EL RENACIMIENTO
LA ARQUITECTURA CUATROCENTISTA. FLORENCIA. BRUNELLESCHI
LOMBARDÍA, VENECIA Y NÁPOLES
EL «CINQUECENTO»: BRAMANTE Y MIGUEL ÁNGEL
ANTONIO SANGALLO, EL JOVEN
EL BAJO RENACIMIENTO: VIGNOLA Y PALLADIO
FRANCIA
EL RENACIMIENTO
.—El recuerdo del mundo clásico como dechado de
perfecciones artísticas, científicas y técnicas, en realidad, no llega a
extinguirse en el occidente de Europa durante la Edad Media, aunque a los dioses
paganos se les figure con armaduras e indumentaria medievales, y la bella cabeza
de la Gorgona se transforme en la barbada testa del gigante Algol. En los
albores de la Edad Moderna ese recuerdo es ya amor exaltado, y ese amor no tarda
en convertirse en verdadero culto. Los dioses paganos penetran en el interior de
los palacios de los Papas y alternan con los santos en la decoración de algunas
catedrales. Al calor de este entusiasmo por la antigüedad, el arte europeo
cambia de rumbo y se esfuerza por imitar los modelos clásicos. Arquitectos,
escultores y pintores creen que en sus obras renace el arte de aquellas ruinas
romanas por ellos tan admiradas. Pero esto, que ellos consideran simple
renacimiento del mundo clásico, como siempre que en las épocas fecundas se
estudian con talento las creaciones ejemplares de tiempos pasados, es, en
realidad, un arte nuevo y original.
Aunque este proceso de supervivencia clásica no es
exclusivo de Italia, e incluso en algún aspecto es más intenso fuera de ella, el
Renacimiento artístico es creación puramente italiana, y es natural que así sea.
Los grandes estilos occidentales de la Edad Media encuentran en Italia
manifiesta resistencia. La sensibilidad del pueblo que creara el gran arte
romano, alentada por el recuerdo de un pasado glorioso, y alimentada por la
contemplación constante de las grandiosas ruinas existentes en toda la
península, se limita a transigir con formas que le son ajenas, pero nunca las
acepta con entusiasmo. Los arquitectos italianos no precisan, por tanto, un gran
esfuerzo para liberarse de ellas.
La parte de Italia donde este fervor por el arte
antiguo adquiere más temprano y amplio desarrollo es Toscana. Dividida la
península en pequeños Estados, sus príncipes y tiranos pugnan por distinguirse
como mecenas de artistas, escritores y humanistas. Pero,- entre todos, descuella
la familia de los Médicis, que, aunque propiamente no son señores de la bella
ciudad del Arno hasta el siglo XVI, rigen sus destinos durante la centuria
anterior. La casa de Cosme de Médicis es un verdadero museo de escultura
clásica, centro de reunión de artistas y literatos, cuyas conversaciones son un
continuo elogio de la antigüedad. Academia artística en que se forman los
jóvenes florentinos —entre ellos el propio Miguel Ángel—, alcanza su máximo
esplendor bajo su nieto Lorenzo el Magnífico, persona de sensibilidad exquisita
y poeta de primer orden. Este exaltado entusiasmo por el mundo antiguo termina
provocando la más violenta reacción religiosa, y el propio Lorenzo él Magnífico
puede contemplar cómo, impulsadas por la arrebatadora oratoria del dominico
Savonarola, las turbas y aun sus propios autores queman en las calles de
Florencia algunas de las obras en que el paganismo triunfa. La propaganda de
Savonarola, que paga en la hoguera su demagogia, no pone fin, sin embargo, al
culto por la antigüedad. Pero, pocos años después, Florencia pierde la hegemonía
artística que disfrutara en Italia durante cerca de dos siglos.
En la evolución del Renacimiento suelen
distinguirse tres etapas correspondientes a sus tres siglos de vida: la del
siglo XIV —en italiano, mille e trecentó—, o Trecento; la del XV, o
Quattrocento, y la del XV, o Cinquecento. (Se pronuncia: trechento,
cuatrochento y chincuecento.)
LA ARQUITECTURA CUATROCENTISTA. FLORENCIA.
BRUNELLESCHI
.—Aunque durante algún tiempo se conservan formas
góticas, el nuevo estilo representa un cambio radical en los elementos
arquitectónicos y en los temas decorativos. Mientras que el gótico es la
consecuencia de la evolución del románico, el Renacimiento rompe con el estilo
precedente y toma por modelo el de la Roma antigua, muerto hace muchas
centurias.
El Renacimiento vuelve a emplear los elementos
constructivos y decorativos clásicos, claro que con una libertad y unas
preferencias que son la base de su originalidad. La decoración de tipo
fantástico, en la que el artista funde caprichosamente los diversos reinos de la
Naturaleza creando seres monstruosos, en parte animales, en parte humanos, y en
parte vegetales, recibe ahora el nombre de grutescos, por haberse difundido su
uso a raíz del descubrimiento de las pinturas murales de ese tipo del palacio
imperial, cuyos salones, por estar soterrados, semejan grutas. Ordenada con
frecuencia esa decoración en torno a un vástago vertical que le sirve de eje, se
llama de candelabro —a candelieri—. Los tallos ondulantes ascendentes,
por lo general, con roleos laterales que suelen usarse en las pilastras, se
denomina subientes. Flores, frutos, trofeos y objetos diversos pendientes de
cintas, festones, coronas y medallones, son también temas frecuentes en la
decoración renacentista. En las artes industriales se emplea, además, el
arabesco (fig. 1296).
(fig. 1296)
Grabados decorativos de
grutescos, candelabros y arabescos.

