EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO.
VALENCIA: LOS OSONA
YÁÑEZ Y LLANOS
CATALUÑA
ARAGÓN Y NAVARRA
CASTILLA: PEDRO BERRUGUETE
TOLEDO: JUAN DE BORGOÑA
ANDALUCÍA: ALEJO FERNÁNDEZ
EL SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO.
VALENCIA: VICENTE MASIF- Y JUAN DE JUANES
CATALUÑA, ARAGÓN Y CASTILLA
SEVILLA. PEDRO DE CAMPAÑA
LUIS DE VARGAS Y VILLEGAS
MARMOLEJO. GRANADA: MACHUCA
MORALES
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO. EL
RETRATO: SÁNCHEZ COELLO Y PANTOJA
BECERRA Y NAVARRETE
LOS PINTORES ITALIANOS DE EL
ESCORIAL
FRESQUISTAS ITALIANOS EN LA
MANCHA Y ANDALUCÍA
EL GRECO
PINTORES CASTELLANOS Y ANDALUCES
DE FINES DE SIGLO
PACHECO
ARAGÓN Y LEVANTE. AMÉRICA
PINTURA PORTUGUESA DE LOS
SIGLOS XV Y XVI
EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO. VALENCIA: LOS OSONA
. —La región donde el renacimiento cuatrocentista
se introduce en fecha más temprana es la levantina. A la cabeza de los
propagadores del nuevo estilo figura Rodrigo de Osona el Viejo, autor del
Calvario (1476) (fig. 1738), de la iglesia de San Nicolás, de Valencia, donde
vemos fundirse la influencia de los squarcionescos de Padua con la holandesa. El
fondo del paisaje es llano, con el mar al fondo, como la costa valenciana, pero
está poblado de caprichosos picachos.
(fig. 1738)
El Calvario

Su hijo Osona el Joven, que trabaja ya en
el primer cuarto del siglo XVI y forma su estilo en el de su padre, se entrega
decididamente a los fondos de arquitectura, en los que procura crear efectos de
perspectiva de típico abolengo cuatrocentista, como sucede en la Adoración de
los Reyes (fig. 1739), de la Galería Nacional de Londres, firmada «lo fil de
mestre Rodrigo», y en la serie de San Dionisio, de la catedral de Valencia. En una de las historias de ésta, el escenario es una calle flanqueada de casas
de agudos piñones, donde la luz lateral de las que en ella desembocan, con su
alternar de zonas iluminadas y en sombra, intensifica el efecto de profundidad.
Al fondo se levanta la puerta de la muralla, y a través de su arco, todavía es
conducida nuestra mirada por un camino que serpenteando se pierde en el
horizonte. En la escena del santo caminando con su cabeza en las manos, el fondo
del paisaje refleja el tipo creado por Osona el Viejo en el Calvario; el
Montmartre le da ocasión para levantar un aparatoso cabezo, a cuyo pie nos
cuenta, con ese gusto por lo narrativo propio del cuatrocentismo, cómo un
aficionado cita a un toro raspeándole la capa por el suelo.
(fig. 1739)
Adoración de los Reyes

Contemporáneo de Osona el Viejo es el italiano
Pablo de San Leocadio, nacido en Emilia, que en 1472 trabaja en la catedral por
encargo del difunto Alejandro VI y permanece en España el resto de su vida.
Probablemente su obra más antigua es la Sagrada Conversación, de la Galería
Nacional de Londres, pero donde puede conocerse mejor su estilo es en el retablo
de Gandía, ya de sus últimos años, y cuyas numerosas tablas descubren una
locuacidad en la que probablemente coinciden su propio temperamento y el gusto
del cuatrocentismo tardío. Los personajes, con los gestos de sus rostros, las
actitudes de sus miembros y el movimiento de sus cuerpos; las rocas y cabezos de
sus paisajes; las nubes de caprichosas formas, y, en suma, cada uno de los
elementos de la composición, reclaman ser contemplados con el mismo interés. Muy
representativos a este efecto son el Camino del Calvario y el Santo Entierro.
De atribución muy discutida, es probablemente de
Pablo de San Leocadio, la Virgen del Caballero de Montesa (fig.
1740), del
Museo del Prado. Su semejanza con el maestro italiano es evidente, pero como no
faltan diferencias, algunos la creen de un pintor anónimo al que se ha
denominado el Maestro de la Virgen de Montesa, a quien se atribuyen otras dos
obras menos importantes. Lo cierto es que en esta hermosa tabla, en la que
acompañan al grupo central, de la Virgen con el Niño, San Benito y San Bernardo,
patronos de la Orden de Montesa, y un caballero de la Orden, se rompe con la
tradición de las Vírgenes valencianas del XV. El escenario es puramente
renacentista.
(fig. 1740)
Virgen del Caballero de Montesa

YÁÑEZ Y LLANOS
. —Cuando el estilo cuatrocentista de los Osona y
de Pablo de San Leocadio domina en Valencia, surgen en escena en 1506 dos
pintores castellanos propagadores de una nueva etapa estilística: la de Leonardo
de Vinci, el más viejo de los grandes creadores del Renacimiento pleno. Se llaman
Fernando Yáñez de la Almedina y Fernando Llanos, y, al parecer, uno de ellos
puede identificarse con el Ferrante Spagnolo, que en 1505 trabaja en Florencia
en el taller de Leonardo. Muy unidos durante buena parte de su vida y con taller
común, no es siempre fácil distinguir sus respectivos estilos.
Las notas más destacadas de ambos maestros, y en
particular de Yáñez, son el amor a la claridad y amplitud en las composiciones,
y al reposo material y espiritual. Gustan de arquitecturas y personajes
dispuestos en planos paralelos a la superficie del cuadro, o formando ángulos
rectos con ella en el sentido de la profundidad, gracias a lo cual la
composición del conjunto se percibe desde el primer momento. En los fondos
arquitectónicos no se hace alarde de rica ornamentación renacentista, como en
los de Osona el Joven, sino de masa y monumentalidad. Los personajes se mueven
en general pausadamente.
La obra conjunta más importante de ambos artistas
son las puertas del retablo mayor de la catedral de Valencia (1507). Entre las
historias que se consideran de Yáñez merecen recordarse especialmente la
Presentación de la Virgen en el templo, donde el sentido arquitectónico de la
composición se impone de forma obsesionante, y la Adoración de los Pastores (fig.
1741), en la que el reposo majestuoso en la actitud de las figuras y la claridad
en el componer, antes comentados, lucen como en ninguna obra del pintor.
Colocados los personajes del primer término en planos perfectamente definidos,
los pastores del fondo acuden pausadamente encuadrados por muros gruesos y sin
más decoración que unos nichos bramantescos. En la escena del Abrazo de San
Joaquín y Santa Ana, el gusto por lo pastoril hace al autor colocar en primer
plano a un pastor que, influido por el Espinario, se saca una espina del pie.
También es muy bello el Tránsito de la Virgen.
(fig. 1741)
Adoración de los Pastores

Entre las historias del retablo valenciano
atribuidas a Llanos, las más representativas de su formación leonardesca son el
Descanso en la huida a Egipto y la Adoración de los Reyes, directamente
inspirada ésta en la del maestro florentino (fig. 1742).
(fig. 1742)
Descanso en la huida a Egipto

En general, las pinturas de Llanos
en estas puertas se distingue de las de Yáñez por las actitudes menos firmes de
sus personajes y por su mayor inclinación hacia lo característico que hacia lo
correcto.
El estilo tardío de Yañez lo conocemos gracias a sus pinturas, veinte
años posteriores, de la catedral de Cuenca, en que trabaja solo. Tanto en la
Adoración de los Reyes como en la Piedad se advierte cómo el arte de componer
rafaelesco ha conquistado a Yáñez, tanto en la manera de agrupar a la Virgen con
el Niño como en la actitud de la Magdalena inspirada por el Rafael de los
tapices. El Museo del Prado posee de Yáñez una Santa Catalina vestida con telas
moriscas y que cuenta entre lo mejor de su autor (fig.
1743).
(fig. 1743)
Santa Catalina

CATALUÑA
. —Aunque el centro de gravedad de la pintura de
la antigua corona de Aragón pasa antes de terminar el siglo a "Valencia, en
Cataluña continúan trabajando durante el primer tercio del XVI pintores de gran
valía.
Figura a su cabeza Anye Bru, al que en alguna
ocasión se le cita como pintor alemán. Séalo, y en este caso su apellido será Brun, o no, su ascendencia nórdica parece indiscutible. Sólo poseemos de él una
obra segura, el Martirio de San Cucufate (1502-1506) (fig.
1744), del Museo de
Barcelona, pero de calidad tan excelente, que sitúa a su autor en el primer
plano de nuestra pintura del Renacimiento.
Artista que sin duda viaja mucho, su
estilo revela enseñanzas muy varias, septentrionales e italianas, plenamente
asimiladas. La expresión de los que componen el martirio, la intensidad
dramática de la degollación y la naturalidad del perro durmiendo están
interpretadas con maestría nada corriente.
(fig. 1744)
Martirio de San Cucufate

