.

No hay mejor testimonio de la extraordinaria facultad de reserva de Magallanes y de su genial capacidad de callar y esperar, que el aplazamiento de esta indispensable diligencia. Nunca extravagante, jamás excediéndose en el optimismo ni mintiéndose a sí mismo vanidosamente, sino más bien calculador constante, psicólogo y realista, Magallanes pone en la balanza sus garantías personales y decide que no son de suficiente peso. Sabe que sólo entrará con buen pie en la "Casa de Contratación si otros le preparan antes el terreno. Porque a él ¿quién le conoce allí? El haber viajado siete años por Oriente y luchado a las órdenes de Almeida y Alburquerque no significa gran cosa en una ciudad cuyas tabernas y mesones hormiguean de aventurados y desesperados, y donde viven todavía los capitanes que navegaron al lado de Colón, de Corterreal y de Cabot. Tampoco son recomendaciones que pueden ayudarle el llegar de Portugal y no haber logrado entenderse con su rey, y el ser emigrante y, en un sentido más estricto, fugitivo. No; la "Casa de Contratación" no depositará en él, el innominado, el fuoruscito, ninguna confianza; por eso Magallanes no traspone el umbral. Le basta su experiencia para saber lo que hace falta en un caso semejante Ante todo, como los proyectistas y proponentes en general, necesita "relaciones" y "recomendaciones". Antes de empezar las negociaciones con los que tienen el poder y el dinero, es preciso que poder y dinero le guarden las espaldas.

Al precavido Magallanes le parece una relación imprescindible de tal naturaleza la que entabló ya antes de su salida de Portugal. En la casa de Diego Barbosa, otro portugués que renunció a su nacionalidad y está al servicio de España como alcaide del Arsenal hace catorce años, es recibido desde luego cordialmente. Muy considerado en toda la ciudad, caballero de la Orden de Santiago, resultó para el recién llegado un ideal fiador. Existen bastantes datos que coinciden en establecer el parentesco de Barbosa y Magallanes, pero lo que desde el primer momento estrecha el vínculo entre ambos, mejor que cualquier parentesco de tercer grado, es el hecho de ser Diego Barbosa, desde bastantes años antes que Magallanes, viajero de Indias. Su hijo, Duarte Barbosa, ha heredado la pasión de la aventura. También él ha atravesado en todos los sentidos las aguas Indicas, persas y malayas, y dejó un libro de viaje muy estimado en su tiempo, O livro de Duarte Barbosa. Estos tres hombres contraen pronta amistad. Si todavía hoy los oficiales de colonias o soldados que han luchado en el mismo sector durante la guerra, forman toda la vida como un gremio cerrado, ¡cuánto más debieron de sentirse unidos en aquel tiempo el par de docenas de veteranos del mar, salvados por milagro y vueltos al hogar, de aquellos azarosos y mortíferos viajes! Barbosa insta, hospitalario, a Magallanes para que se quede a vivir con él; su hija Bárbara no tarda mucho en sentir preferencias por el hombre de treinta y siete años, enérgico y autoritario. Antes de acabar el año, Magallanes pasa a ser yerno del alcaide, asegurándose con ello simpatía y arraigo en Sevilla. El que arriesgó su personalidad portuguesa toma ahora carta de naturaleza en España. Ya no es el refugiado, sino el "vecino de Sevilla", donde está en su casa. Acreditado por su amistad y su pronta alianza con los Barbosa, escudado en la dote de su mujer, que importa 600.000 maravedíes, puede ahora sin vacilaciones franquear el umbral de la "Casa de Contratación". No existen noticias fidedignas acerca de las relaciones que con ella debió de tener, ni de la acogida que debieron de dispensarle. No sabemos lo que Magallanes, comprometido por su juramento con Ruy Faleiro, llegaría a confiar de su proyecto a la Comisión, y probablemente es incierto, por burda analogía con el caso de Colón, el rumor de que sus propósitos fueron rechazados ásperamente por la comisión, o que ésta estuvo a punto de tomarlos a risa. Sólo sabemos de cierto que la “Casa de Contratación” no quiso o no pudo participar en la empresa del desconocido bajo propia responsabilidad y riesgos. Los profesionales en el orden comercial han de desconfiar de todo lo que se sale de lo ordinario, y otra vez se llevó a cabo uno de los logros definitivos de la Historia no gracias al apoyo de los organismos adecuados, sino a pesar de ellos.

La Casa de Indias no patrocinó la empresa de Magallanes. De las muchas puertas que median hasta la sala de audiencia del rey, ni siquiera la primera se abrió. Debió de ser un día muy siniestro para Magallanes. En vano el viaje, en vano las recomendaciones y los cálculos expuestos; inútiles la elocuencia y la pasión que, a pesar suyo, le domina: los tres profesionales que forman la Comisión no llegan a ponerse de acuerdo con él ni a hacerse cargo de su proyecto.

Pero, en la guerra, a menudo un general que se creía vencido, ya dispuesto a abandonar el campo, ve acercarse un mensajero cual un ángel que le anuncia la retirada del enemigo, abandonándole así la plaza y dándole con ello la victoria. Un minuto, y los dados se vuelven, de pronto, en su favor, y se halla transportado, desde los abismos, a las cumbres de la felicidad. Un minuto así vive ahora Magallanes al recibir el inesperado mensaje enterándole de que uno de los tres miembros de la Comisión que, por su hosca actitud, le pareció que hacía causa común con los otros, sentíase muy interesado en el proyecto, el cual había escuchado con atención. Juan de Aranda, el "factor", el director de la "Casa de Contratación", tiene un gran deseo de oír en privado algo más de aquel plan interesantísimo y que él cree rico en perspectiva. Que Magallanes se ponga al habla con él.

Lo que al venturoso Magallanes le parece disposición del cielo, es en verdad asunto muy terrenal. A Juan de Aranda, como a todos los emperadores y reyes, capitanes y mercaderes de su tiempo, no le va nada en el descubrimiento de la tierra y la consiguiente felicidad de los humanos, pese a la pintura que nos dan los libros de Historia para la juventud. No eran la generosidad del ánimo ni el puro entusiasmo los que hicieron de Aranda un patrocinador del plan. Lo que el factor de la "Casa de Contratación" husmea en el propósito de Magallanes, como experto en la materia, es algún buen negocio. Ya fuera a clara argumentación o el porte varonil y aplomado de aquel desconocido capitán portugués, o bien la íntima convicción con lo que exponía, algo debió de imponerse al experto y ponderado negociante. Lo cierto es que Aranda, ayudado tal vez de la razón o por puro instinto, rastrea detrás del magno plan la posible magnitud del negocio. El haber oficialmente declinado, como no rentable para la Corona, la proposición de Magallanes no le impide al funcionario real Aranda hacer el negocio "en sí", como dicen en el dialecto de los negociantes, patrocinando financieramente la empresa a título de particular, o al menos sacando del financiamiento una comisión en calidad de intermediario. Cierto que este modo de obrar dando carpetazo a un proyecto como funcionario de la Corona y cortesano, para aceptarlo bajo mano, no es muy correcto ni muy limpio; y, en efecto, más tarde, la "Casa de Contratación" abrió un proceso contra Juan de Aranda por su participación financiera en él.

Magallanes no puede andar con repulgos en tales momentos. No tiene más salida que uncir a su empresa lo que pueda sacar adelante la carreta, y en esta situación crítica confía, probablemente, a Juan de Aranda, del común “secreto”, más de lo que su fidelidad hacia Ruy Faleiro le permitía. Se goza de haber ganado a Juan de Aranda para su empresa. Éste, antes de poner dinero e influencia en el arriesgado negocio con uno a quien no conoce, hace lo que haría hoy cualquier diestro financiero en ocasión semejante: pide informes a Portugal sobre el crédito que merezcan Magallanes y Faleiro. La persona a quien se dirija confidencialmente no es otra que Cristóbal de Haro, financiador un día de aquella primera expedición hacia el sur brasileño y que posee el más amplio conocimiento sobre la materia y las personas. La información ?una feliz coincidencia más ? da un resultado excelente: Magallanes es un hombre experto, un navegante puesto a prueba, y Faleiro está considerado como un cosmógrafo de categoría.

Queda sorteado el último escollo. Desde esta hora el gerente de la Casa de Indias, cuyo fallo en cosas del mar es tenido como decisivo en la corte, está dispuesto a regir los de Magallanes, que son también los suyos. Magallanes y Faleiro ganan un tercer asociado; aportan un capital básico en este trifolio: Magallanes, su experiencia práctica; Faleiro, sus conocimientos teóricos, y Juan de Aranda, sus relaciones. No vacila en dirigir una extensa carta al canciller de Estado de Castilla, en la cual manifiesta la importancia de la empresa y recomienda a Magallanes como un hombre "que podría prestar grandes servicios a Su Alteza". Pone luego al corriente del plan a cada uno de los consejeros, con lo cual asegura a Magallanes la audiencia. Y más aún: el celoso agente no sólo se declara dispuesto a acompañar él mismo a Magallanes a Valladolid, sino que le adelanta, además, de su bolsillo el coste del viaje y de la estancia. Ha cambiado el viento de la noche a la mañana. Magallanes ve superadas sus más atrevidas esperanzas. En un mes ha conseguido más de España que de su patria en los diez años da abnegado servicio. Ahora que se le han abierto las puertas del palacio real, escribe a Faleiro que venga confiado a Sevilla cuanto antes mejor, pues todo va como una seda.

Era de esperar que el bravo astrólogo acogería entusiasmado el sorprendente progreso de las negociaciones y daría un abrazo de gratitud a su compañero, pero en la vida de Magallanes ?y en lo sucesivo persistirá el mismo ritmo ? no hay día claro que alguna nube no empañe. Ya el hecho de la afortunada iniciativa de Magallanes parecía haber exasperado el natural reacio, colérico y sensible de Ruy Faleiro, que, a causa de ella, pasaba a la reserva; y la indignación del astrólogo, tan poco versado en las cosas del mundo, llega al colmo cuando se entera de que Aranda no patrocina la empresa por amor a la Humanidad, sino porque aspira a una participación en las futuras ganancias.

Esta circunstancia da lugar a escenas acaloradas. Faleiro acusa a Magallanes de haber faltado a la palabra revelando el "secreto" a un tercero, sin su aquiescencia. En un histérico arrebato de cólera se resiste a ir a la corte de Valladolid en compañía de Aranda, no obstante haberle anticipado éste los gastos del viaje. Esa vana cerrilidad de Faleiro amenazaba seriamente la empresa, cuando Aranda recibe de la corte la fausta noticia de que el rey concede la audiencia requerida. Empieza una excitada negociación, con idas y venidas, a propósito de la comisión sobre lo cual los tres componentes no llegan a un acuerdo hasta el último momento, ante los mismos portales de Valladolid. Antes de haber cazado el oso se reparten ya buenamente su piel. A Aranda le es asignado un octavo por sus actividades de agente, y con este octavo de la ganancia futura ?del cual Aranda, Magallanes y Faleiro jamás verán un maravedí? no quedan, en verdad, bastante bien pagados sus servicios, pues es él quien conoce la situación y sabe cómo regirla, y quien, aun antes que el del rey, desconocedor de su enorme poder, habrá de ganarse el beneplácito del Consejo de la Corona.

En este Consejo de la Corona parece que el plan de Magallanes ha de hallar terreno no del todo favorable. Porque, de sus cuatro miembros, hay tres: el cardenal Adriano de Utrecht, amigo de Erasmo y futuro Papa, Guillermo de Croix y el canciller de Estado Sauvage, que son nativos de los Países Bajos; vuelven la mirada más hacia Alemania donde el rey español Carlos ceñirá la corona imperial y hará que el nombre de Habsburgo se adueñe del mundo. Para esos aristócratas feudales o humanistas bibliófilos un proyecto de ultramar cuyo probable provecho se desplegará a la postre exclusivamente en favor de España, esta muy lejos de sus planes. El único español en el Consejo de la Corona, protector de la "Casa de Contratación y, al mismo tiempo, el que posee indiscutibles conocimientos náuticos, es por desgracia, el famoso e infamado cardenal Fonseca, obispo de Burgos. Con sincero terror debió de oír Magallanes el nombre de Fonseca al pronunciarlo Aranda por primera vez, pues todo navegante sabía que Colón no tuvo en su vida más enconado adversario que este cardenal realista y mercantil, que se opone con la más rígida desconfianza a todo plan fantástico. Pero Magallanes nada tiene que perder y, en cambio ve ganancias en perspectiva. Decidido, con la cabeza alta, se presenta ante el reunido Consejo para defender su idea y llevar adelante el proyecto.

De lo que en aquella sesión aconteció tenemos diversas informaciones, y, por lo diversas, discutibles. Lo único que se puede asegurar es que algo debió de hacer impresión desde los primeros momentos en la actitud y en el modo de exponer de aquel hombre nervudo y atezado. Los consejeros del rey ven en seguida que el capitán portugués no es uno de aquellos fantaseadores hueros, como tantos hubo desde el éxito de Colón, que iban cada cual con su proyecto a la corte. Este hombre de ahora ha llegado, en realidad, más allá de Oriente que cualquier otro, y cuando cuenta de las islas de las especias, de su situación geográfica, de sus condiciones climatológicas y de su riqueza incalculable, se ve que sus noticias, gracias a las relaciones con Varthema y a la amistad de Serráo, son más dignas de crédito que las de todos los archivos de España. Pero Magallanes no ha puesto todavía sobre la mesa sus mejores naipes. Manda con una seña a su esclavo Enrique, el que trajo de Malaca, que se adelante. Con notable asombro se han fijado los consejeros del rey en el malayo esbelto, de finos miembros: no habían visto aún ninguno de su raza. Se pretende que presentó también una esclava de Sumatra, la cual rompió a hablar y gorjear como si, de pronto, un abigarrado colibrí revoloteara en la real sala de audiencia. Y por fin ?testimonio de los más valiosos? lee Magallanes unos párrafos de las cartas de su amigo Francisco Serráo, el nuevo gran visir de Ternate, donde se consigna que allí hay "una tierra más extensa y más rica que el mundo que descubrió Vasco de Gama".

Hasta haber logrado despertar, por esos medios el interés de los altos personajes, no empieza Magallanes, sacando consecuencias, a exponer sus pretensiones. Como él mismo ha demostrado, las preciadas islas de las especias, cuya riqueza queda fuera de toda cuenta, caen tan al este de la India que resultaría un rodeo superfluo querer alcanzarlas por el Este, como los portugueses, doblando primero el Africa y, luego, todo el golfo Indico y la Sonda. El viaje resulta mucho más seguro por Occidente, y ésta es la orientación que el Santísimo Padre señala a los españoles. Cierto que se atraviesa en esta ruta, como una barrera infranqueable, el nuevo continente americano, del cual se pretende, erróneamente, que no es navegable en torno de sus costas del Sur; pero Magallanes tiene noticia cierta de que allí hay una travesía, un estrecho, un “paso”, y empeña su palabra de poner este su secreto, y el de Ruy Faleiro, al servicio de la Corona de España. Sólo por este su derrotero podrá todavía España pasar delante de los portugueses, los cuales ya tienden las manos impacientes hacia aquella cámara de los tesoros, y Su Majestad -aquí una inclinación ante el joven endeble y pálido, con el belfo de los Habsburgo?, que es ya uno de los monarcas más poderosos, pasará a ser, con su adquisición, el príncipe más rico de la tierra.

Pero tal vez ?rectifica Magallanes, continuando? Su Majestad tendría reparo en emprender una expedición hacia las Molucas, temeroso de invadir la esfera que Su Santidad el Papa destinaba a los portugueses en su partición. Este cuidado queda excluido. Gracias al conocimiento exacto que tiene del sitio y a los cálculos de Ruy Faleiro, él, Magallanes, puede asegurar y probar que las islas del tesoro caen dentro de la zona que Su Santidad el Papa asignó a España; es, pues, una equivocación por parte de España esperar más tiempo, a pesar de su indiscutible derecho de prioridad, con lo que facilitaría a los portugueses el sentar sus reales en territorio de la Corona española.

Magallanes hace una pausa. Ahora la exposición está a punto de pasar de lo práctico a la teoría, porque toca a los meridianos y a los mapas el dar testimonio de que las islas de la especiería son del dominio de la Corona de España. Magallanes se aparta para ceder a su camarada Ruy Faleiro la argumentación cosmográfica. Ruy Faleiro arrastra una gran esfera; gracias a su demostración se puede precisar claramente que las islas de las especias se encuentran en el otro hemisferio, allende la línea de división que trazó el Papa, y, por lo tanto, en dominio español; y, apoyando sus palabras, señala con el dedo el curso que él y Magallanes tienen el propósito de seguir. (Lo cual no es óbice para que, andando el tiempo, se demuestre que todos los cálculos de longitudes y latitudes de Ruy Faleyro caían de lleno en la fantasía, porque este geógrafo de gabinete ni siquiera sueña en la extensión del aún no descubierto ni surcado océano Pacífico. Veinte años más tarde se podrá, además, precisar que todas sus consecuencias caen por la base, que las islas de la especiería no están en dominio español, sino portugués.) No todo lo que el excitado astrónomo expone, gesticulando mucho, son puras aproximaciones. Pero todos los hombres y todas las naciones están dispuestos a creer lo que les aprovecha. Desde el momento que el doctísimo cosmógrafo declara que las islas de la especiería pasarán a ser de España, los consejeros del rey ya no tienen ningún interés en discutir una manifestación que tanto les favorece. Es cierto que algunos de ellos se mostraron curiosos de ver señalado en la esfera el punto en que se encontraba la travesía de América, el paso, el estrecho que llevaría el nombre de Magallanes, y que, al no verlo marcado, Faleiro les explicó que era con toda intención, a fin de que ese gran secreto no fuera divulgado hasta el momento preciso.

El Emperador y sus consejeros, displicentes los unos y ya interesados los otros, habían escuchado. Pero aquí sobreviene lo nunca previsto. No son los eruditos, los humanistas, quienes se interesan por el viaje alrededor del mundo, que fijará por fin la extensión terrestre y eclipsará todo documento anterior; es precisamente aquel escéptico tan temido de todo navegante, el obispo de Burgos Fonseca quien se pone decididamente al lado de Magallanes. Tal vez en su interior le remuerda ahora, como un delito contra la Historia, el haber perseguido a Colón, y no quiere cargar por segunda vez con el ludibrio de ser un enemigo de toda gran idea; tal vez le ha convencido. Lo cierto es que el impulso decisivo parte de él. En principio acepta el proyecto, y Magallanes y Faleiro son invitados oficialmente a comunicar por escrito al Consejo de Su Majestad los antecedentes y los fines de su empresa.

Todo está ganado con esta audiencia. Pero a quien ya tiene le es dado más, y una vez la suerte ha respondido al reclamo, seguirá fácilmente al favorecido. Más dieron aquellas pocas semanas a Magallanes que lo que en años había obtenido. Ha hallado en su camino una esposa amante, amigos fieles, impulsores que hacen propia su idea, un rey que deposita en él la confianza; y, por fin, viene a sus manos, en el juego apasionante, un triunfo que ha de decidir su suerte. Aparece aquellos días en Sevilla, de improviso, el renombrado naviero Cristóbal de Haro, aquel opulento especulador flamenco que trabaja al unísono del gran capital internacional de su tiempo y que ha equipado a costa suya una serie de expediciones. Había tenido hasta entonces su cuartel central en Lisboa. Pero también a él le había exasperado el rey Manuel con su tacañería e ingratitud, por eso le resulta de perlas todo lo que pueda enojar al monarca. Sabe quién es Magallanes, le merece confianza, y como tampoco le parecen mal las perspectivas de la empresa desde el punto de vista del negocio, le asegura, muy obligado, que en el caso de que la corte española y la "Casa de Contratación" no quisieran emplear el dinero necesario en la empresa, él y sus colegas estarían dispuestos a costear la flota.

Gracias al inesperado ofrecimiento tiene Magallanes ahora dos opciones. Cuando llegó a la puerta de la "Casa de Contratación" era él quien iba a rogar que le confiaran una flota, y después de la audiencia se trató aún de especular con sus pretensiones y rebajar sus demandas. Ahora, con la oferta de Cristóbal de Haro en el bolsillo, Magallanes puede presentarse como capitalista. Si la corte no quiere correr el riesgo, tiene el orgullo de decir que esto no perjudicará sus planes, pues no necesita otro dinero, y sólo pide el honor de salir bajo el pabellón de España. A cambio de este honor entregará a la Corona, en un generoso rasgo, un quinto de la ganancia.

Esta nueva proposición, que deja fuera de cualquier riesgo a la corte española, es de tal modo favorable, que, paradójicamente, o más bien dentro de la estricta argumentación lógica, el Consejo de la Corona decide no aceptarla. Porque si un tan curtido comerciante como Cristóbal de Haro ?así argumenta el Consejo de la Corona de España? se presta a poner dinero en la empresa, es que la tal empresa promete ser de las más beneficiosas. Vale más, por consiguiente, financiar el proyecto con dinero del Tesoro, asegurándose así la principal ganancia y, con ella, la gloria. Después de corto regateo son aceptadas las condiciones de Magallanes y de Ruy Faleiro en su totalidad; con una prisa en abierta oposición con la marcha ordinaria de los asuntos oficiales del país, aquél pasa delante de todos. Y en 22 de marzo de 1518, Carlos V, en nombre de su madre Juana ?incapacitada por su locura? y con el solemne "Yo el Rey", firma de su puño y letra la "Capitulación", o sea el compromiso con Magallanes y Ruy Faleiro.

“Pues que vosotros ?así empieza el extenso documento?, Hernando de Magallanes, caballero, natural del reino de Portugal, y el licenciado Ruy Faleiro, del mismo reino, estáis dispuestos a prestar a Nos un gran servicio dentro de los límites que a Nos pertenecen en la parte del océano que Nos fue adjudicada, ordenamos que, al efecto, sea puesto en vigor el siguiente pacto.”

Sigue una serie de cláusulas. Por la primera es cedido a Magallanes y a Faleiro el derecho preferente y exclusivo en aquellos mares. "Que la suerte os acompañe ?dice el documento en el complicado estilo cancilleresco? para los fines del descubrimiento de aquella parte del océano comprendida en los límites a Nos adjudicados. Y por cuanto no sería justo que mientras vais allí otros os perjudicaran intentando la misma empresa, y porque habéis tomado sobre vosotros las fatigas de esta empresa, place a nuestra Facia y voluntad, y así os lo prometemos, no dar permiso a nadie, durante los diez años siguientes, para seguir la misma ruta con fines a unos descubrimientos que vosotros habéis planeado. Pero en caso de que alguien deseara emprender tales viajes y pidiera para ello nuestro permiso, antes de otorgarlo os enteraríamos a fin de que, dentro del mismo término, con igual equipo y el mismo número de barcos que los otros que intentaran el descubrimiento, pudierais emprenderlo vosotros."

En los artículos sucesivos, de orden financiero, se asigna a Magallanes y a Faleiro, "en consideración a su buena voluntad y servicios prestados", un vigésimo de todos los ingresos que provengan de los territorios por ellos descubiertos, así como un derecho preferente sobre dos islas, en caso de que las descubiertas pasaran de seis. Además, como en el pacto de Colón, les será concedido el título de Adelantados o Gobernadores de todas aquellas tierras e islas, para ellos y para sus hijos y herederos. El que sean agregados a la flota un veedor real, un tesorero y un contador para la vigilancia de la contabilidad, no ha de limitar de ningún modo la libertad de acción de los capitanes. El Rey se obliga además, explícitamente, a armar cinco naves de un determinado tonelaje, provistas de su tripulación, víveres y artillería, en previsión de dos años de viaje. Este documento de la Historia universal se cierra con las solemnes palabras: "Considerado todo lo dicho, prometo, empeñando en ello mi honor y mi real palabra, que proveeré a que todas y cada una de las cláusulas sean cumplidas como arriba se expone, y para esto he mandado que la presente “Capitulación” sea expuesta, firmada de mi mano."

Como si esto no bastara, se especifica que todas las autoridades y funcionarios de España, desde los más elevados a los inferiores, se den por enterados de este pacto, para que Magallanes y Faleiro hallen facilidades "en todo a por todo, para agora e para siempre"; y esta orden es comunicada al Ilustrísimo Infante D. Fernando, e a los Infantes, Prelados, Duques, Condes, Marqueses, Ricoshomes, Maestres de las órdenes, Comendadores a Subcomendadores, Alcaldes, Alguaciles de la nuestra Casa e Corte a Chancillerías, e a todos los Consejos a Gobernadores, Corregidores a Asistentes, Alcaldes, Alguaciles, Merinos, Prebostes, Regidores a otras cualesquier justicias a oficiales de todas las ciudades, villas a logares de los nuestros Reinos a Señoríos". Y, en fin, a todos los brazos y organismos, y personas, desde el príncipe heredero al último soldado. No puede anunciar con mayor precisión que desde aquel momento todo el reino español está propiamente al servicio de dos desconocidos emigrantes portugueses.

Magallanes no podía esperar tanto ni en sus más osados sueños. Pero sucede algo todavía más pasmoso y trascendental: Carlos V, en sus años juveniles y más bien de un temperamento vacilante, reservado, se declara el más impaciente y fervoroso abogado de aquella nueva expedición de argonautas. Algo debió de apasionar de modo desacostumbrado al joven monarca, ya fuera en la actitud varonil y firme de Magallanes, o bien en lo osado de la empresa. El es quien más insiste en que se arme y salga pronto la expedición. Quiere que le enteren, semana por semana, del curso de la empresa, y si un obstáculo cualquiera aparece, basta que Magallanes se dirija a él para que una carta del rey rompa inmediatamente la oposición. Es casi la única vez durante su largo reinado que aquel Emperador, en general vacilante y fácil a las influencias, se puso al servicio de una idea magna. ¡La protección de un rey?emperador como Carlos V, toda una tierra a su disposición!... Al mismo Magallanes debió de pasmarle esta ascensión como soñada que, de la noche a la mañana, lo lleva a él, hombre sin patria, sin empleo despreciado y vilipendiado, al cargo de capitán general de una flota, a caballero de la orden de Santiago, a futuro gobernador de todas las nuevas islas y territorios, a dueño de vida y muerte, a señor de una armada, y, por encima de todo, a dueño por primera vez de sus propios pasos.

 

Capítulo

5

UNA VOLUNTAD CONTRA MIL OBSTACULOS 22 marzo 1518 10 agosto 1519

En las grandes acciones, la gente se fija con preferencia, por una especie de comodidad óptica, en los momentos dramáticos o pintorescos de sus héroes: César al pasar el Rubicón; Bonaparte, en el puente de Arcole. Quedan en la sombra los años, no menos creadores, de la preparación; la gradación espiritual, paciente, organizadora, de un hecho histórico. También en el caso de Magallanes, el pintor y el poeta se inclinan a presentarle en el momento del triunfo, cuando su nave surca el estrecho que ha descubierto. En la realidad, su incomparable energía se ejerció tal vez con más intensa grandeza cuando aún se trataba de obtener una flota y de llevar adelante su armamento en medio de los mil obstáculos. El "sobresaliente", el soldado desconocido, se encuentra de pronto frente a frente de una tarea heroica. Porque es algo totalmente nuevo, sin precedentes, lo que ha de llevar a cabo el no probado todavía en las tareas de organización. Tiene que armar una flota de cinco naves para un viaje del que no existe un patrón en el pasado y para el cual no valen las anteriores medidas. Nadie puede aconsejar a Magallanes en su arrojada empresa, porque nadie conoce las zonas no pisadas y los mares no surcados en los cuales se aventura antes que nadie. No hay tampoco quien pueda decirle ni aproximadamente el tiempo que durará el viaje alrededor de la esfera terrestre, no medida aún; ni a qué clima, a qué pueblos le llevarán las rutas vírgenes. La flota ha de estar bien equipada, en previsión de todo lo imaginable: hielo ártico y calor tropical, tormenta y calma chicha, para un año, y tal vez para dos, o tres; para la guerra y para el tráfico mercante. Y todo esto, apenas calculable, a él solo le toca preverlo, adquirirlo y defenderlo contra los más inesperados obstáculos. Ahora que, por el solo hecho de concertar los preparativos, la empresa muestra sus dificultades, se hace patente la magnitud de la escondida labor de años enteros. Mientras su rival en la fama, Colón, ese Don Quijote de los mares, ese ingenuo fantaseador que vivía en la luna, confió a los Pinzón y a otros pilotos todos los detalles prácticos, muéstrase Magallanes ?otro Napoleón? tan osado en la concepción del conjunto como preciso y minucioso en la previsión, en el cálculo de cada detalle. También en él se funde la fantasía genial con la genial exactitud, y del mismo modo que Napoleón, antes de su fulminante paso de los Alpes, hubo de calcular semana tras semana cuántas libras de pólvora, cuántos sacos de avena tenían que estar tal día en tal sitio a disposición de sus tropas en marcha, Magallanes, el conquistador de un mundo, se cree obligado a prever todo lo que puede hacer falta para dos, para tres años, y adelantarse a las dificultades que puedan presentarse. Enorme tarea para un solo hombre en una empresa tan intrincada, tan difícil de abarcar en su variedad, y que le obligará a sortear los numerosos e inevitables tropiezos que surgen al pasar de la idea al hecho; el acondicionamiento de los barcos exige, por sí solo, una lucha de meses. Es verdad que el emperador Carlos había empeñado su palabra de que facilitaría todo lo necesario y encarecería lo mismo a todos los servicios oficiales. Pero entre un mandato y su cumplimiento ?aunque el mandato sea imperial? hay sitio para muchas dilaciones y estancamientos: lo que es verdaderamente creación, sólo el mismo creador puede ejecutarlo, si aspira a lo acabado. Y, en realidad, nada, ni lo que llamaríamos materias, dejó Magallanes en manos ajenas de lo que fue la empresa de su vida. En sus tenaces negociaciones con la "Casa de Contratación", las oficinas, los comerciantes, los proveedores, los artesanos, leía siempre la responsabilidad que tiene con los que a confían sus vidas, y está al tanto de todas las particularidades. No hay mercancía que no inspeccione, cuenta que no repase, ni, a bordo, cuerda, tabla o arma que no examine personalmente; conoce cada uno de los cinco barcos, desde la punta del palo mayor hasta el fondo de la quilla como conoce las uñas de sus dedos. Y, a semejanza de los que trabajan en la construcción de los muros de Jerusalén, que tenían en una mano la llana y en la otra la espada, Magallanes, al mismo tiempo que adereza la flota que ha de salir hacia lo desconocido, tiene que defenderse de la envidia y animosidad de los muchos que quisieran impedir a toda costa la expedición. Lucha heroica de un solo hombre contra tres frentes: los enemigos exteriores, los del interior y el obstáculo que la materia por sí misma opone a toda empresa que rebasa lo ordinario. Por esto, la suma de todas las dificultades vencidas es la que, al fin y a la postre, da la medida de un hecho y del hombre que lo lleva a cabo.

La primera embestida contra Magallanes viene de Portugal. Ya es de suponer que el rey Manuel se ha enterado enseguida del pacto concertado: no podía anunciársele nada peor. El monopolio de las especias producía a la Corona doscientos mil ducados, y ahora sus flotas se aprestaban a asomarse a los mismos veneros del oro, a las islas de las especias. ¡Qué catástrofe si, a última hora, los españoles llegaran por Oriente a las Molucas y las ocuparan antes que ellos! El peligro es de tal magnitud para el tesoro portugués, que el rey Manuel habrá de hacer todo lo posible para impedir la amenazadora expedición. Y encarga a su embajador en la corte española, Alvaro da Costa, de matar al pájaro en su nido.

Alvaro da Costa emprende la tarea con energía y por los dos cabos. Va primero a Magallanes e intenta ?la miel y el látigo? atraerlo y amedrentarlo a la vez. ¡Que entre en sí mismo y vea el pecado que comete contra Dios y contra el rey poniéndose al servicio de un monarca extranjero! ¿No sabe, por ventura, que su rey, don Manuel, está en vísperas de casarse con Leonor, la hermana de Carlos V, y que la noticia de tal iniquidad representa el rompimiento de la boda? ¿No sería más razonable y más limpio que volviera a ponerse al servicio de su monarca, que en Lisboa le daba, seguramente, generosa recompensa?

Pero Magallanes sabe muy bien lo poco que le ama su señor; sospecha, no sin razón, que a la vuelta a su patria no le esperaría seguramente en ella ningún saco henchido de oro, sino una aguda puñalada, y declara, sintiéndolo mucho, que es demasiado tarde. Ya ha dado su palabra al rey de España y es preciso cumplirla.

Magallanes, el hombrecito, el insignificante y, sin embargo, peligroso campesino, no tiene rival sobre el tablero del ajedrez diplomático. Alvaro da Costa propone un atrevido jaque al rey. Su carta demuestra cómo era adicto al joven monarca: “Por lo que toca al asunto de Fernando Magallanes ?escribe al rey Manuel?, Dios sabe lo que he porfiado. Hablé de ello al rey muy enérgicamente... Le insinué cuán feo e insólito proceder es el de un rey que toma a su servicio sujetos de otro monarca amigo, contra el expreso deseo de éste... Le rogué que tomara en consideración cómo es ésta menos que ninguna la ocasión de disgustar a Vuestra Alteza, y en empresa dudosa y de poca monta. Bastante tiene con sus vasallos si se le antoja emprender algún descubrimiento, para que haya de servirse precisamente de los que están indispuestos con Vuestra Alteza. Le expuse cómo disgustaría a Vuestra Alteza saber que esos hombres solicitaron volver a su patria y España les negó el permiso. Para concluir, le rogué, por su propio bien y el de Vuestra Alteza, que se dignara hacer una de las dos cosas: o permitir a los dos hombres la vuelta a la patria, o abandonar por este año la empresa."

El rey de dieciocho años, que lo es hace poco, no tiene todavía experiencia bastante en asuntos diplomáticos. Por eso no logra ocultar del todo su sorpresa ante la descarada mentira de que Magallanes y Faleiro anhelaban volver a Portugal, y que si no lo hicieron fue porque la corte española se lo impidió. "Tan sorprendido estaba ?refiere Da Costa?, que a mí mismo me desconcertó." También en la proposición de aplazar un año el viaje, hecha por el enviado portugués, reconoce inmediatamente el monarca la pezuña del diablo. Porque es precisamente el año que necesitaba Portugal para poder adelantarse a los españoles con una flota propia. Fríamente declina el joven monarca la proposición, diciendo al enviado que será mejor que hable con el cardenal de Utrecht. El cardenal remite el asunto al Consejo de la Corona, éste al obispo de Burgos, y en tales dilaciones, y en medio de continuas promesas cortesanas de que su primo Carlos no intenta oponer la menor dificultad "a su muy caro a amado tío e ermano" el rey Manuel, la queja diplomática de Portugal es archivada sin que Alvaro da Costa haya conseguido nada. Peor aún, porque la celosa intervención de Portugal ha dado nuevo impulso a Magallanes; de pronto, se cruzan en el destino del que ayer era todavía un hidalgo sin lustre los arranques de los dueños del mundo. Desde el momento en que el rey Carlos ha confiado una flota al oficialito de un día, Magallanes es para el rey Manuel un personaje importante. Y el rey Carlos, por su parte, no lo cedería por nada del mundo desde que el rey Manuel quiere recobrarlo a toda costa. Cuanto más España procure apresurar la salida de la expedición con más ahínco Portugal pondrá los medios para impedirlo.

La labor principal del solapado sabotaje de la flota será encomendada por Lisboa a Sebastián Álvarez, el cónsul de Portugal en Sevilla. Este espía oficial rondará continuadamente los barcos, examinará y recontará cada cargamento que llega a bordo; no dejará tampoco de contraer íntima amistad con los capitanes españoles que frecuentan el puerto. Con fingida indignación les pregunta si realmente los caballeros castellanos se dejarán imponer por aquel par de aventureros portugueses evadidos de su territorio. Ya se sabe que el nacionalismo es una cuerda que aun la mano más grosera es capaz de hacer vibrar sin gran trabajo; no tardan los marineros castellanos en corear las insidias con sus charlas y ocurrencias. ¡Dónde se ha visto! ¡Sin que hayan hecho un solo viaje al servicio de España, sólo por oír decir, se ha confiado una flota a esos fugitivos, nombrándolos, sin más ni más, almirantes y caballeros de la Orden de Santiago!

Pero Álvarez hace algo más que fomentar murmuraciones e invectivas en la mesa de los capitanes y en las tabernas. Promueve una verdadera agitación popular que puede costar el mando ?y tal vez la vida? a Magallanes. Este motín ?concedámoslo? es puesto magistralmente en escena por el diestro agente provocador.

En todos los puertos del mundo se encuentran innumerables vagos que no saben cómo matar el tiempo. Nada mejor para esos remolones, en un día soleado de octubre, que mirar cómo trabajan los demás. Un pelotón de desocupados se ha reunido alrededor de la nave almiranta Trinidad, que ha sido puesta en la ribera para calafatearla y repasar su quilla. Con las manos en los bolsillos, mascando tal vez tabaco fresco de la India occidental, los sevillanos contemplan la destreza de los valientes marineros en su tarea, reparando cada grieta con pez y estopa. De pronto, uno de los curiosos señala a los demás el palo mayor del Trinidad. "¡Qué descaro! ?exclama indignado?. ¡Ese Magallanes salido de no sabe dónde, arbolando en pleno puerto del reino español, en la misma Sevilla, el pabellón portugués!... Un andaluz no debiera dejarse provocar así." Aquellos holgazanes con tal vehemencia increpados no observan, en su primer ardor, que el archipatriota que tan enfáticamente demuestra su indignación ante una ofensa al honor nacional no es ningún español, y que quien asume a la sazón el papel de agente provocador no es otro que don Sebastián Alvares, cónsul del reino de Portugal. Sin hacer más preguntas, se suman a la protesta voceando, hasta el punto de llamar la atención de otros curiosos, que corren de todos lados hacia donde ha estallado el tumulto. Y basta que uno de ellos proponga dejarse de comentarios y subir sin demora a arrancar la bandera, para que la pandilla se precipite sobre la nave.

Magallanes, que ha estado presidiendo la labor de los marineros desde las tres de la madrugada, se apresura a aclarar el error al alcalde, que ha acudido al puerto. Si el pabellón español no ha sido izado en el palo mayor es por una casualidad: precisamente están repintándolo. En cuanto a la bandera que hay en el mástil, no es la bandera nacional portuguesa, sino la suya, la bandera particular del almirante, que a él cumple izar en el barco. Después de haber enderezado el error en la más cortés de las formas, Magallanes pide al alcalde que, haciendo valer su autoridad, mande salir del barco a todos aquellos escandalosos relajados.

Pero siempre resulta más fácil agitar la masa que apaciguarla. El populacho no renuncia a la diversión, y el alcalde se pone a su parte. Ante todo, ¡abajo el pabellón extranjero o harán valer el derecho por sus propias manos! Es en vano que el doctor Matienzo, el más alto cargo de la Casa de Indias, pretenda hacer valer su mediación a bordo. Entre tanto, el alcalde ha recurrido al apoyo nacional: el capitán del puerto, el teniente del almirante y un fuerte grupo de policía. Declara que la trasgresión de Magallanes es una ofensa a España, y ordena a sus alguaciles que prendan al capitán portugués por haber izado la bandera del rey de Portugal en un puerto español.

Matienzo interviene con energía. Reprende al capitán del puerto haciéndole observar que puede resultar muy peligroso para un funcionario real arrestar al capitán, a quien su soberano ha conferido el mando supremo, con cartas selladas. Sería más cuerdo no ponerse en riesgo de quemarse los dedos en un asunto candente. ¡Es ya tarde! La tripulación de Magallanes y el grupo del puerto han venido alas manos. Han salido a relucir espadas, y únicamente la presencia de ánimo y la calma de Magallanes logran parar los pies a los amotinados, contemplados con regocijo por el agente provocador que había urdido la agitación. “Bien ?declara Magallanes?. Estoy dispuesto a arriar la bandera, y aun a retirar el barco, y que disponga el rey como guste de lo que le pertenece; la responsabilidad de lo sucedido recaerá, desde luego, sobre los funcionarios reales del puerto." La solución no es a gusto del excitado alcalde, y los ofendidos en su honor nacional se retiran refunfuñando, y no tardan muchos días en catar el látigo. Porque Magallanes ha escrito inmediatamente al Emperador, quejándose de la ofensa que en su persona se ha inferido a su Real Majestad. Carlos I le reitera sin vacilar su favor y le asegura que los empleados del puerto serán castigados. Alvares se había regocijado demasiado pronto. La empresa vuelve a su curso normal.

Gracias a los nervios bien templados del ponderado Magallanes, la intentona ha sido sofocada. Pero, en tan vasta empresa, apenas cosido un lado, la tela se descose por otro. Cada día trae nuevos sinsabores. La "Casa de Contratación" opone resistencia pasiva, y no vuelven los funcionarios de su terca sordera hasta que estalla a sus oídos un rescripto de puño del Emperador. Pero pronto, en pleno armamento de la flota, el tesorero declara que no hay dinero en las arcas de la "Casa de Contratación" y parece que, por tal causa, la empresa va a ser diferida por tiempo indeterminado. La recia voluntad de Magallanes sabe también cómo vencer esta dificultad: convence a la corte para que asocie en el negocio a ciudadanos de manifiesta solvencia. De los ocho millones de maravedíes que ha de costar el armamento, dos millones quedan cubiertos rápidamente gracias a Cristóbal de Haro, que adquiere, en cambio, el privilegio de participación con la misma cuota en las expediciones sucesivas.

Ahora que el aspecto financiero queda resuelto, se puede empezar a poner las naves en las mejores condiciones para el viaje y proveerlas de todo lo necesario. No era muy regio su aspecto cuando se presentaron en el puerto de Sevilla los cinco galeones reales. "Son muy viejos y remendados ?comunicó triunfalmente a Portugal el espía Alvares?. Temería viajar en ellos ni siquiera hasta las islas Canarias, pues su costillaje es blando como mantequilla." Pero Magallanes, bragado navegante de Indias, que sabía muy bien que se monta mejor a veces y con más seguridad sobre un jaco que sobre un potro, y que la labor de un operario experto puede hacer marineros hasta los buques más cansados de surcar el agua, no ha perdido su tiempo, y mientras los operarios, siguiendo las instrucciones que él les ha dado, trabajan día y noche en volver lo viejo nuevo, él se cuida del alistamiento de una tripulación entendida en los azares del mar.

¡Pero ya acecha una nueva dificultad allá en el fondo! Por más que los pregoneros recorren a son de tambor las calles sevillanas, y que los agentes de reclutamiento van hasta Cádiz y Palos, no hay modo de reunir los doscientos cincuenta hombres indispensables. Se habrá propagado la sospecha de que el viaje no ofrece seguridad, pues los reclutadores no aciertan a dar informes claros del objetivo final de la expedición; resulta igualmente embarazoso a la gente el hecho de que se lleven provisiones de boca para dos años, caso nunca visto. Así, pues, no es precisamente, en su aspecto, una guardia de honor la de aquellos hombres harapientos que al fin se logra reunir; recuerdan los reclutas de Falstaff; abigarrado conjunto de toda raza y nación: españoles y negros, vascos y portugueses, alemanes, ingleses, chipriotas, corfuenses e italianos, todos ellos auténticos desperados que venderían el alma al diablo; y se embarcarán por fin, de buena o mala gana, hacia Oriente u Occidente, con tal de cobrar algún dinero Y que haya esperanzas de mayor ganancia.

No bien cobijada la tripulación aparece un "pero" más. La "Casa de Contratación" protesta contra los reclutamientos de Magallanes; pretende que es excesivo el número de portugueses a que da cabida en la armada real española, por el cual no se pagaría ni un maravedí por sus jornales. Ahora bien, a juzgar por las cláusulas de la real cédula, a Magallanes no se le ponían limites en el derecho de escoger la tripulación a su gusto: "que la gente de mar que se tomase fuese a contento como persona que de ella tenga mucha experiencia". Y él se mantiene firme en este su derecho; escribe de nuevo al rey rogándole que le asista. Pero esta vez Magallanes se ha apoyado en un punto flaco. Carlos V, pretextando no querer molestar al rey Manuel, pero en realidad por recelo de que Magallanes, con sus portugueses, llegara a adquirir una extremada independencia, resuelve no admitir a bordo más de cinco portugueses. Y sobrevienen otras dificultades: los artículos pedidos a provincias y hasta a Alemania, en atención a la baratura, no han llegado a su tiempo; uno de los capitanes españoles se rebela, a su vez, contra el almirante y le ofende ante la tripulación. Nuevo recurso a la corte para que el aceite real cure las rozaduras. Cada día acarrea su chismorreo y se cruzan sin tregua las cartas entre ambas partes y con el rey. Un rescripto alcanza al otro. Una docena de veces diríase que la armada va a encallar sin haber salido todavía del puerto de Sevilla.

Pero Magallanes, gracias a su recia y vigilante energía, pasa por encima de todos los estorbos. El asiduo cónsul del rey Manuel ha de reconocer con inquietud que todos sus ardides para frustrar la expedición se han estrellado contra el paciente pero inconmovible rechazo del contrario. Cargados ya los cinco barcos, sólo esperan la orden de partida. Ya parece imposible que nada pueda poner nuevo impedimento a Magallanes. Pero Alvares lleva todavía oculta en el carcaj una última flecha envenenada; agrio y malicioso, tiende el arco para herir a Magallanes en el punto más vulnerable. "Porque, a mi parecer ?escribe el agente secreto a su señor el rey Manuel?, había llegado el momento de exponer lo que Vuestra Alteza me confió, salí en busca de Magallanes. Lo encontré en su casa, atareado en colocar provisiones y objetos en cajas y cestos. De esto saqué que estaba decidido a poner en ejecución su nefanda idea, y convencido de que sería aquélla nuestra última conversación, le recordé una vez más las pruebas que yo, como buen portugués y amigo, había puesto en práctica para disuadirle del burdo error que estaba a punto de cometer. Púsele delante los muchos peligros que, cual rueda de Santa Catalina, erizaban el camino que iba a emprender, y cómo haría mejor en volver a su patria y a la protección de Vuestra Alteza, con cuya magnanimidad podía contar... Bien veía él mismo que todos los castellanos de categoría en Sevilla hablaban de él como de un sujeto de baja estofa y mala educación... y que, en general, se le menospreciaba por traidor desde que se puso en oposición con el país que rige Vuestra Alteza.”

Pero estas amenazas no hacen la menor impresión en Magallanes. No le viene de nuevo lo que ahora le comunica Alvares bajo la máscara de la amistad. Nadie sabe mejor que él mismo que Sevilla, que España le profesan enemistad, y que a los capitanes castellanos les rechinan los dientes al cumplir sus órdenes como gran almirante. Odienle los alcaldes sevillanos, rabien los envidiosos y murmuren los de sangre azul; ahora que la flota está a punto de zarpar, ni un emperador ni un rey pueden oponerle demora ni obstáculo. Una vez en el mar abierto, está salvado. Entonces tendrá señorío sobre vida y muerte, será el árbitro de sus caminos y de sus objetivos. Y a nadie deberá obediencia si no es a su propia misión.

Alvares no ha jugado todavía el último triunfo tanto tiempo guardado. Ahora sale con él. Irremisiblemente, por último, le insta con máscara de amigo a que oiga sus amonestaciones "por lo bien que le quiere". Le previene "lealmente" para que no preste mucho crédito a las "palabras de miel" del cardenal, ni aun a las afirmaciones del rey de España. Es cierto que el rey de España los ha nombrado a él y Faleiro almirantes de la flota, y con esto se le confiere a él, en apariencia, un mando ilimitado. Pero ¿podría asegurar Magallanes que, al mismo tiempo, no se hayan dado a otros instrucciones secretas que vengan a mermar encubiertamente su autoridad, instrucciones que se guardarán de comunicarle a él? Que no se engañe Magallanes y, sobre todo, que no se deje engañar. A pesar del sello y de la carta autógrafa, se sospecha algo muy efímero en su mando único. Trataríase ?y no puede ser más explícito? de sus cláusulas secretas, de unas instrucciones confiadas a los inspectores del Rey, de las cuales le enterarán cuando ya será demasiado tarde para su honor.

"Demasiado tarde para su honor." Magallanes hace un movimiento involuntario, con el cual, el impertérrito, el que solía dominar sus emociones, da a entender que la flecha ha dado en el punto sensible, y con orgullo puede comunicar el tirador a su rey: "Se demostró altamente sorprendido de que yo supiera tanto."

De todos modos, es el creador de una obra quien mejor conoce sus faltas ocultas y a lo que está expuesta; lo que Alvares le indica, Magallanes 1o sabe hace mucho tiempo. No ha podido ignorar cierta ambigüedad en la actitud de la corte española y toda clase de indicios que le dan a entender que no se juega limpio con él. ¿No obró ya el Emperador contra el texto de la "Capitulación" al prohibirle llevar a bordo más de cinco portugueses? ¿Sería que en la corte le toman por un agente secreto de Portugal? Y aquellos veedores, aquellos tesoreros y contadores de que le han rodeado, ¿son unos contadores o unos guardias de vista que tal vez han de acabar minando su autoridad? Magallanes siente en la nuca el glacial aire colado del odio y de la traición ?no negaría que hay una cierta verosimilitud en la pérfida insinuación del bien informado espía-; y el hombre que todo lo había calculado para la expedición se encuentra ahora ante un riesgo no previsto y experimenta una desazón comparable al estado de ánimo de uno que se hubiera sentado a la mesa de juego con unos desconocidos y, aun antes de tomar los naipes, le invadiese la idea turbadora de que son unos jugadores de ventaja conjurados contra él.

Lo que Magallanes experimenta en aquellos momentos es la tragedia de Coriolano, del que desertó de su patria por ofensas a su honor, tal como lo ha representado Shakespeare con trazos inolvidables. Coriolano, lo mismo que Magallanes, es el patriota que ha servido abnegadamente a los suyos año tras año y que, arrojado por éstos injustamente de su patria, movido por esa injusticia, ha puesto su malogrado valor al servicio del contrario. Pero de nada le vale al desertor, ni en Roma ni en Sevilla, su recta intención. Le sigue como sombra la sospecha: quien ha desertado de un pabellón, fácilmente traicionará al nuevo; quien ha abandonado a un rey, podría ser infiel a otro rey. El desertor está perdido, tanto si triunfa como si es vencido, odiado de los unos y de los otros; se encontrará solo en todas partes, y solo contra todos. Una tragedia empieza en realidad en el momento que el héroe se da cuenta de lo trágico de su situación. Magallanes vio, probablemente por primera vez, todos los males que le acechaban.

Pero ser héroe significa luchar contra un destino que se impone. Decidido, Magallanes aparta a un lado al tentador. No; así y todo, no pactará con el rey Manuel, aunque España no le agradeciera sus servicios. Hombre de honor, será fiel a su palabra, a su cargo, al rey Carlos. Alvares no tiene más remedio que escurrirse, ceñudo, convencido de que sólo la muerte puede romper la voluntad de aquel hombre de acero y por eso cierra el informe que manda a Lisboa con el piadoso deseo: "Pluguiera al Dios Todopoderoso que les fuera en este viaje como a los Corterreal." O sea: que Magallanes y su flota desaparecieran en el mar desconocido sin dejar rastro, como los valerosos hermanos Corterreal, cuyo tránsito y cuya tumba son todavía un misterio. Si se cumple este su piadoso deseo, si Magallanes, por suerte, fracasa en su viaje, entonces "puede Vuestra Alteza estar descuidado y será la envidia de todos los príncipes de la tierra".

La flecha del taimado amonestador no derribó a Magallanes ni logró apartarle de su cometido. El veneno, esto sí, el ardiente veneno de desconfianza, corroerá en adelante el alma de Magallanes. Desde aquel instante, el solitario Magallanes, a cada momento, en sus propios barcos, se sabe rodeado de enemigos, o así lo imagina. Esta sensación de inseguridad no logra debilitar su acción y más bien templa su voluntad para sucesivas decisiones. Quien ve acercarse una tormenta sabe que una sola cosa puede salvar la nave y la tripulación: la resistencia del capitán que gobierna serenamente el timón; y lo gobierna él solo.

¡Abajo, pues, todo lo que frena todavía la libre voluntad! ¡Que el puño y el codo echen a un lado a quien se le oponga!

Desde que se siente acechado por aquellos veedores y contadores, Magallanes está más decidido que nunca a extremar su independencia y a no guardar consideraciones. Sabe que es una sola voluntad la que ha de guiar y decidir, llegado el momento: el mando de la flota no debe estar dividido entre dos capitanes generales, entre dos almirantes. Uno solo debe estar por encima de todos y, si es preciso, contra todos. Por esto no se conforma con cargar, en viaje tan peligroso, con un segundo comandante histérico y batallón como Ruy Faleiro. ¡Antes de que la flota se disponga a salir del puerto, ese lastre deba ser echado por la borda! Ya hace bastante tiempo que el astrónomo es para él una rémora. En nada ha contribuido a la obra el teórico durante aquellos meses tan difíciles y extenuantes, porque no son oficios de astrólogo el reclutar marineros, proveer al calafateo de las naves y seleccionar provisiones, probar mosquetones y trazar reglamentos. Llevarle sería como atarse al cuello una piedra, y Magallanes necesita tener la mano libre a derecha a izquierda contra los peligros que le salgan delante y la conjuración que se trame a sus espaldas.

Cómo se arregló Magallanes para llevar a cabo esa filigrana diplomática del descarte de Faleiro, no se sabe; preténdese que el mismo Faleiro se hizo su propio horóscopo, deduciendo de él que no volvería del viaje, y entonces se retiró voluntariamente. Esta renuncia, tan lindamente compuesta, había de redundar exteriormente en una especie de elevación de Faleiro: un edicto imperial le nombra comandante único de una segunda flota ?que solamente sobre el papel tiene tablas y velas?, y Faleiro traspasa a Magallanes sus mapas y cuadros astronómicos. Con esto queda salvada la ultima de las cien dificultades, y la empresa de Magallanes vuelve a ser lo que en un principio: su propia idea y su propia acción. Ahora todo recae sobre él solo, los afanes, la responsabilidad y el peligro pero también la máxima dicha espiritual de una naturaleza creadora: ser responsable únicamente ante sí mismo de la realización del hecho que uno mismo ha elegido.

 

Capítulo

6

LA PARTIDA 20 septiembre 1519

El 10 de agosto de 1519, un año y cinco meses después de que Carlos, el futuro señor de ambos mundos, firmase el pacto, los cinco barcos dejan, por fin, tras de sí la rada de Sevilla para seguir río abajo hacia Sanlúcar de Barrameda, donde el Guadalquivir desemboca en el mar; aquí ha de tener lugar la última verificación y abastecimiento de la flota. La despedida se ha celebrado en la iglesia de Santa Maria de la Victoria. Magallanes, después de haber prestado de rodillas el juramento de fidelidad de toda la tripulación reunida, ante una devota multitud, recibe el estandarte real de manos del corregidor Sancho Martínez de Leyva. Tal vez vuelve a su memoria en este instante otro juramento prestado igualmente en una catedral, de rodillas, antes de su primer viaje a Indias. Hacía entonces voto de fidelidad a otra bandera, la portuguesa, y ponía su sangre al servicio de otro rey, Manuel de Portugal, no Carlos de España. Pero, con la misma veneración de entonces al mirar el joven "sobresaliente" al almirante Almeida desplegar la bandera de seda, blandiéndola sobre las cabezas de la multitud arrodillada, miran ahora los doscientos sesenta y cinco hombres a su señor y guía de sus destinos.

En aquel puerto de Sanlúcar, frente al castillo del duque de Medina Sidonia, hace Magallanes su último examen antes de partir hacia lo desconocido. Con el amor solícito y temeroso de un artista que prueba su instrumento, tantea y vuelve a tantear su flota antes de emprender el viaje. Conoce los cinco barcos con la misma exactitud que su propio cuerpo. ¡Qué mala impresión le causaron cuando, recién comprados en un lote, a toda prisa, los vio lastimosos, destartalados, viejos y cansados de navegar! Pero desde entonces se ha hecho muy buena labor; cada uno de los cinco galeones ha sido renovado, sustituido el reblandecido costillaje con nuevas planchas, y, desde la quilla a la punta del palo mayor, encerado y empecinado, calafateado y fregado de nuevo. Magallanes ha golpeado con su propia mano cada pieza, cada tabla, para asegurarse de que la madera no estaba podrida o carcomida, y ha comprobado la calidad y eficacia de cada puerta, cada tornillo, cada clavo. De reforzado lienzo y recién pintadas son las velas que ostentan la cruz de Santiago, patrón de España; renovadas las bisagras, lucientes los metales, y todo limpio y en su lugar; no habría envidioso ni espía que se atreviera ahora a burlarse de los galeones remozados, rejuvenecidos. No se les ha podido prestar una velocidad que no está en ellos, y poco aptos serían para una regata aquellos cúteres panzudos; pero, gracias a su sólida anchura y a su profundo calado, ofrecen mucho espacio para la carga y una cierta seguridad en las travesías difíciles; precisamente por su pesadez pueden arrostrar, según humana previsión, las más crudas tormentas. El mayor entre esa familia de buques reunidos como hermanos es el San Antonio, con sus ciento veinte toneladas. Por algún motivo que desconocemos, Magallanes lo confía al mando de Juan de Cartagena, y elige para sí el Trinidad, que será la nave capitana, a pesar de sus diez toneladas menos. Por orden de magnitud siguen luego el Concepción, con noventa toneladas, al mando de Gaspar Quesada; el Victoria, que hará honor a su nombre, capitaneado por Luis de Mendoza, con ochenta y cinco toneladas: el Santiago, de setenta y cinco, al mando de João Serrão. Magallanes quiso expresamente esa variedad de tipos, porque necesitaba los pequeños, por su menor calado, como embarcaciones de reconocimiento y, a la vez, como avanzada; será preciso, por otra parte, un arte muy marinero para mantener reunida constantemente en mar abierto una escuadrilla de hermanos desiguales entre sí.

Magallanes va de un barco a otro para examinar, ante todo, la marcha y el cargamento. Subiendo y bajando escalerillas, todo lo tiene inventariado con la mayor exactitud, y todavía hoy podemos convencernos, gracias a los documentos archivados, de la precisión, de la escrupulosidad con que uno de los más fantásticos aventureros de la Historia universal descendió, en sus cuentas y recuentos, hasta el ínfimo detalle. En las extensas actas hallamos registrado, hasta el último maravedí, lo que costó cada martillo, cada cable, cada saquito de sal o resma de papel, y esas frías y correctas columnas de cifras que podrían ser de mano de cualquier escribiente, con todas sus especificaciones y fracciones, nos parecen más ilustrativas que las palabras patéticas acerca del genio de la paciencia que aquel hombre poseía. Como curtido marinero, conocía exactamente Magallanes la enorme responsabilidad de un viaje a lo desconocido. Sabía que el objeto más insignificante que, por ligereza o falta de memoria, queda olvidado al emprender el viaje, ya no puede recuperarse; en este caso particular, el descuido es irreparable: nada reemplaza al objeto; no hay expiación que lo remedie. En las zonas desconocidas a que con ansiedad se dirige, cada rollo de estopa, cada pedazo de plomo, cada gota de aceite, cada hoja de papel, representan algo que ni con todo el dinero, ni con la propia sangre, podría adquirirse: por una pieza de repuesto olvidada, un barco puede quedar, de pronto, fuera de servicio; y por un solo cálculo equivocado, fracasar toda la empresa.

Por eso, la mirada más exigente, la más cuidadosa de esta última revista general, es para las provisiones. ¿Qué es lo que consumen doscientos sesenta y cinco hombres durante un viaje cuya duración no puede presumirse ni aproximadamente? Operación de las más difíciles, ya que uno de los factores ?la duración del viaje? se ignora. Únicamente Magallanes ?y se guarda de comunicarlo a los tripulantes? tiene idea de que pueden pasar muchos meses, probablemente años, antes de que les sea dado renovar sus provisiones de boca; es preferible pecar por carta de más, y el volumen es importante en relación con el pequeño espacio de cada embarcación. El alfa y omega de la alimentación lo constituye la galleta de barco: veintiún mil trescientas ochenta libras ha mandado cargar Magallanes, que cuestan, junto con los sacos que la contienen, trescientos setenta y dos mil quinientos diez maravedíes; hasta donde llegue la humana previsión, este colosal racionamiento puede durar dos años. A1 leer la lista de provisiones de Magallanes, más bien se imagina un trasatlántico moderno de veinte mil toneladas, que cinco cúteres pesqueros sumando en total unas quinientas o seiscientas toneladas ?diez toneladas de aquella época equivalen a once de las actuales?. ¡Qué no habrá amontonado en el espacio estrecho y húmedo! Cerca de los sacos de harina, de judías, lentejas, arroz y todas las legumbres imaginables, hay cinco mil seiscientas libras de carne y de tocino, doscientos barriles de sardinas, novecientos ochenta y cuatro quesos, cuatrocientas ristras de ajos y cebollas; agréguese toda clase de sabrosos requisitos, como mil quinientas doce libras de miel, tres mil doscientas libras de uva de Málaga, pasas y almendras; abundancia de azúcar, vinagre y mostaza. Siete vacas ?pero poco vivirían los buenos cuadrúpedos? son subidas a bordo todavía a última hora: con ellas hay leche a discreción para los primeros tiempos, y, para lo sucesivo, carne fresca comestible. Pero a los recios muchachos les importa más el vino como bebida habitual. Para mantener los ánimos de la tripulación, Magallanes mandó comprar en Jerez lo mejor de lo mejor, y nada menos que cuatrocientos diecisiete odres y doscientos cincuenta y tres toneles, con lo que quedaba asegurado teóricamente por dos años la bebida en la mesa de los marineros.

Con la lista en la mano anda Magallanes de un galeón a otro y de uno a otro objeto. ¡Cuántos afanes le costó reunir, examinar, calcular y pagar todo aquello! ¡Qué de luchas durante el día con las oficinas y los comerciantes, y qué angustias por las noches con la idea de que algo ha quedado olvidado o mal repartido! Pero parece que ya nada falta de lo que necesitarán para el viaje doscientos sesenta y cinco estómagos. Se ha provisto a lo que será el reparo de los hombres. Los barcos son también como seres vivientes y mortales. La tempestad rasga las velas, tira de los cables y los desgaja; el agua de mar muerde la madera y oxida el acero; el sol marchita los colores; la oscuridad gasta el aceite y las velas. Cada pieza del equipo supone otras de recambio; el áncora y el cordaje, la madera, el hierro y el plomo, los troncos para labrar nuevos mástiles, la tela de saco para renovar el velamen. No menos de la carga de madera que cabe en cuarenta carros llevan los barcos para la rápida reparación de cualquier desperfecto, para renovar las planchas y el costillaje, además de alquitrán, pez, cera y estopa a toneladas para tapar las junturas; no falta, naturalmente, el indispensable arsenal de tenazas, sierras y taladros, tornillos, palas y martillos, clavos y picotas. Amontónanse millares de anzuelos, docenas de arpones y abundante reserva de redes para coger los peces que han de ser, al lado del pan el alimento principal de la tripulación. Se ha pensado en hacer frente a las tinieblas con ochenta linternas pequeñas y mil cuatrocientas libras de velas, sin contar los gruesos y pesados cirios para la misa. También se ha calculado para largo plazo en los artículos de utilidad náutica: brújulas y agujas, relojes de arena y astrolabios, cuadrantes y planisferios, preciados instrumentos insustituibles; y se dispone de quince libros en blanco para los empleados que hacen los cálculos ?porque, ¿cómo proveerse de papel durante el viaje, a no ser en China??. Contando con los incidentes desagradables, no faltan las cajas de medicamentos, los aparatos de salvamento, las manillas y cadenas para los insumisos; y también se ha atendido a la diversión, con tambores y tamboriles, a los cuales no dejarían de acordarse un par de violines, pífanos y gaitas.

Es esto una reducida muestra del catálogo, verdaderamente homérico, del equipo naval de Magallanes, que sólo se refiere a algunas cosas esenciales de las mil que los hombres y sus embarcaciones requieren para un viaje cuyas circunstancias escapan a toda previsión. Pero no es por curiosidad únicamente por lo que el futuro dueño de ambos mundos manda hacia lo desconocido una flota que importa, con todo su pertrecho, hacia los ocho millones de maravedíes; estos cinco barcos no han de aportar al Consorcio sólo unos resultados cosmográficos, sino también tanto dinero como sea posible. Es preciso llevar abundantes artículos, y bien elegidos, para trocarlos por las mercancías tan anheladas. Nadie como Magallanes conoce, por sus viajes a Indias, el gusto ingenuo de los hijos de 1a Naturaleza. Le consta que hay dos cosas que hacen efecto en todas partes: el espejo, dentro del cual el habitante de la tierra, sea negro, moreno o amarillo, ve con asombro su propia cara, y luego, las campanillas y los cascabeles, encanto eterno de las almas infantiles. No menos de veinte mil de esos sonoros chirimbolos lleva la flota consigo, junto con novecientos espejos pequeños y diez grandes ?de los cuales, por desgracia llegarán rotos 1a mayor parte? y cuchillos made in Germany que la lista subraya en estos términos: "400 docenas de cuchillos de Alemania, de los peores", cincuenta docenas de tijeras y, naturalmente, los imprescindibles pañuelos de bolsillo de vivos colores, y las caperuzas encarnadas, los brazaletes de latón, la pedrería falsa y los abalorios. Pónense aparte, así como otros trapos chillones de lana y de terciopelo, un par de trajes turcos; en conjunto, la más infame pacotilla, tan poco apreciada en España como las especias en las Molucas, pero que llena idealmente la función mercantil, de modo que tanto el comprador como el vendedor mejoran en el trueque diez veces el valor de la mercancía que ofrecen, haciendo ambos fuertes ganancias.

Peinetas y caperuzas, espejos y juguetes, sólo entran en juego, naturalmente, en el caso afortunado de que los indígenas se hallen dispuestos a alternar pacíficamente. Pero también se ha provisto holgadamente para el caso contrario, o sea el de la posible hostilidad. Cincuenta y ocho cañones, siete largos falcones, tres pesados morteros, asoman su adusta facha por las aberturas, y pesan en el vientre de las naves abundantes balas de hierro y de piedra, así como el plomo a toneladas para fundir otras. Mil lanzas, doscientas picas y doscientos escudos expresan una terminante decisión, sin contar con que la mitad de la tripulación tiene su equipo de cascos y corazas. Dos arneses fueron encargados a Bilbao para el almirante, que le visten de acero de pies a cabeza: así puede presentarse a los pueblos extraños como un invulnerable ser sobrenatural. La expedición, pues, considerada militarmente, aunque el plan y el carácter de Magallanes sean ajenos a la intención guerrera, no va peor equipada que la de Hernán Cortés, que conquistaba en el mismo verano de 1519 un vasto Imperio en el otro extremo del mundo, con un puñado de hombres. Un año heroico parecía alborear para España.

Insistente, y con la vigilancia e imperturbable perseverancia que le caracteriza, Magallanes ha comprobado por última vez las condiciones náuticas la carga y el aderezo de las cinco naves. ¡Una ojeada más a la tripulación! No ha sido fácil reclutarla. Han pasado semanas y más semanas antes de reunirla, cruzando callejas, entrando en las tabernas, siguiendo los más intrincados vericuetos del barrio del puerto. Harapientos, asquerosos, indisciplinados, se arrimaron a él. Hablan el más enmarañado volapuk: español, éste; italiano, aquél; francés, el de más allá; otros, el portugués, el griego, el catalán y el alemán. Ha de pasar tiempo todavía antes de que esté cocido este rancho, antes de formar con 1a una tripulación dispuesta en la que se pueda confiar. ¡E1 los tendrá en un puño al cabo de un par de semanas a bordo! Quien ha sido durante siete años un simple "sobresaliente", marinero y hombre de guerra a la vez, sabe cómo se contenta a los marineros y lo que de ellos puede exigirse. No le preocupa al almirante su tripulación.

Pero cuando ve mandar en los otros barcos a los tres capitanes que le han asignado, experimenta una tirantez que se acerca a la cólera. Instintivamente, sus músculos se ponen más tensos, como los de un luchador inmediatamente antes de empezar el combate. ¡Con qué semblante frío y altanero, con qué mal encubierto desprecio ?tal vez con toda intención mal encubierto? le mira, al pasar, el veedor, el real inspector Juan de Cartagena, al cual tuvo que traspasar el mando del San Antonio, en lugar de Faleiro! No hay duda de que Juan de Cartagena es un navegante de categoría y experto y que ni su honorabilidad ni sus ambiciones pueden ignorarse. Pero ¿conseguirá el noble castellano no excederse en esas ambiciones? Primo del obispo de Burgos, investido por el rey con el titulo de conjuncta persona que tenía Faleiro, ¿le será sumiso a él, a Magallanes, como ha jurado? Lo mira, y no puede menos de acordarse de las palabras que Alvares le susurró: que otros, además de él, llevaban en el bolsillo amplios poderes, de los cuales se enteraría cuando ya sería demasiado tarde para su honor. No es menor la hostilidad con que le mira Luis de Mendoza, que tiene a su mando el Victoria. Una vez, en Sevilla, le negó obediencia descaradamente y, así y todo, Magallanes no pudo despedir al enemigo secreto que el rey le había agregado como tesorero. No, poco significa que todos esos oficiales le hayan jurado solemnemente fidelidad y obediencia en la catedral de Santa Maria de la Victoria, a la sombra del estandarte; en lo intimo del alma son sus enemigos y le tienen envidia. Conviene guardarse de esos hidalgos españoles.

Ha tenido la suerte, a pesar de todo, de poder soslayar el rescripto real y la enojada protesta de la "Casa de Contratación", dejando colarse en la flota a treinta portugueses entre ellos un par de fiados amigos y parientes. Ahí está, antes que nadie, Duarte Barbosa, su cuñado, experto en expediciones; Álvaro de Mesquita, también pariente, y Esteváo Gomes, el mejor piloto de Portugal. Ahí está Joãó Serrão, que consta como español en la lista y ha estado en la Castilla del Oro, participante en las expediciones de Pizarro y de Pedro d'Arias, pero que por algún lado debe de ser su compatricio, siquiera por el parentesco con Francisco Serrão, el amigo entrañable de Magallanes. También representa una buena adquisición la presencia de Joáo Carvalho, que conoce el Brasil desde muchos años antes, y viene ahora a bordo en compañía de un hijo que le nació allá de una esposa brasileña de tez morena. Ellos pueden ser, gracias a conocer el idioma y el sitio, los más excelentes vanguardistas; si, por otra parte, lograran llegar, por encima del Brasil, a las islas de las especias y a Malaca, en la zona del lenguaje malayo, les haría de intérprete Enrique, el criado esclavo de Magallanes. Éste se encuentra, pues, entre los doscientos sesenta y cinco, con media o una docena de hombres incondicionalmente adictos. No es mucho. Pero quien no puede elegir, ha de correr el riesgo contra el número y las circunstancias del momento.

Aquilatando severamente en su interior cada particularidad, calculando sin tregua, Magallanes intentaba puntualizar quién estaría a su lado y quién estaría contra él en el caso decisivo. Pero, de pronto, desaparece la tensión y sonríe a pesar suyo. ¡Dios mío! ¡Había estado a punto de olvidarse de aquel excelente, de aquel superfluo que le había llovido del cielo a última hora! Tenía que ser una bendita casualidad que el joven italiano, sosegado y modesto, Antonio Pigafetta, miembro de una familia notable de Vicenza, se escurriera en medio de la abigarrada sociedad de aventureros, buscones, rapiñadores y desperados. Llegado a Barcelona con el séquito del protonotario papal en la corte de Carlos V, el caballero, barbilampiño todavía, oyó hablar de la misteriosa expedición que por unas rutas desconocidas ha de cumplir objetivos y llegar a zonas todavía no alcanzadas. Tal vez en su nativa Vicenza, Pigafetta había leído ya el libro de Vespucio impreso en 1507 sobre los Paese novamente retrovati, en el cual el autor habla del placer que experimenta en andare a vedere parte del mondo a le sue meraviglie. O quién sabe si contribuyó al entusiasmo del joven italiano el muy leído Itinerario de su compatriota Varthema. Muévele poderosamente la idea de poder contemplar por sus propios ojos las cosas grandiosas y escalofriantes del océano. Carlos V, a quien se dirige para rogarle que le deje tomar parte en la misteriosa expedición, lo recomienda a Magallanes, y, de pronto, comparece entre aquellos lobos de mar, codiciosos aventureros, un idealista de los más singulares, que no se arriesga por amor al dinero, sino por una auténtica pasión de trotamundos; que empeña su vida en la aventura como dilettante, en el sentido más bello de la palabra, o sea por su diletto, por el puro goce de ver conocer y admirar.

Pero, en realidad, este excedente, este superfluo, es el que más importa a Magallanes de los que participan en la expedición. Porque, si alguien no lo describe, ¿qué valdrá un hecho? Un hecho histórico no halla su cumplimiento en la ejecución inmediata sino en la circunstancia de ser transmitido al porvenir. Lo que se llama Historia no consiste en la suma de todos los hechos significativos que se han producido en el espacio y en el tiempo; la Historia del mundo sólo abarca el pequeño sector que la expedición poética o sabia logró iluminar. Nada sería Aquiles sin Homero, y toda figura es sombra y los hechos se disuelven como la onda líquida en el mar inmenso si no existe el cronista que los hace permanentes en su descripción o el artista que les da nueva forma. Tampoco de Magallanes y de sus hechos sabríamos gran cosa si no tuviéramos más documentos que la Década de Pedro Mártir, la ceñida carta de Maximiliano Transilvanus y el par de apuntes y las libretas de a bordo de los diversos pilotos. Es este modesto caballero de Rodas, el excedente, el superfluo, quien ha puesto en evidencia para la posteridad la gesta de Magallanes.

No era, en verdad, nuestro bravo Pigafetta ni un Tácito ni un Livio. Como en el arte de la aventura, tampoco pasó de aficionado en el de la pluma. Simpático él, no se puede decir que sea su fuerte el conocimiento de los hombres. Como si hubiera estado durmiendo en medio de la tensión de ánimo trascendental entre Magallanes y los otros capitanes de la flota. Pero precisamente porque le importan poco esas correspondencias, Pigafetta observa más cuidadosamente las particularidades y las apunta con la vigilante pulcritud del muchacho a quien dan como deber la descripción de su paseo dominical. No siempre podemos fiar en él, porque a veces, en su ingenuidad, los viejos pilotos, que adivinan enseguida en sus trazos al bisoño, le dan gato por liebre; pero de ese poco de fábula y de inexactitud nos compensa de sobra Pigafetta con la curiosidad solícita que le guía en la descripción de cada pormenor; el haber llegado a tomarse la molestia de interrogar, estilo Berlitz, a los patagones, reservó al modesto caballero de Rodas, sin que él mismo lo sospechara, la gloria histórica de haber redactado el primer vocabulario de expresiones americanas. Pero un honor más alto le esperaba: el de que nada menos que Shakespeare echara mano, para su Tempestad, de una escena del libro de viaje de Pigafetta. ¿Que suerte mejor puede caber a un escritor mediocre que la de instar al genio a tomar de su obra efímera un destello para la suya imperecedera, levantando así, en su vuelo de águila, un nombre insignificante a las esferas eternas?

Magallanes ha terminado su ronda de inspección. Con la conciencia tranquila puede decir: "Todo lo que un mortal es capaz de calcular y prever, lo tengo calculado y previsto." Pero la aventura de un viaje de descubrimiento exige poderes más altos que todo lo que puede ser medido y pesado. El hombre que intenta fijar con la mayor exactitud todas las posibilidades del éxito, ha de tomar también en consideración el final más probable de un viaje tal, o sea: no volver de él. Por eso Magallanes, luego que ha convertido en acción su propósito, redacta su última voluntad dos días antes de la partida.

No puede menos de sentirse conmovido quien lea ese testamento de Magallanes. Porque, generalmente, el que dicta su última voluntad conoce, al menos aproximadamente, la extensión de sus bienes. ¿Cómo podía Magallanes calcular, ni siquiera aproximadamente, lo que dejaría en herencia? Aún guardan los astros el secreto de si dentro de un año será un mendigo o uno de los hombres más ricos de la Tierra. Todo su haber consiste en aquel pacto con la Corona. Si el viaje es venturoso, si Magallanes da con el legendario “paso”, alcanza las islas de la especiería y vuelve de allí con rico cargamento, este que ahora zarpa como pobre aventurero volverá al solar sevillano convertido en un Creso. Y si por el camino descubre unas islas, sus hijos y nietos podrán añadir a tanta riqueza un título hereditario; serán gobernadores y adelantados. Pero si se equivoca en la ruta, si los barcos se estrellan, su esposa y sus hijos levantarían las manos en las puertas de las iglesias implorando la caridad de los fieles para no morirse de hambre. Sólo unos poderes superiores, los mismos que guían el viento y las olas, pueden decidir. Y Magallanes, fervoroso católico, se humilla ante la voluntad inescrutable de Dios. Por eso, antes que a los hombres y a los poderes terrenales, ese testamento conmovedor se dirige "al alto y omnipotente Dios Nuestro Señor, que no tiene principio ni fin". Hablan en este testamento, primero, el cristiano; luego, el hidalgo; y sólo al final, el marido y el padre.

Pero un Magallanes nunca será oscuro o embrollado ni aun en medio de las piadosas disposiciones, y dedicará a la vida de más allá el mismo arte de previsión asombrosa que en las cosas de la vida terrenal. Todas las probabilidades están calculadas y escalonadas cuidadosamente. "Cuando esta mi vida actual acabara y empezara la eterna", desea "que lo entierren con preferencia en Sevilla, en el convento de Santa María de la Victoria, en su tumba de propiedad". Si le alcanza la muerte durante el viaje y no fuera posible trasladar su cuerpo al hogar, "den el último descanso a mi cuerpo en la iglesia más próxima dedicada a la Madre de Dios". Con tanta precisión como piedad, reparte el creyente cristiano los legados religiosos. Un décimo de aquella quinta parte del contrato ha de ser dividido en partes iguales entre el convento de Santa María de la Victoria, el cenobio de Santa María de Montserrat y el de Santo Domingo, en Oporto; mil maravedíes a la capilla sevillana donde recibió la sagrada comunión antes de la partida, y en el cual, Dios mediante, pensaba recibirla también a su regreso; un real de plata a la Santa Cruzada, otro real de plata para la Redención de Cautivos Cristianos en manos de los infieles, otro real de plata al Hospital de San Lázaro y un cuarto y quinto reales al Hospital de las Bubas y a la Casa de San Sebastián, a fin de que los que reciban las limosnas "rueguen allí a Dios Nuestro Señor por mi alma". Treinta misas han de ser rezadas ante su cadáver, y otras tantas, treinta días después de su sepultura en Santa María de la Victoria. Aparte esas honras, dispone "que en este día de mi sepultura tres pobres sean vestidos, recibiendo cada uno un traje de tela gris, una gorra, una camisa y un par de zapatos, para que recen a Dios por mi alma. Y deseo que en tal día sea dada comida no tan sólo a esos tres pobres, sino a otros doce, para que recen igualmente a Dios por mi alma, y que sea repartido un ducado de oro como limosna para las ánimas del purgatorio".

Una vez que la Iglesia ha tenido piadosa parte en su herencia, se espera que su última voluntad se dirigirá por fin a la esposa y al hijo. Pero el hombre profundamente religioso dispone todavía antes, de modo conmovedor, del destino de su esclavo Enrique. Tal vez ya anteriormente su conciencia se había detenido en considerar si a un verdadero cristiano le es licito tener como de su propiedad un esclavo, ni más ni menos que si se tratara de un pedazo de tierra o de una prenda de vestir, mayormente si ha recibido el bautismo cristiano, convirtiéndose así en un hermano de religión, un ser con alma inmortal. Magallanes no quiere presentarse ante Dios con semejante inquietud espiritual; por eso dispone que "desde el día de mi muerte, mi cautivo y esclavo Enrique, nacido en la ciudad de Malaca, de unos veintiséis años de edad, quede libre de todo oficio de esclavitud o sujeción y proceda a su albedrío. Deseo además que de mi herencia sean destinados diez mil maravedíes en dinero constante a su sostenimiento. Le aseguro esta herencia porque se hizo cristiano, y a fin de que rece a Dios para la salud de mi alma".

Hasta después de considerar tan fervorosamente lo de la otra vida y dispuesto "las buenas obras que aun para los más pecadores pueden ser intercesoras en el juicio final", no pasa Magallanes a referirse, en el testamento, a su familia. Pero también en este punto precede al cuidado de los bienes una disposición acerca de algo inmaterial: la conservación de sus blasones y el nombre de su estirpe; hasta el segundo y el tercer miembro dispone Magallanes ? ¡oscuro presentimiento! ? Los sucesores de su hijo en los títulos, en el caso que éste no le sobreviviera. Como el cristiano, el hidalgo demuestra también, en esta voluntad íntima, el anhelo de inmortalidad.

Después de todo esto, procede Magallanes a la partición de los bienes ?meciéndose éstos, inciertos todavía, entre las olas y el viento ? a su esposa y a su hijo: con un carácter de letra seguro y rígido como él mismo, firma el almirante: "Hernando de Magallanes". Pero el destino no se deja atar con una rúbrica ni apaciguar con Juramentos. Su voluntad dominadora es más fuerte que el más fervoroso anhelo humano. Ninguna de las disposiciones de Magallanes llegó a realizarse; su última voluntad queda reducida a una hoja baldía, sin la menor eficacia. Los que nombró como herederos no heredarán, los pobres de que se ha acordado no tendrán los prefijados consuelos; su cuerpo no recibirá sepultura en ninguno de los sitios que él dispuso, y sus blasones serán como perdidos. Únicamente la acción a que él mismo puso fin sobrevivirá al Viajero del mundo y será la Humanidad su única heredera.

Queda cumplido el último deber en el hogar y viene la despedida. Tiembla junto a él la esposa, a cuyo lado ha conocido durante un año y medio la verdadera felicidad por primera vez en su vida. La mujer tiene al hijo en brazos y los sollozos sacuden su cuerpo, nuevamente bendecido. La abraza por última vez y luego le estrecha la mano a Barbosa, un hijo del cual, el único, se lleva Magallanes como partícipe de su aventura. Y enseguida, rápidamente, para que las lágrimas de la mujer que deja allí no reblandezcan su temple, se precipita en el bote que ha de llevarle a Sanlúcar, donde le espera la flota. Una vez más, Magallanes confiesa en la pequeña iglesia de Sanlúcar y recibe la sagrada eucaristía, junto con todos los tripulantes. A la luz del amanecer ?es un martes, 20 de septiembre de 1519, fecha memorable en la Historia del mundo? retiñen las áncoras, trepidan las velas y retruenan los cañones, mientras la tierra se va perdiendo de vista: el más extenso viaje de descubrimiento, la aventura más atrevida en la Historia de la Humanidad, ha empezado.

 

Capítulo

7

BUSCANDO EN VANO 20 septiembre 1519 1 abril 1520

El 20 de septiembre de 1519, la flota de Magallanes había dejado atrás la tierra firme. Pero en aquellos días ya empezaba España a extenderse más allá de Europa. Cuando, seis días más tarde, los cinco galeones bordean las islas Canarias y completan en Tenerife sus provisiones de agua y víveres, se encuentran aún en dominios de Carlos V. Una vez más es permitido a los viajeros del universo pisar tierra española y respirar el aire en el cual vibra su misma lengua, antes de pasar más allá, hacia lo desconocido.

Pero pronto acaba este último solaz. Dispónese Magallanes a arbolar las velas, cuando ve acercarse una carabela española que hace señales desde lejos. Trae a Magallanes un mensaje secreto de su suegro, Diego Barbosa. Generalmente, noticias secretas son malas noticias. Barbosa previene a su yerno de que tiene informes seguros de un plan secreto de los capitanes españoles que lleva a bordo, los cuales intentan negar la obediencia a Magallanes durante la travesía; quien acaudilla la conjuración es Juan de Cartagena, el primo del obispo de Burgos. Magallanes no tiene ningún motivo para dudar de la honradez y exactitud de esta alarma, que viene a confirmar la encubierta amenaza del espía Alvares al decirle que "había otros a quienes eran encomendadas órdenes contrarias a las suyas, pero que él no lo sabría hasta más adelante, cuando ya sería tarde para su honor". Pero los dados están echados, y el peligro franco sólo consigue endurecer más aún la fortaleza de Magallanes. Contesta orgulloso a Sevilla que, suceda lo que suceda, él permanecerá firme en su servicio al Emperador, aunque en ello le fuera la vida. Sin dejar ver a ninguno de los que están a bordo la siniestra lacónica advertencia que aquella carta contiene ?la última que en su vida recibe?, ordena levar anclas y, al cabo de pocas horas, ya se desvanece en la lejanía el pico de Tenerife. Es la última vez que la mayoría de ellos ven tierra patria.

La tarea más difícil para Magallanes, en medio de todas las dificultades de la expedición, consiste en la diversidad de tonelaje y velocidad de cada uno de los cinco barcos, que hace muy difícil mantenerlos como formando un solo grupo. Perdiérase uno de ellos, y la flota andaría extraviada en medio del inmenso piélago sin caminos. Por eso antes de zarpar, Magallanes había elaborado, en avenencia con la "Casa de Contratación", un sistema especial para mantener el continuo contacto. Es verdad que los contramaestres, capitanes y pilotos estaban enterados del rumbo general, de la "derrota", como lo llamaban; pero en el mar abierto, el mandato esencial consistía sencillamente en seguir la estela del Trinidad, la nave capitana, que iba delante de todas, lo cual no es mucho pretender mientras dura la luz del día, pues ni en medio de la tempestad los barcos dejan de estar a la vista unos de otros; más difícil será de noche, para los cinco veleros, mantener la comunicación constante, y, con tal fin, se instala un sistema especial de señales luminosas. A1 anochecer se enciende, en el interior de un farol colgado en sitio eminente del Trinidad, una tea para que las naves que van detrás de la capitana no puedan perder de vista su rumbo. Si además de la antorcha de madera aparecen encendidas en el Trinidad otras dos luces, los barcos que le siguen han de entender que conviene moderar la marcha o bordear, a causa del viento desfavorable. Tres luces señalan el temor de una racha y aconsejan recoger la vela inferior. Cuatro luces ordenan bajar todas las velas. Unas llamas movedizas en la nave del almirante o el estampido del cañón ponen en cuidado los barcos que siguen, pues hay, próximos, bancos de arena o bajíos. De este modo se elaboró un ingenioso sistema de señales, lenguaje de fuego en la noche para los casos y azares que puedan presentarse.

Pero cada uno de los barcos ha de responder inmediatamente a la nave capitana por el mismo procedimiento del primitivo telégrafo de luces, de manera que el capitán general sepa si han sido entendidas y ejecutadas todas sus órdenes; además, cada noche, antes de oscurecer, los cuatro barcos, uno por uno, deben acercarse a la nave almirante para saludar a su jefe con las palabras: "Dios os salve, señor Capitán general y Maestre, a buena compañía", y recibir las órdenes para el espacio de las tres guardias nocturnas. Por medio de esta diaria comunicación de los cuatro capitanes con el almirante, parece garantizada la disciplina desde el primer día; la nave almirante guía, y las otras la siguen; el almirante impone el curso, y los otros capitanes tienen que seguirle sin preguntas ni quejas.

Esta guía severa y autoritaria en manos de un solo hombre, del callado portugués engolfado en sus secretos, que los manda comparecer cada día como reclutas y los despide una vez dadas las órdenes, como si fueran unos peones, desazona a los capitanes de los cuatro barcos restantes. Indudablemente ?y no sin derecho? esperaban, digámoslo de una vez, que el Magallanes que en España había procedido tan sigilosamente acerca da la meta de la expedición, lo hacía así para sustraer a las charlas y al espionaje el secreto del "paso". Pero creían que, una vez en alta mar, desecharía tal precaución, los llamaría a bordo de su almiranta y, con los mapas a la vista, les detallaría finalmente el plan tan celosamente callado hasta entonces. Lejos de esto, se encuentran con un Magallanes más reservado que antes, si cabe; más frío e inabordable. Ni los llama, ni consulta sus opiniones, ni solicita consejo siquiera una vez de ninguno de los experimentados capitanes. No pueden hacer más que seguir sumisos la bandera durante el día y el farol por la noche, como el perro sigue a su amo. Por unos días, los oficiales españoles aceptan como cosa corriente el laconismo con que Magallanes les impone su rumbo. Pero cuando el almirante, en vez de hacer vela hacia el Sudoeste, hacia el Brasil, acentúa el rumbo más al Sur, y hasta Sierra Leona no deja de bordear la costa africana, Juan de Cartagena, en la comparecencia de aquella noche, le pregunta sin rodeos cómo es que el curso ha sufrido variación respecto a las instrucciones dadas en un principio.

Esta franca pregunta no significa de ningún modo arrogancia por parte de Juan de Cartagena ?Y conviene acentuarlo, porque en la mayor parte de narraciones, para descargo de Magallanes, se presenta a Juan de Cartagena como un turbio traidor?. Lógico y justo debe considerarse que la conjuncta persona nombrada por el rey, el capitán da la nave más grande y veedor de la Corona de España, pregunte cortésmente al primer comandante por qué se ha variado el curso prescrito. Aun en el sentido náutico asistía la razón a Juan de Cartagena, ya que el nuevo curso se revelará en la práctica como un viraje que no hay duda costó a la flota catorce días de superfluo rodeo. No se sabe qué razones movían a Magallanes para alterar la ruta. Tal vez siguiera por la costa africana hasta Guinea, para, una vez allí ?secreto de navegación portuguesa ignorado de los españoles?, tomar barlovento; o bien se apartó del curso porque prefería evitar los barcos que el rey de Portugal había mandado, probablemente en corso contra su flota, con rumbo al Brasil. De todos modos, a Magallanes le hubiera sido más fácil exponer a los otros capitanes los motivos del cambio de rumbo. Pero Magallanes no tiene en cuenta la particularidad, sino el principio; más que un par de millas hacia un punto o hacia otro, le importa asentar desde el comienzo la disciplina de la flota. Si hay conjurados a bordo, como lo anunciaba su suegro, prefiere conocerlos frente a frente. Si realmente existen unas instrucciones ambiguas que le hayan ocultado, que se aclaren y todo será en favor de su autoridad. Le parece muy oportuno que Juan de Cartagena le llame a discusión, porque así se pondrá en claro si este hidalgo es su igual o su subordinado. Hay algo vacilante todavía en esta cuestión de categoría. Originariamente, Juan de Cartagena fue puesto en la flota por el Emperador en calidad de veedor general, y siéndolo y a la vez capitán del San Antonio, quedaba subordinado al almirante, sin derecho a consejo o discusión. Pero la situación modificóse en cuanto Magallanes descartó a su colega Faleiro, al cual sucedía Juan de Cartagena, nombrado conjuncta persona, que significa adjunto. Ambos pueden apoyarse en un documento regio: Magallanes en el suyo que le encomienda claramente el alto y único mando de la flota, y Juan de Cartagena en la "cédula" que le encarga "velar en el caso de que observe alguna negligencia, que falle la perspicacia y la vigilancia de los otros". Pero ¿puede también esa conjuncta persona pedir explicaciones al almirante? Magallanes no quiere que quede un momento en suspenso la pregunta, y por eso replica inmediatamente a la primera interrogación de Juan de Cartagena, con brusca decisión, "que le siguieran y no le pidieran más cuenta".

Es rudo. Magallanes prefiere, a largas amenazas o transacciones, dar a tiempo con el garrote. Es como decir sin rodeos a los capitanes españoles ?y tal vez conjurados-: "No os engañéis. Llevaré el timón yo solo y enérgicamente." Pero, si bien sabe empuñar el volante, faltan a la mano de Magallanes otras facultades, y, ante todo, la de suavizar con habilidad las heridas que ha causado con su presión. Nunca llegó a aprender Magallanes el arte de decir cosas duras de un modo amable y de entenderse cordialmente y con holgura, tanto con los superiores como con los subordinados. Por eso no pudo menos de crearse desde los primeros pasos una atmósfera de tirantez, de hostilidad, con todo y ser él un centro de energía de primera clase; y la animosidad latente se agrava en la masa cuando el cambio de curso impugnado por Juan de Cartagena se manifiesta como un error evidente. El viento no los favorece y las naves quedan estancadas durante dos semanas en medio del mar en calma. Y siguen a éstas horas de tempestad tan violenta que, según el romántico informe de Pigafetta, no tenían más luz ni refugio que la radiante aparición del corlbo santo de los patronos San Anselmo, San Nicolás y Santa Clara, que los sacaron de apuro. Catorce días baldíos, por culpa del obstinado cambio de rumbo ordenado por Magallanes. Al fin, Juan de Cartagena no puede aguantar más, ni su deber se lo permite. ¡Ya que Magallanes no hace caso de consejos, ya que no soporta la crítica, que vea toda la flota el poco caso que él, Juan de Cartagena, hace del mísero navegante! No deja, por ello, de comparecer aquella noche, como todas, en el Trinidad para recibir órdenes de Magallanes. Pero por primera vez, Juan de Cartagena no se deja ver personalmente en la cubierta de su San Antonio para el saludo prescrito. Envía en su lugar al maestre, quien dirige al almirante estas palabras de salutación: "Dios vos salve, señor capitán y maestre."

Magallanes, ni por un momento cree que este saludo deficiente sea una equivocación casual, sin intención. Si Juan de Cartagena hace que se le dirijan llamándole capitán, y no capitán general, de acuerdo con, su cargo de almirante, es para significar ante toda la flota que la conjuncta persona no reconoce a Magallanes como superior. Por eso manda comunicar a Juan de Cartagena que espera, en lo sucesivo, recibir la salutación que corresponde. Pero también Juan de Cartagena se quita el antifaz. Fría es su respuesta al transmitirle que lo lamenta, y que si esta vez ha enviado como emisario al hombre más calificado de la tripulación, acaso la próxima le mandará al grumete. Durante tres días, e1 San Antonio, visible a distancia para toda la flota, interrumpe el saludo, dando a entender a los otros barcos que su capitán no reconoce la dictadura sin limites del comandante portugués. Bien manifiestamente ?sea dicho en honor de Juan de Cartagena, que nunca fue el traidor solapado que algunos suponen?, el hidalgo español echa su guante de acero a los pies del portugués.

Nunca como en el modo de portarse en momentos decisivos se conoce el carácter de un hombre. El peligro saca a flor las fuerzas y facultades más recónditas de una persona; todas aquellas cualidades que quedaban a la sombra y escapaban a la medida, se destacan plásticamente en los momentos críticos. Cada vez que se trata de grandes decisiones, Magallanes llega al colmo del silencio y de la frialdad. Es como si se volviera de hielo. Por ruda que sea la ofensa, ni un destello se trasluce en sus pupilas bajo las espesas cejas; ni un nervio se estremece alrededor de la emboscada boca. Tiene en un puño a su temperamento, y su misma frialdad le hace transparentes las cosas, como de cristal; emparedado en su glacial silencio, profundiza y calcula mejor sus planes. Ni una sola vez en su vida ha procedido acaloradamente o con precipitación; precede al rayo un silencio largo, austero, sombrío, suspendido como una nube en el espacio.

También esta vez enmudece Magallanes. Quien no lo conociera ?y los españoles no lo conocen todavía ? creería que le ha pasado por alto la provocación de Juan de Cartagena. En realidad, Magallanes se está preparando para la réplica. Sabe que no conviene destituir de su cargo con violencia, en medio del mar, al capitán de una nave más grande y mejor armada que la propia. ¡Paciencia! ¡Más vale pasar por embotado o indiferente! Así calla ante la ofensa Magallanes, como él sabía callar: con el fervor de un fanático, con la tenacidad de un campesino y la pasión de un jugador. Le ven pasear tranquilamente arriba y abajo del Trinidad, absorto, al parecer, en los detalles cotidianos de a bordo. No se le ve incomodado por la ausencia absoluta de la acostumbrada salutación nocturna del San Antonio, y los capitanes se dan cuenta de que el hombre enigmático se manifiesta, de pronto, inclinado a la reconciliación; por primera vez, con motivo de una grave trasgresión de la disciplina de un soldado, llama a su nave el almirante a los cuatro capitanes para que le asesoren. Sospechan éstos que la hostilidad con todos sus camaradas se le ha hecho insoportable; se habrá convencido, una vez comprobada su equivocación, de que es mejor aconsejarse con los viejos capitanes expertos, que tratarlos como quantité négligeable. El mismo Juan de Cartagena sube a bordo de la almiranta y viendo que se le brinda al fin la tan difícil oportunidad de hablar claro, repite la pregunta de por qué Magallanes ha alterado el curso del viaje. Magallanes, fiel a su modo, así como a su premeditado propósito, permanece frío; nada le acomoda tanto como ver que Cartagena se excita más y más delante de él; no muerde el anzuelo. Como el más alto empleado del rey, Cartagena cree tener derecho a la libre crítica, derecho del cual parece haber usado en grande. Al fin Cartagena se acalora y llega hasta el punto de negar obediencia a Magallanes. Esta explosión de abierta rebeldía es lo que esperaba el buen psicólogo para utilizarla en provecho de sus fines. Porque ahora puede descargar el golpe. Hace uso inmediato del incondicional derecho de justicia que le delegó Carlos V. Pone las manos sobre el pecho de Cartagena, con las palabras: "¡Daos preso!", y ordena a su alguacil maestre de armas y oficial de policía? que prenda al sedicioso.

Los otros capitanes españoles tienen el pasmo en los ojos. Pocos minutos antes eran todos de Juan de Cartagena, y, en lo íntimo, siguen fieles todavía a su compatricio y contra el poderhabiente forastero. Pero la prontitud del alarde de autoridad, la diabólica energía con que Magallanes cogió e hizo prender como delincuente al enemigo, ha enajenado su voluntad. Es en vano que Juan de Cartagena los exhorte a prestarle ayuda. Ninguno se atreve a avanzar un paso, ni siquiera a levantar los ojos contra aquel hombre achaparrado y robusto que, por primera vez, deja asomar algo de su siniestra energía entre los matorrales de su peculiarísimo silencio. Hasta que llevan a Cartagena para encerrarlo en un calabozo, no se dirige uno de ellos a Magallanes suplicándole con toda sumisión que no ponga hierros a Juan de Cartagena, que considere su calidad de hidalgo español. Basta con que, bajo juramento, lo confíe como prisionero a uno de ellos. Magallanes consiente, pero prometiendo Luis de Mendoza, que es quien se obliga por su honor, a ponerlo a disposición del almirante en cualquier momento. Asunto concluido. Una hora más tarde, otro oficial español, Antonio de Coca, tiene el mando del San Antonio; puntualmente y con todos los requisitos saluda por la noche al "capitán general" desde su barco, y el viaje continúa sin otro incidente. El 29 de noviembre, un grito lanzado desde la cofa anuncia la proximidad de la costa brasileña en las inmediaciones de Pernambuco, donde no desembarcan. El 13 de diciembre, después de un viaje de once semanas sin interrupción, los cinco barcos entran en la bahía de Río de Janeiro.

La bahía de Río de Janeiro, sin duda tan magnífica entonces, por lo pintoresco, como hoy en su esplendor ciudadano, no podía menos de aparecer como verdadero paraíso a la extenuada tripulación. Bautizada con el nombre de Río de Janeiro porque fue descubierta el día de San Jenaro, y erróneamente Río porque detrás del embrollo isleño se quiso ver la desembocadura de un poderoso río, ya quedaba entonces dentro de la esfera de dominio portuguesa, y Magallanes había decidido no tomar tierra en aquel sitio. Pero los portugueses no se habían establecido aún, ni fortificación alguna amenazaba con su artillería, Y era la pintoresca bahía, propiamente, una tierra de nadie. Impunemente pueden los barcos españoles bordear las islas encantadoras que protegen la playa florida y anclar sin que los moleste nadie. Apenas los botes de arribada se acercan, los indígenas se apresuran a salir de sus cabañas y de los bosques, y reciben con curiosidad y nada recelosos a los soldados cubiertos de acero. Manifiéstanse de ánimo pacífico y confiado, aunque más adelante Pigafetta se entera, con disgusto, de que aquellos bravos caníbales, en ocasiones ensartan en su asador a los enemigos que han vencido y luego, como si se tratara de un buey de Pascua, cortan las doradas lonchas y se las comen. No tienen, en cambio, los guaraníes, caprichos de esta naturaleza para con los divinos blancos que llegan de lejos, por lo cual pueden los soldados excusarse de utilizar los complicados arcabuces y las pesadas lanzas.

Al cabo de pocas horas se ha establecido ya un activo trueque de artículos. Y he aquí al buen Pigafetta en su elemento. El ansioso cronista no ha encontrado mucho que describir durante la travesía de once semanas: total, un par de historietas acerca de unos tiburones y de unos pájaros raros. ¡Ni que hubiera estado durmiendo durante el proceso del apresamiento de Juan de Cartagena! Pero ahora no tiene plumas bastantes en su estuche para consignar en el dietario tantas magnificencias. Cierto que no nos pinta el escenario maravilloso, pero no se le puede tachar por ello, ya que la descripción de la Naturaleza no fue inventada hasta tres siglos después por Juan Jacobo Rousseau; le ocupan extraordinariamente los frutos desconocidos, los ananás, "unas frutas parecidas a grandes piñas redondeadas, pero muy dulces y de un sabor excelente"; y la batata, que compara en el gusto a las castañas; y la "caña dulce", la caña de azúcar. El bravo muchacho no logra contener su entusiasmo ante la baratura inaudita a que les vende los víveres aquella gente insensata. Por un anzuelo les dan aquellos mentecatos de tez morena cinco o seis pollos; por un peine, un par de gansos; por un espejuelo, cuatro preciosos papagayos irisados; a cambio de unas tijeras, un montón de pescado suficiente para saciar a una docena de hombres; por una campanilla ?y recordemos que los barcos llevan no menos de veinte mil? se cargan un pesado cesto lleno de batatas, y por la figura recortada de un "rey" de baraja le dan cinco pollos, y los guaraníes pretenden todavía haber engañado al inexperto caballero de Rodas. Las muchachas, "que llevan su cabellera por único vestido", según escribe con ternura Pigafetta, se cotizan a un precio que es una bendición: por un cuchillo o un hacha se adquieren dos o tres para toda la vida.

Mientras Pigafetta prosigue en su libro de notas el reportaje, y los marineros pasan el tiempo entre la comida, la pesca y la compañía de las complacientes muchachas de tez morena, Magallanes no tiene más idea que la continuación del viaje. La animación de los tripulantes le parece bien, pero, al mismo tiempo, mantiene con todo rigor la disciplina. Investido de sus deberes hacia el rey de España, prohíbe la compra de esclavos a lo largo de toda la costa brasileña, así como cualquier acto de violencia, no fuera caso que los portugueses hallaran pretexto para acusarlos.

Esta conducta leal da a Magallanes un feliz resultado. Los indígenas pierden el miedo al ver que no se les hace ninguna injusticia: en tropel se precipita a la playa aquel pueblo infantil y bonachón cuando se celebra solemnemente la misa. Reparan en las singulares ceremonias, y al ver que los forasteros blancos, por cuya llegada creen haber alcanzado la tan deseada lluvia, se ponen de rodillas ante una cruz levantada, arrodíllanse ellos también y juntan las manos, lo cual interpretan los piadosos españoles como signo cierto de que el misterio de la fe cristiana ha penetrado en ellos. Cuando al cabo de trece días, a fines de diciembre, la flota abandona la extensa bahía inolvidable, Magallanes puede proseguir la ruta con la conciencia más tranquila que los conquistadores de aquella época, en general, porque, si bien no puede conquistar nuevos dominios para su Emperador en las tierras que deja atrás, ha ganado, en cambio, como cristiano, unas almas para su Señor celestial. No se ha causado a nadie el menor daño durante los días precedentes, ni ha sido arrancado violentamente de su patria y hogar ninguno de los confiados pobladores. En paz llegó Magallanes, y en paz salía hacia más allá.

A su pesar han abandonado los marineros aquel paradisíaco Río de Janeiro, y a su pesar cortan las aguas sin poder detenerse en las atractivas costas del Brasil que van bordeando. Magallanes no puede ofrecerles más tregua. Una ardiente impaciencia íntima empuja al hombre en apariencia inconmovible hacia aquel "paso" cuya situación sospecha por el mapa de Behaim y por el informe. Si las descripciones de los pilotos portugueses y los datos de latitud registrados en el mapa de Behaim fueran ciertos, el paso se abriría detrás mismo del cabo Santa María, y por eso Magallanes guía sin interrupción su nave hacia aquella meta. Por fin, el 10 de enero ven levantarse de una extensa llanura la colina que llamarían Montevidi ?hoy Montevideo?. Guarécense del peor de los tiempos en la gigantesca bahía que, al parecer, se extiende interminable hacia el Oeste.

El seno gigante en que se hallan no es, realmente, otro que la desembocadura del Río de la Plata. Pero Magallanes no tiene idea de tal cosa. Sólo ve, con satisfacción apenas contenida, en el sitio que aquellas secretas noticias le prometían, enormes moles de agua que fluyen hacia el Oeste; éste ha de ser el estrecho que vio señalado en el mapa de Martín Behaim. El aspecto y la situación parecen coincidir exactamente con aquellas descripciones que obtuvo de los desconocidos garantes en Lisboa; éste es seguramente el "Calfo" a través del cual, según la Newen Zeytung, quisieron los portugueses, veinte años atrás, hacer rumbo hacia el Oeste. Con precisión confirma Pigafetta que, a bordo, todos tenían el convencimiento de que en la ancha extensión líquida habían dado, finalmente, con el tan anhelado paso. "Si era creduto una volta esser qusto un canal che metterse nel Mar del Sur." Fuera de toda comparación con las mansas desembocaduras del Rin, el Po, el Ebro y el Tajo, en las cuales se distinguen todavía a derecha e izquierda las riberas aquí se extiende sin fin la anchura del agua; otro Gibraltar, otro Canal de la Mancha, otro Helesponto, debe empezar en esta bahía, y la unión entre uno y otro océano. Confiando a ciegas en su guía, sueñan con poder atravesar en pocos días aquel nuevo estrecho, y llegar así al otro mar, el legendario Mar del Sur que lleva a la India, al Japón, a China, hacia las islas de las especias, a los tesoros de Golconda y a toda la riqueza de la tierra.

Que también Magallanes a la vista de aquellas moles gigantes de agua, vivió desde el primer momento en la certidumbre que se hallaba ante el derrotero tan soñado, lo prueba la obstinación con que, durante quince días perdidos en tanteos, recorre la desembocadura del Plata. Apenas ha calmado un poco la tempestad que se les vino encima a la llegada, Magallanes divide la flota. Los barcos más pequeños son mandados al supuesto canal en dirección oeste ?en realidad, corriente arriba?. Los dos mayores, bajo su mando personal, atraviesan la desembocadura del Plata hacia el Sur, "por ver si había pasaje". Lenta y cuidadosamente mide todo el circuito de la bahía en dirección sur, mientras los barcos pequeños recorren el Oeste. ¡Amargo desengaño! Al cabo de quince días de excitado pilotaje en "Montevidi" alborean por fin las velas de los barcos que vuelven. Pero ni una flámula que anuncie la alegría en los mástiles. Los capitanes llegan con esta noticia al estrecho que, en su precipitación, confundieron con la travesía perseguida, no es más que una poderosa corriente de agua dulce la cual, en memoria de Juan de Solís, que persiguió también por allí el camino hacia Malaca y sólo halló la muerte, llaman Río de Solís ?hasta más tarde no fue llamado Río de la Plata.

Es hora de que Magallanes ponga en tensión sus músculos de acero. Ninguno de los capitanes, nadie en la tripulación, ha de darse cuenta del golpe mortal que sufre con esta desilusión su íntimo convencimiento. Porque una cosa sabe ahora de cierto el almirante: aquel mapa de Martín Behaim era falso, y un error, por precipitación, aquellas noticias de los portugueses acerca de la supuesta travesía descubierta. ¡Engañosas las informaciones sobre las cuales él había asentado su plan de la vuelta al mundo, erróneos todos los cálculos de Faleiro, falsas sus propias opiniones, falso lo que había prometido al rey de España y a sus consejeros! Si el paso existe ?y por primera vez el hasta entonces archiconvencido hace esta reserva- ha de estar más hacia el Sur. Pero navegar con rumbo al Sur no significa ya acercarse al calor, sino acercarse a zonas polares, pues han traspasado en buen trecho el ecuador. Al otro lado del ecuador, febrero y marzo no significan, como en las zonas patrias, el fin del invierno, sino su principio. De no abrirse muy pronto un camino al Mar del Sur, se habrá desperdiciado sin remedio la estación favorable para doblar la América del Sur, y sólo quedarán dos soluciones: retroceder hacia unas zonas más templadas o buscar por allí donde pasar el invierno.

Oscuros pensamientos debieron de turbar el alma de Magallanes desde el instante en que vio de vuelta los barcos exploradores. Y como se ensombrece su interior, se ensombrece también el mundo externo. La costa se muestra cada vez más ingrata, más desnuda y vacía, y más opaco el cielo. Extinguióse la luz blanca, la luz meridional, y el azul del cenit se ha convertido en batallón de nubes grises. ¡Quedan lejos las selvas tropicales con su denso aroma dulce que, desbordando de las riberas, llega a rodear las naves que van hacia ellas! ¡Desapareció para siempre el amable paisaje brasileño, con sus árboles opulentos cargados de fruto, las balanceantes palmeras, los animales multicolores, los atezados pobladores hospitalarios! Aquí no hay más que pingüinos zancajeando por la playa desnuda, huyendo, temerosos, al acercarse alguien; y los leones marinos revolcándose perezosamente torpes, sobre los peñascos. Fuera de esto, ninguna señal de vida en toda la extensión de la mirada, como si hombres y bestias hubieran muerto en el desierto opresor. Una sola vez ven correr a unos hombres salvajes recubiertos de pieles, que parecen esquimales, en confusa huida. Ni las campanillas ni las caperuzas de colores los atraen. Desabridos, rechazan la proximidad de los forasteros. Huyen, y es en vano que éstos busquen las huellas de sus viviendas. Cada vez se hace más laborioso y más lento el viaje, porque Magallanes tiene el propósito inexorable de bordear las costas. Son explorados a fondo cada insignificante bahía, cada puertecillo, y se hace uso frecuente de la sonda. A decir verdad, Magallanes ya no tiene, de un tiempo acá, fe alguna en el mapa que primero le instó al viaje y luego le traicionó durante el mismo. Pero ¿quién sabe si se hará el milagro? ¡De pronto, en paraje insospechado, se le mostrará el paso y podrán llegar al Mar del Sur antes del invierno! Es bien manifiesto que aquel hombre, en medio de su inseguridad, se agarra a la única esperanza de que tal vez el mapa y los portugueses se equivocaron en la fijación de las latitudes, y el estrecho buscado está un par de millas más al sur de lo que, a la ligera, pretendían. Cuando el 24 de febrero llega la flota a la vista de otra ancha e interminable bahía, el golfo de San Matías, la esperanza se reanima todavía, como la llama de un cirio. Magallanes manda una vez más los barcos pequeños a la exploración "viendo si había alguna salida para el Maluco", o sea las Molucas. ¡Nueva desilusión! Otra bahía cerrada. Exploran otras dos con igual resultado: la bahía de los Patos, llamada así porque abundan en ella los pingüinos, y la bahía de los Trabajos, porque fueron terribles los que hubieron de soportar los hombres que allí tocaron tierra. Pero sólo trajeron los tripulantes, medio helados, los cuerpos muertos de unas focas: ni rastro de la ansiada nueva.

Y las naves van costeando más y más lejos bajo el cielo sombrío. La soledad se hace cada vez más atroz, más cortos los días y más interminables las noches. Ya no resbalan los barcos en el azul suave al soplo de la brisa ligera: ahora la tormenta helada maltrata el velamen, caen los granos blancos de la nieve y la escarcha y el mar de plomo se encabrita amenazador. Dos meses lucha la flota contra la atmósfera hostil, para ir del Río de la Plata a Puerto de San Julián. Los marineros han de luchar casi a diario contra los huracanes; los temibles "pamperos" de aquellos parajes, los bruscos embates del viento que rompen mástiles y rasgan velas; el frío arrecia de día en día, crece la oscuridad y el paso no aparece. Será preciso desquitarse de las semanas perdidas. Mientras la flota rebuscaba todos los recodos, todas las bahías, el invierno les ha dado alcance, y ahora tienen delante el peor enemigo, el más peligroso, que les cierra el camino con sus tormentas. Ha pasado medio año, y Magallanes no se cree más cerca de su objetivo ahora que cuando zarpó en Sevilla.

Poco a poco se manifiesta la intranquilidad en la tripulación; sienten todos instintivamente que algo no va bien. ¿No les contaron allá en Sevilla, al reclutarlos, que el viaje era a las islas de las especias? ¡Un mundo paradisíaco en el Sur radiante! ¿No les describía el esclavo Enrique su patria como un país de jauja, donde no había más que alargar la mano para recoger las más ricas especias? ¿No les prometieron riquezas y un pronto regreso al hogar? En vez de esto, aquel hombre de un silencio siniestro los lleva a parajes desiertos, cada vez más fríos y miserables. Un sol sin virtud asoma pálido entre las nubes, pero aún más a menudo el cielo está totalmente cubierto y el aire tiene sabor de nieve. El viento les rasura bruscamente las mejillas y zarandea con la garra helada de sus ropas; hiélanse las manos al coger la cuerda, y el aliento se cierne ante la boca como una humareda encalmada. ¡Y qué soledad, qué desamparo horrible alrededor! Los mismos caníbales han huido de esos fríos. Al tocar tierra no ven más animales ni más frutos que las conchas y las focas: aquí los seres vivos prefieren estar dentro del agua que al aire de la playa desierta, azotada por la borrasca. ¿Adónde los ha llevado el loco portugués? ¿Y hacia dónde los arrastra todavía? ¿Quiere llevarlos al fin de la tierra glacial, al polo antártico?

En vano intenta Magallanes apaciguar sus murmuraciones. Que no se dejen intimidar por un poco de frío, que no pierdan el ánimo tan pronto... Las costas de Noruega y de Islandia, a más elevadas latitudes todavía, son en la primavera tan favorables a la navegación como las aguas de España. Es cuestión de resistir, animosos, unos días más. Y en caso necesario, pueden también dejar pasar el invierno, y luego, bajo una atmósfera más benigna, proseguir la ruta. Pero la tripulación ya no se deja apaciguar con palabras huecas. No; no valen las comparaciones. No puede ser que el Rey sospechara un viaje por aquellas zonas heladas, y lo que el almirante les cuenta de Noruega y de Islandia es otro asunto. Allá la gente está acostumbrada al frío desde la infancia, y además es un consuelo saber que en todo caso, salen, a lo más, ocho, catorce días lejos de sus casas. Otra suerte es la suya en aquellos sitios desolados que ningún cristiano habrá pisado antes y que no quieren por morada ni los paganos ni los antropófagos ni siquiera el oso y el lobo. ¿Qué tienen que hacer allí? ¿Por qué los conduce por tales derroteros existiendo el estrecho de las Indias orientales, que los llevaría cómodamente a las islas de las especias sin necesidad de tocar en esas zonas desoladas y mortíferas? Así responden los tripulantes a las razones conciliatorias del almirante. Pero entre ellos, cuando están solos, a la sombra protectora de su cámara, las murmuraciones se hacen, sin duda, más violentas. Vuelve la antigua sospecha, que ya mascullaban allá en Sevilla, de si el endemoniado portugués está sosteniendo un "doble juego", o sea que por captarse de nuevo la gracia del rey portugués, se halla dispuesto a acabar con los cinco barcos españoles y sus tripulantes.

Con callada satisfacción observan los capitanes españoles el creciente enojo de la tripulación. Ellos no se mezclan en la cuestión y evitan las conversaciones con el almirante, siendo curioso ver cómo acentúan todavía la actitud reservada. Pero es más temible esta reserva que el mal humor locuaz de los marineros. Sabiendo más que él de cosas náuticas, no puede haberles pasado inadvertido que Magallanes ha debido de ser inducido a error por unos mapas equivocados y de que, desde hace tiempo, no está ya seguro de su "secreto". Si en realidad hubiese conocido, por los grados de longitud y latitud la situación del supuesto paso, ¿cómo se explicaría que durante quince días, fuera de toda utilidad y buen juicio, hubiera mandado los barcos al Río de la Plata? ¿Y con qué objeto dejaría perder ahora un tiempo precioso mandando dar vueltas a la más mínima bahía durante días enteros? O Magallanes ha engañado al Rey o se ha engañado a sí mismo pretendiendo conocer la situación del paso, porque ya no cabe duda de que ahora está buscando una salida que desconoce aún. Con mal disimulada malicia le observan, en cada claro, fijar la mirada a los lejos de la playa. ¡Vaya enhoramala llevando la flota cada vez más lejos a través del frío! Ellos no han de advertirle ni pasar pena. Pronto confesará él mismo que no puede ir más adelante ni sabría por dónde. Entonces habrá llegado el momento de tomar el mando y hacer bajar, por fin, la cabeza al hombre altanero y silencioso.

No se puede imaginar situación moral más terrible que la de Magallanes durante aquellas semanas. Porque desde las dos veces (la primera en la desembocadura del Plata, y la segunda en la bahía de San Martín) en que fue cruelmente defraudada su esperanza, ya no puede disimularse a sí mismo que la fe sagrada en aquel mapa de Behaim y en las opiniones, tenidas muy a la ligera por ciertas, de unos pilotos desconocidos fueron error sobre error. Aun en la coyuntura favorable de que el supuesto paso existiera, únicamente puede estar situado más hacia el Sur, más cercano a la zona antártica, quedando así excluida la posibilidad de la travesía en aquel año. Le ha alcanzado el invierno, y todos sus cálculos se han venido abajo: la flota, con unos barcos cansados de navegar, y la tripulación mal dispuesta, no podría sacar partido, antes de la primavera, tal buscado estrecho, aunque ahora lo descubrieran. Nueve meses se han perdido sin que Magallanes asiente la planta en las Molucas, como había prometido irreflexivamente. Su flota se mece todavía fuera de todo camino conocido, luchando por la vida contra los más feroces huracanes.

Lo razonable sería confesar ahora la verdad. Reunir a los capitanes y declararles que los mapas y las narraciones se habían burlado de él, y que la busca del estrecho había de sufrir un aplazamiento hasta la primavera. Valía más volver la proa, huir de las borrascas, seguir la costa hacia el Brasil, y allá, en la tierra amable y cálida, pasar el invierno, reponiendo los barcos y los hombres, y al llegar la primavera, tomar la ruta del Sur. Esto seria lo más expeditivo y humano. Pero Magallanes ha ido ya demasiado lejos para volver atrás. El engañado ha engañado a los otros demasiado tiempo, asegurándoles que conocía una ruta nueva, la más corta, hacia las Molucas. Ha castigado con demasiada dureza a los que opusieron la menor duda a su "secreto"; ha ofendido a los oficiales españoles y relegado y tratado como un delincuente al más alto empleado del Rey. Todo esto sólo puede hacerlo olvidar un triunfo grande, rotundo. Si ahora indicara tan sólo ?no ya declarado ? que no estaba tan seguro de su objetivo como cuando habló de él a su monarca, los capitanes y los tripulantes no dejarían ni una hora más en sus manos el mando de la flota; el último grumete se negaría a quitarse la gorra en su presencia. No hay marcha atrás posible para Magallanes; en el momento que se pusiera al timón para retroceder hacia el Brasil, ya no sería el que manda a los oficiales, sino su prisionero. La decisión que toma es atrevida. Como Cortés, que en aquel mismo año quemaba las naves para impedir a sus soldados el regreso, decide ahora Magallanes detener la flota en un sitio tan remoto que, ni aun queriéndolo, podrían obligarle a dar la vuelta. Si en la primavera encuentra el paso todo está salvado, y todo perdido si no da con él. No hay término medio. La obstinación es su única fuerza, y sólo la osadía puede salvarle. Una vez más el calculador de lo incalculable se prepara en silencio para un golpe decisivo.

De día en día se recrudece el invierno, y las borrascas se ceban en la flota. Los barcos apenas logran avanzar y necesitan dos meses para alcanzar un miserable adelanto de la latitud hacia el Sur. Por fin, el 31 de marzo se les presenta una nueva bahía en la costa desierta. Lo primero que el almirante escruta, y su última esperanza, es si la bahía se abre, si podría ser el anhelado "paso". No, la bahía es cerrada. De todos modos, Magallanes ordena el avance. Y como en una somera exploración se comprueba que hay en el paraje frescos manantiales y abundancia de pesca, ordena: "¡Abajo las áncoras!" Sorprendidos, tal vez aterrados, los capitanes y la tripulación se convencen de que su almirante, sin pedir consentimiento a nadie, ha decidido detenerse para establecer su cuartel de invierno en San Julián, una bahía desconocida e inhabitada, en el grado cuarenta y nueve de latitud y uno de los más apartados sitios de la tierra, que ningún navegante había señalado jamás.

 

Capítulo

8

LA SUBLEVACIÓN 2 abril 1520 7 abril 1520

En aquella prisión de invierno de la bahía de San Julián, cubierta de nubes, habrán de chocar las extremadas diferencias con mucha mayor violencia que en pleno mar. Nada hay que dé la medida de la firme intransigencia de Magallanes como el no haber vuelto atrás ante una solución que, dada la tirantez de los ánimos, ha de acrecentar inevitablemente el descontento. Entre todos, únicamente Magallanes sabe que la flota, en el mejor caso, no puede alcanzar las fructíferas tierras tropicales hasta dentro de muchos meses; por eso da la orden de racionar los víveres con mucho más rigor que hasta entonces. ¡Fantástica osadía! ¡Aquí, en un extremo del mundo, e1 primer día, exasperar a una tripulación, ya mal dispuesta, con la noticia de que desde ahora será bastante más escasa la ración diaria de pan y de vino!

En lo práctico, esta enérgica medida había de salvar más adelante a la flota. La travesía de más de cien días sobre el Pacífico hubiera resultado irresistible si la más estricta ración no hubiera sido impuesta a tiempo. Pero la tripulación, indiferente al proyecto que desconoce, no se muestra dispuesta a aceptar restricción semejante. Un instinto ?no del todo fuera de razón? dice a los castigados marineros que, aun en el caso de que el almirante conquiste fama eterna hasta la altura de los astros, lo menos tres cuartas partes de ellos, los tripulantes, habrán de reventar, en medio de hambre, frío, indigencia y fatiga, en aras de su triunfo. Si los víveres escasean ?refunfuñaban aquellos hombres?, que se ordene la vuelta. ¡Al fin y al cabo se ha llegado más al Sur de lo que jamás consiguiera otro barco! Nadie podrá reprocharles en su país que no hayan cumplido con su deber. Algunos de ellos han sucumbido ya al frío, y ninguno se había alistado para el mar de hielo, sino para las Molucas.

Como respuesta a estos rebeldes discursos, los historiadores del tiempo atribuyen a Magallanes unas palabras que no se avienen con el estilo ceñido y antipatético de aquel hombre: unas palabras que suenan demasiado a Plutarco y Tucídides para ser legítimas. Le hacen decir que le asombra el que, siendo castellanos, demuestren tal flaqueza y olviden que emprendieron la expedición para servir a su rey y a su patria. Cuando le cedieron el mando, él dio por inconcuso que hallaría en los que le acompañaban el espíritu animoso que ha caracterizado siempre a la nación española. El está dispuesto, por su parte, a morir antes que volver cubierto de oprobio. Tengan, pues, paciencia y esperen que pase el invierno. Cuanto mayores sean los sacrificios, más magnífica será la recompensa de su monarca.

Pero, en la práctica, nunca un bello discurso ha calmado a un estómago hambriento. No es la retórica lo que salva a Magallanes en aquellos momentos críticos, sino la firmeza de su propósito de no pactar ni ceder en lo más mínimo. Se puede decir que provoca desde luego la oposición, a fin de poder romperla con mano dura: ¡vale más una pronta explicación que aumentar el malestar aplazándola! Es preferible verse ante unos enemigos declarados que dejarse acorralar.

A Magallanes no se le oculta ya que la explicación debe ser inmediata. La tensión de las últimas semanas, el silencio y el acecho entre él y los capitanes había llegado al extremo y se había hecho insoportable aquel ir y venir de cada día, en medio de la frialdad, en el espacio de un mismo barco. Este silencio tenía que estallar en una u otra forma tumultuosa y violenta.

La culpa de esta situación peligrosa recae más bien en Magallanes que en los capitanes españoles, y se ha abusado representando a unos oficiales indómitos, a un pelotón de siniestros traidores, como los eternos envidiosos y enemigos del genio. Los capitanes de Magallanes, en aquellos momentos críticos, no solamente tenían el derecho, sino la obligación de pedirle cuentas de sus propósitos, porque les va en ello no tan sólo su propia vida, sino también la de aquellos hombres que el rey puso a su servicio. Al designar expresamente Carlos V como inspectores de su flota, en Vos cargos de veedor, tesorero y contador, a Cartagena, Mendoza y Antonio de Coca, con el título y el sueldo correspondiente, les imponía la responsabilidad de velar por la hacienda del rey representada en las cinco naves y defender los bienes de la Corona de España, en el caso de que se vieran en peligro. Y en peligro están ahora, en peligro de muerte. Han transcurrido meses y meses y Magallanes no ha encontrado el derrotero prometido, no ha llegado a las Molucas. Nada hay, pues, de ilegal en que, visto el patente abandono de Magallanes, los encargados y asalariados del rey, que se comprometieron con juramento, le exijan, al fin, que levante al menos una punta de su gran "secreto" y ponga los naipes boca arriba entre los oficiales del rey. Lo que exigieron los capitanes del rey era lo más natural: su capitán tenía que acabar, al fin, con tanto secreto, sentarse todos alrededor de una mesa y dilucidar el sucesivo itinerario de la flota, y como resumió más tarde Elcano en el protocolo, "que tomase consejo con sus oficiales e que diese la derrota a donde quería ir".

Pero el desventurado Magallanes ?ésta es su pena y su culpa? no puede poner los naipes boca arriba antes de saber si realmente el triunfo está en su mano. No puede ampararse en aquel portulano de Martín Behaim, porque en él se señala el "paso" erróneamente en el grado cuarenta de latitud. No puede confesar, después de haber destituido a Juan de Cartagena, que se ha dejado descarriar por unos informes falsos y los ha llevado, en consecuencia, por falsos derroteros. No puede permitir que le hagan preguntas acerca de la situación del "paso" prometido, porque ni él mismo sabe a aquellas horas la respuesta. Tiene que fingirse ciego, sordo, apretar los labios y tener el puño dispuesto a devolver el golpe, en el caso de que la impertinente curiosidad le presione demasiado. En suma, la situación es ésta: los inspectores del rey están decididos a coger por la manga al tozudo de Magallanes y concluir con sus evasivas, exigiéndole cuenta exacta de sus propósitos en lo sucesivo.

Por su parte, Magallanes no puede reconciliarse consigo mismo, ni permitir que le obliguen a emitir su informe mientras no haya hallado el paso, pues de no obrar así, pierde la autoridad.

Los oficiales tienen, pues, el derecho de su parte y la situación de Magallanes es muy falsa. Si le instan no es por una vana curiosidad, sino por el imperativo del deber. Sea dicho en su honor: los capitanes no atacaron arteramente a Magallanes por sorpresa. Le hacen la última insinuación, dándole a entender que se les acaba la paciencia, y Magallanes pudiera haberlo entendido muy bien. Para atenuar con un gesto sociable y cortesano la exacerbación de los capitanes, los invita solemnemente a oír la misa juntos el domingo de Pascua de Resurrección, y a comer, luego, a su mesa en la nave almirante. Pero los hidalgos españoles no se dejan comprar por una comida. Puesto que el alto señor Fernáo de Magelhaes, que se ganó la insignia de caballero de Santiago con puras fanfarronadas, no les ha concedido ni siquiera una entrevista durante nueve meses, haciendo caso omiso de su experiencia de navegantes y de su real empleo, le dan atentamente las gracias sin aceptar la invitación. Mejor dicho, ni las gracias le dan. Queda excluido hasta ese ademán de cortesía. Sin tomarse la molestia de excusarse, los tres capitanes, Gaspar Quesada, Luis de Mendoza y Antonio de Coca, pasan por alto el convite de su almirante, lo olvidan. Las sillas quedan vacías, intactos los platos. Solo, lastimosamente solo, está Magallanes ante la mesa puesta, con su primo Alvaro de Mesquita, a quien, usando de plenos poderes, ha nombrado comandante. Amarga debió de ser aquella comida de Pascua que había preparado como una fiesta de la paz. Los tres capitanes, con su ausencia colectiva, le han arrojado a los pies el guante de desafío. Han declarado abiertamente a Magallanes: "¡El arco está tenso! Ponte en guardia o sé razonable."

Magallanes ha entendido la advertencia. Pero nada es capaz de turbar a este hombre de nervios de acero. Sosegado, sin dar a conocer su amargura, permanece a la mesa con Mesquita; da las órdenes acostumbradas en su nave, y con el mismo sosiego tiende por la noche sus pesados y robustos miembros, disponiéndose al sueño. Pronto se apagan todas las luces; inmóviles como enormes bestias negras, aletargados, se adivinan los cinco barcos a la sombra de la bahía; distínguese difícilmente la silueta de cada uno, tan completa es la oscuridad de aquella larga noche de invierno coronada de nubes. Nadie ha visto en medio de la opresora oscuridad, nadie ha oído entre la resaca que, a la media noche, un bote tripulado por un solo hombre se separa sigilosamente de una de las naves y se acerca, sin dejar oír el golpe de los remos, hacia el San Antonio. Nadie sospecharía que los tres capitanes del rey, Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Antonio de Coca están escondidos en el bote que se desliza como contrabandista. El plan de los oficiales aliados es enérgico y calculado. Saben que para reducir a un adversario del tesón de Magallanes es preciso ser potente y prepotente. A esta prepotencia de los capitanes españoles había aspirado Carlos V muy cuerdamente; una sola de las naves, la almiranta, había sido confiada al portugués Magallanes, y puestas premeditadamente por la corte bajo mando español las cuatro naves restantes. Esta proporción que el rey había querido, Magallanes, en verdad, la alteró a su albedrío al quitar el mando del San Antonio, primero, a Juan de Cartagena, y luego, a Antonio de Coca, por "desconfianza", y poner el mando del mismo en manos de su primo Mesquita. Con los dos buques más grandes a su absoluta disposición se sabe, en caso de apuro, dueño de la flota, aun militarmente. Para romper, pues, el frente de defensa de Magallanes; para restablecer la voluntad imperial, sólo hay una salida: apoderarse de nuevo del San Antonio y reducir a la ineficacia el mando ilegal de Mesquita por cualquier medio incruento. Entre los españoles quedarán de nuevo tres a dos frente a Magallanes y podrán impedir al almirante la partida hasta que se avenga a dar las deseadas informaciones a los funcionarios del rey.

Plan excelente en idea, no lo será menos en la ejecución, conocidas las dotes de los capitanes. Surca el bote precavidamente, con sus treinta hombres armados, hacia el confiado San Antonio, que dormita en el puerto sin un mal centinela a bordo, libre de sospechas adversas. Por medio de la escala de cuerda trepan los atacantes, siendo los delanteros Juan de Cartagena y Antonio de Coca. Conocedores de la nave como antiguos capitanes de la misma, hallan a tientas el camino hasta el sitio donde duerme el comandante. Antes de que pueda incorporarse, aturdido, Alvaro de Mesquita ve unos hombres armados que le rodean, le ponen grilletes en los pies y le empujan hacia la cabina del amanuense. Algunos marineros se han despertado y uno de ellos, el maestre Juan de Elorriaga, sospecha la traición. Pregunta bruscamente a Quesada qué es lo que le lleva allí de noche. Pero Quesada, por toda respuesta, sin vacilación, le asesta seis puñaladas, y Elorriaga se desploma bañado en sangre... Todos los tripulantes portugueses son aherrojados. Con esto se da jaque mate a los más fiados partidarios de Magallanes, y para granjearse al resto de la tripulación, Quesada manda franquear las despensas y permite que todos los marineros puedan tomar esta vez una abundante ración de pan y de vino. A no ser por el enojoso apuñalamiento de Elorriaga, que convierte en rebelión sangrienta aquel simple secuestro, el golpe ha sido a satisfacción de los capitanes españoles. Sin cuidado pueden Juan de Cartagena, Quesada Y De Coca remar hacia sus barcos para ponerlos en disposición de luchar, si conviniera; entre tanto, el San Antonio queda confiado a uno cuyo nombre aparece aquí por primera vez: Juan Sebastián Elcano. En esta ocasión se le llama para impedir que se realice la idea de Magallanes; en una segunda ocasión el destino lo elegirá para dar remate a la idea de Magallanes.

Y ahí están las naves, impertérritas otra vez, como grandes bestias que dormitan al amparo de la bahía. Ni un rumor, ni un destello de luz dan idea de lo sucedido.

Tarde y empañada rompe la aurora en el invierno de aquellas zonas inhospitalarias. Los cinco barcos están quietos en el mismo sitio, prisioneros de la glacial bahía. Ningún signo exterior puede dar a entender a Magallanes que su primo, y el más fiel de los amigos, así como todos los portugueses que iban a bordo del San Antonio, están engrilletados y que los manda un capitán rebelde en lugar de Mesquita. La misma flámula que los otros días tiembla en el mástil, y todo parece invariable visto de lejos. Como cada mañana, Magallanes ordena la labor del día y, como de costumbre, manda un bote del Trinidad a tierra para cargar la provisión de madera y de agua indispensables a los barcos. Como todas las mañanas, este bote aborda, ante todo, al San Antonio, el cual manda regularmente un par de marineros con el mismo objeto. Pero, cosa singular, esta vez, al aproximarse el bote, no les echan, como de costumbre, la escala de cuerda del San Antonio, ni asoma ningún marinero, y cuando los remeros dan voces a los de cubierta para que se den prisa, reciben la chocante respuesta de que no se atenderá en aquel barco ninguna orden de Magallanes y sí únicamente las del capitán Gaspar Quesada. Una respuesta así es bastante asombrosa para que el bote vuelva inmediatamente a la nave almiranta y dé la noticia a Magallanes

Magallanes abarca enseguida la situación: el San Antonio ha caído en manos de los rebeldes. Se le han adelantado. Pero ni esta sorpresa de muerte es capaz de alterar el pulso ni de embrollar un momento la claridad de su raciocinio. Lo primero que hace es procurar formarse una idea panorámica de la extensión del peligro: ¿cuántos barcos le quedan adictos? ¿Y cuántos son los contrarios? Manda sin demora el bote de una a otra nave. Con exclusión del poco considerable Santiago, decláranse a favor de los rebeldes el San Antonio, el Concepción y el Victoria. Tres contra dos, o, mejor dicho, tres contra uno, ya que, en el caso de un combate, el Santiago no contaría. Parece pues, en su disfavor la partida, y otro cualquiera la abandonaría. En una noche ha quedado anulada la empresa a la cual Magallanes ha dedicado años de su vida. Para proseguir el viaje a lo desconocido cuenta ahora solamente con su nave almiranta. Imposible. No puede renunciar a las otras naves, pero tampoco puede contar con ganarse su obediencia. No es de esperar auxilio de nadie en una zona que la quilla de un barco europeo nunca ha surcado todavía. Sólo le quedan a Magallanes, en esta situación terrible, dos soluciones. Una, la más lógica y dada su posición de inferioridad, la más natural, sería doblegar su rigidez y procurar llegar a una transacción con los capitanes españoles; y la otra, descabellada pero heroica: jugárselo todo a una carta y, a pesar de lo cerrado del horizonte, intentar un golpe, por su parte, encaminado a dividir a los rebeldes.

Todo habla en favor de la condescendencia. Porque los capitanes españoles no han amenazado todavía personalmente a Magallanes, ni han exigido nada concreto al almirante; sus barcos no demuestran, por ahora, ninguna intención de ataque. Tampoco ellos desean emprender, a miles de millas de su país, una lucha insensata entre hermanos. Se acuerdan muy bien del juramento prestado en la iglesia de Sevilla y conocen perfectamente las infamantes penas impuestas a los actos de rebelión y deserción. Hidalgos como Juan de Cartagena, Luis de Mendoza, Gaspar Quesada y Antonio de Coca, elevados a hombres de confianza del Rey, tienen empeño en volver a España con honor, no manchados con una traición. Por eso no hacen ningún alarde de su mayor número y se declaran, desde luego, dispuestos a la negociación pacífica: con el embargo del San Antonio no han querido iniciar una rebelión sangrienta, sino únicamente obtener, del tan obstinado a callar, una respuesta clara sobre el curso que ha de seguir la flota real en lo sucesivo.

No es, pues, en lo más mínimo, una provocación la carta que Gaspar Quesada, hombre de confianza de los capitanes españoles, manda a Magallanes; es, por lo contrario, una "suplicación"; tal es su humilde título, y empieza con la mayor cortesía justificando las medidas tomadas aquella noche. El mal trato con que los recibió el almirante oblígolos a embargar el barco cuyo mando les fue confiado por el Rey. No debía ser interpretado este acto como conculcación del derecho de almirantazgo que Su Majestad confió a Magallanes. Lo único que pretendían era un mejor trato, de tal modo, que si él se aviene a cumplir, como es su deber, este justificado deseo, no solamente le prestarán la obediencia debida, sino que se pondrán a su servicio "con el mayor respeto". Y si hasta allí le habían tratado de "merced", le llamarían en adelante "señoría" y le besarían los pies y manos ?dice el texto, con lenguaje grotesco e hinchado.

Tenida en cuenta la evidente superioridad militar de los capitanes españoles, este llamamiento representa una excelente oportunidad. Pero Magallanes ya se ha decidido por lo otro: la solución heroica. Su mirada rápida ha conocido el punto flaco del contrario: la indecisión. Algo debe de haberle revelado, en el tono de la carta, que los jefes de la rebelión no están, en el fondo, dispuestos a jugarse el todo por el todo, y en esta flaqueza ve Magallanes la única inferioridad de los que son superiores en número. Si se saca provecho de esta ventaja, cayéndoles encima como el rayo, tal vez pueda cambiar la suerte y recobrar, gracias a la decisión, lo que se daba por perdido.

Pero es preciso acentuar y repetir que en Magallanes el concepto de decisión tiene un matiz particular. En su caso, obrar con decisión no significa arrojarse sobre algo y atacarlo impulsivamente, sino al contrario: emprender algo en extremo peligroso con el máximo de precaución y cálculo. Los planes más atrevidos de Magallanes son siempre como buen acero, forjado, sí, en la llama de la pasión, pero endurecido luego en la reflexión más moderada; cada vez triunfa de todos los peligros gracias a esta mezcla de fantasía y precaución. El plan queda fijado en un minuto y lo restante del tiempo ha de emplearse exclusivamente en precisar con toda cautela sus particularidades. Magallanes reconoce que debe seguir el mismo procedimiento de los capitanes: ha de apoderarse, al menos, de una nave para volver a ganar ventaja. ¡Pero qué fácil lo tuvieron los capitanes y qué difícil lo tiene Magallanes! Ellos atacaban, en la oscuridad de la noche, a una nave totalmente desprevenida. Dormía el capitán, dormían sus hombres. No había preparada ninguna defensa, ni uno solo de los marineros tenía un arma a su alcance. Ahora es pleno día; recelosos, observan los capitanes desde tres barcos distintos cada movimiento en la nave almiranta de Magallanes, y tienen a punto cañones y bombardas y cargados los arcabuces. Bastante conocen los amotinados el valor de Magallanes para sospechar que muy bien podría intentar un ataque desesperado.

Conocen su valor, pero no su astucia. No sospechan que el diligente calculador puede llegar a emprender lo inverosímil: un ataque en pleno día con un puñado de hombres, contra tres barcos bien pertrechados. Ya es una maniobra genial la de no escoger para el temerario ataque el San Antonio, donde está encadenado su primo Mesquita. Porque, naturalmente, contra éste el ataque era más de recelar. Precisamente porque se espera el golpe a la derecha, Magallanes cae contra la izquierda, no contra el San Antonio, sino contra el Victoria.

Cada particularidad de este contraataque ha sido objeto de meditación. En primer lugar, Magallanes entretiene a los que en bote a remo le han traído la “suplicación" de Quesada, con lo cual se gana en dos sentidos: primero, debilitar la tripulación de los barcos rebeldes restándoles algunos hombres, y segundo, disponer de dos botes en vez de uno, ventaja que parece insignificante, pero que en el ataque se manifestará muy pronto decisiva. Reservando su propio bote, puede ahora con el otro, como tomado en corso, mandar al Victoria, acompañado de cinco hombres, a su incondicional maestre de armas, el alguacil de la flota Gonzalo Gómez de Espinosa, con una carta para el comandante sublevado Luis de Mendoza.

Sin maliciar nada, ven los rebeldes desde sus bien armados barcos el lejano bote que se acerca a remo. Nada sospechan. ¿Cómo podría un bote tripulado por cinco hombres atacar una nave con sesenta soldados bien armados, disponiendo de bombardas y capitaneada por un hombre de la solvencia de Mendoza? Una cosa no han podido observar, y es que los cinco hombres esconden unas armas debajo del vestido, y que Gómez de Espinosa va con un encargo de importancia. Despacio, muy despacio, con una lentitud tasada de antemano, en la que se ha calculado hasta el segundo, sube a bordo con sus cinco soldados y entrega al capitán Luis de Mendoza la invitación de Magallanes, que le llama a una entrevista en la nave capitana.

Mendoza lee la carta. Se acuerda muy bien de la escena cuando Juan de Cartagena fue prendido por sorpresa en el Trinidad como un delincuente. ¡No sería él, Luis de Mendoza, tan majadero que se dejara coger en la ratonera! “No me pillará allí”, sonríe durante la lectura de la carta. Pero su sonrisa acaba en un grito ahogado. El puñal del alguacil le ha dado en la garganta un golpe mortal.

En el mismo instante ?y aquí se ve con qué fantástica exactitud había calculado Magallanes cada minuto y cada metro de paso a remo de un barco a otro? trepan a bordo del Victoria sesenta hombres con todas las armas, que Duarte Barbosa ha conducido en el otro bote de1 Trinidad. Fascinados, miran los tripulantes el cadáver de su capitán, a quien el maestre de armas de la flota ha ajusticiado de un solo golpe, y antes de que hayan tenido tiempo de explicarse lo sucedido y formar una decisión, ya Duarte Barbosa se ha hecho cargo del mando y sus hombres ocupan todos los sitios, dando órdenes que la tripulación, angustiosa, ejecuta. En un momento se ha levado el áncora, se han izado las velas, y antes de que los otros dos barcos rebeldes vean el relámpago iluminar el espacio sereno, el Victoria, apresado por su almirante, se acerca ya a la nave almirante para ponerse a su lado. Tres naves: Trinidad, Victoria y Santiago, se oponen ahora al San Antonio y al Concepción, cerrando la boca de la bahía contra cualquier intento de huida de los rebeldes.

Gracias a esta expeditiva maniobra, el platillo de la balanza sube, y la partida es ganada contra toda esperanza. En el espacio de cinco minutos, los capitanes han pasado de nuevo a segundo término; les quedan tres posibilidades: huir, luchar o darse por vencidos. Contra la primera se ha precavido con tiempo el almirante cerrando el paso de la bahía con sus tres naves. En la lucha no hay que pensar, porque el alarde de Magallanes ha hecho trizas el valor de sus contrarios. Son vanos los intentos de Gaspar Quesada, que se presenta de punta en blanco a su gente, en una mano la lanza, y la espada en la otra, para excitarlos al combate. Despavoridos, ya no le siguen. Basta para vencer cualquier resistencia, en el Concepción y en el San Antonio, la sola presencia de un bote tripulado por unos marineros de Magallanes. Al cabo de pocas horas Alvaro de Mesquita anda en libertad y quedan presos los capitanes rebeldes en las mismas cadenas que humillaron al fiel seguidor de Magallanes.

Rápida como una tempestad estival ha descargado la tensión, y el primer rayo ha aniquilado la sublevación en su raíz. Pero tal vez la lucha visible sea la parte más fácil de la tarea, porque según la ley natural y la guerrera, el hecho no puede quedar sin consecuencias. Un combate terrible se levanta en el ánimo de Magallanes. El Rey le reconoció explícitamente un derecho ilimitado de vida y muerte, pero los principales culpables son también hombres de confianza de la Corona. Si sólo atendiera a la autoridad de que dispone, debería castigar duramente a algunos de los rebeldes, a los cuales no puede castigar. Porque ¿cómo se concibe la continuación de la travesía una vez haya hecho justicia en un quinto de la tripulación? A mil millas del hogar, en un sitio inhospitalario, no puede, como almirante, privarse de cien pobres trabajadores; no tiene más remedio que seguir con los culpables y ganarles el corazón por la bondad, sin que, por otra parte, pueda prescindir de atemorizarlos con un castigo ejemplar.

A fin de manifestar su autoridad con un enérgico escarmiento, Magallanes se decide a sacrificar a uno solo, y elige al único que se había puesto a la cabeza del motín con el acero desnudo: el capitán Gaspar Quesada, que había herido mortalmente a su fiel piloto Elorriaga. El lamentable juicio empieza con todos los requisitos. Son llamados los amanuenses y los testigos para redactar el acta, y con la misma precisión y las mismas formalidades que si estuvieran en una escribanía de Sevilla o de Zaragoza, llenan páginas de un papel que es materia preciosa en aquel desierto que bordea las costas de la Patagonia. Mesquita, como presidente, entabla el juicio, acusando a Gaspar Quesada, ex capitán de la Armada, por homicidio y sedición. Y Magallanes dicta la sentencia. Gaspar Quesada es condenado a muerte, y la única gracia que el almirante otorga al noble español es que la ejecución no sea en garrote, sino bajo el sable. Pero ¿quién será el verdugo? Difícilmente se hallará un voluntario entre los tripulantes. Por fin se improvisa uno, ¡y a qué espeluznante precio! El criado de Quesada puso también sus manos en la agresión a Elorriaga y ha sido declarado culpable. Y ahora se le brinda el perdón en el caso que se halle dispuesto a llevar a cabo la decapitación de Quesada. La alternativa entre ser degollado él mismo o ser el degollador de su patrón debió de levantar un áspero combate en la conciencia de Luis de Molina, el criado de Quesada. Por fin, se declara dispuesto para la ejecución. De un solo golpe separa del tronco la cabeza de su amo para salvar 1a propia. Los cadáveres de Mendoza y de Quesada fueron descuartizados, siguiendo la costumbre horrible de la época, y los pedazos expuestos en la punta de unas estacas, transplantando por primera vez al mundo patagónico los escalofriantes usos de la Tower y de otros sitios europeos de ejecución.

Pero otra sentencia le toca dictar a Magallanes, no diremos si más benigna o más cruel que la muerte a filo de espada. También Juan de Cartagena, propiamente el cabecilla de la sublevación, y un sacerdote, en los cuales el rescoldo de la rebelión luce todavía, han sido hallados culpables. Tiembla la mano de Magallanes ante la idea de firmar una declarada sentencia de muerte. El almirante no se atrevería a entregar al verdugo a quien el mismo Rey le puso como adjunto, ni a derramar la sangre de un sacerdote, cuya cabeza fue consagrada con los santos óleos, pues su conciencia de católico se resiste a cargar sobre ella un acto tal. Tampoco es hacedero dejar consumir en las cadenas, a través de la mitad de la tierra, a esos dos principales promotores. Magallanes hurta el cuerpo a la decisión. Cuando la flota se haga nuevamente a la vela, ambos serán dejados en la playa de San Julián, proveyéndolos de vino y víveres para algún tiempo, y sea Dios quien decida de su vida o de su muerte.

¿Estuvo en lo justo Magallanes, en este juicio a muerte de Puerto de San Julián? ¿No se podría objetar algo a los protocolos que su primo Mesquita hizo levantar allí y que no dejaban lugar a la defensa? ¿Son, por otra parte, justas las declaraciones posteriores de los oficiales españoles en Sevilla, pretendiendo que Magallanes había remunerado al alguacil y a sus hombres con doce ducados por haber dado muerte a Mendoza, adjudicándoles además los haberes de los dos hidalgos muertos? Son afirmaciones a las cuales Magallanes ya no puede alegar ni quitar nada. Casi todos los acontecimientos, al ser descritos, se tiñen con el equívoco, y si desde entonces la Historia ha dado la razón a Magallanes, no olvidemos que la da casi siempre al vencedor, en perjuicio del vencido. Hebbel dijo un día esta frase magnífica “A la Historia le es indiferente cómo suceden las cosas. Se pone al lado del que ejecuta, del ganancioso.” Si Magallanes no hubiera encontrado el paso, si no hubiese llevado a cabo su empresa, la eliminación de los capitanes españoles que protestaron contra su arriesgada aventura sería considerada como un asesinato. Pero como los hechos se cuidaron de dar la razón a su empresa, encumbrándolo a perpetua memoria, los muertos sin gloria pasan al olvido, y si no en lo moral, en lo histórico, el buen éxito de Magallanes ha venido a justificar su dureza e inflexibilidad.

Peligroso ejemplo fue, en todo caso, el cruento juicio de Magallanes para el más genial de sus sucesores, Francisco Drake. Cuando, cincuenta y siete años más tarde, este héroe y pirata inglés se ve amenazado, en un viaje no menos arriesgado, por una sublevación no menos peligrosa, al desembarcar en el mismo desdichado Puerto de San Julián, paga siniestro tributo al querer imitar el modo marcial de Magallanes. Francisco Drake conoce muy bien los acontecimientos de la travesía de su predecesor, los protocolos referentes a la implacable justicia de Magallanes; probablemente vio en Puerto de San Julián el bloque sangriento sobre el cual fue cumplida la sentencia en el sedicioso, cincuenta y siete años antes. Su insumiso capitán se llama Tomás Doughty; lo mismo que Cartagena, había sido aherrojado durante el viaje, y, por rara coincidencia, es dictado el fallo en las mismas playas, en el mismo porto negro de San Julián, y también a la última pena. Pero Francisco Drake deja al que fue su amigo la elección entre la muerte rápida y honrosa por el acero, como la que sufrió Quesada, o ser expuesto al azar de los acontecimientos en aquella bahía, como Juan de Cartagena. Doughty, que también había leído la historia de la expedición de Magallanes, sabe que nunca se halló más rastro de Cartagena ni del sacerdote expuestos a la soledad de aquella playa y elige la muerte cierta, pero rápida, la muerte varonil y noble por la espada. Una vez más rueda por la arena una cabeza ?destino eterno de la Humanidad, cuyos hechos memorables han sido casi siempre regados con sangre, siendo los más duros los que mayores resultados han conseguido.

 

Capítulo

9

EL MOMENTO SOLEMNE 7 abril 1520 28 noviembre 1520

Cuatro, cinco meses, queda sitiada por el invierno, en este lamentable puerto de las desdichas, la flota de Magallanes. Vacío y pesado dilátase el tiempo en la abominable soledad; pero el almirante, sabiendo muy bien que nada siembra el descontento en el corazón de los hombres como la ociosidad, procura a los marineros una labor constante y esforzada. Manda reparar las naves escrupulosamente, desde la quilla hasta la punta del palo mayor; cortar troncos y aserrarlos y pulirlos. Llega, tal vez, a improvisar ocupaciones superfluas, con el único propósito de dar esperanzas a los tripulantes de que el viaje se reanudará pronto, llevándolos desde la insoportable desolación del invierno a las ansiadas islas del Sur. Aparece, por fin, una señal de primavera. En todas aquellas semanas de cielo oscuro, de atmósfera glacial, la tripulación creyó hallarse confinada en una tierra de nadie, desierta de hombres y de bestias; y el sentimiento de miedo, muy comprensible, de habitar allí como en las cuevas prehistóricas, separados de todo lo humano, oscurecía sus pensamientos. Pero una mañana aparece en la cima de la colina una figura singular, un hombre que, de pronto, no reconocen como a un semejante, pues, turbados por la sorpresa, se les antoja de doble talla que un hombre en las proporciones. "Duobus humanam superantes staturam; escribe Pedro Mártir, y confirma Pigafetta: "Tal era la talla de aquel hombre, que sólo llegábamos a la altura de su cinturón. Tenía esbeltez, colorado el ancho rostro, y pintados alrededor de los ojos unos anillos verdes y una mancha en forma de corazón sobre cada mejilla. Su pelo era corto y blanco. Le cubrían unas pieles de animales cosidas entre sí." Sorprende particularmente a los españoles el tamaño gigante de los pies de aquel fenómeno, y por esta seña bautizan a los indígenas de pies grandes (patago) y llaman a su tierra “Patagonia”. Pero pronto cede aquel terror ante el hombre de raza singular vestido de pieles, que ahora ensancha cada vez más los brazos y baila y canta, mientras mira a los otros sin dejar casi ni un momento de desparramar arena sobre los blancos cabellos. Magallanes, algo versado en los hábitos de los hijos de la Naturaleza desde sus primeros pasos, interpreta acertadamente esta manifestación como un deseo de buenas relaciones, y manda a uno de sus marineros que se ponga a bailar por el mismo estilo y se eche arena sobre la cabeza. Con regocijo de los cansados marineros, el salvaje ve en esta pantomima un saludo de bienvenida y se acerca a ellos con mansedumbre. Por fin, los Trínculos, como en La tempestad, han conquistado a Calibán; por primera vez en aquel yermo les es dado a los marineros poder alternar y tener diversión. Al poner ante las narices del gigante bonachón un espejo metálico, el hombre da un brinco tan inesperado, al ver su propia cara, que arrastra en su caída a cuatro marineros. Su apetito les hace olvidar lo corto de su propia ración. Con los ojos encandilados ven a aquel nuevo Gargantúa sorberse un cubo de agua y zamparse media canasta de galletas como si fueran un par de nueces ¡Y qué jolgorio cuando, al presentar dos ratas a su voracidad, las engulle en vivo, sin siquiera quitarles la piel, dejándolos entre el horror y la risa! Una cordial simpatía nace por ambos lados: el voraz indígena y los marineros, Y al regalarle, por remate, Magallanes, un par de campanillas, llama a otros "gigantes" y también a algunas "gigantas".

Precisamente esta despreocupación acarreará la perdición de los ingenuos hijos de la Naturaleza. Magallanes ?como Colón y otros conquistadores? tenía encargo expreso de la "Casa de Contratación" de traer a España algunos ejemplares no solamente de las plantas y los animales, sino también de las nuevas variedades humanas que descubrieran. Coger vivo a uno de esos gigantes parece, de pronto, a los marineros no menos arriesgado que la captura de una ballena por las aletas. Escúrrense, medrosos, alrededor de los patagones, y, en el momento decisivo, acaban siempre por encogerse. Hasta que imaginan una vulgar astucia. Llenan las manos a dos de los gigantes de tal cúmulo de regalos, que necesitan todos los dedos para que no se les escape el botín, y en esta situación enseñan a los bienaventurados un objeto más precioso, reluciente y sonoro, un par de grilletes y les preguntan si no les agradaría ceñírselos a los pies. Los pobres patagones ríen de oreja a oreja y cabecean, embelesados, soñando con el tintineo con que aquellos objetos sonoros acompañarían a su paso. Aguantando con las manos crispadas los regalos, miran, bajando la cabeza, aquella hermosura de fríos anillos que les rodean las articulaciones y hacen una música tan alegre. ¡Ya los tienen! Ahora pueden sin temor derribar a aquellos gigantes como un saco de arena, porque, aherrados, no son ya peligrosos. En vano los engañados dan alaridos y se rebullen y dan golpes a su alrededor, implorando a su mágico dios Setebos ?el nombre procede de Shakespeare. ¡La "Casa de Contratación" pide curiosidades! Como a los bueyes los empujan, los arrastran al interior de la nave, donde perecerán inevitablemente por escasez de alimentación. Este pérfido asalto de los que les traían nueva cultura destruye de un golpe la buena inteligencia, y los patagones se mantienen ahora a distancia de los que les han engañado, y un día que un pelotón de españoles los ronda ?aquí el relato de Pigafetta se diluye singularmente?para alcanzar también o visitar a alguna de las mujeres de la misma raza, pónense a la defensiva, y uno de los marineros paga la aventura con su vida.

Pero, lo mismo que a los indígenas, les resulta fatal a los españoles este Puerto de San Julián. No sacan de él más que desgracia; nada le favorece en él a Magallanes, nada le sale bien: una suerte fatídica va unida a esa playa manchada de sangre... “¡Vámonos pronto de aquí! ¡Pronto! ¡Regresemos!", gimen los tripulantes. "¡Vámonos pronto! ¡Más adelante!", ansía Magallanes. Y crece, con los días más largos, la impaciencia de todos. Apenas han cedido las furiosas tormentas invernales, Magallanes intenta el primer empuje. Manda el más rápido de sus barcos, el más ligero, el pequeño Santiago, que gobierna el fiado capitán Serráo, como paloma Noé que traiga el mensaje. Serráo deberá surcar hacia el Sur, escrutar las bahías y, al cabo de un plazo señalado, estar de vuelta con su informe. Pronto pasa el tiempo, y Magallanes se impacienta con la mirada puesta en el horizonte. Pero, en vez de llegar por el agua el mensaje, viene de la tierra firme: un día, dos raras formas movedizas se acercan, bajando de la colina. Al pronto los toman por indígenas patagones y preparan las ballestas. Pero aquellos hombres desnudos, medio helados, hambrientos: aquellos espectros de color terroso, los llaman a voces en español.

Son dos marineros del Santiago que vienen con malas noticias. Serrão había llegado felizmente a la cómoda embocadura de un río colmado de pesca: río de Santa Cruz; pero, mientras procedían a nuevas exploraciones, la tormenta estrelló el barco contra la costa. Pudo salvarse la tripulación, que, en apurado trance, estaba esperando auxilio junto a dicho río; ellos dos solamente habían logrado avanzar hasta San Julián, alimentándose, durante aquellos once días, de hierbas y raíces.

Magallanes manda salir un bote. Vuelven en él los náufragos. Pero, ¿qué podrán los hombres sin el otro barco, el más ligero de la flota, el más dispuesto de todos? Es la primera pérdida y, como todas las que sufren en aquellos remotos parajes, no tiene reparación. Cuando por fin Magallanes, el 24 de agosto, ordena la partida y abandona la fatídica bahía de San Julián, dando una última mirada a los dos conspiradores allí abandonados, tal vez maldice, en su interior, el día que mandó varar. Tiene una nave menos; tres capitanes han dejado allí la vida y, sobre todo, ha pasado un año entero que no volverá a recuperar, y a nada se ha llegado; no se ha encontrado ni se ha realizado nada.

Aquellos días debieron de ser en la vida de Magallanes los más sombríos, tal vez los únicos en que el hombre de fe inquebrantable se desesperó, sin darlo a entender. La fingida firmeza con que, a la salida de San Julián, manifiesta que está dispuesto, si es preciso, a seguir hasta el grado setenta y cinco de latitud en la costa patagónica, y que si entonces no da, tal vez con la travesía para el otro mar, elegirá la ruta trillada, doblando el cabo de Buena Esperanza, descubre, con el "si es preciso" y el "tal vez", su inseguridad. Por fin admite la posibilidad de un retroceso, por primera vez concede a sus oficiales que el buscado paso puede no existir o encontrarse en aguas árticas. Es manifiesto que ha perdido la seguridad interior. La idea del "paso" que le sonríe en sus sueños le abandona en la hora decisiva. Pocas veces habrá concertado la Historia una situación más irónica y maliciosa que la de Magallanes cuando, después de dos días de navegación, vuelve a detenerse en la desembocadura del río Santa Cruz descubierto por Serráo, y aconseja otro sueño invernal de una par de meses para las naves. Con nuestros mejores conocimientos geográficos de hoy día nos representamos el contrasentido de tal decisión. Ahí tenemos un hombre que, impulsado por una generosa idea, desviado por una noticia imprecisa y además errónea, se ha impuesto como finalidad de su existencia la travesía del Atlántico al Pacifico para encontrar antes que nadie el itinerario alrededor de la tierra. Gracias a su enérgica voluntad ha vencido el obstáculo de la materia, ha reunido a los que le ayuden en su plan irrealizable, ha conseguido de un monarca extranjero, gracias a la fuerza sugestionadora de su idea, la flota indispensable, a la cual a llevado felizmente más lejos, bordeando las costas sudamericanas, que ningún otro navegante. Dominó los elementos y la rebeldía de los hombres; nada hasta ahora ha podido detenerle ni desilusionarle en la fanática certeza de que aquel “paso”, aquella meta de sus sueños, estaba a su alcance. Y he aquí que, precisamente a punto de triunfar, se le nubla la vista, a él, tan perspicaz, como si los dioses que no le quieren bien le hubieran puesto maliciosamente una venda en los ojos. Porque, en aquel 26 de agosto de 1520, cuando Magallanes dispone que su tripulación se tome un nuevo descanso de dos meses, se puede decir que ya toca su objetivo. Unos grados más de latitud, dos días de navegación después de los trescientos, un par de millas después de las tantas que han medido, le faltaban solamente para que su alma turbada rompiera en un grito de júbilo. Pero ?escarnio y malignidad del destino? el desdichado no sabe ni puede adivinar lo cerca que está de la meta. Durante dos meses vacíos, interminables, que él llena de preocupaciones y desconfianza, espera el tiempo primaveral en la desembocadura de aquel río insignificante, en aquel sitio despoblado, como el hombre que, en medio de una extensión nevada, se acurruca helado de frío ante su propia choza, sin ocurrírsele que, con sólo dar un paso, estaría bajo cubierto. ¡Dos meses, dos meses interminables, perdidos, pasa Magallanes en aquel yermo, ocioso y con la obsesión de si hallará o no el paso mientras que, a dos días de navegación solamente, le espera el estrecho que llevará para siempre su nombre! Hasta el último momento sentirá la garra dislaceradora del buitre de la duda el hombre que, cual otro Prometeo, se ha propuesto arrancar a la tierra el secreto último.

¡Pero tanto más hermosa es la liberación! únicamente llega la emoción a las cumbres de la bienaventuranza cuando logra remontarse desde las hondonadas del desasosiego. El 18 de octubre de 1520, al cabo de dos meses superfluos de tregua, Magallanes ordena una vez más el avance. Oyen misa solemne, la tripulación se acerca a la Sagrada Mesa y luego parten las naves a toda vela con rumbo al Sur. El viento les viene de frente y avanzan con pena. Todavía no halla consuelo la mirada en rastro alguno de vegetación; un llano solitario, inhospitalario, una costa de arena y rocas... Al tercer día ?21 de octubre de 1520? se levanta por fin un cabo con blancos escollos, una playa quebrada. Y he aquí que, tras este resalto, al cual, en conmemoración del día, Magallanes llamó cabo de las Vírgenes, se abre una honda bahía de aguas oscuras. Los barcos se acercan más. ¡Que raro paisaje, vigoroso y austero! Cerros escarpados, accidentados, y en la lejanía ?panorama completamente nuevo en aquel viaje? altas cumbres coronadas de nieve. ¡Pero qué muerto todo! Ni un ser humano, y apenas un árbol o un matorral; el zumbido continuo del viento atraviesa el rígido silencio de la espectral bahía solitaria. La tripulación mira con disgusto aquel piélago de aguas sombrías. Absurdo les parece a todos que esta bahía rodeada de montañas, y sus aguas del Averno, pudiera llevar a una llanura ni al "Mar del Sur", al mar claro y lleno de sol. Es unánime el convencimiento de los pilotos de que aquella profunda entalladura no puede ser más que un fiordo semejante a los de las tierras nórdicas, y que serán afán y tiempo perdidos el sondear en aquella bahía cerrada o rodearla navegando. Bastantes semanas llevan ya malogradas en el reconocimiento de todas aquellas bahías patagónicas, sin que ninguna haya resultado salir a la ansiada travesía. ¡Basta ya de vacilaciones! ¡Adelante! Y en el caso de que el "estrecho" no aparezca pronto, aprovechar el buen tiempo para la vuelta a casa o hacia el Mar de las Indias por el cabo de Buena Esperanza.

Pero Magallanes, poseído por la idea fija del escondido estrecho, insiste en dar la vuelta completa a la singular bahía. Con enojo es obedecida la orden por los que preferían pasar más allá pues "todos pensábamos y afirmábamos que era aquélla una bahía cerrada" ?serrato tuto in torno?. Dos de las naves, la almiranta y la Victoria, se quedan para explorar el exterior de la bahía. Las otras dos, San Antonio y Concepción, reciben el encargo de avanzar cuanto puedan, pero sin tardar más de cinco días en el regreso. Por que el tiempo es cada día más precioso y más escasas las provisiones. Magallanes no puede ya, como en el Río de la Plata, conceder quince días. Cinco días de reconocimiento es su máxima concesión para la última prueba que intenta.

Ha llegado el momento dramático culminante. Las naves Trinidad y Victoria empiezan a costear la bahía, mientras la San Antonio y la Concepción vuelven de su avance hacia el interior de la misma. Pero una vez más se levanta la oposición de la Naturaleza, como resistiéndose a soltar su último secreto. El viento refresca de pronto y se convierte en uno de esos huracanes frecuentes en los parajes que los viejos mapas españoles señalan así: "No hay buenas estaciones." E1 agua de la bahía se agita en blanco tumulto de espuma y rompe al primer embate la cuerda del áncora; los dos barcos se ven obligados a arriar velas y dejarse llevar sin defensa, pudiendo aún salvarse de que la tormenta los arroja contra los escollos. Dos días dura el peligro. Pero lo que turba a Magallanes no es su propio destino, ya que sus dos naves se zarandean en la bahía abierta, donde es posible aún mantenerlas a salvo de las rocas. Lo que le preocupa son los otros dos barcos el San Antonio y el Concepción. El vendaval debe de haberlos cogido en la bahía interior, en aquella angostura donde no tienen espacio para bordear, ni la más mínima oportunidad de anclar y guarecerse. A no ser que haya ocurrido un milagro, debe de hacer ya mucho tiempo que la marejada los ha empujado a la orilla, estrellándolos contra los escollos.

¡Qué horrible espera, en la fiebre y la impaciencia, la de Magallanes durante aquellos días, en las horas que iban a decidir su destino! Pasa un día, y no se ve señal. Pasa un segundo día, y no han vuelto. Y pasan tres y cuatro. Magallanes sabe que si los dos barcos han naufragado, todo está perdido. Los dos restantes no serán aptos para proseguir la ruta. Su empresa, su ensueño, se habrán estrellado contra aquellas peñas de una tierra remota.

Por fin, una señal en la cofa. ¡Horror! No son los barcos de regreso lo que el vigía señala, sino una columna de humo que se ve en la lejanía. ¡Momento terrible! El significado de aquel humo es una demanda de auxilio de los náufragos. Perdidos sus mejores barcos, el San Antonio y el Concepción, ¡ha naufragado también su empresa en la bahía innominada aún! Magallanes ha ordenado ya bajar los botes para remar bahía adentro y salvar cuantas vidas humanas sea posible. ¡Pero hay un cambio inesperado! Es como el momento grandioso del Tristán, cuando la ya expirante melodía plañidera y desesperada de la muerte se reanima de pronto en la flauta del pastor y brinca en el torbellino de una jubilosa tonada de danza, desbordante de felicidad. ¡Una vela! ¡Un barco! ¡Bendito sea Dios! Uno, al menos, se ha salvado. ¡No: son los dos barcos, que se acercan, los dos! El San Antonio, el Concepción, sanos y enteros... Pero ¿qué es aquello? No bien se han hecho visibles a Magallanes y a los suyos, uno, dos, tres fogonazos centellean a babor, seguidos del estampido de los cañones, que se ensancha en el eco de las montañas. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué los que ahorraban hasta un gramo de pólvora la derrochan ora en repetidas salvas? ¿Cómo es que banderas y gallardetes van izados en todo su esplendor y con tal profusión que Magallanes no cree a sus ojos? ¿Qué señas son aquéllas y qué voces de capitanes y marineros, y por qué las dan? La distancia no le permite todavía entender las voces entremezcladas, ni lo que quieren significar sus camaradas. Pero todos, y Magallanes el primero, tienen la impresión de que es aquél el lenguaje del triunfo.

Y, realmente, el mensaje que traen las dos naves es un fausto mensaje. Ensanchándosele el corazón, escucha Magallanes el relato que le hace Serrão. A los dos barcos les fue mal al principio. Habían penetrado ya muy adentro en la bahía cuando estalló la tormenta. Por más que cogieron rizos a las velas, el torbellino de la corriente los empujó indefensos, agotándolos, más lejos cada vez, hasta el punto de hacerles creer que iban a perecer sin remedio contra las riberas rocosas que se levantan en el fondo de la bahía. No se dieron cuenta hasta entonces de que el muro de roca que tenían delante no era del todo cerrado, sino que se quebraba tras un resalto en una especie de canal. A través de aquel estrecho, de aguas más calmadas, llegaron a una segunda bahía que se estrechaba en un sitio para ensancharse en otro. Tres días duraba el viaje, sin hallar el fin de aquel singular estrecho. Sin embargo, el imponente camino de agua de ningún modo podía ser un río. El agua era salada en toda su extensión, y con regularidad y ritmo aparecían las mareas alta y baja. No era una corriente, como el Plata, que se estrechara agua arriba de la desembocadura; antes al contrario, ancha y con caracteres oceánicos, la superficie se extendía en aquel piélago singular con profundidad constante. Era más que probable que aquel fiordo, aquel canal, saliera al tan buscado Mar del Sur, cuyas orillas divisara hacía pocos años, desde las alturas de Panamá, el primer europeo, Núñez de Balboa.

En todo un año no había recibido Magallanes, el hombre tantas veces puesto a prueba, una noticia más satisfactoria. Ya se puede suponer cómo iluminaría de súbito su alma sombría y acongojada. En su fuero interno desesperaba ya y había previsto la vuelta por el cabo de Buena Esperanza. Nadie sabe qué secretos votos y oraciones debió de elevar de rodillas a Dios y a sus santos. Y ahora que su fe vacilaba, la ilusión empieza a ser verdad, y el sueño a realizarse. Es cuestión de no vacilar un solo instante. ¡Arriba las áncoras! ¡A desplegar velas! Una última salva en homenaje al emperador y una plegaria al Almirante de todos. Y enseguida, adelante a través de aquel laberinto. Si encuentra en aquellas aguas aquerónticas un camino que salga al otro mar, él será el primero que habrá dado con la ruta alrededor del mundo. Con sus cuatro barcos emprende Magallanes animosamente la navegación de aquel canal, que en conmemoración de la festividad del día bautiza con el nombre de canal de Todos los Santos y que la posteridad, agradecida, denominará de Magallanes.

Una rara visión espectral debió de ser el avance de los cuatro barcos silenciosos, los primeros en la historia de la Humanidad que surcaban las aguas negras y misteriosas, desiertas desde tiempos inmemorables. Les espera un inmenso silencio. Como montañas magnéticas los miran los cerros metálicos a lo largo de las riberas; pesa el cielo oscuro, allí siempre nublado, y el agua tiene tonos negros; como la barca de Aqueronte en la Estigia, sombras entre sombras, surcan los cuatro barcos silenciosos la región semejante al Hades. A lo lejos resplandecen unas montañas con nieve en las cumbres, y por la noche trae de ellas el viento un soplo glacial. No se ve alrededor ni un ser vivo, pero hombres debe de haber por allí escondidos, pues de noche se ven unas llamas en las tinieblas, por lo que Magallanes da el nombre de Tierra del Fuego a la que acaban de descubrir. (Esas lumbres que jamás se apagan caracterizan a las razas de cultura inferior, las cuales, desconociendo los procedimientos para producir fuego, se ven obligadas a mantenerlo ininterrumpidamente en sus reductos con madera o hierba seca). Pero los oprimidos marineros, que atisban hacia todos lados, no han conseguido una sola vez oír una voz o ver una figura humana. Los marineros que Magallanes ha mandado a la playa en un bote no encuentran habitación ninguna ni rastro de vida, sino una morada de muerte: dos docenas de fosas abandonadas. El único animal que logran descubrir es el cadáver gigante de una ballena que los embates del mar han arrojado sólo para morir, a aquellas playas del misterioso pasado, donde siempre es otoño. La mirada de pasmo de los navegantes se clava en aquella calma espectral; es como si hubieran caído en medio de un paisaje astral agostado, sin vida. ¡Adelante! ¡Adelante!... Y vuelven a resbalar lentos los barcos al impulso de la brisa, quebrando el color de noche, que no había sentido aún la quilla de un barco. Sondean una vez más el agua sin hallar fondo; Magallanes no cesa de mirar angustiosamente a todos lados, no fuera que la bahía se cerrase de pronto al final de la ruta líquida. Pero el estrecho no tiene fin y repetidas señales anuncian que por él han de salir al mar abierto. Así y todo, no llega todavía el momento anhelado, y la ruta es intrincada y el alma se turba. La mágica expedición atraviesa la noche quimérica, más adentro cada vez, teniendo por única compañía el salvaje himno incomprensible del viento que zumba y chilla, frío, entre los cerros.

Pero, a la vez que sombrío, el viaje es peligroso. El estrecho no se parece lo más mínimo a aquel canal de fantasía, trazado a cordel, que en sus cómodas celdas, allá en Alemania, los honrados cosmógrafos Schöner y, antes que él, Behaim habían trazado en sus mapas. Resulta un puro eufemismo, para abreviar, la calificación de “Estrecho de Magallanes”; porque, en realidad, es más bien un ininterrumpido cruce de caminos, un laberinto de vueltas y revueltas, de bahías, calas, fiordos, bancos de arena y complicadas redes liquidas, que los barcos logran atravesar a fuerza de mucho ingenio y suerte. Ora alargándose, ora replegándose en las más singulares formas, se ven esas bahías, cuyas profundidades son difíciles de precisar, erizadas de islas, sembradas de bajíos; tres, cuatro veces, a derecha o a izquierda, el estrecho no deja de ramificarse y nunca se sabe cuál es el buen paso, si el que va hacia el Oeste, hacia el Norte o hacia el Sur. Hay que evitar los bancos de arena y sortear los peñascos, y el viento enemigo, incansable, vuelve a barrer el inquieto estrecho en súbitos torbellinos, los llamados williwaws, que agitan las aguas y rasgan las velas. Leyendo las numerosas descripciones posteriores, se comprende por qué el Estrecho de Magallanes ha sido durante siglos el terror de los navegantes. En él "reina siempre viento norte desde todos los puntos del espacio". Nunca se consigue en él la calma, el sol y la comodidad apetecidos. Son a docenas los barcos que en travesías ulteriores han naufragado en el inhospitalario estrecho, hoy no bien colonizado todavía, y nada prueba mejor el arte náutico de Magallanes que el haber sido durante años y años, a la vez que el primero, el último que logró atravesarlo sin perder un solo barco. Si se considera lo elemental de sus medios, reducidos a la hinchada vela y al timón de madera, y que con ellos hubo de tener en cuenta las cien arterias y hacer y deshacer camino sin cesar, para reunir luego toda la flota en un punto determinado, y en la estación ingrata y con una tripulación agotada, se comprenderá que su expedición haya sido glorificada como un prodigio por generaciones de navegantes. Como en todas las esferas, fue, en su arte de navegar, el genio propio de Magallanes la paciencia, la inconmovible precaución y previsión.

Un mes entero perseveró en su confiada exploración, consciente de la responsabilidad. No se apresura, no se impacienta, por mucho que palpite en lo íntimo de su alma el ansia de ver, finalmente, el Mar del Sur. En cada cruce reparte su flota; cada vez que dos de los barcos bordean un fiordo al Norte, los otros dos exploran simultáneamente el camino del Sur. Como si el hombre solitario supiera que ha nacido bajo una constelación que no le permite creer en los azares venturosos, ni una sola vez confía a la casualidad la elección entre los muchos caminos, como quien echa una moneda a cara o cruz; siempre busca y escudriña todos los caminos para hallar el verdadero, el único, y así, triunfan a la vez su genial imaginación y la más sombría y la más suya de las virtudes: la heroica perseverancia.

¡Triunfo! Las primeras lenguas del mar del estrecho han sido salvadas felizmente y se llega a las segundas. Una vez más se encuentra Magallanes en una encrucijada donde la ensanchada bahía se bifurca a derecha e izquierda, sin que pueda nadie saber cuál de los dos caminos lleva al mar abierto cuál de ellos es un callejón sin salida, inútil para sus fines. Una vez más reparte Magallanes su pequeña flota. Sigan el San Antonio y el Concepción los recodos por la parte sudeste, mientras él explorará con su almiranta y el Victoria el canal hacia el Sudoeste. Y sea el punto de encuentro de la flota, al cabo de cinco días a lo sumo, la desembocadura de un pequeño río que denominarán río de las Sardinas, a causa de la abundancia de pesca. Los capitanes llevan las más detalladas instrucciones. Ya iban a ser izadas las velas, cuando sucede algo que nadie esperaba. Magallanes llama a bordo de su almiranta a los capitanes para tratar, antes que nada, de las provisiones ?punto que somete a su informe? y oír su opinión sobre si conviene proseguir la expedición o regresar con la feliz noticia.

¿Para oír su opinión?... "¿Qué ha sucedido?", se preguntan con sorpresa. ¿Por qué esa actitud democrática desconcertante, sin más ni más? ¿A santo de qué el dictador de acero, que hasta entonces no había reconocido a ninguno de sus capitanes el derecho de hacer una pregunta o criticar una orden, eleva ahora a camaradas, a oficiales que eran sus subordinados, con ocasión de una maniobra insignificante? Nada más lógico, en realidad, que este cambio. Los dictadores, después del bien ganado triunfo, están siempre más propensos a reconocer derechos, y permiten más generosamente la libre emisión de la palabra, una vez asegurado su poder. Ahora que ha encontrado el "paso", el "estrecho" Magallanes no tiene por qué rehuir ninguna interrogación. Con el triunfo en 1a mano, poco le importa todo 1o demás, y pone los naipes boca arriba. Siempre es más fácil obrar rectamente en la prosperidad que en la desgracia. ¡Por fin, por fin el hombre duro y reservado, metido en sí mismo, rompe el silencio que apretaba obstinadamente entre los dientes! Desde que su secreto ya no lo es, Magallanes puede ser comunicativo.

Los capitanes comparecen para informar acerca de los víveres. Y su informe no es muy satisfactorio. Los víveres son escasos. Cada barco lleva provisiones para tres meses, a lo sumo. Magallanes toma la palabra: "Es un hecho sin discusión ?dice enérgicamente? que el objetivo de este viaje ha sido alcanzado. El paso, la travesía al Mar del Sur puede llamarse una realidad." Y ruega a los capitanes que expongan con toda libertad su criterio sobre si la flota ha de contentarse con este éxito o si ha de procurar poner un remate a lo que él prometió a su Emperador, o sea llegar asimismo a las islas de las especias y tomar posesión de ellas para España. Concedido que los víveres son ya escasos y que sus andanzas no han terminado aún; pero grandes son también la fama y la riqueza que a todos ellos esperan en el caso de llevar la empresa a su fin total. Su ánimo no decae. Pero ha querido, antes de tomar una resolución, oír el parecer de sus oficiales sobre si es conveniente volver ahora al hogar con el semiéxito, o bien perseverar hasta que se llegue a la meta definitiva.

No nos han sido transmitidas las respuestas de los capitanes y pilotos, pero no es disparatado suponer que la mayoría de ellos permanecieron callados. Se acuerdan demasiado de la playa de San Julián y de los miembros descuartizados de sus camaradas españoles; no aciertan todavía a alternar holgadamente con este acerado portugués. Uno solo manifiesta sin rodeos su pensamiento. Es éste el piloto del San Antonio, Esteváo Gomes, un portugués, supuesto pariente de Magallanes. El franco criterio de Gomes es que ahora que, según todas las apariencias, han dado con la travesía, lo mejor es volver a España, y luego, con una nueva y bien equipada flota, reanudar el viaje para llegar a las islas de las especias siguiendo el camino abierto. Porque, a su parecer, los barcos de que disponen ahora no son ya muy aptos, sin contar con que las provisiones escasean y nadie sabe si el nuevo océano desconocido, el Mar del Sur, se extiende todavía muy allá tras el estrecho descubierto. Un error en el rumbo por aquel mar desconocido, la lejanía del primer puerto, podrían arrastrar la flota al final más desgraciado.

Por boca de Estevão Gomes habla la razón, y, probablemente, Pigafetta, a quien siempre se hace sospechoso el que opina diferente de Magallanes, es injusto con Gomes al atribuirle miras mezquinas encubiertas en su opinión. Porque en la práctica, desde el punto de vista lógico y positivo, la proposición de regresar, de momento, con honor y salir luego en una segunda expedición para llegar al último objetivo era acertada; hubiera salvado la vida de Magallanes y la de casi doscientos hombres más. Pero a Magallanes no le importa la vida mortal ante el inmortal hecho. Quien piensa en héroe, tiene que obrar necesariamente contra la razón. Sin titubear, pide la palabra Magallanes para responder a la opinión d Gomes. Sin duda alguna les esperaban dificultades; probablemente, tendrían que luchar contra el hambre y con todos los obstáculos imaginables, pero ?palabras proféticas?, aun cuando hubieran de devorar el cuero de las vergas, él considera como un deber la continuación del viaje hasta descubrir la tierra que prometió. Con esta apelación a la aventura, la consulta, tan singular en su psicología, parece ya asunto concluido, y de uno a otro barco cunde la orden, proclamada a voces, de que va a continuar el viaje. Pero, en particular, Magallanes da orden? a los capitanes de ocultar cuidadosamente a la tripulación la escasez de víveres. Y advierte que peligra la vida de quien se atreva a hacer siquiera una insinuación sobre el asunto.

Callados reciben la orden los capitanes y los dos barcos destinados a la exploración del canal del Sur, el San Antonio, al mando de Mesquita, y el Concepción, al de Serrão, desaparecen en el embrollo de las escarpadas y onduladas bahías. Los otros dos, el Trinidad, barco almirante de Magallanes, y el Victoria, no tienen por qué atosigarse ahora. Anclan en la boca del río de las Sardinas y en vez de ser ellos mismos los que exploren el resto del canal hacia el Oeste, Magallanes confía este primer reconocimiento a un bote. No hay ningún peligro en aquella porción del canal, cuyas aguas son mansas. Una cosa les encarece Magallanes: que estén de vuelta del reconocimiento, lo más tardar, el tercer día. Estos tres días, hasta la vuelta del Concepción y del San Antonio, son de asueto para las otras dos naves. Magallanes y los suyos gozan del clima templado del paraje. La naturaleza se ha embellecido singularmente en el espacio de aquellos últimos días, a medida que han avanzado hacia el Oeste. A las ásperas rocas areniscas han sucedido sonrientes praderas, arboledas, bosques. Son más suaves las faldas de las colinas, y brillan en la lejanía las heladas cumbres. Los marineros se regalan con el agua dulce de las fuentes, después de semanas enteras de no conocer más que la pestilente de los toneles. Tumbados sobre la hierba blanda, admiran perezosamente la maravilla de los peces voladores. Pero pronto se desperezan, y se levantan para entretenerse en la pesca de las sardinas, que abundan hasta lo increíble en el río. Hallan vegetales a discreción, de los que pueden saciarse al cabo de meses, y con tal belleza y halago los invita la Naturaleza, que Pigafetta exclama, entusiasmado: Credo che non sia al mondo el più bello e miglior stretto comè è questo.

Pero ¿qué significa este pequeño goce de la comodidad y de la distensión, al lado de la dicha mayor, la que embriaga y arrebata a Magallanes en su ardiente atmósfera? Ya se acerca, se cierne en el aire. Al tercer día, la chalupa vuelve dócilmente, y otra vez los marineros hacen señales de lejos, como antes, en el día de Todos los Santos, después de descubrir la entrada del estrecho. ¡Pero lo de ahora es mil veces más importante! Han descubierto la salida y han visto por sus propios ojos el mar en que desemboca el canal, el desconocido gran Mar del Sur. Thalassa, thalassa!, la milenaria voz de júbilo con que los griegos saludaban las aguas eternas al regresar de largas expediciones, resuena ahora en otra lengua, pero con igual júbilo, meciéndose beatíficamente en una esfera que nunca había oído el entusiasmo de la voz humana.

Este minuto es el momento cumbre de la vida de Magallanes: el momento del más extraordinario embeleso que el hombre vive una sola vez. Todo se ha cumplido. Ha mantenido la palabra dada al Emperador. Ha realizado, el primero y el único, lo que otros mil se limitaron a soñar: ha encontrado el camino que lleva al otro mar. Justificada y digna de la inmortalidad es su vida desde este momento.

Y aquí sucede lo que nadie hubiera sospechado en aquel hombre recio y encerrado en sí mismo. De pronto, el calor interior que le abrasa domina al soldado impertérrito que nunca ni delante de nadie se demostró emocionado. Una corriente de lágrimas cálidas, abrasadoras, cae de sus ojos y se esconde en el oscuro matorral de sus barbas. La primera y la única vez en su vida que el hombre de acero derrama lágrimas de felicidad. “Il Capitano Generale lacrimó per allegrezza.”

Un momento, uno solo en toda su vida oscura y afanosa, le cabe sentir a Magallanes el más alto gozo concedido al hombre creador: saber realizada su idea. Pero el destino señalado a este hombre en los astros es pagar un amargo tributo a cambio de un poco de felicidad. A cada uno de sus triunfos va enlazado inevitablemente un desengaño. Sólo le es permitido ver la felicidad: que no intente abrazarla ni retenerla. Y también este momento de embeleso, el más generoso en toda su vida, se desvanece antes de que pueda sentirlo en su plenitud. Porque ¿dónde están los otros dos barcos? ¿Cómo tardan tanto? ¿Llegarán, por fin, el San Antonio y el Concepción para recibir ellos también la buena nueva de la salida a nuevo océano? Cada vez más inquieto, Magallanes tiene la mirada fija en los confines de la bahía. Ha pasado de sobra el plazo acordado. Han transcurrido ya cinco días y no se ve rastro de los dos barcos.

¿Les habrá sucedido algo? ¿Perdieron el rumbo? Magallanes está muy excitado para poder esperar ocioso en el sitio convenido. Manda poner las velas y hacer marcha atrás por el canal, hacia los barcos retardados. Pero vacío se ve el horizonte, desierta el agua fría. Ni una señal, ni un rastro.

Al segundo día de estar buscando se ve blanquear por fin un velero. Es el Concepción, al mando del fiel Serráo. Pero ¿adónde para el otro barco, el que importa más por ser el más grande de la flota, el San Antonio? A Serrão le cuesta responder. Durante el primer día, el San Antonio les precedía a la vista; pero luego desapareció. Magallanes no sospecha todavía nada malo. Acaso el San Antonio ha perdido el rumbo o quizá su comandante no entendiera bien el acuerdo. Por eso manda salir todas las embarcaciones hacia distintos puntos, para explorar todos los recodos del canal mayor, el estrecho Almirante ?Admiralty Sound?. Manda encender fuegos como señal; clávanse, en sus gallardetes hincados en tierra, unas cartas con instrucciones por si el barco hubiera perdido la orientación. Pero no se ve rastro de él. Debe de haber acontecido algo funesto. O el San Antonio ha naufragado, hundiéndose con su gente, lo cual no es muy verosímil, porque aquellos días reinaba precisamente una calma excepcional, o bien ?y esto entra más en lo posible? Esteváo Gomes, el piloto del San Antonio, que tanto abogó en el consejo por el inmediato regreso, ha realizado su idea en rebeldía, y él y los oficiales han dominado al capitán y desertado con todas las provisiones.

Magallanes no aseguraría lo que ha sucedido. Sólo sabe que ha de ser algo terrible para él. Carecen de la nave mejor, de la más grande y bien provista de víveres de su flota. Pero ¿dónde habrá ido? ¿Qué ha sido de ella? Nadie puede informarle, en la inmensa soledad, de si yace en el fondo del mar o ha desertado a toda prisa con rumbo a España. Solamente las raras constelaciones, la Cruz del Sur, circundada de todo su brillante cortejo, fueron testigos de lo ignorado. Ellas podían darle respuesta sobre el paradero del San Antonio. Se comprende que Magallanes, que, como tantos contemporáneos suyos, confiaba en la ciencia adivinadora de los astros, llamara al astrólogo y astrónomo Andrés de San Martín, que ocupaba en la nave el cargo de Faleiro, porque es el único que tal vez pueda leer algo en las estrellas. Le manda sacar el horóscopo para aclarar con su arte lo que haya sido del San Antonio. Y, excepcionalmente, la astrología tiene razón; el buen astrólogo, que recuerda muy bien la actitud de Estevão Gomes en aquel consejo, vaticina que la nave ha desertado y que su capitán está preso.

Una vez más Magallanes tiene que afrontar una decisión inaplazable. Su júbilo fue prematuro. Demasiado fácilmente se abandonó a la despreocupación. Curioso paralelismo entre la primera vuelta al mundo por mar y la segunda: ha sufrido el mismo contratiempo que su sucesor Drake, cuyo mejor barco desaparecerá de noche con el rebelde capitán Winter. En medio de la ruta gloriosa, un compatricio, uno de su propia sangre, le llevará con su acto solapado a tal extremo, que si antes escaseaban los víveres en la flota, ahora le amenaza algo peor. El San Antonio llevaba a bordo las provisiones más abundantes y mejores. Por si esto fuera poco, se han dilapidado en la espera y la exploración los víveres de seis días. El avance hacia el ignoto Mar del Sur, que hace ocho días, bajo mejores auspicios, era ya una temeridad, ahora, desde la huida de1 San Antonio, es casi un suicidio.

Magallanes ha rodado, de pronto, desde la más alta cumbre de la orgullosa seguridad, al abismo de la confusión. No había necesidad del informe que nos ofrece Barros: "Quedó tan confuso que no sabia qué determinar", pues la inquietud de Magallanes la vemos claramente grabada en la orden ?única que se ha conservado? comunicada en este momento de perplejidad a todos los oficiales de su flota. Por segunda vez en el espacio de pocos días les pide su opinión sobre si conviene proseguir o regresar; pero ahora ordena a sus capitanes que le den la respuesta por escrito. Porque Magallanes quiere ?y esto demuestra su previsión? una garantía. Scripta manent. Necesita para el día de mañana un testimonio material de que preguntó a sus capitanes. Ve con toda claridad ?y los hechos se cuidarán de confirmarlo? que aquellos rebeldes del San Antonio, no bien lleguen a Sevilla, se convertirán en acusadores para que no se les acuse a ellos de rebeldía. Indudablemente, le pintarán a él, el ausente, como un hombre terrorífico; excitarán el sentimiento nacional español con descripciones exageradas de cómo el forastero portugués aherrojó cruelmente a los funcionarios del Rey e hizo decapitar y descuartizar y dejó perecer de hambre a unos hidalgos castellanos, para luego, contra el estricto mandato del Rey, dejar la flota en manos de portugueses exclusivamente. Para quitar fuerza a esa inevitable acusación de haber impedido a los oficiales exponer toda libre opinión durante el viaje, por medio del terror más brutal, Magallanes redacta aquella orden singular que más parece en propio descargo que para pedir amistoso consejo. "Dada en el canal de Todos los Santos, enfrente del río del Isleo, x 21 de noviembre", empieza la orden. "Yo, Fernando Magallanes, Caballero de la Orden de Santiago y Capitán general de esta Armada... he tomado cuenta de que a todos vosotros parece una decisión llena de responsabilidad la continuación del viaje porque juzgáis que ha pasado demasiado tiempo. Soy hombre que nunca ha desatendido la opinión o el consejo de otro, antes bien desea tratar y ejecutar sus asuntos de común acuerdo con todos."

Probablemente, los oficiales sonríen un poco ante esa característica que de sí mismo traza el interesado. Porque si un rasgo significativo hay en Magallanes es su inflexibilidad en la dirección y el mandato. Harto se acuerdan de cómo el mismo hombre ha rechazado con mano férrea cada una de las reclamaciones de los demás capitanes. Pero el mismo Magallanes sabe que han de acordarse de su implacable dictadura en el opinar, y por eso prosigue:

"A nadie ha de intimidar, pues, el recuerdo de los acontecimientos de Puerto de San Julián, y cada uno de vosotros tiene el deber de manifestarme sin temor cuál es su punto de vista referente a la seguridad de nuestra Armada. Sería contrario a vuestro juramento y a vuestro deber el ocultarme vuestra opinión. Cada uno de por si ?exige? ha de emitir su opinión claramente y por escrito sobre si conviene más proseguir la ruta o disponerse al regreso, exponiendo las razones que para ello le asistan."

Pero no se recobra en una hora la confianza que se ha ido perdiendo a lo largo de meses y meses. Los oficiales tienen todavía el miedo demasiado metido en la médula para decir con toda franqueza que lo mejor es el regreso. La única respuesta que nos queda, la del astrónomo San Martín, demuestra lo poco inclinados que estaban a compartir la responsabilidad con Magallanes, precisamente ahora que ésta se había agigantado. El buen astrólogo, como cuadra a su profesión, habla ambiguamente, nebulosamente, navegando entre dos aguas. Duda, en verdad, de poder llegar a las Molucas por el canal de Todos los Santos. "Aunque yo dudo que haya camino para llegar a Maluco por este canal." Así y todo, aconseja seguir adelante, porque "tendrían en las manos el corazón de la primavera". "Pero, por otra parte, no conviene ir demasiado lejos, sino volver más bien en enero, pues los hombres están debilitados y decaen sus fuerzas. Tal vez es mejor navegar no hacia el Oeste, sino hacia el Este, aunque Magallanes puede hacer lo que mejor le parezca, Y Dios le señale el camino." Con la misma vaguedad debieron expresarse los otros oficiales.

Pero Magallanes no ha preguntado a sus oficiales para saber sus respuestas, sino únicamente para poder presentar una prueba de que los ha interrogado. Sabe que ha ido ya demasiado lejos para retroceder. Sólo como triunfador puede entrar en España; si no es así, está perdido. Aunque el buen astrónomo hubiese vaticinado la muerte, su obligación era seguir la heroica carrera. El 22 de noviembre de 1520, cumpliendo sus órdenes, los barcos abandonan el puerto Junto al río de las Sardinas, y pocos días después pasan el estrecho de Magallanes ?que así se llamará para siempre? y, a su salida, ver detrás de un promontorio, que denominan con gratitud el cabo Deseado, el infinito ondear del océano no surcado todavía por ningún barco europeo. Vista conmovedora: allá, hacia el Oeste, detrás del horizonte sin fin, deben extenderse las islas de las especias, las islas de la riqueza, y, detrás de ellas, los extensos reinos de Oriente, China, el Japón y la India; y, más allá, infinitamente lejos, el hogar. ¡España, Europa!... ¡Ahora, unos días de tregua, la última, antes de la embestida definitiva en el océano desconocido, nunca atravesado desde el principio de la tierra! Y luego, el 28 de noviembre, levar anclas e izar banderas; y los tres barcos humildes, solos, saludan, respetuosos, con descargas de artillería al mar desconocido, como se hace, caballerescamente, con un adversario de talla a quien se ha retado a un combate a vida o muerte.

 

Cuatro, cinco meses, queda sitiada por el invierno, en este lamentable puerto de las desdichas, la flota de Magallanes. Vacío y pesado dilátase el tiempo en la abominable soledad; pero el almirante, sabiendo muy bien que nada siembra el descontento en el corazón de los hombres como la ociosidad, procura a los marineros una labor constante y esforzada. Manda reparar las naves escrupulosamente, desde la quilla hasta la punta del palo mayor; cortar troncos y aserrarlos y pulirlos. Llega, tal vez, a improvisar ocupaciones superfluas, con el único propósito de dar esperanzas a los tripulantes de que el viaje se reanudará pronto, llevándolos desde la insoportable desolación del invierno a las ansiadas islas del Sur. Aparece, por fin, una señal de primavera. En todas aquellas semanas de cielo oscuro, de atmósfera glacial, la tripulación creyó hallarse confinada en una tierra de nadie, desierta de hombres y de bestias; y el sentimiento de miedo, muy comprensible, de habitar allí como en las cuevas prehistóricas, separados de todo lo humano, oscurecía sus pensamientos. Pero una mañana aparece en la cima de la colina una figura singular, un hombre que, de pronto, no reconocen como a un semejante, pues, turbados por la sorpresa, se les antoja de doble talla que un hombre en las proporciones. "Duobus humanam superantes staturam; escribe Pedro Mártir, y confirma Pigafetta: "Tal era la talla de aquel hombre, que sólo llegábamos a la altura de su cinturón. Tenía esbeltez, colorado el ancho rostro, y pintados alrededor de los ojos unos anillos verdes y una mancha en forma de corazón sobre cada mejilla. Su pelo era corto y blanco. Le cubrían unas pieles de animales cosidas entre sí." Sorprende particularmente a los españoles el tamaño gigante de los pies de aquel fenómeno, y por esta seña bautizan a los indígenas de pies grandes (patago) y llaman a su tierra “Patagonia”. Pero pronto cede aquel terror ante el hombre de raza singular vestido de pieles, que ahora ensancha cada vez más los brazos y baila y canta, mientras mira a los otros sin dejar casi ni un momento de desparramar arena sobre los blancos cabellos. Magallanes, algo versado en los hábitos de los hijos de la Naturaleza desde sus primeros pasos, interpreta acertadamente esta manifestación como un deseo de buenas relaciones, y manda a uno de sus marineros que se ponga a bailar por el mismo estilo y se eche arena sobre la cabeza. Con regocijo de los cansados marineros, el salvaje ve en esta pantomima un saludo de bienvenida y se acerca a ellos con mansedumbre. Por fin, los Trínculos, como en La tempestad, han conquistado a Calibán; por primera vez en aquel yermo les es dado a los marineros poder alternar y tener diversión. Al poner ante las narices del gigante bonachón un espejo metálico, el hombre da un brinco tan inesperado, al ver su propia cara, que arrastra en su caída a cuatro marineros. Su apetito les hace olvidar lo corto de su propia ración. Con los ojos encandilados ven a aquel nuevo Gargantúa sorberse un cubo de agua y zamparse media canasta de galletas como si fueran un par de nueces ¡Y qué jolgorio cuando, al presentar dos ratas a su voracidad, las engulle en vivo, sin siquiera quitarles la piel, dejándolos entre el horror y la risa! Una cordial simpatía nace por ambos lados: el voraz indígena y los marineros, Y al regalarle, por remate, Magallanes, un par de campanillas, llama a otros "gigantes" y también a algunas "gigantas".

Precisamente esta despreocupación acarreará la perdición de los ingenuos hijos de la Naturaleza. Magallanes ?como Colón y otros conquistadores? tenía encargo expreso de la "Casa de Contratación" de traer a España algunos ejemplares no solamente de las plantas y los animales, sino también de las nuevas variedades humanas que descubrieran. Coger vivo a uno de esos gigantes parece, de pronto, a los marineros no menos arriesgado que la captura de una ballena por las aletas. Escúrrense, medrosos, alrededor de los patagones, y, en el momento decisivo, acaban siempre por encogerse. Hasta que imaginan una vulgar astucia. Llenan las manos a dos de los gigantes de tal cúmulo de regalos, que necesitan todos los dedos para que no se les escape el botín, y en esta situación enseñan a los bienaventurados un objeto más precioso, reluciente y sonoro, un par de grilletes y les preguntan si no les agradaría ceñírselos a los pies. Los pobres patagones ríen de oreja a oreja y cabecean, embelesados, soñando con el tintineo con que aquellos objetos sonoros acompañarían a su paso. Aguantando con las manos crispadas los regalos, miran, bajando la cabeza, aquella hermosura de fríos anillos que les rodean las articulaciones y hacen una música tan alegre. ¡Ya los tienen! Ahora pueden sin temor derribar a aquellos gigantes como un saco de arena, porque, aherrados, no son ya peligrosos. En vano los engañados dan alaridos y se rebullen y dan golpes a su alrededor, implorando a su mágico dios Setebos ?el nombre procede de Shakespeare. ¡La "Casa de Contratación" pide curiosidades! Como a los bueyes los empujan, los arrastran al interior de la nave, donde perecerán inevitablemente por escasez de alimentación. Este pérfido asalto de los que les traían nueva cultura destruye de un golpe la buena inteligencia, y los patagones se mantienen ahora a distancia de los que les han engañado, y un día que un pelotón de españoles los ronda ?aquí el relato de Pigafetta se diluye singularmente?para alcanzar también o visitar a alguna de las mujeres de la misma raza, pónense a la defensiva, y uno de los marineros paga la aventura con su vida.

Pero, lo mismo que a los indígenas, les resulta fatal a los españoles este Puerto de San Julián. No sacan de él más que desgracia; nada le favorece en él a Magallanes, nada le sale bien: una suerte fatídica va unida a esa playa manchada de sangre... “¡Vámonos pronto de aquí! ¡Pronto! ¡Regresemos!", gimen los tripulantes. "¡Vámonos pronto! ¡Más adelante!", ansía Magallanes. Y crece, con los días más largos, la impaciencia de todos. Apenas han cedido las furiosas tormentas invernales, Magallanes intenta el primer empuje. Manda el más rápido de sus barcos, el más ligero, el pequeño Santiago, que gobierna el fiado capitán Serráo, como paloma Noé que traiga el mensaje. Serráo deberá surcar hacia el Sur, escrutar las bahías y, al cabo de un plazo señalado, estar de vuelta con su informe. Pronto pasa el tiempo, y Magallanes se impacienta con la mirada puesta en el horizonte. Pero, en vez de llegar por el agua el mensaje, viene de la tierra firme: un día, dos raras formas movedizas se acercan, bajando de la colina. Al pronto los toman por indígenas patagones y preparan las ballestas. Pero aquellos hombres desnudos, medio helados, hambrientos: aquellos espectros de color terroso, los llaman a voces en español.

Son dos marineros del Santiago que vienen con malas noticias. Serrão había llegado felizmente a la cómoda embocadura de un río colmado de pesca: río de Santa Cruz; pero, mientras procedían a nuevas exploraciones, la tormenta estrelló el barco contra la costa. Pudo salvarse la tripulación, que, en apurado trance, estaba esperando auxilio junto a dicho río; ellos dos solamente habían logrado avanzar hasta San Julián, alimentándose, durante aquellos once días, de hierbas y raíces.

Magallanes manda salir un bote. Vuelven en él los náufragos. Pero, ¿qué podrán los hombres sin el otro barco, el más ligero de la flota, el más dispuesto de todos? Es la primera pérdida y, como todas las que sufren en aquellos remotos parajes, no tiene reparación. Cuando por fin Magallanes, el 24 de agosto, ordena la partida y abandona la fatídica bahía de San Julián, dando una última mirada a los dos conspiradores allí abandonados, tal vez maldice, en su interior, el día que mandó varar. Tiene una nave menos; tres capitanes han dejado allí la vida y, sobre todo, ha pasado un año entero que no volverá a recuperar, y a nada se ha llegado; no se ha encontrado ni se ha realizado nada.

Aquellos días debieron de ser en la vida de Magallanes los más sombríos, tal vez los únicos en que el hombre de fe inquebrantable se desesperó, sin darlo a entender. La fingida firmeza con que, a la salida de San Julián, manifiesta que está dispuesto, si es preciso, a seguir hasta el grado setenta y cinco de latitud en la costa patagónica, y que si entonces no da, tal vez con la travesía para el otro mar, elegirá la ruta trillada, doblando el cabo de Buena Esperanza, descubre, con el "si es preciso" y el "tal vez", su inseguridad. Por fin admite la posibilidad de un retroceso, por primera vez concede a sus oficiales que el buscado paso puede no existir o encontrarse en aguas árticas. Es manifiesto que ha perdido la seguridad interior. La idea del "paso" que le sonríe en sus sueños le abandona en la hora decisiva. Pocas veces habrá concertado la Historia una situación más irónica y maliciosa que la de Magallanes cuando, después de dos días de navegación, vuelve a detenerse en la desembocadura del río Santa Cruz descubierto por Serráo, y aconseja otro sueño invernal de una par de meses para las naves. Con nuestros mejores conocimientos geográficos de hoy día nos representamos el contrasentido de tal decisión. Ahí tenemos un hombre que, impulsado por una generosa idea, desviado por una noticia imprecisa y además errónea, se ha impuesto como finalidad de su existencia la travesía del Atlántico al Pacifico para encontrar antes que nadie el itinerario alrededor de la tierra. Gracias a su enérgica voluntad ha vencido el obstáculo de la materia, ha reunido a los que le ayuden en su plan irrealizable, ha conseguido de un monarca extranjero, gracias a la fuerza sugestionadora de su idea, la flota indispensable, a la cual a llevado felizmente más lejos, bordeando las costas sudamericanas, que ningún otro navegante. Dominó los elementos y la rebeldía de los hombres; nada hasta ahora ha podido detenerle ni desilusionarle en la fanática certeza de que aquel “paso”, aquella meta de sus sueños, estaba a su alcance. Y he aquí que, precisamente a punto de triunfar, se le nubla la vista, a él, tan perspicaz, como si los dioses que no le quieren bien le hubieran puesto maliciosamente una venda en los ojos. Porque, en aquel 26 de agosto de 1520, cuando Magallanes dispone que su tripulación se tome un nuevo descanso de dos meses, se puede decir que ya toca su objetivo. Unos grados más de latitud, dos días de navegación después de los trescientos, un par de millas después de las tantas que han medido, le faltaban solamente para que su alma turbada rompiera en un grito de júbilo. Pero ?escarnio y malignidad del destino? el desdichado no sabe ni puede adivinar lo cerca que está de la meta. Durante dos meses vacíos, interminables, que él llena de preocupaciones y desconfianza, espera el tiempo primaveral en la desembocadura de aquel río insignificante, en aquel sitio despoblado, como el hombre que, en medio de una extensión nevada, se acurruca helado de frío ante su propia choza, sin ocurrírsele que, con sólo dar un paso, estaría bajo cubierto. ¡Dos meses, dos meses interminables, perdidos, pasa Magallanes en aquel yermo, ocioso y con la obsesión de si hallará o no el paso mientras que, a dos días de navegación solamente, le espera el estrecho que llevará para siempre su nombre! Hasta el último momento sentirá la garra dislaceradora del buitre de la duda el hombre que, cual otro Prometeo, se ha propuesto arrancar a la tierra el secreto último.

¡Pero tanto más hermosa es la liberación! únicamente llega la emoción a las cumbres de la bienaventuranza cuando logra remontarse desde las hondonadas del desasosiego. El 18 de octubre de 1520, al cabo de dos meses superfluos de tregua, Magallanes ordena una vez más el avance. Oyen misa solemne, la tripulación se acerca a la Sagrada Mesa y luego parten las naves a toda vela con rumbo al Sur. El viento les viene de frente y avanzan con pena. Todavía no halla consuelo la mirada en rastro alguno de vegetación; un llano solitario, inhospitalario, una costa de arena y rocas... Al tercer día ?21 de octubre de 1520? se levanta por fin un cabo con blancos escollos, una playa quebrada. Y he aquí que, tras este resalto, al cual, en conmemoración del día, Magallanes llamó cabo de las Vírgenes, se abre una honda bahía de aguas oscuras. Los barcos se acercan más. ¡Que raro paisaje, vigoroso y austero! Cerros escarpados, accidentados, y en la lejanía ?panorama completamente nuevo en aquel viaje? altas cumbres coronadas de nieve. ¡Pero qué muerto todo! Ni un ser humano, y apenas un árbol o un matorral; el zumbido continuo del viento atraviesa el rígido silencio de la espectral bahía solitaria. La tripulación mira con disgusto aquel piélago de aguas sombrías. Absurdo les parece a todos que esta bahía rodeada de montañas, y sus aguas del Averno, pudiera llevar a una llanura ni al "Mar del Sur", al mar claro y lleno de sol. Es unánime el convencimiento de los pilotos de que aquella profunda entalladura no puede ser más que un fiordo semejante a los de las tierras nórdicas, y que serán afán y tiempo perdidos el sondear en aquella bahía cerrada o rodearla navegando. Bastantes semanas llevan ya malogradas en el reconocimiento de todas aquellas bahías patagónicas, sin que ninguna haya resultado salir a la ansiada travesía. ¡Basta ya de vacilaciones! ¡Adelante! Y en el caso de que el "estrecho" no aparezca pronto, aprovechar el buen tiempo para la vuelta a casa o hacia el Mar de las Indias por el cabo de Buena Esperanza.

Pero Magallanes, poseído por la idea fija del escondido estrecho, insiste en dar la vuelta completa a la singular bahía. Con enojo es obedecida la orden por los que preferían pasar más allá pues "todos pensábamos y afirmábamos que era aquélla una bahía cerrada" ?serrato tuto in torno?. Dos de las naves, la almiranta y la Victoria, se quedan para explorar el exterior de la bahía. Las otras dos, San Antonio y Concepción, reciben el encargo de avanzar cuanto puedan, pero sin tardar más de cinco días en el regreso. Por que el tiempo es cada día más precioso y más escasas las provisiones. Magallanes no puede ya, como en el Río de la Plata, conceder quince días. Cinco días de reconocimiento es su máxima concesión para la última prueba que intenta.

Ha llegado el momento dramático culminante. Las naves Trinidad y Victoria empiezan a costear la bahía, mientras la San Antonio y la Concepción vuelven de su avance hacia el interior de la misma. Pero una vez más se levanta la oposición de la Naturaleza, como resistiéndose a soltar su último secreto. El viento refresca de pronto y se convierte en uno de esos huracanes frecuentes en los parajes que los viejos mapas españoles señalan así: "No hay buenas estaciones." E1 agua de la bahía se agita en blanco tumulto de espuma y rompe al primer embate la cuerda del áncora; los dos barcos se ven obligados a arriar velas y dejarse llevar sin defensa, pudiendo aún salvarse de que la tormenta los arroja contra los escollos. Dos días dura el peligro. Pero lo que turba a Magallanes no es su propio destino, ya que sus dos naves se zarandean en la bahía abierta, donde es posible aún mantenerlas a salvo de las rocas. Lo que le preocupa son los otros dos barcos el San Antonio y el Concepción. El vendaval debe de haberlos cogido en la bahía interior, en aquella angostura donde no tienen espacio para bordear, ni la más mínima oportunidad de anclar y guarecerse. A no ser que haya ocurrido un milagro, debe de hacer ya mucho tiempo que la marejada los ha empujado a la orilla, estrellándolos contra los escollos.

¡Qué horrible espera, en la fiebre y la impaciencia, la de Magallanes durante aquellos días, en las horas que iban a decidir su destino! Pasa un día, y no se ve señal. Pasa un segundo día, y no han vuelto. Y pasan tres y cuatro. Magallanes sabe que si los dos barcos han naufragado, todo está perdido. Los dos restantes no serán aptos para proseguir la ruta. Su empresa, su ensueño, se habrán estrellado contra aquellas peñas de una tierra remota.

Por fin, una señal en la cofa. ¡Horror! No son los barcos de regreso lo que el vigía señala, sino una columna de humo que se ve en la lejanía. ¡Momento terrible! El significado de aquel humo es una demanda de auxilio de los náufragos. Perdidos sus mejores barcos, el San Antonio y el Concepción, ¡ha naufragado también su empresa en la bahía innominada aún! Magallanes ha ordenado ya bajar los botes para remar bahía adentro y salvar cuantas vidas humanas sea posible. ¡Pero hay un cambio inesperado! Es como el momento grandioso del Tristán, cuando la ya expirante melodía plañidera y desesperada de la muerte se reanima de pronto en la flauta del pastor y brinca en el torbellino de una jubilosa tonada de danza, desbordante de felicidad. ¡Una vela! ¡Un barco! ¡Bendito sea Dios! Uno, al menos, se ha salvado. ¡No: son los dos barcos, que se acercan, los dos! El San Antonio, el Concepción, sanos y enteros... Pero ¿qué es aquello? No bien se han hecho visibles a Magallanes y a los suyos, uno, dos, tres fogonazos centellean a babor, seguidos del estampido de los cañones, que se ensancha en el eco de las montañas. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué los que ahorraban hasta un gramo de pólvora la derrochan ora en repetidas salvas? ¿Cómo es que banderas y gallardetes van izados en todo su esplendor y con tal profusión que Magallanes no cree a sus ojos? ¿Qué señas son aquéllas y qué voces de capitanes y marineros, y por qué las dan? La distancia no le permite todavía entender las voces entremezcladas, ni lo que quieren significar sus camaradas. Pero todos, y Magallanes el primero, tienen la impresión de que es aquél el lenguaje del triunfo.

Y, realmente, el mensaje que traen las dos naves es un fausto mensaje. Ensanchándosele el corazón, escucha Magallanes el relato que le hace Serrão. A los dos barcos les fue mal al principio. Habían penetrado ya muy adentro en la bahía cuando estalló la tormenta. Por más que cogieron rizos a las velas, el torbellino de la corriente los empujó indefensos, agotándolos, más lejos cada vez, hasta el punto de hacerles creer que iban a perecer sin remedio contra las riberas rocosas que se levantan en el fondo de la bahía. No se dieron cuenta hasta entonces de que el muro de roca que tenían delante no era del todo cerrado, sino que se quebraba tras un resalto en una especie de canal. A través de aquel estrecho, de aguas más calmadas, llegaron a una segunda bahía que se estrechaba en un sitio para ensancharse en otro. Tres días duraba el viaje, sin hallar el fin de aquel singular estrecho. Sin embargo, el imponente camino de agua de ningún modo podía ser un río. El agua era salada en toda su extensión, y con regularidad y ritmo aparecían las mareas alta y baja. No era una corriente, como el Plata, que se estrechara agua arriba de la desembocadura; antes al contrario, ancha y con caracteres oceánicos, la superficie se extendía en aquel piélago singular con profundidad constante. Era más que probable que aquel fiordo, aquel canal, saliera al tan buscado Mar del Sur, cuyas orillas divisara hacía pocos años, desde las alturas de Panamá, el primer europeo, Núñez de Balboa.

En todo un año no había recibido Magallanes, el hombre tantas veces puesto a prueba, una noticia más satisfactoria. Ya se puede suponer cómo iluminaría de súbito su alma sombría y acongojada. En su fuero interno desesperaba ya y había previsto la vuelta por el cabo de Buena Esperanza. Nadie sabe qué secretos votos y oraciones debió de elevar de rodillas a Dios y a sus santos. Y ahora que su fe vacilaba, la ilusión empieza a ser verdad, y el sueño a realizarse. Es cuestión de no vacilar un solo instante. ¡Arriba las áncoras! ¡A desplegar velas! Una última salva en homenaje al emperador y una plegaria al Almirante de todos. Y enseguida, adelante a través de aquel laberinto. Si encuentra en aquellas aguas aquerónticas un camino que salga al otro mar, él será el primero que habrá dado con la ruta alrededor del mundo. Con sus cuatro barcos emprende Magallanes animosamente la navegación de aquel canal, que en conmemoración de la festividad del día bautiza con el nombre de canal de Todos los Santos y que la posteridad, agradecida, denominará de Magallanes.

Una rara visión espectral debió de ser el avance de los cuatro barcos silenciosos, los primeros en la historia de la Humanidad que surcaban las aguas negras y misteriosas, desiertas desde tiempos inmemorables. Les espera un inmenso silencio. Como montañas magnéticas los miran los cerros metálicos a lo largo de las riberas; pesa el cielo oscuro, allí siempre nublado, y el agua tiene tonos negros; como la barca de Aqueronte en la Estigia, sombras entre sombras, surcan los cuatro barcos silenciosos la región semejante al Hades. A lo lejos resplandecen unas montañas con nieve en las cumbres, y por la noche trae de ellas el viento un soplo glacial. No se ve alrededor ni un ser vivo, pero hombres debe de haber por allí escondidos, pues de noche se ven unas llamas en las tinieblas, por lo que Magallanes da el nombre de Tierra del Fuego a la que acaban de descubrir. (Esas lumbres que jamás se apagan caracterizan a las razas de cultura inferior, las cuales, desconociendo los procedimientos para producir fuego, se ven obligadas a mantenerlo ininterrumpidamente en sus reductos con madera o hierba seca). Pero los oprimidos marineros, que atisban hacia todos lados, no han conseguido una sola vez oír una voz o ver una figura humana. Los marineros que Magallanes ha mandado a la playa en un bote no encuentran habitación ninguna ni rastro de vida, sino una morada de muerte: dos docenas de fosas abandonadas. El único animal que logran descubrir es el cadáver gigante de una ballena que los embates del mar han arrojado sólo para morir, a aquellas playas del misterioso pasado, donde siempre es otoño. La mirada de pasmo de los navegantes se clava en aquella calma espectral; es como si hubieran caído en medio de un paisaje astral agostado, sin vida. ¡Adelante! ¡Adelante!... Y vuelven a resbalar lentos los barcos al impulso de la brisa, quebrando el color de noche, que no había sentido aún la quilla de un barco. Sondean una vez más el agua sin hallar fondo; Magallanes no cesa de mirar angustiosamente a todos lados, no fuera que la bahía se cerrase de pronto al final de la ruta líquida. Pero el estrecho no tiene fin y repetidas señales anuncian que por él han de salir al mar abierto. Así y todo, no llega todavía el momento anhelado, y la ruta es intrincada y el alma se turba. La mágica expedición atraviesa la noche quimérica, más adentro cada vez, teniendo por única compañía el salvaje himno incomprensible del viento que zumba y chilla, frío, entre los cerros.

Pero, a la vez que sombrío, el viaje es peligroso. El estrecho no se parece lo más mínimo a aquel canal de fantasía, trazado a cordel, que en sus cómodas celdas, allá en Alemania, los honrados cosmógrafos Schöner y, antes que él, Behaim habían trazado en sus mapas. Resulta un puro eufemismo, para abreviar, la calificación de “Estrecho de Magallanes”; porque, en realidad, es más bien un ininterrumpido cruce de caminos, un laberinto de vueltas y revueltas, de bahías, calas, fiordos, bancos de arena y complicadas redes liquidas, que los barcos logran atravesar a fuerza de mucho ingenio y suerte. Ora alargándose, ora replegándose en las más singulares formas, se ven esas bahías, cuyas profundidades son difíciles de precisar, erizadas de islas, sembradas de bajíos; tres, cuatro veces, a derecha o a izquierda, el estrecho no deja de ramificarse y nunca se sabe cuál es el buen paso, si el que va hacia el Oeste, hacia el Norte o hacia el Sur. Hay que evitar los bancos de arena y sortear los peñascos, y el viento enemigo, incansable, vuelve a barrer el inquieto estrecho en súbitos torbellinos, los llamados williwaws, que agitan las aguas y rasgan las velas. Leyendo las numerosas descripciones posteriores, se comprende por qué el Estrecho de Magallanes ha sido durante siglos el terror de los navegantes. En él "reina siempre viento norte desde todos los puntos del espacio". Nunca se consigue en él la calma, el sol y la comodidad apetecidos. Son a docenas los barcos que en travesías ulteriores han naufragado en el inhospitalario estrecho, hoy no bien colonizado todavía, y nada prueba mejor el arte náutico de Magallanes que el haber sido durante años y años, a la vez que el primero, el último que logró atravesarlo sin perder un solo barco. Si se considera lo elemental de sus medios, reducidos a la hinchada vela y al timón de madera, y que con ellos hubo de tener en cuenta las cien arterias y hacer y deshacer camino sin cesar, para reunir luego toda la flota en un punto determinado, y en la estación ingrata y con una tripulación agotada, se comprenderá que su expedición haya sido glorificada como un prodigio por generaciones de navegantes. Como en todas las esferas, fue, en su arte de navegar, el genio propio de Magallanes la paciencia, la inconmovible precaución y previsión.

Un mes entero perseveró en su confiada exploración, consciente de la responsabilidad. No se apresura, no se impacienta, por mucho que palpite en lo íntimo de su alma el ansia de ver, finalmente, el Mar del Sur. En cada cruce reparte su flota; cada vez que dos de los barcos bordean un fiordo al Norte, los otros dos exploran simultáneamente el camino del Sur. Como si el hombre solitario supiera que ha nacido bajo una constelación que no le permite creer en los azares venturosos, ni una sola vez confía a la casualidad la elección entre los muchos caminos, como quien echa una moneda a cara o cruz; siempre busca y escudriña todos los caminos para hallar el verdadero, el único, y así, triunfan a la vez su genial imaginación y la más sombría y la más suya de las virtudes: la heroica perseverancia.

¡Triunfo! Las primeras lenguas del mar del estrecho han sido salvadas felizmente y se llega a las segundas. Una vez más se encuentra Magallanes en una encrucijada donde la ensanchada bahía se bifurca a derecha e izquierda, sin que pueda nadie saber cuál de los dos caminos lleva al mar abierto cuál de ellos es un callejón sin salida, inútil para sus fines. Una vez más reparte Magallanes su pequeña flota. Sigan el San Antonio y el Concepción los recodos por la parte sudeste, mientras él explorará con su almiranta y el Victoria el canal hacia el Sudoeste. Y sea el punto de encuentro de la flota, al cabo de cinco días a lo sumo, la desembocadura de un pequeño río que denominarán río de las Sardinas, a causa de la abundancia de pesca. Los capitanes llevan las más detalladas instrucciones. Ya iban a ser izadas las velas, cuando sucede algo que nadie esperaba. Magallanes llama a bordo de su almiranta a los capitanes para tratar, antes que nada, de las provisiones ?punto que somete a su informe? y oír su opinión sobre si conviene proseguir la expedición o regresar con la feliz noticia.

¿Para oír su opinión?... "¿Qué ha sucedido?", se preguntan con sorpresa. ¿Por qué esa actitud democrática desconcertante, sin más ni más? ¿A santo de qué el dictador de acero, que hasta entonces no había reconocido a ninguno de sus capitanes el derecho de hacer una pregunta o criticar una orden, eleva ahora a camaradas, a oficiales que eran sus subordinados, con ocasión de una maniobra insignificante? Nada más lógico, en realidad, que este cambio. Los dictadores, después del bien ganado triunfo, están siempre más propensos a reconocer derechos, y permiten más generosamente la libre emisión de la palabra, una vez asegurado su poder. Ahora que ha encontrado el "paso", el "estrecho" Magallanes no tiene por qué rehuir ninguna interrogación. Con el triunfo en 1a mano, poco le importa todo 1o demás, y pone los naipes boca arriba. Siempre es más fácil obrar rectamente en la prosperidad que en la desgracia. ¡Por fin, por fin el hombre duro y reservado, metido en sí mismo, rompe el silencio que apretaba obstinadamente entre los dientes! Desde que su secreto ya no lo es, Magallanes puede ser comunicativo.

Los capitanes comparecen para informar acerca de los víveres. Y su informe no es muy satisfactorio. Los víveres son escasos. Cada barco lleva provisiones para tres meses, a lo sumo. Magallanes toma la palabra: "Es un hecho sin discusión ?dice enérgicamente? que el objetivo de este viaje ha sido alcanzado. El paso, la travesía al Mar del Sur puede llamarse una realidad." Y ruega a los capitanes que expongan con toda libertad su criterio sobre si la flota ha de contentarse con este éxito o si ha de procurar poner un remate a lo que él prometió a su Emperador, o sea llegar asimismo a las islas de las especias y tomar posesión de ellas para España. Concedido que los víveres son ya escasos y que sus andanzas no han terminado aún; pero grandes son también la fama y la riqueza que a todos ellos esperan en el caso de llevar la empresa a su fin total. Su ánimo no decae. Pero ha querido, antes de tomar una resolución, oír el parecer de sus oficiales sobre si es conveniente volver ahora al hogar con el semiéxito, o bien perseverar hasta que se llegue a la meta definitiva.

No nos han sido transmitidas las respuestas de los capitanes y pilotos, pero no es disparatado suponer que la mayoría de ellos permanecieron callados. Se acuerdan demasiado de la playa de San Julián y de los miembros descuartizados de sus camaradas españoles; no aciertan todavía a alternar holgadamente con este acerado portugués. Uno solo manifiesta sin rodeos su pensamiento. Es éste el piloto del San Antonio, Esteváo Gomes, un portugués, supuesto pariente de Magallanes. El franco criterio de Gomes es que ahora que, según todas las apariencias, han dado con la travesía, lo mejor es volver a España, y luego, con una nueva y bien equipada flota, reanudar el viaje para llegar a las islas de las especias siguiendo el camino abierto. Porque, a su parecer, los barcos de que disponen ahora no son ya muy aptos, sin contar con que las provisiones escasean y nadie sabe si el nuevo océano desconocido, el Mar del Sur, se extiende todavía muy allá tras el estrecho descubierto. Un error en el rumbo por aquel mar desconocido, la lejanía del primer puerto, podrían arrastrar la flota al final más desgraciado.

Por boca de Estevão Gomes habla la razón, y, probablemente, Pigafetta, a quien siempre se hace sospechoso el que opina diferente de Magallanes, es injusto con Gomes al atribuirle miras mezquinas encubiertas en su opinión. Porque en la práctica, desde el punto de vista lógico y positivo, la proposición de regresar, de momento, con honor y salir luego en una segunda expedición para llegar al último objetivo era acertada; hubiera salvado la vida de Magallanes y la de casi doscientos hombres más. Pero a Magallanes no le importa la vida mortal ante el inmortal hecho. Quien piensa en héroe, tiene que obrar necesariamente contra la razón. Sin titubear, pide la palabra Magallanes para responder a la opinión d Gomes. Sin duda alguna les esperaban dificultades; probablemente, tendrían que luchar contra el hambre y con todos los obstáculos imaginables, pero ?palabras proféticas?, aun cuando hubieran de devorar el cuero de las vergas, él considera como un deber la continuación del viaje hasta descubrir la tierra que prometió. Con esta apelación a la aventura, la consulta, tan singular en su psicología, parece ya asunto concluido, y de uno a otro barco cunde la orden, proclamada a voces, de que va a continuar el viaje. Pero, en particular, Magallanes da orden? a los capitanes de ocultar cuidadosamente a la tripulación la escasez de víveres. Y advierte que peligra la vida de quien se atreva a hacer siquiera una insinuación sobre el asunto.

Callados reciben la orden los capitanes y los dos barcos destinados a la exploración del canal del Sur, el San Antonio, al mando de Mesquita, y el Concepción, al de Serrão, desaparecen en el embrollo de las escarpadas y onduladas bahías. Los otros dos, el Trinidad, barco almirante de Magallanes, y el Victoria, no tienen por qué atosigarse ahora. Anclan en la boca del río de las Sardinas y en vez de ser ellos mismos los que exploren el resto del canal hacia el Oeste, Magallanes confía este primer reconocimiento a un bote. No hay ningún peligro en aquella porción del canal, cuyas aguas son mansas. Una cosa les encarece Magallanes: que estén de vuelta del reconocimiento, lo más tardar, el tercer día. Estos tres días, hasta la vuelta del Concepción y del San Antonio, son de asueto para las otras dos naves. Magallanes y los suyos gozan del clima templado del paraje. La naturaleza se ha embellecido singularmente en el espacio de aquellos últimos días, a medida que han avanzado hacia el Oeste. A las ásperas rocas areniscas han sucedido sonrientes praderas, arboledas, bosques. Son más suaves las faldas de las colinas, y brillan en la lejanía las heladas cumbres. Los marineros se regalan con el agua dulce de las fuentes, después de semanas enteras de no conocer más que la pestilente de los toneles. Tumbados sobre la hierba blanda, admiran perezosamente la maravilla de los peces voladores. Pero pronto se desperezan, y se levantan para entretenerse en la pesca de las sardinas, que abundan hasta lo increíble en el río. Hallan vegetales a discreción, de los que pueden saciarse al cabo de meses, y con tal belleza y halago los invita la Naturaleza, que Pigafetta exclama, entusiasmado: Credo che non sia al mondo el più bello e miglior stretto comè è questo.

Pero ¿qué significa este pequeño goce de la comodidad y de la distensión, al lado de la dicha mayor, la que embriaga y arrebata a Magallanes en su ardiente atmósfera? Ya se acerca, se cierne en el aire. Al tercer día, la chalupa vuelve dócilmente, y otra vez los marineros hacen señales de lejos, como antes, en el día de Todos los Santos, después de descubrir la entrada del estrecho. ¡Pero lo de ahora es mil veces más importante! Han descubierto la salida y han visto por sus propios ojos el mar en que desemboca el canal, el desconocido gran Mar del Sur. Thalassa, thalassa!, la milenaria voz de júbilo con que los griegos saludaban las aguas eternas al regresar de largas expediciones, resuena ahora en otra lengua, pero con igual júbilo, meciéndose beatíficamente en una esfera que nunca había oído el entusiasmo de la voz humana.

Este minuto es el momento cumbre de la vida de Magallanes: el momento del más extraordinario embeleso que el hombre vive una sola vez. Todo se ha cumplido. Ha mantenido la palabra dada al Emperador. Ha realizado, el primero y el único, lo que otros mil se limitaron a soñar: ha encontrado el camino que lleva al otro mar. Justificada y digna de la inmortalidad es su vida desde este momento.

Y aquí sucede lo que nadie hubiera sospechado en aquel hombre recio y encerrado en sí mismo. De pronto, el calor interior que le abrasa domina al soldado impertérrito que nunca ni delante de nadie se demostró emocionado. Una corriente de lágrimas cálidas, abrasadoras, cae de sus ojos y se esconde en el oscuro matorral de sus barbas. La primera y la única vez en su vida que el hombre de acero derrama lágrimas de felicidad. “Il Capitano Generale lacrimó per allegrezza.”

Un momento, uno solo en toda su vida oscura y afanosa, le cabe sentir a Magallanes el más alto gozo concedido al hombre creador: saber realizada su idea. Pero el destino señalado a este hombre en los astros es pagar un amargo tributo a cambio de un poco de felicidad. A cada uno de sus triunfos va enlazado inevitablemente un desengaño. Sólo le es permitido ver la felicidad: que no intente abrazarla ni retenerla. Y también este momento de embeleso, el más generoso en toda su vida, se desvanece antes de que pueda sentirlo en su plenitud. Porque ¿dónde están los otros dos barcos? ¿Cómo tardan tanto? ¿Llegarán, por fin, el San Antonio y el Concepción para recibir ellos también la buena nueva de la salida a nuevo océano? Cada vez más inquieto, Magallanes tiene la mirada fija en los confines de la bahía. Ha pasado de sobra el plazo acordado. Han transcurrido ya cinco días y no se ve rastro de los dos barcos.

¿Les habrá sucedido algo? ¿Perdieron el rumbo? Magallanes está muy excitado para poder esperar ocioso en el sitio convenido. Manda poner las velas y hacer marcha atrás por el canal, hacia los barcos retardados. Pero vacío se ve el horizonte, desierta el agua fría. Ni una señal, ni un rastro.

Al segundo día de estar buscando se ve blanquear por fin un velero. Es el Concepción, al mando del fiel Serráo. Pero ¿adónde para el otro barco, el que importa más por ser el más grande de la flota, el San Antonio? A Serrão le cuesta responder. Durante el primer día, el San Antonio les precedía a la vista; pero luego desapareció. Magallanes no sospecha todavía nada malo. Acaso el San Antonio ha perdido el rumbo o quizá su comandante no entendiera bien el acuerdo. Por eso manda salir todas las embarcaciones hacia distintos puntos, para explorar todos los recodos del canal mayor, el estrecho Almirante ?Admiralty Sound?. Manda encender fuegos como señal; clávanse, en sus gallardetes hincados en tierra, unas cartas con instrucciones por si el barco hubiera perdido la orientación. Pero no se ve rastro de él. Debe de haber acontecido algo funesto. O el San Antonio ha naufragado, hundiéndose con su gente, lo cual no es muy verosímil, porque aquellos días reinaba precisamente una calma excepcional, o bien ?y esto entra más en lo posible? Esteváo Gomes, el piloto del San Antonio, que tanto abogó en el consejo por el inmediato regreso, ha realizado su idea en rebeldía, y él y los oficiales han dominado al capitán y desertado con todas las provisiones.

Magallanes no aseguraría lo que ha sucedido. Sólo sabe que ha de ser algo terrible para él. Carecen de la nave mejor, de la más grande y bien provista de víveres de su flota. Pero ¿dónde habrá ido? ¿Qué ha sido de ella? Nadie puede informarle, en la inmensa soledad, de si yace en el fondo del mar o ha desertado a toda prisa con rumbo a España. Solamente las raras constelaciones, la Cruz del Sur, circundada de todo su brillante cortejo, fueron testigos de lo ignorado. Ellas podían darle respuesta sobre el paradero del San Antonio. Se comprende que Magallanes, que, como tantos contemporáneos suyos, confiaba en la ciencia adivinadora de los astros, llamara al astrólogo y astrónomo Andrés de San Martín, que ocupaba en la nave el cargo de Faleiro, porque es el único que tal vez pueda leer algo en las estrellas. Le manda sacar el horóscopo para aclarar con su arte lo que haya sido del San Antonio. Y, excepcionalmente, la astrología tiene razón; el buen astrólogo, que recuerda muy bien la actitud de Estevão Gomes en aquel consejo, vaticina que la nave ha desertado y que su capitán está preso.