El artista que sienta las bases del nuevo estilo
es el florentino Felipe Brunelleschi (muerte 1446), cuya actividad llena
el segundo cuarto del siglo XV. El es quien abre el capítulo de la arquitectura
del Renacimiento con la cúpula de la catedral de Florencia, quien construye las
primeras iglesias del nuevo estilo, y quien crea el tipo de palacio
renacentista.
El viejo edificio gótico de la catedral florentina
está por terminar. Le falta el cimborrio que debe cubrir la enorme anchura de
sus tres naves (fig. 1297). Su diámetro ha de ser
como la media naranja del Panteón de Roma, pero Brunelleschi, a pesar de su
entusiasmo por el arte romano, al tener que resolver el aspecto técnico de su
cúpula, idea un sistema de contrarresto netamente medieval, disponiendo una
bóveda cuyos empujes laterales contrarresta con la carga de otra exterior, si
bien, para mayor seguridad, cincha aquélla con poderosos anillos de madera.
Gracias a su apuntamiento y al tambor octogonal en que cabalga la cúpula
florentina, se distingue por la elegancia de sus proporciones. Su construcción
consume más de veinticinco años de la vida de Brunelleschi, que muere cuando se
comienza la linterna.
(fig. 1297)
Catedral y San Lorenzo,
Florencia

Si en la cúpula de la catedral, Brunelleschi
resuelve un gran problema técnico creando una obra de las más bellas
proporciones, donde se nos muestra realmente en posesión del nuevo estilo es en
las dos iglesias hermanas de San Lorenzo (1420) y del Espíritu Santo (1436), y
en la capilla de los Pazzi, en Santa Cruz. En todas ellas desaparecen las formas
medievales, y tanto los elementos constructivos como los decorativos son
clásicos. El pilar y el baquetón góticos ceden su puesto a la columna y a la
pilastra romanas, coronadas por ricos capiteles corintios o compuestos; el
entablamento reaparece, los arcos son de medio punto y las bóvedas, vaídas o
cupuliformes, se decoran con grandes casetones al gusto romano, lo mismo que las
cubiertas adinteladas.
Aunque Brunelleschi no consigue crear el tipo de
iglesia renacentista, San Lorenzo y Santo Espíritu representan también en este
sentido un esfuerzo de primer orden (fig. 1298), (fig.1299).
Tomando por modelo las basílicas cristianas, las traza de tres naves sobre
columnas, la central con cubierta adintelada con grandes casetones, y las
laterales, abovedadas. Los arcos no descansan directamente sobre las columnas,
sino que se interpone un trozo de entablamento a guisa de capitel, cosa que los
romanos sólo habían hecho sobre soportes adosados.
(fig. 1298)
Planta de la iglesia de San
Lorenzo, Florencia

(fig. 1299)
Interior de la iglesia de San
Lorenzo, Florencia

En la capilla Pazzi vuelve Brunelleschi a la
cúpula, que, como veremos, será una de las obsesiones de los arquitectos
renacentistas. Pero esta cúpula está mucho más inspirada en los modelos romanos,
y, sobre todo, se asienta en una fábrica de proporciones casi cuadradas. La
capilla Pazzi es el primer templo renacentista de este tipo (fig.
1300).
(fig. 1300)
La capilla Pazzi, Florencia