El centro pictórico más interesante del primer
tercio del siglo radica en Gerona, o al menos es en su región donde se
encuentran las obras principales. La personalidad más destacada es el Maestro de
San Félix de Gerona, cuya obra capital es el retablo dedicado al santo en su
iglesia de aquella población. Es pintor más preocupado por lo
expresivo y característico que por la belleza. A veces, encuentra evidente
complacencia no sólo en lo feo, sino en lo monstruoso. El tipo del verdugo de
ese retablo, enorme mole de carne, con morrillo de toro, vientre caído, frente
abultada y ojos perdidos en un mar de adiposidades, es buen ejemplo del interés
del pintor por lo característico. El perfil incisivo del personaje, flaco y
nervioso, que condena al santo, atrae también su atención, y con gran acierto lo
contrapone al verdugo para que se realcen mutuamente. La expresión de
complacencia en el mal de los que martirizan al santo nos dice igualmente dónde
está el norte de sus valores artísticos.
Trabajando en la Costa Brava, le
seducen los paisajes montañosos con fondo de mar, hasta el punto de ser el gran
paisajista de la escuela. Su formación artística parece valenciana, relacionada
con Llanos, y es muy probable que a él se deban la serie de tablas de la vida de
Sen Andrés, de la capilla del Milagro, de Valencia. Recientemente se ha
propuesto la identificación de este maestro con un Juan de Borgoña —en los
documentos catalanes Joan de Borgunya— que trabaja en Cataluña en esta época.
También de Gerona es Matas. Lo que le
distingue dentro de nuestra pintura renacentista es su arte narrativo de escenas
con personajes que lucen vestiduras de telas alistadas o de traza morisca,
elegantes tocados, damas que nos muestran bellos abanicos de última moda, es
decir, un arte que le convierte en una especie de Carpaccio catalán. Su ciclo de
historia más representativo es el de la Vida de la Magdalena, de la catedral de
Gerona.
Pintor de facultades mucho más modestas, pero muy
fecundo, es el navarro que catalaniza su nombre bajo la forma de Gaseó, y que
trabaja principalmente en Vich.
ARAGÓN Y NAVARRA
. —En Aragón alcanza gran fama a principios de
siglo Pedro de Aponte, pintor de Fernando el Católico, al que parece debe
atribuirse el retablo de Bolea (Huesca), indudablemente una de las obras más
importantes de la primera década del siglo. Si efectivamente le pertenece,
Aponte resultaría un artista muy influido por el estilo toledano de Juan de
Borgoña, y, como él, de formación cuatrocentista. En cambio, emplea
estilo más avanzado el Maestro de Agreda, así llamado por el retablo de San
Miguel de aquella población.
Pintor de temperamento muy dramático, ofrece
cierto parentesco espiritual con el Maestro de San Félix, pudiendo considerarse
como uno de los manieristas más interesantes de la primera etapa de nuestro
Renacimiento. La historia del santo expulsando al demonio del sepulcro de Moisés nos dice que las deformidades de sus personajes, las incorrecciones
de sus rostros, el escaso garbo de sus cuerpos y el agarrotamiento de sus manos,
son valores deseados por el pintor.
Por su amaneramiento aún más intenso se
"distingue el Maestro de Sigena, en cuyo monasterio pinta el retablo de la
Piedad. Ningún otro pintor de su tiempo le supera en España en decisión para
retorcer las figuras, hacerlas adoptar actitudes violentas y complicar los
plegados de los ropajes.
En Navarra, el Maestro de Ororbia, del que sólo
conocemos el bello retablo de San Julián de aquel pueblo, tiene un interés por
el paisaje más septentrional que español, y un sentido narrativo que convierte
la trágica historia del santo cazador en una de las obras más seductoras de esta
primera parte renacentista, por la minuciosidad con que se nos describen sus
diversas escenas. La Muerte de los padres del Santo la Construcción de la
Capilla y el paisaje nocturno del Paso del río son particularmente atractivos.
Juan Bustamante, autor, entre otros, del retablo de Zizur (1538), es de temple
mucho menos delicado, y se esfuerza sobre todo por crear hercúleos personajes y
escenas de intenso dramatismo.
CASTILLA: PEDRO BERRUGUETE
. —El patriarca de los renacentistas castellanos
es Pedro Berruguete. Formado en el estilo flamenco de hacia 1470, antes de
terminar esa década se encuentra ya en Italia, donde permanece varios años, y
aunque no abandonará la trama flamenca aprendida en su juventud, la enriquece
con tales novedades renacentistas que le convierten en el introductor del estilo
en su patria. El es probablemente el que, en fecha más temprana, incluidos los
arquitectos, emplea escenarios arquitectónicos del romano, alguna vez en forma
tan exclusiva, que parece haber renunciado decididamente al gótico. Pero sus
obras posteriores nos dicen que continúa aferrado al viejo estilo, que seguirá
alternando con el nuevo hasta el final de su vida. De gran novedad es también su
preocupación por la luz, que es para él personaje de primer orden. De origen
eyckiano, según unos, se debe, según otros, a la influencia de Piero della
Francesca.
Pero lo curioso es que este Berruguete, que siente
como ningún otro español del siglo XV la poesía de la luz de los interiores, con
frecuencia se deja seducir por el deseo de crear escenarios de riqueza
deslumbradora, y no sólo los corta muy en primer término con una tela de brocado
de oro, sino que hace descender el techo y pinta un alfarje de grandes lazos de
oro. El escenario se transforma así en una especie de estuche dorado en que es
la riqueza y no la profundidad y el espacio lo que procura realzar.
Su carrera artística conocida se inicia en Urbino,
la ciudad entonces feliz bajo el gobierno de Federico de Montefeltro. En su
palacio, escenario de las conversaciones del Cortesano, de B. Castiglione, las
salas de mayor empeño son el «Studiolo», o cámara de trabajo del Duque, y la
librería. Para la primera, comienza el pintor flamenco Justo de Gante, una serie
de retratos de sabios de la antigüedad y de los tiempos medios, que concluye
Berruguete; en el libro que lee alguno de ellos, el texto está escrito en
castellano. Y, al parecer, el propio Berruguete pinta el retrato de cuerpo
entero de Federico, que preside la serie. A él se deben también algunas de las
tablas de las Artes liberales pintadas para su librería.
En España, la obra que de manera más integral
representa la adhesión del artista al cuatrocentismo italiano, tanto en el
escenario como en el empleo de la luz, es la Degollación del Bautista (fig.
1745), de Santa María del Campo, en la provincia de Burgos.
(fig. 1745)
Degollación de San Juan Bautista

Para Paredes de Nava,
su pueblo, pinta el hermoso retablo de la Concepción. Su historia más bella es,
sin duda, la de la Visita del Sacerdote con los pretendientes a la Virgen para
comunicarle que debe abandonar el templo y elegir esposo. Con su apego a lo
tradicional, imagina a la Virgen y a sus compañeras no en bancos y junto a una
chimenea, como hubiera hecho el maestro de Flemalle —recuérdese su Santa
Bárbara—, sino en almohadones sobre la tarima de la «gloria», calentada con aire
caliente; el sistema de calefacción que, como supervivencia del hipocausto
romano, se emplea todavía en la comarca. De pie, María se encuentra absorta en
las razones que expone el sacerdote para convencerla; tiene la vista baja, fijos
los ojos en las manos con que aquél enumera los argumentos que le está
exponiendo. Su compañera, en cambio, pierde en el infinito su mirada cargada de
melancolía (fig. 1746). Inmediatos sus rostros, se realzan mutuamente.
(fig. 1746)
La Virgen y los
pretendientes

De
primer orden son también los profetas de medio cuerpo del banco del retablo,
espléndidos retratos cuyo tono noble y grave, y la sensación de realidad que
producen, los convierten en dignos precedentes de los que en los siglos
posteriores pintarán Sánchez Coello y Velázquez.
La serie de retablos de Berruguete se completa con
los del convento de Santo Tomás y el mayor de la catedral, ambos de Ávila. En el
primero es particularmente bella la historia de las Tentaciones del Santo, en la
que, triunfante éste del pecado, después de trazar la cruz en la pared con el
carbón del braserillo que tiene al pie, recibe de los ángeles el cinturón de
castidad, mientras la cortesana introducida por sus familiares para seducirle
vuelve el rostro desde la puerta. De los retablos menores dedicados a Santo
Domingo y San Pedro Mártir, del mismo templo, proceden casi todas las tablas del
pintor que se exhiben en el Museo del Prado. Son de especial interés la escena
del Sepulcro de Santo Domingo, por el estudio de las luces; San Pedro Mártir en
oración, por la simplicidad de la composición, digna de un Fra Angélico, y por
su composición y su valor histórico, el Auto de fe en que Santo Domingo indulta
al hereje Raimundo.
En el retablo de la catedral (1499-1504), que al
morir deja sin terminar, el banco nos muestra a los Evangelistas y Padres de la
Iglesia tras una galería corrida, en los que hace un verdadero derroche de oro y
color, y entre las tablas del cuerpo del retablo destaca la de la Flagelación,
por el movimiento de los verdugos y la luz que se interpone entre los
personajes.
De sus obras sueltas merecen recordarse, por su
fina calidad, la Virgen, del Ayuntamiento de Madrid, y por su estudio perfecto
de la luz interior, la Anunciación, de Miraflores.
Influida por Berruguete y Juan de Flandes, se
forma en tierras de Palencia una activa escuela, cuyos representantes más
interesantes son el llamado Maestro de Becerril, que en su retablo de San
Pelayo, hoy en la catedral de Málaga, ofrece una de las más curiosas páginas del
empleo de la fábula pagana como comentario de un tema religioso —en la historia
del amor brutal del Califa por el niño Pelayo introduce relieves de fábulas
mitológicas de este carácter—, y en el Maestro de Astorga, que en su Nacimiento,
del Museo Lázaro, se deja seducir por las perspectivas arquitectónicas
peruginescas.
En Burgos merece recordarse León Picardo,
entusiasta del Renacimiento, pero que, como puede verse en sus tablas del Museo
del Prado, sólo nos trae la versión castellana de los modelos de Van Orley.
TOLEDO: JUAN DE BORGOÑA
. —Ciudad de gran actividad pictórica durante el
primer tercio del siglo XVI, es Toledo la sede de una escuela muy uniforme, que
de hecho se reduce a Juan de Borgoña y sus discípulos.
Formado, a juzgar por su estilo, en Italia, y
principalmente en Florencia, aparece en España al morir Ghirlandajo, con quien
debe de estudiar. Es probablemente de una generación posterior a Berruguete, y,
desde luego, el primer pintor que en Castilla se entrega plenamente al
Renacimiento en su etapa cuatrocentista. Amigo de la corrección de los modelos,
compone con claridad y, aunque acaso por influencia de Berruguete suele conceder
gran espacio a los fondos de oro, encuentra también especial deleite en los
amplios fondos de paisaje.
Su obra maestra es la hermosa serie de pinturas
murales de la espléndida Sala Capitular de la catedral primada, en la que, tras
fingida galería de columnas, nos muestra diversas escenas del Nuevo Testamento
sobre fondos de arquitectura, tanto gótica como renacentista, a veces con techos
dorados de carpintería morisca. En las tres del Calvario que ocupan el testero
de la sala, el escenario es un amplio paisaje. A los pies de la sala todo el
muro está dedicado a la escena única del Juicio Final. El otro ciclo de pinturas
murales es el de la Conquista de Oran por Cisneros, que decora la capilla
mozárabe.
Entre sus retablos, son muy bellos los de la
Concepción y de la Adoración de los Reyes, de la misma catedral. En el mayor de
la de Ávila (1508), dejado sin terminar por Pedro Berruguete, pinta la mayor
parte de sus tablas, entre las que descuellan, por su gran perfección, la
Anunciación, la Purificación y el Nacimiento (fig. 1747); la profundidad del
escenario en que se ordenan con claridad los diversos términos y el
afrontamiento de los personajes principales, de riguroso perfil, son buenos
ejemplos de su arte de componer.
(fig. 1747)
Nacimiento de la Virgen
(Catedral de Toledo)