Una vez más Magallanes tiene que afrontar una decisión inaplazable. Su júbilo fue prematuro. Demasiado fácilmente se abandonó a la despreocupación. Curioso paralelismo entre la primera vuelta al mundo por mar y la segunda: ha sufrido el mismo contratiempo que su sucesor Drake, cuyo mejor barco desaparecerá de noche con el rebelde capitán Winter. En medio de la ruta gloriosa, un compatricio, uno de su propia sangre, le llevará con su acto solapado a tal extremo, que si antes escaseaban los víveres en la flota, ahora le amenaza algo peor. El San Antonio llevaba a bordo las provisiones más abundantes y mejores. Por si esto fuera poco, se han dilapidado en la espera y la exploración los víveres de seis días. El avance hacia el ignoto Mar del Sur, que hace ocho días, bajo mejores auspicios, era ya una temeridad, ahora, desde la huida de1 San Antonio, es casi un suicidio.

Magallanes ha rodado, de pronto, desde la más alta cumbre de la orgullosa seguridad, al abismo de la confusión. No había necesidad del informe que nos ofrece Barros: "Quedó tan confuso que no sabia qué determinar", pues la inquietud de Magallanes la vemos claramente grabada en la orden ?única que se ha conservado? comunicada en este momento de perplejidad a todos los oficiales de su flota. Por segunda vez en el espacio de pocos días les pide su opinión sobre si conviene proseguir o regresar; pero ahora ordena a sus capitanes que le den la respuesta por escrito. Porque Magallanes quiere ?y esto demuestra su previsión? una garantía. Scripta manent. Necesita para el día de mañana un testimonio material de que preguntó a sus capitanes. Ve con toda claridad ?y los hechos se cuidarán de confirmarlo? que aquellos rebeldes del San Antonio, no bien lleguen a Sevilla, se convertirán en acusadores para que no se les acuse a ellos de rebeldía. Indudablemente, le pintarán a él, el ausente, como un hombre terrorífico; excitarán el sentimiento nacional español con descripciones exageradas de cómo el forastero portugués aherrojó cruelmente a los funcionarios del Rey e hizo decapitar y descuartizar y dejó perecer de hambre a unos hidalgos castellanos, para luego, contra el estricto mandato del Rey, dejar la flota en manos de portugueses exclusivamente. Para quitar fuerza a esa inevitable acusación de haber impedido a los oficiales exponer toda libre opinión durante el viaje, por medio del terror más brutal, Magallanes redacta aquella orden singular que más parece en propio descargo que para pedir amistoso consejo. "Dada en el canal de Todos los Santos, enfrente del río del Isleo, x 21 de noviembre", empieza la orden. "Yo, Fernando Magallanes, Caballero de la Orden de Santiago y Capitán general de esta Armada... he tomado cuenta de que a todos vosotros parece una decisión llena de responsabilidad la continuación del viaje porque juzgáis que ha pasado demasiado tiempo. Soy hombre que nunca ha desatendido la opinión o el consejo de otro, antes bien desea tratar y ejecutar sus asuntos de común acuerdo con todos."

Probablemente, los oficiales sonríen un poco ante esa característica que de sí mismo traza el interesado. Porque si un rasgo significativo hay en Magallanes es su inflexibilidad en la dirección y el mandato. Harto se acuerdan de cómo el mismo hombre ha rechazado con mano férrea cada una de las reclamaciones de los demás capitanes. Pero el mismo Magallanes sabe que han de acordarse de su implacable dictadura en el opinar, y por eso prosigue:

"A nadie ha de intimidar, pues, el recuerdo de los acontecimientos de Puerto de San Julián, y cada uno de vosotros tiene el deber de manifestarme sin temor cuál es su punto de vista referente a la seguridad de nuestra Armada. Sería contrario a vuestro juramento y a vuestro deber el ocultarme vuestra opinión. Cada uno de por si ?exige? ha de emitir su opinión claramente y por escrito sobre si conviene más proseguir la ruta o disponerse al regreso, exponiendo las razones que para ello le asistan."

Pero no se recobra en una hora la confianza que se ha ido perdiendo a lo largo de meses y meses. Los oficiales tienen todavía el miedo demasiado metido en la médula para decir con toda franqueza que lo mejor es el regreso. La única respuesta que nos queda, la del astrónomo San Martín, demuestra lo poco inclinados que estaban a compartir la responsabilidad con Magallanes, precisamente ahora que ésta se había agigantado. El buen astrólogo, como cuadra a su profesión, habla ambiguamente, nebulosamente, navegando entre dos aguas. Duda, en verdad, de poder llegar a las Molucas por el canal de Todos los Santos. "Aunque yo dudo que haya camino para llegar a Maluco por este canal." Así y todo, aconseja seguir adelante, porque "tendrían en las manos el corazón de la primavera". "Pero, por otra parte, no conviene ir demasiado lejos, sino volver más bien en enero, pues los hombres están debilitados y decaen sus fuerzas. Tal vez es mejor navegar no hacia el Oeste, sino hacia el Este, aunque Magallanes puede hacer lo que mejor le parezca, Y Dios le señale el camino." Con la misma vaguedad debieron expresarse los otros oficiales.

Pero Magallanes no ha preguntado a sus oficiales para saber sus respuestas, sino únicamente para poder presentar una prueba de que los ha interrogado. Sabe que ha ido ya demasiado lejos para retroceder. Sólo como triunfador puede entrar en España; si no es así, está perdido. Aunque el buen astrónomo hubiese vaticinado la muerte, su obligación era seguir la heroica carrera. El 22 de noviembre de 1520, cumpliendo sus órdenes, los barcos abandonan el puerto Junto al río de las Sardinas, y pocos días después pasan el estrecho de Magallanes ?que así se llamará para siempre? y, a su salida, ver detrás de un promontorio, que denominan con gratitud el cabo Deseado, el infinito ondear del océano no surcado todavía por ningún barco europeo. Vista conmovedora: allá, hacia el Oeste, detrás del horizonte sin fin, deben extenderse las islas de las especias, las islas de la riqueza, y, detrás de ellas, los extensos reinos de Oriente, China, el Japón y la India; y, más allá, infinitamente lejos, el hogar. ¡España, Europa!... ¡Ahora, unos días de tregua, la última, antes de la embestida definitiva en el océano desconocido, nunca atravesado desde el principio de la tierra! Y luego, el 28 de noviembre, levar anclas e izar banderas; y los tres barcos humildes, solos, saludan, respetuosos, con descargas de artillería al mar desconocido, como se hace, caballerescamente, con un adversario de talla a quien se ha retado a un combate a vida o muerte.

 

Capítulo

10

MAGALLANES DESCUBRE UN REINO PARA SÍ 28 noviembre 1520 7 abril 1521

La historia de esta primera travesía del hasta entonces innominado océano, “un mar tan extenso que apenas el espíritu humano puede abarcarlo" ?según dice el informe de Maximiliano Transilvanus?, es una de las gestas inmortales de la humanidad. Ya el viaje de Colón a los espacios sin lindes fue reputado en su época, y lo ha sido después, como un acto de decisión sin igual; y, con todo, este hecho abnegado no puede compararse a la victoria ganada por Magallanes a los elementos, en medio de indecibles dificultades. Porque Colón navega con sus tres barcos, bien carenados y aparejados, treinta y tres días solamente, y ya una semana antes de echar pie a tierra, unas hierbas flotantes y maderas exóticas, y el vuelo de ciertos pájaros, le confirman la proximidad de un continente. Sus tripulantes están sanos y animosos, sus naves llevan tanta provisión que, en el peor caso, podrían volver a puerto sin penuria. Lo desconocido está ante él, y detrás tiene la patria para sacarle a camino, sea como sea. Magallanes viaja en el vacío más completo, y no partiendo de una Europa confidente, con sus puertos y sus hogares, sino de una Patagonia extraña e inhospitalaria. El hambre y la necesidad los acosan, viajan con ellos y se levantan ante ellos amenazadoras. Su indumentaria está fuera de uso, hay desgarrones en el velamen, las cuerdas se desgastan. Hace semanas que no han visto un rostro humano nuevo, no se han acercado a una mujer, no han catado el vino, la carne fresca ni el pan reciente, y, en el fondo del alma, envidian a los camaradas que han desertado a tiempo hacia sus hogares. Y así navegan los tres barcos, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta días, y todavía no se divisa la tierra, ni siquiera un signo de esperanza que les indique su proximidad. Y otra semana, y otra, y otra más; cien días: ¡tres veces el tiempo que empleó Colón en atravesar el océano! Con mil y mil horas vacías avanza la flota de Magallanes en el espacio vacío. Desde el 20 de noviembre, en que vieron alborear en el horizonte el cabo Deseado, de nada han servido tablas medidas. Cuantas distancias calculara Faleiro desde su gabinete se han manifestado erróneas, de modo que cuando Magallanes cree haber dejado atrás Cipango, el Japón, en realidad ha recorrido apenas un tercio del océano desconocido que, por su calma, denomina el Pacífico, como desde entonces se llama para siempre. Pero ¡qué cruel calma, qué martirio el de la monotonía en aquel silencio de muerte! El mar, como un espejo azul, invariable, y siempre el mismo cielo candente y sin una nube, y el aire mudo, y siempre la misma anchura y la misma redondez del horizonte, un corte metálico entre el cielo igual y el agua igual, que poco a poco van grabándose hondamente en el corazón. Siempre la misma nada azul inmensa en torno de los barcos insignificantes, únicos objetos que se mueven en medio de la horrible inmovilidad; y siempre la misma luz cruda del día para ver continuamente lo único, lo mismo; y, por la noche, las mismas estrellas de siempre, frías y calladas, a las que se interroga en vano. Siempre los mismos objetos en el escaso espacio poblado del barco; las mismas velas, el mismo mástil, la misma cubierta, la misma áncora, los mismos cañones, las mismas mesas... Siempre el mismo olor podrido y dulce de lo que se corrompe en las entrañas del barco. Siempre, mañana, tarde y noche, los mismos encuentros, las mismas caras que se miran unas a otras y de día en día desmejoran en la callada desesperación. Húndense más los ojos en las órbitas y su brillo se empaña con cada mañana que amanece sin nada nuevo; demácranse más las mejillas, y, el paso es cada día más flojo y débil. Como espectros circulan ya, surcadas las mejillas sin color, los que hace pocos meses eran unos mozos temerarios, que trepaban por las escaleras y se movían diligentes para defender el barco de la tormenta. Ahora vacilan como enfermos o yacen extenuados sobre el jergón. Cada uno de esos tres barcos que salieron para una de las más osadas aventuras de la humanidad se ve ahora poblado por unos seres en los cuales apenas se reconocería a los marineros, y cada cubierta es un hospital flotante.

Disminuyen los víveres de un modo espantoso durante esa inesperada travesía, y aumenta la estrechez. Lo que diariamente reparte el jefe de la despensa entre los tripulantes, más bien puede llamarse basura que comida. Se ha agotado el vino, que refrigeraba un poco los labios y el ánimo. El agua dulce, cocida por el sol implacable, puesta en odres y en toneles sucios, despide tal pestilencia que los infelices han de taparse la nariz mientras humedecen la garganta con el único sorbo diario que les dan medido. La galleta de barco, que con los peces pescados por ellos mismos es su único alimento, hace tiempo se ha convertido en un polvo gris y sucio lleno de gusanos y de excrementos de ratas, las cuales, enloquecidas también, se han precipitado sobre los últimos restos miserables de la alimentación humana. Tanto más, por consiguiente, son apetecidos los repugnantes animales, cuya persecución por todos los rincones no conduce solamente a suprimirlos, sino también a procurarse con su muerte un requisito culinario ; medio ducado de oro es la recompensa del experto cazador que coja uno de esos chillones animales, y el feliz comprador se traga el repugnante asado con verdadera fruición. Para engañar al estómago, que suele retorcerse en dolorosos espasmos; para acallar de algún modo, por ficticio que sea, el hambre devoradora, la tripulación inventa engaños cada vez más peligrosos: mezclan una pasta hecha de serrín con los desperdicios de la galleta de barco, a fin de aumentar aparentemente la miserable ración. Llega a tal punto la necesidad, que se realizan las palabras proféticas de Magallanes de que llegarían a comer el cuero de las vergas del barco; hallamos en Pigafetta una descripción del recurso a que acudieron, desesperados, los hambrientos, haciendo comestible lo que no lo era: "Llegamos al extremo de comer, para no morir de hambre, los pedazos de cuero con que estaba recubierto el palo mayor para evitar que el cable se deshilara. Expuestos a la lluvia, al sol y al viento durante años, aquellos pedazos de cuero eran tan duros que teníamos que sumergirlos en el mar durante cuatro o cinco días para ablandarlos un poco. Los poníamos entonces sobre la lumbre, y luego los engullíamos."

No es maravilla que aun los más resistentes entre aquellos hombres de acero acostumbrados a las penalidades no pudieran tolerar semejante nutrición por algún tiempo. A consecuencia de la falta de víveres frescos ?hoy diríamos "vitaminosos"? se presenta el escorbuto. Las encías de los atacados empiezan a hincharse y luego se corrompen; y los dientes oscilan hasta desprenderse, se forman tumores en la boca y, por fin, el paladar se hincha y duele de tal manera que, aun cuando tuvieran alimentos, los desgraciados no estarían ya en estado de tragarlos, hasta que sucumben. También a los supervivientes les quita e1 hambre las últimas energías. Con las piernas lastimadas o estropeadas, andan a duras penas, apoyados en bastones, o se acurrucan en cualquier rincón. No menos de diecinueve, o sea casi un décimo de la tripulación, perecen en este cortejo del hambre, en medio de horribles sufrimientos. Una de las primeras victimas es el pobre gigante de la Patagonia, a quien habían bautizado Juan Gigante, el que hace pocos meses había sido tan admirado precisamente porque devoraba en un santiamén media caja de galletas de barco y se bebía luego un cubo de agua como si fuera un vaso. Cada día del interminable viaje disminuye el número de los marineros todavía aptos para el trabajo, y atinadamente acentúa Pigafetta que, en tal estado de decaimiento de sus tripulantes, los tres barcos no hubieran podido hacer frente a la menor tempestad

"Si Dios y su bendita Madre no nos hubiesen concedido tan buen tiempo hubiéramos perecido todos de hambre en aquel mar inmenso."

Tres meses y veinte días anda, en total la solitaria caravana de los tres barcos a través del infinito desierto liquido, soportando todos los sufrimientos imaginables, hasta el más terrible: el de perder la esperanza. Porque, así como en el desierto los sedientos creen de pronto descubrir un oasis (las palmas meciéndose, las sombras frescas y azules invitándoles en medio de la luz inclemente le deslumbra hace días) y ya creen oír el chorro de la fuente, pero apenas dan unos pasos vacilantes, con sus últimas energías, desparece de súbito la placentera visión y el desierto se extiende de nuevo ante ellos, más hostil que antes asimismo son victimas de un espejismo los hombres de Magallanes. Una mañana parte de la cofa un ronco clamor. Es que un marino ha visto tierra, tierra por primera vez desde hace tiempo. Una isla. Como locos se precipitan los hambrientos, los sedientos, a cubierta, y hasta los enfermos, que estaban echados en el suelo como guiñapos, se arrastran para ver. Sí; se acercan a una isla. ¡Pronto, vengan los botes! Los sentidos, sobreexcitados, ven ya manar las fuentes, y sueñan con el agua y el reparo a la sombra de los árboles, y saborean, tras tantas semanas de rodeos, el placer de pisar tierra firme y no las eternas tablas vacilantes sobre la vacilante onda. ¡Miserable engaño! Al llegar más cerca, ven que la isla, y otra más allá, que, en su exasperación, las denominan islas Desventuradas, son tierras de rocas inhabitadas e inhabitables, un yermo sin hombres ni bestias, sin fuentes, sin frutos. Sería tiempo perdido un solo día que se detuvieran en medio de aquellas rocas inhóspitas. Sigue el viaje a través del desierto azul, más y más lejos, durante días y semanas: el viaje marítimo tal vez más terrible y lleno de privaciones que registra la eterna crónica del dolor humano y de la humana capacidad de sufrimientos que llamamos Historia.

Al fin llega el día 6 de marzo de 1521. Más de cien veces se ha levantado el sol sobre el azul igual, vacío e inmóvil, y se ha hundido en el mismo azul implacable; cien veces la noche ha sucedido al día y el día a la noche, desde que la flota navega por el estrecho de Magallanes hacia el mar abierto, cuando vuelve a oírse aquel grito en lo alto de la cofa: "¡Tierra, tierra!" Ya era hora; dos días, tres días más en aquel vacío, y probablemente no hubiera pasado a la posteridad ni rastro de aquel hecho heroico. Con la tripulación famélica, y cual cementerio ambulante, los barcos hubieran errado sin gobierno hasta que una tormenta o el choque duro de una roca hubiese dado cuenta de ellos. Pero esta nueva isla ?Dios sea loado? tiene unos pobladores y encontrarán en ella el agua que alivie a los que están consumiéndose. Apenas la flota se aproxima a la bahía, todavía sin echar el ancla ni arriar las velas, ya centellean unas chalupas pintadas, cuyas velas son de hoja de palma. Flexibles como monos, los hijos de la Naturaleza, enteramente desnudos e ingenuos, trepan a bordo, y son tan ajenos a toda idea de conveniencia social que se llevan sencillamente cuanto les viene a mano. En un momento desaparecen los más varios objetos, como si hicieran juegos de manos, y hasta el bote del Trinidad se han llevado, cortando la cuerda. Alegres y despreocupados por completo de toda sospecha de haber obrado mal, riendo al ver cuán fácilmente han adquirido lo nunca visto, se vuelven, remando, con su preciado botín. Porque a aquellos sencillos paganos les parece tan natural y corriente ?los hombres desnudos desconocen los bolsillos? meterse entre los cabellos un par de chirimbolos brillantes, como a los españoles, al Papa y al Emperador declarar propiedad legal del Rey cristiano todas aquellas islas, aun sin descubrir, con sus hombres y bestias.

En su difícil situación, Magallanes no puede pararse en consideraciones ni en fórmulas. Le es imposible ceder a los diestros salteadores aquel bote que, según consta en los archivos, costó a Sevilla tres mil novecientos treinta y siete y medio maravedíes, y que allí, a miles de millas lejos, resulta de un valor inestimable. Por eso al día siguiente desembarca Magallanes cuarenta marineros armados para recobrar su bote y dar una lección a los isleños. Un par de sus cabañas se hunden bajo las llamas, pero no se llega a entablar un verdadero combate, porque tan inexpertos son en el arte de matar aquellos pobres hijos de la Naturaleza, que al sentirse hincadas de pronto en el cuerpo sangrante las flechas de los españoles, no comprenden cómo aquellas cosas puntiagudas y aladas llegan de lejos y les causan un dolor tan terrible al clavarse profundamente en la piel. Tiran de las flechas, desesperados, y se precipitan en tumulto hacia los bosques huyendo de los detestables bárbaros de color blanco. Por fin los hambrientos españoles pueden tener agua fresca para los que iban a sucumbir, y emprenden la requisa de productos alimenticios. Con apresurado anhelo arrastran cuanto pueden alcanzar fuera de las abandonadas chozas: aves de corral, cerdos, frutos. Una vez robados mutuamente, los más cultos le ponen este nombre a las islas: "Ladrones".

Es indudable que tal requisa salva a los que estaban a punto de morir de hambre. Tres días de tregua. El acopio de frutos recién cogidos y el agua refrigerante del manantial han sido un reparo para los tripulantes. Mueren todavía algunos marineros de agotamiento, una vez reanudado el viaje; entre ellos, un inglés, el único que llevaban a bordo, y aún hay una porción de enfermos y extenuados. Pero lo peor ha pasado, y las naves hacen rumbo hacia Oeste con nuevos ánimos. Cuando, al cabo de otra semana, el 17 de marzo, vuelve a surgir la silueta de una isla, y otra poco más allá, Magallanes reconoce que el destino se ha apiadado de él. Según sus cálculos, deben de ser las Molucas, ¡Júbilo! ¡Júbilo! Ha alcanzado su objetivo. Pero ni la ardiente impaciencia de asegurarse de su triunfo lo más pronto posible es capaz de llevarle a la precipitación o a la imprevisión. En vez de desembarcar en Suluán, la más grande de las dos islas, Magallanes elige para anclar otra más pequeña, que Pigafetta llamará "Humunu". La elige precisamente porque no tiene pobladores. Magallanes entiende que, por atención a los enfermos, ha de evitar cualquier encuentro con los indígenas. Antes de negociar o luchar, que se restablezcan los tripulantes. Que los enfermos sean bajados a tierra, confortados con el agua pura y la carne de uno de los cerdos que han acogido en las islas de los Ladrones. Ante todo, reposo. Ya quedará tiempo para la aventura. Pero, en la tarde del día siguiente, se acerca, desde la isla más grande, una canoa con unos indígenas que dan señales de confianza y amabilidad. Traen unos frutos que el buen Pigafetta desconocía y que no se cansa de admirar. Son unos plátanos y unos cocos cuya agua lechosa hace efectos benéficos en los enfermos. Un rápido trueque se inicia, que les permite adquirir para los hambrientos unos pescados, aves de corral, vino de palmera, naranjas y toda clase de legumbres y de frutos, a cambio de unas campanillas y unos vidrios de colores. Y, por primera vez desde hacía semanas y meses, los enfermos y los sanos vuelven a comer a su satisfacción.

La primera impresión de Magallanes fue el hallarse ya al fin de su ruta, en las "islas de las especias". Pero no son éstas las Molucas. Enrique, el esclavo de Magallanes, entendería su lenguaje. No; éstos no son sus paisanos. La casualidad les ha llevado a estos archipiélagos. Una vez más han resultado erróneos los cálculos de Magallanes, que le hicieron seguir un curso en el océano Pacífico diez grados demasiado hacia el Norte. Con su error ha descubierto otro grupo de islas que ningún europeo había mencionado ni sospechado siquiera: el archipiélago de las Filipinas, ganando así para el emperador Carlos una nueva provincia destinada a permanecer más tiempo en poder de la Corona de España que cualquiera de las que descubrieron y conquistaron Colón, Cortés y Pizarro. Pero también para sí mismo ha asegurado un dominio con este inesperado descubrimiento, porque, según el pacto, tanto él como Faleiro tienen ese derecho sobre dos de las nuevas islas, dado el caso de que descubrieran más de seis. De la mañana a la noche, el que ayer era todavía un pobre aventurero, un desperado a punto de hundirse en el ocaso, ahora es el Adelantado de un territorio propio, partícipe a perpetuidad en todas las ganancias que dimanen de esas nuevas colonias, y, por ello, uno de los hombres más acaudalados de la tierra.

¡Prodigioso tránsito, obra de un solo día, después de centenares y centenares de días sombríos y vanos! No menos que el sustento abundante, fresco y sano, que todos los días traen los indígenas de Suluán a bordo del improvisado sanatorio, es un elixir de vida para los enfermos aquella seguridad al fin encontrada. Al cabo de nueve días de cuidados en la tranquila ribera tropical, casi todos han sanado, y Magallanes puede dar ya como segura la posesión de la próxima isla, Massawa. Un enojoso contratiempo hizo peligrar, en el último instante, el gozo del que, por fin, sentíase dichoso. Su cronista y amigo Pigafetta adelantó excesivamente el cuerpo mientras estaba pescando y cayó al agua, sin que nadie se diera cuenta. Estuvimos a punto de perder en el mar toda la historia de aquella vuelta al mundo, pues el buen Pigafetta, que no sabía nadar, tenia muchas probabilidades a ahogarse. Por fortuna, en el último momento se asió a una cuerda que colgaba del barco y, acudiendo los marineros a sus gritos, izaron a bordo a nuestro tan indispensable cronista.

¡Con qué alegría son arboladas esta vez las velas! Todos saben que aquel océano inmenso llegó a su fin y ya no los oprimirá más aquel vacío pavoroso. Unas horas, un par de días más de viaje les quedan solamente, durante los cuales aparecen ya los contornos de unas islas a derecha e izquierda. Por fin, al cuarto día, el 28 de marzo, un jueves Santo, la flota aborda en Massawa para un descanso antes del último empuje hacia el objetivo tanto tiempo perseguido en balde.

En Massawa, una isla diminuta, insignificante, del archipiélago filipino, que en los mapas corrientes requiere la lupa para no pasarla por alto, Magallanes vive uno de los más grandes momentos dramáticos de su carrera. En medio de su oscura y penosa existencia, esos momentos felices irrumpen como una llamarada, compensando con su embriagada intensidad la aspereza y pesadumbre de las innumerables horas de paciencia. El motivo exterior se disimula esta vez más que nunca. Apenas los tres barcos forasteros se acercan imponentes, con sus velas hinchadas, a las riberas de Massawa, la población se reúne, curiosa y alegre, en espera de los extraños. Pero Magallanes, antes de desembarcar, tiene la precaución de enviar a su esclavo Enrique como mensajero de paz, pensando, muy cuerdamente, que a los indígenas les inspirará más confianza un hombre de tez tostada que uno de aquellos hombres blancos, barbudos, vestidos de un modo raro y armados.

¡Pero aquí de lo inesperado! Los isleños medio desnudos rodean a Enrique entre charlas y risas, y el esclavo malayo se queda atónito. Ha oído primero palabras sueltas y ahora entiende lo que le dicen, lo que le preguntan aquellos hombres. El que fue arrebatado a su hogar, vuelve, al cabo de años, a oír acentos de su propia lengua. Momento memorable, pues la historia de la Humanidad no puede olvidar aquel en que, por primera vez desde que la Tierra se mueve en el universo, un hombre vuelve a su patria después de dar la vuelta al mundo. Es indiferente que sea un simple esclavo. No en el hombre, sino en su destino, hallamos aquí la grandeza. Este insignificante esclavo malayo, del cual sólo conocemos el nombre que como esclavo le pusieron, Enrique; que fue sacado de la isla de Sumatra al chasquido del látigo y arrastrado luego por las Indias y el África hasta Lisboa, es el primero, entre las miríadas de pobladores de la tierra, que a través del Brasil y la Patagonia, de todos los océanos y mares, ha vuelto al lugar donde se habla su misma lengua; a través de cien mil pueblos y razas y estirpes que dan distinta forma fonética a cada concepto, regresa a aquel único pueblo que le corresponde y por el cual es comprendido.

En este momento Magallanes tiene conciencia de que ha logrado su fin. Viniendo del Este vuelve a bordear el circulo de idioma malayo que abandonó doce años atrás con rumbo al Oeste. Pronto le será dado devolver sano y salvo a Malaca al esclavo que en Malaca compró. Si esto sucede mañana o más tarde, o si es otro y no él quien llega a las islas prometidas, es indiferente. Porque lo propio de su empresa queda ya cumplido en este momento único que da testimonio, por primera vez y para todos los tiempos, de que el hombre que avanza perseverante en el mar, ya sea hacia el sol o bien contra su curso, tiene que volver necesariamente al mismo sitio de donde salió. Lo que los más sabios sospechaban hacia miles de años, lo que soñaban los ilustrados, acaba de demostrar que es cierto, con su tesón, un hombre único. La tierra es redonda. Ahí tenéis un hombre que la ha rodeado.

Aquellos días en Massawa son los más venturosos y los de mayor relajación de todo el viaje. La estrella de Magallanes brilla en el cenit. Dentro de tres días, Domingo de Pascua, se cumple el siniestro aniversario de cuando, en Puerto de San Julián, se vio obligado a defenderse de la conspiración con el puñal y la violencia; y desde entonces, ¡cuánta desgracia, cuánto padecimiento y cuántas dificultades! Deja detrás un sinfín de horrores: los días pavorosos del hambre y de la penalidad, las noches de tormenta en los mares desconocidos... y la mayor tortura: la incertidumbre abominable que le ahogaba el alma durante meses y meses, la duda ardiente de si guiaba o no por buen derrotero la flota que le habían confiado. Ahora ha concluido la horrible lucha interior. El creyente puede en aquella Pascua celebrar una verdadera resurrección, en la cual se le aparece rodeado de gloria el hecho que acaba de coronar, mientras se aleja la turba de las contrariedades. Lo inmortal a que aspiraba con todos sus sentidos y potencias de años acá, se ha cumplido: Magallanes ha encontrado el derrotero occidental de las Indias que en vano buscaron Colón, Vespucio, Cabot, Pinzón y otros navegantes. Ha descubierto tierras y aguas que nadie vio anteriormente, ha cruzado con éxito un océano inmenso antes que otro europeo, antes que hombre alguno de todos los tiempos. Ha llegado más allá de la tierra que ningún otro. ¡Qué pequeño, qué fácil se le aparece lo poco que le falta conseguir en la gloriosa conquista llevada a cabo! Sólo unos días para llegar con sus fiados pilotos a las Molucas, las islas más opulentas del mundo, y se habrá cumplido el voto que hizo al Emperador. Un abrazo de gratitud al amigo Serráo, que allí vive, el que le animó y le señaló el camino, y enseguida, con los barcos repletos de especias, ¡al hogar, por el camino bien sabido: doblando la India y el Cabo, cuyos puertos y bahías tiene grabados en la memoria! Y de allí ¡a España, triunfante y rico, llevando los títulos de Adelantado y Gobernador, ceñida la frente con el laurel inaccesible de la inmortalidad!

Pero sin prisas, sin impaciencia. Es lícito que tenga un descanso y apure el gozo de lo cumplido al cabo de meses de andanzas llenas de sufrimiento. En el bendito puerto, los argonautas victoriosos saborean la paz en el descanso. Magnífico es el paisaje, paradisíaco el clima, acogedores los naturales, que viven todavía la edad de oro, amantes de la paz, en la holganza y sin preocupaciones ?Questi popoli viviano con iusticia, peso a misura; amano lo pace, l'otio a la quiete?. Pero además de ser amantes de la ociosidad y la tranquilidad, lo son también, esos hijos de la Naturaleza, de la bebida y de los buenos manjares, de modo que ?como en los cuentos? los marineros que hace poco engañaban al estómago hambriento tragando serrín y carne de ratas, creen vivir en jauja. Tan irresistible es la tentación de los manjares frescos y sabrosos, que cae en ella el mismo piadoso Pigafetta, el cual nunca olvida de dar las gracias a la Madonna y a todos los santos. Es un viernes, y Viernes Santo, el día en que Magallanes lo envía al rey de la isla. Calambu ?éste es su nombre? le acompaña a su bote, donde, a la sombra de la cámara de bambúes se está cociendo un suculento trozo de cerdo. Por cortesía al jefe, y tal vez también por gula, Pigafetta comete el pecado: no puede resistir la seducción, y come de aquella rica carne en el más santo y riguroso de los días de ayuno, y bebe después vino de palmera. Pero, a la misma salida del convite apenas los hambrientos emisarios de Magallanes han llenado los estómagos, el rey los invita a un festín en su propia choza de estacas. Sentados sobre las piernas cruzadas ?"como los sastres en su faena", cuenta Pigafetta? deben colocarse los invitados. Inmediatamente se ven circular los platos desbordantes de pescados asados, y el jengibre, y el vino de palmera. El pecador cae de nuevo en la tentación. ¡Y no acaba esto aquí! Apenas terminada esta segunda comida, Pigafetta y su compañero reciben la bienvenida del hijo del jefe, a cuya mesa han de sentarse por cortesía. Esta vez, para variar, les presentan pescado en guiso diferente y arroz cargado de especias, con tal profusión rociados, que el compañero de Pigafetta propiamente cebado, tartamudeando y vacilante, ha de ser acompañado bajo el techo de bambú para dormir la primera embriaguez de un europeo en tierras filipinas, durante la cual debe de soñar en el paraíso.

Pero no es menor que la de sus hambrientos huéspedes la exaltación de los isleños. ¡Qué hombres extraordinarios les ha traído el mar! ¡Con qué magníficos regalos los han obsequiado! ¡Cristales bruñidos en que se ven su misma cara, cuchillos relucientes y hachas pesadas que derriban una palma de un solo golpe! ¡Y qué preciosidad de caperuza colorada y el traje turco con que ahora se está pavoneando su jefe! ¡Y qué cosa increíble el arnés luciente que hace invulnerable a quien va revestido de él! A una orden del almirante, uno de los marineros se endosa la acerada armadura, y los indígenas lo golpean o hacen blanco en él con sus miserables flechas de hueso, y tienen que oír cómo se ríe y se burla de ellos el invulnerable soldado en su vestidura de hierro. ¡Qué brujos! Ese Pigafetta, por ejemplo, coge una especie a palillo o una pluma de cualquier ave y, cuando oye hablar, garabatea unos signos negros con la pluma sobre la hoja blanca, ¡y al cabo de dos días puede repetirle a uno, exactamente, lo que le dijo entonces! ¡Y qué magnifico lo que hacen en el domingo que llaman de Pascua! Montan una cosa rara, una especie de armario que llaman altar, y ponen encima una cruz y brilla al sol. Luego, llegan todos, de dos en dos, el almirante y cincuenta hombres con sus mejores vestidos, y mientras se arrodillan ante la cruz, salen unos relámpagos de los barcos y, estando el cielo sereno, retumba el trueno sobre el mar. En la creencia de que ha de tener efectos mágicos lo que aquellos extranjeros blancos, que tanto pueden, practican durante la ceremonia religiosa, los indígenas imitan sus actitudes, entre respetuosos e intimidados. Se arrodillan, besan la cruz. Y dan las gracias al capitán, regocijados, cuando éste les declara que está dispuesto a hacer construir para ellos una cruz más grande todavía que la suya, una cruz que se divise desde todos los puntos del mar. El jefe de la isla no es ya solamente un aliado del rey de España, es asimismo un hermano en la fe cristiana. No sólo ha sido ganado un territorio para la Corona, sino también las almas de aquellos hijos de la Naturaleza para la Iglesia católica y su Salvador.

¡Días espléndidos, idílicos, los de esta semana en Massaswa! ¡Pero basta de descanso, Magallanes! Los marineros están repuestos, animados: déjalos ir con rumbo al hogar. ¿Para qué demorarlo? ¿Que importa el descubrimiento de una isla insignificante más o menos, ahora que has llevado a feliz término el descubrimiento más grande del siglo? Basta llegar a las islas de las especias y quedarán cumplidos tu misión y tu voto. Y, enseguida, hacia el hogar, donde te espera una esposa que ansía mostrar al padre el segundo hijo, nacido durante tu ausencia. ¡Al hogar, para convencer a los rebeldes que te calumnian cobardemente! ¡Al hogar, para que el mundo conozca lo que pueden el valor de un hidalgo portugués, la decisión y la resistencia de unos navegantes españoles! ¡No hagas esperar más a tus amigos, no dejes en la turbación a los que confiaron en ti! ¡Gula hacia el hogar, Magallanes!

Pero el más íntimo peligro de un hombre está en su propio genio, y el genio de Magallanes era la paciencia: su gran capacidad para esperar y para callar. Más fuerte que el anhelo de la entrada triunfal y de la gratitud que le exprese el dueño de ambos mundos es en él la idea del deber. Todo lo que hasta ahora ha emprendido fue objeto de la más escrupulosa preparación, y llevado a cabo hasta sus últimas consecuencias. Y ahora tampoco saldrá Magallanes del archipiélago filipino que ha descubierto sin haber comunicado primeramente, por el medio que sea, al emperador Carlos el dominio sobre la nueva provincia y el haber consolidado este dominio para España. A su sentimiento del deber no le bastan la visita y la anexión de una pequeña isla; ya que no dispone de una tripulación suficiente para dejar allí representantes y factores, concertará con los príncipes más poderosos de ese reino isleño los mismos pactos que ha concertado con el insignificante jefe Calambu, y levantará sobre todo el archipiélago la bandera española y la cruz católica como duraderos emblemas de señorío.

A sus preguntas, el jefe le señala como la más grande de las islas la de Cebú ?Zubu?, Y cuando Magallanes le pide un piloto, el jefe recaba humildemente el honor de guiarle y acompañarle él mismo. Este honor real será un factor de retraso, pues el buen Calambu ha hecho tales excesos en la comida y la bebida que la flota no puede ser confiada al pantagruélico piloto hasta el día 4 de abril. Parten los barcos de la bendita playa que los salvó del peligro extremo. Avanzan por el mar en calma bordeando una porción de islas e isletas que les sonríen, hospitalarias, hasta llegar a la que ha elegido el mismo Magallanes, pues así lo quiso su desdichada suerte, "cosi voleva la sua infelice sorte"; según lo expresa con duelo el fiel Pigafetta.

 

Capítulo

11

LA MUERTE ANTE EL TRIUNFO 7 abril 1521 27 abril 1521

 

Al cabo de seis días de mar tranquilo y feliz travesía, la flota se avecina a la isla de Cebú; numerosas aldeas indican ya desde lejos lo muy poblada que es. El leal piloto Calambu gobierna el timón, con mano segura, hacia la capital, y Magallanes queda convencido, con la primera mirada al puerto, de que esta vez habrá de tratar con un rajá o un rey de la más alta categoría y de mayor cultura, pues se ven en la rada embarcaciones extranjeras y numerosas canoas indígenas. Es cuestión de hacer una entrada imponente, manifestándose señor de rayos y truenos. Magallanes manda disparar una salva a todas las naves y, como siempre, este prodigio de una tempestad artificial en tiempo sereno despierta el pánico en los hijos de la Naturaleza; huyen a la desbandada y se esconden. Pero Magallanes les envía enseguida, a título de emisario, a su buen intérprete Enrique, para anunciar diplomáticamente al soberano de la isla que no ha de interpretar el trueno como señal de hostilidad, sino como magna muestra de respeto que el poderoso comandante profesa al poderoso rey de Cebú. El señor de aquellos barcos no es más que el servidor del más grande señor del mundo, a cuyas órdenes él ha cruzado el mar más grandioso de la tierra en busca de las islas de las especias. No ha querido pasar por alto la ocasión de hacer una visita amistosa al rey de Cebú, pues se ha enterado en Massawa de la sabiduría y amabilidad de tal príncipe. El comandante de la nave de los truenos se halla dispuesto a enseñar al monarca de la isla preciosas mercancías nunca igualadas y entrar en tratos para el cambio. No es su intención prolongar la estancia más del tiempo indispensable para el establecimiento de amistosas relaciones. Inmediatamente después saldrá de las islas, sin ánimo de causar la menor molestia al sabio y poderoso rey.

El rey, o más bien rajá de Cebú, Humabon no es ya un inofensivo hijo de la naturaleza como los salvajes desnudos de las islas de los Ladrones y los gigantes de Patagonia. Ya ha catado la fruta del árbol de la ciencia, y sabe qué es dinero y el valor que tiene; este príncipe de tez morena tirando a amarillo, confinado en un extremo de la tierra, es práctico en economía nacional, y pruébalo el que tenga establecido para su puerto la alta conquista cultural de los derechos de tránsito, ya sea por haberlo aprendido de otros o bien por iniciativa propia. A1 bragado mercader no le impone el retumbar del cañón ni le ablandan las melifluas palabras del intérprete. Declara a Enrique con toda frialdad que de ningún modo impedirá al desconocido forastero la entrada en su puerto, y que le es grata la proposición de unas relaciones comerciales. Pero todo barco que ancle en su puerto ha de satisfacer sin excepción un derecho portuense. Que se digne, pues, ese gran capitán de los tres barcos extranjeros pagar el derecho corriente si tiene intención de entablar algún trueque comercial.

El esclavo Enrique sabe, sin necesidad de preguntárselo, que su amo, como almirante de una armada real y caballero de Santiago, nunca pagará un derecho portuense a ese jefe de menor cuantía. Porque, por el hecho de pagar tal tributo, reconocería implícitamente la soberanía o independencia de un territorio que España había considerado ya de antemano como provincia suya, de conformidad con la bula pontificia. Enrique insta, pues, al rey Humabon para que renuncie, en este caso particular al tributo, evitando así la enemistad del rey del trueno y del rayo. El rajá, fiel a su negocio, lamentándolo de nuevo, viene a decir que lo indicado se antepone a la amistad. El primer deber era pagar, y en esto no había excepciones. Y, para dar testimonio de lo expresado, hace comparecer a un mercader mahometano que acaba de llegar de Siam y ha pagado el tributo sin el menor reparo.

Comparece, al cabo de poco, el mercader moro. No bien ve las naves con la cruz de Santiago en las tensas velas, se pone pálido, pues cree adivinar una mala situación. ¡Hasta aquellos remotos sitios donde, sin miedo a los piratas, se podía ejercer un honrado tráfico han llegado a escudriñar los cristianos! ¡Ahí están, con sus tremendos cañones y sus arcabuces, esos mortíferos enemigos de Mahoma! ¡Se acabaron el negocio pacífico y las buenas ganancias! Apresúrase a susurrar al soberano que tenga cuidado y no se enrede en diferencias con tan enojosos huéspedes. Son los mismos ?y aquí toma seguramente a los españoles por portugueses? que saquearon y conquistaron Calicut, toda la India y Malaca. Nadie puede hacer frente a tales diablos blancos.

Otro círculo se ha cerrado con esta casual identificación; en el otro extremo del mundo, bajo otras estrellas, Europa se ha puesto de nuevo en contacto con Europa. Hasta aquí, en su rumbo hacia el Oeste, Magallanes había encontrado, casi en todas partes, territorios no pisados por europeos. Ninguno de los indígenas que se les habían puesto delante conocían ni de oídas a los blancos, ninguno había visto anteriormente ni siquiera un europeo. A Vasco de Gama, al desembarcar en las Indias, se le acercó un árabe hablándole en portugués; Magallanes no vio en dos años a nadie que le diera sensación de ser conocido. Los españoles habían errado en el vacío, como en un astro extraño. A los patagones les parecieron unos seres celestiales, y los habitantes de las islas de los Ladrones se escondieron de ellos en los matorrales como si fueran diablos o espíritus fatídicos. Pero aquí, en otro extremo de la tierra, los europeos vuelven a estar frente al europeo que los conoce. Se ha echado un puente desde su mundo a los mundos nuevos a través de las extensiones oceánicas. El circulo se ha cerrado: unos días, unas pocas millas más y, después de dos años de ausencia, volverá a reunirse con los europeos, cristianos como él, sus camaradas, sus adictos. Si Magallanes dudase todavía de que está cerca de su objetivo, aquí se le presentan los hechos: tócanse esfera y esfera, lo más extraordinario se ha cumplido, se ha dado la vuelta al mundo.

Las advertencias del mercader moro hacen impresión visible en el rey. Intimidado, renuncia inmediatamente al cobro del derecho portuense. Para dar una prueba evidente de sus disposiciones amistosas, invita a una opípara comida a los enviados de Magallanes. Tercer indicio de que los argonautas están cerca de Argos es que los manjares de esta comida no les son presentados sobre cortezas o bandejas de madera, sino sobre porcelana venida de la China, de la legendaria Cathai de Marco Polo. Están, pues, al alcance de la mano Cipango y la India; bordean ya los españoles la cultura oriental. El sueño de Colón, alcanzar la India por el Oeste, es un hecho. Prescindiendo del incidente diplomático, se procede ahora al cambio oficial de cumplidos y de mercancías. Pigaffeta es mandado a tierra con todos los poderes; el rey de Cebú se manifiesta muy bien dispuesto a un tratado de paz perenne con el poderoso emperador Carlos, y Magallanes hace cuanto está de su parte para mantener lealmente esa paz. En evidente oposición con los procedimientos de otros conquistadores, que sueltan enseguida sus perros de presa y caen brutalmente sobre los pobladores para darles muerte o hacerlos esclavos, pensando tan sólo en apoderarse cuanto antes y sin escrúpulos del botín, a este descubridor, más humano y de más ancho criterio, lo vemos durante toda la expedición dispuesto a la penetración pacífica. Desde un principio procuró Magallanes conseguir la incorporación de las nuevas provincias con el buen trato y los pactos, no por la sangre y la violencia. Nada presta a Magallanes una tan extraordinaria preeminencia moral sobre los otros conquistadores de la época, como esta inflexible voluntad humanitaria. Magallanes era, por sus disposiciones naturales, duro y reservado; mantenía una disciplina férrea en su flota, como lo probó con su conducta a raíz de la sublevación; no era propenso a tolerancias ni a consideraciones. Pero, aunque severo, nunca fue cruel; ninguno de los actos que empañan las gestas de otros grandes conquistadores oscurece su memoria, ni deshonra su triunfo ningún rompimiento de palabra a que, generalmente, se creían autorizados aquellos con los gentiles. Esta honradez era la mejor arma de Magallanes y perdura incorporada a su fama.

Entre tanto, el trueque de géneros ha comenzado con entusiasmo por ambas partes. Maravíllanse principalmente los isleños ante el hierro, ese duro metal que traen los forasteros, de tan magnifica utilidad para las armas, la azada, el arado; en comparación, les parece de poco valor el pálido oro y, como en el bendito año de la guerra de 1914, truecan entusiasmados oro por hierro. Catorce libras de este metal, no muy estimado en Europa, son pagadas con quince libras de oro, y Magallanes se ve obligado a ordenar una rigurosa prohibición de tal comercio a los marineros (que, embelesados ante la loca prodigalidad de los menospreciadores del oro, empezaban a vender, a cambio del precioso metal, ropas y hacienda), para evitar que los indígenas empezaran a sospechar, por la extrema demanda, el valor de aquel metal, lo cual motivaría la depreciación de los objetos de trueque. Además, Magallanes no quiere aprovecharse de la ignorancia de la gente de Cebú. A él, que ha pensado siempre en grande, no le importa las pequeñas ventajas del dinero, pero sí evitar que la posibilidad comercial se estropeara en lo sucesivo y ganar al mismo tiempo el corazón, las almas de la nueva provincia. Y el cálculo se demuestra exacto una vez más: las relaciones de los nativos con los amables y poderosos extranjeros adquieren tal forma de confianza, que el rey, y con él la mayor parte de su séquito, se manifiestan dispuestos a hacerse cristianos. Lo que otros conquistadores pretendían lograr con la tortura, con la inquisición, Magallanes, profundamente religioso y libre de fanatismos, lo consigue en pocos días y sin violencia. Con qué sentimiento humano, con qué libertad de espíritu procedió en el curso de esta conversión, podemos leerlo en Pigafetta:

"El capitán les dijo que no habían de hacerse cristianos por temor que nos tuvieran o por complacencia, sino por espontáneo deseo y por amor a Dios. Pero si no querían hacerse cristianos, nada desagradable les sucederla. Los que se hicieran cristianos merecerían, es claro, las mejores atenciones. Como un solo hombre respondieron que si querían hacerse cristianos no era por temor ni por complacencia, sino por su libre voluntad. Se ponían en sus manos y que él los tratara como a sus propios súbditos. En esto el capitán los abrazó con lágrimas en los ojos, tendió las manos al príncipe y al rey de Massawa y les dijo que, tan cierto como creía en Dios y era fiel a su emperador, les prometía que, en adelante, vivirían en paz perdurable con el rey de España; y ellos le hicieron una promesa recíproca."

El domingo siguiente, 17 de abril de 1521 ?el ocaso de la felicidad de Magallanes está próximo?, los españoles celebran su mayor triunfo. Levántase en la Plaza Mercado de la ciudad un baldaquín. Se han traído unas alfombras de a bordo y se han colocado sobre ellas dos sillones de terciopelo uno para Magallanes y otro para el rey. Delante del baldaquín, el altar, que se ve lucir desde lejos, está rodeado de centenares y millares de atezados indígenas en espera de lo anunciado. Magallanes, que con sagaz propósito no había tocado tierra todavía, confiando a Pigafetta todas las anteriores negociaciones, entra ahora en escena apoteósicamente. Precédenle cuarenta soldados de punta en blanco y, tras ellos, el abanderado hace ondear el estandarte de seda del Emperador Carlos, el mismo que en la iglesia de Sevilla había sido confiado al Almirante, desplegado ahora por primera vez en el nuevo dominio de la Corona. Sigue luego Magallanes, pausado, severo y solemne, con sus oficiales. En el momento que echa pie a tierra, saliendo del bote, la voz de saludo de los cañones retumba en las naves. En un primer movimiento de miedo, los espectadores se dispersan en todas direcciones. Pero al ver que su rey ?avisado de antemano? se mantiene en su sillón sin inmutarse, vuelven a sus sitios y miran entusiasmados cómo es erigida una cruz gigante, al pie de la cual el rey, con los hederos del trono y muchos otros, inclinan la cabeza para recibir el bautismo. Magallanes, su padrino, le da, en sustitución del de Humabon, el nombre cristiano de Carlos, que es el de su señor. La reina, que es bonita y podría alternar con la mejor sociedad, pues lleva pintados los labios y enrojecidas las uñas (anticipándose en cuatro siglos a sus hermanas europeas y americanas), recibe el nombre de Juana, y las princesas son bautizadas con los nombres cortesanos de Catalina e Isabel. Ya es de suponer que la restante haute volée de Zubu y todas las islas vecinas no quiso quedar atrás de sus reyes y jefes. Hasta muy entrada la noche, el sacerdote de a bordo estuvo ocupado en bautizar a los centenares de personas que se agolpaban. Las noticias acerca de los extraordinarios forasteros cunden pronto. Al día siguiente acuden en tropel los naturales de las islas restantes, que han oído hablar de las mágicas ceremonias del extranjero prodigioso; en pocos días casi todos los jefes de las islas vecinas han sellado el pacto de fidelidad con España y bajado la cabeza para recibir el agua del bautismo.

Raras veces se habrá llevado a cabo una empresa con mayor plenitud. Magallanes lo ha alcanzado todo. El paso se ha encontrado y se ha tocado el otro extremo de la tierra. Se han ganado para la Corona de Castilla nuevas islas riquísimas, y para Dios innumerables almas de infieles, todo esto ?triunfo sobre triunfo? sin haber derramado una sola gota de sangre. Dios ha asistido al creyente. Lo ha sacado de dificultades como no las ha conocido peores ninguna criatura humana; Magallanes se encuentra penetrado de un sentimiento religioso de seguridad. Después de las dificultades vencidas, ¿puede venir algo más que ponga en peligro su empresa, aureolada de un esplendor triunfal? Con una fuerza ultraterrena, se siente poseído de una fe humilde y está dispuesto a arriesgarlo todo por Dios y por su Rey. Y a este fervor seguirá su desgracia.

Todo le ha salido finalmente bien a Magallanes, como si los ángeles le hubieran iluminado el camino. Ha ganado un nuevo reino para la Corona de España. Pero ¿cómo conservará lo ganado para su rey? No puede permanecer más tiempo con Cebú, ni tampoco ir sometiendo todo el archipiélago, isla por isla. Magallanes ?que calcula siempre por extensas etapas? no ve más que un camino para consolidar un poder de España en las Filipinas lo más duradero posible: elevar a soberano sobre los otros jefes al único caudillo católico, Humabon. Como aliado del Rey de España, el rey Carlos de Cebú ha de tener desde ahora un prestigio superior al de todos los otros. No fue ligereza, sino calculada política el ofrecimiento que Magallanes hizo al rey de Cebú de asistirle militarmente si alguien se atrevía a sublevarse contra su autoridad. Casualmente, la ocasión de demostrarlo se presentó pronto. En una diminuta isla, Mactán, opuesta a Cebú, gobierna un rajá llamado Silapulapu, obstinado rival de Humabon. Ahora prohíbe a sus siervos que procuren víveres a los singulares huéspedes de Carlos Humabon, y tal vez esta actitud hostil tenga su explicación. En una de las islitas de este rajá, probablemente porque los marineros, al cabo de larga abstinencia, corrían locamente tras las mujeres, se llegó a una escaramuza en medio de la cual fueron incendiadas un par de cabañas de los indígenas. No es extraño, pues, su deseo de que los extranjeros salgan de allí cuanto antes. Pero a Magallanes esta actitud arisca contra los huéspedes de Humabon le parece propicia para responder con una demostración de fuerza. No solamente el rey de Cebú, sino todos los jefes de las islas circundantes se enterarán de lo conveniente que es ponerse al lado de los españoles y cuán caro lo paga todo el que se opone al señor de los truenos y los rayos. Esta demostración, no muy sangrienta, puede ser más convincente que todas las palabras. Magallanes expone, pues, a Humabon que se propone dar una lección militar a aquel jefe recalcitrante, a fin de imponer el respeto, en lo sucesivo, a los otros jefes. El caso curioso es que el rey de Cebú no participa del entusiasmo de Magallanes, temiendo tal vez que, no bien los españoles hayan partido, volverán a levantarse contra él las tribus sometidas. Serráo y Barbosa, por su parte, desaconsejan al almirante una expedición guerrera tan innecesaria.

Pero Magallanes no piensa en un verdadero combate. Si el rebelde mozo se somete voluntariamente, mejor para él y para todos. Enemigo jurado del derramamiento de sangre, verdadero antípoda de todos los otros conquistadores, Magallanes manda primeramente a su esclavo Enrique y al mercader moro a Silapulapu para que le ofrezcan una honrada concordia. Sólo le pide que reconozca la soberanía del rey de Cebú y el dominio protector de España. Si el jefe consiente, los españoles están dispuestos a vivir en la mejor avenencia con él. Si negara el acatamiento al poder supremo, le harán saber cómo muerden las lamas españolas.

Pero el rajá responde que también sus hombres empuñan lanzas y, aunque son de caña de bambú, las puntas se han templado al fuego, de lo cual podrían muy bien convencerse los españoles. Ante la altiva contestación, a Magallanes, que simboliza el poder de España y le incumbe el defenderlo, no le queda otra elección que el argumento de las armas.

En la preparación de esta pequeña acción guerrera parecen haberle faltado por primera vez a Magallanes sus más evidentes cualidades: la cautela y la visión de conjunto. Por primera vez, el que parecía calcular con precisión se precipita hacia un peligro. El rey de Cebú se ha manifestado dispuesto a reforzar la expedición de los españoles con mil de sus guerreros. Magallanes podía sin dificultad mandar ciento cincuenta de sus hombres a la isla. No hay duda de que el rajá de la diminuta isla, difícil de encontrar en un mapa corriente, hubiera sufrido una completa derrota. Pero Magallanes no está para matanzas. En esta expedición persigue algo más importante: el prestigio de España. A un almirante del Emperador de ambos mundos le parece que rebajaría su dignidad sacando al campo un ejército contra aquel majadero de tez morena, que no tiene una mala alfombra remendada en su cabaña infecta, y usar de su poder contra una triste pandilla de isleños. Todo lo contrario persigue Magallanes, o sea hacer patente que un solo español bien armado, con su cota puesta hace frente a cien de aquellos miserables. Esta expedición de escarmiento iba, pues, exclusivamente a propagar a todas las islas el mito de la invulnerabilidad y de 1a cualidad semidivina de los españoles. Lo que pocos días antes fue mostrado como una diversión a los reyes de Massawa y Cebú, allá en su barco, esto es, que sobre una buena cota española podían dirigir sus golpes con miserables lanzas y dagas veinte indígenas a la vez sin herir al español, iba ahora a ser demostrado en mayor escala al rajá rebelde. Con esta mira psicológica sale ahora el tan previsor con sólo sesenta hombres y admite la colaboración del rey de Cebú únicamente como espectador, rogándole que no se muevan de las embarcaciones él y sus guerreros, desde donde podrán presenciar cómo cinco docenas de españoles desbaratan a todos los jefes, rajás y reyes de aquellas islas.

¿Acaso el experto calculador se equivocó esta vez en sus cálculos? No hay tal. Históricamente considerada, no era de ningún modo un absurdo la proporción de sesenta españoles bien armados contra mil indios desnudos y con lanzas de hueso. Cortés y Pizarro conquistaron reinos enteros con cuatrocientos o quinientos hombres contra millares y millares de mejicanos y peruanos; al lado de tales empresas, la expedición de Magallanes a una isla del tamaño de la cabeza de un alfiler es, en verdad, un paseo militar. Que salió al campo de la lucha tan sin cuidado del peligro como otro gran nauta, el capitán Cook, que sucumbió en un combate con isleños no menos insignificantes, lo prueba sobradamente la circunstancia de que el fervoroso Magallanes antes de emprender una acción decisiva hacia comulgar a la tripulación, y nada semejante dispone esta vez. Con un par de tiros y otro par de mandobles, los pobres muchachos de Silapulapu volverán grupas como tímidos conejos. Sin verdadero derramamiento de sangre, la intangibilidad del señorío hispánico quedará gloriosamente asentada para siempre.

En esta noche de un viernes, el 26 de abril de 1521, al embarcarse Magallanes con sus sesenta hombres para atravesar el brazo de mar que separa ambas islas, los isleños pretenden haber visto sobre un tejado un pájaro negro desconocido, semejante a una corneja. Lo cierto es que de pronto, sin que nadie sepa por qué, todos los perros empiezan a aullar y los españoles, no menos supersticiosos que los hijos de la Naturaleza, se persignan, atemorizados. Pero, ¿cómo había de volver atrás, frente a un jefe desnudo y su pandilla, un hombre que había osado el viaje marítimo más grande, sólo porque se pone a graznar un cuervo?

Por desgracia de Magallanes, aquel jefe sin importancia tiene un aliado de primera calidad en la configuración de la playa. A causa de las apretadas rocas coralíferas, los botes no logran acercarse a la orilla, con lo cual no pueden los españoles, desde el principio, poner en juego lo más importante de su acción: el fuego de mosquetes y ballestas, que suele dispersar con un solo ruido a los indígenas. Sin pensar en cubrir su retaguardia, los sesenta hombres, con sus pesadas armaduras, saltan al agua. Los restantes permanecen en los botes. Magallanes va al frente, porque como buen pastor, no quería abandonar a su grey", escribe Pigafetta. Andan con agua hasta la cintura el largo espacio hasta la costa, donde la horda numerosa de los indios les espera aullando, dando voces y blandiendo los escudos. Y pronto chocan los dos frentes.

La más fidedigna de las diferentes descripciones del combate puede ser la de Pigafetta, que, seriamente herido por una flecha, perseveró cerca de su amado capitán. "Saltamos al agua ?dice? que nos cubría hasta el lomo, y tuvimos que chapotear hacia la playa, que estaba a dos buenos tiros de arco, mientras nuestros botes tenían que quedar atrás a causa de los arrecifes. En la playa encontramos mil quinientos de los isleños repartidos en tres grupos que, en medio de una gritería horrible, se precipitaron hacia nosotros? Dos de los grupos nos envolvieron por los flancos, y el tercero nos atacó de frente. Nuestro capitán dividió sus hombres en dos grupos. Nuestros mosqueteros y ballesteros hicieron fuego durante media hora desde los botes, pero nada consiguieron, porque sus balas, flechas y picas no podían, desde tan lejos, llegar a atravesar los escudos de madera y a lo sumo, herían en los brazos al enemigo. El capitán, viendo esto, dio en voz alta la orden de no tirar más ?es evidente que para ahorrar municiones en previsión del ataque final, pero no le oyeron. A1 ver los isleños que nuestros disparos les causaban poco daño o ninguno, ya sólo pensaron en el avance. Gritando cada vez más alto, saltando de un lado a otro para evitar nuestros tiros, resguardados por sus escudos, se nos acercaron en masa, arrojándonos flechas, picas y lanzas de madera con la punta endurecida al fuego, piedras y lodo hasta el punto de no darnos lugar para defendernos. A1gunos de ellos llegaron a arrojar alabardas con puntas de bronce contra nuestro capitán.

"Éste, para meterles el miedo en el cuerpo, envió alguno de los nuestros con orden de incendiar sus cabañas, lo cual los enfureció más. Acudieron algunos de ellos al incendio, que devoró veinte o treinta viviendas, y mataron a dos de nuestros hombres. Los isleños restantes, acrecentada su cólera, se precipitaron hacia nosotros. Al darse cuenta de que nuestro busto quedaba defendido bajo la cota, pero no las piernas, fueron éstas el objeto de sus golpes. A1 capitán le atravesaron el pie derecho con una saeta envenenada. Enseguida dio la orden de retroceder al paso. Pero casi todos nuestros hombres huían a la desbandada, de modo que sólo quedaron con él seis u ocho, y como cojeaba desde hacía años, nuestra retirada era más lenta. Expuestos por todos los lados a las lanzas y piedras que el enemigo arrojaba sobre nosotros, no había resistencia posible. No nos servían las bombardas que teníamos en los botes, porque lo superficial del agua en aquel sitio los obligaba a quedarse demasiado lejos. Ibamos retirándonos paso a paso, sin dejar de luchar un momento, y estábamos ya a un tiro de arco de la playa, con agua a la rodilla; pero los isleños no dejaban de seguirnos tercamente, cogiendo a su paso los venablos que antes nos habían lanzado; de manera que podían servirse de los mismos cinco o seis veces habían notado la presencia del capitán y él era su blanco preferido; dos veces dieron en su casco, que rodó al suelo. Pero él, con los pocos que le rodeábamos, mantenía su puesto sin intentar ya retroceder; Y así luchamos más de una hora, hasta que uno de los indios logró dar en la cara al capitán con un proyectil de caña. Encendido en cólera, Magallanes atravesó el pecho del atacante con su lanza; pero ésta quedó clavada en el cuerpo del muerto, y al intentar el capitán desenvainar la espada no pudo acabar su acción, porque una pica que le lanzaron le hirió en el brazo. Cuando los contrarios se dieron cuenta, precipitáronse a la vez contra él, y uno de ello le abrió tal herida de un lanzazo en la pierna izquierda, que le hizo caer de bruces. Enseguida, todos los indios se le echaron encima y le acribillaron con lanzas y otras armas. Y así quitaron la vida al que era nuestro espejo, nuestro consolador y fiel caudillo."

De este modo insensato acaba, en el momento más alto y magnífico de sus realizaciones el navegante más grande de la Historia, en una miserable escaramuza contra una horda de isleños desnudos. ¡Un genio que, cual Próspero, ha dominado a los elementos, venciendo todas las tempestades y sometiendo a los hombres, es vencido por un ridículo insecto humano llamado Silapulapu! Pero tan torpe desdicha sólo puede quitarle la vida, no la victoria; porque, estando ya coronada su empresa, después de un logro tan por encima de los demás, su destino individual es casi indiferente. Por desgracia, sigue de cerca la sátira a la tragedia: los mismos españoles que pocas horas antes miraban endiosados, por encima del hombro, al principejo de Mactán, se humillan ahora hasta tal punto que, lejos de ir por refuerzos y arrebatar el cadáver de su capitán a los que le mataron, mandan tímidamente un intermediario a Silapulapu para que tenga a bien devolverles el cuerpo, que pretenden recuperar a cambio de un par de cascabeles y de unos trapos de colores llamativos. Pero con gesto más airoso que el de los no muy heroicos compañeros de Magallanes, el desnudo triunfador desecha el tráfico. No será él quien venda por unos espejillos, abalorios y terciopelo de colores el cadáver de su enemigo. El trofeo vale más. A través de todo el archipiélago se ha divulgado ya que Silapulapu el Grande ha derribado al extranjero señor de rayos y truenos con la misma facilidad que se coge un pájaro o un pez.

Nadie sabe lo que hicieron aquellos míseros salvajes con el cadáver de Magallanes, a qué elemento dieron su parte mortal: si al fuego, a las olas o al aire devorador. Ningún testigo, ningún rastro de su tumba. Todo vestigio de aquel hombre que arrebató al océano infinito su último misterio, desapareció en el misterio de lo desconocido.

 

Capítulo

12

LA VUELTA SIN EL CAUDILLO 27 abril 1521 6 septiembre 1522

Ocho muertos dejaron los españoles en la lamentable escaramuza contra Silapulapu, una cifra insignificante en sí misma. Pero la pérdida del jefe señala aquel día como el de una catástrofe. Con la muerte de Magallanes se extingue el nimbo mágico que hasta entonces elevara a la categoría de una especie de dioses a aquellos hombres blancos. El poder y el éxito de estos conquistadores descansaban, principalmente, en su apariencia de invulnerabilidad. Con toda su valentía, su resistencia, sus virtudes guerreras y la eficacia de sus armas, ni Cortés ni Pizarro hubieran logrado vencer las docenas y centenas de millares de adversarios sin acompañarlos como ángel guardián el mito de la invencibilidad y la invulnerabilidad. Aquellos seres extranjeros, omniscientes, que hacían salir de las bordas el rayo y el trueno, eran invulnerables a los ojos de los aturdidos indígenas; no se podía llegar a su cuerpo, porque sus corazas rechazan las flechas; ni se podía huir de ellos, porque las bestias gigantes de cuatro patas, con las cuales parecían formar un solo ser, corrían más que el hombre más ligero. Nada prueba tan conmovedoramente el poder de este mito como un episodio de aquella jornada de las conquistas. Cuentan que un español murió ahogado en un río. Tres días tuvieron los indios el cadáver en una cabaña; lo miraban, pero sin atreverse a tocarlo, por temor de que el dios forastero se despertara. No recobraron el valor hasta que el cadáver empezó a descomponerse. Entonces se reunieron y estalló la sublevación. Un solo dios blanco que vieran vulnerable, una sola derrota de los invencibles y, desaparecido el mito de la misión divina de aquellos seres, se rompía con todo.

Y ahora se repetía el caso. El rey de Cebú se sometió sin reparo al dueño de rayos y truenos. Adoptó dócilmente su fe, pareciéndole que su dios debía ser más fuerte que los ídolos de madera que hasta entonces había venerado. Abrigó la esperanza de ser dentro de poco el más poderoso monarca de todas las islas adyacentes, por el solo hecho de estrechar lazos de amistad con aquel sobrenatural ser extranjero. Pero ahora ha visto ?Y han visto también sus mil guerreros? desde las embarcaciones como Silapulapu, un jefe sin importancia, ha vencido a los dioses blancos. Ha visto con sus propios ojos como han perdido la fuerza el rayo y el trueno que lamentablemente disponían, y como los supuestos invulnerables huían lamentablemente en sus armaduras centelleantes, perseguidos por los guerreros desnudos de Silapulapu, y como éstos aullaban de júbilo ante el cadáver del señor de los blancos.

Una decisión enérgica hubiera podido, tal vez, salvar en el último extremo el prestigio de los españoles. Un caudillo sin miedo que, con los doscientos hombres, se presentara en Mactán reclamando el cadáver de su eminente jefe e imponiendo al cabecilla desnudo y a su ralea una disciplina de hierro, hubiera producido seguramente en el rey de Cebú un escalofrío saludable. Pero don Carlos Humabon ?que ya no llevará más este nombre imperial- ve, por el contrario, que los vencidos mandan al jefe unos emisarios que se humillan hasta pedir el cuerpo de Magallanes a cambio de mercancías y dinero. Y he aquí que el insignificante caudillo de la insignificante isla Mactán provoca a los dioses blancos y despide con cajas destempladas a sus intermediarios.

La pusilánime conducta de los dioses blancos no puede menos de mover al rey Carlos Humabon a singulares reflexiones. Experimentó tal vez algo parecido a la amarga decepción de Calibán con Trínculo, al reconocer que, en su presentación, había tomado por un dios a quien sólo era un pedante y un charlatán. Por lo demás, lo s españoles dieron motivos bastantes para echar a perder la buena inteligencia que los uniera con los isleños; Pedro Mártir recibe de un testigo ocular (qui omnibus rebus interfuit), probablemente del genovés Martín, noticias harto verosímiles: “Feminarum stupra causam perturbationis dedisse arbitrantur.” No pudo Magallanes, a pesar de emplear la máxima energía, impedir que los marineros, tras la abstinencia de un viaje varios meses, acosaran a las mujeres de sus anfitriones; en vano intentó poner freno a su violencia, y hasta castigar a su propio cuñado Barbosa por quedarse durante tres noches en tierra; sin embargo, el desenfreno parece que se agravó después de su muerte. Lo cierto es que concluyó, por parte del rey, todo respeto a los alardes guerreros de aquellos, a la par que toda consideración para los desmandados intrusos. Algo debieron de barruntar los españoles de la creciente desconfianza, pues se los ve de pronto, impacientes. Cargan lo antes posible con el género y la ganancia y salen aprisa con rumbo a las islas de la especiería. La idea de Magallanes de mantener las islas Filipinas, con paz y amistad, para el reino y para la fe, no tiene con tanto cuidado a sus sucesores, más mercantilizados: sólo piensan en poner punto final a la expedición y apresurarse al regreso. Pero, para cerrar tratos especiales, los españoles necesitan apremiantemente de Enrique, el esclavo de Magallanes, por ser el único que, conociendo el lenguaje, puede servir de intermediario para relacionarse con los indígenas y cambiar artículos; y en este detalle se hará patente la diferencia en el don de gentes gracias al cual, el más humano, Magallanes, consiguió siempre sus mayores éxitos. Hasta el último momento perseveró cerca de él en la lucha el fiel Enrique. Herido, lo han llevado a bordo, y ahora yace inmóvil en su camastro, ya sea a causa de las heridas, o bien porque, con la lealtad de un animal fidelísimo, lamenta la pérdida de su querido amo y se retira tercamente. Pero he aquí que Duarte Barbosa, elevado a jefe supremo por la tripulación, junto con Serráo después de la muerte de Magallanes, comete la necedad de ofender mortalmente al criado de éste en su lealtad canina. Atropéllale, echándole en cara que se crea con derecho a hacer el holgazán, como si no fuera esclavo por el mero hecho de haber muerto su amo. Una vez en España, será entregado a la señora de Magallanes, y, entre tanto, que esté sobre aviso. Si no se pone en pie inmediatamente para ayudar como intérprete en la venta de los géneros, su piel catará el látigo de los perros. Enrique, que es de la peligrosa raza de los malayos, los cuales nunca perdonan una ofensa, oye la provocación con los ojos nublados. No hay duda de que está enterado de que Magallanes le declara libre en el testamento desde el momento de su muerte, además de asignarle un legado. Calla, mordiendo el freno: esos desfachatados sucesores de su gran señor y guía, que le quieren hurtar la libertad y no comprenden su dolor, han de pagar caro el haberle llamado perro y el tratarle como a tal.

El astuto malayo nada deja traslucir de sus pensamientos de venganza. Dócilmente va hacia el mercado, dócilmente cumple su oficio de trujamán en la compra y venta; pero luego emplea en algo más osado su arte de intérprete. Persuade al rey de Cebú de que los españoles ya han tomado las medidas para llevarse a sus barcos las mercancías pendientes de venta y desaparecer a la mañana siguiente, bien henchidos. Si el rey da un golpe de mano rápido, no solamente podrá apoderarse fácilmente de todos los géneros sin tener que dar nada en cambio, sino también saquear los tres magníficos barcos aprovechando la ocasión.

Probablemente, Enrique no hizo más que expresar, con su proposición vengativa, los íntimos deseos del rey de Cebú. Sus palabras son bien acogidas, Y entrambos preparan el golpe con toda cautela. En apariencia, el cambio de mercancías va siguiendo activamente su curso; el rey de Cebú se presenta a sus nuevos hermanos de religión más cordial que nunca, y Enrique parece haberse enmendado rápidamente de su pretendida holgazanería desde que Barbosa le ha mostrado el látigo. Tres días después de la muerte de Magallanes, el 1° de mayo, su rostro llega a manifestarse radiante en el acto de comunicar a los capitanes el más halagüeño de los mensajes. Por fin, el rey de Cebú ha recibido las preseas que prometió enviar a su señor y amigo el rey de España. Para festejar la entrega de las mismas tenía ya convocados a sus capitanes y súbditos; que se dignaran, pues, los dos capitanes Barbosa y Serráo preséntanse, junto con los más distinguidos, para recibir los regalos destinados al rey Carlos de España da la propia mano del rey Carlos de Cebú.

Si Magallanes hubiera vivido aún, recordaría, sin duda, sus años de campaña índica, cuando el rey de Malaca le hizo una invitación no menos amable y, a una señal, fueron asesinados los capitanes que, sin temer nada, habían desembarcado, debiéndose a su valor personal la salvación del homónimo de Serráo. Pero ahora, el otro Serráo y Duarte Barbosa caen ingenuamente en la trampa del nuevo hermano. Aceptan la invitación, y una vez más se confirma que los que leen en los astros nada saben de su propio destino. Porque también el astrólogo Andrés de San Martín, olvidado, según parece, de hacer su propio horóscopo, se junta con los otros dos, mientras que a Pigafetta, de por sí tan curioso, le salva el flechazo que recibió en el combate de Mactán. Se queda en su camastro y así escapa de la muerte.

Veintinueve son los españoles que van a tierra, y entre ellos se encuentran, por desgracia, los mejores, los más expertos guiadores y pilotos. Los reciben ceremoniosamente en un bosquecillo de palmeras donde el rey ha concertado un festín. Numerosos grupos de indígenas, en apariencia atraídos por la curiosidad, se han reunido allí y con las mayores muestras de cordialidad rodean a los huéspedes españoles. La asiduidad con que el rey conduce a los españoles a la sombra de las palmeras no es muy grata al piloto Juan Carvalho, que comunica su sospecha a Gómez de Espinosa, maestre de armas de la flota, y van ambos sin tardanza al barco con objeto de que acuda el resto de la tripulación para que, en el caso de una traición, pudieran prestar servicio. Con un ingenioso pretexto se abren paso entre la multitud y van remando hasta sus barcos. Pero no bien llegan a bordo, se elevan unos gritos de horror desde tierra. Exactamente como un día en Malaca, los indígenas se han precipitado sobre los que estaban reunidos en el festín, ajenos a toda malicia, antes de que tengan ocasión de defenderse. El solapado rey de Cebú se ha deshecho, mediante un solo golpe, de todos sus huéspedes, quedando él dueño de las mercancías y armas desembarcadas, así como de las invulnerables cotas de los españoles.

En los barcos, los camaradas, paralizados de miedo en los primeros momentos, obedecen luego a la orden de Carvalho, a quien el asesinato de los otros dos capitanes ha elevado en un minuto al más alto mando. Avanzan hacia la playa y dirigen todos los cañones hacia la ciudad. De un flanco a otro retruenan las descargas. Tal vez Carvalho espera todavía, con esta represalia, salvar al menos un par de camaradas, o bien obedece a una explosión de cólera. Pero apenas las primeras balas han dado contra las cabañas, se desarrolla una de esas escenas terroríficas que a todos los que sobreviven les quedan para siempre grabadas en su pavorosa realidad. Uno solo de los agredidos, el más valiente de todos, João Serrão ?misteriosa coincidencia con el caso de Francisco Serrão en la playa de Malaca?, ha logrado escapar de las manos de los asesinos, huyendo hacia el mar. Pero los adversarios le siguen, le rodean, se apoderan de él. Indefenso en medio de sus asesinos, da voces con sus últimas fuerzas para que le oiga la flota y dirijan el fuego de artillería a la ciudad, con lo que sus verdugos le soltarían, tal vez. Y les dice que le manden pronto un bote cargado de mercancías, para su rescate.

Llega un momento en que parece que las negociaciones prosperan. Ya se ha fijado el precio para el rescate del más valiente de los capitanes: dos bombardas y unas toneladas de cobre. Pero los indígenas exigen que las mercancías les sean puestas en la orilla, y Carvalho teme que los belitres, los cuales ya han desmentido una vez su fidelidad, se apoderen no sólo de los géneros, sino también del bote. Aunque pudiera ser, igualmente, que el ambicioso colega no se avenga a ceder su categoría de almirante, caída del cielo; que no se sienta dispuesto, en fin, a tener que servir como simple piloto a Serrão, luego que le hayan rescatado.

En la playa está sangrando un hombre, mojada la frente con el sudor de la agonía, bajo el ataque mortífero de la banda que le rodea. Su única esperanza son las tres naves españolas bien tripuladas, henchidas de velas, que se levantan a un tiro de piedra. En el pretil del barco abanderado está precisamente su compatricio Carvalho, su compadre y entrañable amigo, con quien ha compartido mil peligros y que lo sacrificará todo antes que dejarlo en el atolladero. Los gritos que al mismo dirige son incesante: le pide que mande los géneros que sirvan para su rescate. Devora con los ojos el bote que se balancea a un lado del barco. Pero, ¿por qué titubea Carvalho y deja pasar tanto rato? De pronto, el navegante Serrão, conocedor de todas las maniobras de a bordo, ve con ojos febricitantes que izan el bote. ¡Traición! ¡Traición! Lejos de salir hacia él con el bote salvador, las naves empiezan a moverse, a dirigir su rumbo al mar abierto. El primer barco ha virado, hinchando el velamen bajo la brisa. El infeliz Serrão no puede, no quiere comprender en el primer momento que los propios camaradas, a un mandato de su entrañable amigo, le dejan cobardemente a disposición de unos asesinos. Con la voz ya más apagada, increpa por última vez a los que le abandonan; suplica, implora, se desespera en una angustia de muerte. Cuando ve que realmente las naves han evolucionado ya hacia la rada y le dejan allí, con el último aliento de su pecho oprimido por las ataduras, levanta un grito desacordado por encima de las ondas, maldiciendo a Juan Carvalho, diciéndole que el día del Juicio le exigirá ante Dios responsabilidades por su villanía.

Esta maldición será su última palabra. Los infieles camaradas han de presenciar desde cubierta como su comandante cae asesinado. Y, cuando no han dejado todavía el puerto, rueda al suelo la cruz monumental entre alaridos de júbilo. Todo lo que había edificado Magallanes durante semanas de la más revisora y paciente labor, se derrumba por la sandez de sus sucesores. Cubiertos de ignominia, con el grito de maldición de su capitán moribundo en los oídos y la provocación de la danza de los salvajes a sus espaldas de fugitivos, aléjanse los españoles, como delincuentes perseguidos, de la isla que pisaron como dioses al mando de Magallanes.

Triste cortejo el de esos que se salvan ahora del desdichado puerto de Cebú. De todos los golpes del destino que la flota sufrió desde la salida, fue el más infausto el que les cayó encima en aquella isla. Además del insustituible caudillo Magallanes, han perdido los capitanes más calificados: Duarte Barbosa y Joáo Serráo, los cuales, conocedores de la costa Indica oriental, tan útiles hubieran sido en ese viaje de vuelta a España; la muerte de Andrés de San Martín los privó de un nauta experto; la huida de Enrique, de su intérprete. Si se cuenta hombre por hombre la tripulación, quedan solamente ciento quince de los doscientos sesenta y cinco que subieron a bordo en Sevilla, y este escaso equipo ya no permite tripular convenientemente las tres naves. Será, pues, mejor que, para mantener la eficacia náutica de los otros dos galeones, sea sacrificada una de las tres naves. Toca la suerte del preparado naufragio al Concepción, un barco que ha recorrido ya mucha agua y del cual es de temer que no aguantaría el difícil trecho que le queda por hacer. Esta sentencia de muerte se cumple cerca de la isla Bohol. Desde el más ínfimo clavo o cabo de cuerda, todo lo que puede utilizarse es subido a los otros dos barcos. La escueta carabela es pasto de las llamas. Con la mirada sombría, sin pestañear, ven los marinos como la llama, pequeña al principio y vacilante, se ensancha luego en unos brazos de fuego que abarcan toda la nave que fue su hogar y su patria durante dos años, ahora convertida en humo y carbón, hundiéndose en un mar extraño y hostil. Cinco alegres barcos, llenos de gallardetes con su tripulación completa, habían salido del puerto de Sevilla. La primera víctima fue el Santiago, que se estrelló en la costa patagónica. En el estrecho de Magallanes perdieron miserablemente el San Antonio; ahora se consumía el Concepción. Sólo dos barcos, los últimos, navegan al presente en lo desconocido: el Trinidad, un día la nave abanderada de Magallanes, y aquel otro insignificante, el Victoria, cuya gloria será el haber hecho bueno su nombre y haber llevado a la inmortalidad la idea de Magallanes cuando él ya no era de este mundo.

Que a esa flota tan mermada le falta el verdadero guía, el probado almirante Magallanes, se verá pronto en el indeciso curso que siguen los barcos. Como ciegos, como deslumbrados, andan a tientas por el archipiélago de la Sonda. En vez de dirigirse rectamente al Sudoeste, hacia las Molucas, que están cerca, divagan por el Noroeste en zigzag, ya adelantando, ya retrocediendo. Medio año pasan entre aquellos laberintos que los llevan a Mindanao Y hasta Borneo. Pero, con más evidencia aún que en esta inseguridad náutica, se nota la ausencia del guía nato en el relajamiento de la disciplina. Bajo la férula de Magallanes no existían los caprichosos pillajes en tierra, ni piratería alguna en el mar. Manteníase rigurosamente el orden, y de todo se llevaba cuenta: ni un momento dejó Magallanes de considerar que, como almirante de su rey y señor, tenía el deber de mantener el honor del pabellón español hasta en los más remotos extremos de la tierra. En cambio, su lamentable sucesor, Carvalho, que debe únicamente el almirantazgo al asesinato de sus superiores por los rajaes de Mactán y Cebú, no conoce escrúpulos morales. Ejerce descaradamente la piratería y se apodera de lo que se le presenta. Canoa que le pase cerca será sencillamente acosada y saqueada; el dinero que exige Carvalho como rescate en tales ocasiones, se lo mete casi entero en su bolsa, sin reparo. Contador y tesorero a la vez, no lleva contabilidad, y mientras Magallanes, respetuoso con la disciplina, no había admitido nunca a bordo una mujer, él se atribuye nada menos que tres, que iban en una de las lanchas apresadas, con pretexto de llevarlas como presente a la reina de España. Los tripulantes acaban por juzgar harto chocante el proceder de este bajá. "Vedendo the non faceva cosa the Posse in seraitio del re" ?o sea: que no miraba por la hacienda de su rey, sino por su lucro personal?. Destituyen al bajá y ponen en su lugar el triunvirato formado por Gómez de Espinosa como capitán del Trinidad, Juan de Elcano como capitán del Victoria, y el piloto Poncero en calidad de gobernador de la Armada.

Pero nada se gana con los insensatos rodeos y zigzags de las dos naves. Es cierto que los extraviados consiguen sin dificultad, con el trueque y el saqueo, renovar sus provisiones en aquellos parajes densamente poblados, pero la misión verdadera que llevó a Magallanes a la travesía cae en olvido; por fin, un golpe de mano feliz les aclara la salida del archipiélago de la Sonda. Uno de los prisioneros hechos en una de las embarcaciones pirateadas es originario de Ternate y, por lo tanto, debe conocer el camino de su patria, el de las ansiadas islas de las especias. Y así es. Conoce también a Francisco Serráo, el amigo de Magallanes. Por fin hallan quien los saque del laberinto. Vencida la última prueba, pueden ir directamente a su objetivo, al cual se acercaron repetidamente durante aquellas semanas locas, rodeándolo como si no tuvieran ojos. Ahora, un par de días de descansada navegación los llevan más adelante que seis meses de desatinados tanteos. El 6 de noviembre ven elevarse a lo lejos unos montes, las alturas de Ternate y Tidore. Las benditas islas están allí.

"El piloto que nos guió ?escribe Pigafetta? nos dijo que eran las Molucas. Todos dimos gracias a Dios y, para demostrar nuestro gozo, disparamos la artillería. No es de extrañar nuestra dicha, ya que habíamos empleado casi veintisiete semanas en la busca de las islas, pasando, rodeando y cruzando entre otras innumerables, hasta dar con ellas.”

El 8 de noviembre de 1521 tocan tierra en Tidore, una de las cinco benditas islas con las cuales Magallanes soñó toda la vida. Como el Cid, que, ya muerto, es puesto aún por sus hombres sobre su fiel caballo y gana su última batalla, así alcanza la energía de Magallanes la gesta triunfal más allá de su muerte. Las naves, los tripulantes, están ante aquella tierra que, cual otro Moisés, les había prometido, sin que a él le fuera dado pisarla. Pero tampoco vive el que, a través de los océanos, le había llamado y animado a la realización de la idea. En vano Magallanes hubiera corrido con los brazos abiertos a quien le señaló el camino alrededor del mundo. Serráo había muerto pocas semanas antes, se supone que envenenado. Los dos primeros que pensaron en la vuelta al mundo pagaron con su muerte prematura el galardón de la inmortalidad. Las descripciones entusiastas de Serráo se demostrarán, aparte eso, bien fundadas. No solamente el paisaje es magnífico y rebosante de toda natural riqueza, sino que también los pobladores se prodigan en amabilidad. "¿Qué decir de estas islas? ?escribe Maximiliano Transilvanus en su carta famosa?. Aquí todo es sencillo y a nada se da tanto valor como la paz, la comodidad y las especias. La más excelente de estas cosas, sin embargo, y tal vez el mayor bien de la patria, o sea la paz, parece como si, huyendo de la maldad de los hombres de nuestro mundo, se hubiera refugiado aquí". El rey, de quien Serrao había sido amigo y sostén, se acerca diligente en un palanquín de seda y recibe como hermanos a los recién llegados. Cierto que a bordo de la nave, y siendo un creyente mahometano, se tapará las narices para no percibir el olor de la odiosa carne de cerdo; pero esto no impide que ese rey Almanzor abrace a los cristianos con fraternal afecto. "Venid ?los consuela? y gozad, después de tanto vagar por las aguas en medio de peligros, los beneficios de la tierra. Reparad vuestras fuerzas y pensad solamente en que habéis llegado al reino de vuestro propio señor." Voluntariamente reconoce la soberanía del rey de España, y al contrario de los otros caudillos que habían hallado en su ruta, los cuales sólo pensaban en sacar lo que podían de ellos, este generoso príncipe los insta a que cesen en sus dones, pues "no posee nada con que poder corresponder dignamente a sus ofrendas".

¡Venturosas islas! Todo lo que ansiaron los españoles lo reciben aquí a manos llenas, las más preciosas especias, los víveres y los granos de oro; y lo que el amable rey no puede proporcionarles lo requiere de las islas vecinas. Los marineros se sienten dichosos, después de haber pasado tantas penas y privaciones; compran locamente más y más especias y preciosas aves del paraíso ?comperanno garofani a furia?, dando, en cambio, sus camisas y fusiles, ballestas, capas y correajes, porque ya poco tardarán en volver a sus hogares, y serán como ricos, gracias a los tesoros que han pagado ridículamente baratos. No hay duda de que algunos preferirían seguir el ejemplo de Serráo, quedándose en aquel paraíso. Ya a punto de zarpar, buen número de ellos acogen con palmas la noticia de que solamente uno de los barcos parece apto para resistir el viaje de vuelta, y que unos cincuenta marineros del centenar aproximado deberán quedarse en las felices islas mientras se recompone el otro barco.

El condenado a involuntario estancamiento es la vieja nave almiranta de Magallanes, el Trinidad, aquella "capitana” que salió primero de Sanlúcar, la que cató antes el agua del estrecho de Magallanes y del Pacífico, siempre en la delantera, como si se personificara en ella la voluntad de su señor y guía. Ahora que el caudillo no está allí, su barco se resiste a navegar; como perro fiel que no se deja arrancar del pie de la fosa de su amo, el Trinidad se niega a continuar más allá de la meta propuesta por Magallanes. Ya a bordo las provisiones de agua, de comestibles y los numerosos quintales de especias; izada la bandera de Santiago con la inscripción: "Este es el signo de nuestro feliz regreso”; ya tersas las velas, el viejo barco carcomido gime, de pronto, separadas las junturas. Entra el agua en el barco sin que nadie sepa descubrir la vía, y es preciso descargarlo a toda prisa para salvar su contenido. Pero se emplearán semanas y semanas en la reparación, y en tanto, el barco gemelo, único que queda de la vieja Armada, no puede estar ocioso; ahora que les es propicio el viento este, en el tercer año de sus andanzas, es hora de mandar al Emperador el mensaje anunciándole que Magallanes ha cumplido su promesa al precio de la vida y que queda realizado, bajo la bandera española, el hecho cumbre de la historia de la navegación. Se decide unánimemente que el Trinidad intente, una vez reparado, atravesar de regreso el océano Pacífico para alcanzar por el Panamá la España ultramarina, mientras el Victoria, a favor de los vientos favorables, hace rumbo de regreso por Occidente, a través del océano Indico.

Los comandantes de los dos barcos que ahora, al cabo de año y medio de vida común, están frente a frente a punto de darse el adiós ?Gómez de Espinosa y Sebastián de Elcano?, lo estuvieron ya otra vez en momentos decisivos. Aquella noche memorable de la sublevación en Puerto San Julián, el entonces maestre de armas Gómez de Espinosa fue el más fiel apoyo de Magallanes; su audaz puñalada reconquistó el Victoria, salvando así la continuación de la ruta. Sebastián de Elcano, entonces un joven "sobresaliente" vasco, se puso, en cambio, aquella noche al lado de los amotinados: con su ayuda, los otros rebeldes dominaron el San Antonio. Agradecido Magallanes, recompensó al fiel Gómez de Espinosa y perdonó, indulgente, a Elcano. Si el destino hiciera justicia, Espinosa debiera ser ahora elegido para dar remate a la gloriosa gesta de Magallanes, puesto que fue quien aseguró el triunfo de su idea. Pero, más generoso que justo, el destino se inclina en favor de los que no lo tienen merecido. Mientras Espinosa con sus compañeros de glorias y fatigas, tripulantes del Trinidad, al cabo de indecibles andanzas y sufrimientos caerá sin fama y la Historia, ingrata, se olvidará de él, coronarán las estrellas con un destello de inmortalidad la frente de quien precisamente quiso poner obstáculo a la acción de Magallanes, del agitador un día contra el almirante: Sebastián de Elcano.

¡Impresionante despedida en el otro extremo de la tierra! Cuarenta y siete hombres, oficiales y marineros, van a emprender el regreso en el Victoria, y cincuenta y uno permanecerán en Tidore al cuidado del Trinidad. Hasta el momento de la partida, los destinados a quedarse alternan con sus camaradas a bordo, dándoles el último abrazo, confiándoles cartas o encomendándoles algo para su hogar. Los años de penas y fatigas en común han hecho de aquella tripulación de la vieja Armada, constituida por individuos de todas las razas y lenguas, un todo indivisible. No hay diferencias ni disputas que los separen. Por fin, cuando el Victoria leva anclas, los que se quedan no se resignan a despedirse todavía. En los botes o en embarcaciones malayas reman junto a la nave que parte pausadamente, para verlos una vez más, para dar voces cordiales. Hasta que llega el crepúsculo y sus brazos desfallecen, no se deciden a volver a la playa, junto a la cual les llega aún el ruido de las salvas de los cañones, último adiós de sus hermanos. Y así empieza el Victoria, única nave que queda de la flota de Magallanes, su inolvidable viaje da regreso.

Esta vuelta a la patria del humilde y zarandeado velero, al cabo de un viaje de años bordeando la mitad de la tierra, pertenece a las grandes gestas de la navegación; honrosamente expió Elcano su culpa cerca de Magallanes, puesto que convirtió en realidad el proyecto del caudillo muerto. Nada hay muy difícil, a primera vista, en el encargo de gobernar un barco desde las Molucas a España. Porque ya desde principios de siglo, las flotas portuguesas van y vienen periódicamente; un viaje a la India que, hace diez años, bajo Albuquerque y Almeida, era todavía un vuelo a lo desconocido, requiere ahora únicamente el conocimiento de las rutas, y un capitán encuentra, si es necesario, en cada estación de la India o de Africa, en Malaca, Mozambique y Cabo Verde, unas factorías portuguesas y pilotos y funcionarios portugueses, así como provisiones y material de repuesto. Pero la inmensa dificultad que Elcano ha de arrostrar consiste precisamente en que no sólo debe prescindir de estas estaciones de abastecimiento, portuguesas, sino evitarlas dando grandes rodeos. En Tidore, la gente de Magallanes se ha enterado, por un refugiado portugués, de que el rey Manuel ha dictado orden de apresamiento contra los barcos de Magallanes y que sean hechos prisioneros sus tripulantes, considerándolos como piratas. Elcano tiene, pues, a su cargo aquel viejo barco, cargado de mercancía, del cual, casi tres años antes, en el puerto de Sevilla, había afirmado el cónsul Alvares que no iría en él ni a las Canarias. Ahora irá nada menos que a través de todo el océano Indico de un tirón, y doblará luego el cabo de Buena Esperanza y, después, toda el Africa, sin hacer escala ni en un Puerto siquiera, propósito que conviene seguir sobre el mapa para comprender en toda su magnitud la importancia del encargo, y que hoy todavía, después de cuatrocientos años, significaría algo extraordinario para un moderno transatlántico equipado con la más perfecta maquinaria.

Este sin par salto de león desde el archipiélago malayo a Sevilla comienza ?fecha memorable? en 15 de febrero de 1522. Salen de un Puerto de la isla de Timor. Elcano ha cargado víveres y agua y fiel al espíritu previsor de su difunto maestro, ha mandado calafatear y reparar la embarcación antes de ser juguete incesante de los vientos y de las ondas durante meses y meses. En los primeros días, el Victoria no se aparta todavía de las islas, columbrando allá el verdor tropical y los contornos de las montañas. Pero la estación está muy avanzada para que puedan permitirse un descanso, y Elcano ha de aprovechar el viento que sopla del Este: sin hacer escalas, deja atrás el Victoria aquellas atractivas islas, muy a disgusto del insaciable Pigafetta, que no ha visto aún bastantes "cosas prodigiosas". Para matar el aburrimiento se hace dar noticias de aquellas islas que ven alborear por los indígenas que han tomado con ellos ?diecinueve, junto a los cuarenta y siete tripulantes europeos?, y los atezados isleños le refieren los cuentos de Las mil y una noches. En la isla que allá se ve viven unos seres humanos no más altos de un palmo, pero con las orejas tan grandes como todo el cuerpo, una de las cuales les sirve por la noche como de colchón, y la otra, de manta. La islita de más allá tiene mujeres por únicos pobladores y ningún hombre se atrevería a poner el pie en ella, lo cual no impide que tengan hijos, fecundadas por el viento; si el recién nacido era niño le daban muerte, pues sólo dejaban vivir y prosperar a las niñas. Pero, poco a poco, desaparecen en la colina azul hasta las últimas islas descritas por los malayos con adornos de su cosecha, al buen Pigafetta, y sólo el océano abierto rodea la nave con su inmutable azul. Durante semanas y semanas ven, a través del vacío del océano Indico, cielo y mar en una monotonía fastidiosa y terrible. Ni un hombre, ni un barco, ni una vela, ni un sonido; siempre azul, azul, y el vacío, el vacío de una llanura infinita.

Ninguna voz les llega de fuera, ni ven más rostros que los de los compañeros durante semanas y semanas. Pero, de pronto, sale del escondido seno del barco el conocido espectro de ojos hundidos y cara descolorida: el hambre, que ya había sido su compañera terriblemente fiel en el océano Pacífico. Implacable, torturadora y asesina de viejos camaradas, debe de haberse colado a bordo sin ser vista, y ahora aparece entre ellos, provocativa, codiciosa, y escudriña sus semblantes alterados. Se ha presentado la imprevista catástrofe que destruye todos los cálculos de Elcano. Sus hombres han subido a bordo víveres para cinco meses, especialmente mucha carne. Pero no encontraron sal en Timor, y bajo el sol índico abrasador, la carne, insuficientemente salada, empieza a corromperse y se ven obligados, para librarse de la pestilencia de aquella carroña, a echar al agua toda la provisión. Sólo les queda el arroz. Arroz y agua, agua y arroz y siempre igual; cada vez menos arroz, y el agua, más escasa y mala para beber, semana tras semana. Se presenta de nuevo el escorbuto y, una vez más, la muerte se cierne sobre la tripulación. A principios de mayo la plaga se ha hecho tan terrible que una parte de los tripulantes insiste en que se cambie de rumbo y, una vez en el próximo Mozambique, se confíe el barco a los portugueses, antes que continuar un viaje que los hará morir de hambre sin remisión.

Pero, con el mando, se ha infiltrado también, en el que un día fue agitador, algo de la acerada voluntad de Magallanes. El mismo Elcano, que un día, en calidad de subalterno, quiso forzar al regreso a sus conquistadores, hoy exige a los que están bajo sus ordenes que aguanten hasta el extremo de su valentía, y consigue doblegarlos a su voluntad. "Ma inanti determinnamo tutti morir che andar in mano dei portoghesi" ?Decidimos antes morir que entregarnos a los portugueses?, como podrá comunicar con orgullo más tarde al Emperador. Un intento de abordaje en las costas africanas del Este resulta inútil; no encuentran ni agua ni frutos en la tierra pelada; sin poder mitigar su necesidad mortal han de reanudar el funesto viaje. En el cabo de Buena Esperanza, al que instintivamente dan el viejo nombre de cabo de las Tormentas, los asalta una furiosa tempestad que arranca el palo de proa y rompe el palo mayor. Reparan laboriosamente el desperfecto lo mejor que pueden los ya vacilantes marineros; lentamente, con dificultad, gimoteando, se arrastra el barco, como un herido, a lo largo de la costa africana, rumbo al Norte. Pero ni en la tempestad ni en la calma, ya sea de día o de noche, se aparta de ellos el hórrido verdugo que los provoca con sus muecas: el espectro gris del hambre. Provocativo, en efecto, porque esta vez ha imaginado otro martirio más diabólico todavía. No están ahora vacías las bodegas hasta las últimas migajas, como cuando, en tiempos, surcaban el Pacifico. Esta vez, el vientre de la nave va henchido hasta los topes. Setecientos quintales de especias lleva el Victoria: setecientos quintales, suficientes para sazonar sus más suculentas comidas miles y millones de hombres. La hambrienta tripulación disponía colmadamente de especias. Pero ¿se pueden mascar granos de pimienta con los labios resecos? ¿Se sustituye el pan con canela y moscada? Así como resulta una ironía cruel padecer sed en medio del mar provocativamente rodeado de moles de agua, de igual modo se convierte en tormento diabólico la miserable muerte de hambre a bordo del Victoria entre montañas de especias. Cada día se arroja al mar algún apergaminado cadáver humano. Treinta y uno de los cuarenta y siete españoles, y tres de los diecinueve indígenas, quedan en total cuando el cansado barco se acerca, por fin, a las islas de Cabo Verde el día 9 de julio, después de cinco meses de navegación ininterrumpida.

Cabo Verde es colonia portuguesa, y el establecimiento de Santiago, un puerto portugués. Echar anclas aquí significa propiamente someterse a los rivales, a los enemigos; significa capitular a un paso de la meta. Pero las raciones durarán, a lo sumo, dos o tres días: el hambre no les deja otra alternativa que arriesgarse a una ficción. Elcano decide recurrir a ella y engañar a los portugueses, de los que no puede prescindir. Pero antes de mandar a tierra, en un bote, dos de sus hombres para la compra de víveres, toma juramento solemne a la tripulación de que no dará el menor indicio a los portugueses de que sean los supervivientes de la flota de Magallanes, en su vuelta al mundo. Se prescribe a los marineros la fábula de que, a consecuencia de una tormenta, su barco se ha visto empujado hacia los dominios españoles. El estado deplorable de la embarcación, el mástil roto, hacen verosímil el cuento, por suerte suya. Sin muchas preguntas, sin mandar a bordo ningún funcionario para comprobar los datos, animados de camaradería hacia los marineros, reciben los portugueses como huéspedes gratos a los que se acercan en el bote. Mandan agua y víveres frescos a los españoles en el bote, que hace varias veces el trayecto con rica provisión. El éxito de la astucia parece asegurado, el descanso, y más todavía la carne y el pan de que tanto tiempo carecieron, han reparado las fuerzas de los tripulantes, y casi pueden asegurar que no les faltará sustento hasta Sevilla. Una vez más, y ésta será la última, Elcano manda salir el bote para cargar arroz y frutas. Luego podrán cantar victoria. Pero ¡qué rareza! La embarcación no vuelve. Elcano se hace inmediatamente cargo de lo que ha sucedido. Alguno de los marineros habrá charlado más de la cuenta, o se le habrá ocurrido trocar algunas especias por aguardiente, del que carecen hace tanto tiempo, y los portugueses habrán reconocido la nave de su mayor enemigo Magallanes. Elcano avista una embarcación que costea, dispuesta a piratear la suya. Sólo con un acto de resuelta temeridad se puede salvar el regreso. Mejor que dejarse pillar, a un palmo de la meta, es dejar a algunos en tierra. ¡Pecho, y a coronar la expedición más osada que conoce la Historia! Aunque el Victoria cuenta solamente con dieciocho hombres a bordo, muy pocos, en verdad, para la entrada en España, Elcano manda levar anclas y montar las velas a toda prisa... Es una huida, pero una huida hacia la gran victoria, la definitiva.

Corto y arriesgado ha sido el alto hecho en Cabo Verde, pero a él debe Pigafetta, el apto cronista, en los últimos momentos de su estancia, uno de los prodigios por amor a los cuales emprendió la expedición: es el primero en observar allí uno de los fenómenos que por su novedad y significación le absorberá durante mucho tiempo. Los hombres que habían ido a la playa para comprar víveres traen, asombrados, la noticia de que en Cabo Verde es jueves, mientras a bordo les aseguraban que era miércoles. Tampoco Pigafetta sale de su asombro porque, precisamente, durante aquel viaje de casi tres años ha llevado su dietario con toda exactitud. Sin interrupción ha venido contando: lunes, martes, miércoles, etc., semana tras semana, año tras año. ¿Habrá pasado por alto un día? Pregunta a Francisco Albo, el piloto, que registra también todos los días la fecha en su libro de a bordo, y ¡tiene asimismo aquel día registrado como miércoles! En su vuelta al mundo, siempre con rumbo al Oeste, se les habrá escapado un día, por razones inexplicables, a los navegantes, y cuando Pigafetta comunica el singular fenómeno, el mundo ilustrado se admira. Se ha descifrado un secreto que ni los sabios de Grecia, ni Ptolomeo, ni Aristóteles, pudieron concebir, y que el impulso de Magallanes estaba destinado a revelar; al fin se ha probado, por la observación exacta, lo que Heráclito de Ponto había dado como hipótesis cuatrocientos años antes de Jesucristo: que la esfera del mundo no permanece fija en medio del universo, sino que se mueve con ritmo singular sobre su propio eje, y que quien la sigue en su giro navegando hacia Occidente puede arrebatar tiempo a la eternidad. Esta nueva experiencia, o sea que el tiempo y las horas son diferentes según las distintas partes del mundo, ocupa a los humanistas del siglo XVI, como al mundo actual la teoría de la relatividad. Pedro Mártir se hace aclarar inmediatamente el fenómeno por un "hombre docto", y lo comunica al Emperador y al Papa. Así, mientras los otros se contentan con fanegas de especias, precisamente el modesto caballero de Rodas saca de este viaje lo más valioso en la tierra: ¡un nuevo conocimiento!

Pero la nave no ha abordado todavía en las costas patrias. Se arrastra con sus gimientes junturas, lenta, cansada, prodigando las últimas fuerzas. ¡Pobre Victoria! De los camaradas que salieron en ella de las islas de las especias sólo quedan a bordo dieciocho, y de los ciento veinte brazos sólo treinta y seis trabajan, precisamente ahora que tanta falta hacen los puños vigorosos. Porque ya a punto de llegar al término, les amenaza una nueva catástrofe. Las viejas tablas del barco se desencajan y el agua se filtra sin interrupción. Intentan remediarlo por medio de una bomba. Pero no les sirve. Lo más eficaz sería echar al agua, como lastre inútil, algo de los setecientos quintales de especias, para evitar el calado excesivo. Pero Elcano no quiere desperdiciar los bienes del Emperador. Relévanse día y noche, al pie de las dos bombas, los hombres cansados en su áspera labor de presidiario, pero al mismo tiempo las velas exigen que alguien las cuide, y el timón alguien que lo gobierne, y alguien que ocupe los sitios de los vigías, y así sucesivamente las cien ocupaciones cotidianas. Llega el agotamiento. Los tripulantes andan titubeando como sonámbulos después de noches y más noches en sus puestos sin conocer el sueño, "tanto debizi quanto mai uomzni furono" ?cansados como jamás lo estuvieron seres humanos?. Así escribe Elcano al Emperador. A pesar de lo cual, cada uno ha de hacer doble o triple servicio. Lo hacen, exhaustos, con la esperanza de la llegada.

El 13 de julio salieron de Cabo Verde los dieciocho héroes; por fin, el 4 de septiembre de 1522, casi tres años después de haber salido del hogar, un grito ronco de júbilo parte de la gavia. Alguien ha avistado Cabo San Vicente. Para nosotros acaba la tierra europea en este cabo, mas para ellos, los navegantes que han rodeado el mundo, empieza allí Europa, el hogar. Va brotando de las ondas el áspero peñasco, a la par que el ánimo en su corazón. ¡Adelante! ¡Sólo les falta soportar dos días y dos noches! ¡Sólo dos noches y un día! ¡Só1o una noche y un día! ¡Sólo una noche, una sola noche... y por fin, todos se precipitan y se apiñan con un escalofrío de felicidad! Se ve una franja plateada que surca la tierra; el Guadalquivir, que desemboca en el mar junto a Sanlúcar. De aquí zarparon hace tres años los barcos conducidos por Magallanes: los cinco barcos con sus doscientos sesenta y cinco hombres. Ahora es un solo barco de poca monta el que llega. Ancla en la misma orilla, y dieciocho hombres salen de él dando traspiés, doblándoseles las rodillas, y besan la tierra patria, la bondadosa, la firme. En este 6 de septiembre del año 1522 fue coronado el hecho más grande de la navegación. El primer deber que cumple Elcano al pisar tierra es mandar una carta al Emperador con la mala noticia. Sus hombres cogen, entre tanto, con manos codiciosas el pan caliente y tierno que les brindan; hacía años que no habían sentido el tacto blando de la miga del bendito pan, ni gustado el vino, la carne, los frutos de su tierra. Mirábanlos todos impresionados, como si los vieran llegar del Hades. No quieren creer el prodigio. Pero apenas se han confortado caen pesadamente sobre la cama y duermen, duermen por primera vez toda una noche, como antaño, sin cuidados, con el corazón apretado contra el de su patria.

A la mañana siguiente, un remolcador arrastra al vencedor, al Victoria, Guadalquivir arriba, hacia Sevilla. Una vez rodeado el mundo, ya no tiene fuerzas el Victoria para luchar contra la corriente. Parten miradas y voces de sorpresa de los otros barcos, pues nadie tenía ya recuerdo del barco que, unos años atrás, había salido para lejanas tierras. Hacía tiempo que Sevilla, España, el mundo, creían naufragada, perdida, la flota de Magallanes, y ¡he aquí que el barco victorioso, trabajosamente, pero con orgullo, va hacia el triunfo! Ya resplandece allá la Giralda, el campanario blanco. ¡Sevilla! ¡Sevilla! Ya se dibujan la ribera, el Puerto de las Muelas, del cual salieron. Elcano da orden de hacer unas salvas de artillería, y éste será el último mandato de la expedición. Retumban las salvas anchamente sobre el río. Por las mismas bocas de acero fue saludada su partida de la patria. Los mismos cañones solemnizaron el descubrimiento del estrecho de Magallanes y el ignoto océano Pacífico; ellos elevaron voces de triunfo a la vista del desconocido archipiélago de las Filipinas y anunciaron con júbilo tronitoso el cumplimiento del proyecto de Magallanes a su llegada a las islas de las especias; ellos dieron el saludo de despedida a los camaradas de Tidore, cuando se vieron obligados a dejar atrás, en la lejanía mortal, el barco hermano. Pero nunca sus voces férreas sonaron con tal diafanidad y júbilo como ahora, que propagan este mensaje: "¡Estamos de vuelta! ¡Hemos cumplido lo que nadie alcanzó antes que nosotros! ¡Somos los primeros hombres de todos los tiempos que han dado la vuelta al mundo!

 

Capítulo

13

LOS MUERTOS NO TIENEN RAZÓN

 

La impetuosa multitud se reunió en la ribera sevillana "para contemplar ?según escribe Oviedo? este último barco famoso; la expedición en que tomó parte representaba la cosa más prodigiosa y el acontecimiento más grande que se hayan visto desde que Dios creó al primer hombre y el mundo". Conmovidos no pueden apartar los ojos de los dieciocho hombres del Victoria que salen del barco y, semejantes a esqueletos, pisan la tierra vacilantes, como contando los pasos, flacos, terroso el color, alotados y enfermos, héroes innominados que han envejecido diez años durante aquellos tres interminables. Rodéanlos, jubilosos y apiadados; les ofrecen manjares y bebidas reparadoras, les invitan en los hogares, les hacen contar una y otra vez sus aventuras, sus penalidades. Pero los repatriados rehúsan. Más tarde habrá tiempo de eso. Ahora han de cumplir la primera obligación, el voto que hicieron hallándose en trance mortal: la peregrinación a la iglesia de Santa María de la Victoria y de Santa Maria Antigua. El pueblo, guardando respetuoso silencio, forma una doble hilera para ver pasar a los dieciocho supervivientes, descalzos, vistiendo túnicas blancas, con sendos cirios encendidos, hacia la iglesia. Quieren dar gracias a Dios en el mismo sitio donde se despidieron, por la inesperada gracia de haberlos salvado de apuros tan grandes y devuelto a su patria. Vuelve el órgano a elevar sus acordes, levanta nuevamente el sacerdote, por encima de los penitentes arrodillados en la penumbra de la catedral, la custodia, semejante a un diminuto sol radiante. Cuando han dado las gracias al Todopoderoso y a los santos por haberlos salvado, tal vez formulen también los marineros una oración por todos los hermanos y camaradas muertos, a cuyo lado habían rezado, unánimes, tres años antes. ¿Dónde están los que entonces levantaban los ojos hacia Magallanes, su almirante, en el acto de desplegar la bandera de damasco que el rey le confiaba y el sacerdote bendecía? Ahogados en el mar, asesinados por los indios, muertos de hambre y sed, perdidos o prisioneros... Y ahora, ellos solos son los que, elegidos por el destino en sus inescrutables misterios, gozan del triunfo y reciben las bendiciones. En voz baja, y con los labios temblorosos, rezan los dieciocho la oración de los difuntos en memoria del caudillo y de los doscientos muertos de la Armada.

Con alas de fuego rueda, entre tanto, la noticia de su feliz arribo, y despierta en toda España, primero, la atención de todos, y luego la admiración sin limites. Ningún otro acontecimiento desde el viaje de Colón ha entusiasmado hasta tal punto a los contemporáneos. Toda inseguridad ha desaparecido. La duda, esta enemiga encarnizada de toda humana ciencia, ha sido vencida en el campo geográfico. Desde que una nave salió del puerto de Sevilla hasta que ancló de regreso en el mismo puerto, ha sido probado incontestablemente que la Tierra es una esfera giratoria y que todos los mares forman un solo mar continuo. Por fin, la cosmografía de griegos y romanos ha sido superada, y vencida la oposición de la Iglesia, y la fábula ingenua de los antípodas que andan cabeza abajo. Ha que dado fijada para todos los tiempos la medida de la órbita de la Tierra; vendrán todavía otros valientes descubridores a contemplar la afirmación con otras particularidades de la forma terrestre, Pero la afirmación básica se debe a Magallanes y se mantiene incólume hasta nuestros días y para los sucesivos. La Tierra tiene puestos sus lindes y la Humanidad disfruta de su conquista. Con esta jornada histórica queda ensalzado el orgullo de la nación española. Bajo el pabellón español empezó Colón el descubrimiento del mundo, y bajo el mismo pabellón lo ha completado Magallanes. En un cuarto de siglo, la Humanidad ha aprendido más sobre su habitación terrestre que durante los miles y miles de años anteriores. Instintivamente, la generación que en la dicha y la embriaguez de la gloria ha presidido esta transformación en el solo espacio de una vida, se siente poseída de esta realidad: un tiempo nuevo, la Edad Moderna, ha comenzado.

General es el entusiasmo ante el logro imponente que representa para el espíritu el cumplido viaje. Los mismos empresarios comerciales que armaron la flota, la “Casa de Contratación” y Cristóbal de Haro, pueden regocijarse. Ya daban por perdidos los ocho millones de maravedíes desembolsados para los cinco barcos, y de pronto, el único de éstos que vuelve a sus lares, no solamente nivela con su carga la partida, sino que deja todavía una insospechada ganancia. Los quinientos veinte quintales de especias que ha traído el Victoria de las Molucas dejan una ganancia limpia de unos quinientos ducados oro. El cargamento de un solo barco compensa de la pérdida de los otros cuatro. Una cuenta en la cual, a decir verdad, queda reducida a cero la otra pérdida: doscientas vidas humanas.

En la extensión del mundo, sólo una docena de hombres sienten de pronto oprimido el corazón al saber que un barco de la Armada de Magallanes ha dado la vuelta al mundo y ha vuelto felizmente al hogar. Son estos hombres los capitanes sublevados y su piloto, desertores con el San Antonio, en el cual llegaron a Sevilla un año antes; como toque de difuntos suena en sus oídos el grato mensaje. Se habían mecido en la esperanza de que aquellos peligrosos testigos y acusadores jamás volverían a España, en el protocolo judicial extendieron la papeleta de defunción a los valientes argonautas: "Al juicio y parecer de los que han venido, no volverá a Castilla el dicho Magallanes." Con tal seguridad habían dado por supuesto que las naves y sus tripulantes se estaban pudriendo en el fondo del océano, que desaprensivamente, callando su rebelión, se alababan ante la Comisión investigadora de un acto de patriotismo y escondían el hecho de que Magallanes había hallado ya el derrotero en el momento crítico en que le abandonaron. Sólo hablaban muy someramente de una bahía en la cual habían entrado y de que la ruta buscada por Magallanes se revelaba "inútil y sin provecho". Eran, en cambio, graves las acusaciones que hacían al ausente. Decían que se había deshecho arteramente de los hombres de confianza del Rey para dejar la flota a disposición de los portugueses, y que si ellos habían conseguido salvar su barco fue gracias a haberse apoderado de Mesquita, el primo de Magallanes, que éste había pasado de contrabando.

No de todo lo que decían los sublevados hizo caso el tribunal del Rey, y con una imparcialidad digna de ser notada declaró sospechosas a ambas partes. Tanto los capitanes sublevados como el fiel Mesquita fueron encarcelados, a la vez que se prohibía salir de la ciudad a la señora de Magallanes, que aún no sabía que fuera viuda. La decisión del tribunal del Rey fue esperar hasta que los otros barcos y el almirante volvieran, como testimonio; pero habiendo transcurrido un año entero, y casi un segundo año sin que tuvieran noticias de Magallanes, los sublevados recobraban los ánimos. Pero las salvas de salutación que anuncian la vuelta de uno de los barcos de Magallanes retumban lúgubremente en sus conciencias. ¡Están perdidos! A Magallanes le ha salido bien la empresa, y su venganza será terrible contra aquellos que, deshonrando el juramento y delinquiendo contra las leyes del mar, le abandonaron cobardemente y, sublevándose contra su capitán lo aherrojaron.

¡Cómo se sienten aliviados al enterarse de que Magallanes murió! El principal acusador enmudece. Y su confianza aumenta cuando les dicen que es Elcano quien ha conducido el Victoria. ¡Elcano es su cómplice, uno de los conjurados de aquella noche en Puerto de San Julián! No se atreverá a presentarse como acusador en un delito en que él tiene parte. No se presentará a ser testigo contra ellos, sino a su favor. Bendita sea la muerte de Magallanes y el testimonio de Elcano. Los acontecimientos les dan la razón. Si, por una parte; Mesquita es sacado de la prisión, ellos salen también libres, gracias a la ayuda de Elcano, y su rebelión queda olvidada en medio de la general alegría; siempre tienen razón los vivos contra los muertos.

En esto, el mensajero de Elcano ha llegado al castillo de Valladolid con la noticia de la feliz vuelta. El emperador Carlos acaba de llegar de Alemania. De un momento histórico importante, pasa a otro que no lo es menor. En la dieta de Worms ha visto rota para siempre la unidad espiritual de la Iglesia por el puño decidido de Lutero; ahora se entera de que otro hombre daba una nueva figura a la Tierra y probaba la unidad espacial de los océanos, pereciendo en la empresa. Impaciente por saber más del glorioso hecho, porque ha colaborado en él y es tal vez el más completo y duradero triunfo de su vida, aquel mismo día 13 de septiembre envía a Elcano la orden de comparecer sin tardanza en la corte con dos de sus hombres, "los más cuerdos y de mejor razón", y que le lleven todos los escritos referentes al viaje.

Los dos hombres que Sebastián Elcano lleva a Valladolid no podían ser otros, por lo probados, que Pigafetta y el piloto Albo; no tan clara aparece la conducta de Elcano en lo tocante al otro deseo del Emperador, que le entregue todos los papeles de la flota. La conducta de Elcano es ambigua, puesto que no entrega ni una sola línea escrita por Magallanes. El único documento de éste redactado durante la travesía debe su conservación a la circunstancia de haber caído, con el Trinidad, en poder de los portugueses. Queda casi fuera de duda que Magallanes, un hombre tan exacto y fanático de su deber, consciente de la importancia de su misión, llevaba un dietario que sólo una mano envidiosa pudo destruir secretamente, de creer que a todos aquellos que durante el viaje se habían levantado contra el caudillo, les pareció harto peligroso que el Emperador pudiera tener noticias imparciales de aquellos sucesos; así, desaparece misteriosamente, después de la muerte de Magallanes, hasta la última línea de su puño, y se pierde también, cosa no menos singular, aquel gran diario del viaje, obra de Pigafetta, y cuyo original ofreció al Emperador en esta circunstancia. "Fra le altre cose li detti uno libro, scritto de mia mano, de tutte le cose passate de giorno in giorno nel viaggio nostro." Porque este diario oficial no puede identificarse de ningún modo con la narración de viaje posterior que conocemos, y es a todas luces un simple extracto de aquél; buena prueba de ello la da el informe del embajador de Mantua, que hace mención, en 21 de octubre, de un libro en el cual Pigafetta escribió diariamente, "libro molto bello che de giorno in giorno li a scritto el viaggio e pase che anno ricercato ". Tres semanas más tarde, el mismo embajador habla de un "breve extracto o summario del libro che anno portato quelli de le Indie"; o sea lo que hoy conocemos como el informe de Pigafetta, al cual pueden unirse, como insuficiente complemento, las anotaciones de los varios pilotos y la carta de Pedro Mártir y de Maximiliano Transilvanus. Por qué razones este diario de Pigafetta desapareció sin que quedara la menor huella, sólo podemos sospecharlo; dolosamente, con el tiempo hubo empeño en oscurecer lo que hacía referencia a la oposición de los oficiales españoles contra el portugués Magallanes, para hacer triunfar más rotundamente a Elcano, el hidalgo vasco. También esta vez, como ocurre a menudo en la Historia, la honrilla nacional pasa delante de la justicia.

Ya el fiel Pigafetta parecía desconcertarse al ver que Magallanes era relevado sistemáticamente a último término. Recelaba que allí no se pesaban los méritos equitativamente. Verdad es que en todo tiempo el mundo ha recompensado al finalista, al afortunado que acaba un hecho, dejando en el olvido a todos aquellos que lo han amasado y llevado a la posibilidad con su espíritu y su sangre. Pero esta vez la repartición lleva lo injusto hasta un grado lamentable. Quien cosecha toda la gloria y los honores y dignidades es precisamente aquel que, en el momento decisivo, quiso poner obstáculos a la realización y se levantó contra Magallanes: Sebastián Elcano. Queda solemnemente expiado su antiguo delito: la venta de un barco a un extranjero, o sea lo que, en cierto modo, le impulsó a refugiarse en la flota de Magallanes, y le es asignada una pensión vitalicia de quinientos florines de oro. El Rey lo eleva a la categoría de hidalgo y le otorga un escudo que señala simbólicamente a Elcano como ejecutor del hecho inmortal. Llenan el campo dos ramas de canela cruzadas, junto con nueces moscadas y clavos de especia, realzado con un casco y la esfera terrestre circundada por la arrogante inscripción: Primus circumdedisti me (fuiste el primero en rodearme). Y la injusticia sube de punto con la recompensa a aquel Esteváo Gomes que había desertado en el estrecho de Magallanes, y que ante el tribunal de Sevilla afirmó que no se había hallado el paso y sí únicamente una bahía abierta. Esteváo Gomes precisamente, que con tal descaro negaba el descubrimiento de Magallanes, recibe un titulo de nobleza por el mérito "de haber hallado el paso como guía y primer piloto". Toda la fama, todo el mérito de Magallanes recaen en aquellos que más encarnizadamente intentaron impedir, durante la expedición, la que fue empresa de su vida.

Pigafetta está callado y reflexiona. Por primera vez, el que fue hasta entonces de una buena fe encantadora, el joven modelo de fidelidad, sospecha algo de la injusticia eterna que llena nuestro mundo. "Me ne partti de li al meglio Potei" (partí de allí en cuanto pude). Aunque los aduladores cortesanos oculten los hechos de Magallanes, aunque los ineptos presionen para recibir los honores a él debidos, no podrá olvidar Pigafetta lo grande de la idea, el trabajo y los merecimientos que van unidos a la empresa inmortal. Allí, en la corte, no puede hablar, pero por amor a la justicia se propone legar a la posteridad la fama del gran olvidado. Ni una palabra dedicará a Elcano en su narración del regreso: escribe invariablemente: "navegamos", "decidimos", para denotar que Elcano no hizo ni más ni menos que los otros, podía la corte recompensar a los que se lucraron con la casualidad, pero a Magallanes era debida la verdadera gloria, a él, que ya no puede verlo. Con una fidelidad impresionante se pone Pigafetta al lado del vencido, y sale con palabra persuasiva a favor del que ya no puede hablar. "Espero ?escribe Pigafetta en la dedicatoria de su libro al gran Maestre de Rodas? que la fama de un capitán valeroso como fue él jamás se borrará de la memoria del mundo. Entre las otras muchas virtudes que le adornaban, sobresalía la de su firmeza, superior a la de los demás, hasta en medio de la mayor des gracia. Soportó el hambre con más paciencia que otro alguno. No había otro hombre en toda la tierra tan entendido en el conocimiento de los mapas y de la náutica. Y la verdad de esto se manifiesta en que llevó a cabo lo que antes nadie supo ni tuvo ánimo para llegar a descubrir."

La muerte es quien descifra el último secreto vital de una figura; hasta el postrer momento, en que su idea llega a feliz realización, no se manifiesta la íntima tragedia de aquel hombre solitario, a quien sólo fue lícito llevar la carga de su misión, sin que pudiera gozar del éxito final. Entre la masa de incontables millones, solamente a él lo escogió la suerte para tal proeza, al callado y taciturno, al encerrado en sí mismo, que estaba dispuesto, sin dejarse doblegar, a sacrificar a su idea todo cuanto en la tierra poseía, y su vida además. Lo eligió sólo para el trabajo, no para el goce, y una vez terminado aquél, lo despidió como a un jornalero, sin darle las gracias. Otros cosechan la gloria de su obra, otros echan la mano a la ganancia y disfrutan del festín; el destino fue exigente con ese recio soldado, como él lo había sido en todo y con todos. Solamente le otorga lo que él había anhelado con todas las fuerzas de su alma: encontrar el camino para dar la vuelta a la tierra, la parte más venturosa de su carrera. Lograr ver únicamente la corona de la victoria, tender la mano hacia ella, pero cuando intenta asegurarla sobre su frente, el destino dice: "¡Basta!", y le abate la mano ansiosamente levantada.

Esto es lo único que le fue concedido a Magallanes, el hecho, mas no su áurea sombra: el triunfo y la gloria temporal. Nada tan conmovedor, en este instante en que el propósito de su vida llega a realizarse, como la lectura de su testamento. Todo lo que, a punto de regresar, fue su anhelo, se lo niega la suerte. Nada le responde de lo que en aquella "capitulación" quiso legitimar como suyo y de los suyos. Ni una sola disposición ?literalmente, ni una siquiera? de las que con tanta previsión y tino asentó en su última voluntad, se cumple, después de su heroico tránsito, con sus sucesores, y le es negado despiadadamente hasta el más puro y santo de sus deseos. Magallanes había precisado el sitio de su entierro en la catedral de Sevilla, y el cadáver se corrompe en una playa remota. Treinta misas dispuso que fueran rezadas sobre su tumba, y, en vez de esto, se oyen los aullidos triunfales de la horda de Silapulapu alrededor de su cuerpo mutilado ignominiosamente. Tres pobres debían recibir vestidos y comida el día de su entierro, y ni uno solo tendrá la comida, ni el par de zapatos, ni el vestido gris. Nadie será llamado ?ni el más humilde mendigo? "para rezar por el bien de su alma". Los reales de plata que destinaba a la Santa Cruz, y las limosnas para los presos, y los legados a los conventos y asilos, no serán satisfechos. ?Porque nada ni nadie se presta al cumplimiento de sus últimas voluntades, y aun en el caso de que sus camaradas hubiesen trasladado su cuerpo al hogar, no hubieran encontrado en éste un maravedí para pagar la mortaja.

¿Pero no son ricos, al menos, los herederos de Magallanes? ¿No va a la sucesión, según el pacto, un quinto de todas las ganancias? ¿No es su viuda una de las señoras de más posición de Sevilla? ¿No son sus hijos, nietos y bisnietos, los Adelantados y Gobernadores hereditarios de las islas recién descubiertas? No; nadie hereda de Magallanes pues nadie de su sangre vive ya para exigir 1a herencia, durante aquellos tres años han muerto su esposa Beatriz y los dos hijos, todavía menores. Queda extinguida la descendencia de Magallanes. Ni hermano, ni sobrino, ningún consanguíneo vive para recoger su escudo. ¡Ni uno tan sólo! Fueron vanos los cuidados del hidalgo, del esposo y del padre, y baldío el piadoso deseo del creyente cristiano. Le sobrevive su suegro, Barbosa, pero ¡cómo debe maldecir el día en que aquel huésped sombrío, aquel "holandés errante" entró en su casa! Hizo suya a la hija, y esta hija ha muerto; se llevó a su hijo en la expedición, el único hijo que tenía, y no ha vuelto con los supervivientes. ¡Qué terrible atmósfera de desdichas en torno al hombre único! A, quien fue su amigo y su apoyo lo ha arrastrado a su mismo destino siniestro, y quien en él confiaba lo ha pagado caro. A todos los que estaban con él y por él, les ha sorbido la felicidad, como un vampiro, en los azares de su acción: Faleiro, su asociado un tiempo, se ve preso al llegar a Portugal. Aranda, que le allanó el camino, envuelto en infamantes inquisiciones, pierde todo el dinero que por Magallanes había arriesgado. Enrique, a quien había prometido la libertad, vuelve a ser tratado como esclavo. Mesquita, su primo, es aherrojado tres veces por haberle sido fiel; Serrão y Barbosa le siguen en la muerte con pocos días de diferencia, como arrastrados por el mismo sino, y únicamente el que le ha sido contrario, Sebastián Elcano, se hace con toda la gloria y la ganancia de los que murieron fieles.

Circunstancia más trágica todavía: el mismo hecho a que Magallanes lo ha inmolado todo, incluso él mismo, resulta vano, al parecer. Magallanes quiso ganar, y ganó, las islas de las especias para España, poniendo su vida en la empresa, y he aquí que lo que él empezó como gesta heroica acaba en mísero mercado: por trescientos cincuenta mil ducados revende el emperador Carlos a Portugal las islas Molucas. El camino de Occidente que encontró Magallanes es poco frecuentado, el estrecho que él inauguró no reporta dinero ni ganancia alguna. Hasta después de su muerte persiguió la desdicha a quienes en Magallanes confiaron, pues casi todas las flotas españolas que quieren emular su arrojo de navegante naufragan en el estrecho de su nombre, y los españoles y los navegantes, temerosos, preferirán arrastrar sus cargamentos en largas caravanas por el estrecho de Panamá, antes que correr el riesgo de cruzar los sombríos fiordos de la Patagonia. Tan general se hace al fin la reputación de peligroso del estrecho de Magallanes ?cuyo descubrimiento tan universalmente fue festejado?, que cayó en olvido dentro de la misma generación, convirtiéndose en un mito, como antes. Treinta y ocho años después de la travesía de Magallanes, en el famoso poema La Araucana se manifiesta abiertamente que el estrecho de Magallanes ya no existe, que se ha hecho difícil de hallar e intransitable, ya sea porque un monte lo ataje o porque una isla se le interponga.

 

Esta secreta senda descubierta
quedó para nosotros escondida,
ora sea yerro de la altura cierta,
ora que alguna isleta remorida
del tempestuoso mar y viento airado
encallando en la boca la ha cerrado.

Tan desechado queda, tan legendario se hace, que el osado pirata Francis Drake lo utilizará, medio siglo más tarde, como escondrijo, para, desde allí, irrumpir en las colonias españolas de la costa occidental y saquear los barcos que llevan la plata. Hasta entonces no vuelven a acordarse los españoles de la existencia del estrecho, y construyen a toda prisa una fortificación para impedir el paso a otros filibusteros. Pero la desdicha persigue a todos cuantos son seguidores de Magallanes. La flota que Sarmiento conduce al estrecho por encargo del Rey, naufraga; la fortaleza que ha construido se derrumba lastimosamente y el nombre "Puerto del Hambre" perpetúa los horrores sufridos por sus colonizadores. Unos pocos balleneros que van y vienen son los únicos barcos que frecuentan el estrecho de Magallanes, el que éste había soñado como la gran vía comercial de Europa a Oriente. Y cuando un día de otoño del año 1913 el presidente Wilson aprieta en Washington el botón eléctrico que abre las compuertas del canal de Panamá, y con ello une para siempre ambos océanos, el Atlántico y el Pacífico, queda el estrecho de Magallanes reducido a la inutilidad absoluta. Sellado su destino, desciende a la categoría de puro concepto histórico, de simple idea geográfica. No es ya el tan buscado paso la ruta de millares y millares de barcos, ni el más próximo y rápido camino de las Indias; ni es más rica España ni más poderosa Europa por su descubrimiento; hoy mismo, de todas las zonas del mundo habitables, las costas entre Patagonia y Tierra del Fuego cuentan como las más abandonadas y pobres de la tierra.

Pero, en la Historia nunca la utilidad práctica determina el valor moral de una conquista. Sólo enriquece a la Humanidad quien acrecienta el saber en lo que le rodea y eleva su capacidad creadora. En este sentido, la hazaña de Magallanes supera a todas las de su tiempo y significa para nosotros una gloria singular en medio de sus glorias: la de no haber inmolado, como ocurre la mayor parte de las veces, la vida de miles y centenares de miles por su idea, sino solamente la propia vida.

Por la gracia de tal heroísmo perdurará la proeza magnífica de esos cinco endebles y solitarios barcos que salieron para la guerra santa de la Humanidad contra lo ignoto; e inolvidable será también el nombre del primero que defendió la idea osada de la vuelta al mundo hasta la última de sus naves. Porque con la medida del circuito de nuestro planeta, perseguida en vano desde hacía mil años, la Humanidad adquiere una nueva idea de su capacidad, puesto que, en la magnitud del espacio ganado, se le revela, acrecentando su gozo y su valor, la propia grandeza. El hombre da lo mejor de sí con un ejemplo, y si hay un hecho que pruebe algo es el de Magallanes, que, contra todo olvido, traspasará los siglos para dar testimonio de que cuando una idea vuela con las alas del genio, cuando se lleva adelante denodadamente y con pasión, es más fuerte que todos los elementos de la Naturaleza; y que está destinado siempre al hombre único, a un individuo con su menguada vida fugaz, el poder convertir en realidad y en verdad perdurable lo que ha sido un deseo soñado durante las cien generaciones que le precedieron.

FIN

 


 

 

 

MARÍA ANTONIETA

STEFAN ZWEIG

 

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

CASAN A UNA NIÑA

SECRETO DE ALCOBA

PRESENTACIÓN EN VERSALLES

LA LUCHA POR UN SALUDO

LA CONQUISTA DE PARÍS

«LE ROI EST MORT, VIVE LE ROI!»

RETRATO DE UNA PAREJA REGIA

LA REINA DEL ROCOCÓ

TRIANÓN

LA NUEVA SOCIEDAD

LA VISITA DEL HERMANO

MATERNIDAD

LA REINA SE HACE IMPOPULAR

UN RAYO EN EL TEATRO ROCOCÓ

EL ASUNTO DEL COLLAR

PROCESO Y SENTENCIA

DESPIERTA EL PUEBLO, DESPIERTA LA REINA

EL VERANO DE LA DECISIÓN

HUYEN LOS AMIGOS

APARECE EL AMIGO

¿LO ERA O NO LO ERA?

LA ÚLTIMA NOCHE EN VERSALLES

EL CARRO FÚNEBRE DE LA MONARQUÍA

EXAMEN DE CONCIENCIA

MIRABEAU

SE PREPARA LA HUIDA

LA HUIDA A VARENNES

LA NOCHE EN VARENNES

REGRESO

EL UNO ENGAÑA AL OTRO

APARECE EL AMIGO POR ÚLTIMA VEZ

REFUGIO EN LA GUERRA

LOS ÚLTIMOS CLAMORES

EL DIEZ DE AGOSTO

EL TEMPLE

MARÍA ANTONIETA, SOLA

LA ÚLTIMA SOLEDAD

LA CONSERJERÍA

LA ÚLTIMA TENTATIVA

LA GRAN INFAMIA

COMIENZA EL PROCESO

LA VISTA

EL ÚLTIMO VIAJE

LA ENDECHA FÚNEBRE

NOTA DEL AUTOR

CUADRO CRONOLÓGICO

 

 

INTRODUCCIÓN

Escribir la historia de la reina María Antonieta es volver a abrir un proceso más que secular, en el cual acusadores y defensores se contradicen mutuamente del modo más violento. Del tono apasionado de la discusión son culpables los acusadores. Para herir a la realeza, la Revolución tenía que atacar a la reina, y en la reina, a la mujer. Ahora bien.

veracidad y política habitan raramente bajo el mismo techo, y allí donde se traza una imagen con fines demagógicos, es de esperar poca rectitud de los siervos complacientes de la opinión pública. No se ahorró ninguna difamación contra María Antonieta. ningún medio para llevarla a la guillotina: todo vicio. toda depravación moral, toda suerte de perversidad fueron atribuidos sin vacilar a la louve autrichienne, a la loba austriaca, en periódicos, folletos y libros: hasta en la propia morada de la justicia. en la sala del juicio, comparó el fiscal, patéticamente, a la «Viuda Capeto» con la, viciosas más célebres de la historia, con Mesalina, Agripina y Fredegunda. Tanto más completo fue después el cambio, cuando. en 1815. ascendió otra vez un Borbón al trono de Francia: para adular a la dinastía. la figura diabólica fue repintada con los colores más suntuosos: no hay representación de María Antonieta procedente de ese tiempo, sin nubes de incienso ni aureola de santidad. Los cánticos de alabanza suceden a los cánticos de alabanza, la intangible virtud de María Antonieta es defendida airadamente: su espíritu de sacrificio.

su magnanimidad. su heroísmo inmaculado. son celebrados en verso y en prosa. y un velo de anécdotas. abundantemente impregnadas en llanto, tejido. en general, por aristocráticas manos, envuelve el transfigurado semblante de la reine martyre, de la reina mártir.

Aquí. como en la mayoría de los casos, la verdad psicológica viene a encontrarse entre los dos extremos. María Antonieta no era ni la gran santa del monarquismo, ni la perdida, la grue, de la Revolución. sino un carácter de tipo medio: una mujer en realidad vulgar; ni demasiado inteligente ni demasiado necia; ni fuego ni hielo; sin especial tendencia hacia el bien y sin la menor inclinación hacia el mal; el carácter medio de mujer de ayer, de hoy y de mañana; sin afición hacia lo demoníaco ni voluntad de heroísmo, y, por tanto, a primera vista, apenas personaje de tragedia. Pero la Historia, ese gran demiurgo, en modo alguno necesita un carácter heroico como protagonista para edificar un drama emocionante. La tensión trágica no se produce sólo por la desmesurada magnitud de una figura, sino que se da también, en todo tiempo, por la desarmonía entre una criatura humana y su destino. Se presenta dramáticamente cuando un hombre superior, un héroe, un genio, se encuentra en pugna con el mundo que lo rodea, el cual se muestra como demasiado estrecho, demasiado hostil hacia la innata misión a que aquél viene destinado -así, Napoleón ahogándose en el diminuto recinto de Santa Elena. o Beethoven prisionero de su sordera-; en términos generales, es el caso de toda gran figura que no encuentra su medida y su cauce. Pero también surge lo trágico cuando a una naturaleza de término medio, o quizá débil, le toca en suerte un inmenso destino, responsabilidades personales que la aplastan y trituran, y esta forma de lo trágico hasta llega quizás a parecerme la más humanamente impresionante. Pues el hombre extraordinario busca, sin saberlo, un destino extraordinario; su naturaleza, de desmesuradas proporciones, está orgánicamente acomodada para vivir de un modo heroico, o «en peligro» , según la frase de Nietzsche; desafía al mundo con la audacia de las exigencias propias de su carácter. De modo que, en último término, el carácter genial no es irresponsable de sus sufrimientos, porque la misión que le fue adjudicada le hace aspirar místicamente a esta prueba del fuego para que sea extraída de él su fuerza postrera; lo mismo que la tempestad a la gaviota, su poderoso destino lo arrastra cada vez con mayor poderío y más hacia lo alto. Por el contrario, el carácter medio está destinado, por su natural, a una pacífica forma de vida; no quiere, no necesita ninguna gran impresión; preferiría vivir tranquilamente y en la oscuridad, al abrigo de los vientos y con el destino de mesurada intensidad; por eso se defiende, por eso se espanta, por eso huye cuando una mano invisible lo lanza hacia la agitación. No quiere responsabilidades de Historia Universal; por el contrario, las teme; no busca el sufrimiento, sino que le es impuesto; de fuera y no de dentro viene lo que le obliga a sobrepasar su propia medida. A este dolor del no héroe, del hombre de tipo medio, lo considero, hasta por faltarle condiciones de visibilidad, como no menor que el patético sufrimiento del héroe verdadero y quizás aún más conmovedor que aquél; pues el hombre vulgar tiene que soportarlo por sí solo, y no tiene, como el artista, la salvación dichosa de convertir sus tormentas en obras de arte, dándoles forma duradera.

Pero a veces el destino puede trastornar la existencia de uno de tales hombres medios y, con su puño dominador, lanzarlo por encima de su propia medianía; la vida de María Antonieta es quizás el ejemplo más claro que la Historia nos ofrece de ello. Durante los primeros treinta años de los treinta y ocho que duró su vida, esta mujer recorrió su camino trivial, aunque siempre en una extraordinaria esfera; jamás, ni en lo bueno ni en lo malo, sobrepasó la común medida; un alma tibia, un carácter corriente, y, al principio, históricamente considerada, sólo una figuranta. Sin la irrupción de la Revolución en su alegre a ingenuo mundo de juegos, esta princesa de la Casa de Habsburgo, insignificante en sí misma, habría continuado viviendo tranquilamente como centenares de millones de mujeres de todos los tiempos; habría bailado, charlado, amado, reído; se habría adornado; habría hecho visitas y dado limosnas; habría parido hijos, y, por último, se habría tendido dulcemente en un lecho para morir sin haber vivido realmente según el espíritu del mundo de su tiempo. Como reina, la habrían sepultado solemnemente. habrían llevado luto de corte, pero después habría desaparecido por completo de la memoria de la humanidad, como todas las otras innumerables princesas, las María Adelaidas y Adelaida Marías y las Ana Catalinas y Catalina Anas, cuyas lápidas sepulcrales, con indiferente frialdad. se encuentran en las no leídas páginas del Ghota. Jamás hombre viviente habría experimentado el deseo de inquirir noticias acerca de su persona, de su extinguida alma: nadie habría sabido quién fue ella realmente. y -esto es lo esencial- jamás. si no hubiese estado sometida a esta prueba. habría sabido ni experimentado ella misma. María Antonieta. reina de Francia, cómo era en realidad su persona. Pues forma parte de la suerte de la desgracia del hombre medio el no sentir en sí mismo ningún impulso de medir sus capacidades; el no sentir la curiosidad de interrogarse acerca de su propio ser, antes de que el destino le plantee la cuestión; sin utilizarlas, deja que duerman en sí sus capacidades, que se marchiten sus propias aptitudes y que se debiliten sus fuerzas, como músculos nunca ejercitados, antes de que la necesidad los tienda para una real defensa.

Un carácter medio necesita primeramente ser arrojado fuera de sí mismo, para llegar a ser todo lo que es capaz de ser acaso más de lo que sospechaba y sabía antes; para ello, el destino no tiene otro estímulo sino la desgracia. Y lo mismo que un artista busca intencionadamente a veces un asunto de menguada apariencia, en lugar de uno que atraiga universalmente, para mejor mostrar su fuerza creadora, así también el destino busca, de tiempo en tiempo un héroe insignificante para probar que también. con una materia bronca, es capaz de obtener el efecto más alto y, de un alma débil y mal dispuesta, una gran tragedia. Una de tales tragedias, y de las más hermosas, de este heroísmo no querido se llama «María Antonieta».

Pues ¡con qué arte, con qué fuerza de invención en los episodios. en qué inmensidad de impresionantes dimensiones universales. introduce aquí la historia. en su drama. a esta criatura media!: ¡qué sabiamente contrapuntea los tema s accesorios en torno a esta figura principal. originariamente tan mal dotada! Con diabólica astucia comienza por colmar de halagos a la mujer. Ya cuando niña le regala como hogar una corte imperial: cuando adolescente, una corona: cuando joven esposa amontona pródigamente a sus pies todos los dones de la gracia y la riqueza y le da, además, un aturdido corazón, que no pregunta por el precio y valor de estos dones. Durante años enteros mima y halaga con todo regalo a esta irreflexiva criatura, hasta que sus sentidos se desvanecen en el vértigo y se hace cada vez más descuidada. Pero si el destino ha elevado a esta mujer tan rápida y fácilmente a las mayores cimas de la dicha, con una crueldad tanto más refinada la deja caer después lentamente. Con melodramática ordinariez, este drama coloca frente a frente los términos más violentamente opuestos; la atroja desde una residencia imperial de cien estancias a un miserable calabozo, desde un trono real a un patíbulo, desde una dorada carroza encristalada a la carreta del verdugo, desde el lujo a la indigencia. desde la simpatía universal al odio, desde el triunfo a la calumnia, cada vez más y más bajo, a inexorablemente hasta las profundidades postreras. Y esta pobre, esta vulgar criatura humana, sorprendida repentinamente en medio de sus hábitos de molicie; este poco juicioso corazón no comprende lo que quiere hacer de él aquel poder extraño; sólo percibe un duro puño que la amasa, una ardiente garra en su carne martirizada; esta criatura sin presentimientos, indignada y desacostumbrada a toda cuita. se defiende y no quiere entregarse, gime, se esconde, trata de huir. Pero con la irreflexibilidad de un artista que no ceja antes de haber arrancado violentamente de su materia el más alto efecto y la última posibilidad, la sabia mano de la desgracia no deja a María Antonieta antes de que aquella alma, blanca y sin brío, haya extraído de sí dureza y dignidad a fuerza de martillazos; antes de que toda la grandeza que estaba soterrada en su alma, procedente de padres y otros ascendientes, no fuera forzada a hacerse sensible. Con espanto. en medio de sus tormentos, reconoce. por fin, la transformación operada en su ser esta castigada mujer que jamás se había interrogado a sí misma acerca de su propia alma; precisamente entonces, cuando termina el poder exterior. comprende que algo nuevo y grande se inicia dentro de ella, cosa que no hubiera sido posible sin aquella prueba. «Es en la desgracia donde más se siente lo que uno es»: estas palabras, medio orgullosas y medio conmovidas, brotan de repente de su asombrosa boca; le sobreviene el presentimiento de que, justamente por estos dolores, su vida, pobre y corriente, sobrevivirá como ejemplo para la posteridad. Y gracias a esta conciencia de un deber superior que realiza, su carácter crece más allá de sí mismo. Poco antes de que se rompa su forma mortal está acabada la imperecedera obra de arte; pues en sus últimas, en sus postreras horas de vida, alcanzó por fin María Antonieta, criatura humana media, su magnitud trágica, llegando a ser tan grande como su destino.

 

CASAN A UNA NIÑA

Durante siglos, Habsburgos y Borbones han peleado por el predominio en Europa, en docenas de campos de batalla, alemanes, italianos, flamencos; por fin, unos y otros están cansados. En el último momento, los antiguos rivales reconocen que sus insaciables celos sólo han servido para abrir camino a otras casas reinantes; ya, desde la isla inglesa, un pueblo de herejes tiende la mano hacia el imperio del mundo; ya la protestante Marca de Brandeburgo crece hasta llegar a ser un reino poderoso; ya la semipagana Rusia se prepara para extender hasta lo ilimitado la esfera de su acción; ¿no hubiera sido mejor, comienzan a preguntarse entonces soberanos y diplomáticos -demasiado tarde, como siempre-, mantenerse en paz unos con otros, en lugar de renovar una y otra vez el fatídico juego de la guerra, favoreciendo a descreídos advenedizos? Choiseul, en la corte de Luis XV; Kaunitz, como consejero de María Teresa, forjan una alianza, y, a fin de que se acredite como duradera y no pura mente como un respiro entre dos guerras, proponen que ambas dinastías, la de los Habsburgos y la de los Borbones, se enlacen por la sangre. La Casa de Habsburgo no careció jamás de princesas casaderas; también esta vez tenía dispuesta una rica colección de todas las edades. Primeramente, los ministros pensaron en casar con una princesa de Habsburgo a Luis XV, a pesar de su situación de abuelo y sus costumbres más que dudosas; pero el rey cristianísimo huía prestamente del lecho de la Pompadour al de otra favorita, la Du Barry. Tampoco el emperador José, viudo por segunda vez, mostraba ninguna inclinación a dejarse aparear con una de las tres resequidas hijas de Luis XV. Por tanto, sólo quedaba como posible enlace el tercero y más natural: desposar al delfín adolescente, nieto de Luis XV y futuro heredero de la Corona de Francia, con una hija de María Teresa. En 1766, la princesa María Antonieta, entonces de once años, podía ya ser objeto de un proyecto serio; literalmente, el embajador de Austria le escribe el 24 de mayo a la emperatriz: «El rey se ha manifestado en tales términos, que Vuestra Majestad ya puede considerar el proyecto como asegurado y resuelto». Pero los diplomáticos no serían diplomáticos si no pusiesen su orgullo en hacer difíciles las cosas sencillas y, ante todo, en dilatar sabiamente todo negocio importante.

En una y otra corte se interponen intrigas; pasa un año, un segundo, un tercero. y María Teresa, no sin razón recelosa. teme que su molesto vecino, Federico de Prusia, le monstre, como le llama ella con sincera indignación, se atraviese también finalmente, con una de sus maquiavélicas diabluras, en la ejecución de este plan, tan decisivo para el poderío de Austria; por ello emplea todas sus amabilidades. su pasión y su astucia para lograr que la corte francesa no pueda volverse atrás de su semipromesa. Con la infatigable constancia de una casamentera profesional, con la tenaza inflexible paciencia de su diplomacia, hace que se den a conocer una y otra vez en París las cualidades de la princesa; abruma a los embajadores a fuerza de atenciones y regalos, a fin de que, por último, acaben trayendo de Versalles una definitiva petición de mano. Más como emperatriz que como madre, pensando más en el acrecentamiento del poder de su Casa que en la dicha de su hija, no se detiene tampoco ante la advertidora comunicación de su embajador, en la que le dice que la naturaleza ha negado al delfín todos sus dones: es muy limitado de inteligencia, altamente rudo y privado de sensibilidad. Pero ¿para qué necesita ser feliz una archiduquesa, con tal que llegue a reina? Con cuanto más calor aprieta María Teresa para lograr un convenio escrito, tanto más reflexivamente, como buen conocedor del mundo, se reserva el rey Luis XV; durante tres años deja que se le envíen relatos de la pequeña archiduquesa e informes acerca de ella, declarándose en principio favorable al plan matrimonial. Pero no pronuncia la decisiva demanda de matrimonio; no se compromete.

La inocente prenda de este importante asunto de Estado. la Toinette, de once años al principio y, finalmente de trece, desarrollada, graciosa. esbelta a innegablemente bonita.

juega y alborota, entre tanto, en medio de sus hermanas, hermanos y amigas, con todo el ardor de su temperamento, por los salones y jardines de Schoenbrunn; se ocupa poco de estudios, libros a instrucción. Con su natural amabilidad y su vivaz alegría. sabe manejar tan hábil y finamente a las ayas y abates que debían educarla, que puede escabullirse en todas las horas de clase. Cierto día nota con espanto María Teresa, quien, en medio de la multitud de los asuntos de Estado, jamás pudo ocuparse cuidadosamente ni de un solo miembro de su rebaño de hijos, que, a los trece años, la futura reina de Francia no sabe escribir correctamente en alemán ni en francés, ni posee siquiera los más elementales cono cimientos de historia y cultura general; con la ejecución musical no va mucho mejor, aunque le dé lecciones de piano nada menos que Gluck. En el último momento hay que recuperar lo perdido; la juguetona y perezosa Toinette tiene que ser convertida en una dama instruida. Ante todo es importante para una futura reina de Francia que sepa bailar decorosamente y hable francés con buen acento; para este objeto, María Teresa contrata urgentemente al gran maestro de danza Noverre y a dos comediantes de una compañía francesa que trabaja en Viena: el uno para la pronunciación y el otro para el canto. Pero apenas el embajador francés comunica esto a la corte de los Borbones, cuando llega de Versalles una enojada advertencia: una futura reina de Francia no puede ser educada por una patulea de cómicos. Apresuradamente se entablan nuevas negociaciones diplomáticas.

pues Versalles considera ya como asunto propio la educación de la propuesta novia del delfín, y al cabo de largas discusiones por recomendación del obispo de Orleans, es enviado a Viena como preceptor cierto abate Vermond; de su mano poseemos los primeros informes auténticos sobre la archiduquesa de trece años. La encuentra encantadora y simpática: «Junto con un semblante delicioso. posee todas las innegables gracias en su figura. y si crece algo, como es lícito esperar. tendrá todos los encantos que se pueden desear en tan alta princesa. Su carácter y su corazón son excelentes». De un modo significativamente más reservado, se manifiesta, no obstante. el buen abate sobre los conocimientos reales y el afán de aprender de su discípula. Juguetona, distraída, retozona, traviesa, la pequeña María Antonieta, a pesar de su gran facilidad de comprensión, no muestra jamás la menor inclinación a ocuparse de ningún asunto en serio. «Tiene más inteligencia de la que se sospechó en ella durante largo tiempo, pero, por desgracia, esta inteligencia, hasta los doce años, no ha sido acostumbrada a ninguna concentración. Un poco de dejadez y mucha ligereza me han hecho aún más difícil el darle lecciones. Comencé durante seis semanas por los fundamentos de las bellas letras; comprendía bien, juzgaba rectamente, pero no podía llevarla a que profundizara en las materias, aunque sentía yo que tenía capacidad para ello. De este modo comprendí finalmente que sólo sería posible educarla distrayéndola al mismo tiempo.» Casi literalmente, se quejarán de igual modo, diez y hasta veinte años más tarde, todos los hombres de Estado que tengan que tratar con ella, de su repugnancia a pensar junto con una gran inteligencia, de su fuga por aburrimiento ante toda conversación seria; ya a los trece años está a la vista todo el peligro de este carácter, que lo puede todo y no quiere nada realmente. Pero en la corte de Francia, desde que dominan las maîtresses, el tipo y porte de una mujer es más apreciado que su verdadero mérito; María Antonieta es bonita, es decorativa y tiene un carácter agradable; eso basta; y así pues, finalmente, en 1769, es enviada por Luis XV a María Teresa la tan largo tiempo anhelada misiva, en la cual, solemnemente, el rey solicita la mano de la joven princesa para su nieto, el futuro Luis XVI, y propone como fecha del matrimonio la Pascua del siguiente año. María Teresa acepta con satisfacción; al cabo de muchos años llenos de preocupaciones, esta mujer, trágicamente resignada, vive todavía unas claras horas. Le parece asegurada desde ahora la paz del Imperio y, con ella, la de Europa; por medio de estafetas y correos es anunciado al instante, solemnemente, a todas las cortes que Habsburgos y Borbones, por toda la eternidad, de enemigos se convierten en aliados por la sangre. Bella gerant alii, tu, felix Austria, nube; una vez más se ha confirmado la antigua divisa de los Habsburgos.

La tarea de los diplomáticos está terminada felizmente. Pero sólo ahora se reconoce que ésta era la parte más fácil del trabajo. Convencer a los Habsburgos y Borbones de que llegaran a una inteligencia, reconciliar a Luis XV y a María Teresa, ¡qué juego de niños en comparación con las insospechadas dificultades para poner de acuerdo, en una solemnidad tan representativa, a los ceremoniales de las cortes y Casas Reales francesa y austriaca! Cierto que los supremos maestros de ceremonias de una y otra corte, y en general todos los fanáticos del formulismo, disponen de un año entero para redactar en todas sus cláusulas el en extremo importante protocolo de las festividades nupciales; pero ¡qué es un fugitivo lapso de sólo doce meses para las embrolladas chinerías de la etiqueta! Un heredero del trono de Francia se casa con una archiduquesa austriaca. ¡Qué cuestiones universalmente emocionantes de precedencia no suscita tamaña ocasión! ¡Qué profundamente tiene que ser meditado aquí cada detalle! ¡Cuántos irreparables faux-pas se trata de evitar por el estudio de documentos más que centenarios! Día y noche, en Versalles y en Schoenbrunn, los sagrados guardianes de usos y costumbres reflexionan hasta que les humea la cabeza; día y noche negocian los embajadores acerca de cada invitación; correos rápidos galopan como el viento de uno a otro país, con proposiciones y contraproposiciones; porque considérese qué inconcebible catástrofe (peor que siete guerras) podría producirse en esta sublime ocasión si fuese violada la vanidad de precedencia de una de las altas Casas reinantes. En innumerables deliberaciones, a la derecha y a la izquierda del Rin, se discuten y se analizan espinosas cuestiones doctorales parecidas a ésta: ¿qué nombre debe ser mencionado en primer lugar en el contrato de matrimonio, el de la emperatriz de Austria o el del rey de Francia? ¿Quién debe firmar primero? ¿Qué regalos deben ser cambiados? ¿Qué dote debe ser estipulada? ¿Quién acompañará a la novia? ¿Quién tiene que recibirla? ¿Cuántos caballeros, damas de honor, militares, guardias de a caballo, primeras y segundas camareras, peluqueros, confesores, médicos, escribientes, secretarios de corte y lavanderas deben figurar en el cortejo nupcial que acompaña hasta la frontera a una archiduquesa austriaca, y cuántos deben ir después en el cortejo de una heredera del trono de Francia desde la frontera hasta Versalles? Mientras que las pelucas de uno y otro lado están aún muy lejos de encontrarse de acuerdo acerca de las líneas fundamentales de es tas esenciales cuestiones, luchan ya, por su parte, en ambas cortes, como si se tratara de las llaves del paraíso, los caballeros y sus damas, por el honor de acompañar o recibir el cortejo nupcial, defendiendo cada cual sus pretensiones con todo un archivo de códices de pergamino; y, aunque los maestros de ceremonias trabajan como galeotes, no pueden, en el espacio de todo un año. terminar plenamente con las importantísimas cuestiones de la precedencia y de la admisión en la corte: en el último momento, por ejemplo, se borra del programa la representación de la nobleza alsaciana, «para dejar a un lado complicadas cuestiones de etiqueta que ya no hay tiempo de resolver». Y si una orden real no hubiera establecido la fecha de una manera totalmente determinada, los guardianes del protocolo, austriacos y franceses, no estarían aún de acuerdo, en el día de hoy, sobre la forma «exacta» de celebrar el matrimonio, y no habría una reina María Antonieta, ni acaso tampoco una Revolución francesa.

Por una y otra parte, aunque tanto Francia como Austria tengan apremiante necesidad de economías, se despliega para la boda la más extraordinaria pompa y esplendor. Los Habsburgos no quieren quedar por debajo de los Borbones, y los Borbones no quieren quedar por debajo de los Habsburgos. El palacio de la Embajada francesa en Viena resulta demasiado pequeño para mil quinientos invitados; centenares de trabajadores erigen a toda prisa edificaciones accesorias; al propio tiempo, en Versalles se dispone para las fiestas de la boda una sala especial de teatro. Para los proveedores de corte, para los sastres, joyeros, constructores de carrozas, llegan, en uno y otro sitio, muy dichosos tiempos. Sólo para ir en busca de la princesa encarga Luis XV al proveedor de la corte.

Francien, de París, dos coches de viaje de una magnificencia nunca vista hasta entonces: de maderas finas y lunas centelleantes, el interior tapizado de terciopelo. por fuera adornados profusamente con pinturas, remate de coronas en to más alto de su cubierta, y, a pesar de este esplendor, admirablemente ligeros y que rue den con el más leve impulso.

Para el delfín y la corte real se confeccionan nuevos trajes de gala, bordados con preciosa pedrería; el gran Pitt, el más soberbio diamante de aquel tiempo, adorna el sombrero de bodas de Luis XVI, y con igual lujo prepara María Teresa el equipo de su hija: encajes tejidos especialmente en Malinas, los más delicados lienzos, sedas y joyería. Por último, llega a Viena el embajador Durfort. encargado de solicitar a la novia; espectáculo magnífico para los vieneses, apasionados de los callejeros placeres de la vista: cuarenta y ocho carrozas de seis caballos, entre ellas dos maravillosamente encristaladas, ruedan lenta y solemnemente por las calles ornadas de guirnaldas que conducen a la Hofburg; sólo las nuevas libreas de los ciento diecisiete guardias de corps y lacayos que acompañan al representante del novio han costado ciento siete mil ducados, y la totalidad del cortejo, no menos de trescientos cincuenta mil. Desde esta hora, las fiestas suceden a las fiestas: petición oficial de mano; renuncia solemne de María Antonieta, ante el Evangelio, un crucifijo y cirios encendidos, a sus derechos austriacos: felicitaciones de la corte, de la universidad; desfile del ejército, théâtre paré, recepción y baile en el Belvédère para tres mil personas; nueva recepción y souper para mil quinientos huéspedes en el palacio de Liechtenstein, y, finalmente, el 19 de abril. el matrimonio per procurationem en la iglesia de San Agustín, en el que el archiduque Fernando representó al delfín. Después, todavía una delicada cena de familia, y el 21 despedida solemne, postreros abrazos. Por medio de una respetuosa doble fila de soldados. en la carroza del monarca francés, la antes archiduquesa de Austria. María Antonieta, sale al encuentro de su destino.

La despedida de su hija ha apenado a María Teresa. Durante muchos años y años, esta envejecida y fatigada dama ha aspirado, como la más alta dicha, a este casamiento, que acrece el poder de la Casa de Habsburgo, y. no obstante. en el último momento, le inspira cuidados el destino que ella misma ha decidido para su hija. Si se consideran con atención sus camas y su vida, hay que reconocer que esta soberana trágica, el único gran monarca de la Casa de Austria, hacía mucho tiempo que llevaba la corona sólo como una carga. Con fatiga infinita, por medio de continuas guerras contra Prusia y los turcos, contra Oriente y Occidente, ha logrado afirmar como una unidad el Imperio, formado por sucesivas alianzas de pueblos y, en cierto sentido, artificial; pero precisamente ahora, cuando parece consolidado en lo exterior, siente decaer sus ánimos la fundadora. Un extraño presentimiento aflige a esta digna señora: aquel Imperio, al cual ha entregado ella toda su fuerza y toda su pasión, se arruinará y deshará en manos de sus descendientes; sabe bien, como política sagaz y casi profética, lo poco sólida que es esta mezcla de naciones enlazadas por la casualidad y que su existencia sólo puede ser prolongada a fuerza de precauciones, de prudencia y cauta pasividad. Pero ¿quién ha de continuar lo comenzado por ella con tanto cuidado? Profundos desengaños que sus hijos le han dado han suscitado en ella el espíritu de Casandra; en todos ellos falta lo que constituyó la fuerza más originariamente personal del ser de su madre: la gran paciencia, el lento y seguro planear y perseverar, el saber renunciar y el prudente limitarse a sí mismo. Pero, de la sangre lorena de su marido, debe haberse infundido una ardiente ola de inquietud en las venas de los hijos; todos están dispuestos a destruir posibilidades incalculables por el placer de un instante; una casta poco seria y descreída que sólo se esfuerza por triunfos pasajeros. Su hijo y corregente José II adula, con la impaciencia de un príncipe heredero, a Federico el Grande, el cual, durante toda la vida ha perseguido y vejado a María Teresa, y corteja a Voltaire, a quien ella, como católica piadosa, odia como al Anticristo. Su otra hija, destinada también por ella a sentarse en un trono, la archiduquesa María Amalia.

apenas casada en Parma, escandaliza a toda Europa con la ligereza de sus costumbres: al cabo de dos meses de matrimonio dilapida las finanzas, desorganiza el país, se divierte con amantes. Y también la otra, la de Nápoles, le hace poco honor; ninguna muestra seriedad ni severidad moral. Y la inmensa obra de abnegación y sacrificio por la cual la gran emperatriz había renunciado implacablemente a toda su vida personal y privada, a toda alegría, a todo placer fácil, se le presenta como ejecutada sin sentido. Lo que preferiría sería refugiarse en un convento, y sólo el temor, inspirado en un justo presentimiento, de que su aturdido hijo destrozará inmediatamente con irreflexivos experimentos todo lo que ha edificado ella, conserva firme mente el cetro en poder de la antigua luchadora, cuyas manos, desde hace ya mucho tiempo, están fatigadas de sostenerlo.

Tampoco se hace ninguna ilusión aquella gran conocedora de caracteres acerca de su hija tardía María Antonieta; sabe las buenas cualidades de su hija más joven -su gran bondad y cordialidad, su puro y alegre buen sentido, su natural humano y sincero-, pero conoce sus peligros: su falta de madurez, su aturdimiento, su ligereza, su inconsecuencia.

Para estar más cerca de ella, para formar en el último momento una reina con esta ardiente bestezuela silvestre, hace que María Antonieta duerma en su propia habitación los dos últimos meses antes de su partida; con largas conversaciones, procura prepararla a desempeñar su alto puesto; y para obtener la ayuda del cielo, lleva consigo a la niña a una peregrinación a Mariazell. Pero a medida que está más próxima la hora de la despedida, más intranquila se siente la emperatriz. Un oscuro presentimiento le turba el corazón: el presentimiento de una desgracia futura, y emplea todas sus fuerzas en desechar las tenebrosas potencias. Antes de la partida entrega a María Antonieta su amplio directorio de conducta y exige de la descuidada niña el juramento de que lo leerá cada mes concienzudamente. Aparte la misiva oficial, escribe además una carta particular a Luis XV en la cual la anciana dama conjura al anciano rey para que tenga indulgencia con el infantil aturdimiento de la joven de catorce años. Pero ni aun con eso se acalla su interna intranquilidad. Aún no puede haber llegado a Versalles María Antonieta cuando le repite ya la advertencia de que consulte aquel escrito admonitorio. «Te recuerdo, mi hija querida, que el 21 de cada mes vuelvas a leer aquella hoja. Te suplico que seas fiel cumplidora de este deseo mío: no temo para ti más que tu negligencia para orar y hacer lecturas, y los descuidos y pereza que vendrán de ello. Lucha contra todo esto... y no olvides a tu madre, la cual, aunque alejada, no cesará, hasta su último aliento, de estar preocupada por ti.» En medio del júbilo universal por el triunfo de su hija, la anciana señora va a la iglesia y suplica a Dios que aleje el daño que ella sola, entre todos, presiente.

Mientras la gigantesca cabalgata -trescientos cuarenta caballos que tienen que ser mudados en cada casa de postasatraviesa lentamente Austria y Baviera, y, al cabo de innumerables fiestas y recepciones, se acerca a la frontera, carpinteros y tapiceros martillean en la isla del Rin, entre Kehl y Estrasburgo, construyendo una extraña edificación. En este punto, los grandes maestros de ceremonia de Versalles y Schoenbrunn han obtenido su mayor triunfo; después de infinitas deliberaciones acerca de si la entrega solemne de la novia debe verificarse en territorio aún austríaco o ya en tierra francesa, alguien de entre ellos, muy ladino, encuentra la salomónica solución de que el acto tenga lugar en una de las deshabitadas islitas de arena del Rin entre Francia y Alemania; por tanto, en un país de nadie: un milagro de neutralidad; se construye allí, para la entrega solemne, un pabellón especial, de madera; dos antecámaras por el lado de la orilla derecha del Rin, que María Antonieta pisará aún como archiduquesa: dos antecámaras por la orilla izquierda, por las que, después de la ceremonia, saldrá como delfina de Francia; en medio, el gran salón para la solemnidad de la entrega, en la cual la archiduquesa se convertirá definitivamente en la heredera del trono de Francia. Preciosos tapices del palacio arzobispal cubren las paredes de madera construidas a toda prisa; la Universidad de Estrasburgo presta un baldaquín; la rica burguesía de la ciudad, su mejor mobiliario. Penetrar en este santuario de regio esplendor está, naturalmente, vedado a miradas no aristocráticas; no obstante, un par de monedas de plata hacen indulgentes en todo lugar y tiempo a los guardianes, y de este modo, varios días antes de la llegada de María Antonieta, algunos estudiantes alemanes se deslizan en los salones semiterminados para satisfacer su curiosidad. En especial uno de ellos de alta estatura, mirada libre y ardiente, con un nimbo de genio sobre su frente varonil, no se harta de ver los preciosos Gobelinos, tejidos según cartones de Rafael; despiertan en el mancebo, a quien el espíritu del arte gótico acaba de serle revelado por la catedral de Estrasburgo, tormentosos deseos de comprender con igual amor el arte clásico. Lleno de entusiasmo, explica a sus menos elocuentes camaradas este mundo de belleza de los pintores italianos que inesperadamente se abre ante sus ojos; pero de pronto se queda en silencio, se pone de mal humor y sus espesas y oscuras cejas se fruncen casi coléricas sobre la siempre centelleante mirada. Porque sólo entonces ha advertido lo que representan estas tapicerías; en realidad, una leyenda, lo más inconveniente posible para una solemnidad de bodas: la historia de Jasón, Medea y Creusa, el ejemplo más perfecto de un funesto matrimonio. « ¡Cómo! -exclama casi a gritos el genial adolescente, sin prestar atención al asombro de los circunstantes-. ¿Es lícito presentar tan irreflexivamente ante los ojos de una joven reina, el día de su entrada en el país que ha de regir, el ejemplo del más espantoso matrimonio que acaso se haya celebrado jamás? ¿No hay, pues, entre los arquitectos franceses, decoradores y tapiceros, ni un solo hombre que comprenda que los cuadros siempre representan algún asunto, que sus temas actúan sobre los sentidos y la razón, que producen impresiones y suscitan presentimientos? No parece sino como si se hubiese enviado a la frontera a recibir a esta hermosa señora, según se dice contenta de la vida, al más espantoso fantasma.» Trabajosamente logran los amigos apaciguar al excitado joven, y casi a la fuerza se llevan de a11í a Goethe -pues no otro sino él es aquel joven estudiante- fuera de la casa de tablas. Mas poco después se acerca la «poderosa ola de nobleza y esplendor» del cortejo nupcial y, con alegres conversaciones y gozosos dichos, inunda aquel decorado recinto sin sospechar que, pocas horas antes, los videntes ojos de un poeta han descubierto en aquellos abigarrados tejidos el hilo negro de la fatalidad.

La entrada de María Antonieta debe significar la despedida de todos y de todo lo que la liga con la Casa de Austria; también aquí los maestros de ceremonia han imaginado un símbolo especial: no sólo no le es permitido a nadie de su acompañamiento austríaco ir con ella más allá de la invisible línea fronteriza, sino que la etiqueta llega hasta requerir que no conserve su desnudo cuerpo ni una sola hebra de los tejidos de su patria, ni zapatos, ni medias, ni camisa, ni cintas. Desde el momento en que María Antonieta llega a ser delfina de Francia, sólo le es lícito envolverse en telas de procedencia francesa. Es así como la joven de catorce años, en la antecámara austriaca, delante de todo el acompañamiento de su país, tiene que desnudarse por completo; en cueros vivos, brilla durante un momento, en el oscuro recinto, el delicado y apenas florecido cuerpo de la muchacha; después le imponen una camisa de seda francesa, enaguas de París, medias de Lyon, zapatos del zapatero de la corte, encajes y lazos; no le es dado conservar ningún recuerdo querido, ni un anillo, ni una cruz; ¿no se vendría abajo el mundo de la etiqueta si la niña guardara un solo broche o una cinta que le gustara? Ni uno solo de los rostros familiares para ella desde siempre, será, desde ahora, lícito que vuelva a ser visto a su lado por la princesita. ¿Es, pues, milagro, sabiendo todo esto, que, lanzada tan de repente en la existencia extranjera, la muchachilla, espantada de toda esta pompa y vanas ceremonias, rompa a llorar como una niña? Pero al punto tiene que volver a hacerse dueña de sí, porque los transportes de sensibilidad no son admisibles en un matrimonio político; al lado, en la otra sala, espera ya el acompañamiento francés, y sería vergonzoso acercarse a este nuevo séquito con húmedos ojos enrojecidos y llena de espanto. El jefe de la comisión austriaca, el conde de Starhemberg, le tiende la mano para dar el paso decisivo, y, vestida a la francesa, seguida por última vez por su séquito austríaco, austriaca también ella por dos últimos minutos, penetra en la sala de la entrega, donde, con gran pompa y suntuosidad, la espera la delegación borbónica. El representante de Luis XV pronuncia un solemne discurso, y se da lectura al protocolo; después -todo el mundo retiene el aliento da comienzo la gran ceremonia. Está concertada paso a paso, como si se tratase de bailar un minué, y ha sido ensayada y aprendida antes por los que participan en ella. La mesa en medio del recinto representa simbólicamente la frontera. De un lado están los austriacos; del otro, los franceses. Primeramente, el representante austríaco, conde de Starhemberg, deja libre la mano de María Antonieta; en su lugar, se apodera de ella el representante francés, y con paso solemne conduce lentamente a la trémula doncella alrededor de la mesa. Mientras ocurre esto, en minutos bien calculados, se retira lentamente, andando de espaldas hacia la puerta de entrada, el séquito austríaco, al mismo compás con el cual la suite francesa avanza hacia la futura reina, en forma que, justamente en el momento en que María Antonieta se halla en medio de su nueva corte francesa, la austriaca ha abandonado ya la sala. Silenciosa, ejemplar, espectral y magníficamente se desenvuelve esta orgía de etiqueta; sólo que en el último momento la emocionada muchachita no puede soportar más esa fría solemnidad. Y en lugar de recibir serena y glacialmente la devota reverencia de su nueva dama de honor, la condesa de Noailles, se arroja, sollozando y como pidiendo auxilio, en sus brazos: bello y conmovedor ademán de abandono que los grandes maestros del ceremonial de uno y otro lado habían olvidado prescindir. Pero el sentimiento no figura en los logaritmos de las reglas de corte. Ya espera fuera la encristalada carroza; ya suenan las campanas de la catedral de Estrasburgo y retumban salvas de artillería; mientras rompen a su alrededor oleadas de aclamaciones, María Antonieta abandona para siempre las dichosas costas de la niñez: comienza su destino de mujer.

La llegada de María Antonieta constituye una inolvidable hora de fiesta para el pueblo francés, hace ya mucho tiempo no obsequiado con tales expansiones. Desde decenios atrás, Estrasburgo no ha visto ninguna futura reina, y acaso nunca ninguna en tal alto grado encantadora como esta muchachilla. Con sus cabellos rubio ceniza, sus esbeltas proporciones, la niña ríe y sonríe con sus azules ojos petulantes, desde detrás de los cristales de la carroza, a la innumerable muchedumbre que, adornada con sus campesinos trajes alsacianos, se ha precipitado de todas las aldeas y ciudades para aclamar el suntuoso cortejo. Cientos de niñas vestidas de blanco van delante de la carroza arrojando flores; han alzado un arco de triunfo; las puertas de la ciudad están cubiertas de guirnaldas; en la plaza municipal corre vino de las fuentes; bueyes enteros son asados en grandes espetones: gigantescas cestas de pan son repartidas entre los pobres. Por la noche son iluminadas todas las casas; ardientes sierpes de fuego ascienden lamiendo la tome de la catedral; relucen al trasluz, rojamente, los encajes de la fachada gótica de la iglesia. Por el Rin se deslizan incontables barcas y navecillas, que llevan farolitos como naranjas candentes y en las que arden antorchas de colores; entre los árboles, resplandecientes de luz, centellean bolas de cristal multicolores, y en la isla, visible para todos. como final de un grandioso fuego de artificio, llamean en medio de figuras mitológicas los monogranias enlazados del delfín y la delfina. Hasta altas horas de la noche, el pueblo, deseoso de espectáculos, recorre los muelles y calles; numerosas músicas retumban y ganguean; en cien lugares, hombres y muchachas se agitan animosamente al compás de la danza; parece haber venido de Austria, con esta rubia mensajera, una dorada edad de dichas, y una vez más el pueblo francés, amargado y resentido, alza su corazón hacia una alegre esperanza.

Pero también este magnífico cuadro encubre una pequeña hendidura oculta; también aquí, to mismo que con los Gobelinos de la sala de recepción. ha entretejido simbólicamente el destino un signo de desgracia. Al día siguiente. como antes de la partida, quiere María Antonieta oír una misa; la recibe en el pórtico de la catedral. en lugar del venerado arzobispo, su sobrino y coadjutor, a la cabeza de la clerecía. Con aire un poco afeminado en sus flotantes vestiduras violeta, el mundano sacerdote pronuncia una alocución galante y patética -no en vano la Academia lo eligió para figurar en sus filas-, la cual culmina con estas cortesanas frases: «Sois para nosotros la viviente imagen de la venerada emperatriz a la que Europa desde hace mucho tiempo admira tanto como la venerará la posteridad. El alma de María Teresa se une ahora con el alma de los Borbones ». Después de la salutación, el cortejo se tiende respetuosamente hasta el fondo de la catedral. resplandeciente de luz; el joven sacerdote acompaña hasta el altar a la joven princesa y alza la custodia con mano fina de amante, ornada de anillos. Es Luis, príncipe de Rohan, el primero que le da la bienvenida en Francia, futuro héroe tragicómico del asunto del collar, el más peligroso adversario de María Antonieta, su más funesto ene - migo. Y la mano que ahora se levanta sobre la cabeza de la princesa para bendecirla es la misma que más tarde arrojará al fango y al desprecio la corona y el honor de la reina.

No mucho tiempo le es lícito a María Antonieta detenerse en Estrasburgo, en esta Alsacia que aún es para ella una semipatria; cuando espera un rey de Francia, sería culpable todo retraso. Atravesando mugientes ríos de aclamaciones, bajo arcos triunfales y enguirnaldadas puertas de ciudades, el cortejo nupcial hace, por fin, rumbo a su primera meta, el bosque de Compiègne, donde, con gigantesca acumulación de coches, la familia real espera a su nuevo miembro. Cortesanos, damas de la corte, militares, guardias de corps, tambores. trompetas, bandas y charangas, todos con nuevos y resplandecientes trajes, se amontonan en grupos abigarrados; todo el bosque bajo la luz de mayo centellea con estos cambiantes juegos de colores. Apenas los clarines de uno y otro séquito anuncian la proximidad del cortejo nupcial, Luis XV abandona su carroza para recibir a la mujer de su nieto. Pero ya María Antonieta, con su tan admirado andar alado, se precipita hacia él y, con la más graciosa de las reverencias (no en vano discípula de Noverre, el gran maestro de la danza), se arrodilla a los pies del abuelo de su futuro esposo. El rey, experimentando, gracias a su Parc aux Cerfs, en fresca carne de muchacha y altamente sensible a aquella encantadora gracia, se inclina, tierno y satisfecho, hacia la juvenil, rubia y apetitosa criatura, alza a la novia de su nieto y la besa en ambas mejillas. Sólo entonces le presenta a su futuro esposo, de cinco pies y diez pulgadas de alto, el cual, rígido, desmañado y aturdido, se mantiene a un lado; ahora, por fin, alza los adormecidos ojos cortos de vista y, sin especial entusiasmo, según ordena la etiqueta, besa ceremoniosamente a su novia en la mejilla. En la carroza, María Antonieta se sienta entre el abuelo y el nieto, entre Luis XV y el futuro Luis XVI. El señor viejo parece representar mejor el papel de novio; charla animada mente y hasta hace un poco la corte a su nueva nieta, mientras el futuro esposo se aburre y se mantiene en un rincón, silencioso. Por la noche, cuando los desposados, y ya casados per procurationem, se van a dormir a sus respectivas habitaciones, el triste amante no le ha dicho aún una sola palabra tierna a aquella encantadora muchachuela. y como resumen de la jornada decisiva sólo escribe en su diario esta seca línea: « Entrevue avec Madame la Dauphine».

Treinta y seis años más tarde, en el mismo bosque de Compiègne, otro soberano de Francia, Napoleón, esperará también como esposa a otra duquesa austriaca, a María Luisa. No será tan bonita ni apetecible como María Antonieta aquella regordeta, aburrida y dulce Luisa. Pero, sin embargo, el hombre enérgico y el amante toman al instante posesión, tierna y fogosamente, de la novia que le es destinada. En la misma noche le pregunta Napoleón al obispo si el matrimonio celebrado en Viena le da ya derechos conyugales, y, sin esperar respuesta, saca las conclusiones; a la mañana siguiente, los dos, ya reunidos, se desayunan en el lecho. Pero María Antonieta, en el bosque de Compiègne, no ha encontrado un hombre ni un amante: nada más que un novio por razón de Estado.

La segunda y auténtica celebración del matrimonio tiene lugar el 16 de mayo en Versalles, en la capilla de Luis XIV Tal acto de corte y Estado de la cristianísima Casa Real es un suceso demasiado íntimo y familiar, y al mismo tiempo demasiado augusto y mayestático, para que le sea permitido al pueblo ser espectador del mismo, aunque sólo sea tendiendo sus filas delante de la puerta. Sólo a la sangre más noble -con un árbol genealógico de cien ramas por lo menos- se le autoriza para penetrar en el recinto del templo, donde el centelleante sol de primavera, a través de las vidrieras de colores, hace relucir los bordados brocados, las sedas tornasoladas, el fausto infinitamente dilatado de las familias selectas, último faro del viejo mundo aún por una vez dominante. El arzobispo de Reims actúa en la ceremonia. Bendice las trece monedas de oro y el anillo nupcial; el delfín le pone el anillo a María Antonieta en el dedo anular, le entrega las monedas de oro, y después ambos se arrodillan para recibir la bendición. Comienza la misa a los acordes del órgano; en el paternóster tienden un dosel de plata sobre las cabezas de la joven pareja; sólo entonces firma el rey el contrato matrimonial, y tras él, en riguroso orden jerárquico, todos los restantes parientes. Es un documento plegado en muchos dobles, enormemente largo; aún hoy se ven en el amarillento pergamino estas cuatro palabras: «Marie Antoinette Josepha Jeanne», rasguñadas trabajosa y torpemente y como a tropezones por la mano infantil de la muchacha de quince años, y, junto a ellas -de nuevo cuchichean todos: mal agüero-, una dilatada mancha de tinta que a ella y sólo a ella entre todos los firmantes se le escapó de la rebelde pluma.

Ahora, terminada la ceremonia, le es magnánimamente permitido al pueblo que se regocije en la fiesta de los monarcas. Innumerables masas -medio París queda despoblado- se derraman por los jardines de Versalles, que en el día de hoy revelan también al profanum vulgus sus juegos de aguas y cascadas, sus sombrías avenidas y sus praderas; el placer principal debe constituirlo, por la noche, el fuego de artificio, el más soberbio que se haya visto jamás en una corte real. Pero el cielo, por su propia cuenta, prepara también luminarias. Por la tarde se amontonan tenebrosas nubes anunciando desgracias; estalla una tormenta; cae un espantoso aguacero, y el pueblo, privado del espectáculo, se precipita hacia París en rudo tumulto. Mientras que decenas de millares de criaturas humanas. trémulas de frío y empapadas de agua, huyen por los caminos, perseguidas por la tempestad. en confuso desorden, y los árboles del parque se retuercen azotados por la lluvia. detrás de las ventanas de la recién construida salle de spectacle, iluminada por muchos millares de bujías. comienza el gran banquete de bodas, según un ceremonial tradicional que ningún huracán ni ningún temblor de tierra pueden alterar: por primera y última vez. Luis XV intenta sobrepujar el esplendor de su gran antecesor Luis XIV. Seis mil invitados. elegidos entre la nobleza, han luchado con gran afán por obtener tarjetas de invitación, cierto que no para comer con el rey, sino únicamente para poder contemplar respetuosamente, desde la galería. cómo los veintidós miembros de la Casa Real se llevan a la boca cuchillo y tenedor. Los seis mil asistentes contienen el aliento para no perturbar la excelsitud de este gran espectáculo; sólo. delicada y veladamente, una orquesta de ochenta músicos, desde las arcadas de mármol, acompaña con Bus Bones el banquete regio. Después, recibiendo honores de la guardia francesa. toda la familia real atraviesa por medio de las filas, humildemente inclinadas. de la nobleza: las solemnidades oficiales están terminadas y el regio novio no tiene ahora ningún otro deber que cumplir sino el de cualquier otro marido. Con la delfina a la derecha y el delfín a la izquierda. el rey conduce al dormitorio a la infantil pareja (juntos los dos suman apenas treinta años). Mas aun hasta la cámara real penetra la etiqueta, pues ¿quién otro sino el propio rey de Francia en persona podría entregar al heredero del trono la camisa de dormir, y quién sino la dama de categoría más alta y más recientemente casada, en este caso la duquesa de Chartres, podría dar la suya a la delfina? En cuanto al tálamo mismo fuera de los novios sólo a una persona le es lícito acercarse a él: el arzobispo de Reims.

que lo bendice e hisopea con agua bendita.

Por fin abandona la corte aquel recinto íntimo: por primera vez, Luis y María Antonieta se quedan conyugalmente solos. y las cortinas del dosel del lecho se cierran. crujientes.

en torno de ellos: telón de brocado de una invisible tragedia.

 

SECRETO DE ALCOBA

En aquel lecho no ocurre primeramente nada. Y tiene un doble sentido. altamente fatal, el que el joven esposo escribiera a la mañana siguiente en su diario: «Rien». Ni las ceremonias de corte. ni la bendición arzobispal del lecho de los novios han tenido fuerza para vencer un penoso impedimento del organismo del novio: matrimonium non consummatum est: el matrimonio, en su propio sentido, no ha sido consumado: no lo ha sido hoy, no lo será mañana, ni tampoco en los inmediatos años. María Antonieta ha tropezado con un «nonchalant mari». con un marido negligente, y al principio se piensa que sólo timidez. inexperiencia o nature tardive -hoy diríamos retraso infantil- sean lo que paraliza al joven de dieciséis años junto a aquella muchacha encantadora. Que no se le hostigue. que se le tranquilice a fin de que desaparezca el impedimento psíquico, es opinión de la experimentada madre. y amonesta a Antoinette para que no tome demasiado a mala parte el desengaño conyugal -«point d'humeur là desseus», le escribe en mayo de 1771-, y recomienda a su hija «caresses, cajolis», ternuras. mimos, pero, por otra parte sin abusar de ello: «Trop d'empressement gâterait le tout». Pero como esta situación llegara a durar ya un año, dos, la emperatriz comienza a inquietarse acerca de esta «conduite si étrange» del joven esposo. De su buena voluntad no puede dudarse, pues de mes en mes se muestra el delfín más tiernamente sometido a su linda esposa: renueva incesantemente sus visitas nocturnas, sus inútiles tentativas, pero en la última y decisiva terneza lo paraliza algún «maudit charme», algún maldito hechizo. cierto impedimento fatal y misterioso. La ignorante Antoinette piensa que ello consiste sólo en «maladresse et jeunesse», en torpeza y juventud: en su inexperiencia. la pobre niña llega hasta rechazar resueltamente los «malos rumores que circulan aquí. en el país. sobre incapacidad del delfín». Pero la madre interviene de nuevo. Hace llamar al médico de la corte. Van Swieten. y lo consulta sobre la «froideur extraordinaire du Dauphin». El médico se encoge de hombros. Si una muchacha con tales atractivos no logra inflamar al delfín, quedará sin efecto todo procedimiento medicinal. María Teresa escribe a París carta tras carta, finalmente, el propio Luis XV, con gran experiencia y harto ejercitado en estos terrenos, interroga a su nieto; el médico francés de la corte, Lassone, es iniciado en el secreto; reconocen al triste héroe amoroso, y entonces se pone de manifiesto que esta impotencia del delfín no es producida por ninguna causa espiritual, sino por un insignificante defecto orgánico - una fimosis-. «Quién dice que el frenillo sujeta tanto el prepucio, que no cede a la introducción y causa un dolor vivo en él, por el cual se retrae S. M. del impulso que conviene. Quién supone que dicho prepucio está tan cerrado que no puede explayarse para la dilatación de la punta o cabeza de la parte, en virtud de lo cual no llega la erección al punto de elasticidad necesaria.» (Informe secreto del embajador de España.) Se suceden consultas tras consultas para saber si debe intervenir con su bisturí el cirujano «pour lui rendre la voix», como se murmura cínicamente en las antecámaras. También María Antonieta, instruida mientras tanto por amigas experimentadas, hace todo lo posible para inducir a su esposo a que se someta al tratamiento quirúrgico. («Je travaille à le déterminer à la petite operation dont on a déjà parlé et que je crois nécessaire», escribe a su madre en 1775.) Pero Luis XVI -el delfín, entre tanto, ha llegado a rey, pero al cabo de cinco años sigue todavía sin ser esposo- no puede decidirse a ningún acto enérgico, conforme a su carácter vacilante. Lo retrasa y titubea, prueba y vuelve a probar, y esta terrible, repugnante y ridícula situación de eternos ensayos y eternos fracasos, para ignominia de María Antonieta, mofa de toda la corte, rabia de María Teresa y humillación de Luis XVI, se prolonga aún durante otros veinticuatro meses; en total, por tanto, siete espantosos años, hasta que, por último, el emperador José se traslada especialmente a París para convencer a su poco valeroso cuñado de la necesidad de la operación. Sólo entonces logra este triste césar del amor pasar felizmente el Rubicón. Pero el dominio psíquico que por fin conquista está ya asolado por siete años de ridículas luchas, por estas dos mil noche s en las cuales María Antonieta, como mujer y como esposa, ha sufrido las más extensas humillaciones de su sexo.

¿No hubiera podido evitarse, preguntará quizás alguna alma sensible, tratar de este espinoso y sagrado secreto de alcoba? ¿No hubiera bastado oscurecer hasta hacerlo irreconocible el tema del fracaso real, resbalar discretamente sobre esta tragedia conyugal, aludir figuradamente, en el mejor caso, a la «ausente dicha de la maternidad»? ¿En realidad, insistir sobre estas íntimas particularidades es imprescindible en un estudio de caracteres? Ciertamente lo es, pues todas las tiranteces, dependencias, sujeciones y hostilidades que se van formando, poco a poco, entre el rey y la reina, los candidatos al trono y la corte, y que se extienden muy a lo lejos en el terreno de la Historia Universal, serían incomprensibles si no se buscara resueltamente su origen verdadero. Más numerosos de lo que en general se cree son los sucesos de valor histórico universal que han tenido sus comienzos en la alcoba de los reyes y bajo el pabellón de su lecho; pero apenas habrá algún otro caso en el cual el lógico encadenamiento entre las causas más secretas y los efectos políticos a históricos sea tan claramente manifiesto como en esta íntima tragicomedia, y no sería honrado un estudio de caracteres que dejara envuelto en sombras un acontecimiento que la misma María Antonieta ha calificado de «article essentiel», punto capital de sus preocupaciones y esperanzas.

Y, además, ¿se descubre realmente un secreto cuando se habla de la dilatada incapacidad conyugal de Luis XVI? Cierto que no. Sólo el siglo XIX, con su enfermiza ética y su pruderie sexual, ha impuesto un noli me tangere a toda libre dilucidación de cuestiones fisiológicas. Mas en el siglo XVIII, al igual que en todos los anteriores, la capacidad sexual o la impotencia de un rey, lo mismo que la fecundidad o esterilidad de una reina, no eran consideradas como asuntos privados. sino asunto político y de Estado, porque de ello dependía la sucesión al trono y el destino de todo el país: el lecho formaba tan manifiestamente parte de la existencia humana como la pila bautismal o el ataúd. En la correspondencia de María Teresa y de María Antonieta, que siempre pasaba por las manos del archivero de Estado y del copista, hablaban entonces una emperatriz de Austria y una reina de Francia con toda libertad de las particularidades de aquella extraña vida conyugal. María Teresa describe elocuentemente a su hija las ventajas del lecho en común y le hace algunas pequeñas indicaciones femeninas para aprovechar hábilmente toda ocasión de unión íntima: la hija informa repetidamente a su madre de si se presentan o no sus molestias mensuales, de los fracasos del esposo, de cada «un petit mieux», y, por último, triunfalmente. de su embarazo. Hasta hay una vez en que al compositor de Ifigenia, al propio Gluck, por partir antes que el correo. se le confía la comunicación de una de tales íntimas novedades: en el siglo XVIII se consideran aún de un modo plenamente natural las cosas naturales.

Mas ¡si fuese sólo la madre la que conociera aquel secreto fracaso! En realidad. charlan de ello todas las camareras, todas las damas de la corte, los caballeros y los oficiales: los servidores lo saben y las lavanderas del palacio de Versalles: hasta en su propia mesa tiene que soportar el rey alguna broma pesada acerca de ello. Como la capacidad de engendrar de un Borbón, en cuanto a la sucesión del trono, constituye un asunto de alta política, todas las cortes extranjeras se mezclan en el asunto del modo más insistente. En los informes de los embajadores de Prusia, Sajonia. Cerdeña, se encuentran detalladas exposiciones del delicado asunto; el más celoso de todos ellos, el embajador español, el conde de Aranda, hasta llega a hacer examinar las sábanas del lecho real por criados sobornados, para seguir del modo más minucioso la posible pista de todo suceso fisiológico. Por todas partes. en toda Europa, se ríen y bromean príncipes y reyes. por carta y de palabra. acerca de su inhábil colega; no sólo en Versalles, sino en todo París y en Francia entera, la vergüenza conyugal del rey es el secreto de Polichinela. Se habla de ella en todas las calles, vuela de mano en mano en forma de libelos, y cuando Maurepas es nombrado ministro, circula, con general alegría. el descarado couplet siguiente:

Maurepas était impuissant,

le roi l'a rendu plus puissant,

le ministre reconnaissant

dit: Pour vous. Sire,

ce que je désire

d'en faire autant.

 

Pero lo que suena a broma tiene, en realidad, una significación funesta y peligrosa, pues aquellos siete años de fracaso determinan el carácter moral del rey y de la reina y conducen a consecuencias políticas que serían incomprensibles sin el conocimiento de estos hechos: el hado de un matrimonio se liga aquí con el destino universal.

Resultaría, ante todo, incomprensible la actividad moral de Luis XVI sin el conocimiento de aquel defecto íntimo. Su habitus humano muestra con claridad absolutamente clínica todos los datos típicos de un sentimiento de inferioridad procedente de una debilidad viril. Lo mismo que en lo privado, también en la vida pública le falta a este «inhibido» la fuerza necesaria para decidirse a actuar. No sabe presentarse en público: no es capaz de mostrar una voluntad, ni mucho menos de imponerla: desmañado, tímido y secretamente avergonzado. huye de toda sociedad en la corte. y especialmente del trato con mujeres. porque este hombre, en el fondo honrado y recto, sabe que su desgracia es conocida de todos en palacio, y la irónica sonrisa del iniciado en su secreto perturba todo su ánimo. A veces intenta imponerse violentamente cierta autoridad, darse una apariencia viril, pero entonces se coloca siempre en un peldaño demasiado alto: se convierte en grosero, brusco y brutal: típico refugiarse en un gesto de fingida fuerza. en la cual no cree nadie. Pero jamás logra presentarse a la gente de un modo libre, natural y consciente de sí mismo. y mucho menos con majestad. Porque no sabe ser hombre en su dormitorio, tampoco logra presentarse ante los otros como rey.

El que sus aficiones personales sean de lo más varonil: la caza y duros ejercicios corporales - instaló para sí un taller de herrero, del cual todavía hoy puede verse el torno-, no contradice en modo alguno el cuadro clínico trazado antes, sino que lo confirma. Pues precisamente el que no es hombre es aquel a quien, inconscientemente, le gusta más representar un papel viril, y a la debilidad secreta le agrada cabalmente triunfar ante los hombres bajo el aspecto de fuerza. Si durante horas enteras galopa en espumeantes caballos a través de los bosques en persecución del jabalí; si agota sus músculos en el yunque hasta la fatiga extrema, compensa en forma grata, con la conciencia de un vigor puramente físico, su debilidad escondida; se siente a gusto haciendo de Vulcano quien desempeña mal el servicio de Venus. Pero apenas Luis se ha puesto su uniforme de gala y se presenta en medio de sus cortesanos, descubre que aquella fuerza es sólo muscular y no del corazón, y al punto se siente turbado. Rara vez se le oye reír, rara vez se le ve realmente feliz y divertido.

Pero este sentimiento caracterológico de secreta debilidad actúa del modo más peligroso en sus relaciones con su mujer. Hay muchas cosas en la conducta de María Antonieta que se oponen al gusto personal del esposo. No le gusta la sociedad que la rodea, le enoja el perpetuo torbellino de sus ruidosas diversiones, su disipación, su frivolidad nada regia. Un hombre verdadero habría sabido poner rápido remedio a todo ello. Pero ¿cómo puede un hombre, con una mujer ante la cual todas las noches se cubre de vergüenza y que le conoce como desvalido y ridículo narrador, desempeñar durante el día papeles de amo y señor? Por su incapacidad viril, Luis XVI aparece plenamente indefenso ante su mujer; y cuanto más tiempo dura aquella vergonzosa situación, tanto más lamentablemente cae en plena dependencia, hasta dar en la servidumbre. La esposa puede exigir de él lo que quiera; siempre lo halla dispuesto a redimir su secreto sentimiento de culpabilidad con una condescendencia sin límites. Para intervenir como señor en la vida de la reina, para impedir sus manifiestas locuras, al esposo le falta fuerza de voluntad, la cual, en último término, no representa sino la expresión espiritual de la potencia corporal. Con desesperación ven los ministros, ve la emperatriz madre, ve toda la corte, cómo por esta trágica flaqueza todo el poder va a caer en manos de una joven aturdida, la cual lo malgasta con la mayor ligereza. Pero una vez establecido en un matrimonio el paralelogramo de las fuerzas, se sabe, por experiencia, que permanece en adelante inconmovible como constelación espiritual. Hasta cuando Luis XVI llegó realmente a ser esposo y padre de familia, aunque debiera ser el dueño de Francia, continuó siempre como siervo de María Antonieta, sin voluntad propia, sólo porque a su debido tiempo no pudo ser su marido.

No menos fatalmente influye el fracaso sexual de Luis XVI en el desenvolvimiento espiritual de María Antonieta. Conforme a la oposición de los sexos, una y la misma perturbación provoca manifestaciones totalmente opuestas en el carácter masculino y en el femenino. Cuando un hombre está sometido a perturbaciones en su vigor sexual, se origina en él cierta timidez a inseguridad en sí mismo; cuando a la mujer no le sirve de nada el estar dispuesta a la pasiva entrega de sí misma, se presenta inevitablemente una sobreexcitación y falta de dominio, con un vivo exceso de vitalidad. Por su natural, María Antonieta es, en realidad, plenamente normal; una mujer muy femenina y tierna, destinada a numerosa maternidad y que probablemente no aspira a otra cosa sino a dejarse dominar por un hombre verdadero. Pero la fatalidad ha querido que precisamente esta mujer capaz de sentimientos y deseosa de encontrar respuesta a ello vaya a caer en un matrimonio anormal con un hombre que no es hombre. Claro que, en todo caso, la delfina no tiene más que quince años al tiempo de la celebración del matrimonio: para ella no debería manifestarse todavía como carga moral la enfadosa incapacidad de su esposo, pues ¿a quién le sería lícito considerar como un hecho fisiológicamente contranatural el que una muchacha permanezca virgen hasta los veintidós años? Pero lo que en este caso especial provoca la conmoción y la peligrosa sobreexcitación del sistema nervioso es que el marido que le ha sido impuesto por razón de Estado no le deja pasar estos siete años seudomatrimoniales en una castidad despreocupada a intacta. sino que continuamente. durante dos mil noches, un hombre rudo a inhábil se fatiga en vano junto al cuerpo juvenil de la princesa. Durante años, su sexualidad es excitada infructuosamente de esta manera insatisfactoria, vergonzosa y deprimente, que ni una sola vez sacia sus apetitos. De este modo, no es necesario ser médico neurólogo para dictaminar que aquel su fatídico exceso de vida, aquel perpetuo ir y venir y nunca estar satisfecha, aquella voluble carrera de placer en placer, son directa consecuencia típicamente clínica de un permanente estado de excitación sexual no satisfecha, producido por su esposo. Porque, en lo profundo de su ser, no ha sentido nunca verdaderas emociones y no ha podido sosegarse, esta mujer. aún no poseída al cabo de siete años de matrimonio, tiene necesidad de movimiento y ruido en torno de sí. y lo que fue una infantil y regocijante afición al juego. se convierte poco a poco en un delirante y enfermizo furor de diversiones, considerado como escandaloso por toda la corte y contra el cual María Teresa y todos los amigos tratan de luchar vanamente. Lo mismo que en el rey la vitalidad insatisfecha se transforma en rudo trabajo de herrero y en pasión por la caza. en oscuro y fatigante esfuerzo muscular, en la reina la falsamente dirigida y desaprovechada fuerza de sentimientos se refugia en tiernas amistades con mujeres, en coqueterías con caballeros jóvenes, en preocupaciones por el adorno de su persona y otras satisfacciones semejantes, insuficientes para su temperamento. Noches y noches huye del lecho conyugal. el triste lugar de su femenina humillación, y mientras su esposo y no esposo duerme profundamente, reposando de las fatigas de la caza, ella se arrastra hasta las cuatro o las cinco de la mañana por redoutes de ópera, salas de juego. cenas con compañías dudosas. excitándose con pasiones ajenas, reina indigna por haber caído en manos de un esposo impotente. Pero muchos momentos de airada melancolía revelan que esta frivolidad carece realmente de alegría, que es puro medio de adormecer con un exceso de baile y diversiones una decepción interna. Piénsese, sobre todo, en el grito que se le escapa del corazón escribiéndole a su madre cuando su parienta la duque sa de Chartres ha dado a luz, en su primer embarazo, un niño muerto: «Por muy espantoso que tenga que ser eso, quería por lo menos llegar hasta ahí». ¡Mejor un niño muerto que ninguno! Verse por fin fuera de aquella situación perturbadora e indigna; ser finalmente la verdadera y normal esposa de su marido, y no siempre y siempre conservarse virgen al cabo de siete años de matrimonio. Quien no comprenda la femenina desesperación que se oculta tras la furia de placeres de esta mujer no puede explicar ni comprender la notable transformación que se opera en ella cuando María Antonieta llega a ser por fin esposa y madre. De repente, sus nervios se tranquilizan de manera ostensible: aparece una nueva María Antonieta, aquella mujer dominadora y llena de voluntad y audacia que se revela en la segunda mitad de su vida. Pero esta transformación se produce ya demasiado tarde.

Al igual de lo que ocurre con la infancia, también en cada matrimonio los primeros acontecimientos son los decisivos. Y el curso de los años no puede reparar aquel daño que, en lo más fino a hipersensible del tejido del alma, ha producido una única y diminuta perturbación. Precisamente para estas heridas muy hondas a invisibles de la sensibilidad no hay curación completa.

Todo esto, no obstante, habría sido sólo una tragedia privada, una desdicha como las que también hoy ocurren a diario detrás de las cerradas puertas de la intimidad. En este caso, empero. las funestas consecuencias de tal disgusto conyugal se extienden mucho más allá de la vida privada. Marido y mujer son aquí rey y reina; sin evasión se hallan siempre ante el deformante espejo cóncavo de la atención pública; lo que en otros permanece secreto, alimenta en este caso charlas y murmuraciones. Una corte tan burlona como la francesa no se contenta. naturalmente, con la dolorosa comprobación de la desgracia, sino que husmea sin cesar en torno a la cuestión de cómo se resarcirá María Antonieta del fracaso de su esposo. Ven una encantadora joven, consciente de su valor y coqueta, una criatura de temperamento ardiente, en la que hierve la sangre juvenil, y saben a qué lamentable gorro de dormir le ha ido a caer en suerte esta amante magnífica: desde entonces toda la odiosa banda de chismosos no se preocupa más que de averiguar con quién engañará a su esposo. Justamente por no poder decirse nada preciso, el honor de la reina cae en frívolos comadreos. Un paseo a caballo con cualquier caballero, un Lauzun o un Coligny, y ya los desocupados charlatanes le han nombrado amante de la reina; una excursión matinal por el parque con damas de la corte y caballeros, y al punto se refieren las orgías más increíbles. Constantemente, el pensamiento de toda la corte está ocupado con la vida amorosa de la desengañada reina: los chismorreos se convierten en canciones, libelos y versos pornográficos. Primero son las damas de la corte las que se pasan de unas a otras, detrás del abanico, esos versillos de cantárida; después salen zumbando procazmente fuera de la real casa, son impresos y tienen gran éxito entre el pueblo. Después, cuando comienza la propaganda revolucionaria, los periodistas jacobinos no necesitan buscar largo tiempo para presentar a María Antonieta como el resumen de toda liviandad, como una desvergonzada delincuente, y el fiscal de la República sólo necesita echar mano de esta caja de Pandora de galantes calumnias para colocar bajo la guillotina la pobre cabeza de la Reina.

Más allá del destino personal, de la torpeza y la desgracia privadas, las consecuencias de una perturbación matrimonial llegan, en este caso, hasta el campo de la Historia Universal: en realidad. la destrucción de la autoridad real no ha comenzado con la toma de la Bastilla, sino en Versalles. Pues el que estas noticias del fracaso conyugal del rey y las maliciosas mentiras sobre la insatisfacción sexual de la reina, brotando del palacio de Versalles, llegaran tan veloz y extensamente a conocimiento de la nación entera no era fruto de la casualidad, sino que había en ello secretas razones de orden familiar y político.

Viven, en efecto. en este palacio cuatro o cinco personas, los más próximos parientes del rey, los cuales tienen interés personal en que no cese la decepción conyugal de María Antonieta. Ante todo, los dos hermanos del rey, para los cuales es extraordinariamente grato que este ridículo defecto anatómico y el temor de Luis XVI al cirujano no sólo perturben la normal vida conyugal del regio matrimonio, sino también el orden normal de la sucesión a la corona, pues ven en ello una probabilidad inesperada de llegar ellos mismos a sentarse en el trono. El hermano segundo de Luis XVI, el conde de Provenza, es decir, el que fue más tarde Luis XVIII -y alcanzó su meta sabe Dios por qué tortuosos caminos-, no pudo nunca resignarse a permanecer durante toda su vida como segundón detrás del trono, en lugar de llevar el cetro en su propia mano; la carencia de heredero directo le convertía a él en regente, si no en sucesor del rey, y su impaciencia es apenas dominable; pero como también él es un marido dudoso y no tiene hijos, el tercer hermano, el conde de Artois, saca también ventajas de la incapacidad genital de sus hermanos mayores, pues de este modo sus hijos son legítimos herederos del trono. Así ambos hermanos saborean como un caso afortunado lo que constituye la desgracia de María Antonieta, y cuanto más tiempo dura la espantosa situación, tanto más seguros se sienten en su prematura expectativa. De ahí su odio, ilimitado a indominado, cuando, en el séptimo año de matrimonio, María Antonieta realiza por fin el milagro de la repentina transformación viril de su esposo, con lo cual las relaciones matrimoniales entre el rey y la reina llegan a ser totalmente normales. El conde de Provenza no perdona jamás a María Antonieta este golpe terrible que mata de improviso todas sus esperanzas a intenta obtener torcidamente lo que no le resulta por vía directa: desde que Luis XVI llega a ser padre, sus hermanos y parientes se convierten en sus adversarios más peligrosos. La revolución tiene buenos auxiliares en la corte; manos de príncipe le han abierto las puertas de palacio y le han entregado las mejores armas; este episodio de alcoba ha descompuesto y arruinado la autoridad real desde dentro de la corte de modo más fuerte que todos los sucesos exteriores. Casi siempre es un secreto destino el que regula las cosas visibles y públicas; casi todos los acontecimientos universales son reflejos de internos conflictos personales. Uno de los grandes y asombrosos secretos de la Historia es producir permanentemente incalculables consecuencias con causas del tamaño de microbios, y no será ésta la última vez en que la pasajera perturbación sexual de un solo individuo ponga en agitación al mundo entero; la impotencia de Alejandro de Serbia, su sujeción sexual a su iniciadora Draga Maschin, el asesinato de ambos, el advenimiento de los Karageorgievic, la desavenencia con Austria y la guerra mundial son también una implacable y lógica sucesión de aludes. Porque la Historia teje con hilos de araña las inextricables mallas del destino; en su maravilloso mecanismo de abrir surcos, la más diminuta ruedecilla pone en movimiento fuerzas monstruosas; así también en la existencia de María Antonieta, las naderías se convierten en algo poderoso; los lances aparentemente ridículos de las primeras noches y de los primeros años de la vida conyugal dan forma no sólo al carácter de ambos esposos, sino que determinan la configuración general del mundo.

Pero ¡qué lejos aún, en lo remoto, se amontonan estos ame nazadores nubarrones! ¡Qué alejadas están aún estas consecuencias y esta trabazón de hechos del infantil espíritu de la muchacha de quince años que bromea, sin sospecha alguna, con su camarada inepto! Con alegre y palpitante corazoncito y con sus sonrientes y curiosos ojos claros, cree ascender las gradas de un trono, cuando es un patíbulo lo que se alza al término de su vital carrera.

Pero aquellos destinados desde su origen a una suerte negra no reciben de los dioses ninguna indicación ni advertencia. Les dejan recorrer su camino, despreocupados y sin presentimientos, y, desde el fondo de su propia persona, su destino crece y avanza a su encuentro.

 

PRESENTACIÓN EN VERSALLES

Aun hoy día, Versalles actúa sobre nosotros como el símbolo más grande de la autocracia; sin ningún aparente motivo, en medio del campo, lejos de la capital, sobre una colina alzada artificialmente se levanta un palacio gigantesco, el cual, por centenares de ventanas, contempla un país despoblado por encima de los canales artificialmente construidos y de los jardines artísticamente recortados. Ningún río favorable al comercio y al tráfico atraviesa por a11í; ningún camino ni ninguna ruta concurren en aquel punto; por pura casualidad, como capricho de piedra de un gran señor, este palacio opone a los asombrados ojos su gigantesco esplendor sin sentido.

Pero justamente eso es lo que ha sido querido por la cesárea voluntad de Luis XIV: erigir un deslumbrante altar a su propia persona, a su inclinación al culto idolátrico de sí mismo. Autócrata resuelto, hombre despótico, había impuesto triunfalmente su voluntad de centralización al país antes dividido, prescrito el orden al Estado, las costumbres a la sociedad, la etiqueta a la corte, la unidad a la fe, la pureza al idioma. De su persona partían los rayos de esta voluntad de unificación, y, por tanto, hacia su persona debía volverse después toda la gloria. «Donde yo estoy, a11í está el Estado: donde yo habito es el punto central de Francia, el ombligo del mundo»: para hacer sensible esta carencia de límites en sus poderes, el Roi-Soleil trasladó con toda su intención su residencia lejos de París. Precisamente, con situar su palacio en completo despoblado, muestra que un rey de Francia no necesita la ciudad, los burgueses, las masas, como soporte o marco de su poder. Basta que extienda su brazo y ordene para que al punto, hasta de las lagunas y arenales, surjan jardines y bosques, cascadas y grutas en tomo al más bello a imponente de los palacios; desde este punto astronómico que su albedrío ha elegido arbitrariamente.

sale y se pone de ahora en adelante el sol de su Imperio. Versalles ha sido construido para probar simbólicamente a Francia que el pueblo no es nada y el rey lo es todo.

Pero la fuerza creadora no va nunca unida sino a aquel hombre que está lleno de vida; sólo es hereditaria la corona, no la potencia y majestad en ella contenidas. Estrechos de alma, débiles de sentimientos o buscadores de goces, en vez de crea dores, Luis XV y Luis XVI heredan el dilatado palacio, el Estado fundado sobre tan grandes bases. En to exterior, bajo su dominio todo permanece intacto: las fronteras, el idioma, las costumbres, la religión, el ejército; con demasiada fuerza ha impuesto su forma aquella enérgica mano para que lo hecho por ella pueda ser borrado en cien años; pero pronto a las formas les falta contenido y a la hirviente materia el impulso creador. Bajo Luis XV no cambia nada el aspecto de Versalles, pero sí su significación; aún, como siempre, verbenean con magníficas libreas tres mil o cuatro mil sirvientes por los pasillos y patios de palacio; aún, como siempre, hay dos mil caballos en las caballerizas; aún, como siempre, funciona con bien aceitadas chamelas el aparato artificial de la etiqueta en todos los bailes, recepciones, redoutes y mascaradas; aún, como siempre, se pavonean por la Galería de los Espejos y las estancias centelleantes de oro caballeros y señoras con suntuosos trajes de brocado, de seda plisada, cubiertos de piedras preciosas; aún, como siempre, es ésta la más célebre, la más refinada y la más culta de todas las cortes de la Europa de entonces.

Pero lo que había sido expresión de una avasalladora plenitud de poder, hace tiempo que no es más que frivolidad y movimiento desprovisto de alma y de sentido. De nuevo reina un Luis, pero no es ya un dominador soberano, sino un apático esclavo de las mujeres; también éste reúne en torno a sí una come de arzobispos, ministros, mariscales, arquitectos, poetas y músicos; pero, lo mismo que él no es ningún Luis XIV tampoco ellos son ningún Bossuet, ni ningún Turenne, ni Richelieu, ni Mansart. ni Colbert, Racine o Comeille, sino una casta de codiciosos de destinos, aduladores a intrigantes que sólo quieren gozar en vez de crear, vivir parasitariamente sobre lo ya producido. en lugar de infundir sangre nueva a las cosas, con voluntad y espíritu. En este invernáculo de mármol no brota ya ningún osado plan, ninguna reforma decisiva, ninguna obra poética, sino que sólo las plantas palustres de la intriga y la galantería crecen exuberantemente. No son los servicios los que deciden de la suerte de un servidor del Estado, sino la cábala; no el mérito, sino la protección; quien inclina las espaldas en una reverencia más profunda en el lever de la Pompadur o de la Du Barry es el que llega a mayor altura; en lugar de la obra, vale la palabra; en lugar del ser, el parecer. Sólo entre ellos mismos y para ellos mismos, en una escena eternamente igual a sí misma, estos hombres representan sus papeles de rey, de hombre de Estado, de sacerdote o de mariscal con mucha gracia pero sin ningún objeto; todos se han olvidado de Francia, de la realidad; sólo piensan en su persona, en su carrera, en sus placeres. Versalles, ideado por Luis XIV como el Forum Maximum de Europa, decae bajo Luis XV hasta ser un teatro de sociedad de nobles aficionados; claro que, en todo caso, el más artístico y caro que jamás ha conocido el mundo.

Sobre este magnífico escenario aparece ahora por primera vez, con vacilante paso de débutante, una muchacha de quince años. Al principio no representa más que un pequeño papel secundario: el de delfina, la heredera del trono. Pero los muy nobles espectadores saben muy bien que a esta pequeña y rubia archiduquesa de Austria le está reservado para más tarde en Versalles el papel principal, el de reina, y por eso al punto todas las miradas se dirigen curiosamente a ella desde el instante de su llegada. La primera impresión es excelente: hace mucho tiempo que no se ha visto aparecer allí ninguna muchacha tan encantadora; con su esbelta figurita deliciosa, como el biscuit de Sèvres; su coloración de porcelana pintada, sus alegres ojos azules, su boca, viva y petulante, que sabe reír de la manera más infantil y enfurruñarse del modo más divertido; porte irreprochable, andar de graciosa levedad, deliciosa en la danza, pero al mismo tiempo -no en vano es hija de una emperatriz- un modo seguro de atravesar, rígida y orgullosa, por la Galería de los Espejos, saludando sin cortedad a derecha y a izquierda. Con mal disimulado enojo reconocen las damas, a quienes en ausencia de una prima donna les ha sido dado representar los primeros papeles, una rival victoriosa en aquella aún no desarrollada muchacha estrecha de hombros. Una única falta en su conducta advierte unánimemente la severa sociedad cortesana: aquella niña de quince años tiene la singular pretensión de moverse con infantil libertad, sin ningún envaramiento, por aquellos sacrosantos salones; siendo una bestezuela silvestres por su natural, la joven María Antonieta alborota por todas partes, con revoleo de faldas, jugando con los hermanos más jóvenes de su marido; aún no puede acostumbrarse a la desolada mesura, a la reserva glacial que sin cesar se exige aquí de la esposa de un príncipe real. En las grandes ocasiones sabe conducirse irreprochablemente, pues ha sido educada bajo una etiqueta no menos pomposa, bajo la hispano-habsburguesa. Pero en la Hofburg y en Schoenbrunn no se adoptaban continentes tan solemnes más que en las solemnidades; para las recepciones se sacaba el ceremonial, como un traje de gala, y se deponía, con un suspiro de satisfacción, tan pronto como los haiducos habían cerrado la puerta a espalda de los visitantes. Entonces se esponjaban a su gusto, se convertían en sencillos y familiares, era permitido a los niños alborotar y divertirse alegremente; cierto que en Schoenbrunn se servían de la etiqueta, pero no se la servía como esclavos delante de un dios. En cambio, aquí, en esta corte preciosa y anticuada, no se vive para vivir, sino únicamente para representar, y cuanto más alta la categoría de un personaje, más son las prescripciones que tiene que cumplir. Por tanto, ¡en nombre del cielo!, que jamás ha ya un gesto espontáneo, no cabe mostrarse natural a ningún precio; sería una falta contra las costumbres que nada podría reparar. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana, siempre buen porte, buen porte y buen porte; si no, murmura el implacable público de aduladores, el objeto de cuya existencia es vivir en este teatro y para él.

María Antonieta, ni de niña ni cuando reina, ha querido comprender jamás esta espantosa y solemne severidad, este sagrado ceremonial de Versalles; no concibe la terrible importancia que toda la gente atribuye aquí a una inclinación de cabeza o a una precedencia o primacía, y no la comprenderá jamás. Naturalmente obstinada, terca y, por encima de toda traba, sincera, odia toda especie de restricción; como auténtica austriaca, quiere dejarse llevar por los acontecimientos, vivir a su gusto y no sufrir a cada paso esa insoportable afectación, ese darse importancia y suficiencia. Lo mismo que se libraba de sus deberes escolares en su casa natal, también aquí en toda ocasión procura escabullirse de su severa dama de honor. madame de Noailles, a quien llama burlonamente «Madame Etiqueta»; esta niña, vendida demasiado pronto a la política, quiere tener, inconscientemente, to único de que está privada en medio del fausto de su posición: algunos años de verdadera infancia.

Pero una princesa heredera no puede ni debe ser ya una niña; todo se une para traer a su recuerdo la obligación de mantener una inconmovible dignidad. Su alta educación compete, junto con la santurrona dama de honor, a las hijas de Luis XV tres solteronas beatas y malignas, de cuya virtud ni aun la peor lengua calumniadora osaría dudar: madame Adelaida, madame Victoria y madame Sofía; esas tres parcas se ocupan, con aparente cariño, de María Antonieta, abandonada por su esposo; en su escondida madriguera es iniciada la princesa en toda la estrategia de las pequeñas guerras de corte: debe aprender a11í el arte de la maledicencia, de la socarrona malicia, de la intriga subterránea, la técnica de los alfilerazos. Al principio, esta nueva enseñanza divierte a la inexperta María Antonieta. e, inocente. repite los bons mots cargados de especias; pero en el fondo tales malevolencias contradicen a su natural sinceridad. María Antonieta, para su daño, no ha aprendido nunca el disimulo. la ocultación de sus sentimientos de odio o de cariño, y pronto, por su instinto recto. se libera de la tutela de las tías; todo lo apicarado es opuesto a su ingenuo a indomado natural. Igual mala suerte tiene la condesa de Noailles con su discípula; sin cesar. el indisciplinable temperamento de la muchacha de quince o dieciséis años se subleva contra la mesure, contra el empleo del tiempo acompasado y siempre unido a un párrafo de reglamento. Pero nada puede ser cambiado en esto. Ella misma describe así su día: «Me levanto a las nueve y media o diez, me visto y hago mis oraciones matinales. Después me desayuno y voy a ver a las tías, donde, de ordinario, encuentro al rey. Esto dura hasta las diez y media. En seguida, a las once, voy a que me peinen. Luego llaman a toda mi casa, y todo el mundo puede entrar entonces, salvo las gentes sin calidad ni nombre. Me pongo mi colorete y me lavo las manos delante de todos los reunidos; después se retiran los hombres, quedan las damas y me visto delante de ellas. A las doce se va a la iglesia. Si el rey está en Versalles, voy con él a misa, con mi esposo y las tías. Si está ausente, voy sólo con el señor delfín, pero siempre a la misma hora. Después de misa hacemos la pública comida del mediodía, pero a la una y media está ya terminada, porque los dos comemos muy de prisa. De a11í voy a las habitaciones del señor delfín, y cuando está ocupado, me vuelvo a las mías, donde leo, escribo o trabajo, pues estoy haciendo una chupa para el rey, trabajo que avanza muy lentamente, pero confío en que, con la ayuda de Dios, estará terminado dentro de algunos años. A las tres vuelvo junto a las tías, con las cuales, a esa hora, se encuentra el rey; a las cuatro viene el abate a mi habitación; a las cinco, el maestro de clave o el de canto, hasta las seis de la tarde. A las seis y media vuelvo casi siempre junto a las tías, si no salgo de paseo. Tienes que saber que mi esposo va casi siempre conmigo a las habitaciones de las tías. Se juega de siete a nueve; pero si hace buen tiempo salgo de paseo, y entonces no se juega en mis habitaciones, sino en las de las tías. Cenamos a las nueve, y si no está el rey, las tías cenan con nosotros. Pero si está el rey presente, después de cenar vamos junto a ellas. Esperamos al rey, que, de costumbre, llega a las once menos cuarto. Pero yo, mientras tanto, me echo en un gran canapé y duermo hasta su llegada; pero si no está a11í, vamos a acostamos a las once. Ésta es la distribución de mi día».

En esta distribución de horas no queda mucho tiempo para las diversiones, que es justamente lo que apetece su inquieto corazón. Su sangre, hirviente y juvenil, querría hacer locuras: jugar, reír, alborotar; pero al punto alza su severo dedo «Madame Etiqueta». y advierte que esto y aquello, y en resumidas cuentas todo lo que quiere María Antonieta es inconciliable con su posición de princesa heredera. Aún le va peor con el abate Vermond, el antiguo maestro y ahora confesor y lector de la delfina. En realidad, María Antonieta tendría aún muchísimo que aprender, pues su instrucción está muy por debajo de la del término medio: a los quince años ha olvidado bastante el alemán y todavía no ha aprendido por completo el francés; su escritura es lamentablemente desmañada; su estilo, lleno de enormidades y faltas de ortografía; necesita aún que el servicial abate le corrija sus cartas. Fuera de eso, debe leerle todos los días durante una hora y obligarla a que lea ella misma, pues María Teresa le pregunta por sus lecturas en casi todas las cartas. No cree exacta la noticia de que Toinerte lea o escriba todas las tardes. «Trata de amueblarte la cabeza con buenas lecturas -amonéstala la madre-; es para ti más necesario que para cualquier otro. Desde hace dos meses estoy esperando la lista del abate, y temo que no te has ocupado de ello y que los burros y caballos te han quitado el tiempo destinado para los libros. Ahora, en invierno, no abandones esta ocupación, ya que no posees a fondo ninguna otra: ni música, ni dibujo, baile, pintura o cualquier otra arte bella.» Por desgracia, María Teresa tiene motivos para desconfiar, porque su Toinette, de un modo al mismo tiempo ingenuo y hábil, sabe seducir tan por completo al abate Vermond -¡claro que no se puede obligar a una delfina a que haga alguna cosa o imponerle un castigo!- que la hora de lectura se convierte siempre en una hora de charla; aprende poco, o nada, y su madre, con todas sus apremiantes admoniciones, no consigue dirigirla hacia ningún trabajo serio. Su recto y sano desenvolvimiento ha sido perturbado por su matrimonio, forzado y precoz. Mujer por su título, pero en realidad siempre una niña, María Antonieta debe, por una pane, presentarse ya conforme a su dignidad y categoría mayestáticas, pero. por otra, debería. en un banco de la escuela, aprender los más elementales conocimientos de instrucción primaria: ya se la trata como a una gran dama, ya se la reprende como a una niña. La dama de honor exige de ella el porte de su alcurnia: la, tías, que intrigue: su madre, que se instruya; mas su juvenil corazón no quiere otra cosa sino vivir y ser joven, y en esta contradicción entre la edad y la categoría, entre su propia voluntad y la de los otros, se origina. en este natural aún no evolucionado aunque siempre por completo honrado. aquella irreprimible inquietud y ansia de libertad que más tarde han de determinar, de un modo tan nefasto, el destino de María Antonieta.

María Teresa conoce al detalle esta peligrosa y dañina situación de su hija en la corte extranjera: sabe también que aquella criatura demasiado joven, frívola y ligera, nunca estará en disposición de evitar por su propio instinto todas las trampas de la intriga y las celadas de la política de palacio. Por ello le ha dado como fiel consejero a la mejor persona que posee entre sus diplomáticos, al conde de Mercy. «Temo mucho -había escrito la emperatriz con asombrosa franqueza a su representante- la excesiva juventud de mi hija, la demasía de lisonjas en torno suyo, su pereza y su falta de gusto por toda actividad seria, y recomiendo a usted. ya que tengo en su persona plena confianza, que vigile para que no vaya a caer en malas manos.» La emperatriz no hubiera podido hacer mejor elección. Belga de nacimiento, pero totalmente adicto a su soberana: hombre de corte, pero no servil cortesano: sereno de pensamiento, pero no frío: lúcido, aunque no genial, este solterón, rico y sin ambiciones, que no desea otra cosa en la vida sino servir plenamente a su soberana, toma a su cargo este puesto tutelar con todo el tacto imaginable y la más conmovedora fidelidad. En apariencia. es el embajador de la emperatriz en la corte de Versalles. pero en realidad no es más que el ojo, el oído y la mano protectora de la madre; gracias a sus minuciosos informes. María Teresa puede observar a su hija desde Schoenbrunn como a través de un telescopio. La emperatriz sabe cada palabra que pronuncia su hija. cada libro que lee, o más bien que no lee: conoce cada vestido que se pone; llega a su conocimiento cómo emplea o disipa María Antonieta cada uno de sus días, con quién habla, qué faltas comete, pues Mercy. con gran habilidad, ha tendido estrechamente sus redes en torno a su protegida. «He ganado la confianza de tres personas del servicio personal de la archiduquesa. la hago observar día tras día por Vermond. y sé, por medio de la marquesa de Durfort, hasta la palabra más insignificante que charla con sus tías. Poseo además, otros me dios y caminos para conocer lo que pasa en la cámara del rey cuando se encuentra a11í la delfïna. Añado a esto mis propias observaciones, en forma que no hay ni una sola hora del día acerca de la cual no pueda decir, con conocimiento, lo que la delfina ha hecho, dicho a oído. Y extiendo siempre tan allá mis investigaciones por si es necesario para tranquilidad de Vuestra Majestad.» Todo lo que oye y acecha este fiel y honrado servidor lo comunica con la más completa veracidad y sin miramiento alguno. Correos especiales, ya que los recíprocos robos de correspondencia representan entonces el arte principal de la diplomacia, transportan estos íntimos informes, exclusivamente destinados para María Teresa, los cuales ni una sola vez son accesibles al canciller de Estado o al emperador José, gracias a la cerrada envoltura con la inscripción: «Tibi soli». Cierto que a veces se asombra la inocente María Antonieta de lo rápida y detalladamente que están informados en Schoenbrunn sobre cada particular de su vida, pero jamás llega a sospechar que aquel canoso señor tan amistosamente paternal sea el espía íntimo de su madre y que las cartas exhortadoras, misteriosamente omniscientes, de la emperatriz estén pedidas a inspiradas por el propio Mercy, pues Mercy no tiene otro medio de influir en la indómita muchacha sino acudiendo a la autoridad materna. Como a embajador de una corte extranjera, aunque sea amigo, no le es permitido dar reglas de conducta moral a la heredera del trono, no puede tener la pretensión de educar a la futura reina de Francia o de querer intuir sobre ella. De este modo, cuando quiere alcanzar algún objeto, encarga siempre una de aquellas cartas, cariñosamente several, que María Antonieta recibe y abre con corazón palpitante. No sometida a nadie más sobre la tierra, esta niña frívola experimenta siempre un sagrado temor cuando le habla su madre, aunque sólo sea por escrito, a inclina entonces respetuosamente la cabeza, aun ante la más severa censura.

Gracias a esta vigilancia perenne, María Antonieta, durante los primeros años, está a salvo de los peligros exteriores y de sus demasías internas. Otro espíritu, otro más fuerte, la grande y perspicaz inteligencia de su madre, piensa en lugar de ella; una resuelta severidad vela sobre su aturdimiento. Y la culpa que la emperatriz ha cometido con relación a María Antonieta, sacrificando demasiado pronto su joven vida a la razón de Estado, trata de redimirla la madre con infinitos desvelos.

Afectuosa, cordial y perezosa para reflexionar, la niña que es María Antonieta no siente en realidad ninguna antipatía hacia toda esta gente que la rodea. Quiere mucho a Luis XV, el abuelo político, que la mima amistosamente; soporta pasablemente a las viejas tías solteronas y a «Madame Etiqueta» ; siente confianza hacia su buen confesor Vermond, y una afección infantil y llena de respeto por el sereno y cordial amigo de su madre, el embajador Mercy. Sin embargo, sin embargo... Todas éstas son personas mayores, todas serias, mesuradas, ceremoniosas, y a ella, la muchacha de quince años, le gustaría amistarse despreocupadamente con alguien; ser alegre y sentir confianza en alguien; querría compañeros de juego y no sólo maestros vigilantes y sermoneadores: su juventud está sedienta de juventud. Pero ¿con quién estar alegre aquí, con quién jugar en esta casa de frío mármol, solemne y cruel? Según la edad, el verdadero compañero de juegos lo tendría realmente a su lado: su propio esposo, sólo un año mayor que ella. Pero regañón, tímido y a menudo grosero por su propia timidez, este lerdo compañero evita toda confianza con su joven esposa; tampoco él ha demostrado jamás el menor deseo de que lo casaran tan pronto, y tiene que pasar bastante tiempo antes de que se decida a ser semicortés con esta muchacha extranjera. De este modo, sólo quedan los hermanos más jóvenes de su marido, los condes de Provenza y Artois; con aquellos mozuelos de catorce y trece años, respectivamente, tiene a veces María Antonieta chanzas infantiles, se prestan disfraces y representan comedias en secreto; pero todo tiene que ser escondido rápidamente, tan pronto como se acerca «Madame Etiqueta»; una delfina no debe ser sorprendida jugando. No obstante, esta indisciplinada niña necesita algo para su diversión, para su cariño; una vez se dirige al embajador pidiendo que le envíen de Viena un perro, un chien Mops; otra vez la severa aya descubre que la sucesora del trono de Francia -¡horror!- ha hecho subir a su habitación a los dos niños pequeños de una sirvienta y, sin cuidarse de su hermoso traje, se arrastra de un lado a otro con ellos por el suelo, en medio de gran alboroto. Desde la primera hasta la última hora lucha en María Antonieta un ser libre y natural contra la artificialidad de aquel ambiente que llega a ser suyo por el matrimonio, contra el preciosista patetismo de aquellas faldas à paniers y aquellos rígidos bus tos encorsetados. Esta ligera y juguetona vienesa se ha sentido siempre como extranjera en el solemne palacio de Versalles, el de las mil ventanas.

 

LA LUCHA POR UN SALUDO

«No te mezcles en política; no te ocupes de asuntos ajenos». le repetía desde el principio María Teresa a su hija; advertencia realmente innecesaria, pues para la joven María Antonieta nada hay en la tierra más importante que su placer. Todas las cosas que exigen meditación profunda o atención sistemática aburren indeciblemente a esta mujer joven, enamorada de sí misma. y, en realidad, es literalmente contra su voluntad el que ya desde los primeros años se vea envuelta y arrastrada por aquella mezquina y pequeña guerra de intrigas que en la corte de Luis XV sustituye a la elevada política de Estado de su predecesor. Ya a su llegada encuentra Versalles dividido en dos partidos. Hace tiempo que ha muerto la reina, y, por tanto, el primer puesto femenino, con todas sus prerrogativas, corresponde legítimamente a las tres hijas del rey. Pero, torpes. simplonas y comineras, estas tres señoras, devotas a intrigantes, no saben aprovechar su posición más que para sentarse en el primer lugar en la misa y tener primacía en las recepciones.

Aburridas y desagradables solteronas, no ejercen la menor influencia sobre su regio padre, el cual únicamente quiere su placer, y. a la verdad, en bajas formas sensuales, y hasta en las más groseras. Como no tienen ningún poder, ninguna influencia; como no confieren ningún destino, ni una sola vez el más insignificante cortesano se molesta por lograr su favor; todo el brillo, todos los honores, van hacia aquella que tiene muy poco que ver con el honor: hacia la última maîtresse del rey, hacia madame Du Barry.

Procedente de la hez popular, de un pasado oscuro, y, si se quiere conceder crédito a los rumores públicos, habiendo llegado al dormitorio regio por el rodeo de una casa pública, para captar una apariencia de derecho a tener acceso a la corte ha obtenido de la debilidad de carácter de su amante que le compre un noble esposo, el conde Du Barry, un caballero en extremo complaciente como marido, el cual, el mismo día de la boda, una vez firmados los papeles. desaparece para siempre. Pero, en todo caso, su nombre ha dado capacidad para entrar en la corte a la antigua muchacha de la calle. Por segunda vez, ante los ojos de toda Europa, ha tenido lugar la farsa, degradante y ridícula, de que un rey cristianísimo se deje presentar solemnemente, como desconocida dama de la nobleza, a su favorita, de todos conocida, y la introduzca en la corte. Legitimada por esta recepción, la querida del rey habita en el gran palacio, sólo separada por tres habitaciones de las escandalizadas hijas y unida con la cámara del rey por una escalera construida al efecto.

Con su propio y bien experto cuerpo, y con el de algunas lindas y amables muchachas, aún no experimentadas, que lleva al viejo libertino para excitarlo, mantiene por completo bajo su dominio el erotismo senil de Luis XV; la merced del rey no tiene otro camino sino el que pasa por su salón. Naturalmente, como ella tiene conferido el poder, todos los cortesanos se agrupan en torno suyo: los embajadores de todos los soberanos esperan, llenos de respeto, en su antecámara; reyes y príncipes le envían presentes; puede destituir ministros, repartir cargos; puede mandar que le construyan palacios, disponer de todos los tesoros regios: pesados collares de brillantes centellean sobre su lascivo cuello; gigantescos anillos resplandecen en sus manos, besadas respetuosamente por todas las eminencias de la Iglesia, príncipes y solicitantes, y la diadema regia centellea, invisible, sobre su espesa y oscura cabellera.

Toda la luz del favor real cae dilatadamente sobre esta ilegítima soberana de alcoba; todas las adulaciones y homenajes son para esta osada manceba, que se pavonea por Versalles con mayor arrogancia de lo que jamás lo haya hecho reina alguna.

