LOS PREGIOTESCOS
FLORENCIA: GIOTTO
SIENA: DUCCIO, SIMONE MARTINI Y LOS LORENZETTI
ESCUELA FLORENTINA DEL SIGLO XV
FRA ANGÉLICO
MASOLINO, MASACCIO, P. UCELLO Y A. DEL CASTAGMO
FRA FILIPPO LIPPI, B. GOZZOLI Y P. DELLA FRANCESCA
LA ÚLTIMA GEKERACIÓN: GHIRLANDAJO
BOTTICELLI. OTROS PINTORES
ESCUELA DE UMBRÍA: PERUGINO Y PINTORICCHIO. SIGNORELLI
PADUA: SQUARCIONE Y MANTEGNA. FERRARA
VENECIA: LOS BELLINI. CARPACCIO. SICILIA: ANTONELLQ DE MESINA
LOS PREGIOTESCOS
.—La pintura italiana del siglo XIII anterior a
Giotto se mantiene fundamentalmente dentro de las normas generales del estilo
bizantino de la centuria anterior, es decir, del estilo que los italianos del
Renacimiento denominan la maniera greca. Cultivador de ese estilo en Roma
a fines del siglo XIII es Torriti, a quien se debe el mosaico de la Coronación (fig.
1583) de Santa María la Mayor.
(fig. 1583)
Mosaico de la Coronación de
Santa María la Mayor. Roma

Más progresivo es Pietro Cavallini, que vive en
Roma y se forma con los maestros romanos del mosaico. El mismo emplea
preferentemente esa técnica hacia 1300. En sus mosaicos de escenas evangélicas,
de Santa María in Transtevere, dentro de la monumentalidad propia de este
género de pintura, se distingue por su grandiosidad romana, pero, sobre todo,
por la expresión de los rostros, donde apunta ya el naturalismo de la nueva era.
Esa expresión naturalista se intensifica considerablemente en los frescos de la
iglesia de Santa Cecilia, donde las formas se hacen más redondas y blandas (fig.
1584).
(fig. 1584)
Frescos de la iglesia de
Santa Cecilia. Roma

Pero esa ráfaga de vida que anima las figuras del
artista romano puede decirse que casi desaparece en el resto de la pintura
italiana, cuya calidad es, por otra parte, notablemente inferior. La misma
Toscana, donde habrá de producirse la gran revolución pictórica al comenzar la
centuria siguiente, no crea nada equiparable. Por su interés iconográfico, sobre
todo, merecen recordarse los Crucificados, recortados en tabla, y a veces con
ensanchamientos laterales para escenas de la Pasión. A mediados del siglo XIII,
el cuerpo se arquea hacia la izquierda, adoptando una actitud muy típica de la
escuela toscana de la segunda mitad de esa centuria, y distinta de la más
generalizada en Occidente de la escuela gótica francesa. El pintor de nombre
conocido más ilustre de este período es Giunta Pisano, autor del Crucifijo
firmado el segundo cuarto del siglo XIII, de la Basílica de Asís (fig.
1585). Durante la segunda mitad del siglo la actividad pictórica en la
región es grande y no faltan obras firmadas, pero ninguna de ellas aporta
novedad de mayor interés.
(fig. 1585)
Crucifijo de la Basílica de
Asís

El único artista que sabe percibir muy levemente
el norte de la nueva era es Cenni Cimabue, que debe de nacer a mediados del
siglo XIII. Florentino, y formado, al parecer, con ciertos pintores de Bizancio
que trabajan en la ciudad del Arno, aunque viene dándosele desde el Renacimiento
papel preponderante en la renovación pictórica, se mueve, sin embargo, dentro de
la maniera greca, dejando ver solamente en la expresión de algunos
rostros el deseo de inspirar en la naturaleza. En su gran tabla de los Uffizi
nos presenta a la Virgen (fig. 1586) en su trono
sostenido por cuatro ángeles simétricamente dispuestos, con la cabeza inclinada
y dirigiendo la mirada hacia el espectador a la manera bizantina, e igualmente
bizantinos los convencionales pliegues realzados con oro de sus ropajes. La
pintura mural renacentista italiana es al fresco, y la de caballete, al temple.
(fig. 1586)
Tabla de los Uffizi

FLORENCIA: GIOTTO
.—El artista que reacciona de manera decidida
contra los convencionalismos y el amaneramiento de la maniera greca es el
discípulo de Cimabue, Giotto di Bondone (muerte 1337), cuya actividad
corresponde ya a la primera mitad del siglo XIV. Lo revolucionario de su estilo
y la sorpresa que causa a sus contemporáneos dan lugar a una leyenda que dos
siglos más tarde, cuando ese estilo por él iniciado ha producido la gran pintura
del Renacimiento, nos refiere el Vasari en términos análogos a éstos:
En un pueblecito próximo a Florencia nace a
fines del siglo XIII un niño que al cumplir los doce años es enviado por su
padre a cuidar de un rebaño de ovejas. Pero la inclinación por el dibujo es en
él tan profunda, que entretiene sus largas horas en representar sobre la tierra
o sobre las piedras cuanto tiene a la vista. Cierto día pasa junto a él Cimabue,
precisamente en el momento en que dibuja una oveja. Asombrado el entonces famoso
pintor de que la copiase del natural —ritraeva una
pécora di naturale, senza avere imparato de aítri che della natura— le
invita a marchar con él, a lo que el joven Giotto accede gustoso.
Trasladado a Florencia, no sólo aprende con
rapidez el estilo de su maestro, sino que, entregado al estudio de la
Naturaleza, logra desterrar la maniera greca y crear la buena pintura
moderna, o, lo que es lo mismo, pintura renacentista.
Como tantas otras leyendas, es probablemente falsa
en sus detalles, pero en el fondo refleja exactamente lo que Giotto representa
en la historia de la pintura. Giotto vuelve valientemente la espalda a los
convencionalismos y formulismos del estilo bizantino y mira cara a cara a la
naturaleza. Claro que como la historia de la pintura no es sino una parte de la
historia del espíritu humano, ese amor de Giotto por la naturaleza no es un
fenómeno aislado, sino el reflejo de las doctrinas de San Francisco de Asís,
muerto en 1226, que predica el amor de Dios en sus criaturas, por humildes que
sean, y San Francisco, a su vez, no es sino uno de los portavoces de la gran
corriente espiritual que en arte produce el estilo gótico. Giotto es el
intérprete genial de la nueva iconografía, impregnada de sentido humano, de los
predicadores y escritores franciscanos.
El naturalismo no impide a Giotto concebir las
escenas con monumentalidad extraordinaria. La monumentalidad es categoría propia
de la pintura en mosaico de sus predecesores, pero en él responde también a su
propia sensibilidad y adquiere caracteres diferentes: ante sus corpulentos
personajes se adivinan ya las grandiosas figuras de Masaccio y Miguel Ángel. En
este tono mayor es la cabeza de una familia gloriosa. La otra nota más destacada
del temperamento de Giotto quizá sea su hondo sentido dramático. Nadie
representa antes que él en forma tan intensamente expresiva el tema de la Piedad
(fig. 1587); los gestos y las actitudes de los personajes no los copia de sus
predecesores, sino que los ve en los momentos de dolor y desesperación de sus
convecinos.
(fig. 1587)
Lamentaciones, Arena de
Padua

Contemporáneo y paisano de Dante, ofrece con él,
en este aspecto, indudable parentesco espiritual. Testimonio de su mutua
estimación son los versos en que el poeta nos dice cómo Giotto ha superado el
estilo de Cimabue:
Credete Cimabue nella pintura
Tener lo campo, ed ora ha
Giotto el grido
Si che la fama de colui oscura
Y el retrato de Dante, por Giotto, del
palacio del Podestá.
En su interpretación del paisaje, aun utilizando
los convencionalismos bizantinos, se distingue por su sobriedad y su
monumentalidad características.
La obra principal de Giotto es la serie de
pinturas al fresco de la iglesia de la Arena de Padua (1303). En sus paredes
laterales representa en varias filas diversas historias evangélicas (fig. 1588)
y a los pies el Juicio Final, en cuya parte inferior retrata al donante, Enrique Scrovegni, ofreciendo el templo a la Virgen.
fig. 1588)
Pinturas al fresco de la
iglesia de la Arena de Padua

