OBRAS ESCOGIDAS

ENSAYOS

STEFAN ZWEIG

(1981-1942)

Stefan Zweig representa uno de los intelectuales más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX. Esta selección de obras, ofrece la visión de este genial autor de la Civilización Occidental en la turbulenta época que le tocó vivir.


 ÍNDICE

BRASIL PAÍS DEL FUTURO

PREFACIO

TABLA CRONOLÓGICA

BRASIL

HISTORIA

ECONOMÍA

POBLACIÓN

RÍO DE JANEIRO

LA ENTRADA

LA CIUDAD

EL RÍO DE JANEIRO ANTIGUO

PASEO POR LA CIUDAD

LAS CALLEJUELAS

EL ARTE DE LOS CONTRASTES

UNAS CUANTAS COSAS QUE TAL VEZ MAÑANA YA HABRÁN DESAPARECIDO

JARDINES, CERROS E ISLAS

VERANO EN RÍO

DESPEDIDA

SÃO PAULO

VISITA AL CAFÉ

VISITA A LAS DESAPARECIDAS CIUDADES DEL ORO

VOLANDO SOBRE EL NORTE BAHÍA: FIDELIDAD A LA TRADICIÓN

BAHÍA: IGLESIAS Y FIESTAS

VISITA AL AZÚCAR, AL TABACO Y AL CACAO

RECIFE

EN AVIÓN HACIA EL AMAZONAS

 

EL MUNDO DE AYER, / MEMORIAS DE UN EUROPEO

I. PREFACIO

II. LA ESCUELA DEL SIGLO PASADO

III. «EROS MATUTINOS»

IV. «UNIVERSITAS VITAE»

V. PARÍS, LA CIUDAD DE LA ETERNA JUVENTUD

VI. RODEOS EN EL CAMINO HACIA MÍ MISMO

VII. MÁS ALLÁ DE EUROPA

VIII. LUCES Y SOMBRAS SOBRE EUROPA

IX. LAS PRIMERAS HORAS DE LA GUERRA DE

X. LA LUCHA POR LA FRATERNIDAD ESPIRITUAL

XI. EN EL CORAZÓN DE EUROPA

XII. RETORNO A AUSTRIA

XIII. REGRESO AL MUNDO

XIV. OCASO

XV. «INCIPIT» HITLER

XVI. LA AGONÍA DE LA PAZ

 

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD 

LA CABEZA SOBRE LA TRIBUNA / MUERTE DE CICERÓN

LA CONQUISTA DE BIZANCIO

RECONOCIMIENTO DEL PELIGRO

LA MISA DE LA RECONCILIACIÓN

COMIENZA LA GUERRA

LAS MURALLAS Y LOS CAÑONES

UNA ESPERANZA MÁS

UNA FLOTA VIAJA SOBRE LA MONTAÑA

¡SOCORRO, EUROPA!

LA VÍSPERA DEL ASALTO

LA ULTIMA MISA EN HAGIA SOPHIA

KERKAPORTA, LA PUERTA OLVIDADA

LA CRUZ SE CAE

FUGA A LA INMORTALIDAD / NUÑEZ DE BALBOA

ARMAN UN BUQUE

EL HOMBRE EN EL ARCA

CARRERA PELIGROSA

FUGA A LA INMORTALIDAD

MOMENTO IMPERECEDERO

ORO Y PERLAS

POCAS VECES LOS DIOSES...

LA CAÍDA

EL GENIO DE UNA NOCHE / ROUGET / LA MARSELLESA

LA PRIMERA PALABRA A TRAVÉS DEL OCÉANO / CYRUS W. FIELD

EL RITMO NUEVO

LOS PREPARATIVOS

LA PRIMERA PARTIDA

REYES

OTRO REVÉS

EL TERCER VIAJE

EL GRAN HOSANNA

EL GRAN DESENCANTO

SEIS AÑOS DE SILENCIO

EL TREN PRECINTADO / LENIN

EL HOMBRE QUE SE ALOJABA EN CASA DEL ZAPATERO REMENDÓN

REALIZACIÓN...

...Y DESILUSIÓN

¿A TRAVÉS DE ALEMANIA? ¿SI O NO?

EL PACTO

EL TREN PRECINTADO

EL PROYECTIL PEGA EN EL BLANCO

EL FRACASO DE WILSON

LA HAZAÑA DEL POLO SUR

A) LA CONQUISTA DE LA TIERRA

B) UNIVERSIDAD ANTÁRTICA

C) ¡HACIA EL POLO!

D) EL POLO SUR

E) EL DE ENERO

F) EL DESASTRE FINAL

G) LAS CARTAS PÓSTUMAS DE UN MORIBUNDO

H) LA RESPUESTA

 


 

 BRASIL PAÍS DEL FUTURO

STEFAN ZWEIG

 

 

PREFACIO

En tiempos pasados, los escritores, al dar un libro a publicidad, solían adelantar un breve preámbulo en el que comunicaban honradamente por qué motivos, desde qué puntos de vista y con qué propósitos habían escrito su obra. Fue ésta una costumbre buena. Porque mediante la franqueza, y la alocución directa establecía una inteligencia cabal entre el autor y aquellos para quienes la obra era escrita. Y del mismo modo, yo también quisiera decir, con toda rectitud, lo que me impulsó a dedicarme a un tema aparentemente muy ajeno a mi habitual esfera de trabajo.

Cuando en el año 1936 debía dirigirme a la Argentina para tomar parte en el Congreso de los Pen Clubes en Buenos Aires, agregóse a ello la invitación de hacer simultáneamente una visita al Brasil. Mis esperanzas no eran mayormente nutridas.

Tenía yo la presuntuosa idea media del europeo o norteamericano respecto al Brasil, que ahora me esfuerzo por reconstruir: cualquiera de las repúblicas sudamericanas, que no se distinguen claramente una de otra, con un clima cálido y malsano, condiciones políticas revueltas y finanzas disolutas, negligentemente administrada, y sólo medianamente civilizada en las ciudades costeras, pero de muy hermoso paisaje y grandes posibilidades inexplotadas; un país, pues, a propósito para emigrantes desesperados o colonos, pero de ningún modo un país del que pudiera esperarse un aliciente intelectual. Dedicarle unos diez días me parecía lo suficiente para una persona que no era, por profesión, geógrafo, coleccionista de mariposas, cazador, deportista ni comerciante.

Ocho días, o cuanto mucho diez, y luego volver prontamente, pensaba, y no me avergüenzo de registrar tan necia posición.

La considero hasta importante, pues es, aproximadamente, la misma que aun hoy se adopta por lo común en nuestros círculos europeos y norteamericanos. El Brasil es hoy, en el sentido cultural, tan terra incognita todavía, como lo fue en el sentido geográfico, para los primeros navegantes.

Me sorprenden de continuo los conceptos confusos e insuficientes que aun hombres cultos y de inquietudes políticas manifiestan con respecto a ese país, que, sin embargo, está destinado a convertirse en uno de los factores más importantes del futuro desenvolvimiento de nuestro mundo.

Cuando, v. g., un comerciante de Boston habló harto despectivamente, a bordo, de los pequeños Estados sudamericanos y yo traté de hacerle presente que el Brasil sólo abarca un territorio mayor que el de los Estados Unidos, creía que yo estaba haciendo una broma y sólo quiso convencerse luego de haber echado una mirada al mapamundi. En la novela de un autor inglés muy renombrado, para citar otro ejemplo, descubrí el divertido detalle de que envía a su protagonista a Río de. Janeiro para que allí aprenda el español. Pero ese autor no es más que uno entre una infinidad de hombres que ignoran que en el Brasil se habla el portugués. Sin embargo, no me cuadra, según tengo dicho, reprochar orgullosamente a otros sus conocimientos escasos; yo mismo, al salir por primera vez de Europa, no sabía nada, o por lo menos nada digno de fe, en cuanto al Brasil.

Prodújome, entonces, el arribo a Río, una de las impresiones más grandiosas que recibí en todos los días de mi vida. Estaba fascinado y al mismo tiempo conmovido, pues no sólo se me presentó en ese instante uno de los paisajes más hermosos del mundo, esa combinación sin par de mar y montaña, ciudad y naturaleza tropical, sino. también una suerte completamente nueva de civilización. Contra toda mi previsión, me hallé ante un cuadro absolutamente singular, de una arquitectura y disposición urbana limpias y ordenadas, ante un atrevimiento y una magnificencia en todas las rosas nuevas y, a la vez, una cultura antigua conservada con particular eficacia, gracias a la distancia. Había ahí color y movimiento, el ojo., excitado no se cansaba de mirar, y dondequiera que se dirigía, se regocijaba. Me hundí en una embriaguez de belleza y felicidad que agitó los sentidos, tendió los nervios, alivió el corazón, activó el espíritu, y por mucho que veía, nunca era suficiente. En los últimos días viajé al interior o, mejor dicho, creía viajar al interior. Viajé doce, catorce horas hasta Sao Paulo, hasta Campiñas, creyendo acercarme más así al corazón de ese país. Pero cuando, de regreso, consulté el mapa, descubrí que con esas doce o catorce horas de viaje en ferrocarril apenas había penetrado la piel; por primera vez empecé a barruntar la grandeza inimaginable de ese país, que, en verdad, ya no debería llamarse país sino más bien continente, un mundo con cabida para trescientos, cuatrocientos, quinientos millones de hombres y una riqueza inconmensurable, explotada en menos de su milésima parte, bajo una tierra exuberante y virgen. Un país que pese a toda la actividad diligente, constructiva, creadora y organizadora, que pese a su desenvolvimiento rápido sólo se halla en el comienzo del mismo. Un país cuya importancia para las generaciones venideras no pueden prever ni aun las combinaciones más atrevidas. Y con asombrosa rapidez se esfumó la arrogancia europea que había, traído conmigo, harto inútilmente. Sabía que acababa de echar un vistazo sobre el porvenir de nuestro mundo.

Y cuando el barco se alejó -en una noche estrellada en que, no obstante, aquella ciudad singular brillaba con sus teorías de perlas de luz eléctrica más bella y mágicamente que.

las chispas del firmamento -, yo tenía la certidumbre de que no había visto por última, vez a esa ciudad, a ese país, y supe con toda claridad que en realidad no había visto nada, o, de todos modos, no había visto bastante. Me propuse volver al año siguiente, ya mejor preparado y dispuesto a permanecer más tiempo para experimentar una vez más, y más intensamente, esa sensación de vivir entre lo naciente, lo venidero, lo futuro, y para gozar más conscientemente la seguridad de la paz, la grata atmósfera hospitalaria. Pero no me fue posible dar cumplimiento a mi promesa. Al año siguiente, había guerra en España y la gente se decía: espera una época más tranquila.

En 1938 sucumbió Austria y nuevamente aguardóse un momento de mayor calma. Luego, en 1939, fue Checoslovaquia, después la guerra en Polonia y más tarde la guerra de todos contra todos en nuestra Europa. suicida. Fue cada vez más apasionado mi anhelo de huir por un tiempo de un mundo que se desgarra a otro que construye pacífica y productivamente; y por fin llegué otra vez a ese país, mejor y más a conciencia preparado para tratar de ofrecer un modesto cuadro del mismo.

Sé que este cuadro no. es completo y que no puede serlo.

Es imposible conocer acabadamente el Brasil, un mundo tan dilatado. Viví aproximadamente medio año en, este país y sólo ahora me consta cuánto me falta, a pesar de todo el afán de aprender y de todos los viajes, para tener una visión completa de ese país enorme, y que una existencia entera apenas bastaría para que uno pudiera decir: conozco el Brasil. En primer lugar, no he visto en absoluto una serie de provincias, cada una de las cuales tiene la extensión de Francia o Alemania, y aun más, no he recorrido tampoco las regiones de Matto Grosso, Goyaz, ni la selva regada por el Amazonas, que ni aun las expediciones científicas han penetrado completamente.

No estoy familiarizado, pues, con la vida primitiva de esos núcleos de viviendas diseminadas por espacios dilatadísimos, ni puedo, por lo tanto, presentar un cuadro de la existencia de todas estas clases sociales apenas alcanzadas por la cultura: la vida de los barqueiros, que navegan sobre los ríos, la de los caboclos de la región amazónica, la de los buscadores de diamantes, los garimpeiros, la de los vaqueiros y gauchos, ni la de los trabajadores de las plantaciones de caucho en la selva virgen, los seringueiros, ni la de los baranqueiros de Minas Geraes. No visité las colonias alemanas de Santa Catalina, donde, según se dice, en las casas viejas cuelga aún el retrato del emperador Guillermo, y en las nuevas, el de Hitler, ni las colonias japonesas del interior de Sao Paulo, y no. puedo informar a nadie a ciencia cierta si algunas tribus indias de las selvas impenetrables se dedican todavía, realmente, al canibalismo.

En cuanto a los paisajes dignos de admirarse, también conozco. muchos de los más notables sólo a través de fotografías y libros. No hice el recorrido de veinte días a lo largo de la selva verde y, dentro de su monotonía magnífica, del Amazonas; no llegué hasta las fronteras del Perú, y Bolivia, y debido a las dificultades con que tropieza la navegación durante la temporada desfavorable, he tenido que renunciar también a la oportunidad de hacer los doce días de viaje hasta el río San Francisco, el río interior más importante del Brasil y tan significativo para su historia. No ascendí al Itaiata, el pico de tres mil metros de altura, desde cuya cima la vista abarca la altiplanicie br4asileña hasta muy adentro de Minas Geraes y hasta Río de Janeiro. No vi la maravilla mundial del Iguazú, que en cataratas espumantes precipita las masas más enormes de agua y cuya grandiosidad, al decir de los visitantes, supera aún la del Niágara. No penetré con hacha y machete en la espesura sorda y abigarrada de la selva virgen. Pese a todos los viajes, a todo mirar, aprender, leer y buscar, no me he salido gran cosa del borde de la civilización en el Brasil, y debo conformarme pensando, que apenas si he encontrado dos o tres brasileños habilitados para afirmar que conocen la profundidad interior y casi impenetrable de su propio país, y que el ferrocarril, el buque a vapor y el automóvil tampoco me habrían conducido mucho más lejos y que ellos también son impotentes frente a la extensión fantástica .de ese país.

Debo privarme, además, honradamente, de ofrecer conclusiones, predicciones y profecías en cuanto al porvenir económico, financiero y político del Brasil. Desde los puntos de vista económico, sociológico y cultural, los problemas del Brasil son tan nuevos, tan peculiares y, debido a su extensión, tan difíciles de abarcar, que cada uno de ellos requeriría para su estudio concienzudo toda una falange de especialistas.

Una visión completa es imposible en un país que no acaba aún de tener una visión de su conjunto y que, además, se halla en un crecimiento tan impetuoso que todo informe y toda estadística resultan superados por los hechos, aun antes de que el informe esté terminado de redactar y haya pasado por la imprenta. Por eso entresacaré de la abundancia de aspectos un problema solo para convertirlo en espina dorsal de este trabajo, aquel problema que conceptúo el de más actualidad y el que tanto en la esfera espiritual como en la moral confiere al Brasil, actualmente, un rango particular entre todas las naciones de la Tierra.

Este problema central, que se impone a cada generación y por consiguiente también a la nuestra, constituye la réplica a la pregunta más simple y, sin embargo, más necesaria: ¿Cómo puede conseguirse en nuestro mundo una convivencia pacífica de los hombres a pesar de las más decididas diferencias de raza, clase, color, religión y convicciones? Es el problema que se presenta perentoriamente, una y otra vez, a cada Estado.

A ningún país se planteó, por una constelación particularmente complicada, de un modo más peligroso que al Brasil, y ninguno lo ha resuelto tan feliz y ejemplarmente como el Brasil. Atestiguarlo, agradecido, es el objeto de este libro.

Lo ha resuelto de un modo que, a mi juicio personal, reclama, no sólo la atención, sino también la admiración del mundo.

De acuerdo con su estructuración etnológica, y en el supuesto de que hubiera recogido la ilusión europea nacionalista y de raza, el Brasil tendría que ser el país más desgarrado, más intranquilo y menos pacífico del mundo. A simple vista se reconocen todavía, en la calle y en los mercados, las razas más distintas que constituyen la población. Hay los descendientes de los portugueses que conquistaron y colonizaron el país, la población aborigen india, que habita el interior desde tiempos inmemoriales, los millones de negros que en los tiempos de la esclavitud fueron traídos de África, y junto a todos ellos los millones de italianos, alemanes y hasta japoneses que llegaron al país como colonos; de acuerdo con la posición europea, habría que suponer que esos grupos se enfrentan mutuamente de un modo adverso, los primer venidos contra los recién venidos, los blancos contra los negros, americanos contra europeos, morenos contra amarillos; habría que suponer que mayorías y minorías se hallasen en lucha por sus derechos y privilegios. Y asombradísimo, se observa que todas estas razas, visiblemente diferenciadas por el mero color ya, viven en la más acabada armonía y que, a pesar de su origen individual, sólo compiten en la ambición de despojarse de las peculiaridades primitivas para convertirse cuanto antes y todo lo más perfectamente posible en brasileños, en una nueva y uniforme nación. El Brasil - y la significación de este experimento magnífico me parece ejemplar - llevó el problema racial, que trastorna nuestro mundo europeo, del modo más simple ad absurdum: ignorando sencillamente su pretendida validez. Mientras en nuestro mundo viejo predomina más que nunca la idea absurda de querer criar hombres «racialmente puros», como caballos de carrera y perros, la nación brasileña descansa desde hace siglos exclusivamente sobre el principio de la mezcla libre y sin trabas, de la igualdad absoluta de negros y blancos, morenos y amarillos. Lo que en otros países sólo establecido teóricamente en papel y pergamino, la absoluta igualdad civil, tanto en la vida privada como en la vida pública, surte aquí efectos visibles en el espacio real, en la escuela, en los cargos públicos, en las iglesias, en las profesiones, en el ejército, en las universidades, en las cátedras; es cosa encantadora ver los niños que conjugan todos los matices del color de la piel humana -chocolate, leche y café- salir de las escuelas tomados del brazo, y esa trabazón tanto física como espiritual, alcanza hasta las capas supremas, las academias y los puestos gubernamentales.

No existen límites de color, divisiones, ni estratificaciones orgullosas, y nada es más característico para la naturalidad de esa nivelación que la ausencia de toda palabra despectiva en el lenguaje. Mientras, entre nosotros, de nación en nación, se inventó una palabra mortificante o burlona para las demás, el Katzelinacher o el boche, el vocabulario brasileño carece absolutamente del correspondiente término denigrante para el nigger o el criollo, pues ¿quién pudiera, quién quisiera enorgullecerse aquí de absoluta pureza racial? Aunque sea exagerada la afirmación irritada de Gobineau, en el sentido de que en todo el Brasil había encontrado una única persona de raza pura, el emperador don Pedro, forzoso es decir que, salvo los recién inmigrados, el brasileño de ley tiene la certeza de que en sus venas corren cuando gotas de sangre nacional. Pero ¡Milagro sobre milagro!: no se avergüenza de ello. El principio pretendidamente destructivo de la mezcla, ese horror, ese «pecado contra la sangre» de nuestros teóricos maniáticos de la raza, constituye aquí un aglutinante conscientemente utilizado de una cultura nacional.

Sobre este fundamento se viene levantando desde hace cuatro siglos una nación, y -¡portento!- la permanente interfusión y la adaptación recíproca bajo un mismo clima e idénticas condiciones de vida produjo. un tipo absolutamente individual, que no tiene ninguna de las condiciones «disolventes » proclamadas por los fanáticos de la raza. Rara vez se encontrarán, en parte, alguna del mundo, mujeres más bonitas y niños más hermosos que entre los mestizos, delicados de talla, suaves de comportamiento; regocijado, obsérvase en los rostros semioscuros de los estudiantes la inteligencia hermanada con una serena modestia y cortesía. Cierta dulzura, una moderada melancolía va estableciendo un contraste nuevo y muy personal con el tipo más rudo y activo del norteamericano.

Lo que se «pervierte» en esa mezcla son únicamente los contrastes vehementes y, por lo mismo, peligrosos. Esa disolución sistemática de los grupos nacionales o raciales cerrados, y cerrados sobre todo en formación de lucha, facilitó enormemente la creación, de una conciencia nacional y es asombroso cuán absolutamente la segunda generación se siente ya nada más que brasileña. Son siempre los hechos que con su innegable fuerza evidente desmienten las teorías de papel de los dogmáticos. Por eso, el experimento brasileño con su negación absoluta y consciente de todas las diferencias de color y de raza significa acaso, con su éxito visible, el aporte más importante a la liquidación de una ilusión que trajo a nuestro mundo más desazón y desgracia que cualquiera otra.

Y ahora se sabe también por qué se siente tal alivio del alma en cuanto se pisa esta tierra. Primero se cree que ese efecto. de alivio y apaciguamiento no constituye más que un goce para la vista, una bienaventurada asimilación de la sin par belleza que atrae al recién llegado, por así decirlo, con suaves brazos abiertos. Pero no se tarda en reconocer que esa disposición armoniosa de la naturaleza ha pasado aquí a la actitud frente a la vida de una nación entera. La total ausencia de cualquier suerte de odiosidad en la vida pública, lo mismo que en la privada, se le ofrece al que acaba de sustraerse a la irritación demente de Europa, primero como cosa inverosímil, y luego como beneficio inmenso. La terrible tensión que sacude nuestros nervios desde hace dos lustros ya , está aquí eliminada casi por completo; todos los contrastes, aun aquellos de índole social, tienen aquí mucho menos rigor y, sobre todo, carecen de puntos envenenados. Aquí, la política con todas sus perfidias, no es aún punto. de partida de la vida privada ni centro de todo el pensar y sentir. La primera sorpresa, que luego se renueva diariamente de un modo bienhechor, la que se recibe apenas se pisa. esta tierra, consiste en la forma amable y falta de fanatismo en que los hombres conviven dentro de este espacio enorme. Se respira involuntariamente aliviado por haberse evadido del aire viciado del odio de razas y clases, en esta atmósfera más quieta y más humana. Hay aquí, sin duda, una mayor lasitud en la actitud vital. Bajo el efecto insensiblemente relajador del clima, los hombres desarrollan menos empuje, menos vehemencia, menos dinamismo, vale decir, menos de aquellas condiciones que hoy en día una sobreestimación trágica pondera como los valores morales de un pueblo; pero los que hemos experimentado en nuestra propia suerte las consecuencias nefastas de esas sobreexcitaciones psíquicas, de esa avidez y ese afán de poder, disfrutamos de esa forma más placentera y sosegada de la vida como de un beneficio y de una dicha. Nada me es más ajeno que querer despertar el concepto engañoso de que, en el Brasil hoy todo hubiera alcanzado ya un estado ideal. Muchas cosas sólo se hallan en sus principios o en transición. El nivel de vida de una gran parte de la población, permanece todavía sensiblemente debajo del nuestro. La tarea industrial y técnica de ese pueblo de cincuenta millones de individuos sólo puede compararse, todavía, con aquella que cumple uno de los Estados menores de Europa. Aun el mecanismo administrativo no funciona a la perfección y, a menudo, se traba y se interrumpe. Viajando unos pocos centenares de millas al interior, se retrocede todavía hacia el primitivismo y hacia un siglo atrás. El que llega por primera vez al país, tendrá que adaptarse, en la vida cotidiana, a pequeñas faltas de puntualidad e inexactitudes, a cierta lasitud, y determinados viajeros que sólo ven, el mundo desde el hotel y el automóvil, pueden permitirse aún el lujo de regresar a su país de origen con la sensación engreída de su superioridad cultural, y considerando muchas cosas en el Brasil arcaicas e insuficientes. Pero los acontecimientos de los últimos años han modificado esencialmente nuestra opinión respecto al valor de los términos «civilización» y «cultura». Ya no estamos dispuestos a equipararlos así porque sí con los conceptos de «organización» y «comodidad». No hay nada que hubiera fomentado más ese error fatal que la estadística, que, como ciencia mecánica, calcula a cuánto asciende en un país la fortuna del pueblo, cuál es la individual en la misma, cuántos autos, cuartos de baño, receptores de radio y cuotas para seguro corresponden por término medio a cada tantos habitantes. De acuerdo con esas tablas, los pueblos más cultos y civilizados serían aquellos que poseen el más fuerte, ímpetu de la producción, el máximo de consumo y la mayor cantidad de capital individual. Pero esas tablas no registran un elemento importante, ellas no calculan el modo de pensar humano, que, a nuestro juicio, representa la escala más esencial de la cultura y la civilización. Hemos visto que la más perfecta organización no impide a ciertos pueblos emplear esa organización únicamente en el sentido de la bestialidad, en lugar de aprovecharla en el sentido de la humanidad, y que nuestra civilización europea se ha abandonado a sí misma por dos veces en el curso de un cuarto de siglo. Ya no estamos dispuestos a reconocer una jerarquía en el sentido de la eficacia industrial, financiera, militar de un pueblo, sino que medimos la ejemplaridad de un país en su carácter pacifico y en su actitud humana.

En este sentido -a mi parecer, el más importante de todos- considero al Brasil como uno de los países más ejemplares y, por lo mismo, más dignos de afecto del mundo. Es un país que odia la guerra y aun más: que, puede decirse, la ignora.

Excepción hecha del episodio paraguayo insensatamente provocado por un dictador enloquecido, desde hace más de un siglo el Brasil ha resuelto todos sus conflictos de límites con sus vecinos mediante convenios amigables o la apelación a tribunales de arbitraje internacionales. Su orgullo no lo constituyen generales, ni son ellos sus héroes, sino que considera como tales a los estadistas como Río Branco, que por obra de la razón y de la conciliación sabían impedir las guerras.

Bien redondeado, con la frontera idiomática coincidente con los límites del país, no tiene ningún deseo de conquista, ni alienta tendencias imperialistas. Ningún vecino puede reclamarle nada, ni el Brasil reclama nada a sus vecinos. La paz del mundo jamás ha sido amenazada par su política, y aun en una época incalculable como la nuestra, es imposible imaginarse que jamás se modificaría ese principio fundamental de su pensamiento nacional, ese deseo de entendimiento y de conciliación. Porque ese anhelo de conciliación, esa actitud humana no ha sido el modo de pensar accidental de gobernantes y dirigentes aislados; constituye aquí el producto natural de un carácter popular, de la tolerancia innata del brasileño, que en el transcurso de su historia se ha acreditado una y otra vez. Es la única nación ibera que nunca conoció sangrientas persecuciones religiosas; nunca ardieren aquí las piras de la inquisición; en ningún país los esclavos han sido tratados de un modo relativamente más humano. Aun sus convulsiones internas y sus cambios de gobierno se han realizado casi sin derramamiento de sangre. Los dos reyes y el emperador, que su voluntad de independencia empujó del país, lo abandonaron sin ser molestados y, por lo tanto, sin odio. Aun después de revueltas y asonadas abortadas, desde la independencia del Brasil, los dirigentes no las han pagado nunca más con el precio de su vida. Quienquiera que gobernaba este pueblo, estaba inconscientemente obligado a adaptarse a esa tolerancia interior; no es por casualidad que -durante muchos decenios la única monarquía entre todos los países americanos- hubiera tenido por emperador al más democrático y más liberal de todos los gobernantes coronados, y que hoy, siendo considerado país dictatorial, disfrute de más libertad individual y conformidad que la mayoría de nuestros países europeos. Por eso, la existencia del Brasil, cuya voluntad va dirigida únicamente a la construcción pacífica, constituye uno de los fundamentos de nuestras mejores esperanzas de una civilización y pacificación futuras de nuestro mundo desgarrado por el odio y la locura. Mas, donde obran fuerzas morales, tenemos el deber de alentar su voluntad. Dondequiera que en nuestro tiempo trastornado veamos todavía una esperanza para un porvenir nuevo en nuevas zonas, estamos en el deber de señalar tal país y tales posibilidades.

Es por eso por lo que escribí el presente libro.

 

TABLA CRONOLÓGICA

Primer viaje a la India (Vasco de Gama) 7 de julio 1497.

Segundo viaje a la India (Pedro Álvarez Cabral) 9 de marzo 1500.

Llegada de Cabral al Brasil (en ese viaje) 22 de abril 1500.

Fernando de Noronha inicia el comercio de palo Brasil.1501.

Vespucio llega al Brasil con la flota de Gonzalo Coelho. 1503.

El nombre de «América» aparece por primera vez en un mapa (WaldseemüIler) 1507.

Fernando de Magallanes desembarca en el Brasil durante el primer viaje alrededor del mundo 1519.

El Brasil es dividido y distribuido en capitanías 1534.

El primer gobernador portugués, Tomé de Sousa, llega a Bahía, y con él los primeros jesuitas, entre ellos el P. Manuel de Nóbrega 1549.

El primer obispo del Brasil 1552.

Fundación de Sao Paulo por el Padre Manuel de Nóbrega 1554.

Los franceses al mando de Villegaignon desembarcan en Río de Janeiro 1555.

Aparece el libro de Hans Staden «Viagem do Brasil» 1557.

Publícase el libro de André Thévet «Les singularités de la France Antarctique» 1558.

Combate de Mem de Sá contra los franceses, en Río de Janeiro 1560.

Expulsión, de los franceses y fundación de la ciudad de Río de Janeiro 1567.

Portugal cae bajo la dominación española 1580.

Conquista de Paraíba 1584.

Conquista de Río Grande do Norte 1598.

Fundación de la «Companhía das Indias Orientais» 1603.

Conquista de Ceará 1611.

Conquista de Maranhão y fundación de Belen 1615.

Bahía cae, por un tiempo, en manos de los holandeses 1624.

Los holandeses ocupan Olinda (Recife) y la denominan «Mauritzstadt» 1427.

Portugal reconquista su independencia de España 1640.

Sublevación en Pernambuco contra los holandeses 1645.

Fin de la ocupación holandesa 1654.

Tratado de paz entre Holanda y Portugal 1661.

Primer descubrimiento de oro en Taubaté (Minas) 1694.

Minas Geraes, la región aurífera, elevada a la categoría de provincia 1720.

Represión de la revuelta originada en Villa Rica a raíz del establecimiento de la «casa de fundición» 1720.

Llega el café al Brasil 1723.

Hallazgo de diamantes 1729.

Fundación de Río Grande do Sul 1757.

Antonio Jospe, el primer dramaturgo brasileño, quemado por la Inquisición en Lisboa 1789.

Creación de la provincia de Goyas 1740.

Creación de la provincia de Matto Grosso 1743.

Tratado de Madrid, que establece los límites entres la América hispana y la América portuguesa (Brasil), 13 de enero 1750.

Terremoto de Lisboa 1755.

Expulsión de los jesuitas 1759.

Río de Janeiro pasa a ser capital de Brasil 1763.

Conspiración en Minas Gerais a favor de la independencia del Brasil (Conjuração dor Inconfidentes) 1789.

Ejecución del dirigente Tiradentes 1792.

La familia real huye ante Napoleón, dejando Lisboa.1807.

La familia real portuguesa llega a Río de Janeiro 1808.

Abertura de los puertos brasileños al comercio mundial 1808.

Se calcula la población del Brasil en tres millones y medio de habitantes, entre casi dos millones de esclavos 1808.

Aparece la «History of Brasil», por Robert Southey 1810 El Brasil es elevado a la categoría de reino 1815.

El Rey Juan VI vuelve a Portugal 26 de abril 1821.

Don Pedro, su representante, proclama la independencia del Brasil y es coronado con el título de Pedro I 1822.

Aparece «Voyage dans l’interieur de Brésil» por Saint Hilaire 1825.

Pérdida del Urugay, la «provincia cisplatina» 1828.

Abdicación y partida de Prdro I 1831 Declaración de la mayoridad de Pedro II 1840.

Se prohibe la importación de esclavos 1850.

Primer ferrocarril 1855.

Guuerra contra el Paraguay 1864-1870.

Instalación del telégrafo entre Europa y el Brasil 1874.

El número de habitantes pasa de los diez millones 1875.

Abolición de la esclavitud en el Brasil 13 de mayo 1888.

Abdicación de Pedro II y proclamación de la República Confederada del Brasil 1889.

Muerte del emperador en el destierro 1891.

Santos Dumont vuela alrededor de la torre Eiffel . 1900.

Euclides da Cunha, publica «Os Sertões» 1902.

El número de habitantes supera los 30 millones 1920.

El número de habitantes sobrepasa 40 millones 1930.

Getulio Vargas asume la presidencia 1930.

 

 

BRASIL

«Un pays nouveau, un port magnifíque, l’éloignement de la mesquine Europe, un nouvel horizon politique, une terred’avenir et un passé presque inconnu qui invite l’homme d’étude a des recherches, une nature splendide et le contact avec des idées exotiques «nouvelles.»

(El diplomático austriaco conde Prokesch Osten en el año 1868 a Gobineau, con motivo de hesitar éste en aceptar el cargo de embajador en el Brasil).

 

HISTORIA

Durante miles y miles de años, el inmenso territorio del Brasil, con sus rumorosas selvas de un verde oscuro, sus montañas y ríos y su mar, de sonoro y rítmico vaivén, yace ignorado y anónimo. En la tarde del 22 de abril del año 1500, repentinamente brillan unas velas blancas en el horizonte; acércanse ventrudas carabelas pesadas, con la roja cruz portuguesa pintada en las velas, y en la mañana siguiente, las primeras embarcaciones tocan tierra en la playa extraña.

Se trata de la flota portuguesa que al mando de Pedro Alvares Cabral había zarpado, en marzo de 1500, de la desembocadura del Tajo para repetir el viaje de Vasco de Gama, celebrado por Camoens en los Lusiadas, el feito, nunca feito, el viaje a la India, pasando por el cabo de la Buena Esperanza.

Fueron al parecer vientos adversos los que apartaron las naos tanto de la ruta de Vasco de Gama a lo largo de la costa africana, hacia esa isla desconocida, pues primero llaman a esa playa Isla de Santa Cruz, y nadie conoce su extensión. Si no se consideran corno predescubrimiertos el viaje de Alfonso Pinzón, quien llegó a las proximidades del río Amazonas, ni el viaje dudoso de Vespucio, el descubrimiento del Brasil parece haber tocado en suerte, pues, a Portugal y a Pedro Alvares Cabral únicamente por un azar extraño del viento y de las olas. Es verdad que los historiadores ha tiempo ya, han dejado de mostrarse inclinados a creer en esa «casualidad», pues acompañaba a Cabral el piloto Vasco de Gama, quien conocía exactamente el camino más corto, y la leyenda de los vientos contrarios queda desvirtuada por el testimonio de Pedro Vaz de Camimia, integrante de la tripulación , quien confirma expresamente que seguían viaje desde Cabo Verde sem haver tempo forte u contrario. Puesto que ninguna tempestad los desvió tanto en dirección al Oeste que en vez de llegar al cabo de la Buena Esperanza desembarcaron en el Brasil, debe haberlos guiado un propósito determinado o -lo que es más probable aún- una orden secreta del rey dada a Cabral en el sentido de que tomaran rumbo tan marcado al Poniente: ello da pábulo a la probabilidad de que la corona de Portugal tenía conocimiento oculto de la existencia y de la situación geográfica del Brasil mucho antes del descubrimiento oficial.

En este sentido permanece sin revelar un gran secreto, cuyos documentos desaparecieron por los tiempos de los tiempos a raíz del terremoto de Lisboa, y probablemente el mundo no conocerá jamás, el nombre del primero y verdadero descubridor.

Según las apariencias, inmediatamente después del descubrimiento de América por Colón, se había despachado una nave portuguesa para explorar el nuevo continente, y esa nave debe haber regresado con nuevas informaciones; pero hay también ciertos indicios para suponer que, aun antes de pedir Colón la audiencia, la corona de Portugal, ya sabía algo más o menos concreto respecto a ese país del lejano Oeste.

Pero sean lo que fueran las noticias que se tenían en Portugal, se evitaba con cuidado hacerlas saber al celoso vecino; en la época de los descubrimientos, la corona guardaba toda noticia nueva referente a exploraciones náuticas como secreto de Estado, militar o comercial, amenazando con la pena capital a quienes las transmitiesen a potencias extrañas. Los mapas, los portulanos, los itinerarios marítimos, los informes de los pilotos eran custodiados, igual que el oro y las piedras preciosas, como joyas valiosas en la Tesorería de Lisboa.. y en el caso del Brasil, más que en ningún otro, una manifestación prematura resultaba inconveniente, pues de acuerdo con la bula papal «Intercoetera», todos los territorios a más de cien millas al Oeste de Cabo Verde pertenecían por ley y derecho a España. Un descubrimiento oficial más allá de esa zona habría aumentado, pues, en esa hora temprana, las posesiones del vecino, y no las propias. Portugal no tenía, pues, interés alguno en dar noticias antes, de tiempo de ese descubrimiento (si tal se ha hecho). Había que asegurarse primero legalmente de que ese país nuevo pertenecía a Portugal y no a España, y Portugal se lo había asegurado, con una previsión que ha de llamar la atención, en el convenio de Tordesillas, que, el 7 de junio de 1494, es decir poco después del descubrimiento de América, removió la zona portuguesa de las cien leguas primitivas a 370 leguas al Oeste de Cabo Verde, es decir, el espacio suficiente como para poder ocupar la costa del Brasil que a la sazón se decía no descubierta aún. Si esa ha sido una casualidad, ha sido de tal orden que coincide extrañamente con la desviación, por lo demás poco explicable, de Pedro Alvares Cabral de la ruta ordinaria.

Esta hipótesis, sostenida por muchos historiadores, respecto a un conocimiento anterior del Brasil y a unas instrucciones secretas del rey dadas a Cabral, en el sentido de que se desplazara en dirección a Poniente para que pudiera descubrir el nuevo país gracias a un «azar maravilloso» - «milagrosamente », según escribe al rey de España -, gana, además, en consistencia por el modo como el cronista de la flota, Pedro Vaz de Caminha, informa al rey sobre el hallazgo del Brasil.

No manifiesta sorpresa ni entusiasmo alguno por haber dado inesperadamente con un país nuevo, sino que registra solamente en tono seco el hecho como una cosa natural; de igual manera, el segundo y desconocido cronista sólo expresa que ebbe grandissimo. piacere. Ni una palabra triunfal, ninguna de las sospechas corrientes en Colón y sus sucesores, en el sentido de haber llegado así a Asia. Nada más que una noticia fría, que antes parece confirmar un hecho conocido que anunciar otro nuevo. De esta suerte, acaso sea posible, a raíz de un hallazgo documentario posterior, quitar a Cabral definitivamente la gloria de haber descubierto el Brasil el primero, gloria que de todos modos se le disputa en virtud del desembarco de Pinzón al Norte del Amazonas. Mientras tal documento falte, aquel 22 de abril de 1500 debe ser considerado como la fecha en que la nueva nación entró en la historia universal.

La primera impresión que los marineros desembarcados reciben del nuevo país es excelente: tierra fértil, vientos suaves, agua potable fresca, fruta abundante, una población gentil e inofensiva. Quienquiera que en los años siguientes desembarcara en el Brasil, repite las palabras encomiásticas de Américo Vespucio, quien, llegando a él, un año después de Cabral, exclama: «Si en alguna parte de la tierra existe el paraíso terrenal, no puede encontrarse lejos de aquí.» Los habitantes, que en los próximos días se acercan a los descubridores con el traje de la inocencia de la desnudez y que ofrecen sus cuerpos descubiertos «con tanta inocencia como el rostro », les brindan una acogida amable. Curiosos y pacíficos se agolpan los hombres, pero son sobre todo las mujeres las que con sus cuerpos bien formados y su accesibilidad rápida y desprevenida (alabada también en tono de gratitud por los cronistas posteriores) hacen olvidar a los marineros las privaciones de muchas semanas. Por el momento, no se procede a una exploración y ocupación real del interior del país, pues Cabral, en cumplimiento de su encargo secreto, debe proseguir cuanto antes rumbo a su meta oficial, la India. El 2 de mayo, al cabo de una permanencia de diez días, en conjunto, toma rumbo a África, después de haber dado orden a Gaspar de Lemos de cruzar con un barco a lo largo de la costa en dirección al Norte, para volver luego a Lisboa con la noticia del descubrimiento y con algunas muestras de las frutas, plantas y animales de la nueva tierra.

La novedad de que la flota de Cabral ha llegado a aquel país nuevo, ya sea por azar, ya sea en cumplimiento de una orden secreta, es recibida en el palacio real con beneplácito, pero sin entusiasmo verdadero. Se le da traslado, en cartas oficiales, al rey de España, a fin de asegurarse la legalidad de la posesión; pero la noticia, según la cual el nuevo país sería «sem ouro nem prata, nem nenhuna cousa de metal», presta al hallazgo, por lo pronto, poco valor. En las últimas décadas, Portugal descubrió tantos países y se adueñó de una parte tan grande de la Tierra que prácticamente la capacidad de absorción de esa pequeña nación queda del todo agotada. La nueva ruta marítima a la India le asegura el monopolio de las especias y, con ello, una riqueza inconmensurable; se sabe en Lisboa que, en Calcuta y Malaca, el tesoro de piedras preciosas, tejidos valiosos, porcelanas y especias, legendario desde siglos atrás, está al alcance de un manotón atrevido, y la impaciencia de incautarse de golpe de todo ese. mundo de una cultura superior y de rnagnificencia oriental, impele al Portugal a una superación de la osadía y del heroísmo, que difícilmente encuentra similar en la historia del mundo. Ni siquiera los Lusiadas de la epopeya consiguen hacer comprensible esa aventura, esa nueva expedición alejandrina, que realiza un puñado de hombres para conquistar con una docena de minúsculas embarcaciones, simultáneamente, tres continentes, amén de todo el océano desconocido. El pequeño y pobre Portugal, libertado desde hace apenas dos siglos del dominio árabe, no posee dinero efectivo, y, cada vez que arma una flota, el rey debe dar en prenda, de antemano, sus beneficios a los mercaderes y cambistas. Por otra parte, tampoco dispone de soldados suficientes para hacer la guerra simultánea a los árabes, los indios, los malayos, los africanos y los salvajes y para establecer factorías y fortificaciones en todas partes de los tres continentes. Y, sin embargo, Portugal extrae de sus propias entrañas, de modo milagroso, todas esas fuerzas; caballeros, campesinos, y, según dice Colón cierta vez en tono malhumorado, hasta «sastres» abandonan sus casas, sus mujeres, sus hijos y sus profesiones y convergen desde todo el país en los puertos, y no les amedrenta el hecho de que, según el célebre dicho de Barros, «el océano se convierte en la tumba más frecuente de los portugueses». Porque la palabra «India» tiene un poder mágico. El rey sabe que un barco que regresa de esa Golconda equilibra con creces la pérdida de otros diez; un hombre que sobrevive a las tempestades, los naufragios, las luchas y las enfermedades, vuelve con riquezas para sí mismo y para sus descendientes. Ahora que se ha abierto la puerta del tesoro del mundo de ese entonces, nadie quiere quedarse en la «pequeña casa» de la patria, y el carácter unánime de esa voluntad proporciona al Portugal un éxtasis de la fuerza y del valor, que por espacio de un siglo torna lo imposible en posible, y lo inverosímil en verdad.

En semejante tumulto de las pasiones, un evento de la historia universal, corno el descubrimiento del Brasil, apenas despierta la atención, y nada es más característico pira el menosprecio de ese hecho que la circunstancia de que Camoens no menciona en ninguna de las miles de líneas de su epopeya, el descubrimiento ni existencia del Brasil. Los marineros de Vasco de llevaron consigo géneros valiosos, joyas, piedras preciosas, especias y, sobre todo, la noticia de que en los palacios del Zamorin y de los Rajaes existe miles y miles de veces más de tal botín. ¡Cuán pobre es, en cambio, la presa de Gaspar de Lemos! Unos cuantos papagayos abigarrados, unas muestras de maderas, unas cuantas frutas y la noticia decepcionante de que nada se puede quitar allá a los hombres desnudos. No ha traído ni un granito de oro, ni una sola piedra preciosa, ninguna clase de especias, ninguna de las preciosidades, un puñado de las cuales vale más que bosques enteros de maderas del Brasil, tesoros que pueden arrebatarse fácilmente con unos cuantos golpes de espada, unos pocos tiros de cañón, mientras que los árboles deben ser derribados, antes de que se pueda cortarlos, embarcarlos y venderlos.

Si esa Isla o Tierra de Santa Cruz alberga riquezas, sólo puede tratarse de riquezas potenciales, que habría que ganar a la tierra en largos años de fatigosa labor. Pero el rey de Portugal necesita beneficios rápidos, tangibles, para pagar sus deudas. ¡Primero, pues, la India, África, las Molucas, el Oriente! De esa suerte, el Brasil se convierte en la Cordelia de ese rey Lear, en la despreciada de las tres hermanas África, América y Asia y, sin embargo, la única que en las horas de la desgracia le guardará fidelidad.

No es, pues, sino conforme a la lógica rigurosa de la necesidad, como el Portugal, embriagado por sus éxitos fantásticos, al principio apenas se interesa por el Brasil; su nombre no penetra en el pueblo, no ocupa su fantasía. Los geógrafos alemanes e italianos registran en sus mapas la línea de la costa con el nombre de Brasil o Terra dos papagaios, a la buena de Dios, pero la Tierra de Santa Cruz, ese país verde, vacío, no tiene nada que pudiera ejercer un atractivo sobre los marineros o los aventureros. Más, aun cuando el rey Manuel no tiene tiempo ni humor para aprovechar ni proteger debidamente ese país nuevo, al mismo tiempo no está dispuesto tampoco a conceder a otros ni una pulgada de esa tierra, porque el Brasil le sirve de protección para la ruta marítima a la India y, sobre todo, porque el Portugal, en su embriaguez de dicha y afán conquistador, quisiera cubrir con su manecilla, si ello fuera posible, el globo entero. Lucha tenaz, hábil y perseverantemente con España por el reconocimiento de que, según el convenio de Tordesillas, esa región corresponde a su zona; por poco se produce un conflicto entre los dos países, a causa de un territorio que ninguno de los dos necesita ni pretende verdaderamente, pues ni uno ni otro quieren sino piedras preciosas y pro. Pero, en buena hora, ambos reconocen que sería insensato empuñar las armas unos contra otros, cuando necesitaban cada nombre y cada bala para dominar los nuevos mundos en que de repente les han venido como caídos del cielo. En el año de 1506 llegan a un acuerdo, en virtud del cual se confirma a Portugal su derecho sobre el Brasil, hasta entonces ejercido nada más que platónicamente.

No amenaza, pues, peligro alguno ya de parte de España, el vecino poderoso. Los franceses, en cambio, que resultaron defraudados cuando España y Portugal dividieron el mundo entre sí, empiezan a manifestar un creciente y visible interés por ese pedazo, inhabitado e inorganizado aún, de hermosa y vasta tierra. Con frecuencia cada vez mayor, aparecen barcos, procedentes de Dieppe y El Havre en busca de madera del Brasil, y Portugal no tiene todavía buques ni soldados en los puertos para impedir tales intervenciones particulares.

Su título de propiedad no es más que un papel, y con un sólo golpe de mano rápido, con sólo cinco, o acaso nada más que tres barcos armados, Francia podría adueñarse, si quisiese, de toda la colonia. Para proteger la costa, muy extensa, hace falta una cosa: colonizarla.

Si corona de Portugal quiere hacer del Brasil un país portugués y si quiere conservarlo como bien de la corona, tiene que decidirse a enviar portugueses a sus playas. El país con su espacio inmenso y con sus posibilidades ilimitadas quiere manos y necesita manos, y cada una de las que llega hace señas reclamando otras y otras. Desde el comienzo, y a través de toda la historia del Brasil, se repite ese grito: ¡hombres, más hombres! Es como la voz de la naturaleza que quiere crecer y desarrollarse y que necesita, para su sentido verdadero, para su grandeza, el auxiliar indispensable: el hombre.

Pero, ¿cómo hallar colonizadores en el pequeño país, ya medio desangrado? A los comienzos de su época de conquistas, Portugal cuenta a lo sumo con trescientos mil hombres adultos, de ellos una décima parte holgada, los más fuertes, los mejores y los más valientes, han víctimas ya de las armadas, y nueve décimas partes de éstos son víctimas ya del mar, de las luchas y de las enfermedades. Es cada vez más difícil encontrar marineros y soldados, a pesar de que los pueblos están deshabitados y los campos desolados, y aun en el gremio de los aventureros no hay quien quiera marcharse al Brasil. La capa más vital, la más valiente del país, la de los hidalgos, nobles y soldados, se niega; sabe que en la Tierra de Santa Cruz no hay oro que rescatar, ni piedras preciosas, ni marfil, ni siquiera gloria. Los sabios, a su vez, los intelectuales, ¿qué pueden hacer allí, en el vacío, sin contacto con la cultura?, y los comerciantes, los mercaderes, ¿con qué han de traficar en un país habitado por caníbales desnudos, qué pueden llevar a casa, en idas y venidas complicadas, cuando una sola carga procedente de las Molucas paga mil veces los riesgos? Aun los campesinos portugueses más pobres prefieren trabajar la tierra propia antes de aventurarse en esa otra, extraña y desconocida y habitada por caníbales. Ningún hombre de nobleza o posición, de fortuna y cultura, demuestra, pues, la menor inclinación para embarcarse con rumbo a aquellas playas solitarias, de modo que los que en los primeros años habitan el Brasil apenas si son algo más que unos cuantos marineros náufragos, unos cuantos aventureros y desertores de buques, que se han quedado allá ya sea por casualidad, ya sea por indolencia, y que únicamente contribuyen a una rápida colonización engendrando un sinnúmero de mestizos, los llamados mamelucos. A uno solo de esos habitantes se le atribuyen trescientos, vástagos; pero con todo, no pasan de unos pocos centenares de europeos en un país cuya extensión conocida entonces, ya iguala casi a la de Europa.

De ese modo surge perentoriamente la necesidad de fomentar la inmigración por la fuerza y mediante la organización.

Portugal emplea para ello el método de la deportación, instruyendo a todos los alcaldes del país en el sentido de que no deben ajusticiar a los malhechores que se declaren dispuestos a hacer el viaje al nuevo continente. ¿Para qué sobrepoblar las cárceles y alimentar, durante años y por cuenta del Estado, a los criminales? Más vale enviar los desgregados para siempre a través del mar, al nuevo país, donde acaso pueden llegar todavía a ser útiles. Como siempre, es un estiércol penetrante, no muy limpio, el que mejor prepara un suelo para futuras cosechas.

Los únicos colonos que llegan voluntariamente, libres de cadenas, sin sambenito ni veredicto judicial, son los cristaos novos, los judíos recién conversos. Pero ellos tampoco arriban completamente voluntarios, sino llevados por la precaución y el temor. En Portugal han recibido el bautismo, más o menos sinceramente, para librarse de la hoguera, pero, con todo, no se sienten muy seguros a la sombra de Torquemada. Prefieren, pues, trasladarse en buena hora al nuevo país, mientras la mano furiosa de la Inquisición no consiga aún alargarse hasta allende el océano. Grupos compactos de esos judíos conversos y de otros no bautizados se establecen en las ciudades costeras como los en verdad primeros pobladores burgueses; esos cristaos novos se convierten en las familias más antiguas de Bahía y Pernambuco y, simultáneamente, en los primeros organizadores del comercio. Con su conocimiento del mercado universal, se preocupan por el corte y el embarque del pao vermelho, la madera del Brasil, que en ese entonces constituía el único producto de exportación, y cuya concesión de tráfico había adquirido uno de los suyos, Fernando de Noronha, por un plazo más o menos largo, de acuerdo a un convenio firmado con el rey. Desde entonces llegan con bastante regularidad, no sólo barcos portugueses, sino también extranjeros para cargar ese producto extraño, y poco a poco se van estableciendo, entre Pernambuco y Santos, pequeñas poblaciones portuarias, como células primitivas de futuras ciudades. Entretanto, unas flotas, ora más pequeñas, ora más grandes, han adelantado en distintas expediciones hasta el Río de la Plata, registrando la conformación de la costa. Pero detrás de la franja angosta que para el mundo de entonces significa el Brasil, sigue tendido, ignorado y sin límites, todo el inmenso país.

Los progresos en las tres primeras décadas son lentos, peligrosamente lentos. Aumenta con regularidad el número de embarcaciones extranjeras que -ilegalmente, en el concepto de Portugal - tocan los puertos nuevos para cargar madera.

En el año 1530 el rey se decide, finalmente, a poner orden, y envía una pequeña flota al mando de Martín Alfonso de Sousa, que sorprende en seguida a tres barcos franceses en flagrante, y que comunica al rey, a modo de primera impresión, lo que todos habían informado hasta entonces: que hace falta colonizar el Brasil para evitar que la corona de Portugal lo pierda. Pero, como siempre, desde los comienzos de la época heroica, las cajas están exhaustas; las dotaciones en la India, las fortificaciones en África, la conservación del prestigio militar, en una palabra, el imperialismo portugués, absorbe todo el capital y todas las energías. Hay que proceder, por lo tanto, a un experimento nuevo de povoar a terra o, mejor dicho, hay que volver sobre un ensayo que ya ha dado buenos resultados en las Azores y en Cabo Verde: el fomento de la colonización mediante la iniciativa particular. Se divide el poco menos que deshabitado país en doce capitanías, cada una de las cuales se asigna a un individuo, con pleno derecho hereditario, a un hombre que debe comprometerse -lo que está en su mismísimo interés- a desarrollar esa región, o ese que podría llamarse país, en el sentido colonizador. Lo que se asigna a esos capitanes son verdaderos reinos, cada uno de ellos tan grande como el mismo Portugal y algunos incluso tan grandes como Francia o España.

Un noble que no posee nada en Portugal, un oficial que ha contraído méritos en las luchas en la India y reclama una recompensa, un. historiógrafo como Joao de Barros, a quien el rey debe gratitud, todos ellos reciben, con un trazo de pluma, una duodécima parte del Brasil, es decir, una región fantástica, a la espera de que, a su vez, atraerán entonces gente a esas regiones, cultivando, económicamente, el país que les ha sido conferido y conservándolo indirectamente para la metrópoli.

Esta primera tentativa para poner cierto método en el modo completamente casual y disperso de la colonización, obedece a un pensamiento generoso. Las ventajas para los donatarios son inconmensurables; excepción hecha del derecho a emitir moneda, y a cambio de deberes muy limitados, se les conceden todos los derechos de un príncipe soberano.

Si supieran realmente atraer un pueblo entero, sus hijos y nietos tendrían que resultar equivalentes a todos los monarcas de Europa. Pero los favorecidos son, en su mayoría, gente de edad avanzada, que ha tiempo ya gastaron sus mejores energías al servicio del rey; si bien aceptan los territorios concedidos como herencia para sus hijos y nietos, no los transforman, con trabajo activo, en un mayor valor para ellos mismos. En los dos próximos decenios se pone en evidencia que solamente prosperan dos de esas capitanías, las de San Vicente y Pernambuco -esta última llamada Nova. Lusitania gracias al cultivo racional de la caña de azúcar. Las demás caen pronto en un estado anárquico, debido a la indiferencia de sus dueños, a la falta de colonos, a la animadversión de los aborígenes y a diversas catástrofes en aguas y en tierra.

Toda la costa amenaza con desintegrarse; aislados los diversos trozos, sin convenios, sin ley común, sin fuerza militar, sin fortificaciones ni soldados, las capitanías se hallan al alcance de cualquier poder enemigo, diariamente expuestas a caer en manos hasta de un corsario atrevido. Desesperado, Luis de Goes escribe el 12 de mayo de 1543 al rey: «Si vuestra majestad no socorre en brevísimo plazo a las capitanías de la costa, no sólo nosotros perderemos nuestra vida y nuestros bienes, sino que vuestra majestad también perderá todo el país». Si Portugal no organiza el Brasil de un modo uniforme, el Brasil esta perdido. Sólo un representante decidido del rey, un «gobernador general», acompañado al mismo tiempo por una fuerza militar, puede crear orden y reunir a tiempo todavía los pedazos que se desintegran, formando una unidad.

Significa una gran decisión histórica para el Brasil el que el rey Juan III atienda oportunamente el llamamiento de socorro y envíe como gobernador a Tomé de Sousa, un hombre probado ya en África y en la India, a quien el 19 de febrero de 1519 encomienda fundar en cualquier parte, preferentemente en Bahía, una capital, desde la cual todo el país debía ser administrado uniformemente.

Tomé de Sousa lleva consigo, aparte de los funcionarios necesarios, seiscientos soldados y cuatrocientos desgregados, que más tarde se radicarán en la ciudad o en el campo. Desembarca también lo más indispensable para la construcción de la ciudad, y en seguida todo el mundo pone manos a la obra. En el curso de cuatro meses se levanta una muralla de fortificación para defender la plaza, se construyen casas e iglesias, donde antes sólo existían míseras chozas de barro.

En el, por el momento, muy provisional Palacio de Gobierno, se instalan una administración colonial y otra municipal, y se construye una cárcel como signo muy visible de una justicia introducida, por fin y ya muy necesaria, primer indicio amenazante de que se implantará para el futuro un orden severo. Todos deben sentir que ya no son gente olvidada, expatriada, desarraigada, más allá de todo deber y derecho, sino gente comprendida en la legislación patria. Con la fundación de una capital y el nombramiento de un gobernador, el hasta entonces amorfo organismo del Brasil ha adquirido un corazón y un cerebro.

Seiscientos soldados o marineros y cuatrocientos desgregados, mil hombres con armadura o basta camisa de obrero, acompañan a Tomé de Sousa. Pero más importantes que esos mil hombres de trabajo y de fuerza resultan para el destino del Brasil los seis hombres de humildes sotanas oscuras que el rey incorporó al séquito de Tomé de Sousa para su dirección espiritual y su consejo eclesiástico. Esos seis hombres eran portadores de lo más precioso que necesita un pueblo y un país para su existencia: una idea, y en este caso la idea verdaderamente creadora del Brasil. Esos seis jesuitas disponen de una energía nueva y completamente virgen todavía, pues su orden es joven y animada por el santo fervor de conservar su sentido peculiar. Aun vive el dirigente Ignacio de Loyola, que la fundara, y su fuerza de pensar, su fanatismo orientado hacia un objetivo bien determinado, les ofrecen un ejemplo vivo, visible, de la autodisciplina. Entre los jesuitas, como en todos los movimientos religiosos, la intensidad espiritual, la pureza moral se halla en pleno auge en los años del comienzo y antes del éxito verdadero. En el año de 1550, los jesuitas no constituyen -como en los siglos posteriores una potencia espiritual, mundana, política ni económica, y toda forma del poder reduce la pureza, moral tanto del individuo como de un partido. Huérfanos de propiedad en todo sentido, tanto el individuo como la orden, sólo encarnan una voluntad determinada, es decir, un elemento totalmente espiritual todavía, y no confundido aún por entero con las cosas del mundo. Y llegan a la hora más propicia, pues el descubrimiento de un continente nuevo significa una ventaja inaudita para su propósito magnífico de restablecer la unidad religiosa del mundo, por obra de la marcialidad espiritual.

Desde que, en el año de 1519, el díscolo alemán suscitó en la Dieta de Worms la guerra mundial religiosa, más de un tercio de Europa, ya casi su mitad, abandonó la Iglesia, y el catolicismo, otrora la ecclesia universalis, ocupa más bien una posición defensiva. ¡Qué ventaja, si se pudieran conquistar oportunamente los mundos nuevos, que de improviso se abrieron para la fe antigua, verdadera, estableciendo así, como quien dice, un segundo frente más amplio detrás del primero! Puesto que los jesuitas no exigen nada, ni sueldos, ni privilegios, el rey Juan aprueba su propósito de conquistar el país nuevo a la fe y permite a seis de esos «soldados de Cristo » participar de la expedición. Pero, en realidad, esos seis hombres no serán acompañantes, sino dirigentes.

Con esos seis hombres comienza algo nuevo para el Brasil.

Todos los que habían llegado antes que ellos habían arribado o por imperativo o por obligación, o huyendo. Todos cuantos hasta entonces habían desembarcado en aquellas playas querían sacar algo del país, maderas o pájaros, metales u hombres; a nadie se le había ocurrido llevar algo al país a modo de recompensa. Los jesuitas son los primeros que no quieren nada para sí y todo para el país. Llevan consigo plantas y animales para fertilizar la tierra, llevan medicinas para curar a los hombres, libros e instrumentos para instruir a los ignorantes, llevan su fe y el rigor moral disciplinado por su maestro, pero, sobre todo, son portadores de una idea nueva, de la más grande idea colonizadora que conoce la historia. Entre los pueblos bárbaros de los tiempos anteriores, y bajo el régimen español contemporáneo, colonizar significaba extirpar o embrutecer a los nativos; para la moral de los conquistadores del siglo XVI, descubrimiento es sinónimo de conquista, sumisión, esclavización, desheredación. Ellos, en cambio os únicos homens disciplinados de seu tempo, según los llamara Euclides da Cunha, piensan más allá de ese proceso de rapiña, en un proceso constructivo, en las generaciones próximas, y desde el primer instante anticipan en el país nuevo la igualdad moral de todos. Justamente por vivir la población aborigen en un estado de primitivo, no debe ser rebajada más aún a la animalidad y esclavitud, sino que debe ser elevada y conducida por la vía del cristianismo hacia la civilización occidental: hay el propósito de desarrollar aquí una nación nueva, mediante la mezcla y la educación. El Brasil debe, en última instancia, a esa idea productiva el que se convirtiera de un conglomerado de elementos muy heterogéneos en un organismo, de los contrastes más evidentes en una unidad.

Los jesuitas saben, desde luego, que una misión de tal alcance no puede cumplirse de inmediato. No son soñadores vagos y confusos, y su maestro, Ignacio de Loyola, no es un Francisco de Asís, quien cree en una dulce fraternidad de los hombres. Son realistas, y educados por sus ejercicios; en el sentido de acerar día a día, de nuevo, la energía para vencer en el mundo la resistencia inconmensurable de la debilidad humana.

Conocen los peliaros y la dilación de su tarea. Pero el hecho de que su objeto está fijado desde los principios y por entero en la lejanía, en la distancia de siglos, y aun lo eterno, eso los destaca tan magníficamente del mundo de los funcionarios y de los guerreros, que pretenden ganancias rápidas y visibles para ellos mismos y para su patria. Los jesuitas saben exactamente que se necesitarán generaciones y más generaciones para dar cima a aquel proceso del embrasileñamiento, y que ninguno de los que aventuran su salud, su vida, su fuerza, en esta empresa, verá jamás personalmente ni aun los resultados más fugaces de sus esfuerzos. Es una fatigosa labor de sembradío la que inician, una inversión trabajosa y en apariencia falta de perspectiva, pero la circunstancia de iniciarse precisamente en un terreno sin roturación alguna y en un país sin límites, aumenta su aplicación en vez de menguarla. Así como la llegada oportuna de los jesuitas constituye una suerte para el Brasil, el Brasil significa, a su vez, una suerte para ellos, por representar el taller ideal para su idea. Sólo debido a la circunstancia de que antes que ellos nadie habla actuado allí, ni actúa nadie simultáneamente con ellos, pueden llevar a cabo un experimento de significación histórica universal, sin restricción alguna. Materia y espíritu, instinto y forma, un país vacío, enteramente inorganizado y un método no probado aún de organización para crear algo nuevo y viviente.

Una fortuna peculiar en ese encuentro feliz de una misión grandiosa con una energía más grandiosa aún, que se dispone a darle cima, la constituye la presencia de un verdadero dirigente. Manuel de Nóbrega, que recibe de su provincial el encargo de marchar al Brasil con tal premura que no le queda tiempo siquiera para recibir personalmente, en Roma, instrucciones del maestro de la orden, Ignacio de Loyola, se encuentra en la plenitud de sus energías. Tiene treinta y dos años, ha estudiado en la Universidad de Coimbra antes de ingresar en la orden. Pero no es su particular sabiduría teológica la que le confiere la grandeza histórica, sino su energía prodigiosa y su fuerza moral. Nóbrega -trabado por un defecto de habla- no es, como Vieira, un gran orador sagrado, Ni como Anchieta, un gran escritor. Es, en el espíritu de Loyola, sobre todo, un luchador. En las expediciones destinadas a libertar Río de Janeiro, es la fuerza motriz del ejército y el consejero estratega del gobernador, en tanto que en la administración revela la capacidad ideal de un organizador genial, y la clarividencia, que prueban sus cartas, se amalgama con una energía heroica, que no retrocede ante ningún sacrificio.

Si sólo se suman los viajes que en aquellos años hizo del Norte al Sur y nuevamente al Norte, y a través de todo el país, esos meros viajes de inspección equivalen a cientos y tal vez miles de noches ahítas de preocupaciones y peligros. En todos esos años es un gobernador al lado del gobernador, un maestro al lado de los maestros, un fundador de ciudades y pacificador, y no hubo un acontecimiento importante, en la historia del Brasil de ese tiempo, al que no estuviera ligado su nombre. La reconquista del puerto de Río de Janeiro, la fundación de Sao Paulo y de Santos, la pacificación de las tribus enemigas y la instalación de colegios, la organización de la enseñanza y la salvación de los indígenas de la esclavitud son, en primer término, debidas a su esfuerzo. Estaba presente cuando y dondequiera se iniciaba algo. Aunque más tarde hayan logrado más popularidad en el país los nombres se sus discípulos y sucesores, de Anchieta y Vieira, ellos no dejan de ser sino los continuadores de su idea. Siempre hallaban un fundamento donde levantar sus construcciones. En la historia del Brasil, esa obra sem exemplo na Historia, fue la mano de Nóbrega la que escribió la primera página, y cada trazo de esa mano enérgica y firme ha permanecido indeleble hasta el día de la fecha.

Los jesuitas dedican los primeros días, después de su llegada, al reconocimiento de la situación. Antes de enseñar, quieren aprender, y en seguida, uno de los hermanos emprende la tarea de apropiarse cuanto antes del idioma de los nativos. La primera vista demuestra que los aborígenes están todavía en el más bajo nivel, de la época nómada. Van completamente desnudos, no conocen trabajo alguno y no disponen ni de adornos ni de las herramientas más primitivas.

Lo que necesitan para vivir lo cogen de los árboles o lo extraen de los ríos, y una vez saqueada una región, se trasladan a otra. Raza de por sí pacífica y tranquila, sólo combaten entre ellos para tomar prisioneros, que ingieren luego con gran ceremonial. Pero aun esa costumbre antropófaga no deriva de una crueldad particular de su naturaleza; al contrario, esos bárbaros todavía dan una de sus hijas por esposa al prisionero, y lo cuidan y le prodigan atenciones antes de matarlo.

Cuando los sacerdotes procuran quitarles el canibalismo, tropiezan más con una sorpresa admirada que con una real resistencia, pues aquellos salvajes viven todavía más allá de todo reconocimiento cultural o moral, y el comerse a un prisionero no significa para ellos sino una diversión tan festiva e inocente como beber, bailar y dormir en compañía de mujeres.

Este nivel enormemente bajo de vida parece a primera vista un obstáculo insalvable para la obra de los jesuitas, pero, en realidad, les facilita la tarea. Puesto que esos seres desnudos no poseen ninguna suerte de nociones religiosas o morales, es mucho más fácil inculcárselas a ellos que a otros pueblos entre los cuales ya domina un culto propio y donde los magos, los sacerdotes y los brujos se oponen encarnizadamente a los misioneros. La población aborigen, en cambio, es «hoja en blanco», un papel branco, según dice Nóbrega, que acepta dócil y sensiblemente la nueva prescripción, y que da cabida amplia a toda enseñanza. En todas partes, los indígenas reciben a los brancos, a los sacerdotes, sin desconfianza alguna: Onde quer que vamos, somos recibidos con grande boa vontade.

Se dejan bautizar sin titubeos y siguen -¿por qué no?- a los sacerdotes, los «blancos buenos» que los protegen contra los demás, los «blancos salvajes», voluntarios y agradecidos, camino a la iglesia. Los jesuitas, a fuerza de realistas expertos y siempre alerta, saben, desde luego, que este asentimiento irreflexivo e indolente, este arrodillarse y persignarse de los antropófagos dista mucho aún de ser verdadero cristianismo.

Observan hasta en la persona del célebre defensor de su misión en Sao Paulo, en Tibiriçá, accidentales recaídas en el canibalismo, y no malgastan su tiempo con estadísticas presuntuosas sobre las almas ya redimidas. Saben que su misión verdadera está en el porvenir. Por lo pronto, importa arraigar la masa nómada en lugares fijos, a fin de poder reclutar y enseñar a sus hijos. La actual generación antropófaga ya no puede cultivarse seriamente. Pero se puede tener fácilmente éxito en la tarea de instruir, en el sentido de la cultura, a sus hijos y a sus nietos, es decir, a las generaciones siguientes. Por eso, los jesuitas consideran como lo más importante la instalación de escuelas, en las. cuales empiezan a poner en práctica, muy previsores, la idea de la mezcla sistemática, que convirtió al Brasil en una unidad y que, ella sola, lo conservó como unidad. Reúnen, conscientemente, los niños procedentes de las chozas de paja de los salvajes, con los mestizos, ya numerosos, reclamando al mismo tiempo el envío urgente de niños blancos desde Lisboa, aunque fueran las criaturas descuidadas, abandonadas, que se recogen en las calles de la ciudad. Cada elemento nuevo que facilite la mezcolanza les es bienvenido, incluso los moços perdidos, ladroes et maus che aqui chaman de patifes. Puesto que en la enseñanza religiosa los indígenas confían más en sus hermanos de igual color o mestizos que en los extranjeros, los blancos; se trata para los jesuitas de formar los maestros del pueblo con la propia sangre de ese pueblo. En contraste con los demás, piensan exclusivamente en y para las generaciones venideras. Como realistas y calculadores severos y claros, son los únicos que tienen una visión cabal del Brasil futuro, en formación, y aun antes de geógrafo alguno barrunte la magnitud física de ese país, ellos ya adoptan la norma adecuada para su tarea. Trazan un plan de campaña, para el porvenir, y su propósito final permanece inalterado a través de los siglos: la formación de ese país en el BRASIL espíritu de una sola religión, de un solo idioma y de una sola idea. El que se haya logrado tal propósito es y será para siempre un motivo de gratitud del Brasil hacia esos primeros creadores de su idea estatal.

La resistencia verdadera con que tropieza el espléndido plan de colonización de los jesuitas no la oponen, según podía presumirse primero, los nativos, los salvajes, los antropófagos, sino los europeos, los cristianos, los colonos. hasta entonces, el Brasil había sido para esos soldados y marineros desertores, para los desgregados, un paraíso exótico, un país sin ley ni restricciones ni obligaciones, donde cada cual podía hacer o dejar de hacer lo que le venía en gana. Podían dar rienda suelta a los instintos más disipados sin ser seriamente molestados por la justicia o la autoridad. Lo que en su patria se castigaba con encadenamiento y estigmatización pasaba aquí por lícita diversión de acuerdo con la doctrina de los conquistadores: Ultra equinoxialem non peccatur. Se apropiaban de cuanta tierra querían y donde querían, se tomaban los indígenas donde los encontraban y los hacían trabajar duramente bajo su férula. Tomaban cualquier mujer que cruzaba su camino, y el número enorme de niños mestizos ilustraba muy pronto la divulgación de esa poligamia salvaje. No había quien les impusiera su autoridad, y por lo mismo, todos esos individuos, la mayoría de los cuales llevaba todavía la marca de la cárcel en sus hombros, vivían como bajaes, sin cuidarse del derecho ni de la religión y, sobre todo, sin poner jamás personalmente mano a una labor verdadera. En vez de civilizar el país, esos primeros colonos se habían embrutecido ellos mismos.

Volver a disciplinar a esa pandilla ruda, acostumbrada a la ociosidad y a la autocracia, significaba una tarea muy dura.

Lo que más espanta a los devotos hermanos es la poligamia desenfrenada, la vida oriental de harén. Pero, por otra parte, ¿cómo acusar a esos hombres que viven ahí en salvaje concubinato, cuando en realidad no hay una posibilidad para ellos de casarse legalmente y de constituir una familia? Porque ¿cómo establecer una familia, única institución que puede convertirse en el fundamento de una civilización burguesa, cuando las mujeres blancas faltan de un modo absoluto? Es por eso que Nóbrega insiste ante el rey, solicitando que envíe mujeres desde Portugal: Mande Vossa Alteza mulheres orphaes, porque todas casarae, Y como no es de esperar que los hidalgos envíen sus hijas al país lejano y vasto, para que busquen marido entre aquellos tunantes libertinos, Nóbrega lleva su magnanimidad al extremo de rogar al rey que envíe también a las muchachas caídas, a las barraganas de las calles de Lisboa. Que aquí cada una de ellas encontraría marido. Al cabo de un tiempo, las autoridades espirituales y políticas, unidas, consiguen, efectivamente, llevar de nuevo cierto orden a los usos y costumbres. Pero hay un punto donde la colonia entera opone una resistencia encarnizada: es el problema de la esclavitud, que desde el principio hasta el fin, desde 1500 hasta casi el año 1900, habrá de constituir el punto neurálgico del problema brasileño. La tierra requiere manos, y no las hay en cantidad suficiente. Los pocos colonos no bastan para plantar la caña de azúcar y para trabajar en los ingenios, las fábricas primitivas. Además, esos aventureros y conquistadores no han cruzado el mar hasta el país tropical para afanarse aquí con el pico y el hacha. Quieren ser señores aquí; y pusieron remedio sencillo a su situación cazando a los indígenas como se caza a liebres, para hacerlos trabajar rudamente bajo su látigo, hasta el desmayo. Aducían el argumento de que la tierra, con todo lo que estaba debajo y sobre ella, les pertenecía, sin excluir a aquellas bestias bípedas morenas, mueran o no durante su faena. Por cada muerto, se recupera en la alegre caça de indios una cantidad de siervos nuevos, y por añadidura se disfruta de una diversión deportiva.

Los jesuitas toman entonces enérgicas medidas contra ese concepto cómodo, pues la esclavitud y la despoblación del país contravienen bruscamente su proyecto bien meditado y de largo alcance. No pueden tolerar que los colonos reduzcan a los aborígenes a bestias de labor, ya que se habían impuesto como tarea principalísima la de ganar a esos seres incultos para la fe, la tierra y el porvenir. Cada indígena libre significa para ellos un objeto necesario para la colonización y civilización. Mientras hasta entonces convenía a los colonos azuzar a las distintas tribus, mutuamente, a continuas luchas, a fin de que se exterminasen más prontamente y para que después de cada campaña, se pudiesen comprar los prisioneros como mercadería barata, los jesuitas procuran reconciliar las tribus entre sí y aislarlas, mediante la colonización, en el enorme espacio. Para ellos, el aborigen constituye, como brasileño futuro y hombre redimido para el cristianismo, la sustancia acaso más valiosa de esa tierra, más importante que la caña de azúcar, que la madera del Brasil y el tabaco, en consideración de los cuales se pretende esclavizarlo y exterminarlo.

Quieren arraigar esos hombres informes aún; del mismo modo que las plantas y frutas extrañas que traían consigo de Europa, quieren cultivarlos como el alimento verdadero, señalado por Dios, en vez de permitir que degeneren y sigan embruteciéndose. Es por lo mismo que han requerido expresamente al rey la libertad de los indígenas; de acuerdo con su proyecto, en el Brasil del futuro no debe existir, al lado de una nación feudal de blancos, otra nación, esclava de negros, sino sólo un único pueblo libre en tierra libre.

Es verdad que aun una cédula real pierde a tres mil millas de distancia gran parte de su fuerza imperativa, y una docena de sacerdotes, la mitad de los cuales recorre el país constantemente en incansables viajes de misión, resultan demasiado débiles frente a la voluntad egoísta de la colonia. Para salvar cuando menos una parte de los aborígenes, los jesuitas deben avenirse a un compromiso en cuanto al problema de la esclavitud.

Deben conceder a los colonos, como esclavos, los indígenas hechos prisioneros, pretendidamente, en la guerra «justa», es decir, en la lucha defensiva contra los nativos.

Huelga decir que esa cláusula se interpreta del modo más elástico y arbitrario. Por otra parte, se ven en la necesidad de aprobar la importación de negros africanos, a fin de evitar la acusación de impedir el progreso rápido de la colonia. Aun esos hombres de alto nivel espiritual y de intenciones humanas no pueden sustraerse al concepto corriente de la época, para el cual el esclavo negro es un artículo de comercio tan natural como la lana y la madera. En esos años, Lisboa, la metrópoli europea, alberga ya diez mil esclavos negros. ¿Cómo podía entonces negárselos a la colonia? Hasta los propios jesuitas están obligados a procurarse negros. Nóbrega informa con toda indiferencia, en una misma oración, que adquirió para su colegio tres esclavos y algunas vacas. Pero los jesuitas se atienen inflexiblemente al principio de que los nativos no son piezas de caza que pueda tomar cualquier aventurero advenedizo: protegen a cada uno de los neófitos, y la tenacidad ética con que luchan a favor del derecho de los brasileños morenos será, con el correr del tiempo, fatal para ellos. Nada tornó la situación de los jesuitas en el Brasil tan difícil como esa lucha por la idea brasileña de la población y animación del país con hombres libres, y uno de ellos confiesa, acongojado: «Habríamos vivido mucho más tranquilos si sólo nos hubiéramos quedado en las colonias y nos hubiéramos restringido a cumplir nada más que el servicio religioso.

Pero no en balde el fundador de su orden había sido previamente soldado; había educado a sus discípulos para luchar por una idea. Y esa idea la llevaron con su vida al país; fue la idea del Brasil.

El hecho de haber reconocido de inmediato, en su plan de conquista del imperio futuro, el punto adecuado para tender el puente hacia el futuro, revela al gran estratego que había en Nóbrega. Poco después de su arribo a Bahía, instaló la primera escuela de perfeccionamiento y visitó, con los hermanos llegados posteriormente, en viajes cansadores y fatigosos, toda la costa, desde Pernambuco hasta Santos, estableciendo una sede en San Vicente. Pero aun no encontró el lugar apropiado para el colegio máximo, para el centro nervioso, espiritual y eclesiástico, que ha de penetrar poco a poco el país entero, A primera vista, esa búsqueda preocupada, muy reflexiva, de Nóbrega, de un punto de apoyo acertado, resulta incomprensible. ¿Por qué no establece su cuartel general en Bahía, la capital, la sede del gobernador y del obispo? Pero aquí se advierte por primera vez un contraste oculto que, con el tiempo, se transformará en otro abierto, y hasta violento. La orden de Loyola no quiere iniciar su obra bajo la vigilancia del Estado, ni siquiera bajo la del Papa. Desde la primera hora, los jesuitas tienden en el Brasil hacia un objeto y propósito superiores al de constituir allí nada más que un elemento de colonización que enseñe, ayude y que esté subordinado a la corona y a la curia. El Brasil les significa un experimento decisivo, la primera prueba de la posibilidad de realización de su fuerza de organización, y Nóbrega lo manifiesta sin ambages: Esta terra es nossa empresa, con lo que quiere decir: «Somos responsables de su solución ante Dios y los hombres». Pero el hombre fuerte no asume una responsabilidad sino para sí solo. Los jesuitas -y ésa es la causa de la desconfianza solapada que los acompaña en el Brasil desde el comienzo y a través de toda la historia- perseguían, sin lugar a duda, un objetivo peculiar, personalmente excogitado y que los demás no podían reconocer. Lo que ellos pretendían -a sabiendas o inconscientemente-, no fue solamente la formación de una colonia portuguesa entre tantas otras, sino de una comunidad teocrática, una organización estatal novedosa, independiente de las fuerzas del dinero y del poder, tal como más tarde procuraron fundarla en el Paraguay. Desde el primer momento pensaban crear en el Brasil algo único, nuevo, ejemplar, y semejante concepción original debía, tarde o temprano, chocar con las ideas meramente mercantiles y feudales de la corte portuguesa. Por cierto que no pretendían, según los acusaban sus enemigos, adueñarse del Brasil en el sentido soberano o capitalista, a favor de su orden y de los fines de la misma.

Querían ser en el Brasil algo mas que meros predicadores del Evangelio, querían imponer allí con su presencia algo diferente y algo más que las demás órdenes religiosas. De ello se percató desde un principio el gobierno, que los utilizaba agradecido, pero sin dejar por ello de vigilarlos con leve desconfianza; de ello se percató la curia, que no estaba dispuesta a compartir su autoridad espiritual con nadie; de ello se percataban también los colonos, que se sentían trabados por los hermanos de la orden en su desconsiderada rapiña. Precisamente por no pretender una cosa visible, sino la imposición de un principio espiritual, idealista y por lo mismo incomprensible para las tendencias de la época, encontraron desde los comienzos una resistencia continua, a la cual, por último, debían sucumbir, expulsados del país, en el cual, a pesar de todo, habían dejado depositada la semilla de la fructificación.

Nóbrega procedía, pues, con perfecta premeditación cuando, para evitar todo el tiempo posible ese conflicto, quería fijar su Roma, su capital espiritual, a distancia de la residencia del gobernador y del obispo. Sólo en un lugar donde pudiera obrar sin trabas y sin vigilancia podía tener éxito aquel proceso lento y penoso de la cristalización, que él tenía presente.

Ese traslado del centro de actividades desde la costa al interior significaba una ventaja bien meditada, tanto en el sentido geográfico como a los fines de la catequización. Sólo un cruce de caminos en el interior del país, protegido, por una cadena montañosa, contra ataques de piratería desde el mar, y cercano, sin embargo, del océano, pero poco distante, a la vez, de las distintas tribus que había que ganar para la civilización y que educar en el sentido de apartarlas de la vida nómada, para llevarlas a otra sedentaria, sólo un lugar así podía constituir la célula germinativa ideal.

La elección de Nóbrega recae sobre Piratininga, la São Paulo de hoy en día, y el ulterior desarrollo histórico confirmó la genialidad de su decisión, pues la industria, el comercio, el espíritu de empresa del Brasil han seguido, aun después de los siglos, a su elección inspirativa. En el mismo lugar donde, ayudado por sus compañeros, levanta el 21 de enero de 1554 aquella paupérrima e estreitíssima casinha, se levanta hoy una metrópoli moderna con sus rascacielos, fábricas y calles repletas de gente. Nóbrega no hubiera podido elegir mejor lugar. El clima de ese altiplano es templado, la tierra es saturada y fértil, hay un puerto cerca y los ríos aseguran la comunicación con las grandes corrientes de agua del Paraná y del Paraguay y, por consiguiente, del Plata. Desde ese punto, los misioneros pueden adelantar en todas las direcciones hacia las diversas tribus, e irradiar su obra de instrucción.

Además, no existe por el momento en los alrededores del pequeño poblado ninguna colonia de desgregados que corrompan las costumbres. Y pronto la nueva sede sabe conquistarse la amistad de las tribus vecinas mediante regalos insignificantes y buen trato. Sin gran esfuerzo, los nativos dejan reunir por los sacerdotes, en pequeñas aldeas, comunidades económicas que se parecen bastante a las chacras colectivas de la Rusia actual. Y al cabo de poco tiempo, Nóbrega puede informar: Vai-se fazendo uma fermosa povoaçao.

La orden misma no tiene todavía, como en tiempos ulteriores, abundantes propiedades raíces, y los escasos medios sólo permiten, por el momento, un desarrollo del colegio en pequeña escala. Pero, no obstante, pronto se forman allí una cantidad de píos, hermanos, blancos y de color, que, en cuanto dominan la lengua del país, pasan como missoes volantes de tribu en tribu para inducir siempre a nuevos nómadas a la vida sedentaria, y ganarlos para la fe. Queda creado un punto de bifurcación, la primera escola par muitas naçoes de Indios, y no tarda en establecerse entre el misionero y las tribus arraigadas un sentimiento sincero de solidaridad. Cuando se produce el primer asalto de bandas trashumantes, son los ya neófitos los que, con apasionada abnegación, rechazan el ataque bajo la dirección de su cacique Tibiriçá. Ha comenzado el gran experimento de la colonización nacional bajo dirección eclesiástica, que hallará luego en la república jesuítica del Paraguay su realización única.

Pero la fundación de Nóbrega significa, además, un progreso grande en el sentido nacional. Por primera vez se establece cierto equilibrio para el Estado futuro. Mientras el Brasil no era, hasta entonces, en rigor de verdad, sino una angosta franja costera con tres o cuatro ciudades portuarias al Norte, que sólo mercaban con productos tropicales, empieza ahora a desarrollarse una colonización al Sur y en el interior del país. Pronto, esas energías lentamente acumuladas se adelantarán de un modo productivo, descubriendo, por propia curiosidad e impaciencia, el país con sus formas y ríos, en su amplitud y profundidad. Con la primera colonización disciplinada en el interior, la idea preconcebida ya se ha transformado en semilla y acción.

El Brasil tiene unos cincuenta años de edad cuando, después de inciertos movimientos embrionales, realiza por primera vez signos de una vida propia, verdaderamente consciente.

Poco a poco, se van manifestando los resultados de la organización colonial. Las plantaciones de azúcar de Bahía y Pernambuco arrojan, pese a su manejo primitivo aun, beneficios abundantes. Se acercan cada vez con mayor frecuencia buques para cargar materia prima y cambiarla por productos manufacturados. No son muchos aun los que se aventuran hasta el Brasil, y apenas si hay un libro que dé cuenta al mundo de esa vasta tierra. Pero precisamente el modo titubeante y esporádico como la colonia se hace presente en el comercio mundial es, al fin de cuentas, una suerte para el Brasil, porque le asegura un desarrollo orgánico. En tiempos de conquista y de fuerza, siempre es más bien una ventaja para un país cuando permanece sin ser notado y ambicionado.

Los tesoros que Alburquerque avistó en la India y en las Molucas, el botín que Cortés trae de Méjico y Pizarro del Perú desvían del Brasil, del modo más feliz, la atención y el ansia de posesión de las demás naciones. «El país de los papagayos » sigue siendo considerado como quantité négligeable, por el que no se esfuerzan seriamente ni la propia metrópoli ni otros pueblos.

No se trata, por lo mismo, de un acto verdaderamente bélico cuando el 10 de noviembre de 1555 una pequeña flota bajo pabellón francés fondea en la bahía de Guanabara, desembarcando en una de sus islas un centenar de hombres. De hecho no molestan con ello a ninguna posesión extraña, puesto que en ese entonces Río no es todavía una ciudad, sino apenas un poblado. En las pocas chozas dispersas no hay un soldado ni un funcionario del rey de Portugal, y el extraño aventurero que iza aquí la bandera no encuentra resistencia contra su atrevido golpe de mano. Ambigua y atractiva figura es ese caballero de Rodas, Nicolás Durand de Villegaignon, a medias pirata, a medias sabio y todo un pedazo cabal del Renacimiento. Él llevó a María Estuardo desde Escocia a la corte real de Francia, se distinguió en el campo de batalla, probó suerte como aficionado en las artes. Ronsard le elogia y la corte le teme debido a su espíritu incalculable, inconstante. Toda labor regular le repugna, y rechazó el mejor empleo, las más altas distinciones, para poder dar rienda suelta, libremente y sin trabas, a sus antojos, a menudo fantásticos. Los hugonotes lo consideran católico, los católicos le tienen por hugonote. Nadie sabe a qué causa sirve, y tal vez él mismo no sabe, en cuanto a su persona, sino que quisiera hacer algo grande y extraordinario, algo distinto de lo que hacen los demás, algo más salvaje, más osado; más romántico y más singular. En España hubiera llegado a ser un Pizarro o un Cortés, pero su rey, muy ocupado en el propio país, no organiza ninguna aventura colonial. Por eso, el impaciente Villegaignon tiene que inventarse una, por su propia cuenta. Reúne unas cuantas naos, las tripula con un centenar de hombres, en su mayoría hugonotes, que se sienten incómodos en la Francia de los Guisa, pero también con unos cuantos católicos, entre ellos, que desean llegar al mundo nuevo, y ansioso de gloria en grado máximo, lleva consigo también, previsoramente, un historiador, André Thévet, pues alienta nada menos que el sueño de fundar una France Artaretique, cuyo creador, gobernador y acaso príncipe omnímodo quiere ser él mismo. Es difícil averiguar hasta qué punto la corte de Francia conocía esos planes, y hasta qué extremo acaso los aprobaba y tal vez fomentaba. Probablemente, en el caso de un éxito, el rey Enrique se hubiera adueñado de la acción del mismo modo como Isabel de Inglaterra se apropiaba de los hechos de sus piratas Raleigh y Drake. Por lo pronto, sólo se permite a Villegaignon probar suerte como particular, para no caer en culpa frente a Portugal a causa de una misión y anexión oficiales.

Villegaignon, que como soldado experto piensa en primer lugar en la defensa, construye, a poco de llegado, en la isla que hoy lleva su nombre, un fuerte, que llama Coligny en homenaje al almirante hugonote, en tanto que bautiza fachendosamente con el nombre de Henriville - por respeto a su rey- a la ciudad futura frente a la isla, que, sin embargo, por el momento no es sino un pantano rodeado de colinas deshabitadas. Inescrupuloso en cuestiones religiosas, y puesto que no encuentra otros católicos para esa soñada colonia francesa, hace venir en 1556 un cargamento de calvinistas de Ginebra, lo que dentro del pequeño establecimiento origina pronto rencillas religiosas. Dos clases de predicadores que se llaman mutuamente herejes son demasiado para una estrecha isla. Pero, con todo, France Antarctique queda fundada, y los franceses que no toleran la caza de esclavos, viven pronto en la mejor armonía con los nativos, con los cuales hacen intercambio. De aquí en adelante, los barcos franceses van y vienen regularmente entre su país de origen y ese establecimiento, no reconocido aún oficialmente por Francia, como si fuera su puerto legal.

Desde luego, esa incursión no puede dejar indiferente al gobernador residente en Bahía. De acuerdo con los principios legales en vigor a la sazón, las costas brasileñas son un mare clausum, en cuyas costas no pueden fondear ni comerciar las naves extranjeras, Pero el hecho de establecer una fortificación con militar extranjero en el mejor puerto de la colonia significa la división del Sur y el Norte y, por ende, la destrucción de la unidad del Brasil. La misión más natural del gobernador sería la de capturar esos barcos extranjeros y derribar el establecimiento, pero no tiene poder alguno para emprender una acción militar de semejante alcance. Los pocos centenares de soldados que habían llegado simultáneamente con él al Brasil se han transformado en el ínterin, ha tiempo ya, en agricultores y dueños de plantaciones, y muestran poca disposición para volver a ceñirse la coraza después de sus años de comodidad. Por otra parte, el joven ente carecía todavía de toda suerte de sentimiento nacional, de toda idea de comunidad, mientras que en Portugal, a su vez, falta el reconocimiento cabal del peligro y, como siempre, el dinero necesario para una expedición rápida. La corona sigue sin atribuir a la cenicienta Brasil suficiente importancia como para :armar una costosa flota. De este modo, los franceses tienen abundante tiempo para fortificarse y atrincherarse continuamente.

Sólo cuando en el año de 1557 se envía un gobernador nuevo, Mem de Sá, a Bahía, inícianse los preparativos para una acción contra los intrusos. Men de Sá deposita su confianza ilimitada en Nóbrega y se somete por entero a su autoridad espiritual. Y es nuevamente Nóbrega quien, con toda su energía apasionada, reclama un proceder oportuno contra los franceses. Los jesuitas conocen mejor el país y están más preocupados por su porvenir que los negociantes de Lisboa, que valúan sus dominios únicamente de acuerdo con el rendimiento momentáneo de sus especierías; saben que si aquellos hugonotes franceses llegan a radicarse definitivamente en la costa brasileña, queda destruida para siempre, no sólo la unidad del país, sino también la unidad de la religión. El gobernador y Nóbrega envían alternativamente carta tras carta a Portugal para exigir que se faça socorrer a esse pobre Brasil.

Pero Portugal -un segundo Atlas- debe soportar sobre sus hombros débiles un mundo entero, y transcurren así dos años más, hasta que en 1559 llegan, por fin, unas cuantas naos desde Portugal, y Mem de Sá puede pensar en una acción militar contra los intrusos.

El jefe verdadero de esa expedición es Nóbrega, quien juntamente con Anchieta reclutó el mayor número posible de sus neófitos para reforzar con ellos las escasas tropas portuguesas.

Aparece junto con el gobernador general el 18 de febrero de 1560 frente a Río, y en cuanto el 15 de marzo llegan desde San Vicente las tropas auxiliares rápidamente reunidas, iníciase el ataque contra la fortaleza de Villegaignon.

Desde la perspectiva de la actualidad, esa acción, en verdad importante, sólo parece una guerra entre sapos y ratones.

Ciento veinte portugueses y ciento cuarenta nativos arremeten contra el fuerte Coligny, al que defienden setenta y cuatro franceses y algunos esclavos. Los franceses no pueden resistir y huyen oportunamente a tierra firme hasta junto con sus amigos nativos, para atrincherarse nuevamente sobre las colinas. Para los portugueses esa acción significa una victoria, puesto que han tomado el fuerte Coligny, la bastilla; sin perseguir o aniquilar a los franceses, regresan a Bahía y San Vicente.

Pero no es más que una victoria a medias, pues los franceses continúan en el país. En total, han sido rechazados aproximadamente un kilómetro, es decir, un espacio que hoy se recorre en automóvil en un par de minutos. Siguen sin ser molestados en el puerto, como antes, continúan su comercio, cargan y descargan sus barcos y construyen en el Morro da Gloria una fortificación nueva para reemplazar a la anterior, e incluso azuzan a los tamoios, sus amigos indios, contra los portugueses, y el primer ataque contra São Paulo por parte de integrantes de esa tribu posiblemente ha sido organizado por aquéllos. Pero Mem de Sá no tiene fuerzas para expulsar a los intrusos. Como siempre en el Brasil, desde los comienzos hasta la fecha, la falla es una misma: hay escasez de hombres.

Mem de Sá no puede desprenderse de un solo brazo en Bahía, ya que de lo contrario se estancaría la producción de azúcar, el elemento principal de la economía brasileña; y además, una peste fatal mató a la mayor parte de la población.

Sin el apoyo de Portugal es imposible, pues, expulsar a los franceses de su posición nueva, y esa ayuda se hace esperar indefinidamente; los colonos de Villegaignon permanecen así cinco años más en el Brasil, sin ser molestados. Y es de nuevo Nóbrega quien insiste y advierte sin cesar que si en vez de Portugal llegan a ser. los franceses los que envían socorros, la corona perderá definitivamente la bahía de Río y con ella el Brasil. Por último, la reina atiende sus súplicas urgentes y despacha desde Lisboa a Estacio de Sá para atacar al enemigo junto con las tropas auxiliares preparadas en el país por los jesuitas. Nuevamente empiezan, en dimensiones liliputienses, las acciones guerreras. El 19 de marzo de 1565, Estacio de Sá entra con su flota de guerra en la bahía de Guanabara y levanta su campamento al pie del Pan de Azúcar, donde hoy se encuentra el barrio de Urca. Pero -cosa inconcebible para nuestros conceptos modernos- antes de que se lleve a cabo el ataque contra el Morro da Gloria, cuya distancia del Pan de Azúcar se recorre hoy exactamente en diez minutos, pasan no menos de veintidós meses. Sólo el 20 de enero de 1567, Estacio de Sá conduce a sus soldados al asalto, y en una lucha de pocas horas de duración, con una pérdida de veinte o treinta hombres, prodúcese una decisión de importancia histórica: si la ciudad se llamará en adelante Río de Janeiro o Henriville, y si el Brasil será un país de habla portuguesa o francesa. En esas dimensiones, con dos o tres docenas de soldados, librábanse en ese entonces, tanto en América como en la India, unas luchas que habían de determinar por espacio de siglos la forma y el destino de nuestro continente. Estacio de Sá, herido por una flecha, paga la victoria con su vida. Pero esta vez trátase de un triunfo decisivo.

Embarcándose en sus cuatro naos, los franceses huyen del país y. sólo llevan a Francia la noticia de la existencia del tabaco, que como homenaje a su embajador, Jean Nicot, designan con su nombre. Sobre las ruinas de la fortaleza francesa en el Morro da Gloria, el obispo consagra la Iglesia de la futura capital del Brasil; en esa hora surge la ciudad de Río de Janeiro.

