LA PINTURA TRECENTISTA EN
CATALUÑA: FERRER BASSA
LOS SERRA
EL ESTILO INTERNACIONAL EN
CATALUÑA: BORRASSÁ Y MARTORELL
EL ESTILO INTERNACIONAL EN
VALENCIA Y ARAGÓN
CASTILLA DURANTE LA PRIMERA
MITAD DEL SIGLO: TOLEDO
NICOLÁS FRANCÉS Y DELLO DELLI.
SEVILLA
LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV.
LA INFLUENCIA FLAMENCA. CATALUÑA: DALMAU Y HUGUET
VALENCIA. BALEARES
BARTOLOMÉ BERMEJO
ARAGÓN Y NAVARRA
CASTILLA: JORGE INGLÉS Y
GALLEGO
EL RESTO DE CASTILLA Y
ANDALUCÍA
JUAN DE FLANDES Y MIGUEL ZITTOW
LA PINTURA TRECENTISTA EN CATALUÑA: FERRER BASSA
. —El trecentismo italiano se introduce en
Cataluña en fecha temprana. Antes de mediados del siglo, en 1348, muere ya
Ferrer Bassa, a quien en la actualidad hemos de considerar su primer cultivador.
Del prestigio que gozara en vida son buenos testimonios no sólo sus trabajos
para el monarca y la importancia de los monasterios que le confían obras, sino
el que se le haga pintar en las tres grandes capitales de la monarquía
aragonesa, Barcelona, Zaragoza y Valencia.
Si hubiésemos de juzgar por su única obra
conservada, podría pensarse que se abre para nosotros un gran capítulo de
pintura al fresco, como el comentado en el Renacimiento italiano. Pero la
realidad es muy otra. Los contratos conocidos nos dicen que, como sus sucesores
españoles, es sobre todo pintor de retablos.
Ferrer Bassa es artista de temperamento
intensamente dramático. Sus personajes son pequeños, poco esbeltos, y se mueven
con cierta violencia. Posee el sentido del volumen giottesco, pero no su
monumentalidad, pues no en vano su formación es más senesa que florentina.
Senesa es, en efecto, la blandura de su modelado, y hace pensar en Simone
Martini el gran alargamiento de los rostros de sus personajes. La única obra
segura que conocemos de su mano es el bello conjunto de las pinturas murales de
la salita del claustro del monasterio de Pedralbes, en las afueras de Barcelona,
ejecutada tres años antes de su muerte. Bastante irregular la estancia, se
distribuye las pinturas de los tres lienzos del fondo en dos zonas, dedicada la
superior a la pasión de Jesús y la inferior a la vida de la Virgen, mientras en
el lienzo de entrada aparecen santos y figuras alegóricas. Típicamente toscaza
es la composición de la Virgen con el Niño (fig. 1724) en el trono, rodeada de
ángeles dispuestos en fila. Su bello y largo rostro de ojos rasgados y suave
modelado es de pura estirpe senesa; igual origen delata el movimiento de la
escena de la Anunciación. El Prendimiento es interesante, porque además de
mostrar su interpretación del paisaje giottesco, deja bien de relieve su
sensibilidad dramática al oponer a la serenidad del rostro del Salvador la sorna
un tanto infantil de los soldados. En el Descendimiento, de composición
efectista, se destaca la figura del santo varón que arranca el clavo de los
pies. El intenso claroscuro contribuye a subrayar el dramatismo del tema.
(fig. 1724)
Virgen de Pedralbes

Si Ferrer Bassa es el heraldo del trecentismo
senes, el anónimo autor del retablo de Estopiñán, del Museo de Barcelona, es el
representante más puro en Cataluña de la escuela florentina, aunque de la época
en que los discípulos de Giotto sufren ya la influencia senesa.
LOS SERRA
. —Los verdaderos creadores del trecentismo
catalán no son, sin embargo, Ferrer Bassa ni el maestro de Estopiñán, sino los
hermanos Jaime y Pedro Serra, que trabajan ya en el último tercio del siglo XIV.
Además del estilo que sirve de base a la futura escuela catalana, en ellos
encontramos formado el retablo, y no pocas composiciones iconográficas que
perdurarán toda la centuria siguiente. Su estilo no continúa el de Ferrer Bassa.
Tiene de común con él su origen senes; pero mientras en aquél la derivación es
directa, en ellos es más remota, probablemente a través de algún imitador de los
seneses de fuera de Toscana. Por otra parte, su temperamento carece del
dramatismo del de Ferrer Bassa. Los personajes de los Serra son de rasgos
menudos, delgaditos y de rostro redondo. Su expresión es dulce, tranquila y, a
veces, pensativa. En las obras más tardías, el ropaje se ondula ya con cierto
sentido decorativo que anuncia el estilo llamado internacional, de hacia 1400.
El oro abunda en los fondos. Entre los temas que servirán de base para
interpretaciones posteriores figuran en primer término la Virgen con el Niño,
que se describirá más adelante, y el Calvario. En éste, tema obligado para la
espina o último compartimiento de la calle central del retablo, suelen
presentar, en el lado del Evangelio a la Virgen, desfallecida y con los brazos
rígidos, pero de pie, sostenida por las Marías, una de las cuales acostumbra a
mirar al Salvador, mientras en el lado opuesto aparece San Juan sentado o
también de pie, y con frecuencia dirigiéndose al espectador. También se imita
bastante su versión del Nacimiento, y, aunque sólo en los pintores de su
escuela, la Venida del Espíritu Santo.
No siempre es fácil distinguir el estilo de Jaime
del de Pedro Serra, si bien poseemos obras seguras de uno y de otro que permiten
advertir el mayor arcaísmo del primero y el estilo más avanzado del segundo.
Obra documentada de Jaime es el retablo del Museo
de Zaragoza (1361), y en él, de particular interés, el Descenso al Limbo y la
Resurrección. Imagina la entrada de aquél como las fauces de un monstruo de
afilados dientes, al que unos demonios tiran con cadenas de su mandíbula
inferior cual si del puente levadizo de un castillo se tratase. Como será
costumbre en el período gótico, salvo San Juan Bautista, que tiene nimbo
circular, los demás personajes, que pertenecen a la Antigua Ley, lo tienen
poligonal. La Resurrección está compuesta con gran simetría, sólo rota por la
figura del donante fray Martín de Alpartil, de cabeza redonda y voluminosa y
ojos pequeños, igualmente redondos y saltones. Probablemente es también de Jaime
el retablo de Sigena, del Museo de Barcelona, en cuya tabla central vemos a la
Virgen con el Niño, adorada por el donante. Es la más antigua interpretación
conocida del tema por los Serra. Abandona el autor en ella el tipo de los muchos
ángeles de Ferrer Bassa y concede mayor importancia al trono de madera, rico,
pero sobrio de líneas, sin curvas ni pináculos. Ya veremos cómo, tanto el grupo
de la Virgen con el Niño como el trono y los ángeles, ahora tan reposados y
simétricos, se irán moviendo a impulsos del estilo internacional.