Entre los discípulos de Juan Borgoña de cierta
personalidad figura Antonio de Comontes, cuya obra principal son los retablos de
San Andrés de Toledo. A esta época corresponde Rincón, pintor un tiempo famoso,
del que sólo conocemos sus excelentes dotes de retratista, gracias al busto
firmado de don F. Fernández de Córdoba, del Museo del Prado.
ANDALUCÍA: ALEJO FERNÁNDEZ
. —El maestro que impone su estilo a la escuela
sevillana durante una generación es Alejo Fernández (muerte 1545), que aparece
trabajando en Córdoba antes de terminar el siglo. De origen nórdico,
probablemente alemán no obstante su apellido, se traslada a poco de comenzar el
XVI a Sevilla, donde no tarda en conquistar amplia clientela. Es un genuino
representante de la generación puente del cambio de siglo, que apoya uno de sus
estribos en Flandes y otro en Italia. Los nombres de Metsys y de Pintoricchio
son los que principalmente evoca su estilo.
Obra típica de su época cordobesa es el Tríptico
de la Cena, del Pilar de Zaragoza, en el que el escenógrafo domina sobre el
pintor de figuras. En la tabla central nos ofrece un escenario de arquitectura
clásica interpretada con gracia genuinamente cuatrocentista, mientras en la
portezuela de la Oración del huerto conduce nuestra mirada entre los blandos
cabezos de un paisaje nocturno cargado de tristeza. La seca geometría de la
perspectiva se convierte en él en poesía. Análoga preocupación por el escenario
manifiesta en el Cristo a la columna, del Museo de Córdoba.
Al trasladarse a Sevilla, su interés se concentra
en la figura humana, como lo prueban sus grandes tablas de la Adoración de los
Reyes y del Nacimiento de la Virgen, que pinta para la catedral.
Su
excelente calidad es causa de que se le encarguen poco después varios retablos,
entre los que sobresale el del Colegio Mayor de Santa María de Jesús, la futura
universidad hispalense, dedicado a la Virgen de la Antigua, que aparece
acompañada por el fundador, Maese Rodrigo, ofreciéndole el edificio del colegio.
Preside el cuerpo superior la Venida del Espíritu Santo. La Virgen de la Rosa (fig.
1748),
de Santa Ana de Triana, es su obra más conocida, y, con razón, una de las más
celebradas. Dos ángeles descorren los cortinajes para mostrarnos en su trono a
la Rosa de las Rosas, que dos siglos antes cantara en una cantiga el rey poeta
fundador del templo. Su rostro tiene esa expresión levemente melancólica de que
rara vez sabe despojarse el primitivismo septentrional, mientras dos ángeles
contemplan al Niño, el uno con gesto de curiosidad y el otro con místico
arrobamiento cargado del pesimismo del que presiente la Pasión.
(fig. 1748)
Virgen de la Rosa

Entre las obras en que el estilo de Alejo
Fernández se pierde por la participación de colaboradores y discípulos, ya en la
tercera década del siglo, debe recordarse especialmente, por su doble interés
artístico e histórico, la Virgen de los navegantes (fig.
1749), conservada en el
Alcázar de Sevilla. Pintada para la capilla de la Casa de Contratación, responde
al tipo iconográfico de la Virgen de la Misericordia que acoge bajo el manto a
sus devotos, pero con el gran acierto de haber introducido el mar con las
embarcaciones en su parte inferior. La identificación de los personajes
protegidos por la Virgen es problema sin resolver, aunque parece indudable que
casi todos son retratos. Es muy probable que lo sea de Cristóbal Colón el que
aparece en el borde mismo del cuadro, a la izquierda del espectador.
(fig. 1749)
Virgen de los navegantes

En Granada, la personalidad más destacada de esta
primera fase renacentista es el miniaturista Ramírez, a quien se debe buena
parte de las hermosas viñetas que ilustran la rica serie de corales de la
catedral. Entre ellas merecen recordarse las de la Degollación de los inocentes
y de la Crucifixión de San Pedro. No sabemos si a él se deben también algunos de
los retablos conservados de esta época. Uno de los principales es el de Santa
Ana, hecho pintar por Hernando del Pulgar, el de las Hazañas, en la iglesia del
Sagrario, en memoria de la más famosa de las suyas, la de clavar con su puñal el
pergamino con el «Ave María» en las puertas de la mezquita, tomando posesión de
ella cuando la ciudad es todavía de moros. Y, en efecto, al pie de la escena del
tierno idilio familiar, aparece al borde mismo del cuadro el potente puño del
héroe manteniendo enhiesto un grueso cirio.
EL SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO. VALENCIA:
VICENTE MASIF- Y JUAN DE JUANES
.—Al comenzar el segundo tercio del siglo, el
estilo rafaelesco, que hasta ahora sólo se ha manifestado esporádicamente dentro
de un fondo general de cuatrocentismo tardío, se impone plenamente a nuestros
pintores.
La escuela donde el rafaelismo triunfa en fecha
más temprana es la de Valencia, gracias a Vicente Masip y a su hijo Juan de
Juanes. Aunque padre e hijo, en realidad, constituyen una sola personalidad
artística, debe recordarse que el primero muere poco antes de mediar el siglo
(1545-1550), mientras del hijo, que propiamente se llama Juan Masip Navarro
(muerte 1579), ignoramos si nace a principios del siglo o en 1523 como estiman
algunos. Esta notable diferencia es capital para poder atribuir a él y no a su
padre algunas obras importantes. Los hijos de Juan de Juanes, Vicente Juan Masip
y Margarita Juanes (muerte 1613), son también pintores.
No obstante que la fama únicamente ha celebrado a
Juan de Juanes, el creador del estilo es con seguridad el padre, autor del
retablo de Segorbe (1530), en el que sólo puede haber colaborado el hijo en el
caso de haber nacido a principios de siglo. Sus tablas del Nacimiento {lámina
291) y de la Natividad de la Virgen, enlazan en ciertos aspectos con el estilo
de Yáñez, y su estilo refaelesco es de una monumentalidad y sobriedad técnica
que desaparecerá en Juanes. Análogos caracteres ofrece el Bautismo del Salvador,
de la catedral de Valencia, muy posterior, donde la actitud devota del pintor,
comparada con las interpretaciones italianas contemporáneas del tema, pone bien
de manifiesto una de las características que distinguen al rafaelismo español.
Probablemente son de su mano, en el Museo del
Prado, los fondos o pinturas circulares del Martirio de Santa Inés —su
composición, en parte, inspirada en el Pasmo, de Rafael —y la Visitación, cuyo
fondo de paisaje menudo, preciso y rico en pormenores, descubre un lastre
nórdico prerrafaelesco que no existe en los de Juan de Juanes. Juan de Juanes es
el creador de varios tipos iconográficos que alcanzan popularidad. Con la
carencia de pinturas de la Virgen con el Niño y de la Sagrada Familia, de
nuestros rafaelistas, forma contraste la serie relativamente abundante de sus
interpretaciones, entre las que destacan las Sagradas Familias, de San Andrés,
de Valencia, y de la Academia de San Fernando, de Madrid. Ese mismo tema de la
Virgen con el Niño sirve de centro a sus Desposorios del Venerable Agnesio, en
realidad la sagrada conversación más bella de nuestra pintura renacentista, en
la que acompañan a la Virgen con el Niño, Santa Dorotea y San Teófilo, y Santa
Inés desposándose con el V. Agnesio.
Establecida la Compañía de Jesús pocos años antes,
el P. Martín Alberro, jesuita de vida ejemplar y confesor de Juan de Juanes,
rezando cierto día las palabras: «Tota pulchra es María et macula non est in
te» recibe el celestial regalo de contemplar la figura gloriosa de María.
Encargado Juan de Juanes de perpetuar la peregrina aparición, se inspira en un
grabado de Kerver, editado a principios de siglo en París y la pinta con las
manos unidas, con túnica blanca y manto azul, y encuadrada por los símbolos de
la letanía lauretana. Gracias a la simplicidad de la figura, la suavidad del
amarillo, el rosa y el azul del resplandor y de las nubes, la Concepción (fig.
1750), de la iglesia de la Compañía, de Valencia, tiene el aspecto de extasiada
contemplación mística pedido al artista. Es obra en que Juanes se acerca a Fra
Angélico.
(fig. 1750)
La Concepción

Otra de las pinturas más populares de Juanes es la
Cena (fig. 1751), cuyo ejemplar más conocido es el del Prado.
Influido, naturalmente, por Leonardo —de él procede el aislamiento de la figura
del Salvador—, se inspira, en algunos aspectos, en la estampa de Marco Antonio Raimondi, imitador, a su vez, de Rafael. La diferencia fundamental con la
interpretación leonardesca se debe al distinto momento elegido por el artista,
pues mientras en aquélla se representa el estupor de los apóstoles al
anunciárseles la traición y su contraste con la serenidad del Salvador, la tabla
española prefiere el momento culminante de la historia cuando Jesús expone a la
adoración de sus discípulos la carne de su propio cuerpo. El tema no es la
sorpresa, sino el fervor y la devota adoración a las Sagradas Formas.
(fig. 1751)
La Sagrada Cena

Con el
tema de la Cena se relacionan también sus pinturas del Salvador Eucarístico, de
medio cuerpo, que alcanzan gran popularidad. Entre sus historias de santos, la
más conocida es la serie de San Esteban, del Museo del Prado, en que manifiesta
su arte para crear composiciones de numerosos personajes. En la escena del Santo
en la sinagoga, los ecos rafaelescos son patentes en algunos personajes, y el
mismo sacerdote sentado en el centro se inspira en el Isaías de Miguel Ángel, de
la capilla Sixtina.
En el Entierro del Santo, el joven de barba negra
que, ajeno a la escena, mira fijo al frente, se considera autorretrato del
artista por encontrarse a sus pies un escudo con un águila negra sobre campo de
oro, que es el de los Juanes.
Aunque probablemente es de Vicente Masip, se
considera de Juanes el retrato del supuesto don Luis de Castellá (fig.
1752), del
Museo del Prado.
(fig. 1752)
Luis de Castellá