Escondidamente, en sus habitaciones de segundo orden, se mantienen, mientras tanto, las despechadas hijas del rey, y gimen y se lamentan por culpa de aquella desvergonzada moza, que deshonra a toda la corte, cubre de ridículo a su padre, hace ineficaz el gobierno a imposible toda cristiana vida de familia. Con todo el odio de su virtud a la fuerza, de otra parte su único mérito -pues no poseen ni gracia, ni espíritu. ni dignidad-. las tres hijas aborrecen a esta ramera de Babilonia, que goza aquí, en el lugar de la difunta madre de las princesas, honores de reina, y de la mañana a la noche no tienen otro pensamiento sino el de mofarse de ella, despreciarla y hacerle daño.

Entonces, por una dichosa casualidad, aparece en la corte esta archiduquesa extranjera, María Antonieta; cierto que de quince años solamente, pero que, por la dignidad que le conceden sus derechos de futura reina, es la primera dama de la corte; servirse de ella contra la Du Barry es una dichosa ocupación para las tres solteronas, y desde el primer momento trabajan en preparar agudamente para tal tarea a esta muchacha irreflexiva a inconsciente. Ella debe ser la que dé la cara (mientras las tías permanecen en la oscuridad) para ayudarlas a derrotar a la bestia impura. De este modo, con fingida ternura, atraen a su círculo a la princesita. Y, sin sospecharlo siquiera, al cabo de pocas semanas, María Antonieta se alza en el centro de una encarnizada contienda.

A su llegada, María Antonieta no sabía nada ni de la existencia ni de la singular situación de una madame Du Barry; en la severidad de costumbres de la corte de María Teresa, la idea de una maîtresse era desconocida plenamente. Sólo en la primera cena, entre las otras señoras de la corte, ve a una dama de abultado pecho, brillantemente vestida y con magníficas alhajas, la cual la mira curiosamente, y oye que, al hablar, le dicen «condesa», condesa Du Barry. Pero las tías, que al instante toman afectuosamente a su cuidado a la inexperta niña, le explican el caso fundamental a intencionadamente, pues, pocas semanas más tarde, María Antonieta le escribe ya a su madre acerca de la «sotte et impertinente créature». En voz alta, e irreflexivamente, la delfina repite en sus charlas todas las observaciones, ruines y malignas, que las queridas tías ponen en sus traviesos labios, y de repente la corte, que se aburre y está siempre ávida de tales sensaciones, encuentra una chanza magnífica, porque a María Antonieta se le ha puesto en la cabeza, o más bien las tías le han puesto en la cabeza, el herir del modo más profundo a esa arrogante intrusa que en el palacio real hace la rueda como un pavo.

Según la ley de bronce de la etiqueta, en la corte de Versalles jamás a una dama de categoría inferior le es lícito dirigir la palabra a una de categoría superior, sino que tiene que esperar respetuosamente a que la de categoría superior se la dirija. Ya se comprende que la delfina, en ausencia de una reina, es la dama de calidad más alta, y María Antonieta hace abundante use de su derecho. Fría, sonriente y provocativa, deja que la condesa Du Barry espere tiempo y tiempo su saludo; durante semanas, durante meses, hace que la impaciente se perezca por una sola palabra de sus labios. Naturalmente, los chismosos y los aduladores advierten pronto el caso; encuentran en este duelo una alegría infernal; toda la corte se calienta placenteramente al fuego atizado por las tías con el mayor cuidado. Todos observan, llenos de expectación, a la Du Barry, la cual ocupa su asiento entre todas las damas de la corte y tiene que contemplar con mal contenida furia cómo aquella petulante rubia de quince años charla y charla alegremente, y quizá con estudiada alegría, con todas las damas de la corte; sólo ante ella María Antonieta frunce siempre un poco su labio habsburgués, levemente saledizo, no dice palabra y parece mirar, como a través de un vidrio, lo que hay detrás de la condesa, resplandeciente de brillantes.

Ahora bien, la Du Barry no es realmente una persona malintencionada. Como auténtica y legítima mujer del pueblo, tiene todas las cualidades de las clases inferiores: cierta benevolencia de advenediza, jovialidad y camaradería hacia todo aquel que no le quiere mal. Por vanidad, es fácilmente amable con todo el que la adula: indolente y generosa, da con gusto a quien le pida algo; no es en absoluto ninguna mujer mala o envidiosa. Pero como ha ascendido desde lo más bajo con una velocidad tan vertiginosa, la Du Barry no se contenta con una apariencia de poder; quiere gozar de él real y ostensiblemente; quiere asolearse vana y lozanamente con un esplendor que no le corresponde, y sobre todo quiere que se le reconozca derecho a todo ello. Quiere ocupar el primer puesto entre las damas de la corte: quiere llevar los más preciosos brillantes, poseer los trajes más magníficos, los más hermosos carruajes. los caballos más ligeros. Todo esto lo obtiene sin trabajo del hombre débil de voluntad. absolutamente sometido a ella sexualmente; nada le es negado. Pero -¡tragicomedia de todo poder ilegítimo que alcanza hasta al propio Napoleón!- su última suprema ambición es ser reconocida por el poder legítimo.

De modo que la condesa Du Barry, aunque está galantemente cercada por todos los príncipes, mimada por todos los cortesanos, después de satisfechos todos sus deseos, aún conserva uno: ser reconocida como existente por la primera mujer de la corte, ser recibida cordial v amablemente por la archiduquesa de la Casa de Habsburgo. Pero no sólo esta petite rousse (así llama a María Antonieta en su impotente furor), no sólo esta gansa de dieciséis años, que ni siquiera puede hablar aún correctamente el francés, que no logra realizar la ridícula pequeñez de que su propio marido rinda auténticos servicios conyugales, esta virgen a pesar suyo. frunce siempre los labios ante ella y la ofende delante de toda la corte, sino que, además, tiene el descaro de burlarse a su costa, públicamente y con toda imprudencia, siendo ella la mujer más poderosa de la corte... Y ¡eso no. eso no se lo consiente ella! En esta homérica querella de precedencia, la razón, en sentido literal, está indiscutiblemente de parte de María Antonieta. Es de más alta categoría, no tiene para qué hablar de esa dame la cual, como condesa, está colocada muy por debajo de la heredera del trono aunque en su pecho centelleen siete millones de diamantes. Pero la Du Barry tiene detrás de sí el poder efectivo: tiene al rey plenamente en sus manos. Cercano ya el grado ínfimo de su decadencia moral, siéndole plenamente indiferente el Estado, la familia, los súbditos y el mundo, cínico altivo -«aprés moi le déluge»-, Luis XV no quiere otra cosa sino su tranquilidad y sus goces. Deja que las cosas vayan como quieran; no se preocupa de la disciplina y costumbres de su corte, sabiendo bien que de hacerlo, tendría que comenzar por sí mismo. Está harto ya de gobernar: quiere vivir a gusto sus últimos años, vivir sólo para sí, aunque todo se venga abajo en torno suyo y a su espalda.

Por ello, esta repentina guerra femenina turba enojosamente su paz. De acuerdo con sus principios epicúreos, preferiría no intervenir en ella. Pero la Du Barry le rompe a diario los oídos diciéndole que no se dejará humillar por aquella criatura, que no dejará que la ponga en ridículo delante de toda la corte; el rey tiene que defenderla, guardar el honor de la condesa, al mismo tiempo que el suyo propio. Por último, estas escenas y estos llantos importunan al rey, y hace llamar a la primera dama de honor de María Antonieta, madame de Noalles, a fin de que finalmente se sepa cuál es el viento que sopla en las alturas. Al pronto no dice más que amabilidades respecto a la esposa de su nieto. Pero poco a poco va entremezclando toda suerte de observaciones: encuentra que la delfina se la permite hablar un poco libremente sobre lo que ve, y sería conveniente llamarle la atención para que supiera que tal conducta tiene que producir mal efecto en el círculo íntimo de la familia. La dama de honor -como se había calculado- transmite al instante la advertencia a María Antonieta, la cual se la refiere a las tías y a Vermond, y éste, por último, la comunica a Mercy, el embajador de Austria, el cual, naturalmente, se queda muy espantado -¡la alianza, la alianza!- y, por correo urgente, relata todo el asunto a la emperatriz en Viena.

¡Dolorosa situación para la pía, para la beata María Teresa! Ella, que en Viena, por medio de su famosa Comisión de Costumbres, hace azotar implacablemente y conducir al establecimiento correccional a las damas de aquella clase, ¿va a tener que prescribir a su propia hija que se muestre amable con una de tales criaturas? Pero por otra parte, ¿puede ponerse enfrente del rey? Como madre, como estricta católica y como política. se halla ante el más penoso de, los conflictos. Por último, se zafa del asunto, como antigua y hábil diplomática, atribuyendo la cuestión a la cancillería de Estado. No es ella misma quien escribe a su hija, sino que hace que su ministro de Estado Kaunitz, redacte un rescripto dirigido a Mercy, con la comisión de exponer a María Antonieta este «excurso» político.

De esta manera se conserva la posición moral y, no obstante, la pequeña queda advertida de cómo debe conducirse, pues Kaunitz explica: «Cometer faltas de cortesía hacia las personas a quienes el rey ha admitido en su círculo es ofender a ese mismo círculo, y todos tienen que respetar en tales personas el que el monarca mismo las considere dignas de su confianza, y a nadie le es lícito permitirse examinar si lo ha hecho con razón o sin ella. La elección del príncipe, del monarca mismo, tiene que ser estimada como indiscutible».

Está claro, hasta quizá sobradamente claro. Pero María Antonieta se halla sometida a la acción incitadora de sus tías. Cuando le leen la carta, le dice a Mercy, con su abandonada manera habitual, un negligente «sí, sí» y un «está bien», mas piensa para sí que la vieja peluca de Kaunitz puede charlar y charlar lo que quiera, pero que en los asuntos particulares suyos no tiene para qué meterse ningún canciller. Desde que ha observado lo espantosamente que se enoja aquella tonta, aquella sotte créature, la escaramuza proporciona doblado placer a la orgullosa muchachilla; como si nada hubiese ocurrido, persevera, con maliciosa alegría, en su silencio ostensible. Cada día encuentra a la favorita en bailes, fiestas, partidas de juego y hasta en la mesa del rey, y observa como la otra espera su saludo, mira con el rabillo del ojo y tiembla de emoción cuando la delfina se le acerca. Pero ¡que espere, que espere hasta el día del Juicio! Siempre vuelve a fruncir despreciativamente los labios cada vez que su mirada toma casualmente aquella dirección, y pasa, glacial, a su lado; la frase apetecida y anhelada por la Du Barry, por el rey, por Kaunitz, por Mercy y hasta en secreto por María Teresa no es nunca pronunciada.

La guerra está ahora abiertamente declarada. Como en una lucha de gallos, se agrupan los cortesanos en torno a las dos mujeres, que guardan resuelto silencio: la una, con lágrimas de impotente furor en los ojos; la otra, con una despreciativa sonrisita de superioridad en los labios. Todos quieren ver y saber, y hasta se cruzan apuestas sobre cuál de las dos soberanas de Francia impondrá su voluntad, si la legítima o la ilegítima.

Versalles, desde hace años y años, no ha tenido espectáculo más divertido.

Pero ahora el rey se enoja más a fondo. Acostumbrado a que en el palacio todos obedezcan bizantinamente sólo con que él mueva una ceja, a que cada cual corra servilmente en la dirección que él quiera aun antes de que lo haya expresado con claridad, por primera vez tropieza ahora con una oposición el cristianísimo rey de Francia: una mozuela aún a medio desarrollar osa menospreciar en público sus mandatos. Lo más sencillo, naturalmente, sería llamar a su presencia a esta arrogante testaruda y echarle una enérgica reprimenda; mas en este hombre depravado y totalmente cínico se conserva aún una última timidez: es para él enojoso ordenar a la adulta esposa de su nieto que tenga una conversación con la maîtresse del señor abuelo. De este modo, Luis XV, en su perplejidad hace exactamente lo mismo que María Teresa en la suya: convierte un asunto particular en asunto de Estado. Con gran sorpresa suya, el embajador austríaco, Mercy, se ve convocado a una conferencia por el ministro francés de Asuntos Extranjeros, y no en la sala de audiencias, sino en las habitaciones de la condesa Du Barry. Al punto comienza a sospechar toda suerte de cosas, por esta singular elección de lugar, y ocurre exactamente to que él ha esperado: apenas ha hablado algunas palabras con el ministro cuando entra la condesa Du Barry, le saluda cordialmente y le refiere al detalle lo injusto que se es con ella si se le atribuyen sentimientos hostiles hacia la delfina; al contrario, es ella la que viene siendo calumniada. Para el buen embajador Mercy es enojoso convertirse tan de repente de representante de la emperatriz en confidente de la Du Barry, y habla con diplomacia una y otra vez. Pero entonces se abre silenciosamente la secreta puerta en la tapicería y Luis XV interviene, con toda su majestad, en la delicada conversación. «Hasta ahora ha sido usted -le dice a Mercy- el embajador de la emperatriz; sea usted ahora embajador mío por algún tiempo, se lo ruego.» Después se expresa muy francamente sobre María Antonieta. La encuentra encantadora: pero siendo como es muy joven y excesivamente llena de vida, y además casada con un esposo que no sabe dirigirla, cae en toda suerte de intrigas y se deja dar malos consejos por otras personas (alude a las tías, sus propias hijas). Ruega por eso a Mercy que emplee toda su influencia para que la delfina modifique su conducta. Mercy comprende al instante que el asunto se ha convertido en político; está en presencia de una orden clara y manifiesta que tiene que ser ejecutada; el rey exige una capitulación completa. Bien se comprende que Mercy, con toda celeridad, informa a Viena de la situación, y, para suavizar hasta aquí lo penoso de su cometido, ponga algún amistoso afeite en el retrato de la Du Barry; no es tan mala como parece, y todo su deseo consiste en una pequeñez: que la delfina, una sola vez, le dirija públicamente la palabra. Al mismo tiempo, visita a María Antonieta, insiste a insiste, y no vacila en emplear las armas más afiladas. La intimida aludiendo vagamente a venenos con los cuales, en la corte francesa, ha sido suprimida más de una persona altamente situada, y, con fuerza de persuasión muy especial, le describe la discordia que puede producirse entre Habsburgos y Borbones. Éste es el naipe mejor de su juego: echar sobre María Antonieta todas las culpas para el caso de que la alianza, la obra maestra de su madre, llegue a ser rota a causa de su conducta.

Y en efecto, la artillería gruesa comienza a hacer su obra: María Antonieta se deja atemorizar. Con lágrimas de cólera en los ojos promete al embajador que un día determinado, en una partida de juego, dirigirá la palabra a la Du Barry. Mercy respira profundamente. ¡Gracias a Dios! La alianza está salvada.

Una función de gala de primera categoría espera ahora a los íntimos de la corte. De boca en boca pasa la misteriosa notificación: hoy, por la noche, la delfina dirigirá al fin por primera vez, la palabra a la Du Barry. La escena está dispuesta con todo cuidado y la réplica convenida anticipadamente. Por la noche, en el salón de juego -así está acordado entre el embajador y María Antonieta-, al final de una partida, Mercy se acercará a la condesa Du Barry a iniciará con ella una pequeña conversación. Entonces, siempre como por casualidad, pasará por a11í la delfina, se acercará al embajador, lo saludará y, en esta ocasión, dirá también algunas palabras a la favorita. Todo está excelentemente planeado.

Mas por desgracia fracasa la representación, porque las tías no consienten que su aborrecida rival obtenga este público buen éxito; se conciertan por su parte, para hacer caer anticipadamente el telón de hierro antes de que llegue el turno del dúo de la reconciliación. Con el mejor propósito. María Antonieta se dirige por la noche a la reunión: la escena está preparada: Mercy. según el programa, toma a su cargo el comienzo. Como por casualidad, se acerca a madame Du Barry y traba con ella una conversación. Mientras tanto, precisamente como fue convenido, María Antonieta comienza a dar la vuelta al salón. Charla con esta dama. ahora con la siguiente, luego con la que viene tras ésta, prolongando quizás un poco este último coloquio, por miedo, por excitación y por enojo; ahora sólo queda todavía una dama, la última, entre ella y la Du Barry; dos minutos, un minuto, y tiene ya que haber llegado junto a Mercy y la favorita.

Pero en este momento decisivo, madame Adelaida, la principal azuzadora entre las tres tías, ejecuta su gran coup. Se dirige severamente a María Antonieta y le dice imperativamente: «Es hora de que nos retiremos. ¡Ven! Tenemos que esperar al rey en la habitación de mi hermana Victoria». María Antonieta, cogida de improviso, sorprendida, pierde los ánimos; espantada como está, no osa decir que no, y por otra parte, no tiene bastante presencia de ánimo para dirigir a toda prisa cualquier frase indiferente a la Du Barry, que sigue esperando. Se ruboriza, se embrolla, y se aleja de a11í corriendo más bien que andando, con lo cual el anhelado saludo, el saludo de encargo, obtenido diplomáticamente y comprometido entre cuatro, no llega a ser pronunciado. Todo el mundo se queda de una pieza. La totalidad de la escena ha sido preparada en vano; en lugar de una reconciliación, no se ha conseguido más que un nuevo escarnio. Los malignos de la corte se frotan de gusto las manos; hasta en los cuartos de la servidumbre se refiere, entre ahogadas risas, cómo la Du Barry ha esperado inútilmente. Pero la Du Barry echa espumarajos, y, lo que es más grave, Luis XV cae en una manifiesta cólera.

«Ya veo, señor Mercy -le dice rencorosamente al embajador-, que sus consejos no tienen ninguna influencia. Es necesario que arregle el asunto por mí mismo.» El rey de Francia está iracundo y pronuncia amenazas; madame Du Barry se enfurece en sus habitaciones; vacila toda la alianza franco-austriaca; la paz de Europa está en peligro. Al instante anuncia a Viena el mal giro del asunto. Ahora la emperatriz tiene que emplear todo el peso de su autoridad. Ahora María Teresa misma tiene que intervenir, porque sólo ella, entre todas las criaturas humanas, tiene el poder sobre aquella niña obstinada. María Teresa está extraordinariamente asustada con los acaecimientos. Al enviar a su hija a Francia tuvo la honrada intención de evitar a su niña el turbio ejercicio de la política, y desde el principio escribe a su embajador: « Confieso abiertamente que no deseo que mi hija adquiera ninguna influencia decisiva en los asuntos públicos. He aprendido por mí misma qué pesada carga es el gobierno de un gran imperio, y, además, conozco los pocos años y la ligereza de mi hija, unido con su falta de afición a cualquier trabajo serio (y que, además, no tiene todavía conocimiento de nada); todo esto no me permite esperar nada bueno para el gobierno de una monarquía tan decaída como la francesa. Si mi hija no logra que mejore esta situación, o si llega a hacerse peor, prefiero que se culpe de ello a cualquier ministro y no a mi hija. Por ello no puedo decidirme a hablarte de política y asuntos de Estado».

Pero esta vez -¡fatalidad!- la trágica anciana tiene que ser infiel a sí misma, pues María Teresa, desde hace algún tiempo, tiene graves preocupaciones políticas. Un asunto oscuro y no muy limpio se está tramando en Viena. Hace ya meses que, de parte de Federico el Grande, a quien ella odia como al verdadero emisario de Lucifer sobre la tierra, y de Catalina de Rusia, de quien también desconfía fundamentalmente, se le ha hecho la triste proposición de un reparto en Polonia, y la entusiasta aprobación que esta idea encuentra en Kaunitz y en su corregente José II perturba desde entonces la conciencia de la emperatriz. «Todo reparto es, en el fondo, injusto y dañoso para nosotros. No puedo menos de lamentar esta proposición, y tengo que confesar que me da vergüenza el dejarme ver en público. » Al punto ha reconocido esta idea política como lo que realmente es: como un crimen moral, como un acto de bandidaje contra un pueblo inocente a indefenso. «¿Con qué derecho podemos saquear a un inocente a quien siempre nos hemos alabado de proteger?» Con grave y pura indignación, declina la oferta, indiferente a que se puedan tomar por debilidad sus escrúpulos morales. «Mejor pasar por débiles que por desleales», dice noble y sabiamente. Pero María Teresa hace mucho que no es soberana única. José II, su hijo y correinante, sólo sueña con guerras, aumento del Imperio y reformas, mientras que ella, que conoce prudentemente la frágil forma artificial del Estado austríaco, sólo piensa en conservar y mantener; para oponerse a la influencia materna, José II sigue tímidamente el camino del hombre belicoso, del más encarnizado enemigo de su madre, de Federico el Grande, y con profunda consternación ve aquella mujer envejecida que su más fiel servidor, Kaunitz, a quien ella ha hecho grande, se inclina hacia la naciente estrella de su hijo. Quebrantada, fatigada y desengañada en todas sus esperanzas como madre y como soberana, lo que habría preferido sería la abdicación.

Pero la detiene la idea de su responsabilidad; presiente con profética certeza -la situación es igual a la de aquel Francisco José que, asimismo cansado, tampoco se desprendía del poder- que el espíritu voluble e inquieto de aquel precipitado reformador que es su hijo extenderá inmediatamente la turbación por todo aquel imperio tan difícilmente gobemable. De este modo, esta mujer piadosa y profundamente íntegra lucha hasta el último instante por lo que es el bien supremo para ella: por el honor. « Reconozco -así escribe- que en todo el tiempo de mi vida jamás me he sentido tan acongojada. Cuando tuve que reivindicar todas mis tierras. me sostenía la idea de mi derecho y el apoyo de Dios. Pero en el caso presente, en el cual no sólo el derecho no está de mi parte, sino que la obligación, la justicia y la equidad luchan contra mí. no me queda ninguna paz, sino más bien inquietud y reproches de un corazón que jamás estuvo acostumbrado a engañar a nadie, ni a sí mismo, o hacer pasar la doblez como sinceridad. La fidelidad y la buena fe están perdidas para siempre, aunque son la mayor joya y la verdadera fortaleza de un monarca frente a los otros.» Pero Federico el Grande tiene una conciencia robusta y se mofa desde Berlín: «La emperatriz Catalina y yo somos un par de viejos bergantes; pero ¿cómo se las compone con su confesor la vieja beata?». Insiste el rey de Prusia, y José II amenaza. jurando siempre que es inevitable la guerra si Austria no se une a los otros dos. Finalmente, en medio de lágrimas, lastimada su conciencia y dolorida el alma, María Teresa accede: «No soy lo bastante fuerte para regir sola los asuntos; por consiguiente, les dejo, no sin la mayor aflicción, que sigan el camino por ellos trazado», y firma con la reserva de que lo hace «porque me lo aconsejan todos los hombres prudentes y experimentados». Pero en lo más íntimo de su corazón se reconoce como cómplice y tiembla ante el día en que el tratado secreto y sus consecuencias sean revelados al mundo. ¿Qué dirá Francia? ¿Soportará con indiferencia este bandidesco ataque por sorpresa a Polonia, en consideración a su alianza con Austria, o combatirá unas pretensiones que la propia emperatriz no tiene por legítimas? Con su propia mano ha tachado María Teresa en el decreto de ocupación la palabra «legítima». Todo depende únicamente de la actitud cordial o fría de Luis XV Entonces. en medio de estas preocupaciones, en este ardiente conflicto de conciencia, se presenta la alarmante carta de Mercy diciendo que el rey está enojado con María Antonieta, que le ha manifestado abiertamente al embajador su disgusto, y eso precisamente cuando en Viena están engañando al ingenuo embajador. al príncipe de Rohan. el cual, en medio de sus diversiones y cacerías, no ve nada de la cuestión polaca.

Porque María Antonieta no quiere hablar con la Du Barry puede originarse. del reparto de Polonia, un mal asunto de Estado. y por último quizás una guerra... María Teresa se espanta. No: donde ella misma, con sus cincuenta y cinco años, tiene que hacer, ante la razón de Estado, un sacrificio tan doloroso de conciencia, no puede serle lícito a su hija, aquella incauta muchacha de dieciséis, querer ser más papista que el papa y de moral más severa que su madre. Por tanto le escribe una carta más enérgica que nunca, para vencer, de una vez para siempre. la obstinación de la pequeña. Naturalmente, ni una so la palabra acerca de Polonia, nada de razón de Estado, sino que todo el asunto (hacerlo así tuvo que ser muy duro para la anciana emperatriz) es tratado como una bagatela: «¡Ay, tanto miedo y tanta vergüenza para hablarle al rey, el mejor de los padres! ¡O para hacerlo con aquellas gente que te aconsejan que le hables! ¡Vaya un encogimiento para dar solamente los buenos días! ¿Cualquier palabra sobre un traje o sobre cualquier otra pequeñez te cuesta tantos aspavientos? Te has dejado coger en tal esclavitud que, visiblemente, la razón y hasta tu deber no tienen ya fuerza para persuadirte. No puedo guardar silencio por más tiempo. Después de la conversación con Mercy y de su comunicación acerca de lo que el rey desea y lo que tu deber exige, ¿has osado desobedecerle? ¿Qué motivo razonable puedes aducir para ello? Absolutamente ninguno. No tienes que considerar a la Du Barry sino como a todas las restantes damas que en la corte son admitidas en el círculo del rey. Como primer súbdito del rey, tienes que mostrar a toda la corte que ejecutas sin condiciones el deseo de tu soberano. Naturalmente que si te pidiese bajezas o deseara de ti intimidades con ella, entonces ni yo ni ningún otro te lo aconsejaría; pero ¡cualquier palabrilla indiferente, no por la dama misma, sino por tu abuelo, tu soberano y bienhechor!».

Este bombardeo de razones (y no del todo sinceras) quebrantan la energía de María Antonieta; aunque indomable, voluntariosa y obstinada, jamás ha osado oponer resistencia ante la autoridad de su madre. La disciplina familiar de la Casa de Habsburgo se acredita. como siempre. victoriosa también en este caso. Aún se resiste un poco María Antonieta. pero por guardar las formas. «No digo que no, ni tampoco que no haya de hablar con ella en una hora y día previamente determinados, para que ella lo anuncie con anticipación y pueda presentarse como triunfadora.» Pero, en realidad, su resistencia está internamente quebrantada y estas palabras son sólo una última escaramuza de retirada: la capitulación está anticipadamente sellada.

El día de año nuevo de 1772 trae por fin la solución de esta guerra femenina heroico-cómica; aporta el triunfo de madame Du Barry y la sumisión de María Antonieta.

La escena está de nuevo teatralmente preparada; otra vez la corte, solemnemente reunida, está llamada a ser testigo y espectadora. Llega por fin la hora de las felicitaciones. Una después de otra, según su categoría, las damas de la corte desfilan por delante de la delfina, y entre ellas la duquesa de Aiguillón, la esposa del ministro, con madame Du Barry.

La delfina dirige algunas palabras a la duquesa de Aiguillón; después vuelve, aproximadamente, la cabeza en dirección a madame Du Barry y dice, no directamente hacia ella, sino de tal modo que con un poco de buena voluntad se pueda admitir que le está hablando -todos contienen el aliento para no perder ni una sílaba-, dice las palabras tanto tiempo anheladas, por las cuales se luchó tan fieramente, inauditas y cargadas de fatalidad; le dice de este modo: «Hay hoy mucha gente en Versalles» . Seis palabras, seis palabras con toda precisión contadas, se ha forzado a pronunciar María Antonieta; pero éste es un acontecimiento inmenso en la corte, más importante que la ganancia de una provincia, más emocionante que todas las reformas largo tiempo necesarias... ¡Por fin, por fin la delfina ha hablado con la favorita! María Antonieta se ha rendido, madame Du Barry ha triunfado. Ahora todo vuelve a ser como es debido; todos ven el cielo abierto sobre Versalles. El rey recibe a la delfina con los brazos abiertos, la abraza tiernamente como a una hija perdida que acaba de ser encontrada; Mercy da las gracias todo conmovido, la Du Barry atraviesa las salas como un pavo real; las enojadas tías alborotan furiosas; toda la corte está excitada; se charla y parlotea a grandes voces acerca del suceso desde el desván a los sótanos, y todo ello porque María Antonieta le ha dicho a la Du Barry: «Hay hoy mucha gente en Versalles».

Pero estas seis vulgares palabras llevan en sí un más profundo sentido. Con estas seis palabras se le ha puesto el sello a un gran crimen político; con ellas se ha comprado el tácito consentimiento de Francia al reparto de Polonia. Gracias a estas seis palabras no sólo la Du Barry, sino también Federico el Grande y Catalina de Rusia, han afirmado su voluntad. La humillada no es sólo María Antonieta: todo un país lo es también.

María Antonieta ha sido vencida, lo sabe; su juvenil orgullo, aún infantilmente indominado, ha recibido un golpe terrible. Por primera vez ha bajado la cabeza, pero no volverá a inclinarla por segunda vez hasta la guillotina. En esta ocasión se ha hecho visible de repente que esta tierna y juguetona criatura, esta «bonne et tendre Antoinette», tan pronto como se toca a su honor saca de sí un alma soberbia a inconmovible. Amargamente le dice a Mercy: «Una vez le he hablado, pero estoy decidida a que la cosa quede aquí. Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz». También a su madre le muestra claramente que, después de esta única condescendencia, no hay que esperar de ella posteriores sacrificios: «Puede usted creer que siempre renunciaré a mis prejuicios y repugnancias, mientras no se me proponga nada que me ponga en evidencia y vaya contra mi honor» . En vano es que la mujer, totalmente indignada por este primer movimiento de independencia de su hija, le responda enérgicamente: «Me haces reír al imaginarte que yo o mi embajador podamos jamás darte un consejo que vaya contra tu honor ni tampoco contra el más mínimo mandamiento del decoro. Tengo miedo por ti cuando veo esa agitación a causa de tan pocas palabras. Y al decirme que no volverás a hacerlo, tal expresión me hace temblar por ti». En vano es que María Teresa vuelva a escribirle una y otra vez: «Tienes que hablar con ella como con cualquier otra señora de la corte del Rey; nos debes eso al rey y a mí». En vano es que Mercy y los otros procuren convencerla sin cesar de que debe mostrarse afectuosa con la Du Barry, asegurándose de este modo el favor del rey; todo se estrella contra la recién adquirida conciencia de sí misma. Los delgados labios habsburgueses de María Antonieta, que una única vez se han abierto contra su voluntad. permanecen cerrados como si fuesen de bronce; ninguna amenaza, ninguna seducción pueden ya romper el sello que los cierra. Seis palabras le ha dicho a la Du Barry, y jamás la odiada mujer llegará a oír la séptima.

Esta única vez, el 1° de enero de 1772, madame Du Barry triunfó sobre la archiduquesa de Austria y de la delfina de Francia. a indudablemente con aliados tan poderosos como un rey Luis de Francia y una emperatriz, María Teresa, la cocotte de la corte podría haber proseguido su lucha contra la futura reina. Pero hay combates tras los cuales el vencedor, reconociendo la fuerza de su adversario, se espanta de su victoria y considera si no sería más prudente abandonar por su propia voluntad el campo de batalla y concertar la paz.

Madame Du Barry no se siente muy a gusto después de su triunfo. Internamente, esta bonachona a insignificante criatura no ha cobijado en sí desde el principio ninguna especie de animosidad contra María Antonieta; gravemente ofendida en su orgullo, no quería otra cosa sino esta pequeña satisfacción. Ahora está contenta y no desea más; está avergonzada y asustada de su pública victoria. Pues en todo caso, es lo bastante lista para saber que todo su poder se alza sobre bases inseguras, sobre las gotosas piernas de un hombre que envejece velozmente. Una apoplejía en el protector de sesenta y dos años, y a la mañana siguiente esta petite rousse puede ser ya la reina de Francia; una lettre de cachet, uno de aquellos fatales billetes de viaje a la Bastilla, está pronto firmada. Por ello madame Du Barry, apenas ha triunfado sobre María Antonieta, hace las más vivas, las más leales y sinceras tentativas de reconciliación. Endulza su bilis, sojuzga su orgullo. se presenta una y otra vez en las reuniones de la delfïna y aunque no sea honrada con ninguna palabra más, no se muestra en modo alguno enojada, sino que. por medio de confidencias y emisarios ocasionales, hace saber una y otra vez a la delfina lo cordiales que son sus sentimientos hacia ella. De cien maneras se esfuerza por alcanzar mercedes de su regio amante para su antigua adversaria: finalmente, hasta llega a emplear el más osado medio: como no puede atraer a María Antonieta con amabilidades, intenta comprar sus favores. Se sabe en la corte -y se sabe, por desgracia, demasiado bien, como lo mostrará más tarde el famoso asunto del collar- que María Antonieta ama desenfrenadamente las joyas magníficas. La Du Barry piensa, por tanto - y es significativo que el cardenal de Rohan haya seguido exactamente el mismo curso de pensamientos diez años más tarde-, que acaso sea posible domesticarla por medio de un regalo. Un gran joyero, el mismo Boehmer del asunto del collar, posee unos pendientes de brillantes que han sido tasados en setecientas mil libras. Probablemente, María Antonieta habrá expresado privada o públicamente su admiración por tal joya, y la Du Barry habrá tenido conocimiento de su antojo. El caso es que un día hace que le sea insinuado en voz baja a la delfina por una de las damas de la corte que si realmente quiere tener los pendientes de brillantes, será un placer para la Du Barry convencer a Luis XV de que debe regalárselos.

Pero María Antonieta no responde ni palabra a esta impúdica proposición, se vuelve despreciativa y continúa mirando glacialmente a su adversaria; ni por todas las piedras preciosas de la tierra esta madame Du Barry, que una vez la humilló públicamente, oirá ninguna palabra de estimación de sus labios. Un nuevo orgullo, un aplomo nuevo, comienza a mostrarse en la muchacha de diecisiete años; no necesita ninguna alhaja debida a la merced y al favor ajenos, pues siente ya sobre sus sienes las proximidades de la diadema de reina.

 

LA CONQUISTA DE PARÍS

En las noches oscuras, desde las colinas que rodean Versalles se ve claramente el reluciente halo de luces de París reflejándose en el cielo nuboso, tan cercano de la capital está el palacio; un cabriolé de muelles recorre el camino en dos horas; un peatón apenas necesita seis para ello. Por tanto, ¿qué hubiera sido más natural sino que la nueva heredera del trono hiciese una visita a la capital de su reino dos, tres o cuatro días después de la boda? Pero el verdadero sentido, o más bien la falta de sentido del ceremonial, consiste precisamente en oprimir o torcer lo natural en todas las formas de la vida. Entre Versalles y París se alza para María Antonieta una muralla invisible: la etiqueta. Pues sólo con toda solemnidad, después de un especial anuncio, precedido de un permiso del rey, le es dado al heredero del trono de Francia entrar por primera vez en la capital con su esposa. Pero justamente esta solemne entrada, la joyeuse entrée de María Antonieta, trata la querida parentela de retrasarla todo lo posible. Aunque entre ellos se aborrezcan mortalmente, las viejas tías beatas, la Du Barry y el par de ambiciosos hermanos, los condes de Provenza y Artois, todos trabajan en común, celosamente, para labrar la valla que cierra el camino de París para María Antonieta; no quieren concederle un triunfo que mostrará de modo harto visible su futura categoría. Cada semana, cada mes, la «camarilla» encuentra un nuevo impedimento, y pasan así seis meses, doce, veinticuatro, treinta y seis; un año, dos años, tres años, y María Antonieta continúa siempre prisionera detrás de las doradas rejas de Versalles. Por último, en mayo de 1773, pierde María Antonieta la paciencia y pasa abiertamente al ataque. Como los maestros de ceremonias, llenos de preocupación, menean siempre dubitativos sus empolvadas pelucas ante los deseos de la princesa, se hace ésta anunciar en las habitaciones de Luis XV. El rey no encuentra en tal pretensión nada de extraordinario y, débil ante las mujeres bonitas, dice al punto que «sí» y «amén» a la charmante esposa de su nieto, con gran enojo de toda la clique. Y hasta le deja libertad para que escoja ella misma el día de la entrada solemne.

María Antonieta elige el 8 de junio. Pero como el rey ha dado definitivamente su permiso, divierte a la petulante princesa hacerle secretamente una jugarreta al odiado reglamento de palacio, que durante tres años ha tenido cerrado para ella el camino de París. Y así como a veces algunos enamorados novios, sin que la familia lo sospeche, anticipan la noche de bodas antes de la bendición sacerdotal, para añadir a su goce el encanto de lo prohibido, también María Antonieta convence a su esposo y a su cuñado, muy poco antes de la entrada pública en París, para hacer allí una excursión secreta.

Algunas semanas antes de la joyeuse entrée, ya tarde, por la noche, hacen enganchar las carrozas y, disfrazados y con careta, se dirigen al baile de la ópera, en la Meca, en París, la ciudad prohibida. A la mañana siguiente, como se presenta muy como es debido a la primera misa, esta no permitida aventura queda desconocida por completo. No hay ningún escándalo y, sin embargo, María Antonieta ha tomado su primera venganza de la odiada etiqueta.

Después de haber saboreado en secreto el paradisíaco fruto de París, tanto más poderosamente impresiona a la princesa la entrada pública y solemne. Después del rey de Francia, también el rey del cielo da su aprobación solemne: este 8 de junio es un radiante día de verano que atrae, como espectadores, a una muchedumbre que la vista no consigue abarcar. Todo el camino de Versalles a París se transforma en un doble seto humano, ininterrumpido, mugiente, sobre el cual se agitan sombreros, pintorescamente salpicados de banderas y guirnaldas. En la puerta de la ciudad, el mariscal De Brissac, gobernador de la capital, espera la carroza de gala para presentar respetuosamente, en una bandeja de plata, a los pacíficos conquistado res, la llave de la ciudad. Después vienen las placeras del mercado; vestidas con sus mejores galas (¡de qué otro modo darán más tarde la bienvenida a María Antonieta!), presentan las primicias de la estación, frutos y flores, recitando dinásticos versos. Al mismo tiempo retumban los cañones de los Inválidos. del Ayuntamiento y de la Bastilla. La carroza de gala recorre lentamente toda la ciudad; va a lo largo del muelle de las Tullerías hasta Notre-Dame; en todas partes, en la catedral, en los conventos, en la universidad, son recibidos con discursos; pasan a través de un arco de triunfo, erigido expresamente, y por medio de bosques de banderas; pero la acogida más hermosa es la que a los dos les hace el pueblo. Por docenas de miles, por centenares de millares afluyen las gentes por todas las calles de la gigantesca ciudad para ver a la joven pareja, y el espectáculo inesperado de aquella joven esposa, encantadora y encantada, provoca indecible entusiasmo. Aplauden, lanzan exclamaciones, agitan pañuelos y sombreros; mujeres y niños se apretujan para llegar más cerca, y cuando María Antonieta, desde el balcón de las Tullerías, contempla las inmensas oleadas de aquella delirante muchedumbre, dice casi espantada: «¡Dios mío, cuánta gente!», pero entonces el mariscal De Brissac se inclina hacia ella y le responde con una galantería auténticamente francesa: «Señora, que no lo tome a mal Su Alteza el delfín, pero veis aquí doscientos mil hombres enamorados de Vuestra Alteza».

La impresión de este primer encuentro de María Antonieta con el pueblo es inmensa.

De natural poco reflexiva, pero dotada de rápida comprensión, no concibe las cosas sino sólo por una inmediata y personal impresión, por intuitiva labor de sus sentidos y de sus ojos. Sólo en aquellos minutos, cuando la masa anónima, tan grande que no se puede abarcar con la vista, gigantesca selva viviente con banderas, griterío y agitar de sombreros, asciende mugidora hacia ella en cálidas oleadas, sospecha por primera vez el esplendor y la grandeza de su posición a que el destino la ha elevado. Hasta entonces, en Versalles, le han hablado llamándola Madame la Dauphirie, pero eso no era más que un título entre mil otros, un peldaño superior dentro de la rígida escala interminable de la nobleza, una palabra vacía de sentido, un concepto helado. Ahora, por primera vez, comprende Maria Antonieta plásticamente, el inflamado sentido y la orgullosa promesa que se contienen en estas palabras: «heredera del trono de Francia». Conmovida, le escribe a su madre: « El martes último he asistido a una fiesta de la que jamás me olvidaré en mi vida: nuestra entrada en París. En cuanto a honores, hemos recibido todos los que es posible imaginar; pero no ha sido eso lo que me ha impresionado del modo más profundo, sino la ternura y el ardor del pobre pueblo, que, a pesar de los impuestos con los que está abrumado. se sentía transportado de alegría al vernos. En el jardín de las Tullerías había una multitud tan inmensa que durante tres cuartos de hora no pudimos avanzar ni retroceder, y al regreso de este paseo hemos permanecido una hora y media en una terraza descubierta. No puedo describirte, mi querida madre, las explosiones de amor y alegría que nos tributaron en este momento. Antes de retirarnos hemos saludado con la mano al pueblo, lo que causó gran alegría. ¡Qué dicha es, en nuestro alto estado, poder adquirir con tanta facilidad el afecto de las gentes! Y, sin embargo, nada hay tan precioso: lo he comprendido bien y jamás he de olvidarlo».

Son éstas las primeras palabras verdaderamente personales que se encuentran en las cartas de María Antonieta a su madre. Las impresiones fuertes son siempre accesibles a su natural fácilmente emocionable, y la bella conmoción producida en ella por este afecto popular, en modo alguno merecido y, sin embargo, tan violento a impetuoso, provoca en su pecho un magnánimo sentimiento de gratitud. Pero si es rápida en la comprensión.

también lo es en el olvido.

Al cabo de algunas otras excursiones a París, ya recibe estas manifestaciones de júbilo como homenaje debido a su categoría y situación y se alegra de ello del modo infantil a inconsciente como recibe todos los dones de la vida. Le parece maravilloso verse envuelta ruidosamente por la ardiente muchedumbre, dejarse amar por ese desconocido pueblo; en adelante sigue disfrutando de este amor de veinte millones de criaturas como de un derecho propio. sin sospechar que el derecho impone también deberes y que el amor más puro acaba por fatigarse si no se siente correspondido.

Ya en su primera visita, María Antonieta ha conquistado París. Pero, al mismo tiempo, también París ha conquistado a María Antonieta. Desde ese día vive entregada a esta ciudad. Con frecuencia, y muy pronto con demasiada frecuencia, se traslada a la seductora capital, inagotable en placeres; ya de día, en un cortejo principesco, con todas las damas de su corte; ya de noche, con un pequeño séquito íntimo, para ir al teatro o a los bailes y entregarse privadamente a extravagancias y caprichos de un género más o menos pernicioso. Sólo ahora, cuando se ha desprendido de la uniforme distribución del tiempo del calendario de la corte, se da cuenta aquella seminiña, aquella indisciplinada mozuela, de lo mortalmente aburrido que es el palacio de Versalles, con sus centenares de ventanas y sus bloques de piedra y mármol, donde todo son reverencias a intrigas y fiestas con rigidez de almidón; de lo fastidiosas que son aquellas criticonas y gruñonas tías, con las cuales tiene que ir a misa por las mañanas y calcetear por la noche.

Fantasmal, momificada y artificiosa, comparándola con la torrencial plenitud de vida de París, le parece toda la existencia de la corte, sin alegría ni libertad, con actitudes horriblemente afectadas, eterno minué con iguales eternas figuras, los mismos acompasados movimientos a idéntico espanto ante el más pequeño faux-pas. Es para ella como si se hubiese escapado al aire libre desde un invernadero. Aquí, en la confusión de la gigantesca ciudad, puede uno sumergirse y desaparecer, sustraerse al implacable horario de la distribución del día y jugar con el azar; aquí puede uno vivir su propia vida y gozar de ella, mientras que a11í sólo se vive para la galería. De este modo, con regularidad, rueda ahora una carroza por el camino de Versalles, dos o tres noches por semana, llevando a París unas mujeres contentas y engalanadas que no regresarán hasta que palidezca el cielo del alba.

Pero ¿qué ve de París María Antonieta? En los primeros días examina por curiosidad toda suerte de cosas dignas de ser vistas: los museos, los grandes comercios; asiste a una fiesta popular, y hasta una vez a una exposición de pinturas. Mas con ello queda plenamente satisfecha, para los próximos veinte años, su necesidad de instruirse en París.

En general, se consagra exclusivamente a los lugares de diversión: va con regularidad a la ópera, a la Comedia Francesa, a la Commedia italiana, a bailes, redoutes; visita las salas de juego; por tanto, precisamente el Paris at night, el Paris city of pleasure de las norteamericanas ricas de hoy. Lo que más la atrae son los bailes de la ópera, pues la libertad del disfraz es la única permitida a aquella joven prisionera de su categoría. Con el antifaz sobre el semblante, una mujer puede permitirse algunas bromas que en otro caso habrían sido imposibles a una Madame la Dauphine. Puede tener algunos minutos de lozana conversación con caballeros desconocidos -el aburrido a incapaz esposo se ha quedado a dormir en casa-; puede dirigirle la palabra a un joven seductor, al conde sueco llamado Fersen, y, cubierta por la máscara, charla con él hasta que las damas de honor vuelven a llevarla al palco; puede bailar, esto es, aquietar hasta el cansancio un cuerpo ágil y cálido; aquí es lícito reír sin preocupaciones; ¡ay, en París se puede pasar la vida tan deliciosamente! Pero jamás, en todos aquellos años, penetra en una casa burguesa, jamás asiste a una sesión del Parlamento o de la Academia, jamás visita un hospital, un mercado; ni una sola vez intenta conocer algo de la existencia cotidiana de su pueblo.

María Antonieta permanece siempre, en estas escapadas parisienses, dentro del estrecho círculo centelleante de los placeres mundanos, y piensa haber hecho ya bastante por las buenas gentes, el bon peuple, correspondiendo con una sonrisa indolente a sus entusiastas aclamaciones; y he aquí que la muchedumbre continúa siempre formando muros de vítores a su paso, y lo mismo la ovaciona la nobleza y la rica burguesía cuando, por la noche, aparece en el antepecho del palco. Siempre y en todas partes, la mujer joven siente que se aprueba su alegre ociosidad, sus francas excursiones de placer; por la noche, cuando va a la ciudad y las gentes regresan fatigadas de su trabajo, y lo mismo por la mañana, a las seis, cuando «el pueblo» vuelve a ir a sus labores. ¿Qué puede, pues, haber de indebido en esta arrogancia, en este libre vivir para sí misma? En la impetuosidad de su alocada juventud, María Antonieta piensa que todo el mundo está contento y sin cuidados, porque ella misma no tiene preocupaciones y es feliz. Pero mientras que en su falta de presentimientos se imagina renunciar a la corte y hacerse popular en París con sus diversiones, pasa realmente en su lujosa carroza de muelles, encristalada y chirriante, durante veinte años, al lado del verdadero pueblo y del París verdadero, sin verlos.

La poderosa impresión del recibimiento de París ha transformado algo en María Antonieta. La admiración ajena fortalece siempre el sentimiento de confianza en sí mismo; una mujer joven a quien millares de personas han asegurado que es hermosa, se hermosea todavía más con la conciencia de su hermosura; así le ocurre también a esta muchacha intimidada que hasta entonces se había sentido siempre en Versalles como extranjera y superflua. Pero ahora un juvenil orgullo, asombra do de sí mismo, extingue plenamente en su ser toda inseguridad y recelo; ha desaparecido la muchacha de quince años que, protegida y tutelada por un embajador y el confesor, por tías y parientes, se deslizaba por los salones haciendo una reverencia delante de cada dama de honor. Ahora María Antonieta ha aprendido de repente a guardar el porte debido a su categoría. cosa que tanto tiempo se deseó de ella; se impone tiesura dentro de sí; erguida y con su gracioso paso alado, se desliza por en medio de todas las damas de la corte como entre subordina das. Todo se transforma en ella. La personalidad de la mujer comienza a revelarse; su letra misma de pronto se transforma: hasta entonces desmañada, con gigantescas formas infantiles, se estrecha ahora, en sus lindas esquelas, con un carácter nervioso y femenino. Claro que la impaciencia, la inconstancia, lo desconocido a irreflexivo de su ser no desaparecerán jamás por completo de su escritura; pero, en cambio, comienza a manifestarse en ella cierta independencia. Ahora estaría madura esta muchacha ardiente, totalmente llena de sentimiento de su palpitante juventud, para vivir una vida personal, para amar a alguien. No obstante, la política la ha unido con ese zamborotudo esposo, que ni siquiera es todavía hombre, y como María Antonieta no ha descubierto aún su corazón y a su alrededor no sabe de ningún otro a quien amar, esta muchacha de dieciocho años se enamora de sí misma. El dulce veneno de la adulación se precipita ardiente por sus venas. Cuanto más se la admira, más quiere ser admirada, y antes de ser soberana por la ley quiere como mujer, someter a su dominio, con su gracia, a la corte, la ciudad y el reino. Tan pronto como llega a ser consciente de sí misma, siente el afán de ponerse a prueba.

El primer ensayo que hace aquella mujer joven para ver si puede modificar la corte y la ciudad, sometiéndolas a su voluntad, tiene, por suerte, un buen motivo -casi podría decirse: excepcionalmente-. El maestro Gluck ha terminado su Ifigenia y querría verla representada en París. Para la corte de Viena, muy aficionada a la música, su buen éxito es una especie de asunto de honor, y María Teresa, Kaunitz y José II esperan de la delfina que allanará el camino. Ahora bien: la capacidad crítica de María Antonieta, tratándose de valores artísticos, no es en modo alguno sobresaliente ni en música, ni en pintura, ni en literatura. Tiene cierto buen gusto natural, pero no juzga por sí misma, sino que, con perezosa curiosidad. presta obediencia a toda nueva moda y se entusiasma, con breves ardores de fuego de paja, por todo lo que es aprobado por la buena sociedad. Para una profunda comprensión le faltan a María Antonieta, que jamás ha leído un libro hasta el final y sabe evitar toda conversación grave, las indispensables condiciones de carácter de un real discernimiento: seriedad, respeto, esfuerzo y reflexión. El arte nunca fue para ella más que un ornamento de la vida. una diversión entre otras diversiones: conocía sencillamente el goce artístico fácil; por tanto, nunca el valedero. En cuanto a la música.

lo mismo que respecto a todo lo demás, se ocupa de ella negligentemente; las lecciones de piano que le había dado el maestro Gluck en Viena no le han hecho adelantar gran cosa; toca el clavecín como aficionada. lo mismo que, por afición, representa comedias o canta en un círculo íntimo. Comprender. por presentimiento lo nuevo y grandioso que hay en la Ifigenia, de ello es plenamente infantil aquella princesa, que ni siquiera prestó atención al paso por París de su compatriota Mozart. Pero María Teresa le ha recomendado a Gluck, y la delfina experimenta una auténtica y divertida simpatía por aquel hombre achaparrado, aparentemente rabioso, pero jovial en el fondo; fuera de eso, precisamente porque en París las Óperas italiana y francesa combaten contra el «bárbaro» por medio de las más alevosas intrigas, quiere la princesa aprovechar la ocasión para mostrar una vez su potencia. Al instante impone que la ópera de Gluck, que los señores músicos de la corte habían declarado «irrepresentable» , sea admitida en la Ópera y que acto continuo comiencen los ensayos. No le facilita, a la verdad, sus actos de protección aquel hombre intratable, colérico, poseído de la fanática inflexibilidad del gran artista. En los ensayos reprende con tanto enojo a las cantantes más aduladas, que ellas, llorando, corren a quejarse a los príncipes a quienes tienen por amantes; despiadadamente, trae a mal traer a los músicos, no acostumbrados a tamaña precisión, y gobierna la ópera como un tirano; a través de las puertas cerradas se oye retumbar belicosamente su poderosa voz; docenas de veces amenaza con echarlo todo a rodar y volverse a Viena, y sólo el respeto a su protectora la delfina evita más de un escándalo. Finalmente, la fecha de la primera representación es fijada para el 13 de abril de 1774; la corte encarga ya sus localidades, sus carrozas. Entonces se pone enfermo un cantante y debe ser rápidamente sustituido por otro. «¡No -Ordena Gluck-; se aplaza el estreno.» Desesperadamente se le conjura para que ceda, pues la corte ha adoptado ya su distribución de tiempo; a causa de un cantante mejor o peor, no le es lícito a un compositor -hasta vulgar y además extranjero- atreverse a trastornar los altos placeres de la corte, las disposiciones de las más augustas personalidades. «Me es indiferente», refunfuña aquella dura cabeza de aldeano; prefiere arrojar su partitura al fuego que consentir que sea representada de un modo insuficiente; corre furioso hacia su protectora María Antonieta, a la cual divierte aquel hombre silvestre. Toma al instante partido por el bon Gluck; las carrozas de corte reciben contraorden y, con enojo de los príncipes, la primera representación es aplazada hasta el día 19. Además de ello, María Antonieta hace que el teniente de policía tome medidas para impedir que los elevados señores manifiesten con pitos su enojo hacia el poco cortés músico; con toda energía hace públicamente suya la causa de su paisano.

En realidad, el estreno de Ifigenia es un triunfo, pero más para María Antonieta que para Gluck. Los periódicos y el público se muestran más bien esquivos, reconocen que hay en la Opera «algunos pasajes muy buenos junto a otros muy triviales», porque, como ocurre siempre en el arte, las magníficas innovaciones rara vez son comprendidas de primera intención por un auditorio no preparado. No obstante, María Antonieta ha arrastrado a toda la corte al estreno; hasta su esposo, que no sacrificaría sus partidas de caza ni por la música de las esferas y para quien un ciervo muerto es más importante que las nueve musas reunidas, tiene que ser de la partida a su vez. Como el apropiado ambiente no se produce al principio, María Antonieta aplaude ostensiblemente desde su palco después de cada aria; aunque no sea más que por cortesía, los cuñados y cuñadas tienen que aplaudir celosamente con ella, y de este modo, a pesar de todas las cábalas, esta velada llega a ser un acontecimiento en la historia de la música. Gluck ha conquistado París. María Antonieta ha impuesto por primera vez públicamente su voluntad a la ciudad y a la corte: es la primera victoria de su personalidad, la primera manifestación, ante toda Francia, del carácter de aquella mujer joven. Que pasen algunas semanas, y el título de reina fortalecerá un poder alcanza do ya por ella soberanamente, mediante sus propias fuerzas.

 

«LE ROI EST MORT, VIVE LE ROI !»

El 27 de abril de 1774, el rey Luis XV, encontrándose de caza. es asaltado de súbito desfallecimiento; con intenso dolor de cabeza regresa a Trianón, su palacio favorito. Por la noche, los médicos comprueban que tiene fiebre y lleva a madame Du Barry a su cabecera. A la mañana siguiente, intranquilos, ordenan ya el traslado a Versalles. Hasta la inexorable muerte tiene que someterse a las leyes, aún más inexorables, de la etiqueta: a un rey de Francia no le es lícito estar gravemente enfermo, o morirse, más que en su lecho regio y solemne. «C'est à Versalles, Sire, qu'il faut étre malade.» Allí rodean inmediatamente el lecho del enfermo seis médicos, cinco cirujanos, tres boticarios, catorce personas en total; seis veces por hora, cada uno de ellos toma el pulso al enfermo.

Pero sólo la casualidad establece el diagnóstico; por la noche, al alzar un servidor un cirio, uno de los presentes descubre en el rostro del enfermo las mal afamadas manchas rojas, y al instante Lo sabe toda la corte, Lo sabe todo el palacio, desde el umbral a los caballetes del tejado: ¡las viruelas! Un viento de terror sopla a través de la gigantesca residencia; miedo del contagio, y, en efecto, algunas personas son atacadas del mal en el curso de los días siguientes, y quizá más miedo en los cortesanos, por su situación en caso de que el rey fallezca. Las hijas muestran el valor de las gentes verdaderamente piadosas; durante todo el día no se apartan del rey; por la noche es madame Du Barry la que se sacrifica al pie del lecho del enfermo. A los herederos del trono, por el contrario, al delfín y a la delfina, las leyes de la casa les prohíben que penetren en la habitación del enfermo, a causa del peligro del contagio ; desde hace tres días su vida se ha hecho mucho más preciosa. Y ahora se produce en la corte una profunda división: a la cabecera del lecho de Luis XV vela y tiembla la antigua generación, los poderosos del ayer, las tías y la Du Barry; saben perfectamente que su magnificencia termina con el último aliento de aquellos febriles labios. En otra estancia se reúne la generación que adviene al poder. el futuro rey Luis XVI, la futura reina María Antonieta y el conde de Provenza. el cual, mientras que su hermano Luis no pueda decidirse a engendrar hijos, se considera también secretamente como futuro heredero del trono. Entre ambas cámaras se alza el destino. A nadie le es permitido entrar en la habitación del enfermo, donde se pone el viejo sol de la soberanía; a nadie, tampoco, en la otra estancia, por donde sale el nuevo sol del poder: entre ellas, en el Oeil-de boeuf, en la antecámara, espera, vacilante y angustiada, la masa de cortesanos, incierta de adónde debe dirigir sus deseos, hacia el rey moribundo o hacia el que viene, hacia el sol que se pone o hacia el que nace.

Mientras tanto, la enfermedad, con mortal violencia, trabaja el debilitado, desfallecido y agotado cuerpo del rey. Espantosamente hinchado, cubierto de pústulas, aquel cuerpo viviente cae en una horrible descomposición, mientras el enfermo no pierde un solo instante la conciencia. La hijas y madame Du Barry necesitan de abundante valor para resistir, pues a pesar de las ventanas abiertas, una hediondez pestilente llena la cámara regia. Pronto se apartan los médicos, dando por perdido el cuerpo; ahora comienza la otra batalla, la lucha por el alma pecadora. Pero -¡espanto!- los sacerdotes se niegan ; aproximarse al lecho del enfermo, a proporcionarle confesión y comunión; primero, el rey moribundo que tanto tiempo ha vivido impíamente y sólo para sus placeres debe probar eficazmente su arrepentimiento. Primero tiene que ser alejada la piedra del escándalo, la concubina, que vela desesperada al pie de un lecho que tanto tiempo compartió anticristianamente. Con dificultad se decide el rey, justamente entonces, en aquella hora espantosa de la última soledad, a echar de su lado a la única criatura humana con la cual se siente unido íntimamente. Pero cada vez de un modo más sañudo le aprieta el gaznate el miedo a los fuegos del infierno. Con ahogada voz se despide de madame Du Barry, la cual, al punto, es llevada discretamente en un carruaje al inmediato palacete de Rueil: debe esperar a11í el momento de su vuelta, para el caso de que el rey logre todavía reponerse.

Sólo ahora, después de este patente acto de arrepentimiento, es posible la penitencia y la comunión. Sólo ahora penetra en el dormitorio regio el hombre que durante treinta y ocho años ha sido quien tuvo menos quehacer en toda la corte: el confesor de Su Majestad. A su espalda se cierra la puerta y, con gran desolación, no pueden los curiosos cortesanos de la antecámara oír la lista de pecados del Parque de los Ciervos (¡habría sido tan interesante!). Pero con el reloj en la mano miden cuidadosamente desde afuera el curso de los minutos, para, por lo menos, con su maligna complacencia en el escándalo, saber cuánto tiempo necesita un Luis XV para confesar la totalidad de sus culpas y descarríos. Por fin, al cabo de dieciséis minutos, con toda exactitud contados, se abre de nuevo la puerta y sale el confesor. Pero varias señales indican ya entonces que a Luis XV no le ha sido dada todavía la definitiva absolución, que la Iglesia exige una humillación aún más profunda que esa secreta confesión por parte de un monarca que durante treinta y ocho años no ha aliviado ni una sola vez con los sacramentos su pecaminoso corazón y que, ante los ojos de sus hijos, ha vivido en la vergüenza de los placeres carnales.

Precisamente porque ha sido el más grande de este mundo y ha creído despreocupadamente hallarse por encima de las leyes eclesiásticas, exige de él la Iglesia que se incline de modo más hondo delante del Todopoderoso. Públicamente, ante todos y a todos, es preciso que el rey pecador dé cuenta de su arrepentimiento por el indigno curso de su vida. Sólo entonces debe serle administrada la comunión.

Magnífica escena a la mañana siguiente: el autócrata más poderoso de la cristiandad tiene que hacer cristiana penitencia ante la muchedumbre reunida de sus propios súbditos.

A lo largo de toda la escalera de palacio se alzan guardias armados; los suizos tienden sus filas desde la capilla hasta la cámara mortuoria; los tambores redoblan sordamente cuando el alto clero, en solemne procesión, se acerca, llevando la custodia bajo palio.

Cada cual con un cirio encendido en la mano, detrás del arzobispo y de su séquito, avanzan el delfín y sus dos hermanos, los príncipes y las princesas, para acompañar hasta la puerta al Santísimo. Se detienen en el umbral y caen de rodillas. Sólo las hijas del Rey y los príncipes no capaces de heredar penetran con el alto clero en la cámara del moribundo.

En medio de un silencio no interrumpido ni por el respirar de los asistente, se oye al cardenal, que pronuncia una plática en voz baja; se le ve, a través de la puerta abierta, cómo administra la sagrada comunión. Después -momento lleno de emoción y de piadosa sorpresa- se acerca al umbral de la antecámara y, elevando la voz, le dice a toda la corte reunida: «Señores, me encarga el rey que les diga que pide perdón a Dios por todas las ofensas que contra Él ha cometido y por el mal ejemplo que ha dado a sus súbditos. Si Dios volviera a darle salud, promete hacer penitencia, proteger la fe y aliviar la suerte del pueblo». Brotando del lecho, se oye un leve quejido. En forma sólo perceptible para los más próximos, murmura el moribundo: «Querría haber tenido fuerzas para decirlo yo mismo».

Lo que viene después no es más que espanto. No es un hombre que se muere: es un cadáver, hinchado y ennegrecido, que se descompone. Pero, como si todas las fuerzas de sus antepasados borbónicos se hubiesen reunido en él, el cuerpo de Luis XV se defiende, con gigantesco esfuerzo, contra el inevitable aniquilamiento. Terribles son estos días para todos. Los sirvientes caen desvanecidos ante el tremendo hedor; las hijas emplean en velar sus últimas fuerzas; hace tiempo que, sin esperanza alguna, se han retirado los médicos; cada vez más impaciente, toda la corte espera la pronta terminación de la espantosa tragedia. Abajo, enganchadas desde hace días, están dispuestas las carrozas, pues, para evitar el contagio, el nuevo Luis, sin perder tiempo, debe trasladarse a Choisy con todo su séquito tan pronto como el viejo rey haya exhalado su último aliento. Los de caballerías tienen ya ensillados sus caballos; los equipajes están hechos; horas y horas esperan abajo los lacayos y cocheros; todos miran atentamente el pequeño cirio encendido que ha sido colocado en la ventana del moribundo y que -signo perceptible para todos- debe ser apagado en el consabido momento. Pero el poderoso cuerpo del viejo Borbón se defiende aún un día entero. Por fin, el martes 10 de mayo, a las tres y media de la tarde, se extingue el cirio. Al instante, los murmullos se convierten en fuertes rumores. De cámara en cámara. como ola por las rompientes, corre la noticia; los rumores son ya gritos bajo el viento creciente: «¡El rey ha muerto, viva el rey!».

María Antonieta espera con su esposo en una pequeña estancia. De repente oyen aquel misterioso rumor; cada vez más alto, más y más cercano, muge de sala en sala un incomprensible oleaje de palabras. Ahora, como si un tormento la desquiciara violentamente, se abre la puerta cuan ancha es; madame de Noailles penetra en la cámara, se postra de hinojos y saluda la primera a la reina. Detrás de ella se precipitan los otros, cada vez más, la corte entera, pues cada cual quiere entrar rápidamente para presentar su homenaje; cada cual quiere mostrarse, hacerse visible entre los primeros felicitantes.

Redoblan los tambores, los oficiales alzan las espadas y en centenares de labios retumba el grito: «¡El rey ha muerto. viva el rey!».

María Antonieta sale como reina de la habitación donde entró como delfina. Y mientras en la abandonada cámara real, con un suspiro de alivio, colocan rápidamente en el féretro, largo tiempo ha preparado, el irreconocible cadáver de Luis XV, azulado y negruzco, para enterrarlo con la mayor ostentación posible. una carroza conduce a un nuevo rey y a una nueva reina fuera de la dorada verja de la puerta del parque de Versalles. Y en las calles el pueblo los aclama, lleno de júbilo, como si con el viejo rey hubiera terminado la vieja miseria y comenzara con los nuevos soberanos un mundo nuevo.

La vieja charlatana de madame Campan refiere en sus Mémoires, ya dulces como la miel, ya empapadas en llanto, que Luis XVI y María Antonieta, cuando les llevaron la noticia de la muerte de Luis XV, cayeron de rodillas y exclamaron: «Dios mío, guíanos y protégenos: somos jóvenes. demasiado jóvenes para reinar». Es ésta una anécdota muy conmovedora, y bien sabe Dios que digna de figurar en un libro de letras infantiles; sólo es lástima. como ocurre con la mayor parte de las anécdotas sobre María Antonieta, que tenga el pequeño inconveniente de haber sido inventada de un modo harto torpe y altamente desconocedor de la psicología de los personajes. Pues esta piadosa emoción no conviene en modo alguno con la fría sangre de pez de Luis XVI, el cual no tenía ningún motivo para ser así agitado por un acontecimiento que toda la corte, desde ocho días antes estaba esperando, hora por hora, con el reloj en la mano: y menos aún corresponde con el ánimo de María Antonieta, la cual iba al encuentro de este regalo del momento con despreocupado corazón, como recibía todos los otros dones de la vida. No es que estuviera ávida de poder o sintiese ya impaciencia por empuñar las riendas del gobierno; jamás ha soñado Maria Antonieta con ser una Isabel, una Catalina o una Maria Teresa: para ello era demasiado escasa su energía moral, demasiado estrecho el horizonte de su espíritu. demasiado perezoso su ser entero. Sus deseos, como ocurre siempre con un carácter de término medio, no se extienden más a11á de lo que afecta a su propia persona: esta mujer joven no tiene ninguna idea política que quiera imprimir al mundo, ninguna inclinación a oprimir o a humillar a sus semejantes: desde su infancia sólo es característico en ella un fuerte, un obstinado y a menudo pueril instinto de independencia; no quiere dominar, pero tampoco ser dominada o influida por nadie. Ser soberana no es otra cosa para ella sino ser libre. Solamente ahora, después de más de tres años de tutela y vigilancia, se siente por primera vez sin trabas: nadie está ya a11í para decirle que se contenga -pues la severa madre habita a mil leguas de distancia y las tímidas protestas del sumiso esposo las rechaza con una sonrisa de desprecio--. Una vez ascendido este último peldaño decisivo de heredera del trono a reina, se alza finalmente sobre todos. a nadie sometida sino a su propio humor caprichoso. Ha terminado con los molestos enredos de las tías: ha terminado con tener que pedir al rey su consentimiento para que se le permita ir al baile de la Opera: queda a un lado la arrogancia de su adversaria la Du Barry: mañana le será para siempre impuesto el destierro a esa créature, nunca más centellearán sus brillantes en los soupers regios, jamás se congregarán en su boudoir los príncipes y reyes para besarle la mano. Orgullosa y sin avergonzarse de su orgullo, María Antonieta coge la corona que le ha tocado en suerte; «aunque ya Dios me hizo venir al mundo en la categoría que hoy poseo - le escribe a su madre-, no puedo menos de admirar la bondad de la Providencia, que me ha escogido a mí, la más joven de vuestros hijos, para el más hermoso reino de Europa». Quien en esta declaración no sienta palpitar un alto tono de alegría, tiene duro el oído. Precisamente por sentir sólo la grandeza de su posición, sin advertir al mismo tiempo su responsabilidad, asciende María Antonieta al trono despreocupada y alegre.

Y apenas ha ascendido, cuando llegan ya hasta ella, desde lo profundo del pueblo, mugientes aclamaciones. Aún no han hecho nada, aún no han prometido ni cumplido nada; y, sin embargo, se saluda ya con todo entusiasmo a los jóvenes soberanos. ¿No comenzará ahora la edad dorada con la que sueña el pueblo, que cree eternamente en milagros, ya que la maîtresse sorbedora de tuétanos está desterrada, el viejo, apático y lascivo Luis XV ha sido sepultado y un rey joven, sencillo, ahorrador, modesto y piadoso y una reina encantadora, deliciosamente joven y bondadosa imperan en Francia? En todos los escaparates lucen los retratos de los nuevos monarcas, amados con una esperanza que todavía no conoce la decepción; ferviente entusiasmo acoge cada uno de sus actos, y hasta en la corte, paralizada por el miedo, comienza a sentirse de nuevo la alegría; vienen de nuevo ahora, con bailes y desfiles, diversiones y una renovada dicha de vivir; la soberanía de la juventud y de la libertad. Un suspiro de alivio saluda la muerte del viejo rey, y las campanas mortuorias, en las tomes de toda Francia, suenan con tanta claridad y alegría como si repicasen convocando a una fiesta.

Verdaderamente conmovida y espantada, por sentirse presa de tétricos presentimientos, sólo una persona en toda Europa lamenta la muerte de Luis XV: la emperatriz María Teresa.

Como monarca, por treinta penosos años, conoce el peso de una corona; como madre, la debilidad y defectos de su hija. Desde el fondo de su corazón habría visto gustosa que el momento de ascender al trono hubiera sido diferido hasta que aquella criatura aturdida y sin freno hubiese ganado mayor madurez y supiera defenderse por sí misma de las tentaciones de sus arrebatos de disipación. La vieja señora siente su corazón angustiado; lúgubres previsiones parecen oprimirla. «Estoy muy apenada -escribe a su fiel embajador al recibir la noticia-, y aún más preocupada por el destino de mi hija, que tiene que ser magnífico o desdichado. La situación del rey, de los ministros, del Estado, no me muestran cosa alguna que pueda tranquilizar, y ¡mi hija es tan joven! Jamás hubo en su pecho ninguna aspiración hacia algo serio, y no la tendrá nunca o la tendrá muy rara vez.» Melancólicamente responde también a la comunicación, llena de orgullo, que le hace su hija: «No te envío felicitación alguna por tu nueva dignidad, adquirida a muy alto precio y que aún será más cara si no sabes decidirte a llevar la misma vida, tranquila a inocente, que has llevado durante estos tres años, gracias a la bondad y previsión de aquel buen padre, y que ha traído para los dos la aprobación y el amor de vuestra nación. Esto significa una gran ventaja en vuestra situación actual; pero ahora se trata de saber conservar ese favor y emplearlo rectamente para bien del rey y del Estado. Los dos sois aún muy jóvenes y la carga muy grande; por ello estoy preocupada, verdaderamente preocupada... Todo lo que puedo aconsejaros ahora es que no os precipitéis en nada; consideradlo todo con vuestros propios ojos, no cambiéis cosa alguna, dejad que todo se desenvuelva por sus propias vías; si no, serán infinitos el caos y las intrigas, y vosotros, mis queridos hijos, caeréis en tal turbación que apenas seréis capaces de volver a salir de ella». Desde lejos, desde la altura de tantos decenios de experiencia, la cauta regente domina, en una ojeada de conjunto, con su mirada de Casandra, la insegura situación de Francia mucho mejor que los que están demasiado cerca; conjura insistentemente a ambos a que, ante todo, conserven la amistad con Austria y, con ello, la paz universal.

«Nuestras dos monarquías no necesitan más que tranquilidad para poner en orden sus asuntos. Si actuamos en una estrecha inteligencia, en adelante nadie perturbará nuestros trabajos y Europa gozará de tranquilidad y de dicha. No sólo serán felices nuestros pueblos, sino que también lo serán todos los otros.» Pero del modo más insistente amonesta a su hija para que se defienda de su ligereza personal, de su tendencia a buscar diversiones: «Temo esto en ti más que todas las demás cosas. Es absolutamente preciso que te ocupes de labores serias y, ante todo, que no te dejes inducir a gastos excesivos.

Todo depende de que este dichoso principio que excede a todas nuestras esperanzas sea duradero y os haga felices a los dos al labrar la dicha de vuestro pueblo».

María Antonieta, conmovida por las preocupaciones de su madre, promete todo lo que se quiere, una y otra vez. Reconoce su falta de fuerza para toda actividad seria y jura enmendarse. Pero las angustias de la vieja señora, conmovida como en presagio, no se quieren apaciguar. No cree en la dicha de aquella monarquía ni en la de su hija. Y mientras que todo el mundo aclama a María Antonieta y la envidia, la emperatriz escribe a su confidente el embajador este lamento maternal: «Creo que sus mejores días están ya terminados».

 

RETRATO DE UNA PAREJA REGIA

En las primeras semanas después de una elevación al trono, siempre y en todas partes tienen las manos llenas de trabajo grabadores, escultores y medallistas. También en Francia se deja a un lado, con apasionada rapidez, el retrato de Luis XV el rey que desde mucho tiempo atrás no era ya «el bien amado», para sustituirle por la imagen de la nueva pareja soberana, coronada solemnemente: «Le Roi est mort, vive le Roi!».

No necesita mucho arte de adulación un hábil medallista para imprimir un gesto cesariano a la fisonomía de hombre de bien que posee Luis XVI, pues, prescindiendo del corto y robusto cuello, en modo alguno puede decirse que carezca de nobleza la cabeza del nuevo rey: frente huidiza y bien proporcionada, curva nariz fuerte y casi audaz, labios abultados y sensuales, una barbilla camosa pero bien formada, componen, dentro de un tipo rollizo, un perfil augusto y plenamente simpático. Retoques hermoseadores los necesita, en primer lugar, la mirada, pues el rey, extraordinariamente corto de vista, sin sus anteojos no conoce a nadie a tres pasos de distancia: aquí el cincel del grabador tiene que afinar mucho ya la puntería para prestar alguna autoridad a estos ojos vacunos, pesados de párpados y mortecinos. Mal le va también a Luis, tan tardo y torpe, en lo que se refiere a su figura; presentarlo como realmente erguido y majestuoso con sus trajes de gala procura un duro trabajo a todos los pintores de la corte, pues tempranamente obeso, mazorral y, gracias a su miopía. desmañado hasta la ridiculez, a pesar de tener casi seis pies de altura y ser bien conformado, Luis XVI, en todas las ocasiones oficiales, presenta la más desdichada figura -«la plus mauvaise tournure qu'on peut voir»-. Anda por los brillantes pavimentos de Versalles pesadamente y balanceando los hombros, «como un aldeano detrás de su arado»; no sabe bailar ni jugar a la pelota: cuando quiere marchar aceleradamente. da traspiés, tropezando con su propia espada. Esta torpeza corporal es perfectamente conocida por el pobre hombre, y lo azora; este azoramiento aumenta aún más su tosquedad; de modo que cada cual, en el primer momento, tiene la impresión de tener ante sí, en el rey de Francia, la persona de un desdichado zopenco.

Pero Luis XVI no es en modo alguno tonto ni limitado; sólo que, lo mismo que en lo físico se ve duramente embarazado por su miopía, también en lo moral le paraliza su timidez (la cual, en último resultado, depende probablemente de su incapacidad sexual).

Sostener una conversación significa siempre, para este monarca receloso hasta lo enfermizo, un esfuerzo espiritual, pues, como sabe lo lento y difícil que es su mecanismo de pensar, siente un miedo indecible ante las gentes inteligentes, ingeniosas y discretas, a quienes las palabras les brotan fácilmente de los labios; comparándose con ellas, aquel hombre sincero siente, avergonzado, su propia insuficiencia. Pero si se le deja tiempo para ordenar sus ideas, si no se le exigen rápidas resoluciones y respuestas, sorprende hasta a los interlocutores más escépticos, como a José II o a Pétion, con su buen juicio, cierto que no sobresaliente, pero por lo menos recto, sano y honrado; tan pronto como su timidez nerviosa ha sido felizmente dominada, procede de un modo totalmente normal.

En general, le gusta más leer y escribir que hablar, pues los libros se mantienen tranquilos y no ahogan con prisas; Luis XVI - no es casi creíble- lee mucho y con placer, conoce bien la historia y la geografía, mejora constantemente su inglés y su latín, en lo cual le ayuda una memoria excelente. Sus cuadernos y libros de recuerdos son llevados con un orden perfecto; todas las noches, con su escritura clara, redonda, limpia, casi caligráfica, consigna las insipideces más desdichadas («he matado seis corzos», «me he purgado») en un diario que actúa sobre nosotros de un modo directamente conmovedor por su ciego desconocimiento de todos los sucesos de importancia histórica. En resumidas cuentas, el rey es un tipo de inteligencia mediana, poco independiente, destinado por la naturaleza para ocupar un puesto de celoso funcionario de aduanas o de escribiente de oficina; para cualquier actividad puramente mecánica y subalterna, lejos del campo de los acontecimientos históricos; para cualquier cosa, no importa cuál, menos para monarca.

La verdadera fatalidad en la naturaleza de Luis XVI es que tiene plomo en la sangre.

Algo acorcha do y denso obstruye sus venas; nada es fácil para él. Este hombre, que realiza esfuerzos sinceros, tiene siempre que dominar en sí una resistencia de la materia, una especie de modorra, para lograr hacer algo, para pensar, o simplemente para sentir.

Sus nervios, lo mismo que tiras de goma relajadas no pueden ponerse tensas ni tirantes, no pueden vibrar, no pueden desprender electricidad. Este innato embotamiento nervioso excluye a Luis XVI de toda emoción fuerte: amor (en sentido espiritual lo mismo que en sentido fisiológico), alegría, goce, miedo, dolor, terror, todos estos elementos emotivos no logran perforar la piel de elefante de su indiferencia y ni una sola vez inmediatos peligros de muerte consiguen despertarlo de su letargo. Mientras los revolucionarios asaltan las Tullerías, su pulso no late ni un ápice más de prisa, y hasta en la misma noche antes de ser guillotinado no están perturbadas ninguna de las dos columnas de su bienestar: sueño y apetito. Jamás palidecerá este hombre, ni aun con una pistola delante del pecho; jamás la cólera brillará en sus torpes ojos; nada puede espantarle, pero tampoco nada entusiasmarle. Sólo los más rudos esfuerzos, como la cerrajería o la caza, agitan su persona, por lo menos exteriormente; todo lo delicado, fino de espíritu y gracioso, como el arte, la música y la danza, no es, en modo alguno, accesible al orden de su sensibilidad: ninguna musa ni ningún dios, ni siquiera Eros, son capaces de poner en conmoción sus perezosos sentidos. Jamás, durante veinte años, Luis XVI ha deseado otra mujer que la que su abuelo le ha destinado por esposa; permanece feliz y contento con ella, lo mismo que se contenta con todo, en su carencia de necesidades realmente exasperante. Por ello, fue una diabólica maldad del destino ir a exigir a una naturaleza como ésta, tan estancada, roma y elemental, las más importantes determinaciones históricas de todo aquel siglo, y colocar a un ser humano tan absolutamente destinado a una vida pasiva en medio del más espantoso de los universales cataclismos. Porque precisamente a11í donde comienza la acción, donde el resorte de la voluntad debe ponerse en tensión. para actuar o resistir, este hombre, corporalmente robusto, se nos presenta con una debilidad lamentable; toda resolución que adoptar significa siempre para Luis XVI la más espantosa de las perplejidades. Sólo es capaz de ceder; sólo sabe hacer lo que quieren los otros, porque él mismo no quiere otra cosa sino paz. paz y paz.

Acosado y sorprendido, le promete a cada cual lo que desea; y, de un modo igualmente flojo y afable, to contrario al que viene tras él; quien se le acerca to tiene ya vencido. A causa de esta incalificable debilidad, Luis XVI es siempre culpable, aun estando siempre sin culpa, y poco honrado, aun con las mejores intenciones; rey pelanas, sin serenidad ni carácter; pelota con que juegan su mujer y desesperante en las horas en que debería reinar de veras. Si la Revolución. en lugar de hacer caer bajo la cuchilla el corto cuello de este hombre ingenuo y apático, le hubiera concedido, en cualquier sitio, una casita de aldeano con un jardincillo, imponiéndole cualquier insignificante obligación, le habría hecho más feliz que el arzobispo de Reims con la corona de Francia, que llevó indiferentemente durante veinte años, sin orgullo, sin placer y sin dignidad.

Si ni el más servil de todos los poetas de corte osó jamás celebrar como gran monarca a este hombre bondadoso y poco viril, en cambio todos los artistas rivalizan en celo para glorificar a la reina en todas las formas y medios de expresión: mármol, terracota, biscuit, pastel, lindas miniaturas de marfil, y en graciosas poesías, pues el semblante de la reina, y sus modos y maneras, reflejan directa y plenamente el ideal de su tiempo. Tierna, esbelta.

graciosa, encantadora, juguetona y coqueta. aquella muchacha de diecinueve años se convierte desde el primer momento en la diosa del rococó, el prototipo de la moda y del gusto dominantes; si una mujer desea pasar por bella y atractiva, se esfuerza por semejarse a la reina. Mas, sin embargo, María Antonieta no tiene realmente un semblante ni muy notable ni muy expresivo; el suave óvalo de la cara. Finamente recortado, con algunas pequeñas incorrecciones atractivas, como el fuerte labio inferior de los Habsburgo y una frente algo plana en demasía, no seduce ni por su expresión espiritual ni por cualquier rasgo fisonómico muy personal. Algo fresco y vacío, como en un esmalte de lisos colores, impresiona en este rostro de muchacha aún poco formada, todavía curiosa de sí misma, al cual solamente los venideros años de madurez femenina añadirán cierta majestuosa plenitud y resolución. Únicamente los ojos, dulces y muy mudables de expresión, de los que fácilmente se desborda el llanto, para centellear en ellos inmediatamente después la alegría en juegos y bromas, denotan una viveza de sentimientos, y la miopía presta a su azul frívolo y no muy profundo un carácter vago y conmovedor; pero en ningún lugar la fuerza de voluntad traza una línea dura de carácter en este semblante pálido; sólo se percibe una naturaleza blanda y acomodaticia, que se deja guiar por cada estado de su ánimo y que, de un modo totalmente femenino, sólo sigue siempre las corrientes profundas de su sentimiento. Pero este encanto delicado es lo que todos admiran más en María Antonieta. Verdaderamente hermoso, sólo se nos aparece en esta mujer lo que es esencialmente femenino: la exuberante cabellera, de un color rubio ceniza que centellea con reflejos rojizos; la blancura de porcelana y el pulido color de su rostro; la redondeada suavidad de sus formas; la línea acabada de sus brazos, lisos como marfil y delicadamente torneados; la cuidada belleza de sus manos; todo lo que hay de floreciente y fragante en una feminidad aún no del todo desplegada; en todo caso, atractivos harto fugitivos y quientaesenciados para que se los pueda adivinar plenamente a través de unos retratos.

Pues hasta las escasas obras maestras que hay entre sus imágenes no nos manifiestan tampoco to más esencial de su naturaleza, el elemento más personal de su seducción. Los retratos no son capaces casi nunca sino de conservar la fortaleza y rígida pose de un ser humano, y el encanto característico de María Antonieta -acerca de ello coinciden todos los testimonios consistía en la gracia inimitable de sus movimientos. Sólo en la animada manera de mover su cuerpo revela María Antonieta la innata armonía de su natural: cuando, sobre sus finos tobillos, atraviesa, alta y esbelta, por en medio de las filas de cortesanos la Galería de los Espejos; cuando, coqueta y deferente, se reclina en un asiento para charlar; cuando, impetuosa, salta de prisa por las escaleras como en un vuelo; cuando, con un ademán naturalmente gracioso, da a besar su mano, deslumbradoramente blanca, o coloca con ternura su brazo en torno al talle de una amiga, sus gestos, sin nada estudiado, brotan de una pura intuición de su ser femenino. «Cuando está en pie -escribe, completamente entusiasmado, el escritor inglés Horacio Walpole, en general tan cauto-, es la estatua de la hermosura; cuando se mueve, la gracia en persona.» Y, realmente, monta a caballo y juega a la pelota como una amazona; en todas partes donde entra en juego su cuerpo flexible, bien formado y rico en dones, sobrepasa a las más bellas damas de su corte no sólo en destreza, sino también en encantos sensuales, y enérgicamente to demuestra el fascinado Walpole cuando, al objetársele que la reina, al bailar, no sigue suficientemente el compás, responde con la bella frase de que, en ese caso, es la música la que come te la falta. Por un consciente instinto -coda mujer conoce la ley de su belleza-, María Antonieta ama el movimiento. La agitación es su verdadero elemento; por el contrario, permanecer tranquilamente sentada, oír, leer, escuchar, reflexionar, y, en cierto modo, hasta dormir, son para ella insoportables ejercicios de paciencia. Sólo ir y venir, arriba y abajo y de un lado a otro; comenzar algo, siempre cosa distinta, sin terminarlo nunca; estar siempre ocupada, sin, a pesar de ello, aplicarse a nada seriamente; sólo percibir constantemente que el tiempo no se detiene; ir tras él, adelantársele, vencerlo en su camera... Nada de comidas largas; sólo catar algunas golosinas; no dormir mucho, no meditar mucho; nada más que ir siempre adelante y adelante, en ociosidades, en cambio permanente. De este modo, los veinte años de vida de reina de María Antonieta constituyen un eterno torbellino, que gira alrededor de su propio ser y que, no dirigiéndose hacia ninguna meta externa o interna, humana o política, se nos presenta como una camera plenamente vacía de sentido.

Esta falta de dominio de sí misma, este no pararse nunca, esta autodilapidación de una fuerza grande pero mal empleada, es lo que en María Antonieta disgusta tanto a su madre; aquella antigua conocedora de caracteres humanos sabe muy bien que esta muchacha bien dotada por su natural y rica de fuerzas podría obtener cien veces más de sí misma que lo que hoy alcanza. María Antonieta no necesita más sino querer ser lo que en el fondo es, y sólo con ello tendría ya un poder soberano; pero, infaustamente, vive siempre, por comodidad, por debajo de su propio nivel espiritual. Como verdadera austriaca, posee, sin duda, muchas dotes y mucho talento; pero, por desgracia, no tiene ni la voluntad de utilizar seriamente estos dones naturales, ni de profundizar su valer, y aturdidamente disipa sus capacidades para disiparse a sí misma. «Su primer movimiento -dice José II- es siempre el verdadero, y si perseverase en él, reflexionando un poco más, sería excelente.» Pero precisamente ya esto de reflexionar un poco es una carga para su impetuoso temperamento; todo pensamiento que no sea el que brota de repente significa para ella un esfuerzo, y su naturaleza, caprichosa y nonchalance, odia toda especie de esfuerzo intelectual. No quiere más que juego, sólo facilidad, en lo general, y en lo particular, ninguna molestia, ningún auténtico trabajo. María Antonieta charla exclusivamente con la boca y no con el cerebro. Cuando se le habla, escucha distraída y con intermitencias; en la conversación, en la cual cautiva con su encantadora amabilidad y su volubilidad centelleante, deja que se pierda toda idea apenas expresada; no dice nada, no piensa nada, no lee nada hasta el final, no aprisiona firmemente cosa alguna para extraer de ella un sentido y auténtica experiencia. Por eso no le gusta ningún libro, ningún asunto de Estado, nada serio que exija paciencia y atención, y sólo de mala gana, con una letra gamapateada a ilegible, despacha las cartas más indispensables; hasta en las dirigidas a su madre se nota claramente con frecuencia el deseo de acabar pronto. No complicarse la vida; nada que pueda producir tristeza, melancolía o aburrimiento. Quien lisonjee más su pereza de pensamiento, pasa a sus ojos por el hombre más sabio; quien requiera de ella un esfuerzo, por un enfadoso pedante. y, como de un salto, se aparta de todos los consejeros razonables, para unirse a sus gentiles hombres y a las damas que opinan como ella. Sólo se trata de gozar, sólo de no ser perturbada por reflexiones y cuentas y economías: así piensa la reina, y así piensan todos los de su círculo. Vivir sólo para los sentidos y no pensar en nada; moral de toda una estirpe; moral de este siglo XVIII cuyo destino, como reina, representa María Antonieta simbólicamente, en forma tal que, de modo bien visible, vive con él y con él muere.

Una más extraña oposición de caracteres que la de una pareja altamente desigual no podría imaginarla ningún poeta; hasta en los últimos nervios de su cuerpo, hasta en el ritmo de la sangre, hasta en las vibraciones más exteriores de su temperamento, María Antonieta y Luis XVI, en todas sus facultades y caracteres, representan un modelo de antítesis. Él, pesado; ella, ligera; él, torpe; ella, ágil; él, tibio; ella, desbordante; él, apático; ella, con nervios como llamas. Y más adentro, en el terreno espiritual: él, indeciso; ella, resuelta, con excesiva rapidez; discurre él lentamente; tiene siempre ella en la boca un «sí» y un «no» espontáneos; él, severamente devoto; ella, sólo feliz entre mundanidades; él, modesto y humilde; ella, conscientemente coqueta; él, metódico: ella, inconstante; él, ahorrativo, ella, dilapidadora; él, demasiado serio; ella. desmedidamente juguetona; él, oscuras profundidades con corrientes densas; ella, todo espuma y cabrillear de olas. Él se siente a gusto en la soledad; ella, en el puro estrépito de una reunión; a él, con una especie de oscura satisfacción animal, le gusta comer mucho y beber vinos fuertes; ella no cata el vino y come poco y con ligereza. El elemento del rey es el sueño; el de la reina, la danza: el mundo del esposo es el día; el de la mujer. la noche; así, las agujas del reloj de su vida están siempre en oposición, como el sol y la luna. A las doce de la noche, cuando Luis XVI se echa a dormir, es cuando María Antonieta comienza a brillar realmente: hoy en una sala de juego, mañana en un baile, siempre en distintos lugares; cuando, por la mañana, hace ya horas enteras que cabalga él cazando, apenas comienza ella a levantarse de la cama. En ningún sitio, en ningún punto, coinciden sus costumbres, sus inclinaciones, su distribución del tiempo: en realidad, María Antonieta y Luis XVI, durante gran parte de su existencia, hacen vie à part, lo mismo que, con gran pesar de María Teresa, font lit à part la mayor parte del tiempo.

Por tanto, ¿un mal matrimonio, regañón, irritado, difícilmente mantenido? ¡En modo alguno! Por el contrario, un matrimonio absolutamente plácido y satisfecho y, si no hubiese sido por la carencia de virilidad del principio, con sus conocidas consecuencias penosas, hasta un matrimonio completamente feliz. Porque para que se produzcan tiranteces es necesario que haya en ambos lados cierta fuerza de carácter; la voluntad tiene que chocar contra otra voluntad; la dureza contra la dureza. Pero estos dos, María Antonieta y Luis XVI, esquivan todo roce y tirantez; él, por dejadez corporal: ella, por dejadez espiritual. «Mis gustos no son iguales a los del rey -confiesa traviesamente en una carta María Antonieta-; no se interesa él por otra cosa sino por la caza y los trabajos mecánicos... Me concederá usted que mi puesto en una fragua no tendría ninguna gracia especial; no sería allí ningún Vulcano, y el papel de Venus acaso desagradara aún más a mi esposo que todas mis otras aficiones.» Luis XVI, por su parte, no encuentra a su gusto, en modo alguno, la vertiginosa y turbulenta manera de divertirse de la reina, pero el desmazalado esposo no tiene voluntad ni fuerzas para intervenir enérgicamente en ello; bonachonamente, se sonríe de sus excesos, y, en el fondo, está orgulloso de tener una mujer tan charmante y universalmente admirada. Hasta el punto en que su lánguida sensibilidad es capaz de una vibración. este hombre honrado se muestra a su manera -torpe y sinceramente. por tanto- plena y voluntariamente sometido a su hermosa mujer, superior a él en inteligencia, y se echa a un lado, consciente de su inferioridad, para no quitarle la luz. A su vez. ella sonríe algún tanto de este marido cómodo, pero lo hace sin malignidad, pues también ella lo quiere en cierta indulgente forma, algo así como a un grande y lanudo perro de San Bernardo, a quien se le rasca la piel y acaricia de cuando en cuando, porque jamás gruñe ni regaña y obedece dócil y tiernamente a la más pequeña indicación; a la larga, la reina no puede querer mal a este buen animal doméstico, aunque no sea más que por agradecimiento, pues la deja regirse y gobernarse según su capricho; se retira delicadamente cuando siente que no es deseada su presencia; no penetra jamás sin anunciarse en la cámara de su esposa; marido ideal que, a pesar de su espíritu ahorrativo, vuelve siempre a pagar las deudas de la reina, le consiente todo, y, a la postre, hasta un amante. Cuanto más tiempo vive con Luis XVI, tanto más crece en ella la estimación por el carácter de su esposo, altamente merecedor de respeto, a pesar de todas sus debilidades. Del matrimonio concertado diplomáticamente se origina, poco a poco, una auténtica camaradería, una mansa vida en común afectuosa; más afectuosa, en todo caso, que la mayor parte de los matrimonios regios de aquel tiempo.

Sólo que el amor, esa grande y santa palabra, es mejor que no se le haga figurar en esta ocasión. Para un verdadero amor falta energía de corazón en este Luis poco viril; el cariño de María Antonieta contiene, por otra parte, demasiada compasión, demasiada condescendencia, demasiada tolerancia, para que sea lícito llamar amor a esta tibia mixtura. Corporalmente, esta mujer fina de nervios y delicada, por sentimiento del deber y por razón de Estado, podía y tenía que entregarse a su esposo, pero admitir que ese comodón y regalón marido perezoso de sentimientos, ese Falstaff sea capaz de suscitar o satisfacer el raudal de tensiones eróticas de aquella lozana esposa, sería sencillamente absurdo. «Amor no siente ninguno hacia él», comunica clara y tiernamente a Viena José II durante su estancia en París, con una serena afirmación de la verdad objetiva de las cosas, y cuando ella, por su parte, le escribe a su madre que de los tres hermanos es, en todo caso, preferido aquel a quien Dios le ha concedido por esposo, este «en todo caso» , introducido traidoramente en la mitad de la frase, dice más de lo que conscientemente querría ella expresar; algo así como : ya que no puedo recibir mejor marido, «en todo caso», este hombre bueno y decente es la más aceptable de las sustituciones. Esta sola frase expresa toda la tibieza de sus relaciones. María Teresa, en resumidas cuentas -sabe cosas mucho peores de su hija de Parma-, se contentaría con esta clásica concepción del matrimonio sólo con que María Antonieta mostrara un arte de disimulo algo mayor y tacto espiritual en su conducta; supiera simplemente ocultar mejor ante el público que, desde el punto de vista viril, considera como un cero, como una quantité négligeable, a su regio esposo. Pero Maria Antonieta -y esto no se lo dispensa María Teresa- se olvida de guardar las formas, y, con ello, el honor de su consorte; por fortuna, es la madre la que, bastante a tiempo, impide circular una de las aturdidas frases de la reina. Uno de los confidentes de la emperatriz, el conde de Rosenberg, había ido a pasar una temporada a Versalles, y María Antonieta le había cobrado tanto afecto y depositado tanta confianza en el fino y galante anciano caballero, que le escribió a Viena una carta, ligera y jocosa, en la que le contaba cómo se había burlado ocultamente de su marido cuando el duque de Choiseul le pidió una audiencia. «Me creerá usted fácilmente si le digo que no lo he visto sin conocimiento del rey; pero no podrá usted sospechar qué astucia hube de emplear para no suscitar la idea de que pedía permiso para ello. Le dije a mi marido que me gustaría ver al señor Choiseul y que sólo me tenía perpleja la elección del día; y lo hice tan bien que el pobre hombre ("le pauvre homme") dispuso la hora más cómoda para que yo le viera. En mi opinión, en este asunto no hice otra cosa sino aprovechar valientemente mis derechos de mujer.» Muy naturalmente fluye de la pluma de María Antonieta la frase «pauvre homme»; sin preocupación alguna cierra la carta, pues no cree haber contado sino una divertida anécdota, y la expresión «pauvre homme», en el lenguaje de su corazón, no significa, leal y bondadosamente, sino el «buen muchacho». Pero en Viena se interpreta de otro modo esta frase mezcla de simpatía, de compasión y de desprecio. María Teresa reconoce al instante qué peligrosa falta de tacto hay en que la reina de Francia llame abiertamente «pauvre homme» al rey de Francia, el soberano más grande de la cristiandad. no respetando ni honrando al monarca en el esposo. ¡En qué tono se expresará de viva voz aquella cabeza de viento en sus fiestas campestres y en sus redoutes, con sus amigas, la Lamballe y la Polignac, y con sus jóvenes cortesanos, al burlarse del soberano de Francia! Al punto tiene lugar en Viena un severo consejo, y se escribe a María Antonieta una carta tan enérgica, que durante largos decenios, el archivo imperial no ha permitido su publicación. «No puedo ocultarte - la vitupera la anciana emperatriz a la hija olvidadiza de sus deberes- que tu carta al conde de Rosenberg me ha consternado extremadamente. ¡Qué términos de expresión, qué ligereza! ¿Dónde está el corazón de la archiduquesa María Antonieta, tan bueno, tan delicado, tan lleno de abnegación? No veo en la carta más que intriga, odios menudos, mofa y malignidad, una intriga en la cual una Pompadour, una Du Barry, hubieran podido desempeñar un papel, pero no una princesa, y menos una gran princesa de la Casa de Habsburgo-Lorena, llena de bondad y tacto. Siempre me han hecho temblar tus rápidos éxitos y todo lo que te rodea aduladoramente desde aquel invierno en que te lanzaste a los placeres y a las modas y adornos más ridículos. Esta carrera de diversión en diversión sin el rey, aunque sabes no es agradable para él y que sólo por pura condescendencia te acompaña o consiente que vayas, todo eso me hizo manifestarte en mis cartas anteriores mi justa inquietud. Pero todo lo veo confirmado por esta carta. ¡Qué lenguaje! («Le pauvre homme!») ¿Dónde está el respeto y el agradecimiento por todas sus complacencias? Acerca de ello, te abandono a tus propias reflexiones y no te digo más, aunque aún habría mucho que decir... Pero si sigo observando tales inconveniencias, no podré callar, porque te quiero demasiado y preveo grandes daños, por desgracia aún mayores que antes, ya sé que eres ligera. violenta a incapaz de reflexionar. Tu felicidad puede acabar demasiado pronto y trocarse en las mayores desgracias a causa de tu propia culpa, y todo por esa espantosa ansia de placeres que no permite ninguna ocupación seria. ¿Qué libros lees? Y sin eso, ¿osas mezclarte en todo, en los asuntos más importantes y en la elección de ministros...? Parece que el abate y Mercy han llegado a ser desagradables para ti, porque no imitan a esos bajos aduladores y porque te quieren para hacerte feliz, y no puramente para divertirse y aprovecharse de tus debilidades. Algún día lo reconocerás así, pero demasiado tarde. Espero no tener que presenciar tal momento, y suplico a Dios que ponga término a mis días lo antes posible, porque ya no puedo ser útil para ti y porque no podría soportar el perder y ver desgraciada a la querida hija a quien amaré tiernamente hasta mi último suspiro.» ¿No exagera la emperatriz, no saca demasiado pronto la caja de los truenos a causa sólo de ese pauvre homme, frase empleada en broma, aunque algo insolentemente? Es que María Teresa no se refiere sólo en este caso a la frase nacida del azar, sino que la considera como síntoma. Esta expresión le aclara de repente, como con un relámpago, el poco respeto de que goza Luis XVI en su propio matrimonio y en todo el círculo de la corte. Su alma se intranquiliza. Si en un Estado el des precio hacia el monarca socava sus más firmes fundamentos, y lo mismo en la propia familia, ¿cómo pueden quedar en pie los otros pilares y sostenes si llega una tormenta? ¿Cómo hará frente a los peligros que la amenazan una monarquía sin monarca, un trono ocupado por meros figurantes, que no tienen la realeza en el pensamiento ni en la sangre, ni en el corazón ni en el cerebro? Un hombre flaco y sin voluntad y una mundana; demasiado tímido de pensamiento el uno, demasiado irreflexiva la otra, ¿cómo pueden estos seres tan superficiales afirmar su dinastía contra las amenazas de toda una época? La vieja emperatriz no está. en realidad, enojada con su hija. Sólo llena de temor por ella.

Y, verdaderamente, ¿cómo encolerizarse con estos dos seres, cómo condenarlos? Hasta a la misma Convención, su acusadora, se le hizo difícil representar como tirano y criminal a aquel «pobre hombre»; en el último fondo, no había ni un grano de maldad en ninguno de los dos, y, como en general sucede con la mayor parte de los caracteres de medianía, ni dureza, ni crueldad, ni siquiera ansia de honores o grosera vanidad. No obstante, por desgracia, tampoco sus buenas cualidades iban más a11á del burgués término medio: honrada bondad natural, despreocupada tolerancia, tibia benevolencia.

Nacidos en unos tiempos tan mediocres como ellos mismos, habrían subsistido con honor y hecho una figura aceptable. Pero afrontar una época de ascendente dramatismo mediante una interna transformación y una elevación de los corazones igual a la del medio ambiente, no supieron hacerlo ni María Antonieta ni Luis XVI; más bien supieron morir con dignidad que vivir fuerte y heroicamente. A cada cual sólo le hiere el destino del que no supo hacerse dueño; toda derrota encierra en sí una significación y una culpa.

El caso de María Antonieta y Luis XVI lo ha medido Goethe con sabia sentencia:

¿Por qué, pues, como con la escoba

es expulsado un soberano?

Si hubiesen sido tales reyes

aún estarían hoy sin daño.

 

LA REINA DEL ROCOCÓ

En el momento en que María Antonieta, la hija de su antigua adversaria María Teresa, asciende al trono de Francia, se intranquiliza Federico el Grande, el enemigo tradicional de Austria. Envía carta tras carta al embajador prusiano para que indague cuidadosamente los planes políticos de la reina. En realidad, el peligro para él es muy grande. María Antonieta no necesita más que quererlo, tomarse una pequeñísima molestia, y todos los hilos de la diplomacia francesa correrían únicamente por sus manos. Europa estaría dominada por tres mujeres: por María Teresa, María Antonieta y Catalina de Rusia. Pero por suerte para Prusia y por desdicha para ella misma, María Antonieta no se siente en modo alguno atraída por una magnífica a histórica tarea; no aspira a comprender el tiempo, sino únicamente a matarlo: con negligencia, coge la corona como si fuese un juguete. En vez de utilizar el poder que le ha caído en suerte, sólo quiere gozar de él.

Fue éste, desde el comienzo, el error fatal de María Antonieta: quería triunfar como mujer, en vez de hacerlo como reina; sus pequeños triunfos femeninos eran más importantes para ella que los grandes y trascendentales de la Historia Universal; y como su frívolo corazón no sabía dar a la idea de la realeza ningún contenido espiritual, sino sólo una forma perfecta, se le empequeñeció entre las manos una gran misión, se le convirtió en un juego pasajero: un gran destino en un papel de teatro. Ser reina, para la María Antonieta de diecinueve irreflexivos años, significa exclusivamente ser la mujer más elegante, más coqueta, la mejor vestida, la más adulada, y ante todo la más divertida de toda la corte; ser el arbiter elegantiarum, la mundana que imprime el tono a aquella sociedad distinguida y ultrarrefinada, que vale, a sus ojos, por el mundo entero. Durante veinte años representa comedias en su escenario particular de Versalles, el cual, como una senda de flores japonesas, se alza sobre un abismo; enamorada de sí misma, representa, con gracia y buen estilo, los papeles de prima donna, de perfecta reina del rococó. Mas ¡qué pobre es siempre el repertorio de este teatro de salón! Un par de menudas coqueterías efímeras, algunas tenues intrigas, muy poco espíritu y mucha danza.

En el curso de estos juegos y pasatiempos, no tiene ningún auténtico compañero como rey a su lado, ningún verdadero héroe como pareja en la representación; sólo un auditorio, siempre el mismo, esnob y aburrido, mientras por fuera de la adorada puerta de la verja un pueblo de millones de hombres confía en su soberana. Pero aquella ciega mujer no sale jamás de su papel; no se cansa de aturdir constantemente, con nuevas naderías, a su alocado corazón; hasta cuando del lado de París retumban ya, amenazadores, los truenos sobre los jardines de Versalles, no cesa ella en su juego. Sólo en el momento en que la Revolución la arranca violentamente de esta angosta escena rococó, para arrojarla en el grande y trágico escenario de la Historia Universal, reconoce la reina el tremendo error de haber escogido, durante veinte años un insignificante papel de soubrette, de dama de salón, mientras que el destino le había proporcionado fuerzas y energía espiritual para desempeñar uno de heroína. Tarde advierte el error, pero no demasiado tarde, pues precisamente en la hora en que no tiene ya que vivir representando su papel de reina, sino que morir según él, en el trágico epílogo de esta comedia pastoril, alcanza la medida real de sus fuerzas. Sólo cuando el juego se convierte en cosa seria y cuando le quitan la corona, es cuando María Antonieta llega a tener un corazón de reina.

La idea de María Antonieta, o más bien su falta de idea al creer que casi durante veinte años se puede sacrificar lo esencial a lo insignificante, el deber al goce, lo difícil a lo fácil, Francia al pequeño Versalles, el mundo real a su mundo de juguete, esta falta histórica es casi inconcebible. Para comprender plásticamente su falta de sentido, lo mejor es echar mano de un mapa de Francia y trazar a11í el estrecho campo de acción dentro del cual consumió María Antonieta los veinte años de su reinado. El resultado es asombroso, pues este círculo es tan pequeño que, en medio del mapa, apenas es más que un puntito. Entre Versalles, Trianón, Marly, Fontainebleau, SaintCloud, Rambouillet, seis palacios dentro de un espacio ridículamente pequeño, a pocas horas de camino unos de otros, gira incansablemente, de uno a otro lado, la dorada peonza del inquieto aburrimiento de la reina. Ni una sola vez sintió María Antonieta en lo espacial, como tampoco en to espiritual, la necesidad de franquear este polígono en que la mantiene encerrada el más estúpido de todos los demonios: el demonio del placer. Ni una sola vez, en casi la quinta parte de un siglo, satisfizo la soberana de Francia el deseo de conocer su propio reino, de ver las provincias cuya reina es; el mar que baña sus costas, las montañas, las fortalezas, las ciudades y catedrales, el país vasto y diverso. Ni una sola vez le roba una hora de tiempo a su ociosidad para visitar a uno de sus súbditos, o, por lo menos, para pensar en ellos; ni una sola ve z pisa los umbrales de una casa burguesa; todo este mundo verdadero, ajeno a su círculo aristocrático, era de hecho, para ella, como no existente. Que todo alrededor de la ópera de París se tienda una ciudad gigantesca, densamente llena de miseria y descontento; que detrás de los estanques de Trianón, con sus patos chinos, sus bien cebados cisnes y sus pavos reales; detrás de la limpia y adornada aldea de decoración de teatro, proyectada por el arquitecto de la corte, el hameau, caigan en ruina las verdaderas casas de aldeanos y estén vacíos los graneros; que al otro lado de las doradas verjas de su parque millones de hombres del pueblo trabajen y pasen hambre, pero siempre esperando, María Antonieta no lo ha sabido jamás. Acaso sólo esta ignorancia y esta voluntad de ignorar todo lo trágico y triste del mundo podía dar al rococó aquella gracia seductora, aquel encanto leve y despreocupado; sólo quien desconoce la gravedad del mundo puede jugar tan dichosamente. Pero una reina que se olvida de su pueblo, se atreve a jugar con gran riesgo. Una sola pregunta le hubiera revelado a María Antonieta cómo era el mundo; pero no quería preguntar. Una sola ojeada al carácter de la época, y lo hubiera comprendido: pero no quería comprender.

Quería permanecer en su aislamiento alegre, juvenil y sin ser importunada. Dirigida por un fuego fatuo, gira incansablemente a la redonda, y con sus marionettes de corte, en medio de una cultura artificial, consume los años decisivos, y que no pueden recuperarse, de su vida.

Ésta es su culpa, su innegable culpa: haberse acercado a la tarea más recia en la Historia con una frivolidad sin igual; haber entrado en el conflicto más duro de aquel siglo con blando corazón. Innegable culpa, y, sin embargo, venial, porque comprensiblemente, dada la magnitud de la tentación, hasta un carácter mucho más fuerte apenas hubiera podido resistirlo. Llevada del cuarto de los niños al lecho nupcial; llamada de la noche a la mañana, y como en un sueño, de las habitaciones interiores de un palacio al poder supremo; aún no acabada de formar, aún no despierta espiritualmente, esta alma sin malicia, no muy fuerte, no muy lúcida, se siente de repente, a manera de un sol, rodeada por la danza de planetas de la admiración. ¡Y qué miserablemente bien ejercitada está esta gente del dix-huitième para seducir a una mujer joven! ¡Qué astutamente enseñada para mezclar los venenos de la fina adulación! ¡Qué ingeniosa en la habilidad de encantar con nonadas! ¡Qué magistral en la alta escuela de la galantería y en el arte de los feacios de tomar la vida a la ligera! Expertos y más que expertos en todas las seducciones y debilidades del alma, los cortesanos atraen, ya desde el principio, a su mágico círculo a este cándido corazón de muchacha, curioso aún de sí mismo. Desde el primer día de su reinado, María Antonieta flota en lo alto de la nube de incienso de una ilimitada idolatría.

Lo que dice pasa por sabio; lo que hace, por ley; lo que desea es cumplido. Si tiene un capricho, a la mañana siguiente está convertido ya en una moda. Si hace una tontería, toda la corte la imita entusiasmada. Su presencia es el sol de esta muchedumbre vana y ambiciosa; su mirada es un regalo; su sonrisa, una ventura; su llegada, una fiesta. Cuando tiene una recepción, todas las damas, las más viejas como las más jóvenes, las más distinguidas como las que acaban de ser presentadas en la corte, hacen los esfuerzos más convulsos, los más divertidos, los más ridículos, los más bobos, para atraer sobre su persona, aunque no sea más que por un segundo, la atención de la reina; para pillar una amabilidad, una palabra, y si no puede ser esto, por lo menos para ser notada y no pasar sin ser vista. En la calle, una y otra vez la aclama el pueblo, que confía en ella, agolpándose en tropel a su paso; en el teatro, se levanta para saludarla la totalidad del auditorio, desde la primera localidad hasta la última, y cuando pasa por la Galería de los Espejos ve en ellos, magníficamente vestida y elevada en las alas de su propio triunfo, a una mujer joven y linda, despreocupada y feliz, más hermosa que la más hermosa de la corte, y con ello -ya que confunde aquella corte con el mundo- la más hermosa de la tierra. ¿Cómo con un corazón infantil, con una energía mediana, defenderse contra la bebida embriagadora y adormecedora de la felicidad, bebida que está formada con las más picantes y dulces esencias del sentimiento, con la mirada adoradora de los hombres, con la envidia admirativa de las mujeres, con el rendimiento del pueblo y con su propio personal orgullo? ¿Cómo no convertirse en ligera donde todo es tan ligero, donde el dinero surge constantemente de siempre renovados pedacitos de papel y donde una palabra, la palabra payez, escrita apresuradamente en un pliego, hace brotar millares de ducados y surgir, como por encanto, piedras preciosas, jardines y palacios; donde el suave aliento de la dicha adormece los nervios de un modo tan dulce y fascinador? ¿Cómo no ser despreocupada y frívola cuando hay unas alas que, caídas del cielo, se implantan en vuestras juveniles espaldas relucientes? ¿Cómo no perder el suelo bajo los pies al ser arrebatado por tales seducciones? Esta frivolidad en la concepción de la vida, que, considerada en un aspecto histórico, es, indudablemente, una falta de la reina, era, al mismo tiempo, la falta de toda su generación; precisamente por su perfecta adhesión al espíritu de su tiempo ha llegado a ser Mana Antonieta la representación típica del siglo XVIII. El rococó, esta quintaesencia y sutil floración de una civilización muy antigua, del siglo de las manos finas y ociosas, del espíritu mimado y dilapidador, quería, antes de perecer encarnarse en una figura.

Ningún rey, ningún varón hubiera podido representar a este siglo de las damas en el libro de imágenes de la Historia; sólo en la figura de una mujer, de una reina, podía representarse visiblemente, y esta reina del rococó lo ha sido, en forma simbólica, María Antonieta. La más despreocupada de las despreocupadas, la más derrochadora entre las derrochadoras, y entre las mujeres elegantes y coquetas la más lindamente elegante y la más consciente coqueta, vino a expresar en su propia persona, de un modo inolvidable y con una precisión verdaderamente documentaria, las costumbres y la artística forma de vivir del dix-huitième. «Es imposible -dice de ella madame de Staël- poner más gracia y bondad en la cortesía. Posee una especie de sociabilidad que nunca le permite olvidar que es reina, y siempre hace como si lo olvidara.» María Antonieta jugaba con su vida como con un instrumento muy delicado y frágil. En lugar de ser humanamente grande para todos los tiempos, se hizo de este modo la expresión característica de su época, y mientras descuidaba insensatamente su fuerza interior, dio, sin embargo, una significación a su vida; en ella culmina y termina el siglo XVIII.

¿Cuál es el primer cuidado de la reina del rococó cuando se despierta por las mañanas en su palacio de Versalles? ¿Las noticias de la ciudad y del Estado? ¿Las cartas de los embajadores, el saber si han vencido los ejércitos o si se le ha declarado la guerra a Inglaterra? En modo alguno; María Antonieta, como de costumbre, no ha regresado a casa hasta las cuatro o las cinco de la madrugada; ha dormido pocas horas; su inquietud no necesita de mucha quietud. El día comienza ahora con una importante ceremonia. La camarera principal, que tiene a su cargo el guardarropa de la reina, penetra en la cámara con algunas camisas, pañuelos y toallas para la toilette matinal, llevando a su lado a la primera doncella. Ésta se inclina y tiende a la reina un libro en folio, en el cual están colocadas, sujetas con alfileres, una muestrecilla de cada uno de los trajes existentes en el guardarropa. María Antonieta tiene que decidir qué traje desea ponerse aquel día.

elección dificultosa y rica en responsabilidades, porque para cada estación están prescritos doce nuevos trajes de gala, doce vestidos de fantasía, doce trajes d ceremonia, sin contar los otros cientos que son adquirido todos los años (¡piénsese en la deshonra que sería para un reina de la moda el llevar varías veces el mismo vestido!) Además, las batas de casa, los corsés, las pañoletas de encaje y los fichúes, las cofias, abrigos, cinturones, guantes, medias y enaguas procedentes del invisible arsenal del cual se ocupa todo un ejército de costureras y doncellas. Habitualmente, la elección dura largo tiempo; por último son señaladas, por medio de alfileres, las muestras de las toilettes que María Antonieta desea ponerse aquel día: el traje de corte para la recepción, el desha billé para la tarde, el traje de sociedad para la noche. La primera preocupación está ya despachada, y llevan fuera el libro con las muestras de tela y traen, en su original. los trajes elegidos.

No es milagro, con toda la importancia de la toilette, que la modista principal, la divina mademoiselle Bertin, alcance mayor influjo sobre María Antonieta que todos los ministros; a éstos se les puede sustituir por docenas; aquélla es incomparable y única.

Cierto que por su origen no es más que una vulgar costurera, procedente de la más baja clase del pueblo; ruda. orgullosa de su valer, sabiendo usar los codos para subir y más bien ordinaria que de maneras finas, esta maestra de la haute couture tiene a la reina completamente en su poder. A causa de ella, dieciocho años antes de la verdadera Revolución, se fragua en Versalles un revolución palaciega: mademoiselle Bertin salta por encima de las prescripciones de la etiqueta que prohíbe a una persona burguesa la entrada en los petits cabinets de la reina; esta artista, en su género, alcanza lo que Voltaire y todos los poetas y pintores del tiempo no lograron jamás: ser recibida a solas por la reina. Cuando aparece, dos veces por semana. con sus dibujos. María Antonieta abandona a sus nobles damas de honor y se encierra, para un consejo secreto, con la venerada artista en lo más recogido de sus habitaciones privadas. para lanzar con ella una nueva moda, aún más disparatada que la anterior. Ya se comprende que la modista, como buena mujer de negocios, convierte valientemente en ingresos para su caja cada uno de tales triunfos. Después de haber impelido a María Antonieta hacia el más dispendioso gasto, pone a contribución a toda la corte y la nobleza; con letras gigantescas hace poner sobre su tienda de la Rue Saint-Honoré su título de proveedora de la reina, y, altiva, y negligente, les explica a las parroquianas a quienes ha hecho esperar: «Precisamente vengo ahora de trabajar con Su Majestad». Pronto tiene a sus órdenes todo un regimiento de costureras y bordadoras, porque cuanto más elegante se viste la reina, tanto más impetuosamente se esfuerzan las otras damas por no quedar atrás. Algunas sobornan a la infiel hechicera, con muy buenas monedas de oro, para que les haga un modelo que la reina no ha llevado todavía: el lujo en la toilette se contagia como una enfermedad en torno a ella. La inquietud en el país, las cuestiones con el Parlamento, la guerra con Inglaterra, no agitan, ni con mucho, tanto a aquella sociedad cortesana como el nuevo color pulga que mademoiselle Bertin pone a la moda, que un corte atrevidamente sesgado de la falda à paniers o un nuevo matiz de seda por primera vez producido en Lyon.

Toda dama que se considere en algo se siente obligada a seguir paso a paso estas monerías de la extravagancia, y un marido se queja, suspirando: «Jamás las mujeres de Francia han gastado tanto dinero para ponerse en ridículo» .

Pero ser reina en esta esfera lo considera María Antonieta como el primero de sus deberes. Al cabo de un trimestre de reinado, la princesita ha ascendido ya a la categoría de muñeca a la moda del mundo elegante, como modelo de todos los trajes y peinados; por todos los salones, por todas las cortes, resuenan sus triunfos. A la verdad, llegan también hasta Viena, donde producen un eco poco alegre. María Teresa, que querría para su hija más dignas tareas, le devuelve con enojo al embajador un retrato que muestra a su hija adornada a la moda y con exagerado lujo, diciendo que será el retrato de una cómica y no el de una reina de Francia. Enojada amonesta a su hija, aunque, a la verdad, siempre en vano: « Ya sabes que siempre fui de opinión que se deben seguir moderadamente las modas, pero sin exagerarlas jamás. Una mujer joven y bonita, una reina llena de gracia, no necesita de esas locuras; al contrario, la sencillez del vestido le sienta mejor y es más digna de la categoría de una reina. Como es ella la que da el tono, todo el mundo se esforzará por seguirla hasta en estos pequeños malos pasos. Pero yo, que quiero a mi reinecita y observo cada una de sus acciones, no debo vacilar en llamar su atención sobre esta pequeña frivolidad».

Segundo cuidado de cada mañana: el peinado. Dichosamente, se dispone también aquí de un alto artista, el señor Léonard, el inagotable a insuperado Fígaro del rococó. Como un gran señor, se traslada todas las mañanas, en carroza de seis caballos, de París a Versalles, para demostrarle a la reina, con el peine, lociones para el cabello y pomadas, su siempre noble y diariamente renovado arte. Lo mismo que Mansart, el gran arquitecto, levanta sobre las casas los ingeniosos tejados que llevan su nombre, también el señor Léonard edifica sobre la frente de toda dama de categoría que se respete verdaderas torres de cabellos y decora estas altas edificaciones con simbólicos ornamentos. Con gigantescas agujas y un enérgico empleo de pomada se encaraman primeramente los cabellos, desde su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusiano; después, en este espacio aéreo, a medio metro por encima de las cejas, comienza realmente el imperio plástico del artista. No sólo paisajes completos y panoramas, con frutas, jardines, casas y navíos en movidos mares, toda una visión multicolor del universo, modelado con el peine sobre esos poufs o ques-à-quo (así se llaman, según un libelo de Beaumarchais), sino que también, para hacer la moda más rica en cambios, estas construcciones representan simbólicamente los acontecimientos del día. Todo lo que ocupa a aquellos cerebros de colibrí, lo que llena aquellas cabezas de mujer, en general vacías, tiene que ser anunciado por el peinado. ¿Produce sensación la ópera de Gluck? Al instante inventa Léonard una coiffure à la lphigénie con negras cintas de luto y la media luna de Diana. ¿Es vacunado el rey contra la viruela? Pronto aparece representado este acontecimiento emocionante por medio de los pouf de l’inoculation. Llega la insurrección americana a ponerse a la moda, y al punto es la vencedora del día la coiffure de la libertad; y, cosa aún más vil y estúpida, cuando son saqueadas las panaderías de París, durante la crisis del hambre, esta frívola sociedad de cortesanos no sabe hacer nada más importante que mostrar este suceso en los bonnets de la révolte. Estas edificaciones artificiales sobre las huecas cabezas ascienden cada vez más locamente. Poco a poco, las torres capilares, gracias a ocultos refuerzos y a postizos mechones, se hacen tan altas, que las damas que las llevan ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las faldas, pues en otro caso el precioso edificio capilar tropezaría con el techo del carruaje.

En los palacios se hacen más altos los dinteles de las puertas, a fin de que las damas en gran toilette no necesiten siempre inclinarse al pasar por ellas; en los palcos de los teatros se aboveda el techo. El especial tormento que estos moños ultraterrestres constituyen para los amantes de tales damas es cosa sobre la cual se encuentran pasajes divertidos en las sátiras contemporáneas. Pero cuando se trata de una moda, las mujeres, según se sabe, están siempre dispuestas a todo sacrificio, y, por su parte, la reina se imaginaría, sin duda alguna, no ser realmente tal si no introdujera o sobrepasara todas estas locuras.

De nuevo resuena el eco en Viena: «No puedo impedirme de tocar un punto que, con mucha frecuencia, encuentro repetido en las gacetas: me refiero a tus peinados. Se dice que, desde la raíz del pelo, tienen treinta y seis pulgadas de alto, y encima aún hay plumas y lazadas». Evasivamente responde la hija a la chére maman que, aquí, en Versalles, están ya los ojos tan acostumbrados a eso, que todo el mundo -por todo el mundo entiende siempre María Antonieta el centenar de damas de la corte- no encuentra en ello nada sorprendente. Y maese Léonard continúa edificando cada vez a mayor altura, hasta que al todopoderoso se le ocurre cortar aquella moda, y al año siguiente son demolidas las torres, cierto que para ceder el puesto a una moda aún más costosa: la de las plumas de avestruz.

Tercer cuidado: ¿puede cambiarse siempre de vestido sin hacer lo mismo con las alhajas correspondientes? No, una reina necesita mayores diamantes, perlas mucho más gruesas que las de todas las otras damas. Necesita más anillos, sortijas, pulseras y diademas, cordones de piedras finas para los cabellos, más hebillas para el calzado o guarniciones de diamantes para los abanicos pintados por Fragonard, que las que ostentan las mujeres de los hermanos más jóvenes del rey y las otras señoras de la corte. Verdad que tiene ya los ricos diamantes recibidos de Viena, como dote, y toda una arquilla con joyas de familia que Luis XV le regaló cuando la boda. Mas ¿para qué sería reina sino para comprar piedras preciosas siempre nuevas, más bellas y caras? María Antonieta, lo sabe todo el mundo en Versalles -y ha de mostrarse pronto que no es bueno que todo el mundo hable y cuchichee acerca de ello-, está loca por las alhajas. Jamás puede resistir cuando esos joyeros astutos y suaves, esos judíos venidos de Alemania, esos Boehmer y Bassenge, le muestran, en estuches de terciopelo, sus últimas obras de arte: hechiceros pendientes, anillos y broches. Fuera de eso, estas buenas gentes nunca le presentan dificultades para sus compras. Saben honrar a la reina de Francia, cierto que cobrándole doble precio, pero abriéndole crédito, y, en todo caso, admitiéndole como pago antiguos diamantes, aunque a mitad de su valor; sin notar lo que hay de degradante en tales negocios de usurero, María Antonieta contrae deudas por todas partes; claro que en caso de necesidad sabe que contribuirá al pago el ahorrativo esposo.

Mas ahora las advertencias de Viena se hacen ya más duras: «Todas las noticias de París coinciden en que de nuevo has comprado brazaletes por un valor de doscientas cincuenta mil libras. con lo cual has llevado el desorden a tus ingresos y contraído deudas, y hasta se dice que, para contribuir al pago, has vendido por un precio ínfimo tus diamantes... Tales noticias me destrozan el corazón, especialmente si pienso en el porvenir. ¿Cuándo vas a llegar a ser tú misma? -exclama la madre con desesperación-.

Una soberana se rebaja adornándose de ese modo, y se rebaja aún más si, precisamente en estos tiempos, se deja arrastrar a gastos tan considerables. Conozco demasiado ese espíritu de prodigalidad que lo posee y no puedo guardar silencio sobre él, porque te quiero por ti misma y no para adularte. Cuida de no perder con tales frivolidades el ascendiente que has ganado al principio de tu reinado. Se sabe por todas partes que el rey es muy modesto; por tanto, todas las culpas caen exclusivamente sobre ti. De tal transformación, de tal ruina, querría no llegar a ser testigo».

Los diamantes cuestan dinero, las toilettes cuestan dinero, y aunque el bondadoso esposo, en el momento de ascender al trono, ha duplicado el apanage de su mujer, este cofrecillo, ricamente henchido, debe tener un agujero por alguna parte, pues siempre reina en él un espantoso vacío.

¿Cómo procurarse el dinero? Para los aturdidos, el demonio ha inventado felizmente un paraíso: el juego. Antes de María Antonieta, el juego en la corte real era aún una distracción inocente; algo como el billar o la danza: se jugaba al nada peligroso lansquenet con apuestas insignificantes. María Antonieta descubre, para sí y para los otros, el famoso faraón, que conocemos por Casanova como el campo de caza elegido por todos los trapaceros y estafadores. El que una orden del rey, expresamente renovada, haya prohibido bajo pena de multa todo juego de azar, es indiferente a estos puntos: la Policía no tiene acceso a los salones de la reina. Y que el rey mismo no pueda soportar esas mesas de juego cargadas de oro, no preocupa ni un comino a esta frívola pandilla: se sigue jugando, hasta a espaldas suyas, y los camareros tienen el encargo, caso de que venga el rey, de dar inmediatamente la señal de alarma. Entonces, como por encanto, desaparecen las cartas debajo de la mesa, no se hace más que charlar, todos se ríen del buen hombre y continúa la partida. Para animar el negocio y aumentar la circulación de capitales, la reina consiente gustosa, a cualquiera que trae dinero, que se aproxime a su mesa con tapete verde; ganchos y gorrones fluyen a11í, y no pasa mucho tiempo sin que circule por la ciudad la vergonzosa noticia de que se hacen trampas en el círculo de la reina. Sólo una persona no sabe nada de ello, Maria Antonieta, porque, deslumbrada por su placer, no quiere aprender otra cosa. Desde el momento en que entra en calor, nadie puede detenerla: día tras día, juega hasta las tres, las cuatro o las cinco de la mañana, y hasta una vez, con escándalo de la corte, la víspera de Todos los Santos, está jugando la noche entera.

Y de nuevo resuena el eco de Viena: «El juego es indudablemente una de las diversiones más peligrosas, pues atrae malas compañías y peores conversaciones...

Encadena demasiado por la pasión de la ganancia, y, se calcula rectamente, siempre es uno el engañado, pues, a la larga, no se puede ganar si se juega decentemente. Por tanto, te lo suplico, hija mía querida, nada de condescendencia; hay que romper de repente con una pasión como ésa».

Pero los trajes, el adorno y el juego no llenan más que la mitad del día y la mitad de la noche. Otro cuidado traza la aguja del reloj en el doble círculo de las horas. ¿Cómo divertirse? Sa len a caballo, cazan, primitivo placer de príncipes; en todo caso, la reina, al hacerlo, se acompaña pocas veces del propio esposo (¡es tan mortalmente aburrido!), sino que prefiere elegir al alegre cuñado D'Artois y a otros cortesanos. A veces, por broma, cabalgan también en burros, cosa que, a la verdad, no es tan distinguida; pero, en cambio, si una de tales grises cabalgaduras se encabrita, puede una caer de la manera más encanta dora y mostrar a la corte los dessous de encajes y las bien forma das piernas de una reina. En invierno, con buenos abrigos, se dan paseos en trineo; en verano se divierte uno, por la noche, con fuegos de artificio y bailes campestres, lo mismo que con conciertos nocturnos en el parque. Se bajan algunos escalones de la terraza. y ya se está en medio de la escogida sociedad y totalmente protegido por las sombras; a11í se puede charlar y bromean.. sin faltar al honor, naturalmente, pero jugando con el peligro lo mismo que con todas las otras cosas de la vida. Que después cualquier malicioso cortesano escriba una brochure en verso sobre las aventuras nocturnas de la reina, Le Lever de l'Aurore, ¿qué importancia tiene? El rey, el indulgente esposo, no se encoleriza por tales alfilerazos, y se ha divertido una mucho. El caso es no estar sola, no pasar una velada en casa, con un libro, con el marido propio, sino siempre agitar animadamente a los otros y ser agitada por ellos. Desde que aparece una moda nueva, María Antonieta es la primera en prestarle acatamiento; apenas el conde D'Artois trae de Inglaterra las carreras de caballos -su única iniciativa en favor de Francia -, cuando ya se ve a la reina en las tribunas, rodeada por docenas de fatuos jóvenes anglómanos, apostando, jugando y apasionadamente excitada por esta nueva manera de poner en tensión los nervios.

Habitualmente, no duran mucho tiempo las fogatas de paja de los entusiasmos de la reina; en general, le aburre ya mañana lo que aún ayer le encantaba; sólo un perpetuo cambio de diversiones puede engañar su nerviosa inquietud, fundada, no hay duda alguna en ello, en aquel secreto de su alcoba. Su diversión favorita, entre cien otras que van cambiando, la única que permanece ciegamente encantada largo tiempo, es aquella que, en todo caso, pudiera ser la más peligrosa para su reputación: las redoutes de máscaras. Llegan a constituir la permanente pasión de María Antonieta, pues en ellas puede gozar doblemente del placer de ser reina y, gracias al oscuro antifaz. del otro placer de no ser reconocida como tal; atreverse a llegar asta el borde de una aventura tierna, y, por tanto, no ya poner en juego su dinero, sino también a sí misma como mujer. Disfrazada de Artemisa o con un coquetón dominó, se puede descender desde las glaciales alturas de la etiqueta hasta la anónima y cálida muchedumbre, sentir el aliento de la ternura, la proximidad de la seducción, estremecerse hasta el tuétano con idea del peligro en que ya se está a medias caído; bajo la protección de la máscara se puede, durante una media hora, coger del brazo de algún joven y elegante gentleman, o mostrar, con algunas atrevidas palabras, al embelesador caballero sueco Hans Axel von Fersen, con cuánto agrado le ve la mujer. la cual, ¡ay y mil veces ay!, está, como reina, inexpugnablemente obligada a la virtud. Que estas pequeñas bromas. al punto convertidas en groseramente eróticas por los rumores de Ver salles, recorran todos los salones; que, como quiera que una vez se rompiera en el camino una rueda de la carroza de la corte y María Antonieta tuviera que tomar un fiacre de alquiler para recorrer los veinte pasos que la separaban de la ópera, los periódicos secretos conviertan esta tontería en una galante aventura, eso no lo sabe María Antonieta.

o no quiere saberlo. En vano la exhorta su madre: «Si aún fuera en compañía del rey, guardaría silencio, pero ¡siempre sin él!, y siempre con lo peor y más joven de la gente de París, siendo la encantadora reina la de más edad de toda esa tropa. La s gacetas, las hojas sueltas, que labraban antes mi bienestar porque celebraban la magnanimidad y bondad del corazón de mi hija, han cambiado de repente. Ya no se oye hablar más que de carreras de caballos, juegos de azar y noches en vela, de modo que yo no quiero ya ni verlas; pero, no obstante, no puedo evitar que todo el mundo, que conoce mi amor y ternura hacia mi hija, hable de ello y me lo refiera. A menudo, hasta evito el concurrir a una reunión, a fin de no enterarme de nada».

Pero todas estas reflexiones no ejercen ninguna influencia sobre la insensata, llegada ya tan adelante en el camino de sus locuras que no comprende que no se la comprenda. ¿Por qué no gozar de la vida? No tiene ningún otro sentido sino ése. Y con conmovedora franqueza responde a las advertencias maternas que le comunica el embajador Mercy: «¿Qué quiere? Tengo miedo de aburrirme».

«Tengo miedo de aburrirme.» Con esa frase ha pronunciado María Antonieta la palabra definidora de su tiempo y de toda su sociedad. El siglo XVIII toca a su fin, ha realizado su sentido. El reino está fundado, Versalles construido; la etiqueta es perfecta; la corte ahora, no tiene en realidad ya nada más que hacer; los mariscales como no hay guerra, se han convertido en puros títeres de uniforme: los obispos, como aquella generación ya no cree en Dios, son unos galantes señores con sotana violeta; la reina, como no tiene al lado un verdadero rey, ni un heredero del trono que educar, se ha trocado en una alegre mundana. Aburridos y sin comprender, se alzan todos ellos ante las poderosas mareas de la época, y si a veces se sumergen en ellas con curiosas manos, sólo es para extraer algunas piedrecillas brillantes; sonriendo como los niños, al ver lo fácilmente que relumbran entre sus dedos, juegan con el monstruoso elemento. Pero nadie, entre ellos, sospecha el crecimiento cada vez más rápido del nivel de las aguas; y cuando por fin advierten el peligro, la huida es ya inútil, el juego está perdido y su vida amenazada.

 

TRIANÓN

Con mano ligera y juguetona, María Antonieta coge la corona como un inesperado regalo; es todavía demasiado joven para saber que la vida no da nada de balde y que todo lo que se recibe del destino tiene señalado secretamente su precio. Este precio, María Antonieta piensa no pagarlo. Sólo toma a su cargo los derechos de la realeza y deja a deber sus obligaciones. Quiere reunir dos cosas que no son humanamente compatibles: quiere reinar y al mismo tiempo gozar. Como reina, quiere que todo sirva a sus deseos, cediendo sin vacilar ella misma a cada uno de sus caprichos; quiere la plenitud de poderes de la soberana y la libertad de la mujer; por tanto, gozar doblemente de su vida, juvenil y fogosa, poniéndola dos veces en tensión.

Pero en Versalles no es posible la libertad. En medio d aquellas claras Galerías de Espejos no hay paso alguno qu. quede oculto. Todo movimiento está reglamentado, cada palabra es transportada más lejos por un viento traidor. Aquí no hay soledad posible ni fácil coloquio entre dos personas; no hay descanso ni reposo; el rey es el centro de un gigantesco reloj que señala, con implacable regularidad, cada uno de los actos de la vida, desde el nacimiento a la muerte, desde el levantarse hasta el irse a la cama; las mismas horas de amor se convierten en una cuestión de Estado. El soberano, a quien todo pertenece, pertenece él a su vez a todo y no a sí mismo. Pero María Antonieta odia toda vigilancia; de este modo, apenas llega a ser reina, cuando ya le pide a su siempre condescendiente esposo un escondrijo donde no tenga que serlo. Y Luis XVI, mitad por debilidad, mitad por galantería, le regala, como donación nupcial, el palacete estival de Trianón, un segundo reino chiquito, pero propiedad particular de la reina, en medio del poderoso reino de Francia.

En sí mismo, no es ningún gran regalo el que María Antonieta recibe de su esposo al darle Trianón, pero es juguete que debe ocupar y encantar su ociosidad durante más de diez años.

Su constructor no había pensado jamás este palacete como residencia permanente para la familia real, sino sólo como maison de plaisir como «buen retiro», como apeadero, y en el sentido de secreto nido de amor, había sido abundantemente utilizado por Luis XV con su Du Barry y otras damas de ocasión. Un hábil mecánico había inventado, para los soupers galantes del rey, una mesa que se hundía en el suelo, de modo que, con gran discreción, surgía en el comedor, servida y dispuesta, ascendiendo de los locales subterráneos de cocina, y ningún sirviente podía acechar las escenas de la mesa; por este acrecentamiento de las comodidades eróticas, el excelente Leporello recibió una recompensa especial de doce mil libras, aparte las setecientas treinta y seis mil que había costado a la caja del Estado la construcción de esta casa de placer. Cálido aún de estas lascivas escenas, se posesiona María Antonieta de este apartado palacete del parque de Versalles. Tiene ahora la reina su juguete, y, a la verdad, uno de los más encantadores que ha inventado jamás el gusto francés; delicado en sus líneas, perfecto en sus proporciones, verdadero estuche para una reina joven y elegante. Edificado con una arquitectura simple, leve mente arcaizante, de un blanco reluciente en medio del lindo verde de los jardines; plenamente aislado y, sin embargo, inmediato a Versalles, este palacio de una favorita, y ahora de una reina, no es mayor que una casa de una familia de hoy día, y apenas más cómodo o más lujoso; siete a ocho habitaciones en conjunto, vestíbulo, comedor, un pequeño salón y uno grande, dormitorio, baño, una biblioteca en miniatura (lucus a non lucendo, pues, según unánimes testimonios, María Antonieta jamás abrió un libro en toda su vida, aparte de algunas novelas rápidamente hojeadas). En el interior de este palacete, la reina, en todos aquellos años, no cambia gran cosa en la decoración; con seguro gusto no introduce nada llamativo, nada pomposo, nada groseramente caro, en aquel recinto totalmente destinado a la intimidad; por el contrario, no lleva allí nada que no sea delicado, claro y discreto, en aquel nuevo estilo, al cual se llama Luis XVI, con tan escaso motivo como a América por el nombre de Américo Vespucio. Tendría que llevar el nombre de la reina, el nombre de esta delicada, inquieta y elegante mujer; tendría que llamarse estilo María Antonieta, pues nada, en sus formas frágiles y graciosas, recuerda al hombre gordo y macizo que era Luis XVI y a sus toscas aficiones, sino que todo hace pensar en la leve y linda figura de mujer cuya imagen adorna todavía hoy aquellos recintos; formando una unidad desde el lecho hasta la polvera, desde el clavicordio hasta el abanico de marfil, desde la chaise-longue hasta la miniatura, utilizando sólo los materiales más escogidos en las formas menos llamativas, aparentemente frágil y, sin embargo, duradero, uniendo la línea clásica a la gracia francesa, este estilo, aún comprensible hoy para nosotros, anuncia, como ningún otro, el señorío victorioso de la mujer, el dominio de Francia por damas cultas y llenas de buen gusto y trasmuda la pompa dramática de los Luis XIV y Luis XV en intimidad y musicalidad. El saloncito en que se condensa y se divierte la sociedad de un modo tierno y ligero llega a ser el punto principal de la casa, en lugar de las orgullosas y resonadoras salas de recepción; revestimientos de madera, tallados y dorados, sustituyen al severo mármol; blancas y relucientes sedas, al incómodo terciopelo y al pesado brocado. Los matices tiernos y pálidos, el créme apagado, el rosa de melocotón, el azul primaveral, inician su suave reinado; este arte se apoya en la mujer y en la primavera, en fétes galantes a indolentes reuniones; no se aspira provocativamente a nada magnífico, a nada teatral a imponente, sino a to discreto y amortiguado; aquí no debe poner su acento el poder de la reina, sino que todas las cosas que la rodean deben reflejar tiernamente la gracia de la joven mujer. Sólo en el interior de este marco precioso y coquetón alcanzan su auténtica y verdadera medida las deliciosas estatuillas de Clodion, los cuadros de Watteau y de Pater, la música de plata de Boccherini y todas las otras selectas creaciones del dix-huitième: este incomparable arte de jugar con las cosas, esta dichosa despreocupación, casi en la víspera de las grandes preocupaciones, ningún otro lugar produce en nosotros un efecto tan directo y auténtico. Para siempre sigue siendo Trianón el vaso más fino, más delicado, y, sin embargo, irrompible, de aquella floración exquisitamente lograda; aquí, el culto del goce refinado se nos revela por completo como un arte en una morada y una figura de mujer. Y, cenit y nadir del rococó, al mismo tiempo su florecimiento y su agonía, su duración es medida aún hoy de modo más exacto por el relojito de la chimenea de mármol de la habitación de María Antonieta.

Este Trianón es un mundo en miniatura y de juguete: tiene un valor simbólico el que desde sus ventanas no se pueda lanzar ninguna mirada hacia el mundo viviente, hacia la ciudad, hacia París, o siquiera hacia el campo. En diez minutos están recorridas sus escasas brazas de terreno, y, sin embargo, este ridículo rincón era más importante y significativo en la vida de Ma ría Antonieta que toda Francia, con sus veinte millones de súbditos. Pues aquí no se sentía sometida a cosa alguna, ni a las ceremonias, ni a la etiqueta, ni apenas a las buenas costumbres. Para dar a conocer claramente que, en aquellos reducidos terrones, sólo ella y nadie más que ella manda, dispone la reina, con gran enojo de la corte, que acata severamente la Ley Sálica, que todas las disposiciones sean dadas no en nombre de su esposo, sino en el suyo propio, de par la reine; los sirvientes no llevan la librea real, roja, blanca y azul, sino la suya propia, rojo y plata.

Hasta el propio marido no aparece a11í más que como huésped, un huésped lleno de tacto y cómodo por demás, que nunca se presenta sin ser invitado o a hora inoportuna, sino que respeta severamente los usos domésticos de su esposa. Pero aquel hombre sencillo viene muy gustoso, porque se pasa aquí el tiempo de modo mucho más agradable que en el gran palacio; par ordre de la reine está abolida toda severidad y afectación; no se hace vida de corte, sino que, sin sombrero y con sueltos y ligeros vestidos, se sientan en el verde campo; desaparecen las categorías jerárquicas en la libertad de la alegre reunión, desaparece todo engallamiento, y, a veces también, la dignidad. Aquí se encuentra a gusto la reina, y pronto se ha acostumbrado de tal modo a esta laxa forma de vida, que, por la noche, se le hace más pesado regresar a Versalles. Cada vez se le hace más extraña la corte después que ha probado esta libertad campestre; cada vez la aburren más los deberes de su cargo, y, probablemente, también los conyugales: con creciente frecuencia se retira, durante el día entero, a su divertido palomar. Lo que más le gustaría sería permanecer siempre en su Trianón. Y como María Antonieta hace siempre lo que quiere, se traslada, en efecto, totalmente a su palacio de verano. Se dispone un dormitorio, cierto que con un lecho para un solo durmiente, en el cual el voluminoso rey apenas habría tenido cabida. Como todo lo demás, desde ahora también la intimidad conyugal no está sometida al deseo del rey, sino que, lo mismo que la reina de Saba a Salomón, María Antonieta sólo visita a su buen esposo cuando se le antoja (y la madre da voces muy violentamente contra el lit à part ). En el lecho de su mujer, ni una sola vez es huésped el rey de Francia, pues Trianón es para María Antonieta el imperio, dichosamente intacto, sólo consagrado a Citerea, sólo a los placeres, y jamás ha contado ella entre sus placeres sus obligaciones, por lo menos las conyugales. Aquí quiere vivir por sí misma, sin estorbos; no ser otra cosa sino la mujer joven, desmesuradamente adulada y adorada, que, en medio de mil superfluas ocupaciones, se olvida de todo, del reino, del esposo, de la corte, del tiempo, y a veces -y éstos son acaso sus minutos más dichosos- hasta de sí misma.

Con Trianón, este espíritu desocupado ha encontrado por fin una ocupación, un juego, que se renueva constantemente. Lo mismo que a la modista vestido tras vestido, lo mismo que al joyero de la corte alhajas siempre distintas, también tiene María Antonieta que encargar siempre algo nuevo para adornar su pequeño reino; al lado de la modista, del joyero, del director de ballets, del profesor de música y del maestro de baile, ahora el arquitecto, el constructor de jardines, el pintor, el decorador, todos estos nuevos ministros de su reino en miniatura, le llenan largas horas, ¡ay!, tan espantosamente largas, vaciando al mismo tiempo del modo más intenso el bolso del Estado. La principal preocupación de María Antonieta es su jardín, el cual, naturalmente, no debe semejarse en nada a los históricos jardines de Vèrsalles; tiene que ser el más moderno, el más a la moda, el más original, el más coquetón de toda aquella época, un verdadero y auténtico jardín rococó.

De nuevo, María Antonieta, sabiéndolo o no sabiéndolo, sigue con este deseo el transformado gusto de su tiempo. Pues la gente ya está harta de los campos de césped, llanos y trazados a cordel por el general de jardinería Le Nôtre; de los setos recortados como con una navaja de afeitar, de sus geométricos adornos fríamente calculados en la mesa de dibujo, todo lo cual debía mostrar ostentosamente que Luis XIV, el Rey Sol, no sólo obligó al Estado, a la nobleza, a las clases sociales, a la nación entera, a adoptar la forma exigida por él, sino también al paisaje. La gente ha contemplado hasta hartarse esta verde geometría; está fatigada de esta masacre de la naturaleza; lo mismo que en todo el malestar cultural de la época, también en este punto vuelve a ser el enemigo de la «sociedad» Jean-Jacques Rousseau, el que pronuncia la palabra salvadora al exigir en La nueva Eloísa un «parque natural» .

Cierto que, indudablemente, María Antonieta no ha leído jamás La nueva Eloísa. A Jean-Jacques Rousseau lo conoce, en el mejor de los casos, como compositor de ese rústico musical que se llama Le devin du village. Pero las concepciones de Jean-Jacques Rousseau flotan entonces en el aire. Marqueses y duques tienen los ojos llenos de lágrimas cuando se les habla de este noble defensor de la inocencia ( homo perversissimus en su vida privada). Le están agradecidos porque, después de haber agotado ellos todos los procedimientos para excitar sus nervios, les ha revelado dichosamente un último incentivo: el juego con la ingenuidad, la perversión de la inocencia, el disfraz de lo natural. Claro que también María Antonieta quiere tener ahora un jardín «natural», un paisaje «inocente»; a la verdad, el más natural de todos los jardines naturales de última moda. Y para ello reúne a los mejores y más refinados artistas del tiempo, a fin de que, del modo más artificial, le creen, a fuerza de sutileza, el jardín más ultranatural.

Porque-¡moda del tiempo!-se pretende en estos jardines «anglochinescos» no sólo representar a la naturaleza, sino la totalidad de la naturaleza; en el microcosmos de un par de kilómetros cuadrados figurar, en un resumen de juguete, el universo entero. Todo debe estar reunido en este minúsculo terreno: árboles franceses, indios y africanos, tulipanes de Holanda, magnolias del mediodía, un lago y un riachuelo, una montaña y una gruta, románticas ruinas y casas de aldea, templos griegos y perspectivas orientales, molinos de viento holandeses, el norte y el sur, el este y el oeste, lo más natural y lo más extraño, todo artificial y todo que parezca auténtico, hasta un volcán arrojando fuego y una pagoda china quiso primitivamente el arquitecto estilizar en aquel trozo de terreno, grande felizmente pareció que su proyecto resultaba demasiado caro.

Impulsados por la impaciencia de la reina, centenares de obreros comienzan a hacer surgir como por encanto siguiendo los planes del constructor y del pintor, en medio del paisaje real, otro paisaje lo más pintoresco posible a intencionadamente tierno y natural.

Primeramente se traza un suave y líricamente murmurador arroyuelo, imprescindible accesorio de todo auténtico idilio pastoril, que come entre las praderas; cierto que el agua tiene que ser conducida desde Marly por una tubería de dos mil pies de largo, con la cual.

al mismo tiempo, corre también mucho dinero por aquellos tubos; pero, y esto es lo principal, los meandros de su curso tienen un delicioso aspecto natural. Susurrando suavemente, desemboca el arroyo en el lago artificial, con islas no menos artificiales; se inclina amablemente para pasar bajo los lindos puentes, sostiene graciosamente el deslumbrante plumaje blanco de los cisnes. Como brotando de unos versos anacreónticos, se lanza un peñasco artificial con musgo. una disimulada y artificial gruta de amor y un romántico belvedere; nada permite sospechar que este paisaje. tan conmovedoramente ingenuo, haya sido dibujado, antes de nacer. en innumerables pliegos de colores y que de toda su traza fueran hechos primero veinte modelos de yeso, en los cuales el lago y el arroyuelo estaban representados con trozos de espejo recortados, y las praderas y árboles, lo mismo que en un «nacimiento», por medio de musgo teñido y pegado. Pero adelante.

Cada año tiene la reina un nuevo antojo; instalaciones cada vez más selectas y «naturales» deben hermosear su imperio; no quiere esperar hasta que estén pagadas las antiguas cuentas; tiene ahora su juguete y quiere seguir jugando con él. Como esparcidas a la casualidad y, sin embargo, bien calcula do el sitio en que se alzan por el romántico arquitecto de la reina, se colocan en el jardín, para aumentar sus encantos, pequeñas preciosidades. Un templecillo consagrado al dios de aquella época, el templo del Amor, se levanta sobre una colinita, y su rotonda, abierta a la antigua, muestra de una de las más hermosas esculturas de Bouchardon, un amor que se construye un arco de mayor alcance con un trozo de la maza de Hércules. Una gruta, la gruta del amor, está tallada con tal habilidad en la roca, que la pareja que a11í juguetee descubre a tiempo a los que se aproximen para no dejarse sorprender en sus ternezas. A través del bosquecillo serpentean senderos que se entrelazan; las praderas están bordadas con raras especies de flores; pronto, en medio de la cortina de verde follaje, reluce un pequeño pabellón de música, construcción octogonal de un blanco deslumbrante, y con todo ello, puestas en relación con gusto tan perfecto, unas cosas junto a otras y dentro de otras que, en realidad, en medio de esta gracia, ya no se conoce el artificio estudiado y rebuscado.

Pero la moda quiere todavía más autenticidad. Para desnaturalizar aún más a fondo la naturaleza, para embadurnar las decoraciones hasta el punto más refinado de viviente verdad, para realce de la manía de la veracidad, son introducidos auténticos figurantes en esta comedia pastoral, la más preciosamente representada de los tiempos; verdaderos aldeanos y verdaderas aldeanas, legítimas vaqueras con legítimas vacas, temeros, cerdos, conejos y ovejas, auténticos segadores y guadañeros, pastores, cazadores, lavanderas y queseros, para que sieguen, y laven, y estercoleen, y ordeñen, con objeto de que la comedia de figurillas se continúe alegre a incesantemente. Un nuevo y más profundo zarpazo a la caja del Tesoro, y por orden de Ma ría Antonieta se desembala al lado de Trianón un teatro de muñecos en tamaño natural para aquellos juguetones niños grandes, con cuadras, pajares, graneros, con palomares y nidales de gallinas, el famoso hameau. El gran arquitecto Mique y el pintor Huberto Robert dibujan, bosquejan y construyen ocho grandes chozas campesinas, copiadas con todo cuidado de las usuales en el país, con techumbres de paja, gallineros y estercoleros. A fin de que estas engañosas construcciones, que relumbraban como recién construidas en medio de aquella naturaleza costosamente lograda, por nada del mundo parezcan falsificadas, imitase exteriormente hasta la pobreza y la ruina de las verdaderas chozas de la miseria; a martillazos se producen grietas en los muros; se hacen románticos desconchones en los recovecos; vuelven a ser arrancadas algunas tablillas en los techos. Huberto Robert pinta hendiduras figuradas en la madera, a fin de que todo haga impresión de podrido y antiquísimo; los húmeros de las chimeneas son ennegrecidos con humo. Pero por dentro algunas de las casitas aparentemente arruinadas se hallan provistas de todas las comodidades, con espejos y estufas, billares y cómodos canapés. Pues si la reina se aburre alguna vez y tiene gusto en jugar a Jean-Jacques Rousseau, haciendo quizá manteca con sus propias manos, con sus damas de corte, en ningún caso es lícito que, al hacerlo, se ensucie los dedos.

Si visita, en su establo, a sus vacas Brunette y Blanchette, naturalmente es pulido antes el suelo como un parqué por una mano invisible; la piel de las vacas, almohazada hasta ser de un blanco de flores y un pardo de caoba; la espumeante leche es servida no en un grotesco cubo de aldeano, sino en vasos de porcelana especialmente hechos en la fábrica de Sèvres. Este hameau, hoy encantador a causa de su ruina, era para María Antonieta un teatro a la luz del día, una comédie champêtre frívola, casi provocativa justamente a causa de su frivolidad. Pues mientras ya en toda Francia los aldeanos se amotinan, mientras la verdadera población campesina, abrumada de impuestos. exige tumultuosamente, con desmedida excitación, una mejora en su insostenible situación, en esta aldeíta de teatro a la Potemicine reina un abobado y embustero bienestar. Atadas con cintitas azules, son llevadas al pasto las ovejas; bajo una sombrilla, sostenida por una dama de la corte, contempla la reina cómo las lavanderas aclaran la ropa blanca en el arroyo murmurador: ¡ay!, es tan deliciosa esta sencillez tan moral y tan cómoda; todo es limpio y encantador en este mundo paradisíaco; tan pura y clara es aquí la vida como la leche que brota de la ubre de la vaca. Se ponen vestidos de fina muselina de una sencillez campestre (y se hacen retratar con ellos pagando algunos miles de libras); se entregan a inocentes placeres; rinden homenaje al goût de la nature con toda la frivolidad de los ahítos de todo. Pescan, cogen flores, pasean -rara vez solos- a través de los entrecruzados senderos, corren por las praderas, ven trabajar a los buenos aldeanos falsificados, juegan a la pelota, bailan minués y gavotas sobre campos floridos en lugar de hacerlo sobre pulidas baldosas, cuelgan columpios entre los árboles, construyen un chinesco juego del anillo, se pierden y se encuentran entre las casitas y los caminitos umbrosos, montan a caballo, se divierten y hacen representar comedias en medio de aquel teatro natural y, por último, acaban por representarlas ellos mismos para otros.

Esta pasión teatral es la última que descubre en sí la reina María Antonieta.

Primeramente se mandó construir un pequeño teatrito particular, aún hoy conservado, delicioso en sus lindas proporciones -el capricho no costó más que 141.000 libras-, para que representaran allí comediantes italianos y franceses; pero después, con audaz decisión, salta ella misma, de pronto, sobre la escena. El divertido grupito que la rodea se encanta, igualmente, con hacer comedias; su cuñado el conde D'Artois, la Polignac y sus amigos trabajan gustosos con ella: hasta el mismo rey va alguna vez para admirar a su mujer como actriz, y de este modo el alegre carnaval de Trianón dura todo el año. Hay fiestas, ya en honor del esposo, o del herma no, ya de príncipes extranjeros, huéspedes de Versalles, a quienes María Antonieta quiere mostrar su encantado imperio; fiestas en las cuales millares de lucecitas escondidas, reflejadas por vidrios de colores, centellean en la oscuridad como amatistas, rubíes y topacios, mientras que chisporroteantes garbas de fuego surcan el cielo y una música, que toca invisible en un lugar próximo, se deja oír dulcemente. Se organizan banquetes de centenares de cubiertos; se construyen puestos de feria para bromas y danzas, y el inocente paisaje sirve, obediente, de refinada decoración de fondo a todo aquel lujo. No; no se aburre uno en medio de la «naturaleza». María Antonieta no se ha retirado a Trianón para hacerse reflexiva, sino para divertirse mejor y más libremente.

La cuenta definitiva de los gastos de Trianón sólo fue presentada el 31 de agosto de 1791; asciende a 1.649.529 libras y, en realidad, reunida con otros gastos disimulados, excede de dos millones; en sí mismos, a la verdad, sólo una gota en el tonel de las danaides de los despilfarros reales, pero siempre un gasto excesivo si se considera la arruinada situación financiera y la miseria general. Ante el tribunal revolucionario, la propia «viuda de Capet» tiene que reconocer que «es posible que el Petit Trianón haya costado sumas gigantescas, acaso más de lo que deseaba yo misma. Poco a poco me veía arrastrada a gastos mayores». Pero también, en sentido político, su capricho le cuesta más caro a la reina. Pues al dejar ociosa en Versalles a toda la camarilla de cortesanos, le quita a la corte el sentido de su existencia. La dama que tiene que entregar los guantes a la reina, aquella dama que le aproxima respetuosamente su vaso de noche, las damas de honor y los gentiles hombres, los miles de guardias, los servidores y los cortesanos, ¿qué van a hacer ahora sin su cargo? Sin ocupación alguna, permanecen sentados el día entero en el Oeil-de-boeuf, y lo mismo que una máquina, cuando no trabaja, es roída por la herrumbre, así se ve invadida esta corte, desdeñosamente abandonada, de un modo cada vez más peligroso, por la hiel y el veneno. Pronto llegan tan adelante las cosas, que la alta sociedad, como por un pacto secreto, evita el concurrir a las fiestas de la corte: que la orgullosa «austriaca» se divierta en su «petit Schoenbrunn», en su «petite Viena»; para recibir sólo una rápida y fría inclinación de cabeza se considera demasiado buena esta nobleza, que es tan antigua como los Habsburgos. Cada vez más pública y francamente, crece la fronde de la alta aristocracia francesa contra la reina desde que ha abandonado Versalles, y el duque de Lévis describe muy plásticamente la situación: «En la edad de las diversiones y de la frivolidad, en la embriaguez del poder supremo, a la Reina no le gustaba imponerse traba alguna; la etiqueta y las ceremonias eran para ella motivos de impaciencia y de aburrimiento. Le demostraron... que en un siglo tan ilustrado, en el que los hombres se libraban de todos los prejuicios, los soberanos debían librarse de esas molestas ataduras que les imponía la costumbre: en una palabra, que era ridículo pensar que la obediencia de los pueblos depende del número mayor o menor de horas que la familia real pase en un círculo de cortesanos fastidiosos y hastiados... Fuera de algunos favoritos que debían su elección a un capricho o a una intriga, fue excluida toda la gente de la corte. La alcurnia, los servicios prestados, la dignidad, la alta cuna, no fueron ya títulos para ser admitido en el círculo íntimo de la familia real. Sólo los domingos podían aquellos que habían sido presentados en la corte ver durante algunos momentos a los príncipes. Pero la mayor parte de estas personas perdieron pronto el gusto por esta inútil molestia, que sabían que no les era agradecida en modo alguno; reconocieron, por su parte, que era una tontería venir hasta tan lejos para no ser mejor recibidos, y dejaron de hacerlo... Versalles, el escenario de la magnificencia de Luis XIV, adonde se venía ansiosamente de todos los países de Europa para aprender refinadas formas de vida social y de cortesía, no era ya más que una pequeña ciudad de provincia, a la cual no se iba más que de mala gana y de la cual volvían todos a alejarse lo más rápidamente posible.

También este peligro lo previó desde lejos María Teresa a su debido tiempo: «Yo misma conozco todo el aburrimiento y vacío de las ceremonias de corte, pero, créeme, si se las abandona surgen de ello inconvenientes aún mucho más importantes que estas pequeñas incomodidades, especialmente entre vosotros, con una nación de tan vivo carácter» No obstante, cuando María Antonieta no quiere comprender, no tiene sentido alguno el pretender razonar con ella. ¡Cuántas historias a causa de la media hora de camino separada de Versalles a que vive! Mas, en realidad, estas dos o tres millas le han alejado para el resto de su vida, tanto de la corte como del pueblo. Si María Antonieta hubiese permanecido en Versalles, en medio de la nobleza francesa y siguiendo las costumbres tradicionales, en la hora del litigio habría tenido a su lado a los príncipes, a los grandes señores y al conjunto de la aristocracia. Por otra parte, si hubiese intentado, lo mismo que su hermano José, acercarse democráticamente al pueblo, los cientos de miles de parisienes, los millones de franceses la habrían idolatrado. Pero María Antonieta, individualista absoluta, nada hace para agradar a la nobleza ni al pueblo; piensa sólo en sí misma, y a causa de este capricho favorito de Trianón es igualmente mal querida tanto del primero como del segundo y del tercer estado; porque quiso estar demasiado sola gozando de su dicha, estará igualmente solitaria en su desdicha, y se ve forzada a pagar un juego infantil con su corona y con su vida.

 

LA NUEVA SOCIEDAD

Apenas María Antonieta se encuentra restablecida en su alegre morada, cuando comienza ya, enérgicamente, a manejar su nueva escoba. Primeramente, fuera toda la gente vieja. Los viejos son aburridos y feos. No saben bailar ni saben divertirla; están siempre predicando prudencia y reflexión, y de estas eternas recomendaciones y amonestaciones de moderación está fundamentalmente harta aquella mujer de temperamento ardiente, desde sus tiempos de delfina. Fuera, pues, la rígida mentora, «Madame Etiqueta», la condesa de Noailles: una reina no necesita ser educada; le es lícito hacer lo que quiera. Fuera, a una distancia respetable, el confesor y consejero dado por su madre, el abate Vermond. Fuera, y muy lejos, todos aquellos para hablar con los cuales hay que hacer un esfuerzo espiritual. A su lado, exclusivamente jóvenes; una alegre compañía que no eche a perder con una abobada gravedad el juego y las bromas de la vida. Si estos compañeros de diversión son o no de alta categoría, de una de las primeras familias, y si poseen un carácter honorable a irreprochable, se toma poco en consideración; tampoco necesitan ser excesivamente cultos, educados -la gente culta es pedante, y maliciosa la educada-; le basta que posean un espíritu agudo, que sepan referir anécdotas picantes y hagan buen papel en las fiestas. Diversión, diversión y diversión es lo primero y lo único que exige María Antonieta de su círculo íntimo. Así se rodea de tout ce qui est de plus mauvais à Paris et plus jeune, como dice suspirando María Teresa; de una soi-disant société, como gruñe, enojado, su hermano José II; de una tertulia en apariencia indolente, pero, en realidad, en extremo egoísta, que se hace pagar su fácil tarea de ser el maitre de plaisir de la reina con las más importantes prebendas y que durante los juegos galantes se guarda en su bolso de arlequín las más pingües pensiones.

Un solo señor aburrido desluce, de cuando en cuando y transitoriamente, la gozosa compañía. Pero no se le puede rechazar sin dificultades porque -sería fácil olvidarlo- es el marido de aquella desenfadada señora y, fuera de eso, es el soberano de Francia.

Sinceramente enamorado de su encantadora esposa, Luis el Tolerante, no sin haber pedido antes permiso, viene a veces a Trianón y contempla cómo se divierte la gente joven; intenta a veces hacer tímidas represiones, cuando se han traspasado con excesiva despreocupación las fronteras de lo convenido, o cuando los gastos crecen hasta el cielo; pero entonces la reina se ríe, y con esa risa está concluido todo. También los alegres intrusos tienen una especie de condescendiente simpatía por aquel rey que, siempre bueno y obediente, estampa un «Louis» escrito con su hermosa letra, al pie de cada uno de aquellos decretos con los cuales la reina les proporciona los más altos empleos. Pero aquel buen hombre no perturba jamás largo tiempo; no permanece a11í más que una hora o dos, y después se vuelve al trote de sus caballos hacia Versalles, en busca de sus libros o de su taller de cerrajero. Una vez, como se está a11í sentado demasiado tiempo y la reina está ya impaciente por trasladarse a París con su alegre compañía, adelanta ella misma, secretamente, la hora del reloj, y el rey, sin notar el más pequeño engaño, dócil como un cordero, se va a la cama a las diez en vez de a las once, y toda la elegante canalla se ríe hasta troncharse.

Cierto que el concepto de la dignidad real no se realza con tales bromas. Pero ¿qué tiene que ver Trianón con un hombre tan tope y zopenco? No sabe contar anécdotas maliciosas, no sabe reírse. Asustado y tímido, se deja estar sentado en medio de la alegre reunión, como si tuviese dolor de vientre, y bosteza de sueño mientras los otros sólo a medianoche comienzan a estar animados. No va a ningún baile de máscaras, no juega a juegos de azar, no le hace la corte a ninguna mujer. . No; no es aprovechable para nada este buen hombre aburrido: en las reuniones de Trianón, en el imperio del rococó, en aquellas arcádicas praderas de la frivolidad y la petulancia, está completamente fuera de lugar.

El rey no significa nada, por tanto, como miembro de la nueva sociedad. Por su parte, su hermano el conde de Provenza que esconde su ambición detrás de una fingida indiferencia, juzga más prudente no perjudicar su dignidad con el trato de aquellos caballeretes. No obstante, como algún individuo masculino de la familia tiene que acompañar a la reina en sus diversiones, el hermano más joven de Luis XVI, el conde de Artois, es el que coma a su cargo el papel de ángel tutelar. Aturdido, frívolo, descarado, pero hábil y manejable, padece igual te mor que María Antonieta ante el aburrimiento o el tener que ocuparse de cosas serias. Conquistador, pródigo, divertido, elegante, fanfarrón, más descarado que valiente, más jactancioso que verdaderamente apasionado, conduce a aquella alocada pandilla adondequiera que haya algún nuevo sport, alguna nueva moda, un nuevo placer, y pronto tiene más deudas que el rey, la reina y toda la corte reunidos.

Pero precisamente por ser así concuerda admirablemente con María Antonieta. No estima ella en mucho a este impertinente atolondrado, ni mucho menos le ama, aunque las malas lenguas lo hayan afirmado con ligereza; pero le cubre las espaldas. Hermano y hermana, en su furia de placeres, forman en poco tiempo una pareja inseparable.

El conde de Artois es el comandante electo de la guardia de corps con la cual María Antonieta emprende sus correrías diurnas y nocturnas por todas las provincias de la alegre ociosidad; esta tropa es realmente reducida, y en ella cambian constantemente los cargos directivos, pues la indulgente reina dispensa a sus satélites toda clase de transgresiones, deudas y arrogancias, una conducta provocativa y excesivamente familiar, aventuras galantes y escándalos, pero cada cual tiene agotado el caudal del regio favor tan pronto como comienza a aburrir a la reina. Durante algún tiempo, el barón de Besenval, un noble suizo de cincuenta años, con la ruidosa brusquedad de un antiguo soldado, es el que ostenta la supremacía; después cae la preferencia sobre el duque de Coigny, un des plus constamment favorisés et le plus consulté. A estos dos, junto con el ambicioso duque de Guines y el conde húngaro de Esterhazy. les es asignada la asombrosa tarea de encargarse de la reina durante sus viruelas, lo que dio ocasión en la corte para la maliciosa pregunta de cuáles serían las cuatro damas de honor que elegiría el rey en igual situación. Permanentemente se mantiene en su posición el conde de Vaudreuil, amante de la favorita de María Antonieta, la condesa de Polignac; algo más en segundo término, el más prudente y más sutil de todos, el príncipe de Ligne, el único que no cobra por su posición en Trianón ninguna lucrativa renta del Estado; también el único que conserva respeto a la memoria de su reina, en la ancianidad, al escribir los recuerdos de su vida. Estrellas fugaces de aquel arcaico firmamento son el «hermoso» Dillon y el joven, ardiente y atolondrado duque de Lauzun, los cuales, durante algún tiempo, llegan a ser muy peligrosos para la involuntaria virginidad de la reina. Trabajosamente, con enérgicos esfuerzos, logra el embajador Mercy alejar a este joven aturdido antes de que haya conquistado más que la simple simpatía de la reina. Por su parte, el conde de Adhémar canta lindamente, acompañándose al arpa, y representa bien comedias; esto es suficiente para proporcionarle el cargo de embajador en Bruselas y después en Londres.

Mas los otros prefieren permanecer a11í y pescar, en aguas artificiosamente revueltas, los cargos más productivos de la corte. Ninguno de estos caballeros, a excepción del príncipe de Ligne, tiene realmente una categoría espiritual; ninguno, la ambición de utilizar elevadamente, en sentido político, la influencia que les brinda la amistad de la reina: ninguno de estos héroes de las mascaradas de Trianón ha llegado a ser realmente un héroe de la Historia. Por ninguno de ellos, verdaderamente, en lo profundo, siente estimación María Antonieta. A varios les ha permitido la joven coqueta más familiaridades de lo que hubiera sido conveniente en la posición de una reina, pero a ninguno de ellos, y esto es lo decisivo, se le ha entregado por completo ni física ni espiritualmente. El único de todos que, de una vez para siempre, debe ser quien llegue al corazón de la reina está todavía envuelto en sombra. Y acaso la abigarrada agitación de la comparsería sirva sólo para ocultar mejor su proximidad y presencia.

Más peligrosas que estos caballeros dudosos, y que Gambian frecuentemente. son para la reina sus amigas; entran aquí en juego, misteriosamente. fuerzas emotivas confusas y fatales. María Antonieta, en lo que toca a su carácter, es una mujer plenamente natural, muy femenina y tierna, llena de necesidad de confianza y de afecto, necesidad que en estos primeros años, al lado de un esposo apático y poltrón, había quedado sin correspondencia.

Franca de natural, quería confiar a alguien sus impulsos espirituales, y como por razón de las costumbres no puede ser a un hombre, a un amigo, o no lo puede ser todavía, María Antonieta, involuntariamente, se busca desde el principio una amiga.

Que en las amistades femeninas de María Antonieta vibre cierto tono de ternura es cosa completamente natural. María Antonieta, a los dieciséis años, a los diecisiete y a los dieciocho, aunque casada, o más bien aparentemente casada, se encuentra anímicamente en la edad típica y en la disposición típica de las amistades de colegio. Arrancada temprano, cuando niña, a su madre, a la educadora, amada muy sinceramente; colocada junto a un esposo torpe y todavía poco tierno, no ha podido dar libre curso a aquel íntimo afán de confiarse a otra persona que es propio de la naturaleza de la doncella como el aroma de la flor. To das estas pequeñas infantilidades: los paseos cogidas de la mano, el abrazarse una a otra, las risas en los rincones, el alborotar en la habitación, la adoración recíproca; todos estos ingenuos síntomas del Frühlingserwachens, del despertar de la primavera, no han acabado todavía de fermentar en su cuerpo adolescente. No a los dieciséis años, ni a los diecisiete, a los dieciocho, a los diecinueve o a los veinte, le ha sido dado todavía a María Antonieta enamorarse de una manera sinceramente juvenil; no es en modo alguno un elemento sexual lo que se consume en tales tempestuosas ebulliciones, sino un tímido presentimiento, el entusiasmo amoroso. Siendo esto así, las primeras relaciones de María Antonieta con sus amigas tenían que ser caracterizadas por las notas más tiernas, y esta nada convencional conducta de una reina al punto fue interpretada del modo más maligno por la galante corte. Harto cultivada y pervertida, aquella gente no puede comprender lo natural, y pronto comienzan cuchicheos y conversaciones sobre sádicas tendencias de la reina. «Con gran liberalidad me han atribuido ambas inclinaciones, hacia las mujeres y hacia los amantes», le escribe, con toda franqueza y alegría, María Antonieta a su madre, bien segura de sus sentimientos; su sinceridad orgullosa desprecia a la corte, a la opinión pública y al mundo entero. No sabe todavía el poder de las mil lenguas de la calumnia, aún se entrega sin reserva a la insospechada alegría de poder, por fin, amar y confiarse a alguien, sacrificando toda prudencia, sólo para poder probar a sus amigas lo ilimitado que puede ser su cariño.

La primera favorita de la reina, madame de Lamballe, fue una elección relativamente afortunada. Perteneciente a una de las primeras familias de Francia, y por ello no codiciosa de dinero ni de poder; naturaleza delicada y sentimental, no muy inteligente, pero al propio tiempo tampoco una intrigante; no muy notable, pero tampoco ambiciosa, corresponde al cariño de la reina con una real amistad. Sus costumbres pasan por ser irreprochables, su influencia se limita al círculo de la vida privada de la reina; no mendiga protección para sus amigos ni para su familia; no se mezcla en los asuntos de Estado ni en la política. No tiene ninguna sala de juego; no arrastra más profundamente a María Antonieta en el torbellino de los placeres, sino que le conserva, discreta y constantemente, su fidelidad, y una muerte heroica imprime, por fin, el sello de su amistad.

Pero una noche se extingue repentinamente su poder, como una luz bajo un soplo. En un baile de corte, el año 1775, descubre la reina una joven a quien no conoce todavía, conmovedora en su modesta gracia, angelicalmente pura la mirada azul, de una delicadeza virginal toda la figura; a sus preguntas le dan el nombre de la condesa de Jules Polignac. Esta vez no es, como en el caso de la princesa de Lamballe, una simpatía humana que asciende poco a poco hasta la amistad, sino un repentino interés apasionado, un coup de foudre, una especie de ardiente enamoramiento. María Antonieta se acerca a la desconocida y le pregunta por qué se le ve tan rara vez en la corte. No es lo bastante acomodada para costear los gastos de la vida de palacio, confiesa sinceramente la condesa de Polignac, y esta franqueza encanta a la reina, pues ¿qué alma pura tiene que ocultarse en esta mujer encantadora para que confiese con tan conmovedora sinceridad, a las primeras palabras, que padece la más terrible vergüenza en aquellos tiempos, el no tener dinero? ¿No será ésta, para ella, la amiga ideal tanto tiempo buscada? Al punto María Antonieta trae a la corte a la condesa de Polignac y amontona sobre ella tal suerte de sorprendentes privilegios que excita la envidia general; va con ella públicamente cogida del brazo, la hace habitar en Versalles, la lleva consigo a todas partes y hasta llega una vez a trasladar toda la corte a Marly sólo para poder estar más cerca de su idolatrada amiga, que está a punto de dar a luz. Al cabo de pocos meses, aquella noble arruinada ha llegado a ser dueña de María Antonieta y de toda la corte.

Pero, desgraciadamente, este ángel tierno a inocente no desciende del cielo, sino de una familia pesadamente cargada de deudas, que quiere amonedar celosamente para sí aquel favor inesperado; bien pronto los ministros de Hacienda saben algo de tal cuestión.

Primeramente son pagadas cuatrocientas mil libras de deudas; la hija recibe como dote ochocientas mil; el yerno, una plaza de capitán, a lo que se añade, un año más tarde, una posesión rústica que rinde setenta mil ducados de renta; el padre, una pensión, y el complaciente esposo, a quien en realidad hace mucho tiempo que ha sustituido un amante, el título de duque y una de las prebendas más lucrativas de Francia: los correos.

La cuñada Diana de Polignac, a pesar de su mala fama, llega a ser dama de honor de la corte, y la misma condesa Julia, aya de los hijos de la reina; el padre, además de su pensión, aún llega a ser embajador, y toda la familia nada en la opulencia y los honores, y derrama además sobre sus amigos el cuerno de la abundancia repleto de favores; en una palabra, este capricho de la reina, esta familia de Polignac, le cuesta anualmente al Estado medio millón de libras. «No hay ningún ejemplo -escribe espantado a Viena el embajador Mercy- de que en tan poco tiempo una suma de tanta importancia haya sido adjudicada a una sola familia.» Ni siquiera la Maintenon o la Pompadour han costado más que esta favorita de ojos angelicalmente bajos, que esta tan modesta y bondadosa Polignac.

Los que no son arrebatados por el torbellino contemplan, se asombran y no comprenden la ilimitada condescendencia de la reina, que deja que abuse de su nombre regio, de su posición y de su reputación aquella parentela indigna, aprovechada sin valor alguno.

Todo el mundo sabe que la reina, en cuanto a inteligencia natural, fuerza de alma y lealtad, está colocada cien codos por encima de aquellas criaturas que forman su diaria compañía. Pero en las relaciones humanas nunca decide la fuerza, sino la habilidad; no la superioridad de inteligencia, sino la voluntad. María Antonieta es indolente y los Polignac ambiciosos; ella es inconstante y los otros tenaces: se mantiene sola, pero los otros han formado una cerrada camarilla que aparta intencionadamente a la reina de todo el resto de la corte; divirtiéndola, la conservan en su poder. ¿De qué sirve que el pobre viejo confesor Vermond amoneste a su antigua discípula diciéndole: «Sois demasiado indulgente respecto a las costumbres y a la fama de vuestros amigos y amigas», o que la reprenda, con notable atrevimiento, diciéndole: «La mala conducta, las peores costumbres, una reputación averiada o perdida, han llegado a ser justamente los medios para ser admitido en vuestra sociedad». ¿De qué sirven tales palabras contra aquellas dulces y tiernas conversaciones, cogidas del brazo; de qué la prudencia contra esta diaria astucia, todo cálculo? La Polignac y su pandilla poseen las llaves mágicas de su corazón, ya que divierten a la reina, ya que combaten su aburrimiento, y al cabo de algunos años María Antonieta está por completo en poder de aquella banda de fríos calculadores. En el salón de la Polignac, los unos apoyan las aspiraciones de los otros a obtener puestos y colocaciones; mutuamente se procuran prebendas y pensiones: cada uno parece preocuparse sólo del bienestar de los demás, y de este modo corren por entre las manos de la reina, que no se da cuenta de nada, las últimas fuentes áureas de las agotadas cámaras del tesoro del Estado en favor de unos pocos.

Los ministros no pueden impedir este impulso. «Faites parler la Reine.» Haga usted que hable la reina en su favor, responden, encogiéndose de hombros, a todos los solicitantes; porque categorías y títulos, destinos y pensiones, únicamente los confiere en Francia la mano de la reina, y esta mano la guía invisiblemente la mujer de ojos de violeta, la bella y dulce Polignac.

Con estas permanentes diversiones, el círculo que rodea a María Antonieta va haciéndose inaccesiblemente limitado. Las otras gentes de la corte lo advierten pronto; saben que detrás de aquellas paredes está el paraíso terrenal. Allí florecen los altos empleos, allí manan las pensiones del Estado, a11í, con una broma, con un alegre cumplido, se recoge un favor al cual muchos otros, con perseverante capacidad, vienen aspirando desde hace decenios. En aquel dichoso más a11á reina eternamente la serenidad, la despreocupación y la alegría, y quien ha penetrado en estos campos elíseos del favor real tiene para sí todas las mercedes de la tierra. No es milagro que todos los expulsados fuera de aquellos muros, la antigua y meritoria nobleza, a la que no es permitido el acceso a Trianón, cuyas manos, igualmente ávidas, jamás se han humedecido con la lluvia de oro, estén cada vez agriadas de modo más violento. ¿Somos, pues, me nos que esos arruinados Polignac?, rezongan los Orleans, los Rohan, los Noafles, los Marsan. ¿De qué sirve tener un rey joven, modesto y honesto, que por fin no es juguete de sus maî tresses, para que después de la Pompadour y de la Du Barry tengamos otra vez que mendigar de una favorita lo que nos pertenece por razón y derecho? ¿Debe realmente soportarse este descarado modo de dejarse a uno a un lado, esta osada desconsideración de la joven austriaca, que se rodea de mozos extranjeros y mujeres dudosas, en lugar de hacerlo de la nobleza originaria del país o domiciliada en él desde siglos remotos? Cada vez más estrechamente se agrupan los excluidos unos con otros; cada día, cada año, crecen sus filas. Y pronto, por las ventanas del desierto Versalles, un odio con cien ojos fija sus miradas en el despreocupado y frívolo mundo de juguete de la reina.

 

LA VISITA DEL HERMANO

En el año 1776 y durante el carnaval de 1777, el delirio de placeres de María Antonieta alcanza el punto culminante de su curva agudamente ascendente. La mundana reina no falta a ninguna carrera de caballos, a ningún baile de la ópera, a ninguna redoute; jamás vuelve al hogar antes de los resplandores del alba; permanentemente evita el lecho conyugal. Hasta las cuatro de la madrugada permanece delante de la mesa de juego; sus pérdidas y deudas provocan ya público enojo. Desesperado, el embajador Mercy dispara a Viena informe tras informe: «Su Real Majestad olvida plenamente su dignidad externa»; apenas es posible amonestarla, porque las « diferentes especies de diversión siguen unas a otras con tal rapidez que sólo con el mayor trabajo se encuentra algún momento en que hablar con ella de cosas serias». Hace mucho tiempo que no se ha visto Ver salles tan abandonado como en este invierno; en el curso de los últimos meses, las ocupaciones de la reina, o, por mejor decir, sus distracciones, no han cambiado ni disminuido. Es como si un demonio se hubiese posesionado de la joven señora; jamás su agitación y su inquietud fueron más irrazonables que en este decisivo año.

Añádese a esto, por primera vez, un nuevo peligro: María Antonieta, en 1777, no es ya la cándida niña de quince años que era cuando llegó a Francia, sino una mujer de veintidós años, en plena floración de su sensual belleza, seductora y al mismo tiempo sensible ya a la seducción; habría sido hasta contranatural que hubiera permanecido fría a indiferente en medio de la atmósfera de la corte de Versalles, erótica, sensual y excitante.

Todas sus parientas de su misma edad; todas sus amigas hace ya tiempo que tienen hijos: cada una tiene un marido verdadero, o, por lo menos, un amante; sólo ella está excluida por la torpeza de su desdichado esposo; sólo que es más hermosa que todas, más deseable y más deseada que ninguna otra en su círculo, no ha entregado todavía a nadie el tesoro de sus sentimientos. En vano ha desviado hacia sus amigas su intensa necesidad de ternura, aturdiéndose con incesantes placeres mundanos, para olvidar su vacío íntimo; no le sirve de nada; en toda mujer la naturaleza reclama, poco a poco, sus derechos, y por tanto también en ésta, plenamente normal y natural. La vida en común de María Antonieta con los caballeros que la rodean pierde cada vez más su primitiva y despreocupada seguridad. Cierto que se guarda todavía de lo más peligroso; pero no deja de jugar con el peligro, y al hacerlo ya no es capaz de gobernar su propia sangre, que le hace traición: se ruboriza, palidece, comienza a temblar al acercarse a aquellos jóvenes inconscientemente deseados; se azora, se le llenan los ojos de lágrimas, y, sin embargo, continúa siempre provocando los galantes cumplidos de aquellos caballeros; en las Memorias de Lauzun, aquella asombrosa escena en la cual la reina, recién disipado un enojo, lo estrecha de repente en un súbito abrazo, y, espantada al instante de sí misma, huye llena de vergüenza, tiene por completo el acento de la verdad, pues el informe del embajador de Suecia sobre la manifiesta pasión de la reina por el joven conde Fersen refleja idéntico estado de excitación. Es innegable que esta mujer de veintidós años, atormentada, sacrificada, dejada como en reserva por su torpe esposo, se encuentra al borde de no ser dueña de sí. Cierto que María Antonieta se defiende; pero, acaso por ello mismo, sus nervios no resisten ya la invisible tensión interna. Textualmente, como si quisiera completar el cuadro clínico, el embajador Mercy habla de «affections nerveuses» aparecidas de repente y de los llamados «vapeurs». Por el momento, María Antonieta se encuentra todavía a salvo de una auténtica falta contra el honor conyugal por los mismos tímidos miramientos de sus propios admiradores: uno y otro, tanto Lauzun como Fersen, abandonan presurosamente la corte tan pronto como notan el excesivo interés que la reina manifiesta por ellos: pero no cabe duda que si uno de aquellos jóvenes favoritos, con los cuales la soberana juguetea coquetamente, atacara con osadía en favorable momento, podría triunfar fácilmente de esta virtud sólo defendida desde el interior de débil manera.

Hasta entonces, María Antonieta ha logrado, dichosamente, volver a ser dueña de sí un momento antes de la caída. Pero el peligro crece con la interna tranquilidad: la mariposa revolotea en torno a la luz que la atrae, en círculos cada vez más cerrados y de modo cada vez más ansioso; un aletazo torpe, y la coqueta se precipitaría irremediablemente en el destructor elemento.

¿El vigilante puesto por la madre conoce también este peligro? Hay derecho a pensarlo, pues sus advertencias respecto a Lauzun, a Dillon, a Esterhazy, indican que este viejo solterón, cargado de experiencia, concibe mejor la tirante situación y sus íntimas causas que la misma reina, la cual no sospecha lo comprometedores que son sus bruscos cambios de humor y su ruda e inextinguible inconstancia. El embajador comprende en toda su magnitud la catástrofe que constituiría el que la reina de Francia, antes de haberle parido a su esposo un auténtico heredero, cayera como presa de cualquier extranjero amante: hay que evitarlo a cualquier precio. Por tanto, envía a Viena carta tras carta, para que el emperador José venga, por fin, a Versalles a ver lo que allí pasa, pues el silencioso y tranquilo observador sabe que es más que tiempo de salvar de sí misma a la reina.

El viaje de José II a París tiene un triple objeto: debe hablar con el rey, su cuñado, de hombre a hombre, sobre la espinosa cuestión de los deberes conyugales, aún no consumados. Con su autoridad de hermano mayor, debe reprender a la reina, ansiosa de placeres, y poner ante sus ojos los peligros políticos y humanos de su furia de diversiones. En tercer lugar, debe fortalecer la alianza política entre las dos Casas reinantes de Francia y Austria.

A estos tres temas previstos. José II añade voluntariamente un cuarto tema: quiere aprovechar la ocasión de esta singular visita para hacerla aún más extraordinaria, recolectando la mayor cantidad posible de admiración para su propia persona. Este hombre en el fondo respetable, no torpe, aunque tampoco excesivamente bien dotado, y ante todo lleno de vanidad, sufre desde hace años la típica enfermedad de los príncipes herederos: le irrita el que, siendo ya hombre adulto, no pueda dominar aún, libre y sin limitaciones, sino que siempre a la sombra de su madre, célebre y venerada, sólo pueda desempeñar un papel secundario en la escena política, o, como no sin enojo lo expresa él mismo, «ser la quinta rueda del coche». Precisamente porque sabe que ni en prudencia ni en autoridad moral puede sobrepujar a la gran emperatriz que le quita la luz, trata de encontrar para su papel secundario una nuance especialmente brillante. Ya que ella personifica ante Europa la concepción heroica de la soberanía, quiere él, por su parte, representar el papel de emperador popular, ser un padre de su pueblo, moderno, filantrópico, ilustrado y libre de prejuicios. Va como un trabajador detrás del arado, se mezcla entre la multitud con un sencillo traje de burgués, duerme en un simple lecho de soldado, hace que lo encierren por ensayo en el Spielberg, pero cuida al mismo tiempo de que el mundo entero tenga noticia de esta modestia ostentosa. Hasta entonces, José II no había podido dar vida a este papel de califa humanitario más que ante sus propios súbditos; este viaje a París le ofrece, por fin, ocasión de presentarse en la gran escena del mundo. Y ya, desde algunas semanas antes, estudia el emperador su papel de hombre modesto en todos sus imaginables detalles.

Las intenciones del emperador José no han quedado realizadas más que a medias. No pudo engañar a la Historia, la cual inscribe faltas tras faltas en el debe de su cuenta: reformas prematuras, torpemente introducidas y con fatal precipitación; acaso sólo su temprana muerte haya salvado a Austria de la ruina que la amenazaba ya entonces; pero a la leyenda, más crédula que la Historia, la ha ganado a su favor por completo. Largo tiempo fueron cantadas las canciones del bondadoso emperador popular; innumerables novelas de pacotilla describen cómo un noble desconocido, envuelto en una humilde capa, reparte beneficios, con piadosa mano, y se enamora de las muchachas del pueblo; famoso es el final de estas novelas, siempre repetido: el incógnito señor abre su capa, descubre ante los asombrados ojos de los espectadores un brillante uniforme y sigue su camino con estas palabras: «Nunca aprenderéis mi nombre: soy el emperador José».

Absurda broma, pero, por instinto, más inteligente de lo que a primera vista puede pensarse; de un modo casi genial pone en caricatura el carácter histórico del emperador José, que, de una parte, juega a ser hombre modesto, y, al mismo tiempo, hace todo lo posible para que esa modestia sea debidamente admirada. Su viaje a París nos da una prueba muy expresiva de ello. Porque el emperador José II, como bien puede comprenderse, no va como emperador a París, no quiere llamar la atención, sino como conde de Falkenstein, y concede inmensa importancia a que nadie descubra este incógnito. En largas conversaciones que da acordado que nadie le llamará otra cosa sino «monsieur», ni siquiera el rey de Francia; que no se hospedará en palacio, y sólo usará simples coches de alquiler. Pero, naturalmente, todas las cortes de Europa conocen con anticipación el día y la hora de su llegada; ya en Stuttgart, el duque de Durtemberg le juega una mala pasada ordenando que quiten las enseñas de todas las hospederías, de modo que al emperador popular no le queda otro remedio sino ir a dormir al palacio ducal. Pero, con pedante terquedad, el nuevo Harun al Raschid persevera hasta el último momento en su incógnito, conocido de todo el mundo desde mucho tiempo antes. Entra en París en un simple fiacre, se hospeda en el Hotel de Tréville, hoy Hotel Foyot, haciéndose pasar por el desconocido conde de Falkenstein; en Versalles toma una habitación en una casa de poca importancia, duerme allí, como si fuese un vivaque, en un lecho de campaña, sólo cubierto con su capa. Pero ha calculado justamente. Para el pueblo de París, que sólo conoce a sus reyes envueltos en lujo, produce gran sensación tal soberano; un emperador que prueba en los hospicios la sopa de los pobres, que asiste a las sesiones de las academias y a las deliberaciones del Parlamento, que visita a los banqueros, a los comerciantes, a los menestrales, la institución para sordomudos, el Jardín de Plantas, la fábrica de jabón; José ve muchas cosas en París y goza al propio tiempo de haberse dejado ver; encanta a todos con su afabilidad, y también él queda aún más encantado con los entusiastas aplausos que por ello gana. En medio de este doble papel, entre lo auténtico y lo fingido, este carácter misterioso tiene permanente conciencia de su dualidad, y antes de su partida le escribe a su hermano: «Vales más que yo, pero soy más charlatán, y en este país es preciso serlo. Yo soy sencillo con premeditación y por modestia; pero lo exagero intencionadamente; he provocado aquí un entusiasmo que en realidad me es ya molesto. Abandono muy satisfecho este reino y sin sentimiento, pues estoy ya harto de representar mi papel».

Aparte de este buen éxito personal, también alcanza José sus proyectados objetivos políticos; ante todo, la conversación con su cuñado sobre la consabida cuestión espinosa se desenvuelve con sorprendente facilidad. Luis XVI, noblote y jovial, acoge a su cuñado con plena confianza. De nada ha servido que Federico el Grande le haya encargado a su embajador, el barón de Goltz, que hiciera circular por todo París que el embajador José le había dicho al rey de Prusia: « Tengo tres cuñados y los tres son una desdicha: el de Versalles es un imbécil; el de Nápoles, un loco, y el de Parma, un tonto». En este caso, el «mal vecino» ha perdido por completo su trabajo, porque Luis XVI no es cosquilloso en cuestiones de vanidad, y la flecha rebota en su íntegra bonachonería. Ambos cuñados hablan entre sí libre y francamente, y Luis XVI, al ser tratado con mayor intimidad, obliga a José II a que le tenga cierto humano respeto. «Este hombre es débil, pero no tonto. Tiene conocimientos y buen juicio, pero es apático, tanto de cuerpo como de espíritu. Sostiene razonables conversaciones, pero no tiene ningún verdadero deseo de instruirse más profundamente y ninguna auténtica curiosidad; el fiat lux no ha sonado aún para él; la materia está todavía en su estado primitivo.» Al cabo de algunos días, José II ha conquistado al rey por completo; está de acuerdo en todas las cuestiones políticas y no puede dudarse de que haya alcanzado sin trabajo el inclinar a su cuñado a que se someta a aquella discreta operación.

Más difícil, como más cargada de responsabilidad, es la posición de José ante María Antonieta. Con contradictorios sentimientos ha esperado su hermana la visita: feliz de poder hablar, por fin, francamente con un consanguíneo suyo, y a la verdad con aquel que le merece más confianza, pero también llena de miedo ante las maneras duramente educativas que al emperador le gusta adoptar con una hermana más joven. Aún poco tiempo antes la reprendió como a una niña de la escuela. «¿Para qué lo mezclas tú en estas cosas? - le había escrito-. Haces deponer ministros; a los otros mandas desterrados a sus tierras; creas en la corte nuevos destinos dispendiosos. ¿Te has preguntado alguna vez con qué derecho te metes en los asuntos de la corte y de la monarquía francesa? ¿Qué conocimientos has adquirido para atreverte a participar en ellos; para imaginarte que tu opinión pueda ser importante desde cualquier punto de vista, y especialmente en los asuntos de Estado, que exigen muy especial y profundo saber? ¿Tú, una admirable personilla, que en todo el día no piensa más que en frivolidades, en sus toilettes y diversiones; que no lee nada, que no emplea ni un cuarto de hora al mes en una conversación instructiva, que no reflexiona, que nada acaba, y nunca, estoy seguro de ello, piensa en las consecuencias de lo que dice o hace?» A este agrio tono de maestro de escuela no está acostumbrada aquella mimada y adulada mujer; jamás lo oyó en boca de sus cortesanos de Trianón, y bien se comprende que su corazón haya palpitado cuando el mariscal de la corte anuncia repetidamente que el conde de Falkenstein ha llegado a París y que al día siguiente se presentará en Versalles.

Pero todo ocurre mejor de lo que ella esperaba. José II es lo bastante diplomático para no empezar a lanzar rayos desde su llegada; por el contrario, le dice lindas cosas sobre su encantador aspecto: le asegura que si tiene que casarse otra vez, su mujer ha de parecerse a ella: más bien hace un papel de galán. Una vez más, María Teresa ha previsto el porvenir rectamente al decir por anticipado a su embajador: «No temo, en realidad, que pueda ser un censor demasiado severo de la conducta de la reina; creo más bien que, bonita y atractiva como ella es, si mezcla con su habilidad en la conversación el ingenio y decoro, ha de lograr el aplauso del emperador, cosa de la que, por otra parte, también se sentirá él adulado». En efecto, la amabilidad de aquella deliciosa y linda hermana, su sincera alegría al volver a verle, la atención con que le escucha; además, de otro lado, la familiar naturalidad del cuñado y el gran triunfo que ha alcanzado en París con su comedia de la modestia, hacen enmudecer al temido pedagogo; el severo oso gruñón se tranquiliza desde que le dan miel con tanta abundancia. Su primera impresión es más bien halagüeña. «Es una mujer amable y digna, aún demasiado joven y demasiado poco reflexiva, pero tiene un buen fondo de honradez y virtud, y, además, ciertas auténticas facultades de comprensión que con frecuencia me han asombrado. Su primer movimiento es siempre el justo, y si se abandonase a él y reflexionara un poco más, en lugar de acceder a lo que le inspira la legión de apuntadores que la rodea, sería perfecta. El afán de placeres es muy poderoso en ella, y como se le conoce esa debilidad, la atrapan por ese lado, y ella escucha y atiende una y otra vez a los que saben procurarle diversiones.» Pero mientras José II, en apariencia indolente, goza de todas las fiestas que le ofrece su hermana, este notable espíritu, difícil de definir, observa aguda y exactamente. Ante todo, tiene que comprobar que María Antonieta «no siente ningún amor por su esposo», que lo trata con negligencia, frialdad y una indebida superioridad. No necesita esforzarse mucho para conocer a la mala sociedad que rodea a aquella «cabeza de viento» de su hermana, ante todo los Polignac. Sólo en un aspecto parece tranquilo. José II lanza un suspiro de visible alivio -probablemente habrá temido algo peor- al saber que, a pesar de todas sus coqueterías con caballeros jóvenes, la virtud de su hermana no se ha rendido; de modo que -«por lo menos hasta ahora», añade cuidadosamente-, en medio de aquella relajada moral, la conducta de la reina, en el aspecto de la honestidad, es mejor que su reputación.

En todo caso, no parece muy seguro el porvenir, dado lo que en este aspecto ha oído y visto, y no le parecen superfluas algunas enérgicas advertencias. A veces reprende a su joven hermana, llegando hasta violentos choques, como, por ejemplo, cuando, delante de testigos, la zahiere porque «no le sirve para nada a su marido», o cuando llama a la sala de juego de su amiga, la duquesa de Guéménée, un vrai tripot . Tales reprensiones públicas agrian a María Antonieta; no falta dureza contra dureza en estas conversaciones de los dos hermanos. La infantil obstinación de la joven se defiende contra la arrogante tutela del hermano; pero, al mismo tiempo, comprende cuánta razón tiene éste en todos sus reproches; lo necesario que sería para la debilidad de su propio carácter el tener a su lado una guarda como la suya.

No parece haber habido entre los dos ninguna explicación de conjunto y definitiva; cierto que más tarde José II le recuerda en una carta a María Antonieta cierta conversación en un banco de piedra, pero, manifiestamente, lo más esencial a importante no ha querido confiárselo a conversaciones improvisadas. En dos meses, José II ha visto toda Francia, sabe más de este país que el propio rey, y es más conocedor de los peligros que corre su hermana que ella misma. Pero también sabe que aquella voluble a inconstante personilla pronto lo ha olvidado todo, especialmente lo que a su pereza y frivolidad le conviene olvidar. De este modo, redacta con suma calma una «Instrucción», que resume todas sus observaciones y reflexiones, y sólo en el último momento le entrega, intencionadamente, a su hermana este documento de treinta páginas, con el ruego de que no lo lea sino después de su partida. Seripta manent, las admoniciones escritas deben quedar a su lado, una vez él ausente.

Esta «Instrucción» es quizás el documento más ilustrativo que poseemos sobre el carácter de María Antonieta, pues José II lo escribió con voluntad de acertar y perfecta objetividad. Un poco campanudo en su forma, algo excesivamente patético, para nuestro gusto de hoy, en su moralismo, muestra, al mismo tiempo, gran habilidad diplomática, pues con todo tacto el emperador de Austria evita darle reglas directas de conducta a una reina de Francia. Desarrolla sólo pregunta tras pregunta, una especie de catecismo, para inducir a la perezosa de pensamiento a que reflexione, se conozca a sí misma y responda en conciencia; pero, sin quererlo, las preguntas constituyen una acusación, y su orden, aparentemente casual, es un registro completo de las faltas de María Antonieta. Ante todo, José II recuerda a su hermana cuánto tiempo ha gastado ya inútilmente. «Avanzas en años, no tienes ya la disculpa de ser una niña. ¿Qué ocurrirá, qué será de ti si vacilas más tiempo?» Y se responde él mismo con espantable clarividencia: «Una mujer desgraciada y una reina más desgraciada todavía». Una a una, en forma de interrogaciones, enumera todas las negligencias de la reina; una luz aguda y fría baña, ante todo, las relaciones de su hermana con el rey. «¿Buscarás tú, en realidad, todas las ocasiones de serle grata? ¿Correspondes a los sentimientos que él te manifiesta? ¿No te muestras fría y distraída cuando él habla contigo? ¿No parece sino, a veces, como si te aburriese o repugnara? ¿Cómo quieres, en tales circunstancias, que un hombre naturalmente frío se aproxime a ti y te ame realmente?» Sin piedad alguna reprende a la reina, en apariencia siempre en forma de preguntas, pero en realidad acusando duramente, porque, en lugar de subordinarse al Rey, utiliza la torpeza y debilidad de su esposo para atraer hacia sí toda la atención y todos los éxitos. « ¿Sabes hacerte necesaria al rey? - le pregunta, severo-. ¿Le convences de que nadie le ama más sinceramente que tú y cuida más de su gloria y de su dicha? ¿Te ocupas de las cosas que él descuida, en forma que no parezca que quieres adquirir méritos a su costa? ¿Haces por él algún sacrificio? ¿Guardas impenetrable silencio sobre sus faltas y debilidades, las disculpas y ordenas inmediatamente que guarden silencio aquellos que osen hacer alusión a ello?» Página tras página examina después el emperador José el registro de los desenfrenados placeres de la reina. «¿Has reflexionado ya alguna vez sobre el mal efecto que tus relaciones sociales y tus amistades, si no se dirigen hacia personas en todos sentidos irreprochables, pueden y tienen que hacer en la opinión pública? Porque involuntariamente nace de ello la sospecha de que apruebas esas malas costumbres, y hasta quizá que participas en ellas. ¿Has examinado alguna vez las espantosas consecuencias que los juegos de azar pueden traer consigo, por la mala sociedad que reúnen y el tono que reina en ellos? Acuérdate, pues, de las cosas que han pasado delante de tus propios ojos; acuérdate de que el rey no juega y de que produce un efecto escandaloso el que, por decirlo así, seas tú el único miembro de la familia que cultiva este mal uso. Piensa también, por lo menos durante un momento, en todas las cosas enojosas que se relacionan con los bailes de la ópera; en todas las aventuras de mal género que tú misma me has referido como ocurridas en ellos. No puedo ocultarte que, de todos tus placeres, es éste, sin duda, el más inconveniente, y en especial por la manera como concurres a cada baile, pues el que te acompañe tu cuñado no significa nada. ¿Qué sentido tiene el que seas allí desconocida y quieras representar el papel de una máscara ignorada? ¿No ves que a pesar de todo te conocen y te dicen muchas cosas que no es conveniente que tú quieras oírlas, y que son dichas con la intención de divertirte y hacerte creer que han sido pronunciadas con toda inocencia? Ya el lugar mismo tiene muy mala fama. ¿Qué buscas tú, pues, allí? El disfraz estorba a una decorosa conversación; tampoco puedes bailar; ¿para qué, pues, estas aventuras, estas inconveniencias? ¿Para qué mezclarte con ese montón de desenfrenados mozos, de perdidas y extranjeros, oyendo conversaciones dudosas y acaso sosteniendo otras que se les semejan? No; eso no es decente. Te confieso que ése es el punto por el cual todas las gentes que te quieren y piensan honradamente se enojan del modo más intenso: ¡El rey solo toda la noche en Versalles y tú en compañía de toda la canalla de París!» Insistentement e le repite José las antiguas lecciones de su madre. María Antonieta debe comenzar. por fin, a ocuparse un poco de la lectura; dos horas diarias no es mucho tiempo y la harían más razonable y sensata para el resto de las otras veintidós. Y de repente, en medio de la larga prédica.

brota una frase profética, que no puede ser leída sin un estremecimiento. Si su hermana no sigue estos consejos, dice José II, son de prever las cosas más tristes, y escribe literalmente: «Tiemblo ahora por ti, pues no se puede seguir de este modo; la révolution sera crulle si vous ne la préparez». «La Revolución será cruel.» La siniestra palabra queda aquí consignada por primera vez. Aunque pensada en otro sentido, ha sido pronunciada proféticamente, pero sólo al cabo de diez años comprenderá María Antonieta el sentido de esta frase.

 

MATERNIDAD

Esta visita del emperador José II, considerada históricamente, parece un episodio sin importancia en la vida de María Antonieta; pero, en realidad, provocó el cambio más decisivo. Ya algunas semanas más tarde se mostraron los frutos del diálogo del emperador con Luis XVI sobre el espinoso tema de alcoba. Con nuevos ánimos, se aplica el «vigorizado» monarca a sus deberes conyugales. Ya el 19 de agosto de 1777, María Antonieta anuncia a Viena que la cosa va un petit mieux : su (virginal) «estado sigue sin cambio alguno»; el gran ataque no ha triunfado todavía, «pero no desespero, sin embargo, porque hay que señalar una pequeña mejoría, y es que el rey se muestra más tierno que antes, y esto significa mucho en él» . El 30 de agosto resuenan, finalmente, los clarines de la victoria; por primera vez, después de innumerables derrotas de esta erótica guerra de los siete años, el mari nonchalant ha tomado por asalto la fortaleza que en modo alguno se había defendido jamás. « Me encuentro en la situación más feliz de toda mi vida -se apresura María Antonieta a comunicar a su madre-. Hace ya ocho días que mi matrimonio está plenamente consumado; el ensayo ha sido repetido, y ayer aún más completamente que la primera vez. Pensé primero en enviar inmediatamente un correo a mi querida madre, pero tuve miedo de que produjera demasiada expectación y conversaciones, y también deseaba estar primero plenamente segura del hecho. No creo estar todavía embarazada, pero, por lo menos, tengo ahora esperanzas de poder estarlo de un momento a otro.» Este glorioso cambio no permanece, por lo demás, secreto: el embajador español, el mejor informado de todos, llega a comunicar a su Gobierno hasta la fecha del día decisivo (25 de agosto), y añade: «Como tal acontecimiento es interesante y de la mayor importancia pública, he hablado separadamente con los ministros Maurepas y Vergenes, y los dos me han confirmado las mismas circunstancias Por lo demás es seguro que el rey le refirió lo ocurrido a una de sus tías, y le dijo con mucha franqueza: "Me gusta mucho esta clase de placer, y lamento no haberlo conocido en tanto tiempo". Su Majestad está ahora mucho más contento que antes, y la reina tiene con más frecuencia ojeras de lo que se había observado hasta ahora». Por lo demás, las primeras exclamaciones de júbilo de la joven esposa acerca de su capaz marido resultan excesivamente prematuras, pues Luis XVI no se entrega, ni con mucho, con tanto celo a este «nuevo placer» como al de la caza, y, ya diez días más tarde, María Antonieta tiene que volver a quejarse a su madre: «Al rey no le gusta dormir acompañado. Trato de seducirlo para que no renuncie por completo a esta vida en común. A veces viene a pasar la noche conmigo, y no me creo autorizada a atormentarlo para que lo haga con mayor frecuencia». La madre se entera de ello con poca alegría, porque considera este punto como muy «esencial», pero aprueba el tacto de su hija en no acosar con exceso a su esposo; sólo que también ella, por su parte, debe acomodarse más que hasta entonces a las horas de reposo de su marido. La noticia del comienzo del embarazo, ardientemente deseada en Viena, se deja aún esperar largos meses en este desapasionado matrimonio; sólo en abril cree la impaciente esposa sentir satisfecho su más íntimo deseo. Ya desde los primeros indicios, María Antonieta quiere enviar al instante un correo rápido a su madre; pero el médico de la corte, aunque dispuesto en lo privado a apostar mil luises a que la reina tiene razón, se lo desaconseja en el primer momento. El 5 de mayo, el circunspecto Mercy comunica la certeza del hecho; el 4 de agosto, el embarazo es anunciado oficialmente a la corte, después de que la reina, el 31 de julio, a las diez y media de la noche, ha sentido los primeros movimientos del niño. «Desde entonces -escribe a María Teresa- se mueve con frecuencia, lo que me proporciona gran alegría.» Su buen humor inventa una broma singular para anunciar su paternidad al tan tardíamente acreditado esposo. Se acerca a él con semblante temeroso y presentándose como ofendida, le dice: «Sire tengo que querellarme contra uno de vuestros súbditos. que ha sido tan osado que se permite darme puntapiés en el vientre». El buen rey no comprende al principio, pero después se ríe con gran satisfacción y abraza a su mujer, totalmente estupefacto ante su propia a inesperada habilidad.

Al instante comienzan ahora las más divertidas ceremonias públicas. En las iglesias se cantan repetidos tedéums, el Parlamento envía sus felicitaciones, el arzobispo de París ordena públicas plegarias por el dichoso curso de la preñez; con inauditos cuidados, se busca un ama para el futuro príncipe y se tienen dispuestas cien mil libras para los pobres. Todo el mundo está pendiente del gran acontecimiento, y no el que menos el comadrón, para el cual este parto significa una especie de juego de azar, pues, en caso de nacer el heredero del trono, le tocan como pensión cuarenta mil libras, y sólo diez mil en caso de ser princesa. Totalmente excitada, espera la corte el espectáculo de que ha estado privada desde hace largo tiempo, pues, según un use secular y consagrado, el parto de una reina de Francia no se realiza, en modo alguno, como un privado suceso de familia; esas duras horas, según regla antiquísima, tiene que pasarlas en presencia de todos los príncipes y princesas y bajo la vigilancia de toda la corte. Todo miembro de la familia real, lo mismo que muchos altos dignatarios, tienen derecho a encontrarse presentes en la habitación de la parturienta durante el acto del nacimiento, y, naturalmente, nadie piensa ni de lejos en renunciar a este privilegio bárbaro y peligroso para la salud. De todas las provincias, de los castillos más apartados, llegan los curiosos; está habitada la más pequeña mansarde en la diminuta ciudad de Versalles, y la gigantesca aglomeración de gente eleva hasta el triple el precio de las subsistencias. Pero la reina hace esperar largo tiempo el espectáculo a los indeseados huéspedes. Por fin. el 18 de diciembre, suena, por la no che. la campana de palacio anunciando que los dolores han comenzado. Madame de Lamballe se precipita la primera en el cuarto de la parturienta, y tras ella, emocionadas, todas las damas de honor. A las tres son despertados el Rey, los príncipes y princesas: pajes y guardias montan a caballo y corren a todo galope hacia París y Saint-Cloud para llamar como testigos a todos los que tienen sangre real o categoría de príncipes; no falta sino que toquen a rebato las campanas o se disparen cañonazos de alarma.

Algunos minutos después de que el médico de la corte ha anunciado en alta voz que ha comenzado el difícil trance para la reina, penetra estrepitosamente toda la banda aristocrática; estrechamente apretados en la angosta habitación, se sientan los espectadores en tomo del lecho, en fauteuils colocados según la categoría de los ocupantes. Los que ya no han encontrado puesto en las primeras filas, se suben a sillas y bancos, a fin de que no les pase inadvertido ningún movimiento ni ningún gemido de la atormentada mujer. El aire se hace cada vez más denso y sofocante en el cerrado recinto, por el aliento de unas cincuenta personas y el penetrante olor de esencias y vinagrillos.

Pero nadie abre una ventana, nadie abandona su puesto, y la pública escena de tormento dura siete horas completas, hasta que por fin, a las doce y media de la mañana, María Antonieta da a luz una criatura -hélas!-, una hija. Respetuosamente llevan al vástago real a un gabinete próximo, para bañarlo y entregarlo en seguida a la protección de la gouvernante; lleno de orgullo, se traslada a11í el rey para admirar la retrasada obra suya, y detrás de Su Majestad, curiosa como siempre, se apretuja toda la corte. De repente resuena entonces un sonoro mandato del comadrón: «¡Aire! ¡Agua caliente! ¡Es necesaria una sangría!». A la reina se le ha subido de repente la sangre a la cabeza; ha caído desmayada, medio ahogada por el aire apestoso, y acaso también por el esfuerzo de reprimir sus dolores en presencia de cincuenta espectadores, y yace sin movimiento y resollando sobre las almohadas. Se produce espanto general; el rey, por su propia mano, abre violentamente la ventana; todos corren aturdidamente de un lado a otro. Pero el agua caliente no acaba de llegar; los cortesanos, en ocasión de este nacimiento, han pensado en toda la serie de ceremonias medievales, pero no en la más natural precaución que hay que tomar en semejantes casos: en tener agua caliente al lado. Por tanto, el cirujano osa hacer la sangría sin ninguna clase de preparación. Un chorro de sangre brota de la vena herida en el pie, y he aquí que la reina abre los ojos: está salvada. Sólo entonces estalla, sin traba alguna, el júbilo: se abrazan unos a otros, se felicitan, lloran de alegría, y las campanas, resonando, difunden por el país el mensaje gozoso.

Ha terminado el tormento de la mujer y comienza la felicidad de la madre. Aunque la alegría no sea completa y los cañones sólo retumben veintiuna veces en honor de una princesa, y no ciento una, como sería saludado un recién nacido heredero del trono, reina, no obstante, el júbilo en Versalles y en París. Son enviadas estafetas a todos los países de Europa, se reparten limosnas en toda la nación, son puestos en libertad presos por deudas y presidiarios, cien prometidos son equipados a Costa del rey, casados y provistos de una dote. Cuando la reina, al acabar su sobreparto, se traslada a Notre-Dame, la esperan allí, en dichosa fila, estas cien parejas -el ministro de Policía las ha escogido intencionadamente entre las más lindas- y con aclamaciones saludan a su bienhechora.

Para el pueblo de París hay fuegos de artificio, iluminaciones, fuentes que derraman vino, reparto de pan y de embutidos, entrada gratuita en la Comedia Francesa: a los carboneros se les reserva el palco del rey; a las pescaderas, el de la reina; también a los pobres debe serles permitido una vez celebrar su fiesta. Todo parece ahora bueno y dichoso; Luis XVI, desde que es padre, puede convertirse en un hombre satisfecho y seguro de sí, y María Antonieta, desde que es madre, llegar a ser una mujer feliz, seria y concienzuda; está removido el gran obstáculo, asegurado y fortalecido el matrimonio. Los padres, la corte y todo el país pueden regocijarse y, en efecto, se regocijan abundantemente con fiestas y diversiones.

Una sola persona no está del todo contenta: María Teresa. Mediante aquella nieta, cierto que le parece mejorada la situación de su hija predilecta, pero aún no lo bastante consolidada. Como emperatriz, como política, piensa incesantemente, y ante todo. más allá de las dichas familiares, en el sostenimiento de la dinastía: «Necesitamos absolutamente un delfín, un heredero del trono». Lo mismo que una letanía, repite sin cesar a su hija la advertencia de que no siga ahora la costumbre del lit àpart, de que no se abandone a ninguna frivolidad. Como otra vez pasen meses y meses sin embarazo, la emperatriz se enoja realmente, al ver lo mal que aprovecha María Antonieta sus noches conyugales. «El rey se retira temprano y se levanta lo mismo; la reina hace todo lo contrario. ¿Cómo puede entonces esperarse nada bueno? Si no os veis más que de pasada, no hay que confiar en ningún auténtico resultado favorable.» Sus cartas son cada vez más vivas a insistentes. «Hasta ahora fui discreta, pero en adelante llegaré a ser inoportuna: sería un crimen no traer al mundo más hijos de esta raza.» Éste es el único acontecimiento del cual quiere tener noticias antes de su muerte: «Estoy llena de impaciencias; a mi edad, no puede esperarse ya mucho tiempo».

Pero no le será otorgada esta última alegría de ver un futuro rey de Francia de su sangre habsburguesa. El segundo embarazo de María Antonieta no llega a término; un violento movimiento al cerrar la ventanilla de su carroza es culpable de un mal parto, y antes de que nazca ese nieto tan apetecido a impacientemente deseado, antes siquiera que pueda ser esperado, fallece María Teresa, el 29 de noviembre de 1780, víctima de una pulmonía.

Dos deseos había mantenido hasta el fin de su existencia esta anciana señora, desengañada de la vida: el primero, ver un nieto nacido de su hija para heredar el trono de Francia, se lo negó el destino; pero el otro, no tener que presenciar cómo su hija favorita caía en la desgracia por sus locuras y ligerezas, el Dios de la piadosa mujer lo ha atendido.

Sólo un año después del fallecimiento de María Teresa trae al mundo su anhelado hijo varón María Antonieta; en consideración a los emocionantes incidentes del primer parto, esta vez fue suprimido el gran espectáculo de la alcoba de la parturienta; únicamente tienen acceso a ella los más próximos miembros de la familia. Esta vez el parto se desarrolla fácilmente. Sin embargo, cuando se llevan al recién nacido, la reina no tiene ya fuerzas para preguntar si es niño o si otra vez ha vuelto a tener una hija. Pero después se acerca el rey a su lecho; las lágrimas descienden por las mejillas de aquel hombre, en general tan cerrado a toda emoción, y anuncia con su sonora voz: «El señor delfín pide permiso para entrar». Entonces estalla la alegría general, son abiertas solemnemente ambas hojas de la puerta, y, en medio de las aclamaciones de toda la corte, el niño, recién lava do y envuelto en sus mantillas --el duque de Normandía-, es traído a la dichosa madre. Por fin, ahora pueden tener lugar todas las grandes ceremonias inherentes al nacimiento de un príncipe heredero. Otra vez es el hombre escogido por el destino para adversario de María Antonieta, el cardenal de Rohan, aquel que siempre, en las horas decisivas, se cruza en el camino de la reina, quien efectúa el bautizo; buscan un ama magnífica, la llamada desenfadadamente Madame Poitrine; atruenan los cañones, pronto tiene París noticia del acontecimiento, y otra vez comienzan, mucho más soberbios que cuando el nacimiento de la princesa, la serie de festejos. Todos los gremios envían a Versalles delegaciones acompañadas de músicos; nueve días dura el abigarrado desfile de las corporaciones, pues cada clase social tiene a gala saludar al recién nacido, futuro rey, de una manera especial. Los fumistas arrastran en triunfo toda una chimenea, en lo alto de la cual están sentados pequeños limpiachimeneas, que cantan alegres canciones; los carniceros van precedidos de un cebado buey; los portadores de sillas de mano llevan una dorada silla, en cuyo interior van dos muñecos que representan al ama y al delfín; los zapateros traen zapatitos de niño; los sastres, un uniforme en miniatura del futuro regimiento del delfín; los herreros, un yunque, en él cual golpean siguiendo un ritmo musical; pero los cerrajeros, que saben tener en el rey un aficionado a su oficio, se han esforzado especialmente: aportan una ingeniosa cerradura con secreto. y cuando Luis XVI la abre, con la curiosidad de un hombre del oficio, sale de dentro un pequeño delfín admirablemente trabajado en acero. Las señoras vendedoras del mercado público. las mismas que algunos años más tarde escarnecerán a la reina con las más groseras indecencias, vienen vestidas con solemnes trajes de seda negra y recitan alocuciones de La Harpe. En las iglesias se celebran oficios divinos; en el Ayuntamiento de París, los comerciantes organizan un gran banquete; está olvidado todo lo desagradable; la escasez, la guerra con Inglaterra. Por un instante, no hay ningún motivo de disgusto ni ningún descontento; hasta los futuros revolucionarios y republicanos gozan con el más bullicioso ultramonarquismo. El futuro presidente de los jacobinos, Collot d'Herbois, todavía entonces simple comerciante en Lyon, compone una poesía en honor de «la augusta princesa cuyas virtudes han conquistado todos los corazones»; él, futuro firmante de la sentencia de muerte de Luis Capeto, ruega fervorosamente al cielo:

Pour le bonheur des Français,

notre bon Louis seize

s'est allié pour jamais

au sang de Thérèse.

De cette heureuse union

sorts un beau rejeton.

Pour répandre en notre coeur

félicité parfaite,

conserve, ô ciel protecteur,

les jours d'Antoinette.

 

Aún está el pueblo unido a sus soberanos; este niño ha nacido aún para la alegría de todo el país, y su llegada es una fiesta general. En las esquinas de las calles aparecen violines y trompetas, resuenan músicas, se tocan instrumentos de cuerda, de viento, gaitas y chirimías, y hay canciones y danzas en todas las ciudades y aldeas. Todo el mundo ama, todo el mundo alaba al rey y a la reina, que por fin ha cumplido con su deber tan valientemente.

Ahora está, finalmente. roto el misterioso hechizo: dos veces más llega a ser madre María Antonieta; en 1785 da a luz su segundo hijo varón, el futuro Luis XVII, un niño sano y robusto, «un verdadero hijo de aldeano»; en el año 1786, su cuarto y último retoño, Sofía Beatriz, el cual, sin embargo, sólo alcanza la edad de once meses. Con la maternidad comienza la primera transformación de María Antonieta, aún no la decisiva, pero un principio de ella. Los embarazos le ordenan una privación de varios meses de sus insensatas diversiones; el delicado placer de jugar con sus hijos es bien pronto más atractivo para ella que los frívolos goces del tapete verde; su fuerte necesidad de ternura, hasta entonces malgastada en vanas coqueterías, ha encontrado por fin su empleo normal.

El camino para llegar a tener conciencia de sí misma se abre ante sus pasos. Esta bella mujer de ojos tiernos no necesita más que algunos años tranquilos y felices para apaciguarse por sí misma; huyendo del tumulto de la frivolidad, contemplará satisfecha cómo sus hijos se desarrollan y avanzan lentamente por la vida. Pero el destino no le dará tiempo para ello; precisamente cuando termina la inquietud de María Antonieta comienza la del mundo.

 

LA REINA SE HACE IMPOPULAR

La hora del nacimiento del delfín había significado el apogeo del poder de María Antonieta. Al dar un heredero a la Corona había llegado a ser reina por segunda vez. Una vez más, el júbilo mugiente de la multitud le había mostrado qué inagotable capital de amor y confianza, a pesar de todos los desengaños, había en el pueblo francés para su Casa reinante y con qué poco esfuerzo podría un soberano unir toda la nación a su persona. Ahora sólo necesitaba la reina dar el paso decisivo de Trianón a Versalles y París, dejar el mundo del rococó por el mundo real, su volandera sociedad por la nobleza y el pueblo, y todo estaría asegurado. Pero, una vez más, después de las horas difíciles, María Antonieta se vuelve hacia lo fácil y placentero; tras las fiestas populares comienzan otra vez las costosas y funestas de Trianón. Pero esta vez ha llegado a su fin la gran paciencia del pueblo; María Antonieta ha alcanzado la divisoria de su dicha. Desde ahora en adelante, las aguas corren hacia lo profundo en sentido opuesto.

Al principio no ocurre nada visible, nada sorprendente. Sólo que Versalles está más y más silencioso; que cada vez hay menos damas y caballeros en las grandes recepciones, y los pocos que acuden muestran cierta positiva frialdad en su saludo. Todavía guardan las formas; pero a causa de la forma y no de la reina. Aún inclinan la rodilla en tierra, aún besan cortésmente la mano regia ; pero ya no se disputan el favor de una conversación, las miradas siguen siendo sombrías a indiferentes. Cuando María Antonieta va al teatro, ya no se levanta precipitadamente, como antes, el público del patio y de los palcos; en la calle no resuena ahora el tanto tiempo grito familiar de «Vive la Reine!». Aún no se manifiesta, en todo caso, ninguna pública hostilidad: sólo que se ha perdido aquel calor que antes presentaba un alma favorable al obligado respeto: todavía se obedece a la soberana, pero ya no se aclama a la mujer. Sirven respetuosamente a la esposa del rey, pero ya no se afanan celosamente en torno a ella. No se contradice abiertamente a sus deseos, sino que se guarda silencio: el duro, maligno y astuto silencio de una conspiración.

El cuartel general de esta secreta conjura está repartido entre los cuatro o cinco palacios de la familia real: el de Luxemburgo, el Palais Royal, el de Bellevue y hasta el mismo Versalles, todos se han coligado en contra de Trianón, la residencia de la reina.

El coro de la malevolencia está dirigido por las tres viejas tías. No han olvidado todavía que la joven delfina ha huido de su escuela de malignidad y que la reina está muy por encima de Mesdames; enojadas porque no representan ya ningún papel, se han retirado al palacio de Bellevue. Allí, muy abandonadas y aburridas, permanecen en sus habitaciones durante los primeros años de triunfo de María Antonieta; nadie se preocupa de ellas, porque todas las atenciones se agitan y revolotean en torno a la joven y hechicera soberana, que tiene todo el poder entre sus ligeras y blancas manos. Pero cuanto más se va haciendo impopular María Antonieta con tanta mayor frecuencia se abren las puertas del palacio de Bellevue. Todas las damas que no han sido invitadas a Trianón, la despedida «Madame Etiqueta», los ministros dimitidos, las mujeres feas y que, por consiguiente, han seguido siendo virtuosas, los gentiles hombres retirados, los piratas de colocaciones que no han logrado presa, todos los que aborrecen el «nuevo orden de las cosas», que se duelen melancólicamente de la pérdida de la antigua tradición francesa, de la devoción y de las «buenas» costumbres, se dan cita en este salón de los menospreciados. La vivienda de las tías en Bellevue llega a ser una secreta botica de venenos, en la cual todos los rencorosos chismes de la corte, las más nuevas locuras de la «austriaca», los on dit acerca de sus aventuras galantes. son destilados gota a gota y conservados en frascos; aquí es donde se establece el gran arsenal de todas las maliciosas comadrerías, el mal afamado atelier des calomnies; aquí es donde se compone. se leen en voz alta y se ponen en circulación los mordaces couplets que resuenan después alegremente por Versalles; aquí es donde se reúnen, con intenciones aviesas y disimuladas, todos los que querrían que la rueda del tiempo girara otra vez hacia atrás, todos los vivientes cadáveres desengañados, destronados, sin cargo alguno, las larvas y momias de un mundo pasado, toda la acabada generación vieja, para vengarse de ser vieja y acabada. Pero el veneno de este almacena do odio no se dirige contra el «pobre y buen rey», a quien, hipócritamente, compadecen, sino sólo contra María Antonieta, la joven, deslumbrante y dichosa reina.

Más peligrosa que esta desdentada gente de ayer y anteayer, que ya no puede morder, sino sólo salpicar la baba, es la nueva generación, que nunca ha logrado todavía el poder y no quiere permanecer más tiempo en la oscuridad. Versalles, con su conducta exclusivista a indolente, se ha apartado tanto, irreflexiva mente, de la verdadera Francia, que ya no advierte siquiera las nuevas corrientes que agitan al país. Una burguesía inteligente acaba de abrir los ojos, se ha instruido acerca de sus derechos en las obras de Jean-Jacques Rous seau, mira en la vecina Inglaterra una democrática forma de gobierno; los que regresan de la guerra de la independencia norteamericana traen el mensaje de que existe un país extranjero en el cual la diferencia de casta y clases sociales ha sido suprimida por la idea de la igualdad y la libertad. Mas en Francia sólo ven estancamiento y decadencia, nacidos de la total incapacidad de la corte. Unánimemente, a la muerte de Luis XV, había esperado el pueblo que por fin estaría terminada entonces la vergüenza del gobierno de las maîtresses, el escándalo de las indignas protecciones; en lugar de ellas, reinan otra vez ahora las mujeres: María Antonieta y, detrás de ella, la Polignac. La burguesía ilustrada ve con creciente amargura cómo se descompone el poder político de Francia, cómo crecen las deudas, cómo decaen el ejército y la armada; se pierden las colonias, mientras que, todo alrededor, los otros Estados se desarrollan activamente; y en dilatados círculos de opinión crece el deseo de poner fin a esta desorganización indolente.

Este mal humor, siempre creciente, de los auténticos patriotas y de los que conciben el sentimiento de lo nacional, se dirige principalmente -y no sin razón- contra María Antonieta. Incapaz y sin deseos de adoptar una verdadera resolución, el Rey -eso lo sabe todo el país- no significa nada como soberano; únicamente es todopoderoso el influjo de la reina. Ahora bien, María Antonieta habría tenido ante sí dos posibilidades: o tomar seria, activa y enérgicamente, lo mismo que su madre, los asuntos del gobierno, o separarse totalmente de ellos. El grupo austríaco intenta sin cesar impulsarla hacia la política, pero es en vano, porque para reinar o correinar habría que leer a diario, de un modo constante, papeles y documentos durante algunas horas; pero a la reina no le gusta leer. Habría que escuchar los informes de los ministros y reflexionar sobre ellos, y a María Antonieta no le gusta pensar. Ya sólo el escuchar significa para su espíritu volandero un severo esfuerzo. «Apenas oye cuando se le dice algo -se queja a Viena el embajador Mercy-, y casi nunca existe la posibilidad de tratar con ella de ningún asunto serio a importante o de atraer su atención hacia una cuestión trascendental. La sed de placeres ejerce sobre ella un poder misterioso.» En las circunstancias más favorables, cuando el embajador la estrecha muy vivamente con un encargo de su madre o de su hermano, responde la reina algunas veces: «Dígame usted lo que debo hacer y lo haré», y, en efecto, va a exponérselo al rey. Pero al día siguiente su inconstancia ha hecho que se olvide de todo, su intervención no va más allá de «ciertos impacientes impulsos» y, finalmente, Kaunitz, en la corte de Viena, acaba por resignarse. «No contemos jamás con ella para nada. Contentémonos con obtener, como de un mal pagador, lo que buenamente pueda obtenerse.» Hay que conformarse, le escribe a Mercy, ya que tampoco en otras cortes las mujeres intervienen en la política.

Pero ¡si, por lo menos, renunciara realmente a tomar en sus manos e l timón del Estado! Entonces, siquiera, se habría conservado sin culpa ni responsabilidad. Pero, impulsada por la pandilla de los Polignac, se mezcla constantemente en la política tan pronto como hay que proveer un puesto de ministro, una plaza de gobenación del Estado: hace lo más peligroso que se puede hacer: habla de todo sin conocer, ni del modo más remoto, la materia; actúa como diletante y decide en un punto las cuestiones más capitales; malgasta exclusivamente en provecho de sus favoritos el poder enorme que ejerce sobre el rey.

«Cuando se trata de cosas serias -se lamenta Mercy-, al instante se siente acobardada a incierta en sus gestiones; pero cuando va impulsada por su sociedad pérfida a intrigante, hace todo lo preciso para cumplir los deseos de aquella gente.» «Nada ha contribuido más a suscitar el odio contra la reina -observa el ministro Saint-Priest- que estas intervenciones intermitentes y estos nombramientos injustos de protegidos suyos.» Pues como a los ojos de la burguesía es ella la que dirige los asuntos del Estado; como todos estos generales, embajadores y ministros colocados por ella no se acreditan capaces, el sistema de esta autocracia arbitraria sufre completo naufragio, y como Francia, con una velocidad cada vez mayor de torrente desbordado, camina hacia la bancarrota financiera, toda la culpa cae sobre la reina, del todo inconsciente de su responsabilidad. (¡Ay, si ella no ha hecho sino ayudar a algunas gentes simpáticas!) Todo lo que en Francia desea el progreso, un orden nuevo, justicia y actividad creadora, lanza censuras, se enoja y pronuncia amenazas contra esta despreocupada dilapidadora, contra la eternamente alegre castellana de Trianón, la cual sacrifica loca y neciamente el amor y bienestar de veinte millones de seres a una orgullosa pandilla de veinte damas y caballeros.

Este gran descontento de todos aquellos que ansían un nuevo sistema, un orden mejor, una distribución más razonable de las responsabilidades, ha carecido durante largo tiempo de un punto de enlace. Por último to encuentra en una casa y en un hombre.

También este amargado adversario lleva sangre real en sus venas; lo mismo que la reacción en el palacio de las tías, en Bellevue, se reúnen los revolucionarios en el Palais Royal, bajo la égida del duque de Orleans: desde dos frentes, se abre al mismo tiempo, en sentido totalmente opuesto. la guerra contra María Antonieta. De un natural más bien destinado al goce que a la ambición. mujeriego, jugador, disipado y elegante, sin nada de inteligencia y, en realidad, tampoco depravado, este aristócrata, de un carácter en absoluto vulgar y corriente, posee todas las debilidades propias de una naturaleza sin poder creador: vanidad, puesta sólo en exterioridades. Y María Antonieta ha ofendido personalmente esta vanidad al bromear libremente sobre las empresas militares de su primo y al impedir que le fuera adjudicado el cargo de gran almirante de Francia. El duque de Orleans, gravemente molesto, recoge el guante; como descendiente de una rama de la familia real igualmente antigua que la reinante, como hombre enormemente rico a independiente, no le intimida, en el Parlamento, hacer una obstinada oposición al rey y tratar abiertamente como a un enemigo a la reina. En su persona han encontrado, por fin, los descontentos, el anhelado jefe. Quien quiere alzarse contra los Habsburgos y al rama soberana de los Borbones, quien considera anticuada y opreso ra la ilimitada autocracia real, quien exige para Francia un nuevo orden de cosas razonables y democráticas, se mueve desde ahora en adelante bajo la protección del duque de Orleans. En el Palais Royal, en realidad, el primer club de la Revolución, aunque protegido aún por un príncipe, se reúnen todas las gentes de nuevas ideas: liberales, constitucionalistas, volterianos, filántropos, francmasones: a éstos se juntan los elementos descontentos, los cargados de deudas, los aristócratas dejados a un lado por la reina, los burgueses cultos que no obtienen ningún cargo, los abogados sin trabajo, los demagogos y los periodistas, todas aquellas fuerzas, fermentantes y desbordantes de vida, que más tarde compondrán, todas juntas, las tropas de asalto de la Revolución. Bajo la dirección de un jefe débil y vanidoso. se prepara y organiza el más poderoso ejército espiritual con el cual ha conquistado Francia su libertad. Aún no se ha dado la señal de ataque. Pero todos conocen el objetivo y saben el santo y seña. ¡Contra el rey! Y más aún: ¡Contra la reina! Entre estos dos grupos rivales, los revolucionarios y los reaccionarios. se mantiene aislado el enemigo de la reina acaso más peligroso y funesto. el propio hermano de su marido, Monsieur Estanislao Javier. conde de Provenza, más tarde el rey Luis XVIII.

Solapado y tenebroso, intrigante y cauto, no se liga, para no comprometerse demasiado pronto, con ninguno de los grupos mencionados; oscila de derecha a izquierda, esperando que el destino le revele su auténtica hora. Ve sin disgusto las dificultades crecientes, pero se guarda muy bien de criticarlas en público; como un negro y silencioso topo, excava subterráneamente sus galerías y espera la hora en que la posición de su hermano esté lo suficientemente desquiciada. Pues sólo si Luis XVI y Luis XVII dejan el campo libre puede, por fin, llegar a ser rey Estanislao Javier, conde de Provenza, bajo el nombre de Luis XVIII, meta de su ambición, secretamente sustentada desde su infancia. Ya una vez se había entregado a la justificada esperanza de ser regente y legítimo sucesor de su hermano; los siete años trágicos en que permaneció estéril el matrimonio de Luis XVI a causa del ominoso obstáculo habían sido para su impaciente ambición las siete vacas gordas de la Biblia. Pero después vino el desaforado golpe contra sus embarazadas esperanzas hereditarias; cuando María Antonieta dio a luz una niña, él dio suelta, en una carta al rey de Suecia, a esta dolorosa confesión: «No me oculto a mí mismo que el suceso me ha conmovido muy sensiblemente... En lo exterior, me hice muy pronto dueño de mí mismo y he seguido la misma conducta de antes, en todo caso sin expresar una alegría que hubiera sido tenida por falsa, como en realidad lo habría sido... En lo interior me fue más difícil salir triunfador. A veces aún se me subleva el sentimiento, pero confío en mantenerlo a raya si no puedo vencerlo por completo».