Aparte de este gran ciclo de pinturas murales, se
conserva en Florencia alguna capilla decorada por él, como la Bardi (1316), de
Santa Croce; pero, contra lo que se ha supuesto por mucho tiempo, no parece que
pueda atribuirse sino a sus discípulos la gran serie de historias de San
Francisco, de la iglesia alta del santo de Asís, donde por no tratarse de la
rígida iconografía evangélica, anquilosada por varios siglos de repetición, sino
de temas que se interpretan por primera vez, y cuyo protagonista ha muerto poco
más de medio siglo antes, la inspiración naturalista del pintor puede
manifestarse sin el freno de la tradición. Allí aparecen representados los
típicos temas de la iconografía del Poverelto de Asís predicando a los hermanos
pájaros, partiendo la capa con el pobre, etc. Es la ilustración gráfica más
elocuente y completa de la literatura piadosa que tan rápidamente nace al calor
del recuerdo del apóstol de la pobreza; el gran homenaje que la nueva pintura
rinde a uno de sus padres espirituales.
Giotto cultiva también la pintura en tabla. Su
Virgen con el Niño (fig. 1589), del Museo de los
Uffizi, es pintura hecha al temple y, como sucederá hasta mediados del siglo XV
en Italia, sobre fondo de oro. Verdadera matrona romana sobre un trono gótico,
su comparación con la de Cimabue pone bien de relieve la novedad del estilo
giottesco.
(fig. 1589)
Virgen con el Niño del Museo
de los Uffizi

Durante el resto del siglo, la pintura florentina
es esencialmente giottesca, sin que, en realidad, aporte novedades importantes,
no obstante, predomina la indudable valía de sus cultivadores. Figuran entre
éstos, todavía en la primera mitad del siglo, Tadeo Gaddi (muerte 1366),
a quien se debe la decoración de la capilla Baroncelli de Santa Croce, y Andrea
Orcagna (muerte 1368), autor del políptico del Salvador, de Santa María
Novella (1359) y miembro de una activa familia de pintores, a la que se deben
las grandes figuras murales del Paraíso, el Juicio Final y el Infierno, de la
misma iglesia. De Tadeo Gaddi se consideran las historias de San Eloy, del Museo
del Prado. A Orcagna se atribuye también, aunque sin fundamento, el popular
fresco del Triunfo de la Muerte, del camposanto de Pisa, de sorprendente
realismo. En la segunda mitad del siglo, la figura más progresiva es Andrea
Bonaiuti, de Florencia, que se deja influir por la -vecina escuela
senesa y pinta al fresco la importante
alegoría de las Artes liberales (1365), de la capilla de los españoles de Santa
María Novella, donde al pie de cada una de aquéllas figura a su más ilustre
cultivador.
SIENA: DUCCIO, SIMONE MARTINI Y LOS
LORENZETTI
.—La otra gran escuela trecentista radica en la
misma Toscana, en la vecina Siena, la rival de Florencia.
La mística ciudad de Siena disfruta en esta época
de intensa actividad pictórica. De vida tan corta que no rebasa el fin de siglo,
sus rasgos más destacados son su sentido lírico y su apego al estilo tradicional
o, lo que es igual, su bizantinismo. Se agrega a ello en su segunda etapa la
influencia del gótico francés, que contribuye en no pequeña medida a crear un
sentido de la forma más blando y flexible. Frente al tono giottesco fuerte y
dramático, se distingue la escuela senesa
por su gracia y elegancia ligera. Debido al estilo más arcaizante del fundador y
a la gran personalidad de sus sucesores, el estilo evoluciona más que en
Florencia.
DUCCIO
El patriarca de la escuela es Duccio de
Buoninsegna (muerte 1311), quien ya en 1285 pinta la Madonna Rucellai (fig.
1590), la que, dentro de su aspecto esencialmente bizantino, descubre una
leve expresión de ensueño que persistirá en la escuela.
(fig. 1590)
Madonna Rucellai

Pero su gran obra es la Maestá (fig.
1591), cuyo traslado (1310) procesional desde el estudio del pintor al
altar mayor de la catedral resulta un acontecimiento. Es un gran tablero
ligeramente apaisado, en cuyo anverso aparece la Virgen en majestad sentada en
su trono y rodeada por los ángeles y santos patrones y mártires de la ciudad.
(fig. 1591)
Virgen y santos (anverso)
Catedral de Siena

Mientras en el reverso se presentan numerosas
escenas de la vida de Jesús.
Pese al tono grave y solemne de la gran
composición de la Virgen rodeada de santos, cuyo bizantinismo es patente, tanto
en el conjunto como en los menores detalles, el aire fino y elegante que anima a
las figuras es vivo reflejo de la delicada sensibilidad senesa. Y esa misma
gracia leve y sutil se hace aún más sensible en la interpretación de las
deliciosas y pequeñas historias del dorso.
SIMONE MARTINI
El segundo gran maestro de la escuela es Simone
Martini (muerte 1344). De una generación posterior a Duccio, su estilo es
considerablemente más avanzado. El bizantinismo pierde tanto terreno que, de ser
el elemento preponderante, pasa muy a segundo término. El sentido senes
de la elegancia, derivado por sugestión del gótico en pro de lo curvilíneo, hace
que sus figuras, al abandonar la rigidez bizantina, se tornen Mandas y
flexibles, y sus rostros graciosos y expresivos. La nota suave y femenina da un
paso decisivo en Simone Martini.
Lo mismo que Duccio, pinta una Maestá (fig.
1592), la gran pintura mural de la Virgen rodeada de santos y bajo palio
sostenido por ángeles (1315), del Ayuntamiento. Sólo cinco años posterior a la
de Duccio, la diferencia es notable, tal vez no menor que la existente entre
Cimabue y Giotto. En la divina asamblea ha desaparecido todo rasgo de rigidez;
las figuras que rodean a la Virgen se mueven con suavidad y soltura, y la
monotonía y reiteración de las actitudes han disminuido también
considerablemente.
(fig. 1592)
Virgen y Santos,
ayuntamiento de Siena

Pero donde el fino sentido de lo curvilíneo
alcanza valor decorativo extraordinario es en su delicadísima tabla de la
Anunciación (1333) (fig. 1593), una de sus últimas obras y sin duda de las
creaciones más seductoras de la pintura trecentista.
(fig. 1593)
La Anunciación, Uffizi,
Florencia

Si en la Anunciación culmina la elegancia y el
sentido decorativo del autor, en los frescos de San Martín (1316), de la iglesia
baja de Asís, vuelca toda la delicada poesía de su temperamento. En el gran
fresco de Guidoriccio (1328), del Ayuntamiento de Siena, al mismo tiempo que nos
reitera su admirable sentido de lo decorativo y de la elegancia, ofrece el
primer gran retrato ecuestre de la pintura moderna (fig.
1594).
(fig. 1594)
Figura ecuestre de
Guidoriccio da Fogliano

Con motivo del cisma de Occidente, Simone Martini
se traslada a Aviñón, lo que, al mismo tiempo que le permite conocer más de
cerca el arte gótico, contribuye a difundir la influencia de su propio estilo.
LOS LORENZETTI
La última etapa de la escuela está representada
por los hermanos Lorenzetti, quienes con frecuencia parecen haber heredado el
sentido poético de Simone Martini. Ambroggio es el continuador de las grandes
composiciones murales del Ayuntamiento. A él se deben (1337) las cuatro grandes
alegorías de la Paz (fig. 1595), representada bajo
la forma de una joven matrona acompañada en su estrado por la Fortaleza y la
Prudencia.
(fig. 1595)
La Paz

Del Buen gobierno (fig. 1596)
en la ciudad; del Buen gobierno en el campo y del Mal gobierno. Lorenzetti pinta
con este motivo gran número de figuras alegóricas y de escenas de vida profana,
donde comenta los efectos del buen y del mal gobierno, ordenándolas con
grandiosidad y gracia narrativa.
(fig. 1596)
Del Buen gobierno en la
ciudad