CATALUÑA, ARAGÓN Y CASTILLA
. —En Cataluña, el principal pintor de este
período es el portugués Pedro Núñez, cuyo rafaelismo se encuentra bastante
influido por su versión holandesa. El más importante de los numerosos retablos
que pinta es, probablemente, el de la Pasión, de la iglesia de San Justo; pero
el más atractivo es el de San Eloy, del Museo de Barcelona, donde la influencia
flamenca es muy sensible.
En Aragón, la gran personalidad del segundo tercio
del siglo es Jerónimo Cosida, que, de creer a los historiadores de la centuria
siguiente, se preció siempre de hidalgo caballero. Aunque no están documentadas,
obras suyas deben de ser los retablos del Bautista, de Calcena, y de la catedral
de Tarazona (1547), cuyas tablas centrales se encuentran dedicadas a la
degollación del Santo, y para la última de las cuales se inspira en la estampa
del tema de Durero. En Calcena es muy bella la escena del Banquete. Las obras
que sirven de base para conocer su estilo son los destruidos retablos de Caspe y
Monzón, de los que se conservan deficientes fotografías.
En Toledo, los dos pintores más fecundos del
segundo tercio del siglo, cuyo estilo enlaza, en cierto grado, con el de Juan de
Borgoña, son Francisco Comontes (muerte 1565) y Juan Correa de Vivar, tan análogos a
veces entre sí, que no siempre es fácil distinguir la obra del uno de la del
otro. Comontes es autor del retablo de San Juan de los Reyes y Correa del de
Almonacid de Zorita (1554). El Museo del Prado posee obras de ambos.
La personalidad más atractiva de la escuela
toledana, si es que efectivamente pertenece a ella, es el autor del bello
retablo de Santa Librada, de la catedral de Sigüenza (1525), que se cree, no con
mucho fundamento, de Juan de Pereda. Artista de primera fila en nuestra pintura
renacentista, hace alarde frente a Juan de Borgoña, a mediados de la tercera
década del siglo, de toda la riqueza de actitudes del maestro de Urbino, de que
torna actitudes —el verdugo procede del Pasmo de Sicilia— e incluso escenarios.
Entusiasta de la antigüedad, comenta en el lenguaje de la fábula pagana la
fortaleza de espíritu de la Santa, decorando una de sus tablas con relieves de
los Trabajos de Hércules.
Valladolid posee también un grupo de pintores,
entre los que descuella Alonso Berruguete. Conocido principalmente como
escultor, es también pintor muy original, aunque su obra pictórica, muy corta,
no tiene la trascendencia de la escultórica. Devoto de Miguel Ángel, en su
pintura existe un fondo miguelangelesco análogo al de su escultura; pero lo que
le hace especialmente interesante es su evidente contacto con los comienzos del
manierismo florentino, en los que, tal vez, desempeña papel de creador. Sus
pinturas más conocidas son las del retablo de San Benito, del Museo de
Valladolid.
SEVILLA. PEDRO DE CAMPAÑA
. —El rafaelismo se introduce en Sevilla en forma
un tanto brusca. Al entrar en la quinta década del siglo, nos encontramos ante
varios pintores desprovistos de todo rastro cuatrocentista y sin enlace alguno
sensible con los maestros que trabajan durante la etapa anterior. Los
principales son el flamenco Kempeneer y el holandés Storn, que son llamados,
entre nosotros, Pedro de Campaña y Fernando Esturmio.
Campaña visita Italia, donde debe de permanecer
bastante tiempo, y llega a nuestra patria plenamente formado. Típico artista del
Renacimiento, domina también la arquitectura y la escultura, y, en su noble afán
de saber, conoce las matemáticas, la astronomía y la ingeniería. Hijo de
Flandes, sabe atemperar su formación italiana y el estudio de la escultura
clásica mirando la Naturaleza, lo que, unido a su sensibilidad para lo dramático
y para los efectos de luz, le permite crear un estilo renacentista lleno de vida
y novedad. Si, como rafaelista, es el pintor que en nuestra patria sabe mover y
enlazar mejor las numerosas figuras de una gran escena, por su sentido
exuberante de las formas y, sobre todo, por el movimiento de su paisaje, se nos
muestra como un importante predecesor de Rubens.
Su Descendimiento (fig. 1753), de la catedral de
Sevilla (1547), aunque sigue el mismo esquema general que el del Museo de Montpellier, que pintara años antes inspirándose en una estampa de Marcantonio,
acusa diferencias fundamentales. La escena se simplifica y el tono dramático se
hace más intenso. Campaña concentra la composición, antes mucho más dispersa, y
gracias a ello esa composición gana en sencillez y monumentalidad. La nota
trágica culmina en el grupo de la Virgen. El pintor, en vez de elegir, como Van
der Weyden, el momento en que la Madre de Jesús, transpuesto el sentido, cae
desfallecida, y en que a la tortura del dolor sigue la laxitud, prefiere el
momento más agudo del drama: la expresión del dolor mismo. Sentada en tierra,
sus espasmos agitan su cuerpo en descargas casi epilépticas. Su
cuello se arquea, y, loca de dolor, fija sus ojos desorbitados en el rostro de
su Hijo. Si la iluminación triste y misteriosa de la cabeza del Salvador subraya
su silencio letal, la del busto de la Virgen hace que nuestro interés se fije en
su rostro descarnado, y en sus ojos enormemente abiertos y desencajados.
(fig. 1753)
El Descendimiento

En el retablo de la Purificación, de la catedral
de Sevilla, imagina Campaña un interior monumental, en el que ordena, en torno
al grupo de la Virgen y Simeón con el Niño en brazos, a las Virtudes, cada una
de ellas con sus correspondientes atributos (fig. 1754). Como en tantas otras
obras de Rafael, las actitudes de los personajes crean una línea muy acusada y
quebrada, que conduce nuestra vista al corazón de la historia. El pordiosero
echado en tierra, situado en primer término, con el movimiento de su brazo
implorante, lleva nuestra mirada al grupo central de Simeón con el Salvador, a
través del Niño que le ofrece la manzana y de los brazos de la Virgen. Esta
doble línea quebrada, recogida en su extremo, inicia de nuevo su ascenso en la
joven que con su mirar parece dirigirla al cielo.
(fig. 1754)
Retablo de la Purificación

Su última gran obra es el retablo mayor de la
iglesia de Santa Ana, en que deja varios importantes estudios de luz de
interior, como en la tabla de San Joaquín abandonando la casa, y un paisaje tan
lleno de novedad como el del Aviso del ángel al santo dormido en el campo.
Esturmio, natural de Ziricsee, en Holanda, como él
orgullosamente suele firmarse, es artista de muchos menos quilates. Su estilo
seco, nervioso y violento, participa de la sequedad y el amaneramiento de Scorel
y Heemskerck. Su obra maestra es el gran retablo de los Evangelistas (1555) de
la catedral de Sevilla. La tabla central de la Resurrección es un conjunto de
cuerpos secos y musculosos en actitudes violentas, combinados con gruesos
sillares, lápidas y troncos de árboles que surgen en desorden, y realzados por
violentos efectos de claroscuro. Más agradables son las Santas Justa y Rufina,
en cuyo paisaje se copia con gran minuciosidad la Giralda, todavía sin el cuerpo
de campanas agregado por Fernán Ruiz.
LUIS DE VARGAS Y VILLEGAS MARMOLEJO.
GRANADA: MACHUCA
. —Lo mismo que Campaña, Luis de Vargas es
celebrado en nuestra literatura artística a poco de morir. Muy joven todavía,
marcha a Italia, donde permanece muchos años —se asegura que cerca de treinta—,
hasta el punto de escribir en italiano el libro de sus Memorias, por desgracia
perdido. Según los testimonios más antiguos, se forma con Perino del Vaga, y,
efectivamente, la semejanza de su estilo con el de este pintor así parece
atestiguarlo.
Su obra más bella y antigua fechada es el retablo
del Nacimiento (fig. 1755), de la catedral de
Sevilla (1555), que, sin embargo, es sólo
trece años anterior a su muerte. Por eso su antefirma no puede por menos de
resultar desconcertante, pues en ella dice que cuando pinta esta obra está
aprendiendo: «Tune discebam, Luisius de Vargas». Los personajes, incluido
el Salvador, dirigen a la Virgen los fervores de su devoción, contraponiendo el
sentido ascendente del grupo de los pastores al verticalismo de María. Esta, con
la mirada baja y las manos unidas y desplazadas hacia un lado, adopta actitud de
recogimiento tan bella y elegante que, probablemente, sugerirá a Martínez
Montañés la de sus Concepciones. Entre tanto gesto y actitud rafaelescos, Vargas
se siente, sin embargo, atraído por temas secundarios, como el del cordero, que
uno de los pastores lleva sobre los hombros, o el del encuentro del niño y la
cabra, al que Vargas no duda en conceder desarrollo casi veronesiano.
(fig. 1755)
Nacimiento y adoración de
los pastores
Sigue en importancia al Nacimiento el retablo de
la Generación temporal de Cristo (1561), cuya tabla central se conoce con el
nombre de cuadro de la Gamba, a causa del supuesto elogio que el italiano Pérez
de Alesio, autor del gigantesco fresco vecino de San Cristóbal, dirigiera a la
pierna —gamba, en italiano— de Adán.
En el retablo de la Piedad, de Santa María la
Blanca, su última obra fechada, bien sea por la colaboración de discípulo, o por
su propia decadencia, se nos muestra por debajo del nivel de las dos obras
anteriores. Según Pacheco, Luis de Vargas es el introductor de la nueva manera
italiana del fresco; pero, por desgracia, las pinturas de este tipo que hace en
la catedral se encuentran casi perdidas. Mejor idea de lo que sería su estilo
permite formar el Juicio Final, del Hospital de la Misericordia (1567), de su
discípulo Valdivieso.
Sin ninguna obra de calidad de las de Vargas,
Pedro Villegas Marmolejo (muerte 1596), de la generación siguiente, se nos
presenta en rango menos elevado. Su producción, en conjunto, es, sin embargo,
poco inferior a la suya, y su vida nos dice que no es persona vulgar. Gran amigo
de Arias Montano, gusta de los escritores clásicos y de los toscanos. Aunque su
obra más conocida, por encontrarse en la catedral, es el retablo de la
Visitación, la más interesante es la Virgen de los Remedios, de la iglesia de
San Vicente, que por la pérdida de sus hermanas mayores se nos ofrece hoy como
la primera interpretación rafaelista sevillana del tema de la Virgen con el
Niño. En su trono de nubes, su novedad respecto de las de Alejo Fernández es
grande; a su lado, las de éste nos ponen de manifiesto todo su cuatrocentismo.
En Granada, la gran personalidad es el toledano
Pedro Machuca, cuya actuación como arquitecto queda ya comentada. Su Madona del
Sufragio (fig. 1756), del Museo del Prado —la Madre de Dios, que con el néctar de
sus pechos alivia las penas de las almas del Purgatorio— firmada en Italia,
dentro de la concepción general rafaelesca del grupo de la Virgen con el Niño,
delata en las parejas de ángeles la influencia miguelangelesca, y, sobre todo en
el claroscuro, la del marienis senes Beccafumi.
(fig. 1756)
Madona del Sufragio