El nacimiento del delfín destroza después completamente sus últimos sueños de heredar el trono. Ahora queda cerrado para él el camino recto y tiene que recorrer aquellos otros, tortuosos a hipócritas, que finalmente -claro que sólo al cabo de treinta años- han de conducirle a la anhelada cima. La oposición del conde de Provenza no es, como la del duque de Orleans, una franca llama de odio, sino un fuego de envidia que arde lentamente bajo el disfraz de la ceniza; mientras María Antonieta y Luis XVI conservaron indisputado en sus manos el poder, el secreto pretendiente de la corona se mantiene frío y silencioso, sin manifestar públicamente ni la menor pretensión; sólo con la Revolución comienzan sus sospechosas idas y venidas, las extrañas conferencias del palacio de Luxemburgo. Pero apenas ha logrado salvarse felizmente al otro lado de la frontera, cava valientemente, con sus provocativas proclamas, las tumbas de su hermano, de su cuñada y de su sobrino, en la esperanza -en efecto realizada- de encontrar en sus ataúdes la anhelada corona.

El conde de Provenza ¿ha hecho todavía algo más? ¿Fue aún más mefistofélico su papel, como tanta gente lo afirma? En su ambición de pretendiente, ¿fue, en realidad, hasta tan lejos que él mismo haya hecho imprimir y circular folletos contra el honor de su cuñada? En realidad, ¿ha vuelto a hundir a aquel desgraciado niño, Luis XVII, secretamente salvado del Temple, en un oscuro destino anónimo, aún hoy no del todo aclarado, mediante un robo de documentos? Muchas cosas en su conducta dan lugar a las más extremas sospechas, pues inmediatamente después de su elevación al trono, el rey Luis XVII rescató a precio de oro o con burda violencia, o por lo menos las hizo destruir, numerosas cartas que en otro tiempo había escrito el conde de Provenza. Y el que no osara hacer sepultar como Luis XVII al niño muerto en el Temple, ¿qué significaría sino que el mismo Luis XVIII no creía en la muerte de Luis XVII, sino en la real sustitución de un niño ajeno? Pero este hombre obstinado y tenebroso supo muy bien guardar silencio y ocultarse; hoy en día, las subterráneas galerías con las cuales fue minando su camino hasta llegar al trono de Francia están atascadas de tierra desde hace mucho tiempo. No se sabe más que una cosa: hasta entre sus más encarnizados adversarios, la reina María Antonieta no tenía ningún enemigo más peligroso que este hombre complejo a impenetrable.

Al cabo de diez años de poder malgastados y disipados, María Antonieta se halla ya cercada por todas partes: en 1785, el odio está ya a punto de producir sus frutos. Todos los grupos hostiles a la reina -abarcan casi toda la nobleza y la mitad de la burguesía- han ocupado ya sus posiciones y sólo esperan la señal de ataque. Pero aún es demasiado fuerte la autoridad del poder hereditario; aún no se ha acordado ningún plan preciso. Sólo conversaciones en voz baja, cuchicheos, zumbidos y silbidos de flechas finamente emplumadas se perciben en Versalles; cada una de ellas lleva en su punta una gota de aretinesco veneno, y todas ellas, volando por encima del rey, apuntan a la reina. Hojillas impresas o manuscritas circulan de mano en mano, pasándoselas por debajo de la mesa, y son rápidamente escondidas en la casaca tan pronto como se oye un paso desconocido.

En las librerías del Palais Royal, muy distinguidos señores de la nobleza, que ostentan la cruz de San Luis y hebillas de diamantes en los zapatos, se hacen llevar por el vendedor a la trastienda, el cual, allí, después de haber atrancado cuidadosamente la puerta, saca de cualquier polvoriento escondrijo, entre libracos viejos, el último libelo contra la reina, aparentemente traído de contrabando de Londres o Amsterdam, pero el cual, en realidad, por su impresión asombrosamente reciente, está casi húmedo y hace sospechar que acaso haya sido impreso en la misma casa, en el Palais Royal, que pertenece al duque de Orleans, o en el de Luxemburgo. Sin vacilar, la clientela distinguida paga a menudo más monedas de oro por estos folletos que hojas se contienen en ellos; a veces, éstas no son más que diez o veinte, pero, en cambio, están abundantemente ornadas de lascivos grabados en cobre y salpimentadas de maliciosas bromas. Uno de tales licenciosos libelos infamatorios es el presente favorito que se puede ofrecer a una noble amante, a una de aquellas damas a quienes María Antonieta no hace el honor de invitar a Trianón; un regalo tan pérfido las alegra más que un anillo precioso o un abanico. Compuestos por un desconocido versificador, impresos por manos secretas, esparcidos por manos que no se dejan sorprender, estos difamatorios escritos contra la reina revolotean como murciélagos a través de las verjas del parque de Versalles y penetran en los boudoirs de las damas y en los palacios de provincia; pero si el teniente de Policía quiere perseguirlos se siente de repente paralizado por fuerzas invisibles. Por todas partes se deslizan estos impresos: la reina los encuentra en la mesa de comer, bajo su servilleta; el rey, en su escritorio, en medio de los documentos; en el palco de la reina, delante de su asiento, está clavada en el terciopelo, con un alfiler, una maligna poesía, y por la noche, si se asoma a su ventana, oye las escarnecidas coplas que desde hace mucho tiempo ruedan por todas las bocas y que comienzan con esta pregunta:

Chacun se demande tout bas:

Le Roi peut-il? Ne peut-il pas?

La triste Reine en désespère...

 

Las cuales, después de particularidades eróticas, terminan con una amenaza:

Petite Reine de vingt ans

qui traitez aussi mal les gens,

vous repasserez en Bavière.

 

Estos libelos y polissonneries de la primera época son, en todo caso, aún muy discretos en comparación con los que han de venir más tarde; más bien son maliciosos que malignos. Las flechas sólo están aún empapadas en lejía y no en veneno; están destinadas más bien a picar y a enojar que a herir mortalmente. Sólo desde la hora en que la reina se encuentra encinta y este inesperado acontecimiento enoja del modo más profundo en la corte a los diversos pretendientes, se agudiza sensiblemente su tono. Precisamente ahora, cuando ya no es verdad, comienzan todos, intencionadamente y en voz alta, a escarnecer al rey como impotente y a la reina como adúltera, para desde el principio -ya se sospecha en favor de qué intereses -, colocar en posición de bastardía la eventual descendencia.

Especialmente desde el nacimiento del delfín, el indiscutible y legítimo heredero del trono, se dispara con bala rasa sobre María Antonieta desde aquellos ocultos y escondidos escondrijos. Sus amigas, la Lamballe y Polignac, son puestas en la picota como ejercitadas maestras en amorosos servicios lesbios: María Antonieta. como una erotómana insaciable y perversa; el rey, como un pobre cornudo; el delfín, como bastardo; sirva como ejemplo la copla que saltaba entonces, de labio en labio, alegremente:

Louis, si tu veux voir

bâtard, cocu, putain,

regarde ton miroir,

la Reine et le Dauphin.

 

En 1785, el concierto de calumnias se halla ya en su apogeo; está marcado el compás, suministrada la letra. La Revolución sólo necesita después gritar en voz alta por las calles lo que había sido imaginado y versificado en los salones para llevar a Maria Antonieta ante el Tribunal. Los auténticos motivos de la acusación los ha dictado la corte, y la cuchilla que cae sobre la nuca de la reina ha sido puesta en los rudos puños del verdugo por unas manos aristócratas, delgadas, finas y llenas de anillos.

¿Quién redacta estos escritos, mortales para la honra de la reina? Eso es realmente una cuestión accesoria, pues los poetastros que componen esas coplejas realizan, en general, sin intención su trabajo y sin sospechar su alcance. Laboran para fines ajenos y por dinero cuya procedencia ignoran. Cuando, en los tiempos del Renacimiento, un señor distinguido quería deshacerse de alguien que lo incomodaba, compraba, por una bolsa llena de oro, un puñal o encargaba un veneno. El siglo XVIII, vuelto filantrópico, utiliza más refinados métodos. Ya no se compran puñales, sino una pluma contra los adversarios políticos; ya no se libra uno corporalmente, sino moralmente, de sus enemigos políticos; se los mata con el ridículo. Felizmente, hacia 1780 se obtienen prestadas por muy poco dinero hasta las mejores plumas. A Beaumarchais, autor de inmortales comedias; a Brissot, el futuro tribuno; a Mirabeau, el genio de la libertad; a Choderlos de Laclos, todos los grandes hombres, por estar relegados a último término, se pueden comprar a muy bajo precio, a pesar de su genio. Y detrás de estos geniales libelistas esperan otros centenares, más groseros y ordinarios, con uñas sucias y vacíos estómagos, siempre dispuestos a escribir todo to que se desee de ellos: miel o veneno, poesías epitalámicas o pasquinadas, himnos o libelos, escritos largos o cortos, mordientes o tiernos, políticos o impolíticos, tal como el señor lo desee. Si fuera de eso se posee, además, osadía y habilidad, con tales encarguillos se puede ganar dos o tres veces. Primeramente hace uno que la persona que lo ha encargado y que desea conservar el incógnito le pague el escrito infamatorio contra la Pompadour, la Du Barry, y ahora contra María Antonieta; después se denuncia secretamente a la corte que tal escrito vergonzoso se encuentra en Amsterdam o Londres, dispuesto para la imprenta, y a cambio de que se ayude a impedir la publicación se recibe dinero del cajero de la corte o del teniente de Policía. Y en tercer lugar se gana también dinero con la triple malicia -así procedía Beaumarchais- de reservar uno o dos ejemplares de la edición, en apariencia plenamente desaparecida, a pesar del juramento y palabra de honor, y amenazar con volver a imprimir la obrilla, modificada o sin modificar; divertida broma que en Viena, con María Teresa, le proporciona quince días de prisión a su genial inventor, pero que en el timorato Versalles le produce mil luises de oro de indemnización y, más tarde, setenta mil libras más. Pronto circula la noticia entre plumistas chafallones: los libelos contra María Antonieta son, en aquel momento, el negocio más lucrativo y, al mismo tiempo, no muy peligroso; así, la funesta moda sigue extendiéndose alegremente. El silencio y la charlatanería, el negocio y la ordinariez, el odio y la codicia, colaboran bien y fielmente en el encargo y la difusión de estos escritos. Y bien pronto sus esfuerzos reunidos han alcanzado el apetecido fin: hacer realmente odiada en toda Francia a María Antonieta como mujer y como reina.

María Antonieta percibe claramente a sus espaldas este maligno poder; conoce los escritos vejatorios y adivina también quiénes son sus inspiradores. Pero su desenvoltura, su innato a ineducable orgullo habsburgués tienen por más animoso despreciar el peligro que salir a su encuentro cauta y prudentemente. Despreciativa, se sacude de su vestido estas salpicaduras. «Nos encontramos en una época de chansons satíricas -escribe a su madre con despreocupada mano-; las componen sobre todas las personas de la corte, hombres y mujeres, y la ligereza francesa ni ante el rey se ha detenido. En lo que a mí toca, tampoco he sido perdonada.» Eso es todo; aparentemente, no hay más enojo ni más rencor. ¿En qué puede dañarla que un par de moscones vengan a posarse en su traje? Bajo la coraza de su dignidad real se cree invulnerable para las flechas de papel. Pero olvida que una sola gota de este diabólico veneno de la calumnia, una vez penetrado en el torrente sanguíneo de la opinión pública, puede producir una fiebre ante la cual, más tarde, hasta los médicos más sabios permanecerán impotentes. Sonriente y ligera, María Antonieta pasa al lado del peligro. Las palabras no son para ella más que briznas en el viento. Para despertarla tiene que venir una tempestad.

 

UN RAYO EN EL TEATRO ROCOCÓ

Las primeras semanas de agosto de 1785 encuentran a la reina extraordinariamente ocupada, pero no porque la situación política se haya hecho especialmente dificultosa y el levantamiento de los Países Bajos someta a la más peligrosa prueba a la alianza franco-austriaca; como siempre, a María Antonieta sigue pareciéndole más importante su teatro rococó en Trianón que la dramática escena del mundo. Su desacostumbrada excitación procede exclusivamente, esta vez, de una nueva primera representación. Están impacientes ella y sus amigos por ejecutar en el teatro del palacio El barbero de Sevilla, la comedia del señor de Beaumarchais. Y ¡qué selecto reparto viene a dignificar los profanos papeles! El conde de Artois, en su propia altísima persona, debe encamar a Fígaro; Vaudreuil, al conde, y la reina, a la alegre Rosina.

¿El señor de Beaumarchais? ¿No será acaso aquel mismo señor Caron, bien conocido de la Policía, que hace diez años fingió descubrir y llegó a presentarle a la amargada emperatriz María Teresa aquel infame folleto «Avis important á la branche espagnole sur ses droits à la couronne de France» que proclamaba altamente ante el mundo entero la impotencia de Luis XVI, el cual, en realidad, había sido escrito por él mismo? ¿Aquel a quien la madre de la reina ha llamado fripon y tunante, y Luis XVI loco y mauvais sujet? ¿El mismo que en Viena ha sido encarcelado, por mandato imperial, como manifiesto estafador y que en la prisión de Saint-Lazare ha recibido, a su ingreso, el entonces usual tratamiento de azotes? Sí, precisamente el mismo. Tan pronto como se trata de su placer, María Antonieta tiene una memoria espantosamente corta. y Kaunitz, en Viena, no exagera nada cuando dice que sus locuras no hacen más que crecer y embellecerse (croîte et embellir). Pues no es sólo que este infatigable y, al mismo tiempo, genial aventurero haya escarnecido a la reina a irritado a la emperatriz. su madre, sino que, además, el nombre de este autor de comedias va unido a la más espantosa burla que jamás se haya hecho a la autoridad real. La historia de la literatura, lo mismo que la Historia Universal, recuerdan todavía, al cabo de ciento cincuenta años, aquella lamentable derrota infligida a un rey por un poeta; sólo la propia esposa, pasados cuatro años, la ha olvidado ya por completo. En 1781, la censura, con prudente olfato, había adivinado que la nueva comedia de este poeta, Le mariage de Figaro, olía peligrosamente a pólvora y que, inflamado en una velada el ardiente humor de un público dispuesto a armar escándalo, podía hacer saltar por los aires todo el antiguo régimen; unánimemente, el Consejo de Ministros prohibió la representación. Pero Beaumarchais, incomparablemente ágil siempre y cuando se trata de su gloria o, más aún, de su dinero, encuentra cien caminos para conseguir que vuelva a tratarse de su obra una y otra vez; por último logra que le sea leída al propio rey, cuya decisión debe ser la última y definitiva. Por muy torpe que sea este buen hombre con corona, no es lo bastante limitado para desconocer lo que hay de sedicioso en esta encantadora comedia. «Este autor se mofa de todas las cosas que hay que respetar en un Estado», gruñe con despecho. «Por tanto, ¿no será representada?» , pregunta con desilusión la reina, para la cual un estreno interesante es más importante que el bien del Estado. «No, resueltamente no -responde Luis XVI-; puedes estar segura de ello.» Con esto parece quedar pronunciada la sentencia de la obra; el rey cristianísimo, el monarca absoluto de Francia desea no ver representada Las bodas de Fígaro en su teatro, el Théâtre Français; no hay discusión posible sobre ello. El asunto está resuelto para el rey. Pero en modo alguno lo está para Beaumarchais. Éste no piensa en arriar velas; conoce demasiado bien que la cabeza regia no tiene poder más que en las monedas y documentos oficiales, pero que, en realidad, sobre el rey reina la reina, y sobre la reina, los Polignac. Por tanto, ¡vayamos a esta suprema instancia! Beaumarchais lee diligentemente en todos los salones su obra -la cual, con la prohibición, se ha puesto de moda-, y con aquel misterioso impulso hacia la autodestrucción, que es tan característico de todas las sociedades degeneradas, la nobleza alaba, encantada, la comedia; en primer lugar, porque se ve escarnecida en ella, y en segundo, porque Luis XVI la ha encontrado inconveniente. Vaudreuil, el amante de la Polignac, tiene la osadía de hacer representar la obra prohibida por el rey en el teatro de su casa de campo; pero aún no basta con esto; es preciso que el rey deje de tener oficialmente razón y la tenga Beaumarchais; la comedia tiene que ser representada en el propio teatro del rey, que la ha prohibido, y precisamente por la razón de haberla prohibido. Secretamente, y según todas las probabilidades con cono cimiento de la reina, para la cual una sonrisa de su Polignac es más importante que toda la autoridad de su esposo, reciben orden los cómicos de estudiar sus papeles; ya están repartidas las localidades, ya se agolpan los carruajes delante de las puertas del teatro, cuando, en el último momento, medita el rey en su dignidad amenazada. Ha prohibido representar la obra; se trata ahora de su autoridad. Una hora antes del comienzo impide Luis XVI la representación mediante una lettre de cachet. Se apagan las luces; los carruajes tienen que regresar a casa.

Nuevamente parece terminado el asunto. Pero la descarada camarilla de la reina se divierte ahora en demostrar que su poder, estando unida, es mayor que el de una cabeza coronada sin carácter. El conde de Artois y María Antonieta son enviados por delante para insistir cerca del rey; como siempre, el hombre sin voluntad se doblega tan pronto como su mujer exige algo de él. Para cubrir su derrota sólo pide algunas variaciones en los pasajes más provocativos, justamente aquellos que, en realidad, todo el mundo sabe de memoria desde hace mucho tiempo. La representación de Las bodas de Fígaro en el Théâtre Français es fijada para el 27 de abril de 1784; Beaumarchais ha triunfado sobre Luis XVI. El que el rey haya querido prohibir la representación y expresado su esperanza de que la obra tenga mal éxito convierte en sensacional la velada para los aristócratas frondeurs. La aglomeración es tan grande que son rotas las puertas y destrozadas las barras de hierro de la entrada; con frenéticos aplausos recibe la vieja sociedad aquella obra que, moralmente, le da el golpe mortal. y estos aplausos son, sin que ella lo sospeche, los primeros movimientos públicos del levantamiento, los relámpagos de la Revolución.

Una mínima idea de decoro. de tacto, de razón, tendría que haber ordenado a María Antonieta, dadas las circunstancias, que se mantuviera apartada de toda comedia de este señor Beaumarchais. Precisamente este señor Beaumarchais. que ha manchado descaradamente con su tinta el honor de la reina y que ha puesto en ridículo al rey delante de todo París, no debería poder alabarse de haber visto personificada una de sus figuras de teatro por la hija de María Teresa y esposa de Luis XVI, cuando ambos lo han hecho prender a él por bribón. Pero summa lex: instancia suprema para aquella reina mundana: el señor de Beaumarchais, después de su victoria sobre el rey, es la gran moda de París, y la reina obedece a la moda. ¡Qué importan el honor y las conveniencias si se trata sólo de teatro! Y además, ¡qué delicioso papel el de aquella pícara muchacha! ¿Cómo dice el texto? «Imaginaos la más linda y deliciosa criatura: dulce, tierna, cortés, fresca y apetitosa; pie furtivo; talle esbelto, ágil; brazos regordetes, boca de rosa y ¡unas manos!, ¡unas mejillas!, ¡unos dientes!, ¡unos ojos!...» ¿Le es lícito realmente a ninguna otra -¿quién tiene manos tan blancas y brazos tan suaves?- representar este papel encantador sino a la reina de Francia y de Navarra? Por tanto, ¡fuera toda consideración y miramiento! Que venga el excelente Dazincourt de la Comédie Française para que enseñe a moverse de modo realmente gracioso a aquellos nobles aficionados y que le encarguen a mademoiselle Bertin los más lindos vestidos. Hay que divertirse una vez más todo lo posible y no pensar eternamente en la animosidad de la corte. las malicias de los queridos parientes y las tontas contrariedades de la política. Todos los días está ahora ocupada María Antonieta con esta comedia, en su delicioso teatrillo blanco y dorado, sin sospechar que ya se está alzando el telón para representar otra comedia, en la cual está llamada a desempeñar el papel principal, sin saberlo ni quererlo.

Los ensayos del Barbero de Sevilla tocan a su fin. María Antonieta está cada vez más inquieta y ocupada. ¿Parecerá realmente bastante joven y bastante bonita para hacer de Rosina? El parterre de amigos invitados, tan exigente y mal acostumbrado, ¿no le hará el reproche de tener poca soltura y naturalidad y de parecer más bien una diletante que una cómica? Verdaderamente, está llena de escrúpulos; singulares escrúpulos de una reina. Y ¿por qué no acaba de venir hoy madame Campan, con la cual debe ensayar su papel? ¡Por fin, por fin aparece! Pero ¿qué ocurre? ¡Parece tan extrañamente excitada! En el día de ayer, el joyero de la corte, Boehmer, se ha presentado en su casa totalmente consternado -acaba por balbucear la dama-, para pedir inmediatamente una audiencia a la reina. Aquel judío sajón le ha contado una historia totalmente loca y embrollada; según su relato, la reina había hecho comprar secretamente en casa del joyero, algunos meses antes, cierto célebre y magnífico collar de diamantes, concertando el pago a plazos. Pero hace ya mucho tiempo que está vencido el término del primero y no le ha sido pagado ni un ducado. Sus acreedores le apremian, y necesita en seguida su dinero.

¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué diamantes? ¿Qué collar? ¿Qué dinero? ¿Qué plazos? Al pronto, la reina no comprende ni palabra. Por fin recuerda que conoce, naturalmente, el grande y precioso collar que han labrado con tan perfecto gusto los dos joyeros de la corte, Boehmer y Bassenge. Se lo han ofrecido varias veces en un millón seiscientas mil libras; ¡claro que le habría gustado poseer esta joya magnífica! Pero los ministros no dan dinero para ello; hablan siempre de déficit. ¿Cómo pueden, pues, estos embusteros afirmar que lo han adquirido para ella y hasta a plazos y en secreto y que les debe, además, dinero? Tiene que haber una loca confusión. En todo caso, se acuerda ahora la reina. hará cosa de una semana que ha recibido de estos joyeros una carta singular en la que le daban las gracias por algo y le hablaban de una alhaja preciosa. ¿Dónde está la carta? ¡Ah, es verdad: la ha quemado. No suele leer nunca detenidamente las cartas. y también esta vez ha destruido al instante aquella respetuosa a incomprensible faramalla. Pero ¿qué quieren, en realidad, de ella? María Antonieta hace al instante que su secretario le dirija una carta a Boehmer. En todo caso, no lo cita ya para el día siguiente, sino para el 9 de agosto.

¡Dios mío!, el asunto de ese loco no corre tanta prisa, y la reina necesita de toda su atención para los ensayos del Barbero de Sevilla.

El 9 de agosto, pálido, excitado, se presenta Boehmer, el joyero. La historia que refiere es completamente incomprensible. Al principio, la reina cree tener en su presencia a un loco. Cierta condesa Valois, la amiga íntima de la reina -«¿Cómo? ¿Amiga mía? No he recibido jamás a una dama de ese nombre»-, ha examinado aquella alhaja en casa del joyero, declarando que la reina quiere comprarla en secreto. Y Su Eminencia, monseñor el cardenal de Rohan -«¿Qué? ¿Ese repugnante sujeto con el cual no he cambiado jamás una palabra?»-, ha recibido la joya por encargo de Su Majestad.

Por insensato que parezca todo ello, algo tiene que haber de verdad en el asunto, pues el sudor brota de la frente de este pobre hombre y tiembla de la cabeza a los pies. También la reina tiembla de furor al saber el villano abuso que aquellos desconocidos bribones han hecho de su nombre. Ordena al joyero inmediatamente que redacte por escrito una detallada exposición de todo el asunto. El 12 de agosto tiene en sus manos este fantástico documento, que todavía se encuentra hoy en los archivos. María Antonieta cree soñar. Va leyendo, y su enojo y su furia crecen de línea en línea: tal impostura carece de precedentes. Hay que hacer un castigo ejemplar. Por el momento no da cuenta de ello a ningún ministro, no se aconseja con ninguno de la familia; únicamente le confía al rey todo el asunto, el 14 de agosto, solicitando que defienda su honor.

Más tarde sabrá María Antonieta que habría hecho mejor meditando cuidadosamente sobre este embrollado asunto, lleno de confusos escondrijos. Pero, en lo fundamental, el reflexionar, el hacer un examen serio de las cosas, no ha figurado nunca entre las notas características de este temperamento dominante a impaciente, y menos que nunca cuando se halla ya excitado el resorte fundamental de su ser: su impulsivo orgullo.

En su falta de dominio, la reina no ve, al principio, en todo este escrito acusatorio más que un solo y único nombre: el del cardenal Luis de Rohan, a quien, con toda la violencia de su no dominado corazón, detesta implacablemente desde hace años y a quien atribuye irreflexivamente todas las ligerezas y todas las infamias. En realidad, este mundano y noble sacerdote no le hizo jamás daño alguno; hasta fue aquel que, cuando la entra da en Francia de la reina, le dio la bienvenida a la puerta de la catedral de Estrasburgo de un modo harto encomiástico. Bautizó a los hijos de la reina y ha buscado todas las posibles ocasiones para acercarse a ella amistosamente. Hasta en lo más profundo de su ser no existe oposición alguna entre sus dos naturalezas; por el contrario, este cardenal de Rohan es realmente una copia masculina del carácter de María Antonieta; igualmente frívolo, igualmente superficial y gastador, y tan negligente en cuanto a sus deberes religiosos como ella respecto a sus deberes regios; un clérigo mundano, lo mismo que ella es una soberana mundana; obispo del rococó, lo mismo que ella es reina del rococó. Habría concertado excelentemente con las gentes del Trianón, dadas sus maneras cuidadas, su espiritual aburrimiento, su ilimitada prodigalidad, y probablemente se habrían entendido a las mil maravillas el cardenal elegante, bello, ligero, gratamente veleidoso, y la reina coqueta, bonita, jugadora y gozadora de la vida. Sólo una casualidad los convirtió en adversarios, pero ¡con cuánta frecuencia aquellos que, en el fondo, son entre sí muy semejantes se convierten en los más encarnizados enemigos! Propiamente, María Teresa fue quien actuó de cuña para apartar a Rohan y María Antonieta; el odio de la reina es herencia materna, un odio contagioso, nacido de la persuasión. Antes de ser cardenal de Estrasburgo, Luis de Rohan había sido embajador en Viena; allí había sabido atraer hacia sí el ilimitado enojo de la vieja emperatriz. Esperaba ella un diplomático y encontró frente a sí un presumido charlatán. La escasa capacidad intelectual del cardenal la habría aceptado gustosa María Teresa, porque la simplicidad del enviado de una potencia extranjera significaba un buen elemento en favor de su propia política. También habría dispensado el fausto de que se rodeaba el cardenal, aunque la enojara fuertemente que este vano siervo de Jesús hubiera entrado en Viena con dos carrozas de gala, cada una de las cuales costaba cuarenta mil ducados; una gran caballeriza, camareros y ayudas de cámara, guardias y lectores, maestros de ceremonias y de casa y corte, un abigarrado bosque de plumachos a innumerables sirvientes con libreas de seda verde: lujo que dejaba insolentemente en la sombra el de la corte imperial. Pero en dos clases de cuestiones es inexorable la vieja emperatriz: en lo que toca a la religión y en to que se refiere a las buenas costumbres no es posible bromear con ella. El espectáculo de un servidor de Dios que deja sus sagrados hábitos para irse, vestido de cazador, rodeado de admiradoras, a matar en un solo día ciento treinta piezas de caza provoca en esta mujer piadosa ilimitada indignación, la cual asciende hasta el furor tan pronto como observa que aquella libre, frívola y dispendiosa conducta, en vez de escandalizar, encuentra en Viena general aprobación, ¡en su Viena, la ciudad de los jesuitas y de las comisiones de costumbres! Toda la nobleza, a quien la económica y austera manera de ser de la cone de Schoenbrunn aprieta la gorguera, respira libremente en compañía de este noble y elegante fanfarrón; ante todo, las señoras, a quienes la severidad de costumbres de la puritana viuda amarga la existencia, se agolpan para concurrir a las alegres cenas del embajador. «Nuestras mujeres -tiene que reconocer la enojada emperatriz-, sean jóvenes o viejas, bellas o feas, están hechizadas por él. Es su ídolo; están plenamente locas, en tal forma, que el cardenal se siente extraordinariamente a gusto aquí y asegura que quiere prolongar su residencia aun después de la muerte de su tío el arzobispo de Estrasburgo.» Pero hay más todavía: la ofendida emperatriz tiene que ver como Kaunitz, su hombre de confianza, siempre fiel. llama a Rohan su querido amigo. y hasta su propio hijo José, al cual siempre le gusta decir que sí donde su madre dice que no, establece también cierta amistad con el obispo gentilhombre: tiene que contemplar la emperatriz cómo aquel elegante señor seduce a la familia imperial, a toda la corte y a toda la ciudad, encaminándolos hacia su disoluto modo de vivir. Pero María Teresa no quiere que su Viena, severamente católica, llegue a ser ningún frívolo Versalles, ni ningún Trianón, ni dejar que se introduzcan en su nobleza el adulterio y el amancebamiento; tal peste no debe establecerse en Viena, y para ello es preciso que Rohan se marche. Carta tras carta van hacia María Antonieta para que ésta haga todo lo posible para apartar de la proximidad de su madre este «repugnante individuo», a este vilain évêgue, a este «espíritu incorregible», a este volume farci de bien mauvais propos, a este mauvais sujet, a este vrai panier percé -ya se ve a qué lenguaje destemplado conduce la cólera de esta mujer reflexiva-. Gime, grita hasta la desesperación, para que la «libren» por fin de este mensajero del Anticristo. Y en efecto, apenas María Antonieta asciende al trono, cuando logra, obediente a su madre, que Luis de Rohan sea llamado de su puesto en la Embajada de Viena.

Pero un Rohan, cuando cae, es para ascender. Por el perdido puesto de embajador lo elevan a obispo, y poco después a grand aumônier, la suprema dignidad eclesiástica de la corte, por cuyas manos son distribuidos todos los dones benéficos del rey. Sus rentas son inmensas, pues no sólo es obispo de Estrasburgo, sino landgrave de Alsacia. abad de la muy lucrativa abadía de Saint-Vaast, superintendente del hospital real, provisor de la Sorbona y. además de eso, no se sabe por qué méritos, miembro de la Academia Francesa. Pero por muy poderosamente que se amontonen sus ingresos, siempre son sobrepujados por los gastos, pues Rohan, bonachón, aturdido y dilapidador. derrama dinero a manos llenas. Reedifica. gastando millones. el palacio arzobispal de Estrasburgo: da las fiestas más suntuosas. no es ahorrador con las mujeres, y, de todas sus fantasías. su amistad con el señor de Cagliostro es de las más ruinosas. pues sólo él le cuesta más que siete maîtresses. Pronto no es un secreto para nadie que las linanzas del obispo se hallan en una situación extremadamente triste; con más frecuencia se encuentra a este servidor de Cristo en casa de usureros judíos que en la de Dios, y más a menudo en compañía de damas que en la de sabios teólogos. Precisamente el Parlamento acaba de ocuparse de las deudas del hospital dirigido por Rohan; ¿es, pues, un milagro que la reina, a primera vista, esté convencida de que ese atolondrado ha urdido todo embuste para proporcionarse crédito a costa del nombre regio? «El cardenal ha abusado de mi nombre -le escribe a su hermano en su primera explosión de cólera- como un vulgar y torpe falsificador de moneda. Probablemente, en su apremiante necesidad de dinero, ha confiado en poder pagar a los joyeros dentro de los términos señalados sin que nada fuera descubierto.» Se comprende bien su error, se comprende bien su exasperación y que no quiera en modo alguno perdonar a este hombre. Pues durante quince años, desde su primer encuentro delante de la catedral de Estrasburgo, María Antonieta, fiel al mandato de su madre, no le ha dirigido la palabra ni una sola vez, sino que lo ha tratado mal delante de toda la corte. De este modo tiene que considerar como un villano acto de venganza el que precisamente est e hombre haya osado mezclar el nombre de la reina en un asunto de estafa; de todos los ataques a su honor que ha sufrido de parte de la nobleza francesa, le parece el más desvergonzado a insidioso. Y con ardientes palabras, con lágrimas en los ojos, exige al rey que este embaucador -tiene por tal erróneamente a quien es el embaucado- sea castigado sin piedad y de un modo ejemplar, con la mayor publicidad posible.

El rey, sometido sin reserva alguna a su mujer, no reflexiona en nada cuando la reina solicita algo de él; ella, por su parte, jamás examina las consecuencias de todas sus acciones y deseos. Sin comprobar la acusación, sin pedir los documentos, sin interrogar al joyero ni al cardenal, se pone Luis XVI, con obediencia de esclavo, al servicio de una irreflexiva cólera de mujer. El 15 de agosto sorprende el rey a su Consejo de Ministros al manifestarles su intención de hacer detener inmediatamente al cardenal. ¿Al cardenal? ¿Al cardenal de Rohan? Los ministros se asombran, se espantan y, estupefactos, se miran unos a otros. Por último, uno de ellos osa preguntar prudentemente si no hará muy mal efecto el detener públicamente, como a un vulgar criminal, a tan alto dignatario, y, para más, eclesiástico. Pero precisamente esto, precisamente la pública ignominia, es lo que exige María Antonieta como castigo. Hay que dar, por fin, un bien visible ejemplo para que se sepa que el nombre de la reina no puede ser mezclado de este modo en toda vileza.

Inconmovible, María Antonieta lo exige así de la justicia pública. Muy de mala gana, llenos de inquietud y malos presentimientos, acceden por fin los ministros. Pocas horas más tarde se desarrolla un inesperado espectáculo. Como la Asunción de María es el santo de la reina, se presenta toda la corte en Ver salles para felicitarla; el Oeil de Boeuf y la Galería de los Espejos están totalmente llenos de cortesanos y de altos dignatarios.

También el principal actor, Rohan, a quien incumbe la tarea de celebrar la misa de pontifical en aquel día solemne, espera inocentemente, con su sotana escarlata y revestido ya de su sobrepelliz, en el recinto destinado para los personajes de alta categoría, para las grandes entrées, delante de la cámara del rey.

Pero en lugar de aparecer solemnemente Luis XVI para ir a misa con su esposa, un lacayo se acerca a Rohan. El rey le ruega que pase a su gabinete particular. Allí, mordiéndose los labios y apartando la vista del que entra, se halla en pie la reina; la cual no corresponde a su saludo; a igualmente solemne, glacial y desatento, el ministro barón de Breteuil, enemigo personal del cardenal. Antes de que Rohan pueda reflexionar en lo que es posible deseen de él, el rey comienza a hablarle franca y rudamente: « Querido primo, ¿qué es eso de un collar de diamantes que ha comprado usted en nombre de la reina?».

Rohan palidece. No viene preparado para esto. «Sire, bien veo que fui engañado, pero yo no he engañado», balbucea.

«Si es así, querido primo, no tiene usted por qué inquietarse. Pero le ruego que me lo explique todo.» Rohan es incapaz de responder. Ve frente a sí a María Antonieta, muda y amenazadora.

Le falta la palabra. Su confusión provoca la piedad del rey, el cual busca una salida.

«Ponga usted por escrito lo que tenga que decirme», dice el rey, y sale de la habitación con María Antonieta y Breteuil.

El cardenal, al encontrarse solo, logra escribir unas quince líneas en un papel y le tiende su declaración al Rey cuando vuelve a entrar. Una mujer llamada Valois le ha decidido a comprar ese collar para la reina. Pero comprende ahora que ha sido engañado por esa persona.

«¿Dónde está esa mujer?», pregunta el rey.

«Sire, no lo sé.» «¿Tiene usted el collar?» «Está en manos de esa mujer.» El rey hace llamar entonces a la reina, a Breteuil y al guardasellos y hace leer la exposición de ambos joyeros. Pregunta por los pagarés aparentemente suscritos por la reina.

Totalmente abrumado, tiene que confesar el cardenal: «Sire, están en mi poder; son manifiestamente falsos».

«Claro que lo son», responde el rey. Y aunque el cardenal ofrece ahora pagar el collar, resume severamente el rey: «Señor mío, dadas las circunstancias, no puedo abstenerme de mandar que sellen su casa y de apoderarme de su persona. El nombre de la reina es precioso para mí. Está en compromiso; no debo hacerme culpable de ninguna negligencia».

Rohan procura insistentemente que le sea evitada tamaña vergüenza y especialmente en la hora en que debe comparecer ante Dios y decir la misa de pontifical para toda la corte.

El rey, blando y bondadoso, se siente inseguro ante la manifiesta desesperación de aquel hombre que ha sido engañado. Pero ahora María Antonieta no puede contenerse ya por más tiempo y, con coléricas lágrimas en los ojos, zahiere a Rohan, preguntándole cómo pudo haber creído, después de ocho años en que no le ha honrado dirigiéndole ni una sola palabra, que iba a escogerlo a él como mediador para concertar secretamente ningún negocio a espaldas del rey. El cardenal no encuentra respuesta a este reproche; él mismo no comprende ahora cómo ha podido dejarse enredar insensatamente en esta aventura. El rey lo lamenta mucho, pero acaba por decir: «Deseo mucho que pueda usted justificarse.

Pero tengo que cumplir aquello a que estoy obligado como rey y como esposo».

Ha terminado la conversación. Fuera, en la cámara de recepción, colmada de gente, espera, inquieta y curiosa, toda la nobleza. La misa debería haber comenzado hace ya mucho tiempo. ¿Por qué se retrasa tanto? ¿Qué es lo que ocurre? Los vidrios de las ventanas vibran levemente con los impacientes pasos de los que pasean de un extremo a otro; otros se hallan sentados y cuchichean; se percibe en el ambiente que está a punto de estallar una tormenta.

De repente se abren con violencia las hojas de la puerta del gabinete real. El cardenal de Rohan aparece el primero, con su sotana color rojo, pálido y mordiéndose los labios; detrás de él, Breteuil, el antiguo soldado, enrojecido su tosco semblante de viñador, con ojos centelleantes de excitación. En medio del salón ordena de pronto al capitán de los guardias de corps, con voz intencionadamente sonora: «¡Detened al señor cardenal!».

Todos se estremecen. Todos se aterran. ¡Un cardenal detenido! ¡Un Rohan! ¡En la antecámara del rey! ¿Estará borracho ese viejo espadachín de Breteuil? Pero no; Rohan no se defiende, no se indigna; con los ojos bajos, se adelanta obediente al encuentro de la guardia. Estremecidos abren camino los cortesanos y, a través de esta doble fila de miradas investigadoras, humillantes, irritadas, avanza de sala en sala, hasta descender la escalera, el príncipe de Rohan, gran limosnero del rey, cardenal de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación; príncipe imperial de Alsacia, miembro de la Academia y decorado, además, con innumerables dignidades. A sus espaldas, lo mismo que tras un condenado a galeras. va un rudo soldado vigilándolo. En una apartada estancia. Rohan es confiado a la guardia de palacio y, al despertar de su aturdimiento aprovecha el atolondramiento general para trazar rápidamente, con lápiz. algunas líneas en una hoja de papel, en las cuales indica a su abate secretario que queme rápidamente todos los escritos contenidos en una camera roja; son, según se sabrá más tarde por el proceso, las falsificadas cartas de la reina. Abajo, uno de los haiducos de Rohan monta con toda celeridad a caballo, galopa con el papel hasta el Hotel de Estrasburgo y llega antes de que la Policía, más lenta en sus movimientos, vaya a sellar todos los muebles y antes de que - vergüenza sin igual- el gran limosnero de Francia sea conducid o a la Bastilla en el momento en que iba a decir la misa ante el rey y toda la corte. Al mismo tiempo es publicada la orden de detención contra todos sus cómplices en este asunto todavía oscuro. Aquel día no se dice ninguna misa más en Versalles; ¿para qué ? Nadie habría tenido devoción para oírla; toda la corte, toda la ciudad, todo el país quedan aturdidos con esta noticia, que surge inesperadamente como un rayo que cae de un sereno cielo.

Detrás de la cerrada puerta queda, muy agitada, la reina; vibran aún de enojo sus nervios; la escena la ha excitado espantosamente, pero siquiera ha caído, por fin, uno de los calumniadores, uno de los hipócritas enemigos de su honor. Todas las gentes de buenos sentimientos, ¿no se precipitarán ahora para felicitarla por la detención de ese miserable? ¿No alabará toda la corte la energía con que el rey, tanto tiempo tenido por débil, hizo prender con mano firme al más indigno de los sacerdotes? Pero, cosa rara: nadie viene. Con sus miradas confusas, hasta sus propias amigas evitan acercársele; todo está muy silencioso en Trianón y en Versalles. La nobleza no se esfuerza en disimular su enojo por haber sido preso de modo tan deshonroso uno de los miembros de su clase privilegiada, y el cardenal de Rohan, repuesto de su primer espanto y a quien el rey ha ofrecido indulgencia en el caso de que se someta a su juicio personal, declina fríamente la merced y elige como juez al Parlamento. La precipitada reina se siente molesta. María Antonieta no se alegra de su éxito; por la noche, sus camareras la encuentran llorando.

Pero pronto predomina su antigua frivolidad. « En to que a mí toca - le escribe con loca ilusión a su hermano José-, estoy encantada de que nunca más volveremos a oír hablar de ese repugnante asunto.» Escribe esto en el mes de agosto, y el proceso ante el Parlamento, en el mejor de los casos, sólo podrá ser visto en diciembre, y hasta quizás en el año próximo. ¿Para qué, pues, cargarse ahora con tal lastre la cabeza? ¿Qué importa que las gentes charlen y murmuren? De prisa por tanto; que traigan los potecillos de ungüentos para el rostro, y los trajes nuevos, que por una nimiedad como ésta no va a renunciarse a tan deliciosa comedia. Los ensayos siguen su curso; la reina estudia (en lugar de los expedientes de la Policía en aquel gran proceso, que acaso todavía estaba en sazón de ser detenido) el papel de la alegre Rosina en El barbero de Sevilla. Pero parece que también esta obra la ha ensayado harto indolentemente. Pues, en otro caso, habría debido asombrarse y reflexionar al oír las palabras de su compañero Basilio, que tan proféticamente describe el poder de la calumnia. «¡La calumnia, señor! ¡No sospecha usted qué es lo que desprecia! ¡He visto a las gentes más honradas a punto de ser aplastadas por ella! ¡Crea que no hay malicia, por vulgar que sea; que no hay vileza, que no hay absurda historia que no pueda hacerse adoptar como artículo de fe a los desocupados de una gran ciudad si se les maneja bien, y aquí tenemos gentes de tal habilidad...! Primero es un leve rumor que pasa rozando el suelo, como la golondrina antes de la tempestad, pianissimo, sólo un murmullo que se pierde, y siembra, al volar, su dardo envenenado. Una boca lo recoge y, piano, piano, os lo desliza astutamente en el oído. El daño está hecho, germina, se arrastra, se abre camino de boca en boca y corre como el diablo. Después, de repente, sabe Dios cómo, ve usted a la calumnia que se alza, silba, se hincha y crece a ojos vistas; se remonta, tiende su vuelo, gira, envuelve, arranca, arrastra, estalla, atruena y llega a ser, gracias al cielo, un grito general, un crescendo público, un coro universal de odio y proscripción. ¿Quién diablos la resistiría?» Pero María Antonieta oye mal, como siempre, al cómico personaje. Si no, habría tenido que comprender que aquí, en un juego aparentemente ligero, se trata nada menos que de su propio destino. La comedia rococó termina definitivamente con esta última representación del 19 de agosto de 1785; incipit tragaedia.

 

EL ASUNTO DEL COLLAR

¿Qué es lo que, en realidad, había sucedido? No es fácil exponerlo en un relato al que se pueda prestar fe, pues de hecho, tal como el asunto del collar se desenvolvió, es lo más inverosímil de lo inverosímil, en forma que no sería aprovechable, por su falta de credibilidad, ni para una novela. Pero cuando la realidad tiene una sublime ocurrencia y, al mismo tiempo, se encuentra en uno de sus días poéticos, excede en fantasía y en arte de invención al mejor provisto de dotes imaginativas de todos los poetas. Entonces también, empero, harán mejor todos los poetas en dejarla que siga libremente su juego, sin pretender añadir combinación alguna a su genial arte combinatorio; hasta el mismo Goethe, que en El Gran Copto intentó dramatizar la historia del collar, sólo consiguió transformar en broma vulgar lo que en realidad fue una de las farsas más descaradas, más chispeantes y más emocionantes de la Historia. Juntando todos las comedias de Molière, no se logra reunir un conjunto tan abigarrado y divertido de bribones, trapaceros y embaucadores, de orates y de gentes tan deliciosamente burladas como en esta alegre « olla podrida» , en la cual una urraca ladrona, un zorro ungido con todos los ungüentos de la charlatanería y un oso chabacano y crédulo componen la más insensata bufonada de la Historia Universal.

En el centro de toda auténtica y verdadera comedia se encuentra siempre una mujer. La del asunto del collar, hija de un noble arruinado y de una corrompida criada de servir, se crió como una sucia y abandonada mendiga que va descalza a robar patatas por los campos y que por un pedazo de pan guarda las vacas de los aldeanos. Después de la muerte del padre, se entrega la madre a la prostitución y la pequeña al pordioseo: se habría envilecido totalmente sin la feliz casualidad de que. a los siete años, le pidiera limosna en un camino a la marquesa de Boulainvilliers con este asombroso lamento: «¡Piedad para una pobre huérfana de la sangre de los Valois!». ¿Cómo? ¿Semejante niña, piojosa y medio muerta de hambre, descendiente de una casa real? ¿De la piadosa sangre de san Luis? Imposible, piensa la marquesa. Pero, sin embargo, hace parar su carroza e interroga a la mendigüela.

En el asunto de collar, ya desde el principio hay que acostumbrarse a admitir como verdad lo más increíble; lo más aturullante se convierte en él en realidad. Esta Jeanne es realmente hija legítima de Jacques de Saint-Rémy, por su profesión cazador furtivo, borracho y terror de los aldeanos, pero, a pesar de ello, un directo y auténtico descendiente de los Valois, que, en cuanto a categoría y antigüedad, en nada ceden a los Borbones. La marquesa de Boulainvilliers, conmovida de ver tan fantásticamente caída en la miseria a una descendiente real, lleva al punto consigo a la muchacha junto con una hermana más joven, y las hace educar, a su costa, en un pensionado. A los catorce años entra Jeanne como aprendiza en casa de una modista; después se hace lavandera, planchadora, aguadora, costurera de blanco, y, por último, es internada en un convento para doncellas nobles.

Mas para monja, según pronto ha de probarlo, no tiene ninguna vocación la pequeña Jeanne. La paterna sangre vagabunda borbotea en sus venas: a los veintidós años escala resueltamente, con su hermana, las tapias del convento. Sin dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de afán de aventuras, emergen ambas en Bar-sur-Aube. Allí Jeanne, bonita como es, encuentra un oficial de la gendarmería, de una nobleza de segundo orden, Nicolás de la Motte, el cual se casa poco después con ella, y, a la verdad, en el último momento, pues la bendición sacerdotal no precede en más de un mes al advenimiento de dos mellizos. Con un marido de esta clase muy acomodaticio moralmente jamás hubo de sentirse celoso-, madame De la Motte podría haber llevado. en realidad. una cómoda y modesta existencia de pequeño burgués: pero «la sangre de los Valois» reclama sus derechos: desde el primer momento esta petite Jeanne no tiene más que un solo pensamiento: subir. Es indiferente cómo y por qué medios. Primeramente se acerca a su bienhechora, la marquesa de Boulainvilliers, y tiene la suerte de ser recibida por ella precisamente en el castillo del cardenal de Rohan, en Saveme. Linda y hábil como ella es, aprovecha al punto la amable debilidad del galante y bondadoso cardenal. Por su mediación obtiene en seguida su marido -nos imaginamos a qué precio - un despacho de capitán en un regimiento de dragones y el pago de las deudas contraídas hasta el día.

De nuevo podía estar satisfecha Jeanne. Pero ni este bello empujón hacia lo alto no lo considera más que como un peldaño. Si De la Motte ha sido nombrado capitán por el rey, ahora se concede él a sí mismo, por su propia plenitud de poderes, un título de conde y hasta libre de gastos. Cuando puede jactarse una de ostentar un nombre tan sonoro como el de «la condesa de Valois de la Motte», ¿debe resignarse a quedar perdida en una provincia, con una pensión de favor y un modesto sueldo de oficial? ¡Absurdo! Tal nombre vale cien mil libras al año para una mujer bonita y sin escrúpulos, que está decidida a desplumar radicalmente a todos los vanidosos y a todos los imbéciles. Con este objeto, ambos compinches alquilan en París toda una casa en la Rue Neuve-Sainte-Gilles; les hablan a los usureros de unas inmensas propiedades, a las cuales la condesa tiene pretensiones como descendiente de los Valois, y con lo que toman a préstamo llevan una gran vida de sociedad; cierto que el servicio de mesa de plata no les es prestado nunca sino por tres horas del almacén más inmediato a su casa. Cuando, por último, los acreedores la persiguen demasiado, la condesa de Valois de la Motte declara que se traslada a Versalles para exponer a11í sus demandas ante la corte.

Claro que no conoce a nadie en la Corte y podría fatigar durante semanas enteras sus bonitas piernas, sin ser recibida ni siquiera en la antecámara de la reina. Pero la astuta embaucadora lleva ya su coup preparado. Se coloca, con los otros pretendientes, en la antecámara de madame Elisabeth, y de repente cae desmayada. Todos se precipitan, su marido pronuncia su nombre retumbante, y refiere, con lágrimas en los ojos, que el hambre sufrida durante años enteros y la debilidad procedente de ella son las causas del desvanecimiento. Llenos de compasión, llevan a su casa, en una camilla, a la enferma totalmente sana, le son enviadas doscientas libras y la pensión asciende de ochocientas a mil quinientas. Pero ¿es acaso eso algo mas que una bagatela para una Valois? Por tanto, a dar valientemente un nuevo golpe; un segundo desvanecimiento en la antecámara de la condesa de Artois; un tercero en la Galería de los Espejos, por la que tiene que atravesar la reina. Por desgracia, María Antonieta, de cuya generosidad había esperado mucho la obstinada pedigüeña, no sabe nada de esta ocurrencia, y un cuarto desmayo en Versalles sería sospechoso; así, ambos esposos regresan a París con un botín reducido. Están muy lejos de haber alcanzado lo que querían. Bien se comprende que se guardan mucho de charlar de ello; por el contrario, se llenan orgullosamente la boca diciendo lo bondadosa y cordialmente que los ha recibido la reina, como a queridos parientes. Y como hay abundante gente para quienes una condesa de Valois, bien recibida en el círculo de la reina, es una valiosa amistad, pronto viene algún enjundioso camero a dejarse esquilar y el crédito vuelve a ser restablecido por algún tiempo. Ambos mendigos cargados de deudas -mundus volt decipi- crean toda una corte en torno a sí, dirigida por el llamado primer sacerdote, un tal Rétaux de Villette, el cual, en realidad, no sólo comparte sin titubear las bribonerías de la noble condesa, sino también su lecho; un segundo secretario, Loth, hasta pertenece al estado eclesiástico. Contratan cocheros, lacayos y camareras, y bien pronto se leva una vida muy divertida en la calle Neuve-SaintGilles. Hay a11í amenas partidas de juego, cierto que poco fructuosas para los pazguatos qué se dejan coger con liga, pero muy animada por todo un mundo de damas equívocas. Por desgracia, últimamente se mezclan algunas personas importunas; dan señales de vida acreedores y alguaciles con la inconveniente pretensión de ser por fin pagados. Otra vez la digna pareja se encuentra con que se le han acabado los latines; los pequeños ardides no aprovechan ya más. Pronto será tiempo de asestar un gran golpe.

Para una estafa de gran magnitud siempre son indispensables dos elementos: un gran estafador y un gran bobo. Felizmente, el bobo lo tiene ya a mano y no es ningún otro sino el esclarecido miembro de la Academia Francesa, Su Eminencia el cardenal de Rohan, obispo de Estrasburgo y gran limosnero de Francia. Completamente hombre de su tiempo, ni más inteligente ni más tonto que cualquier otro, este príncipe de la Iglesia, de un exterior muy atractivo, padece también la enferme dad de su siglo: es de una credulidad excesiva. La humanidad no es capaz de vivir permanentemente sin una fe; y como el ídolo del siglo, Voltaire, ha dejado fuera de moda la fe en la Iglesia, la superstición se introduce y ocupa su puesto en los salones del dix-huitième. Para alquimistas, cabalistas, hermanos Rosa-Cruz, charlatanes, nigrománticos y médicos milagrosos comienza una edad de oro. Ningún hombre de la nobleza, ningún hombre de mundo, dejará de haber estado con Cagliostro en su logia, con el conde Saint-Germain sentado a la mesa, con Mesmer presenciando sus experimentos con la tina magnética.

Precisamente por ser tan despejados, tan agudamente frívolos; precisamente porque ya no toman en serio ninguna cosa, los generales su servicio, la reina su dignidad, los sacerdotes su Dios, necesitan estos «ilustrados» vividores cualquier juego contra el espantoso vacío de su alma, y juegan con la metafísica, la mística, lo suprasensible y lo incomprensible, y, a pesar de toda su clarividencia y de todas sus agudezas, van a dar en las redes de los más chabacanos embaucadores de la manera más tonta. Entre esos pobres de espíritu, Su Eminencia el cardenal de Rohan es el más ingenuamente crédulo y cae en manos del más universalmente astuto de los fascinadores, en las del papa de todos los trapaceros, en las del « divino» Cagliostro. Instalado en el castillo de Saverne, hace pasar magistralmente a su bolsillo, por medio de hechizos, el dinero y la razón de su huésped.

Ahora bien, como augures y estafadores siempre se reconocen unos a otros a la primera ojeada, lo mismo ocurre, en este caso, con Cagliostro y madame De la Motte; por medio de aquel confidente de todos los secretos del cardenal averigua ella el más escondido de los deseos de Rohan, el de ser primer ministro de Francia, y también descubre el único obstáculo temido por el cardenal: la conocida mas para él inexplicable antipatía de la reina María Antonieta hacia su persona. Conocer la debilidad de un hombre, para una mujer astuta, es siempre lo mismo que tenerlo ya en sus manos; al vuelo, teje una red la bellaca para hacer bailar al oso episcopal hasta que sude oro. En abril de 1784 comienza la De la Motte a dejar caer de cuando en cuando una pequeña observación acerca de lo tiernamente que confía en ella su «querida amiga» la reina; cada vez más llena de fantasía, inventa episodios que suscitan en el sencillo cardenal la idea de que aquella linda mujercita podría ser una ideal intercesora para él cerca de la reina. Cierto que le afecta mucho, acaba por confesar francamente, el que desde hace años Su Majestad no le honre ni con una mirada, cuando para él no habría mayor dicha que la de que le fuera dado servirla respetuosamente. ¡Ay! ¡Si hubiese alguien que hiciera conocer a la reina sus verdaderos sentimientos! Compasiva y emocionada, promete la «íntima amiga» hablarle en su favor a María Antonieta; y de qué peso, con asombro de Rohan, tiene que ser la intervención de la De la Motte, ya que en mayo le anuncia que la reina ha cambiado de opinión y próximamente dará al cardenal una discreta muestra de su transformado pensamiento; claro que nada público todavía; durante la próxima recepción de la corte le hará de un modo determinado cierto saludo secreto. Cuando se desea crear alguna cosa es grato creerla; cuando se desea su vista, también se llega a verla fácilmente. En efecto, el buen cardenal, en la siguiente recepción, cree observar cierta nuance en la inclinación de cabeza de la reina y le paga muy buenos ducados a la tierna mediadora.

Mas para la De la Motte falta aún mucho para que el filón de oro rinda con la debida abundancia. Para meterse aún con mayor seguridad al cardenal en el bolsillo hay que mostrarle cualquier prueba escrita del regio favor. ¿No estarían bien unas cartas? ¿Para qué tendría, si no, la De la Motte un secretario sin escrúpulos en su casa y en su lecho? En efecto, Rétaux escribe sin vacilar unas cartas de la propia mano de María Antonieta a su amiga la Valois. Y ya que el bobalicón las admira como auténticas, ¿por qué no seguir avanzando por este lucrativo camino? ¿Por qué no simular al momento una correspondencia secreta entre Rohan y la reina, a fin de poder llegar más hasta el fondo de la caja del primero? Por consejo de madame De la Motte redacta el deslumbrado cardenal una detallada justificación de su anterior conducta, la corrige durante días enteros y entrega por fin el escrito, puesto en limpio, a aquella mujer impagable en el más auténtico sentido del vocablo. Y he aquí... Realmente, ¿no es una hechicera esta madame De la Motte y la más íntima amiga de la reina? De aquí que, pocos días más tarde, le trae ya una cartita, en un blanco plieguecillo afiligranado, con dorados bordes y la flor de lis francesa en un ángulo. La hasta entonces inaccesible y esquiva, la orgullosa reina de la Casa de los Habsburgo le escribe al otro tiempo menospreciado cardenal: «Me alegro mucho de no tener que considerarte a usted ya como culpable; todavía no puedo conceder a usted la audiencia que desea. Tan pronto como las circunstancias lo permitan se lo comunicaré. Sea usted discreto». El embaucado apenas es capaz de dominar su alegría; por consejo de la De la Motte da las gracias a la reina; recibe de nuevo cartas y de nuevo las escribe, y cuanto más se le llena el corazón de orgullo y anhelo ante la idea de estar en tan alto favor con María Antonieta, tanto más le aligera los bolsillos la De la Motte. El temerario juego se halla en pleno curso.

Sólo es lástima que no haya medio de que un importante personaje se muestre dispuesto a desempeñar su papel en la comedia: precisamente la protagonista, la reina. Mas no es posible continuar largo tiempo esta peligrosa partida sin introducirla en la acción, pues no se puede embaucar ni aun a la persona más fácilmente crédula haciéndole figurar eternamente que la reina le ha saludado, si ella, en realidad, aparta con toda tiesura la mirada de aquel hombre execrado y jamás le dirige la palabra. Cada vez se hace mayor el peligro de que el pobre bobalicón descubra por fin el pastel. Por canto hay que inventar una jugada de ajedrez muy usada. Como naturalmente está descontado que jamás la reina le dirigirá la palabra al cardenal, ¿no bastará hacer creer a aquel majadero que ha hablado con la reina? ¿Qué ocurriría si, aprovechando el momento favorable para todas la trapacerías, la oscuridad de la noche, y un lugar propicio en cualquier sombrío paseo del parque de Versalles, se llevara a Rohan, en lugar de la reina, una figuranta a quien se hubiera enseñado a decir algunas palabras? De noche todos los gatos son pardos, y, en su excitación y atontamiento, el buen cardenal se dejaría burlar con la misma facilidad que con las paparruchas de Cagliostro y las camas de cantos dorados escritas por mano de su ignaro secretario.

Pero ¿dónde encontrar a toda prisa una figuranta, un «doble», como se dice hoy en el lenguaje del cine? Sólo allí donde unas muy amables damas y damiselas, de todas clases y tamaños, esbeltas y metidas en carnes, flacas y gordas, rubias y morenas, se pasean a todas horas con un fin comercial: en el jardín del Palais Royal, el paraíso de la prostitución de París. El «conde» de la Motte toma a su cargo la espinosa comisión: no necesita mucho tiempo y ya ha hecho el descubrimiento de una sustituta de la reina, una joven dama llamada Nicole -que más tarde llevará el nombre de baronesa de Oliva-, modista en apariencia, pero en realidad más ocupada del servicio de los caballeros que de una clientela de señoras. No cuesta mucho trabajo convencerla para que represente su fácil papel, pues -según explica la señora De la Motte delante de sus jueces- «era muy tonta». El 11 de agosto llevan a Versalles a la condescendiente esclava del amor a una vivienda precisamente alquilada para ello: por su propia mano, la condesa de Valois la viste con un traje de muselina con lunares blancos, copiado exactamente de aquel que lleva la reina en el retrato de madame Vigée-Lebrun. Le plantan además un sombrero de alas anchas, que dé sombra al semblante, sobre los cabellos cuidadosamente empolvados; y entonces. adelante. viva y descaradamente, por el nocturno parque sombrío, con la pequeña que se asusta con facilidad y que deber representar, durante diez minutos, a la reina de Francia delante del gran limosnero del rey. La más temeraria bellaquería de todos los siglos está en marcha.

Muy calladamente se desliza la pareja, con su seudo reina disfrazada, por la terraza de Versalles. El cielo los protege, como siempre a los trapaceros, y derrama una oscuridad sin luna sobre los jardines. Bajan hacia el bosquecillo de Venus, espesamente cubierto de abetos, cedros y pinos, donde de cada figura apenas es posible distinguir otra cosa que la silueta; es un lugar maravillosamente apropiado, por tanto, para los juegos de amor, y más aún para esta fantástica comedia de engaños. La pobre golfilla comienza a temblar.

¿En qué aventura se ha dejado meter por una gente desconocida? Lo mejor para ella sería escaparse. Llena de miedo, tiene en sus manos la rosa y la esquela que, según lo prescrito, debe entregar a un distinguido señor que se acercará a hablarle. Crujen ya las arenas del paseo. Surge de las sombras la silueta de un hombre; es Rétaux, el secretario, que, fingiéndose servidor real, conduce a Rohan. De repente, la Nicole se siente enérgicamente impulsada hacia delante; como tragados por la oscuridad desaparecen de su lado los dos rufianes. Se queda sola, o más bien ya no lo está, porque, alto y esbelto, con el sombrero muy calado sobre la frente, un desconocido viene ahora a su encuentro: es el cardenal.

Pero ¡de qué modo tan raro se conduce este hombre extraño! Se inclina respetuosamente hasta el suelo y le besa a la moza la orla del vestido. Ahora debería la Nicole tenderle la rosa y la carta que tiene preparadas. Pero, en su aturdimiento, deja caer la rosa y se olvida de la carta. Sólo balbucea, con voz ahogada, las escasas palabras que trabajosamente le han metido en la cabeza: «puede usted confiar en que todo lo anterior está olvidado». Y estas palabras parecen encantar desmedidamente al desconocido caballero; una y otra vez se inclina ante ella y tartamudea. con manifiesto embeleso, las más sumisas y respetuosas gracias, sin que la pobre modistilla sepa por qué. Sólo tiene miedo, un miedo mortal, de tener que decir algo y con ello traicionarse. Pero, gracias a Dios, rechina otra vez la arena bajo unos pasos precipitados, y alguien dice en voz baja y agitada: «¡Pronto, pronto, venid! Madame y la condesa de Artois están muy próximas».

La llamada hace su efecto; se espanta el cardenal y se aleja precipitadamente, acompañado por la De la Motte, mientras que el noble esposo conduce a la pequeña Nicole: con corazón palpitante, se desliza la seudorreina de esta comedia a lo largo del palacio, en el cual, detrás de las ventanas sumidas en las tinieblas, la verdadera reina duerme sin sospechas.

La farsa aristofanesca ha triunfado gloriosamente. El pobre imbécil del cardenal ha recibido un golpe en el cráneo que le arrebata por completo todos los sentidos. Hasta entonces había habido que volver a cada momento a cloroformizar su desconfianza; el pretendido saludo era sólo una semiprueba, lo mismo que las cartas; pero ahora que el burlado cree haber hablado en propia persona con la reina y haber oído de su boca que lo perdona, cada palabra de la condesa de la Motte va a ser para él más verdadera que el Evangelio. Ahora, llevados sus andares por la condesa, marcha por donde ella quiere.

Esta noche no hay un hombre más feliz que él en toda Francia. Rohan se ve ya primer ministro gracias a las mercedes de la reina.

Algunos días más tarde, la De la Motte le anuncia ya al cardenal otro testimonio del favor de la reina. Su Majestad -bien conoce Rohan su generoso corazón- tiene el deseo de hacer entregar cincuenta mil libras a una familia noble caída en la miseria, pero por el momento se ve impedida a pagarlas. ¿No querría el cardenal tomar a su cargo este caritativo servicio? Rohan, dichosísimo, no se asombra ni por un instante de que la reina, a pesar de sus gigantescos ingresos, se encuentre mal de fondos. Todo París sabe, por lo demás. que siempre está metida en deudas. Al instante el cardenal hace llamar a un judío y dos días después las monedas de oro tintinean sobre la mesa de los De la Motte. Por fin tienen éstos ahora en sus manos los hilos para hacer bailar a su gusto al fantoche. Tres meses más tarde tiran de ellos aún con mayor fuerza: otra vez desea dinero la reina, y Rohan empeña, diligente, muebles y objetos de plata, sólo para agradar más pronto y ricamente a su protectora.

Ahora vienen unos tiempos celestiales para el conde y la condesa de la Motte. El cardenal está lejos, en Alsacia, pero sus dineros suenan alegremente en los bolsillos de la pareja. Ahora no necesitan tener ya ninguna preocupación; han encontrado un tonto que paga. Le escribirán de cuando en cuando una carta en nombre de la reina y el cardenal destilará nuevos ducados. Entre tanto, ¡a vivir magníficamente al día y con toda clase de goces y no pensar en mañana! No sólo los soberanos, los príncipes, los cardenales, son irreflexivos en estos tiempos livianos, sino que lo son también los bellacos. Se apresuran a comprar una casa de campo en Bar-sur-Aube, con magnífico jardín y dilatada labranza; comen en vajilla de plata, beben en copas de cristal centelleante; se juega y se oye música en este noble palacio; la mejor sociedad se disputa el honor de poder tratarse con la condesa de Valois de la Motte. ¡Qué hermoso es el mundo donde se dan tales pazguatos! Quien al jugar ha sacado por tres veces la carta más alta, no vacilará en atreverse a realizar, también por cuarta vez, la más audaz jugada. Una insospechada casualidad pone en manos de los De la Motte el naipe del triunfo. En una de sus reuniones refiere alguien que los pobres joyeros de la corte, Boehmer y Bassenge, se encuentran en gran apuro.

Han colocado todo su capital, lo mismo que una buena cantidad de dinero tomado en préstamo, en el más soberbio collar de diamantes que se ha visto jamás sobre la tierra.

Realmente, había sido destinado para la Du Barry, la cual de fijo que lo hubiera adquirido si las viruelas no se hubiesen llevado a Luis XV; después, lo habían ofrecido a la corte de España y, por tres veces, a la reina María Antonieta, la cual, loca por las alhajas, compraba aturdidamente, en general sin preguntar mucho por el precio. Pero Luis XVI, aburrido y ahorrativo, no había querido adelantar el millón seiscientas mil libras que la alhaja costaba; ahora los joyeros se encontraban con el agua al cuello; los réditos se comían los hermosos diamantes; probablemente tendrían que deshacer el collar maravilloso y perder, con ello, todo su dinero. Si la condesa de Valois, que estaba en un plano de tanta intimidad con la reina María Antonieta, lograra convencer a su regia amiga de que comprara aquella joya, a plazos naturalmente y con las mejores condiciones, ganaría con ello una bien jugosa zampada de ducados. La De la Motte, pensando celosamente en mantener en pie la leyenda de su influencia, tiene la bondad de prometer su intervención, y el 29 de diciembre los dos joyeros llevan a la calle Neuve-Saint-Gilles el precioso estuche para que sea visto por la condesa.

¡Qué espectáculo! La De la Motte se queda sin aliento. Lo mismo que estos diamantes bajo la luz del sol, así centellean y relumbran osados pensamientos en su astuta cabeza.

¿Qué ocurriría si pudiera llevar al archiasno del cardenal a que comprara secretamente el collar para la reina? Apenas está de regreso de Alsacia, cuando la De la Motte lo pone en prensa para exprimirlo fuertemente. Un nuevo favor de la reina le hace amables guiños.

La reina desea comprar una preciosa alhaja, sin que lo sepa su marido, naturalmente, y para ello necesita un discreto intermediario; para esta secreta y honrosa misión ha pensado en Rohan, como muestra de confianza. En efecto, ya pocos días más tarde, la De la Motte puede comunicar triunfalmente al dichoso Boehmer que ha encontrado un comprador para la alhaja: el cardenal Rohan. El 29 de enero de 1785 es cerrado el trato de la compra en el palacio del cardenal, el Hotel de Estrasburgo, por un millón seiscientas mil libras, pagaderas antes de dos años en cuatro plazos semestrales. La joya debe ser entregada el 1° de febrero, y el primer plazo de pago vence el 1° de agosto siguiente. El cardenal rubrica de su propia mano las condiciones del contrato y se lo entrega a la De la Motte para que ésta lo presente a su «amiga» la reina; inmediatamente, el 30 de enero, trae la engañadora la respuesta siguiente: Su Majestad está conforme con todo.

Pero, a un paso de la puerta de la cuadra, se encabrita el asno, hasta entonces tan dócil.

En resumidas cuentas, se trata de un millón seiscientas mil libras, y ésta no es una bagatela ni aun para el príncipe más dilapidador de la época. En el caso de una fianza tan enorme, hay, por lo menos, que tener en la mano, para caso de muerte, algo como un reconocimiento de la deuda, un documento firmado por la reina. ¿Un escrito? ¡Con el mayor gusto! ¿Para qué se tendría, si no, un secretario? Al día siguiente, la De la Motte vuelve a traer el contrato: cada cláusula lleva al margen, manu propria, la palabra «aceptado», y al final del documento, la firma «autógrafa»: «Marie-Antoniette de France». Con algo de talento en su cabeza, el gran limosnero de la corte, miembro de la Academia, antiguo embajador, y, en sueños, ya futuro ministro, habría tenido que oponer al instante el reparo de que una reina de Francia jamás firmaba de otro modo un documento sino con su solo nombre, y que, por tanto, aquel Marie-Antoniette de France a la primera ojeada descubría ya la obra de un falsificador, pero no de uno hábil, sino de un inculto y de ínfima categoría. Mas ¿cómo dudar si la reina lo ha recibido a él personalmente y en secreto en el bosque de Venus? Solemnemente jura el deslumbrado cardenal a la embaucadora no dejar nunca de su mano este papel y no mostrárselo a nadie. A la otra mañana, el 1° de febrero, el joyero entrega la alhaja al cardenal, el cual, por la noche, se lo lleva en su propia mano a la De la Motte, para convencerse personalmente de que será recibida por manos fieles a la reina. No necesita esperar mucho tiempo en la calle Neuve-Saint-Gilles; se oye ya por la escalera un paso varonil que se aproxima. La De la Motte suplica al cardenal que pase a una habitación inmediata, desde la cual podrá ver, por la puerta de cristales, la entrega de la joya hecha con toda formalidad y ser testigo de ella. En efecto, se presenta un joven totalmente vestido de negro -claro que vuelve a ser otra vez Rétaux, el valiente secretario-, y se anuncia con estas palabras: «De orden de la reina». ¡Qué admirable mujer es esta condesa de la Motte-Valois -no puede menos que pensar el cardenal- : qué discreta, fiel y hábilmente interviene en todos los asuntos de su amiga! Lleno de confianza le entrega el estuche a la De la Motte; ésta se lo tiende al misterioso mensajero, el cual, con su buena presa.

desaparece con la rapidez con que ha venido, llevándose el collar. que no volverá a aparecer más hasta el día del Juicio. Conmovido, se despide el cardenal; ahora. después de tales amistosos servicios, no puede dilatarse mucho tiempo el que él, secreto auxiliar de la reina, tenga que ser el primer servidor del rey, el primer ministro de Francia.

Pocos días más tarde se presenta a la Policía de París un joyero judío para quejarse, en nombre de sus perjudicados compañeros de profesión, de que cierto Rétaux de Villette ofrece magníficos diamantes a tan viles precios que es forzoso pensar en un robo. El prefecto de Policía hace que el tal Rétaux comparezca ante él. Éste declara que ha recibido los diamantes, para su venta, de una parienta del rey, de la condesa de la Motte-Valois. ¿La condesa de Valois? Este noble nombre le produce al instante al funcionario el efecto de un purgante; con toda precipitación deja que se retire el mortalmente espantado Rétaux. Pero, en todo caso, la condesa se da ahora cuenta de que sería peligroso continuar deshaciéndose en el mismo París, a cualquier precio, de las piedras preciosas desmontadas del collar -al instante han despanzurrado y despedazado aquella pieza de caza, perseguida tanto tiempo-. Por ello, atiborra de brillantes los bolsillos de su bravo esposo y lo envía a Londres; bien pronto los joyeros de New Bond Street y de Piccadilly no pueden quejarse de no tener abundantes y baratas ofertas.

¡Hurra! Ahora hay dinero; de repente, mil veces más dinero del que pudiera haberse atrevido a soñar jamás esta embaucadora, la más osada de todas las que se tiene memoria.

Con la insolente audacia que le ha hecho adquirir su increíble buen éxito, no vacila en mostrar altivamente estas nuevas riquezas; adquiere coches tirados por cuatro yeguas inglesas, contrata lacayos con soberbios uniformes, un negro cubierto de galones de plata desde la cabeza a los talones. alfombras, gobelinos, bronces y sombreros de plumas, un lecho cubierto de terciopelo escarlata. Después, cuando la digna pareja se traslada a su rica residencia de Bar-sur-Aube. no son necesarios menos de veinticuatro carros de transporte para conducir todas las preciosidades adquiridas con tanta rapidez.

Bar-sur-Aube asiste a una inolvidable fiesta de Las mil y una noches. Suntuosos correos preceden a caballo al cortejo del nuevo gran mogol; después viene is berlina inglesa, laqueada de gris perla y tapizada con paño blanco; las mantas de raso que abrigan cada par de piernas (con las cuales hubieran hecho mejor en huir rápidamente al extranjero) ostentan las armas de los Valois: «Rege ab avo sanguinem, nomen et lilia». «Del rey, mi antepasado, tengo la sangre, el nombre y los lises.» El antiguo oficial de la gendarmería se ha vestido magníficamente: lleva anillos en todos los dedos, hebillas de diamantes en los zapatos, tres o cuatro cadenas de reloj centellean sobre su pecho heroico, y el inventario de su vestuario -pudo ser comprobado más tarde por los documentos del proceso- no registra menos de dieciocho trajes de seda o de brocado absolutamente nuevos, adornados con encajes de Malinas, botones de oro cincelados y preciosas pasamanerías. La esposa, por su parte, no queda en modo alguno tras de él en lo que se refiere al lujo; como un ídolo indio, relumbra y centellea cubierta de joyas. Tal riqueza no había sido aún vista jamás en la pequeña ciudad de Bar-surAube, y no tarda en ejercer su fuerza magnética. Toda la nobleza de la comarca afluye a esta casa y se recrea con los festines, dignos de Lúculo, que son aquí dados; regimientos de lacayos sirven los manjares más escogidos en la más preciosa vajilla de plata, se escucha música durante el banquete, y, como un nuevo Creso, el conde circula por sus salones principescos y esparce a manos llenas el dinero entre los invitados.

De nuevo, en este punto, llega a ser tan absurda y fantástica la historia del collar, que produce el efecto de lo imposible. El engaño, ¿no tendría que haber sido conocido al cabo de tres semanas, de cinco, de ocho, o cuando más de diez? ¿Cómo podían estos dos estafadores -se pregunta involuntariamente toda razón normal- ostentar tan despreocupada a insolentemente sus riquezas, como si no existiera ninguna Policía? Pero la De la Motte echa sus cuentas de un modo totalmente justo; piensa que si realmente ha de caer alguna vez sobre ellos un golpe desgraciado, tiene por delante quienes los defienden bien. Si llega a descubrirse el secreto... Pues bien, ya sabrá cómo arreglárselas el señor cardenal de Rohan. Tendrán mucho cuidado de no dejar que haga ruido un asunto que cubriría de eterno ridículo al gran limosnero de Francia. Preferiría pagar el collar de su propio bolsillo, muy calladamente y sin pestañear. ¿Para qué, pues, apresurarse? Con tal asociado en el negocio, ya puede uno dormir bien descansado en su cama cubierta de damasco. Y, verdaderamente, no se preocupan de nada la valiente De la Motte, su dignísimo esposo y el mañoso secretario, sino que gozan plenamente de las rentas que con hábil mano han sabido obtener del inagotable capital de la tontería humana.

Mientras tanto, hay, sin embargo, una pequeñez que le parece extraña al buen cardenal de Rohan. Había esperado que en la primera recepción oficial vería a la reina adornada con su precioso collar, y, probablemente, confiaba también obtener de ella alguna palabrita o una amistosa inclinación de cabeza, algún gesto de reconocimiento, invisible para todos los otros y sólo para él comprensible. Pero ¡nada! Fría como siempre, ve a María Antonieta pasar por su lado, y el collar no reluce sobre su blanco escote. «¿Por qué no lleva la reina mi alhaja?», acaba por preguntar, asombrado, a madame De la Motte. La astuta mujer no se pierde nunca por falta de respuesta; a la reina le repugna ponerse el collar antes de que esté completamente pagado. Sólo entonces quiere sorprender con él a su esposo. El paciente asno hunde de nuevo la cabeza en el pienso y se da por satisfecho.

Pero al mes de abril sucede lentamente el de mayo, mayo se convierte en junio, cada vez se acerca más el 1° de agosto, término fatal de las primeras cuatrocientas mil libras. Para obtener un aplazamiento, inventa la trapacera un nuevo truco. Les refiere a los joyeros que la reina ha reflexionado y encuentra demasiado alto el precio; si los vendedores no quieren hacer una rebaja de doscientas mil libras, está decidida a devolver la joya. La ladina De la Motte cuenta con que los joyeros entrarán en negociaciones, y con ello irá pasando el tiempo. Pero se equivoca. Los joyeros, que habían fijado un precio demasiado alto, que se encuentran ya en grandes apuros, se declaran sencillamente conformes.

Bassenge compone el borrador de una carta que debe anunciar a la reina su conformidad, y Boehmer se la entrega a la reina, con la aprobación de Rohan, el 12 de julio, día en el cual María Antonieta debe recibir, en propia mano, otra joya del joyero. La carta dice de este modo: «Señora, nos encontramos en el colmo de la dicha al atrevernos a pensar que las últimas condiciones de pago que nos han sido propuestas, y a las cuales nos hemos sometido con celo y respeto, son una nueva prueba de nuestra sumisión y obediencia a las órdenes de Vuestra Majestad, y tenemos una verdadera satisfacción al pensar que la más bella joya de diamantes que existe en el mundo servirá para la más alta y mejor de todas las reinas».

Esta carta, por su forma retorcida, es, en el primer momento, incomprensible para quien no conozca el asunto. Pero, no obstante, leyéndola atentamente y reflexionando un instante, tendría la reina que haberse preguntado, asombrada: ¿qué condiciones de pago son ésas? ¿Qué joya de diamantes? Pero es ya sabido, por cien otras ocasiones, que es raro que María Antonieta lea atentamente hasta el final ningún manuscrito o impreso; la aburre mucho; el reflexionar seriamente no fue nunca su fuerte. Además, sólo abre la carta cuando Boehmer ha sido ya licenciado. Como ella -totalmente desconocedora de los acontecimientos- no comprende el sentido de estas frases devotas y complejas, ordena a su camarera que vuelva a llamar a Boehmer para que se las explique. Pero, por desgracia, el joyero ha salido ya de palacio. Bueno; ya se sabrá lo que quiere decir ese loco de Boehmer. «Ya me lo dirá la próxima vez», piensa la reina, y al instante arroja la esquela al fuego. Esta destrucción de la carta, el que la reina no pregunte cosa alguna, produce en el primer momento -como todo en el asunto del collar- un efecto de inverosimilitud. y hasta historiadores tan sinceros como Luis Blanc han querido ver en esta rápida destrucción un sospechoso indicio, como si la reina, a pesar de todo, hubiera sabido algo ya de este turbio negocio. En realidad, esta quema veloz no tiene nada de extraño en una mujer que durante toda su vida ha destruido inmediatamente cada uno de los escritos dirigidos a ella, por miedo a su propia negligencia y al espionaje de la corte; aun después del asalto de las Tullerías no se encontró sobre su mesa de escribir ni un solo documento dirigido a ella. En resumidas cuentas, lo que en general era un acto prudente, fue en este caso una imprudencia.

Numerosas casualidades tuvieron, por tanto, que darse juntas para que el engaño no fuera descubierto antes. Pero ahora de nada sirven ya todas las prestidigitaciones; se acerca el 1° de agosto y Boehmer quiere su dinero. La De La Motte ensaya todavía un último medio defensivo: descubre repentinamente su juego ante los joyeros, y les declara cínicamente: «Han sido ustedes engañados. El escrito de garantía que posee el cardenal lleva una firma falsa. Pero el príncipe es rico y puede pagar». Con ello espera desviar el golpe; confía en que los joyeros -y en realidad de un modo completamente lógico- se precipitarán ahora enojados ante el cardenal, le informarán de todo, y él, por temor a quedar para siempre en ridículo delante de toda la corte y de la sociedad entera, se callará la boca, avergonzado, y preferirá soltar un millón seiscientas mil libras. Pero Boehmer y Bassenge no piensan como lógicos ni como psicólogos, y únicamente tiemblan por su dinero. No quieren tener nada que ver con el cardenal, cargado de deudas. La reina, la cual creen ambos que está mezclada en el asunto, ya que ha silenciado su carta, representa para ellos un deudor mucho más solvente que aquel fanfarrón cardenal. Y además, en el peor de los casos, en lo cual se equivocan nuevamente, la reina posee el collar, la preciosa prenda.

Se ha llegado ahora a un punto donde el embrollo no puede ya dar más de sí. Y con un solo ruidoso empujón, a esta tome de Babel de embustes y de recíprocos engaños se viene abajo fragorosamente cuando Boehmer acude a Versalles y solicitar audiencia de la reina.

Al cabo de un minuto saben los joyeros y sabe la reina que hay ignominiosas mentiras en el asunto; pero quién es el auténtico impostor debe mostrarlo el proceso.

Según todas las actuaciones y testimonios que existen en este embrolladísimo proceso, es incontrovertible hoy que María Antonieta no tuvo ni la más leve sospecha de esta miserable intriga que se había venido urdiendo con su nombre, su honor y su persona. En el sentido jurídico, era lo más inocente que cabe pensarse, exclusivamente víctima y no conocedora, ni mucho menos cómplice, de esta estafa, la más osada de la Historia Universal. Jamás recibió al cardenal, jamás conoció a la trapacera De la Motte, jamás tuvo en sus manos ni una piedra del collar. Sólo un odio preconcebidamente malicioso, una deliberada calumnia, podrían atribuir a María Antonieta un acuerdo con esta estafadora, con aquel imbécil cardenal; hay que repetirlo una y otra vez: la reina fue inmiscuida en este deshonroso asunto, sin tener de ello ni la menor sospecha, por una banda de estafadores, falsarios, ladrones y tontos.

Y a pesar de ello, en sentido moral, no puede absolverse plenamente a María Antonieta.

Pues toda esta superchería sólo pudo ser tramada porque su mala fama, conocida por todos, infundía ánimo a los engañadores, y porque toda ligereza por parte de la reina parecía, desde luego, creíble a los engañados. Sin las frivolidades y locuras de Trianón, viejas ya de bastantes años, le hubiera faltado toda base de verosimilitud a esta comedia de los engaños. Ningún hombre dotado de buen sentido hubiera osado atribuir a una María Antonieta, a una verdadera soberana, una correspondencia secreta a espaldas de su marido o una cita entre las sombras de un bosquecillo del parque. Jamás un Rohan, jamás los dos joyeros hubieran caído en el lazo de los embustes tan toscos, ni pensado que la reina andaba escasa de dinero y deseaba, a espaldas y sin conocimiento de su marido, comprar a plazos y mediante intermediarios un precioso aderezo de diamantes, si antes no se hubiera murmurado ya en voz baja en todo Versalles acerca de nocturnos paseos por el parque, de joyas devueltas y cambiadas y de deudas no satisfechas. Jamás la De la Motte hubiera podido erigir tal monumento de mentiras si la ligereza de la reina no hubiese puesto el cimiento para ello y si su mala reputación no la hubiera ayudado. Hay que repetir siempre lo mismo: en todas las fantásticas negociaciones del asunto del collar, María Antonieta era lo más inocente que cabe pensarse; pero el que tal estafa haya podido ser planteada bajo su nombre y que haya sido verosímil, fue y sigue siendo histórica culpa suya.

 

PROCESO Y SENTENCIA

Con su mirada de águila reconoció Napoleón la manifiesta falta de María Antonieta en el proceso del collar: «La reina era inocente, y para dar a conocer públicamente esta su inocencia, quiso que juzgara el Parlamento. El resultado fue que la reina fue tenida por culpable». En efecto, en esta ocasión María Antonieta perdió por primera vez su seguridad en sí misma. Mientras que en general pasa despreciativamente, sin volver la mirada, junto al apestoso fango de maledicencias y calumnias, esta vez busca refugio en un tribunal al que hasta entonces había menospreciado: el de la opinión pública. Años enteros se ha conducido de modo como si no oyera nada del zumbido de las flechas envenenadas lanzadas contra ella. Al solicitar ahora un proceso, en una repentina y casi histérica explosión de cólera, revela lo muy violenta y antigua que era ya la irritación de su orgullo; ahora, este cardenal de Rohan, que es quien se ha atrevido a avanzar más contra ella y de modo más visible, debe pagar por todos. Pero, fatalmente, es ella la única que cree todavía en las malas intenciones de aquel pobre loco. Hasta en Viena, José II mueve dubitativamente la cabeza cuando su hermana le describe a Rohan como un archicriminal: «Tuve siempre al gran limosnero por la criatura más ligera y dilapidadora que cabe imaginar, pero confieso que jamás le he creído capaz de una estafa o de una villanía tan negra como esa que ahora se le atribuye». Mucho menos cree Versalles en la culpabilidad de Rohan, y pronto circula un extraño rumor que dice que con aquella brutal detención ha querido deshacerse la reina de un incómodo testigo. El odio contagiado por la madre ha llevado a María Antonieta a una irreflexiva precipitación. Y con aquel ademán torpe y violento cae de los hombros de la reina el manto protector de la soberana: se descubre a sí misma ante el odio general.

Pues, por fin, ahora todos los secretos adversarios de la reina pueden reunirse para una acción común. María Antonieta ha puesto la mano, temerariamente, en todo un nido de serpientes de ofendidas vanidades. Luis, el cardenal de Rohan -¡cómo ha podido olvidarlo!-, es portador de uno de los más antiguos y gloriosos nombres de Francia, y aliado por la sangre de otras estirpes feudales, ante todo de los Soubise, los Marsan, los Condé; todas estas familias se sienten, como es natural, mortalmente ofendidas de que uno de los suyos haya sido detenido en el palacio del rey como un vulgar ratero. Por otra parte, el alto clero también está indignado. ¡Hacer prender por un grosero espadón a un cardenal, a una Eminencia, revestido de todos sus ornamentos, pocos minutos antes de decir la misa ante la faz del Señor! Las quejas llegan hasta Roma; tanto la nobleza como el estado eclesiástico se sienten afrentados en su totalidad. Resueltos a la lucha, se presenta en el ruedo el poderoso grupo de la francmasonería, pues no sólo a su protector el cardenal, sino también al dios de los sin Dios, a su jefe, al maestro de la orden, a Cagliostro, han llevado los gendarmes a la Bastilla; llega, por fin, ahora la ocasión de lanzar algunas grandes piedras contra los vidrios de la soberanía, del trono y del altar.

Además, el pueblo, en general excluido de todas las fiestas y picantes escándalos del mundo de la corte, está encantado con todo el asunto. Una vez, por fin, le es ofrecido un gran espectáculo: un cardenal, en propia persona, acusado públicamente, y, a la sombra de sus vestiduras cardenalicias de color púrpura, un verdadero muestrario de estafadores, trapaceros, alcahuetes, falsarios, y además de todo, en el último fondo -¡atractivo principal!-, la orgullosa, la soberbia austriaca. Asunto más divertido que este escándalo de la «bella Eminencia» no podía ser regalado a los aventureros de la pluma y el lápiz, a los autores de libelos, a los caricaturistas, a los voceadores de periódicos. Ni siquiera la ascensión de Montgolfier, que conquista para la Humanidad una nueva esfera, ha provocado en París, ni en el mundo entero, un interés semejante al de este proceso, iniciado por una reina y que, poco a poco. se convierte en un proceso contra la misma reina. Como ya antes de la vista tienen, según la ley, derecho a aparecer impresos libres de censura, los escritos de defensa, las librerías son asaltadas por el público y la Policía tiene que intervenir en ello. Ni las obras inmortales de Voltaire, de Jean-Jacques Rousseau o de Beaumarchais conocieron en varios decenios las gigantescas tiradas que tienen estos playdoyers en una sola semana. Siete mil, diez mil, veinte mil ejemplares, todavía con la tinta húmeda, son arrancados de las manos de los vendedores, y en las Embajadas extranjeras los diplomáticos tienen que pasarse el día entero atando paquetes para enviar, sin pérdida de tiempo, a sus príncipes, llenos de curiosidad, los más recientes libelos sobre el escándalo de la corte de Versalles. Todo el mundo quiere leerlo todo y poder decir que lo ha leído; durante semanas enteras no hay otro tema de conversación; las más alocadas conjeturas son creídas ciegamente. Para asistir al propio proceso vienen grandes caravanas de provincias, nobles, burgueses, abogados; en París, los artesanos abandonan sus tiendecillas y talleres. Inconscientemente, adivina el recto instinto popular que aquí no se verá solamente el proceso de una falta aislada, sino que de este pequeño y sucio ovillo saldrán espontáneamente todos los hilos que llevan a Versalles; el abuso de las lettres de cachet, esas arbitrarias órdenes de prisión, las dilapidaciones de la corte, el mal estado de las finanzas, todo puede ahora ser tomado desde su origen. Por primera vez, gracias a una grieta casualmente abierta, puede la nación columbrar el secreto mundo inaccesible hasta ahora para ella. Se trata en este proceso de mucho más que de un collar; se trata del sistema de gobierno ahora existente, pues esta acusación, si es hábilmente dirigida, puede rebotar contra toda la clase directora, contra la reina, y con ella contra la monarquía. «¡Qué acontecimiento grande y prometedor! -exclama uno de los frondeurs habituales del Parlamento-. ¡Un cardenal, descubierto como estafador! ¡La reina, envuelta en un proceso escandaloso! ¡Cuánta basura sobre el báculo y el cetro! ¡Qué triunfo para las ideas de la libertad!» Aún no sospecha la reina qué males ha desencadenado con un único ademán precipitado. Pero cuando un edificio está reblandecido y tiene minados sus cimientos desde hace mucho tiempo, basta arrancar de la pared un solo clavo para que toda la fábrica se venga abajo.

Ante el tribunal se abre con tiento la misteriosa caja de Pandora. Su contenido esparce un olor no precisamente a rosas. Como favorable para la ladrona se muestra únicamente la circunstancia de que, a tiempo, el noble esposo de De la Motte ha podido emprender la huida a Londres con los restos del collar; con ello falta la principal pieza probatoria, y cada uno de los acusados puede acusar al otro del robo y ocultación del invisible objeto robado, y al mismo tiempo, subterráneamente, dejar siempre entrever la posibilidad de que acaso el collar se encuentre todavía en manos de la reina. La De la Motte, la cual sospecha que los ilustres señores procesados se determinarán a descargar sobre sus espaldas el peso de la culpa, para poner en ridículo a Rohan y apartar de sí la sospecha ha acusado del robo al inocente Cagliostro, envolviéndolo a la fuerza en el proceso. Explica, descarada a imprudentemente, su repentina riqueza diciendo que ha sido querida de Su Eminencia, y todo el mundo conoce la liberalidad de aquel eclesiástico tierno de corazón.

El asunto comienza a ser, por to menos, enojoso para el cardenal, cuando logran por fin echar mano a los cómplices Rétaux y la «baronesa de Oliva», la modistilla, y con sus declaraciones todo queda aclarado.

Pero hay un nombre que tanto la acusación como la defensa evitan celosamente pronunciar: el de la reina. Cada uno de los acusados se guarda con todo cuidado de echar sobre María Antonieta la culpa más pequeña; hasta la De la Motte -otras han de ser más tarde sus palabras- rechaza como una criminal infamación la idea de que la reina haya recibido el collar. Mas precisamente esta circunstancia de que todos ellos, como por un convenio propio, hablen de la reina con tan profundas reverencias y tan llenos de respeto, actúa en sentido contrario sobre la desconfiada opinión pública; se esparce cada vez más el rumor de que se ha dado orden de no acusar a la reina. Ya se susurra que el cardenal ha tomado magnánimamente las culpas a su cargo, y se preguntan las gentes si las cartas que ordenó quemar tan pronta y discretamente serían en realidad todas falsas. ¿No habrá, pues, alguna cosa -cierto que no se sabe qué, pero algo, algo-, en este asunto, que sea comprometedor para la reina? De nada sirve que los hechos se aclaren totalmente, semper aliquid haeter; precisamente porque su nombre no es pronunciado en el juicio, María Antonieta, de modo invisible, comparece también ante el tribunal.

El 31 de mayo debe por fin ser pronunciada sentencia. Desde las cinco de la mañana, una muchedumbre que no puede abarcar la vista se agolpa delante del Palacio de Justicia; la orilla izquierda del Sena no puede, ella sola, contener toda esta gente, y también el Puente Nuevo y la orilla derecha se encuentran llenos de una masa impaciente; con gran trabajo, la Policía a caballo logra mantener el orden. Ya en su camino, por las excitadas miradas y las apasionadas aclamaciones de los espectadores, comprenden los sesenta y cuatro jueces lo trascendental que es para toda Francia la sentencia que van a pronunciar; pero el aviso decisivo los espera en la antecámara de la gran sala de deliberaciones, de la grande chambre. Allí, vestidos de luto, diecinueve miembros de las familias de Rohan, Soubise y Lorena están colocados en fila por donde han de pasar los jueces, y se inclinan respetuosos a su paso. Ninguno de ellos dice palabra, ninguno se adelanta. Su vestido y su actitud lo dicen todo. Y esta silenciosa súplica de que la sentencia devuelva su amenazado honor a la familia de Rohan actúa fuertemente sobre los consejeros, los cuales, en su mayoría, pertenecen también a la alta nobleza de Francia; antes de comenzar las deliberaciones saben ya que el pueblo y la nobleza, y en general todo el país, esperan la libre absolución del cardenal.

Sin embargo, las deliberaciones duran dieciséis horas, y los de Rohan y los millares de personas de la calle tienen que esperar diecisiete horas, desde las seis de la mañana hasta la diez de la noche, porque los jueces no ignoran que se hallan en presencia de una trascendental resolución. La sentencia de la embaucadora es pronunciada primeramente.

lo mismo que la de sus cómplices; a la modistilla la dejan gustosos salir libre porque ¡es tan bonita y se dejó conducir al bosquecillo de Venus de modo tan inocente! La verdadera discusión se refiere exclusivamente al cardenal. En absolverlo, porque evidentemente ha sido engañado y no es ningún impostor, están todos de acuerdo; la diferencia de opiniones impera sólo en lo que se refiere a la forma de esta absolución, pues de ello depende una gran cuestión política. Los partidarios de la corte desean -y no sin razón- que esta absolución tenga que ir ligada con una reprensión por «culpable osadía», pues no ha sido otra cosa, por parte del cardenal, el creer que una reina de Francia podía citarse secretamente con él en un oscuro bosquecillo. Por esta falta de respeto a la persona de la reina exige el representante de la acusación que el cardenal presente humilde y públicamente sus excusas ante la grande chambre, lo mismo que la dimisión de todos sus cargos. Por el contrario, el partido adverso, el de los enemigos de la reina, desea la pura y simple suspensión del procedimiento. El cardenal ha sido engañado y queda, por tanto, sin mácula ni culpa. Esta plena absolución lleva en su aljaba una flecha envenenada. Pues si se admite que el cardenal, por todo lo que se conoce de la conducta de la reina, ha podido juzgar como posibles tales clandestinidades y libertades, con ello se saca a la vergüenza la ligereza de la reina. En el platillo de la balanza está colocado algo difícil de pesar; considérese, por lo menos, que la conducta de Rohan ha sido irrespetuosa con la soberana, y, de este modo, María Antonieta queda compensada del mal uso que se ha hecho de su nombre; mientras que si se absuelve al cardenal pura y simplemente, al mismo tiempo se condena moralmente a la reina.

Esto lo saben los jueces del Parlamento, esto lo saben ambos partidos, esto lo sabe el pueblo, ávido a impaciente; tal sentencia tiene que resolver algo distinto de aquel caso aislado e insignificante. Aquí no se trata de ningún asunto privado, sino de la cuestión política de aquel tiempo; de si el Parlamento de Francia considera aún la persona de la reina como «sagrada» e intangible. o la tiene por sometida plenamente a las leyes, como cada uno de los otros ciudadanos franceses; por primera vez, la Revolución que llega arroja resplandores de un rojo matinal por las ventanas de aquel edificio en el cual se contiene también is Conciergerie, es estremecedora prisión desde la cual María Antonieta debe ser conducida al cadalso. Bajo un mismo techo comienza la causa de la reina y en él ha de terminar. En la misma sala que la De la Motte tendrá más tarde que defenderse la reina.

Los jueces deliberan durante dieciséis horas; combaten violentamente unas con otras las diversas opiniones y los no menos opuestos intereses; pues ambos partidos, el monárquico y el antimonárquico, han aprovechado toda suerte de influencias, y no la que menos la del oro; desde varias semanas antes, todos los ministros del Parlamento están sometidos a recomendaciones, amenazas, maniobras, cohechos y regalos, y se canta ya por las calles:

Si cet arrêt du cardinal

vous paraissait trop illégal

sachez que la finance,

eh bien!

Dirige tout en France

vous m'entendez bien!

 

Por último se venga también el Parlamento de la antigua indiferencia del rey y de la reina hacia tal institución; hay muchos, entre estos jueces, que piensan que ya es tiempo de que la autocracia reciba una lección fundamental y sin precedentes. Por veintiséis votos contra veintidós -el partido se juega con fuerzas casi iguales- es absuelto el cardenal «sin ninguna censura», lo mismo que su amigo Cagliostro y la modistilla del Palais Royal. También con los cómplices se muestra indulgente el tribunal: quedan libres, sólo con pena de destierro. El gasto lo paga la De la Motte, la cual. por unanimidad, es condenada a ser azotada públicamente por el verdugo, a ser marcada con un hierro candente que le imprima una « V» (voleuse) y a permanecer encerrada por todo el tiempo de su vida en la Salpêtrière.

Pero hay también una persona, que no estuvo sentada en el banquillo de los acusados y que, con la absolución del cardenal, queda condenada y también a perpetuidad: María Antonieta. Desde aquella hora es abandonada, sin defensa alguna, a la calumnia pública y al odio ilimitado de sus adversarios.

Al oír el veredicto, alguien se precipita fuera de la sala de audiencia y lo comunica a las masas; centenares de personas lo siguen y, locas de entusiasmo, proclaman la absolución por las calles. Con tanta violencia se desborda el júbilo, que sus bramidos llegan hasta la orilla del río. «¡Viva el Parlamento!» -grito nuevo que sustituye al habitual de « ¡Viva el Rey!»- resuena por toda la ciudad. A los jueces les cuesta trabajo defenderse de la entusiasta gratitud. Las gentes los abrazan, las vendedoras del mercado los besan, su camino es cubierto de flores, magníficamente se desarrolla el cortejo triunfal de los absueltos. Diez mil personas, lo mismo que a un general victorioso, escoltan al cardenal, nuevamente vestido de púrpura, hasta la Bastilla, donde todavía debe pasar aquella noche; hasta el amanecer lanzan gritos de júbilo ante sus murallas muchedumbres siempre renovadas. No menos divinizado es Cagliostro, y sólo una orden de la Policía logra impedir que la ciudad se ilumine en su honor. De este modo -señal alarmante festeja todo el pueblo a dos personas que no han hecho ni logrado otra cosa para Francia sino dañar mortalmente el prestigio de la reina y de la monarquía.

En vano se esfuerza la reina por ocultar su desesperación; este latigazo en mitad del rostro ha estallado con demasiada dureza y demasiado en público. Su camarera la encuentra des hecha en llanto; Mercy comunica a Viena que su dolor es «mayor de lo que razonablemente parece exigir la causa». Siempre más fuerte por sus instintos que por consciente reflexión, María Antonieta ha reconocido al punto lo irreparable de esa derrota; por primera vez desde que lleva la corona, ha tropezado con un poder más fuerte que su voluntad.

Pero el rey tiene aún entre sus manos la resolución final. Aún podría. con una enérgica disposición, salvar el ofendido honor de su esposa a intimidar a su debido tiempo la sorda resistencia general. Un rey fuerte, una reina resuelta, tendrían que haber disuelto un Parlamento hasta aquel punto sedicioso; así habría precedido Luis XIV y acaso Luis XV Pero Luis XVI no posee más que un ánimo abatido. No se atreve con el Parlamento; solamente, para dar a su esposa una especie de satisfacción, envía al cardenal al destierro y expulsa a Cagliostro fuera del país -tímido expediente que enoja al Parlamento sin herirlo realmente y ofende a la justicia sin reparar el honor de la reina-. Indeciso, como siempre, emplea el término medio, cosa que en política siempre resulta lo más perjudicial. Con ello entra por el camino tortuoso, y pronto se cumple, en el común destino de ambos esposos, la antigua maldición de los Habsburgos que Grillparzer ha puesto en verso de modo inolvidable.

Es maldición de nuestra noble casa, sólo a medio camino y media acción, con pobres medios, aspirar sin bríos. El rey ha dejado escapar irreparablemente el momento de tomar una gran decisión. Con la sentencia del Parlamento contra la reina comienza una época nueva.

También contra la De la Motte emplea la corte idéntico y funesto procedimiento de términos medios. También aquí existían dos posibilidades: o evitar magnánimamente a la criminal el castigo cruel -cosa que hubiera hecho un efecto excelente o, en otro caso, llevar a efecto la ejecución de la pena con la mayor publicidad posible. Pero de nuevo se refugia la íntima vacilación en medidas intermedias. Cierto que erigen solemne mente el patíbulo, prometiendo con ello a todo el pueblo el bárbaro espectáculo de una pública estigmatización; ya están alquiladas a fantásticos precios las ventanas de las casas vecinas: no obstante, en el último momento, se espanta la corte de su propio valor. A las cinco de la mañana, por tanto, intencionalmente a una hora en la que no son de temer los testigos, catorce verdugos arrastran a la condenada, que grita agudamente y, llena de furor, reparte golpes entre los que la rodean, hasta las escaleras del Palacio de Justicia, donde le será leída la sentencia que la condena a ser azotada y marcada con hierro candente. Pero han agarrado a una leona enfurecida; la histérica mujer lanza penetrantes aullidos; sus maldiciones contra el rey, el cardenal y el Parlamento despiertan a los durmientes de todos los alrededores; resuella ruidosamente, muerde, pega puntapiés, y finalmente se ven obligados a arrancar los vestidos de su cuerpo para poder imprimirle la ardiente señal. Mas en el instante en que la enrojecida marca toca su hombro, se revuelve convulsivamente la víctima de tal tortura, descubriendo su total desnudez, con gran diversión de los espectadores, y la encendida «V» cae sobre su pecho en lugar del hombro. Entre alaridos, el frenético animal muerde al verdugo a través de su jubón; después la martirizada cae sin sentido. Como a un cadáver, arrastran a la desmayada hasta la Salpétrière, donde, según la sentencia, debe trabajar durante toda su vida con un hábito de tela gris, calzada con zuecos y alimentada sólo con pan negro y lentejas.

Apenas son conocidas las horrorosas circunstancias de este castigo, todas las simpatías se vuelven de repente hacia la De la Motte. Mientras que cincuenta años antes - léase el hecho de Casanova- toda la nobleza, con sus damas, había presenciado durante cuatro horas la tortura del mentalmente débil Damiens, que había arañado con un insignificante cortaplumas a Luis XV, divirtiéndose en ver como aquella desdichada piltrafa humana era pellizcada con tenazas puestas al rojo, escaldada con aceite hirviendo y atada a la rueda después de una inacabable agonía que había erizado sobre la cabeza de la víctima los cabellos repentinamente encanecidos, se llena de pronto de conmovedora piedad por la «inocente» De la Motte, pues dicho sanamente se ha encontrado ahora una nueva forma, y nada peligrosa, de protestar contra la reina: se hace ostentación de pública simpatía por la «víctima», por la «pobre desgraciada». El duque de Orleans organiza una cuestación pública, y toda la nobleza envía regalos a la cárcel; a diario elegantes carrozas se detienen delante de la Salpêtrière. Visitar a la castigada ladrona es el dernier cri de la sociedad parisiense. Con asombro reconoce un día la abadesa, entre las emocionadas visitantes, a una de las mejores amigas de la reina, la princesa de Lamballe. ¿Ha ido por propio impulso o, como al instante cuchichea la gente, con una comisión secreta de María Antonieta? En todo caso, esta piedad fuera de lugar arroja una penosa sombra sobre la situación de la reina. ¿Qué significa esta sorprendente compasión?, se preguntan todos.

¿Le remuerde a la reina la conciencia? ¿Busca un acuerdo secreto con su «víctima»? No cesan los murmullos. Y como pocas semanas más tarde, de una manera misteriosa -manos desconocidas le abrieron por la noche las puertas de la prisión-, la De la Motte huye a Inglaterra, una sola voz domina entonces en todo París para decir que la reina ha salvado a su «amiga» en agradecimiento por haber silenciado generosamente ante el tribunal la culpa o la complicidad de María Antonieta en el asunto del collar.

En realidad, el facilitar la fuga de la De la Motte fue el más pérfido golpe que los conjurados, desde su celada, podían asestar contra la reina. Pues ahora no sólo el misterioso rumor del acuerdo de la reina con la ladrona encuentra abiertas todas las puertas, sino que, por su parte, la azotada De la Motte puede, desde Londres, presentarse como acusadora a imprimir impunemente las mentiras y calumnias más desvergonzadas; y aún más, como en Francia y en toda Europa hay un público inmenso que espera tales «revelaciones», puede, por fin, volver a manejar mucho dinero. Ya el mismo día de su llegada, un editor de Londres le ofrece grandes sumas; en vano intenta la corte, que ahora conoce ya la trascendencia de las calumnias, detener el vuelo de estas flechas envenenadas; la favorita de la reina, la Polignac, es enviada a Inglaterra para comprar el silencio de la ladrona a cambio de doscientas mil libras, pero la astuta embaucadora engaña de nuevo a la corte, coge el dinero y hace publicar una, dos y hasta tres veces, en forma siempre diferente y con nuevas adiciones sensacionales, el libro de sus Memorias.

En estas memorias se encuentra todo lo que un público ávido de escándalo podía esperar y más aún; el proceso ante el Parlamento ha sido un vano simulacro, se ha sacrificado a la pobre De la Motte del modo más abominable. Naturalmente que nadie sino la reina ha encargado el collar y lo ha recibido de manos de Rohan, mientras que ella, la pobre inocente, sólo por amistad, ha echado sobre sí el delito para proteger el desacreditado honor de la reina. De qué manera ha llegado a ser tan amiga de María Antonieta, también esto lo explica la desvergonzada embustera en la forma como desea verlo explicado el concupiscente público: more lésbico, intimidades del lecho. No sirve de nada que, a los ojos de todo espíritu libre de prevenciones, la mayor parte de estas mentiras queden ya desenmascaradas por su torpe intervención; por ejemplo, cuando la De la Motte afirma que María Antonieta tuvo ya relaciones amorosas con el cardenal de Rohan cuando archiduquesa, en el tiempo en que éste había sido embajador en Viena, a toda persona de buena voluntad le basta contar con los dedos para saber que María Antonieta hacía ya largo tiempo que era delfina en Versalles cuando la embajada de Rohan. Pero las buenas voluntades se han hecho escasas. En cambio, al gran público le embelesan las docenas de cartas de amor de la reina a Rohan, perfumadas con almizcle, que la De la Motte falsifica en sus memorias, y cuantas más perversidades sabe referir de la reina, tantas más quiere conocer. Los libelos suceden ahora a los libelos; cada uno excede al anterior en lascivia y ordinariez; pronto aparece una pública «Lista de todas las personas con las cuales ha tenido la reina relaciones licenciosas»; contiene nada menos que treinta y cuatro nombres de uno y otro sexo, duques, comediantes, lacayos, el hermano del rey, así como su ayuda de cámara, la Polignac, la De Lamballe y, por último, para abreviar, routes les tribades de Paris, incluyendo a las mozas perdidas de las calles, castigadas a latigazos. Pero estos treinta y cuatro nombres no agotan, ni con mucho, todos los compañeros de vicio que atribuye a María Antonieta la opinión de los salones y la de la calle, artificialmente excitadas; una vez que la fantasía erótica y errabunda de toda una ciudad o de toda una nación se ha apoderado de una mujer, ya sea emperatriz o estrella de cine, reina o cantante de ópera, le adjudica, hoy como ayer, en forma de alud, todos los excesos y perversiones imaginables para participar de sus imaginados placeres en un orgasmo anónimo y con fingido enojo. Otro libelo, La vie scandaleuse de Marie-Antoinette, tiene noticias de un vigoroso bárbaro que ya en la corte imperial austriaca tenía que apaciguar los inextinguibles Fureurs utérines (éste es el delicado título de un tercer libero) de la muchacha de trece años; con mucho detalle se describe en el Bordel royal (otro título de libelo) el comercio de la reina con sus mignons et mignones, y se ponen al alcance del embelesado lector con numerosos grabados pornográficos que representan a la soberana, con sus diferentes colegas, en aretinescas posturas amorosas. Cada vez más alto salpica la basura; las mentiras son cada vez más odiosas y es creída cada una de ellas porque se desea creer todo lo que se diga sobre aquella «criminal» . A los dos o tres años del proceso del collar es imposible ya salvar a María Antonieta, infamada en toda Francia como la mujer más lasciva y depravada, más astuta y tiránica que cabe imaginar, mientras que, por el contrario, la bribona De la Motte, marcada por el fuego, pasa por víctima inocente. Y apenas estalla la Revolución, cuando intentan los clubs traer a París a la fugitiva De la Motte, bajo su protección, para abrir nuevamente y con maña todo el proceso del collar, pero esta vez con la De la Motte como acusadora y María Antonieta en el banco de los acusados; sólo la muerte súbita de la De la Motte -en 1791 se arrojó por la ventana de un ataque de manía persecutoria- impidió que esta magnífica embaucadora fuera llevada en triunfo por París, concediéndosele el decreto de que «ha sido acreedora de la gratitud de la República». Sin esta intervención del destino, el mundo habría asistido a una comedia de justicia mucho más grotesca aún que el proceso del collar: la De la Motte, espectadora aclamada en la decapitación de la reina calumniada por ella.

 

DESPIERTA EL PUEBLO, DESPIERTA LA REINA

La significación histórica del proceso del collar consiste en que arroja la agria y dura luz de la publicidad sobre la persona de la reina y las interioridades de Versalles; en tiempos revueltos, siempre es peligroso el hacerse visible. Pues para tomar las armas, para llegar a ser activo, todo estado de descontento, todavía en situación pasiva, necesita siempre una figura humana, ya sea como abanderado de su idea, ya como blanco para el acumulado odio; un bíblico chivo expiatorio. A ese ser misterioso que es el «pueblo» sólo le es dado pensar antropomórficamente, sólo partiendo de seres humanos; las ideas no son nunca plenamente claras para su capacidad de concepción, sino sólo los personajes: por ello, dondequiera que hay una culpa quiere ver al culpable. El pueblo francés sospecha ya oscuramente, desde hace mucho tiempo, que hay una injusticia que le es infligida no sabe desde dónde. Durante largos años se ha inclinado obediente, esperando, crédulo, tiempos mejores: al advenimiento de cada nuevo Luis siempre ha tremolado con embeleso las banderas, siempre ha cumplido piadosamente con sus señores feudales y la Iglesia en el pago de censos y prestaciones personales; pero cuanto más se somete, tanto más dura llega a ser la presión de los impuestos que, ávidamente, le chupan la sangre. En la rica Francia están vacíos los graneros, empobrecidos los arrendatarios; en la más fértil tierra de Europa, bajo los más bellos cielos, escasea grandemente el pan. Alguien tiene que ser el culpable; si los unos carecen totalmente de pan, tiene que ser porque otros devoren demasiado; si los unos se ahogan bajo la carga de sus deberes, tiene que haber otros que se arroguen demasiados derechos. Aquella sorda inquietud que siempre precede a toda idea y a todo pensamiento creadores se extiende, poco a poco, por todo el país. La burguesía, a quien un Voltaire y un Jean-Jacques Rousseau han abierto los ojos, comienza a juzgar por sí misma, a censurar, a leer, a escribir, a instruirse: a veces un relámpago abrasa los cielos anunciando la gran tormenta; son saqueadas las granjas y amenazados los señores feudales. Un gran descontento pesa desde hace tiempo, sobre todo el país.

Entonces, uno detrás de otro, dos deslumbradores relámpagos cruzan el espacio a iluminan toda la situación a ojos del pueblo: el proceso del collar es uno de ellos; el otro las manifestaciones de Calonne sobre el déficit. Estorbado en la realización de sus reformas, acaso también por secreta animosidad contra la corte, el ministro de Hacienda, al hablar de la situación financiera, ha citado por primera vez cifras exactas. Se sabe ahora lo que se silenció durante tanto tiempo: en doce años de reinado, Luis XVI ha tomado a préstamo mil doscientos cincuenta millones. Todo el pueblo se queda lívido ante el resplandor de este relámpago. Un millar doscientos cincuenta millones, cifra astronómica, ¿en qué y por quién han sido consumidos? El proceso del collar da la respuesta; saben por él los pobres diablos que por algunos sous zancajean trabajosamente jornadas enteras que, en ciertos círculos sociales, son presentados como corrientes regalos amorosos, diamantes por valor de millón y medio, que se adquieren palacios por diez o veinte millones, mientras que el pueblo se muere de hambre. Y como todo el mundo sabe que el rey, ese humilde zote, esa alma de pequeño burgués, no es capaz de participar en esta fantástica dilapidación, toda la mala voluntad, a modo de catarata, se precipita sobre la reina fascinadora, pródiga y aturdida. Se ha encontrado a la culpable de las deudas del Estado. Ahora se sabe ya por qué los billetes tienen menos valor de día en día, el pan está cada vez más caro y los impuestos cada vez más altos; es porque esa zorra dilapidadora hace revestir, en su Trianón, toda una habitación con brillantes y porque le envía secretamente a su hermano José, a Austria, centenares de millones de oro para pagar su guerra: porque colma de pensiones, empleos y prebendas a sus amantes y amiguitas. La desgracia tiene de pronto una causa, la bancarrota un autor, la reina un nuevo nombre. Desde un extremo de Francia hasta el otro se la llama «Madame Déficit»: la palabra quema sus espaldas como un hierro candente.

Ha estallado ahora, por fin, la nube lóbrega: una granizada de folletos, libelos; un diluvio de escritos, proposiciones, peticiones, se derrama mugidora; jamás en Francia se ha hablado, escrito y perorado tanto; el pueblo comienza a despertar. Los voluntarios y soldados de la guerra norteamericana hablan, hasta en las aldeas más ignorantes, de que hay un país democrático, sin corte, rey ni nobleza, sino sólo puros ciudadanos con perfecta igualdad y libertad. Y ¿no está ya claramente expresado en el Contrato social de Jean-Jacques Rousseau, y más fina y discretamente en los escritos de Voltaire y Diderot, que el régimen monárquico no es el único querido por Dios ni el mejor de todos los existentes? El viejo respeto, mudo y reverente, alza por primera vez, furioso, la cabeza, y con ello una nueva confianza es infundida en la nobleza, la burguesía y el pueblo; el leve rumor de las logias masónicas y de las reuniones públicas asciende poco a poco de tono hasta convertirse en un mugir y un atronar tempestuoso; una tensión eléctrica hincha en los aires esferas preñadas de fuego: «Lo que aumenta el mal en monstruosas proporciones -comunica a Viena el embajador Mercy- es la creciente excitación de los espíritus. Puede decirse que, poco a poco, la agitación ha alcanzado a todas las clases sociales, y esta febril inquietud da fuerza al Parlamento para perseverar en su oposición. No se creería si se dijera la audacia con que se expresan las gentes en los lugares públicos sobre el rey, los príncipes y los ministros: se critican sus gastos; se pinta con los más negros colores la prodigalidad de la corte, y se insiste en la necesidad de una convocación de los Estados Generales, como si el país estuviera sin gobierno. Es ya imposible reprimir con medidas penales esta libertad de lenguaje, pues la fiebre ha llegado a ser tan general que aun cuando se encerraran por millares las gentes en la cárcel, no podría ser contenido el daño, sino que tal hecho provocaría en tan alto grado la cólera del pueblo, que la insurrección sería inevitable».

Ahora el descontento general no necesita ya de ninguna máscara ni de ninguna precaución; se presenta abiertamente y dice to que quiere decir; ya no son guardadas ni las formas externas de respeto. Cuando la reina, poco tiempo después de la cuestión del collar, vuelve a pisar por primera vez su palco, es recibida con tan violentos silbidos que en adelante evitar ir al teatro. Cuando madame Vigée-Lebrun quiere exponer públicamente en el «Salón» su retrato de María Antonieta, es ya tan grande la probabilidad de un ultraje a la pintada «Madame Déficit», que se prefiere retirar a toda prisa el retrato de la reina. En su boudoir, en la Galería de los Espejos de Versalles, por todas partes, recibe María Antonieta una fría hostilidad, no ya sólo a sus espaldas, sino cara a cara y abiertamente. Por último tiene que sufrir la última afrenta: el teniente de Policía anuncia de una manera embozada que sería aconsejable que la reina se abstuviera de visitar París por el momento, no fuera a darse el caso de que se produjesen incidentes enojosos, de los cuales no hubiera modo de defenderla. La agitación hasta entonces contenida en la totalidad del país se desencadena salvajemente ahora contra una sola persona y, arrancada repentinamente de su despreocupación, despertada al ser golpeada y azotada por ese látigo de odio, solloza desesperada la reina, dirigiéndose a sus últimos fieles: « ¿Qué quieren de mí? ¿Qué les he hecho?».

Tenía que caer un crepitante rayo para hacer salir con espanto a María Antonieta de su orgulloso a indiferente laisser-aller. En este momento está despierta; ahora comienza a comprender lo que ha omitido de sus obligaciones aquella mujer mal aconsejada y sorda a todo favorable aviso en su debido momento, y, con la nerviosa impetuosidad que le es propia, se apresura a enmendar de una manera bien visible lo más irritante de sus faltas.

De una sola plumada limita inmediatamente el costoso tren de su vida. A mademoiselle Bertin se le firma la licencia: en el vestuario, en el régimen doméstico, en las caballerizas, se adoptan limitaciones que economizan más de un millón al año; los juegos de azar, con sus banqueros, desaparecen de sus salones; se interrumpen las nuevas construcciones del palacio Saint-Cloud; se venden con toda rapidez posible otros palacios; son destituidos los ocupantes de una porción de cargos inútiles, en primer lugar los de sus favoritos de Trianón. Por primera vez, María Antonieta vive con el oído alerta; por primera vez no obedece a la antigua potencia, la moda de su mundo, sino a la nueva, la opinión pública.

Ya a estas primeras tentativas les debe la reina toda clase de luces sobre los verdaderos sentimientos de los que hasta entonces habían sido sus amigos, las personas a quienes había colmado de beneficios durante dos decenios con daño de su propia fama, pues estos explotadores muestran poca comprensión para unas reformas del Estado hechas a su costa. Es insoportable, barbotea con la mayor publicidad uno de aquellos descarados cortesanos, vivir en un país en el cual no se está seguro de que aún se poseerá mañana lo que se tuvo ayer. Pero María Antonieta permanece firme. Desde que mira con despiertos ojos, conoce mejor muchas cosas. Se retira visiblemente de la fatal sociedad de los Polignac y vuelve a acercarse a sus antiguos consejeros, a Mercy y al hace mucho tiempo despedido Vermond: es como si su tardío buen sentido quisiera justificar póstumamente a María Teresa por sus inútiles advertencias.

Pero «demasiado tarde»: esta funesta frase será desde ahora la respuesta a cada uno de sus esfuerzos. Todas estas pequeñas renuncias pasan sin ser notadas en el general tumulto; estas economías precipitadas no son más que gotas que rezuman del enorme tonel del déficit. Reconoce ahora, con espanto, la corte que con medidas parciales y accidentales no puede ya salvarse nada; es necesario un Hércules que aparte, por fin, a un lado los gigantescos peñascos del déficit. Se busca un salvador; uno tras otro son designados diversos ministros para la obra de saneamiento financiero, pero todos ellos emplean únicamente procedimientos eficaces para el momento en que se dictan; de esos que nosotros mismos conocemos muy bien, de ayer y de hoy (siempre se repite la historia): gigantescos empréstitos que en apariencia hacen desaparecer los antiguos, desconsiderados tributos y sobrecargas de los mismos, emisión de asignados, recogida de la moneda de oro para acuñarla de nuevo desvalorizada; por tanto, inflación encubierta.

Pero como, en realidad, el mal procede más de lo profundo, nace de una defectuosa circulación, de una malsana distribución de la economía nacional, de la concentración de toda la riqueza del país en manos de algunas docenas de familias feudales, y como los médicos de las finanzas no osan emprender la necesaria intervención quirúrgica, la debilitación del tesoro público sigue siendo crónica. «Cuando la dilapidación y la frivolidad han agotado el regio tesoro -escribe Mercy-, se eleva un grito de desesperación y de terror. Entonces, los ministros de Hacienda emplean siempre remedios mortíferos, como, en último término, la reacuñación de las monedas de oro en forma engañosa o la creación de nuevos impuestos. Estos remedios momentáneos aminoran momentáneamente también las dificultades, y al punto, con incomprensible ligereza, se pasa de la desesperación a la despreocupación más grande. En último término, es seguro que el actual gobierno sobrepasa, en desorden y latrocinios, a los anteriores y que moralmente es imposible que este estado de cosas pueda durar más tiempo sin tener como consecuencia una catástrofe.» Conforme se siente venir con mayor rapidez el hundimiento, tanto más inquieta se siente la corte. Por fin se comienza a comprender que no basta cambiar de ministros, sino que hay que cambiar de sistema. Al borde de la bancarrota, por primera vez, no se exige ya del anhelado salvador público que sea de familia ilustre, sino, ante todo, que sea popular -concepto nuevo en la corte francesa- e infunda confianza a ese desconocido y peligroso ser llamado «pueblo».

Tal hombre existe, se le conoce en la corte; ya antes, estrechados por la necesidad, han llegado a solicitar sus consejos, aunque sea de origen burgués, extranjero, suizo, y, lo que es mil veces peor, un verdadero hereje, un calvinista. Pero los minis tros no habían quedado muy encantados con aquel intruso y lo habían arrumbado con toda rapidez, porque en su Compterendu dejaba ver demasiado claro a la nación lo que ocurría en sus cocinas infernales. De un modo ofensivo, en un pedacito de papel de cartas, el enojado consejero le había enviado al rey su dimisión; esta falta de respeto, contraria a los usos de la corte, no podía ser olvidada por Luis XVI, y manifestó claramente durante largo tiempo -o quizás hasta llegó a jurarlo- que nunca más volvería a llamar a Necker.

Pero Necker, ahora o nunca, es el hombre de la hora; la reina comprende por fin lo necesario que sería, en especial para ella, contar con un ministro que fuera capaz de dulcificar a esta salvaje y abrumadora fiera que es la opinión pública. También ella tiene que vencer alguna resistencia en su interior para llevar adelante la elección, porque también el ministro precedente, que con tanta rapidez se ha hecho impopular, Loménie de Brienne, sólo ha sido designado gracias a la influencia de la reina. ¿Debe ella, en caso de nuevo fracaso, hacerse otra vez responsable? Pero como ve todavía vacilante a su siempre indeciso marido, acude resueltamente a este hombre peligroso como se echa mano de una traca. En agosto de 1788 hace venir a Necker a su gabinete particular y emplea la reina todo su arte de persuasión en ganar para su causa a aquel hombre que se siente ofendido.

Necker alcanza en aquellos minutos un doble triunfo: ser no sólo llamado, sino suplicado por una reina, y, al mismo tiempo, ver exigida por todo un pueblo su presencia en el gobierno. «¡Viva Necker! ¡Viva el rey!», retumba aquella noche por las galerías de Versalles lo mismo que por las calles de París, tan pronto como es conocido su nombramiento.

Sólo la reina no tiene el valor de unirse a aquellas manifestaciones de júbilo; la intimida demasiado la responsabilidad de haber intervenido, con su mano inexperta, en el girar de la rueda del destino. Y además un inexplicable presentimiento ensombrece su ánimo con el solo nombre del nuevo ministro; sin saber por qué y una vez más, se muestra su instinto más fuerte que su razón. «Tiemblo sólo con la idea -escribe a Mercy el mismo día- de que he sido yo quien le ha hecho volver. Mi destino es atraer la desgracia, y si otra vez llega a haber maqui naciones infernales que le hagan fracasar o si hace él recular la autoridad del rey, todavía seré más odiada que antes.» «Tiemblo sólo con la idea», «perdóneme usted esta debilidad» , «mi destino es atraer la desgracia», «necesito mucho que un amigo tan bueno y fiel como usted me sostenga en este momento», tales palabras no se han oído ni leído jamás como brotadas de la anterior María Antonieta. Hay un nuevo tono; es la voz de un ser humano conmovido y removido hasta lo más profundo de su intimidad; ya no el acento leve y cargado de aleteos de risa, de la adulada joven dama; María Antonieta ha mordido la amarga manzana del conocimiento y pierde su seguridad de sonámbulo, pues sólo quien desconoce el peligro está siempre sin miedo. Comienza ahora a darse cuenta del tremendo precio con que está gravada toda gran posición: la responsabilidad. Por primera vez advierte el peso de la corona, que hasta ahora había llevado fácilmente, como un sombrero a la moda de mademoiselle Bertin. ¡Qué temeroso se hace ahora su paso desde que percibe sordos ruidos volcánicos bajo el frágil suelo! ¡No avanzar ahora, mejor retroceder! Preferiría permanecer alejada de todas las resoluciones; para siempre fuera de la política y de sus turbios negocios; no mezclarse más en determinaciones, que tan fáciles estimó antes, y de las cuales reconoce ahora todo el peligro.

Una transformación total se produce en la conducta de María Antonieta. La que hasta ahora había sido feliz en medio del ruido y de la agitación, busca actualmente el silencio y el apartamiento. Evita el teatro, las redoutes y mascaradas, no quiere ni siquiera asistir al Consejo del rey; sólo respira todavía en el círculo de sus hijos. En esta cámara, llena de risas, no penetra la pestilencia de odios y envidias. Como madre se siente más segura que como reina. Otro secreto ha descubierto también tardíamente la desengañada mujer: por primera vez conmueve su corazón, lo tranquiliza, lo hace feliz, un hombre, un amigo verdadero, un amigo del alma. Todo podría ser aún reparado; sólo desea vivir tranquila y en un ambiente íntimo y natural; no provocar más al destino, ese misterioso adversario cuya fuerza y malignidad comprende ahora por primera vez.

Pero precisamente en el momento en que todo en su corazón ansía la calma, el barómetro de la época marca tempestad. Justamente en la hora en que María Antonieta conoce sus faltas y quiere retroceder para que no se note su presencia, una despiadada voluntad la empuja hacia delante, al centro de los más emocionantes acontecimientos de la Historia.

 

EL VERANO DE LA DECISIÓN

Necker, el hombre a quien la reina ha colocado al timón de la nave del Estado en la más amarga necesidad marinera, toma directamente franco rumbo contra la tormenta. No baja acobardado las velas, no va dando bordadas mucho tiempo; las semimedidas no sirven ya para nada, sino sólo las resueltas y enérgicas: plena conmutación de la confianza. En los últimos años, el centro de gravedad de la confianza nacional se alejó de Versalles. La nación no cree ya en las promesas del rey ni en sus cartas de pago y asignados; no espera nada del Parlamento, ni de los nobles, ni de la Asamblea de notables; tiene que ser creada -por lo menos temporalmente- una nueva autoridad para fortalecer el crédito y poner dique a la anarquía, pues un duro invierno ha endurecido también los puños del pueblo; a cada momento puede hacer explosión la desesperación de los sediciosos hambrientos, huidos del campo y que están ahora en las ciudades. Por ello, resuelve el rey, en el último momento, después de las habituales vacilaciones, convocar los Estados Generales, que desde hace doscientos años representan realmente a todo el pueblo. Para privar de su supremacía anticipadamente a aquellos en cuyas manos están todavía los derechos y la riqueza, el primero y el segundo Estado, la nobleza y el clero, ha duplicado el rey, por consejo de Necker, el número de representantes del tercer Estado. Así, ambas fuerzas están en equilibrio y al monarca se reserva con ello el poder decidir en última instancia.

La convocatoria de la Asamblea Nacional aminorará la responsabilidad del rey y fortalecerá su autoridad: así se piensa en la corte.

Pero el pueblo piensa de otro modo; por primera vez se siente convocado, y sabe que sólo por desesperación, y nunca por bondad, llaman los reyes a sus consejos al pueblo.

Una tarea inmensa es atribuida con ello a la nación, pero también se le da una ocasión que no volverá a presentarse; el pueblo está decidido a aprovecharla. Un arrebato de entusiasmo se desborda por ciudades y aldeas; las elecciones son una fiesta; las reuniones, lugares de mística exaltación nacional --como siempre, antes de los grandes huracanes produce la naturaleza las auroras más engañosas y ricas en colores-. Por fin puede comenzar la obra: el 5 de mayo de 1789, día de la apertura de los Estados Generates, por primera vez es Versalles no sólo residencia de un rey, sino la capital, el cerebro, el corazón y el alma de toda Francia.

Jamás la pequeña ciudad de Versalles ha visto reunida tanta gente como en estas brillantes jornadas primaverales del año 1789. Cuatro mil personas componen, como siempre, la corte real; Francia ha enviado casi dos mil diputados; a ellos se suman los innumerables curiosos de París y otros cien lugares que quieren presenciar aquel espectáculo de trascendencia histórica. Se precisa una gruesa bolsa llena de oro para alquilar una habitación no sin dificultades; un puñado de ducados por un saco de paja, y hay centenares de personas que, no habiendo encontrado ningún alojamiento, duermen bajo los pórticos y arcadas, mientras que muchas, a pesar de la lluvia torrencial, forman cola, ya por la noche, para no perder nada del gran espectáculo. El precio de los víveres asciende al triple o cuádruple de lo ordinario; a cada instante se hace insoportable la afluencia de gente. Ya desde ahora se muestra simbólicamente que en esta estrecha ciudad provinciana no hay espacio más que para un solo soberano de Francia, en modo alguno para dos. A la larga, uno de ellos tendrá que evacuarla: la monarquía o la Asamblea Nacional.

Pero en las primeras horas no debe haber disputas, sino sólo gran reconciliación entre el rey y el pueblo. El 4 de mayo, desde muy temprano, suenan las campanas; antes de que los hombres deliberen, debe ser invocada en lugar sagrado la bendición de Dios para la elevada obra. Todo París se ha trasladado en peregrinación a Versalles para poder informar a sus hijos y a los hijos de sus hijos de aquella gran jornada que señala el comienzo de una nueva era. En las ventanas, de las cuales prenden preciosas tapicerías, se apretujan cabezas contra cabezas. Sobre los tejados, en las chimeneas, indiferentes al peligro de su vida, se encaraman espesos racimos humanos; nadie quiere perder un detalle del gran cortejo. Y en realidad es grandioso este desfile de los Estados; por última vez, la corte de Versalles despliega todo su esplendor para afirmarse de un modo impresionante ante el pueblo como la verdadera majestad, el innato y consagrado soberano.

Hacia las diez de la mañana abandona el palacio el regio cortejo; delante cabalgan los pajes con sus deslumbrantes libreas, los halconeros con el halcón en el levantado puño; después, tirada por caballos con maravillosos arneses, sobre cuyas cabezas se balancean penachos de plumas de colores, la carroza de honor del rey, encristalada y dorada, avanza majestuosa. A la derecha del monarca, su hermano mayor; el más joven ocupa el pescante; delante del Rey, los jóvenes duques de Angulema, de Berry y de Borbón.

Jubilosos gritos de «¡Viva el rey!» saludan estrepitosamente esta primera carroza y producen penoso contraste con el duro a irritado silencio en medio del cual pasa la segunda carroza, con la reina y las princesas. Claramente, ya en esta hora matinal, la opinión pública establece una profunda divisoria entre el rey y la reina. Igual silencio reciben los siguientes coches, en los que los restantes miembros de la familia real son llevados con marcha lenta y solemne hacia la iglesia de Notre-Dame, donde los tres Estados, en total de dos mil hombres, cada uno con un cirio encendido en la mano, esperan a la corte para recorrer la ciudad en un común cortejo.

Las carrozas se detienen delante de la iglesia. El rey, la reina y la corte se apean de ellas; les espera un espectáculo no habitual. A los representantes del brazo de la nobleza, fastuosos con sus mantos de seda con galones de oro, los sombreros de ala atrevidamente levantada, con sus plumas blancas, los conocen, por lo menos, de fiestas y bailes; lo mismo ocurre con el abigarrado esplendor de los eclesiásticos, flameante rojo de los cardenales y sotanas violeta de los obispos; estos dos Estados, el primero y el segundo, rodean fielmente el trono desde hace centenares de años y son el ornamento de cada una de sus solemnidades. Pero ¿quiénes componen esa oscura masa, intencionadamente sencilla, con sus trajes negros, sobre los cuales sólo relucen los blancos pañuelos del cuello? ¿Quiénes son esos hombres desconocidos, con sus vulgares sombreros de tres picos; quiénes esos ignorados, aún sin nombre en el día de hoy cada uno de ellos, que, juncos, se alzan delante de la iglesia, como un compacto bloque negro? ¿Qué pensamientos se alojan detrás de esos extraños semblantes nunca vistos, con miradas audaces, claras y hasta severas? El rey y la reina examinan a sus adversarios, que, fuertes en su unión, no hacen reverencias como esclavos ni prorrumpen en entusiastas aclamaciones, sino que esperan, virilmente silenciosos, para ir, de igual a igual, con estos orgullosos señores engalanados, con los privilegiados y de nombre famoso, a la obra de la renovación. ¿No parecen, con sus lóbregos trajes negros, con su grave a impenetrable aspecto, más bien jueces que dóciles consejeros? Acaso ya en este primer encuentro el rey y la reina hayan sentido en un escalofrío el presentimiento de su suerte.

Pero este primer encuentro no es ningún paso de armar: antes de la inevitable lucha debe haber una hora de concordia. En gigantesca procesión, tranquilos y graves, cada uno con su cirio encendido en la mano, recorren los dos mil hombres el breve trecho que hay de iglesia a iglesia, desde Notre-Dame, de Versalles, a la catedral de San Luis, a través de las centelleantes filas de la guardia francesa y suiza. Sobre ellos repican las campanas; a su lado retumban los tambores, brillan los uniformes y sólo el canto espiritual de los sacerdotes, elevando la solemnidad, atenúa su carácter militar.

A la cabeza del largo cortejo -los últimos serán los primeros- marchan los representantes del tercer Estado, en dos filas paralelas; tras ellos avanza la nobleza; después sigue el clero. Cuando pasan los últimos representantes del tercer Estado se produce en el pueblo un movimiento, no casual, y los espectadores prorrumpen en estrepitosas aclamaciones. Este entusiasmo va dirigido hacia el duque de Orleans, el desertor de la corte. que. por cálculo demagógico. ha preferido mezclarse con las filas de los diputados del tercer Estado a ir en medio de la familia real. Y ni siquiera sobre el rey, que marcha detrás del palio del Altísimo -el arzobispo de París, con su sobrepelliz sembrada de diamantes lo lleva-, se derraman aplausos semejantes a los que recibe aquel que se declara, ante el pueblo, partidario de la nación y opuesto a la autoridad real. Para hacer aún más clara esta íntima oposición contra la corte, eligen algunos el momento en que se acerca María Antonieta y, en lugar de «Vive la Reine!», aclaman altamente y con toda intención el nombre de su enemigo: «¡Viva el duque de Orleans!». María Antonieta siente la ofensa, se turba y palidece; sólo con un esfuerzo de voluntad logra dominar su sorpresa, sin alterar su aspecto, y continuar hasta el fin el camino de la humillación con erguida cabeza. Pero ya al día siguiente, en la apertura de la Asamblea Nacional, la espera una nueva ofensa. Mientras que el rey, a su entrada en la sala, es aclamado con vivos aplausos, ni un solo labio se mueve al llegar la reina: un silencio glacial y manifiesto sale a su encuentro como una viva corriente de aire. «Voilà la victime», murmura Mirabeau a uno de sus vecinos, y hasta un espectador ajeno a la cuestión, el gobernador norteamericano Morris, se esfuerza por animar, pero sin éxito, a sus amigos franceses para que tomen menos ofensivo este hostil silencio por medio de una aclamación. «La reina lloraba -escribe en su diario este hijo de una nación libre-, y ni una sola voz se elevó en favor suyo. Hubiera alzado yo mi mano, pero no tenía allí ningún derecho a expresar mis sentimientos y en vano rogué a mis vecinos que lo hicieran.» Durante tres horas tiene la reina de Francia que permanecer sentada, como en el banquillo de los acusados, delante de los representantes del pueblo, sin que la saluden ni le presten ninguna atención; sólo cuando se levanta, después del interminable discurso de Necker, para retirarse de la sala con el rey, algunos diputados, por compasión, alzan un tímido «Vive la Reine!». Conmovida, María Antonieta da las gracias a aquellos pocos con una inclinación de cabeza, y por fin este gesto enciende las aclamaciones de todo el auditorio.

Pero al regresar a su palacio, María Antonieta no se hace ninguna ilusión. Con toda claridad siente la diferencia que hay entre este saludo vacilante y compasivo y los grandes, cálidos y torrenciales gritos de amor del pueblo que, en otro tiempo, habían conmovido su infantil corazón al retumbar en su primera llegada a París. Ya sabe que está excluida de la gran reconciliación y que comienza una lucha a muerte.

A todos los espectadores de estas jornadas les sorprende el inquieto y sobresaltado aspecto de María Antonieta. Hasta en la apertura de la Asamblea Nacional, donde se presenta, majestuosa y bella, en el regio esplendor de un magnífico vestido violeta, blanco y plata, con la cabeza adornada con una soberbia pluma de avestruz, observa madame Staél en su actitud una expresión de tristeza y angustia que es completamente nueva y desconocida en esta mujer antes despreocupada, alegre y coqueta. Y en realidad sólo con gran trabajo y un extremo esfuerzo de voluntad se ha forzado a sí misma María Antonieta a subir a este estrado, pero sus pensamientos y sus inquietudes están aquellos días en otra parte. Pues sabe que mientras que ella tiene que mostrarse al pueblo, durante horas enteras, en su regia magnificencia, conforme a su deber de monarca, padece y muere, en su camita, en Meudon, su hijo mayor, el delfín, de seis años de edad. Ya el año precedente ha tenido la pena de perder a uno de sus cuatro hijos, a la princesa Sofía Beatriz, de once meses, y ahora por segunda vez se desliza la muerte en el cuarto de sus niños, en demanda de nuevo sacrificio. Los primeros síntomas de una naturaleza raquítica se habían mostrado en su primogénito en 1788. «Mi hijo mayor me da mucha preocupación -escribe entonces a José II-. Está mal conformado; una cadera es más alta que la otra y, en las espaldas, las vértebras están algo fuera de su sitio y salientes. Desde hace algún tiempo tiene siempre fiebre y está delgado y débil.» Después se presenta una engañosa mejoría, pero pronto no le queda ya a la pobre madre ninguna esperanza. El solemne cortejo de la apertura de los Estados Generales, aquel abigarrado y extraño espectáculo, es la última diversión del pobre niño enfermo: envuelto en mantas, tendido sobre cojines, demasiado débil ya desde hace algún tiempo para poder andar, desde el balcón de las caballerizas reales, con sus ojos apagados por la fiebre, ve pasar aún a su padre y a su madre, en medio del centelleante cortejo: un mes después está enterrado.

María Antonieta, durante todos estos días, lleva en su pensamiento la muerte inminente a inevitable de su hijo, y todas sus preocupaciones se dirigen hacia él: nada más necio, por tanto, que la leyenda, una y otra vez renovada, de que María Antonieta, durante estas semanas de sus ásperas inquietudes maternales y humanas, haya estado, desde la mañana hasta la noche, tramando cazurras intrigas contra la Asamblea. En aquellos días, su combatividad está totalmente quebrantada por el dolor que sufre y el odio que siente palpitar contra ella; sólo más tarde, completamente sola, luchando como una desesperada, simplemente por la vida y la corona de su marido y de su segundo hijo, se alzará otra vez para hacer un último esfuerzo. Pero ahora sus energías están consumidas, y justamente en aquellos días serían necesarios los ánimos de un dios, no los de un infeliz ser humano lleno de consternación, para detener el arrollador destino.

Pues los acontecimientos se suceden unos a otros con rapidez torrencial. Al cabo de pocos días, los dos brazos privilegiados, la nobleza y el clero, están ya en agria hostilidad contra el tercer Estado; rechazado éste, se declara constituido en Asamblea Nacional por su propio poder, y en la sala del Juego de Pelota presta juramento de no disolverse antes de que esté cumplida la voluntad del pueblo y votada la Constitución. La corte se espanta ante este demonio popular que ella misma ha ido a sacar de su guarida. Arrastrado hacia una y otra parte por sus consejeros, los llamados por él y los no llamados; dando hoy la razón al tercer Estado, mañana al primero y al segundo, vacilando fatalmente justo en la hora que exige la más extrema lucidez de espíritu y fortaleza, el rey se inclina tan pronto hacia las baladronadas de los militares, que exigen. según su antigua arrogancia, que se expulse al populacho hacia sus casas, desenvainando las brillantes espadas. tan pronto hacia Necker. Que siempre vuelve a aconsejar la condescendencia. Un día impide la entrada del tercer Estado en la sala de deliberaciones; después se vuelve atrás espantado tan pronto como declara Mirabeau: «Estamos aquí por la voluntad del pueblo, y la Asamblea Nacional sólo retrocederá ante el poder de las bayonetas». Pero, en igual medida que la indecisión de la corte, crece la resolución de la nación. De un día a otro, la muda criatura llamada «pueblo» ha adquirido voz por medio de la libertad de la prensa, proclama sus derechos en centenares de folletos, y en inflamados artículos de periódicos descarga su furor revolucionario. En el Palais Royal, bajo la hospitalidad del duque de Orleans, se reúnen a diario millares de gentes que hablan, gritan, se agitan unos a otros incesantemente. Muchos desconocidos, cuya boca había permanecido cerrada durante toda su vida, descubren de repente el placer de hablar y de escribir; centenares de ambiciosos y desocupados ventean la hora favorable, y todos se dedican a la política, se mueven, leen, discuten y defienden su punto de vista. «Cada hora -escribe el inglés Arthur Young produce su folleto; trece han aparecido hoy, dieciséis ayer, veintidós la semana pasada, y diecinueve de cada veinte son escritos en favor de la libertad», es decir, por toda la desaparición de los privilegios, y entre ellos también los de la monarquía.

Cada día, casi cada hora, arrolla un pedazo de la autoridad real; las palabras «pueblo» y «nación», en un espacio de dos o tres semanas, pasan de ser pura letra muerta a religiosos conceptos de la omnipotencia y de la suprema justicia. Ya los oficiales y los soldados se unen al irresistible movimiento; ya advierten, sorprendidos, los funcionarios municipales y del Estado como se les escapan de las manos las riendas al desbocarse la furia popular; hasta la Asamblea Nacional cae en los remolinos de esta nueva corriente, pierde el rumbo dinástico y comienza a fluctuar. Los consejeros del palacio real están cada vez más angustiados, y como, en general, la incertidumbre moral trata de salvarse de su miedo respondiendo con un gesto de violencia, el rey, para amenazar, saca los últimos regimientos que le permanecen fieles y seguros, hace que tengan preparada la Bastilla y, por último, para darse a sí mismo la ilusión de una energía de que carece internamente, arroja a la nación un guante de desafío al destituir, el 11 de julio, y enviarlo desterrado como un criminal, al único ministro popular, a Necker.

Los siguientes días están grabados con caracteres imperecederos en la Historia Universal; cierto que hay un solo libro al cual no debe ir uno en busca de informes sobre los acontecimientos, precisamente el diario manuscrito del desdichado y cándido monarca. Allí, el 11 de julio, dice solamente: «Nada. Partida del señor Necker», y el 14 de julio, el día de la toma de la Bastilla, que arruina definitivamente el poder real, otra vez la misma trágica palabra «Rien», es decir: ninguna pieza cazada en ese día, ningún ciervo muerto; por tanto, ningún suceso importante. Pero en París se piensa de otro modo acerca de ese día, que todavía solemniza hoy toda una nación como fecha del nacimiento de su conciencia de la libertad. El día 12 de julio, antes del mediodía, llegan a París informes de la destitución de Necker, y con ello la chispa cae en el polvorín. En el Palals Royal, Camille Desmoulins, uno de los miembros del club del duque de Orleans, se encarama sobre una silla empuñando una pistola, proclama que el Rey prepara una noche de San Bartolomé y grita «al arma». En un minuto encuentran el símbolo de la sublevación, la escarapela tricolor que llega a ser bandera de la república; algunas horas más tarde, el ejército es atacado en todas partes, son saqueados los arsenales y cerradas con barricadas las calles. El 14 de julio, veinte mil hombres salidos del Palals Royal marchan contra la aborrecida fortaleza de París, la Bastilla, la cual, horas más tarde, es tomada por asalto y la cabeza del gobernador que había querido defenderla oscila lívida sobre la punta de una pica; por primera vez lanza sus rayos esta cruenta linterna de la Revolución. Nadie osa ya oponer resistencia contra esta elemental explosión de la furia popular; las tropas, que no han recibido de Versalles ninguna orden clara, se retiran, y por la noche, con millares de antorchas, se dispone París a celebrar su victoria.

Sin embargo, a seis leguas de este acontecimiento universal, todos permanecen sin sospechas. Han destituido al ministro molesto; ahora quedarán en paz; pronto podrán de nuevo irse de caza, ya mañana probablemente. Pero entonces llega mensajero tras mensajero de la Asamblea Nacional; en París domina la inquietud, saquean los arsenales, avanzan hacia la Bastilla. El rey escucha los relatos, pero no toma ninguna verdadera resolución. En resumidas cuentas, ¿para qué sirve esa molesta Asamblea Nacional? Que decida ella. Como de costumbre, tampoco en este día es modificada la sacrosanta distribución de las horas; como siempre, aquel hombre comodón y flemático, sin curiosidad por nada (ya se sabrá todo mañana con tiempo), se va a la cama a las diez y duerme con su pesado y obtuso sueño, que no logra perturbar ningún suceso de importancia universal. Pero ¿qué tiempos desvergonzados, atrevidos y anárquicos son éstos? Han llegado a hacerse tan irrespetuosos que perturban el sueño de un monarca. El duque de Lianncourt llega a todo galope a Versalles, en un caballo cubierto de espuma, para traer noticias de los sucesos de París. Le declaran que el rey está durmiendo. Insiste en que lo despierten; por último lo dejan penetrar en el santuario del sueño. Comunica: «La Bastilla, tomada por asalto. El gobernador, asesinado. Su cabeza, clavada en una pica, es llevada por toda la ciudad» .

«Pero ¡eso es una revuelta!» , balbucea, espantado, el infeliz soberano.

Mas con despiadada severidad corrige el mal mensajero: «No, sire, es una revolución».

 

HUYEN LOS AMIGOS

Se ha ridiculizado mucho a Luis XVI porque el 14 de julio de 1789, al despertar asustado de su sueño ante la noticia de la toma de la Bastilla, no comprendió al instante en toda su trascendencia la palabra «revolución», que acababa de hacer su aparición en el mundo. Pero «es demasiado fácil -según recuerda Maurice Maeterlinck en el célebre capítulo de Sagesse et Destinée, la prudencia ad posteriori-, el reconocer lo que hubiera debido hacerse en un momento dado, cuando se tiene ya conocimiento de todo lo que ha ocurrido después». No hay duda alguna de que tanto el rey como la reina, ante las primeras señales de la tempestad, no se dieron cuenta, ni de modo aproximado, de la extensión que habrían de alcanzar los destrozos de este terremoto; pero otra pregunta: ¿quién de todos los contemporáneos tuvo ya desde estas primeras horas noción de la inmensidad del movimiento que allí comenzaba?, ¿quién fue capaz de ello, ni aun entre los que encendían y atizaban la Revolución? Todos los jefes del nuevo movimiento popular, Mirabeau, Bailly, La Fayette, no sospechaban siquiera por lo más remoto cuánto más a11á de la meta que ellos se habían propuesto ha de arrastrarlos esta desencadenada fuerza, contra su propia voluntad, pues, en 1789, los que han de ser los más furibundos de los posteriores revolucionarios, Robespierre, Marat, Danton, son aún, resueltamente, convencidos realistas. Sólo por medio de la misma Revolución francesa el concepto de «revolución» recibe aquel sentido amplio, bárbaro a históricamente universal en que lo empleamos hoy en día. Sólo el tiempo ha impuesto en él la sangre y el espíritu que no tenía en las horas primeras. Sorprendente paradoja: no fue tan fatal para el rey Luis XVI el no poder comprender la revolución como, por el contrario, el que este hombre medianamente dotado se esforzara del modo más emocionante por llegar a comprenderla.

Luis XVI leía gustoso la Historia, y ninguna cosa había producido impresión más profunda en el tímido muchacho que el que una vez le fuera presentado personalmente el célebre David Hume, el autor de la Historia de Inglaterra, pues esta obra era su libro favorito. En él había leído ya, con especial emoción, cuando delfín, aquel capítulo en que se describe cómo fue hecha una revolución contra otro rey, el rey Carlos de Inglaterra, y cómo, por último, fue decapitado: este ejemplo actuó como de poderosa advertencia en el asustadizo heredero del trono. Y cuando después análogo movimiento de descontento comenzó en su propio país, pensó Luis XVI que se preparaba del modo mejor y más seguro para afrontarla si volvía a estudiar siempre aquel libro, para aprender con tiempo, en las faltas de su desgraciado precursor, lo que un rey no debe hacer en caso de una de tales insurrecciones: donde aquél se había mostrado violento, quería ser condescendiente, esperando, con ello, librarse de aquel desastroso final. Pero precisamente esta voluntad de comprender la Revolución francesa por su analogía con la otra de un origen totalmente distinto, fue nefasta para el rey. Pues no es según secas recetas ni según no válidos modelos como debe encontrar sus decisiones un soberano en momentos de importancia universal; sólo la penetrante mirada del genio puede reconocer en el presente lo salvador y equitativo; sólo una heroica acometida puede detener las bárbaras, intrincadas y tumultuosas fuerzas elementales. Jamás se conjura una tempestad con bajar las velas; continúa mugiendo, con intactas fuerzas, hasta que se agote y se calme por sí misma.

Ésta es la tragedia de Luis XVI; quería comprender lo incomprensible con hojear la Historia como un libro escolar, y defenderse de la Revolución renunciando temerosamente a todo to que había de regio en su actitud. Otro es el caso de María Antonieta: no pidió consejo a ningún libro ni apenas a los hombres. Acordarse y precaverse no era propio de ella, ni en los momentos de mayor peligro; todo cálculo y toda convicción eran ajenos a su espontáneo carácter. Su fortaleza humana se apoyaba únicamente en el instinto. Y este instinto, desde el primer momento. opuso un inflexible «no» a la Revolución. Nacida en un palacio real, educada en los principios de la legitimidad, convencida de su derecho a reinar como de un don divino, considera desde un principio toda reivindicación nacional como una indigna sublevación del populacho: aquel que reclama para sí mismo todas las libertades y todos los derechos está siempre mal dispuesto a otorgárselo también a los otros. María Antonieta no entra en una discusión, interna ni externamente: dice lo mismo que su hermano José: «Mon métier est d'étre royaliste». «Mi misión es únicamente representar el punto de vista del rey.» Su puesto es arriba; el del pueblo, abajo; no quiere descender, y el pueblo no debe subir.

Desde la toma de la Bastilla hasta el cadalso, en todos los minutos, se siente inconmoviblemente en su derecho. Ni por un solo instante pacta, en su ánimo, con el nuevo movimiento: todo lo revolucionario no significa para ella sino una palabra embellecedora para expresar la idea de rebelión.

Esta voluntad orgullosa, rígida a inconmovible de María Antonieta ante la Revolución, no contiene, sin embargo (por lo menos al principio), la menor animosidad contra el pueblo. Criada en la agradable Viena, María Antonieta considera al pueblo, le bon peuple, como un ser absolutamente bonachón pero no muy razonable; con firmeza de roca, cree que algún día ese bravo rebaño se apartará, desengañado, por sí mismo de esos agitadores y parlanchines y hallará el camino del buen pesebre de la hereditaria Casa soberana. Todo su odio va, por ello, hacia los factieux, hacia los conspiradores, incitadores, socios de clubes, demagogos, oradores, advenedizos y ateos que, en nombre de confusas ideologías o por ambiciosos intereses, quieren infundir al honrado pueblo pretensiones contra el trono y el altar. Un amas de foux, de scélérats, un montón de locos, de bribones y de criminales, llama a los representantes de veinte millones de franceses, y quien, aunque sólo haya sido durante una hora, ha pertenecido a aquella facción de Corah, ha terminado ya para ella; quien, aun sin otra tacha, haya tan sólo hablado con estos furiosos innovadores, es ya muy sospechoso. Ni una palabra de gratitud oye de ella La Fayette, que por tres veces ha salvado la vida de su marido y de sus hijos con riesgo de la propia: mejor perecer que dejarse salvar por estos vanidosos cortejadores del favor popular. Jamás, ni aun en la prisión, le hará a ninguno de sus jueces, a quien ella no reconoce como tales y los llama verdugos, ni a ningún diputado, el honor de dirigirles un ruego; con toda la obstinación de su carácter persevera en su inflexible repulsa a todo compromiso. Desde el primer momento hasta el último, María Antonieta no ha considerado a la Revolución más que como una inmunda ola de fango en la que hozan los más bajos y vulgares instintos de la Humanidad; no ha comprendido nada de los derechos históricos, de la voluntad constructiva de aquel movimiento, porque estaba resuelta a no comprender ni a afirmar más que su propio derecho real.

Esta voluntad de no comprender fue la falta histórica de María Antonieta: no hay que negarlo. Abarcar de una sola ojea da espiritual las conexiones de los hechos, poseer una profunda vista en to moral, no fueron, ni por su educación ni por su íntimo querer, dones concedidos a esta mujer en absoluto corriente y de ideas políticas estrechas; para ella sólo fue siempre comprensible to humano, lo inmediato y lo sensible. Pero, visto de cerca, examinando los hombres que intervienen en él, todo movimiento político resulta turbio; siempre se deforma una idea tan pronto como queda encarnada en lo terreno. María Antonieta -¿cómo podría ser de otro modo?- juzga la Revolución según los hombres que la dirigen; y, como siempre ocurre en tiempos de revuelta, éstos eran los que sabían hacer más ruido, no los más honrados ni los mejores. ¿No tiene la reina que sentir desconfianza cuando ve que precisamente entre los aristócratas son los más cargados de deudas y peor afamados, los de costumbres más corrompidas, como Mirabeau y Talleyrand, los que descubren primero que su corazón late por la libertad? ¿Cómo podría pensar María Antonieta que la Revolución es una cosa honrada y limpia cuando ve al avaro y codicioso duque de Orleans, siempre dispuesto a entrar en todo sucio negocio, entusiasmarse con la nueva fraternidad, o cuando ve que la Asamblea Nacional elige por su favorito a Mirabeau, ese discípulo del Aretino. tanto en el sentido de la venalidad como en el de la literatura obscena. esa escoria de la nobleza que. a causa de un rapto y otras oscuras historias, ha sido huésped de todas las prisiones de Francia y que después ha sostenido su vida gracias al espionaje? ¿Puede ser divino un movimiento que erige altares a semejantes hombres? ¿Debe considerarse como verdaderamente precursoras de una nueva humanidad la indecencia de las pescaderas y perdidas de las calles y que, como salvaje señal de victoria, llevan degolladas cabezas clavadas en el extremo de sus sangrientas picas? Porque en el primer momento no se ve más que la violencia, María Antonieta no cree en la libertad; porque sólo mira a los hombres, no sospecha la existencia de las ideas que se alzan invisibles detrás de ese bárbaro movimiento que trastorna al mundo; no ha notado nada, ni percibido nada, de las grandes ventajas que para la Humanidad resultan de un movimiento que nos ha apartado los magníficos fundamentos de todas las nuevas relaciones entre los hombres: la libertad de conciencia, la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libertad de comercio y la libertad de reunión; que ha esculpido la igualdad de clases, razas y confesiones como primer artículo de la tabla de la ley de los tiempos nuevos y que ha puesto fin a vergonzosos restos de la Edad Media, el tormento judicial, el vasallaje y la esclavitud; jamás comprendió la reina o trató de comprender, detrás de los brutales tumultos callejeros, la parte más mínima de estas metas espirituales. De esta turbulencia inabarcable con la vista, no ve más que el caos y no el bosquejo del nuevo orden que debe nacer de estos espantosos combates y convulsiones; por ello. desde el primer día hasta el último odió con toda la energía de su obstinado corazón a los directores y a los dirigidos. Y de este modo sucedió to que tenía que suceder. Como María Antonieta era injusta con la Revolución, la Revolución fue dura a injusta con ella.

La Revolución es el enemigo -éste es el punto de vista de la reina-. La reina es el obstáculo -ésta es la convicción fundamental de la Revolución-. Con instinto infalible percibe la masa del pueblo en la reina su única antagonista verdadera: desde el principio dirige contra su persona toda la furia del combate. Luis XVI no cuenta para nada, ni en bien ni en mal; eso lo sabe ya hasta el último campesino de las aldeas y el más diminuto pilluelo de la calle. A este hombre asustadizo y tímido se le puede espantar con algunos disparos de fusil, en forma que diga amén a todas las solicitaciones; se le puede plantar el gorro rojo y lo llevará sobre su cabeza, y si se le ordena enérgicamente, gritará también: «¡Abajo el rey! ¡Abajo el tirano!». Aunque rey, obedecerá como un macaco. Una única voluntad defiende en Francia el trono y sus derechos, y este «único hombre que tiene a su favor el rey -según la frase de Mirabeaueu- es su mujer». Por tanto, quien esté en favor de la Revolución tiene que estar en contra de la reina; desde el principio es meta de todos los disparos, y a fin de que, de modo inequívoco, llegue a ser el blanco general y se produzca una manifiesta separación entre ella y el rey, todos los escritos revolucionarios comienzan por presentar a Luis XVI como el verdadero padre del pueblo, como un hombre bueno, virtuoso, noble, sólo que, por desgracia, demasiado débil y « seducido» .

Si no dependiera más que de este amigo de los hombres, existiría una paz deliciosa entre el rey y la nación. Pero esa extranjera, esa austriaca, sometida a su hermano, encerrada en el círculo de sus favoritos y sus favoritas, despótica y tiránica, ella sola no quiere ese acuerdo, y prepara siempre nuevos complots para destruir la libre población de París con tropas extranjeras llamadas para ello. Con infernal astucia engaña a los oficiales para que dirijan sus cañones contra el indefenso pueblo; ávida de sangre, azuza a los soldados con vino y regalos para que hagan una noche de San Bartolomé; a decir verdad, sería más que tiempo de abrir los ojos al pobre y desgraciado monarca. En el fondo, ambos partidos tienen el mismo pensamiento: para María Antonieta. el pueblo es bueno, pero seducido por los factieux; para el pueblo, el rey es bueno, pero alterado por su mujer. Por tanto. y en realidad, la lucha está entablada solamente entre los revolucionarios y la reina. Pero cuanto más se dirige el odio contra ella. cuanto más injustas y calumniosas son las injurias que le lanzan, tanto más fieramente se revuelve la obstinación de María Antonieta. Quien guía con toda decisión un gran movimiento o lo combate enérgicamente, va en la lucha más allá de su propia medida; desde que todo un mundo está contra ella, el infantil orgullo de María Antonieta se convierte en soberbia, y sus fuerzas psíquicas desparramadas se juntan para producir un carácter verdadero.

Esta fuerza tardía de María Antonieta sólo puede, no obstante, acrisolarse luchando a la defensiva; con una bala de cañón atada al pie nadie puede salir al encuentro de su adversario.

Y aquí la bala de cañón es el pobre rey, vacilante. La toma de la Bastilla es para él un bofetón en la mejilla derecha, y a la mañana siguiente, con humildad cristiana, presenta ya la izquierda. En lugar de enojarse, en vez de censurar y castigar, promete a la Asamblea Nacional retirar fuera de París las tropas que acaso estarían aún dispuestas a combatir en favor suyo, renegando con ello de los defensores que han caído al servicio de su causa. Como no se atreve a pronunciar ninguna palabra severa contra los asesinos del gobernador de la Bastilla, reconoce con ello el terror como justo poder político para gobernar a Francia, y, arredrándose, él legaliza la sublevación. Para darle gracias por tal humillación se encuentra París dispuesto a coronar de flores a este complaciente soberano y a conferirle -pero sólo por plazo breve- el título de restaurateur de la liberté française.

A las puertas de la ciudad lo recibe el alcalde con las ambiguas palabras de que la nación ha vuelto a conquistar a su rey; con toda obediencia, Luis XVI toma la escarapela que el pueblo ha elegido por emblema de su lucha contra la autoridad real, sin advertir que la muchedumbre no le aclama a él, sino a su propia fuerza, que ha sometido al soberano. El 14 de julio, Luis XVI perdió la Bastilla; el 17 se desprendió además de toda su dignidad, inclinándose tan profundamente delante de sus adversarios, que la corona rodó por el suelo desde su cabeza.

Ya que el rey ha hecho su sacrificio, no puede María Antonieta negarse a realizar el suyo. También ella tiene que aportar un testimonio de buena voluntad apartándose de aquellos a quienes el nuevo señor, la nación, detesta del modo más justo: de sus compañeros de diversiones, los Polignac y el conde de Artois. Para siempre deben ser proscritos de Francia. En sí misma, la separación no hubiera sido apenas difícil para la reina si no hubiese sido impuesta, pues en su interior hace ya mucho tiempo que se siente apartada de esta pandilla frívola. Sólo ahora, en las horas de la despedida, se anima otra vez su amistad, enfriada desde hace tiempo, hacia aquellos compañeros de sus años más bellos y despreocupados. Han participado locamente de todas las locuras de la reina; la Polignac ha compartido todos los regios secretos, ha educado a sus niños y los ha visto crecer. Ahora tiene que partir. ¿Cómo no reconocer que esta despedida es, al mismo tiempo, un adiós a la propia descuidada juventud? Actualmente están para siempre terminadas las horas sin preocupación; roto en pedazos por el puño de la Revolución yace el mundo del dix-huitième, diáfano como porcelana y suave como alabastro; pasado está para siempre el goce de finos y delicados placeres. Se acerca una nueva época, acaso grande, pero grosera; poderosa, pero criminal. El relojito rococó ha dejado de hacer sonar, al dar la hora, su melodía argentina; están terminados los días de Trianón.

Combatiendo sus lágrimas, María Antonieta no puede decidirse a acompañar en este último paso a su antigua amiga: permanece en sus estancias, tanto teme a su propia emoción. Pero por la noche, cuando abajo, en el patio, esperan ya los coches para el conde de Artois y sus hijos, para el príncipe de Condé, el de Borbón; para la Polignac, los ministros y el abate Vermond; para todos aquellos seres que han rodeado su juventud, la reina coge aún rápidamente de sobre su mesa un pliego de papel de cartas y le escribe a la Polignac estas conmovidas palabras: «Adieu, queridísima amiga. Esta palabra es espantosa, pero tiene que ser así. Ahí va la orden para los caballos. No tengo ánimo para ir a abrazarla».

Este sonoro tono grave desaparece desde ahora de todas las cartas de la reina: una melancolía cargada de presentimientos comienza a velar todas sus palabras. «No puedo expresar a usted todo mi sentimiento porque estemos separadas -escribe en los siguientes días a madame de Polignac-, y confío en que usted sentirá también lo mismo. Mi salud es bastante buena, aunque un poco debilitada por las continuas sacudidas a que está sometida. Sólo estamos rodeados de angustias, desgracias y desgraciados, sin contar las de los que están ausentes. Todo el mundo huye, y todavía me hace feliz el pensar que aquellos a quienes más quiero están ahora alejados de mí.» Pero como si no quisiera dejarse sorprender por la amiga acrisolada en un acceso de debilidad, como si supiera que de su antiguo poder de reina no le queda más que una sola cosa: su regia dignidad, añade rápidamente: «Pero cuente usted siempre con que estas contrariedades no han conmovido ni mi fuerza ni mi valor; no seré abandonada de ellos; al contrario, estas contrariedades me enseñarán a ser más prudente. Precisamente en momentos como éste es cuando se aprende a conocer a los hombres y a distinguir a los que son verdaderamente adictos y los que no».

Todo es silencio ahora en torno de la reina que con tanto gusto, con demasiado gusto, había vivido en medio de la agitación. Ha comenzado la gran desbandada. ¿Dónde están los amigos de otro tiempo? Todos desaparecidos como las nieves de antaño. Los que alborotaban como niños voraces en torno a la mesa de los regalos, Lauzun, Esterhazy, Vaudreuil, ¿dónde están los compañeros de los juegos de naipes, de bailes y excursiones? A caballo y en coche -sauve qui peut- han salido de Versalles disfrazados, pero no con careta para ir a un baile, sino enmascarados para no ser linchados por el pueblo. Cada noche sale un nuevo coche por las doradas puertas de la verja para no volver más; cada vez es mayor el silencio en las salas del palacio, que parecen ahora demasiado grandes; ya no hay teatro, ni bailes, ni cortejos, ni recepciones; nada más que la misa por la mañana, y después, en el «pequeño gabinete», las largas y estériles conversaciones con los ministros, que no saben qué consejo dar. Versalles se ha convertido en un Escorial; quien tiene prudencia se aleja de a11í.

Pero precisamente ahora, cuando todos abandonan a la reina, hasta aquellos que para el mundo eran sus más íntimos amigos, sale de la oscuridad el que lo fue verdaderamente: Hans Axel de Fersen. Mientras era cosa lucida el pasar por favorito de la reina, este modelo de enamorado, para obtener el honor de la mujer amada, se mantuvo tímidamente oculto, conservando de este modo, apartado de la curiosidad y la charlatanería, el más profundo secreto de la vida regia. Pero ahora que ser amigo de la proscrita no trae consigo ni provecho, ni estima, ni honor, ni envidia, sino que requiere valor y una inagotable voluntad de sacrificio, ahora, libre y resueltamente, este único amante y único amado se pone junto a María Antonieta y entra con ello en la escena de la Historia.

 

APARECE EL AMIGO

El nombre y la personalidad de Hans Axel de Fersen estuvieron largo tiempo envueltos en misterio. No se le cita en aquella pública lista impresa de amantes de la reina; tampoco en las cartas de los embajadores ni en los informes de los contemporáneos; Fersen no pertenece al número de los conocidos huéspedes del salón de la Polignac; dondequiera que hay luz y claridad no aparece su alta y grave figura. Gracias a esta prudente y calculada reserva se libra de las maliciosas conversaciones de las comadres de la corte, per también la Historia lo desconoció largo tiempo, y acaso hubiera permanecido para siempre en la oscuridad del más profundo secreto de la vida de la reina María Antonieta si en la segunda mitad de la pasada centuria no se hubiese extendido un romántico rumor.

En un castillo sueco, inaccesibles y sellados, se conservaban fajos enteros de cartas íntimas de Maria Antonieta. Nadie, al principio, concedió crédito a este inverosímil rumor, hasta que de repente apareció una edición de aquella correspondencia secreta, la cual -a pesar de crueles mutilaciones en sus más reservadas particularidades coloca de pronto a aquel desconocido noble del Norte en el primero y preferente lugar entre los amigos de María Antonieta. Esta publicación transforma de modo fundamental la imagen del carácter de la mujer tenida hasta entonces por ligera; un drama íntimo se revela, magnífico y lleno de peligros; un idilio medio a la sombra de la corte real, medio ya a la de la guillotina; una de esas novelas conmovedoras como, en su tamaña inverosimilitud, sólo la Historia misma se atreve a componer; dos seres humanos, rendidos mutuamente en un ardiente amor, forzados por deber y prudencia a ocultar su secreto del modo más angustioso, siempre arrancados del lado uno del otro y siempre atraídos uno hacia otro en sus dos mundos apartados por distancias estelares; ella, reina de Francia; él, un pequeño y desconocido hidalgo de un país del Norte. Y como fondo del destino de estos dos seres humanos, un mundo que se viene abajo, tiempos apocalípticos, una página llameante de la Historia y tanto más llena de emoción cuanto que sólo poco a poco puede ser descifrada toda la verdad de to ocurrido por datos a indicios semiborrosos y mutilados.

Este gran drama histórico de amor no comienza de modo pomposo, sino por completo en el estilo rococó del tiempo; su preludio hace el efecto de estar copiado de Faublas. Un joven sueco, hijo de un senador, heredero de un noble nombre, es enviado, a la edad de quince años, acompañado de un preceptor, a hacer un viaje que dure un trienio, cosa que, aun en el día de hoy, no es el peor sistema educativo para llegar a ser hombre de mundo.

Hans Axel hace en Alemania estudios superiores y aprende el oficio de las armas; en Italia, medicina y música; en Ginebra hace la visita, entonces inevitable, a la pitonisa de toda la sabiduría, al señor de Voltaire, que con su seco cuerpo, ligero como una pluma, envuelto en una bata bordada, lo recibe benévolamente. Con ello ha obtenido Fersen su bachillerato espiritual. Ahora sólo le falta el último barniz a este mancebo de dieciocho años: Paris, el fino tono de la conversación, el arte de los buenos modales, y entonces estará terminada la educación típica de un joven noble del dix-huitième. Después, este perfecto caballero puede llegar a ser embajador, ministro o general; está abierto para él el mundo más alto.

Además de la nobleza, el decoro personal, una inteligencia mesurada y objetiva, una gran fortuna y el prestigio de ser extranjero, trae también consigo el joven Hans Axel de Fersen una carta especial de recomendación: es un hombre excepcionalmente bello.

Erguido, ancho de hombros, con fuertes músculos, produce, como la mayoría de los escandinavos, una impresión varonil, sin ser por eso pesado ni macizo: con ilimitada simpatía se contempla en los retratos su semblante, abierto y de armoniosos rasgos, con claros y firmes ojos, sobre los cuales, redondas como cimitarras, se comban dos cejas sorprendentemente negras. Una libre frente, una boca cálida y sensual, que, según lo ha demostrado asombrosamente, sabe callar de modo impecable. Por el retrato puede comprenderse que una mujer verdadera se enamore de un hombre como éste y, más aún, que se confíe a él totalmente. Como causeur, como homme d'esprit, como hombre de mundo especialmente divertido, son pocos los que celebran a Fersen; pero a su inteligencia, un poco seca y casera, se añade una franqueza muy humana y tacto natural; ya en 1774 el embajador de Suecia puede comunicar al rey Gustavo: «De todos los suecos que estuvieron aquí en mis tiempos, fue éste el mejor recibido en el gran mundo».

Al mismo tiempo, este joven caballero no es ningún cacoquimio ni desdeña los placeres; las damas celebran en él un coeur de feu bajo una capa de hielo; no se olvida en Francia de divertirse y frecuenta asiduamente en París todos los bailes de la corte y de la alta sociedad. De este modo le ocurre una sorprendente aventura. Una noche, el 30 de enero de 1744, en el baile de la ópera, punto de cita del mundo elegante y también del dudoso, una mujer joven y esbelta, con delgado talle, vestida de un modo sorprendentemente distinguido y con un paso desusadamente alado, se dirige hacia él y traba una galante conversación, protegida por la máscara de terciopelo. Fersen, halagado por esta distinción, prosigue placentero en el tono más alegre, encuentra picante y divertida a su agresiva compañera y acaso se forja ya toda suerte de esperanzas para la noche. Pero entonces le sorprende que poco a poco algunos otros caballeros y señoras cuchichean curiosamente, formando círculo alrededor de los dos, y que él mismo y aquella dama con máscara llegan a ser el centro de una atención más viva a cada instante.

Finalmente, la situación se va haciendo ya enojosa, cuando se quita la careta la galante intrigante: es María Antonieta -caso inaudito en los anales de la corte-, la heredera del trono de Francia, que, una vez más, se ha evadido del triste lecho conyugal de su dormilón esposo, ha venido a la redoute de la ópera y ha buscado un caballero extranjero para charlar un rato con él. Las damas de la corte procuran evitar un escándalo demasiado grande. Al punto rodean a la extravagante fugitiva y vuelven a llevarla a su palco. Pero ¿qué se mantendrá en secreto en este Versalles murmurador? Cada cual cuchichea y se asombra del favor hecho por la delfina, tan opuesto a la etiqueta; ya al día siguiente, probablemente, el embajador Mercy habrá dado quejas a María Teresa; de Schoenbrunn habrá sido enviado un correo urgente con una amarga carta para esta tête à vent, esa cabeza de viento de su hija, diciéndole que debe dejar por fin esas inconvenientes dissipations y evitar que hablen más de ella a propósito de Juan o de Pedro en esas malditas redoutes. Pero María Antonieta tiene su voluntad propia; el joven le ha gustado, se lo ha dejado ver. A partir de aquella velada, aquel caballero, nada extraordinario ni por su categoría ni por su posición, es recibido con especial amabilidad en los bailes de Versalles. Ya entonces, después de un principio tan prometedor, ¿se desarrolló entre ambos cierto positivo afecto? Nada se sabe. En todo caso, este flirt -sin duda inocente- es pronto interrumpido por un gran acontecimiento, la muerte de Luis XV, que de la noche a la mañana convierte a la princesa en reina de Francia. Dos días más tarde -¿le habrán hecho alguna indicación?-, Hans Axel de Fersen regresa a Suecia.

El primer acto está terminado. Fue sólo una galante introducción, un preludio a la obra propiamente dicha. Dos muchachos de dieciochos años se han encontrado y han sido del agrado uno de otro; voilà tout. Traducido a la vida de hoy, equivale a una amistad de academia de baile, a un amorío entre colegas de instituto. Aún no ha ocurrido nada especial: aún no está afectado lo profundo de la sensibilidad.

Segundo acto. Al cabo de cuatro años, en 1778, vuelve Fersen a Francia; el padre envía al mozo, de veintidós años, para que se procure como esposa a alguna rica heredera, ya a una señorita de Reyel, de Londres, o a la señorita Necker, la hija del banquero de Ginebra, universalmente famosa más tarde con el nombre de Madame de Staël. Pero Axel de Fersen no muestra ninguna especial inclinación hacia el matrimonio, y pronto se comprenderá por qué. Apenas llegado, el joven aristócrata, vestido de gala, se presenta en la corte. ¿Lo conoce todavía'' ¿Habrá alguien que se acuerde de él? El rey corresponde displicente a su saludo; los demás miran con indiferencia al insignificante extranjero, nadie le dirige una amable palabra. Sólo la reina, apenas lo descubre, exclama bruscamente: «Ah! C'est une vielle connaissance» . («¡Ah! nos conocemos ya desde hace tiempo.») No, no se ha olvidado de su bello caballero del Norte. Al punto se inflama nuevamente su interés por él -no era, pues, ninguna fogata de paja-. Invita a Fersen a sus reuniones; lo colma de amabilidades; lo mismo que al comienzo de su conocimiento en el baile de la ópera, es María Antonieta la que da los primeros pasos. Pronto puede comunicarle Fersen a su padre: «La reina, la princesa más amable que conozco, tuvo la bondad de preguntar por mí. Le ha preguntado a Creutz por qué no iba yo a sus partidas de juegos dominicales, y al saber que había ido en un día en el que no recibía, casi llegó a presentarme sus excusas». «¡Espantosa merced a este mancebo!», se siente uno tentado a decir, con palabras de Goethe, al ver que esta orgullosa, que ni siquiera corresponde al saludo de las duquesas, que durante siete años no le concedió ni una inclinación de cabeza a un cardenal de Rohan y durante cuatro a una Du Barry, se disculpe con un pequeño noble viajero porque una vez se haya molestado en venir en vano a Versalles.

«Cada vez que le ofrezco mis respetos en su partida de juego, me dirige la palabra», le anuncia pocos días más tarde el joven caballero a su padre. Contra toda etiqueta, ruega una vez al joven sueco « la más amable de las princesas» que se presente en Versalles con el uniforme de su país, porque quiere ver --capricho de enamorada- cómo le sienta aquel exótico traje. El «bello Axel» accede, naturalmente, a este deseo. El antiguo juego ha comenzado de nuevo.

Mas esta vez es ya un juego peligroso para una reina a quien la corte vigila con mil ojos de Argos. María Antonieta tendría ahora que ser más prudente, pues ya no es la princesa de dieciocho años de antes, cuyas locuras disculpaban su puerilidad y juventud, sino la reina de Francia. Pero su sangre se ha despertado. Por fin, al cabo de siete años espantosos, el inhábil esposo Luis XVI ha logrado realizar el acto conyugal, ha hecho realmente de la reina una esposa. Pero, sin embargo, ¿qué sentirá esta mujer de fina sensibilidad, de una belleza plenamente florecida y casi sensual, cuando compare a este panzudo esposo con su joven y brillante enamorado? Sin que ella misma tenga conciencia de ello, apasionadamente enamorada por primera vez, comienza a revelar a los ojos de todos los curiosos sus sentimientos hacia Fersen por el cúmulo de sus agasajos, y, más aún, por cierto rubor y confusión. Una vez más, como le ocurre con tanta frecuencia, es peligrosa para María Antonieta su más humana y atractiva cualidad: el que no puede ocultar sus simpatías y aversiones. Una dama de la corte afirma haber observado claramente que, una vez, al entrar inopinadamente Fersen, la reina comenzó a temblar, presa de dulce espanto; que otra vez, estando María Antonieta sentada al piano cantando el aria de Dido, ocurrió que delante de toda la corte, al pronunciar las palabras: « Ah!, que je fus bien inspiré, quand je vous reçu dans ma cour!», dirigió con ilusión y ternura sus azules ojos, en general tan fríos, hacia el secreto (ya no tan secreto) elegido de su corazón. Se alzan ya murmuraciones. Bien pronto toda la sociedad de la corte, para quien las intimidades regias son los acontecimientos más importantes del mundo, observa la situación con apasionada ansiedad: ¿Será su amante? ¿Cuándo? ¿Cómo? Pues el sentimiento de la reina se ha manifestado harto públicamente para que cada cual pueda saber, cosa de que ella misma no tiene conciencia, que Fersen podría obtener de la joven reina cualquier favor, hasta el supremo, si tuviese el atrevimiento o la ligereza necesarios para intentar apoderarse de su presa.

Pero Fersen es sueco; todo un hombre y todo un carácter; en las gentes del Norte, sin obstáculo alguno puede ir mano a mano un fuerte temperamento romántico con una razón serena y casi glacial. Al punto ve lo insostenible de la situación. La reina tiene por él un faible; nadie lo sabe mejor que él mismo, pero aunque él, por su parte, ame y venere a esta encantadora joven. su honradez no le consiente abusar frívolamente de esta debilidad de los sentidos y poner vanamente en habladurías la fama de la reina. Unas francas relaciones provocarían un escándalo sin ejemplo; ya, con sus platónicos favores, se ha comprometido bastante María Antonieta. Por su parte, para representar el papel de un José y rechazaría y castamente los favores de una mujer joven, bella y amada, para ello se siente Fersen demasiado ardiente y juvenil. De este modo, este hombre magnífico realiza lo más noble que puede hacer un varón en situación tan delicada; pone mil leguas de distancia entre su persona y la mujer en peligro; se inscribe rápidamente, como ayudante de La Fayette, en el ejército que va a Norteamérica. Corta el hilo antes de que se enrede de un modo insoluble y trágico.

Sobre esta despedida de los enamorados poseemos un documento indubitable, el informe oficial del embajador de Suecia al rey Gustavo, que atestigua históricamente la apasionada inclinación de la reina hacia Fersen. Escribe el embajador: «Tengo que comunicar a Vuestra Majestad que el joven Fersen ha sido tan bien visto por la reina que el hecho ha provocado las sospechas de algunas personas. Tengo que confesar que yo mismo creo que sentía algún afecto hacia él; he advertido indicios demasiado claros para poder dudar. El joven conde Fersen ha mostrado, en esta ocasión, una conducta ejemplar, por su humildad, su reserva y, sobre todo, por haberse decidido a embarcar para América.

Con haber partido, ha alejado todo peligro; pero haber resistido a tal tentación exige, indudablemente, una decisión superior a su edad. Durante los últimos días, la reina no podía apartar de él los ojos y al mirarle estaban llenos de lágrimas. Suplico a Su Majestad que reserve este secreto exclusivamente para sí y el senador Fersen. Cuando los favoritos de la corte oyeron hablar de la partida del conde estaban todos encantados, y la duquesa de Fitz James le dijo: "¿Cómo, señor, abandona usted de este modo a su conquista?". "Si hubiese hecho una, no la abandonaría. Parto libre y sin pena de nadie." Vuestra Majestad convendrá en que tal respuesta fue de una prudencia y reserva superior a su edad. Por lo demás, la reina muestra ahora mucho más dominio de sí y más prudencia de lo que tenía antes».

Este documento, los defensores de la «virtud» de María Antonieta lo agitan sin cesar, desde entonces, como el estandarte de la inocencia de la reina, cándida como una flor.

Fersen se ha sustraído, en el último momento, a una pasión adúltera; con un sacrificio digno de admiración, los dos enamorados han renunciado uno a otro; la gran pasión ha permanecido « pura»; éstos son sus argumentos. Pero este testimonio no atestigua nada definitivo, sino sólo el hecho provisional de que en 1779 no habían ocurrido aún las últimas intimidades entre Maria Antonieta y Fersen. Sólo los años siguientes serán los decisivamente peligrosos para esta pasión. Estamos sólo al final del acto segundo y lejos aún de sus más profundas complicaciones.

Acto tercero: nuevo regreso de Fersen. Directamente desde Brest, donde desembarca, en junio de 1783, al cabo de cuatro años de voluntario destierro con el cuerpo auxiliar de los americanos, se precipita sobre Versalles. Epistolarmente había estado desde América en relación con la reina, pero el amor exige la presencia real. ¡Que no tengan ahora que volver a separarse, que por fin pueda establecerse junto a ella, que no haya ninguna distancia más entre sus miradas! Evidentemente por deseo de la reina, solicita al punto Fersen el mando de un regimiento francés. ¿Por qué? Este enigma no es capaz de resolvérselo en Suecia el viejo y económico senador su padre. ¿Por qué quiere Hans Axel permanecer en Francia? Como soldado experimentado, como heredero de un nombre de antigua nobleza, como favorito del romántico rey Gustavo, podría elegir en su país el puesto que más le agradara. ¿Por qué, pues, en Francia?, se pregunta una y otra vez el senador, enojado y desengañado. Y el hijo, para engañar al escéptico padre, inventa rápidamente que lo hace para casarse con una rica heredera, con la señorita Necker y sus millones suizos. Pero la verdad de todo es que piensa en cualquier cosa menos en casarse, como lo revela la carta íntima que, al mismo tiempo, escribe a su hermana, en la que, con toda sencillez, le entrega las llaves de su corazón. «He tomado la resolución de no contraer nunca matrimonio; sería contranatural... La única a quien querría pertenecer y que me ama, no puede ser mía. Por tanto, no quiero ser de nadie.» ¿Está bastante claro? ¿Hay que preguntar todavía quién es esa «única» que le ama y que nunca podrá pertenecerle como esposa, esa «elle», como abreviadamente llama Fersen a la reina en sus Diarios? Tienen que haber pasado cosas decisivas para que tan abiertamente se atreva a confesarse a sí mismo y a su hermana que está seguro del cariño de María Antonieta. Y cuando le escribe al padre que hay otras «mil razones persona les que no puede confiar al papel y que le retienen en Francia», detrás de esas mil razones no hay más que una sola que no quiere comunicar: el deseo o la orden de María Antonieta de tener siempre cerca de sí a su dilecto amigo. Pues, apenas Fersen ha solicitado ahora un mando de regimiento, ¿quién le ha hecho « la merced de intervenir en el asunto»? María Antonieta, que, por lo demás, no se ha ocupado nunca de mandos militares. Y ¿quién, contrariamente a todo uso, anuncia la rápida obtención del cargo al rey de Suecia? No el jefe supremo del ejército, único calificado para ello, sino, en una carta de su puño y letra, su mujer, la reina.

En éste o en los años siguientes es cuando con las mayores probabilidades hay que colocar el comienzo de aquellas íntimas relaciones, o más bien, aún más íntimas, entre María Antonieta y Fersen. Cierto que todavía durante dos años -muy contra su voluntadtiene Fersen que acompañar como ayudante en su viaje al rey Gustavo; pero después, en 1785, se queda definitivamente en Francia, y estos años han transformado totalmente a María Antonieta. El asunto del collar ha aislado a esta mujer, que creía demasiado en el mundo, abriendo su espíritu hacia lo fundamental de la vida. Se ha retirado del torbellino de la sociedad de las gentes ingeniosas y poco seguras, de las divertidas y traidoras, de las galantes y perdidosas; en vez de los muchos compañeros sin valor alguno, su corazón, hasta entonces engañado, descubre ahora un amigo verdadero. En medio del odio general, ha crecido ilimitadamente su necesidad de ternura, de confianza, de amor; está ahora madura no para disiparse más tiempo, vana y locamente, en el ilusorio espejo de la admiración general, sino para entregarse a un ser humano, con ánimo franco y resuelto. Y Fersen, por su parte, bello carácter caballeresco, no ama, en realidad, a esta mujer con toda la plenitud de sus sentimientos, sino desde que la ve calumniada, infamada, perseguida y amenazada; él, que se retiró tímidamente ante sus favores mientras ella era idolatrada por el mundo y estaba rodeada de mil aduladores, sólo se atreve a amarla desde que se ha quedado solitaria y necesitada de protección. «Es muy desgraciada -escribe Fersen a su hermana-, y su valor, digno de admiración por encima de todo, la hace aún más atractiva. Mi única pena es no poder compensarla de todas las cuitas y no poder hacerla tan feliz como ella merece.» Cuanto más desgraciada es la reina, cuanto más abandonada y perseguida, tanto más poderosamente crece en él la voluntad viril de compensarla de todo por medio del amor: «Elle pleure souvent avec moi, jugez si je dois l'aimer». Y cuanto más próxima está la catástrofe, tanto más impetuosa y trágicamente se sienten impulsados los dos uno hacia el otro; ella, al cabo de infinitas decepciones, para encontrar una última dicha junto a él; él, para reemplazar en el corazón de ella, con su caballeresco amor, mediante una abnegación sin límites, el reino perdido.

Ahora que este cariño, superficial en otro tiempo, ha llegado a llenar el alma y que el amorío se ha convertido en amor, hacen ambos todos los imaginables esfuerzos por mantener ocultas sus relaciones ante el mundo. Para despistar toda malicia, hace María Antonieta que el joven oficial no sea enviado a la guarnición de París, sino a una situada muy cerca de la frontera, a Valenciennes. Y si «se» (así se expresa Fersen reservadamente en su Diario) le llama a palacio, oculta, bajo toda especie de artificios, entre sus amigos el verdadero objeto del viaje, a fin de que de su presencia en Trianón no pueda deducirse ninguna consecuencia. «No le digas a nadie que te escribo desde aquí -le advierte desde Versalles a su hermana-, pues fecho todas mis otras cartas desde París.

Adiós, tengo que ir junto a la reina.» Jamás acude Fersen a las reuniones de los Polignac, jamás se deja ver en el círculo íntimo de Trianón, jamás toma parte en las excursiones en trineo, bailes y partidas de juego; allí deben continuar pavoneándose y haciéndose notar los aparentes favoritos de la reina, los cuales, sin sospechado, los ayudan, con sus galanterías, a tener oculto ante la corte el secreto verdadero. Ellos dominan de día; la noche es el imperio de Fersen. Ellos rinden pleito homenaje y hablan de ello; Fersen es amado y guarda silencio. Saint-Priest, el bien iniciado que todo lo sabe -menos que su propia mujer está loca por Fersen y que le escribe ardientes cartas de amor-, informa con aquella seguridad que hace que sus afirmaciones sean más valiosas que los de otros: Fersen se dirigía tres o cuatro veces por semana hacia el lado de Trianón. La reina, sin séquito alguno, hacía lo mismo, y estos rendez-vous causaban públicas murmuraciones, a pesar de la modestia y reserva del favorito, el cual, externa mente, jamás dio a conocer en nada su posición, y, de todos los amigos de la reina, fue siempre el más discreto. En todo caso, en el término de cinco años, sólo algunas breves y raras horas hurtadas para estar juntos son concedidas a los enamorados, pues a pesar de su valor personal y de lo seguras que son sus camareras, María Antonieta no puede osar demasiado; sólo en 1790, poco tiempo antes de su separación, puede decir Fersen, con enamorada beatitud, que al fin le ha sido dado pasar un día entero con ella, avec elle. Sólo entre la noche y la mañana, en las sombras del parque, acaso en una de las casitas del hameau, puede la reina esperar a su querubín: es la escena del jardín de Las bodas de Fígaro, con su música tierna y romántica, que termina misteriosamente su representación en los bosquecillos de Versalles y en los meandros de los caminitos de Trianón. Pero, delante de la puerta, preludiando magníficamente con los duros acordes de la música de Don Juan, amenazan ya, pétreos y aplastantes, los pasos del comendador; el tercer acto pasa de la ternura del rococó al gran estilo de tragedia de la Revolución. Sólo el último acto, ascendiendo poderosamente sobre el espanto de la sangre y de la violencia, traerá el crescendo, la desesperación de la despedida y el éxtasis de la muerte.

Únicamente ahora, en lo más extremo del peligro, cuando todos los otros han huido, se presenta aquel que, en los tiempos de la dicha, se había ocultado discretamente, el único amigo, dispuesto a morir con ella y por ella; magníficamente varonil se recorta ahora la silueta de Fersen, oscura hasta ese momento, sobre el lívido y tempestuoso cielo de la época. Cuanto más amenazada está la amada, tanto más crecen las energías de él; despreocupadamente, se plantan los dos más a11á de las fronteras de lo convencional, que hasta entonces se alzaban entre una princesa de Habsburgo y reina de Francia y un extranjero hidalgo sueco. A diario aparece Fersen en palacio, todas las cartas pasan por su mano, toda resolución es meditada con él, las cuestiones más difíciles, los secretos más peligrosos le son confiados; conoce, y nadie más que él, todas las intenciones de María Antonieta, todos sus cuidados y esperanzas; también él solo sa be de sus lágrimas, de su desaliento y de su amargo duelo. Precisamente en el momento en que todo el mundo la abandona, en que lo pierde todo, encuentra la reina lo que durante toda su vida había buscado vanamente: el amigo honrado, sincero, animoso y varonil.

 

¿LO ERA O NO LO ERA?

(Cuestión incidental)

Se sabe ahora, y se sabe de modo irrefutable, que Hans Axel de Fersen no fue, como se opinó durante mucho tiempo, un personaje accesorio, sino la figura principal en la novela psicológica de María Antonieta; se sabe que sus relaciones con la reina no fueron, en modo alguno, un galante juego, un flirt romántico ni una aventura de trovador caballeresco, sino un amor sólido, conservado a través de veinte años, con todas las insignias de su poder: el manto color de fuego de la pasión, el altanero cetro del valor, la pródiga magnitud del sentimiento. Una última incertidumbre rodea todavía la forma de ese amor. ¿Fue -como solía decirse en la literatura del pasado siglo--- un amor «puro», con lo que se designaba siempre, impropiamente, aquel amor en el cual una mujer apasionadamente enamorada y apasionadamente amada rehusaba con gazmoñería al hombre amado y amante los últimos dones? ¿O fue más bien un amor «culpable», es decir, como se entiende actualmente, una pasión completa, libre, magnánima y valerosa, que entrega generosamente como regalo su propia persona y, con ella, cuantos bienes se puedan poseer? ¿Fue Hans Axel de Fersen puramente el chevalier servant, el romántico adorador de María Antonieta, o real y corporalmente su amante? ¿Lo era o no lo era? «¡No! ¡En modo alguno!», exclaman al instante -con singular irritación y sospechosa prisa- ciertos biógrafos monárquicos y reaccionarios, que a cualquier precio quieren saber «pura» a la reina, a «su» reina, y al abrigo de todo «baldón»: «Amaba él apasionadamente a la reina -afirma con envidiable seguridad Werner von Heidenstam-, sin que un pensamiento carnal hubiera impurificado nunca este amor, digno de los trovadores y de los caballeros de la Tabla Redonda. María Antonieta le amaba, sin olvidar ni durante un momento sus deberes de esposa y su dignidad de reina». Para esta clase de fanáticos del respeto, es inconcebible -es decir, protestan de que alguien lo conciba- que «la última reina de Francia pudiera haber hecho traición al depôt d'honneur que le habían legado todas o casi todas las madres de nuestros reyes». Pues, por amor de Dios, por tanto, que no haya ninguna investigación, y sobre todo ninguna discusión sobre esta affreuse calomnie (Goncourt), ningún acharnement, sournois ou cynique, para el descubrimiento de la verdadera realidad. Al instante, los defensores incondicionales de la «pureza» de María Antonieta tocan nerviosamente la campanilla sólo con que se acerque uno a la cuestión.

¿Hay que cumplir realmente esa orden y pasar con labios silenciosos por delante del problema de si Fersen, durante todo el tiempo de su vida, sólo vio a María Antonieta con «una aureola sobre la frente» o si la miró también con ojos varoniles y humanos? Aquel que, por pudor, evita tratar de esta cuestión, ¿no pasa realmente junto al verdadero problema sin conocerlo? Pues no se conoce a ningún ser humano en tanto no se sabe su último secreto, y menos aún se tiene noticias del carácter de una mujer mientras no se ha comprendido el modo de ser de su amor. En unas relaciones de la importancia histórica de éstas, en las cuales una pasión contenida durante largos años no roza una vida como por pura casualidad, sino que fatalmente invade hasta el último fondo los espacios del alma, la cuestión de los límites de ese amor no es un tema ocioso ni cínico, sino decisivo para hacer el retrato moral de una mujer. Para dibujar con exactitud hay que abrir debidamente los ojos. Por canto, aproximémonos; analicemos la situación y los documentos. Investiguemos, que acaso la pregunta encuentre todavía una respuesta.

Primera cuestión: admitiendo en el sentido de la moral burguesa el considerar como culpable el que María Antonieta se hubiera entregado sin reservas a Fersen, ¿quién la acusa de ese don completo? Sólo tres entre sus contemporáneos; cierto que tres personas de máxima categoría, no ningún vulgar chismoso de escaleras abajo: tres iniciados, a quienes puede atribuirse legítimamente un total conocimiento de la situación. Napoleón, Talleyrand y Saint -Priest, el ministro de Luis XVI, testigo ocular cotidiano de todos estos acontecimientos. Los tres afirman sin reservas que María Antonieta ha sido amante de Fersen, y lo hacen en forma tal que excluye toda duda en cuanto a su convencimiento.

Saint-Priest, el que está más al corriente de la situación, es el más minucioso en los detalles. Sin animosidad contra la reina, perfectamente objetivo, habla de secretas visitas nocturnas de Fersen a Trianón, a Saint -Cloud y a las Tullerías, cuyo acceso secreto sólo a él era permitido por La Fayette. Informa sobre la complicidad de la Polignac, la cual parece aprobar altamente que el favor de la reina haya ido a caer sobre un extranjero, quien en modo alguno querrá obtener ningún provecho de su situación de favorito. Para echar a un lado estos tres testimonios, como lo hacen los rabiosos defensores de la virtud, para acusar como calumniadores a Napoleón y Talleyrand, se requiere mucha más audacia que para una investigación libre de prejuicios. Pero, segunda cuestión: ¿quiénes de los contemporáneos o testigos oculares declaran que el acusar a Fersen de haber sido amante de María Antonieta sea una calumnia? Ni uno solo. Y sorprende que justamente los íntimos eviten, con singular coincidencia, el mencionar el nombre de Fersen; Mercy, el cual, sin embargo, examina tres veces cada una de las horquillas que coloca la reina en sus cabellos, no cita ni una sola vez en los despachos oficiales el nombre de Fersen; los fieles de la corte se refieren sólo, en su correspondencia, a «cierta persona» a la cual se entregaron cartas. Pero nadie pronuncia su nombre; durante un siglo entero domina una sospechosa conspiración de silencio, y las primera biografías oficiales olvidan deliberadamente el mencionarlo siquiera. Por tanto, no puede uno sustraerse a la impresión de que ha sido dado tardíamente un mot d'ordre para dejar olvidado lo más radicalmente posible a ese aguafiestas de la leyenda romántica de la virtud regia.

Así la investigación histórica se halló durante largo tiempo en presencia de un difícil problema. Por todas panes encontraba imperiosos motivos de sospecha, y por todas partes el decisivo documento probatorio estaba escamoteado por manos diligentes. Basándose en el material existente -lo perdido contenía los verdaderos testimonios acusatorios-, no se podía establecer con evidencia el hecho. Forse che si, forse che no; acaso sí, acaso también no, decía la ciencia histórica en el caso Fersen mientras faltaron los más leves testimonios decisivos, y cerraba el legajo suspirando: No poseemos nada escrito ni nada impreso; por tanto, ni un único testimonio valedero en nuestra defensa.

Mas a11í donde termina la investigación severamente ligada a comprobables hechos comienza el libre y alado arte de la intuición psicológica; donde fracasa la paleografía tiene que entrar en funciones la psicología, cuyas hipótesis, construidas lógicamente, son con frecuencia más verdaderas que la desnuda verdad de documentos y testimonios. Si no tuviésemos más que documentos para hacer la Historia, ¡qué estrecha, qué pobre, qué llena de vacíos! Lo que no tiene más que un significado, lo manifiesto, es el dominio de la ciencia; lo complejo, lo que re quiere ser explicado a interpretado, es el dominio nato del arte de las almas; donde los materiales no aportan más pruebas escritas le quedan aún al psicólogo incalculables posibilidades. La intuición cabe siempre acerca de un ser humano mucho más que todos los documentos.

Pero primero examinemos una vez más los documentos. Hans Axel de Fersen, aunque corazón romántico, era un hombre ordenado. Lleva su Diario con pedantesca minuciosidad; cada mañana anota pulcramente el estado del tiempo, la presión atmosférica y, junto con estos acontecimientos meteorológicos, los políticos y los personales. Además -hombre altamente minucioso- lleva un libro de correspondencia, en el cual escribe, con sus fechas, las cartas recibidas y las enviadas. Fuera de eso, toma notas para las descripciones de su Diario, conserva metódicamente su correspondencia y es, por tanto, un hombre ideal para un investigador de Historia, pues a su muerte, en 1810, irreprochablemente ordenado, deja un registro de toda su vida, un tesoro documental incomparable.

¿Qué ocurre con este tesoro? Nada. Ya esto produce una extraña impresión. Su existencia es silenciada cuidadosamente -o, digámoslo mejor, temerosamente- por los herederos; a nadie se le permite la entrada a esos archivos, nadie está informado de que existen. Por fin, medio siglo después de la muerte de Fersen, un descendiente suyo, cierto barón de Klinkowstroem, publica la correspondencia y una parte de los Diarios. Pero la correspondencia no está ya completa. Una serie de cartas de María Antonieta, que el libro de correspondencia designa como cartas de «Josefina» , ha desaparecido, lo mismo que el Diario de Fersen en los años decisivos, y -esto es lo más singular de todo-en las camas hay líneas enteras que han sido sustituidas por puntos.

Alguna mano ha empleado o usado la violencia con este legado. Y siempre que un material epistolar antes completo ha sido mutilado o destruido por los herederos, no nos libramos de la sospecha de que han sido oscurecidos con un desmayado fin de idealización. Pero guardémonos de opiniones preconcebidas. Permanezcamos serenos y justos.

Faltan, pues, pasajes en las cartas y han sido reemplazados por puntos suspensivos.

¿Por qué? Habían sido hechos ilegibles en el original, afirma Klinkowstroem. ¿Por quién? Probablemente por Fersen mismo. «¡Probablemente!» Pero ¿por qué? A ello responde muy desconcertado (en una carta) Klinkowstroem que probablemente esas líneas contendrían secretos políticos o malévolas observaciones de María Antonieta sobre el rey Gustavo de Suecia. Y como Fersen mostraba al rey todas estas cartas -¿todas?-, probablemente -¡probablemente!- habrá hecho desaparecer aquellos pasajes. ¡Qué extraño! Las cartas, en su mayor parte, estaban cifradas y, por tanto, Fersen sólo podía presentar al rey copia de las mismas. ¿Para qué, pues, mutilarlas y hacer ilegibles los originales? Ya esto produce sospechas. Pero, como hemos dicho, prescindamos de prejuicios.

¡Investiguemos! Consideremos más despacio esos pasajes vueltos ilegibles y sustituidos por líneas de puntos. ¿Qué llama la atención de ellos? Primeramente esto: los puntos sospechosos no aparecen casi nunca sino allí donde la carta comienza o termina. en el encabezamiento o después de la palabra « Adieu» . «Je vais finin», dice, por ejemplo, en un pasaje; por tanto he terminado con los asuntos de política; ahora viene... No, no viene nada en la edición mutilada, sino puntos, puntos y puntos. Pero si la laguna viene en medio de una carta, se presenta siempre, sorprendentemente en aquellos pasajes que nada tienen que ver con la política. Otra vez un ejemplo: «Comment va votre santé? Je parie que vous ne vous soignez pas et vous avez tort... pour moi je me soutiens mieux que je ne devrais». ¿Habrá criatura humana que sea capaz de imaginar, ahí en medio, algunas consideraciones políticas? O cuando la reina habla de sus hijos: «Cette occupation fait mon seul bonheur... et quand je suis bien triste, je prends mon petit garçon». Aquí, de cada mil hombres, novecientos noventa y nueve intercalarían, como texto natural en la laguna, «desde que tú no estás aquí» y no una irónica observación sobre el rey de Suecia. Las perplejas afirmaciones de Klinkowstroem no son para tomarlas muy en serio; aquí ha sido suprimido algo muy diferente de un secreto político: un secreto humano. Por suerte, hay un medio de descubrir éste: la microfotografía puede hace visible con facilidad tales pasajes borrados. Por lo tanto, ¡vengan los originales! Pero -¡sorpresa!- los originales no existen ya; hasta 1900 aproximadamente, es decir, durante más de un siglo, las cartas habían estado cuidadosamente conservadas y ordenadas en el castillo solariego de los Fersen. De repente han desaparecido y están aniquiladas. Pues la posibilidad técnica de descubrir sus pasajes borrados tiene que haber sido una pesadilla para el honesto barón de Klinkowstroem; así, sin más ni más, ha quemado las cartas de María Antonieta a Fersen poco tiempo antes de su muerte; incomparable acción digna de Eróstrato, alocada y, como además se verá, muy sin sentido. Pero Klinkowstroem quería, costara lo que costara, en el caso de Fersen, mantener la media luz en lugar de la luz plena; la leyenda en lugar de la verdad clara a incontrovertible.­ Ahora, pensaba él, podía morirse tranquilo, pues el «honor» de Fersen y el de la reina estaban salvados por la desaparición del testimonio epistolar.

Pero este auto de fe, según la antigua frase, era, más que un crimen, una tontería.

Primeramente, el aniquilar las pruebas es ya, en sí mismo, testimonio del sentimiento de culpabilidad, y además, una siniestra ley de criminología hace que en toda precipitada destrucción de material probatorio subsista siempre algún testimonio. Y de este modo, Alma Sódetjhelm (la distinguida investigadora de archivos, ha encontrado, al revisar el texto de los papeles que han quedado sin descubrir, la copia de una de aquellas cartas de María Antonieta, hecha por la propia mano de Fersen y que, en su tiempo, no había sido vista por los editores porque sólo existía la copia (por haber sido destruido probablemente el original por la «mano desconocida» ). Gracias a este hallazgo poseemos por primera vez, in extenso, una esquela íntima de la reina, y con ella la llave, o más bien el diapasón erótico, de todas las otras cartas. Ahora podemos sospechar lo que el melindroso editor sustituyó por puntos en las otras. Pues también en esta carta hay al final un «adieu», pero no vienen detrás tachaduras ni puntos suspensivos, sino que dice: «Adieu, le plus aimant et le plus aimé des hommes», es decir, por tanto: «Adiós, el más amante y el más amado de los hombres».

¡De qué otro modo actúa este texto sobre nosotros! ¿Se comprende ahora por qué los Klinkowstroem, los Heidenstam y todos los otros conjurados de la «pureza», que probablemente han tenido entre sus manos más de un documento de esta clase que la posteridad no conocerá jamás, se ponen tan sorprendentemente nerviosos tan pronto como se quiere investigar sin prejuicios el caso de Fersen? Pues para aquellos que comprenden los acentos del corazón no puede haber duda alguna de que una reina que le habla a un hombre tan animosamente y tan por encima de toda convención, hace tiempo que le ha dado las pruebas supremas de su cariño; esta última línea salvada suple a todas las aniquiladas. Si la destrucción en sí misma no fuera ya una prueba, estas únicas palabras que han llegado a nosotros nos traerían el conocimiento.

Pero sigamos adelante. Al lado de esta carta salvada hay también una escena de la vida de Fersen que, en el terreno psicológico, resuelve decisivamente la cuestión. Tiene lugar seis años después de la muerte de la reina. Fersen debe representar al gobierno sueco en el Congreso de Rastatt. Entonces Bonaparte le declara bruscamente al barón de Edelsheim que no negociará con Fersen, cuyas opiniones monárquicas conoce y que, además, «se ha acostado con la reina». No dice «estuvo en relaciones con ella» , sino que pronuncia provocativamente la frase casi obscena «se ha acostado con la reina». Al barón de Edelsheim no se le ocurre defender a Fersen; también a él le parece la cosa plenamente natural. Por tanto, sólo responde, sonriéndose, que creyó que estas noticias del ancien regime hacía tiempo que estaban concluidas y que eso no tenía nada que ver con la política. Y después va a buscar a Fersen y le repite la conversación. Y Fersen, ¿qué hace? O más bien, ¿qué tenía que haber hecho si las palabras de Bonaparte hubiesen contenido una mentira? ¿No tenía que haber defendido al instante a la reina difunta contra esa acusación, caso de que hubiera sido injusta? ¿No debería haber gritado que era calumnia? ¿No debería haber retado inmediatamente a un duelo a aquel generalito corso de reciente cochura, que, además, para su acusación había elegido los términos más gráficos y groseros? ¿Le es permitido a un hombre honrado y recto dejar acusar a una mujer de haber sido su amante si realmente no lo ha sido? Ahora o nunca tiene Fersen la ocasión, y hasta el deber, de echar abajo una afirmación que circula en secreto desde hace mucho tiempo, deshacer de una vez para siempre semejante rumor.

Pero ¿qué hace Fersen? ¡Ay!, guarda silencio. Toma la pluma y anota pulcramente en su Diario toda la conversación de Edelsheim con Bonaparte, incluyendo la imputación de haberse acostado él con la reina. En la más profunda intimidad consigo mismo, no tiene palabras para atenuar esta afirmación, «infame y cínica» en opinión de sus biógrafos.

Baja la cabeza, y con es te signo presta su aquiescencia. Cuando, algunos días más tarde, las gacetas inglesas comentan este incidente y «con ello hablan de él y de la desgraciada reina», añade en su Diario: «Le qui me choqua», es decir, « lo que fue enojoso para mí».

Ésta es toda la protesta de Fersen, o más bien su no protesta. Una vez más, el silencio habla más claro que todas las palabras.

Se ve, por tanto, que lo que los timoratos herederos trataban de ocultar tan celosamente, el hecho de que Fersen hubiera sido amante de María Antonieta, el amante mismo no lo negó jamás. Por docenas aparecen más y más detalles demostrativos de una porción de hechos y documentos: el que su hermana le conjure, al dejarse ver él públicamente en Bruselas con otra querida, a que haga de modo que ella (qu'elle) no sepa nada, porque se ofendería (¿con qué derecho, hay que preguntar, si no fuese su amante?); el que en el Diario esté borrado el pasaje en el que Fersen anota que ha pasado la noche en las Tullerías, en las habitaciones regias; el que, ante el tribunal revolucionario, una camarera declare que con frecuencia alguien salía secretamente del cuarto de la reina. Todo no son más que detalles, ciertamente, pero cuyo peso depende, en todo caso, de que todos concuerden entre sí de un modo tan sospechoso como claro; no obstante, el testimonio de elementos tan dispersos no sería convincente si le faltara la última y decisiva relación con el carácter de la reina. Sólo por la total fisonomía moral de una individualidad es siempre explicable su manera de proceder, pues cada acto aislado de la voluntad de un ser humano está en la más estricta dependencia causal con su naturaleza. La cuestión de la probabilidad de unas relaciones íntimamente apasionadas, o sólo llenas de respeto y convención, entre Fersen y María Antonieta está determinada, en último término, por la psicológica actitud total de la mujer, y, según todos los detalles acusadores, hay que preguntarse ante todo: ¿qué conducta corresponde, lógica y psicológicamente, al carácter de la reina: la libre entrega total o una temerosa negativa? Quien to examine todo desde este punto de vista no vacilará mucho tiempo. Pues, al lado de todas sus debilidades, hay en María Antonieta una gran fuerza: su valor sin dominio de sí, irreflexivo y verdaderamente soberano. Sincera hasta lo más profundo de sí misma, incapaz de toda hipocresía, esta mujer se ha colocado, en cien ocasiones mucho menos importantes, más a11á de los límites de lo convencional, indiferente a los rumores que pueden haber circulado a sus espaldas. Y si sólo alcanza verdadera grandeza en los decisivos momentos ascensionales de su destino, María Antonieta jamás fue mezquina, jamás fue cobarde, jamás colocó sobre su propia voluntad otra forma de honor o de conducta: la moral de la sociedad o de la corte. Y justamente al tratarse de la única persona a quien ama de verdad, ¿debía esta mujer valiente representar de repente un papel de gazmoña, de tímida, de honrada esposa de su Luis, a quien sólo está unida no por amor, sino por razón de Estado? ¿Debía haber sacrificado su pasión a prejuicios sociales, en medio de una época apocalíptica, cuando se disolvían todos los lazos de disciplina y orden en la salvaje embriaguez de las convulsiones de la proximidad de la muerte, en medio de todos los espantos de una sociedad en agonía? Ella, a quien nadie podía domar ni detener, ¿debía haberse retenido ella misma ante la más natural y femenina forma de la sensibilidad. a causa de un fantasma. de una unión conyugal que nunca había sido otra cosa sino la caricatura de un verdadero matrimonio, a causa de un hombre a quien nunca conoció como tal, por una moral que odió desde siempre, con todo el instinto de libertad de su naturaleza indomable? A quien quiera creer esta cosa increíble no es posible negarle el derecho a ello. Pero no deforman la imagen de la reina los que atribuyen a María Antonieta osadía a irreflexión en su única pasión amorosa, plena y libre, sino los que quieren adjudicar a esta mujer impávida un alma apagada, miedosa, encogida por toda suerte de miramientos y cautelas, que no se atreve a ir hasta el final y reprime en sí su naturaleza. Mas para todos aquellos que no pueden comprender un carácter si no es como unidad, es completamente incomprensible que María Antonieta, lo mismo que con toda su alma desengañada, no haya sido también con su cuerpo, largo tiempo profanado y burlado, la amante de Hans Axel de Fersen.

Pero ¿y el rey? En todo adulterio, la tercera persona, la engañada, representa el papel delicado, penoso y ridículo, y, en interés de Luis XVI, pueden haber sido ensayados buena parte de los ulteriores oscurecimientos de aquella relación triangular. En realidad, Luis XVI no fue en modo alguno un cornudo ridículo, pues conoció sin duda alguna estas relaciones de Fersen con su mujer. Saint-Priest lo dice expresamente: «Había encontrado medio y manera de llevarlo hasta el punto de que aceptara sus relaciones con el conde Fersen».

Esta interpretación se acomoda perfectamente con el cuadro de la situación. Nada era más extraño a María Antonieta que la hipocresía y disimulación; un cazurro engaño a su esposo no corresponde con su conducta espiritual, y tampoco la promiscuidad indecente, con tanta frecuencia usada, esa fea comunidad simultánea entre esposo y amante, no puede pensarse de ella, dado su carácter. Es indudable que, tan pronto como se establecieron sus relaciones con Fersen -relativamente tarde, lo más probable sólo entre los quince y los veinte años de su matrimonio-, María Antonieta cortó las relaciones corporales con su esposo; esta sospecha, puramente psicológica, es sorprendentemente confirmada por una carta del imperial herma no de la reina, el cual ha sabido, no sabemos cómo, en Viena, que su hermana quiere retirarse del comercio con Luis XVI después del nacimiento de su cuarto hijo; la fecha concuerda exactamente con el comienzo de sus relaciones más estrechas con Fersen. Aquel a quien le guste ver claro, verá con claridad esta situación. María Antonieta, casada por razón de Estado con un hombre sin ningún atractivo, a quien no ama, reprime durante años su necesidad espiritual de amor en obsequio de estos deberes conyugales. Pero tan pronto como ha dado a luz dos hijos varones, cuando, por tanto, ha proporcionado a la dinastía herederos al trono de indudable sangre borbónica, siente como terminados sus deberes morales para con el Estado, la ley y la familia y se cree por fin libre. Al cabo de veinte años sacrificados a la política, esta mujer, tan castigada en la última y trágicamente emocionante hora, se refugia en su puro y natural derecho de no negarse por más tiempo al hombre desde hace mucho tiempo amado, que para ella, en un solo sujeto, es amigo y amante, confidente y compañero, animoso como ella misma y dispuesto, por su afán de sacrificio, a corresponder al que ella le hace. ¡Qué pobres son todas las artificiales hipótesis de una reina dulzonamente virtuosa frente a la clara realidad de su conducta y cuánto rebajan su valor humano y su dignidad espiritual precisamente aquellos que quieren defender incondicionalmente el regio « honor» de esta mujer! Pues jamás una mujer es más honrada y noble que cuando cede plena y libremente a unos sentimientos que no la engañan, probados durante años; jamás una reina es más reina que cuando procede humanamente.

 

LA ÚLTIMA NOCHE EN VERSALLES

Rara vez, en la milenaria Francia, las sementeras maduraron tan rápidamente como en este verano de 1789. El trigo eleva rápidamente sus tallos, pero con mayor celeridad aún, después de haber sido abonadas una vez con sangre, crecen las impacientes semillas de la Revolución. Abusos de largos decenios, injusticias de siglos, son suprimidos de una sola plumada; ahora es derribada la otra Bastilla, la invisible, en la cual, aprisiona dos con cadenas por sus reyes, estaban los derechos del pueblo francés. El 4 de agosto se viene abajo, en medio de ilimitados clamores de júbilo, la antiquísima fortaleza del feudalismo; los nobles renuncian a la servidumbre personal y a los diezmos de sus vasallos; los príncipes de la Iglesia, a los censos y gabelas sobre la sal; son declarados libres los aldeanos, libres los ciudadanos, libre la prensa; son proclamados los Derechos del Hombre; todos los sueños de Jean-Jacques Rousseau son realizados en este verano. Los vidrios de las ventanas vibran, ya por el júbilo, ya por las disputas, en esta sala de los Menus Plaisirs (destinada por los reyes para sus diversiones, por el pueblo para la reivindicación de sus derechos); a una distancia de cien pasos se oye ya el incesante zumbido de esta colmena humana. Pero mil pasos más allá, en el gran palacio de Versalles, reina un sobrecogido silencio. Espantada, mira la corte por las ventanas a este estrepitoso huésped que, aunque lo hayan llamado sólo para dar consejo, se siente ya dispuesto a desempeñar el papel de amo del soberano. ¿Cómo enviar otra vez a su casa a este aprendiz de brujo? Lleno de perplejidad, se aconseja al rey con sus consejeros, que se contradicen unos a otros; lo mejor, piensan la reina y el rey, será esperar hasta que esta tempestad se haya calmado por sí misma. Mantenerse ahora tranquilos y permanecer en último término. Basta con ganar tiempo y todo está ganado.

Pero la Revolución quiere ir hacia delante, tiene que ir hacia delante si no ha de quedar ahogada por la arena, pues una revolución se mueve como la corriente de un río.

Detenerse sería para ella fatal, retroceder sería su fin; tiene que exigir cada vez más para afirmarse; tiene que conquistar para no ser vencida. El redoble de tambores para este infatigable avance lo dan los periódicos; esos niños, esos pilluelos de la calle de la Revolución corren estrepitosos y desenfrenados precediendo al verdadero ejército. Una simple plumada ha dado libertad a la palabra escrita y hablada, la cual, en su primera superabundancia, se entrega siempre a la brutalidad y a los excesos. Aparecen diez, veinte, treinta, cincuenta periódicos. Mirabeau funda uno. Desmoulins, Brissot, Loustalot, Marat, tienen los suyos, y como cada uno bate el tambor para encontrar lectores y el uno quiere sobrepujar al otro en patriotismo ciudadano, arman el estrépito más desconsiderado; en todo el país no se les oye más que a ellos. Gritar lo más alto posible, alborotar lo más rudamente posible, cuanto más mejor, y a acumular todos el odio contra la corte. El rey piensa en hacer traición, el gobierno impide que traigan trigo, regimientos extranjeros avanzan ya para hacer disolver las asambleas, amenaza una nueva noche de San Bartolomé. ¡Despierta, ciudadano! ¡Despierta, patriota! ¡Rataplán, rataplán, rataplán!, los periódicos redoblan día y noche en sus tambores, infundiendo miedo, desconfianza, furor y exasperación en millones de corazones. Y detrás de estos tambores se encuentra ya en pie, con picas y sables, y sobre todo armado de un ilimitado enojo, el hasta ahora invisible ejército del pueblo francés.

Para el rey todo va demasiado aprisa; para la Revolución, con demasiada lentitud, porque aquel hombre corpulento y prudente no puede guardar el paso con el ardiente avanzar de tan jóvenes ideas. Versalles vacila y dilata; por tanto, ¡adelante, París!, pon término a estas interminables negociaciones, a estos insoportables regateos entre el rey y el pueblo, así retumba en el tambor de los periódicos. Tienen cien mil, doscientos mil puños, y en los arsenales hay fusiles, esperan los cañones; ve por ellos y ve por el rey y la reina a Versalles; cógelos fuertemente en tus manos y con ello tendrás también to propio destino. En el cuartel general de la Revolución, en el palacio del duque de Orleans, en el Palais Royal, es dada la orden: ya está todo preparado, y uno de los tránsfugas de la corte, el marqués de Huruge, prepara ya en secreto la expedición.

Pero entre el palacio y la ciudad se tienden oscuras vías subterráneas. Los patriotas en los clubes, por medio de criados sobornados, saben todo lo que ocurre en el palacio, y el palacio, a su vez, conoce, por sus agentes, el ataque planeado. Se decide, pues, en Versalles pasar a la acción, y, supuesto que los soldados franceses no son bastante de fiar contra sus conciudadanos, se encarga un regimiento flamenco para protección del palacio. El 1° de octubre, las tropas se trasladan de sus cantones permanentes a Versalles y, para hacerlos entrar en calor, les prepara la corte un solemne recibimiento. La gran sala de la ópera es dispuesta para un banquete y, sin consideración a que en París reina extremada carencia de subsistencias, no se economizan los buenos manjares y el vino; también la fidelidad, lo mismo que el amor, pasan frecuentemente a través del estómago.

Para inflamar aún más especialmente a las tropas en favor de sus reyes -honor hasta entonces nunca visto-, el rey y la reina, con el delfín en brazos, se dirigen a la sala del festín.

María Antonieta no ha sabido nunca el provechoso arte de ganar el favor de las gentes por medio de una consciente habilidad, cálculo o lisonja. Pero la naturaleza ha impreso en su cuerpo y en su alma cierta altivez, que actúa seductoramente sobre todos los que por primera vez la encuentran: ni los individuos ni la masa pudieron nunca sustraerse a esta extraña magia de la primera impresión (la cual desaparecía después con más inmediato conocimiento). También esta vez, al aparecer esta hermosa mujer joven, llena de grandeza y al mismo tiempo amable, oficiales y soldados saltan entusiasmados de sus asientos, sacan de la vaina las espadas, lanzando un mugiente viva en honor del soberano y de la soberana y olvidando probablemente, al hacerlo, el que está prescrito también para la nación. La reina pasa por medio de las filas. Sabe sonreír encantadoramente, ser amable de una manera asombrosa y que no la obliga a nada; sabe, como su autocrática madre, como su hermano, como casi todos los Habsburgos (y este arte se ha seguido heredando en la aristocracia austriaca), en medio de un interno a inconmovible orgullo, ser cortés y complaciente hasta con la gente más humilde, sin producir por eso efecto de rebajamiento. Con una sonrisa sinceramente feliz (pues ¿cuánto tiempo hace que no ha oído gritar ese «Vive la Reine!»?) rodea con sus niños la me sa del banquete, y la vista de esta mujer bondadosa, llena de gracia y verdaderamente regia que viene, como huésped, junto a ellos, groseros soldados, traspone a oficiales y tropa hasta el éxtasis de la fidelidad monárquica: en aquella hora, cada cual está dispuesto a morir por María Antonieta.

Pero también la reina está encantada al dejar aquella ruidosa compañía; con el vino de bienvenida que le fue ofrecido ha vuelto a beber también el dorado licor de la confianza: todavía hay fidelidad, todavía hay seguridad para el trono de Francia.

Pero desde el día siguiente redoblan, ya ensordecedores, los tambores de los periódicos patrióticos (¡rataplán!, ¡rataplán!, ¡rataplán!); la reina y la corte han comprado asesinos contra el pueblo. Han embriagado a los soldados con vino tinto para que viertan dócilmente la raja sangre de sus conciudadanos: oficiales con alma de esclavos han arrojado al suelo la escarapela tricolor, la han pisoteado y profanado; han cantado canciones serviles, y todo ello bajo la provocadora sonrisa de la reina. ¿Seguís sin fijaros aún en esto, patriotas? Quieren caer sobre París; los regimientos están ya en marcha. Por tanto, ¡arriba ahora, ciudadanos! ¡Alzaos para el último combate, para el decisivo! Reuníos, patriotas -¡rataplán!, ¡rataplán!, ¡rataplán! Dos días más tarde, el 5 de octubre, estalla la revuelta en París. Estalla, y pertenece a los muchos secretos impenetrables de la Revolución francesa el saber realmente cómo se originó. Pues esta revuelta en apariencia espontánea se nos muestra como una maravilla de organización y cálculo previsor, tan insuperablemente montada. desde el punto de vista político, que el disparo parte, con toda precisión y derechamente, desde el debido punto de arranque hasta alcanzar la debida meta, en forma que unas manos muy prudentes, muy sabias, muy hábiles y ejercitadas tienen que haber mediado en ello. Ya fue una idea genial -digna de un psicólogo como Choderlos de Lacios, el cual dirigía en el Palais Royal, por cuenta del duque de Orleans, la campaña contra la corona - no querer ir con un ejército de hombres, sino con una masa de mujeres, a buscar al rey a Versalles.

A los hombres se los puede llamar insurrectos y rebeldes; contra los hombres dispara obediente un soldado bien disciplinado. Pero las mujeres no intervienen en los levantamientos populares sino sólo como por desesperación; ante sus pechos se hace atrás, acobardada, la más aguda bayoneta, y, además, los instigadores saben que un hombre tan temeroso y sentimental como el rey no dará nunca la orden de dirigir los cañones contra las mujeres. Por tanto, primero tender cuanto se pueda la excitación popular, haciendo -no se sabe, de nuevo, con qué manos ni con qué poder- que durante dos días esté artificialmente interrumpido el servicio de pan en París, a fin de que se origine un hambre, el único y característico resorte impulsivo del enojo popular. Y después, tan pronto como el torbellino se pone en movimiento, ¡a toda prisa, las mujeres delante!, ¡las mujeres en las avanzadas y en primera línea! En realidad es una mujer joven, y hasta se afirma que tenía las manos ricamente cargadas de anillos, quien en la mañana del 5 de octubre irrumpe en un cuerpo de guardia y se apodera de un tambor. En un instante se reúne tras ella un cortejo de mujeres, rápidamente acrecentado, que lanza grandes gritos en demanda de pan. Con ello está iniciada ya la revuelta; pronto se mezclan entre la muchedumbre algunos hombres disfrazados, que dan a este mugiente río la predeterminada dirección: ¡al Ayuntamiento! Media hora después es tomado por asalto: pistolas, picas y hasta dos cañones son a11í capturados, y de repente -¿quién lo ha llamado, quién ha influido en él?- aparece allí un jefe, de nombre Maillard, que forma un ejército con esta desordenada y espontánea masa y la incita a marchar sobre Versalles, aparentemente para ir en busca de pan, en realidad para traer al rey a París. Como siempre, demasiado tarde -es el destino de este hombre noble y crédulo, honrado y torpe, llegar siempre una hora después de los acontecimientos-, viene La Fayette, el comandante de la Guardia Nacional, montado en su caballo blanco. Su misión era evidentemente impedir la partida -y quería cumplirla honradamente-, pero sus soldados no le obedecen. De este modo, no le queda otra cosa que hacer sino marchar, con sus guardias nacionales, detrás de la tropa de mujeres, para cubrir posteriormente la franca rebelión con una apariencia de legalidad. No es ninguna función noble, y así lo sabe el viejo amigo de la libertad, y no está contento de la tarea.

Sobre su célebre caballo trota La Fayette, con humor sombrío, detrás de la banda de mujeres de la Revolución -símbolo de la fría, lógicamente calculadora a impotente razón humana, que en vano se esfuerza por dirigir la magnífica a ilógica pasión de los elementos.

La corte de Versalles no sospecha nada hasta mediodía del peligro con millares de cabezas que se le viene encima. Como todos los días, el rey ha hecho ensillar su caballo de caza y ha cabalgado hacia los bosques de Meudon; la reina, como todos los días, por la mañana temprano se ha dirigido a pie y sola a Trianón. ¿Qué debe hacer en Versalles, en el gigantesco palacio, del cual se han alejado hace ya tiempo la corte y los mejores amigos, y al lado del cual, en la Asamblea Nacional, cada día presentan los factieux nuevas proposiciones odiosas contra ella? ¡Ay!, está cansada de todas esas amarguras, de esta lucha en el vacío cansada de los hombres, cansada de ser reina. Sólo descansar ahora, sólo permanecer tranquila un par de horas, sin testigos, muy lejos de toda política, en el parque otoñal, en cuyas hojas el sol de octubre pone reflejos de cobre. Sólo quiere coger tranquilamente las últimas flores de los bancales antes que venga el invierno, el terrible invierno, y acaso también dar de comer a las gallinas y a los chinescos peces dorados del estanque pequeño. Y después reposar, reposar por fin de todas las excitaciones y contrariedades; no hacer nada, no querer nada. sino sentarse, con ociosas manos, en la gruta, con un sencillo traje matinal, con un libro abierto sobre el banco, y sentir en su propio corazón la gran fatiga de la naturaleza y del otoño.

Así está sentada la reina en el banco de piedra de la gruta -hace mucho tiempo quedó olvidado que antes se la llamaba la «gruta del amor»- y ve venir un paje por el camino con una carta en la mano. Se levanta y sale a su encuentro. La carta es del ministro Saint-Priest y anuncia que el populacho marcha contra Versalles; inmediatamente debe regresar al palacio la reina. Con toda celeridad recoge el sombrero y su abrigo y se pone en marcha, con su paso que se conserva siempre joven y leve, y camina con tal rapidez que probablemente no tiene ni una sola mirada para aquel palacete querido y aquel paisaje, construido artificialmente con tan juguetón esfuerzo. Pues ¿cómo podría sospechar que estaba viendo por última vez en su vida estas suaves praderas, estas delicadas colinas, con el templo del amor y el otoñal estanque, que este paseo era ya su despedida eterna? En palacio, María Antonieta encuentra a los señores de la nobleza y a los ministros en perpleja agitación. Sólo se sienten inciertos rumores del levantamiento de París, que han sido traídos por un servidor venido a toda prisa, y todos los mensajeros salidos después han sido detenidos en el camino por las mujeres. He aquí que, finalmente, llega a todo galope un jinete, salta de su espumeante caballo y se precipita rápido por la escalera de mármol: es Fersen. A la primera señal de peligro, siempre dispuesto al sacrificio, ha saltado sobre la silla y a todo galope se ha adelantado al ejército femenino a las «ocho mil Judiths» , como las llama patéticamente Camille Desmoulins, para estar al lado de la reina en el momento del peligro. Por fin llega también el rey al consejo. Lo han encontrado en el bosque, cerca de la puerta de Châtillon, y tuvo que ser perturbado en su placer favorito. Con enojo, consignará aquella noche en su Diario los resultados de su desdichada caza con esta advertencia: «Interrumpida por los acontecimientos» .

Ahora se encuentra allí, abrumado, con angustiados ojos, y cuando todo está ya perdido, cuando en el aturdimiento general se han olvidado de cortar el paso por el puente de Sèvres a la avant-garde de la rebelión, comienzan a celebrar consejo. Quedan todavía dos horas, todavía sobraría tiempo para tomar una resolución enérgica. Un ministro propone que el rey monte a caballo y, al frente de los dragones y de los regimientos flamencos, corra al encuentro de las masas indisciplinadas; su sola aparición forzaría a volverse atrás a las femeninas hordas. Los más prudentes aconsejan, a su vez, que el rey y la reina deben dejar al instante el palacio y trasladarse a Rambouillet, con lo cual caería en el vacío el pérfido golpe proyectado contra el trono. Pero Luis, eterno indeciso, vacila.

Otra vez deja que los acontecimientos, por su incapacidad de resolver, vengan a su busca, en vez de salir él a su encuentro.

La reina, mordiéndose los labios, se alza en medio de estas gentes perplejas, ninguna de las cuales es un hombre verdadero. Por instinto, saben que todas las violencias proyectadas contra ellos tienen que alcanzar buen éxito, porque desde que fue vertida la primera sangre todos tienen miedo de todo: «Toute cette révolution n'est qu'une suite de la peur». Pero ¿cómo puede ella sola tomar sobre sí la responsabilidad de todos y de todo? Abajo, en el patio, están enganchadas las carrozas, y en menos de una hora la familia real, con los ministros y la Asamblea Nacional, que ha jurado seguir al rey a todas partes, podrían estar en Rambouillet. Pero el rey no acaba de decidirse a dar la señal de partida. Con energía creciente lo acosan los ministros; Saint-Priest, más que ninguno.

«Sire, si mañana llevan a Vuestra Majestad a París, está perdida la corona.» Necker, a quien importa más su popularidad que la conservación de todas las monarquías, a su vez lo contradice, y entre ambas opiniones permanece el rey, como de costumbre, a modo de un péndulo que oscila sin voluntad. Va anocheciendo y aún siguen piafando abajo, impacientes, los caballos bajo una tempestad que ha descargado mientras canto; los lacayos esperan en las portezuelas desde hace varias horas, y todavía se sigue deliberando en el consejo.

Pero he aquí que asciende ya, amenazante, un confuso rumor de centenares de voces que llegan por la Avenida de París. Ya están ahí. Con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la torrencial lluvia, sombría masa de millares de rostros en la oscuridad de la noche, avanzan con pesados pasos las amazonas de los mercados. La guardia de la Revolución está a las puertas de Versalles. Es demasiado tarde.

Mojadas hasta los huesos, hambrientas y tiritando, con el calzado cubierto del empapado lodo del camino, llegan ahora las mujeres. Estas seis horas de marcha no fueron ningún paseo placentero, aunque por el camino hayan asaltado los despachos de aguardiente, calentándose así un poco los zurrientes estómagos. Las voces de las mujeres atruenan, agudas y roncas, y lo que gritan suena de modo poco amable para la reina. Su primera visita es para la Asamblea Nacional. Está en sesión desde por la mañana temprano, y para muchos de sus miembros, adeptos al duque de Orleans, no es totalmente inesperada esta marcha de amazonas.