De especial interés histórico e iconográfico es
también la Virgen de Tobed, de propiedad particular, pues incluye los retratos
de Enrique II y su familia, por lo que se le supone exvoto del monarca en acción
de gracias por haber salvado la vida en la batalla de Nájera (1367). Sentada la
Virgen sobre un almohadón, en el suelo, y en actitud de dar el pecho al Niño,
repite puntualmente la composición de la Virgen de la Humildad italiana, cuyo
culto debe difundirse por entonces rápidamente entre nosotros.
La obra maestra de Pedro Serra es el retablo de
Manresa (1394), dedicado a la Venida del Espíritu Santo, que ocupa la gran tabla
central. Con la Virgen de tamaño mayor en el centro, y los apóstoles agrupados
detrás, salvo los dos que aparecen en primer término, se fija aquí el prototipo
del tema, que los continuadores de los Serra repetirán en varias ocasiones. Por
su concepción, que se diría aprendida en el románico, es curiosa la Creación del
Mundo, en la que el Todopoderoso, como arquitecto del Universo, aparece con
enorme compás ante el mundo. En cuanto a los temas más frecuentes de la vida de
Jesús, son importantes el Nacimiento y la Adoración de los Reyes, base de
interpretaciones posteriores.
Aunque es probablemente obra más de taller que del
propio Pedro Serra, el retablo del monasterio de San Cugat, del Museo Diocesano
de Barcelona, es interesante, sobre todo por las series de ángeles, personajes
del Viejo Testamento, santos y santas que, agrupados por categorías, acuden por
las tablas laterales a rendir homenaje a la Virgen con el Niño, que en tamaño
mucho mayor y sentada en su trono ocupa la gran tabla central.
El discípulo de nombre conocido más próximo a
Pedro Serra es Jaime Cabrera, autor del retablo de San Nicolás, de Manresa
(1406). Su obra más bella es, sin embargo, la poética composición de la Virgen
con el Niño rodeada de ángeles, del Museo de Vich. Sentada en tierra sobre un
almohadón, contempla cómo el Niño juega con un pajarito que, prendido por un
hilo, pugna en vano por escapar volando, mientras los ángeles, con instrumentos
diversos, obsequian con su música al divino infante. Aunque el fondo es de oro,
no puede por menos de hacer pensar en los jardines místicos tan de moda hacia
1400.
A la etapa de los Serra corresponde en Mallorca
Juan Daurer, que firma en 1373 la Virgen del pueblo de Inca. De fecha algo más
avanzada son el retablo de Santa Eulalia y el de Montesión, la obra capital de
este momento.
EL ESTILO INTERNACIONAL EN CATALUÑA:
BORRASSÁ Y MARTORELL
.—En los primeros años del siglo XV trabaja en
Cataluña un grupo de pintores que continúan cultivando el estilo de los Serra,
pero que, sin llegar a la etapa francamente internacional representada por
Bernardo Martorell, de hacia 1430, se encuentran influidos por el nuevo estilo
que ya se deja sentir en alguna obra del propio Pedro Serra. La figura más
importante de este momento de transición es Borrassá. En su obra fechada más
antigua el retablo de Guardicla (1404), aunque la tabla central está dedicada al
tema ya tan desusado del Pantocrátor con el Tetramorfos, los
abundantes plegados curvilíneos del manto del Todopoderoso son claro indicio del
nuevo estilo.
El Calvario es aún más representativo del cambio de gusto, sobre
todo si se compara con la interpretación de Serra, de que deriva. Los personajes
adoptan actitudes espectaculares, y sus gestos son violentos. La Virgen se ha
desplomado y el grupo de los soldados se transforma en una serie de tahúres
tirados en tierra que nos muestran sus piernas descarnadas, obedeciendo a ese
gusto por lo característico, propio del estilo internacional. La obra más
importante de Borrassá es, sin embargo, el retablo de Santa Clara (1415), del
mismo Museo, una de cuyas historias principales es la de los Santos Simón y
Judas presentando al rey de Edesa la Santa Faz y una carta de Jesús. El nutrido
grupo de cortesanos del fondo es bello muestrario de lujosas vestiduras.
Artistas de segundo orden de este momento son el
Maestro de la Cena de Solsona y el de Allbatárrech, muy parecidos entre sí, y
Ortoneda (1417-1425), influido todavía por los Serra, que firma el retablo de la
Virgen, del Museo Diocesano de Tarragona.
La etapa inmediatamente posterior a Borrassá está
representada por Ramón de Mur, el antes llamado maestro de Guimerá, que se nos
muestra ya casi totalmente desligado del estilo de los Serra. La comparación de
la Virgen de Cervera, cuyo manto es aún más movido que el del
Pantocrátor de Borrassá, con las de los Serra, deja ver el largo camino
recorrido. El movimiento de la composición es mucho mayor y las actitudes de los
ángeles, aunque no están inspiradas por la exquisita fantasía de los maestros
valencianos coetáneos, reflejan claramente una nueva etapa estilística. El mismo
trono, todavía un poco pesado, descansa ya, sin embargo, en delgadas
columnillas. La obra de mayor amplitud de Ramón de Mur es el retablo de Guimerá,
del Museo de Vich.
En el segundo cuarto de siglo encontramos una de
las grandes figuras del primitivismo español, Bernardo Martorell, en quien
culminan casi todas las características del estilo internacional. Su retablo de
San Jorge (fig. 1725), por el que hasta fecha reciente se le conoció con el
nombre de Maestro de San Jorge, se encuentra repartido entre el Museo de Chicago
y el del Louvre. Pertenece al primero la gran tabla del titular, en la que,
tanto el amplísimo fondo del paisaje, de línea de horizonte muy elevada, como el
ímpetu curvilíneo de la figura del caballo y el flotar del manto del jinete, son
buenos testimonios del estilo internacional. Las tablas menores del Museo del
Louvre, que forman el banco del retablo, narran la historia del santo. Tal vez
sólo de su escuela, pero de excelente calidad y con escenas muy inspiradas, son
los retablos de Ciérvoles y de Púbol.
(fig. 1725)
Retablo de San Jorge

EL ESTILO INTERNACIONAL EN VALENCIA Y
ARAGÓN
. —La pintura valenciana, que a fines del siglo
XIV es simple reflejo del estilo de los Serra, inicia un período de inesperado
florecimiento que comienza hacia 1400. Antes de citar las dos grandes
personalidades del primer tercio de la nueva centuria, debe recordarse la
presencia en la ciudad levantina del pintor florentino Gherardo di Jacopo, lo
Starnina, el maestro de Masolino, que huye de su patria a España, donde consta
que trabaja, además, en Toledo. Con él se ha querido poner en relación, sin más
base que su excelente calidad y lo italiano de su estilo, el bello retablo del
Calvario, del Museo de Valencia, costeado por fray Bonifacio Ferrer, que ingresa
en la Orden cartuja al perder trágicamente a casi toda su familia, y se hace
retratar con ella en el banco o predela del mismo. El alargamiento de las rocas
de la escena del Bautismo, el sentido decorativo de la composición y la poética
interpretación de la azucena de la Anunciación, son vivo reflejo del espíritu
que anima al estilo internacional.
