HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XXV

PINTURA DEL RENACIMIENTO EN ITALIA DURANTE EL XVI

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

EL SIGLO XVI

LEONARDO DE VINCI

MIGUEL ÁNGEL

RAFAEL

CORREGGIO

EL MANIERISMO

ESCUELA DE VENECIA:

GIORGIONE

TIZIANO

VERONÉS

TINTORETTO

LOS BASSANOS


EL SIGLO XVI

—Como en arquitectura y en escultura, el estilo pictórico del siglo XVI se distingue por un decidido deseo de simplificación, claridad y grandiosidad, sobre todo en las escuelas florentina y romana. Este proceso de simplificación significa el destacar el tema principal, con la consiguiente pérdida de importancia de lo secundario y anecdótico, que tanto interesa a los cuatrocentistas. La inmediata consecuencia de ello es la claridad de las composiciones, en las que se perciben desde el primer momento las líneas y planos fundamentales. Es el arte de componer que culmina en los grupos inscritos en triángulos equiláteros. Paralela a este proceso de depuración de lo secundario y de lo anecdótico es la reacción idealista, que, inspirada por el platonismo, lleva a los pintores a crear tipos humanos de una corrección suma. Estos personajes adoptan actitudes decididamente elegantes, pero de elegancia mucho más flexible que la de Ghirlandajo, y su mímica gana en grandilocuencia lo que pierde en ingenuidad. La grandilocuencia llega a convertirse en la ya aludida terribilitá miguelangelesca. Al mismo tiempo, la figura se hace más rica en movimiento, hasta que la preocupación por éste termina desembocando en el manierismo. En suma, la figura humana evoluciona en la misma forma ya comentada en la escultura.

El escenario arquitectónico apenas interesa como fondo de amplias y ricas perspectivas. Dominada la perspectiva y pasada la fiebre producida por el entusiasmo de su descubrimiento, la arquitectura importa ahora por su masa para acompañar y aun realzar la monumentalidad de la figura. Cuando se trata de una sola o de un grupo sencillo, un gran pedestal y un trozo de columna suele servir de fondo. El escorzo continúa, sin embargo, interesando, aunque más que en la figura en reposo —Cristo muerto, de Mantegna, en la figura en movimiento, y en este aspecto el avance es considerable. Los cinquecentistas hacen también nuevas conquistas en el campo de la luz, que ya no sirve sólo para crear volúmenes de formas precisas como a Masaccio y Ucello.

El estudio de la luz y de la sombra hace que la línea vigorosa de los cuatrocentistas florentinos se esfume y el modelo se ablande, ganando en riqueza expresiva —Vinci, Correggio—; se descubre en la luz un valor dramático de primer orden y, antes de terminar el siglo, se dan los primeros pasos de la perspectiva aérea —Tintoretto—.

En la pintura italiana del siglo XVI se distinguen varias escuelas: la florentina, cuyos principales maestros se trasladan pronto a la Ciudad Eterna, donde fundan la romana; la milanesa, que es, en realidad, la de los discípulos de Leonardo; la de Parma y la veneciana.


LEONARDO DE VINCI

(muerte 1519)

 —Es, de los artistas del siglo XVI, el que da los primeros pasos hacia la conquista del nuevo ideal. Nacido en el pueblecito florentino de Vinci al mediar el siglo XV, se forma en el taller de Verrocchio, y al cumplir los treinta entra al servicio de Ludovico el Moro, en Milán, donde permanece cerca de veinte años. El destronamiento de aquél le hace recorrer Italia en diversas comisiones durante el resto de su vida, hasta que, agotado para el trabajo, cruza los Alpes al servicio de Francisco I, en cuyos brazos muere paralítico tres años después. Leonardo, por su notable afán de saber, de poseer todas las artes, de dominar todas las técnicas y de inventar, es quizá el genio más representativo del Renacimiento. El deseo de conocer todo profundamente es el fuego genial que consume su vida y malogra su obra. En la carta que escribe a L. Moro, al ofrecerle sus servicios le promete construir máquinas de guerra, cañones de forma inusitada, barcos incombustibles, hacer caminos, puentes y túneles, trabajar como arquitecto; y en escultura y pintura, realizar cualquier trabajo al igual de quien pudiera hacerlo mejor. Los manuscritos y los innumerables dibujos que de él conservamos nos hablan, por otra parte, de sus hondas inquietudes científicas, en particular mecánicas, como la que le lleva a concebir una máquina para volar. Como artista le interesa sobremanera conocer el cuerpo humano, tanto en su contextura interna, de lo que son buena prueba sus dibujos anatómicos, como en su aspecto expresivo y en sus movimientos. Leonardo lo mismo estudia la sonrisa leve de un rostro perfecto, que persigue lo característico, insistiendo en los rasgos decisivos. En este aspecto da en sus dibujos un paso más allá que Donatello, y de lo feo 1 pasa a lo monstruoso. Las actitudes de sus personajes son mucho más complicadas y ricas en movimientos que las de sus predecesores, y en este aspecto su influencia en los maestros posteriores y en la formación del estilo cinquecentista es decisiva. El interés por la mímica y por el movimiento de la actitud le lleva a preocuparse sobremanera por el arte de enlazar unas figuras con otras, tanto formal como espiritualmente. Es el arte que culmina en su famosa Cena. Pero Leonardo no se limita a estudiar el cuerpo humano. En el estudio del caballo pone también el mayor entusiasmo. En el destinado a la estatua ecuestre de Ludovico el Moro, de la que sólo termina el modelo en yeso, invierte varios años, y en el intenso movimiento del cartón para la Batalla de Aghiari, del palacio viejo de Florencia, se encuentra en germen el barroquismo de las batallas y cacerías de Rubens.

Parejo de este interés por la mímica y el movimiento es el que siente por la luz y la sombra. El tránsito suave de una a la otra es una de sus principales preocupaciones. A la rigurosa línea de los cuatrocentistas florentinos reemplaza el suave paso de la superficie iluminada a la superficie en sombra, y de los colores vivos a la tonalidad vaga; en suma: el típico esfumado leonardesco. Pero en Leonardo, aparte de su valor primario para acusar el relieve, tiene un valor esencial para dulcificar la expresión.

Leonardo es, además, el gran teórico renacentista que nos deja expuestas sus doctrinas en su Tratado de la Pintura.

Después de sus obras juveniles, como la Anunciación, cuyo estilo se encuentra aún muy próximo al de Verrocchio, o los ángeles que se le atribuyen en el Bautismo de éste, poco antes de abandonar Florencia, emprende la pintura de la Adoración (fig. 1644), que deja sin terminar, y en la que nos ofrece ya una estudiadísima composición rica en nuevas actitudes.

(fig. 1644)

La Adoración de los Reyes

En su primera gran obra milanesa, la Virgen de las Rocas (1483) (fig. 1645), del Museo del Louvre, inscribe las figuras en un triángulo, y al encanto de su claroscuro agrega el misterio de las rocas recortadas en la vaporosa lejanía.