Primeramente, las mujeres no le piden más que pan a la Asamblea Nacional; conforme al programa, ni una sola palabra al principio respecto al traslado del rey a París. Se decide enviar a palacio una delegación de mujeres, acompañadas por el presidente Monnier y algunos diputados. Las seis mujeres elegidas se dirigen a palacio; los lacayos abren cortésmente las puertas a estas modistas, pescaderas y ninfas de la calle. Con todos los honores, la extraña comisión es llevada arriba, por la gran escalera de mármol, hasta las estancias que en otros tiempos sólo debían ser pisadas por nobles de sangre azul siete veces probada. Entre los diputados que acompañan al presidente de la Asamblea Nacional está también cierto señor de buen tipo, corpulento, con aspecto jovial, que no llama precisamente la atención. Pero su nombre da una simbólica importancia a este primer encuentro con el rey. Pues con el doctor Guillotin, diputado por París, la guillotina ha hecho su primera visita a la corte el día 5 de octubre de 1789.

El bondadoso Luis recibe tan amablemente a las damas, que la oradora, una muchacha que ofrece flores, y probablemente algo más, a los habitués del Palais Royal, cae desmayada de puro aturdimiento. Le prodigan cuidados; el bondadoso padre del país abraza a la asustada muchacha; promete a las encantadas mujeres pan y todo lo que quieran, y hasta pone a su disposición, para el regreso, sus propias carrozas. Todo parece haber resultado perfectamente; pero abajo, excitado por agentes secretos, el mujerío recibe con gritos de furor a su propia delegación, reprochándoles que se han dejado comprar por dinero y pagar con embustes. No es para volver trotando a casa, con el estómago zurriendo de hambre, sólo alimentadas con vanas promesas, para lo que han venido pateando, durante seis horas, desde París, en medio de un diluvio. No; permanecerán aquí y no volverán a sus casas antes de llevarse consigo a París al rey, a la reina y a toda la banda; ya los desacostumbrarán a11í de sus artimañas y engaños. Sin respeto alguno penetran las mujeres en la Asamblea Nacional para dormir a11í, mientras que algunas de entre ellas, sobre todo las profesionales, y antes que ninguna Théroigne de Méricourt, se muestran complacientes con los soldados de los regimientos flamencos.

Siniestros rezagados vienen a aumentar todavía más el número de insurgentes; peligrosas figuras se deslizan a lo largo de las verjas, a la incierta y escasa luz de las linternas de aceite.

Arriba, la corte no ha decidido nada todavía. ¿No sería aún preferible huir? Pero ¿cómo atreverse a pasar, con las pesadas carrozas, a través de aquella excitada muchedumbre? Es demasiado tarde. Por fin, hacia medianoche, se oyen a lo lejos tambores; se acerca La Fayette. Su primera visita se la hace a la Asamblea Nacional; la segunda, al rey. Aunque se inclina con respetuoso rendimiento y dice: «Sire, estoy aquí para traeros mi cabeza como garantía de la de Vuestra Majestad», nadie le da las gracias, y menos que nadie María Antonieta. El rey declara que ya no tiene intención de partir ni de alejarse de la Asamblea Nacional. Ahora parece todo en orden. El rey ha dado su palabra; La Fayette y las fuerzas armadas de la nación están en su puesto para protegerlo; por tanto. los diputados se van a sus casas, los guardias nacionales y los insurrectos buscan protección contra la lluvia, que cala hasta los huesos, en los cuarteles e iglesias, y hasta bajo los arcos de las puertas y en los escalones cubiertos de bóveda. Poco a poco se extinguen las últimas horas y, después de haber visitado una vez más todos los puestos, se acuesta La Fayette a las cuatro de la madrugada (aunque ha prometido velar por la seguridad del rey) en el hotel de Noailles. También los reyes se retiran a sus habitaciones; no sospechan que es la última vez que se tienden a descansar en el palacio de Versalles.

 

EL CARRO FÚNEBRE DE LA MONARQUÍA

El antiguo poder, la realeza y sus guardianes, los aristócratas, se han retirado a dormir.

Pero la Revolución es joven, tiene sangre caliente a impetuosa, no necesita ningún reposo y espera, impaciente, el nuevo día y el momento de la acción. En torno a las hogueras, en medio de las calles, se agrupan los soldados de la insurrección de París que no han encontrado ningún abrigo; nadie puede explicar por qué motivo, realmente, se encuentran aún en Versalles y no en su casa, en sus lechos, ya que el rey ha dado palabra y prometido obediencia a todo. Pero una voluntad subterránea retiene y domina a esta inquieta muchedumbre. De un lado a otro, entrando y saliendo por las puertas, van y vienen unas figuras sombrías, portadoras de mensajes secretos, y a las cinco de la mañana, cuando aún está el palacio sumido en la oscuridad y el sueño, algunos grupos, guiados por experta mano, se deslizan dando rodeos, pasando por el patio de la capilla, hasta debajo de las ventanas del palacio. ¿Qué quieren? ¿Y quién dirige a estas figuras sospechosas? ¿Quién las conduce, quién las impulsa hacia un fin todavía desconocido, pero bien calculado? Los impulsores permanecen desconocidos; el duque de Orleans y el hermano del rey, el conde de Provenza, han preferido no pasar aquella noche en palacio -sabiendo quizá por qué-, al lado de su legítimo soberano. En todo caso, de repente suena un disparo; uno de esos disparos provocadores, siempre necesarios para iniciar una deseada colisión. Al punto, por todas partes se precipitan los subleva dos; a docenas, a cientos, a millares; armados de picas, azadas y fusiles, regimientos de mujeres y de hombres disfrazados de mujeres. El ataque tiene una dirección muy clara: ¡hacia las habitaciones de la reina! Pero ¿cómo es posible que las pescadoras de París, las damas de los mercados, que jamás han puesto los pies en Versalles, encuentren con tan maravillosa seguridad y al instante la dirección debida en este palacio, absolutamente inabarcable con la mirada, con sus docenas de escaleras y centenares de habitaciones? De pronto, las oleadas de mujeres y de hombres disfrazados ascienden por la escalera de las habitaciones de la reina. Algunos guardias de corps intentan impedirles la entrada; dos son arrojados al suelo y bárbaramente asesinados; un gran hombre barbudo corta, en el mismo sitio, las cabezas de los cadáveres, las cuales pocos minutos después se agitan goteando sangre en el extremo de picas gigantescas.

Pero los sacrificios han cumplido con su deber. Sus agudos gritos de muerte han despertado a tiempo el palacio. Uno de los tres guardias de corps se ha arrancado de manos de los atacantes, corre, aunque herido, por las escaleras arriba, atruena con sus gritos la hueca concha de mármol del palacio: «¡Salvad a la reina!».

Este grito, en efecto, la salva. Una camarera, llena de espanto, se precipita en la habitación de la reina para avisarla. Ya retumban fuera, bajo el golpe de picos y hachas, las puertas, velozmente atrancadas por los guardias de corps. Ya no queda tiempo para ponerse medias ni zapatos; sólo se echa María Antonieta una bata sobre la camisa y un chal sobre los hombros. De este modo, descalza, con las medias en la mano, corre, con el corazón palpitante, por el pasillo que conduce al Oeil de boeuf y de este dilatado recinto a las habitaciones del rey. Pero ¡espanto!, la reina y sus camareras golpean desesperadamente con sus puños, golpean y golpean, pero la despiadada puerta permanece cerrada. Durante cinco minutos, cinco minutos mortalmente largos, mientras que ya allí, al lado, aquellos asesinos a sueldo descerrajan las habitaciones y registran lechos y armarios, tiene que esperar la reina, hasta que por fin un criado oye los golpes al otro lado de la puerta y viene a libertarla; sólo ahora puede refugiarse María Antonieta en las habitaciones de su esposo; al mismo tiempo que la gouvernante trae al delfín y a Madame Royale, la hija de la reina. La familia está reunida; la vida. salvada. Pero nada más que la vida.

Por fin se despierta también el durmiente que no hubiera debido hacer su sacrificio a Morfeo aquella noche y a quien despectivamente, desde esta hora, se le colgará el remoquete de «General Morfeo». La Fayette ve las culpas de su frívola credulidad; sólo con ruegos y súplicas, no ya con la autoridad del jefe que manda, puede salvar de ser degollados a los guardias de corps prisioneros, y sólo a cambio de los más extraordinarios esfuerzos hace salir al populacho de las cámaras de palacio. Ahora, tan pronto como el peligro ha pasado, aparecen también, afeitados y empolvados, el conde de Provenza, el hermano del rey, y el duque de Orleans; extrañamente, muy extrañamente, la excitada multitud les abre, con respeto, calle. Puede comenzar el consejo de la corona. Pero ¿qué se puede aún acordar? La muchedumbre de diez mil sublevados tiene el palacio entre sus negras manos manchadas de sangre como si fuese un cascaroncito de nuez, delgado y quebradizo; de este abrazo no hay ya posibilidad de huir ni de escapar. Están acabadas las negociaciones y los tratos del vencedor con el vencido; gritando con millares de voces, la masa hace retumbar al pie de las ventanas la exigencia que ayer y hoy le han sugerido secretamente, murmurando en su oído, los agentes de los clubes: « ¡El rey a Paris! ¡El rey a París!» . Las vidrieras vibran con el rebotar de las amenazadoras voces, y los retratos de los antepasados regios se estremecen de espanto en las paredes del viejo palacio.

Ante este grito que ordena imperiosamente, el rey dirige a La Fayette una mirada interrogadora. ¿Debe obedecer o, más bien, le es indispensable obedecer? La Fayette baja los ojos. Desde ayer, este ídolo del pueblo sabe que está destronado. El rey espera todavía alcanzar una dilación; para contener a esta muchedumbre alborotada, para arrojar un bocado a su delirante hambre de triunfo, determina mostrarse al balcón. Apenas aparece el buen hombre, cuando la muchedumbre estalla en vivos aplausos: aclama siempre al rey cuando ha triunfado sobre él. ¿Y cómo no aclamarlo cuando un soberano se presenta ante el pueblo con la cabeza descubierta y mira amablemente hacia el patio donde precisamente acaban de cortarles la cabeza como a terneras en el matadero a dos de sus partidarios y las han insertado en picas? Pero a aquel hombre flemático, que no se acalora ni por cuestiones de honor, no le es, en realidad, difícil ningún sacrificio moral; y si, después de esta autohumillación, el pueblo se hubiera ido tranquilo hacia sus casas, probablemente habría montado a caballo una hora después para proseguir sosegadamente la caza, para indemnizarse de lo que ayer tuvo que perder a causa de los «acontecimientos». Sin embargo, al pueblo no le basta con este triunfo: en la embriaguez del sentimiento de su valer, quiere un vino aún más ardiente, aún más fuerte. ¡También debe asomarse la reina, la soberana, la dura, la descarada, la inflexible austriaca! También ella, especialmente ella, la arrogante, debe inclinar su cabeza bajo el invisible yugo. Los gritos son cada vez más violentos, cada vez con mayor locura golpean los pies el suelo, cada vez más ardientes retumban los clamores: «¡La reina! ¡La reina! ¡Qué salga al balcón la reina!» .

María Antonieta, lívida de enojo, mordiéndose los labios, no se mueve del sitio. Lo que paraliza sus pies y hace palidecer sus mejillas no es, en modo alguno, el temor de los fusiles, acaso ya preparados para apuntar hacia ella, ni de las piedras e injurias, sino su orgullo, la heredera a indestructible altivez de esta cabeza y de estos hombros que todavía no se han inclinado jamás ante nadie. Todos se miran perplejos unos a otros. Por último -las ventanas vibran ya con el alboroto, al punto zumbará la pedrada-, La Fayette se aproxima a ella: «Señora, es necesario para tranquilizar al pueblo». «Entonces no vacilo», responde María Antonieta, y coge a sus dos hijos de la mano, uno a la derecha y otro a la izquierda. Rígidamente alta la cabeza, los labios duramente fruncidos, así sale al balcón.

No como una suplicante que pide indulgencia, sino como un soldado que marcha al asalto, con resuelta voluntad de bien morir, sin pestañear siquiera. Se muestra, pero no saluda. Mas precisamente esa rigidez de actitud actúa dominadoramente sobre la masa.

Dos corrientes de fuerza chocan una con otra, al cruzarse las miradas de la reina y del pueblo, y con tal intensidad palpita esta tensión que, durante un minuto, reina un silencio mortal y pleno en la plaza gigantesca. Nadie sabe cómo terminará este primer intento de quietud, asombroso y terrible, tenso hasta el desgarramiento: si con aullidos de furor, con un disparo de fusil o una granizada de pedradas. Entonces sale al balcón La Fa yette, siempre valeroso en los grandes momentos, se pone al lado de la reina y, con ademán caballeresco, se inclina ante ella y le besa la mano.

Este gesto rompe instantáneamente la tensión. Se produce lo más sorprendente: «¡Viva la reina! ¡Viva la reina!» , mugen millares de voces en la plaza. E, involuntariamente, ese mismo pueblo que hace un instante se encantaba con la debilidad del rey, aclama ahora con orgullo, la inflexible pertinacia de esa mujer que ha mostrado que no viene a solicitar el favor popular con ninguna sonrisa forzada ni con ningún cobarde saludo.

En la estancia, todos rodean a la reina cuando se retira del balcón y la felicitan como si hubiese escapado de un peligro mortal. Pero la ya completamente desilusionada María Antonieta no se deja engañar por estas tardías aclamaciones del pueblo, por estos «¡Viva la reina!». Sus ojos están llenos de lágrimas cuando le dice a madame Necker: «Ya sé que nos forzarán a ir a París al rey y a mí y que llevarán delante las cabezas de nuestros guardias de corps, clavadas en sus picas».

Era justo el presentimiento de María Antonieta. El pueblo no se contenta ya con una reverencia. Primero destruirá el palacio, vidrio a vidrio y piedra a piedra, que ceder en lo que es su voluntad. No en vano los clubes han puesto en movimiento esta máquina gigantesca; no en vano han caminado seis horas bajo la lluvia aquellos millares de personas. Ya vuelven a hincharse, amenazadores, los murmullos; ya se ve que la guardia nacional, traída para proteger a la real familia, se muestra inclinada a unirse a las masas para asaltar el palacio. Entonces la corte, finalmente, cede. Arrojan, por balcones y ventanas, papeles que anuncian que el rey está decidido a trasladarse a París con su familia. El pueblo no ha exigido nada más. Ahora los soldados dejan a un lado los fusiles, los oficiales se mezclan con el pueblo. Se abrazan unos a otros; clamores, gritos, banderas flameando sobre la muchedumbre: apresuradamente son enviadas por delante a París las picas con las sangrientas cabezas. Esta amenaza no es ya necesaria.

A las dos de la tarde son abiertas las grandes puertas de la dorada verja del palacio. Una gigantesca carreta tirada por seis caballos se lleva para siempre de Versalles, rodando sobre el traqueteante pavimento, al rey, a la reina y a toda la familia. Ha terminado todo un capítulo de la Historia Universal; mil años de autocracia regia han acabado en Francia.

Bajo una lluvia torrencial, bajo el azote del viento, había abierto su combate la Revolución el 5 de octubre para ir en busca del rey. Su victoria del 6 de octubre es saludada por un día resplandeciente. Otoñalmente claro el aire, el cielo de un azul de seda, ni una ráfaga acaricia las hojas de los árboles teñidas de oro; es como si la naturaleza contuviera, curiosa, el aliento para contemplar este espectáculo, único de todos los siglos, de ver cómo un pueblo rapta a su soberano. Pues ¡qué cuadro el de este regreso a la capital de Luis XVI y María Antonieta! Mitad cortejo público, mitad mascarada, entierro de la monarquía y carnaval del pueblo. Y ante todo, ¿qué nueva moda es ésta, qué extraña etiqueta? No van correos galonados trotando, como en otro tiempo, delante de la carroza del rey; no van los halconeros en sus pardos caballos, ni guardias de corps, con sus casacas cubiertas de cordones, cabalgando a derecha a izquierda del coche regio.

No va la nobleza, con trajes de gala, rodeando la carroza solemne, sino un torrente sucio y desordenado de gentes, en cuyo centro es arrebatada, flotando como un barco náufrago, la triste carreta. A la cabeza, la guardia nacional con desabrochados uniformes, no formados y en fila, sino cogidos del brazo, con la pipa en la boca, riendo y cantando, cada cual con un mollete de pan clavado en la punta de su bayoneta. Por medio, las mujeres, montadas a caballo de los cañones, compartiendo la silla con algunos galantes dragones o marchando a pie cogidas del brazo con trabajadores y soldados, como si fue sen a un baile. Tras ellos rechinan los carros cargados de harina de los almacenes reales, escoltados por dragones. E incesantemente, saltando de adelante a atrás de la cabalgata, aclamada con claros gritos por los regocijados espectadores, blande fanáticamente su sable la superiora de las amazonas: Théroigne de Méricourt. En medio de este espumeante estrépito flota, polvorienta, la miserable y lúgubre carroza en la cual, muy estrechamente, se amontonan, tras las semibajas cortinillas, Luis XVI, el pusilánime descendiente de Luis XIV, y María Antonieta, la hija trágica de María Teresa, con sus hijos y la gouvernante. Siguen, a igual paso de entierro, las carrozas de los príncipes reales, de la corte, de los diputados y de algunos pocos amigos que permanecen fieles: el antiguo poder de Francia arrastrado por el nuevo, que ensaya hoy, por primera vez, su fuerza irresistible.

Seis horas dura este cortejo fúnebre de Versalles a París. De todas las casas, a lo largo del camino, salen gentes a verlos. Pero los espectadores no se quitan con respeto el sombrero ante los tan ignominiosamente vencidos, sino que sólo se acercan silenciosos, queriendo, cada uno de ellos, poder decir que ha visto, en su humillación, al rey y a la reina. Con gritos de triunfo, las mujeres les muestran su presa: «Aquí los llevamos, al panadero, a la panadera y al mozo de la tahona. Están ahora acabadas todas nuestras hambres». María Antonieta oye todos estos gritos de odio y de befa y se acurruca profundamente en el fondo del coche, para no ver nada ni ser vista. Sus ojos están cerrados. Acaso recuerda, en este infinito viaje de seis horas, los innumerables que ha hecho por este mismo camino, alegres y ligeros, en cabriolet, con la Polignac, para ir a un baile de máscaras, a la ópera o a alguna cena, y su regreso al romper el día. Acaso también busca con la mirada, entre los guardias a caballo, a una persona que acompaña al cortejo, disfrazada: Fersen, su único amigo verdadero. Acaso también no piense absolutamente en nada y sólo esté cansada, sólo rendida, pues lentamente, muy lentamente y de un modo inmodificable, ruedan las ruedas, ella bien lo sabe, hacia un funesto destino.

Por fin se detiene el carro fúnebre de la monarquía a la puerta de París: aquí le espera todavía, al muerto político, una solemne ceremonia de responsorio. Al vacilante resplandor de las antorchas, el alcalde Bailly recibe al rey a la reina, y celebra como un «hermoso día» esta fecha del 6 de octubre que para siempre hace de Luis el súbdito de los súbditos. «¡Qué hermoso día- dice enfáticamente-este que permite que los parisienses posean en su ciudad a Vuestra Majestad y a su real familia!» Hasta el insensible rey percibe esta puntada a través de su piel de elefante, y responde brevemente: « Espero, señor, que mi residencia en París traerá la paz, la concordia y la sumisión a las leyes».

Pero todavía no dejan descansar a los mortalmente fatigados. Aún tienen que ser llevados al Ayuntamiento para que todo París pueda contemplar sus rehenes. Bailly transmite las palabras del rey: «Siempre me veo con placer y confianza en medio de los habitantes de mi buena ciudad de París», pero, al hacerlo, olvida repetir la palabra « confianza» ; sorprendente presencia de espíritu, observa la omisión la reina. Reconoce lo importante que es que, con esta palabra, «confianza», se le imponga también la obligación al sublevado pueblo. En voz alta recuerda que el rey ha expresado también su confianza.

«Ya lo oyen ustedes, señores -dice Bailly, rápidamente dueño de sí-, es aún mejor que si yo no me hubiese equivocado.» Para acabar, llevan a la ventana a los forzados viajeros. A derecha a izquierda sostienen antorchas cerca de sus rostros, a fin de que el pueblo pueda cerciorarse de que lo que han traído de Versalles no son muñecos disfrazados, sino, realmente, el rey y la reina. Y el pueblo está totalmente entusiasmado, totalmente ebrio de su inesperada victoria. ¿Por qué no ser ahora magnánimos? El grito de «¡Viva el rey, viva la reina!», no oído desde hace mucho tiempo, retumba una y otra vez en la plaza de la Grève, y, en recompensa, les es permitido ahora a Luis XVI y a María Antonieta que se trasladen sin protección militar a las Tullerías, para descansar por fin de aquella espantosa jornada y meditar a qué profundidad han sido precipitados por el pueblo.

Los coches polvorientos y sofocantes se detienen delante de un palacio sombrío y abandonado. Desde Luis XIV, desde hace cincuenta años, la corte no ha vuelto a habitar las Tullerías, la antigua residencia de los reyes; las habitaciones están desiertas, los muebles han sido quitados, faltan camas y luces, las puertas no cierran, el aire frío penetra por los rotos vidrios de las ventanas. A toda prisa, a la luz de prestados cirios, se intenta improvisar un semidormitorio para la familia real, caída del cielo como un meteoro. «¡Qué feo es todo aquí, mamá!» , dice, al entrar, el delfín, de cuatro años y medio de edad, que ha sido criado en el esplendor de Versalles y de Trianón, habituado a brillantes candelabros, centelleantes espejos, riqueza y suntuosidad. «Hijo mío -responde la reina-, aquí vivió Luis XIV y se encontraba bien. No debemos ser más exigentes que él.» Sin lamento alguno, Luis el Indiferente se instala en su incómoda yacija nocturna.

Bosteza y dice perezosamente a los otros: «Que cada cual se coloque como pueda. Por mi parte, estoy satisfecho».

María Antonieta, sin embargo, no está satisfecha. Nunca considera esta morada, que no ha elegido libremente, más que como una prisión: nunca olvidará de qué humillante manera fue arrastrada hasta aquí. «Jamás se podrá creer -le escribe precipitadamente al fiel Mercy- lo que ha ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Por mucho que se diga, nada será exagerado, sino que, por el contrario, quedará muy por debajo de lo que hemos visto y soportado.»

 

EXAMEN DE CONCIENCIA

En 1789, Revolución no es todavía consciente de su propia fuerza; aún se espanta, a veces, de su propio valor; así le ocurre en esta ocasión: la Asamblea Nacional, los consejeros de la ciudad de París, toda la burguesía, en el fondo de su corazón todavía honradamente fieles al rey, están asustados del golpe de mano de la horda de amazonas que pose en sus manos al indefenso rey. Por vergüenza, hacen todo lo imaginable para borrar to ilegal de este acto de brutal violencia; unánimemente se esfuerzan por convertir ahora el rapto de la familia real en un cambio «voluntario» de residencia.

Conmovedoramente, compiten en esparcir las más bellas rosas sobre la tumba de la autoridad real, con la secreta esperanza de ocultar que la monarquía está, en realidad, para siempre muerta y sepultada desde el 6 de octubre. Las delegaciones suceden a las delegaciones para asegurar al rey su profunda fidelidad. El Parlamento envía treinta miembros; la municipalidad de París hace una visita colectiva para presentar sus respetos; el alcalde se inclina ante María Antonieta con estas palabras: «La ciudad se siente feliz de veros en el palacio de sus reyes y desea que el rey y Vuestra Majestad le hagan la merced de elegirlo como su residencia permanente». Con igual respeto se presenta la Cámara Alta, la Universidad, el Tribunal de Cuentas, el Consejo de la Corona y, finalmente, el 20 de octubre, toda la Asamblea Nacional, y delante de las ventanas del palacio, agolpándose diariamente, grandes masas de gentes que gritan: «¡Viva el rey! ¡Viva la reina!». Todos hacen lo que pueden para expresar al monarca su alegría por su « voluntario cambio de residencia» .

Pero María Antonieta, siempre incapaz de fingir, y el rey, que la obedece, sé defienden con obstinación, cierto que comprensible en lo humano pero perfectamente loca en lo político, contra esta rosada disimulación de los hechos. «Tendríamos que estar bastante contentos si pudiésemos olvidar de qué modo hemos sido traídos aquí», escribe la reina al embajador Mercy. Pero, en realidad, ella no puede ni quiere olvidarlo. Ha sufrido demasiadas afrentas; la has arrastrado violentamente a París; su palacio de Versalles fue tomado a viva fuerza, asesinados sus guardias de corps, sin que la Asamblea ni la Guardia Nacional hayan movido ni un dedo. La has encerrado violentamente en las Tullerías; el mundo entero debe conocer estos ultrajes a los sagrados derechos de un monarca. Constantemente y con intención subrayan ambos su propia derrota: el rey renuncia a la caza, la reina no va a ningún teatro; no se muestran en la calle, o salen en coche y dejan perder, con esto, la importante posibilidad de volver a hacerse populares en París. Esta terca manera de encerrarse en sí mismos produce un peligroso prejuicio. Pues, al decirse la corte sometida a violencia, convence al pueblo de su propia fuerza; al proclamar el rey permanentemente que es la parte más débil, acaba, en realidad siéndolo.

No es el pueblo, no es la Asamblea Nacional, sino el rey y la reina, quienes has abierto un visible foso en torso a las Tullerías; ellos mismos convierten, con loca obstinación, en una cautividad la libertad que todavía no les ha sido impugnada.

Pero si la corte, de modo tan patético, considera las Tullerías como una prisión, debe, por lo menos, ser una prisión regia. Ya en los días siguientes, gigantescos carruajes traen muebles de Versalles; ebanistas y tapiceros martillean hasta altas horas de la noche en las habitaciones. Pronto, salvo los que se han retirado o expatriado, los antiguos empleados de la corte se reúnen en la nueva residencia real; toda la chusma de camareros, lacayos, cocheros y cocineros llenan los locales de servicio. Las antiguas libreas brillan por los pasillos; todo vuelve a copiar a Versalles y también el ceremonial ha sido transportado intacto; solamente se nota como única diferencia que ante las puertas, en lugar de nobles guardias de corps, ahora licenciados, son los guardias nacionales de La Fayette los que están en servicio.

De la gigantesca serie de habitaciones de las Tullerías y el Louvre, la familia real habita solamente un muy pequeño espacio, pues ya no se quiere ninguna fiesta más, ni bailes ni redoutes: ningún alarde ni ningún esplendor innecesarios. Exclusivamente es dispuesta para la familia real la parte de las Tullerías que da hacia el jardín (el año 1870 fue quemada durante la Comuna y no ha vuelto a ser edificada): en el piso superior, el dormitorio y la sala de recibir del rey, un dormitorio para su hermana, uno para cada uno de los niños y un saloncito. En el piso bajo, el dormitorio de María Antonieta, con un cuarto para las recepciones y un gabinete de toilette, una sala de billar y el comedor.

Aparte la gran escalinata, ambos pisos están unidos por una nueva escalera, construida expresamente. Conduce de las habitaciones del piso bajo de la reina a las del delfín y del rey, y únicamente la reina y el aya de los niños poseen la llave de sus puertas.

Considerando el plano de esta distribución de habitaciones, sorprende el aislamiento de María Antonieta del resto de la familia, cosa indudablemente ordenada por ella misma.

Duerme y habita sola, y su dormitorio y su sala de recepción están de tal modo dispuestos que la reina puede en todo momento recibir visitas que pasen inadvertidas, sin que éstas tengan que utilizar la escalera oficial y la entrada principal. Pronto se verá el intencionado propósito de esta medida, lo mismo que la ventaja de que la reina pueda en cualquier instante trasladarse al piso superior, mientras que ella misma está guardada de toda sorpresa por parte de la servidumbre, de los espías, de los guardias nacionales y también acaso hasta del mismo rey. Aun en la cautividad, defenderá hasta el último aliento, gracias a su desenvoltura, los últimos restos de su libertad personal.

El viejo palacio, con sus tenebrosos corredores, día y noche escasamente iluminados por unas fuliginosas lámparas de aceite, con sus escaleras de caracol, sus cuartos de la servidumbre excesivamente llenos de gente, y ante todo con el permanente testimonio de la omnipotencia popular, la vigilancia de la Guardia Nacional, no es, en sí misma, ninguna agradable residencia; y, no obstante, oprimida por el destino, la familia real lleva aquí una vida tranquila, más íntima y hasta quizá más cómoda que en la pomposa jaula de piedra de Versalles. Después del desayuno hace la reina que bajen los niños a sus habitaciones; luego va a oír misa y permanece sola en su cuarto hasta el almuerzo en común. Tras él, juega con su esposo una partida de billar, débil compensación gimnástica del placer de la caza, de que tan a disgusto se priva el monarca. Después, mientras el rey lee o duerme, María Antonieta se retira otra vez a sus habitaciones para celebrar consejo con sus íntimos amigos, con Fersen, con la princesa de Lamballe o con otros. Después de la cena se reúne en el gran salón toda la familia: el hermano del rey, el conde de Provenza, con su mujer, que habitan en el palacio de Luxemburgo; las viejas tías, y algunos pocos fieles. A las once se apagan las luces; el rey y la reina se dirigen a sus dormitorios. Esta distribución del tiempo, tranquila, regulada, de pequeños burgueses, no conoce ningún cambio, ninguna fiesta ni ninguna pompa. Mademoiselle Bertin, la modista, no es casi nunca llamada; el tiempo de los joyeros ha pasado, pues Luis XVI necesita conservar ahora su dinero para cosas más importantes: para comprar enemigos y para secretos servicios políticos. Desde las ventanas, la mirada recorre el jardín, donde se muestran el otoño y la temprana caída de la hoja; ahora corre velozmente el tiempo que antes pasaba tan lento para la reina. Ahora se ha hecho por fin el silencio en torno a María Antonieta, aquel silencio que antes ha sido tan temido por ella; por primera vez tiene ocasión para reflexiones claras y serias.

La quietud es un elemento creador. Recoge en sí, purifica y ordena las fuerzas internas; vuelve a juntar lo que ha desparramado la agitación violenta. Lo mismo que en una botella que ha sido sacudida, si se la deposita en tierra, lo pesado se aparta de lo leve, también en una naturaleza turbada, el silencio y la reflexión hacen cristalizar más claramente el carácter. Brutalmente obligada a vivir consigo misma, comienza María Antonieta a descubrir su propia alma. Sólo ahora llega a ser reconocible que nada ha sido tan fatal para esta naturaleza aturdida, ligera y frívola, como la facilidad con que el destino la colmó de todo; justamente estos inmerecidos regalos de la vida la han empobrecido en su interior. Demasiado temprano y demasiado ricamente la había mimado el destino; un alto nacimiento y una posición más alta todavía le habían sido adjudicados sin trabajo alguno por su parte; por ello pensaba que no tenía para qué molestarse por nada; sólo necesitaba dejarse vivir como quisiera y todo estaba hecho. Los ministros pensaban, el pueblo trabajaba, los banqueros pagaban para satisfacer sus comodidades, y la niña mimada lo aceptaba todo sin reflexión ni gratitud. Sólo ahora, provocada por la monstruosa exigencia de tener que defender todo esto, su corona, sus hijos, su propia vida, contra la más grandiosa sublevación de la historia, busca en sí misma fuerza de resistencia y extrae repentinamente de sí misma inutilizadas reservas de inteligencia y actividad. Por fin se ha producido el brote. «Sólo en la desgracia se sabe quién es cada cual»; esta frase bella, conmovedora y conmovida centellea ahora de repente en una de sus cartas. Sus consejeros, su madre, sus amigos, no han tenido poder alguno, durante años enteros, sobre esta alma altanera. Era demasiado pronto para la que no había sido enseñada. El dolor es el primer maestro auténtico de María Antonieta, el único cuyas lecciones ha aprendido.

Con la desgracia comienza una nueva época para la vida interna de esta mujer extraña.

Pero la desgracia, a decir verdad, no transforma jamás un carácter, no inyecta en él nuevos elementos; no hace más que dar formas a disposiciones de mucho tiempo atrás existentes. María Antonieta no se convierte de pronto -sería una falsa concepción- en inteligente, enérgica, activa y rica en vitalidad, en estos años de su último combate; todo ello estaba desde siempre, en estado latente, en su interior; sólo que, por una misteriosa pereza espiritual, por una infantil frivolidad de sus sentidos, no había puesto en ejercicio toda esta mitad esencial de su personalidad; hasta entonces sólo había jugado con la vida -cosa que no exige ningún esfuerzo- y jamás había luchado con ella; sólo ahora, desde que cae sobre su persona la gran tarea, se azuzan todas estas energías hasta convertirse en armas. María Antonieta sólo piensa y reflexiona desde que le es preciso pensar. Trabaja porque se ve forzada a trabajar. Se eleva sobre sí misma porque el destino la obliga a ser grande, para no ser lamentablemente aplastada por las fuerzas que se le oponen. Sólo en las Tullerías comienza una plena transformación, externa a interna, de su vida. La misma mujer que durante veinte años no ha podido prestar atención hasta el final al informe de ningún embajador, que no ha leído ninguna carta sino velozmente, y jamás un libro; que no se ha preocupado de otra cosa sino de juego, deportes, modas y análogas futesas, transforma su mesa de escribir en una cancillería de Estado, y su habitación, en gabinete diplomático. Negocia -en lugar de su marido, a quien ahora todos dejan enojadamente a un lado, como a un caso incurable de debilidad- con todos los ministros y los embajadores; vigila la ejecución de sus disposiciones y redacta sus cartas. Aprende a escribir con clave a inventa los más extraños medios técnicos para poder aconsejarse secretamente, por vía diplomática, con sus amigos del extranjero; ya escribe con tinta simpática, ya sus noticias, escritas según un sistema de cifras, son pasadas de contrabando a través de toda vigilancia, en revistas y cajas de chocolate; cada palabra tiene que ser cuidadosamente estudiada para que sea clara para los iniciados a incomprensible para los no llamados a comprenderla. Y todo esto lo hace ella sola, sin ningún auxiliar, ningún secretario al lado, con espías a la puerta y hasta en su propia habitación: una sola de estas cartas sorprendida, y estarían perdidos su marido y sus hijos.

Trabaja hasta el agotamiento corporal esta mujer jamás acostumbrada a ningún trabajo.

«Estoy ya completamente fatigada de tanta escritura», balbucea una vez en una carta, y dice en otra: «No veo ya lo que escribo».

Y además, y cosa muy interesante en su transformación espiritual: María Antonieta aprende, por fin, a reconocer la importancia de tener buenos consejeros; renuncia a la loca pretensión de decidir ella misma, en un nervioso abrir y cerrar de ojos, a la primera ojeada, acerca de los asuntos políticos. Mientras que antes no recibía sino con reprimidos bostezos al tranquilo y canoso embajador Mercy y respiraba con visible alivio cuando aquel pesado pedante cerraba la puerta al salir, solicita ahora, modestamente, las opiniones de aquel hombre, demasiado tiempo desconocido, leal y muy experimentado: «Cuanto más desgraciada soy, tanto más me siento, del modo más tierno, obligada hacia mis verdaderos amigos»; en este humano tono escribe ahora al viejo amigo de su madre, o le dice: «Estoy ya impaciente por encontrar un momento en que pueda volver a hablarle y verle libremente y darle a conocer los sentimientos que, por muy justos motivos, debo a usted y que le he dedicado para toda mi vida» . A los treinta y cinco años advierte por fin para qué papel ha sido elegida por un singular destino: no para disputar a otras mujeres bonitas, coquetas y de mediano espíritu, los fugaces triunfos de la moda, sino para acrisolarse ante lo permanente y más que permanente, ante la inflexible mirada de la posteridad, y acrisolarse en dos sentidos: como reina y como hija de María Teresa. Su orgullo, que hasta entonces sólo había sido el mezquino orgullo infantil de una muchacha mimada, se dirige resueltamente ahora hacia la tarea de aparecer grande y valerosa ante el mundo en una gran época. Ya no lucha por lo personal ni por el poder y la dicha privada: « En lo que se refiere a nuestras personas, ya sé bien que todo pensamiento de felicidad está pasado para siempre, ocurra lo que quiera. Sé que es deber de un rey sufrir por los otros, y lo cumplimos perfectamente. ¡Ojalá, algún día, pueda ser así reconocido!».

Tardíamente, aunque hasta en lo más íntimo de su alma, comprende María Antonieta que está destinada a ser figura histórica, y esta aspiración intemporal eleva magníficamente sus fuerzas. Pues cuando un ser humano se aproxima a lo más profundo de sí mismo, cuando está decidido a registrar lo más íntimo de su personalidad, remueve en su propia sangre las potencias fantasmales de todos sus antepasados. El ser una Habsburgo, nieta y heredera de un antiquísimo honor imperial, hija de María Teresa, eleva de repente, de un modo mágico, sobre sí misma a esta mujer débil a insegura. Se siente obligada a ser digne de Marie Thérèse, digna de su madre, y esta palabra «valor» llega a ser el leitmotiv de su sinfonía fúnebre. Repite siempre que «nada puede quebrantar su valor», y cuando recibe de Viena la noticia de que su hermano José, en su espantosa agonía, ha conservado hasta el último momento su viril y resuelta actitud, entonces, igualmente, como de modo profético, se siente llamada a hacer lo mismo y responde con las palabras de su vida más llenas de dignidad: «Me atrevo a decir que ha muerto digno de mí».

Este orgullo, que mantiene levantado ante el mundo como una bandera, le cuesta, en todo caso, a María Antonieta mucho más de lo que a otros les es lícito sospechar. Pues, en el fondo, esta mujer no es ni orgullosa ni fuerte, no es ninguna heroína, sino una mujer muy femenina, nacida para la abnegación y la ternura y no para el combate. El valor que muestra es para infundir valor a los otros; ella misma no cree ya, realmente, en días mejores. Apenas se vuelve a sus habitaciones, se le caen de fatiga los brazos con los que ha sostenido la bandera del orgullo ante el mundo; Fersen la encuentra casi siempre deshecha en llanto; estas horas de amor con el amigo infinitamente amado y por fin encontrado no se parecen en nada a galantes jugueteos, sino que este hombre, también él emocionado, necesita emplear todas sus fuerzas para arrancar a la mujer amada de su cansancio y su melancolía, y justamente esto, la desgracia de la amada, provoca en el amante el más profundo sentimiento. « Llora frecuentemente conmigo -escribe Fersen a su hermana- y es muy desgraciada. ¡Juzga si no tengo que amarla!» Los últimos años habían sido demasiado duros para este ligero corazón. «Hemos visto demasiados espantos y demasiada sangre para que alguna vez podamos aún ser felices.» Pero siempre crece nuevamente el odio contra esta mujer indefensa, que ya no tiene ningún otro defensor que su conciencia. «Desafío al mundo entero a que encuentre en mí ninguna culpa verdadera -escribe la reina-. Espero el justo juicio del porvenir, y eso me ayuda a soportar todos mis sufrimientos. A aquellos que me niegan esa justicia los desprecio demasiado para ocuparme de ellos.» Y, sin embargo, suspira: «¡Cómo podemos vivir en semejante mundo y con tal corazón!», y se adivina que, en ciertas horas, la desesperada no tiene más que un deseo, que todo pueda encontrar un rápido fin: «¡Si siquiera, algún día, lo que nosotros ahora hacemos y sufrimos pudiera hacer felices a nuestros hijos! Éste es, todavía, el único deseo que me permito abrigar».

El pensamiento en sus hijos es lo único que María Antonieta osa relacionar todavía con la palabra «dicha». «Si aún pudiera yo ser feliz, sólo lo sería a través de mis dos hijos» , suspira una vez, y otra exclama: « Cuando estoy muy triste, tomo conmigo a mi chico», y en otra ocasión: «Estoy sola durante todo el día y mis niños son mi único recurso; los tengo conmigo lo más que puedo». De cuatro que ha traído al mundo, dos se le han muerto, y ahora aquella que en otro tiempo entregó ligeramente su amor a todo el mundo, lo concentra, desesperada y apasionadamente, en estos dos hijos que le quedan.

Especialmente el delfín le produce grandes goces, porque crece con fuerza y es alegre, inteligente y cariñoso; un chou d'amour según se expresa tiernamente la reina; pero, como todos sus otros sentimiento, también los cariños y ternuras se han hecho, poco a poco, clarividentes en esta mujer tan castigada. Aunque idolatre al chico, no lo mal educa. « Nuestra ternura hacia este niño -escribe a su gouvernante- tiene que ser severa.

No debemos olvidar que estamos educando a un rey.» Y cuando, en lugar de madame Polignac, confía su hijo a una nueva aya, madame de Tourzel, redacta, para que le sirva de guía, una descripción psicológica, en la que de pronto se nos muestra deslumbradoramente toda su capacidad, hasta entonces oculta, para juzgar a los hombres y sus instintos espirituales. «Mi hijo tiene cuatro años y cuatro meses menos dos días -escribe-. No hablo aquí de su estatura ni de su exterior; basta verlo. Su salud ha sido siempre buena; pero ya en la cuna se advirtió que sus nervios eran muy delicados y que el menor ruido extraordinario producía efectos sobre él. Ha sido tardío para sus primeros dientes, pero le nacieron sin enfermedad ni accidente. Sólo en los últimos, y creo que fue en el sexto, tuvo una convulsión. Después ha tenido dos: una en el invierno del 87 al 88 y la otra cuando su vacunación, pero esta última ha sido muy pequeña.

La delicadeza de sus nervios hace que un ruido al cual no esté acostumbrado le produzca siempre espanto. Tiene miedo, por ejemplo, de los perros porque los ha oído ladrar cerca de él. No le he obligado jamás a verlos, porque creo que a medida que aumente su razón pasarán esos temores. Como todos los niños fuertes y saludables, es muy aturdido, muy ligero y violento en sus cóleras; pero es un buen niño, tierno y hasta cariñoso, cuando su aturdimiento no puede más que él. Tiene un amor propio desmesurado que, guiándolo bien, puede, algún día, redundar en provecho suyo. Mientras no tiene bastante confianza con cualquier persona, sabe dominarse y hasta devorar sus impaciencias y sus cóleras para parecer dulce y amable. Es de una gran fidelidad cuando ha prometido alguna cosa, pero es muy indiscreto, repite fácilmente lo que ha oído decir, y a veces, sin intención de mentir, añade lo que le ha hecho ver su imaginación. Éste es su mayor defecto, del cual es preciso corregirle. Por lo demás, lo repito, es un buen niño; y con dulzura, al mismo tiempo que con firmeza, sin ser demasiado severo, siempre se hará de él lo que se quiera. Pero la severidad le llena de enojo, porque tiene mucho carácter para su edad. Y para poner un ejemplo: desde su infancia más temprana, la palabra "perdón" le ha ofendido siempre; hará y dirá todo lo que se quiera cuando ha cometido una falta, pero la palabra "perdón" no la pronuncia sino con lágrimas a infinitas penas. Siempre he acostumbrado a mis hijos a tener gran confianza en mí, y, cuando han cometido una falta, a decírmela ellos mismos. Esto procede de que, al reñirlos, adopto un aire más apenado y afligido por lo que han hecho, que enojado. Los he acostumbrado a todos a que un "sí'' o un "no" pronunciado por mí es irrevocable; pero les doy siempre una razón al alcance de su edad para que no puedan creer que es capricho de mi parte. Mi hijo no sabe leer y aprende muy mal; es demasiado aturdido para aplicarse. No tiene en la cabeza ninguna idea de su categoría y deseo mucho que eso continúe; nuestros hijos siempre aprenderán demasiado pronto lo que son. Quiere mucho a su hermana y con todo su corazón. Todas las veces que algo le gusta, ya sea el ir a algún sitio o que le den alguna cosa, su primer movimiento es siempre el de pedir lo mismo para su hermana. Ha nacido alegre: tiene necesidad, para su salud, de estar mucho al aire libre...» Si se coloca este documento de la madre junto a las antiguas cartas de la mujer, apenas se creería que están escritas por la misma mano: tan lejos está la nueva María Antonieta de la otra, tan lejos como la dicha de la desdicha, la desesperación de la petulancia. En las almas blandas, todavía sin acabar de formar, todavía dúctiles, imprime su sello del modo más visible la desgracia: con claros rasgos manifiestos, se forma ahora un carácter, que hasta entonces era fluido a inconsciente, como un agua que corre. «¿Cuándo serás por fin tú misma?», le había siempre preguntado desesperadamente la madre. Ahora, con los primeros cabellos blancos en las sienes, María Antonieta ha llegado por fin a ser ella misma.

Esta plena transformación la atestigua también un retrato, el único y último que la reina se dejó hacer en las Tullerías. Kucharski, un pintor polaco, trazó un fácil bosquejo que la huida a Varennes le impidió terminar; no obstante, es el más acabado que poseemos. Los retratos de etiqueta de Wertmüller, los de salón de madame Vigée-Lebrun, se esfuerzan incesantemente por recordar al que los mira que aquella mujer es la reina de Francia. Con magnífico sombrero adornado de soberbias plumas de avestruz sobre la cabeza, deslumbrante de diamantes, el vestido de brocado, aparece el personaje cerca de su trono de terciopelo, y hasta los que la han representado en un traje mitológico o campestre han consignado, en cualquier detalle, un signo visible que hace saber que esta señora es una elevada dama, la más alta del país, la reina. Este retrato de Kucharski deja a un lado todas estos maravillosos ropajes: una mujer opulenta y hermosa se ha sentado ante un espejo y mira soñadora ante sí. Parece un poco cansada y agotada. No se ha puesto ninguna gran toilette, ningún adorno: ninguna piedra preciosa sobre su escote, no se ha preparado especialmente; han pasado los artificios de comediante, ya no es tiempo de ello; la aspiración de agradar se ha trocado en tranquilidad, la vanidad en sencillez. Rizados y naturales caen los cabellos, dispuestos sin estudio, en los cuales brillan ya las primeras hebras de plata. Con naturalidad pende el traje de los hombros, siempre redondos y lucientes, pero nada en su actitud está buscado para producir un efecto de seducción. La boca ya no sonríe, los ojos ya no solicitan admiración; aparece, en una especie de luz otoñal, todavía hermosa, pero ya de una belleza suave y maternal; en un crepúsculo entre el deseo y la renuncia, como mujer entre dos edades, ya no joven y todavía no vieja; ya no deseosa y, sin embargo, aún deseable; así mira, soñadoramente, delante de sí esta mujer. Mientras que en todos los otros retratos se tiene la impresión de una mujer enamorada de sí misma y que en medio del curso de sus bailes y risas se ha dirigido por un momento, a toda prisa, hacia el pintor, para volver rápidamente a su aturdido vivir, se percibe aquí que esta mujer se ha vuelto tranquila y que ama la calma. Después de los millares de ídolos, encerrados en preciosos marcos o tallados en mármol y marfil, este dibujo a medio hacer muestra, por fin, to que es la criatura humana, y, único entre todos los otros retratos, permite por primera vez sospechar que en esta reina hay también algo a modo de un alma.

 

MIRABEAU

En el combate aplastante contra la Revolución, la reina no había acudido hasta entonces más que a su único aliado: el tiempo. «Sólo la flexibilidad y la paciencia pueden ayudarnos.» Pero el tiempo es un aliado oportunista a incierto; se colocó siempre en el bando de los fuertes y deja despreciativamente en el atolladero al que confía en él sin moverse. La Revolución marcha adelante; cada semana gana para ella millares de nuevos reclutas, de la ciudad, de las aldeas, del ejército; y el recién fundado club de los jacobinos apoya la mano, cada día con más fuerza, sobre la palanca que, por último, debe acabar por desquiciar la monarquía. Por fin comprenden la reina y el rey el peligro de un solitario apartamiento y comienzan a buscar aliados.

Cierto que un importante aliado -este precioso secreto se conserva impenetrablemente en el círculo más reducido- se había ofrecido ya varias veces a la corte con embozadas palabras. Desde los días de septiembre se sabe en las Tullerías que el jefe, muy temido y admirado, de la Asamblea Nacional, el conde de Mirabeau, este león de la Revolución, está dispuesto a recibir dorado cebo de manos del rey. «Cuide usted -le dijo una vez a un intermediario- de que se sepa en palacio que estoy más de su parte que contra ellos.» Pero mientras estuvo segura en Versalles, la corte se sentía demasiado firme en su silla, y la reina no había reconocido tampoco la importancia de este hombre, capaz como ningún otro de dirigir la Revolución, porque él mismo era el genio de la revuelta; había llegado a ser, en su propia persona, la encarnación del espíritu de libertad, la fuerza revolucionaria hecha hombre, la viviente anarquía. Los otros miembros de la Asamblea Nacional, valientes, bienintencionados, instruidos, agudos juristas, honrados demócratas, sueñan idealísticamente con un nuevo orden y una reorganización; sólo para éste, el caos del Estado viene a ser el auténtico representante de su propio caos interior. Su fuerza volcánica, que orgullosamente es llamada por él la fuerza de diez hombres, necesita una tempestad universal para desenvolver su auténtica capacidad; destrozado él mismo en su posición normal, material y familiar, necesita un Estado igualmente arruinado para elevarse por encima de las ruinas. Todas las anteriores explosiones de su naturaleza elemental: libelos, raptos de mujeres, duelos y escándalos, no habían sido hasta ahora más que válvulas de seguridad, insuficientes para su sobrecargado temperamento, que todas las prisiones de Francia no habían podido dominar. Ancho espacio necesita esta alma salvaje; poderosos temas, este robusto espíritu; como un toro furioso demasiado tiempo encerrado en un estrecho establo, se precipita, excitado hasta la locura por las ardientes banderillas del desprecio, en el ruedo de la Revolución, y ya del primer achuchón derriba las podridas barreras de los Estados Generales. La Asamblea Nacional se espanta cuando, por primera vez, se alza aquella voz atronadora, pero se pliega bajo su autoritario yugo; espíritu fuerte lo mismo que gran escritor, forja Mirabeau en pocos minutos, poderoso herrero, las leyes más difíciles, las fórmulas más atrevidas, como sobre tablas de bronce. Con pasión incendiaria impone su voluntad a toda la Asamblea y, si no hubiese sido la desconfianza que inspira sus sospechoso pasado ni la inconsciente defensa del espíritu de orden contra ese mensajero del caos, la Asamblea Nacional francesa habría tenido desde sus primeras sesiones, en vez de mil doscientas cabezas, una sola, un único jefe con poder ilimitado.

Pero este defensor de la libertad tampoco es libre: sobre sus espaldas pesan importantes deudas, tiene sus manos presas en una red de sucios procesos. Un Mirabeau no puede vivir, no puede actuar, si no es en la dilapidación. Tiene necesidad de fausto, de verse libre de preocupaciones; necesita los bolsillos repletos, mesa puesta para todos, secretarios, mujeres, auxiliares y criados; sólo en la abundancia puede desplegar su plenitud.

Para ser libre, en el sentido a que él se refiere, azuzado, como por perros, por todos sus acreedores, se ofrece a todo el mundo: a Necker, al duque de Orleans, al hermano del rey y, finalmente, a la misma corte. Pero la reina, que a nadie odia más que a los tránsfugas de la nobleza, se cree aún lo bastante fuerte, en Versalles, para renunciar a los vendidos favores de este monstre. «Espero - le responde al intermediario, el conde de La Marck-, espero que jamás seremos tan desgraciados para vernos reducidos al extremo de recurrir al auxilio de Mirabeau.» Pero ahora han llegado a ese extremo. Cinco meses más tarde - infinito lapso en una Revolución-, el conde de La Marck recibe, por medio del embajador Mercy, noticia de que la reina está dispuesta a negociar con Mirabeau, es decir: a comprarlo. Felizmente, no es todavía demasiado tarde: desde el primer ofrecimiento, Mirabeau se traga el dorado anzuelo. Se entera, con codicia, de que Luis XVI tiene a su disposición cuatro pagarés firmados de su regia mano, cada uno por doscientas cincuenta mil libras, en total un millón, que le serán paga dos al fin de la legislatura de la Asamblea Nacional, «siempre que me preste buenos servicios», como añade previsoramente el rey ahorrativo. Y apenas ve el tribuno que sus deudas pueden ser liquidadas de una sola plumada y que puede esperar una pensión de seis mil libras al mes, aquel hombre azuzado durante años enteros por alguaciles y curiales prorrumpe en una «ebria explosión de alegría, cuyo exceso primeramente me sorprendió» (conde de La Marck). Con igual ardiente pasión a la que emplea siempre para convencer a los otros, se persuade a sí mismo de que sólo él puede y quiere salvar al mismo tiempo al rey, a la Revolución y al país. De repente, desde que el dinero retiñe en sus bolsillos, se acuerda Mirabeau de que él, el rugiente león de la Revolución, ha sido siempre ardiente realista. El 10 de mayo firma el recibo de su propia venta, con las palabras de que se obliga a servir al rey «con lealtad, celo y valor»... «He profesado principios monárquicos hasta cuando no veía en la corte más que debilidades, y, no conociendo el alma ni el pensamiento de la hija de María Teresa, no podía contar todavía con tan augusta aliada. He servido al monarca hasta cuando creía que no podía esperar de un rey cierto que justo, pero engañado, ni justicia ni recompensa. ¿Qué no podré hacer ahora, cuando la confianza fortalece mi valor y el agradecimiento transforma mis principios en deberes? Seré siempre lo que he sido: defensor del poder monárquico en el sentido de que está regulado por las leyes, y apóstol de la libertad, en cuanto está garantizada por el poder real. Mi corazón seguirá el rumbo que le había ya sido trazado por la razón.» A pesar de este énfasis, ambas partes saben exactamente que este contrato no es ningún asunto honorable, sino más bien de los que temen la luz. Por ello se acuerda que Mirabeau no se presentará jamás personalmente en palacio, sino que comunicará por escrito sus consejos al rey. Para la calle, Mirabeau tiene que ser revolucionario; pero en la Asamblea Nacional trabajará por la causa del rey; turbio negocio en el cual nadie puede ganar y nadie confía en el otro. Mirabeau se pone en seguida al trabajo; escribe carta tras carta dando consejos al monarca; pero la verdadera destinataria es la reina. Su esperanza es ser comprendido por María Antonieta -el rey no cuenta para nada, no tarda en saberlo-.

«El rey no tiene a su devoción más que un único hombre -escribe Mirabeau ya desde su segunda nota-, y ese hombre es su mujer. Para ella no hay seguridad más que en el restablecimiento de la autoridad real. Me gusta creer que no querría vivir sin su corona, pero de lo que sí estoy completamente seguro es de que no conservará la vida si no conserva también su corona. Vendrá bien pronto el momento en que habrá de mostrar lo que pueden hacer una mujer y un niño a caballo; para ella es éste un método de familia; pero, mientras tanto, hay que prepararse y no creer que se podrá, ya por medio del azar, ya con el auxilio de combinaciones, salir de una crisis extraordinaria valiéndose de hombres y procedimientos ordinarios.» Como tal hombre excepcional, como tal persona extraordinaria, Mirabeau, con extensa transparencia, se ofrece a sí mismo. Con el tridente de su palabra, espera poder dominar las furiosas olas con la misma facilidad con que las ha agitado: en su excesivo aprecio a sí mismo, en su cálido orgullo, se ve, de una parte, como presidente de la Asamblea Nacional, y, de la otra, como primer ministro del Rey y de la reina. Pero Mirabeau se engaña. Ni por un momento piensa Maria Antonieta en entregar realmente el poder a este mauvais sujet. El hombre demoníaco es siempre instintivamente sospechoso para una persona de espíritu corriente y María Antonieta no comprende en modo alguno la magnífica amoralidad de este genio: el primero y el último con quien se encontró en la vida. No experimenta más que un malestar ante las osadas audacias de este carácter: este apasionamiento titánico la espanta más de lo que la atrae.

Por eso lo más íntimo de su pensamiento es, tan pronto como no lo necesite, pagarle a toda prisa y desembarazarse inmediatamente de este hombre salvaje, desaforado, desmedido a incalculable. Lo han comprado, luego debe trabajar diligentemente por el caro dinero que recibe; debe dar consejos, ya que es inteligente y hábil. Serán leídos y se aprovechará de ellos lo que no está pensado de un modo harto excéntrico y atrevido: eso es todo. Se utilizará a este agitador en las votaciones, como buen informador y negociador de paces para la «buena causa» en la Asamblea Nacional; se le aprovechará también a él, el sobornado, para sobornar, a su vez, a otros. Que ruja el león de la Asamblea Nacional y que, al mismo tiempo, sea llevado como con traílla por la corte. Así piensa María Antonieta de este espíritu de inconmensurables dimensiones, pero no concede ni un gramo de verdadera confianza a la persona cuya utilidad a veces aprecia, cuya «moralidad» siempre desprecia y cuyo genio, desde la primera hora hasta la última, desconoce por completo.

Pronto estará acabada la luna de miel del primer entusiasmo. Mirabeau observa al punto que sus cartas sólo sirven para rellenar el regio cesto de papeles en lugar de atizar el incendio espiritual. Pero, sea por vanidad o por avidez del millón pro metido. Mirabeau no cesa de asediar a la corte. Y como ve que sus proposiciones escritas no producen ningún fruto, intenta un último esfuerzo. Sabe, por su experiencia política, por sus innumerables aventuras con mujeres, que su fuerza más poderosa y auténtica no reside en lo escrito, sino en la palabra hablada; que un poder eléctrico mana, del modo más intenso a inmediato, de su propia persona. Por ello, asedia incesantemente al mediador, el conde de La Marck, para que le proporcione por fin ocasión de una entrevista con la reina. Una hora de conversación y, como en el caso de tantos centenares de mujeres, su desconfianza se transformará al punto en admiración. ¡Sólo una audiencia, una única! Porque su amor propio se embriaga con la idea de que no será la última. ¡Quien le ha conocido no puede ya sustraerse a él! María Antonieta se defiende largo tiempo; por último accede y declara que está dispuesta a recibir a Mirabeau el 3 de julio de 1790, en el palacio de Saint-Cloud.

Naturalmente que este encuentro tiene que ser mantenido en absoluto silencio; por una extraña ironía del destino es adjudicado a Mirabeau el favor con que soñó el cardenal de Rohan como loco engañado -una escena del jardín bajo la protección de un bosquecillo--.

El parque de Saint-Cloud presenta toda suerte de secretos escondrijos, y esto lo sabe también, en el mismo verano, Hans Axel de Fersen. «He encontrado un lugar -escribe la reina a Mercy-, cierto que no cómodo, pero suficientemente apropiado para encontrarme allí con él y evitar todos los inconvenientes del palacio y de los jardines.» Como fecha se escogió el domingo por la mañana, a las ocho, hora en la que duerme todavía la corte, y nadie sospecha que pueda haber visitas en el jardín. Mirabeau pasa la noche, indudablemente agitado, en casa de su hermana, en Passy. Un coche lo conduce a Saint-Cloud por la mañana temprano, y como cochero va su propio sobrino disfrazado.

Hace esperar al carruaje en un lugar escondido; después, Mirabeau se cala profundamente el sombrero sobre el rostro, levanta el cuello de su capa, como un conspirador, y, por una puerta lateral dejada intencionadamente abierta, penetra en el parque real.

Bien pronto oye unos leves pasos sobre la arena. Aparece la reina sin ningún acompañamiento. Mirabeau quiere hacer una reverencia, pero en el momento en que ella descubre el rostro de este aristócrata plebeyo, destrozado por las pasiones, roído por las viruelas, rodeado de enmarañados cabellos, brutal y poderoso al mismo tiempo, la asalta un involuntario escalofrío. Mirabeau observa este espanto: lo conoce desde hace mucho tiempo. Todas las mujeres, ya lo sabe, hasta la dulce Sofía de Monnier, se han echado atrás, así asustadas, al verlo por primera vez. Pero la fuerza de Medusa, de su fealdad, que provoca el horror, puede también detener al horrorizado: siempre había conseguido transformar este primer espanto en asombro, en admiración y, ¡cuántas veces aún!, en desenfrenado amor.

Lo que la reina haya hablado en aquella hora con Mirabeau queda para siempre en el secreto. Como estaba sin testigos, todos los informes, como los de la camarera madame Campan, que pretende saberlo todo, son pura fábula y conjetura. No se sabe más que esto: que no fue Mirabeau quien sometió a su voluntad a la reina, sino la reina a Mirabeau. Su nobleza heredada, fortalecida, y su vivacidad de comprensión, que en una primera entrevista siempre hacen aparecer a María Antonieta como más inteligente, enérgica y resuelta de lo que en realidad lo es aquella mujer inconstante, ejercen un indomable hechizo sobre la naturaleza magnífica y rápidamente inflamable de Mirabeau.

Hacia donde siente que hay valor se va su simpatía. Aún aturdido al abandonar el parque, coge el brazo de su sobrino y le dice, con el apasionamiento que le es propio: «Es una mujer maravillosa, muy distinguida y muy desgraciada. Pero la salvaré». En una hora ha hecho María Antonieta de este hombre venal y vacilante un ser resuelto. «Nada me detendrá; primero pereceré que faltar a mis promesas», escribe Mirabeau al mediador La Marck.

Por parte de la reina, no se tiene informe alguno acerca de este encuentro. Ninguna palabra de agradecimiento o de confianza ha brotado jamás de sus labios habsburgueses.

Jamás quiso volver a ver a Mirabeau, jamás le dirigió una sola línea. En este encuentro no ha concertado ningún compromiso con él; sólo ha aceptado la promesa de su adhesión.

Sólo le ha permitido sacrificarse por ella.

Mirabeau ha hecho una promesa, o, más bien, ha hecho dos. Ha jurado fidelidad al rey y a la nación; en medio del combate es, al mismo tiempo, general en jefe de uno y otro partido. Jamás un político ha echado sobre sí una tarea más peligrosa que este doble papel, jamás ha representado nadie hasta el final de un modo más genial (Wallenstein era un chapucero a su lado). Ya en lo puramente físico es incomparable el esfuerzo desarrollado por Mirabeau en aquellas dramáticas semanas y meses. Pronuncia discursos en la Asamblea y en los clubes, agita, discute, recibe visitas, lee, trabaja, redacta por la tarde los informes y proposiciones para la Asamblea, y por la noche las noticias secretas para el rey. Tres, cuatro secretarios trabajan al mismo tiempo, y apenas pueden seguir la alada precipitación de su pensamiento; pero todo esto no es todavía bastante para su inagotable fuerza. Quiere aún más trabajo, aún más peligro, aún más responsabilidad, y, al mismo tiempo, aparte de ello, quiere vivir y gozar. Como un volatinero, trata de guardar el equilibrio tan pronto hacia la derecha como hacia la izquierda; las dos fuerzas fundamentales de su naturaleza excepcional las pone por completo al servicio de ambas causas: su clarividente espíritu político y su ardorosa a irresistible pasión, y, con la rapidez del rayo, ataca y se defiende, hace girar su espada con tal celeridad que nadie sabe contra quién dirige sus filos, si es contra el rey o contra el pueblo, contra el poder nuevo o contra el antiguo, y acaso ni to sabe él mismo en el momento de su embriaguez oratoria. Pero, a la larga, no se puede sostener esa contradictoria conducta. Ya se agita la sospecha. Marat le llama vendido, Fréron le amenaza con colgarlo de un farol. «Más virtud y menos talento», le gritan en la Asamblea Nacional, pero él, verdaderamente ebrio, no conoce angustia ni temor; despreocupado, desparrama sus nuevas riquezas cuando todo París conoce sus deudas. ¿Qué importa que codas las gentes se asombren.

cuchicheen y pregunten con qué medios puede sostener de pronto un tren de vida principesco, dar magníficos banquetes, comprar la biblioteca de Buffon, cubrir de diamantes a cantantes de la ópera y a bribonzuelas? Prosigue intrépido su camino, como Zeus a través de la tormenta, porque se sabe señor de todas las tempestades. Si alguien to ataca, to abate con la maza de su cólera, con el rayo de su befa, segundo Sansón entre los filisteos. Bajo el, el abismo; a su alrededor, sospechas; peligro mortal a sus espaldas; en tales condiciones, su fuerza gigantesca se siente por fin en su verdadero y apropiado elemento; una única llama monstruosa, en vísperas de su extinción, se alza gigante y consume su incomparable fuerza de diez hombres en aquellos decisivos días. Por fin le ha sido dada a este hombre increíble una tarea que corresponde a su genio: detener to inevitable, parar el destino; con todas las energías de su ser se arroja en medio de los acontecimientos a intenta, él solo contra millones de hombres, hacer volver atrás la inmensa rueda de la Revolución, puesta en movimiento por él mismo.

Comprender la asombrosa audacia de esta lucha de dos frentes, lo grandioso de la doble posición, excede a la inteligencia política de una naturaleza tan rectilínea como la de María Antonieta. Cuanto más atrevidas son las memorias que él presenta, más diabólicos los consejos que propone, tanto más vivamente se espanta aquella mujer, en el fondo de espíritu moderado. El pensamiento de Mirabeau es expulsar al demonio por medio de Belcebú, aniquilar la Revolución por su exceso, por la anarquía. Ya que no se puede mejorar la situación -es su famosa politique du pire-, hay que empeorarla con toda la rapidez posible, en el sentido de un médico que, por medio de excitaciones, provoca una crisis para acelerar con ella la curación. No rechazar el movimiento popular, sino apoderarse de él; no combatir, desde lo alto, a la Asamblea Nacional, sino excitar al pueblo, de manera secreta, para que él mismo acabe por mandarla al demonio; no confiar en la tranquilidad y la paz, sino, al contrario, elevar hasta su ardor más extremo la injusticia y los trastornos del país, provocando con ello una fuerte necesidad de orden, del antiguo orden; no retirarse, espantado, ante ninguna cosa, ni siquiera ante la guerra civil...

Tales son las amorales pero, en lo político, clarividentes proposiciones de Mirabeau. Pero ante tales osadías, ante el anunciar estrepitosamente, como con una banda de clarines, entre otras muchas cosas, que «cuatro enemigos se acercan a paso de carga: el impuesto, la bancarrota, el ejército y el invierno; hay que tomar una resolución y prepararse a afrontar los acontecimientos, dirigiéndolos con la propia mano. En una palabra, la guerra civil es segura y acaso necesaria», ante semejantes avisos, le tiembla el corazón a la reina.

«¿Cómo puede Mirabeau, o cualquier otro ser pensante, creer que nunca, y mucho menos ahora, haya llegado para nosotros el instante de provocar una guerra civil?», responde ella, espantada, y califica este plan de «loco desde un extremo al otro». Su desconfianza en el inmoralista que está dispuesto a echar mano de éste y también de otros procedimientos aún más espantosos se va haciendo invencible día a día. En vano Mirabeau procura «sacudir con truenos la espantosa liturgia de la corte»; no le prestan atención, y poco a poco, con su enojo por esa flojera espiritual de la real familia, se mezcla cierto desprecio hacia el royal bétail, hacia esa rebañega naturaleza regia que espera pacientemente la llegada del carnicero. Hace tiempo que sabe que lucha en vano en favor de esta corte indolentemente dispuesta para el bien pero incapaz de toda verdadera acción. Pero la lucha es su elemento. Siendo él mismo un hombre perdido, combate por una perdida causa y, arrastrado ya por la ola negra, les lanza una vez más al regio matrimonio esta desesperada profecía: «¡Rey bueno pero débil! ¡reina infortunada! ¡Ved, pues, el espantoso abismo adonde os arrastra la indecisión entre una ciega confianza y una desconfianza exagerada! Todavía es posible un esfuerzo por ambas partes, pero será el último. Si se renuncia a hacerlo, o no tiene buen éxito, entonces un velo fúnebre va a cubrir a este imperio. ¿Qué le ocurrirá? ¿Adónde será arrastrado el navío, herido por el rayo y azotado por la tormenta? No lo sé. Pero si yo mismo me salvo del naufragio público, siempre me diré con orgullo, en mi retiro: Me expuse a perderme para salvarlos a todo. Pero no lo quisieron».

En efecto, no lo quisieron. Ya prohíbe la Biblia que el buey y el caballo sean uncidos en un mismo yugo. La manera de pensar, lenta y conservadora, de la corte no puede ir al mismo paso que el temperamento ardiente y tempestuoso del gran tribuno que, rencorosamente, sacude riendas y bridas. Mujer del antiguo régimen, María Antonieta no comprende la naturaleza revolucionaria de Mirabeau; sólo entiende lo rectilíneo, no el osado juego de este genial aventurero de la política. Pero hasta la última hora sigue combatiendo Mirabeau, por amor a la lucha y por su audacia ilimitada. Sospechoso para el pueblo, sospechoso para la corte, sospechoso para la Asamblea Nacional, juega con todos y contra todos al mismo tiempo. Con el cuerpo destrozado, con sangre febril, se arrastra de nuevo en la palestra para imponer otra vez su voluntad a los mil doscientos diputados, y después, en marzo de 1791 -durante ocho meses ha servido simultáneamente al rey y a la Revolución-, la muerte se arroja sobre él. Aún pronuncia el último discurso, aún dicta hasta el último momento a sus secretarios, aún pasa su última noche con dos cantantes de la ópera; después se rompe de pronto la fuerza de ese titán. A montones aguardan las gentes delante de su casa para saber si aún palpita el corazón de la Revolución, y trescientas mil personas acompañan el ataúd del muerto. Por primera vez abre su puerta el Panteón para que el cadáver repose a11í por toda la eternidad.

Pero ¡qué lamentable cosa es la palabra «eternidad» en estos tiempos de continuas tormentas! Dos años más tarde, después de ser descubiertas las relaciones de Mirabeau con el rey, otro decreto arranca el aún no destruido cuerpo de la cripta y lo arroja a la fosa común.

Sólo la corte guarda silencio ante la muerte de Mirabeau, y ella sabe por qué. Sin vacilar, es lícito dejar a un lado la tonta anécdota de madame Campan de que se ha visto brillar una lágrima en los ojos de María Antonieta al recibir la noticia. Nada es más increíble, pues lo probable es que la reina haya acogido con un suspiro de desahogo la solución de tal alianza; aquel hombre era demasiado grande para servir, demasiado valiente para obedecer; la corte le temió cuando vivo, y hasta le temió después de su muerte. Todavía, mientras Mirabeau se retuerce estertorosamente en su lecho, envían de palacio a su casa un agente de confianza a fin de que se retiren rápidamente de su mesa de escribir las cartas sospechosas y de este modo quede secreto aquel pacto, del cual ambos partidos se avergüenzan. Mirabeau, porque servía a la corte, y la reina, porque servía de él. Mas con Mirabeau cae el último hombre que quizás hubiera podido mediar entre la monarquía y el pueblo. Ahora se hallan frente a frente María Antonieta y la Revolución.

 

SE PREPARA LA HUIDA

Con Mirabeau se le ha muerto a la monarquía el único auxiliar en su lucha con la Revolución. De nuevo se encuentra sola la corte. Existen dos posibilidades: combatir la Revolución o capitular ante ella. Como siempre, la corte, entre las dos soluciones, elige la más desdichada, el término medio: la fuga.

Ya Mirabeau había considerado la idea de que el rey, para el restablecimiento de su autoridad, debía sustraerse a la imposibilidad de defensa que le era impuesta en París, pues los prisioneros no pueden librar batalla. Para combatir se necesita tener libres los brazos y un suelo firme bajo los pies. Sólo que Mirabeau había exigido que el rey no tomara secretamente las de Villadiego, porque esto sería contrario a su dignidad. «Un rey no huye de su pueblo -decía, y añadía aún con más insistencia-: A un rey no le es lícito marcharse más que en pleno día y solo para ser realmente rey.» Había propuesto que Luis XVI hiciera en su carroza una excursión a los alrededores, y a11í debía esperarlo un regimiento de caballería que se conservaba fiel, y en medio de él, a caballo, a la luz del día, debía ir al encuentro de su ejército y entonces, como hombre libre, negociar con la Asamblea Nacional. En todo caso, para tal conducta hace falta ser hombre, y jamás una invitación a la audacia habrá encontrado alguien más indeciso que Luis XVI. Cierto que juguetea con el proyecto, lo examina una y otra vez, pero, en resumidas cuentas, prefiere su comodidad a su vida. Ahora, sin embargo, cuando ha muerto Mirabeau, María Antonieta, cansada de las humillaciones cotidianas, recoge enérgicamente aquella idea. A ella no le espanta el peligro de la fuga, sino sólo la indignidad que para una reina va unida al concepto de huida. Pero la situación, peor cada día, no admite ya elección. «Sólo quedan dos extremos -escribe a Mercy-: permanecer bajo la espada de los facciosos, si es que ellos triunfan (y por consecuencia no ser ya nada), o encontrarse encadenado al despotismo de gentes que afirman tener buenas intenciones y que, sin embargo, nos han hecho y nos harán siempre daño. Éste es el porvenir, y quizás ese momento está más cerca de lo que se piensa, si no somos capaces de tomar nosotros mismos un partido y de dirigir las opiniones con nuestra fuerza y nuestra acción. Créame usted que lo que le digo no procede de una cabeza exaltada ni de la repugnancia que infunde nuestra situación o de la impaciencia por actuar. Conozco perfectamente todos los peligros y los diferentes riesgos que corremos en este momento. Pero por todas partes veo a nuestro alrededor cosas tan espantosas que más vale perecer buscando medios de salvarse, que dejarse aniquilar enteramente en una inacción total.» Y como Mercy, prudente y moderado, continúa siempre, desde Bruselas, manifestando sus escrúpulos, le escribe ella una carta aún más violenta y clarividente que muestra con qué implacable claridad aquella mujer, antes tan fácilmente crédula, reconoce su propia ruina: «Nuestra posición es espantosa, y de tal índole, que los que no están en situación de verla no pueden formarse de ella ni idea. Aquí no hay más que una alternativa para nosotros: o hacer ciegamente todo lo que exigen los facciosos o perecer bajo la espada que sin cesar está suspendida sobre nuestras cabezas. Crea usted que no exagero los peligros.

Ya sabe usted que, mientras fue posible, mi consejo ha sido la dulzura, la confianza en el tiempo y en la mudanza de la opinión pública; pero hoy todo está cambiado: tenemos que perecer o tomar el único partido que todavía nos queda. Estamos bien lejos de cegarnos hasta el punto de creer que este partido mismo deja de tener sus peligros; pero si hay que perecer, sea por lo menos con gloria y habiendo hecho todo lo necesario en pro de nuestros deberes, de nuestro honor y de la religión... Creo que las provincias están menos corrompidas que la capital, pero siempre es París el que da el tono a todo el reino... Los clubes y las sociedades secretas gobiernan a Francia de un extremo al otro; las gentes honradas y los descontentos (aunque estén en gran número) huyen de su país y se ocultan, porque no son los más fuertes y no tienen quien los relacione entre sí. Sólo podrán aparecer cuando el rey pueda mostrarse libremente en una ciudad fortificada, y entonces será general el asombro ante el número de descontentos existentes y que hasta aquí gimen en silencio. Pero cuanto más tiempo se vacile, tanto menos se encontrará un apoyo, pues el espíritu republicano se extiende de día en día entre todas las clases sociales; las tropas están más acosadas que nunca, y no habrá ya ningún medio de contar con ellas si todavía se dilata» .

Pero, aparte la Revolución, amenaza todavía un segundo peligro. Los príncipes franceses, el conde de Artois, el príncipe de Condé y los otros emigrados, flojos héroes pero estrepitosos fanfarrones, arman estrépito con sus sables, que prudentemente mantienen en sus vainas, a lo largo de la frontera. Intrigan en todos los países, pretenden, para disfrazar lo enojoso de su fuga, hacer el papel de héroes mientras no es peligroso para ellos; viajan de corte en corte, tratan de azuzar contra Francia al emperador y a los reyes, sin reflexionar ni preocuparse de que con estas hueras demostraciones aumentan el peligro del rey y de la reina. «Él (el conde de Artois) se preocupa muy poco de su hermano y de mi hermana -escribe el emperador Leopoldo- : "gli importa un frutto" , así se expresa cuando habla del Rey, y no piensa en lo que perjudica al rey y a la reina con sus proyectos y tentativas.» Los grandes héroes se establecen en Coblenza y en Turín, se dan grandes banquetes y afirman, al hacerlo, que están sedientos de sangre jacobina; a la reina le cuesta enorme trabajo impedir que siquiera no cometan las más burdas tonterías.

También a ellos hay que quitarles la posibilidad de actuar. El rey tiene que estar libre para poder sujetar a ambos partidos, los ultrarrevolucionarios y los ultrarreaccionarios, los extremistas de dentro de París y los de las fronteras. El rey tiene que ser libre, y para alcanzar esa meta ha de recurrirse al más penoso de los rodeos: la huida.

La ejecución de la huida viene a quedar en manos de la reina, y así se explica que, como es fácil de comprender, confiara sus preparativos prácticos a aquella persona de su intimidad para la cual no tiene secreto alguno y en quien confía irreflexivamente: Fersen.

A él, al que ha dicho: «Vivo sólo para servirla»; a él, «al amigo», le encomienda una misión que sólo puede ser realizada poniendo en juego, sin reserva alguna, todas las energías de que el ejecutante disponga, hasta la propia vida. Las dificultades son ilimitadas. Para salir del palacio, ultravigilado por los guardias nacionales, donde casi cada servidor es un espía; para atravesar toda la ciudad, desconocida y hostil, tienen que ser adoptadas cuidadosamente toda suerte de especiales medidas, y para el viaje mismo, a través del país, hay que ponerse de acuerdo con el general Bouillé, el único jefe del ejército en quien se puede confiar. Éste debe enviar, según lo planeado, hasta medio camino de la fortaleza de Montmédy, es decir, aproximadamente hasta Châlons, destacamentos sueltos de caballería, por los cuales, en caso de ser reconocidos los viajeros o de persecución, pueda ser inmediatamente protegido el carruaje que lleva al rey con toda la real familia. Pero nueva dificultad: para justificar este sorprendente movimiento militar cerca de la frontera hay que encontrar un pretexto; por tanto, el Gobierno austríaco debe concentrar un cuerpo de ejército en territorios vecinos, a fin de dar ocasión al gene ral Bouillé para ejecutar su movimiento de tropas. Todo esto tiene que ser discutido secretamente en una innumerable correspondencia y con la prudencia más extrema, porque la mayoría de las cartas son abiertas y, como el mismo Fersen dice, «todo estaría perdido si pudieran notar el preparativo más pequeño». Fuera de ello -nueva dificultad-, esta fuga exige grandes sumas de dinero, y el rey y la reina mismos están absolutamente desprovistos de fondos. Han fracasado todas las tentativas para recibir prestados algunos millones del hermano de la reina, de los príncipes de Inglaterra, de España, Nápoles o de los banqueros de la corte. También en este capítulo, como en todos los demás, tiene que proveer Fersen, este poco importante gentilhombre extranjero.

Pero Fersen extrae fuerzas de su propia pasión. Trabaja como diez cabezas, con diez manos y sólo con su único corazón, lleno de amor. Durante horas enteras delibera con la reina acerca de todos los detalles, deslizándose, por la noche o por la tarde, junto a María Antonieta, por el camino secreto. Lleva la correspondencia con los príncipes extranjeros, con el general Bouillé; elige los jóvenes nubles más seguros que, disfrazados de correos, han de acompañar a los fugitivos, y a los otros que, antes de ello, llevan y traen las cartas entre París y la frontera. Encarga la carroza a su nombre, se procura los falsos pasaportes, proporciona dinero tomando prestadas de una dama rusa y de una sueca trescientas mil libras de cada una, respondiendo con su propia fortuna, y hasta, finalmente, pidiéndole tres mil a su propio portero. Lleva, prenda a prenda, a las Tullerías los necesarios disfraces, y saca de contrabando, por el contrario, los diamantes de la reina. Día y noche, semana tras semana, escribe, negocia, planea con infatigable tensión nerviosa y siempre en permanente peligro de la vida, pues si un solo nudo de esta red tendida por toda Francia se deshace, si uno de sus iniciados hace traición a su confianza, si es sorprendida una única palabra o apresada una carta, se convierte en reo de muerte. Pero audaz, y al mismo tiempo serenamente lúcido, infatigable, porque es movido por su pasión, ejecuta su deber, silencioso héroe de último término en uno de los grandes dramas de la historia universal.

Pero todavía sigue vacilando, todavía espera el siempre indeciso monarca cualquier acontecimiento favorable que le ahorre la molestia y el esfuerzo de esta fuga. Pero es en vano. La carroza está encargada, se dispone del dinero necesario, están terminadas las negociaciones con el general Bouillé acerca de la escolta. Ahora no falta más que una cosa: un motivo muy manifiesto, un pretexto moral que justifique esta fuga, a pesar de todo no muy caballeresca. Es preciso que sea encontrado algo que pruebe ante el mundo, de paladina manera, que el rey y la reina no se han fugado por simple miedo, sino que el mismo régimen del Terror los ha obligado a ello. Para procurarse este pretexto, anuncia el rey a la Asamblea Nacional y al Municipio que quiere pasar en Saint-Cloud la semana de Pascua. Y bien pronto, como se había deseado en secreto. contando con ello, la prensa jacobina cae en el lazo y dice que la corte quiere ir a Saint-Cloud sólo para oír la misa y recibir la absolución de un cura no juramentado. Fuera de ello, dice también que hay, además, el inmediato peligro de que el rey pretenda escaparse de a11í con su familia. Los excitados artículos hacen su efecto. El 19 de abril, cuando el rey quiere subir a su coche de gala, que muy ostensiblemente está ya dispuesto, se halla a11í reunida, tumultuosamente, una gigantesca masa humana: las tropas de Marat y de los clubes, venidas para impedir con violencia la partida.

Precisamente este escándalo público es lo que han anhelado la reina y sus consejeros. A los ojos del mundo entero quedará así demostrado que Luis XVI es el único hombre de toda Francia que no tiene ya la libertad necesaria para ir con su coche a una legua de distancia a respirar el aire libre. Toda la familia real se instala, pues, visiblemente en el coche y espera que sean enganchados los caballos. Pero la muchedumbre, y con ella la Guardia Nacional, ordena que le dejen al rey camino libre. Pero nadie le obedece; el alcalde, a quien ordena que despliegue la bandera roja como intimidación, se ríe en sus narices. La Fayette quiere hablar al pueblo, pero ahogan su voz con mugidos. La anarquía proclama públicamente su derecho a la injusticia.

Mientras el triste comandante suplica en vano a sus tropas que le obedezcan, el rey, la reina y madame Elisabeth permanecen sentados tranquilamente en el coche, en medio de la bramadora multitud. El bárbaro estrépito, las groseras injurias, no afligen a María Antonieta; por el contrario, contempla con secreto placer cómo La Fayette, el apóstol de la libertad, favorito del pueblo, es demasiado débil ante la excitada masa. No se mezcla en la contienda entre estos dos poderes, para ella igualmente odiosos: tranquila y sin desconcertarse, deja que el tumulto brame en tomo suyo, porque trae el testimonio, público y evidente para todo el mundo, de que ya no existe la autoridad de la Guardia Nacional, de que impera en Francia una anarquía completa, de que el populacho puede ofender impunemente a la familia real, y con ello de que el rey está moralmente en su derecho en caso de fuga. Durante dos horas y cuarto dejan que el pueblo haga su voluntad; sólo después da orden el rey de que las carrozas vuelvan a ser llevadas a las caballerizas y declara que renuncia a la excursión a Saint-Cloud. Como siempre, cuando ha triunfado, la muchedumbre, que aún alborotaba furiosa en el instante anterior, se siente entusiasmada de repente: todos aclaman al matrimonio real, y, con un cambio instantáneo, la Guardia Nacional promete su protección a la reina. Pero María Antonieta sabe cómo debe entender esta protección: «Sí, ya contamos con ello. Pero ahora tenéis que convenir que no somos libres». Con intención pronuncia en voz alta estas palabras.

Aparentemente, se dirigen a la Guardia Nacional; en realidad, a toda Europa.

Si en aquella noche de este 20 de abril, al proyecto hubiese seguido la ejecución, a la causa el efecto, a la ofensa el movimiento de cólera, la acción y su reacción se hubieran completado inmediatamente en un enlace lógico. Dos coches sencillos, ligeros y que no llamaran la atención, en el uno el Rey con su hijo y en el otro la reina con su hija, y, de ser preciso, también madame Elisabeth, y nadie hubiera fijado su atención en aquellos vulgares cabriolés con dos personas; sin ser notada, la familia real habría alcanzado la frontera; prueba de ello, la fuga, realizada al mismo tiempo que la de los reyes, del hermano de Luis XVI, el conde de Provenza, el cual, gracias a no llamar la atención, se puso a salvo sin incidente alguno.

Pero ni a un dedo de distancia de la muerte la familia real quiere ofender a las sacrosantas leyes domésticas: hasta en el más peligroso de todos los viajes, la imperecedera etiqueta tiene que ir con ellos. Primera falta: se determina que las cinco personas vayan juntas en el mismo carruaje; por tanto, toda la familia, padre, madre, hermana y los dos niños, exactamente como se la conoce hasta en la última aldea de Francia por centenares de grabados. Pero no basta con esto; madame de Tourzel recuerda su juramento, a consecuencia del cual no le es lícito abandonar ni un solo momento a los regios niños; por tanto, le es preciso, segunda falta, ir con ellos como persona número seis. Mediante esta innecesaria carga se retrasa el momento de la partida en un viaje en el cual cada cuarto de hora y hasta cada minuto son preciosos. Tercera falta: no puede imaginarse que una reina pueda servirse por sí misma. Por tanto, hay que llevar, además, dos camareras en un segundo coche; ahora se ha llegado ya a contar ocho personas. Pero como los puestos de cochero, de delantero, de postillón y de lacayo tienen que ser desempeñados por gentes de toda confianza, los cuales es cierto que no conocen el camino, pero pertenecen a la nobleza, se ha alcanzado ya felizmente el número respetable de doce viajeros, y con Fersen y su cochero son catorce; abundante número para guardar un secreto. Cuarta, quinta, sexta y séptima falta: hay que llevar toilettes a fin de que la reina y el rey, en Montmédy, puedan presentarse en traje de gala y no ya con su ropa de viaje; por tanto, se cargan aún en el coche, elevándose como una torre, doscientas libras de equipaje, en unos baúles que atraen la atención de puro nuevos; nuevo compás de la marcha y nuevo incremento de los motivos para llamar la atención. Poco a poco, lo que debía ser una fuga secreta se convierte en una pomposa expedición.

Pero la falta de las faltas es que tanto un rey como una reina no deben hacer un viaje de veinticuatro horas, ni aunque sea para escaparse del infierno, sin tener todas sus comodidades. Según esto, se encarga un coche nuevo, especialmente ancho, especialmente provisto de buenos muelles, un coche que huele a barniz fresco y a riqueza, que en cada cambio de tiro tiene que despertar especial curiosidad en cada cochero, cada postillón, cada maestro de postas y cada mulero. Pero Fersen -los enamorados no piensan nunca en la realidad- quiere que para María Antonieta todo sea tan magnífico, bello y lujoso como sea posible. Según sus minuciosas instrucciones, es construida -aparentemente para cierta baronesa de Korff- una máquina gigantesca, una especie de navío de guerra sobre cuatro ruedas que no sólo debe ser capaz para las cinco personas de la familia real, y. además de esto, la gouvernante, el cochero y los lacayos, sino que también ha de tener sitio para todas las imaginable, comodidades: vajilla de plata, un guardarropa, provisiones de boca y hasta ciertas sillas usadas para necesidades que no son exclusivas de los monarcas. Es embalada también, y bien estibada, toda una bodega de vinos, pues se conoce el se diento gaznate del monarca; para aumentar aún el error, el interior del carruaje es tapizado con claro damasco, y casi tiene uno que asombrarse de que hayan prescindido de plantar en sitio bien visible, sobre las portezuelas, las flores de lis de las armas familiares. Con tan pesado pertrecho, este monstruoso coche de lujo necesita, para avanzar con una velocidad tolerable, por to menos ocho caballos, pero en general doce, lo cual quiere decir que mientras a una ligera silla de postas de dos caballos se le muda el tiro en cinco minutos, exige por término medio, en este caso, una media hora cada cambio de caballos; en total, por tanto, un retraso de cuatro o cinco horas en un viaje entre la vida y la muerte, en el cual puede ser decisivo cada cuarto de hora. Para compensar a los guardias nobles que durante veinticuatro horas tienen que llevar trajes de sirvientes, se les plantan libreas deslumbrantes, que brillan de puro nuevas, que no pueden menos de ser llamativas y contrastan extrañamente con los disfraces, intencionadamente modestos, del rey y de la reina. Este modo de llamar la atención la real familia es, además, aumentado por el hecho de que a cada una de las pequeñas poblaciones del camino lleguen de repente, en tiempos pacíficos, escuadrones de dragones, aparentemente para esperar un «transporte de dinero», y el que, como última tontería, verdaderamente histórica, el duque de Choiseul haya elegido, como oficial de enlace entre los diferentes cuerpos de tropas, al hombre más imposible para el cargo, a Fígaro en persona, al peluquero de la reina, el divino Léonard, muy indicado para hacer un peinado, pero no para la diplomacia, el cual, guardando mayor fidelidad a su eterno papel de Fígaro que al rey, embrolla de modo aún más completo una situación de suyo ya bien intrincada.

Una disculpa para todo esto: la etiqueta del Estado francés no tenía ningún precedente en su historia para regular la fuga de un rey. Cómo se debe ir a un bautizo, a una coronación, al teatro y a la caza, qué trajes, qué calzado y qué hebillas deben llevarse para las grandes y las pequeñas recepciones, para la misa, la caza y el juego, todo esto está especificado con cien detalles en el ceremonial. Pero acerca de cómo se han de escapar, disfrazados, un rey y una reina del palacio de sus antepasados, sobre ello no hay ninguna prescripción; aquí hay que improvisar, atrevida y libremente, una decisión inmediata y aprovechar el momento. Por serle la realidad tan completamente ajena, tenía que sucumbir la corte en este primer contacto con el mundo verdadero. Desde el momento en que el rey de Francia se pone la librea de un criado para escapar, ya no puede volver a ser señor de su destino.

Después de innumerables aplazamientos, el 19 de junio es designado como el día de la fuga; es tiempo, más que tiempo, porque una red de secretos entre tantas manos puede desgarrarse por cualquier lugar en todo momento. Como un latigazo restalla de repente en medio de los suaves cuchicheos y conciliábulos de la familia real un artículo de Marat que anuncia un complot para apoderarse del rey. «Quieren a toda fuerza llevarlos a los Países Bajos so pretexto de que su causa es la de todos los reyes, y vosotros sois lo bastante imbéciles para no prevenir la fuga de la real familia. ¡Parisienses, insensatos parisienses!, estoy ya cansado de repetíroslo siempre: conservad con cuidado al rey y al delfín en vuestras murallas; encerrad a la austriaca, a su cuñado y al resto de la familia.

La pérdida de un solo día puede ser fatal para la nación y abrir la tumba a tres millones de franceses.» Extraña profecía la de este hombre de tan aguda vista detrás de los anteojos de su enfermiza desconfianza. Sólo que esta «pérdida de un solo día» fue fatal no para la nación, sino para el rey y la reina. Pues, aún otra vez, en el último momento, María Antonieta aplaza la fuga, ya acordada en cada detalle. En vano Fersen ha trabajado hasta el agotamiento para que todo estuviera dispuesto para el 19 de junio. El día y la noche, desde hace semanas y meses, los ha dedicado su pasión sólo a esta única empresa. Por su propia mano saca nuevas prendas de vestir, noche tras noche, bajo la capa al salir de sus visitas a la reina; en una innumerable correspondencia ha convenido con el general Bouillé en qué punto los dragones y los húsares han de esperar la carroza del rey; llevando las riendas en su propia mano, prueba, en el camino a Vincennes, los caballos de posta que ha encargado. Los indicios están todos dispuestos, el mecanismo funciona hasta en su más pequeña ruedecilla. Pero, en el último momento, da contraorden la reina. Una de las camareras, que está en relaciones con un revolucionario, le parece altamente sospechosa. Las cosas están de tal modo dispuestas que, precisamente en la mañana siguiente, la del 20 de junio, esta mujer debe estar libre de servicio; hay, por tanto, que esperar a ese día. Otra vez veinticuatro horas de fatal retraso, contraorden al general, mandato de desensillar a los húsares ya dispuestos para el avance, nueva tensión nerviosa para el ya totalmente agotado Fersen y para la reina, que apenas puede ya dominar su inquietud. No obstante, por fin pasa también este último día. Para disipar toda sospecha, lleva la reina, por la tarde, a sus dos niños y a su cuñada Elisabeth a los jardines del Tívoli. A su regreso, con su habitual altivez y seguridad, le da al comandante las órdenes para el día siguiente. No se nota en ella ninguna excitación, y menos aún en el rey, porque este hombre sin nervios es absolutamente incapaz de ello. Por la noche, a las ocho, se retira María Antonieta a sus habitaciones y despide a las doncellas. Acuesta a los niños y, aparentemente despreocupada, se reúne, después de la cena, en el gran salón con toda la familia. Sólo una cosa habría podido advertir acaso una mirada especialmente atenta, y es que la reina se levanta a veces y mira el reloj, como si estuviese cansada.

Pero, en realidad, jamás como esta noche estuvo en una mayor tensión de sus energías, más despierta ni más dispuesta para hacer frente al destino.

 

LA HUIDA A VARENNES

La noche de este 20 de junio de 1791, ni aun el observador más desconfiado habría podido advertir nada sospechoso en las Tullerías: como siempre, los guardias nacionales están en su puesto; como siempre, las camareras y los lacayos se han retirado después de la cena, y en el gran salón están sentados pacíficamente, como a diario, el rey, su hermano el conde de Provenza y los otros miembros de la familia, jugando al chaquete o entregados a una pacífica conversación. ¿Es para asombrarse el que la reina, a eso de las diez, se levante en medio de la conversación y se aleje durante algún tiempo? En modo alguno. Acaso tenga que atender a algún pequeño cuidado o que escribir una carta; no la sigue ningún sirviente y, cuando sale al pasillo, lo encuentra completamente solitario.

Pero María Antonieta se detiene un instante, con los nervios tensos, y escucha, conteniendo el aliento, el pesado paso de los guardias; después sube corriendo hasta la puerta de la habitación de su hija y golpea suavemente. La princesa se despierta y llama espantada a la segunda gouvernante, la señora Brunier; llega ésta y se asombra de la incomprensible orden de la reina de que vista a todo correr a la niña, pero no se atreve a oponer ninguna resistencia. Mientras tanto, la reina ha despertado también al delfín al abrir las cortinas de damasco del baldaquino del lecho, y murmura tiernamente a su oído: «Ven, levántate; nos vamos de viaje. Vamos a una fortaleza donde hay muchos soldados». Borracho de sueño, el príncipe balbucea alguna cosa; pide un sable y su uniforme, ya que debe estar en medio de soldados. «Pronto, pronto, partamos» , le ordena María Antonieta a la primera gouvernante, madame de Tourzel, que hace mucho tiempo que está iniciada en el secreto y que, bajo pretexto de que van a un baile de máscaras, viste al príncipe de niña. Ambas criaturas son llevadas, sin rumor alguno, por las escaleras abajo hasta la habitación de la reina. Allí los espera una divertida sorpresa, pues al abrir la reina el armario de la pared sale de él un oficial de la guardia, un tal señor Malden, a quien el infatigable Fersen ha escondido previsoramente a11í. Los cuatro se dirigen ahora con toda rapidez hacia la salida que no está guardada.

El patio está en una oscuridad casi completa. En la larga fila están colocados los carruajes; algunos cocheros y lacayos se pasean ociosos o charlan con los guardias nacionales, que han dejado a un lado sus pesados fusiles -¡tan hermosa y suave es la noche veraniega!- y no piensan ni en el deber ni en el peligro. La reina abre personalmente la puerta y mira hacia fuera: su aplomo no la abandona ni un momento en esta hora decisiva. Y de la sombra de los coches sale un hombre disfrazado de cochero que coge, casi sin decir palabra, la mano del delfín: es Fersen, el infatigable, que desde la mañana temprano viene realizando una tarea sobrehumana. Ha encargado los postillones, ha disfrazado de correos a los tres guardias de corps, colocado a cada cual en su debido sitio. Ha sacado de contrabando de palacio las cosas necesarias para la noche, preparado la carroza y, además, por la tarde, consolado a la reina, conmovida hasta el llanto. Tres, cuatro o cinco veces, en ocasiones disfrazado, otras con su traje habitual, ha ido de un extremo a otro de París para disponerlo todo. Ahora se juega la vida al sacar de palacio al delfín de Francia, y no desea ninguna otra recompensa sino una agradecida mirada de la amada, que a él y sólo a él confía a sus hijos.

Las cuatro sombras se pierden, deslizándose por la oscuridad; la reina cierra suavemente la puerta. Sin ser notada, con leves y despreocupados pasos, vuelve a entrar en el salón, como si hubiese salido para ir a buscar una carta, y sigue charlando con aparente indiferencia, mientras los niños, conducidos felizmente por Fersen a través de la gran plaza, son colocados en un anticuado fiacre donde al instante vuelven a sumergirse en el sueño; al mismo tiempo, en otro coche, las dos camareras de la reina son enviadas a Claye. Hacia las once comienza la hora crítica. El conde de Provenza y su mujer, que, a su vez huirán igualmente en esta noche, salen del palacio como de costumbre; la reina y madame Elisabeth se dirigen a sus habitaciones. Para no despertar ninguna sospecha, la reina se hace desnudar por su camarera y encarga el coche para salir a la mañana siguiente. A las once y media tiene que estar terminada la inevitable visita de La Fayette al rey; da órdenes la reina para que se apaguen las luces y, con ello, la señal de que puede retirarse la servidumbre. Pero apenas se ha cerrado la puerta detrás de las camareras, cuando la reina vuelve a levantarse, se viste rápidamente y, a la verdad, con un traje poco llamativo, de seda gris, y un sombrero negro con un velillo violeta que ha ce irreconocible su semblante. Ahora no queda más que bajar calladamente la escalerita que lleva directamente hasta la puerta donde espera un hombre de confianza y atravesar la oscura plaza de Carrousel; todo resulta excelentemente. Pero, desgraciada coincidencia, precisamente en este momento se acercan unas luces y un coche, precedido de guardias a caballo y portadores de antorchas: el conde de La Fayette, que viene de convencerse de que, como siempre, todo está en el más perfecto orden. La reina, ante el resplandor de las luces, se arrima rápidamente a la pared, en la oscuridad, bajo el arco de la puerta, y tan próxima a su persona pasa rozando la carroza de La Fayette, que podría haber tocado las ruedas. Nadie se ha fijado en ella. Un par de pasos más y está junto al coche de alquiler que contiene lo que más ama sobre la tierra: Fersen y sus hijos.

Más difícil se hace la escapatoria para el rey. Primeramente tiene que soportar aún la visita de todas las noches de La Fayette, y tan larga es aquella vez que hasta para aquel hombre de sangre espesa resulta difícil permanecer tranquilo. A cada instante se levanta de su asiento y se acerca a la ventana, como si quisiese contemplar el cielo. Por fin, a las once y media, se despide el pesado visitante. Luis XVI se dirige a su alcoba, y aquí comienza el último combate desesperado con la etiqueta, que lo protege de una manera excesivamente previsora. Conforme a un antiquísimo uso, el ayuda de cámara del Rey tiene que dormir en su habitación, con un cordón atado a la muñeca, en forma que el monarca sólo necesite mover la mano para despertar al punto al durmiente. Por tanto, si Luis XVI quiere ahora escaparse, el infeliz tiene que librarse de su propio ayuda de cámara. Luis XVI se deja, pues, desnudar sosegadamente; como de costumbre, se tiende en el lecho y cierra por ambos lados las coronas del baldaquino, como si quisiera dormirse. En realidad, sólo espera el minuto en que el criado se traslada al gabinete vecino para desnudarse, y entonces, en este breve momento -la escena sería digna de Beaumarchais-, el rey se desliza rápidamente por detrás del baldaquino; se escabulle, descalzo y en camisa de noche, por la puerta que lleva a la abandonada habitación de su hijo, donde le han colocado un sencillo traje, una grosera peluca y -¡nueva vergüenza!- un sombrero de lacayo. Mientras tanto, el fiel sirviente vuelve a entrar en el dormitorio, con suprema precaución, reteniendo angustiosamente el aliento, por miedo de despertar a su bien amado rey, que descansa bajo el baldaquino, y se amarra, como todos los días, el extremo del cordón a la muñeca. Por la escalera se des liza, entre tanto, en camisa, hasta el piso bajo, Luis XVI, descendiente y heredero de san Luis, rey de Francia y de Navarra, llevando en el brazo la casaca gris, la peluca y el sombrero de lacayo, y a11í le espera, para mostrarle el camino, oculto en el armario de pared, el guardia de corps señor de Malden. Irreconocible con su sobretodo verde botella y el sombrero de lacayo sobre la ilustrísima cabeza, el rey atraviesa tranquilamente por el desierto patio de su palacio; los guardias nacionales, no muy celosos de su guardia, lo dejan pasar sin reconocerlo. Con ello parece logrado lo más difícil, y a medianoche toda la familia está reunida en el fiacre; Fersen, disfrazado de cochero, asciende al pescante, y, con el Rey disfrazado de lacayo y su familia, corre a través de París.

¡A través de París! ¡Desdichada idea la de atravesar París! Pues Fersen, el aristócrata, está acostumbrado a dejarse llevar por sus cocheros, no a guiar él mismo los caballos, y no conoce el infinito laberinto de calles de la intrincada ciudad. Fuera de eso, quiere también por precaución -¡fatal precaución!-, en vez de salir inmediatamente de la ciudad, pasar aún por la calle de Matignon, para comprobar si ha partido ya la gran carroza. Sólo a las dos de la madrugada, en lugar de hacerlo a la medianoche, sale con su precioso cargamento por la puerta de la ciudad; se han perdido dos horas, dos horas irrecuperables.

Detrás de la barrera del portazgo debe esperar la enorme carroza. Primera sorpresa: no está allí. De nuevo se pierde algún tiempo hasta que, por fin, se la descubre enganchada con un tiro de cuatro caballos y con linternas sordas. Ahora acerca Fersen el fiacre al otro coche, a fin de que la familia real pueda pasar de uno a otro sin mancharse los zapatos -¡sería espantoso!- con el lodo de los caminos franceses. Son las dos y media de la madrugada, en vez de las doce de la noche, cuando por fin se ponen en marcha los caballos. Fersen no economiza los latigazos, y en una media hora están en Bondy, donde un oficial de la guardia los espera ya con ocho nuevos caballos de ¡postas, bien reposados. Aquí hay que despedirse. No es cosa fácil. De mala gana ve María Antonieta cómo los abandona el único ser en quien puede confiar, pero el rey ha declarado expresamente que no desea que Fersen los acompañe más adelante. El motivo se ignora.

Quizá para no llegar junto a sus fieles partidarios con este amigo demasiado íntimo de su esposa; quizá por consideración hacia el mismo Fersen; en todo caso, consigna éste en su diario: «Il n'a pas voulu». Por otra parte, está acordado que Fersen los buscará tan pronto estén definitivamente libertados: corta despedida, por tanto. De este modo, Fersen, a caballo - ya se elevan vívidos resplandores sobre el horizonte, anunciando un cálido día de verano--, se acerca al carruaje y grita intencionadamente, para engañar a los postillones desconocidos: «¡Adiós, madame de Korff!» .

Ocho caballos tiran mejor que cuatro; al alegre trote de los animales, la inmensa carroza se columpia sobre la cinta gris de la carretera. Todos se muestran de buen humor; los niños han dormido bien, el rey está más contento que de costumbre. Bromean acerca de los nombres fingidos que se han adjudicado; la señora Tourzel pasa por ser la distinguida señora madame de Korff; la reina, por gouvernante de los niños, y se llama madame Rochet; el rey, con su sombrero de lacayo, es el intendente Durand; madame Elisabeth, la doncella; el delfín se ha convertido en una niña. Realmente, en aquel cómodo carruaje, la familia se siente más libremente reunida que en su palacio, donde estaban acechados por cien lacayos y seiscientos guardias nacionales; pronto se anuncia aquel fiel amigo de Luis XVI, que jamás le abandona: el apetito. Son desempaquetadas las abundantes provisiones de boca, comen copiosa mente en vajilla de plata, vuelan por las ventanillas los huesos de pollo y las botellas vacías, y tampoco son olvidados los buenos guardias de corps. Los niños están encantados de la aventura, juegan en el coche; la reina charla con todos, y el rey utiliza esta insospechada ocasión para conocer su propio reino: saca un mapa y sigue con gran interés el desarrollo del viaje, de aldea en aldea, de caserío en caserío, de legua en legua. Poco a poco se apodera de todos un sentimiento de seguridad. En los primeros cambios de tiro, a las seis de la mañana, los ciudadanos están todavía en sus camas y nadie pregunta por los pasaportes de la baronesa de Korff; si pasan ahora felizmente a través de la gran ciudad de Châlons, está ya todo ganado, pues, a cuatro leguas de este último obstáculo, en Pont-de-Somme Vesles, el primer destacamento de caballería espera ya a los viajeros al mando del joven duque de Choiseul.

Por fin, Châlons a las cuatro de la tarde. No es, en modo alguno, por malicia por lo que tantas gentes se reúnen delante de la casa de postas. Cuando llega una diligencia se desea obtener de los postillones, con toda rapidez, las últimas noticias de París o, en otro caso, entregarles una carta o un paquetito para la próxima parada; por otra parte, en una pequeña ciudad aburrida, entonces como ahora, es un placer el charlar, gusta ver gente forastera y un hermoso coche. ¡Dios mío, qué cosa mejor puede hacerse en un ardiente día de verano! Con competencia profesional señalan los entendidos la carroza.

Comprueban primeramente, con respeto, que todo está flamante y es de una desacostumbrada elegancia, cubierta de damasco, admirable mente tapizada, magníficos equipajes: cierto que los viajeros deben de ser nobles, probablemente emigrados. En realidad, no es escaso el interés por verlos, por conversar con ellos; pero, cosa rara: ¿por qué, pues, estas seis personas, en un maravilloso y ardiente día estival, después de tan largo viaje, permanecen obstinadamente encerradas en su carroza, en lugar de apearse para estirar un poco las piernas o beber, charlando, un vaso de vino fresco? ¿Por qué estos lacayos galoneados se dan descaradamente tanta importancia, como si fuesen algo excepcional? ¡Extraño, muy extraño! Comienza un suave murmullo; alguien se acerca al maestro de postas y le murmura algo al oído. Éste aparece sorprendido, altamente sorprendido. Pero no se mete en cosa alguna y deja que el coche prosiga tranquilamente su viaje; no obstante -nadie sabe cómo-, media hora después, toda la ciudad comenta y chacharea que el rey y la familia real han pasado por Châlons.

Pero ellos ni saben ni sospechan nada; por el contrario, a pesar de toda su fatiga, se encuentran grandemente divertidos, pues en la próxima parada los espera ya Choiseul con sus húsares; entonces quedarán acabados los disimulos y fingimientos, se tirará lejos el sombrero de lacayo y se romperán los falsos pasaportes; se oirá por fin otra vez el «Vive le Roi! Vive la Reine!», gritos que han sido silenciados durante tanto tiempo. Llena de impaciencia, madame Elisabeth mira una y otra vez por la ventanilla para ser la primera en saludar a Choiseul; los postillones alzan su mano, para resguardarse los ojos del sol poniente y ver a to lejos el centellear de los sables de los húsares. Pero, nada. Nada. Por fin descubren a un jinete, pero sólo uno, aislado, un oficial de la guardia que se ha adelantado.

-¿Dónde está Choiseul? - le gritan.

-Se ha ido.

-¿Y los otros húsares? -No hay nadie aquí.

De repente cesa el buen humor. Hay algo que no funciona como es debido. Y, además, va oscureciendo, se hace de noche. Es cosa siniestra viajar ahora por lo desconocido, por lo incierto. Pero no hay vuelta posible, ni posibilidad de detenerse: un fugitivo no tiene ante sí más que un solo camino: ¡adelante!, ¡adelante! La reina anima a los otros. Si faltan aquí los húsares, se encontrarán dragones en Sainte-Menehould, que sólo está a dos horas de camino, y entonces estarán a salvo. Estas dos horas se hacen más largas que el día entero. Mas -¡nueva sorpresa!- tampoco en Sainte-Menehould hay ninguna escolta. Los soldados han esperado largo tiempo, han pasado el día entero en las posadas, y a11í, por aburrimiento, han trincado tan recio y armado tal alboroto que han provocado la curiosidad de toda la población. Por último, el comandante, aturdido por una embrollada comunicación del peluquero de la corte, ha considerado más prudente llevarlos fuera de la población y hacerlos esperar más lejos, al borde del camino, quedándose a11í él solo.

Por último llega pomposamente la carroza de ocho caballos y detrás de ella el cabriolé de dos, y constituye, para aquellos buenos ciudadanos, el segundo inexplicable y misterioso acontecimiento del día. Primero aquellos dragones que llegaron y anduvieron dando vueltas por a11í, sin que se supiera por qué ni para qué; ahora los dos carruajes con distinguidos postillones de librea. Y ¡fijaos en lo respetuosamente, en la obsequiosidad con que el comandante de dragones saluda a estos extraños huéspedes! No, no es ya respeto, sino reverencia; todo el tiempo, mientras habla con ellos, permanece con la mano en la gorra. El maestro de postas Drouet, miembro del club de los jacobinos y feroz republicano, lo observa perspicazmente. Tienen que ser gentes de la alta aristocracia, o más bien emigrados, chusma dorada a quienes los nuestros deberían echar mano. En todo caso, comienza por ordenar en voz baja a sus mozos de mulas que no se apresuren demasiado para servir a estos misteriosos pasajeros, pero el tiro llega a estar cambiado y soñolientamente sigue tambaleándose la carroza con sus soñolientos ocupantes.

Mas apenas han transcurrido diez minutos desde su partida cuando, súbitamente, se extiende el rumor -¿ha traído alguien la noticia desde Châlons o el instinto popular ha adivinado rectamente?- de que la familia real iba en aquel coche. Todos se alborotan y agitan; el comandante de dragones advierte al punto el peligro y quiere hacer que sus soldados salgan al galope para ir como escolta. Pero es ya demasiado tarde; la muchedumbre, exacerbada, se opone violentamente, y los dragones, caldeados por el vino, fraternizan con el pueblo y no obedecen ya. Algunos hombres resueltos hacen tocar a generala, y, mientras que todo anda revuelto en estrepitoso tumulto, un hombre aislado toma una trascendental resolución: el maestro de postas Drouet, buen jinete desde su servicio militar, manda que le ensillen un caballo, y a todo galope, acompañado por un cama rada, atravesando atajos, precede a la pesada carroza en su llegada a Varennes. A11í será posible realizar un minucioso interrogatorio de los sospechosos viajeros, y si realmente fuera el rey..., entonces, ¡ay de él y de su corona! Lo mismo que en otros millares de ocasiones, también esta vez la acción enérgica de un solo hombre enérgico modifica el curso de la Historia.

Mientras tanto, el gigantesco coche del rey va rodando por las revueltas del camino que desciende a Varennes. Veinticuatro horas de viaje bajo una cubierta abrasada por el sol, estrechamente oprimidos unos contra otros, han fatigado a los viajeros; los niños duermen desde hace rato, el Rey ha recogido cuidadosamente sus mapas, la reina va en silencio. Sólo falta una hora; una hora última y estarán bajo la protección de una segura escolta. Pero, nueva sorpresa: no hay ningún caballo en el convenido lugar para cambiar de tiro fuera de los muros de la ciudad de Varennes. En la oscuridad, van tanteando por todas partes, llaman a las ventanas y les responden airadas voces. Los dos oficiales que tenían la misión de esperar aquí -no debe elegirse a Fígaro como mensajero- han llegado a creer, por los embrollados discursos del peluquero Léonard, enviado por delante, que el rey no vendrá ya. Se han echado a dormir, y este sueño es tan funesto para el rey como aquel de La Fayette el 6 de octubre de 1789. Por tanto, ¡adelante con los fatigados caballos hasta dentro de Varennes! Acaso a11í se encontrará un tiro de recambio. Pero, segunda sorpresa: bajo el arco de la puerta de la ciudad surgen algunos jóvenes delante del postillón delantero y le ordenan: «¡Alto!». En un instante, ambos carruajes se ven rodeados y seguidos por una banda de mancebos. Drouet y su acompañante, que han llegado con diez minutos de anticipación, han ido a sacar de sus camas o de las tabernas a toda la juventud revolucionaria de Varennes. «¡Los pasaportes!», ordena alguien.

«Tenemos prisa, necesitamos llegar pronto», responde desde el coche una voz femenina.

Es la que pasa por madame Rochet, en realidad la reina, la única que conserva su energía en el peligroso momento. Pero de nada sirve la resistencia; tienen que seguir hasta la próxima posada, la cual ostenta como muestra: «Au grand monargue» -¡qué ironía de la Historia!»-, y a11í se encuentra ya el alcalde, abacero de profesión, que responde al sabroso nombre de «Sauce» y que quiere ver los pasaportes. El tenderillo, en el fondo devoto del rey y lleno de miedo de ir a caer en un enojoso asunto, examina rápidamente los pasaportes y dice: «¡Están en regla!». Él, por su parte, dejaría seguir viajando los coches con toda tranquilidad. Pero ese joven Drouet, que no quiere soltar presa, pega un puñetazo sobre la mesa y exclama: «Son el Rey y su familia, y si usted los deja pasar al extranjero, será usted reo de alta traición» . Tal amenaza penetra en un buen padre de familia hasta la médula de los huesos. Al mismo tiempo comienza a retumbar el rebato de las campanas tocadas por los camaradas de Drouet; se encienden luces en todas las ventanas, toda la ciudad está alarmada. En torno a los coches se congrega una muchedumbre cada vez más numerosa; no es posible pensar en proseguir el camino sin acudir a la violencia, pues los caballos de refresco no están aún enganchados. Para salir del apuro, pro pone el valiente alcalde -tendero que, como quiera que es demasiado tarde para continuar viaje, la señora baronesa de Korff y los suyos pasen la noche en su casa.

Hasta mañana temprano, piensa para sí astutamente, tiene que haberse aclarado todo, en un sentido o en otro, y estará libre de la responsabilidad que ha caído sobre él. No queda ningún recurso mejor que dilatar las cosas, y como los dragones no han de dejar de venir, acepta el rey la invitación. No pueden pasar más de dos o tres horas antes de que Choiseul o Bouillé se encuentren allí. De este modo, Luis XVI entra tranquilamente en la casa con su peluca postiza, y su primer acto regio es pedir una botella de vino y un pedacito de queso. «¿Es el rey? ¿Es la reina?», murmuran, inquietos y excitados, las viejecillas y los aldeanos que han acudido a11í.

Pues tan alejada se encuentra entonces una pequeña ciudad francesa de la grande a invisible corte, que ni uno sólo de todos estos súbditos ha visto jamás el semblante del Rey en otra forma que en las monedas, y tienen que enviar ex profeso un mensajero en busca de un noble, a fin de que pueda establecer finalmente si aquel viajero desconocido no es otra cosa, en realidad, sino el lacayo de una tal baronesa Korff o Luis XVI, el cristianísimo rey de Francia y de Navarra.

 

LA NOCHE EN VARENNES

En este 21 de junio de 1791, en el año treinta y seis de su vida y en el diecisiete de ser reina de Francia, penetra por primera vez María Antonieta en una burguesa casa francesa.

Es su única interrupción entre palacio y palacio y prisión y prisión.

Hay que pasar primero por la tienda del abacero, que huele a aceite rancio y corrompido, a embutido seco y a fuertes especias. Por una crujiente escalera, como de palomar, ascienden, uno tras otro, al primer piso, el rey, o más bien el desconocido señor de la peluca postiza, y aquella gouvernante de la supuesta baronesa de Korff; dos habitaciones, una sala y un dormitorio, bajas de techo, pobres y sucias. Delante de la puerta se colocan al instante, como guardia de un nuevo género, muy diferente de la deslumbrante escolta de Versalles, dos aldeanos con horcones en las manos. Los ocho: la reina, el rey, madame Elisabeth, ambos niños, el aya y las dos doncellas, se reúnen, sentados o de pie, en aquel reducido espacio. Los niños, muertos de fatiga, son acostados en una cama y se duermen al instante bajo la guardia de madame de Tourzel. La reina se ha sentado en una silla, echando el velo sobre su rostro; nadie debe poder alabarse de haber visto su cólera ni su amargura. Sólo el rey comienza al punto a instalarse como en su casa; se sienta tranquilamente a la mesa y corta con el cuchillo robustos trozos de queso.

Nadie habla palabra.

Por último, un ruido de herraduras suena en la calle, pero al mismo tiempo se escucha también un salvaje y continuo grito, brotado de centenares de pechos: « ¡Los húsares! ¡Los húsares!» . Choiseul, engañado también por falsas noticias, ha acabado por llegar; se abre paso con algunos sablazos y junta sus soldados alrededor de la casa. Los bravos húsares alemanes no entienden la arenga que les dirige, no saben de qué se trata; sólo han comprendido dos palabras alemanas: Der König und die Königin, «el rey y la reina».

Pero, en todo caso, obedecen, y cargan tan duramente sobre la muchedumbre que, por algunos momentos, el carruaje queda libre de sus cadenas humanas.

Con toda celeridad, el duque de Choiseul, retiñendo sus armas, asciende por la escalera y formula su proposición. Está dispuesto a proporcionar siete caballos. El rey, la reina y su acompañamiento deben montar en ellos y salir rápidamente de la población, en medio de sus tropas, antes de que se haya reunido la Guardia Nacional de los alrededores.

Después de dar su opinión, el oficial se inclina rígidamente diciendo: «Espero las órdenes de Vuestra Majestad».

Pero dar órdenes, tomar rápidas resoluciones, no fue nunca asunto propio de Luis XVI.

Discute largamente acerca de si Choiseul puede garantizarle que en este rompimiento de cerco no habrá una bala que pueda alcanzar a su mujer, a su hermana o a uno de sus hijos.

¿No sería más recomendable esperar hasta que también estuvieran reunidos los dragones diseminados por las otras posadas? Con esta discusión pasan los minutos, minutos preciosísimos. En las sillas de paja del cuartito sombrío está congregada la familia real; el antiguo régimen espera, vacila y delibera. Pero la Revolución, la gente joven, no espera.

De las aldeas, alarmadas por el rebato de las campanas, llegan las milicias; la Guardia Nacional se ha reunido por completo; han bajado de las fortificaciones el antiguo cañón, y las calles están cortadas por barricadas. Los soldados de caballería, diseminados desde hace veinticuatro horas sin razón alguna y que vagan en sus cabalgaduras, aceptan gustosos el vino que les ofrecen y fraternizan con la población. A cada paso, las calles se llenan más de gente. Como si el presentimiento colectivo de hallarse en una hora decisiva penetrara hasta to más profundo en el inconsciente de la muchedumbre, se alzan de su sueño, en todas las cercanías, los aldeanos, los lugareños, los pastores y los obreros, y marchan sobre Varennes; ancianas caducas cogen por curiosidad sus bastones, para, una vez siquiera, ir a ver al rey, y ahora que el rey tiene que darse a conocer públicamente, están todos decididos a no dejarle salir de los muros de la ciudad. Resulta vana toda tentativa para enganchar nuevos caballos al coche. «¡A París o disparamos y lo matamos dentro de su coche!», mugen salvajes voces dirigiéndose al postillón, y, en medio de este tumulto, resuena otra vez la campana tocando a rebato. Nueva alarma en medio de esta dramática noche: ha llegado un coche por el camino de París: dos comisarios de los que la Asamblea Nacional ha enviado al azar en todas direcciones para detener al rey han encontrado dichosamente sus huellas. Ilimitados clamores de júbilo acogen ahora a los mensajeros del poder público. Varennes se siente libre de la responsabilidad; ya no necesitan ahora los panaderos, zapateros, sastres y carniceros de esta pobre y pequeña ciudad decidir el destino del mundo: aquí están los emisarios de la Asamblea Nacional, única autoridad que el pueblo reconoce como suya. En triunfo son llevados ambos comisarios hasta la casa del valiente tendero Sauce, y, por la escalera arriba, junto al rey.

Mientras tanto, la espantosa noche ha ido terminando poco a poco y son ya las seis y media de la mañana. De los dos delegados, hay uno, Romeuf, que está pálido, azorado y parece poco satisfecho de su comisión. Como ayudante de La Fayette, ha prestado servicio de vigilancia en las Tullerías, en las habitaciones de la reina. María Antonieta, que siempre trató a todos sus subordinados con su natural bondad y cordialidad, se hallaba animada de buenos sentimientos hacia él, y con frecuencia tanto ella como el rey le han hablado de un modo casi amistoso; en lo más profundo de su corazón, este ayudante de La Fayette tiene un solo deseo: salvar a ambos. Pero la fatalidad, que trabaja invisiblemente en contra del rey, ha querido que, en su misión, le haya sido dado por compañero a un hombre muy ambicioso y plenamente revolucionario llamado Bayon.

Secretamente, ha procurado Romeuf, apenas han encontrado rastro del rey, retrasar su viaje para dejar que el monarca tomara la delantera, pero Bayon, despiadado vigilante, no le deja descansar ni un momento, y de este modo se encuentra ahora, avergonzado y temeroso, delante de la reina y le tiende el fatal decreto de la Asamblea Nacional que ordena la detención de la familia real. María Antonieta no puede dominar su sorpresa: «¿Cómo? ¿Es usted, señor? ¡Jamás lo hubiera pensado!». En su aturdimiento, balbucea Romeuf que todo París está alborotado y que el interés del Estado exige que regrese el rey. La reina se impacienta y le vuelve la espalda; detrás de la confusa charla no ve más que maldad. Por fin el rey pide el decreto y lee que sus derechos están suprimidos por la Asamblea Nacional y que todo emisario que encuentre a la real familia tiene que tomar todas las medidas necesarias para impedir la prosecución del viaje. Las palabras «fuga», «detención» y « aprisionamiento» es cierto que están evitadas con toda habilidad. Pero, por primera vez, con este decreto, la Asamblea Nacional declara que el rey no es libre, sino que está sometido a su voluntad. Hasta Luis el Lento percibe esta transformación de trascendencia histórica.

Pero no se defiende. «Ya no hay rey en Francia», dice con su voz adormecida, como si la cosa apenas le importara, y distraídamente deposita el decreto sobre la cama en que duermen los agotados niños. Pero entonces, de pronto, se levanta María Antonieta.

Cuando es herido su orgullo y ve su honor amenazado, se manifiesta siempre en esta mujer, que ha sido insignificante en lo insignificante, y vana en todo to vano, una súbita dignidad. Arruga violentamente el decreto de la Asamblea Nacional, que se permite disponer de su persona y de su familia, y lo arroja despreciativa contra el suelo: «No quiero que este papel manche a mis hijos».

Se apodera un escalofrío de aquellos insignificantes funcionarios ante tamaña provocación. Para evitar una escena, Choiseul recoge el papel rápidamente. Todos, en la habitación, se sienten igualmente sobrecogidos: el rey, por la audacia de su mujer; ambos comisarios, por su penosa situación; para todos es un momento de perplejidad. Pero entonces el rey formula una proposición aparentemente de desistimiento, pero llena, en realidad, de astucia. Sólo que lo dejen descansar aquí dos o tres horas más y después se volverá a París. Ellos mismos pueden ver lo cansados que están los niños; después de días y noches tan espantosos. se necesita un poco de reposo. Romeuf comprende al instante lo que el rey quiere. Dentro de dos horas estará aquí toda la caballería de Bouillé y, tras ella, su infantería y los cañones. Como, en su interior, desea salvar al rey, no opone ninguna objeción; en resumidas cuentas, su comisión no contiene otra orden que la de suspender el viaje. Esto está ya hecho. Pero el otro comisario, Bayon, advierte rápidamente de lo que se trata y decide responder a la astucia con la astucia. Accede en apariencia, desciende como sin ánimos la escalera y, al ser rodeado por la excitada muchedumbre que le pregunta lo que está resuelto, suspira hipócritamente: «¡Ay!, no quieren partir..

Bouillé está ya cerca y esperan por él». Estas pocas palabras derraman aceite sobre un fuego que arroja ya llamas. ¡No puede ser! ¡No se dejarán engañar más! «¡A Paris! ¡A París!» Las ventanas vibran con el estrépito; desesperadas, las autoridades municipales, y antes que nadie el desgraciado tendero Sauce, insisten para que el rey se vaya, pues no pueden responder ya de su seguridad. Los húsares están aprisionados en medio de la masa, sin poder moverse, o se han puesto del bando popular; el coche es arrastrado en triunfo por delante de la puerta y enganchado para impedir toda vacilación. Y ahora comienza un humillante juego, pues sólo se trata de retrasar un cuarto de hora más la partida. Los húsares de Bouillé tienen que estar muy cerca, cada minuto que se gane puede salvar la monarquía, por tanto, hay que acudir a todos los medios, hasta lo más indignos, para dilatar la marcha hacia París. Hasta la misma Maria Antonieta tiene que bajar la cabeza a implorar por primera vez en su vida. Se dirige a la esposa del tendero y le suplica que los ayude. Pero esta pobre mujer teme por su marido. Con lágrimas en los ojos, se queja de que es espantoso para ella tener que negar el derecho de hospitalidad en su casa a un rey y a una reina de Francia, pero ella misma tiene hijos y su marido lo pagaría con su vida -adivinó rectamente la pobre mujer, pues al desgraciado tendero le costó la cabeza haber ayudado al rey, en aquella noche, a quemar algunos papeles secretos-. Una y otra vez retrasan el rey y la reina la partida con los más desdichados pretextos, pero el tiempo corre rápidamente y los húsares de Bouillé no se presentan. Ya está todo dispuesto. y entonces declara Luis XVI -¡qué abajo tiene que haber caído el rey para representar semejante comedia!- que, antes de partir, desea comer alguna cosa.

¿Puede negársele a un rey una humilde comida? No, pero se precipitan a traérsela, para no provocar ninguna nueva dilación. Luis XVI mastica un par de bocados; Maria Antonieta rechaza despreciativamente el plato. Ahora no queda ya ninguna excusa. Pero se produce un nuevo y último incidente: ya está en la puerta de la habitación de la familia, cuando una de las camareras, madame Neuveville, cae al suelo con una convulsión simulada. Al instante declara imperativamente Maria Antonieta que no abandonará a su camarera. No partirá antes de que vayan por un médico. Pero también el médico -todo Varennes está levantado - llega antes que las fuerzas de Bouillé. Administra a la simuladora algunas gotas de un calmante; ya no es posible llevar más adelante la triste comedia. El rey suspira y desciende el primero por la estrecha escalera.

Mordiéndose los labios, del brazo del duque de Choiseul, le sigue María Antonieta.

Adivina lo que les espera en este viaje de regreso. Pero, en medio de sus preocupaciones por los que la acompañan, piensa todavía en el amigo; su primera palabra a la llegada de Choiseul había sido: «¿Cree usted que se habrá salvado Fersen?». Con un hombre verdadero a su lado seria tolerable este infernal viaje; mas es difícil conservarse fuertes en medio de gentes débiles y sin ánimos.

La familia real monta en el carruaje. Todavía confía en Bouillé y sus húsares. Pero nada. Sólo el amenazador estrépito de la masa. Por fin se pone en movimiento la gran carroza. Seis mil hombres la rodean; todo Varennes marcha con su presa, y el miedo y el furor se disuelven en clamores de triunfo. Zumbando a su alrededor los cánticos de la Revolución, cercado por el ejército proletario, el desdichado navío de la monarquía arranca del escollo donde había encallado.

Pero sólo veinte minutos después, cuando aún se alzan como columnas, por el cálido cielo, detrás de Varennes, las nubes de polvo de la carretera, penetran a todo galope por el otro extremo de la población varios escuadrones de caballería.

¡Por fin están ahí los húsares de Bouillé tan vanamente anhelados! Con media hora más que hubiera resistido el monarca, lo habrían llevado en medio de su ejército, mientras que, llenos de consternación, se habrían retirado a sus casas los que ahora lanzaban voces de júbilo. Pero cuando Bouillé oye decir que el rey se ha entregado cobardemente, se retira con sus tropas. ¿Para qué un inútil derramamiento de sangre? También él sabe que el destino de la monarquía está decidido por la debilidad del soberano; que Luis XVI no es ya rey, ni María Antonieta reina de Francia.

 

REGRESO

Una nave navega más de prisa con mar tranquilo que en medio de una tempestad. En el viaje de París a Varennes había empleado veinte horas la carroza; el regreso durará tres días. Gota a gota y hasta las heces, tienen que beber el rey y la reina el amargo cáliz de la humillación. Agotados, después de dos noches sin sueño; sin poder cambiar de ropa -la camisa del rey está tan sucia de sudor que tiene que tomar otra prestada de un soldado--, van los seis apretujados en el horno abrasador del coche. Despiadadamente, el alto sol de junio cae a plomo sobre el techo, ya abrasador, de la carroza; el aire sabe a polvo ardiente; mofándose rencorosamente, una escolta de pueblo, siempre creciente, rodea el triste regreso de los vencidos. Aquellas seis horas de viaje de Versalles a París fueron paradisíacas al lado de éstas. Palabras groseras, groserísimas, resuenan dentro del coche; cada cual quiere regocijarse con la vergüenza de los forzados al regreso. Por tanto, es mejor cerrar las ventanas y abotagarse de calor y morirse de sed en el hirviente vaho de aquella caldera ambulante que dejarse herir por la befa de las miradas y ofender por las injurias. Los semblantes de los desgraciados viajeros están ya cubiertos de polvillo gris, como harina; los ojos, inflamados de la vigilia y el polvo; pero no se permite que conserven permanentemente bajas las cortinillas, porque en cada parada cualquier alcaldillo se siente obligado a pronunciar ante el rey una adoctrinante arenga y cada vez tiene que asegurar éste que su intención no había sido abandonar Francia. En tales momentos, la reina, entre todos ellos, es la que conserva mejor su dignidad. Cuando, en una parada, les traen por fin algo de comer y bajan ellos las cortinillas para calmar su hambre, alborota fuera el pueblo y exige que se vuelvan a subir. Ya quiere ceder madame Elisabeth, cuando la reina dice que no enérgicamente. Deja con toda tranquilidad que la gente arme estrépito, y sólo al cabo de un cuarto de hora, cuando ya no tiene trazas de obedecer aquella orden. levanta ella misma las cortinillas, arroja fuera los huesos de gallina y dice con firmeza: «¡Hay que guardar la dignidad hasta el final!».

Por fin, una sombra de esperanza: descanso nocturno en Châions. Aguardan allí todos los ciudadanos detrás de un arco de triunfo de piedra, el cual -¡ironía de la historia!- es el mismo que hace veintiún años fue erigido en honor de María Antonieta cuando pasó por allí, en un coche de gala encristala do, aclamada por el pueblo, viniendo de Austria al encuentro de su futuro esposo. Sobre el friso de piedra está grabada esta inscripción: «Perstet oeterna ut amor», «Persista eterno como el amor». Pero el amor es más transitorio que el buen mármol y la piedra tallada. Como un sueño le parece ahora a María Antonieta que cierta vez, bajo este mismo arco, haya recibido a la nobleza vestida de gala, que las calles hayan estado sembradas de luces y llenas de gente y que de las fuentes haya manado vino en honor suyo. Ahora sólo la espera una fría cortesía, compasiva en el mejor de los casos, pero que siempre hace bien después de tanto descarado, ruidoso a inoportuno odio. Pueden dormir, mudarse de ropa; pero a la siguiente mañana el enemigo sol abrasa de nuevo y tienen que proseguir el camino de su martirio. Cuanto más se acercan a París, tanto más se muestra hostil la población; suplica el rey que le den una esponja mojada para quitarse del rostro el polvo y la suciedad, y un empleado le responde con escarnio: « Eso es lo que se saca viajando». Vuelve a subir la reina al estribo de la carroza después de breve descanso, cuando detrás de ella oye silbar, como serpiente, una voz femenina: «¡Vamos, pequeña; más negras las pasarás aún!». Un noble que la saluda es arrancado de su caballo y asesinado a tiros y cuchilladas. Sólo ahora comprenden el rey y la reina que no es únicamente París el que ha caído en el «error» de la Revolución, sino que en todos los campos de su reino ha brotado en fertilísima floración la nueva simiente; pero acaso no conservan ya fuerzas para sentir todo esto; poco a poco, la fatiga los va haciendo plenamente insensibles. En su agotamiento, permanecen en el coche, indiferentes ya a lo que les reserva el destino, cuando, por fin, en el último momento, llegan correos a caballo que anuncian que tres miembros de la Asamblea Nacional salen a su encuentro para proteger el viaje de la familia real. La vida está salvada, pero nada más.

El carruaje se detiene en medio del camino real: los tres delegados: Maubourg, un realista; Barnave, abogado burgués, y Pétion, el jacobino, vienen a su encuentro. La reina abre personalmente la portezuela: «¡Ah, señores! dice excitada, tendiéndoles a los tres rápidamente la mano-. Procuren que ninguna desgracia les ocurra a las gentes que nos han acompañado; que no sean sacrificados, sino que sea respetada su vida». Su tacto infalible en los grandes momentos, le ha hecho encontrar inmediatamente las debidas palabras: una reina no debe pedir protección para sí misma, sino sólo para aquellos que la han servido con fidelidad.

La enérgica altivez de la reina desarma desde el principio la actitud protectora de los delegados; hasta el mismo Pétion, el jacobino, tiene que confesar de mala gana, en sus notas, que estas palabras, dichas con toda vivacidad, hicieron en él fuerte impresión. Al punto ordena a los alborotados que guarden silencio y dice al rey que sería mejor que dos de los delegados de la Asamblea Nacional tomaran asiento en el carruaje, para proteger con su presencia a la familia real de todo incidente de camino. Madame de Tourzel y madame Elisabeth montarían, por tanto, en el otro coche. Pero el rey replica que es también posible estrecharse un poco para hacerles sitio. Rápidamente se establece la siguiente distribución de puestos: Barnave se sienta entre el rey y la reina, la cual coge en su regazo al delfín. Pétion se coloca entre madame de Tourzel y madame Elisabeth, para lo cual madame de Tourzel sostiene a la princesa en sus rodillas. Ocho personas en lugar de seis, pierna contra pierna, estrechamente oprimidos; van ahora sentados, en un solo carruaje, los representantes de la monarquía y los del pueblo, y bien puede decirse que nunca estuvieron tan cerca unos de otros, los miembros de la familia real y los diputados de la Asamblea Nacional, como en aquellas horas.

Lo que ocurre después en este coche es tan inesperado como natural. Al principio hay una tensión hostil entre ambos polos, entre los cinco miembros de la familia real y los dos representantes de la Asamblea Nacional, entre los presos y sus carceleros. Ambos partidos están firmemente resueltos a conservar rígidamente su autoridad. María Antonieta, justamente por estar protegida por estos rebeldes y entregada a su merced, aparta, con obstinación, de ambos sus miradas y no despliega los labios: no deben imaginarse que la reina solicita su favor. Por su parte, los delegados no quieren a ningún precio dejar que se confunda la cortesía con el rendimiento: en este viaje hay que darle al rey la lección de que los miembros de la Asamblea Nacional, como hombres libres a incorruptibles que son, llevan de otro modo alta la frente que sus rastreros cortesanos. Por tanto, ¡distancia, distancia, distancia! En esta situación de ánimo, Pétion, el jacobino, llega hasta realizar un franco ataque.

Ya desde el principio, como a la más orgullosa, quiere administrarle una leccioncilla a la reina para desconcertarla. Declara que está muy bien enterado de que la familia real montó en las proximidades del palacio en un vulgar fiacre, guiado por un sueco llamado..., un sueco llamado... Entonces se detiene Pétion como si no fuera capaz de recordarlo, y pregunta a la reina el nombre del sueco. Es un golpe de puñal envenenado el que asesta a la reina al preguntarle, en presencia del rey, el nombre de su amante. Pero María Antonieta para enérgicamente el ataque: «No suelo preocuparme por el nombre de los cocheros de punto» . Las hostilidades y la tensión crecen en malignidad en el estrecho recinto después de esta escaramuza.

Entonces, un pequeño incidente amortigua la penosa situación. El principito se ha bajado del regazo de su madre. Ambos desconocidos dan mucho que hacer a su curiosidad. Con sus chiquitines dedos coge un botón de cobre del traje de gala de Barnave y deletrea trabajosamente su inscripción: «Vivre libre ou mourir». Divierte mucho naturalmente, a ambos comisarios el que el futuro rey de Francia aprenda precisamente de este modo el pensamiento fundamental de la Revolución. Poco a poco se traba conversación. Y entonces ocurre lo extraordinario: Pétion, nuevo Balaam, que había salido para maldecir, tiene que bendecir finalmente. Ambos partidos empiezan a encontrarse, uno a otro, mucho más atractivos de lo que podían haber sospechado desde lejos.

Pétion, pequeño burgués y jacobino; Bamave, joven abogado de provincias, se habían imaginado a los «tiranos» en su vida privada como inabordables, hinchados, soberbios, tontos a insolentes, pensando que las nubes de incienso de la corte ahogaban en ellos toda humanidad. Pero ahora el jacobino y el revolucionario burgués se quedan por completo sorprendidos al observar la naturalidad de formas de trato que impera en la familia real.

Hasta Pétion, que pretendía hacer de Catón, tiene que confesarlo: «Advertí un aire de sencillez y familiaridad que me agradaron; no había nada de representación real, existía una naturalidad y bonhomie familiares: la reina llamaba "hermanita" a madame Elisabeth; madame Elisabeth le respondía en el mismo tono. Madame Elisabeth le llamaba "hermano" al rey, y la reina hacía danzar al príncipe sobre sus rodillas. "Madame", aunque muy reservada, jugaba con su hermano; el rey contemplaba todo esto con aire bastante satisfecho, aunque poco conmovido y poco sensible». Ambos revolucionarios miran con asombro como los niños reales juegan exactamente como los suyos propios en sus casas; llega a herirlos penosamente el ver que ellos mismos están vestidos de modo mucho más elegante que el soberano de Francia, el cual hasta lleva sucia la ropa blanca.

Cada vez se va haciendo más floja la hostilidad del principio. Cuando el rey bebe, le ofrece cortésmente a Pétion su propio vaso, y llega a parecerle al deslumbrado jacobino un acontecimiento de especie sobrenatural el que el rey de Francia y de Navarra, como quiera que su hijo el delfín manifieste deseos de una pequeña necesidad, desabroche el pantaloncito con sus propias manos augustas y mientras dura la operación sostenga el recipiente de plata. Estos «tiranos», reconoce sorprendido el furibundo revolucionario, son realmente unas criaturas humanas exactamente lo mismo que ellos. Igual sorpresa experimenta la reina. ¡Son realmente gente muy amable y cortés estos malvados, estos monstres de la Asamblea Nacional! Nada sanguinarios ni mal educados, y, sobre todo, nada tontos; muy al contrario, se charla con ellos mucho más discretamente que con el conde de Artois y sus compinches. Aún no hace tres horas que viajan juntos en el coche, cuando ambos partidos, que querían imponerse uno a otro por la dureza y la soberbia -transformación asombrosa y, sin embargo, profundamente humana-, comienzan a procurar seducirse mutuamente. La reina pone sobre el tapete problemas políticos para probar a los revolucionarios que, en su círculo, no son tan estrechos de cerebro ni de mala voluntad como piensa el pueblo, descarriado por los malos periódicos. Por su parte, ambos diputados se esfuerzan en hacer comprensible para la reina que no debe confundir los propósitos de la Asamblea Nacional con las incultas vociferaciones del señor Marat; y cuando la conversación llega al tema de la república, hasta el mismo Pétion dulcifica prudentemente sus conceptos. Pronto se manifiesta -antiquísima experiencia- que el aire de la corte perturbaba aun a los más enérgicos revolucionarios, y hasta qué grado de locura la proximidad de la majestad hereditaria puede conducir a un hombre vanidoso, apenas puede testimoniarse de modo más divertido que por las descripciones de Pétion.

Al cabo de tres angustiosas noches, de tres mortales días de caluroso viaje en un incómodo carruaje; al cabo de tantas impresiones y humillaciones, es natural que las mujeres y los niños estén espantosamente fatigados. Involuntariamente, se apoya madame Elisabeth, al adormecerse, en su vecino Pétion. A éste se le arrebata al instante la vana sesera hasta la locura de pensar que ha hecho una galante conquista, y por ello escribe en su informe aquellas palabras que durante siglos cubrieron de ridículo al pobre hombre, embriagado por el aire de la corte: «Madame Elisabeth me miraba con ojos enternecidos y con ese aire de languidez que produce la desgracia y que inspira un interés bastante vivo. Nuestros ojos se encontraban a veces en una especie de acuerdo y atracción; cerraba la no che, comenzaba la luna a esparcir su dulce claridad. Madame Elisabeth cogió sobre sus rodillas a la princesa y la colocó en seguida medio sobre su rodilla y medio sobre la mía... La niña se durmió; extendí mi brazo; madame Elisabeth extendió el suyo sobre el mío. Nuestros brazos estaban enlazados. El mío quedaba bajo su axila. Sentí sus precipitados movimientos, un calor que atravesaba sus vestidos; las miradas de madame Elisabeth me parecían más conmovedoras. Advertí cierto abandono en su posición, sus ojos estaban húmedos, la melancolía se mezclaba con una especie de voluptuosidad.

Puedo engañarme; fácilmente pueden confundirse las muestras de sensibilidad de la desgracia con la sensibilidad del placer; pero pienso que si hubiéramos estado solos; si, como por encanto, hubiese desaparecido todo el mundo, se habría dejado caer en mis brazos, abandonándose a los impulsos de la naturaleza».

Mucho más serio que esta risible fantasía erótica del «bello Pétion» es el efecto del peligroso encanto de la Majestad en su acompañante Barnave. Muy joven, como abogado recién fabricado, venido a Paris desde su ciudad de provincias, este revolucionario idealista se siente del todo deslumbrado cuando una reina, la reina de Francia, se hace explicar modestamente por él los pensamientos fundamentales de la Revolución, las ideas de sus compañeros de club. ¡Qué ocasión, piensa involuntariamente este marqués de Posa, de infundir en la soberana respeto y consideración hacia los sacrosantos principios fundamentales, conquistarla acaso para las ideas constitucionales! El ardiente y joven abogado habla escuchándose, y ve jamás lo hubiera creído- que esta mujer, a quien se juzga superficial (¡sabe Dios cómo ha sido calumniada!), oye, llena de interés y comprensión, y que son totalmente razonables sus objeciones. Con su austriaca amabilidad, con su aparente y solícita adhesión a las sugestiones de su interlocutor, atrae María Antonieta al ingenuo y crédulo mancebo por completo hacia su bando. «¡Qué injustamente ha sido tratada esta noble mujer, cuán sin razón le han hecho daño! -piensa con sorpresa el diputado-. La reina no desea más que lo mejor, y si hubiese alguien que se lo indicara rectamente, todo podría ir por el mejor camino en Francia.» María Antonieta no le deja en duda alguna de que busca en realidad tal consejero, y también de que le estaría agradecida si en lo futuro quisiera guiar su inexperiencia con las debidas luces.

«¡Sí -se dice-, ésa será en adelante mi misión: dar a conocer a esta mujer, tan sorprendentemente inteligente, los verdaderos deseos del pueblo, y convencer al mismo tiempo a la Asamblea Nacional de la pureza de las disposiciones democráticas de la reina!» En las largas conversaciones en el palacio arzobispal de Meaux, donde se detiene a descansar, hasta tal punto sabe envolver María Antonieta a Barnave en sus redes de amabilidad, que éste se pone a sus órdenes para cualquier servicio; de este modo, la reina -nadie hubiera podido sospechar tal desenlace- aporta secretamente de su viaje a Varennes una increíble victoria política. Y mientras los otros no hacen más que sudar, comer y fatigarse y tienen que hacer promesas, alcanza ella, en este coche carcelario, un último triunfo para la causa monárquica.

El tercero y último día de viaje es el más espantoso. También el cielo de Francia se muestra a favor de la nación y contra el soberano. Sin compasión, desde la mañana hasta la noche, el sol lanza sus rayos sobre el horno con cuatro ruedas que es la carroza, densamente envuelta en polvo y con exceso cargada de gente; ni una sola nube pone transitoriamente, con fresca mano, un minuto de sombra sobre la abrasada cubierta del coche. Por fin, el cortejo se detiene ante la puerta de París, pero como los cientos de miles de personas que quieren ver al rey transportado como un condenado a galeras tienen que lograr su objeto, el rey y la reina no deben ser llevados directa mente por la puerta de Saint-Denis a su palacio, sino que se les impone un gigantesco rodeo por los interminables bulevares. En todo el trayecto no se alza ni un solo grito en honor suyo ni tampoco ninguna palabra injuriosa, pues unos carteles han condenado al desprecio público a quien salude al rey y amenaza con una tanda de palos a quien insulte al prisionero de la nación. Sin embargo, resuenan aclamaciones sin término en torno al coche que viene detrás del regio: se muestra allí vanidosamente el hombre único a quien debe el pueblo este triunfo, Drouet, el maestro de postas, el osado cazador que con astucia y energía ha abatido la presa real.

El último momento de este viaje es el más peligroso, los dos metros que separan el carruaje de la puerta de palacio. Allí, la familia real está protegida por los diputados, pero la furia popular, que quiere, absolutamente, tener una víctima, se precipita sobre los tres inocentes guardias de corps que ayudaron a «raptar» al Rey. Han sido arrancados ya de su asiento; durante un momento parece como si la reina tuviera que ver otra vez unas sangrientas cabezas balanceándose en lo alto de unas picas, a la entrada de su palacio; pero entonces la Guardia Nacional se arroja en medio y con sus bayonetas deja libre la puerta. Sólo ahora es abierta la portezuela del horno; sucio, sudoroso y fatigado, desciende el rey, en primer lugar, del carruaje, con su pesado paso; detrás de él, la reina.

Al instante se alza un peligroso murmullo contra la «austriaca», pero con rápido paso ha atravesado ella el pequeño trecho entre el carruaje y la puerta, seguida de los niños: ha terminado el cruel viaje.

Dentro esperan los lacayos solemnemente alineados; exactamente como siempre es servida la mesa, conservando el orden jerárquico; los que regresan pueden creer que todo ha sido un sueño. Pero, en realidad, estos cinco días han arruinado más los cimientos de la monarquía que cinco años de reformas, pues los prisioneros no son ya soberanos. Una vez más, el rey ha descendido un peldaño; una vez más, la Revolución lo ha subido.

Pero a aquel hombre fatigado no parece conmoverle mucho tal cosa. Indiferente a todo, también es indiferente hacia su propio destino. Con su letra no alterada por nada, no anota en su diario más que lo que sigue: « Salida de Meaux a las seis y media. Llegada a París a las ocho, sin parada alguna» . Eso es todo lo que un Luis XVI tiene que decir sobre la más profunda vergüenza de su vida. Y Pétion informa igualmente: «Estaba tan tranquilo como si no hubiese ocurrido nada. Podría creerse que el rey regresaba de una partida de caza».

No obstante, María Antonieta sabe, por su parte, que todo está perdido. Todo el tormento de este inútil viaje tiene que haber sido una sacudida casi mortal para su orgullo. Pero, verdadera mujer y verdadera amante, con todo el rendimiento de una última pasión tardía a irrevocable, piensa únicamente, en medio de este infierno, en aquel que le ha sido arrebatado; teme que Fersen, el amigo, se inquiete demasiado por ella.

Amenazada por los más espantosos peligros, lo que más la intranquiliza, en sus cuitas, es la pena y la inquietud que sentirá él. «Esté usted tranquilo en cuanto a nosotros - le escribe rápidamente en una hoja de papel-; vivimos.» Y a la mañana siguiente, aún con mayor insistencia y más llena de amor (los pasajes realmente íntimos han sido destruidos por el descendiente de Fersen, pero, sin embargo, se percibe el aliento de ternura en la vibración de las palabras): «Existo..., pero he estado muy inquieta por usted y le compadezco por todo lo que sufre al no tener noticias nuestras. ¿Permitirá el cielo que lleguen a sus manos estas líneas? No me escriba, porque sería exponernos a un peligro, y sobre todo, no vuelva por aquí bajo ningún pretexto. Se sabe que ha sido usted quien nos sacó de aquí, y todo estaría perdido si usted apareciera. Estamos con guardias a la vista noche y día, pero me es igual... Esté usted tranquilo; no sucederá nada. La Asamblea quiere tratamos con dulzura. Adiós... Ya no podré volver a escribirle».

Y, sin embargo, no puede soportar, justamente ahora, el permanecer sin una palabra de Fersen. Y otra vez, al día siguiente, vuelve a escribirle la carta más tierna y más ardiente, solicitando noticias, palabras tranquilizadoras, amor: « Puedo decirle que le quiero, y sólo tengo tiempo para eso. Me encuentro bien. No esté usted inquieto por mí. Querría saber lo mismo de usted. Escríbame una carta cifrada..., haga que ponga la dirección su ayuda de cámara. Dígame a quién debo dirigir las que yo pueda escribirle, porque yo no puedo vivir sin eso. Adiós, el más amante y más amado de todos los hombres. Le abrazo con todo mi corazón».

«Ya no puedo vivir sin eso»; jamás ha sido oído tal grito de pasión de labios de la reina.

Pero ¡qué poco reina ya, hasta qué punto le ha sido quitado el poder de otro tiempo! Sólo le queda, a la mujer, lo que nadie puede arrebatarle: su amor. Y este sentimiento le da fuerzas para defender su vida con grandeza y energía.

 

EL UNO ENGAÑA AL OTRO

La fuga de Varennes abre un nuevo período en la historia de la Revolución: ese día nace un nuevo partido, el republicano. Hasta entonces, hasta el 21 de junio de 1791, la Asamblea Nacional había sido unánimemente realista, como compuesta exclusivamente de nobles y burgueses; pero ya para las próximas elecciones se agita detrás del tercer Estado, el burgués, un cuarto Estado, el proletariado; la gran masa, tormentosa y elemental, de la cual la burguesía se espanta en la misma forma que el rey se había espantado de la burguesía. Llena de miedo y con tardíos remordimientos, toda la dilatada clase de los poseedores reconoce qué poderes primitivos y demoníacos ha desencadenado, y por tanto rápidamente, por medio de una Constitución, querría limitar, unos frente a otros, los poderes del rey y los del pueblo. Para conseguir que Luis XVI apruebe tal proyecto es indispensable tratar bien, personalmente, al monarca; para ello, los partidos moderados acuerdan que no se le haga al rey ningún reproche por su fuga a Varennes; no abandonó París voluntariamente, no por su propia voluntad, declaran hipócritamente, sino que ha sido « raptado». Y cuando los jacobinos, por el contrario, organizan en el Campo de Marte una manifestación para pedir la destitución del soberano, los jefes de la burguesía, Bailly y La Fayette, hacen, por primera vez, que sea disuelta enérgicamente la muchedumbre por medio de la caballería y con salvas de fusilería. Pero la reina -estrechamente vigilada en su propia morada desde la huida a Varennes: no le es ya permitido cerrar con llave sus puertas y la Guardia Nacional observa cada uno de sus pasos- no se engaña durante mucho tiempo sobre el auténtico valor de tales tardíos intentos de salvación. Con demasiada frecuencia oye ante sus ventanas, en lugar del antiguo grito de « ¡Viva el rey!», el nuevo de « ¡Viva la república!». Y sabe que esta república sólo puede surgir habiendo antes perecido ella, su marido y sus hijos.

La verdadera fatalidad de la noche de Varennes -también esto no tarda en reconocerlo la reina- no consistió tanto en el fracaso de su propia fuga como en el éxito de la emprendida, al mismo tiempo, por el hermano nacido después de Luis, el conde de Provenza. Apenas llegado a Bruselas, se sacude la subordinación fraternal, tanto tiempo y tan trabajosamente soportada; se declara regente del reino como representante legítimo de la monarquía, mientras el auténtico rey Luis XVI está prisionero en París, y hace en secreto todo lo imaginable para alargar este plazo cuanto sea posible. «Del modo más inconveniente, se ha manifestado aquí la alegría por haber sido hecho prisionero el rey -informa Fersen desde Bruselas-; el conde de Artois estaba literalmente radiante.» Por fin ahora montan en la silla los que tanto tiempo tuvieron que cabalgar humildemente a la zaga de su hermano; ahora pueden hacer retiñir el sable y lanzar sin ninguna consideración desafíos guerreros; si con este motivo perecen Luis XVI, María Antonieta y probablemente Luis XVII, tanto mejor para ellos, pues de este modo habrán ascendido de un solo salto dos de las gradas del trono, y finalmente, Monsieur el conde de Provenza podrá llamarse Luis XVIII. De este modo totalmente misterioso, adoptan también los príncipes extranjeros la concepción de que es indiferente, para la idea monárquica, cuál sea el Luis que se siente en el trono de Francia; lo esencial es que se ponga un obstáculo en Europa a la difusión del veneno republicano, que sea ahogada en germen la «epidemia francesa». Con espantosa sangre fría escribe Gustavo III de Suecia: «Por grande que sea el interés que tomo por el destino de la familia real, pesa más en la balanza la dificultad de la situación general del equilibrio europeo, los intereses especiales de Suecia y la causa general de los soberanos. Todo depende de que se pueda restablecer la monarquía en Francia, y debe sernos indiferente el que sea Luis XVI, Luis XVII o Carlos X quien ocupe el trono, con tal que el trono mismo sea restaurado y destrozado el monstruo de la Manège (la Asamblea Nacional)» . Más clara y cínicamente no puede ser dicho. Para los monarcas no hay más que «la causa de los monarcas», es decir, su propio poder no aminorado, «y debe ser indiferente», como dice Gustavo III, qué Luis ocupe el trono francés. En efecto, les es y sigue siéndoles indiferente. Y esta indiferencia les cuesta la vida a María Antonieta y a Luis XVI Contra este doble peligro interior y exterior, contra el republicanismo del país y los impulsos guerreros de los príncipes en la frontera, debe combatir ahora, al mismo tiempo, María Antonieta: tarea sobrehumana y plenamente insoluble para una mujer solo, débil, aislada y abandonada por todos sus amigos. Sería menester un genio, al mismo tiempo Ulises y Aquiles, astuto y osado; un nuevo Mirabeau; pero, en esta gran necesidad, sólo encuentra al alcance de la mano pequeños auxiliares, y a ellos se dirige la reina. Al regreso de Varennes, María Antonieta ha reconocido, con su rápida mirada, lo fácilmente que el abogadillo provincial Barnave, cuya palabra hace gran papel en la Asamblea, se deja prender por aduladoras palabras tan pronto como habla una reina; decide utilizar ahora esta debilidad.

Por ello, se dirige directamente a Barnave, en una carta secreta, y le dice que «desde su regreso de Varennes ha reflexionado mucho sobre la inteligencia y el talento de aquel con quien ha hablado tanto, y que ha comprendido todo el provecho que podría obtener continuando con él una especie de conversación por escrito». Puede él contar con su discreción, lo mismo que con su carácter, el cual, cuando se trata del bien general, está siempre dispuesto a someterse a lo que sea necesario. Después de esta introducción, se explica más claramente: «No se puede continuar tal como estamos; es cierto que es preciso hacer algo. Pero ¿qué? Lo ignoro. Es a él a quien me dirijo para saberlo. Debe haber visto en nuestras mismas discusiones cuánta era mi buena fe. Así to será siempre.

Es el único bien que nos queda y que no podrán quitarme jamás. Creo que existe en él el deseo del bien; nosotros también lo tenemos y, dígase lo que se diga, lo hemos tenido siempre. Pónganos él en situación de que lo ejecutemos todos juntos; que encuentre medio para comunicarme sus ideas; responderé con franqueza sobre todo lo que yo podría hacer. Nada será gravoso para mí si veo realmente en ello el bien general».

Barnave les muestra esta carta a sus amigos, que a un mismo tiempo se alegran y se espantan; pero, por último, deciden que desde entonces transmitirán en común secretos consejos a la reina -Luis XVI no cuenta para nada-. Comienzan por pedir a la reina que procure que regresen los príncipes y que su hermano, el emperador, se incline a reconocer la Constitución francesa. Dócil en apariencia, acepta la reina todas estas proposiciones.

Le envía a su hermano cartas dictadas por sus consejeros; procede según sus órdenes; sólo se atreve a resistir «en un punto donde están comprometidos el honor y el agradecimiento» . Y creen ya los nuevos maestros políticos haber encontrado en María Antonieta una alumna atenta y agradecida.

No obstante, ¡hasta qué punto se engañan aquellas buenas gentes! En realidad, ni por un momento piensa María Antonieta en entregarse a estos facciosos; todas estas negociaciones no deben servir más que para el antiguo temporizar, para diferir las cosas hasta que su hermano haya convocado aquel deseado «Congreso armado» . Como Penélope, deshace por la noche el tejido que ha hecho de día con sus nuevos amigos.

Mientras que, por aparentar que cede, envía a su hermano, el emperador Leopoldo, las cartas que le han sido dictadas, le hace saber al mismo tiempo a Mercy: «Le he escrito el 29 una carta que comprenderá fácilmente que no es de mi propio estilo. He creído deber ceder en este punto a los deseos de los jefes de partido que me han dado ellos mismos el proyecto de carta. He escrito otra vez al emperador ayer, día 30; sería humillante para mí si no esperase que mi hermano comprenderá que, en mi posición, estoy obligada a hacer y escribir todo lo que de mí exijan.» Insiste en «que es esencial que el Emperador esté persuadido de que no hay allí palabra que sea suya ni de su manera de ver las cosas». De este modo, aquella carta es como una carta de Uría. Si bien, «para ser justa, tengo que confesar que, en mis consejeros, aunque se atenga a sus opiniones, no he visto nunca más que gran franqueza, energía y verdaderos deseos de restablecer el orden y, por tanto, la autoridad real», siempre se niega a seguir por completo a sus auxiliares, pues, «por muy buenas intenciones que muestren, sus ideas son exageradas y no pueden convenimos jamás».

Es un doble juego sospechoso el que comienza a emplear María Antonieta con estos desacuerdos, y no muy honroso para ella, porque, por primera vez desde que se dedica a la política, o más bien porque se dedica a la política, se ve obligada a mentir, y lo hace de la manera más audaz. Mientras asegura hipócritamente a sus auxiliares que acompaña sus pasos sin reserva alguna, escribe a Fersen: «No tema usted que me deje sorprender por los fanáticos, y, si veo a algunos de ellos y tengo con ellos relaciones, no es más que para aprovecharlos; me producen demasiado horror para que nunca pueda ir con ellos». En el fondo, ella se da cuenta perfectamente de la indignidad de ese engaño hecho a gentes bienintencionadas que por su culpa perderán la cabeza en el cadalso; comprende con toda evidencia su falta, pero resueltamente atribuye la responsabilidad al tiempo y a las circunstancias, que la han obligado a desempeñar un papel tan desdichado. «A veces -escribe, desesperada, al fiel Fersen- no me entiendo ya ni a mí misma y me veo obligada a reflexionar para saber si soy realmente yo la que habla; pero ¿qué quiere usted? Todo es necesario, y crea usted que estaríamos más abajo aún de lo que estamos si no hubiese tomado yo inmediatamente este partido; por lo menos, de esta manera ganaremos tiempo, y eso es todo lo que se precisa. ¡Qué dicha si algún día puedo volver a ser lo bastante yo misma para probar a todos estos bribones (geux) que no he sido engañada por ellos!» Sólo con esto sueña, una y otra vez, su orgullo indomable: poder volver a ser libre, no verse ya obligada a mentir ni diplomáticamente. Y como, en su calidad de reina coronada, tiene la sensación de poseer esta ilimitada libertad como derecho dado por Dios, opina que también tiene el de engañar de la manera más desconsiderada a todos los que quieren poner límites a este privilegio suyo.

Pero no es sólo la reina la que engaña, sino que, en esta crisis decisiva, todos los que participan en el gran juego se engañan mutuamente -en raros casos puede reconocerse de modo más plástico la inmoralidad de toda política llevada secretamente que al examinar la infinita correspondencia cambiada entre los gobiernos de entonces, príncipes, embajadores y ministros-. Todos trabajan subterráneamente contra los otros y sólo en favor de sus privados intereses. Luis XVI miente al dirigirse a la Asamblea Nacional, la cual, por su parte, sólo espera a que la idea republicana haya penetrado suficientemente en el pueblo para deponer al rey. Los constitucionales fingen ante María Antonieta un poder que están muy lejos de poseer, y son burlados por ella de la manera más despreciativa, pues, a espaldas suyas, negocia con su hermano Leopoldo. Éste, a su vez, entretiene con palabras a su hermana, pues está íntima mente decidido a no emplear en el asunto ni un soldado ni un tálero, y pacta, entre tanto, con Rusia y Prusia acerca de un segundo reparto de Polonia. Pero mientras que el rey de Prusia discute con él desde Berlín sobre el «Congreso armado» contra Francia, al mismo tiempo, en París, su propio embajador da fondos a los jacobinos y come a la mesa con Pétion. Los príncipes emigrados incitan a la guerra, pero no para conservar el trono de su hermano Luis XVI, sino para ascender a él ellos mismos to más pronto posible, y, en medio de este torneo de papel, hace grandes aspavientos el Don Quijote de la realeza, Gustavo de Suecia, a quien, en el fondo, no le importa nada todo esto y que sólo querría desempeñar el papel de Gustavo Adolfo, el salvador de Europa. El duque de Brunswick, que debe mandar los ejércitos coligados contra Francia, trata, al mismo tiempo, con los jacobinos, que le ofrecen el trono francés; Danton, a su vez, y Demouriez juegan también un doble juego.

Los príncipes están tan exactamente de acuerdo entre sí como los revolucionarios; el hermano engaña a la hermana; el rey, a su pueblo: la Asamblea Nacional, al rey: un monarca, al otro; todo son mentiras recíprocas, sólo para ganar tiempo en favor de su propia causa. Cada uno querría sacar algo para sí de la general confusión, y aumenta con sus amenazas la inseguridad general. Nadie querría quemarse los dedos, pero todos juegan con el fuego; todos, el emperador, el rey, los príncipes, los revolucionarios, crean, mediante este eterno negociar y engañar, una atmósfera de desconfianza (semejante a la que envenena el mundo en el día de hoy), y por último, sin quererlo realmente, arrastran a veinticinco millones de hombres en la catástrofe de una guerra de veinticinco años.

Mientras tanto, sin preocuparse de estos pequeños manejos, corre agitadamente el tiempo; el compás de la Revolución no armoniza con la «temporización» de la antigua diplomacia. Hay que tomar una determinación. La Asamblea Nacional ha concluido por fin el proyecto de Constitución y se lo somete a Luis XVI para su aceptación. Hay que dar una respuesta. María Antonieta sabe que esta monstrueuse Constitución -como le escribe a la emperatriz Catalina de Rusia- «significa una muerte moral, mil veces peor que la muerte física, que libra de todos los males»; sabe también que en Coblenza y en las cortes extranjeras será censurada la aceptación como una entrega de sí mismo y hasta quizá como una cobardía personal, pero el poder real ha caído ya tan bajo que ella misma, la más orgullosa, tiene que aconsejar la sumisión.

«Hemos probado suficientemente, con el viaje emprendido hace dos meses -escribe-, que no calculamos lo que les puede ocurrir a nuestras personas cuando se trata del bien general... Es imposible, vista la situación de aquí, que el rey rechace la aceptación. Crea usted que la cosa tiene que ser verdadera cuando yo la digo. Conoce usted bastante bien mi carácter para creer que se inclinaría más bien a algo noble y lleno de valor; mas no es valeroso arrojarse a correr un peligro más que cierto.» Pero cuando está ya preparada la pluma para firmar la capitulación, comunica María Antonieta a sus confidentes que el rey, en lo más íntimo de su corazón -el uno engaña al otro y es a su vez engañado-, no está en modo alguno dispuesto a mantener la palabra dada al pueblo. «En lo que hace a la aceptación, es imposible que cualquier pensante no vea que no estamos libres, hagamos lo que hagamos. Pero, acerca de esto, es esencial que no despertemos sospechas en los monstruos que nos rodean... En todo caso, sólo pueden salvarnos las potencias extranjeras. El ejército está perdido, el dinero ya no existe; ningún lazo, ningún freno puede retener al populacho armado por todas partes. Los jefes mismos de la Revolución no son ya escuchados cuando quieren hablar de orden. He aquí el deplorable estado en que nos encontramos. Añádase a esto que no tenemos ni un amigo, que todo el mundo nos hace traición: los unos por odio, los otros por debilidad o ambición. En fin, estoy reducida a temer el día en que parezca que van a darnos una especie de libertad. Hoy, por lo menos, por estar totalmente invalidados, no tenemos nada que reprocharnos.» Y continúa con sinceridad asombrosa: «Ve usted mi alma entera en esta carta, Puedo engañarme, pero éste es el único medio que veo todavía para poder salvarnos. He escuchado cuanto me ha sido posible a gentes de uno y otro bando, y con todas sus opiniones me he formado la mía. No sé si será aceptada. Ya conoce usted a la persona con quien tengo que tratar; en el momento en que se la cree persuadida, una palabra, un razonamiento, la hacen cambiar sin que ella lo sospeche. Por este motivo también es por lo que no pueden ser emprendidas mil cosas. En fin, pase lo que pase, consérveme usted su amistad y su adhesión. Las necesito mucho, y crea usted que cualquiera que sea la desgracia que me persiga, podré ceder a las circunstancias, pero jamás consentiré en hacer nada indigno de mí. En la desgracia es donde más se siente lo que cada cual es. Mi sangre corre por las venas de mi hijo, y espero que algún día se mostrará digno descendiente de María Teresa».

Son éstas unas palabras grandes y conmovedoras, pero no disimulan la vergüenza que experimenta esta mujer sincera y bienintencionada ante los forzosos embustes. Sabe en lo más profundo de su corazón que procede de un modo menos regio con esta poco honrada conducta que si hubiese renunciado al trono voluntariamente. Pero ya no cede la elección.

«Renunciando hubiera sido más noble -escribe a su querido Fersen-, pero era imposible dadas las circunstancias. Hubiera deseado que la aceptación fuera más simple y más leve; pero ésta es la desgracia de no estar rodeados más que de malvados; pero, una vez más, le aseguro que éste es el proyecto menos malo de los que han sido presentados. Las locuras de los príncipes y de los emigrados nos han forzado también a dar este paso; era esencial, al aceptar, quitar toda duda de que no fuera de buena fe.» Con esta aceptación aparente, desleal y, por tanto, impolítica de la Constitución, la familia real ha ganado un tiempo de respiro; ése es todo el provecho -provecho cruel, como se verá bien pronto- de ese doble juego. Todos se sienten aliviados como si cada uno creyera realidad las mentiras de los otros. Durante un segundo se desgarra la nube tempestuosa y se disipa. Otra vez reluce engañosamente el sol del favor popular sobre las cabezas de los Borbones. Inmediatamente después de que el rey ha comunicado, el 13 de septiembre de 1791, que el día siguiente jurará la Constitución en medio de la Asamblea, son retirados los guardias que hasta entonces habían vigilado el palacio real, abiertos al público los jardines de la Tullerías. Ha terminado la cautividad, y con ella la Revolución -según piensa la mayoría con excesiva premura-. Por primera vez desde hace innumerables semanas y meses, pero también por vez postrera, oye María Antonieta diez mil voces que gritan el ya totalmente descaecido clamor: «¡Viva el rey! ¡Viva la reina!».

Pero hace ya mucho tiempo que todos, amigos y enemigos, más acá y más allá de las fronteras, se han conjurado para no dejarla vivir más tiempo.

 

APARECE EL AMIGO POR ÚLTIMA VEZ

Las horas verdaderamente trágicas en el ocaso de María Antonieta no fueron nunca las de gran tempestad, sino los días engañadoramente hermosos que lucían fugitivos en medio de ellos. Si la Revolución se hubiese precipitado como una montaña que se desploma aplastando de repente a la monarquía; si su caída hubiera sido como la de un alud, sin dar tiempo para reflexionar, esperar ni resistir, no habría sido tan terrible para los nervios de la reina como esta lenta agonía. Pero siempre vuelven otra vez a producirse repentinas calmas entre las tempestades; cinco, diez veces, durante la Revolución, ha podido creer la familia real que por fin está ya la paz definitivamente establecida y terminado el combate. Pero la Revolución es un elemento de la naturaleza lo mismo que el mar; no de un solo salto invade la tierra una marea, sino que, después de cada vigoroso ataque, se retira la ola, aparentemente agotada pero en realidad sólo para cobrar un nuevo impulso aún más aniquilador. Y nunca saben los amenazados por ella si la última ola será o no seguida por otra más fuerte y más peligrosa.

Aceptada la Constitución, parece sobrepasada la crisis. La Revolución se ha convertido en ley; la inquietud ha cuajado en formas duraderas. Vienen algunos días, algunas semanas de ilusorio bienestar, semanas de engañadora euforia; el júbilo llena las calles; entusiasmo en la Asamblea Nacional; los teatros retumban con tempestades de aplausos.

Pero María Antonieta ha perdido desde hace mucho tiempo la ingenua y despreocupada credulidad de su juventud. «¡Qué triste es -le dice suspirando al aya de sus niños, al regresar al palacio después de ver la ciudad iluminada solemnemente- que algo tan hermoso sólo pueda producir en nuestros corazones un sentimiento de tristeza a inquietud!» Engañada demasiadas veces, no quiere serlo más. «Todo está bastante tranquilo por el momento -escribe a Fersen, el amigo de su corazón-, pero esta tranquilidad no pende más que de un hilo y el pueblo está siempre dispuesto a hacer horrores, como lo estaba antes; nos dicen que ahora está a favor nuestro; nada creo, por lo menos en lo que a mí se refiere. Sé el precio que hay que ponerle a todo esto; la mayoría de las veces está ya pagado, y no nos ama sino en cuanto hacemos lo que él quiere. Es imposible seguir más tiempo de este modo; no hay más seguridad ahora en París que la que había antes, y acaso menos aún, porque se acostumbra vernos envilecidos.» En efecto, la Asamblea Nacional nuevamente elegida trae un desengaño; en opinión de la reina, es «mil veces peor que la otra», y uno de sus primeros decretos es el de arrebatar al rey el título de «Majestad». Al cabo de pocas semanas, la dirección ha pasado a poder de los girondinos, que anuncian abiertamente que sus simpatías van hacia la república, y el sagrado arco iris de la Revolución se disuelve rápidamente detrás del nuevo amontonamiento de nubes. Otra vez comienza el combate.

El rápido empeoramiento de su situación no tienen que atribuirlo el rey y la reina sino, en primer término, a su propia parentela. El conde de Provenza y el conde de Artois han establecido en Coblenza su cuartel general, y desde a11í mueven franca guerra contra las Tullerías. El que el rey, en la más amarga necesidad haya aceptado la Constitución, les sirve excelentemente para hacer escarnecer como cobardes, por periodistas que tienen a sueldo, a María Antonieta y a Luis XVI y ser presentados ellos mismos, que se encuentran en lugar seguro, como los únicos defensores de la idea monárquica: les es indiferente que su hermano responda con su propia vida de los gastos de este juego. En vano Luis XVI requiere y suplica a sus hermanos, y hasta se lo ordena, que vuelvan a entrar en Francia para alejar de este modo la justa desconfianza del pueblo. Los usurpadores afirman pérfidamente que ésta no es la auténtica expresión de la voluntad del monarca prisionero, permanecen en Coblenza. lejos del peligro, y representan sin daño su papel de héroes. María Antonieta tiembla de furor ante la cobardía de los emigrados, «esa despreciable raza de hombres que se dicen sometidos a nosotros y que no nos han hecho más que daño».

Inculpa abiertamente a los parientes de su marido, diciendo que sólo «su conducta es lo que nos ha arrastrado a la situación en que estamos ahora». «Pero -escribe irritada- ¿qué quiere usted? Para no cumplir nuestras voluntades, han adoptado el tono y la manía de decir que no somos libres (cosa que es muy verdad); que, por consiguiente, no podemos decir lo que pensamos y que hay que actuar a la inversa.» En vano suplica al emperador que «contenga a los príncipes y a los franceses que están fuera del país»; el conde de Provenza se adelanta a su emisario, hace pasar todas las órdenes de la reina por «forzadas», y en todas partes encuentra aprobación entre los partidarios de la guerra. Gustavo de Suecia le devuelve a Luis XVI, sin abrirla, la carta en que éste le participa la aceptación de la Constitución; aún más despreciativamente se mofa Catalina de Rusia de María Antonieta, diciéndole que es triste no tener otra esperanza sino un rosario. El propio hermano de Viena deja que pasen semanas antes de darle una tortuosa respuesta; en el fondo, las potencias esperan hasta que haya una ocasión favorable para ellas de obtener cualquier ventaja de la situación anárquica de Francia. Nadie ofrece verdadera ayuda a los reyes, nadie hace una clara proposición, nadie pregunta honradamente lo que quieren y desean los oprimidos de las Tullerías; cada vez más acaloradamente, juegan todos su doble juego a expensas de los desdichados prisioneros.

Pero, propiamente, ¿qué es lo que quiere y desea que ocurra la misma María Antonieta? La Revolución francesa, que, como casi todo movimiento político, siempre sospecha en el adversario planes profundos y misteriosos, cree que María Antonieta, cree que el «comité austríaco» prepara en las Tullerías una magna cruzada contra el pueblo francés, y algunos historiadores lo han repetido. En realidad, María Antonieta, diplomática por desesperación, no ha tenido nunca una idea clara ni un auténtico plan. Con admirable espíritu de sacrificio y diligencia sorprendente en ella, escribe carta tras carta para enviarlas a todas direcciones; compone y redacta memorias y proposiciones. discute y delibera, pero cuanto más escribe, menos comprensible llega a ser realmente cuáles son las ideas políticas que sustenta. Flota inciertamente ante su pensamiento un Congreso armado de las potencias, una serie de semimedidas, no demasiado violentas, no demasiado benignas, que, de una parte, intimiden con su amenaza a los revolucionarios y, de la otra, no sea un desafío al sentimiento nacional francés; pero no está claro para ella misma ni el cuándo ni el cómo; no procede, no piensa lógicamente, sino que sus bruscos movimientos y gritos recuerdan los de quien está ahogándose, que, con todo lo que hace, se hunde en el agua cada vez más profundamente. Una vez declara que el único camino practicable para ella es adquirir la confianza del pueblo, y con el mismo aliento, en la misma carta, escribe: « Ya no hay ninguna posibilidad de conciliación». No quiere guerra y prevé muy justa y claramente lo que ha de suceder: «De una parte nos veremos obligados a marchar contra ellos, sin que pueda ser de otro modo, y de otra, aun así, seremos acusados aquí de hacerlo de mala fe y de acuerdo con ellos» . Y algunos días más tarde vuelve a escribir: «Sólo la fuerza armada puede repararlo todo, y nada haremos sin el socorro extranjero» .

Por un lado incita a su hermano el emperador para que por fin «sienta sus propias injurias. No hay que inquietarse por nuestra seguridad; este mismo país es el que provoca la guerra». Pero después vuelve otra vez a sujetarle el brazo: «Un ataque desde fuera nos costaría la vida» . Finalmente, nadie conoce ya, en realidad, cuáles son sus propósitos.

Las cancillerías diplomáticas, que en modo alguno piensan en prodigar su dinero en un « Congreso armado» y que si ponen en las fronteras costosos ejércitos es porque quieren tener una guerra verdadera y sangrienta, con anexiones a indemnizaciones, se encogen de hombros ante la idea de que deben mantener en pie de guerra a sus soldados sólo pour le Roi de France. «¿Qué hay que pensar -le escribe Catalina de Rusia- de una gente que durante todo el tiempo negocia de dos maneras, de las cuales la una es opuesta a la otra?» Y el mismo Fersen, el fidelísimo, que cree conocer lo más íntimo de los pensamientos de María Antonieta, al final no comprende ya lo que realmente quiere la reina, si la paz o la guerra; si en su fuero interno se ha reconciliado con la Constitución o si sólo entretiene fingidamente a los constitucionalistas; si engaña a la Revolución o a los príncipes, mientras que en realidad la abrumada mujer sólo quiere una cosa: vivir, vivir y vivir y no soportar más humillaciones. En su interior, ella sufre más de lo que sospecha nadie con este doble juego, insostenible para su rectilíneo carácter; una y otra vez su repugnancia ante este obligado papel vuelve a exhalarse en clamores profundamente humanos. «No sé qué gesto adoptar ni qué tono emplear; todo el mundo me acusa de disimulación, de falsía, y nadie puede creer -con razón- que mi hermano se interesa tan escasamente en la terrible posición de su hermana que la expone al peligro sin cesar y sin decirle nada. Sí, me expone, y mil veces más que si actuase; el odio, la desconfianza y la insolencia son los tres móviles que mueven a este país en este momento. Son insolventes por exceso de miedo y porque, al mismo tiempo, creen que no se hará nada desde fuera... No hay nada peor que continuar como estamos; ya no hay socorro que esperar del tiempo y del interior de Francia.» Una única persona comprende, por fin, que todo ese ir y venir, estas órdenes y contraórdenes son sólo signo de una perpleja desesperación y que esta mujer no puede salvarse sola. Sabe que no tiene a nadie a su lado, pues Luis XVI no cuenta a causa de su irresolución. Tampoco la cuñada, madame Elisabeth, es por completo la compañera celestial, fiel y providente que alaba la leyenda realista: «Mi hermana hasta tal punto es indiscreta, está tan rodeada de intrigantes y, sobre todo, dominada por sus hermanos de fuera, que no hay medio de hablar con ella o habría que estar riñendo todo el día». Y más duramente, más bárbaramente, desde lo más alto de su sinceridad: «Nuestra vida de familia es un infierno; no hay medio de decir nada, aun con las mejores intenciones del mundo».

De modo cada vez más claro siente Fersen, desde lejos, que sólo una persona podría servirla ahora de socorro, y que esa persona que posee la confianza de la reina no es su esposo, no es el hermano ni ninguno de los parientes, sino él mismo. Pocas semanas antes le ha enviado ella por una vía secreta, por medio del conde de Esterhazy, un mensaje de inviolable amor: «Si usted le escribe dígale que muchas leguas y muchos países no pueden separar jamás los corazones. Cada día siento más la verdad de estas palabras» , y una segunda vez: «No sé dónde está; es un espantoso suplicio no tener ninguna noticia y no saber siquiera dónde habitan las gentes a quien uno ama» . Estas últimas y ardientes palabras de amor van acompañadas de un presente, un anillo de oro, en cuyo borde están grabadas tres flores de lis con esta inscripción: «Cobarde quien las deja». Este anillito, según le escribe a Esterhazy, lo ha mandado hacer María Antonieta a la medida de su propio dedo, y lo ha llevado en su mano durante dos días antes de enviarlo, para que con ello el calor de su sangre todavía viviente penetre en el frío oro. Fersen lleva en su dedo este anillo de la amada, y el anillo con su inscripción: «Cobarde quien las deja» llega a ser una diaria apelación a su conciencia para que se atreva a todo en favor de esta mujer; como el acento de la desesperación brota de modo tan poderoso de sus cartas, como conoce qué ruda confusión comienza a apoderarse de la mujer amada al verse abandonada de todos los hombres, se siente incitado a realizar un verdadero acto heroico: ya que ambos no pueden comprenderse de modo terminante por sus cartas, resuelve ir al encuentro de María Antonieta en París, en el mismo París de donde está proscrito y donde su presencia significa para él una muerte segura.

María Antonieta se espanta con la noticia. No, no quiere aceptar tan excesivo y verdaderamente heroico sacrificio de parte de su amigo. Como verdadera enamorada, ama más la vida de él que la suya propia, y más también que los inefables consuelos y dichas que puede aportarle su proximidad. Por ello responde precipitadamente el 7 de diciembre: «Es absolutamente imposible que venga usted aquí en este momento; sería arriesgar nuestra dicha; y cuando lo digo puede creerme, porque tengo extremados deseos de verle». Pero Fersen no ceja.

Sabe que «es absolutamente necesario sacarla del estado en que se encuentra». Ha ideado con el rey de Suecia un nuevo proyecto de fuga, y sabe, a pesar de las negativas de la reina, con el claro sentimiento de un corazón que se siente anhelado, cuánto languidece ella por él y cuánto descanso significaría para el alma de esta mujer totalmente aislada, al cabo de tantas cartas llenas de precauciones y disimulos, poder hablarle otra vez, libre y sin trabas. Al principio de febrero de 1792 adopta Fersen la resolución de no esperar más tiempo y trasladarse a Francia junto a María Antonieta.

Esta resolución es realmente suicida. Hay cien probabilidades contra una de que no regrese de este viaje, pues ninguna cabeza está más puesta a precio en aquel tiempo en Francia que la suya propia. Ningún nombre ha sido pronunciado tantas veces ni con tanto odio como el suyo; Fersen está públicamente desterrado de París; la orden de detención contra él está en todas las manos; una sola persona que lo reconozca por el camino o en París, y su cadáver yacerá destrozado sobre la calle. Pero Fersen -y esto realza mil veces su heroísmo- no quiere ir solamente a París y zambullirse a11í en cualquier rincón escondido, sino ir directamente a la inaccesible cueva del Minotauro, a las Tullerías, guardada día y noche por mil doscientos guardias nacionales; al palacio donde cada lacayo, cada camarera, cada cochero de la gigantesca servidumbre lo conoce personalmente. Pero esta vez o nunca se le ofrece a este noble la ocasión de probar su juramento: «Vivo sólo para servirla». El 11 de febrero cumple esta palabra y lleva a cabo una de las empresas más osadas de toda la historia de la Revolución. Fersen viaja bajo una peluca postiza, con un pasaporte falso, para el cual ha falsificado osadamente la indispensable firma del rey de Suecia; en apariencia, va a Lisboa en una misión diplomática, sólo acompañado de su ayudante, el cual figura como sirviente. Mediante un milagro, ni documentos ni personas son examinados minuciosamente; sin que los molesten llegan a París el 13 de febrero, a las cinco y media de la tarde. Aunque tiene aquí una amiga absolutamente segura, o, más bien, una querida que está dispuesta a ocultarle aun con peligro de su vida, Fersen se dirige directamente de la silla de posta a las Tullerías. En los meses de invierno, la oscuridad comienza pronto, y su amistoso manto cubre al audaz. La puerta secreta, de la que todavía posee la llave, tampoco esta vez está guardada, por asombrosa y feliz casualidad. llave, fielmente conservada, cumple con su deber; entra Fersen; al cabo de ocho meses de la más cruel separación y de indecibles acaecimientos -todo el mundo se ha transformado desde entonces vuelve a estar el amado junto a la amada; vuelve a encontrarse Fersen, de nuevo y por última vez, al lado de María Antonieta.

Acerca de esta memorable visita existen dos notas diversas de mano de Fersen, que difieren notablemente una de otra: la una oficial y la otra íntima; y su misma divergencia es infinitamente decisiva para conocer la verdadera forma de las relaciones que unían a Fersen con María Antonieta. Pues en la carta oficial informa a su soberano de haber llegado a París el 13 de febrero, a las seis de la tarde, y haber visto a Sus Majestades -literalmente en plural; por tanto, al rey y a María Antonieta aquella noche misma, habiendo hablado con ellos, y por segunda vez la noche siguiente. Pero esta comunicación destinada al rey de Suecia, a quien Fersen conoce como muy charlatán y a quien no quiere confiar el honor de María Antonieta, se contradice con la nota íntima, muy expresiva, de su Diario. Dice así: «Ido junto a ella; pasado por mi camino habitual; miedo a los guardias nacionales; alcanzado su habitación maravillosamente». Dice de modo terminante, por tanto, «junto a ella» y no «junto a ellos» . Vienen después, en el Diario, otras dos pala bras que más tarde fueron hechas ilegibles, con tinta, por aquella famosa y melindrosa mano. Pero, felizmente, se logró volver a descubrirlas, y estas dos palabras, cargadas de contenido, dicen de este modo: «resté là» , es decir, «quedado allí» Con estas dos palabras queda aclarada toda la situación de aquella noche tristanesca: Fersen no fue, según ello, recibido entonces por ambas majestades como le hace creer al rey de Suecia, sino por María Antonieta sola, y pasó aquella noche -sobre esto no cabe duda alguna- en las habitaciones de la reina. Una retirada nocturna, un nuevo ingreso al día siguiente para abandonar otra vez las Tullerías, habría significado aumentar el peligro del modo más absurdo, pues por los pasillos patrulla día y noche la guardia nacional. Mas las habitaciones de María Antonieta, en el piso bajo, no contenían, según se sabe, más que un dormitorio y un tocador minúsculo: no hay, pues, ninguna otra explicación posible sino la tan penosa para los defensores de la virtud de que Fersen pasó escondido aquella noche y el día siguiente, hasta las doce de la noche, en el dormitorio de la reina, único recinto, dentro de todo el palacio, donde estaba seguro de la vigilancia de la Guardia Nacional y de la mirada de la servidumbre.

Acerca de estas horas de acompañada soledad nada dice Fersen, el cual siempre supo guardar silencio del modo más asombroso hasta en la intimidad de su Diario: concuerda bien con aquellos otros este nobilísimo deber. A nadie puede negársele el derecho de creer que también esta noche haya sido consagrada exclusivamente a una romántica adoración caballeresca y a conversaciones políticas. Pero quien sienta con su corazón y con sus claros sentidos, quien crea en el poder de la sangre como en una ley eterna, para ése es seguro que aun cuando Fersen no hubiera sido desde largo tiempo atrás el amante de María Antonieta, lo habría llegado a ser en esta noche fatal, en esta última noche que no podrá repetirse jamás, lograda con el más extremo riesgo en que puede ponerse el humano valor.

La primera noche pertenece por completo a los amantes; sólo la siguiente, a la política.

A las seis de la tarde, por tanto exactamente veinticuatro horas después de la llegada de Fersen, penetra el discreto esposo en la habitación de la reina para dialogar con el heroico mensajero. El plan de fuga propuesto por Fersen es rechazado por Luis XVI, primero porque lo tiene por prácticamente imposible y después también por un sentimiento de honor, ya que ha prometido públicamente a la Asamblea Nacional que permanecerá en París y no quiere hacer traición a su palabra. (Fersen consigna en su Diario, lleno de respeto: «Pues es un hombre honrado».) De hombre a hombre, en plena confianza, le expone después el rey la situación al amigo seguro. «Estamos aquí solos -dijo-, y podemos hablar. Sé que me culpan de debilidad a irresolución, pero aún nadie se ha encontrado jamás en la situación en que me encuentro. Sé que he desaprovechado (para la fuga) el verdadero momento, el 14 de julio, y desde entonces no ha vuelto a presentarse ocasión semejante. Todo el mundo me tiene abandonado.» Tanto la reina como el rey no tienen ya esperanza alguna de salvarse por sí mismos. Las potencias deben intentar todo lo imaginable sin preocuparse de sus personas. Pero no deben asombrarse si se ve forzado él a dar su consentimiento para muchas cosas; acaso, en su actual situación, tengan que hacer lo que no les brota del corazón. Ellos, por su parte, sólo pueden ganar tiempo; la salvación misma tiene que venir de fuera.

Fersen permanece en palacio hasta medianoche. Está dicho todo lo que había que decir.

Ahora viene lo más difícil de aquellas treinta horas: tienen que despedirse. Ni uno ni otro quieren creerlo, pero ambos lo presienten de un modo que no engaña: ¡Nunca más! ¡Nunca más en la vida! Para consolar a la emocionada amiga le promete él que volverá en cuanto en alguna forma pueda serle posible, y se siente dichoso al ver cuánto se ha calmado ella con su presencia. Hasta la puerta, por los pasillos oscuros y felizmente desiertos, acompaña la reina a Fersen. Todavía no han cambiado las últimas palabras, todavía no se han dado los últimos abrazos, cuando oyen acercarse unos desconocidos pasos: ¡mortal peligro! Fersen, envuelto en su capa, con la peluca calada, se desliza fuera; María Antonieta se vuelve furtivamente a su habitación; por última vez se han visto los amantes.

 

REFUGIO EN LA GUERRA

Receta antiquísima: cuando los Estados y gobiernos no saben ya cómo dominar una crisis interna, tratan de desviar la atención hacia fuera; conforme con esta ley permanente, los directores de la Revolución, para librarse de la inevitable guerra civil, exigen desde meses atrás la guerra con Austria. Al aceptar la Constitución, es cierto que Luis XVI ha disminuido su categoría regia, pero la ha asegurado. La Revolución debía estar ahora terminada para siempre -y los espíritus cándidos como La Fayette así lo creen-, mas el partido de los girondinos, que domina en la recién elegida Asamblea Nacional, es republicano de corazón. Quiere suprimir la monarquía, y para ello no hay mejor medio que una guerra, la cual, inevitable mente, tiene que poner a la familia real en conflicto con la nación, pues la vanguardia de los ejércitos extranjeros la forman los dos bulliciosos hermanos del rey y el Estado Mayor enemigo está sometido al hermano de la reina.

Que una guerra no ayudará a sus asuntos, sino que puede dañarlos, lo sabe muy bien María Antonieta. Cualquiera que sea su desenlace militar, tiene que ser perjudicial para ellos. Si los ejércitos de la Revolución alcanzan la victoria contra los emigrados, los emperadores y los reyes, es indudable que Francia no continuará soportando un «tirano».

Si, de otra parte, las tropas nacionales son vencidas por los parientes del rey y de la reina, es indudable que el populacho de París, excitado espontáneamente o por elementos interesados, hará responsables a los prisioneros de las Tullerías. Si vence Francia, perderán el trono; si vencen las potencias extranjeras, perderán la vida. Por este motivo, ha conjurado María Antonieta, en innumerables camas, a su hermano Leopoldo y a los emigrados para que se mantengan tranquilos, y aquel soberano, prudente, vacilante, que calcula con frialdad y es íntimamente enemigo de la guerra, se ha sacudido literalmente de sobre sí a los príncipes y emigrantes, que ha cen sonar sus sables, evitando todo to que pudiera significar una provocación.

Pero hace mucho tiempo que se ha oscurecido la buena estrella de María Antonieta.

Todo lo que tiene preparado el destino en cuanto a sorpresas se vuelve contra ella.

Precisamente ahora, el 1º de marzo de 1792, una enfermedad repentina arre bata la vida de su hermano Leopoldo, el mantenedor de la paz, y quince días más tarde, el pistoletazo de un conspirador da muerte al mejor defensor de la idea monárquica entre los soberanos europeos, a Gustavo de Suecia. Con ello ha llegado a ser inevitable la guerra. Pues el sucesor de Gustavo no piensa ya en sostener la causa monárquica, y el sucesor de Leopoldo II no se preocupa de su pariente consanguínea, sino que exclusiva mente presta atención a sus propios intereses. En este emperador Francisco II, de veinticinco años, limitado, frío, totalmente sin corazón, en cuya alma no brilla ya ninguna chispa del espíritu de María Teresa, no encuentra María Antonieta ni inteligencia ni voluntad de comprensión. Recibe secamente sus mensajes y con indiferencia sus cartas; aunque su familiar se encuentre en el más espantoso de los dilemas, aunque las medidas que el emperador adopta pongan en peligro la vida de la reina, nada de ello le preocupa. Ve sólo la coyuntura de aumentar su potencia y rechaza todos los deseos y solicitudes de la Asamblea Nacional fría y provocativamente.

Ahora son los girondinos los que han vencido. El 20 de abril, después de una larga resistencia -y, según se afirma, con lágrimas en los ojos-, se ve obligado Luis XVI a declarar la guerra al «rey de Hungría». Los ejércitos se ponen en movimiento y toma su rumbo el destino.

¿De qué lado está el corazón de la reina en esta guerra? ¿Con su antigua o con su nueva patria? ¿Con los ejércitos franceses o con los extranjeros? Los historiadores realistas, sus incondicionales defensores y panegiristas, han dado angustiosamente vueltas en torno a esta cuestión capital y hasta han llegado a introducir, falsificándolos, pasajes enteros en memorias y cartas para oscurecer el hecho, claro a indudable, de que María Antonieta, en esta guerra, ha anhelado con toda su alma el triunfo de las tropas de los soberanos aliados y la derrota de los franceses. Es innegable esta posición; quien la silencia comete un fraude. Negarla es mentir. Porque hay aún más: María Antonieta, que ante todo se siente reina y, sólo después, reina de Francia, no sólo está contra aquellos que han limitado su poder real y a favor de los que quieren fortalecerla en sentido dinástico, sino que llega a hacer todo lo permitido y no permitido para acelerar la derrota francesa y promover la victoria del extranjero. «Dios quiera que algún día queden vengadas todas las provocaciones que hemos recibido en este país», escribe a Fersen, y aunque hace mucho tiempo que ha olvidado su lengua materna y se ve obligada a hacer que le traduzcan las cartas escritas en alemán, escribe de este modo: «Más que nunca me siento ahora orgullosa de haber nacido alemana». Cuatro días antes de que sea declarada la guerra transmite al embajador austríaco -es decir, traidoramente- los planes de campaña del ejército revolucionario, hasta el punto en que son conocidos por ella. Su situación es perfectamente clara: para María Antonieta, las banderas austriaca y prusiana no son nunca enemigas, y la francesa tricolor sí lo es.

Indudablemente - la palabra viene al instante a los labios-, ésta es una manifiesta traición a la patria, y los tribunales de todos los países calificarían hoy de criminal tal conducta. Pero no hay que olvidar que el concepto de lo nacional y de la nación no estaba todavía formado en el siglo XVIII sólo la Revolución francesa comienza a darle forma en Europa. El siglo XVIII, a cuyas concepciones está indisolublemente unida María Antonieta, no conoce todavía ningún otro punto de vista que el puramente dinástico; el país pertenece al rey; allí donde esté el rey, está el derecho; quien lucha por el rey y la monarquía, combate indudablemente por la causa justa. Quien se alza contra la monarquía es un insurgente, un rebelde, aun cuando combata por su propio país. La absoluta falta de desenvolvimiento de la idea de patria produce, sorprendentemente, en esta guerra una disposición antipatriótica en la sensibilidad del campo adversario; los mejores alemanes: Klopstock, Schiller, Fichte, Hölderlin, por la idea de la libertad anhelan la derrota de las tropas alemanas, que todavía no son tropas del pueblo, sino los ejércitos de la causa del despotismo. Celebran la retirada de las fuerzas prusianas, mientras que, a su vez, en Francia, el rey y la reina saludan la derrota de sus propias tropas como una ventaja personal. A un lado y otro, la guerra no se hace por intereses del país, sino por una idea, la de la soberanía o de la libertad. Y nada caracteriza mejor la notable confusión entre las concepciones del antiguo y del nuevo siglo como el hecho de que el caudillo de los ejércitos aliados alemanes, el duque de Brunswick, un mes antes de la declaración de guerra, delibere aún seriamente sobre si no será preferible para él tomar el mando de las tropas francesas contra las alemanas. Se ve bien que los conceptos de patria y nación no estaban todavía bien claros en 1791, en el espíritu del siglo XVIII.

Sólo esta guerra, creando los ejércitos nacionales y la conciencia nacional, y con ello las espantosas luchas fratricidas entre naciones enteras, producirá la idea del patriotismo nacional que ha de heredar el siglo siguiente.

De que María Antonieta desee la victoria de las potencias extranjeras, lo mismo que del hecho de su traición al país, no se tiene en París ninguna prueba. Pero si el pueblo, como masa, no piensa nunca lógicamente y conforme a un plan, tiene sin embargo una facultad para el husmeo más elemental y animal que la del individuo aislado; en lugar de actuar reflexivamente, lo hace por instinto, y este instinto es casi siempre infalible. Desde el primer momento siente el pueblo francés en la atmósfera la hostilidad de las Tullerías; sin que tenga de ello puntos externos de referencia, ventea la traición militar, realmente ocurrida, de María Antonieta a su ejército y a su causa; y a cien pasos del palacio real, en la Asamblea Nacional, uno de los girondinos, Vegniaud, lleva abiertamente la acusación a la sala de sesiones. «Desde esta tribuna de donde os hablo se descubre el palacio donde unos consejeros perversos extravían y engañan al rey que la Constitución nos ha dado, forjan las cadenas con que quieren prendemos y preparan las maniobras que deben entregarnos a la Casa de Austria. Veo las ventanas del palacio donde se trama la contrarrevolución, donde se combinan los medios de volver a sumimos otra vez en los horrores de la esclavitud.» Y a fin de que se reconozca claramente a María Antonieta como la verdadera instigadora de esta conjuración, añade amenazadoramente: «Que todos los habitantes sepan que nuestra Constitución no concede inviolabilidad más que al rey.

Que sepan que la ley alcanzará a11í, sin distinción, a los culpables y que no habrá ni una sola cabeza a la cual se le pruebe culpabilidad que pueda librarse de la cuchilla» . La Revolución comienza a comprender que sólo puede vencer al enemigo exterior librándose igualmente del de dentro de casa. A fin de poder ganar la gran partida ante el mundo, tiene que haber dado jaque mate al rey en sus influencias. Todos los verdaderos revolucionarios intervienen ahora enérgicamente en este conflicto; de nuevo marchan en vanguardia los periódicos y exigen la destitución del rey; nuevas ediciones del famoso escrito La vie scandaleuse de Marie-Antoniette son repartidas por las calles, a fin de reanimar con nueva energía el antiguo odio. En la Asamblea Nacional son presentadas intencionadamente proposiciones con las cuales se espera llevar al rey a tener que hacer use de su constitucional derecho de veto; ante todo, aquellas a las que Luis XVI, como católico ferviente, no puede nunca dar su aprobación, como la de desterrar violentamente a los clérigos que se han negado a prestar juramento a la Constitución: se procura provocar un rompimiento oficial. Y, en efecto, el rey saca por primera vez fuerzas de flaqueza y opone su veto. Mientras fue fuerte, jamás había hecho use de sus derechos; ahora, a un palmo de la ruina, este hombre desdichado, en uno de los momentos más inoportunos y contraproducentes, intenta mostrar por primera vez su valor. Pero el pueblo no quiere sufrir ya la oposición de este títere. Este veto, debe ser la última palabra del rey contra su pueblo.

Para dar al rey una buena lección, y más a aquella inflexible y orgullosa austriaca, eligen los jacobinos, tropa de asalto de la Revolución, la simbólica fecha del 20 de junio.

En este día, tres años antes, se reunieron por primera vez, en el Juego de Pelota de Versalles, los representantes del pueblo para prestar el solemne juramento de no ceder ante el poder de las bayonetas y dar a Francia, por su propia fuerza, una forma política y legal. En este día también, hace un año, se deslizó el rey por la noche, disfrazado de lacayo, por una puertecilla de servicio de su palacio, para escapar a la dictadura del pueblo. En este día de aniversario debe serle hecho saber para siempre que él no es nada y el pueblo lo es todo. Lo mismo que en 1789 el asalto de Versalles, se prepara metódicamente en 1792 el asalto de las Tullerías. Pero entonces aún había que reclutar clandestinamente y fuera de la ley, a favor de la oscuridad, aquel ejército de amazonas; mientras que hoy marchan a la luz del día, bajo el rebato de las campanas, mandados por el cervecero Santerre, quince mil hombres con banderas desplegadas, asistidos por la municipalidad; la Asamblea Nacional les abre sus puertas, y el alcalde Pétion, que hubiera tenido que cuidar del orden público, se hace el desentendido para fomentar el completo éxito de esta humillación al rey.

La marcha de la columna revolucionaria comienza como un puro desfile de fiesta por delante de la Asamblea Nacional. En apretadas filas marchan los quince mil hombres, con grandes carteles de «Abajo el veto» y «La libertad o la muerte», por delante de la Escuela de Equitación, donde celebra sus sesiones la Asamblea; a las tres y media parece terminada la gran comedia y comienza la retirada. Pero sólo entonces se constituye la auténtica manifestación, pues en lugar de retirarse pacíficamente, la gigantesca masa del pueblo, sin mandato de nadie pero dirigida de modo invisible, se arroja contra la entrada de palacio. Cierto que están a11í los guardias nacionales y los gendarmes con bayonetas caladas, pero la corte, con su habitual indecisión, no ha dado ninguna orden para este caso, fácil de prever; los soldados no oponen ninguna resistencia, y de un solo golpe se precipitan las masas por el estrecho embudo de la puerta. Tan fuerte es la presión de esta muchedumbre que, por su impulso, los primeros manifestantes son llevados por la escalera arriba hasta el primer piso. Ya no es posible ahora detenerlos; echan abajo las puertas o saltan las cerraduras, y antes de que pueda ser tomada ninguna medida de protección, los que penetraron primero se encuentran ante el rey, a quien sólo un grupo de guardias nacionales protege insuficientemente contra lo más extremo. Ahora Luis XVI tiene que pasar revista al pueblo sublevado, en su propia morada, y sólo su inconmovible flema evita una colisión. Pacientemente, da corteses respuestas a todas las provocaciones; con obediencia se pone el gorro rojo que uno de los sans -culotte se quita de la cabeza. Durante tres horas y media soporta, con un calor abrasador, sin repulsa ni resistencia, la curiosidad y la mofa de estos hostiles huéspedes.

Al mismo tiempo, otra banda de insurgentes ha penetrado en las habitaciones de la reina; parece que va a repetirse la horrible escena del 5 de octubre de 1789 en Versalles.

Pero como la reina está más expuesta que el rey, los oficiales han llamado rápidamente a los soldados, han llevado a María Antonieta hasta un rincón, colocando delante de ella una gran mesa para que, por lo menos, esté al abrigo de brutalidades materiales; además, se alza delante de la mesa una triple fila de guardias nacionales. Los hombres y mujeres que han penetrado con salvaje ímpetu no pueden llegar hasta el cuerpo de María Antonieta, pero, sin embargo, se aproximan lo suficiente para contemplar provocativamente al monstruo, como a una curiosidad; lo bastante para que María Antonieta tenga que oír cada uno de sus ultrajes y amenazas. Santenre, que con tales hechos sólo quiere humillar ampliamente a la reina a intimidarla, se esfuerza por protegerla de todo acto real de violencia, ordena a los granaderos que se aparten para que el pueblo cumpla su voluntad y pueda contemplar a su víctima, la vencida reina; al mismo tiempo trata de tranquilizar a María Antonieta: « Madame, está usted siendo engañada; el pueblo no la quiere mal. Si usted lo quisiera, cada cual la amaría tanto como este niño -al mismo tiempo señala al delfín, que, espantado y tembloroso, se aprieta contra su madre-. Por lo demás, no tenga miedo; no se le hará daño alguno». Pero siempre, cuando uno de los facciosos ofrece su protección a la reina, se subleva en ésta el orgullo. «No me han engañado ni extraviado -responde duramente la reina-, y no tengo ningún miedo. Entre gentes decentes no se necesita nunca tener temor alguno». Fría y orgullosa afronta las miradas más hostiles y los apóstrofes más descarados. Sólo cuando quieren obligarla a poner a su hijo el gorro rojo se vuelve hacia el oficial y le dice. «Es demasiado; va más allá de toda humana paciencia.» Pero se mantiene firme, sin revelar ni por un segundo miedo o incertidumbre.

Sólo cuando ya no está realmente amenazada por los invasores aparece el alcalde Pétion a invita a la muchedumbre a que se vaya a sus casas «para no dar ocasión de que incriminen sus respetables intenciones». Pero está avanzada ya la noche antes de que quede evacuado el palacio, y sólo entonces siente la reina, la mujer humillada, todo el tormento de su impotencia. Sabe ahora que todo está perdido. «Vivo todavía, pero por milagro -escribe, presurosa, a su confidente Hans Axel de Fersen-. La jornada del día 20 fue espantosa.»

 

LOS ÚLTIMOS CLAMORES

Desde que ha sentido en su rostro el soplo del odio, desde que ha visto en su propia estancia de las Tullerías las picas de la Revolución y ha sido testigo de la impotencia de la Asamblea Nacional y de la mala voluntad del alcalde de París, sabe María Antonieta que su familia y ella están perdidos sin remedio si no viene velozmente un auxilio de fuera. Sólo una impetuosa victoria de los prusianos y de los austriacos podría aún salvarlos. Cierto que en este momento, en la última de las últimas horas, antiguos amigos y otros recientemente adquiridos se ocupan en preparar una fuga. El general La Fayette quiere llevarse fuera de la ciudad al rey con su familia, yendo él a la cabeza de una división de caballería con sables desenvainados, el 14 de julio, durante las solemnes ceremonias del Campo de Matte. Pero María Antonieta, que todavía ve siempre a La Fayette como causante de todas sus desgracias, prefiere perecer antes de confiar sus hijos, su marido y su propia persona a este hombre excesivamente crédulo.

Por una razón más noble rechaza también otra proposición de la landgravesa de Hesse-Darmstadt para sacarla a ella sola del palacio como a la que está más en peligro, ya que este plan de fuga está pensado sólo para ella. «No, princesa -responde María Antonieta-, aun sintiendo todo el valor de sus ofrecimientos, no puedo aceptarlos. Estoy consagrada por toda la vida a mis deberes y a las personas queridas con las cuales comparto la desgracia y que, dígase lo que se quiera, merecen todo interés por el valor con que sustentan su posición... Ojalá que algún día todo lo que hacemos y sufrimos pueda hacer felices a nuestros hijos; es el único voto que me permito formular. Adiós, princesa. Me lo han quitado todo, menos el corazón, que me quedará siempre para amarla, no lo dude jamás; ésa sería la única desgracia que no sabría soportar.» Ésta es una de las primeras camas que María Antonieta no escribe pensando en sí misma, sino para la posteridad. En lo más profundo de sí misma sabe que la desgracia no puede ser ya detenida y, por tanto, sólo quiere cumplir aún con su último deber: morir dignamente y con la cabeza erguida. Acaso anhela ya, inconscientemente, una muerte rápida y, en lo posible, heroica, en lugar de este descenso, de hora en hora más profundo.

El 14 de julio, la fiesta popular de la toma de la Bastilla, cuando tiene que asistir -por última vez- a la gran ceremonia en el Campo de Marte, se niega a ponerse una cota de malla debajo de su vestido, como lleva su precavido esposo; por la noche duerme sola, aunque cierta vez una figura sospechosa haya aparecido en su cuarto. No abandona su morada, pues hace mucho tiempo que no puede pisar su propio jardín sin oír como canta el pueblo: Madame Veto avait promis de faire égorger tout Paris.

Se acabó también el sueño por la noche; cada vez que en una torre suena una campana se espantan ya en el palacio, porque podría ser la señal para el asalto de las Tullerías, de largo tiempo atrás definitivamente planeado. Por medio de emisarios y espías está enterada la corte, diariamente y casi a cada hora, de las deliberaciones en los clubes secretos y en las secciones de los arrabales, y sabe que sólo es ya cuestión de días, de tres, de ocho, de diez o acaso de quince, el que los jacobinos realicen un violento acto final, y, por otra parte, no es secreto para nadie lo que revelan esos espías. Pues con voz cada vez más retumbante exigen ya la destitución del rey los periódicos de Marat y de Hébert. Sólo un milagro podría salvarlos -María Antonieta lo sabe- o un avance rápido y aniquilador de los ejércitos prusianos y austriacos.

El espanto, el horror y el miedo de estos días de última expectación a impaciente espera se reflejan en las cartas de la reina a su fidelísimo amigo. Realmente, no son ya cartas, sino gritos bárbaros y trémulos clamores de angustia, al mismo tiempo confusos y penetrantes, como los de alguien a quien tienen acorralado y a quien están estrangulando.

Sólo con extremas precauciones y utilizando los más audaces medios es posible aún ahora hacer salir disimuladamente de las Tullerías alguna noticia, pues la servidumbre no es ya de fiar y hay espías delante de las ventanas y detrás de las puertas. Ocultas en paquetitos de chocolate, arrolladas en los forros de los sombreros, escritas con tinta simpática y en cifra (en general ya no de su propia mano), las cartas de María Antonieta están concebidas en tal forma que, en caso de ser sorprendidas, hagan el efecto de ser inocentes por completo. No hablan, en apariencia, más que de diversas cosas generales, de fingidas ocupaciones y negocios; lo que en realidad quiere decir la reina está, en general, expresado en tercera persona y además cifrado. Rápidos, cada vez más rápidos, se siguen ahora, uno tras otro, estos clamores de extrema angustia; antes del 20 de junio, todavía escribe la reina: «Sus amigos de usted creen imposible la restauración de su fortuna, o por lo menos muy remota. Déles usted, si puede, algún consuelo en este respecto; necesitan de él; su situación se hace más espantosa cada día». El 23 de junio, el aviso se hace ya más perentorio: «Su amigo se halla en el mayor peligro. Su enfermedad hace espantosos progresos. Los médicos no entienden ya nada de ello. Apresúrese, si quiere usted verlo. Comunique su desgraciada situación a sus parientes». Cada vez con mayor ardor asciende la fiebre que marca el termómetro (26 de junio): «Es necesaria una crisis rápida para poder librarlo, y ésta no se anuncia todavía por ningún lado; esto nos desespera. Comunique usted su situación a las personas que tienen negocios con él, a fin de que tomen sus precauciones; el tiempo apremia...». En medio de sus gritos de alarma, se espanta a veces la conturbada mujer, dotada de fina sensibilidad como toda verdadera enamorada, de intranquilizar hasta aquel punto al ser humano a quien quiere por encima de todo; hasta en lo más agudo de sus angustias y apremios, en lugar de acordarse de su propio destino, piensa en primer lugar María Antonieta en los tormentos espirituales que sus clamores de espanto tienen que producir en el amante: «Nuestra situación es espantosa; pero no se inquiete usted demasiado; me siento con valor, y hay algo en mí que me dice que muy pronto seremos felices y estaremos salvados. Sólo esta idea me sostiene.

¡Adiós! ¿Cuándo podremos volver a vemos tranquila mente?» (3 de julio). Y otra vez aún: «No se atormente usted demasiado por mí. Crea que el valor se impone siempre... Adiós. Apresure usted, si puede hacerlo, los socorros que se nos prometen para nuestra liberación... Cuídese usted para nosotros y no se inquiete por nuestra suerte».

Pero las cartas se suceden ahora con precipitación: «Mañana llegarán ochocientos hombres de Marsella. Se dice que dentro de ocho días la reunión de fuerzas será bastante para la ejecución del proyecto» (21 de julio). Y tres días más tarde: «Dígale usted al señor De Mercy que los días del rey y la reina están en el mayor peligro; que un aplazamiento de un día puede producir desgracias incalculables... La banda de asesinos crece sin cesar» . Y la última carta, la del 1° de agosto, que al propio tiempo es la última que recibe Fersen de la reina, describe todo el peligro con la clarividencia de la más extrema desesperación: «La vida del rey está evidentemente amenazada, lo mismo que la de la reina. La llegada de unos seiscientos marselleses y de gran número de otros diputados de todos los clubes jacobinos aumenta mucho nuestras inquietudes, por desgracia demasiado bien fundadas. Se toman precauciones de toda suerte para la seguridad de Sus Majestades, pero los asesinos vagan continuamente alrededor de palacio; excitan al pueblo; en una parte de la Guardia Nacional hay mala voluntad, y en la otra debilidad y cobardía... Por el momento, hay que pensar en evitar los puñales y en burlar a los conspiradores que hormiguean alrededor del trono próximo a desaparecer.

Desde hace tiempo, los facciosos no se toman ya ninguna molestia para ocultar su proyecto de aniquilar a la familia real. En las dos últimas asambleas nocturnas, la diferencia no estaba más que en cuanto a los medios que se deben emplear. Ha podido usted apreciar en una carta precedente lo importante que es ganar veinticuatro horas; no haré más que repetírselo hoy, añadiendo que, si no llega pronto ayuda, sólo la providencia podrá salvar al rey y a su familia».

El amante recibe en Bruselas estas cartas de la amada; bien puede pensarse en qué estado de desesperación. Desde la mañana hasta la noche lucha contra la inercia, la indecisión de los reyes, de los jefes de ejército, de los embajadores; escribe carta tras carta, hace visita tras visita a impulsa con todas sus fuerzas, azuzadas por la impaciencia, a una rápida acción militar. Pero el jefe supremo de los ejércitos, el duque de Brunswick, es un militar de aquella antigua escuela que piensa que, en un avance, hay que calcular con meses de anticipación el día que en que ha de comenzar. Lentamente, cuidadosamente, sistemáticamente, según leyes largo tiempo ha sobrepasadas, aprendidas en el arte militar de Federico el Grande, dispone Brunswick sus tropas, y, con el antiquísimo orgullo de los generales en jefe, no se deja mover por los políticos, ni mucho menos por los ajenos a la cuestión, ni siquiera una pulgada del prescrito plan de movilización. Declara que hasta mitad de agosto no puede pasar la frontera, pero promete que, según sus planes -el paseo militar es el eterno sueño favorito de todos los generales-, llegará de un solo empujón hasta París.

Pero Fersen, a quien perturban el alma los clamores de angustia de las Tullerías, sabe que no hay tiempo para tanto. Hay que hacer algo para salvar a la reina. En su turbación apasionada, realiza precisamente el amante lo que debe perder a la amada. Pues justamente con la medida con que pretende detener el ataque del populacho a las Tullerías sólo consigue acelerarlo. Hacía tiempo que María Antonieta había solicitado de los aliados la publicación de un manifiesto. Su razonamiento -muy justo- era que con este manifiesto se debía tratar de separar visiblemente la causa de los republicanos y de los jacobinos de la nación francesa, y, de este modo, infundir valor a los elementos franceses bien pensantes (es decir, bien pensantes desde el punto de vista de la reina) a infundir temor a los gueux, a los «bribones». Ante todo, deseaba que en este manifiesto no se tratara de las cuestiones internas de Francia y «se evitara hablar demasiado del rey, lo mismo que dar a comprender con excesiva claridad que, en realidad, se pretendía sostenerlo ». Soñaba con una declaración de amistad hacia el pueblo francés y, al mismo tiempo, una amenaza contra los terroristas. Pero el desdichado Fersen, con el alma llena de espanto, sabiendo que hasta que haya un verdadero auxilio militar por parte de los aliados pasará todavía una eternidad, pide que aquel manifiesto sea redactado en los términos más duros; él mismo escribe el proyecto, lo hace transcribir por medio de un amigo y, fatalmente, este bosquejo es el que llega a ser aceptado. El famoso manifiesto de las tropas aliadas a las tropas francesas está redactado en una forma tan imperiosa como si ya los ejércitos del duque de Brunswick estuvieran, victoriosos, a las puertas de París; contiene todo lo que, con mejor conocimiento de causa, quería evitar la reina.

Constantemente se habla de la sagrada persona del rey cristianísimo; se acusa a la Asamblea Nacional de haberse apoderado, contra todo derecho, de las riendas del poder, los soldados franceses son invitados a someterse inmediatamente al rey, su legítimo monarca, y la ciudad de París, para el caso de que el palacio de las Tullerías sea tomado por la fuerza, es amenazada con una «venganza ejemplar, memorable por toda la eternidad» , ejecuciones y destrucción total: las ideas de un Tamerlán enunciadas, antes del primer disparo de fusil, por un general débil de ánimos.

Es espantoso el resultado de esta amenaza en el papel. Hasta los mismos que hasta entonces se habían mantenido leales al rey se vuelven republicanos tan pronto como saben lo querido que es su rey por los enemigos de Francia, tan pronto como conocen que una victoria de las tropas extranjeras aniquilaría todas las conquistas de la Revolución, que la Bastilla habría sido tomada en vano, que habría sido inútil el juramento del Juego de Pelota y que no sería valedero lo que habían jurado innumerables franceses en el Campo de Marte. La mano de Fersen, la mano del amante, ha prendido el fuego, con esta loca amenaza, a una bomba cargada de metralla. Y con este idiota desafío estalla la cólera de veinte millones de franceses.

En los últimos días de julio es conocido en París el texto del desdichado manifiesto del duque de Brunswick. La amenaza de los aliados de arrasar París si el pueblo asalta las Tullerías es considerada por el pueblo como un desafío, como una provocación al ataque.

Al instante se hacen los preparativos, y si no se actúa inmediatamente es sólo porque se quiere esperar hasta que lleguen las tropas selectas, los seiscientos republicanos escogidos de Marsella. El 6 de agosto desfilan éstos por las calles, quemados por el sol del Mediodía, figuras rudas y resueltas, y, guiando el ritmo de su marcha, cantan una canción nueva, cuyos acentos, en pocas semanas, han de arrastrar al país entero, La Marsellesa, el himno de la Revolución, que, en una hora de inspiración, fue compuesto por un oficial totalmente desconocido. Todo está dispuesto ahora para el último golpe contra la podrida monarquía. Puede comenzar el ataque. «Allons, enfants de la patrie...»

 

EL DIEZ DE AGOSTO

La noche del 9 al 10 de agosto de 1792 anuncia un cálido día. Ninguna nube en el cielo, en el que brillan millares de estrellas; ni un soplo de aire; perfectamente tranquilas se divisan las calles solitarias; los tejados centellean a la blanca luz de la luna de estío.

Pero esta calma no engaña a nadie. Y si las calles están extraordinariamente desiertas, viene a confirmar este hecho el que se prepara algo extraordinario y singular. La Revolución no duerme. En las secciones, en los clubes, en sus viviendas, están reunidos los jefes, mensajeros portadores de órdenes corren, sospechosamente y en silencio, de una circunscripción en otra; aun permaneciendo visibles, los jefes del Estado Mayor del levantamiento: Danton, Robespierre y los girondinos, preparan para el ataque el ejército ilegal del pueblo de París.

Pero tampoco duerme nadie en el palacio. Hace días que se espera un levantamiento. Se sabe que no en vano han venido los marselleses a París, y las últimas noticias dicen que es de esperar el ataque para la mañana siguiente. Las ventanas permanecen abiertas en la asfixiante noche calurosa de verano: la reina y madame Elisabeth escuchan los rumores de fuera. Pero aún no se oye nada. Silenciosa calma asciende del cerrado jardín de las Tullerías; sólo se perciben los pasos de los guardias en el patio, a veces retiñe un sable o piafa un caballo, pues hay más de dos mil soldados acampados en palacio; las galerías están llenas de oficiales y nobles armados.

Finalmente, a la una menos cuarto de la madrugada resuena el rebato de una campana en un lejano arrabal -todos se precipitan hacia las ventanas-; ahora se oye una segunda, una tercera, una cuarta. Y lejos, muy a lo lejos, el redoble de tambores. Desde aquel momento no hay duda: los insurrectos se reúnen. Algunas horas más, y todo estará resuelto. La reina, agitada, corre constantemente a la ventana para oír si se hace más fuerte la señal amenazadora. Aquella noche nadie duerme. Por fin. A las cuatro de la madrugada, se alza sangriento el sol en un cielo sin nubes. Va a ser un día caluroso.

En el palacio todo está dispuesto. En el último momento ha llegado el regimiento más digno de confianza de que dispone la Corona, el de los suizos: novecientos hombres duros, inmutables, educados en una disciplina de hierro y siempre fieles a su deber.

Desde las seis de la tarde guardan, además, las Tullerías dieciséis batallones escogidos de la Guardia Nacional y de la caballería: los puentes levadizos están alzados; los centinelas, triplicados, y una docena de cañones cierran la entrada de palacio con sus amenazadoras y silenciosas bocas. Fuera de esto, han enviado recado a dos mil nobles, y hasta medianoche han dejado abierta la puerta, pero perfectamente en vano; sólo ha venido un pequeño grupo, aproximadamente de unas ciento cincuenta personas, la mayoría gente noble, vieja y canosa. De la disciplina cuida Mandat, un oficial valiente y enérgico, decidido a no retroceder ante ninguna amenaza. Pero esto lo saben también los revolucionarios, y a las cuatro de la madrugada lo llaman para que vaya al Ayuntamiento.

Estúpidamente, lo deja partir el rey, y aunque Mandat sabe lo que le amenaza y lo que le espera, acude al llamamiento. Una nueva Comuna revolucionaria, que se ha apoderado de la casa municipal sin mandato de nadie, lo recibe y le forma un breve proceso; dos horas más tarde, después de ser traidoramente asesinado, su cadáver flota por el Sena con el cráneo destrozado. Han privado a las tropas de la protección de su jefe, de su resuelto corazón, de su enérgica mano.

Pues el rey no es ningún jefe. Indecisamente, va dando trompicones de una habitación a otra el consternado hombre, con una bata de casa de color violeta, la peluca de través, con la mirada vacía, y espera y espera. Todavía ayer se había acordado defender las Tullerías hasta la última gota de sangre y, con un energía desafiadora, habían convertido el palacio en una fortaleza, en un campamento. Pero ahora, antes de haberse mostrado el enemigo, se comienza de nuevo a vacilar, y esta vacilación procede de Luis XVI. Siempre que hay que tomar una resolución, este hombre, que no es un cobarde pero que se espanta de toda responsabilidad, se siente como enfermo, y ¿cómo es posible esperar valor de los soldados cuando se ve temblar al jefe? E1 regimiento suizo, rígidamente gobernado por sus oficiales, se mantiene firme; pero comienzan a ser visibles sospechosos indicios en la Guardia Nacional desde que se oye preguntar una y otra vez: «¿Se combatirá? ¿No se combatirá?» Apenas puede ocultar ya la reina su exasperación ante las debilidades de su esposo.

María Antonieta quiere que haya ahora una última decisión. Sus nervios, agotados, no pueden soportar por más tiempo esta eterna tensión; su orgullo, el estar constantemente amenazados y siempre agachar indignamente la cabeza. En aquellos dos años ha adquirido suficiente experiencia para saber que las condescendencias y retiradas no debilitan las exigencias de una Revolución, sino que sólo sirven para fortalecer su arrogancia. Ahora, la monarquía se encuentra en el último, en el más bajo de los escalones; detrás sólo hay un amenazador abismo; un paso más, y todo está perdido, hasta el honor. Esta mujer, trémula de orgullo, querría bajar ella misma junto a los desanimados guardias nacionales para infundirles resolución con su propia resolución y amonestarlos al cumplimiento de su deber. Inconscientemente acaso, se ha despertado en ella, en esta hora, la memoria de su madre, recordando como, en la extrema necesidad, se presentó igualmente entre los vacilantes nobles húngaros con el heredero del trono en los brazos, y éstos, entusiasmados con este solo gesto, se pasaron a su bando. Pero también sabe que en tales horas una mujer no puede reemplazar a su marido, ni una reina a un rey.

Por tanto, persuade a Luis XVI de que debe pasar revista a las tropas por última vez antes del combate, levantando con una alocución el vacilante ánimo de los defensores.

La idea es buena: el instinto es siempre infalible en María Antonieta. Un par de ardientes palabras, como las que siempre supo encontrar Napoleón en los momentos de peligro sacándolas de lo más profundo de sus convicciones, una promesa del rey de morir con sus soldados, un gesto enérgicamente persuasivo, y estos batallones, aún vacilantes, se habrían convertido en un muro de bronce. Pero he aquí que baja trompicando por la gran escalera, con el sombrero bajo el brazo, un hombre corto de vista, torpe, pesado de movimientos y sin nada de marcial en su persona, y balbucea algunas palabras inhábiles y deshilvanadas: «Se dice que vienen... Mi causa es la de todos los buenos ciudadanos...

¿No es verdad que nos batiremos valientemente...?» . El tono vacilante, la actitud de aturdimiento, aumentan la incertidumbre en vez de aminorarla. En lugar del esperado grito de « ¡Viva el rey!», le responde primero el silencio, después el ambiguo grito de «¡Viva la nación!» y finalmente, cuando el rey se atreve a llegar hasta la verja, donde las tropas fraternizan ya con el pueblo, oye ya francos gritos de sublevación: «¡Abajo el veto! ¡Abajo el cerdo gordo!». Sus propios partidarios y los ministros rodean ahora espantados al rey y vuelven a llevarlo a palacio. « ¡Gran Dios! ¡Insultan al rey!», grita desde el primer piso el ministro de Marina, y María Antonieta, que tiene los ojos enrojecidos a inflamados de las lágrimas y la falta de sueño y que ha contemplado desde arriba el lamentable espectáculo, se retira llena de amargura. « Todo está perdido -le dice, emocionada, a su camarera-. El rey no ha mostrado ninguna energía, y esta revista ha hecho más daño que provecho.» Antes de que comience, la batalla está ya terminada.

En esta mañana del definitivo combate decisivo entre la monarquía y la República se encuentra también entre la muchedumbre cierto joven teniente, un oficial desempleado, natural de Córcega, Napoleón Bonaparte, el cual se mofaría, como de un loco, de cualquiera que le dijera que había de habitar una vez este palacio como sucesor de Luis XVI. Como no tiene que prestar servicio alguno, examina, en su ociosidad, con su impecable mirada de soldado, las posibilidades de éxito de un ataque y las de defensa. Un par de cañonazos, un enérgico contraataque, y esta canalla (como más tarde, desde Santa Elena, califica despreciativamente a las tropas del arrabal) sería rechazada como con una escoba de hierro. Si el rey hubiese tenido consigo a este tenientillo de artillería, se habría sostenido contra todo París. Pero no hay nadie en este palacio que tenga el corazón de hierro ni la mirada rápidamente comprensiva de aquel joven oficial. «No ataquéis; manteneos firmes: defendeos fuertemente», son todas las órdenes que se da a los soldados, semimedidas que son ya una derrota completa. Mientras tanto son ya las siete de la mañana, ha llegado la vanguardia de los sublevados, una partida desordenada de gentes mal armadas, no temibles por sus capacidades guerreras, sino sólo por su indomable resolución. Algunos de ellos se reúnen ya delante del puente levadizo. La resolución no puede ser dilatada por más tiempo. Roederer, el procurador general, percibe su responsabilidad. Ya una hora antes ha aconsejado al rey que se traslade a la Asamblea Nacional y se ponga bajo su protección. Pero entonces María Antonieta habla furiosa: «Señor mío, tenemos aquí bastantes fuerzas, y ha llegado por fin el momento de saber quién debe obtener el triunfo, si el rey o los sublevados, si la Constitución o los revolucionarios». Mas el mismo rey no encuentra ahora ninguna enérgica palabra.

Respirando penosamente, permanece sentado en su sillón, con azorada mirada, y espera no sabe para qué; sólo quiere prolongar aún la situación, no decidir el momento. Entonces vuelve otra vez Roederer, con su banda sobre el pecho, que en todas partes le abre el paso; algunos consejeros municipales le acompañan. «Sire -dice enérgicamente a Luis XVI-, Vuestra Majestad no tiene ya ni cinco minutos que perder; no hay ya ninguna otra seguridad para ella sino en la Asamblea Nacional.» « Pero no veo todavía mucha gente en la plaza del Carrousel», responde Luis XVI, que angustiosamente quiere ganar tiempo.

«Sire, una inmensa muchedumbre llega de los arrabales, arrastrando doce cañones.» Un consejero municipal, un comerciante de encajes en cuya casa la reina, en otros tiempos, había realizado compras con frecuencia, une las suyas a las advertencias de Roederer: « Cállese usted, señor. Deje hablar al procurador general», le suelta al instante, como una ducha, María Antonieta (siempre siente igual cólera cuando alguien a quien ella no aprecia quiere salvarla). Se vuelve entonces hacia Roederer: «Pero, señor, tenemos una fuerza armada». «Señora, todo París está en marcha, la acción es inútil; la resistencia, imposible.» María Antonieta no puede dominar ya su excitación; la sangre se le sube al rostro.

Tiene que dominarse para no estallar contra aquellos hombres en toda su debilidad, ninguno de los cuales muestra un pensamiento viril. Pero la responsabilidad es inmensa; en presencia del rey de Francia, una mujer no debe dar órdenes para el combate. Espera, pues, la decisión del eternamente indeciso. Levanta éste por fin su pesada cabeza, mira a Roederer durante algunos segundos, después suspira y dice, feliz de haber resuelto: «¡Vámonos!».

Y por medio de las filas nobles que lo contemplan sin ningún aprecio, ante sus soldados suizos, a quienes olvida decir algunas palabras para que sepan si deben o no combatir, por medio de la muchedumbre del pueblo, cada vez más compacta, que injuria públicamente al rey, a su mujer y a los escasos fieles, y hasta los amenaza, abandona Luis XVI, sin combate, sin una tentativa de resistencia, el palacio edificado por sus antepasados y que jamás debe volver a pisar. Recorren el jardín, delante el rey con Roederer, detrás la reina del brazo del ministro de Marina, con su hijito al lado. Se dirigen con indigna prisa hacia el manège cubierto, donde en otro tiempo se divertía con cabalgatas la corte, alegre y despreocupada, y donde ahora la Asamblea Nacional del pueblo presencia, orgullosa, cómo un rey, temblando por su vida, busca su protección sin haber luchado.

Son aproximadamente doscientos pasos de camino. Pero con estos doscientos pasos, María Antonieta y Luis XVI han caído irreparablemente del poder. Ha terminado la monarquía.

La Asamblea Nacional ve con heterogéneos sentimientos cómo el antiguo señor, a quien todavía está ligada por el juramento y el honor, invoca ante ella el derecho de hospitalidad. En la magnanimidad de la primera sorpresa declara, como presidente, Vergniaud: «Podéis contar, Sire, con la firmeza de la Asamblea Nacional. Sus miembros han jurado morir defendiendo los derechos del pueblo y de las autoridades constituidas».

Es ésta una gran promesa, pues, conforme a la Constitución, el rey sigue siendo una de las autoridades legalmente establecidas, y, en medio del caos, procede la Asamblea Nacional como si todavía existiera un orden legal. Se examina pedantescamente el artículo de la Constitución que prohíbe que el rey esté presente en la sala durante las deliberaciones de la Asamblea Nacional, y, como se quiere continuar deliberando, se le destina como asilo el palco inmediato, en el cual habitualmente se sientan los taquígrafos.

Este palco es un espacio tan bajo de techo que no hay manera de estar a11í de pie; delante alguna sillas, al fondo un banco de paja; una verja de hierro to separaba hasta ahora del verdadero local de la Asamblea. Mas esta verja es quitada ahora rápidamente, con limas y martillos, con la colaboración personal de los diputados, pues todavía se cuenta con la posibilidad de que el populacho de las calles pueda intentar sacar violentamente a la real familia. Para este caso extremo está permitido que los diputados interrumpan toda deliberación y coloquen en medio de ellos a la real familia. En esta jaula, que en aquel ardiente día de agosto está caldeada hasta la asfixia, tienen que permanecer ahora, durante dieciocho horas, María Antonieta y Luis XVI con sus niños, expuestos a las miradas curiosas, malignas o compasivas de la Asamblea. Pero lo que hace aún más cruel su humillación que cualquier manifestación de odio, embozada o expresa, es la perfecta indiferencia con que, durante dieciocho horas, la Asamblea Nacional prescinde de la real familia. Se les considera tan escasamente como si fueran los ujieres o los espectadores de las tribunas; ningún diputado se levanta para ir a saludarlos; nadie piensa en hacerles más soportable la permanencia en aquella cuadra proporcionándoles cualquier comodidad.

Sólo les es permitido escuchar cómo se habla de ellos, como si no existiesen; escena de fantasmas, como si alguien contemplara desde la ventana su propio entierro.

De repente, un estremecimiento recorre la Asamblea. Algunos diputados saltan de sus asientos y prestan oído; las puertas son abiertas violentamente, y entonces se oyen, con toda claridad, disparos de fusilería a11í al lado, en las Tullerías, y después vibran las ventanas con el ahogado retumbar de los cañones. Al entrar en palacio, los sublevados han chocado con la guardia suiza. En la lamentable precipitación de su huida, ha olvidado por completo el rey dar una orden, o acaso, posiblemente también, no ha tenido fuerza para decidirse a pronunciar claramente un sí o un no. Fieles al primer mandato no revocado de mantenerse a la defensiva, los guardias suizos defienden la jaula vacía de la monarquía, las Tullerías, y al mandato de sus oficiales han disparado algunas salvas. Han barrido ya de gente el patio; se han apoderado de los cañones que habían arrastrado a11í los sublevados, probando con ello que un monarca resuelto hubiera podido defenderse honorablemente en medio de sus tropas fieles. Pero ahora se acuerda el rey, el monarca sin cabeza -pronto dejará de tenerla materialmente-, de su deber de no exigir de los otros valor y sacrificio de sangre cuando él mismo se ha mostrado sin energía, y envía orden a los suizos para que cesen en su defensa del palacio. Pero, eterna palabra, fatal en su lamentable destino, ¡es demasiado tarde! Su falta de decisión y su olvido han costado ya la vida a más de mil personas. Sin obstáculo alguno invade la enfurecida masa el indefenso palacio. De nuevo relucen las sangrientas linternas de la Revolución: clavadas en picas son llevadas las cabeza de los asesinados realistas, y sólo a las once de la mañana termina la carnicería. Ninguna cabeza más cae en aquel día, pero sí una corona.