Tal vez el capítulo más atractivo de la pintura
valenciana del primer tercio del siglo XV es el de sus Vírgenes con el Niño, sin
duda una de las creaciones más bellas y características del estilo
internacional. El sobrio trono de las Vírgenes de los Serra, de macizas paredes,
se cala ahora, dando lugar a arquillos, delgados pilares y apuntados pináculos,
e incluso el ligero baldaquino de la Virgen de Cervera desaparece para ser
reemplazado por un palio de rica tela dorada que flota sobre las puntas mismas
de los pináculos, o descansa en largas varas sostenidas por ángeles. La estrecha
tela de oro que sirve de fondo a la imagen subraya con su estrechez y
alargamiento la ligereza de la figura de María, y ese mismo tono de levedad
persiste en los ángeles que la rodean. Pese a que llegan a veces al crecido
número de doce, su delgadez y sus rasgos menudos evitan toda sensación de masa.
Pero lo que contribuye también poderosamente a ese efecto de ligereza y de
espiritualidad son el movimiento y la expresión efusiva de estos ángeles. Sus
ropajes se mueven en innumerables curvas y contracurvas, como seres con vida
propia; las plumas de sus alas se alargan y arquean, y sus mismos cuerpos, al
volverse hacia nosotros para ofrecernos su música, crean nuevas curvas, que
terminan por convertir la tranquila composición de la Virgen de Sigena, de
Serra, en el flamear de la Virgen de la colección Gualino de Turín.
Los ejemplares más importantes son la Virgen de
Sarrión, la de Gualino y la del Museo del Louvre, las dos primeras,
por lo menos, de la misma mano. Desgraciadamente, sólo hay motivos, y no muy
seguros, para atribuir la de Sarrión al pintor Pedro Nicolau, que goza de gran
renombre en su tiempo.
La otra gran personalidad de la escuela valenciana
del primer tercio del siglo es Marsal de Sax, autor del hermoso retablo de San Jorge, del
Museo Victoria y Alberto, de Londres, en cuya tabla de la Virgen con el Niño
(fig. 1726), se acusan aún más las características comentadas en el grupo
anterior, llegando a distribuirse asimétricamente los ángeles. El afán de
movimiento, como es natural, triunfa plenamente en la gran escena de la batalla
en que el santo lucha del lado del rey de Aragón. Pero lo que hace
verdaderamente singular esta obra maestra de nuestra pintura medieval es el fino
sentido poético del autor, al presentar al santo como paradigma de la
interpretación romántica de la vida que significa la caballería.
(fig. 1726)
Retablo de San Jorge

En la tabla en que San Jorge es armado caballero,
vemos cómo la Virgen le entrega la espada, mientras dos ángeles le ponen el
casco y otro le calza las espuelas.
El capítulo sangriento es también importante y
representativo. El intenso naturalismo de la escena del martirio, en que cortan
su cuerpo con una sierra o lo destrozan entre dos ruedas con cuchillas,
mostrándonos sus vísceras y a los espectadores haciendo gestos delatores del mal
olor, convierten a este gran artista en digno predecesor de Ribera. La historia
de la Degollación es de violencia difícil de superar; y el tema de los demonios
desgarrando las bocas de los pecadores, buen ejemplo de la intensidad expresiva
del estilo.
Desgraciadamente ignoramos el nombre de maestro
tan extraordinario. Se ha supuesto que pueda ser Andrés Marsal de Sax, por su
semejanza con el estilo de la Incredulidad de Santo Tomás, de la catedral, pero
la documentación referente a ésta como obra de Marsal de Sax es muy insegura.
Obra del autor del retablo de San Jorge o de algún discípulo es el de la Santa
Cruz, del Museo de Valencia.
Influidas por los supuestos Nicolau y Marsal de
Sax existen unas cuantas obras de excelente realidad, entre las que descuellan
los retablos de Santa Bárbara y de San Cristóbal, del Museo de Barcelona.
Después de crear figuras de cuerpo ingrávido y de
ropajes flotantes y sinuosos, y movidas Vírgenes y escenas de martirio, también
inicia la escuela valenciana la reacción en el sentido contrario. Lo prueba el
retablo de San Martín, del Museo de Valencia.
La pintura aragonesa durante este período se
encuentra muy influida por la catalana y la valenciana —recuérdese cómo Ferrer
Bassa y Serra trabajan en Zaragoza—; así, el Relicario del Monasterio de Piedra,
de la Academia de la Historia, de Madrid (1390), descubre un cierto reflejo del
estilo de los Serra.
Los pintores principales de la primera mitad del
siglo XV son el Maestro de Lanaja, Solana y el Maestro de Arguis. El de Lanaja,
autor del retablo de aquella población y del de Ontiñea, es probablemente el
introductor en Aragón del tipo de Virgen atribuido a Nicolau. Sirvan de ejemplo
la del Caballero Speradeo, del Museo Lázaro, de Madrid, y la
del Museo de Zaragoza. Nicolás Solana, que firma unos Apóstoles de propiedad
particular, es el autor de la Adoración de los Reyes, del Instituto Valencia de
Don Juan, de Madrid. Amigo de ropajes de abundante plegado y movidas actitudes,
su estilo es menos provincial que el de sus dos compañeros. El Maestro de Arguis,
así llamado por el retablo de San Miguel, de esa población, hoy en el Museo del
Prado, es pintor más original y preocupado por la expresión. Sus ingenuidades,
cargadas a veces de cierto humorismo, constituyen su principal atractivo. La
historia de San Miguel pesando las almas, con el demonio cubierto de cuernos por
todas partes, el terror que inspira al alma que está en el peso, y la forma cómo
los elegidos ascienden por las escaleras puestas en los arbotantes del templo,
es tal vez la más representativa de su estilo.
Entre los varios pintores aragoneses de nombre
conocido, pero de menor importancia, figura Pedro Zuera, que firma el retablo de
la Coronación de la catedral de Huesca; Juan de Leví, autor del de Santa
Catalina, de Tarragona, y Benito Arnaldin, del de San Martín, de Torralba de
Ribota.
En Navarra, la obra más importante de este período
es el retablo del Canciller Villaespesa, de la catedral de Tudela; de
procedencia navarra parece ser la Santa Úrsula, firmada por Jacobus, de
propiedad particular de Barcelona.
CASTILLA DURANTE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO:
TOLEDO
. —El trecentismo italiano en Castilla ofrece
caracteres muy diferentes de los que presenta en Cataluña. En primer lugar, no
conocemos ningún monumento que acredite su presencia ya en el segundo tercio del
siglo, y, por otra parte, en su primera etapa es más florentino que senes, y los
principales maestros hasta ahora identificados son extranjeros.
El grupo de pintores más antiguos es el toledano,
integrado por varios retablos y las pinturas murales de la capilla de San Blas,
todo ello en la catedral primada.
Las pinturas murales de esta gran capilla cuadrada
son ya, probablemente, de los primeros años del XV. Su parte más importante y
mejor conservada es la alta, en la que figuran diversos asuntos del Nuevo
Testamento, que, aunque no ilustran todas las frases del Credo, se relacionan
indudablemente con su texto. Bajo la que presenta al Hijo sentado a la derecha
del Padre, se lee, en efecto: Ascendit ad coelos, sedet ad dexteram Dei
Patris Omnipotentis. La historia más antigua es, de todos modos, el
Nacimiento, y una de las más importantes, la del Calvario, poblada por numerosos
personajes voluminosos y monumentales de abolengo giottesco.