(fig. 1645)

La Virgen de las Rocas

Pero donde su arte de componer se manifiesta plenamente es en la famosa Cena (1495) (fig. 1646), poco anterior a su salida de Milán. Pintada en el testero del refectorio de Santa María delle Grazie, las paredes y el techo de éste se continúan en la fingida arquitectura del cuadro. Abandonada ya por Andrea del Castagno la forma tradicional trecentista de agrupar los apóstoles en torno a la mesa. Leonardo los presenta tras ella, incluso a Judas; a quien en un principio pensó colocar, como aquél, en primer término. El momento elegido, al igual que en la Cena de Ghirlandajo, no es el tradicional de la institución de la Eucaristía, sino aquél cuando anuncia que uno de los presentes le traicionará. Pero mientras Ghirlandajo no sabe aprovechar el hondo dramatismo de la situación, él, gracias a su fino sentido de la expresión y a su dominio de la mímica, interpreta de manera admirable el efecto de aquellas palabras en el temperamento de cada personaje, y enlaza sus actitudes formando dos grupos a cada lado, cuyo movimiento contrasta con la serenidad del Salvador, que, aislado en el centro, y con los brazos extendidos, destaca su figura sobre la luz de la gran ventana del fondo. Pésimamente conservado, el fresco de la Cena es, en realidad, una ruina.

(fig. 1646)

Sagrada Cena

El interés de Leonardo por el arte de componer, aunque en menor escala, se manifiesta en su Santa Ana, la Virgen y el Niño (fig. 1647).

(fig. 1647)

Santa Ana, la Virgen y el Niño

Su última gran obra es el retrato de Mona Lisa, La Gioconda (1505) (fig. 1648), mujer bellísima de unos treinta años, así llamada por ser esposa de Francesco del Giocondo. Animado por la típica expresión leonardesca, dulce y casi sonriente, se asegura que el pintor ha rodeado a la retratada de músicos que borren de su rostro toda huella de melancolía. Relativamente erguida al gusto cuatrocentista, está ya dotada de una dignidad propia del nuevo siglo, y tanto la posición de sus brazos como la colocación de su cuerpo, y el estar representada de media figura, son novedades en el arte del retrato. Pero sus valores estéticos más absolutos son la suave expresión de su rostro, hija del admirable modelar del claroscuro leonardesco, y el vaporoso paisaje de formas vagas e indeterminadas que le sirve de fondo. Recientemente se ha pensado que la retratada pueda ser Constanza Dávalos.

(fig. 1648)

Retrato de Mona Lisa, La Gioconda

Leonardo pinta poco en Milán, pero los discípulos que deja son numerosos. La escuela lombarda posterior es la constituida por sus discípulos e imitadores. El más fecundo es Luini (muerte 1532), autor, entre otras, de la poética composición de Santa Catalina depositada por los ángeles en el sepulcro (fig. 1649), y de La Sagrada Familia con San Juan, del Museo del Prado. Solario pinta una obra tan bella como la Virgen del cojín, y de los restantes merecen recordarse Boltraffio y Sodoma.

(fig. 1649)

Santa Catalina depositada por los ángeles en el sepulcro

 


MIGUEL ÁNGEL

.—Ya hemos visto cómo Miguel Ángel se considera, ante todo y sobre todo, escultor, y la realidad es que sus pinturas tienen mucho de escultura, por su predominio absoluto del dibujo y su decidido desinterés por el color. De su período florentino apenas poseemos más que La Sagrada Familia (1503) (fig. 1650), del Museo de los Uffizi. Concebida casi como un bloque escultórico, su comparación con las interpretaciones florentinas de fin de siglo, del mismo tema, pone bien de manifiesto su extraordinaria novedad. En complicación y riqueza de movimientos sólo puede compararse, en un estilo completamente distinto, con las composiciones leonardescas.

(fig. 1650)

La Sagrada Familia

Pero la gran obra de este primer período es la pintura mural, para el palacio de la Señoría, de la Batalla de Caseína (1505) (fig. 1651). Desgraciadamente, sólo se conservan copias del cartón donde representa el momento cuando los soldados, sorprendidos en el baño por el enemigo, se visten rápidamente, pero por ellas podemos ver cómo son el desnudo y el movimiento sus dos principales preocupaciones.

(fig. 1651)

Batalla de Caseína

Sin apenas haber practicado la pintura, y sin dominar bien la técnica del fresco, Julio II le encarga en 1508, por sugestión de Bramante, que termine la capilla que Sixto IV hiciera decorar a los mejores maestros cuatrocentistas de su tiempo. Miguel Ángel se niega y huye de Roma, pero al fin tiene que transigir, y, al cabo de cuatro años de trabajar solo en su alto andamiaje, descubre la enorme pintura de la bóveda (fig. 1652).

(fig. 1652)

Bóveda Capilla Sixtina

Imagina ésta sostenida por varios arcos transversales apoyados en pilastras, entre las cuales representa alternativamente lunetos con los precursores del Salvador y figuras gigantescas de profetas y sibilas (láms. 159, 160). Sobre los capiteles de los pilares dispone una serie de jóvenes desnudos en variadísimas y violentas actitudes, los Ignudi (fig. 1653), que sostienen grandes relieves circulares de bronce, y en los tramos de la bóveda misma pinta escenas del Génesis en cuadros alternados mayores y menores. El número de figuras y de historias es considerable, y hemos de agradecer a Bramante que obligase a Miguel Ángel a desarrollar este amplísimo programa que seguramente nunca hubiese realizado en escultura. Nunca se ha representado hasta ahora, ni se representará al Creador, tan radiante de fuerza y poder como en estas historias. Grandioso como una gigantesca nube cargada de tormenta, y veloz como una exhalación, recorre el espacio infundiendo vida con su sola presencia a un mundo de titanes (lámina 156). Si en escultura sólo nos deja un Moisés, en los profetas y sibilas nos ofrece veintitantos miembros de la misma familia, todos ellos en actitudes de grandiosidad y variedad hasta ahora desconocidas, y animados por el más profundo dramatismo. En los Ignudi —desnudos— es el tema del desnudo y del movimiento lo que le obsesiona. Terminado el techo de la Sixtina en 1512, su influencia en los destinos del Renacimiento es decisiva.

(fig. 1653)

Ignudi. Creación de Eva

Muchos años después, en 1543, le hace pintar el Pontífice, en el gran lienzo del muro de la misma capilla, el Juicio final (fig. 1654). El Dios de Justicia, totalmente desnudo, con su poderoso brazo en alto, está rodeado por una humanidad de gigantes, aterrorizada por su presencia. Hasta los elegidos y la misma Virgen parecen atemorizados por su tremenda justicia. El amor al desnudo y al movimiento que triunfa en el techo de la capilla, se exalta aún más.

(fig. 1654)

El Juicio Final

Es una inmensa masa humana que se mueve con dramatismo apocalíptico, con una fuerza que sólo ha sentido hasta ahora Signorelli. Comparado con todas las interpretaciones anteriores, este Juicio final sorprende por el arrollador movimiento ascendente de los elegidos, y por el hundirse en el abismo de los condenados, por su lanzamiento en el espacio, en los que Miguel Ángel nos deja ver todo su entusiasmo por el escorzo. Reflejo de la belleza del cuerpo humano de la perfección divina, Miguel Ángel no duda en conceder a la desnuda amplitud sin precedentes, y, limpio en su idealismo de toda impureza, lo lleva hasta el mismo cuerpo del Todopoderoso. Pero las protestas no se hacen esperar, y el desvergonzado Aretino, alardeando de honestidad, no duda en decir que si él escribe cosas impúdicas es con palabras decentes. Es, en realidad, la consecuencia de la nueva reacción contra el culto renacentista del desnudo, aun despojado de toda impureza. No se produce tan violenta como en los días de Savonarola, pero el Pontífice hace cubrir a Volterra, parte del cuerpo del Salvador.