Apretada en el asfixiante palco, la familia real tiene que asistir, sin que les sea lícito decir una palabra, a todo lo que ocurre en esta Asamblea. Primero ve a sus fieles suizos, negros de pólvora, derramando sangre, que entran precipitadamente, y detrás de ellos a los sublevados vencedores, que querían arrancarlos violentamente a la protección de la Asamblea. Después son depositados sobre la mesa del presidente objetos que proceden del saqueo del palacio: objetos de plata, alhajas, cartas, estuches y asignados. María Antonieta tiene que oír, sin abrir la boca, cómo son alabados los jefes de la insurrección.

Tiene que escuchar, impotente y muda, cómo los delegados de las diferentes secciones se acercan a la barra y, con palabras vehementes, exigen que sea depuesto el rey; cómo los hechos más manifiestos son falseados en los informes, por ejemplo, que por orden de palacio es por lo que han tocado a rebato las campanas, que el palacio ha atacado a la nación y no la nación al palacio. Y puede presenciar una vez más el eterno espectáculo, siempre repetido, de que los políticos se acobardan tan pronto como advierten que ha cambiado el rumbo del viento. El mismo Vergniaud, que todavía dos horas antes prometía, en nombre de la Asamblea, antes morir que permitir que fueran tocados los derechos de las autoridades constituidas, capitula ahora precipitadamente y presenta una proposición para prescindir del representante del poder suspensivo, es decir, del rey, y propone el traslado de la familia real al palacio del Luxemburgo, «bajo la protección de los ciudadanos y de la ley», es decir, como prisioneros. Para atenuar algo este cambio ante los diputados de opiniones monárquicas, se propone, por pura fórmula, el nombramiento de un preceptor para el delfín, pero en realidad nadie piensa ya en la corona ni en un rey. Le privan de su veto, su única prerrogativa; las mismas leyes que ha rechazado las pone ahora en vigor la Asamblea Nacional por su propia soberanía; ni una sola mirada pide la aprobación de aquel hombre desvalido que se sienta en su escabel, fatigado y sudoroso, en el palco de los taquígrafos y que, acaso en su fondo más íntimo, esté contento de que no se le consulte ya nada. Desde ahora, Luis XVI no necesita tomar ya ninguna decisión. Desde ahora, los otros decidirán lo que va a ser de él.

Ocho horas, doce, catorce, dura la sesión, y los cinco seres humanos que se amontonan como ganado en aquel palco no han dormido en la anterior noche de espanto, y desde esta mañana han vivido toda una eternidad. Los niños, que no comprenden nada de todo aquello, se han adormecido, fatigados; al rey y a la reina les brilla el sudor sobre la frente; una y otra vez, María Antonieta tiene que hacer que le humedezcan con agua el pañuelo; una o dos veces bebe un vaso de agua helada que le tiende una mano caritativa. Con ojos abrasados, fatigada y espantosamente despierta al mismo tiempo, espera en aquella abrasadora caldera, donde la máquina de las palabras, desde hace horas y horas, está torciendo el hilo de su suerte. Muy al contrario de su esposo, no toma ni un solo bocado.

Sin preocuparse de los espectadores, Luis XVI hace que le traigan varias veces de comer; masca y masca en el plato con sus pesadas y lentas mandíbulas, exactamente con igual sosiego que en la vajilla de plata de su mesa de Versalles. Ni aun los más extremos peligros pueden privar de hambre ni de sueño a este cuerpo tan poco regio. Los pesados párpados se cierran poco a poco, y, en medio del combate que le cuesta la corona, descabeza Luis XVI un sueñecito de una hora. María Antonieta se ha apartado de su lado, escondiéndose en la oscuridad. En tales horas se avergüenza siempre de la espantosa a indigna debilidad de este hombre, que cuida más de su estómago que de su honor y que, hasta en medio de las más temibles humillaciones, es capaz de atiborrarse sosegadamente de manjares y de quedarse adormecido. Con ojos abrasados, aparta la vista hacia otro lado, para no dar a conocer su cólera; también de la Asamblea aparta su atención la reina, y le gustaría poder taparse los oídos con las manos. Sólo ella advierte todas las vilezas de este día y percibe ya, con su contraída garganta, el sabor a hiel de todo to que tiene que venir después; pero, siempre grande en las horas en que se siente provocada, ni por un momento pierde su continente; esos sublevados no deben ver una sola lágrima suya ni oír un solo suspiro de sus labios, y solamente se refugia, cada vez más, en lo más profundo y lo más oscuro del palco.

Por fin, después de haber pasado dieciocho crueles horas en esta jaula puesta al rojo, les es permitido al rey y a la reina trasladarse al antiguo convento de los Feuillants, donde en una de aquellas celdas, vacías y abandonadas, les preparan a toda prisa una cama.

Mujeres desconocidas le prestan una camisa y alguna ropa blanca a la reina de Francia; y como ha perdido su dinero, o, en el tumulto, ha olvidado recogerlo, tiene que tomar prestadas algunas monedas de oro de una de sus propias criadas. Por fin, ahora que están solos, toma María Antonieta algunos bocados. Pero por fuera de las enrejadas ventanas no se ha restablecido todavía la calma; siguen pasando siempre inacabables partidas – pues la ciudad arde en fiebre -, y hacia el lado de las Tullerías se oye un ahogado rodar de carruajes. Son las carretas que se llevan los cadáveres de las mil víctimas; espantoso trabajo, propio de la noche. Al cadáver de la monarquía lo echarán a un lado a la luz del día.

A la mañana siguiente y a la otra, la familia real tiene que asistir otra vez a las deliberaciones de la Asamblea Nacional en el mismo espantoso estado; de hora en hora pueden advertir cómo se va fundiendo su poder en esta ardiente estufa. Ayer se hablaba todavía del rey, pero hoy Danton habla ya de los «opresores del pueblo», y Coots, de los «individuos llamados reyes». Ayer se elegía todavía el palacio del Luxemburgo para « residencia» de la corte y se proponía designar un educador para el delfín; hoy, la fórmula es ya más cortante; quiere ponerse al rey sous la sauvegarde de la nation, una palabra más bella para decir prisión; fuera de eso, la Comuna, el nuevo Gobierno revolucionario de la ciudad, que se ha constituido en la noche del 10 de agosto, rechaza la proposición del Luxemburgo o del Ministerio de Justicia como futura residencia, y dice claramente la razón: porque sería demasiado fácil escaparse de estos dos edificios. Sólo en el Temple podría responder de la seguridad de los détenus -cada vez en forma más desnuda va manifestándose el concepto de aprisionamiento-. La Asamblea Nacional, íntimamente satisfecha de alejar de si la resolución, transmite a la Comuna el cuidado de ocuparse del rey; la Comuna promete trasladar al Temple a la familia real, «con todo el respeto debido a la desgracia»: con ello está todo ultimado, y durante todo el día sigue dando vueltas sin cesar el molino de palabras, pero ni uno solo habla en favor de los humillados, que están a11í encorvados en la oscuridad del palco, como a la sombra de su destino.

Por fin, el 13 de agosto está dispuesto el Temple. Un inmenso camino ha sido recorrido en estos tres días. Desde la monarquía absoluta a la Asamblea Nacional han pasado siglos; desde la Asamblea Nacional a la Constitución, dos años; desde la Constitución, algunos meses; desde el asalto de las Tullerías a la cautividad, sólo tres días. Ahora no serán necesarias más que algunas semanas de plazo para ir hasta el cadalso, y después sólo un empujón para bajar a la fosa.

A las seis de la tarde del 13 de agosto es llevada la familia real al Temple bajo la custodia de Pétion -alas seis de la tarde, antes de que comience el crepúsculo, y no durante la noche, pues se desea que el pueblo victorioso pueda contemplar cómo es llevado a la prisión su antiguo señor y, sobre todo, la orgullosa reina-. Dos horas, con una marcha intencionadamente lenta, se hace que ruede el coche por media ciudad; hasta se da el rodeo de pasar por la plaza de Vendôme, a fin de que Luis XVI pueda contemplar la estatua de su antepasado Luis XIV derribada de su pedestal, y, en su fuero interno, no le queda ya duda de que no sólo ha llegado el final de su soberanía, sino el de toda su estirpe.

Pero en la misma noche en que el que fue señor de Francia cambia por una prisión el palacio de sus antepasados, muda también de residencia el nuevo amo de París. En la propia noche, la guillotina es sacada del patio de la Conserjería y se la instala, amenazadora, en la plaza del Carrousel. Francia debe saber que desde el 13 de agosto ya no impera sobre ella Luis XVI: ahora reina el Terror.

 

EL TEMPLE

Es ya oscuro cuando la familia real llega delante del antiguo castillo de los templarios, el Temple. Las ventanas del edificio principal están iluminadas con innumerables linternas -¿no es aquél un día de fiesta popular?-. María Antonieta conoce este palacete.

Ha habitado aquí, durante los dieciocho años frívolos del rococó, el hermano del rey, el conde de Artois, su camarada de bailes y diversiones. Con repiqueteantes cascabeles, envuelta en preciosas pieles, fue hasta allí una vez, en invierno, catorce años hace, en un trineo ricamente decorado, para comer a toda prisa en casa de su cuñado. Hoy, unos amos de casa menos amables, los miembros de la Comuna, la invitan a quedarse allí permanentemente, y, en vez de lacayos, se alzan delante de las puertas, como cuidadosos vigilantes, guardias nacionales y gendarmes. La gran sala donde sirven la comida a los prisioneros es conocida por nosotros por un cuadro célebre: «Un té en casa del príncipe Conti». El mozuelo y la muchacha que entretienen en él con un concierto a una sociedad ilustre son nada menos que el niño de ocho años Wolfgang Amadeo Mozart y su hermana: música y alegría han resonado en este recinto; nobles señores, felices y gozadores de la vida, han habitado últimamente esta mansión.

Pero no es este elegante palacio, en cuyas cámaras, recubiertas de madera tallada y dorada, todavía queda quizás un suave aleteo de la argentina ligereza de las melodías de Mozart, lo que está destinado por la Comuna para residencia de María Antonieta y de Luis XVI, sino los dos torreones antiquísimos, redondos y de puntiagudo tejado, que se alzan junto a él. Edificados por los caballeros templarios de la Edad Media, con firmes sillares, como inexpugnable fortaleza, estos torreones, grises y tenebrosos. semejantes a la Bastilla, provocan primeramente un estremecimiento de supersticioso terror. Con sus pesadas puertas forradas de hierro, sus escasas ventanas, sus fúnebres patios entre murallas, hacen pensar en olvidadas baladas de otros tiempos, en la Santa Vehma, en la Inquisición, en antros de brujas y cámaras de tormento. De mala gana, con tímidas miradas, contemplan los parisienses esos restos últimos de una edad de violencia, que se han mantenido en pie, del todo inútiles y por ello doblemente misteriosos, en medio de un animado barrio de pequeños burgueses: era un símbolo de elocuencia cruel destinar estos viejos y ya inútiles muros para prisión de la vieja y ya inútil monarquía.

Las siguientes semanas sirven para aumentar la inviolabilidad de esta prisión dilatada.

Se demuele una fila de casitas que rodean las tomes, son echados abajo todos los árboles del patio, para que no impidan la vigilancia por ninguna parte; además, los dos patios que rodean a las torres, pelados y desnudos, son separados por un muro de piedra de los otros edificios, de modo que hay que atravesar primero tres recintos amurallados antes de que se penetre en la verdadera ciudadela. Se levanta en todas las salidas garitas de vigilancia, y en todas las puertas interiores que dan a los pasillos de cada piso se cuida de poner barreras para forzar a cada uno de los que entren o salgan a justificar su personalidad ante siete a ocho guardias diferentes. Como custodios, el consejo municipal, que responde de los prisioneros, elige a diario, echando suertes, cuatro diferentes comisarios que, alternativamente, vigilen día y noche todas las habitaciones y estén obligados, por la noche, a tomar en depósito la totalidad de las llaves de todas las puertas. Fuera de ellos y de los consejeros municipales, a nadie le es permitido penetrar sin una especial tarjeta de permiso de la municipalidad dentro de todo el recinto fortificado del Temple; ningún Fersen ni ningún otro amigo complaciente puede acercarse ya a la real familiar la posibilidad de hacer pasar cartas y de ponerse en contacto con los de fuera está -o por lo menos lo parece irrevocablemente excluida.

De modo más grave hiere aún a la real familia otra medida de precaución. En la noche del 19 de agosto se presentan los funcionarios municipales con la orden de sacar de allí a todas las personas que no pertenezcan a la real familia. Especialmente dolorosa para la reina es la despedida de madame de Lamballe, que, estando ya en seguro refugio, había vuelto voluntariamente de Londres para testimoniar su amistad en la hora del peligro.

Ambas presienten que no volverán nunca a verse; en esta despedida, no presenciada por ningún testigo, tiene que haber sido cuando María Antonieta, como única muestra de cariño, le regaló a su amiga aquel mechón de cabellos, encerrados en un anillo, con esta trágica inscripción: «Encanecidos por la desgracia», y que más tarde se halló sobre el despedazado cadáver de la asesinada princesa. También la preceptora, madame de Tourzel, y su hija tuvieron que ser trasladadas de esta prisión a otra especial, a la Force; lo mismo que los acompañantes del rey: sólo un ayuda de cámara le es dejado para servir a su persona. Con ello queda destruida la última apariencia y brillo de una corte, y, en adelante, las personas de la familia real, Luis XVI, María Antonieta, sus dos hijos y la princesa Elisabeth, se hallan consigo mismas, solas por completo.

El temor de un acontecimiento es, en general, más insoportable que el acontecimiento mismo. Por mucho que la prisión signifique una humillación para el rey y la reina, ofrece, en primer lugar, cierta seguridad a sus personas. Los gruesos muros que los rodean, los patios cerrados de barricadas, los puestos de guardia con los fusiles permanentemente cargados, cierto que impiden toda tentativa de fuga, pero protegen, al mismo tiempo, contra todo ataque imprevisto. Ya no necesita la real familia, como en las Tullerías, acechar a diario y a cada hora todo rebato de campanas y redobles de tambores para saber si hoy o mañana hay que aguardar algún ataque. En este torreón solitario es la misma distribución de tiempo, ayer como hoy, el mismo aislamiento seguro y tranquilo y el mismo alejamiento de todos los sucesos del mundo. El gobierno de la ciudad hace, al principio, todo lo posible para cuidar del bienestar puramente material de la real familia prisionera; despiadada en la lucha, la Revolución, según su última voluntad, no es inhumana. Después de cada duro golpe, vuelve a suspender otra vez su marcha durante un momento, sin sospechar que precisamente estas pausas, estas aparentes renuncias, hacen aún más sensible para los vencidos su derrota. Los primeros días después del traslado al Temple se esfuerza la municipalidad por presentar su prisión a los prisioneros como lo más aceptable posible. La gran torre es empapelada de nuevo y provista de muebles; se prepara todo un piso con cuatro habitaciones para el rey; cuatro habitaciones para la reina, su cuñada madame Elisabeth y los niños. Pueden en todo momento salir de la lúgubre y mohosa tome, ir a pasear por el jardín, y, ante todo, cuida la Comuna de que no carezcan de lo que, por desgracia, es lo más preciso para el bienestar del rey: una comida buena y abundante. Nada menos que trece personas cuidan a diario de su mesa; cada mediodía hay por lo menos tres sopas, cuatro principios, dos asados, cuatro platos ligeros, compota, fruta, vino de Malvasía, Burdeos, champaña; de modo que al cabo de tres meses y medio los gastos de cocina ascienden nada menos que a treinta y cinco mil libras. También se los provee abundantemente de ropa interior, de trajes y de todo lo que se refiere al pertrecho de la casa mientras Luis XVI no es todavía considerado como un criminal. Según sus deseos, recibe, para matar el tiempo, toda una biblioteca de doscientos cincuenta y siete volúmenes, en su mayor parte clásicos latinos; en esta primera época, muy corta, la prisión de la familia real no ha tenido en modo alguno carácter de castigo, y así, prescindiendo de la opresión moral, podían el rey y la reina llevar una vida tranquilamente cómoda y casi pacífica. Por la mañana hace María Antonieta venir a sus niños y los instruye o juega con ellos; a mediodía comen reunidos; de sobremesa juegan una partida de chaquete o de ajedrez. Mientras el rey lleva después a pasear al delfín por el jardín y con él echa a volar cometas, la reina, que es demasiado orgullosa para pasear públicamente bajo vigilancia, se ocupa, en general, en su habitación, con labores de mano. Por la noche acuesta ella misma a los niños, y después charlan todavía un poco o juegan a las camas; hasta alguna vez intentan tocar el clave, como en tiempos anteriores, o cantar un poco, pero, apartada del gran mundo y de sus amigas, le falta para siempre la perdida ligereza de su corazón. Habla poco, y prefiere estar sola o con los niños. Le falta como consuelo aquella gran piedad de Luis XVI y de su hermana, que rezan mucho y observan severamente todos los días de ayuno, con lo cual adquieren resignación y paciencia. La voluntad de vivir de la reina no se deja quebrantar tan fácilmente como la de aquellos seres de apagado temperamento: su pensamiento, hasta entre estos cerrados muros, está siempre dirigido hacia el mundo; su alma, habituada al triunfo, se niega todavía a renunciar, aún no quiere abandonar la esperanza -hacia dentro se reconcentran ahora sus no empleadas fuerzas-. Es la única que no se da por prisionera en la prisión; los otros sienten apenas su cautividad, y, si no fuera por la vigilancia y el eterno miedo del mañana, aquel pequeño burgués de Luis XVI y la monja de madame Elisabeth encontrarían realmente realizada la forma de vivir por la cual inconscientemente habían suspirado años y años: una pasividad sin responsabilidad ni pensamiento.

Pero la guardia está a11í. Sin interrupción se les recuerda con ello a los cautivos que hay otro poder que rige su destino. En el comedor ha colgado en la pared la Comuna la edición en folio del texto de la Declaración de los derechos del hombre, fechada en una forma dolorosa para un rey: «Año primero de la República». Sobre las placas de latón de su estufa tiene que leer el rey: «Libertad, igualdad, fraternidad». A la hora de la comida de mediodía aparece un comisario o el comandante como huésped no invitado. Cada pedazo de su pan es cortado por una mano extraña para investigar si acaso no contendrá algún mensaje secreto; ningún periódico puede entrar en el recinto del Temple; cada uno que penetra en la torre o sale de ella es registrado del modo más minucioso por los guardias, en busca de los papeles que pueda llevar escondidos, y, además, las puertas de las habitaciones regias son cerradas por fuera. Ni un solo paso pueden dar el rey o la reina sin que detrás de ellos, con el fusil cargado al hombro. aparezca la sombra de un guardia, ni tener ninguna conversación sin testigos, ni leer ningún impreso sin censurar. Sólo en su apartado dormitorio conocen la dicha y la merced de estar solos consigo mismos.

¿Esta vigilancia era, en realidad, intencionadamente vejatoria? ¿Los guardias a inspectores de la regia prisión eran auténticamente unos sádicos verdugos, tal como los describen las monárquicas historias de martirio? ¿En realidad han humillado sin cesar a María Antonieta y los suyos con innecesarias molestias, eligiendo especialmente para este objeto a sans-culottes especialmente groseros? Los informes de la Comuna lo contradicen, pero son parciales también ellos. Para resolver justamente la importante cuestión de si la Revolución ha ofendido conscientemente y maltratado al vencido monarca es de exigir la más extrema prudencia. Pues el concepto de Revolución es, en sí mismo, muy dilatado, abarca una escala de infinitos grados, desde la más alta idealidad hasta la brutalidad más positiva, desde la grandeza a la crueldad, desde lo espiritual hasta su contra río, la violencia; cambia de modo de ser y se transforma, porque siempre recibe su color de los hombres y de las circunstancias. En la Revolución francesa, como en toda otra, se dibujan claramente dos tipos de revolucionarios: los revolucionarios por idealidad y los revolucionarios por resentimiento; los unos, mejor dotados que la masa, quieren elevarla hasta su nivel, hacer ascender su educación, su cultura, su libertad, sus formas de vida. Los otros, que lo han pasado mal, quieren tomar venganza de aquellos que lo pasaron mejor, procuran dar satisfacción a su nuevo poder a costa de aquellos en otros tiempos poderosos. Esta disposición de ánimo, como fundada en la dualidad de la naturaleza humana, se halla en todos los tiempos. En la Revolución francesa, el idealismo había tenido primeramente la supremacía: la Asamblea Nacional, que se componía de nobles y burgueses y personas notables del país, quería auxiliar al pueblo, libertar a las masas, pero la masa libertada dirigió pronto su fuerza sin trabas contra sus propios libertadores; en la segunda fase ejercieron predominio los elementos radicales, los revolucionarios por resentimiento, y en ellos el poder era demasiado nuevo para que pudiera resistir al placer de gozar abundantemente de él. Figuras de pequeñez mental, libradas por fin de una situación estrecha, se apoderan del timón, y su anhelo es el de rebajar la Revolución hasta su propia medida, hasta su propia mediocridad mental.

El más típico y repugnante representante de estos revolucionarios por resentimiento es precisamente Hébert, a quien está confiada la suprema vigilancia de la real familia. Los más nobles, los más espirituales de la Revolución, Robespierre, Camille Desmoulins, Saint-Just, conocieron inmediatamente a este puerquísimo escritorzuelo, a este crapuloso charlatán por lo que realmente era: una apostema en el honor de la Revolución, y Robespierre lo extirpó -cierto que demasiado tarde- con un hierro candente. De un pasado sospechoso, públicamente culpable de desfalco en la caja de un teatro, sin colocación y sin escrúpulos, salta en medio de la Revolución como una pieza de caza perseguida dentro de un río, y la corriente lo sostiene porque, como dice Saint-Just, «según el espíritu y el peligro varía sus colores, como un reptil que se arrastra al sol» ; cuanto más se mancha de sangre la República, tanto más se tiñe de rojo su pluma en el Père Duchéne, el más innoble periódico parisiense de la Revolución, escrito con lodo más bien que con tinta. En el tono más ordinario -«como si una alcantarilla de París fuera el Sena», dice Camille Desmoulins-, adula a11í los más repulsivos instintos de la última de las más bajas clases socia les y con ello priva a la Revolución de todo prestigio en el extranjero; pero él, personalmente, le debe a esta popularidad entre el populacho, aparte de sus abundantes ingresos, su pues to en el consejo municipal y un poder cada vez más grande: en sus manos es colocado de modo fatídico el destino de María Antonieta.

Tal hombre, puesto como señor y vigilante de la real familia, goza evidentemente, con todo el contento de un alma pequeña, de la posibilidad de que le sea lícito tratar de un modo que le haga bajar la cabeza a toda una archiduquesa de Austria y reina de Francia.

De una cortesía intencionadamente helada en el trato personal, y siempre cuidadoso de mostrar que él es el auténtico representante de la nueva justicia, da libre curso Hébert, en el Pére Duchéne, con groseras injurias a su enojo porque la reina rehúsa toda conversación con él; es la voz del Père Duchéne la que solicita ininterrumpidamente el «salto de carpa» y el rasoir national para el «borracho y su golfa» , los mismos a quienes el señor procurador Hébert visita todas las semanas del modo más cortés. Indudablemente que las palabras de su boca eran más violentas que los sentimientos de su corazón; pero ya hay una innecesaria humillación para los vencidos en el hecho de encargar precisamente al más despiadado y más insincero de todos los patriotas de que sea jefe supremo de la prisión. Porque el miedo a Hébert actúa naturalmente sobre los soldados de la guardia y los empleados. Por temor a ser considerados como negligentes, tienen que hacer mayores crueldades de las que querrían hacer; mas de otra parte, sus gritos de odio han servido a los encerrados de modo sorprendente, pues los honrados y cándidos artesanos y pequeños burgueses que Hébert coloca como guardianes han leído siempre en las páginas del Pére Duchéne cosas terribles acerca del «sanguinario tirano» y de la austriaca prostituta y dilapiladora. Y ahora, destinados al servicio de vigilancia, ¿qué es lo que ven? Un inocente y gordo burgués que con su hijito de la mano, va a pasear por el jardín y mide, con él mismo, cuántas pulgadas y pies cuadrados tiene de superficie el patio; lo ven comer mucho y con regodeo, dormir y estar inclinado sobre sus libros.

Pronto reconocen que este torpe y buen padre de familia no es capaz de hacer daño ni a una mosca; es verdaderamente difícil odiar a un tal tirano, y si Hébert no vigilara tan severamente, los soldados de la guardia probablemente habrían charlado con aquel humilde señor como con un camarada del pueblo, bromeando con él y hasta jugando a las camas. La reina, naturalmente, impone mayores distancias. María Antonieta, en la mesa, ni una sola vez dirige la palabra a los inspectores, y cuando viene una comisión y le pregunta si desea alguna cosa o tiene alguna queja que dar, responde invariablemente que no desea ni apetece nada. Prefiere echar sobre sí todas las desazones a pedir un favor a ninguno de los guardianes de su prisión. Pero precisamente esta altivez en la desgracia impresiona a aquellos hombres simples y, como siempre, una mujer que sufre visiblemente provoca especial compasión. Pero a poco, los guardianes, que en realidad comparten la prisión con los prisioneros, llegan a sentir cierta inclinación hacia la reina y la real familia, y sólo esto explica la posibilidad de diversas tentativas de evasión; si, como se dice en las Memorias monárquicas, los soldados de la guardia se condujeron de un modo extremadamente áspero y acentuando su republicanismo; si, al pasar arriba y abajo, lanzaban una grosera blasfemia o silbaban más ruidosamente de lo que fuera menester, tal cosa sólo ocurría realmente para disimular cierta íntima compasión ante los vigilados. Mejor que los ideólogos de la Convención, ha comprendido el pueblo bajo que los vencidos merecen respeto en su desgracia, y ante los soldados del Temple, aparentemente tan groseros, ha encontrado la reina mucho menos odio y menos actos odiosos que en los salones de Versalles en otros tiempos.

Pero el tiempo no se mantiene inmóvil, y aunque esto no se perciba en aquel cuadrilátero amurallado, fuera vuela con aletazos gigantescos. Malas noticias vienen de la frontera; por fin se han puesto en movimiento los prusianos y los austriacos, y en el primer encuentro han dispersado a las tropas revolucionarias. En la Vendée, los aldeanos están sublevados; comienza la guerra civil; el Gobierno inglés ha retirado su embajador; La Fayette deja el ejército, amargado por el radicalismo de una Revolución provocada por él mismo; las subsistencias llegan a ser escasas, el pueblo está agitado. La más peligrosa de todas las palabras, la palabra «traición», como después de todas las derrotas, brota de millares de lenguas y perturba toda la ciudad. En esta hora, Danton, el más fuerte y menos escrupuloso de los hombres de la Revolución, empuña la sangrienta barrera del Terror y toma la espantosa resolución de dejar asesinar durante tres días y tres noches de septiembre, a todos los más o menos sospechosos. Entres unas dos mil víctimas, cae también la amiga de la reina, la princesa de Lamballe.

En el Temple, la familia real no sabe nada de estos espantosos acontecimientos, ya que vive apartada de toda voz viviente y de toda letra impresa. Sólo oye, de repente, cómo comienzan a sonar las campanas de las tres, y María Antonieta conoce muy bien aquellas aves de bronce de la desgracia. Ya sabe que cuando retumban sobre la ciudad con sus sones revoloteantes descarga una tempestad, se acerca volando cualquier desastre. Excitados, murmuran entre sí los prisioneros de la torre: ¿Estará ya por fin el duque Brunswick, con sus tropas, a las puertas de París? ¿Ha estallado una revolución contra la Revolución? Más abajo, en la cerrada entrada del Temple, deliberan con la mayor agitación los guardias y empleados municipales: ellos saben más. Mensajeros que llegan precipitadamente han anunciado que una inmensa muchedumbre avanza desde los arrabales, trayendo clavada en una pica, flotantes los cabellos, la lívida cabeza de la princesa de Lamballe y arrastrando detrás su tronco, desgarrado y mutilado, es indudable que esta inhumana banda de asesinos, borracha de sangre y de vino, quiere gozar ahora del último triunfo canibalesco mostrando a María Antonieta la pálida cabeza de su amiga muerta y el cuerpo desnudo y afrentado con el cual la reina, según convicción general, durante tanto tiempo ha cometido deshonestidades. Desesperada, la guardia envía mensajeros a la Comuna pidiendo refuerzos militares, pues ella sola no puede hacer frente a esas enfurecidas masas; pero el cauteloso Pétion permanece invisible, como siempre, cuando la situación es peligrosa; no viene ningún refuerzo y ya brama aquella muchedumbre, con sus espantosas presas, delante de la puerta principal. Para no enfurecer aún más a las masas y evitar un asalto que indudablemente sería mortal para la real familia, procura el comandante detener a aquella tropa; deja primeramente que el báquico cortejo pene tre en el patio exterior del recinto del Temple, y, como un sucio arroyo desbordado, pasa espumeando la muchedumbre a través de la puerta.

Dos de los caníbales arrastran el desnudo cuerpo cogido por las piernas; otro levanta en sus manos las sangrientas entrañas; un tercero alza en una pica la ensangrentada cabeza de la princesa, de una palidez verdosa. Con estos trofeos quieren subir a la torre para obligar a la reina, según anuncian, a que bese la cabeza de su querida. Es inútil pretender usar de la fuerza contra estos alborotadores; por ello, uno de los comisarios de la Comuna intenta emplear la astucia. Dándose a conocer por la banda oficial de su cargo, exige silencio y pronuncia un discurso. Para atraerlos, alaba primeramente a la muchedumbre por su acción magnífica y les propone que paseen la cabeza a través de todo París, a fin de que el pueblo entero pueda admirar este «trofeo», «eterno monumento de victoria».

Felizmente hace su efecto la lisonja y, con salvaje vocerío, parten aquellos borrachos para seguir arrastrando por las calles el desnudo y afrentado cuerpo, hasta llegar al Palais Royal.

Mientras tanto, los cautivos de la torre se sienten impacientes. Oyen abajo el confuso griterío de una furiosa multitud, sin comprender lo que quiere y exige. Pero conocen ese sombrío mugir de las masas desde los días del asalto de Versalles y de las Tullerías, y observan como los soldados de la guardia corren pálidos y excitados, a sus puestos para prevenir cualquier peligro. Inquieto, interroga el rey a un guardia nacional. «Pues bien, señor -responde éste vivamente-, ya que quiere usted saberlo, es que quieren mostrar a ustedes la cabeza de madame de Lambelle. Puedo aconsejarles que se asomen a la ventana si no quieren que el pueblo suba hasta aquí.» Ante estas palabras se oye un ahogado grito: María Antonieta ha caído sin sentido. « Fue el único momento -dice su hija en un posterior informe- en que le hizo traición su energía.» Tres semanas más tarde, el 21 de septiembre, retumban de nuevo amenazadoras las calles. Otra vez prestan oído con inquietud los prisioneros a los rumores de fuera. Pero esta vez no gruñe la cólera del pueblo, esta vez no retumba su alegría; oyen como abajo, con gritos intencionadamente sonoros, los vendedores de periódicos anuncian que la Convención ha decidido abolir la monarquía. Al día siguiente aparecen unos comisarios que vienen a dar cuenta al rey, que ya no lo es, de su destitución. Luis el Postrero -así es llamado desde ahora, antes de que se le designe despreciativamente con el nombre de Luis Capeto- recibe esta embajada tan plácidamente como el rey Ricardo II de Shakespeare.

¿Qué tiene el rey que hacer? ¿Sumisión plena?

Así lo hará. ¿Será, pues, destronado?

El rey se allana. ¿Debe, acaso, el nombre

perder de rey? ¡Sea así, en nombre del cielo!

 

A una sombra no se le puede quitar ya ninguna luz, ni poder alguno a quien hace ya mucho tiempo que ha dejado de tenerlo. Ni una palabra de protesta encuentra en sí aquel hombre embotado desde hace mucho tiempo contra toda humillación; ninguna tampoco pronuncia María Antonieta; acaso uno y otro sienten como si les quitaran de encima una peso. Pues desde ahora no tienen ya ninguna responsabilidad en lo que se refiere a su propia suerte y a la del Estado; ya no pueden equivocarse o descuidar sus deberes y ya no necesitan preocuparse de nada sino del pequeño trozo de vida que acaso les dejen disfrutar todavía. Lo mejor, ahora, es tratar de entretenerse con pequeñas cosas humanas, ayudar a la hija en sus labores de mano o tocar el clave, corregir los ejercicios escolares que el muchacho escribe con su letra grande, rígida a infantil (claro que es preciso apresurarse ahora a romper siempre el papel si el niño -¿cómo podría comprender lo ocurrido una criatura de seis años? firma aún del modo como ha aprendido trabajosamente a hacerlo: «Louis Charles, Dauphin»). Se resuelven las charadas del número más reciente del Mercure de France, se baja al jardín y se vuelve a subir, se sigue con la vista en la chimenea el caminar de las agujas del viejo reloj, que se mueven harto lentamente, se ve el humo formando volutas sobre los techos lejanos, se contempla cómo las nubes del otoño traen el invierno. Y, sobre todo, se procura olvidar to que fue en otro tiempo y se trata de pensar en to que viene y tiene que venir irremediablemente.

Ahora, según parece, la Revolución ha alcanzado su meta. El rey está depuesto, ha renunciado sin protesta y vive tranquilamente con su mujer y sus hijos en su torre. Pero cada revolución es una bola que rueda sin cesar hacia delante. Quien la dirija y quiera seguir dirigiéndola tiene que correr con ella, sin pausa, para conservarse en equilibrio a la manera del que corre encima de una bola: no hay posibilidad de detenerse en una evolución que sigue su curso. Cada partido lo sabe y teme, por ello, quedarse rezagado de los otros. La derecha teme a los moderados; los moderados, a la izquierda; la izquierda, a su ala extrema, los girondinos; éstos, a su vez, a los partidarios de Marat; los cabecillas temen al pueblo; los generales, a los soldados; la Convención, a la Comuna; la Comuna, a las secciones, y precisamente este miedo contagioso de todos los grupos unos a otros es lo que impulsa sus fuerzas íntimas hacia una competencia tan ardiente; es el temor de todos a pasar por moderados lo que únicamente lanzó la Revolución francesa hasta tan lejos, hasta más allá de su propia meta, dándole al mismo tiempo aquel impulso torrencial de sobrepasarse a sí misma. Fue su destino ir declarando nulos todos los puntos de descanso que se había impuesto, sobrepasar sus metas tan pronto como las ha alcanzado.

Primeramente, la Revolución pensaba haber realizado su tarea con ignorar la existencia del rey; después con destituirlo. Pero, aun destituido y sin corona, este hombre desdichado e inofensivo sigue siendo siempre un símbolo, y si la República llega hasta el punto de arrancar de sus tumbas los esqueletos de los reyes muertos hace siglos, para volver, una vez más, a quemar lo que hace largo tiempo no es más que polvo y ceniza, ¿cómo podría soportar aunque no fuera más que la sombra de un rey viviente? Así, creen los jefes tener que completar la muerte política de Luis XVI con su muerte corporal, para estar a cubierto de toda recaída. Para un republicano radical, el edificio de la República sólo puede tener resistencia si está cimentado sobre sangre real; pronto se deciden a unirse también a esta opinión los otros grupos menos radicales, por miedo a quedarse atrás en la carrera en busca del favor popular, y el proceso contra Luis Capeto es señalado para el mes de diciembre.

En el Temple se llega a saber esta amenazadora determinación por la súbita presencia de una comisión que exige la entrega de «todos los instrumentos cortantes», es decir, cuchillos, tijeras y tenedores: el detenido, que sólo estaba sometido a vigilancia, se convierte con ello en acusado. Además, Luis XVI es separado de su familia. Aun habitando en la misma torre, sólo un piso más abajo de los suyos, cosa que agrava la crueldad de la medida, desde este día no le es permitido ver a la mujer ni a los hijos. En todas estas semanas fatales, su propia mujer no puede hablar ni una sola vez con el esposo, no le es permitido saber cómo se desenvuelve el proceso ni cómo es la sentencia.

No le es dado leer ningún periódico, no puede interrogar a los defensores de su marido; en espantosa incertidumbre y excitación, la desgraciada tiene que pasar sola todas estas horas de espantosa angustia. Un piso más abajo, separada sólo por el pavimento, oye los pesados pasos de su marido, y no le es dado verle, no le es dado hablarle: indecible tormento provocado por una medida absolutamente sin sentido. Y cuando el 20 de enero de 1793 un empleado municipal se presenta a María Antonieta y, con voz algo deprimida, le anuncia que, excepcionalmente, aquel día le es permitido trasladarse con su familia junto a su esposo en el piso de abajo, comprende inmediatamente la reina lo que tiene de espantoso aquella merced: Luis XVI ha sido condenado a muerte, ella y sus hijos ven por última vez al esposo y al padre. En consideración al trágico momento -quien subirá mañana al patíbulo no es ya peligroso-, los cuatro empleados municipales dejan por primera vez solos en la habitación a la esposa y al esposo, la hermana y los hijos en esta última reunión de familia; sólo por una puerta de cristales vigilan la despedida.

Nadie asistió a esta patética hora en que vuelven a reunirse con el sentenciado rey y, al mismo tiempo, se despiden de él para siempre; todos los relatos que han sido impresos son puras y románticas invenciones, lo mismo que aquellas sentimentales estampas que, en el sentido dulzón de la época, rebajan lo trágico de tal entrevista con una lacrimosa y afectada ternura. ¿Cómo dudar de que esta despedida del padre de sus hijos haya sido uno de los momentos más dolorosos de la vida de María Antonieta, y para qué tratar de exagerar todavía su trágica emoción? Ya sólo ver a un individuo que va a morir, un condenado a muerte, aunque sea la persona más desconocida, antes de su marcha al suplicio, es un tormento profundo para todo hombre dotado de humana sensibilidad; mas con este hombre, si bien es cierto que María Antonieta no lo ha querido nunca apasionadamente y hace mucho tiempo que ha entregado su corazón a otro, ha vivido veinte años, día tras día, y le ha dado cuatro hijos; jamás, en estos agitados tiempos, lo ha visto de otro modo sino lleno de bondad y abnegación hacia ella. Más íntimamente unidos de lo que estuvieron nunca en sus bellos años, lo estaban ahora ambos esposos, originariamente unidos para toda la vida solamente por la política razón de Estado, pero a quienes ahora el exceso de la desgracia en estas sombrías horas del Temple ha acercado de modo más humano. Aparte eso, sabe la reina que pronto tendrá que seguirlo en este último paso. Sólo la precede en un breve plazo.

En esta hora extrema, en este último momento, lo que durante toda su vida había sido fatal para el rey, su completa carencia de excitabilidad nerviosa, fue una ventaja para aquel hombre tan probado por el dolor; su imperturbabilidad, en general tan irritante, da a Luis XVI en este momento decisivo cierta grandeza moral. No muestra temor ni excitación; los cuatro comisarios desde la habitación inmediata, no le oyen ni una sola vez alzar la voz ni sollozar: en esta despedida de los suyos, manifiesta este hombre lamentablemente débil, este rey indigno, mayor fuerza y mayor dignidad que en ningún otro momento de toda su vida. Tranquilo como todas las otras noches, se levanta a las diez el condenado a muerte, y da con ello a su familia la indicación para que lo abandonen. Ante esta voluntad tan claramente manifiesta no osa María Antonieta presentar ninguna protesta, tanto más que él, con un piadoso propósito de engaño. le dice que aún subirá al día siguiente junto a ella, a las siete de la mañana.

Después todo queda tranquilo. La reina queda sola en su habitación de arriba; viene una noche larga y sin sueño. Por último clarea la mañana, y con ello despiertan los siniestros rumores de los preparativos. Oye llegar una carroza con pesadas ruedas; oye, una y otra vez, pasos y pasos, escaleras arriba y escaleras abajo: ¿es el confesor, con los representantes municipales?, ¿acaso ya el verdugo? A lo lejos redoblan los tambores de los regimientos en marcha, aumenta cada vez más la luz, llega a ser un día claro; cada vez se acerca más la hora que privará a los niños de su padre y a ella del respetable, bondadoso y circunspecto compañero de tantos años. Prisionera en su habitación, con los despiadados guardias delante de la puerta, no le es permitido a la desdichada mujer bajar los pocos peldaños que la separan del esposo, no le es permitido oír ni ver nada de todo to que ocurre, e, imaginadas, las cosas son quizá mil veces más espantosas que en la misma realidad. Después, y de repente, hay en el piso de abajo un espantoso silencio. El rey ha dejado la habitación, la pesada carroza rueda llevándolo hacia el patíbulo. Y una hora más tarde, la guillotina ha dado a María Antonieta un nuevo nombre: en otros tiempos fue archiduquesa de Austria, después delfina, por último reina de Francia; ahora es la viuda Capeto.

 

MARÍA ANTONIETA, SOLA

A la despiadada caída de la cuchilla sigue la aparición de cierta calma. Con la ejecución de Luis XVI sólo quería la Convención trazar una línea divisoria, roja de sangre, entre la monarquía y la república. Ni uno solo de los diputados, la mayoría de los cuales sólo con íntima pena empujaron a aquel hombre débil y bondadoso bajo el filo de la cuchilla, piensa por el momento en acusar también a María Antonieta. Sin deliberación otorga la Comuna a la viuda la ropa de luto que necesita, la vigilancia se afloja visiblemente, y si todavía se tiene detenida a la habsburguesa y a sus hijos es, sobre todo, con la idea de que con sus personas se tiene entre las manos una preciosa prenda para hacer manejable a Austria.

Pero el cálculo es falso: la Convención francesa sobrestima desmedidamente los sentimientos de la familia de los Habsburgo. El emperador Francisco, plenamente embotado a incapaz de sensibilidad, codicioso y sin ninguna íntima grandeza, no piensa vender ni una sola piedra preciosa del tesoro imperial, en el cual, aparte el diamante florentino, hay todavía otras innumerables preciosidades para rescatar a su consanguínea; fuera de eso, el partido militar austríaco pone en movimiento todas sus palancas para aniquilar toda negociación. Cierto que, al principio, Viena ha declarado solemnemente que se comenzaba esta guerra sólo por la idea y en modo alguno para lograr conquistas a indemnizaciones, pero -la Revolución francesa faltará también poco después a su palabra es propio de la naturaleza de toda guerra el convertirse irresistiblemente en guerra de anexión. En todos los tiempos ha sido desagradable para los generales ser perturbados en sus tareas guerreras; según su gusto, demasiado pocas veces les facilitan los pueblos ocasión para ejercitarlas. y por eso cuanto más duren, mejor. No sirve de nada que el viejo Mercy, impulsado siempre por Fersen, recuerde a la corte de Viena que María Antonieta, una vez le han quitado el título de reina de Francia, vuelve a ser otra vez archiduquesa austriaca y miembro de la familia imperial, con lo cual el emperador tiene el deber moral de reclamarla. Pero ¿qué importancia tiene una mujer prisionera en una guerra universal?, ¿qué valor tiene una vida humana en el juego cínico de la política? En todas partes los corazones permanecen fríos y cerradas las puertas. Cada monarca afirma estar profundamente impresionado, pero ninguno mueve ni un dedo. Y María Antonieta puede repetir las palabras dichas por Luis XVI a Fersen: «Estoy abandonada por todo el mundo».

Está abandonada por todo el mundo; María Antonieta lo siente hasta dentro de su habitación, solitaria y cerrada con cerrojos. Pero todavía está intacta la voluntad de vivir de esta mujer, y de tal voluntad nace la decisión de ayudarse a sí misma. Han podido quitarle la corona, pero hay una cosa que esta mujer posee, a pesar de su rostro ya fatigado y envejecido: el asombroso poder mágico para conquistar a las gentes que la rodean. Todas las medidas de precaución inventadas por Hébert y los otros miembros de la municipalidad resultan sin efecto ante la misteriosa fuerza magnética que para todos aquellos vigilantes, pequeños burgueses y empleados, irradia todavía, a modo de nimbo, de la proximidad de una verdadera reina. Ya al cabo de pocas semanas, todos o casi todos los juramentados sans-culottes que debían guardarla se han convertido, de vigilantes, en auxiliares secretos, y, a pesar de las severas disposiciones de la Comuna, es ineficaz el visible muro que separa a María Antonieta del mundo. Gracias al auxilio de los guardianes puestos a su servicio, son llevados y traídos de contrabando innumerables mensajes y noticias, escritos ya con zumo de limón o con tinta simpática, en unos papelillos que son despachados fuera ya en forma de tapón de botella o ya por las chimeneas. Se inventa un lenguaje de manos y de gestos, a pesar de la vigilancia de los comisarios, para hacer saber a la reina los acontecimientos diarios de la política y de la guerra; además de eso, se acuerda que un colporteur encargado especialmente de ello, grite delante del Temple las noticias más importantes. Poco a poco se dilata entre los guardianes este secreto círculo de auxiliares. Y ahora que ya no está al lado de la reina Luis XVI, que con su eterna indecisión paralizaba toda acción auténtica, se atreve María Antonieta, abandonada de todos, a intentar por sí misma su liberación.

El peligro actúa como un ácido. Lo que en unas medianas y tibias circunstancias de la vida se mantiene mezclado confusamente -audacia y cobardía de los hombres-, se aparta en estas horas de prueba. Las gentes sin valor de la antigua sociedad, los egoístas de la nobleza, han huido todos, como emigra dos, tan pronto como el rey fue trasladado a París.

Sólo han quedado los verdaderamente fieles, y de cada uno de los que no han huido debe fiarse sin condiciones la reina, pues para aquellos antiguos servidores de la realeza la residencia en París es un peligro de muerte. A estos valientes pertenece, en primer lugar, el ex general Jarjayes, cuya mujer ha sido dama de honor de María Antonieta. Para estar en todo momento a disposición de la reina, ha regresado expresamente de la segura Coblenza y ha hecho saber que está dispuesto a cualquier sacrificio. El 2 de febrero de 1783, quince días después de la ejecución del rey, se presenta en casa de Jarjayes un hombre completamente desconocido, el cual le hace la asombrosa proposición de libertar a María Antonieta del Temple. Jarjayes lanza al desconocido, que tiene trazas de ser un auténtico y verdadero sans-culotte, una mirada de desconfianza. Al punto sospecha que sea un espía. Pero entonces el desconocido le tiende un minúsculo papelito escrito indudablemente por la mano de la reina: «Puede usted fiarse del hombre que le hablará de mi parte entregándole esta esquela. Conozco sus sentimientos; no han variado desde hace cinco meses» . Es Toulan, uno de los guardias permanentes del Temple. ¡Asombroso caso psicológico! El 10 de agosto, cuando se trataba de quebrantar la monarquía, fue uno de los primeros voluntarios en el asalto de las Tullerías; la medalla obtenida como recompensa de esta acción orna orgullosamente su pecho. A estas opiniones republicanas, públicamente demostradas, les debe Toulan el que el Consejo municipal, como a hombre especialmente de fiar a incorruptible, le confíe la vigilancia de la reina. Pero Saulo se convierte en Pablo; conmovido por las desgracias de la mujer a quien debe vigilar, Toulan llega a ser el amigo más abnegado de aquella contra la cual ha hecho armas en la revuelta, y muestra un rendimiento tan lleno de sacrificio hacia la reina, que María Antonieta, en sus mensajes secretos, no le designa nunca sino con el seudónimo de «Fidèle». De todos los que están complicados en esta conjura para libertarla, el extraño Toulan es el único que no se juega la cabeza por afán de ganar dinero, sino por una especie de pasión humanitaria y acaso también por el placer de intervenir en una audaz aventura, ya que los valientes aman siempre el peligro, y corresponde plenamente a la lógica de los hechos el que los otros, los que sólo buscaban su provecho, supieron salvarse hábilmente tan pronto como hubo rumores de lo que ocurría, mientras que únicamente Toulan pagó con la vida su loca temeridad.

Jarjayes confía en el desconocido, pero no por completo. Una carta puede siempre ser falsificada, toda correspondencia significa un peligro. Por ello pide Jarjayes a Toulan que le facilite medios de penetrar en el Temple para conferenciar personalmente con la reina.

En el primer momento parece impracticable introducir a un desconocido, a un noble, en aquella torre estrechamente custodiada. Pero, mientras tanto, la reina, mediante promesas de dinero, se ha ganado ya nuevos auxiliares entre sus vigilantes, y pocos días más tarde le entrega ya Toulan a Jarjayes un nuevo papelito: «Ahora, si está usted decidido a venir aquí sería mejor que fuera muy pronto. Pero, ¡Dios mío!, tenga usted mucho cuidado de no ser reconocido, sobre todo por la mujer que está encerrada aquí con nosotros». Esta mujer se llama Tison, y no engaña a la reina el instinto que le dice que es una espía, pues con su atención astuta ha de hacerlo fracasar todo. Pero, por el momento, todo resulta bien: Jarjayes es introducido de contrabando en el Temple, y, a la verdad, de un modo que recuerda a una comedia policíaca. Cada noche entra un farolero en el recinto de la prisión, pues por orden de la municipalidad todo tiene que estar muy bien alumbrado, ya que la oscuridad puede ser favorable para una fuga. Toulan ha dicho a este farolero que un amigo suyo tiene deseos de ver una vez, por broma, el Temple, y le ha convencido para que le preste su ropa y pertrechos. El encendedor de los faroles se ríe y va gustoso a gastar en vino el dinero que le han dado. Así disfrazado, llega felizmente Jarjayes hasta la reina y combina con ella un osado plan de fuga: María Antonieta y madame Elisabeth deben abandonar la torre vestidas de hombre, con uniforme de comisarios de la Comuna, provistas de documentos de legitimación robados, como si fuesen personas del Ayuntamiento que hubieran venido a una visita de inspección. Lo difícil es sacar a los niños. Pero como quiere una feliz casualidad que aquel farolero vaya frecuentemente acompañado en su recorrido por sus hijos, de una edad análoga a la de los príncipes, algún resuelto noble desempeñará su papel y hará pasar tranquilamente por la barrera los dos regios niños, pobremente vestidos, como si los hubiera traído consigo, después de haber encendido las luces. En las cercanías deben esperar tres coches ligeros: uno para la reina, su hijo y Jarjayes; el segundo para la hija y el segundo conjurado, llamado Lepître; el tercero para madame Elisabeth y Toulan. Con cinco horas de ventaja antes del descubrimiento de la fuga, esperan librarse de toda persecución gracias a estos ligeros carruajes. La reina no se espanta de la audacia del proyecto. Lo acepta y Jarjayes se declara dispuesto a entrar en relaciones con el segundo conjurado, Lepître.

Este segundo conjurado, Lepitre, en otro tiempo maestro de escuela, charlatán, pequeño y cojo -la reina misma escribe: « Verá usted el nuevo personaje; su exterior no previene favorablemente, pero es en absoluto necesario y tenemos que ganarlo para nuestra causa», representa un extraño papel en esta conjuración. No son sentimientos humanitarios, ni mucho menos la atracción de la aventura, lo que le decide a participar en ella, sino la gran suma que le promete Jarjayes, por desgracia sin disponer de ella, pues el caballero Jarjayes no tiene ninguna relación -cosa singular- con el verdadero hombre de dinero de la contrarrevolución en París, con el barón de Batz; sus dos complots se desarrollan paralelamente, casi al mismo tiempo, sin tener entre sí contacto, y ninguno de ellos sabe nada del otro. De este modo se pierde el tiempo, un tiempo muy va lioso, porque primero hay que poner en el secreto al antiguo banquero de la reina. Por último, al cabo de largas idas y venidas, el dinero está reunido y dispuesto. Pero, mientras tanto, Lepiîre, que como miembro de la municipalidad ha procurado ya los falsos pasaportes, pierde sus bríos. Se ha extendido el rumor de que las barreras de las puertas de la ciudad de París van a ser cerradas y que todos los coches serán registrados del modo más minucioso; aquel hombre prudente llega a tener miedo. Acaso ha advertido ya, por cualquier indicio, que la espía Tison está al acecho; en todo caso, se niega a prestar auxilio, y es imposible hacer salir del Temple a cuatro personas al mismo tiempo que la reina. Únicamente podría ser salvada ella. Jarjayes y Toulan procuran convencerla. Pero, con una nobleza realmente auténtica, María Antonieta rechaza la proposición de ser libertada ella sola. Prefiere renunciar a la libertad a abandonar a sus hijos. Con conmovedora emoción explica a Jarjayes los motivos de su inconmovible decisión: «Hemos tenido un bello sueño, eso es todo; pero hemos ganado mucho con encontrar también en esta ocasión una nueva prueba de su total abnegación por mí. Siento hacia usted una confianza sin límites; encontrará usted siempre en mí, en todas las ocasiones, valor y energía; pero el interés por mi hijo es lo único que me guía, y, cualquiera que fuera la dicha que pudiese yo experimentar estando fuera de aquí, no quiero consentir en separarme de él. Por lo demás, bien conozco su adhesión en todo lo que ayer me ha explicado al detalle. Cuente con que conozco la bondad de sus razones en mi propio interés y que bien sé que esta ocasión puede no volver a presentarse; pero no podría disfrutar de nada, y esta idea no me deja siquiera lugar para sentirme pesarosa al no aceptar».

Jarjayes ha cumplido con su deber caballeresco, y ahora no puede ya servir de nada a la reina en París. Pero aún puede mostrar su fidelidad con un servicio: gracias a él existe la segura posibilidad de transmitir a los amigos y parientes del extranjero una última señal de vida y afecto. Poco tiempo antes de su ejecución, Luis XVI había querido hacer llegar como recuerdo a su familia, por medio de su ayuda de cámara, un anillo con un sello y un pequeño mechón de cabellos; pero los comisarios de la Comuna, que todavía sospechaban, tras este regalo de un condenado a muerte, algo misterioso y como una señal de conjuración, habían embargado estas reliquias, poniéndolas bajo sellos. Toulan, siempre temerario en favor de la reina, rompe estos sellos y lleva los recuerdos a María Antonieta. Pero la reina siente que tampoco en su poder estarán seguros por mucho tiempo, y como tiene ahora un mensajero digno de confianza, envía el anillo y los cabellos a los hermanos del rey para su eficaz protección. Al mismo tiempo escribe al conde de Provenza: «Teniendo una persona fiel con la cual podemos contar, la aprovecho para mandar a mi hermano y amigo este depósito que no puede ser confiado más que a sus manos. El portador le dirá por qué milagro hemos podido obtener estas prendas preciosas; me reservo para decirle yo misma algún día el nombre de quien nos es tan útil; la imposibilidad en que hemos estado hasta el presente de poder darle noticias nuestras, y el exceso de nuestras desgracias, nos hacen sentir aún más vivamente nuestra cruel separación. ¡Ojalá que no sea ya más larga! Mientras tanto, le abrazo como le amo, y ya sabe usted que es de todo corazón». Una carta semejante la dirige también al conde de Artois. Pero Jarjayes vacila todavía en abandonar París; todavía espera aquel valiente poder ser útil con su presencia a María Antonieta. Por fin, el permanecer a11í llega a ser un insensato peligro. Poco antes de su marcha recibe, por medio de Toulan, el último escrito de la reina: «¡Adiós! Creo que si está usted decidido a partir, es mejor que sea pronto. ¡Dios mío, cuánto compadezco a su pobre mujer..! ¡Qué feliz sería si pudiésemos estar bien pronto todos reunidos! ¡Jamás podré agradecer bastante lo que ha hecho usted por nosotros! ¡Adiós!, esta palabra es cruel».

María Antonieta sospecha, casi lo sabe fijamente, que ésta es la última vez que puede enviar a lo lejos un confidencial mensaje: una única y última ocasión se le ofrece. ¿No tiene ningún otro a quien decir una palabra, a quien transmitir un signo de amor sino a esos condes de Provenza y Artois, a quienes tiene tan poco que agradecer y a quienes sólo la consanguinidad designa como depositarios del fraternal regalo? ¿No tiene, en realidad, ningún saludo para aquel que fue para ella to más amado sobre la tierra, aparte sus hijos; para aquel, para Fersen, de quien ha dicho que «no podía vivir» sin sus noticias y a quien desde el círculo infernal de las sitiadas Tullerías había enviado aquel anillo a fin de que se acordara de ella eterna mente? Pues ahora, en esta última, en esta postrera ocasión, su corazón ¿no debería, una vez más, dirigirse hacia él? Pues no: las Memorias de Goguelat, que publican aquella despedida a Jarjayes, documentándola suficientemente con la reproducción de las cartas, no contienen ni un palabra acerca de Fersen, ni un solo saludo; nuestro sentimiento, que esperaba encontrar aquí un último mensaje, brotado de un íntimo impulso del alma, resulta burlado.

Pero, sin embargo, el sentimiento acaba siempre, a lo último, por tener razón. En realidad, María Antonieta -¡cómo podría haber sido de otro modo!- no olvida tampoco en su última soledad al amado, y aquel mensaje dirigido por el deber a sus hermanos acaso no era más que un pretexto para ocultar mejor el auténtico, que Jarjayes cumplió del modo más fiel. Pero en 1823, cuando aparecieron aquellas Memorias, había comenzado ya la conspiración del silencio alrededor de Fersen para ocultar a la posteridad sus íntimas relaciones con la reina. También aquí fue suprimido (como de costumbre en el caso de María Antonieta) por mano de bizantino editor el pasaje de la carta más importante para nosotros. Sólo al cabo de un siglo sale a la luz y muestra que nunca fue más fuerte el apasionado sentimiento de la reina que en estos momentos anteriores al tránsito. Para estar constantemente unida en su memoria al consolador recuerdo del amante, María Antonieta se había mandado hacer un anillo que, en vez de ostentar las lises reales (tal anillo se lo había enviado a Fersen), ostentaba las armas de éste; lo mismo que él llevaba en su dedo la divisa de la reina, llevaba ella en el suyo, en estos días de alejamiento, las armas del noble sueco; cada mirada dirigida hacia la propia mano debía recordar al ausente ante la reina de Francia. Y ya que ahora se presenta, por fin, la posibilidad de enviarle una nueva prueba de amor -sospecha ella que la última-, quiere mostrarle que con este anillo conserva también perennes los sentimientos que le han consagrado. Imprime las armas con su lema en la cera caliente y, por medio de Jarjayes, envía la reproducción a Fersen; no se necesita ninguna palabra más; con este sello está dicho todo. «El vaciado que aquí le incluyo -escribe a Jarjayes deseo que se lo remita a la persona que sabe usted que vino a verme el invierno pasado desde Bruselas, y que le diga usted al mismo tiempo que la divisa no fue jamás más verdadera.» Pero ¿qué dice esa inscripción en el anillo de sello que Ma ría Antonieta se ha mandado hacer para sí misma y que «no fue jamás más verdadera» ? ¿Qué dice este anillo en el cual la reina de Francia ha hecho grabar las armas de un pequeño noble sueco y que conserva todavía en la prisión, en su dedo, como único adorno después de sus millones de joyas de otro tiempo? Cinco palabras italianas forman la divisa, y estas palabras, que a dos pulgadas de la muerte son más verdaderas que nunca, dicen de este modo: «Tutto a te mi guida», «Todo me lleva a ti».

Es el último grito de pasión amorosa de una mujer que va a morir, y cuyo cuerpo se convertirá pronto en polvo, que exhala con fuerza este mensaje, por decirlo así, mudo; y él, que lo recibe en la lejanía, sabe que ese corazón palpitará de amor hacia él hasta su hora postrera. En este saludo de despedida está evocado el pensamiento de la eternidad, la perennidad del sentimiento en medio de lo transitorio. Queda dicha la última palabra de esta grande a incomparable tragedia de amor a la sombra de la guillotina: el telón puede caer ahora.

 

LA ÚLTIMA SOLEDAD

Tregua: está dicha la última palabra, una vez más ha podido desahogarse el corazón.

Ahora es más fácil esperar to que venga tranquila y serenamente. María Antonieta se ha despedido del mundo. Ya no espera nada más, ni intenta nada más. Ya no hay que contar con la corte de Viena ni con la victoria de las tropas aliadas, y en la ciudad sabe que desde que la ha abandonado Jarjayes y el fiel Toulan ha sido relevado de su puesto por orden de la Comuna, no hay ya quien pueda salvarla. Gracias a la espía Tison, la municipalidad presta mayor atención a su guardia; si una tentativa de evasión era ya antes cosa peligrosa, sería ahora insensata y suicida.

Pero hay naturalezas a las cuales precisamente atrae por modo misterioso el peligro; jugadores de su propia vida que sólo sienten la plenitud de sus fuerzas cuando se atreven a lo imposible y para quienes la más audaz aventura es la única norma de existencia acomodada a ellos. En tiempos corrientes, estos hombres no pueden respirar; la vida es para ellos demasiado aburrida, demasiado estrecha y mezquina toda acción; necesitan locas tareas para su temeridad, bárbaros y extravagantes propósitos, y su más profunda pasión es intentar lo insensato y to imposible. Uno de tales hombres vive entonces en París: se llama barón de Batz. Mientras la monarquía se mantuvo en todo honor y esplendor, este noble rico se conservó orgullosamente hasta el final; ¿para qué doblar sus lomos en demanda de una colocación, de una prebenda? Al aventurero que hay en él sólo le atrae el peligro. Únicamente cuando todos dan por perdido al rey condenado, se arroja este Don Quijote de la fidelidad monárquica loca y heroicamente al combate para salvarle. Naturalmente que esta cabeza insensata permaneció en los puestos de máximo peligro durante toda la Revolución; bajo docenas de nombres ajenos al suyo propio se ocultaba en París para luchar él solo contra la Revolución, como una persona anónima.

Sacrifica toda su fortuna en numerosas empresas, la más insensata de las cuales, hasta este momento, la emprendió cuando Luis XVI era conducido al patíbulo; saltó de repente, blandiendo un sable, en medio de ochenta mil hombres armados, exclamando a gritos: «¡A mí los amigos: ¡A mí los que quieran salvar al rey!». Pero nadie le siguió. Nadie, en toda Francia, poseía un valor lo suficientemente desatinado para tratar de arrebatarle su presa, en pleno día, a toda una ciudad, a todo un ejército. Y de este modo el barón de Batz se sumerge de nuevo en medio de la multitud antes de que los guardias hubieran tenido tiempo para reponerse de su sorpresa. Pero este fracaso no le ha desanimado y prepara, inmediatamente después de la ejecución del rey, para sobrepasar su propia empresa, un plan de una audacia aún más fantástica para salvar a la reina.

El barón de Batz, con experta mirada, ha reconocido el punto débil de la Revolución, su íntimo y secreto germen venenoso, el cual Robespierre trata de quemar con hierro candente: el comienzo de la corrupción. Con el poder político han recibido los revolucionarios cargos oficiales, y en todos estos pues tos se maneja dinero, ese peligroso corrosivo que actúa sobre las almas lo mismo que orín sobre el acero. Individuos proletarios, pequeñas gentes que jamás tuvieron que manejar grandes cantidades, obreros, escribientes y agitadores políticos hasta entonces sin empleo, tienen ahora, de repente, que administrar sin vigilancia sumas gigantescas en los suministros de guerra, las requisiciones, la venta de bienes de los emigrados, y no demasiados de entre ellos poseen la severidad catoniana necesaria para resistir a esta tentación inmensa. Se establecen oscuras relaciones entre las convicciones y los negocios; después de grandes servicios a la República, muchos quieren ahora, de entre los más feroces revolucionarios, ganar ferozmente a costa de ellos. En este estanque de carpas de la corrupción, que se pelean sañudamente por su presa, arroja resueltamente el barón de Batz sus anzuelos, murmurando una palabra mágica que perturba los sentidos to mismo ahora que entonces: un millón. ¡Un millón para todos aquellos que ayuden a sacar a la reina del Temple! Con tal suma hasta se pueden hacer saltar los más gruesos muros de una prisión, pues el barón de Batz no trabaja, como Jarjayes, con ayudantes subalternos, con faroleros y algunos soldados; va, osado y resuelto, hacia lo más alto: no compra a los empleados inferiores, sino a los órganos principales del Consejo municipal, al antiguo vendedor de limonadas Michonis, a quien está sometida la inspección de todas las prisiones y, por tanto, también la del Temple. La segunda persona con quien tiene influencia es Cortey, el comandante militar de todas las secciones. Con ello, este monárquico, buscado día y noche, con cartas requisitorias, por la policía y por todos los tribunales, tiene en sus manos tanto a las autoridades civiles como a la vigilancia militar del Temple, y mientras en la Convención y en el Comité de Salud Pública se clama a gritos contra el «infame Batz», puede proseguir éste su tarea muy bien cubierto.

Junto con gran frialdad de nervios para sus cálculos y gran serenidad para los sobornos, posee al mismo tiempo este maestro de conspiradores que es el barón de Batz un extremado valor personal. Este hombre, perseguido desesperadamente en todo el país por centenares de espías y agentes -el Comité de Salud Pública llega a saber que está urdiendo sin cesar planes tras planes para arruinar a la Revolución-, se inscribe como simple soldado, bajo el nombre de Forguet, en la compañía de guardias del Temple para explorar personalmente el terreno. Con el fusil al hombro, con el sucio y destrozado uniforme de Guardia Nacional, aquel aristócrata ultramillonario, habituado a la buena vida, realiza, con todos los demás soldados, las rudas tareas de vigilancia delante de la puerta de la reina. No es conocido si logró penetrar él mismo junto a María Antonieta, cosa que, por lo demás, no era necesario para la ejecución de su proyecto, pues Michonis, a quien debe ir a dar la más rica parte del millón, se ha entendido de fijo con la reina. Al mismo tiempo, gracias al concurso pagado del comandante militar Cortey, se ha introducido de contrabando entre las fuerzas de la compañía de guardias un número cada vez mayor de auxiliares del barón. De este modo llega a darse finalmente una de las situaciones más pasmosas a inverosímiles de la historia universal; en cierto y determinado día del año 1793, en pleno París revoluciona río, todo el recinto del Temple, en el cual no es permitido entrar sin permiso de la Comuna a quien por su cargo no sea llamado a ello, está guardando, y con ello María Antonieta, la proscrita y prisionera reina de Francia, exclusivamente por enemigos de la República, por un batallón de monárquicos disfrazados, cuyo jefe es el barón de Batz, perseguido por la Convención y por el Comité de Salud Pública con cien decretos y cartas de proscripción: una transposición más loca y audaz no la ha inventado jamás novelista alguno.

Finalmente, le parece a Batz que ha sonado ya la apropiada hora para el golpe de mano decisivo. Ha llegado la noche que, si su plan tiene éxito, puede llegar a ser una de las más inolvidables y cargadas de destino de la historia universal, pues en ella debe ser arrancado para siempre del poder de la Revolución Luis XVII, el nuevo rey de Francia.

En aquella noche, el barón de Batz y el destino van a jugarse la consagración o la pérdida de la República. Cae la tarde, anochece; el menor detalle está dispuesto. Por el patio penetra, a paso de marcha, el sobornado Cortey con su destacamento, y con él el jefe del complot, el barón de Batz. Cortey distribuye a sus hombres de tal modo, que precisamente las salidas importantes estén exclusivamente en las manos de los monárquicos traídos por el barón de Batz. Al mismo tiempo, el otro sobornado, Michonis, ha tomado a su cargo el servicio de las habitaciones y provisto de capas de uniforme a María Antonieta, a madame Elisabeth y a la hija de la primera. A medianoche deben las tres, cubiertas con gorras militares, con el fusil al hombro, lo mismo que una de las habituales patrullas, salir en formación del Temple, con otros falsos guardias nacionales mandados por Coney, llevando al pequeño delfín en medio. Todo parece seguro: el plan está calculado hasta en su más ínfima particularidad. Como Cortey, en su calidad de comandante de la guardia, tiene derecho en todo momento a hacer abrir la puerta principal para su patrullas, es, por decirlo así, indudable que una tropa conducida personalmente por él llegará a la calle sin obstáculo alguno. De todo lo demás ha cuidado Batz, el maestro de conspiradores, que bajo un nombre falso posee una casa de campo en las cercanías de París, en la cual todavía no ha entrado la policía: aquí se ocultará primeramente a la familia real durante algunas semanas, para pasarla al otro lado de la frontera en la primera ocasión segura. Fuera de eso, algunos activos y resueltos jóvenes monárquicos, cada uno con un par de pistolas en el bolsillo, están distribuidos por la calle para detener a los perseguidores en caso de alarma. Tal como audaz a ingeniosamente ha sido inventado, el plan está calculado hasta en lo más mínimo, y en realidad casi ya ejecutado.

Son cerca de las once. María Antonieta y los niños están dispuestos para seguir en cualquier momento a sus libertadores. Oyen abajo como con sonoros pasos marcha de un lado a otro la patrulla, pero esta guardia no los espanta, pues saben que bajo aquellos uniformes de sans-culottes palpitan corazones amigos. Michonis no espera más que una indicación del barón de Batz. Mas entonces, de repente -¿qué ocurre?, se preguntan todos espantados-, llaman violentamente a la puerta de la prisión. Para evitar toda sospecha, dejan entrar al recién llega do inmediatamente. Es el zapatero Simón, el honrado a insobornable revolucionario de la Comuna, que todo agitado se ha precipitado al Temple para convencerse de si la reina no sido ya raptada. Hace algunas horas, un gendarme le ha dado una esquela en la que se le comunica que Michonis proyecta una traición para esta noche misma, y al punto ha comunicado la importante noticia al Consejo municipal. Pero éste no acaba de creer una historia tan novelesca; sobre su mesa llueven a diario centenares de denuncias, y, además, ¿cómo puede ser posible? ¿No está guardado el Temple por doscientos ochenta hombres, vigilados por los comisarios más seguros? Pero, en todo caso -¿qué importa?-, encargan a Simón que por aquella noche tome a su cargo, en vez de Michonis, la vigilancia del recinto interior del Temple. Tan pronto como Cortey lo ve venir sabe que todo está perdido. Felizmente, Simón no sospecha de él, en modo alguno, que pueda ser un auxiliar de la fuga. «Ya que estás tú aquí, quedo tranquilo», le dice con camaradería, y sube junto a Michonis a la torre.

El barón de Batz, que ve fracasar todo su plan a causa de este hombre desconfiado, medita durante un instante si no debe correr rápidamente detrás de Simón y saltarle la tapa de los sesos de un pistoletazo. Pero eso no tendría sentido, pues el ruido del disparo atraería a todo el resto de la guardia, y, de otra parte, necesariamente tiene que haber un traidor entre ellos. Ya no es posible salvar a la reina; todo acto de violencia aventuraría innecesariamente la vida de la señora. Se trata ahora, por lo me nos, de sacar sin daño fuera del Temple a los que se han deslizado allí disfrazados. Rápidamente forma Cortey, que también se siente muy sofocado, una patrulla con los conjurados. Éstos, en formación, y entre ellos el barón de Batz, salen tranquilamente a la calle desde el patio del Temple: los conspiradores están salvados; la reina, abandonada.

Mientras tanto, Simón dirige coléricamente la palabra a Michonis; al instante debe justificarse ante las autoridades municipales. Michonis, que ha ocultado rápidamente los disfraces, permanece inconmovible. Sin resistencia alguna, acompaña al hombre peligroso ante el peligroso tribunal. Pero, caso extraño, despachan de allí a Simón con bastante frialdad. Cierto que alaban su patriotismo, su buen deseo y su vigilancia, pero le dan a entender claramente que ha visto visiones. En apariencia, la Comuna no toma en serio la conspiración.

En realidad -y esto permite echar una mirada profunda por los tortuosos senderos de la política-, las autoridades municipales tomaron muy en serio esta tentativa de fuga, y sólo querían precaverse de este modo de que se extendiera la voz de lo ocurrido. Prueba esto un escrito muy curioso, en el cual el Comité de Salud Pública indica al acusador público, en el proceso de María Antonieta, que no se refiera a ninguna de las particularidades del gran plan de fuga descubierto por Simón, en el cual actuaban Batz y sus cómplices. No había más sino hablar del hecho de la tentativa de fuga, sin mencionar detalles, por que la Comuna tenía miedo a que supiera el mundo lo profundamente que había envenenado ya la corrupción a sus mejores gentes, y así, permaneció en el silencio durante años y años uno de los episodios más dramáticos a inverosímiles de la historia universal.

Pero si la Comuna, espantada de la corruptibilidad de sus empleados aparentemente más dignos de confianza, no se atreve a instruir proceso a ninguno de los cómplices de la fuga, decide, sin embargo, ser más severa desde ahora en adelante y hacer imposibles tales tentativas de fuga a aquella mujer audaz que, en lugar de renunciar, lucha una y otra vez por la libertad con la obstinación de un corazón indomable. Primeramente son removidos de sus puestos los comisarios sospechosos: en primer lugar, Toulan y Lepître, y María Antonieta es vigilada como una criminal. Por la noche, a la once, aparece Hébert, el más desconsiderado de los miembros de la Comuna, en las habitaciones de María Antonieta y de madame Elisabeth, que sin sospecha alguna hace mucho tiempo que se han ido a acostar, y hace minucioso use de una orden de la Comuna para que registre «a discreción» habitaciones y personas. Hasta las cuatro de la madrugada huronea cada habitación, cada pieza de vestido, cada cajón y cada mueble.

Sin embargo, el rendimiento de esta investigación es enojosamente escaso: una cartera roja, de cuero, con algunas insignificantes direcciones; un lapicero sin barra, un trozo de lacre de sellar, dos retratos en miniatura y otros recuerdos; un sombrero viejo de Luis XVI. Los registros son renovados, pero siempre sin resultado alguno comprometedor.

María Antonieta, que durante todo el tiempo de la Revolución, para no exponer innecesariamente a sus amigos y auxiliares, persevera en quemar inmediatamente todo escrito, no da esta vez tampoco al encargado del registro ni el menor pretexto para una acusación. Irritada de no poder coger nunca en ninguna trasgresión compro bada a esta adversaria dotada de tanta presencia de espíritu, y con el convencimiento, por otra parte, de que no renuncia a sus impenetrables esfuerzos, la Comuna decide herir a la mujer en lo que puede serle sensible: en su sentimiento maternal. Esta vez recibe el golpe en mitad del corazón. El 1° de julio, pocos días después del descubrimiento de la conspiración, decreta el Comité de Salud Pública, en nombre de la Comuna, que el joven delfín, Luis Capeto, sea separado de su madre y, sin ninguna posibilidad de entenderse con ella, sea llevado al recinto más seguro del Temple, o, dicho de un modo más claro y más cruel, que el niño sea arrebatado a su madre. La Comuna se reserva elegir un preceptor, y, manifiestamente por agradecimiento a su vigilancia, se decide por aquel zapatero de los sans-culottes, que no se deja conmover por dinero ni por sentimientos o sensiblería.

Ahora bien, Simón era un simple, llano y grosero hombre de pueblo, un auténtico y verdadero proletario, pero, en modo alguno, aquel siniestro borracho y sádico cruel que han hecho de él los monárquicos. Claro que, en todo caso, ¡qué odiosa elección de preceptor! Pues este hombre es probable que en toda su vida no haya leído jamás un libro, y, según lo atestigua la única carta conocida de él, no domina, ni de lejos, las reglas más elementales de la ortografía: es un honrado sans-culottes, y eso, en 1793, parece ya cualidad suficiente para cualquier empleo. La línea espiritual de la Revolución ha decaído, desde hace seis meses, en una aguda curva, pues aún la Asamblea Nacional se fijó en Condorcet, hombre distinguido y gran escritor, autor de los Progrès de l'esprit humain, para preceptor del heredero del trono de Francia. La diferencia es espantosa si se le compara con el zapatero Simón. Pero de las tres palabras «libertad, igualdad, fraternidad», el concepto de libertad, desde que existe el Comité de Salud Pública, y el de fraternidad, desde que funciona la guillotina, han sufrido una desvalorización casi tan grande como la de los asignados; sólo la idea de la igualdad, o más bien de la forzosa igualación, domina en esta última fase, la radical y violenta de la Revolución. Manifiestamente, se da a conocer esta elección el propósito de que el joven delfín no sea educado como un hombre fino, ni siquiera instruido. sino que debe permanecer, espiritualmente, en la clase más baja y más ignorante de la sociedad. Debe olvidar y desconocer por completo de dónde procede, para que con ello les sea más fácil a los otros olvidarle a él.

De que haya resuelto la Convención arrancar al niño a los cuidados maternales no sospecha ni lo más mínimo María Antonieta cuando, a las nueve y media de la noche, seis delegados municipales llaman a la puerta del Temple. El método de las sorpresas repentinas y crueles pertenece al sistema penitenciario de Hébert. Sus inspecciones tienen siempre lugar, como un suceso repentino, a altas horas de la noche y sin previo aviso. El niño hace tiempo que ha sido acostado; la reina y madame Elisabeth están todavía despiertas. Entran los empleados municipales; con desconfianza se levanta la reina; todavía no hubo ninguna de estas visitas nocturnas que le trajera otra cosa que humillaciones o malos mensajes. Esta vez, hasta los mismos empleados municipales parecen algo confusos. Es un deber difícil para ellos, que en su mayor parte son padres de familia, comunicar a una madre que el Comité de Salud Pública ha ordenado que para siempre tiene que entregar a manos extrañas su único hijo, sin ninguna razón aparente y casi sin poder despedirse de él a derechas.

Sobre la escena que se desarrolló aquella noche entre la desesperada madre y los comisarios no tenemos ningún otro informe sino aquel, altamente inseguro, del único testigo ocular, de la hija de María Antonieta. ¿Es verdad, que, como lo escribe la futura duquesa de Angulema, María Antonieta conjuró, en medio de su llanto, a aquellos funcionarios, que no hacían otra cosa sino ejecutar el deber de cumplir un mandato, para que le dejaran su hijo? ¿Es verdad que les gritó que prefería que la mataran a ella misma antes de arrebatarle al niño? ¿Que los comisarios (es inverosímil, pues no tenían ninguna orden para ello) la amenazaron con matar al niño y a la princesa si seguía resistiéndose, y que por fin, al cabo de una manifiesta lucha de varias horas, arrastraron consigo, con ruda violencia, al niño, que gritaba y sollozaba? El informe oficial no sabe nada de esto; por su parte, anuncian los comisarios, con los más bellos colores: «La separación tuvo lugar con todas las manifestaciones de sentimiento que en tal momento eran de esperar. Los representantes del pueblo han usado de todos los miramientos compatibles con la severidad de sus funciones». Tenemos aquí, pues, un informe frente a otro, un partido contra otro, y donde habla el partidismo resuenan raramente los acentos de la verdad.

Pero de una cosa no se debe dudar: esta separación de su hijo, violenta a innecesariamente cruel, ha sido, quizás, el momento más duro de toda la vida de María Antonieta. La madre tenía un especial cariño por aquel niño rubio, petulante, precoz; este chico, en el cual quería ella educar a un rey, era lo único que, con su animada charla y su curioso afán de preguntas, había hecho aún soportables las horas en la solitaria torre.

Indudablemente, estaba más cerca del corazón de la reina que la hija, la cual, de un carácter áspero, sombrío y poco amable, perezosa de espíritu y totalmente insignificante, no ofrecía tanta ocasión de desbordarse a la ternura, eternamente viva, de María Antonieta, como este bello mozuelo, delicado y admirablemente despierto, que le era arrancado ahora para siempre, de un modo tan estúpida mente odioso como brutal. Pues aunque el delfín debiera seguir habitando en el mismo recinto del Temple, sólo a pocos metros de la torre de María Antonieta, un indisculpable formulismo de la Comuna no permitía a la madre cambiar una sola palabra con su hijo; hasta cuando oye decir que está enfermo, le prohíben que le visite; como a una apestada, la mantienen alejada de todo encuentro. Ni siquiera le es permitido -nueva y absurda crueldad- hablar con el extraño preceptor del niño, con el zapatero Simón, siéndole así negada toda noticia acerca de su hijo, silenciosa y desvalida, tiene que saber la madre que su hijo está muy cerca de ella, en el mismo recinto, sin poder saludarle, sin poder tener otro contacto con él sino los de su íntimo sentimiento, que ningún decreto puede prohibir.

Por fin -¡pequeño a insuficiente consuelo!- descubre Maria Antonieta que, por una única ventana de la escalera de la torre, en el tercer piso, puede acecharse aquella parte del patio en la cual juega a veces el delfín. Y allí se está durante horas enteras, innumerables veces y con frecuencia en vano, esta mujer que en otro tiempo fue reina de todo un reino, a la espera de ver si puede descubrir fugazmente en el patio de su prisión, de una manera furtiva (los guardianes son indulgentes), un aspecto de la clara silueta querida. El niño, que no sospecha que desde un ventanuco enrejado sigue cada uno de sus movimientos la mirada, con frecuencia turbia por el llanto, de su madre, juega alegre y despreocupado. (¿Qué sabe de su destino un niño de nueve años?) El muchacho se ha adaptado velozmente, demasiado velozmente, a su ambiente nuevo; ha olvidado, en su alegre abandono, de quién es hijo, qué sangre corre por sus venas y cuál es su nombre.

Valiente y en voz alta, sin sospechar su sentido, canta la Carmagnole y el Ça ira, que le han enseñado Simón y sus compañeros; lleva la gorra roja de los sans-culottes, cosa que le divierte; bromea con los soldados que guardan a su madre; no ya sólo por un muro de piedra, sino por todo un mundo, está ahora este niño íntimamente separado de su madre.

Pero, a pesar de todo, el corazón le palpita a María Antonieta con más fuerza y alegría cuando ve a su hijo, a quien ya sólo con la mirada y no con los brazos puede abrazar, jugando tan alegre y despreocupadamente. ¿Qué será del pobre niño? Hébert, entre cuyas despiadadas manos lo ha puesto la Convención sin lástima alguna, ha escrito en su infame periódico, el Père Duchêne, estas amenazadoras palabras: «¡Pobre nación...! Ese bribonzuelo será funesto para ti, tarde o temprano: cuanto más gracioso es, tanto más temible. Que esa pequeña serpiente y su hermana sean arrojados en una isla desierta; es preciso deshacerse de ellos a cualquier precio que sea. Por lo demás, ¿qué significa un niño cuando se trata de la salud de la República?».

¿Qué significa un niño? Para Hébert no gran cosa; la madre lo sabe bien. Por eso se estremece cada día cuando no descubre en el patio a su hijo favorito. Por eso también tiembla siempre con impotente furor cuando entra en su cuarto aquel enemigo de su corazón, por cuyo consejo le ha sido arrebatado el niño, y el cual, con ello, ha cometido el crimen más despreciable que puede cometerse en el mundo moral: la innecesaria crueldad con un vencido. Que la Revolución haya puesto a la reina precisamente en manos de Hébert, de ese Tersites, es una sombría página de su historia que es mejor volver rápidamente. Pues hasta la idea más pura se convierte en pequeña y baja tan pronto como da poder a tales seres para cometer en su nombre actos inhumanos.

Largas son ahora las horas y más sombrías parecen los enrejados recintos de la torre desde que ya no los ilumina la risa del niño. Ningún rumor, ninguna noticia, viene ahora de fuera; los últimos auxiliares han desaparecido, los amigos están ahora inalcanzablemente en lo remoto. Tres mujeres solitarias están allí reunidas un día tras otro: María Antonieta, su hijita y madame Elisabeth. No tienen ya, hace mucho tiempo, nada que decirse una a otra; han olvidado la esperanza y acaso también el temor. Aunque es primavera y ya llega el verano, apenas bajan todavía al pequeño jardín; una gran fatiga pesa sobre los miembros de sus cuerpos. En el semblante de la reina hay algo que se apaga también durante estas semanas de la prueba extrema. Si se contempla aquel retrato de María Antonieta que cualquier pintor desconocido hizo en este verano, apenas se reconocería a la reina que fue de las comedias pastoriles, la divinidad del rococó; apenas tampoco la mujer orgullosa, luchando majestuosamente erguida, que todavía era María Antonieta en las Tullerías. La mujer de este desmañado cuadro, con sus tocas de viuda sobre los encanecidos cabellos -ha sufrido demasiado-, es, a pesar de sus treinta y ocho años, totalmente una vieja. El centelleo y vida de sus ojos, tan arrogantes en otro tiempo, se han apagado por completo: con manos indolentemente caídas, permanece sentada con el mayor cansancio, dispuesta ya a obedecer dócilmente y sin contradicción toda llamada, aunque sea la postrera. La gracia que había en su semblante ha cedido el puesto a un resignado duelo; su inquietud, a una gran indiferencia. Visto de lejos, se tomaría este retrato de María Antonieta por el de una priora, de una abadesa, de una mujer que no tiene ya ningún pensamiento terreno, ningún deseo en este mundo, que ya no vive en esta vida, sino en otra. Ya no se encuentra belleza alguna. ni ánimos. ni fuerza; nada más una grande y paciente resignación. La reina ha abdicado, la mujer ha renunciado; sólo hay a11í una fatigada y abatida matrona, que alza una mirada azul clara a la que nada puede ya asombrar ni espantar.

Tampoco se espanta María Antonieta cuando, pocos días más tarde, a las dos de la madrugada, suena de nuevo un rudo golpe a su puerta. Después de haberle quitado el marido, el hijo, el amante, la corona, el honor, la libertad, ¿qué puede hacer aún el mundo contra ella? Se levanta tranquilamente, se viste y hace entrar a los comisarios. Le leen el decreto de la Convención que ordena que la viuda de Capet sea trasladada a la Conserjería, ya que se ha convertido en acusada. María Antonieta escucha tranquilamente y no responde palabra. Sabe que una acusación del tribunal revolucionario es lo mismo que una condena y que la Conserjería es igual a la casa de los muertos. Pero no suplica, no discute, no procura obtener un aplazamiento. No responde ni una palabra a aquellos hombres que como asesinos vienen a sorprenderla con tal mensaje en medio de la noche.

Con indiferencia deja que le registren los vestidos y le quiten lo que tiene consigo. Sólo le es permitido conservar un pañuelo y un frasquito de sales. Entonces tiene que despedirse otra vez -¡cuántas veces lo ha hecho ya!- de su cuñada y de su hija. Sabe que son los últimos adioses. Pero el mundo la ha acostumbrado ya a las despedidas.

Sin volverse, derecha y firme, se dirige María Antonieta hacia la puerta de su habitación y desciende muy rápidamente la escalera. Rechaza toda ayuda; fue superfluo dejarle el frasquito con fuertes esencias para el caso en que quisieran abandonarla sus fuerzas: ella misma está fortalecida interiormente. Hace mucho tiempo que ha sufrido lo más duro: nada puede ser peor que su vida en estos últimos meses. Ahora viene lo más fácil: la muerte. Casi se precipita a su encuentro. Con tal rapidez sale de esta torre de espantosos recuerdos que -acaso empañados sus ojos por el llanto- se olvida de inclinarse en la baja puertecilla de salida y se golpea violentamente la frente contra la dura viga.

Los acompañantes corren solícitos junto a ella y le preguntan si se ha hecho daño. «No -responde serenamente-, ya no hay ahora cosa alguna que pueda hacérmelo.»

 

LA CONSERJERÍA

También otra mujer ha sido despertada esta noche. Madame Richard, la mujer del carcelero de la Conserjería. Ya tarde, por la noche, le han encargado súbitamente que prepare una celda para María Antonieta; después de duques, príncipes, condes, obispos, burgueses; después de víctimas de todas las clases sociales, también debe ahora la reina de Francia venir a la casa de los muertos. Madame Richard se espanta. Pues todavía para una mujer del pueblo la palabra «reina» vibra como una campana, potentemente tocada, infundiendo respeto en el corazón. ¡Una reina, la reina bajo su techo! Al punto busca madame Richard, entre sus ropas de cama, los más finos y blancos lienzos; el general Custine, el conquistador de Maguncia, sobre quien pende también la cuchilla de la guillotina, tiene que abandonar la celda enrejada que sirvió durante innumerables años como sala de consejo; a toda prisa disponen para la reina aquel funesto recinto. Un lecho plegable de hierro, una manta ligera; además, un barreño para lavarse y una vieja alfombra delante de la húmeda pared; no les es lícito atreverse a dar más a la reina. Y después la esperan todos en aquel caserón de piedra, antiquísimo y medio subterráneo.

A las tres de la mañana se oye como se acercan algunos coches. Primeramente entran en el sombrío corredor algunos gendarmes con antorchas; después aparece el vendedor de limonadas Michonis -su ductilidad le ha salvado felizmente del asunto de Batz y ha conservado su puesto de inspector general de prisiones-; detrás de él, a la flamante luz de las antorchas, la reina, seguida de su perrillo, único ser viviente a quien le es dado acompañarla a la prisión. A causa de la hora avanzada, y además porque sería una comedia hacer como si no se supiera en la Conserjería quién es María Antonieta, la reina de Francia, le evitan las usuales formalidades burocráticas de ingreso y se le permite que se traslade inmediatamente a su celda a descansar. La criada del ama de llaves, una pobre muchacha aldeana, Rosalía Lamorlière, que no sabe escribir y a quien, sin embargo, tenemos que agradecer los informes más verdaderos y conmovedores sobre los últimos setenta y siete días de la vida de la reina, se desliza, estremecida, detrás de aquella mujer pálida, vestida de negro, y se ofrece para ayudarla a desnudarse. «Gracias, hija mía -le responde la reina-; desde que ya no tengo a nadie, me sirvo yo a mí misma.» Primero cuelga su reloj de un clavo de la pared, para poder medir el tiempo que le es aún concedido, breve y, sin embargo, infinito. Se desnuda y se tiende en el lecho. Entra un gendarme con el fusil cargado; se cierra la puerta. Ha comenzado el último acto de la gran tragedia.

La Conserjería, como se sabe en París y en el mundo entero, es la prisión destinada para los delincuentes políticos más peligrosos; la inscripción de un nombre en sus registros de entrada puede ser considerada ya como una partida de defunción. De Saint-Lazare, de los Carmelitas, de la Abadía, de todas las demás prisiones, se vuelve alguna vez al mundo; de la Conserjería, jamás, o sólo en casos muy raros y extraordinarios. María Antonieta y la opinión pública tienen que creer (y hacen bien en creerlo) que el traslado a la casa de los muertos es ya el primer acorde del violín para bailar la danza macabra. Mas, en realidad, la Convención no piensa en modo alguno en precipitar el proceso de la reina, ese precioso rehén. Este desafiador traslado a la Conserjería sólo debe ser un latigazo dado a las negociaciones que se llevan con Austria, que se arrastran perezosamente; un gesto amenazador de «apresuraos», un medio de presión política; pues, de facto, se deja dormir tranquilamente en la Convención la acusación tan trompeteada. Aún tres semanas después de este patético traslado a la antecámara de la muerte, al cual, naturalmente, se ha respondido con un clamor de espanto en todos los periódicos extranjeros (y eso es lo que quería el Comité de Salud Pública), el acusador oficial del tribunal revolucionario, Fouquier-Tinville, no tiene todavía en sus manos ninguna pieza del proceso, y, después del gran trompetazo, no se vuelve a tratar de María Antonieta en ningún debate público de la Convención ni de la Comuna. Cierto que Hébert, el asqueroso mastín de la Revolución, ladra sin cesar, en su Père Duchéne, que la «perdida», la grue, debe, por fin, « probarse la corbata de Sansón» y el verdugo « jugar a los bolos con la cabeza de la loba». Pero el Comité de Salud Pública, que ve más lejos, le deja tranquilamente que pregunte por qué «se busca tanta triquiñuela para no juzgar a la tigresa austriaca, por qué se piden pruebas para condenarla, mientras que, si se le hiciera justicia, debería ser picada como carne de embutidos por toda la sangre que ha hecho derramar» . Todos estos salvajes gritos y vociferaciones no influyen lo más mínimo en los planes secretos del Comité de Salud Pública, el cual mira únicamente el mapa de la guerra. Quién sabe todavía cómo se podrá utilizar a esta hija de la Casa de Habsburgo, y hasta quizá muy pronto, pues las jornadas de julio han sido fatales para el Ejército francés. A cada instante pueden marchar sobre París las tropas aliadas; ¿para qué disipar inútilmente una sangre tan preciosa? Se deja, pues, tranquilamente a Hébert que siga gritando y alborotando, pues eso fortalece la apariencia de que se prepara una ejecución inmediata; pero, en realidad, la Convención tiene su destino en suspenso. A María Antonieta no se la deja libre, pero tampoco es condenada. Sólo se mantiene de modo muy visible pendiente la espada sobre su cabeza, y de cuando en cuando se hace ver su centelleante filo, porque con ello se espera espantar a la Casa de Habsburgo y, al final de cuentas, volverla dócil para las negociaciones.

Pero fatalmente, la noticia del traslado de María Antonieta a la Conserjería no espanta en lo más mínimo a sus consanguíneos: María Antonieta significa algo para Kaunitz, como valor positivo en la política de los Habsburgos, en cuanto fue soberana de Francia; una soberana destronada, una desgraciada mujer particular, es plenamente indiferente para ministros, generales y emperadores: la diplomacia no conoce ningún sentimentalismo.

Sólo a una persona. pero totalmente impotente, le quema la noticia como fuego en mitad del corazón: Fersen. Desesperado, le escribe a su hermana: «Mi querida Sofía, sola y única amiga mía: sin duda sabes en este momento la espantosa desgracia del traslado de la reina a la prisión de la Conserjería y conoces el decreto de esa execrable Convención que la entrega, para ser juzgada, al Tribunal Revolucionario. Desde ese instante ya no vivo, porque no es vivir el existir como yo to hago, sufrir todos los dolores que yo experimento. Si todavía pudiera hacer algo para librarla, me parece que sufriría menos, pero el no poder hacer nada sino formular solicitaciones es espantoso para mí... Sólo tú puedes comprender todo lo que yo experimento; todo está perdido para mí... Mi pena será eterna, y nada más que la muerte podrá hacérmela olvidar. No puedo cuidarme de nada, no puedo pensar más que en la desgracia de esta infortunada y digna princesa. No tengo fuerzas para expresar lo que siento; daría mi vida por salvarla, y no puedo hacerlo; mi mayor dicha sería morir por ella y por su salvación». Y pocos días más tarde: «Frecuentemente me reprocho hasta el aire que respiro cuando pienso que ella está encerrada en una espantosa prisión; esta idea me desgarra el corazón, envenena mi vida, y sin cesar estoy pasando del dolor a la furia». Pero ¿qué vale este insignificante señor de Fersen para un todopoderoso Estado Mayor general, qué importa él para una sabia y sublime gran política? No le cabe otra cosa sino consumir una y otra vez su cólera, su amargura, su desesperación, todo el fuego infernal que brama en él y abrasa su alma, en súplicas inútiles, en ir de antecámara en antecámara, y conjurar, uno tras otro, a los militares, los hombres de Estado, los príncipes, los emigrados, para que no contemplen con tan vergonzosa frialdad cómo es humillada y asesinada una reina de Francia, una princesa de la Casa de Habsburgo. Pero por todas partes encuentra una cortés y evasiva indiferencia; hasta al fiel Eckart de María Antonieta, al mismo conde de Mercy, lo encuentra de hielo (de glace). Mercy rechaza, respetuosa pero resueltamente, toda intervención de Fersen, y, por desgracia, deja actuar, en esta ocasión, su rencor personal: Mercy no le ha perdonado nunca a Fersen que estuviera más cerca de la reina de lo que permitían las buenas costumbres, y del amante de María Antonieta -el único que la ama y se interesa por su vida- no quiere recibir ninguna instrucción.

Pero Fersen no ceja. Esta frialdad glacial de todas las gentes, que contrasta de modo tan espantoso con su interno ardor, lo lleva hasta el frenesí. Ya que Mercy se niega o oírle, se dirige a otro amigo de la familia real, el conde de La Marck, que en otro tiempo ha dirigido las negociaciones con Mirabeau. Encuentra aquí una comprensión más humana.

El conde de La Marck se dirige inmediatamente a Mercy y le recuerda al anciano la promesa que, un cuarto de siglo antes, le hizo a María Teresa de proteger a su hija hasta el último instante. Sobre su mesa redactan juntos una carta enérgica dirigida al príncipe de Coburgo, comandante en jefe de las tropas austriacas: « Mientras la reina no estuvo directamente amenazada, ha podido guardarse silencio, por temor a despertar la furia de los salvajes que la rodean; pero hoy, que está entregada a un tribunal de sangre, toda medida que proporcione una esperanza de salvarla le parecerá a usted un deber» .

Impulsado por La Mark, Mercy reclama un inmediato avance sobre París para extender a11í el espanto; toda otra operación militar tiene que ser pospuesta a ésta, urgentísima. « Permítame usted tan sólo -advierte Mercy- que le hable de los remordimientos que todos podríamos experimentar algún día por haber permanecido en la inacción en semejante momento. ¿Podría creer la posteridad que tan gran atentado pudo ser cometido a pocos días de marcha de los ejércitos vencedores de Austria a Inglaterra, sin que estos ejércitos hayan intentado esfuerzo alguno para impedirlo?» Esta invitación para salvar a su debido tiempo a María Antonieta está, por desgracia, dirigida a un hombre débil y espantosamente tonto, a una vacía cabeza de comisario general. La respuesta del comandante en jefe del Ejército austríaco, el príncipe de Coburgo, corresponde exactamente con ello. Como si en 1793 se viviera todavía en tiempos del «Martillo de las brujas» o de la Inquisición, este príncipe, conocido por su nullité responde que. «en el caso en que la menor violencia sea ejercida sobre la persona de Su Majestad la reina, la autoridad austriaca hará inmediatamente que sean sometidos al tormento de la rueda los cuatro comisarios de la Convención que ha detenido últimamente». Mercy y La Marck, ambos gente noble, inteligente y culta, quedan sinceramente espantados con esta estupidez y ven que no tiene sentido mantener negociaciones con semejante imbécil, por lo cual La Marck conjura a Mercy para que escriba sin pérdida de tiempo a la corte de Viena: «Envíe inmediatamente otro correo; dé a conocer el peligro; exprese los temores más vivos, que, por desgracia, no están sino demasiado bien fundados. Es preciso que comprendan en Viena lo que habría de penoso, y hasta me atrevo a decir de enojoso, para el gobierno imperial si la historia pudiera decir algún día que, a cuarenta leguas de los ejércitos austriacos, formidables y victoriosos, la augusta hija de María Teresa ha perecido en el cadalso sin que fuera hecha una tentativa para salvarla. Sería una mancha imborrable para el reinado de nuestro emperador». Y para inflamar aún más al anciano señor, algo difícil de poner en movimiento, añade todavía en su carta a Mercy una advertencia personal: «Permítame que le diga que la injusticia de los juicios humanos no tendría en cuenta los sentimientos que sus amigos de usted le conocemos si, en las deplorables circunstancias en que nos encontramos, no hubiera usted intentado anticipada y repetidamente sacar a nuestra corte del fatal embotamiento en que se encuentra».

Incitado por esta advertencia, el viejo Mercy se pone por fin a la obra, y con toda energía escribe a Viena: « Me pregunto si puede ligarse con la dignidad del emperador, y hasta con su interés, el permanecer como mero espectador del destino con que es amenazada su augusta tía, sin intentar nada para sustraerla a esta suerte o para arrancarla de ella... ¿El emperador no tiene especiales deberes que cumplir en tales circunstancias? No debe olvidarse de que la conducta de nuestro gobierno será juzgada un día por la posteridad, y ¿no hay que temer la severidad de este juicio si, estando probado que la reina de Francia está amenazada, como lo está, Su Majestad el emperador no hiciera tentativas ni sacrificios para salvarla?».

Esta carta, bastante valerosa para un embajador, es archiva da fríamente en cualquier cartapacio de la cancillería de la corte y se deja a11í que se empolve sin respuesta. El emperador Francisco no piensa mover ni un solo dedo; se pasea tranquilo por Schoenbrunn; Coburgo espera tranquilo en sus cuarteles de invierno y hace que sus soldados hagan tanto ejercicio que llegan a desertar más de los que hubiera perdido en la más sangrienta batalla. Todos los monarcas permanecen tranquilos, indiferentes y despreocupados. Pues ¿qué significa para la antiquísima Casa de Habsburgo un honor más o menos grande? Ninguno hace nada para salvar a María Antonieta, y con amargura dice Mercy, en una repentina explosión de enojo: «Ni siquiera la habrían salvado si con sus propios ojos la vieran ascender a la guillotina».

No hay que contar con Coburgo ni con Austria; no hay que contar con los príncipes, ni con los emigrados, ni con la familia; por tanto, Mercy y Fersen ensayan por su propia cuenta el último medio: el soborno. Por medio del maestro de baile Noverre y de un financiero sospechoso, se envía dinero a París. Nadie sabe en qué manos se ha evaporado.

Se intenta primero llegar a Danton, el cual -Robespierre lo ha venteado- pasa en general por accesible; de modo asombroso, algunos caminos llegan también hasta Hébert, y aunque, como en la mayoría de estas operaciones, falten las pruebas, produce sorpresa el que este alborotador, que desde hace muchos meses se agita como un epiléptico para decir que la grue tiene que dar, por fin, el «salto de la carpa», solicite súbitamente ahora que vuelvan a llevarla al Temple. ¿Quién podría decir hasta qué punto tuvieron éxito estas negociaciones, temerosas de la luz? En todo caso, las balas de oro fueron disparadas demasiado tarde. Pues mientras estos hábiles amigos trataban de salvarla, otro excesivamente torpe empujaba a María Antonieta hacia el abismo; como siempre, durante toda su vida, sus amigos le fueron más funestos que sus enemigos.

 

LA ÚLTIMA TENTATIVA

La Conserjería, esta «antesala de la muerte», es, entre todas las prisiones de la Revolución, la que está sometida a reglamento más severo. Antiquísimo edificio de piedra con muros impenetrables y puertas gruesas como un puño, guarnecidas de hierro, cada ventana enrejada, cada pasillo provisto de barreras, rodea do de toda una compañía de guardias, podría ostentar sobre el dintel de su puerta la frase de Dante: «Dejad toda esperanza...». Un sistema de vigilancia conservado durante siglos y agravado grandemente desde los encarcelamientos en masa del Terror, hace imposible toda comunicación con el mundo exterior. Ninguna carta puede ser enviada fuera, ninguna visita recibida, pues el personal de vigilancia no se recluta, como en el Temple, entre guardianes aficionados, sino entre carceleros de oficio que están prevenidos contra todas las arterías; además, como medida de precaución, están mezclados entre los acusados los llamados moutons, soplones profesionales que informarían anticipadamente a las autoridades de toda tentativa de evasión. En todas partes donde un sistema está experimentado durante años y años, parece sin sentido que un individuo aislado pretenda oponerle resistencia.

Pero (misterioso consuelo frente a toda potencia colectiva) el individuo aislado, si es tenaz y resuelto, al final acaba casi siempre mostrándose como más fuerte que todo sistema. Siempre el elemento humano, en cuanto su voluntad permanece inquebrantable, arruina todas las disposiciones de papel; éste es el caso de María Antonieta. También en la Conserjería, al cabo de algunos días, gracias a aquella notable magia que en parte proviene del brillo de su nombre, en parte de la noble fuerza de su conducta, ha convertido en amigos, en auxiliares y servidores a todos aquellos hombres que debían guardarla. La mujer del portero no tendría, reglamentariamente, que hacer otra cosa sino barrer su habitación y prepararle groseros alimentos. Pero guisa para la reina, con tierno primor, los manjares más selectos; se ofrece para peinarla; hace venir expresamente y a diario, de otra parte de la ciudad, una botella de aquella agua que prefiere María Antonieta. La criada de la portera, a su vez, aprovecha cada momento para deslizarse rápidamente junto a la prisionera y preguntarle si puede servirla en algo. Y los severos gendarmes, con sus bigotes retorcidos, con sus anchos sables retiñidores y los fusiles incesantemente cargados, que en realidad debían prohibir todo esto, ¿qué es lo que hacen? Traen todos los días a la reina -según lo prueba el testimonio de un interrogatorio-, a su propio coste, un ramo de flores frescas, compradas en el mercado por su voluntad, para adornar su desolada habitación. Es justamente entre el más bajo pueblo, que vive más próximo a la desgracia que la burguesía, donde se desarrolla con lastimosa fuerza la compasión hacia aquella princesa tan detestada en sus dichosos días. Cuando, cerca de la Conserjería, las mujeres del mercado saben por madame Richard que el pollo o las hortalizas están destinados a la reina, escogen escrupulosamente lo mejor, y, con enojado asombro, Fouquier-Tinville tiene que hacer constar en el proceso que la reina ha gozado en la Conserjería de facilidades mucho más importantes que en el Temple.

Precisamente a11í donde reina la muerte del modo más cruel, se desarrollan en el hombre los sentimientos de humanidad como inconsciente defensa.

Que hasta en el caso de una prisionera de Estado tan importante como María Antonieta se haya ejercido la vigilancia con tanta laxitud, considerando sus anteriores tentativas de fuga, produce al principio una impresión de asombro. Pero se comprenden muchas cosas tan pronto como se recuerda que el inspector supremo de esta prisión es nada menos que Michonis, el vendedor de limones, que había ya introducido valiosamente sus manos en el complot del Temple. También a través de los gruesos sillares de la Conserjería engolosina y centellea el millón del barón de Batz, y todavía sigue Michonis jugando su audaz doble juego. Cada día, fiel a su deber y severo, se traslada a la celda de la reina, sacude las rejas de hierro, examina las puertas, y con pedante solicitud informa de esta visita a la Comuna, que se tiene por feliz con haber colocado como vigilante a inspector a un tan firme republicano. En realidad, Michonis sólo espera siempre el momento en que los gendarmes han abandonado la habitación para charlar con la reina de modo casi amistoso, traerle del Temple las anheladas noticias de sus hijos, y hasta a veces, bien por codicia, bien por bondad, pasar de contrabando algún curioso, cuando tiene que hacer su inspección en la Conserjería, ya un inglés, ya una inglesa, acaso la excéntrica señora Atkins, enferma de esplín, ya un sacerdote no juramentado que debe haber recibido la última confesión de la reina, ya aquel pintor a quien debemos el retrato del Museo Camavalet. Y, por último, y de un modo plenamente fatal, también la visita de aquel osado loco que con su exceso de celo aniquiló de un solo golpe todas estas libertades y privilegios.

Este famoso affaire de l’oeillet, este complot del clavel, que más tarde sirvió de tema a Alejandro Dumas para una gran novela, es una historia oscura; descifrarla por completo es cosa que no se logrará jamás, pues es incompleto lo que comunican los documentos judiciales, y lo que refiere su propio héroe huele sospechosamente a charlatanería. Si se cree al Consejo municipal y al inspector superior de prisiones, Michonis, todo el caso se habrá reducido a un episodio sin importancia. Una vez, en una cena con amigos, habló de la reina, a la que está obligado a visitar diariamente en la prisión. Entonces, ese caballero desconocido, cuyo nombre no sabe, se mostró muy curioso y preguntó si, por una vez, no le sería permitido acompañarle. Estando de buen humor, Michonis no se informó más extensamente, y aquel señor lo acompañó una vez en su visita de inspección, naturalmente que con la obligación de no decirle ni una palabra a la reina.

Pero Michonis, el confidente del barón de Batz, ¿es en realidad tan ingenuo como él se presenta? ¿No se tomó realmente la molestia de preguntar quién era aquel señor desconocido al que debía introducir de contrabando en la celda de la reina? Si lo hubiese hecho, habría sabido que este hombre era un buen amigo de María Antonieta, el caballero de Rougeville, uno de aquellos nobles que el 20 de junio combatieron por la reina, jugándose la vida. Pero, según todas las apariencias, Michonis, que había ayudado a un barón de Batz, debía tener muy buenas y, sobre todo, muy contantes razones para no preguntar excesivamente por sus intenciones a aquel señor desconocido: probablemente, la conjura estaba mucho más avanzada de lo que hoy permiten reconocer sus borradas huellas.

En todo caso, el 28 de agosto suena el manojo de llaves en la puerta de la celda de la prisionera. La reina y el gendarme se levantan. Siempre se espanta, en el primer momento, cuando se abre la puerta del calabozo, pues casi toda visita inesperada de las autoridades no le ha traído más que malas noticias desde hace semanas y meses. Pero no, no es más que Michonis, el amigo secreto, acompañado esta vez por cualquier señor desconocido a quien la prisionera no presta atención alguna. María Antonieta respira libremente, habla con Michonis y se informa acerca de sus hijos: siempre se refieren a ellos las primeras y más insistentes preguntas de la madre. Michonis responde amablemente; la reina está casi contenta: estos pocos minutos en que puede romper la fúnebre campana de cristal del silencio, en que puede pronunciar delante de alguien el nombre de sus hijos, siempre significan para ella algo como una dicha.

Pero de repente María Antonieta se pone mortalmente pálida. Pálida durante un segundo. Después le asciende súbitamente la sangre a las mejillas. Comienza a temblar y le cuesta trabajo mantenerse en pie. La sorpresa es demasiado grande: ha reconocido a Rougeville, el hombre que cien veces estuvo a su lado en palacio y del que sabe que es de fiar para cualquier audacia. ¿Qué significa -el tiempo vuela zumbando, demasiado de prisa para que pueda ser pensado todo-, qué significa que este amigo seguro y abnegado, aparezca de repente aquí en su celda? ¿Es que quieren salvarla? ¿Es que quieren decirle alguna cosa? ¿Transmitirle algo? No se atreve a hablar con Rougeville, ni siquiera a mirarle con fijeza, por miedo al gendarme y a la mujer de servicio, y, sin embargo, observa que le hace sin cesar una seña que ella no comprende. Es atormentadoramente irritante y feliz al mismo tiempo, al cabo de tantos meses, saberse cerca de un mensajero y no entender su mensaje; la pobre mujer, sonsacada de su muerta paz, se pone cada vez más intranquila y teme hacerse traición. Acaso Michonis advierta algo de esa confusión; en todo caso, se acuerda de que tiene que inspeccionar aún otros recintos de la prisión, y sale vivamente de la celda con el desconocido, pero declarando expresamente que todavía se propone volver.

María Antonieta, al quedarse sola - le tiemblan las rodillas-, se deja caer en su asiento y trata de recobrar sus ánimos. Decide, si vuelven los dos, atender con mayor cuidado y más tranquilos nervios que en aquella primera sorpresa a cada seña y cada gesto. Y, en realidad, vuelven otra vez los dos; de nuevo retiñen las llaves, de nuevo penetra Michonis con Rougeville. Ahora, María Antonieta vuelve a ser por completo dueña de sí. Mientras habla con Michonis, observa a Rougeville con más aguda atención, más despierta, más serena, y observa de repente que Rougeville, en un rápido gesto, ha arrojado algo en el rincón detrás de la estufa. Le palpita el corazón; apenas es capaz de esperar hasta el momento de leer el mensaje; apenas Michonis y Rougeville han dejado la habitación, cuando, con toda presencia de espíritu, envía tras ellos al gendarme con un pretexto cualquiera. Utiliza este minuto de no estar vigilada para coger rápidamente lo escondido.

¿Cómo? ¿Nada más que un clavel? Pero no, en el clavel se esconde, plegada, una esquelita. La abre y lee: «Protectora mía, nunca la olvidaré, buscaré siempre el medio de poder hacerle ver mi celo; si tiene necesidad de trescientos o cuatrocientos luises para los que la rodean, se los traeré el próximo viernes».

Pueden imaginarse los sentimientos de esta desgraciada mujer que se encuentra con este milagro de esperanza. Una vez más se abre la oscura bóveda de la prisión, como rota por la espada de un ángel. En medio de lo espantoso a inaccesible de la casa de los muertos, a través de siete a ocho puertas cerradas con cerrojo, a pesar de todas las prohibiciones, mofándose de todas las medidas de la Comuna, ha penetrado hasta ella uno de los suyos. un caballero de la Orden de San Luis, un realista digno de confianza y seguro; ahora, la salvación tiene que estar próxima. Indudablemente que las manos queridas de Fersen habrán tejido estos hilos; indudablemente que intervienen de nuevo auxiliares poderosos y desconocidos para salvarle la vida a un paso ya del abismo. De repente, esta mujer ya resignada y de cabellos blancos vuelve a sentir los ánimos y la voluntad de vivir.

Tiene valor, y, fatalmente, hasta un valor excesivo. Tiene confianza, y, por desgracia, un exceso de ella. Los trescientos o cuatrocientos ducados deben servirle, al punto lo comprende, para sobornar a los gendarmes de su celda: esto solo es lo que compete; de todo lo demás se cuidarán sus amigos. Inflamada en su optimismo excesivamente repentino, se pone al punto a la obra. Desgarra la comprometedora esquela en diminutos pedacitos y prepara ella misma su respuesta. Le han quitado pluma, lápiz y tinta; sólo tiene aún un pedacito de papel. Pero toma éste y va pinchando las letras de la respuesta -la necesidad da ingenio con su aguja de coser en el plieguecillo, conservado hoy como reliquia, aunque, a la verdad, hecho ilegible posteriormente con otras picaduras. Le entrega este billete al gendarme Gilbert, con la promesa de una alta recompensa, para que lo transmita a aquel desconocido cuando vuelva a presentarse.

Ahora se oscurece todo el asunto. Parece que el gendarme Gilbert vaciló íntimamente.

Trescientos luises de oro, cuatrocientos luises de oro, relumbran tentadoramente ante un pobre diablo como él; pero también la cuchilla de la guillotina tiene un funesto brillo y centelleo. Siente compasión por la pobre mujer, pero también teme perder su puesto.

¿Qué hacer? Ejecutar el encargo se llama hacer traición a la República; hacer de delator es abusar de la confianza de esta pobre y desgraciada mujer. Por tanto, este buen gendarme elige al punto el término medio; se confía a la mujer del portero, a la todopoderosa madame Richard. Y he aquí que también madame Richard comparte su perplejidad. Tampoco ella se atreve a guardar silencio, tampoco ella se atreve a hablar claramente, y mucho menos a dejarse envolver en una conjura tan peligrosa; probablemente ha sonado ya en sus oídos el campaneo secreto del millón.

Por último, madame Richard hace lo mismo que el gendarme: no presenta ninguna denuncia, pero tampoco calla por completo. Exactamente lo mismo que el gendarme, descarga su responsabilidad sobre otra persona y comunica confidencialmente la historia del secreto billete a su superior Michonis, el cual palidece al oír la noticia. De nuevo se enturbia aquí el asunto. ¿Ha observado Michonis ya antes de esto que en la persona de Rougeville ha traído un cómplice de la reina, o sólo lo descubre en este momento? ¿Estaba iniciado en esta conjura o Rougeville lo había burlado? En todo caso, es desagradable para él encontrarse de repente con dos testigos. Con apariencias de gran severidad, le quita a la buena madame Richard el papel sospechoso, se lo mete en el bolsillo y le ordena que no hable nada acerca de ello. Espera de este modo haber reparado la imprudencia de la reina y terminado felizmente este enojoso asunto. Naturalmente, no redacta ningún informe; lo mismo que en el primer complot con Batz, se retira suavemente del asunto tan pronto como éste se convierte en peligroso.

Todo estaría ahora terminado. Pero, fatalmente, el asunto no deja descansar al gendarme. Un puñado de monedas de oro podrían quizás haberlo hecho enmudecer, pero María Antonieta no tiene ningún dinero, y, poco a poco, comienza él a temer por su cabeza. Después de haberse mantenido valientemente durante cinco días en un total silencio (y esto es lo sospechoso e incomprensible del asunto) ante sus camaradas y superiores, redacta finalmente, el 3 de septiembre, un informe para sus jefes; dos horas más tarde, los comisarios de la Comuna se precipitan en la Conserjería, ya muy agitados, a interrogan a todos los interesados.

La reina, al principio, niega. No ha reconocido a nadie, y cuando se le pregunta si, hace algunos días, no ha escrito una esquela, responde fríamente que no tiene nada con que pueda escribir. También Michonis se presenta al principio como mudo, y confía en el silencio de madame Richard, probablemente ya sobornada también. Pero, como ésta afirma haberle dado la hoja, se ve obligado a presentarla (prudentemente hace antes ilegible el texto mediante nuevos pinchazos de aguja). En el segundo interrogatorio, al día siguiente, renuncia la reina a toda resistencia. Declara ser auténtico que conoce a aquel hombre desde las Tullerías, haber recibido de él una esquelita dentro de un clavel y haber respondido ella; no oculta ya ni su participación ni su culpa. Pero, con plena abnegación, protege al hombre que quería sacrificarse por ella, no pronuncia el nombre de Rougeville, sino que afirma no acordarse de cómo se llama ese oficial de la guardia; cubre también magnánimamente a Michonis y le salva la vida con ello. Pero, veinticuatro horas más tarde, ya conocen la Comuna y el Comité de Salud Pública el nombre de Rougeville, y en vano la Policía persigue por todo París a aquel hombre que había querido salvar a la reina y que, en realidad, no hizo otra cosa sino precipitar su fin.

Pues esta conjura, torpemente iniciada, acelera fatalmente el destino de la reina. El trato indulgente que de un modo tácito le habían concedido hasta entonces, cesa de repente. Le es confiscado todo lo que conserva, sus últimos anillos y hasta el relojito de oro que había traído consigo de Austria como último recuerdo de su madre, lo mismo que el medalloncito con cabellos de sus hijos, tiernamente conservado. Naturalmente, le son secuestradas las agujas con las cuales tuvo la idea de escribir la esquela a Rougeville, lo mismo que le es prohibida la luz por la noche. Dejan fuera de servicio al tolerante Michonis, lo mismo que a madame Richard, la cual es reemplazada por una nueva vigilante, madame Bault. Al mismo tiempo, dispone la municipalidad, en un decreto de 11 de septiembre, que esta reincidente autora de tentativas de evasión sea trasladada a una celda aún más segura que la que ocupaba anteriormente; y como en toda la Conserjería no se encuentra ninguna que le parezca bastante de fiar a la alarmada Comuna, dispone del local de la botica, dotándolo de dobles puertas de hierro. La ventana que da al patio de mujeres es cerrada de pared hasta la mitad de la altura de sus rejas; dos centinelas bajo la venta, lo mismo que los gendarmes que día y noche se revelan en el recinto inmediato, responden con su vida de la prisionera. Después de todas estas medidas que agotan las precauciones terrenas, ningún no llamado puede penetrar ahora en la celda; sólo hay uno llamado a penetrar en ella por razón de su cargo: el verdugo.

Ahora se encuentra María Antonieta en el último, en el más bajo peldaño de su soledad.

Los nuevos carceleros, aunque sientan buena voluntad hacia ella, no osan hablar ya ni una palabra con esta mujer peligrosa, al igual que los gendarmes. El relojito no está ya a11í para partir, con su débil tictac, la infinidad del tiempo; la han privado de sus labores de aguja; nada le han dejado sino su perrillo. Ahora, por primera vez al cabo de veinticinco años, en este abandono pleno, se acuerda María Antonieta del consuelo que su madre le ha recomendado tantas veces; por primera vez en su vida pide libros y los va leyendo, uno tras otro, con sus apagados y enrojecidos ojos; no dan abasto a traerle suficientes. No quiere ninguna novela, ninguna obra de teatro, nada alegre, nada sentimental, nada amoroso; podrían recordarle demasiado los pasados tiempos; sólo aventuras totalmente rudas, los viajes del capitán Cook, historias de naufragios y audaces expediciones; libros que se apoderan del lector y lo arrebatan consigo, lo excitan y mantienen en tensión sus nervios; libros con los cuales se olvida uno del tiempo y del mundo. Personajes inventados, imaginarios, son los únicos compañeros de su soledad.

Nadie viene ya a visitarla; durante todo el día no oye nada sino la campana de la inmediata Sainte-Chapelle y el crujir de las llaves en la cerradura; después otra vez silencio eterno, silencio en aquel bajo recinto, estrecho, húmedo y oscuro como un ataúd.

La falta de movimiento y aire debilita su cuerpo, fuertes hemorragias la fatigan. Y cuando por fin la llevan ante el Tribunal, es un vieja de blancos cabellos la que, de esta larga noche, surge bajo la desacostumbrada luz del cielo.

 

LA GRAN INFAMIA

Está alcanzado ahora el peldaño más bajo, toca a su fin el camino. La más extraña oposición de contrastes que podía ser imaginada por el destino está ya realizada. La mujer que había nacido en un castillo imperial y había tenido por suyas cien estancias en su palacio regio, habita ahora en un estrecho, enrejado, semisubterráneo, húmedo y tenebroso recinto. La que amaba el lujo y las mil diversas, artificiosas y artísticas preciosidades de la riqueza, para rodear su vida no tiene ya ahora ni un armario, ni un sillón, ni un espejo, sino sólo to más extremadamente indispensable, una mesa, una silla, una cama de hierro. La que, para su servicio, amontonaba en torno a sí una vana chusma de innumerables cargos, una superintendencia, una dama de honor, una dama de palacio, dos camareras para el día, otras dos para la noche, un lector, un médico, un cirujano, un secretario, trinchantes, lacayos, camareras, peluqueros, cocineros y pajes se peina ahora sin auxilio ajeno sus encanecidos cabellos. La que necesitaba trescientos trajes nuevos al año, se zurce ahora a sí misma, con sus ojos semiciegos, la bastilla de su destrozado traje de prisionera. La que fue fuerte, está fatigada; la hermosa y deseada de otros tiempos es una matrona pálida. La mujer sociable, que amaba la compañía desde el mediodía hasta mucho más a11á de la medianoche, medita ahora sola, y durante toda la noche sin sueño, espera hasta que aparece la aurora detrás de las rejas de su ventana. Cuanto más va pasando el verano, tanto más se entenebrece la funesta celda, convirtiéndose en ataúd, pues la oscuridad comienza cada vez más temprano, y desde aquella agravación de las precauciones para guardarla, ya no puede María Antonieta encender luz alguna; sólo desde el corredor, por un alto ventanillo, cae piadosamente, en la completa tiniebla de la celda, el tenue y pobre resplandor de una lámpara de aceite. Se conoce que comienza el otoño, asciende el frío desde los desnudos ladrillos del pavimento; del vecino Sena llega una niebla húmeda que penetra a través de los muros; todo objeto de madera se siente mojado como una esponja al tocarlo; huele a humedad y podredumbre; huele, cada vez más violentamente, a muerte. La ropa blanca cae en pedazos, los vestidos están llenos de desgarrones; hasta lo más profundo, hasta los huesos, penetra el frío húmedo y produce mordedores dolores de reuma. Se siente cada vez más cansada aquella mujer que se hiela interiormente, aquella que un día -a su modo de ver, debe de hacer de ello mil años- fue la reina del país y la mujer más satisfecha de vivir de toda Francia; en torno a ella, el silencio se hace cada vez más frío, cada vez más vano el tiempo. Ya no se espantará cuando la muerte venga a llamar por ella, pues en esta celda ha estado en vida como en un ataúd.

Hasta esta sepultura habitada en medio de París no penetra ningún eco de la formidable tormenta que pasa sobre el mundo aquel otoño. Nunca estuvo la Revolución francesa en mayor riesgo que en aquel momento. Dos de sus principales plazas fortificadas, Maguncia y Valenciennes, han sido tomadas por el enemigo; los ingleses se han apoderado del más importante de sus puertos de guerra; la segunda gran ciudad de Francia, Lyon, está sublevada; están perdidas las colonias; en la Convención reina la discordia; en París, hambre y abatimiento: la República está a dos pulgadas de su pérdida.

Sólo una cosa puede ahora salvarla: una audacia desesperada, una provocación suicida; la República sólo puede sobreponerse a su miedo infundiéndolo ella misma. «Pongamos el terror a la orden del día»; esta frase espantosa resuena cruelmente en la sala da la Convención, y, sin miramiento alguno, confirman los hechos esta amenaza. Los girondinos son puestos fuera de la ley, el duque de Orleans y muchos otros son transferidos al Tribuna Revolucionario. La cuchilla está ya vibrando, cuando se levanta Billaud-Varennes y declara: «La Convención Nacional acaba de dar un gran ejemplo de severidad frente a los traidores que preparan la ruina de su país; pero todavía le falta dar un importante decreto. Una mujer, vergüenza de la humanidad y de su sexo, la viuda de Capeto, debe por fin expiar en el patíbulo sus crímenes. Ya se dice públicamente, por todas partes, que ha sido vuelta a llevar al Temple, que se la ha juzgado en secreto y que el Tribunal Revolucionario la ha declarado inocente, como si la mujer que ha hecho derramar la sangre de muchos millares de franceses pudiera ser absuelta por un jurado francés. Pido que el Tribunal Revolucionario se pronuncie esta semana sobre su suerte».

Aunque esa proposición pida no sólo que se juzgue a María Antonieta, sino también claramente su ejecución, es adoptada por unanimidad. Pero, ¡cosa extraña!, Fouquier-Tinville, el acusador público, que de ordinario trabaja sin descanso, fría y velozmente, como una máquina, vacila también ahora de modo espantoso. Ni en esta semana, ni en la siguiente, ni siquiera en la otra, presenta su acusación contra la reina; no se sabe si alguien, secretamente, le detiene la mano, o si aquel hombre de corazón de bronce, que, en general, transforma con celeridad de prestidigitador el papel en sangre y la sangre en papel, no tiene realmente aún entre sus manos ningún firme documento probatorio. En todo caso, roncea y aplaza una y otra vez la acusación. Escribe al Comité de Salud Pública que le envíen el material del proceso, y, asombrosamente, también el Comité de Salud Pública, por su parte, se mueve con la misma sorprendente lentitud.

Finalmente empaqueta algunos papeles sin importancia, las declaraciones sobre el asunto del clavel, una lista de testigos, los documentos del proceso del Rey. Pero todavía Fouquier-Tinville persiste en la inacción. Le falta todavía alguna cosa, la orden secreta de iniciar definitivamente el proceso o algún documento especialmente convincente, un hecho notorio, que pueda dar a su escrito de acusación un brillo y un fuego de auténtica indignación republicana, una falta totalmente irritante y provocativa, ya sea de la mujer, ya de la reina. De nuevo parece querer hundirse en arena la acusación exigida tan patéticamente. Entonces, Fouquier-Tinville, en el último momento, recibe súbitamente de Hébert, el más encarnizado y resuelto enemigo de la reina, un documento que es lo más espantoso a infame de toda la Revolución francesa. Y esta fuerte impulsión es decisiva: de repente se pone en marcha el proceso.

¿Qué había ocurrido? El 30 de septiembre recibe Hébert, inopinadamente, una carta del zapatero Simón, el preceptor del delfín, escrita desde el Temple. La primera parte está trazada por una mano desconocida, con una decorosa y legible ortografía, y dice de este modo: «¡Salud! Ven pronto, amigo mío; tengo cosas que decirte y tendré gran placer en verte. Trata de venir hoy mismo, me encontrarás siempre como bravo y franco republicano». Por el contrario, el resto de la carta es de la propia mano de Simón, y, con su ortografía increíblemente grotesca, muestra el grado de instrucción de este < preceptor»: «Je te coitte bien le bon jou moi a mon est pousse Jean Brasse tas cher est pousse et mas petiste bon amis la petiste fils cent ou blier ta cher soeur que jan Brasse.

Je tan prie de nes pas manquer a mas demande pout te voir ce las presse pour mois.

Simon, ton amis pour la vis». Hébert, celoso de su deber y enérgico, corre sin vacilar junto a Simón. Lo que oye le parece hasta tal punto siniestro, aun a este duro de cocer, que no quiere seguir interviniendo personalmente, sino que convoca una comisión de toda la Comuna, bajo la presidencia del alcalde, para que se traslade secretamente al Temple, y a11í establecer el decisivo material acusador contra la reina, cosa que se hace en tres actos de interrogatorio, que todavía hoy se conservan.

Llegamos ahora a aquel episodio de la historia de María Antonieta largo tiempo tenido por increíble y por psicológicamente inexplicable, y que sólo a medias es posible comprender por la funesta sobreexcitación del tiempo y por el envenenamiento sistemático de la opinión pública practicado durante años enteros. El pequeño delfín, un mozuelo muy precoz y arrogante, pocas semanas antes, en el tiempo en que estaba aún bajo la protección de su madre, se había herido en un testículo, con un bastón, jugando; un cirujano al que llamaron había construido una especie de braguero para el niño. Con esto parecía terminado y olvidado este incidente, ocurrido en el Temple todavía durante la estancia de María Antonieta. Pero ahora descubren un día Simón o su mujer que el niño, precoz y mal educado, se entrega a ciertas viciosas prácticas de muchachos, a los llamados plaisirs solitaires. El niño, sorprendido en su falta, no puede negarlo. Apretado a preguntas por Simón, para saber quién lo ha inducido a estos malos hábitos, dice, o el desdichado se deja persuadir para que diga, que su madre y su tía lo han impelido hacia este vicio. Simón, a quien de esta «tigresa» todo le parece verosímil, hasta lo más infernal, sigue preguntando más y más, honradamente indignado por esta perversidad de una madre, y finalmente lleva al muchacho hasta tan lejos, que acaba por afirmar que ambas mujeres, en el Temple, frecuentemente lo habían metido en su cama y que su madre había cometido con él actos incestuosos.

Ante esta declaración tan espantosa de un niño que aún no ha cumplido los nueve años, un hombre sensato, en tiempos normales, habría sentido, naturalmente, la más extrema desconfianza. Pero el convencimiento del insaciable erotismo de Ma ría Antonieta ha penetrado tan hondo en la sangre de las gentes de la Revolución, gracias a los innumerables folletos calumniosos, que hasta esta insensata acusación de que su propia madre hubiera abusado sexualmente de un niño de ocho años y medio, no provoca ningún sentimiento de duda en Simón y Hébert. Por el contrario, a estos fanáticos y deslumbrados sans-culottes les parece la cosa completamente lógica y clara. María Antonieta, la archiprostituta babilónica, aquella desalmada tribada que desde los tiempos de Trianón está habituada a agotar por completo todos los días a algunas mujeres y algunos hombres, ¿no es natural, piensan ellos, que una tal loba, encerrada en el Temple, donde no encuentra ningún compañero para sus infernales lo curas carnales, se precipite sobre su propio hijo, inocente y sin defensa? Ni un solo momento vacilan Hébert y su triste amigo, totalmente oscurecida su razón por el odio, de la justeza de las engañosas acusaciones del niño contra su madre. Ahora se trata sólo de establecer judicialmente, por escrito, toda esta ignominia de la reina, a fin de que toda Francia conozca la extrema depravación de la asquerosa austriaca, para cuya avidez de sangre y de lujuria la guillotina puede ser considerada como un leve castigo. De este modo, tienen lugar tres interrogatorios de un niño que aún no tiene nueve años, de una muchacha de quince y de madame Elisabeth: escenas hasta tal punto crueles y vergonzosas, que podría tenérselas por irreales si no existieran aún hoy los bochornosos documentos en el Archivo Nacional de París, cierto que amarillentos, pero claramente legibles y con las torpes firmas de los niños trazadas por su propia mano.

En el primer interrogatorio, el 6 de octubre, aparecen el alcalde Pache, el síndico Chaumette, Hébert y otros miembros de la Comuna; en el segundo, el 7 de octubre, se lee también entre las firmas el nombre de un célebre pintor, que, al mismo tiempo, es uno de los seres más versátiles de la Revolución: David. Primeramente es llamado como testigo principal el niño de ocho años y medio; al principio se le pregunta sobre estos sucesos ocurridos en el Temple, y el charlatán mozuelo, sin comprender el alcance de sus declaraciones, traiciona a los secretos auxiliares de su madre, ante todo a Toulan.

Después llega a tratarse del escabroso asunto, y dice aquí el documento: «Habiendo sido sorprendido varias veces, en su cama, por Simón y su mujer, encargados por la Comuna de vigilarle, cometiendo consigo mismo indecencias dañosas para su salud, les aseguró que había sido iniciado por su madre y su tía en sus hábitos perniciosos, y que diferentes veces se habían divertido viéndole practicarlos delante de ellas, cosa que con mucha frecuencia tenía lugar cuando lo hacían acostar entre las dos; que tal como el niño se ha explicado, nos ha hecho comprender que una vez su madre lo hizo aproximarse a ella, de lo que resultó una cópula, y él resultó con una hinchazón en uno de lo s testículos, por lo cual lleva un vendaje, y que su madre le recomendó que jamás hablara de ello; que este acto fue repetido varias veces después; añadió que otros cinco particulares conversaban con mayor familiaridad que los otros comisarios del Consejo con su madre y con su tía».

Con tinta sobre papel y siete a ocho firmas abajo queda establecida esta monstruosidad; la autenticidad de las actas, el hecho de que el deslumbrado niño haya prestado realmente esta espantosa declaración no puede ser negado; cuando más, podría objetarse que precisamente aquel pasaje que contiene la acusación de incesto con el niño de ocho años y medio no se encuentra en el texto mismo, sino que ha sido añadido ulteriormente al margen; manifiestamente, los mismos inquisidores habrán deliberado entre sí para establecer auténticamente esta infamia. Pero hay una cosa que no se puede refutar: la firma de «Louis Charles Capet» se encuentra bajo la declaración con letras gigantescas, trabajosamente dibujadas con infantil torpeza. El propio hijo ha presentado en realidad, ante estas gentes desconocidas, la más infame de todas las acusaciones contra su propia madre.

Pero no hay bastante con este delirio; los jueces instructores quieren desempeñar su comisión a fondo. Después del mozuelo, que aún no tiene nueve años, es traída su hermana, la muchacha de quince. Chaumette le pregunta «si cuando jugaba ella con su hermano no la tocaba éste donde no debía ser tocada, y si la madre y su tía no la hacían acostar entre ellas». Responde que «no». Entonces, ¡espantosa escena!, ambos niños, el de nueve años y la de quince, son colocados uno frente a otro para disputar, delante de los inquisidores, acerca del honor de su madre. El pequeño delfín mantiene su afirmación, y la de quince años, intimidada por la presencia de aquellos hombres severos y aturdida por aquellas preguntas inconvenientes, vuelve a refugiarse siempre en la declaración de que no sabe nada, de que no ha visto nada de todo aquello. Ahora es llamada como tercer testigo madame Elisabeth, la hermana del rey; con esta enérgica señorita de veintinueve años no son tan fáciles las cosas para los que interrogan como con los dos niños, cándidos y aterrorizados. Pues apenas le han presentado el texto de la declaración del delfín, cuando la sangre sube a las mejillas de la ofendida muchacha, rechaza despreciativamente el papel y dice que tal ignominia está demasiado por debajo de su persona para que pueda responder siquiera a ella. Ahora -nueva escena infernal- la colocan delante del muchacho. Mantiene éste, enérgica y descaradamente, que ella y su madre lo han inducido a estas deshonestidades. Madame Elisabeth no puede contenerse por más tiempo: «Ah, le monstre!», exclama irritada, con un justo y arrebatado furor, al ver que este insolente y embustero monicaco afirma tales desvergüenzas. Pero los comisarios han oído ya todo lo que querían. El acta de estos interrogatorios es firmada también pulcramente y Hébert lleva, triunfal, los tres documentos al juez de instrucción con la esperanza de que ahora está desenmascarada y queda puesta en la picota la reina, para los contemporáneos y para la posteridad, para ahora y para siempre. Patrióticamente hinchado el pecho de orgullo, se pone con esta denuncia a disposición de las autoridades para comparecer ante la barra del Tribunal a testimoniar la infamia incestuosa de María Antonieta.

Esta declaración de un hijo contra su propia madre, cosa quizá sin ejemplo en los anales de la historia, ha sido desde siempre el gran enigma para los biógrafos de María Antonieta; y para salvar este pequeño escollo, los defensores apasionados de la reina han recurrido a las más tortuosas explicaciones y deformaciones. Hébert y Simón, a quienes describen constantemente como diablos hechos carne, se habrían asociado, según ellos, para esta conjura, obligando bajo poderosas coacciones al pobre a inocente niño a que se dejara arrancar esta vergonzosa acusación. Lo habrían hecho manejable- primera versión monárquica- en parte con golosinas y en parte con el látigo, o si no -según versión igualmente falsa desde el punto de vista psicológico- lo habrían embriagado antes con aguardiente. Su declaración había sido prestada en estado de embriaguez, no siendo válida por eso. Ambas afirmaciones, no probadas, se contradicen, ante todo, con la descripción de esta escena, clara y absolutamente imparcial, que traza un testigo ocular de ella, el secretario Daujo, que escribió por su mano el acta del último interrogatorio: « El joven príncipe estaba sentado en un sillón, balanceando sus piernecitas, cuyos pies no llegaban al suelo. Interrogado sobre las cosas, le preguntaron si eran verdaderas, y respondió afirmativamente...». Toda la conducta del delfín muestra más bien una insolencia desafiadora y juguetona. Resulta también indudable, del texto de las otras dos actas, que el mozuelo no procedió, en modo alguno, bajo una coacción externa, sino que, por el contrario, con infantil obstinación -se advierte también en ello cierta maldad y afán de venganza- repitió libremente contra su tía la monstruosa afirmación.

¿Cómo se explica esto? No es cosa excesivamente difícil para nuestra generación, que está instruida de modo mucho más fundamental que las de tiempos anteriores, científica y psicológicamente, sobre las mentiras de las declaraciones infantiles en materia sexual y que se ha acostumbrado a acercarse a estos extravíos psíquicos de los menores con mayor comprensión. Ante todo, tenemos que dejar a un lado la versión sentimental de que el delfín hubiera sentido una espantosa humillación al ser entregado al zapatero Simón y que echara muy de menos a su madre; los niños se habitúan con sorprendente rapidez a todo ambiente desconocido y, por muy terrible que pueda parecer a primera vista, probablemente el chico de ocho años y medio se encontraba mejor con el rudo pero jovial Simón que en la torre del Temple con las dos mujeres, constantemente de luto y deshechas en llanto, que durante todo el día le daban lecciones, le obligaban a estudiar y trataban de obligar al niño, como futuro roi de France, a mantener artificialmente una severa conducta y dignidad. Pero con el zapatero Simón el pequeño delfín está plenamente libre; bien sabe Dios que no se le atormenta mucho para que aprenda; puede jugar por todas partes como quiera, sin preocuparse ni inquietarse por nada; es muy probable que para él fuera más divertido cantar la Carmagnole con los soldados que rezar el rosario con la devota y aburrida madame Elisabeth. Pues cada niño tiene instintivamente en sí la tendencia a rebajarse, y se defiende contra la cultura y las buenas manera que le son impuestas; se siente mejor entre personas despreocupadas y sin educación que bajo la coacción de la cultura; donde reina mayor libertad, mayor naturalidad y se exige menos dominio de sí mismo, puede desplegar con más fuerza to que hay de realmente anárquico en su naturaleza. El deseo de una elevación social sólo se presenta con el despertar de la inteligencia, a los diez, y a veces a los quince años; pero, en realidad, todo niño de buena familia envidia a sus camaradas de escuela proletarios, a quienes les es permitido todo to que a él le prohíbe su bien cuidada educación. Con esta veloz transformación de la sensibilidad que es característica de los niños, parece que el delfín -y esta cosa plenamente natural no querían admitirla a ningún precio los biógrafos sentimentales- se desprendió muy pronto de la melancólica esfera maternal y se habituó a la menos coactiva del zapatero Simón, cierto que inferior pero más divertida para él; su propia hermana confiesa que el pequeño cantaba a gritos canciones revolucionarias; otro testigo de fiar habla de una expresión del delfín respecto a su madre y a su tía hasta tal punto grosera que ni siquiera se atreve a repetirla. Acerca de la especial predisposición de este niño a mentir por fantasía, poseemos, fuera de eso, el más irrefutable testimonio; nada menos que su propia madre había dicho ya de él, cuando tenía cuatro años y medio, en aquellas instrucciones a la gouvernante: «Es muy indiscreto; repite fácilmente lo que ha oído decir; y con frecuencia, sin querer mentir, añade to que le hace ver su imaginación.

Es su mayor defecto y del cual es preciso corregirle».

En esta descripción de su carácter nos da María Antonieta el dato decisivo para la solución del enigma. Y se complementa lógicamente con unas palabras de la declaración de madame Elisabeth. Se sabe que casi siempre los niños atrapados en la ejecución de un acto prohibido tratan de echar la culpa sobre alguna otra persona. Por una instintiva medida de protección (porque sospechan que sólo a disgusto se hace responsable a un niño), declaran casi siempre que han sido «incitados» por alguien. En el caso que nos ocupa, la declaración de madame Elisabeth aclara la situación por completo. Dice terminantemente -y de este hecho, con insensatez, se ha prescindido en general- que su sobrino estaba, en realidad, entregado a aquel vicio juvenil desde hacía tiempo, y recuerda con precisión que, tanto ella como la madre, han solido reprenderlo con violencia por ello. Aquí tenemos la verdadera solución. El niño, por tanto, había sido ya sorprendido antes por su madre y por su tía y probablemente castigado con mayor o menor severidad. Al preguntarle Simón de quién procede aquella mala costumbre, al instante la relaciona, en forma muy comprensible en la trabazón de sus recuerdos, con la primera vez que fue encontrado practicándola, y de modo totalmente fatal piensa en aquellas que lo han castigado por ello. Inconscientemente se venga del castigo y, sin sospechar las consecuencias de tal declaración, cita el nombre de quienes lo castigaron como el de las personas que lo iniciaron en el vicio, y responde afirmativamente y sin vacilar, y, por tanto, con apariencias de la más extrema veracidad, a una pregunta sugestionadora que en este sentido le dirigen. Ahora se encadena muy claramente el curso de todo. Una vez envuelto en la mentira, el niño no puede ya retroceder; al contrario, tan pronto como advierte que se concede fe a sus afirmaciones y hasta que se las cree con placer, se siente plenamente seguro de su mentira y continúa afirmando alegremente todo lo que le preguntan los comisarios. Mantiene firmemente su versión, por un instinto de propia defensa, desde que nota que le evita un castigo. Hasta a psicólogos más diestros que estos maestros zapateros, ex cómicos, pintores y escribanos les habría costado trabajo no ser engañados en el primer momento al oír una declaración tan clara y firmemente expresada. Pero, además, en este caso especial, los investigadores estaban bajo la influencia de una sugestión colectiva; para ellos, lectores diarios del Père Duchéne, esta espantosa acusación del hijo concordaba plena mente con el carácter infernal de la madre, la cual, en los folletos pornográficos que circulaban por toda Francia, era presentada como resumen de todos los vicios. Ningún crimen, ni aun el más absoluto, podía sorprender a estos hombres sometidos a una sugestión, si se acusaba de él a María Antonieta. Así no se asombraron durante mucho tiempo, no meditaron a fondo, sino que, con la misma despreocupación que el niño de nueve años, plantaron sus firmas bajo las mayores infamias que hayan sido inventadas jamás contra una madre.

El impenetrable aislamiento de la Conserjería protegió dichosamente a María Antonieta de conocer en seguida esta monstruosa declaración de su hijo. Sólo el penúltimo día de su vida, el acta acusatoria la enteró de esta humillación suprema. Durante decenios había soportado sin abrir los labios todos los ataques posibles contra su honor, las más infames calumnias. Pero ésta, verse tan espantosamente calumniada por su propio hijo, este tormento no imaginable, tiene que haberla conmovido hasta la más profunda intimidad de su alma. Hasta el mismo umbral de la muerte le acompaña este martirizador pensamiento; todavía tres horas antes de ser guillotinada, esta mujer, en general tan dueña de sí, escribe a madame Elisabeth, como ella acusada: «Sé cuánta pena ha debido producirle ese niño.

Perdónele usted, mi querida hermana; piense en la edad que tiene y en lo fácil que es hacer decir a un niño lo que se quiere y has ta lo que no comprende. Llegará un día, así lo espero, en que tanto mejor sentirá él todo el precio de sus bondades y de su ternura hacia las dos».

A Hébert no le ha resultado lo que se proponía: deshonrar a la reina ante el mundo con estrepitosa acusación; al contrario, en el curso del proceso, el hacha por él blandida se le escapa de las manos y viene a golpear en su propia nuca. Pero ha logrado una cosa: herir mortalmente el alma de una mujer ya entregada a la muerte, envenenando aún en mayor grado sus horas postreras.

 

COMIENZA EL PROCESO

Ahora hay ya bastante carne en el asador y el acusador público puede servir el banquete. El 12 de octubre, María Antonieta es llamada a la gran sala de las deliberaciones para el primer interrogatorio. Frente a ella se sienta Fouquier-Tinville, Herman, su adjunto, y los secretarios; al lado de ella, nadie. Ni un defensor, ni un auxiliar; nada más que el gendarme que la guarda.

Pero en las largas semanas de soledad, María Antonieta ha concentrado sus energías. El peligro le ha enseñado a resumir sus pensamientos, a hablar bien y a callar aún mejor; cada una de sus respuestas se nos muestra como sorprendentemente precisa y cortante y, al mismo tiempo, como cauta y prudente. Ni por un solo momento abandona su calma; ni siquiera las preguntas más absurdas o pérfidas le hacen perder el dominio sobre sí. Ahora, en los últimos momentos de su vida, María Antonieta ha comprendido la responsabilidad que le impone su nombre; sabe que aquí, en esta semioscura sala de audiencia, tiene que ser la reina que no supo ser suficientemente en los magníficos salones de Versalles. No es a un abogadillo, lanzado por el hambre a la Revolución y que cree representar aquí el papel de acusador, a quien ella responde, ni tampoco a esos sargentos y escribanos disfrazados de jueces, sino al único juez verdadero y auténtico: a la historia. «¿Cuándo llegarás por fin a ser tú misma?», había escrito, desesperada, veinte años antes su madre, María Teresa. A un palmo de la muerte, comienza por sus propias fuerzas a alcanzar María Antonieta aquella grandeza que hasta entonces sólo le habían dado prestada las exterioridades. A la pregunta formulada de cómo se llama, responde con voz alta y clara: «María Antonieta de Austria-Lorena, de treinta y ocho años de edad, viuda del rey de Francia». Pensando escrupulosamente en mantener en todos sus detalles la forma de un procedimiento legal, Fouquier-Tinville se atiene minuciosamente a las formalidades del interrogatorio y sigue preguntando, como si no lo supiera, dónde residía la acusada en el momento de su detención. Sin mostrar ironía, informa María Antonieta a su acusador de que nunca ha estado detenida, sino que la han ido a buscar a la Asamblea Nacional para conducirla al Temple. Comienzan entonces las verdaderas preguntas y cargos en el patético estilo de la época; la acusan de haber mantenido, antes de la Revolución, relaciones políticas con el «rey de Bohemia y de Hungría»; de haber «dilapidado de una manera espantosa los bienes de Francia, fruto del sudor del pueblo, en sus placeres a intrigas con malvados ministros», y de haber hecho llegar a manos del emperador «millones que debían servir para ser empleados en contra del pueblo que la alimentaba».

Dentro de la Revolución, ha conspirado contra Francia, ha negociado con agentes extranjeros, ha impulsado al rey, su marido, a pronunciar el veto. María Antonieta rechaza todas estas inculpaciones objetiva y enérgicamente. Sólo ante una afirmación de Herman, enunciada con especial torpeza, se anima el diálogo.

-Fue usted quien enseñó a Luis Capet ese arte de profunda disimulación, con el cual engañó durante mucho tiempo al buen pueblo francés, que no sospechaba que se pudiera llevar hasta tal grado la maldad y la perfidia.

A esta hueca tirada responde con tranquilidad María Antonieta: -Sí, el pueblo ha sido engañado; lo ha sido cruelmente, pero no por mi marido ni por mí.

-¿Por quién, pues, ha sido engañado el pueblo? -Por aquellos que tenían en ello interés, y el nuestro no estaba en engañarlo.

Ante esta ambigua respuesta, Herman salta inmediatamente. Espera impulsar a la reina a que pronuncie algunas palabras que puedan significar hostilidad hacia la República.

-¿Quiénes son, en su opinión, los que tenían interés en engañar al pueblo? Pero María Antonieta desvía hábilmente la cuestión. No lo sabe. Su propio interés ha sido ilustrar al pueblo y no engañarle.

Herman comprende la ironía de esta respuesta a insiste severamente: -No ha respondido usted claramente a mi pregunta.

Pero la reina no se deja arrastrar fuera de su posición defensiva: -Respondería sin rodeos si conociera los nombres de las personas.

Después de esta primera escaramuza, el interrogatorio vuelve a ser objetivo. Se le pregunta sobre las circunstancias de la huida a Varennes; responde prudentemente, dejando a cubierto a todos aquellos secretos amigos suyos a quienes el acusador quiere envolver en el proceso. Sólo ante otra acusación estólida que le hace Herman vuelve a protestar vivamente: -Jamás cesó usted, ni un solo momento, de querer destruir la libertad; quería usted reinar a cualquier precio que fuera, y volver a subir al trono sobre el cadáver de los patriotas.

La reina responde, soberbia y duramente, a este campanudo galimatías (¡ah!, ¿por qué le han puesto como inquisidor a un imbécil como éste?) que ella y su marido «no tenían necesidad de volver a subir al trono; que ya estaban en él; que jamás desearon otra cosa que la felicidad de Francia, que ésta fuera dichosa, y que, con que lo fuera, ya estarían también ellos contentos».

Herman entonces se hace más agresivo; cuanto más conoce que María Antonieta no se dejará apartar de su actitud prudente y segura y que no proporcionará ningún «material» para el proceso público, acumula las acusaciones con tanta mayor rabia; le reprocha el haber emborrachado a los regimientos flamencos, haber sostenido correspondencia con las cortes extranjeras, provocado la guerra a influido en el convenio de Pillnitz. Pero María Antonieta, de conformidad con los hechos, rectifica diciendo que la Convención Nacional fue quien declaró la guerra y que en el banquete de los soldados sólo pasó ella por la sala dos veces.

Pero Herman ha reservado para el final las preguntas más peligrosas. aquellas ante las cuales la reina. o tiene que renegar de sus propios sentimientos, o dejarse coger en alguna declaración contra la República. Toda una doctrina de derecho público se exige de ella: -¿Qué interés siente usted por las armas de la República? -La felicidad de Francia es lo que deseo por encima de -¿Cree usted que los reyes sean necesarios para la dicha del pueblo? -Un individuo no puede decidirlo.

-¿Lamenta usted, sin duda, que su hijo haya perdido el trono al cual hubiera podido subir si el pueblo, instruido por fin acerca de sus derechos, no lo hubiera roto? -Jamás echaré nada de menos para mi hijo mientras su país sea dichoso.

Se ve que el juez instructor no tiene suerte. María Antonieta no hubiera podido expresarse nunca más sutil y astutamente que al decir que «jamás echará nada de menos para su hijo mientras su país sea dichoso», pues con este solo posesivo « su» ha dicho la reina, en el propio rostro del juez instructor, sin declarar abiertamente como no legítima a la República, que siempre considera a Francia como «suya» , como un país propiedad legal de su hijo; aun en el peligro, no ha renunciado a lo más alto, al derecho de su hijo a la corona. Después de esta última escaramuza, el interrogatorio marcha hacia su final rápidamente. Se le pregunta si para la audiencia pública del proceso quiere elegir defensor. María Antonieta declara que no conoce a ningún abogado y acepta que le sean señalados de oficio uno o dos, aunque le sean personalmente desconocidos. En el fondo, sabe que todo ello es indiferente, ya sea amigo o desconocido, pues ahora en toda Francia no hay ya ningún hombre bastante valeroso para defender seriamente a la ex reina. Quien pronunciara públicamente una sola palabra en su favor pasaría inmediatamente del puesto de defensor al banquillo de los acusados.

Ahora que están cumplidas las apariencias externas de una instrucción legal puede el acreditado formalista que es Fouquier-Tinville ponerse al trabajo y redactar el acta de acusación. Su pluma corre sobre el papel veloz y ligera: quien tiene que fabricar cada día montones de acusaciones adquiere cierta rapidez de mano. En este caso, aquel abogadillo de provincias se cree obligado a emplear cierta poética elocuencia en este caso especial: cuando se acusa a una reina hay que hacerlo en un tono más solemne y poético que cuando sólo se trata de cortarle el pescuezo a cualquier costurerilla que ha gritado «Vive le Roi!». Por ello comienza su escrito en un tono extremadamente hinchado: «Habiendo examinado todas las piezas transmitidas por el acusador público, resulta que, al igual de las Mesalinas, Bnmhildas, Fredegundas y Catalinas de Médicis, a quienes se calificó en otros tiempos de reinas de Francia y cuyos nombres, para siempre odiosos, no se borrarán jamás de los fastos de la historia, María Antonieta, viuda de Luis Capeto, ha sido, desde su establecimiento en Francia, azote de los franceses». Después de este pequeño yerro histórico -pues en tiempo de Fredegunda y de Brunhilda no existía aún ningún reino en Francia- siguen las conocidas acusaciones: María Antonieta ha mantenido relaciones políticas con un hombre conocido por «rey de Bohemia y de Hungría»; ha enviado millones al emperador; ha participado en la «orgía de los guardias de corps»; ha desencadenado la guerra civil; ha provocado la matanza de los patriotas; ha transmitido al extranjero los planes de guerra. En forma algo más velada se alega la acusación de Hébert de que «es tan perversa y tan familiarizada está con todos los crímenes, que, olvidando su calidad de madre y los límites prescritos por las leyes de la naturaleza, no ha vacilado en entregarse con Luis Carlos Capeto, su hijo, y según confesión de este último, a indecencias cuya sola idea y nombre hacen estremecer de horror». Por el contrario, es cosa nueva y sorprendente la acusación de haber «llevado la perfidia y la disimulación hasta el punto de haber hecho imprimir y distribuir.. obras en las cuales se la describía bajo poco favorables colores..., para engañar a las potencias extranjeras persuadiéndolas de que era maltratada por los franceses» . Por tanto, según la idea de Fouquier-Tinville, la misma María Antonieta había hecho circular los folletos tribadistas de La Motte y los otros innumerables libelos calumniosos. Por razón de todas estas inculpaciones, María Antonieta pasa, de la situación de simple vigilada, a la de acusada.

Este documento, que no es precisamente una obra maestra de sabiduría forense, es comunicado el 13 de octubre, húmeda todavía su tinta, al defensor Chaveau-Lagarde, el cual, acto seguido, se dirige a la prisión junto a María Antonieta. Leen juntos, la inculpada y su defensor, el acta acusatoria. Pero sólo el abogado se sorprende y emociona por el tono de odio con que está escrita. María Antonieta, que después de su interrogatorio no esperaba nada mejor, queda perfectamente tranquila. No obstante, el concienzudo jurista se desespera a cada paso. No, no es posible estudiar tal montón de acusaciones y documentos en una sola noche; sólo estará en disposición de ejercitar una eficaz defensa si puede, realmente, dar una ojeada de conjunto a aquel caos de papelotes.

Por tanto, insiste con la reina para que pida un aplazamiento de tres días a fin de que pueda preparar de modo fundamental su discurso de defensa a base de los materiales aportados y el examen de las piezas probatorias.

-¿A quién tengo que dirigirme para eso? -pregunta María Antonieta.

-A la Convención.

-No, no; jamás.

-No debería usted -dice Chaveau-Lagarde- renunciar a lo que la favorece por un inútil sentimiento de orgullo. Tiene usted el deber de conservar su vida; no sólo por usted, sino por sus hijos.

Al oír que se trata de sus hijos, cede la reina. Escribe al presidente de la Asamblea: «Ciudadano presidente: los ciudadanos Tronson y Chaveau, que el Tribunal me ha dado como defensores, me hacen observar que sólo hoy se les ha hecho conocer su misión; debo ser juzgada mañana y les es imposible en tan corto plazo enterarse de las piezas del proceso y ni hacer siquiera una lectura de ellas. Debo, por mis hijos, no omitir ninguno de los medios necesarios para la completa justificación de su madre. Mis defensores piden tres días de aplazamiento; espero que la Convención se los concederá».

De nuevo queda uno sorprendido al ver en este escrito la transformación espiritual de María Antonieta. Aquella que durante toda su vida fue una mala autora de cartas y una mala diplomática, comienza ahora a escribir regiamente y a pensar como persona responsable. Pues ni aun en aquel extremo peligro de su vida le hace a la Convención el honor de dirigirle un ruego, instancia suprema a la que legalmente tiene que apelar. No pide nada en su propio nombre -¡no, antes perecer!-, sino que sólo transmite la solicitud de un tercero; «mis defensores piden tres días de aplazamiento» es lo que a11í pone, «y espero que la Convención se los concederá» . Nada de «Así lo ruego».

La Convención no responde. La muerte de la reina está decidida desde hace mucho tiempo; ¿para qué prolongar aún las formalidades anteriores a la vista del proceso? Toda vacilación sería una crueldad. A la mañana siguiente, a las ocho, comienza la vista, y todo el mundo sabe anticipadamente cómo terminará.

 

LA VISTA

Los setenta días de la Conserjería han hecho de María Antonieta una mujer vieja y enferma. Rojos y abrasados de llanto, le queman ahora los ojos, plenamente desacostumbrados a la luz del día; sus labios están asombrosamente pálidos a causa de las fuertes a incesantes pérdidas de sangre que ha sufrido en las últimas semanas.

Frecuentemente, muy frecuentemente, tiene ahora que combatir su fatiga; varias veces tuvo el médico que recetarle cordiales. Pero sabe que hoy amanece un día histórico, hoy no le es lícito estar fatigada, nadie en la sala de audiencia debe poder burlarse de la debilidad de una reina y de una hija de emperador. Una vez más tienen que ser puestas en tensión todas las fuerzas de su agotado cuerpo, de su sensibilidad debilitada desde hace tiempo; después puede descansar largo tiempo, después puede descansar para siempre.

Dos únicas cosas tiene que hacer aún María Antonieta sobre la tierra: defenderse con firmeza y morir valientemente.

Pero si internamente está llena de resolución, también quiere María Antonieta aparecer con dignidad externa delante del tribunal. El pueblo debe comprender que la mujer que se acerca hoy a la barra es una Habsburgo y que, a pesar de todos los decretos que la destronan, sigue siendo una reina. Con más cuidado del que usa en general, peina la raya de sus cabellos encanecidos. Se pone una cofia de lienzo blanco, plegada y almidonada recientemente, de cuyos lados desciende el velo de luto; como viuda de Luis XVI, el último rey de Francia, quiere María Antonieta comparecer ante el Tribunal Revolucionario.

A las ocho de la mañana se reúnen los jueces y jurados en la gran sala de audiencia; Herman, el paisano de Robespierre, como presidente; Fouquier-Tinville, como acusador público. Los juramentos proceden de todas las clases sociales: un antiguo marqués, un cirujano, un vendedor de limonada, un músico, un impresor, un peluquero, un sacerdote que colgó los hábitos y un ebanista; junto al fiscal han tomado asiento algunos miembros del Comité de Salud Pública para vigilar el curso de la vista. La sala está totalmente llena.

No todos los días se tiene ocasión de ver en el banquillo a una reina.

María Antonieta entra serenamente y se sienta tranquila; a ella no le han reservado ya un sillón especial, como a su esposo; sólo la espera un desnudo asiento de madera; tampoco los jueces son ya, como en el solemne proceso público de Luis XVI, unos representantes elegidos entre los miembros de la Asamblea Nacional, sino el jurado que actúa de ordinario, que realiza su funesto deber como por oficio. Pero en vano buscan los espectadores en el semblante agotado de la reina, agotado pero no descompuesto, un signo visible de emoción y de miedo. En una actitud rígida y resuelta espera el comienzo de la vista. Mira tranquilamente hacia los jueces, mira tranquilamente hacia la sala y concentra sus fuerzas.

Primeramente se levanta Fouquier-Tinville y lee en voz alta el escrito de acusación. La reina apenas presta atención. Conoce ya todos los reproches: los ha examinado ayer con su abogado. Ni una sola vez, ni tampoco ante las más duras acusaciones, levanta la cabeza; sus dedos se mueven con indiferencia sobre los brazos de su asiento, «como si fuera un piano».

Entonces comienza el desfile de cuarenta y un testigos que prestan juramento de declarar «sin odio y sin temor de decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad». Como el proceso ha sido preparado a toda prisa -tiene verdaderamente mucho que hacer en aquellos días el pobre Fouquier-Tinville: los girondinos, madame Roland y cien otros más esperan ya su turno-, las más diferentes inculpaciones son enunciadas en confuso desorden, sin relación alguna entre sí, lógica o cronológica. Los testigos hablan tan pronto de los acontecimientos del 6 de octubre de 1789, en Versalles, como de los del 10 de agosto de 1792, en París; sobre delitos anteriores a la Revolución o contemporáneos a ella. La mayoría de estas declaraciones carecen de importancia, y algunas son completamente ridículas, como la de aquella criada, Milot, que afirma haber oído en 1788 como el duque de Coigny le decía a alguien que la reina había hecho enviar a su hermano doscientos millones, o aquella otra también de que María Antonieta había llevado sobre sí dos pistolas para asesinar al duque de Orleans. En todo caso, hay dos testigos que juran haber visto los mandatos de la reina para el envío de dinero, pero no pueden ser presentados los originales de estos decisivos documentos, así como tampoco lo es una carta de su mano que se dice que María Antonieta había enviado al comandante de la guardia suiza: «¿Puede contarse con toda seguridad con sus suizos? ¿Se mantendrán valientemente si se les ordena?» . No es aportado ni un solo pliego de papel escrito por María Antonieta, y tampoco el paquete lacrado que contiene los objetos que le fueron secuestrados en el Temple suministra nada de que se la pueda acusar. Los mechones de cabellos son de su marido y de sus hijos; las miniaturas, una de la princesa de Lamballe y la otra de su amiga de la infancia, la landgravesa de Hesse-Darmstadt; los nombres anotados en el librillo de señas, lo s de su lavandera y de su médico; ni una sola pieza aparece como utilizable para la acusación. Por tanto, el acusador público trata siempre de volver otra vez a las inculpaciones generales, pero la reina, esta vez preparada, responde, si es posible, aún con mayor firmeza y seguridad que en su primera declaración. Los debates se desenvuelven de un modo análogo a éste: -¿De dónde ha tomado usted el dinero con el cual hizo construir y amueblar el petit Trianon, en el que daba usted fiestas donde era siempre la diosa? -De un fondo que estaba destinado para este efecto.

-Es preciso que este fondo fuera considerable, porque el petit Trianon debe haber costado sumas enormes.

-Es posible que el petit Trianon haya costado sumas inmensas, acaso más de lo que yo hubiera deseado; se veía una metida poco a poco en gastos; por los demás, deseo más que nadie que se conozca bien lo pasado a11í.

-¿No fue en el petit Trianon donde conoció usted por primera vez a la De la Motte? -No la he visto jamás.

-¿No fue ella víctima de usted en el asunto del famoso collar? -No pudo serlo, ya que no la conocía.

-¿Persiste usted, pues, en negar que la haya conocido? -Mi plan no es el negar; es verdad lo que he dicho, y persistiré en decirla.

Si, en general, pudiera existir aún alguna esperanza, le habría sido lícito a María Antonieta abandonarse a ella, pues la mayor parte de los testigos han negado plenamente.

Ni uno solo de aquellos a quienes temía la acusó seriamente. Siempre es más fuerte su defensa. Cuando el acusador público afirmaba que mediante su influencia había llevado al difunto rey a que hiciese todo lo que ella quisiera, responde la reina: «Es muy distinto aconsejar que se haga una cosa a mandarla ejecutar» . Cuando, en el curso de la vista, el presidente le hace observar que, con sus declaraciones, se pone en contradicción con las afirmaciones de su hijo, responde desdeñosamente: « Es muy fácil hacer decir a un niño de ocho años todo lo que se quiera» . En las preguntas verdaderamente amenazadoras se cubre siempre con un prudente « no me acuerdo». De este modo, ni una única vez consigue Herman triunfar de ella, mostrando en sus pala bras una manifiesta inexactitud o una contradicción patente; ni una sola vez durante estas largas horas se enciende en el auditorio que escucha con toda atención una manifestación incidental de cólera, un movimiento de odio o un patriótico aplauso. Vacíos, lentos, con mucha paja por en medio, se prosiguen los interrogatorios. Es tiempo de que venga un testimonio decisivo realmente aplastante para dar impulso a la acusación. Esta aportación sensacional piensa traerla Hébert con la espantosa acusación del incesto.

Se adelanta. Resuelto y convencido, en voz bien perceptible, repite la inculpación monstruosa. Pero pronto advierte que lo increíble de esta acusación provoca incredulidad; que nadie en toda la sala expresa su horror con ningún grito de indignación ante esta madre corrompida, ante esta mujer degenerada; todos permanecen en silencio, pálidos y sobrecogidos. Por ello piensa el pobre petate que tiene que presentarles, además, una explicación especialmente refinada, psicológico-política. «Puede admitirse -declara el majadero- que estos goces criminales no estaban inspirados por una necesidad de placer, sino más bien por la esperanza política de enervar la salud de este niño, al que se complacían aún en creer destinado a ocupar un trono y sobre el cual, con esta maniobra, querían asegurarse el derecho a regir su personalidad moral.» Pero, ¡cosa curiosa!, también el auditorio permanece en silencio, totalmente desconcertado por esta simplicidad histórica. María Antonieta no responde y aparta despreciativamente la vista de Hébert. Indiferente, como si aquel furioso mentecato hubiera hablado en chino, y sin concederle una mirada, permanece rígida a inconmovible.

También el presidente Herman hace como si no hubiera entendido toda la declaración. Se olvida expresamente de preguntar qué tiene que responder la calumniada madre; ha advertido ya la penosa impresión que esta acusación de incesto produce en el auditorio, especialmente en las mujeres, y deja por ello a toda prisa que se abandone el terreno de esta vidriosa acusación. Pero entonces, torpemente, uno de los jurados comete la indiscreción de recordar al presidente: « Ciudadano presidente, le invito a que llame la atención de la acusada por no haber respondido nada respecto al hecho de que ha hablado Hébert y a lo que ha pasado entre ella y su hijo».

Ahora el presidente no puede dilatarlo ya más. Contra sus íntimos sentimientos, tiene que interrogar a la acusada. María Antonieta levanta orgullosa y bruscamente la cabeza -«en este momento la acusada parece vivamente conmovida», relata hasta el mismo Moniteur, de ordinario tan seco- y replica en voz alta, con indecible desprecio: « Si no ha respondido, es que la naturaleza se niega a responder a semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las que puedan encontrarse aquí».

Y, en efecto, una efervescencia profunda, una fuerte agitación recorre la sala. Las mujeres del pueblo, las trabajadoras, las pescaderas, las calceteras, contienen el aliento, se sienten misteriosamente coligadas: en esta mujer han herido a todo su sexo. El presidente guarda silencio; aquel jurado curioso baja los ojos; el acento de doloroso enojo en la voz de la mujer calumniada ha conmovido a todos. Sin decir palabra se aparta Hébert de la barra, no precisamente orgulloso de su empresa. Todos advierten, y acaso también él, que su acusación ha proporcionado a la reina un gran triunfo moral, precisamente en la hora más difícil. Lo que él pretendía rebajar queda ensalzado.

Robespierre, que en la misma tarde tiene conocimiento del incidente, no puede dominar su cólera contra Hébert. Como único espíritu político entre aquellas gentes que no eran más que estrepitosos agitadores populares, comprende al instante qué delirante insensatez ha sido sacar a la publicidad aquella acusación dictada contra su madre por un niño que aún no tiene nueve años y brotada del miedo o quizá de la conciencia de una falta. «Ese zopenco de Hébert -les dice furioso a sus amigos todavía tenía que proporcionarle este triunfo.» Largo tiempo hace que Robespierre está cansado de aquel inculto personaje que, mediante su ordinaria demagogia, mediante su conducta anárquica, deshonra la causa de la Revolución, para él sagrada; este día decide él en su fuero interno suprimir esta mancha de basura. La piedra que Hébert ha lanzado contra María Antonieta vuelve a caer sobre su persona y lo hiere mortalmente. Que pasen algunos meses, y recorrerá idéntico camino en la misma carreta, pero no tan valientemente como ella, sino con un ánimo tan débil que su compañero Rosin tiene que gritarle para que se domine: «Cuando había que actuar, has charlado lamentablemente. Aprende siquiera ahora a morir».

María Antonieta ha comprendido su triunfo, pero percibe también una voz entre el auditorio que dice con asombro: «¡Ve qué orgullosa es!». Y por ello le pregunta a su defensor: «¿No habré puesto demasiada dignidad en mi respuesta?». Pero éste la tranquiliza: «Señora, siga usted siendo usted misma y estará siempre bien». María Antonieta tiene que luchar aún otro día; pesadamente se arrastra el proceso, fatigando a actores y espectadores; pero, aunque agotada por sus hemorragias y si bien sólo toma durante el descanso una taza de sopa, mantiene su actitud enérgica y recta, lo mismo que su espíritu. «Imaginémonos, si es posible -escribe su defensor en sus Memorias-, toda la fuerza de alma que necesitó la reina para soportar las fatigas de una sesión tan larga y tan horrible; convertida en espectáculo de todo un pueblo, teniendo que luchar contra unos monstruos ávidos de sangre, defenderse de todos los lazos que le tendían, destruir todas sus objeciones, guardar todas las conveniencias y todo lo debido, sin quedar jamás por debajo de sí misma.» Durante quince horas luchó el primer día, más de doce han pasado ya en el segundo, cuando, por fin, declara el presidente terminada la audiencia de testigos y pregunta a la acusada si tiene, en su descargo, todavía algo que añadir. Consciente de sí misma, responde María Antonieta: «Ayer no conocía a los testigos e ignoraba lo que iban a declarar contra mí; pues bien, nadie ha enunciado en mi contra ningún hecho positivo.

Acabo haciendo observar que yo no era más que la mujer de Luis XVI y que era preciso que me conformara con su voluntad».

Se levanta entonces Fouquier-Tinville y recapitula, fundamentándolas, sus acusaciones.

Los dos defensores a quienes ha correspondido la causa le responden en un tono bastante apagado; recuerdan probablemente que el defensor de Luis XVI, por haber tomado partido en su favor con demasiada energía, fue propuesto para el cadalso; por tanto, prefieren invocar más bien piedad del pueblo que afirmar la inocencia de la reina. Antes de que el presidente Herman formule las consabidas preguntas a los jurados, María Antonieta es sacada de la sala, y quedan solos el tribunal y los jurados. Ahora, después de toda la anterior fraseología, el presidente Herman se expresa clara y objetivamente; deja a un lado todas las inciertas a innumerables acusaciones de detalle y resume todas las cuestiones en una breve fórmula. Es el pueblo francés, dice, el que acusa a María Antonieta, pues todos los acontecimientos políticos que han ocurrido desde hace cinco años atestiguan contra ella. Por ello presenta cuatro preguntas a los jurados: En primer lugar: ¿Está probado que han existido maniobras o contactos con las potencias extranjeras y otros enemigos exteriores de la República, las cuales maniobras y contactos tendían a proporcionarles socorros en dinero y darles entrada en el territorio francés y a facilitar el avance de sus armas? En segundo lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber cooperado en estas maniobras y de haber mantenido estos contactos? En tercer lugar: ¿Existe constancia de que ha habido un complot y una conspiración tendentes a encender la guerra civil en el interior de la República? En cuarto lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber participado en este complot y en esta conspiración? Silenciosamente se levantan los jurados y se retiran a una habitación inmediata. Ha pasado la medianoche. Las velas arden vacilantemente en la sala sobrecargada de gente cuyos corazones palpitan de ansia y de curiosidad.

Cuestión incidental. Conforme a derecho, ¿cómo deberían haber contestado los jurados? En su discurso de conclusión, el presidente ha prescindido de todos los arrequives políticos del proceso, reduciendo propiamente a una sola las inculpaciones. No se les pregunta a los jurados si tienen a María Antonieta por una mujer desnaturalizada y adúltera, incestuosa y dilapidadora, sino únicamente si la que fue reina es responsable de haber estado en relaciones con el extranjero, de haber deseado y favorecido el triunfo de las armas enemigas y una insurrección en el interior del país.

Ahora bien: María Antonieta, en sentido legal, ¿es responsable y está convicta de este crimen? Pregunta de doble filo que sólo puede ser contestada en una doble respuesta.

Indudablemente, María Antonieta -y ésta es la fuerza del proceso- es en realidad responsable, desde el punto de vista republicano. Sabemos que ha mantenido relaciones permanentes y constantes con el enemigo extranjero. Según el sentido de la acusación, ha cometido realmente un delito de alta traición al proporcionar al embajador austríaco los planes militares de ataque a Francia, y ha empleado y fomentado, sin condición alguna, todos los medios legales o ilegales que pudieran devolver a su esposo el trono y la libertad.

La acusación tiene, pues, un fundamento jurídico. Pero -éste es el punto débil del proceso- no está en modo alguno probada. En el día de hoy, los documentos que hacen indudablemente culpable a María Antonieta del delito de alta traición contra la República son conocidos y están impresos; están en el Archivo del Estado de Viena y en los papeles dejados pot Fersen. Pero este proceso fue instruido en París el 14 de octubre de 1793, y entonces ni uno solo de estos documentos era accesible al acusador público. Ni un solo testimonio realmente válido de aquella traición realmente cometida pudo, en todo el proceso, ser presentado a los jurados.

Un jurado honrado y no sometido a influencias se habría visto, por tanto, en grave perplejidad. Si se abandonaban a su instinto, estos doce republicanos tenían que condenar necesariamente a María Antonieta, pues ninguno de ellos puede dudar de que esta mujer es la enemiga mortal de la República, de que ha hecho to que ha podido para volver a conquistar sin aminoración el poder real para su hijo. Pero, según su letra, la ley está de parte de la reina; falta el hecho convincente. Como republicanos, les era permitido conceptuar a la reina como culpable; pero como jueces tenían que atenerse a la ley, que no reconoce ninguna otra culpa sino aquella que está probada. Pero, felizmente para ellos, les es ahorrado a estos pequeños ciudadanos este último conflicto de conciencia, pues saben que la Convención no exige en modo alguno de ellos una sentencia justa. No los ha enviado para decidir esta cuestión, sino que les ha ordenado que se reunieran para condenar a una mujer peligrosa para la seguridad del Estado. Tienen que entregar la cabeza de María Antonieta o presentar la suya propia. Por ello, en realidad, los doce no deliberan más que en apariencia, y si parece que discuten la cuestión más allá de un minuto, sólo es para fingir una deliberación donde hace tiempo que está ordenada una solución inequívoca.

A las cuatro de la madrugada, los jurados vuelve n a entrar calladamente en la sala: un silencio de muerte espera su veredicto. Unánimemente declara éste a María Antonieta culpable de los crímenes que le son atribuidos. El presidente Herman advierte al auditorio -no es ahora ya muy numeroso a tal hora de la mañana; la fatiga ha impulsado a la mayor parte de la gente hacia sus casas- que se abstenga de toda muestra de aprobación.

Entonces es introducida María Antonieta. Ella sola, que desde hace dos días viene luchando ininterrumpidamente a partir de las ocho de la mañana, no tiene todavía derecho a estar fatigada. Le es leída la resolución de los jurados. Fouquier-Tinville solicita la pena de muerte; se acuerda por unanimidad. Entonces el presidente le pregunta a la condenada si todavía tiene alguna queja que presentar.

María Antonieta ha escuchado sin movimiento alguno, perfectamente tranquila, la decisión de los jurados y la sentencia. No muestra ni el más pequeño indicio de miedo, de debilidad o de cólera. A la pregunta del presidente no contesta palabra; sólo mueve negativamente la cabeza. Sin volverse, sin mirar a nadie, sale fuera de la sala en medio del silencio general y desciende la escalera; está cansada de esta vida, de estas gentes y, allá en lo más profundo, satisfecha de que ahora hayan terminado todos estos mezquinos tormentos. Ahora no se trata ya más que de conservarse firme para la hora postrera.

En un momento, en el oscuro pasillo, se niegan a servirla sus fatigados y débiles ojos; el pie no encuentra el escalón, vacila, está a punto de caer. Vivamente, antes de que ocurra, el oficial de la gendarmería, el teniente Busne, el único que durante toda la vista ha tenido valor para traerle un vaso de agua, le ofrece su brazo para sostenerla. Por ello, y porque tuvo su sombrero en la mano mientras acompañaba a la condenada a muerte, es al instante denunciado por otro gendarme y tiene que defenderse: « Tomé esta determinación para evitar una caída; las gentes de buen sentido no podrán ver en ello ningún otro interés, porque si hubiese caído en la escalera, al punto se hubiera gritado que había conspiración y traición» . También los defensores de la reina son detenidos al acabar la sesión y registrados por si la reina les ha transmitido secretamente algún mensaje escrito; ¡pobres almas de juristas!, estos jueces temen la imperturbable energía de esta mujer cuando ya está a un solo paso de la tumba.

Pero la que produce todos estos miedos y cuidados, la pobre mujer, desangrada y fatigada, no sabe ni palabra de todas estas lamentables vejaciones; tranquila y sosegada, ha vuelto a entrar en su prisión. Su vida, ahora, no cuenta más que con algunas horas.

En la pequeña celda arden dos velas sobre la mesa. A la condenada a muerte le han otorgado este último favor para que no tenga que pasar en la oscuridad su última noche antes de la noche eterna. También a otro ruego no osa resistirse el hasta entonces excesivamente cauto carcelero: María Antonieta pide papel y tinta para una carta; desde su última tenebrosa soledad querría dirigir, una vez aún, la palabra a aquellos que se preocupan por ella. El guardia trae tinta, pluma y un papel plegado, y mientras las primeras rojeces de la aurora penetran ya por la enrejada ventana, María Antonieta, con sus últimas fuerzas, comienza a escribir su última carta.

Goethe dice una vez, tratando de las últimas manifestaciones de vida espiritual inmediatamente anteriores a la muerte, esta frase magnífica: «Al fin de la vida, pensamientos hasta entonces no pensados surgen claramente del espíritu; son como genios dichosos que se posan deslumbrantes en las cimas de lo pasado». Tal misteriosa luz de despedida ilumina también esta última carta de la consagrada a la muerte: jamás María Antonieta ha concentrado su alma tan poderosamente ni con tan manifiesta claridad como en esta despedida a madame Elisabeth, la hermana de su esposo y ahora también protectora de sus hijos. Más firmes, más seguros, casi varoniles, son los rasgos de esta letra trazada en una miserable mesilla de prisión que todos aquellos que salían revoloteando desde la dorada mesa de escribir de Trianón; más pura es ahora la forma del lenguaje sin recatar el sentimiento; es como si la tempestad interna desencadenada por la muerte hubiera desgarrado toda la inquieta masa de nubes que fatalmente, durante largo tiempo, le habían encubierto a esta mujer trágica la vista de su propia profundidad. María Antonieta escribe así: «A usted, hermana mía, es a quien escribo por última vez. Acabo de ser condenada no a una muerte vergonzosa, sólo lo es para los criminales, sino a ir a reunirme con su hermano de usted inocente como él, espero mostrar la misma firmeza que mostró él en sus últimos momentos. Estoy tranquila como se está cuando la conciencia no reprocha nada. Tengo la profunda pena de abandonar a mis pobres hijos; usted sabe que yo no existía más que para ellos y para usted, mi hermana buena y tierna. A usted, que lo había sacrificado todo por su afecto hacia nosotros y para acompañarnos, ¡en qué situación la dejo! He sabido, por el curso del mismo proceso, que mi hija está separada de usted. ¡Ay, mi pobre niña!, no me atrevo a escribirle, no recibiría mi carta; no sé siquiera si ésta llegará a sus manos de usted. Reciba usted mi bendición para los dos; espero que un día, cuando sean mayores, podrán reunirse con usted y gozar por completo de sus tiernos cuidados. Que piensen los dos en to que no he cesado yo de inspirarles: que los buenos principios y el cumplimiento exacto de los deberes son la primera base de la vida, que su amistad y confianza mutuas les traerán la dicha. Que comprenda mi hija que, en la edad que tiene, debe ayudar siempre a su hermano con los consejos que su experiencia, mayor que la de él, y su cariño puedan inspirarle; que, a su vez, mi hijo preste a su hermana todos los cuidados y los servicios que su cariño pueda inspirarle; que sepan, en fin, los dos que en cualquier posición en que puedan encontrarse sólo por su unión será verdaderamente felices; que tomen el ejemplo de nosotros. ¡Cuántos consuelos en nuestras desgracias no nos ha dado nuestra amistad! Y de la dicha se goza doblemente cuando puede compartirse con un amigo; y ¿dónde encontrar uno más tierno y más unido que en su propia familia? Que no olvide jamás mi hijo las últimas palabras de su padre, que tantas veces le he repetido expresamente: ¡que no trate jamás de vengar nuestra muerte! »Tengo que hablar a usted de una cosa bien dolorosa para mi corazón. Sé cuánta pena ha debido producirle ese niño. Perdónele usted, mi querida hermana; piense en la edad que tiene y en lo fácil que es hacer decir a un niño lo que se quiera y hasta lo que no comprende. Llegará un día, así to espero, en que tanto mejor sentirá él todo el aprecio de sus bondades y de su ternura hacia los dos. Me falta todavía confiar a usted mis últimos pensamientos. Habría querido escribirlos desde el comienzo del proceso; pero, aparte que no me dejaban escribir, su marcha ha sido tan rápida que, realmente, no habría tenido tiempo.

»Muero en la religión católica, apostólica y romana, en la de mis padres, en la que he sido educada y que he confesado siempre. No teniendo ningún consuelo espiritual que esperar, no sabiendo si existen todavía aquí sacerdotes de esta religión y ni siquiera si el lugar en que me encuentro los expondría a demasiado peligro si entraran aquí una vez, pido sinceramente perdón a Dios de todas las faltas que he podido cometer desde que existo; espero que, en su bondad, querrá aceptar mis últimos ruegos, lo mismo que los que hago desde hace tiempo para que quiera recibir mi alma en su misericordia y su bondad.

» Pido perdón a todos los que conozco, y en particular a usted, hermana mía, por todas las penas que sin quererlo haya podido causarle. Perdono a todos mis enemigos el mal que me han hecho. Digo aquí adiós a mis tías y a todos mis hermanos y hermanas. He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir; que sepan, por lo menos, que hasta mi último momento he pensado en ellos.

»Adiós, mi buena y tierna hermana; ¡ojalá esta carta pueda llegar a usted! Piense siempre en mí; la abrazo de todo corazón, lo mismo que a esos pobres y queridos niños.

¡Dios mío, cómo desgarra el alma dejarlos para siempre! Adiós, adiós: no voy a ocuparme más que de mis deberes espirituales. Como no soy libre en mis acciones, acaso me traigan un sacerdote; pero pro testo aquí de que no le diré ni una palabra y de que lo trataré como a un ser absolutamente extraño.» Aquí termina súbitamente la carta, sin fórmula de despedida ni firma. Probablemente la fatiga ha vencido a quien la escribió. Sobre la mesa arden todavía las dos velas de cera, cuyas vacilantes llamas acaso duren más que la vida del ser humano que escribió a su resplandor.

Esta carta, venida de las sombras, no llega ya a manos de casi ninguno de aquellos a quien iba dirigida. María Antonieta, poco antes de la entrada del verdugo, se la entrega al primer carcelero, Bault, encargándole que se la dé a su cuñada; Bault había tenido bastante humanidad para proporcionarle papel y pluma, pero no el valor necesario para desempeñar sin permiso aquel encargo fúnebre (¡cuantas más cabezas se ven caer, tanto más teme uno por la suya propia!). Por tanto, conforme a los reglamentos, entrega la carta de la reina al juez instructor, Fouquier-Tinvile, que le da entrada en su registro pero tampoco la hace seguir adelante. Y cuando, después de dos años, por su parte, tiene que subir también a la carreta que ha enviado para tantos otros a la Conserjería, desaparece aquel documento; nadie en el mundo sospecha ni conoce su existencia, sino sólo un hombre único, en extremo insignificante, llamado Courtois. Este diputado, sin altura ni talento, había recibido el encargo de la Convención, después de la prisión de Robespierre, de ordenar y publicar los papeles dejados por éste; con tal motivo, aquel antiguo zuequero tiene la revelación de cuánto poder pone en manos de alguien el apropiarse de secretos documentos de Estado, pues todos los diputados comprometidos se mueven ahora humildemente en torno al pequeño Courtois, a quien antes apenas saludaban, y le hacen las más locas promesas si les devuelve las cartas que habían dirigido a Robespierre. Es, por tanto, labor útil -observa el hábil mercader- apoderarse en cuanto sea posible de correspondencias ajenas; así, se aprovecha del caos general para saquear todos los documentos del Tribunal Revolucionario y negociar con ellos; sólo reserva en su poder, el muy ladino, la carta de María Antonieta, que en esta ocasión cae en sus manos; ¿quién puede saber, dado el curso de los tiempo. cómo podrá alguna vez ser utilizado aquel precioso documento secreto si volviese a cambiar de rumbo el viento? Durante veinte años oculta su rapiña, y, en efecto, cambia el viento. Otra vez llega a ser rey de Francia un Borbón, Luis XVIII, y los «regicidas», aquellos que habían votado la ejecución de su hermoso Luis XVI, sienten ahora en el cuello una extraña picazón. Para adquirir su favor, ofrece Courtois a Luis XVIII (¡ya se ve si es bueno el robar papeles!), en una carta hipócrita, como regalo, aquel escrito de María Antonieta «salvado» por él.

Su astucia no le sirve de nada; Courtois es desterrado lo mismo que los otros. Pero se ha obtenido la carta. Veintiún años después de que la reina la ha expedido, sale a la luz esta asombrosa carta de despedida.

Pero ¡demasiado tarde! Casi todos aquellos a quienes María Antonieta quería saludar en la hora de su muerte han seguido sus pasos. Madame Elisabeth, en la guillotina; el delfín ha muerto realmente en el Temple o vaga entonces desconocido por el mundo (hasta hoy no se sabe toda la verdad), bajo nombre extraño, ignorante de su propio destino. Y tampoco a Fersen alcanza ya el amoroso saludo. Ninguna palabra lo cita en aquella carta y, sin embargo, ¿a quién si no a él van dirigidas aquellas emocionantes líneas: «He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir.»? El deber prohíbe a María Antonieta que mencione delante del mundo a aquel que era para ella lo más querido. Pero había confiado en que estas líneas llegarían a estar alguna vez ante su vista y que el amante reconocería también en estas encubiertas palabras que hasta su último aliento había pensado en él con invariable rendimiento de corazón. Pero -¡misterioso efecto lejano del sentimiento! como si Fersen hubiese sentido el deseo de la reina de estar con él en su última hora, responde a ello, como a una llamada mágica, su Diario, al recibir la noticia de la muerte: «Es mi mayor dolor, en medio de todas mis penas, pensar que en sus últimos instantes estuvo sola, sin el consuelo de tener a alguien cerca de sí con quien hubiera podido hablar» . Lo mismo que ella en él, en la más extrema soledad, también él piensa en ella en el mismo momento. Apartadas por leguas y muros, invisibles e inalcanzables una para otra, respiran sus dos almas con idéntico deseo en el mismo segundo del tiempo: en espacios inalcanzables, por encima del tiempo, se unen sus pensamientos, al difundirse en vibraciones circulares, lo mismo que labio y labio en el beso.

María Antonieta ha dejado la pluma. Lo más difícil está vencido: despedirse de todos y de todo. Ahora descansa en su lecho algunos momentos para concentrar sus últimas fuerzas. Ya, para ella, no hay nada que hacer en esta vida. Sólo una única cosa: morir, y, a la verdad, morir bien.

 

EL ULTIMO VIAJE

A las cinco de la mañana, mientras María Antonieta escribe todavía su última carta, tocan ya a llamada los tambores en todas las cuarenta y ocho secciones de París. A las siete está en pie toda la fuerza armada; cañones dispuestos a ser disparados cierran los puentes y las grandes calles; destacamentos de guardia atraviesan la ciudad con bayoneta calada; la caballería forma grandes filas... Un inmenso movimiento de soldados, y todo contra una única mujer que ella misma no quiere otra cosa sino llegar pronto al fin. Con frecuencia, la fuerza tiene más miedo de la víctima, que la víctima de la fuerza.

A las siete, la criada del carcelero se desliza silenciosamente en el calabozo. Sobre la mesa arden todavía las dos luces de cera; en el rincón está sentado el oficial de gendarmería, como una sombra vigilante. Al principio, Rosalía no ve a la reina; sólo después nota, toda espantada, que María Antonieta, completamente vestida de su negra ropa de viuda, está tendida en el lecho. No duerme. Sólo está fatigada y agotada por sus permanentes pérdidas de sangre.

La tierna aldeanita se aproxima temblorosa, conmovida por doble compasión: de la condenada a muerte y de su reina. «Señora -pronuncia sobrecogida al acercarse-, ayer por la no che no tomó usted ningún alimento, y casi nada durante el día. ¿Qué desea hoy por la mañana?» « Hija mía -le responde la reina sin levantarse-, ya no necesito nada; para mí está ya todo terminado.» Pero, como la muchacha le ofrezca de nuevo, insistentemente, una sopa que ha preparado especialmente para ella, acaba por decir, fatigada: « Bueno, Rosalía, tráigame usted el bouillon». Toma algunas cucharadas; después, la muchachita la ayuda a cambiar de traje. Han recomendado a María Antonieta que no vaya al cadalso con la negra ropa de luto con que compareció ante los jueces: el llamativo traje de viuda podría excitar al pueblo. María Antonieta -¡qué le importa ahora un vestido!- no opone ninguna resistencia y decide llevar un ligero traje blanco de mañana.

Pero tampoco para esta última molestia le es ahorrada una última humillación. En todos estos días, la reina ha perdido sangre incesantemente; todas sus camisas están manchadas de ella. Por el natural deseo de recorrer corporalmente limpia su último camino, quiere cambiar ahora de camisa y ruega al oficial de gendarmes que está de guardia que se retire durante un momento. Pero el hombre, que tiene el severo encargo de no perderla de vista ni un segundo, declara que no le es permitido abandonar su puesto. Por tanto, se acurruca la reina en el estrecho espacio entre la cama y la pared, y mientras se cambia la camisa, la cocinera, compasiva, se coloca delante de ella para ocultar su desnudez. Pero ¿qué hacer con la ensangrentada camisa? Se avergüenza la mujer de dejar aquel lienzo maculado bajo la vista de aquel hombre desconocido, expuesto a las curiosas miradas de los que, pocas horas más tarde, deben venir para repartir la ropa de su pertenencia. Por tanto, la arrolla rápidamente en un pequeño envoltorio y lo introduce en un hueco que hay en el muro, detrás de la estufa.

Se viste entonces la reina con especial cuidado. Desde hace más de un año no ha vuelto a pisar la calle ni ha visto sobre su cabeza el cielo libre y dilatado: precisamente este último deseo debe hacerlo limpia y decentemente vestida; no es una vanidad femenina to que la determina a ello, sino el sentimiento de la dignidad en esta hora histórica.

Cuidadosamente se ajusta el blanco vestido mañanero, envuelve su cuello con un fichu de suave muselina, escoge sus mejores zapatos; oculta sus encanecidos cabellos con una cofia de dos volantes.

A las ocho llaman a la puerta. No, no es todavía el verdugo. No es más que el que le precede, el sacerdote; pero uno de esos que han prestado juramento a la República. La reina se niega cortésmente a confesarse con él; sólo reconoce como verdaderos servidores de Dios a los sacerdotes no juramentados, y, a la pregunta de si debe acompañarla en sus últimos pasos, responde con indiferencia: «Como usted quiera» .

Esta aparente indiferencia es, hasta cierto punto, el muro protector tras el cual prepara María Antonieta su energía para el último viaje. Cuando, a las diez de la mañana, entra el ejecutor Sansón, joven de estatura gigantesca, para cortarle los cabellos, deja tranquilamente que le ate las manos a la espalda y no opone ninguna resistencia La vida, ya lo sabe, no es posible salvarla; únicamente el honor. Pues ahora, ¡a no mostrar debilidad alguna delante de nadie! Sólo conservar la fortaleza y enseñar a todos los que desean verlo cómo muere una hija de María Teresa.

Hacia las once se abren las puertas de la Conserjería. Fuera está la carreta del verdugo, una especie de carro con adrales y al cual está enganchado un poderoso y pesado caballo.

Luis XVI había sido conducido todavía a la muerte, solemne y respetuosamente, en su cerrada carroza de corte, protegido por las paredes de cristal contra la más grosera curiosidad y el más ofensivo odio. Pero, después, la República ha seguido avanzando desmedidamente en su camera impetuosa; también exige igualdad en el viaje de la guillotina; una reina no debe morir más cómoda que cualquier otro ciudadano; un carro de adrales es suficiente para la viuda de Capeto. Como asiento le sirve sólo una tabla puesta entre los travesaños, sin almohadón ni cubierta alguna; también madame Roland, Danton, Robespierre, Fouquier, Hébert, todos los que envían ahora a María Antonieta hacia la muerte, harán su último viaje sobre la misma dura tabla; sólo un breve trecho de camino precede la condenada a sus condenadores.

Primeramente surgen del oscuro pasillo de la Conserjería algunos oficiales, y detrás de ellos toda una compañía de la guardia con el fusil al hombro; después María Antonieta, tranquila y con seguro paso. El verdugo Sansón lleva cogido el extremo de la larga cuerda con la cual ha atado a la espalda las manos de la reina, como si hubiese peligro de que su víctima, rodeada de centenares de guardias y soldados, pudiera todavía escaparse.

Involuntariamente, la muchedumbre queda sorprendida por esta humillación insospechada a innecesaria. No se alza ninguno de los sarcásticos gritos habituales. En completo silencio, se deja que la reina avance hasta la cameta. Llegados allí, Sansón le ofrece la mano para subir. Junto a ella se sienta el clérigo Girard, vestido de paisano, mas el verdugo permanece en pie, inconmovible el semblante, con la cuerda en la mano; lo mismo que Carón las almas de los difuntos, lleva a diario su cargamento, con impasible corazón, a la otra orilla del río de la vida. Pero esta vez, tanto él como sus ayudantes, durante todo el trayecto llevan bajo el brazo el sombrero de tres picos, como si quisiesen disculparse de su triste oficio ante la mujer indefensa que conducen al patíbulo.

La miserable carreta avanza lentamente, bamboleándose sobre el pavimento. Con toda intención se deja tiempo para que cada cual pueda considerar suficientemente este espectáculo único. Sobre su duro asiento, le daña a la reina hasta el tuétano de los huesos cada vaivén de la grosera carreta sobre el mal pavimento, pero, inconmovible el pálido semblante, con sus ojos orlados de rojo mirando fijos ante sí, María Antonieta no da ninguna muestra de miedo o de dolor a las apretadas filas de curiosos. Reconcentra todas las fuerzas de su alma para mantenerse enérgica hasta el final, y en vano sus más crueles enemigos acechan para sorprender en ella un momento de debilidad o desaliento. Pero nada desconcierta a María Antonieta, ni siquiera que, junto a la iglesia de Saint-Roch, las mujeres allí reunidas la reciban con los habituales sarcásticos clamores, ni que el comandante Grammont, para animar la fúnebre escena, cabalgue delante del carro de la muerte con su uniforme de guardia nacional y, blandiendo el sable, exclame: « ¡Aquí tenéis a la infame Antonieta! Se ha fastidiado ahora, amigos míos». El semblante de la reina permanece inmóvil, como de bronce; parece no oír ni ver nada. Las manos atadas a la espalda le hacen levantar un poco más la cabeza; mira derechamente ante sí, y todos los abigarrados y bárbaros cuadros de la calle no penetran ya en sus ojos, que, en su interior, se encuentran ya anegados por la muerte. Ni un estremecimiento mueve sus labios, ningún escalofrío recorre su cuerpo; totalmente señora de sus fuerzas, permanece allí sentada, orgullosa y desdeñada, y hasta el mismo Hébert tiene que confesar al día siguiente en su Père Duchéne: «Por lo demás, la muy bribona se mantuvo hasta el final audaz a insolente».

En la esquina de la calle de Saint-Honore, en el sitio del actual café de la Régence, esperaba un hombre, lápiz en ristre y una hoja de papel en la mano. Es Luis David, una de las almas más cobardes al mismo tiempo que uno de los mayores artistas de la época.

Siendo uno de los que gritaron más alto durante la Revolución, sirve a los poderosos mientras están en el poder y los abandona en el peligro; pinta a Marat en su lecho de muerte; el 8 Thermidor le jura patéticamente a Robespierre «vaciar con él el cáliz hasta las heces», pero ya el día 9, en sesión fatal, está agotada su sed de heroísmo y el triste personaje se retira a su casa para esconderse, librándose de la guillotina mediante esta cobardía. Enemigo encarnizado de los tiranos durante la Revolución, será el primero que se convierta al nuevo dictador, y para ello, después de haber pintado la coronación de Napoleón, trocará su antiguo odio a los aristócratas por el título de barón. Arquetipo del eterno tránsfuga que corre tras el poder, lisonjeador de los triunfadores, despiadado con los vencidos, pinta a los vencedores en su coronación y a los derrotados camino del patíbulo. Desde lo alto de la misma carreta que lleva a María Antonieta, también Danton, que conoce bien su lamentable carácter, lo descubrirá más tarde, y rápidamente, al paso, ha de cruzarle la cara con el latigazo de esta despreciativa injuria: «¡Lacayo!».

Pero aunque tenga alma de criado y un corazón cobarde y miserable, este hombre posee un ojo magnífico y una mano impecable. En un bosquejo, fija de modo imperecedero, en la volandera hoja de papel, el semblante de la reina tal como va camino del cadalso: boceto espantoso y magnífico, dotado de siniestra fuerza, arrancado de la propia vida, caliente y palpitante: una mujer envejecida, ya no bella, pero todavía orgullo sa. La boca cerrada con soberbia, como si gritara hacia dentro; los ojos indiferentes y ajenos a lo que ocurre, va sentada, con las manos atadas a la espalda, tan recta y desafiadora sobre su carreta de adrales como si estuviese en un trono. Un indecible desprecio nos habla desde cada uno de los rasgos de su rostro como de piedra; una inconmovible decisión se ve en el busto bien erguido; una resignación que se ha transformado en pertinacia, un dolor que internamente ha llegado a ser una fuerza, prestan a esta atormentada figura una nueva y terrible majestad. Hasta el mismo odio no puede ocultar, en este dibujo, la nobleza con que María Antonieta triunfa de la vergüenza de la carreta de adrales con su actitud magnífica.

La gigantesca Plaza de la Revolución, la actual Plaza de la Concordia, está llena de gente. Diez mil personas se encuentran allí de pie desde por la mañana temprano, para no perder aquel espectáculo único de ver cómo una reina, según la grosera frase de Hébert, es «afeitada por la navaja nacional». Horas enteras lleva ya de espera la curiosa muchedumbre. Para no aburrirse, se charla un poco con una linda vecinita, se ríe, se bromea, se compran periódicos o caricaturas a los voceadores, se hojea el más reciente folleto de la actualidad: Les Adieux de la Reine à ses mignons et mignonnes o Grandes fureurs de la ci-devant Reine. Se trata de adivinar, en voz baja, qué cabezas caerán aquí, en el cesto, en los días siguientes, y, mientras tanto, se adquiere limonada, panecillos o nueces de los vendedores callejeros: la gran escena bien merece un poco de paciencia.

Sobre este hervidero de curiosos, negro y ondulante, se ele van rígidamente dos siluetas, las únicas cosas sin vida en aquel espacio cargado de animación humana: la esbelta línea de la guillotina, con su puente de madera que lleva del más acá al más allá; en lo alto de su yugo centellea, bajo el turbio sol de octubre, el brillante indicador del camino, la cuchilla recién afilada. Ligera y esbelta, se recorta sobre el cielo gris, juguete olvidado de un dios horrendo, y los pájaros, que no sospechan la tenebrosa significación de este cruel instrumento, juguetean despreocupadamente sobre él en sus revoloteos.

Severa y grave se levanta a11í al lado, dominando a esta tremenda puerta de la muerte, la gigantesca estatua de la Libertad, sobre el pedestal que sostuvo en otro tiempo la estatua de Luis XV. Tranquilamente se muestra allí sentada la inaccesible diosa, coronada la cabeza con el gorro frigio, meditando con la espada en la mano; permanece allí sentada, piedra sobre piedra, la diosa de la Libertad, y mira soñadora ante sí. Sus blancos ojos sin pupila miran más allá de la muchedumbre, eternamente inquieta, que se tiende a sus pies, y mucho más a11á de la inmediata máquina mortífera, fijándose en algo lejano a invisible. No ve en torno suyo lo humano, no ve la vida, no ve la muerte, la incomprensible y eternamente diosa amada, con sus soñadores ojos de piedra. No oye los gritos de todos aquellos que la llaman, no advierte las guirnaldas que se cuelgan en torno a sus rodillas de piedra, ni la sangre que abona la tierra bajo sus pies. Símbolo de un eterno pensamiento, extraño entre los hombres, permanece silenciosa y contempla en la lejanía una invisible meta. Ni pregunta ni sabe qué cosas se realizan en su nombre.

De pronto se agita la muchedumbre, se alza en conmoción, para quedar después súbitamente muda. En este silencio se oyen ahora unos salvajes gritos que llegan desde la calle Saint-Honoré; se ve la caballería que precede al cortejo, y después, bamboleándose al dar la vuelta a la esquina, la trágica carreta con la mujer amarrada que en otro tiempo fue señora de Francia; de pie, detrás de ella, con la cuerda llevada orgullosamente en una mano y humildemente el sombrero en la otra, viene Sansón, el verdugo. Un silencio total se hace ahora en la plaza gigantesca. Los vendedores no lanzan sus pregones, enmudece toda lengua; tan grande llega a ser el silencio, que se perciben los pesados pasos del caballo y el chirriar de las ruedas. Las diez mil personas que poco antes charlaban y se reían animadamente, se sienten de pronto oprimidas y contemplan con una mágica emoción de horror a la pálida mujer atada que no mira a nadie. Sabe que aquello no es más que la última prueba. Sólo cinco minutos hasta morir, y después la inmortalidad.

La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma alada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de 1a neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, ya los postreros, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo. Ya está terminado todo. Los verdugos la cogen por los hombros; la arrojan, con un rápido impulso, sobre el tablero, con la nuca bajo el filo; un tirón de la cuerda, un relámpago de la cuchilla, que cae zumbando, un golpe sordo, y Sansón coge ya por los cabellos la cabeza que se desangra, alzándola bien visible a los cuatro lados de la plaza. De repente, el horror que cortaba el aliento de las diez mil personas se resuelve ahora en un salvaje grito de «¡Viva la República!» que retumba al salir de unas gargantas libradas ahora de una furiosa congoja. Después, la muchedumbre se dispersa casi presurosa. Parbleu!, realmente son ya las doce y cuarto, más que tiempo para la comida del mediodía; ahora, de prisa a casa. ¿Para qué estar aún más tiempo dando vueltas por a11í? Mañana, y todas las próximas semanas, y meses, podrá casi todos los días, en la misma plaza, contemplarse veces y veces idéntico espectáculo.

Es más de mediodía. La muchedumbre se ha dispersado. En un carretoncillo se lleva el ejecutor de la justicia el cadáver, con la sangrienta cabeza entre las piernas. Algunos gendarmes guardan todavía el cadalso. Pero nadie se preocupa de la sangre que va empapando lentamente la tierra; aquel lugar vuelve a quedar vacío.

Sólo la diosa de la Libertad con sus soñadores ojos de piedra, ha permanecido inmóvil en su sitio, y contempla sin cesar, a11á en lo remoto, una meta invisible. No ha visto ni oído nada. Severamente, columbra una eterna lejanía más a11á de las salvajes y locas acciones de los hombres. No sabe ni quiere saber qué cosas se hacen en su nombre.

 

LA ENDECHA FÚNEBRE

Ocurren demasiadas cosas en París en estos meses para que pueda pensarse mucho tiempo en un único muerto. Cuanto más rápido corre el tiempo, tanto más se acorta la memoria de los hombres. Pasan algunos días, algunas semanas, y ya está plenamente olvidado en París que una reina llamada María Antonieta fue decapitada y sepultada.

Precisamente al otro día de la ejecución todavía aullaba Hébert en su Pére Duchêne: «He visto caer en el saco la cabeza del veto hembra. Querría poder expresaros la satisfacción de los sans-culottes cuando la architigresa atravesó París en el coche de treinta y seis estacas... Su maldita cabeza estaba por fin separada de su cuerpo de golfa y en el aire vibraban gritos de: «¡Viva la República!» . Pero apenas se le hace caso; en el año del Terror, cada cual teme por su propio cuello. Mientras tanto, el féretro permanece insepulto en el cementerio, a causa de que no se cavan fosas para una sola persona; sería demasiado caro. Se espera una nueva hornada de la diligente guillotina, y sólo cuando está reunido un número suficiente, la caja de María Antonieta es cubierta con cal viva y arrojada en la fosa común con las nuevas aportaciones. Con ello está todo terminado. En la prisión, el perrillo de la reina corre de una parte a otra, ladrando inquietamente durante algunos días; va olfateando de celda en celda, y salta sobre todos los jergones en busca de su dueña, después, también él cae en indiferencia y el carcelero, compasivo, se que da con él. Más tarde, a las oficinas de la Comuna llega un sepulturero y presenta su cuenta: « Seis libras por el ataúd de la viuda Capeto; quince libras con treinta y cinco sous por la sepultura y los sepultureros». Después, un alguacil reúne las miserables prendas de vestir de la reina, forma un inventario y las envía a un hospital; unas pobres viejas se las ponen sin saber ni preguntar a quién pertenecieron antes. Con ello queda terminada, para sus contemporáneos, la persona que se llamó María Antonieta; cuando, pocos años más tarde viene a París un alemán y pregunta por la sepultura de la reina, no se encuentra ya en toda la ciudad ni un solo ser humano que pueda dar informes de dónde está enterrada la ex reina de Francia.

Tampoco al otro lado de la frontera produce gran impresión la ejecución de María Antonieta -era cosa esperada-. El duque de Coburgo, demasiado cobarde para salvarla a su debido tiempo, anuncia al ejército en una patética orden del día que será vengada. El conde de Provenza, que con esta ejecución ha vuelto a dar un gran paso para llegar más tarde a ser Luis XVIII -sólo es preciso, todavía, esconder o arrojar a un lado al mozuelo del Temple-, en apariencia emocionado, encarga misas de difuntos piadosamente. En la corte de Viena, el emperador Francisco, que fue demasiado indolente para escribir siquiera una carta intentando salvar a la reina, dispone un severo luto de corte. Las damas visten de negro; Su Majestad imperial no va durante algunas semanas a ningún teatro; los periódicos escriben contra los malditos jacobinos de París con una gran indignación que parece de encargo. Se lleva la magnanimidad hasta aceptar los diamantes que María Antonieta le había confiado a Mercy, y, más tarde, se recibe a la hija, canjeándola por unos comisarios prisioneros; pero cuando se trata de reintegrar las sumas gastadas en las tentativas de evasión y de saldar deudas de la reina, la corte de Viena se vuelve súbitamente dura de oído. En general, no le es agradable que se le recuerde la ejecución de la reina; hay algo que oprime la conciencia imperial, por haber abandonado tan lastimosamente, ante los ojos de todo el mundo, a una de sus parientas. Años después, todavía observa Napoleón: «Era una máxima establecida en la Casa de Austria guardar profundo silencio sobre la reina de Francia. Al oír el nombre de María Antonieta, bajan los ojos y cambian de conversación como para librarse de un tema inconveniente y embarazoso. Es regla adoptada por toda la familia y recomendada a sus representantes de fuera» .

A una sola persona le hiere la noticia en mitad del corazón: a Fersen, el más fiel de los fieles. Cada día, su temor le hace esperar el espantoso suceso: «Desde hace mucho tiempo trato de prepararme a ello, y me parece que recibiré sin gran emoción la noticia».

Pero cuando llegan los periódicos a Bruselas se queda como herido de un rayo: «Aquella para quien yo vivía -escribe a su hermana-, porque no he cesado jamás de amarla, no, no podía dejar de hacerlo, lo comprendo bien en este momento; aquella a quien yo quería tanto y por quien habría dado mil vidas, no existe ya. ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué abrumarme de este modo y por qué he merecido así tu cólera? No existe ya: mi dolor está en su punto máximo y no sé cómo vivo todavía, cómo soporto este dolor, que es extremo y que nada podrá borrar jamás; siempre la tendré presente en mi memoria y siempre será para llorar por ella... Querida amiga mía, ¡ah!, ¿por qué no habré muerto a su lado, y por ella y por ellos, aquel 20 de junio? Sería más feliz que teniendo que arrastrar mi triste existencia en eternos recuerdos, en recuerdos que no terminarán más que con mi vida, porque jamás se borrará de mi memoria su imagen adorada». Sólo para su duelo, sólo para su recuerdo, siente ahora que todavía podrá seguir viviendo: « El único objeto que me interesa no existe ya; él solo lo reunía todo para mí, y ahora es cuando siento hasta qué punto estaba verdaderamente unido a ella. No ceso de ocuparme de su memoria; su imagen me sigue y me seguirá sin cesar y por todas partes; no me gusta otra cosa sino hablar de ella, recordando los bellos momentos de mi vida. ¡Ay de mí! No me queda más que el recuerdo, pero lo conservaré y no me dejará más que con la vida. He dado el encargo de que compren en París todo lo que pueda encontrarse perteneciente a ella; todo lo que tengo es sagrado para mí; son reliquias que sin cesar serán objeto de mi constante admiración» . Nada puede reemplazar aquella pérdida. Meses más tarde, todavía escribe en su diario: « Ah, conozco bien cada día cuánto he perdido al perderla a ella y hasta qué punto era perfecta en todo. Jamás ha habido ni habrá mujer como ella». Los años y los años no aminoran su emoción; todo es para él renovada ocasión de recordar a la desaparecida. Cuando en 1796 va a Viena y ve a11í por primera vez, en la corte imperial, a la hija de María Antonieta, la impresión es tan fuerte que se le vienen las lágrimas a los ojos: «Mis rodillas se dobla ron bajo el peso de mi cuerpo al bajar las escaleras. Había sentido mucha pena y mucho placer y me encontraba muy afectado».

Cada vez que ve a la hija se le humedecen los ojos pensando en la madre; se siente atraído hacia esa sangre, pero ni una sola vez le es permitido a la joven dirigirle la palabra. ¿Procede aquello de una secreta orden de la corte para hacer olvidar a la sacrificada, o es efecto de la severidad del confesor, que quizá conoce las relaciones «culpables» de Fersen con la madre de la muchacha? De mala gana ve la corte de Austria la presencia de Fersen, y con gusto lo ve partir de nuevo: una palabra de agradecimiento, sin embargo, no la ha oído jamás de la Casa de Habsburgo aquel amigo fidelísimo y abnegado.

Después de la muerte de María Antonieta, Fersen se conviecte en un hombre duro a intratable. El mundo le parece frío e injusto; la vida, sin sentido. Sus ambiciones políticas y diplomáticas quedan truncadas por completo. En los años de la guerra vaga por Europa como embajador; tan pronto está en Viena como en Carlsruhe, en Rastatt, en Italia o en Suecia; establece relaciones con otras mujeres, pero nada de ello le ocupa ni le apacigua íntimamente; una y otra vez surge en su Diario la prueba de hasta qué punto el amante vivía solo, a lo último, para la sombra amada. El 16 de octubre, aniversario de la muerte de la reina, escribe todavía, al cabo de dos años: «Este día es para mí un día de devoción, y jamás podré olvidar todo lo que he perdido; mi pena durará tanto como yo». Pero todavía hay otra segunda fecha que Fersen designa, una y otra vez, como el día fatal de su vida: el 20 de junio. Jamás pudo perdonarse el no haber desobedecido en aquel día, el de la huida de Varennes, la orden de Luis XVI, con lo que no habría dejado a Maria Antonieta sola y en medio del peligro; cada vez más, se sentía personalmente culpable por lo ocurrido en aquel día, con una culpa que todavía no había sido satisfecha. Mejor y más heroico habría sido, según se reprocha a sí mismo constantemente, ser destrozado entonces por el pueblo que seguir viviendo de este modo y sobrevivir a la amada, con el corazón privado de alegría y el alma cargada de reproches. «¿Por qué no habré muerto por ella aquel 20 de junio?» Una y otra vez se encuentra acusadoramente repetido en su Diario este misterioso reproche.

Pero al destino le gustan las analogías del azar y el inexplicable juego de los números; al cabo de los años es satisfecho este su romántico deseo. Precisamente en esta fecha, en un 20 de junio, encuentra Fersen aquella soñada muerte, y la encuentra exactamente tal como la había deseado. Poco a poco, Fersen, sin ambicionar honores, por la sola fuerza de su nombre en su país natal, ha llegado a ser un hombre poderoso: mariscal de la nobleza y el más influyente consejero del rey, una personalidad verdaderamente importante; pero, al mismo tiempo, es un hombre duro y severo; un amo, en el sentido dado al vocablo en el pasado siglo. Desde aquella jornada de Varennes, odia al pueblo porque le ha arrebatado a su reina, considerándolo como vil populacho y miserable canalla, y el pueblo corresponde odiando cordialmente a este aristócrata. Secretamente hacen circular sus enemigos que este insolente señor feudal quiere llegar a ser rey de Suecia para vengarse de Francia arrastrando a la nación a una guerra. Y cuando, en junio de 1810, el heredero del trono de Suecia fallece súbitamente, se extendió por todo Estocolmo, de un modo no explicado, el rumor, salvaje y amenazador, de que el mariscal de la nobleza Von Fersen lo ha quitado de en medio con un veneno, para apoderarse él mismo de la corona. Desde este momento, la vida de Fersen está tan amenazada por la cólera del pueblo como la de María Antonieta durante la Revolución. Por eso, los amigos leales advierten, el día del entierro, a aquel hombre obstinado, habiendo oído hablar de toda especie de planes, que no debe tomar parte en la solemnidad, sino permanecer prudentemente en su casa. Pero es el 20 de junio, el día misterioso del destino de Fersen: una oscura voluntad le impulsa a cumplir el hado presentido antes. Y este 20 de junio, en Estocolmo, ocurre exactamente lo mismo que dieciocho años antes habría ocurrido en París si la muchedumbre hubiese encontrado a Fersen como acompañante en el coche de María Antonieta; apenas la carroza ha salido del palacio, cuando un populacho furioso rompe el cordón de tropas, arranca, con sus puños, del carruaje al encanecido señor y lo remata, indefenso, a fuerza de bastonazos y pedradas. El cuadro imaginado para el 20 de junio se ha cumplido; Fersen es destrozado por aquel mismo elemento, salvaje a indomable, que llevó al cadalso a María Antonieta: sangriento y mutilado, delante de la casa municipal de Estocolmo, yace el cadáver del «bello Fersen», el último paladín de la última reina. La vida pudo unirlos; pero murió, siquiera, como por ella, el día fatídico para ambos, de una simbólica muerte.

Con Fersen se va la última persona amorosamente ligada a la memoria de María Antonieta. Ninguna memoria humana ni ninguna sombra viven en realidad sino mientras son aún de verdad queridas para cualquier ser viviente sobre la tierra. Las endechas fúnebres de Fersen son la postrer palabra de la fidelidad; sobreviene después completo silencio. Pronto desaparecen también las otras cosas fieles: Trianón se arruina; sus decorativos jardines son todo maleza; los cuadros, los muebles, en cuyo armonioso conjunto había reflejado su propia desgracia la reina, son vendidos en almoneda y quedan dispersos; con ello se pierde la última huella visible y valedera de la presencia a11í de María Antonieta. Y de nuevo se anega el tiempo en el tiempo; cae sangre sobre sangre; la Revolución se extingue en el Consulado; aparece Bonaparte, pronto se llama Napoleón, el emperador Napoleón, y va a buscar otra archiduquesa de la Casa de Habsburgo para su nuevo y fatal matrimonio. Pero tampoco ésta, María Luisa, aunque ligada a la otra por su sangre, pregunta ni una sola vez -cosa incomprensible para nuestra sensibilidad-, en la roma cobardía de su corazón, dónde duerme su amargo y último sueño aquella mujer que antes que ella vivió y sufrió en las mismas estancias de las mismas Tullerías: jamás una figura todavía tan próxima fue olvidada con tan cruel frialdad por sus más próximos parientes y descendientes. Por fin sobreviene el cambio, como remordimientos de una mala conciencia. El conde de Provenza se ha elevado finalmente, sobre los cadáveres de tres millones de hombres, hasta el trono de Francia, con el nombre de Luis XVIII; por fin, por fin ha llegado a su meta el hombre de los pasos tenebrosos. Ya que felizmente quedan apartados aquellos que durante tanto tiempo cerraron el camino de su ambición: Luis XVI, María Antonieta y su desdichado niño Luis XVII, y ya que los muertos no pueden levantarse y presentar su queja, ¿por qué no erigirles ulteriormente un magnífico mausoleo? Ahora, por fin, se da la orden de buscar sus sepulturas (el propio hermano no había preguntado jamás por la tumba del muerto). Pero después de veintidós años de tan lastimosa indiferencia, ya no es empresa fácil encontrarlas, pues en aquel mal afamado jardín conventual, cerca de la Madeleine, que ha abonado el Terror con mil cadáveres, el rápido trabajo de los sepultureros no dejaba tiempo para contraseñar ninguna sepultura; acarreaban y amontonaban con toda rapidez, uno junto a otro, lo que la insaciable cuchilla impelía diariamente hacia ellos. Nulla crux, nulla corona, ninguna cruz, ninguna corona, hacían reconocibles los abonados lugares; sólo una cosa se sabía, y era que la Convención había ordenado que los cadáveres reales fueran cubiertos con cal viva. De este modo cavan y cavan. Por fin resuena el pico al tropezar con una capa dura. Y por una liga semipodrida se reconoce que el puñado de pálido polvo que levantan estremecidos de la húmeda tierra es la última huella de aquella figura desaparecida que en su tiempo fue la diosa de la gracia y del buen gusto, y que después fue la reina castigada y elegida de todos los dolores.

FIN

 

NOTA DEL AUTOR

Es usual, al fin de un libro histórico, citar las fuentes que se han utilizado; en el caso de María Antonieta, me parece casi más importante establecer qué fuentes no fueron utilizadas y por qué motivo. Pues hasta los documentos en general más seguros, me refiero a las cartas autógrafas, se nos muestran aquí como inciertas. María Antonieta, varias veces nos hemos referido a ello en este libro, dada la impaciencia de su carácter, fue una indolente autora de cartas; casi nunca se sentaba espontáneamente a escribir, si no la forzaba alguna verdadera coacción, ante aquella maravillosa y delicada mesa de escritorio que todavía hoy puede verse en Trianón. Por tanto, no era en modo alguno sorprendente que, diez o veinte años después de su muerte, no fuera conocido escrito alguno de su mano, aparte las innumerables cuentas con el consabido: «Payez, Marie Antoinette». Las dos correspondencias verdaderamente extensas, la que había sostenido con su madre y la corte de Viena, y la otra, íntima, con el conde de Fersen, estaban entonces, y lo estuvieron todavía durante medio siglo, encerradas en los archivos; y las pocas cartas publicadas, dirigidas a la condesa de Polignac, eran igualmente inasequibles en sus originales. Tanto mayor fue la sorpresa, por ello, cuando, en 1840 y 1860, en casi todas las ventas de autógrafos de París surgieron cartas manuscritas que, de un modo asombroso, todas ellas llevaban la firma de la reina, cuando ésta, en realidad, sólo en casos muy singulares había firmado. Después, una tras otra, fueron apareciendo importantes publicaciones: una del conde de Hunolstein; la colección de cartas de la reina, aún hoy la más extensa, reunida por el barón de Feuillet de Conches, y por último la edición de Klinkowstroem, que, aunque honestamente mutiladas, contiene las cartas de María Antonieta a Fersen. La alegría de los historiadores escrupulosos por este magnífico enriquecimiento del material documental no se vio, por cierto, libre de inquietudes: ya pocos meses después de su publicación se dudaba de la autenticidad de toda una serie de cartas de las publicadas por Hunolstein y Feuillet de Conches; se originó una larga polémica, y bien pronto, para las gentes imparciales, estuvo ya fuera de duda que algún falsificador muy hábil y hasta genial había mezclado de la manera más audaz to verdadero con lo falso, y que al mismo tiempo, como refuerzo de autenticidad, había llegado a lanzar al comercio los falsos autógrafos.

A consecuencia de extraños miramientos, los eruditos no citaron entonces el nombre de aquel magnífico falsificador, uno de los más hábiles de que se tiene memoria. Cierto que Flammermont y Rocheterie, los dos mejores investigadores, dejaron transparentar claramente, entre líneas, contra quién iban dirigidas sus sospechas. Hoy en día no existe ya motivo alguno para silenciar aquel nombre y dejar de enriquecer con ello la historia de las falsificaciones, reseñando un caso psicológico singularmente interesante. El excesivamente celoso multiplicador del tesoro de cartas de María Antonieta no fue ningún otro sino el propio editor de ellas, el barón de Feuillet de Conches; alto diplomático, hombre de una cultura extraordinaria, excelente y ameno escritor y gran conocedor de la historia de la cultura francesa, había escudriñado en todos los archivos y colecciones particulares, durante diez o veinte años, para encontrar todas las cartas de María Antonieta, y, con un celo realmente digno de gratitud y gran conocimiento en la materia, había dado vida a aquella obra, con un rendimiento que todavía hoy merece respeto.

Pero este hombre activo y respetable tenía una pasión, y las pasiones son siempre peligrosas: coleccionaba autógrafos con verdadero fanatismo, tenía la autoridad de un papa en estas cuestiones y le somos deudores de habernos dado, en sus Causeries d'un curieux, un tratado perfecto de coleccionismo. Su colección, o, como decía él orgullosamente, su cabinet, era el mayor de Francia; pero ¿cuál es el coleccionista que se da por contento con su colección? Probablemente porque sus propios medios no alcanzaban a aumentar sus cartapacios en la proporción que él hubiera deseado, falsificó de su propia mano cierto número de autógrafos de La Fontaine, de Boileau y de Racine que aún en el día de hoy aparecen en el comercio, y los vendió por medio de tratantes parisienses a ingleses. Pero su verdadera obra maestra sigue siendo siempre las falsas cartas de María Antonieta. En este punto, conocía él como ningún otro viviente la materia, la letra y todas las circunstancias accesorias. Así, no fue para él demasiado difícil, sobre la base de siete cartas verdaderamente auténticas a la condesa de Polignac, cuyos originales había reconocido antes que nadie, inventar tantas cartas falsificadas o esquelas de la reina como se le antojó, dirigidas a aquellos de sus parientes de los cuales sabía que habían estado con ella en la más íntima relación. Poseyendo un especial conocimiento tanto de la grafía como de las formas estilísticas de la reina, singularmente dotado para este extraño negocio como nadie, estaba también, por desgracia, decidido a ejecutar todas estas falsificaciones, cuya maestría es en realidad desconcertante, ya que con toda precisión está imitado el carácter de la letra, y con tal sentimiento del estilo, con tales conocimientos históricos imaginaba cada una de sus particularidades, que, de este modo, con la mayor voluntad -confesémoslo honradamente-, es hoy ya imposible, en el caso de algunas cartas, distinguir si son auténticas o falsas, si han sido pensadas y escritas por la reina María Antonieta o imaginadas y falsificadas por el barón Feuillet de Conches. Para citar un ejemplo, no sabría yo decir con seguridad si aquella carta del barón de Flaschsianden que se encuentra en la biblioteca del Estado prusiano es un original o una falsificación. En favor de la autenticidad nos habla el texto mismo; indican la falsificación su letra, demasiado serena y redonda, y, ante todo, las circunstancias de que su anterior poseedor la había adquirido del propio Feuillet de Conches. Por todos estos motivos, con objeto de lograr una más alta seguridad histórica, sin consideración alguna he dejado despiadadamente a un lado todo documento cuyo origen no ostente otra indicación que la sospechosa de proceder del cabinet del barón de Feuillet de Conches: mejor poco y auténtico que mucho y dudoso fue la fundamental ley psicológica que sirvió para valorar las cartas utilizadas en este libro.

No mucho mejor que con las cartas están las cosas en lo que se refiere a la confianza que puede prestarse a los testimonios orales sobre María Antonieta. Si al tratar de otras épocas lamentamos la escasez de Memorias a informes de testigos oculares, en lo que hace al tiempo de la Revolución francesa más bien se quejaría uno de su exceso. En aquellos decenios de tempestad, en los que toda una generación es lanzada, sin descanso alguno, de una oleada política a otra, es raro que quede tiempo bastante para reflexionar y meditar; en el curso de veinticinco años atravesó una sola generación por las transformaciones más inesperadas; casi sin pausa presenció entonces el último florecimiento y la agonía de la monarquía, los primeros y angustiosos días de la Revolución, los espantosos del Terror, el Directorio, la elevación de Napoleón, su consulado, su dictadura, el imperio, el imperio universal, mil victorias y la derrota decisiva; un nuevo rey, otra vez Napoleón durante cien días... Finalmente, después de Waterloo, sobreviene el gran descanso; después de durar un cuarto de siglo, se ha calmado aquella tempestad universal sin semejante. Ahora, los hombres despiertan de su espanto y se frotan los ojos; se asombran primero de conservar todavía la vida, después de cuanto han presenciado en este espacio de tiempo -a nosotros mismos no nos ocurrió otra cosa cuando se retiró otra vez la inundación que, desde 1914, había mugido incesantemente sobre nosotros-, y ahora, en la segura orilla, todos quieren volver la vista, tranquila y ordenadamente, hacia to que han columbrado y vivido, embrollada y confusamente. Todos quieren ahora leer obras históricas escritas según los recuerdos de testigos oculares, para reconstruir ellos mismos sus revueltos recuerdos; se origina de este modo, hacia 1815, una coyuntura tan favorable para las Memorias, como lo fue entre nosotros, después de la guerra mundial, para los libros de guerra. Este hecho no tardaron en olfatearlo los escritores profesionales y los editores, y a toda prisa, antes de que cesara el interés -también eso lo hemos presenciado nosotros-, para satisfacer la necesidad sentida bruscamente, fabricaron en serie memorias, memorias y memorias de aquel gran tiempo.

De todo aquel que una sola vez hubiera rozado una manga de los personajes que habían llegado a ser históricos exigía el público que contara sus recuerdos. Pero como la pobre gentecilla que, en general, había pasado bobamente a través de los grandes acontecimientos sólo se acordaba de pequeños detalles y, aparte de ello, aquello de que se acordaba no sabía presentarlo de modo interesante, periodistas ingeniosos amasaron, bajo aquellos nombres, grandes pasteles con las escasas pasas que aportaban los otros, los azucaraban con dulzonerías, revolviendo el conjunto con fantasías sentimentales hasta que de ello resultara todo un libro. Cada uno de los que en aquellos tiempos había asistido a una hora histórica en las Tullerías, o en las prisiones, o en el Tribunal Revolucionario, se presenta ahora como autor: la costurera, la camarera, la primera y segunda doncella, el peluquero, el carcelero de María Antonieta, la primera y la segunda gouvernante de los niños, cada uno de sus amigos, y last but not least, hasta el mismo verdugo monsieur Sansón tiene que escribir también sus Memorias, o por lo menos prestar por dinero su nombre para cualquier libro que confecciona otro.

Naturalmente que estos informes engañosos se contradicen en cada detalle unos a otros, y justamente sobre los decisivos acontecimientos del 5 y del 6 de octubre de 1789, sobre la actitud de la reina durante el asalto de las Tullerías, o sobre sus últimas horas, poseemos siete, ocho, diez, quince, veinte versiones, muy apartadas unas de otras, de pretendidos testigos oculares. Sólo concuerdan todas en su tendencia política, es decir, en la incondicional, conmovedora a inconmovible fidelidad monárquica, y esto se comprende bien si no se olvida que todos ellos han sido impresos con el imprimatur de los Borbones. Los mismos servidores y carceleros que durante la Revolución eran los más resueltos revolucionarios, no se cansan de asegurar, bajo Luis XVIII, hasta qué punto han respetado y amado en secreto a la bondadosa, noble, pura y virtuosa reina; pero sólo con que una parte de estos tardíos partidarios hubieran sido, en realidad, tan fieles y llenos de abnegación en 1792 como saben referirlo en 1820, jamás María Antonieta habría entrado en la Conserjería ni pisado el cadalso. Las nueve décimas partes de las Memorias de aquel tiempo proceden, por tanto, de un grosero afán de sensacionalismo o de una bizantina necesidad de baja adulación; y quien busque la verdad histórica procederá de modo excelente (al contrario de lo que hicieron los anteriores expositores) arrojando fuera del campo, desde el primer momento, como testigos indignos de fe, a todas estas mencionadas camareras, a todos estos peluqueros, gendarmes y pajes, a causa de sus recuerdos demasiado complacientes. Eso es lo que hemos hecho aquí de un modo sistemático.

Ello explica por qué en este relato de la vida de María Antonieta no se han empleado gran número de documentos, cartas y conversaciones que, sin reflexionar, habían sido utilizados en todos los libros anteriores. El lector echará de menos diversas anécdotas que, en aquellas biografías, le han encantado o divertido, comenzando por la primera de que, en Schoenbrunn, el pequeño Mozart hubiera solicitado a María Antonieta por esposa, y así sucesivamente hasta la última en que la reina, en el momento de su ejecución, como quiera que hubiera pisado inadvertidamente el pie del verdugo, le dijera, cortés: «Pardon monsieur» (frase inventada con demasiado ingenio para ser verdadera).

Se echarán de menos, además, numerosas cartas, ante todo aquellas, tan emocionantes, dirigidas al Cher Coeur a la princesa de Lamballe, y a la verdad, por un motivo extremadamente simple: porque han sido imaginadas por el barón de Feuillet de Conches y no escritas por María Antonieta, lo mismo que toda una serie de frases transmitidas por tradición oral, llenas de sensibilidad, ricas de ingenio, y que sólo no figuran aquí por ello mismo, porque me han parecido harto más ingeniosas y sentimentales de lo que corresponde al carácter de término medio de María Antonieta.

Esta pérdida. en el sentido sentimental pero no en el de la veracidad histórica, está compensada por la aportación de un material documental nuevo y esencial. Ante todo se ha procedido a una minuciosa investigación en el Archivo de Estado de Viena, fruto de la cual ha sido el restituir muy importantes pasajes, y acaso los más en el sentido de intimidad, suprimidos en la correspondencia, publicada como completa, cruzada entre María Teresa y María Antonieta. Aparecen aquí aprovechados sin reserva alguna, porque las relaciones conyugales de Luis XVI y María Antonieta son psicológicamente incomprensibles sin conocimiento del secreto fisiológico tanto tiempo guardado. Aparte ello, es además muy importante la busca que la excelente investigadora Alma Soedernjelm ha emprendido en el archivo de los descendientes de Fersen, con lo cual numerosas tachaduras hechas por motivos morales han sido dichosa mente restituidas: la pia fraus, la piadosa leyenda del trovadoresco amor de Fersen a la inaccesible María Antonieta, gracias a esta misma torpe mutilación de convincentes documentos, es cada vez menos sostenible; también, en general, otros muchos detalles oscuros a oscurecidos han quedado aclarados de este modo. Por ser nuestra concepción de los derechos humanos y morales de la mujer, aunque por casualidad sea reina, más libre que la de antes, estamos hoy más próximos del camino de la sinceridad y tenemos menos temor a la verdad psicológica, pues ya no creemos, como la anterior generación, que para que interese una figura histórica sea necesario alterar a tout prix su carácter, idealizándolo o convirtiéndolo en sentimental o heroico, oscureciendo así importantes rasgos esenciales de su espíritu y exaltando hasta to trágico otros. No el divinizar, sino el humanizar es la suprema ley de todo estudio creador de las almas; su tema es explicar, no disculpar con artificiales argumentos. Se ha intentado esto aquí, tomando por objeto de estudio un carácter medio que sólo a un incomparable destino debe su irradiación más allá de su tiempo y cuya íntima grandeza nace únicamente de su desmesurada desgracia; esta alma, así lo espero por lo menos, sin exaltar nada en ella, sino precisamente a causa de sus condiciones terrenas, bien puede merecer el interés y la comprensión del tiempo presente.