Fue un combate liliputiense, pero salvó la unidad del Brasil; el Brasil pertenece a los brasileños. Pero ahora se impone la necesidad de desenvolver la colonia, y para ello puede disponer de casi cincuenta años enteros de paz completa.

Los límites van adelantando poco a poco en dirección a Río Grande del Norte, y el interior, las colonias de los jesuitas, en São Paulo empiezan a desarrollarse de manera fecunda, las plantaciones del litoral dan fruto abundante, y, aparte de las exploraciones siempre crecientes de azúcar y tabaco, florece otro negocio, más oscuro: la importación de «marfil negro».

De mes en mes se traen cargamentos cada vez mayores de esclavos negros de Guinea y del Senegal, y los infelices que no mueren durante el viaje, en las embarcaciones repletas y hediondas, son negociados en el gran mercado de Bahía.

Durante algún tiempo, esa abundancia, de negros y el número sorprendente de «mamelucos» engendrados por los portugueses, de esos mestizos de todos los matices, amenazan con hacer desaparecer la influencia europea, civilizadora.

Frente a un puñado de hombres emprendedores que se enriquecen sin medida, se halla, en las ciudades del litoral, un sinnúmero de esclavos de color; sin el trabajo equilibrador de los jesuitas, que en el interior del país instalan en todas partes haciendas y educan a la población para la vida sedentaria, que impiden la exterminación de los nativos y que gracias a la falta de prejuicios fomentan el mestizaje, el Brasil acaso se habría transformado en un país africano, puesto que Europa se mostraba absolutamente indiferente a su respecto.

Esa Europa, sin embargo, envuelta en cien guerras, no puede desprenderse de nuevos colonos, y sólo se encuentran pocos hombres comprensivos que captan paulatinamente todo el valor de ese país. Ya en el año de 1587, Gabriel Soares de Sousa estampará en su Roteiro estas palabras proféticas: Estará bem empregado todo cuidado que Sua Majestade mandar ter deste novo reino, pois está capaz para se edificar nelle um grande imperio, o qual cum pouca despeza deste reino se fará tao soberano que seja un dos estados do mundo.

Pero ha tiempo ya que pasó la hora en que Portugal, que dominaba la mitad del mundo, estaba aún en condiciones de prestar ayuda a alguien, pues se acabó su grandioso sueño romántico de conquistar los tres continentes enteros para sí y para la religión cristina. No se conformaba ese pequeño y valiente país con poseer ambas costas de África, la oriental y la occidental, y con haber sometido a la India, hasta mucho más allá de los límites de la China, a su monopolio comercial.

El rey Sebastián, el último y más atrevido soñador de esa estirpe heroica, sueña con una cruzada que debía, de una vez para siempre, poner fin al poderío musulmán. En vez de distribuir sus mejores fuerzas, sus caballeros y sus soldados en las colonias para mantener el imperio de los Lusiadas mediante una organización práctica, reúne, cual un caballero del Santo Grial, ataviado con armadura de plata, su poderío entero en un solo ejército y se traslada a África para aniquilar de un golpe al moro, el enemigo tradicional. Pero el golpe aniquilador no alcanza a los moros sino a él mismo, y en la batalla de Alcazarquivir, esa última y tardía cruzada del Occidente contra el Oriente, el ejército portugués sale, en el año de 1578, totalmente derrotado y cae muerto el propio rey Sebastián. La enorme sobretensión de la voluntad se ha vengado cruelmente: Portugal, el pequeño país que pretendía someter un universo, pierde su propia independencia, y España se adueña del trono que ha quedado vacante. El país, desangrado por mil batallas, no puede ofrecer resistencia; por espacio de sesenta y dos años, desde 1578 hasta 1640, Portugal desaparece de la historia como país independiente. Todas sus colonias, y, por lo tanto, también el Brasil, se convierten en posesiones de la corona de España.

De ese modo, por un minuto universal, Felipe II domina un imperio mundial, que excede en mucho el de Alejandro y el romano de Augusto; aparte de la península ibérica, pertenecen a ese habsburgués, Flandes y toda la América ya conocida, las tres cuartas partes de África y el imperio de las Indias conquistado por los portugueses. Y esa sensación de fuerza y grandeza se refleja en el arte ibérico. Cervantes, Lope de Vega y Calderón producen sus obras incomparables; toda la riqueza de la tierra afluye a ese solo país triunfante.

El Brasil contribuye poco a ese triunfo y no se beneficia en nada de él; en lugar de aumentar su poder gracias a la circunstancia de pertenecer, sin quererlo, a ese imperio ibérico, la colonia, que hasta ahora no había sido importunada, tiene que recibir a todos los enemigos de España: piratas ingleses saquean Santos, incendian San Vicente; los franceses se establecen transitoriamente en Maranhao; los holandeses irrumpen en Bahía y saquean ah! los barcos. El Brasil tiene que sentir dolorosamente cuántas potencias nuevas disputan a España, desde el aniquilamiento de la Invencible, el dominio de los mares. Es verdad que ninguno de esos actos de piratería hiere al país en mayor profundidad; no pasan de causar pequeños daños y desazones que no pueden perjudicar su rápido desenvolvimiento. La situación sólo se torna peligrosa para el Brasil cuando Holanda, se dispone a ejecutar un plan bien trazado y estudiado, no ya para asaltar simplemente unos puertos, sino para conquistar en su integridad het Zuikerland, según los buenos comerciantes llaman al Brasil, dándole el nombre de su mejor producto comercial.

Holanda, ejemplarmente organizada en materia económica, conoce de modo exacto el valor del Brasil, y es difícil que hayan pasado por alto a sus comerciantes vigilantes las palabras contenidas en los Diálogos das grandezas do Brasil, de acuerdo con las cuales ese país en su integridad poseía más riquezas que las Indias. No ha de ser, pues, por casualidad que en el año de 1621 se fundara en Amsterdam, siguiendo el ejemplo de la Compañía de las Indias, una Companhía das Indias Ocidentais, dotada de abundantes capitales -según se decía-, meramente para comerciar con el Brasil y la América del Sur en general, pero, en realidad, con la segunda intención.

de apoderarse de ese país enorme a favor de Holanda y su monopolio comercial. Integran esa compañía unos calculadores avezados, quienes comprenden que, para alcanzar tan grande objetivo, hay que emplear también fondos ingentes.

Para ocupar el Brasil, y, cosa más importante aún, para retenerlo luego, no se puede, tal cual lo hicieron los franceses, fletar dos o tres barcos con colonos cansados de Europa y marineros enganchados a toda prisa, sino que es menester armar una flota verdadera y embarcar en ella un ejército adiestrado. Nada demuestra más claramente el desenvolvimiento y la importancia que en los últimos cincuenta años el Brasil había alcanzado a los ojos del mundo que las condiciones en que se preparaba la nueva agresión. Mientras Villegaignon atraca con tres o cuatro barcos para fundar la Francia Antártica y las luchas decisivas se libran luego entre setenta y cien hombres de guerra improvisados, la compañía holandesa prepara, de antemano veintiséis barcos, que dota con mil setecientos soldados entrenados y mil seiscientos marineros.

El primer golpe va dirigido contra la capital. El 9 de mayo de 1624, Bahía cae, casi sin oponer resistencia, y los holandeses se llevan un botín incalculable. Sólo entonces despierta España; despacha más de cincuenta naves con once mil hombres, que, en compañía de las tropas auxiliares nativas procedentes de Pernambuco, reconquistan Bahía antes de que llegue la segunda flota holandesa, compuesta por treinta y cuatro barcos. Reconociéndose el valor de la colonia hasta entonces despreciada, ya se han centuplicado los esfuerzos para asegurar la posesión del «país del azúcar». Obligada a ceder en Bahía, la compañía holandesa prepara un nuevo ataque con nuevos refuerzos, y obtiene con ello éxito. En el año de 1635 queda ocupado Recife, y en los años siguientes toda la costa septentrional, con excepción de Bahía. A partir de esa hora, existe en el norte del Brasil, y por espacio de veintitrés años, una administración holandesa independiente.

El esfuerzo colonizador realizado durante esos veintitrés años por los holandeses es, en verdad, magnífico. Supera en mucho todo cuanto los portugueses hicieron en los cien años precedentes. Los holandeses tienen ideas de organización claras y probadas. No confían la inmigración ni la administración a elementos anárquicos accidentales, no envían la escoria de su país, sino sus mejores hombres y los más cuidadosamente seleccionados. Mauricio de Nassau, quien como gobernador de la corona administra el nuevo país, no sólo es de estirpe real, sino que es también un noble en el sentido espiritual, hombre de vastos alcances, de grandes empresas y tolerante. Trae todo un estado mayor de especialistas, ingenieros, botánicos, astrónomos y eruditos, para explorar, colonizar y europeizar el país. Nada es más característico para conocer la inferioridad del material cultural que, en comparación con los franceses y holandeses, los portugueses habían llevado al Brasil, que la circunstancia de que no poseemos, acerca de los primeros años de la juventud del Brasil, una sola descripción de valor verdaderamente literario debida a algún portugués, abstracción hecha de las cartas de los jesuitas, en tanto que los franceses, al cabo de pocos años ya, dan al mundo la obra sobre la France Antarctique, y Nassau manda a Barlens confeccionar aquella ejemplar obra de lujo, provista de grabados y mapas, que inmortalizan su gloria y su empeño.

Mauricio de Nassau hace buena figura dentro de la historia del Brasil. Como humanista, llevó consigo la idea de la tolerancia, permitió a todas las religiones su libre desenvolvimiento, facilitó a todas las artes un desarrollo fecundo, y aun los, colonos viejos no pueden lamentarse de violencia alguna. En Recife, que se denomina en su honor Mauritzstaad o Mauricea, se construyen palacios, casas de piedra y aseadas calles, y las regiones circundantes son exploradas por los geógrafos. Se introducen nuevas prensas hidráulicas para la industria azucarera, se da a los negociantes fugitivos de Portugal intervención en el comercio, y toda la vida pública es orientada en el sentido de la estabilidad y el progreso. Se asegura a los portugueses sus derechos, y a los indígenas su libertad.

En cierto modo, Mauricio de Nassau realiza, en el sentido de la humanidad, el mismo ideal de la colonización pacífica que, sobre la base religiosa, habían perseguido los jesuitas.

Pero el destino del Brasil no se decide en el Brasil, sino en Europa. En el año de 1640, Portugal volvió: a independizarse de España y reconquistó, bajo don Juan IV, su corona propia. Debido a ello, toda ulterior ocupación del Brasil por Holanda carece ya de fundamento legal. Un armisticio procura reposo a ambos bandos, y puesto que los Países Bajos, a su vez, como nueva potencia marítima, se ven envueltos en un conflicto con la potencia marítima más naciente todavía, con Inglaterra, puede reiniciarse la lucha por: la liberación del Brasil; y ahora son, por vez primera, fuerzas brasileñas nacionales las que la alientan. En esta oportunidad, no es tanto Portugal como la misma colonia la que lucha, por su unidad e independencia. Y nuevamente los elementos eclesiásticos asumen la dirección, porque reconocen la importancia vital del esfuerzo por mantener el nuevo país libre de toda infiltración de elementos protestantes, cuya presencia podría trasladar la homicida guerra religiosa de Europa al Brasil. En el año de 1649, el padre Vieira, uno de los diplomáticos más geniales de su tiempo, funda en Lisboa una compañía para contrarrestar la obra de la similar holandesa, la Compañía Geral do Comercio para o Brasil, que, por iniciativa propia, arma una flota; y, al mismo tiempo, se improvisa en el Brasil, en colaboración con los comerciantes locales, deseosos de recuperar sus plantaciones e ingenios de azúcar, un ejército nacional.

Entonces acontece lo sorprendente: mientras Portugal sigue aún negociando con Holanda y discute si la costa del Brasil, y qué parte de ella, debe quedar en su poder, y aun antes de que llegue la flota que Portugal envía a modo de auxilio, los brasileños ya han procedido por iniciativa propia; rechazan a los holandeses paso a paso, Mauricio de Nassau abandona el país y el 20 de enero de 1654 capitula Recife, su último baluarte; los holandeses se retiran definitivamente. En tanto el utópico reino de los Lusiadas desaparece con la misma rapidez con que lo edificara el momento fecundo de Portugal, el Brasil se conserva íntegro para sí mismo.

En conjunto, el episodio holandés significa para la historia del Brasil un azar venturoso. Duró lo suficiente como para demostrar, por obra de una administración ejemplar, lo que puede conseguirse en este país con una organización buena y civilizada, y, por otra parte, no duró bastante como para anular la unidad del idioma y de las costumbres portuguesas; al contrario: la misma amenaza de un gobierno extraño, crea y fomenta el sentimiento nacional brasileño. De Norte a Sur, la colonia tiene ahora la sensación de constituir un país único, unánimemente resuelto a alejar de su organismo toda intervención violenta en su vida nacional con igual violencia; en adelante, todo lo extraño debe de amalgamarse con lo que es brasileño, si pretende mantenerse. En apariencia, el Brasil quedó reintegrado con esta guerra a Portugal, pero en realidad fue reconquistado para sí mismo.

En esa guerra entre portugueses y holandeses aparece por primera vez este nuevo elemento, cuyas fuerzas y peculiaridades aun se ignoran: el brasileño.

Lentamente empezó a formarse ese tipo, primero de un modo asaz antagónico. El litoral y el interior del país presentan un aspecto absolutamente distinto. A las ciudades costeras afluye continuamente sangre nueva, inmigrantes, comerciantes, marineros y esclavos, mientras que en las aldeas de tierra adentro se conserva siempre la misma sangre. Los hombres del litoral son negociantes o industriales primitivos, su patria verdadera es el mar, y, sin querer, miran con sus productos y sus proyectos, constantemente, hacia Europa. La patria de los colonos, en cambio, es el suelo, y sólo la tierra genera el sentimiento cabal de la unión.

La energía más recia está en los hombres del interior.

Ellos viven faltos de seguridad y, acostumbrados al peligro, han comenzado a amarlo. En São Paulo, sobre todo, empieza a formarse un tipo singular: el paulista. Como portugueses o hijos de tales, que llevan en su sangre, por una parte, el gusto nómada de los viejos indios y, por otra parte, el placer de las aventuras de sus antepasados europeos, esa nueva generación no gusta labrar con sus propias manos la tierra que posee. Ha tiempo ya que los esclavos se encargan para ellos de ese trabajo duro; y la manera lenta de adquirir fortuna repugna a su sangre inquieta. La agricultura y la ganadería no proporcionan riquezas mientras no se las organiza en gran escala, con cien esclavos, y ellos quieren enriquecerse al modo de los conquistadores, de una sola vez, a riesgo de la propia vida.

Por eso, los habitantes de São Paulo se reúnen varias -veces por año en grupos respetables para recorrer el país como bandeirantes con una bandera al frente, a caballo y seguidos una tropa de siervos y esclavos, como otrora los salteadores, pero no sin antes hacer bendecir solemnemente su bandera en la iglesia. A veces se agrupan hasta dos mil hombres para tales entradas, y, por espacio de varios meses la ciudad y los pueblos quedan entonces sin hombres. Ellos mismos no sabrían decir qué les impele: en parte es la aventura misma, en parte, la esperanza de un hallazgo imprevisto en ese país inmenso e inexplorado. Desde los días del descubrimiento de los tesoros del Perú y de las minas de plata de Potosí, no se acallan los rumores acerca de un El Dorado legendario. ¿No podía, acaso, estar escondido en el Brasil? Por eso, los paulistas remontan la corriente de los ríos, ascienden y descienden de las montañas, siguiendo cada vez nuevos caminos escabrosos, al azar de la dirección que el viento imprime a la bandera que va delante de ellos, y agitados siempre por la esperanza de tropezar en alguna parte con las minas legendarias.

Mientras el precioso metal no se deja encontrar, mientras, el Hércules do sertão, Fernão Días, no descubre al menos las esmeralda, traen siquiera otro botín: hombres vivientes.

Durante los primeros decenios, esas entradas no son, en verdad, más que bárbaras y salvajes cacerías de esclavos. Los paulistas consideran más cómodo y al mismo tiempo más interesante cazar indígenas como liebres, persiguiéndolos a caballo y con perros en cacerías que excitan los sentidos, que comprar negros en el mercado de Bahía; pero, por último, caen en la cuenta de que lo más cómodo no es perseguir a los amedrentados con perros de caza hasta muy selva adentro, sino sacar los esclavos simplemente de las colonias, donde los jesuitas los han establecido con tanto orden y les han enseñado ya a trabajar.

Desde luego, esa caballería salteadora es contraria a toda ley, pues el rey confirmó explícitamente la libertad de los indígenas, y Anchieta se lamenta desesperadamente: Para este género de gente nao ha melhor pregaçao que, espada e vara de ferro. Por mera codicia, esas bandas destrozan la obra de colonización penosamente realizada durante años y años; despueblan las colonias, llevan el terror hasta lejanas regiones pacificadas, esclavizan y roban seres humanos, no sólo indefensos, sino también civilizados ya y conquistados por el cristianismo.

Pero, debido al rápido aumento de su número con mestizos, los paulistas ya son demasiado fuertes para que las leyes y los preceptos puedan intimidarlos, y aun las bulas papales contra esas entradas y bandeiras no tienen poder en medio del sertão, la selva, virgen. La caza del hombre prosigue con creciente ensañamiento y penetra cada vez más en el país, y en la obra de Debret Voyage pittoresque au Brésil, de principios del siglo diecinueve, encontramos todavía uno de esos cuadros horrorosos, que muestra la manera cómo hombres, mujeres y niños desnudos, acoplados en largas varas, son conducidos como reses por esos brutales cazadores de esclavos.

Y, sin embargo, esos bárbaros pueden pretender para si, a pesar de ellos, un gran mérito en la historia del Brasil. La codicia -de por sí repudiable- de ganancias ha sido siempre una de las fuerzas más grandes para empujar al hombre hacia la lontananza; ella guió las naves fenicias a través del mar, ella atrajo los conquistadores a los continentes ignorados, y a pesar de ser el peor de los instintos, fue ella la que fustigó a la humanidad obligándola a abandonar el estancamiento y el gusto cómodo. De esta suerte, los bandeirantes, que sólo quieren robar y arrebatar, complementan de modo paradójico la obra civilizadora de la estructuración del Brasil, ya que con sus penetraciones salvajes y sin objeto preconcebido, fomentan el descubrimiento geográfico del país. Subiendo, desde Bahía, el río San Francisco, bajando desde São Paulo el Paraná y el Paraguay, ascendiendo, en dirección a Minas, la sierra hasta Matto Grosso y Goyaz, atravesando la selva virgen, establecen e investigan los primeros caminos a los territorios ignorados, y en tanto despueblan, colonizan también.

En algunos lugares se establecen parte de ellos y así nacen nuevas células de población, nuevos centros desde los cuales se forman nuevos nervios y arterias que se extienden hacia regiones no holladas hasta entonces por el hombre. Actuando con la más encarnizada enemistad contra el paciente plan de colonización de los jesuitas, apresuraron, sin embargo, la obra de penetración con sus impacientes avances hacia lo desconocido, «una parte de aquella fuerza», según Goethe, «que siempre quiere el mal y crea, no obstante, el bien». Ellos también tienen buena parte en la obra de la creación del Brasil.

Son también paulistas los que en una de sus entradas penetran en los valles completamente inhabitados de las sierras de Minas Geraes y encuentran allí, en el río das Velhas, el primer oro. Uno de los bandeirantes lleva la noticia a Bahía, y otro a Río de Janeiro, y en el acto se establece en ambas ciudades y en muchos otros lugares, una corriente migratoria, hacía esas regiones inhóspitas. Los dueños de plantaciones arrean sus esclavos, los ingenios quedan abandonados, y muchos soldados desertan; en el transcurso de pocos años se forma en la región del oro un pequeño círculo de ciudades, Villa Rica, Villa Real, Villa Alburquerque, con cien mil habitantes.

A ello se agrega poco después el descubrimiento de diamantes. De repente, el Brasil se convierte en la fuente de oro más rica del mundo y en la posesión más valiosa de la corona portuguesa, que se ha asegurado de antemano la quinta parte de todo el oro encontrado y todo diamante de más de veinticuatro quilates.

La nueva provincia ofrece al principio el cuadro de un caos absoluto. Como en los primeros tiempos de la colonización, los intrusos se sienten en esos valles montañosos remotos fuera de toda ley y deber, por falta de una fiscalización por el Estado, y el gobernador que ha sido nombrado tropieza -como en su tiempo los jesuitas- con una decidida resistencia al tratar de introducir el orden y la disciplina. Los paulistas se defienden contra los emboabos, los intrusos venidos del litoral, y se originan luchas desesperadas; de las cuales, a la postre, sale victoriosa la autoridad real. Es, al fin y al cabo, nada más que la codicia la que agrupa a los primeros buscadores de oro, que no quieren compartir con nadie la riqueza inesperada. Pero detrás de su oposición arbitraria ya obra, inconscientemente, a modo de voluntad superior, un sentimiento nacional. Con estas primeras sublevaciones contra la autoridad portuguesa, los paulistas presentan, de un modo puramente instintivo y sin formularla todavía, la exigencia de que toda riqueza del suelo, brasileño pertenezca al Brasil.

Encuentran que es absurdo que el oro que ellos -mejor dicho, sus esclavos- hallan, sea empleado para levantar palacios y conventos gigantescos a miles de millas de distancia, allende el mar, en un país que no verían en todos los días de su vida. En cierto sentido, esa primera revuelta, rápidamente sofocada, de los buscadores de oro contra la autoridad portuguesa, ya es el primer preámbulo de la gran lucha por la independencia que medio siglo después descargará nuevamente sus energías retenidas en esa misma ciudad y en ese mismo lugar. Es que el oro, la sustancia de valor más visible, fácil de convertir en dinero, dio al Brasil por primera vez la sensación y conciencia de su riqueza. Desde la hora del descubrimiento del oro, el Brasil ya no se considera deudor y comprometido a la gratitud para su país de origen, sino como sujeto libre que devolvió centuplicado a la metrópoli lo que otrora le debía. Ese torbellino de oro dura en conjunto no más de cincuenta años Luego se agota -¡una catástrofe para Portugal! esa fuente valiosa. Pero en la historia del Brasil se repite constantemente el mismo fenómeno singular: lo que significa un desastre para la metrópoli, para Portugal, se vuelve ventaja para la colonia. Al cesar las remesas de oro, Portugal se ve abocado a una crisis económica gravísima, que el marqués de Pombal no logra conjurar y que en su curso ulterior, tiene por consecuencia la expulsión de los jesuitas y la caída del propio ministro; el Brasil, en cambio, resulta por ello más bien estabilizado. El hallazgo del oro ha promovido una nueva remoción del equilibrio y por ende una consolidación del modo como se distribuyen los habitantes del Brasil.

Una vez más, grandes masas se trasladaron al interior hasta entonces poco poblado, y aun cuando se ha agotado la arena de oro de los ríos, los que fueron buscadores de oro prefieren, a pesar de no tener ahí un hogar, ni una patria en otra parte alguna, fijar una residencia en la matta, la fértil tierra baja de Minas Geraes, en vez de volver al litoral. De esta manera, nuevamente queda poblada –como anteriormente sucedió en São Paulo- una provincia, y el río, hasta entonces no aprovechado, de San Francisco, convertido en una activa vía de comunicación. El Brasil se transforma cada vez más de simple costa en un país verdadero.

Mas para el Brasil resulta más importante que todo el oro extraído el sentimiento poderosamente fortalecido de su propio valor. En luchas contra los franceses, que desde el Norte avanzan hacia Maranhao; con atrevidas incursiones en regiones desconocidas y la progresiva colonización del Oeste, la población fue ganando por su propio esfuerzo la cuenca del Amazonas, Matto Grosso, Goyaz, Río Grande del Sur y varias provincias más, cada una de las cuales es de una superficie tan grande o mayor que los omnipotentes Estados europeos, como Francia, España y Alemania.

En una época en que Norteamérica, cuya superficie es igual a la del Brasil, apenas conoce la sexta parte de su suelo, el Brasil se ha extendido hasta cerca de sus fronteras actuales, y hace mucho tiempo ya que la pequeña metrópoli ha dejado de servir de vara, pues diseñado en los límites inmensos del Brasil, Portugal aparece pequeño como una mancha de tinta en una enorme tela. Y cuando en el año de 1750, en el tratado de Madrid, se procura fijar definitivamente las fronteras del Brasil con las posesiones españolas, España debe reconocer a disgusto que, desde hace tiempo ya, es imposible restringir el nuevo país a las líneas anticuadas del tratado de Tordesillas y que, con el derecho más fuerte de su trabajo colonial, dejó sin valor a todos los articulados de papel. A la vuelta del siglo dieciocho, Europa y el propio Brasil empiezan paulatinamente a comprender cuán grande, cuán poderoso, cuán unido llegó a ser en esos años aparentemente faltos de grandes sucesos, gracias a su modo de ser tranquilo y perseverante. Y cuanto más se emancipa de su infancia, de su independencia económica, tanto más debe sentir como inconveniencia e injusticia que su desarrollo libre siga siendo trabado de manera mezquina por la tutela poco política, y además imprudente, de Portugal.

Con el propósito de extraer los mayores provechos posibles de su colonia, la corona de Portugal envuelve al Brasil con una red tupida de leyes, que aísla del comercio mundial a las arterias pletóricas de fuerza del joven país. El gobierno no permite, v. gr., al país donde el algodón crece libre y exuberante, la fabricación de tejidos, para obligar así al Brasil a encargar los productos manufacturados en Lisboa. Y las prohibiciones de ese jaez se multiplican hasta lo arbitrario y estúpido. Así, se prohibe, por un decreto fechado en 1775, la fabricación de jabón, se prohibe la producción de alcohol, a fin de obligar a los consumidores a beber mayor cantidad de vino portugués. El gobernador se niega a recibir en su palacio a cualquier persona que no lleve vestido confeccionado con telas portuguesas. Se prohibe en un país que ya cuenta con dos millones y medio de habitantes, la plantación de arroz, y en el siglo de la filosofía y del enciclopedismo, no se permite a sus ciudades la impresión de diarios y ni siquiera de libros; ningún brasileño tiene derecho a comprar un navío extraño, ningún extranjero tiene permiso para vivir en Río y apenas si alguno lo tiene para llegar hasta esa ciudad. El Brasil queda cercado como si fuese el jardín particular del rey de Portugal. Aun en el siglo diecinueve, cuando Humboldt quiere recorrer el país para escribir su grandiosa obra, que en verdad revela el Brasil al mundo, las autoridades reciben instrucciones confidenciales en el sentido de que, en el caso de aparecer «cierto barón Humboldt», le opongan todas las dificultades posibles.

De esta manera resulta fácil comprender la atención apasionada que los brasileños prestan a la lucha por la independencia de Norteamérica, que se deshace por la fuerza de una tutela mucho más benigna y cuerda y obtiene su libertad. Los primitivos modeladores y maestros de la forma de vida brasileña, los jesuitas, que resultaron más impopulares en la medida en que su organización se volvía más comercial y económica, compitiendo con los colonos locales, tuvieron que abandonar el país por orden del marqués de Portugal; pero ello no significaba, ni mucho menos, que los brasileños se hubieran adueñado de la noche a la mañana de los poderes y derechos para determinar su propio destino; los virreyes administran el país exclusivamente en beneficio de Portugal y se preocupan poco por su desarrollo independiente. Lenta, pero irresistiblemente va formándose un partido portugués, o, mejor dicho, un partido que entonces habría podido conformarse fácilmente con la sola concesión de la igualdad de derechos y de la participación del Brasil en el comercio mundial.

El brasileño no es por naturaleza radical ni revolucionario; seria fácil todavía conservar, con mano leve y hábil, e! dominio del país. Pero en Lisboa no hay comprensión para sus deseos, y el mismo Pombal, que se esfuerza en vano por inducir a Portugal a un punto de vista más esclarecido y condescendiente, no procura al Brasil, a pesar de algunas mejoras de orden económico, el completo despliegue orgánico de sus fuerzas. La expulsión de los jesuitas, que ordena a modo de paliativo, de calmante, y que se efectúa contra la resistencia obstinada de las poblaciones adictas a ellos, no redunda de ningún modo en ventaja moral o en beneficio material para el país; al contrario, la animadversión que los colonos demostraron hasta entonces a aquellos organizadores religioso-comerciales, se dirige ahora, compacta, contra la metrópolis.

Ya anteriormente se habían producido aislados conatos de rebelión contra los funcionarios fiscales de Portugal en Minas Geraes, Bahía y Pernambuco; pero, por falta de cohesión, fueron sofocados por la fuerza, En la mayoría de los casos, no fueron sino revueltas locales contra algún nuevo gravamen o una nueva restricción, estallidos impulsivos de una masa improvisada, que por ser tales no significaban en verdad un peligro par la autoridad de Portugal. Sólo a fines del siglo se inició un movimiento nacional plenamente consciente de sus propósitos, llevados por el idealismo, cuyos protagonistas fueron los inspiradores de la Inconfidência Mineira..

La Inconfidência es una conspiración de gente joven y, por consiguiente, un movimiento romántico, con discursos inflamados y poemas enfáticos, inhábilmente preparada, pero, con todo, animada en su decisión por el soplo de la época.

En el año de 1788, un grupo de jóvenes estudiantes brasileños de la Universidad de Montpellier había discutido apasionadamente la necesidad de la liberación nacional, e incluso había buscado ya entrar en contacto con Jefferson, el ministro de los Estados Unidos en París, a fin de ganar para su causa la ayuda de la república norteamericana. No se llegó a una acción real, pero la idea subsistió, y en cuanto algunos de esos estudiantes regresan a Ouro Preto -la ciudad de más activa vida espiritual de entonces- se constituye un grupo de intenciones revolucionarias, dirigido por José Alvares Maciel, quien acaba de volver de Coimbra, y Joaquín da Silva Xavier, quien, bajo el nombre de Tiradentes, llegó a ser el muy celebrado héroe de ese primer movimiento de liberación cabal del Brasil. Los que se reúnen en esos conventículos secretos son todos hombres de profesiones liberales, médicos, escritores, abogados, magistrados, miembros de la misma capa burguesa ascendente que, a la misma hora, encabeza la revolución en Francia, hombres que gustan discutir, que se enardecen en lecturas e ideas, hombres que gustan hablar y que en esta oportunidad hablan con exceso. Mucho antes de haber proyectado y organizado bien la conspiración, los conspiradores, en su entusiasmo, ya creen haber llegado a su meta y, precipitadamente y de buena fe, buscan adeptos para su proyecto, que es aún mera teoría, De este modo, el gobernador, informado constantemente por espías mezclados entre los conspiradores, puede asestar su golpe aun antes de que aquéllos se hayan decidido a proceder. La mayoría de los jóvenes es condenada a la deportación a África, el poeta Claudio Manuel de Costa se suicida en la cárcel, y uno solo, Joaquín José da Silva Xavier, de Tiradentes, quien hace profesión de fe franca y heroica de su convicción ante el tribunal, es ajusticiado cruelmente el 21 de abril de 1789 en Río de Janeiro, y los pedazos de su cuerpo martirizado son clavados, para terrivel escarmento dos povos, en algunas bocacalles de Minas. Pero con ello la centella del movimiento libertador no queda de ningún modo pisoteada ni apagada, sino que continúa ardiendo bajo las cenizas, Al declinar el siglo dieciocho, el Brasil -lo mismo que todas las naciones vecinas de Sudamérica, desde la Argentina, hasta Venezuela- está interiormente dispuesto para independizarse de Europa y ya no espera sino la hora propicia.

Una casualidad retarda esa hora por espacio de dos décadas.

Durante las guerras napoleónicas, Portugal ha quedado en la peor situación que puede producirse en una guerra: entre la espada y la pared. El pequeño país habría estado deseoso, naturalmente, de mantenerse al margen y neutral en la lucha exhaustiva entre los dos gigantes: Napoleón e Inglaterra.

Pero cuando la violencia impera sobre un siglo, no queda lugar para gente de paz. Tanto Francia, que ambiciona los puertos de Portugal, como Inglaterra, que los necesita para el bloqueo continental, urgen una decisión. Y esa determinación está terriblemente cargada de responsabilidad para Juan VI. Napoleón domina el continente, Inglaterra domina el mar. Si el, rey resiste la exigencia de Napoleón, éste entra en Portugal y, en tal caso, el país está perdido. Si resiste a Inglaterra, ésta cerrará las rutas marítimas y, en tal caso, el rey pierde el Brasil. Ante tan inexorable alternativa entre el bombardeo de Portugal por Napoleón desde tierra y el mismo bombardeo por los ingleses desde el mar, se forman dos partidos en la corte: un partido anglófilo y otro francófilo. El rey titubea, y en esa indecisión comprende por primera vez lo que el Brasil ha llegado a ser en tres siglos: el bien más precioso de su corona y desde hace largo tiempo mucho más que una mera colonia. Presiente que en lo porvenir llamar suyo al Brasil significará acaso más poder, riqueza y posición en el mundo que el llamarse dueño de Portugal; por primera vez, el Brasil pesa tanto en la balanza como Portugal.

En último momento, cuando Napoleón presenta en el año de 1807 un ultimátum, exigiendo que Portugal se defina a favor o en contra de él, la casa de Braganza toma una decisión: prefiere sacrificar Lisboa, perder Portugal entero, a perder el Brasil. Cuando Junot ya llega a marchas forzadas a las puertas de Portugal, la familia real se embarca apresuradamente con quince mil personas, toda la nobleza, el magisterio, los eclesiásticos y -last but not least- con doscientos millones de cruzados, y atraviesa el océano, bajo la protección de la flota inglesa. Hubo de producirse un descalabro universal para que, por primera vez en tres siglos, un miembro de la casa de Braganza, y ahora el mismo rey en persona, pise el suelo del Brasil.

El gobernador y el maestro de ceremonias quedan terriblemente confundidos. Río de Janeiro no cuenta con palacios, no dispone de locales ni camas suficientes para recibir tan grandes huéspedes y una corte tan numerosa. Pero el pueblo saluda al rey con gritos de júbilo y le recibe como «emperador del Brasil», pues siente instintivamente que un monarca que ha venido una vez a buscar refugio en su país, ya no podrá en lo sucesivo tratar al Brasil como colonia subordinada.

En efecto, poco después de la llegada del rey caen las barreras restrictivas. En primer término, ábrense los puertos al comercio mundial, se da libertad incondicional a la producción industrial, se crea un banco propio, el Banco del Brasil, se forman ministerios, se inaugura una imprenta real, y por primera vez, incluso, puede aparecer un diario en el país hasta entonces amordazado. Surgen una serie de instituciones, que convierten Río de Janeiro en una capital verdadera: academias, museos, un jardín botánico entre ellos. Pero sólo en el año de 1815 se establece, por fin, la total igualdad de derechos políticos de los reinos unidos: el Portugal y el Brasil, otrora dueña y criada, respectivamente, son ahora hermanas.

Lo que diez años atrás no podía ni soñarse, lo que de otro modo no era de esperarse, ni aun en siglos, de la sabiduría de los estadistas, lo produjo por la fuerza, en un término perentorio, la personalidad de Napoleón, transformadora del mundo. Gracias a este evento feliz -las catástrofes de Portugal, no se puede repetirlo con suficiente insistencia, siempre fueron buena fortuna para el Brasil-, la guerra de independencia que asoló durante años y más años a Norteamérica y que costó grandes pérdidas de sangre a los demás Estados sudamericanos, respetó por el momento a ese país privilegiado.

El Brasil puede aprovechar, sin más ni más, la época de intranquilidad europea para consolidar paulatinamente sus fronteras. Hace mucho tiempo ya -en 1750- que las viejas restricciones del tratado de Tordesillas han sido declaradas nulas y sin valor. El nuevo reino se adentra mucho en dirección al Oeste, a todo lo largo de la corriente del Amazonas; en el Sur, se incorpora Río Grande do Sul; al Norte, la frontera, disputada mucho tiempo, desplázase hasta la Guayana, y la feliz coyuntura de hallarse Europa entretenida en congresos induce a don Juan VI a adueñarse, con un golpe de mano, de Montevideo y anexar el Uruguay -aunque sólo por un corto tiempo- al Brasil como provincia cisplatense. En el siglo diecinueve, la forma definitiva del Brasil queda poco menos que establecida.

Esos años de la presencia de la corte real aportan al país ingentes ventajas morales, aparte de los beneficios políticos.

Desde que los jesuitas fueron expulsados en tiempos del marqués de Pombal, ocurre por primera vez que portugueses de rango cultural, sabios, investigadores, toman residencia en la capital. El rey llama, además, del modo más magnánimo a sabios y pintores de Francia y Austria para fundar institutos o para ampliar otros. Sólo desde esa época poseemos cuadros y grabados verdaderos de Río, estudios científicos, descripciones dignas de ser leídas. El Brasil real ya no es como otrora terra de exilio, desde que se convirtió en terra de refugio de su rey, y, al cabo de pocos años, constituirá un polo contrario de la civilización europea y sede de una corte brillante y muy respetada. Nada demuestra más paladinamente la importancia mundial de ese nuevo país que el hecho de que el emperador de Austria, el hombre más poderoso de Europa después de la caída de Napoleón, no consideró demasiado poco importante al heredero del trono de ese país, don Pedro, para concederle la mano de una hermana de María Luisa, de su hija Leopoldina, que es recibida en Río con las mayores solemnidades.

Si el rey Juan pudiera seguir sus propias inclinaciones, permanecería por todo el resto de su vida en el Brasil, de cuya belleza y valor futuro se ha convencido prontamente, lo mismo que todos sus familiares. Pero puesto que Napoleón ya no puede inquietar a Europa desde la yerma isla de Santa Elena, Portugal reclama celoso el retorno del rey legítimo. En caso de no obedecer a ese llamamiento, cada vez más imperioso, Juan corre peligro de perder el trono de sus antepasados.

Va difiriendo la partida largo tiempo, pero por último ya no puede hacerlo. En el año de 1821, Juan VI vuelve a Lisboa, después de haber nombrado al heredero de su trono, don Pedro, su lugarteniente en el Brasil.

El rey Juan VI residió durante doce años en el Brasil, tiempo suficiente para reconocer cuán fuerte, cuán voluntarioso, cuán nacional se tornó el país con el siglo nuevo; no consigue librarse, en lo más íntimo, del mal presentimiento de que a la larga no podrá subsistir una unión personal de dos países a través de tres mil millas y de un océano. Por esta razón aconseja a su hijo don Pedro, a quien instauró como defensor perpetuo do Brasil, de que en caso de necesidad, se coloque él mismo la corona del Brasil antes de que la usurpe un aventurero extraño cualquiera. En realidad, la partida del rey genera un movimiento nacional que reclama la independencia y que el heredero de la. corona fomenta más que traba.

Después de una resistencia aparente, el 7 de septiembre de 1822, el afanoso joven, aconsejado por el destacado ministro José Bonifacio de Andrada e Silva, el primer estadista verdaderamente brasileño, quien con gran superioridad espiritual sabe aprovechar la ambición del heredero de la corona para sus fines patrióticos, proclama la independencia del Brasil. El 12 de octubre de 1822, el hasta entonces «defensor perpetuo» es proclamado emperador del Brasil con el nombre de Pedro I, luego de haber prestado juramento en el sentido de que no gobernaría el país, como monarca autócrata, sino como príncipe constitucional. Después de breves luchas, en parte con tropas portuguesas que se mantienen fieles a la metrópolis, en parte contra movimientos revolucionarios, se restablece la calma exterior en el país; la calma interior, sin embargo, es más difícil de lograr. El sentimiento de independencia brasileño, embriagado por los éxitos inesperadamente rápidos, anhela triunfos más visibles aún. No concibe a ese su primer emperador como el monarca verdadero, propio, realmente brasileño; el pueblo no sabe perdonar a Pedro I el haber nacido portugués, y no se acalla la sospecha de que, luego de muerto su padre, trataría de reunir nuevamente las dos coronas. Más romántico que realista, atrevido y demasiado ocupado con asuntos amorosos particulares y exponiendo la corte al capricho de su amante, la marquesa de Santos, Pedro I no sabe tampoco ganarse las simpatías de su pueblo.

El golpe decisivo lo asesta la desastrosa guerra contra la Argentina, en la que el Brasil pierde su provincia cisplatense.

Desde el punto de vista histórico, el resultado de esta guerra significa, en verdad, más bien una ventaja política; con la creación de un Uruguay independiente se aleja de una vez por todas cualquier posibilidad de conflicto entre las inmensas naciones hermanas, Brasil y Argentina, dando lugar a una amistad duradera. Pero en el año de 1828, el país sólo ve la renuncia a la desembocadura del Río de la Plata, que el Brasil ambiciona desde hace mucho tiempo, y el emperador tiene que sentir ese descontento. En balde renuncia en 1830, a la muerte de Juan VI, a la corona de Portugal, que le corresponde por derecho, manifestando así que se ha decidido inequívocamente a favor del Brasil; sigue siendo el extranjero en el país, y los elementos nacionales se organizan cada vez más resueltos contra él. La revolución francesa de julio arrasa el resto de su popularidad, pues todo lo que es francés obra a modo de estímulo sobre los parlamentarios brasileños, que están acostumbrados a copiar ese modelo en sus discursos, leyes y debates; y esa copia de todo lo francés llega a tal extremo que dos políticos brasileños de primera fila se llaman, de manera grotesca, Lafayette y Benjamín Constant. Sólo la renuncia oportuna del emperador impopular puede salvar todavía la corona contra la arremetida republicana; por eso, Pedro I abdica en 1831 a favor de su hijo, reconociendo acertadamente: Meu filho tem. sobre mim a vantagem de ser brasileiro.

En el caso de esta abdicación, también se sigue felizmente la tradición brasileña, de acuerdo con la cual las revueltas políticas se llevan a cabo, en lo posible, sin derramamiento de sangre y en forma conciliadora. El primer emperador del Brasil abandona ese país tranquilo y sin ser perseguido por el odio ni por el rencor.

El nuevo monarca, Pedro II, o imperador menino, que por su sangre es Habsburgo y Braganza a la vez, tiene cinco años de edad cuando su padre abdica. José Bonifacio asume en su lugar la regencia, y entonces se inician, frente y detrás de los bastidores, una politiquería y unas intrigas desenfrenadas.

Para el Brasil, que por espacio de tres siglos no conocía la independencia ni la libertad de palabra, los fueros parlamentarios y la libertad de prensa son cosas demasiado nuevas para que no se embriaguen todos con ellas. Los debates se suceden sin solución de continuidad; la excitación política permanece constantemente en alta tensión por mero gusto de discutir y hacer política, y, en verdad, sin valedera razón exterior.

Un partido trabaja a favor del establecimiento de una república, otro procura apresurar la asunción del mando personal por Pedro II, y entre esas dos tendencias se entrecruzan las intrigas personales. Ningún partido, ningún gobierno parecen verdaderamente estables. En el transcurso de siete años se suceden cuatro regentes, hasta que en 1840 el partido conservador impone finalmente la prematura declaración de mayoría de edad de Pedro II para obtener cierto apaciguamiento. A los quince años de edad, el hasta entonces imperador interino es coronado, el 18 de julio de 1841, solemnemente emperador del Brasil.

La poca confianza que inspiran al mundo las continuas disputas y riñas de los políticos sudamericanos se manifiesta en la recepción fría que se hace al embajador secreto, quien, inmediatamente después de la ascensión, fue enviado a Europa con la misión de buscar una esposa de sangre principesca para el joven emperador. Se dirige en primer término a Viena, en busca de los Habsburgos, los parientes más próximos del emperador. Pero mientras se concedió sin más ni más una de las tantas archíduquesas de la familia imperial a su padre, Pedro I, esta vez el omnipotente canciller Metternich se mantiene frío y a la expectativa. Debido a la inestabilidad de sus gobiernos, a los alzamientos continuos de generales ambiciosos y de políticos apasionados, los Estados sudamericanos habían perdido en Europa gran parte de su crédito. En el año de 1841 ya no se piensa siquiera en enviar una archiduquesa a través del océano inquieto a un país mas inquieto todavía, y aun entre las princesas de menor categoría no hay ninguna con inclinación para esa corona imperial ultramarina. Luego de haber hecho antesala durante un año entero en Viena, el mediador debe conformarse con llevar al joven monarca una princesa napolitana, dotada de poca belleza y poco dinero, pero, en compensación, más rica en años que el futuro esposo.

Pero esta vez, según ocurre tan frecuentemente, los políticos profesionales se equivocaron con sus pronósticos; el joven monarca gobernará durante casi medio siglo pacíficamente y conservará su posición, difícil de por sí, con dignidad y el respeto general. Pedro II es un carácter contemplativo, más un sabio o bibliotecario sagaz elevado a un trono que un político o un militar. Humanista verdadero, de sentimientos nobles, para cuya ambición es mayor ventura recibir una carta de Manzoni, Víctor Hugo o Pasteur que brillar en desfiles militares o conquistar triunfos, se mantiene en lo posible en segundo plano -a pesar de que exteriormente impresiona muy bien con su hermosa barba y su actitud digna-, y sus horas más felices las pasa en Petrópolis, junto a sus flores, o en Europa, entre libros y visitando museos. Su posición personal es conciliatoria, y en ese sentido obra absolutamente de acuerdo con el espíritu de su país, y la única guerra que se vio obligado a conducir durante su largo imperio -la lucha contra López, el agresivo dictador del Paraguay- termina, luego del triunfo, con una reconciliación absoluta con la nación vecina. Se devuelven al país vencido, incluso y voluntariamente, los trofeos militares. Gracias a esa posición del emperador, impresionante en apariencia, pero en el fondo prudentemente incolora, gracias a la superioridad política de sus estadistas, que saben resolver todos los conflictos de frontera mediante el arbitraje y los acuerdos internacionales, gracias también a la riqueza del país, creciente a ojos vistas, que, en vez de ampliar sus fronteras, procura la consolidación interior, el Brasil alcanza en esos cincuenta años de gobierno de Pedro II una posición de respeto absolutamente nueva en el mundo.

Queda, sin embargo, un solo conflicto sin solución en todos esos años, porque alcanza hasta el nervio vital del país, de modo que una operación demasiado radical significaría una pérdida de energías y de sangre incalculable: es el problema de la esclavitud. Desde sus comienzos, toda la producción agrícola e industrial del Brasil se basa en el trabajo de los esclavos; aun el país no dispone ni de maquinarias ni de obreros libres suficientes como para reemplazar a esos millones de manos negras. Pero, por otra parte sobre todo desde la guerra de secesión norteamericana-, el problema de los esclavos se ha convertido en una cuestión social y moral que, confiéseselo o no, oprime la conciencia de toda la nación.

Oficialmente, toda nueva importación de esclavos, y con ello el tráfico de los mismos, quedaba prohibida desde 1831, y, en rigor, aun desde 1810, en virtud de un tratado con Inglaterra; en 1871 se complementa esa ley de protección con otra, la del ventre livre, de acuerdo con la cual se asegura la libertad a todo hijo de una esclava, desde el mismo seno materno. De acuerdo con esas dos leyes, el problema de la esclavitud ya no sería, prácticamente, sino una cuestión de tiempo y no un problema de principios, puesto que está impedido todo aumento del número de esclavos y, en la medida en que fallecía el «material» viviente, no quedaban en el Brasil más que hombres libres. Pero en la realidad de los hechos, ni los importadores de esclavos, ni los dueños de plantaciones apartadas se preocupan ni remotamente por esas leyes.

Quince años después de prohibido el tráfico de esclavos, se importan en 1846 todavía 50.000 esclavos, en 1847 no menos de 57.000 y en 1848 hasta 60.000 negros, y puesto que los poderosos grupos de esos comerciantes que tratan con ébano viviente se burlan de todos los convenios internacionales, el gobierno inglés se ve en la necesidad de armar unos cañoneros para capturar los barcos que transportan tales cargas criminales. El problema de la esclavitud pasa de año en año más al centro de la discusión, aumenta continuamente la presión de los grupos liberales en el sentido de dar término de una vez a la «vergüenza negra», pero en la misma medida, o tal vez en mayor grado aún, aumenta la defensiva de los círculos agrícolas, que -y no sin razón- temen una crisis catastrófica para el país como consecuencia de una medida tan repentina, ya que nueve décimas partes de la economía del Brasil se basan en el trabajo de los esclavos.

Para el emperador, ese problema se convierte en un conflicto personal. Como intelectual, liberal y demócrata, como personalidad sentimental, aunque no del todo exento de la frialdad de los Habsburgo, la esclavitud ha de resultarle horrible, abominable. Demuestra claramente su animadversión contra todos los que intervienen en este tráfico infame, rehuyéndose enérgicamente a conferir un titulo nobiliario o una condecoración a cualquiera, aun al más acaudalado de los hombres, que había hecho fortuna mediante el tráfico de negros. Es sumamente penoso para ese hombre culto que durante sus viajes a Europa sea considerado por los grandes representantes de la humanidad, cuya amistad anhela, por un Pasteur, un Charcot, un Lamartine, un Víctor Hugo, un Wagner, un Nietzsche, como monarca responsable del único imperio que todavía tolera el látigo y la estigmatización de los esclavos. Pero durante mucho tiempo debe reprimir su repudio personal y evitar toda intromisión, de acuerdo con el consejo de su estadista mejor y más sabio, el vizconde de Río Branco, quien aun desde su lecho mortuorio lo conjura: Não perturben a marcha do elemento servil y quien, por lo tanto, quería que se diera a ese problema una solución brasileña, es decir, no radical. Las consecuencias económicas son de antemano a tal punto incalculables, el contraste apasionado entre los abolicionistas y los dueños de esclavos tan irreconciliable, que el trono sólo puede mantenerse, como quien dice, en un equilibrio entre ambos partidos, ya que la inclinación hacia uno de ellos podría significar su caída. Por eso, el emperador retiene en lo posible hasta 1884, a través de más de cuarenta años, su opinión, que particularmente es harto conocida.

Pero poco a poco se acrecienta su impaciencia para libertarse de la ignominia, y en 1886 una ley provisional dispone la liberación de todos los esclavos que hayan pasado de los sesenta años. Con ello se ha dado otro importante paso adelante.

Pero aun el espacio que ha de conducir automáticamente a la liberación de los últimos esclavos en el Brasil es más largo que aquel que parece concedido a un hombre viejo y enfermizo ya, que quisiera presenciar todavía aquella hora.

Por eso, Pedro II, de acuerdo con su hija, doña Isabel, la heredera de la corona, apoya cada vez más visiblemente al partido de los abolicionistas. El 13 de mayo de 1888 se vota, por fin, la tan esperada ley que dispone claramente la inmediata liberación de todos los esclavos en el Brasil.

Faltaba poco para que el anciano emperador no se enterase nunca de la realización de su anhelo, En los días en que el júbilo provocado por la noticia llena las calles del Brasil, don Pedro yace gravemente enfermo en un hotel de Milán. En abril había visitado todavía, con su habitual afán de aprender, los museos y a los artistas italianos; estado en Pompeya y Capri, en Florencia y Bolonia, y en Venecia había pasado, en la Academia, escrutador, de cuadro en cuadro, y de noche oía en el teatro a Eleonora Duse y recibía a Carlos Gomes, el compositor brasileño. Luego, una grave pleuresía le postra en el lecho de enfermo. Charcot, de París, y tres médicos más, le prodigan sus cuidados, pero el estado del monarca empeora de tal modo que ya se le administra la extremaunción. Surte mejor efecto que todos los medicamentos y remedios la noticia de la abolición de la esclavitud. El telegrama respectivo le infunde nuevas energías, y en Aix-les-Bains y Cannes, se restablece, al punto de que luego de unos meses puede pensar en regresar a su país.

Río brinda una recepción entusiasta al viejo monarca de barba canosa, que durante cincuenta años gobernó el país pacífica y dignamente. Pero el ruido de una calle sola nunca expresa la opinión de un pueblo entero. En realidad, la solución del problema de los esclavos ha creado más agitación que la anterior lucha de partidos, pues, se produce una crisis, más grave aún que la prevista por los más cautelosos. Muchos de los esclavos liberados se trasladan de la campaña a las ciudades; las empresas agrícolas, que de repente se ven privadas de su mano de obra, tienen que enfrentar toda suerte de dificultades y los ex propietarios de los esclavos se sienten despojados porque no se les abonan indemnizaciones, o indemnizaciones suficientes, de su pérdida de capital de marfil negro. Los políticos, que prevén dificultades, se agitan nerviosamente porque no saben qué partido tomar, y las tendencias republicanas que en el Brasil siempre ardían bajo las cenizas, desde los días de la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, reciben, con esa situación tensa, inesperado alimento. Su movimiento, en verdad, no va dirigido contra la persona del emperador, cuya buena voluntad, entereza y sincera opinión democrática deben reconocer y respetar aun los republicanos más aferrados a sus principios.

Pero a Pedro II le falta una condición, la más importante, para conservar una dinastía: a los sesenta seis años de edad, el emperador no tiene un hijo, un heredero varón de la corona. Dos hijos suyos han. muerto a temprana edad, la princesa heredera está casada con un príncipe d’Eu, de la casa de Orleáns, y el sentimiento nacional brasileño ya se ha vuelto tan fuerte y sensible que no quiere admitir a un príncipe consorte de sangre extranjera. El verdadero golpe de Estado parte del ejército, de un grupo muy reducido, y, de ofrecérsele una resistencia enérgica, podría,, sin duda, quedar reprimido con facilidad. Pero el propio emperador, viejo, enfermo y cansado ya de gobernar, recibe en Petrópolis la noticia sin voluntad cabal de resistir; nada puede resultar más odioso a su temperamento conciliador que una guerra civil.

Debido a que ni él ni su yerno demuestran pronta decisión, el partido monárquico se diluye y desaparece de la noche a la mañana. La corona imperial rueda por el suelo casi sin hacer ruido; no se manchó de sangre cuando fue ganada, ni ahora al perderse; el verdadero triunfador moral es una vez más el espíritu conciliador del Brasil. El nuevo gobierno sugiere, sin odiosidad alguna, al anciano que durante diez lustros había sido un bienintencionado gobernante del país, que se retire pacíficamente para pasar sus últimos días en Europa. Noble y tranquilo, sin una palabra de acusación, don Pedro abandona el 17 de noviembre de 1889, como otrora su padre y su abuelo, el continente americano, que no tiene cabida para ningún rey.

Desde entonces, los «Estados Unidos do Brasil» constituyen y siguen constituyendo una república federal. Pero esta transformación de un imperio en una república, se ha operado sin conmociones internas, exactamente como otrora la transformación de reino en imperio, o como en nuestros días la ascensión de Getulio Vargas a la presidencia. No son nunca las formas de Estado exteriores las que determinan el espíritu y la actitud de un pueblo, sino que lo hace siempre el carácter innato de la nación, que en última instancia imprime su sello a la historia. En todas sus distintas formas, el Brasil no ha cambiado nunca su esencia, sólo se ha desarrollado en el sentido de una personalidad nacional cada vez más pronunciada y más consciente de sí misma. Tanto en su política interior como en la exterior, el Brasil reveló invariablemente el mismo método, porque refleja el alma de millones y millones de hombres: la solución pacífica de todos los conflictos por obra de una mutua conciliación. Con su propia construcción, jamás perturbó la estructura del mundo, sino que siempre la favoreció. Desde hace más de un siglo no ha extendido sus fronteras y se ha entendido buenamente con todos sus vecinos; siempre ha dirigido sus crecientes energías hacia adentro, aumentó continuamente el número de sus habitantes y su standard de vida y, sobre todo en los últimos diez años, se adaptó, mediante una organización más estricta, al ritmo de la época. Pródigamente dotado por la naturaleza con espacio y con riquezas inmensas dentro del mismo, favorecido con belleza y todas las fuerzas potenciales imaginables, sigue aún frente a la vieja misión de sus comienzos: radicar en su tierra inagotable a hombres procedentes de zonas superpobladas y, uniendo lo viejo a lo nuevo, crear una civilización distinta. Al cabo de cuatrocientos cuarenta años , su desarrollo se halla todavía bajo el impulso original, y no hay fantasía suficiente para imaginar lo que este país, este mundo, habrá de significar a la próxima generación. Quienquiera que describa la actualidad del Brasil, ya describe inconscientemente un pasado; sólo el que al mismo tiempo considera su porvenir reconoce su sentido verdadero.

 

ECONOMÍA

El Brasil, que por su extensión es, incomparablemente, el mayor Estado de Sudamérica y abarca un área superior aún a la de los Estados Unidos de Norteamérica, constituye hoy una de las más importantes reservas, si no la más importante de todas, para el futuro del mundo. Cuenta con una inmensa riqueza de tierra que aun no ha conocido el cultivo ni el arado y, bajo la tierra, :metales, minerales y riquezas que están lejos todavía de ser aprovechados o siquiera descubiertos en su totalidad. Hay en este país una posibilidad de colonización en una extensión que acaso calcule mejor un fantaseador que el hombre dedicado a las estadísticas usuales. La misma diferencia de los cálculos, según los cuales el país, que hoy alberga aproximadamente cincuenta millones de hombres, podría contener quinientos o setecientos o novecientos millones, sin que su densidad fuese superior a la normal, suministra un fundamento, para las estimaciones de los peritos en cuanto a lo que el Brasil podrá significar para nuestro cosmos dentro de un siglo, acaso ya dentro de un decenio. Se hace gustosamente suya la breve fórmula establecida por James Bryce: «Ningún país grande del mundo, perteneciente a una raza europea, posee parecida abundancia de tierra para el desarrollo de la existencia humana y de una industria productiva ».

Con la forma de un arpa gigantesca, reproduciendo de modo curioso con sus fronteras el perfil de la América latina entera, es este país todo al mismo tiempo: sierra, litoral, pampa, selva, cuenca de ríos, y fértil en casi todas sus partes. Su clima reúne todas las transiciones de lo tropical a lo subtropical y lo templado; su aire es húmedo aquí y seco allá, oceánico en una parte y alpino en otra; al lado de zonas poco lluviosas hay otras de abundante precipitación, lo que ofrece posibilidad para la vegetación más variada.

Brasil posee o alimenta los ríos más grandes del mundo, el Amazonas y el Plata, sus montañas recuerdan en muchas partes a los Alpes y alcanzan con su cima más elevada, el Itatiáia, los tres mil metros, y con ellos la zona de los hielos eternos. Sus cascadas de agua, el Iguazú y el Sete Quedas, superan en potencia al infinitamente más famoso Niágara y cuentan entre las mayores reservas de electricidad del mundo.

Sus ciudades, como Río de Janeiro y São Paulo, ya pueden rivalizar hoy, en medio de un crecimiento fantástico, con el lujo y la belleza de las capitales europeas. Todas las formas del paisaje cambian ante la mirada continuamente fascinada, y la diversidad de su flora y fauna ofrece a los investigadores, desde hace siglos, siempre nuevas sorpresas. Una sola enumeración de las clases de pájaros ocupa tomos enteros de catálogos, y cada nueva expedición es portadora de cientos de nuevas especies. Más de lo que aún permanece oculto debajo de tierra como posibilidades latentes en minerales y metales, el porvenir lo revelará. Una sola cosa es segura, y es que los mayores depósitos de hierro del mundo esperan en el Brasil. intactos todavía, suficientes ellos solos para proveer a nuestro globo terráqueo durante siglos y siglos. También se sabe con certeza que en el cuadro geológico difícilmente falta en este enorme imperio una clase de metal, de piedra, ni de especie vegetal. A pesar de lo mucho que en los últimos años se realizó en el sentido de la creación de un orden y de una visión general, la comprobación y la valuación verdaderas se hallan todavía en los comienzos e incluso aun antes del comienzo decisivo. Hay que repetirlo, pues, una y otra vez: este inmenso país, gracias a su virginidad y amplitud, significa para nuestro mundo apremiado, en parte ya cansado y agotado, una de las mayores esperanzas y, tal vez, la esperanza más justificada de nuestra actualidad.

La primera impresión que se recibe en este país es la de una opulencia perturbadora. Todo es vehemente en él: el sol, la luz, los colores. El azul del ciclo estalla más violento, el verde es oscuro y saturado, el suelo compacto y rojo; ningún pintor puede hallar en su paleta tonos más ardientes, más deslumbrantes, más irisados que el que las aves llevan en su plumaje, las mariposas en sus alas. La naturaleza alcanza siempre su superlativo, las tormentas que con relámpagos estruendosos rajan el firmamento, las lluvias que se precipitan como cataratas, la vegetación que en el correr de unos pocos meses se multiplica y se convierte en enormes florestas verdes, el suelo intocado desde los siglos y milenios y no provocado aún al máximo rendimiento, responden aquí con una energía casi increíble a toda excitación. Si se recuerdan el esfuerzo, la tortura, la habilidad, la tenacidad que en Europa hacen falta para arrancar a un jardín o un campo unas flores o frutas, se encuentra aquí, en cambio, una naturaleza que más bien hace falta dominar para que no se desarrolle demasiado pródiga, demasiado impetuosa. Aquí no hay que fomentar, sino que hay que detener el crecimiento para que con su ímpetu bárbaro no invada las plantaciones dispuestas por el hombre. Solos y sin cuidado crecen los árboles y arbustos que ponen la alimentación ni alcance de la mano de una gran parte de la población: bananas, mangos, mandioca y ananás.

Y cada nueva planta, cada fruto traído de otro continente, se adapta y acostumbra de inmediato a ese humus virgen.

Esa impetuosidad y esa facilidad, casi diría, la generosidad con que este país responde a todo experimento que se realice en él, se ha convertido en el curso de su historia económica, paradójicamente, varias veces en un peligro. Se produjeron, en sucesión casi regular, crisis de superproducción debidas sólo a que todo sucede demasiado rápida y fácilmente, y cada vez que el Brasil empezaba a producir algo -las bolsas de café arrojadas al mar en el siglo veinte constituyen el último ejemplo- tenía que contenerse para no producir en exceso. Por esta razón, la historia económica del Brasil está llena de sorprendentes mutaciones y acaso es hasta más dramática que su historia política. Generalmente, el carácter económico de un país está inequívocamente definido desde los comienzos; cada uno de ellos toca, por así decirlo, su propio instrumento único y el ritmo no suele cambiar esencialmente en el curso de los siglos. Este país es un país de jardines, aquél extrae su riqueza de la madera y los metales, este otro, de la ganadería.

La línea de la producción puede oscilar y acusar tal cual ascenso y descenso, pero la orientación sigue comúnmente invariable. El Brasil, en cambio, es un país de constantes transformaciones y de reorganizaciones bruscas. Puede decirse que cada siglo originó aquí una característica económica, y dentro de ese desarrollo dramático, cada acto tiene su nombre propio: oro o azúcar, café o goma o madera. En cada siglo, más aún, cada medio siglo, el Brasil manifiesta otra nueva y distinta sorpresa de su opulencia.

En los comienzos remotos, durante el siglo dieciséis fue la madera, el pau-brasil, lo que dio al país su característica económica y hasta su nombre definitivo. Cuando las primeras naves tocaron tierra en esas costas, los europeos quedaron grandemente desencantados. No encontraron nada que llevarse y robar; el Brasil no tenía nada para ellos, salvo su naturaleza, una naturaleza exuberante, virgen, anárquica, que aun no se había sometido al hombre. Nem ouro, nem prata; esta fórmula breve del primer informe bastaba para reducir el valor comercial del nuevo país, en un principio, a cero. No se podía quitar nada a los aborígenes, que miraban asombrados a los extraños hombres blancos, vestidos, porque no poseían nada fuera de su propia piel y su propio cabello. Aquí no había actuado con anterioridad una cultura nacional, como en el Perú y en Méjico, una cultura que tejiendo fibras hacía telas, o que extraía metales del seno de la tierra para martillarlos y convertirlos en adornos y armas. Los antropófagos desnudos de la Terra de Santa Cruz no habían alcanzado siquiera el primitivo grado de civilización; no sabían trabajar el suelo, ni cuidar el ganado, ni levantar chozas. Sólo recogían y engullían lo que encontraban en los árboles y en el agua, y seguían adelante en cuanto habían consumido todo lo que una región podía brindarles. Pero al que no tiene nada, nada puede quitársele; desengañados, volvieron los marineros a sus barcos, dejando un país del que no valía la pena llevar cosa alguna, pues hasta los mismos hombres que lo habitaban resultaban inservibles. Si se los apresaba para convertirlos en esclavos y si se los obligaba a trabajar, se consumían de ordinario bajo el látigo en el curso de pocas semanas, se dejaban caer a tierra y morían.

Lo único que esos primeros barcos llevaban en su: viaje de regreso eran algunas curiosidades, unos cuantos monitos inquietos, y aquellos papagayos magníficamente abigarrados, que las distinguidas damas europeas gustaban guardar, como animales de lujo, en jaulas y en razón de los que muchas veces se llamaba al país también Tierra de los Papagayos. Sólo en oportunidad del segundo viaje se descubrió un producto que, en todo caso, podía compensar el comercio con una tierra tan alejada, el palo del Brasil. Esa madera que se llamaba «brasil» (de «braso», arder) porque la superficie de su corte es de un brillante color rojizo, como una brasa, no tenía, en realidad, tanta aplicación como madera cuanto como colorante, pero, puesto que no se conocían otros tales, era en esa condición muy solicitada en el comercio, igual que todo otro artículo exótico.

El gobierno portugués está demasiado ocupado como para encargarse él mismo de una exportación regular de palo del Brasil. El monopolio de la madera es un negocio demasiado insignificante y, además, demasiado trabajoso para quien emplea todas sus fuerzas marítimas y militares a fin de arrebatar los tesoros a los príncipes indios. La explotación, sin embargo, es lucrativa. Un quintal de esa madera colorante que, calculando todos los gastos de transporte y todos los riesgos, viene a costar en Lisboa medio ducado, reporta en Francia o en los mercados holandeses dos y medio y aun tres ducados. Pero la corona necesita para sus grandes y grandiosas empresas ganancias rápidamente realizables. Prefiere, por lo tanto, arrendar el monopolio de la madera contra pago al contado a uno de los más ricos «cristianos nuevos», a Fernando de Noronha, quien luego, en compañía de sus correligionarios refugiados, organiza ese comercio en Pernambuco.

Pero aun bajo su dirección no pasa de ser un comercio en pequeña escala, sin perspectiva de convertirse en algo que pudiera promover una colonización regular y el establecimiento de factorías grandes. Un mero colorante no basta para impulsar la población de ese país, que no deja de estar muy distante. Si el Brasil ha de desarrollarse en el sentido de un factor productivo para el mercado mundial, hay que encontrar primero un nuevo producto de venta, de mayor rendimiento, y el breve ciclo del palo del Brasil ha de quedar sustituido por otro de más rápida e importante circulación.

En la época de su descubrimiento, no dispone de tal producto el Brasil, o, mejor dicho, la estrecha franja del litoral explorada hasta entonces. Si ha de volverse fecundo para. la economía europea este país, primero ha de ser fertilizado por Europa. Todas las plantas, todos los productos que deben crecer y medrar en sus zonas exuberantes, han de ser introducidos y adaptados primero, y, aparte de ello, han menester de un abono especial: el hombre. Desde la primera hora de la existencia del Brasil, el hombre, el colono, como elemento vivificador, fertilizante, resulta la más imprescindible de sus necesidades. Cuanto el Brasil ha de producir hay que llevárselo desde Europa, debe enseñárselo Europa. Pero todo cuanto ésta le presta en plantas y energías humanas, la nueva tierra lo devuelve al viejo continente con multiplicado interés.

Mientras los países ultramarinos del Oriente, donde pueden sacarse, robarse, tomarse tesoros apilados, representan para Portugal un problema de conquista, este país, totalmente inorganizado aún, resulta desde el principio un problema de colonización y de inversión.

Como primer ensayo de trasplantación y cultivo de un producto no oriundo del Brasil, los portugueses traen la caña de azúcar, desde Cabo Verde. Y ya este primer experimento da el mejor resultado: la naturaleza realiza en el Brasil de un modo superabundante toda tarea que se le exige. La caña de azúcar significa un objeto do producción absolutamente ideal para un país no organizado aún, porque su plantación y explotación no requieren sino un mínimo de trabajo manual y ningún conocimiento previo. Apenas acaba de ser hundida en la tierra, la caña crece, sin exigir mayor cuidado, y produce un arbusto de dos pulgadas de ancho, y ello más de una vez por año. Con los procedimientos más sencillos y fáciles se extrae su precioso jugo. Basta colocar la caña entre dos rollos de madera; dos esclavos -un buey costaría demasiado dinero hacen girar una palanca horizontal, trotando en un círculo cerrado. Su incansable ronda aprieta los cilindros de continuo uno contra el otro, hasta que la última gota de jarabe es extraída de la caña. Este jugo blancuzco, pegajoso, se hierve luego y se le da forma de terrones o panes, y la caña exprimida sirve todavía, lo mismo que las hojas quemadas, como abono y ceniza para la agricultura. Ese primero y más primitivo método de fabricación se perfecciona en múltiples ensayos; pronto, los ingenios, unas pequeñas fábricas, se instalan a la vera de los ríos para poder aprovechar la fuerza hidráulica en lugar de la fuerza humana. Pero en todas sus formas, la explotación del azúcar sigue siendo un proceso en extremo sencillo y, además, el más productivo. El azúcar blanco, extraído por esclavos negros de unas cañas marrones, se convierte con asombrosa rapidez en oro amarillo y pesado. Desde que Europa, en oportunidad de las Cruzadas, entró en un primer contacto con el mundo refinado y civilizado del Oriente, demuestra una avidez incontenible para las especias picantes y estimulantes, por una parte, y las golosinas y cosas dulces por la otra. Enriquecida por el comercio floreciente, ya no gusta en adelante de sus manjares espartanos, monótonos, pobres, y se procura placeres del paladar más refinados y matizados. Ya no le basta el escaso dulce que hasta entonces se elaboraba exclusivamente en base de la miel. Desde que probó la nueva sustancia dulce, el azúcar, exige con terquedad infantil cada vez mayor cantidad de ese alimento luculiano.

Y puesto que habrán de transcurrir tres siglos hasta que Europa -en tiempos del bloqueo continental- extraerá azúcar de la remolacha indígena, hay que traerle por lo pronto como artículo de lujo desde zonas exóticas, y los comerciantes, que pueden contar con una clientela creciente, pagan cualquier precio por ese mercadería nueva. De repente, el Brasil adquiere importancia para el mercado mundial. Puesto que los gastos de esa producción primitiva son casi nulos, ya que no cuestan nada ni la tierra, ni la planta, ni los esclavos, que son en los ingenios los animales de trabajo más, económicos, las ganancias se multiplican rápidamente, y la riqueza que el Brasil- más propiamente dicho, Portugal- obtiene de esos establecimientos llega a lo inconmensurable. La producción se amplía y aumenta de semana en semana; durante tres siglos, la situación privilegiada y de monopolio del Brasil en esa materia ya no puede conmoverse; el volumen gigantesco que acaba por alcanzar esa exportación queda patente por el solo ejemplo de que en muchos, años el Brasil exporta azúcar por un valor de venta de tres millones de libras esterlinas, una suma, superior al valor íntegro de las exportaciones simultáneas de Inglaterra. Sólo hacia fines del siglo dieciocho empiezan a mermar las ganancias, porque el Brasil mismo malogra, debido a la superproducción, el precio de venta de su «oro vegetal». Como todos los demás productos coloniales, la pimienta, el té y la goma, lo que por ser rareza había sido además una preciosidad, se convierte, a causa de la superproducción, en algo común y corriente. La introducción del azúcar de remolacha asesta el último golpe a la gran oportunidad favorable, pero el ciclo del azúcar ha cumplido brillantemente su misión económica dentro de la historia económica del Brasil, y. el ocaso del producto principal llega demasiado tarde para poner en peligro a la economía basada ya sobre artículos distintos. Apoyado sobre la débil caña que los primeros barcos trajeron del viejo mundo, el Brasil atravesó tres siglos y se fortaleció lo bastante para poder proseguir luego su camino sin tal apoyo.

Al poco tiempo se agrega un segundo producto de exportación, en cierto sentido similar al primero, porque también fomenta un vicio europeo: el tabaco. Ya Colón había encontrado fumando a los primeros aborígenes, y los demás navegantes habían llevado consigo a la patria esa extraña costumbre. Los europeos, primero, consideran ese masticar, fumar y aspirar de la hoja parda como un hábito bárbaro. Se hace burla y escarnio de los marineros que mascan los gruesos rollos entre los clientes y que escupen la sucia savia marrón.

Se ríe y se llama locos a los pocos aficionados que apestan el aire con sus pipas de barro, y pesa sobre ello una prohibición estricta dentro de la buena sociedad y, sobre todo, en la corte. No es, pues, por placer ni por imitación o moda como Europa de pronto se acostumbra al tabaco, sino por temor. En los días de pánico, cuando las grandes pestes atacan y diezman en rápida sucesión las distintas ciudades de Europa, muchos -desconociendo aún los microbios - creen poder prevenirse contra el contagio fumando sin cesar e inmunizándose así con un veneno contra el otro. Pero pasada la epidemia y vencido el temor, los hombres se han acostumbrado al tabaco, debido al constante fumar -lo mismo que al coñac, que anteriormente sólo se administraba en pequeñas dosis a modo de medicamento- y ya no quieren renunciar a él, como no renunciarían tampoco a comer y beber. De año en año, Europa reclama mayor cantidad, y el Brasil se establece también en este caso como proveedor al por mayor, pues el tabaco crece silvestre en ese país, y se reconoce a sus hojas la mejor calidad. Lo mismo que su hermano, el azúcar, el tabaco no exige cuidados ni atención especiales. No se necesita más que arrancar las hojas de los arbustos, que crecen por sí solos, secarlas, enrollarlas, y ya lo que en su punto de origen carece casi de valor, se encamina como mercancía valiosa hasta las embarcaciones.

El azúcar, el tabaco y, en menor medida, el cacao, el tercer objeto codiciado por el novísimo placer del paladar europeo, forman los tres pilares principales sobre los que descansa la economía brasileña hasta el siglo dieciocho. A ellos se agrega, tan pronto como Europa aprendió: a hilarlo, como cuarto hermano, el algodón. El algodón existía desde el principio en el Brasil, crece silvestre en las selvas del Amazonas y en otras provincias, pero en contraste con los aztecas y peruanos, más civilizados, los indígenas no sabían hilarlo; sólo durante la guerra empleaban sus copos, colocándolos en la punta de sus flechas para incendiar poblados enemigos, y, en la región de Maranhao, el algodón servía, de modo curioso, hasta de circulante. Al principio, Europa tampoco sabe qué hacer con el algodón: aun cuando el propio Colón ya llevó algunos copos de esa lana blanca a España, nadie advierte su futura importancia como materia textil. En el Brasil, en cambio, los jesuitas, enseñados, a lo que parece, por informes llegados desde Méjico, ya conocen en 1549 la utilidad del algodón y enseñan a los indígenas de sus aldeas a hilarlo. Pero sólo gracias al invento de las máquinas de hilandería (1770-1773), el algodón puede llegar a constituir un producto de comercio importante.

Con esas máquinas, por otra parte, iníciase la llamada «revolución industrial». Desde fines del siglo dieciocho, Inglaterra, en primer término, que ocupa un millón de tejedores, necesita siempre mayor cantidad de algodón para su producción mundial y paga cada vez mejores precios. De esta suerte, el algodón, que antes medraba silvestre en los bosques, es plantado en adelante sistemáticamente en el Brasil; ya en los comienzos del siglo diecinueve, la exportación de algodón representa la mitad de la exportación total del Brasil, y con ello la salvación de su equilibrio comercial. La aguda baja de precios del azúcar queda compensada felizmente por esa exportación gigantesca, en una de esas felices y rápidas reorganizaciones, tan típicas para la historia económica del Brasil.

Todas esas materias primas, el azúcar, el tabaco, el cacao y el algodón se suministran crudas y no se elaboran en el país mismo; liará falta un desarrollo largo antes de que el Brasil esté suficientemente libre y maduro para una industria de transformación, organizada y mecanizada. Su esfuerzo se limita a la plantación, recolección y embarque de los llamados «productos ultramarinos», es decir, a los procedimientos primitivos para cuya realización no hacen falta sino manos. Pero, en verdad, muchas manos y baratas. Por esa razón, los hombres representan la materia prima más necesaria que ese país, más que rico en todos los productos naturales, debe importar en cantidad cada vez mayor. Es, tal vez, la característica más singular de su historia económica el que el Brasil carecerá en todo tiempo de la fuerza motriz a la sazón más conveniente y tendrá que importarla -en los siglos anteriores, el brazo humano, en el siglo diecinueve, el carbón, y en el siglo veinte, el petróleo-. Es natural que en aquellos primeros años se procurase la más económica de esas fuerzas motrices.

En un principio, los colonos tratan de esclavizar a los aborígenes; pero como éstos, en razón de su constitución delicada, resultan poco rendidores y, además, los jesuitas insisten continuamente en el respeto a los edictos reales para la protección de la población indígena, en el año de 1549 se inicia una verdadera importación de «marfil negro». Mes tras mes, y pronto también semana tras semana, se transportan nuevos cargamentos de esa materia prima viviente en horribles barcos, que se llaman tumbeiros, porque en la travesía muere regularmente la mitad de los negros encadenados y amontonados.

En el curso de tres siglos, el Brasil importa por lo menos tres de los diez millones de esclavos que el Nuevo Mundo obtiene en el África saqueada y despoblada, Ya no será posible reconstruir nunca más las cifras exactas (hay quien calcula esa importación hasta en cuatro y medio millones), puesto que Rui Barbosa, con un gesto de noble propósito, dio en 1390 orden de quemar los documentos guardados en archivos y relacionados con la importación de esclavos, para redimir a la joven república de esa ignominia.

Durante mucho tiempo, el tráfico de esclavos es considerado en el Brasil como el negocio más lucrativo, aunque no muy honroso; financiado desde Londres o Lisboa, asegura tanto al fletador como al vendedor ganancia segura, gracias a la creciente demanda. En un principio, el esclavo negro, que en el mercado de Bahía se comercia a un precio que oscila entre los cincuenta y los trescientos mil reis, parece bastante caro en comparición con el esclavo aborigen, al que se cotiza a cuatro y a lo sumo setenta mil reis. Pero el precio de adquisición de un huesudo negro del Senegal o de Guinea debe incluir los gastos de transporte, una recompensa por la «mercadería» averiada y tirada al mar durante el trayecto, el enorme beneficio de los cazadores de esclavos, de sus vendedores y de los capitanes y, además, el derecho de importación, de tres a tres y medio mil reis, que el cristianísimo rey de Portugal manda cobrar por todo esclavo que pasa por la aduana, interviniendo así en ese negocio oscuro. A pesar de ese precio elevado, la adquisición de negros sigue siendo para los hacendados tan imprescindible como la de palas y arados.

Un negro fuerte trabaja, si de tarde en tarde se le aplica una tanda de latigazos, doce horas diarias, sin recibir por ello recompensa alguna; además, el capital así empleado no significa un gasto, sino una inversión a rédito, pues aun en sus pocas horas de descanso, el negro aumenta la fortuna de su amo con los hijos que engendra y que, desde luego, pasan como nuevos esclavos gratuitos a posesión del dueño. Una pareja de negros, adquirida a los dieciséis años de edad, procura a la familia de sus amos, en el correr de dos o tres siglos, una generación entera de esclavos. Esos esclavos representan la fuerza motriz que mantiene el impulso de las grandes haciendas, y como la tierra misma no tiene casi valor en ese país inmenso, la riqueza de un hacendado se mide por la cantidad de sus esclavos, tal como en la Rusia feudal la fortuna de un estanciero no se calculaba según la extensión de sus tierras, sino según él número de «almas» que poseía. Hasta muy adelantado el siglo diecinueve, los negros son, en medida cada vez mayor, los verdaderos pilares de la economía. Sobre sus hombros descansa todo el peso de la producción colonial, en tanto que los portugueses sólo dirigen y vigilan, como funcionarios, inspectores y empresarios, la marcha ininterrumpida de esa maquinaria de trabajo puesta en movimiento por millones de brazos negros.

Esa separación demasiado rigurosa entre blancos y negros, entre dueños y esclavos, es desde un principio peligrosa, y de no haber sido por el esfuerzo compensador de la colonización iniciada en el interior del país, habría comprometido sin cesar la unidad del Brasil. En sus comienzos, ese país inmenso carece de por sí ya de un equilibrio estático, debido a que durante el primer siglo y gran parte del segundo, toda fuerza activa, y, por lo tanto, toda afluencia de sangre y de hombres se concentra en el Norte. Para el mundo de entonces, la zona tropical -muy en contraste con la decadencia actual- representa el verdadero tesoro del Brasil. Allí se concentra la actividad económica hasta que quede satisfecha la primera y más precipitada avidez de Europa por productos coloniales. Bahía, Recife, Olinda, de simples puntos de trasbordo se convierten en ciudades reales, y edifican iglesias y palacios en una época en que en el interior sólo se levantan humildes chozas y capillas de madera. Aquí cargan y descargan sin cesar barcos europeos, allí afluye continuamente la materia prima constituida por los negros, allí se empaquetan las nueve décimas partes de todas las mercancías ultramarinas destinadas al transporte a través del océano, allí se establecen las primeras oficinas, y cerca de esas ciudades, que crecen con ímpetu tropical, se concentran también, por la mayor comodidad del transporte, los ingenios y las plantaciones de más rendimiento. Quienquiera que en el año de 1600, de 1650 y en rigor hasta en 1700 pronuncia en Europa, el nombre del Brasil no alude prácticamente sino al norte del país y, más propiamente dicho, al litoral del mismo, con sus ya universalmente conocidos puertos, su azúcar, su cacao, su tabaco, su comercio y sus negocios. Nadie, ni siquiera el rey de Portugal, sospecha en Europa que, invisible, debido a las altas cadenas montañosas, en el interior del Brasil se ha ido iniciando lejos de la curiosidad de los navegantes y comerciantes, un desarrollo comercialmente acaso menos provechoso, pero incomparablemente más sano. Esa colonización, metódica y promovida con diligencia tenaz y sistemática con elementos aborígenes, constituye la gran acción de los jesuitas a favor del Brasil. Con una previsión que abarca siglos enteros, infinitamente más que la de los funcionarios fiscales y la de los intermediarios, que sólo consideran ganancia lo que puede convertirse rápidamente en dinero contante y sonante, reconocieron, clarividentes, que el fundamento económico de un pueblo no puede consistir a la larga en el conjunto incierto de aislados artículos de monopolio ni en el trabajo de esclavos comprados. Un país que quiere conformarse debe aprender primero a labrar la tierra y a sentirla suya. La grandeza de esa empresa no puede considerarse debidamente sino desde dos puntos de vista: teniendo en cuenta que ha nacido de la nada, y frente al resultado definitivo, evidente ante el mundo actual. Una sana economía nacional sólo podía desarrollarse sobre la base de la milenaria y eterna forma original de la agricultura y la ganadería; el que haya sido posible educar para esa tarea indispensable precisamente a las tribus, aun totalmente nómadas significa, en el terreno moral, el comienzo verdadero de la nación brasileña.

Tal tarea empieza desde cero. Cuando Nóbrega y Anchieta llegan al país, faltan, aparte de la tierra, que nadie cultiva, aparte de los nativos, que no saben todavía cómo labrarla, las fuerzas que unen y atan. No se dispone de nada, todo hay que traerlo primero a través del mar, cada cabeza de ganado, cada vaca, cada ternero, cada cochino, cada martillo, cada serrucho, cada clavo, cada azada, cada rastrillo, y, aparte de ello, también las plantas y semillas, y luego hace falta enseñar poco a poco y con mucho trabajo a esos seres, desnudos e infantiles, cómo han de arar, cómo han de cosechar, cómo han de construir establos para el ganado y cómo deben tratar a las bestias. Aun antes de que puedan enseñarles cabalmente a ser cristianos, los jesuitas deben enseñar a los aborígenes las distintas faenas, y primero deben infundirles la voluntad del trabajo para sólo después penetrarlos de los conceptos fundamentales de la fe. Lo que en la lejanía ha sido para los jesuitas un proyecto espiritual de gran envergadura, se convierte en pequeña y fatigosa labor de detalle, que sólo la fuerza disciplinada de unos hombres entregados con toda su vida a una idea puede llevar a cabo: la civilización del hombre mediante el cultivo de la tierra. Nada de cuanto esos primeros maestros, esa docena de hombres, llevan consigo en libros, medicamentos, herramientas, plantas y animales, fue de un efecto tan vivificarte y tonificante para el desarrollo como su tenaz y a la vez ardiente energía. Las flamantes aldeias, esas primeras poblaciones, crecen y se desarrollan rápidamente -como todo en el Brasil - y pronto los jesuitas pueden informar en sus cartas, con justificado orgullo, cuán felizmente se opera esa unión, esa unión de la tierra con los hombres, y ese cruce de blancos y aborígenes que forman una nueva y activa generación. Ya los padres, creen que su labor ha tenido éxito: São Paulo -primero la ciudad y luego la provincia- se va poblando y las aldeas van surgiendo una tras otra, tierra adentro. Pero la conquista verdadera del país no se efectuará del modo tranquilo, pacífico y metódico que ellos prevén, sino de muy otra manera. La historia, al realizar una idea, gusta siempre apartarse del proyecto trazado por los hombres, para seguir su propia ruta; y así ocurre también en esta contingencia. Los jesuitas establecieron en aquel suelo una generación joven para que lo trabajase. Pero ya la nueva generación de los «mamelucos».. los mestizos, trasponen impaciente los límites que los píos padres les habían fijado.

En su sangre perdura todavía el gusto por la inquieta vida nómada de sus antepasados indígenas y, por otra parte, la ferocidad desenfrenada de los primeros colonos. ¿Por qué labrar la tierra con sus propias manos, en vez de hacerla trabajar por otros, por esclavos? Pronto, los hombres semioscuros, se convierten en los enemigos más encarnizados de los hombres de color, los hijos de los aborígenes, cuyos padres fueron salvados por los jesuitas de la esclavitud, en los más feroces tratantes de esclavos, y precisamente en São Paulo, con la que los jesuitas habían soñado como con un centro de pureza moral y de unidad espiritual, surge la nueva generación de conquistadores, los paulistas, que al poco tiempo se transforman en los enemigos acérrimos de los jesuitas y de sus esfuerzos colonizadores. Reunidos en grupos marciales, esos bandeirantes (que de modo curioso parecen similares a los cazadores africanos de esclavos) recorren en sus entradas el país, destruyen los poblados, roban esclavos, que no sólo arrebatan a la selva virgen, sino también a la tierra labrada, y, sin embargo, no cumplen sino con el principio jesuítico -aunque más rápida, brutal y violentamente- de la penetración en forma de abanico. En cada una de esas partidas destructoras, algunos paulistas quedan en las encrucijadas, y de esta manera se constituyen poblados y hasta ciudades en la retaguardia de las tropas de asalto, que regresan con millares de esclavos. El fértil Mediodía empieza a ser ocupado por hombres y ganado; va cristalizando, en oposición al hombre más indolente y pausado del litoral, el tipo del vaqueiro, del ganadero y del gaucho, el hombre del interior, el hombre con una verdadera patria. La primera de las grandes migraciones al interior, con sus efectos de equilibrio y de sujeción, comenzó en parte debido al plan de los jesuitas, en parte debido a la codicia de los paulistas; el bien y el mal colaboran en una obra común, en apariencia obrando antagónicamente, pero, en realidad, sujetos a una trabazón interna. En el siglo diecisiete, la agricultura y la ganadería del interior ya constituyen un contrapeso beneficioso al mundo tropical del norte, rápidamente florecido, pero rápidamente también marchitado y sujeto siempre a las fluctuaciones del mercado mundial. Y la voluntad del Brasil de convertirse de un mero proveedor de productos ultramarinos en un país que se mantiene a sí mismo, en un organismo que se desarrolla de acuerdo con sus propias leyes, en lugar de ser un simple retoño de la metrópolis, esa voluntad se torna más y más consciente de su propósito.

En el umbral del siglo dieciocho, el Brasil ya representa, en lo económico, una colonia productiva, que adquiere creciente importancia para la corona de Portugal, en la medida en que ésta va perdiendo, en detrimento de su anterior imperio universal, asiático y africano, una colonia tras otra a beneficio de los holandeses e ingleses. Han pasado para Lisboa los tiempos dorados, en los cuales, al decir de los cronistas, el día no era suficientemente largo para que se contaran y registraran las rentas aduaneras que producía el comercio con las Indias. En el siglo diecisiete, Brasil ya no representa un pasivo para Portugal; se han olvidado, desde tiempo atrás, las peripecias de los comienzos, cuando el gobernador tenía que pedir suplicante cada cruzado, y Nóbrega mendigaba en Lisboa unas cuantas camisas usadas para sus neófitos. Los brasileños son buenos proveedores, cargan los buques portugueses con mercadería valiosa, mantienen los funcionarios portugueses con sus propios beneficios, y los recaudadores de aduana ya envían importes considerables a la tesorería real de Portugal. Pero, además, los brasileños son buenos compradores y clientes; muchos de esos reyes del azúcar tienen más dinero y crédito que su propio monarca, y ninguna de sus colonias es mejor mercado para los vinos, los tejidos y los libros portugueses que el Brasil. Con toda tranquilidad y calma, éste se ha convertido en una colonia grande y constantemente próspera, sin dejar por ello de ser la colonia que costara menos sangre a Portugal, que reclamara los menores gastos y la menor cantidad de inversiones. No hacen falta grandes guarniciones, en Río ni en Bahía n¡ en Pernambuco para mantener el orden. La población crece incesantemente con los años y, aparte de algunos tumultos sin importancia, nunca ensayó una revuelta seria. No es necesario construir dispendiosas fortificaciones, como en la India y en África, ni es preciso enviar fondos para inversiones oficiales. Hace tiempo ya que ese país se defiende y se mantiene con sus propias fuerzas.

No es posible, pues, imaginarse una colonia más cómoda que el Brasil, con su crecimiento lento y silencioso, con su desarrollo modesto -y, se diría, mudo-, que se opera casi sin ser notado por el resto del mundo.

En este país, que crece tranquila e incesantemente en su interior y que exteriormente sólo produce azúcar y envía gruesos fardos de tabaco a los depósitos comerciales, no hay nada que pueda estimular la fantasía y ni siquiera la curiosidad de Europa. La conquista de Méjico, los tesoros áureos del Perú, las minas de plata de Potosí, las perlas del océano índico, las luchas de los hacendados norte americanos contra los pieles rojas, los combates contra los filibusteros del mar Caribe, inspiran a los cronistas y poetas narraciones románticas y cautivan el espíritu inquieto de la juventud, siempre ansiosa de aventuras. El Brasil, en cambio, permanece durante decenios y decenios, prácticamente durante dos siglos, en la sombra de la atención universal. Pero precisamente esa condición de estar oculto largo tiempo y de hallarse aislado, significa, en última instancia, una gran suerte para el Brasil.

Nada favoreció más su desarrollo lento y orgánico que la circunstancia de que sus tesoros fácilmente transformables en dinero, que su oro y sus diamantes, permanecían hasta principios del siglo dieciocho bajo tierra, sin ser descubiertos. Si ya se hubieran encontrado ese oro y esos diamantes en el siglo dieciséis o diecisiete, las grandes naciones se habrían precipitado en competencia furiosa sobre semejante presa.

Los conquistadores habrían irrumpido inconteniblemente desde el Perú, Venezuela y Chile, y el Brasil se habría transformado en un campo de batalla de todos los malos instintos, siendo destrozado, removido y lacerado. Pero cuando en el año de 1700 el Brasil se revela inesperadamente como el país más rico en oro del mundo contemporáneo, ya ha pasado definitivamente el tiempo de los aventureros y conquistadores, de los Villagaignon, de los Walter Raleigh, de los Cortés y de los Pizarro, la época de la osadía, que no había de repetirse, la época en que unos cuantos aventureros resueltos, al mando de cuatro o cinco embarcaciones y, de un centenar de mercenarios, podían someter países enteros. En el año de 1700, el Brasil ya forma una unidad, ya constituye una fuerza; tiene sus ciudades, sus fortificaciones, sus puertos y -lo que es casi vez más importante que todo eso- ya forma una comunidad nacional que cuenta con un ejército invisible, que defendería el país con el sacrificio hasta el último hombre contra cualquier invasor, y que no reconoce a la propia metrópolis sino a regañadientes la renta aduanera y el tributo de los impuestos. No le hacen falta sino dos cosas: más tiempo y más hombres. A la postre, el silencioso y paciente :resultará ser el más fuerte, El descubrimiento de oro en la provincia de Minas Geraes es algo más que un acontecimiento de significación nacional para el Brasil y Portugal. Es un suceso mundial, que influye definitivamente sobre todo el orden económico de la época. Según afirma Werner Sombart, el desarrollo capitalista e industrial de Europa a fines del siglo dieciocho habría sido imposible sin la afluencia enorme y estimulante del oro brasileño a las arterias de la vida económica europea, que en el acto pulsaron con mayor rapidez. La cantidad de oro que el Brasil, ese país hasta entonces inadvertido, lanza de repente al mercado representa una suma casi inimaginable para aquella época. Según las apreciaciones de Roberto Simonsen, que merecen todo crédito, en aquel solo valle montañoso de Minas Geraes se extrajo en ese medio siglo más oro que en toda la América junta hasta el descubrimiento de las minas de oro californianas, en el año de 1852. El botín del Perú y Méjico, que llevó el siglo dieciséis a un paroxismo de locura, y que de golpe duplicó el valor material, el valor monetario de todos los objetos (según Montesquíeu lo describiera tan magníficamente en su famoso ensayo sobre Les richesses de l’Espagne), representa apenas una quinta parte, quizá nada más que una décima parte, de lo que la colonia, tan largo tiempo despreciada, reporta a su metrópolis.

Lisboa pudo ser reconstruida después de su destrucción gracias a ese oro; el gigantesco monasterio de Mafra fue edificado con el «quinto» que por ley había de entregar al monarca; el repentino florecimiento de la industria inglesa sólo pudo operarse en virtud de ese abono amarillo; el comercio y tráfico europeos adquieren con esa afluencia repentina un ritmo más acelerado. Por una hora universal, por espacio de cincuenta años, el Brasil es la tesorería del viejo mundo y la colonia más provechosa y más envidiada que pueda poseer un Estado europeo. Por un momento parece haberse cumplido el sueño de los conquistadores y se diría que se ha encontrado el legendario El Dorado.

Ese episodio del oro -pues no será más que un episodio en la historia del Brasil- es a tal punto dramático en su advenimiento, transcurso y epílogo que, para describirlo más convenientemente, lo mejor es adoptar la forma de una obra teatral con sus distintos actos y escenas.

El primer acto tiene lugar poco antes del año de 1700 en un valle montañoso de Minas Geraes, que en ese entonces no constituye todavía una provincia, sino un territorio inhabitado, sin ciudades ni caminos. De Tabauté, un pequeño reducto de paulistas, parten cierto día unos pocos hombres, montados en caballos y mulas, que se dirigen a las colinas que el pequeño río de las Velhas sortea con muchos recodos y curvas.. Como miles de hombres antes que ellos, han salido sin rumbo, sin conocer un camino y, en realidad, sin una meta determinada. Lo único que quieren es hallar alguna cosa para llevarla a su casa, ya sean esclavos, ya sea, ganado o acaso un metal precioso. Entonces se produce el hallazgo inesperado.

Uno de esos hombres -no se sabe si basándose en una información secreta o si por mero azar- descubre en la arena los primeros granos de oro, y los lleva dentro de una botella a Río de Janeiro. Como siempre, basta la primera visión de ese metal, que misteriosamente es del color de la envidia, para que se inicie una migración frenética. La gente acude presurosa desde Bahía, Río de Janeiro y São Paulo, a caballo, a mula, a lomo de burro, a pie y en barquichuelas río arriba por el San Francisco. Los marineros -en este punto el director debe recurrir a las escenas representadas por masas abandonan sus barcos; los soldados, sus guarniciones; los comerciantes, sus negocios; los sacerdotes, sus púlpitos, y los esclavos son conducidos en rebaños negros hasta aquel páramo.