De los retablos, el principal es el del Salvador,
también de hacia 1400, y que, no obstante sus muchos repintes, deja ver su
estilo florentino de los últimos años del trecento, más progresivo y de más fina
calidad que los frescos citados. En él se advierte ya levemente el comienzo de
la formación del estilo cuatrocentista. Ignoramos los nombres de los autores de
estas pinturas, pero es muy probable que con alguna de ellas —especialmente con
el retablo del Salvador— pueda relacionarse la actividad del italiano Starnina
en la catedral de Toledo, documentada hacia 1390. El viaje de Starnina a España
queda comentado al tratar de la pintura valenciana.
Muy poco posterior a las pinturas de la capilla de
San Blas es el Maestro de don Sancho de Rojas, así llamado por el retablo de la
Vida de Jesús, del Museo del Prado, encargado por aquel arzobispo de Toledo
(1415-1422). Probablemente es artista español que se forma al calor de las obras
recién citadas, y, como en éstas, su estilo es de estirpe florentina. La
comparación de su tabla central de la Virgen con las interpretaciones
coetáneas valencianas pone de manifiesto el arcaísmo de su estilo, todavía
fundamentalmente trecentista. Las filas perfectamente horizontales en que se
ordenan los ángeles del fondo hacen pensar en los días de Ferrer Bassa. A los
pies de la Virgen retrata, formando juego con don Sancho, a un personaje que se
ha identificado con don Fernando el de Antequera. Del Maestro de don Sancho de
Rojas se conoce además una Virgen, hoy en el Museo de Valladolid. Antes de
abandonar Toledo se precisa recordar al Maestro de Sigüenza, que aunque carece de
relación con las obras anteriores y ofrece algunas lejanas analogías con
pinturas aragonesas, debe ser citado aquí. Su obra más bella es el Retablo del
Bautista y de Santa Catalina, del Museo del Prado. Como en otros retablos
valencianos y catalanes, los dos titulares comparten la tabla central de la
pintura castellana. De colorido brillante y claro, sus personajes son de muy
elegantes proporciones, pero su estilo no es ya tan florentino como en las obras
anteriores. De su mano se conservan otras pinturas en la catedral de
Sigüenza.
En el segundo cuarto de siglo las dos grandes
figuras son Nicolás Francés, en León, y el italiano Dello Delli, en Salamanca.
NICOLÁS FRANCÉS Y DELLO DELLI. SEVILLA
. —Nicolás Francés, que trabaja durante unos
treinta años (1434-1468) en tierra leonesa, es seguramente un extranjero, y,
como indica su nombre, del Norte. Su estilo es, en efecto, el internacional, sin
ningún particular contacto con el arte italiano, y su obra más fina, el retablo
de la catedral, dedicado a la vida de San Froilán, anterior a 1434. Una de las
escenas más interesante es la Visita de Alfonso III al Santo, en la que la
escala diminuta en que han sido representados los personajes del primer término
es buena muestra del curioso sentido de la perspectiva del estilo internacional.
Su otra gran obra del templo leonés, en la que invierte diez años, son las
pinturas murales (1451) del claustro dedicadas a la Pasión, en las que lo
narrativo adquiere mayor desarrollo. A Nicolás Francés, sin duda con bastante
parte de taller, se debe el retablo de la Virgen, del Museo del Prado. De
distribución nada corriente, las escenas laterales están dedicadas a la vida de
San Francisco y a la infancia de Jesús. En éstas, sobre todo, el pintor concede
a lo anecdótico un desarrollo característico de la etapa internacional. En una de las escenas vemos, por ejemplo, cómo un ángel saca agua de un
pozo, y otros pormenores no menos sabrosos. Dello Delli, propiamente Dello di
Niccolo Delli, es un florentino, amigo de viajar, cuyas andanzas por nuestro
país merecen ser recordadas por Vasari. Su estilo es el de la Florencia de
Masolino, pero sus años venecianos y su contacto con el arte del Norte le hacen
gustar del estilo internacional que desvirtúa su primitiva formación toscana.
Narrador fácil, es amigo de escenarios arquitectónicos de abundantes términos,
de calles con numerosos grupos y personajes, terrazas con macetas y hasta pavos
reales y gentes que curiosean lo que sucede, de paisajes ricos en pormenores, de
fijarse en las deformaciones de leprosos y enfermos, etc.
En 1445 pinta el Juicio Final, de la
bóveda de la capilla mayor de la catedral vieja de Salamanca, y de su mano es
también el enorme retablo que reviste el resto del ábside. Subdividido en
innumerables tablas, si como tal retablo es un sin sentido, consideradas
aquéllas aisladamente constituyen una espléndida colección de pinturas que
confirman plenamente los caracteres antes apuntados. Obra muy de última hora y
de pobre calidad es la Adoración de los Reyes (1469), de la catedral de
Valencia. Aunque muy perdida, se conserva alguna pintura mural suya en Santa
María Novella, de Florencia.
En Andalucía, dentro de los escasos monumentos
existentes, se advierte cierto interés por la pintura al fresco. La obra de
mayor desarrollo es la de la Coronación de la Virgen, de Arcos de la
Frontera, probablemente de hacia 1400, no obstante el arcaísmo de su composición
y de estilo más florentino que senes.
En Sevilla se conservan sobre todo dos pinturas de
la Virgen, no entronizada y rodeada de ángeles, como las levantinas, sino de pie
y solitaria con el Niño. Una de ellas es la Virgen de la Antigua, de la catedral, cuya futura devoción había de multiplicar sus copias por
toda América. Del tipo bizantino de Hodegetria, descubre también la influencia
de modelos góticos. De estilo más puramente senes es la Virgen de Rocamador, en
San Lorenzo.
En el segundo cuarto del siglo encontramos una
interesante serie de pinturas murales de hacia 1435 en San Isidoro del Campo, en
Santiponce —la Cena, San Jerónimo dictando su doctrina, santos diversos—, donde
las formas italianas tienen por fondo bellas decoraciones de tracería morisca.
Guardan estrecha semejanza con el Maestro de los cipreses, el principal
miniaturista que decora por esos mismos años numerosos libros de coro en la
catedral de Sevilla.
Las pinturas en tabla andaluzas de la primera
mitad del siglo nos han conservado el nombre de dos pintores: el de Garci
Fernández, autor de un retablo en Santa Úrsula, de Salamanca, y Juan Hispalense,
que firma el bello tríptico de la Virgen del Museo Lázaro.
LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV. LA
INFLUENCIA FLAMENCA. CATALUÑA: DALMAU Y HUGUET
. —Justamente un año antes de que Van Eyck feche
el retablo del Cordero (1432) llega a Flandes Luis Dalmau, pintor del rey en
Valencia, enviado por el monarca para que aprenda el estilo de aquél. Su obra
maestra, la Virgen de los Conselleres (1443), del Museo de Barcelona, nos dice,
en efecto, que, salvo en la brillantez del colorido flamenco, asimila el estilo
del maestro hasta convertirse en un verdadero discípulo. El contraste de la
Virgen de los Conselleres (fig. 1727) con las Vírgenes valencianas y con el
estilo de Martorell es tan violento como el que existe entre el estilo
internacional y el de los Van Eyck, ya comentado.