En los frescos de la inmediata capilla Paolina, obra diez años posterior, la preocupación por la corpulencia de los modelos le lleva a crear un tipo hercúleo, que deja honda huella en sus imitadores, pero que carece de la vida y energía del Juicio final y de la belleza de las escenas del techo. Están dedicados a San Pedro y a San Pablo.


RAFAEL

. —Si Leonardo es el pintor que, formado en la Florencia cuatrocentista, logra a costa de dolorosos fracasos crear en unas cuantas obras el estilo del pleno Renacimiento, Rafael es el genio fecundo que concibe con claridad admirable y ejecuta con decisión y perfección. El es quien con paso seguro y firme sabe sacar las consecuencias del arte leonardesco, e incorporando la grandiosidad, el dramatismo y la terribilitá miguelangelesca, da forma al Renacimiento del siglo XVI. Rafael, como todos los genios, se apoya en el estilo de sus predecesores y contemporáneos, pero lo hace fundiendo esos estilos en el crisol de su propia personalidad, nacida bajo el signo de la proporción y de la medida, de la belleza ideal y de la elegancia. Espíritu permeable a las sugestiones ajenas, sería injusto negarle por ello una capacidad creadora verdaderamente extraordinaria y rara vez igualada en la historia del arte.

La vida de Rafael, pasados sus primeros años, es una carrera ininterrumpida de triunfos. Nace en Urbino en 1483. Es persona de complexión débil, más bien pequeño de cuerpo, de ojos grandes, de mirar dulce y expresión ingenua, de color pálido y largos cabellos negros. Hijo del pintor Giovanni Santi, queda huérfano a los doce años y le toma bajo su protección el discípulo de Francia, Timoteo Viti, que apenas le dobla la edad. Cuatro años después, en 1499, ingresa en el taller del Perugino, donde permanece hasta que cumple los veintiuno. Rafael regresa entonces a su patria, pero los días felices de Urbino han pasado. El buen duque Federico ya no vive, un Borja ha vaciado sus arcas y es necesario emigrar. Al trasladarse a Florencia se inicia un nuevo período en su carrera artística.

Genio extraordinariamente precoz, antes de marchar a Florencia produce ya obras notables que prueban la rapidez y talento con que asimila el estilo peruginesco. Es la época del Rafael de las composiciones simétricas, de las figuras de suaves movimientos, casi femeninos, rostros redondos y mirada de ensueño. En su Virgen con el Niño, de Berlín (1501), no sólo son peruginescos los modelos, sino la ingenuidad de la composición y la sencillez de las actitudes. Las obras más personales de esta época son El sueño del caballero y Las tres Gracias, inspiradas éstas en modelos clásicos. Ya en Florencia pinta los admirables Desposorios (1504), de la Pinacoteca de Milán (fig. 1655), donde crea una vasta perspectiva de amplísimos horizontes al gusto peruginesco.

(fig. 1655)

Desposorios

Rafael, más adelante, transformará totalmente este estilo, todavía en buena parte cuatrocentista, pero conservará de su etapa umbría el arte de componer con claridad, en gran parte el gusto por las amplias perspectivas, y el sentido de la solemnidad aprendido del Perugino. A estos años corresponde el San Jorge (fig. 1656).

(fig. 1656)

San Jorge y el Dragón

Sus cuatro años florentinos son decisivos para su formación. Es la época en que Miguel Ángel esculpe el David y decora, en competencia con Leonardo, la Sala del Consejo. A la vista del estilo de estos maestros, es natural que encuentre el suyo umbrío, ingenuo y excesivamente sencillo. Rafael fija sus ojos ávidos de saber en el autor de la Cena, y sus personajes, hasta ahora reposados, blandos y concebidos en plano, comienzan a moverse con nervio, a enriquecer sus actitudes con escorzos y efectos de claroscuro, a disponerse también en profundidad, y gracias a todo ello, a enlazarse unos con otros en forma mucho más sabia. Simultáneamente, la expresión de sus rostros gana en variedad. A la influencia leonardesca, tan decisiva en su arte, se agrega la de Fra Bartolommeo, y la de la propia mímica elegante y graciosa del pueblo florentino.

Durante su estancia en Florencia, Rafael se forma como pintor de Vírgenes, uno de sus más legítimos títulos de gloria. En sus Vírgenes con Niño se funden en equilibrio admirable el sentido pagano renacentista de la belleza humana, depurado por el idealismo platónico, y la devoción cristiana. A la ingenuidad peruginesca de la Virgen de Berlín (1501) (fig. 1657) suceden ahora los tipos propiamente rafaelescos: la grave actitud rebosante de nobleza y grandiosidad cinquecentista de la Madonna del Granduca (1505) (fig. 1658) —Virgen del Gran Duque—, la composición leonardesca de la Virgen de Terranova —compárese la mano en escorzo con la de la Virgen de las Rocas, de Leonardo— y el arrebato maternal casi donatelliano de la Madonna de la casa de Tempi.

(fig. 1657)

Virgen con el niño (Museo de Berlín)

(fig. 1658)

Madonna del Granduca

El nuevo estilo, intensamente influido por el arte de componer de Leonardo, es aún más sensible en la Virgen de la Pradera (1505), del Museo de Viena, en la Virgen del Jilguero (1506) del de Florencia y en la Bella Jardinera (1507) (fig. 1659), del Louvre, donde el deseo de inscribir el grupo en la equilibrada forma triangular es bien patente.

(fig. 1659)

La Bella Jardinera

De esta misma fecha es la Sagrada Familia del Cordero, del Museo del Prado. Todas ellas nos dicen cómo la agrupación de los personajes es problema que obsesiona a Rafael, y su obra posterior nos confirma cómo continuará preocupándole a lo largo de toda su vida. La creación más importante del período florentino, en la que se revela impresionado por el dramatismo miguelangelesco, es el Santo Entierro (1507), obra maestra, de numerosas figuras, que le muestra ya en pleno dominio del arte de componer. Recuérdense los Desposorios y se comprenderá el largo camino recorrido en el breve espacio de tres años.

No obstante las obras capitales que pinta en Florencia, no llega a considerársele en la ciudad del Arno artista de primer orden.

En 1508 marcha Rafael con una presentación para Julio II de su sobrino favorito, el nuevo señor de Urbino. Acogido, además, favorablemente por su paisano Bramante, se le confía la decoración de la Sala del Sello —La stanza delta segnatura— del Vaticano, lo que significa su consagración. Es la época en que Miguel Ángel pinta el techo de la capilla Sixtina. Rafael cuenta veintiséis años y ya no sale de Roma. Rodeado de admiradores y solicitado por todos, sólo vive días de gloria. Pero esos días no son largos. El Viernes Santo de 1520, cuando cumple los treinta y siete años, muere rodeado de admiración, a la que sólo falta el carácter divino para ser verdadero culto.

La serie de grandes pinturas murales, que, auxiliado por un activo taller, pinta en el Vaticano, es uno de los conjuntos más grandiosos de la pintura renacentista, y en él culmina el género iniciado por Giotto en la Arena de Padua. Es donde su arte de componer alcanza plena madurez, haciendo gala de una fantasía rara vez igualada, y donde florecen todas las grandes dotes de su genio. En ellas es también cada vez más sensible la influencia del dinamismo y de la grandiosidad miguelangelescos. En la estancia antes citada pinta (1508-1511) las cuatro grandes alegorías: la Teología —Disputa del Sacramento—, la Filosofía —La Escuela de Atenas—, la Poesía —El Parnaso— y la Jurisprudencia —Gregorio IX y Justiniano publicando sus códigos.