De Pietro Lorenzetti es la bella pintura de
la Virgen entre dos santos, de San Francisco de Asís, donde, bajo la suavidad de
expresión y el blando modelado típicamente senes, se percibe un dramatismo que
parece aprendido en Giotto.
Como queda dicho, después de estos cuatro grandes
pintores, todos ellos de acusada personalidad no obstante su estrecho parentesco
espiritual, la vena pictórica senesa se agota y no vuelve a producir ningún
pintor de categoría. La fecundidad florentina al comenzar la nueva centuria, por
el contrario, es cada vez mayor.
ESCUELA FLORENTINA DEL SIGLO XV
.—Durante el siglo XV el naturalismo que inspira
la gran renovación giottesca continúa siendo resorte de primer orden en la
evolución renacentista. Los pintores aprenden a representar cada vez mejor el
cuerpo humano, y los rostros, conforme avanza el tiempo, son también más
variados. Por primera vez se hacen verdaderos retratos en los que se copian
fielmente los rasgos del retratado. Paralelamente a esta sana inspiración
naturalista, la escultura clásica ejerce en tos pintores cuatrocentistas una
influencia altamente beneficiosa, tanto en las actitudes y en la mímica como en
la interpretación de los ropajes, aunque, en cuanto a la primera, no debe
olvidarse la gran parte que corresponde al pueblo mismo florentino, tan
naturalmente elegante en sus movimientos. En realidad, la figura humana se
transforma siguiendo un proceso análogo al visto en la escultura. Y, lo mismo
que en la figura humana, se avanza en la interpretación del paisaje. Aunque a
principios del siglo continúan estilizándose los montes según la tradición
bizantina, las formas redondeadas, mucho más naturales, terminan por desplazar
los convencionales cortes de los montes giottescos, y a fines del siglo el
paisaje se convierte, en alguna escuela, en elemento capital del cuadro. Los
ingenuos escenarios arquitectónicos trecentistas, por otra parte, además de
trocar sus formas góticas por las renacentistas, gracias a la honda preocupación
de los florentinos por la perspectiva, concluyen siendo de perfección admirable.
La luz interesa ya como elemento de primer orden en el cuadro, e incluso,
cargada de poesía, constituye la preocupación fundamental de uno de los
principales maestros. En Venecia, por último, se descubre que el porvenir de la
pintura está en el predominio del color sobre la línea. Nunca la pintura ha
evolucionado tanto en el espacio de un siglo.
Como en arquitectura y escultura, la primera
generación es decisiva para los destinos de la pintura cuatrocentista. Es la
generación que termina cuando Cosme de Médicis (muerte 1464) rige los destinos
de la ciudad. Gracias a su habilidad y talento, Florencia goza de largo período
de paz y prosperidad, y la presencia en la ciudad del patriarca de
Constantinopla, del emperador bizantino e incluso del propio Pontífice con
motivo del concilio, contribuyen a realzar su esplendor. Cosme, que los tiene de
huéspedes, robustece su prestigio, que redunda en beneficio de las artes. Él
llega a ser el primer gran mecenas del Renacimiento. Nadie simboliza mejor que
él estos primeros años dorados del cuatrocentismo. Bajo su mandato construye Brunelleschi la cúpula de la catedral, y las iglesias de San Lorenzo y del
Espíritu Santo; por su encargo labra Michelozzo, para su familia, el palacio
Ricardi, y decora Fra Angélico el convento de San Marcos. Su escultor preferido
es Donatello, que le esculpe la Judit, símbolo de su triunfo.
FRA ANGÉLICO
.—Después de un primer momento en que Fra Lorenzo
Monaco (muerte 1425), siguiendo el gusto del estilo internacional
coetáneo, exalta el amor a lo curvilíneo, ya comentado en Simone Martini, y
alarga las figuras con criterio esencialmente decorativo, aparece una figura de
primer orden: Guidolino Di Pietro (1387 - 1455), que al vestir el hábito de
Santo Domingo toma el nombre de Fra Ciovanni da Fiésole, y después será conocido
con el de Fra Angélico. Es en cierto grado un maestro de transición, y, desde
luego, menos progresivo que otros pintores contemporáneos, quizá en buena parte
porque su temperamento místico no es el más apropiado para dejarse obsesionar
por el modelo ni por las actitudes y gestos grandiosos. Es pintor esencialmente
religioso y su actitud ante los temas que representa es la de la más humilde
reverencia. Ningún pintor ha interpretado de manera más pura, serena y devota
los temas religiosos. En realidad, la pintura es para Fra Angélico una especie
de oración, una manera de ejercitar su propia devoción. Según nos refiere uno de
sus biógrafos, él mismo dice que el pintor de Cristo debe estar siempre con
Cristo. La Iglesia lo ha considerado digno de figurar entre sus beatos.
Aunque no sea tan progresivo como algunos de sus
contemporáneos, es, sobre todo, desde el punto de vista formal y técnico,
artista de primerísima categoría. Su lastre trecentista se manifiesta en la
importancia que todavía concede al oro y en el alargamiento y lo curvilíneo de
sus figuras. Su sentido del volumen es, en cambio, típicamente cuatrocentista.
Espíritu contemplativo, Fra Angélico es el pintor
por excelencia de la Virgen con el Niño, de las visiones celestiales como la
Coronación de la Virgen, y del Paraíso. Por eso al representar el Juicio final,
mientras copia con amor franciscano las múltiples y menudas florecillas de las
praderas donde los elegidos se mueven felices acompañados por ángeles, despliega
un entusiasmo que falta cuando pinta los condenados y los martirios infernales.
Que no siente lo trágico lo prueba el que al
representar el Descendimiento (fig. 1597), que es una de sus obras principales,
lo hace sin gritos ni estridencias. No es el dolor, sino los gestos de la
veneración de los santos varones al tomar las piernas del Salvador, o los clavos
que horadaron sus manos y pies, lo que le importa subrayar.
(fig. 1597)
El Descendimiento, Florencia

El cortejo de su
Descendimiento con el de su contemporáneo "Van der Weyden pone bien de
manifiesto toda la intensidad de su lirismo.
Sus pinturas murales más numerosas se encuentran
en el convento de San Marcos, de Florencia, cuyo claustro, salones y celdas
decora con historias y figuras, algunas tan bellas como la de San Pedro Mártir
imponiendo silencio, o la de Dos dominicos recibiendo a Jesús peregrino. En cada
celda pinta además una escena, que con frecuencia es el Crucificado. Convertido
hoy el convento en Museo de Fra Angélico, en él se han reunido después buena
parte de sus retablos.
El tema de la Virgen con el Niño es uno de los
que Fra Angélico interpreta con mayor deleite. La Virgen de la Estrella es de
simplicidad admirable. Recortado su esbelto contorno sobre fondo de oro, lo que
subyuga a quien la contempla es la ternura infinita del amor que resplandece en
María y el Niño. Otras veces imagina la Virgen sentada, ante rica tela sostenida
por ángeles, y luciendo amplio manto que cae en suaves curvas al gusto de
principios de siglo (fig. 1598).
(fig. 1598)
María en su trono con el Niño

En la Sagrada Conversación, del convento de San
Marcos, se muestra menos arcaizante, y traza un sencillo fondo arquitectónico de
puro estilo Renacimiento y ante él la divina asamblea reunida, todo ello dotado
de un sentido plástico típico del nuevo siglo.
Pocas visiones celestiales tan puras y
supraterrenas como las suyas de la Coronación de la Virgen. La de ese mismo
convento de San Marcos está pintada sobre deslumbrante fondo de oro,
cuya lisura sólo rompen los rayos que parten del grupo central. La numerosa
corte de santos y ángeles se ordena a uno y otro lado en amplio círculo, con
sencillez tal, que hace pensar todavía en composiciones trecentistas.
En la
Coronación del Museo del Louvre (fig. 1599), el escenario se convierte en
elevadísimo trono sobre numerosas gradas jaspeadas de alegre y luminoso
colorido, muy de acuerdo con la rebosante beatitud de los rostros de quienes
presencian la celestial ceremonia; todo ello en el tono de la más extasiada
contemplación divina.
(fig. 1599)
La Coronación del Museo del Louvre

También repite el tema de la Anunciación en varias
ocasiones. Tanto en la de Cortona (fig. 1600), como
en la del Museo del Prado, la
Virgen María, sentada bajo un pórtico de finas columnas renacentistas, acata sin
sorpresa ni temor el divino mensaje.
(fig. 1600)
La Anunciación, Cortona