(fig. 1727)
Virgen de los Conselleres

A la ligereza de las Vírgenes
valencianas, de sus ángeles y de sus tronos, sucede ahora un ideal en el que la
masa y la monumentalidad triunfan; las telas ya no se pierden en curvas y contracurvas, sino que se quiebran al gusto eyckiano. Pero Dalmau no se limita a
traernos el nuevo concepto estético, sino que copia fielmente los modelos del
maestro. El grupo de la Virgen y el Niño sigue muy de cerca al de la Virgen Van
der Paele, y los ángeles músicos y cantores que la rodean son fiel reflejo de
los del retablo del Cordero. Como en aquél, los rostros de los donantes, en este
caso los conselleres de la ciudad, son ya verdaderos retratos al gusto eyckiano,
que copian con rigurosa fidelidad los rasgos individuales del personaje. Como en
el caso de Ferrer Bassa un siglo antes, Dalmau, en los comienzos de este nuevo
período de la pintura catalana, hace concebir un futuro que no tiene realidad.
La pintura de la segunda mitad del siglo no es tan exclusivamente flamenca como
permitiría presumir Dalmau. La verdadera personalidad que llena ese período es
Jaime Huguet, que se encuentra, en cambio, íntimamente enlazado con la tradición
catalana de Martorell.
Jaime Huguet (muerte 1492), miembro de una familia
de pintores, es la figura más importante de la pintura catalana del siglo XV.
Artista que comienza a pintar poco antes de mediar el siglo, sus notas más
destacadas son su admirable capacidad expresiva y la finura y delicadeza de su
temperamento. Los personajes por él creados son finos y elegantes, con
frecuencia graves y solemnes —la cualidad tan española—, y sus rostros llenos de
vida, a veces melancólicos, pero siempre de un equilibrio perfecto. Sin copiar
los modelos eyckianos, como Dalmau, no ofrece duda que Huguet se incorpora
decididamente al naturalismo flamenco. Pese a esa actitud naturalista,
selecciona entre los varios tipos de la región catalana alguno que impone a sus
discípulos y que todavía tiene eco bien entrado el siglo XVI. Es de rostro
bastante alargado, huesudo, de nariz levemente arqueada, labios más bien finos y
altos, lo que produce buena distancia entre la nariz y el mentón. Los fondos,
nimbos y piezas de orfebrería, suelen ser de oro, en relieve muy acusado. Entre
los varios retablos conservados de su mano merece recordarse el de San Vicente
Mártir (1450-1460) (fig. 1728), del Museo de Barcelona, cuya escena del santo en
la hoguera, al mismo tiempo que descubre en el alargamiento del cuerpo desnudo
del mártir el recuerdo de los modelos de Bernardo Martorell, ofrece una de las
colecciones de cabezas más extraordinarias que ha producido la pintura catalana.
Aunque en su conjunto la tabla del santo en la cruz es inferior, el grupo del
juez, el verdugo y los espectadores, es también admirable por la estupefacción
que a esos mismos personajes produce la caída del ídolo, en la tabla
correspondiente.
Artista de sensibilidad exquisita para los más diversos
aspectos expresivos, en la Ordenación del Santo pinta una galería de cabezas de
cantores que serían suficientes para considerarlo uno de los maestros más
insignes de la escuela española.
En el retablo de San Abdón y San Senén, de Santa
María de Tarraso (1460), es particularmente bella por su sencillez y elegancia,
la gran tabla central, en que los dos mártires persas aparecen en el
proscenio de una amplia terraza, elegantemente vestidos como dos caballeros
catalanes, conscientes de su destino. Pensativos ambos, San Abdón considera lo
que significa la espada que tiene entre sus manos. Sus rostros, ligerísimamente
modelados, sorprenden por la finura y simplicidad de su ejecución. Las escenas
laterales de su martirio contienen también bellos estudios de rostros finamente
expresivos. En el retablo del Condestable don Pedro de Portugal, de la capilla
real de Santa Águeda (1464), la más importante es la tabla central de la
Adoración de los Reyes, en el más importante de los cuales ha querido verse el
retrato de aquel personaje. Retablo de magnas proporciones, varias de cuyas
pinturas son obra de taller, es el de San Agustín, del Museo de Barcelona,
costeado por el gremio de los curtidores. La Consagración, solemne y grandiosa,
según es costumbre en Huguet, muestra algunas cabezas admirables.
Destruido en 1909, aunque, por suerte, se
conservan fotografías, era también obra capital de Huguet y de fecha bastante
temprana, el retablo de San Antonio Abad (1455). Recientemente se ha atribuido a
Huguet una importante serie de obras, que se consideran fruto de una etapa
juvenil aragonesa, entre las que destacan dos tablas procedentes de Alloza, del
Museo de Zaragoza, y la Virgen de Vallmoll, de la colección Muntadas, en el
Museo de Barcelona.
A este mismo período corresponden la actividad de
Miguel Nadal, autor de los retablos de San Cosme y San Damián y de Santa Clara y
Santa Catalina, de la catedral, artista formado, al parecer, en el taller de
Martorell, y la de Pedro García de Benabarre, que firma una Virgen del Museo de
Barcelona. A la escuela de Huguet pertenecen, por último, Gabriel Guardia
—retablo de Santa María de Manresa, 1501— y Francisco Solibes, que trabaja
principalmente en Aragón —retablos en Maluenda y Daroca.
Entre los contemporáneos de Huguet figura la
familia de los Vergós, a los que durante mucho tiempo se ha atribuido buena
parte de la obra de aquél. Los miembros de la familia son, en la primera mitad
del siglo, Jaime Vergós I, y en la segunda, su hijo, Jaime Vergós II y los dos
hijos de éste: Pablo y Rafael. A juzgar por los documentos, el de mayor
prestigio artístico es Pablo Vergós (muerte 1495), que contrata el retablo de
San Esteban, del Museo de Barcelona, retablo que al morir se comprometen a
terminar su padre y su hermano. La delimitación de las diversas manos que
intervienen en él es problema aún no resuelto. Contemporánea de esta escuela
barcelonesa, existe otra mucho más provinciana en Lérida, cuya principal figura,
el Maestro de la Pahería, debe su nombre al retablo del Museo de aquella ciudad,
en cuya tabla central se encuentran retratados los pahers o concelleres de la
ciudad. Aunque no poco arcaizante, el estilo es ya flamenco. A ese mismo momento
corresponde el Maestro Verdú, cuyo retablo, procedente de esta población, se
guarda en el Museo de Vich.
VALENCIA. BALEARES
. — La escuela valenciana de la segunda mitad del
XV no posee en los primeros tiempos una figura de la calidad de Jaime Huguet;
pero al comenzar el último cuarto del siglo abre sus puertas al cuatrocentismo
italiano, iniciando una nueva era de esplendor, que corresponde ya al período
renacentista.
Hasta hace poco tiempo, el nombre que llenaba la
historia de la pintura valenciana de mediados del siglo XV era el de Jaime Baco,
conocido por el sobrenombre de Jacomart. Artista muy estimado por Alfonso V,
trabaja para éste en Nápoles; pero al mediar el siglo se encuentra establecido
de nuevo en Valencia, donde muere en 1461, a poco de contratar el retablo del
pueblo de Catí.