En el primer instante, la aparente riqueza parece convertirse en una catástrofe económica sin precedentes para todo el país. Se interrumpe el trabajo en los ingenios y en las plantaciones de tabaco, ya que sus directores los han abandonado, llevando consigo a los esclavos para reunir en unas semanas acaso en un día, lo que la labor paciente y sistemática sólo produciría en un año. No es posible cargar los buques ni hay quien los conduzca. Todo se detiene y para, y el gobierno tiene que publicar edictos especiales para impedir la deserción de las fuerzas productoras al interior. Pero mientras la repentina despoblación amenaza a las ciudades del litoral con una catástrofe, se levanta en el distrito del oro, a la inversa, debido a la imprevista superpoblación, la amenaza del eterno destino del rey Midas: la carestía frente a los platos de oro. Abundan la arena y las pepitas de oro, pero faltan pan, maíz y queso, no hay leche ni carne para alimentar a las decenas de miles o acaso cien mil hombres llegados a ese desierto sin provisiones, ganado ni frutas. Afortunadamente, la perspectiva, de vender la mercadería a un precio quintuplicado y aun decuplicado y de recibir en pago, además, oro puro, induce a los negociantes a multiplicar sus esfuerzos. Se transportan cantidades cada vez mayores de alimentos y de otros elementos, como picos y palas y cribas, que llegan por tierra y por vía fluvial hasta el yermo. Van abriéndose caminos, y el río San Francisco, que hasta entonces corría silencioso, azul y soñoliento, y que en meses apenas si había visto una vela, se transforma ahora en una vía animada. Las barcas ascienden y descienden, arrastradas por esclavos; luego, los bueyes arrastran carretas, y de vuelta viene, en pequeñas bolsas de cuero, el soñado oro, suelto o ya a medias acuñado.

Una actividad febril ha invadido de golpe ese paisaje tranquilo y que trabajaba casi soñoliento.

Pero es, como siempre, una fiebre maligna esa fiebre de oro. Excita los nervios, acalora la sangre, hace los ojos ávidos y perturba los sentidos. No tardan en producirse luchas; los primeros descubridores, los paulistas, defiéndense contra los que llegaron más tarde, contra los emboabas. Lo que el uno reunió a costa de mucho trabajo, otro se lo arrebata de una puñalada, y lo ridículo se mezcla grotescamente con lo trágico.

Hombres que ayer todavía eran mendigos, se pavonean ostentando ridículos trajes de lujo; en las mesas de juego, desertores y mozos de cordel pierden a los dados fortunas enteras. Y el primer acto termina con una escena digna de una ópera: durante esa frenética excavación del suelo en mil puntos distintos, se descubre en la proximidad de Diamantina algo más valioso aún que el oro: el diamante.

Segundo acto. Entra en escena una nueva figura principal: el gobernador portugués, custodio de los derechos de la corona.

Ha llegado para fiscalizar la nueva provincia y, sobre todo, para asegurar el quinto que por ley corresponde al monarca.

Detrás de él marchan los soldados, siguen a caballo los dragones para, establecer el orden. Se instala una casa de moneda, donde debe entregarse todo el oro hallado, para ser fundido, a fin de que sea posible llevar una fiscalización exacta. Pero la bárbara multitud no quiere fiscalización alguna; estalla una rebelión, que es sofocada con mano implacable.

Entonces se convierte la aventura lentamente en una fabricación regular, severamente vigilada por la autoridad real. En la reducida región del oro se forman paulatinamente grandes ciudades, como Villa Rica, Villa Real y Villa Alburquerque, que reúnen en sus chozas y en sus casas, rápidamente construidas con barro, a un centenar de miles de hombres, más que Nueva York o cualquiera otra ciudad americana de ese tiempo, ciudades, por otra parte, de las que ya casi nadie tiene conocimiento en nuestros días y de las cuales aun el mundo contemporáneo no tenía sino nociones muy vagas. Porque Portugal está decidido a guardar el tesoro y a no dejar a ningún extranjero acercarse, ni aun por una sola hora, a aquella fuente aurífera. Toda la región queda cercada, por así decirlo, con una reja de hierro; se colocan barreras en todas las encrucijadas, y por todas partes patrullan soldados, día y noche. Ningún viajero puede penetrar en la zona y ningún buscador de oro puede abandonarla sin antes haber sufrido un registro minucioso para averiguar si acaso no lleva consigo algún polvillo de oro que hubiera sustraído ilegalmente a la fundición y la Tesorería. Los castigos que se aplican a quienquiera que atente contra las disposiciones respectivas son terribles. Está prohibido dar noticias acerca del Brasil y sus tesoros, no se deja salir ninguna carta, y un libro escrito por el jesuita italiano Antonil (seudónimo de Andreoni) sobre Las riquezas del Brasil queda suprimido por la censura. Apenas Portugal ha cobrado conciencia del valor que constituye el Brasil y ya aplica todas las artes de la vigilancia para mantener alejadas las peligrosas envidia y codicia de las demás naciones. Sólo la corte y los funcionarios de la Tesorería deben saber en qué lugares se extrae oro y en qué otros, diamantes, y cuál es la participación de la corona, y aun hoy nadie puede, en verdad, establecer un calculo exacto sobre los beneficios obtenidos en ese siglo. Pero no cabe duda que fueron inmensos, pues, aparte del referido quinto, afluye a la caja, exhausta desde tiempo atrás, todo diamante de más de veintidós quilates, que debe ser entregado sin derecho a indemnización, y a ello se agrega todavía el beneficio obtenido por la mercancía importada por la colonia enriquecida de la noche a la mañana, así como la mayor entrada en concepto de derecho aduanero sobre los esclavos, que deben importarse en doble cantidad para acelerar la explotación.

Sólo ahora Portugal se da cuenta de que, después de haber perdido sus posesiones indias y africanas, le quedó no obstante la más valiosa de sus «provincias ultramarinas», precisamente aquel país que sus Lusiadas no ponderan y que fue colonizado por sus hijos más pobres y por los expulsados.

El tercer acto de la tragicomedia del oro tiene lugar unos setenta años después y representa el giro trágico. La primera escena se desarrolla en Villa Rica y en Villa Real, transformadas y, sin embargo, las mismas. No ha cambiado el paisaje con sus colinas desnudas, de un verde oscuro, y con su río, que avanza intempestivo por los estrechos valles. Las ciudades, en cambio, se han modificado: imponentes iglesias claras, ricamente adornadas en su interior con cuadros y esculturas, se yerguen sobre las colinas; alrededor del palacio del gobernador se han agrupado gallardas casas; en ellas reside una población notable y acaudalada, pero ya no es la misma malgastadora y alegremente animada de ayer y de anteayer.

Ha desaparecido algo que infundía a las calles, las tabernas y los negocios una actividad animada, ha desaparecido algo que iluminaba las miradas de los hombres y que hacía más sueltos y animados sus movimientos, algo que hacía febril y fogosa la atmósfera del lugar. Ese algo es el oro.

Sigue el río corriendo y echando espuma, y en su curso continúa depositando en la orilla piedra deshecha en arena, pero por mucho que se la agite en las cribas y por mucho que se la lave. sólo queda arena sin valor. Ya no se encuentran, como otrora, los pesados granos relucientes; han pasado los años en que bastaba, para enriquecerse, colocar cincuenta o cien esclavos con orden de agitar y volver a agitar la arena en grandes palanganas de madera, en cuyo fondo siempre quedaban unas cuantas onzas de granos de buenos quilates. El oro del río de las Velhas había sido oro de aluvión, oro de superficie, y está ahora espumado, Para extraerlo de las entrañas de la montaña, se necesita realizar un fatigoso trabajo técnico, para el que no están preparados aún ni la época ni el país. Por este motivo se produce el cambio: Villa Rica se transforma en villa pobre. Los lavadores de oro de ayer, empobrecidos y amargados, se retiran con sus burros, mulas y esclavos y con sus míseros bienes; las chozas de barro de los esclavos, diseminadas por millares en las colinas, son arrastradas por las lluvias o se desploman. Los dragones se retiran, pues ya no queda nada que vigilar, la casa de moneda no tiene qué fundir y el gobernador no encuentra qué administrar; hasta la cárcel se despuebla, ya que no hay allí qué robar o hurtar al prójimo. El ciclo del oro ha tocado a su fin.

Sigue el cuarto acto, dividido en dos escenas simultáneas, una en Portugal, la otra en el Brasil. La primera escena tiene lugar en el palacio real de Lisboa. Está reunido el consejo de la corona. Se da lectura al informe de la Tesorería, y ese informe es aterrador. Disminuyen continuamente los envíos de oro del Brasil, y aumentan sin cesar las deudas. Las compañías industriales fundadas por el marqués de Pombal están a punto de quebrar, porque ya no es posible financiarlas. La reconstrucción de Lisboa, iniciada con tantos bríos, está trabada.

¿Dónde sacar dinero, desde que no afluye más el oro del Brasil, y cómo reemplazar a éste? La expulsión de los jesuitas y la confiscación de sus bienes no han servido para nada; después del primer imperio soñado de los Lusiadas desapareció ahora también el de un eterno El Dorado. Engañoso como siempre, el oro sólo ha prometido la dicha, pero sin cumplir tal promesa. Y Portugal tiene que conformarse con volver a ser lo que fue en el principio: un país pequeño y tranquilo, digno, de ser amado precisamente por esa calmosa belleza.

La segunda escena, simultanea, se desarrolla en Minas Geraes y ofrece un contraste absoluto: los lavadores de oro han dejado, con sus mulas, burros, esclavos y todos sus bienes movibles la inhospitalaria región montañosa y han descubierto la fértil zoza campestre.

Se radican en ella, surgen villorrios y ciudades, embarcaciones surcan el río San Francisco, el tránsito aumenta, y una región inhabitada, no cultivada, se transforma en una nueva provincia activa. Lo que para Portugal significa una pérdida resulta un beneficio para el Brasil; a cambio del oro desaparecido encontró una sustancia infinitamente mas valiosa: un nuevo trozo de su tierra apropiado para la labor activa y productiva.

Esa corrida tras del oro de Minas Geraes representa, en realidad, y desde el punto de. vista demográfico, la primera de las grandes migraciones, hacia el interior, que resultaron tan decisivas para el desarrollo nacional y económico del Brasil. Sin esas repetidas migraciones hacia el espacio interior, no se explicaría el fenómeno de que un país de tan inmensas dimensiones haya conservado a tal punto su unidad nacional que ni siquiera el idioma tomara matices de distintos dialectos desde el Paraná hasta el Amazonas, ni desde el océano hasta las lejanías casi inalcanzables de Goyaz, y que en todas partes imperen las mismas costumbres y el tipo popular se haya mantenido homogéneo pese a todas las diferencias de clima y profesionales. Como en todos los países de gran superficie, el colono tiene aquí una relación con el suelo que el campesino de las estrechas demarcaciones europeas, que está completamente entregado a su casa y sus tierras. En el Brasil, donde la tierra de todo el interior carecía de amo, y donde cada cual podía adueñarse de ella donde quería y en la forma que se le antojaba, el hombre es emprendedor y dado a la vida, nómada. Aconteció muy naturalmente que el colono, menos aferrado a la tradición que el campesino europeo, mudara fácilmente de residencia, y siguiera pronto a cualquier nueva oportunidad que se le brindaba. De esa suerte, las grandes transformaciones de la economía brasileña, los pasos de un producto de monopolio a otro, los llamados ciclos de producción se manifiestan también como migraciones y desplazamientos del equilibrio de colonización y en cierto sentido, a esos ciclos podría denominarse lo mismo de acuerdo con los objetos de producción que de acuerdo con las ciudades y regiones que han creado. La era de la madera, del azúcar y del algodón pobló el Norte. Creó a Bahía, Recife, Olinda, Ceará y Maranhao. Minas Geraes fue poblado gracias al oro.

Río de Janeiro deberá su grandeza al traslado del rey y de su corte; São Paulo deberá su progreso fantástico al imperio del café, en tanto que el repentino florecimiento de Manaos y Belén es debido al ciclo rápido de la goma, y desconocemos todavía la situación de las ciudades que surgirán a raíz del próximo cambio: la extracción de metales y la industria.

Ese proceso de la distribución del equilibrio, que está operándose hasta el presente momento ya que el brasileño es de una naturaleza particularmente movediza, debido a su herencia de color, que ha sido constantemente fomentado por el agregado incesante de la inmigración africana, primero, y europea, después, impidió que el proceso de expansión orgánica jamás cesase por completo. Evitó una separación social, demasiado vigorosa y dio preponderancia al sentimiento nacional sobre el sentimiento particular. Aun se oye decir, alguna que otra vez, que Fulano es oriundo de Bahía y Zutano do Porto Alegre; pero al indagar mejor, acaba por saberse casi siempre que el padre y la madre respectivos son naturales de distintos puntos. Gracias a esa transfusión y trasplantación constantes, el milagro de la homogeneidad brasileña perduró hasta el día de hoy, cuando el aumento de las posibilidades de comunicación, debido a las fuerzas de trabazón de la radio y de la prensa, torna mucho más natural la conjunción nacional. Mientras el imperio hispano-sudamericano, que ni en espacio ni en población es superior a la que fue colonia portuguesa, por la mera división en distintos distritos gubernamentales destacó más nítidamente las peculiaridades de la Argentina, de Chile, Perú y Venezuela en las formas dialectales, costumbres y hábitos, la forma de gobierno centralista del Brasil preparó desde un principio una modalidad económica y nacional absolutamente unitaria, que, por estar desde temprano y orgánicamente arraigada en el alma del pueblo, resultaba indestructible aun en su aspecto económico.

Si se procura establecer un balance entre el Debe y el Haber de la colonia y la metrópolis, del Brasil y Portugal, correspondiente a la época del comienzo del siglo, se presenta un cuadro completamente cambiado. Desde 1500 hasta 1600, el Brasil es la parte que recibe, y Portugal, la que da; Portugal tiene que enviar barcos, mercancías, y soldados, comerciantes y colonos, y su población blanca es diez veces superior a la de la flamante colonia. Alrededor del año 1700, es decir, al comienzo del siglo dieciocho, la balanza estará más o menos equilibrada, o, en todo caso, se inclinaría un poco a favor del Brasil. Alrededor del año, 1900, la proporción se modificó ya de un modo fantástico. Portugal, con sus 100.000 kilómetros cuadrados, aparece diminuto en comparación con el país que abarca ocho millones y medio de kilómetros cuadrados. Alberga un número do esclavos negros que, él solo, es mayor que el de todos los habitantes de Portugal; y en cuanto a su potencia económica, el imperio americano ya no puede compararse siquiera con la metrópolis europea empobrecida y que se hunde cada vez más en el marasmo financiero. Con mucho oro lo mismo que con poco, con sus diamantes, su azúcar, su algodón, su tabaco, su ganado, sus minerales y, desde luego, con .sus energías de trabajo que aumentan intensamente de año en año, el Brasil ha tiempo ya que se emancipó de cualquier ayuda. El hijo mantiene ahora a la madre, y ya no la madre al hijo. En oportunidad del terremoto de Lisboa, el Brasil no envía menos de tres millones de cruzados, a modo de regalo, para invertirlos en la reconstrucción de la ciudad, y ya en Portugal no cuentan entre los ricos sino los que poseen propiedades en el Brasil y quienes comercian con sus puertos y ciudades. Comparado con la «pequeña casa lusitana», el Brasil aparece como un mundo.

Pero cuanto mas fuerte, más viril, más firme se vuelve el Brasil, tanto más visiblemente manifiesta la metrópolis la preocupación por que el vástago, que se desarrolla demasiado, puede el día menos pensado sustraerse a su tutela. Trata una y otra vez de encerrar en el andador a ese ente que ya actúa, piensa y obra independientemente, y lo trata como si fuese aún menor y necesitado de la tutela real. Quiere impedir por la fuerza su independencia económica Mientras Norteamérica hace tiempo ya que puede determinar libremente su destino, el Brasil aun no tiene derecho producir mercancías, aparte de sus materias primas. No le es permitido tejer telas, sino que ha de obtenerlas por intermedio de la metrópolis; no puede construir barcos propios, para que sólo los armadores portugueses obtengan beneficios. No debe haber lugar aun ni campo de actividad en el Brasil para los intelectuales, para técnicos ni industriales. No puede imprimir ahí ningún libro, ni publicarse diario alguno, y al expulsar a los jesuitas se quita al Brasil los únicos hombres que difundían alguna instrucción en el país. Todo se hace para evitar un progreso económico, una comunicación libre con los mercados mundiales. El Brasil debe seguir siendo un país esclavizado, una colonia cuanto menos independiente, cuanto menos intelectual y cuanto menos nacional, tanto mejor. Todo conato independencia es sofocado por la violencia.

Y las tropas portuguesas, estacionadas en el interior del Brasil ha tiempo ya que no tienen la misión de proteger la colonia contra enemigos exteriores -cosa que el país podía lograr desde hace mucho, mediante sus propias fuerzas- sino que sólo les toca proteger el cuartel económico de la corona contra el propio país.

Pero en la historia se repite siempre el mismo fenómeno; lo que se descuida durante años y más años prudencia e indiferencia, lo impone la fuerza bruta, una sola hora. Es -y parece grotesco- Napoleón, tirano de Europa, quien facilita la libertad a ese país americano. Obligando al rey de Portugal, con el avance relámpago de sus tropas, a abandonar su residencia en Lisboa en fuga precipitada, le obliga simultáneamente a ver por primera vez con sus propios ojos la tierra que había edificado sus palacios y que durante decenios y siglos había sido el auxiliar más fiel de su corte y de su país.

En lugar de los recaudadores de impuestos y de la gendarmería, aparece ahora en la colonia por primera vez un miembro de la casa de Braganza el rey Juan VI, con toda su corte, la nobleza y el clero.

Pero el siglo diecinueve ya no conocerá ninguna colonia llamada Brasil. El rey Juan no puede sino proclamar solemnemente la mayoría del hijo que le recoge, un refugiado y lamentablemente vencido. Con la denominación de Reinos Unidos, el Brasil es equiparado con Portugal, y durante doce años, la capital de ese noble reino no se halla en las márgenes del Tajo sino en las de la bahía de Guanabara. Han caído de golpe las barreras que hasta entonces aislaron al Brasil del comercio mundial; ha pasado el tiempo de las prohibiciones, de los permisos y de los decretos severos. Desde el año de 1808 pueden atraer vapores extranjeros, pueden intercambiarse mercaderías sin necesidad de pagar un tributo a la Tesorería de allende el mar. El Brasil ya puede trabajar y producir, hablar y escribir y pensar, y de esta suerte puede comenzar por fin, simultáneamente con el progreso económico, el desarrollo cultural tan largo tiempo reprimido por la fuerza. Por primera vez, desde el fugaz episodio de la ocupación holandesa, se llama al país a artistas, sabios y técnicos de nombradía para fomentar ahí el desenvolvimiento de una cultura propia. Se instalan cosas totalmente desconocidas hasta entonces: bibliotecas, museos, universidades, academias, escuelas técnicas, y se concede al Brasil toda libertad para manifestar y probar su propia personalidad dentro del círculo cultural del mundo.

Pero el que una vez ha conocido y estimado la sensación de la libertad ya no se detiene hasta haber obtenido la libertad entera, incondicional. Aun el lazo débil que une al nuevo reino con el viejo reino de allende el mar causa al Brasil ahora la sensación de una traba y una opresión. Y su independencia real sólo comienza cuando en el año de 1822 se instituye en imperio.

O dicho con más propiedad: podría comenzar. Porque el Brasil sólo logra conquistar su independencia en el sentido político, pero no así en el sentido económico. Al contrario, hasta muy entrado el siglo diecinueve, el Brasil se encuentra en una situación de dependencia económica de Inglaterra y de otras naciones industriales, más pronunciada aún que otrora su dependencia de Portugal. El Brasil, trabado en su desenvolvimiento por las prohibiciones emanadas de Lisboa, dejó pasar sin aprovecharla la revolución industrial que a fines del siglo dieciocho comenzó a transformar fundamentalmente a nuestro mundo. Hasta entonces podía vencer toda competencia en el suministro de sus productos coloniales gracias al bajo precio de su mano de obra, gracias a la esclavitud, manteniendo, en el aspecto económico, el primer lugar entre todas las colonias americanas. Aun en el momento de la declaración de la independencia, llevaba ventaja a Norteamérica en cuanto a las exportaciones, y en algunos años, sus ventas incluso igualaron las cifras de Inglaterra. Pero con el nuevo siglo irrumpió un elemento de novedad en la economía mundial: la máquina. Una sola máquina de vapor atendida por doce obreros, produce ahora en Liverpool o en Manchester más que cien, y pronto más que mil esclavos, en el mismo tiempo. Desde entonces, la producción manual ya no podrá, a la larga, luchar contra la industria mecanizada y organizada, del mismo modo que los indios desnudos nada pueden con sus flechas contra las ametralladoras y los cañones.

Esta circunstancia, de por sí fatal, de quedar a la zaga del ritmo de la época, se acentúa aún debido a un contratiempo.

En el catálogo vasto y casi completo de sus minerales y metales, falta tan luego la materia energética que, como sustancia motriz, resulta decisiva para el siglo diecinueve: el carbón.

En el momento decisivo, en que el transporte y la producción de energías empieza a valerse de esa nueva sustancia dinámica, el Brasil no dispone en todo su inmenso territorio ni de una sola mina hullera. Cada kilo debe ser traído en viajes de muchas semanas de duración, y pagado muy caro con el azúcar, cuyo precio declina rápidamente. Por esta razón, los transportes, se vuelven dispendiosos, y además, la estructura montañosa del país retrasa la construcción de ferrocarriles en decenios irreemplazables, y aun después ello sólo se realiza en una medida insuficiente. Mientras el ritmo de las operaciones comerciales y del tráfico se vuelve, en los norteamericanos y europeos de año en año, diez, cien y aun mil veces más rápido, en el Brasil, la tierra se niega a entregar carbón, las montañas ponen trabas y los ríos se retuercen como si quisieran oponerse al siglo nuevo. Y no tarda en ponerse en evidencia, el resultado de ello: de lustro en lustro, el Brasil queda, más a la zaga del desenvolvimiento moderno, y, sobre todo, el Norte, con sus deficientes medios de comunicación, se hunde en una decadencia que más tarde ya es casi imposible detener. En una época en que las vías férreas unen con triple o cuádruple cinturón el este y oeste, el norte y sur de los Estados Unidos de Norteamérica, sobre una superficie idéntica a la del Brasil, las nueve décimas partes de este país se hallan a millas y más millas de distancia de cualquier riel, y mientras en el Mississipi, el Hudson y el San Lorenzo los modernos barcos a vapor suben y bajan continuamente, en el Amazonas y en el San Francisco sólo se ve rara vez el humo de una chimenea. He aquí por qué en una época en que las minas de carbón y los talleres siderúrgicos, las fábricas y los centros de comercio, las ciudades y los puertos de Europa y Norteamérica colaboran con una pérdida de tiempo cada vez mas reducida y se supera de año en año la potencia y eficacia de la producción en masa, el Brasil permanece hasta muy avanzado el siglo diecinueve apegado impotentemente a los métodos de los siglos dieciocho, diecisiete y aun dieciséis, suministrando siempre las mismas materias primas y entregado, indefenso por lo mismo, con la colocación de sus productos, al arbitrio del comercio mundial.

De esta manera, el balance comercial va cayendo y decayendo, y el Brasil pasa como factor dominante de la primera fila de América a la segunda y tercera, y el cuadro de su economía no carece, al comienzo del siglo diecinueve, de cierta perversidad, pues tan luego el país que tal vez posee mayor cantidad de hierro que cualquier otro en la Tierra, debe importar cada máquina, cada herramienta del extranjero. Aun cuando su suelo produce una abundancia ilimitada de algodón, tiene que importar de Inglaterra el género tejido e impreso.

A pesar de que sus selvas se extienden, inconmensurables y sin talar, tiene que comprar el papel en el exterior, lo mismo que cualquier otro objeto que no puede producirse mediante el trabajo manual no organizado y tradicional. Como ocurre siempre en el Brasil, grandes inversiones para reorganizar los procedimientos salvarían al país. Pero el Brasil carece de capital desde la cesación de los hallazgos de oro, y por eso sus primeras fábricas, sus ferrocarriles y sus pocas, empresas de envergadura son montados exclusivamente por compañías inglesas, francesas y belgas, y el nuevo imperio queda entregado, como colonia de grupos anónimos, a la explotación mundial. En un tiempo en que el ritmo del movimiento, la animación del espacio mediante energías creadoras resultan decisivos para el desarrollo económico de un país, el Brasil sigue trabajando de acuerdo con métodos arcaicos y con la vieja lentitud de transacciones, y está amenazado por el marasmo completo. Su economía ha vuelto, una vez más, a un nivel ínfimo.

Pero es propio del desenvolvimiento del Brasil que ese país de las posibilidades ilimitadas venza cada una de sus crisis por obra de una readaptación súbita, hallando, en cuanto falla su principal artículo de exportación, otro más provechoso aún. Así como el siglo diecisiete operó tal milagro del inesperado progreso gracias al azúcar, y en el siglo dieciocho gracias al oro y los diamantes, el siglo diecinueve lo realiza mediante el café. Después del ciclo del azúcar, el oro blanco, y del ciclo del oro verdadero, se inicia con el café el ciclo del oro pardo, sustituido durante un corto lapso por el ciclo del oro líquido, el caucho. Es una marcha de triunfo sin par, pues con el café, el Brasil obtiene durante todo el siglo diecinueve y parte del siglo veinte un monopolio universal absoluto; son de nuevo los factores viejos y tan típicos, la fertilidad del suelo, la facilidad del cultivo, lo primitivo del proceso de producción, los que hacen a ese nuevo artículo especialmente adecuado para el Brasil. El grano de café no puede plantarse ni recogerse con máquinas. En este ramo, el esclavo rinde mucha mayor utilidad que el volante de hierro.

Y nuevamente se trata, como en el caso del azúcar, del cacao y del tabaco, de un artículo de calidad que apela a los nervios refinados del gusto; es, en verdad, el complemento necesario de los productos anteriores, pues el cigarro, el azúcar y el café forman la trinca ideal para rematar una buena comida.

Son siempre el sol del Brasil, la savia y la fertilidad de su suelo, los que salvan a ese país. Lo que ya era delicioso en la vieja patria se vuelve más delicioso aún en esa tierra nueva; en ninguna parte el café medra tan exuberante y con tanto aroma como en esa zona subtropical. Los siglos anteriores ya habían conocido esos granos y su fuerza estimulante. Pero cuando en el año de 1730 se trasplanta el café a la región del Amazonas, y en 1763 a la de Río de Janeiro, se le considera todavía como artículo de lujo, de manera que su venta no puede resultar decisiva para la economía; en las tablas estadísticas aparece hasta los comienzos del siglo diecinueve en cantidades y con un valor que quedan muy a la zaga del algodón, del cuero, del cacao, del azúcar y del tabaco. Exactamente como en el caso de sus hermanos mayores, el azúcar y el tabaco, sólo el creciente hábito de servirse de ese magnífico estimulante, que se infiltra en capas cada vez más amplias de Europa y de Norteamérica, contribuye a su cultivo más intenso.

En la segunda mitad del siglo diecinueve, la producción y venta empiezan a aumentar, ascendiendo como una curva de fiebre, y el Brasil conviértese en proveedor de café del mundo entero. Tiene que ampliar su producción cada vez más rápidamente para conformar la demanda; cientos de miles, y luego millones de obreros afluyen a la provincia de São Paulo, se amplían los grandes diques y depósitos de Santos, donde hay veces que en un solo día se encuentran treinta barcos cargados de café. Durante decenios, el Brasil regula su economía con la exportación de café, y los números gigantescos revelan el valor que alcanza tal exportación. Desde .1821 hasta 1900, es decir, en el curso de ochenta años, el Brasil vende café por valor de 270.835.000 libras esterlinas, y en total, hasta la fecha, por más de dos mil millones de libras esterlinas; con ese importe sólo queda cubierta ya la mayor parte de las inversiones e importaciones del país. Pero, por otra parte, esa monoproducción tiene por consecuencia que el Brasil dependa cala vez más de los precios cotizados en la bolsa y que el valor de su moneda quede encadenado al precio del café; cada baja de los precios del café tiene que arrastrar consigo el valor del milreis.

Y esa desvalorización del café resulta finalmente inevitable.

Los plantadores, seducidos por las grandes facilidades de venta, engrandecen sin cesar sus fazendas, y puesto que ningún plan económico organizado se opone oportunamente a tan desmedida superproducción, una crisis sigue a la otra. El gobierno debe intervenir repetidas veces para impedir una catástrofe, unas veces adquiriendo la cosecha, otras veces cobrando tal impuesto sobre las plantaciones nuevas que prácticamente equivale a una prohibición, y una tercera vez mandando tirar al mar el café adquirido para detener la baja del precio. Pero la crisis permanece latente. Luego de breves repuntes, el precio vuelve a decaer una y otra vez, y en cada una de sus bajas arrastra consigo al milreis. La misma bolsa de café que en 1925 costaba todavía cinco libras esterlinas, vale en 1936 nada más que libra y media, en tanto que el milreis, sufre una baja más acentuada aún. Pero para la estabilidad de las finanzas y el equilibrio interior es más bien ventajoso el que la soberanía del café se aproxime a su fin y el bienestar o la crisis de todo un país no sea determinado por la cotización casual de los granos marrones en las bolsas internacionales de productos. Como siempre, en este caso también una crisis económica se transforma en beneficio nacional para el Brasil, porque impele hacía una difusión más regular de su producción y advierte a tiempo el peligro que significa el jugar toda la fortuna nacional a una sola carta.

Durante algún tiempo un poderoso pretendiente al trono parece querer alzarse contra el rey económico del Brasil, el café, para adueñarse del gobierno: la goma. Tendría, en realidad, cierto derecho moral para justificar su pretensión, pues no es como el café un inmigrante llegado bastante tarde, sino un ciudadano nativo. El árbol del caucho, la hevea bresiliensis, se encontraba primitivamente en las selvas del Amazonas.

Desde los siglos de los siglos medran ahí trescientos millones de esos árboles, sin que jamás su forma específica ni su savia preciosa hubieran sido conocidas por los europeos. Los aborígenes usaban de vez en cuando, la resina de esos árboles -según Le Condamine comprueba, el primero, en ocasión del viaje a lo largo del Amazonas, en 1736-, para impermeabilizar las velas de sus embarcaciones y sus vasijas. Pero esa resina pegajosa que no tiene utilidad industrial, ya que no resiste ni altas ni bajas temperaturas, sólo se exporta a principios del siglo diecinueve en pequeñas cantidades y en forma de artículos de hechura muy primitiva, a la América del Norte. El cambio decisivo sólo se opera cuando, en el año de 1839, Charles Goodyear descubre que mediante una aleación con azufre se puede transformar aquella masa blanda en otra menos sensible al calor y al frío. De golpe, el caucho se convierte en uno de los big five, una de las grandes necesidades del mundo, apenas inferior en importancia al petróleo, el carbón, la madera y el hierro. Se le necesita para hacer mangueras, galochas y mil cosas más, y con el advenimiento de la bicicleta y, luego, del automóvil, su consumo adquiere proporciones gigantescas.

Hasta fin del siglo diecinueve, el Brasil posee el monopolio exclusivo de la materia prima de ese nuevo producto.

La hevea bresiliensis -un azar económico sin par- sólo se encuentra en la selva amazónica; el Brasil está, pues, en condiciones de dictar los precios. Resuelto a conservar para sí solo ese monopolio valioso, el gobierno prohibe la exportación aun de un solo árbol, recordando muy bien cómo el mismo Brasil, con la importación de unas pocas docenas de arbustos de café desde la vecina Guayana francesa puso en jaque al rival más peligroso. Y ahora, repitiéndose el fenómeno observado en oportunidad del descubrimiento del oro en Minas Geraes, se produce un repentino boom hacia la selva del Amazonas, hasta entonces sólo poblada por mosquitos y otros bichos. Con ese cielo del «oro líquido> comienza una nueva, y enorme migración interior hacia una provincia despoblada hasta entonces. Las compañías emplean y transportan en botes y barcas a setenta mil personas de la región de Ceará, que, a consecuencia de una sequía repentina, tuvieron que abandonar sus hogares, y los llevan de Belén a las florestas, por no decir que los venden. Porque se inicia un terrible sistema de explotación en esas regiones tan apartadas de la ley y de toda vigilancia, como, en su tiempo, los valles auríferos de Minas Geraes. Aun cuando no son esclavos, esos seringueiros son mantenidos prácticamente en la esclavitud, tanto por los contratos de trabajo como por el, hecho de que los empresarios, no satisfechos con el beneficio que les deja el caucho, venden a los desdichados trabajadores de la «cárcel verde» las mercancías y los comestibles que necesitan al cuádruple y quíntuple de su precio. Para comprender todos los - detalles del horror de esos días conviene leer la admirable novela de Ferreira de Castro, que describe con grandioso realismo esa época vergonzosa. El trabajo del seringueiro es terrible. Morando en míseras chozas en medio de la selva, lejos de toda humanidad civilizada, tiene que abrirse primero camino con el machete a través de la maleza hasta llegar a los árboles que luego ha de tajar y sangrar. Tiene que hacer ese camino varias veces por día, bajo un calor sofocante, tiene que hervir el látex obtenido en el momento propicio y, con las fuerzas menguadas, zarandeado por la fiebre, termina siendo deudor todavía, después de meses de trabajo, de los empresarios, debido a un cálculo criminal, ya que de pronto se le cobra el gasto del traslado luego de haberlo explotado con el suministro de los víveres. Si el desdichado procura huir del «contrato de trabajo», que es el eufemismo con que se designa esa esclavitud, le persiguen y cazan unos cuidadores armados, exactamente como antes ocurría con los esclavos, y en adelante debe trabajar engrillado.

Pero gracias a esa desvergonzada explotación del trabajo, gracias al monopolio comercial y al aumento del consumo mundial, que acrecienta de año en año, los beneficios aumentan vertiginosamente hasta llegar a lo fantástico. Los días de Villa Rica y Villa Real del siglo dieciocho, citando las ciudades del oro surgían en medio del yermo con un lujo apresurado y una pompa sin sentido, parecen retornar en el siglo diecinueve. Belén florece de nuevo y a mil millas de distancia de la costa se forma una ciudad nueva, Manaos, dispuesta a superar en lujo y magnificencia a Río de Janeiro, São.Paulo y Bahía. En medio de la selva virgen aparecen avenidas asfaltadas, bancos y palacios con luz eléctrica, edificios y comercios hermosos, el teatro más grande y lujoso del Brasil, que no cuesta menos de diez millones de dólares. Todo nada en dinero. Se gasta un conto, que a la sazón tiene el valor de doscientos dólares, como si fuera un peso, los objetos de lujo más refinados llegan desde París y Londres a bordo de los grandes vapores que surcan cada vez con mayor frecuencia las aguas del Amazonas. Todo el mundo especula, todo el mundo comercia con goma, y mientras los árboles sangran y en la «cárcel verde» de la selva los seringueiros mueren a centenares y a miles, toda una generación se enriquece en la región del Amazonas con el «oro líquido», tanto como en otro tiempo sus antepasados en los campos auríferos de Minas Geraes. Es verdad que el Estado también se beneficia con esa exportación provechosa, y en la balanza comercial el caucho se acerca a saltos, con brincos, peligrosamente, al café.

El advenimiento del automóvil abre perspectivas ilimitadas.

Dos lustros más, y Manaos será una de las ciudades más ricas, no sólo del Brasil, sino del mundo entero.

Pero el globo tornasolado revienta con la misma rapidez con que se había hinchado. Un solo hombre lo pinchó subrepticiamente.

Anulando hábilmente, mediante el soborno, la prohibición de exportar una hevea bresiliensis o sus semillas, un joven inglés lleva no menos de setenta mil de esas semillas a Inglaterra, donde en Kew Gardens se plantan los primeros arbolitos que luego son trasplantados a Ceilán, Singapur, Sumatra y Java. Con ello queda anulado el monopolio brasileño, y su producción pasa prontamente a un segundo piano.

Las plantaciones sistemáticamente dispuestas en las islas malayas, donde los árboles de la goma están formados como granaderos en líneas derechas de muchas millas de largo, permiten una explotación mucho más fácil y rápida que con los árboles en medio de la selva, donde primero hay que librar a cada árbol de las malezas circundantes. Como de costumbre, la producción brasileña, anticuada e improvisada, cae víctima de la moderna organización superior.

El descenso se opera con la rapidez de un alud. En el año de 1900, el Brasil produce todavía 46.750 toneladas de caucho contra míseras cuatro toneladas procedentes de Asia. En el año de 1910 aun predomina con sus 42.000 toneladas frente a las 8.200 toneladas de producción asiática. Pero en 1917 ya está vencido con sus 87.000 toneladas contra 71.000, y a partir de entonces el descenso se acentúa cada vez más.

En 1938 ya no produce sino 16.400 toneladas contra 365.000 toneladas procedentes de. los Estados malayos, 300.000 de la colonia holandesa, 58.000 de Indochina y 52.000 de Ceilán. Y aun esas pobres 16.000 toneladas no obtienen más que una parte del precio primitivo. El teatro de Manas no aloja, como otrora, las compañías de los principales teatros europeos, las fortunas se deshacen, el sueño del oro líquido, sueño es otra vez. Nuevamente, un ciclo ha llegado a su fin después de haber cumplido su misteriosa misión: la de infundir vida y vitalidad a una provincia dormida hasta entonces, engranándola más estrechamente en el comercio y tráfico de la totalidad de la nación.

A fines del siglo diecinueve, se cumplirá una vez más la ley más íntima del desarrollo brasileño que, fácilmente seducido por el momentáneo beneficio obtenido con un artículo principal, necesita siempre de una crisis para reorganizarse, de modo que esas crisis cíclicas, en resumen, han sido más favorables que contrarias a su multiforme desarrollo total. La última gran transformación a que se vio obligado el Brasil no se la imponía la voluntad del mercado mundial externo, sino su propia voluntad mediante la ley del año de 1888 que abolía definitivamente la esclavitud.

En el primer momento, ése es un choque violento para la economía, tan violento que incluso hace caer el trono imperial.

Muchos negros, embriagados por la nueva libertad, abandonan el campo y se dirigen a las ciudades. Unas empresas que sólo daban beneficios gracias a las energías gratuitas de trabajo, cesan en su actividad; los hacendados pierden con los esclavos una gran parte de su capital, y, por último, hasta la agricultura y la plantación de café, de por sí ya apenas capaces de competir con los modernos métodos técnicos, están amenazadas de fracasar. De nuevo se repite el viejo llamamiento del principio: «¡Brazos para el Brasil! ¡Manos, hombres a cualquier precio!» Ello obliga al gobierno a dar impulso sistemático a la inmigración, que hasta entonces había sido un simple laissez faire, una actitud pasiva e indiferente, mientras que en adelante hará falta atraer los inmigrantes europeos y asiáticos. Antes de la era del café, el Brasil sólo conocía, una inmigración rural. ya en el año de 1817, el rey Juan mandó contratar, por intermedio de agentes europeos, a dos mil colonos suizos, que fundaron una colonia llamada Nova Friburgo; en 1826 les siguió un grupo alemán que se estableció en Río Grande do Sul, y con la llegada posterior de hasta 120.000 alemanes más, al sur de Brasil fueron formándose poco a poco distritos netamente alemanes en Santa Catalina y Paraná, pero toda esa inmigración era debida más o menos a la iniciativa propia y a la actividad intermediaria de agencias privadas. Sólo al adquirir importancia una nueva producción rendidora y faltando el trabajo de los esclavos, el Estado y, en particular, la provincia de São Paulo se deciden a fomentar la inmigración en una proporción. mayor que antes, costeando el pasaje de los que carecían de medios y poniendo porciones de tierra a disposición de quienes quisiesen dedicarse a las faenas rurales. Esos subsidios alcanzan en los años decisivos hasta diez mil contos anuales en dinero efectivo; pero apenas el Brasil allana el camino y abre las puertas, ya afluyen las masas. Un año después de la liberación de los esclavos, en 189ó, la inmigración pasa de 66.000 a 107.000 seres, para alcanzar en 1891 el mayor número hasta entonces registrado, o sea 216.760, manteniéndose después sobre un nivel que aunque variable es siempre elevado, y que sólo en los últimos años de la política de restricción decayó nuevamente hasta unos 20.000 por año.

Esta inmigración de cuatro o cinco millones de blancos durante los últimos diez lustros significaba un enorme aumento de energías para el Brasil y reportó al mismo tiempo una inmensa ventaja cultural y etnológica. La raza brasileña, que como consecuencia de una importación de negros, a lo largo de tres siglos amenazaba con volverse cada vez más oscura, más africana por su tez, vuelve a aclararse visiblemente, y el elemento europeo eleva, en contraste con el de los esclavos analfabetos primitivamente criado, el nivel general de la civilización. El italiano, el alemán, el eslavo, el japonés, traen de sus respectivas patrias, por una parte, una energía y voluntad de trabajo completamente íntegra aun, y por otra parte, la aspiración a un standard de vida más elevado. Saben leer y escribir, tienen conocimientos técnicos, trabajan con un ritmo más acelerado que la generación mal acostumbrada por el trabajo de los esclavos y debilitada, a menudo, en su capacidad productiva por el clima. Los inmigrantes buscan en todas partes, instintivamente, las regiones que consideran parecidas al clima de origen y a las viejas formas de vida, y por esta razón son principalmente las provincias del sur, Río Grande do Sul, Santa Catalina, las que más animación reciben por ese nuevo cielo del «oro viviente». El cielo de la inmigración significa para las ciudades y la región de São Paulo, Porto Alegre y Santa Catalina lo que otrora significaba el azúcar para Bahía, el oro para Minas Geraes y el café para Santos: el impulso decisivo, cuyas energías consecuentes crean luego residencias, posibilidades de trabajo, industrias y valores culturales. Y precisamente por proceder ese material nuevo de las zonas mas distintas del mundo -Italia, Alemania, los países eslavos, Japón y Armenia-, el Brasil puede acreditar del modo más feliz su viejo arte de la mezcla y adaptación recíproca. Gracias a la singular fuerza de asimilación de ese país, los elementos se adaptan con rapidez asombrosa, y la próxima generación ya contribuye naturalmente y en igualdad de derechos al viejo ideal de los comienzos: una nación unida por un solo idioma y un solo modo de pensar.

Este adelanto determinado por la inmigración de los últimos cincuenta años constituye, en verdad, el agradecimiento por el acto moral de la liberación de los esclavos. El ingreso de cuatro o cinco millones de europeos a la vuelta del siglo representa una de las mayores suertes para el Brasil y, en verdad, una suerte doble. Doble, porque, en primer lugar, esas fuerzas vigorosas y sanas afluyen al país en número tan grande, y, en segundo término, porque su llegada comienza exactamente en el momento histórico oportuno. Si una inmigración de tal volumen, si semejante masa de millones de italianos y alemanes hubiera acudido un siglo antes, cuando la cultura portuguesa aun no cubría sino una capa muy delgada, esos hombres de habla extranjera y de costumbres propias distintas habrían ocupado y se habrían posesionado de diversas provincias, y grandes partes del país se habrían italianizado o germanizado definitivamente. Pero si, por otra parte, esa inmigración principal, esa inmigración en masa, no se hubiera operado en aquella época que aun tenía el espíritu cosmopolita, sino en nuestro tiempo de nacionalismo exaltado, los individuos ya no habrían estado dispuestos a disolverse en una nueva forma idiomática. y de pensamiento. Habrían permanecido fija y obstinadamente apegados a la ideología de sus respectivos países y no habrían adoptado la idea de ese país nuevo. Así como el oro no fue descubierto antes de tiempo ni demasiado tarde para fomentar la economía del Brasil sin poner en peligro su unidad, así como el ciclo salvador del café se inició justamente en el instante de la recaída catastrófica, la inmigración europea en masa se produjo exactamente en el momento en que podía surtir los efectos más fecundos. En vez de extranjerizar en el Brasil lo brasileño, ese aporte poderoso contribuyó a que lo brasileño se volviese más vigoroso, variado y personal.

En el siglo veinte se cumple, pues, también la ley, por así decirlo, innata del país, según la cual el Brasil siempre ha menester de crisis para conducir su economía a la transformación enérgica. Esta vez, por fortuna, no son crisis en el propio país, sino las dos catástrofes allende el océano, las dos guerras europeas, que imprimen a su estratificación económica los impulsos decisivos. La primera guerra mundial señala al Brasil el peligro que significa el haber supeditado casi toda su producción para la exportación a un producto solo y el no haber dado desenvolvimiento a sus industrias en toda su variedad. La exportación de café se interrumpe, y con ello queda repentinamente obstruida la arteria principal; provincias enteras no saben qué hacer con sus productos, y, por otra parte, ya no pueden importarse muchos productos manufacturados para el uso diario, debido a la incertidumbre de los mares y a la carga que los países de Europa deben soportar a consecuencia de la guerra. La balanza comercial entera empieza a tambalearse, porque ha sido montada demasiado unilateral y despreocupadamente y sin consideración al equilibrio interior, sobre la venta de billones de granos de café, y por esta razón el Brasil se ve obligado a modificar su actitud y a dedicarse siquiera a algunas de esas empresas industriales.

Ese impulso, una vez iniciado, surte recios efectos; en todos los años en que Europa se halla trabada por el temor y la preparación de la guerra, se producen en el Brasil infinidad de artículos de producción mecánica y manual que antes había que importar de Europa, con lo que se prepara cierta autarquía. Quien entonces volvía al Brasil, al cabo de pocos años de ausencia, quedaba sorprendido ante la cantidad de artículos otrora importados que entonces ya se reemplazaban con otros de producción nacional, así como del grado de independencia que el país en tan breve plazo había logrado en sus medidas de organización y con respecto a los instructores y directores extranjeros. Gracias a esos preparativos, la segunda guerra mundial no hirió a la economía brasileña tan gravemente como la primera. Esta vez también la desvalorización del café y de muchos otros productos ultramarinos resultó inevitable, pero el nuevo final de la coyuntura para el café no despobló a São Paulo, como en su tiempo el agotamiento del oro había despoblado a las ciudades de Minas Geraes y la catástrofe del caucho a Manaos. Ya la economía había aprendido la sabiduría del viejo adagio inglés según el cual no hay que llevar todos los huevos en una sola canasta, y se colocó sobre un fundamento más sólido que el de un producto único, central o de monopolio, supeditado a todas las oscilaciones del mercado mundial.- El equilibrio no sufrió quebrantos, porque las pérdidas que se registraban en una línea quedaban compensadas gracias a un progreso muy pronunciado de la industria, que produce en el país mismo y con materiales propios, en cantidades cada vez mayores, gran parte de lo que antes debía traerse de Alemania y otros países bloqueados. Así como las guerras. napoleónicas crearon, indirectamente, la independencia política del Brasil, así la guerra de Hitler creó la industria brasileña, y no cabe duda de que el país sabrá conservar la independencia económica a través de los siglos, lo mismo que supo conservar su independencia política.

Es siempre arriesgado echar desde el presente un vistazo sobre el futuro. Con sus cincuenta millones de habitantes y su dilatado espacio, el Brasil constituye uno de los esfuerzos colonizadores más grandiosos del inundo, y se halla hoy sólo al comienzo de su desarrollo. Falta mucho aún para vencer todas las dificultades que se oponen a su estructuración definitiva, y, a pesar de la tarea inmensa cumplida, muchas de esas dificultades siguen siendo aún considerables. Para poder valuar debidamente el esfuerzo realizado al paso de los siglos, la justicia exige que también se tomen en consideración los obstáculos que se le habían opuesto y que siguen oponiéndose.

No hay mejor índice para la fuerza de voluntad, tanto de un hombre como de un pueblo, que las dificultades que deben vencerse en un trabajo físico o moral.

De los dos inconvenientes principales que impidieron al Brasil emplear la totalidad de sus energías potenciales, uno está claramente a la vista, en tanto que el otro se oculta primero a la mirada superficial. El peligro secreto, y por lo tanto más pérfido, para el total despliegue de sus energías radica en el estado de salud de su población, que su gobierno no oculta ni descuida. El Brasil, ese país pacífico por excelencia, cuenta con acérrimos enemigos en el interior, que anualmente le arrebatan o debilitan tantos hombres como una campaña en un país en guerra. Tiene que luchar incesantemente contra billones de seres minúsculos, casi invisibles, contra microbios y mosquitos y otros perversos vehículos de enfermedades.

El enemigo principal es, hasta el día de hoy la tuberculosis, que arrebata al país cada año cerca de doscientos mil hombres, es decir, el equivalente de cuerpos de ejércitos enteros.

El brasileño, por ser de complexión débil, parece más expuesto, más indefenso frente a la «peste blanca». A ello se agrega, sobre todo en el norte, una insuficiente o, mejor dicho, inadecuada alimentación, y eso en un país que rebosa de alimentos. Ya se inició una resuelta acción gubernativa para poner coto, si no a la propia enfermedad, cuando menos a los factores de su propagación, y es de suponer que en los próximos años esa campaña será intensificada todavía. Pero si la medicina, la ciencia moderna, no crea el remedio buscado desde hace decenios, el Brasil tendrá que contar por mucho tiempo todavía con ese enemigo peligroso, mientras que la sífilis perdió en ese país intensidad debido a la propagación durante siglos, y pronto quedará, seguramente, exterminada gracias a la terapéutica de Ehrlich.

El segundo enemigo del Brasil es el paludismo, natural casi, debido a las condiciones climáticas del norte y aumentado todavía por el inesperado arribo del anopheles gambiae, del que algunos ejemplares llegaron en 193ó subrepticiamente, en un avión desde Dakar, penetrando clandestinamente en el país, donde se aclimataron y multiplicaron con gran rapidez, tal como en el buen sentido se aclimatan y multiplican en el Brasil toda fruta, toda planta, todo animal y todo ser humano.

La tercera enfermedad, en el conjunto de esos enemigos, es la lepra, que sólo podrá circunscribirse mediante el aislamiento hasta tanto no se descubra un remedio radical. Todas esas dolencias, aun cuando no acaban acarreando la muerte, determinan un debilitamiento enorme de la capacidad de producción. En el norte, principalmente, esa capacidad, reducida ya de por sí, debido al clima, queda en gran parte muy debajo del nivel medio europeo y norteamericano, y cuando las tablas estadísticas registran cuarenta o cincuenta millones de habitantes, el efecto productivo de esa cifra no corresponde ni con mucho a la producción de energía de igual cantidad de norteamericanos, japoneses o europeos , que se produce sobre la base de una cuota mucho más elevada de personas sanas y bajo condiciones climáticas más favorables.

Un número espantosamente grande de personas sigue en el Brasil sin contar para la vida económica, ni como productores ni como consumidores; la estadística estima el número de personas desocupadas o sin ocupación determinada, en 25 millones (Simons en Niveis de vida e a economía nacional), y su standard de vida es, sobre todo en la zona ecuatorial, tan bajo que las condiciones de alimentación son a menudo peores que en la época de la esclavitud. Incorporar esa masa inalcanzable de la selva amazónica y de la profundidad de los Estados fronterizos, tanto con respecto a la economía como en lo referente a la salud, a la vida de la nación, es una de las grandes misiones que hoy ya preocupan seriamente al gobierno, y cuya solución definitiva requerirá todavía lustros de labor.

Resulta, pues, que el hombre, considerado como fuerza productiva, esta lejos aún de ser totalmente aprovechado en el Brasil, lo mismo que el suelo con todas sus riquezas de la superficie y subterráneas. En este caso, la dificultad es evidente (y no oculta, como en el de la enfermedad). Está determinada por la desproporción insuperada aún entre el espacio, el número de habitantes y los transportes. No hay que dejarse cegar por la organización ejemplar y por la cultura moderna de Río de Janeiro y São Paulo, donde una casa toca a la otra, los rascacielos se elevan hasta las nubes y los automóviles corren uno tras otro como en una perenne carrera. A dos horas de distancia de la costa, las asfaltadas carreteras modelos se pierden en caminos bastante dudosos, que luego de uno de los tan frecuentes aguaceros tropicales no pueden ser utilizados durante días enteros o que sólo son transitables entonces para autos provistos de cadenas; y en seguida empieza el sertão, la zona oscura y que está lejos aún de ser ganada para la civilización verdadera. Todo viaje hacía la diestra o siniestra de la carretera principal se convierte en una aventura.

Los ferrocarriles no llegan hasta suficiente profundidad del interior y, además, por ser de tres trochas distintas, son difícilmente intercomunicables, aparte de ser tan lentos y tan poco prácticos que se llega mucho más rápido a Porto Alegre o a Belén y Bahía yendo en barco que utilizando el tren. Por otra parte, las grandes vías acuáticas, como el San Francisco o el río Doce, sólo son navegadas rara e insuficientemente y, por lo tanto, hay grandes y esenciales partes del país que sólo pueden alcanzarse gracias a expediciones individuales cuando no es dable contar con el apoyo de la aviación. Hablando en términos médicos, ese cuerpo inmenso sigue sufriendo, pues, de constantes perturbaciones circulatorias, la sangre no recorre uniformemente el cuerpo entero, e importantes partes del país están, en el sentido económico, absolutamente atrofiadas.

Por eso, los productos más valiosos yacen todavía sin aprovechar bajo tierra, sin prestar servicio alguno a la industria.

Se sabe hoy, con precisión, dónde se hallan, pero no tiene sentido extraerlos mientras no exista posibilidad de transportarlos luego. Allá donde hay mineral, faltan ferrocarriles o barcos para acarrear el carbón, y allá donde la ganadería podría prosperar fácilmente, no hay posibilidad de transportar ganado. La causa y el efecto (más propiamente dicho, la falta de efecto) se muerden la cola como una serpiente; forman un círculo vicioso. La producción no puede desarrollarse al ritmo adecuado porque faltan carreteras; las carreteras, a su vez, no pueden ser construidas una tras otra porque su construcción y conservación costosas no responderían en ese país, ondulado y poco poblado aún, a un tránsito compensador.

A ello se agrega la peculiar fatalidad de que el Brasil carece en el siglo veinte del combustible necesario para el nuevo medio de transporte, el automóvil, tal como en el siglo diecinueve carecía de carbón, y la nafta tiene que ser importada, gota a gota, en cuanto no se puede sustituirla por alcohol.

Para resolver en forma más rápida ese problema principal de la dificultad de transito y transporte, sería menester un capital inmenso, y el Brasil carece de capitales líquidos. En este país, el dinero efectivo siempre ha sido escaso, y los mismos títulos fiscales rinden un interés de aproximadamente ocho por ciento, mientras que en las transacciones particulares la tasa de interés es aún considerablemente mayor.

La repetida desvalorización del milreis, la desconfianza vieja y casi instintiva ya contra inversiones en Sudamérica, indujeron a la altas finanzas europea y norteamericana, durante lustros y más lustros, a una precaución grande y, seguramente, excesiva; por otra parte, el gobierno observa. desde hace algunos años cierta reserva en cuanto al otorgamiento de concesiones, para evitar que las empresas más vitales caigan enteramente en manos extranjeras. Todo ello trabó al proceso de la industrialización e intensificación, comparado con Europa y Norteamérica; mientras en Europa se invertía demasiado y con excesiva prisa, en el Brasil muchas cosas se atrasaron en decenios. Para propender a un desarrollo más rápido de ese inmenso país, de ese imperio, de ese mundo, desde un extremo al otro. se necesitaría una doble fertilización: una amplia afluencia de dinero, pero, sobre todo, una constante afluencia de gente, que, sin embargo, ha sido muy restringida en los últimos años a causa de la guerra mundial y de sus consecuencias ideológicas. Mientras Norteamérica sufre por exceso de capital líquido, amontonado en los bancos sin reportar intereses, mientras Europa sufre por un exceso de población y por falta de espacio, por un estado que la congestiona y la lleva una y otra vez a nuevos y repetidos accesos de locura en lo político, el Brasil sufre una anemia, una falta de gente en su dilatado espacio. El remedio para el viejo mundo y simultáneamente para este nuevo mundo, sería una transfusión de sangre y capital, grande, intensa, realizada con toda cautela y paciencia.

Pero aun cuando las dificultades son grandes -lo han sido desde el primer día, y prácticamente siempre han sido las mismas-, mil veces mayores aun son las posibilidades de esa parte imponente y favorecida de nuestra Tierra. El mismo hecho de no haberse aún aprovechado ni remotamente la capacidad de las fuerzas potenciales significa una reserva inconmensurable, no sólo para ese país, sino para toda la humanidad. En la lucha contra las circunstancias que trabaron su progreso, el Brasil encontró la ayuda de un verdadero taumaturgo: la ciencia y la técnica modernas, de las que sabemos lo que son capaces de dar de sí aun cuando no podemos sospechar lo que realmente conseguirán todavía. Quien hoy vuelve al país después de algunos años, queda continuamente sorprendido por las cosas maravillosas que consiguió en el sentido de la unificación, independencia y saneamiento.

La sífilis, que en el Brasil era enfermedad hereditaria y de la que se habla con la misma naturalidad que de un resfriado, ha quedado tanto como extirpada gracias al invento del doctor Ehrlich, y no cabe duda de que la higiene científica dará cuenta también dentro de un plazo breve de las demás enfermedades. Así como Río de Janeiro, que sólo dos lustros atrás era aún uno de los focos más temibles de la fiebre amarilla, se ha convertido hoy, desde el punto de vista sanitario, en una de las ciudades más seguras del mundo, es de esperar que la ciencia conseguirá librar también al norte, amenazado de miasmas y plagas, incorporando la población, coartada en su capacidad de producción por la fiebre y la desnutrición, a la vida activa y productiva del país. La distancia que hay entre Río de Janeiro y Bello Horizonte salvábase un lustro atrás en dieciséis horas, mientras que hoy el avión la recorre en hora y media; dos días se necesitan hoy para llegar al corazón de la selva amazónica, que antaño, sólo se alcanzaba en veinte días de viaje; en medio día llégase a la Argentina, en dos días y medio a los Estados Unidos, en un par de días a Europa, y todas estas cifras sólo tienen validez para el momento; mañana, posiblemente, el progreso aeronáutico las reducirá a la mitad. La dominación de su espacio enorme, ese punto neurálgico, esa dificultad principal de la economía brasileña, teóricamente está resuelta ya y prácticamente está en vías de resolverse; ¡quién sabe si la dificultad del transporte no quedará superada también dentro de muy poco tiempo por una nueva especie de aeronaves u otros inventos, para los que nuestra fantasía resulta hoy demasiado pobre y timorata! El segundo impedimento aparentemente invencible, el de la insuficiente capacidad de trabajo en el clima tropical, que reduce la energía individual y amenaza al vigor físico, también empieza a ser resueltamente atacado por la técnica. La refrigeración, el aire acondicionado de las viviendas y oficinas, que hoy es privilegio todavía de algunos locales de lujo, será dentro de pocos años tan común y corriente como lo es en las zonas más septentrionales la calefacción central. El que ve cuánto se ha adelantado en este sentido y sabe al mismo tiempo lo que aun queda por hacer, no puede tener sino la seguridad de que la superación de todas las dificultades es únicamente una cuestión de tiempo. Pero no hay que olvidar que el tiempo de por sí ya no constituye una medida uniforme, sino que ha sido acelerado por el impulso de la máquina y el organismo, más grandioso aún, del espíritu humano. Un año bajo la égida de Getulio Vargas puede hoy, en 1941, producir más que todo un decenio bajo don Pedro II y un siglo anteriormente, en tiempos del rey Juan VI.

Quien hoy advierte la velocidad con que crecen las ciudades, mejora la organización, y las fuerzas potenciales se convierten en otras reales, siente que -en contraste con el pasado- la hora tiene en el Brasil más minutos que en Europa. Desde cualquier ventana que se mire, se ve una casa en construcción; en cada calle y en la lejanía del horizonte vense nuevas moradas, y, más que todo, ha crecido en ese país el espíritu y el placer de las empresas. A todas las energías desconocidas y desaprovechadas aún del Brasil, agregóse en los últimos años una nueva: la conciencia propia de la nación. Durante mucho tiempo, ese país estaba habituado a quedar a la zaga de Europa en cuanto a la cultura y el progreso, el ritmo del trabajo y el esfuerzo. Con una especie de atrasada conciencia colonial, levantaba la mirada al mundo allende el océano, como a un mundo superior, más experimentado, más sabio y mejor.

Pero la ceguera de Europa, que ahora se devasta a sí misma por segunda vez con nacionalismos e imperialismos insensatos, independizó la nueva generación del Brasil. Ha pasado el tiempo en que Gobineau podía mofarse diciendo: Le brésilien est un homine qui désire passionément habiter Paris. Ya no se encontrará ningún brasileño y pocos inmigrantes que quisieran volver al Viejo Mundo, y esa ambición de desenvolverse solo y en el sentido de la época se manifiesta en un optimismo y una osadía completamente nuevos. El Brasil aprendió a pensar en las dimensiones del futuro. Cuando construye un ministerio, como ahora el ministerio de Trabajo y el de Guerra, lo hace en escala más grande que los de París, Londres o Berlín. Cuando se traza el plano de una ciudad, calcúlase de entrada el quíntuplo y aun el décuplo de su población.

Nada es demasiado atrevido, demasiado original para que esa nueva voluntad no ose realizarlo. Después de largos años de incertidumbre y modestia, el Brasil aprendió a pensar en las dimensiones de su propia grandeza y a calcular con sus posibilidades ilimitadas, como una realidad prontamente atendible y alcanzable. Reconoció que el espacio significa fuerza y genera fuerzas, y que no es el oro ni un capital ahorrado lo que representa la riqueza de un país, sino que tal representan la tierra y el trabajo que en aquél se lleva a cabo.

Pero ¿qué país posee mayor cantidad de tierra inaprovechada, deshabitada, inutilizada, que el Brasil, cuyo territorio iguala al del mundo viejo entero? Y el espacio no es sólo simple materia, sino que también es fuerza psíquica. Amplía la visión y ensancha el alma, infunde al hombre que lo habita, y al que envuelve, valor y confianza para que se atreva a avanzar; donde hay espacio, hay también no sólo tiempo sino porvenir. Y quienquiera que vive en ese país, oye en lo alto las alas de ese futuro susurrar fuertes y animadoras.

 

POBLACIÓN

É a mais gentil gente.

MARTÍN ALFONSO DE SOUSA, en 1531, en ocasión de su llegada a Río.

 

Desde hace cuatro siglos, hierve y fermenta en la retorta enorme de ese país la masa humana, revuelta una y otra vez y completada siempre con nuevos agregados. ¿ha terminado este proceso ahora definitivamente? ¿Se convirtió esa masa de millones de seres en una forma propia, una materia original, una sustancia nueva? ¿Existe hoy algo que pueda denominarse raza brasileña, hombre brasileño, alma brasileña? En cuanto a la raza, el conocedor más genial del pueblo brasileño, Euclides da Cunha, ha tiempo ya que la negó de manera terminante, declarando lisa y llanamente: Não há un tipo antropológico brasileiro, no existe una raza brasileña. Raza, si es que se quiere emplear ese término dudoso, cuyo valor es hoy exagerado, y que no representa sino un recurso sinóptico, significa comunidad milenaria de la sangre y la historia, mientras que en el verdadero brasileño todos los recuerdos de tiempos remotos, que dormitan en el subconsciente, tienen que soñar simultáneamente con los mundos de sus antepasados de tres continentes, de costas europeas, aldeas africanas y selvas americanas. El proceso de la brasilización no es sólo un proceso de asimilación al clima, a la naturaleza, a los imponderables psíquicos y especiales del país, sino, sobre todo, un problema de transfusión. La gran mayoría de la población brasileña -excepción hecha de los que inmigraron hace poco- representa un producto de mezcla, y una mezcla de las más heterogéneas imaginables. Como si no fuera bastante el triple origen, europeo, africano y americano, cada una de esas tres estratificaciones consta, a su vez, de distintas capas. El primer europeo de ese país, el portugués del siglo dieciséis, es todo, menos de una sola raza o de raza pura; representa una mezcla producida por antepasados íberos, romanos, góticos, fenicios, judíos y moros. La población aborigen del país, a su vez, consta de razas completamente heterogéneas: los tupís y los tamoios. Y los negros, ¡de cuántas zonas distintas de la inmensa África fueron arreados! Todo esto se ha mezclado continuamente, se ha cruzado y se ha entonado mediante la afluencia constante de sangre nueva en el correr de los siglos. Procedentes de todos los países europeos y, con los japoneses, luego también de Asia, los grupos sanguíneos se multiplican y varían en territorio brasileño ininterrumpidamente, en inalcanzables cruzamientos y entrecruzamientos. Encuéntranse allí todos los matices, todas las gradaciones fisiológicas y caracterológicas. Recorriendo las calles de Río, se encuentran en una hora más tipos singularmente mezclados y en verdad ya indefinibles, que en cualquier otra ciudad en el curso de un año. El mismo ajedrez, con sus millones de combinaciones, de las que ninguna se repite, parece pobre en comparación con el caos de variantes, cruzamientos y entrecruces a que se dedicó allí la naturaleza inagotable en cuatro siglos.

Pero aunque en el ajedrez ninguna partida se parece a otra, ese juego nunca deja de ser ajedrez, por estar sujeto al marco del mismo espacio y a leyes determinadas. Del mismo modo, la sujeción al mismo espacio y la consiguiente adaptación a la misma ley del clima, así como los límites uniformes de la religión y del idioma, produjeron en el hombre brasileño determinadas semejanzas inequívocas, independientes de las peculiaridades individuales, que se tornan de siglo en siglo más evidentes. As! como los guijarros se pulen en un río torrentoso tanto más cuanto mayor tiempo y más lejos corren juntos, así la convivencia y el constante entrecruzamiento de esos millones de hombres hacía cada vez menos visible la nítida línea propia del origen, aumentando a la vez lo semejante y mancomún. Aun prosigue ese proceso de la creciente uniformación por obra de la mezcla incesante, y aun no se ha establecido y fijado totalmente la forma definitiva dentro de ese desenvolvimiento. Sin embargo, el brasileño de todas las clases y posiciones ya tiene el cuño claro y típico de una personalidad étnica.

El que tratara de derivar tales características brasileñas de algún origen nativo, caería en lo falso y artificioso. Porque nada es tan típico para el brasileño como el ser un hombre sin historia, o, cuando mucho, de una historia muy reciente.

Su cultura no se basa, como la de los pueblos europeos, en tradiciones remotísimas, que llegan hasta los tiempos místicos, ni puede ella referirse, como la de los peruanos y mejicanos, a un pasado prehistórico en el propio terruño. Por mucho que la nación haya realizado en los últimos años con nuevas combinaciones y el esfuerzo propio, los elementos constructivos de su cultura no dejan por ello de haber sido importados íntegramente de Europa. Tanto la religión y los hábitos como la forma fundamental, interior y exterior, del estilo de vida de esos millones y más millones de hombres, deben poco, por no decir nada, al suelo patrio. Todos los valores culturales han sido traídos en embarcaciones de muy diversa índole, en las viejas carabelas portuguesas, en veleros y en modernos paquebotes a través del mar, y aun el esfuerzo más piadosamente ambicioso no ha podido hallar o inventar hasta ahora una contribución esencial de los primitivos habitantes desnudos y antropófagos a la cultura brasileña. No existe una poesía brasileña prehistórica, religión brasileña originaria, música antigua brasileña, ni existen leyendas populares conservadas a través de los siglos y ni siquiera los más modestos comienzos de un arte decorativo. Mientras que en los museos nacionales de etnología de otros países se exhiben orgullosamente los productos milenarios de la escritura y arte aplicado, los museos brasileños tendrían que reservar a ese fin un rincón completamente vacío. Contra ese hecho no hay búsqueda ni escudriñamiento que valga, y cuando hoy se procura declarar a algunas danzas, como la samba o la macumba, bailes nacionales brasileños, se ensombrece y desvirtúa artificialmente la situación real, pues esas danzas y esos ritos fueron traídos por los negros al mismo tiempo que sus cadenas y estigmas. Los únicos objetos de arte que se han encontrado en tierra brasileña, la alfarería pintada de la isla de Marajó, tampoco son de origen autóctono.

Los trajeron seguramente o los fabricaron ahí hijos de otras razas, muy probablemente peruanos que bajaron el Amazonas hasta la isla que se encuentra en su desembocadura.

Hay que conformarse, pues, con que en el Brasil nada que desde el punto de vista cultural fuera característico para la arquitectura o toda otra forma de la creación artística, se remonta más allá de la época colonial, los siglos dieciséis y diecisiete, y aun los productos más hermosos de esa época, en las iglesias de Bahía y de Olinda, con sus altares cubiertos de oro y sus muebles tallados, son evidentemente retoños del estilo portugués o jesuítico y difíciles de distinguir de los que se encuentran en Goa o en la propia metrópolis. Dondequiera que en el Brasil se pretenda retroceder en la historia más allá del día en que atracaron los primeros europeos, se caerá en un vacío, una nada. Nada de lo que hoy denominamos brasileño y reconocemos como tal puede explicarse haciendo referencia a su propia tradición, sino únicamente como transformación productiva de lo europeo por el país, su clima y sus hombres.

Sin embargo, eso típicamente brasileño ya es hoy bastante personal y evidente como para que no se lo confunda más con lo portugués, aunque se perciba todavía el parentesco, la condición filial. Sería insensato negar tal relación. Portugal dio al Brasil los tres elementos decisivos para la formación de un pueblo: el idioma, la religión, las costumbres, y con ello las formas dentro de las cuales pudo desenvolverse el nuevo país, la nueva nación. El que tales formas primitivas tomasen otro contenido bajo un sol distinto, en dimensiones diferentes y ante una afluencia cada vez más importante de sangre extraña, eso fue un proceso inevitable, por ser orgánico, que ninguna autoridad real ni organización armada alguna pudo detener. La orientación del pensamiento de las dos naciones, principalmente, se desarrolló en una forma distinta: Portugal, como el país históricamente mayor, sueña y piensa con un pasado magnífico que seguramente no ha de renovarse nunca más; la mirada del Brasil, en cambio, va dirigida al futuro. La metrópolis ya agotó una vez -estupendamente- sus posibilidades; el nuevo país aun no alcanzó totalmente a las suyas. Se trata, pues, de una diferencia no tanto de estructura étnica como de generaciones. Los dos países, unidos hoy en una íntima amistad, no se han distanciado, sino que, como quien dice, sólo han vivido en distinta dirección, El símbolo más claro de ello es tal vez el idioma. La grafía y el vocabulario, es decir, las formas originales, son hasta la fecha casi absolutamente idénticas, y hay que tener un sentido para los matices más sutiles para descubrir si se está leyendo el libro de un autor brasileño o portugués. Por otra parte, casi ninguna palabra del idioma aborigen de los tupíes y tamoios, según todavía lo registraron los primeros misioneros, pasó al idioma que hoy se habla en el Brasil. El brasileño sólo pronuncia el portugués de distinta manera - ésa es la única diferencia-, más brasileñamente, y lo extraño es que ese acento brasileño ha sido y permanecido el mismo del norte al sur, del este al oeste, por encima de ocho millones quinientos mil kilómetros cuadrados, un perfecto idioma nacional. El lusitano y el brasileño aun se comprenden perfectamente, ya que se sirven de idénticas palabras y de la misma sintaxis, pero tanto en la entonación como, en parte también, en la expresión literaria, esas variantes primitivamente mínimas, empiezan a intensificarse más o menos en la misma proporción en que ingleses y norteamericanos, de decenio en decenio, se distancian más y más claramente, dentro del mismo mundo lingüístico, como individualidades. Mil millas de distancia, un clima distinto, otras condiciones de vida, nuevas trabazones y comunidades tenían que ponerse en evidencia poco a poco al cabo de cuatro siglos y medio, formando paulatina, pero inevitablemente, un nuevo tipo, una personalidad étnica absolutamente específica.

Lo que caracteriza al brasileño, en lo físico y en lo psíquico, es, en primer lugar, el hecho de ser de constitución más delicada que el europeo y el norteamericano. Falta casi por completo el tipo macizo, voluminoso, alto, huesudo. Lo mismo falta, en lo psíquico -cosa que se percibe como bendición al comprobarla miles de veces en una nación-, toda brutalidad, violencia, vehemencia, grosería; todo lo zafio, presuntuoso y arrogante. El brasileño es un hombre tranquilo, soñador y sentimental, a veces hasta con un ligero aire de melancolía, que Anchieta, en 1585, y el padre Cardin ya creían haber percibido en la atmósfera cuando llamaron a esa nueva tierra «desleixada e remisa e algo melancólica». Aun en el trato exterior, las formas son notablemente moderadas. Raras veces se oye a alguien hablar en alta voz y menos aún gritar furiosamente, y cuando se juntan multitudes se nota con particular claridad esa moderación de que el extranjero se admira. En una gran fiesta popular, como la de Penha, o en una travesía en. ferry-boat para una especie de feria en la isla de Paquetá, donde en reducido espacio están apretadas miles de personas, muchos niños entre ellas, no se oyen gritos ni algazara, no se ve a la gente incitarse mutuamente a una alegría turbulenta. Aun cuando se divierte en masa, la gente se conserva calma y discreta, y esa ausencia de lo robusto y brutal imprime a su alegría tranquila un tierno encanto. El hacer ruido, gritar, arrebatarse, bailar desenfrenadamente constituye en el Brasil un gusto tan opuesto a las costumbres que, por así decir, se reserva como válvula de los instintos reprimidos para los cuatro días de carnaval; pero aun en esos cuatro días de la alegría aparentemente desenfrenada no se producen excesos, incorrecciones ni bajezas; dentro de esa masa de millones de hombres que parecen picados por una tarántula, cualquier extranjero, e incluso toda mujer, puede aventurarse tranquilamente por las calles bulliciosas y ruidosas.

El brasileño conserva siempre su natural delicadeza y discreción. Las clases más diversas se tratan mutuamente con una cordialidad y cortesía que sorprende una y otra vez a los hombres de la Europa tan embrutecida durante los últimos años. Se ve cómo en la calle se encuentran y se abrazan dos hombres, y se cree naturalmente que son hermanos o amigos de la infancia, uno de los cuales acaba de regresar de Europa o de un viaje exótico. Pero en la próxima esquina vuélvese a ver a dos hombres saludarse del mismo modo, y entonces se comprende que el abrazo es entre los brasileños un hábito absolutamente natural, una expansión de natural cordialidad.

La cortesía, a su vez, es en ese país la forma fundamental y natural de las relaciones humanas y tiene aspectos que en Europa ha tiempo ya hemos olvidado. Durante cualquier conversación en la calle, los hombres permanecen con la cabeza descubierta, y dondequiera que se solicite una información, ésta es facilitada con una solicitud entusiasta. En los círculos superiores se cumple el ritual de la formalidad, con las visitas y retribución de visitas y la entrega de tarjetas, con un rigor protocolar.

Todo extranjero es recibido del modo más atento y se le allana toda dificultad de la manera más obsequiosa, Desconfiados como, por desgracia, nos hemos vuelto frente a todo lo naturalmente humano, se averigua cerca de amigos y recién inmigrados si esa cordialidad manifiesta es más que meramente formal, y si esa convivencia buena, amable, sin odios ni envidias visibles entre las razas y las clases, no es, acaso, una mera ilusión óptica de una primera impresión superficial.

Pero todos confirman unánimemente y en tono de elogio que la primera y principal característica de este pueblo es su bondad. Todos, al ser consultados, repiten las palabras de los primeros que llegaron a esta tierra: E’ a mais gentil gente. Nunca se ha oído hablar ahí de crueldades contra animales, de lidias de toros ni de riñas de gallos; ni aun en los días más oscuros de la Inquisición ofrecióse allí a las masas el espectáculo de los autos de fe; todo lo brutal repugna instintivamente al brasileño, y se ha comprobado con la estadística que el asesinato casi nunca se realiza de un modo alevoso y premeditado, sino espontáneamente, como crimen pasional, como explosión repentina de los celos o la humillación. Crímenes relacionados con la astucia, el cálculo, la rapacidad y el refinamiento cuentan entre las mayores rarezas; cuando un brasileño desnuda el facón, ello es algo como una crisis nerviosa, una insolación, y cuando visité la penitenciaría de São Paulo me llamó la atención el que allí faltaba el verdadero tipo del criminal, exactamente registrado por la criminología.

Los que ahí encontré eran gente absolutamente pacífica, con tierna mirada, que alguna vez, en un minuto de superexcitación, deben haber cometido algo que ellos mismos ignoraban.

Pero, en general -y, todo inmigrante lo confirmará-, el brasileño está ajeno aun a los más leves rastros de violencia, brutalidad y sadismo. Es bonachón, de buena fe, y el pueblo tiene ese rasgo casi infantilmente cordial que es propio de muchos meridionales, aunque pocas veces en una medida tan pronunciada y general como en ese país. Durante todos los meses que pasé en el Brasil no tropecé con una sola malevolencia, ni en los círculos superiores ni en las clases inferiores; en todas partes pude comprobar la misma falta de desconfianza -hoy tan rara- contra el extranjero, contra el hombre de otra raza o de otra clase. A veces, cuando, curioso, iba a ver las favelas, esos barrios de negros, magníficamente pintorescos, que como vacilantes nidos de pájaros están emplazados sobre las rocas de las colinas en medio de Río de Janeiro, sentía cargos de conciencia y tenía presentimientos malos.

Al fin y al cabo, yo iba por curiosidad, para contemplar una de las gradas más bajas de la vida y para observar en esas chozas de caña y barro, indefensas y abiertas a toda mirada, gente del más primitivo estado, espiando así, indebidamente, el interior de sus domicilios y lo más privado de su existencia.

Al principio esperaba, en verdad, que a cada momento encontraría, como acaso en un barrio proletario europeo, una mirada de odio o una palabra injuriosa. Pero al contrario, esa gente de buena fe considera a un extranjero que se toma la molestia de subir a ese rincón perdido como un huésped grato y casi como un amigo; el negro que está acarreando agua, cuando se le encuentra, ríe mostrando la hilera blanca de sus dientes e incluso ayuda a trepar las resbaladizas gradas de barro; las mujeres que dan el pecho a sus hijos, levantan la mirada, afables y despreocupadas. Y del mismo modo se encuentra en todo tranvía, en todo barco de excursión, esa misma cordialidad desprevenida, tanto si se está sentado frente a un negro, como frente a un blanco o un mestizo. No se puede descubrir nunca dentro de las docenas de razas, ya se trate de adultos o de niños, signo alguno de una cosa que se parezca a un aislamiento. El niño negro juega con el blanco, el mestizo va naturalmente del brazo del negro, en parte alguna existe una restricción o siquiera un boicot social. En el ejército, en las oficinas públicas, en los mercados, escritorios, negocios o talleres, jamás se les ocurre a los individuos separarse según el color de origen, sino que todos colaboran amable y pacíficamente. Hay japoneses que se casan con negras, y blancos que se casan con mestizas; la palabra «mestizo » no es en el Brasil un insulto, sino una designación que no tiene nada de despectiva. El odio de clases y razas, esa planta venenosa de Europa, no ha podido echar raíz todavía en ese país.

Esta extraordinaria delicadeza de los sentimientos, esa bondad exenta de prejuicios y prevenciones, esa incapacidad de ser brutal, las paga el brasileño con una sensibilidad muy pronunciada, tal vez exagerada. Siendo no sólo sentimental sino también sensitivo, el brasileño tiene un sentimiento de honor muy susceptible, un sentimiento de honor, en verdad, muy peculiar. Precisamente por ser en extremo atento y personalmente tan modesto, percibe toda descortesía, aun la involuntaria, de inmediato como manifestación de desprecio.

No reacciona violentamente como el español, el italiano o el inglés; calla y se guarda, por así decirlo, la supuesta ofensa. Es muy frecuente oír decir lo mismo: En una casa había una sirvienta, negra, blanca o mestiza; era aseada, amable y tranquila y no daba el menor, motivo de queja. Una mañana desapareció sin que la dueña de casa supiera explicarse ni pudiese averiguar jamás la causa. Tal vez, la víspera le dijo una leve palabra de censura, de descontento, y con esa sola palabrita insignificante, dicha acaso en voz demasiado alta, hirió a la muchacha profundamente, sin saberlo.. La muchacha no se rebela, no se queja, no procura entrar en explicaciones.

Hace tranquilamente sus bártulos y se retira sin decir palabra.

No es hábito del brasileño justificarse o pedir explicaciones, quejarse o disputar airadamente. Se retrae; ésta es su defensa natural, y esa resistencia calma, misteriosa y silenciosa hállase en el Brasil en todas partes. Nadie repetirá una invitación o un convite cuando tal ha sido rechazado aunque fuera del modo más cortés; en un negocio, ningún vendedor insistirá con nuevas palabras si el comprador titubea, y ese orgullo recóndito, esa sensibilidad del honor llega hasta las capas sociales más bajas. Mientras en las ciudades más ricas del mundo, en Londres y París y, sobre todo, en los países meridionales, abundan los mendigos, éstos faltan casi por completo en el Brasil, donde la «miseria desnuda» apenas si es algo más que un término de exageración. Esto no es debido, según pudiera creerse, a un decreto enérgico, sino consecuencia de una hipertrofia de la sensibilidad, propia del pueblo entero, que considera aun la negativa más cortés como ofensa.

Esa delicadeza del sentimiento, esa ausencia de toda vehemencia es, a mi modo de ver, la propiedad más característica del pueblo brasileño. Los individuos no necesitan ahí tensiones violentas y vehementes ni éxitos visibles y aprovechables para estar satisfechos. No es casualidad que el deporte, que en última instancia es la pasión de la mutua superación, no alcanzó en ese clima -que induce más a la tranquilidad y el goce cómodo- la preponderancia absurda a la que se debe en buena parte el embrutecimiento y la desespiritualización de nuestra juventud, y que falten allí las escenas brutales y frenéticas y los éxtasis rabiosos que están a la orden del día en nuestros países llamados civilizados. Lo que en su primer viaje a Italia llamó tan simpáticamente la atención de Goethe, o sea que sus habitantes no buscan sin cesar finalidades materiales o metafísicas de la existencia, sino que gozan de la vida tranquila y placenteramente, eso mismo adviértese en el Brasil una y otra vez y siempre con agrado. Los hombres no pretenden demasiado en ese país, no son impacientes.

Charlar un poco, después o durante las horas del trabajo, tomar café, pasearse bien afeitado y con el calzado bien lustrado, disfrutar de la casa propia y los hijos; ello basta a la mayoría. A esta pacífica serenidad van unidas todas las gamas del bienestar y de la suerte. Por eso resulta y resultaba siempre relativamente fácil gobernar ese país, por eso Portugal necesitaba pocas tropas y por eso el gobierno actual tiene que ejercer tan poca presión e insistir tan poco para guardar la paz y el orden. La convivencia dentro del Estado opérase allí con infinitamente menos odio entre los grupos y las clases, gracias a esa inmanente propensión a la tranquilidad y a esa ausencia ingénita de envidia.

Desde el punto de vista económico y para la técnica del éxito, esa falta de ímpetu, de codicia y de impaciencia que individualmente es, a mi modo de ver, una de las virtudes más hermosas del brasileño, constituye acaso una falla. Comparado con Europa y Norteamérica, la eficiencia colectiva de trabajo del país entero queda, en su ritmo, muy a la zaga, y ya cuatro siglos atrás Anchieta señaló la influencia restrictiva que necesariamente tiene que ejercer el extenuante clima. Pero no se puede de ningún modo llamar indolencia a esa menor eficiencia. El brasileño es de por sí un excelente trabajador.

Es hábil, laborioso y comprende rápidamente. Se puede enseñarle cualquier oficio, y los inmigrantes llegados de Alemania, que traen industrias nuevas y a veces harto complicadas, ponderan unánimemente la habilidad y el interés con que aun los obreros más simples saben adaptarse a las nuevas formas de producción. Las mujeres revelan destreza para los trabajos manuales, los estudiantes, mucho interés para las ciencias, y se cometería la mayor de las injusticias si se tildase de inferior al obrero y trabajador brasileños. En São Paulo, vale decir en un clima más favorable y adaptado a una organización europea, produce exactamente lo mismo que cualquier otro obrero del mundo, pero en Río de Janeiro también he observado centenares de veces a zapateros remendones y sastres trabajando en sus estrechos talleres hasta muy adelantada la noche y me he admirado sinceramente de cómo, bajo un calor infernal, cuando es un esfuerzo hasta el recoger el sombrero del suelo, se realiza en las construcciones, bajo el sol ardiente, la tarea pesada, e ininterrumpida de acarrear el material. No son, pues, la capacidad, la buena voluntad ni el ritmo los que se resienten; sólo falta al conjunto la impaciencia europea o norteamericana por conseguir en la vida, mediante redoblado empeño, un progreso doblemente rápido, y es, por consiguiente, más bien una baja tensión psíquica la que disminuye el dinamismo total. Gran parte de los caboclos, sobre todo en la zona tropical, trabaja, no para ahorrar y guardar, sino únicamente para tener un pasar en los próximos días. Como siempre y en cualquier país donde la naturaleza brinda todo lo que se necesita para vivir, donde los frutos en torno de la casa parecen caer en las manos de la gente y no hay necesidad de prevenir un invierno riguroso, prodúcese cierta indiferencia frente a la ganancia y el ahorro; no hay prisa ni en cuanto al dinero ni en lo que atañe al tiempo. ¿Por qué producir o suministrar alguna cosa precisamente en el día de hoy? ¿Por qué no hacerlo mañana? -¡Mañana, mañana!- ¿ Por qué darse prisa en un mundo tan paradisíaco? La puntualidad sólo reza en ese país, por cuanto toda conferencia o concierto comienza puntualmente quince o treinta minutos después de la hora fijada; si uno se adapta a ello, siempre llega a punto y se pone a tono. En ese país la vida misma es más importante que el tiempo. He oído decir que en el norte, luego de haber recibido su sueldo, el obrero falta a veces dos o tres días al trabajo. Durante la última hora cumplió diligente y prestamente cometido y ha ganado lo suficiente como para vivir modesta, modestísimamente, dos días más sin trabajar. ¿Para qué trabajar también durante esos dos días? De todos modos, esos pocos miles de reis no le harán rico; de manera que más vale gozar tranquila y sosegadamente de esos dos o tres días. Tal vez sea preciso haber visto la exuberancia del Brasil para comprender eso. Mientras en una llanura gris y desierta el trabajo constituye el único recurso del hombre contra la tristeza de la vida, dentro de una naturaleza tan rica, exuberante de frutos y bienhechora por sus bellezas, la vida no despierta como entre nosotros el anhelo tan ferviente e intenso de llegar a rico. En la visión del brasileño, la riqueza no es absolutamente la trabajosa acumulación de dinero ahorrado a costa de infinitas horas de trabajo, no es el resultado de un impulso frenético y enervante.

La riqueza es cosa con que se sueña, algo que debe bajar del cielo, y en el Brasil, el cielo queda sustituido en ese caso por la lotería. La lotería es una de las pocas pasiones visibles de ese pueblo exteriormente tan tranquilo y, además, la diaria esperanza solidaria de miles de hombres. La rueda de la fortuna gira ininterrumpidamente, cada día hay un nuevo sorteo. Dondequiera que se camine o esté, en todos los comercios y en la misma calle, en el barco y en el tren, le ofrecen a uno billetes de lotería. A determinada hora de la tarde vese un como conglomerado negro, una multitud de personas, frente al local de la lotería,. Su expectación está fija en ese instante en un solo número y una sola cifra. Las capas superiores, a su vez, juegan en el casino, y cada balneario, casi todo distinguido hotel de lujo, cuentan con el suyo propio.

Hay ahí docenas de Montecarlos y rara vez se ve una mesa de juego que no esté rodeada por un grupo apretado.

Pero eso no es todo. Completando los juegos importados de Europa, la lotería, el bacará y la ruleta, la población inventó un juego nacional brasileño propio, el «bicho», que, si bien está severamente prohibido por el gobierno, se realiza, a pesar de todos los edictos, con la máxima dedicación.

Ese «bicho», el juego del animal, tiene un origen y una historia muy extraños, que por sí solos ya demuestran muy claramente hasta qué punto la pasión por el azar corresponde al carácter soñador e ingenuo de ese pueblo. El director del Jardín Zoológico tenía motivos para quejarse de la poca frecuentación de su establecimiento. Conocedor cabal de su pueblo, tuvo la gloriosa idea de sortear cada día uno de los animales de su colección, hoy un oso, mañana un burro, otro día un papagayo o un elefante. El visitante en cuya tarjeta de entrada figuraba la imagen del animal sorteado recibía un premio consistente en veinte o veinticinco veces el importe de la entrada. El éxito deseado no se hizo esperar: durante semanas y semanas, el Jardín Zoológico era visitadísimo por gente que acudía no tanto para contemplar los animales como para ganar el premio. Por último, el camino se le antojó a la gente demasiado largo y fatigoso, y entonces empezaron a jugar particularmente, entre sí, apostando sobre el animal que ese día resultaría sorteado. Se abrieron pequeños bancos detrás del mostrador de las fondas y en las esquinas de las calles, que aceptaban las apuestas y pagaban los premios.

Cuando la policía prohibió ese juego, fue acoplado misteriosamente con el resultado de la lotería diaria, representando cada número, para el brasileño, un animal determinado. Para sustraer a la policía toda prueba de delito, se juega en confianza, de buena fe. El banquero no entrega a sus clientes recibo alguno, pero no se ha conocido ni un solo caso en que no haya cumplido honradamente su obligación. Este juego, tal vez precisamente por ser prohibido, alcanzó a todas las capas sociales. Toda la autoridad, todos los castigos han resultado ineficaces. ¿Para qué sueña el hombre de noche, si al día siguiente no puede convertir su sueño en cifras y números, en apuestas al juego del «bicho» o la lotería? Como siempre, las leyes han resultado ineficaces frente a una verdadera pasión popular, y el brasileño compensará siempre su falta de codicia con ese sueño cotidiano de una riqueza repentina.

No cabe, pues, discusión. Así como falta mucho todavía para extraer del suelo brasileño todos sus valores potenciales, así también la gran masa del Brasil aun no ha dado de sí, al cien por cien, lo que encierra en cuanto a talento, energía para el trabajo y posibilidades activas. Pero visto en conjunto y teniendo presentes los impedimentos del clima y la delicada constitución física, el esfuerzo realizado es sumamente respetable, y, luego de las experiencias recogidas en los últimos años, se titubea mucho antes de llamar defecto a la falta eventual de impaciencia e ímpetu, a ese no tener prisa para progresar. Porque es un problema que va mucho más allá de lo específicamente brasileño, saber si la vida pacífica que se conforma de buen grado, tanto de naciones como de individuos, no es acaso más importante que el dinamismo exagerado, supercaldeado, que impele a la una contra la otra, primero en la competencia, luego en la guerra, y falta saber también si el aprovechamiento, al cien por cien, de todas sus energías dinámicas no termina acaso por disecar y marchitar, con ese doping constante, algo en el terreno psíquico del hombre.

Frente a la estadística comercial, a los números áridos de la balanza económica, hay ahí, a modo de ganancia verdadera, algo invisible: una humanidad imperturbada, no mutilada, y un contento sereno.

La asombrosa sobriedad de la forma de vida caracteriza a toda la capa inferior de ese país, y es una capa enorme, una masa oscura e inmensa, que hasta ahora la estadística no ha alcanzado completamente en cuanto a su número y sus condiciones de vida. El que vive en una de las grandes ciudades apenas entra en contacto con ella. No está aglomerada como la masa norteamericana o europea de los desheredados en fábricas y talleres, y en verdad no puede llamársela proletaria, puesto que estos millones de hombres ocultos y dispersos por el país carecen de todo contacto entre sí. Los caboclos del Amazonas, los seringueiros de la selva, los vaqueiros de las pampas, los indios de la floresta a menudo inaccesible no están reunidos en ninguna parte en grandes poblaciones fáciles de abarcar, y el extranjero lo mismo que el brasileño de las grandes ciudades, tiene en realidad escasa nociones de su existencia.

Sólo sabe vagamente que en alguna parte existen esos millones de hombres y que tanto las necesidades como los recursos de esa masa inferior, casi íntegramente de color, corresponden al límite más bajo, casi al punto cero del nivel de vida. Desde hace siglos, las condiciones de vida de esos descendientes mezclados y remezclados de indios y esclavos no han cambiado ni mejorado, y sólo muy poco de lo alcanzado por la técnica y sus progresos ha llegado hasta ellos. La mayoría se construye su morada sin ayuda ajena, una choza o una casilla de bambú, cubierta de barro y techada con paja.

Los vidrios ya constituyen un lujo; un espejo u otro mueble, aparte de la cama y la mesa, son rarezas en esas taperas del interior del país. Es verdad que no se paga alquiler por esas moradas de construcción propia; fuera de las ciudades, el suelo representa cosa tan sin valor que nadie se tomaría la molestia de exigir el pago de unos cuantos metros cuadrados.

En cuanto a la vestimenta, el clima no exige más que un pantalón de algodón, una camisa y un saco. La misma naturaleza prodiga bananas, mandioca, ananás y cocos, y es fácil encontrar o criar alguna gallina, lo mismo que un cerdo. Con ello quedan satisfechas las principales necesidades del consumo, y sea cual fuere la faena regular o accidental que desempeñe el hombre, siempre le quedará algo para cigarrillos y las demás necesidades pequeñas -en verdad mínimas- de su existencia. Hace tiempo que las capas superiores saben que las condiciones de vida de esa clase inferior, sobre todo en el norte, no condicen ya con nuestro tiempo y que la pobreza verdaderamente endémica de regiones enteras debilita a la población, a consecuencia de la deficiente alimentación, y la torna incapaz para realizar un trabajo normal. De continuo se aplican y decretan medidas para poner coto a esa pobreza de verdad extrema. Pero las tarifas de salarios mínimos fijados por el gobierno de Getulio Vargas no pueden penetrar, a modo de norma, hasta esas regiones del interior, tan distantes de los ferrocarriles como de las carreteras, como las selvas de Matto Grosso y Acre. Millones de hombres no han sido alcanzados ni por un trabajo regularizado, organizado y fiscalizado, ni por la civilización en general, y pasarán aún años y decenios antes de que sea posible incluirlos activamente en la vida nacional. El Brasil no utilizó hasta ahora esa amplia y oscura masa ni como productora ni como consumidora de sus bienes, lo mismo que no lo ha hecho tampoco con todas las fuerzas de su naturaleza. Esa masa también representa una de las enormes reservas para el futuro, una de las tantas energías potenciales aun no transformadas en trabajo, en ese país asombroso.