 

CUADRO CRONOLÓGICO

1755: 2 noviembre Nacimiento de María Antonieta.

1769: 7 junio Petición escrita de mano por Luis XV.

1770: 19 abril Casamiento per procurationem en Viena.

16 mayo Matrimonio en Versalles.

24 diciembre Choiseul cae en desgracia.

1772: 11 enero Llegada de Rohan a Viena.

5 agosto Reparto de Polonia.

1773: 8 junio Entrada de María Antonieta en París.

1774: 10 mayo Muerte de Luis XV.

El collar es ofrecido a María Antonieta por primera vez. -Fersen por primera vez en Ver salles. - Retiran a Rohan de Viena. - Beaumarchais vende su libelo a María Teresa.

1777: abril, mayo: Visita de José II a Versalles agosto Primera cópula de los esposos.

1778: 19 diciembre Nacimiento de «Madame Royale», más tarde duquesa de Angulema.

1779: Primer libelo contra María Antonieta.

1780: 1 agosto Debut en el teatro de Trianón.

29 noviembre Muerte de María Teresa.

1781: 22 octubre Nacimiento del primer delfín.

1783: 3 septiembre Paz de Versalles.

Inglaterra reconoce los Estados Unidos.

1784: 27 abril Estreno de Fígaro en el Théâtre Français 11 agosto Encuentro fingido con Rohan en el Bosquecillo de Venus.

1785: 29 enero Rohan compra el collar.

27 marzo Nacimiento del segundo delfín.

15 agosto Prisión de Rohan en Versalles.

19 agosto Representación del Barbero en Trianón, última función de aquel teatro.

1786: 31 mayo Publicación de la sentencia en el asunto del collar.

9 julio Nacimiento de la princesa Sofía-Beatriz.

Comienzo de la intimidad con Fersen.

1788: 8 agosto Convocatoria de los Estados Generales para el 1.° de mayo de 1789. - Necker, otra vez ministro.

1789: 5 mayo Apertura de los Estados Generales.

3 junio Muerte del primer delfín.

17 julio El tercer Estado se constituye en Asamblea Nacional.

20 junio Juramento en el Juego de Pelota.

25 junio Libertad de Prensa.

11 julio Destierro de Necker.

13 julio Creación de la Guardia Nacional.

14 julio Toma de la Bastilla.

1789: 16 julio Comienzo de la emigración (Artois, Polignac).

Fines de agosto Fersen en Versalles.

1 octubre Banquete de los guardias de corps.

5 octubre Invasión de Versalles por el pueblo de París 6 octubre Traslado de la familia real a París.

Fundación del Club de los Jacobinos en París.

1790: 20 febrero Muerte de José II.

4 junio última estancia veraniega en Saint-Cloud.

3 julio Encuentro con Mirabeau.

1791: 2 abril Muerte de Mirabeau.

20-25 junio Fuga a Varennes. - Barnave y sus amigos en las Tullerías.

14 septiembre Juramento de la Constitución por el rey.

l octubre Asamblea legislativa.

1792: 13-14 febrero Fersen en las Tullerías por última vez.

20 febrero María Antonieta, por última vez en el teatro.

1 marzo Muerte de Leopoldo II.

24 marzo Ministerio Roland.

29 marzo Muerte de Gustavo de Suecia.

20 abril Declaración de guerra a Austria.

13 junio Destitución del ministerio Roland.

19 junio Veto del rey.

20 junio Primer asalto a las Tullerías.

10 agosto Ocupación de las Tullerías.

-Danton, ministro de Justicia.

13 agosto Suspensión del poder real. - Traslado de la familia real al Temple.

22 agosto Primer levantamiento de la Vendée.

2 septiembre Rendición de Verdún.

2-5 septiembre Matanzas de septiembre.

3 septiembre Asesinato de la princesa de Lamballe.

20 septiembre Cañoneo de Valmy.

21 septiembre Convención nacional. - Abolición de la monarquía; proclamación de la República.

6 noviembre Batalla de Jemmapes.

11 diciembre Principio del proceso contra Luis XVI.

1793: 4 enero Segundo reparto de Polonia.

21 enero Ejecución de Luis XVI.

16 marzo Creación del Tribunal Revolucionario.

31 marzo Evacuación de Bélgica por los franceses.

4 abril Dumouriez, contra el enemigo.

29 mayo Levantamiento de Lyon.

3 de julio Separación del Delfín de María Antonieta.

1 agosto Traslado a la Conserjería.

3 octubre Acusación contra los girondinos.

9 octubre Rendición de Lyón.

12 octubre Primer interrogatorio a María Antonieta.

15 octubre Comienza la vista de la causa.

16 octubre Ejecución de la reina.

1795: 8 junio Presunta muerte del delfín (Luis XVII).

1814: Luis XVIII (antes conde de Provenza), rey de Francia.

FIN

 


  

 

FOUCHÉ EL GENIO TENEBROSO

STEFAN ZWEIG

 

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO PRIMERO / ASCENSO (1759-1793)

CAPÍTULO II / EL MITRAILLEUR DE LYON

CAPÍTULO III / EL DUELO CON ROBESPIERRE

CAPÍTULO IV / MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO

CAPÍTULO V / MINISTRO DEL EMPERADOR

CAPÍTULO VI / LA LUCHA CONTRA EL EMPERADOR

CAPÍTULO VII / INTERMEZZO INVOLUNTARIO

CAPÍTULO VIII / LA LUCHA FINAL CONTRA NAPOLEÓN

 

 

INTRODUCCIÓN

José Fouché fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más extraordinarios de todos los tiempos. Sin embargo, ni gozó de simpatías entre sus contemporáneos ni se le ha hecho justicia en la posteridad.

A Napoleón en Santa Elena, a Robespierre entre los jacobinos, a Carnot, Barras y Talleyrand en sus respectivas Memorias y a todos los historiadores franceses –realistas, republicanos o bonapartistas-, la pluma les rezuma hiel cuando escriben su nombre. Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral... No se le escatiman las injurias. Y ni Lamartime, ni Michelet, ni Luis Blanc intentan seriamente estudiar su carácter, o, por mejor decir, su admirable y persistente falta de carácter. Por primera vez aparece su figura, con sus verdaderas proporciones, en la biografía monumental de Luis Madelins, al que este estudio, lo mismo que todos los anteriores, tiene que agradecerle la mayor parte de su información. Por lo demás, la Historia arrinconó silenciosamente en la última fila de las comparsas sin importancia a un hombre que, en un momento en que se transformaba el mundo, dirigió todos los partidos y fué el único en sobrevivirles, y que en la lucha psicológica venció a un Napoleón y a un Robespierre. De vez en cuando ronda aún su figura por algún drama u opereta napoleónicos; pero entonces, casi siempre reducido al papel gastado y esquemático de un astuto ministro de la Policía, de un precursor de Sherlock Holmes. La crítica superficial confunde siempre un papel del foro con un papel secundario.

Sólo uno acertó a ver esta figura única en su propia grandeza, y no el más insignificante precisamente: Balzac. Espíritu elevado y sagaz al mismo tiempo, no limitándose a observar lo aparente de la época, sino sabiendo mirar entre bastidores, descubrió con certero instinto en Fouché el carácter más interesante de su siglo. Habituado a considerar todas las pasiones - las llamadas heroicas lo mismo que las calificadas de inferiores-, elementos completamente equivalentes en su química de los Comment: Al revisar y corregir esta obra, de seguro se me pasaron algunos errores, tanto en lo narrado como en los nombres de los protagonistas, lo que amerita una severa amonestación. Una atenuante a mi falta -podría argumentarse -, es el imperfecto conocimiento del idioma español, así como del idioma original de la obra, aunque también podría recurrir a los argumentos de Boccaccio en la conclusión del Decamerón: “...porque no hay ningún maestro, de Dios para abajo, que haga todas las cosas bien y cumplidamente...” Finalmente, si he cometido grave falta, sabréis perdonarla - a “” y a mí-, considerando que nuestra intención es poner a vuestra disposición, obras literarias y de otra índole, en forma totalmente gratuita.

Ahora, sin más charlatanería, disfruta de la obra que líneas abajo comienza.

sentimientos; acostumbrado a mirar igualmente a un criminal perfecto -un Vautrin- que a un genio moral -un Luis Lambert-, buscando, más que la diferencia entre lo moral y lo inmoral, el valor de la voluntad y la intensidad de la pasión, sacó de su destierro intencionado al hombre más desdeñado, al más injuriado de la Revolución y de la época imperial. «El único ministro que tuvo Napoleón», le llama, singulier génie, la plus forte tête que je connaiss, «una de las figuras que tienen tanta profundidad bajo la superficie y que permanecen impenetrables en el momento de la acción, y a las que sólo puede comprenderse con el tiempo». Esto ya suena de manera distinta a las depreciaciones moralistas. Y en medio de su novela «Une ténébreuse affaire» dedica a este genio grave, hondo y singular, poco conocido, una página especial. «Su genio peculiar -escribe-, que causaba a Napoleón una especie de miedo, no se manifestaba de golpe. Este miembro desconocido de la Convención, lino de los hombres más extraordinarios y al mismo tiempo más falsamente juzgados de su época, inició su personalidad futura en los momentos de crisis. Bajo el Directorio se elevo a la altura desde la cual saben los hombres de espíritu profundo prever el futuro, juzgando rectamente el pasado; luego, súbitamente -como ciertos cómicos mediocres que se convierten en excelentes actores por una inspiración instantánea-, dió pruebas de su habilidad durante el golpe de Estado del 18 de Brumario. Este hombre, de cara pálida, educado bajo una disciplina conventual, que conocía todos los secretos del partido de la Montaña, al que perteneció primero, lo mismo que los del partido realista, en el que ingresó finalmente; que había estudiado despacio y sigilosamente los hombres, las cosas y las prácticas de la escena política, adueñóse del espíritu e Bonaparte, dándole consejos útiles y proporcionándole valiosos informes... Ni sus colegas de entonces ni los de antes podían imaginar el volumen de su genio, que era, sobre todo, genio de hombre de Gobierno, que acertaba en todos sus vaticinios con increíble perspicacia». Estos elogios de Balzac atrajeron por primera vez la atención sobre Fouché, y desde hace años he considerado ocasionalmente la personalidad a la que Balzac atribuye el «haber tenido mas poder sobre los hombres que el mismo Napoleón». Pero Fouché parecía haberse propuesto, lo mismo en vida que en la Historia, ser una figura de segundo término, un personaje a quien no agrada que le observen cara a cara, que le vean el juego. Casi siempre está sumergido en los acontecimientos, dentro de los partidos, entre la envoltura impersonal de su cargo, tan invisible y activo como el mecanismo de un reloj. Y rara vez se consigue captar, en el tumulto de los sucesos, su perfil fugaz en las curvas más pronunciadas de su ruta. ¡Y más extraño aún! Ninguno de esos perfiles de Fouché, cogidos al vuelo, coinciden entre sí a primera vista. Cuesta trabajo imaginarse que el mismo hombre que fue sacerdote y profesor en. 1790, saquease iglesias en 1792, fuese comunista en 1793, multimillonario cinco años después y Duque de Otranto algo más tarde. Pero cuanto más audaz le observaba en sus transformaciones, tanto mas interesante se me revelaba el carácter, o mejor, la carencia de carácter de este tipo maquiavélico, el más perfecto de la época moderna. Cada vez me parecía más atractiva su vida política, envuelta toda en lejanía y misterio, cada vez más extraía, mas demoníaca su figura. Así me decidí a escribir, casi sin proponérmelo, por pura complacencia psicológica, la historia de José Fouché, como aportación a una biografía que estaba sin hacer y qué era necesaria: la biografía del diplomático, la más peligrosa casta espiritual de nuestro contorno vital, cuya exploración no ha sido realizada plenamente.

Una biografía así, de una naturaleza perfectamente amoral, aún siendo, como la de José Fouché, tan singular y significativa, me doy cuenta de que no va con el gusto de la época. Nuestra época quiere biografías heroicas, pues la propia pobreza de cabezas políticamente productivas hace que se busquen más altos ejemplos en los tiempos pasados, No desconozco de ninguna manera el poder de las biografías heroicas, que amplifican el alma, aumentan la fuerza y elevan espiritualmente.

Son necesarias, desde los días dé Plutarco, para todas las generaciones en fase de crecimiento, para toda juventud nueva.

Pero precisamente en lo político albergan el peligro de una falsificación de la Historia, es decir: es como si siempre hubiesen decidido el destino del mundo las naturalezas verdaderamente dirigentes. Sin duda domina una naturaleza heroica por su sola existencia, aún durante decenios y siglos, la vida espiritual, pero únicamente la espiritual. En la vida real, verdadera, en el radio de acción de la política, determinan rara vez -y esto hay que decirlo como advertencia ante toda fe política- las figuras superiores, los hombres de puras ideas; la verdadera eficacia está en manos de otros hombres inferiores, aunque mas hábiles: en las figuras de segundo término. De 1914 a 1918 hemos visto como las decisiones históricas sobre la guerra y la paz no emanaron de la razón y de la responsabilidad, sino del poder oculto de hombres anónimos del mas equívoco carácter y de la inteligencia mas precaria. Y diariamente vemos de nuevo que en el juego inseguro y a veces insolente de la política, a la que las naciones confían aún crédulamente sus hijos y su porvenir, no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales que llamamos diplomáticos, esos artistas de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos. Si verdaderamente es la política, como dijo Napoleón hace ya cien años, la fatalite moderne, la nueva fatalidad, vamos a intentar conocer los hombres que alientan tras esas potencias, y con ello, el secreto de su poder peligroso. Sea la historia de la vida de José Fouché una aportación a la tipología del hombre político.

Salzburgo, otoño 1929.

 

CAPÍTULO PRIMERO

ASCENSO (1759-1793)

EL 31 de mayo de 1759 nace José Fouché -¡todavía le falta mucho para ser Duque de Otranto!- en el puerto de Nantes.

Marineros y mercaderes sus padres y marineros sus antepasados, nada más natural que él continuase la tradición familiar; pero bien pronto se vio que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo, carecía de toda aptitud para oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel tiempo. A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos, se cansaba. ¿Qué hacer, pues, con una criatura tan débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de 1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y en empuje impaciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada empleo, las prebendas substanciosas se quedan para la aristocracia; para el servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el ejército, un burgués con canas apenas llega a sargento. El Tercer Estado no se recomienda aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es extraño, pues, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se le negó demasiado tiempo a su mano implorante. No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al mas humilde en su reino invisible. Como el pequeño José se destaca ya estudiando en el colegio de los oratorianos, le ceden con gusto la cátedra de Matemáticas y Física para que desempeñe en ella los cargos de inspector y profesor. A los veinte años adquiere en esta Orden -que desde la expulsión de los jesuitas prevalece en toda Francia- la educación católica, honores y cargo. Un cargo pobre, sin mucha esperanza de ascenso; pero siempre una escuela en la que él mismo aprende a la vez que enseña. Podría llegar más alto: ser fraile un día, tal vez obispo o Eminencia, si profesara. Pero cosa típica en José Fouché: ya en el escalón inicial, en el primero y más bajo de su carrera, resalta un rasgo característico de su personalidad: la antipatía a ligarse completamente, de manera irrevocable, a alguien o a algo. Viste el habito de clérigo, esta tonsurado, comparte la vida monacal de los demás Padres espirituales, y durante diez años de oratoriano en nada se diferencia, ni exterior ni interiormente, de un sacerdote. Pero no toma las órdenes mayores, no hace voto; como en todas las situaciones de su vida, dejase abierta la retirada, la posibilidad de variación y cambio. A la Iglesia se da temporalmente y no por entero, lo mismo que mas tarde al Consulado, al Imperio o al Reino. Ni siquiera con Dios se compromete José Fouché a ser fiel para siempre.

Durante diez años, de los veinte a los treinta, anda este pálido y reservado semisacerdote por claustros y refectorios silenciosos. Da clase en Niort, Saumur, Vendome, París, pero casi no siente el cambio de lugar, pues la vida de un profesor de seminario se desarrolla igual en todas partes: pobre, silenciosa e insignificante, lo mismo en una ciudad que en otra, siempre tras muros callados, siempre apartado de la vida. Veinte, treinta, cuarenta discípulos, a los que enseña latín, matemáticas y física; muchachos pálidos, vestidos de negro, a los que lleva a misa y a los que vigila en el dormitorio. Lectura solitaria en libros científicos, comidas pobres y sueldos mezquinos. Una existencia conventual, humilde. Anquilosados, irreales, al margen del tiempo y del espacio, estériles y humillantes, parecen estos diez años silenciosos y sombríos de la vida de Fouché. Sin embargo, aprende durante ellos lo que ha de ser, más tarde, infinitamente útil al diplomático: el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano. Si este hombre, aún en los momentos de mayor pasión de su vida, llega a dominar hasta el último músculo de su cara; si es imposible percibir una agitación de ira, de amargura, de emoción en su faz inmóvil, como emparedada en silencio; si con la misma voz apagada sabe pronunciar lo cotidiano y lo terrible, y si puede cruzar con el mismo paso sigiloso los aposentos del Emperador y la frenética Asamblea popular, ello se debe a la disciplina incomparable de dominio sobre sí mismo aprendida en los años de religión; a su voluntad domada en los ejercicios de Loyola, y a su expresión educada en las discusiones de la retórica eclesiástica secular. Tal es el aprendizaje de Fouché antes de poner el pie sobre el podio de la escena mundial. Quizá no sea casualidad que los tres grandes diplomáticos de la revolución francesa: Talleyrand, Sieyes y Fouché, salieran de la escuela de la Iglesia maestros en el arte humano mucho antes de pisar la tribuna. El mismo lastre religioso pone un sello especial a sus caracteres -por lo demás contradictorios-, dándoles en los minutos decisivos cierto parecido. A esto reúne Fouché una autodisciplina férrea, casi espartana, una resistencia interior extraordinaria contra el lujo, la fastuosidad y el arte sutil de saber ocultar la vida privada y el sentimiento personal. No, estos años de Fouché a la sombra de los claustros no fueron perdidos. Aprendió enseñando.

Tras muros de conventos, en aislamiento severo, se educa y desarrolla este espíritu singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría psicológica. Durante años enteros sól o puede actuar invisiblemente en el círculo espiritual más estrecho; pero ya en 1778 comienza en Francia esa tempestad social que inunda hasta los muros mismos del convento. En las celdas de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los clubes de los francmasones. Una extraña curiosidad empuja a estos sacerdotes jóvenes hacia lo burgués, curiosidad que hace derivar también la atención del profesor de Física y Matemáticas hacia los descubrimientos sorprendentes de la época: las primeras aeronaves -los montgolfiers - y los grandiosos inventos en el terreno de la electricidad y la medicina. Los religiosos buscan contacto con los círculos intelectuales, y este contacto lo facilita en Arras un círculo extraño llamado de los «Rosatis», una especie de «Schlaraffia», en la que los intelectuales de la ciudad se reúnen en animadas veladas. El ambiente es modesto. Pequeños burgueses, gente insignificante, recitan poesías o pronuncian discursos literarios; los militares se mezclan con los paisanos.

José Fouché, el profesor religioso, es muy bien recibido en estas veladas, pues sabe mucho sobre los nuevos descubrimientos de la Física. Allí, en amigable reunión, escucha, por ejemplo, como recita un capitán de ingenieros llamado Lazaro Carnot versos satíricos, compuestos por él mismo, o atiende al florido discurso que pronuncia el pálido abogado, de delgados labios, Maximiliano de Robespierre (entonces aún daba importancia a su nobleza) en honor de los «Rosatis». Aún disfruta la provincia de los últimos soplos del Dixhuitieme filosofante. Reposadamente escribe el señor de Robespierre, en vez de sentencias de muerte, graciosos versos; el médico suizo Marat, en vez de crueles manifiestos comunistas, escribe una novela dulzona y sentimental, y en algún rincón de provincia se afana el pequeño teniente Bonaparte por imitar al Werther con una novela. Las tempestades están todavía invisibles tras el horizonte.

Parece un juego del destino: precisamente con este abogado pálido, nervioso, de orgullo inconmensurable, llamado Robespierre, hace amistad el tonsurado profesor de seminario, y sus relaciones están en el mejor camino de trocarse en parentesco, pues Carlota Robespierre, la hermana de Maximiliano, quiere curar al profesor de los oratorianos de sus achaques místicos, y se murmura de este noviazgo en todas las mesas. Porqué se deshacen al fin estas relaciones no se ha sabido nunca; pero quizá se oculte aquí la raíz del odio terrible, histórico, entre estos dos hombres, tan amigos antaño y que más tarde lucharon a vida o muerte. Entonces nada saben aún de jacobinismo y de rencor, al contrario: cuando mandan a Maximiliano de Robespierre como delegado a los Estados Generales, a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de Francia, es el tonsurado José Fouché quien presta al anémico abogado las monedas de oro necesarias para que se pague el viaje y se pueda mandar hacer un traje nuevo. Es simbólico el que en esta ocasión, como en tantas otras, tenga los estribos para que otro inicie su carrera histórica, para luego ser él también quien en el momento decisivo traicione y derribe por la espalda al amigo de antaño.

Poco después de la partida de Robespierre a la Asamblea de los Estados Generales, que ha de hacer temblar los fundamentos de Francia, tienen también los oratorianos en Arras su pequeña revolución. La política ha penetrado hasta los refectorios, y el perspicaz oteador que es José Fouché hincha con este viento sus velas. A propuesta suya mandan un diputado a la Asamblea Nacional, para demostrar al Tercer Estado las simpatías de los clérigos. Pero esta vez, el hombre tan precavido en otras ocasiones obra con precipitación, sin duda porque sus superiores le envían, como medida correccional -lo que no constituye un verdadero castigo, pues carecen de fuerza para ello-, a la institución filial de Nantes, al mismo puesto donde aprendió de niño los fundamentos de la ciencia y el arte del conocimiento humano. Mas ya es adulto y experto, y no le seduce enseñar a los muchachos Geometría y Física. El sutil oteador presiente que se cierne sobre el país una tempestad social, que la política domina el mundo... Y a la política se lanza. De un golpe tira la sotana, hace desaparecer la tonsura y en vez de pronunciar sus discursos políticos ante los niños lo hace ante los buenos burgueses de Nantes. Se funda un club -siempre empieza la carrera de los políticos en un escenario, prueba de la elocuencia-, y un par de semanas después ya es Fouché presidente de los Amis de la Constitución de Nantes. Alaba el progreso, aunque con precaución y tolerancia, porque el barómetro de la honesta ciudad señala una temperatura moderada. Los ciudadanos de Nantes no gustan del radicalismo, temen por su crédito; quieren, sobre todo, hacer buenos negocios. No quieren -ellos que obtienen de las colonias opulentas prebendas - proyectos tan fantásticos como el de la manumisión de los esclavos. José Fouché, certero observador, redacta un documento patético contra la abolición de la trata de esclavos, que aunque le proporciona una severa represión por parte de Brissot, no mengua su reputación en el estrecho círculo de los burgueses. Para asegurar su posición política entre ellos (¡los futuros electores!), se casa muy pronto con la hija de un rico mercader, una muchacha fea, pero de buena posición, pues quiere convertirse rápidamente en un perfecto burgués; es el tiempo en que -bien lo presiente él - el Tercer Estado va a tener en sus manos la dirección, el predominio. Todo esto son ya los preliminares del verdadero fin que se propone. Apenas se convocan elecciones para la Convención, se presenta el antiguo profesor de seminario como candidato. ¿Y qué es lo que hace todo candidato? Promete, por lo pronto, a sus buenos electores todo lo que pueda halagarlos. Así jura Fouché proteger el comercio, defender la propiedad, respetar las leyes; como en Nantes sopla más el viento de la derecha que el de la izquierda, truena con mayor elocuencia contra los partidarios del desorden que contra el viejo régimen. Y, efectivamente, en 1792 es elegido diputado de la Convención, y la escarapela tricolor sustituye, por largo tiempo, a la tonsura, llevada oculta y silenciosamente.

José Fouché cuenta en la época de su elección treinta y dos años. No es de agradable presencia, ni mucho menos: cuerpo seco, casi espectralmente esmirriado; cara de huesos finos y líneas picudas; afilada la nariz; afilada y estrecha también la boca, siempre cerrada; ojos fríos de pez, bajo párpados pesados, casi adormecidos, con las pupilas de un gris felino como bolitas de cristal. Todo en esta cara, todo en este hombre, está, por decirlo así, provisto de una menguada y fina materia vital. Parece un personaje visto con luz de gas, pálido y verdoso; sin brillo en los ojos, sin sensualidad en el gesto, sin metal en la voz, lacio y revuelto el pelo, rojizas y apenas visibles las cejas, de una palidez grisácea las mejillas, jamás el pigmento colorea esta cara con arrebol saludable; siempre hace el efecto, este hombre tenaz, inauditamente duro para el trabajo, de un ser cansado, de un enfermo, de un convaleciente. Todo el que le ve recibe la impresión de un hombre sin sangre ardiente, roja, pulsante. Y, efectivamente, también en lo psíquico pertenece a la raza de los flemáticos, de los temperamentos fríos. No conoce pasiones recias, avasalladoras; no es arrastrado hacia las mujeres ni hacia el juego; no bebe vino, no le tienta el despilfarro, no mueve sus músculos, no vive más que en su estudio, entre documentos y papeles. Nunca se enfada visiblemente, nunca vibra un nervio en su cara. Sólo para una leve sonrisa, cortés, mordaz, se contraen estos labios afilados, anémicos; nunca se observa bajo esta mascara gris, terrosa, aparentemente desmadejada, una verdadera tensión; nunca delatan los ojos, bajo los párpados pesados y orillados, su intención, ni revela sus pensamientos con un gesto.

Esta sangre fría, imperturbable, constituye la verdadera fuerza de Fouché. Los nervios no le dominan, los sentidos no le seducen, toda su pasión se carga y se descarga tras el muro impenetrable de su frente. Deja jugar sus fuerzas y acecha despierto las faltas de los demás. Espera pacientemente a que se agote la pasión de los otros o a que aparezca en ellos un momento de flaqueza para dar entonces el golpe inexorable. Terrible es esta superioridad de su enervada paciencia; quien así puede esperar y ocultarse, bien puede engañar hasta al más sagaz. Obedecerá tranquilamente, sin pestañear. Sonriente y frío, soportará las mas recias ofensas, las más viles humillaciones; ninguna amenaza, ningún gesto de rabia conmoverá a este monstruo de frialdad. Tanto Robespierre como Napoleón se estrellaran contra esta calma pétrea, como el agua contra la roca. Tres generaciones, toda una época fluye y refluye en mareas pasionales mientras que él persiste frío e insensible.

En esta imperturbable frialdad de su temperamento radica el verdadero genio de Fouché. Su cuerpo no le pone trabas, no le arrastra; está casi siempre al margen de todo. Su sangre, sus sentidos, su alma, todos estos turbadores elementos del sentir de un hombre normal, están ausentes en este enigmático hasardeur, cuya pasión se detiene íntegra en el cerebro. Este seco personaje de escritorio ama viciosamente la aventura, su pasión es la intriga; pero únicamente en la esfera del espíritu sabe depurarla y gozar de ella, y nada oculta mejor y más genialmente su lúgubre placer de lo caótico, del complot, que su disfraz de fiel y honesto burócrata que lleva toda la vida. Tender los hilos desde su aposento, parapetado detrás de expedientes y documentos; asestar el golpe criminal, inesperado e inadvertido, esa es su táctica. Hay que mirar profundamente la Historia para percibir en la ráfaga de la revolución, en el resplandor legendario de Napoleón, la figura de Fouché, de apariencia humilde y subalterna, en realidad omnímoda, definidora de una época. Durante toda una vida actúa en la sombra sobre tres generaciones. Patroclo cayó como cayeron Héctor y Aquiles, mientras prevaleció Ulises, el astuto. Su talento sobrepuja al genio; su sangre fría perdura sobre toda pasión.

La mañana del 12 de septiembre hace su entrada en la sala la recién elegida Convención. Ya no es tan solemne y pomposo el saludo como, hace tres años, en la primera Asamblea Constituyente. Entonces aún estaba en el centro un magnífico sillón de damasco bordado con blancas flores de lis: el sitial del Rey; y al entrar éste, se levantó respetuosamente la Asamblea y recibió al Monarca con vivas y ovaciones. Ahora están inválidos sus castillos, la Bastilla y las Tullerías; ya no hay Rey en Francia; hay sólo un señor grueso llamado por sus recios guardianes y jueces Luis Capeto, que se aburre como impotente burgués en el Temple y espera su sentencia. En su lugar mandan ahora en el país los setecientos cincuenta instalados en su propia casa. Tras la mesa presidencial se yerguen en letras gigantescas las nuevas tablas mosaicas de las leyes, el texto original de la Constitución, y adornan las paredes del salón, símbolo amenazador, las varas de los lictores y el hacha mortífera.

En las galerías se reúne el pueblo y contempla curioso a sus representantes. Setecientos cincuenta miembros de la Convención entran a paso lento en la Casa Real, extraña mezcla de todos los estados y profesiones: abogados cesantes con ilustres filósofos, sacerdotes fugitivos con militares insignes, aventureros fracasados con afamados matemáticos y poetas galantes. Como en un vaso violentamente agitado, todo se ha mezclado en Francia, todo lo ha invertido la revolución. Es tiempo de aclarar el caos.

Ya la disposición de los asientos indica un primer ensayo de orden. En el salón anfiteatral, donde se mezclan los alientos y chocan las frases hostiles, están colocados, abajo los tranquilos, los serenos, los cautos: el marais, el pantano, como llaman irónicamente a los que en todas las decisiones carecen de pasión. Los turbulentos, los impacientes, los radicales, toman asiento arriba, en los bancos más altos, en la «montaña», que casi tocan con sus últimas filas las galerías, como para indicar simbólicamente que tienen a su espalda la masa, el pueblo, el proletariado.

Estas dos potencias sostienen la balanza. Entre ellas se tambalea, en flujo y reflujo, la revolución. Para los ciudadanos, para los moderados, es ya perfecta la República con la Constitución conquistada, con la aniquilación del Rey y de la nobleza, con el traspaso de los derechos al Tercer Estado; ahora quisieran mas bien poner diques y retener la marea removida desde el fondo, defender lo seguro. Condorcet, Roland, los girondinos son sus cabecillas, representantes del clero y de la clase media. Pero los de la «montaña» quieren seguir empujando la ola hasta que arrastre todo lo que quedó existente de antaño, todo lo anticuado; quieren a Marat, a Danton y Robespierre como jefes del proletariado, la revolution intégrale, radical hasta el ateísmo y el comunismo. Después del Rey quieren echar a tierra las demás potencias viejas del Estado: dinero y Dios. Inquieta, oscila la balanza entre los dos partidos. Si vencen los girondinos, los moderados, se debilitara la revolución poco a poco en una reacción primero liberal y luego conservadora. Si vencen los radicales, navegarán por todas las profundidades y torbellinos de la anarquía. Así no engaña la solemne armonía de las primeras horas a ninguno de los presentes en el salón predestinado, cada uno sabe que aquí comenzara pronto una lucha a vida o muerte por el espíritu y por el Poder. Y el sitio en que toma asiento un diputado, abajo, en el «llano», o arriba, en la «montaña», indica ya de antemano su decisión.

Con los setecientos cincuenta que entran solamente en el salón del Rey destronado entra también, silencioso, cruzada sobre el pecho la banda tricolor de representante del pueblo, José Fouché, el diputado de Nantes. Desaparecida la tonsura y olvidado ya el traje de sacerdote, viste, como los demás, sencilla ropa de ciudad ano.

¿Dónde tomará asiento José Fouché: entre los radicales de la «montaña» o entre los moderados del «llano»? José Fouché no titubea mucho tiempo. No conoce mas que un partido, al que es leal y al que permanecerá fiel hasta el fin: al más fuerte, al de la mayoría. Así, pesa y cuenta también esta vez interiormente los votos y ve que el Poder se inclina del lado de los girondinos, de los moderados. Con ellos están Condorcet, Roland, Servan, los hombres que tienen en sus manos los Ministerios, que influyen en todos los nombramientos y que reparten las prebendas. Allí puede estar seguro. Y allí toma asiento.

Pero cuando alza casualmente los ojos hacia arriba, donde han tomado sus posiciones los adversarios, los radicales, se cruza su mirada con otra mirada severa, desdeñosa. Su amigo Maximiliano Robespierre, el abogado de Arras, ha reunido allí a su alrededor a sus partidarios. Irónico y glacial, a través de sus impertinentes, observa cruel, orgulloso de su propia terquedad, que no perdona las vacilaciones y flaquezas de los demás, al oportunista Fouché. En este momento se rompe el último lazo de la amistad de estos dos hombres. Desde entonces siente Fouché a su espalda, detrás de sus ademanes y sus actos, la mirada de cruel examen y severa observación del eterno acusador, del implacable puritano. ¡Hay que tener cuidado! Nadie tiene más que él. En los protocolos de las sesiones de los primeros meses falta por completo el nombre de José Fouché. Mientras que todos se precipitan con ímpetu y presunción hacia la tribuna a hacer proposiciones, a declamar latiguillos, a acusarse y enemistarse, el diputado de Nantes nunca pone los pies sobre el púlpito. La insuficiencia de voz (así se excusa ante sus amigos y electores) le impide hablar públicamente. Y como todos los demás se quitan, ávidos e impacientes, la palabra de la boca, se destaca con simpatía el silencio de esta aparente modestia. Pero en verdad no es modestia, sino cálculo.

El ex físico estudia primero el paralelogramo de las fuerzas, observa, vacila antes de formular su opinión, porque ve oscilar continuamente la balanza. Precavido, reserva su voto decisivo para el momento en que comience a inclinarse definitivamente a un lado o a otro. ¡Por nada gastarse demasiado pronto; por nada sujetarse antes de tiempo; por nada ligarse para siempre! Aún no se ve claramente si la revolución ha de avanzar o si ha de retroceder, y, como buen hijo de marinero, espera para lanzarse al lomo de la ola que el viento sea favorable y mantiene entre tanto su nave en el puerto.

Además, ya en Arras, tras los muros del convento, había observado cuán pronto se desgasta en una revolución la popularidad, cómo se convierte el grito popular de Hossaniza en el grito de Crucifige. Todos o casi todos los que durante la época de los Estados General es y de la Asamblea Constituyente se habían destacado eran víctimas del olvido o del odio. El cadáver de Mirabeau, ayer aún en el Panteón, había sido exhumado vergonzosamente de aquel lugar; Lafayette, celebrado triunfalmente hacía algunas semanas como padre de la Patria, era considerado como traidor; Custine, Pethoin, ovacionados poco antes, se arrastraban temerosos en la sombra, lejos de la publicidad. No. No había que surgir precipitadamente a la luz, no había que sujetarse demasiado ligeramente; que se inutilicen, que se gasten los demás. Una revolución -lo sabe muy bien este hombre precozmente sutil- nunca pertenece al primero, al que la inicia, sino al último, al que la culmina asiéndose a ella como a una presa.

Así se agazapa taimada e intencionadamente en la oscuridad. Se acerca a los poderosos, pero evita todos los Poderes públicos y visibles. En vez de escandalizar en la tribuna y en los periódicos, prefiere ser elegido en las Comisiones, donde se gana en la sombra conocimiento de la situación e influencia sobre los acontecimientos sin ser observado ni odiado. Y, efectivamente, su manera de trabajar tenaz y rápida le gana simpatías; su invisibilidad le protege contra toda evidencia. Desde su despacho puede observar descuidadamente cómo se ensañan los tigres de la «montaña» y las panteras de la Gironda, cómo los grandes apasionados, cómo las grandes figuras destacadas de un Vergiaud, Condorcet, Desmoulins, Danton, Marat y Robespierre se hieren a muerte. Él contempla y espera, pues sabe que hasta que no se aniquilen los apasionados no empieza la época de los que supieron esperar, de los prudentes. Sólo se decidirá cuando la batalla se vislumbre ganada.

Este aguardar en la oscuridad es la actitud de José Fouché durante toda su vida. No ser nunca el objeto visible del Poder y sujetarlo, sin embargo, por completo; tirar de todos los hilos eludiendo siempre la responsabilidad. Colocarse, parapetado, detrás de una figura principal, y empujarla hacia delante; y en cuanto esta avance excesivamente, en el instant e decisivo, traicionarla de manera rotunda. Éste es su papel preferido. Lo interpreta como el más perfecto intrigante de la escena política, en veinte disfraces, en innumerables episodios bajo los republicanos, los reyes o los emperadores, siempre con el mismo virtuosismo.

A veces se le presenta la ocasión, y con ella la tentación, de representar el papel principal, el papel de héroe en el drama mundial. Pero es demasiado perspicaz para desearlo seriamente. Tiene plena conciencia de su rostro feo y repulsivo, que no se presta para las medallas y emblemas, para el lujo y la popularidad, a lo que no podría ofrecer nada heroico con una corona de laurel sobre la frente. Sabe de su voz delgada y enfermiza que puede muy bien susurrar, sugerir, insinuar, pero nunca arrastrar a las masas con elocuencia inflamada. Sabe que su fuerza reside en el aposento de burócrata, en la habitación cerrada en la sombra. Allí puede acechar y explorar holgadamente, observar y convenir, tirar de los hilos y enredarlos mientras permanece impenetrable, hermético.

Éste es el último secreto de la fuerza de José Fouché, que, aunque anhela el Poder, la mayor cantidad posible de Poder, se conforma con la conciencia de su posición; no necesita sus emblemas ni su investidura. Fouché tiene amor propio desmesurado, pero no ansia de gloria; es ambicioso sin vanidad. La vara de lictor, el cetro de rey, la corona de emperador pueden llevarlos otros tranquilamente. cede gustoso el brillo y la dicha de la popularidad. A él le basta con enterarse de la cosa, con tener influencia, con ser él quien manda verdaderamente sobre quien tiene la apariencia de mando, y, sin exponer su persona, hacer el juego emocionante, el juego tremendo de la política. Mientras los demás se ligan fuertemente a sus convicciones, a sus palabras y gestos oficiales, queda él, tenebroso y escondido, interiormente libre; es lo permanente en el proceso fugitivo de apariciones. Los girondinos caen, Fouché queda; los jacobinos son arrojados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado, el Imperio, el Reino y otra vez el Imperio zozobran y desaparecen, pero siempre queda él, el único, Fouché, gracias a su refinado retraimiento y a su valor audaz para perseverar en la falta absoluta de vanidad.

Pero llega un día en el proceso mundial de la revolución, un día que no admite vacilaciones, un día en el que cada cual tiene que dar su voto terminante, concreto, con «sí» o «no»: el 16 de enero de 1793. La manecilla del reloj de la revolución señala mediodía. La mitad del camino esta andado. Palmo a palmo se ha arrancado el Poder a la Monarquía. Pero aún vive el Rey, Luis XVI, aunque prisionero en el Temple. Ni ha sido posible dejarle huir, como esperaban los moderados, ni se ha conseguido que encontrase la muerte en aquel asalto al palacio realizado por la furia del pueblo, como secretamente deseaban los radicales. Le han humillado, le han quitado libertad, nombre y categoría; pero aún por su solo aliento, por su sangre heredada, es Rey, es el nieto de Luis XIV, y aunque ahora sólo se le llame desdeñosamente Luis Capeto, sigue siendo un peligro para la joven República. Por eso formula la Convención la pregunta de vida o muerte. En vano habían esperado los indecisos, los cobardes, los cautos, las personas del carácter de José Fouché, poder escapar por votación secreta de emitir su juicio definitivo. Robespierre exige terminantemente que cada representante de la nación francesa pronuncie su «sí» o «no», su Vida o Muerte, en medio de la Asamblea, para que sepa el pueblo y la posteridad el lugar que a cada uno corresponde: a la derecha o a la izquierda, en l a bajamar o en la pleamar de la revolución.

Ya el 15 de enero, Fouché ha definido claramente su propósito. Pertenece a los girondinos, y el deseo de sus electores, netamente moderados, le obliga a pedir clemencia para el Rey. Pregunta a sus amigos, sobre todo a Condorcet, y ve que están todos dispuestos a evitar una medida tan irrevocable como la ejecución del Rey. Y como la mayoría esta en contra de la sentencia, se pone Fouché, naturalmente, de su parte; la noche anterior, la del 15 de enero, lee a un amigo el discurso que piensa pronunciar para justificar su deseo de clemencia. Sentarse en los bancos de los moderados le obliga a ser así.

Pero entre aquella noche del 15 de enero y la mañana del 16 transcurre una noche intranquila y agitada. Los radicales no han estado ociosos: han puesto en marcha la máquina de la rebelión de las masas, que saben dominar tan magistralmente. En los arrabales truenan los cañones del escándalo; las secciones llaman con sus tambores a las gentes del pueblo; todos los batallones irregulares de la rebelión, a los que recurren siempre los terroristas invisibles, que los mueven para alcanzar por la fuerza decisiones políticas y a los que pone en acción en pocas horas un gesto del cervecero Santerre. Estos batallones de los agitadores de barrio son conocidos de las pescaderas y aventureros desde la gloriosa conquista de la Bastilla; se los conoce de la hora vil de los asesinatos de septiembre. Siempre, cuando hay que romper el dique de las leyes, se revuelve a la fuerza esta gigantesca ola del pueblo, y siempre lo arrastra todo consigo, irresistible, hasta a aquellos a quienes ha hecho surgir de sus bajos fondos.

Miles y miles cercan, ya al mediodía, la Escuela de Equitación y las Tullerías; hombres en mangas de camisa, el pecho desnudo, amenazantes, pica en mano; mujeres vociferantes, insultadoras, con carmañolas de rojo ígneo; guardia ciudadana y gente callejera. Entre ellos se multiplican los provocadores de la rebelión: Fournier, el americano; Guzmán, el español; Theroigne de Méricourt, esa caricatura histérica de Juana de Arco. Si pasan diputados sospechosos de votar por la clemencia, se vierte sobre ellos un diluvio de insolencias como cubos de basura, se alzan puños, se profieren amenazas contra los representantes del pueblo. Con todos los medios del terrorismo y de la fuerza bruta trabajan los amedrentadores para conseguir que la cabeza del Rey sea puesta bajo la cuchilla.

Y esa intimidación hace su efecto en todos los espíritus apocados. Medrosos, se aprietan en sus asientos los girondinos, a la luz oscilante de las velas, en esta noche gris de invierno. Los que ayer esperaban aún, decididos a votar contra la muerte del Rey para evitar la guerra con toda Europa, están intranquilos y desunidos bajo la enorme presión de la rebelión del pueblo. Por fin, ya bien entrada la noche, se verifica la primera citación de nombres, y - ¡qué ironía! - le toca precisamente al jefe de los girondinos, a Vergniaud, al otras veces tan apasionado orador, cuya voz resuena siempre como un martillo sobre la madera vibrante de las paredes. Pero ahora teme no pasar, como jefe de la República, por bastante republicano si perdona la vida del Rey. Y él, que siempre fué bravo y furioso, se acerca a la tribuna, lento, pesado, la testa poderosa vergonzosamente inclinada, y dice en voz baja: La mort.

La palabra resuena como un diapasón por la sala. El primero de los girondinos ha fallado. De los demás permanecen firmes la mayor parte: trescientos entre setecientos votos se inclinan al perdón, a pesar de que saben que una actitud de moderación política requiere en esta ocasión mil veces más audacia que una firmeza aparente. La balanza oscila mucho: un par de votos pueden decidir. Por fin es llamado el diputado de Nantes, José Fouché, el mismo que aseguro ayer aún a los amigos que defendería con palabras inflamadas la vida del Rey, el que hace diez horas se manifestaba como el más decidido entre los decididos. Pero mientras tanto ha contado los votos el antiguo profesor de Matemáticas, y, buen calculador, Fouché ha visto que con ello daría un paso en falso, ligándose al único partido al que nunca habría de pertenecer: al partido de la minoría. Ya no duda. Con sus pasos sigilosos sube ligeramente a la tribuna, y de sus labios pálidos se escapan, tenues, estas dos palabras: La mort.

El Duque de Otranto escribirá y pronunciará más tarde cien mil palabras para excusar, como una equivocación, estas dos palabras que le estigmatizan de régicide, de asesino del Rey. Pero estas dos palabras están dichas públicamente y, anotadas en el Moniteur, no se las puede borrar de la Historia ni de su vida, en la que serán memorables, pues significan su primera caída oficial. Ha traicionado alevosamente a sus dos amigos Condorcet y Daunou, se ha burlado de ellos, los ha engañado. Pero no tiene que avergonzarse de ello ante la Historia: otros más fuertes, como Robespierre y Carnot, Lafayette, Barras y Napoleón, los más poderosos de su tiempo, serán burlados por él en la hora de la desgracia. En este momento se descubre por primera vez en el carácter de José Fouché otro rasgo muy marcado: su osadía. Si deja traicioneramente un partido, no lo hace nunca despacio y cautelosamente, nunca se desliza con disimulo de las filas. Lo hace a la luz del día, con fría sonrisa. Con estupefaciente naturalidad se pasa directamente al antiguo adversario y acepta todas sus palabras y argumentos. Lo que creen y dicen los partidarios anteriores, lo que piensa la masa, el público, le deja completamente frío. Le importa una sola cosa: estar siempre con el vencedor, nunca con el vencido. En la rapidez de rayo de este cambio, en el cinismo sin medida de su transmutación, muestra una dosis de osadía que involuntariamente anonada y causa admiración. Le bastan veinticuatro horas, a veces una hora sola, a veces un solo minuto, para arrojar francamente la bandera de sus convicciones y desplegar con estrépito la contraria. No va con una idea, v a con el tiempo, y mientras más ligero corra, más ligero le seguirá.

Sabe que sus electores de Nantes se indignaran cuando lean al día siguiente en el Moniteur su voto. Hay, pues, que arrollarlos, en vez de convencerlos. Y con esa rápida audacia, con esa osadía que le presta en esos instantes casi una aureola de grandeza, no espera la indignación, sino que se adelanta al asalto con un ataque. Al día siguiente de la votación manda imprimir un manifiesto en el que proclama ruidosamente, como su convicción más leal y sincera, lo que en realidad le ha sugerido el miedo a caer en desgracia ante el Parlamento: no quiere dejar a sus electores tiempo para pensar y calcular, quiere aterrorizarlos y amedrentarlos, dando el golpe con rápida brutalidad.

Ni Marat ni los mas acalorados jacobinos son capaces de escribir de manera más sangrienta que este hombre, ayer aún tan moderado, a sus bravos, a sus buenos electores burgueses: «Los crímenes del tirano han sido descubiertos y llenan de indignación todos los corazones. Si no cae su cabeza enseguida bajo la espada, pueden caminar tranquilamente con las suyas erguidas todos los ladrones y asesinos, y el caos más terrible nos amenazara. Los tiempos están con nosotros y contra todos los reyes de la tierra». Así proclama la ejecución como necesidad inevitable quien el día anterior llevaba preparado en el bolsillo un manifiesto, probablemente igual de persuasivo, contra la ejecución.

Y, efectivamente, el astuto matemático había calculado bien. Como buen oportunista, conoce la irresistible gravitación de la cobardía; sabe que en todos los momentos políticos de la masa es la audacia el decisivo denominador de todo cálculo. Tiene razón: los buenos burgueses conservadores se agachan tímidos ante este manifiesto descarado e inesperado; confundidos y perplejos se apresuran a dar su consentimiento para una decisión con la que no están conformes interiormente en lo más mínimo. Ninguno se atreve a contradecir. Y desde aquel día tiene José Fouché en su mano la dura y fría palanca con la que dominará las más difíciles crisis: el desprecio a la Humanidad.

Desde esa fecha memorable, el 16 de enero, elige (por el momento) José Fouché, con su carácter de camaleón, el color rojo. El moderador se convierte de la noche a la mañana en archirradical y ultraterrorista. De un salto se encuentra en medio de sus adversarios, y una vez entre ellos decide colocarse en el ala extrema de la izquierda, en la más radical. Con una rapidez fantástica adopta este espíritu frío, este reseco burócrata, para no quedarse atrás, el lenguaje más sangriento de los terroristas.

Hace rigurosamente proposiciones contra los emigrados, contra los sacerdotes; azuza, truena, se enfurece, degüella con palabras y gestos. Verdaderamente, podría volver a hacer amistad con Robespierre y volver a sentarse a su lado; pero este hombre de conciencia incorruptible, de duro espíritu protestante, no ama a los renegados; con doble desconfianza repele ahora al tránsfuga, cuyo radicalismo ruidoso le es más sospechoso que su antigua moderación.

Fouché barrunta, con sentido atmosférico agudo, el peligro de tal vigilancia y ve acercarse días críticos. Aún se cierne la tormenta sobre la Asamblea y ya se insinúan en el horizonte político las luchas trágicas entre los jefes de la revolución, entre Danton y Robespierre, entre Hebert y Desmoulins; habría que decidirse de nuevo dentro del mismo radicalismo; pero a Fouché no le gusta comprometerse antes de que la declaración esté exenta de peligros y sea propicia a la ganancia. Sabe que hay situaciones en los momentos decisivos que domina un diplomático, lo más sabiamente, eludiéndolas. Así es que prefiere ausentarse del ruedo de la Convención durante la lucha y no volver a pisarlo hasta que ésta se haya decidido. Para fundar y justificar su retirada tiene la suerte de que se le presente con oportunidad una excusa honorable: la Convención elige doscientos delegados de su seno para que mantengan el orden en las provincias. Fouché, que no se encuentra bien en la atmósfera volcánica del salón de sesiones, hace todo lo posible por ser uno de los enviados y consigue ser elegido. Se le concede así una tregua. Puede tomar aliento. ¡Que luchen mientras tanto unos con otros, que se aniquilen entre sí haciendo lugar, haciendo sitio, con su apasionamiento, para él, soberbio y ambicioso! ¡Pero ahora, alejarse, evadirse, no tomar partido entre los partidos! Unos meses, unas semanas son mucho en aquellos tiempos en que el reloj del universo corre frenéticamente.

Cuando llegue el momento de volver estará decidida la suerte y entonces podrá situarse tranquilamente y sin peligro al lado del vencedor, en su partido de siempre: en la mayoría.

Se ha estudiado poco la historia provincial de la revolución francesa. Todas las descripciones concentran la atención pasmada en la esfera del reloj de París, donde solo es visible el signo de la hora. Pero el péndulo que regulariza su marcha sostiene su eje en el país y en el ejército. París no es más que la palabra, la iniciativa, el motor; pero el país inmenso es la acción, la fuerza decisiva y continua.

Pronto reconoce la Convención que el tempo revolucionario de la capital y el del país no coinciden. Los lugareños, los habitantes de las aldeas y de las montañas, no piensan con la misma rapidez que las gentes de la capital. Absorben más despacio y con más cuidado las ideas y se las apropian a su manera.

Lo que en la Convención se convierte en ley en una hora, se filtra despacio, gota a gota, por el país, y casi siempre adulterado y diluido por la burocracia realista provincial, por el clero, por los hombres del antiguo régimen. Por eso hay siempre una hora de atraso en las regiones respecto a París. Si gobiernan en la Convención los girondinos, aún elige la provincia realista; cuando los jacobinos triunfan, empieza el acercamiento espiritual de la provincia a la Gironde. Inútiles son contra esto todos los decretos patéticos, pues sólo lenta y tímidamente se abre paso la palabra impresa hasta la Auvergne y la Vendee.

Así acuerda la Convención desplazarse en verbo y presencia activamente a la provincia para avivar el ritmo de la revolución en toda Francia, para dar jaque al tiempo vacilante y casi antirrevolucionario de las comarcas rurales. Elige de su propio seno doscientos delegados que deben representar su voluntad y les da poderes casi ilimitados. Quien lleva la banda tricolor y el sombrero de pluma roja tiene derechos de dictador. Puede cobrar contribuciones, pronunciar sentencias, pedir reclutas, destituir generales; ninguna autoridad puede oponerse al que representa con su persona, santificada simbólicamente, la voluntad de la Convención Nacional íntegra. Su poder es ilimitado, como antaño el de los procónsules de Roma, que llevaron a todos los países sometidos a la voluntad del Senado. Cada uno es un dictador, un soberano, contra cuyo fallo no se puede apelar ni recurrir.

Enorme es el poder de estos embajadores escogidos; pero enorme también su responsabilidad. Dentro de la provincia que se les asigna parece cada uno un rey, un emperador, un autócrata. Pero detrás de su nuca manda su destello siniestro la guillotina. El Comité de Salud pública vigila cada queja y pide implacablemente a cada uno cuentas exactas sobre la administración de los fondos. Contra el que no muestra suficiente energía se aplicaran duras sanciones; quien, por otra parte, se deja arrastrar por una furia excesiva, también ha de esperar su castigo. Si prevalece el terrorismo, toda medida de este género se considerará acertada; si se inclina la balanza hacia la clemencia, se juzgara, en cambio, como improcedente. Señores, en apariencia, de todo un país, son en realidad verdaderos siervos del Comité de Salud pública y están sometidos a la tendencia que rige la hora. Por eso miran de soslayo, con el oído atento a las señales de París. Mientras deciden sobre la vida y la muerte de los demás, han de estar alerta para conservar la propia vida. No es, ni mucho menos, un cargo fácil el que aceptan. Igual que los generales de la revolución ante el enemigo, saben todos que sólo una cosa los salva de la afilada cuchilla: el éxito.

En el momento en que Fouché es enviado como procónsul, se inclina la balanza del lado de los radicales. Así, pues, matiza Fouché su acción en el departamento de la Loire inferieure, en Nantes, Nevers y Moulins, con un tono rabiosamente radical.

Truena contra los moderados, inunda el país con un diluvio de manifiestos, amenaza a los ricos, a los timoratos, de la manera más cruel; pone en pie regimientos enteros de voluntarios bajo presión moral o efectiva y los manda contra el enemigo. En fuerza organizadora, en rápido conocimiento de la situación iguala, por lo menos, a cada uno de sus compañeros; en audacia verbal los supera a todos.

Porque -y esto hay que anotarlo- José Fouché no permanece en un margen de cautela, como los célebres campeones de la revolución, Robespierre y Danton, ante la cuestión de la propiedad eclesiástica y privada, que aquéllos declaran aún respetuosamente «invulnerables». Fouché se traza decididamente un programa radical, socialista y comunista. El primer manifiesto comunista claro de la época moderna no es, por cierto, el célebre de Carlos Marx, ni el «Hessische Landbote», de Jorge Buechner, sino la tan desconocida «Instruction de Lyon», intencionadamente olvidada por la historiografía socialista, y que lleva las firmas de Collot d'Herbois y Fouché, pero que, sin duda alguna, fue redactada sólo por éste. Tal documento enérgico, que en sus postulados se adelanta a su época en cien años -y que es uno de los más sorprendentes de la revolución-, bien merece la pena de ser sacado de la sombra. Aunque pretenda atenuar su significado histórico el hecho de negar desesperadamente más tarde el Duque de Otranto las palabras escritas como simple ciudadano José Fouché, siempre definirán éstas su credo de antaño. Visto como documento de la época, se nos presenta Fouché como el primer socialista verdadero, como el primer comunista de la revolución. Ni Marat ni Chaumette han formulado los más audaces postulados de la revolución francesa, sino José Fouché. Con mayor claridad y agudeza que la mejor descripción, ilumina su texto el retrato espiritual de Fouché; en otras ocasiones -casi siempre - parece desleírse en una zona de penumbra...

Esta «Instruction» comienza audazmente con una declaración de infalibilidad justificativa de todas las osadías: «Todo les está permitido a los que actúan en nombre de la República. Quien se excede en cumplirlas, quien aparentemente pasa del límite, aún puede decirse que no ha llegado al fin ideal. Mientras quede sobre la tierra un solo desgraciado, debe proseguir el avance de la libertad».

Después de este preludio enérgico, en cierto sentido ya maximalista, de Fouché, la siguiente definición del espíritu revolucionario: «La revolución esta hecha para el pueblo; pero no hay que entender por pueblo esa clase privilegiada, por su riqueza, que ha acaparado todos los goces de la vida y todos los bienes de la sociedad. El pueblo es únicamente la totalidad de los ciudadanos franceses, sobre todo esa clase social infinita de los proletarios que defienden las fronteras de nuestra patria y que sustentan a la sociedad con su trabajo. La revolución sería un absurdo político y moral si no se ocupara mas que del bienestar de unos cuantos cientos de individuos y dejara perdurar la miseria de veinticuatro millones de seres. Por eso sería un engaño afrentoso a la Humanidad el pretender hablar siempre en nombre de la igualdad, mientras separa aún a los hombres desigualdades tan tremendas en el bienestar». Después de estas palabras introductivas desarrolla Fouché su teoría preferida: que el rico, mauvais riche, no será nunca un verdadero revolucionario, nunca un republicano leal; que toda revolución, nada mas que burguesa, que deje persistir las diferencias de bienes, tendría que volver a degenerar inevitablemente en una nueva tiranía, «porque los ricos se tendrían siempre por otra clase de seres». Por eso exige Fouché del pueblo la energía más extremada y completa, la revolución integral. «No os engañéis: para ser un verdadero republicano, tiene que sufrir cada ciudadano en sí mismo una revolución parecida a la que ha cambiado la faz de Francia. No puede quedar nada común entre los vasallos de los tiranos y los habitantes de un país libre. Por eso tienen que ser completamente nuevas todas sus obras, sus sentimientos y sus costumbres. Estáis oprimidos y debéis aniquilar a vuestros opresores; habéis sido esclavos de la superstición eclesiástica, y no debéis tener otro culto que el de la Libertad... Todo el que permanece al margen de este entusiasmo, que conoce alegrías y tribulaciones ajenas a la felicidad del pueblo, abre su alma a intereses fríos, calcula lo que rentará su honor, su posición y su talento, y se aparta así por un momento del bien general; todo aquel cuya sangre no arde vindicadora ante la opresión y la opulencia; todo el que tenga una lágrima de compasión para un enemigo del pueblo, y el que no guarda toda la fuerza de su sentimiento para los mártires de la Libertad, todos estos mienten, si se atreven a llamarse republicanos. Que abandonen el país, si no quieren que se los desenmascare y que su sangre impura riegue el suelo de la Libertad. La República no quiere en su seno mas que seres libres, está dispuesta a aniquilar a los demás, y no reconoce como hijos sino a los que quieren vivir, luchar y morir por ella.» En el tercer párrafo de esta instrucción se convierte la confesión revolucionaria en un manifiesto comunista desnudo y franco (el primero explicito de 1793): «Todo el que posea más de lo indispensable ha de contribuir con una cuota igual al exceso a los grandes requerimientos de la patria. De modo que habéis de averiguar, de manera generosa y verdaderamente revolucionaria, cuanto tiene que desembolsar cada uno para la causa pública. No se trata aquí de la averiguación matemática, ni tampoco del método vacilante que en otros casos se emplea en la repartición de contribuciones; esta medida especial tiene que llevar el carácter de las circunstancias. Obrad, pues, generosamente y con audacia: quitadle a cada ciudadano lo que no necesite, pues lo superfluo es una violación patente de los derechos del pueblo. Todo lo que tiene un individuo mas allá de sus necesidades no lo puede utilizar de otra manera que abusando de ello. No dejarle, pues, sino lo estrictamente necesario; el resto pertenece íntegro, durante la guerra, a la República y a sus ejércitos».

Expresamente acentúa Fouché en este manifiesto que no hay que contentarse solamente con el dinero. «Todos los objetos -continua- que se poseen en demasía y que puedan ser útiles a los defensores del país, los pide ahora la patria. Así hay gentes que tienen increíble abundancia en telas de hilo y camisas, en pañuelos y zapatos. Todas estas cosas tienen que ser objeto de la requisa revolucionaria.» Igualmente pide la entrega del oro y de la plata, de los métaux vils et corrupteurs, que desprecia el verdadero republicano, al tesoro nacional, para que allí «les sea acuñada la efigie de la República, y purificados por el fuego sirvan solamente a la Comunidad. No necesitamos sino acero y hierro, y la República triunfara». El llamamiento termina con una tremenda apelación a la violencia: «Administraremos con todo rigor la autoridad que nos ha sido encomendada, consideraremos y castigaremos como actos malvados todo lo que, bajo otra circunstancia, se llame descuido, debilidad y lentitud. Pasó la época de las decisiones tibias y de las consideraciones. ¡Ayudadnos a dar los golpes implacables o estos golpes caerán sobre vosotros mismos! ¡La libertad o la muerte! Podéis elegir».

La teoría de este documento nos da ya una idea de cómo será el procónsul José Fouché en el desempeño de sus funciones.

En el departamento de la Loire inférieure, en Nantes, Nevers y Moulins, se atreve a la lucha contra las mas fuertes potencias de Francia, ante las cuales se habían retraído prudentemente el mismo Robespierre y Danton: contra la propiedad privada y contra la Iglesia. Obra rápida y decididamente en sentido de la Egalisation des fortunes, con la invención del llamado «Comité filantrópico», al que habían de enviar los propietarios voluntariamente sus dádivas, según la fórmula. Pero para evitar confusiones, agrega de antemano la suave encomienda de que «si el rico» no hace uso «de su derecho, mostrándose propicio al régimen de la Libertad, tiene la República, por su parte, el derecho de apoderarse de su fortuna». No tolera el menor exceso en el uso de los bienes, y delimita enérgicamente el concepto de lo superflu. «El republicano sólo necesita hierro, pan y cuarenta escudos de renta.» Fouché saca los caballos de las cuadras, la harina de los sacos; hace responsables con la vida a los mismos arrendatarios, para que no se queden atrás en su prescripción; hace obligatorio el pan de guerra -como en la Guerra Europea el pan único- y prohíbe terminantemente el pan blanco de lujo. Semanalmente pone en pie cinco mil reclutas, equipados con caballos, calzado, ropa y fusiles; utiliza la violencia para poner en marcha las fábricas y todo obedece a su energía férrea. El dinero afluye con las contribuciones, impuestos y dádivas, entregas y tributos. Escribe así orgulloso a la Convención después de dos meses de actividad: On rougit ici d'etre riches «Aquí da rubor ser rico.» Pero, en verdad, debió decir: «Aquí da temblor ser rico.» Al mismo tiempo que como radical y comunista, se revela José Fouché (el futuro multimillonario Duque de Otranto, que se casara en segundas nupcias por la iglesia, piadosamente, bajo el patronato de un rey) como el más feroz y fanático enemigo del cristianismo. «Este culto hipócrita tiene que ser reemplazado por la creencia en la República y en la moral», truena en su carta flamante... Y caen como rayos ardientes las primeras disposiciones contra las iglesias y las catedrales. Ley sobre ley, decreto sobre decreto: «Ningún sacerdote podrá llevar los hábitos fuera del lugar destinado al culto», se le quitaran todos los Privilegios, pues «ya es tiempo -argumenta- de que vuelva esta clase altanera a la pureza del cristianismo primitivo y se reintegre al estado civil». No le basta a José Fouché con ser la cabeza del poder militar, con ser el más alto funcionario de la justicia, dictador autónomo de la administración; se apodera también de todas las facultades eclesiásticas. Suprime el celibato, ordena a los sacerdotes que se casen en el plazo de un mes o que adopten un niño; concierta matrimonios y los divorcia en la plaza pública. Sube al púlpito (del que han sido quitadas cuidadosamente todas las cruces y efigies religiosas) y pronuncia sermones ateístas, en los que niega la inmortalidad y la existencia de Dios. Las ceremonias de entierro cristianas son suprimidas, y como único consuelo se graba en los cementerios la inscripción: «La muerte es un sueño eterno». El nuevo papa introduce en Nevers -dando a su hija el nombre de «Nievre», según la nominación del departamento-, por primera vez en el país, el bautismo civil. Hace salir a la guardia nacional con tambores y música, y en la plaza pública, sin intervención eclesiástica, bautiza a la niña y le da nombre. En Moulins, precediendo a caballo a un pelotón por toda la capital, con un martillo en la mano, va destruyendo cruces y crucifijos, imágenes de santos, símbolos «vergonzosos» del fanatismo. Con las mitras y los paños del altar robados forman una hoguera, y mientras arden en pompa, danza la plebe en torno de este auto de fe ateístico. Pero ensañarse únicamente en objetos muertos, contra figuras de piedra indefensas y contra cruces frágiles, hubiera sido para Fouché un triunfo a medias. El verdadero triunfo lo consigue cuando logra con su elocuencia que el cardenal Frangois Laurent arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, y le siguen, entusiasmados con este ejemplo, treinta sacerdotes, alcanzando un éxito que se propaga como un reguero de pólvora por todo el país. Así puede vanagloriarse con orgullo ante sus colegas ateístas de haber acabado con el fanatismo y de haber aniquilado tanto el cristianismo como la riqueza en el territorio a él confiado.

¡Se diría que se trata de los hechos de un loco, del fanatismo desatentado de un ente fantástico! Pero José Fouché sigue siendo el frío calculador de siempre, el realista impasible, tras estos fingidos apasionamientos. Sabe que debe cuentas a la Convención, sabe que las frases patrióticas y las cartas han bajado de valor y que para suscitar admiración hay que hablar con el lenguaje positivo de las monedas sonantes. Y envía, mientras los regimientos levantados marchan hacia la frontera, todo el producto del saqueo de las iglesias a París. Cajones y cajones son llevados a la Convención llenos de custodias de oro, de velones de plata rotos y fundidos, crucifijos y joyas de metales preciosos y pedrerías. Sabe que la República necesita, ante todo, dinero, riquezas, y él es el primero, el único que envía desde la provincia botín tan elocuente a los diputados, que al principio se asombran de esta nueva energía, aplaudiéndole luego frenéticamente. Desde este momento se conoce en la Convención el nombre Fouché como el de un hombre férreo, como el más intrépido, el mas violento republicano de la República.

Cuando vuelve José Fouché de sus misiones a la Convención, ya no es el pequeño y desconocido diputado de 1792. A un hombre que levantó diez mil reclutas, que saca de las provincias cien mil francos de oro, mil doscientas libras en metálico, mil barras de plata, sin utilizar ni una sola vez el rasoir national, la guillotina, no le puede negar la Convención verdadera admiración Pour sa vigilance, por «su celo». El ultrajacobino Chaumette pública un himno a sus hazañas. «El ciudadano Fouché -escribe-ha realizado los milagros que acabo de contar. Ha honrado a la vejez, ayudado a los débiles, respetado la desgracia, destruido el fanatismo y aniquilado el federalismo. Ha vuelto a poner en marcha la fabricación de hierro, ha arrestado a los sospechosos, ha castigado ejemplarmente los crímenes, ha perseguido y encarcelado a los explotadores.» Un año después de haberse sentado cauteloso y titubeante en los bancos de los moderados, pas a ya Fouché por el mas radical de los radicales. Y ahora, cuando la sublevación de Lyon requiere el hombre sin miramientos ni escrúpulos, el hombre capaz de llevar a cabo el edicto mas terrible que invento jamás una revolución, ¿quien mas indicado que Fouché? «Los servicios que has prestado hasta ahora a la revolución -decreta la Convención en su lenguaje pomposo - son garantía de los que has de prestar aún. En ti está el volver a encender en la Ville Affranchie (Lyon) el fuego agonizante del espíritu ciudadano. ¡Concluye la revolución, termina la guerra de los aristócratas y que caigan sobre ellos y los aniquilen las ruinas que pretende levantar aquel Poder destruido!» Y con esta figura de vengador y asolador, como el Mitrailleur de Lyon, entra José Fouché -el que ha de ser mas tarde multimillonario y Duque de Otranto- por primera vez en la Historia.

 

CAPÍTULO II

EL MITRAILLEUR DE LYON

(1793)

En los anales de la revolución francesa rara vez se abre una página sangrienta como la de la sublevación de Lyon, y, sin embargo, en ninguna capital, ni aún en París, se ha destacado el contraste social tan claramente como en esta patria de la fabricación de la seda, primera capital de industria de la entonces aún burguesa y agraria Francia. Allí forman los obreros, en medio de la revolución de 1792, por primera vez, una masa proletaria visible, rígidamente separada de los fabricantes, realistas y capitalistas. No es un milagro que tomen los conflictos, precisamente sobre este suelo ardiente, las formas más sangrientas y fantásticas, tanto en la reacción como en la revolución.

Los partidarios de los jacobinos, las masas de los obreros y de los sin trabajo se agrupan alrededor de uno de esos hombres singulares que surgen a la superficie en todas las transformaciones mundiales, uno de esos seres puros, idealistas y creyentes, que suelen causar con su fe más mal y derramar más sangre con su idealismo, que los más brutales políticos y los más feroces tiranos. Siempre será precisamente el hombre puro, religioso, extático, el reformador, quien, con la intención más noble, dará motivo a asesinatos y desgracias que él mismo detesta. En Lyon se llamo Chalier, un sacerdote escapado y antiguo comerciante, para el que la revolución significo otra vez el cristianismo auténtico y verdadero, entregándose a ella con amor desinteresado y supersticioso. La elevación de la Humanidad a un nivel de razón e igualdad significó, para este lector apasionado de Juan Jacobo Rousseau, la realización en la tierra del reino milenario. Su filantropía ardiente y fanática ve en la conflagración general la aurora de una Humanidad nueva y eterna. Es un idealista conmovedor; cuando cae la Bastilla coge en sus manos una piedra del baluarte y, cargado con ella seis días y seis noches, la lleva de París a Lyon, donde la utiliza de ara para un altar. Venera como a un dios a Marat, a este libelista de sangre ardiente, férvido, en el que ve una nueva Pythisa.

Aprende sus discursos escritos de memoria y arrebata con sus sermones, místicos e infantiles, a los obreros de Lyon.

Instintivamente ve el pueblo en él una caridad ardiente y comprensiva. Por otra parte, los reaccionarios de Lyon comprenden que es mucho más peligroso un hombre tan puramente poseído por el espíritu visionario rayando en las fronteras de la locura, rebosante de amor al prójimo, que los más estrepitosos y rebeldes jacobinos. En él se concentra todo el amor y contra él va todo el odio. Y al primer motín encierran en la cárcel, como presunto caudillo de los revoltosos a este idealista neurasténico y un poco ridículo. Se logra achacarle una carta falsificada que le compromete, para fundamentar una denuncia en virtud de la cual se le condena a muerte, para escarmiento de radicales y como reto a la Convención de París. Inútilmente la Convención, indignada, en vía mensajero tras mensajero a Lyon para salvar a Chalier, y amonesta, exige y amenaza al magistrado insubordinado. La municipalidad de Lyon rehusa toda intervención con arrogancia, decidida a enseñar los dientes a los terroristas de París. Hacía tiempo que habían recibido con repugnancia la guillotina, el instrumento del terror. Sin servirse de él, lo tuvieron metido en un granero hasta este momento, en el que se preparan a dar una lección a los paladines del sistema terrorista, estrenando el «filantrópico» artefacto en la cabeza de un revolucionario. Y precisamente por la falta de uso de la maquina siniestra, y también por la torpeza del verdugo, se convierte la ejecución de Chalier en cruel e infame suplicio. Tres veces cae el filo romo de la cuchilla sin decapitar al reo. El pueblo contempla horrorizado el cuerpo atado y ensangrentado de su caudillo retorcerse aún con vida, en cruenta tortura, hasta que el verdugo, compadecido, remata la obra de la enmohecida guillotina con un golpe certero de su sable. ¡Pero esta cabeza atormentada, cruelmente lacerada, será Palladium de vindicta para la revolución y cabeza de Medusa para sus asesinos! Produce verdadero espanto en la Convención la noticia de este crimen. ¿Cómo se atreve una ciudad francesa sola a hacer franca resistencia a la Asamblea Nacional? Había que ahogar en sangre la insolente provocación. Pero el Gobierno de Lyon sabe muy bien lo que le espera, y de la resistencia pasa abiertamente a la rebelión contra la Asamblea Nacional. Levanta tropas y prepara las obras defensivas necesarias para oponerse por la fuerza al ejército republicano.

Las armas decidirán entre Lyon y París, entre reacción y revolución.

Es lógico que una guerra civil se considere en este momento como un verdadero suicidio para la joven República, pues jamás fue una situación más peligrosa y más desesperada. Los ingleses habían tomado Tolón, saqueado la flota y el arsenal y amenazaban a Dunquerque, mientras que, por otra parte, avanzaban los prusianos y los austriacos en el Rin y estaba en llamas la Vendée. La contienda y la rebelión conmueven a la República de una a otra frontera. Pero son los días heroicos de la Convención francesa. Impulsada por un instinto siniestro, de predestinación, decide responder al peligro con el reto como mejor manera de combatirlo, y así rehúsan los jefes, después de la muerte de Chalier, todo pacto con sus verdugos. Potius mori quam foedari, «Mejor sucumbir que pactar», mejor otra guerra sobre las siete guerras que se hacían, que una paz síntoma de flaqueza. Y este irresistible ímpetu de la desesperación, esta pasión ilógica, furiosa, salvó a la revolución francesa lo mismo que a la rusa (amenazada en el exterior por los ingleses y los mercenarios de todo el mundo, en el interior por las legiones de Wrangel, de Denikin y de Koltschak) en el momento de mayor peligro. No les vale a los habitantes de Lyon echarse francamente en brazos de los realistas y confiar el mando de sus tropas a un general del Rey. De las granjas y de los suburbios surgen aludes de soldados proletarios, y el 9 de octubre las tropas republicanas conquistan la segunda capital de Francia. Este día es acaso el mas espléndido de la revolución francesa. Cuando en la Convención se levanta solemne el Presidente de su asiento y comunica la capitulación definitiva de Lyon, saltan los diputados de sus asientos y se abrazan de alegría; por un momento parece terminada toda discordia. La República esta salvada; ha dado un magnífico ejemplo a todo el país, a todo el mundo, de la fuerza iracunda, de la pujanza irresistible del ejército popular republicano. Pero fatalmente arrastra a los vencedores el orgullo de la propia bravura a una soberbia incontenible, a un trágico deseo de convertir el triunfo en terror.

Terrible, como el ímpetu de la victoria, ha de ser ahora la venganza contra los vencidos. «Hay que dar un escarmiento ejemplar, hay que hacer ver que la República francesa, que la joven revolución, reserva el más duro castigo para aquellos que se levantan contra ella». Y así se rebaja ante el mundo entero la Convención, defensora de la Humanidad, con un decreto cuya pauta histórica parece dada por los Califas y por Barbarroja con su vandálica devastación de Milán. El 12 de octubre propone el Presidente de la Convención el documento tremendo en que se pide nada menos que la destrucción de la segunda capital de Francia. Este decreto, poco conocido, dice textualmente: «1.º La Convención Nacional nombra, a propuesta del Comité de Salud pública, un Comité especial de cinco miembros para castigar sin demora, militarmente, la contrarrevolución de Lyon.

»2.º Todos los habitantes de Lyon serán desarmados y sus armas entregadas a los defensores de la República.

»3.º Parte de ellas serán entregadas a los patriotas que fueron oprimidos por los ricos y contrarrevolucionarios.

»4.º La ciudad de Lyon será devastada. Toda la parte habitada por los ricos será destruida; quedarán en pie las casas de los pobres, las viviendas de los patriotas asesinados o proscritos, los edificios industriales y los que sirven para fines benéficos y educativos.

»5.º El nombre de Lyon será borrado del índice de ciudades de la República. En adelante llevara el conjunto de casas que queden en pie el nombre de Ville Affranchie.

»6.º Sobre las ruinas de Lyon se erigirá una columna que anuncie a la posteridad los crímenes y el castigo de la ciudad realista, y que llevará esta inscripción: Lyon hizo la guerra contra la Libertad. Lyon no existe.» Nadie se atreve a protestar contra esta petición delirante de convertir la segunda capital de Francia en un montón de escombros. Se acabó el valor cívico en el seno de la Convención francesa desde que la guillotina brilla amenazante sobre las cabezas de los que se atreven a susurrar tan sólo palabras de clemencia o compasión. Atemorizada del propio terror, del terror por ella impuesto, aprueba unánimemente la Convención el decreto vandálico y confía su ejecución a Couthon, el amigo de Robespierre.

Couthon, el antecesor de Fouché, reconoce enseguida el desatino, el suicidio que significa demoler voluntariamente, por un gesto amedrentador, la capital industrial de Francia y sus monumentos de arte. Desde el primer momento está decidido interiormente a eludir el cumplimiento de su misión. Mas para ello es indispensable adoptar una actitud de hipocresía llena de prudencia. Por eso vela Couthon su designio secreto de respetar la ciudad elogiando de primera intención desmesuradamente el disparatado decreto de total demolición. «¡Colegas ciudadanos- exclama-, la lectura de vuestro decreto nos ha llenado de admiración! Sí; es preciso que la ciudad sea devastada para que sirva, de ejemplo a las que pudieran llevar su atrevimiento a levantarse contra la Patria. Entre todas las medidas grandes y fuertes que ha ordenado hasta ahora la Convención Nacional, faltaba una, a la que no se había llegado: la de la destrucción total; pero estad tranquilos, Colegas, ciudadanos, y asegurad a la Convención Nacional que sus principios son los nuestros y sus decretos serán ejecutados al pie de la letra.» Aunque recibe Couthon su encomienda con palabras de panegírico, no piensa, en verdad, llevarla a cabo. Se contenta con preparativos teatrales. Inválido de las dos piernas por una parálisis temprana, pero de espíritu inquebrantablemente resuelto, se hace conducir en una litera a la plaza de Lyon, designa con un martillo de plata simbólicamente las casas que han de ser derribadas y anuncia la institución de terribles tribunales de vindicta. Con esto se calman los espíritus más fogosos. En realidad, con el pretexto de la falta de obreros, se emplean sólo un par de mujeres y niños que, «pro forma», dan algunos golpes indolentes de pico en las casas. Y sólo se llevan a cabo contadas ejecuciones.

La ciudad respira, sorprendida por tan inesperada clemencia tras decretos tan fulminantes; pero los terroristas están alerta, se dan cuenta poco a poco de los propósitos benévolos de Couthon e instigan a la Convención a la violencia. La cabeza destrozada y sangrienta de Chalier es llevada a París como reliquia, presentada con gran solemnidad a la Convención y expuesta en Notre Dame con el fin de excitar al pueblo. Cada vez con mayor impaciencia se lanzan nuevos requerimientos contra el cunctátor Couthon. Se dice de él que es excesivamente flexible, indolente, demasiado tímido. En fin, que no es el hombre capaz de llevar a cabo venganza tan ejemplar. Hace falta un revolucionario verdadero, dispuesto a todo, digno de la confianza que se le otorga; un hombre que no se asuste de la sangre y que se arriesgue: un hombre de acero. Por fin cede la Convención a tan ruidosas demandas y envía como verdugo de la ciudad desdichada, en el lugar del excesivamente blando Couthon, a los mas decididos de sus tribunos: al vehemente Collot d'Herbois (del que circula la leyenda de que, por haber recibido una rechifla como actor en Lyon, es el verdadero hombre para castigar a sus habitantes) y al más radical de los procónsules, al más calificado de los jacobinos y ultraterroristas, a José Fouché.

¿Se trata, en el caso de Fouché, designado de la noche a la mañana por la obra asesina, de un verdadero verdugo, de «un ebrio de sangre», como se llamaba a los campeones del terror? Si atendemos a sus palabras, ciertamente. Ningún procónsul se ha conducido en su provincia con mayor energía, con mayor espíritu revolucionario, con mayor radicalismo que José Fouché. Nadie ha requisado con menos miramientos, nadie ha realizado más concienzudamente el saqueo de las iglesias ni ha hecho desembolsar las fortunas y estrangulado toda resistencia con mayor eficacia. Pero, cosa muy característica en él: únicamente con palabras, con órdenes e intimidaciones, ha instituido el terror. En las semanas que duró su poder en Nevers, Clamecy, no corre ni una gota de sangre. Mientras cruje en París la guillotina como una máquina de coser, mientras Carrier ahoga en Nantes, arrojándolos al Loire, a centenares de sospechosos; mientras que todo el país tiembla de fusilamientos, crímenes y persecuciones, no tiene Fouché en su distrito una sola ejecución sobre la conciencia. Conoce muy bien -es el leitmotiv de su psicología- la cobardía de las gentes; sabe que un gesto feroz y un ademán de terror ahorran casi siempre el terror mismo. Y cuando más tarde, en lo más florido de la reacción, se levantan acusadoras las provincias contra sus sojuzgadores, no puede formular el distrito de Fouché en contra suya otra acusación que la de la amenaza de muerte; pero de una ejecución efectiva, no puede acusarle nadie. Vemos, pues, que Fouché, designado ahora como verdugo de Lyon, no tiene inclinaciones cruentas. En este hombre frío, sin sensualidad; en este calculador, en este malabarista mental, hay más de zorro que de tigre. No necesita el vaho de la sangre para excitar sus nervios. Gesticula rabioso, pero sin fiebre interior, con palabras de amenaza, jamás pedirá ejecuciones por el placer de asesinar, por monomanía de mando. Obedeciendo al instinto y a la prudencia -no por humanidad-, respeta la vida de los demás mientras no peligra la suya.

Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; si n tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. Desmoulins Pide frenético desde su pupitre burocrático el tribunal para los girondinos. Pero más tarde, cuando, sentado en la sala de justicia, oye caer la palabra «muerte» sobre los veintidós hombres que él mismo ha arrastrado ante los jueces, salta del asiento con palidez mortal, trémulo, se precipita fuera de la sala lleno de desesperación; ¡no, no es eso lo que él quería! Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llego a gritar estas palabras de desesperación con el alma atribulada: «Ser guillotinado antes que guillotinar». Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones.

Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dió en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios, no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana. Si, pues, José Fouché llega a ser en Lyon el verdugo de las masas, no será por pasión republicana (no conoce él ninguna pasión), sino únicamente por miedo de caer en desgracia como moderado. Pero no deciden en la Historia los pensamientos, sino los hechos, y aunque se haya defendido mil veces contra la expresión del mitrailleur de Lyon, quedará ya estigmatizado como tal. Y ni la capa ducal podrá ocultar las huellas de sangre de sus manos.

El 7 de noviembre llega Collot d'Herbois a Lyon y el 10 llega José Fouché. Inician sus trabajos inmediatamente. Pero antes de la verdadera tragedia ponen en escena, entre el excómico y el exsacerdote, una breve comedia satánica que constituye tal vez la más cínica y provocativa de la revolución francesa: una especie de misa negra en pleno día. Los funerales por el mártir de la Libertad, Chalier, sirven de pretexto para esta desenfrenada orgía ateísta. Como preludio, a las ocho de la mañana se arrancan de las iglesias las últimas insignias religiosas; los crucifijos caen de los altares; se las despoja de pafíos y casullas. Se organiza después una procesión imponente por toda la ciudad hacia la plaza de Terraux. Cuatro jacobinos llegados de París llevan en una litera, cubierta con tapices tricolores, el busto de Chalier materialmente cubierto de flores. Al lado, una urna con sus cenizas y, en una pequeña jaula, una paloma que consoló, según se dice, al mártir en la prisión. Solemnes y graves caminan detrás de la litera los tres procónsules, en servicio del culto nuevo que debe mostrar al pueblo de Lyon pomposamente la deidad del mártir de la Libertad, Chalier, el dieu sauveur mort pour eux. Pero esta ceremonia patética, de por sí ya desagradable, se rebaja aún con otros estúpidos excesos del peor gusto: una horda estrepitosa arrastra, en triunfo, entre danzas salvajes, cálices, custodias e imágenes de santos; detrás trota un burro, al que han puesto artísticamente sobre las orejas una mitra cardenalicia y que lleva atado al rabo un crucifijo y una Biblia. ¡Así se arrastra el Evangelio, para risa de la chusma alborotada, colgado de la cola de un pobre asno, por el lodo de la calle! El son de trompetas marciales ordena alto. En la gran Plaza, donde se ha erigido un altar de ramaje, se coloca solemnemente el busto de Chalier y la urna, y los tres representantes del pueblo se inclinan respetuosamente ante el nuevo santo. Primeramente perora Collot d'Herbois con la rutina del actor; luego habla Fouché. Quien supo callar tan tenazmente en la Convención, ha recobrado de pronto su voz y lanza su declaración desmesurada sobre el busto de yeso: «Chalier, Chalier, no existes ya. Los asesinos te han inmolado a ti, mártir de la Libertad; pero sus propias sangres serán el único sacrificio capaz de apaciguar tu espíritu airado. ¡Chalier! ¡Chalier! Juramos ante tu efigie vengar tu martirio; sangre de aristócratas te servirá de incienso». El tercer delegado del pueblo, menos elocuente que el futuro aristócrata, que el futuro Duque de Otranto, besa la frente del busto y grita estentóreamente en medio de la Plaza: «¡Muerte a los aristócratas!» Después del triple homenaje se hace una gran hoguera. Muy serio ve el hace poco aún tonsurado José Fouché, con sus dos colegas, como es desatado el Evangelio del rabo del burro y echado al fuego, convirtiéndose en humo en medio de las llamas que devoran pafíos de iglesia, misales, hostias e imágenes santas. Luego se hace beber al infeliz cuadrúpedo en un cáliz consagrado como premio a sus servicios, y, como final de acto de tan pésimo gusto, los cuatro jacobinos llevan a hombros el busto de Chalier a la iglesia, donde es colocado solemnemente en el lugar del Cristo derribado. Para eterna memoria del solemne festejo, se acuña, en los días sucesivos, una moneda conmemorativa, de la que no se encuentran ejemplares, tal vez porque el que fue después Duque de Otranto adquirió todas las existencias y las hizo desaparecer, lo mismo que los libros que describían demasiado claramente las ferocidades brutales de su época ultrajacobina y ateísta. Tenía él buena memoria; pero no quería, sin duda, que los demás pudieran recordarle la misa negra de Lyon y todos los demás excesos: hubiera sido demasiado violento y desagradable para Son Excellence Monseígneur le Sénateur Ministre de un cristianísimo rey.

Por repugnante que sea este primer día de José Fouché en Lyon, no hay, sin embargo, en él más que farsa y mascarada banal: aún no ha corrido la sangre. Pero al día siguiente se recluyen los cónsules inaccesibles en una casa apartada, guardada por centinelas armados, defendida de intrusos, con la puerta simbólicamente cerrada a toda clemencia, a todo ruego, a toda tolerancia. Se constituye un tribunal revolucionario, y de l a tremenda noche de San Bartolomé que preparan estos monarcas del pueblo que se llaman Fouché y Collot puede darnos una idea la carta que dirigen a la Convención: «Cumplimos -escriben nuestra misión con la energía de republicanos puros y no descenderemos de la altura en que nos ha colocado el pueblo para ocuparnos de los miserables intereses de unas cuantas personas más o menos culpables. Hemos apartado a todo el mundo de nosotros porque no tenemos tiempo que perder ni favores que otorgar. Sólo tenemos presente a la República, que nos ordena una acción ejemplar, una lección diáfana y evidente. No oímos sino el grito del pueblo que pide venganza por la sangre vertida de los patriotas, venganza rápida y tremenda, para que la Humanidad no vuelva a verla correr. Convencidos de que en esta ciudad infame no hay más inocentes que los oprimidos por los asesinos, los encerrados por ellos en los calabozos, mantenemos nuestra desconfianza ante las lágrimas del arrepentimiento. Nada podrá desarmar nuestra severidad. Hemos de confesarlo, colegas ciudadanos: consideramos la benevolencia como debilidad peligrosa, apropiada tan sólo para volver a encender esperanzas criminales en el momento preciso en que hay que apagarlas para siempre. Tratar a un sólo individuo con benevolencia nos obligaría a seguir la misma conducta con todos, haciendo con ello ineficaz el éxito de nuestra justicia. Se trabaja demasiado despacio en las demoliciones: la impaciencia republicana requiere medios mas rápidos, como la explosión de las minas, la acción devastadora de las llamas... Medios que pongan en evidencia el poder del pueblo. Su voluntad no debe ser considerada como la de los tiranos: ha de producir el efecto de una tempestad».

La tempestad descarga, como anuncia el programa, el 4 de diciembre, y su eco, terrible, rueda pronto por toda Francia. De madrugada son sacados sesenta jóvenes de la prisión, atados de dos en dos. No se los lleva a la guillotina, que, según las palabras de Fouché, trabaja «demasiado despacio», sino afuera, al llano de Brotteaux, al otro lado del Rodano. Dos fosas paralelas, cavadas deprisa, dejan prever ya a las víctimas su suerte. Los cañones, colocados a diez pasos de ellos, indican siniestramente el método de la matanza colectiva. Se amontona y ata a los indefensos en un pelotón de desesperación humana que chilla, se estremece, llora, enloquece y resiste inútilmente. Una voz de mando y las bocas de los cañones, tan próximas que el aliento las roza, truenan mortíferas, vomitando plomo sobre la masa humana, sacudida por el miedo. La primera descarga no acaba con todas las víctimas: a algunas sólo les ha sido arrancado un brazo o una pierna, otras enseñan los intestinos y aún queda alguna ilesa. Y mientras la sangre fluye en fuentes a las fosas, se oye una nueva orden y carga la caballería con sables y pistolas sobre los que quedan, entrando a tiro y sablazos en medio de este rebaño humano que se estremece, gime y grita, sin poder huir, hasta que se acaba la última voz agonizante. Como premio por la matanza, se les permite a los verdugos despojar a los sesenta cadáveres aún calientes, de ropas y calzados, antes de enterrarlos desnudos y destrozados en las fosas.

Esta es la primera de las célebres mitraíllades de José Fouché, del que más tarde fue ministro de un cristianísimo rey, que se muestra orgulloso de su obra a la mañana siguiente en una encendida proclama: «Los representantes del pueblo proseguirán fríamente la misión a ellos encomendada. El pueblo ha puesto en sus manos el rayo de su venganza y no ha de abandonarlo hasta que hayan perecido todos los enemigos de la Libertad. No les importará pasar sobre hileras interminables de tumbas de conspiradores para llegar, a través de ruinas, a la felicidad de la nación y a la renovación del mundo». Aún el mismo día se confirma criminalmente este triste «valor» por los cañones de Brotteaux, y en un rebaño humano aún más numeroso. Esta vez son doscientas diez las víctimas conducidas, con las manos atadas a la espalda, y tendidas a los pocos minutos por el plomo de la metralla y por las descargas de la infantería. La operación es la misma que la primera vez, sólo que se facilita la incómoda tarea a los verdugos no obligándolos, tras la penosa matanza, a ser además los sepultureros de sus víctimas. ¿A qué abrir tumbas para estos malvados? Se les quitan los zapatos ensangrentados de los pies rígidos y se arrojan sencillamente los cadáveres desnudos, palpitantes algunos, a las aguas movidas del Ródano, que les sirven de tumba.

Pero aún pretende Fouché velar este horror, cuyo vaho repugnante se extiende por todo el país, con la capa apaciguadora de palabras de himno. Que el Rodano se envenene con estos cadáveres desnudos le parece un acto político de alabanza, porque llegaran flotando a Tolón, prestando allí testimonio palpable de la venganza republicana inflexible y tremenda. «Es necesario -escribe- que los cadáveres ensangrentados que hemos arrojado al Rodano naveguen a lo largo de sus orillas y lleguen a su desembocadura en el infame Tolón, para que intensifiquen ante los ojos de los cobardes y crueles ingleses la impresión de horror y la sensación del poder del pueblo.» En Lyon, claro está, ya no es necesaria una intensificación tal, pues las ejecuciones y las matanzas se siguen sin interrupción. Para celebrar la conquista de Tolón, que acoge Fouché con «lágrimas de alegría», arrastra «doscientos rebeldes ante los cañones». Inútiles son todos los llamamientos a la clemencia. Dos mujeres que habían implorado compasión excesiva por la libertad de sus maridos ante el tribunal de sangre, son atadas al lado de la guillotina. Nadie puede llegar ni a las cercanías de la casa de los delegados para pedir moderación. Pero tanto como las detonaciones de los fusiles, truenan las palabras de los procónsules: «Sí, nos atrevemos a decirlo, hemos vertido mucha sangre impura; pero únicamente por humanidad y por deber... No dejaremos el rayo que habéis puesto en nuestras manos hasta que no lo manifestéis por vuestra voluntad. Hasta entonces seguiremos sin interrupción la lucha contra nuestros enemigos de la manera más radical, terrible y rápida, hasta aniquilarlos».

Mil seiscientas ejecuciones en pocas semanas dan fe de que, por una vez, José Fouché dijo la verdad.

Con la organización de estas carnicerías y las comunicaciones llenas de alabanza propia, no olvidan José Fouché y sus colegas otro triste encargo de la Convención; ya el primer día hicieron llegar a París la queja de que la demolición ordenada se llevaba a cabo, bajo su antecesor, «demasiado despacio». «Ahora -escriben- las minas aligerarán la obra de destrucción. Ya han comenzado a trabajar los zapadores y dentro de dos días volaran los edificios de Bellecour.» Estas fachadas célebres, comenzadas bajo Luis XIV, obras de un discípulo de Mansard, por ser las más bellas, fueron las primeras condenadas a la demolición. Con brutalidad son expulsados los moradores de esta fila de casas y se da ocupación a centenares de hombres y mujeres sin trabajo, que en unas semanas de insensato derribo destruyen las magníficas obras de arte. La desdichada ciudad está llena de suspiros y quejas, de cañonazos y de muros que se derrumban; mientras que el comité de justice se dedica a tumbar hombres y el comité de démolition a derribar casas, lleva a cabo el comité des substances una implacable requisa de víveres, telas y objetos de arte. Se hacen los registros casa por casa, desde el sótano hasta el tejado, en busca de personas escondidas y de joyas; nada se libra del terror de Fouché y Collot, los dos hombres que, invisibles e infranqueables, protegidos por centinelas, viven ocultos en una casa inaccesible. Se han demolido los palacios más bellos; están medio vacías las cárceles -aunque vuelvan a llenarse constantemente-, saqueados los comercios, regados con la sangre de mil personas los prados de Brotteaux. Es entonces cuando deciden, al fin, algunos ciudadanos arriesgados (aunque su decisión pueda costarles la cabeza) acudir a París y presentar a la Convención una solicitud para pedir que la ciudad no quede totalmente arrasada. Naturalmente, el texto de la súplica es muy cauto. No falta el tono marcial en él ni la inclinación cobarde ante el decreto destructor, «que parece dictado por el genio del Senado romano»; pero luego ruegan «perdón por el franco arrepentimiento, para la debilidad coaccionada; perdón -nos atrevemos a decirlo- para los inocentes a quienes se ha desconocido».

Pero los cónsules han sido informados a tiempo de la denuncia sigilosa, y Collot d'Herbois, por ser el mas elocuente de los dos, vuela a París en posta acelerada para parar el golpe. Al día siguiente tiene la osadía, en la Convención y ante los jacobinos, de defender la matanza colectiva como una forma de «humanidad». «Queríamos -dice- librar al mundo del espectáculo tremendo de ejecuciones constantes, ininterrumpidas.» Por eso acordaron los comisarios aniquilar en un mismo día y de una vez a todos los condenados y traidores, debiendo buscarse el origen de este propósito en una véritable sensibilité.

Ante los jacobinos se entusiasma con mayor fervor aún por el nuevo sistema «humanitario». «Sí, hemos tumbado doscientos condenados con una sola descarga, y esto es lo que se nos reprocha. ¡Pero esto es, en realidad, un acto de moderación! Si se arrastra a la guillotina a veinte condenados, puede decirse que mueren los últimos veinte veces. Con nuestro sistema caen veinte traidores de una vez.» Y, efectivamente, estas frases gastadas, sacadas precipitadamente del tintero sangriento de la jerga revolucionaria, hacen su efecto: la Convención y los jacobinos aprueban las declaraciones de Collot y dan con el lo a los procónsules plenos poderes para continuar las ejecuciones. El mismo día celebra París la inhumación de Chalier en el Panteón -un honor que hasta entonces sólo se había concedido a Juan Jacobo Rousseau y a Marat -, y su concubina recibe, como la de Marat, una pensión. Oficialmente es declarado así el mártir santo nacional y con ello tácitamente aprobada, como justa venganza, toda violencia por parte de Fouché y de Collot.

Sin embargo, cierta incertidumbre se apodera de éstos, pues la situación empieza a ser peligrosa en la Convención, en la que se vacila entre Danton y Robespierre, entre la moderación y el terror. Hay, pues, que obrar con cautela, y para ello deciden los dos repartirse los papeles: Collot d'Herbois se queda en París para vigilar la opinión en los comités y en la Convención, para rechazar de antemano un posible ataque con la vehemencia brutal de su elocuencia, dejando confiada la prosecución de las matanzas a la «energía» de Fouché. No debemos olvidar que durante aquella época fue José Fouché señor único y omnipotente, pues de manera hábil intentará luego cargar sobre su colega -de espíritu mas abierto- todas las violencias cometidas. Los hechos demuestran que en la época en que Fouché manda solo, no trabaja menos mortíferamente la guadaña.

Cincuenta y cuatro, sesenta, cien personas por día caen durante la ausencia de Collot. Y se sigue derribando muros, saqueando las casas y vaciando las cárceles con las continuas ejecuciones. Y aún alardea José Fouché y encomia sus hazañas con sanguinario entusiasmo: «Si las sentencias de este tribunal infunden pavor a los delincuentes, en cambio tranquilizan y consuelan al pueblo, que les presta oído y las aprueba. Se cree de nosotros, sin razón para ello, que hemos concedido, en alguna ocasión, a un culpable el honor del indulto: ¡y ni uno sólo hemos concedido!» Pero ¿que sucede ... ? Fouché cambia repentinamente de tono. Con su fino olfato presiente que en la Convención van a soplar los vientos de un cambio brusco. Hace algún tiempo que no responde el mismo eco a la charanga estridente de sus ejecuciones. Sus amigos jacobinos, sus correligionarios ateístas Hébert, Chaumette, Ronsin, han enmudecido de pronto... y para siempre, pues oprime sus gargantas inesperadamente la garra implacable de Robespierre. Con hábiles cambios de postura, pasando del campo de los enardecidos al campo de los tibios, inclinándose a la derecha o a la izquierda, ha saltado repentinamente desde la sombra sobre los ultrarradicales este tigre de la moralidad. Ha conseguido que Carrier, que ahogaba en Nantes a sus víctimas con esa misma meticulosidad con que Fouché fusilaba a las suyas en Lyon, fuera citado ante la Asamblea para rendir cuentas; ha arrastrado a la guillotina, por medio de Saint-Just, en Estrasburgo, al feroz Eulogio Schneider; ha calificado oficialmente los espectáculos ateístas populares, como los celebrados por Fouché en Lyon, de verdaderas estupideces y los ha suprimido en París. Y, como siempre, los diputados obedecen temerosos a su gesto.

A Fouché le sobrecoge el temor de siempre: el temor de no estar con la mayoría. Los terroristas han caído en desgracia, ¿a qué, pues, seguir en sus filas? Lo mejor será pasar pronto a los moderados con Danton y Desmoulins, que piden un «tribunal de indulgencia»; desplegar sin tardanza la capa para que la hinche de nuevo el viento. Bruscamente, el 6 de febrero, manda suspender las mitraillades, y sólo la guillotina (de la que decía en sus libelos que trabajaba demasiado despacio) sigue cortando vacilante, dos o tres cabezas miserables por día. Verdaderamente una pequeñez, comparado con las antiguas fiestas nacionales sobre el llano de Brotteaux. En cambio, inicia con toda su energía un ataque repentino contra los radicales, contra los organizadores de sus fiestas y ejecutores de sus órdenes. Del Saulo revolucionario surge de pronto un humano San Pablo.

Rotundamente se pasa al lado contrario. Califica a los amigos de Chalier de «anarquistas y rebeldes»; disuelve bruscamente una o dos docenas de comités revolucionarios, y sucede algo muy extraordinario: los habitantes de Lyon, amedrentados, mortalmente asustados, ven de pronto en el héroe de las mitraillades , en Fouché, a su salvador. Los revolucionarios de Lyon, en cambio, escriben, una tras otra, cartas enfurecidas en las que le culpan de flojedad, de traición y de «opresión de los patriotas».

Estos cambios audaces, este pasarse osadamente en pleno día al campo contrario, estas fugas en pos del vencedor, son el secreto de Fouché en la lucha, de la que sólo así ha podido salir con vida. Ha hecho juego doble. Y si le acusan ahora en París de benevolencia exagerada, puede señalar las mil tumbas y las fachadas demolidas de Lyon. Si le acusan, por otra parte, como sanguinario, puede apoyarse en las acusaciones de los jacobinos que le culpan de su «moderación exagerada». Según sople el viento, puede sacar del bolsillo derecho una prueba de inflexibilidad y del izquierdo una prueba de humanidad; puede presentarse lo mismo como verdugo que como salvador de Lyon. Y, efectivamente, con este truco hábil de prestidigitador consigue más tarde echar toda la responsabilidad de las matanzas sobre su colega, mas franco y mas recto, sobre Collot Dherbois. Pero no a todos consigue engañar así: inflexible, vela en París Robespierre, el enemigo que no le perdona el haber suplantado a su amigo Couthon en Lyon. Desde la Convención había observado Robespierre la duplicidad de este hombre, y persigue incorruptible todas sus vueltas y giros, aunque Fouché quiera agazaparse deprisa ante la tempestad. Y la desconfianza tiene en Robespierre garras de hierro: de ella no se libra nadie. El 22 de Germinal logra que el Comité de Salud pública expida un decreto amenazante para Fouché, en el que se le obliga a presentarse inmediatamente en París para justificar los acontecimientos de Lyon. El que sentenció cruelmente durante tres meses tiene, a su vez, que aparecer ahora ante el tribunal.

Ante el tribunal, ¿por qué? ¿Porque hizo degollar cruelmente en tres meses a dos mil franceses, como colega de Carrier y de los otros verdugos colectivos? Pero aquí surge y se pone en evidencia la genialidad de esta última maniobra, cínica y descarada, de Fouché: no, no tiene que justificarse por haber oprimido la societé populaire radical, ni por haber perseguido a los patriotas jacobinos. El mitrailleur de Lyon, el verdugo de dos mil víctimas, está acusado -inolvidable farsa de la Historia de la falta más noble que conoce la humanidad: de piedad excesiva.

 

CAPÍTULO III

EL DUELO CON ROBESPIERRE

(1794)

El 3 de abril se entera José Fouché de que ha sido llamado a París por el Comité de Salud pública para justificarse, y el día 5 toma el coche de viaje. Dieciséis golpes sordos acompañan su partida, dieciséis golpes de guillotina, que por última vez cumple con su cometido siniestro. Y aún en el último momento se verifican en este día dos ejecuciones más a toda prisa, dos muy extrañas. Los dos rezagados de la gran matanza que tienen que «escupir sus cabezas a la cesta», según el dicho jovial de la época, son el verdugo de Lyon y su ayudante. Los mismos que por orden de la reacción guillotinaron a Chalier y sus amigos, y que luego, por orden de la revolución, guillotinaron fríamente a los reaccionarios a centenares, caen al cabo también bajo la cuchilla. ¿Qué clase de crimen se les atribuye? No se adivina ni con la mejor voluntad. Probablemente son sacrificados únicamente para que no cuenten más de lo indispensable a los sucesores de Fouché y a la posteridad: ¡Saben demasiadas cosas sobre Lyon! ¡Y nadie sabe callar como los muertos! Empieza a rodar el vehículo. Fouché tiene bastante en que pensar durante el viaje a París. Pero se debió consolar: nada había perdido aún. Le quedaba más de un amigo influyente en la Convención y quizá consiguiera tener a raya a Robespierre, el terrible contrincante. Pero ¿cómo puede sospechar Fouché que en esta hora predestinada de la revolución ruedan los acontecimientos con mayor rapidez que las ruedas de una diligencia de Lyon a París? ¿Cómo va a pensar que desde hace dos días está encarcelado su íntimo Chaumette; que la enorme cabeza de león de Danton fué empujada ayer mismo por Robespierre bajo la guillotina; que el mismo día vaga hambriento por las inmediaciones de París Condorcet, el jefe espiritual de la derecha, y al día siguiente se envenenara para evadir la justicia? A todos los ha derribado un sólo hombre, y este hombre es Robespierre, su adversario político más encarnizado. Hasta que no llega, a las ocho de la noche, a París, no se entera de toda la magnitud del peligro en que se ha metido. Dios sabrá lo poco que debió dormir el procónsul José Fouché en esta su primera noche en París.

A la mañana siguiente va Fouché a la Convención y espera impacientemente la apertura de la sesión. Pero, ¡cosa extraña!, el vasto salón no se llena; la mitad, más de la mitad de los asientos están vacíos. Supone que gran cantidad de diputados estará en misiones o ausente por otras causas. Pero, con todo, ¡qué vacío más llamativo allí, a la derecha, donde antaño se sentaban los jefes, los girondinos, los magníficos oradores de la Revolución! ¿Dónde estarán? Los veintidós más audaces, Vergniaud, Brissot, Pethion..., han acabado en el patíbulo o por suicidio, o fueron destrozados en su fuga por los lobos. Sesenta y tres de sus amigos, que osaron defenderlos, han sido desterrados. De un sólo golpe tremendo se ha desembarazado Robespierre de un centenar de sus adversarios de la derecha. Pero no menos enérgicamente ha golpeado su puño en las propias filas de la «montaña»: a Danton, Desmoulins, Chabot, Hebert, Fabre d'Eglantine, Chaumette y dos docenas más, a todos los que se sublevan contra su voluntad, contra su presunción dogmática, los ha tirado al fondo de la sima. A todos los ha hecho desaparecer este hombre de menguada presencia, pequeño, delgado, de cara pálida y biliosa, de obtusa frente y de ojos pequeños, aguanosos, miopes; este hombre tanto tiempo eclipsado por las figuras gigantescas de sus antecesores. La guadaña del tiempo le ha dejado libre el camino. Desde que desaparecieron aniquilados de la joven República el tribuno Mirabeau, el rebelde Marat, el caudillo Danton, el literato Desmoulins, el orador Vergniaud y el pensador Condorcet, Robespierre lo es todo: Pontífex Máximus, dictador y triunfador. Desconcertado, mira Fouché a su adversario, alrededor del cual se apiñan con respeto todos los diputados serviles, de los que, con impasibilidad inquebrantable, se deja rendir homenaje, envuelto en su «virtud» como en una armadura, inaccesible, impenetrable, observando el campo con su mirada de miope, con la orgullosa seguridad de que ya no se levantara nadie contra su voluntad.

Pero, no obstante, uno hay que se atreve a hacerlo. Uno que ya no tiene nada que perder: José Fouché, que pide la palabra para justificar su actuación en Lyon. El hecho de justificarse ante la Convención es ya provocar al Comité de Salud pública, pues no fué la Convención, sino el Comité quien le pidió explicaciones. Pero él acude, como a la más alta, como a la verdadera última instancia, a la Asamblea de la nación. Y el presidente le concede la palabra. Ahora bien: Fouché no es un cualquiera, demasiadas veces ha sonado su nombre en esta sala; aún no están olvidados sus méritos, sus relatos y sus hechos. Fouché sube a la tribuna y lee un informe complicado. La Asamblea le escucha sin interrumpirle, sin una señal de aprobación o de desagrado. Pero al final del discurso no se mueve ni una mano.

La Convención esta atemorizada. Un año de guillotina ha enervado a todos estos hombres. Los que antaño se entregaban a sus convicciones apasionadamente, los que se echaban, ruidosos, audaces y francos, a la lucha de palabras y opiniones, no sienten ahora el deseo de manifestarse. Desde que el verdugo oprime con su garra en sus filas, como Polifermo, tan pronto a la izquierda como a la derecha; desde que la guillotina se yergue amenazante como una sombra azul tras sus palabras, prefieren callar... Se esconden uno detrás de otro; atisban a derecha e izquierda antes de hacer un gesto. Como una niebla pesada gravita el miedo gris sobre sus caras. Y nada rebaja tanto al hombre, y particularmente a la masa, como el miedo de lo invisible.

Así no se permite tampoco esta vez una opinión. ¡No mezclarse por nada en el dominio del Comité, del Tribunal invisible! La justificación de Fouché no es refutada, no es aceptada, sino simplemente enviada al Comité para su examen; es decir, que va a parar a las manos que Fouché quiso evitar con tanta precaución. Su primera batalla está perdida.

Ahora sí que le sobrecoge a él también miedo. Ve que se ha adelantado demasiado sin conocer el terreno, y le parece mejor una retirada rápida. Antes capitular que luchar solo contra el más poderoso. Y Fouché, arrepentido, doblega la rodilla y humilla la cabeza. Aquella misma noche va a casa de Robespierre, a entrevistarse con él para rogar su perdón.

Nadie fue testigo de esta entrevista, únicamente su desenlace es conocido. Se la puede uno imaginar por analogía con aquella visita que Barras describe en sus Memorias tan terriblemente plásticas. También tendría Fouché, antes de subir la escalera de madera de la pequeña casa burguesa de la calle Saint-Honore, donde exhibe Robespierre su virtud y su pobreza como en un escaparate, que soportar el examen de los caseros que vigilan a su dios y huésped como una presa sagrada.

También a él le recibiría Robespierre, lo mismo que a Barras, en la pequeña y estrecha habitación adornada presuntuosamente sólo con retratos suyos. Apenas le invitaría a sentarse; erguido y glacial, le trataría intencionadamente con injuriosa altanería, como a un miserable criminal. Pues este hombre, que ama exaltadamente la virtud y que está enamorado apasionada y pecaminosamente de la suya propia, ni conoce la indulgencia ni el perdón para quien haya tenido alguna vez una opinión contraria a la suya. Intolerante y fanático, como un Savonarola del racionalismo y de la «virtud», rechaza todo pacto, toda capitulación, ante sus adversarios; aún en los momentos en que la política aconsejaba el acuerdo, se resistía su odio duro y su orgullo dogmático. De lo que dijera Fouché a Robespierre en aquella ocasión y de lo que éste, como su juez, le contestara, nada sabemos. Ciertamente que no le haría objeto de un buen recibimiento, sino de una reprensión dura e inclemente, de una amenaza fría, desnuda, como una sentencia de muerte. Y cuando José Fouché, temblando de ira, baja la escalera de la casa de la rue Saint-Honoré, humillado, rechazado, amenazado, sabe que sólo podrá salvar su cabeza si consigue que caiga antes en la cesta la de Robespierre. El duelo a muerte entre Robespierre y Fouché ha comenzado.

Este duelo es sin duda uno de los episodios más interesantes y de los psíquicamente más emocionantes de la Historia y de la revolución. Ambos contendientes, inteligentes y políticos, caen, no obstante, tanto el retado como el retador, en el mismo error: se desconocen mutuamente porque creen conocerse de antiguo. Para Fouché es Robespierre todavía el abogado delgaducho y agotado que en su provincia en Arras, junto con él en el casino, gastaba pequeñas bromas y componía breves poesías dulzonas, a la manera de Grecourt, y que luego aburría a la Asamblea del 1789 con sus discursos enfáticos. Fouché no se daba cuenta, o se la dió demasiado tarde, como con un trabajo duro y tenaz, empujado por el ímpetu de la propia obra, se había transformado el demagogo Robespierre en hombre de Estado; el suave e intrigante en política, en una inteligencia aguda; el retórico, en un orador. Casi siempre la responsabilidad eleva al hombre a la grandeza; así creció Robespierre en la conciencia de su misión. En medio de ambiciosos y alborotadores, siente la salvación de la República como el problema de su vida impuesto por la Providencia. Como sagrada misión para la Humanidad, siente la necesidad de realizar su concepci0n de la República, de la revolución, de la moral y hasta de la divinidad. Esta rigidez de Robespierre constituye al mismo tiempo la belleza y la debilidad de su carácter, pues embriagado de su propia incorruptibilidad, apasionado de su dureza dogmática, considera toda opinión opuesta a la suya no sólo como algo diferente, sino como una traición. Y con el puño frío de un inquisidor, empuja a todo el que piensa de otra manera, como a un hereje, a la hoguera nueva: a la guillotina. Sin duda alguna, una idea grande y pura radica en el Robespierre de 1794. Pero se anquilosa en su espíritu. Ni él se crece con su idea ni esta germina en él (es el Destino de todas las almas dogmáticas), y esta falta de calor comunicativo, de humanidad, priva a su obra de la verdadera fuerza creadora, únicamente en la rigidez esta su fuerza, en la dureza su poder; lo dictatorial es para él sentido y forma de su vida. La revolución ha de llevar su imagen o agrietarse en ruina.

Un hombre así no tolera contradicción ni opinión opuesta a la suya en las cosas del espíritu. No tolera a nadie a su lado y menos frente a él. Sólo soporta a los hombres si reflejan, como espejos, sus propias opiniones, si son sus esclavos espirituales como Saint-Just y Couthon; a los demás los elimina inclemente con el corrosivo terrible de su temperamento bilioso. Persiguió a los que se apartaron de su opinión, pero sobre todo -y terriblemente- a los que se opusieron a su voluntad, a los que no respetaron su infalibilidad. Y esto es lo que ha hecho José Fouché. Nunca le pidió consejo, nunca se doblegó ante el amigo de antaño; se sentó en los bancos de sus enemigos; se propasó audazmente de los límites señalados por Robespierre, de un socialismo moderado y razonable, predicando el comunismo y el ateísmo.

Pero hasta ahora no se había ocupado Robespierre seriamente de él; le parecía demasiado pequeño. Este diputado no era para él mas que el pequeño profesor de seminario que conoció aún con la sotana y luego como pretendiente de su hermana; un pequeño y ruin ambicioso que traicionó a su Dios, a su novia y a todas sus convicciones. Y le despreciaba con todo el odio típico de la rigidez contra la flexibilidad, de la convicción sin reserva contra el afán de éxito; con la desconfianza de la naturaleza religiosa contra la profana. Pero este odio aún no se ha concentrado en la persona de Fouché. Sólo le incluye en la especie, de la que es una variedad. Era demasiado altanero para reparar en él. ¿A que molestarse por un intrigante de tal calaña, que podría aplastar siempre que quisiera con el pie? Como hacía tanto tiempo que le despreciaba, sólo se había dignado Robespierre observar a Fouché; pero no le había combatido seriamente.

Ahora empiezan a darse cuenta de hasta qué punto era excesivo el desprecio mutuo que se tenían. Fouché reconoce el poder inmenso a que ha llegado Robespierre durante su ausencia. Todas las instituciones se le someten: el Ejército, la Policía, la justicia, los Comités, la Convención y los jacobinos. Luchar contra él le parece inútil. Pero Robespierre le ha obligado a la lucha y Fouché sabe que esta perdido si no vence. Siempre surge de una última desesperación una última fuerza, y así, a dos pasos del abismo, se vuelve Fouché repentinamente contra el perseguidor como un ciervo exhausto que acometiera al cazador, desde la última maleza en que se hubiese refugiado, con el valor de l a desesperación.

Las primeras hostilidades las inicia Robespierre. No quiere darle más que una lección por ahora al impertinente, un aviso, un puntapié. Motivo para ello ofrece aquel discurso célebre del 5 de mayo, en que invita a todos los intelectuales de la República «a reconocer la existencia de un Ser Supremo y de la inmortalidad como potencia conductora del Universo». Nunca ha pronunciado Robespierre un discurso más impetuoso, más bello que éste, que escribió, según se dice, en la finca de Juan Jacobo Rousseau. En él se convierte el dogmático casi en poeta; el idealista turbio, en pensador. Separar la creencia de la increencia y, por otra parte, de la superstición; crear una religión que se eleve, por un lado, sobre el cristianismo corriente, adorador de imágenes, e igualmente sobre el puro materialismo y el ateísmo, o sea mantenerse en un termino medio, según procura siempre en todas las cuestiones espirituales, es lo que constituye la idea fundamental de su discurso, que, a pesar de su fraseología rimbombante, esta poseído de verdadera ética y de una voluntad apasionada de humana elevación. Pero ni en esta esfera elevada se puede librar de lo político; hasta en las ideas eternas mezcla su rencor bilioso y sus ataques personales. Con odio recuerda a los muertos que él mismo empujo a la guillotina y se burla de las víctimas de su política, de Danton y de Chaumette, como de despreciables ejemplos de inmoralidad y ateísmo. Y repentinamente, con un golpe que da en el corazón, se vuelve contra el único de los predicadores ateístas que han sobrevivido a su ira, contra José Fouché: «Dinos, ¿quien te ha encomendado la misión de anunciar al pueblo que no hay ninguna deidad? ¿Que ventajas ves en inculcar a los hombres que una fuerza ciega decide su destino, que castiga por pura casualidad tanto la virtud como el pecado, y que su alma no es más que débil aliento que se apaga en el umbral de la tumba? Desgraciado sofista, ¿con que derecho te atreves a arrancar a la inocencia el cetro de la razón, para ponerlo en manos del pecado? ¿A echarle encima a la Naturaleza un manto mortuorio, hacer mas desesperante la desgracia, disculpar el crimen, oscurecer la virtud y rebajar la humanidad ... ? Solo un criminal despreciable ante sí mismo, repugnante a los demás, puede creer que la Naturaleza no nos puede ofrecer nada más bello que la nada».

Inmenso aplauso premia el grandioso discurso de Robespierre. Por una vez se siente la Convención elevada sobre las bajezas de la lucha cotidiana y unánimemente acuerda la fiesta propuesta por Robespierre en honor del Ser Supremo, únicamente José Fouché queda mudo y se muerde los labios. Ante un triunfo así de su adversario hay que callar. Sabe que no se puede medir públicamente con este retórico magistral. Sin palabras, pálido, recibe esta derrota en pública Asamblea, decidido tan sólo a vengarse, a desquitarse.

Durante días, durante semanas no se oye nada de Fouché. Robespierre cree que ha acabado con él; el puntapié parece haber bastado al insolente. Pero cuando Fouché está invisible, cuando de él nada se oye ni se sabe, es porque trabaja subterráneamente, obstinado, metódico, como un topo. Hace visitas a los Comités, busca amistades entre los diputados, es amable y afectuoso con todo el mundo y a todo el mundo procura atraerse. Intensamente se mueve entre los jacobinos, donde vale mucho la palabra hábil y suave, donde sus proezas de Lyon le han favorecido bastante. Nadie sabe claramente lo que quiere, lo que proyecta, lo que va a hacer este hombre insignificante y atareado, que urde y trama por todas partes.

Y de pronto se hace la claridad en forma inesperada para todo el mundo, y más que para nadie para Robespierre. El 18 de Prairial es elegido José Fouché, por gran mayoría de votos, presidente del club de los jacobinos.

Robespierre se estremece; ni él ni nadie esperaba cosa semejante. Ahora reconoce con que contrincante tan astuto y audaz tiene que entendérselas. Hacía dos años que no le había pasado nada parecido: que un hombre atacado públicamente por él se atreviera aún a sostenerse. Todos habían desaparecido rápidamente apenas su mirada llegó a rozarlos. Danton se había fugado a su finca; los girondinos habían huido a las provincias; otros se quedaban en sus casas y no daban signos de vida. ¡Y este cínico, por él señalado en la Asamblea Nacional públicamente como impuro, se refugia en el santuario, en el sagrario de la revolución, en el club de los jacobinos y gana allí subrepticiamente la más alta dignidad que puede ser otorgada a un patriota! No debe olvidarse la fuerza moral gigantesca que tiene en sus manos este club, precisamente en el último año de la revolución.

La prueba decisiva, la piedra de toque del patriota, consiste en que el club de los jacobinos le honre con su admisión. Al que expulsa de su seno, en cambio, al que excluye, ése siente la amenaza de la cuchilla sobre su cabeza. Generales, caudillos populares, políticos, todos doblan la cerviz ante este Tribunal en última instancia de la ciudadanía. Vienen a ser los miembros de este club una especie de pretorianos de la revolución, la Guardia de Corps de la casa sagrada. Y estos pretorianos, los más severos, los más fieles, los más inflexibles de los republicanos, han elegido por jefe a José Fouché. La ira de Robespierre no tiene límites. Es demasiado fuerte que este canalla se entre en sus dominios, se instale precisamente en el sitio adonde él recurre contra sus enemigos, donde intensifica su propia fuerza, en el círculo de los fieles. ¿Y ahora habrá de pedir permiso a un José Fouché cuando quiera pronunciar un discurso? ¿Habrá de someterse él, Maximiliano Robespierre, al capricho favorable o adverso de un José Fouché? Robespierre concentra toda su energía. Esta derrota tiene que ser vengada con sangre. ¡Fuera con él inmediatamente, no sólo de la silla presidencial, sino de la sociedad de los patriotas! Enseguida le echa a Fouché unos ciudadanos de Lyon que llevan queja contra él, y cuando éste, sorprendido, cobarde, como siempre, en la disputa pública, se defiende torpemente, interviene Robespierre y advierte a los jacobinos «que no se dejen engañar por impostores». Ya con esto consigue casi derribar a Fouché al primer golpe. Pero aún tiene Fouché la Presidencia en sus manos y con ella el medio de terminar antes de tiempo el debate. Con muy poca gallardía corta la discusión y se retira a la oscuridad para preparar un nuevo ataque.

Sin embargo, ya sabe Robespierre con quién trata. Ha sorprendido el método de lucha de Fouché; sabe que es hombre que no da la cara en el desafío, sino que se retira siempre para preparar desde la sombra sus ataques traicioneros. No basta pegar y fustigar a un intrigante tan tenaz, hay que perseguirle hasta su última guarida y aplastarle con el pie; hay que meterle el resuello en el cuerpo; hay que inutilizarle definitivamente y para siempre.

Por eso se echa Robespierre sobre él. Repite su acusación pública contra él ante los jacobinos y pide que aparezca Fouché en la próxima sesión para justificarse. Naturalmente, Fouché no va. Conoce demasiado bien su lado fuerte y su lado flaco; no quiere darle a Robespierre públicamente la satisfacción de que se complazca en rebajarle ante tres mil personas. Mejor volver a la oscuridad, mejor dejarse vencer y mientras tanto ganar tiempo. Tiempo precioso. Por eso escribe muy amable a los jacobinos que siente tener que renunciar a excusarse públicamente. Hasta que no hayan decidido los dos Comités sobre su actitud, ruega sea aplazado el juicio sobre él.

Sobre esta carta se echa Robespierre como sobre una presa. Ha llegado el momento de cogerle, de aniquilarle definitivamente. El discurso que pronunció el 23 de Mesidor ( 11 de junio) contra José Fouché es el ataque más encarnizado, el más peligroso, el más lleno de bilis con que fustigó jamás Robespierre a un adversario.

Ya desde las primeras palabras se ve que Robespierre no quiere herir a su enemigo: quiere matarle. No quiere humillarle, sino aplastarle. Comienza con tranquilidad fingida. La primera declaración suena aún muy tibia. El «individuo» Fouché no le interesa en absoluto. «Tenía antes con él ciertas conexiones, por que le consideraba patriota; más si ahora le acuso aquí es, más que por sus crímenes, porque se esconde para cometer otros y porque le considero jefe del complot que tenemos que deshacer.

Ante la carta que acaba de ser leída, digo que ha sido escrita por un hombre que, estando acusado, se niega a justificarse ante sus conciudadanos. Esto supone el principio de un sistema de tiranía, pues el que se niega a justificarse ante la comunidad popular, a que pertenece como miembro, ataca la autoridad de esta organización. Es asombroso que el mismo que antes se esforzaba por alcanzar la benevolencia de la sociedad, la desprecie cuando se ve acusado, y que se presente implorando, en cierto modo, la ayuda de la Convención contra los jacobinos.» Súbitamente surge el odio personal; hasta en la fealdad Física de Fouché encuentra motivo para denigrarle: «¿Teme, acaso -dijo sarcástico-, los ojos y los oídos del pueblo? ¿Teme que su triste presencia delate demasiado claramente su crimen? ¿Teme que seis mil miradas enfocadas sobre él descubran toda su alma en sus pupilas, a pesar de que la Naturaleza las haya dotado de falsía y disimulo? ¿Teme que su lengua descubra la confusión y la contradicción del culpable? Toda persona razonable ha de reconocer que el miedo es el único motivo de su actitud, y todo el que teme las miradas de sus conciudadanos es culpable. Yo requiero aquí a Fouché, ante el tribunal. Que se justifique y diga quién ha mantenido más dignamente los derechos de la representación del pueblo, él o nosotros, y quién de nosotros aniquiló mas bravamente las parcialidades.» Aún le llama «bajo y despreciable impostor», cuya actitud es la confesión de sus crímenes, y habla con pérfida insinuación de «hombres cuyas manos están llenas de botín y de crímenes». Termina con es tas palabras amenazadoras: «Fouché se ha caracterizado lo bastante a sí mismo; he hecho esta advertencia únicamente para que sepan los conspiradores, para siempre, que no han de escapar a la vigilancia del pueblo».

Aunque estas palabras anuncian claramente una sentencia de muerte, obedece la Asamblea a Robespierre. Y sin vacilación expulsa, como indigno del club de los jacobinos, a su antiguo presidente.

Ya está José Fouché predestinado a la guillotina como un tronco de árbol que espera el golpe del hacha. La exclusión del club de los jacobinos supone el estigma y la acusación de Robespierre, y tan enconada actitud equivale a segura condenación.

Fouché está amortajado en pleno día. Todos esperan a cada momento su detención, y él más que nadie. Ya no duerme en su casa, en su propia cama, por miedo de ser sacado, como Danton y Desmoulins, a medianoche del hogar por los gendarmes. Se oculta en casa de unos amigos valerosos, pues valor es preciso para cobijar a un proscrito oficialmente, y hasta supone valor hablar públicamente con él. La Policía sigue cada uno de sus pasos, dirigida por Robespierre, y da cuenta de sus relaciones, de sus visitas. Invisiblemente esta cercado, trabado en sus movimientos, entregado ya al cuchillo.

De los setecientos diputados es Fouché el más amenazado, y no hay posibilidad de salvación para él. Ha probado una vez más a agarrarse a alguna parte: a los jacobinos; pero el puño feroz de Robespierre le ha arrancado de este asidero. Lleva en realidad la cabeza prestada sobre sus hombros. Pues ¿qué puede esperar de la Convención, de esta cobarde y amedrentada horda de borregos, que bala invariablemente un «sí» en cuanto pide el Comité una víctima de su seno para la guillotina? Ha entregado a todos sus antiguos jefes, sin resistencia, al Tribunal de la revolución: a Danton, a Desmoulins, a Vergniaud, sólo para no hacerse sospechoso con su resistencia. ¿Y por qué no Fouché? Mudos, miedosos, estupefactos, están en sus bancos los que fueron antaño tan bravos y apasionados. Ese veneno horrendo, enervante, aniquilador de almas, el miedo, paraliza su voluntad.

Pero siempre ha sido el secreto del veneno el encerrar virtud curativa si se le sabe destilar, si se estrujan sus fuerzas ocultas.

Y así puede ser, paradójicamente, también en esta ocasión, precisamente el miedo a Robespierre la salvación de quienes le temen. No se le perdona a un hombre durante semanas, durante meses, la imposición del miedo que destroza el alma con la incertidumbre y paraliza la voluntad; nunca ha podido soportar largo tiempo la Humanidad, o una parte de la Humanidad por lo menos, la dictadura de un sólo hombre sin odiarla. Y este odio de los subyugados fermenta subterráneamente en todos los círculos. Cincuenta, sesenta diputados que, como Fouché, ya no se atreven a dominar en su casa, se muerden los labios cuando Robespierre pasa junto a ellos; muchos cierran los puños a la espalda, mientras vitorean sus discursos. Cuanto más duramente y más tiempo domina el incorruptible, más crece la antipatía contra la voluntad desmedida. Poco a poco los ha herido y ofendido a todos: al ala derecha, porque llevó al patíbulo a los girondinos; a la izquierda, porque echó al cesto las cabezas de los extremistas; al Comité de Salud pública, porque le impuso su voluntad; a los negociantes, porque amenazaba sus negocios; a los ambiciosos, porque obstruía su camino; a los envidiosos, porque gobierna, y a los oportunistas, porque no se alía a ellos.

Si se consiguiera reunir en una voluntad y un puñal este odio de cien cabezas, esta cobardía dispersa en un puñal cuyo golpe penetrara en el corazón de Robespierre, estarían todos salvados: Fouché, Barras, Tallien, Carnot, todos sus enemigos secretos.

Pero para alcanzar esto habría que llevar a muchos de estos caracteres débiles la convicción de que están amenazados por Robespierre; habría que agrandar aún la esfera del miedo y desconfianza, aumentar artificialmente la tensión. Habría que hacer pesar más aún el bochorno angustioso, esa presión de incertidumbre de los discursos tenebrosos de Robespierre sobre los nervios de cada uno, el terror mas terrible, el miedo más miedoso; entonces quizá sería la masa lo bastante valiente para acometer al solitario.

Aquí comienza la verdadera actividad de Fouché. Desde la madrugada hasta la alta noche se arrastra de un diputado a otro, murmurando de las nuevas y extensas listas misteriosas que prepara Robespierre, y a cada uno le susurra: «Tú estás en la lista», o «Tu irás con la carga siguiente». Y, efectivamente, así se propaga poco a poco, subterráneamente, un miedo tremendo.

Y es que ante un Catón así, ante una incorruptibilidad tan ilimitada, la mayor parte de los diputados no tienen la conciencia completamente limpia. El uno ha obrado algo descuidadamente en asuntos financieros; el segundo ha contradicho alguna vez a Robespierre; el tercero se ha ocupado por demás de mujeres (todo son crímenes a los ojos de este puritano de la República); el cuarto ha cultivado alguna vez la amistad de Danton o de algún otro de los ciento cincuenta condenados; el quinto ha ocultado a un condenado; el sexto ha recibido una carta de un emigrado... En fin, todos tiemblan; todos temen un posible ataque; ninguno se siente lo bastante puro para responder plenamente a las exigencias demasiado severas que Robespierre pide a la virtud ciudadana. Fouché va de uno a otro, como lanzadera en el telar, tendiendo siempre nuevos hilos, anudando nuevos puntos, captando nuevos diputados en esta tela de araña de desconfianza y sospechas. Pues es un juego peligroso, es muy sutil la tela de araña, y un solo gesto brusco de Robespierre, una sola palabra de traición, puede romper su tejido.

Este papel misterioso, desesperado, peligroso y «de segundo término» que Fouché desempeña en la conspiración contra Robespierre no ha sido acusado suficientemente en la mayoría de las descripciones. En muchas, en las mas superficiales, ni se le nombra. La Historia se escribe casi siempre según las apariencias, y los cronistas de aquellos últimos días emocionantes señalan tan solo el gesto dramático-patético de Tallien, que maneja en la tribuna el puñal con que se quiere herir, y la energía brusca de Barras, que reúne las tropas, y la acusación de Bourdon; en fin, presentan a los actores del gran drama que se desarrolla el 9 de Termidor y no reparan en Fouché. Éste no ha trabajado, en efecto, aquellos días sobre el escenario de la Convención. Su trabajo se desarrolló entre bastidores; fué el más difícil, el de régisseur, de director de escena en este juego audaz y peligroso. Ha delineado las escenas y entrenado a los actores; ha ensayado, invisible, en la oscuridad, y ha dado la réplica en la oscuridad también. Ha estado en su verdadero papel. Pero si pasó inadvertida su actuación a los historiadores, hubo alguien consciente de su presencia y de su actividad: Robespierre. A la luz del día le designó con su verdadero nombre: Chef de la Conspiration.

Que se prepara algo en secreto contra él lo presiente muy bien este espíritu desconfiado y receloso en la resistencia repentina de los Comités, y mas claramente quizás en la amabilidad y sumisión extrema de algunos diputados que sabe son sus enemigos. Algún golpe, desde la sombra, siente Robespierre que se prepara; conoce también la mano que ha de dirigirlo; conoce al Chef de la Conspiration, y está sobre aviso. Cautelosamente exploran sus tentáculos: una policía propia, espías particulares, que le comunican, paso por paso, las gestiones, las reuniones, las conversaciones de Tallien, de Fouché y de los demás conspiradores. Cartas anónimas le previenen o le excitan a posesionarse pronto de la dictadura y a derribar a los enemigos antes de que se puedan reunir. Y para confundirlos y engañarlos a su vez, se pone repentinamente la mascara de la indiferencia contra el Poder político. No se presenta ya en la Convención, ni en el Comité. Acompañado de su gran perro de Terranova se le ve solo, un libro en la mano, con los labios apretados, vagar por la calle o por los cercanos bosques, ocupado, en apariencia únicamente, con sus amados filósofos e indiferente contra el Poder. Pero cuando regresa de noche a su habitación lima horas enteras en su gran discurso. Infinitamente trabaja en él: el manuscrito muestra innumerables correcciones y añadiduras. Pues este discurso decisivo y grande, con el que quiere estrellar a todos sus enemigos de una vez, debe surgir inesperadamente, afilado como un hacha, lleno de ímpetu retórico, brillante de ingenio y pulido de odio. Con esta arma quiere atacar repentinamente a los sorprendidos antes de que se puedan entender y reunir Todo es poco para afilar su corte y envenenarlo mortalmente, y en este trabajo macabro pasa largos y preciosos días.

Pero no hay que perder más tiempo; cada vez con más urgencia le comunican los espías secretos conciliábulos. El 5 de Termidor cae en manos de Robespierre una carta de Fouché dirigida a su hermana, en la que dice misteriosamente: «No tengo que temer nada de las calumnias de Maximiliano Robespierre..., dentro de poco oirás el desenlace de este asunto, el que espero resulte ventajoso para la República». «Dentro de poco», pues, Robespierre esta prevenido. Hace venir a su amigo Saint-Just y se encierra con él en su estrecha buhardilla de la rue Saint-Honore. Allí se designa el día y el modo del ataque. El 2 de Termidor debe Robespierre sorprender y paralizar a la Convención con su discurso, y el 9 pedir Saint-Just las cabezas de sus enemigos, de los obstinados del Comité y, sobre todo, la de José Fouché.

La expectación era ya casi insoportable. También los conspiradores sienten el rayo en las nubes. Pero aún vacilan en atacar al hombre más poderoso de Francia, que tiene en sus manos todas las potencias: la administración municipal y el ejército, los jacobinos y el pueblo, la gloria y la fuerza de un nombre intachable. Aún no se tienen por bastante seguros, por bastante numerosos, por bastante decididos, por bastante audaces para acometer a este gigante de la revolución en batalla abierta, y se van enfriando algunos y hablan de retirada y reconciliación. La conspiración, muñida trabajosamente, amenaza con deshacerse.

En este momento pone la Providencia, mas genial que todos los poetas, un peso decisivo en el platillo de la balanza oscilante. Y es precisamente Fouché el predestinado a hacer estallar la mina. En estos días le ocurre a este perseguido hasta la desesperación, amenazado a cada momento por el rayo del cuchillo, una última y extrema desgracia en su vida privada, más fuerte que las desdichas de su suerte política. Duro, frío, intrigante e incomunicativo en público y en la política, es este hombre singular en el hogar el esposo mas afectivo, el padre de familia mas tierno. Ama apasionadamente a su mujer, horriblemente fea, y ama sobre todo a su hijita, nacida en los días del preconsulado, bautizada por su propia mano, en la plaza de Nevers, con el nombre de «Nievre». Esta niña, tierna, pálida, SU ídolo, enferma repentinamente en aquellos días de Termidor, y a las preocupaciones por su propia vida en peligro se suma la zozobra por la vida de su hijita. Prueba cruel: saber que el ser querido, débil, enfermo del pecho, está solo con su mujer y no poder, acosado por Robespierre, velar junto al lecho de su hija moribunda. Ha de ocultarse en hogares extraños, en buhardillas. En vez de dedicarse a ella y respirar su aliento expirante, ha de correr sobre brasas, ir de un diputado a otro, mentir, implorar, conjurar, defender su propia vida. El espíritu atribulado, el corazón destrozado: así vaga el infeliz en los días ardientes de julio (el mas caluroso desde hace muchos años), incansable, de un lado a otro por el escenario político, sin ver como sufre y muere su niña amada.

El 5 ó el 6 de Termidor acaba esta dura prueba. Fouché acompaña un pequeño ataúd al cementerio: la niña ha muerto. Estas pruebas endurecen. Presente en la imaginación la muerte de su hija, no teme por su propia vida. Una nueva audacia, la audacia de la desesperación fortalece su voluntad. Y cuando titubean aún los conspiradores y quieren aplazar la lucha, entonces dice por fin él, Fouché, que ya no tiene que perder en la tierra más que su vida, la frase decisiva: «Mañana hay que dar el golpe». Y esta frase fue pronunciada el 7 de Termidor.

La mañana del 8 de Termidor comienza. Día histórico. De madrugada ya pesa el cielo despejado de julio, ardiente, sobre la ciudad despreocupada. Y únicamente en la Convención reina, desde muy temprano, una actividad extraña: en los rincones se juntan los diputados y murmuran; nunca se había visto tanta gente extraña y tanto curioso en los corredores y en las tribunas.

El misterio y la expectación fluyen incorpóreos por el espacio; de manera inexplicable se ha divulgado el rumor de que hoy ha de ajustar Robespierre cuentas con sus enemigos. quizás acechó alguien a Saint-Just y observó cómo regresaba de noche de la habitación cerrada; en la Convención se conoce demasiado bien el efecto de estos consejos secretos. ¿O es que tiene, por otra parte, Robespierre noticia de los proyectos bélicos de sus adversarios? Todos los conjurados, todos los que se saben amenazados, examinan, medrosos, las caras de sus colegas: ¿Habrá revelado alguno -¿quién? - el secreto peligroso? ¿Se les adelantará Robespierre o le podrán aplastar antes de que tome la palabra? ¿Los abandonará o los protegerá la masa insegura y cobarde de la mayoría, le marais? Todos vacilan y se sobrecogen. Igual que el bochorno del cielo gris-plomo sobre la ciudad, pesa la inquietud psíquica, amenazante, sobre la Asamblea.

Y, efectivamente, apenas se abre la sesión, hace uso Robespierre de la palabra. Se ha ataviado solemnemente, como para la fiesta aquella del Ser Supremo. Lleva el ya histórico traje celeste con las medias blancas de seda, y despacio, con solemnidad intencionada, sube a la tribuna. Sólo que esta vez no lleva en la mano una antorcha, sino, como los lictores el mango de su hacha, un voluminoso rollo de papel: su discurso. Saber alguno su nombre en estas hojas cerradas es tanto como saber su propia perdición. Por eso cesan repentinamente, como cortados, charlas y murmullos en los bancos. Del jardín, de las tribunas, se apresuran a entrar los diputados y toman asiento en sus sitios. Cada uno examina temeroso la expresión de esta cara delgada, tan conocida. Pero glacial, encerrado en sí mismo, impenetrable a toda curiosidad, despliega Robespierre lentamente su discurso en la tribuna. Antes de comenzar a leer, con sus ojos miopes, levanta, para aumentar la expectación, la mirada; la dirige de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba abajo, de abajo arriba, despacio, frío y amenazante sobre la Asamblea casi narcotizada. Allí están sentados sus pocos amigos, la muchedumbre numerosa de los indecisos y el montón cobarde de los conjurados que acecha su perdición. Los mira cara a cara. Pero hay uno a quien no ve. Uno sólo de sus enemigos falta en esta hora decisiva: José Fouché.

Y cosa extraña: sólo el nombre del ausente, el nombre de José Fouché, es mencionado en el debate, y en su nombre precisamente se enciende la lucha postrera, la decisiva.

Robespierre habla largo tiempo, extensamente, fatigosamente; según su antigua costumbre, deja gravitar el hacha siempre sobre los innominados, habla de conspiraciones y conjuraciones, de indignos y de criminales, de traidores y maquinaciones; pero no pronuncia ningún nombre. Le basta con hipnotizar a la Asamblea: el golpe mortal lo dará mañana Saint-Just contra las víctimas paralizadas. Durante t res horas deja alargarse en el vacío su discurso vago y retórico. Y cuando por fin termina, está la Asamblea más enervada que asustada.

Por lo pronto no se mueve ni una mano. La incertidumbre pesa sobre todos. Nadie puede decir si este silencio afirma una derrota o una victoria: la discusión habrá de decidirlo.

Por fin pide uno de sus satélites que la Convención acuerde la impresión del discurso y con ello su aprobación. Nadie se opone. Cobarde, sumisa y, en cierto modo, satisfecha de que hoy no hayan pedido nuevas cabezas, nuevas detenciones, nuevas reducciones, aprueba la mayoría. Pero en el último momento se lanza uno de los conspiradores -el nombre pertenece a la Historia: Bourdon de I'Oise- y habla contra la impresión del discurso, y esta sola voz desentumece las demás. Los cobardes se agrupan poco a poco, se agavillan y se unen en un acto de valor desesperado; uno tras otro culpan a Robespierre de haber formulado sus declaraciones y sus amenazas demasiado confusamente: que diga, por fin, con claridad, a quien acusa efectivamente. En un cuarto de hora ha variado la escena; Robespierre, el agresor, se reduce a defenderse, debilita su discurso en vez de reforzarlo, declara no haber acusado a nadie ni culpado a nadie.

En este momento suena repentinamente una voz, la de un diputado insignificante, que grita: ¿Es Fouché? - ¿Y Fouché? - Se ha pronunciado el nombre: el nombre del señalado como jefe de la conspiración, como traidor de la revolución. Ahora podría, ahora debiera dar el golpe Robespierre. Pero, cosa extraña, inexplicablemente extraña, Robespierre elude la respuesta: «No quiero ocuparme ahora de él, obedezco solamente a la voz de mi conciencia».

Esta contestación evasiva de Robespierre pertenece a los secretos que se llevó a la tumba. ¿Por qué respeta, en este momento de vida o muerte, a su enemigo más cruel? ¿Por qué no le deshace, por qué no ataca al ausente, al único ausente? ¿Por qué no libra con ello de la opresión del miedo a todos los demás que se sienten atemorizados y que entregarían, sin duda, a Fouché para salvarse ellos? La misma noche -así afirma Saint -Just- había intentado Fouché acercarse nuevamente a Robespierre. ¿Es un ardid o es verdad? Varios testigos pretenden haberle visto en estos días sentado en un banco con Carlota Robespierre, su antigua novia: ¿ha intentado verdaderamente una vez mas persuadir a la solterona para que intercediera cerca de su hermano? ¿Quiso, efectivamente, el desesperado traicionar a los conspiradores para salvar la propia cabeza? ¿O quiso, para confiar a Robespierre y velar la conspiración, fingirle arrepentimiento y sumisión? ¿Ha hecho también esta vez, como mil veces, doble juego este tahúr? ¿Y estaba, talvez, dispuesto, para sostenerse, el incorruptible y amenazado Robespierre, a respetar en aquella hora a su más odiado enemigo? ¿Fué este evitar una acusación de Fouché señal de un acuerdo secreto o fué solo un recurso? No se sabe. Alrededor de la figura de Robespierre se cierne todavía hoy, al cabo de tantos años, una sombra de misterio.

Nunca adivinará por completo la Historia a este hombre impenetrable. Nunca se sabrán sus últimos pensamientos: si quiso verdaderamente la Dictadura para él o la República para todos; si quiso salvar la República o heredarla, como Napoleón. Nadie conoció sus pensamientos más secretos, los pensamientos de su última noche: del 8 al 9 de Termidor.

Porque es, efectivamente, su última noche: en ella decide la suerte. Ala luz de la luna la noche sofocante de julio brilla, pulida, la guillotina. ¿Partirá mañana su filo frío las vértebras al triunvirato Tallien, Barras y Fouché o caerá sobre Robespierre? Ni uno sólo de los seiscientos diputados se acuesta esta noche. Ambos partidos preparan la lucha final.

Robespierre ha ido desde la Convención a los jacobinos; ante velas de cera oscilantes, temblando de emoción, les lee su discurso, rechazado por los diputados. Frenético aplauso le rodea nuevamente, por última vez; pero él, lleno de presentimiento amargo, no se deja engañar por el entusiasmo de los tres mil que le rodean y califica de testamento su discurso. Mientras tanto, lucha su escudero Saint-Just en el Comité hasta la madrugada, como un desesperado, contra Collot, Carnot y los demás conjurados, al mismo tiempo que se teje en los pasillos de la Convención la red que ha de apresar mañana a Robespierre. Dos, tres veces, como la lanzadera en el telar, van los hilos de derecha a izquierda, del partido de la «montaña» a la vieja reacción; hasta que por fin, al amanecer, se ha tramado, firme, irrompible, el pacto. Aquí aparece repentinamente Fouché, pues la noche es su elemento, la intriga su verdadera esfera. Su cara color plomo, blanqueada aún más por el miedo, pulula espectralmente por los salones poco iluminados. Susurra, adula, promete, asusta, amedrenta y amenaza aquí y allá, y no descansa hasta que no se cierra el pacto. A las dos de la madrugada están de acuerdo, por fin, todos los adversarios para aniquilar al enemigo común: a Robespierre. Fouché puede descansar ya.

También esta ausente Fouché de la sesión del 9 de Termidor. Pero puede descansar, puede faltar: su obra está hecha, la red anudada, y decidida por fin la mayoría a no dejar escapar con vida al demasiado peligroso, al demasiado fuerte. Apenas empieza Saint-Just, el escudero de Robespierre la discusión mortífera preparada contra los conspiradores, le interrumpe Tallien, pues han acordado no dejar hablar a ninguno de los oradores peligrosos: Saint-Just y Robespierre. Hay que estrangularlos antes de que puedan hablar, antes de que puedan acusar. Y así se apresuran los oradores, hábilmente dirigidos por el propicio presidente, uno tras otro, a la tribuna, y cuando Robespierre quiere defenderse, gritan, chillan y patalean, ahogando su voz. La cobardía contenida de seiscientas almas inseguras, el odio y la envidia acumulados en semanas y meses, se echan ahora en contra del hombre ante quien temblaron todos. A las seis de la tarde todo esta decidido. Robespierre ha sido proscrito y es conducido a la cárcel. Es inútil que sus amigos, los verdaderos revolucionarios que ven en él el alma apasionada y dura de la República y le admiran, quieran liberarle y le busquen refugio en el Ayuntamiento: por la noche conquistan las tropas de la Convención esta Acrópolis de la revolución y a las dos de la madrugada -veinticuatro horas después de haber sellado Fouché y los suyos el pacto de su aniquilación- Maximiliano Robespierre, el enemigo de Fouché y, ayer aún, el hombre más poderoso de Francia, estaba tendido, ensangrentado, con la mandíbula destrozada, sobre dos sillones en la antesala de la Convención. Se ha dado caza a la pieza mayor. Fouché esta salvado. A la tarde siguiente rueda el carro camino de la plaza del suplicio. El terror ha terminado; pero el espíritu fogoso de la revolución se ha apagado también, pasó la era heroica. Ha llegado la hora de la herencia, la hora de los aventureros, de los ambiciosos, de los ansiosos de botín, de las almas equívocas, de los generales y de los negociantes; la hora de los nuevos gremios. Puede esperarse que haya llegado también la hora de José Fouché.

Mientras el carro conduce lentamente a la guillotina a Maximiliano Robespierre y los suyos por la rue Saint -Honoré, el camino trágico de Luis XVI, de Danton y Desmoulins, y de seis mil víctimas más, se manifiesta con estrépito y entusiasmo la curiosidad de la multitud. Las ejecuciones vuelven a ser fiestas populares: banderas y gallardetes ondean sobre los tejados, de balcones y ventanas salen gritos de alegría, una ola de júbilo brama sobre París. Cuando cae en el cesto la cabeza de Robespierre truena la plaza gigantesca en un grito único, estático, de júbilo. Los conjurados se asombran: ¿por qué se alegra el pueblo tan apasionadamente con la ejecución de este hombre, al que París, al que Francia adoraba aún ayer como a un Dios? Y se admiran aún más cuando, a la entrada de la Convención, una multitud alborotada recibe a Tallien y Barras con aclamaciones y admiración como verdugos del tirano, como vencedores del terror. Y esto los sume en perplejidad, porque, al aniquilar a este hombre superior, solo han querido desembarazarse de un modelo de virtud incómodo, que los espiaba demasiado; pero nadie había pensado en dejar enfriar la guillotina, en terminar con el terror. Mas ante el hecho de la repugnancia que han llegado a inspirar las matanzas colectivas, y conscientes los conspiradores de las simpatías que pueden atraerse convirtiendo a posteriori su impulso íntimo de venganza contra Robespierre en un acto de humanidad, deciden, con súbito acuerdo, aprovechar esta falsa interpretación popular. Sostendrán en adelante que todos los desafueros de la Revolución los tiene sobre la conciencia únicamente Robespierre, que desde los fosos de cal no puede defenderse, y que ellos fueron siempre apóstoles de la dulzura, enemigos de toda dureza y exageración.

No la ejecución de Robespierre, sino la actitud cobarde y mentirosa de sus sucesores, da al 9 de Termidor su sentido histórico, pues hasta aquel día había reclamado para sí la Revolución todos los derechos, había tomado sobre sí tranquilamente toda la responsabilidad... A partir de este día, en cambio, confiesa temerosa haber cometido también equivocaciones, y por boca de sus caudillos empieza a renegar de sí misma. Pero todo credo espiritual, toda concepción vital queda rota en sus más íntimas potencias tan pronto como se niega su derecho absoluto, su infalibilidad. Y al ultrajar los tristes vencedores Tallien y Barras los cuerpos sin vida de sus grandes antecesores, Danton y Robespierre, como cadáveres de asesinos, y al sentarse miedosamente en los bancos de las derechas, de los moderados, con los enemigos secretos de la República, no traicionan solamente la Historia y el espíritu de la Revolución, sino a sí mismos.

Todos esperan ver al lado de estos a Fouché, el conjurado principal, al enemigo más cruel de Robespierre, el más amenazado, el Chef de la Conspiration, pues bien había ganado el derecho a una substanciosa parte del botín. Pero, cosa extraña, Fouché no se sienta con los otros en los bancos de las derechas, sino en su antiguo sitio, en la «montaña», con los radicales. Y se envuelve en silencio. Por primera vez, es sorprendente, no va con la mayoría.

¿Por qué obra Fouché con semejante obstinación? Se lo preguntaron muchos entonces, y se lo han preguntado más tarde algunos. La contestación es sencilla: porque piensa más razonable y perspicazmente que los demás; porque su inteligencia superior de político prevé mas profundamente la situación que la frágil mentalidad de un Tallien o un Barras, a los que únicamente da el peligro una energía momentánea. El antiguo profesor de Física conoce la ley cinética, según la cual una onda no puede tenerse rígida en el aire. Tiene -lo sabe muy bien- que seguir un movimiento de flujo o de reflujo. Si ahora comienza, pues, el reflujo, es que se inicia una reacción y ésta no podrá detener su impulso, como no pudo detenerlo antes la revolución; irá, lo mismo que aquélla, hasta lo último, hasta el extremo, hasta la violencia. Pero entonces se romperá inevitablemente este pacto anudado a toda prisa; si vence, pues, la reacción, están perdidos to dos los paladines de la revolución. Con las ideas nuevas cambia también peligrosamente la medida del juicio para los hechos de ayer. Lo que ayer era deber y atributo de virtud republicana -por ejemplo, matar a tiros a mil seiscientos hombres y saquear las iglesias-, será entonces necesariamente considerado como un crimen; los acusadores de ayer serán los acusados de mañana. Fouché, que tiene bastante sobre su conciencia, no quiere compartir el enorme error de los demás termidoristas (así se llaman los aniquiladores de Robespierre), que se agarran temerosamente a la rueda de la reacción..., sabe que de nada ha de servirles; si la reacción se pone en movimiento nuevamente, los arrastrara a todos consigo, únicamente por prudencia y perspicacia permanece Fouché fiel a las izquierdas, a los radicales. Ve muy claramente que pronto estará amenazada la cerviz de los más audaces precisamente.

Y Fouché tiene razón. Para hacerse populares, para afirmar una humanidad que no existió nunca, sacrifican los termidoristas a los más enérgicos de los procónsules; hacen ejecutar a Carrier, que ahogó seis mil personas en el Loire; a José Lebon, el tribuno de Arras, y a Fouquier-Tinville. Hacen volver -para agradar a las derechas- a los setenta y tres miembros expulsados de la Gironde y se dan cuenta demasiado tarde de que con este esfuerzo de la reacción quedan ellos mismos aprisionados por ella. Tienen que acusar ahora obedientemente a sus propios coadjutores contra Robespierre, a Billaud-Verenne y a Collot d'Herbois, el colega de Fouché en Lyon. Cada vez se cierne más amenazadora la sombra de la reacción sobre Fouché. Por esta vez logra salvarse negando cobardemente toda complicidad en lo de Lyon (aunque no había una hoja en que no fuera su firma junto a la de Collot) y afirmando con igual falsedad el haber sido perseguido sólo por su excesiva benevolencia por el tirano Robespierre. Con esto engaña, efectivamente, el astuto a la Convención por algún tiempo.

Puede permanecer en su sitio sin que le moleste nadie, mientras Collot es mandado a la «guillotina seca», es decir, a las islas, contaminadas por la fiebre, de la India occidental, donde sucumbe a los pocos meses. Pero Fouché es demasiado listo para sentirse seguro tras este primer rechazo; conoce la inflexibilidad de las pasiones políticas; sabe que una reacción, lo mismo que una revolución, no cesa de encarnizarse en los hombres hasta que se le rompen los dientes; que no parará en su deseo de venganza hasta que el último jacobino sea llevado ante el Tribunal y la República quede convertida en escombros. De esta manera sólo ve una salvación para la revolución, a la que esta ligado indisolublemente con lazos sangrientos: reproducirla. Y sólo ve una salvación para él: la caída del Gobierno. Otra vez el más amenazado de todos, lo mismo que hace seis meses, inicia sólo contra fuerzas superiores la lucha desesperada por la vida.

Cuando hay que luchar por el Poder o por la vida es cuando desarrolla Fouché fuerzas asombrosas. Ve que por el camino leal no se puede impedir ya que la Convención persiga a los terroristas de antaño; no queda, pues, otro remedio que el probado tantas veces durante la revolución: el terror. Ya una vez, cuando la sentencia de los girondinos, cuando la sentencia del Rey, se intimidó a los diputados cobardes y vacilantes (entre ellos el entonces aún conservador José Fouché), movilizando a las muchedumbres callejeras contra el Parlamento, sacando de los suburbios los batallones de trabajadores con su fuerza proletaria, con su ímpetu irresistible, e izando la bandera roja de la rebelión en el Ayuntamiento. ¿Por que no lanzar nuevamente contra la Convención acobardada a esta vieja guardia de la revolución, a los conquistadores de la Bastilla, a los hombres del 10 de agosto, para que destrocen con los puños su poder? Claro que para ir a los arrabales y pronunciar allí discursos fogosos, revolucionarios, o, como Murat, bajo peligro de muerte, arrojar folletos excitantes al pueblo, para eso es Fouché demasiado cauto. No le gusta exponerse, prefiere evitar la responsabilidad; su maestría no es la del discurso ampuloso y arrebatador, sino la del susurrar y la de esconderse detrás de otro.

Y también esta vez encuentra al hombre propicio que, adelantándose audaz y decididamente, le cubre con su sombra.

Por París vaga entonces, proscrito y humillado, un verdadero y apasionado republicano: Francisco Babecuí, que se llama a sí mismo Graco Babceuf. Tiene un corazón desbordante y una inteligencia mediocre. Proletario de las entrañas del pueblo, antiguo agrimensor e impresor, tiene pocas y primitivas ideas; pero esas las alimenta con pasión varonil y las enardece con el fuego de la verdadera convicción republicana y social. Los republicanos burgueses y hasta el mismo Robespierre habían eludido con cautela las ideas socialistas y a veces comunistas de Marat sobre la nivelación de la propiedad; les pareció preferible hablar muchísimo de libertad y de fraternidad... y poco de igualdad en cuanto se refiere al dinero y a la propiedad.

Babceuf recoge las ideas de Marat, olvidadas y reprimidas, las aviva con su aliento y las lleva como antorcha por los barrios proletarios de París. Esta llama puede elevarse repentinamente, convertir en ceniza en un par de horas todo París y el país entero, pues poco a poco va comprendiendo el pueblo la traición que cometen los termidoristas en su propia ventaja contra su Revolución, contra la Revolución proletaria. Detrás de Graco Babceuf se oculta Fouché. No se exhibe republicanamente como él; pero le aconseja secretamente en su labor de excitar al pueblo. Le hace escribir folletos violentos y él mismo corrige las pruebas. Piensa Fouché que sólo así, bajo la presión de la materia proletaria y de las turbas de los barrios con sus picas y sus tambores, despertará esa cobarde Convención, únicamente por terror, por miedo, puede ser salvada la República; sólo un tirón enérgico hacia la izquierda podrá eliminar la inclinación a la derecha. Y para este ataque audaz y verdaderamente peligroso, le sirve de coraza este hombre honrado, puro, de buena fe, maravillosamente íntegro. Tras su ancha espalda de proletario se puede uno esconder bien. Babceuf, a su vez, que orgullosamente se titula Graco y tribuno del pueblo, se siente honradísimo de que el célebre diputado Fouché le aconseje. Sí, éste es aún de los últimos y verdaderos republicanos, cree él; uno de los que permanecieron en los bancos de la «montaña», que no ha hecho pacto con la jeunesse dorée y con los proveedores del ejército.

De buena gana se deja aconsejar, e impelido por esta mano hábil ataca a Tallien, a los termidoristas y al Gobierno.

Pero únicamente a él, al bonachón y recto Babceuf, consigue engañar Fouché. El Gobierno reconoce pronto la mano que carga el fusil contra él, y en pública sesión culpa Tallien a Fouché de ser el consejero de Babceuf. Como siempre, niega Fouché francamente a su aliado (lo mismo que a Chaumette frente a los jacobinos, lo mismo que a Collot en Lyon). No, no conoce a Babceuf mas que de vista, condena sus exageraciones... Se bate en retirada con la mayor celeridad. Nuevamente cae el golpe sobre su escudero; pronto será detenido Babceuf y no tardaran en fusilarle en el patio de un cuartel. ¡Siempre paga otro con su sangre por las palabras y la política de Fouché! Este golpe audaz de Fouché se ha frustrado, solo ha conseguido con él atraer la atención sobre su persona, y eso no le conviene, porque le trae el recuerdo de Lyon y de los campos regados de sangre de Brotteaux. Nuevamente, y más enérgicamente que nunca, azuza la reacción a los acusadores de las provincias en las que mandó. Apenas se ha quitado de encima las imputaciones que le hace Lyon, se presentan Nevers y Clamency. Cada vez más en voz alta, cada vez más estrepitosamente, es acusado José Fouché de terrorismo ante el Tribunal de la Convención. Se defiende astutamente, con energía y no sin suerte. El mismo Tallien, su contrincante, se esfuerza en protegerle, pues empieza a atemorizarle la preponderancia de la reacción y comienza a temer por su propia cabeza. Pero ya es tarde: el 22 de Termidor de 1795, un año y doce días después de la caída de Robespierre, se formula, tras largo debate, la acusación por actos terroristas contra José Fouché. Y el 23 de Termidor se decide su detención. Igual que sobre Robespierre la sombra de Danton, parece levantarse sobre Fouché, vindicadora, la sombra de Robespierre.

Pero estamos -y esto lo ha calculado bien el político inteligente- en el Termidor del cuarto año de la República y no del tercero. En 1793 equivalía la acusación a la orden de detención, y la detención a la muerte; si se ingresaba por la noche en la Conciergerie, se era sometido a interrogatorio al día siguiente, y por la tarde del mismo día se estaba ya en el carro. Pero en 1794 ya no mantiene el puño férreo del «incorruptible» las riendas de la justicia; las leyes se han aflojado, se puede uno escapar por entre sus mallas si es escurridizo. Y Fouché no sería Fouché si fuera incapaz de pasar él, que tantas veces estuvo en peligro, acorralado, por tan elásticas redes. A través de pasadizos y escaleras secretas se escurre y consigue que no le detengan enseguida, que se le deje tiempo para preparar una réplica, para una contestación, para una justificación; y el tiempo lo es todo. Hay que replegarse a la oscuridad, hay que procurar que le olviden a uno; hay que mantenerse en silencio, mientras gritan los demás, para pasar inadvertido. Según la receta célebre de Siéyès, que asistió a la Convención durante los años del terror sin desplegar los labios y que habiendo sido preguntado qué hizo todo ese tiempo, dió, sonriente, la contestación genial: J’ai vécu (He vivido). Así hace Fouché y se finge muerto, como algunos animales, para que no le maten. Si salva la vida ahora, durante el breve plazo de transición, estará libre definitivamente, pues el experto oteador presiente que toda la grandeza y toda la fuerza de esta Convención no durarán mas de un par de semanas, de un par de meses, a lo sumo.

Así salva José Fouché su vida; y eso es mucho en aquel tiempo. Es decir, sólo la vida; pero no su nombre y posición, pues no vuelven a elegirle en la nueva Asamblea. El enorme esfuerzo ha sido inútil, como lo ha sido el derroche de pasión y de astucia, de audacia y de traición; sólo la vida es lo que salva. Ya no es el José Fouché de Nantes, diputado del pueblo; ya no es el profesor del Oratorio; no es sino un hombre olvidado, despreciado, sin categoría, sin fortuna, insignificante; una sombra miserable a la que únicamente protege la oscuridad.

Durante tres años, nadie pronuncia en Francia su nombre.

 

CAPÍTULO IV

MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO

(1799-1802)

Se ha compuesto el himno del destierro, esa potencia creadora del Destino, que levanta al hombre en su caída y concentra en la dura opresión de la soledad, nuevamente y en un orden nuevo, las fuerzas conmovidas del alma? Siempre culparon los artistas al destierro como aparente obstáculo del ascenso, como inútil intervalo, como interrupción cruel. Pero el ritmo de la Naturaleza quiere estas censuras forzadas. Pues sólo quien sabe de sus honduras conoce integra la vida. El impulso de reacción es lo que comunica al hombre toda la fuerza de su pujanza.

El genio creador, sobre todo, necesita temporalmente este aislamiento forzado para medir desde la profundidad de la desesperación, desde la lejanía del destierro, el horizonte y la altura de su verdadera misión. Los más altos mensajes de la Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones: Moisés, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar en el silencio del desierto, en «el no estar entre los hombres», antes de poder pronunciar la palabra decisiva. La ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoiewski, la prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Wartburg, el destierro de Dante y la extirpación voluntaria de Nietzsche a las zonas heladas de la Engadina, fueron exigencias del propio genio, ordenadas secretamente contra la voluntad despierta del hombre mismo.

Pero también en el terreno bajo y más firme de la política, una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera que su interrupción temporal, pues el que ve el mundo siempre desde arriba, desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del Poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su verdadero valor. Nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de Poder, como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde conoce el artista su verdadera relación con la obra: en la derrota, el general, sus faltas, y en la pérdida del favor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política. La riqueza permanente debilita; el aplauso constante hace insensible; únicamente la interrupción procura al vario ritmo de la vida nueva tensión y elasticidad creadora, únicamente la desgraciada mirada profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad, al indeciso le hace enérgico; al duro, mas duro aún. Nunca es el destierro para el verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza.

El destierro de José Fouché dura mas de tres años, y la isla solitaria e inhóspita adonde es enviado se llama la pobreza.

Ayer aún procónsul, colaborador en el destino de la Revolución, para caer, desde los tramos mas altos del Poder, en una oscuridad tal, en tanta suciedad y tanto lodo, que se borran y pierden sus huellas. El único que entonces pudo verlas, Barras, da una descripción conmovedora de la miserable buhardilla bajo las nubes donde Fouché habita con su fea mujer y sus dos hijos malsanos y pelirrojos, albinos, de fealdad excepcional. En el quinto piso, en un cuarto sucio, sin ventilación, horriblemente achicharrado por el sol se esconde el caído ante cuya palabra temblaron miles de seres y que, al cabo de algunos años, ha de levantarse nuevamente como Duque de Otranto y tener en su mano el timón del destino europeo... El mismo que ahora no sabe con que dinero podrá comprar al día siguiente leche para sus hijos, ni cómo pagar el alquiler mísero y menos aún cómo defender la vida destrozada ante enemigos innumerables e invisibles, ante los vengadores de Lyon.

Nadie, ni su más fiel y concienzudo biógrafo, Madelin puede realmente decirnos de qué fué viviendo en esos año de miseria. No cobra ya sueldo como diputado; su fortuna personal la ha perdido en una rebelión de Santo Domingo; nadie se atreve a colocar públicamente, a dar trabajo al mítrailleur de Lyon; todos los amigos le han abandonado, evitan su encuentro.

Se ocupa en los negocios más extraños y oscuros, y, según dicen, no es una fábula, sino un hecho verídico, que el futuro Duque de Otranto se dedicó por entonces a cebar cerdos. Pero no tarda en ocuparse en un negocio mucho menos limpio: el de espía de Barras, el único de los nuevos poderosos que con una extraña compasión sigue recibiendo al desgraciado. Naturalmente, no en la sala de audiencia del Ministerio, sino en cualquier parte, a oscuras; allí le echa al pordiosero pertinaz, de vez en cuando, como una limosna, un pequeño negocio sucio: un aprovisionamiento al ejército, un viaje de inspección; siempre un diminuto lucro que sostiene por quince días a flote al engorroso. Pero a través de esas múltiples pruebas descubre en Fouché su verdadero talento. Barras tiene ya entonces una serie de proyectos políticos, desconfía de sus colega y para ello puede utilizar muy bien a un soplón que no pertenezca a la política oficial: una especie de detective particular. Para eso sirve Fouché divinamente. Escucha y espía, penetra en las casas por las escaleras de servicio, obtiene de todos los conocidos el chismorreo del día y va con esta sucia baba del público, secretamente, donde esta Barras. Y cuanto más ambicioso se va haciendo Barras, mientras más ávidamente vislumbran sus proyectos un golpe de Estado, le es más preciso Fouché. Hace ya mucho tiempo que le estorban en el Directorio (el Consejo de los cinco, que domina ahora en Francia) las dos únicas personas honradas -Carnot sobre todo, el hombre recto de la Revolución Francesa- y trata de desembarazarse de ellos. Pero quien proyecta un golpe de Estado y trama conspiraciones necesita, sobre todo, hombres à tout faire, bravis y bulos, como los llaman los italianos; personas sin carácter y en quienes, no obstante, se puede confiar; para eso sirve Fouché como nadie. El destierro es su escuela para la carrera y en ella desarrolla su talento futuro como maestro de la Policía.

Por fin, tras larga, interminable noche de existencia aterida, de oscuridad, de miseria, otea Fouché un aire matinal. Un nuevo señor se instala en París, un nuevo poder naciente. Fouché decide servirle. Este nuevo poder es el dinero. Apenas reposan Robespierre y los suyos sobre las duras tablas, surge el dinero, omnipotente, y cuenta nuevamente con miles de vasallos y esclavos. Magníficos coches con caballos cuidadosamente almohazados y con arreos nuevos ruedan otra vez por las calles; dentro van, medio desnudas, como diosas griegas, encantadoras mujeres, envueltas en preciosas sedas y muselinas. En el Bois pasea a caballo la jeunesse dorée, con blancos y ceñidos pantalones de nanquín y fracs amarillos, marrones y rojos. En las manos, llenas de sortijas, llevan fustas con puños de oro, que utilizan también con gusto contra los terroristas de antaño; se hacen buenos negocios en las tiendas de perfumes y en las joyerías; se abren como por ensalmo quinientos, seiscientos salones de baile y cafés; se construyen chaléts y se compran casas; se va al teatro, se juega a la Bolsa y se apuesta; se compra y se vende y se juega por miles detrás de las cortinas de damasco del Palais Royal. El dinero ha vuelto, soberano, insolente y audaz.

¿Pero donde estaba el dinero entre 1791 y 1795 en Francia? Donde siempre... No hizo mas que esconderse. Lo mismo que en Alemania y en Austria, durante el período del miedo comunista, en igig; los ricos se fingieron repentinamente muertos; se escondieron los ricos franceses, pues a todo el que bajo el régimen de Robespierre toleraba a su alrededor el lujo más mínimo, es más: al que tan sólo se acercaba al lujo, se le tomaba por mauvaís riche y se le miraba como sospechoso; era desagradable que le tuvieran a uno por adinerado. Pero de nuevo sólo el rico vale hoy. Afortunadamente, es ésta la época (como siempre en el caos) para hacer dinero. Las fortunas cambian de dueño; las fincas son vendidas, y con ello se gana; las propiedades de los emigrados son subastadas, y con ello se gana; a los condenados se les confiscan los bienes, y con ello se gana; los asignados bajan diariamente; una fiebre frenética de inflación conmueve al país, y con ello se gana. En todo se puede ganar, si se tienen manos hábiles y osadas y relaciones en el Gobierno. Pero hay, sobre todo, una fuente que mana con abundancia sin igual, magnífica: la guerra. Ya en 1791, al empezar, habían hecho unos cuantos el descubrimiento (como lo hicieran unos cuantos también en 1914) de que se puede sacar muy buen provecho de la guerra, que devora los hombres y destruye los valores; pero en aquella ocasión se echaron con saña al cuello de los accapareurs Robespierre y Saint -Just, los incorruptibles. Mas ahora, gracias a Dios, han sido liquidados esos Catones, se oxida la guillotina en el granero, y los accapareurs y proveedores del ejército ven llegar una época de oro. Ya se pueden vender tranquilamente zapatos malos por dinero bueno, llenarse bien los bolsillos de anticipos y requisas. Naturalmente, con la condición de que le sean a uno asignados los pedidos. Por eso siempre requieren estos asuntos un mediador a propósito, un corredor bien acreditado y accesible, que abra desde dentro a los especuladores la puerta del establo que conduce al pesebre abundante del Estado.

Para estos negocios sucios es José Fouché el hombre ideal. La miseria le ha arrebatado por completo la conciencia republicana; su odio al dinero es una idea arrinconada ya; se le puede comprar barato al medio muerto de hambre. Y, por otra parte, tiene las mejores «relaciones», pues entra y sale (como espía) en la antesala de Barras, el presidente del Directorio. Así se convierte, de la noche a la mañana, el comunista radical de 1793, que quiso mandar amasar a toda costa el «pan de la Igualdad», en el íntimo de los nuevos banqueros republicanos, que cumple y amaña, por una buena comisión, todos sus deseos y asuntos. Por ejemplo, el accapareur Hinguerlot, uno de los mas audaces y desalmados agiotistas de la República (Napoleón le odiaba), es objeto de una acusación molesta; ha obrado demasiado osadamente y, como proveedor, ha provisto su bolsa con entusiasmo excesivo y le han metido en un pleito que le puede costar mucho dinero y quizá la cabeza. ¿Qué hacer en tales circunstancias, entonces como ahora? Se dirige uno a alguna persona que tenga buenas relaciones «arriba», que tenga influencia política y privada y que pueda «arreglar» el enojoso asunto. Se dirige, pues, a Fouché, el moscardón de Barras, que engrasa enseguida sus botas y corre a casa del omnipotente (la carta se encuentra impresa en sus Memorias), y, efectivamente, el asunto, poco limpio, es ahogado silenciosamente sin dolor. A cambio de esto le interesa Hinguerlot en las provisiones del ejército y en los negocios bursátiles. Lappétit vient en mangeant. Fouché descubre en 1797 que el dinero huele mucho mejor que la sangre de 1793 y funda, gracias a sus nuevas «relaciones», de una parte con los nuevos grandes financieros y de otra con el Gobierno corrupto, una nueva Compañía de aprovisionamiento para el ejército de Scherer. Los soldados del buen general recibirán calzado detestable, pasaran frío con sus abrigos delgados y serán batidos en los llanos de Italia; pero es más importante que la Compañía Fouché-Hinguerlot, y seguramente el mismo Barras, obtenga una substanciosa ganancia. Ha des aparecido el asco ante el «metal despreciable y nocivo», que proclamaba aún hace tres años con tanta elocuencia el ultrajacobino y supercomunista Fouché, y han sido olvidados también los ataques de odio contra los «malos ricos» y aquello de que «el buen republicano sólo necesita al día pan, hierro y cuarenta escudos». Ahora es su lema, al fin, ser también rico. En el destierro ha conocido Fouché el poder del dinero y se rinde ante él para servirle, como ante todo poder. Demasiado tiempo, demasiado dolorosamente ha sufrido el horrible «estar abajo», en la suciedad del desprecio y de la miseria... Ahora se empina con todas sus fuerzas hacia ese mundo donde se compra por dinero el Poder, porque desde el Poder se acuña nuevamente el dinero. El trabajo de zapa ha excavado ya la primera galería en la más pródiga de todas las minas; ha dado el primer paso en el camino fantástico que va desde la miserable buhardilla de un quinto piso a la residencia ducal; desde la nada, a una fortuna de veinte millones de francos.

Desde que Fouché arrojó el peso desagradable de los principios revolucionarios, se ha vuelto muy ágil; súbitamente se encuentra otra vez con el pie en el estribo. Su amigo Barras no hace sólo transacciones financieras oscuras sino también negocios políticos sucios. Con toda cautela quiere vender la República por un título de duque y un montón de dinero a Luis XVIII. En esto le estorba únicamente la presencia de colegas decentes, republicanos como Carnot, que siguen creyendo en la República y que no quieren comprender que los ideales sólo sirven para ganar con ellos. Y en el golpe de Estado que dió Barras el 18 de Fructidor, que le desembaraza de este molesto vigilante ayudó Fouché, sin duda alguna, a su compañero de negocio minando el terreno, pues apenas es su protector Barras señor ilimitado del Consejo de los Cinco, del Directorio renovado, se abre camino impetuosamente el enemigo de la luz y pide su premio. ¡Que Barras le coloque en la política, en el ejército, en algún sitio, en alguna misión donde se puedan llenar bien los bolsillos y donde se pueda uno reponer de los años de miseria! Barras, que necesita a este hombre, apenas puede negarse al mediador de sus negocios sucios. No obstante, el nombre de Fouché, el mitrailleur de Lyon, apesta aún demasiado a sangre para comprometerse con él públicamente en París durante la luna de miel de la reacción. Así le manda Barras, por lo pronto, como representante del Gobierno a Italia, al ejército, y luego a la República bátava, a Holanda, para llevar a cabo negociaciones secretas, pues sabe muy bien Barras que es maestro en el juego de intrigas subterráneas; pero lo tendrá que sentir pronto, intensamente, en la propia carne. En 1798 es, pues, Fouché embajador de la República francesa: otra vez tiene el pie en el estribo. Lo mismo que antaño en su misión sangrienta, desarrolla ahora, en la diplomacia, la misma energía glacial; particularmente en Holanda alcanza rápidos éxitos. Envejecido en experiencias trágicas, madurado en épocas tempestuosas, suavizado en la forja dura de la miseria, demuestra Fouché su antigua energía aliada a una nueva precaución. Pronto ven los de «arriba», los nuevos señores, que es un hombre que se puede utilizar, que baila al son que le tocan y brinca con el dinero; atento hacia los de arriba, sin miramientos para los de abajo, es el verdadero y hábil navegante en aguas movidas. Y como la nave del Gobierno se tambalea cada vez con más peligro y amenaza estrellarse en su rumbo inseguro, toma el Directorio, el 3 de Termidor del año 1799, una decisión inesperada: José Fouché, en misión secreta en Holanda, es nombrado súbitamente, de la noche a la mañana, ministro de Policía de la República francesa.

¡José Fouché, ministro! París se estremece como por un tiro de cañón. ¿Comienza otra vez el terror, para que suelten de la cadena a este perro de presa, al mitrailleur de Lyon, al profanador de hostias y saqueador de iglesias, al amigo del anarquista Babceuf? ¿Traerán ahora también -¡Dios nos libre!- a Callot d'Herbois y a Billaud de las islas infectas de la Guayana y volverán a colocar la guillotina en la Plaza de la República? ¿Se amasará, por último, otra vez el «pan de la Igualdad»? ¿Volverán a instituirse los «comités filantrópicos» que sacan el dinero a la gente rica? París, que lleva ya algún tiempo intranquilo, con sus mil quinientos salones de baile, con sus magníficas tiendas y su jeunesse dorée, se asusta. Los ricos y los burgueses tiemblan de nuevo como en 1792. Sólo los jacobinos están contentos, los últimos republicanos. ¡Por fin, tras tremendas persecuciones, está en el Poder uno de los suyos, el más audaz, el más radical, el mas inflexible! ¡Por fin se tendrá en jaque a la reacción, y la República quedara limpia de realistas y conspiradores! Pero ¡cosa extraña! Unos y otros se preguntan a los pocos días: ¿se llama este ministro de Policía verdaderamente José Fouché? Otra vez se ha probado por la experiencia la sabia máxima de Mirabeau (hoy aún valedera para los socialistas) que los jacobinos, como ministros, dejan de ser jacobinos. Y así, los labios que antaño goteaban sangre, rebosan ahora bálsamo de palabras conciliatorias. Orden, calma, seguridad; estas palabras se repiten constantemente en las proclamas políticas del ex terrorista. Combatir el anarquismo es su principal divisa. La libertad de la Prensa tiene que ser limitada, hay que dar fin a los eternos discursos de excitación. Orden, orden, calma y seguridad... Ni Metternich, ni Seldnitzki, ni el mayor archirreaccionario del Imperio austriaco han escrito decretos mas conservadores que José Fouché, el mitrailleur de Lyon.

Los burgueses respiran: ¡que «Paulus» ha salido este «Saulus»! Pero los verdaderos republicanos rabian de indignación en sus juntas. Han aprendido poco en estos años, aún pronuncian discursos y más discursos enfurecidos, amenazan al Directorio, a los ministros y a la Constitución con frases de Plutarco. Se manifiestan con los mismos feroces ademanes que si vivieran aún Danton y Marat, como si pudieran, igual que entonces, agrupar, tocando a rebato, cientos de miles de hombres de los arrabales.

Sin embargo, esos enredos molestos intranquilizan por fin al Directorio. ¿Que se puede hacer contra ellos? Preguntan sus colegas al recién elegido ministro de Policía.

«Cerrar el club», contesta éste, impávido. Incrédulos, le miran los demás y preguntan cuando se ha de tomar esta medida audaz. «Mañana», contesta tranquilamente Fouché.

Y, efectivamente, a la noche siguiente se dirige Fouché, presidente que fué de los jacobinos, al club radical de la rue du Bac. En este círculo ha latido durante todos estos años el corazón de la revolución. Son los mismos hombres ante los que Robespierre, Danton y Marat, ante los que él mismo pronunciaron discursos apasionados. Después de la caída de Robespierre, después de la derrota de Babceuf, vive únicamente en el Club du Manège el recuerdo de los días tumultuosos de la revolución.

Pero el sentimentalismo no es cosa de Fouché; puede, cuando quiere, olvidar, de manera fantásticamente rápida, su pasado.

El antiguo profesor de Matemáticas del Oratorio mide siempre únicamente el paralelogramo de las fuerzas reales. Sabe que la idea republicana esta aniquilada, los mejores caudillos, los hombres de acción, están bajo tierra: así se han ido rebajando todos los clubes desde hace tiempo hasta convertirse en casinos de charlatanes, que se quitan la palabra de la boca. En 1799 ya han bajado de valor las frases de Plutarco y las palabras patrióticas, lo mismo que los asignados. Se ha fraseado y se ha impreso billetes en demasía. Francia esta harta (¿quien lo ha de saber mejor que el ministro de Policía?) de abogados, oradores y renovadores, cansada de decretos y leyes; no quiere más que tranquilidad, orden, paz y clara situación económica; igual que después de unos años de guerra, después de unos años de revolución y de éxtasis colectivo, el egoísmo irresistible del individuo, de la familia, reclama su derecho.

En el momento preciso en que pronuncia uno de esos republicanos un discurso fogoso, se abre la puerta y, con su uniforme de ministro, entra Fouché acompañado de los gendarmes. Con mirada fría mira asombrado la reunión, que se apresura a levantarse de sus asientos: ¡que adversarios tan miserables! Desde hace tiempo, sucumbieron los hombres de acción, los hombres de espíritu de la Revolución, sus héroes y sus fanáticos; únicamente quedaron los charlatanes, y contra los charlatanes basta un gesto enérgico. Sin vacilar sube a la tribuna; por primera vez, al cabo de seis años, oyen los jacobinos su voz fría y sobria, pero no para excitar, en nombre de la Libertad, el odio contra los déspotas: el hombrecillo desmedrado declara tranquilamente la disolución del club. La sorpresa es tan grande que nadie opone resistencia. No se indignan ni se arrojan, como siempre juraron, con los puñales contra el aniquilador de la Libertad. Balbucean nada más; se repliegan y desalojan, estupefactos, el salón. Fouché calculo bien: contra hombres hay que luchar; a los charlatanes se los derriba con un gesto.

Ahora que esta desalojado el salón avanza lentamente hacia la puerta, la cierra y se mete la llave en el bolsillo. Y con esta vuelta de llave ha terminado, efectivamente, la Revolución francesa.

Un cargo es según quiere el hombre que lo desempeña. Cuando Fouché toma posesión del Ministerio de Policía, admite con esto el desempeño de una función absolutamente subalterna, una especie de subprefectura del Ministerio del Interior. Debe vigilar e informar, recoger el material para la política exterior e interior, con el que luego operan, como reyes, los señores del Directorio. Pero apenas tiene Fouché tres meses el poder en sus manos, notan sus protectores, asustados, asombrados e indefensos ya, que no vigila solamente hacia abajo, sino también hacia arriba; que el ministro de Policía vigila a los demás ministros, al Directorio, a los generales y a toda la política. Su red se extiende sobre todos los cargos y funciones, a sus manos llegan todas las noticias, hace política al margen de la política, guerra al margen de la guerra y ensancha en todas direcciones los límites de sus poderes. Hasta que, por fin, Talleyrand define con enojo el cargo de ministro de Policía: «El ministro de Policía es un hombre que se ocupa, en primera línea, de todos los asuntos que le importan, y en segundo lugar, de todos los que no le importan».

Magníficamente esta montada esta máquina complicada, este aparato de vigilancia de todo un país. Mil noticias llegan todos los días a la casa del Quaí Voltaire. Al cabo de un par de meses ha llenado el país de espías, agentes secretos y moscardones. Pero no hay que figurarse sus espías como detectives burgueses, corrientes y vulgares que atisban el chismorreo del día con los porteros, en las tabernas, en los burdeles y en las iglesias. Los agentes de Fouché llevan galones de oro, levita de diplomático y sutiles trajes de encaje; charlan en los salones del Faubourg Saint -Germain y, por otra parte, se introducen, disfrazados de patriotas, en las sesiones secretas de los jacobinos. En la lista de sus mercenarios se encuentran marqueses y duquesas con los nombres más ilustres de Francia. Y hasta puede alardear (caso fantástico) de tener a su servicio a la mujer mas preeminente del país, a Josefina Bonaparte, la futura Emperatriz. En el despacho de su señor y futuro Emperador está, vendido a Fouché, el secretario; en Hartwell ha sobornado al cocinero del rey Luis XVIII. No hay charla de que no tenga referencia, no hay carta que no se abra.

En el ejército, entre los comerciantes, entre los diputados, en las tabernas y en las asambleas, a todas partes llega el oído vigilante del ministro de Policía, invisible, y todas estas noticias van diariamente a parar a su mesa de burócrata. Allí se examinan las denuncias, en parte auténticas y de trascendencia, en parte insignificantes, y se estudian y comparan hasta que surge, entre mil claves, la noticia clara.

La información lo es todo, en la guerra como en la paz, en la política como en la economía. El Poder no se funda, en la Francia de 1799, en el terror, sino en la información. La información en torno de estos tristes termidoristas, para saber cuánto dinero acepta cada uno, por quien es sobornado, por cuánto se le compra. Así se le puede tener a raya, en una situación de dependencia respecto del superior; la información sobre las conspiraciones, en parte para batirlas y en parte para acelerarlas, permite llevar la maniobra política siempre del lado favorable. El saber por adelantado las noticias del teatro de la guerra y de las negociaciones de la paz, permite operar en la Bolsa con financieros complacientes y, finalmente, hacerse un capital. Así, esta maquina de noticias en manos de Fouché produce constantemente dinero, y el dinero, a su vez, sirve de engrase para mantenerla rodando silenciosamente. De las casas de juego, de los burdeles, de las casas de banca, fluyen contribuciones discretas que ascienden a millones, que van a parar a su mano, para transformarse allí en soborno; el soborno, a su vez, trae nuevas informaciones... Así no se para ni falla jamás esta maquinaria enorme y refinada de la Policía, que un solo hombre creó de la nada en pocos meses, gracias a su inmensa energía y a su genio psicológico.

Pero lo más genial de esta maquinaria incomparable de Fouché es que sólo funciona regida por su mano. En algún sitio tiene un tornillo secreto que si se saca hace detenerse súbitamente la rotación vertiginosa. Fouché lo previene todo desde el primer momento, por si algún día cayera en desgracia. Sabe que si le despiden basta una simple manipulación para paralizar enseguida la máquina por él construida. Pues no ha creado el servicio para el Estado, ni para el Directorio, ni para Napoleón.

Este déspota crea su obra únicamente para su propia utilidad. No piensa dar cuenta, según es su deber, del resultado de todas las informaciones que sedimenta químicamente en su retorta policíaca; sólo comunica lo que quiere comunicar, con egoísmo, sin miramientos; ¿para qué hacer más listos a los imbéciles en el Directorio y dejarles ver sus cartas? Deja salir de su laboratorio exclusivamente lo que le es útil, lo que le es imprescindiblemente necesario para su propia ventaja; los dardos y los venenos eficaces los guarda cuidadosamente en su arsenal particular para su venganza personal, para sus asesinatos políticos.

Siempre sabe Fouché más de lo que creen en el Directorio que sabe, y por eso es peligroso e imprescindible a la vez para todos. Sabe de las negociaciones de Barras con los realistas, de las pretensiones a la corona de Bonaparte, de las maquinaciones de los jacobinos o de los reaccionarios; pero nunca descubre esos secretos cuando se entera de ellos, sino cuando le parece ventajoso descubrirlos. A veces acelera las conspiraciones, a veces las refrena, a veces las provoca artificialmente, a veces las descubre ruidosamente (y avisa al mismo tiempo a los interesados para que se pongan a tiempo a salvo); siempre hace doble, triple, cuádruple juego, y el engañar y burlarse en todas direcciones se convierte poco a poco en pasión. Para ello se necesita, naturalmente, plena consagración de fuerza y tiempo: esto no lo escatima Fouché, cuya jornada de trabajo es de diez horas. Antes de permitir a otro una ojeada en sus secretos policíacos, prefiere estar sentado desde la mañana hasta la noche en su despacho. Examina todos los papeles y despacha cada acta personalmente. Toma declaraciones a cada acusado importante, solo, con las puertas cerradas, en su gabinete, para que nadie se entere -ni siquiera sus subalternos de los pormenores decisivos; y así tiene, poco a poco, como confesor voluntario de todo el país, los secretos de todos en su mano. Otra vez reina por terrorismo, como antaño en Lyon; pero no utiliza ya la tosca hacha mortífera, sino el veneno psíquico del miedo, de la conciencia intranquila, del sentirse espiado y del saberse descubierto. Con ello mete el resuello en el cuello a millares de seres. La máquina de 1792, la guillotina, inventada para suprimir toda resistencia contra el Estado, es una herramienta torpe comparada con la maquinaria policíaca, combinada y refinada por la superioridad espiritual del José Fouché de 1799.

De este instrumento, que él mismo se ha construido a medida de su mano, se sirve José Fouché como artista consumado.

Conoce el más alto secreto del Poder, que consiste en disfrutar su posesión secretamente, y utilizarlo con tacto económico.

Pasaron los tiempos de Lyon en los que prohibían la entrada al aposento del omnipotente feroces guardias de la Revolución con bayonetas caladas. Ahora se reúnen en su antesala las señoras del Faubourg Saint-Germain y las recibe con gusto. Sabe lo que quieren: una ruega tachen de la lista de emigrados a un pariente, otra quiere proporcionar una colocación buena a un primo, la tercera, acallar un pleito fatal. A todas se muestra Fouché igualmente amable. ¿Para qué hacerse ingrato a cualquiera de los partidos, a los jacobinos o a los realistas, a los moderados o a los bonapartistas, si no se sabe quién ha de gobernar mañana? De tal modo se muestra, el que fué terrorista temido, el hombre más suave y conciliador. públicamente truena en sus discursos y proclamas contra realistas y anarquistas; pero, en secreto, por bajo manga, los aviva o soborna. Evita procesos ruidosos, sentencias de muerte crueles; a él le basta el ademán de la violencia, en vez de la violencia misma; el verdadero Poder subterráneo en el Estado, en vez de la engañifa vana que ostentan Barras y sus colegas con sus sombreros de plumas.

Así sucede que a los pocos meses se ha convertido el demonio de Fouché en el ídolo de todos; pues ¿qué ministro o estadista será en todos los tiempos y en todas partes el más estimado sino el que deje que hablen con él, que vea tranquilamente como se gana dinero o incluso ayude a ganarlo, o a alcanzar cargos, que haga a todos concesiones y que cierre benévolamente los ojos severos, siempre que uno no meta la nariz demasiado en política o que no le estorbe en sus propios proyectos? ¿No es mejor comprar las convicciones o conseguirlas por adulación, que sacar los cañones a la calle? ¿No es mejor llamar a los exaltados al gabinete secreto y enseñarles allí en un cajón su sentencia de muerte firmada, que hacerla ejecutar verdaderamente? Claro que sabe poner sin contemplaciones la mano dura donde advierte verdadera rebelión. Mas para el que se esta quieto y no se levanta contra el mando, alardea el viejo terrorista de tolerancia sacerdotal, más vieja aún. Conoce el flaco de la Humanidad por el dinero, por el lujo, por los pequeños vicios, por los placeres íntimos... Bueno, habeant! Pero hay que estarse quietos... Los grandes banqueros, perseguidos a muerte hasta este momento bajo la República, pueden hoy acaparar y ganar dinero tranquilamente: Fouché les proporciona noticias y ellos a él parte de la ganancia. La Prensa, que era bajo Marat y Desmoulins una fiera rabiosa y sanguinaria, ¡qué solícita le lame los pies! También ella prefiere las golosinas al látigo. En poco tiempo sustituye a la gritería de los patriotas privilegiados un reposo bienhechor; Fouché le ha tirado a cada uno un hueso o los ha ahuyentado, con un par de fuertes azotes, a un rincón. Y ya saben sus colegas, ya saben todos los partidos, que es tan agradable y fructífero tener a Fouché por amigo como es desagradable hacerle sacar las uñas de las patitas de terciopelo, y aunque es el hombre más despreciado de todos, por lo mismo que están todos agradecidos a su silencio, tiene, por esta misma razón, un sinfín de buenos amigos. Aún no se ha reedificado la ciudad destruida del Ródano, y ya se han olvidado las mitraillades de Lyon, ya es José Fouché un hombre bienquisto.

Sobre todo lo que ocurre en el país tiene José Fouché las primeras, las mejores noticias. Nadie sabe tan detalladamente, gracias a una vigilancia de mil cabezas y de dos mil oídos, hasta los últimos pliegues de los acontecimientos; nadie conoce la fuerza o la fragilidad de los partidos y de las personas mejor que este observador de nervios fríos, a través de su aparato registrador, que marca las más pequeñas oscilaciones de la política.

De esta manera, bien pronto comprende José Fouché, y advierte claramente, que el Directorio está perdido. Sus cinco miembros están en desacuerdo; uno obra a espaldas del otro y sólo espera el momento de quitarle de en medio. Los ejércitos vencidos, la economía revuelta, el país intranquilo... Así no se puede seguir. Fouché husmea que pronto cambiara el viento.

Sus agentes le informan de que Barras negocia ya secretamente con Luis XVIII para vender por una corona ducal la República a la dinastía de los Borbones. Sus colegas, en cambio, coquetean con el duque de Orleáns o sueñan con la reconstitución de la Convención. Pero todos, todos saben que así no se puede seguir. La nación esta conmovida por rebeliones interiores, los asignados se deshojan en papeles sin valor, los soldados niegan ya el servicio. Si no reúnen en una nueva fuerza las energías dispersas se derrumbará la República.

Sólo un dictador puede salvar l a situación, y todas las miradas se pierden en el vacío en busca de uno. «Necesitamos una cabeza y un sable», dice Barras a Fouché, teniéndose a sí mismo secretamente por la cabeza y buscando el sable a propósito.

Pero Hoche y Joubert, los victoriosos murieron muy a destiempo para su carrera; Bernadotte es aún jacobino, y el único del que todos saben que sería las dos cosas en uno, el sable y la cabeza, Bonaparte, el héroe de Arcole y Rívoli, de ése se han desembarazado por miedo mandándole bien lejos a maniobrar en la arena del desierto egipcio infructuosamente. Con él, separado por tantas millas de distancia, no hay que contar.

De todos los ministros es Fouché el único que sabe y, entonces que el general Bonaparte, al que creen los demás a la sombra de las pirámides, no está tan distante y que desembarcará en breve en Francia. Le habían destinado tan lejos por demasiado ambicioso, demasiado popular y dominante; le habían destinado a algunos miles de millas de París. Quizás hubo quien respiró secretamente cuando destruyó Nelson en Abukir la flota, pues ¿qué les importa a los intrigantes y políticos un par de miles de muertos, si con ello se quitaban de encima a un contrincante? Ahora duermen tranquilos; le saben atado al ejército y se cuidan bien de no volverle a llamar. Ni un momento suponen que pudiera tener la osadía de entregar arbitrariamente el mando a otro general y venir a hacerlos saltar de sus blandos divanes; cuentan con todas las posibilidades, menos con Bonaparte.

Pero Fouché sabe más y de la mejor fuente. Pues quien le confía todo y le da cuenta de cada carta, de cada medida, su mejor, su más informado, el más leal de los espías pagados, es nada menos que... la propia mujer de Bonaparte, Josefina Beauharnais. Corromper a esta criolla frívola no significa de por sí un acto grande, pues, despilfarradora loca, esta constantemente en situaciones económicas difíciles, y aunque Napoleón le consigna espléndidamente cientos de miles de los fondos del Estado, se filtran como gota de agua en los gastos de una mujer que se compra en un año trescientos sombreros y setecientos vestidos, que no sabe ni ahorrar su dinero, ni su cuerpo, ni su buena reputación, y la que, además, está en este momento bastante apesadumbrada. Mientras estaba el pequeño general fogoso en su campaña, en el aburrido país de los mamelucos -al que se la quiso llevar-, se ha dedicado a dormir con un Charle guapo y encantador, y quizá con algún otro más; probablemente con su antiguo amante Barras. Esto se lo han tomado a mal los hermanos, estúpidos e intrigantes, José y Luciano, y se lo comunicaron a toda prisa al esposo, vehemente y celoso como un turco. Necesita, pues, alguien que la ayude y observe a los hermanos espías, vigilando toda 1a correspondencia. Por eso, y además por un par de rollos de ducados -él mismo dice claramente en sus Memorias «Mil luises de oro»-, entrega la futura Emperatriz a Fouché todos los secretos, y sobre todo el más importante y más peligroso: el del próximo regreso de Bonaparte.

A Fouché le basta el estar informado. Naturalmente que no piensa en informar a sus superiores el ciudadano ministro de Policía. Por lo pronto, no hace mas que estrechar su amistad con la esposa del pretendiente, utiliza las noticias silenciosamente y aguarda los acontecimientos, que, como a hora sabe, no han de dejarse esperar mucho tiempo.

El 11 de octubre de 1799 manda llamar el Directorio apresuradamente a Fouché. Una novedad increíble anuncia el heliógrafo: Bonaparte ha regresado de Egipto y ha desembarcado en Fréjus arbitrariamente, sin haber recibido orden de regresar. ¿Qué hacer ahora? ¿Detener enseguida como desertor, al general que abandonó su ejército sin permiso o recibirle amablemente? Fouché, que se finge más sorprendido de lo que en verdad está, aconseja condescendencia. ¡Aguardar, aguardar! Aún no ha decidido si estará en pro o en contra de Bonaparte; quiere esperar, por lo tanto, a que se desarrollen tranquilamente los acontecimientos. Pero mientras discuten acaloradamente las cinco cabezas descabezadas del Directorio si se debe perdonar o detener a Bonaparte, a pesar de su deserción, decidió ya la voz del pueblo. Avignon, Lyon, París, le reciben como triunfador; todas las ciudades están iluminadas en su camino; desde el escenario de los teatros se comunica la noticia al público jubiloso; no regresa un subalterno, sino un señor, una gran potencia. Apenas está en París, en su casa rue Chantereine (pronto se llamará, en su honor, rue de la Victoire), le visitan todos sus amigos y también aquellos que comprenden que es útil pasar pronto por tales. Generales, diputados, ministros, hasta Talleyrand, ofrecen al hombre del sable sus respetos. Y no tarda mucho el ministro de Policía, que se encamina en persona hacia la rue Chantereine. Se presenta en casa de Bonaparte. Pero a éste le parece este señor Fouché una visita bastante indiferente e insignificante, y le deja esperar una hora larga en la antesala como a un suplicante molesto. Fouché; este nombre no le dice mucho; personalmente no le conoce; recuerda quizá que un hombre así llamado desempeñó un papel bastante triste en los años del terror en Lyon; quizá le encontró también como pequeño espía de Policía, mal vestido y hambriento, en la antesala de su amigo Barras. De todas maneras, nadie de importancia; algún pequeño mercader que ha pillado ahora un pequeño Ministerio. A gentes de esta clase se les hace esperar en la antecámara. Y efectivamente, José Fouché espera pacientemente una hora en la antecámara del general, y habría esperado una segunda, y una tercera, allí, sentado en el sillón que le llevó compasivo un criado, si no hubiera sido descubierto casualmente, en aquella triste situación, por Real, uno de los conjurados de Bonaparte en el futuro golpe de Estado. Asustado por el descuido desgraciado, Real corre a la habitación del general y le explica, exaltado, la enorme falta de haber hecho esperar de manera tan ofensiva precisamente a este hombre que, con un solo movimiento de su mano, puede hacer volar como una bomba todo el complot. Se apresura Bonaparte a salir y ruega muy amable e insistentemente que pase Fouché con él, se excusa y se entrevistan durante dos horas sin testigos.

Por primera vez están cara a cara los dos; cuidadosamente examina y mide el uno al otro y calcula si podrá serle útil para sus fines personales. Las personalidades superiores se identifican al vuelo. Enseguida reconoce Fouché, en la inaudita dinámica de este hombre de Poder, el genio invencible del dominio; enseguida reconoce Bonaparte en Fouché, con su mirada aguda de fiera, el ayudante utilísimo que con rapidez comprende todo y lo convierte enérgicamente en hechos. Nadie -cuenta en Santa Elena- le desarrolló entonces tan precisa y claramente toda la situación de Francia y del Directorio como Fouché en esta primera conversación de dos horas. Y el que Fouché, entre cuyas virtudes no suele brillar la franqueza, diga al pretendiente de la corona enseguida la verdad, muestra que también él estaba dispuesto a ponerse a su disposición.

Inmediatamente, en la primera hora, están repartidos los papeles de señor y criado, de reformador del mundo y de político de la época; puede empezar el juego.

Fouché se confía a Bonaparte con extraordinaria solicitud desde su primer encuentro; pero no se entrega en sus manos. No toma parte públicamente en la conspiración que hace caer al Directorio y convierte a Bonaparte en dictador; él es demasiado precavido. Para eso está ligado demasiado fuerte, demasiado fielmente a su norma de vida: no decidirse nunca definitivamente mientras no esté decidida la victoria. Sólo pasa algo extraño. En las siguientes semanas le ataca al ministro de Policía de Francia, siempre de oído tan fino y de vista tan aguda, un defecto fatal: repentinamente se queda ciego y sordo. No oye nada de los rumores que se murmuran por la ciudad sobre un inminente golpe de Estado; no ve nada de las cartas que deslizan en sus manos. Todas sus informaciones, que siempre funcionaban con seguridad intachable, parecen fallar de manera mágica, y mientras de los cinco miembros del Directorio están ya dos en el complot, y el tercero ganado a medias, no sospecha el ministro de Policía, ni lo mas mínimo, de la existencia de una conspiración militar. O mejor dicho, finge no sospecharlo. Sus comunicaciones diarias al Directorio no contienen una línea sobre el general Bonaparte ni sobre la clíque que impaciente agita los sables. Pero desde luego, tampoco al otro lado, a Bonaparte, envía una línea, ni una palabra escrita de su mano, únicamente con silencio traiciona al Directorio; únicamente con silencio se empeña con Bonaparte, y espera, espera. En esos momentos de expectación, dos minutos antes de la hora decisiva, se siente en su elemento su naturaleza anfibia. Temido por dos partidos, lisonjeado por ambos partidos y sentir, a todo esto, vibrar en la propia mano el fiel de la balanza: para este intrigante apasionado constituye esto el goce de los goces. Es el más maravilloso de todos los juegos, incomparable en emoción con el del tapete verde o con el de Eros, al ver llegar a su desenlace la gran pantomima de la fuerza. Saber en esos minutos que puede acelerar o retardar los acontecimientos y que precisamente este conocimiento le obliga a dominarse, y aunque se queme las manos con deseo de intervenir, no hacer nada, observar sólo, con la curiosidad cosquilleante, gozosa, casi viciosa del psicólogo... Sólo un placer así enardece a este genio frío; sólo él excita esta sangre turbia, débil, casi aguada, únicamente esta clase de placer, psicológicamente perverso, espiritualmente voluptuoso, puede embriagar al hombre seco, sin nervios, que es José Fouché. Y en estos momentos de alta tensión, antes del tiro decisivo, da alas a su siempre hosca severidad una especie de deleite cruel y cínico. Pues ¿cómo resolver un placer del espíritu mejor que con la alegría de una broma inocente o cruel? Y así bromea Fouché, precisamente cuando otros se sienten más amenazados por el peligro; bromea como el juez de Raskolnikow, de manera ingeniosa y verdaderamente diabólica, precisamente cuando al culpable le corre por la espalda el escalofrío. En estos momentos precisamente le agrada la farsa, y así arregla esta vez en el instante de más peligro una comedia amable, cuyas bambalinas están colocadas, como quien dice, sobre barriles de pólvora. Pocos días antes del golpe de Estado (naturalmente, conoce la fecha exacta), organiza una pequeña reunión. Bonaparte, Real y los demás conspiradores son invitados a esta soiree íntima, y cuando están ya sentados a la mesa se dan cuenta de que esta completa toda su lista y que, por lo tanto, el ministro de Policía del Directorio ha invitado a su casa a toda la camarilla que conspira contra el Directorio precisamente. ¿Qué significa esto? Intranquilos, se miran Bonaparte y los suyos. ¿Están acaso los gendarmes ya ante la puerta para apresar de una vez a los conspiradores? Quizá recuerde alguno la historia del banquete terrible que dió Pedro el Grande a los Strélitzes, cuyas cabezas sirvió el verdugo como para postre. Pero nada cruel sucede en casa de Fouché... Al contrario: cuando por fin entra, para mayor sorpresa de los conjurados, otro invitado, nada menos (la broma esta ideada, en verdad, diabólicamente) que precisamente aquel presidente Gohier, contra el que se dirige la conspiración, son todos testigos estupefactos de un diálogo asombroso. El presidente pregunta al ministro de Policía por los acontecimientos más recientes. «¡Bah, siempre lo mismo! -contesta Fouché subiendo, cansado, los párpados, sin mirar a nadie-. Siempre los rumores de conspiración; pero bien sé yo el caso que hay que hacerles. Si hubiese verdaderamente alguna, pronto tendríamos la prueba en la plaza de la Revolución.» Esta alusión grave a la guillotina la sienten los conspiradores, asustados, como un cuchillo frío por la espalda. ¿Con quién de ellos bromea? ¿A quién engaña? No lo saben; probablemente no lo sabe Fouché mismo, pues sólo una cosa en la tierra le hace falta: el deleite de la duplicidad, el encanto ardiente y el peligro punzante del doble juego.

Tras esta bromita animada vuelve a caer el ministro de Policía, hasta la hora de dar el golpe, en un extraño letargo; permanece ciego y sordo mientras está sobornada la mitad del Senado, ganado el ejército. Y, cosa rara, conocido como madrugador, como primero en su despacho, tiene José Fouché, precisamente el 18 de Brumario, precisamente el día del golpe de Estado de Napoleón, un sueño maravillosamente profundo. Hubiera querido dormir hasta durante todo el día; pero dos mensajeros del Directorio le sacuden de la cama y le participan al asombrosamente asombrado los acontecimientos extraños del Senado, la acumulación de las tropas y el ya público golpe de Estado. José Fouché se frota los ojos verdaderamente sorprendido (aunque había conferenciado la noche antes extensamente con Bonaparte). Pero, desgraciadamente, ya no se puede dormir más o fingir que se duerme. El ministro de Policía ha de vestirse e ir al Directorio, donde le recibe el presidente Gohier bruscamente, sin dejarle representar por más tiempo la comedia de la sorpresa. «Usted tenía el deber -le grita- de darnos cuenta de un complot semejante; muy bien pudo haberse enterado de él su policía.» Fouché se traga tranquilamente la grosería y pide órdenes, como si fuese el servidor más fiel. Pero Gohier rehusa con aspereza. «Si el Directorio tiene que dar órdenes, se las transmitirá a los que sean dignos de su confianza.» Fouché se sonríe interiormente: «¡Este imbécil aún no sabe que su Directorio no tiene ya nada que mandar, que dos de los cinco lo han abandonado y que el tercero se ha vendido!» ¿Mas para que enseñar a imbéciles? Se inclina frío y va a su puesto.

¿Dónde está su puesto? Eso es lo que no sabe Fouché aún de cierto; no sabe si es ministro de Policía del viejo o del nuevo Gobierno. Eso dependerá de que la victoria sea del uno o del otro. Las próximas veinticuatro horas decidirán entre el Directorio o Bonaparte. El primer día se presenta propicio a Bonaparte; el Senado, espoleado fuertemente con promesas y sobornado mejor aún con dinero, cumple todos los deseos de Bonaparte, le hace jefe de las tropas y traslada la sesión de la Cámara de los Comunes, parte siempre que ha de ganar a la del Consejo de los Quinientos, a Saint -Cloud, donde no hay batallones de trabajadores, ni opinión pública, ni «pueblo», sino únicamente un parque bello que se puede cerrar herméticamente con dos compañías de granaderos. Pero con esto no está ganada aún la partida, pues entre estos quinientos hay todavía unas docenas de personas molestas que no se dejan sobornar ni intimidar; quizás alguno, ¿quién lo sabe?, que defenderá la República con puñal o pistola contra el pret endiente a la corona. Hay que dominar los nervios y no hay que dejarse llevar por simpatías de una parte ni de otra, ni por pequeñeces como un juramento, sino permanecer quieto, aguardar, estar sobre aviso hasta que llegue la decisión.

Y Fouché domina sus nervios. Apenas ha salido Bonaparte a la cabeza de su Caballería para Saint -Cloud, apenas le han seguido en carrozas los grandes conjurados Talleyrand, Sieyés y un par de docenas más, cuando se cierran de pronto, por orden del ministro de Policía, las barreras en la periferia de París. Nadie puede alejarse de la capital y nadie puede entrar en ella, excepto los mensajeros del ministro de Policía. Nadie de las ochocientas mil personas podrá saber, pues, si el golpe tendrá éxito o fracasará, únicamente este hombre decidido. Cada media hora le trae noticias sobre el desarrollo del golpe de Estado un mensajero. Pero tarda en decidirse. Si Bonaparte logra vencer, entonces será Fouché, naturalmente, esta noche su ministro y fiel servidor; si fracasa, permanecerá fiel servidor del Directorio; estará dispuesto, con ademán frío y complaciente, a detener al «rebelde». Las noticias que recibe son bastante contradictorias. Mientras Fouché domina maravillosamente sus nervios, Bonaparte, el más fuerte de los dos, pierde los suyos por completo; este 18 de Brumario, que brinda a Bonaparte el dominio de toda Europa, es, por extraña ironía quizás, el día más débil en la vida personal de este gran hombre. Decidido ante los cañones, se desconcierta Bonaparte siempre que ha de ganar a la gente con palabras. Acostumbrado durante años enteros a mandar, ha olvidado el arte de solicitar. Puede agarrar una bandera y montar a la cabeza de sus granaderos; puede aniquilar ejércitos; pero amedrentar desde la tribuna a un par de abogados republicanos, eso no lo consigue este soldado férreo. Muchas veces ha sido descrita la escena de cómo el invencible general, nervioso por las interrupciones de los diputados, balbucía frases estúpidas y vanas como: «El dios de las batallas esta conmigo ... », y se equivocaba de tal manera al hablar, que sus amigos tienen que bajarlo apresuradamente de la tribuna, únicamente las bayonetas y sus soldados salvan al héroe de Arcole y Rivoli de una derrota vergonzosa ante un par de abogadetes estrepitosos. Pero cuando vuelve a montar en su caballo, señor y dictador, y manda a sus soldados desalojar por asalto el salón, fluye desde la empuñadura del sable otra vez la fuerza a sus sentidos aturdidos.

A las siete de la tarde está todo decidido: Bonaparte es cónsul y autócrata de Francia. Si hubiera sido vencido o desbordado en el acto, habría mandado pegar Fouché en todos los muros de París una proclama patética: «Una conspiración infame ha sido descubierta», etc. Pero como venció Bonaparte, se apropia deprisa la victoria. Y no es Bonaparte, sino el señor ministro de Policía, Fouché, quien entera al día siguiente a París del final efectivo de la República y del comienzo de la Dictadura napoleónica. «El ministro de Policía comunica a sus conciudadanos -dice el relato falaz- que el consejo estuvo reunido en Saint-Cloud para resolver sobre los intereses de la República, cuando el general Bonaparte, que se había presentado en el Consejo de los Quinientos para descubrir las maquinaciones revolucionarias, estuvo a punto de ser víctima de un asesinato.

Pero el genio de la República salvo al general. Todos los republicanos pueden tranquilizarse..., pues sus deseos se cumplirán ahora... Los débiles pueden estar tranquilos: están con los fuertes..., y únicamente tienen que temer los que provocan disturbios, introducen la confusión en la opinión pública y preparan el desorden. Todas las medidas están tomadas para impedirlo.» Una vez más ha desplegado Fouché la vela a favor del viento. Y tan osadamente, tan sin reservas, tan en pleno día se pasa al campo del vencedor, que ya se empieza, poco a poco, en los círculos más distanciados, a conocer a Fouché. Unas semanas más tarde se representa en un teatro de barrio de París una comedia graciosa: La veleta de Saint-Cloud; en ella, entendida y aplaudida por todos, con nombres poco disimulados, se parodia lo mas graciosamente su comportamiento voluble, y, sin embargo, cauto. Fouché hubiera podido, como censor, prohibir una parodia tal de su persona; pero poseía, afortunadamente, bastante ingenio para no hacerlo. No oculta de ninguna manera su carácter, o, mejor: que no tiene carácter. Todo lo contrario: recalca incluso su veleidad e inconstancia, porque esto le crea una aureola especial. Que se rían de él, siempre que le obedezcan y le teman.

Bonaparte es el héroe del día; Fouché, el colaborador secreto, el tránsfuga; la víctima efectiva, Barras, el amo del Directorio, que recibe este día una lección, ya histórica, sobre la ingratitud. Pues estos dos hombres que le derriban y le despachan con una propina de varios millones, como a un pordiosero molesto, fueron hace dos años sus criaturas, sus deudos, a quienes había sacado de la nada. Bonachón, ligero, un bonhomme, que gusta disfrutar, que gusta dejarle a cada uno su parte, ha recogido literalmente de la calle a Bonaparte, a este oficial pequeño y cetrino, expulsado y desterrado casi, y le ha prendido en la casaca militar, sin pagar aún y remendada, los galones de general; le ha nombrado por encima de todos, de la noche a la mañana, comandante de París; le ha cedido su propia amante; le ha llenado los bolsillos de dinero; ha conseguido que le dieran el mando sobre el ejército de Italia; le ha tendido, en fin, el puente de la inmortalidad. Igualmente ha sacado a Fouché de su buhardilla sucia del quinto piso, le ha salvado de la guillotina, ha sido el único que le ha ayudado en la época del hambre, cuando se apartaban todos de él, y, por fin, le ha colocado en el sitial y ha llenado sus bolsillos de oro. Y los dos -que le deben la vida- se unen, dos años mas tarde, y le echan en el mismo fango de donde él los saco... Verdaderamente que la Historia, que no es precisamente un código de moral, no conoce un ejemplo más claro de perfecta ingratitud que la actitud de Napoleón y Fouché frente a Barras el 18 de Brumario.

Pero la ingratitud de Napoleón contra su protector tiene al menos la justificación del genio. Su fuerza le da derecho especial, pues el camino del genio, de cara a las estrellas, puede pasar, si es necesario, sobre vidas humanas, puede servirse con heroísmo de los fenómenos efímeros, obedientes solo al sentido profundo, al imperativo invisible de la Historia. La ingratitud de Fouché, en cambio, es tan sólo la ingratitud vulgar del amoral perfecto que con la mayor ingenuidad busca únicamente la propia ventaja. Fouché puede, si quiere, olvidar todo su pasado de manera estupefaciente y vertiginosamente rápida, y de esta maestría singular dará pruebas asombrosas en su carrera futura. Quince días después manda a Barras, al hombre que le libro de la «guillotina seca» y que le salvo del destierro, la orden formal de expatriación y le hace quitar todos los papeles: probablemente estarían entre ellos sus propias cartas implorantes y sus mensajes de espía. Barras, mortalmente ofendido, aprieta los dientes, que hoy parecen todavía rechinar en sus Memorias cuando nombra a Bonaparte y a Fouché. Y únicamente le consuela que aquél se lleve a éste. Proféticamente presiente que uno de ellos le vengará en el otro y que no serán amigos mucho tiempo.

Por lo pronto, claro, en los primeros meses de su cooperación, se pone el ciudadano ministro de Policía devotamente al servicio del ciudadano cónsul, pues la palabra «ciudadano» se impone todavía en los documentos oficiales. Todavía le basta al amor propio de Napoleón ser el primer ciudadano de una República. Frente a una misión ingente que superaría las fuerzas de todos los demás, demuestra en aquellos años la magnitud y multiplicidad de su genio juvenil; nunca nos parece la figura de Bonaparte más grandiosa, creadora y humana que en aquella época del nuevo régimen. Estatuir la Revolución, mantener sus resultantes y reducir al mismo tiempo su hipertrofia; terminar la guerra victoriosamente, y, fiel al sentido auténtico de esa victoria, concluirla con una paz robusta y verdadera, constituye la idea sublime a la que se consagra el nuevo héroe, con la clarividencia aguda del genio y con la energía recia y laboriosa del trabajador apasionado de las diez horas diarias. No son precisamente los años celebrados siempre por la leyenda, para la que no hay hechos más altos que los ataques de caballería, ni mas evidentes resultados que los países conquistados; no son Austerlitz, Eylau y Valladolid los verdaderos trabajos hercúleos de Napoleón Bonaparte, sino los años en que se vuelve a estructurar la Francia desordenada, desgarrada por los partidos, dentro de un Estado con fuerza vital, en el que los asignados desvalorizados son sustituidos por verdaderos valores; en los que el nuevo Código napoleónico da forma, severa y humana al mismo tiempo, al derecho y a las costumbres, a los que este alto genio político impone su acción saludable en todos los terrenos de la administración del Estado y apacigua a Europa. No son los años guerreros, sino estos otros, los verdaderamente creadores, y nunca trabajaron sus ministros más concienzudamente, activamente y fielmente a su lado que en esa época. También en Fouché encuentra un servidor perfecto, completamente conforme con él en la convicción de que es preferible terminar la guerra civil con negociaciones y condescendencias que por la fuerza y con ejecuciones. En pocos meses restablece Fouché la tranquilidad completa en el país, desaloja los últimos nidos de terroristas y realistas, libra las calles de asaltos, y su energía burocrática, en los pormenores tan exacta, se subordina, solícita, a los grandes proyectos políticos de Bonaparte. Las obras grandes y útiles unen siempre a los hombres: el criado ha encontrado a su amo y el amo a su criado.

El momento en que se inicia la desconfianza de Bonaparte hacia Fouché puede precisarse exactamente -cosa rara-hasta en el día y la hora, aunque el episodio quedó oculto casi en medio de la abundancia de acontecimientos de aquellos años tan activos. Sólo la aquilina mirada psicológica de Balzac, acostumbrada a reconocer en lo insignificante lo esencial, en el petit détail el golpe que le impulsa, ha podido advertirlo (aunque adornándolo un poco poéticamente). La pequeña escena se desarrolla durante la campaña italiana que ha de decidir entre Austria y Francia. El 20 de enero de 1800 están reunidos en París los ministros y consejeros en extraña disposición de ánimo. Ha llegado un mensajero del campo de batalla de Marengo con malas noticias; trae el mensaje de que Bonaparte ha sido derrotado y el ejército francés se encuentra en plena retirada. Todos los reunidos piensan en secreto lo mismo: es imposible que siga como primer cónsul un general derrotado; y piensan enseguida en un sucesor. Hasta qué punto declararon todos esta necesidad, no se ha sabido nunca; pero hubo preparaciones para una subversión y hubo, sin duda, consultas en voz baja. Los hermanos de Napoleón se dieron cuenta de ello. Carnot fué seguramente quien más adelantó, quien quiso restaurar rápidamente el viejo Comité de Salud pública. De Fouché se puede suponer, conociendo su carácter, que en vez de ponerse de parte del Cónsul derrotado, según las últimas noticias, permanecía cautelosamente mudo, para volver con el amo antiguo si fuera preciso, o para quedarse con el nuevo, según el caso. Pero al día siguiente llega una segunda estafeta y anuncia precisamente lo contrario: trae nuevas de la victoria brillante de Marengo; a última hora el general Desaix, con genial intuición militar, llegó en ayuda de Bonaparte, convirtiendo la derrota en triunfo.

Cien veces más fuerte de lo que salió, y completamente seguro de su poder, regresa Bonaparte, el Primer Cónsul, a los pocos días. Sin duda alguna se enteró enseguida de que todos sus ministros y confidentes, a la primera noticia, estaban dispuestos a darle de lado. Como primera víctima paga Carnot, que fué quien se precipitó demasiado, y pierde el ministerio. Los demás, incluso Fouché, permanecen en sus puestos: no se le puede probar a éste, cauto siempre, su infidelidad, aunque, claro, tampoco su fidelidad. No se ha comprometido, pero tampoco se ha señalado en el cumplimiento de su deber; ha demostrado una vez más lo que siempre fué: fiel en el éxito, infiel en el fracaso. Bonaparte no le despide, ni le reprocha, ni le castiga. Pero desde este momento pierde la confianza en él.

Este pequeño episodio, casi envuelto en olvido en la historia de la época, es, por otra parte, de una gran evidencia psicológica. Pues nos recuerda muy claramente que una República basada únicamente sobre las bayonetas y la victoria bélica se derrumba a la primera derrota, y que todo soberano a quien falte la legitimidad natural de la sangre y de los antepasados ha de crearse imprescindiblemente y con tiempo una nueva. Bonaparte mismo, en la conciencia de su fuerza, lleno de ese optimismo inflexible que las naturalezas geniales siempre poseen, en su época ascendente puede llegar a olvidar esta admonición tácita; pero no sus hermanos. Napoleón -suele olvidarse esto con demasiada frecuencia- no llegó solo a Francia: llega rodeado de un clan familiar hambriento, ambicioso de poder. Al principio hubiese bastado a la madre y a los cuatro hermanos sin empleo que su amparador, su Napoleón, para proporcionar a las hermanas algunos trajes, se hubiera casado con la hija de un fabricante rico. Pero ahora, que ha llegado inesperadamente a tal alto poderío, se agarran a él todos, con súbito impulso para que eleve con él a toda la familia; también quieren ascender al esplendor, quieren hacer de toda Francia, y luego de todo el mundo, un usufructo familiar de los Bonaparte; y su piratería sucia, insaciable, sin la excusa del resplandor del genio, acosa al hermano para que tome la resolución de transformar su Poder, ligado a la voluntad popular, en un Poder independiente y duradero, en una monarquía hereditaria. Le piden la institución de una dinastía familiar, le piden que se proclame Rey o Emperador; quieren que se divorcie de Josefina para casarse con una princesa de Bade (aún no se atreve nadie a pensar en la hermana del Zar o en la hija de Habsburgo). Y con sus constantes intrigas le separan cada vez más de sus antiguos camaradas, de sus viejas ideas, le apartan de la República y de la Libertad: le empujan a la reacción y al despotismo.

Frente a este clan instigador, insaciable y antipático se encuentra bastante sola y desamparada Josefina, la esposa del Cónsul. Sabe que cada paso de Bonaparte hacia la altura, hacia la soberanía, le separa de ella, porque no puede ella darle al Rey o Emperador lo que pide la idea dinástica como primer y único requisito: un heredero del trono, y con el la perpetuidad de la dinastía. Pocos de los consejeros de Bonaparte están de su parte (pues no tiene ella dinero para repartir, sino que está, por el contrario, llena de deudas), y el más fiel, en este momento, es Fouché. Con desconfianza observa éste, hace tiempo ya, cómo se hincha con los éxitos inesperados el orgullo de Bonaparte en proporciones igualmente inesperadas; con qué obstinación elimina y hace perseguir como anarquistas y terroristas a todos los que tienen ideas verdaderamente republicanas. Ve con su mirada aguda y suspicaz claramente que, como decía Víctor Hugo: Déjà Napoleón perçait sous Bonaparte, surgía amenazante el Emperador tras el general, el Monarca tras el ciudadano. Pero a Fouché, ligado a vida o muerte a la República por su voto contra el Rey, sólo le interesa la prosperidad de la República y de la forma de Estado republicana. Por eso teme todo lo monárquico, por eso lucha secreta y abiertamente al lado de Josefina.

Esto no se lo perdona el clan. Con odio corso espían todos sus pasos, dispuestos a dar de lado al hombre molesto que les estorba los negocios en la primera ocasión.

Esperan, impacientes, mucho tiempo. Hasta que al fin se presenta la ocasión de echarle a Fouché la zancadilla. El 24 de diciembre de 1800 va Bonaparte a la ópera para asistir a la primera representación en París de la Schoepfung de Haydn; estalla en la estrecha rue Nicaise, inmediatamente detrás de su coche, un geiser de explosivos de pólvora y plomo con tanta violencia, que la explosión arroja escombros hasta por encima de las casas: se trata de un atentado, la famosa y temida máquina infernal.

Sólo la marcha vertiginosa que llevaba su cochero-borracho, según dicen- salvó al Primer Cónsul; pero cuarenta víctimas se revuelcan con los cuerpos destrozados ensangrentando la calle: y el coche se encabrita, como un animal herido, levantado por la presión del aire. Pálido, con la cara marmórea, sigue Bonaparte a la ópera para mostrar su sangre fría al público entusiasmado. Con aire indiferente y glacial escucha (mientras Josefina a su lado es presa de un ataque de nervios y no puede ocultar sus lágrimas) las suaves melodías del padre Haydn y agradece con rígida indiferencia las aclamaciones frenéticas.

Pero de que esta sangre fría era sólo una ficción se dan cuenta muy pronto sus ministros y sus consejeros de Estado, en las Tullerías, cuando regresa de la ópera. Contra Fouché, sobre todo, se desencadena su ira; como un loco se lanza contra el hombre pálido e inmóvil; él, como ministro de Policía, estaba en la obligación de descubrir, con mucho tiempo de anticipación, el complot, pero en vez de esto ampara con una benevolencia criminal a sus amigos, a sus antiguos cómplices los jacobinos.

Tranquilamente da Fouché su opinión de que no puede probarse que el atentado proceda de los jacobinos; él, personalmente, esta convencido de que aquí representan el principal papel los conspiradores realistas y el dinero inglés. Pero la calma con que Fouché le contradice enfurece aún más al Primer Cónsul: «Son los jacobinos, los terroristas, esos canallas en rebelión permanente, en masa compacta contra todos los Gobiernos. Son los mismos malvados que, por asesinarme, no repararon en sacrificar miles de víctimas. Pero quiero hacer en ellos una justicia ejemplar». Fouché se atreve a manifestar, por segunda vez, sus dudas. Entonces se echa casi corporalmente el corso, de sangre ardiente, sobre el ministro; tanto, que tiene que intervenir Josefina y tomar del brazo a su marido con ademán apaciguador. Pero Bonaparte se desata torrencialmente en palabras y le echa en cara a Fouché todos sus crímenes y asesinatos de los jacobinos, los días de diciembre en París, las bodas republicanas de Nantes, las matanzas de los presos en Versalles... Clara alusión para que se dé cuenta el mitrailleur de Lyon de que se acuerda perfectamente de su pasado. Pero mientras más grita Bonaparte, más tenazmente calla Fouché. Ni un músculo se estremece en su máscara de piedra, mientras chisporrotean las acusaciones en presencia de los hermanos de Napoleón y de los cortesanos, que observan con miradas sarcásticas al ministro de Policía, que, por fin, ha dado un mal paso. Frío como una piedra, rechaza Fouché todas las sospechas, frío como la piedra abandona las Tullerías.

Su calda parece inevitable, pues Napoleón se cierra a toda intervención de Josefina en favor de Fouché. «¿Pero no ha sido él mismo uno de sus caudillos? ¿Ignoro yo acaso lo que hizo en Lyon y en el Loire? Sólo Lyon y el Loire me explican la conducta de Fouché», grita enfurecido. Y enseguida empiezan las conjeturas en torno del nombre del futuro ministro de Policía. Los cortesanos vuelven ya la espalda al caído; parece ya (como tantas veces) José Fouché definitivamente aniquilado.

En los días siguientes no mejora la situación. Bonaparte no se deja disuadir de su opinión de que los jacobinos prepararon el atentado; exige que se tomen medidas, que se impongan castigos severos. Y cuando Fouché insinúa ante él o ante otros que sigue otra pista, le tratan con ironía y desprecio. Todos los imbéciles se ríen y se burlan del ingenuo ministro de Policía, que no quiere poner al descubierto un asunto tan claro; todos sus enemigos le miran con aire de triunfo porque persiste tenazmente en su error. Fouché no contesta a nadie. No discute; calla. Calla durante quince días, calla y obedece sin réplica cuando le ordenan hacer una lista de ciento treinta radicales y antiguos jacobinos destinados a la deportación a Guayana, a la «guillotina seca».

Sin parpadear despacha el decreto que acaba con los últimos montagnards, los últimos de la «montaña», con los apóstoles de su amigo Babceuf, con Topino y Arena, que no cometieron otro delito que decir públicamente que Napoleón había robado en Italia un par de millones para comprarse con ellos la autocracia. Contra su convicción ve como son deportados los unos y ejecutados los otros; calla como un sacerdote que, obligado por secreto de confesión, ve la ejecución de un inocente con los labios sellados. Hace ya mucho tiempo que esta Fouché sobre la pista, y mientras se burlan los otros de él, mientras el mismo Bonaparte le echa en cara irónicamente su ridícula obstinación, se reúnen en su gabinete infranqueable pruebas definitivas de que, efectivamente, estaba preparado el atentado por chouans, del partido realista. Y mientras en el Consejo de Estado y en las antesalas de las Tullerías se muestra con fría y displicente indiferencia frente a todas las alusiones, trabaja febrilmente en su gabinete secreto con los mejores agentes. Se ofrecen recompensas en dinero en enormes cantidades; todos los espías y esbirros de Francia trabajan activamente; se obliga a la ciudad entera a declarar como testigo. Ya se sabe la procedencia de la yegua que estaba enganchada a la máquina infernal y que fue destrozada en cien pedazos, y ha sido encontrado su antiguo dueño; ya se tiene la descripción exacta de los hombres que la compraron; ya se han averiguado, gracias a la magistral biographie chouannique (ese lexicón inventado por Fouché, con los datos personales de los emigrados realistas, de todos los chouans), los nombres de los autores del atentado... y aún calla Fouché. Aún deja heroicamente que se rían de él y que triunfen sus enemigos. Cada vez con mayor rapidez se tejen los últimos hilos hasta formar una red irrompible. Un par de días más y la araña venenosa estará presa en ella. ¡Solo un par de días! Fouché, excitado en su amor propio, humillado en su orgullo, no se conforma con una victoria pequeña y mediocre sobre Bonaparte y sobre todos los que le reprochan de carencia de información... También él quiere un Marengo, un triunfo completo, arrollador.

Quince días después da, súbito, el golpe. El complot ha sido aclarado completamente, todas las pistas comprobadas. Como lo preveía Fouché, había sido el jefe, el más temido de todos los chouans, Cadoudal; realistas juramentados, comprados con dinero inglés, habían sido sus ejecutores. Como un trueno cae la noticia sobre sus enemigos, pues ven cuán inútil e injustamente se ha sentenciado a ciento treinta personas. Se apresuraron demasiado, con osadía excesiva, a reírse del hombre impenetrable. Y más fuerte, más estimado, más temido que nunca aparece el infalible ministro de Policía ante el público. Con una mezcla de ira y admiración, mira Bonaparte al calculador férreo, que una vez más se lleva la razón con sus cálculos de sangre fría. Contra su voluntad tiene que confesar: «Fouché ha juzgado mejor que muchos otros. Tiene razón. Hay que estar alerta con los emigrados, con los repatriados, con los chouans y con todas las gentes de ese partido». Pero sólo en consideración gana Fouché en este asunto ante Napoleón, no en afecto, pues nunca agradecen los autócratas que se les llame la atención sobre una falta o un error. Es inmortal la historia de Plutarco del soldado que salvo la vida amenazada del rey en la batalla, y en vez de huir enseguida, como le aconsejo un sabio, contó con la gratitud del rey y perdió así la cabeza. Los reyes no quieren bien a las personas que los vieron en un momento de debilidad, y las naturalezas despóticas no gustan de los consejeros que hayan demostrado, aunque sea una sola vez, ser más sabios que ellos.

En un círculo tan estrecho como el de la Policía ha logrado Fouché el triunfo mayor que es posible alcanzar. Pero ¡qué pequeño en comparación con los triunfos alcanzados por Bonaparte en los dos últimos años del Consulado! El dictador ha coronado una serie de victorias con la más hermosa, con la paz definitiva con Inglaterra, con el concordato con la Iglesia: las dos potencias más poderosas del mundo ya no son, gracias a su energía y a la superioridad fecunda de su genio, enemigas de Francia. El país tranquilizado, ordenada la economía, terminada la discordia de los partidos, suavizadas las oposiciones, la riqueza vuelve a florecer, la industria se desarrolla de nuevo, las artes despiertan; una época augusta comienza, y no esta lejana la hora en que Augusto podrá llamarse también César. Fouché, que conoce cada nervio, cada pensamiento de Bonaparte, se da cuenta perfectamente de hacia dónde se dirige la ambición del corso y que ya no le basta con representar el papel en la República, sino que quiere tomar posesión vitalicia, eterna, para él y su familia, del país por él salvado. Claro que oficialmente no demuestra, quién es cónsul de la República, ambiciones tan poco republicanas; pero bajo cuerda deja traslucir a sus confidentes su deseo de que el Senado le expresara su gratitud con un acto especial de confianza, con un témoignage éclatant.

En lo más recóndito de su corazón desea un Marco Antonio, un servidor fiel y seguro que pida para él la corona imperial. Y Fouché, rico en astucia, flexible, pudiera asegurarse ahora su gratitud para siempre.

Pero Fouché se niega a este papel, mejor dicho, no se niega francamente, sino que desde la sombra, con complacencia aparente, trata de oponerse a estas intenciones. Está contra los hermanos, contra el clan de los Bonaparte y al lado de Josefina, que tiembla de miedo e intranquilidad ante este último paso de su esposo hacia la Monarquía, pues sabe que no será entonces ya mucho tiempo su esposa. Fouché le aconseja no prestar franca resistencia: «Manténgase tranquila -le dice-; se atraviesa usted inútilmente en el camino de su esposo. Sus temores le aburren; mis consejos le molestarían». Prefiere, pues, fiel a su estilo, deshacer subterráneamente los deseos ambiciosos, y cuando Bonaparte, con modestia falsa, no quiere franquearse y, por otra parte, sí quiere proponer al Senado un temoignage éclatant, es Fouché de los que susurran a los senadores que el gran hombre no desea otra cosa, como fiel republicano, sino que le sea prolongado el puesto de Primer Cónsul por diez años. Los senadores, convencidos de honrar y satisfacer con ello a Bonaparte, toman solemnemente esta resolución. Pero Bonaparte, penetrando este juego de intrigas y reconociendo claramente a los autores, rabia de ira cuando le entregan este regalo indeseado de pordiosero. Con palabras frías despacha a la Comisión. Cuando se siente en las sienes el frío cerco de una áurea corona imperial, diez miserables años de poder son una nuez vana que se aplasta despectivamente con el pie.