El deseo de disfrutar de las ventajas del templo
de cruz latina sin perder las propias del más cuadrado de cruz griega, o de
planta central, tendrá como consecuencia, según veremos, la creación de la
iglesia jesuítica de Vignola y la forma definitiva de San Pedro de Roma.
En el palacio Pitti (fig.
1301) (1440), ampliado considerablemente en el siglo XVI, crea
Brunelleschi por último el nuevo tipo de palacio renacentista. Aunque al
prescindir de la torre defensiva de las casas florentinas medievales le preste
un mayor carácter urbano, toma de la arquitectura romana el fuerte paramento
almohadillado, recubre con él toda la fachada y traza en la planta baja las
ventanas pequeñas y a gran altura.
(fig. 1301)
Palacio Pitti

Esta fachada, con cierto aspecto de fortaleza,
pero rica al mismo tiempo, hace escuela. Los restantes palacios florentinos no
son sino consecuencia del modelo brunelleschiano. En el palacio Riccardi (fig.
1302), la residencia de los Médicis durante
el siglo XV, su discípulo Michelozzo procura introducir ciertas novedades
subrayando la diferencia entre el almohadillado de las dos plantas y
enriqueciendo los vanos con unos parteluces, mientras en el palacio Strozzi otro
discípulo, B. da Majano, introduce un elemento tan importante como la gran
cornisa de coronamiento, donde el autor hace alarde de su dominio de la
ornamentación romana.
(fig. 1302)
Palacio Strozzi

De la influencia brunelleschiana fuera de Toscana
es buen ejemplo el llamado palacio de los Diamantes de Ferrara y el de
Bravilacqua de Bolonia (fig. 1303). Ya veremos el
eco de estos paramentos almohadillados en España. Además de estos paramentos
almohadillados, no faltan los esgrafiados (fig. 1304).
(fig. 1303)
Palacio de Bolonia

(fig. 1304)
Detalle de esgrafiados de la
fachada del Palacio Lanfredini en Florencia

En la generación siguiente, el otro gran
arquitecto florentino es León Bautista Alberti (muerte 1472). Profundo
conocedor de la arquitectura romana, sabe presentir mejor que Brunelleschi lo
que ha de ser el futuro templo cristiano. Su San Andrés de Mantua (fig.
1305), de una sola nave cubierta por poderosa bóveda de cañón, con
pequeñas capillas laterales y cúpula en el crucero, es el precedente ilustre de
la iglesia jesuítica de Vignola. Corona la fachada, distribuida a semejanza de
un arco de triunfo romano, gran frontón, como un siglo más tarde hará Palladio.
(fig. 1305)
San Andrés de Mantua

A Alberti se debe también el templo levantado en
Rímini por Segismundo Malatesta en recuerdo de su amada Isolda, dejándonos así
uno de los testimonios más elocuentes del paganismo renacentista (fig.
1306).
(fig. 1306)
Templo Malatestiano, Rímini

En cuanto a la arquitectura civil, introduce
novedades de interés en la fachada del palacio, reaccionando en el palacio
Rucellai (fig. 1307) contra la uniformidad del
almohadillado brunelleschiano al trazar pilastras entre los vanos de sus tres
plantas.
(fig. 1307)
Palacio Rucellai

Es el mismo sistema empleado en el Palacio de la
Cancillería de Roma (fig. 1308), que se le ha atribuido, al parecer sin
demasiado fundamento. Su tratado De re aedificatoria
nos dice que Alberti, además de arquitecto práctico, es uno de los grandes
teóricos del Renacimiento.
(fig. 1308)
Palacio de la Cancillería de
Roma

Aunque sin la categoría de los dos grandes
arquitectos anteriores, trabajan en Florencia otros varios, entre los que
destaca G. de Sanga11o (muerte 1516), autor de dos bellos edificios de
planta central o de varios ejes de simetría iguales: la iglesia de Santa
María delle Carceri (fig. 1309), de Prato, de
forma de cruz griega, y la Sacristía de S. Spirito de Florencia, octogonal,
ambas de los últimos años del siglo.
(fig. 1309)
Santa María delle Carceri,
de Prato

Su hermano, Antonio Sangallo el Viejo levanta, ya
muy entrado el siglo XVI y, por tanto, influido por el estilo de la nueva etapa
renacentista, la iglesia de Montepulciano (fig. 1310),
de cruz griega, como la de Prato, pero con ábside semicircular.
(fig. 1310)
Exterior e interior de la
iglesia de Montepulciano

LOMBARDÍA, VENECIA Y NÁPOLES
.—Como es natural, el nuevo estilo no tarda en
rebasar las fronteras de Toscana. En Lombardía, gracias a la actividad del
arquitecto Giovanni Antonio Omodeo, se forma una escuela deseosa, sobre todo, de
crear grandes efectos decorativos. Llevada de su afán de riqueza, no se contenta
con la columna cilíndrica de tipo clásico, sino que la estrangula
transformándola en una especie de balaustre que, como veremos, ejercerá gran
influencia en los arquitectos españoles. Su obra maestra es la Cartuja de Pavía
(fig. 1311) (1491).
(fig. 1311)
La Cartuja de Pavía