Sobre esa masa amorfa esparcida por el país -en su mayor parte analfabeta y con un standard de vida próximo al punto cero-, que hasta ahora no ha contribuido, o sólo lo ha hecho en una medida mínima, a la cultura, se levanta con fuerte empuje y con creciente influencia la clase media rural y de los pequeños burgueses: los empleados, los pequeños empresarios, los comerciantes, los artesanos, los distintos profesionales de las ciudades y de las haciendas. En esa capa absolutamente racional, la característica determinada y consciente del brasileño se manifiesta del modo más evidente en un estilo de vida inconfundiblemente personal, un estilo de vida que no sólo conserva, conscientemente, gran parte de la vieja tradición colonial, sino que además la perfecciona de una manera fecunda. No es fácil obtener una visión de su existencia, pues en su actitud exterior falta toda ostentación; esta clase vive con absoluta sencillez y sin llamar la atención y, casi diría, silenciosamente, ya que las tres cuartas partes de su existencia transcurren, según nuestro viejo estilo europeo, dentro del círculo de la familia. Excepción hecha de Río de Janeiro y de São Paulo, donde las casas de muchos pisos en verdad han introducido en nuestros días por primera vez el tipo de departamento, la casa propia constituye el envoltorio poco o nada llamativo que encierra al verdadero núcleo de la existencia, el círculo de familia. Se trata casi siempre de una casa pequeña, de uno o a lo sumo dos pisos, de tres a seis habitaciones, una casa que, exteriormente, se ajusta a la calle, sin pretensiones ni ornamentos, y que en su interior está dispuesta con un mobiliario tan sencillo que no queda espacio para dar fiestas ni recibir huéspedes. Si no es entre las trescientas o cuatrocientas familias «superiores», no se encuentra en todo el país un cuadro de valor, una obra de arte siquiera mediocre, o libros valiosos; en fin, nada de la amplia comodidad del pequeño burgués europeo. En el Brasil lo que sorprende una y otra vez es la sobriedad. Puesto que la casa está destinada exclusivamente a la familia, no trata de cegar con pompa falsa ni con pequeñas suntuosidades. Con excepción de la radio, de la luz eléctrica y acaso un cuarto de baño, la disposición de la casa no se diferencia mayormente de la de los tiempos coloniales de los virreyes, al igual que la forma de vida. Muchos rasgos patriarcales del siglo pasado, que entre nosotros ha tiempo ya -y uno está por lamentarlo- se han transformado en algo histórico, siguen conservando en el Brasil todo su rigor. Una voluntad tradicional se opone conscientemente, sobre todo, a la disolución de la vida familiar y a la abolición del principio de la patria potestad. Como en las viejas provincias norteñas de la América del Norte, en el Brasil el concepto más severo del tiempo colonial sigue surtiendo inconscientemente sus efectos; se descubre que allí imperan aún los hábitos que, al decir de nuestros padres, se respetaban en Europa en el ambiente de nuestros abuelos. La familia sigue siendo el sentido de la vida y el verdadero centro de energías del que todo emana y al que todo reconduce.

Se vive en unión y concordia, durante la semana en el círculo más estrecho, y los días de fiesta en el círculo más amplio de los parientes; se determinan en consejo de familia la profesión, el estudio que ha de seguir cada hijo. Dentro de la familia, el padre, el esposo, continúa siendo jefe indiscutido de los suyos. Tiene todos los derechos y privilegios, y puede contar con la obediencia como cosa natural, y, principalmente en los ambientes rurales, es costumbre, como en los siglos pasados entre nosotros, que los niños besen la mano del padre en señal de respeto. Nadie discute todavía la superioridad ni la autoridad del hombre, a quien se conceden muchas cosas vedadas a la mujer. Aun cuando ésta ya no vive bajo tanto rigor como pocos decenios atrás, queda, sin embargo, esencialmente reducida a un círculo de influencia y de acción dentro de la casa. La mujer burguesa casi nunca sale sola a la calle, y aun yendo acompañada por una amiga, se la tildaría de incorrecta al verla después del anochecer fuera de casa sin su marido. Por eso, de noche, las ciudades son parecidas en ello a las de Italia o España, prácticamente ciudades de hombres. Los hombres ocupan los cafés hasta los topes, son ellos quienes pasean por los bulevares, y aun en las capitales sería cosa inimaginable que de noche una mujer o una niña fuera el cinematógrafo sin ser acompañada por el padre o el hermano. Los movimientos de emancipación y por los derechos civiles de la mujer aun no han encontrado ambiente en el Brasil, y hasta las mujeres dedicadas a una profesión, que en comparación con las entregadas solamente a la casa y a la familia forman una minoría insignificante, conservan la reserva tradicional. Huelga decir que la posición de las muchachas es más limitada todavía. El trato amistoso con los jóvenes, aun de la índole más ingenua, no es habitual hasta ahora, a menos que vaya unido desde un principio claramente al propósito de formalizar un matrimonio, y no es posible traducir la palabra flirt al brasileño. Para evitar toda suerte de complicaciones, la gente suele casarse a edad extraordinariamente temprana; las niñas de los círculos burgueses, por lo común, a los diecisiete o dieciocho años, si no antes. Y, generalmente, se desea en el Brasil una pronta y numerosa descendencia, y no se la teme como en otros países.

La mujer, la casa y la familia forman todavía una intima trabazón, y si no es en actos organizados con fines de beneficencia, las mujeres no ocupan en ninguna fiesta o ceremonia representativa un primer plano. Salvo el caso de la amante de don Pedro, la marquesa de Santos, nunca la mujer ha desempeñado un papel en la vida política del Brasil. Los europeos o norteamericanos pueden tildar esa situación, jactanciosos, de anticuada, pero lo cierto es que las innumerables familias que viven en sus casitas, tranquilas, contentas y sin pretensión de destacarse, constituyen con su forma de vida sana y normal la auténtica reserva de energías de la nación. Esa clase media, que pese a su modo de vivir conservador está ansiosa de instruirse y es progresista, ese humus sólido y sano, provee hoy la generación que empieza a compartir con las antiguas familias aristocráticas la orientación de la nación, y, en cierto sentido, Vargas, oriundo del campo y de la clase media, es la expresión más evidente de esa generación nueva, de empuje fuerte y enérgico y, sin embargo, a la vez tradicional.

Por encima de esa clase, que ya abarca a todo el país, cuya influencia aumenta constantemente y que representa el nuevo Brasil, se halla o, mejor dicho, existe invariable la clase antigua y mucho más reducida, que se estaría dispuesto a llamar aristocrática si en ese país, nuevo y absolutamente democrático, aquella palabra no indujera a error. Procedente en parte todavía de la época colonial, en parte sólo venida al país con el rey Juan de Portugal, esas familia, doble y triplemente emparentadas entre sí -unas ennoblecidas y otras no-, en realidad, no tuvieron tiempo para tomar la forma rígida de una casta. Su mancomunidad consistía únicamente en la actitud, en el modo de vivir y en su cultura, muy evolucionada desde hace generaciones. Personas que han viajado mucho por Europa o que han sido educadas por profesores y ayas europeos, en su mayor parte adineradas, o que desempeñan altas funciones gubernativas, conservaron desde los comienzos del imperio el contacto espiritual con Europa y cifraron su ambición en representar al Brasil ante el mundo en el sentido de un carácter culto y progresista. A esos círculos pertenece la generación de los grandes estadistas como Río Branco, Ruy Barbosa, Joaquín Nabuco, quienes dentro de la única monarquía de América sabían unir felizmente el idealismo democrático norteamericano con el liberalismo europeo, e imponer silenciosa y tenazmente el método de conciliación, de las cortes de arbitraje y de los convenios que tanto honra a la política brasileña.

Aun hoy, la diplomacia está casi exclusivamente reservada a esos círculos, mientras que el servicio de administración y el ejército ya empiezan a pasar en mucha mayor medida a manos de la joven clase burguesa ascendente. Pero su influencia cultural sobre el nivel general de representación adviértese todavía de modo beneficioso. En su manera de vivir también falta todo lo que sea ostentación. Habitantes de hermosas residencias con viejos y magníficos jardines, pero que de ningún modo pretenden hacer las veces de palacios, y que se encuentran, en su mayor parte, en los barrios antaño exclusivos de la ciudad, en Tijuca y Laranjeiras o en la rúa Paysandú, conservan en su cultura hogareña la tradición, y siendo a la vez coleccionistas de todos los valores artísticos e históricos de su país, representan, por su apego nacional y su simultánea universalidad espiritual, un tipo de máxima civilización, que falta casi por completo en los demás países sudamericanos y que recuerda vivamente al tipo vienés con su amor al arte y su liberalidad espiritual. Aun esas familias antiguas -un siglo pasa en el Brasil por tiempo remoto- no han sido desplazadas de su predominio cultural por una aristocracia nueva de la riqueza, porque, en su mayor parte, son acaudaladas ellas también y porque las diferencias se confunden en ese país mucho más insensiblemente que entre nosotros.

Lo brasileño ignora lo exclusivo -en ello estriba su verdadera fuerza- y, lo mismo en la estratificación racial que en la social, el proceso de asimilación no tiene solución de continuidad. Toda tradición, todo lo pasado, es allí de duración demasiado corta como para que no se disuelva fácil y voluntariamente en las formas nuevas de lo brasileño, que sólo están definiéndose.

Puesto que la masa inferior, debido al analfabetismo y al aislamiento en el espacio, no participa de la constitución de una cultura típicamente brasileña, recae sobre aquellos dos grupos, tanto en lo productivo como en el sentido receptivo, toda la participación individual brasileña en la cultura universal.

Para justipreciar debidamente ese esfuerzo especifico, no hay que olvidar que toda la vida espiritual de esa nación abarca apenas un siglo y que en los trescientos años anteriores de la colonia fue suprimida sistemáticamente toda forma del empuje cultural. Hasta el año de 1800, en ese país, que no tiene permiso para imprimir un diario ni una obra literaria, el libro constituye una preciosidad, una rareza, y además, generalmente, algo superfluo, pues seguramente pécase por optimista y no por pesimista cuando se supone que alrededor del año de 1800 había, entre cien personas, noventa y nueve analfabetas. Al principio fueron todavía los jesuitas quienes impartían la enseñanza en sus colegios, donde, desde luego, anteponían la de la religión a todas las formas de la instrucción universal y contemporánea. Al procederse en 1765 a su expulsión, queda un vacío absoluto en la instrucción pública. Ni el Estado ni las municipalidades piensan en instalar escuelas. Un impuesto especial a los comestibles y las bebidas, ordenado en el año de 1772 por el marqués de Pombal con el propósito de instalar con su producto escuelas primarias, no pasa de ser un decreto en el papel. Con la corte portuguesa en fuga, llega en el año de 1808 la primera verdadera biblioteca al país, y para prestar a su residencia, aun exteriormente, cierto brillo cultural, el rey manda llamar sabios y funda academias y una escuela de artes.

Pero con ello no se consigue mucho más que una fachada, un barniz muy delgado; se continúa sin hacer nada en gran escala para revelar sistemáticamente a las grandes masas el, por supuesto, muy modesto misterio del leer, escribir y calcular. Sólo en 1823 empiézase, bajo el imperio, a hacer proyectos para que cada villa ou cidades tuvesse uma escola pública, cada comarca un liceu, e que se establecessem universidades nos mais apropiados locais. Pero transcurren cuatro años hasta que en 1827 se establece, mediante una ley, la exigencia mínima según la cual en cada localidad de alguna importancia debe existir un colegio primario. Con ello se colocan, por fin, las bases principales para un progreso que, sin embargo, sólo se efectúa al ritmo de tortuga. En 1872 se calcula que, dada una población de más de diez millones, sólo un total de 139.000 niños concurren a las escuelas, y aun en nuestros días -en 1938- el gobierno se vio todavía frente a la necesidad de nombrar una comisión especial con encargo de tomar iniciativas para poner fin definitivamente al analfabetismo.

Durante siglos faltaba, pues, para el anhelado florecimiento de una literatura y poesía propias, el humus adecuado que propiciase un verdadero crecimiento: un público local. Componer versos y escribir novelas significaba para el brasileño, hasta hace poco tiempo, un sacrificio verdadera 200 mente heroico y sin ninguna perspectiva material en aras del ideal poético, pues, a menos que se pusieran al servicio de la prensa o de la política, todos los autores trabajaban y hablaban completamente en el vacío. Las grandes masas no estaban en condiciones de leer sus libros, porque no sabían leer del todo, y la delgada capa intelectual superior estimaba de poca importancia encargar un libro brasileño y adquiría sus lecturas de novelas y versos exclusivamente en París. Sólo en los últimos decenios, la inmigración de elementos habituados a la cultura y, por lo tanto, ansiosos de ella, así como la enorme difusión de la instrucción entre la clase media que surge, produjo en ese sentido un cambio, y la literatura brasileña se abre paso hacia la literatura universal con toda la impaciencia que sólo conocen las naciones, largamente contenidas en su progreso. El interés por la producción intelectual es asombroso. Una librería está junto a la otra, la confección de libros mejora constantemente en cuanto a la impresión y presentación, y hay obras de literatura y científicas que ya pueden alcanzar tiradas que un decenio atrás parecían todavía quimeras. La producción brasileña empieza a superar a la portuguesa. La creación espiritual y artística ocupa el centro del interés de toda la nación en mucho mayor grado que entre nosotros, donde el deporte y la política desvían de idéntico modo fatal la atención de la juventud.

El brasileño está de por sí absolutamente interesado en cuestiones espirituales. Tiene un intelecto ágil, una comprensión fácil, una naturaleza comunicativa, y, como descendiente de portugueses, le caracteriza el gusto natural por las bellas formas lingüísticas, que allí se manifiestan como cortesías exquisitas en las cartas y en el trato reciproco, e inclinan, en la oratoria, hacia la redundancia. Gusta leer; rara vez se ve al obrero, al cobrador de tranvía, en un minuto libre, sin un diario en la mano, y pocas veces se encontrará a un estudiante joven sin un libro. Para esta nueva generación, la escritura y la lectura no son, como para el europeo, cosa natural desde siglos, herencia tradicional, sino algo conquistado por ellos mismos, y aun cifran su orgullo y su alegría en descubrirse a sí mismos y a toda la literatura universal. No se cae en la exageración cuando se afirma que en los países sudamericanos, más que en todos los otros, existe todavía cierto respeto por la labor intelectual, y que la obra contemporánea -gracias al bajo precio de las ediciones -se difunde más rápida y ampliamente entre el pueblo que en las naciones supeditadas a las tradiciones. Gracias a la ingénita propensión del brasileño por las formas delicadas, la poesía ocupó durante mucho tiempo preeminencia en la literatura nacional. Con los poemas épicos Uruguay y Marilia iníciase la cultura brasileña del verso, que produce personalidades verdaderamente destacadas. En este país un lírico puede todavía lograr verdadera popularidad. En todos los parques encuéntranse, como en los de Monceau y Luxemburgo, de París, estatuas a los poetas nacionales, y la población, mejor dicho, el verdadero pueblo, colectando pequeñas monedas de plata, tributó ese homenaje enternecedor incluso a un poeta en vida, Catullo Peixão Cearense. Es uno de los últimos países que aun honra a la poesía, y la Academia Brasileña reúne hoy un número considerable de poetas, que imprimieron al idioma nuevos matices personales.

La prosa, la novela y el cuento tardan más en emanciparse del ejemplo europeo. Aun el descubrimiento del «buen indio » en los Guaranís, de José de Alencar, no fue, en el fondo, sino una reimportación de modelos extranjeros, como Atala, de Chateaubriand, o El último mohicano, de Fenimore Cooper; sólo son brasileños la temática exterior de sus novelas y el color histórico, pero no así la actitud psicológica, la atmósfera artística.

Sólo en la segunda mitad del siglo diecinueve, el Brasil penetra con dos figuras verdaderamente representativas, con Machado de Assis y Euclides da Cunha, en el aula de la literatura universal. Machado de Assis significa para el Brasil lo que Dickens para Inglaterra y Alfonso Daudet para Francia.

Tiene el don de comprender y presentar a lo vivo los tipos vivientes que caracterizan su pueblo, su país; es un narrador nato, y una mezcolanza de fino humor y soberano escepticismo prestan a cada una de sus novelas un encanto singular.

Con su Dom Casmurro, la más popular de sus obras maestras, creó una figura que es para su país tan inmortal como David Copperfield para Inglaterra y Tartarín de Tarascón para Francia.

Gracias a la nitidez transparente de su prosa y a su mirada clara y humana, colócase a la altura de los mejores narradores europeos de su tiempo.

En contraste con Machado de Assis, Euclides da Cunha no era escritor profesional. Su gran epopeya nacional, Los Sertões, ha nacido, por así decirlo, de una casualidad. Euclides da Cunha, ingeniero de profesión, había acompañado, como representante del diario «Estado de São Paulo», a una expedición militar contra los canudos, una secta rebelde en la región salvaje y sombría del norte. El informe relativo a esa expedición, redactado con magnífico empuje dramático, adquirió en forma de libro, ampliado, los caracteres de una exposición psicológica completa de la tierra, el pueblo y el país brasileños, como desde entonces nunca más se volvió a ensayar ni conseguir con igual profundidad ni amplitud de visión sociológica. Dentro de la literatura universal, puede comparársele acaso con los Siete pilares de la sabiduría, donde Lawrence describe la lucha en el desierto. Esta grandiosa epopeya, poco conocida en el extranjero, está predestinada a sobrevivir a un sinnúmero de libros famosos actualmente, gracias a la magnificencia dramática de su exposición, la riqueza de sus reconocimientos espirituales y el maravilloso humanismo que lo distingue del principio al fin. Aun cuando la literatura brasileña registra en sus novelistas y poetas de hoy enormes progresos en el detalle, en cuanto a la sutileza y a los matices idiomáticos, ninguna de sus obras, sin embargo, alcanzó a esa cumbre destacadísima.

El arte dramático, en cambio, está poco desarrollado todavía.

No se me ha ponderado ningún drama como verdaderamente notable, y, en la vida pública y social, el arte teatral apenas si desempeña un papel importante. Este hecho en sí no llama la atención, pues el teatro, como producto típico de una sociedad uniformemente organizada, es una modalidad del arte que sólo se puede manifestar, con exclusividad, dentro de una capa determinada de la sociedad, y en el Brasil tal forma de la sociedad no ha tenido tiempo aún de desarrollarse.

El Brasil no ha pasado por una época isabelina, no ha tenido una corte como la de Luis XIV, ni una amplia masa burguesa apasionada por el teatro, como España o Austria.

Toda la producción teatral se basaba, hasta muy adelantado el imperio, exclusivamente en la importación -y, para ser más exacto-, debido a las distancias enormes, en la importación de compañías y de obras inferiores. Aun bajo don Pedro no se había hecho una tentativa adecuada para tratar de fomentar un verdadero teatro nacional, y las primeras compañías que llegaban de Europa al país incluso trabajaban en idioma español y no en portugués. Hoy, cuando en las ciudades con centenares de miles de habitantes, y aun con millones, habría acaso un público bien dispuesto, resulta tal vez demasiado tarde ya para iniciar algo en ese sentido, debido a la influencia del cinematógrafo, que todo lo inunda.

Es parecida la situación en la música. En ella también se deja sentir la ausencia de una tradición secular, que hubiera penetrado profundamente en todas las capas sociales. Faltan los grandes coros educados, de modo que las mismas obras monumentales de la música, como La Pasión según San Mateo, los grandes réquiem, la Novena Sinfonía, de Beethoven, los oratorios de Händel, les son prácticamente desconocidas al gran público. Tanto la ópera de Río de Janeiro como la de São Paulo basan su repertorio, como hace cincuenta años, sobre la producción italiana de Verdi y, en el mejor de los casos, de Puccini.

Una obra como el Tristán, que el emperador don Pedro quiso hacer estrenar, hace casi un siglo, en Río de Janeiro, ha sido interpretada desde entonces dos o, cuanto mucho, tres veces, y la música verdaderamente moderna es poco menos que ignorada. Sólo ahora se han comenzado a formar orquestas sinfónicas, pero sigue predominando entre el público el gusto por la música ligera, amable.

Tanto más sorprende el que ese país haya producido, en una época en que la educación musical significaba un perfecto heroísmo y una voluntad de aprender verdaderamente resuelta, un músico al que fue dado un ruidoso éxito universal: Carlos Gomes. Oriundo de un villorrio del Estado de São Paulo, donde nació en el año de 1836, integró, a los diez años de edad, una banda de música. Formóse sin maestro verdadero en un país en donde es tan difícil obtener una partitura como asistir a una verdadera representación de ópera, y dio muestras de tal voluntad que a los veinticuatro años ya pudo presentar una ópera, A noite do Castello. Estrenada en 1861 en Río de Janeiro, constituye, lo mismo que la que le sigue, un gran éxito nacional. Entonces el emperador don Pedro se interesa por el músico y le envía a Europa para que perfeccione sus estudios. En Italia cae en sus manos una traducción italiana de la novela Guaranís, de su compatriota Alencar, y se apresura a llevarla a casa de su libretista para decirle que ésa era la obra mediante la cual, como brasileño, quería presentar al Brasil al mundo. En el año de 1870 estrena esa ópera en la Scala y logra un éxito sensacional. El maestro Verdi declara haber encontrado un sucesor digno y, aun en nuestros días, se representa de tarde en tarde, en los escenarios italianos, Guaranís, que un historiador de la música llamó la mejor ópera meyerbeeriana, Un típico modelo ejemplar de la gran ópera, que brinda mucho, y aun demasiado al oído y a la vista, pero no bastante al alma, melodiosa en su parte lírica, esa obra explica aún hoy el éxito y las grandes esperanzas que se cifraban en su tiempo en un posterior encumbramiento de Carlos Gomes, pero precisamente por cuadrar tan excelentemente en la pomposa época romántica de Meyerbeer, los Guaranís constituyen hoy más un documento de la historia de la música que una obra de música viva. El aporte típicamente brasileño a la música universal lo dio, no tanto el italianizante Carlos Gomes como, sobre todo, Villalobos. Rítmico, enérgico, con marcada voluntad propia, infunde a cada una de sus obras un colorido que no se halla en ningún otro compositor, y que, con sus agudos y luego con su triunfal melancolía, refleja misteriosamente el paisaje y el alma brasileños.

Una expresión similar de lo típicamente brasileño espérase de la pintura de Portinari, el primer pintor brasileño que logró conquistar en pocos años una posición internacional.

Pero, ¡cuántos colores, qué variedad, qué ingentes deberes felices esperan todavía en ese paisaje magnífico al hombre que haga conocer al mundo la naturaleza grandiosa de ese país, como Gauguin hizo conocer la de los mares del Sur y Segantini la de Suiza! ¡Qué posibilidades, qué perspectivas ábrense a la arquitectura en esas ciudades que crecen con una rapidez febril y que manifiestan cada vez más resueltamente la voluntad de formarse, no ya de acuerdo con el molde europeo ni tampoco según el ejemplo norteamericano, sino conforme a un canon propio. Se ensaya mucho en ese sentido, y ya se logró también alguna obra decisiva.

Las ciencias -una materia que no puedo juzgar ni abarcar personalmente por falta de conocimientos específicos- procuraron en los últimos años un progreso asombroso en la representación histórica y económica del país. Casi todos los documentos y exposiciones anteriores del Brasil fueron obra de extranjeros. En el siglo dieciséis son el francés Thévet y el alemán Hans Staden; en el siglo diecisiete, el holandés Berleus; en el dieciocho, el italiano Antonil, y en el diecinueve, el inglés Southey, el alemán Humboldt, el francés Debret y el descendiente de alemanes Varnhagen, a quienes se deben las descripciones genuinamente clásicas de ese país. Pero en los últimos decenios se han abocado los mismos brasileños a la tarea de hacer comprensible su país y la historia del mismo en base a concienzudos estudios de las fuentes, y junto con las publicaciones muy amplias del gobierno central y de los distintos Estados, esa literatura forma ya toda una biblioteca. En la filosofía debe registrarse como fenómeno más llamativo el que el positivismo de Augusto Comte haya producido en el Brasil no sólo una escuela sino también una iglesia; buena parte de la Constitución brasileña está impregnada de las fórmulas y conceptos del filósofo francés, que en el Brasil tuvo mucha mayor influencia sobre la vida real que en su propia patria. En el campo de la técnica, por su parte, es sobre todo el aeronauta Santos Dumont, quien conquistó gloria imperecedera, gracias a su primer vuelo alrededor de la torre Eiffel y los tipos de aviones que construyó, con una osadía y energía que significaron el primer impulso decisivo para el éxito. Aun cuando se sigue discutiendo hasta la fecha sobre si fue él o si fueron los hermanos Wright quienes por primera vez realizaron el vuelo humano en un avión más pesado que el aire, esta discusión significa, en realidad, nada más que una tentativa para establecer si Santos Dumont ocupa el primerísimo o, en el peor de los casos, el segundo lugar dentro del campo de esa hazaña, la más destacada y heroica de nuestro mundo moderno, y ello ya basta para grabar su nombre por los tiempos de los tiempos en los anales de la historia. Su propia vida es de por sí una magnífica epopeya de la audacia y de la abnegación, y tan inolvidables como su hazaña técnica serán los actos de su humanitarismo, aquellas dos cartas desesperadas que dirigió a la Liga de las Naciones para que ésta prohibiera de una vez por todas el empleo de aviones para el lanzamiento de bombas y otras crueldades en la guerra. Con sólo esas dos cartas, que proclamaban y defendían ante el mundo entero el espíritu humanitario de su patria, su figura se ha asegurado para siempre contra todo olvido ingrato.

Con tal que se coloquen en la balanza los números adecuados, el esfuerzo cultural del Brasil resulta hoy extraordinario.

Pero sólo se calcula debidamente cuando no se fija la edad cultural de ese país en cuatrocientos cincuenta años, ni el número de sus habitantes en cincuenta millones. Porque el Brasil no cuenta desde su independencia sino poco más de cien años, exactamente ciento dieciocho años, y en cuanto a su población, de ésta sólo hay en la actualidad unos siete u ocho millones que participen de un modo práctico en las condiciones modernas de vida. De igual modo, toda comparación con Europa conduciría a nada. Europa tiene infinitamente más tradición y menos porvenir, el Brasil menos historia y más futuro; todo lo realizado es en ese país nada más que parte de lo que esta por realizarse; mucho de lo que un fondo de siglos otorga a Europa como cosa natural, debe edificarse todavía en el Brasil: los museos, las bibliotecas y la organización amplia de la instrucción pública. El joven artista, el joven escritor, el joven hombre de ciencia y el estudiante tropiezan en el Brasil con cien veces más dificultades que quienes pueden recurrir a los institutos de enseñanza mejor dotados y organizados de los Estados Unidos de América para adueñarse de una visión amplia de la respectiva materia y de conocimientos universales. En muchos casos se siente todavía cierta estrechez y, por otra parte, un distanciamiento de los esfuerzos más actuales de nuestro tiempo.

Aun el Brasil no está desarrollado conforme a sus propias proporciones, aun el brasileño tendrá la sensación de que la permanencia durante un año en Norteamérica o Europa constituye el adecuado tramo último de sus estudios, y pese a todas nuestras locuras, el Brasil ha de recibir todavía impulso y aliciente de nuestro mundo viejo.

Pero, a la inversa, el europeo que llega al Brasil para permanecer allí un tiempo más o menos largo, puede aprender muchas cosas en ese país. Se encuentra en él con otra sensación del espacio, con otra sensación del tiempo. El grado de tensión de la atmósfera es menor, los hombres son más amables, los contrastes menos vehementes, la naturaleza es más próxima, el tiempo no tan saturado, las energías no están tendidas y comprometidas al extremo. Se vive más pacífica y, por lo tanto, más humanamente; no tan mecanizados, no tan estandarizados como en Norteamérica; no tan supersensibles y envenenados, políticamente, como en Europa. Habiendo más espacio en torno del hombre, el uno no se codea tan impacientemente con el otro. Teniendo este país un futuro, la atmósfera es más despreocupada y el individuo está menos agobiado y excitado. Es un buen país para gente de edad, que ya ha visto gran parte de este mundo y anhela ahora tranquilidad y recogimiento en un paisaje hermoso y pacífico para reflexionar y aprovechar todo lo que ha experimentado.

Y es un país maravilloso para la gente joven, que desea aportar sus energías todavía no aprovechadas a un mundo no cansado hasta ahora, que aun puede adaptarse totalmente y a gusto para colaborar en su desarrollo y progreso. Pocos o ninguno de los que han llegado a ese país en los últimos decenios, procedentes de Europa, han regresado a su país de origen. Los mismos pueblos que allende el océano se combaten insensatamente han encontrado en el Brasil una patria común de paz. Y en el caso -¡tal el consuelo más feliz para muchos momentos de nuestra desesperación!- de que la civilización de nuestro mundo viejo, efectivamente, se derrumbara en esta lucha suicida, sabemos que en el Brasil se está gestando otra nueva, dispuesta a dar nueva realidad a todo lo que entre nosotros anhelaban y soñaban vanamente las más nobles generaciones espirituales: una cultura humana y pacífica.

 

RÍO DE JANEIRO

 

LA ENTRADA

Muy de madrugada, todos los pasajeros, llevando prismáticos y máquinas fotográficas, aguardan con impaciencia, agolpados a la borda; ninguno de ellos quiere dejar de ver la célebre entrada a Río de Janeiro, por más veces que la haya admirado. Pero todavía no se ve sino el brillo del mar, azul y metálico, como desde hace muchos días: monotonía sedante y que cansa. Y, sin embargo, sentimos que nos aproximamos a la costa; respiramos la tierra cercana antes de verla, pues el aire se torna de repente húmedo y suave, acariciándonos la boca y las manos, y un perfume misterioso llega hasta nosotros imperceptiblemente; perfume preparado en el fondo de la inmensa selva con el hálito de las plantas y la humedad de los cálices, esas indescriptibles exhalaciones de las regiones tropicales, cálidas, bochornosas y en fermentación, que nos embriagan y nos cansan de un modo delicioso.

Ahora, por fin, una silueta a lo lejos: en lontananza una cadena de montañas perfilase vagamente, como unas nubes, sobre el cielo límpido y, en la medida que el vapor se va aproximando, los contornos resaltan más nítidos: es la serie de montañas que con los brazos abiertos protege la bahía de Guanabara, una de las más grandes del mundo. Esta bahía, con sus muchos recodos y promontorios, es tan ancha y tan ensenada que todas las embarcaciones de todas las naciones cabrían en ella, una junto a otra, y en el interior de esta gigantesca concha abierta, hállanse diseminadas, cual perlas, numerosísimas islas, cada una de las cuales es de forma y de color distintos. Unas emergen grises y uniformes del mar de color amatista; vistas de lejos, semejan unas ballenas por la desnudez y la tersura de sus lomos. Otras son de forma oblonga, pedregosas y cubiertas de tubérculos como la piel de cocodrilo; otras: están pobladas, otras convertidas en fortalezas; y otras parecidas a unos jardines flotantes con palmeras y vergeles; y mientras admiramos con curiosidad, a través de unos prismáticos, la insospechada multiplicidad de sus formas, cobran plasticidad las montañas del fondo, cada una de ellas, también, de figura particular. Allí están los montes: uno, sin árboles; otro, cubierto de una envoltura de verdes palmeras; otro, peñascoso; y otro, ceñido con un resplandeciente cinturón de casas y jardines, como si la naturaleza, escultora atrevida, hubiera tratado de colocar, una al lado de otra, todas las formas existentes en este mundo, y por eso la fantasía popular dio nombres de este mundo a las figuras pétreas y montañosas -la Viuda, el Corcovado, el Perro, los Dedos de Dios-, llamando Pan de Azúcar a la más sobresaliente de ellas, la que se eleva frente a la ciudad con repentino empinamiento, cual la estatua de la Libertad a la entrada de Nueva York, como símbolo antiquísimo e inamovible de la ciudad. Mas a todos esos monolitos y montes les domina el Corcovado, el jefe de la tribu de gigantes, que alza sobre Río de Janeiro una cruz gigantesca (que de noche se ilumina con luz eléctrica) para la bendición, como un sacerdote alza la Custodia sobre un grupo de gente arrodillada.

Ahora, finalmente, luego de haber atravesado el laberinto de islas, divisamos la ciudad. Pero no la divisamos de una vez. Este panorama de edificios no se puede abrazar de una ojeada como los de Nápoles, de Argel o de Marsella, que se ofrecen en forma de anfiteatro abierto con gradas de piedra: Río de Janeiro se abre como un abanico, una imagen después de otra, un sector después de otro, una perspectiva después de otra, y esto es lo que da su carácter dramático a la entrada, tan abundante en sorpresas. Cada una de las ensenadas pobladas, cuya suma forma la playa, se halla aislada por cadenas de montañas, que son como las varillas del abanico que separan las imágenes a la par que las reúnen. Surge, por fin, la playa, de hermosa curvatura. ¡Qué aspecto más encantador! Un paseo costanero, ancho, siempre cubierto de espuma de olas, con casas y chalets y jardines, y ahora ya se distinguen bien el hotel de gran lujo y los chalets, rodeados de parques y trepando por las colinas. Pero nos hemos equivocado; aquello no es más que la playa de Copacabana, una de las más hermosas del mundo, y Copacabana es un arrabal nuevo de Río de Janeiro, y no la ciudad propiamente dicha. Aun hay que doblar el Pan de Azúcar, que quita la vista: sólo entonces vemos la ciudad dentro de la bahía, esa ciudad blanca y compacta, mirando al mar y fundiéndose indistintamente en las alturas vestidas de verde. Vemos los jardines, recién plantados junto al mar, y el aeródromo, que se acaban de ganar al océano: no tardaremos en desembarcar y satisfacer nuestra impaciencia. ¡Otra vez estamos equivocados! Ésta es la bahía de Botafogo y de Flamengo; tenemos que seguir adelante, abriendo otro pliegue de este abanico divino, reluciente con todos los colores imaginables, al pasar por delante de la isla de la Marina y aquella otra, pequeña, con el palacio de estilo ojival, donde el emperador Pedro ofreció, sin sospechar nada, su último sarao, dos días antes de su destronamiento.

Sólo ahora nos saludan los rascacielos, que forman una compacta mole vertical; sólo ahora se echan de ver los diques, y el vapor puede atracar al desembarcadero, y estamos en la América del Sur, en el Brasil, en la ciudad más hermosa del mundo.

Esta entrada a Río de Janeiro, que dura una hora, depara emociones extraordinarias, únicas, sólo comparables a las que causa Nueva York. Pero el saludo de Nueva York es más austero, más enérgico: sus cubos blancos como el hielo y puestos unos sobre otros, producen la, impresión de un fiord nórdico. Manhattan es un saludo varonil, heroico; la empinada voluntad humana de América: explosión única de energías concentradas. Río de Janeiro no se empina ante el forastero, sino que se extiende abriendo sus brazos muelles, brazos de mujer: Río de Janeiro recibe al forastero, lo atrae hacia sí, entregándose con cierta voluptuosidad a la vista.

Aquí todo es armonía: la ciudad, el mar, el verdor y las montañas, todo se confunde armoniosamente; ni los rascacielos, ni las embarcaciones, ni las multicolores luminiscencias publicitarias constituyen estorbo alguno; y esa armonía se repite en acordes cada vez más diferentes: esta ciudad, vista desde las colinas, es distinta de la misma ciudad vista desde el mar, pero en todas sus partes predomina la armonía, multiplicidad resuelta que siempre vuelve a formar una perfecta unidad: la naturaleza hecha una ciudad, y una ciudad que impresiona como la naturaleza. Y del mismo modo ambiguo, inagotable, grandioso y liberal que nos recibe, sabe retenernos; desde la hora de la entrada sabemos que la vista no se cansará y que los sentidos no se hartarán de esta ciudad sin par.

Más breve, pero, acaso, más perturbadora aún es la impresión que se recibe llegando en avión a la ciudad. En tal caso se obtiene por primera vez una visión completa de la disposición verdadera de Río, se ve cómo está tendida en la falda de las montañas, que la vigilan; cómo, por así decirlo, se va diluyendo en el paisaje. Se va planeando sobre montañas y más montañas y de repente se abarca la amplitud de la bahía que encierra a esa perla blanca en su gigantesca concha azul.

Se ven las diagonales tajantes, como trazadas a cuchillo, de las avenidas que la atraviesan, la playa resplandeciente, no más ancha que la piel blanca que cubre una naranja dorada, y luego, esparciéndose hasta muy tierra adentro, las manchas blancas de los chalets y casas, y todo esto destacando sobre un doble azul: el cielo límpido y acerado y el agua que lo refleja. Y cuando el avión toma una curva, es como si las sierras desapareciesen de pronto, y entonces es la ciudad, con sus casas albas, la que saluda como una sola pared blanca de piedra, y ya se distingue la cinta movida de los autos que recorren las avenidas costaneras, los bañistas en el mar, se percibe la vida que le espera a uno y los colores que deslumbran al que llega. Y una, dos, tres veces más, el avión va perdiendo altura hasta casi tocar el tejado del monasterio de Sanl Benito. Luego rechinan las ruedas, se aterriza en suelo firme, en la tierra más bella del mundo.

 

LA CIUDAD

En el año de 1552, casi cuatro siglos atrás, Tomé de Sousa escribió, al llegar a Río de Janeiro: Tudo é graça que dela se pode dizer. Es prácticamente imposible expresarse mejor que ese rudo guerrero. La belleza de esa ciudad, de ese paisaje, en rigor, difícilmente puede reproducirse. Se resiste a la palabra, se resiste a la fotografía, porque es demasiado heterogénea, imposible de abarcar, inagotable en exceso; ni siquiera un pintor que deseara representar el conjunto de Río con sus mil colores y escenas podría dar cima a su obra en lo que dura una vida entera. Porque la naturaleza aglomeró allí, en un capricho único de prodigalidad y en reducido espacio, todos los elementos de la belleza del paisaje que de ordinario distribuye parcamente entre países enteros, uno acá y otro allá.

Está aquí el mar, pero el mar en todas sus formas y colores, trayendo en la playa de Copacabana verde espuma de la lejanía infinita del océano Atlántico, asaltando en Gávea furiosamente esta o aquella roca, y luego, en Niteroi, plegándose nuevamente calmoso y azul a la arena llana de la playa o envolviendo tiernamente las islas. Hay ahí montañas, pero cada cima, cada pendiente tiene otra forma, escarpada, gris y rocosa la una, cubierta de verdor y suave la otra, empinado, puntiagudo el Pan de Azúcar, y como achatada con un martillo gigantesco la altura de Gávea, dentellada y desgarrada la sierra de Orgãos. Cada una conserva obstinadamente su forma, sin que por ello dejen de unirse en un círculo fraternal. He aquí lagos corno el de Rodrigo de Freitas y el de Tijuca, cuyas aguas reflejan las montañas, el paisaje y, a la vez, los focos eléctricos de la ciudad; he aquí las cataratas que se precipitan frescas y espumosas desde las rocas; he aquí ríos y arroyos, el agua en todas sus formas y aspectos. La vegetación presenta ahí todos los colores, la selva con sus lianas exuberantes y su maleza impenetrable llega hasta casi junto a la ciudad; hay ahí parques y cuidados jardines que reúnen toda suerte de árboles, frutas y arbustos del trópico en un aparente caos y, sin embargo, en sabio orden.

Por doquier, la naturaleza es exuberante y, no obstante, armoniosa, y en medio de la naturaleza hállase la misma ciudad, un bosque pétreo, con sus rascacielos y palacetes, sus avenidas y plazas y callejuelas de un colorido oriental, con sus ranchos de negros y ministerios gigantescos, sus playas y casinos. Un todo a la vez, una ciudad de lujo, un puerto, un emporio comercial, una ciudad de turismo, industrial y de funcionarios. Y por encima de todo eso, un cielo bienaventurado, de un azul oscuro de día, como una enorme tienda, y de noche sembrado de estrellas meridionales. Dondequiera que se dirija la mirada en Río, siempre se deleita con algo nuevo.

No hay ciudad más hermosa en la Tierra -no me desmentirá quienquiera que la haya visto una vez-, ni ciudad más insondable ni más inabarcable. No se termina nunca de conocerla a fondo. El mismo mar trazó las líneas de la playa en un extraño zigzag, y la montaña arrojó al espacio de su desarrollo abruptas pendientes. En todas partes tropiézase con esquinas y curvas, todas las calles se cruzan en forma irregular, y se pierde de continuo la orientación. Cuando se cree haber llegado a un final, se tropieza con un nuevo comienzo, cuando se acaba de dejar una bahía para penetrar en el corazón de la ciudad, llégase sorprendido a otra ensenada. En cada camino descúbrese algo nuevo: una perspectiva sorprende, entre las colinas, una plazoleta. que parece yacer olvidada, desde los tiempos coloniales, un canal entre doble hilera de palmeras, un mercado, un jardín, una favela. En lugares por los que se ha pasado cien veces, se descubre, al entrar por equivocación en una calle adyacente, un mundo nuevo: es como si uno se hallase sobre un disco giratorio que le coloca ininterrumpidamente frente a otras perspectivas. A ello se agrega el que la ciudad se modifica de año en año, y aun de mes en mes, con una rapidez asombrosa. El que haya estado ausente de Río por espacio de algunos años necesita bastante tiempo para volver a orientarse. Se propone uno escalar un otero, para contemplar una vez más los viejos barrios románticos de la ciudad, y no los halla; fueron simplemente arrasados y cruza el mismo lugar un bulevar imponente, flanqueado a diestro y siniestro por casas de doce pisos.

Donde una roca cerraba el paso, hay ahora un túnel; donde el mar llegaba confidente hasta la playa, adelanta ahora un aeropuerto su construcción aguas adentro, donde tres meses atrás se pisaba todavía la arena suave y solitaria de una playa distante, levántase ahora un barrio de chalets; todo eso se opera allí con la rapidez de un ensueño. En todas partes acontece algo, en todas partes hay color, luz y movimiento, nada se repite, nada hace juego y, sin embargo, todo armoniza. El recorrer las calles -que en otras ciudades no conduce a nada ni es casi posible ya- constituye en Río todavía un placer y un diario goce de descubrimientos. Dondequiera que uno se halle, siempre se ofrece a su mirada un deleite. Se visita a un amigo y se mira, por casualidad, a través de una ventana del sexto piso: amplia y majestuosa como jamás se la ha visto, tiéndese la bahía con sus islas relumbrantes y los vapores que se deslizan. En esa misma casa se entra en una habitación que da a los fondos y ya desapareció el mar y tiénese enfrente, en cambio, la cruz iluminada del Corcovado y los bultos oscuros de las sierras. A horas de distancia brillan las luces de la calle y al mismo tiempo vese, inclinado sobre la barandilla del balcón, a los pies, un rancherío de negros con sus chozas y luces abigarradas. Quiere uno dirigirse al centro de la ciudad y debe cruzar una montaña; a cada instante ruégase al amigo que conduce el coche que lo detenga para que no se pierda otra y otra vista sorprendentes. Quiere uno llegar hasta un suburbio, para contemplar allí las tenduchas multicolores, y encuéntrase de improviso entre feudales palacetes con jardines seculares. Se sube en el tranvía de Santa Teresa a la colina, para estar en medio de la naturaleza solitaria, y se da impensadamente con un acueducto del siglo XVIII, y unos pocos minutos después con todo un grupo de empinadas casas de departamentos. En un cuarto de hora puede pasarse de la brillante costa del mar a la cumbre de una montaña, en cinco minutos puede pasarse de un mundo de lujo a la pobreza más primitiva de unas chozas de barro, y luego en seguida, nuevamente, al medio del fárrago cosmopolita de relumbrantes.

cafés y entre un torbellino de automóviles. Todo se entrecruza allí, se confunde, se mezcla, pobre y rico, viejo y nuevo, paisaje y civilización, chozas y rascacielos, negros y blancos. carretas anticuadas y automóviles, playa y roca, vegetación y asfalto. Y todo esto brilla y resplandece en los mismos colores deslumbrantes y saturados, hermoso lo uno y lo otro, todo entremezclado y fascinador. No se cansa uno nunca, jamás se harta. Nunca se termina de abarcar el perfil entero de la ciudad, pues tiene ella docenas, no, centenares de perfiles. Desde cada ángulo, desde cada lado, desde cada perspectiva se presenta de otro modo, es distinta de adentro que de afuera, desde arriba que desde abajo, desde la montaña, el mar, la calle, el avión, la barca, distinta desde cada casa, y aun desde cada piso y cada habitación de esa misma casa.

Cuando se sale de Río, se tiene la impresión de que en las demás ciudades los colores carecen de luminosidad, la gente en la calle se le antoja monótona, la vida demasiado ordenada, demasiado uniforme. Todo parece luego desencantado, sombreado, en comparación con esa embriaguez de colores y formas, después de la divina variedad de esa ciudad.

Se puede vivir en Río como se quiera. La idea de ser rico es más seductora allí, como lo es la de vivir en uno de esos palacetes de ensueño, rodeados de parques en los oteros de Tijuca, y, sin embargo, es allí al mismo tiempo más fácil ser pobre que en cualquier otra metrópolis. El mar está abierto a los bañistas, la belleza al alcance de toda mirada, las pequeñas necesidades de la vida son baratas, la gente es amable, y es inconmensurable la multitud de las pequeñas sorpresas diarias que dan la felicidad, sin que se conozca la causa. Algo tierno y de distensión flota en la atmósfera, algo que tiene por consecuencia que el individuo sea menos combativo y acaso también menos enérgico. Mirando y gozando, siempre el hombre es allí el beneficiado, e inconscientemente recíbese de ese paisaje, como de todo lo bello y sin par en la tierra, un misterioso consuelo. De noche, con sus millones de estrellas y luces, de día, con sus colores claros y penetrantes, cálidos y agudos, en el crepúsculo con sus tenues nieblas y juegos de nubes, en su bochorno fragante y bajo sus aguaceros tropicales, esa ciudad es siempre encantadora. Cuanto más tiempo se la conoce, tanto más se la quiere, y, sin embargo, cuanto más tiempo se la conoce, tanto menos puede describírsela.

 

EL RÍO DE JANEIRO ANTIGUO

Para comprender cabalmente una ciudad, una obra de arte, una persona, preciso es conocer su pasado, la historia de su vida, su desarrollo. Por eso, mi primer camino en cada nueva ciudad que visito me lleva hasta los fundamentos sobre los que se levanta, para comprender el hoy a través del ayer. Era lo más natural, pues, que en Río visitase en primer lugar el Morro do Castelo, la colina histórica donde cuatro siglos atrás se atrincheraron los franceses y donde los portugueses, en su victorioso avance, colocaron luego la verdadera piedra fundamental de la ciudad. Pero la búsqueda fue infructuosa.

La histórica colina ha sido arrasada. No subsiste de ella ni una sola piedra, ni un solo terrón. El terreno ha tiempo ya ha sido nivelado, y anchas calles cruzan el suelo aplanado. ¡Extraño fenómeno! El viejo Río de Janeiro ha desaparecido y el nuevo se levanta sobre un suelo completamente distinto del de la ciudad de los siglos dieciséis y diecisiete.

Donde hoy pasan las calles asfaltadas, no había originariamente más que pantanos cruzados por arroyos, insanos e inhabitables, y los primeros moradores se habían refugiado en las colinas. Sólo poco a poco pudo arrebatarse el terreno a los pantanos y al mar, desecando el suelo entre las montañas, cubriendo los arroyos y canalizándolos, adelantando al mismo tiempo la ciudad cada vez más en dirección a la bahía, rellenando las orillas. Luego cayeron los oteros que entorpecían el tránsito. De esta manera, la ciudad íntegra, en verdad, se dio vuelta en el curso de trescientos años, y todo o casi todo lo histórico ha caído víctima de esa transformación impaciente.

No significa ello una gran pérdida, pues en los siglos dieciséis y diecisiete y hasta muy adelantado el siglo dieciocho, Bahía fue la capital del Brasil, y Río era demasiado pobre, demasiado insignificante como para que allí se levantasen construcciones artísticas y palacios lujosos. Aun cuando a principios del siglo diecinueve la corte portuguesa estableció en Río su residencia, los huéspedes involuntarios no encontraron alojamiento digno. De esta suerte, todo lo histórico data pues, cuando mucho, de los tiempos coloniales, y una casa de ciento cincuenta años de edad ya goza en esa ciudad (al contrario de lo que ocurre en Bahía) de veneración. De ese tiempo colonial, su estilo y sus formas de vida obtiénese más fácilmente una idea en las pocas calles próximas a la Alfandenga, cuya genuinidad no ha sufrido alteración todavía. Son típicamente portuguesas, y su modestia causa una impresión realmente grata. Sus casas, de uno o dos pisos, otrora seguramente pintadas con varios colores, no tienen más adorno que el encaje de hierro bellamente forjado de sus balcones; venidas a menos, después de su distinción de otro tiempo, sirven ahora casi exclusivamente de asiento para pequeñas tiendas. En el piso bajo están los comercios, los armazens con sus depósitos, y puede verse desde afuera la mercadería apilada, y generalmente aun se la huele a alguna distancia; pues esas callejuelas en las inmediaciones del puerto, las últimas que quedan aún de los tiempos de la colonia sin haber sufrido transformación, despiden un olor cálido y grasiento de pescado, frutas y verduras. No hace falta recurrir a las excelentes descripciones que da Luis Edmundo en su libro sobre el Río del tiempo de los virreyes para barruntar cuán terriblemente apestados y sofocantes deben haber sido esos pasajes estrechos en una época en que los hombres compartían con el ganado el uso de aquellas vías y no se observaban todavía ni aun las más primitivas leyes de la higiene. Los pocos edificios públicos del tiempo colonial, los caserones y cuarteles, fueron levantados a toda prisa, con poco dinero, sin plano ni ambición, y representan, en el mejor de los casos, copias baratas de sus similares portugueses. Todo lamento sentimental por la desaparición del «Río antiguo» es, pues, en verdad, cosa únicamente de unos pocos ancianos, que con ello deploran, inconscientemente, su propia juventud marchita.

En puridad de verdad, Río no ha perdido gran cosa con lo que removió. De todo cuanto dejó la época colonial, sólo unas pocas iglesias, sobre todo la magníficamente situada de Nuestra Señora de la Gloria del Otero y la de San Francisco, así como el acueducto con sus líneas de nobles curvas, merecen ser conservados, aparte acaso de alguna que otra de esas callejuelas estrechas, dignas de perdurar como símbolo de aquellos tiempos. Porque, como monumento de su pasado, queda, el testimonio imperecedero de la iglesia y el convento de San Benito.

Esa iglesia de San Benito se sustrajo a la mutación de los siglos atrincherándose solitaria y valientemente desde el primer día en un otero; de tal suerte ese edificio, cuya construcción se inició en el año de 1589, se conservó como único monumento imponente del siglo dieciséis, y no se olvide: una obra de arte del siglo dieciséis, representa para el Nuevo Mundo, en cuanto a edad, tanto como para nosotros el Partenón y las Pirámides. Solitaria en su colina, sin que los edificios altos a su pie atajen su vista, mirando libremente hacia todos los lados, significa un trozo magnífico de belleza y quietud en medio de esa ciudad de empuje inquieto y de colores y ruidos estridentes. En este solo punto el tiempo se ha detenido en Río; sólo aquí su impaciente voluntad de renovación no ha conseguido modificar cosa alguna. La calle vieja y escabrosa que conduce a la colina es la misma aún que tres siglos atrás subían los peregrinos, y desde la misma terraza que antes ofrecía el espectáculo de ver atracar los galeones y veleros portugueses, se ve ahora arribar los paquebotes que siguen, lenta y majestuosamente su ruta.

Desde afuera, San Benito y su monasterio adyacente no brindan un aspecto particularmente imponente ni extraordinario.

Es una sólida y ancha fábrica con pesadas torres redondas; el monasterio se parece, por su forma cuadrada, más bien a una fortaleza, y en tiempo de guerra, efectivamente, ha servido a tal fin. Sin hacerse grandes ilusiones, traspásanse las pesadas puertas artísticamente labradas. Pero, apenas se penetra en el interior, el visitante queda deslumbrado. Acaba de estar ante la intensa luz meridional de Río, y ahora le rodea a uno un resplandor color de miel, una luz débil, extrañamente atenuada, como la de una puesta de sol en medio de la niebla.

No se distinguen contornos; el espacio y la forma se diluyen en esa neblina luminosa. Sólo entonces se advierte que ese resplandor proviene del oro que ilumina todas las paredes por igual. Pero no es el timbre de color alto, ruidoso, chillón, del metal dorado, sino un esplendor tenue, se estaría por decir silencioso, que cubre los pilares y los paneles como una pátina. Todas las líneas y todas las superficies se confunden de este modo, delicada y suavemente, y, unidas a la luz del día que penetra a través de unas claraboyas, producen ese brillo flotante que recorre la amplia nave como un velo vaporoso.

Poco a poco el ojo se habitúa y consigue percibir tal o cual detalle. Entonces se reconoce que lo que en nuestras iglesias está formado de piedra, metal y mármol -las balaustradas talladas, los paneles, los adornos- aquí está hecho de madera del país; pero esta madera se halla no se sabría decir si pintada o cubierta de una delgada capa de oro, de una capa tan delgada y aplicada con tanto arte que reproduce suavemente y sin llamar la atención toda curva, toda insinuación, atenuando de manera admirable lo ensortijado del barroco.

Sin ser comparable, en originalidad y magnificencia, a las grandes catedrales europeas, los artistas que hicieron San Benito consiguieron algo único: un modo feliz y original de dominar la materia, una armonía absoluta dentro de ese crepúsculo de oro, que es inolvidable. Y ese carácter gratamente medido predomina también en el convento, con sus amplios pasillos pavimentados, sus pesadas puertas negras de madera, la biblioteca bellamente proporcionada, el claustro aislado. Se atraviesa esas galerías frescas, protegidas por gruesos muros contra el ruido y las voces, como una época lejana. Uno olvida que está en un mundo meridional, más allá del ecuador y bajo otras constelaciones. Se podría creer que se halla soñoliento en algún convento de benedictinos en Suiza o Alemania, en uno de esos antiquísimos refugios de los bibliófilos.

De repente, junto a una ventana, la vista recuerda del modo más espléndido el lugar en que uno se encuentra: con sus rascacielos y palacios, con sus calles repletas, tiéndese la gran superficie de un mar de casas de una metrópolis moderna bajo la verde vigilancia de sus montañas. En la profundidad, yace la bahía con sus buques e islas y centellea el mar tropical.

No hay lugar en Río, por apartado y solitario que sea, desde el que no se distinga esa duplicidad incomparable de ciudad y paisaje, de lo transitorio y lo eterno.

Este monasterio, y otro más, en la colina de San Francisco, es lo que Río de Janciro ha salvado de su pasado. Es su diploma de nobleza, que confirma la antigüedad y distinción de su cultura. Aunque todo lo mezquino y pobre de su tiempo colonial siga desmoronándose y desapareciendo, aunque la ciudad en su inquietud se modifique de año en año, ese esplendor áureo brillará a través de los tiempos.

 

PASEO POR LA CIUDAD

Todo camino arranca en Río de la avenida Río Branco.

Es -o, mejor dicho, era- el orgullo de la ciudad. Hace unos cuarenta años, apoderóse de Río la ambición de emular a las grandes ciudades europeas y de disponer de un gran bulevar, una calle principal representativa en el corazón de la urbe. Y puesto que, como todas las ciudades meridionales, soñaba con trocarse en un nuevo París, sintióse tentado a imitar el ejemplo del bulevar Haussmann, que el gran prefecto de París había trazado con osada línea ancha, geométricamente derecha, a través del anterior caos de viejas calles revesadas.

Pero el proyecto de esa avenida, de lujo ya se creía atrevido, tomando la medida de los bulevares europeos y adoptando un ancho de treinta y tres metros. Los brasileños de la vieja generación, los cariocas de arraigo, acostumbrados a los estrechos y sombreados pasajes coloniales, meneaban, sin embargo, la y explicaban que esa anchura desmedida era en extremo atrevida. Pero el proyecto se impuso. Construyóse en uno de los extremos de la avenida un magnífico teatro, muy al estilo de la ópera de París, la Biblioteca Nacional, el museo, el hotel de lujo de entonces, para señalar la nueva calle desde un principio como centro espiritual y cultural, e incluso se osó levantar edificios de seis pisos, que miraban orgullosos sobre los tejados bajos de los palacios y palacetes más antiguos.

Adornáronse has aceras con mosaicos blancos y negros asfaltóse la calzada, y las casas de comercio y los clubes se apresuraron a adaptar sus anchos y bellos frentes al estilo de la arquitectura moderna a la sazón.

Resultó, en verdad, una calle hermosa, y los brasileños podían decirse orgullosos que era digna de figurar al lado de los famosos bulevares europeos.

Pero en América, ese continente que progresa con una vehemencia muy propia, siempre resulta error y modestia fatal el pensar y calcular en medidas europeas. El tiempo y el espacio tienen allende el océano una distinta medida dinámica.

Allí todas las cosas evolucionan más de prisa, pero, en verdad, también envejecen con mayor rapidez. Por eso, debido al crecimiento tropical de Río y al tránsito que se desarrolla de un modo fantástico, ya hoy la avenida Río Branco es demasiado estrecha, continuamente atascada por la procesión de los autos, que sólo pueden avanzar al paso, aparte de que retumba de ruido, está repleta de gente y siempre queda disminuida en su anchura por los vallados avanzados de constantes reconstrucciones. Porque ya los edificios magníficos de 1910 no parecen bastante grandiosos y atrevidos; el hotel de lujo de antes está condenado a desaparecer, y existe el propósito de levantar en su mismo solar un edificio de treinta y dos pisos. Las casas de seis pisos, o levantan otros más o son transformadas por completo; lo que treinta años atrás todavía parecía imponente y aun monstruoso, impresiona hoy como cosa pequeña, anticuada y pasada de moda, en cuanto al estilo. El teatro Municipal, completamente arrinconado en la sombra, no puede desplegar más sus proporciones, el Museo de Bellas Artes y la Biblioteca Nacional han perdido su superioridad, y tal como acontece con los bulevares del centro de París, con la Friedrichstrasse de Berlín y el Regent Street de Londres, los comercios de lujo empiezan a retirarse de esa agitación desenfrenada hacia calles adyacentes, más sosegadas. La avenida de lujo no es hoy mucho más que la vía obligada de tránsito y paso, sin rasgo propio y sin personalidad artística; precisamente el carácter que se había pensado darle, el de la distinción, se ha perdido, porque hoy únicamente procura servir a la época, y, sin embargo, ya no está a la altura de ella.

Para poder desplegar enteramente todo su ritmo, la ciudad tenía necesidad de avenidas nuevas y más anchas, y las crea, en su constante sofocación, con resuelta energía. A diestro y siniestro -los proyectos son verdaderamente grandiosos en su osadía-, Río va abriendo siempre de dentro a fuera, libertándose, nuevas avenidas, arrasando manzanas enteras de edificios tal como una locomotora en plena marcha empuja y levanta una hoja de papel. Se quitan de en medio colinas enteras, se entregan manzanas íntegras al pico demoledor, atraviésanse rocas perforando túneles, ábrense anchas vías de comunicación que suben serpentinas asfaltadas hacia las colinas. Una administración previsora reconoció en buena hora que para nada sirve hacer economía de espacio, elevando los edificios más altos, si al mismo tiempo la ciudad se vierte, como una cacerola cuyo contenido se derrama, invadiendo cada vez mayores franjas de la zona rural.

Las antiguas calles principales, la rúa da Carioca, do Catete y Laranjeiras y las que comunican con Tijuca y Meyer, traban el tránsito más de lo que le sirven, y para llegar de los nuevos barrios residenciales al centro de la ciudad se necesita, en automóvil, media hora y aun más. Había, pues, que ganar espacio a todo trance, y la parte que en ese sentido resultó más complaciente, más accesible, fue el mar. Quitar, mediante rellenos, a una bahía que se prolonga por millas y millas, una franja de doscientos y aun quinientos metros, significaba no quitarle gran cosa al mar inconmensurable, pero ganar muchísimo para la ciudad. De este modo surgieron los grandes bulevares costaneros que hoy forman el marco del cuadro y que, abriendo la vista al mar y al paisaje circundante, adornados con árboles y jardines, recompensan con sus formas de constante variedad al Río moderno, con una belleza nueva, la pérdida de su romanticismo antiguo. Impresionan como el margen blanco de un libro alrededor del texto impreso. Cada página de ese libro, que se diría abierto por Dios, manifiesta otra hermosura y uno no se cansa de hojearlas una y otra vez.

Gracias a la bizarra formación con que el mar penetra con cinco o seis ensenadas en la ciudad, el aspecto se presenta en cada curva más variado. Es verdad que Río sólo se puede comparar con un abanico pintado, cada una de cuyas partes contiene un dibujo peculiar, en tanto que sólo el abanico totalmente desplegado presenta el panorama completo.

El que recorre esas avenidas costaneras en automóvil -o a pie, si está dispuesto a marchar horas enteras-, pasa, en realidad, por seis o siete u ocho ciudades completamente distintas.

A la izquierda de la avenida Río Branco parten todas las calles que dan al puerto y con ello a la parte comercial de la ciudad. Aquí atracan los grandes transatlánticos, de aquí parten los ferryboats que comunican con las islas, aquí el mercado, abigarradamente luminoso, se llena de flores y frutas, aquí espera el aeropuerto con sus golondrinas plateadas, aquí se agrupan los diques, los arsenales y los cuarteles de la marina; formando un grupo nuevo y orgulloso, levántase aquí el bloque poderoso de los ministerios reunidos, edificios de doce, catorce y aun dieciséis pisos y de estilo modernísimo.

De acuerdo con un plano atrevido, puede, decirse que allí casi toda la administración de un país enorme se halla condensada como en un solo bloque erguido. Pero aun cuando el puerto, el centro comercial y administrativo, tiene unos matices de más colorido que en otras ciudades, la fisonomía de lo moderno no deja por ello de impresionar allí como cosa internacional. Aun no se ha advertido la belleza urbana peculiar, personal, de Río de Janeiro, que no radica ni en lo útil ni en lo histórico, sino en el arte incomparable con que la ciudad trata de resolver armoniosamente todos los contrastes.

La preciosa cadena de los bulevares costaneros, resplandeciente de noche con mil perlas de luz, en realidad sólo comienza en el extremo de la avenida Río Branco la plaza París, de la que parte, es algo como un broche artístico. El nombre de la plaza París no ha sido elegido al. azar. Los urbanistas franceses, que trazaron su plano, pensaban, sin duda, en la plaza de la Concordia, tal como de noche resplandece con sus lámparas de arco. Pero esta plaza París tiene, además, la vista sobre la bahía con las islas y montañas al frente, de modo que el lujo urbano se mezcla en un cuadro inolvidable con la prodigalidad de la naturaleza. Entre el azul del mar y las blancas hileras de casas corre una ancha franja verde, y el cielo descansa abierto sobre las copas de los árboles de ese parque por el que pasan disparando automóviles y autobuses verdes, azules, rojos y amarillos, como fieras embravecidas, sin que su velocidad ni su estrépito confundan los sentidos, según acontece en otras calles. Allí la mirada puede descansar y admirar lo que le place. La animada línea de los palacios y hoteles, la bahía abierta con su borde blanco de Niteroi, los barcos y ferry-boats, o en la colina, por encima de las casas, la antigua, noble y blanca, Iglesia de Nuestra Señora de la Gloria, destacando sobre las pendientes más abruptas de la montaña, que, ella cual un telón de fondo, se yergue a mayor distancia.

Ya esa primera mirada cree haber abarcado toda la visión panorámica, y, sin embargo, ¡cuán. poco ha alcanzado todavía, cuánto le espera aún! Después de la plaza París, la calle se estrecha y se acerca más al mar, desembocando en la playa Flamengo. Allí estaban antes las viejas residencias que miraban, en medio de jardines, modestamente, desde un primer o segundo piso sobre la playa. Pero tal lugar, con esa vista libre y la brisa refrescante, era demasiado costoso. Ahora los edificios se yerguen en un frente de cemento hasta once y doce pisos, y las gigantescas palmeras que antaño protegían los techos de las casas antiguas, apenas llegan hasta el pecho de las construcciones nuevas. La vista sobre la bahía se reduce poco a poco, pues enfrente se levanta petulante -adornado de noche con una corona de luces- el Pan de Azúcar, una mole impresionante, que guarda la entrada a la bahía y ante la cual toda embarcación debe pasar humildemente para poder penetrar en el puerto. Y otra curva más y se entra en otra bahía, la de Botafogo. Ya la vista no se tiende amplia y libre; se cree estar junto a un lago rodeado de montañas, entre montañas y oteros diferentes- de los que se acaban de dejar detrás de sí, pues forma parte del misterio del paisaje de Río el que las montañas, debido a su configuración irregular, ofrecen desde cada ángulo una silueta distinta. Lo que visto desde Botafogo impresiona como algo abrupto, es suave si se mira desde Flamengo; una superficie de un otero está cubierta de bosque, y la otra es roca viva, en tanto que en la tercera se levantan casas hasta en la cima. Del mismo modo, la bahía modifica sus curvas en cada recodo, debido al incesante zigzag de su trazado. En esa ciudad de la variedad, el mismo mar, y una misma montaña impresionan siempre de modo nuevo y sorprendente, en virtud de la variedad indescriptible de las perspectivas.

En vez de hallar alguna cosa nueva, se descubre todo una y otra vez de nuevo.

Dos cuadras más y se está inesperadamente en otra ensenada, la Praia Vermelha, que está tan escondida en una garganta estrecha entre dos cerros, tan a trasmano de los barrios residenciales, que necesítanse semanas enteras para hallarla.

Y, de repente, todo cambia otra vez de aspecto. Desaparecida la ciudad, perdida la vista de la bahía. No hay allí casas de lujo, ni tránsito, fiebre, sino únicamente olas y rocas, playa y silencio. Involuntariamente, sobreviene la sensación de que se ha llegado al fin de la ruta, al extremo de la ciudad.

Pero, en verdad, sólo se ha llegado a un nuevo comienzo, a uno de los tantos principios con que esa ciudad se presenta, siempre sorprendente. Basta recorrer dos calles y atravesar un túnel horadado en la roca y de repente se está en la playa de Copacabana, que es, más que Niza y más que Miami, tal vez la playa más hermosa del mundo. Por increíble que ello parezca, lo cierto es que, después de esos cinco minutos de paseo de Río a Río, se está frente a un mar completamente distinto, en otra atmósfera, en otra temperatura, como si se hubiera hecho un viaje de varias horas. Y, en efecto, lo que se ha visto en la avenida Beiramar es otro mar, ya que no es sino el agua de una bahía completamente cerrada. Es el mar, sí, pero un mar dominado, encadenado, debilitado, que ya no tiene fuerzas para levantar olas furiosas y que, pese a su gran amplitud y extensión, ya no consigue producir un verdadero flujo y reflujo. En Copacabana, en cambio, la frente batida por el viento está repentinamente ante el Atlántico, y se sabe y se siente que a una distancia de miles de millas, hasta África y Europa, no se tiende más que ese mar inmenso. Poderosas, levantando espuma verde, las ondas -tiro de Poseidón- arremeten con las crines blancas de sus corceles marinos contra la inmensamente ancha playa resplandeciente. El trueno retumba en los oídos, y es tan fuerte el embate, tan potente el aliento del gigante atlántico, que el aire y agua pulverizados desprenden yodo y sal. Tan rica es en ozono, que muchas personas habituadas a la atmósfera, por lo demás suave y un poco pesada, no soportan la permanencia en esa playa eternamente estrepitosa, en esa llovizna incesante. ¡Pero cómo refresca, por eso mismo! Al cabo de cinco minutos de viaje se está en un ambiente con cuatro o cinco grados menos de temperatura, y éste es también uno de los cien misterios de esa ciudad, que sólo conoce quien ha vivido largo tiempo en ella, y es que las temperaturas cambian allí sensiblemente de esquina a esquina. En un mismo barrio, la calle del fondo puede ser más calurosa que la del frente, la de la izquierda, más azotada por los vientos, y la de la derecha en calma, y todo ello sólo porque se tienden en un ángulo determinado con respecto al aire del mar o porque, por otra parte, un cerro cierra el paso a esa brisa. Así, por ejemplo, el primer tramo de Copacabana, llamado Leme, no es tan popular ni tan elegante y de tanto valor, a pesar de que se halla a sólo un kilómetro de distancia del resto de la avenida Atlántica y, en apariencia, tiene el mismo frente al mar. La avenida Atlántica, el frente de Copacabana, es una playa de lujo. Allí se levanta un hotel famoso, allí están los obligados cafés con orquesta cíngara, un casino y un paseo ancho; tiene además sus hábitos propios y, por lo tanto, no muy brasileños. Sólo aquí se ven, como en los lugares de veraneo europeos y norteamericanos, muchachas vestidas con pantalón y hombres con camisa de deporte, sin americana. La gente se sienta allí en los cafés y restaurantes al aire libre. No hay allí comercios ni camiones, pues esa playa sólo quiere estar reservada al lujo, la diversión, el deporte, los paseos, los colores, al placer del cuerpo y en particular al de los ojos. Es, en último análisis, la cabina de lujo para el baño gigantesco en esa playa enorme, que en muchos días reúne cien mil personas, sin por ello aparecer atestada. A veces se tiene la impresión de que esa playa no forma parte, en verdad, de la ciudad y que, de manera parecida a lo que aconteció en Niza, pero en dimensiones mucho más grandiosas, fue anexada a una ciudad trabajadora, activa, de un millón de habitantes, a beneficio de los extranjeros y de las personas de vida fastuosa, y que sólo poco a poco penetró y se refundió con la vida, con el organismo de la urbe. Veinte años atrás, efectivamente, sólo unas pocas casitas modestas osaban levantarse sobre las dunas. Pero desde que se descubrió el amor al aire, al sol, al agua y las nuevas velocidades del automóvil, levantáronse en Copacabana, con asombrosa rapidez, barrios enteros. Hoy se va a Copacabana con la misma naturalidad con que en Viena se va al Prater o en París al Bois, que otrora significaban una excursión y poco menos que todo un viaje. Si Copacabana no es el corazón, es, por así decirlo, el pulmón a través del que Río respira. Pero con toda su belleza, una cosa es simbólica: sentado o de pie junto a esa playa, se da prácticamente la espalda al Brasil.

Porque esa avenida mira -verdad que por sobre todo un océano- a Europa. Es tan neoeuropea como treinta años fue europea la avenida Río Branco, y es típico que gustan más vivir en la avenida Atlántica los extranjeros y viajeros que los verdaderos cariocas, quienes ahí tienen más la sensación de estar de visita que en su propia casa.

Y una curva más -aquí debe detenerse el peatón, es demasiado ya para una sola jornada-, y se cree uno transportado en alas mágicas, repentinamente, a Suiza. Allá, a pocos metros de la playa, tiéndese un lago, el lago de Freitas, enmarcado completamente por cerros. Con rapidez verdaderamente siniestra, una novísima ciudad de chalets se recostó sobre sus márgenes llanas, pero en lo alto los cerros la vigilan y, de noche, sus contornos oscuros se reflejan mágicamente en el espejo negro de sus aguas. Pero no nos detengamos. Baste una mirada sobre ese lago alpino en medio de una metrópoli, al que desde lo alto contemplan despreocupadamente románticas chozas de negros. Otra extensa playa más, la de Ipanema, y otra más, la de Leblón, donde tanto las casas como las palmeras del bulevar son flamantes aún. Sólo después, la avenida se aproxima al mar abierto, y toma el nombre de Niemeyer.

Abierta en la roca viva, como la Corniche de la Riviera, muy junto a la playa, cada vez más abrupta y rocosa, mira sobre el mar, que allí se muestra más peligroso y agitado. Pero a la derecha, los cerros tranquilizan al transeúnte y le ofrecen protección. Descienden cubiertos de verde matorral, palmeras y bananos. Es un viaje lleno de variaciones, hasta que cerca de Joa se llega a un otero que brinda descanso y una amplia vista. Abierta la bahía con sus islas y rocas, desarrollado el panorama de las montañas lejanas, desaparecida la ciudad detrás de esa abigarrada decoración, se ha llegado al campo abierto, al término del viaje. Pero, ¿hasta cuándo será ello verdad? ¿Un año más? ¿Un decenio más? Ya en la ensenada próxima, en la playa de Tijuca, divídense los terrenos en lotes; donde la arena penetra blanda y blanca en los zapatos del viandante, pronto un nuevo paredón de casas se opondrá al mar. ¿Quién puede decir dónde Río terminará?, ¿dónde se detiene en verdad? Y otra vez una curva, y otra vez un mundo nuevo, El auto asciende en curvas empinadas la montaña; se pasa un cuarto de hora en la selva virgen; raras veces. una casa, cuando mucho unas pocas chozas, medio cubiertas por palmeras, moradas de negros. Ya se empieza a olvidar que no se ha emprendido más que un paseo de una hora dentro de los limites de la ciudad, y se tiene la sensación de haberse alejado en ese término millas y más millas. Pero, de pronto, en una vuelta del camino, se mira hacia abajo, y he aquí de nuevo la ciudad. Se tiende de modo muy distinto, porque se la ve desde otro lado, se la reconoce y, sin embargo, no se la reconoce. Y sea cual fuere el camino que se siga, ascendiendo más aún hasta la Vista Chinesca, la Mesa del Emperador o volviendo hacia Tijuca, ese viejo barrio, de residencias aristocráticas, en todas partes las perspectivas se desplazan. Un aparato fotográfico necesitaría diez docenas de películas para registrar siquiera los aspectos más sorprendentes. Y luego se entra de nuevo en la ciudad, no se sabe desde qué dirección y en qué dirección -uno no se orienta ni aun después de meses de permanencia-, y se encuentran nuevos bulevares, como el de Mangue, guarnecido de palmeras, se pasa a lo largo del Jardín Botánico o se cruza la plaza de la República, que más que plaza es un parque. En una o dos horas se ha dado la vuelta, no sólo a una ciudad, sino a un mundo, y ligeramente mareado, vuélvese al medio del tumulto multicolor de los hombres y de los negocios. Una de esas calles meridionales recuerda la Cannebière, de Marsella, otra, que asciende por una colina, evoca Nápoles, los mil cafés, con los hombres que charlan despreocupadamente, recuerdan Barcelona o Roma, los cines, con su propaganda y los rascacielos, Nueva York. Se cree estar a un mismo tiempo en todas partes, y, sin embargo, por esa armonía singular sábese que se está en Río.

 

LAS CALLEJUELAS

Los grandes bulevares son lo nuevo, lo grandioso de Río; pocos hay en el mundo que puedan comparárseles en magnificencia de trazado y belleza de paisaje. Pero son rutas de tránsito, calles de exhibición, calles modernas, internacionales, y yo prefiero a su magnificencia deslumbrante las callejuelas anónimas en las que nadie se fija, por las que se puede transitar sin saber adónde se va, que encantan incesantemente con pequeñas gracias naturales, meridionales, y que impresionan tanto más románticamente cuanto más pobres, más primitivas y más humildes son. Aun las más pobres -y precisamente éstas- están llenas de color, de vida y de aspectos variados. Uno no se cansa de contemplarlas. No hay en ellas nada especialmente dispuesto para atraer la atención del forastero, nada digno de fotografiarse, y su encanto no reside en la arquitectura ni en la estructura, sino, bien al contrario, en la confusión animada, en lo accidental, que hace a cada calleja atractiva, y a cada una de ellas en un sentido distinto.

Los paseos, que constituyen un viejo placer mío, se han convertido en Río, para mí, en verdadero vicio; ¡cuántas veces he salido para dar un paseo de un cuarto de hora y, seducido de una callejuela tras otra, he regresado a las cuatro horas, sin recordar el recorrido o siquiera un solo nombre en esa ciudad de los descubrimientos y encantos eternos! Y, sin embargo, nunca tuve la sensación de haber perdido o desperdiciado el tiempo.

Vagar por las estrechas callejuelas de Río equivale a retroceder en el tiempo. Hállase uno en un mundo de la colonia, donde todo estaba a mano, próximo, abierto todavía, donde aun no se precipitaban los automóviles ni relampagueaban las señales luminosas para dirigir el tránsito, donde aun se marchaba a paso lento, sin buscar mucho más que la sombra que hace más grata la caminata. Aun las calles más distinguidas eran estrechas en aquellos tiempos; puede comprobarse aun hoy en la rúa Ouvidor, la antigua calle de los comercios distinguidos. Está prohibido el tránsito de vehículos en ella -como, a ciertas horas, en la calle Florida, de Buenos Aires-, ni podrían ellos tampoco avanzar, pues durante el día se abre paso allí una multitud abigarrada; todo buen carioca la cruza diariamente unas cuantas veces; es el gran paseo, el punto de reunión. Hombro a hombro, tan denso y animado, que apenas puede distinguirse una pulgada del piso, camina, charla, va y viene un gentío constantemente renovado, y la ausencia del ruido de los automóviles, infernal en otros puntos, convierte a ese corso en un placer inagotable. Pero sigo luego a derecha o izquierda por calles y callejuelas, no vale la pena inquirir sus nombres, ya que es imposible retenerlos. Largas y estrechas, se cruzan y entrecruzan constantemente, y acá o allá pasa otra más ancha, con ruidosos tranvías -cada coche sobrecargado- o automóviles estridentes; ninguna se caracteriza por una arquitectura sobresaliente, las casas no tienen, por lo común, más de un piso, sin adornos, y en su planta baja hay una tienda abierta. Pero precisamente el hecho de que ni puertas ni vidrios impiden que se vea desde la calle el interior de las tiendas, convierte a cada uno de sus comercios en un cuadro de género. Allí hay, sentado en un rincón, un zapatero con sus tres oficiales clavando unas suelas; aquí, una verdulería con una corona de bananas que circunda como una naturaleza muerta toda la puerta; cuelgan cebollas en largas ristras, melones muestran los colores de sus carnes, amontónanse tomates en montículos rojos. Al lado, una farmacia, una droguería; brillan cien botellas; más allá, una vinería; luego, un barbero que enjabona al cliente; un cestero remendando el asiento de una silla. Allí trabaja el carpintero; aquí opera un carnicero; en el patio, las mujeres lavan y retuercen la ropa; una tienda, cubierta de mil números, invita a probar suerte en la lotería; el notario redacta sus escritos en el despacho abierto, casi en plena calle. Aquí se puede ver cómo se está haciendo todo, y donde se ve un pueblo dedicado a sus tareas, vése su vida verdadera, Se ve cómo la gente vive, se ve la sencilla cama de hierro detrás del taller, separada sólo por una cortina, se ve a la gente comer, se ve cómo emplea todas sus horas. Nada permanece oculto, disimulado, nada está mecanizado ni estandarizado ¡Y cuánto hay que ver allí, cuanto, pues en el Brasil aun prosigue inconmovible el viejo trabajo manual, que en Europa y Norteamérica se extingue paulatinamente! Durante un paseo pueden aprenderse todos los oficios, con sólo mirar -todo es allí tan magníficamente falto de misterio y al mismo tiempo tan maravillosamente abigarrado- aquí, el negro; allá, el blanco, y más. allá el mestizo, y todos vestidos con trajes claros, y las mujeres con vestidos de todos los colores, y todo ello brillando con diez veces más intensidad bajo el esplendor radiante de un sol intenso.

Y luego, los cafés, ¿Cuántos cafés? ¿Quién los puede contar? En cada esquina hay uno, y hay en ellos un incesante vaivén hasta muy avanzada la noche. Entonces brillan y centellean, en contraste con la oscuridad profunda de las casas, esos locales sombreados como cavernas iluminadas, animados hasta altas horas de la noche, pues en esa ciudad, de vitalidad extrema, la vida prosigue sin tregua, y a las cinco de la mañana ya pueden verse los primeros bañistas en la playa. ¡Cuánta vida hay en esas mil callejuelas y cuánta vida por venir, en formación! En todas partes niños, niños de distintos colores y mezclas, y ese tumulto de colores y movimiento -eso es lo típicamente brasileño- aparece a la vez amortiguado por una quieta amabilidad, una coexistencia afable. Dondequiera que se pasee, hasta en los barrios más pobres y abandonados, se encuentra siempre la misma cortesía. Aun allá donde las casas ceden lugar a chozas y las callejas se pierden entre rocas y vegetación, sigue teniéndose la sensación de que los hombres, gracias a una sobriedad innata, se conforman incluso con ese mínimo de bienestar.

Y de rato en rato, nuevos descubrimientos. Aquí, de repente, una plaza del tiempo colonial con palacios distinguidos y grandes parques cerrados; allá, un mercado, cuya abundancia evoca cuadros holandeses, en tanto que lo vivo de sus colores hace pensar en van Gogh y Cézanne; más allá, inesperadamente, un trozo del puerto con soñolientas barcas pesqueras y un olor penetrante de algas; Luego, un parque que no se conocía o, a la sombra de un edificio alto, unas cuantas casuchas en ruinas, o, de pronto, una iglesia vieja.

Hay callejuelas que terminan repentinamente, obligando a trepar por unas rocas. Quiere uno asistir a una fiesta suburbana, y de repente se halla -dos cuadras antes de llegar a su destino- en medio de un barrio de lujo. Piensa uno dirigirse a la estación del ferrocarril y se halla de pronto en medio del parque imperial. Nada hace juego, y no obstante, armoniza todo; pásase de sorpresa en sorpresa, pero nunca se acaba uno de cansar. Vagar, ambular y descubrir cosas nuevas, ese placer que, entre todas las ciudades de Europa, París fue la última en brindarme, en Río volví a encontrarlo en la forma más seductora.

 

EL ARTE DE LOS CONTRASTES

Para causar sensación, una ciudad debe entrañar fuertes tensiones opuestas. Una ciudad nada más que moderna resulta monótona, y una ciudad atrasada nos será molesta al cabo de algún tiempo. Una ciudad proletaria nos deprime, y una localidad de lujo no tarda en contagiarnos el tedio y el aburrimiento. Mientras más capas posee una ciudad, y más matices presenta la escala de sus contrastes, mas atrae al extraño, y esto es lo que ocurre en Río de Janeiro. Allí media una distancia enorme entre los extremos y, no obstante, llegan a :formar una armonía peculiar. La riqueza no es allí provocativa; las casas aristocráticas, instaladas con un gusto admirable, no ostentan fachadas llamativas. Están diseminadas entre los árboles, con jardines amenos y lagos, tienen un mobiliario seleccionado, en la mayoría de los casos de estilo brasileño antiguo, y puesto que no asombran con suntuosidad urbana sino que están en íntimo contacto con la naturaleza, impresionan como algo que ha crecido orgánicamente, y no como cosa que se exhibe con orgullo. A decir verdad, hay que buscar esas casas; pero si se tiene la satisfacción de ser recibido en una de ellas, los ojos no se cansan de admirarlo todo, pues, desde cada una de las habitaciones, la mirada puede recrearse en el paisaje a través de las puertas abiertas.

En los jardines, estanques artificiales reflejan glorietas chinas; terrazas abiertas, con ladrillos frescos y viejos azulejos portugueses, ofrecen a la vez oportunidad para percibir el aliento suave de las flores y los árboles y protegen contra el embate violento de la luz. Nada aquí está sobrecargado ni es provocativo, porque la riqueza está generalmente en manos de las familias antiguas, educadas en la civilización y tradición; coleccionan, sobre todo, las antiguas obras de arte colonial, cuadros y libros de su propio país. Por eso no se produce aquí la impresión, tan a menudo hasta desagradable, de lo recolectado y amontonado sin selección. Precisamente en esas residencias feudales acaba de comprenderse el origen primitivo de la cultura brasileña. Pero, a sólo dos pasos de la salida cubierta de grava seleccionada, se encuentra acaso un barrio de negros o de pobres, rodeados por la misma vegetación, bañado por el mismo sol, y sin que se molesten mutuamente; en cierto sentido, la fuerza de trabazón de la naturaleza, si no suprime el contraste, por lo menos lo suaviza, y esa permanente y delicada gradación de las diferencia se me antoja lo más característico de Río de Janeiro. El rascacielos y la choza, las avenidas deslumbrantes y las callejuelas angostas, de casas bajas, la playa llana y las montañas que yerguen altivas sus cabezas, todo eso más parece completarse que hostilizarse.

De ese modo, la vida da allí cabida más fácilmente a todas las formas sociales: se puede tomar un sorbete en una confitería con aire acondicionado, a precios que hacen pensar en Nueva York, y a la vuelta de la esquina, no pocas veces hasta en la misma casa, se sirven helados por unas pocas monedas.

Vistiendo un mismo traje de hilo claro, puede irse en un auto de lujo o entre los obreros en un coche de tranvía.

Nada se hostiga, y la misma cortesía encuéntrase entre los lustrabotas y los aristócratas, por ser aquélla el elemento que liga armoniosamente a todas las capas sociales. Lo que en otras partes se aísla hostil o desconfiadamente, se combina espontáneo en Río. ¡Cuantas razas tan sólo en las calles! El negro senegalés con la chaqueta rota y el europeo vistiendo traje de corte impecable, los indios con su mirada grave y su pelo negro lustroso; y entre unos y otros los cien mil matices de la mezcla de todos los pueblos y naciones. Pero todo esto no está, como en Nueva York y en otras ciudades, dividido en barrios; aquí, los negros; allí, los blancos; en una parte, los mestizos; en otra, los italianos, y en otra más los brasileños o los japoneses. No, todo se confunde en las calles, alegremente, y, gracias a la multitud de fisonomías distintas, la calle se transforma en un cuadro en constante mutación. ¡Qué arte de disminuir las tensiones sin, por ello, destruirlas! ¡De conservar la multiplicidad sin el menor deseo de poner orden en ella y de organizarla por la fuerza! Que se siga cultivando tal arte en esa ciudad; que no se deje arrastrar por el delirio geométrico de las avenidas, rectilíneas, de las intersecciones exactas, por ese ideal tan feo de convertirse en tableros que persiguen las modernas ciudades del ritmo acelerado, que, a favor de la línea recta y de la monotonía de las formas, oprimen lo que siempre es lo incomparable de cualquier ciudad: sus sorpresas, sus peculiaridades, sus angulosidades, y, sobre todo, sus contrastes, esos contrastes entre lo moderno y lo antiguo, entre la ciudad y la naturaleza, entre los pobres y los ricos, entre la laboriosidad y la holgazanería, cuya solución armoniosa, única en el mundo, se goza libremente en Río de Janeiro.

 

UNAS CUANTAS COSAS QUE TAL VEZ MAÑANA YA HABRÁN DESAPARECIDO

Algunas de las cosas singulares que dan a Río su carácter policromo y pintoresco, es verdad, ya están amenazadas. Sobre todo las favelas, las zonas pobres en el corazón de la ciudad, ¿las veremos todavía de aquí a unos cuantos años? Los brasileños no gustan hablar de ellas, y, desde el punto de vista social e higiénico, constituyen, desde luego, un atraso en medio de la ciudad que brilla de limpieza y que, gracias a un servicio higiénico ejemplar, exterminó en cuatro lustros y por completo la fiebre amarilla, que antes había sido endémica en ella. Pero las favelas constituyen un tono de color peculiar en medio de ese cuadro caleidoscópico, y habría que conservar siquiera una de esas estrellitas en el mosaico de la ciudad, porque representan un pedazo de naturaleza humana dentro de la civilización.

Esas favelas tienen su historia propia. Los negros, que en parte viven de emolumentos muy reducidos, no podían sufragar el gasto del alquiler de un departamento en la ciudad; por otra parte, el diario traslado desde las afueras hasta el lugar de trabajo significa un doble viaje y el gasto del pasaje.

Por eso se procuraron en las colinas y rocas, en medio de la ciudad, a las que no conducen caminos ni senderos, un lugar cualquiera donde edificaron una casucha o choza, sin averiguar quiénes eran los propietarios de esos terrenos. Para levantar semejantes mocambos no hacen falta arquitectos. Se toman unas cañas de bambú que se clavan en el suelo. Rellénanse los espacios entre las cañas con barro amasado a mano.

Se pisotea el suelo hasta dejarlo liso. Se cubre el techo con una especie de junco o paja. Y ya está lista la construcción.

No necesita ventanas; bastan unas chapas de cine, recogidas en cualquier parte del puerto. Una cortina hecha de una bolsa vieja cubre la entrada, que en todo caso se adorna con listones sacados de un cajón vacío, y he aquí la misma choza que siglos atrás los antepasados construyeron en la aldea brasileña o africana. El mobiliario no es, por supuesto, muy abundante: una mesa de construcción casera, una cama, unas pocas sillas y unos cromos de revistas viejas en las paredes. Huelga decir que esas moradas carecen de muchas comodidades modernas. El agua, por ejemplo, hay que subirla a pulso desde la fuente que está al pie de la colina y de un sendero abierto en la roca o en el barro. Ininterrumpidamente, como una cadena sin fin, ascienden mujeres y niños, llevando el precioso líquido en vasijas que balancean sobre la cabeza; mas esas vasijas no son de barro -que así costarían demasiado-, sino hechas de viejas latas de kerosene. La luz eléctrica tampoco llega hasta esas chozas, que de noche sólo hacen guiños con pequeñas luces de petróleo a través de la maleza.

Y siempre el caminito escarpado, que pasa sobre gradas y piedras y escaleras, muchas veces peligroso y rara vez limpio, ya que entre las chozas pululan los más diversos animales: cabras y gatos esqueléticos, perros sarnosos y magras gallinas; las aguas servidas corren y gotean sucias y sin cesar entre las rocas. A cinco minutos de distancia de una playa de lujo o de una avenida, uno cree hallarse en medio de un pueblo de la selva de Polinesia o en una aldea africana. Se ha visto el extremo de lo primitivo, la forma ínfima de morar y vivir, una forma que en Europa y Norteamérica ya casi no se considera creíble. Pero, cosa curiosa, su aspecto no tiene nada de aflictivo, nada de repulsivo, no subleva ni humilla. Porque los moradores se sienten ahí mil veces más dichosos que nuestro proletariado en sus casas de inquilinato. Habitan casa propia, pueden hacer en ella lo que les viene en gana -de noche se les oye cantar y reír-, son allí dueños de sí mismos. Si aparece el propietario del terreno o una comisión para desalojarlos, porque se piensa abrir ahí una calle o trazar un barrio moderno de residencias, ellos se trasladan impasibles a otra colina.

Nada les impide mudarse, como quien dice, con su casucha a cuestas. Y luego, como esas casuchas están situadas en lo alto de los cerros, en los rincones y aristas más inaccesibles, se disfruta desde ellas la vista más hermosa que es dable imaginarse, la misma vista de las más costosas villas de lujo, y es la misma naturaleza pródiga, que adorna aquí el menor pedazo de tierra con palmeras y que alimenta generosamente con bananas, esa naturaleza maravillosa de Río, que prohibe al alma sentirse melancólica y desdichada, ya que consuela incesantemente con su suave mano tranquilizadora. Cuantas veces subí esas gradas, resbaladizas de barro, hasta aquellos barrios pobres, nunca encontré en ellos una persona grosera o malhumorada. Con esas favelas desaparecerá un trozo incomparable de Río, y me cuesta imaginarme los oteros de Gavea y otras colinas sin esa especie de aldeas pegadas osadamente a la roca, cuyo carácter primitivo nos recuerda cuánto tenemos y exigimos de superfluo y nos demuestra que hasta en un mínimo de la existencia, como en una gota de rocío, puede resumirse toda la diversidad de la vida.

Otra curiosidad más de Río caerá pronto víctima de la ambición civilizadora y tal vez también de la moral, como en tantas ciudades europeas, en Hamburgo, en Marsella. Las calles de las que no se habla, la zona de Mangue, el gran mercado del amor, el Yoshiwara de Río. Ojalá a última hora apareciese todavía un pintor para fijar esas calles en el lienzo tal como de noche brillan bajo las estrellas con luces verdes, rojas, amarillas, blancas, con sus sombras ondulantes y fugitivas, un aspecto fantástico, oriental, como no vi otro igual en toda mi vida, y, además, misterioso, debido a los destinos encadenados. En una ventana pegada a la otra, o mejor dicho, en una puerta junto a la otra, esperan allí, como animales exóticos tras rejas, mil o acaso mil quinientas mujeres de todas las razas y colores, toda edad y procedencia, negras senegalesas al lado de francesas que ya casi no consiguen disimular las arrugas de la edad con los afeites, delicadas indias y carnosas croatas, todas aguardando los clientes, que, en un desfile ininterrumpido, espían por las ventanas para examinar la mercadería. Detrás de ellas brilla una lámpara de vivos colores que ilumina con reflejos mágicos el aposento, donde la cama, más clara, destaca contra la sombra un claroscuro a lo Rembrandt, que torna casi místico ese tráfago cotidiano y, además, espeluznantemente barato. Pero lo más sorprendente, lo que al mismo tiempo es lo marcadamente brasileño de esa feria, es el silencio, el sosiego, la quieta disciplina.

Mientras en las calles equivalentes de Marsella o Tolón todo retumba de risas, gritos, hurras y gramófonos enloquecidos, mientras allá los huéspedes emborrachados berrean salvaje y peligrosamente, en Río todo permanece como en un cuadro y en silencio. Los jóvenes pasan frente a esas puertas sin avergonzarse, con franca despreocupación meridional, para desaparecer a veces tras una puerta, con sus trajes claros, como un fulminante rayo de luz. Y sobre todo ese acontecer silencioso, secreto, tiéndese el cielo con sus estrellas; aun ese rincón apartado, que en otras ciudades, consciente y avergonzado de algún modo de su negocio, se escurre a los barrios más pobres y más derruidos, aun él tiene en Río cierta belleza y se convierte en un triunfo del color y de la luz abigarrada.

¿Y desaparecerán, en verdad, también los viejos bondes, los coches de tranvía abiertos, para quedar reemplazados por otros modernos y cerrados? Seria infinitamente de lamentar, pues prestan a las calles un brillo apresurado y estruendoso.

¡Qué aspecto, del que uno no se cansa nunca, el de esos coches abiertos, sobrecargados, de cuyos estribos los hombres cuelgan como racimos de uvas blancas! Y de noche, cuando corren con la luz que en su interior se vierte sobre esos rostros negros, oscuros y blancos, es siempre como si alguien lanzara un ramo de flores colorido. ¡Y cuán grato es viajar en esos coches! Durante los días de más calor y sofocación, se compra en ellos, por el equivalente de un «cent», la más refrescante de las brisas y, al mismo tiempo, se ven -en contraste con los ataúdes cerrados de los automóviles- a diestro y siniestro, la calle, los negocios y la vida. No hay medio mejor para explorar el verdadero Río; ni el auto de excursión ni el coche particular aventajan en ese sentido al vehículo de la gente modesta. Sólo gracias a los bondes (y a las propias piernas) creo conocer hoy Río de Janeiro en realidad de verdad.

Y no tengo por qué avergonzarme de tal preferencia, pues el mismo emperador Pedro gustaba a tal punto de esos carruajes anticuados que pasan chirriando por sus rieles que se reservó uno de ellos para sus paseos democráticos. Se cometería un gran error si se quisiera hacer desaparecer ese romanticismo, un poco ruidoso y bamboleante, para obtener lo que todos tienen y perder con ello lo que pertenece a Río exclusivamente: una animación abigarrada y ódespreocupada.

 

JARDINES, CERROS E ISLAS

De noche, cuando nos asomamos a la ventana, y el mar se tiende en calma, sin la menor brisa, sentimos en la atmósfera suave, saturada, endulzada con misteriosas esencias y resinas, que en Río siempre estamos entre árboles y jardines. Se les encuentra por doquier. No pasa un minuto sin que se eche un vistazo sobre el verdor. Muchas de las calles están flanqueadas de palmeras, en torno a casi todas las casas brotan tupidas matas con manchas de flores y frutas exóticas, y cuando más nos alejamos del mar tanto más pródigos se despliegan los parques, y muchas torres casi desaparecen abrazadas entre su cerco. Siempre y en todas partes vegetación.

A veces amplíase, formando grandes jardines, como en la plaza París o en la de la República, pero dentro de la ciudad es siempre una naturaleza domeñada, subyugada, protegida.

En Tijuca ya irrumpe impetuosamente, como un océano, una confusión tupida de árboles, setos y lianas; se diría que -tal como en el mar las olas rivalizan para llegar primero a la playa- esos troncos y esas copas luchan y disputan entre sí para abrirse camino en la espesura verde hacia el sol. La selva no es aquí, como en Europa, un aglomerado crepuscular, que la vista puede atravesar, sino una oscura masa compacta, y cuando se trata de penetrarla -aunque sólo sea unos pocos pasos- el hombre se siente prisionero, aislado como bajo una campana de buzo. La respiración percibe el aire extraño y condensado como el aliento húmedo, sofocante, de un animal gigantesco y peligroso. A una hora de distancia de la ciudad, se ha bordeado la zona de la selva virgen.