Por fin arroja Bonaparte la careta de la modestia y hace saber claramente su voluntad: ¡Consulado de por vida! Y bajo el fino envoltorio de estas palabras reluce visible para los perspicaces la futura corona de Emperador. Y tan fuerte es ya entonces Bonaparte, que el pueblo, por mayoría de millones, hace ley su deseo y le elige soberano (tanto él como el pueblo así lo esperan) para toda su vida. La República ha terminado: la Monarquía comienza.

Que José Fouché s e atreviera a poner trabas a las impaciencias del pretendiente a la corona en su propósito decisivo, eso no lo olvida la prole de hermanos y hermanas, eso no lo olvida el clan familiar corso. Así asedian impacientes a Bonaparte. ¿Para qué conservar, cuando está ya firme en la silla, al espolique molesto? ¿Para qué, cuando el país ha demostrado unánimemente su conformidad con el Consulado vitalicio, cuando las oposiciones se han allanado felizmente y se han eliminado las discordias, para qué tener al lado a un vigilante tan implacable que vigilara no sólo al país, sino sus propias y oscuras maquinaciones? ¡Fuera, pues, con él! ¡Aniquilar, sustituir a este eterno forjador de enredos, a este intrigante! Sin César, impacientes, tenaces, asedian al hermano, aún indeciso.

Bonaparte, en el fondo, comparte su opinión. También a él le estorba este hombre, que sabe demasiado y que quiere saber siempre más; esta sombra gris, que se arrastra detrás de su luz. Pero precisamente para despedir al ministro, que ganó tantos meritos, que disfruta en el país de respeto ilimitado, para eso se necesitaría un pretexto. Y además, este hombre se ha hecho fuerte con él; más vale, pues, no provocar su franca enemistad. Tiene en su mano todos los secretos y está fatalmente familiarizado con todas las intimidades, no muy limpias, del clan corso; por eso no se le puede agraviar tan bruscamente. Así se inventa una salida hábil, diplomática, que no deje traslucir ante el mundo que se despide a Fouché con malevolencia; y no se le despide como ministro, sino que se declara que ha cumplido tan magistralmente su deber, que resulta completamente superflua una vigilancia de los ciudadanos, un Ministerio de Policía. No se despide, pues, al ministro, sino que, al suprimir el Ministerio de Policía, se desembarazan al mismo tiempo de él disimuladamente.

Para ahorrar a este hombre susceptible el duro golpe con que le ponen a la puerta de la calle, le endulzan en lo posible la despedida, le indemnizan por la pérdida de su puesto con un asiento en el Senado, y en una carta en la que le anuncia Bonaparte este ascenso, dice textualmente: «El ciudadano Fouché, ministro de Policía, durante las situaciones más difíciles ha cumplido siempre, por su talento y su energía, por su fidelidad al Gobierno, con los deberes que le imponían los acontecimientos. Y dándole un puesto en el Senado sabe el Gobierno que, si en una nueva época tuviera necesidad de un ministro de Policía, no encontraría otro que fuera más digno de su confianza». Además, Bonaparte, que ha visto cuán profundamente se ha reconciliado el antiguo comunista con su viejo enemigo, el dinero, le facilita la retirada tendiéndole un puente magnífico de oro. Cuando el ministro le entrega, al hacer la liquidación, dos millones cuatrocientos mil francos como resto del capital liquidado de la Policía, le regala Napoleón sencillamente la mitad, o sea un millón doscientos mil francos.

Además se otorga al «enemigo converso del dinero» -que hace un decenio tronaba aún furioso contra «el metal sucio y corruptor»-, con su título de senador, la posesión de Aix, un pequeño principado que se extiende desde Marsella a Tolón y cuyo valor se calcula en diez millones de francos. Bonaparte le conoce; sabe que Fouché tiene manos de intrigante, inquietas y ávidas, y como no se las puede atar, se las carga de oro. Por eso es difícil encontrar en el transcurso de la Historia el caso de un ministro a quien se haya despedido con más honores y, sobre todo, con más precauciones que a José Fouché.

 

CAPÍTULO V

MINISTRO DEL EMPERADOR

(1804-1811)

EN 1802 se retira José Fouché -es decir, Su Excelencia el señor senador José Fouché-, obediente a la presión suave y obstinada del Primer Cónsul, a la vida privada, de la que había salido diez años antes. Increíble decenio, predestinado y cruento, siniestro y fecundo. Pero ha sabido aprovechar bien este tiempo. No se refugia, como en 1794, en una buhardilla miserable, fría; se compra una hermosa casa, bien equipada, en la rue Cerutti, una casa que debió pertenecer a un «aristócrata ruin» o a un «infame rico». En Ferrières, la residencia futura de los Rothschild, instala la más preciosa finca de verano, y su principado en la Provenza, la senaduría de Aix, le envía buenas rentas. Por lo demás, también ejerce magistralmente el noble arte del alquimista de convertirlo todo en oro. Sus protegidos en la Bolsa le dan participación en sus negocios, aumenta ventajosamente sus posesiones; al cabo de un par de años, el hombre del primer manifiesto comunista será el segundo capitalista de Francia y el primer terrateniente del país. El tigre de Lyon se ha convertido en roedor paciente, capitalista cauto, prestidigitador del tanto por ciento. Pero esta riqueza fantástica del parvenu político no cambia en nada su nativa sobriedad, cultivada tenazmente en la disciplina conventual. Con quince millones de capital no vive José Fouché de manera muy distinta que cuando buscaba trabajosamente los quince sous diarios que necesitaba en su buhardilla; no bebe, no fuma, no juega, no gasta dinero en mujeres ni en presunciones. Como un buen hidalgo lugareño, pasea con sus hijos (le nacieron tres después de perder dos en la miseria) por el silencio de sus prados, da a veces pequeñas reuniones, escucha cuando hacen música los amigos de su mujer, lee libros y se recrea en conversaciones intelectuales; profundamente, de manera inasequible, se oculta en este burgués frío y seco el placer demoníaco por el juego de azar de la política, por las tensiones y peligros del drama mundial.

Sus vecinos no ven nada de todo esto; sólo ven al buen administrador, al excelente padre de familia, al esposo cariñoso. Y nadie que no le conociera de antes sospecha la pasión contenida, cada vez más intranquilamente, tras su franca serenidad, su ansia de volver a situarse en primera fila, de volver a intervenir e n los asuntos de la política.

¡Oh, semblante de Medusa del Poder! Quien fijó la vista una vez en su faz, jamás la puede apartar de ella, queda encantado y hechizado. Quien disfrutó una vez del placer embriagador de dominar y mandar, no puede ya renunciar a él. Hojeemos la Historia en busca de ejemplo de renuncia voluntaria; excepto Sila y Carlos V, no se encuentra, entre millares y decenas de millares de figuras, apenas una docena que, con el corazón satisfecho y el sentido claro, renuncien al deleite casi pecaminoso de representar la Providencia ante millones de seres. Como no puede el jugador dejar el juego; el bebedor, la bebida; el cazador furtivo, la caza, no puede dejar José Fouché la política. El reposo le martiriza, y mientras hace tranquilamente, con bien fingida indiferencia, de Cincinato en el arado, le cosquillean los dedos y le vibran los nervios por volver a coger los naipes de la política. Aunque está separado del servicio activo, continúa voluntariamente la labor policíaca, y para ejercitar la pluma y no caer completamente en el olvido, manda al Primer Cónsul semanalmente informaciones secretas. Con esto se divierte y entretiene, sin compromiso, su genio intrigante; pero no le satisface plenamente. En realidad, su aislamiento aparente no es más que una espera febril, dominada por el deseo de volver a coger las riendas, de tener poder sobre las vidas humanas, sobre el destino del mundo. ¡Poder! Bonaparte percibe síntomas evidentes de la impaciencia trémula de Fouché, pero tiene a bien no hacer caso de ella.

Mientras pueda tener apartado de sí a este hombre fantásticamente inteligente, fantásticamente trabajador, le dejará en la sombra. Desde que se conoce la fuerza obstinada de este hombre subterráneo, nadie le toma a su servicio si no le necesita absolutamente en trance del mayor peligro. El Cónsul le demuestra bastante protección: le utiliza para diversos negocios; le agradece las buenas informaciones; le invita, de cuando en cuando, al Consejo de Ministros, y, sobre todo, le deja ganar, le deja que se enriquezca, para que se mantenga tranquilo; pero a una cosa tan sólo se niega con tenacidad todo el tiempo posible: a restituirle en su puesto y a volver a crear el Ministerio de Policía. Mientras que Bonaparte es poderoso, mientras no comete faltas, no necesita de un criado tan equívoco, tan excesivamente inteligente.

Pero afortunadamente para Fouché, Bonaparte comete faltas. Sobre todo la gran falta histórica, imperdonable; y, no le basta ser Bonaparte; pretende, además de la seguridad de sí mismo, además del triunfo de su personalidad única, el brillo pálido de la legitimidad, la fastuosidad de un título. Quien no temió a nadie, gracias a su fuerza, a su personalidad poderosa, se atemoriza ante las sombras del pasado, ante la aureola impotente de los Borbones proscritos. Se deja convencer por Talleyrand y, a costa de la ruptura del Derecho internacional, manda traer entre gendarmes al Duque de Enghien de territorio neutral y le hace fusilar. Para este hecho tuvo Fouché la frase ya célebre: «Fue peor que un crimen: fue una equivocación». Esta ejecución crea alrededor de Bonaparte un vacío de miedo y terror, de protesta y odio, y pronto le parecerá aconsejable volver a ponerse bajo la protección del Argos de mil ojos, bajo la protección de la policía.

Además, y sobre todo en 1804, necesita nuevamente el cónsul Bonaparte un ayudante hábil y sin escrúpulos para su ascensión postrera. Necesita otra vez quien le sostenga el estribo. Lo que dos años antes le parecía el colmo de su ambición, el consulado vitalicio, ya no le parece bastante, elevado como se siente por todas las alas del éxito. Ya no quiere ser el primer ciudadano entre los ciudadanos, ambiciona ser señor y soberano sobre sus súbditos, ambiciona calmar el ardor febril de su frente con el anillo áureo de una corona imperial. Pero el futuro César necesita un Antonio; y aunque Fouché hizo durante largo tiempo el papel de Bruto (y aún el de Catalina, anteriormente), esta hambriento, al cabo de dos años de ayuno político.

Ya está dispuesto a tender el anzuelo para pescar en el lodo del Senado la corona imperial. De cebo sirven el dinero y las buenas promesas; y así ve el mundo el espectáculo curioso de que el antiguo presidente del club de los jacobinos, hoy Excelencia, dé en los pasillos del Senado apretones de manos sospechosos y asedie e intrigue hasta conseguir que, por fin, propongan un par de bizantinos complacientes que «se cree una institución que destruya para siempre las esperanzas de los conspiradores, garantizando la permanencia del Gobierno mas allá de la vida de su jefe». Si se saca la hinchazón de esta frase como un tumor, se aparecerá, como contenido, la intención de transformar al Cónsul vitalicio Bonaparte en el Emperador dinástico Napoleón. Y de la pluma de Fouché (que lo mismo escribe con bálsamo que con sangre) procede probablemente la petición vil y sumisa del Senado con que se invita a Bonaparte «a completar su obra, dándole forma inmortal». Pocos habrán cavado mas laboriosamente en la tumba definitiva de la República que José Fouché, el de Nantes, el ex diputado de la Convención, el ex presidente de los jacobinos, el mitrailleur de Lyon, el enemigo de los tiranos, antaño el más republicano de todos los republicanos.

El premio no se hace esperar. Así como el ciudadano Fouché fue nombrado ministro por el ciudadano cónsul Bonaparte, ahora, en 1804, tras dos años de destierro dorado, lo es otra vez Su Excelencia el señor senador Fouché por Su Majestad el Emperador Napoleón. Por quinta vez presta José Fouché juramento -el primero lo prestó al gobierno realista; el segundo, a la República; el tercero, al Directorio; el cuarto, al Consulado-. Pero Fouché solo tiene cuarenta y cinco años. ¡Cuánto tiempo aún para nuevos juramentos, nuevas fidelidades e infidelidades! Con fuerza acumulada se echa nuevamente en el elemento, siempre amado, de viento y ola, obligado en juramento al nuevo Emperador, impulsado, en realidad, únicamente por su propio deleite en la inquietud.

Un decenio están enfrentados sobre la escena mundial -mejor dicho, entre bastidores- las figuras de Napoleón y Fouché, ligadas por el Destino, a pesar de una evidente resistencia mutua. Napoleón no quiere a Fouché, ni Fouché a Napoleón. Llenos de antipatía secreta, se sirven el uno del otro, únicamente, por la fuerza de atracción de polos opuestos. Fouché conoce perfectamente la potencia demoníaca, la fuerza magnífica de Napoleón; sabe que el mundo no creara un genio superior a él en decenios, que no tendrá un amo tan digno de que se le sirva. Napoleón, en cambio, por nadie se siente comprendido con tan vertiginosa rapidez como por la mirada sobria, clara, reflectante y atisbadora de este talento político, laborioso, igualmente utilizable para lo mejor y para lo peor, a quien sólo una cosa falta para ser el perfecto servidor: la consagración incondicional, la fidelidad.

Porque Fouché no será jamás servidor de nada ni de nadie, y mucho menos lacayo, jamás sacrificará íntegramente su independencia espiritual, su propia voluntad, a una causa ajena. Al contrario, cuanto más se atan los antiguos republicanos, disfrazados de nuevos aristócratas, a la gloria del Emperador, cuanto más se rebajan, convirtiéndose en sus consejeros y aduladores, más se estira y se yergue la espalda de Fouché. Claro que en contradicción abierta, en franca oposición, ya nada se puede alcanzar del Emperador, cada vez más en papel de César. Ya no existe en el palacio de las Tullerías la confraternidad franca, el debate libre entre ciudadano y ciudadano; el Emperador Napoleón, que se hace llamar Sire por sus viejos compañeros de guerra y hasta por sus propios hermanos (¡cómo reirían todos!) y a quien ningún mortal tutea, excepto su mujer, no quiere que le aconsejen sus ministros. No entra ya, como antes, con el liviano jabot de cuello escotado y con paso ligero y sigiloso el ciudadano ministro Fouché en el gabinete del ciudadano cónsul Bonaparte, sino con el cuello alto y tieso, bordado en oro, que le oprime la garganta, envuelto en el pomposo uniforme de Corte, con medias negras de seda y zapatos deslumbradores, cuajado el pecho de condecoraciones, sombrero en mano. Ahora es recibido el ministro José Fouché en una especie de audiencia por el Emperador Napoleón. El «señor» Fouché tiene, lo primero, que inclinarse respetuosamente ante su antiguo conjurado y camarada, y no hablar sin haber obtenido licencia de «Su Majestad». Ha de hacer una reverencia al entrar y otra al despedirse; ha de recibir sin contradicción las órdenes dadas bruscamente, en vez de entablar una conversación íntima.

Contra la opinión tempestuosa de este hombre de férrea voluntad no hay resistencia posible.

Por lo menos, resistencia franca, abierta. Fouché conoce a Napoleón demasiado bien para querer persuadirle, cuando son distintas sus opiniones. Deja que le ordene, que le mande, como hace con todos los demás aduladores y ministros serviles del Imperio; pero con la pequeña diferencia de que no siempre obedece las órdenes recibidas. Si le manda hacer detenciones que él no aprueba, hace avisar secretamente a los amenazados y, cuando tiene que castigar, no deja de insinuar en todas partes que lo hace por orden expresa del Emperador, no por su propia voluntad. Los favores y las amabilidades, en cambio, los hace valer siempre como benevolencias propias. Cuanto más dominante se muestra Napoleón -y es verdaderamente sorprendente como su temperamento, siempre voluntarioso, va creciendo cada vez más libre y autocrático a medida que crece su poder-, mas amable y más conciliador es Fouché. Y así, sin una palabra contra el Emperador, únicamente con pequeños gestos, sonrisas y silencios, forma él solo una oposición visible, pero incorpórea, contra el nuevo amo «por la gracia de Dios». La molestia peligrosa de decirle las verdades hace ya tiempo que no se la toma; sabe que reyes o emperadores, aunque antes se hayan llamado Bonaparte, no le quieren a uno para eso. Sólo disimuladamente introduce a veces, con mala intención, algunas verdades de contrabando en sus comunicados cotidianos. En vez de decir: «creo» o «me parece» y hacerse reprender por su opinión y su pensamiento propios, escribe en sus reportajes: «se cuenta», o «un embajador ha dicho». De esta manera mete casi siempre en el pastel de frutas cotidiano de las novedades picantes un par de granos de pimienta sobre la familia imperial. Con labios pálidos tiene que leer Napoleón toda la suciedad, toda la deshonra de sus hermanas, como rumores malignos y, a veces, conceptos mordaces sobre él mismo, noticias agudas, con las que aliña intencionadamente el boletín la mano hábil de Fouché.

Sin pronunciar una palabra, ofrece el taimado servidor de vez en cuando a su señor verdades desagradables y antipáticas, y ve, amable e indiferente, cómo al oír la lectura las traga el duro señor con dificultad. Tal es la pequeña venganza que se toma Fouché con el teniente Bonaparte, que desde que se puso él mismo la levita imperial sólo quiere ver ante sí a sus antiguos consejeros temblando y con la espalda curvada.

Se ve que entre estos dos hombres no se respira un ambiente amable. Ni Fouché es un servidor agradable para Napoleón, ni Napoleón un amo agradable para Fouché. Ni una sola vez se deja poner sobre la mesa, displicente y confiado, un reportaje de policía. Examina cada línea con su mirada de azor en busca de la más pequeña falta, del más pequeño descuido; si da con él, descarga la tormenta, reprende a su ministro como a un colegial, se entrega por completo a su temperamento corso. Los ujieres, los acechadores, los colegas del Ministerio manifiestan con unanimidad cómo precisamente el contraste producido por la indiferencia con que resistía Fouché era lo que enfurecía al Emperador. Pero también sin testimonio (pues todas las Memorias de aquella época sólo deben leerse con lupa) nos podríamos dar cuenta de la situación, pues hasta en las cartas se oye tronar la voz de mando dura y aguda. «Encuentro que la policía no lleva a cabo la vigilancia sobre la Prensa con la severidad necesaria», reprocha al viejo, al experto maestro, o le reprende: «Se podría creer que no se sabe leer en el Ministerio de policía; allí no se ocupan de nada en absoluto». O: «Le aconsejo mantenerse dentro del margen de su campo de acción y no mezclarse en asuntos ajenos». Napoleón le agravia -es cosa sabida- sin compasión, ante testigos, ante sus ayudantes y ante el Consejo de Ministros, y cuando la ira le contrae los labios, no vacila en recordarle Lyon y su época terrorista, en llamarle regicida y traidor. Pero Fouché, el observador frío como el cristal, que al cabo de diez años conoce perfectamente el teclado de estas explosiones de ira que si a veces son hijas, como un producto de la sangre, del carácter violento de este hombre incapaz de dominarse, otras son administradas por él sabia y teatralmente, buscando todos los efectos y con clara conciencia de su histrionismo), y no se deja intimidar ni por las tormentas auténticas ni por las teatrales, y permanece igualmente impasible ante la ira falsa que ante el verdadero enfado del Emperador, con su cara blancuzca, incolora, de careta, aguarda tranquilamente sin pestañear, sin demostrar con un nervio emoción alguna bajo el diluvio de palabras chisporroteantes. Sólo cuando sale del gabinete asoma quizás a sus labios delgados una sonrisa irónica o maligna. Ni siquiera tiembla cuando grita el Emperador: «Es usted un traidor, debía mandar fusilarle», sino que contesta, sin balbuceos en la voz: «No soy de esa opinión, Sire». Cien veces se deja despedir, amenazar con el destierro y la sustitución en el cargo, y, sin embargo, sale tranquilo del aposento, completamente seguro de que el Emperador le llamará al día siguiente. Y siempre tiene razón. Pues a pesar de su desconfianza, de su ira y de su odio secreto, no se puede Napoleón desembarazar del todo de Fouché, durante un decenio hasta última hora.

Este poder de Fouché sobre Napoleón, que es un enigma para todos los contemporáneos, no tiene nada de mágico o de hipnótico. Es un poder adquirido por laboriosidad, habilidad y observación sistemáticas, un poder calculado. Fouché sabe mucho, sabe demasiado. Conoce, gracias a las comunicaciones del Emperador, y aún en contra de la imperial voluntad, todos los secretos imperiales y tiene así en jaque, por estar informado de manera perfecta, casi mágica, al Imperio entero y también a su señor. Por la propia esposa del Emperador, por Josefina, conoce los detalles más íntimos del tálamo imperial; por Barras, cada paso dado en la escalera de caracol de su ascensión. Vigila, gracias a sus propias relaciones con hombres de dinero, la situación económica particular del Emperador. No pasa inadvertido para él ni uno de los cien asuntos sucios de la familia Bonaparte: los asuntos de juego de sus hermanos, las aventuras escabrosas de Paulina. Tampoco se le ocultan los desvíos matrimoniales de su amo. Si Napoleón sale a las once de la noche envuelto en un abrigo extraño y completamente embozado por una puerta secreta de las Tullerías para visitar a una amante, sabe Fouché, a la mañana siguiente, adónde se dirigió el coche, cuánto tiempo permaneció el Emperador en aquella casa y cuándo regresó; hasta puede avergonzar una vez al Soberano del mundo con la comunicación de que una favorita le engañaba a él, a Napoleón, con un corista cualquiera de teatro. De cada escrito importante del gabinete del Emperador, recibe directamente una copia Fouché, gracias a un secretario sobornado; y varios lacayos, de alta y baja categoría, cobran un suplemento mensual de la caja secreta del ministro de Policía, como recompensa por el soplo de todos los chismorreos de palacio. De día y de noche, en la mesa y en la cama, está Napoleón vigilado por su extremado servidor. Imposible ocultarle un secreto: así esta el Emperador obligado a confiárselo todo, quiera o no. Y ese conocimiento de todo y de todos constituye el poder único de Fouché sobre los hombres, que Balzac tanto admira.

Pero con el mismo cuidado con que Fouché vigila todos los asuntos, proyectos, pensamientos y palabras del Emperador, se esfuerza en ocultarle los suyos propios. Fouché no confía jamás, ni al Emperador ni a nadie, sus verdaderas intenciones y sus trabajos. De su enorme material de noticias solo comunica lo que quiere. Todo lo demás queda encerrado en el cajón del escritorio del ministro de Policía: en este último reducto no deja Fouché penetrar ninguna mirada. Pone su pasión, la única que le domina por completo, en el deleite magnífico de ser hermético, impenetrable, algo de que nadie puede alardear. Por eso es inútil que Napoleón haga que le pisen los talones un par de espías: Fouché se burla de ellos y hasta los utiliza para reexpedir al engañado remitente relatos completamente falsos y absurdos. Con los años, hace este juego de espionaje y contraespionaje entre los dos, cada vez mas odioso y taimado, su relación francamente insincera... No; verdaderamente no se respira un ambiente puro y transparente entre estos dos hombres, de los que el uno quiere ser demasiado amo y el otro demasiado poco servidor. Cuanto más fuerte se hace Napoleón, más molesto le va siendo Fouché. Cuanto más fuerte se hace Fouché, más odioso le es Napoleón.

Detrás de esta enemistad particular de espíritus opuestos se introduce poco a poco la tensión, crecida hasta lo gigantesco, de la época. Pues de año en año se evidencian cada vez más claramente, dentro de Francia, dos voluntades encontradas: el país quiere, al fin, la paz, y Napoleón quiere siempre, y siempre de nuevo, la guerra. El Bonaparte de 1800, heredero y ordenador de la Revolución, estaba aún completamente identificado con su país, con su pueblo y con sus ministros; el Napoleón de 1804, el Emperador del nuevo decenio, ya no piensa en su país, ni en su pueblo, sólo piensa en Europa, en el mundo, en la inmortalidad. Después de haber cumplido magistralmente la misión a él confiada, se crea, por la opulencia misma de su fuerza, nuevos problemas cada vez más difíciles, y así, quien transformó el caos en orden, arrastra de nuevo violentamente al caos la obra propia, el orden propio. No queremos decir con ello que su inteligencia clara y aguda como un diamante se hubiera turbado; nada de eso: el intelecto matemáticamente exacto de Napoleón permanece, a pesar de lo demoníaco, siempre grandiosamente despierto hasta el último momento, en que escribe moribundo, con mano temblorosa, su testamento, esa obra de sus obras. Pero este intelecto suyo llegó a perder la noción de la medida terrestre, ¡y cómo podría ser de otra manera tras el logro de tantas cosas inverosímiles! Napoleón esta tan poco perturbado espiritualmente, hasta en sus aventuras más locas, como Alejandro, Carlos XII y Cortés. Perdió, como ellos, solamente por victorias excepcionalmente extraordinarias, la medida real de lo posible, y precisamente este furor, unido a su inteligencia clarísima, produjo el grandioso fenómeno del espíritu, magnífico como un «mistral» bajo el cielo limpio, esas hazañas que son crímenes de un sólo hombre en cientos de miles y que, sin embargo, enriquecen legendariamente a la Humanidad. La marcha de Alejandro desde Grecia a la India -aún hoy algo fantástica, si se la sigue en el mapa-; la expedición de Cortés, la ruta de Carlos XII de Estocolmo a Poltava, la caravana de seiscientos mil hombres que arrastra Napoleón desde España a Moscú. Estas hazañas del valor y de la temeridad son en nuestra historia moderna lo que las luchas de Prometeo y de los titanes contra los dioses en el mito griego: hybris y heroísmo, en todo caso el máximum, temerario ya, de lo humanamente asequible. Y hacia ese límite extremo tiende Napoleón, irresistiblemente, apenas siente ceñida su sien por la corona imperial. Con los éxitos crecen sus designios, con las victorias su atrevimiento, con los triunfos sobre el destino el deseo de provocarle, cada vez con mayor audacia. Nada más natural, pues, que las personas que le rodean, cuando no estén aturdidas por la charanga de los botines victoriosos o cegados por los éxitos, sobre todo los inteligentes, los cautos como Talleyrand y Fouché, comiencen a estremecerse. Tienen el pensamiento en el tiempo en que viven, en el presente, en Francia... Napoleón sólo piensa en la posteridad, en la leyenda, en la historia.

Este contraste entre razón y pasión, entre los caracteres lógicos y los demoníacos, que se repite eternamente en la Historia, aparece en Francia poco después del cambio de siglo, detrás de las grandes figuras. La guerra ha hecho grande a Napoleón, le ha elevado de la nada a un trono imperial. ¿Qué más natural, pues, que desee siempre nuevas guerras y siempre mayores y más poderosos contrincantes? Reducidas a cifras, se elevan ya sus empresas a lo fantástico. En Marengo, en 1800, venció con treinta mil hombres; cinco años más tarde pone en el campo trescientos mil hombres, y cinco años después arranca un millón de soldados al país desangrado y harto de guerras. Al último galope de su ejército, al más torpe gañán se le podría demostrar con los cinco dedos de la mano que tal guerromanía y «courromanía» (Stendhal creó esta palabra) habrían de conducirle finalmente a la catástrofe. Proféticamente dijo Fouché en una ocasión durante un diálogo con Metternich, cinco años antes de Moscú: «Cuando os haya vencido, no queda más que Rusia y China». Uno sólo hay que no comprende esto... o que se cubre los ojos con la mano: Napoleón. Quien vivió los días de Austerlitz, de Marengo y de Eylau, no podrá ya sentir la menor emoción, la más mínima satisfacción, recibiendo en los bailes de corte a los palatinos uniformados, o sentado en la ópera, adornada de gala, oyendo hablar a los diputados aburridos... No, ya no siente vibrar sus nervios más que cuando a la cabeza de sus tropas, en marchas forzadas, arrolla países enteros; cuando destruye ejércitos; cuando quita o pone reyes con gesto displicente, como si fueran figuras de ajedrez; cuando el templo de los inválidos se convierte en un rumoroso bosque de banderas, y cuando se colma la Tesorería, recién fundada, con el botín de saqueo de Europa entera. No piensa más que en regimientos, en divisiones, en ejércitos; considera ya a Francia, a todo el país, a todo el mundo, como campo de presa, como pertenencia, como propiedad suya libérrima (La France c'est moi). Pero algunos de los suyos persisten, en su intimidad, en la opinión de que Francia se pertenece a sí misma sobre todas las cosas y que no han de servir sus hombres, sus ciudadanos, para sacar reyes del clan corso y convertir a Europa en fideicomiso bonapartista. Con creciente indignación ven como año tras año se fijan las listas de reclutamiento en las puertas de las ciudades, cómo se arranca a los jóvenes de dieciocho y diecinueve años de sus casas para que sucumban en las fronteras de Portugal, en los desiertos nevados de Polonia y Rusia, sin finalidad alguna, o al menos con una finalidad inconcebible ya. Así surge entre el que lleva la mirada fija en las estrellas y los espíritus más clarividentes, que perciben el cansancio y la impaciencia del país, una incompatibilidad cada vez más enconada. Y como su genio, de día en día más dominante y autocrático, no se deja aconsejar ya ni de los más íntimos, empiezan éstos, en secreto, a pensar cómo se puede parar la marcha vertiginosa de esta rueda desatentada, cómo se le puede librar de la caída inevitable en el abismo. Y así llegara el momento en que la razón y la pasión se dividan y se combatan abiertamente, desencadenándose la lucha entre Napoleón y los más prudentes de sus servidores.

Esta resistencia secreta contra la pasión guerrera y el desenfreno de Napoleón llega hasta unir a los mas encarnizados enemigos entre sus consejeros: Fouché y Talleyrand. Estos dos ministros, los más capaces de Napoleón, las figuras psicológicamente más interesantes de su época, no se quieren... probablemente porque se parecen demasiado. Los dos son de un realismo clarividente, los dos cínicos y decididos discípulos de Maquiávelo. Los dos pasaron por la escuela de la Iglesia, por la escuela ardiente de la Revolución; los dos se conducen con la misma sangre fría, con igual desenvoltura en cuestiones de dinero y de honor; los dos sirven con la misma frialdad, con la misma falta de escrúpulos, a la República, al Directorio, al Consulado, al Imperio y al Rey... Siempre encontramos disfrazados de revolucionarios, de senadores, de ministros, de servidores del rey a estos dos caracteres típicos de la veleidad sobre el mismo escenario histórico. Y precisamente por ser de la misma raza espiritual, y por desempeñar los mismos papeles diplomáticos, se odian con el frío conocimiento y el firme desdén de rivales.

Los dos pertenecen al mismo tipo moral; pero si su parecido procede del carácter, su diferencia nace del origen. Talleyrand, Duque de Périgord, arzobispo de Autun, príncipe de rancia estirpe aristocrática, viste ya la toga violeta del señorío eclesiástico de toda una provincia francesa, cuando el hijo del pequeño mercader, el pobre José Fouché, es un ínfimo dómine de seminario que pugna para enseñar matemáticas y latín a su docena de discípulos conventuales por unos pocos sous al mes. Es ya Talleyrand embajador de la República francesa en Londres y orador afamado en los Estados generales, cuando Fouché anda todavía por los clubs con trabajos y adulaciones a la pesca de su mandato. Talleyrand llega a la Revolución desde arriba, desciende, como un soberano de su carroza, saludado con júbilo respetuoso, baja un par de escalones para entrar en el Tercer Estado, mientras que Fouché asciende a él trabajosamente y a fuerza de intrigas. Esta diferencia de origen da a sus dotes esenciales el matiz particular. Talleyrand sirve como hombre de gran prestancia, con la llaneza indiferente y fría de un grand seigneur; Fouché, con la laboriosidad celosa y astuta del burócrata ambicioso. Aún en las mismas cosas en que se parecen son distintos; si los dos aman, por ejemplo, el dinero, Talleyrand lo quiere a l a manera aristocrática: para despilfarrarlo, para dejar correr en abundancia el oro en la mesa de juego, con mujeres; Fouché, el hijo del mercader, para capitalizarlo y amontonarlo cuidadosamente. Para Talleyrand, el Poder es sólo un medio para el placer, algo que le proporciona la oportunidad más propicia y noble de apoderarse de todas las cosas sensuales de la tierra, como el lujo, las mujeres, el arte, la buena mesa; mientras que Fouché, en cambio, sigue siendo, como multimillonario, un ahorrador espartano y conventual. Ninguno de los dos podrá desprenderse nunca, por completo, de su origen social: nunca, ni en los días más feroces del terror, será el Príncipe de Perigord, Talleyrand, un verdadero hombre del pueblo, un republicano; nunca, ni aún cuando le nombren Duque de Otranto, será José Fouché, a pesar del uniforme galoneado de oro, un verdadero aristócrata.

El más brillante, el más encantador, quizá también el más considerable de los dos, es Talleyrand. Espíritu formado en una tradición de cultura rancia y refinada, pulido por la gracia del siglo XVIII, ama el juego diplomático como uno de los muchos juegos interesantes de la vida, pero odia el trabajo. De mala gana escribe él mismo una carta; lo que más le place a este auténtico vividor, a este catado r refinado, es dejar que otro haga el trabajo de acarreo, para luego recoger él y resumir los resultados con su mano fina, llena de sortijas. Le basta siempre su intuición, que penetra con mirada de rayo las situaciones mas enredadas. Psicólogo por nacimiento y por experiencia, penetra, como dice Napoleón, todos los pensamientos y afirma, sin titubear, a cada uno, en su deseo más recóndito. Audaces virajes mentales, concepciones rápidas, rodeos elegantes en los momentos peligrosos: he aquí su fuerza. Desdeña profundamente el trabajo en cuanto exige de él el más pequeño esfuerzo. De su tendencia al mínimum, a la forma concentrada de las resoluciones espirituales, procede su talento especial para los juegos de palabras más brillantes, para el aforismo. No escribe extensos relatos: con una sola palabra cortante define una situación, una persona. Fouché, en cambio, carece en absoluto de esta virtud de la visión universal rápida. Trajina como una hormiga que, teje pacientemente su malla laboriosa con puntos incontables, en un constante ir y venir a través de mil y mil observaciones, que, sumadas y combinadas luego, dan resultados concienzudos, irresistibles. Su método es analítico; el de Talleyrand, visionario. Su talento, el trabajo; el de Talleyrand, la agilidad mental. Ningún artista pudiera inventar una pareja más contraria y perfecta que la personificada por la Historia en estas dos figuras, en el vago y genial improvisador Talleyrand y en Fouché, avizor despierto de mil ojos vigilantes, para situarlos junto a Napoleón, el genio perfecto que reúne en sí las facultades de los dos: la mirada para el conjunto y para el detalle, la pasión y la laboriosidad, el saber y la visión universales.

Pero en ninguna parte surgen más crueles odios que entre las especies distintas de la misma casta. Por eso se detestan, desde lo más hondo de su intimidad, instintivamente, con conciencia exacta, biológica, Talleyrand y Fouché. Desde el primer día le es antipático al grand seigneur el celoso y pedante acumulador de mensajes, el moscardón, el frío espía que es Fouché, y éste, por su parte, se enfurece ante la frivolidad, el despilfarro y la negligencia aristocrática y despectiva, indolente y afeminada de Talleyrand. Por eso se expresan, el uno del otro, con palabras que son flechazos envenenados. Talleyrand dice sonriente: «Fouché desprecia tanto a la Humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo». Fouché, en cambio, dice sarcásticamente cuando es nombrado Talleyrand vicecanciller: il ne lui manquait que ce vicelà. Procuran mutuamente, con la mayor complacencia, molestarse todo lo posible, y no pierden, obstinados, la menor ocasión de hacerse daño. El que ambos, el ágil y el laborioso, se completen así en sus facultades, los hace útiles a Napoleón como ministros, y el que se odien con tanto ahínco, le conviene igualmente, pues gracias a ese odio se vigilan mutuamente mejor que cien espías. Fouché se apresura a comunicar las corrupciones, las bacanales, las negligencias de Talleyrand; en cambio, de cada nueva maquinación, de cada nueva martingala de Fouché da cuenta presuroso Talleyrand. Así se siente Napoleón a la vez servido y guardado por esta singular pareja. Como psicólogo estupendo, utiliza Napoleón la rivalidad de sus ministros de la manera más acertada para estimularlos y al mismo tiempo para tenerlos a raya.

Con esta enemistad contumaz de los dos rivales, Fouché y Talleyrand, se deleita durante años todo París. Como en una escena de Moliere pueden contemplarse las variaciones constantes de esta comedia representada en los escalones del trono, y regocijarse viendo como siempre de nuevo se pinchan y se persiguen con bromas mordaces los dos servidores del Soberano, mientras su amo observa con superioridad olímpica esta riña para él tan ventajosa. Pero cuando éste -y todos- esperan que continúe entre ellos el juego del perro y el gato, cambian repentinamente los dos refinados actores los papeles e inician un juego serio. Por vez primera puede más el disgusto común contra su señor que su rivalidad. En 1808 Napoleón empieza una nueva guerra, la más inútil y absurda de sus guerras: la campaña contra España. En 1805 venció a Austria y Rusia; en 1807 aniquiló a Prusia y sometió a los Estados alemanes e italianos; y no existe el menor motivo de enemistad contra España. Pero José, el hermano ingenuo (algunos años después confesará el mismo Napoleón que «se había sacrificado para tontos»), quiere también una corona; y como no hay ninguna vacante se acuerda arrebatársela a la dinastía española, con violación del derecho internacional. Nuevamente suenan los tambores, otra vez marchan los batallones y corre a raudales el dinero, reunido con tanto trabajo en las cajas; y otra vez se embriaga Napoleón con el placer peligroso de las victorias.

Este indomable furor guerrero comienza, a la larga, a fatigar a los más indiferentes. Tanto Fouché como Talleyrand desaprueban esta guerra inmotivada, en la que ha de desangrarse Francia durante siete años; y como el Emperador no escucha ni al uno ni al otro, tiene lugar una aproximación tácita entre ellos. Saben muy bien que el Emperador no acepta sus consejos y tira enfurecido sus cartas a un rincón; hace tiempo ya que los hombres de Estado se sienten en inferioridad frente a mariscales, generales y espadones y, sobre todo, frente al clan corso, cuyos miembros están ansiosos de velar un pasado miserable con el manto de armiño. Por eso intentan una protesta pública, y acuerdan, ya que se ven privados de hablar libremente, poner en escena una pantomima política, una verdadero y auténtico golpe teatral: aliarse ostentosamente.

Quién dirige la escena con tan admirable habilidad, si es Talleyrand o Fouché, no se sabe. Se desenvuelve de esta manera: mientras lucha Napoleón en España, se divierte París en fiestas y banquetes continuos; esta ya acostumbrado a la guerra anual como a la nieve del invierno y a la tormenta del verano...

En la rue Saint-Florentin, en la mansión del gran canciller, resplandecen mil velas una noche de diciembre de 1808 y suena la música (mientras Napoleón escribe en cualquier sucio alojamiento de Valladolid la orden del día). Bellas mujeres, de las que tanto gusta Talleyrand; una sociedad deslumbradora de altos funcionarios de Estado, de embajadores extranjeros, charla animadamente; se baila y se goza. Repentinamente surge un susurro, un cuchicheo tenue, en todos los rincones; el baile se interrumpe, los invitados se agrupan asombrados: acaba de entrar el hombre a quien jamás se hubiera esperado allí. Fouché, el Casio desmedrado, a quien, como sabe todo el mundo, odia y desprecia con encono Talleyrand y que jamás puso los pies en su casa. Pero lo inaudito es que, con cortesía afectada, acude, cojeando, el ministro de Asuntos Extranjeros al encuentro del ministro de Policía, le saluda con cariño, como a un querido invitado y amigo y le toma amistosamente del brazo. Le trata con afecto ostensible y penetran los dos en un gabinete contiguo, donde se sientan en un diván y conversan en voz baja... La curiosidad que se despierta entre los presentes es enorme. A la mañana siguiente sabe todo París la novedad sensacional. En todas partes sólo se habla de esta reconciliación repentina, exhibida tan llamativamente, y todo el mundo comprende su sentido. Si el perro y el gato se unen con tanta pasión, no puede ser mas que contra el cocinero: la amistad entre Fouché y Talleyrand equivale a la franca desaprobación de los ministros contra su señor, contra Napoleón. Enseguida se ponen en movimiento todos los espías para averiguar lo que verdaderamente se intenta con este complot. En todas las Embajadas rasguean las plumas sobre mensajes urgentes; Metternich manda un correo especial a Viena diciendo «que esta unión interpreta los deseos de una nación demasiado cansada»; pero también los hermanos y hermanas de Napoleón se alarman y envían por su parte el mensajero más rápido al Emperador con la noticia inaudita.

En un correo especial y urgente llega rápida la noticia a España; pero más ligero, si cabe, vuela Napoleón, como herido por un latigazo, camino de París. Ni a sus confidentes llama a su presencia cuando recibe la carta. Se muerde los labios furiosamente y da órdenes inmediatas para el regreso. La aproximación de Talleyrand y Fouché le afecta más que una batalla perdida. Casi vertiginoso es el tempo de su viaje: el 17 parte de Valladolid, el 18 está en Burgos; el 19, en Bayona; en ningún sitio se hace alto; en todas partes se cambian rápidamente los caballos cansados; el día 22 irrumpe como una tempestad en las Tullerías y el 23 da la réplica a la comedia ingeniosa de Talleyrand con una escena igualmente teatral. Toda la multitud engalonada de cortesanos, ministros y generales es cuidadosamente colocada como comparsa; se ha de ver públicamente cómo aniquila el Emperador con puño férreo hasta la más insignificante oposición contra su voluntad. A Fouché le ha llamado el día antes y a puerta cerrada le ha fustigado con enorme dureza; a lo que el otro, acostumbrado a esta clase de luchas, ha respondido con su inmutable impavidez habitual, excusándose con palabras suaves y hábiles y escurriéndose a tiempo. Para este hombre servil basta, así lo cree el Emperador, un puntapié al pasar. Pero Talleyrand, precisamente porque se le tiene por el más fuerte, por el más poderoso, ha de pagar la cuenta en público. La escena, que ha sido narrada muchas veces, es una de las mejor es del teatro de la Historia. Primero expresa el Emperador su descontento con frases generales, por la deslealtad de algunos durante su ausencia; pero luego, irritado por la fría indiferencia de Talleyrand, se dirige bruscamente a él, que, inmóvil, con actitud displicente, apoya el brazo sobre la cornisa de la chimenea. Y las frases, que sólo iban a ser burlescas, irónicas, se convierten repentinamente, ante los ojos de toda la corte, en un verdadero torrente de ira. El Emperador vierte sobre el hombre mayor en edad y experiencia las injurias más bajas: le llama ladrón, perjuro, renegado, mercenario; le dice que vendería por dinero a su propio padre; le echa la culpa del asesinato del Duque de Enghien y de la guerra de España. Ni una lavandera insultaría tan soezmente a su enemiga en pleno patio de vecindad como insulta Napoleón al Duque de Perigord, al veterano de la Revolución, al primer diplomático de Francia. Cuantas personas ven y escuchan la escena están anonadadas, molestas; comprenden que el Emperador esta haciendo un mal papel, únicamente Talleyrand, que tiene piel de elefante para semejantes agresiones y de quien se cuenta que se durmió una vez leyendo un libelo contra él, no contrae el semblante, demasiado orgulloso para sentirse ofendido por tales injurias. Descargada la tormenta, sale silencioso, cojeando sobre el parquet brillante, y al pasar por la antesala deja caer una de esas pequeñas frases envenenadas que hieren mortalmente: «¡Que lástima que un hombre tan grande esté tan mal educado!», dice tranquilamente mientras el criado le ayuda a ponerse el paleto.

La misma noche es destituido Talleyrand de su dignidad de gentilhombre de cámara. Con curiosidad despliegan en los días siguientes los envidiosos el Moniteur para leer también, entre las noticias de Estado, el comunicado con la destitución de Fouché. Pero se equivocan. Fouché se queda. Como siempre, se ha puesto en su ataque detrás de alguien fuerte que le sirva de escudo. Se recordará que Collot su cómplice de Lyon, es deportado a las islas infectas y que Fouché se queda; que Babceuf, su cómplice en la lucha contra el Directorio, es fusilado y que Fouché se queda Y también esta vez cae últimamente el que va delante Talleyrand; Fouché se queda. Los Gobiernos, los sistemas las opiniones, los hombres cambian; todo cae y desaparece en el torbellino vertiginoso de aquel decenio; sólo uno permanece siempre en el mismo sitio, al servicio de todos y de todas las ideas: José Fouché.

Fouché queda en el Poder, como siempre y aún mejor que siempre. Además de haber desaparecido con Talleyrand el más peligroso de sus enemigos y de haber sido sustituido con un mero sacristán de amén destinado a decir a todo que sí. Napoleón, el amo molesto, en 1809, como todos los años, hace una nueva guerra, esta vez con Austria.

La ausencia de Napoleón de París y que no atienda a los asuntos del Estado es lo más agradable que puede ocurrir a Fouché; y cuanto más lejos y por mas tiempo... en Austria, en España, en Polonia, mejor. Fouché quisiera verle partir nuevamente para Egipto... Su luz, demasiado potente, deja a todos en la sombra; su presencia dominadora y animadora paraliza con su despótica superioridad la voluntad de los demás.

Mas cuando esta a cien leguas de distancia, dirigiendo batallas y planeando campañas, puede Fouché hacer de cuando en cuando de gran señor providencial y no contentarse con ser únicamente marioneta de la mano dura y enérgica.

Para ello se le ofrece a Fouché, ¡por fin, por primera vez!, una ocasión. El 1809 es un año fatal para Napoleón. Nunca estuvo en situación militar más amenazada, a pesar de indudables éxitos exteriores. En la Prusia subyugada, en la Alemania mal dominada, están, en ciertas zonas, casi indefensos, miles de franceses, vigilando a cientos de miles que únicamente aguardan el llamamiento a las armas. Bastaría una nueva victoria de los austriacos como la de Aspern, y desde el Alba hasta el Ródano se desencadenaría la rebelión, el levantamiento de una nación entera. Tampoco en Italia es la situación mejor; el ultraje brutal al Papa ha indignado a toda Italia, como la humillación de Prusia a toda Alemania; y la misma Francia esta cansada. Si se logra un nuevo golpe contra el poderío militar imperial extendido sobre Europa, desde el Ebro hasta el Vístula, ¡quien sabe si resistiría el broncíneo celoso estremecido ...! Este golpe lo proyectan los enemigos jurados de Napoleón, los ingleses. Y deciden avanzar directamente al corazón de Francia mientras están repartidas las tropas del Emperador en Aspern, en Italia, en Lisboa; pero trataran de apoderarse de los puertos, de Dunquerque, conquistar Amberes y obligar a los belgas a sublevarse. Napoleón -así calculan ellos- esta lejos con las tropas más aguerridas, con sus mariscales y sus cañones; el país está indefenso ante ellos.

Pero Fouché esta en su puesto; el mismo Fouché que aprendió en 1793, bajo la Convención, a levantar diez mil reclutas en un par de semanas. Su energía no ha menguado desde entonces; pero sólo podía servirse de ella en la sombra, en pequeñas maquinaciones y ardides sin importancia. Con pasión se impone la tarea de enseñar al mundo y a la nación entera que José Fouché no es solamente un pelele de Napoleón y que, en caso preciso, puede obrar con la misma energía y decisión que el Emperador. Por fin ha llegado el momento de demostrar claramente -ocasión maravillosa, como caída del cielo- que no todo el destino moral y militar depende de este hombre único. Con provocativa audacia recalca en sus proclamas que, efectivamente, Napoleón no es indispensable. «Demostraremos a Europa que, aunque presta sus fulgores a Francia el genio de Napoleón, no es necesaria su presencia para rechazar al enemigo», escribe a los alcaldes. Y confirma estas palabras audaces y ambiciosas con los hechos. Apenas se entera, el 31 de agosto, del desembarco de los ingleses en la isla Walcheren, pide, como ministro de Policía y del Interior (puesto este que ocupa provisionalmente), la incorporación a filas de los guardias nacionales, que desde los días de la revolución desempeñan en sus pueblos tranquilamente los oficios de sastres, herreros, zapateros y gañanes. Los demás ministros se asustan. ¿Cómo, sin permiso del Emperador, bajo la propia responsabilidad, dar una disposición de tan vasto alcance? Particularmente el ministro de la Guerra esta muy indignado de que se mezcle un paisano en el sagrado de su competencia, y se opone con toda su fuerza. Habría que acudir antes a Schoenbrunn pidiendo permiso para la movilización.

Habría que aguardar las disposiciones del Emperador y no intranquilizar al país. Pero el Emperador está, como de costumbre, ausente; serían necesarios quince días de posta en llevar la pregunta y traer la respuesta. Y Fouché no teme intranquilizar al país. ¿No lo hace también Napoleón? En lo más íntimo quiere la intranquilidad, quiere la alarma. Y así obra decididamente por su cuenta. Tambores y órdenes llaman a todos los hombres en las provincias amenazadas para la inmediata defensa, en nombre del Emperador, que no sabe nada de estas disposiciones y nueva audacia. Fouché nombra jefe de este improvisado ejército del Norte a Bernadotte, precisamente al hombre que más odia Napoleón de todos los generales, a pesar de ser cuñado de su hermano; al hombre enjuiciado y desterrado por el Emperador. De su destierro le saca Fouché haciendo caso omiso de Napoleón, de los ministros y de todos sus enemigos; le es indiferente que el Emperador no apruebe sus disposiciones; lo único que le importa es que el éxito le dé la razón contra todos.

Esta audacia en momentos decisivos presta a Fouché algo de verdadera grandeza. Intranquilo, se consume este genio nervioso y laborioso por cumplir grandes misiones, condenado a las pequeñas empresas, que son para él cosa de juego. Es natural que su energía sobrante busque desahogo y libertad de intrigas, casi siempre sin finalidad. Pero en el momento en que este hombre se encuentra ante una verdadera misión histórica, adecuada a su fuerza -lo mismo en Lyon que más tarde, después de la caída de Napoleón en París-, sabe cumplirla magistralmente. La ciudad de Flesinga, que Napoleón calificaba en sus cartas de inexpugnable, cae, como lo preveía Fouché, tras pocos días, en manos de los ingleses. Pero el ejército formado sin permiso por Fouché ha tenido, mientras tanto, tiempo de fortificar Amberes, deteniendo la invasión con una derrota completa y muy costosa para los ingleses. Por primera vez desde que manda Napoleón se ha atrevido un ministro a levantar independiente la bandera en el país, a desplegar la vela, sostener rumbo propio y, con esta misma independencia, salvar a Francia en un momento crítico. Desde ese día tiene Fouché mas categoría y una nueva conciencia de su propio valor.

Entre tanto, han llegado a Schoenbrunn las cartas acusadoras del canciller y del ministro de la Guerra, y, en forma de quejas reiteradas, la relación de las osadías que se permite ese ministro civil, que llamó a filas a la guardia nacional y puso en pie de guerra al país. Todos desean que Napoleón castigue esta arrogancia y que despida a Fouché. Pero -¡cosa extraordinaria!- antes aún de saber el resultado brillante que dieron las disposiciones de Fouché, da el Emperador la razón a su energía decidida y agresiva; se pone de su parte contra todos. El canciller recibe una fuerte reprensión: «Estoy indignado de lo poco que ha sabido servirse de sus poderes en circunstancias tan extraordinarias. Debió usted, a la primera noticia, levantar enseguida veinte, cuarenta o cincuenta mil guardias nacionales». Y textualmente escribe al ministro de la Guerra: «Veo que sólo el señor Fouché hizo lo que pudo y que es el único que ha comprendido lo impropio de permanecer en una inactividad peligrosa y deshonrosa». Así no solamente han sido derrotados por Fouché sus colegas miedosos, cautos e impotentes, sino que se sienten después intimidados por la aprobación de Napoleón. Y por encima de Talleyrand y del canciller, se encuentra Fouché en el primer puesto de Francia. Es el único que ha demostrado no solamente que sabe obedecer, sino que sabe también mandar.

Fouché nos demuestra reiteradamente sus excelentes cualidades para proceder en los momentos de peligro. Enfrente a la más difícil situación, la dominará con la claridad y la audacia que le confiere su energía. Dadle el nudo más enredado y sabrá desenredarlo. Pero si conoce magníficamente el momento de poner la mano y actuar, desconoce en absoluto el arte de todas las artes políticas: el de retirarse, el de abandonar a tiempo. No puede quitar su mano de donde la ha puesto una vez. Y precisamente cuando ha desenredado el nudo se siente arrastrado por un placer diabólico de juego y vuelve a enredarlo artificialmente. Así sucede ahora. Gracias a su presteza, a su fuerza organizadora y pujante, se ha rechazado el ataque alevoso por el flanco. Con tremenda pérdida de hombres y material y con pérdida mayor aún de prestigio, volvieron a meter los ingleses su ejército en los buques y se repatriaron. Ahora se puede llamar tranquilamente a retirada y mandar a casa con gracias y legiones de honor a los guardias nacionales levantados. Pero el amor propio de Fouché ha olido la sangre. Era demasiado tentador y magnífico eso de hacer de Emperador, convocar tres provincias a golpe de tambor, dar órdenes, redactar proclamas, pronunciar discursos y enseñar los dientes a los colegas apocados. ¿Y han de terminar tan pronto esos momentos deliciosos? ¿Precisamente cuando se siente con voluptuosidad crecer la propia energía por días, por horas? No, no piensa Fouché en semejante cosa. Es preferible jugar a la guerra y a la defensa, aunque para ello haya que inventar el enemigo. Hay que seguir con los tambores, levantar el país, producir inquietud, movimiento tempestuoso. Así le sirve de pretexto para ordenar una nueva movilización un supuesto desembarco proyectado por los ingleses junto a Marsella. Se hace el llamamiento a filas de la guardia nacional de Piamonte, de la Provenza y hasta de París, aunque ni cerca, ni lejos, ni en el interior del país, ni en la costa, se vea un solo enemigo. Pero Fouché esta poseído por el vértigo del placer, tanto tiempo deseado, de organizar y movilizar, de que el hombre activo tanto tiempo refrenado y contenido que hay en él pueda manifestarse libremente gracias a la ausencia del soberano del mundo.

¿Pero contra quien van todas estas tropas?, se pregunta el país asombrado. Los ingleses no se dejan ver. Poco a poco van desconfiando hasta los más benévolos de sus colegas. ¿Que quiere el hombre impenetrable con sus movilizaciones frenéticas? No comprenden que Fouché se embriaga solo con el placer secreto de jugar con la propia energía. Y como no ven, ni cerca ni lejos, la punta de la bayoneta de un enemigo contra el que pudieran dirigirse estos formidables alardes bélicos reforzados diariamente, empiezan a atribuir a Fouché proyectos equívocos. Unos pretenden que prepara una rebelión; otros que si el Emperador sufre un segundo Aspern, se propone proclamar enseguida la antigua República. Y al cuartel general de Schoenbrunn llegan más y más cartas diciendo que Fouché se ha vuelto loco o conspirador. Napoleón acaba por desconcertarse, a pesar de su benevolencia. Comprende que Fouché ha sacado los pies del plato y hay que llamarlo al orden. El tono de las cartas cambia bruscamente. Le reprende y le llama «un Don Quijote que combate con molinos de viento», y escribe con el viejo tono de dureza: «Todas las noticias que recibo me hablan de guardias nacionales movilizados en Piamonte, en Languedoc, en la Provenza, en el Delfinado. ¿Qué diablos se pretende con todo esto, cuando no hay necesidad, y por qué se hace sin mis órdenes?» Fouché, con el corazón amargado, tiene que renunciar a su peligroso juego, dimitir el Ministerio del Interior y, contra sus deseos, volver al rincón, a su papel de ministro de Policía del amo, que regresa -demasiado pronto para él- lleno de gloria.

Sin embargo, aunque Fouché se excedió, fue el único que hizo algo en medio del pavor de los demás ministros; en un momento del mayor peligro para la patria hizo lo oportuno y lo justo. Por eso no puede Napoleón negarle por más tiempo el honor que concedió ya a tantos. En el instante en que surge una nueva aristocracia en la tierra de Francia fertilizada con sangre; en el momento en que se conceden títulos de nobleza a los generales, ministros... y peones de albañil, no se puede olvidar a Fouché, al viejo enemigo de los aristócratas. También para él llega la hora de convertirse en aristócrata. Ya se le había concedido el título de Conde sin la menor pompa. Pero el viejo jacobino ha de subir más alto por la escala huera de los nombres. El 15 de agosto de 1809 firma y sella en el Palacio de Su Majestad Apostólica el Emperador de Austria, en el aposento regio de Schoenbrunn, el antiguo tenientillo de Córcega, para el antiguo comunista y exprofesor de seminario, el pergamino -una paciente piel de asno -, gracias a la cual -¡respeto! -queda nombrado Duque de Otranto. Aunque nunca se batió en Otranto, aunque jamás vieron sus ojos ese paisaje del sur de Italia, viene bien precisamente un nombre noble de resonancia exótica y rotunda para enmascarar al antiguo archirrepublicano, pues el pronunciarlo pomposamente hace olvidar que detrás de este duque se oculta el verdugo de Lyon, el viejo Fouché del «pan único» y de las requisas. Y para que pueda alardear como verdadero caballero, se le otorga además la insignia de su Ducado: un blasón flamante.

Pero, cosa curiosa: ¿inventó Napoleón mismo la peligrosa y característica alusión, o se permitió particularmente el rey de armas una bromita psicológica? Sea como sea, el escudo del Duque de Otranto muestra en el centro una columna áurea bien propia de este apasionado enamorado del oro. Y alrededor de la columna se enrosca una serpiente, probable y tácita alusión a la flexibilidad diplomática del nuevo duque. Verdaderamente que debió poner Napoleón a su servicio sutiles heráldicos, pues no podía inventarse blasón más apropiado para José Fouché.

 

CAPÍTULO VI

LA LUCHA CONTRA EL EMPERADOR

(1810)

Un gran ejemplo hunde o levanta siempre a toda una generación. El ingreso de una figura como la de Napoleón Bonaparte en la época pone a las personas de su alrededor en el trance de elegir entre empequeñecerse ante él y desaparecer, sin rastro, ante su grandeza, o seguir su ejemplo, poniendo a contribución una tensión enorme de energía. Los hombres próximos a Napoleón sólo pueden ser dos cosas: sus esclavos o sus rivales. Una presencia de tal manera destacada no tolera, a la larga, el termino medio.

Fouché es uno de aquellos a quienes Napoleón arranco la estabilidad de su equilibrio. Le envenenó el alma con el ejemplo peligroso de su ambición insaciable, con la presión demoníaca de superarse constantemente: también quiere él ya, como su amo, extender y ensanchar constantemente los límites de su poder; también él es hombre perdido para la pugna obstinada y tranquila, para el bienestar doméstico. Por eso, ¡que decepción la suya el día en que vuelve, triunfador, Napoleón de Schoenbrunn para tomar él mismo las riendas! ¡Que días grandes los de aquellos meses en que podía obrar según el parecer propio, levantar ejércitos, redactar proclamas, dar disposiciones audaces ante el asombro de los colegas medrosos, sentirse por fin, una vez en la vida, dueño y señor de un país, jugador en el gran tapete verde de los destinos universales! Y ahora no ha de ser José Fouché sino ministro de Policía para vigilar descontentos y charlas de Redacción, componer diariamente, con los mensajes de sus espías, su aburrido boletín, ocuparse en insignificancias, como de quién es la nueva amiga de Talleyrand o quién tuvo ayer la culpa de la baja de las Rentas en la Bolsa. No, desde que puso la mano en las cuestiones mundiales, en el timón de la alta política, le parece todo lo demás, a su espíritu inquieto y ávido de acontecimientos, futilidades y papeleteo despreciables. Quien ha hecho una vez juego de tanta altura no se contenta ya con pequeñeces. Es preferible demostrar otra vez que aún queda sitio al lado de Napoleón para nuevas hazañas. Y de este pensamiento no logra desasirse ya.

Pero ¿qué podría intentarse frente al que lo alcanzó todo; frente al hombre que subyugó a Rusia, a Alemania, a Austria, a España e Italia; el hombre a quien el Emperador de la dinastía más rancia de Europa entrega por esposa a una archiduquesa; que se impuso al Papa y sometió el predominio milenario de Roma; el hombre que desde París puso los fundamentos de un imperio europeo universal? Nervioso, febril, celoso, acecha el amor propio de Fouché por todos lados en busca de una misión.

Y efectivamente: en el edificio del predominio mundial no falta más que la última cúpula, la más alta: la paz con Inglaterra.

Con ella quedaría terminada la obra. Y esta última hazaña europea la quiere llevar a cabo solo: sin Napoleón y contra Napoleón.

Inglaterra es -en 1809 como en 1795- el enemigo mortal, el contrincante más peligroso de Francia. Ante las puertas de San Juan de Acre, ante los fuertes de Lisboa, en todos los extremos del mundo, tropezó la voluntad de Napoleón contra la fuerza fría, calculada y metódica de los anglosajones, y mientras él conquistaba toda la tierra de Europa, ellos le arrebatan la otra mitad del mundo: el mar. No los puede coger, ni ellos a él; ambos trabajan hace casi veinte años, con esfuerzo siempre renovado, por aniquilarse. Ambos se debilitan horriblemente en esta lucha insensata, de la que están ya, sin quererlo confesar, un poco cansados. Los Bonaparte se declaran en quiebra en Francia, Amberes y Hamburgo, desde que los ingleses les imposibilitan las transacciones; en el Támesis están los barcos abarrotados de mercaderías sin vender; cada día bajan las rentas, tanto la inglesa como la francesa. Y en los dos países aconsejan los comerciantes, los banqueros, las gentes razonables, un acuerdo, y llegan a iniciar muy cuidadosamente las negociaciones. Pero a Napoleón le parece más importante que se quede el mentecato de su hermano José la corona real de España y su hermana Carolina con la de Nápoles. Y rompe las conferencias de paz iniciadas trabajosamente a través de Holanda, y golpea con su puño de acero a sus aliados, para que cierren la entrada a los barcos ingleses y arrojen al mar sus mercancías. Para Rusia salen igualmente cartas amenazadoras, exigiendo la sumisión al sistema continental. Otra vez ahoga la pasión al razonamiento, y la guerra amenaza eternizarse si el partido de la paz no se anima en el último momento y pone manos a la obra.

En estas negociaciones con Inglaterra, rotas antes de tiempo, tuvo también Fouché su intervención. Él indicó al Emperador y al Rey de Holanda como mediador a un financiero francés; éste, a su vez, proporcionó la mediación de un financiero holandés, y éste, por su parte, la de uno inglés. Sobre el bien acreditado puente de oro iban -así sucede en todas las guerras y en todos los tiempos- los secretos intentos de inteligencia de Gobierno a Gobierno. Pero el Emperador ordena bruscamente interrumpir las negociaciones. Eso no le conviene a Fouché. ¿Por que no seguir negociando? Negociar, regatear, prometer y engañar: su pasión preferida. Así concibe un proyecto audaz. Toma 1a resolución de seguir negociando por su cuenta, aunque, desde luego, aparentando que lo hace por encargo del Emperador; es decir, deja en la creencia, tanto a sus propios agentes como al Gabinete inglés, de que es el Emperador quien procura, por mediación de ellos, conseguir la paz, mientras que en verdad maneja los hilos únicamente el Duque de Otranto. Empresa temeraria, abuso descarado del nombre imperial y de su propio cargo de ministro, osadía histórica sin igual... Pero estos secretos, estas maniobras laberínticas y equívocas, y no una, sino tres o cuatro al mismo tiempo, son, como se sabe, la verdadera pasión del intrigante nato que es Fouché. Como un chico de la escuela que hace muecas cuando el maestro vuelve la espalda, le gusta maniobrar en la ausencia del Emperador; y se expone gustoso, lo mismo que el chico atrevido, a que le castiguen o reprendan por la mera alegría de la travesura y la burla.

Cien veces hemos visto como se deleita en estas audaces maniobras políticas; pero jamás se permitió hazaña más peligrosa, más osada y arbitraria que esta de negociar -aparentemente en nombre del Emperador y en realidad contra su voluntad- con el Ministerio inglés del Exterior, sobre la paz entre Francia e Inglaterra.

La maquinación está preparada genialmente. Se sirve de uno de sus equívocos funcionarios, el banquero Ouvrard, que ya rozo algunas veces con la cabeza los muros de la cárcel. Napoleón detesta a este mal sujeto por sus pésimos antecedentes; pero eso le preocupa poco a Fouché, que opera con él en la Bolsa. Con este hombre se siente seguro, porque le ha sacado más de una vez de situaciones difíciles, y le tiene así completamente en su mano. A Ouvrard le envía donde el banquero holandés De Labouchre, hombre de gran prestigio, que se dirige de buena fe a su suegro, el banquero Baring, en Londres, quien a su vez le pone en contacto con el Gabinete inglés. Y así se desarrolla un fantástico juego de equívocos: Ouvrard cree desde luego que Fouché obra por encargo del Emperador y transmite su mensaje como oficial al Gobierno holandés; esta garantía basta a su vez a los ingleses para tomar completamente en serio las negociaciones. Así cree Inglaterra negociar con Napoleón, y en realidad negocia sólo con Fouché, quien se libra muy bien, naturalmente, de enterar al Emperador de la continuación secreta de las negociaciones. Quiere que madure primero bien el asunto, que se eliminen las dificultades para presentarse de repente ante el Emperador y ante el pueblo francés como un deus ex machina y decir orgulloso: «¡He aquí la paz con Inglaterra! Lo que quisieron y desearon todos, lo que no consiguió ninguno de vuestros diplomáticos, lo ha llevado a cabo solo el Duque de Otranto».

¡Lástima! Un pequeño incidente estropea esta partida de ajedrez magnífica y emocionante. Napoleón ha ido con su joven esposa María Luisa a Holanda para visitar a su hermano Luis. El brillante recibimiento le hace olvidar la política. Pero un día, el Rey Luis, su hermano, suponiendo, naturalmente, como todos los demás, que las negociaciones secretas con Inglaterra se llevaban a cabo con el consentimiento del Emperador, se interesa, en una conversación casual, por la marcha del asunto.

Napoleón se extraña. De repente recuerda haberse encontrado en Amberes precisamente a ese odiado Ouvrard. ¿Qué se trama allí? ¿Que significa ese ir y venir entre Inglaterra y Holanda? Pero no deja notar su sorpresa; con gran indiferencia ruega a su hermano que le entregue, cuando tenga ocasión, la correspondencia del banquero holandés. Le es entregada enseguida, y durante el regreso de Holanda a París tiene Napoleón tiempo de leerla. Se trata, efectivamente, de unas negociaciones de las que no tenía idea. Con inmensa ira presiente enseguida las huellas de cazador furtivo del Duque de Otranto, que se ha introducido nuevamente en el coto vedado. Pero ha aprendido a ser astuto con el astuto Fouché; por eso esconde por lo pronto su sospecha bajo una capa de falsa amabilidad para no ponerle sobre aviso, darle ocasión de escurrirse y dejarle escapar, únicamente al comandante de su gendarmería, Savary, Duque de Rovigo, se confía, y le ordena detener en el acto y sin llamar la atención al banquero Ouvrard y apoderarse de todos sus papeles.

Tres horas después de esta orden, el 2 de junio, llama a su ministro a Saint-Cloud y pregunta bruscamente y sin rodeos al Duque de Otranto hasta donde tiene conocimiento de ciertos viajes del banquero Ouvrard, o si le ha invitado acaso él mismo a ir a Amberes. Fouché, sorprendido, pero sin sospechar la trampa en que ha caído, obra como de costumbre cuando se le tiene por las solapas, lo mismo que bajo la revolución con Chaumette y bajo el Directorio con Babceuf: procura librarse descargándose en su cómplice. ¡Ah, sí! Ouvrard, un entrometido que le gusta mezclarse en todo; además, toda la cuestión es tan insignificante, que, en el fondo, sólo se trata de una niñería, de una bagatela. Pero Napoleón tiene la mano dura y no suelta tan fácilmente su presa. «Esas maquinaciones no son cosa insignificante -ruge Napoleón-. Es una deslealtad incalificable el atreverse a negociar a espaldas de su soberano con el enemigo, a base de condiciones que él ignora y que seguramente jamás autorizará. Es una deslealtad que no toleraría ni el gobierno más débil. Ouvrard debe ser detenido inmediatamente.» Fouché empieza a intranquilizarse. ¡Era lo único que faltaba: detener a Ouvrard, que lo cantaría todo! Y se esfuerza por quitarle ese propósito de la cabeza al Emperador. Pero el Emperador, que sabe en esos momentos esta ya detenido el banquero por su propia policía, escucha irónicamente a su ministro desenmascarado; ya conoce al verdadero autor de la audaz maniobra, y los papeles confiscados en casa de Ouvrard descubren muy pronto todo el juego de Fouché.

Y descarga el rayo de la tormenta acumulada de la desconfianza. Al día siguiente, domingo, invita Napoleón, después de misa (como yerno de Su Majestad Apostólica, es otra vez buen cristiano, aunque un par de años antes metiera en la cárcel al Papa) a todos sus ministros y dignatarios de la Corte para la recepción matutina. Uno sólo falta: el Duque de Otranto. Aunque es ministro, no ha sido invitado. El Emperador hace tomar asiento a su Consejo alrededor de la mesa y lanza inmediatamente la pregunta: «¿Que piensan ustedes de un ministro que, abusando de su posición, sostiene, sin que lo sepa su soberano, trato con una potencia extranjera? ¿Que el ministro lleva estas negociaciones sobre las bases establecidas por él mismo y que con ello pone en grave riesgo la vida política de todo el país? ¿Que castigo señalan nuestros códigos para semejante deslealtad?» Después de estas preguntas severas mira el Emperador en torno suyo, esperando, sin duda, que se apresurarían sus consejeros a proponer el destierro o cualquier otra medida deshonrosa. Pero los ministros, aunque en el acto se han dado cuenta de contra quién va la flecha, se envuelven en un silencio azorante. En el fondo le dan todos a Fouché la razón, por haberse ocupado enérgicamente de la cuestión de la paz y, como verdaderos y legítimos criados, se alegran de la trastada hecha al amo autócrata. Talleyrand (aunque ya no es ministro ha sido llamado como dignatario ante lo importante del asunto) se ríe para sus adentros; recuerda su propia humillación de hace dos años y le divierten la perplejidad de Napoleón y la situación comprometida de Fouché; no quiere a ninguno de los dos. Por fin rompe el silencio el gran canciller Cambacéres y dice conciliador: «Sin duda alguna es un desliz que merece castigo severo, aunque el culpable se haya dejado llevar por un exceso de celo». «Exceso de celo», grita Napoleón, furioso... La contestación no le agrada, pues no quiere excusa, sino castigo severo, castigo ejemplar para quien obró por cuenta propia. Con gran excitación narra todo lo sucedido e invita a los presentes a proponerle un sucesor.

Pero ninguno de los ministros se da prisa a emitir su opinión en cuestión tan enojosa; el miedo a Fouché sigue al miedo a Napoleón. Por fin recurre Talleyrand, como siempre en ocasiones difíciles, a una hábil ironía. Se dirige a un vecino y dice en voz baja: «Sin duda ha cometido el señor Fouché una falta, pero si yo tuviera que darle un sucesor, y se lo daría, no sería otro que el mismo señor Fouché». Descontento de sus ministros, a los que él mismo había convertido en autómatas y mamelucos sin valor, levanta Napoleón la sesión y llama al canciller a su gabinete. «Verdaderamente, no vale la pena preguntar a estos señores. Vea usted que proposiciones tan útiles pueden esperarse de ellos... Pero no supondrá que yo pensé en preguntarles antes de estar de acuerdo conmigo mismo. He decidido ya: el Duque de Rovigo será ministro de Policía.» Y antes de que pudiese declarar éste si tiene vocación para una sucesión tan desagradable, le saluda aquella misma noche el Emperador con la orden brusca: «Es usted ministro de Policía. Preste juramento y vaya a su trabajo».

El despido de Fouché es el tema del día; súbitamente se pone todo el mundo de su parte. Nada le había ganado más simpatías a este ministro, a este hombre lleno de doblez, como su resistencia contra el zarismo desenfrenado, insoportable ya a los franceses, acostumbrados a la libertad, de un hombre elevado por la Revolución. Y además, nadie quiere oír que sea un delito que merezca castigo el haber buscado, aún contra la voluntad del belicoso caudillo, la paz con Inglaterra. Todos los partidos: realistas, republicanos y jacobinos, igual que los embajadores extranjeros, ven con sentimiento unánime en la caída del último ministro de Napoleón con personalidad acusada la visible derrota de la idea de la paz, y hasta en el mismo Palacio, en el propio tálamo, encuentra Napoleón, igual que en su primera esposa Josefina, en la segunda, María Luisa, un abogado de José Fouché. El único hombre a su alrededor que su padre, el Emperador de Austria, le había indicado como digno de confianza, ha sido despedido, comenta perpleja. Nada expresa mejor la verdadera opinión de la Francia de entonces que el hecho de que el disfavor del Emperador aumente el Prestigio oficial de un hombre. El nuevo ministro de Policía, Savary, condensa la impresión desastrosa producida por la salida de Fouché en estas palabras características: «Creo que la noticia de una epidemia de peste no hubiera podido infundir mas terror que la de mi nombramiento de ministro de Policía».

Verdaderamente se ha fortalecido al lado del Emperador, en estos diez años, José Fouché.

No se sabe por qué camino llegó hasta Napoleón la reacción de este efecto. Pues apenas da a Fouché el empujón, enguanta a toda prisa nuevamente la mano dura. Le dora la píldora en esta ocasión, igual que en 1802. Y disfraza el despido con un cambio de empleo. Le otorga al Duque de Otranto, por la pérdida del Ministerio de Policía, el título honorífico de consejero de Estado y le nombra embajador del Imperio en Roma. Y nada caracteriza mejor el estado de ánimo vacilante, entre el temor y la ira, entre el reproche y la gratitud, entre la irritación y la actitud conciliadora del Emperador, que la carta de despedida de carácter privado: «Señor Duque de Otranto: Sé qué servicios me ha prestado y confío en su lealtad a mi persona y creo en el celo que ha puesto en servirme. Sin embargo, me es imposible conservarle en el cargo de ministro; me expondría con ello demasiado. El cargo de ministro de Policía requiere confianza plena e ilimitada, y esta confianza no puede persistir desde el momento que expuso, en una cuestión importante, mi tranquilidad y la del Estado, lo que a mis ojos no se puede excusar ni con motivos loables. Su opinión extraña de los deberes de un ministro de Policía no esta de acuerdo con el bien del Estado. Sin dudar de su lealtad y fidelidad, tendría que someterle, a pesar de ello, a una vigilancia constante y molesta que no se me puede exigir. Sería necesario vigilarle por las muchas cosas que usted hace por su propia cuenta, sin saber si corresponden a mi voluntad e intención... No puedo esperar que ha de cambiar usted de actitud, ya que desde hace años mis observaciones ostensibles de descontento no consiguieron en usted cambio alguno. Basado en la pureza de sus propósitos, no ha querido usted comprender cuanto mal se puede originar con la intención de hacer el bien. Mi confianza en su talento y en su fidelidad es inquebrantable. Espero tener pronto ocasión para demostrar lo primero y utilizar lo segundo en mi servicio». Esta carta nos descubre como una clave secreta lo más íntimo de sus relaciones entre Napoleón y Fouché; tómese la molestia de releer esta pequeña obra maestra para sentir cómo se cruzan en cada frase deseo y repulsa, simpatía y antipatía, temor y estimación secreta. El autócrata quiere un esclavo y se irrita al chocar con el hombre independiente. Quiere desembarazarse de él y, sin embargo, teme tenerle por enemigo. Siente perderle y, al mismo tiempo, esta contento de haberse quitado de encima al hombre peligroso.

Pero a la par que aumenta en Napoleón la conciencia de sí mismo, aumenta también de manera gigantesca la de su ministro. Y la simpatía general enderezaba más aún la espalda de José Fouché. No, tan fácilmente no se puede despedir ya al Duque de Otranto. Napoleón ha de ver que aspecto ofrece su Ministerio de Policía cuando se le cierren las puertas a José Fouché; y su sucesor ha de creer que se sienta en un nido de avispas y no en un sillón ministerial, si se tiene la osadía de quererle reemplazar. No se ha estado afinando durante diez años este instrumento maravilloso para que un soldadote tosco, un novato de la diplomacia, un chapucero, venga a manejarlo torpemente y muestre como obra propia lo que inventó su antecesor en días y noches trabajosos. No, no ha de ser su despido tan fácil como lo imaginan. Han de darse cuenta, tanto Napoleón como Savary, de que un José Fouché no enseña sólo la espalda doblada como los demás, sino que sabe enseñar también los dientes.

Fouché esta decidido a no marcharse con la cabeza baja. No quiere una paz ambigua, una capitulación displicente. No es tan torpe que se decida a presentar franca resistencia; eso no va de acuerdo con su carácter. Sólo una bromita quiere permitirse, una bromita pequeña, ingeniosa, divertida, en que ha de deleitarse París y aprender Savary que existen trampas famosas en los dominios del Duque de Otranto. Siempre hay que volver a recordar el rasgo diabólico y extraño en el carácter de José Fouché de que precisamente la indignación mas extremada estimule en él un deseo cruel de bromear; que su valor, al intensificarse, no se hace varonil, sino que se convierte en temeridad grotesca y peligrosa. Nunca pega con el puño al ser atropellado, sino con la vara de bufón, cruelmente, burlando al contrario. Todo lo que se esconde en este hombre hermético y frío, de instintos apasionados, rezuma en estas ocasiones, sale al exterior; y esos momentos de alegría aparente en la ira son, al mismo tiempo, los que descubren mejor su naturaleza subterránea y fogosa, mágica y diabólica.

¡Una bromita aguda, pues, para su sucesor! No será cosa difícil de inventar, sobre todo tratándose de un tonto confiado. El Duque de Otranto se pone el uniforme de gala y dispone un semblante extraordinariamente amable para recibir a su sucesor en la visita oficial. Y en efecto, apenas aparece Savary, Duque de Rovigo, le confunde, le colma de amabilidades. No sólo le felicita por la elección tan honrosa del Emperador, sino que casi le da las gracias por haberle librado del puesto que tanto le fatigaba, que pesaba demasiado tiempo ya sobre sus hombros. ¡Ah, que feliz y qué contento se sentía de poder descansar un poco de este trabajo inmenso! Pues es un trabajo extraordinario, más aún: un trabajo ingrato el que exige ese Ministerio; el Duque, especialmente, ha de notarlo muy pronto, ya que no está acostumbrado a él. De todas maneras, le ayudaría con gusto a arreglar un poco el Ministerio desordenado, pues la despedida le había sorprendido algo inesperadamente. Claro, para eso se necesitaban algunos días; pero si el Duque de Rovigo está conforme, se encargaría él, Fouché, con gusto, de este pequeño trabajo; y mientras tanto podría también efectuar su mujer, la Duquesa de Otranto, la mudanza con toda comodidad. El buen Savary, Duque de Rovigo, no advierte la pimienta en la miel. Se siente agradablemente sorprendido de tanta amabilidad en un hombre a quien todos describen como maligno y astuto; aún le da las gracias más afectuosas al Duque de Otranto por tan extraordinaria complacencia. Naturalmente, puede quedarse todo el tiempo que le parezca bien; se inclina y estrecha conmovido la mano al buen Fouché, tan calumniado... ¡Lástima no haber visto y dibujado la cara de José Fouché en el momento en que se cerraba la puerta detrás de su incauto sucesor! ¡Imbécil! ¿Pero crees verdaderamente que voy a poner orden y presentarte los más incógnitos secretos que he ido juntando en diez años de penoso trabajo, en carpetas ordenadas, para que las cojas en tus manazas torpes? ¿Que voy a engrasarte y limpiarte además la máquina ideada tan maravillosamente por mí, que funciona tan silenciosamente con sus ruedas y engranajes y que aspira y elabora invisiblemente las noticias de todo el Imperio? ¡Tonto, ya abrirás los ojos! En el acto comienza una actividad febril. Un amigo íntimo esta avisado para ayudarle. Cuidadosamente se cierra con cerrojo la puerta del gabinete y son sacados rápidamente todos los papeles secretos de las carpetas. Los que le pueden servir algún día como armas, los acusadores y comprometedores, se los lleva José Fouché para su uso particular; los demás son quemados sin miramiento. ¿Para qué necesita saber el señor Savary quien presta servicio de espía en el barrio elegante del Faubourg Saint-Germain, en el Ejército o en la Corte? Podría hacerle el trabajo demasiado fácil. ¡Pues al fuego las listas! únicamente los nombres de los moscardones y soplones, de los porteros y de las prostitutas, de los que de todas maneras nunca se saca nada importante; con ésos puede quedarse. Con rapidez vertiginosa se vacían los cajones. Los registros valiosos con los nombres de los realistas extranjeros, de los corresponsales secretos, desaparecen; artificialmente ponen desorden en todas partes, destruyen el índice y se proveen las actas de números falsos; se cambian las claves. Y al mismo tiempo toma en servicio secreto, como espías, a los empleados más importantes del futuro ministerio para que sigan comunicándose secretamente con el antiguo y verdadero señor. Tornillo por tornillo, va aflojando Fouché la maquinaria gigantesca para que ya no ajusten los engranajes y se detenga completamente su rotación en las manos del sucesor. Como los rusos quemaron ante Napoleón la ciudad sagrada, Moscú, para que no encontrasen en ella refugio, así destruyó Fouché la obra tan amada de su vida. Durante cuatro días y cuatro noches sale humo de la chimenea; cuatro días y cuatro noches dura esta tarea diabólica. Y sin que se dé cuenta nadie a su al rededor, salen los secretos del Imperio, como materia incorpórea, por las chimeneas, o van a parar a los armarios particulares de Fouché en Ferrières.

Luego otra inclinación, extraordinariamente amable y cortés, ante el sucesor incauto: «¡Tenga la bondad de tomar asiento!» Un apretón de manos y un «¡gracias!», recibido con aire socarrón. Ahora debería dirigirse el Duque de Otranto con urgencia a su Embajada de Roma; pero prefiere, por ahora, marchar a Ferrieres, a su palacio. Y allí aguarda, temblando interiormente de impaciencia y placer, el primer grito de ira de su sucesor engañado, en cuanto note la bromita que José Fouché le ha gastado.

¿Verdad que está bien ideada la piececita preparada finalmente y llevada a cabo con audacia? Pero desgraciadamente ha incurrido José Fouché en una pequeña falta al idear esta linda farsa, pues cree gastarle la bromita al recién nombrado e inexperto Duque, a ese ministro venido del limbo. Pero olvida que este aristócrata ha sido nombrado ministro por un señor que no tolera que se burlen de él. De todos modos, ya venía observando Napoleón, con mirada desconfiada, la actitud de Fouché.

No le gusto nada ese largo titubeo a la entrega del puesto, ese aplazar interminablemente el viaje a Roma. Además, ha dado un resultado inesperado la instrucción contra Ouvrard, el cómplice de Fouché: el averiguar que Fouché había entregado ya antes a otro intermediario notas oficiales para el Gabinete inglés. Burlarse de Napoleón no le había sentado bien a nadie hasta entonces. Súbito, sale el 17 de junio, como un latigazo, un billete brusco camino de Ferrieres: «Señor Duque de Otranto: Le invito a enviarme aquel comunicado que entrego usted, para sondear a lord Wellesley, a un señor Fagan, quien le trajo una contestación del lord que jamás me ha sido presentada». Este duro trompetazo podría despertar a un muerto. Pero Fouché, completamente embriagado de su hazaña y de su travesura, no se da prisa en la contestación. Mientras tanto, ha caído pólvora en el fuego en las Tullerías. Savary ha descubierto el saqueo del Ministerio de Policía y se lo ha comunicado, estupefacto, al Emperador. Enseguida recibe Fouché un segundo billete, un tercero, con orden de entregar inmediatamente «toda la cartera ministerial». El secretario del Gabinete transmite la orden personalmente con el encargo de exigir a Fouché los papeles escamoteados. La broma ha terminado; comienza la lucha.

La broma ha terminado verdaderamente. Fouché debía darse cuenta de ello. Pero parece que el demonio le aconseja medirse seriamente con Napoleón, el hombre más poderoso del mundo, pues declara al secretario rotundamente, contra la verdad, que lo siente infinito, pero que no tiene ninguna carta, que las ha quemado todas. Eso no se lo cree, naturalmente, nadie, y menos Napoleón. Por segunda vez le amonesta con mayor urgencia, más duramente; es conocida su impaciencia. Pero la irreflexión se convierte en terquedad; la terquedad, en osadía; la osadía, en provocación, pues Fouché repite que no tiene ni una hoja, y explica esta supuesta destrucción de los documentos particulares del Emperador de manera casi comprometedora.

«Su Majestad -dice con cinismo - me honró con tal confianza que, cuando uno de sus hermanos le causaba enojo, me encargaba de hacerle recordar su deber. Y como cada uno de los hermanos le comunicaba, por su parte, sus quejas, había creído mi deber no guardar esas cartas. Tampoco las hermanas de Su Majestad se habían podido librar siempre de calumnias, y el Emperador mismo se dignaba comunicarme aquellos rumores y me había encargado de averiguar que imprudencia había dado motivo para ellos.» Esto es claro y más claro: Fouché da a entender al Emperador lo mucho que sabe y que no se deja tratar como cualquier lacayo. El mensajero comprende y ve el chantaje en esta amenaza, y piensa en el trabajo que le costará transmitir una contestación tan atrevida a su señor en forma correcta, mesurada. Al Emperador le asfixia la ira, un furor tal se apodera de él que tiene que tranquilizarle el Duque de Massa, y a fin de arreglar el enojoso asunto, se ofrece para pedir personalmente al obstinado exministro los papeles escamoteados. Una segunda amonestación le llega del nuevo ministro de Policía, el Duque de Rovigo. Pero a todo contesta Fouché con la misma cortesía y decisión: es lástima, pero por un exceso de discreción quemó los papeles. Por primera vez en Francia le hace un hombre franca oposición al Emperador.

Esto es demasiado. Así como Napoleón no apreció debidamente durante diez años la categoría de Fouché, desconoce ahora Fouché a Napoleón si cree poderle intimidar con un par de indiscreciones. ¡Desafiar ante todos los ministros al hombre a quien han ofrecido sus hijas el Zar Alejandro, el Emperador de Austria, el Rey de Sajonia; al hombre ante quien tiemblan, como chicos de la escuela, todos los reyes de Europa! ¿Al hombre a quien no pudieron resistir todos los ejércitos de Europa quiere negarle la obediencia esta momia escuálida, este intrigante espectral con su capa de Duque recién estrenada? No, así como así no se burla nadie de un Napoleón. Inmediatamente llama al jefe de la Policía particular, Dubois, y se desahoga ante él con expresiones furibundas contra el «miserable», el «infame Fouché». Con pasos furiosos va de arriba abajo y grita de pronto: «Pero que no espere poder hacer conmigo lo que hizo con su Dios, con la Convención y con el Directorio, a los que miserablemente traiciono y vendió. Tengo mejor vista que Barras; conmigo no será el juego tan fácil; pero le aconsejo que tenga cuidado. Sé que tiene notas e instrucciones mías y exijo que me las devuelva. Si se niega, lo entrega usted enseguida a diez gendarmes y lo hace conducir a la cárcel. ¡Por Dios, que he de enseñarle con qué rapidez se puede concluir un proceso!» Ahora empieza a ponerse seria la cosa. Fouché comienza a intranquilizarse. Cuando aparece Dubois tiene que permitir que le sea sellada a él, al Duque de Otranto, antiguo ministro de Policía, por su propio antiguo subalterno, toda su correspondencia, cosa que podía haber sido peligrosa si no hubiera ya quitado de en medio cautamente, desde hace tiempo, la verdaderamente importante. Pero, de todas maneras, va reconociendo que ha ido demasiado lejos. Rápidamente escribe carta tras carta, una al Emperador, otra a los ministros, para quejarse de la desconfianza que se tiene con él, el más fiel, el más franco, el más firme, el más entero de los ministros; y en una de esas cartas es deliciosamente divertido encontrar esta frase encantadora: Il n'est pas dans mon caract re de changer (así como suena, de puño y letra del camaleón Fouché). Y lo mismo que hace quince años con Robespierre, espera salir al paso del peligro que le amenaza con una reconciliación súbita. Toma un coche y va a París para dar explicaciones al Emperador, o excusas, si fuera necesario.

Pero es tarde. Ha jugado y bromeado en demasía; ahora ya no hay ni reconciliación ni arreglo; quien provocó públicamente a Napoleón, ha de ser humillado públicamente. Le es dirigida una carta tan dura y cortante como nunca la escribió Napoleón a un ministro. Es muy corta esta carta, este puntapié: «Señor Duque de Otranto: Sus servicios no me pueden ser ya deseables.

Debe usted partir para su senaduría en el término de veinticuatro horas». Ni una palabra del nombramiento de Embajador en Roma: despido desnudo y brutal, y, además, destierro. Al mismo tiempo recibe el ministro de Policía la orden de velar sobre el inmediato cumplimiento del edicto.

La tensión ha sido demasiado grande, el juego demasiado atrevido, y ahora sucede lo inesperado: Fouché se desploma como un sonámbulo que, gateando inconsciente por los tejados, es despertado bruscamente por una voz dura y, asustado por lo expuesto de su situación, cae a la calle. El mismo hombre que permaneció frío e imperturbable a dos pasos de la guillotina, se desploma miserablemente bajo el latigazo de Napoleón.

Este 3 de junio de 1810 es el Waterloo de José Fouché. Los nervios se le desbocan, corre al ministro por un pasaporte para el extranjero, vuela, cambiando en cada estación los caballos, sin descansar hasta Italia. Allí corre, como una rata furiosa sobre un fogón ardiente, en zigzag, de sitio en sitio. Tan pronto esta en Parma como en Florencia, en Pisa, en Livorno, en vez de marchar, como le está ordenado, a su senaduría. Pero el pánico le sacude fuertemente. ¡Hay que ponerse fuera del alcance de Napoleón, fuera del poder de esa mano tremenda! Ni siquiera Italia le parece bastante segura; es aún Europa, y toda Europa esta sometida a ese hombre terrible. Así fleta en Livorno un barco para ir a América, país de seguridad, país de libertad; pero la tempestad, el mareo y el miedo a los cruceros ingleses le obligan a regresar al puerto, y vuelve a correr como un loco, en coche, de un puerto a otro, de ciudad en ciudad. Implora la ayuda de las hermanas de Napoleón, de los príncipes. Desaparece, vuelve a aparecer, para obsesión de los policías, que buscan su rastro y lo vuelven a perder siempre... En fin, se porta como un loco, completamente enajenado de miedo; y ofrece, por primera vez, él, el hombre sin nervios, un ejemplo de evidencia clínica, de una verdadera ruina nerviosa. Nunca aniquiló Napoleón con un solo gesto, con un solo golpe, a un adversario más radicalmente que a éste, el de mayor audacia y sangre fría de todos sus servidores.

Este esconderse y reaparecer, este ir y venir febril, dura días y semanas, sin que se haya podido averiguar lo que quería e intentaba (ni su magistral biógrafo Madelin lo sabe, ni seguramente lo sabía él mismo). Parece que únicamente en el coche, en marcha, se siente seguro ante la venganza imaginaria de Napoleón, que, sin duda, ya no piensa en castigar seriamente a su servidor. Napoleón no quiso más que hacer prevalecer su voluntad, rescatar sus papeles, y esto lo consigue. Pues mientras él, loco, histérico, revienta por toda Italia los caballos de posta, obra su esposa en París con bastante más prudencia. Capitula por él. No puede haber duda de que por salvar a su marido entregó la Duquesa de Otranto los papeles, maliciosamente retenidos por él, discretamente a Napoleón, pues jamás se vio una de aquellas hojas íntimas a las que aludió Fouché amenazante. Lo mismo que sucedió con Barras, a quien compro el Emperador los papeles, y con los demás confidentes molestos de su elevación, desaparecieron los escritos de Fouché en cuanto se referían a Napoleón. O los hizo desaparecer el mismo Napoleón, o Napoleón III destruyó todos los documentos que no convenían a la idea napoleónica.

Por fin recibe Fouché la gracia de poder retirarse a su senaduría de Aix. La gran tormenta se ha disipado; el rayo no hizo más que sacudirle los nervios, pero no le hirió. El 25 de septiembre llega el hombre acosado a su finca, «pálido y cansado, delatando, por la incoherencia de sus pensamientos y de sus palabras, una completa perturbación». Pero tendrá tiempo suficiente para reponer sus nervios, pues quien se ha rebelado una vez contra Napoleón puede considerarse alejado por mucho tiempo de todos los cargos oficiales. El ambicioso tiene que pagar su bromita cruel. Otra vez le arrastra la ola al fondo. Tres años permanece José Fouché sin honor es y sin cargo: comienza su tercer destierro.

 

CAPÍTULO VII

INTERMEZZO INVOLUNTARIO

(1810-1815)

A comenzado el tercer destierro de José Fouché. En su magnífico palacio de Aix reside como un príncipe soberano el ministro de Estado destituido: el Duque de Otranto. Tiene cincuenta y dos años; ha experimentado la tensión enorme que producen todos los juegos, todos los éxitos y todas las contrariedades de la vida política, el cambio eterno de flujo y reflujo de las ondas del destino, hasta el fondo mismo. Ha conocido el favor de los poderosos y la desesperación de la soledad; ha sido pobre hasta sentir la angustia de la falta del pan cotidiano, y es inmensamente rico; ha sido estimado y odiado, celebrado y despreciado... Ya puede descansar en su buen retiro como Duque, Senador, Excelencia, Ministro de Estado, Consejero de Estado, multimillonario, dependiendo únicamente de su propia voluntad. Holgadamente pasea en su carroza de librea, hace visitas a las casas aristocráticas, recibe homenajes de su provincia y percibe el eco susurrado de las simpatías secretas de París.

Esta libre de la molestia enojosa de bregar diariamente con empleados estúpidos bajo la férula de un señor déspota. A juzgar por su comportamiento y su aire satisfecho, se siente a las mil maravillas, procul negotiis, el Duque de Otranto. Pero cuan engañoso es su contento lo delata ese pasaje (sin duda auténtico) de sus Memorias (por lo demás muy poco dignas de crédito): «Me perseguía la costumbre arraigada de saberlo todo, más imperiosa en el aburrimiento de un destierro; desde luego, muy agradable pero monótono». Y el charme de sa retraite no lo constituye, según propia confesión, el paisaje suave de la Provenza, sino una red de espionajes y comunicados en la capital. «Con ayuda de mis amigos seguros y mensajeros fieles organicé una correspondencia secreta, a la que se añadían varios mensajeros, los cuales recibía con regularidad de París, que completaban aquélla. En una palabra: tenía en Aix mi policía particular.» Lo que se le propone como cargo, lo ejerce este hombre inquieto como deporte; y si no se le permite ya penetrar en los Ministerios, procura mirar, al menos, con ojos de otros por las cerraduras; tomar parte en los Consejos con oídos ajenos y, sobre todo, atisbar, si no se presenta al fin una ocasión de ofrecerse de nuevo para volver a sentarse a la mesa de juego de la Historia.

Pero habrá de esperar aún mucho en el apartamiento el Duque de Otranto; Napoleón no le necesita. Esta en la cumbre de su poder; ha dominado a Europa; es yerno del Emperador de Austria; es - ¡cumplido deseo de sus deseos! -padre del Rey de Roma. Humildes se inclinan ante él todos los príncipes alemanes e italianos, agradecidos de que se dignara concederles la gracia de conservarles su corona. Y ya vacila y se tambalea el último y único enemigo: Inglaterra. Se ha hecho tan fuerte este hombre, que puede renunciar, sonriente, a ayudantes tan hábiles y tan poco leales como José Fouché. Ahora que tiene tanto tiempo sobrado para meditar tranquila y reposadamente, reconocerá el señor Duque cuán loco fué el engreimiento que le empujo a medirse con el más poderoso de los hombres. Ni siquiera el honor de su odio le concede el Emperador; desde la inmensa altura donde le ha colocado el Destino no advierte ya el zumbido del pequeño insecto maligno que voló una vez a su alrededor y que se sacudió con un solo ademán enérgico. No se da cuenta de su ausencia: Fouché está liquidado para él. Y nada demuestra tan claramente al caído lo poco que le estima y le teme ya Napoleón como el hecho de que, por fin, se le permita regresar a su palacio de Ferrieres, a dos horas de París. Pero no deja que se acerque más: París y las Tullerías permanecen cerradas para el hombre que se atrevió a hacerle resistencia.

Una sola vez es llamado a palacio José Fouché durante esos dos años de vacío. Napoleón prepara la guerra contra Rusia y desea conocer la opinión de Fouché, ya que todos los demás se manifiestan en contra. Fouché se declara apasionadamente contra esta guerra, y aún entrega (si no lo falsificó post festum) el memorándum que se encuentra en sus Memorias; pero Napoleón sólo quiere oír confirmada su propia voluntad; no desea más que ciego asentimiento a sus palabras. Quien le aconseja en contra de la guerra parece dudar de su grandeza. Así Fouché es enviado fríamente de nuevo a su castillo, a su destierro, inactivo, mientras parte el Emperador, con seiscientos mil hombres, para la más loca y audaz de sus empresas, camino de Moscú.

Un extraño ritmo da la pauta de la vida rara y cambiante de José Fouché. Si asciende, lo consigue todo; si cae, se vuelve el destino contra él. Ahora, que tiene que aguardar amargado, apenado, a la sombra, caído en desgracia en su apartado palacio, Comment: Nota del autor: En este ensayo no me he referido casi nunca a las Memorias del Duque de Otranto, publicadas en París en 1824, pues están compuestas, sin duda, por mano extraña, aunque con material en parte auténtico.

Hasta qué punto este hombre, todo doblez, puso sus manos en su preparación, es cosa que ocupa en vano a la ciencia histórica hoy mismo; hasta este momento conserva su validez la graciosa expresión de Enrique Heine al referirse a Fouché, el «hombre bien conocido como falso», «que ha llevado su falsedad hasta el punto de publicar, después de muerto, Memorias falsas».

fuera de la escena de los acontecimientos; precisamente ahora, cuando su desengaño está necesitado de ayuda espiritual, de leal consejo, de consuelo cariñoso; precisamente ahora pierde a la única persona que le acompañó durante veinte años con amor, constancia y fuerza de ánimo por todos los caminos peligrosos: su mujer. En aquella buhardilla del primer destierro se le murieron los dos primeros hijos, a los que amaba sobre todo; en el tercer destierro le deja su compañera. Esta pérdida hiere en lo más profundo de su alma al hombre aparentemente insensible. Desleal y veleidoso en cuanto se refiere a partidos e ideas, era este hombre impenetrable, para su esposa fea, el marido más cariñoso, más leal y atento; para sus hijos, el padre más ejemplar; igual que tras la máscara del burócrata seco se esconde el jugador espiritual nervioso e intrigante, así se esconde, tímido e invisible, detrás del hombre peligroso y desleal, el marido burgués, enamorado y fiel; el hombre solitario, que sólo se siente seguro y bien en el círculo íntimo del hogar. Lo que había de bondad y sinceridad ocultas en este diplomático astuto se lo brindo en un cariño silencioso a su compañera, que sólo vivía para él; que jamás se presentaba en las fiestas de la Corte, en banquetes o recepciones; que nunca se mezcló en sus juegos peligrosos. En el fondo impenetrable de su vida particular gravitaba algo que contrapesaba lo relajado, caprichoso y veleidoso de su existencia política; y ese apoyo se derrumba precisamente cuando más necesita de él. Por primera vez se siente en este hombre marmóreo una conmoción verdadera; por primera vez trasciende de sus cartas un tono cálido, sincero, humano. Cuando los amigos le instigan para que procure obtener nuevamente el Ministerio de Policía, después de la enorme estupidez de su sucesor, el Duque de Rovigo, que ante la risa de todo París se dejó aprisionar sin resistencia en el complot ridículo de un medio loco, rehusa volver al mundo político: «Mi corazón se ha cerrado a todas esas tonterías humanas. El Poder ya no tiene atracción para mí, el reposo no es solamente un estado adecuado a mi situación actual, sino el único necesario. Los asuntos oficiales me presentan el cuadro de un tumulto de perturbaciones y de peligros». Por primera vez parece que en la escuela del dolor, el hombre experimentado ha adquirido verdadera experiencia. Un deseo profundo de tranquilidad, de sosiego interno, se apodera, después de la época de eternas e insensatas ambiciones, del hombre envejecido desde que vio morir a su lado a la compañera de veinte años de tremendas pruebas. Todo el placer de la intriga parece apagado en él para siempre, laxa por fin la ambición de poder en este espíritu inquieto e insaciable.

¡Ironía trágica! La primera y única vez que Fouché, el espíritu siempre inquieto, quiere verdaderamente reposo y no desea ningún cargo, se lo impone a la fuerza su adversario Napoleón.

No por amor, ni por simpatía, ni por confianza toma Napoleón a Fouché otra vez a su servicio, sino por desconfianza, por un sentimiento repentino de inseguridad. Por primera vez ha regresado el Emperador como vencido. No atraviesa a caballo el Arco de Triunfo de París a la cabeza de un ejército rodeado de banderas; regresa con el cuello de piel levantado para no ser reconocido, fugitivo en la noche. El ejército más espléndido que creó jamás yace helado en la nieve rusa; y junto con su aureola de invencibilidad huyeron también los amigos. Todos los emperadores y reyes que se doblegaban aún ayer ante él se acuerdan, de pronto, ante el Emperador vencido, de la propia dignidad. Un mundo armado se levantaba contra el duro amo.

Desde Rusia avanzan cosacos; desde Suecia presiona el viejo rival Bernadotte como enemigo; su propio suegro, el Emperador Francisco, moviliza las tropas en Bohemia; la Prusia, saqueada y sometida, se levanta con el ardor de la venganza; la simiente terrible de innumerables guerras brota de la tierra quemada, surcada, atormentada de Europa, y madurará en el otoño en los campos de Leipzig. En todas partes vacila y cruje el edificio gigantesco que erigió en diez años esta voluntad grandiosa y única. Arrojados de España, de Westfalia, de Holanda y de Italia, huyen los hermanos Bonaparte. Ahora ha de desplegar Napoleón la energía más extrema. Con mirada mágica y clarividente, con energía duplicada, lo prepara todo para la última lucha decisiva. Todo el que puede llevar una mochila, el que es capaz de sostenerse a caballo, es sacado de Francia; de todas partes, de España, de Italia, son retiradas las tropas veteranas para sustituir las que trituró el invierno ruso con sus mandíbulas heladas. Día y noche trabajan miles de hombres en las fábricas de sables y cañones, se acuña oro de tesoros ocultos, se sacan los ahorros de las cámaras secretas de las Tullerías, los fuertes son reparados, y mientras del Este y del Oeste avanzan las tropas con paso tardo hacia Leipzig, se echan las redes diplomáticas en todas las direcciones. En ninguna parte ha de quedar un puesto débil o inseguro, por ninguna parte un hueco en esta alambrada que ha de cercar a Francia; toda posibilidad ha de prevenirse, y lo mismo que el frente ha de quedar asegurada la retaguardia. Pues un loco o un maligno no ha de conmover o turbar por segunda vez, como durante la campaña rusa, la confianza del pueblo hacia Napoleón. Ningún sospechoso puede quedar atrás, ningún peligroso sin vigilancia.

El Emperador piensa en cada factor de poder, en cada eventualidad, en cada peligro posible ante esta última lucha decisiva.

Así también piensa en alguien que podría ser peligroso: en José Fouché, al que no ha olvidado. Le despreció mientras él mismo se sentía fuerte; pero ahora, que empieza a sentirse inseguro, tiene que afianzarse nuevamente. No puede dejar en París, a su espalda, a ningún enemigo eventual. Y como no cuenta a Fouché entre sus amigos, decide que se ausente de París.

Claro que para mandarlo preso a un castillo, con el fin de que no pueda tramar ninguna intriga, no hay motivo evidente.

Pero en libertad tampoco debe quedar. Así se decide a atarle las manos inquietas a un cargo, y, de ser posible, bien lejos de París. En vano se busca, en medio del tumulto de los asuntos y de los preparativos bélicos en el Cuartel general de Dresde, un cargo que parezca honroso y ofrezca, al mismo tiempo, seguridad: no se encuentra tan rápidamente. Napoleón anhela ver fuera de París al sombrío personaje. Y como no se ha hallado todavía un cargo para él, se inventa uno, que es una utopía: la administración de los territorios ocupados en Prusia. Un cargo magnífico, honroso, un cargo de primera clase, que sólo tiene un pequeño defecto, que todavía existe: que esta administración no puede empezar hasta que Napoleón haya conquistado Prusia, de lo que dan poca esperanza los acontecimientos guerreros, ya que Blecher ataca seriamente al Emperador en su flanco sajón. De modo que, en realidad, sólo se trata de un reparto de opereta, con un puesto imaginario, cuando el Emperador escribe, el 10 de mayo, al Duque de Otranto: «He mandado que le comuniquen que es mi intención llamarle a mi lado tan pronto como yo entre en el territorio del Rey de Prusia, para ponerle al frente del Gobierno de dicho país. Nada de esto debe saberse en París. Se supondrá que se dirige usted a su finca, aunque en realidad estará usted ya aquí mientras todo el mundo le creerá en su casa, únicamente la Emperatriz tiene conocimiento de su partida. Me será grato ofrecerle ocasión próxima de brindarme nuevos servicios y nuevas pruebas de su lealtad». Así escribe el Emperador a José Fouché, precisamente porque no se fía en absoluto de su «lealtad». Y de mala gana, desconfiado, dándose cuenta enseguida de las verdaderas intenciones de su amo, Fouché se pone en camino para Dresde. «Enseguida me di cuenta -dice en sus Memorias- que el Emperador me llamaba a su lado en calidad de rehén por miedo de dejarme en París.» Por eso no se da mucha prisa, el futuro Regente de Prusia, para llegar al Consejo de Estado de Dresde, pues sabe que lo que en realidad se quiere no es su consejo en el Estado, sino atarle las manos. No llega hasta el 29 de mayo, y el Emperador le recibe con estas palabras: «Llega usted tarde, Duque».

Del pretexto ridículo de darle la Regencia de Prusia no se habla en Dresde, naturalmente, ni una palabra: el momento es demasiado serio para tales bromas. Sin embargo, se le tiene sujeto y felizmente se encuentra otro puesto magnífico para alejarle del teatro de los acontecimientos, no ya, como antes, en un puesto utópico, en la luna, sino en uno auténtico: en la Gobernación de Iliria, a varios cientos de kilómetros de París. El viejo camarada de Napoleón, general Junot, que gobernaba esta provincia, se ha vuelto loco repentinamente y ha dejado libre su puesto: una celda para espíritus inquietos. Así entrega el Emperador, con ironía mal disimulada, esa Regencia de tan corta vida a Fouché, que, como siempre, no contradice, se inclina obediente y declara estar dispuesto a partir inmediatamente.

Iliria... ; el nombre suena a opereta, y, efectivamente, ¡qué Estado multicolor se ha compuesto en la última paz forzosa con pedazos de Friul, Carintia, Dalmacia, Istria y Trieste! Un Estado sin idea común, sin sentido, sin motivo; y como residencia, una capital diminuta de provincia, pueblerina: Laibach. Una monstruosidad sin fuerza vital, creada por la obcecación de un Soberano y por una diplomacia ciega. Fouché encuentra las cajas del Tesoro medio vacías, un par de docenas de empleados aburridos, muy pocos soldados y unos habitantes desconfiados que no esperan otra cosa que la retirada de los franceses. Por todas partes crujen ya los soportes de este Estado artificial, construido tan aprisa. Con unos cuantos cañonazos, el edificio vacilante se derrumbará. Estos cañonazos los dispara bien pronto el propio suegro de Napoleón, el Emperador Francisco. En una resistencia seria no puede pensar Fouché, con los pocos regimientos de que dispone, compuestos, además, en su mayor parte, de croatas dispuestos a pasarse, al primer tiro, a sus antiguos camaradas. Así que solo prepara desde el primer día, la retirada; y para disfrazarla hábilmente, mantiene un gesto magnífico de soberano confiado: da bailes y reuniones, hace desfilar orgullosamente, en pleno día, las tropas, mientras por la noche ordena sean llevados de Trieste, secretamente, las cajas y documentos del Gobierno. Todas sus proezas, como señor y soberano, tienen que limitarse a evacuar cautelosamente, paso a paso, el país, reduciendo las pérdidas a un mínimo. Y en esta retirada estratégica se prueba otra vez la sangre fría de Fouché, su energía decidida, su maestría insuperable de siempre. Paso a paso se retira, sin pérdidas, de Laibach a Goricia, de Goricia a Trieste, de Trieste a Venecia, llevando consigo casi todos los empleados, la caja y mucho material de valor de su Iliria... Pero ¡qué importa la pérdida de esa provincia ridícula! En los mismos días pierde Napoleón la más importante y última de sus grandes batallas en esta guerra: la batalla de Leipzig y, con ella, el dominio del mundo.

Se ha desembarazado, pues, Fouché de su misión, y por cierto de manera intachable y honrosa. Ahora que ya no hay que administrar ninguna Iliria, se siente libre y quiere regresar, naturalmente, a París. Pero no es ese, ni mucho menos, el propósito de Napoleón. «Fouché es un hombre que de ninguna manera debe estar ahora en París.» Estas palabras, pronunciadas por el Emperador en Dresde, tienen, después de la batalla de Leipzig, doble valor. Hay que alejarle y bien lejos, cueste lo que cueste.

En medio de la tarea formidable de defenderse de un enemigo que le supera cinco veces en numero, Napoleón piensa principalmente en otra misión para el hombre peligroso, que le ate también las manos durante el tiempo de la campaña. ¡Que ponga sus manos en alguna maniobra diplomática, que pueda intrigar; pero que no alargue la mano inquieta hacia París! Que marche inmediatamente, por lo pronto, a Nápoles (Nápoles está lejos), para recordar su deber a Murat, Rey de Nápoles, cuñado de Napoleón, que teme más por su propio Reino que por el Imperio, y para convencerle de que debe ir en ayuda del Emperador con un ejército. Cómo cumplió Fouché este encargo -si quiso persuadir verdaderamente al viejo general de caballería de Napoleón para que se mantuviera fiel, o si le apoya en su deserción- es cosa que no ha podido aclarar la Historia. Desde luego, el fin principal del Emperador: retener a Fouché durante cuatro meses más allá de los Alpes, a mil leguas, en negociaciones incesantes, se ha conseguido. Mientras marchan sobre París los austriacos, los prusianos y los ingleses, él ha de ir y venir de Roma a Florencia y Nápoles, de Luca a Génova, derrochar otra vez su tiempo y su energía en una misión insoluble. Lo mismo que Iliria se pierde Italia, el segundo país que se le ha designado, y por fin, a primeros de marzo, no tiene Napoleón país donde enviarle, pues ni en la propia Francia puede ya prohibir ni mandar. Así regresa el 11 de marzo José Fouché, por los Alpes, a su patria, alejado, por la perspicacia genial del Emperador, cuatro meses irrecuperables de toda maquinación política dentro de Francia. Y cuando, por fin, rompe las Cadenas, ve que llega con cuatro días de retraso.

En Lyon se entera que marchan sobre París las tropas de los tres Emperadores. En pocos días, pues, habrá caído Napoleón y se habrá formado un nuevo Gobierno. Naturalmente, se consume su amor propio de impaciencia, d'avoir la main dans la páte, de tener los dedos en la masa, para poder sacar el mejor partido. Per o el camino directo a París esta cortado ya por las tropas y tiene que dar un largo rodeo por Tolosa y Limoges. Por fin, el 8 de abril, atraviesa en su coche de posta las puertas de París. A primera vista reconoce que ha llegado demasiado tarde. Y el que llega tarde, pierde la ocasión. Todos sus juegos secretos y sus trastadas se las ha pagado Napoleón nuevamente con la magistral perspicacia de tenerle alejado mientras había oportunidad de pescar a río revuelto. Ahora se encuentra con que París ha capitulado, Napoleón ha sido destronado, Luis XVIII erigido Rey y el Gobierno ha sido formado, íntegro, por Talleyrand. Este maldito cojo estuvo a tiempo en su puesto y dió el cambio de frente más pronto de lo que le fué posible a él, a Fouché, el hombre previsor. El Zar de Rusia vive en casa de Talleyrand, el nuevo Rey le mima con pruebas de confianza, ha repartido a su arbitrio todos los cargos de ministro, y ladinamente no ha reservado ninguno para el Duque de Otranto, que administraba sin sentido y sin provecho Iliria y andaba metido en maniobras diplomáticas por Italia. Nadie le ha esperado, nadie se ocupa de él, nadie desea de él consejo o ayuda.

Otra vez es José Fouché, como tantas otras en su vida, un hombre liquidado. Tarda mucho tiempo en convencerse de que no le hacen caso: a él, el gran adversario de Napoleón. Entonces se ofrece abiertamente: se le ve en todas partes, en la antecámara de Talleyrand, con el hermano del Rey, con el Embajador inglés, en las salas del Senado... Y, sin embargo, nadie le escucha.

Escribe cartas, una a Napoleón, al que da el consejo de emigrar a América, mandando al mismo tiempo una copia de ella al rey Luis XVIII, para ganar así su simpatía; pero no recibe contestación. Les pide a los ministros un cargo digno, y éstos le reciben fríos y corteses, pero no le protegen. Se hace recomendar por mujeres y por antiguos protegidos, pero en balde. Ha cometido la falta más imperdonable en política: ha llegado tarde. Todas las plazas están ocupadas y ningún dignatario piensa en levantarse voluntariamente para dejar su puesto al Duque de Otranto. No le queda, pues, al ambicioso otro remedio que volver a hacer las maletas y retirarse a su castillo de Ferriéres, únicamente tiene un compañero, muerta su mujer: el Tiempo. Hasta ahora siempre le ha ayudado. Y esta vez también le ayudara.

En efecto: pronto advierte Fouché que el aire vuelve a oler a pólvora. Si se tienen oídos finos, también se oye desde Ferrieres como cruje y rechina un trono. El nuevo amo, Luis XVIII, comete falta sobre falta. Le place ignorar la Revolución y olvidar que tras veinte años de ciudadanía no quiere humillarse Francia otra vez ante veinte generaciones de nobles. Desprecia además el peligro de la camarilla pretoriana de los oficiales y generales que, reducidos a media paga, protestan descontentos contra esta avaricia infame del «Rey-pepino». ¡Ah, si volviera Napoleón habría enseguida una guerra magnífica! Entonces volverían a marchar sobre los países, saqueándolos, se harían carreras y se tendrían nuevamente las riendas en la mano. Se cruzan ya mensajes sospechosos de una zona a otra, y se prepara, poco a poco, en el ejército una conspiración. Fouché, que nunca corto por completo el cordón umbilical entre él y su criatura, la Policía, escucha y oye muchas cosas que le dan que pensar. Silenciosamente sonríe para sus adentros: el buen Rey se hubiera enterado de todo si hubiese tomado como ministro de Policía al Duque de Otranto. Pero ¿para qué prevenir a esos cortesanos estúpidos? Hasta ahora ha aprovechado siempre Fouché todas las subversiones Para elevarse, todos los cambios de viento. Por eso se está quieto, se esconde, no se mueve y contiene el aliento como un luchador antes del combate.

El 5 de marzo de 1815 se precipita en las Tullerías un mensajero con la impresionante noticia de haberse evadido Napoleón de la isla de Elba y de haber desembarcado el I.º de marzo en Fréjus con seiscientos hombres. Sonrientes y despectivos, acogen los cortesanos reales la noticia. Naturalmente, ellos ya lo habían dicho siempre que este Napoleón Bonaparte, del que se hace tanto aspaviento, no debe estar en sus cabales. ¡Con seiscientos hombres, parbleu, vale la pena de reírse! ¿Así quiere luchar este loco contra el Rey, detrás de quien esta todo el ejército y toda Europa? Pues no hay motivo para intranquilizarse: con un puñado de gendarmes se domará a este aventurero miserable. El mariscal Ney, el antiguo compañero de armas de Napoleón, recibe la orden de apoderarse de él. Vanidosamente promete al Rey no sólo capturar al perturbador, sino «pasearlo por el país metido en una jaula de hierro». Luis XVIII y sus secuaces hacen ostensiva su despreocupación por París, al menos durante los primeros ocho días; el Moniteur da cuenta del asunto en tono de chanza. Pero pronto aumentan las noticias desagradables. En ninguna parte ha encontrado Napoleón resistencia; cada regimiento que sale contra él engrosa su diminuto ejército en vez de cerrarle el paso, y el mismo mariscal Ney, que le iba a capturar y pasear en una jaula hierro, se pasa con las banderas desplegadas al lado de su antiguo señor. Ya ha entrado Napoleón en Grenoble y en Lyon. Una semana más y queda cumplida su profecía: el águila imperial se posa sobre las torres de Notre Dame.

Se apodera el pánico de la corte. ¿Qué hacer? ¿Que diques oponer a este alud? Demasiado tarde reconocen el Rey y sus aristocráticos y principescos consejeros la enorme falta que habían cometido al divorciarse del pueblo, olvidando erróneamente que entre 1792 Y 1815 hubo en Francia algo así como una Revolución. ¡Hay que procurar, pues, atraerse rápidamente las simpatías! ¡Hay que mostrar de alguna manera al pueblo imbécil que se le ama verdaderamente, que se respetan sus deseos y derechos, hay que apresurarse a gobernar de manera republicana, de manera democrática! Cuando ya es tarde, suelen descubrir siempre los emperadores y los reyes que late en sus pechos un corazón democrático. Pero ¿cómo ganar a los republicanos? Pues muy sencillo: concediendo a alguno de ellos, a uno de los más radicales, un ministerio, ¡a uno que sea capaz de poner en la bandera de la flor de lis una alegoría roja! Pero ¿donde encontrarlo? Se hace memoria y de pronto se acuerdan de un tal José Fouché, que un par de semanas antes presentaba sus respetos en todas las antecámaras y agobiaba las mesas del Rey y de sus ministros con proposiciones. Sí, este es el único, el que siempre se puede utilizar para todo; ¡a sacarle, pues, cuanto antes del ostracismo! Siempre que se encuentra en situación difícil un Gobierno, bien sea el Directorio, el Consulado, el Imperio o el Reino, siempre que se necesita un mediador, un hombre bueno que restablezca el orden, hay que recurrir al hombre de la bandera roja, al carácter más desleal y al más leal de los diplomáticos, a José Fouché.

Así tiene el Duque de Otranto la satisfacción de que los mismos condes y duques que le despachaban fríamente algunas semanas antes y le daban la espalda, se dirijan a él con urgencia respetuosa y le ofrezcan una cartera de ministro; incluso a la fuerza quieren hacer que la acepte. Pero el antiguo ministro de Policía conoce demasiado bien la verdadera situación política para comprometerse a última hora con los Borbones. Comprende que el período agónico debe haber empezado ya cuando le llaman con tanta urgencia, como médico. Y rehusa cortésmente, con varios pretextos, dejando entrever que ya se podían haber acordado de él un poco antes. Cuando más se acercan las tropas de Napoleón, más se derrite el pundonor en la Corte. Cada vez con mas insistencia se amonesta y se ruega a Fouché para que se haga cargo del Gobierno; hasta el propio hermano de Luis XVIII le invita a una conferencia secreta. Pero esta vez permanece firme Fouché, no por convicción de carácter, sino porque le entusiasman poco los desperdicios que le ofrecen y porque se siente muy a sus anchas en el columpio oscilante entre Luis XVIII y Napoleón. Ya es tarde -de momento-, dice tranquilizador al hermano del Rey, y le aconseja que éste se ponga a salvo, pues la aventura napoleónica no ha de ser de mucha duración; y él, por su parte, hará, entre tanto, todo lo posible por ofrecerse al Emperador. ¡Que tenga confianza en él! Así se gana simpatías y puede, si quedan los Borbones victoriosos, llamarse su fiel servidor. Y, por otra parte, si vence Napoleón, puede demostrar orgullosamente haber rehusado la proposición de los Borbones. Ha probado ya tantas veces el viejo sistema de cubrir la retirada, ¿por qué no probarlo nuevamente y pasar por fiel servidor de dos amos al mismo tiempo: del Emperador y del Rey? Pero esta vez ha de ser con más gracia aún. Siempre se convierte, precisamente en el momento del cambio decisivo, la escena trágica en cómica en la vida de José Fouché. Algo han aprendido mientras tanto los Borbones de Napoleón: que no se debe dejar a la espalda a un hombre como Fouché en tiempos peligrosos. La policía recibe tres días antes de la partida del Rey la orden, mientras que Napoleón está ya muy cerca de París, de detener enseguida a Fouché como sospechoso, por negarse a ser ministro del Rey, y conducirle lejos de París.

El ministro de Policía, a quien corresponde llevar a cabo esta orden de detención desagradable, se llama -la Historia se complace verdaderamente en las sorpresas originales-Bourrienne. Es el amigo de infancia de Napoleón, su más íntimo camarada de la escuela de guerra, su compañero de Egipto, su secretario durante muchos años; conoció, pues a todos sus confidentes; conoce, por lo tanto, y a fondo a Fouché. Por eso se asusta un poco cuando el Rey le da la orden de detener al Duque de Otranto. Se permite observar «si se cree la detención verdaderamente conveniente». Y cuando el Rey repite enérgicamente la orden, mueve otra vez la cabeza: no ha de ser cosa fácil. Sabe muy bien que este viejo zorro tiene demasiada experiencia en evitar trampas, para caer en el lazo en pleno día. Para llevar a cabo semejante caza del hombre se necesita más tiempo y medidas llenas de habilidad; pero, de todas maneras, transmite la orden. Y, efectivamente, el 16 de marzo de 1815, a las once de la mañana, cercan los policías, en pleno boulevard, el coche del Duque de Otranto y le declaran detenido por orden de Bourrienne. Fouché, que nunca pierde su sangre fría, sonríe despectivo: «No se detiene a un antiguo senador en plena calle». Y antes de que se puedan rehacer los agentes que tanto tiempo fueron sus subalternos, grita al cochero que fustigue fuertemente los caballos, y la carroza vuela a su palacio. Estupefactos, se quedan los policías con la boca abierta y tragan el polvo que levanta la carroza en su huída. Bourrienne tenía razón: no es empresa fácil coger al hombre que se le había escapado indemne a Robespierre, a una orden de la Convención y a Napoleón mismo.

Al comunicar los policías engañados a su ministro habérseles escapado Fouché, toma éste medidas mas enérgicas: ahora se trata de su autoridad; no puede consentir que se burlen de él de esta manera. Inmediatamente manda cercar la casa de la rue Cerutti y vigilar el portal, mientras policías bien armados suben por la escalera para aprisionar al fugitivo. Pero Fouché les tiene preparada una segunda broma, una de esas trastadas magníficas y únicas, magistrales, como sólo en las situaciones más difíciles y angustiosas es capaz de llevar a cabo. Precisamente en los momentos de peligro, como hemos visto, es cuando le acucia un deseo insensato de bromear y de burlar a la gente. El astuto farsante recibe, pues, a los agentes que vienen a detenerle con mucha cortesía y examina la orden de detención. «Sí, es valedera... Y naturalmente -dice- no pienso hacer resistencia contra una orden de Su Majestad el Rey. Que tomen asiento los señores aquí en el salón: he de ordenar aún algunas pequeñeces y enseguida los seguiré.» Así lo asegura Fouché cortésmente, y entra en la habitación vecina. Los agentes esperan respetuosamente a que haya terminado su toilette: al fin y al cabo no se puede tratar a un senador, a un antiguo ministro y dignatario de la Corte, como a un cualquiera y apresarle como a un ratero. Esperan respetuosamente..., esperan algún tiempo; hasta que les parece la tardanza sospechosa. Como tarda aún en volver, entran en la otra habitación y descubren -verdadera escena cómica en medio del tumulto político- que Fouché se les ha escapado. A los cincuenta y seis años se anticipa este hombre a interpretar una verdadera escena cinematográfica: tiende al jardín una escalera, que apoya en la pared, y, mientras le esperan los policías en el salón, gatea con agilidad sorprendente a sus años y desciende al vecino parque de la reina Hortensia, donde se pone en salvo. Por la noche todo París se ríe de la treta tan bien acertada. Claro que mucho tiempo no puede durar una broma semejante: el Duque de Otranto es demasiado conocido en la capital para poderse ocultar indefinidamente. Pero Fouché había demostrado nuevamente que sabía calcular bien y que su situación no duraría más de unas horas. Efectivamente, el Rey y sus secuaces han de procurarse muy pronto de que no los aprisione a ellos mismos la caballería de Napoleón. A toda prisa se hacen las maletas en las Tullerías. Con su grave orden de detención sólo ha logrado Luis XVIII dar a Fouché testimonio público de una lealtad al Emperador que nunca existió; lealtad en la que, por otra parte, no creerá Napoleón. Pero cuando se entera de la jugarreta llevada a cabo con tanta gracia por este artista de la política, no tiene más remedio que reírse y dice con una especie de admiración brusca: Il est décidément plus malin qu’eux tous. «¡Decididamente es más listo que todos ellos juntos!»

 

CAPÍTULO VIII

LA LUCHA FINAL CONTRA NAPOLEÓN

(1815, los Cien Días)

El 19 de marzo de 1815 entran a medianoche -la plaza gigantesca está a oscuras y solitaria- doce coches en el patio del Palacio de las Tullerías. Se abre una puertecita disimulada, de la que sale, antorcha en mano, un lacayo, y detrás de él, arrastrándose penosamente, apoyado por dos nobles adictos, un hombre obeso, jadeante de asma: Luis XVIII. Al contemplar al Rey achacoso que, apenas repatriado, después de un destierro de quince años, tiene que volver a huir, al amparo de la noche, de su país, un profundo sentimiento de compasión se apodera de todos los presentes. La mayoría dobla la rodilla mientras es subido a la carroza ese hombre a quien los achaques quitan dignidad y a quien su destino trágico envuelve en una aureola de piedad. Los caballos se ponen en marcha, l os demás coches le siguen; durante algunos minutos suena sobre las duras piedras la cabalgata de la escolta. Luego vuelve a quedar la plaza gigantesca en silencio hasta el amanecer, hasta la mañana del 20 de marzo: el primero de los Cien Días del Emperador fugitivo de la isla de Elba.

La curiosidad se desliza la primera, se acerca voluntariamente, olfatea ante el palacio para averiguar si huyó ya, espantada, la real pieza ante el Emperador; pululan los comerciantes, los holgazanes, los ociosos. Temerosos o contentos, según el carácter y la manera de pensar, se comunican las noticias en voz baja. A las diez acude ya el pueblo en masa. Y como siempre, el hombre cobra valor del contacto con la muchedumbre; se aventuran los primeros gritos: Vive l’Empereur! A bas le Roi! Pronto se acerca la caballería con los oficiales que estaban a media paga bajo el régimen realista. Vuelven a oler guerra, ocupación, paga entera, legiones de honor y ascensos con el retorno del Emperador guerrero; y con júbilo tumultuoso ocupan, al mando de Exelmans, las Tullerías. (Como tiene lugar el traspaso de mano a mano con tanta tranquilidad, tan sin sangre, sube la renta en la Bolsa algunos puntos.) Al mediodía se iza de nuevo la bandera tricolor en el viejo Palacio Real sin que hubiese sonado un tiro.

Y ya se presentan cien cortesanos, los «fieles» de la Corte Imperial, damas de Palacio, criados, trinchantes, mariscales de cocina, viejos consejeros de Estado, maestros de ceremonia, todos los que no pudieron ganar y servir bajo la flor de lis, toda la nobleza nueva que llevó Napoleón a la vida cortesana de las ruinas de la Revolución. Todos de gala: los generales, los oficiales, las damas... se ven otra vez brillar con el lujo de diamantes, espadones y condecoraciones. Se abren las habitaciones y se prepara el recibimiento del nuevo señor. Rápidamente se hacen desaparecer los emblemas reales y pronto fulge nuevamente en la seda de los sillones, en vez de la lis real, la abeja napoleónica. Todos se afanan por estar a tiempo en su sitio, porque se les vea y se les cuente desde un principio entre los «fieles». Mientras tanto, se va haciendo de noche. Como en los bailes y grandes recepciones, encienden los lacayos engalonados todos los candelabros y velas; hasta el mismo Arco de Triunfo; lucen las ventanas de Palacio, nuevamente Imperial, y atraen inmensas muchedumbres de curiosos a los jardines de las Tullerías.

Por fin, a las nueve de la noche entra a galope un coche flanqueado y protegido a derecha e izquierda, precedido y seguido de jinetes de todos los grados y rangos, que agitan entusiasmados sus sables (¡pronto podrán utilizarlos contra los ejércitos de Europa!). Como una explosión estalla la aclamación de júbilo: Vive l’Empereur!, en la masa compacta, resonando en el cuadro vasto de las ventanas sacudidas. Como una ola única y frenética se abalanza el mar encrespado de la muchedumbre sobre el coche, y los sables de los soldados tienen que defender al Emperador de este alud de entusiasmo peligroso. Luego le levantan ellos mismos y le suben como una presa sagrada, como un dios de la guerra, respetuosamente, por las escaleras del viejo Palacio, entre el huracán de los vítores. Sobre los hombros de sus soldados, los ojos cerrados en un exceso de delicia, con una sonrisa extraña, espectral casi, en los labios... Así vuelve a escalar el trono imperial de Francia el hombre que veinte días antes abandonó fugitivo la isla de Elba. Es el último triunfo de Napoleón Bonaparte. Por última vez siente el placer de una ascensión inverosímil: el salto fantástico desde las tinieblas hasta las más altas cumbres del Poder. Por última vez llega a sus oídos como un zumbido de tempestad el clamor de los vítores. Durante unos minutos aspira, con los ojos cerrados y el corazón anhelante, el elixir embriagador del Poder. Después manda cerrar las puertas de Palacio, ordena a los oficiales que se retiren y hace llamar a los ministros; comienza el trabajo. El hombre de carne ha de defender lo que el Destino puso en sus manos.

Los salones están atestados de gente que espera al recién llegado. Pero la primera impresión ya le ofrece desengaños: los que le han quedado fieles no son los mejores, los más inteligentes, los más importantes. Ve muchos cortesanos y muchos hombres corteses, muchos curiosos y ávidos de empleo...; muchos uniformes y pocas cabezas. Casi todos los grandes mariscales faltan, sin excusa; los verdaderos camaradas de su ascensión han permanecido en sus castillos o se han pasado al partido realista; en el mejor caso, permanecen neutrales; la mayoría son ya sus enemigos. De los ministros está ausente el más inteligente, el más experto: Talleyrand; están ausentes los propios hermanos -reyes nuevos-, las propias hermanas y, sobre todo, la propia mujer y el propio hijo. Ve en la multitud muchos ambiciosos y pocos hombres dignos. Aún vibran en sus oídos los vítores de miles de bocas y siente en la sangre su clamor cuando ya empieza el genio clarividente a sentir el primer escalofrío del peligro en el triunfo. De repente se oye un runrún en las antesalas de sorpresa y alegría en crescendo... Y entre los uniformes y levitas bordadas se abre respetuosamente un paso. Aunque ha tardado algo, un coche se ha parado ante el Palacio -no esta esperando; llega, se ofrece, pero no con insistencia de pequeño cortesano- y de él sale la figura pálida, delgada y de todos bien conocida del Duque de Otranto. Lento, indiferente, los ojos enigmáticos, impenetrables, avanza sin dar las gracias por el paso que se le abre; y precisamente esa tranquilidad suya, tan conocida y natural, despierta entusiasmo. «¡Paso a Fouché! ¡Es el hombre que necesita el Emperador!» Ya se le considera elegido, designado, exigido por la opinión pública antes de la decisión del Emperador. No viene como solicitante, llega poderoso, grave, majestuoso; y, efectivamente, Napoleón no le hace esperar; llama inmediatamente al más antiguo de sus ministros, al más fiel de sus enemigos. De su entrevista se sabe tan poco como de aquella primera en que Fouché presto su ayuda al general desertado de Egipto, coadyuvando a su elevación al Consulado y aliándose a él en infiel fidelidad. Cuando, al cabo de una hora, sale Fouché del gabinete, es nuevamente ministro de Policía por tercera vez.

Aún están húmedas las prensas del Moníteur, que publica el nombramiento del Duque de Otranto como ministro de Napoleón, y ya se arrepienten secretamente tanto el Emperador como su ministro de haberse vuelto a aliar. Fouché está desengañado; había esperado más. Hace tiempo que no se contenta ya su amor propio exaltado con el cargo inferior de ministro de Policía. Lo que en 1796 suponía salvación y honor para el muerto de hambre, para el proscrito y despreciado exjacobino José Fouché, le parece al multimillonario, al bien amado Duque de Otranto, en 1815, una prebenda miserable. Con el éxito ha ido creciendo su propia estimación: sólo le atraen los grandes papeles de la escena mundial, el emocionante azar de la diplomacia europea, el continente como mesa de juego y el destino de países enteros como puesta. Durante diez años se atravesó en su camino Talleyrand, el único que se le puede equiparar; ahora, cuando este competidor peligroso abandona a Napoleón, reuniendo en Viena las bayonetas de toda Europa contra el Emperador, se cree Fouché el único capacitado para desempeñar el Ministerio del Exterior. Per o Napoleón, desconfiado, y con razón, se niega a poner cartera tan importante en sus manos hábiles, demasiado hábiles y desleales, únicamente el Ministerio de Policía le endosa de mala gana; sabe que a su ambición peligrosa hay que echarle por lo menos una miga de Poder para que no muerda; pero aún en este reducto estrecho le coloca un espía, nombrando al más enconado adversario de Fouché, el Duque de Rovigo, jefe de la gendarmería. Así se renueva desde el primer día de su renovada alianza el viejo juego. Napoleón dispone una policía propia para vigilar a su ministro de Policía. Y Fouché, por su parte, hace política al margen y a espaldas de la política imperial. Los dos se engañan, los dos se miran las caras... De nuevo habrá de decidirse quien mantendrá, a la postre, la primacía: si el más fuerte o el más hábil, el hombre de sangre cálida o el hombre de sangre fría.

De mala gana acepta Fouché el Ministerio, pero lo acepta. Este magnífico y apasionado jugador espiritual tiene un defecto trágico: no puede estar inactivo, no puede permanecer, ni siquiera una hora tan sólo, como espectador del gran juego histórico mundial. Ha de tener siempre los naipes en la mano, jugar, barajar, engañar, embaucar, ser fullero y jugar triunfos. Por fuerza tiene que estar sentado siempre a una mesa..., es indiferente a cual, si a la mesa del Rey, o a la Imperial, o a la de la República; pero tiene que estar presente, avoír la maín dans la Pate, tiene que poner las manos en la masa caliente, no importa en cual; lo importante es ser ministro; de las derechas, de las izquierdas, del Emperador, del Rey, le es indiferente con tal de roer en el hueso del mando. Nunca tendrá la fuerza moral y ética, ni siquiera la finura de nervios o el orgullo de rehusar un mendrugo de Poder. Siempre estará dispuesto a ofrecer sus servicios. El hombre o la causa no significan nada: el juego es todo para él.

Con la misma repugnancia vuelve a tomar Napoleón a su servicio a Fouché. Hace diez años que conoce a este carácter de reptil y sabe que no sirve a nadie en el fondo y que sólo se deja arrastrar por su pasión del juego político. Sabe que este hombre le verá caer con la más glacial indiferencia y le abandonará en el momento más peligroso, exactamente igual que abandonó a los girondinos, a los terroristas , a Robespierre y a los termidoristas; exactamente igual que abandonó y traiciono a Barras -su salvador-, al Directorio, a la República y al Consulado. Pero le necesita, o cree necesitarle. Así como Napoleón fascina a Fouché con su genio, igualmente, reiteradamente, fascina Fouché a Napoleón con su actitud. Rechazarle sería peligroso; en un momento tan crítico no se atreve Napoleón a tener a Fouché como enemigo. Así se decide por el menor de los males, ocupándole, distrayéndole con puestos y empleos, dejándose servir infielmente. «Sólo los traidores me hicieron saber la verdad», dice mas tarde recordando a Fouché en Santa Elena. Hasta en sus momentos de ira más extremada se transparenta respeto hacia las dotes extraordinarias de este hombre mefistofélico, pues nada soporta el genio con mayor impaciencia que la mediocridad; engañado a sabiendas, al menos se siente Napoleón comprendido por Fouché. Así como un sediento que bebe el agua que sabe esta envenenada, prefiere tomar a su servicio a este hombre inteligente. y desleal, que a los fieles e incapaces.

Diez años de enemistad enconada unen a veces a los hombres con mayor intensidad que una amistad mediocre.

Durante más de diez años ha servido Fouché a Napoleón, en la actitud del ministro ante su señor, como espíritu al servicio del genio; y siempre durante esos diez años como subalterno, como inferior. En 1815, en la lucha final, es Napoleón, en verdad, desde un principio, el más débil. Una vez mas -la última- ha saboreado la embriaguez de la gloria; como en al as de águila le ha traído inesperadamente el Destino desde la isla lejana al trono imperial. Regimientos enviados contra él con superioridad numérica centuplicada, rinden las armas en cuanto ven su casaca... En veinte días logra el desterrado, que llegó con seiscientos hombres, entrar a la cabeza de un ejército en París. Y acariciando sus oídos el trueno del júbilo de millares de voces, duerme nuevamente en el lecho de los reyes de Francia. Pero ¡qué despertar el de los días siguientes! ¡Qué pronto palidece el sueño fantástico en la desnudez de la realidad! Es otra vez el Emperador, pero sólo de nombre; el mundo, que yacía esclavo a sus pies, ya no reconoce a su señor. Escribe cartas y proclamas, hace promesas apasionadas de paz que son recibidas con una sonrisa de indiferencia y a las que ni siquiera se concede el honor de una respuesta. Los mensajeros enviados por el Emperador a los reyes y príncipes son detenidos en las fronteras como contrabandistas y quitados de en medio sin miramientos. Una sola carta llega, dando rodeos, a Viena: Metternich la arroja sin abrir sobre la mesa de conferencias. A su alrededor empieza a notar el vacío; los antiguos amigos y compañeros están dispersos por todas partes: Berthier, Bourrienne, Murat, Eugene Beauharnais, Bernadotte, Augereau, Talleyrand, permanecen en sus fin as o se unen a sus enemigos. En balde quiere engañarse a sí mismo y a los demás; manda decorar fastuosamente los aposentos de la Emperatriz y del Rey de Roma, como si regresaran a su lado mañana mismo; pero en realidad flirtea María Luisa con su Conde de Neipperg, y su hijo juega en Schoenbrunn con soldados austriacos de plomo, bajo la mirada vigilante del Emperador Francisco. Ni el propio país reconoce la bandera tricolor. Sublevaciones en el Sur y en el Oeste: los campesinos están hartos de los eternos reclutamientos y disparan sobre los gendarmes que quieren llevarse sus caballos para los cañones. En las calles se leen carteles satíricos que decretan, por ejemplo, en nombre de Napoleón: «Articulo 1.º Anualmente me han de ser entregadas trescientas mil víctimas. Art. 2.º En ciertas circunstancias aumentará el número a tres millones. Art. 3.º Todas estas víctimas serán enviadas por correo a la gran matanza». No cabe duda, el mundo quiere paz y todos los espíritus razonables están dispuestos a mandar al diablo al indeseado si no garantiza la paz.

¡Trágico destino! Cuando por primera vez quiere tranquilidad el Emperador-soldado, tranquilidad para él y para el mundo, con tal que se le deje el Poder..., el mundo no le cree ya. Los buenos burgueses, llenos de miedo por sus rentas, no comparten el entusiasmo de los oficiales a media paga y de los profesionales de la guerra a quienes la paz viene a estropear el negocio. Y apenas les da Napoleón -obligado por las circunstancias- el derecho electoral, le juegan la mala partida de elegir precisamente a aquellos a quienes persiguió durante quince años, a los que obligó a permanecer en la oscuridad, a los revolucionarios de 1792: Lafayette y Lanjuinais. Ningún aliado, pocos verdaderos partidarios en la misma Francia: apenas una persona con quien pueda cambiar impresiones en la intimidad. Descorazonado y confuso vaga el Emperador por el Palacio vacío. Una extrema laxitud se apodera de sus nervios y de su energía; tan pronto vocifera, perdido el dominio de sí mismo, como cae insensible en un verdadero letargo. Muchas veces se acuesta en pleno día para dormir: un cansancio interior, no del cuerpo, sino del alma, le derriba horas enteras como golpeado por una maza de plomo. Una vez le encuentra Carnot en sus aposentos con lágrimas en los ojos, contemplando fijamente un retrato del Rey de Roma, su hijo; sus confidentes le oyen lamentarse de que su buena estrella le ha abandonado. El imán interior siente que se ha traspasado el cenit del éxito, por eso tiembla y oscila, inestable, la aguja de su voluntad de polo a polo. De mala gana, sin verdadera esperanza, dispuesto a toda concesión, parte al fin a la guerra el mimado de la victoria. Pero nunca cierne su vuelo Nike sobre una cerviz humillada.

Tal es Napoleón en 1815: señor y Emperador en apariencia, fantasma a merced del destino, revestido con una sombra de Poder. Pero el hombre que tiene a su lado, Fouché, se encuentra en aquellos años en la plenitud de su fuerza. El razonamiento acerado y pujante, oculto en la vaina de la astucia, no se gasta tanto como la pasión en rotación constante, jamás se ha sentido Fouché espiritualmente más hábil, mas intrigante, más flexible, más audaz que durante los cien días transcurridos entre la restauración y el derrumbamiento del Imperio. No hacia Napoleón, sino hacia él, se dirigen las miradas, esperando la salvación. Todos los partidos -fenómeno fantástico- tienen más confianza en el ministro del Emperador que en el Emperador mismo. Luis XVIII, los republicanos, los realistas, Londres, Viena, todos ven en Fouché el único hombre con quien se puede negociar; su prudencia fría y calculadora da más esperanzas a un mundo extenuado y necesitado de paz que el genio de Napoleón, oscilante, inquieto en el mar de la confusión. Y los que niegan el título de Emperador al «General Bonaparte», respetan el crédito personal de Fouché. Las mismas fronteras en las que son apresados sin miramientos los agentes de Estado de la Francia Imperial se abren, como tocadas por llave mágica, a los mensajeros secretos del Duque de Otranto. Wellington, Metternich, Talleyrand, Orleáns, el Zar y el Rey, todos reciben con gusto y con la mayor cortesía a sus emisarios; de pronto, el que había engañado siempre a todos, resulta el único jugador leal en este juego cosmopolita. Basta que mueva un dedo y se cumpla su voluntad. La Vendée se subleva, una lucha sangrienta amenaza al país; basta que Fouché mande un mensaje para que se evite, con una sola entrevista, la guerra civil. «¿Para qué -dice, calculando sinceramente- derramar aún sangre francesa? En un par de meses el Emperador o habrá vencido o estará perdido irremisiblemente. ¿Para qué, pues, luchar por algo que probablemente tendréis más tarde sin lucha? ¡Guardad las armas y esperad!» Y en el acto cierran los generales realistas -convencidos por estas explicaciones frías y lógicas - el pacto aconsejado. Todo el extranjero, todo el país se dirige en primer lugar a Fouché; no se toma ninguna resolución en el Parlamento sin él. Impotente tiene que ver Napoleón cómo le paraliza el brazo su criado cuando él quisiera atacar; cómo dirige las elecciones en el país contra él y pone trabas en el camino de su voluntad despótica con un Parlamento de ideas republicanas. En vano quisiera librarse ahora de él: la época autocrática pasó, pasaron los tiempos en que se mandaba al Duque de Otranto, como a un criado molesto, con un par de millones al retiro; hoy puede arrojar con más facilidad del trono el ministro al Emperador, que el Emperador de su cargo ministerial al Duque de Otranto.

Estas semanas de política obstinada, pero razonable; multiforme, pero clara, pueden situarse entre lo más perfecto de la historia mundial de la diplomacia. Ni un adversario personal, como el idealista Lamartine, puede negar su tributo de admiración al genio maquiavélico de Fouché. «Hay que reconocer -escribe- que demostró una audacia extraordinaria y un valor enérgico en el desempeño de su misión. Se jugaba diariamente la cabeza, que podía caer a la primera reacción de vergüenza o de ira que estallara en el pecho de Napoleón. De todos los supervivientes de la época de la Convención era el único que no se mostraba desgastado ni menguado en su audacia. La audacia de sus maniobras le había colocado en una situación angustiosamente comprometida, cogido, por una parte, entre la tiranía, que resurgía, y la libertad, que intentaba revivir; entre Napoleón, que sacrificaba la patria a sus intereses, y Francia, que no quería dejarse desangrar por un sólo hombre. Y Fouché contenía al Emperador, adulaba a los republicanos, tranquilizaba a Francia, insinuaba corteses ademanes a Europa, sonreía a Luis XVIII, negociaba con las Cortes extranjeras, se entendía por medio de gestos tácticos con el señor de Talleyrand y lograba mantener el equilibrio en todo con su actitud. Era el suyo un papel multiforme, difícil, bajo y sublime al mismo tiempo, pero enorme siempre, y al que la Historia no ha prestado hasta hoy la debida atención. Un papel sin nobleza de alma, pero no sin amor patrio y sin valentía, y que ponía al súbdito a la altura de su Soberano, al ministro sobre su Emperador, haciéndole arbitro entre el Imperio, la Restauración y la Libertad, aunque arbitro por su doble personalidad. La Historia, mientras condena a Fouché, no podrá negarle audacia en su actitud durante el período de los Cien Días, altura política en su táctica con los partidos y grandeza en la intriga. Todo esto lo colocaría al lado de los grandes estadistas del siglo si existieran verdaderos hombres de Estado sin virtud y sin dignidad de carácter.» Con tal clarividencia juzga al hombre de Estado el poeta Lamartine, que fué contemporáneo suyo y sintió las vibraciones de aquel ambiente. La leyenda napoleónica, que comienza cincuenta años más tarde, cuando ya se han podrido los diez millones de muertos, cuando están ya enterrados todos los inválidos y aliviada Europa de las devastaciones, juzga, naturalmente, con mas severidad e injusticia a Fouché. Las leyendas históricas son siempre una especie de hínterland espiritual de la Historia y, como todo hinterland, exigen gratuitamente las virtudes que no tiene que compartir ella misma: sacrificios ilimitados de vidas humanas, consagración absoluta a la locura heroica, a la muerte heroica por causa extraña, a la que ha de tributar una fidelidad absurda. La leyenda napoleónica, con su sistema de contraste violento, solo conoce «Leales» y «Traidores» a su héroe; no distingue entre el primer Napoleón, el Cónsul que devolvió a su país la paz y el orden, por la inteligencia y la energía, y el Napoleón de la locura cesárea, el monomaníaco de la guerra, que empujaba al mundo constantemente, sin miramientos, a aventuras asesinas sólo por su voluntad, por el deleite del Poder, y que dijo a Metternich aquellas palabras dignas de Tamerlán: «A un hombre como yo le tiene sin cuidado la vida de un millón de seres». A todo francés prudente que quiso oponerse con ideas moderadas a esta ambición frenética del genio demoníaco que corría tras su propia perdición, a todo el que no quiso encadenarse a vida o muerte como un perro o un esclavo a su carro de triunfo, a Talleyrand, a Bourrienne, a Murat, a todos los arroja la leyenda a su infierno con furor dantesco. Y sobre todo, Fouché es para ellos el traidor de los traidores, el architraidor, el advocatus diaboli. Según su punto de vista, entró Fouché en 1815 en el ministerio únicamente para estar cerca del Emperador y poder asestarle en el momento oportuno la puñalada, vendido de antemano a Luis XVIII y a Europa. Se pretende que ya el 20 de marzo mandó decir a los monárquicos: «Salven ustedes al Rey, yo me comprometo a salvar la Monarquía». Igualmente se pretende que el día que recibió la cartera dijo confidencialmente a su Sancho Panza: «¡Mi primera obligación es obstruir todos los proyectos del Emperador; dentro de tres meses seré más fuerte que él, y si hasta ahora no me ha mandado fusilar, tendrá que arrodillarse ante mí». Es demasiado exacta en los datos esta profecía para no haber sido inventada a posteriori.

Pero pretender que Fouché entrara en el ministerio de Napoleón pagado de antemano como espía de Luis XVIII es despreciarle miserablemente, y, sobre todo, supone un absoluto desconocimiento de su magnífica complicación psicológica, de lo misterioso y demoníaco de su carácter. No es que Fouché, amoral y maquiavélico perfecto, hubiera sido incapaz, en un momento dado, de esta traición (como de cualquier otra); pero semejante bajeza era demasiado simple, demasiado poco atractiva para su genio de jugador audaz. Engañar burdamente a un hombre, aunque sea un Napoleón, no va bien con su estilo.

Su único placer es engañar a todo el mundo, no dar seguridad a nadie y atraerlos a todos, jugar con todos y contra todos a la vez, no obrar nunca de acuerdo con premeditados proyectos, sino siguiendo el impulso de sus nervios, ser un Proteo, dios de la metamorfosis, no un Franz Moor, un Ricardo III, un intrigante consecuente; sólo el papel brillante, lleno de sorpresas, entusiasma a su naturaleza apasionada de diplomático. Ama las dificultades precisamente por las dificultades mismas, y las aumenta artificialmente a un grado doble, cuádruple; no es el simple traidor: es múltiple, universal, es un traidor nato. Y así pudo decir de él, quien más a fondo le conocía, Napoleón, en Sana Elena, con palabra profunda: «¡Sólo un traidor verdadero, perfecto, he conocido: Fouché!» Traidor acabado, no ocasional; un verdadero genio en la traición, eso era él, pues la traición esta menos en su intención, en su táctica, que en su naturaleza íntima. Se comprenderá quizá mejor su carácter por analogía con los dobles espías, tan conocidos en la guerra, que llevan secretos a potencias extranjeras para poder atisbar, de paso, otros secretos más valiosos, y que con tanto traer y llevar, al cabo no saben ya, en realidad, a que potencia sirven. Pagados por unos y por otros, sin ser fieles a nadie, están entregados en verdad sólo a un juego, al doble juego de traer y llevar, de introducirse en los secretos: un placer, por otra parte, inmaterial casi; una voluptuosidad mortal y diabólica. Sólo cuando la balanza se inclina definitivamente de un lado, se desecha la pasión del juego y se impone la razón para cobrar la ganancia. Cuando la victoria se ha decidido, entonces se decide Fouché... Así lo hizo en la Convención, bajo el Directorio, bajo el Consulado y bajo el Imperio. Mientras dura la lucha, no está con nadie, para estar siempre al final con el vencedor. Si en Waterloo, Grouchy hubiera llegado a tiempo, hubiese sido Fouché (al menos por una temporada) ministro convencido de Napoleón. Como éste pierde la batalla, le abandona. Sin pretender defenderse, ha dicho él mismo, con su cinismo acostumbrado, las palabras definidoras de su actitud durante los Cien Días: «No he sido yo quien ha traicionado a Napoleón, ha sido Waterloo».

Pero es, no obstante, muy comprensible que enfurezca a Napoleón este doble juego de su ministro. Pues ahora le va a la cabeza en el juego. Todas las mañanas entra en su aposento, como hace un decenio, este hombre enjuto, delgado, pálido y sin sangre en la cara, con su levita bordada, y le da cuenta de la situación con palabras pulcras, claras e irreprochables. Nadie abarca mejor los acontecimientos, nadie sabe presentar más claramente la situación de los países; todo lo penetra y todo lo ve.

Así lo comprende Napoleón con la superioridad del genio y, sin embargo, nota, al mismo tiempo, que Fouché no le dice todo lo que sabe. Tiene conocimiento de que el Duque de Otranto recibe mensajeros de las potencias extranjeras; sabe que por la mañana, por la tarde, por la noche, recibe su propio ministro de Gabinete agentes realistas sospechosos; que a puerta cerrada tiene conferencias con ellos; que sostiene relaciones sobre las que no le da una sola referencia a él, a su Emperador. Pero ¿sucede esto verdaderamente, como Fouché le quiere hacer creer, sólo para obtener informaciones, o se urden allí intrigas secretas? ¡Horrible incertidumbre para un acosado, cercado por cien enemigos! Es en vano que le pregunte con amabilidad, que le amoneste, que le agobie de sospechas graves: los labios delgados permanecen cerrados, inalterables; los ojos, insensibles como el cristal. No se puede penetrar a Fouché, no se le puede arrancar su secreto. Napoleón medita cómo cogerle.

¿Cómo saber, por fin, si el hombre a quien deja mirar todas sus cartas le traiciona o traiciona a sus enemigos? ¿Cómo asir al insensible, como penetrar al impenetrable? La casualidad parece brindar, por fin, una solución, por lo menos una huella, un vestigio, casi una prueba. En abril descubre la policía secreta -esa policía que sostiene el Emperador expresamente para vigilar a su ministro de Policía- la llegada a París de un supuesto empleado de una casa de banca de Viena, que inmediatamente se dirigió en busca del Duque de Otranto.

Siguen al mensajero, le detienen y -naturalmente, sin que lo sepa el ministro de Policía, Fouché - le trasladan a un pabellón del Eliseo, a presencia de Napoleón. Allí se le amenaza con fusilarlo inmediatamente, y tanto se le amedrenta que, por fin, confiesa haber entregado a Fouché una carta de Metternich, escrita con tinta simpática; carta que anuncia y prepara una conferencia de enviados confidenciales en Basilea. Napoleón centellea de ira: cartas así, con maquinaciones semejantes del ministro enemigo a su propio ministro, son un delito de alta traición. Y es natural que su primer pensamiento sea el de detener inmediatamente al servidor infiel y mandar confiscar sus papeles. Pero sus confidentes le aconsejan no hacerlo; le dicen que aún no se tenía una prueba decisiva y que, sin duda, no se encontraría -dada la cautela característica del Duque de Otranto- en sus papeles ni señal de sus maquinaciones. Así decide, de pronto, el Emperador poner a prueba la lealtad de Fouché. Le manda llamar y le habla con un disimulo no acostumbrado en el -en realidad aprendido de su propio ministro-, sondeando la situación.

«¿No sería posible -insinúa- entrar en relaciones con Austria?» Fouché, sin sospechar que había contado el mensajero toda la historia, no menciona ni con una palabra la carta de Metternich. Indiferente, aparentemente indiferente, le despide el Emperador, plenamente convencido ya de la canallada de su ministro. Mas para tener una prueba completa de convicción pone en escena -en momentos en que su estado de ánimo rebosa amargura- una farsa refinada con todo el quid pro quo de una comedia de Moliere... Por el agente se sabe la contraseña para la entrevista con el confidente de Metternich. Y el Emperador envía un emisario que debe presentarse como confidente de Fouché: el agente austriaco le hará, sin duda, todas las revelaciones, y al fin sabrá el Emperador, además de esto, no solamente si le traiciono Fouché, sino hasta qué punto. En la misma noche parte el mensajero de Napoleón: dos días después estará desenmascarado Fouché, que habrá caído en su propia trampa.

Pero a un águila o a una serpiente, a un animal de sangre fría, no se le puede coger con la mano... por mucho que se apriete.

La comedia que pone en escena el Emperador tiene también, como toda comedia perfecta, una acción refleja, casi un doble fondo. Si Napoleón tiene a espaldas de Fouché a su policía secreta, también tiene Fouché a espaldas de Napoleón sus escribientes sobornados, sus confidentes secretos, y sus espías no trabajan con menos rapidez que los del Emperador. El mismo día en que parte el agente de Napoleón para la mascarada del hotel de los «Tres Reyes», de Basilea, descubre Fouché el pastel: uno de los «confidentes» de Napoleón le ha contado el «argumento» de la comedia. Y el que debía ser sorprendido, sorprende a su vez a su propio señor, a la mañana siguiente, en el reportaje diario. En medio de la conversación se pasa repentinamente la mano por la frente, con el aire distraído de quien acaba de acordarse de alguna bagatela sin la menor importancia: «¡Ah, sire! Había olvidado decir que he recibido una carta de Metternich; como uno está ocupado con asuntos más importantes... Además, su mensajero no me entrego los polvos para hacer inteligible la escritura y sospeché un engaño. Así no he podido referirme a ello hasta hoy».

El Emperador no puede dominarse. «Es usted un traidor, Fouché -grita-; debía mandarle al patíbulo.» «No soy de esa opinión, Majestad», contesta impávido el ministro con la mayor sangre fría.

Napoleón tiembla de ira. Otra vez se le ha escurrido el Fra Diavolo con esta confesión indeseada, hecha antes de tiempo. Y el agente, que dos días después le trae el relato de la entrevista de Basilea, tiene poco decisivo que comunicar y mucho desagradable. Poco decisivo, puesto que de la actitud del agente austriaco se deduce que Fouché fue demasiado astuto para ponerse en evidencia, limitándose a poner en práctica, a espaldas de su señor, su maniobra favorita de tener todas las posibilidades en una mano. Pero también trae mucho desagradable el mensajero: las potencias están conformes con todas las formas de Gobierno en Francia, con todas, excepto con el imperio, con Napoleón Bonaparte. Furioso, se muerde los labios el Emperador. Su potencialidad se ha paralizado. Quiso sorprender por la espalda al hombre tenebroso y en este duelo recibió una herida mortal desde la sombra.

La parada de Fouché ha hecho fallar el momento preciso del ataque. Pero Napoleón se da cuenta exacta: «Es evidente que me traiciona- dice a sus confidentes-. Y siento no haberle echado antes de que me comunicara sus relaciones con Metternich.

Ahora ha pasado el momento y falta un pretexto. Divulgaría por todas partes que soy un tirano que todo lo sacrifica a su perspicacia». Con absoluta clarividencia reconoce el Emperador la superioridad de Fouché; pero sigue luchando hasta el último momento, intentando la posibilidad de atraerse a este espíritu todo doblez o sorprenderle, por lo menos, y eliminarle.

Utiliza todos los medios, hace la prueba con confianza, con amabilidad, con benevolencia, con prudencia... Pero su fuerte voluntad rebota impotente en esta piedra labrada en todas sus facetas, en todas igualmente fría y reluciente; a los diamantes se los puede machacar o tirar, pero no penetrarlos. Por fin pierde los nervios, atormentado por la desconfianza. Carnot cuenta la escena en que se descubre dramáticamente la impotencia del Emperador: «Me traiciona usted, Duque de Otranto; tengo pruebas de ello», grita Napoleón una vez en pleno Consejo de Ministros al hombre impávido; y añade, cogiendo un cuchillo de marfil que está sobre la mesa: «Tome aquí este cuchillo y clávemelo en el pecho; eso sería mas leal que lo que usted hace.

Estaría en mis manos mandarle fusilar y todo el mundo aprobaría ese acto. Pero si usted me pregunta por qué no lo hago, yo le diré que porque le desprecio, porque no pesa usted una onza en mi balanza». Puede advertirse que su desconfianza se ha convertido en ira; su sufrimiento, en odio. Nunca le olvidará a este hombre el haberlo provocado de tal manera; y eso lo sabe muy bien Fouché. Pero calcula con claridad mental las escasas posibilidades que le restan al Emperador. «Dentro de cuatro semanas todo habrá terminado con este furibundo», dice profético y despreciativo a un amigo. Por eso no piensa en pactar, ni mucho menos. Uno de los dos ha de abandonar el campo después de la batalla decisiva: Napoleón o él. Sabe que Napoleón ha anunciado que el primer mensajero del campo de batalla victorioso llevara a París la orden de su destitución, quizá la orden de detención...

El reloj del tiempo retrocede veinte años de un golpe: 1793. El hombre más poderoso de su época, Robespierre, anuncia con igual decisión que quince días después había de caer una cabeza: la de Fouché o la suya. Pero el Duque de Otranto tiene ahora la conciencia de su propio valor. Y con aire de superioridad recuerda a uno de sus amigos, que le aconseja que se guarde de la ira de Napoleón, aquella amenaza de antaño del puritano revolucionario. Y añade sonriente: «Pero cayo la suya».

El 18 de junio empiezan a tronar repentinamente los cañones ante el templo de los Inválidos. Los habitantes de París se estremecen entusiasmados. Hace quince años que conocen esta voz de bronce. Se ha logrado una victoria: se ha logrado una batalla... El Moniteur anuncia la derrota completa de Bluecher y de Wellington. Las masas afluyen entusiasmadas a los bulevares con animación dominguera. La tendencia general de opinión, que vacilaba aún pocos días antes, se trueca, de pronto, en simpatía y entusiasmo por el Emperador, únicamente el más fino barómetro, la Renta, baja cuatro puntos, pues cada victoria de Napoleón significa la prolongación de la guerra. Y un sólo hombre quizá tiembla en su interior al oír las detonaciones del bronce: Fouché. Puede costarle la cabeza la victoria del déspota.

Pero trágica ironía: a la misma hora en que disparan sus salvas los cañones franceses en París, destruyen los cañones ingleses en Waterloo las columnas de infantería y de la guardia; y mientras se ilumina la capital, mal informada, huyen los últimos restos del ejército disperso ante las nubes de polvo que levanta el galope de la caballería prusiana.

Aún le queda un segundo día de confianza a París despreocupado. El día 20 empiezan a conocerse las noticias funestas.

Pálida, con los labios temblorosos, susurra la gente los rumores inquietantes. En las casas, en las calles, en la Bolsa, en los cuarteles, en todas partes se cuchichea y habla de una catástrofe, a pesar de que los periódicos callan como paralizados. Todos hablan, titubean, gruñen, se quejan y esperan en la capital, súbitamente amedrentada.

Uno solo actúa: Fouché. Apenas recibe (naturalmente, antes que nadie) la noticia de Waterloo, considera ya a Napoleón como a un cadáver gravoso que hay que hacer desaparecer rápidamente. Y en el acto pone su mano en la pala para cavar la fosa. Enseguida escribe al Duque de Wellington para estar de antemano en contacto con el vencedor; al mismo tiempo advierte a los diputados, con una clarividencia psicológica sin igual, que Napoleón intentará, ante todo, mandarlos a casa. «Volverá mas furioso que nunca y pedirá en el acto la dictadura.» ¡Hay que anticiparse, atravesarse en su camino! La misma noche está ya preparado el Parlamento, ganado el Consejo de Ministros contra el Emperador; se le ha quitado a Napoleón la última posibilidad de tomar nuevamente las riendas del mando. Y todo antes de que haya puesto su pie en París. El señor, el hombre del momento no es ya Napoleón Bonaparte, sino, al fin -¡al fin ... !-, José Fouché.

Poco antes del amanecer, envuelto en la capa negra de la noche como en un paño mortuorio, atraviesa una carroza vieja (la suya, con el tesoro del Trono; la espada y los papeles, se los llevo Bluecher como botín) las puertas de París, camino del Eliseo. Quien escribió seis días antes en su orden del día patéticamente: «Para cada francés que tenga valor, ha llegado el momento de vencer o morir», ni ha vencido ni ha muerto; pero en Waterloo y en Ligny han muerto sesenta mil hombres por él.

Ahora vuelve rápidamente, como de Egipto, como de Rusia, para salvar el Poder. Deliberadamente ha mandado retardar la marcha del coche para llegar secretamente, cubierto por la oscuridad. Y en vez de ir directamente a las Tullerías, para entrar con los representantes del pueblo francés en su Palacio imperial, esconde sus nervios abatidos en el Eliseo, mas pequeño y apartado.

Un hombre cansado, maltrecho, se apea del coche, balbuceando palabras incoherentes, perturbadas, buscando, demasiado tarde, explicaciones y excusas para lo inevitable. Un baño caliente le repone; después reúne su Consejo. Inquietos, vacilantes entre la ira y la compasión, respetuosos, sin el sentimiento íntimo del respeto, escuchan las frases perturbadas y febriles del vencido, que fantasea de nuevo sobre cien mil hombres que quiere levantar, acerca de la requisa de los caballos de lujo; y les explica (a ellos, que saben perfectamente que no se pueden sacar cien mil hombres más del país agotado) cómo en quince días puede volver a atacar otra vez a los aliados con doscientos mil hombres. Los ministros, entre ellos Fouché, permanecen con las frentes humilladas. Saben que esas alucinaciones de fiebre sólo son las últimas convulsiones de la gigantesca voluntad de Poder que no quiere morir en este titán. Exige precisamente lo que Fouché previó: la dictadura, la unión de todo poder militar y político en una sola mano, en la suya. Tal vez pide esto sólo para que se lo nieguen los ministros, para endosarles más tarde, ante la Historia, la culpa de haberle arrebatado la última posibilidad de victoria (la época presente ofrece analogías de semejantes transferencias).

Pero los ministros se manifiestan con mucha cautela, con el pudor de herir con una palabra a este hombre atormentado y delirante. Sólo Fouché no necesita hablar. Calla, pues es el único que se ha anticipado a actuar, tomando todas las medidas para impedir este último ataque de Napoleón al Poder. Con la curiosidad objetiva del médico que observa fríamente las últimas convulsiones agitadas de un moribundo y calcula de antemano cuándo se detendrá el pulso, cuando se quebrara la resistencia, escucha sin compasión las frases vanas, frenéticas; ni una palabra sale de sus labios delgados, sin sangre. Moribundus: un extraviado, un desposeído... ¡A qué, todavía, sus palabras desesperadas! Sabe que mientras el Emperador se alucina para embriagar a los demás con fantasías forzadas, deciden los diputados a mil pasos de allí, en las Tullerías, con despiadada lógica, de acuerdo con el mando y voluntad, libres por fin, de José Fouché.

Él, personalmente -igual que el 9 de Termidor-, no se presenta el 21 de junio en la Asamblea de diputados. Ha colocado -eso le basta- sus baterías en la sombra, ha planeado la batalla, ha escogido el momento y ha elegido el hombre propicio para el ataque: la contrafigura trágica, casi grotesca, de Napoleón: Lafayette. Repatriado hace un cuarto de siglo como héroe de la guerra de la Independencia americana, siendo un aristócrata casi adolescente, y coronado, sin embargo, con la gloria de dos mundos, portaestandarte de la Revolución, paladín de la nueva idea, ídolo de su pueblo, ha conocido Lafayette temprano, demasiado temprano, todos los éxitos del Poder. Y de pronto surge de la nada, del dormitorio de Barras, un pequeño corso, un teniente de casaca raída y tacones torcidos, y se apropia, en dos años, de todo lo que él construyó y empezó, robándole el sitio y la gloria. ¡Eso no se olvida! Despechado permanece en su finca el noble ofendido, mientras el otro, envuelto en la capa imperial bordada, recibe a los príncipes de Europa, que vienen a sus pies, y sustituye con el nuevo y duro despotismo del genio el antiguo despotismo de la nobleza. Ni un rayo de sol de benevolencia llega de este sol naciente a la finca lejana; y cuando el Marqués de Lafayette va una vez a París con su traje sencillo, no le hace caso el parvenu; las levitas bordadas de oro de los generales, los uniformes de los mariscales que surgieron de los campos de sangre, ensombrecen su gloria ya ajada. Lafayette esta olvidado; nadie pronuncia su nombre en veinte años. Le blanquea el cabello; la figura audaz enflaquece y se seca, y nadie le llama ni al Ejército ni al Senado. Ignorado, le dejan plantar rosas y patatas en La Grange. No, eso no lo olvida un hombre de ambición. Y cuando el pueblo, en 1815, acordándose de la Revolución, elige como representante a su antiguo ídolo, y Napoleón se ve obligado a dirigirle la palabra, contesta Lafayette con frialdad hostil... Es demasiado orgulloso, demasiado honrado, demasiado sincero para ocultar su enemistad.

Pero ahora se adelanta a primer término, empujado por Fouché; y el odio acumulado en él produce casi un efecto de prudencia y de fuerza. Por primera vez se vuelve a oír la voz del antiguo paladín en la tribuna: «Al volver a levantar, al cabo de tantos años, por primera vez, mi voz, que reconocerán los antiguos amigos de la libertad, me siento impulsado a hablaros de los peligros que amenazan la Patria, cuya salvación sólo depende ahora de vuestra fuerza». Por primera vez ha vuelto a ser pronunciada la palabra Libertad, y eso quiere decir en este momento... liberación de Napoleón. La proposición de Lafayette obstruye de antemano cualquier intento de disolver la Cámara, de repetir un golpe de Estado. Con entusiasmo se decide que se declare en sesión permanente la representación del pueblo y que se califique como traidor a la Patria a todo el que se haga culpable del intento de disolverla.

No hay duda de a quién se dirige el duro mensaje; apenas le es transmitido, siente Napoleón el puñetazo en medio de la cara. «Debí echar a esa gente antes de mi partida; ahora ya es tarde», dice iracundo. En realidad, no es demasiado tarde. Aún podría salvar con una abdicación oportuna la corona imperial para su hijo; salvar para sí mismo la libertad; y aún podría, por otra parte, dar personalmente los mil pasos que separan el Eliseo de la Asamblea e imponerse con su sola presencia y su voluntad a aquel rebaño de ovejas titubeantes; pero siempre, reiteradamente, nos muestra la Historia el mismo fenómeno increíble que observamos precisamente en las figuras mas enérgicas y en el momento mas crítico: una extraña indecisión como una parálisis del alma. Wallenstein, antes de la defección; Robespierre, la noche del 9 de Termidor..., sin olvidar a los caudillos de la última guerra, todos muestran una fatal indecisión en el momento en que la misma precipitación hubiera sido un mal menor, una equivocación venial. Napoleón parlamenta, discute ante los ministros, que le escuchan indiferentes; precisamente en la hora que debe decidir su porvenir, habla infructuosamente sobre las faltas del pasado, acusa, fantasea, hace alarde de un énfasis verdadero o teatral, pero carece de valor. Habla, pero no actúa. Y como si fuera posible que la Historia se repitiese dentro del círculo de una misma vida, como si no fuera la analogía la falta ideológica más peligrosa en política, envía, lo mismo que el 18 de Brumario, a su hermano Luciano como tribuno en su lugar para ganar a los diputados. Pero entonces apoyaba a Luciano como abogado elocuente la victoria de su hermano, y tenía por cómplices granaderos de manos duras y generales decididos. Y además, Napoleón olvido fatalmente esto: entre esos quince años yacen diez millones de muertos. Y cuando Luciano sube a la tribuna y acusa al pueblo francés de abandono e ingratitud hacia la causa de su hermano, se desborda súbita en Lafayette la ira acumulada de la nación desengañada contra su verdugo en palabras inolvidables que, como chispas en la pólvora, deshacen de un golpe la última esperanza de Napoleón. «¿Cómo -truena contra Luciano - se atreve a reprocharnos de no haber hecho bastante por su hermano? ¿Ha olvidado que los huesos de nuestros hijos, de nuestros hermanos, dan testimonio en todas partes de nuestra fidelidad? ¡En los desiertos de África, en las riberas del Guadalquivir y del Tajo, en las orillas del Vístula, en los campos de hielo de Moscú, han perecido en diez años más de tres millones de franceses por un sólo hombre! Por un hombre que aún hoy quisiera luchar contra Europa con nuestra sangre. ¡Es suficiente, más que suficiente, por un hombre! Ahora nuestro deber es salvar a la Patria». El aplauso torrencial de todos podría hacer comprender a Napoleón que era ya tiempo de abdicar voluntariamente. Pero nada parece más difícil en la tierra que renunciar al Poder.

Napoleón vacila. Y esta vacilación le cuesta el Imperio a su hijo y a él mismo la libertad.

Pero a Fouché se le acaba la paciencia. Si el que ya le es incómodo no quiere marchar voluntariamente, habrá que echarle...

En todo caso hay que apoyar la palanca bien y pronto, pues logrado esto se derrumba la aureola más colosal. Por la noche trabaja a los diputados a él adictos para que a la mañana siguiente la Cámara exija, puntual e imperiosamente, la abdicación.

Pero ni esto siquiera parece lo bastante claro para quien siente la ola del Poder fluir en su sangre. Aún sigue Napoleón parlamentando de un lado para otro. Al fin, inducido por un gesto de Fouché, pronuncia Lafayette las palabras decisivas: «Si vacila en abdicar, propondré el destronamiento».

Una hora le dan al dueño del mundo para una abdicación honrosa; una hora, al hombre nacido para el Poder, para renunciar definitivamente a él; pero sólo la utiliza, lo mismo que en 1814, ante sus generales en Fontainebleau, con un fin teatral, en vez de utilizarla con un fin político. «¡Cómo! -exclama indignado-. ¿Por la fuerza? Si es así no abdicaré. La Cámara no es más que un pelotón de jacobinos y ambiciosos que debí denunciar a la nación y dispersar. Pero el tiempo que perdí puede recuperarse.» En realidad, lo que quiere es que le rueguen con más insistencia para hacer el sacrificio mayor; y, efectivamente: lo mismo que en 1814 sus generales, le animan ahora respetuosamente sus ministros. Sólo Fouché calla. Llegan noticias tras noticias; la manecilla del reloj sigue corriendo inclemente sobre la esfera. Por fin pone el Emperador su mirada en Fouché: una mirada, según cuentan los testigos presenciales, llena de ironía y al mismo tiempo de odio profundo. «Escriba a los señores -le ordena despectivo- que se mantengan tranquilos, que yo les contestaré.» En el acto escribe Fouché con lápiz un par de líneas en un papel dirigido a sus amigos de la Cámara, diciendo que ya no era necesaria la coz... Napoleón se dirige a un gabinete apartado para dictar a su hermano Luciano la abdicación.

Al cabo de algunos minutos vuelve al gabinete principal. ¿A quién entregar la hoja decisiva? Terrible ironía: precisamente a quien le obligó a escribirla, que espera, inmóvil, como Hermes, el mensajero inexorable. Sin una palabra se la entrega el Emperador. Sin una palabra recibe Fouché el documento tan a duras penas conseguido. Se inclina.

Fué su última reverencia ante Napoleón.

En la sesión de la Cámara ha faltado Fouché, el Duque de Otranto; pero ahora, decidida la victoria, entra lentamente y sube los escalones, en la mano el papel histórico. Le temblaría de orgullo la mano dura y fina de intrigante en estos momentos; por segunda vez vencía al hombre mas fuerte de Francia. Este 22 de junio repite en su recuerdo el 9 de Termidor. Ante un silencio conmovido, frío y sin emoción, un par de palabras de despedida para su antiguo señor: flores de papel sobre una tumba recién cavada. ¡Pero se acabaron los sentimentalismos! No se le ha arrancado el Poder a este titán para dejarlo rodar por el suelo, para presa de la primera mano hábil que se arroje sobre él; no hay que soltar el botín: hay que aprovechar el momento tantos años anhelado. Por eso propone la elección inmediata de un Gobierno provisional, de un Directorio de cinco hombres, seguro de ser elegido. Por una vez más amenaza escapársele de la mano el Poder tanto tiempo deseado; ciertamente, consigue eliminar a su peligroso competidor Lafayette y echar la zancadilla de manera traicionera al hombre que le sirvió de instrumento y le prestó, con su rectitud y su convicción republicana, tan preciosos servicios; pero en la primera elección tiene Carnot 324 votos y Fouché sólo 293. No hay duda, pues, que la Presidencia del nuevo Gobierno provisional corresponde a Carnot.

Pero en este instante decisivo, a una pulgada de la meta, hace Fouché la más hábil jugada de tahúr, la más deliciosa e infame de sus piruetas. Según el número de votos, pertenece la Presidencia, naturalmente, a Carnot; con ello Fouché sería en este Gobierno, como en otros anteriores, la segunda figura, precisamente cuando espera, por fin, ser la primera: el amo omnipotente. Se vale entonces de un ardid perverso: apenas se reúne el Consejo de los Cinco, y cuando Carnot se dispone a tomar asiento en el sillón presidencial, según le corresponde, dice Fouché, como la cosa más natural del mundo, a sus colegas, que «ha llegado el momento de constituirse». «¿Qué entiende usted por constituirse?», pregunta Carnot, asombrado. «Pues elegir nuestro secretario y nuestro presidente», contesta Fouché con la mayor ingenuidad. Y añade con falsa modestia: «Yo le doy, desde luego, mi voto para la Presidencia». Carnot muerde el anzuelo y replica muy fino: «Y yo a usted el mío». Y como dos de los miembros están previamente ganados, en secreto, por Fouché, logra, tres votos contra dos, sentándose, antes de que Carnot pueda darse cuenta de cómo le han birlado el puesto, en el sillón presidencial. Después de burlar a Napoleón y Lafayette, burla también con toda facilidad a Carnot, el más popular en aquel momento, y él, más astuto, le sustituye para regir los destinos de Francia. En el espacio de cinco días, del 13 al 18 de junio, cae el Poder de las manos del Emperador; en el espacio de cinco días, del 17 al 22 de junio, se apodera de él, ¡por fin!, José Fouché. Ya no será criado, sino señor; será por primera vez dueño absoluto de Francia; será libre, divinamente libre, para el juego amado y turbador de la política y de la Historia.

Su primera medida tiende a alejar la persona del Emperador. Aunque solo sea la sombra de Napoleón, agobia a Fouché. Así como no se sentía tranquilo Napoleón como soberano mientras permaneciera en París el hombre inasible, tampoco respira Fouché con holgura mientras no le separen dos mil leguas del paleto gris del Emperador. Evita hablar personalmente con él, pues a nada conducen sentimentalismos. Sólo le envía mensajes tenuemente envueltos todavía en el papel rosa de la benevolencia. Pero hasta esa pálida y cortés envoltura la desgarra pronto para mostrar sin compasión al vencido su impotencia.

Una proclama patética de despedida que dirige Napoleón al ejército la arroja al cesto de los papeles con la mayor naturalidad.

En vano busca, a la mañana siguiente, Napoleón, estupefacto, sus palabras imperiales en el Momíteur. Fouché ha prohibido su aparición. ¡Fouché prohibiendo al Emperador! Se resiste a creer en la inaudita osadía con que le trata su antiguo servidor. Pero obstinadamente, de hora en hora, siente la presión de esta dura mano con tal fuerza que, por fin, se traslada a It Malmaison.

Pero allí se planta y no cede. No quiere alejarse más, aunque ya se acercan los dragones del ejército de Bluecher, y Fouché le amonesta, cada vez con mayor insistencia, para que se avenga a razones y ponga tierra por medio. Pero cuanto más se siente caer, mas convulsivamente se agarra Napoleón al Poder. En el último instante, cuando ya espera en el jardín el coche de viaje, tiene todavía un gran gesto: ofrece ponerse, como simple general, a la cabeza de las tropas, para vencer una vez más o morir.

Pero el sobrio Fouché no toma en serio tales ofrecimientos románticos: «¿Se burla ese hombre de nosotros? -exclama irritado-.

Su presencia a la cabeza del ejército sería una nueva provocación a Europa; y el carácter de Napoleón no nos permite esperar que permanezca indiferente al Poder».

Ahora ya es libre Fouché: ha llegado a la meta. Después de haber eliminado a Napoleón, se encuentra, a los cincuenta y seis años, solo, sin que nadie ponga vallas a su voluntad, en la cumbre del Poder. Infinito rodeo por el laberinto de un cuarto de siglo: de pequeño y pálido hijo de mercader y triste y tonsurado profesor de seminario. Luego en pugna hacia arriba: tribuno del pueblo y procónsul, Duque de Otranto al servicio de un Emperador, y, al fin, arbitro y señor de Francia. La intriga ha triunfado sobre la idea, la habilidad sobre el genio. Una generación de inmortales se derrumbó en torno suyo: Mirabeau, muerto; Marat, asesinado; Robespierre, Desmoulins, Danton, guillotinados; su compañero del consulado, Collot, desterrado a los penales infectos de Guayana; Lafayette, eliminado; todos, todos sus camaradas de la Revolución desaparecieron. Mientras él decide ahora en Francia, elegido libremente por la confianza de la Cámara, huye Napoleón, el señor del mundo, en pobre disfraz, con pasaporte falso, como secretario de un pequeño general, hacia la costa; Murat y Ney sólo esperan el momento de ser fusilados, y los reyezuelos familiares por la gracia de Napoleón vagan sin reino, con los bolsillos vacíos, escondiéndose.

Toda la gloriosa generación de este momento único de la Historia se hunde implacablemente, mientras sólo él asciende con su paciencia tenaz, con su actividad de zapa en la sombra. Como cera se amoldan ahora el Ministerio, el Senado y la Asamblea a su mano maestra; los generales, otras veces tan altaneros, tiemblan por sus pensiones, y, humildes como corderos, se subordinan al nuevo Presidente; la burguesía y el pueblo de todo un país esperan sus decisiones. Le envía mensajeros Luis XVIII; Talleyrand, saludos; Weilington, el vencedor de Waterloo, comunicados confidenciales... Por primera vez pasan los hilos del destino histórico libre y deliciosamente por su mano.

Inmensa misión le espera: defender un país devastado y vencido, contra los enemigos que se acercan, evitar una resistencia patética e inútil, conseguir condiciones ventajosas, buscar la mejor forma de Estado y el jefe más adecuado y hacer surgir del caos una nueva forma y un orden estable. Esto requiere maestría, extrema flexibilidad de espíritu. Y, efectivamente, en el momento en que todos parecen perturbarse y pierden la cabeza, evidencian las disposiciones de Fouché la mayor energía, sus planes múltiples una seguridad asombrosa. Es amigo de todos, para engañarlos a todos y hacer tan sólo lo que le parece útil y conveniente. Simula apoyar ante el Parlamento al hijo de Napoleón; ante Carnot, defender la República; ante los aliados, al Duque de Orleáns, pero en realidad ofrece secretamente el timón al antiguo rey Luis XVIII. Imperceptiblemente, con virajes silenciosos y hábiles, sin que se enteren ni sus camaradas más próximos del verdadero rumbo, navega por un pantano de sobornos hacia los realistas y negocia con los Borbones el traspaso del Gobierno, a él confiado, mientras hace de bonapartista y republicano en el Consejo de Ministros y en la Cámara. Vista psicológicamente, es su solución la única acertada. Sólo una rápida capitulación hacia el Rey podía asegurar al país, desangrado y devastado, inundado de tropas extranjeras, la tranquilidad necesaria y un tránsito sin asperezas. Solo Fouché comprende, con su sentido de la realidad, esta necesidad evidente, y la cumple ante la resistencia del Consejo, del pueblo, del ejército, de la Cámara y del Senado: por propia voluntad y por propia fuerza.

Le sobran inteligencia y habilidad a Fouché en estos días para todo... menos para una cosa (¡ésta es su tragedia!), para la suprema, para la más alta, para la más pura: para olvidarse de sí mismo y de su propia ventaja y entregarse a la causa. Carece en última instancia de esa voluntad de renunciamiento necesaria, tras la hazaña magistral, que le hubiera llevado, a los cincuenta y seis años de edad, a la cumbre del éxito, multimillonario, estimado y respetado por sus contemporáneos y por la Historia. Pero quien se consumió veinte años para llegar al Poder, quien vivió veinte años de él sin poderse saciar, es ya incapaz de renunciar. Lo mismo que Napoleón, no acierta a renunciar Fouché ni un minuto antes de recibir el rudo empujón. Y como no tiene ya un amo a quien traicionar, no le queda otro recurso que traicionarse a sí mismo, a su propio pasado. Devolver a su antiguo Soberano la Francia vencida hubiera sido, en ese momento, una verdadera hazaña política, acertada y audaz. Pero hacerse pagar esta acción con la propina de un puesto de ministro del Rey fue una vileza y fue algo peor que un crimen: fue una estupidez. Y esta estupidez la comete arrastrado por la vanidad rabiosa que impulsa a avoir la main dans le páte, «tener las manos en la masa» un par de horas históricas más. Ésta fue su primera estupidez, la mayor, la irreparable, la que le rebaja para siempre ante la Historia. Sube mil peldaños con habilidad, paciente y flexible, y un sólo traspié innecesario y torpe le hace caer estúpidamente al abismo.

Sabemos cómo se verifica la venta a Luis XVIII del Gobierno por el precio de un puesto de ministro porque poseemos, por fortuna, un documento característico, uno de los pocos que reproduce, palabra por palabra, una entrevista diplomática de Fouché, otras veces tan cauto. Durante los Cien Días reunió un partidario decidido del Rey, el Barón de Vitrolles, un ejército en Tolosa y atacó a Napoleón a su regreso. Hecho prisionero y llevado a París, quería el Emperador hacerle fusilar en el acto; pero Fouché intercedió aconsejando clemencia, como hacía siempre, particularmente con enemigos que podían ser útiles en ciertos casos. Se redujeron a encerrar en prisiones militares al Barón de Vitrolles hasta que el Consejo de Guerra pronunciara el fallo. Pero apenas se entera, el 23 de junio, la mujer del amenazado de que Fouché es dueño de Francia, se apresura a visitarle para pedir la libertad de Vitrolles, lo que Fouché concede enseguida, pues tiene el mayor interés en granjearse la simpatía de los Borbones. Y al día siguiente se presenta el Barón de Vitrolles, el jefe realista libertado, al Duque de Otranto para darle las gracias.

Entonces es cuando tiene lugar el siguiente dialogo político-amistoso entre el caudillo elegido por los republicanos y el archirrealista juramentado. Fouché le dice: «-Bueno, y ahora ¿qué piensa usted hacer? »-Tengo la intención de trasladarme a Gante; la silla de posta espera a la puerta.

»-Es lo más acertado que puede usted hacer, pues aquí no esta usted seguro.

»-¿No tiene usted nada para el Rey? »-¡Ah, por Dios, nada! Absolutamente nada. Diga usted únicamente a Su Majestad que cuente con mi devoción y que, desgraciadamente, no depende de mí que pueda volver pronto a las Tullerías.

»-Pues yo creo que sí, que depende exclusivamente de usted que esto suceda pronto.

»-Menos de lo que usted supone. Las dificultades son grandes. Aunque la Cámara ha simplificado la situación, usted ya sabe -y aquí sonríe Fouché- que ha proclamado a Napoleón II.

»-¡Cómo! ¿Napoleón II? »-Naturalmente, así había que empezar.

»-Pero supongo que esto no hay que tomarlo en serio.

»-Dice usted bien. Mientras más lo pienso más me convenzo de que este nombramiento es completamente absurdo. Pero no puede usted imaginarse cuantos partidarios tiene aún este hombre. Algunos de mis colegas, sobre todo Carnot, están convencidos de que todo se salvaría con Napoleón II.

»-Y ¿cuanto tiempo ha de durar esta broma? »-Probablemente el tiempo que tardemos en librarnos de Napoleón I.

»-Y luego, ¿qué sucederá luego? »-¿Cómo saberlo? En momentos como éste es difícil prever los acontecimientos con un día de anticipación.

»-Pero si el señor Carnot, su colega, profesa tanta lealtad a Napoleón, quizá le será difícil a usted evitar esa combinación.

»-¡Bah, usted no conoce a Carnot! Para quitarle esa idea de la cabeza basta proclamar el Gobierno del «pueblo francés».

«¡Pueblo francés!»; cuando él oye esto, figúrese usted...

»Y los dos se ríen: el Duque de Otranto, elegido por los republicanos, que se burla de su colega, y el agente realista empiezan a entenderse.

»-Así esta bien, así se arreglará -dice el Barón de Vítrolles reanudando el diálogo-; pero espero que después de Napoleón II y del «pueblo francés» pensará usted, por fin, en los Borbones.

»-Naturalmente -contesta Fouché-, entonces le habrá llegado el momento al Duque de Orleáns.

»-¡Cómo! ¿Al Duque de Orleáns? -exclama el Barón de Vitrolles, sorprendido-. ¿Al Duque de Orleans? ¿Pero cree usted que el Rey aceptará jamás una corona tan traída y llevada? »Fouché calla y sonríe.» Pero el Barón de Vitrolles ha comprendido. Con este diálogo astuto, irónico, displicente en apariencia, le ha descubierto Fouché sus intenciones. Le ha dejado ver claramente que si él quiere existen dificultades... Que se podría proclamar, en vez del rey Luis XVIII, a Napoleón II, o el Gobierno del pueblo francés, o el Duque de Orleáns... Pero que él, Fouché, no tiene personalmente especial interés en ninguna de estas soluciones y que está dispuesto a excluir las tres a favor de Luis XVIII, si...

Este «si» condicional no lo ha pronunciado Fouché; pero el Barón de Vitrolles lo ha adivinado quizás en una sonrisa, en una mirada, en un gesto tal vez, y, repentinamente, decide suspender su viaje y quedarse en París cerca de Fouché. Claro que con la condición de poder corresponder libremente con el Rey. Pone sus condiciones: por de pronto, veinticinco pasaportes para que sus agentes puedan ir al Cuartel general del Rey a Gante. «Cincuenta, cien, todos los que usted quiera», contesta de buen humor el ministro de Policía republicano al representante de los enemigos de la República. «Es además mi deseo poder conferenciar con usted una vez al día.» El Duque contesta alegremente: «¡Una vez es poco! Dos veces: una vez por la mañana y otra vez por la noche». Ya puede quedarse tranquilamente el Barón de Vitrolles en París, mantener negociaciones con el Rey, protegido por el Duque de Otranto, y hacerle saber que las puertas de París están abiertas para él si... si Luis XVIII está dispuesto a nombrar ministro del nuevo Gobierno al Duque de Otranto.

Cuando le proponen a Luis XVIII dejarse abrir cómodamente las puertas de París por Fouché, a cambio de la propina de un puesto de ministro, se enfurece el Borbón, tan flemático de ordinario. «¡Jamás!», grita a los primeros que le proponen incluir en la lista este nombre odiado. Y ¿no es, efectivamente, una pretensión absurda introducir en l a propia casa a un regicida, a uno de los que firmaron la sentencia de muerte de su hermano, a un sacerdote tránsfuga, un feroz ateo, un servidor de Napoleón? «¡Jamás!» grita indignado. Pero ya sabemos por la Historia que ese «jamás» de los reyes, de los políticos y de los generales suele casi siempre ser el preludio de una capitulación. ¿No vale París una misa? ¿No han hecho, desde Enrique IV, los reyes, sus antepasados, parecidos sacrifici dell’ intelletto, semejantes sacrificios del espíritu y la conciencia por la Soberanía? Asediado por todas partes, por los cortesanos, por los generales, por Wellington y por el mismo Talleyrand, empieza Luis XVIII a ceder poco a poco. Todos le aseguran que sólo un hombre le puede abrir las puertas de París sin resistencia: Fouché.

Sólo él, que es el hombre de todos los partidos y de todas las ideas, servidor insuperable y eterno, el hombre que tiene el estribo a todos los pretendientes de la corona, evitaría el derramamiento de sangre. Y además, el viejo jacobino hacía tiempo que se había convertido en un buen conservador, estaba arrepentido y había traicionado perfectamente a Napoleón. El Rey, por fin, se confiesa para descargar su conciencia. «¡Pobre hermano, si pudieras verme!», dicen que exclamó. Y declaró estar dispuesto a recibir secretamente a Fouché en Neuilly. Secretamente, pues en París no debe sospechar nadie que un caudillo elegido por el pueblo vende por un puesto de ministro a su país, y que un pretendiente a la corona vende su honor por un aro de oro... En la oscuridad, secretamente, se lleva a cabo (el exobispo como único testigo) este negocio, el más desvergonzado de la Historia del siglo pasado, entre el antiguo jacobino y el futuro Rey.

Allí, en Neuilly, tiene lugar aquella escena lúgubre y fantástica, al mismo tiempo digna de Shakespeare y de Aretino: el rey Luis XVIII, el descendiente de San Luis, recibe al cómplice del asesinato de su hermano, al siete veces perjuro Fouché, al ministro de la Convención, del Emperador y de la República, para tomarle juramento, el octavo juramento de fidelidad... Y Talleyrand, que fué obispo, luego republicano, luego servidor del Emperador, introduce a su compañero cerca del Rey. El cojo pone su brazo sobre el hombro de Fouché, para poder andar mejor -«el vicio apoyado en la traición», según observa irónicamente Chateaubríand-, y así se acercan fraternalmente al heredero de San Luis los dos ateos y oportunistas. ¡Primero, una profunda inclinación! Luego cumple Talleyrand con el deber espinoso de proponer al Rey como ministro al asesino de su hermano. Más pálido que de costumbre esta el hombre enjuto cuando dobla la rodilla ante el «tirano», ante el «déspota», para prestar juramento, y cuando besa la mano, por la que corre la misma sangre que ayudo a verter, y cuando jura en nombre del mismo Dios cuyas iglesias saqueó y profanó con sus hordas en Lyon. Sin duda, un acto un poco fuerte hasta para un Fouché.

Por eso está aún muy pálido el Duque de Otranto cuando sale del gabinete del Rey. Ahora es más bien el cojo Talleyrand quien tiene que sostenerle a él. No habla ni una palabra. Ni siquiera las observaciones irónicas del depravado obispo cínico, que en sus tiempos decía misa como si jugara a las cartas, le pueden sacar de su mutismo y de su turbación. Por la noche regresa a París, con el decreto ministerial firmado en el bolsillo, para reunirse en las Tullerías con sus colegas, que no sospechan nada, a los que echará mañana y proscribirá pasado mañana. Hay que suponer que no se encontraría muy holgado entre ellos. Una vez había, por fin, logrado ser el más desleal de los servidores. Pero -¡maravillosa réplica del destino!- nunca pueden soportar la libertad las almas subalternas. Instintivamente huyen de ella siempre para refugiarse en una nueva esclavitud. Y así vuelve a humillarse Fouché, ayer aún fuerte y dominante, ante un nuevo señor, otra vez encadenadas sus manos libres en la galera del Poder. Pero pronto llegará también la señal de la galera, el estigma.

Al día siguiente entran las tropas de los aliados. Según el acuerdo secreto, ocupan las Tullerías y cierran sencillamente las puertas a los diputados. Esto da a Fouché, sorprendido en apariencia, un motivo propicio para proponer a sus colegas dimitir como protesta contra las bayonetas. Éstos, engañados, caen en la trampa del gesto patético. Así queda, como se había acordado, inusitadamente disponible el sillón del trono, pues durante un día no hay Gobierno en París. Y Luis XVIII sólo tendrá que acercarse a las puertas de la capital ante las manifestaciones de júbilo preparadas con dinero por su nuevo ministro de Policía y será recibido con entusiasmo, como salvador. ¡Francia es otra vez Reino! Sólo entonces se dan cuenta los colegas de Fouché de la manera tan refinada como han sido burlados. Se enteran también por el Moniteur a que precio los ha vendido Fouché. Entonces se le sube la ira a la cabeza a Carnot, al hombre decente, leal, intachable, aunque tal vez un poco torpe. «¿Adónde he de ir ahora, traidor?», le grita a la cara, con desprecio, al nuevo ministro realista de Policía.

Pero con el mismo desprecio le contesta Fouché: «A donde quieras, majadero».

Y con este diálogo característico y lacónico de los dos antiguos jacobinos, los últimos del 9 del Termidor, termina el drama más asombroso de la época moderna: la Revolución y la fantasmagoría rutilante del paso de Napoleón por la Historia. Se ha extinguido la época de la heroica aventura, comienza la época de la burguesía.

CAPÍTULO IX

CAÍDA Y MUERTE

(1815-1820)

El 28 de julio de 1815 -han pasado los Cien Días del intermezzo napoleónico- vuelve a entrar Luis XVIII en su capital de París, con una carroza magnífica tirada por caballos blancos. El recibimiento es grandioso: Fouché ha trabajado bien. Masas jubilosas rodean el coche, en las casas ondean banderas blancas, y donde no las había se han amarrado en palos, a manera de astas, toallas y manteles y se han sacado por las ventanas. Por la noche brilla toda la ciudad alumbrada por miles de luces, y en el éxtasis de alegría se baila hasta con los oficiales de las tropas ingles as y prusianas. No se oye un sólo grito hostil. La gendarmería, colocada por precaución en todas partes, resulta innecesaria. El nuevo ministro de Policía del cristianísimo Rey, José Fouché, lo ha arreglado todo a las mil maravillas para su nuevo Soberano. En las Tullerías, en el mismo Palacio donde un mes atrás se mostraba respetuoso ante su Emperador Napoleón como el más fiel vasallo, espera el Duque de Otranto al rey Luis XVIII, hermano del «tirano» a quien veintidós años antes condenó a muerte aquí en esta misma casa. Ahora se inclina profundamente, con gran respeto, ante el vástago de San Luis y en sus cartas firma «con reverencia, de Vuestra Majestad el más fiel y sumiso vasallo» (lo que puede leerse, textualmente, bajo una docena de comunicados, escritos de su puño y letra).

De todos los asaltos insensatos de este carácter funambulesco sobre el alambre de la política ha sido éste el mas temerario, pero será también el último. Claro que por el momento parece marchar todo magníficamente. Mientras que el Rey se siente inseguro en el trono, no desdeña el agarrarse al señor Fouché. Y Además, todavía necesita a este Fígaro, que sabe hacer también de malabarista para las elecciones, pues la Corte desea una mayoría segura en el Parlamento, y para esto es único el republicano «probado», el hombre del pueblo, como organizador insuperable. Y también hay que arreglar aún algunos asuntos desagradables y sangrientos, y ¿por qué no utilizar este guante usado? Después se le puede tirar, para que no manche las manos reales.

Un asunto tan sucio hay que resolverlo cuanto antes, en los primeros días. El Rey prometió solemnemente conceder una amnistía y no perseguir a los que hubieran servido durante los Cien Días al usurpador. Pero Post festum cambia el viento. Rara vez se creen obligados los reyes a cumplir lo que prometieron como pretendientes de una Corona. Los realistas, rencorosos con la soberbia de su propia fidelidad, exigen, ahora que el Rey está seguro en el trono, que sean castigados todos los que abandonaron durante los Cien Días la flor de lis. Asediado, pues, duramente por los realistas -que son siempre más realistas que el Rey-, cede por fin Luis XVIII. Y al ministro de Policía le toca llevar a cabo la labor desagradable de componer la lista de proscripción.

Al Duque de Otranto no le place este cargo. ¿Será necesario, verdaderamente, imponer castigos por semejante bagatela, por haber hecho lo más razonable, por pasarse al mas fuerte, al vencedor? Además no olvida el ministro de Policía del cristianísimo Rey que, como primer nombre en la lista de proscripción, debería figurar con derecho y en justicia el Duque de Otranto, ministro de policía bajo Napoleón..., su propio nombre. ¡Situación violenta la suya! Por primera Providencia trata Fouché de librarse con un ardid del encargo antipático. En vez de una lista que, según se deseaba, contuviera los nombres de treinta o cuarenta de los principales culpables, presenta, ante el asombro de todos, varias hojas de a folio con trescientos o cuatrocientos -algunos aseguran que mil- nombres, y pide que se castigue a todos o a ninguno. Espera que el Rey no tendrá tanto valor, y con ello se habría terminado la cuestión enojosa; pero, desgraciadamente, preside el Ministerio un zorro de su mismo calibre: Talleyrand. Éste se da cuenta enseguida de que a su amigo Fouché le es amarga la píldora; razón suficiente para exigir que se la trague. Sin compasión, manda borrar nombres de la lista hasta que no quedan más que cuatro docenas, y endosa a Fouché el encargo de firmar con su nombre estas sentencias de muerte y destierro.

Lo mas prudente, por parte de Fouché, en este momento, hubiera sido tomar el sombrero y cerrar la puerta de Palacio desde afuera. Pero ya hemos aludido varias veces a su flaqueza; su vanidad conoce todas las habilidades, menos la de renunciar a tiempo. Fouché prefiere sobrellevar la envidia, el odio y la ira antes que abandonar voluntariamente un sillón ministerial. Así aparece, ante la indignación general, una lista de proscripción, que contiene los nombres más famosos e ilustres de Francia, refrendada con la firma del antiguo jacobino. Figuran en ella Carnot, I'organisateur de la victoire, el creador de la República; el mariscal Ney, vencedor de innumerables batallas; el salvador de los restos del ejército de Rusia, todos sus compañeros del Gobierno provisional, los últimos de sus camaradas de la Convención, sus camaradas de la Revolución. Todos sus nombres se encuentran en esta lista terrible, que amenaza con muerte o destierro, todos los nombres que dieron gloria a Francia con sus hazañas en los últimos decenios. Un solo nombre falta en ella: el de José Fouché, Duque de Otranto.

O mejor dicho: no falta. También el nombre del Duque de Otranto figura en esta lista. Pero no en el texto, como uno de los acusados y proscritos ministros napoleónicos, sino como el ministro del Rey que envía a todos sus compañeros a la muerte o al destierro: como el del verdugo.

Por haberse rebajado tanto ante su conciencia, ante sí mismo, no puede negarle el Rey cierta gratitud al antiguo jacobino. A José Fouché, Duque de Otranto, se le otorga un honor, el último y más alto. Viudo desde hace cinco años, ha decidido volverse a casar; y el hombre que antaño perseguía con tanto encono la «sangre de los aristócratas», piensa unirse en matrimonio con persona de sangre azul; piensa casarse con una Condesa de Castellane, una rancia aristócrata; es decir, miembro «de aquella banda criminal que ha de caer bajo la espada de la justicia», según la expresión de uno de sus manifiestos revolucionarios de Nevers. Pero desde entonces ha pasado por lindas pruebas; ha cambiado a fondo sus ideas el antiguo jacobino, el sanguinario José Fouché. Si ahora, el día 1 de agosto de 1815, penetra en la iglesia, no lo hace, como en 1793, para destrozar con el martillo «los emblemas vergonzosos del fanatismo», los crucifijos y los altares, sino para recibir devotamente, junto a su novia aristócrata, las bendiciones de un hombre tocado con aquella mitra, que, como se recordará, encasquetó sobre las orejas de un burro. Según antigua costumbre noble -un Duque de Otranto sabe lo que le corresponde cuando se casa con una Condesa de Castellane-, firman también el contrato de desposorios las primeras familias de la Corte y de la nobleza. Y como primer testigo firma manu propria Luis XVIII este documento, seguramente único en la Historia, como testigo más digno... y más indigno del asesino de su hermano.

Esto es mucho ya, es algo inaudito. Es demasiado. Pues precisamente esta osadía inconcebible del regicida, de invitar como testigo al hermano del Rey guillotinado, provoca en los círculos de la aristocracia enorme indignación. Ese miserable tránsfuga, ese realista de antes de ayer -murmuran- se conduce como si verdaderamente perteneciera a la Corte y a la nobleza.

¿Para qué se necesita ya a ese hombre, le Plus dégoútant reste de la Révolution, último detritus de la Revolución que mancha con su presencia repugnante el Ministerio? Claro que ha ayudado al regreso del Rey a París y ha prestado su mano sobornable para firmar la proscripción de los mejores hombres de Francia. Pero ahora, ¡fuera con él! Los mismos aristócratas que mientras el Rey esperaba impaciente a las Puertas de París le asediaban para que nombrara ministro al Duque de Otranto, con fin de entrar en la capital sin verter sangre, estos mismos señores no saben, de pronto, nada de semejante Duque de Otranto; se acuerdan sólo tenazmente de un cierto José Fouché que hizo matar en Lyon a cañonazos a cientos de nobles y sacerdotes y que pidió la muerte de Luis XVI. Un día nota el Duque de Otranto, cuando atraviesa la antecámara del Rey, que muchos nobles ya no le saludan, o que le muestran la espalda con desprecio provocativo. Súbitamente aparecen libelos contra el mitrailleur de Lyon que pasan de mano en mano; y una nueva Sociedad patriótica, los Francs régénérés (abuelos de los camelots du roi) organizan reuniones y piden con toda claridad que se limpie por fin a la flor de lis de esta mancha deshonrosa.

Pero tan fácilmente no se rinde Fouché cuando se trata del Poder; a él se agarra con todas sus fuerzas. En la información secreta de un espía que tenía encargo de vigilarle en aquellos días, puede verse cómo trata de sujetarse por todos lados. Al fin y al cabo aún están en el país los soberanos enemigos; ellos le pueden defender contra el celo excesivo de los realistas servidores del Rey. Visita al Emperador de Rusia; se entrevista diariamente durante horas enteras con Wellington y con el embajador inglés; hace estallar todas las minas diplomáticas, intentando, de un lado, ganar al pueblo con quejas contra las tropas extranjeras, y al mismo tiempo atemorizar al Rey con relatos exagerados. Hace que el vencedor de Waterloo se presente como intercesor del rey Luis XVIII; moviliza a los financieros; busca la mediación de mujeres y recurre a sus últimos amigos. No, no quiere ceder; demasiado cara pagó su conciencia la categoría que alcanzó, para no defenderla como un desesperado. Y efectivamente, durante algunas semanas logra sostenerse a flote en las aguas políticas, pugnando como un nadador hábil, tan pronto de costado como de espaldas. Durante todo este tiempo muestra, según relata el espía mencionado, una seguridad grande que sin duda tendría, pues durante veinticinco años se le vio siempre recobrarse fácilmente de todos los golpes. Y si venció a un Napoleón y a un Robespierre, ¿a que preocuparse por un par de simples aristócratas? Tan acostumbrado a despreciar a los hombres, está curado de espantos y no le asustan ya. ¿Cómo le asustarían a él, que batió a los mas grandes de la Historia, y les sobrevivió? Pero una cosa no ha aprendido este viejo condottiere, este refinado psicólogo; una cosa que nadie podrá aprender: luchar con espectros. Ha olvidado que por la Corte vaga un fantasma del pasado, como una Erinia vindicadora: la Duquesa de Angulema, la hija de Luis XVI y María Antonieta, única de la familia que pudo escapar a la gran matanza. El rey Luis XVIII puede perdonar quizás a Fouché; al fin y al cabo tiene que agradecer a este jacobino su trono; y una herencia así suaviza a veces, aún en las más altas esferas (la Historia dará testimonio de ello), el dolor fraternal. Para él es también mas fácil de perdonar, pues no ha presenciado en persona aquella época de horror. La Duquesa de Angulema, en cambio, la hija de Luis XVI y María Antonieta, tiene en la sangre las visiones más espantosas de su niñez. Tiene reminiscencias inolvidables, sentimientos de odio que no se dejan apaciguar por nada. Ha sufrido demasiado en su propia carne, en su propia alma, para poder perdonar a uno de aquellos jacobinos, de aquellos hombres del terror, presenció de niña en el palacio de Saint-Cloud, la noche horrible en que masas de sanscullottes asesinaron a los ujieres y se presentaron, con los zapatos chorreando sangre, ante su madre y su padre. Luego, la noche en que, prensados los cuatro en el coche, padre, madre y hermanos - «panadero, panadera y panaderitos»-, esperando, en medio de una multitud que gritaba y se burlaba, la muerte a cada instante, mientras eran arrastrados de vuelta a París, a las Tullerías. Presenció, el 10 de agosto, el asalto de la plebe derribando a hachazos la puerta de los aposentos de su madre; colocando a su padre, entre burlas, el gorro rojo en la cabeza y una pica en el pecho. Ha sufrido los días espeluznantes en la prisión del Temple, los momentos espantosos en que subieron a la ventana, sobre la punta de una pica, la cabeza ensangrentada de su amiga maternal la Duquesa de Lamballe, con el pelo suelto empapado en sangre. ¿Cómo podrá olvidar la noche en que se despidió de su padre arrastrado a la guillotina; la despedida de su pequeño hermano, al que dejaron sucumbir y llenarse de miseria en un estrecho desván? ¿Cómo no acordarse de los compañeros de Fouché, tocados con el gorro rojo, que la hicieron declarar y la atormentaron durante días enteros para que confesara, junto con su hermanito, la supuesta impudicia de su madre, María Antonieta, en el proceso contra la Reina? ¿Y cómo borrar de su sangre y de su memoria el momento de arrancarse de los brazos de su madre y de oír rodar allí abajo, sobre las piedras, el carro que la arrastraba a la guillotina? No, ella, la hija de Luis XVI y María Antonieta, la prisionera del Temple, no ha leído estos horrores, como Luis XVIII, en los periódicos, o se los ha hecho contar por un tercero: los lleva como un estigma inextinguible por su alma infantil espantada, atormentada, martirizada. Y su odio contra los asesinos de su padre, contra los verdugos de su madre, contra las visiones de horror de su infancia, contra todos los jacobinos y revolucionarios, aún no se ha saciado, aún no se ha vengado.

Tales recuerdos no se olvidan. Por eso ha jurado no dar jamás la mano al ministro de su tío, al asesino de su padre, a Fouché; y no respirar el mismo aire permaneciendo cerca de él. Franca y provocativamente le testimonia ante toda la Corte su desprecio y su odio. No va a ninguna de las fiestas, a ninguna de las reuniones a que asiste este regicida, este traidor de sus propias ideas. Y su desprecio contra el tránsfuga, ostentado con franqueza, con desdén y fanatismo, excita poco a poco el pundonor de los demás. Por fin exigen unánimemente todos los miembros de la familia real de Luis XVIII que, ya que está asegurado su Poder, expulse con oprobio de las Tullerías al asesino de su hermano.

De mala gana, como se recordará, y sólo porque le necesitaba imprescindiblemente, accedió Luis XVIII a admitir como ministro a José Fouché. Con gusto, con contento casi, lo pone a la puerta cuando no lo necesita. «La pobre Duquesa no debe estar expuesta a encontrarse con esta cara repugnante», dice sonriente, refiriéndose al hombre que sigue firmando, sin sospechar nada, su «más fiel servidor». Y Talleyrand, el otro tránsfuga, recibe el real encargo de explicar a su compañero de la Convención y de la época napoleónica que su presencia en las Tullerías no es ya deseable.

Talleyrand acepta gustoso este encargo. De todas maneras, ya le va siendo difícil hinchar sus velas con el fuerte viento realista. Por eso espera sostener mejor su nave sobre el agua tirando lastre. Y el lastre mas pesado en su Ministerio es este regicida, su antiguo compinche: Fouché. Y el echarle por la borda es un encargo, en apariencia embarazoso, que lleva a cabo con su habilidad encantadora de hombre de mundo. No le anuncia, brusco o solemne, su despido, no; como viejo maestro de las formas, como verdadero hombre de mundo, busca un modo delicioso de hacerle comprender que «para el señor Fouché ha sonado la hora». Ya se sabe que este último aristócrata del dixhuitième elige siempre un salón para poner en escena sus comedias e intrigas. En esta ocasión acierta también a vestir el despido brutal con las formas más delicadas. El 14 de diciembre se encuentran Talleyrand y Fouché en una soirée. Se come, se habla, se charla... Particularmente Talleyrand parece estar de muy buen humor. A su alrededor se reúnen mujeres bellas, dignatarios y gente joven. Todos se acercan con curiosidad para escuchar a este maestro de la palabra. Y efectivamente, narra hoy con especial encanto. Cuenta de los días, ya lejanos, en que tuvo que huir a América ante la orden de detención de la Convención, y alaba entusiasmado, este país grandioso. «¡Ah, que bien se está allí: bosques impenetrables, habitados por la raza primitiva de los pieles rojas, ríos enormes sin explorar, el Potomac, potente, y el gigantesco Lago Erie, y en medio de ese mundo heroico y romántico, una raza nueva, fuerte, trabajadora y férrea, probada en la lucha, entregada a la idea de libertad, ejemplar en sus leyes, ilimitada en sus posibilidades! Allí sí que se puede aprender, allí se presiente un porvenir nuevo y mejor, mil veces más intenso que en nuestra Europa gastada. Allí se debería vivir, allí debería tener uno su campo de acción», exclama entusiasmado, y ningún cargo le parecía «mas lleno de atractivos que el de embajador en los Estados Unidos ... » Y de repente se interrumpe en su entusiasmo, aparentemente casual, y se dirige a Fouché: «¿No le agradaría, Duque de Otranto, un cargo así?» Fouché se pone pálido. Ha comprendido. Interiormente tiembla de ira por la habilidad y la astucia con que el viejo zorro le ha puesto en evidencia ante todo el mundo, ante toda la Corte, invitándole claramente a abandonar el sillón ministerial. No contesta. Pero al poco tiempo se despide. Va a casa y escribe su dimisión. Talleyrand sigue muy animado con sus amigos, y ya de regreso, en el camino, les confía, con sonrisa maligna: «Esta vez le he torcido el cuello definitivamente».

Para velar ante el público esta despedida brusca de Fouché se ofrece pro forma un pequeño puesto al antiguo ministro. Así no dice el Momiteur que ha sido privado el regicida José Fouché de su puesto de ministro de Policía, sino que Su Majestad el rey Luis XVIII se ha dignado nombrar a Su Excelencia el Duque de Otranto embajador en la Corte de Dresde. Naturalmente, se espera que rehuse este cargo insignificante, que no corresponde ni a su categoría ni a su posición ya histórica. Pero nada de eso. Con un mínimo de sentido común, debería comprender Fouché que para él, como regicida, no hay salvación posible al servicio de un reinado reaccionario, y que a los pocos meses le quitarían también ese miserable hueso de entre los dientes. Pero su hambre insaciable de Poder ha convertido a este lobo audaz en un perro cobarde. Así como Napoleón se agarro hasta el último momento no solamente a su posición, sino al mero nombre de su dignidad imperial, así, y con menos decoro, se cuelga Fouché del título insignificante de un Ministerio aparente. Tenaz como una sanguijuela se pega al Poder; y obedece -¡eterno criado, lleno de amargura!- también esta vez a su señor. «Sire, acepto con gratitud la Embajada que Vuestra Majestad se ha dignado ofrecerme», escribe humildemente este hombre de cincuenta y siete años que posee veinte millones, al hombre que hace seis meses volvió a ser Rey por la gracia de su ministro. Hace sus maletas y se traslada, con toda su familia, a la pequeña Corte de Dresde. Se instala espléndidamente, como si quisiera permanecer allí, como embajador del Rey, hasta el fin de su vida.

Pero pronto va a cumplirse lo que hace mucho tiempo temía. Casi durante veinticinco años ha luchado Fouché como un desesperado contra la vuelta de los Borbones. Certeramente le decía su instinto que al fin le pedirían cuentas por aquellas dos palabras: La mort, con las que empujó a Luis XVI a la guillotina. Pero insensatamente había esperado poder engañarlos deslizándose entre sus filas disfrazado de bravo servidor realista. Esta vez no engaño a nadie: se engañó a sí mismo. Apenas había mandado empapelar de nuevo su habitación de Dresde, apenas había instalado cama y mesa, cuando se desató la tormenta en el Parlamento francés. Nadie pronuncia ya el nombre del Duque de Otranto, todos han olvidado que un dignatario de este nombre llevo en triunfo a su rey Luis XVIII a París. Sólo se habla de un señor Fouché, «del regicida José Fouché», de Nantes, que condeno en 1792 al rey. Sólo se habla ya del mitrailleur de Lyon. Y con la mayoría inmensa de 334 votos contra 32, se excluye de toda amnistía al hombre «que levantó la mano contra el ungido del Señor», y se decreta, de por vida, su destierro de Francia. Naturalmente, supone éste también la destitución ignominiosa de su Embajada. Sin compasión, con desprecio, con escarnio, es puesto en la calle de un puntapié «el señor Fouché», que ya no es ni Excelencia, ni caballero de la Legión de Honor, ni senador, ni ministro, ni dignatario; y al mismo tiempo se indica oficialmente al Rey de Sajonia que no es deseable ya la estancia personal en Dresde del individuo Fouché. Quien envió a miles al destierro, sigue ahora, veinte años después, como el último sin patria, proscrito y ultrajado, a los compañeros de la Convención. Como es ahora impotente y esta desterrado, se echa sobre el caído el odio de todos los partidos con la misma unanimidad con que antaño lisonjeaban al poderoso sus simpatías. Ya no le valen ardides, ni protestas, ni juramentos; un poderoso sin Poder, un político liquidado, un intrigante gastado es siempre lo mas miserable del mundo. Tarde, pero con usura, paga Fouché su deuda, su pecado de no haber servido nunca a una idea, a un sentimiento moral de la Humanidad; su culpa de haber sido siempre esclavo del provecho deleznable del momento y del favor de los hombres.

¿Adónde dirigirse? El Duque de Otranto, desterrado de Francia, no se preocupa al principio. ¿No es el protegido del Zar, el confidente de Wellington, vencedor de Waterloo, el amigo del omnipotente ministro austriaco Metternich? ¿No le deben gratitud los Bernadottes, que él ayudó en su ascensión al trono de Suecia, y los príncipes bávaros? ¿No conoce desde largos años íntimamente a todos los diplomáticos? ¿No solicitaron todos los príncipes y reyes de Europa apasionadamente su favor? No necesita más -así cree el caído- que hacer una suave alusión y todos los países se disputarán el honor de poder albergar al Arístides expulsado. ¡Pero la Historia no actúa lo mismo con el caído que con el poderoso! De la Corte zarista no llega, a pesar de varias indicaciones, ninguna invitación; tampoco de Wellington; Bélgica rehusa, allí sobran los jacobinos; Baviera se inhibe con cautela, y hasta su antiguo amigo el príncipe Metternich demuestra una extraña frialdad: «Que en caso de quererlo y desearlo insistentemente -le dice -, podría trasladarse el Duque de Otranto a territorio austriaco, que estaba dispuesto magníficamente a no oponerse a sus deseos. Pero de ninguna manera podía ir a Viena; no, allí no se le podía tolerar, y tampoco podía entrar en Italia, menos aún que en parte alguna. Sólo en una pequeña capital de provincia bien alejada de Viena podría (contando con su buen comportamiento) fijar su estancia». Verdaderamente, no insiste mucho el antiguo buen amigo Metternich, y aunque ofrece el multimillonario Duque de Otranto emplear toda su fortuna en tierras o valores del Estado austriaco y promete hacer servir en el ejército imperial a su hijo, no sale de su actitud reservada el ministro austriaco. Cuando el Duque de Otranto anuncia una visita a Viena, rehusa con amabilidad; no, que se traslade con todo silencio, como un particular cualquiera, a Praga.

Así se escabulle de Dresde sin verdadera invitación, sin honores, sólo tolerado, no deseado, José Fouché, camino de Praga, para fijar allí su residencia. Su cuarto destierro, el último y más cruel, ha comenzado.

Tampoco en Praga están muy encantados con huésped de tanta alcurnia, aunque ya bastante descendido de su antigua altura. Sobre todo, la rancia aristocracia vuelve la espalda al intruso indeseado, pues los nobles bohemios siguen leyendo periódicos franceses, y estos llegan repletos de los ataques más vengativos y rabiosos contra el «señor» Fouché. Describen muy detenidamente como saqueó este jacobino en 1793 las iglesias de Lyon y cómo vació las cajas de Nevers. Todos los pequeños escribientes que temblaron alguna vez ante el puño duro del ministro de Policía y que se veían obligados a contener su ira, la escupen ahora con saña sobre el indefenso. Con velocidad vertiginosa se vuelven las tornas. Quien vigiló una vez a medio mundo, es vigilado ahora por los demás. Todos los métodos policíacos que creó su genio de inventor los emplean ahora sus discípulos y sus antiguos subalternos contra el propio maestro. Todas las cartas que recibe o manda el Duque de Otranto pasan por el gabinete negro y son abiertas y copiadas. Agentes de Policía atisban e informan sobre sus conversaciones, espían sus relaciones, vigilan cada uno de sus pasos. En todas partes se siente cercado, atisbado, espiado. Su propia sabiduría, su propia arte es probada con la habilidad mas cruel en el más hábil de los hábiles. En vano busca un remedio contra estas humillaciones. Le escribe al rey Luis XVIII, pero éste no contesta al destituido, como hizo Fouché con Napoleón al día siguiente de su destronamiento. Escribe al príncipe Metternich, que, en el mejor de los casos, le manda contestar por un subalterno con un «no» o un «sí» bruscos. Que se aguante con la paliza que todo el mundo le desea; que acabe, por fin, de inquietar y de intrigar. El que todos estimaron únicamente por miedo, es despreciado por todos desde que no le temen. El más grande de los jugadores políticos lo ha jugado ya todo y lo ha perdido.

Durante veinticinco años jugó con el Destino este espíritu escurridizo, escapándose mil veces de su garra amenazante; ahora que esta caído definitivamente, es el Destino quien juega con él, golpeándole cruel e inclemente. En Praga tiene que sufrir su Canosa más lamentable como hombre particular, después de haberla sufrido como político. Ningún novelista podría inventar un símbolo más ingenioso para su humillación moral que el pequeño episodio que se desarrollo allí en 1817, pues a lo trágico se une ahora la caricatura más terrible de toda desgracia: la ridiculez. No sólo el hombre político es humillado, sino también el esposo. Se puede suponer, sin temor a errar, que no fue el amor lo que ligó a la aristócrata bellísima, de veintiséis años, con este viudo de cincuenta y seis, de rostro pálido y flaco como el de un muerto. Pero este pretendiente poco atractivo era en 1815 el segundo capitalista de Francia, multimillonario, Excelencia, Duque y ministro respetado de su cristianísima Majestad, y todo esto ofrecía a la condesa de provincia, venida a menos, la esperanza de poder brillar como una de las mujeres más distinguidas de Francia en todas las fiestas de la Corte y en el Faubourg Saint -Germain. Efectivamente, los primeros indicios parecían cumplir sus deseos: Su Majestad se dignó firmar en persona su acta de desposorio; la Corte y la nobleza se apresuraron a felicitarla; un palacio magnífico en París, dos fincas y un castillo en la Provenza se disputaron el honor de albergar como dueña a la Duquesa de Otranto. Por tales lujos y honores y por veinte millones es capaz una mujer ambiciosa de soportar un esposo frío, calvo, amarillo como el pergamino, de cincuenta y seis años. Pero la condesa vendió precipitadamente su alegre juventud por el oro del diablo, pues apenas pasada la luna de miel se encuentra con que no es la esposa de un respetable ministro de Estado, sino la mujer del hombre más despreciado y odiado de Francia, del expulsado, del desterrado, de un señor Fouché desdeñado por todo el mundo. El Duque, con todas sus riquezas, se ha eclipsado... y queda un anciano gastado, amargado y bilioso. Así no sorprende en Praga que se inicie entre esta mujer de veintiséis años y el joven Thibaudeau, hijo de un republicano igualmente desterrado, una amitié amoureuse, de la que no se sabe con certeza hasta qué punto fue amitié y hasta qué punto amoureuse. Pero con este motivo se desarrollan escenas muy tormentosas. Fouché prohíbe al joven Tlhibaudeau la entrada en su casa, y desgraciadamente no queda en secreto esta discordia matrimonial. Los periódicos realistas, que acechan toda ocasión de hostigar al hombre ante quien temblaron tantos años, publican noticias mordaces sobre sus desengaños familiares y propagan, para regocijo de los lectores, la mentira burda de que la joven Duquesa de Otranto había abandonado al viejo cornudo huyendo de Praga con su amante. Pronto advierte el Duque de Otranto, cuando va a alguna reunión de Praga, que las señoras reprimen a duras penas una leve sonrisa y que comparan, con miradas irónicas, la prestancia y la esbelta juventud de su mujer con su propia figura, tan poco seductora. Ahora siente el viejo murmurador, el eterno cazador de rumores y escándalos, en la propia carne, qué poco agradable es ser víctima de una calumnia maligna, y ve que sólo es posible luchar contra tales injurias huyendo de ellas. En la desgracia ve toda la profundidad de su caída, y su destierro en Praga se convierte en un infierno. De nuevo se dirige al príncipe Metternich para que le sea concedido el permiso de dejar la ciudad insoportable y poder elegir otra dentro de Austria. Se le hace esperar. Por fin le permite Metternich, magnánimo, trasladarse a Linz, donde se retira, entre el odio y la burla de las gentes que antaño tenía a sus pies, desilusionado, cansado, humillado.

Linz... En Austria siempre se sonríe al pronunciar este nombre, pues se piensa instintivamente en su consonancia con Provinz (provincia). Provincianos de la pequeña burguesía y de origen campesino, barqueros, artesanos, casi siempre gente pobre, y sólo unas cuantas casas de rancia nobleza austriaca. No encuentra allí una tradición grande y gloriosa como en Praga.

No hay ópera, ni biblioteca, ni teatro, ni brillantes bailes aristocráticos, ni fiestas... Una verdadera y auténtica ciudad provinciana, somnolienta, un asilo de veteranos. Allí se instala el anciano con las dos mujeres jóvenes, de casi igual edad, una su esposa y la otra su hija. Alquila una casa magnífica, la manda decorar elegantemente, para mayor alegría de los comerciantes de Linz, que no estaban acostumbrados a tener clientes millonarios. Algunas familias se apresuran a relacionarse con el extranjero interesante y distinguido gracias a su dinero; pero la nobleza manifiesta ostensiblemente su preferencia por la nacida condesa Castellane, desdeñando al hijo del mercader burgués, a ese «señor» Fouché a quien Napoleón (también un aventurero a sus ojos) puso la capa de Duque sobre los flacos hombros. Los funcionarios tienen orden secreta de Viena de tratarse lo menos posible con él. Así vive, quien antaño era tan apasionadamente activo, en completo aislamiento, casi rehusado por los demás. Un contemporáneo narra en sus Memorias muy plásticamente su situación en un baile: «Llamaba la atención como festejaban a la Duquesa y desatendían a Fouché. Era él de estatura mediana, fuerte sin ser grueso y de rostro feo. En los bailes se presentaba siempre de frac azul con botones de oro, pantalón blanco y medias blancas. Llevaba la gran Cruz austriaca de Leopoldo. Generalmente permanecía solo cerca de la chimenea, contemplando el baile. Observando a quien fue ministro omnipotente del Imperio francés, viendo lo triste y solo que estaba allí, advirtiendo como se alegraba si cualquier empleado iniciaba una conversación con él o le proponía una partida de ajedrez, tenía que pensar, instintivamente, en la veleidad de todo Poder y de toda grandeza terrenales».

Un sólo sentimiento sostiene, hasta el último instante, a este hombre espiritualmente apasionado: la esperanza de recobrarse y ascender una última vez en la carrera política. Cansado, gastado, un poco torpe y hasta algo obeso, no se puede separar de la idea de que por fuerza tendrían que volver a llamarle a un cargo en que tantos méritos hizo; que otra vez el destino le sacaría de la oscuridad y le volvería a mezclar en el divino juego universal de la Historia y la política. Sin cesar se escribe secretamente con sus amigos en Francia: la vieja araña sigue tejiendo sus redes ocultas; pero allí quedan, inútiles e ignoradas, en el rincón de Linz. Publica con nombre falso las «Observaciones de un contemporáneo sobre el Duque de Otranto», un himno anónimo, que pinta en colores vivos, casi líricos, sus talentos y su carácter. Al mismo tiempo divulga en sus cartas particulares, para amedrentar a sus enemigos, que el Duque de Otranto trabaja en sus Memorias, y hasta que aparecerían pronto en la casa Brockhaus y que las dedicaría al rey Luis XVIII. Con esto quiere hacer recordar a los demasiado audaces que el antiguo ministro de Policía, Fouché, conservaba aún unas cuantas flechas en el carcaj, flechas envenenadas, mortíferas. Pero, cosa extraña, nadie le teme ya, nada le libra de Linz, nadie piensa en llamarle, nadie quiere su consejo, su ayuda. Y cuando se discute en la Cámara francesa, por otro motivo, la cuestión de la repatriación de los desterrados, le recuerdan sin odio y sin interés. Los tres años que han transcurrido desde que abandonó la escena mundial han bastado para hacer olvidar al gran actor que brillaba en todos los papeles. El silencio se aboveda sobre él, como un catafalco de cristal. Ya no existe para el mundo un Duque de Otranto, sólo existe un anciano que se pasea por las calles aburridas de Linz, cansado, irritado, solitario. De vez en cuando se quita el sombrero ante él, achacoso y doblegado, algún comerciante. Por lo demás, ya no le conoce nadie en el mundo y nadie piensa en él. La Historia, ese abogado de la Eternidad, ha tomado la venganza más cruel en el hombre que sólo pensó siempre en el momento presente y fugitivo: le ha enterrado en vida.

Tan olvidado está el Duque de Otranto, que nadie se da cuenta, excepto algunos policías austriacos, cuando por fin Metternich, en el año 1819, le permite trasladarse a Trieste, y esto únicamente porque sabe de fuente segura que esta pequeña merced se la concede a un moribundo. La inactividad ha cansado y perjudicado más a este hombre inquieto, a este trabajador fanático, que treinta años de actividad febril. Sus pulmones empiezan a funcionar mal, no pueden soportar la rudeza del clima; y Metternich le concede un sitio más soleado para morir: Trieste. Allí se ve, a veces, un hombre rendido ir a misa con pasos inseguros y arrodillarse ante los bancos con las manos juntas. Este resto de hombre es José Fouché. El que un cuarto de siglo antes destrozaba con su propia mano los crucifijos en los altares, se arrodilla ahora, humillada la cabeza blanca, ante los «emblemas ridículos de la superstición»... Quizá se apoderó de él en esos momentos la nostalgia de los claustros silenciosos de los antiguos conventos.

Algo se ha transformado en él por completo: el viejo ambicioso y luchador quiere paz con todos sus enemigos. Las hermanas y los hermanos de su gran adversario Napoleón -también ellos humillados y olvidados por el mundo- vienen a visitarle, charlan con él, en confianza, de los tiempos pasados, y se admiran de cómo el cansancio le ha vuelto verdaderamente apacible. Nada en esta pobre sombra recuerda ya al hombre temido y peligroso que perturbó al mundo durante dos decenios y que obligó a doblegarse ante él a los hombres más poderosos de su época; sólo quiere paz y un buen morir. Y efectivamente: en sus últimas horas hace las paces con su Dios y con los hombres. Paz con Dios: el viejo ateo, el rebelde, el perseguidor del cristianismo, el destructor de altares, el iconoclasta, hace llamar en los últimos días de diciembre a uno de esos «embusteros infames» (como él los llamaba en el mayo florido de su jacobinismo), a un sacerdote, y recibe, las manos devotamente cruzadas, los Santos Sacramentos. Y paz con los hombres: pocos días antes de morir ordena a su hijo abrir su escritorio y sacar los papeles. Se enciende una gran hoguera; cientos, miles de cartas son arrojadas al fuego; probablemente también las Memorias temidas, ante las que temblaron tantas personas. ¿Fué una debilidad del moribundo o una última bondad; fue temor ante la posteridad o fría indiferencia? En todo caso, destruyó en su lecho de muerte todo lo que pudiera haber comprometido a otros, cuando podía ser arma de venganza contra sus enemigos. Y fue esto en un arranque de benevolencia nueva y casi religiosa, buscando por primera vez, cansado de los hombres y de la vida, en lugar de gloria y poder, otra dicha: olvido.

El 26 de diciembre de 1820 termina esta vida extraña y multiforme en la meridional ribera triestina, esta vida que comenzó en un puerto de mar septentrional de Francia. Y el 28 de diciembre llevan al último reposo los restos mortales del eterno inquieto, del proscrito. La noticia de la muerte del famoso Duque de Otranto no despierta, de momento, gran curiosidad en el mundo, únicamente un humo delgado y pálido de recuerdo se levanta fugazmente de su nombre extinguido y se deshace, casi sin dejar rastro, en el cielo apacible del tiempo.

Pero cuatro años más tarde surge una nueva inquietud. Se divulga el rumor de que están a punto de aparecer las Memorias del hombre temido; y a más de uno de los poderosos, de los ambiciosos que golpearon con excesiva temeridad al caído, acomete un extraño temblor: ¿Volverá a hablar verdaderamente desde la tumba esta boca peligrosa? ¿Saldrán, por fin, a la luz del día los documentos escamoteados de los cajones de la policía, las cartas demasiado íntimas y las pruebas comprometedoras, para asestar un golpe asesino a ciertos prestigios? Pero Fouché permanece fiel a sí mismo mas allá de la muerte.

Las Memorias, que publica en París en 1824 un librero hábil, son tan dudosas como él mismo. Ni desde la tumba delata el tenaz silencioso toda la verdad. A la tierra fría se lleva, celoso, sus secretos, para subsistir él mismo como un secreto, todo crepúsculo y tinieblas, figura siempre hermética, impenetrable. Pero precisamente por eso seduce e incita al juego inquisitivo, que él mismo ejercía tan magistralmente, a intentar descubrir, en la huella fugaz, todo el rumbo laberíntico de su vida y adivinar en su destino, lleno de vicisitudes, la estirpe espiritual de quien fue el mas excepcional de los hombres políticos.

FIN