La principal aportación de Venecia a
la arquitectura renacentista de este período es su tipo de palacio, diferente
del florentino. Con dos fachadas, una al canal y otra a la calle de tierra,
carece de patio, y mientras la planta baja está dedicada a la vida comercial, el
centro de la alta es un gran salón de fiestas, que ocupa toda la profundidad del
edificio. Contra lo que sucede en Florencia, el muro de fachada casi desaparece
y se reduce a encuadrar los numerosos y amplios ventanales que iluminan los
salones de las plantas superiores, siguiendo en ello los modelos góticos del
palacio de los Dux y de la casa Pisani. El ejemplo más bello de este tipo de
vivienda es el palacio Vendramín Calerghi (1481), obra de P. Lombardo (fig.
1312).
(fig. 1312)
Palacio Vendramín Calerghi

El tipo de Iglesia veneciana cuatrocentista se distingue, sobre todo, por
terminar sus fachadas en semicírculos y cuartos de círculo, como en Santa María
de los Milagros (fig. 1313).
(fig. 1313)
Santa María de los Milagros

En NÁPOLES no llega a formarse una escuela tan
claramente definida como en Lombardía y Venecia, pero se labra una de las obras
más representativas del Renacimiento. Alfonso V el Magnánimo, al ocupar el trono
de NÁPOLES, se convierte en uno de los grandes mecenas del Renacimiento. Monarca
espléndido, hace decorar el viejo castillo gótico con una portada de mármol
(1461-70), que, concebida como una especie de arco de triunfo con victorias en
las enjutas, le permite mostrarse en ella cual un emperador romano desfilando en
su carro triunfal (fig. 1314).
(fig. 1314)
Arco de Alfonso V, Nápoles

EL «CINQUECENTO»: BRAMANTE Y MIGUEL ÁNGEL
.—Al comenzar el siglo XVI Florencia deja de ser
la capital artística de Italia, y Roma pasa al primer plano. La Ciudad Eterna no
es ya el lugar de peregrinación de los artistas florentinos que van a estudiar
las ruinas de la antigüedad, sino la población donde se emprenden las obras más
importantes de la época. Elegido Pontífice en los primeros años del siglo, Julio
II no duda en ordenar la demolición de la antiquísima basílica de San Pedro,
cabeza de la cristiandad, y da comienzo a la ingente mole que hoy admiramos. El
es quien llama a su corte a artistas como Rafael y Miguel Ángel. A su muerte le
sucede León X, tan amigo de las artes como su
padre, Lorenzo el Magnífico, y fastuoso como un emperador romano.
El arquitecto de Julio II es un hombre del Norte,
el urbinense Bramante (muerte 1514). Al terminar el siglo es hombre viejo, frisa
en los sesenta años y ha hecho en Lombardía obras como San Sátiro, donde alardea
de riqueza decorativa al gusto cuatrocentista (fig. 1315).
(fig. 1315)
San Sátiro, Milan

Pero al trasladarse a
Roma no son los temas ornamentales los que le interesan. Lo que atrae toda su
atención es la grandiosidad de la arquitectura romana, la simplicidad y la
armonía de las masas -del teatro Marcelo y del Coliseo, lo puramente
constructivo. Y el año 1499 labra un pequeño templete, que es algo así como el
manifiesto de la nueva etapa renacentista, la del Cinquecento. El bello
monóptero de San Pietro in Montorio (fig. 1316), costeado por los Reyes Católicos;
es un descendiente directo de los templos de Vesta y de la Sibila, a los que,
como no puede menos de suceder en momento tan culminante del Renacimiento, se
corona con una media naranja. Sobre unas gradas descansan las lisas columnas, en
su entablamento dórico se dibujan levemente algunos objetos litúrgicos, y en el
segundo cuerpo alternan sencillos nichos de dos tipos, ambos igualmente
desornamentados.
(fig. 1316)
San Pietro in Montorio, Roma