La Disputa del Sacramento (fig. 1660), que representa el triunfo de Cristo en su cuerpo glorioso y bajo la forma de la Eucaristía, está concebida con grandiosidad extraordinaria, como un amplísimo escenario de abolengo umbrío, en realidad, un gigantesco presbiterio, donde se ordenan en semicírculo, a uno y otro lado del altar, pontífices, cardenales y prelados que discuten acaloradamente adoptando nobles actitudes. Ligados por su mímica, todos ellos aparecen intensamente incorporados a esa corriente de atención que converge en el ostensorio, como la de los Apóstoles de Santa Maria delle Grazie en la persona del Salvador. Incluso los personajes que aparecen tras el antepecho del primer término se encuentran incorporados a ese movimiento. A ese deseo obedece, por ejemplo, el gesto del que, abismado en la lectura de su gran libro, mueve su rostro violentamente hacia atrás.

(fig. 1660)

La Disputa del Sacramento

Esta misma grandiosidad majestuosa, que nos dice cómo Rafael ha sabido asimilar el tono de las ruinas gigantescas de la Ciudad Eterna, lo mismo que antes la gracia florentina, es la que inspira La Escuela de Atenas (fig. 1661).

El gracioso templete de los Desposorios, de ligereza umbría se transforma en las masas ingentes de unos muros que reciben una enorme bóveda, ante la que Platón con el Timeo señalando el cielo, y Aristóteles con la Ética, presiden a un sinnúmero de personajes. En el primer término se ha retratado el pintor en unión del Sodoma y del geógrafo Ptolomeo, con el globo en la mano. El Arquímedes que, junto a él, dibuja en tierra sus geometrías, parece ser también retrato de su protector Bramante.

(fig. 1661)

La Escuela de Atenas

Al terminar la primera Estancia, Julio II le encomienda la llamada de Heliodoro (1514), en cuyas historias, aunque indirectamente, se glorifica la persona de aquel Pontífice. En sus dos principales composiciones, Heliodoro expulsado del templo y el Encuentro de León I y Atila, dedicadas a recordar el castigo de los príncipes expoliadores de los Estados Pontificios, y la defensa de éstos, nos ofrece el contraste entre la majestuosidad y la severidad pontificia, y el movimiento impetuoso del grupo de los jinetes, que inspirará a tantas generaciones de pintores. Muerto Julio II al comenzarse la segunda historia, hubo de retratar en León I a León X. En la tercera cámara (1514-1517) pinta el Incendio del Borgo (fig. 1662), en el cual el movimiento y el dramatismo de las gentes aterrorizadas por el peligro, son la preocupación principal del pintor, que nos hace alarde de su fantasía trazando un sinnúmero de variadas y elegantísimas actitudes.

(fig. 1662)

Incendio del Borgo

La colaboración del taller, ya considerable en los restantes frescos de esta cámara, es preponderante en la Sala de Constantino, cuya historia principal es la Batalla del Puente Milvio, ejecutada en su mayor parte, con arreglo a sus dibujos, por su discípulo Julio Romano, y terminada después de su muerte.

De no menor importancia que estas grandes composiciones murales es la hermosa serie de cartones (1515) que pinta para ser copiados en los tapices que el Pontífice hace ejecutar en Flandes. Están consagrados a los Hechos de los Apóstoles.

Entre sus restantes pinturas murales deben recordarse especialmente las de las Logias del Vaticano (1513), por las numerosas escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento que contienen y por sus decoraciones de grutescos, que, ejecutadas por sus discípulos, en particular por Giov de Udine, son el repertorio más rico y más utilizado por los artistas posteriores para este tipo de ornamentación. Son también muy bellas las del palacio de la Farnesina, dedicadas a la fábula antigua, y cuyo tema principal es el Triunfo de Galatea.

Este considerable número de grandes composiciones murales pintadas en poco más de diez años no impide a Rafael continuar cultivando la pintura de caballete, en la que su estilo, naturalmente, continúa evolucionando en forma análoga. A su etapa romana corresponden la Virgen del Pez (fig. 1663) y la Virgen de San Sixto (1515) (lámina 170), de simplicidad de composición y grandiosidad romana típicamente cinquecentista, y la Virgen de la Silla.

(fig. 1663)

Virgen del Pez

La composición de sus Sagradas Familias se complica también a tenor del estilo de sus primeras pinturas murales. La de Francisco I, del Museo del Louvre, es buena prueba de ello. La del Roble (fig. 1664), del Museo del Prado, con sus mármoles clásicos y sus actitudes, nos dice cómo Roma ha entrado en Rafael.

 

(fig. 1664)

Sagrada Familia del roble (Museo del Prado)

En las grandes composiciones del Pasmo de Sicilia, del mismo museo, y de la Transfiguración, es particularmente sensible la influencia miguelangelesca.

Lo mismo que en la pintura de historia, Rafael deja su huella genial en el arte del retrato, donde también puede seguirse su evolución admirable desde los primeros, de los Doni (fig. 1665), o del Joven, de Budapest, hasta el del Cardenal de grandiosidad y simplicidad romanas; el de Juana de Aragón y el de la Donna Vellata, cada vez más ampulosos y de gesto más arrogante. Ellos sirven de punto de partida a los grandes retratistas barrocos.

(fig. 1665)

Retrato de los Doni


CORREGGIO

. —El pintor de Parma Antonio Allegri, llamado el Correggio (muerte 1534), muere, como Rafael, antes de cumplir los cuarenta años. Correggio es el más barroco de la primera fase del pleno Renacimiento. Aunque se supone que después de estudiar con pintores modestos se encierra en Parma y no conoce a sus grandes contemporáneos antes citados, es indudable que no se ha formado solo. En sus obras más antiguas es sensible la huella de Mantegna, no sólo en la manera de colocar los personajes, sino en los mismos tipos de éstos. De su conocimiento de la obra de Rafael es testimonio su famosa exclamación: Anch'io sonó pittore al contemplar"' la Madonna de San Sixto, de aquél; y de su admiración por Leonardo nos habla su interés por el claroscuro y por la blandura del modelado, tan esenciales en su estilo.

Pero, por encima de todas esas influencias, está la propia sensibilidad del Correggio. Como se ha dicho muy bien, mientras en Miguel Ángel todos los seres se convierten en gigantes, en el pintor de Parma todo se hace infantil, y, sobre todo, femenino; frente a los gestos terribles del florentino, su expresión típica es la sonrisa. Sus personajes masculinos tienen a veces formas casi femeninas —recuérdese el Salvador del Noli me tangere, del Museo del Prado.

Pese a la influencia de Mantegna en alguna obra temprana, como la Judit del Museo de Estrasburgo, Correggio tiene ya creado su estilo propio hacia 1515. La Virgen de San Francisco, del Museo de Dresde, concebida todavía dentro del tipo rafaelesco, manifiesta claramente, en las actitudes de los personajes y en la expresión de sus rostros, sus características propias. De estos mismos años se considera la Virgen del Museo del Prado (fig. 1666), donde su amor por el claroscuro le lleva a imaginar la escena en una especie de cueva con entrada al fondo, y su deseo de movimiento se deja sentir en la actitud de la Virgen y en los plegados de su ropaje.

 (fig. 1666)

Virgen del Museo del Prado

De fecha algo más avanzada son los Desposorios místicos de Santa Catalina (fig. 1667), del Museo del Louvre, una de las obras más bellas del Renacimiento, donde la gracia y la ternura tan características del pintor se nos muestran en toda su plenitud.