La gran semejanza del retablo de Catí, que ha
servido de base para atribuirle un cierto número de obras, con el de Cubells,
del Museo de Barcelona, firmado por Reixach, hace desvanecerse su personalidad
artística en provecho de Reixach, si bien por ahora tal vez convenga considerar
todas estas obras como producto de la personalidad conjunta Jacornart-Reixach.
En su estilo, la influencia flamenca es patente, y en algunos aspectos eyckiana,
descubriendo un gran deseo de riqueza en fondos y vestiduras de oro, y en
pavimentos de losas muy decoradas. Entre las mejores creaciones de la escuela
figura el retablo de San Martín, del Museo de Segorbe (1447-1457), en el que el
titular es una figura monumental y grandiosa que, al mismo tiempo que manifiesta
la reacción contra el afán de levedad del estilo internacional, anuncia el de
Bartolomé Bermejo. Tal vez más sensible es el contraste entre la Virgen
entronizada, rodeada de ángeles, del mismo retablo, y las interpretaciones
internacionales. Según costumbre valenciana, se encuentra en la calle central,
entre la escena principal y el Calvario. También es obra de calidad el retablo
de Santa Ana, de la Colegiata de Játiva, con el retrato del futuro
Calixto III, don Alonso de Borja. En el de la Cena, de la capilla episcopal de
Segorbe, lo más importante es la Virgen de la Porciúncula, excelente ejemplo del
nuevo gusto en la interpretación del tema, con los ángeles formando compacto
grupo, extremo opuesto de las ligeras composiciones del estilo internacional
valenciano.
De calidad inferior es el retablo de Cubells
(1468), dedicado a Santa Úrsula y firmado por Reixach, y el de la Adoración de
los Reyes, de Rubielos de Mora.
Aunque, con criterio exclusivamente cronológico
precisaría referirse en este lugar a Osona el Viejo y Pablo de San Leocadio, es
preferible, por su estilo, incluirlos en el capítulo renacentista y citar, en
cambio, al Maestro de los Perea, que si bien trabaja a fines de siglo y,
naturalmente, se deja influir por el Renacimiento, es más tradicional. Debe su
nombre al retablo de la Adoración de los Reyes, del Museo de Valencia, costeado
en los últimos años del siglo por la viuda de don Pedro de Perea, trinchante
mayor del Rey Católico. Es, además, interesante iconográficamente, por contener
la escena de Jesús con los patriarcas ante Virgen, que no deja de ser frecuente
en Valencia.
Pintor muy fecundo, su influencia es considerable.
Entre sus numerosos discípulos, que ya son renacentistas, figuran los Maestros
de Artes, de Borbotó, de Játiva y de Martínez Vallejo, este último el más fino y
la figura más atractiva del grupo. Lleva el nombre de la persona que dona el
retablito de la Virgen de la Leche al Museo de Valencia, y a él se debe,
probablemente, el gran retablo de la Purísima Concepción, del mismo Museo.
En Baleares, el pintor más importante es Pedro
Nisart. Su San Jorge (1468), del Museo de Palma, con amplio fondo de paisaje de
tipo eyckiano, se ha supuesto eco del cuadro del mismo asunto del pintor
flamenco, comprado en Valencia unos veinte años antes.
BARTOLOMÉ BERMEJO
.—Actuando tanto en Cataluña como en Valencia y
Aragón, pero sin que pueda incluirse exclusivamente en la escuela de ninguna de
esas regiones, Bartolomé Bermejo es un pintor de primer orden, al que es preciso
mencionar dentro de la Corona de Aragón, no obstante su origen cordobés. Amigo
de latinizar su nombre —en alguna obra se firma Rubeus—, su verdadero apellido
es Cárdenas. Se le cita por primera vez en Daroca (1474); unos doce años después
le encontramos en Barcelona contratando una obra conjuntamente con Huguet, y
allí continúa en 1495.
Bermejo es el más monumental de los pintores
españoles de su tiempo. Sus personajes son fuertes, de rostro rectangular,
facciones enérgicas, nariz recta, boca rectilínea y están modelados con pocos
planos. La sensación de fuerza, energía y masa es esencial en Bermejo. Y a esa
preocupación por la monumentalidad y por la fuerza se une un decidido deseo de
riqueza. El gusto por los efectos de luz en los interiores y el dominio del
paisaje, que muestra en el fondo de una de sus obras, completan los rasgos más
esenciales de su personalidad artística.
Su formación es todavía un problema. En Andalucía
nada se conoce que pueda explicarla. Artista amigo de viajar, debe haber
visitado los Países Bajos y estudiado con especial interés a los maestros
holandeses.
El Santo Domingo de Silos (1474) (fig.
1728), del
Museo del Prado, sobre su rico trono de taracea morisca y su fondo de oro, es la
figura más monumental y la que produce mayor efecto de estabilidad de todo
nuestro siglo XV. Ninguna mejor que ella encarna la reacción contra la movilidad
de un Nicoláu o de un Marsal de Sax. Si Mantegna se hubiese formado en el estilo
gótico, su sentido de la riqueza y de la estabilidad y su sobriedad expresiva le
hubiesen hecho pintar en forma muy parecida.
(fig. 1728)
Santo Domingo de Silos

En el San Miguel, de colección
particular inglesa, que tanto revuelo produjo en la crítica —se ignoraba al ser
descubierto el estilo de Bermejo y no se sabía a qué escuela atribuirlo—, nos
prueba cómo, no obstante su preocupación por la masa, tiene también un fino
sentido de la elegancia que le permite crear tan esbeltos personajes como un Dirck Bouts. El oro, que tan preponderante papel desempeña en los dos cuadros
anteriores, desaparece, en cambio, en la Piedad (fig. 1729), de la catedral de
Barcelona (1490), para dejarnos ver el paisaje más importante de mano española
de la segunda mitad del siglo.
(fig. 1729)
La Piedad

Aunque de estilo muy personal, el eyckianismo de
su concepción es evidente. El retrato del donante —el canónigo Desplá— es
también jalón capital en la historia de nuestra pintura. El Tránsito de la
Virgen, del Museo de Berlín, ofrece, por último, el mejor ejemplo de su interés
por los interiores con efectos de luz al gusto flamenco.
ARAGÓN Y NAVARRA
. —Como en la primera mitad del siglo, Aragón
continúa en la segunda sometido a la influencia del litoral, siendo el estilo de
Huguet, no obstante ser su temperamento artístico tan opuesto al aragonés, el
que encuentra mayor eco. Pero a estas influencias tradicionales se agrega ahora,
poderosa, la de Bermejo, que no en vano su personalidad artística, varonil y
fuerte, ofrece íntimos puntos de contacto con la sensibilidad aragonesa. No se
produce ningún pintor de primer orden que imponga su estilo a sus compañeros,
pero se pinta mucho, probablemente más que nunca, en Aragón. Por eso los rasgos
más destacados son los más permanentes. Sus personajes son recios y varoniles,
se mueven con esa falta de suavidad que hemos visto en Bermejo, y no delatan
especial interés por expresar matices espirituales. El afán de riqueza hace
prodigar el oro en relieve con la misma profusión que los lazos en sus edificios
mudéjares, hasta el punto de que el modelado de rostros, manos y telas se pierde
a veces en el continuo relampagueo de sus dorados relieves. Este estilo, en el
fondo de origen catalán, más decorativo que pictórico, arraiga tan profundamente
en Aragón, que persiste hasta bien entrado el siglo XVI.