Por eso, el Jardín Botánico de Río -al decir de todos los especialistas (no cuento entre ellos), el más surtido del mundo- es tal maravilla y tal gloria. En él hay todo lo que encierra la selva virgen, sin sus terrores, su infinidad, su impenetrabilidad, sus peligros. Hay allí todos los árboles, todas las plantas, todos los fenómenos del trópico en sus ejemplares más espléndidos, y puede contemplárseles sin esfuerzo. La misma hilera de palmeras, a su entrada, es un espectáculo maravilloso, el vial de triunfo que siglo y medio atrás se levantó un rey -Juan VI- y que se yergue magníficamente simétrico y tieso como la columnata de un milenario templo griego. Se han visto innúmeras palmeras, tanto en el Brasil como en otras partes, y, sin embargo, se cree no haber sabido nunca cuán hermosa y majestuosa. cuán realmente «real» puede ser una palmera antes de haber visto éstas, tiesas como un cirio, magníficamente redondo el tronco con su corteza escamada, que parece delicada malla arábiga, y en lo alto, ¡oh, muy alto!, mucho más alto de lo que jamás se ha levantado la vista, la copa. Y en redor, a diestro y siniestro, los vasallos mandados venir desde todos los países y de todas las zonas, de Sumatra y Malaca, de África y el Ecuador, una familia gigantesca de variadísima especie. No se sabe cómo llamarlas, qué nombres darles, no se conocían antes las frutas de extraños colores y formas que llevan entre su follaje, pero se recibe la clara sensación de que esos gigantes tienen un origen remoto, y se piensa en las lontananzas exóticas de que proceden para ofrecer aquí el conjunto de sus frutos y colores. Y luego, a la sombra de arbustos abigarrados, en el estanque propicio, las flores enormes de la Victoria Regia, y en las partes más altas y boscosas, los árboles y arbustos de nuestras zonas, que se reconocen en el extranjero como amigos. Un museo viviente, por una parte, es ese jardín, sin embargo, al mismo tiempo, un perfecto trozo de naturaleza. Nada más genial en su trazado que la idea de recostarlo contra la falda de un collado: con ello se produce una ilusión, como si desde este parque en medio de una metrópoli hubiera de extenderse la ondulante vegetación cada vez más lejos, tierra, adentro, a través del país, del mundo entero, y como si uno se hallara nada más que al comienzo de sorpresas enormes. Ni por un instante tiénese la sensación de estar cercado. Es como si en un promontorio, de repente, se llegase junto al mar; una visión inolvidable de la infinidad de la naturaleza.

Pero ¿acaso es menos grandioso el otro parque de Río, el parque municipal, la Quinta da Boa Vista? No, sólo que es distinto. Quería servir únicamente a la belleza, y no como el Jardín Botánico, también a la ciencia. Fue creado como jardín de uno de los patricios brasileños que lo donó a la ciudad, para abarcar desde una villa en lo alto, con una sola mirada, todo lo que el paisaje de Río brinda en multiplicidad: el mar y la montaña, los valles y la exuberancia de su vegetación.

Pero no resultó una mirada, sino un nunca acabarse de aspectos.

Suaves pendientes aquí, artísticas flores allá, que compiten con el prodigio de colores de los araras, los más hermosos de todos los papagayos, y en medio un estanque aquí y una terraza allá; todas las artes de la arquitectura de jardines están aquí conscientemente aplicadas. Y tratándose, como se trata, de Río de Janeiro, hay que imaginarse como remate de todo aquello un cielo claro, puro, que cual un.

disco azul acerado, distribuye la luz del modo más penetrante y a la vez más difuso, de manera que cada color descarga, por así decirlo, con fuerza de explosión y destaca exactamente hasta el contorno más fino de un árbol. Y a todas esas hermosuras se agrega, por último, aquella que en verdad es la que da el toque de perfección a la naturaleza: el gran silencio.

Son tan extensos esos parques que rara vez se encuentra a alguien en ellos; allí es posible hallarse, en medio de una gran ciudad, bienaventuradamente solo con lo perfecto. Allí se apaga el ruido y sólo la tierra respira, con mil cálidos labios invisibles, el aire suave y sofocante.

Otro día nos dirigimos a zonas más elevadas. ¿Es posible ver montañas en una ciudad, sin sentir el afán de subir a ellas, sin el deseo de ver tendida clara y abierta la confusión verde y de piedra en la que se vive? Es fácil satisfacer tal gusto, pues la ascensión al Corcovado, que se levanta a 700 metros sobre la ciudad -mejor dicho, dentro de la ciudad-, y que de noche alza con grandioso gesto de bendición su cruz eléctricamente iluminada sobre toda la bahía de Guanabara, no puede llamarse siquiera una excursión: en veinte minutos un automóvil recorre las muy cerradas curvas del sombreado camino hasta la cima. Y ahí se despliega un panorama inolvidable.

Por fin, la vista abarca la ciudad entera con su bahía, sus montañas y lagos, sus islas y barcos, sus casas y sus playas.

Por fin, diseñado con líneas azules, verdes y blancas, el trazado de Río y a la vez su grandiosidad. Azotado por el viento, apoyado contra la estatua gigantesca del Redentor, abarco la vista entera; es, en verdad, la vista de las vistas y, sin embargo, imposible de ser fotografiada, como todo en Río, porque sus perspectivas se. tienden y dilatan demasiado. Hacia todos los lados hay aspectos que invitan a la contemplación, a la derecha lo mismo que a la izquierda, al Norte, Sur, Oeste y Este; aquí es el mar, cuyo azul continúa al infinito, allá, la sierra de Orgãos; luego, la planicie, la playa, la bahía y la ciudad. Sólo entonces se comprende, desde esa altura y casi desde la perspectiva del pájaro, la combinación sin igual.

Y, sin embargo, el Corcovado no es más que uno de los tantos cerros de Río, y sólo es el más concurrido porque el ferrocarril y la autovía lo hacen tan cómodamente accesible a los turistas. Pero ¡cuántos caminos más hay en esas montañas y oteros, cuántos panoramas desde cada uno de ellos, desde el alto de Boa Vista, desde Tijuca, la Mesa del Emperador, la Vista Chinesca, el cerro de Santa Teresa, y todos esos rincones y terrazas sin nombre! Lo que desde la cima del Corcovado parece reunido, se divide, se separa, y el panorama se desintegra cinematográficamente en distintas escenas y paisajes: no se acaba nunca de ver Río. Nunca se acaba de conocerlo, y en esto reside su verdadera belleza, su belleza imperecedera.

Desde los cerros se han visto islas y más islas, en medio de la bahía que se extiende infinitamente, grises y rocosas las unas, verdes y floridas las otras, y todas ellas diseminadas en la: superficie azul como en un juego despreocupado de gigantes.

¿No hay que visitarlas a ellas también? Por supuesto, siquiera a algunas de ellas. Una ancha y sólida lancha nos conduce, primero a lo largo de las islas próximas a la rada, que en su mayoría tienen un destino práctico, sirviendo de asiento a la Escuela Naval o a depósitos de petróleo; sólo al cabo de una hora nos acercamos a las islas más interesantes.

Algunas de ellas no son más que arrecifes desnudos, sobre los cuales vuelan bandadas de pájaros; en otras hay palmeras y una que otra casa vieja. Por último, se desembarca en Paquetá, y despiertan de repente viejos recuerdos de la infancia, el recuerdo de libros de viaje-, Colón en Guanahaní, el capitán Cook en Tahití y Robinsón Crusoe en su isla. Porque Paquetá es una de esas islas bienaventuradas, densamente floridas, llameantes de flores, la realización del sueño de los mares del Sur. No hay en ella autos ni elegantes balnearios, como en Honolulú y Hawaii, que vendieron por dinero su inocencia. En un viejo carricoche tirado por caballos dase la vuelta a la playa; aquí y allá, una casucha, un campo, un jardín; el resto, naturaleza inalterada, magníficamente tropical, más allá del tiempo y de los tiempos. Se tiene la impresión de que esa isla ha de pertenecer a nadie y a todos, pero, admirable contraste -Río es verdaderamente inagotable en el arte de los contrastes- separada sólo por un angosto brazo de mar, se yergue enfrente una isla que es propiedad de una sola persona: Brocoió. Aquí, el propietario convirtió una minúscula isla, inhabitada durante años y años, en un paraíso para sí solo, y colocó en su centro una casa encantadora, abierta y con terrazas hacia todos lados, con todo el confort de nuestra época, con libros, un órgano y seductores aposentos para huéspedes. Mientras Paquetá es un trozo de naturaleza, Brocoió es un pedazo de cultura. En bien cuidados jardines, con bordes de piedra y piso de grava, juegan perros y pavos reales, y hay destellos de bichos extraños; amplios parques bordean el camino, que trepa por una colina: en media hora hemos dado la vuelta a este reino. ¡Qué soledad tan divina bajo estas palmeras, apoyadas contra un cielo eternamente azul y cuya sombra se proyecta sobre un mar eternamente azul también! Y soledad, soledad consoladora, hasta donde nuestros pensamientos la soportan; una sacudida; el motor arranca y media hora más tarde estamos de vuelta en la ciudad, en medio del fragor de la vida. Y al desaparecer entre las olas aquellos contornos con las palmeras de hermosa esbeltez, nos preguntamos si lo hemos visto en realidad o si lo hemos soñado, puesto que nos parece inverosímil que nuestra época produzca todavía formas de belleza tan puras y tan perfectas.

Hemos sorbido (¡y cuántas veces ya lo hicimos en esta ciudad!) una gota más de la abundancia dorada de este mundo.

 

VERANO EN RÍO

Empieza el mes de noviembre. La llamada temporada de Río toca a su fin, y los amigos que se encuentran formulan todos la misma pregunta: «¿Dónde pasará usted el verano?» Huir a la montaña durante los meses que en Europa se llaman de invierno -diciembre, enero, febrero y marzo- es un axioma o cuando menos un hábito antiguo que el emperador Pedro introdujo en la sociedad de Río. Trasladada la residencia en verano a Petrópolis, le seguía la corte, y tras la corte iba la sociedad; todas las embajadas y ministerios y legaciones transferían sus actividades a esa cercana y más fresca ciudad de jardines, que hoy, gracias al automóvil, se ha transformado en una especie de suburbio de Río. Durante toda la estación estival, los meses de las vacaciones escolares, la familia reside en un chalet de Petrópolis, y el hombre de negocios, el funcionario de mayor categoría, viene por la tarde en su auto y en su auto vuelve a la mañana: ya no es ése un viaje.

Ya no se puede llamarlo un viaje, sino más bien un paseo.

Veinte minutos o media hora a través de la planicie que la energía del gobierno rescató de los pantanos, generadores antaño del paludismo. Luego, la amplia carretera, bien cimentada, sube en curvas cerradas por la sierra. Asciende serpentina tras serpentina, y, poco a poco, se ensancha la vista sobre el valle y la bahía; kilómetro tras kilómetro quedan atrás y el aire que asalta al viajero se vuelve cada vez más fresco.

Por fin, una curva -luego de apenas hora y media de viaje- y se llega a lo alto; casitas de agradable aspecto, entre las que corre un canal, flanquean la calle; nos hallamos en un villorrio de veraneo, una pequeña corte veraniega que, con sus puentecillos rojos y sus chalets un tanto anticuados, da una sensación un poco patriarcal. Sin saber por qué, se cree estar en una pequeña ciudad alemana de provincia. Y he aquí que esa sensación es acertada. Muchos decenios ha, el emperador radicó en ese lugar a colonos alemanes que levantaron casitas a la manera de su país de origen; les dieron nombres alemanes y en sus pequeños jardines pintorescos plantaron geranios, como en su patria. El palacio imperial también impresiona como el de un pequeño príncipe alemán, transportado por obra de magia a una sierra brasileña. Todo es de proporciones bonitas y graciosas, y sólo en los últimos años, los chalets modernos dieron a la villa un carácter más presuntuoso.

Ahora todo se agolpa un poco, tanto las casas como los hombres; las calles, trazadas sólo para los pesados y lentos carros, soportan ahora el paso veloz de los autos, y la inquietud de Río va acercándose paulatinamente a la montaña.

Pero el encanto del lugar no podrá correr nunca serio riesgo, ya que la misma naturaleza es encantadora aquí.. Las montañas no muestran formas abruptas sino que se recuestan ondulantes; en toda esa ciudad de jardines brillan y flamean las flores. Durante el día, la columna de mercurio sube sin trabas, pero las noches, en contraste con Río, son frescas y aireadas; no es aún el aire fuerte, ozonizado, que conocemos de las regiones montañosas, pero ya es un fresco y una pureza perfumados suavemente por el aliento de los bosques y las flores.

Para disfrutar de un verdadero ambiente montañoso, hay que subir más, hasta Teresópolis, que está algunos centenares de metros más alto; es como si de un paisaje austriaco se pasase a otro suizo. El escenario es más estrecho y austero, los bosques más oscuros, las laderas de las montañas más escarpadas. En cierto punto se ve, como desde una almena, repentinamente, y sintiendo casi vértigo, toda la región hasta Río. Las casas no están una al lado de otra, como en Petrópolis y al modo de los centros de veraneo, sino diseminadas a gran distancia, como quintas rurales, en medio de la vegetación.

Aquí y en Friburgo, que es de origen suizo, se encuentra por primera vez un paisaje alpino en el sentido europeo, y es curioso que en esos dos lugares veraneen, aislándose, principalmente europeos, mientras que la sociedad brasileña se reúne tradicionalmente en Petrópolis.

Los amigos me preguntaron, pues, por cuál de esos lugares me había decidido. Y opté por Río. Quise pasar allí también el verano, pues sólo conocemos una ciudad, un país, conociendo sus extremos; nada se sabe de Rusia sin haberla visto cubierta de nieve, ni de Londres si no se ha visto su niebla. Y no estoy arrepentido. Hace mucho calor en Río. y acaso no es exageración cuando se afirma que en días ardientes se pueden cocinar huevos sobre su asfalto, pero Nueva York me parecía peor, cuando el calor empieza a despedir humedad y las casas se convierten en hornos. Lo único que hace tan pesado el verano de Río es su larga duración, tres y aun cuatro meses. Durante el día se soporta bien el calor, pues es, si así puede decirse, un calor bonito, lleno, puro, el calor de un sol intenso, de un cielo radiante que se tiende sin nubes sobre la bahía, acentuando hasta un extremo fortísimo sus colores, de por sí ya vivísimos. El que no ha visto la blancura de las casas cuando los rayos las alcanzan de lleno, ni el verde malaquita de las palmeras, ni el azul incomparable del mar, sólo conoce esos colores en sus matices apagados, mezclados, disminuidos. Pero ese calor macizo tiene sus atenuantes. Cada tantas horas se levanta desde el mar, con puntualidad nada brasileña, una brisa que refresca, y si no se tiene necesidad de estar en el corazón de la ciudad, al que ese aire bienhechor no llega, es un placer vagar -pero, eso si, no con demasiada prisa- por la playa. Son más difíciles de soportar las noches, cuando esa brisa se interrumpe y se siente la humedad, la densidad, la saturación de la atmósfera, hacer tal presión sobre la piel que ésta abre todos sus poros.

Pero, por lo común, esos días sofocantes no son muchos, y una tormenta les pone término, una tormenta tropical, cuya violencia me demostró la verdad de las descripciones de José Conrad. Lo que entonces se precipita a tierra no es la lluvia, sino el cielo entero que se desploma de golpe como un tonel vertido. No son relámpagos los que surcan el firmamento cual venas azules, como en Europa, sino tiros blancos, y el trueno que les sigue hace temblar las casas. Al cabo de un cuarto de hora, las aguas llegan en la calle a un metro de altura, todo el tránsito queda paralizado, nadie se atreve a salir de casa. Y otro cuarto de hora más, y el cielo vuelve a brillar inocentemente en el azul de antes, como si nada supiera de su arrebato de cólera; la luz surge clara y nítida a través de las atmósfera filtrada y se respira sorprendido y aliviado como después de una explosión de la que se escapó milagrosamente.

Y luego, nuevamente, días y días de sol radiante, un horizonte sin nubes. Así es el verano de Río.

En resumen: es soportable. Y dos millones de hombres lo soportan sin quejarse y aun alegres. Sencillamente, se adaptan a él. Todo el mundo viste traje de hilo, toda la ciudad anda de blanco, como los participantes de un desfile de marinería y, a partir del mes de noviembre, Río se convierte en una sola playa balnearia. Desde dos o tres cuadras antes de llegar a la costa -y hay costa casi en todas partes-, la gente va en malla y salida de baño para zambullirse, una o dos veces por día, rápidamente en el agua. A la cinco de la mañana, antes de desayunarse o de dirigirse al trabajo, aparecen los primeros bañistas y luego se suceden hasta muy adelantada la noche.

Hay días en que en la playa de Copacabana se encontrarán cien mil personas. Nada más erróneo que la creencia de que los cariocas se agotan y agostan con el calor estival; al contrario, es como si ese calor estancado se acumulase en ellos para una sola erupción impulsiva, que se produce con regularidad de almanaque en los días de carnaval. El carnaval de Río, su entusiasmo y alegría, según es sabido, no tiene par en nuestro mundo, harto entenebrecido desde hace años. Durante meses hacen economías y se realizan ensayos, ya que cada carnaval produce nuevos cantos y bailes. Y puesto que en Río el carnaval es una fiesta democrática, una explosión de alegría, la manifestación del temperamento de todo un pueblo, se oyen en todas partes, con anticipación, los ensayos de esas canciones, a fin de que cada cual pueda en su oportunidad entonarlas con los demás. Se oyen en los casinos, en los restaurantes, en la radio, por gramófono y en las chozas de los negros; en todas partes se ensaya y se prepara la gran parada de la alegría colectiva. Y cuando, por último, el almanaque lo permite, los negocios cierran sus puertas por espacio de tres días, y la ciudad entera parece entonces picada por una tarántula gigantesca. La población vive en la calle, se baila hasta altas horas de la noche, se canta y se hace barullo hasta el delirio con toda suerte de instrumentos. Queda abolida toda diferencia social, extraños van del brazo de extraños, todo el mundo dirige la palabra a todo el mundo, y poco a poco la animación recíproca y el batifondo incesante aumentan hasta una especie de delirio. Se ve gente exhausta tirada en la calle, sin que haya probado una gota de alcohol; sólo ha bailado y hecho ruido hasta enfermar y quedar extenuada. Pero lo más extraño, lo típicamente brasileño, es que ni aun en el éxtasis la gente, hasta de las clases más bajas, pierde un átomo de su espíritu de humanidad, ni se transforma en bruta. Pese a la libertad de usar antifaces, nada grosero acontece en medio de una multitud que día y noche bulle con alegría infantil y deseo de gritar a gusto, de hartarse de bailar, de librarse una vez orgiásticamente de lo silencioso y comedido, se satisface en el vértigo de esos tres días. Es como una de aquellas tormentas tropicales del verano. Y luego, de nuevo, el viejo modo de ser tranquilo; la ciudad retorna a su orden establecido.

Se ha festejado el verano, los hombres han expulsado de su cuerpo, por así decirlo, el calor represado. Río es Río de nuevo, la ciudad que refleja tranquila y orgullosa su propia belleza.

 

DESPEDIDA

Nadie que haya estado una vez en Río gusta de dejarlo.

Cada vez y de dondequiera que se parte, se desea volver. La belleza es rara, y la belleza perfecta poco menos que un sueño.

Esta sola ciudad entre las ciudades la realiza aún en las horas más sombrías; no hay sobre la faz de la tierra otra que prodigue más consuelo.

 

SÃO PAULO

Para presentar la ciudad de Río de Janeiro habría que ser, en verdad, pintor; para describir la de São Paulo, estadista o experto en ciencias económicas. Habría que apilar y comparar números, copiar tablas y tratar de manifestar el crecimiento con palabras. No es el pasado ni el presente lo que hacen tan fascinante a São Paulo, sino su crecimiento y desarrollo visible, por así decirlo al ralentisseur, el ritmo de su transformación, São Paulo no ofrece un cuadro, porque ensancha de continuo su marco, porque es demasiado inquieto en su rápida mutación. La mejor manera de presentarlo es a modo de una película que de hora en hora pasase más ligera. Ninguna otra ciudad del Brasil y muy pocas del mundo entero, pueden compararse, en cuanto a impetuosidad del desarrollo, con ésa, que es la más ambiciosa y dinámica de las ciudades brasileñas.

Veamos, pues, unas cuantas cifras para tener una vara, una especie de termómetro para la curva de fiebre de ese desenvolvimiento. Al promediar el siglo dieciséis, los jesuitas edifican unas cuantas chozas y casas en torno a su primitivo colegio; los siglos diecisiete y dieciocho todavía ven una insignificante aldea a orillas del río Tieté, más cuartel general y campamento que residencia fija de las bandas errantes de los «paulistas», que desde allí recorren el país entero en sus temidas y famosas entradas, pero, en verdad, sin enriquecer, con sus cacerías de esclavos, a sí mismos ni a la ciudad. Aun muy avanzado el siglo diecinueve, en el año de 1872, São Paulo, con sus 26.000 habitantes y sus calles estrechas y pobres, figura todavía en décimo lugar entre las ciudades brasileñas, a gran distancia de Río, con sus 275.000, de Bahía, con sus 129.000 habitantes, pero también a la zaga de ciudades cuyos nombres el no brasileño ignora, como, por ejemplo, Niteroi, que tiene 42.000 habitantes, y Cuiabá, que tiene 36.000. El café, ese gran rey, es el que primero ordena a sus tropas de labor que se trasladen a aquel lugar, y el progreso, una vez iniciado, alcanza proporciones fantásticas. Las 26.000 almas de 1872 se han triplicado y suman 69.000 en el año de 1890, y en el decenio siguiente, la cifra se eleva a saltos hasta alcanzar los 239.000. En el año de 1920 ya son 579.000, y alrededor del año 1934 pasa de un millón. Hoy la cifra debe estar cerca del millón y medio, sin que se pueda registrar el menor indicio de una disminución del ritmo. En 1910 se construyen 3.200 casas; en 1938, más de 8.000; una cifra que, sin embargo, de por sí no da la sensación acabada del progreso, ya que las construcciones nuevas, que son de varios pisos y en algunos casos hasta rascacielos, albergan más gente que docenas de las casas viejas, sencillas y de un solo piso. El coeficiente de progreso resulta más evidente a través del valor de locación, que nada más que en el lapso de 1910 hasta hoy subió de 43.137 contos de reis a más o menos 800.000, es decir a una cantidad casi veinte veces mayor. Cuatro casas nuevas por hora es, aproximadamente, el ritmo de la evolución de esa ciudad, que reúne en su perímetro 4.500 fábricas desde que la industria arrancó al café el cetro del poder. Por otra parte, São Paulo dirige prácticamente casi toda la vida mercantil del país.

¿Qué causas determinaron un crecimiento tan fantástico y siguen fomentándolo hasta la fecha? En esencia, son las mismas causas geográficas y climáticas, que cuatro siglos atrás indujeron al fundador Nóbrega a elegir ese lugar como el más apropiado en todo el Brasil para una expansión rápida y sana. Uno de los mejores puertos de Sudamérica, el de Santos, está cerca, el altiplano facilita el tránsito en todas las direcciones, las grandes rutas acuáticas del Paraná y del Plata son de fácil acceso, el suelo, llamada terra roxa, es fértil y propio para toda clase de cultivos y superabunda la fuerza hidroeléctrica, que, además, es barata. Todo eso basta ya para explicar el crecimiento rápido dentro de un país que de por sí se agranda sin cesar. Pero el factor decisivo lo constituía desde el principio el clima, que si bien saturado de sol en esa planicie, a ochocientos metros sobre el nivel del mar, nunca ejerce, sin embargo, el efecto deprimente para la energía de trabajo que es propio en las zonas tropicales y en las ciudades de la costa, situadas a un nivel más bajo. Ya en el siglo diecisiete resultó evidente que el «paulista» se desarrollaba más enérgico, más emprendedor, con más espíritu de iniciativa que los demás brasileños. Siendo los depositarios verdaderos de la energía nacional, descubren y conquistan el país semper novarum rerum cupidi, y era voluntad osada, ese espíritu de progreso y expansión se transmitió en los siglos siguientes al comercio y la industria. El verdadero impulso del progreso se debe luego, en los últimos decenios del siglo diecinueve, a los inmigrantes. Éstos buscan instintivamente condiciones de vida y un clima que estén de acuerdo con los de su país de origen. Los italianos, que constituyen el grueso de la inmigración, encuentran en São Paulo el clima del norte de Italia, del centro de Italia, y también encuentran allí el sol del sur. No les hace falta adaptarse, ni tienen que aprender ninguna cosa nueva; llevan consigo todo su impulso inquebrantado y, más bien, lo agrandan aún en el nuevo ambiente. El inmigrante siempre está más impaciente por progresar que el aborigen, no posee heredad que pudiera gastar y disfrutar sin hacer nada, sino que tiene que adquirir todo con su propio esfuerzo.

Ello aumenta su ritmo, su inversión de energías. Y ese agregado de energía y atrevimiento arrastra luego a los demás.

Los brasileños más dispuestos a trabajar y más ambiciosos se establecen en São Paulo, donde pueden disponer de ese material de trabajo más civilizado, mejor preparado y más emprendedor.

El capital sigue gustoso los pasos del espíritu de empresa, una rueda engrana en la otra, y de esta suerte su revolución adquiere de año en año mayor rapidez. Cuatro quintas partes de todo lo que hoy se realiza en el país entero en lo industrial y en organización, tiene su origen y recibe su ímpetu en São Paulo. Este Estado, más que cualquier otro del Brasil, mantiene actualmente el equilibrio de la economía; es, por así decirlo, el centro muscular, el órgano de su fuerza.

Ahora bien, dentro del organismo, el músculo representa un elemento necesario, pero no es de por sí un órgano bonito.

El que espera recibir en São Paulo singulares impresiones estéticas, sentimentales o pintorescas, quede advertido; es ésa una ciudad que crece en dirección al futuro, con tal inquietud e impaciencia que apenas le queda sensibilidad para su presente y menos aún, desde luego, para su pasado. Quien busque, algo histórico allí no lo encontrará en mayor medida que, por ejemplo, en Houston o en otra de las ciudades norteamericanas del petróleo. Incluso el viejo colegio de los fundadores de la ciudad, que por piedad debía haberse conservado como panteón, ha tiempo ya que fue demolido para dar lugar a cualquier edificio práctico. São Paulo no conservó nada, o tanto como nada, de sus siglos diecisiete y dieciocho, y el que quiera ver todavía siquiera un pobre resto del tipo de construcción paulistano del siglo diecinueve debe darse prisa, pues se derriba, con una velocidad que casi inspira terror, todo cuanto aun recuerda el ayer y el anteayer. A veces se tiene la sensación de encontrarse, no en una ciudad, sino en un enorme solar en construcción. Hacia todos lados, el este, el oeste, el norte y el sur, las edificaciones invaden el paisaje, y en el centro, en el barrio de los negocios, se transforman una calle tras otra. El que haya estado allí hace cinco años tiene que inquirir informes para orientarse, como si visitara una ciudad nueva. En todas partes, todo parece demasiado estrecho, demasiado bajo, demasiado reducido; las calles exigen perentoriamente una ampliación, y obligan a las casas a crecer hacia arriba. Subterráneos tienen que abrir a los automóviles nuevas salidas; por doquier todo se transforma caprichosamente y con cierta precipitación egoísta. De modo, pues, que allí se contempla hoy todavía el cuadro viviente del crecimiento y la transformación de una auténtica ciudad de colonos e inmigrantes. Esas ciudades no han crecido, como en Europa, paulatinamente alrededor de un centro, concéntricamente, sino que se han desarrollado en base de improvisaciones, con toda prisa, sin orden ni concierto. Un inmigrante cualquiera ha ganado un poco de dinero; no había casas de alquiler disponibles, y helo aquí levantando su casa propia, ya que ni el terreno ni la mano de obra eran caros.

Construye en cualquier parte una de esas casas pequeñas, sin arte ni parte, como en el Brasil se encuentran en todos lados, a lo largo de toda la costa, a través de todo el país. En cada una de ellas, un comercio en la planta baja y dos o tres habitaciones en el primer piso. Si el dueño era italiano, pintaba el frente con vivos colores, ocre, o rojo ladrillo, o azul marino.

Una casa se pegaba a la otra y de repente estaba formada una calle, y luego otra, y, poco a poco, toda una ciudad. Nadie tenía la certeza de vivir siempre en tal casa; era inclusive probable que siguiese viaje a otra ciudad; era posible también que el constructor volviese con sus ahorros a la patria o bien que adquiriese mayores bienes, y entonces edificaba otra casa, uno de esos chalets recargados de un falso barroco o estilo oriental, que treinta años atrás pasaban allí por distinguidos.

El concepto de la duración, de lo sedentario, de la constancia, de la absoluta adaptación burguesa a la ciudad y a la vida municipal tenía que faltar, forzosamente, en esos inmigrantes con espíritu nómada, razón por la cual esas ciudades estaban predestinadas a constituir. desde el punto de vista arquitectónico, cosas provisionales, una agrupación accidental de viviendas, algo que crece sin plan y que se resuelve derribar con la misma facilidad con que se ha resuelto levantarlo. Una casa de veinte años es considerada allí, como entre nosotros un edificio dos veces secular, como muy anticuada, y es demolida con la misma precipitación con que había sido construida.

Sólo desde que la industria, el comercio y la riqueza han tomado impulso tan repentino, São Paulo parece haber caído en la cuenta de que es una gran ciudad, y que como tal tiene obligaciones representativas. Las calles, las plazas, las iglesias, los edificios de la administración, los establecimientos bancarios, los hospitales, todo resulta aquí demasiado estrecho, demasiado pequeño, y ahora la ciudad, activa y enérgica, está empeñada en crearse un centro, en darse una forma. El que hoy llega acá, vive un momento en extremo interesante. Puede ver con qué energía un conjunto de cosas yuxtapuestas va tomando forma orgánica, cómo lo provisional se transforma en algo definitivo. Se está trabajando por todas partes: ábrense calles por debajo de puentes, ciérranse terrenos destinados a parques, trátanse paseos y avenidas a través de los barrios estrechos, levántanse grandes edificios públicos, y todo eso de acuerdo con unos planos de urbanización que, sin embargo, llegan a carecer de objeto durante su ejecución, a causa del ritmo vertiginoso con que la ciudad se va agrandando. En el centro, los rascacielos se yerguen, cada cual unos pisos más alto que el próximo, para compensar la falta de espacio, al tiempo que los barrios de la periferia, verdaderas ciudades jardines, se ensanchan, cuesta arriba y cuesta abajo, formando círculos cada vez más amplios. También desde el punto de vista etnográfico la ciudad se halla sometida a un cambio radical. Antes, estaba dividida solamente por nacionalidades, de modo que surgieron los barrios italianos (São Paulo es, también, una de las ciudades italianas más grandes del mundo), armenio, sirio, japonés y alemán. En la actualidad, todo aquello está amalgamado y la ciudad está dividida, en cuanto a las meras formas representativas, es una city, o sea un centro, con una arquitectura acentuadamente norteamericana, y una ciudad-jardín, donde se encuentran las viviendas propiamente dichas; y tanto aquélla como ésta son susceptibles de tornare hermosas en un nuevo sentido, al cabo de algunos años o decenios. Desde luego se ofrecen perspectivas agradables al que, desde lo alto de un rascacielos, abarca con la vista aquel paisaje poco ondulado; pero el riesgo peculiarísimo de São Paulo, modelo de ciudad en evolución, se revela en lo que se está haciendo y no en lo que ya se ha hecho: de un modo más intenso que en la misma América del Norte (en cuanto a la América del Sur, sólo en Montevideo late algo similar), he visto aquí el fenómeno de una ciudad que se transforma íntegra y cambia, por así decirlo, de piel. Ahora bien, si se quiere insistir a todo trance en el concepto de la belleza, la de São Paulo sólo puede denominarse una hermosura naciente y no existente ya, una belleza no tanto óptica como energética y dinámica; es una hermosura y forma del mañana, que en este momento sentimos surgir del hoy con bríos impacientes.

Es el trabajo el que continúa dando a esa ciudad su significado y su fisonomía. São Paulo no es ciudad para gente que quiere deleitarse, ni presume de representativa; nótase en ella la total ausencia de avenidas; hay pocos paseos, poco panorama, pocos centros de. esparcimiento, y por las calles vense casi exclusivamente hombres activos, presurosos, precipitados.

El que no trabaja o no viene aquí en plan de negocios, al segundo día ya no sabe cómo pasar el tiempo. El día tiene aquí doble cantidad de horas que en Río, y las horas, doble cantidad de minutos, ya que cada uno de ellos está cuajado de actividad. São Paulo tiene todo lo que hay de nuevo, de moderno, buenas industrias manuales y selectos negocios de lujo, pero uno se pregunta quién tiene tiempo allí para el lujo y para el deleite, en vez de dedicarlo a la obtención de lucro.

Se recuerda sin querer a Liverpool o Manchester, ciudades dedicadas íntegramente al trabajo, y, de hecho, São Paulo es, respecto de Río de Janeiro, lo que Milán respecto de Roma, o Barcelona respecto de Madrid, no siendo ni una ni otra la respectiva capital, ni la sede del gobierno, ni siquiera la guardiana de los valores artísticos, pero si ambas superiores a la respectiva capital por su energía dinámica. En el comercio y en la industria, el Estado de São Paulo solo -gracias en parte al clima, que no perjudica la actividad de los inmigrantes europeos- produce más que la mayor parte del resto del país; es más moderno, más progresista que todos los demás y, por lo tanto, más parecido, por su organización intensiva, a las ciudades norteamericanas y europeas. Nada de la maravillosa molicie de Río, de esa atmósfera que es permanente tentación de abandonarse a la contemplación y a la dulce ociosidad; la musicalidad que envuelve a aquella clara ciudad y a toda ha bahía de Guanabara está sustituida aquí por el ritmo, un ritmo fuerte y acelerado, como el latido del corazón de un corredor que no cejara en su carrera, extasiándose ante su propia velocidad. Lo que le falta en hermosura está compensado con energía, que en estas zonas tropicales llama mucho la atención y es muy apreciada; pero el hecho más importante es el que esta ciudad tiene conciencia de la necesidad de adquirir todavía la forma adecuada, y como São Paulo está rivalizando con Río de Janeiro, animada por la voluntad de no ser considerada inferior y de efecto poco artístico, pueden esperarse de esa ciudad muchas sorpresas en el curso de los próximos años.

En cuanto a las curiosidades propiamente dichas, aun no hay muchas en São Paulo, y las tres que existen, con ser grandiosas, se distinguen por un fuerte dejo desagradable. He aquí, en primer lugar, el museo Ipiranga, donde se pueden apreciar todas las variedades etnográficas de la fauna, la flora y la cultura del Brasil, ordenadas de un modo excelente, por cuadros de conjunto muy instructivos; pero lo que se siente al pasar por las salas es deseo antes que satisfacción, pues preferimos observar a los millares de multicolores colibríes y papagayos en su ambiente natural, en libertad, que no disecados, y sabemos que median pocas horas de camino de aquí a la selva, y frente a las vitrinas, soñamos con aquellas regiones fabulosas. Todo lo exótico deja de impresionar como tal al ser esquematizado y arreglado en forma de exposición; tórnase insípido como un objeto de enseñanza, como una categoría rígida, y por eso nos parece un poco absurda (aun en contra del propio entendimiento, que admira tal museo y no se cansa de ponderar su mérito) la naturaleza enclaustrada en medio de la naturaleza salvaje y exuberante. Tal gracioso mono nos encantaría, por supuesto, como merced concedida por la naturaleza si lo viéramos meciéndose entre palmeras, pero el aspecto de centenares de variedades de simios momificados y colocados a lo largo de las paredes no despierta en nosotros más que cierta curiosidad técnica. Dado que ni siquiera las exposiciones de fieras nos parecen del todo reales, menos todavía nos lo parecen los museos, aun cuando estén dirigidos, como el museo Ipiranga, con máxima pericia y formen un conjunto grandioso. Todo lo encerrado nos oprime, y por eso se me contrajo el corazón al ver la otra curiosidad, el célebre penitenciaría de São Paulo, establecimiento modelo que redunda en honor de la ciudad, de la nación y de sus directores. Aquí el problema del establecimiento penal -que en lo moral nunca podrá resolverse totalmente- ha sido abordado por el lado más humano, y este país, en cuyo código penal no figura la pena de muerte, ha procurado tratar a sus criminales según los principios más razonables y más modernos. Aquí, a diferencia de otros países, no se ha abolido la humanidad -por ser algo demasiado rancio- en el trato con los penados, sino que se desarrolla intencionadamente y es fomentada, en la convicción de que cada preso debe hacer el trabajo que le sea adecuado y que todos juntos deben formar una comunidad autárquica, por decirlo as!, bastándose a sí mismos. En este conjunto de casas grandes, asombrosamente limpias y edificadas de acuerdo con los preceptos de la higiene, todo el mecanismo es accionado por quienes en ellas viven; los mismos presos hacen el pan, preparan los medicamentos, administran la clínica y el hospital, cultivan las hortalizas y lavan la ropa, de suerte que rarísimas veces recurren a los servicios ajenos; los directores fomentan cualquier inclinación artística; se ha formado una orquesta; en las salas se pueden mirar los dibujos hechos por los presos. He aquí cómo en un país en cuyas provincias menos accesibles hay todavía un número bastante elevado de analfabetos, el establecimiento penitenciario brinda la ocasión de aprender lo que debía aprenderse en la escuela. Estamos convencidos de que la penitenciaría de São Paulo es un verdadero establecimiento modelo, que bastaría para corregir esa presunción de los europeos de que todas sus instituciones son las más perfeccionadas del mundo. Y, sin embargo, respiramos un desahogo al pasar, finalmente, por la última de la larga serie de pesadas puertas de hierro: respiramos libertad y vemos hombres libres.

Con parecido respiro de alivio se sale también del criadero de serpientes de Butantan, a pesar de que allí hemos visto cosas grandiosas y adquirido nociones fundamentales. Lo que allí atrae la curiosidad del público -pues nada gusta tanto al hombre como ver el peligro sin estar expuesto al mismo no me importaba mucho. Años atrás, yo había visto ya en la India cómo se sacan las serpientes venenosas de sus nidos subterráneos, cogiéndolas con unos palos para extraerles el veneno. Y siempre me ha causado repugnancia ver al hombre valerse de un animal vencido para ofrecer un espectáculo o un entretenimiento. Hace mucho que el Instituto de Butantan ha llegado a ser más que un criadero de serpientes y una fábrica de sueros terapéuticos para las frecuentes picaduras; es, en la actualidad, un instituto científico de primera categoría, donde los especialistas más famosos se sirven para sus investigaciones de los aparatos y dispositivos más modernos; en la hora que he pasado allí escuchando las explicaciones relativas a las distintas experiencias sobre transplantaciones y sobre desdoblamientos de naturaleza química, he aprendido más que durante años enteros en los libros; para los profanos, el trabajo material, la demostración en el objeto, es el único modo para hacernos llegar a la comprensión de los problemas abstractos. Y por ser las cosas sensibles o ópticas, las que más poderosamente obran sobre mi imaginación, nada me impresionó allí tanto como un solo frasco, de tamaño mediano, lleno de diminutos cristales blanquecinos: es el veneno de ochenta mil serpientes, que se guarda en aquel frasco en forma cristalina, de máxima concentración. Es el más tremendo de todos los venenos. Cada uno de esos granos, apenas perceptibles, que desaparecería completamente debajo de una uña, puede producir fácilmente la muerte instantánea de un hombre. Miles de veces más que, en las granadas del más grueso calibre, la destrucción se halla comprimida en este frasco único, terrible e irremplazable, portento más grandioso que el del conocido cuento de Las mil y una noches. Nunca había visto la muerte en forma tan concentrada, ni la he tenido entre manos multiplicada centenares de miles de veces, como en aquel minuto en que mis dedos tocaron ese frasco frío y frágil. Lo inconcebible de la posibilidad de aniquilar instantáneamente un ser humano íntegro, palpitante, con todos sus pensamientos y todas sus sensaciones; la parálisis repentina del corazón y de todos los músculos, producida por la mera introducción de un grano -mucho menor que un grano de sal- en el organismo, y ver esa posibilidad, casi inimaginable en el caso de un solo ser viviente, multiplicada por centenares de miles de veces, todo eso implica algo conmovedor y grandioso al mismo tiempo. Todos los aparatos de este laboratorio se me aparecieron de pronto como fuerzas que arrancan a la naturaleza, como si no fuera nada, lo más peligroso, con el fin de utilizarlo luego en un nuevo sentido, particular y creador, a favor de esa misma naturaleza; y miré entonces con respeto la casita que, expuesta al viento, se halla sumida en la soledad del verdor de una colina, abrazada por la naturaleza y dominándola mediante el infatigable espíritu humano.

 

VISITA AL CAFÉ

Simpática costumbre, como todas en este país hospitalario, es la de ofrecer café a todos los visitantes y a cualquier hora del día; el café negro, delicioso, servido en pocillos, es aquí la cosa más natural del mundo. Se toma de un modo distinto del nuestro: de un trago, como un licor, y muy caliente, tan caliente que -como dicen- un perro saldría aullando si sobre él se derramasen algunas gotas de aquél. Creo que no se puede comprobar por la estadística cuántos pocillos de café, aromático y ardiente, toma un brasileño por término medio en el curso de un día -supongo que han de ser de diez a veinte; y no menos difícil sería decir, de un modo apodíctico, en qué ciudad sabe mejor. Con celo homérico, todos los hogares se disputan la fama de prepararlo mejor, y así lo tomé, imparcialmente y con idéntico entusiasmo, en los pequeños cafés de Río, en la fazenda misma, en Santos -ciudad de café- y hasta en el Instituto del Café, de São Paulo, donde el modo de prepararle ha llegado a ser una verdadera ciencia y donde, terminando el curso, me dieron una bolsa de café y la mejor cafetera del mundo para el uso ulterior: en todas partes el café era igualmente aromático, fuerte y excitante, un fuego oscuro, que aguza los sentidos y hace más luminosos los pensamientos.

Rey Café: así podríamos llamar a ese potentado negro, puesto que sigue dominando económicamente este inmenso país y, desde su puerto de Santos, todos los mercados y Bolsas del mundo; de los veinticuatro millones de bolsas de café que se consumen en nuestro planeta, dieciséis son cultivadas en este país: esos diminutos granos de color gris perla o de venado, constituyen, en último término, su verdadera moneda.

El Brasil compra y paga con café las pocas materias primas que le faltan, en primer lugar el aceite y el trigo; compra y paga con semillas de café (con miles de millones de semillas de café), las máquinas e instrumentos técnicos. Por eso, la cotización mundial del café es el verdadero barómetro de la economía del Brasil: en caso de alza, prospera el país entero; cuando amenaza una baja, el gobierno quema las bolsas sobrantes o arroja los preciosos granos al mar, para que los coman los irracionales peces. Aquí, el café significa, en último término, oro y riquezas, ganancias y peligro: de su valor y de su arbitrio dependía, hasta cierto grado, toda la balanza comercial del país; no fue el milreis el que, en muchos años, determinó el valor del café, sino el precio del café en el mercado mundial el que determinó el valor del milreis.

El café, ese gran potentado económico del Brasil, es originariamente en ese país, como tanta gente hoy rica, un inmigrante.

Su verdadera patria es Arabia, el país del moka, y cuenta la leyenda que cierto día los pastores observaron allí sorprendidos que las cabras, después, de haber roído cierto arbusto, saltaban con más viveza. No tardaron en catar ellos mismos aquellos granos y comprobaron entonces que ejercían una influencia muy particular y, sin perjudicar la salud, disminuían el cansancio, razón por la cual llamaban al brebaje hecho con tan deliciosos granos kahwa (derivado de kaheja, lo que significa impedir el sueño). Los árabes llevaron el refrescante elixir a los turcos, y en ocasión del sitio de Viena, bolsas enteras caían como botín en manos de los austriacos.

Al poco tiempo se abrió en aquella ciudad el primer café, y la bebida oscura se puso rápidamente de moda en toda Europa, una moda pasajera, según equivocadamente opinaba la buena madame de Sévigné, cuando, refiriéndose a Racine, dijo: «Cela passera comme le café». Pero el café perduró -lo mismo, dicho sea de paso, que Racine- y emigró a la Guayana francesa, donde se conservaban las plantas y las semillas cuidadosamente, como secreto comercial. Así como, mil años atrás, los chinos escondían de los extranjeros el producto original de la seda, el capullo, y amenazaban con pena de muerte al que exportase un solo capullo intacto, hasta que dos monjes llevaron uno de ellos a Europa, en un bastón de peregrino vacío, el gobernador de Cayena tenía estricta orden de no permitir a ningún extranjero la entrada en las plantaciones.

Para bien del Brasil, ese gobernador tenía una esposa que, en el año de 1727, durante una hora de debilidad o después, obsequió al sargento mayor Francisco de Mello Palheta con algunos arbustos y raíces. De este modo, el oscuro inmigrante pasó de contrabando al Brasil, y, como todos los inmigrantes, pronto se sintió a gusto y cómodo en él nuevo ambiente. Primero se estableció en el norte del país, en la región del Amazonas y de Maranhao, junto con sus primos, el azúcar y el tabaco. El café sin esa compañía es y será siempre un deleite incompleto. Desde 1770 pasa poco a poco más al sur, hasta la región de Río de Janeiro. Alrededor de los cerros de Tijuca, donde hoy ya los rascacielos empiezan a disputar el lugar a los chalets rústicos, aduéñase de los campos y se hace cuidar y atender por miles de esclavos. Pero la atmósfera de Río no es del todo de su gusto, y por último termina por apoderarse de todo el territorio de Río y São Paulo para, al cabo de milenaria migración, extender su imperio sobre el mundo entero. De acuerdo con su origen oriental, vuélvese cada vez más tirano, subyuga a toda la economía desde su trono real en São Paulo.

Manda construir para sí los almacenes más estupendos, hace venir barcos desde todas partes del mundo, dicta el valor del dinero, empuja al país hacia especulaciones desaforadas y crisis peligrosísimas, y hasta vierte sus propios hijos -miles y miles de bolsas- al mar, porque el mundo se niega a pagarle todo su tributo.

Conceptué de mi deber hacer una visita de cumplido a un señor tan poderoso y que muchas veces había adelantado mi trabajo y en horas sin cuento me había aumentado el placer de la vida social. Para ir a ver a ese señor y rey en su residencia, tiene uno que adentrarse más en el país que en tiempos pasados. En los comienzos, cuando los portugueses traían el café de África a América -Enrique Eduardo Jacobo cuenta en su libro magnífico la leyenda de aquella migración-, las plantaciones se encontraban cerca de la costa. Durante siglos enteros, los valles vecinos de Santos y algunos de los hermosos parques de Tijuca, en las inmediaciones de Río de Janeiro, estaban convertidos en plantaciones de café; los negros llevaban las bolsas a cuestas desde los cafetales directamente a los buques. Mas, en el curso de decenios y decenios, la tierra de esas regiones resultó cansada después de haber producido y alimentado centenares de miles de semillas mágicas: los granos resultaron más pequeños que antes, menos eficaces y menos aromáticos. Una planta de café vive ochenta años, es decir, que alcanza exactamente la edad patriarcal del hombre.

Como en el Brasil nunca faltan terrenos incultos, las plantaciones fueron trasladadas cada vez más tierra adentro, de Santos a São Paulo, donde la tierra fértil y roja produce cuatro veces más que el suelo de Río; de São Paulo a Campinas, y siempre adelante hacia el interior. ¡Vamos, pues, a visitar al café en su actual residencia! Seguimos sus huellas en un viaje nocturno de doce horas, de Río de Janeiro a São Paulo; de São Paulo otras tres horas de tren a Campinas, antigua colonia de los jesuitas; luego, un viaje en automóvil, y henos aquí en el país del café, y finalmente, en una fazenda.

Fazenda, o, en español, hacienda. ¿Por qué nos es tan familiar esta palabra? ¿Por qué nos es tan conocida, de singular sabor romántico, despertando intensos y resonantes sentimientos olvidados? ¡Ah, la reconocemos! Nada se liga tan íntimamente a nuestro ser como los libros leídos con entusiasmo en la juventud. ¡Cómo nos figuramos plásticamente, con los ojos de la imaginación juvenil, aquellas haciendas del Brasil y de la Argentina en las novelas de Gerstaecker y de Sealsfield, aquellas fincas en medio de la selva tropical, o las inmensas pampas, esas lejanías exóticas, donde siempre acechan peligros y aventuras inauditas! ¡Cuán ardiente era el deseo de ver todo eso un día! Y ahora estamos aquí, aunque no llegamos montados en fogoso cimarrón, sino en un automóvil que nos conduce tranquilamente al patio, pasando por la entrada cubierta de una enredadera en flor; pero la fazenda ofrece exactamente el mismo aspecto que en los grabados antiguos y en las descripciones que leímos, cuando jóvenes, en los libros olvidados: una casa chata, de un solo piso, colocada en el centro de la propiedad que se extiende hasta perderse de vista, y con una galería corrida, ancha y umbrosa, por sus cuatro costados. Cerca de ella, vemos las casas de los trabajadores, agrupados en torno a una pequeña plaza rectangular, y recordamos haber leído en los libros que allí vivieron, hace sólo cincuenta años, los esclavos, que por la tarde se reunían en aquel sitio y cantaban sus canciones melancólicas; y tal vez alguno que otro de los negros encanecidos que andan por allí, silenciosos y contentos, recuerde todavía los tiempos pasados. Mas, no bien entramos en la casa hospitalaria, el reloj del mundo se pone a la hora actual: miramos todavía el artesonado; los muebles heredados, de acaya preciosa y dura como piedra; la vajilla de plata y los oratorios, guardados respetuosamente desde los tiempos de los portugueses. Pero desde hace mucho tiempo estas fazendas ya no son lugares solitarios, a los que de vez en cuando llega un viandante tras muchas aventuras azarosas, sino que son casas de campo modernas, con todo confort, piletas de natación, campos de juego, radio, gramófono y libros (entre estos últimos encuentras -¡niño, nunca soñaste con eso!- gran número de los tuyos propios). La alegría y la amabilidad ,reinan aquí en lugar del peligro de antaño: el siglo de la técnica ha hecho habitables las regiones más tropicales y más desiertas.

Las plantaciones propiamente dichas se extienden en torno a la fazenda por ondas de colinas, dilatadas y suaves: cada una de las casas se halla situada cual isla dentro de un infinito océano verde. Mas ese verde resulta -¡adiós, romanticismo! muy monótono, y no hemos de callar que las plantaciones de café o de té son, a decir verdad, cosas bastantes aburridas.

Los cafetos, todos ellos de igual altura y anchura y del mismo verde frío, se hallan a igual distancia uno de otro, produciendo la impresión de una columna de soldados vestidos con uniforme color de clorofila, en vez de gris de campaña, y que marchan sin brío y sin ostentación de colores; pronto la vista se cansa de mirar esas colinas verdes y como peinadas, y experimentamos cierto alivio al descubrir un sitio poblado de plátanos, que con sus racimos revueltos y meciendo sus copas, parecen tener más individualidad y no ofrecen un aspecto de tan triste monotonía. Mas el significado del cafeto no reside en su hermosura, sino en su fertilidad; cada uno de esos arbustos, que no llegan a la altura de un hombre, produce, como mínimo, dos mil bayas al año (en estas plantaciones de café de alta calidad la recolección se efectúa una sola vez por año), y dado que en estas fazendas se recogen los frutos de, a veces, centenares de miles de cafetos, se puede comprender el misterio de estas tierras profundas y oscuras, que llenan tales cantidades inimaginables de jugo y dulzura hasta el núcleo de la última baya.

La recolección propiamente dicha es muy sencilla. Es la única labor para cuya realización la técnica aun no ha inventado nada que sustituya al hombre; las bayas se recogen con la mano, de la misma manera que desde hace siglos, y los peones, tal vez, acompañan los mismos movimientos monótonos con las mismas canciones monótonas que, en otros tiempos, los negros esclavos. Luego los granos son transportados en carretillas, como si se tratara de arena, y después en carros y camiones, a la hacienda donde se agasaja al rey Café con varias ceremonias, como ser un lavado prolongado y, luego, un secado al sol.: sólo entonces las despulpadoras dejan al grano libre del pergamino que lo cubre, y el café, despulpado y lavado, es conducido por tuberías y cribas y, finalmente, embolsado.

Con ello está, o parece estar, terminado el trabajo. No hay nada de romántico en este procedimiento, que viene a ser lo mismo que sacar unos granos de guisante de su vaina para que se sequen, y lo único que me llamó la atención -en el cafetal, en la hacienda y en la instalación para beneficiar el café- fue la falta completa de aroma. Habíamos creído que al transitar por un cafetal con millares de cafetos, percibiríamos el olor de la más aromática de las bebidas, un olor delicioso y suave que envolviera aquel verdor y flotara por encima de él, un olor de los que se advierten hasta en un trigal o en cualquier bosque y tala. El café, cosa extraña, es completamente inodoro; retiene su aroma tenazmente, en lo más íntimo.

Todas las misteriosas sales, aceites e ingredientes que despiden un olor tan fuerte y aromático luego de tostados los granos, están, en un principio, muertos y mudos; se puede pasar por los depósitos con los granos de café hasta los tobillos y el olor no será distinto del que se percibe al caminar por terrenos arenosos; teniendo los ojos vendados, uno no sabría decir si las pacas y balas amontonadas en esas haciendas contienen algodón o café o cacao: fue una desilusión para mí, que había soñado con encontrar aquí exhalaciones deliciosas y narcotizantes, ver los millares de bolsas llenas de aquel exquisito estimulante para los nervios, hacinadas unas sobre otras, muertas, mudas y sin aroma, como cemento.

Y otra sorpresa nos esperaba en Santos, el gran puerto de exportación del Brasil: habíamos creído que el procedimiento terminaba con embolsar el café. Ahora vimos -en los grandes establecimientos- que se le somete a otro procedimiento. No todos gustan de la misma calidad de café: unos prefieren los granos de tamaño grande, otros los de tamaño pequeño. Ya hablamos visto cómo, en los mataderos de la Argentina, en el propio lugar de exportación, las distintas clases de carne -gorda o magra, de ganado mayor o menor- son seleccionadas según los gustos predominantes en los diversos países.

En Santos, gran horno encendido junto al mar, las semillas de café vuelven a ser sacadas una a una de sus bolsas. Otra vez se forman con ellas montones muy altos, que luego son absorbidos por un tubo, el bebedor de café más asiduo del mundo. Las masas amontonadas se convierten en corriente, pasando ora hacia arriba, ora hacia abajo, por una serie de cribas que separan los granos de tamaño mayor de los de tamaño menor, al tiempo que manos de mujeres, tostadas y ágiles, sacan de las cintas transportadoras, las semillas atrofiadas, que no sirven; de esta suerte, la producción es clasificada según calidades; se ponen uniformes y nombres a las distintas clases de café; la máquina que pesa y calcula automáticamente llena cada vez otra bolsa -que ya lleva número y marca de calidad- de, justamente, cincuenta kilogramos de una misma clase, y mientras la bolsa, que momentos antes estaba abierta y acaba de ser llenada en un abrir y cerrar de ojos, es arrastrada por la cinta transportadora, otra máquina la cierra cosiéndola por su extremo superior. Sólo ahora, después de esas distribuciones complicadas y supertécnicas, el café está, en efecto, listo para el viaje en vapores que lo esperan en el puerto para conducirlo a todas las partes del mundo.

Y aun la última fase del transporte, del almacén a la embarcación, nos deja admirados. Pues las bolsas ya no son llevadas a bordo, como en tiempos pasados, en los hombros de hombre tostados por el sol, subiendo por unas planchas.

Tampoco las grúas bajan, como lo hemos visto en otros puertos, girando elegantemente, la mercancía amontonada en el muelle a la bodega de los vapores; sino que aquí arriman un puente de acero, que se mueve sobre rieles, y lo ponen a la altura de la borda. El puente lleva montado un rosario, una alfombra rodante, que transporta las bolsas directamente (de una manera mucho más cómoda que a los pasajeros) desde el fondo de sus depósitos a bordo de los buques. Es agradable a la vista ese correr silencioso, mudo, mecánico: como un rebaño de ovejas que tienen que pasar una detrás de otra por una senda estrecha, así, durante horas enteras, las bolsas blancas salen una detrás de otra de los almacenes y entran suavemente a los buques, y es ahí donde uno llega a tener una idea exacta (pues las cifras mismas nunca pasan de ser cosas abstractas) de las fabulosas cantidades de mercaderías que caben en el fondo de un buque que sale para un viaje de dos semanas; y como aquí todos los días las embarcaciones están esperando borda con borda, imaginamos, también, las enormes cantidades que la humanidad bebedora de café consume a cada hora.

El buque voraz acaba de llenarse de café. A una pitada cesa el movimiento de la cinta transportadora; una o dos bolsas, impulsadas todavía por el rápido movimiento, se arrastran lentamente detrás de las otras. Oyese la señal estridente del vapor; las turbinas se ponen en marcha y el buque deja la costa del café. Todavía las casas resplandecen al sol; todavía se yerguen las esbeltas palmeras; pero cada vez brilla más lejos el inmenso verdor de ese mundo tropical, y bien pronto sólo las colinas se distinguen vagamente, y luego, desaparece también aquel último saludo del reino del café.

¡Ya pasó! ¡Pasó y ya está convertido en recuerdo! Y, sin embargo, cuando, de vuelta a casa, tomemos una taza de aquella bebida deliciosa y la más propicia para las artes, el exquisito aroma nos hará acordar el sol tropical, que encerró ese fuego oculto en el núcleo interior; la luz llameante, bajo la cual están ardiendo aquí todas las cosas existentes; y todos los árboles y todas las ensenadas de ese paisaje extraño, que, mientras se le contempla, estimula al hombre, irresistiblemente, para darse a fantasear y que, en lontananza, despierta. un vehemente deseo de volver a esas regiones donde la naturaleza, continúa creando libre, potente e inagotablemente.

 

VISITA A LAS DESAPARECIDAS CIUDADES DEL ORO

Villa Rica y Villa Real, que en el siglo dieciocho fueron las ciudades más ricas y famosas del Brasil, hoy ya ni siquiera figuran en el mapa. Los cien mil hombres que las habitaban en una época en que Nueva York, Río de Janeiro y Buenos Aires no eran sitio poblados sin importancia, dispersáronse y hasta los nombres pomposos han abandonado a esas ciudades.

Villa Rica, que la vox populi escarnecía luego cambiando su nombre por el de Villa Pobre, se llama hoy Ouro Preto, y no es más que una romántica villa provincial con unas pocas docenas de calles sin empedrar. En el lugar de Villa Real se alza una pobre aldea que se recoge humildemente a la sombra de la nueva capital del Estado de Minas Geraes, el moderno Bello Horizonte. Su brillo y su grandeza duraron apenas un siglo.

Este fugaz esplendor de riqueza y oro, que entonces iluminaba el mundo entero, provenía del pequeño río de las Velhas y de los flancos de los cerros que bordean su curso: fue una aventura iniciada por aventureros y que no se repitió.

A fines del siglo diecisiete, penetra por primera vez en esa zona inhóspita, sombría, un grupo de bandeirantes, de aquellos individuos osados que, partiendo de São Paulo, recorren el país entero en busca de esclavos y metales. Durante semanas y semanas vagan por los desfiladeros sin caminos, sin hallar una morada, un vestigio humano. Pero no cejan en su empeño, porque las montañas relucen en las partes donde se ha desprendido la capa superior con brillo de metal blanco y la tierra irradia un color rojo oscuro, como si estuviese saturada de fuerzas misteriosas. Por fin, la suerte se les muestra propicia: el pequeño río de las Velhas, que en su curso inquieto desde Ouro Preto hasta Mariana roe los cantos de los cerros, arrastra entre su arena oro, oro puro, de buenos quilates, y, sobre todo, en abundancia. Basta recoger la arena, en vasijas de madera, y zarandearla, y deposítanse entonces en el fondo las preciosas pepitas.

En ninguna parte del mundo el. oro se halla, en el siglo dieciocho, en tanta cantidad, tan a mano, tan fácilmente, como en esa región montañosa del Brasil.

Uno de los bandeirantes lleva el primer botín en una bolsita de cuero a Río do Janeiro -distante, en ese entonces, dos meses de viaje, y hoy, dieciséis horas en tren-, otro lo lleva a Bahía, y en el acto se inicia un asalto a aquel yermo, comparable únicamente al que se produjo en oportunidad del descubrimiento de los yacimientos auríferos de California. Los plantadores abandonan sus sembradíos de caña; los soldados, sus cuarteles; los clérigos, sus iglesias; los marineros, sus barcos; en botes, jinetes a caballo, en mulas y a pie, enormes multitudes se abren camino, obligando a sus esclavos negros, a latigazos, a acompañarlas. No tarda en llegar de Portugal la primera, segunda y tercera leva, y poco a poco acumúlanse tales masas, que amenaza producirse una escasez de víveres en ese páramo sin ganadería ni vegetación. Iniciase una animación caótica, ya que aún no se ha establecido en el lugar una autoridad que hiciese respetar !as leyes. Por desgracia, nos falta el competente testigo ocular literario, el Bret Hart brasileño, que nos describiese lo fantástico de ese primer tumulto desencadenado; pero, de todos modos, debe haber sido sin igual. Los paulistas, los descubridores, luchan contra los emboabas, los intrusos. Según su modo de ver, el oro les pertenece de modo exclusivo, como recompensa por las expediciones sin fin que sus padres y sus hermanos habían emprendido, en vano, desde São Paulo. Son vencidos, pero con ello no se establece la paz. Donde hay oro, impera la violencia. Los asesinatos, los robos y hurtos aumentan de hora en hora, y, desesperado, exclama el padre Antonil en su precioso libro (de 1708): «Ninguna persona sensata puede abrigar dudas en el sentido de que Dios sólo hizo descubrir tanto oro en las minas para castigar con ello al Brasil».

Durante más, de dos lustros reina en ese valle lejano un caos absoluto. Por último, interviene el gobierno portugués, para asegurarse su propia participación del oro que esos aventureros indisciplinados malgastan o exportan por medios subrepticios. Coloca un gobernador al frente de la nueva capitanía, el conde de Assumar, quien llega ahí con tropas de infantería y dragones para asegurar la autoridad de la corona. Con el fin de obtener una fiscalización exacta, dispone, como primera medida, que no salga una sola pepita de oro del territorio de la provincia. Todo el oro debe ser entregado primero a la fundición que él establece en el año 1719 y donde el gobierno puede descontar de inmediato la parte que le corresponde por ley, un quinto de todo el oro encontrado.

Pero los buscadores de oro repudian cualquier clase de fiscalización.

¿Qué les importa, en aquel yermo, el rey de Portugal? Bajo el mando de Felipe dos Santos reclútanse dos mil hombres, toda la población blanca y semiblanca de Villa Rica, para amenazar al gobernador, quien, sorprendido por la inesperada revuelta, concede a los sublevados, por un documento obligado, todo cuanto exigen. Pero, al mismo tiempo, moviliza en secreto sus tropas y sorprende, a su vez, a los amotinados, de noche, en sus casas. Felipe dos Santos es descuartizado, parte de la población incendiada, y en adelante se impone a Minas Geraes el orden mediante los recursos más severos y aun más crueles. En medio del hormiguero de esclavos y lavadores de oro que trabaja, excava, transporta y zarandea, las míseras chozas de barro, y las tiendas levantadas a toda prisa van transformándose, y paulatinamente empiezan a destacarse los contornos de una ciudad cabal. En torno al palacio del gobernador, la casa de fundición y la cárcel, que también tiene importancia para una administración ordenada, se agrupan casas de piedra; estrechas calles arrancan de la plaza principal, poco a poco so levantan iglesias y, con la riqueza inconmensurable que cincuenta y aun cien mil esclavos infatigables extraen y zarandean, llega a esas ciudades un lujo absurdo, un lujo frenético, infantil, que forma grotesco contraste con la soledad y el apartamiento de ese valle desierto.

A principios del siglo dieciocho se extrae en Villa Rica, Villa Real y Villa Alburquerque solas, más oro que en todo el resto de América, sin excluir Méjico ni el Perú, mucho más famosos. Pero dentro de aquel yermo, poca cosa puede comprarse con oro; por eso, los desdichados dementes del oro se abalanzan ávidos sobre cualquier baratija pomposa que los mercaderes acarrean a esos valles inhospitalarios, donde las venden con centuplicado provecho. Aventureros que hasta ayer eran todavía mendigos, se pasean ahora con abigarrados trajes de terciopelo, presumen con medias de seda y pagan por una pistola con incrustaciones veinte veces más ducados que monedas de plata se pagan en Bahía por esa misma mercancía.

Una mulata bonita cuesta más que en la corte de Francia la más dispendiosa de las cortesanas. Todos los cálculos, todas las medidas terminan por ser absurdas aquí debido a la abundancia del metal, que se obtiene con excesiva facilidad. Individuos harapientos pierden en una noche a los dados o a los naipes importes con que en Europa se podrían adquirir los cuadros más valiosos de un Rafael o un Rubens, o que bastarían para fletar barcos enteros o para edificar hermosos palacios. Pero esos individuos, que hace tiempo ya se consideran demasiado distinguidos como para empuñar personalmente la pala, prefieren comprar con su oro esclavos y más esclavos para que éstos les extraigan oro y más oro. El mercado de esclavos de Bahía no da abasto y los barcos casi resultan insuficientes para transportar tanta carga negra. Y así crece la ciudad de año en año; ya todas las colinas están cubiertas de refugios para esos animales de trabajo, negros, como con construcciones de termitas; ya las casas de los dueños de esclavos y explotadores de oro se vuelven más bonitas. Se levantan -signo de riqueza excepcional- incluso hasta un segundo piso, y se llenan de muebles y adornos.

Llegan, desde las ciudades de la costa, artistas, atraídos por el lucro soñado, para edificar iglesias y palacios y para adornar las fuentes con esculturas. Unos decenios más de tal progreso vertiginoso y Villa Rica habrá de transformarse en la ciudad más rica, más hermosa y más poblada de América.

Pero el falaz milagro desaparece del mismo modo fantasmagórico como surgió. El oro del río de las Velhas no era sino oro de aluvión, y, al cabo de cincuenta años, queda agotada la preciosa superficie. Para sacar el pérfido metal de las entrañas de la roca, de la que siglos y tal vez milenios lo habían extraído y reducido a pepitas con trabajo invisible, faltan a los primitivos lavadores de oro la fuerza, las herramientas y, sobre todo, la paciencia. Durante un tiempo procuran abrir galerías directamente en la roca, para llegar hasta el precioso metal, pero el esfuerzo resulta vano, y no tarda en dispersarse el tropel nómada. Los negros son reconducidos por la fuerza a las plantaciones de azúcar, y sólo tal o cual aventurero fija su domicilio en la matta, los valles fértiles situados a menor altura. Al cabo de uno o dos decenios, las ciudades del oro quedan abandonadas. Las chozas de barro, donde residían los esclavos, se hunden en el suelo sin dejar rastro, el viento y la lluvia dispersan los techos de paja que las cubrían; las casas de la propia ciudad se convierten en ruinas y, por espacio de casi dos siglos, no se construyen otras. Como en los tiempos del comienzo, nuevamente es trabajoso llegar hasta esos lugares desaparecidos y olvidados.

Es verdad que, gracias a la técnica moderna, resulta fácil el acceso a la actual capital de Minas Geraes, fundada poco antes de comenzar nuestro siglo; el avión cubre en hora y media la distancia entre Río de Janeiro y el altiplano de Minas Geraes, para la que, en su tiempo, los primeros bandeirantes empleaban dos meses de viaje, y aun el ferrocarril de nuestros días necesita dieciséis horas. Esa nueva capital del Estado, Bello Horizonte -en el Brasil se hallan las variantes más singulares en todos los dominios y también en el de las construcciones de ciudades-, no ha crecido orgánicamente, sino que ha sido proyectada; es una ciudad creada por la voluntad, la previsión y el cálculo que toma en consideración decenios de progreso. La capital primitiva, tradicional, de Minas Geraes, la antigua Villa Rica, que hoy se llama Ouro Preto, no podía modernizarse sin echar a perder, simultáneamente, un documento sin par de la historia del Brasil. Por lo mismo, el gobierno resolvió construir una capital completamente nueva al lado de la anterior, y ello en el sitio que por el paisaje es el más hermoso, y, por el clima y geográficamente, el más conveniente.

En un principio, debía llamarse ciudad de Minas, pero, en consideración de su amplio panorama -aquí se ven las más bellas puestas del sol del Brasil-, se prefirió darle el bonito nombre itálico de Bello Horizonte. Mas, mucho antes de procederse a la denominación, mucho antes de colocarse la piedra fundamental de la primera calle, se había modelado esa ciudad completamente, con un trazado sumamente previsor.

No se quería confiar al azar ni su forma ni su desarrollo, y cada barrio tenía de antemano su destino, cada calle su ancho y dirección, y todo edificio público debía adaptarse con rasgos propios y a la vez armoniosamente al futuro conjunto de la ciudad. Bello Horizonte es, lo mismo que Washington, el resultado feliz y ejemplar de un proyecto no trabado por el pasado y tendiente únicamente al futuro. Imponentes diagonales dividen de modo muy sensato y bien calculado el circulo en que -guardando distancias e intervalos regulares- la ciudad se despliega y se desplegará cada vez con mayor amplitud.

En el centro están reunidos los edificios de la administración pública. Amplios jardines comunican las calles simétricas con los alrededores, y cada calle tiene, alternativamente, el nombre de ciudades, regiones y grandes personajes brasileños, de modo que un paseo a lo largo de la periferia proporciona a la vez un curso sistemático de geografía e historia brasileñas. Ideada desde un principio como ciudad modelo, Bello Horizonte cumple tal destino gracias a una organización e higiene ejemplares. Mientras en otras ciudades encanta precisamente la multitud de contrastes, la yuxtaposición y el caos pintoresco de distintas capas culturales y cronológicas, sorprende en Bello Horizonte la homogeneidad perfecta y armoniosa. Ciudad absolutamente bonita, por haber nacido de una idea, Bello Horizonte ha conservado una claridad de línea de desarrollo único, y el sentido de esa idea, incorporada a su construcción -la de ser capital de un Estado que es tan grande como un reino europeo-, se manifiesta de año en año con mayor claridad. Fundado en 1894, era en el año 1897 todavía poco más que un pedazo de tierra incultivada, y cuenta hoy ya con más de 150.000 habitantes y se halla, en virtud de su situación favorable y su excelente clima, así como gracias al proyecto previsor, en rápido crecimiento, que es además absolutamente armonioso. A pesar de todos los cálculos, no puede preverse hasta dónde podrá desarrollarse una vez que se inicie sistemáticamente la explotación metalúrgica de ese Estado riquísimo y cuando Minas Geraes despliegue todo su poderío industrial. A una próxima generación el nombre de Bello Horizonte le será, sin duda, tan familiar como los de Río y São Paulo.

Trasladarse de Bello Horizonte a Ouro Preto, de la nueva capital a la antigua, significa tanto como viajar del futuro al pasado, del mañana regresar al ayer. Apenas se dejan tras de sí las calles asfaltadas de la nueva capital, y ya las carreteras empiezan a recordar muy intensamente el pasado, pues la roja tierra barrosa despide, por efecto del calor, una nube de polvo, y tras un aguacero conviértese en una masa pegajosa; como otrora, aun hoy no es del todo fácil y cómodo llegar hasta el mundo del oro. Contemplando el panorama desde el claro y acogedor altiplano de Bello Horizonte, creí que detrás de la escarpada cadena de montañas había de extenderse un paisaje limpio, llano y tropical. Pero, en realidad, la carretera conduce en curvas incesantes, subidas y bajadas continuas, siempre a través de nuevas serranías. En algunos puntos ascienden a mil y aun a mil cuatrocientos metros, a picos sobresalientes, desde los cuales la vista abarca un panorama cuya grandiosidad sólo tiene par en Suiza: montaña tras montaña, como gigantescas olas petrificadas, un nuevo océano verde e infinito, de piedra y selva. Fuerte y perfumado, pasa el viento sobre esas alturas, y su susurro quedo es el único tono que se advierte en esa soledad. Ningún vehículo en la carretera, apenas una choza en un trayecto de horas, ningún carro labrado, ningún tañido de campanas, ningún canto de pájaro. Siempre y sólo el sonido original de los comienzos de los tiempos en ese mundo vacío, inanimado, que no parece conocer aún el hombre. Y, sin embargo, hay en ese solitario paisaje de salvaje belleza algo que excita extrañamente la fantasía; se siente que aquí se oculta en la tierra, en la roca y en el río un secreto peculiar. Un brillo extraño emana de las quebradas, un centelleo de mineral y metal. Aun sin saberlo, por mérito de lecturas; y estudios, se sospecharía, por el mero fulgor brillante, que esas montañas guardan en sus entrañas metal, un tesoro de metal inexplotado aún y casi incalculable. Lo revela la misma carretera con su barro polvoriento, tan saturado de hierro, que se vuelve de un rojo oscuro y da al automóvil, después de corto viaje, un brillo purpúreo, tornándolo semejante al carro flamígero del profeta Elías. Lo revela también el río, el río de las Velhas, que arrastra, pesada y saturada, la arena refulgente. Yace aquí oculto un brillante mundo subterráneo lleno de valiosos cuarzos, y pasarán decenios aún, tal vez siglos, antes de que se ofrezca a la impaciencia humana. Más, ahora, ningún golpe de azada, ningún traqueteo de maquinas interrumpe la soledad; sigue la carretera, ora subiendo, ora bajando, por las pétreas vueltas, arriba y abajo, y ya se está a tal punto acostumbrado a esa inanimada grandiosidad que sólo se espera encontrar nuevas viviendas humanas abajo, en el valle. Aquí arriba, según lo que se cree, no vive nadie, ni ha morado jamás hombre alguno.

Pero de improviso, en una nueva curva, refulge algo con un doble relámpago blanco: las dos torres claras de una esbelta y bonita iglesia. Y aterra casi tan súbita irrupción de perfección humana en esa soledad dura y severa. Pero he aquí, en la colina vecina, una segunda iglesia, igualmente liviana, esbelta y blanca, y una tercera. Son tres de las once iglesias que protegían la otrora poderosa ciudad de Villa Rica y que ahora protegen la pequeña ciudad adormecida de Ouro Preto.

Es como irreal la primera impresión que causan esas iglesias prominentes, que alzan su belleza, libres y orgullosas, hacia el cielo, mientras a sus pies algo se tiende, pequeño e incierto, como un sobrante olvidado o tirado: esa ciudad transportada a ese lugar por el ave maravillosa del cuento de hadas, esa ciudad que de repente se cansó y que, expoliada por sus habitantes, no logró nunca más sobreponerse a su agotamiento.

Nada cambió en esa ciudad, mientras en Río de Janeiro y en São Paulo se construye una casa nueva cada hora y por todas partes las dimensiones aumentan de un modo fantástico, con un vigor de crecimiento tropical. Por la plaza principal, donde se alza el que fue palacio del gobernador, cuya autoridad alcanzaba a cien mil personas, pasan unos pocos individuos, a modo de sombras, que se pierden en las estrechas y pedregosas calles laterales; trotan mulas, exactamente como en los tiempos coloniales, en largas filas, una tras otra, con su carga de leña; en oscuro recinto trabaja el zapatero con la misma brea, las mismas herramientas y el mismo alambre que usaban sus antepasados, como esclavo o hijo de esclavo.

Las casas parecen a tal punto cansadas que dan la impresión de estar tan juntas y bajas para apoyarse la una en la otra; su revoque es viejo y gris, ajado y arrugado, como el rostro de un anciano. Sabemos que por ese mismo empedrado irregular, tanto aquí como en Mariana, subían y bajaban por las callejuelas los abuelos y antepasados más remotos de esa misma gente, llevando idéntico indumento y dirigiéndose a igual tarea: al anochecer, se tiene la impresión fantasmagórica de que esos hombres son todavía los mismos de antaño o su sombra. A veces se queda uno sorprendido porque las campanas de las iglesias cuentan las horas, pues ¿para qué indicar el tiempo cuando se ha detenido y está parado? Cien años o doscientos no parecen aquí más que un día. Se pasa, por ejemplo, a lo largo de una hilera de casas quemadas; sin techo ni vigas, yérguense, tiznadas, las murallas desnudas y medio derruidas. Dan la impresión como si una semana atrás, un mes atrás acaso, se hubiera producido ahí un incendio y la gente no se hubiese tomado aún la molestia de remover los escombros. Pero entonces nos informan que ésas son las casas que en el mes de julio de 172ó había mandado incendiar el gobernador, conde Assumar. En todos esos años no se movió una mano para reconstruirlas o para derribarlas por completo. En Ouro Preto, en Mariana y en Sabará todo ha quedado tal cual estaba en el tiempo de los esclavos y del oro. Con alas invisibles, y sin tocarlas, ha pasado el tiempo sobre las desaparecidas ciudades del oro.

Pero precisamente ese estacionamiento del tiempo presta hoy a esas ciudades hermanas de Ouro Preto, Mariana, Sabará, Congonhas do Campo y São Joao d’El Rei, su peculiar encanto. En medio de un paisaje variado, se conservan, como de ordinario bajo los cristales de un museo, la imagen del tiempo y de la cultura coloniales tan incólume como en ninguna otra parte de América y acaso de un modo más impresionante que en cualquier otro lugar. Esas viejas ciudades mineras son, hoy por hoy, el Toledo, la Venecia, el Salzburgo, el Aigues-Mortes del Brasil, historia hecha imagen, y, además, historia de una cultura nacional sin par. Por inverosímil que ello parezca, lo cierto es que en esas ciudades apartadas, que en su tiempo ninguna carretera comunicaba con la costa ni con el mundo, en que sólo se habían agrupado aventureros incultos, ambiciosos de oro y de rápido lucro, nació en el corto tiempo de su florecimiento un arte absolutamente propio. Las iglesias y capillas de esas cinco ciudades, creadas por un solo gremio de artistas locales, cuentan entre los monumentos más originales del pasado colonial de que dispone el Nuevo Mundo. Y vale, por cierto, la pena hacer un viaje asaz complicado para verlas.

Esas claras iglesias bien proporcionadas, que desde las colinas de Ouro Preto, Sabará, Congonhas do Campo y Mariana se saludan fraternalmente, no presentan, en rigor, líneas nuevas, ni una arquitectura local típicamente brasileña. Están todas ellas construidas en el llamado barroco jesuítico, y sus trazados venían, sin duda, de Portugal. En cuanto a la riqueza de los ornamentos, las superan las iglesias de San Benito y de San Francisco, en Río de Janeiro, y en cuanto a la edad, las de Bahía. Lo que las torna dignas de verse e inolvidables es el modo armonioso como combinan con un paisaje completamente yermo, y su originalidad consiste en el milagro que ha hecho posible que edificios tan grandiosos y artísticos hayan podido surgir en una zona que en aquel tiempo estaba completamente aislada del mundo civilizado, en el milagro, aun hoy sin explicación acabada, de que en medio de una horda, precipitadamente acumulada, de buscadores de oro, aventureros y esclavos, haya existido un pequeño grupo de artistas y operarios brasileños capaces de dar a esas iglesias, de un modo perfecto y personal, tan rica ornamentación pictórica y escultórica. Quizás es éste un secreto que nunca se revelará.

Es posible que jamás se llegue a saber a ciencia cierta de dónde procedió y cómo se unió en la labor ese grupo errante, que recorrió muchas millas de una ciudad del oro a otra, para levantar allí, en comunión orgánica por sobre la servidumbre ambiciosa del oro, esos monumentos de la fe cuyo esplendor llega muy lejos. Una sola figura se destaca plásticamente de ese grupo, la del escultor de tan fecundo círculo, Antonio Francisco Lisboa, llamado el Aleijandinho, el mutilado.

Este Aleijandinho es el primer artista verdaderamente brasileño, y ya típicamente brasileño por ser mulato, hijo de un carpintero portugués y de una esclava negra. Nacido en Ouro Preto, en el año de 1730, en una época en que esa ciudad no era sino una confusión de gente presurosamente llegada, sin casas verdaderas, sin iglesias ni palacios de piedra, se crió sin profesión, sin maestro y sin los más rudimentarios elementos de cultura. Lo que primero llamó la atención de los demás en ese mulato travieso fue su fealdad demoníaca, que le dio una especie de fraternidad bastarda con Miguel Ángel, cuyo nombre, seguramente, no había oído nunca y de quien jamás vio una obra. Con sus gruesos labios de negro, sus grandes orejas caídas, sus ojos inflamados y de mirar constantemente iracundo, su boca torcida y sin dientes y su cuerpo deforme, debe haber tenido ya en su juventud un aspecto a tal punto repugnante que, según cuentan los cronistas, cualquiera que se encontraba con él de improviso sentía espanto. A ello se agregó, a partir de sus cuarenta y seis años de edad, la horrible enfermedad que le mutiló, carcomiendo primero los dedos de sus pies y luego las falanges de los dedos de la mano.

Pero ninguna mutilación logra impedir que el tan cruelmente señalado por la naturaleza continúe trabajando. Cada mañana, ese Lázaro brasileño se hace conducir por sus dos esclavos negros hasta el taller o las iglesias. Ellos dan apoyo a sus pies mutilados e inseguros, y atan el pincel o el cincel a la mano sin dedos para que pueda trabajar. Y sólo cuando ya ha cerrado la noche le reconducen en la litera a su casa. El Aleijandinho conoce el horror que inspira. No quiere ver a nadie, ni quiere ser visto por persona alguna. No quiere más que su trabajo, que le permite olvidar su sino oscuro, insoportable.

Sólo vive para su trabajo, y sólo por él y gracias a él vivió hasta los ochenta y cuatro años.

Conmovedora tragedia de un artista, en cuya alma ensombrecida anidaba tal vez un genio auténtico y a quien una suerte adversa negó la oportunidad de realizar sus posibilidades supremas, verdaderas. Es posible que en ese mulato mutilado viviese el germen de un escultor, cuyas obras habrían estado destinadas al mundo entero. Pero perdido en una apartada aldea de montaña, en medio de la soledad tropical, sin maestro, sin camaradas que le ayudasen, sin conocimientos y, aun sin idea de los grandes ejemplos, ese pobre mestizo sólo pudo aproximarse trabajosamente y por senderos inciertos a la obra de real valor. Solitario, como Robinsón Crusoe en su isla, Lisboa nunca vio una estatua griega en el yermo cultural de su pueblo de buscadores de oro, ni siquiera una copia de Donatello o de cualquiera de sus contemporáneos.

Nunca palpó la superficie blanca del mármol, ni conoció la ayuda propicia del fundidor de metales. Nunca hay un compañero a su vera para enseñarle las leyes del arte ni los secretos técnicos transmitidos de generación en generación.

Mientras otros aprovechan el aplauso, se exaltan en la emulación ambiciosa, él permanece solo en su soledad que asesina el alma, y debe buscar, labrar, inventar lo que otros encontraron listo y a su disposición y acabado desde los siglos. Pero el odio a los hombres, la aversión que le inspira su propia figura repugnante, le empuja cada vez más al trabajo y, de un modo penosamente lento, al encuentro de sí mismo. Mientras sus plásticas ornamentales sólo son de buen gusto, artísticas, desde el punto de vista profesional, en tanto que sus figuras no salen del esquema del barroco, alcanzan a los setenta, a los ochenta años, una expresión artística propia, personal.

Las doce grandes estatuas de piedra jabón, esa extraña piedra blanca, pero resistente al tiempo, que coronan la escalinata de la iglesia de Congonhas do Campo, tienen, pese a todas sus fallas técnicas y torpezas, un ímpetu y una grandeza acabados. Genialmente adaptadas al escenario, respiran al aire libre con fuerte movimiento, mientras las reproducciones en yeso que se conservan en Río de Janeiro dan una impresión de rigidez. Un alma indómita se manifiesta en sus gestos extáticos y altivos. El esfuerzo y tormento de una oscura vida mutilada se convierte en ellas en obra de arte o, cuando menos, en efecto artístico.

Los demás artistas -en parte anónimos- que intervinieron en la construcción y ornamentación de esas iglesias también tuvieron que vencer dificultades sin cuento. No disponían de los bloques de piedra necesarios para dar a los edificios toda su fuerza, ni de mármol, y tampoco de las herramientas para labrarlo; pero tenían oro, oro en abundancia. Podían dar brillo con el valioso metal a las balaustradas de madera, a los marcos y molduras, y por eso los altares irradian un fulgor intenso. Es fácil imaginarse que los primitivos habitantes, que moraban en refugios miserables, que apenas si tenían una cama y no disponían sino de un traje, un puñal y una pala, se sentían orgullosos cuando es las iglesias albas, con toda la magnificencia de sus cuadros y esculturas, llevaban a su vida bárbara y desenfrena un presentimiento de la belleza supraterrena. Pronto, los esclavos negros no querían quedar a la zaga de los demás. Ellos también querían iglesias, donde los santos debían de ser de color oscuro, como ellos mismos, y aportaron sus escasos ahorros para edificarse igualmente tamaña magnificencia. De esta suerte surgió en otro solar de Ouro Preto la iglesia de Santa Ifigenia, donada por el Chico Rey, un esclavo negro que en África había sido príncipe de una tribu y que, luego de haber sido particularmente afortunado en la búsqueda de oro, había comprado la libertad para sí y para otros esclavos de su tribu. Esa corona de iglesias brilla hoy en medio de la solitaria región montañosa y por encima de las ciudades desaparecidas. Un aspecto incomparable, y un cabal consuelo para la vista. Lo que el río había acarreado con esfuerzo eterno, la parte que las montañas cedieron de sus tesoros, que están lejos aún de haber sido extraídos por completo, se transformó en el valor más noble y más duradero de este mundo: en belleza. Hace tiempo, muchísimo tiempo, que los moradores y las mismas ciudades han desaparecido de esos valles abandonados, pero las iglesias quedaron como vigías y testigos de una grandeza marchita.

Ouro Preto, que en su sombría decadencia es el Toledo brasileño, y Congonhas, que, en situación más apacible y coronado de palmeras, es el Ovieto o Asís del Brasil, han resistido el embate del tiempo, guardando fielmente el pasado.

Con toda razón resolvió el Brasil conservar intacto, como «monumento nacional» ese legado precioso, tanto más cuanto que Ouro Preto, por otra parte, se ha convertido en su historia nacional, debido a la confabulación de la Inconfidência Mineira, en lugar de peregrinación. Ver esas ciudades es una experiencia muy singular y no solamente un placer para los ojos y los sentidos. De modo misterioso siéntese en su existencia, incomprensible en el fondo, la magia múltiple de ese metal amarillo que levanta ciudades en medio del desierto, que despierta en los saqueadores más bárbaros un ansia de arte, que aquí, como en todas partes, estimula tanto los instintos buenos como los malos y que, siendo él mismo frío y pesado, despierta, sin embargo, en los sentidos de los hombres y en su sangre los sueños más ardientes y sagrados, la magia, pues, de esa ilusión más misteriosa e indestructible, que una y otra vez y siempre. de nuevo confunde al mundo.

Con una última mirada sobre esas colinas románticamente sombrías como las iglesias que se tienden sobre ellas como alas de ángeles, se deja ese mundo singular que el brillo fatuo del oro proyectó siglos atrás, cual un espectro en el espacio desierto. Pero nadie quiere abandonar esos valles de oro sin haber visto con sus propios ojos siquiera una partícula, un rastro del elemento misterioso que trajo a los hombres hasta aquí; no se quiere volver del mundo dorado sin haber tocado, sin haber palpado oro. La ocasión parece propicia.

De vez en cuando se ve todavía, al pasar, un hombre de pie en medio del río de las Velhas zarandeando, a la usanza antigua, la arena en la batea. Esto tampoco ha cambiado en el curso de doscientos años: pobres buscadores de oro, de ningún modo románticos, tientan todavía la suerte, ya que todo el mundo tiene permiso para buscar el oro de aluvión según los métodos antiguos. Hubiera querido contemplar y observar a uno de esos pobres buscadores de fortuna en su penosa tarea, pero se me advirtió que no perdiera el tiempo.

Durante horas y horas, a veces durante días y días, esa gente paupérrima zarandea en balde su batea, recogiendo sin ton ni son la arena del lecho del río. Hoy ya es una suerte muy grande cuando, por fin, uno de ellos encuentra una sola minúscula pepita en su criba. Ella le permite vivir unos pocos días estrechamente, para luego volver a sacudir por semanas y semanas. Buscar oro en la arena de aluvión se ha convertido aquí en tarea trágica, desesperante. Mientras un hallazgo feliz recompensa a veces el trabajo de años de un grampeiro, un buscador de diamantes, esos francotiradores de la caza del oro están en situación peor que el más pobre de los obreros.

Ha tiempo ya que la explotación de oro sólo es posible sobre una base organizada y colectiva, como en las minas modernas de Morro Velho y de Espirito Santo, que son dirigidas por ingenieros ingleses y servidas por máquinas norteamericanas.

Es una industria complicada, excitante y digna de verse, que conduce de la luz del día, hasta las entrañas de la tierra. Desde que el oro de Minas llegó a conocer a los hombres en toda su brutalidad, se retiró y escondió de ellos en las rocas. Ya no permite ser asido fácilmente, pero en los millares de años de cacería, el hombre también se ha vuelto mucho más hábil y refinado que sus antepasados. Inventó con la técnica un arma efectiva, y dentro de las galerías profundas, cada vez más profundas, manos de acero procuran ahora llegar hasta el malicioso metal. Las galerías han horadado la roca hasta dos mil metros de profundidad, y no pasan minutos, sino horas, antes de que el ascensor llegue a la galería más profunda. Allá se cumple la tarea principal. Con perforadores eléctricos se despedaza el mineral oscuro, que es luego transportado hasta el ascensor en pequeñas vagonetas tiradas por burros, pobres burros grises, condenados a trabajar y dormir toda su vida en las galerías, iluminadas por luz eléctrica, esclavos y víctimas, como los hombres, del oro. Sólo tres veces por año, en los días de Pascua, de Pentecostés y de Navidad, se les permite subir, por una sola jornada cada vez, a la luz del día, mientras las tareas permanecen en suspenso. Apenas ven la luz del sol, los pobres animales empiezan a gritar jubilosamente, a saltar y a revolcarse gozosos de la luz verdadera, que tanto tiempo echan de menos. Pero lo que se transporta en aquellas vagonetas no es oro puro, ni mucho menos. No es mas que un mineral bruto, gris, sucio, duro, un conglomerado en el que aun la vista más penetrante no podría descubrir un resplandor de oro. Pero entonces tratan máquinas gigantescas esos bloques de mineral, martillos enormes los destrozan, golpean y trituran hasta que se convierten en una masa blanda, continuamente lavada con agua, que luego pasa por tamices y por encima de mesas vibratorias. De ente modo se separa lo metálico cada vez más del resto de la masa que no tiene valor.

La arena, purificada y muy fina ya, se tamiza nuevamente mediante procedimientos eléctricos y químicos, hasta que, por último al cabo de infinitas fases casi indescriptiblemente refinadas, se ha extraído del mineral hasta la última y mínima partícula de oro. Ahora, el elemento puro puede fundirse en crisoles candentes.

Durante una o dos horas se han visto con interés y atención esos procedimientos debidos al genio colectivo de infinitas invenciones. Se han visto centenares, y aun millares de hombres en esa fábrica gigantesca, los obreros en las galerías, junto a las máquinas, los cargadores, los fundidores, los fogoneros, los ingenieros, los administradores. El trueno de los martillos que se precipitan retumba todavía en el oído, duelen los ojos, que han visto demasiado en el cambio constante de oscuridad, luz artificial y natural. Se ha visto todo, menos lo principal, el oro puro, el resultado palpable de todos esos esfuerzos fantásticos. E impaciente quiere saberse cuánto produce la labor de los ocho mil hombres que día a día trabajan en esa obra. Se ansía saber qué cantidades inmensas de oro produce en un día el procedimiento complicado de esa maquinaria imposible de abarcar con una sola mirada, y el empeño de todas las fuerzas intelectuales, manuales, químicas y eléctricas que se han puesto en juego. Por último, se tiene oportunidad de ver el producto de una jornada y casi se queda aterrado, ya que parece tan insensatamente poco. No es, según yo había creído, un grandioso montón, no son bloques enteros como en las cámaras de Moctezuma, sino una barra pequeña de oro, no más grande que un ladrillo. Es, pues, un solo trozo de metal amarillo lo que esos ocho mil hombres extrajeron con ayuda de complicadísimas máquinas y con trabajo organizado del modo más hábil, y ese solo ladrillo dorado para los ocho mil hombres, paga los intereses de las inversiones e incluso alimenta, no se sabe dónde, a los accionistas anónimos. Y una vez más advertí la magia diabólica que en todos los siglos ejerce ese metal amarillo sobre los hombres. Reconocí por primera vez, con la vista y los sentidos, todo el absurdo de esa servidumbre cuando vi en París los subterráneos del Banco de Francia, donde, como en una especie de fortaleza, a muchísimos metros debajo de tierra, yacía en lingotes la pretendida riqueza de Francia, muerta y fría, en realidad millones y miles de millones imaginarios, cuando vi todo el trabajo, todo el arte y toda la fuerza intelectual que se emplean para volver a guardar en el seno de la tierra, en una mina artificialmente construida en París, el oro penosamente extraído en África, América y Australia. Y aquí, en otro extremo de la tierra, fui testigo del mismo empeño, del mismo arte, de la misma fuerza espiritual condensados en el trabajo de ocho mil hombres para arrancar astutamente a la tierra aquel mismo, metal muerto, sólo para que en alguna parte vuelva a ser enterrado en ella en la galería artificial de un Banco, de un subterráneo. Y me negué el derecho de burlarme de la locura de los buscadores de oro de Villa Rica, que se paseaban allí ataviados con trajes de gala, pues el delirio remoto se ha conservado hasta el día de hoy, y sólo cambia de formas. Ese frío metal sigue incitando a la humanidad más poderosamente que todas las dínamos y todas las ondas espirituales, y determina, con efectos incalculables, los acaecimientos de nuestro mundo. Y precisamente luego de haber visto delante de mí el ladrillo de oro frío y absolutamente trivial, cobré conciencia de lo absurdo.

Me ocurrió, pues, algo extraño en esos valles del oro. Había ido allí para conocer mejor su poder, su efecto, en el punto de su origen, a la vista de sus formas reales, palpables.

Pero nunca conocí más profundamente el absurdo de esa ilusión que en el minuto en que toqué, completamente falto de respeto, el amarillo ladrillo de oro, al que aun parcela estar pegado el esfuerzo invisible de miles de manos: no era más que frío y duro metal. Ninguna vibración, ningún calor inundó mis manos, ninguna excitación sobrevino a mis sentidos, ningún respeto sintió mi alma. Y no logré comprender que sirviese a esa ilusión la misma humanidad que, sin embargo, es capaz de crear tan grandes y brillantes obras como aquellas iglesias luminosas, y de guardar en ellas, respetuosamente, el legado terrenal de la eternidad: el arte y la fe.

 

VOLANDO SOBRE EL NORTE BAHÍA: FIDELIDAD A LA TRADICIÓN

Esta ciudad representa los comienzos del Brasil y -afirmación fundada- de la América del Sur. Aquí fue establecida la cabeza del gran puente cultural sobre el océano; aquí se preparó con elementos europeos, africanos y americanos la mezcla nueva, en eficaz fermentación todavía. Por eso, Bahía nos inspira respeto antes que admiración: esta ciudad tiene el privilegio de ancianidad sobre las demás ciudades del continente americano. Bahía, con sus más de cuatrocientos años, con sus iglesias, sus catedrales y sus castillos, es para el Nuevo Mundo lo que las metrópolis milenarias para los europeos; lo que para nosotros son Atenas, Alejandría y Jerusalén: un santuario cultural. Y, lo mismo que frente a un rostro humano, se siente frente a esta ciudad, respetuosamente, que ella tiene un destino, un pasado glorioso.

La actitud de Bahía es la de una reina viuda, reina viuda de grandiosidad shakespeariana. Está unida a los tiempos pasados. Hace mucho que delegó el poder real en una generación joven, impaciente. Pero no abdicó, sino que ha seguido conservando su jerarquía y, por esta jerarquía, una majestad incomparable. Orgullosa y erguida, mira, desde lo alto al mar, por donde han llegado todos los barcos a lo largo de los siglos, ostentando todavía el viejo adorno de sus iglesias y sus catedrales, y esta actitud majestuosa se ha conservado en sus habitantes. Aunque las ciudades de más reciente fundación -Río de Janeiro, Montevideo, Santiago de Chile y Buenos Aires- son más ricas, más poderosas y más modernas, Bahía tiene su historia, su cultura y su forma de vida propias.