(fig. 1667)

Desposorios místicos de Santa Catalina

El Noli me tangere, del Museo del Prado, que se considera de estos mismos años, nos ofrece un paisaje aterciopelado con bellísimo celaje, ante el que el pintor expresa el arrebato de la Magdalena en una figura intensamente movida. Pero cuando ese amor por el movimiento, que le convierte en uno de los padres del barroco, adquiere mayor desarrollo en sus cuadros de caballete es en las composiciones de numerosas figuras, como las Vírgenes de San Sebastián, de San Roque, de San Jorge y de San Jerónimo, donde la claridad, el equilibrio y el sentido arquitectónico rafaelescos de la Virgen de San Francisco desaparecen en violentos escorzos. Representadas desde punto de vista muy bajo, las figuras se entrecruzan y superponen, produciendo una impresión de movimiento y alegría sin precedentes. Lejos de contrapesar los personajes, gusta de agruparlos desequilibradamente, de modo que domine en su composición una violenta línea oblicua, situando en uno de los lados, en el borde mismo del cuadro, y en primer plano, a algún personaje, para que el grupo decrezca rápidamente en el sentido opuesto. Esta misma forma de componer inspira su Nacimiento (fig. 1668), del Museo de Dresde, en el que ese efecto resulta más patente gracias al resplandor del Niño en la oscuridad que justifica la denominación de la Noche con que se conoce el famoso cuadro.

(fig. 1668)

Nacimiento (La Noche)

En el Descanso en la huida a Egipto, conocida por la Virgen de la escudilla, del Museo de Parma, son notables la luminosidad de nubes y personajes, la expresión de los rostros y el movimiento general de la composición.

El movimiento y los escorzos alcanzan su máximo desarrollo en las pinturas murales de sus bóvedas, pues, no en vano, bastantes de las características comentadas en sus cuadro de caballete tienen su origen en este género pictórico. En las del locutorio de San Pablo de Parma (1518), encargadas por la mundana abadesa donna Giovanna, nos muestra en unos nichos fingidos esculturitas monocromas paganas, mientras hace desfilar por las claraboyas una encantadora serie de niños con perros, flechas y trofeos de caza del séquito de Diana, la diosa de la virginidad, que, guiando su carro, preside la sala sobre la chimenea. En 1520, cuando sólo cuenta veintiséis años, pinta la cúpula y el ábside de San Juan de Parma, donde su estilo avanza considerablemente en el sentido barroco de la composición, reduciéndose ya al mínimo el encuadramiento arquitectónico, existente todavía en San Pablo.  (fig. 1669)

(fig. 1669)

Ascensión. Cúpula y el ábside de San Juan de Parma

Las nubes y los escorzos de los personajes vistos desde abajo lo invaden todo. En la cúpula representa la visión de San Juan, que aparece escribiendo en un luneto, con el Todopoderoso, inspirado en el Salvador de la Transfiguración de Rafael, rodeado por numerosos personajes en escorzos violentísimos. De la Coronación de la Virgen del ábside sólo se conserva en el Museo de Parma el grupo central, y aún más barroca es la Asunción de la Virgen, que pinta (1526) en la cúpula de la catedral. Nubes, escorzos y desnudos en desenfrenado movimiento cubren toda la superficie de la bóveda.

La pintura barroca tendrá que esperar más de un siglo para crear algo equiparable. En la parte inferior, ante el fingido tambor, presencian el portento los apóstoles, mientras los ángeles sostienen candelabros e incensarios.

Enamorado del desnudo como buen renacentista, y cultivador de la fábula mitológica, no posee el equilibrio y el reposo espiritual que veremos en Tiziano. Entre la Dánae recibiendo la lluvia de oro, de éste, y la suya, existen diferencias fundamentales. Su Dánae es una figurilla menuda e inquieta en que existe mucho del estilo Luis XV francés. Esa intención, ajena a la pura contemplación de la belleza del desnudo femenino tizianesco, aumenta en grado hasta ahora desconocido en su lo del Museo de Viena, donde la voluptuosidad del pintor se pone a tono con la fina fantasía griega creadora de la fábula representada. Obra también muy conocida es el Rapto de Ganímedes, del mismo museo (fig. 1670).

(fig. 1670)

Rapto de Ganímedes


EL MANIERISMO

. —Muerto Leonardo en 1519, Rafael el año siguiente, y terminado poco después, hacia 1540, el Juicio Final de Miguel Ángel, el gran arte del Renacimiento florentino ha llegado a su momento culminante. La enorme capacidad creadora de la ciudad del Arno queda agotada, y ya no produce artistas de primer orden que hagan avanzar la pintura como hasta ahora.

Después del traslado a Roma de Miguel Ángel y Rafael, queda en Florencia algún pintor de tan gran valía como Andrea del Sarto (muerte 1531), que, sin el genio de aquéllos, es, sin embargo, artista de primer orden, cultivador tanto de la pintura al fresco como de la de caballete. Las grandes composiciones murales del claustro de los Descalzos de Florencia son buenos ejemplos de cómo sin dejarse subyugar por el arte rafaelesco sabe cultivar el género en forma muy original y con grandiosidad plenamente cinquecentista. Ese mismo estilo inspira su pintura en la tabla de la Virgen de las Arpías, y en tal grado que, por lo claro y majestuoso de su composición, puede considerarse como una de las obras más representativas del Renacimiento cinquecentista. Sus Sagradas Familias y sus Vírgenes con el Niño, de formas un tanto angulosas, y su personal sentido del color, alcanzan una gran aceptación. El Asunto místico del Museo del Prado, típica composición triangular cinquecentista, es también, por la delicadeza del colorido, una de sus obras maestras. Ejemplo de retrato, que le coloca a la altura de Rafael, es el que se supone de la mujer del artista, Lucrecia de Fede (fig. 1671), del mismo museo.

(fig. 1671)

Lucrecia de Fede

Aun sin producir personalidades de la categoría de Leonardo y Miguel Ángel, la pintura florentina continúa evolucionando. El nuevo estilo es el manierista, que intensifica algunos aspectos de la obra de los grandes maestros anteriores y agrega nuevos valores. Figura entre los primeros el intenso dinamismo contenido miguelangelesco, que da lugar a las más rebuscadas y contorsionadas actitudes. El deseo de acoplar unas figuras en el espacio libre dejado por las otras aumenta en grado extraordinario, y a los grandes grupos antes enlazados con soltura y gracia sucede el escalonamiento o distribución en zonas superpuestas. Entre los más destacados manieristas florentinos deben recordarse Pontormo (muerte 1556), Rosso (muerte 1541), Bronzino (muerte 1572) y Vasari (muerte 1574). Pontormo (fig. 1672) es pintor de gran sensibilidad, cuyo intenso manierismo va unido a un sentido de la elegancia típicamente florentino.

(fig. 1672)

Descendimiento

Rosso, menos preocupado por el ritmo ligero de las formas curvilíneas, prefiere los planos quebrados de colores vivos y fuertemente iluminados; Bronzino, excelente retratista, y Vasari representan una etapa más avanzada del manierismo, en la que se deja sentir la influencia de la monumentalidad romana. Una de las últimas etapas del manierismo florentino está representada por los Zúccari, que Felipe II llamará a El Escorial.

En Roma, el manierismo sigue dos tendencias a veces muy diferenciadas, pero que, con frecuencia, se funden: la de Rafael y la de Miguel Ángel. Aparte de los discípulos, debe recordarse entre los seguidores del primero, por su gran influencia, a Salviati, que tanta huella deja en los rafaelistas españoles, y entre los del segundo a Daniel de Volterra (muerte 1566), en cuyas obras maestras, el Descendimiento y la Resurrección de Lázaro (fig. 1673), encontramos los tipos hercúleos y las actitudes grandiosas de la capilla Sixtina.