Poco después Julio II le encomienda la obra del
nuevo templo de San Pedro. Realmente, no puede existir empresa de mayor
responsabilidad para un arquitecto. Bramante, hijo legítimo del Renacimiento,
tenía la obsesión de la cúpula, como Brunelleschi en la catedral de Florencia y
en la Capilla Pazzi, y Alberti en San Andrés de Mantua. Trabajando en Roma y
para Roma, el hermoso interior del Panteón viene a reforzar ese anhelo
renacentista con fuerza avasalladora, y él mismo dice que desea hacer cabalgar
la bóveda de aquel monumento sobre dos naves abovedadas, como las de la basílica
de Constantino. En la alternativa entre el modelo de cruz latina de San Andrés
de Mantua o el de la Capilla Pazzi, adopta el de cruz griega, más en consonancia
con las proporciones cuadradas de la cúpula (fig. 1317).
(fig. 1317)
Plantas de San Pedro, Roma: de Bramante, Miguel
Ángel y Maderna

Aunque no
definitivamente, la cruz griega triunfa sobre la cruz latina en este momento
culminante del Renacimiento. Proyecta cada uno de los brazos terminado en ábside
semicircular y con pórtico al exterior. En los ángulos formados por las naves, e
inmediatas a la cúpula central, dispone otras cuatro menores, y más al exterior,
otras tantas torres de gran altura (fig. 1318). En el proyecto de Bramante el
tambor de la cúpula central estaba rodeado por una columnata.
(fig. 1318)
Proyecto de Bramante de San
Pedro de Roma

Empresa de proporciones gigantescas, las obras
avanzan lentamente con arreglo al proyecto de Bramante. Más tarde la obra se
encomienda sucesivamente a varios arquitectos, que, como veremos, introducen en
aquél novedades esenciales.
A Bramante se deben, además, en Roma, el bello
claustro de Santa María de la Paz (fig. 1319), de
admirable simplicidad, y, sobre todo, el arreglo del Belvedere, en cuyo fondo
levanta gigantesca exedra (fig. 1320).
(fig. 1319)
Claustro de Santa María de
la Paz, Roma

(fig. 1320).
Pórtico de Belvedere

Entre las obras de su escuela merece recordarse,
por adoptar el tipo de cruz griega con cuatro ábsides, como San Pedro, la
iglesia de Todi (fig. 1321).
(fig. 1321)
Iglesia de Santa María de la
Consolación (Todi)

Discípulos de Bramante son Rafael de Urbino y
Baltasar Peruzzi. Rafael, de quien se tratará más adelante como pintor, dirige
la obra de la iglesia de San Pedre durante algún tiempo y es el autor de la
Villa Madama y de su propia casa (fig. 1322), que no se conserva.
(fig. 1322)
Figuración de la casa de Rafael

A Peruzzi se
debe el palacio Massimo (fig. 1323), en cuya fachada las columnas desempeñan
importante papel.
(fig. 1323)
Palacio Massimo

Cuando Paulo II decide, en 1546, encomendar la
dirección de las obras de San Pedro a Miguel Ángel, éste ha cumplido los
setenta. El gran florentino se resiste cuanto puede, pero, al fin, acepta, si
bien recabando plena libertad para introducir en el proyecto todas las novedades
que estime convenientes. Consisten éstas en la desaparición de tres ingresos
laterales con pórticos y de las sacristías, alojadas en las torres, y, sobre
todo, en la transformación de la cúpula (fig. 1324).
(fig. 1324)
Fachada y cúpula de San Pedro. (Miguel Ángel)

Miguel Ángel, educado en la
contemplación de la de Brunelleschi, la cúpula la hace de proporciones mucho más elegantes
y la eleva hasta alcanzar los 131 metros. Gracias a él, lo mismo que en
Florencia, la cúpula se convierte en el rasgo más característico del perfil de
la ciudad. Decora su tambor con columnas pareadas y frontones triangulares y
curvilíneos alternados, y a este tema de frontones de dos tipos, juntamente con
las hornacinas bramantescas, reduce la decoración de las fachadas exteriores,
recorridas por gigantescas pilastras lisas (fig. 1325). La influencia de la cúpula miguelangelesca en los arquitectos posteriores será decisiva. Pocas dejan de ser
simples variantes en mayor o menor grado de la creación miguelangelesca.
(fig. 1325)
Ilustración de San Pedro de Roma
de Miguel Ángel

Además de la gran empresa del Vaticano precisa
recordarse, dentro de la reducida labor arquitectónica de Miguel Ángel, el
proyecto de fachada de San Lorenzo (fig. 1326), de
Florencia.
(fig. 1326)
Proyecto de fachada de San
Lorenzo de Miguel Ángel

La escalera de la
biblioteca Laurenciana (fig. 1327), donde es
notable el efecto de dinamismo contenido que producen sus elementos
constructivos.
(fig. 1327)
Escalera de la biblioteca Laurenciana
de Miguel Ángel

La capilla de los Médicis (fig.
1328), también en Florencia, para la que labra sus famosos sepulcros de que se trata
más adelante.
(fig. 1328)
Capilla de los Médicis