En Cortona las delicadas y elegantes manos
del ángel dicen con admirable ingenuidad cómo ese mensaje viene de las alturas;
en Madrid, al cruzar sus brazos sobre el pecho, al mismo tiempo que la
reverencia del saludo, parece expresar el homenaje a la que será la Madre de
Dios. En le versión madrileña, por otra parte, se concede mayor espacio al
Paraíso terrenal por cuya pradera sembrada de menudas flores salen acongojados y
pudorosamente vestidos nuestros primeros padres. En el banco se representa cinco escenas marianas que comienzan en los
Desposorios y terminan en el Tránsito de la Virgen. En la Anunciación de
Montecarlo (Toscana), el escenario arquitectónico pierde importancia y el
paisaje desaparece.
MASOLINO, MASACCIO, P. UCELLO Y A. DEL
CASTAGMO
MASOLINO
.—De la misma generación de Fra Angélico es
Masolino da Panicale, y como él, conserva rastros del trecentismo tardío. El,
sin embargo, es considerado el maestro del gran innovador de este momento,
Masaccio, cuyo estilo es muy semejante al suyo. Con él colabora en los frescos
de] Carmen, donde pinta el Pecado original y dos historias de San Pedro. A él se
deben, además, los frescos de Castiglione de Olona.
MASACCIO
Si Fra Angélico se limita a contarnos en forma
maravillosa sus sueños místicos, Tomás Masaccio (muerte 1428) se siente
impulsado por fuerza irresistible hacia un arte grandioso y dramático como el de Donatello, poco mayor que él, y con quien pronto entra en relación.
Desgraciadamente, Masaccio muere al cumplir los veintiséis años, pero le bastan
para crear un estilo lleno de novedad. Se diría que en él reencarna el espíritu
de Giotto o, al menos, en él parece aprendido el sentido de la monumentalidad de
las grandes masas y su vigoroso arte de componer. Su obra maestra son los
frescos de la capilla Brancacci (1422), de la iglesia del Carmen, que, copiados
durante varias generaciones por los jóvenes pintores, convierten esta capilla en
una verdadera escuela. La historia de San Pedro sanando con su sombra está
concebida con grandiosidad extraordinaria y sentido plástico sorprendente. En la
estrecha calle, de la que sólo vemos uno de los lados, los enfermos se escalonan
en diversas actitudes, mientras el santo avanza majestuoso y con todo el sentido
plástico de una escultura, pero con expresión que no deja dudas sobre su poder
sobrenatural. Esa fuerza que aparece como ahogada en el estrecho escenario
anterior, se manifiesta más ampliamente en el Tributo de la Moneda (fig.
1601),
representado ante un extenso paisaje de las más sobrias formas, y con edificios
igualmente simples. Sus personajes envueltos en sencillas vestiduras, sabiamente
iluminados, sorprenden por la sensación de volumen que producen, por la fuerza
extraordinaria, y el aplomo con que están plantados en tierra, y, sobre todo,
por sus gestos grandiosos, con los que el joven Masaccio se nos presenta como
uno de los más gloriosos predecesores de Miguel Ángel. De gran intensidad
dramática es el grupo de Adán y Eva (fig. 1602).
(fig. 1601)
Tributo de la Moneda

(fig. 1602)
Adán y Eva

Masaccio no termina los frescos de la capilla
Brancacci, que concluye Filippino Lippi. Según algunos, tampoco los comienza él,
sino su maestro Masolino, cuyos frescos en Castiglone de Olona, aunque carecen
de la monumentalidad de los de Masaccio, descubren a un artista muy progresivo
en quien precisa reconocer a uno de los creadores del estilo cuatrocentista. Él
es discípulo, a su vez, del pintor de fines de siglo Starnina, que, como
veremos, trabaja en España.
PAOLO UCELLO
De temple heroico como Masaccio, es su coetáneo
Paolo di Dono, a quien se conoce con el nombre de Paolo Ucello (muerte 1475).
Comienza su carrera en el arte de la platería, figurando como auxiliar o
garzone de botega de Ghiberti cuando labra sus
segundas puertas y de él debe aprender el interés por la perspectiva que después
se convierte para P. Ucello en verdadera obsesión. Cuenta de él, Vasari, que,
cuando dedicado a sus estudios de perspectiva hasta altas horas de la noche, su
mujer le invitaba al descanso, exclamaba: ¡O che dolce
cosa e la propettiva! Pero para él la perspectiva no es algo blando e
impalpable, una ilusión de espacio sin aristas, como para su maestro Ghiberti;
hermano legítimo de Masaccio, para él es, sobre todo, volúmenes y masa. Si en la
historia de San Jorge, de la colección Lanckorouski, de Viena, nos dice de
cuánto es capaz su fino sentido poético al contraponernos en una dilatada
llanura el monumental corcel blanco del santo en violento escorzo, y la gentil y
delicada figura de la princesa, su ansia de volumen y monumentalidad, servidos
por su perfecto dominio de la perspectiva, triunfa en el fresco del condottiero
inglés Hawkwood (1436), que, colocado a gran altura, produce plenamente la
deseada ilusión de una estatua ecuestre. Cuatro años anterior a la de
Gattamelata, de Donatello, es su digno precedente. El tema del caballo de
concepción monumental, y visto en los más violentos escorzos, es el que
desarrolla en sus tres cuadros de Batallas (fig. 1603) que pertenecieron a los
Médicis y hoy se encuentran repartidos entre los museos de Florencia, París y
Londres.
(fig. 1603)
Batalla, Uffizi, Florencia

ANDREA DEL CASTAGMO
De la generación siguiente, pero muerto muy joven,
Andrea del Castagno (muerte 1457) es quien parece haber heredado el estilo
intensamente plástico y el sentido de la grandiosidad de Masaccio y Ucello. Es
el autor de los frescos de la Cena, donde abandona la interpretación
iconográfica giottesca, y de los Varones ilustres (fig.
1604) del convento de
Santa Apolonia, hoy museo dedicado al artista.
(fig. 1604)
Pippo Spano

FRA FILIPPO LIPPI, B. GOZZOLI Y P. DELLA
FRANCESCA
.—De la misma generación que Masaccio y Ucello,
Fra Filippo Lippi (muerte 1469) es otro de los grandes creadores del estilo
cuatrocentista. Ingresado muy niño en la Orden de los carmelitas, no siente
vocación religiosa y su vida es el reverso de la de Fra Angélico. En cierta
ocasión sufre tormento por haber falsificado una firma, y poco después rapta del
convento en que es capellán a una novicia, Lucrecia Butti, que le sirve de
modelo. Fra Filippo frisa en los cincuenta años, y el fruto de esos amores, que
legitima el Pontífice relevándole de sus votos, es el delicado pintor de fin de
siglo Filippino Lippi.
Fra Filippo siente con demasiada fuerza el encanto
de la naturaleza para dejarse llevar por el estilo de Fra Angélico. Aunque
aprende de sus dos grandes contemporáneos el sentido del volumen y el encanto de
la perspectiva, lo que constituye el nervio de su estilo es ese sentido humano,
en cierto modo análogo al de Donatello, que sabe infundir a sus escenas
religiosas. Aunque sin la pureza de las de Fra Angélico, sus Vírgenes son, sin
embargo, de un encanto extraordinario (fig. 1605). La de los Uffizi, en que
unos ángeles elevan al Niño hasta la altura de su Madre, es una de las obras
maestras de la pintura italiana, no sólo por su preciosa composición, sino por
la vida de los rostros, más expresivos que correctos.
(fig. 1605)
Virgen, Uffizi, Florencia

En el Nacimiento (fig. 1606),
del que poseemos tres importantes interpretaciones —Museos de Berlín y
Florencia—, lo esencial es el tema de la Virgen adorando al Niño, de gusto
italiano. En cuanto al fondo, mientras en el primer término figura una pradera
donde, como Fra Angélico, representa con verdadero amor las flores y las hojas
más menudas, en el último plano crea una zona de misterio, donde la luz ilumina
los derechos troncos de un bosquecillo.
(fig. 1606)
El nacimiento de Jesús,
museo de Berlín

La Coronación de la Virgen (1447) (fig.
1607), de
los Uffiizi, probada por gran número de personajes, es otra de sus obras
principales. Inspirada su composición en la de Fra Angélico, su sentido plástico
dota de intenso relieve a las figuras, mientras su arrebatado naturalismo
convierte en retratos a los más de sus modelos. Hasta nos ofrece en primer plano
su propio rostro, de escasa expresión mística, con el letrero: Is perfecia opus.
(fig. 1607)
Coronación de la Virgen

Como buen florentino, Fra Filippo cultiva también
el fresco. La serie más importante decora la catedral de Prato (1452), cuya
escena más movida es la del Banquete de Herodías, donde el espíritu
profano del pintor se desenvuelve sin trabas y sus aficiones naturalistas se
encuentran a tono con el tema. Salomé danzando y las dos jóvenes hablándose al oído son buena prueba de ello.
B. GOZZOLI
El espíritu profano y naturalista de Fra Filippo
encuentra su continuador durante la segunda generación en Benozzo Gozzoli
(muerte 1498), que es, en realidad, un discípulo de Fra Angélico, de quien
hereda, al par que no pocos de sus modelos y convencionalismos, el gusto por el
paisaje poblado de figurillas y escenas anecdóticas. Benozzo es el gran narrador
del quattrocento florentino. Al encargarle los Médicis la decoración de la
capilla de su palacio (1459), cuyo retablo es el Nacimiento, de Fra Filippo
Lippi, del Museo de Berlín, imagina, sobre todo, un paisaje rico en accidentes y
poblado de elegantes cipreses y menudos caseríos por donde desfilan por uno y
otro lado las larguísimas cabalgatas de los Reyes Magos (fig.
1608), en las que,
al parecer, retrata a los dueños de la casa, a la Florencia de su tiempo, e
incluso nos deja su propio retrato.
(fig. 1608)
Reyes Magos