En el mismo museo ha ingresado
recientemente un hermoso Descendimiento. Sus pinturas de la Capilla Real de
Granada evocan el recuerdo del Correggio.
Aunque principalmente se dedican a pinturas de
carácter decorativo, deben recordarse también en Granada, Julio de Aquilis y
Alejandro Mayner, que pintan al fresco, poco antes de mediar el siglo, el
Tocador de la Reina, de la Alambra. Encuadradas por la decoración de grutesco,
allí pueden verse todavía cuatro escenas pequeñas de Faetón y ocho grandes
historias de la conquista de Túnez (1535) por el Emperador.
MORALES
. —Ensalzado las más de las veces, y ligeramente
criticado algunas, es artista cuyo nombre no se olvida. Pero, aparte de este
interés de los eruditos, Morales goza ya en vida de bastante popularidad, sobre
todo en ciertos temas. Si Juanes es el pintor del Salvador Eucarístico, y el
Greco lo es en Castilla de San Francisco, Morales es el pintor del Ecce Homo y
de la Piedad. De su vida sabemos muy poco. Una vez terminados sus estudios, debe
residir habitualmente en Badajoz, de donde consta que hace algunas ausencias
para pintar retablos en poblaciones no muy lejanas. En una ocasión se
compromete, con ese fin, a trasladarse a Evora. De creer a Palomino, llamado por
Felipe II visita El Escorial, donde se presenta con excesivo lujo, y después de
pintar algunos cuadros, regresa a su tierra. Y el mismo tratadista refiere que,
al encontrarle el monarca a su paso para Portugal, viejo y pobre, le concede una
pensión, cosa que no parece muy probable.
Morales es figura singular dentro de nuestra
pintura del Renacimiento. Formado en la etapa rafaelista, bajo la influencia de
Sevilla y del toledano Correa, no encaja plenamente en ella, presentándosenos un
tanto aislado. El encarna, tal vez exageradamente, la reacción española contra
el rafaelismo, en cuanto éste representa el triunfo de la belleza corporal. En
su pincel la figura humana se alarga y se espiritualizo como en el Greco. El
desbordamiento de los encantos de la belleza femenina de no pocas Vírgenes
italianas se transforma en Morales en recato y recogimiento extremados, de
acuerdo con el sentido devoto castellano.
Entre las varias influencias que desvirtúan en
Morales el rafaelismo imperante, figuran el sentido del movimiento y de la luz
de los leonardescos; el manierismo, tanto florentino como holandés; las estampas
de Duero, en las que se inspira en más de una ocasión, y aprende a componer, y
la técnica minuciosa, amiga de peletear las cabelleras, de maestros flamencos
como Gossaert. Sobre todos estos modelos forma Morales su estilo propio,
esencialmente manierista, en que nos expresa sus ansias de fervor místico.
Al enfrentarse con el tema de la Virgen con el
Niño, Morales llega a renunciar a los fondos tanto de arquitectura como de
paisaje. Desea que la mirada de los fieles se concentre en los personajes
divinos, y salvo en las Vírgenes de cuerpo entero, las imagina sobre negro fondo
liso, lo mismo que al Ecce Homo y la Piedad. La huella de Rafael es patente en
la Virgen del pajarito (1546), de San Agustín, de Madrid, la obra fechada más
antigua que de él conocemos. El sentido del claroscuro y de la composición
leonardesca se intensifican, en cambio, en las Vírgenes hermanas, de la catedral
de Salamanca y de Roncesvalles. En las Vírgenes de medio cuerpo, el estilo de
Morales aparece más puro. La Virgen del sombrero, inspirada o no en la del Gran
Duca, es su versión castellana: la Virgen de media figura que nos muestra su
Hijo, ella con la mirada baja y el Niño con los ojos clavados en nosotros. La
gran dama florentina se transforma en una joven menuda, de rasgos finos y
nerviosos. El hermoso descote recto desaparece, y la bella curva del cuello,
continuada en el hombro, queda cortada antes de nacer por fruncida gorguera. El
mismo Niño apenas muestra desnuda la parte superior de su cuerpo. Los varios
ejemplos y copias conservados son buen testimonio de la popularidad de esta
obra.
En la Virgen de la leche (fig.
1757), del Museo del
Prado, inspirada en una estampa de Durero, desaparece la galanura del sombrero
de aquélla, el Niño nos vuelve las espaldas y la Virgen hunde la mirada en su
rostro. Concentrada formal y espiritualmente en sí misma, el espíritu de Morales
se vacía en ella íntegramente.
(fig. 1757)
Virgen de la leche

Otro tipo que pinta en más de una ocasión es el
de la Virgen enseñando a leer al Niño, cuyo mejor ejemplar es el del Museo de
Méjico; pero más popularidad alcanza, a juzgar por el número de los ejemplares y
copias conocidos, la Virgen de la rueca, rueca en que el Niño contempla la
futura cruz. Tema también muy repetido por Morales es el del Ecce Homo. En la
Academia de San Fernando lo vemos de medio cuerpo, acompañado por el
representante de la justicia y el esbirro, en los que pone de manifiesto su
interés por lo característico. Otras veces es el centro de un tríptico, desde
cuyas portezuelas la adoran la Virgen y San Juan. Pero los más frecuentes, de
los que las copias e imitaciones son numerosísimas, se reducen a la cabeza, como
siempre sobre fondo negro.
No menos populares que sus Ecce Homo son sus
pinturas de la Piedad (fig. 1758), también, por lo general, de busto, aunque no
faltan las de medio cuerpo. Entre éstas debe recordarse la de la Academia de San
Fernando, en la que la angustia de espacio, típicamente manierista, es más
sensible que en ninguna otra, y la superposición de los cuerpos pone bien de
manifiesto el miguelangelismo —recuérdese la Piedad Rondanini— inspirador del
grupo.
(fig. 1758)
La Piedad

De sus dotes como pintor de retrato da cumplida
idea la bella cabeza de San Juan de Ribera, del Museo del Prado, un día obispo
de Badajoz, para quien Morales pinta bastante.
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO. EL RETRATO:
SÁNCHEZ COELLO Y PANTOJA
. —Las principales novedades de los comienzos de
este último período de nuestra pintura renacentista son la aparición de pintores
dedicados casi exclusivamente al retrato; la introducción del miguelangelismo
del Juicio Final y de la Capilla Paolina, y del colorismo veneciano.
Alonso Sánchez Coello (muerte 1588), valenciano de
nacimiento y de familia, marcha a Portugal, por lo que se le ha considerado
durante algún tiempo portugués. Formado con Antonio Moro en los Países Bajos, se
traslada después a la corte de Felipe II, donde recibe la influencia del Tiziano,
que, a través de sus obras de las colecciones reales, se convierte en su segundo
maestro. Los retratos de Sánchez Coello carecen del tono penetrante de los de
Moro, y del color y prestancia de los del gran maestro veneciano; pero en ellos
sentimos la persona retratada quizá más real y próxima a nosotros. El es, en
este aspecto, el gran predecesor de Velázquez.
Seguramente posa ante él toda la familia real;
pero, por desgracia, no conservamos ninguno de los retratos que hace del
monarca, ya que debe ser de Italia del Norte el tan conocido que se le atribuye
en el Museo del Prado. En cambio, poseemos varios excelentes de sus hijos. En el
de Don Carlos (fig. 1759), del mismo museo, uno de los más antiguos del pintor,
bien porque no se hubiesen manifestado aún en el retratado, o bien por falta de
sinceridad en el retratista, no se advierte rasgo alguno de desequilibrio mental
ni "de esa mirada llena de descontento, languidez y suspicacia de que nos hablan
los contemporáneos.
(fig. 1759)
Don Carlos, infante

El descontento, aunque dulcificado, apunta ya en el Don
Carlos, mucho menos infantil, de Viena (1564). De Isabel Clara Eugenia, la hija
preferida de Felipe II, pinta igualmente varios retratos. En uno de los del
Prado aparece todavía muy niña, pero vestida como una mujercita, acompañada por
su hermana Catalina Micaela, con una corona de flores en la mano; en el otro, es
ya una muchacha fina, elegante, con rico traje cuajado de adornos, descansando
su mano en un sillón. Los hijos del último matrimonio del monarca dan lugar a
algunos retratos que nos hablan, en el tono triste del pintor y de la corte, de
las ternuras del padre al hacer representar en el lienzo de las Descalzas de
1579 a Don Diego, de cuatro años, y al futuro Felipe III, aún más joven, jugando
con su lanza de caña y su adarga.
De un original de Sánchez Coello parece que son
copia los varios retratos de Don Juan de Austria, con el león al pie. Importante
es también, por su posible eco en Velázquez, el retrato de la Duquesa de Béjar,
a quien ofrece un refresco una enana, propiedad del Duque de Montellano. Sánchez Coello cultiva también el género
religioso, como lo atestiguan las pinturas conservadas en El Escorial y en el
Museo del Prado.
El principal continuador de Sánchez Coello es su discípulo Juan Pantoja de la Cruz, o simplemente Juan de la Cruz (1553-1608), del que sólo
conocemos las obras de sus últimos años, es decir, del reinado de Felipe III.
Época ésta en la que el lujo en el vestir, tanto en los caballeros como en las
damas, alcanza extremos extraordinarios. Sus retratos femeninos de hacia 1600
son bellos conjuntos decorativos, donde su pupila, tan sensible a las finuras
plásticas de un rostro o la vida de una mirada, pugna con las exigencias de una
moda que cifra su principal empeño en menudos y riquísimos encajes y bordados,
lazos, botones, piedras y collares, y en ocultar las formas del cuerpo. Como en
los iconos bizantinos, el vestido se convierte en marco y soporte del rostro,
sensación que nunca producen los retratos de Sánchez Coello. El de Isabel Clara
Eugenia, de la Pinacoteca de Munich (1599), y el de la Duquesa de Braganza
(1603), de propiedad particular madrileña, son buenos ejemplos de este tipo de
retrato de Pantoja (fig. 1760).
(fig. 1760)
Duquesa de Braganza