La regularización de la plaza del Capitolio (fig.
1329), con el
palacio de los Conservadores.
(fig. 1329)
Plaza del Capitolio

La Puerta Pía (fig. 1330), de Roma.
(fig. 1330)
La Puerta Pía

ANTONIO SANGALLO, EL JOVEN
.—Sin la genialidad de Miguel Ángel, Sangallo,
nacido ya en Roma y contemporáneo suyo, deja también huella perdurable en la
historia de la arquitectura renacentista. Formado en las normas del arte austero
y grandioso de Bramante, es el creador del tipo de palacio cinquecentista. En el
palacio Farnesio (1514) (fig. 1331), que construye para el futuro Paulo III, renuncia al almohadillado de Brunelleschi, limitando el efecto de
claroscuro al encuadramiento de los vanos. Para evitar una excesiva reiteración,
cubre las ventanas bajas con simples cornisas horizontales, mientras en la
planta principal alterna los frontones curvos con los rectilíneos. La enorme
cornisa que corona el edificio es obra de Miguel Ángel.
(fig. 1331)
Fachada y patio del palacio Farnesio

La misma grandiosa
sobriedad típicamente cinquecentista-impera en el patio, donde,
según los modelos clásicos del teatro Marcelo y él Coliseo, se superponen los
órdenes y el arco se encuadra en un sistema adintelado. Las grandes familias
romanas no se reducen a construir casas monumentales como ésta, sino que labran
otras de recreo, como la Villa Farnesina, la Villa Médicis, la Villa Julia, etc.
En Venecia, el principal representante del pleno
Renacimiento es J. Sansovino (muerte 1570), quien, a pesar de haberse formado
con Bramante, no olvida la riqueza decorativa del siglo anterior, como puede
observarse en la librería de San Marcos (1536) (fig. 1332) y en la Loggeta (fig.
1333). A él se debe, además, el palacio Correr (fig.
1334).
(fig. 1332)
Librería de San Marcos,
Venecia

(fig. 1333)
La Loggeta, Venecia

(fig. 1334)
Palacio Correr

EL BAJO RENACIMIENTO: VIGNOLA Y PALLADIO
.—Bramante muere en 1514, y Sangallo antes de
mediar el siglo, y aunque Miguel Ángel vive aún hasta 1564, sus coetáneos hace
mucho tiempo que han desaparecido. Además, ya inicia su carrera una nueva
generación, que comienza a dar sus frutos poco antes de 1550. Es la que llena la
última etapa renacentista, que muchos denominan Bajo Renacimiento. Durante ella
la arquitectura pierde ese sentido de la claridad en la composición y esa
simplicidad grandiosa que distingue al siglo XVI del cuatrocentismo, y comienza
a multiplicar innecesariamente los elementos arquitectónicos. La decoración, en
general, sin embargo, no es ni más rica ni más profusa, pero se tiende a
subdividir la superficie de la fachada en varios campos independientes y
aislados.
Por otra parte, después de un siglo de construir
en el estilo antiguo, los arquitectos italianos creen llegado el momento de
sistematizar sus conocimientos y experiencias. Sebastián Serlio publica en 1537
su después famosa Arquitectura, de que tantas ediciones y traducciones han de
hacerse y que tan profunda influencia ha de tener en toda la arquitectura
occidental, y grandes teóricos son también, como veremos, los principales
arquitectos de esta época.
Vignola (muerte 1573), discípulo de Miguel Ángel,
es el verdadero creador del primer tipo de iglesia renacentista verdaderamente
original. En la de Jesús de Roma (1568), labrada para la recién fundada
Compañía, en vez de colocar la cúpula sobre un templo de cruz griega lo hace
sobre uno de cruz latina; ahora bien, los brazos del crucero son
muy poco profundos y la nave central se ensancha a costa de las laterales, que
se reducen a dos filas de capillas bajas, pequeñas y comunicadas entre sí. Muy
apropiadas por su recogimiento y oscuridad para la oración, la luz, en cambio,
inunda la capilla mayor y el crucero. La escasa altura de las capillas laterales
permite disponer sobre ellas unas tribunas, desde las cuales la comunidad puede
asistir a los oficios sin ser molestada por los fieles. (fig.
1335), (fig. 1336).
(fig. 1335)
Interior de la Iglesia de Jesús de Roma