Importantes eran también los destruidos
frescos del Campo de Pisa, entre los que sobresalía el de Noé ebrio. Concebida
con tal lujo de pormenores que nos permite contemplar todas las escenas de la
Vendimia en el valle del Arno, era una de las obras más representativas del
interés por lo anecdótico del cuatrocentismo, que desaparece en la centuria
siguiente. Al lado de figuras de elegancia clásica, como las jóvenes que llevan
sobre sus cabezas las canastas de uvas, nos ofrece rasgos naturalistas, como el
de la hija de Noé que, al cubrirse el rostro con la mano aparentando no querer
contemplar a su padre ebrio, entreabre los dedos para hacerlo disimuladamente.
P. DELLA FRANCESCA
Si este discípulo infiel de Fra Angélico
representa el triunfo de lo anecdótico en la pintura florentina cuatrocentista,
su coetáneo Piero della Francesca (muerte 1492) es el pintor enamorado de la luz
—que quizá por haberla amado tanto muere ciego sin poder contemplarla—. Ningún
artista ha tenido hasta ahora en Italia su preocupación por elemento de tan
capital importancia en la pintura. Pues aunque desde pocos años antes vienen
interesándose por su representación con particular empeño los pintores
flamencos, es con un sentido naturalista completamente distinto. Para Piero
della Francesca la luz es esencialmente poesía; su actitud ante la luz tiene
algo de estática. Ella le sirve para ilustrar el milagro de Constantino (fig.
1609) en su lecho y para henchir de luz blanca opalina los cuerpos de sus
personajes. Gracias a ella tiene transparencia de aparición.
(fig. 1609)
El milagro de Constantino

Y es curioso
advertir cómo al ablandar esa luz suave y difusa los volúmenes de sus cuerpos,
no obstante la erguida apostura de la figura, sus creaciones pierden el tono
épico de Ucello y Masaccio y se convierten en un mundo de formas ligero y casi
transparente. De su interés por la perspectiva es buen testimonio su tratado: De prospectiva pingendi. Su obra capital son las
historias de la Santa Cruz (1452-1466), que pinta al fresco en Arezzo.
LA ÚLTIMA GEKERACIÓN: GHIRLANDAJO
.—La Florencia cuatrocentista ofrece uno de los
espectáculos más admirables de fecundidad de la historia del arte. Por los
mismos años en que esta segunda generación produce sus obras decisivas, nace una
tercera que hace recorrer al cuatrocentismo su última etapa. Es la de Lorenzo el
Magnífico (muerte 1492), el nieto de Cosme, en quien el amor a las artes es aún
más intenso que en su antecesor. Él es la figura central en torno a la cual gira
la Florencia de fines de siglo, apasionada por las artes y la literatura y
ansiosa de revivir los tiempos clásicos. Amigo también de la Filosofía, es uno
de los más asiduos de la Academia Platónica y además es poeta. Enamorado de las
flores, como Fra Angélico o Fra Filippo, dedica un soneto a la violeta. Pero,
sobre todo, sabe presentir en esa inconsciente alegría de la juventud y del
artista los días tristes de Savonarola y del destierro de los suyos. Nos lo dice
en los versos admirables de sus Canti carnascialeschi:
Quant'e bella giovinezza
che si fugge tuttavia
Chi vuol esser lieto sia!
Di doman non c'e certezza.
Es la gota de pesimismo que, convertido en honda
tragedia, inspira a Botticelli, el más sensible y fino de sus pintores. Rodeado
de artistas maduros de primer orden, su casa continúa siendo, como en los días
de Cosme, el palacio de las artes y las letras, y la academia de los jóvenes en
que, como hemos visto, el propio Lorenzo enseña sus camafeos a Miguel Ángel
niño. Al morir el año mismo en que Colón descubre el Nuevo Mundo, Florencia sólo
continúa siendo la capital artística de Occidente por muy breve tiempo. Sus dos
hijos más ilustres, Leonardo y Miguel Ángel, la abandonan al comenzar el siglo,
y Rafael, que a ella acudiera deslumbrado por su prestigio, se traslada también
a la Ciudad Eterna.
GHIRLANDAJO
El espíritu narrativo y profano que hemos visto
constituir el nervio de Benozzo Gozzoli, parece continuarse en Domenico
Ghirlandajo (muerte 1494). Amigo de imaginar grandes conjuntos de numerosos
personajes, apuestos y elegantes, de una elegancia un tanto rígida, y de rostros
a veces algo inexpresivos, hace que lo profano invada las historias religiosas
en proporciones hasta ahora desconocidas. A veces parece que el tema religioso
es simple excusa para desarrollar una escena profana, en la que, por otra parte,
lo secundario y anecdótico adquiere extraordinaria importancia. Buena parte de
los personajes de sus escenas suelen ser retratos de los patronos y sus
amistades. Como digno fondo de sus agrupaciones numerosas, gusta de imaginar
amplias arquitecturas, ricas en perspectivas y decoración, arcos de triunfo,
etc.
Su obra principal es la hermosa serie de grandes
frescos de Santa María Novella (1486), dedicados a las vidas de la Virgen y de
San Juan, y encargados por la familia Tornabuoni, que se hace retratar en varias
historias. El Nacimiento de la Virgen (fig. 1610), por ejemplo, está representado
en el interior de un lujoso palacio renacentista, donde Santa Ana se incorpora
sobre su lecho para recibir al elegante grupo de damas, la primera de las cuales
es Ludovica Tornabuoni, que avanza majestuosa hacia ella, como en una escena de
corte. El tema secundario de la joven echando agua para lavar a la recién nacida
adquiere importancia de primer orden.
(fig. 1610)
El Nacimiento de la Virgen

De sus pinturas en tabla merecen recordarse la
Visitación (fig. 1611), del Museo del Louvre, que está interpretada como un
saludo de corte, y la Adoración de los pastores (fig. 1612), donde el pesebre es
un sarcófago romano, y aparece al fondo un arco de triunfo con dedicatoria a
Pompeyo Magno.
(fig. 1611)
La Visitación

(fig. 1612)
Adoración de los pastores

Entre sus retratos, que, de acuerdo con la moda florentina de la
época, son de riguroso perfil y con el cuerpo erguido, es excelente el de Giovana degli Albizzi (fig.
1613), de propiedad particular, si bien es más
atractivo el del Abuelo y el nieto, del Museo del Louvre (fig.
1614), donde
poesía y realidad se contraponen y equilibran en forma admirable.
(fig. 1613)
Retrato de Giovana degli Albizzi

(fig. 1614)
El Abuelo y el nieto, museo
de Louvre

BOTTICELLI. OTROS PINTORES
BOTTICELLI
.—Sandro Botticelli (muerte 1510) es un
temperamento artístico profundamente sensible y apasionado. Lejos de la
inexpresión y rigidez de que a veces peca Ghirlandajo, la emoción guía su dibujo
nervioso, agita los cuerpos de sus personajes y se desborda en sus rostros,
expresivos y cargados de pesimismo.
Botticelli es además el gran pintor de fábulas
paganas de la Florencia de Lorenzo el Magnífico. Aunque sus contemporáneos creen
ver resucitado en sus representaciones mitológicas el arte antiguo, sólo tienen
de clásico el tema. En realidad, son una creación renacentista, y su tono, un
tanto enfermizo y romántico, es puramente botticelliano. Botticelli pone en su
interpretación tal entusiasmo y cree él mismo llegar tan lejos, que cuando
sobreviene la reacción antipagana, movido por la arrebatadora palabra de
Savonarola, parece ser que él mismo lleva a la hoguera alguna de sus obras de
este tipo.
Botticelli es uno de los más inspirados pintores
de la Virgen. Después de las de Fra Angélico, en las que la beatitud de la
contemplación divina se expresa en forma nunca superada y de las ya mucho más
humanas de Fra Filippo, las de Botticelli pierden la alegría y la tranquilidad y
su expresión se torna melancólica. Sus rostros son tristes, su mirar de ensueño.
Cuando contemplan al Niño parecen pensar ya en el Gólgota. Sus tondos —pinturas
circulares— de la Virgen del Maggificat y
de la Granada (fig. 1615) figuran
entre las creaciones más inspiradas del Renacimiento y típicas del pintor.
(fig. 1615)
La Virgen del Maggificat y
la granada en su mano