Los retratos de Felipe III y de Doña Margarita
(1606), del Museo del Prado, dicen, en cambio, que esa desconexión entre rostro
y ropa termina por desaparecer. Su tardía preocupación por la luz le hace
recobrar la concepción unitaria del retrato.
De estilo diferente al de estos retratos
oficiales, el de Fray Hernando de Rojas (1595), de propiedad' particular,
sorprende por el fino y penetrante sentido naturalista que delata en Pantoja.
Aunque no se ha identificado con seguridad ninguno, consta que hizo muchos
retratos diminutos en chapillas de bronce y plata, y en naipes.
De sus pinturas religiosas, son interesantes la
Natividad de la Virgen (1603) y la Adoración de los Pastores (1605), del Museo
del Prado, por haber retratado en sus personajes a diversos miembros de la
familia real; pero, sobre todo, la Resurrección (1605) (fig.
1761), del Hospital
de Valladolid, por mostrarlo entregado al claroscurismo.
(fig. 1761)
La Resurrección

BECERRA Y NAVARRETE
. —El campeón del miguelangelismo en España es el
andaluz Gaspar Becerra, a cuyo estilo y labor escultórica ya nos hemos referido.
Comienza su obra pictórica conocida en Roma, en 1545, ejecutando los cartones
que le confía el Vasari, en una de las salas principales del Palacio de la
Cancillería; pero, como es natural, su estilo se pierde en el de aquél, y, por
otra parte, el fresco que pinta en la Trinidad del Monte, de la misma ciudad, se
conserva en muy mal estado. En 1562 entra ya al servicio de Felipe II y decora
al fresco varios salones del antiguo Alcázar de Madrid y del Palacio del Pardo;
mas, por desgracia, muere joven, cuando tal vez se abre para su carrera
pictórica, en El Escorial, el más amplio de los horizontes.
Becerra es en la historia de nuestra pintura
renacentista el cultivador del fresco, técnica casi siempre reservada a los
italianos. Los frescos del techo de la torre del Pardo (1563) están dedicados a
la fábula del Perseo y las Gorgonas (fig. 1762). Subdividido en nueve compartimientos,
presenta en el central al héroe triunfante con la cabeza de la Medusa, y en los
ocho restantes, diversas historias de su vida, entre las que destacan: Dánae
recibiendo la lluvia de oro de que concebirá a Perseo; Dánae y Perseo confiados
al mar; Perseo recibiendo de Mercurio y Minerva la hoz y el
escudo que le hará invencible, y Perseo degollando a la Gorgona Medusa. Esta
obra, que constituye uno de los conjuntos más importantes de pintura mitológica
en España, revela con su amor al dibujo, a los escorzos y a las figuras
corpulentas, todo el miguelangelismo de su autor.
(fig. 1762)
Frescos de del techo de la
torre del Pardo

El colorismo veneciano irrumpe en la pintura
española protegido por el propio monarca, gran admirador del Tiziano, del que
llega a reunir la espléndida colección de cuadros, orgullo hoy del Museo del
Prado. Ello no obstante, produce violentas protestas en los pintores de
tradición florentina y romana. Pacheco llama a este estilo modo de pintar
«acabado» y «dulcemente colorido», mientras que el veneciano lo califica de
pintura «a borrones» y de pinturas «confusas». Olvidados sus partidarios del
dibujo, llega a calificarlos de «hijos bastardos de la pintura, llamados
nuevamente empastadores o manchadores».
El introductor del colorismo veneciano es Juan
Fernández Navarrete, llamado el Mudo (muerte 1579), porque, sordo a los tres
años, no puede aprender a hablar. Acogido en un monasterio riojano, le enseñan
allí los rudimentos de su arte, y termina sus estudios en Italia. De salud muy
precaria, las enfermedades le aquejan de continuo, y su vida de dolor apenas
debe de tener más consuelo que el ejercicio de su arte. Su primera obra
conocida, el Bautismo, que presenta cuando entra a trabajar en El Escorial, y
que hoy se encuentra en el Museo del Prado, lo muestra aún entregado a un estilo
florentino de aire miguelangelesco. La ductilidad de su temperamento le permite
cambiar rápidamente y entregarse en la forma más decidida al colorismo
veneciano. En el Martirio de Santiago (1571), sin duda su obra más dramática,
descubre su gran entusiasmo por el Tintoretto. De él proceden, en efecto, la
concepción general de la escena, con su elevado punto de vista y su alto
horizonte, la violencia de los escorzos y el intenso efecto del claroscuro. Pero
el haber elegido el momento mismo de la muerte del Santo, y la intensidad
expresiva al interpretarlo, son netamente españoles. Obra tan hondamente sentida
como ésta, nos dice que Navarrete no es un simple manierista repetidor de
fórmulas ajenas.
La preocupación por la luz se
convierte en tema fundamental en el Nacimiento (1575) (fig.
1763), que como casi
la totalidad de su obra se guarda en El Escorial, y aún más en el Entierro de
San Lorenzo.
(fig. 1763)
El nacimiento

LOS PINTORES ITALIANOS DE EL ESCORIAL
.—Capítulo importante en la pintura de este
período es el constituido por los italianos, en su mayor parte fresquistas, que
por esta época vienen a nuestro país llamados para trabajar en El Escorial, o
con la esperanza más o menos remota de lograrlo.
Los llamados por Felipe II al Monasterio
escurialense llenan poco más de quince años (1580-1595), y, por desgracia, no
obstante el entusiasmo del monarca por la pintura veneciana, sólo vienen
manieristas de formación florentina o romana, que no le dejan muy satisfecho.
Entre los que se encontraban ya en nuestro país en 1580, son los más importantes
Francisco de Urbino (muerte 1582), artista malogrado que muere joven, y cuya
obra principal es el fresco del Juicio de Salomón, donde deja ver su amor por
los amplios escenarios de grandiosas arquitecturas, y el florentino Rómulo
Cincinato, discípulo del Salviati. A él se debe, en El Escorial, entre otras
varias obras, el gran lienzo de San Mauricio, que pinta para reemplazar el del
Greco. En la Academia de San Fernando se conserva una Circuncisión. Nicolás
Gránelo es el decorador de la sala de las Batallas, de El Escorial.
Hacia 1585 acuden a El Escorial tres nuevos
pintores. El primero es el genovés Lucas Cambiaso (muerte 1586), pintor de
escasa inspiración y que trabaja de prisa, al que se deben las monótonas
decoraciones de las bóvedas de la capilla mayor y del coro alto. Mejora, sin
embargo, en sus lienzos, a pesar de lo cual Felipe II hace retirar algunos de
los altares del templo. Recientemente se ha subrayado la importancia de Cambiaso
en los orígenes del claroscurismo. A su muerte vienen a reemplazarle Tibaldi y
Zúccaro, pintores famosos en la Italia de fines de siglo.
Peregrino Tibaldi es un bolones entregado tan
servilmente al estilo miguelangelesco, que la generación siguiente llega a
llamarle el Miguel Ángel reformado. Cuando entra en El Escorial cuenta los
sesenta años, y prácticamente en él pasa el resto de su vida. Desde el punto de
vista del estilo, lo que hace es traernos, con veinte años de retraso, el mismo
que hemos visto practicar ya a Gaspar Becerra. El es, sin embargo, uno de los
decoradores más estimables del Monasterio. A él se deben, en primer lugar, los
frescos de la bóveda de la Biblioteca, con las alegorías de (fig.
1764), de la Teología y de la Filosofía, acompañadas por cultivadores
eminentes de esas disciplinas.
(fig. 1764)
Frescos biblioteca de El
Escorial

Otros son, los frescos de los claustros y tres historias del
retablo mayor, que pinta para reemplazar a las rechazadas de Zúccaro: la
Adoración de los pastores, la Adoración de los Reyes y el Martirio de San
Lorenzo.
Mucho más famoso que Tibaldi es en Italia Federico
Zúccaro. Deseoso de ver mundo y de aumentar sus ganancias, recorre buena parte
de Europa ejecutando siempre obras importantes. Rodeado de la aureola del genio,
según nos dice un contemporáneo, sólo falta que la comunidad salga a recibirle
bajo palio cuando llega a El Escorial. Su estilo, sin embargo, no gusta ni al
monarca ni a los religiosos, y su fracaso no se hace esperar. En 1588 Felipe II,
después de recompensarle largamente, le concede permiso para regresar a Italia,
y manda retirar del retablo mayor varios de sus cuadros y retocar otros. En el
Nacimiento y en la Adoración de los Reyes, que como hemos visto son reemplazados
por los de Tibaldi, lo más importante es el interés que manifiesta por la luz,
aspecto en que pudo influir en la pintura española, entonces en vías de
transformación hacia el tenebrismo (fig. 1765).
(fig. 1765)
Adoración de los pastores

El único de los discípulos de Zúccaro que
permanece en España es Bartolomé Carducho (muerte 1608), autor de un
Descendimiento y de una Cena, ambas en Museo del Prado.
FRESQUISTAS ITALIANOS EN LA MANCHA Y
ANDALUCÍA
.—Entre los fresquistas italianos que trabajan
fuera de la Corte figuran en primer termina los Peroli, entre nosotros conocidos
por los Perolas, a quienes se debe la espléndida decoración al fresco de la casa
del célebre marino, el Marqués de Santa Cruz, situada en el Viso, al pie de
Sierra Morena. Destruido el Alcázar de Madrid, él nos ofrece el más importante
ciclo de pinturas murales profanas renacentistas conservado en España. En las
galerías del patio aparecen representadas las principales plazas conquistadas o
liberadas por el Marqués, y las figuras alegóricas de las naciones escenario de
sus triunfos. En los salones se celebran también sus hazañas —tal sucede en el
de la conquista de Portugal—, pero la mayor parte están dedicados a la fábula
antigua, siendo particularmente importantes el consagrado al mito de Calixto,
algunas de cuyas escenas están interpretadas con sorprendente crudeza, y el del
Rapto de Proserpina, con las Estaciones. De carácter muy distinto, uno de los
más impresionantes es el Salón de los Linajes, donde, tras una alta galería,
vemos en escorzo al gusto veronesiano a los más ilustres antepasados del
marqués.
Mateo Pérez de Alesio, en realidad Mateo de Lecce,
es pintor amigo de largos viajes. Muy influido por Salviati, lo encontramos
primero en Roma, pintando en la Capilla Sixtina; después, en Malta, decorando su
Palacio con la gran serie del Asedio turco, y, por último, en Sevilla, donde
pinta el gigantesco San Cristóbal (1583) de la catedral (fig.
1766), que confirma la
justificada fama que gozan los italianos de buenos dibujantes y cultivadores del
fresco.
(fig. 1766)
San Cristóbal