De todas las ciudades del Brasil, ha sido la que más fielmente guardó la tradición., Sólo por sus piedras y por sus calles se alcanza a comprender la historia del Brasil; sólo aquí se comprende cómo Portugal se transformó en el Brasil.

Bahía es una ciudad que conserva, ciudad de la fidelidad; no solamente ha protegido sus viejos monumentos contra la precipitada invasión de lo nuevo, sino que ha conservado, exteriormente, su fisonomía e, interiormente, su tradición a través de los siglos, con voluntad inquebrantable. El viajero que llega por mar, la ve igual que en tiempos de los emperadores y de los virreyes: por abajo, el puerto, indiferente, con sus calles, repetidamente modernizadas, de los comercios, pero por encima, la cabeza pétrea, la ciudad resumida en bastión, que espera al visitante con serenidad y orgullo. Allí arriba los colonos se reunieron, hace cuatrocientos años, detrás de las palizadas, para defenderse contra los ataques de piratas o indígenas. La valla, reforzada con barro, se fue convirtiendo en muralla, al abrigo de la cual creció la ciudad; pronto los habitantes se atrevieron a construir iglesias y palacios sobre la roca, que constituye defensa escarpada, y este perfil admirable, esa línea majestuosa, de amplio trazo, se ha conservado.

Nada conozco en Sudamérica que pueda compararse con esta actitud soberbia y majestuosa con que Bahía, en el mismo sitio que en los días de Cabral y de Magallanes, domina su puerto y sus viejos castillos, oteando el horizonte del mar.

Al subir por el camino empinado, estrecho, entre casas próximas a desmoronarse, se observa lo rica que fue esta ciudad.

No ha venido a menos, no se halla en la actualidad en estado de pobreza. Sólo que no ha adelantado, y eso le confiere la hermosura característica de todas las ciudades que se han pasado soñando décadas y siglos, como Venecia, Brujas y Aix-les-Bains. Demasiado altiva para ir impetuosa con el tiempo, compitiendo con Río de Janeiro y São Paulo en levantar rascacielos; demasiado activa, por otra parte, para desmedrarse como las ciudades del oro de Minas Geraes y convertirse en museo, ella sigue siendo lo que ha sido: ciudad del Brasil de la época de los portugueses, y sólo aquí se nota el origen del Brasil y su tradición secular.

Esta tradición se observa por todas partes. Bahía, a diferencia de las demás ciudades del Brasil, tiene traje, cocina y colores propios. En ninguna parte se ven en las calles tantos colores como aquí, donde la población africana, la de la época colonial, se ha conservado como conjunto; se le figura a uno ver de continuo las escenas de Brésil pittoresque, por Debret, en forma de cuadros animados; todas esas cosas de antaño, que hace mucho han desaparecido de las otras grandes ciudades. Hay, sí, automóviles, que pasan con el escape abierto por las calles, pero en los barrios antiguos se ven mulas de carga que llevan frutas y maderas en albardas que van de un lado para otro, y se pueden alquilar acémilas por hora como automóviles en una ciudad moderna, y, en el puerto, la carga es llevada a los barcos, como en tiempo de los romanos y de los fenicios, no por medio de grúas hechas con arte, sino sobre los hombros de los cargadores. Los vendedores ambulantes, con su sombrero de paja de ala ancha, llevan a cuestas, a guisa de una balanza muy grande, un palo de cuyos extremos pende la mercadería; en el mercado nocturno, a la luz de velas o de lámparas de acetileno, los vendedores están sentados en el suelo entre montones de naranjas, calabazas, bananas y cocos. Mientras los transatlánticos, grandes e imponentes, están amarrados a los muelles, los buques de vela, estrechos, esbeltos y ligeros, que van hasta las islas, cabecean todavía junto a la playa, bosque de mástiles que se mecen. Y se ven hasta jangadas, especies de yolas de los aborígenes del Brasil, que constituyen piezas rarísimas. En realidad, se trata de una balsa de tres o cuatro troncos unidos sin arte, con un asiento estrecho. No se puede. imaginar cosa más primitiva. Sin embargo, la gente se atreve a salir muy lejos en estas pequeñas balsas, y se refiere el divertido episodio de un vapor norteamericano que, al divisar a una de estas balsas con su mezquina vela a mucha distancia de la costa, no tardó en acudir en auxilio de los que el capitán suponía náufragos.

El hoy y el ayer, todo presenta aquí una mezcla de miles de colores. Ahí tenemos la vieja Universidad, con su Facultad renombrada, la más vieja del país, y ahí tenemos la Biblioteca, el Palacio, los hoteles y el moderno club deportivo.

Y dos calles más adelante nos encontramos en ambiente portugués; casas pequeñas y bajas, atestadas de gente y de vida, las mil formas del artesonado, y un poco más allá, los mocambos, las chozas de los negros, entre bananeros y árboles del pan. Calles asfaltadas al lado de otras con adoquinado de tiempos olvidados; en Bahía puede uno pasar en el lapso de diez minutos por dos, tres y cuatro siglos, cada uno de los cuales parece igualmente auténtico y natural. Puesto que el verdadero embrujo de Bahía consiste en que aquí todo sigue siendo auténtico y sin segunda intención -las llamadas curiosidades no se imponen al forastero, por estar encajadas, sin llamar la atención, en el conjunto-, lo antiguo y lo moderno, el hoy y el ayer, lo elegante y lo primitivo, el 1600 y el 1940, todo eso se funde en un solo cuadro animado, que, por añadidura, está puesto en el marco de un paisaje de los más apacibles y más amenos del mundo.

Lo más pintoresco de lo siempre pintoresco son las mujeres de Bahía, las negras de alta estatura, ojos oscuros y vestido peculiar. Las mujeres de Bahía, aun las más pobres, usan esa vestimenta de ordinario, todos los días, y no se puede imaginarla más pomposa. No es comparable con otra alguna, ya que no es africana, ni oriental, ni portuguesa, sino todo ello al mismo tiempo. Turbante, enroscado con arte exquisito, rojo, verde, amarillo o azul o abigarrado, pero siempre en tono vivo; blusa de color, de las que usan las campesinas eslavas y húngaras, y saya muy ahuecada, almidonada, de vuelo acampanado. Impónesele a uno la sospecha de que, en la época del guardainfante, las tatarabuelas esclavas de estas negras hubieran visto llevar a las damas portuguesas semejantes faldas vueludas, conservándolas en su vestido barato, de tela estampada, como símbolo de lujo y de elegancia. Un pañuelo, echado dramáticamente sobre el hombro, y que sirve también para cubrir la cabeza cuando llevan sobre ellas jarras o cestas grandes, y unos brazaletes tintineantes de metal barato completan el indumento con que las mujeres negras de Bahía caminan por las calles, cada una luciendo colores distintos, matices diferentes, pero siempre llamativos. Lo imponente, sin embargo, no ha de buscarse tanto en el vestido como en el porte con que lo llevan, en el garbo, en los movimientos. Están sentadas en el mercado o en algún umbral mugriento, extendiendo en rueda, cual manto de reina, su falda vueluda, de suerte que parecen hallarse dentro de una flor gigantesca. En esta actitud majestuosa venden las princesas negras los productos más baratos del mundo: pastelitos untados con grasa o condimentados con especias, que preparan en un hornillo, sobre carbón de leña, fritadas y guiso de pescado tan baratos que una hoja de papel para envolverlo resultaría demasiado costosa. La mano negra, que hace sonar suavemente las pulseras, nos los sirve en una verde hoja de palma. Y tan majestuosas son aquellas mujeres cuando caminan como cuando están sentadas. Llevan sobre la cabeza bultos muy pesados, cestos llenos de ropa blanca, o de pescado, o de frutas, pero es un espectáculo encantador verlas caminar por las calles con su carga, el cuello erguido, las manos puestas en jarras, seria y desembarazada la mirada.

Un director de escena que ensayase un drama de palacio podría aprender mucho de estas princesas negras del mercado y la cocina. Por la noche, cuando se les ve en sus tenebrosas cocinas, alumbradas apenas por las llamas, preparando con diligencia misteriosa platos muy raros, se las creería brujas del mundo primitivo. No, no hay nada más pintoresco que las negras de Bahía, nada más abigarrado, ni más auténtico, ni más naturalmente animado que las calles de esta ciudad.

Aquí, sólo aquí se llega a conocer Y a comprender el Brasil.

 

BAHÍA: IGLESIAS Y FIESTAS

Bahía no es solamente la ciudad de los colores, sino también la de las iglesias, la Reina del Brasil. El que haya en ella tantas como días tiene el año será tan exagerado como la afirmación de que Río de Janeiro pueda adjudicarse islas en la bahía de Guanabara. En verdad, serán unas ochenta iglesias. Pero dominan la ciudad. En otras metrópolis, el perfil de las viejas iglesias que se eleva al cielo ha sido superado, hace mucho, por los rascacielos y otros edificios modernos.

No hay, acaso, nada más simbólico que la vieja iglesia que otrora dominaba toda la Wall Street, en Nueva York, mientras hoy se acoge tímida a la sombra de los palacios de los Bancos. En cambio, en Bahía las iglesias siguen dominando la ciudad. Yérguense, altas e imponentes, en sitio desembarazado, rodeadas de sus conventos y. jardines, consagrada cada una de ellas a un patrono, a San Francisco, o San Benito, o San Ignacio. Ellas representan los comienzos de la ciudad; son más viejas que el palacio del gobernador y las casas lujosas.

En torno a ellas se reunieron los colonos, a implorar la protección divina en el nuevo país, y los navegantes que, al cabo de muchas semanas de doble azul, divisaron, por fin, tierra firme, echaron de ver antes que nada el piadoso ademán de las torres altas. Y lo primero que hicieron fue ir a bendecir a Dios por la gracia de la feliz travesía.

La más grande, aunque no la más hermosa de estas iglesias, es la catedral, anexa al viejo colegio de los jesuitas: iglesia de las grandes evocaciones, bajo cuyas baldosas yace Mem de Sá, el tercer gobernador general, y desde cuyos púlpitos predicó el padre Antonio Vieira. Es una de las primeras del Brasil y -si no me equivoco- la primera de la América del Sur, cuya entrada está revestida de mármol legítimo; los mismos barcos que salían de Bahía cargados de azúcar, regresaban conduciendo la piedra valiosa. Porque para aquellos hombres devotos las cosas más preciosas eran buenas para sus iglesias.

Las calles eran estrechas, sombrías, ahogadas y sucias; las nueve décimas partes de la población negra vivían en chozas y mocambos. Mas la iglesia, en este país apartado, donde no había lujo alguno, debía ser suntuosa; por eso, traían azulejos para adorno de las paredes, y el oro de Minas Geraes revestía la madera oscura con brillo deslumbrante. Suscitóse luego la competencia entre las órdenes. Como los jesuitas poseían una iglesia, espaciosa y pomposa, los franciscanos deseaban poseer otra más hermosa. Y, en efecto, la de San Francisco es de estilo más depurado, porque sus proporciones son más sencillas. ¡Qué encanto en sus claustros! Las paredes relucientes de azulejos, las salas adornadas con preciosas obras de talla en jacarandá, los techos artesonados, y ¡qué gusto más sabio y más refinado en cualquier detalle! Mas los carmelitas y los benedictinos deseaban que sus iglesias no fuesen menos hermosas, y luego los negros querían que en la suya hubiera una virgen del Rosario y un San Benito de su mismo color. Por eso se encuentran hoy iglesias y conventos en todas partes, y en casi todas las calles de las mayores se dará con una que tiene el atractivo de la antigüedad. Cuantos fieles tuvieran el deseo de rezar, encontraban en la antigua colonia una iglesia para cada hora del día. Gracias a aquella piadosa competencia, existen en la actualidad hasta demasiadas iglesias para llenarlas por completo, y se tardaría muchos días en admirar cada uno de sus detalles y particularidades.

Esta abundancia de iglesias (que en las ciudades de Brasil de más reciente fundación son, en comparación con Europa, menos numerosas) me sorprendió.

Pregunté al amable eclesiástico que me acompañaba si Bahía seguía siendo, como otrora, la ciudad de la devoción.

Me contestó con una sonrisa: «Si, la gente de aquí es devota.

Pero lo es a su modo». Al pronto no comprendí lo que significaba aquella sonrisa, que no denunciaba menosprecio ni censura. Sólo señalaba cierta modalidad de devoción que no es del todo compatible con nuestro concepto, y que no llegué a conocer hasta los días siguientes. De todas las grandes ciudades del Brasil, Bahía es la más oscura; ha conservado, como todo lo del pasado, su antigua población negra, no habiendo sido reteñida todavía por la afluencia europea en las mismas proporciones que las otras. Y los negros son, desde hace siglos, los más fieles, más celosos y mas apasionados partidarios de la Iglesia, sólo que la forma de su fe acusa, aun interiormente, un matiz distinto. Para estos africanos recién bautizados, cándidos y libres de las preocupaciones del trabajo mental, la iglesia no significaba un lugar de recogimiento, de sereno ensimismamiento; el catolicismo les atraía por la esplendidez, el misterio, el colorido y la suntuosidad del rito, y Anchieta refirió, hace cuatrocientos años, que la música contribuía más que nada a su conversión. Aun hoy, esta gente bonachona, fácilmente impresionable, no concibe la religión sino íntimamente ligada a la festividad, la alegría y el espectáculo; cada desfile, cada procesión, cada misa tienen para ella algo que la hace feliz. Por eso, Bahía es la ciudad de las fiestas religiosas. En Bahía, una fiesta no es solamente un número rojo en el almanaque, sino que se convierte irremediablemente en fiesta popular, en espectáculo, y toda la población se empeña en celebrarla de una u otra manera. Nadie pudo decirme con exactitud cuántas fiestas de ésas se celebran cada año, probablemente porque el pueblo, por la curiosa combinación de sentimientos de verdadera religiosidad y afición a los espectáculos, inventa cada vez nuevas festividades.

No tiene, pues, uno que ser favorecido por la suerte para asistir en Bahía a una fiesta popular; tuve la feliz oportunidad de asistir a la celebración de la fiesta del Senhor do Bomfim, patrono de la ciudad. El Senhor do Bomfim, que no figura en el calendario, es venerado en Bahía en una iglesia propia, situada a una distancia de hora y media de la ciudad, en lo alto de una colina desde donde se goza de una vista encantadora, y que constituye, durante una semana entera, el centro de festines de índole muy diferente. Las familias pertenecientes a la burguesía alquilan los pequeños albergues que rodean la espaciosa plaza; se hacen visitas, se charla, se come en compañía de los amigos, mientras la plaza rectangular, en el centro, queda reservada para los millares de hombres y mujeres que, desde el oficio de la noche, hasta la misa del alba, se reúnen con este motivo religioso, con regocijo y desembarazo, a la blanca y débil luz de las estrellas. Toda la fachada de la iglesia está iluminada con lámparas eléctricas, y a la sombra, bajo las palmeras, se construyen innumerables carpas, donde se ofrece de comer y de beber; en la hierba, delante de sus hornillos, están sentadas las mujeres negras de Bahía, sirviendo al público las mil clases de bocados baratos, y detrás de ellas, en medio de la animación, duermen sus criaturas, envueltas en sábanas blancas. Los tiovivos dan vueltas. Paseos, bailes, charlas, música. Toda la noche y todo el día el pueblo acude en masa para rendir al patrono el homenaje, tanto de la misa como de su alegría libre de preocupaciones.

Mas la ceremonia propiamente dicha, inolvidable, de esta semana, es la limpieza de la iglesia, el lavagem do Bomfim. El origen de esta ceremonia es característico para Bahía. La iglesia de Bomfim estaba destinada originariamente a los negros. Parece que una vez un sacerdote dijo a los fieles que sería conveniente hacer una limpieza general y lavar el pavimento de la iglesia la víspera de la fiesta del santo. Los cristianos negros lo aceptaron de buen grado; ¡qué oportunidad para esas almas verdaderamente devotas de dar al santo aquel testimonio de su amor y su respeto! Es natural que quisieran barrerla y fregarla lo mejor que pudieran; todos acudieron el día señalado para participar del honor de limpiar la casa del bondadoso Senhor do Bomfim. Este empeño verdaderamente religioso fue el comienzo de aquella ceremonia, Mas, dados sus sentimientos infantiles y su ingenuidad, la limpieza de la iglesia fue tomando (como cualquier acto religioso) el carácter de fiesta. Fregaban y barrían a cual más, como si intentaran lavar sus propios pecados; acudían a centenares, a millares, de todas partes, y el número de participantes aumentaba de año en año. De esta suerte, la tradición religiosa se convirtió en fiesta popular, tan briosa y tan extática que escandalizó al clero, quien la suprimió. Pero la voluntad del pueblo exigió su fiesta con tal insistencia que se volvió a permitir el lavagem do Bomfim. En la. actualidad, es fiesta de toda la población, y una de las más sugestivas que he visto durante mi vida.

Empieza por una procesión que se dirige a la iglesia del Senhor do Bomfim recorriendo media ciudad, pues toda la población desea verla. Es una procesión auténtica del pueblo, y no un desfile, como hoy día en Niza, subvencionado por oficinas de turismo y por comerciantes para fines de propaganda.

Nada más conmovedor que su carácter primitivo. De madrugada, en la plaza frente al Mercado, se reúne la muchedumbre, que se impacienta por ponerse en camino; ya están esperando los camiones del Mercado, los carros tirados por mulas y engalanados para la fiesta con los medios más baratos.

A la caballería se le echa la sobrecama de encajes; las ruedas de los camiones se recubren de papel de seda color rojo, verde o amarillo; a la mula se le platean los cascos, y los barriles para el lavado -barriles ordinarios, de los que se usan en el mercado-, dorados con purpurina, ofrecen un aspecto magnífico; todos los adornos de la procesión costarían unos diez dólares, cuando más. Y resulta animada e imponente por la presencia de las mujeres de Bahía, que, con celo religioso, bajo el sol abrasador, recorren el largo camino con sublime majestuosidad, llevando sobre la cabeza los barriles y las jarras llenas de flores, admirables reinas negras, que, con motivo de la fiesta, han realzado su vestido de colores, ya con un pañuelo de encajes, ya con un collar tintineante, que se han prestado, pintándose en el rostro de ellas la felicidad de poder servir, por peregrinación, al santo y a la alegría del pueblo.

En carros, en vehículos antediluvianos, van los mozos, con las escobas terciadas; un conjunto de músicos, nada prácticos, que tocan instrumentos de metal, hacen ensayos, produciendo ensordecedoras estridencias: todo eso brilla y bulle a la luz llameante, y a lo lejos azulea el mar, y por encima, el cielo. Es un fanal de colores y de alegría.

Por fin -con el atraso habitual en el Brasil-, la muchedumbre se pone en marcha. Al frente, las mujeres, en larga hilera, con las jarras sobre las cabezas. La procesión pasa lentamente por la ciudad, pues todos quieren verla. Delante de las puertas y desde las ventanas agítanse pañuelos y óyense gritos de ¡viva el Senhor do Bomfim! Los ancianos han sacado sus mezquinas sillas de mimbre a la calle a fin de no perder nada... Para tan modesta gente, para el pueblo brasileño, la sola vista de semejante espectáculo es toda una fiesta. Como este desfile, con las jarras llevadas verticalmente -porque no ha de derramarse ni una sola gota de agua-, dura casi dos horas, nosotros habíamos ido con anterioridad a la iglesia, donde esperábamos la procesión. La iglesia ya estaba repleta.

Mujeres, hombres y gran número de niños negros se apiñaban rientes en espera de la fiesta, estrechándose unos contra otros; en lo alto, las ventanas, la sacristía, las gradas, todo estaba ocupado por niños de cabello crespo, que temblaban de expectación. Sólo más tarde comprendí que en esa gente, fácilmente excitable, la espera hace que la expectación vaya subiendo de punto, hasta manifestarse como una especie de placer sensual, y cuando el primer tiro de morterete anunció que en un recodo del camino habían aparecido las primeras filas de la procesión, se produjo una explosión de regocijo como la he visto muy raras veces. Los niños negros batieron palmas y dieron patadas en el suelo, los adultos lanzaron gritos de ¡viva Bomfim!, toda la espaciosa iglesia resonó durante un minuto con los gritos de alegría. La procesión se hallaba todavía bastante lejos. En los rostros impacientes sé veía cómo la excitación iba cediendo a un estado de éxtasis, A cada tiro de morterete, otro grito de ¡viva Bomfim!, nuevo palmoteo y nuevo estrépito, cada vez más intensos; he de confesar que también a mí se me comunicó algo de aquella impaciencia contenida, de aquel apasionamiento conglobado de la muchedumbre Cerca y más cerca. Por fin, las primeras mujeres de la procesión pasan majestuosas por la puerta de la iglesia, yendo a depositar con devoción las flores delante del altar ... Yo las veía, desde lo alto, transitar erguidas por una calle que estalló en gritos, y en torno, el oleaje de cabezas, los millares de salvajes labios despegados en el único grito de ¡viva Bomfim, viva Bomfim! Teníase la sensación precisa de la intensidad de la expectación, era como una bestia oscura de tamaño gigantesco que estuviera a punto de abalanzarse sobre la presa. Llegó, por fin, el momento tan anhelado.

Unos policías, con energía disciplinada, hicieron retroceder a la muchedumbre del centro de la iglesia, con el fin de despejar las baldosas que se habían de lavar. Mientras la muchedumbre continuaba gritando de júbilo, se empezó a derramar agua de las jarras, y los mozos tomaron las escobas. Los primeros lo hicieron aún con devoción y humildad, con la respetuosa intención de efectuar un servicio religioso, inclinándose delante del altar y haciendo la señal de la cruz antes de iniciar la tarea. Mas al cabo de poco tiempo, los otros, que también intentaban servir al santo, no se contuvieron ya; la impaciencia de la espera, los gritos y el regocijo les extasiaron. Y, de repente, se produjo en el centro de la iglesia una barahúnda como de centenares de demonios negros. Se arrebataron las escobas; dos, tres, diez individuos pasaron por la iglesia asidos de un mismo palo; otros, que no tenían escoba, se echaron al suelo y fregaron las baldosas a mano, y todos lanzaron gritos de ¡viva Bomfim!, los niños, en voz débil y aguda, las mujeres, los hombres... Eran esos gritos de placer sensual el más impresionante histerismo colectivo que he visto. Una moza, de genio apacible y reservado, se separó de repente de los suyos, alzó las manos y, con gesto de arrobamiento gozoso de bacante, dio gritos estridentes de ¡viva Bomfim, viva Bomfim!, hasta quebrársele la voz. Otra, desmayada de tanto gritar y exaltarse, fue sacada del recinto.

Mientras tanto, los demonios enloquecidos seguían fregando, frotando y barriendo, como si intentaran sacarse sangre de debajo de las uñas. Aquellas escobadas, a la vez religiosas y deleitables, eran de tal fuerza, embriagadora y contagiosa que yo no sé si, de haberme encontrado entre aquellos exaltados, no habría agarrado una de las escobas. A decir verdad, fue el primer enloquecimiento colectivo que vi, y que me pareció tanto más inverosímil cuanto que ocurrió en una iglesia, sin alcohol, sin música, sin estimulantes, en pleno día y bajo un cielo glorioso.

El misterio de Bahía consiste, precisamente, en que en su sangre se ha conservado, desde los antepasados, el maridaje misterioso de lo religioso y lo deleitoso, y en que la expectación o la excitación monótona produce, precisamente, en los negros y mestizos aquella disposición para el éxtasis. Bahía es -no por mero acaso- la ciudad de los candombes y las macumbas, donde se cultiva una curiosa mezcla de fanatismo por lo católico y antiquísimos ritos sangrientos de los pueblos africanos. Mucho se ha escrito sobre las macumbas, y todos los extranjeros alardean de haber visto una «auténtica» por mediación de algún amigo íntimo. En realidad, lo particular y singular de esos ritos -a pesar de que los negros tuvieron que practicarlos a escondidas de la policía- ha llegado a tener el valor de curiosidad, dando lugar a escenificaciones seudoauténticas, como lo son en la India las representaciones de los yoghis contratados por Cook para los extranjeros. También la macumba que vi era -lo confieso francamente- una representación preparada al caso. A medianoche, en un bosque, subiendo a tropezones durante media hora por entre piedras y malezas -las dificultades, del acceso habían de intensificar la ilusión de lo prohibido y lo misterioso-, llegamos a una choza donde, con mezquina luz, estaban reunidos una docena de hombres y mujeres negros. Marcaban el compás tocando unos tambores, y cantaban, cantaban en coro siempre la misma tonada, y esta monotonía resultaba excitante por sí sola y aumentaba la impaciencia. Luego vino el mago, con sus danzas y su víctima, tomando de vez en cuando un trago de fuerte caña y mascando tabaco, y se bailaba hasta extenuarse, hasta que uno de los negros se desplomó en acceso cataléptico, los ojos puestos en blanco. Yo sabía a cada instante que todo aquello estaba preparado y estudiado; y, sin embargo, las danzas, la bebida alcohólica, y, sobre todo, la espantosa y excitante monotonía de la música hacían que la sola representación tuviera un efecto embriagador, la misma embriaguez que en la iglesia de Bomfim, donde el gozo de alborotar, de extasiarse por el éxtasis, rinde a las personas más pacíficas, más tranquilas. Observamos aquí lo mismo que nos ofrecen los demás aspectos de esas fiestas: lo que en las otras partes del Brasil ha sido desbastado por lo moderno, encubierto en sus orígenes por la proliferación de lo europeo, todo lo primitivo, lo ancestral y lo extático, épocas anímicas sepultadas en el olvido, se conserva en Bahía en huellas misteriosas, y en ciertas manifestaciones singulares se percibe todavía, en el fondo, su presencia.

 

VISITA AL AZÚCAR, AL TABACO Y AL CACAO

En São Paulo había hecho una visita al café, ex potentado del país. Tenía ahora el deseo de ir a ver a sus hermanos, que han traído a estas tierras riquezas, fertilidad y renombre. Estos soberanos no nos van al encuentro. Tenemos que molestarnos en viajar muchas horas para visitarlos en sus residencias.

Pero esta molestia entraña su premio. Porque el camino de Cachoeira, que atraviesa las tierras maravillosamente feraces de Bahía, es una ininterrumpida sucesión de bellas vistas. Primero, los palmares, tan tupidos y tan tenebrosos, tan extensos y tan imponentes como nunca los he visto. En general, conocemos las palmeras por solitarias, guardianas aisladas junto a una vieja choza, guardas de un parque señorial, en hileras en los bulevares de ciudades meridionales.

Aquí, por el contrario, estaban lado a lado, verde en verde, tronco con tronco, cual una legión romana, escudo contra escudo, y esta abundancia lozana no era más que un asomo de la exuberancia y fertilidad de las tierras de Bahía. Luego, a lo largo de superficies extensas plantadas de mandioca, alimento principal del país, harina sabrosa y nutritiva, extraída de la raíz de este arbusto, y que fue para los aborígenes lo que el arroz para los chinos, siendo hoy todavía, además de los plátanos y del fruto del árbol del pan, el regalo más generoso que la naturaleza brinda a todos los pobres.

Poco a poco, los campos cambian de aspecto. En el verdor se elevan tallos derechos, como de bambúes., todos de igual altura, cañaverales a uno y otro lado, todos de igual apariencia. La gran copia siempre produce la sensación de monotonía, y, por eso, un cañaveral resulta tan aburridor como un cafetal o un sitio poblado de arbustos de té en su verdor monótono, no animado por matiz alguno. El azúcar parece que no es anfitrión divertido: no tiene nada que ofrecer ni nada que mostrar. Mas, en un recodo del camino, topamos de repente con un carro, y al pronto me pregunto: «¿Existe en realidad o es una lámina en colores de las que se exhiben en los museos?». Porque lo que vemos es, de todo punto, del siglo diecisiete: el carro, tosco y con ruedas macizas, sin rayos, como en Pompeya, como hace tres mil años. Y los seis bueyes que tiran de él llevan en las narices el mismo aro para las riendas que en las pinturas murales de los egipcios, y el negro que las tiene en sus manos está vestido con el mismo traje de indiana que en la época de la esclavitud, y los tallos son conducidos al ingenio de la misma manera que en tiempo de la colonización; quizá el ingenio sea el mismo, aunque algunas chimeneas en el horizonte parecen denotar métodos de refinación más modernos. Asombrado (y provechosamente aleccionado), se da uno cuenta de que sólo una estrecha franja del Brasil se beneficia con las máquinas, con lo moderno, y de que siguen en pie muchas y antiguas costumbres, formas y métodos, tal vez en perjuicio de la economía nacional. Sin embargo, ¡qué deleite de los ojos, cansados de la monotonización del mundo! Al pasar, saludo respetuosamente al azúcar, viejo potentado, que preserva la herencia sagrada del fruto de la tierra de las tentaciones de los artificios químicos, dando al país y al mundo, en su dulce jugo, algo de la condensada fuerza de este sol y de las riquezas inagotables de su tierra, bendita.

El tabaco, compatriota más oscuro del azúcar, es más conservador de lo que había esperado. En Cachoeira, vieja ciudad histórica, donde existen todavía casas con troneras para defensa contra los indios, se hallan concentradas las grandes y célebres fábricas de cigarros. del Brasil. Viejo devoto de la nicotina, hube de dar aquí las gracias por muchos cigarros aromáticos, y, en mi fuero interno, sintiéndome culpable, iba a hacer el recuento de cuántos tabacales verdes, con sus millares de hojas, había reducido a humo durante los años de mi vicio. Siempre es difícil elegir: por eso, visité las tres fábricas. Mas es exagerada la palabra fábrica al hablar de estos establecimientos, pues yo había temido que fuera a enfrentarme con enormes máquinas de acero de las que de un lado devoran el tabaco apilado y, del otro, dan de sí el cigarro arrollado, envuelto en capa, rotulado y, tal vez, metido ya en la caja, todo lo cual en estas fábricas siempre causa la impresión de mirar a un autómata grande, y no un proceso de transformación real. ¡Nada de eso! En el Brasil, ni siquiera este proceso ha sido mecanizado. Aquí, cada cigarro se hace a mano, mejor dicho, en cada uno trabajan de veinte a cuarenta pares de manos. Y ¡qué sorpresa más grata para el fumador! se puede presenciar la paulatina transformación, viendo, con asombro, todo el trabajo que requiere la tenue capa. Centenares de mujeres, de tez oscura, están sentadas en las salas lado a lado, cada grupo dedicado a un trabajo diferente, y al pasar se asiste, diría, ópticamente, a la elaboración del cigarro. En la primera sala, el tabaco recién llegado del tabacal; las hojas grandes, ya secas, despiden un olor amargo y penetrante.

Después de la primera clasificación, hecha por mujeres sentadas en un montón de tabaco como campesinas en un montón de paja, se separan los palillos. Sólo entonces se empieza a arrollar el tabaco, dándole forma de cigarro, mientras otro grupo corta los rollos con cuchillo, para que todos tengan igual longitud. Aun no son más que tabaco desnudo, semejante a los negros sin vestimenta. La capa ha de darle forma y aroma. Mas, por extraña malicia de la naturaleza, en el Brasil, que es desde siglos el país más rico en tabacos, no se cría el tabaco capero. Por eso, la capa, miles de millones de estas hojas, deben ser importadas de Sumatra, y a la elaboración de cada cigarro que fumamos sin prestar atención, concurren dos continentes, Asia y América, y lo fumamos casi siempre en otro. Puesta la capa, otra artista hábil forma la punta, otros dedos negros ponen el rótulo, otros el precinto (que en el Brasil se pone a todo, menos a los recién nacidos).

Luego, la envoltura en celofán, la atadura, el recorte - finalmente, se colocan en cajas, que se marcan con hierro candente. Casi me da vergüenza poner un cigarro en la boca desde que conozco el trabajo que cuesta su elaboración. Y al ver los centenares de espaldas inclinadas, de mujeres de tez oscura, me sentí culpable de haber inclinado tantas espaldas.

Mas tales remordimientos se desvanecen pronto. Y como estos potentados, muy hospitalarios, me obsequiaron con cajas llenas de sus maravillosos productos, algunos de aquellos escrúpulos se redujeron a leve humo azul antes de que regresáramos a Bahía.

Al cacao, tercero de los tres potentados del norte del Brasil, no pude ir a verlo en su residencia. Porque el cacao prefiere las zonas húmedas y bochornosas -bajo un toldo de árboles de la selva, que le proporcionan el calor de invernáculo que requiere y que nos resulta muy desagradable- para su mejor desarrollo, en medio de enjambres de miríadas de mosquitos. Afortunadamente, posee también una casa en la ciudad de Bahía, el Instituto do Cacao, donde se puede contemplar más cómodamente, en cuadros plásticos, el árbol en flor y su fruto. La particularidad de este árbol consiste en florecer y dar fruto al mismo tiempo; mientras unos frutos, de forma de calabaza pequeña, se cosechan en una plantación, otros van madurando, de suerte que la recolección se puede hacer de continuo. Las semillas, de las que se extrae un jugo dulce y sabroso, son amargas y sólo después de procedimientos complicados de monda, extracción del principio mantecoso y esterilización, las bolsas rellenas son conducidas sobre ruedas eléctricas a los buques; sólo aquí se han adoptado métodos modernísimos; este instituto es, por ende, casa, museo y universidad del cacao, y aquí se aprende en una hora más que en casa en centenares de libros.

 

RECIFE

Con sentimiento -¡Bahía es tan hermosa, tan atractiva!- subimos al avión que nos lleva más al norte, a no sabemos cómo llamarlo: Pernambuco o Recife u Olinda. La ciudad tiene tres nombres distintos: los comerciantes consignan sus mercaderías a Pernambuco. Mas yo tengo afición a los antiguos nombres de las ciudades hermanas -Recife y Olinda-, que, en realidad, están unidas; hace anos que me suenan al oído esas sílabas cadenciosas -Olinda-, recordándome su melodía viejos libros y leyendas del tiempo olvidado en que la ciudad tenía todavía su cuarto nombre: Maurietsstaad.

Pues había de llevar el nombre de Mauricio de Nassau, que la conquistó y que intentó fundar aquí un Amsterdam en pequeño, con calles bien limpias y un palacio magníficamente tejado. Barleus, su erudito panegirista, nos ha transmitido los planos y grabados en el voluminoso infolio que ha quedado como único monumento del dominio holandés. En vano busqué el famoso palacio, las enormes ciudadelas, las casas y sus colinas a la holandesa y los molinos de viento que trajo acá para recordar la patria. ¡Todo aquello ha desaparecido, hasta la última piedra! Del pasado no se ha conservado más que las viejas iglesias portuguesas de Olinda y unas silenciosas calles coloniales: mas todo eso está, embellecido por un paisaje apacible y ameno. Olinda no tiene nada de la grandiosidad de Bahía, ni la imponente vista de la ciudad empinada; es un rincón romántico, sumido en silencio y naturaleza, lugar apartado, a solas consigo mismo desde hace siglos, y que apenas si echa una mirada a la hermana menor, más llena de vida. Recife, por el contrario, es todo progreso y diligencia: un hotel que haría honor a cualquier ciudad norteamericana, buen aeródromo, calles modernas; en cuanto a las instituciones modernas, Recife figura entre las primeras ciudades del Brasil. El gobernador barre rigurosamente los mocambos, las chozas de los negros, que nos parecen tan románticas, haciendo construir -ensayo notable- conjuntos de casas para cada oficio. Las lavanderas, las modistas, los pequeños empleados, poseerán, en lugar de casuchas insalubres, casas donde entre el sol, con luz eléctrica y todos los adelantos de la técnica moderna, y que adquirirán con las mayores facilidades de pago; en unos años o decenios habrá aquí una ciudad modelo. Y de esta suerte se viaja aquí entre contrastes: de la ciudad antigua a la moderna, de la selva a la edad contemporánea, no hay, a menudo, más que un paso; no hay aquí nada indiferente ni nada esquemático, y cada día de viaje significa otro descubrimiento.

 

EN AVIÓN HACIA EL AMAZONAS

Seguimos en dirección al norte. De Recife a Belén, ciudad situada junto a la desembocadura del Amazonas, hay que ir en avión, si no se quiere viajar tantos días como horas emplea el avión; los hidroplanos, pequeños y poco confortables, amarran casi cada hora frente a otra ciudad de la costa. Antes de llegar a Belén, descienden por poco tiempo en Cabedelo, Natal, Fortaleza, Camocim, Amarraçao y São Luis, todas ellas ciudades pintorescas, en las que agradaría permanecer un día para conocer su carácter particular. Pero como, por ahora, el hidroavión hace el servicio sólo una o dos veces por semana, tiene uno que contentarse con mirar rápido, a vista de pájaro, aquellas viejas colonias, con sus calles bañadas de luz y sus casas enjalbegadas. Sé que semejante viaje alado le hace perder a uno muchos detalles y particularidades interesantes del norte del Brasil; en cambio, esta vista desde lo alto proporciona una nueva visión de la inmensa extensión de este país, de la abundancia de espacio virgen de que el Brasil dispone para el porvenir. Esta impresión es mucho más convincente que viajar en vapor a lo largo de la costa o tratar de atravesar las enormes extensiones en ferrocarril o en automóvil. La más grande sorpresa en este cuadro, que cambia por momentos, la ofrecen los ríos. Desde el avión, se ven entre Bahía y Belén, por lo menos, una docena de ríos grandes, cada uno de los cuales puede competir en magnitud y longitud con las mayores vías fluviales de Europa. Y al mirar al mapa, siente uno vergüenza de confesarse que nunca ha oído el nombre de uno solo de aquellos ríos. Junto a sus desembocaduras no hay -según se esperaría- grandes puertos, nunca se ve en ellos vapor alguno, y sólo raras veces lanchas de vela o canoas, y esta vista desde lo alto nos hace comprender por qué estos ríos, que habrían de ser las comunicaciones naturales con el «hinterland», se niegan categóricamente al tránsito. Porque, en vez de dirigirse en línea recta, y corriendo rápidamente hacia el mar, forman recodo tras recodo, torciéndose cual anacondas azules enroscadas, y decuplican así el camino y pierden la fuerza propulsora. Ello tiene por consecuencia la escasa densidad de la población, y la relativa falta de caminos y aldeas, puesto que la tortuosidad de los ríos impide los transportes rápidos entre el mar y el interior del país. El infinito verdor se extiende hasta perderse de vista, como en los primeros días de la Creación y como en los primeros días en que los navegantes europeos llegaron a esta costa. Sólo mirando desde el avión estas tierras maravillosas, feraces, refrescadas por brisas suaves, y donde en una región circunscripta brilla un saladar como nieve recién caída, se alcanza a comprender cuánto tardará este país en explotar totalmente sus inagotables recursos. La mayor parte del Brasil pertenece aún a una generación futura.

¡Llegamos a Belén! Desde niño se ha soñado con ver el Amazonas, el más grande de todos los ríos; desde niño, desde que se leyó por vez primera el nombre de Orellana, quien afrontando la aventura más memorable, fue el primero en descender este río en una canoa; desde niño, cuando se admiró en el jardín zoológico a los papagayos, que hacían gala de sus miles de colores, y a los ágiles monos, y en el letrero estaba escrita la palabra: ¡Amazonas! Ahora estamos junto a su desembocadura, por mejor decir, una de sus desembocaduras, cada una de las cuales es más ancha que cualquier de nuestros ríos.

Belén mismo no parece, al pronto, tan impresionante como se espera, porque no está situado directamente sobre el río y porque no lo domina. Sin embargo, es ciudad hermosa, llena de animación, espaciosa de proporciones y adornada con bulevares anchos, plazas grandes e interesantes palacios antiguos. Hace cuarenta o cincuenta años, Belén tuvo hasta la ambición de llegar a ser metrópoli moderna, tal vez la capital del Brasil: fue cuando se inició el gran boom de la goma, cuando el norte del Brasil tenía todavía el monopolio de la hevea bresiliensis. Por ese entonces, las bolas negras de caucho se trocaron con fantástica velocidad en oro, del que había abundancia en la ciudad. Por ese entonces se construyó en Belén, lo mismo que en Manaos, una ópera lujosa, que en la actualidad apenas si sirve para algo. Esperando en la plaza grande para recibir dignamente a los Carusos anhelados, surgieron hileras de casas elegantes y pareció que, gracias al «oro líquido», el centro de la economía volvería a encontrarse, como antes, en el norte. Luego, se produjo una baja bastante brusca, las compañías internacionales, las casas de comercio, de fueron reduciendo o desaparecieron. A partir de entonces, Belén es lo que era antes, gran ciudad animada, pero relativamente tranquila. Sin embargo, se tiene la sensación de la inminencia de una nueva reanimación en cuanto termine la guerra. Porque, gracias a su situación geográfica privilegiada, ha llegado a ser el punto de partida para todos los servicios aéreos imaginables. De aquí se sale hacia el Norte: a Cuba, Trinidad, Miami y Nueva York; hacia el Oeste: a Manaos, remontando el Amazonas, a Perú y Colombia; hacia el Sur: a Río de Janeiro, Santos, São Paulo, Montevideo y Buenos Aires; y hacía el Este: a Europa y África. Aquí nacerá, aquí tiene que nacer dentro de pocos años uno de los grandes centros nerviosos de Sudamérica, y cuando se abran al tránsito las regiones sin límites del Amazonas, se realizará, en forma grandiosa, su antiguo sueño de constituirse en metrópolis.

Lo más notable de Belén son sus dos jardines, el zoológico y el botánico, que reúnen toda la fauna y toda la flora del mundo del Amazonas. El que no tenga la suerte, ni el tiempo, ni el valor de remontar, en viaje de muchos días, el río, el «desierto verde» -que así se llama por la monotonía ininterrumpida, pero grandiosa, con que la selva se yergue a uno y otro lado de las aguas-, puede vislumbrar, respirar y mirar la selva por caminos nada fatigosos, cubiertos de guija. Tenemos ahí la célebre hevea bresiliensis, el árbol del caucho, que prometió riqueza a esta zona, dándola luego a todo el mundo y no exclusivamente a su patria; se me permitió hacer: una incisión, de la cual salió, al cabo de un minuto, el jugo lechoso y viscoso. Otro milagro: el árbol que los indígenas veneran por sagrado, por ser el único que no queda arraigado en su lugar, sino que se mueve, sí, se mueve de su lugar: extiende su ramaje a tal extremo que éste se cansa y se inclina hasta tocar el suelo. Allí echa raíces, extrae nueva fuerza de la tierra, se transforma en brote y tronco y se yergue, mientras el tronco viejo se seca y muere. De esta suerte ha avanzado unos pasos, otro tronco, pero el mismo árbol, y así sigue avanzando, admirado por los salvajes como ser animado, dotado de saber. Y más milagros: troncos gigantescos, imposibles de abrazar; los bejucos; las enredaderas; los arbustos de miles de formas; y, por entre todo eso, los animales: las aves con plumaje de muchos colores; los peces, delgados y vidriosos, algunos de los cuales están provistos, como automóviles, de unos como faros en la cabeza y en la aleta caudal..., milagros de una naturaleza sin fin, dadivosa y caprichosa. Y todo eso no está colocado como en un museo, ni prosaicamente catalogado, ni artificialmente criado, sino que ha nacido de estas tierras, pertenece y está unido a ellas.

Mas no tenemos tiempo de mirarlo todo; aparte de. que uno no se siente suficientemente preparado en lo que se refiere a conocimientos de botánica. Al término del viaje, se tiene la sensación de haberlo emprendido hace un momento.

Mirando el mapa, se da uno cuenta de que ha dejado de visitar grandes partes de este país inmenso. ¿No estaría bien añadir dos semanas, dos meses para remontar el Amazonas hasta las provincias medio exploradas de Matto Grosso y de Goyaz, que aun los propios brasileños no conocen más que por excepción? ¿No habríamos de penetrar en la entraña de lo peligroso y, por eso, místicamente atractivo, de la selva para conocer a fondo la fuerza inquebrantable de la naturaleza tropical? Pero ¿y dónde nos detendríamos, donde pondríamos fin al viaje? ¿No surgirán cada vez nuevas tentaciones de ir más allá, de seguir avanzando? ¿y no sería muy presuntuoso el que se persuadiera a sí mismo a creer que durante un viaje de pocos meses hubiera llegado a conocer a fondo este país, que es todo un mundo, mundo del cual grandes partes aun no han sido exploradas ni por las expediciones más atrevidas? Viajar por el Brasil significa todavía descubrir cada vez nuevas cosas, y hay que conformarse con que a nadie se le permite aquí verlo todo. Ser sensato significa saber resignarse con tiempo, y por eso dije para mí: «¡Basta por esta vez!».

Volvemos al aeródromo. Al lado de nuestro avión espera otro, a punto de partir para Manaos, siguiendo el curso del Amazonas, en tanto que el nuestro irá en dirección al ecuador y los Estados Unidos, Observamos, maquinalmente, cómo nuestro vecino poderoso levanta las alas y se aleja rumbo a lo desconocido. Antes de dejar el Brasil, tenemos ya nostalgia del Brasil, el deseo de volver pronto a este país maravilloso.

En el momento en que empieza el ruido del propulsor de nuestro avión, brota en nosotros toda la gratitud por la dicha y la experiencia que nos han deparado estas semanas y meses inolvidables. Hasta aquél a quien el Brasil ha presentado sólo una parte de su increíble multiplicidad ha vista bastante hermosura para lo que le queda de vida.

FIN

 


 

 

 

EL MUNDO DE AYER,

MEMORIAS DE UN EUROPEO I

STEFAN ZWEIG  

 

Acojamos el tiempo tal como él nos quiere

SHAKESPEARE, Cimbelino

 

I. PREFACIO

Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida. Han tenido que pasar muchas cosas-acontecimientos, catástrofes y pruebas-, muchísimas más de lo que suele corresponderle a una misma generación, para que yo encontrara valor suficiente como para concebir un libro que tenga a mi propio «yo» como protagonista o, mejor dicho, como centro. Nada más lejos de mi intención que colocarme en primer término, a no ser que se me considere como un conferenciante que relata algo sirviéndose de diapositivas; es la época la que pone las imágenes, yo tan sólo me limito a ponerle las palabras; aunque, a decir verdad, tampoco será mi destino el tema de mi narración, sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia. Cada uno de nosotros, hasta el más pequeño e insignificante, ha visto su más íntima existencia sacudida por unas convulsiones volcánicas casi ininterrumpidas-que han hecho temblar nuestra tierra europea; y en medio de esa multitud infinita, no puedo atribuirme más protagonismo que el de haberme encontrado-como austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista-precisamente allí donde los seísmos han causado daños más devastadores. Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, y con dramática vehemencia me han arrojado al vacío, en ese «no sé adónde ir» que ya me resulta tan familiar. Pero no me quejo: es precisamente el apátrida el que se convierte en un hombre libre, libre en un sentido nuevo; sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia. Por eso mismo, espero poder cumplir la condición sine qua non de toda descripción fehaciente de una época: la sinceridad y la imparcialidad.

Y es que me he despojado de todas las raíces, incluida la tierra que las nutre, como, posiblemente, pocos han hecho a lo largo del tiempo. Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso-la monarquía de los Habsburgos-, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas. Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo; nunca, jamás (y no lo digo con orgullo sino con vergüenza) sufrió una generación tal hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual, como la que ha vivido la nuestra. Desde que me empezó a salir barba hasta que se cubrió de canas, en ese breve lapso de tiempo, medio siglo apenas, se han producido más cambios y mutaciones radicales que en diez generaciones, y todos creemos que ¡han sido demasiados! Mi Hoy difiere tanto de cada uno de mis Ayer-mis ascensiones y mis caídas-que a veces me da la impresión de no haber vivido una sola sino varias existencias, y todas ellas, del todo diferentes. Hasta tal punto que a menudo me sucede lo siguiente: cuando pronuncio de una tirada «mi vida», maquinalmente me pregunto: «¿Cuál de ellas?» ¿La de antes de la guerra? ¿De la primera guerra o de la segunda? ¿O la vida de hoy? Otras veces me sorprendo a mí mismo diciendo «mi casa», para descubrir en seguida que no sé a cuál de ellas me refiero: si a la de Bath o la de Salzburgo, o, tal vez, al caserón paterno de Viena. O digo «nuestra casa», y me estremezco al pensar que los hombres de mi patria apenas me consideran como uno de ellos, como los ingleses o los americanos; allí ya no me queda ninguna ligazón orgánica y aquí, no me he acabado de integrar; me da la impresión de que el mundo en que me crié, el de hoy y el que se sitúa entre los dos se separan cada vez más, convirtiéndose en mundos completamente diferentes. En conversaciones con amigos más jóvenes, cada vez que les cuento episodios de la época anterior a la Primera Guerra me doy cuenta, por sus preguntas estupefactas, de hasta qué punto lo que para mí sigue siendo una realidad evidente, para ellos se ha convertido en histórico o inimaginable. Y el secreto instinto que mora dentro de mi ser les da la razón: se han destruido todos los puentes entre nuestro Hoy, nuestro Ayer y nuestro Anteayer. Yo mismo no puedo dejar de maravillarme de la abundancia y variedad de cosas que hemos ido acumulando en el breve lapso de una existencia (existencia, sin duda, de lo más incómoda y amenazada), sobre todo cuando la comparo con la forma de vida de mis antepasados. El padre, el abuelo ¿de qué habían sido testigos? Cada cual había vivido su vida singular. Una sola, desde el principio hasta el final, sin grandes altibajos, sin sacudidas ni peligros, una vida con emociones pequeñas y transiciones imperceptibles, con un ritmo acompasado, lento y tranquilo: la ola del tiempo los había llevado desde la cuna hasta la sepultura. Vivieron en el mismo país, en la misma ciudad, incluso, casi siempre, en la misma casa; todo lo que pasaba en el mundo exterior ocurría, en realidad, en los periódicos: nunca llamaba a su puerta. Es cierto que en su época en algún que otro lugar también estallaban guerras, pero, si las medimos con las dimensiones de hoy, no se trataba sino de guerras poco significantes cuyo teatro, además, se hallaba lejos de las fronteras; no se oían sus cañonazos y al cabo de medio año ya estaban apagados sus focos y olvidada una más de las secas páginas de la historia, y la vida de siempre no tardaba en volver a instalarse de nuevo. Nosotros, por el contrario, lo hemos vivido todo sin la vuelta atrás, del antes no ha quedado nada ni nada ha vuelto; se nos ha reservado a nosotros el «privilegio» de participar de lleno en todo aquello que, por lo general, la historia asigna cada vez a un solo país y un solo siglo. Una misma generación era testigo, como máximo, de una revolución; otra, de un golpe de Estado; una tercera, de una guerra; una cuarta, de una hambruna; una quinta, de una bancarrota nacional...

y muchos países privilegiados y no menos generaciones afortunadas ni tan siquiera habían tenido que vivir nada de esto. Nosotros, en cambio, los que hoy rondamos los sesenta años y de iure aún nos toca vivir algún tiempo más ¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página). Yo mismo, por ejemplo, he sido contemporáneo de las dos guerras más grandes de la humanidad, y cada una de ellas la viví en un bando diferente: una en el alemán y otra, en el antialemán. Antes de la guerra había conocido la forma y el grado más altos de la libertad individual y después, su nivel más bajo desde siglos. He sido homenajeado y marginado, libre y privado de la libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. Me he visto obligado a ser testigo indefenso e impotente de la inconcebible caída de la humanidad en una barbarie como no se había visto en tiempos y que esgrimía su dogma deliberado y programático de la antihumanidad. Después de siglos, nos estaban reservadas de nuevo guerras sin declaración de guerra, campos de concentración, torturas, saqueos indiscriminados y bombardeos de ciudades indefensas; bestialidades que las últimas cincuenta generaciones no habían conocido y que ojalá no conozcan las futuras. Sin embargo, por una extraña paradoja, en el mismo lapso de tiempo en que nuestro mundo retrocedía un milenio en lo moral, también he visto a la misma humanidad elevarse hasta alturas insospechadas en lo que a la técnica y el intelecto se refiere, cuando de un aletazo ha superado todas las conquistas de millones de años: la del éter gracias al avión, la transmisión de la palabra terrenal por todo el planeta en un segundo y, con ella, la conquista del universo, la desintegración del átomo, el triunfo sobre las enfermedades más pérfidas y la conversión en posibles de muchas cosas cotidianas que tan sólo en la víspera eran imposibles. Antes de este momento, la humanidad, como conjunto, nunca había mostrado una faceta tan diabólica ni tampoco había alcanzado cotas de creación tan parecidas a las divinas.

Considero un deber dar fe de esta vida nuestra, una vida tensa y dramáticamente llena de sorpresas, porque-repito-todo el mundo ha sido testigo de estas gigantescas transformaciones, todo el mundo se ha visto obligado a convertirse en ese testigo. Para nuestra generación no había escapatoria ni posibilidad de quedarse fuera de juego, como para las anteriores; debido a nuestra nueva organización de la simultaneidad, vivíamos siempre incluidos en el tiempo. Cuando las bombas arrasaban las casas de Shanghai, en Europa lo sabíamos, sin salir de casa, antes de que evacuasen a los heridos. Todo lo que ocurría en otro extremo del mundo, a kilómetros de distancia, nos asaltaba en forma de imágenes vivas. No había protección ni defensa alguna ante el hecho de que se nos informara constantemente y de que mostrásemos interés por esas informaciones. No había país al que poder huir ni tranquilidad que se pudiese comprar; siempre y en todas partes, la mano del destino nos atrapaba y volvía a meternos en su insaciable juego.

Había que someterse sin cesar a las exigencias del Estado, entregarse como víctima a la política más estúpida, adaptarse a los cambios más fantásticos; siempre estaba uno encadenado a la colectividad, por más tenaz que fuese su defensa; se veía uno irresistiblemente atrapado. Todo aquel que ha vivido esta época o, mejor dicho, todo aquel que se ha visto acorralado y perseguido en este lapso (no hemos conocido muchos momentos de resuello), ha vivido más historia que ninguno de sus antepasados. Hoy nos volvemos a encontrar en un punto crucial: un fin y un nuevo comienzo. Así, pues, no actúo gratuitamente cuando acabo-de momento-esta mirada retrospectiva sobre mi vida en una fecha determinada.

Es que aquel día de septiembre de 1939 pone punto final definitivo a la época que formó y educó a los que ahora tenemos sesenta años. Pero si con nuestro testimonio logramos transmitir a la próxima generación aunque sea una pavesa de sus cenizas, nuestro esfuerzo no habrá sido del todo vano.

Soy consciente de las circunstancias adversas, pero sumamente características de nuestra época, en cuyo marco intento plasmar estos recuerdos míos. Los escribo en plena guerra, en el extranjero y sin nada que ayude a mi memoria. En mi habitación de hotel, no dispongo de un solo ejemplar de mis libros, ni de apuntes, ni de una carta de amigo. No puedo ir a buscar información a ninguna parte porque la censura ha interrumpido o ha puesto trabas a la correspondencia en todo el mundo. Vivimos ahora tan aislados como hace siglos, cuando aún no se habían inventado los barcos de vapor, los trenes, los aviones y el correo. De modo que no guardo de mi pasado más que lo que llevo detrás de la frente. En estos momentos, todo lo demás me resulta inaccesible o, incluso, perdido. Pero nuestra generación ha aprendido a conciencia a no llorar las cosas perdidas y, además, quién sabe si la falta de documentación y de detalles no acabará redundando en beneficio de este libro. Porque yo no considero a nuestra memoria como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio. Todo lo que olvida el hombre de su propia vida, en realidad ya mucho antes había estado condenado al olvido por un instinto interior. Sólo aquello que yo quiero conservar tiene derecho a ser conservado para los demás. Así que ¡hablad, recuerdos, elegid vosotros en lugar de mí y dad al menos un reflejo de mi vida antes de que se sumerja en la oscuridad! EL MUNDO DE LA SEGURIDAD Educados en el silencio, la tranquilidad y la austeridad, de repente se nos arroja al mundo; cien mil olas nos envuelven, todo nos seduce, muchas cosas nos atraen, otras muchas nos enojan, y de hora en hora titubea un ligero sentimiento de inquietud; sentimos y lo que sentimos lo enjuaga la abigarrada confusión del mundo.

 

GOETHE

Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra monarquía austriaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. Los derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento, representación del pueblo libremente elegida, y todos los deberes estaban exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austriaca, circulaba en relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el funcionario o el militar, por su lado, con toda seguridad podía encontrar en el calendario el año en que ascendería o se jubilaría. Cada familia tenía un presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida, en las vacaciones de verano y en la ostentación y, además, sin falta reservaba cuidadosamente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y médicos. Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para sus hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un lactante dormía aún en la cuna, le depositaban ya un óbolo en la hucha o en la caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña «reserva» para el futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste se moría, se sabía (o se creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden. Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón.

Dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso. Primero, sólo los terratenientes disfrutaban de tal privilegio, pero poco a poco se fueron esforzando por obtenerlo también las grandes masas; el siglo de la seguridad se convirtió en la edad de oro de las compañías de seguros. La gente aseguraba su casa contra los incendios y los robos, los campos contra el granizo y las tempestades, el cuerpo contra accidentes y enfermedades; suscribía rentas vitalicias para la vejez y depositaba en la cuna de sus hijas una póliza para la futura dote. Finalmente incluso los obreros se organizaron, consiguieron un salario estable y seguridad social; el servicio doméstico ahorraba para un seguro de previsión para la vejez y pagaba su entierro por adelantado, a plazos. Sólo aquel que podía mirar al futuro sin preocupaciones gozaba con buen ánimo del presente.

En esta conmovedora confianza en poder empalizar la vida hasta la última brecha, contra cualquier irrupción del destino, se escondía, a pesar de toda la solidez y la modestia de tal concepto de la vida, una gran y peligrosa arrogancia. El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacía «el mejor de los mundos». Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada. Ahora, en cambio, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el «progreso» ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho «progreso» que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica. En efecto, hacia finales de aquel siglo pacífico, el progreso general se fue haciendo cada vez más visible, rápido y variado. De noche, en vez de luces mortecinas, alumbraban las calles lámparas eléctricas, las tiendas de las capitales llevaban su nuevo brillo seductor hasta los suburbios, uno podía hablar a distancia con quien quisiera gracias al teléfono, el hombre podía recorrer grandes trechos a nuevas velocidades en coches sin caballos y volaba por los aires, realizando así el sueño de Ícaro. El confort salió de las casas señoriales para entrar en las burguesas, ya no hacía falta ir a buscar agua a las fuentes o los pozos, ni encender fuego en los hogares a duras penas; la higiene se extendía, la suciedad desaparecía. Las personas se hicieron más bellas, más fuertes, más sanas, desde que el deporte aceró sus cuerpos; poco a poco, por las calles se fueron viendo menos lisiados, enfermos de bocio y mutilados, y todos esos milagros eran obra de la ciencia, el arcángel del progreso. También hubo avances en el ámbito social; año tras año, el individuo fue obteniendo nuevos derechos, la justicia procedía con más moderación y humanidad e incluso el problema de los problemas, la pobreza de las grandes masas, dejó de parecer insuperable. Se otorgó el derecho de voto a círculos cada vez más amplios y, con él, la posibilidad de defender legalmente sus intereses; sociólogos y catedráticos rivalizaban en el afán de hacer más sana e incluso más feliz la vida del proletariado... ¿Es de extrañar, pues, que aquel siglo se deleitara con sus propias conquistas y considerara cada década terminada como un mero peldaño hacia otra mejor? Se creía tan poco en recaídas en la barbarie-por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa-como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos.

Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra «seguridad» como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación, cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz. Nosotros, que en el nuevo siglo hemos aprendido a no sorprendernos ante cualquier nuevo brote de bestialidad colectiva, nosotros, que todos los días esperábamos una atrocidad peor que la del día anterior, somos bastante más escépticos respecto a la posibilidad de educar moralmente al hombre. Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad. Para salvaguardar nuestra propia existencia, renegamos ya hace tiempo de la religión de nuestros padres, de su fe en un progreso rápido y duradero de la humanidad; a quienes aprendimos con horror nos parece banal aquel optimismo precipitado a la vista de una catástrofe que, de un solo golpe, nos ha hecho retroceder mil años de esfuerzos humanos. Sin embargo, a pesar de que nuestros padres habían servido a una ilusión, se trataba de una ilusión magnífica y noble, mucho más humana y fecunda que las consignas de hoy. Y algo dentro de mí no puede desprenderse completamente de ella, por alguna razón misteriosa, a pesar de todas las experiencias y de todos los desengaños. Lo que un hombre, durante su infancia, ha tomado de la atmósfera de la época y ha incorporado a su sangre, perdura en él y ya no se puede eliminar. Y, a pesar de todo lo que resuena en mis oídos todos los días, a pesar de todas las humillaciones y pruebas que yo y mis innumerables compañeros de destino hemos padecido, no puedo renegar del todo de la fe de mi juventud y dejar de creer que, a pesar de todo, volveremos a levantarnos un día. Desde el abismo de horror en que hoy, medio ciegos, avanzamos a tientas con el alma turbada y rota, sigo mirando aún hacia arriba en busca de las viejas constelaciones que brillaban sobre mi infancia y me consuelo, con la confianza heredada, pensando que un día esta recaída aparecerá como un mero intervalo en el ritmo eterno del progreso incesante.

Hoy, cuando ya hace tiempo que la gran tempestad lo aniquiló, sabemos a ciencia cierta que aquel mundo de seguridad fue un castillo de naipes. Sin embargo, mis padres vivieron en él como en una casa de piedra. Ninguna tempestad ni corriente de aire irrumpió jamás en su plácida y holgada existencia; cierto que disponían de una protección especial contra el viento: eran gente acomodada que poco a poco fue haciéndose rica, incluso muy rica, y eso, en aquella época, era un buen colchón para asegurar paredes y ventanas. Su forma de vida me parece tan típica de la llamada «buena burguesía judía» (la burguesía que hubo de dar a la cultura vienesa valores tan esenciales y que, como contrapartida, hubo de ser totalmente exterminada) que, con este informe sobre su existencia cómoda y silenciosa, narro en realidad algo impersonal: al igual que mis padres, diez o veinte mil familias de Viena llevaron la misma vida en aquel siglo de valores asegurados.

La familia de mi padre procedía de Moravia. Las comunidades judías vivían en pequeñas aldeas en perfecta armonía con la gente labriega y la pequeña burguesía; por eso carecían por completo, por un lado, del abatimiento y, por otro, de la impaciencia grácilmente impulsiva de los judíos del Este. Robustos, fortalecidos por la vida del campo, seguían su camino seguros y tranquilos como los campesinos que labraban su terruño patrio.

Emancipados pronto de la ortodoxia religiosa, eran apasionados partidarios de la religión del «progreso» de la época y, en la era política del liberalismo, situaron en el Parlamento a los diputados más respetados. Cuando se mudaban de su tierra natal a Viena, se adaptaban con una rapidez sorprendente a la esfera cultural superior y su ascenso personal se unía orgánicamente al impulso general de la época. Por lo que respecta a esta forma de transición, también nuestra familia fue un caso completamente típico. Mi abuelo paterno se había dedicado a vender productos manufacturados. Después, en la segunda mitad del siglo, despegó en Austria la actividad industrial. Los telares y las hiladoras mecánicos, importados de Inglaterra, aportaron, junto con la racionalización, un abaratamiento enorme en comparación con los productos de artesanía tradicionales y, gracias a su talento para los negocios y a su visión cosmopolita, los comerciantes judíos fueron los primeros en reconocer la necesidad y la rentabilidad de un cambio en la producción industrial de Austria. Con un capital a menudo módico fundaron en un abrir y cerrar de ojos aquellas primeras fábricas improvisadas que al principio sólo funcionaban con la fuerza hidráulica, pero que poco a poco se fueron ampliando hasta llegar a convertirse en la poderosa industria textil bohemia que dominó toda Austria y los Balcanes. Si, por tanto, el abuelo, representante típico de la época anterior, se dedicó sólo al comercio intermediario de los productos acabados, mi padre ya pasó con decisión a la era moderna, fundando en el norte de Bohemia, a los treinta y tres años, una pequeña fábrica de tejidos que con el tiempo fue ampliando, lenta y cautelosamente, hasta convertirla en toda una soberbia empresa.

Esta forma prudente de ampliar el negocio, a pesar de que la coyuntura era tentadoramente favorable, se adecuaba plenamente al espíritu de la época. Se correspondía, además, de una manera especial, con el carácter reservado y nada codicioso del padre, que había asimilado el credo de la época: safety first; para él era más importante tener una empresa «sólida» (otra palabra predilecta de aquellos tiempos) con un capital propio, que convertirla en una empresa de grandes dimensiones a base de créditos o hipotecas. El hecho de que nadie hubiera visto jamás su nombre en un pagaré o en una letra de cambio y sólo figurara en el lado acreedor de su banco (por supuesto la entidad de crédito más sólida, el banco Rotschild) fue el único orgullo de su vida. Se oponía a cualquier ganancia que comportase la menor sombra de riesgo y en toda su vida jamás participó en negocios ajenos.

Sin embargo, si llegó a hacerse rico poco a poco, y cada vez más rico, no fue gracias a especulaciones audaces ni a operaciones a largo plazo, sino a su adaptación al método general que se seguía en aquella época prudente y que consistía en emplear sólo una parte discreta de los ingresos y, en consecuencia, todos los años añadir al capital una suma cada vez más considerable. Como la mayor parte de su generación, mi padre habría tachado de derrochador a quien consumiera des. preocupadamente la mitad de sus ingresos sin «pensar en el mañana» (otra de las frases habituales de la era de la seguridad que ha pervivido hasta nosotros).

Gracias a este ahorro constante de los beneficios, en aquella época de prosperidad creciente en la que, además, el Estado no pensaba en pellizcar con impuestos más que un pequeño porcentaje, incluso de las rentas más altas, y en la que, por otro lado, los valores industriales y del Estado producían intereses altos-, el hacerse cada vez más ricos en realidad no significaba para los acaudalados más que un esfuerzo pasivo. Y valía la pena; aún no se robaba a los ahorradores, como en los tiempos de inflación, no se estafaba a los solventes, y precisamente los más pacientes, los que no especulaban, obtenían mejores beneficios. Gracias a esta adaptación al sistema general de la época, mi padre, ya a los cincuenta años, podía considerarse un hombre acaudalado, también de acuerdo con los criterios internacionales.

Pero el tren de vida de nuestra familia no siguió sino hasta mucho más tarde el aumento de la fortuna, cada vez más rápido. Poco a poco nos fuimos permitiendo pequeñas comodidades, nos mudamos de una casa pequeña a otra más espaciosa, las tardes de primavera alquilábamos un automóvil, viajábamos en coche cama de segunda clase, pero hasta los cincuenta años mi padre no se permitió el lujo de pasar un mes de vacaciones invernales, en Niza, con mi madre.

En definitiva, permanecía inalterable la postura Fundamental de disfrutar de la riqueza poseyéndola y no haciendo ostentación de ella; ni siquiera siendo ya millonario fumó mi padre cigarros habanos, sino sólo los irabucco nacionales, al igual que el emperador Francisco José sólo sus baratos virginia, y cuando jugaba a las cartas, no apostaba más que cantidades pequeñas. Inflexible, llevaba una vida cómoda, pero reservada y discreta. Aun cuando tenía incomparablemente más prestigio y cultura que la mayoría de sus colegas (tocaba muy bien el piano, escribía en un estilo claro y bello, hablaba francés e inglés), rehusó honores y cargos honoríficos, nunca en su vida pretendió ni aceptó ninguno de los títulos y distinciones que a menudo se le ofrecían por su posición de gran industrial. Este orgullo secreto de no tener que pedir nunca nada a nadie, de no verse obligado nunca a decir «por favor» o «gracias», significaba para él más que todas las apariencias.

Ahora bien, en la vida de todo hombre irremisiblemente llega el momento en que éste reencuentra la imagen de su padre en la suya propia. Ese rasgo característico que denotaba una inclinación hacia la privacidad y el anonimato de su propia vida, empieza ahora a desarrollarse en mí, cada año con más pujanza, por mucho que, a decir verdad, se contradiga con mi profesión, que, en cierta manera, por fuerza tiene que dar a conocer mi nombre y a mi persona. Aun así, con el mismo orgullo secreto he rechazado desde siempre cualquier forma de distinción pública, no he aceptado condecoraciones ni títulos ni presidencias de academias ni jurados; incluso sentarme a la mesa en un banquete me resulta un martirio y la sola idea de dirigirme a alguien para pedirle algo me seca los labios antes de pronunciar la primera palabra, aun cuando mi petición sea en favor de otra persona. Sé cuán anacrónicas son estas inhibiciones en un mundo en el que uno se puede mantener libre sólo con astucia y evasivas y en el que, como decía sabiamente el padre Goethe, «las condecoraciones y los títulos evitan muchos empujones en las aglomeraciones». Pero mi padre, al que llevo dentro de mí, y su orgullo secreto, me retienen y no puedo oponerles resistencia, porque les debo lo que quizá considero mi única posesión segura: el sentimiento de libertad interior.

Mi madre, de soltera Brettauer, era de procedencia distinta, cosmopolita. Había nacido en Ancona, en el sur de Italia, y tanto el italiano como el alemán eran sus lenguas maternas; cada vez que hablaba con la abuela o con su hermana de algo que no quería que entendieran los criados, pasaba al italiano. Desde mi infancia yo estaba familiarizado con el risotto y las alcachofas, todavía raras por aquel entonces, así como con otras especialidades de la cocina meridional, y posteriormente, siempre que viajaba a Italia, me sentía allí como en casa desde el primer momento. Pero la familia de mi madre no era en absoluto italiana, sino conscientemente cosmopolita; los Brettauer, que originariamente eran propietarios de un banco, pronto se habían dispersado por el mundo desde Hohenems, un pueblecito de la frontera suiza, siguiendo el modelo de las grandes familias banqueras judías, aunque, claro está, en dimensiones mucho más pequeñas. Unos se marcharon a Sankt Gallen, otros a Viena y a París, el abuelo a Italia, un tío a Nueva York, y ese contacto con lo internacional les confirió modales más refinados, una visión más amplia y, por añadidura, un cierto orgullo de familia.

En este círculo familiar ya no existían pequeños comerciantes ni corredores de bolsa, sino sólo banqueros, directores, catedráticos, abogados y médicos; todos hablaban más de una lengua, y recuerdo la naturalidad con que en casa de la tía de París, durante las comidas, se pasaba de una a otra indistintamente. Era una familia muy «apegada a sí misma» y, cuando una muchacha de una rama más pobre de la familia llegaba a la edad casadera, toda la parentela contribuía con una dote espléndida sólo para evitar un casamiento por «debajo de su clase». Mi padre, desde luego, era respetado como gran industrial, pero mi madre, aunque unida a él por un matrimonio de lo más feliz, no hubiera consentido que los parientes de él quedasen en la misma posición que los de ella. Este orgullo de pertenecer a una «buena familia» era inextirpable en todos los Brettauer y, cuando en años ulteriores uno de ellos quería manifestarme su afecto, decía en tono condescendiente: «Al fin y al cabo eres un Brettauer de pura cepa», como si con ello quisiera decir a modo de alabanza: «Al fin y al cabo, te ha tocado en suerte ser de los nuestros.» Esta clase de nobleza, que muchas familias judías se otorgaban motu proprio, a mi hermano y a mí desde pequeños ya nos divertía, ya nos irritaba. Constantemente oíamos decir que éstos eran gente «fina» y aquéllos gente «ordinaria», de todos nuestros amigos se investigaba si eran de «buena» familia y se comprobaba tanto el origen de sus parientes hasta la última generación como el de su fortuna. Esta manía de clasificar, que era realmente el objeto principal de todas las conversaciones familiares y sociales, nos parecía de lo más ridículo y esnob a la vez, ya que en el fondo todas las familias judías procedían del mismo gueto, con una diferencia de tan sólo cincuenta o cien años. Sólo más tarde comprendí que el concepto de «buena familia», que a los niños nos parecía una farsa y una parodia de una pseudoaristocracia artificial, expresaba una de las tendencias más íntimas y secretas del carácter judío. En opinión generalmente aceptada, la verdadera y típica finalidad de la vida de un judío consiste en hacerse rico. Nada más falso. Para él, llegar a ser rico significa sólo un escalón, un medio para lograr el auténtico objetivo, pero nunca es un fin en sí mismo. El deseo propiamente dicho del judío, su ideal inmanente, es ascender al mundo del espíritu, a un estrato cultural superior. Ya en el judaísmo ortodoxo oriental, donde tanto las debilidades de toda la raza como sus méritos se dibujan nítidos e intensos, encuentra esa aspiración de la voluntad a lo espiritual por encima de lo meramente material su expresión plástica: el hombre piadoso, el erudito de la Biblia, está mil veces mejor visto por la comunidad que el rico; incluso el más acaudalado preferirá entregar a su hija en matrimonio a un intelectual pobre de solemnidad que a un comerciante. Esta preferencia por el mundo del espíritu es homogénea en todos los estamentos; incluso el quincallero más pobre que arrastra sus bártulos a través del viento y la tempestad procurará dar estudios al menos a un hijo a costa de grandes sacrificios, y toda la familia considerará como un título honroso tener en su seno a alguien que goce de reconocimiento en el mundo intelectual: un profesor, un erudito, un músico; como si sus méritos los ennobleciesen a todos. Algo del judío trata de huir de lo moralmente dudoso, de lo adverso, mezquino y poco intelectual, inherente a todo comercio, a toda actividad puramente mercantil, y aspira a ascender a la esfera más pura, no materialista, del espíritu, como si quisiera, en términos wagnerianos, redimirse a sí mismo, y a toda la raza, de la maldición del dinero. He ahí por qué el afán de riqueza del judaísmo se agota en una familia al cabo de dos o a lo sumo tres generaciones, y precisamente las dinastías más poderosas encuentran a sus hijos mal predispuestos a hacerse cargo de los bancos, las fábricas, los negocios ampliados y prósperos de sus padres. No se debe a una casualidad el que un lord Rothschild llegase a ser ornitólogo, un Warbug, historiador del arte, un Cassirer, filósofo, y un Sassoon, poeta; todos obedecieron al mismo impulso inconsciente de liberarse de lo que un judaísmo estrecho de miras había limitado al mero y frío ganar dinero, y quizás en eso se manifiesta incluso el anhelo secreto de diluirse en la esfera humana común, huyendo de la puramente judía hacia el mundo del espíritu. «Buena» familia significa, pues, algo más que un elemento puramente social que ella misma se otorga con este calificativo; significa un judaísmo que se ha liberado o empieza a liberarse de todos los defectos, las mezquindades y pequeñeces que el gueto le había impuesto, a fuerza de adaptarse a otra cultura y, si era posible, a una cultura universal. El hecho de que esa huida al mundo del espíritu a través de una plétora desproporcionada de profesiones intelectuales se tornara después nefasta para el judaísmo, como antes su limitación a los quehaceres materiales, constituye sin duda una de las paradojas eternas del destino judío.

En ninguna otra ciudad europea el afán de cultura fue tan apasionado como en Viena.

Precisamente porque la monarquía y Austria no habían tenido desde hacía siglos ambiciones políticas ni demasiados éxitos en acciones militares, el orgullo patrio se había orientado principalmente hacia el predominio artístico. Del antiguo imperio de los Habsburgos, que antaño había dominado Europa, se habían desprendido hacía tiempo las provincias más importantes y valiosas: alemanas e italianas, flamencas y valonas; la capital, el baluarte de la corte, la guardiana de una tradición milenaria, había permanecido incólume, sumida en su viejo esplendor. Los romanos habían colocado las primeras piedras de un castrum, un puesto avanzado, para proteger la civilización latina de la barbarie y, al cabo de más de mil años, el asalto de los otomanos se estrelló contra aquellos muros. Por aquí habían pasado los Nibelungos, desde aquí iluminó al mundo la constelación de los siete astros inmortales de la música: Gluck, Haydn y Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms y Johann Strauss, aquí confluyeron todas las corrientes de la cultura europea; en la corte, entre la nobleza y entre el pueblo, lo alemán se unía con alianzas de sangre con lo eslavo, lo húngaro, lo español, lo italiano, lo francés y lo flamenco, y el verdadero genio de esta ciudad de la música consistió en refundir armónicamente todos esos contrastes en un elemento nuevo y peculiar: el austriaco, el vienés. Acogedora y dotada de un sentido especial de la receptividad, la ciudad atraía las fuerzas más dispares, las distendía, las mullía y las serenaba; vivir en semejante atmósfera de conciliación espiritual era un bálsamo, y el ciudadano, inconscientemente, era educado en un plano supranacional, cosmopolita, para convertirse en ciudadano del Inundo.

Este arte de la adaptación, de las transiciones suaves y musicales, no tardó en manifestarse en el aspecto exterior de la ciudad. Crecida poco a poco a lo largo de siglos, desplegada orgánicamente a partir de un núcleo central, era lo bastante populosa, con sus dos millones de habitantes, como para ofrecer todo el lujo y toda la variedad de una metrópoli, sin ser desmesurada, a la vez, hasta el punto de separarse de la naturaleza, como Londres o Nueva York. Las últimas casas de la ciudad se reflejaban en la corriente impetuosa del Danubio o daban a la extensa llanura o se perdían entre jardines y campos o subían por las suaves colinas de las últimas estribaciones de los Alpes, rodeadas de verdes bosques; era difícil saber dónde terminaba la naturaleza y empezaba la ciudad, ambas se confundían sin resistencia ni oposición. Por otro lado, en el centro se notaba que la ciudad había crecido como un árbol, añadiendo anillos uno tras otro y, en vez de viejos muros fortificados, a la parte interior, su núcleo más precioso, la rodeaba la Ringstrasse, con sus casas suntuosas. Aquí los viejos palacios de la corte y de la nobleza contaban historias convertidas en piedra; ahí Beethoven había tocado el piano en casa de los Lichnowsky; allí Haydn se había alojado en casa de los Eszterházy; más allá, en la vieja universidad, había sonado por primera vez la Creación de Haydn; el palacio imperial, el Hofburg, había contemplado a generaciones de emperadores; el Schönbrunn había visto a Napoleón; en la catedral de San Esteban, los príncipes aliados de la cristiandad se habían arrodillado en acción de gracias por haberse salvado de los turcos; la Universidad vio entre sus paredes a incalculables lumbreras de la ciencia. En medio se alzaba, orgullosa y fastuosa, la nueva arquitectura, con espléndidas avenidas y rutilantes comercios.

Pero la parte vieja no estaba en absoluto reñida con la nueva, como la piedra labrada con la naturaleza virgen. Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era de lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como en París, impregnado de alegría. Viena, como bien se sabe, era una ciudad sibarita, pero ¿qué significa cultura sino obtener de la tosca materia de la vida, a fuerza de halagos, sus ingredientes más exquisitos, más delicados y sutiles a través del arte y del amor? Amantes de la buena cocina, preocupados por el buen vino, la joven cerveza amarga, los dulces y las tartas abundantes, los habitantes de esta ciudad también eran muy exigentes en otros placeres, más refinados. Interpretar música, bailar, actuar en el escenario, conversar, exhibir modales elegantes y obsequiosos en el comportamiento, todo eso se cultivaba como un arte especial. No era el mundo militar ni el político ni el comercial lo que se imponía en la vida tanto del individuo como de la colectividad; la primera ojeada al periódico de la mañana de un vienés medio no iba dirigida a los debates parlamentarios ni a los acontecimientos mundiales, sino al repertorio de teatro, que adquiría una importancia en la vida pública difícilmente comprensible en otras ciudades. Pues el teatro imperial, el Burgtheater, era para los vieneses y los austriacos más que un simple escenario en que unos actores interpretaban obras de teatro; era el microcosmos que reflejaba el macrocosmos, el reflejo multicolor en que se miraba la sociedad, el único y verdadero cortigiano del buen gusto. El espectador veía en el actor de la corte imperial el modelo de cómo vestirse, cómo entrar en una habitación, cómo llevar una conversación, qué palabras debía usar un hombre de buen gusto y cuáles debía evitar; el escenario no era un simple lugar de entretenimiento, sino un compendio hablado y plástico de urbanidad y buena pronunciación, y un nimbo de respeto, como una aureola de santidad, envolví todo lo que tenía alguna relación, por lejana que fuese, con el teatro de la corte. El primer ministro, el magnate más rico, podía ir por las calles de Viena sin que nadie volviera la cabeza para mirarlo; en cambio, cualquier dependienta y cualquier cochero reconocía a un actor ce la corte o a una cantante de la ópera; los niños nos contábamos con orgullo que habíamos tropezado con uno de ellos en la calle (todos coleccionábamos sus retratos y autógrafos), y este culto a la personalidad, casi religioso, llegó hasta el punto de contagiarse a su medie; el peluquero de Sonnethal o el cochero de Josef Kainz eran personas respetadas y secretamente envidiadas; los jóvenes elegantes se jactaban de ir vestidos por el mismo sastre que ellos. Cualquier aniversario, cualquier entierro, se convertía en un acontecimiento que eclipsaba todo hecho político. El sueño supremo de todo escritor vienés era verse representado en el Burgtheater, porque eso significaba una especie de nobleza vitalicia y comprendía toda una serie de honores como, por ejemplo, entradas gratis para toda la vida, invitaciones a todas las recepciones oficiales; de esta manera uno se convertía en huésped de la casa imperial, y yo todavía recuerdo la solemnidad de mi introducción en ella. Por la mañana, el director del Burgtheater me había pedido que fuera a su despacho para comunicarme, después de Felicitarme, que el Burgtheater había aceptado mi drama; cuando regresé a casa aquella noche, encontré su tarjeta. A mis veintiséis años, aquel hombre me había devuelto formalmente la visita; el hecho de que mi obra hubiese sido aceptada me había convertido en autor del teatro imperial y en un gentleman al que el director de aquella institución debía tratar au pair. Y todo lo que ocurría en el teatro afectaba indirectamente a todos, incluso a quien no tenía una relación directa con él. Recuerdo, por ejemplo, de la época de mis primeros años de juventud, que un día nuestra cocinera, con lágrimas en los ojos, irrumpió en la habitación: le acababan de comunicar que Charlotte Wolter (la actriz más famosa del Burgtheater) había muerto. Lo más grotesco de aquel dolor exagerado era, por supuesto, que nuestra anciana cocinera medio analfabeta no había estado ni una sola vez en el Burgtheater y no había visto a la Wolter ni dentro ni fuera del escenario; pero en Viena, una gran actriz nacional era propiedad colectiva hasta tal punto que incluso los que no se interesaban por el teatro percibían su muerte como una catástrofe. Cualquier pérdida, la desaparición de un cantante o de un actor popular, se convertía irremediablemente en luto nacional. Cuando el «viejo» Burgtheater, donde por primera vez sonaron las notas de Las bodas de Fígaro de Mozart, estaba a punto de ser demolido, toda la sociedad vienesa se reunió en sus salones, solemne y conmovida, como si se tratara de un entierro; apenas hubo caído el telón, todo el mundo se precipitó hacia el escenario para llevarse a casa como reliquia siquiera una astilla de las tablas sobre las que habían actuado sus artistas favoritos, y, después de décadas, todavía se podían ver en muchas casas burguesas esos insignificantes trozos de madera guardados en estuches preciosos como los fragmentos de la vera cruz en las iglesias. Tampoco nosotros actuamos con mucha más sensatez cuando derribaron el llamado salón Bósendorfer.

En sí misma, aquella pequeña sala de conciertos, reservada exclusivamente a la música de cámara, era un edificio insignificante y nada artístico; había albergado la escuela de equitación del príncipe de Liechtenstein y fue adaptada para conciertos con un simple revestimiento de madera sin ningún tipo de ostentación. Pero, con su resonancia de un viejo violín, era el santuario de los amantes de la música, porque allí habían dado conciertos Chopin y Brahms, Líszt y Rubinstein, y porque allí se habían oído por primera vez muchos cuartetos famosos.

Y ahora tenía que ser sacrificado a un nuevo proyecto de edificio funcional; para nosotros, que habíamos vivido horas inolvidables en aquel edificio, eso era inconcebible.

Cuando se extinguieron los últimos compases de Beethoven, interpretado, más brillantemente que nunca, por el Roséquartett, nadie se levantó de su asiento. Alborotamos y aplaudimos, algunas mujeres sollozaron emocionadas, nadie quería admitir que se trataba de un adiós.

Apagaron las luces para echarnos fuera. Ninguno de los cuatrocientos o quinientos fanáticos se movió de su localidad. Permanecimos allí media hora, una hora, como si con nuestra presencia pudiéramos forzar la salvación de la vieja sala sagrada. Y los estudiantes, ¡ cómo luchamos-con peticiones, manifestaciones y artículos-para que no demolieran la casa donde murió Beethoven! Cada una de esas casas históricas de Viena era como un trozo de alma que nos arrancaban.

Este fanatismo por el arte, y en particular por el arte teatral, en Viena se hacía extensivo a todas las clases sociales. De por sí, Viena era, por su tradición secular, una ciudad claramente estratificada y a la vez, como escribí en cierta ocasión, maravillosamente orquestada. La batuta seguía en manos de la casa imperial. El castillo imperial era el centro de la supranacionalidad de la monarquía, y no sólo en el sentido del espacio sino también de la cultura. Alrededor del castillo, los palacios de la alta nobleza austriaca, polaca, checa y húngara formaban una especie de segunda muralla. A continuación estaba la «buena sociedad», integrada por la nobleza inferior, el alto funcionariado, la industria y las «viejas familias» y, luego, por debajo, la pequeña burguesía y el proletariado. Todas estas capas sociales vivían en sus círculos respectivos e incluso en sus propios distritos: la alta nobleza, en sus palacios del centro de la ciudad; la diplomacia, en el tercer distrito; la industria y el comercio, cerca de la Tingstrasse; la pequeña burguesía, en los distritos interiores, del segundo al noveno; el proletariado, en el círculo exterior; pero todos formaban una misma comunidad en el teatro y en las grandes fiestas, como, por ejemplo, la batalla de flores del Prater, donde trescientas mil personas aclamaban a las «diez mil de arriba» que desfilaban en sus carrozas magníficamente adornadas. En Viena, todo lo que se expresaba con música o color se convertía en motivo de fiesta: procesiones religiosas, como la del Corpus, desfiles militares, la «Burgmusik», incluso los entierros tenían una concurrencia entusiasta, y la ambición de todo verdadero vienés era tener unas «buenas honras fúnebres», con mucha pompa y un gran séquito; un verdadero vienés convertía incluso su muerte en un espectáculo para los demás.

Esa sensibilidad por todo lo que fuera color, música y fiesta, ese gusto por el teatro como juego y reflejo de la vida, ya fuera en el escenario ya en la realidad, eran cosas que compartía toda la ciudad.

No era nada difícil burlarse de la «teatromanía» de los vieneses, que, a decir verdad, con su obsesión por escudriñar en los hechos más banales de la vida de sus ídolos, degeneraba a veces en lo grotesco, y nuestra indolencia austriaca en cuestiones de política y nuestro atraso en las de economía, en comparación con el resoluto Imperio Alemán vecino, se pueden atribuir efectivamente, en parte, a esa jubilosa sobrestimación. Ahora bien, en el plano cultural dicha sobrevaloración de los acontecimientos artísticos generó algo único: primero, un respeto extraordinario por toda producción artística; segundo, como consecuencia de siglos de práctica, una masa de expertos; y tercero, gracias a ellos, un nivel excelente en todos los campos culturales. El artista se siente siempre más a gusto y a la vez más estimulado allá donde es valorado e incluso sobrevalorado. El arte siempre alcanza la cima allá donde se convierte en motivo vital para todo un pueblo. Y al igual que durante el Renacimiento Florencia y Roma atraían a los pintores y les inculcaban la grandeza, porque todo el mundo creía que tenían que superarse y superar a los demás ininterrumpidamente en una rivalidad constante ante todos los ciudadanos, así también los músicos y los actores de Viena conocían su importancia en la ciudad. Nada pasaba por alto al público de la Ópera de Viena y del Burgtheater: se daba cuenta inmediatamente de una nota falsa, censuraba cualquier entrada a destiempo y cualquier supresión, y ese control no lo ejercían tan sólo los críticos en los estrenos, sino también todos los días el oído atento del público, aguzado por la constante comparación. Mientras en política, en la administración y en la moral todo iba como una seda y la gente se mostraba indiferente y bonachona ante un «desliz» e indulgente ante una falta, no había perdón para las cosas del arte; estaba en juego el honor de la ciudad. Todo cantante, actor y músico tenía que dar lo mejor de sí mismo; si no, estaba perdido. Era fantástico ser un ídolo en Viena, pero no era fácil mantenerse en el pedestal; no se perdonaba un momento de relajación. Y el hecho de saberse constante y despiadadamente vigilado obligaba al artista de Viena a dar el máximo y les confería a todos ese extraordinario nivel. De aquellos años de juventud todos aprendimos a incorporar en nuestra vida una medida estricta e inexorable de la producción artística. Quien en la Ópera conoció la disciplina férrea hasta el detalle más ínfimo bajo la batuta de Gustav Mahler y en los conciertos filarmónicos supo qué era tener empuje, además, claro está, de meticulosidad, hoy rara vez se queda satisfecho del todo ante una representación teatral o musical. Pero así hemos aprendido a ser severos también con nosotros mismos en cada una de nuestras actuaciones artísticas; teníamos y tenemos por modelo un nivel como pocas ciudades del mundo han inculcado a los futuros artistas.

Además, este conocimiento del ritmo y de la fuerza adecuados penetró también en el pueblo, pues incluso el burgués más insignificante, sentado ante una copa de vino joven, exigía tan buena música de la orquesta del local como buen vino del tabernero; en el Prater, por otro lado, la gente sabía exactamente qué banda militar tenía el mejor «aire marcial», si los «Grandes Maestros de la Orden Teutónica» o los «Húngaros»; se puede decir que quien vivía en Viena respiraba con el ;aire el sentido del ritmo. Y así como en el caso de los escritores esa musicalidad se traducía en una prosa especialmente cuidada, en el caso de los demás el sentido del ritmo impregnaba la conducta social y la vida diaria.

Un vienés sin sentido musical ni gusto por las formas era inimaginable en la llamada «buena» sociedad, pero incluso en las clases inferiores el más pobre extraía del paisaje mismo, de la esfera humana y jovial, un cierto instinto para la belleza que trasladaba a su vida; uno no era auténticamente vienés sin el amor por la cultura, sin ese sentido que le permitía analizar a la vez que gozar de esa superfluidad sacratísima de la vida.

Ahora bien, la adaptación al medio del pueblo o del país en cuyo seno viven, no es para los judíos sólo una medida de protección externa, sino también una profunda necesidad interior. Su anhelo de patria, de tranquilidad, de reposo y de seguridad, sus ansias de no sentirse extraños, les empujan a adherirse con pasión a la cultura de su entorno. Y seguramente en ninguna otra parte (salvo en la España del siglo XV) esta unión se realizó tan fructífera y felizmente como en Austria. Establecidos en la ciudad imperial durante más de dos siglos, los judíos encontraron en ella a un pueblo despreocupado, dado a la conciliación, que, tras esta fachada de aparente superficialidad, poseía un instinto innato y profundo para los valores espirituales y estéticos, tan importantes para ellos. Y algo más encontraron en Viena: encontraron aquí una misión personal. En el siglo anterior, el fomento del arte había perdido en Viena a sus viejos mecenas y protectores: la casa imperial y la aristocracia.

Mientras que en el siglo XVIII María Teresa hacía estudiar música a su hija con Gluck, José II hablaba como experto con Mozart de sus óperas y Leopoldo III componía su propia música, los emperadores posteriores, Francisco II y Fernando, ya no tenían ni pizca de interés por lo artístico, y nuestro emperador Francisco José, quien a sus ochenta años no había leído ni tenido en sus manos un solo libro, excepto el de la Lista de oficiales del ejército, mostró incluso una franca antipatía por la música. Del mismo modo, la alta nobleza también había abandonado su antigua posición protectora; atrás quedaban los gloriosos tiempos en que los Eszterházy habían alojado a un Haydn, en que los Lobkowitz y los Kinsky y los Walstein rivalizaban por acoger en sus palacios los es-t renos de las obras de Beethoven, en que una condesa Thun se arrodillaba ante el gran genio para suplicarle que no retirara Fidelio de la Ópera. Wagner, Brahms y Johann Strauss o Hugo Wolf ya no encontraban el menor apoyo en Viena; para mantener los conciertos filarmónicos en el nivel de antes, para hacer posible la existencia de pintores y escultores, hizo falta que la burguesía llenara ese vacío, y no fue sino precisamente la burguesía judía quien convirtió en motivo de orgullo, y también de Ambición, el poder contribuir en primera línea a conservar en su antiguo esplendor la fama de la cultura vienesa. Los judíos desde siempre habían amado a esta ciudad y se habían aclimatado a ella con toda su alma, pero lían sólo a través de su amor por el arte se sintieron ciudadanos de pleno derecho y auténticos vieneses. Por lo demás, ejercían muy poca influencia en la vida pública; el esplendor de la casa imperial eclipsaba toda fortuna privada, los altos cargos de dirección del Estado estaban en manos hereditarias: la diplomacia quedaba reservada a la aristocracia, el ejército y el alto funcionariado, a las familias de rancio abolengo, y los judíos ni siquiera tenían la ambición de abrirse camino entre estos círculos privilegiados. Muy atinadamente, respetaban tales privilegios tradicionales como la cosa más natural; recuerdo, por ejemplo, que mi padre durante toda su vida evitó entrar a comer en el «Sacher», y no por economía (ya que la diferencia con otros grandes hoteles era ridículamente exigua), sino por ese sentimiento natural de distancia; le hubiera parecido desagradable e improcedente sentarse a la mesa contigua a la de un príncipe Schwarzenberg o Lobkowitz. Únicamente respecto al arte todo el mundo se sentía con los mismos derechos, pues en Viena amor y arte eran considerados un derecho común, e inconmensurable es el papel que la burguesía judía, con su contribución y protección, desempeñó en la cultura vienesa. Ella era el público, llenaba los teatros y los conciertos, compraba los libros y los cuadros, visitaba las exposiciones y, con su comprensión, más flexible y menos cargada de tradición, se convirtió por doquier en promotora y precursora de todas las novedades. Los judíos crearon casi todas las colecciones de arte del siglo xix, gracias a ellos se hizo posible la mayoría de ensayos artísticos; sin el interés incesante y estimulante de la burguesía judía, Viena se habría quedado a la zaga de Berlín respecto al arte, en la misma medida en que Austria iba a la zaga del Imperio Alemán en el terreno político, por culpa de la indolencia de la corte, de la aristocracia y de los millonarios cristianos, que preferían los caballos y las cacerías al fomento del arte. Quien quería hacer algo nuevo en Viena no podía prescindir de la burguesía judía; cuando, en una ocasión, durante la época antisemita, se intentó fundar un así llamado «teatro nacional», no comparecieron autores ni actores ni público; después de unos meses el «teatro nacional» fracasó estrepitosamente, y este ejemplo puso de manifiesto por primera vez que las nueve décimas partes de lo que el mundo celebraba como cultura vienesa del siglo xix era una cultura promovida, alimentada e incluso creada por la comunidad judía de Viena.