(fig. 1336)
Planta de la Iglesia de Jesús de
Roma

El Jesús de Roma es el prototipo de la llamada
iglesia jesuítica, que tanto se generaliza en el período barroco. Dadas la gran
anchura de su nave y la intervención en la obra de San Francisco de Borja, se ha
pensado en la posible influencia del tipo de iglesia gótica del Levante español.
La portada (fig. 1337) se debe al
discípulo de Vignola, Giacomo della Porta, quien,
inspirándose en el viejo modelo de Alberti, la corona con un gran frontón y
establece el tránsito entre el cuerpo bajo y el alto por medio de unos grandes mensulones.
fig. 1337)
Fachada de la Iglesia de
Jesús de Roma

Obra de Vignola es, además, el palacio de Caprarola,
de planta pentagonal y patio circular (fig. 1338) y
la Villa Julia (fig. 1339), de Roma.
Los conocimientos adquiridos por Vignola, al medir los monumentos romanos por
encargo de la Academia Vitrubiana, sirven de base a su Trattato degli Ordini, de
tan perdurable influencia en el futuro.
(fig. 1338)
Figuración palacio de Caprarola

(fig. 1339)
Villa Julia de Roma

Andrea Palladio (muerte 1580), autor de la obra,
I quattro Hbri dell'Architectura (1570), deja
huella no menos profunda, sobre todo en la arquitectura civil. Discípulo también
de Miguel Ángel, se establece en Vicenza, su patria, y trabaja principalmente en
el norte de Italia. La fachada de la basílica (fig. 1340) de aquella población
está concebida con sobriedad casi bramantesca, pero su gran novedad consiste en
el empleo simultáneo en su fachada de columnas de dos escalas, unas bajo los
arcos, y otras que recorren toda la planta y que al contacto de aquéllas
resultan mayores de lo que realmente son.
(fig. 1340)
Exterior y planta de la Basílica de Vicenza

En el Teatro Olímpico (fig.
1341), 73)
resucita el modelo clásico. Sus villas de recreo, a las que dedica uno de los
libros de su tratado, semejan verdaderos templos de gran empaque monumental, con
grandiosas columnatas, amplios frontones y nobles gradas de acceso.
(fig. 1341)
Teatro Olímpico de Vicenza

La Villa Capra (fig. 1342), de Vicenza, construida para un alto empleado pontificio y
conocida por la Rotonda, puede servir de modelo.
(fig. 1342)
La Villa Capra de Vicenza

En sus palacios (fig. 1343) se
multiplican columnatas y, sobre todo, frontones y áticos para crear grandes
efectos monumentales, en que la sensación de reposo, no exenta a veces de
amontonamiento, es decisiva en el conjunto.
(fig. 1343)
Palacio Chiericati

Sus templos más conocidos son los del Redentor y
de San Jorge, ambos de Venecia (fig. 1344), (fig.
1345).
(fig. 1344)
El redentor, Venecia

(fig. 1345)
San Jorge, Venecia

La influencia de Talladio es particularmente
intensa en Inglaterra, y a través de ella, en los Estados Unidos, donde perdura
casi todo el siglo XIX. Por su simplicidad y reposo de líneas, es también fuente
de inspiración de no pocos arquitectos neoclásicos.
FRANCIA
.—La introducción del Renacimiento en Francia
aparece ligada con las expediciones reales a Italia en demanda de NÁPOLES y del
Milanesado. Carlos VIII reúne, ya en 1495, un importante núcleo de artistas
italianos en el castillo de Amboise, a la cabeza de los cuales figura Fra Giacondo, primer editor de Vitrubio y uno de
los arquitectos de San Pedro de Roma, y desde entonces no faltan artistas
italianos en la corte francesa, y en Francia pasan sus últimos años algunos tan
insignes como Leonardo de Vinci y el tratadista Serlio. La llamada escuela de
Fontainebleau, constituida por los artistas italianos y sus discípulos franceses
allí reunidos, es el gran centro irradiador del nuevo estilo, bajo Francisco I y
Enrique II; pero, pese al decidido favor del monarca y a los hermosos palacios
que se construyen, el Renacimiento no alcanza en Francia un desarrollo tan
extraordinario como en España.
La arquitectura renacentista francesa es
principalmente de carácter civil y, más concretamente, palaciega, como
presintiendo el futuro de su gran florecimiento barroco. Los reyes franceses no
emprenden, sin embargo, en los primeros tiempos, la construcción del gran
palacio de la Monarquía, y se dedican a reformar y ampliar en el nuevo estilo
los castillos-palacios del valle del Loira. La gran empresa de este tipo es el
ala agregada por Francisco I al castillo de Blois (fig.
1346), en la que la
gran escalera helicoidal y las cubierta violentamente inclinada, con sus
numerosas chimeneas, desempeñan papel de primer orden. El dragón coronado y
lanzando llamas por las fauces, emblema de Francisco I, es simple tema
ornamental en el centro de los recuadros, sin adquirir el desarrollo
extraordinario que concederán a los temas heráldicos los arquitectos
castellanos.
(fig. 1346)
Castillo de Blois, Francia