En la de San Bernabé (fig. 1616) presenta a la
Virgen de cuerpo entero, rodeada de santos de diversas épocas, es decir,
formando lo que se llama una Sagrada Conversión, presenciando cómo muestran al
Niño los instrumentos de la Pasión.
(fig. 1616)
Pala de San Bernabé

Ese dramatismo que se manifiesta en la expresión
de los rostros mueve también las actitudes, a veces con violencia tal que parece
quebrar las figuras, como sucede en la Anunciación y, en la Piedad (fig.
1617).
(fig. 1617)
La Piedad

La historia religiosa concebida con mayor
originalidad y arrebato místico más intenso, quizá sea su Nacimiento, de la
Galería Nacional de Londres, donde los ángeles se abrazan en primer término,
mientras otros, en los aires, con coronas y azucenas pendientes, danzan en
corro.
En el Nacimiento de Venus (fig.
1618), trata
de reconstruir una pintura perdida de Apeles, descrita en una poesía de Poliziano. Inspirándose probablemente en la Venus de Médicis, su propio sentido
de la belleza, totalmente diferente, la dota de una cabellera espléndida que
aspira a ser velo de oro impulsado por la brisa que arquea levemente su cuerpo.
Para algunos el modelo ha sido Simonetta, la amiga de Lorenzo el Magnífico,
nacida en Porto Venere, lugar donde la diosa toma tierra al nacer.
(fig. 1618)
El Nacimiento de Venus

La Primavera (fig. 1619) es composición alegórica inspirada en
textos de Lucrecio y Poliziano. Sobre un fondo de verdura, Venus preside el
despertar de la Naturaleza. Mientras por la derecha penetra la elegante figura
de Flora seguida de la Primavera temprana, temerosa de morir en los brazos de
Céfiro, el viento de marzo, a la izquierda aparece el bello grupo de las Gracias asaetadas por un amorcillo. De larguísimas cabelleras de oro y
cubiertas por leves y transparentes velos, son los más bellos cuerpos de mujer
del cuatrocentismo florentino. Espigados y casi de adolescente, reflejan un
ideal de la belleza que desaparece en la generación siguiente. El nervioso
dibujo botticelliano, que anima esos cuerpos, crispa sus dedos, que se
entrecruzan inquietos, y convierte las onduladas vestiduras de las Bacantes
clásicas en un bello rizo cargado de emoción. En el extremo del grupo, el dios
Mercurio.
(fig. 1619)
La Primavera

La Calumnia (fig. 1620),
de ejecución primorosa y de brillante colorido, es, como el Nacimiento de Venus,
un ensayo de reconstrucción de una pintura de Apeles, sólo conocida por un texto
griego traducido por Alberti. Es una composición alegórica, en la que la
Calumnia, cuya cabeza engalanan con flores la Traición y el Engaño, guiada por
la Envidia, arrastra a la víctima, medio desnuda, a los pies del trono del rey
Midas, que con sus grandes orejas de asno escucha los consejos de la Ignorancia
y la Sospecha. En el extremo opuesto, separados del grupo, aparecen, envuelto en
negras vestiduras, el Remordimiento, y más allá, desnuda, la Verdad, con los
ojos en el cielo, confiada en su triunfo final.
(fig. 1620)
La Calumnia

Dentro de este género alegórico es también
importante la pintura de Minerva dominando al centauro, que simboliza la
inteligencia venciendo las fuerzas brutas y, según algunos, a los Médicis
triunfando del desorden popular.
Aunque escasas, también son importantes, dentro
del género profano las pinturas inspiradas en novelas renacentistas, como la
serie del Museo del Prado, que ilustra la historia de Nastagio degli Onesti, del
Decamerón de Boccaccio. Representa en las dos primeras tablas (fig.
1621), cómo Nastagio, desesperado por el desdén de la que no quiere ser su prometida,
marcha a un pinar próximo a la ciudad, donde se ve sorprendido por el
espectáculo de otro enamorado, que, habiéndose quitado la vida en análogas
circunstancias, ha sido condenado a perseguir eternamente a su amada y
arrancarle el corazón, que devoran unos perros. (fig. 1622).
(fig. 1621)
Historias de Nastagio, museo del Prado (1)

(fig. 1622)
Historias de Nastagio, museo del Prado (2)

Nastagio, en vista de ello,
organiza en aquel lugar una comida (fig. 1623), a la que invita a la desdeñosa
joven, quien, aleccionada por el espectáculo, que no tarda en reproducirse ante
su vista, accede a los deseos de Nastagio.
(fig. 1623)
Historias de Nastagio, museo del Prado (3)

El banquete de bodas (fig.
1624), que
es el tema de la cuarta tabla, pertenece a una colección inglesa.
(fig. 1624)
Historias de Nastagio, (4)

Como testimonio de sus dotes de pintor de retrato,
puede recordarse el de Lorenzo el Magnífico, el de su hermano Giuliano y el que
se supone de Simonetta Vespucci.
FILIPPINO LIPPI
El temperamento nervioso de Botticelli se
transforma en verdadero desequilibrio en Filippino Lippi (muerte 1504), el hijo
de Fra Filippo. De dotes muy inferiores a las de Botticelli, de quien puede
considerarse discípulo, es, sin embargo, una de las personalidades más
significativas del arte florentino de fin de siglo. A la monumentalidad, a la
sensación de masa y de estabilidad, aspiraciones supremas de Masaccio, opone el
gusto por cuerpos demacrados y raquíticos, y por la inestabilidad,
complaciéndose en forzar el equilibrio hasta el límite mismo del desequilibrio.
La exaltación de Botticelli en su Anunciación es el tono normal de Filippino. La
despreocupación de aquél por la belleza como corrección le lleva a él, por la
ruta de lo expresivo, a complacerse en lo feo y deliberadamente incorrecto (fig.
1625).
(fig. 1625)
San Juan, y La Magdalena

Ya en su Virgen y San Bernardo (1480), en la que muestra su estilo
formado, no obstante haberla pintado a los veintitrés años, puede verse cómo el
modelo paterno se ha transformado en una lánguida florentina de alargadas
proporciones, cuello esbelto y expresión romántica. Su estilo se extrema aún
más, sin embargo, en los frescos de San Felipe, de Santa María Novella, donde,
al representar el martirio del santo, elige precisamente el momento cuando la
cruz a medio elevar y sostenida por cuerdas se encuentra en el instante de mayor
peligro.
ANDREA VERROCCHIO
Pintor también de gran valía, aunque más conocido
como escultor, es Andrea de Verrocchio (muerte 1488), que cuenta entre sus
méritos haber sido maestro de Leonardo. Su obra pictórica más importante es el
Bautismo de Cristo (fig. 1626), de la Academia de Florencia, terminado con la
colaboración de aquél. Al joven Leonardo parece que se deben principalmente las
figuras de los ángeles.
(fig. 1626)
Bautismo de Cristo

ESCUELA DE UMBRÍA: PERUGINO Y
PINTORICCHIO. SIGNORELLI
.—En la segunda mitad del siglo XV se forma una
nueva escuela pictórica en el centro de Italia, que tiene por sede Umbría, el
país amplio, de suaves colinas iluminadas por el resplandor del lago Trasimeno.
Sus dos principales maestros mueren muy entrada la centuria siguiente.
PERUGINO
Aunque formado en Florencia, Pietro Vannucci, él
Perugino (muerte 1524), no tarda en crear un estilo propio poco variado, pero
completamente personal. El imagina un mundo poblado de personajes de formas
blandas y redondeadas, siempre un tanto femeninas; actitudes indolentes y mirar
dulce y sentimental (fig. 1627). Si está ya muy lejos del estilo fuerte de
mediados de siglo, su expresión superficial es, en cambio, el reverso del
apasionamiento botticelliano.
(fig. 1627)
San Sebastián, museo de
Louvre

El Perugino no es hombre de grandes crisis ni
tormentas espirituales. Aunque su misma fe flaquea —el Vasari nos dice que no
hubo medio de hacerle creer en la inmortalidad del alma—, sus Vírgenes
candorosas son una de sus creaciones más populares y el punto de partida para
las de Rafael. Solas con el Niño y de medio cuerpo, o rodeadas de santos y bajo
un pórtico, como la de Senigallia (1498), siempre están dotadas de la misma
expresión de ensueño.
Amigo extremado de la simetría y de la ponderación
de masas, ante algunas de sus obras se piensa en un trecentista que emplea
formas cuatrocentistas. En cambio, aporta a la pintura de su tiempo el amor a
los escenarios amplios (fig. 1628).
(fig. 1628)
Virgen y San Bernardo, museo
de Munich