Precisamente en los últimos años (a semejanza de lo ocurrido en España antes de su ocaso igual de trágico) el judaísmo vienés había sido muy productivo en lo artístico, aunque en absoluto de una forma específicamente judía, sino expresando con la mayor energía, por un milagro de compenetración, todo lo típicamente austriaco y vienés. Goldmark, Gustav Mahler y Schönberg se convirtieron en figuras internacionales de la creación musical; Oscar Strauss, Leo Fall y Kálmán hicieron florecer de nuevo la tradición del vals y de la opereta; Hofmannsthal, Arthur Schnitzler, Beer-Hofmann y Peter Altenberg elevaron la literatura vienesa a rango europeo hasta un punto no alcanzado ni siquiera con Grillparzer y Stifter; Sonnethal y Max Reinhardt recuperaron la fama de la ciudad del teatro y la llevaron a través del mundo; Freud y las grandes autoridades de la ciencia atrajeron las miradas del mundo hacia la celebérrima universidad; por doquier, en calidad de eruditos, de virtuosos, de pintores, de directores artísticos, de arquitectos y periodistas, los judías se aseguraron posiciones elevadas y eminentes en la vida intelectual de Viena. Gracias a su amor apasionado por esta ciudad y a su voluntad de asimilación, se habían adaptado completamente y eran felices sirviendo a la fama de Austria; sentían su condición de austriacos como una misión ante el mundo y-es necesario repetirlo por honradez-una gran parte, si no la mayor, de todo lo que Europa y América admiran hoy como expresión de una cultura austriaca resurgida-en la música, la literatura, el teatro y las artes industriales-fue creado por los judíos de Viena, quienes, a su vez, obtuvieron con esa renuncia un rendimiento altísimo de su impulso espiritual milenario. Una fuerza intelectual errante durante siglos se unió aquí a una tradición ya algo cansada, la alimentó, la reavivó, la engrandeció y le dio un nuevo vigor con su actividad incansable; sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura consistían precisamente en el encuentro de elementos de lo más heterogéneo, en su supranacionalidad. Pues el genio de Viena, un genio específicamente musical, había consistido desde siempre en armonizar en su seno todos los contrastes nacionales y lingüísticos, y su cultura era una síntesis de todas las culturas occidentales; quien vivía y trabajaba allí se sentía libre de la estrechez del prejuicio.

En ningún otro lugar era más fácil ser europeo y sé que, en parte, debo a esta ciudad, que ya en tiempos de Marco Aurelio defendía el espíritu romano, universal, el haber aprendido temprano a amar la idea de la colectividad como la más sublime de mi corazón.

La gente vivía bien, la vida era fácil y despreocupada en aquella vieja Viena, y los alemanes del norte miraban con cierto enojo y desdén a sus vecinos del Danubio, que, en vez de ser «eficientes» y mantener un riguroso orden, disfrutábamos de la vida, comíamos bien, nos deleitábamos con el teatro y las fiestas y, además, hacíamos una música excelente. En vez de la «eficiencia» alemana que, al fin y al cabo, ha amargado y trastornado la existencia de todos los demás pueblos, en vez de ese ácido querer-ir-delante-de-todos-los-demás y de progresar a toda velocidad, a las gentes de Viena les gustaba conversar plácidamente, cultivar una convivencia agradable y dejar que todo el mundo fuera a lo suyo, sin envidia y en un ambiente de tolerancia afable y quizás un poco laxa. «Vivir y dejar vivir» era la famosa máxima vienesa, una máxima que todavía hoy me parece más humana que todos los imperativos categóricos y que impregnaba todos los estratos de la sociedad. Pobres y ricos, checos y alemanes, judíos y cristianos convivían pacíficamente a pesar de las burlas ocasionales, e incluso los movimientos políticos y sociales carecían de esa horrible hostilidad que, convertida en residuo venenoso, no penetró en la sangre de la época hasta después de la Primera Guerra Mundial. En la vieja Austria todavía se enfrentaban unos a otros con caballerosidad; cierto que se insultaban en los periódicos y en el Parlamento, pero luego, una vez acabados sus discursos ciceronianos, los mismos diputados se sentaban a tomar juntos una cerveza o un café y se tuteaban; incluso cuando Lueger, el líder del Partido Antisemita, llegó a alcalde de la ciudad, no cambió un ápice su trato en la vida privada, y debo confesar que yo personalmente, como judío-ni en la escuela ni en la universidad ni en la literatura-nunca tropecé con el más mínimo obstáculo o menosprecio. El odio de un país a otro, de un pueblo a otro, de una masa a otra, todavía no le acometía a uno diariamente en los periódicos, todavía no separaba a unos hombres de otros, a unas naciones de otras; el sentimiento de rebaño y de masa todavía no era tan repugnantemente fuerte en la vida pública como hoy; la libertad de acción era considerada (algo casi inimaginable hoy) como algo natural y obvio; la tolerancia no era vista, como hoy, con malos ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que era ponderada como una virtud ética.

Y es que el siglo en que me tocó vivir y crecer no fue un siglo de pasión. Era un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio. El ritmo de las nuevas velocidades no había pasado todavía de las máquinas-el automóvil, el teléfono, la radio y el avión-al hombre; el tiempo y la edad tenían otra medida. Se vivía más reposadamente y, si intento evocar las figuras de los adultos que acompañaron mi infancia, me llama la atención que muchos de ellos eran obesos desde muy temprano. Mi padre, mi tío, mi maestro, los tenderos, los músicos delante de los atriles, a los cuarenta años eran ya hombres gordos, «respetables». Andaban despacio, hablaban con comedimiento, se mesaban las barbas bien cuidadas y en muchos casos ya entrecanas. Pero el pelo gris era una señal más de «respetabilidad» y un hombre «maduro» evitaba conscientemente los gestos y la petulancia de los jóvenes como algo impropio. Ni siquiera siendo yo muy niño, cuando mi padre todavía no había cumplido los cuarenta, recuerdo haberlo visto subir o bajar escaleras apresuradamente ni hacer nunca nada con prisa aparente. La prisa pasaba por ser no sólo poco elegante, sino que en realidad también era superflua, puesto que en aquel mundo burguesamente estabilizado, con sus numerosas pequeñas medidas de seguridad y protección, no pasaba nunca nada repentino; las catástrofes que pudiesen ocurrir en el exterior no atravesaban las paredes bien revestidas de la vida «asegurada». Ni la guerra de los boers, ni la ruso-japonesa, ni siquiera la guerra de los Balcanes, penetraron una sola pulgada en la existencia de mis padres.

Pasaban por encima de todas las noticias de batallas de los periódicos con la misma indiferencia que ante las páginas de deportes. Y, mirándolo bien, ¿qué importaba lo que pasaba fuera de Austria? ¿Qué cambiaba en sus vidas? En la Austria de aquellos tiempos de bonanza no había revoluciones políticas ni caídas repentinas de valores; si alguna vez los valores bursátiles perdían cuatro o cinco puntos, enseguida se hablaba de «crac» y de «catástrofe» con el ceño fruncido. La gente se quejaba, más por vicio que por convencimiento, de los «elevados» impuestos que, en realidad, comparados con los de la posguerra, no representaban sino una especie de propina para el Estado. En los testamentos todavía se estipulaba la forma de proteger a nietos y biznietos de cualquier pérdida de fortuna, como si los poderes eternos pudieran garantizar la seguridad con un pagaré, y, mientras tanto, la gente vivía cómodamente y acariciaba las pequeñas preocupaciones como a animales de compañía, mansos y obedientes, a los que en el fondo no se teme. Por ello, cada vez que casualmente me viene a las manos un viejo periódico de aquellos días y leo los alarmados artículos sobre unas pequeñas elecciones municipales, cuando recuerdo las obras representadas en el Burgtheater, con sus conflictillos insignificantes y la desproporcionada agitación de nuestros debates juveniles sobre temas en el fondo fútiles, no puedo hacer más que sonreír. ¡Qué minúsculas todas aquellas preocupaciones! ¡Qué apacibles aquellos tiempos! Tuvo más suerte la generación de mis padres y abuelos, que llevó una vida tranquila, llana y clara de principio a fin. Sin embargo, no sé si los envidio por ello. Porque ¡ cómo vegetaban lejos de todas las amarguras verdaderas, de las perfidias y las fuerzas del destino! ¡Cómo vivían al margen de todas las crisis y los problemas que oprimen el corazón, pero a la vez lo ensanchan! Ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades, ¡ cuán poco sabían que la vida también puede ser exceso y emoción, que puede sacar de quicio a cualquiera y hacerle sentirse eternamente sorprendido!; ¡cuán poco se imaginaban, desde su liberalismo y optimismo conmovedores, que cada nuevo día que amanece ante la ventana puede hacer trizas nuestra vida! Ni siquiera en sus noches más negras podían soñar hasta qué punto puede ser peligroso el hombre, pero tampoco cuánta fuerza tiene para vencer peligros y superar pruebas. Nosotros, perseguidos a través de todos los rápidos de la vida, nosotros, arrancados de todas las raíces que nos unen a los nuestros, nosotros, que siempre empezamos de nuevo cuando nos empujan hacia un final, nosotros, víctimas y, sin embargo, también servidores voluntarios de fuerzas místicas desconocidas, nosotros, para quienes el bienestar se ha convertido en una leyenda y la seguridad en un sueño infantil, hemos sentido la tensión de un polo a otro y el escalofrío de las cosas eternamente nuevas hasta la última fibra de nuestro ser. Cada hora de nuestros años estaba unida al destino del mundo. Sufriendo y gozando, hemos vivido el tiempo y la historia mucho más allá de nuestra pequeña existencia, mientras que ellos se limitaban a sí mismos. Por eso cada uno de nosotros, hasta el más insignificante de nuestra generación, sabe hoy en día mil veces más de las realidades de la vida que los más sabios de nuestros antepasados. Pero nada nos fue regalado: hemos tenido que pagar por ello su precio total y real.

FIN

 


 

EL MUNDO DE AYER,

MEMORIAS DE UN EUROPEO II

STEFAN ZWEIG

 

LA ESCUELA DEL SIGLO PASADO

Era muy natural que después de la escuela primaria me enviasen a un gymnasium.

Todas las familias acomodadas velaban celosamente, aunque sólo fuera por razones de apariencia social, por tener hijos «cultos»; les hacían estudiar francés e inglés, los familiarizaban con la música, les asignaban institutrices y, luego, preceptores particulares para que aprendieran buenos modales. Pero sólo la llamada formación «académica» que llevaba a la universidad les confería un valor cabal en aquellos tiempos de liberalismo «ilustrado». Por eso, toda «buena» familia aspiraba a que al menos uno de sus hijos llevase un título de doctor delante de su nombre. Ahora bien: aquel camino hacia la universidad resultaba bastante largo y no aparecía, ni mucho menos, sembrado de rosas. Era necesario pasar cinco años de escuela primaria y ocho de gymnasium, sentado en un banco de madera y a razón de cinco a seis horas diarias, y durante el tiempo libre, hacer los deberes y, sobre todo, dedicarse a satisfacer las exigencias de la «cultura general», fuera ya del marco de la escuela: francés, inglés, italiano, las lenguas «vivas» al tiempo que las clásicas, latín y griego; es decir, cinco lenguas en total, además de geometría y física y las demás asignaturas escolares. Resultaba más que demasiado y casi no dejaba espacio para el desarrollo del cuerpo, el deporte y los paseos, y menos todavía para el ocio y la diversión. Recuerdo vagamente que a los siete años nos obligaban a aprender de memoria y a cantar a coro una canción que hablaba de la «alegre y feliz infancia».

Aún me suena en los oídos la melodía de aquella cancioncita simple e ingenua, pero en aquel entonces me costaba pronunciar su letra y, aún más, vocearla a coro con convicción.

Porque, si he de ser sincero, toda mi época escolar no fue sino un aburrimiento constante y agotador que aumentaba de año en año debido a mi impaciencia por librarme de aquel fastidio rutinario. No recuerdo haberme sentido «alegre y feliz» en ningún momento de mis años escolares-monótonos, despiadados e insípidos-que nos amargaron a conciencia la época más libre y hermosa de la vida, hasta tal punto que, lo confieso, ni siquiera hoy logro evitar una cierta envidia cuando veo con cuánta felicidad, libertad e independencia pueden desenvolverse los niños de este siglo. Al observarlos, todavía se me antoja increíble que los niños de hoy hablen con sus maestros con toda la naturalidad del mundo y casi au pair, que corran a la escuela sin miedo y, no como nosotros, con una sensación constante de insuficiencia; que puedan hablar sin ambages, tanto en casa como en la escuela, de sus deseos e inclinaciones, propios de espíritus jóvenes y curiosos; son seres libres, independientes y naturales, todo lo contrario que nosotros, que, en cuanto pisábamos la casa odiada, teníamos que-como quien dice-recogernos sobre nosotros mismos para no topar de cabeza con el invisible yugo. Para nosotros, la escuela era una obligación, una monotonía tediosa, un lugar donde se tenía que asimilar, en dosis exactamente medidas, la «ciencia de todo cuanto no vale la pena saber», unas materias escolásticas o escolastizadas que para nosotros no tenían relación alguna con el mundo real ni con nuestros intereses personales. Era un aprendizaje apático e insulso, dirigido no hacia la vida sino al aprendizaje en sí, cosas que nos imponía la vieja pedagogía. Y el único momento realmente feliz y alegre que debo a la escuela fue el día en que sus puertas se cerraron a mi espalda para siempre.

No es que nuestras escuelas austriacas fueran intrínsecamente malas. Todo lo contrario: el «plan de estudios», como se llama ahora, era fruto de una experiencia secular, y si se hubiese llevado a la práctica de una manera atractiva y estimulante, habría podido constituir la base de una educación fructífera y bastante universal. Pero precisamente el hecho de que se ciñeran a pies juntillas a un plan tan estricto y a su fría esquematización, convertía nuestras horas lectivas en espantosamente áridas y muertas: el desalmado aparato de enseñanza no se ajustaba al individuo y, como una máquina automática, demostraba tan sólo, con las calificaciones de «bien, aprobado y suspenso», hasta qué punto los alumnos habían correspondido a las «exigencias» del plan de estudios. Pero precisamente esa falta de sensibilidad humana, esa fría falta de personalidad y ese trato digno de un cuartel fueron los elementos que desencadenaron en nosotros una exasperación inconsciente. Estábamos obligados a aprendernos la lección y nos examinaban para comprobar lo que habíamos aprendido; en los ocho años, ningún maestro nos preguntó siquiera una vez qué queríamos aprender, y brilló completamente por su ausencia ese entusiasmo estimulante que todo joven anhela en secreto.

La aludida sobriedad ya se ponía de manifiesto en el mero aspecto exterior de la escuela, un típico edificio funcional, levantado de prisa y corriendo para ahorrar dinero y hecho sin idea alguna. Con sus paredes frías y mal encaladas, sus aulas de techo bajo, sin cuadros ni adornos que alegrasen la vista, sus excusados que perfumaban toda la casa, aquel cuartel escolar era como un mueble viejo de hotel que una infinidad de gente ya ha usado antes, y otra lo hará después, con la misma indiferencia o asco; ni siquiera hoy consigo desprenderme del tufo a cerrado y podrido que rezumaba aquella casa, igual al de todos los edificios oficiales austriacos, y que nosotros llamábamos olor «fiscal»; era un olor a habitaciones con demasiada calefacción, repletas e insuficientemente ventiladas que primero penetra en la ropa y luego en el alma. Nos sentábamos en parejas, igual que los galeotes, sobre unos bancos de madera bajos que se nos clavaban en la espina dorsal hasta causarnos dolores de huesos; en invierno, la luz azulada de las llamas de gas sin pantalla temblaba encima de nuestros libros, mientras que en verano se corrían las cortinas de las ventanas, no fuera a ser que alguna mirada, a lo mejor soñadora, se nos escapase hacia el pequeño cuadrado de cielo azul y disfrutase de él. Aquel siglo no había descubierto todavía que el cuerpo joven en edad de crecimiento necesita de aire y del ejercicio físico. Diez minutos de descanso en un pasillo frío y estrecho se consideraban más que suficientes para contrarrestar las cuatro o cinco horas en que permanecíamos encogidos e inmóviles; dos veces por semana nos llevaban al gimnasio, con suelo de tablones de madera, donde corríamos sin ton ni son de un lado para otro, levantando a nuestro paso nubarrones de polvo de un metro; trotábamos, además, a tientas, pues las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Así se satisfacían las necesidades higiénicas y así cumplía el Estado su deber que se resume en mens sana in corpore sano. Aun al cabo de años, cada vez que pasaba por delante de aquella casa tétrica y desangelada, me invadía una sensación de alivio porque no tenía que volver a pisar la cárcel de nuestra infancia; y cuando, con motivo de la celebración de los festejos que conmemoraban el cincuenta aniversario de tan insigne institución, me invitaron, como miembro distinguido de la comunidad de los antiguos alumnos, a pronunciar un discurso solemne ante un público que contaba con un ministro y el alcalde, decliné cortésmente la invitación. No tenía nada que agradecer a aquella escuela, de modo que cualquier palabra que hubiese dicho en este sentido habría sido una pura mentira.

Nuestros maestros tampoco tenían la culpa del desolador ambiente que reinaba en aquella casa. No eran ni buenos ni malos, ni tiranos ni compañeros solícitos, sino unos pobres diablos que, esclavizados por el sistema y sometidos a un plan de estudios impuesto por las autoridades, estaban obligados a impartir su «lección» -igual que nosotros a aprenderla-y que, eso sí que se veía claro, se sentían tan felices como nosotros cuando, al mediodía, sonaba la campana que nos liberaba a todos. No nos querían ni nos odiaban, aunque tampoco había motivos para ninguno de estos sentimientos, pues no sabían nada de nosotros; aun al cabo de varios años, con excepción de unos pocos, seguían sin conocernos por el nombre: según el método pedagógico al uso en aquel entonces, lo único de lo que se tenían que preocupar era del número de errores que había cometido «el alumno» en el último ejercicio. Ellos se sentaban arriba, en la tarima, y nosotros, abajo; ellos estaban allí para preguntar y nosotros, para contestar; aparte de ésta, no existía entre los dos colectivos relación alguna. Y es que entre el maestro y el alumno, entre la tarima y los bancos, entre el Alto visible y el Bajo igual de visible se levantaba la invisible barrera de la «Autoridad» que impedía cualquier contacto.

Que un maestro considerase al alumno como un individuo que exigía un trato específico, acorde con sus características personales, o que redactase, como se hace hoy en día, unos informes detallados sobre él, habría supuesto un trabajo muy superior a las atribuciones y capacidades de nuestros pedagogos; por otro lado, una conversación privada habría socavado su autoridad, pues con tal cosa habría colocado a los alumnos a su mismo nivel, que no en vano era «superior». A mi juicio, nada resulta más característico de la total falta de relación que, tanto en el terreno intelectual como en el anímico, existía entre nosotros y los maestros, como el hecho de que me he olvidado de los nombres y los rostros de todos ellos. Mi recuerdo guarda todavía, con una nitidez fotográfica, la imagen de la tarima y del diario de clase, al que siempre intentábamos echar una mirada con el rabillo del ojo porque en él constaban las notas; todavía veo aquel pequeño cuaderno rojo en que se inscribían nuestras calificaciones y el gastado lápiz negro que registraba las cifras; veo mis propios cuadernos, plagados de correcciones del maestro hechas con tinta roja, pero no veo ninguno de aquellos rostros... a lo mejor porque siempre permanecimos ante ellos con los ojos bajos o cerrados.

Este sentimiento de insatisfacción hacia la escuela no era, en absoluto, una actitud personal; no recuerdo que ninguno de mis compañeros dejase de experimentar repugnancia al notar cómo aquel fastidio obstaculizaba, amargaba y reprimía nuestros mejores propósitos e intereses. Sin embargo, tardé mucho en tomar conciencia de que aquel método insensible y desalmado, y que se usaba para educarnos desde pequeños, a lo mejor no se debía imputar a la negligencia de las instancias estatales, sino que respondía a un propósito determinado, aunque, eso sí, celosamente mantenido en secreto. El mundo anterior-o superior-a nosotros, que organizaba todas sus ideas únicamente en torno al fetiche de la seguridad, no quería a los jóvenes, o, mejor dicho: siempre desconfiaba de ellos. Orgullosa de su «progreso» sistemático y su orden, la sociedad burguesa predicaba moderación y comodidad en todos los ámbitos de la vida como las únicas virtudes eficaces del hombre; había que evitar toda prisa en el camino hacia adelante. Austria era un Estado antiguo, gobernado por un emperador vetusto y administrado por ministros viejos, un Estado sin ambiciones que no tenía otra aspiración que la de conservarse intacto dentro del espacio europeo a fuerza de ir rechazando todo cambio radical; por eso mismo, a los jóvenes, que por instinto siempre desean cambios rápidos y radicales, se los consideraba como un elemento peligroso al que había que mantener bajo llave o, al menos, contener el mayor tiempo posible. De modo que no había ninguna razón para hacernos agradables los años de la escuela; cualquier forma de progreso nos la teníamos que ganar a fuerza de esperar y mostrar paciencia. A causa de ese invencible rechazo mutuo, la diferencia de edad adquiría un valor muy distinto al que tiene hoy en día. Un bachiller de dieciocho años era tratado como un niño, se le castigaba cuando lo sorprendían fumando, tenía que levantar obedientemente la mano cuando quería abandonar su banco para ir a satisfacer sus necesidades; pero incluso al hombre de treinta años se le trataba como a un ser que todavía no era capaz de levantar el vuelo, y, más aún, al de cuarenta no se le consideraba suficientemente maduro como para ocupar un cargo de responsabilidad. Una vez se dio un caso excepcional e inaudito: Gustav Mahler fue nombrado director de la Ópera de la Corte a los treinta y ocho años. Sin poder salir de su asombro, toda Viena resonó con comentarios llenos de pavor de que se hubiese confiado la primera institución artística del país a «un hombre tan joven» (todo el mundo se olvidó de que Mozart había concluido la obra de su vida a los treinta y seis años, y Schubert, a los treinta y uno). Esa desconfianza hacia los jóvenes, según la cual ninguno «era de fiar», se extendía a todos los estamentos. Mi padre jamás habría aceptado en su negocio a un joven, y el que tenía la desgracia de parecerlo más de la cuenta, tenía que vencer el recelo de todo el mundo. De esta manera se consumaba algo que hoy resulta casi increíble: la juventud constituía un obstáculo para cualquier carrera y tan sólo la vejez se convertía en una ventaja. Mientras que hoy, en esta época nuestra tan radicalmente transformada, los hombres de cuarenta años hacen lo posible para aparentar treinta y los de sesenta, cuarenta; mientras que hoy la juventud, la energía, el espíritu emprendedor y la confianza en uno mismo son cualidades que ayudan al individuo a abrirse camino hacia el ascenso, antes, en la época de la seguridad, todo aquel que quería prosperar tenía que disfrazarse lo mejor que pudiese para parecer mayor. Los periódicos recomendaban específicos que aceleraban el crecimiento de la barba, los médicos de veinticuatro o veinticinco años, que acababan de licenciarse, lucían barbas frondosas y se ponían gafas doradas, aunque su vista no lo necesitara en absoluto, y todo con el único propósito de causar en sus pacientes la impresión de «experiencia». La gente vestía levitas largas y caminaba con paso pausado, y, si era posible, adquiría un cierto embonpoint que encarnaba esa gravedad anhelada, y los ambiciosos se afanaban en anular, aunque sólo fuese exteriormente, su juventud, una edad sospechosa de poco sólida; ya en el sexto y séptimo año de escuela nos negábamos a llevar mochilas de colegiales, para que no se notara que aún éramos bachilleres, y en su lugar usábamos carteras. Todo lo que hoy nos parece un don envidiable-el frescor, el amor propio, la temeridad, la curiosidad y la alegría de vivir típica de la juventud-se consideraba sospechoso en aquella época, cuyo único afán e interés se centraba en lo «sólido».

Tan sólo desde este punto de vista tan singular se puede comprender el que el Estado haya explotado la escuela como un instrumento adecuado para su propósito de mantener su autoridad. En primer lugar, tenían que educarnos de tal manera que aprendiésemos a respetar lo establecido como algo perfecto e inamovible, infalible la opinión del maestro, indiscutible la palabra del padre, absolutas y eternamente válidas las instituciones del Estado. El segundo principio cardinal de aquella pedagogía, que también se aplicaba en el seno de la familia, establecía que los jóvenes no debían llevar una vida demasiado cómoda. Antes de poder beneficiarse de un derecho, debían tener asumido el principio del deber, sobre todo el de la obediencia total. Se nos inculcaba desde el primer momento que, como aún no habíamos hecho nada en la vida y, por lo tanto, no teníamos experiencia alguna, lejos de vernos en condiciones de pedir o exigir cosas, no podíamos sino estar agradecidos por lo que se nos concedía. En mi época, este estúpido método de intimidación se utilizaba desde la primera infancia. Criadas y madres necias asustaban a niños de edades tan tempranas como los tres y cuatro años diciéndoles que si no se portaban bien, llamarían al «guardia». Durante el bachillerato, cuando traíamos a casa malas calificaciones de alguna asignatura suplementaria, nos amenazaban diciéndonos que nos sacarían de la escuela y nos mandarían a aprender un oficio (la peor de las amenazas que el mundo burgués concebía: caer hasta llegar a engrosar las filas del proletariado); y cuando los jóvenes verdaderamente ansiosos de saber buscaban en los adultos las respuestas a los problemas palpitantes de la época, recibían un sermón que invariablemente desembocaba en el arrogante «tú aún no lo puedes comprender». Esta técnica se utilizaba en todas partes, desde la casa y la escuela hasta el Estado. Machacones, no se cansaban de repetirle al joven que no estaba «maduro» todavía, que no comprendía nada, que se tenía que limitar a escuchar y a obedecer, y que no podía tomar la palabra en las conversaciones y, menos aún, para contradecir. Por esta misma razón también en la escuela, el pobre diablo del maestro, que se sentaba en lo alto de la tarima, se veía obligado a desempeñar su papel de estatua inaccesible y a supeditar todos nuestros sentimientos y aspiraciones al plan de estudios. El que nos sintiésemos bien o mal en la escuela carecía de toda importancia. En concordancia con los tiempos, su verdadera misión consistía no tanto en hacernos avanzar como en frenarnos, no en formarnos interiormente sino en amoldarnos-con la resistencia mínima posible-a la estructura establecida, no en aumentar nuestras energías sino en disciplinarlas y nivelarlas.

Semejante presión psicológica, o más bien antipsicológica, sobre los jóvenes no podía surtir sino dos tipos de efecto: paralizador y estimulante. En los archivos de los psicoanalistas se puede comprobar cuántos «complejos de inferioridad» ha provocado aquel método de educación absurdo; a lo mejor no es una casualidad que dicho complejo fuese descubierto precisamente por hombres que también habían pasado por nuestras viejas escuelas austriacas.

En mi caso, debo a aquella presión mi muy temprana pasión por la libertad-una pasión que la juventud de hoy en día desconoce y que difícilmente podrá vivir con la misma vehemencia-y el odio que siento por toda muestra de autoritarismo, por el «hablar desde arriba», que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida. Durante años y años, esa aversión hacia todo lo apodíctico y dogmático no fue más que instintiva: ya había olvidado de dónde venía. Pero una vez, durante una gira de conferencias, cuando me habían reservado el aula magna de una universidad y descubrí de repente que debía hablar desde una tarima mientras que los oyentes se sentaban, formales y sin voto ni derecho de réplica, en los bancos de abajo, igual que nosotros en la escuela, se apoderó de mí un malestar repentino. Me acordé de cómo, a lo largo de todos mis años de colegial, había padecido esta oratoria ex cátedra, insolidaria, autoritaria y doctrinaria, y me estremecí de miedo, miedo de pensar que, al hablar desde una tarima, podía causar una impresión tan impersonal como la que nos causaban los maestros de antaño; debido a esa inhibición, aquella conferencia fue la peor de mi vida.

Hasta los catorce o quince años aún nos las arreglábamos bastante bien en la escuela.

Nos burlábamos de los maestros y aprendíamos las lecciones con una fría curiosidad. Pero llegó un momento en que la escuela ya no conseguía más que molestarnos y asquearnos. A la chita callando se produjo un fenómeno muy curioso: unos muchachos, nosotros, que habíamos ingresado en el gymnasium a la edad de diez años ya lo superábamos intelectualmente en los primeros cuatro de los ocho cursos. La escuela nos había dejado claro que en ella no aprenderíamos nada esencial y que de muchas materias que nos interesaban sabíamos incluso más que nuestros pobres maestros, los cuales, desde su época de estudiantes, no habían vuelto a abrir un libro movidos por un interés propio. También había otra contradicción que se hacía cada vez más evidente: en los bancos, donde en realidad permanecíamos sentados tan sólo «con los pantalones y gracias», no oíamos nada nuevo ni nada que se nos antojase digno de saber, mientras que fuera palpitaba una ciudad llena de incentivos sugerentes, una ciudad con teatros, museos, librerías, universidad, música y que cada día proporcionaba nuevas sorpresas. De esta manera, nuestro afán de aprender, que estaba estancado, nuestra curiosidad intelectual, artística y de ocio, que en la escuela no encontraba alimento alguno, nos lanzó a una búsqueda apasionada de todo aquello que se producía muros afuera. Al principio fuimos tan sólo dos o tres los que descubrimos en nuestro fuero interno esos intereses artísticos, literarios y musicales, pero después fuimos una docena y, al final, casi todos.

Y es que el entusiasmo entre los jóvenes es un fenómeno contagioso. Dentro de un aula se transmite, del uno al otro, como el sarampión o la escarlatina, como entre los neófitos, que movidos por una ambición infantil y vanidosa, siempre intentan superarse en su saber cuanto antes, y a fuerza de azuzarse se estimulan mutuamente. Vistas así las cosas, por eso mismo resulta más o menos accidental el cariz que toma esta pasión; si en una clase hay un coleccionista de sellos, pronto saldrá una docena de locos semejantes; si hay tres que se entusiasman con las bailarinas, los demás también acabarán apostados, cada día y a pie firme, en la salida de artistas de la Ópera. Tres cursos después del nuestro, hubo una clase que vivía obsesionada por el fútbol, y la inmediatamente anterior estaba poseída por el socialismo y por Tolstói. Que por una casualidad yo cayera en una clase de fanáticos del arte, tal vez resultó decisivo para el rumbo que tomaría mi vida.

En realidad, ese entusiasmo por el teatro, la literatura y el arte era algo muy natural en Viena; los periódicos dedicaban espacios especiales a todos los acontecimientos culturales, dondequiera que fuese uno siempre oía hablar a los adultos de la Ópera o del Burgtheater, y en todas las papelerías se exponían retratos de los grandes actores; el deporte aún era considerado como una actividad de brutos de cuya práctica un bachiller más bien se debía avergonzar, y todavía no estaba inventado el cinematógrafo, con sus ideales para el consumo de masas. Además, tampoco de la casa paterna había que temer oposición alguna: el teatro y la literatura eran pasiones que entraban en el calificativo de «inocentes», todo lo contrario que los juegos de naipes o las amistades femeninas. Por último, mi padre, al igual que todos los padres vieneses, de joven también había sido un enamorado del teatro y había asistido a la representación de Lohengrin dirigida por Wagner, y lo había hecho con el mismo entusiasmo que nosotros demostrábamos en los estrenos de Richard Strauss y de Gerhart Hauptmann.

Porque era muy natural que los bachilleres acudiésemos en masa a los estrenos: ¡qué vergüenza ante los compañeros más afortunados si al día siguiente no podía uno relatar hasta el último detalle! Si nuestros maestros no hubiesen sido tan indiferentes, les habría tenido que llamar la atención el hecho de que en las tardes de cada gran estreno (para el cual teníamos que hacer cola desde las tres, con tal de conseguir las únicas localidades accesibles a nuestro bolsillo) caían enfermos, como por arte de magia, dos tercios del alumnado. Si nos hubiesen prestado más atención, habrían descubierto que tras el forro de nuestra gramática latina se ocultaban poemas de Rilke y que usábamos los cuadernos de matemáticas para copiar las poesías más bellas que extraíamos de los libros prestados en las bibliotecas. Cada día encontrábamos nuevas técnicas para aprovechar las aburridas horas de clase en beneficio de nuestras lecturas; mientras el maestro pronunciaba su gastada conferencia sobre «La poesía ingenua y sentimental» de Schiller, nosotros leíamos bajo el pupitre a Nietzsche y a Strindberg, cuyos nombres el viejo ni siquiera había oído. Parecía poseernos una especie de fiebre de saber y conocer todo lo que se producía en el ámbito de las artes y de la ciencia; por las tardes nos mezclábamos con los estudiantes de la universidad con el fin de asistir a sus clases, íbamos a todas las exposiciones de arte, acudíamos a las aulas de anatomía para ver autopsias. Aguzado el olfato de nuestra nariz indiscreta, husmeábamos en todo. Nos colábamos en los ensayos de la Filarmónica, hurgábamos en las tiendas de los anticuarios, diariamente revisábamos las vitrinas de las librerías para enterarnos inmediatamente de cuáles eran las novedades desde la víspera. Y, sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos. Sacábamos libros de todas las bibliotecas públicas y, unos a otros, nos dejábamos prestados los hallazgos que conseguíamos encontrar. Pero la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades, era el café.

Para comprenderlo, hay que saber que el café vienés es una institución muy especial, incomparable con ninguna otra a lo largo y ancho del mundo. Se trata, de hecho, de una especie de club democrático, abierto a todo aquel que quiera tomarse una taza de café a buen precio y donde, pagando esta pequeña contribución, cualquier cliente puede permanecer sentado durante horas, charlando, escribiendo, jugando a cartas; puede recibir ahí el correo y, sobre todo, consumir una cantidad ilimitada de periódicos y revistas. Un café vienés de categoría ponía a disposición del público todos los periódicos de Viena, y no sólo de Viena sino de todo el Imperio Alemán, además de los franceses, ingleses, italianos y americanos, así como todas las revistas literarias y artísticas importantes del mundo, tales como el Mercure de France, la Neue Rundschau, el Studio y el Burlington Magazine. De esta manera sabíamos de primera mano todo lo que ocurría en el mundo, nos enterábamos de todos los libros que aparecían, de todos los espectáculos, cualquiera que fuese el lugar donde se representaban, y comparábamos las críticas de todos los diarios; a lo mejor nada ha contribuido tanto a la desenvoltura intelectual y la orientación cosmopolita de Austria como el hecho de que en el café se podía informar uno de todos los acontecimientos del mundo al tiempo que comentarlos con su círculo de amigos. Pasábamos allí horas enteras cada día y no había nada que se nos escapase, pues gracias a la comunión de intereses, seguíamos de cerca el orbis pictus de los acontecimientos culturales no con dos sino con veinte o cuarenta ojos; lo que a uno se le pasaba por alto lo retenía otro, y como la arrogancia infantil y una ambición casi deportiva nos impulsaban constantemente a superarnos en el conocimiento de las últimas novedades-rabiosamente últimas-, vivíamos sumergidos, a decir verdad, en una especie de rivalidad de sensaciones. Cuando, por ejemplo, hablábamos de Nietzsche, aún proscrito en aquella época, de repente uno de nosotros prorrumpía con superioridad afectada: «Pero en la idea del egotismo Kierkegaard lo supera», y en seguida nos poníamos nerviosos. «¿Quién es ese Kierkegaard que X conoce y nosotros no?» Al día siguiente corríamos a la biblioteca para descubrir los libros del filósofo danés olvidado, pues ignorar algo extraño que otro conocía constituía para nosotros un descrédito; nuestra pasión consistía precisamente en descubrir antes que nadie lo más reciente, lo rabiosamente nuevo, lo más extravagante e inusual, aquello que nadie (y menos aún la crítica literaria oficial de nuestros dignos periódicos) había tratado de forma exhaustiva. Conocer todo aquello que aún no gozaba de reconocimiento general, de difícil acceso, extravagante, nuevo y radical, despertaba nuestro amor especial; por eso no había nada suficientemente escondido, por más peculiar que fuese, que nuestra ávida curiosidad colectiva no fuera capaz de sacar de su escondrijo. Stefan George o Rilke, por ejemplo, habían sido publicados, en nuestra época de bachilleres, en ediciones de doscientos o trescientos ejemplares en total, de los cuales a lo sumo tres o cuatro habían encontrado el camino de Viena; ningún librero tenía uno solo de ellos en su almacén y ninguno de los críticos oficiales había mencionado tan siquiera el nombre de Rilke. Pero nuestro grupo, por un milagro de la voluntad, conocía todos sus versos y estrofas. Muchachos imberbes y enclenques que cada día tenían que permanecer sentados en los bancos de la escuela formábamos, a la hora de la verdad, el mejor de los públicos que un joven poeta puede soñar: un público curioso, críticamente despierto y entusiasmado con entusiasmarse. Y es que nuestra capacidad de entusiasmo no tenía límite: durante las horas de clase, yendo o volviendo de la escuela, en el café, en el teatro, durante los paseos, nosotros, mozalbetes de bigote incipiente, no hacíamos más que hablar acerca de libros, cuadros, música y filosofía; quienquiera que actuara en público, fuese actor o director, el que había publicado un libro o escrito en un periódico, brillaba como una estrella en nuestro firmamento. Casi me llevo un buen susto cuando, años más tarde, leyendo la descripción que hace Balzac de su juventud, encontré la siguiente frase: Les gens célébres étaient pour moi comme des dieux qui ne parlaient pas, ne marchaient pas, ne mangeaient pas comme les autres hommes. Y es que es exactamente ésta la sensación que habíamos experimentado nosotros. Ver a Gustav Mahler por la calle era un acontecimiento que uno contaba al día siguiente a sus compañeros como un triunfo personal, y la vez que, siendo niño, fui presentado a Johannes Brahms y él me dio un golpecito amistoso en el hombro, pasé varios días trastornado por tan formidable suceso.

Cierto que a mis doce años no tenía una idea exacta de lo que había hecho Brahms, pero su mera fama, su aura de creador, producía un efecto embriagador. Un estreno de Gerhart Hauptmann en el Burgtheater tenía turbada a toda nuestra clase durante semanas, mucho antes de que empezasen los ensayos; nos acercábamos a los actores y figurantes para ser los primeros en saber-j antes que los demás!-el argumento y el reparto; para cortarnos el pelo, acudíamos al barbero del teatro (no me avergüenzo de relatar aquí también nuestros disparates), con el único fin de poder cazar al vuelo alguna noticia secreta sobre la Wolter o Sonnenthal, y éramos de lo más simpáticos con un alumno de clase inferior, sobornándolo con todo tipo de atenciones, sólo porque era sobrino del jefe técnico de iluminación de la Ópera y gracias a él a veces podíamos, durante los ensayos, escabullirnos hasta el escenario; el mero hecho de pisarlo nos producía un estremecimiento que superaba al de Dante cuando se elevó a los círculos sagrados del Paraíso. Tan poderosa era para nosotros la resplandeciente fuerza de la fama que nos imponía respeto aun después de que hubiera mermado; una pobre anciana nos parecía un ser sobrenatural porque era bisnieta de Franz Schubert, e incluso al ayudante de cámara de Joseph Kainz lo acompañábamos con mirada respetuosa por la calle, porque tenía la suerte de poder hallarse personalmente cerca del más querido y genial de los actores.

Como es natural, hoy sé muy bien cuánto absurdo encerraba aquel entusiasmo sin distinciones, cuánta imitación mutua, simplona y ridícula; cuánto placer deportivo por el exceso, cuánta vanidad infantil de sentirse orgullosamente elevados al tratar con el arte por encima del ambiente banal de los padres y los maestros. Aun así, todavía hoy me sorprende la de cosas que sabíamos de niños gracias a esa exaltación de la pasión literaria y lo pronto que adquirimos la capacidad crítica gracias a ese afán irrefrenable por discutir y analizarlo todo. A mis dieciséis años no tan sólo conocía todas las poesías de Baudelaire y de Walt Whitman, sino que me sabía de memoria las más importantes, y creo que en ninguna época ulterior de mi vida había leído con tanta intensidad como en los años de gymnasium y de universidad.

Huelga decir que nos resultaban familiares nombres que aún tenían que esperar una década para gozar de reconocimiento entre el público general; me quedaban grabadas en la memoria incluso las cosas más efímeras, por tanto ardor con que las había absorbido. En cierta ocasión conté a mi admirado Paul Valéry a cuánto tiempo se remontaba nuestro conocimiento literario: hacía ya treinta años que yo había leído, deleitándome, unos versos suyos. Valéry me obsequió con una sonrisa jovial: «No me mienta. Mis poemas no se publicaron hasta 1916.» Pero después se quedó de una pieza, cuando le describí con todo lujo de detalles el color y el formato de la pequeña revista literaria en que, en 1898, encontramos en Viena sus primeros versos. «Pero si ni siquiera en París la conocía más que un puñado de personas-dijo, atónito-. ¿Cómo pudo usted conseguirla en Viena?» «De la misma manera en que usted, siendo estudiante de bachillerato en su ciudad de provincias, consiguió las poesías de Mallarmé, tan poco conocidas de la literatura oficial», le pude contestar. Y él me dio la razón: «Los jóvenes descubren a sus poetas porque quieren descubrirlos.» En efecto, olfateábamos los aires nuevos aun antes de que cruzasen la frontera, pues en todo momento vivíamos con el sentido del olfato aguzado. Encontrábamos lo nuevo porque lo queríamos, porque anhelábamos algo que no fuese sino nuestro y no del mundo de nuestros padres, del mundo que nos rodeaba. Los jóvenes, al igual que algunos animales, poseen un instinto exquisito para detectar la llegada de cambios atmosféricos; así, nuestra generación presintió, antes que nuestros maestros e universidades, que con el viejo siglo también se acababa algo en los conceptos del arte, que empezaba una revolución o, cuando menos, un cambio de valores. Los buenos y sólidos maestros de la época de nuestros padres (Gottfried Keller en la literatura, Ibsen en el teatro, Johannes Brahms en la música, Leibl en la pintura, Eduard von Hartmann en la filosofía) contenían, a nuestro entender, toda la prudencia y circunspección del mundo de la seguridad; a pesar de su maestría técnica e intelectual, ya no nos interesaban. Sentíamos instintivamente que su ritmo frío y bien temperado era extraño al de nuestra sangre inquieta y que tampoco podía marchar al paso del ritmo acelerado de la época. Precisamente por entonces vivía en Viena el espíritu más despierto de la generación alemana más joven, Hermann Bahr, que combatía, furibundo, como un espadachín del espíritu, a favor de todo lo naciente y venidero; gracias a él se inauguró en Viena la «Secesión», que, ante el terror de la vieja escuela, exhibió a los impresionistas y los puntillistas de París, al noruego Munch, al belga Rops y a todos los extremistas imaginables; con todo aquello se allanó el camino al advenimiento de sus desdeñados predecesores: Grünwald, El Greco y Goya. De golpe y porrazo todo el mundo aprendió una nueva manera de ver las cosas al tiempo que, en la música, descubría nuevos ritmos y timbres con Mússorgski, Debussy, Strauss y Schönberg; con Zola, Strindberg y Hauptmann, en la literatura irrumpió el realismo, la naturaleza demoníaca eslava con Dostoievski, una sublimación y un refinamiento del arte poético, desconocidos hasta entonces, con Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Nietzsche revolucionó la filosofía; en lugar de la sobrecargada construcción clasicista, una arquitectura más libre y atrevida proclamaba edificios funcionales sin ornamentación. De repente quedó destruido el viejo orden cómodo y plácido, se cuestionaron las normas de la obra «estéticamente bella» (Hanslick), vigentes e infalibles hasta entonces, y mientras los críticos oficiales de nuestros «sólidos» periódicos burgueses se horrorizaban ante unos experimentos a menudo temerarios e intentaban frenar la corriente imparable con anatemas de «decadente» o «anárquico», los jóvenes nos lanzábamos con entusiasmo al fragor de las aguas, allí donde las olas golpeaban con más furia. Teníamos la sensación de asistir al nacimiento de una nueva era, la nuestra, en que por fin se hacía justicia a la juventud. Y así, nuestra pasión, que escudriñaba y rebuscaba inquieta, de pronto cobró un sentido: los muchachos de los bancos escolares podíamos participar en aquellas batallas, rabiosas y a menudo encarnizadas, por el nuevo arte.

Dondequiera que se llevase a cabo un experimento, como, por ejemplo, un estreno de Wedekind o un recital de la nueva lírica, ahí sin falta acudíamos nosotros con todas nuestras fuerzas, y no sólo anímicas, sino también las de nuestras manos; en una ocasión, en el estreno de una obra atonal de juventud de Arnold Schönberg, fui testigo de cómo, después de que un señor del público mostró su desaprobación con un sonoro silbido, mi amigo Buschbeck le propinó un bofetón no menos sonoro; en todas partes constituíamos la avanzadilla de choque y la vanguardia de todo tipo de arte nuevo, simplemente porque era nuevo, porque quería cambiar el mundo, porque lo hacía por nosotros, a quienes ahora tocaba el turno de vivir nuestra vida. Porque sentíamos que nostra res agitur.

Pero también había algo más que nos interesaba y fascinaba de ese arte nuevo, más allá de toda medida: el hecho de que, casi exclusivamente, era el arte de gente joven. En la generación de nuestros padres un poeta o un músico no llegaba a granjearse prestigio antes de haber sido «probado», de haberse adaptado al calmado y establecido gusto de la sociedad burguesa. Todos los hombres a los que nos habían enseñado a respetar se comportaban y actuaban de una manera respetable. Wilbrandt, Ebers, Felix Dahn, Paul Heyse, Lenbach, esos favoritos de su época desaparecidos tiempo ha, llevaban sus hermosas barbas entrecanas posadas sobre sus poéticas chaquetas de terciopelo. Se dejaban fotografiar en poses pensativas, siempre en una actitud «digna» y «poética», se comportaban como consejeros áulicos y excelentísimos señores y, como tales, lucían sus condecoraciones. A los jóvenes poetas, pintores y músicos, por el contrario, se los definía, en el mejor de los casos, como talentos «prometedores», pero de momento se dejaba en compás de espera cualquier signo de reconocimiento positivo de su obra; aquella época de prudencia no gustaba de otorgar su favor prematuramente, antes de que el agraciado hubiese acreditado unos resultados «sólidos», labor de años. Pero todos los nuevos poetas, músicos y pintores eran jóvenes; Gerhart Hauptmann, surgido inesperadamente del más absoluto de los anonimatos, a sus treinta años dominaba por completo la escena alemana; Stefan George y Rainer Maria Rilke, a los veintitrés (es decir, antes de que la ley austriaca le declarara a uno mayor de edad), ya gozaban de fama literaria y tenían seguidores fanáticos. En nuestra ciudad apareció de la noche a la mañana el grupo de la «Joven Viena», con Arthur Schintzler, Hermann Bahr, Richard Beer-Hoffmann y Peter Altenberg, en cuyo seno la cultura específicamente austriaca halló por vez primera una expresión auténticamente europea, gracias al refinamiento de todos los medios artísticos. Pero había, por encima de todo, una figura que nos fascinaba, seducía, embriagaba y entusiasmaba, el portentoso y único fenómeno de Hugo von Hofmannsthal, en quien nuestra juventud vio realizadas no sólo sus aspiraciones más elevadas, sino también una perfección poética absoluta que se encarnaba en la persona de alguien que tenía casi su misma edad.

La figura del joven Hofmannsthal es y será recordada como uno de los grandes prodigios de la perfección precoz; a esta edad, exceptuando a Keats y a Rimbaud, no conozco en toda la literatura universal ningún otro ejemplo de tal infalibilidad en el dominio de la lengua, de semejante envergadura del ideal de la inspiración y de tal saturación de la sustancia poética hasta en la frase más accidental, como el de este genio grandioso, que ya a sus dieciséis y diecisiete años, con sus versos indelebles y una prosa insuperable hasta hoy, quedó inscrito en los anales eternos de la lengua alemana. Sus insospechados inicios y su simultánea perfección constituyen un fenómeno que difícilmente puede repetirse en una misma generación. Por eso las primeras personas que tuvieron conocimiento de su obra quedaron maravilladas ante aquella increíble aparición, casi como si se tratase de un hecho sobrenatural. Hermann Bahr me habló en muchas ocasiones de su atónito asombro el día en que había recibido un artículo para su revista, fechado en la propia Viena y firmado por un tal «Loris», nombre que desconocía (a los estudiantes de bachillerato les estaba prohibido firmar con su propio nombre); entre las colaboraciones que recibía desde todos los confines del mundo jamás se había encontrado con una que derramase, por así decir, con mano fácil tanta riqueza y que lo hiciese con una lengua tan noble y alada. ¿Quién era el tal «Loris»? ¿Quién era el desconocido?, se preguntaba. Un hombre mayor, seguro, que ha ido destilando en silencio sus conocimientos a lo largo de los años y en misteriosa clausura ha cultivado la esencia más sublime de la lengua hasta convertirla en una magia casi voluptuosa. ¡Y semejante sabio, un poeta de tan altas dotes, vivía en la misma ciudad y él jamás había tenido noticia de su existencia! Bahr escribió en seguida al desconocido, citándolo para una entrevista en un café: el famoso Café Griensteidl, el cuartel general de la literatura joven. De pronto se acercó a su mesa, con pasos livianos al tiempo que apresurados, un bachiller delgado, aún imberbe y vestido con pantalón corto, hizo una reverencia en señal de saludo y, con una voz aguda que Aún no había mudado del todo, dijo en tono seco y decidido: «Hofmannsthal. Yo soy Loris.» Aun al cabo de años, siempre que Bahr hablaba de su estupefacción, se notaba lo impresionado que estaba. En un primer momento se resistió a creerlo. ¡Un bachiller que poseyese tal dominio del arte, tal clarividencia, una visión tan profunda y un conocimiento tan impresionante de la vida antes de vivirla! Arthur Schnitzler me contó casi lo mismo. En aquella época todavía era médico, puesto que, de momento, sus primeros éxitos literarios no parecían poderle garantizar, ni mucho menos, medios de vida dignos, pero ya se le consideraba el líder de la «Joven Viena» y los más jóvenes acudían a él en busca de opiniones y consejos. En casa de unos conocidos accidentales conoció a un muchachito delgado, bachiller por más señas, cuya inteligencia ágil le llamó la atención, y cuando dicho estudiante le pidió el favor de poderle leer una pequeña pieza de teatro en verso, lo invitó gustoso a su piso de soltero, aunque, a decir verdad, sin hacerse demasiadas ilusiones: un opúsculo de estudiante, pensó, sentimental o pseudoclásico. Invitó a la velada a unos cuantos amigos; Hofmannsthal se presentó allí con su pantalón corto y, un poco nervioso y cohibido, empezó a leer. «Al cabo de unos minutos-me contó Schnitzler-de pronto nos vimos escuchándolo con el oído aguzado y, casi asustados, intercambiamos miradas de admiración. Versos tan perfectos, de tan impecable plasticidad, tan impregnados de música, no se los habíamos oído a ningún contemporáneo; creíamos que era imposible después de Goethe. Pero lo más prodigioso de aquella maestría inigualable (y que ningún otro alemán ha conseguido desde entonces) radicaba en un conocimiento del mundo que, tratándose de un muchacho que pasaba los días sentado en un banco de escuela, tan sólo podía venir de una intuición mágica.» Cuando Hofmannsthal acabó, todos se quedaron mudos. «Tuve la impresión-me dijo Schnitzler-de haber conocido a un genio por primera vez en mi vida y nunca más, en ninguna otra ocasión, me he vuelto a sentir tan subyugado.» Quien a los dieciséis años empezaba de esta manera (o, más que empezar, ya desde el mismo principio alcanzaba la perfección) tenía que llegar a convertirse en hermano de Goethe y de Shakespeare.

Y, en efecto, la perfección parecía volverse cada vez más perfecta: después de aquella primera pieza en verso, Ayer, apareció el grandioso fragmento de la Muerte de Ticiano, en el cual el alemán alcanzaba cotas de sonoridad italiana; aparecieron nuevos poemas, cada una de las cuales constituía todo un acontecimiento para nosotros y que yo todavía hoy, después de décadas, recuerdo enteramente de memoria, verso por verso; aparecieron dramas cortos y aquellos ensayos que, en un espacio maravillosamente económico, reducido a unas pocas páginas, contenían, mágicamente comprimidos, la riqueza del saber, un consumado conocimiento del arte y una amplia visión del mundo; todo cuanto escribió aquel bachiller y universitario era como el cristal iluminado desde dentro: oscuro al tiempo que incandescente.

El verso, la prosa, en sus manos todo resultaba moldeable como la cera aromática del monte de Hímeto; por un milagro irrepetible, cada poesía tenía su medida justa, nunca excesiva ni tampoco demasiado escuálida; se notaba que algo inconsciente e incomprensible lo debía de guiar secretamente por esos caminos hasta los parajes jamás pisados.

A duras penas consigo transmitir la fascinación que este fenómeno producía en nosotros, que habíamos sido educados para rastrear y percibir valores. Al fin y al cabo, ¿qué puede resultar más embriagador para una generación joven que saber que a su lado, en su propio seno, vive-de carne y hueso-un poeta puro, sublime, poeta que nadie concebía sino bajo las formas legendarias de un Hölderlin, un Keats y un Leopardi, inaccesible y ya convertido en un sueño y una visión? Por eso mismo guardo tan nítido el recuerdo del día en que por vez primera vi a Hofmannsthal en persona. Tenía yo entonces dieciséis años, y puesto que seguíamos paso a paso-dicho sea sin faltar a la verdad-todo lo que hacía ese mentor ideal nuestro, me impresionó sobremanera una breve noticia escondida en el periódico, que anunciaba una conferencia suya sobre Goethe en el «Club científico» (inconcebible para nosotros que un genio de tal catadura hablase en un marco tan modesto; en nuestra adoración estudiantil, hubiésemos dado por supuesto que la sala más grande de Viena se habría llenado a rebosar si un Hofmannsthal accedía a aparecer en público). Pero gracias a aquel suceso tuve la oportunidad de volver a darme cuenta de hasta qué punto nosotros, los insignificantes alumnos de bachillerato, aventajábamos al gran público y a la crítica oficial en nuestras valoraciones, en nuestro instinto para lo imperecedero, instinto que se demostró infalible, y no tan sólo en este caso; en la estrecha sala se había reunido un auditorio compuesto por diez o doce docenas de personas en total: no había hecho falta, por lo tanto, que, llevado por mi impaciencia, apareciese allí media hora antes con el fin de asegurarme un asiento. Esperamos un rato y, luego, un joven delgado en cuyo aspecto nada llamaba la atención pasó de pronto en medio de las filas en dirección a la tarima y se pulso a hablar tan de repente y con tanto ímpetu que apenas me dio tiempo de observarlo a conciencia. Con su bigote suave, no acabado de formarse todavía, y su figura elástica, Hofmannsthal parecía aún más joven de lo que ya me había imaginado. Su rostro, de perfil marcado y de tez oscura: un tanto italiano, aparecía tenso a causa de los nervios, y aumentaba tal impresión la inquietud que se reflejaba en sus ojos aterciopelados, muy miopes; más que ponerse, se diría que se lanzó a hablar, como lo hace un nadador a las aguas que le son familiares, y cuanto más hablaba, más libres se volvían sus gestos y más afianzada aparecía su figura; en cuanto se hallaba en medio del elemento espiritual (lo subrayé más tarde en muchas conversaciones privadas), su embarazo inicial daba paso a una liviandad y una viveza extraordinarias, como suele suceder a los hombres inspirados. Tan sólo en las primeras frases me daba cuenta de que no tenía una voz bonita: tirando a estridente y a veces muy próxima a falsete; pero sus palabras no tardaban en elevarnos hasta tales alturas de libertad que ya no nos percatábamos del timbre de su voz y, a menudo, ni tan sólo de su cara. Hablaba sin manuscrito, sin apuntes, a lo mejor incluso sin una minuciosa preparación previa, y, sin embargo, cada una de sus frases tenía ese halo de perfección que nace con naturalidad del sentido mágico de la forma. Las antítesis más osadas se desplegaban ante el público, cegadoras, para acabar diluyéndose en formulaciones claras al tiempo que sorprendentes. A todos nos asaltó la subyugante impresión de que lo que nos ofrecía no eran más que migajas arrancadas casualmente de un acervo mucho más grande, de que él, tan alado como estaba y tan elevado a esferas superiores, podía seguir hablando durante horas enteras sin empobrecer el discurso ni rebajar su nivel. También en años posteriores, durante el curso de conversaciones privadas, seguí experimentando la fuerza mágica de ese «inventor del canto fluido y del diálogo ágil y chispeante», como lo definió, elogioso, Stefan George. Inquieto, distraído, sensible, expuesto a los cambios atmosféricos, a menudo gruñón y nervioso en el trato personal, no resultaba fácil acercársele. Sin embargo, en el momento en que algo atraía su interés, se convertía en una llamarada; en un solo vuelo, cual fulgurante cohete encendido, elevaba el debate hasta su propia esfera, un universo que no estaba sino a su alcance. Exceptuando acaso a Valéry, poeta de pensamiento cristalino y más mesurado, y al impetuoso Keyserling, nunca he vivido la experiencia de una conversación de tan alto vuelo intelectual como la suya. En aquellos momentos de auténtica inspiración, su memoria demoníacamente despierta lo tenía presente todo, se puede decir que de una manera casi física: los libros que había leído, los cuadros y los paisajes que había visto; una metáfora enlazaba con la siguiente con la misma naturalidad con que se enlazan las dos manos; las perspectivas se alzaban cual decorados inesperados que surgían de un horizonte que ya se creía cerrado... En aquella conferencia sentí por primera vez-volví a experimentar la misma sensación eh conversaciones privadas ulteriores-ese flatus, el hálito vivificante y embelesador de lo inconmensurable, de lo que no se puede abarcar con la sola razón.

En cierto sentido, Hofmannsthal jamás superó ese milagro único en que se había convertido entre sus dieciséis y veinticuatro años. No es que admire menos muchas de sus obras posteriores, los espléndidos artículos, el fragmento de Andreas, ese tronco de la tal vez más bella novela en lengua alemana, y algunas partes de sus dramas; sin embargo, con esa complicidad suya tan estrecha con el teatro real y los intereses de su época, con esa conciencia suya tan clara y lo ambicioso de sus proyectos, perdió una parte de su excelencia intuitiva, de la inspiración pura de aquellas primeras poesías de adolescente y, con ello, también de la embriaguez y el éxtasis de nuestra juventud. Con el saber mágico propio de la edad joven, presentimos que tamaño milagro de nuestra juventud era único y que no se volvería a repetir en nuestra vida.

Balzac ha descrito de manera incomparable cómo el ejemplo de Napoleón había electrizado a toda una generación en Francia. El deslumbrante ascenso del pequeño teniente Bonaparte al trono imperial del mundo, para él significó no tan sólo el triunfo de una persona, sino también la victoria de la idea de la juventud. El hecho de que no fuera necesario haber nacido príncipe o noble para alcanzar el poder a temprana edad, de que se pudiera proceder de una familia modesta, cuando no pobre, y, sin embargo, llegar a ser general a los veinticuatro años, soberano de Francia a los treinta y, poco después, del mundo entero, ese éxito sin igual arrancó a centenares de personas de sus pequeños oficios y sus pequeñas ciudades de provincia: el teniente Bonaparte calentó la cabeza a toda una generación de jóvenes. Los impelió hacia una ambición más elevada; creó a los generales de su gran ejército al igual que a los héroes y los arribistas de la Comédie humaine. Siempre que un solo joven alcanza, tras el primer impulso, algo que hasta entonces parecía inalcanzable, sea en el campo que sea, con el mero éxito de su empresa alienta a toda la juventud que lo rodea o lo sigue. En este sentido, Hofmannsthal y Rilke significaron para nosotros, los jóvenes, para nuestras aún inmaduras energías, un impulso extraordinario. Aun sin esperar que ninguno de nosotros pudiese repetir el milagro de Hofmannsthal, nos fortalecía su mera existencia física, la cual-se puede decir así-demostraba óptica y fehacientemente que el poeta era posible también en nuestra época, en nuestra ciudad, en nuestro entorno. Al fin y al cabo, su padre, un director de banco, procedía del mismo estamento judío burgués que todos nosotros; el genio se había formado en una casa parecida a la nuestra, con iguales muebles y la misma moral de clase; había ido al mismo instituto estéril, había estudiado con los mismos manuales y se había sentado durante ocho años en los mismos bancos de madera, mostrando la misma impaciencia y la misma pasión por los valores del espíritu que nosotros; y he aquí que, mientras aún desgastaba los pantalones contra aquellos bancos y se veía obligado a patear el gimnasio de un lado a otro, ya había conseguido superar, con su salto al infinito, la estrechez del espacio de la ciudad y la familia. A través de Hofmannsthal quedó demostrado, en cierta manera ad oculos, que, en principio, era posible crear poesía, y poesía perfecta, también a nuestra edad, aun en la atmósfera carcelaria de un instituto austriaco. Incluso era posible (¡qué seducción tan inmensa para un espíritu adolescente!) verse publicado, elogiado y famoso, mientras en casa y en la escuela aún se nos consideraba como seres insignificantes, seres sin acabar.

Rilke, a su vez, significó para nosotros un estímulo de otra naturaleza, que completaba el de Hofmannsthal con un efecto sedante. Porque rivalizar con Hofmannsthal habría parecido blasfemo hasta al más osado de entre nosotros. Sabíamos que era un prodigio inimitable de perfección precoz que no se podía repetir, y cuando, a nuestros dieciséis años, comparábamos nuestros propios versos con los ya celebérrimos que él había escrito a la misma edad, nos moríamos de vergüenza; asimismo, nos sentíamos humillados en nuestro saber ante el vuelo de águila con el que él, todavía en el instituto, había recorrido el universo del espíritu. Rilke también había empezado a escribir y a publicar versos igual de pronto, a los diecisiete o dieciocho años, pero, a diferencia de Hofmannsthal, además en el sentido absoluto, sus poesías resultaban inmaduras, infantiles e ingenuas; sólo con indulgencia se podía hallar en ellas algunas huellas de un talento áureo. No fue sino más tarde, a sus veintidós y veintitrés años, cuando ese poeta extraordinario, al que nosotros amábamos con desmesura, empezó a moldear su personalidad, cosa que por sí sola ya era un consuelo para nosotros. De modo que no era imprescindible ser perfecto ya en el instituto, como Hofmannsthal; podíamos probar, ensayar, formarnos, progresar, como Rilke. No era necesario darnos por vencidos en seguida sólo porque de momento escribíamos cosas imperfectas, inmaduras e irresponsables, pues a lo mejor éramos capaces de repetir, ya no el milagro de Hofmannsthal, pero sí el ascenso más pausado y normal de Rilke.

Y es que era natural que todos hubiésemos empezado, desde hacía tiempo, a escribir versos, a componer música o a recitar; la actitud de pasividad apasionada es de por sí poco natural entre la juventud, de cuya manera de ser resulta más propio no sólo el recibir impresiones, sino también reaccionar a ellas de modo creativo. Amar el teatro para los jóvenes quiere decir, como mínimo, desear y hasta soñar con hacer personalmente cosas en o para el teatro. Admirar en éxtasis el talento en todas sus formas lleva ineludiblemente a la introspección, a ver si se puede descubrir una posibilidad o un vestigio de esa esencia tan selecta en el inexplorado cuerpo propio o en la propia alma, medio oscura todavía. Así, de acuerdo con la atmósfera que se respiraba en Viena y con los especiales condicionantes de la época, en nuestra clase el afán por la producción artística se había expandido casi como una epidemia. Todos y cada uno buscábamos en nuestro interior un talento e intentábamos desplegarlo. Cuatro o cinco de entre nosotros querían ser actores. Imitaban la dicción de los del Burgtheater, recitaban y declamaban sin parar, asistían a escondidas a clases de arte dramático y en las horas de recreo repartían entre sí los distintos papeles e improvisaban escenas enteras de los clásicos; los demás formábamos para ellos un público curioso, aunque a la vez muy crítico. Otros dos o tres eran músicos excelentemente preparados, pero aún no sabían si querían ser compositores, solistas o directores de orquesta; a ellos debo mi primer contacto con la nueva música, estrictamente vetada todavía en los conciertos oficiales de la Filarmónica, mientras que ellos, a su vez, acudían a nosotros en busca de textos para sus canciones y coros; otro muchacho, hijo de un pintor famoso entre la alta sociedad, nos llenaba de dibujos los cuadernos durante las horas de clase y retrataba a todos los futuros genios del curso. Pero la fiebre más extendida, con mucho, era la literaria. Gracias al estímulo mutuo de buscar la perfección lo más rápidamente posible y a la crítica recíproca de cada poema, el nivel que habíamos alcanzado a los dieciséis años era muy superior al de simples diletantes y en algunos casos se aproximaba a la obra de auténtico valor, cosa que quedó demostrada por el hecho de que nuestras creaciones fueran aceptadas, impresas y (he aquí la prueba más convincente) retribuidas, y no sólo por, pongamos por caso, oscuras gacetas de provincias, sino también por revistas de vanguardia de la nueva generación. El nombre de uno de mis compañeros, Ph. A., a quien yo adoraba como a un genio, se destacó en la magnífica revista de lujo Pan, al lado de Dehmel y de Rilke; otro, A. M., había logrado entrar, bajo el pseudónimo de «August Oehler», en la más inaccesible y ecléctica de todas las revistas alemanas, Bldtter für die Kunst, que Stefan George reservaba exclusivamente para su círculo sagrado y cuyas puertas, controladas por siete cedazos, parecían imposibles de franquear. Un tercero, animado por Hofmannsthal, escribió un drama sobre Napoleón; un cuarto, una nueva teoría estética y sonetos de gran mérito; yo mismo fui admitido en la Gesellschaft, la revista de vanguardia de los Modernos, y en la Zukunft de Maximilian Harden, ese semanario que resultó tan decisivo para la historia política y cultural de la nueva Alemania. Mirando hoy hacia atrás, tengo que confesar con toda objetividad que la suma de nuestro saber, el refinamiento de nuestra técnica literaria y nuestro nivel artístico eran francamente sorprendentes en unos muchachos de diecisiete años, y sólo se pueden explicar a través del fulgurante ejemplo de la madurez tan fantástica como precoz que demostró Hofmannsthal, ejemplo que nos obligaba a un esfuerzo apasionado por hacer lo máximo con tal de salir airosos ante los otros, aunque no fuese más que a medias. Dominábamos todos los recursos, extravagancias y audacias de la lengua, poseíamos la técnica de todas las formas del verso, habíamos experimentado, en innumerables ensayos, con todos los estilos, desde el páthos de Píndaro hasta la simple dicción de la canción popular, indicábamos los unos a los otros, en el intercambio diario de nuestras experiencias creativas, hasta las incorrecciones más insignificantes y discutíamos cualquier detalle métrico. Mientras los buenos de nuestros profesores inocentemente nos seguían marcando con tinta roja las comas que faltaban en las redacciones escolares, nosotros nos dedicábamos a ejercer otro tipo de crítica y lo hacíamos aplicando una severidad, un conocimiento artístico y una meticulosidad que ni siquiera desplegaban al abordar las obras maestras clásicas los papas de la literatura oficial de los grandes diarios; de modo que en los últimos años de la escuela, también sacamos ventaja a esos críticos ya consagrados y famosos, y todo gracias a aquel fanatismo nuestro en cuanto al juicio técnico y la capacidad de expresión artística.

Esta descripción, realmente verídica, de nuestra precocidad literaria podría llevar a pensar que éramos una clase especial y prodigiosa. En absoluto. El mismo fenómeno de fanatismo y talento precoz se podía observar en aquel momento en una docena de escuelas vecinas de Viena, y en el mismo grado. No podía tratarse de una casualidad. En la ciudad reinaba una atmósfera especialmente propicia, condicionada por su humus artístico, por una época apolítica, por la constelación de nuevas orientaciones intelectuales y literarias que, apremiándose mutuamente, aparecieron en aquel momento a caballo entre dos siglos y que se combinaron químicamente en nosotros infundiéndonos la inmanente voluntad de crear, voluntad que, mirándolo bien, es propia, casi por naturaleza, de esta época de la vida. Al fin y al cabo, durante la pubertad, la poesía o al menos el impulso hacia ella invade a todo joven, aunque sólo sea como una oleada, si bien es cierto que tal inclinación traspasa pocas veces la frontera de la juventud. Ni uno solo de los cinco actores que se sentaban en los bancos de nuestra escuela subió más tarde a un escenario real; los poetas de Pan y de Blätter für die Kuns1 se desinflaron tras aquel primer impulso sorprendente y se convirtieron en honorables abogados y funcionarios que hoy, a lo mejor, esbozan una sonrisa melancólica o irónica al recordar sus ambiciones de antaño. Yo soy el único de todos ellos en quien ha pervivido aquella pasión creadora y para quien dicha pasión se ha vuelto la esencia y el sentido de toda una vida. Pero ¡con qué agradecimiento recuerdo aún aquel compañerismo! ¡Cómo me ha ayudado! Aquellas discusiones enardecidas, aquella superación impetuosa, aquella admiración y crítica mutuas, ¡ cómo y cuán pronto me agudizaron la mano y el nervio, cómo me abrieron y ensancharon la visión del cosmos espiritual, cómo nos dio alas a todos para elevarnos por encima del desierto y la tristeza de nuestra escuela! «Oh, arte hechicero, cuántas horas grises...» Cada vez que evoco esta canción de Schubert, nos veo, en un especie de visión plástica, sentados sobre nuestros miserables bancos escolares, con los hombros caídos y, después, camino de casa, con el rostro radiante y la mirada encendida, criticando y recitando poesía apasionadamente, olvidada toda atadura con el espacio y el tiempo, realmente «sumidos en un mundo mejor».

Tamaña monomanía del fanatismo por el arte, una sobreestimación de lo estético llevada hasta el absurdo, sólo se podía ejercer, naturalmente, a costa de los intereses normales propios de nuestra edad. Si hoy me pregunto cuándo encontrábamos el tiempo necesario para leer todos aquellos libros, abrumados como estábamos por la jornada escolar y las clases particulares, veo claro que fue en detrimento de las horas de sueño, luego, de nuestro vigor corporal. No ocurrió nunca que dejase la lectura antes de la una o las dos de la madrugada, aun cuando me tenía que levantar a las siete: un vicio, ese de leer una hora o dos por más tarde que se hiciera, que ya no he abandonado nunca más. Y así, no recuerdo haber ido a la escuela sino saliendo de casa deprisa y corriendo en el último minuto, sin haber dormido lo suficiente y sin haberme lavado como es debido, y masticando el bocadillo por el camino; así, no es extraño que, con toda nuestra intelectualidad, todos tuviésemos el aspecto demacrado y verde de la fruta inmadura y, además, bastante dejado en lo tocante a nuestra manera de vestir. Es que cada céntimo de nuestro dinero de bolsillo lo gastábamos en teatro, conciertos o libros; y, por otro lado, tampoco nos preocupaba mucho ni poco el gustar a las niñas, puesto que nuestra pretensión radicaba en impresionar en cosas muy superiores. Salir a pasear con muchachas nos parecía una pérdida de tiempo, pues, en nuestra arrogancia intelectual, a priori considerábamos al otro sexo intelectualmente inferior y no queríamos malgastar nuestras preciosas horas en conversaciones banales. Tampoco sería nada fácil hacer entender a un joven de hoy hasta qué punto ignorábamos, y hasta despreciábamos, todo lo relacionado con el deporte. Lo cierto es que, en el siglo pasado, aún no había llegado a nuestro continente la ola deportiva. Aún no había estadios donde cien mil personas bramasen de entusiasmo cuando un boxeador descargaba un puñetazo en la mandíbula del otro; los periódicos todavía no enviaban a sus reporteros para que, con fervor homérico, llenasen columnas y más columnas informando de un partido de hockey. En nuestra época, la lucha, los clubs de atletismo, los récords de pesos pesados todavía se consideraban como actividades de suburbio y formaban su público carniceros y ganapanes; como mucho, unas cuantas veces al año, las carreras de caballos, más nobles y aristocráticas, atraían al hipódromo a la llamada «buena sociedad», pero no así a nosotros, que considerábamos cualquier actividad física como una absoluta pérdida de tiempo. A los trece años, cuando me empezó a atacar aquella infección intelectual literaria, dejé el patinaje sobre hielo y usé en la compra de libros el dinero que me daban mis padres para las clases de baile; a los dieciocho aún no sabía nadar ni bailar ni jugar a tenis; incluso hoy no sé montar en bicicleta ni conducir un automóvil, y en materia deportiva cualquier niño de diez años me puede poner en ridículo. Ni siquiera ahora, en 1941, sé muy bien cuál es la diferencia entre béisbol y fútbol, entre hockey y polo, y las páginas de deportes de los periódicos, con su lenguaje criptográfico, se me antojan escritas en chino. Me he mantenido imperturbable ante todos los récords deportivos de velocidad o de habilidad, adoptando el punto de vista del sha de Persia, quien, cuando lo querían animar a que asistiese a un derby, manifestó, con sabiduría oriental: «¿Para qué? Ya sé que un caballo puede correr más que otro. Me es del todo indiferente cuál.» Tan despreciable como entrenar el cuerpo, nos parecía malgastar el tiempo en el juego; tan sólo el ajedrez, que exigía un esfuerzo mental, hallaba un poco de merced a nuestros ojos; y, cosa más absurda todavía, a pesar de que nos sentíamos poetas en ciernes o, en todo caso, en potencia, nos preocupaba muy poco la naturaleza. Durante mis primeros veinte años no vi casi nada de los maravillosos alrededores de Viena; los días de verano más bonitos y cálidos, cuando la ciudad quedaba desierta, tenían un encanto más singular todavía, porque, en nuestro café, conseguíamos los periódicos y las revistas más deprisa y en mayor abundancia. He necesitado años y años para reencontrar el equilibrio que perdí a causa de esa hipertensión y esa avidez infantiles y para compensar en parte el inevitable abandono físico del cuerpo. Pero, aun así, visto en su conjunto, no me arrepiento de aquel fanatismo, de esa manera de vivir sólo a través de los ojos y los nervios de mis tiempos de bachillerato. Me inoculó en la sangre un apasionamiento por todo lo intelectual que ya no querría perder nunca, y todo lo que he leído y aprendido desde entonces hasta ahora se asienta sobre los fundamentos que se endurecieron en aquellos años. Lo que uno ha descuidado en lo referente a sus músculos aún puede recuperarlo algún día, mientras que el impulso espiritual, la capacidad de captar del espíritu, tan sólo se adquiere en los decisivos años de formación y sólo aquel que ha aprendido a expandir su alma a los cuatro vientos a tiempo, es capaz más tarde de abarcar el mundo entero.

La verdadera experiencia de nuestros años de juventud consistió en que algo nuevo se fraguaba en el arte, algo que era más apasionante, problemático y tentador que aquello que había satisfecho a nuestros padres y a nuestro entorno. Sin embargo, fascinados como estábamos por aquel fragmento de vida, no caíamos en la cuenta de que los cambios que se producían en el ámbito de lo estético no eran sino vibraciones y síntomas de otros, de un alcance mucho mayor, que habían de conmocionar y, finalmente, destruir el mundo de nuestros padres, el mundo de la seguridad. Una notable reestructuración empezaba a prepararse en nuestra vieja y soñolienta Austria. Las masas, que durante decenios habían cedido, calladas y dóciles, el dominio a la burguesía liberal, de repente se agitaron, se organizaron y exigieron sus derechos. Precisamente en la última década, la política irrumpió con ráfagas bruscas y violentas en la calma de la vida plácida y holgada. El nuevo siglo exigía un nuevo orden, una nueva era.

El primero de estos grandes movimientos de masas fue en Austria el socialista. Hasta entonces, el derecho de voto, mal llamado «universal», se concedía en nuestro país a los acaudalados que podían demostrar que habían pagado una contribución determinada. Ahora bien, los abogados y agricultores elegidos por ese estamento se creían honesta y sinceramente los portavoces y representantes del «pueblo» en el Parlamento. Estaban muy orgullosos de ser gente culta, tal vez académica incluso, y daban importancia a la dignidad, el decoro y la buena dicción; por eso las sesiones del Parlamento se asemejaban a tertulias de un club distinguido.

Gracias a su fe liberal en un mundo infaliblemente progresista por obra de la tolerancia y la razón, aquellos demócratas burgueses creían de veras que procuraban, de la manera mejor posible, el bien de todos los súbditos a fuerza de pequeñas concesiones y mejoras paulatinas.

Pero habían olvidado por completo que representaban tan sólo a cincuenta o cien mil personas acomodadas de las grandes ciudades, no a los cientos, miles, millones de habitantes de todo el país. Entretanto, la máquina había hecho su trabajo al reunir en torno a la industria a los obreros, antes dispersos; bajo el liderazgo de un hombre eminente, el doctor Viktor Adler, se constituyó en Austria un partido socialista con el fin de luchar por las reivindicaciones del proletariado, que exigía el derecho de sufragio auténticamente universal: igual para todo el mundo; apenas les fue concedido o, mejor dicho, apenas lo obtuvieron por la fuerza, la gente se dio cuenta de lo fina, aunque ciertamente valiosa, que era la capa de liberalismo. Con ella, desapareció de la vida política pública la conciliación y los intereses de unos chocaron violentamente con los de otros: la lucha acababa de empezar.

Recuerdo aún el día de mi primera infancia en que, con el ascenso del partido socialista, se produjo en Austria el cambio decisivo; con el fin de demostrar por primera vez y de manera evidente su poder y su número, los obreros habían hecho circular la consigna de declarar el primero de mayo fiesta del pueblo trabajador y decidieron que desfilarían en formación cerrada por el Prater, más concretamente por su avenida central, donde por lo general se veían, entre anchas y hermosas hileras de castaños, desfiles de calesas y landós pertenecientes a la aristocracia y la burguesía rica. Presa de horror, la buena burguesía liberal se quedó de una pieza ante semejante anuncio. ¡Socialistas! La palabra tenía entonces, en Alemania y en Austria, un sabor a sangre y terrorismo, como antes la palabra «jacobinos» y más tarde «bolcheviques»; en un primer momento nadie creía posible que aquella horda roja llevase a cabo su marcha desde los suburbios sin quemar casas, saquear tiendas y cometer todos los actos de violencia imaginables. Una especie de pánico se apoderó de la gente. La policía de toda la ciudad y de los alrededores se apostó en la calle de Prater y el ejército, puesto en estado de alerta, recibió la orden de disparar en caso de necesidad; ningún carruaje se atrevió a acercarse al Prater, los comerciantes bajaron las persianas de hierro de sus tiendas y recuerdo que los padres prohibieron a sus hijos salir a la calle en un día de tamaño espanto, que podía ver a Viena en llamas. Pero no pasó nada. Los obreros marcharon hasta el Prater con mujeres e hijos, en compactas filas de a cuatro y con una disciplina ejemplar, ostentando todos en el ojal un clavel rojo, el símbolo del partido. Durante la marcha cantaron La Internacional, aunque los niños, al llegar al hermoso césped de la «Avenida noble», que pisaban por primera vez, intercalaron en ella sus inocentes canciones de colegio. No se insultó a nadie, no se golpeó a nadie, no se cerró ningún puño; policías y soldados sonreían a los manifestantes en un gesto de camaradería. Gracias a aquella actitud irreprochable, ya le fue imposible a la burguesía estigmatizar a la clase obrera tachándola de «horda revolucionaría» y, como siempre en la vieja y sabia Austria, se llegó a concesiones mutuas; aún no se había inventado el actual sistema de represión y erradicación a porrazo limpio, todavía estaba vivo (aunque ya palidecía) el ideal de humanismo, incluso entre los líderes de los partidos.

Apenas había aparecido el clavel rojo como símbolo del partido, en seguida se vio otra flor en el ojal, el clavel blanco, signo de afiliación al partido socialcristiano (¿verdad que es enternecedor que aún se eligiesen flores como distintivos de los partidos, en lugar de botas altas, puñales y calaveras?). El partido socialcristiano, como grupo pequeño burgués de pies a cabeza, era de hecho el contramovimiento orgánico del proletario y, en el fondo e igual que él, un producto del triunfo de la máquina sobre la mano. Y es que, con la concentración de grandes masas en las fábricas, la máquina asignó poder y promoción social a los obreros, al tiempo que amenazaba a la pequeña artesanía. Los grandes almacenes y la producción masiva de bienes supusieron una ruina para la clase media y los pequeños maestros artesanos. Se apoderó de este descontento y preocupación un líder hábil y popular, el doctor Karl Lueger, que con el lema de «hay que ayudar al pequeño» arrastró a toda la pequeña burguesía y a la clase media irritada, cuya envidia hacia los acaudalados era insignificante en comparación con el miedo a verse desposeídas de su forma de vida burguesa y caer en el proletariado. Era exactamente la misma capa social asustada que más adelante congregó a su lado, como primera gran masa, Adolf Hitler, y Karl Lueger le sirvió de modelo también en otro sentido: le enseñó lo manipulable que era el lema antisemita, que ofrecía a los descontentos círculos pequeño burgueses un adversario palpable y, por otro lado, imperceptiblemente desviaba el odio por los grandes terratenientes y la riqueza feudal. Aun así, toda la vulgarización y brutalización de la política actual, la espantosa recaída de nuestro siglo, se evidencia en la comparación de las dos figuras. Karl Lueger, con su suave barba rubia, tenía un aspecto imponente (el «bello Karl», lo llamaba la voz popular de Viena), tenía formación académica y no en vano había ido a la escuela en una época que situaba por encima de todo la cultura del espíritu. Sabía hablar en tono popular, era vehemente y jocoso, pero incluso en sus discursos más violentos (o los que la gente de aquella época consideraba como violentos) jamás sobrepasó los límites de los buenos modales y frenaba escrupulosamente a su Streicher, un tal Schneider, mecánico de profesión, que se servía de leyendas de asesinatos rituales y de vulgaridades por el estilo. Irreprochable y discreto en la vida privada, ante sus adversarios siempre se comportaba con una cierta nobleza, y su antisemitismo oficial nunca le impidió seguir siendo bienintencionado y mostrarse deferente con los amigos judíos de antes. Cuando, finalmente, su movimiento ganó el ayuntamiento de Viena y él fue nombrado alcalde (después de que el emperador Francisco José, que aborrecía las tendencias antisemitas, se hubiera negado por dos veces a sancionar ese nombramiento), su administración se mantuvo impecablemente justa y modélicamente democrática; los judíos, que habían temblado de miedo ante la victoria del partido antisemita, siguieron disfrutando de los mismos derechos y merecían la misma consideración de antes. El veneno del odio y la voluntad de exterminio mutuo no había penetrado todavía en la sangre de la época.

Pero pronto apareció una tercera flor, la centaura azul, la flor favorita de Bismarck y símbolo del partido nacional-alemán, que-aunque no se entendía así en aquel entonces-era conscientemente revolucionario y, con un impulso brutal, aspiraba a derrocar la monarquía austriaca en favor de una Gran Alemania-el sueño de Hitler-bajo el liderazgo prusiano y protestante. Mientras el partido socialcristiano estaba arraigado en Viena y en el campo y el socialista en los centros industriales, el nacional-alemán tenía a sus partidarios concentrados casi exclusivamente en los territorios fronterizos de Bohemia y los Alpes; numéricamente débil, compensaba su insignificancia con una agresividad salvaje y una brutalidad desmesurada. Sus escasos diputados se convirtieron en el terror y la deshonra (en el sentido antiguo) del Parlamento austriaco; es en sus ideas y sus técnicas donde tiene su origen Hitler, también un austriaco de frontera. De Georg von Schönen tomó el grito de «¡Separémonos de Roma!», que por entonces seguían con obediencia germánica miles de partidarios nacionalalemanes que, para irritar al emperador y al clero, se pasaron del catolicismo al protestantismo; también de él adoptaron la teoría antisemita de la raza («En la raza radica la porquería», decía un ilustre modelo), así como, tal vez lo más importante, la utilización de una tropa de asalto salvaje que dispersaba manifestaciones a puñetazo limpio y, con ella, el principio de la intimidación por el terror de un grupo reducido contra una mayoría numéricamente superior, pero humanamente más pasiva. Lo que las SA hacían para el nacionalsocialismo-dispersar reuniones a fuerza de porrazos, irrumpir en plena noche en las casas de sus adversarios y pegarles palizas-para el partido nacional-alemán lo hacían las asociaciones de estudiantes, que, protegidas por la inmunidad académica, instalaron el terror del garrotazo; militarmente organizadas, acudían al primer grito o silbato para desfilar en cada acción política. Aquellos jóvenes de caras tajadas, borrachos y brutales, agrupados Julius Streicher, político nacionalsocialista (1885-1946), fundó en 1923 la revista demagógica Der Stürmer en las llamadas «corporaciones de estudiantes», dominaban el aula porque, además de llevar gorras y bandas como los otros, iban armados con duros y pesados garrotes; provocando sin cesar, pegaban palizas ya a los estudiantes eslavos, ya a los judíos, ya a los católicos, ya a los italianos, y a los indefensos los expulsaban de la universidad. No hubo «paseo» (como se llamaban los desfiles estudiantiles de los sábados) sin que corriera sangre.

La policía, que debido a un privilegio de la universidad no podía entrar en las aulas, se tenía que limitar, pasiva, a mirar desde fuera cómo aquellos pendencieros cobardes cometían sus rabiosos excesos y, luego, a transportar a los heridos que, cubiertos de sangre, eran arrojados a la calle escaleras abajo por los camorristas nacionales. Cada vez que el partido nacionalalemán austriaco, pequeño pero fanfarrón, quería conseguir algo por la fuerza, mandaba por delante a esta tropa estudiantil de asalto; cuando el conde Badeni, con la aprobación del emperador y del Parlamento, promulgó un decreto sobre lenguas que debía poner paz entre las distintas naciones de Austria-y que probablemente habría alargado unas décadas la vida de la monarquía-, aquel puñado de exaltados ocupó la Ringstrasse. Tuvo que salir la caballería, se desenfundaron los sables y se oyeron disparos. Pero en aquella época liberal, trágica en su debilidad y enternecedora en su humanidad, la aversión a todo acto violento y al derramamiento de sangre era tan grande que el gobierno cedió ante el terror de los nacionalalemanes.

El primer ministro dimitió y el decreto sobre lenguas, completamente leal, fue derogado. La irrupción de la brutalidad en la política se apuntaba su primer éxito. Todas las grietas existentes entre las razas y las clases que la época de la conciliación había encolado con tanto esmero y esfuerzo se abrieron de pronto y se convirtieron en abismos y precipicios.

De hecho, en la última década del viejo siglo en Austria ya había estallado la guerra de todos contra todos.

Nosotros, unos jóvenes completamente inmersos en nuestras ambiciones literarias, reparábamos poco en los peligrosos cambios que se producían en nuestra patria: tan sólo teníamos ojos para libros y cuadros. No mostrábamos ni el más remoto interés por los problemas políticos y sociales: ¿qué significaban para nuestras vidas aquellas trifulcas a gritos? La ciudad hervía durante las elecciones y nosotros íbamos a la biblioteca. Las masas se levantaban y nosotros escribíamos versos y discutíamos de poesía. No veíamos las señales de fuego en la pared; sentados a la mesa como antaño el rey Baltasar, saboreábamos, despreocupados y sin temer al futuro, los exquisitos manjares del arte. Y tan sólo varias décadas más tarde, cuando las paredes y el techo se desplomaron sobre nuestras cabezas, reconocimos que los fundamentos habían quedado socavados ya hacía tiempo y que, con el nuevo siglo, simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual.

FIN


 

 

EL MUNDO DE AYER,

MEMORIAS DE UN EUROPEO, III

STEFAN ZWEIG

 

«EROS MATUTINOS»

Durante los ocho años de instituto se produjo un hecho sumamente personal para todos nosotros: de niños de diez años nos fuimos convirtiendo poco a poco en jóvenes púberos de dieciséis, diecisiete y dieciocho, y la naturaleza empezó a anunciar sus derechos. Ahora bien, este despertar de la pubertad aparece como un problema totalmente personal que todo aquel que se hace adulto tiene que dirimir consigo mismo y a su manera, y que a primera vista no parece apropiado para ser discutido en público. Sin embargo, para nuestra generación esa crisis iba mucho más allá de su propia esfera. Mostraba al mismo tiempo un despertar distinto, pues nos enseñaba a observar por primera vez y con sentido crítico el mundo social en el que habíamos crecido y sus convicciones. Por lo general, los niños, e incluso los jóvenes, tienden a mostrarse respetuosos sobre todo con las leyes de su entorno. Pero se someten a las convenciones que se les impone sólo cuando ven que todos los demás las observan con la misma lealtad. Un solo ejemplo de falta de veracidad por parte de los maestros o de los padres los induce inevitablemente a considerar todo su entorno con mirada desconfiada y, por ende, más inquisitiva. Y nosotros no tardamos mucho en descubrir que todas las autoridades en las que habíamos depositado nuestra confianza hasta entonces escuela, familia y moral pública-en lo referente a la sexualidad se comportaban con notable falsedad. Y más aún: que en este tema también a nosotros nos exigían secretismo y disimulo.

Y es que antes de los años treinta y cuarenta la gente pensaba de modo distinto que en nuestro mundo actual. Quizás en ninguna otra esfera de la vida pública se produjo un cambio tan radical en el lapso de una sola generación como en el de las relaciones entre los dos sexos, y eso por una serie de factores: la emancipación de la mujer, el psicoanálisis freudiano, la educación física, la emancipación de los jóvenes. Si tratamos de formular la diferencia entre la moral burguesa del siglo xix, que era esencialmente victoriana, y las ideas hoy vigentes, de más libertad y menos prejuicios, quizá la mejor forma de abordar la cuestión sería diciendo que aquella época rehuía medrosamente el problema de la sexualidad por un sentimiento de inseguridad interior. Épocas anteriores, de lo más religiosas todavía, sobre todo las rigurosamente puritanas, lo tenían más fácil. Imbuidas de la idea de que el apetito sexual era el aguijón del diablo y que el placer corporal era lujuria y pecado, las autoridades de la Edad Media habían atacado el problema de frente y habían impuesto su estricta moral con severas prohibiciones y (sobre todo en la Ginebra calvinista) unos castigos atroces. Nuestro siglo, en cambio, época tolerante que, desde tiempos atrás, ya no creía en el demonio y apenas en Dios, no hizo suficiente acopio de valor como para lanzar un anatema tan radical, pero consideraba la sexualidad como un elemento anárquico y, por lo tanto, molesto, que no se ajustaba a su ética y no era un tema apto para sacarlo a la luz del día, porque cualquier forma de amor libre o extramatrimonial iba en contra de la «decencia» burguesa. Ante tamaño dilema, la época ideó un original compromiso. Limitó su moral a no prohibir a los jóvenes practicar su vita sexualis, pero exigió que despacharan ese desagradable asunto con discreción. Si no se podía eliminar la sexualidad, como mínimo debían procurar que no fuera visible dentro de su mundo moral. Y así, se acordó tácitamente no hablar de esas cosas tan enojosas ni en la escuela ni en casa ni en público, y suprimir todo lo que pudiera recordar su existencia.

A nosotros, que desde Freud sabemos que quien trata de expulsar de su conciencia los impulsos naturales en realidad no los suprime, sino que los desplaza peligrosamente al subconsciente, nos resulta fácil reírnos de la contumacia de aquella técnica de ocultación.

Pero todo el siglo XIX vivió sumido en la ilusión sincera de que era posible solucionar todos los conflictos con el sentido común racionalista y de que, cuanto más se escondían los hechos naturales, tanto más se refrenaban sus fuerzas anárquicas; así, pues, si no se instruía a los jóvenes en materia de sexualidad, éstos se olvidarían de su existencia. Con esta vana ilusión , de moderar a través de la ignorancia, todas las instancias se unieron en un boicot común de silencio hermético. Escuela y cura de almas, vida social y justicia, periódicos y libros, moda y costumbres, evitaban por principio cualquier mención del problema y, oh vergüenza, incluso la ciencia, cuya misión debería consistir en abordar todos los problemas sin prejuicios, se unió al tópico naturalia sunt turpia. También ella capituló so pretexto de que no era digno de la ciencia tratar cuestiones tan escabrosas. Hojeando cualquier libro de la época, sea de filosofía, sea de derecho o, incluso, de medicina, nos encontraríamos con que todos, de común acuerdo y medrosamente, habían eliminado de su contenido cualquier mención del tema.

Cuando los expertos en derecho penal discutían en congresos los métodos para humanizar las prisiones y los daños morales de la vida penitenciaria, pasaban de largo, tímidamente y en silencio, ante el problema central. Los neurólogos, pese a tener clara en muchos casos la etiología de buen número de enfermedades histéricas, tampoco se atrevían a admitir los hechos y podemos leer en Freud cómo incluso su venerado maestro Charcot le había confesado en privado que conocía perfectamente su verdadera causa, pero que nunca la había hecho pública. Por lo menos a la «bella» literatura-como se la llamaba entonces-le estaba permitido arriesgarse a descripciones claras y francas, porque sólo a ella le había sido asignado el dominio de lo bello y lo estético. Mientras que en el siglo anterior el escritor no tenía miedo de pintar un retrato franco y extenso de la cultura de su tiempo, mientras que aún se podían encontrar en Defoe, en el abad Prévost, en Fielding y en Rétif de la Bretonne descripciones no adulteradas de la realidad, aquella época pensaba que sólo podía mostrar su parte «sentimental» y «sublime», pero nunca la auténtica y desagradable. Por ello, de todos los peligros, tinieblas y confusiones de los jóvenes de ciudad, en la literatura del siglo XIX no se encuentra mucho más que un efímero poso. Incluso si un escritor osado mencionaba la prostitución, estaba convencido de que debía ennoblecerla y convertir artificiosamente a la heroína en una «dama de las camelias». Nos hallamos, pues, ante un hecho singular: si un joven de hoy, para saber cómo la juventud de la generación anterior y la de antes se abría camino en la vida, abre las novelas incluso de los grandes maestros de la época, las obras de Dickens y Thackeray, Gottfried Keller y Björnson, no encuentra descritos en ellas más que hechos sublimados y atemperados (excepto en Tolstói y Dostoievski, que, como rusos, estaban más allá del pseudoidealismo europeo), pues toda aquella generación estaba inhibida en su libertad de expresión por la presión de la época. Y nada ejemplifica con más claridad la hipersensibilidad casi histérica de esa moral de los antepasados y su atmósfera hoy inimaginable, como el hecho de que ni siquiera bastase con el pudor literario. Pues, ¿se puede entender todavía que una novela como Madame Bovary fuera prohibida por obscena por un tribunal público francés? ¿Y que en la época de mi juventud las novelas de Zola pasasen por pornográficas o un poeta clásico tan sereno como Thomas Hardy provocara tempestades de indignación en Inglaterra y América? Por discretos que fueran estos libros, desvelaban una buena parte de la realidad.