(fig. 1673)

Resurrección de Lázaro

Tardío representante de este manierismo miguelangelesco es el bolones Tibaldi, que, como veremos, viene a fin de siglo a decorar El Escorial.

Como es lógico, el manierismo no se circunscribe a Florencia y Roma. Al norte de los Apeninos, dentro del cuadro general de características del estilo, los pintores de este período se distinguen por la influencia del Correggio. El Parmigianino (muerte 1540) nos deja en su Virgen del cuello largo (fig. 1674) una de las más típicas creaciones del manierismo, en las que las formas se alargan desmedidamente.

(fig. 1674)

Virgen del cuello largo

Federico Barocci (muerte 1612), hijo de Urbino, a su regreso de Roma se encuentra más atraído por el arte gracioso y femenino del Correggio que por la grandiosidad miguelangelesca, y crea un estilo muy personal y poético, de colores claros con calidad de pastel, personajes menudos, de andar leve y rostros sonrientes, y composiciones en que dominan el escorzo y los efectos de luz. El Nacimiento (fig. 1675), del Museo del Prado, es buen ejemplo de su manera de pintar.

(fig. 1675)

Natividad


ESCUELA DE VENECIA:


GIORGIONE

. —En la Venecia de Giovanni Bellini, pletórica de color y de lujo, surge a fines del siglo XV un artista que, como Leonardo en el centro de Italia, es capaz de crear un nuevo estilo. Ese artista es Giorgio de Castelfranco, o Giorgione (muerte 1510), que muere de la peste antes de cumplir los treinta. Dotado de un temperamento esencialmente poético, percibe como los grandes florentinos el sentido de la claridad y de la simplicidad de la composición del cinquecento, y crea el tipo humano que Tiziano empleará después. Transforma el paisaje, dotándole de poesía hasta ahora desconocida en Venecia, y escribe uno de los capítulos más bellos del desnudo femenino. De lo que significa para la transformación en la escuela veneciana en pro de la grandiosidad del Renacimiento pleno es buen ejemplo su Virgen de Castelfranco, sentada en elevado trono sobre bello fondo de paisaje, y acompañada de dos santos en la mitad inferior del cuadro. En un solo plano presenta también a la Virgen con dos santos, del Museo del Prado, que, discutida por unos y defendida por otros, es indudablemente obra de excelente calidad, animada por el más puro espíritu giorgionesco. Pero donde se manifiestan toda la novedad del estilo del joven pintor y su fino sentido poético es en sus obras de tema profano. En el Concierto campestre (fig.  1676), del Museo del Louvre, nos muestra en la más admirable unión el blando y aterciopelado paisaje por él creado, el desnudo femenino de formas llenas que heredará Tiziano y la música.

 

(fig.  1676)

Concierto campestre

Desnudo y paisaje es lo que nos ofrece de nuevo en La tempestad y en su Venus dormida (fig. 1677), de Dresde. De cuerpo más esbelto que las jóvenes del Concierto, es, probablemente, el desnudo renacentista donde de manera más perfecta se hermanan la admiración por la belleza del cuerpo juvenil femenino y el sentido de la castidad. En ninguna otra pintura se ha interpretado tampoco mejor el reposo del sueño sereno y libre de toda preocupación.

(fig. 1677)

Venus dormida

El paisaje, que, al parecer, termina Tiziano, acompaña con su horizontalidad y su blandura el cuerpo juvenil de la diosa. Desde el punto de vista de la iconografía del tema, la interpretación de Giorgione inaugura el tipo de la Venus echada que adoptará Tiziano y que tan larga descendencia tendrá en toda la pintura posterior.


TIZIANO

. —Muerto en plena juventud Giorgione, el pintor en quien florece su ideal artístico es Tiziano Vecellio (muerte 1576), que muere, en cambio, casi centenario. Nacido en un pueblecito de los Alpes vecinos, es discípulo de Bellini, aunque deba realmente la formación de su personalidad a Giorgione. Tiziano es artista que recibe las mayores distinciones de los príncipes extranjeros —el emperador Carlos le nombra conde de Palatino—, pero que no se decide a abandonar Venecia sino obligado por las circunstancias o para realizar trabajos muy concretos, como la marcha a Bolonia y Augsburgo para retratar al César; la visita que hace a Roma en edad avanzada se debe a asuntos familiares y no artísticos. Su vida transcurre holgada y plácida en su casa de Venecia, frecuentada por sus amistades, entre las que figuran el Ariosto y el Aretino, entregado a su arte y a la música, por la que siente gran afición.

Gracias a su larguísima vida, el estilo de Tiziano evoluciona profundamente, hasta el punto de que, mientras sus primeras obras son de tipo bellinesco, de superficies acariciadas y terminadas, en las últimas emplea una técnica deshecha, casi impresionista, en que utiliza pinceles, al decir de algún testimonio, como «escobas», y para terminar el cuadro, más que de ellos se vale de los dedos. La Virgen y santos de medio cuerpo y el Jesús con la Cruz, del Museo del Prado, son buenos ejemplos de los estilos de juventud y de vejez del maestro.

Entre sus obras juveniles, animadas ya plenamente por el espíritu giorginesco, figuran Las tres edades, de propiedad particular inglesa, y, sobre todo, El amor divino y el amor profano, de la Galería Borghese, de Roma (fig. 1678), cuyo sentido concreto no conocemos con seguridad, y entre cuyas interpretaciones figura la que representa a Venus despertando en Medea el amor por Jasón. Apoyadas en una fuente de mármol con relieves alegóricos alusivos al tema, Tiziano nos contrapone las dos bellas jóvenes, vestida la una y desnuda la otra, viva reencarnación de las del Concierto campestre giorgionesco.

(fig. 1678)

El amor divino y el amor profano

La música que hemos visto aparecer en éste, y por la que el Tiziano siente tanta afición, le inspira el Concierto del Museo de los Uffizi, de Florencia, ahora que con figuras de medio cuerpo y sobre fondo oscuro. Obras también tempranas, animadas por el mismo espíritu giorgionesco, son la Bacanal (fig. 1679) y la Ofrenda a Venus, del Museo del Prado, pareja que, con el Baco y Ariadna (fig. 1680), de la Galería Nacional de Londres, constituye la serie pintada para el duque de Ferrara. En la Bacanal, sobre un fondo donde el azul intenso del mar y las hermosas nubes doradas son personajes de primer orden, nos muestra la sana alegría y la laxitud que el vino produce. Levantándolo en bella jarra de vidrio veneciano, nos dice cómo hace dormir profundamente, tanto al viejo tendido en la colina del fondo como a la joven que en el primer término nos deleita con su hermoso desnudo, e inspira la alegría de los que beben y danzan en el grupo central. También aquí dedica Tiziano su recuerdo a la música, y precisamente en la persona de su amada Violante, que, situada en primer plano, tiene la flauta en la mano y decora su pecho y su cabeza con las emblemáticas violetas.

(fig. 1679)

La Bacanal

(fig. 1680)

Baco y Ariadna

El capítulo de la fábula pagana incluye otra importante serie, que tiene su origen en la Venus dormida de Giorgione. La más antigua de su mano, y en la que la derivación del modelo del maestro resulta más patente, es la de Urbino, del Museo de los Uffizi. Sus formas son todavía tan juveniles como en la Venus de Dresde, y su colocación, salvo en uno de los brazos, la misma.