Entre los pintores principales figuran Miguel
Jiménez, su hijo Juan Jiménez y Martín Bernat, todos ellos muy influidos por
Bermejo, y que con frecuencia colaboran entre sí; Miguel Jiménez, que muere en
los primeros años del siglo XVI, es el autor del retablo de San Miguel y Santa
Catalina, cuyo banco firmado- se encuentra en el Museo del Prado, y del de
Tamarite de Litera, que pinta en colaboración con su hijo. A éste se debe el
retablo de Blesa, del Museo de Zaragoza. Martín Bernat es pintor de cierto rango
social, puesto que se le da tratamiento de infanzón y honorable, que colabora
con los mejores pintores de su tiempo. Su obra principal es el retablo de la
Purificación, de la catedral de Tarazona (1493), donde el oro en relieve
adquiere desarrollo extraordinario. En el profuso empleo del oro es, sin
embargo, superado por Jaime Lana, que en el retablo de Borja alcanza uno de los
puntos culminantes de este proceso de enriquecimiento. Tal vez estos pintores
aragoneses no concedan más superficie al oro que los valencianos, pero lo
emplean menos discretamente y hacen mucho más alarde de él.
Mientras los Jiménez y Bernat reflejan, sobre
todo, la influencia de Bermejo, el Maestro del Prelado Mur, autor del retablo de
la Adoración de los Reyes, de Daroca, es el principal representante del estilo
catalán de Huguet. A él se atribuye el San Vicente Mártir, del Museo del Prado.
Martín de Soria, que pinta el retablo de Palíamelo de Monegros (1485), pertenece
a esta misma corriente estilística.
En Navarra, la pintura de este período presenta
caracteres muy semejantes a los de la aragonesa, aunque en ella se advierte una
cierta influencia castellana. El mejor testimonio de ello lo ofrece su pintor
más importante, Pedro Díaz de Oviedo, que en su retablo de la catedral de Tudela
(1489) parece fundir el estilo castellano con el de los discípulos de Bermejo.
CASTILLA: JORGE INGLÉS Y GALLEGO
.—Sin haber llegado a formar una floreciente
escuela propia durante la primera mitad del siglo XV, como Cataluña y Valencia,
Castilla, al iniciarse la segunda mitad del mismo, se entrega más plenamente al
gótico flamenco, bajo cuyo égida se forman varias escuelas, que radican,
principalmente, en Palencia, Valladolid, Burgos, León, Toledo y Sevilla. En
general, la pintura castellana se distingue por su mayor aferramiento al estilo
flamenco. Ello no obstante, aunque no falta algún maestro que renuncia al oro,
los fondos dorados continúan empleándose con la misma amplitud que en el resto
de la Península. Ahora bien, son raros los de relieve y nunca se utilizan con la
profusión catalana o aragonesa.
JORGE INGLÉS
El maestro a quien es preciso registrar a la
cabeza de la pintura de Castilla la Vieja de este período es Jorge Inglés, cuyo
nombre no sabemos en qué grado sea indicio de origen extranjero inmediato. De
todos modos, nada existe en su estilo que hable en pro de su origen británico y
sí de su formación flamenca más o menos directa, pues tampoco es fácil precisar
su parentesco concreto con ninguno de los grandes maestros de los Países Bajos.
Su obra capital es el retablo de la Virgen de los Ángeles (1455), de la
colección del duque del Infantado. Encargado por el célebre marqués de
Santillana en 1455 de encuadrar una escultura de la Virgen, por él comprada en
la feria de Medina para su hospital de Buitrago, es la obra fechada más antigua
del estilo flamenco. Consta de dos grandes tablas, con ángeles que cantan los
Gozos de la Virgen, compuestos por el Marqués; de los retratos de éste (fig.
1730) y su mujer, acompañados, respectivamente, por su paje y por su doncella, y
del banco con santos de medio cuerpo. Los retratos, que son lo mejor del
retablo, responden al estilo plenamente naturalista flamenco.
(fig. 1730)
Marqués de Santillana

De su mano, o de su escuela, es el retablo de San
Jerónimo, del Museo de Valladolid.
El segundo gran pintor que trabaja en tierra
vallisoletana es el Maestro de San Ildefonso, así llamado por la hermosa tabla
de la Imposición de la casulla al santo (fig. 1731), del Museo del Louvre. Lo
mismo que Jorge Inglés, con el que tiene no pocos puntos de contacto, no gusta
del empleo del oro, y su estilo tiene también un tono fuerte, que en algunos
personajes llega a producir una impresión de energía y virilidad
extraordinarias. De rostros huesudos y corpulentos y de mirada penetrante, son
figuras que se graban en la memoria de quien las contempla, dejando ver la
poderosa personalidad del artista. Los ropajes se quiebran ya en él con esa
intensidad que será típica de no pocas obras castellanas. A este Maestro de San
Ildefonso se deben varios santos del Museo de Valladolid.
(fig. 1731)
Imposición de la casulla a San Ildefonso

FERNANDO GALLEGO
Más conocido de antiguo, y famoso por haber
firmado sus obras, es Fernando Gallego, que trabaja, sobre todo, en Salamanca.
Como su nombre no se pierde, a él, o a su escuela, se han atribuido hasta fecha
reciente buena parte de las pinturas castellanas del XV. Es, sin embargo,
estrella de primera magnitud en el cielo de nuestra pintura gótica.
Como los dos maestros anteriores, renuncia al oro
en los fondos, gracias a lo cual concede cierta amplitud al paisaje, pero el
rasgo más destacado de su personalidad es su temperamento intensamente
dramático, que le lleva a complacerse en lo trágico, lo que, como buen hijo de
la última etapa del gótico, contempla a veces con visión crudamente realista.
Así, pinta con especial deleite figuras de verdugos, tipos populares de rasgos
incorrectos pero expresivos, gentes contrahechas y gestos de dolor y muerte. Sus
personajes son altos y secos, como los de Dirck Bouts, pero sin su melancolía,
su aire soñador ni su fragilidad. No obstante el carácter general flamenco de su
estilo, sus modelos humanos y su manera de plegar los ropajes descubren su
contacto con el pintor alemán Conrado Witz.
Uno de los retablos más importantes de Gallego es
el de San Ildefonso, de la catedral de Zamora, en el que es particularmente
representativa de su sensibilidad la forma realista como interpreta al pobre
contrahecho que se arrastra por el suelo para acudir hasta el sepulcro del
santo. Pero donde desarrolla más ampliamente esta nota aguda realista es en el
retablo de Santa Catalina, de la catedral de Salamanca. Dedicada la tabla
central a la santa en su trono, se representan en las tablas laterales dos
historias de su vida. En la escena de su martirio en las ruedas, lo que
principalmente importa a Gallego es el efecto del castigo divino en los
verdugos. Así, con realismo impresionante, pinta a uno de ellos derribado en
primer término con las manos agarrotadas, el cuello torcido y su boca
entreabierta de dolor, como si quisiera recordarnos alguna escena macabra por él
contemplada. En la tabla de la degollación se desborda de nuevo su gusto por lo
trágico, y le vemos complacerse con el tipo flaco y desagradable, de expresión
patibularia, del verdugo, y en el rostro agonizante de la santa, que se desploma
hacia atrás (fig. 1732).