Se diría que, lo mismo cuando pinta fondos de
paisaje recordando la dilatada campiña umbría, poblada de finos arbolillos cuyas
copas se transparentan tenues sobre el azul del cielo, como el de la
Crucifixión, que cuando imagina fondos de arquitectura, tiene ansia de espacio.
En su Entrega de las llaves a San Pedro (1483) (fig. 1629), jalón capital para la
historia de la perspectiva, dispone una gran plaza, donde se pierde la vista, y
levanta en ella un templo octogonal y dos arcos de triunfo, escalonando en
profundidad diversos personajes sobre un pavimento de gran cuadrícula. Así
terminan a fin de siglo los desvelos de Paolo Ucello por la perspectiva.
(fig. 1629)
Entrega de las llaves a San
Pedro (Vaticano)

PINTORICCHIO
Pintoricchio (muerte 1513), sólo ocho años más
joven que el Perugino, siente, como él, gran amor por los escenarios amplios.
Pero ya en sus comienzos, cuando su estilo es muy semejante al de éste, descubre
una manifiesta inclinación por el lujo y un deseo de acumular elementos
anecdóticos y pintorescos, que hacen desaparecer el reposo y la claridad de las
composiciones peruginescas. Después de las historias que pinta en el Vaticano,
en las que colabora con el Perugino y los florentinos más ilustres de fin de
siglo —la más importante es la Disputa de Santa Catalina—, pinta por encargo del
futuro Pío II, el Papa humanista, en la librería de la catedral de Siena (1503),
una serie de grandes frescos consagrados a recordar los hechos más gloriosos de
la vida de aquél. Por la belleza de su composición y por el lujo representado,
es probablemente, el más atractivo el que figura la Partida para Basilea (fig.
1630).
(fig. 1630)
Partida para Basilea de Silvio II

SIGNORELLI
Artista de temple espiritual completamente
distinto de los dos anteriores es Signorelli (muerte 1523), que nace en un
pueblecito del valle del lago Trasimeno, muy próximo ya a Toscana, y marcha muy
joven a Arezzo, donde entra en el taller de Piero della Francesca. De él aprende
la sencillez y la monumentalidad. En este sentido ninguna obra suya es superior
a la Escuela del dios Pan, sin duda una de las creaciones mitológicas más bellas
del cuatrocentismo (fig. 1631). Pintada para Lorenzo el Magnífico, representa un concierto
de pastores presidido por el dios, y con asistencia de la ninfa Eco, en que nos
contrapone las carnes luminosas femeninas y el cuerpo tostado del dios.
(fig. 1631)
Escuela del Dios Pan, mueseo
de Berlín

Su gigantesca pasión por lo trágico y por el
movimiento convierte, en cambio, su serie de pinturas murales de la catedral de
Orvieto (1499-1508) en algo así como el prólogo de la Capilla Sixtina de Miguel
Ángel. Los temas —los Signos que anuncian el fin del mundo, la Predicación del
Anticristo, la Resurrección de la carne, el Infierno— dan pie a ello, y donde la
expresión dramática alcanza sus notas más agudas es en el Infierno. El dolor y
el movimiento llegan bajo su pincel al frenesí. Es una enorme masa humana en la
que todos gritan de dolor, donde demonios de carnes verdosas estrangulan a los
mortales, los hacen pedazos, o los pisotean. Los episodios rebosantes de dolor y
crueldad se enlazan hasta el infinito con arte insuperable que borra toda
posible monotonía (fig. 1632).
(fig. 1632)
Condenados

Desde los días de Dante no se expresan con tal
grandiosidad y tan hondo dramatismo las torturas infernales. Si Fra Angélico,
que sólo llega a pintar la bóveda de esta capilla, había de representar esos
temas en los muros, hizo bien en ceder los
pinceles a Signorelli. Son pinceles que sólo Miguel Ángel volverá a emplear en
su Juicio final.
PADUA: SQUARCIONE Y MANTEGNA. FERRARA
.—Padna se concierte a mediados de siglo en el
foco artístico más vigoroso, por donde el Renacimiento florentino irradia al
norte de Italia. El terreno para un arte fuerte y monumental lo prepara Donatello al levantar allí la estatua ecuestre de Gattamelata, y el interés que
Padua manifiesta por la perspectiva es semilla sembrada, a su paso por la
ciudad, por sus dos grandes campeones: Ucello y Piero della Francesca. Pasa por
ser el fundador de la escuela Francesco Squarcione (muerte 1474), persona
extraña que, en forma algo misteriosa, enseña la perspectiva a sus discípulos,
cuyas obras, al parecer, vende como suyas, hasta que se hacen independientes.
MANTEGNA
La
gran figura de la escuela es Andrea Mantegna (muerte 1506), la antítesis del Perugino. Su pintura, aún más que escultura, quiere ser arquitectura, el arte
donde la masa y la monumentalidad dominan. Sus personajes son fuertes y se
apoyan en tierra, rígidos como fustes de columnas, con el decidido propósito de
producir la impresión de fuerza. Los plegados de sus ropajes se dirían las
huellas de las lascas saltadas al labrar la piedra. Los fondos de arquitectura
no le interesan para crear espacio, como al Perugino, sino para producir la
sensación de masa, para producir volúmenes, y ese mismo sentido de dureza y de
masa hace que sus fondos de paisaje, como el de La Oración del Huerto (fig.
1623), sean desoladas canteras en que las entrañas pétreas de la Tierra se
hinchan para mostrarnos rocas que quieren ser sillares.
(fig. 1623)
La Oración del Huerto

Al servicio de su ansia
de masa y de monumentalidad, Mantegna pone un dominio profundo de la perspectiva
y, sobre todo, del escorzo. Su Cristo muerto (1501) (fig.
1634) de la Pinacoteca
de Brera, de Milán, es en este último aspecto la obra más representativa del
Renacimiento cuatrocentista, en la que el maestro paduano parece recoger el
guante de Paolo Ucello.
(fig. 1634)
Cristo Muerto

Típico de Mantegna, e hijo de estas mismas
preocupaciones, es el bajo punto de vista que toma ante el modelo, que así gana
considerablemente en grandiosidad. Buen ejemplo de ello es el Desfile de César,
de Hampton Court. Mantegna es además uno de los cuatrocentistas que con mayor
fidelidad han representado la decoración arquitectónica romana.
Todavía a las órdenes de Squarcione, pinta en la
Capilla Ovetari de San Agustín las monumentales historias de Santiago, cuyo bajo
punto de vista realza la grandiosidad del fondo y de las figuras. El resto de la
capilla lo decoran en un estilo muy semejante sus compañeros del taller de
Squarcione. La visita a Padua del veneciano Giovanni Bellini, que se casa con su
hermana, al mismo tiempo que enriquece el colorido de Mantegna, le decide a
abandonar a Squarcione y marchar a Mantua, donde pasa el resto de su vida al
servicio de los Gonzaga. Su obra principal en esta ciudad (1474) son las
pinturas murales de la Cámara degli Sposi de aquel palacio, una de cuyas partes
más interesantes es el techo, en que finge una claraboya circular con
balaustrada, donde niños y aves se asoman. Fuente de inspiración del Correggio,
es en esta obra el precursor de las grandes perspectivas arquitectónicas
barrocas.
Para el teatro del Palacio pinta la serie del
Triunfo de César (1492), ya citada, para cuya preparación hace un viaje a Roma.
En ella nos deja la obra maestra de la erudición arqueológica renacentista,
representando soldados, prisioneros, carros, trofeos, etc. La más importante de
tema mitológico es el Parnaso, que pinta igualmente para la corte de Mantua. El
Museo del Prado posee de su mano el Tránsito de la Virgen (fig.
1635).
(fig. 1635)
Tránsito de la Virgen

En la vecina Ferrara, la influencia de Mantegna
forma, en la segunda mitad del siglo, al representante más puro y exaltado del
manierismo cuatrocentista.
COSME- TURA
En Cosme Tura (muerte 1495), los vigorosos personajes
del paduano, consumidos en una atmósfera enrarecida que les oprime, se
convierten en unos seres nerviosos, que, sin embargo, continúan queriendo
ajustarse a una clara trama de líneas y ángulos rectos. Obras típicas suyas son
la Piedad, del Museo del Louvre, y la Primavera, de la Galería Nacional, que,
lejos de estar simbolizada en una joven llena de vida, es una mujer cuya
frescura han agotado los años (fig. 1636).
(fig. 1636)
La Primavera