Pero no reposa en el campo; está en la habitación de un palacio, al fondo de la cual unas servidoras buscan en un arcón las vestiduras que ocultarán su bello desnudo. En las interpretaciones posteriores, sus Venus pierden juventud, y de acuerdo con su ideal de belleza femenina, son de formas más llenas. Colocadas más de frente, parecen hacer gala de ello. Los dos ejemplares del Museo del Prado nos dicen que para Tiziano, el digno compañero del amor es la música. Obras no menos bellas que las anteriores son, en el mismo museo, Dánae recibiendo a Júpiter en forma de lluvia de oro, uno de los más hermosos desnudos salidos de su pincel, y Venus y Adonis, lienzo en el que, para formar juego y completar el anterior, según escribe el propio Tiziano al enviarlo a Felipe II, en vez de presentar a la diosa de frente, como a Dánae, la muestra de espaldas. Y todavía puede recordarse, entre sus obras maestras de tema mitológico de las antiguas colecciones reales españolas, la llamada Venus del Pardo, hoy en el Museo del Louvre.

Pero Tiziano es también pintor de primer orden de temas religiosos. De época bastante temprana son dos grandes cuadros en los que nos muestra cómo sabe mover un crecido número de personajes con ese sorprendente sentido de la monumentalidad típicamente cinquecentista. En la hermosa Asunción de Santa María dei Frari, la Virgen asciende, en actitud majestuosa, sobre el grupo de las gigantescas figuras de los apóstoles, que llenan la parte baja en torno al sepulcro vacío. Esa misma nota de monumentalidad impera en la Virgen de los Pésaro (1526) del mismo templo, donde dos enormes columnas, vistas desde muy lejos, como la Virgen misma, prestan al escenario un tono monumental muy de acuerdo con los gustos de la época. Presentados por San Pedro, los Pésaro celebran su victoria sobre los franceses, enarbolando la bandera de los Borjas coronada de laurel. Alternando con los temas de carácter mitológico, Tiziano continúa pintando a lo largo de su vida cuadros religiosos, entre los que ocupa destacado lugar la Gloria (1554), del Museo del Prado (fig. 1681). Sobre un paisaje que se pierde en la profundidad, imagina suspendidos en el espacio, en primer término, a los profetas y santos, que, escalonándose y alejándose hacia arriba, encuadran a la Trinidad y a la Virgen, que, envuelta en su manto azul, se dirige hacia las alturas. Dándoles frente en el lado opuesto, cubiertos por sus sudarios, imploran perdón por sus pecados el Emperador, Doña Isabel y Felipe II.

(fig. 1681)

La Gloria

En el mismo museo se guardan el Santo Entierro y la Santa Margarita, el Ecce Homo y las Dolorosas. Obra religiosa muy característica de los últimos tiempos por su factura aborronada es la Coronación de Espinas, de la Pinacoteca de Munich.

Tiziano es, además, pintor de retratos de primera calidad, y también de este género guarda el Museo del Prado varios de los mejores, que no en vano la colección de cuadros del pintor que conserva nuestra primera pinacoteca carece de rival. De Carlos V posee dos. El más antiguo es el que le presenta de pie y de cuerpo entero —el Tiziano es el que impone el retrato de cuerpo entero—, acompañado por un gran mastín y vestido con el traje de corte que luce al ser coronado rey de Lombardía. El otro es el pintado en Augsburgo, después de la batalla de Mühlberg (fig. 1682), a cuyo efecto se traslada Tiziano expresamente a la ciudad alemana.

 (fig. 1682)

Carlos V (pintado en Augsburgo)

Los años transcurridos entre uno y otro retrato no son muchos, pero el César, todavía joven, aparece en el segundo avejentado y cargado de preocupaciones, como, efectivamente, sabemos que lo estaba en esos días. El pintor renuncia al paso de desfile según la norma impuesta por la estatua ecuestre de Marco Aurelio, y lo imagina dirigiéndose rápidamente a algún lugar de peligro de la batalla, con ese tono de naturalidad tan propio del estilo tizianesco. Tanto el color del caballo como el atavío del retrato responden plenamente a los por él llevados el día de la batalla. El tercer retrato de Carlos V, que nos lo muestra en un sillón como hombre de Estado, pertenece a la Pinacoteca de Munich.

De Felipe II existen en el Museo del Prado, uno de joven con armadura (fig. 1683), y otro, de gran tamaño, compañero del de Carlos V en Mühlberg, donde el monarca ofrece a su hijo en acción de gracias por la victoria de Lepanto.

(fig. 1683)

Felipe II con armadura

El retrato de la Emperatriz Isabel, de medio cuerpo, no está hecho del natural. Retratos también de primer orden conservados en el mismo museo son el del Marqués del Vasto arengando a sus tropas y, sobre todo, el Autorretrato (fig. 1684) del pintor, ya viejo, pero firme, ejecutado con esa aparente simplicidad que sólo se alcanza al final de una gloriosa carrera artística.

(fig. 1684)

Tiziano. Autoretrato


VERONÉS

. —El amor al lujo y la fastuosidad, tan típicamente veneciano, unido al interés por lo secundario y anecdótico, propio del estilo cuatrocentista, son los rasgos esenciales que definen la personalidad artística de Pablo Veronés (muerte 1588), la segunda gran figura de la escuela. Veronés es el pintor de los escenarios grandiosos con amplias columnatas y blancas fachadas de mármol, donde se mueven numerosos personajes que, en actitudes elegantes, visten lujosas vestiduras de ricos rasos y terciopelos. Para él, las historias religiosas son motivos para imaginar aparatosas composiciones, por lo general de tono profano, animadas por una serie de escenas secundarias que alegran y entretienen la vista, pero que no contribuyen a concentrar la atención en el tema principal. En este aspecto, es el heredero directo de la tradición de Gentile Bellini y Carpaccio. No deja de ser significativo el que la Inquisición estime irreverente en alguno de sus cuadros la presencia de ciertos personajes secundarios.

Obras muy representativas de la personalidad de Veronés son las Bodas de Cana y la Comida en casa de Simón, del Museo del Louvre, cuadros que además, por sus enormes proporciones, son buena prueba de cómo la pintura veneciana en lienzo sabe emular el tamaño de los frescos florentinos y romanos. Las Bodas de Cana tienen por fondo un escenario arquitectónico monumental de fastuosos edificios marmóreos con largas balaustradas, entre los que se mueven un sinnúmero de personajes. Ante la mesa del banquete se encuentra la orquesta, y junto a ella, servidores que trasiegan vino de unas vasijas a otras, un negrillo que ofrece la bebida, perros, etc., y, como si no fuese suficiente el escenario, algunos personajes suben por las columnas y cornisas para contemplar mejor el espectáculo. La Comida en casa de Simón, aunque no produce el efecto de aglomeración del cuadro anterior y su columnata de planta curva da una sensación de mayor claridad, responde a la misma manera de sentir. Cuadro también de este tipo es el de la Comida en casa de Leví, (fig. 1685) de la Academia de Venecia.

(fig. 1685)

Comida en casa de Leví

Entre la excelente colección de obras del Veronés, del Museo del Prado, destaca muy en primer plano el Jesús perdido en el templo discutiendo con los doctores, donde el Salvador niño se dirige con aire majestuoso a unos doctores ataviados como ricos mercaderes venecianos, y el de Jesús y el centurión de Cafarnaum (fig. 1686), en el que, ante un escenario monumental, con dos grandes columnas en el primer término, el centurión cae en tierra y, sostenido por dos soldados, se postra a los pies de Jesús, que, acompañado por los apóstoles, viene del fondo.