(fig. 1732)
Retablo de Santa Catalina

En el Camino del Calvario, de la misma catedral,
es lo grotesco y la bellaquería de los verdugos lo que constituye el nervio de
la interpretación.
Por la gran amplitud concedida al paisaje, es
particularmente interesante la Piedad, del Museo del Prado, y por su contenido
astrológico la gran pintura de la bóveda de la antigua biblioteca de la
Universidad de Salamanca, donde vemos a los dioses paganos, titulares de los
planetas, vestidos a la moda de fines del XV. El Museo del Prado posee también
de su mano un Salvador entronizado. En realidad, es el Todopoderoso en el centro
del Tetramorfos, el tema iconográfico tan frecuente en el período románico, pero
ya muy raro. Le acompañan las figuras alegóricas de la Iglesia triunfante y de
la Sinagoga vencida. En la obra que se atribuye a F. Gallego tiene buena parte
su taller. Entre sus colaboradores se cita a Francisco Gallego, su hijo o
hermano, a quien se ha querido adjudicar la parte más expresionista de su obra.
EL RESTO DE CASTILLA Y ANDALUCÍA
. —En la región burgalesa, donde, a pesar de la
intensa importación de pinturas flamencas, se pinta mucho en la segunda mitad
del siglo XV, se han podido distinguir varias personalidades de segundo orden.
Entre ellas merecen recordarse el anónimo, a quien provisionalmente se le llama
Juan Flamenco, por haberse creído algún tiempo de éste la obra principal del
grupo, que es la serie del Bautista, del Museo del Prado. La escena de la
Degollación es interesante para ilustrar el traje femenino de la época. El
Maestro de San Nicolás debe su nombre al retablo del santo en la iglesia
burgalesa de esa advocación, y es pintor bastante fecundo, aunque probablemente
no hace todas las obras que se le atribuyen. De fecha ya tardía, pues aunque sus
personajes son góticos emplea ya fondos de arquitectura con decoración
renacentista, es Alonso Sedaño, cuya obra principal es el antiguo retablo mayor
de la catedral de Burgos, de figuras grandotas y un tanto inexpresivas. Su obra
documentada es, sin embargo, un San Sebastián, conservado en la catedral de
Palma de Mallorca.
En Ávila trabaja un maestro relacionado con el de
San Ildefonso, al que se ha dado el nombre de la población, que es autor de un
tríptico del Nacimiento, del Museo Lázaro. Aunque la tabla central es bastante
bella, por lo general sus personajes son desproporcionados y un tanto rústicos.
A él se asemeja, a su vez, el Maestro de la Sisla, en cuyas pinturas del Museo
del Prado, que se consideran procedentes de aquel monasterio toledano, hay
trozos muy hermosos. Tres de ellas —Anunciación, Adoración de los Reyes y
Tránsito de la Virgen— están fielmente inspiradas en estampas de Schongauer,
como se comprueba en la Presentación (fig. 1733).
(fig. 1733)
La presentación

En Toledo, el maestro más activo es el de don
Álvaro de Luna, autor del retablo del infortunado favorito de Juan II, en la
catedral (1488). Pintor que se inspira muy directamente en los modelos
flamencos, en la Virgen de la leche, de ese retablo, toma por modelo a Dirck
Bouts. Aunque no copiado del natural, es interesante desde el punto de vista
iconográfico el retrato de don Álvaro de Luna. Consta que la pintura del retablo
es de Sancho de Zamora o de Juan de Segovia, pero ante la duda, se le conoce
provisionalmente con el nombre citado. Un model de Virgen de ese
pintor, se encuentra en el Museo del Prado (fig.1734).
(fig.1734)
Virgen con el Niño

En Andalucía son escasas las pinturas conservadas
del siglo XV, y aunque manifiestan la existencia de una escuela, sobre todo en
Sevilla, no cabe hablar de un pintor que haya ejercido en sus contemporáneos la
influencia de un Huguet o un Gallego. En cambio, para el reducido número de
obras existentes, son proporcionalmente abundantes las firmadas, entre las que
predomina el apellido Sánchez. El más celebrado de antiguo es Juan Sánchez de
Castro, autor de la Virgen de Gracia, de la catedral, (fig.
1735) y otras
pinturas hoy destruidas (1454-1484) y que estuvieron firmadas.
(fig. 1735)
Virgen de Gracia

Otro Juan Sánchez
es el que firma el dramático Calvario, conservado en la misma catedral. La serie
de los Sánchez sevillanos cuenta además con un Antón y un Diego Sánchez, y con
dos Pedro Sánchez, uno de ellos de menor categoría. Antón y Diego son los
autores de la importante tabla del Camino del Calvario, del Museo de Cambridge,
en la que Jesús se desploma derribado por el golpe de un sayón. Pedro Sánchez,
que firma el Santo Entierro, de Budapest, es artista cuyo estilo deja más huella
en sus contemporáneos que sus compañeros. A Juan Núñez se debe, por último, la
Piedad, de la catedral de Sevilla. Obra sevillana de este período es el San
Miguel, del Museo del Prado, procedente de Zafra.
En Córdoba, la obra más importante de este período
es la Anunciación, de la catedral (1475), firmada por Pedro de Córdoba. En forma
nada corriente, el pintor ha imaginado un escenario en alto, donde se desarrolla
la historia, mientras en un nivel más bajo, y en primer término, aparecen
arrodillados como orantes, además de los donadores, varios santos.
JUAN DE FLANDES Y MIGUEL ZITTOW
. —Entre los varios pintores flamencos que visitan
Castilla, en tiempo de los Reyes Católicos, precisa destacar los nombres de Juan
de Flandes (muerte 1519) y de Miguel Zittow, ambos al servicio de la corona. Del
primero ignoramos el apellido. Trabaja, sobre todo, en Palencia, donde pinta el
retablo mayor de la catedral, contribuyendo con esta y otras obras, en unión de
P. Berruguete, a formar la escuela palentina de principios del siglo XVI. Pinta
para Isabel la Católica, con pequeña colaboración de Zittow, las numerosas
tablitas de la Vida de Jesús, conservadas en el Palacio Real (fig.
1736).
(fig. 1736)
Resurreción de Lazaro

Juan de Flandes, formado tal vez en el campo
de la miniatura, es un excelente colorista, de fina sensibilidad para crear
efectos de luz, y un paisajista que sabe dotar los fondos de sus historias de
notable encanto poético.
De Miguel Zittow, a quien sus contemporáneos
castellanos llaman Maestro Michel, nace en Rusia, a orillas del Báltico. Su
formación es, sin embargo, en todo flamenca, y se distingue por sus retratos,
entre los que figuran el de Don Diego de Guevara (fig.
1737) y el de Doña
Catalina de Aragón.
(fig. 1737)
Don Diego de Guevara