Pero nosotros crecimos en esta atmósfera malsana y asfixiante, saturada de bochorno perfumado. Aquella moral falsa y antipsicológica del silencio y la ocultación pesó sobre nuestra juventud como una pesadilla y, comoquiera que, gracias a esa técnica solidaria de disimulo, carecemos de auténticos documentos literarios e histórico-culturales, puede no resultar fácil reconstruir algo que ha llegado a ser increíble. De todos modos, contamos con un punto de referencia: basta con fijarnos en la moda, pues la moda de un siglo, con sus tendencias en materia de gustos (cosas que se pueden ver y tocar) revela automáticamente , también su moral. No se puede decir realmente que sea una casualidad el que hoy, en el año 1940, cuando aparecen en la pantalla hombres y mujeres de la sociedad de 1900 vestidos con la indumentaria de entonces, el público de cualquier ciudad de Europa o América no pueda reprimir la risa y suelte al unísono una estruendosa carcajada. Los más ingenuos de hoy también se ríen de esas curiosas figuras de ayer, porque las ven como caricaturas, como bufones vestidos de forma poco natural, incómoda, antihigiénica y nada práctica; incluso a nosotros, que conocimos a nuestras madres, tías y amigas ataviadas con esas ropas absurdas, y que también llevábamos prendas igualmente ridículas, nos parece un sueño fantasmagórico el que toda una generación pudiera someterse sin protestar a unas modas tan estúpidas. La moda masculina de cuello alto y almidonado, la «marquesota» que imposibilitaba cualquier movimiento con soltura, las levitas negras y coleantes y los sombreros de copa que recuerdan chimeneas de estufa, ciertamente provocan risas, pero ¿y las damas de antaño, con sus pesados y forzosos arreos que violentaban cada detalle de su naturaleza? La cintura, apretada como la de una avispa por un corsé de ballena; el abdomen, a su vez, hinchado como una campana gigante; el cuello, cerrado hasta el mentón; los pies, cubiertos hasta la punta de los dedos; el pelo, recogido hacia arriba en innumerables bucles y trenzas bajo un sombrero monstruoso que se tambaleaba majestuosamente; las manos, metidas en guantes incluso durante la canícula: esta figura de «dama», que ya es historia desde hace mucho tiempo, a pesar del perfume que dejaba a su paso, a pesar de los adornos con que estaba cargada y de las blondas, los volantes y los colgajos más preciosos, daba la impresión de ser alguien infeliz, desamparado y digno de compasión. Ya a primera vista se percataba uno de que una mujer acorazada con tales atavíos, como un caballero con su armadura, no podía moverse con libertad, viveza y gracia; de que cada movimiento suyo, cada gesto y, en consecuencia, todo su comportamiento debían ser artificiales, poco naturales e, incluso, antinaturales. El solo hecho de ataviarse de «dama» (por no hablar de su educación social), de ponerse y quitarse toda esa indumentaria, representaba un proceso largo, complicado y ceremonioso que no se podía ejecutar sin la ayuda de alguien. En primer lugar, era preciso cerrar un montón de corchetes y corchetas desde la cintura hasta el cuello, apretar el corsé con toda la fuerza de la ayuda de cámara, los largos cabellos (quiero recordar a los jóvenes que, antes de los treinta años, todas las mujeres de Europa, excepto algunas docenas de estudiantes rusas, podían desplegar la cabellera hasta las caderas) eran rizados, estirados, cepillados, frotados y recogidos hacia arriba por una peluquera que acudía todos los días y utilizaba gran cantidad de horquillas, prendedores y peines, y usaba bigudíes y tenacillas para rizar; todo eso antes de envolver a la mujer, como una cebolla, con capas de enaguas, camisolas, chaquetas y chaquetillas hasta que desaparecían completamente los últimos restos de formas femeninas y personales. Pero este absurdo tenía una razón secreta. Con tales manipulaciones se disimulaban las líneas corporales de la mujer hasta tal punto que ni siquiera el novio, en el banquete de boda, pudiese adivinar ni por asomo si su futura consorte era jorobada o no, regordita o delgada, paticorta o zanquilarga; la época «moral», sin embargo, en absoluto consideraba prohibido el fortalecer artificialmente el pelo, los pechos u otras partes del cuerpo, con el fin de engañar al ojo y adaptarse al ideal general de belleza. Cuanto más deseaba una mujer parecer una «dama», tanto menos se debían reconocer sus formas naturales; en el fondo, la moda, con su deliberado axioma, no hacía otra cosa que servir a la tendencia general de la moral de la época, cuya preocupación principal se centraba en tapar y esconder.

Pero esta moral olvidaba por completo que, cuando se cierra una puerta al diablo, éste suele forzar la entrada por la chimenea o por una puerta trasera. Lo que hoy, a nuestra mirada libre de prejuicios, llama la atención en esas ropas que pretendían tapar desesperadamente todo vestigio de piel desnuda, no es su moralidad, sino, al contrario, cuán penosa y provocativamente ponía de relieve la polaridad de los sexos. Mientras que los chicos y las chicas de nuestra época, todos altos y delgados, todos sin pelo en la cara y con la cabellera , corta, se adaptan los unos a los otros como buenos compañeros en lo que al aspecto externo se refiere, en aquella otra época los sexos se distanciaban lo más posible el uno del otro. Los hombres exhibían barbas largas o, al menos, unos ufanos bigotes retorcidos hacia arriba, como atributo de su masculinidad visible desde lejos, mientras que en la mujer, el corsé ostensiblemente ponía de manifiesto su característica más femenina: los pechos. Se exageraba la importancia del llamado sexo fuerte frente al débil también en la actitud que se les exigía: el hombre, enérgico, caballeroso y agresivo; la mujer, tímida, pudorosa y defensiva; cazador y presa, en vez de una relación de igual a igual. A causa de esta antinatural tensión entre los dos sexos en cuanto al comportamiento exterior, también había que reforzar la tensión interior entre los dos polos, es decir, el erotismo, y así, gracias al método tan poco psicológico de la ocultación y el silencio, la sociedad de entonces logró justo lo contrario: ya que a su miedo eterno y su beatería los seguía constantemente el rastro de la inmoralidad-en todas las formas de la vida: la literatura, el arte y la vestimenta, y todo para evitar provocaciones-, en realidad se veía impelida a pensar en lo inmoral prematuramente. Como investigaba sin cesar qué podía ser indecente, se encontraba en estado de vigilancia constante; al mundo de entonces le parecía que la «decencia» corría siempre un peligro mortal: en cada gesto, en cada palabra.

Quizás hoy se puede llegar a entender todavía que en aquella época se considerase delito el que una mujer llevara pantalones para jugar o practicar algún deporte. Pero, ¿cómo hacer entender la beatería histérica de prohibir a una dama que se llevase a la boca la palabra «pantalones»? Si por alguna razón la mujer tenía que mencionar la existencia de un objeto tan peligroso para los sentidos como lo son unos pantalones masculinos, debía escoger entre la inocente «calzones» o la denominación evasiva, expresamente inventada para la ocasión, de «los inefables». El que, por ejemplo, una pareja de jóvenes de la misma clase social pero de distinto sexo pudiese salir de excursión sola, sin carabina, era del todo impensable... o, mejor dicho, lo primero que pensaba la gente era que podía «pasar» algo. Semejante encuentro era del todo permisible siempre y cuando algún guardián, madre o institutriz, acompañase a los jóvenes en todo momento. Que las chicas jugaran a tenis con vestidos sin mangas o que no les llegaran hasta los pies, hubiese sido escandaloso, incluso en pleno verano, y si una mujer de buenas costumbres cruzaba las piernas en una reunión social, la «moral» lo consideraba terriblemente indecente, pues con este movimiento, por debajo del dobladillo del vestido, podían quedarle al descubierto los tobillos. Ni siquiera a los elementos de la naturaleza, el sol, el agua y el viento, les estaba permitido tocar la piel desnuda de la mujer. Era un martirio nadar en el mar con pesados vestidos que tapaban el cuerpo desde el cuello hasta los talones; en los internados y conventos, las chicas tenían que bañarse con largas camisas blancas para hacerles olvidar que tenían un cuerpo. No es una leyenda ni una exageración cuando se dice que del cuerpo de las mujeres que morían de viejas, nadie, excepto el tocólogo, el marido y la amortajadora, había visto ni los hombros ni las rodillas. Todo eso hoy, al cabo de cuarenta años, parece un cuento o una humorada. Pero ese temor a todo lo corporal y natural realmente había penetrado en todas las capas sociales, desde las superiores hasta las inferiores, con la fuerza de una verdadera neurosis. Y es que, ¿es posible imaginarse hoy que a finales de siglo, cuando las primeras mujeres osaron montar en bicicleta o a caballo a horcajadas, los campesinos les arrojaron piedras por atrevidas? ¿O que en una época en que yo todavía iba a la escuela, los periódicos de Viena dedicaran columnas y más columnas a debatir la propuesta-toda una novedad-de que las bailarinas de la Ópera bailaran sin medias de malla? ¿Y que constituyese una conmoción sin precedentes el que Isadora Duncan, en sus danzas, que eran de lo más clásico, bajo la túnica blanca-que por suerte se le arremolinaba alrededor del cuerpo hasta abajo del todo-, en vez de los habituales zapatitos de seda enseñara por primera vez las plantas desnudas de los pies? Imaginémonos ahora a jóvenes que se educaron en esa época de mirada vigilante y cuán ridículos les debieron de parecer tales temores por la decencia siempre amenazada, cuando se dieron cuenta de que el velo de moralidad que se quería colgar misteriosamente alrededor de todas estas cosas era en realidad transparente y lleno de desgarrones y agujeros. Al fin y al cabo, no se podía evitar que alguno de los , cincuenta alumnos de bachillerato tropezara con algún profesor suyo en una de aquellas callejuelas oscuras o que en el círculo familiar oyese que fulano o mengano, que actuaba de una manera muy digna de respeto delante de todos, llevaba unos cuantos pecados en la conciencia. En realidad, nada estimulaba y acrecentaba tanto nuestra curiosidad como aquella técnica chapucera de la ocultación; y puesto que no querían dejar que lo natural siguiera su curso libre y abiertamente, en una gran ciudad, la curiosidad se procuraba salidas subterráneas y no siempre demasiado limpias. A causa de esta represión entre los jóvenes, en todos los estratos sociales se percibía una sobreexcitación subterránea que repercutía en ellos de forma infantil y desvalida. Apenas quedaba una valla o un retrete que no hubiesen sido pintarrajeados con palabras y dibujos indecentes; apenas había una piscina donde las paredes de madera que daban a las instalaciones para mujeres no hubiesen sido perforadas por los llamados voyeurs. Industrias enteras, que ahora ya se han ido a pique desde que las costumbres se han hecho más naturales y normales, iban viento en popa a escondidas, sobre todo las de fotografías de mujeres desnudas que los vendedores ambulantes ofrecían a los adolescentes por debajo de las mesas de cualquier fonda. O las que producían literatura pornográfica sous le manteau (ya que la literatura seria obligatoriamente debía ser idealista y prudente): libros de la peor clase, impresos en papel malo, escritos en una lenguaje pésimo y, sin embargo, con gran aceptación, así como revistas «picantes», repugnantes y obscenas, como hoy ya no se encuentran. Al lado del Hoftheater, creado para servir al ideal de la época con toda su nobleza y pureza nívea, había teatros y cabarets que servían exclusivamente a la obscenidad más vulgar; por doquier la inhibición se procuraba rodeos, extravíos y escapes. Y así, aquella generación, a la que se le prohibía hipócritamente cualquier clase de iniciación y cualquier contacto natural y sin prejuicios con el otro sexo, en el fondo estaba mejor dispuesta a lo erótico que los jóvenes de hoy con su libertad sexual. Y es que sólo lo que no se tiene estimula el apetito, sólo lo que está prohibido incita el deseo, y cuantas menos cosas veían los ojos y oían las orejas, tanto más fantaseaba el pensamiento. Cuanto menos contacto se permitía tener al cuerpo con el aire, la luz y el sol, tanto más hervían los sentidos. En suma, aquella presión social sobre nuestra juventud, en vez de infundirnos una moralidad más elevada, sólo provocó en todos nosotros desconfianza e irritación hacia todas aquellas instancias.

Desde el día en que despertamos, sentimos instintivamente que, con su silencio y ocultación, esa falsa moral nos quería quitar algo que en justicia pertenecía a nuestra edad y que sacrificaba nuestros deseos de probidad a una convención que se había vuelto falsa hacía tiempo.

Pero dicha «moral social», que, por un lado, daba por hecho la existencia de la sexualidad y de su desarrollo natural en privado y, por otro, no quería reconocerla bajo ningún concepto en público, era doblemente engañosa. Porque, si tratándose de los muchachos cerraba un ojo y con el otro les animaba incluso con guiños a «correrla», como se solía decir en el argot familiar burlesco pero bienintencionado de la época, por lo que a las chicas se refiere cerraba miedosamente los dos ojos y se hacía la ciega. El que un hombre sintiera impulsos sexuales y le fuera lícito sentirlos, incluso la convención tenía que reconocerlo tácitamente. Pero el que una mujer pudiera igualmente estar sometida a esa clase de impulsos, el que la creación necesitara para sus propósitos eternos también una polaridad femenina, y que ello se confesara abiertamente habría atentado contra el concepto de la «santidad de la mujer». Y así, en la época prefreudiana, se había impuesto como un axioma el acuerdo de que una persona del sexo femenino no tenía ninguna clase de deseo físico, a no ser que fuera despertado por el hombre, lo cual, huelga decirlo, oficialmente sólo estaba permitido en el matrimonio. Ahora bien, puesto que el ambiente, sobre todo en Viena, también en aquella época de moralidad estaba cargado de peligrosos gérmenes de infección erótica, una muchacha de buena familia tenía que vivir en una atmósfera totalmente esterilizada desde su , nacimiento hasta el día en que bajaba del altar nupcial con su marido. Para proteger a las muchachas, no se las perdía de vista ni por un instante. Se les asignaba una institutriz que tenía que velar para que, Dios nos libre, no dieran un solo paso fuera de casa sin protección; las acompañaban a la escuela, a las clases de baile y de música, y también iban a recogerlas. Se controlaba todos los libros que leían y, por encima de todo, se las mantenía en actividad constante para distraerlas de posibles pensamientos peligrosos. Tenían que estudiar piano, canto, dibujo, idiomas extranjeros, historia del arte e historia de la literatura; las instruían e hiperinstruían. Sin embargo, mientras se afanaban por hacerlas socialmente tan cultas y bien educadas como fuera posible, al propio tiempo se cuidaban celosamente de que quedaran in albis respecto a todo lo natural (cosa para nosotros incomprensible hoy en día). Una muchacha de buena familia no debía tener ni la más mínima idea de cómo estaba formado el cuerpo de un hombre, no debía saber cómo vienen al mundo los niños, y todo porque el angelito tenía que llegar al matrimonio no sólo con el cuerpo intacto, sino también con el espíritu «puro».

Decir de una chica que estaba «bien educada» equivalía en aquellos tiempos a decir que era completamente ajena a la vida real; y algunas mujeres de aquella época vivieron toda su vida sumidas en esa enajenación. Todavía hoy me divierte la historia grotesca de una tía mía que, en la noche de bodas, compareció de nuevo en casa de sus padres, a la una de la madrugada, y armó un escándalo afirmando que no quería volver a ver nunca más al monstruo con el que se había casado, que era un loco y un demonio, porque había intentado, en serio, desnudarla. A duras penas había podido salvarse de tamaña exigencia, evidentemente enfermiza.

Con todo, no puedo ocultar que, por otro lado, esta ignorancia confería un encanto misterioso a las muchachas de entonces. Esas criaturas tiernas, recién salidas del cascarón, presentían que al lado y detrás de su mundo había otro del que nada sabían ni les estaba permitido saber, y esto las volvía curiosas, llenas de anhelos e ilusiones y cautivadoramente desconcertadas. Cuando alguien las saludaba por la calle, se ruborizaban. ¿Existen todavía hoy muchachas que se ruboricen? Cuando estaban en grupo, solas, soltaban risitas tímidas, cuchicheaban por lo bajinis y se reían sin cesar, como si estuvieran un poco achispadas.

Llenas de expectativas ante todo lo que ignoraban y de lo cual estaban excluidas, se imaginaban una vida romántica, pero a la vez les daba vergüenza que alguien pudiera descubrir hasta qué punto anhelaba caricias su cuerpo, del que nada preciso sabían. Una especie de vaga confusión turbaba su porte en todo momento. Caminaban de modo distinto que las chicas de hoy, de cuerpos fortalecidos por el deporte, que se mueven entre los chicos con desenvoltura y naturalidad como entre iguales; tras unos pasos, por el modo de andar y de comportarse, se podía distinguir entonces a una muchacha de una mujer que ya había conocido hombre. Eran más niñas que las muchachas de hoy, y menos mujeres, parecidas en su naturaleza a la fragilidad exótica de las plantas de invernadero cultivadas en casas de cristal, en una atmósfera con exceso de calor artificial y protegidas de cualquier soplo de viento pernicioso: el producto primorosamente cultivado de una educación y una cultura determinadas.

Pero así es como la sociedad de entonces quería a las muchachas: necias y desinformadas, bien educadas e ignorantes, curiosas y vergonzosas, inseguras e inútiles, marcadas desde el principio por una educación ajena a la vida, para que después se dejaran llevar abúlicamente al matrimonio y se dejaran modelar por el hombre. La moral parecía protegerlas como símbolo de su ideal más secreto, como símbolo de la honestidad femenina, de la virginidad, de la espiritualidad. Pero ¡qué tragedia después, si una de esas muchachas llegaba tarde y a los veinticinco o treinta años todavía no se había casado! Y es que la convención, despiadada, exigía que la muchacha de treinta años también se mantuviera , íntegra, en ese estado de inexperiencia, inapetencia e ingenuidad que ya era impropio de su edad, por amor a la «familia» y a la «moral». Pero entonces la imagen tierna solía volverse una caricatura mordaz y cruel. La muchacha soltera se convertía en «chica para vestir santos» y la chica para vestir santos en «solterona», blanco de las burlas triviales de las revistas satíricas. Quien hoy eche un vistazo a una colección antigua de Hojas volantes o cualquier otro periódico humorístico de la época, encontrará con horror en cada número las burlas más estúpidas sobre solteras maduras que, con los nervios deshechos, no saben disimular su necesidad de amor, tan natural por otra parte. En vez de reconocer la tragedia que se consumaba en sus vidas sacrificadas, de reconocer que tenían que reprimir las exigencias de la naturaleza, el deseo de amor y maternidad a causa de la familia y del buen nombre, se las escarnecía con una falta de comprensión que hoy nos repugna. Pero una sociedad es siempre más cruel con quienes la traicionan y revelan sus secretos, cuando por hipocresía se comete un sacrilegio contra la naturaleza.

Si bien la convención burguesa de entonces trataba desesperadamente de mantener la ficción de que una mujer de la «buena sociedad» no tenía ni podía tener sexualidad mientras no se casara (cualquier otra cosa la convertía en «persona inmoral», una outcast de la familia), se veía obligada sin embargo a reconocer la existencia de los impulsos sexuales en el joven. Como la experiencia enseñaba que no se podía evitar que, en su época de la pubertad, los chicos practicaran su vita sexualis, la sociedad se limitaba discretamente a esperar a que diesen curso a sus placeres indignos extra muros de los usos santificados. Así como las ciudades, con sus comercios lujosos y sus paseos elegantes, esconden, bajo sus casas limpias y barridas, canalizaciones subterráneas a las que se desvía la suciedad de las cloacas, así también toda la vida sexual de los jóvenes debía transcurrir invisible bajo la superficie moral de la «sociedad». No importaban los peligros a los que se exponía el joven ni los ambientes que frecuentaba, y tanto la familia como la escuela se resistían, por miedo, a instruir al joven en este aspecto. Sólo de vez en cuando se dieron casos, en los últimos años, de algunos padres previsores o, como se decía entonces, de «mentalidad liberal», que en cuanto el hijo mostraba las primeras señales de barba incipiente, trataban de ayudarle a seguir el buen camino. Llamaban al médico de cabecera, quien, en el momento oportuno, hacía entrar al joven en una habitación, se limpiaba detenidamente las gafas antes de empezar su conferencia sobre los peligros de las enfermedades venéreas y recomendaba al joven (el cual a esas alturas ya se había instruido por su cuenta) que fuese moderado y no descuidase las medidas de precaución. Otros padres recurrían a un procedimiento todavía más singular: contrataban a una criada guapa para la misión de instruir prácticamente al chico, pues consideraban que era mejor que despachara este enojoso asunto bajo su propio techo, con lo cual se guardaba el decoro de puertas afuera y, además, se evitaba el peligro de que el hijo cayera en manos de cualquier «persona redomada». Existía, empero, un método de iniciación que seguía siendo mal visto y, por tanto, excluido por todas las instancias y en todas sus formas: el método de hablar pública y francamente del tema.

A la vista de todo esto, ¿qué posibilidades tenía un joven del mundo burgués? En todos los demás estamentos sociales, los llamados inferiores, el problema no era ningún problema.

En el campo, el mozo de diecisiete años ya dormía con una sirvienta y, si la relación traía consigo consecuencias, no se le daba mayor importancia. En la mayoría de nuestros pueblos alpinos el número de hijos ilegítimos superaba en mucho al de los legítimos. En el mundo , proletario, a su vez, el obrero vivía con una obrera «en concubinato» antes de poder casarse.

Entre los judíos ortodoxos de Galitzia la novia era conducida a casa del novio de diecisiete años, es decir, un muchacho que apenas había llegado a la edad núbil, el cual a los cuarenta ya podía ser abuelo. Sólo en nuestra sociedad burguesa estaba mal visto el verdadero remedio, el matrimonio precoz, porque ningún padre habría confiado a su hija a un muchacho de veintidós o veinte años, ya que un hombre tan «joven» no era considerado lo bastante maduro.

También en este caso se ponía de manifiesto una falacia interna, puesto que el calendario burgués no coincidía en absoluto con el de la naturaleza. Mientras que para la naturaleza el joven era núbil a los dieciséis o diecisiete años, para la sociedad lo era cuando había conseguido crearse una «posición social», es decir, difícilmente antes de los veinticinco o veintiséis años. Así, pues, se producía un intervalo artificial de seis, ocho o diez años entre la edad viril real y la social, durante el cual el joven tenía que procurarse sus propias «ocasiones» o «aventuras».

En este sentido, la época no le ofrecía muchas posibilidades. Pocos chicos, y aun sólo los muy ricos, podían permitirse el lujo de «mantener» a una querida, es decir, proporcionarle casa y sufragar sus gastos. Y sólo algunos especialmente afortunados podían hacer realidad el amor ideal de la literatura de entonces (el único que estaba permitido describir en las novelas): la relación con una mujer casada. Los demás solían recurrir a camareras o dependientas, algo que daba pocas satisfacciones interiores. Y es que en aquella época, anterior a la emancipación de la mujer y a su participación activa e independiente en la vida pública, sólo las muchachas del origen proletario más humilde tenían, por un lado, bastante falta de escrúpulos y, por otro, bastante libertad como para mantener estas relaciones pasajeras sin propósito serio de matrimonio. Mal vestidas, exhaustas tras una jornada de doce horas, miserablemente pagadas, descuidadas higiénicamente (en aquellos tiempos un cuarto de baño era privilegio de familias ricas) y educadas en un círculo muy cerrado, esas pobres criaturas se hallaban tan por debajo del nivel de sus amantes, que la mayoría de ellos se avergonzaban de que los vieran en público en su compañía. Es cierto que, para poner remedio a esta situación molesta, la convención, previsora, había tomado medidas especiales, las llamadas chambres séparées, donde se podía cenar con una chica sin ser visto, y el resto se despachaba en los hoteles de las oscuras callejuelas, dedicados exclusivamente a este negocio.

Pero tales encuentros debían ser fugaces y no tenían nada de bello, había en ellos más sexualidad que eros, porque siempre se llevaban a cabo deprisa y a escondidas, como una cosa prohibida. De todos modos, existía también la posibilidad de relación con una de aquellas criaturas anfibias que se encontraban mitad fuera y mitad dentro de la sociedad, actrices, bailarinas y artistas, las únicas mujeres «emancipadas» de la época. Pero, en general, la base de la vida erótica de entonces fuera del matrimonio seguía siendo la prostitución; representaba en cierto modo la oscura bóveda subterránea sobre la cual se levantaba, con una fachada deslumbrante e inmaculada, el suntuoso edificio de la sociedad burguesa.

La generación actual apenas tiene idea de la enorme expansión de la prostitución en Europa hasta la Guerra Mundial. Mientras que hoy es tan raro tropezar con prostitutas como con caballos en las calles de las grandes ciudades, antaño las aceras estaban tan salpicadas de mujeres de la vida, que resultaba más difícil esquivarlas que encontrarlas. A eso se añadían también las numerosas «casas de tolerancia», los locales nocturnos, los cabarets, los dancings con sus bailarinas y cantantes, los bares con sus animadoras. Se ofrecía mercancía femenina a todas horas y a cualquier precio, y cabe decir que a un hombre le costaba tan poco tiempo y , esfuerzo comprar a una mujer para un cuarto de hora, una hora o una noche como un paquete de tabaco o un periódico. En mi opinión, nada corrobora tanto la mayor sinceridad y naturalidad de las formas de vida y de amor actuales como el hecho de que a los jóvenes de hoy les haya resultado posible y casi obvio privarse de estas instituciones antaño imprescindibles y que no hayan sido la policía ni las leyes los que han hecho retroceder la prostitución en nuestro mundo, sino que ese trágico producto de una pseudomoral se haya liquidado por sí mismo, hasta quedar reducido a unos escasos restos a causa de la disminución de la demanda.

La posición oficial del Estado y de su moral respecto de este oscuro asunto nunca fue cómoda. Desde el punto de vista moral nadie se atrevía a otorgar abiertamente a una mujer el derecho a venderse; desde el punto de vista higiénico, en cambio, no se podía prescindir de la prostitución, ya que canalizaba la enojosa sexualidad extramatrimonial. Así, pues, las autoridades trataban de ayudar con un cierta ambigüedad, creando una división entre la prostitución clandestina, que el Estado combatía por inmoral y peligrosa, y la prostitución permitida, a la que proveía de una especie de licencia profesional y gravaba con impuestos. Si una muchacha decidía hacerse prostituta, recibía un permiso especial de la policía y un documento que lo certificaba. Sometiéndose a controles de la policía y cumpliendo con la obligación de pasar un examen médico dos veces por semana, obtenía el derecho profesional de alquilar su cuerpo al precio que se le antojara. Su oficio era reconocido como uno más entre otros, pero (he aquí el inconveniente de la moral) no del todo reconocido. Por ejemplo, si una prostituta vendía a un hombre su mercancía, esto es, su cuerpo, y luego él se negaba a pagarle el precio convenido, ella no podía demandarlo. De golpe y porrazo su reclamación (por turpem causa, como alegaba la ley) se convertía en inmoral y no contaba con la protección de las autoridades.

Ya en estos detalles se veía la contradicción en un modo de pensar que, por un lado, clasificaba a esas mujeres dentro de un gremio autorizado oficialmente, pero, por el otro, las colocaba individualmente como outcasts fuera del derecho común. Sin embargo la verdadera hipocresía consistía en manipularlo todo diciendo que tales restricciones sólo eran válidas para las clases más pobres. Una bailarina de ballet, que en Viena cualquier hombre podía tener a cualquier hora por doscientas coronas con la misma facilidad que a una prostituta de la calle por dos, no necesitaba, por supuesto, ninguna licencia profesional; las cortesanas incluso eran mencionadas en los periódicos, en las crónicas de las carreras de caballos o derbis, entre los asistentes de postín, precisamente porque pertenecían a la «sociedad». Asimismo, algunas de las intermediarias más distinguidas que proporcionaban mercancía de lujo a la corte, la aristocracia y la burguesía rica, actuaban al margen de la ley, que, dicho sea de paso, castigaba con duras penas de prisión la alcahuetería. La disciplina férrea, el control despiadado y la proscripción social sólo se aplicaban dentro del ejército de miles y miles de mujeres que con sus cuerpos y sus almas humilladas tenían que defender un concepto de la moral caduco y carcomido frente a las formas de vida libres y naturales.

Este inmenso ejército de la prostitución se dividía en varias categorías (del mismo modo que los ejércitos reales se dividen en distintos cuerpos, como la caballería, la artillería de campaña, la infantería y la artillería de plaza). En el mundo de la prostitución, a la artillería de plaza correspondía en primer lugar el grupo que tenía ocupadas determinadas calles de la ciudad, su cuartel general. Eran principalmente los lugares donde en otros tiempos, la Edad , Media, se había levantado la horca o una leprosería o un cementerio, y donde buscaban refugio las prostitutas no registradas, los verdugos y otros proscritos sociales; lugares, pues, que desde hacía siglos la burguesía prefería evitar. Las autoridades permitieron ahí algunas calles como mercado del amor; puerta con puerta, como en el Yoshiwara del Japón o en el Mercado de Pesaco de El Cairo, todavía en el siglo XX doscientas o quinientas mujeres, sentadas una al lado de otra, estaban expuestas en las ventanas de casas de planta baja: mercancía barata que trabajaba en dos turnos, el de día y el de noche.

A la caballería o a la infantería correspondía la prostitución ambulante: las numerosas chicas venales que buscaban clientes por las calles. En Viena, en general, se las llamaba «chicas de la rayita», porque la policía les señalaba con una raya invisible la parte de la acera que podían utilizar para sus fines publicitarios; de día y de noche, hasta el amanecer, arrastraban una falsa elegancia, comprada a duras penas, tanto si nevaba como si llovía, forzando la cara mal maquillada y ya cansada a una sonrisa seductora dedicada a todos los transeúntes. Hoy todas las ciudades me parecen más hermosas y humanas desde que ya no pueblan sus calles esos tropeles de mujeres hambrientas y tristes que ofrecían placer sin placer y que en su andar interminable de esquina a esquina terminaban siguiendo todas el mismo camino inevitable: el camino del hospital.

Pero tampoco bastaban masas semejantes para el consumo permanente. Los había que querían algo más cómodo y discreto que correr por las calles en busca de estos murciélagos revoloteantes o tristes pájaros del paraíso. Querían el amor más a sus anchas: con luz y calor, con música y baile y una apariencia de lujo. Para tales clientes existían las «casas de tolerancia», los burdeles. Allí, en un pretendido «salón» adornado con falso lujo, se reunían las chicas vestidas en parte con ropajes de dama elegante y en parte con negligés inequívocos.

Un pianista proporcionaba el entretenimiento musical, las parejas bebían, bailaban y conversaban antes de retirarse discretamente a un dormitorio; en muchas de esas casas, las más elegantes, sobre todo de París y de Milán, las que gozaban de una cierta fama internacional, un alma cándida podía caer en la ilusión de haber sido invitada a una casa particular con damas de la sociedad un poco traviesas. Visto desde fuera, las chicas de esas casas lo tenían mejor que las que deambulaban por las calles. No tenían que andar arriba y abajo, con el viento y la lluvia, por callejuelas embarradas, sino que esperaban en habitaciones calientes, llevaban buenos vestidos, comían en abundancia y, sobre todo, bebían en abundancia. Sin embargo, en realidad eran prisioneras de sus patronas, que las obligaban a comprarse aquellos vestidos a precios de usura y hacían tales malabarismos con los precios de la pensión, que incluso la muchacha más aplicada y resistente vivía siempre en una especie de prisión por deudas y no podía abandonar nunca la casa por propia voluntad.

Escribir la historia secreta de algunas de esas casas sería apasionante, y también fundamental como documento cultural de la época, porque albergaban secretos de lo más singular, aunque de sobra conocidos, desde luego, por las autoridades, normalmente tan estrictas. Existían puertas secretas y escaleras especiales por las que podían entrar miembros de la sociedad más selecta y, según dicen, también de la corte, sin que fueran vistos por los demás mortales. Había habitaciones con espejos y otras desde las cuales se podía mirar a escondidas las habitaciones contiguas, donde las parejas se recreaban sin sospechar nada.

Había disfraces, desde hábitos de monja hasta ropa de bailarina, encerrados en baúles y cofres para fetichistas especiales. Y era la misma ciudad, la misma sociedad y la misma moral que se indignaban cuando las muchachas montaban en bicicleta, que manifestaban que era una vergüenza para la dignidad de la ciencia el que Freud, a su manera tranquila, clara y penetrante, expusiera verdades que no querían admitir. El mismo mundo que defendía tan , patéticamente la pureza de la mujer toleraba esa horrible venta del propio cuerpo, la organizaba e incluso sacaba provecho de ella.

No nos dejemos, pues, inducir a error por la novelas y las historietas sentimentales de aquella época; fue una mala época para los jóvenes, los cuales tenían a las chicas herméticamente separadas de la vida y bajo el control de la familia, frenadas en su libre desarrollo físico y mental; una época que empujaba a los muchachos a secretos y disimulos por culpa de una moral que, en el fondo, nadie creía ni seguía. Las relaciones francas, sin prejuicios, lo que por ende para los jóvenes hubiese debido significar precisamente goce y felicidad según la ley natural, eran las peor toleradas. Y si alguien de aquella generación quisiera recordar con honradez sus primeros encuentros con mujeres, hallará pocos episodios en los que pueda pensar realmente con serena alegría, pues, además de la presión social, que obligaba a ir siempre con cuidado y a disimular, otro elemento ofuscaba el alma después y durante los momentos más efusivos: el miedo a la infección. También en este aspecto, la juventud de entonces salió perjudicada en comparación con la de hoy, porque no hay que olvidar que, cuarenta años atrás, las enfermedades venéreas eran cien veces más corrientes que hoy y, sobre todo, tenían consecuencias cien veces más peligrosas y tremendas, puesto que la medicina de entonces no sabía aún como tratarlas. No existía todavía la posibilidad científica de curarlas de un modo tan rápido y radical como hoy; en las clínicas universitarias, pequeñas y medianas, gracias a la terapia de Paul Ehrlich, a menudo transcurren semanas sin que el profesor pueda mostrar a los estudiantes un caso reciente de infección de sífilis; antes, las estadísticas del ejército y de las grandes ciudades mostraban que de cada diez jóvenes uno o dos por los menos eran víctimas de infecciones. Se advertía constantemente a los jóvenes del peligro; si uno andaba por las calles de Viena, podía leer sobre la fachada de una de cada seis o siete casas el letrero de «Especialista en enfermedades de la piel y venéreas», y al miedo a la infección encima se añadía el horror ante la forma enojosa y degradante de las curas de entonces, de las que el mundo de hoy tampoco sabe nada. Durante semanas y semanas el cuerpo entero de un infectado de sífilis era frotado con mercurio, algo que, a su vez, arrastraba otras consecuencias: se le caían las muelas y padecía otros males; la infortunada víctima de una casualidad fatal se sentía, pues, no sólo anímica, sino también psíquicamente sucia, y ni siquiera después de una de aquellas curas horribles podía el afectado estar seguro a lo largo de toda su vida de si el pérfido virus no despertaría de nuevo en su cápsula y, desde la médula espinal, no le paralizaría los miembros y le ablandaría el cerebro. No es extraño, pues, que muchos jóvenes de entonces, en cuanto se enteraban del diagnóstico, echaran mano del revólver, pues les resultaba insoportable el sentimiento de ser sospechosos, ante sí mismos y ante los familiares más próximos, de padecer una enfermedad incurable. A eso se añadían las demás preocupaciones de una vita sexualis practicada siempre a escondidas. Trato de ser fiel a mi memoria y apenas recuerdo a un solo compañero de mis años de juventud que no hubiera aparecido alguna vez con la cara pálida y la mirada alterada: fulano, porque estaba enfermo o temía enfermar; mengano, porque lo chantajeaban con un aborto; zutano, porque no tenía dinero para un tratamiento sin que se enterara la familia; el cuarto, porque no sabía cómo pagar los alimentos de un hijo que le endosaba una camarera; el quinto, porque le habían robado la cartera en un burdel y no se atrevía a denunciarlo. Mucho más dramática, y por otro lado menos limpia, mucho más tensa y a la vez opresiva era, pues, la juventud de aquella época pseudomoral, de lo que nos describen sus poetas de la corte. Al igual que en la escuela y en casa, tampoco en la esfera del eros se concedía a los jóvenes la libertad y la felicidad a las que estaban destinados por su edad.

, Era necesario resaltar todo esto en un cuadro fiel de la época porque muchas veces, cuando hablo con compañeros más jóvenes, de la generación de posguerra, tengo que convencerlos casi a la fuerza de que nuestra juventud, en comparación con la suya, no se hallaba en absoluto en una situación privilegiada. Cierto que, como ciudadanos, gozamos de más libertad que la generación actual, que está obligada a prestar el servicio militar, el servicio social y, en algunos países, a profesar ideologías de masas, una generación que, en resumidas cuentas, ha sido entregada a la arbitrariedad de una estúpida política mundial.

Podíamos dedicarnos sin trabas a nuestro arte predilecto, seguir nuestras inclinaciones intelectuales, moldear nuestra vida privada de un modo más individual y personal. Podíamos vivir más a lo cosmopolita, el mundo entero se abría ante nosotros. Podíamos viajar sin pasaporte ni permiso adonde nos diera la gana, nadie nos examinaba por razón de ideología, raza, origen o religión. Teníamos en verdad-y no lo niego en absoluto-inmensamente más libertad individual y no sólo la amábamos, sino que también la utilizábamos. Como muy bien dijo en cierta ocasión Freidrich Hebbel: «Cuando no nos falta el vino, nos falta la copa.» Rara vez una misma generación ha tenido ambas cosas; cuando la moral concede libertad al hombre, entonces es el Estado quien lo coacciona; si el Estado le da libertad, es la moral la que intenta moldearlo. Vivíamos el mundo más y mejor, pero los jóvenes de hoy viven su juventud más intensa y conscientemente. Cuando hoy veo a muchachos saliendo de escuelas y colegios, cuando los veo juntos, chicos y chicas, en una camaradería franca y despreocupada, sin falsa timidez ni pudor, en las aulas, practicando deportes y jugando, lanzándose a toda velocidad por la nieve sobre esquís, compitiendo en la piscina con la libertad de los antiguos, corriendo por el país en automóvil por parejas, hermanados en todas las formas de una vida sana y despreocupada, sin cargas interiores ni exteriores, cada vez tengo la impresión de que han transcurrido no cuarenta sino mil años entre ellos y nosotros, nosotros, que para dar y recibir amor teníamos que buscar siempre las sombras y los escondites. Con la mirada llena de sincero gozo, me doy cuenta de la tremenda revolución de costumbres que se ha producido en favor de los jóvenes, de cuánta libertad en la vida y en el amor han recuperado y de hasta qué punto esta nueva libertad los ha curado física y anímicamente; las mujeres me parecen más bellas desde que les está permitido mostrar libremente sus formas; su manera de caminar, más erguida; sus ojos, más claros; su conversación, menos artificial. Cuán distinta es la seguridad de la que se ha apropiado esta nueva juventud, que no tiene que rendir cuentas de sus actos a nadie excepto a ella misma y a su sentido de la responsabilidad, que se ha zafado del control de madres y padres, tías y maestros y que, desde hace mucho tiempo, ya no es capaz de imaginarse las inhibiciones, las intimidaciones y las tensiones con que nos agobió nuestra educación; una juventud que ya no conoce los rodeos y los disimulos con los que nosotros teníamos que conseguir-a escondidas, como algo prohibido-lo que ella considera, y con razón, su derecho propio. Afortunadamente, disfruta de su edad con el entusiasmo, el frescor, la alegría y la despreocupación que le son propios. Pero la felicidad más bella dentro de esta felicidad suya radica, a mi entender, en el hecho de que no se ve en la necesidad de mentir ante los demás, sino que puede ser sincera consigo misma y con sus deseos naturales.

Puede que, a causa de la despreocupación con la que van por la vida los jóvenes de hoy, les falte un poco de respeto por las cosas del espíritu que animaban nuestra juventud. Puede que, a fuerza de encontrar tan natural ese dar y recibir, hayan perdido bastantes cosas del amor que a nosotros nos parecían especialmente valiosas y atractivas, muchas inhibiciones secretas de timidez y pudor, mucha ternura en el afecto. Quizá ni siquiera se imaginan hasta qué punto los escalofríos de lo prohibido acrecientan misteriosamente el placer. Pero todo eso me parece insignificante ante el cambio liberador que representa el que los jóvenes de hoy estén exentos de miedos y depresiones y gocen plenamente de lo que en aquellos años nos era negado: el sentimiento de libertad y de seguridad en uno mismo.

FIN

 


 

EL MUNDO DE AYER,

MEMORIAS DE UN EUROPEO IV

STEFAN ZWEIG

 

«UNIVERSITAS VITAE»

Por fin llegó el momento largo tiempo deseado en que, junto con el último año del siglo, cerramos también detrás de nosotros la puerta del odiado instituto. Tras el examen final, aprobado a duras penas (porque, ¿qué sabíamos de matemáticas, física y las materias escolásticas?), el director nos obsequió con un discurso vibrante a todos los presentes, ataviados con levitas negras para tal solemne ocasión. Nos dijo que ya éramos adultos y teníamos que honrar a la patria con eficiencia y aplicación. Así se rompió una camaradería de ocho años; a partir de entonces han sido pocos los compañeros de galeras a los que he vuelto a ver. La mayoría nos matriculamos en la universidad y nos miraron con envidia los que debían conformarse con otras profesiones y actividades.

Y es que en aquellos tiempos ahora desaparecidos, en Austria, la universidad aún tenía una aureola especial, romántica. Ser estudiante otorgaba ciertas prerrogativas que situaban a los jóvenes académicos muy por encima de sus compañeros de la misma edad. Esta singularidad, anticuada quizás, era poco conocida en países no germánicos, por lo que su absurdidad y su anacronismo exigen una explicación. En su mayoría, nuestras universidades habían sido fundadas en la Edad Media, en una época, pues, en que la dedicación a la ciencia pasaba por ser algo extraordinario y, con el fin de atraer a los jóvenes al estudio, se les concedía ciertos privilegios de clase. Los escolares medievales no estaban sujetos a la justicia ordinaria, no podían ser detenidos ni molestados en sus colegios por los alguaciles, llevaban una indumentaria especial, tenían el derecho a batirse en duelo impunemente y eran reconocidos como un gremio cerrado con sus costumbres y vicios propios. Con el tiempo y la progresiva democratización de la vida pública, cuando todos los demás gremios y corporaciones medievales se disolvieron, en toda Europa se perdió esa situación de privilegio de los académicos; tan sólo en Alemania y en la Austria alemana, donde la conciencia de clase se imponía siempre a la democrática, los estudiantes continuaron aferrados a unos privilegios exentos de sentido desde hacía tiempo e incluso los convirtieron en un código estudiantil propio. El estudiante alemán, además del civil y general, sobre todo se arrogaba una clase especial de «honor»: precisamente el de ser estudiante. Quien le ofendiera tenía que darle «satisfacción», esto es, enfrentársele con armas en un duelo, siempre y cuando se mostrara «capaz de dar satisfacción». Y según esta presuntuosa valoración, no era capaz de dar satisfacción un comerciante o un banquero, por ejemplo, sino sólo alguien con formación académica, un graduado o un oficial: nadie más, entre millones de personas, podía participar en el singular honor de cruzar la espada con uno de esos mozos estúpidos y barbilampiños.

Por otro lado, para ser considerado un estudiante «en toda regla», era necesario haber «demostrado» la propia virilidad, es decir, haber salido airoso de tantos duelos como fuera posible e incluso llevar en la cara, en forma de «cicatrices», las marcas distintivas de tales heroicidades; unas mejillas lisas y una nariz sin marca eran indignas de un auténtico académico germánico. Y así, los estudiantes «de todos los colores», los que pertenecían a una corporación con distintivos de color, se veían obligados sin cesar, a fin de poder «batirse con cuantos más adversarios mejor», a provocarse mutuamente o a provocar a otros estudiantes y oficiales del todo pacíficos. Era en las salas de esgrima de las «corporaciones» donde se inculcaba esta noble y principal actividad a los nuevos estudiantes y, además, se los iniciaba en las costumbres de la asociación. Cada «zorro», es decir, novicio, era confiado a un hermano de la corporación, al que debía obediencia servil y el cual, a cambio, lo adiestraba en las nobles artes de su código de conducta o Komment: beber hasta vomitar, vaciar de un trago y hasta la última gota una jarra grande de cerveza (la prueba de fuego) para así corroborar gloriosamente que uno no era un «blando», o vociferar a coro canciones estudiantiles y escarnecer a la policía marcando el paso de la oca y armando jaleo por las calles de noche.

Todo eso era considerado «viril», «estudiantil» y «alemán», y cuando las corporaciones-con sus gorras y brazales de colores-desfilaban agitando sus banderas en sus «callejeos» de los sábados, esos mozalbetes simplones, llevados por su propio impulso hacia un orgullo absurdo, se sentían los auténticos representantes de la juventud intelectual. Miraban con desprecio a la «plebe», que no sabía apreciar como era debido la cultura académica y la virilidad alemana.

A un pequeño bachiller de provincias que llegaba inexperto a Viena, esa «vida de estudiante», alegre y arrojada, podía quizá parecerle la quintaesencia del romanticismo. Y, de hecho, notarios y médicos de pueblo de edad proyecta levantaban durante años sus ojos achispados hacia las garambainas de colores y las espadas colgadas en la pared en forma de cruz, orgullosos de sus cicatrices, vistas como marcas distintivas de su condición de «académicos». A nosotros, en cambio, esta actividad boba y brutal sólo nos producía asco, y cuando tropezábamos con una de esas hordas con brazales, doblábamos sabiamente la esquina; porque para nosotros, que teníamos por valor máximo la libertad individual, el gusto por la agresividad y a la vez por el servilismo de grupo representaban, con claridad meridiana, lo peor y lo más peligroso del espíritu alemán. Sabíamos, además, que tras ese romanticismo momificado se escondían objetivos prácticos astutamente calculados, puesto que la afiliación a una corporación «duelista» aseguraba a todos sus miembros la protección de los «viejos señores» que ya ocupaban altos cargos y les facilitaban la carrera. De la asociación de los «Borusianos», de Bonn, partía el único camino seguro hacia la carrera diplomática alemana; de las corporaciones católicas de Austria, el camino hacia las buenas prebendas del partido socialcristiano en el poder, y la mayoría de esos «héroes» sabían perfectamente que sus brazales de colores sustituirían en el futuro los estudios serios que ahora descuidaban y también que cuatro cicatrices en la frente podían llegar a ser un día mejor recomendación para un cargo que lo que estaba detrás de ella. La simple visión de aquellas rudas bandas militarizadas y sus caras cortadas, insolentemente provocadoras, me quitó las ganas de visitar los espacios universitarios; también otros estudiantes, deseosos de aprender de veras, evitaban el paraninfo para ir a la biblioteca y preferían entrar por la poco vistosa puerta trasera y así evitar cualquier encuentro con aquellos tristes héroes: En consejo de familia se había acordado desde hacía mucho tiempo que yo estudiaría en la universidad. Pero ¿por qué facultad me decidiría? Mis padres me dejaron escoger con toda libertad. Mi hermano mayor había entrado en la empresa industrial paterna, de modo que no había prisa alguna para el segundón. Al fin y al cabo se trataba de asegurar a la familia un título de doctor, no importaba cuál. Y, por una extraña coincidencia, a mí tampoco me importaba. En realidad yo, que desde hacía tiempo me había consagrado en cuerpo y alma a la literatura, no estaba interesado en ninguna de las ciencias que se enseñaban con vistas a una carrera, incluso albergaba una secreta desconfianza-que hoy todavía no ha desaparecido-hacia toda actividad académica. Para mí el axioma de Emerson, según el cual los buenos libros sustituyen a la mejor universidad, no ha perdido vigencia, y sigo convencido hasta hoy de que se puede llegar a ser un extraordinario filósofo, historiador, filólogo, jurista y cualquier otra cosa sin tener que ir a la universidad, ni siquiera al instituto. Incontables veces he visto confirmado en la vida práctica el hecho de que los libreros de viejo suelen conocer mejor los libros que los mismísimos catedráticos; que los tratantes en arte entienden más que los eruditos; que una buena parte de las iniciativas y los descubrimientos en todos los campos provienen de fuera de la universidad. Por muy práctica, útil y provechosa que pueda ser la actividad académica para los talentos medianos, yo la encuentro superflua para los espíritus creadores, en los que puede incluso tener un efecto contraproducente. Con sus seis o siete mil estudiantes, masificación que impedía de antemano el contacto personal, tan fecundo, entre profesores y alumnos, en una universidad como la nuestra de Viena, que, además, por una fidelidad exagerada a su tradición, había quedado rezagada respecto a su época, no vi a un solo hombre que me hubiera podido fascinar con su ciencia. Por eso el criterio que seguí en mi elección no fue el de ver qué especialidad ocuparía mejor mí espíritu, sino, al contrario, saber cuál me resultaría menos onerosa y me dejaría más tiempo y libertad para mi auténtica pasión. Finalmente me decidí por la filosofía-o, mejor dicho, por la filosofía «exacta», como la llamábamos en Viena, siguiendo el modelo antiguo-, aunque, a decir verdad, no por un sentimiento de vocación interior, puesto que mis capacidades para el puro pensamiento abstracto son muy exiguas. Todos mis pensamientos se forman, sin excepción, en contacto con los objetos, los acontecimientos y las figuras, soy completamente negado para lo puramente teórico y metafísico. De todas formas, el contenido propiamente dicho de la materia era muy reducido y en la filosofía «exacta» era más fácil que en ninguna otra asignatura ahorrarse la asistencia a clases y seminarios. Lo único que hacía falta era presentar una tesis al final del octavo semestre y pasar unos cuantos exámenes. De modo, pues, que me organicé el tiempo de antemano: durante tres años ¡me desentendería por completo de los estudios universitarios! Después, en el último curso, ¡haría un esfuerzo para dominar la materia escolástica y terminaría rápidamente cualquier tesis! En resumidas cuentas, la universidad acabó dándome lo único que quería de ella: unos cuantos años de total libertad para vivir a mi antojo y consagrarme al arte: universitas vitae.

Si repaso mi vida, recuerdo pocos momentos tan felices como los primeros de mi época universitaria sin universidad. Era joven y, por lo tanto, no sentía aún la responsabilidad de tener que hacer algo perfecto. Era bastante independiente, la jornada tenía veinticuatro horas y todas eran mías. Podía leer y hacer lo que quisiera, sin tener que rendir cuentas a nadie; la nube del examen académico aún no enturbiaba el claro horizonte, porque ¡cuán largos son tres años, comparados con el decimonoveno de tu vida! ¡Con qué riqueza, plenitud y exuberancia de sorpresas y obsequios los puedes configurar! Lo primero que hice fue una selección de mis poemas que creí implacable. No me avergüenza confesar que para mí, bachiller de diecinueve años recién salido del instituto, el olor más dulce del mundo, más que la esencia de las rosas de Shiraz, era la de la tinta de imprenta. Cada vez que un periódico cualquiera me aceptaba una poesía, la confianza en mí mismo, débil por naturaleza, recibía un nuevo impulso. ¿Por qué no dar ahora el salto definitivo e intentar publicar un volumen entero? El aliento de mis compañeros, que creían más en mí que yo mismo, resultó decisivo. Tuve la osadía de enviar mi manuscrito justo a la editorial que en aquel momento era la más representativa de la lírica alemana, Schuster & Löffler, editores de Liliencron, Dehmel, Bierbaum, Mombert, la generación que, junto con Rilke y Hofmannsthal, había creado la nueva lírica alemana. Y, ¡oh milagro!, uno tras otro fueron llegando esos momentos inolvidables de felicidad que jamás se vuelven a repetir en la vida de un escritor, ni siquiera después de sus éxitos más grandes: recibí una carta con la marca de imprenta de la editorial y la retuve nervioso en la mano, sin atreverme a abrirla.

Unos segundos después, conteniendo el aliento, leí que la editorial había decidido publicar el libro y que incluso se reservaba los derechos del siguiente. Recibí un paquete con las primeras galeradas que abrí presa de una gran agitación para ver el tipo de letra, la justificación (le las líneas y la forma embrionaria del libro, y más adelante, al cabo de unas semanas, el mismo libro, los primeros ejemplares, que no me cansaba de contemplar, palpar, comparar, una vez y otra y otra. Y, luego, la infantil excursión por las librerías para ver si ya tenían ejemplares en los escaparates, si los habían expuesto en un lugar visible o escondido discretamente en un rincón. Y, luego, la espera de cartas, de las primeras críticas, (le la primera respuesta de lo desconocido, de lo incalculable... todas esas tensiones, emociones y entusiasmos que envidio en secreto a todo joven que lanza su primer libro al mundo. Pero este entusiasmo mío no era sino un enamoramiento a primera vista, en absoluto petulancia. Da testimonio de la opinión que pronto me formé acerca de esos primeros versos el simple hecho de que no sólo no reedité Cuerdas de plata (tal era el título de aquella primera obra olvidada), sino que tampoco incluí ninguno de ellos en mis Poesías completas. Eran versos llenos de un vago presentimiento y de una inconsciente comprensión de sentimientos ajenos que no habían nacido de la propia experiencia, sino de la pasión por el lenguaje. De todas maneras, revelaban una cierta musicalidad y suficiente sentido de la forma como para llamar la atención de círculos interesados, y no me podía quejar de falta de aliento. Liliencron y Dehmel, los poetas líricos más importantes del momento, dedicaron cordiales elogios, ya de colega a colega, al joven de diecinueve años. Rilke, a quien yo tanto idolatraba, para corresponder al «libro tan bellamente producido», me mandó un ejemplar, dedicado «con gratitud», de la edición especial de sus últimos poemas, al cual salvé de las ruinas de Austria como uno de los recuerdos más queridos de mi juventud y me lo llevé a Inglaterra (¿dónde estará ahora?). Cierto que, al cabo de cuarenta años, ese primer obsequio amistoso de Rilke-el primero de muchos-se me antoja una irrealidad fantasmagórica y que su letra familiar me saluda desde el reino de los muertos. Pero la sorpresa más inesperada de todas se produjo cuando Max Reger, junto con Richard Strauss, el compositor vivo más grande de la época, me pidió permiso para musicar seis poesías de aquel volumen. ¡Cuántas veces las he escuchado desde entonces en conciertos: mis propios versos, que durante años había olvidado y rechazado, eran llevados más allá del tiempo por el arte fraternal de un maestro! De todos modos, los inesperados aplausos, acompañados también de amables críticas públicas, tuvieron la virtud de animarme a dar un paso que jamás habría emprendido, o por lo menos no tan pronto, debido a esa incurable desconfianza en mí mismo. Ya siendo bachiller, había publicado, además de poesías, narraciones cortas y ensayos en las revistas literarias de los «Modernos», pero nunca me había atrevido a ofrecer ninguno de esos intentos a un periódico importante y de gran difusión. En realidad, en Viena existía un solo órgano periodístico de primera fila, el Neueu Freie Presse, el cual, por su posición distinguida, por sus esfuerzos en favor de la cultura y por su prestigio político, significaba para toda la monarquía austro-húngara lo mismo que, poco más o menos, el Times para el mundo inglés y el Temps para el francés; ni siquiera los periódicos del imperio alemán daban muestras de semejante afán por alcanzar un nivel cultural representativo. Su editor, Moritz Benedikt, un hombre provisto de un don de organización fenomenal y de una incansable capacidad de trabajo, dedicó toda su energía, verdaderamente demoníaca, a superar a todos los periódicos alemanes en el campo de la literatura y la cultura. Cuando quería algo de un autor famoso, no reparaba en gastos, le mandaba diez o veinte telegramas seguidos y le concedía por adelantado sus honorarios, cualesquiera que fuesen; los números extraordinarios de Navidad y de Año Nuevo formaban, junto con sus suplementos literarios, volúmenes enteros que contaban con la colaboración de los nombres más insignes; en tales ocasiones, Anatole France, Gerhart Hauptmann, Ibsen, Zola, Strindberg y Shaw se reunían en las páginas de este periódico, que tanto ha contribuido a la orientación literaria de la ciudad y del país. De ideología liberal y, por supuesto, «progresista», firme y prudente en su actitud, el periódico representaba, de un modo ejemplar, el alto estándar cultural de la vieja Austria.

Este templo del «progreso» albergaba otro santuario singular, el llamado «Folletín», que, como los grandes periódicos de París, Temps y Journal des débats, publicaba los artículos más completos y profundos sobre poesía, teatro, música y arte en un suplemento especial, claramente separado de las efímeras páginas de la política y de las noticias del día.

En él sólo tenían voz las autoridades, los autores consagrados. Únicamente la solidez de las opiniones, una experiencia de muchos años basada en la comparación y una forma artística perfecta podían hacer que un autor ocupara ese lugar sagrado, tras años de maestría acreditada. Ludwig Speidel, un maestro del cabaret, y Eduard Hanslick gozaban allí de la misma autoridad papal, en cuanto al teatro y a la música, que Sainte-Beuve en París en sus Lundis; su «sí» o «no» decidía en Viena el éxito de una obra, una pieza de teatro o un libro y, por lo tanto, a menudo también el de una persona. Cada uno de sus artículos se convertía en el tema del día en las tertulias de los círculos intelectuales, era discutido, criticado, admirado o atacado y, si alguna vez aparecía un nuevo nombre entre los reconocidos y respetados «folletinistas» de siempre, ello se convertía en todo un acontecimiento. De la generación más joven tan sólo Hofmannsthal había sido admitido ocasionalmente con algunos de sus magníficos artículos; los autores más jóvenes debían conformarse con introducirse furtivamente, escondidos en la bibliografía de las últimas páginas. En principio, quien escribía en la primera página había grabado su nombre en mármol a los ojos de Viena.

Hoy no logro comprender cómo tuve valor para ofrecer un pequeño trabajo poético a la Neue Freie Presse, oráculo de mis padres y hogar de los siete veces ungidos. Pero al final pensé que a lo sumo podía esperar una negativa. El redactor del «Folletín» recibía visitas un solo día a la semana, de dos a tres, puesto que, con el turno regular de los colaboradores famosos y fijos, quedaba muy poco margen para la obra de un intruso. Con el corazón latiendo deprisa, subí las escaleras que conducían a su despacho y me hice anunciar. Al cabo de unos minutos el conserje regresó para decirme que el señor redactor me esperaba, y entré en la pequeña y estrecha habitación.

El redactor del folletín de la Neueu Freie Presse se llamaba Theodor Herzl y fue la primera personalidad de talla mundial con la que me encontré cara a cara... sin saber, desde luego, el cambio increíble que su persona estaba llamada a producir en el destino del pueblo judío y en la historia de nuestra época. Su situación era todavía equívoca e impredecible.

Había empezado con ensayos poéticos, aunque pronto demostró un brillante talento periodístico y se convirtió en el favorito del público vienés, primero como corresponsal en París y luego como folletinista de la Neue Freie Presse. Sus artículos, que todavía hoy cautivan por su riqueza de observaciones agudas y a menudo sabias, su elegancia estilística y su refinado charme, que jamás perdía su nobleza innata ni en el humor ni en la crítica, eran de lo más culto que se podía concebir en el campo periodístico y hacían las delicias de una ciudad educada en el gusto por lo sutil. Asimismo, había obtenido éxito en el Burgtheater con tina obra y actualmente era un hombre respetado, idolatrado por los jóvenes y querido por nuestros padres. f 'asta el día en que se produjo un hecho inesperado. El destino siempre sabe cómo encontrar la manera de atraer para sus fines secretos al hombre que necesita, aunque pretenda ocultarse.

Theodor Herzl había tenido en París una experiencia que le afectó hondamente, uno de esos momentos que transforman toda una vida: había asistido como corresponsal a la degradación pública de Alfred Dreyfus, había visto cómo le arrancaban las charreteras mientras éste, pálido, gritaba a viva voz: «¡Soy inocente!» Y en el fondo de su corazón había sabido en aquel instante que Dreyfus en efecto era inocente y que lo habían hecho culpable de aquella tremenda sospecha de traición por el simple hecho de ser judío. Pues bien, Theodor Herzl, ya en su época de estudiante, había padecido el destino judío en su íntegro orgullo varonil o, mejor dicho, gracias a su instinto profético, lo había presentido-«prepadecido» en toda su tragedia-en una época en que poco se podía augurar que sería un destino trágico. Con el sentimiento de haber nacido para ser líder-posición para la cual lo habilitaba un porte magnífico e imponente, además de una amplitud de miras y una mundología considerables-, había concebido el fantástico plan de poner fin, de una vez para siempre, al problema judío, uniendo el judaísmo con el cristianismo mediante un bautizo voluntario en masa. Siempre pensando de forma trágica, se había imaginado a sí mismo conduciendo en una larga procesión a los miles y miles de judíos de Austria a la iglesia de San Esteban para salvar para siempre, en un acto ejemplar y simbólico, al pueblo perseguido y sin patria de la maldición de la segregación y el odio. Pronto tuvo que reconocer lo inviable de este plan; la dedicación a sus quehaceres propios durante años lo había distraído del problema principal, en cuya «solución » veía él su verdadera misión; pero en el instante de la degradación de Dreyfus, el pensamiento del eterno exilio de su pueblo se le clavó en el pecho como un puñal. Si la segregación es inevitable, se decía a sí mismo, ¡que sea total! Si la humillación tiene que ser nuestro destino eterno, ¡aceptémosla con orgullo! Si sufrimos por ser apátridas, ¡creémonos una patria nosotros mismos! Y, así, publicó el opúsculo El estado judío en el que proclamaba que para el pueblo judío era imposible cualquier intento de asimilación, cualquier expectativa de tolerancia total. Era preciso fundar una nueva patria, la propia, en la vieja patria de Palestina.

Cuando apareció dicho opúsculo, conciso pero dotado del poder de penetración de una flecha de acero, yo todavía estudiaba en el instituto, pero recuerdo perfectamente la estupefacción y el enojo general de los círculos judeo-burgueses de Viena. ¿Qué le ha ocurrido, decían, a ese escritor por lo general tan juicioso, agudo y culto? ¿Qué tonterías dice y escribe? ¿Para qué debemos ir a Palestina? Nuestra lengua es el alemán y no el hebreo, nuestra patria es la bella Austria. ¿Por ventura no vivimos bien bajo el reinado del buen emperador Francisco José? ¿No nos ganamos la vida decentemente y disfrutamos de una posición segura? ¿No somos súbditos con los mismos derechos, ciudadanos leales y establecidos desde hace tiempo en esta querida Viena? ¿Y no vivimos en una época de progreso que en cuestión de pocas décadas habrá eliminado todos los prejuicios religiosos? ¿Por qué él, que habla como judío y dice que quiere ayudar a los judíos, da argumentos a nuestros peores enemigos e intenta separarnos, cuando cada día nos acercamos más y más al mundo alemán? Los rabinos se exaltaron en las sinagogas, el director de la Neueu Freie Presse prohibió mencionar siquiera la palabra sionismo en su periódico «progresista». El Tersitas de la literatura vienesa, el maestro de la burla venenosa, Karl Kraus, escribió otro opúsculo, Una corona para Sión y, cuando "Theodor Herzl entraba en el teatro, la gente de todas las filas susurraba, burlona: «Su majestad acaba de entrar.» Al principio Herzl pudo pensar que lo habían interpretado mal; Viena, la ciudad en la que se creía más seguro debido a su popularidad de muchos años, lo abandonaba, mofándose incluso de él. Pero luego la respuesta retumbó de pronto con tanta furia y éxtasis que Herzl casi se asustó al comprobar que, con unas docenas de páginas, había promovido un movimiento tan fuerte y que lo superaba. La respuesta no vino de los judíos burgueses del Oeste, bien situados y acomodados, sino de las ingentes masas del Este, del proletariado de los guetos de Galitzia, Polonia y Rusia. Sin sospecharlo, Herzl había avivado las ascuas del judaísmo que ardían bajo las cenizas del exilio: el milenario sueño mesiánico del retorno a la Tierra Prometida, confirmado por los libros sagrados; había avivado esa esperanza que era al mismo tiempo certeza religiosa, la única que todavía daba sentido a la vida de millones de personas pisoteadas y esclavizadas. Siempre que alguien, profeta o impostor, a lo largo de los dos mil años de golus o exilio tocaba esta cuerda, el alma entera del pueblo empezaba a vibrar, pero nunca como aquella vez, nunca con una re percusión tan arrebatada y clamorosa. Con unas docenas de páginas, un solo hombre había aglutinado a una masa dispersa y mal avenida.

Aquel primer momento, mientras la idea aún tenía formas inciertas de sueño, estaba destinado a ser el más feliz de la breve vida de Herzl. Tan pronto como comenzó a fijar sus objetivos en el espacio real, a unir fuerzas, tuvo que reconocer hasta qué punto se había vuelto dispar su pueblo entre los distintos pueblos y destinos; aquí los judíos religiosos, allá, los librepensadores; aquí los socialistas, allá los capitalistas; todos polemizando con todos en todas las lenguas y todos poco inclinados a someterse a una única autoridad. En aquel año de 1901 en que lo vi por primera vez, se hallaba en plena lucha y quizá también en lucha consigo mismo: todavía no creía lo bastante en su éxito como para renunciar a la posición que lo alimentaba a él y a su familia. Todavía tenía (lile repartir su tiempo entre la pequeña labor de periodista y la misión que constituía el núcleo de su vida. Todavía era el Theodor Herzl redactor del folletín quien une recibió entonces.

Theodor Herzl se levantó para saludarme y, sin querer, tuve la impresión de que el chiste irónico de «Rey de Sión» escondía algo de verdad: tenía un aspecto verdaderamente real, con una frente alta y ancha, unos rasgos claros, una barba de sacerdote, larga y de color negro casi azulado, y unos ojos melancólicos, de un azul intenso. Sus gestos ampulosos, un poco teatrales, no parecían afectados porque estaban condicionados por una grandeza natural, y nada de eso le habría hecho falta para impresionarme en aquella ocasión. Incluso ante el escritorio deslustrado y rebosante de papeles, en aquel despacho de redacción deplorablemente estrecho, con una sola ventana, daba la impresión de un jeque beduino del desierto; una chilaba blanca y holgada le habría quedado tan natural como el cutaway que llevaba, de corte impecable y confeccionado, a ojos vistas, de acuerdo con el modelo parisino.

Tras una breve pausa, intercalada a propósito (le encantaban estos pequeños efectos, según observé a menudo más adelante, que seguramente había estudiado en el Burgtheater), me tendió la mano condescendiente, pero a la vez benévolamente. Indicándome un sillón a su lado, me preguntó: -Me parece haber oído o leído su nombre en alguna parte. Poesías, ¿verdad? Tuve que asentir.

-Muy bien-se arrellanó en su asiento-. ¿Y qué me trae? Le dije que quería presentarle un pequeño trabajo en prosa y le entregué el manuscrito.

Examinó la portada, lo hojeó hasta la última página para calcular su extensión y luego se repantingó todavía más en su sillón. Con gran sorpresa por mi parte (no me lo esperaba) me di cuenta de que ya había empezado a leer el manuscrito. Leía despacio, poniendo cada nueva hoja en su sitio, sin levantar los ojos. Cuando hubo leído la última página, plegó cuidadosamente el manuscrito con gran ceremonia y, todavía sin mirarme, lo metió en un sobre y escribió algo encima. Sólo en aquel momento, después de tenerme en vilo lo suficiente con tantas maniobras misteriosas, levantó hacia mí sus grandes y oscuros ojos y me dijo con una solemnidad consciente y calmosa: -Me complace poderle decir que su hermoso trabajo ha sido aceptado para el folletín de la Neue Freie Presse.

Era como si Napoleón, en el campo de batalla, hubiera impuesto la cruz de caballero de la Legión de Honor a un joven sargento.

Puede parecer un episodio insignificante en sí, pero hay que ser vienés, y vienés de aquella generación, para entender el tirón hacia arriba que significaba semejante estímulo.

Gracias a él, de la noche a la mañana yo había ascendido, a los diecinueve años, a una posición prominente, y Theodor Herzl, que desde aquel momento me trató con bondad y afecto, aprovechó en seguida una ocasión casual para escribir, en uno de sus ulteriores artículos, que no había motivos para creer en la decadencia del arte en Viena. Todo lo contrario, junto a Hofmannsthal, había ahora una retahíla de jóvenes talentos de los que cabía esperar lo mejor, y mencionaba mi nombre en primer lugar. Siempre he considerado una distinción especial el que un hombre de la importancia y dignidad de Theodor Herzl fuese el primero en hablar a mi favor públicamente desde una posición destacada y, por lo tanto, de gran responsabilidad, y fue para mí una difícil decisión-en apariencia un acto de ingratitud-la de no querer asociarme activamente, incluso como codirector, a su movimiento sionista.

Lo cierto es que no conseguí establecer con él un auténtico vínculo; me extrañó sobre todo esa especie de falta de respeto, hoy seguramente inimaginable, con que se presentaban delante de la persona de Herzl sus propios correligionarios. Los orientales le reprochaban que no sabía nada del judaísmo, que no conocía siquiera sus costumbres; los economistas lo consideraban un folletinista; todo el mundo tenía objeciones que hacerle y no siempre de la manera más respetuosa. Yo sabía hasta qué punto le hubiera beneficiado a Herzl, precisamente entonces, el poder contar con personas leales, sobre todo jóvenes, y hasta qué punto las necesitaba, pero el espíritu pendenciero y egotista de esa oposición constante y la falta de subordinación sincera y cordial de su círculo me alejaron de un movimiento al que, llevado por la curiosidad, me había acercado, aunque sólo a causa de Herzl. En una ocasión en que hablamos del tema, le confesé abiertamente mi disgusto por la falta de disciplina en sus filas. Él sonrió con cierta amargura y me dijo: -No olvide que, desde hace siglos, estamos acostumbrados a jugar con problemas, a luchar con ideas. Y es que, desde hace dos mil años, los judíos no tenemos, históricamente hablando, ninguna práctica en dar a luz cosas reales. En primer lugar hay que aprender a entregarse incondicionalmente y yo mismo todavía no lo he aprendido a estas alturas, porque no hago otra cosa que escribir folletines y sigo siendo redactor del suplemento literario de la Neue Freie Presse, cuando mi deber tendría que consistir en no tener ningún otro pensamiento salvo el único y en no escribir una sola línea que no tratara de este tema. Pero ya estoy en camino de enmendarme. Primero quiero aprender yo a entregarme incondicionalmente y quizá luego lo aprenderán los demás.

Recuerdo aún que estas palabras me causaron una impresión muy profunda, porque ninguno de nosotros comprendía que Herzl tardara tanto en decidirse a renunciar al cargo que ocupaba en la Neue Freie Presse. Pensábamos que era por su familia. Hasta mucho más tarde el mundo no supo que no era por ese motivo y que Herzl había sacrificado a la causa incluso su fortuna personal. Y hasta qué punto había sufrido por este dilema no sólo me lo demostró la conversación referida, sino que también me dieron fe de ello muchos apuntes de sus Diarios.

Después volví a verlo unas cuantas veces más, pero de todos los encuentros sólo uno me ha quedado grabado como algo importante e inolvidable, quizá porque fue el último. Yo había venido desde el extranjero (instalado allí, me mantenía en contacto con Viena sólo por carta) y un día tropecé con él en el Parque Municipal. Era evidente que venía de la redacción, andaba despacio y algo cabizbajo, abstraído; ya no era aquel paso desgarbado de antes. Lo saludé cortésmente y quise pasar de largo, pero él corrió tras de mí, de pronto erguido todo él, y me tendió la mano: -¿Por qué se esconde? No tiene ninguna necesidad de hacerlo.

Encontró acertadas mis frecuentes huidas al extranjero.

-Es nuestra única salida-dijo-. Todo cuanto sé lo aprendí en el extranjero. Sólo allí se acostumbra uno a pensar con suficiente distancia. Estoy convencido de que aquí nunca habría tenido el ánimo para concebir aquella primera idea, me la habrían hecho trizas mientras todavía germinaba y crecía. Gracias a Dios, cuando la hice pública, ya todo estaba terminado y no pudieron hacer más que echar fuego por los ojos.

Luego habló con mucha amargura de Viena; era allí donde había encontrado los peores obstáculos y ya se habría cansado de todo, si no hubiesen llegado nuevos impulsos de fuera, sobre todo del Este y también de A América.

-En resumidas cuentas-dijo-, mi error fue empezar demasiado tarde. A sus treinta años, Viktor Adler era ya el líder de la socialdemocracia, en sus primeros tiempos de lucha, los mejores, por no hablar de los grandes hombres de la historia. Si usted supiera cómo sufro pensando en los años perdidos... ¡por no haberme lanzado antes a mi misión! Si mi salud fuera tan buena como mi voluntad, todavía habría esperanza, pero los años II() se recuperan.

Lo acompañé todavía un rato camino de su casa. Se detuvo ante la puerta, me dio la mano y dijo: -¿Por qué no viene a verme? Nunca me ha visitado en casa. Llámeme antes y dejaré el trabajo.

Se lo prometí, firmemente decidido a no cumplir la promesa, porque cuanto más quiero a alguien, más respeto su tiempo.

No obstante, fui a verlo, y no muchos meses más tarde. La enfermedad que lo había empezado a doblegar lo abatió de golpe y sólo pude acompañarlo hasta el cementerio. Fue en un día singular, un día de julio, inolvidable para quienes lo vivimos. De repente empezaron a llegar a todas las estaciones de la ciudad, en cada tren, de día y de noche, gentes de todos los reinos y países; de pronto, judíos orientales y occidentales, rusos y turcos, de todas las ciudades y provincias, acudieron en masa, llevando todavía en el rostro el horror de la noticia; en ningún momento se percibió con tanta claridad lo que antes las disputas y habladurías habían ocultado: que la persona a la que llevaban a enterrar era el líder de un gran movimiento. Fue una procesión interminable. Viena se percataba de repente de que no había muerto tan sólo un escritor o un poeta mediocre, sino también uno de esos creadores de ideas que surgen victoriosos en un país, en un pueblo, sólo muy de vez en cuando. En el cementerio se produjo un tumulto; demasiada gente se precipitó sobre el ataúd, llorando, sollozando y gritando en un estallido impetuoso de desesperación; fue un delirio, casi un ataque de histeria; una especie de luto elemental y extático rompió con el orden de un modo nunca visto en un entierro. Y este dolor inmenso, que fluía a borbotones de lo más profundo de todo un pueblo de millones de seres, me dio por primera vez la me,- &líela de la pasión y la esperanza que aquel hombre singular y solitario había esparcido por el mundo con la f fuerza de su idea.

Donde más repercusión tuvo mi admisión solemne en el Suplemento Literario de la Neue Freie Presse fue en ni vida privada. Gracias a ella adquirí una seguridad inesperada ante mi familia. Mis padres eran poco dados a la literatura y no se atrevían a dar su opinión; para ellos, como para toda la burguesía vienesa, era importante todo lo que la Neue Freie Presse alababa e insignificante todo lo que el periódico ignoraba o censuraba. I ,o que salía publicado en el «Folletín» les parecía estar garantizado por una autoridad suprema, ya que quien juzgaba y sentenciaba desde sus páginas inspiraba respeto por el solo hecho de ocupar posición tan elevada. Pues bien, imagínese el lector una de esas familias que todos los días pasea su mirada, con respeto y esperanza, por la primera página del periódico y una buena mañana descubre, incrédula, que al descuidado y desordenado muchacho de diecinueve años que se sienta a su propia mesa, que jamás ha sobresalido en la escuela y cuyos garabatos habían aceptado con indulgencia como chiquilladas «inofensivas» (de todas formas, una ocupación mejor que jugar a cartas o flirtear con muchachas atolondradas), se le había permitido el uso de la palabra en aquel lugar de tanta responsabilidad, entre hombres humosos y experimentados, para exponer sus opiniones ( no muy apreciadas hasta entonces en casa). Si yo hubiera escrito las más bellas poesías de Keats, Hölderlin o Shelley, no habría causado un cambio tan radical en todo mi círculo de conocidos; cuando entraba en el teatro, la gente señalaba al enigmático benjamín que se había introducido misteriosamente en el sacro y vedado recinto de los Ancianos y Dignos. Y como publicaba a menudo, casi regularmente, en el «Folletín», pronto corrí el riesgo de convertirme en un personaje local distinguido y respetado; sin embargo, evité ese peligro a tiempo, cuando una mañana sorprendí a mis padres con la noticia de que el próximo semestre quería estudiar en Berlín. Y mi familia me respetaba demasiado-o, mejor dicho, respetaba demasiado la Neue Freie Presse, bajo cuya sombra dorada me cobijaba-como para no concederme este deseo.

Huelga decir que no tenía intención de «estudiar» en Berlín. Como en Viena, sólo fui a la universidad dos veces en un semestre: una para matricularme y otra para que me certificaran mi supuesta asistencia a clase. En Berlín yo no buscaba clases ni profesores, sino una especie de libertad superior y más perfecta aún. En Viena, a pesar de todo, me sentía todavía atado al ambiente. Mis colegas literatos con los que trataba procedían casi todos del mismo estrato judeoburgués que yo; en una ciudad tan pequeña, donde todo el mundo se conocía, yo seguía siendo irremisiblemente el hijo de una «buena» familia y estaba harto de la llamada «buena» sociedad. Quería, para variar, una sociedad declaradamente «mala», una forma de existencia natural, incontrolada. Ni siquiera había comprobado quién enseñaba filosofía en la Universidad de Berlín; me bastaba con saber que la «nueva» literatura de allá tenía más impulso, un aire más activo que entre nosotros, que allí se podía conocer a Dehmel y a otros poetas de la nueva generación, que ininterrumpidamente se creaban revistas, cabarets y teatros; en una palabra, que allí, como dicen los vieneses, «algo pasaba».

En verdad llegué a Berlín en un momento histórico muy interesante. Desde 1870, cuando Berlín había pasado de ser la insípida, pequeña y nada rica capital del reino de Prusia a convertirse en la ciudad residencial del emperador alemán, esa insignificante población situada a orillas del Spree había adquirido un auge considerable. Pero aún no había recaído en Berlín el liderazgo en el campo artístico y cultural; Munich, con sus pintores y poetas, era considerada el centro del arte propiamente dicho; la Ópera de Dresde dominaba en el terreno de la música y sus palacetes atraían a elementos valiosos; pero sobre todo Viena, con su secular tradición, su concentración de fuerzas y su talento natural, todavía superaba en mucho a Berlín. Sin embargo, en los últimos años, con el rápido avance económico de Alemania, las cosas fueron tomando otro cariz. Los grandes consorcios financieros y las familias opulentas se trasladaron a Berlín, y una nueva prosperidad, del brazo de un audaz espíritu emprendedor, ofreció a la arquitectura y al teatro unas posibilidades mayores que en cualquier otra ciudad alemana. Los museos se ampliaron bajo la protección del emperador Guillermo, el teatro encontró en Otto Brahm a un director ideal y, precisamente porque allí no existía una verdadera tradición ni una cultura milenaria, la ciudad seducía a los jóvenes y los alentaba a experimentar. Y es que tradición significa también rémora. Viena, ligada a la antigüedad, idólatra de su pasado, se mostraba cauta y expectante ante los jóvenes y sus audaces experimentos. En cambio en Berlín, que quería configurarse rápidamente y cobrar una forma personal, los jóvenes buscaban la novedad. Era muy natural, pues, que acudiesen allí desde todas las partes del imperio, incluso desde Austria, y los éxitos dieron la razón a los de más talento; el vienés Max Reinhardt hubiera tenido que esperar pacientemente dos décadas en Viena para alcanzar la posición que en Berlín obtuvo en dos años.

Fue precisamente en aquel momento de transición entre una simple capital y toda una metrópoli cuando llegué a Berlín. La primera impresión, después de la ufana belleza de Viena heredada de grandes antepasados, fue algo decepcionante: la decisiva tendencia a expandirse hacia el Oeste, donde debía desarrollarse la nueva arquitectura en el lugar de las casas un tanto presuntuosas del Tiergarten, justo acababa de empezar; las calles Friedrich y Leipzig, que estaban aún arquitectónicamente desiertas y mostraban su desmañada suntuosidad, seguían siendo el centro de la población. A suburbios como Wilmersdorf, Nikolassee y Steglitz, sólo se podía llegar penosamente en tranvía; llegar a los lagos de la Marca, con su áspera belleza, constituía entonces una expedición con todas las de la ley. Salvo la vieja «Unter den Linden», no existía un centro propiamente dicho, no existía un corso como en nuestro Graben y, gracias al viejo espíritu ahorrador prusiano, faltaba por entero una elegancia general. Las mujeres iban al teatro vestidas con ropas de mal gusto, confeccionadas por ellas mismas, por doquier se echaba de menos la mano ágil, diestra y pródiga que, tanto en Viena como en Paris, sabía convertir una minucia barata en una encantadora superfluidad.

En todos los detalles se notaba el espíritu ahorrador y tacaño de Federico el Grande; el café era aguado y malo, porque se economizaba hasta el último grano; la comida era sosa, sin gracia ni sabor. Por doquier reinaba la limpieza y un orden estricto y meticuloso, en lugar de nuestra fogosidad musical. Por ejemplo, el rasgo para mí más característico era el contraste entre las patronas de mi Viena y las de Berlín. La vienesa era una mujer alegre, parlanchina, que no lo tenía lodo limpio e inmaculado, que olvidaba, atolondrada, Ora esto ora aquello, pero siempre estaba dispuesta a hacer cualquier favor con entusiasmo. La berlinesa era correcta y lo tenía todo pulcro y aseado, pero en la primera cuenta del mes encontré escrito con una letra impecable, perpendicular, hasta el más pequeño servicio que se me había prestado: pfennigs por coser el botón de irnos pantalones, por quitar una mancha de tinta de la mesa, y así hasta el final de la lista, donde, bajo una raya trazada enérgicamente, la suma de todos los esfuerzos ascendía a 67 pfennigs. Al principio me reía de estas cosas, pero lo más curioso es que, al cabo de pocos días, yo mismo sucumbí a ese penoso sentido del orden prusiano y por primera y última vez en mi vida llevé mi contabilidad en una meticulosa agenda de gastos.

Había llegado de Viena provisto de toda una serie de encargos. Pero no cumplí ninguno, porque el sentido de mi escapada consistía precisamente en huir de la atmósfera protegida y burguesa y, en su lugar, vivir sin compromiso alguno y dependiendo sólo de mí mismo. Quería tratar única y exclusivamente con personas cuyo conocimiento se debiera tan sólo a mis afanes literarios, y con personas cuanto más interesantes mejor. Al fin y al cabo, no en vano había leído La Bohéme y a mis veinte años tenía que atraerme la posibilidad de llevar una vida parecida.

No tuve que buscar mucho para encontrar un círculo semejante, formado por gentes de lo más abigarradas. Hacía tiempo que, desde Viena, había colaborado en la principal revista de los «Modernos» berlineses, que, casi irónicamente, se llamaba Die Gesellschaft (La sociedad) y estaba dirigida por Ludwig Jacobowski. Este joven poeta había fundado, poco antes de morir, un cenáculo con el nombre seductor para los jóvenes de Die Kommenden (Los venideros), que se reunía una vez por semana en el primer piso de un café de la plaza Nollendorf.

En ese círculo enorme, copiado de la Closerie des lilas de París, se concentraba gente de lo más variada: poetas y arquitectos, esnobs y periodistas, muchachas ataviadas de escultoras o artesanas, estudiantes rusos y escandinavas rubias casi albinas, que querían perfeccionar su alemán. Y Alemania misma tenía allí representantes de todas las provincias: westfalianos fornidos, bávaros bonachones, judíos silesianos; todos se enfrascaban en acalorados debates, con total soltura. De vez en cuando se leían poemas y dramas, pero el objetivo principal era conocernos los unos a los otros. En medio de esos jóvenes, que se comportaban adrede como bohemios, estaba sentado, enternecedor como un papá Noel, un hombre mayor, de barba gris, respetado y querido por todos, porque era un poeta y un bohemio auténtico: Peter Hille. Este septuagenario, siempre envuelto en su abrigo gris de invierno que escondía un traje completamente raído y una ropa muy sucia, miraba con sus azules ojos de perro, cándidos y bondadosos, al singular tropel de muchachos que lo rodeaba; complaciente, siempre se dejaba seducir por nuestra insistencia para que se sacara de los bolsillos sus manuscritos arrugados y nos leyera sus poemas. Eran poesías de índole muy variada, en realidad improvisaciones de un genio de la lírica, aunque provistas de una forma demasiado suelta, demasiado casual. Las escribía en el tranvía o en el café, a lápiz, luego las olvidaba y, en el momento de leerlas, le costaba volver a encontrar las palabras en el rozo de papel borrado y manchado. Nunca tenía dinero, pero eso no le preocupaba, hoy se invitaba a dormir en casa de éste, mañana en casa de aquél, y su olvido del mundo y su falta total de ambición tenían una cierta autenticidad conmovedora. La verdad es que nadie comprendía cómo y cuándo aquel hombre de los bosques había ido a parar a la gran ciudad de Berlín y qué buscaba allí. Pero no buscaba nada, no quería ser famoso ni agasajado y, sin embargo, gracias a su carácter soñador y poético, vivía más libre y despreocupado que otros a los que he conocido más tarde. A su alrededor alborotaban y se desgañitaban los ambiciosos polemistas; él escuchaba indulgentemente, a veces levantaba el vaso hacia alguno de ellos con un amable saludo, pero casi nunca intervenía en la conversación. Se tenía la impresión de que, incluso durante el alboroto más furioso, los versos y las palabras se buscaban dentro de su cabeza desgreñada y un poco cansada, sin llegar a tocarse ni encontrarse.

La sinceridad y la inocencia que emanaban de aquel candoroso poeta-hoy olvidado incluso en Alemania-desviaba quizás intuitivamente mi atención del presidente electo de los «Venideros», a pesar de que era un hombre con unas ideas y palabras que más adelante habrían de ser decisivas para muchísima gente en el momento de escoger su forma de vida. En la persona de Rudolf Steiner-a quien más tarde sus partidarios dedicaron, como fundador de la antroposofía, las escuelas y academias más suntuosas donde enseñar su teoría-encontré de nuevo, después de Theodor Herzl, a un hombre llamado por el destino a servir de guía a millones de seres. Como individuo, no parecía tanto un líder como Herzl, pero era más seductor. Sus ojos oscuros albergaban una fuerza hipnótica y yo lo escuchaba mejor y con más sentido crítico cuando no lo miraba, porque su cara ascética y macilenta, marcada por la pasión intelectual, era muy apropiada para producir un gran efecto de persuasión, y no sólo en las mujeres. En aquella época, Rudolf Steiner no había elaborado aún su propia teoría, sino que se hallaba todavía en la etapa de investigación y aprendizaje; a veces nos leía comentarios sobre la teoría de los colores de Goethe, cuya imagen, en su exposición, se tornaba más fáustica, más paracélsica. Era emocionante escucharlo, porque su erudición era asombrosa y, comparada sobre todo con la nuestra, que se limitaba exclusivamente a la literatura, de una variedad espléndida. De sus conferencias y de más de una charla privada con él, yo siempre volvía a casa impresionado y un tanto abatido. No obstante, si hoy me pregunto si en aquellos momentos hubiera profetizado a aquel joven tanta influencia filosófica y ética en las masas, para vergüenza mía debería decir que no. De su espíritu investigador esperaba grandes cosas para la ciencia y no me habría sorprendido demasiado oír hablar de un gran descubrimiento biológico logrado gracias a su genio intuitivo, pero cuando, muchos años más tarde, vi en Doruach el grandioso Goetheanum, aquella «Escuela de la sabiduría» que los alumnos habían fundado en su nombre como academia platónica de la «antroposofía», me sentí más bien decepcionado de que su influencia se hubiera inclinado tanto hacia amplios aspectos de la vida real que eran, en parte, incluso banales. No me permito emitir ningún juicio sobre la antroposofía, porque hasta ahora no veo claro qué pretende y qué significa; creo incluso que, en esencia, su fuerza seductora nacía no de una idea, sino de la fascinante personalidad de Rudolf Steiner. Sin embargo, para mí fue de un provecho incalculable conocer a un hombre de tanta fuerza magnética, y precisamente en aquella primera etapa, en que todavía se comunicaba con los más jóvenes amistosamente y sin dogmatismos. En su saber fantástico y a la vez profundo descubrí que la verdadera universidad-de la que, con nuestra petulancia de bachilleres, creíamos habernos adueñado ya-no se alcanzaba a fuerza de lecturas y discusiones pasajeras, sino sólo con años de agotadores esfuerzos.

Pero en la época de asimilación, cuando resulta fácil entablar amistades y aún no se han solidificado las diferencias sociales y políticas, un hombre joven aprende más de aquellos que se afanan como él que de los que ya han superado esta etapa. Entonces me di cuenta de nuevo, aunque en un plano superior y más internacional que en el instituto, de cuán fecundo es el entusiasmo colectivo. Mientras que mis amigos vieneses procedían casi todos de la burguesía (e incluso nueve de cada diez, le la burguesía judía, con lo cual no hacíamos sino duplicarnos y multiplicarnos en nuestras aficiones y deseos), los jóvenes de aquel mundo nuevo venían de las más diversas capas sociales, de arriba, de abajo, uno de la aristocracia prusiana, otro era hijo de un armador de Hamburgo, el tercero provenía de una familia de campesinos de Westfalia; de pronto me encontré viviendo en un círculo en que había auténticos pobres, vestidos con ropas remendadas y zapatos agujereados, una esfera, pues, con la que no había tenido contacto en Viena. Me sentaba a la misma mesa que bebedores empedernidos, homosexuales y morfinómanos, di la mano-y con orgullo-a un estafador archiconocido y condenado a prisión (más adelante publicó sus memorias y entró así en nuestro grupo de escritores). Todo lo que a duras penas había creído de las novelas realistas se acercaba y se reunía en los pequeños cafés y fondas donde me introdujeron, y, cuanto peor era la fama de alguien, más ávido se volvía mi interés por conocerlo personalmente. Por otro lado, hay que decir que este amor o curiosidad especial por las gentes expuestas a un peligro me ha acompañado durante toda mi vida; incluso en los años en que hubiera convenido ser más escrupuloso, los amigos me regañaban a menudo por la clase de gente amoral, poco de fiar y francamente comprometedora con la que trataba. Quizá la esfera de solidez de la cual procedía y el hecho de que hasta cierto punto me sentía agobiado por el complejo de «seguridad», hacían que me parecieran fascinantes todos aquellos que dilapidaban con desprecio la vida, el tiempo, el dinero, la salud y la reputación: los apasionados, los monomaníacos de la simple existencia sin objetivos; y tal vez el lector observará en mis novelas y narraciones cortas esa predilección por las naturalezas indómitas y de vida intensa. También se añadía a todo aquello la atracción por lo exótico y extranjero; prácticamente cada uno de aquellos hombres era un regalo de un mundo extraño para mi curiosidad. En el dibujante E. M. Lilien, hijo de un pobre maestro tornero ortodoxo de Drohobycz, encontré por primera vez a un auténtico judío del Este y conocí a través de él un judaísmo de una fuerza y de un fanatismo pertinaz desconocidos para mí. Un joven ruso me tradujo los pasajes más bellos de Los hermanos Karamázov, una obra que en aquel entonces era todavía desconocida en Alemania; una muchacha suiza me enseñó por primera vez cuadros de Munch; frecuentaba talleres de artistas (si bien malos) para observar su técnica; un adepto me introdujo en un círculo espiritista; experimenté la vida en sus mil formas y variedades y no me hastié. La intensidad, que en el instituto había desplegado sus fuerzas sólo en sus meras formas-la rima, el verso y las palabras-, se proyectó ahora sobre las personas; desde la mañana hasta la noche, en Berlín siempre me encontraba en compañía de gente nueva, siempre distinta, que me entusiasmaba, me defraudaba e incluso me estafaba. Creo que ni en diez años me he recreado en tanta compañía intelectual como en aquel escaso semestre berlinés, el primero de total libertad.

Mirándolo bien, parecía lógico que una variedad tan inusual de estímulos tuviera que significar un aumento extraordinario de mis ganas de crear. Pero, en realidad, ocurrió justo lo contrario. Mis pretensiones de antes, exageradamente hinchadas por la exaltación intelectual del instituto, se deshincharon poco a poco. Cuatro meses después de su publicación, no entendía de dónde había sacado el valor para editar aquel volumen de poemas inmaduros; seguía pensando que mis versos eran una buena obra de artesanía, mañosa e incluso en parte remarcable, que habían nacido de un ambicioso gusto por jugar con la forma, pero ahora me resultaban artificiales en cuanto al contenido. Igualmente, a raíz de aquel contacto con la realidad, noté en mis primeras narraciones un olor a papel perfumado; escritas con una ignorancia total de las realidades, mostraban una técnica de segunda mano, copiada siempre de otros. Una novela, terminada hasta el último capítulo, que había llevado conmigo a Berlín para hacer feliz a mi editor, no tardó en servir para encender la estufa, porque mi fe en la competencia de mi formación de bachiller había recibido un fuerte golpe con aquella primera ojeada a la vida real. Era como si hubiera retrocedido dos cursos en el colegio. De hecho, después de mi primer volumen de versos, introduje una pausa de seis años antes de publicar el segundo, y sólo tres o cuatro años después publiqué mi primer libro de prosa; siguiendo el consejo de Dehmel, por el cual todavía hoy le estoy agradecido, aproveché el tiempo traduciendo de lenguas extranjeras, cosa que aún considero la mejor manera, para un poeta joven, de entender el espíritu de la propia lengua de un modo profundo y productivo. Traduje los poemas de Baudelaire, algunas de Verlaine, Keats y William Morris, un pequeño drama de Charles van Lerberghe y una novela de Camille Lemonnier pour me faire la main. Cada lengua, con sus giros propios, se resiste a ser recreada en otra y desafía las fuerzas de la expresión, que de otro modo no se suelen movilizar espontáneamente, y esta lucha por arrancar a la lengua extranjera lo más propio que tiene y forzar la lengua propia a incorporarlo con la misma plasticidad siempre ha significado para mí una clase especial de goce artístico.

Como esa labor callada y, a decir verdad, poco agradecida, exige paciencia y constancia, virtudes que en el instituto rehuí con ligereza y osadía, me apeteció de manera especial; y es que en esa modesta actividad de transmisión de valores artísticos ilustres encontré por primera vez la seguridad de estar haciendo algo práctico e inteligente, una justificación de mi existencia.

Desde entonces vi claro en mi interior el camino que debía seguir en los años venideros: ¡ver mucho, aprender mucho y sólo después empezar de verdad! ¡No presentarme ante el mundo con publicaciones precipitadas, antes de saber bien lo esencial del mundo! Berlín, con su poderoso mordiente, no había hecho sino aumentar mi sed. Y miré a mi alrededor buscando en qué país iba a pasar las vacaciones de verano. Escogí Bélgica. A finales del siglo este país había tomado un alto vuelo artístico y en cierto modo incluso había superado a Francia en intensidad.

Khnopff y Rops en la pintura, Constantin Meunier y Minne en las artes plásticas, Van der Velde en las industriales, Maeterlinck, Eekhoud y Lemonnier en la poesía, dieron la medida, sublime, de la nueva fuerza europea. Pero sobre todo me fascinó Emile Verhaeren, porque marcó un camino completamente nuevo a la lírica. Lo descubrí en cierto modo en privado, puesto que era del todo desconocido en Alemania y la literatura oficial lo había confundido durante mucho tiempo con Verlaine, del mismo modo que había confundido a Rolland con Rostand. Y amar a alguien uno solo quiere decir amarlo dos veces.

Tal vez convendría insertar aquí una breve digresión. Nuestra época vive demasiado intensamente y demasiado deprisa como para guardar buena memoria de las cosas y no sé si el nombre de Emile Verhaeren significa todavía algo hoy en día. Verhaeren fue el primer poeta francés que intentó dar a Europa lo que Walt Whitman dio a América: una declaración de fe en la época, en el futuro. Había empezado a amar el mundo moderno y quería conquistarlo para la poesía. Mientras que para los demás la máquina era el mal, las ciudades la fealdad y el presente la antipoesía, él se entusiasmaba con cada nuevo invento, con cada conquista técnica; y se entusiasmaba con su propio entusiasmo y lo hacía deliberadamente para sentirse más fuerte en esa pasión suya. Los poemitas iniciales se convirtieron en un torrente de grandes himnos. Admirez-vous les uns les autres era su consigna para los pueblos de Europa. Todo el optimismo de nuestra generación, un optimismo incomprensible desde hace tiempo en la época actual-la época de la recaída más horrible-, halló en él su primera expresión poética, y algunas de sus mejores poesías durante mucho tiempo darán testimonio de la Europa y la humanidad que soñábamos entonces.

En realidad, había ido a Bruselas para conocer a Verhaeren. Pero Camille Lemonnier, el vigoroso autor de Mále, hoy injustamente relegado al olvido y de quien yo mismo traduje una novela al alemán, me dijo con gran pesar que Verhaeren casi nunca salía de su aldehuela para ir a Bruselas y que, además, en aquel momento se encontraba ausente. Para resarcirme del desengaño me presentó muy amablemente a otros artistas belgas. Así conocí al anciano maestro Constantin Meunier, ese heroico trabajador y grandioso escultor del mundo del trabajo, y, después de él, a Van der Stappen, cuyo nombre prácticamente ha desaparecido de los libros de historia del arte; sin embargo, ¡qué hombre tan agradable era ese flamenco bajito y mofletudo y con qué cordialidad me recibieron él y su esposa, alta, gruesa y risueña! Me mostró sus obras, hablamos largo rato de arte y literatura en aquella mañana clara y serena, y la bondad de ambos me hizo perder pronto toda timidez. Con la mayor franqueza les expresé mi pesar por no haber podido encontrar en Bruselas al hombre por quien, a fin de cuentas, había hecho el viaje: Verhaeren.

¿Había hablado demasiado? ¿Había dicho quizás algún dispara