(fig. 1686)

Jesús y el centurión de Cafarnaum

Cuadro también de numerosas figuras es el del Martirio de San Menas. Importante por su belleza e interesante porque permite compararlo con la interpretación del mismo tema de Tiziano, es el de Venus y Adonis. De pequeñas proporciones, el Hallazgo de Moisés es de un colorido muy rico y está compuesto con gran maestría (fig. 1687).

(fig. 1687)

El Hallazgo de Moisés


TINTORETTO

. —El tercer gran maestro de la escuela es Jacopo Robusti, llamado el Tintoretto (muerte 1594) por lo corto de su cuerpo y ser hijo de un tintorero. Con él desaparece de la pintura veneciana ese reposo clásico que distingue al Tiziano y al mismo Veronés. Temperamento extraordinariamente apasionado y violento —que la Venecia de su tiempo no llega a comprender—, no consigue que se le estime como pintor del rango de Tiziano ni de Veronés. Y es que Tintoretto reacciona frente a la placidez de Tiziano, y no obstante ser como él un colorista de primer orden, siente admiración por Miguel Ángel. Aunque se asegura que escribe en la pared de su estudio el lema: «El dibujo, de Miguel Ángel; el colorido, de Tiziano», no es sólo el dibujo del maestro florentino, sino su sentido dramático, lo que le hace proponerlo de modelo. En su preocupación por el escorzo, no contento con estudiar la obra de Miguel Ángel, hace figurillas de cera y barro, que, colocadas en cajitas de madera, copia desde abajo. También es novedad importante en la escuela, que contribuye a intensificar el dramatismo de sus creaciones y facilita el efecto de los escorzos, su interés por el claroscuro, que no en vano, al decir del cronista clásico de los pintores venecianos, los mejores colores, según el Tintoretto, son el blanco y el negro, porque éste da profundidad a las sombras y aquél realza el relieve.

Después de varias pinturas de menos importancia, en su deseo de realizar algunas obras de grandes proporciones en que poder dar rienda suelta al fuego de su fantasía, consigue que le encarguen, sin más remuneración que el pago de los materiales, los enormes lienzos de Santa María dell'Orto (1546). En la Adoración del becerro de oro, y sobre todo, en el Juicio Final, nos deja ya ver, juntamente con la influencia de Miguel Ángel, todo el dramatismo de su temperamento y su amor al movimiento, a la violencia de los escorzos y a los contrastes de luces y sombras. El cotejo de la Presentación de la Virgen, de esta serie, concebida en profundidad y violentamente iluminada, con la del Tiziano, desarrollada en plano y bajo una iluminación uniforme, nos dice el abismo que los separa. Pocos años más tarde comienza sus pinturas para cofradías o scuole. La primera es la serie de la de San Marcos, para donde hace la historia del Santo liberando a un esclavo del suplicio (fig. 1688). Es una revuelta masa humana, que ante un fondo luminoso muestra las más movidas actitudes subrayadas por vivos contrastes de claroscuro, masa sobre la que desciende el santo con ímpetu arrollador, iluminado el manto, el rostro en sombra y radiante de luz la cabeza, mientras el esclavo yace desnudo en tierra, en escorzo no menos violento, y el verdugo, con los brazos en alto, enarbola los instrumentos de martirio hechos pedazos.

(fig. 1688)

San Marcos liberando al esclavo

La serie más importante es, sin embargo, la de Scuola di S. Rocco, que consume buena parte del final de su carrera. La obra que en el Museo del Prado puede dar idea de estas grandes pinturas es el Lavatorio (fig. 1689), en el que Tintoretto desplaza el tema principal del Salvador a un extremo del cuadro, situando, en cambio, en el centro el motivo secundario del esfuerzo por despojar de sus calzas a uno de los apóstoles. Pero, aparte de esta interpretación tan veneciana, lo verdaderamente importante para la historia de la pintura es la maravillosa realidad de que sabe dotar al aire bajo la sombra de la mesa y en la luminosa lejanía. Para la historia de la perspectiva aérea, que culminará en nuestro Velázquez, es jalón capital.

(fig. 1689)

Lavatorio

Además de esta obra de grandes proporciones, posee el Museo del Prado, entre otras, un Bautismo de intenso efecto de claroscuro, una bella serie de escenas del Antiguo Testamento, de un techo cuyo centro es la Purificación de las Vírgenes madianitas, y varios retratos. El del Caballero de la cadena, de movida actitud, con el rostro vuelto hacia el espectador y con las manchas de luz en sus partes esenciales, al compararlo con el autorretrato de Tiziano, tan reposado y de iluminación uniforme, nos reitera el abismo que media entre uno y otro. (fig. 1990).

(fig. 1990)

Caballero de la cadena

Del tono diferente de su paleta es buena muestra el fino retrato de Dama que descubre el pecho.


LOS BASSANOS

La última etapa de la escuela veneciana renacentista está representada por los Bassanos, en los cuales el gusto por lo secundario y anecdótico inspirador de Veronés da un paso más. La escena de género invade con ellos la pintura veneciana, que pierde el tono elegante y distinguido que caracteriza a los temas de esa índole interpretados por el pincel de Veronés. En muchos de sus cuadros, el asunto general es simple motivo para reunir las más variadas viandas, animales diversos, escenas de cocina, vasijas, etc. (fig. 1991).

(fig. 1991)

Adán

A veces el personaje principal de la historia se encuentra en lugar tan secundario, que al pronto no se le distingue. Este tipo de pintura explica la preferencia por temas como el de las Cuatro estaciones, la Expulsión de los Mercaderes, etc., que justifican la presencia de los más variados enseres y de múltiples faenas. En los Bassanos, el modelo humano, que con Tintoretto se había alargado, se hace rechoncho, y sus actitudes, a tono con la inspiración general de su estilo, pierden distinción. Su técnica enlaza con la tizianesca de la segunda parte de su carrera, y a veces manifiesta acusado interés por los efectos de claroscuro, aspecto, como veremos, particularmente valioso, como precedente del tenebrismo de Caravaggio (fig. 1692).

(fig. 1692)

Nacimiento (Museo del Prado)

El éxito del género de pintura por ellos cultivado hace que se industrialicen, repitan sus composiciones y no les falten imitadores. Piénsese, en España, en Orrente.

Aunque el nombre familiar de estos artistas es Da Ponte, se les conoce por el de Bassano, la población en que nacen. El más importante es Jacopo (muerte 1592), que nacido a comienzos de siglo, muere casi veinte años después que Tiziano. Tiene en el Museo del Prado varios cuadros tan típicos como la Primavera, el Invierno, Jesús expulsando a los mercaderes y la Entrada de los animales en el Arca de Noé. De Francesco, su hijo, es interesante la Cena, porque permite ver el cambio de tono que la pintura religiosa tizianesca sufre en sus manos. De Leandro (muerte 1624), hijo también y discípulo de Jacopo, que continúa el taller hasta bien entrado el siglo XVII, es buen ejemplo, en el mismo museo, la Vista de Venecia con el embarco del Dux. En él no sólo vuelve al tipo de cuadro de Bellini, de amplio escenario, sino que anuncia el género dieciochesco de Canaletto, si bien no tiene inconveniente en llenar el muelle del primer término con canastas de verduras. El Rico avariento y La vuelta del hijo pródigo nos lo muestran, en cambio, más dentro del género corriente en el taller familiar.