Aún más representativo del renacimiento cortesano
de Francisco I es el castillo de Chambord (fig. 1347), edificio concebido
para el lucimiento de una doble escalera helicoidal en el interior y la
ostentación de un bosque de chimeneas en el exterior; en realidad, un escenario
pensado para la apoteosis de un monarca amigo de cacerías y fiestas. Obra de
Pedro Trinqueau, es, como se ha dicho, para Francisco I lo que El Escorial para
Felipe II y Versalles para Luis XIV.
(fig. 1347)
Castillo de Chambord

Al mediar el siglo se emprende, ya en París, la
gran obra del palacio del Louvre. Su arquitecto,
Pierre Lescot (muerte 1578) lo traza (1546) con
un patio cuadrado del que sólo llega a construir un ángulo, si bien al
completarse se sigue, al menos en rasgos generales, su modelo (fig.
1348).
(fig. 1348)
Evolución de las trazas del
palacio de Louvre, París

Es éste
de dos plantas corintias, la baja con arcos y la alta con ventanas cubiertas con
frontones triangulares y curvos. Sobre ellas carga una tercera más baja, a
manera de ático, con empinada cubierta muy visible exteriormente (fig.
1349).
(fig. 1349)
Fachada renacentista de
Pierre Lescot del palacio de Louvre

A Lescot, en colaboración con el escultor Goujon,
se debe la bella Fuente de los Inocentes (fig. 1350).
(fig. 1350)
Fuente de los Inocentes, París

Equiparable en mérito a Lescot es su contemporáneo Filiberto de l'Orme (muerte
1570), que construye a cierta distancia del palacio del Louvre el de las
Tullerías -—en francés Tuileries, tejerías—
(1564) (fig. 1348 II), donde emplea lo que él mismo denomina —pues además de
arquitecto práctico es un teórico— el orden francés, cuyos rasgos más
característicos son las fajas decoradas que interrumpen el fuste estriado de sus
columnas (fig. 1351). (fig.
1352). El palacio de las Tullerías fue destruido durante la revolución de 1871.
(fig. 1351)
Fachada con columnas de
orden francés del palacio de Tullerías

Estas dos obras de los dos principales arquitectos
renacentistas franceses son el núcleo del Louvre actual. Todavía en el siglo XVI
se construye el ala del lado del río de la actual plaza del Carroussel, que
llega hasta las Tullerías (fig. 1348 III y IV). Bajo Luis XIII y Luis XIV se
cierra el patio cuadrado comenzado por Lescot (fig. 1348 VI y VII).
Napoleón I construye parte de la segunda ala del patio citado (figura 1348
IX), y Napoleón
III lo completa con varios patios menores (figura 1348 X).
El siglo XVI, fue uno de los más turbulentos de la
historia de Francia azotada por las guerras de religión que impidieron culminar
el conjunto arquitectónico de los palacios de Louvre y las Tullerías. Sin
embargo, fueron las obras insignes del renacimiento francés. (fig.
1352).
(fig. 1352)
Conjunto arquitectónico de
los palacios de Louvre y Tullerías

PALACIO DE LOUVRE
Evolución del palacio de Louvre, durante los
siglos XV y XVI. (fig. 1353), (fig.
1354), (fig. 1355), (fig.
1356), (fig. 1357).
(fig. 1353)
Imagen figurada del Louvre del siglo XV

(fig. 1354)
Primer proyecto (no realizado) de Pierre Lescot
para el Louvre, 1546

(fig. 1355)
Diseño de Lescot para la fachada oeste del patio
interior

(fig. 1356)
Planta de las nuevas construcciones renacentistas:
1566

(fig. 1357)
Figuración. El Louvre hacia
1580

PALACIO DE LAS TULLERÍAS
El palacio y el jardín recibieron el nombre de
Tuileries, a causa de las fábricas de tejas (tuiles en
francés) que antes se alzaban en su lugar. Las obras se empezaron en
1564. (fig. 1358), (fig. 1359),
(fig. 1360), (fig. 1361).
(fig. 1358)
Planta proyecto original de
Philibert Delorme para las Tuileries.

(fig. 1359)
Alzado proyecto original de
Philibert Delorme para las Tuileries.

(fig. 1360)
Mapa de las Tuileries y del Louvre hacia 1580.

(fig. 1361)
Las Tuileries (inacabadas)
(izquierda) y de las murallas de París (derecha)

Ilustración de Theodor
Hoffbauer