Genio intranquilo, pasa posteriormente al Perú y ejecuta en la catedral
de Lima otro San Cristóbal, que conserva.
Cesare Arbasia es un piamontés de escasas
facultades, que pinta en la catedral dé Málaga los frescos de la capilla mayor y
un tríptico de la Anunciación, y decora al fresco la capilla del Sagrario de la
de Córdoba.
EL GRECO
. —La excepcional personalidad del Greco,
resultante de su formación en Italia —no en el sector florentino y romano de los
anteriores, sino en Venecia—, de su sangre griega y de su transformación
espiritual en la España de Felipe II, merece un lugar aparte, aunque inmediato
al de los manieristas italianos que acuden atraídos por la obra de El Escorial.
Descendiente de una familia al parecer bizantina
establecida en la isla después de la ocupación veneciana, Domenicos
Theotocopoulos nace en Creta en 1541, pero se traslada muy joven a Venecia,
donde su nombre se transforma en Domenico Theotocopuli, con el sobrenombre de El
Greco —el Griego—, que conservará en España, si bien convirtiéndose el Domenico
en Dominico. En Venecia estudia con el Tiziano. Nos lo dicen su estilo y el
texto ya clásico en la biografía del pintor, en que el miniaturista Julio Clovio
comunica haber conocido a «un joven candiota, discípulo del Tiziano, que, a mi
juicio, me parece excepcional en la pintura». En 1577 se encuentra ya en Toledo,
pintando el retablo de Santo Domingo el Antiguo. Por desgracia, su maravilloso
lienzo de San Mauricio no gustó a Felipe II, y las puertas de El Escorial no se
le abren; pero no tarda en formar clientela en la ciudad del Tajo, donde pasa el
resto de su vida, no sólo con holgura, sino con regalo. Los que le conocieron
hablan de la «ostentación de su casa, hasta tener músicos asalariados para,
cuando comía, gozar de toda delicia». Persona de gran finura de espíritu e
ingenioso, nos refiere el pintor Pacheco « gran filósofo, de agudos
dichos, y escribió de pintura, escultura y arquitectura». Seguramente conocemos
su aspecto físico, pues será alguno de los personajes cuya fisonomía se repite
en sus cuadros, pero no tenemos seguridad de saber cuál sea.
La naturaleza mística del Greco, el ambiente
artístico bizantino en que transcurre su primera juventud, el contacto con el
exaltado medio religioso español de fines del siglo, y, en cierto grado, también
con la obra de Alonso Berruguete, hacen que su arte, en sus años ya maduros,
sólo conserve de Venecia el extraordinario sentido del color, en que es maestro
de primer orden —lo que no es poco—. Su tensión espiritual, cada vez más aguda
desde que se establece en Toledo, hace que sus personajes se vayan
desmaterializando, y, al espiritualizarse, se alarguen hasta desembocar en tipos
de proporciones equiparables a los modelos bizantinos o a los románicos de
Vezelay, Chartres o Autun, que no en vano había de declarar, pocos años antes de
morir, que el ser «enano... es lo peor que puede tener cualquier género de
forma». Sus actitudes y su manera de componer son, en buena parte, manieristas,
aunque su arrebato espiritual, siempre poderoso, sabe dotar de vida propia lo
que en sus contemporáneos son meras fórmulas. Paralelamente a ese proceso de
exaltación expresiva, se manifiesta en el Greco un progresivo desinterés por el
escenario, tanto arquitectónico como paisajístico, conservando sólo su
importancia los celajes, que, cargados ahora de intensa emoción mística,
adquieren valor que nunca antes han tenido.
Sus obras más importantes y representativas del
período italiano son el tríptico firmado de la Coronación, de la Galería Estense,
de Módena; la Curación del ciego, de la Pinacoteca de Dresde, y la Expulsión de
los mercaderes (fig. 1767) , de la colección Cook, de Londres.
(fig. 1767)
Expulsión de los mercaderes
del templo

Aunque la escena de la
Coronación lo muestra plenamente en la órbita veneciana, el paisaje del Sinaí, y
aun la forma misma del tríptico, descubren el recuerdo de modelos cretenses. De
estilo más avanzado, aunque probablemente de época poco posterior, los fondos
arquitectónicos de la Circuncisión y la Expulsión, de perspectivas muy
violentas, delatan entusiasmo por el Tintoretto. Cuando repite la escena de la
expulsión —y lo hace con casi todas sus composiciones, varias veces— pone en su
ángulo inferior los retratos de Tiziano y de Miguel Ángel, pero no el de
Tintoretto. A estos años, o a época poco posterior, debe de corresponder la
Anunciación, del Museo del Prado, donde el fondo de arquitectura desempeña
todavía importante papel.
El capítulo español del Greco se abre con el
retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo (1577), para el que pinta los grandes
lienzos de la Trinidad (fig. 1768) y de la Ascensión, hoy en los Museos del Prado
y de Chicago. En el primero nos deja ver su admiración por Miguel Ángel. La
grandiosidad del cuerpo del Salvador, su belleza clásica y su sentido
escultórico, su doblamiento y la posición de su brazo, tienen su origen en el
artista florentino, pero el tono expresivo es ya absolutamente del Greco. Los
colores plenos, la manera de contraponerlos y el importante papel que desempeñan
el morado y el amarillo, dicen cómo se ha transformado la paleta veneciana.
(fig. 1768)
La Trinidad

En
la Asunción, ese sentido clásico desaparece, y ello resulta más patente
comparándola con la del Tiziano: la Virgen es una figura gigantesca que asciende
por su falta de peso, mientras que los Apóstoles, que llenan todo el espacio,
dialogan sobre el proscenio (teatro griego). Sus ropajes ya no son medios de subrayar las formas
del cuerpo, sino fundamentalmente valores cromáticos. En la actualidad, los
únicos lienzos primitivos que se conservan en el retablo son los Santos Juanes,
el San Bernardina, el San Benito y la Santa Faz. En el Nacimiento, vendido
recientemente a un particular, y en la Resurrección, de los retablos laterales
del mismo templo, el Greco se muestra muy interesado por los efectos de luz.
A esta primera época pertenece también el llamado
erróneamente Sueño de Felipe II, de El Escorial, que en realidad conmemora la
batalla de Lepanto, como lo indica la presencia de Felipe II, el Pontífice y el
Dux de Venecia.
La transformación española del Greco se
intensifica en el Expolio (fig. 1769), de la catedral de Toledo. El escenario
casi desaparece totalmente, y salvo la espléndida túnica carmín de Jesús y el
acero de la armadura del capitán, todo se reduce a una maravillosa galería de
cabezas rebosantes de expresión, en que al odio del coro se opone el amor y la
bondad infinitos del Salvador.
(fig. 1769)
El Expolio

Dos años más tarde pinta el Greco el Martirio de
San Mauricio (1579) (fig. 1770), de El Escorial. La legión tebana, convertida al
cristianismo, al negarse a rendir culto a los dioses paganos, va a ser diezmada;
los legionarios tienen las armas en la mano, pero como cristianos, prefieren
morir a tener que matar.
(fig. 1770)
Martirio de San Mauricio

El Greco, en lugar de elegir, como Navarrete en el
martirio de Santiago, el momento de la decapitación, centra su interés en las
palabras del santo a sus compañeros diciéndoles que entreguen su vida con
mansedumbre. Los colores son claros, fríos y luminosos.
En 1586 le encarga el párroco de Santo Tomé, de
Toledo, la que será su obra más famosa: el Entierro del señor de Orgaz (fig.
1771), don Gonzalo Ruiz, el piadoso caballero del siglo XIV que por haber
favorecido a los agustinos de San Esteban, merece tanto de San Agustín como del
santo diácono que acudan personalmente el día de su muerte a depositarlo en la
tumba. El Greco renuncia de nuevo aquí a los amplios escenarios venecianos y,
desentendiéndose del fondo, desarrolla la historia en primer plano; imagina una
larga fila de personajes que no dejan ante sí más que el espacio indispensable.
Vestidos todos ellos de negro, forman una superficie muerta coronada por un
friso luminoso de rostros puntiagudos enmarcados por blancas lechuguillas, que
comentan en voz baja el portento y dirigen la mirada al cielo. Sobre ese fondo
negro hace concentrar nuestra mirada en las ricas vestiduras de los dos santos y
en la armadura por ellas encuadrada, vestidura cuya riqueza cromática realzan
aún más, de una parte, los pobres hábitos del franciscano y del agustino, y de
otra, el blanco roquete del cuajutor. En la parte alta del lienzo, en el fondo
de gloria, el Todopoderoso, con la Virgen y el Bautista, reciben el alma del
señor de Orgaz, que en forma de niño es llevada por un ángel, todo ello según
hemos visto en el arte medieval. Los que asisten al entierro consta que son
retratos de personas conocidas del Toledo de fin de siglo, aunque sólo se ha
podido identificar a don Antonio Covarrubias y al párroco que lee los oficios,
que será Andrés Núñez, el que encarga el cuadro al Greco. Autorretrato se supone
el que se encuentra sobre San Esteban, y es muy probable que sea retrato de su
hijo Jorge Manuel el niño del primer término.
(fig. 1771)
Entierro del señor de Orgaz

En las proximidades de 1600 crea el Greco varias
obras —como la "Resurrección (fig. 1772), el Calvario y el Bautismo, del Museo
del Prado— en las que las características de su estilo se acusan cada vez más.
El ascender del cuerpo ingrávido del Salvador de la Resurrección, por simple
virtud de su espíritu, sin esfuerzo muscular alguno, es el mejor testimonio de
la radical metamorfosis que su misticismo ha hecho sufrir a los gigantes del
Juicio Final, de la Sixtina.
(fig. 1772)
La Resurrección