VENECIA: LOS BELLINI. CARPACCIO. SICILIA:
ANTONELLQ DE MESINA
.— La sensibilidad veneciana es muy diferente de
la florentina. Mientras el toscano no olvida nunca en la obra pictórica el
dibujo y conserva siempre un cierto sentido escultórico de la forma, el
veneciano experimenta mayor entusiasmo por el color. A lo preciso y terso de la
forma de aquél, opone una cierta imprecisión y un decidido amor por la blandura.
Suele aducirse como explicación de esta distinta manera de interpretar la forma,
el aire húmedo y cargado de vapor, propio de una ciudad construida en el mar,
que siempre la esfuma. Y es indudable, por otra parte, que la vida veneciana, en
directo y continuo contacto comercial con Oriente, es más lujosa y rica de color
que la toscana. La puerta de Italia hacia Oriente es Venecia, y los pintores
venecianos ven desfilar constantemente por sus calles a orientales de grandes
turbantes y vistosas vestiduras. Nada tiene, pues, de extraño que el lujo de la
vida ciudadana se refleje en sus pinturas, hasta el punte de constituir una de
sus características más destacadas. Más lejanos de Roma, menos en contacto con
la antigüedad clásica y menos preocupados por la escultura romana que los
florentinos, los pintores venecianos buscan su fuente de inspiración en la vida
misma. Incluso cuando cultivan temas mitológicos lo hacen con naturalidad que
sorprendería en Toscana. Este interés predominante por el color y este sentido
más naturalista son los que convierten a la escuela veneciana en la más
progresiva del siglo XVI y de más fecundas consecuencias para la formación de la
gran pintura europea de la centuria siguiente.
En Venecia se desarrolla, desde fecha bastante
temprana, una intensa actividad pictórica, que produce en el segundo cuarto de
siglo artistas como Antonio Vivarini, en quien se dan ya algunas de las
características que distinguirán a la escuela. Así, en él y en sus
contemporáneos se pone bien de manifiesto el gusto veneciano por el color y por
las formas blandas y redondeadas, por la riqueza —fondos de oro en relieve— y
por las escenas de numerosos personajes. Obra típica de ese momento es la
Coronación de la Virgen (1444), de la iglesia de San Pantaleón, en la que los
personajes celestiales se acumulan hasta el infinito. A esta época corresponde
también la presencia en Venecia del pintor umbrío Gentile da Fabriano (muerte 1427), en cuya Adoración de los Reyes, influida por el estilo internacional, se
manifiesta el mismo amor por la riqueza y por la abundancia de personajes.
Pero los que encauzan la sensibilidad veneciana y
fijan los caracteres de la escuela son los Bellini, cuyo progenitor, Jacopo
(muerte 1470), se forma con Gentile da Fabriano. Pintor de Vírgenes de estilo
todavía bastante hierático, en sus dibujos de tema profano con fondos
arquitectónicos poblados de figurillas nos muestra ese gusto narrativo y por los
aparatosos escenarios que distinguirá a su sucesor. De su hijo Gentile (muerte
1507), que desarrolla esta faceta del arte paterno, poseemos grandes lienzos
donde, sobre ricos escenarios arquitectónicos, medio bizantinos y medio góticos,
típicamente venecianos, desfilan o se detienen a ver lo que sucede en las calles
innumerables personajes. El Milagro de la Santa Cruz (fig.
1637) es la réplica
veneciana a las grandes escenas de B. Gozzoli o Ghirlandajo, en las que el tema
del cuadro se pierde en la numerosa concurrencia que llena el escenario. En este
caso el asunto es la historia de la Cruz con la reliquia, que, al ser
trasladada, cae al canal e intentan recuperarla en vano varios venecianos, hasta
que, al fin, lo consigue el guardián de la Cofradía, Andrés Vendramin. Entre los
que contemplan la escena se encuentra Catarina Cornaro, la reina de Chipre.
(fig. 1637)
El Milagro de la Santa Cruz

En otra de las historias, el Sermón de San Marcos
en Alejandría, que hoy sólo se considera de su escuela, personajes y escenarios
se cargan de orientalismo. En el templo del fondo, al recuerdo de la iglesia del
santo en Venecia, se agregan los finos alminares turcos, y el público se cubre
con enormes turbantes blancos. Si el orientalismo y la presencia de los
orientales es la nota que, con sus canales, más distingue a Venecia de las
restantes ciudades italianas, en Gentile Bellini ese orientalismo se ve
reforzado por su viaje a la corte de Mahomet II, que le honra con el título de
Bey, y de quien hace el fino y penetrante retrato (1480) de la Galería Nacional
de Londres.
GIOVANNI BELLINI
Giovanni Bellini (muerte 1516), hijo también de Jacopo, colabora con él y con su hermano Gentile. Los datos que poseemos de su
vida nos lo presentan rodeado del mayor prestigio. Cuando Durero lo conoce, ya
viejo, escribe que, pese a su edad, es el mejor pintor de Venecia, y Ariosto lo
cita a la altura de Mantegna y Leonardo. Así como Gentile, en sus cuadros de
numerosos personajes, nos muestra la vena narrativa y espectacular que animará a
Veronés, Canaletto y Guardi, Giovanni es el predecesor del Tiziano. Influido en
los primeros tiempos por Mantegna, reacciona después contra sus formas secas y
duras, y, como buen veneciano, las ablanda paulatinamente y las hace más
redondeadas. De aquel momento son la Oración del Huerto (fig.
1638), obra del
mayor interés para conocer el punto de partida del paisaje veneciano, que
terminará en las suavidades de Giorgione y Tiziano.
(fig. 1638)
Oración en el huerto

la Piedad, en la que las
formas se definen con precisión y aun dureza y la expresión es intensa. En su
retablo de la Virgen (fig. 1639), con las dos parejas de santos, que después
servirá de inspiración a Durero, la influencia de las rígidas actitudes de
Mantegna es aún más sensible.
(fig. 1639)
Retablo Virgen y Santos

Si esas obras descubren la honda huella dejada en Bellisi por el maestro paduano, sus numerosas representaciones de la Virgen de
medio cuerpo con el Niño (fig. 1640) permiten ver
cómo se libera de esa influencia y va humanizando progresivamente sus modelos
femeninos, cada vez menos espigados y más semejantes a los del Tiziano.
(fig. 1640)
Virgen con el Niño Jesús

Su
complacencia en recrearse en su fino cutis femenino o en las blandas carnes del
Niño es ya puramente veneciana. Nos ha dejado también algún retrato excelente
(fig. 1641). Giovanni Bellini, gracias a su larga vida, es uno de los maestros
que más han hecho evolucionar la escuela.
(fig. 1641)
El Dux Loredan

VITTORIO CARPACCIO
El cronista de la vida veneciana que hay en
Gentile Bellini encuentra su más ilustre continuador en Vittorio Carpaccio
(muerte 1525), que en la encantadora serie de la vida de Santa Úrsula (fig.
1642)
traduce el viejo texto medieval de la Leyenda Dorada al lenguaje rico y fastuoso
de la vida veneciana de su tiempo. El escenario es Venecia, con sus canales,
plazas y palacios de mármol, y venecianos son los embajadores y su séquito, que
piden la mano de la hija del rey, se despiden y regresan; el público que los
contempla y el dormitorio de la escena del Sueño de la Santa, donde Carpaccio,
con amor de primitivo flamenco, se deleita representando la luz suave que
ilumina el interior y un sinnúmero de minucias, desde los zapatos al pie del
lecho y la corona hasta el perrillo que vela el sueño de la santa.
(fig. 1642)
Vida de Santa Úrsula

Contemporáneo de Gentile y Giovanni Bellini es
Carlos Crivelli (muerte 1495), que en la Anunciación, de la Galería Nacional de
Londres, se expresa con locuacidad narrativa típicamente veneciana. Su dibujo,
preciso, es, sin embargo, de ascendencia paduana.
El sur de Italia, desde mediados del siglo de la
Corona de Aragón y sujeto antes a la dominación francesa, al par que la
influencia toscana recibe la flamenca, con el consiguiente empleo de la técnica
del óleo, desconocido en el resto de Italia. El representante más refinado de
esta escuela es Antonello de Mesina, que une a la brillantez y profundidad del
colorido flamenco el sentido plástico y de la belleza italianos. Sus retratos de
busto además de poseer en el más alto grado ambos valores, delatan
su fina sensibilidad para penetrar en el alma del retratado. En Antonello la
influencia de Venecia, donde permanece unos dos años en la octava década del
siglo, es profunda. El sentido de la luz se expresa en su San Jerónimo. (fig.
1643).
(fig. 1643)
San Jerónimo