A esta misma época corresponde la serie del
Hospital de Illescas (1603), de la que forman parte el San Ildefonso escribiendo
y la Virgen de la Caridad, motivo de curioso pleito. Obra típica de su última
etapa estilística es la Asunción, del Museo de San Vicente, de Toledo (1607), en
la que el alargamiento de los cuerpos llega" a extremos no superados por él.
El Greco repite casi todas sus composiciones
religiosas, y sabemos que conserva en su taller cuadros pequeños que le sirven
de modelo en esa labor. Entre los temas más repetidos en su taller figuran, por
ejemplo, el Apostolado —los mejores son el de la catedral y el del Museo del
Greco—, San Francisco, del que hace varios modelos, que lo convierten en el
mejor intérprete del San Francisco místico; la Magdalena, San Pedro penitente,
la Expulsión de los mercaderes, la Oración del huerto, etc.
El Greco es, por último, pintor de retratos de
primer orden. De su época italiana es ejemplo típico el de Julio Clovio, del
Museo de Nápoles, todavía muy tizianesco. Ya de época española, pero bastante
antiguo, debe recordarse el del Caballero de la mano en el pecho (fig.
1773), del Museo del Prado.
(fig. 1773)
Caballero de la mano en el pecho

Característicos de los últimos tiempos son el del
licenciado Cevallos, del mismo museo, y el del supuesto Jorge Manuel, del Museo
de Sevilla.
PINTORES CASTELLANOS Y ANDALUCES DE FINES
DE SIGLO
. —Los pintores castellanos del último cuarto de
siglo son de escasa categoría. La personalidad más interesante es Blas de Prado,
que, por encargo de Felipe II, marcha a Marruecos para hacer retratos en aquella
corte y regresa rico, vistiendo a la africana y comiendo en el suelo, a usanza
mora. Su pintura de la Virgen, con el retrato de Alonso de Villegas, autor del
Flos Sanctorum (1569), le eleva sobre los pintores anteriores, por su sentido
colorista. Gregorio Martínez, que es el principal pintor de Valladolid de fines
del siglo —Anunciación, en aquel museo—, sigue, en cambio, la tradición romana.
La pintura andaluza coetánea cuenta con dos
figuras en las que sus méritos literarios son tal vez superiores a los
pictóricos.
Pablo de Céspedes (muerte 1608) marcha muy joven
desde Córdoba, su patria, a la Universidad de Alcalá, donde adquiere amplia
cultura humanística. Pocos años después se encuentra en Roma, gestionando
asuntos del desgraciado arzobispo Carranza, y allí permanece mucho tiempo
cultivando la amistad de anticuarios y artistas, hasta que regresa a su patria a
ocupar una prebenda en su catedral (1577). De su época italiana se conservan las
pinturas murales de la Trinidad del Monte, de Roma, y aunque es mucho lo que se
le atribuye en Córdoba, es muy poco lo que realmente le pertenece. Su obra más
valiosa es la Cena (1595), de la catedral, típica creación manierista de
estudiadas actitudes grandilocuentes (fig. 1774).
(fig. 1774)
La Santa Cena

En la Sala Capitular de la catedral de Sevilla
pinta una serie de Virtudes, en cuyas forzadas actitudes se pone bien de
manifiesto el estilo de fin de siglo. Artista de gran cultura y erudición, y
poeta de muchos quilates, es además uno de nuestros mejores tratadistas, si bien
su obra literaria se conserva muy fragmentada. Su Poema de la Pintura cuenta
entre los mejores de nuestra poesía didáctica.
En Sevilla la figura más conocida es Francisco
Pacheco, pero no menos representativos del manierismo del último tercio del
siglo son Vasco Pereira y Alonso Vázquez. Exponentes ambos, tal vez los más
característicos, de ese estilo en el que la fogosidad y la vida rafaelesca
latentes en la anterior generación de Campaña y Vargas, se marchitan, y el
interés del pintor se pierde en dibujar pequeños músculos y en plegar telas
quebradizas. Vasco Pereira es portugués, y su obra típica es el San Onofre, del
Museo de Dresde (1583). Alonso Vázquez es autor de varias Historias mercedarias,
del Museo de Sevilla, donde también se guarda el Tránsito de San Hermenegildo
(1603) (fig. 1775), que es uno de los primeros grandes lienzos de la escuela sevillana
con la subdivisión de cielo y tierra.
(fig. 1775)
Tránsito de San Hermenegildo

Consta que lo deja sin terminar al marchar a
Méjico, donde debe de terminar sus días. Es muy posible que también sea suya la
Cena atribuida a Céspedes, del mismo museo sevillano.
PACHECO
. —Francisco Pacheco (muerte 1654) entra muy
pronto en las tertulias literarias, viviendo un ambiente que será decisivo en su
porvenir. Hace dos viajes a Madrid, en el primero de los cuales visita al Greco
en Toledo, y en el segundo, ya con sesenta años, puede vanagloriarse de la
formación de Velázquez, casado con su hija. Su vida se prolonga aún hasta
mediados de siglo, cuando ya su yerno ha pintado varias de sus obras famosas, y
Murillo otras no menos típicas de su estilo. Pacheco, sin embargo, continúa
aferrado al suyo de fines del XVI, algo semejante al de Alonso Vázquez, seco de
color y, en general, poco inspirado.
Inflamada la Sevilla de su tiempo por el fervor
concepcionista, Pacheco nos ha dejado varias Inmaculadas (fig.
1776). Las que
tienen al pie el retrato de su cantor Miguel del Cid —en la catedral —y la del
canónigo Vázquez de Leca, responden a un mismo tipo.
(fig. 1776)
Inmaculada con el cantor
Miguel del Cid

En otra de 1630, de
propiedad particular, Pacheco se esfuerza, en cambio, por producir la impresión
de la intemporalidad más absoluta. Artista preocupado por problemas de
iconografía, pinta un Cristo con cuatro clavos (1614), de propiedad particular,
ilustre precedente por su serenidad del de Velázquez. Además de varias historias
mercedarias del Museo de Sevilla, deben recordarse sus pinturas mitológicas del
techo de la casa de Pilato (1603), dedicado a la Apoteosis de Hércules en el
Olimpo.
La parte hoy más útil de la obra de Pacheco es la
literaria. En Arte de la Pintura son particularmente importantes, además de las
noticias de obras y de artistas, los capítulos dedicados a la técnica pictórica,
a la policromía escultórica, que él mismo practica en esculturas de Martínez
Montañés, y a la manera de representar los temas religiosos. Muy valioso es
también el Libro de retratos de ilustres y memorables varones, donde colecciona
los que va haciendo durante cincuenta años de su vida, entre los que asisten y
desfilan por su tertulia. Ilustrados por un largo elogio del retratado, no
precisa encarecer el valor iconográfico e histórico de esta obra. Por desgracia,
sólo se conserva aproximadamente una tercera parte de los que hizo, en su casi
totalidad en el Museo Lázaro, de Madrid.
ARAGÓN Y LEVANTE. AMÉRICA
. —En la antigua corona de Aragón la figura de
mayor relieve es el flamenco Rolan de Mois, a quien trae el duque de
Villahermosa al regresar de los Países Bajos con Felipe II. Con esa vida y
sentido cromático que suele distinguir a sus coterráneos, aunque mucho menos que
nuestro Navarrete, se encuentra influido por la escuela veneciana. Sus obras
principales son los grandes retablos de los monasterios de Tafalla (1571) y
Fitero (1590). El enorme lienzo central de la Asunción, de Tafalla, está
compuesto con indiscutible grandiosidad, y sus ángeles, pletóricos de vida y
alegría, hablan más de Venecia que de Roma. La Adoración de los Reyes, del
primer retablo, la repite, con ligeras variantes, en el de Fitero y en otros dos
ejemplares del Museo de Zaragoza.
Rolan de Mois goza también en Zaragoza de gran
fama de retratista, y de su mano se consideran algunos retratos de los
antepasados del duque de Villahermosa, en la colección de sus descendientes en
Madrid.
En esta misma época pintan, en Aragón y Navarra,
el italiano Pedro Morone —pinturas murales de la capilla de Zaporta, de La Seo—
y Pedro Pertus (muerte 1583) —historias de Santa Lucía (1576), en el Museo de
Zaragoza—.
En Valencia trabajan los Sariñena, de los cuales
el más importante es Juan (muerte 1634), autor del retablo de la Diputación
(1607) y de dos grandes retratos corporativos —de la Generalidad (1597) y de los
Jurados— de la sala de honor de aquel edificio. Los restantes retratos
corporativos de la misma sala son obra también de los principales pintores de
ese momento: Vicente Requena, el saboyano Francisco Pozzo, Vicente Maestre, Luis
Mota y Sebastián Zaidia. Mientras estos grandes lienzos hacen también pensar más en
Venecia que en Roma, el conquense Bartolomé Matarana, en sus pinturas murales
del Colegio del Patriarca (1597), produce la impresión contraria.
En Cataluña trabaja el romano Isaac Hermes Vermey,
que pinta retablos para la iglesia del palacio, de Barcelona (1582), y para
Santo Domingo, de Valencia.
La pintura hispanoamericana comienza con el
Renacimiento, pues aunque no faltan en Méjico algunas obras aún influidas por el
gótico, constituyen minoría de escasa importancia. El Renacimiento ofrece en
Méjico dos grandes capítulos: el de la pintura mural y el de la pintura de
caballete.
Reducida la decoración del interior de los
conventos a la pintura mural, adquiere ésta en la Nueva España desarrollo sin
paralelo en la Península. Buenos ejemplos de este tipo de decoración conservan
los conventos de Huejotzingo y de Actopan, siendo particularmente notable en el
primero la Sala de Profundis, con la candorosa escena de los Doce franciscanos
que comienzan la evangelización del país, y en el segundo, la escalera.
Entre los pintores de retablos figuran el flamenco
Pereyns, el vasco Echave y el anónimo Maestro de Santa Cecilia. Simón Pereyns,
cuyo nombre no tarda en castellanizarse en Perinés, llega a Méjico en 1566;
aunque, protegido por el virrey, no tarda en abrirse camino, la envidia de sus
compañeros y su falta de prudencia le obligan a comparecer ante el Santo Oficio,
e incluso a sufrir tormento. En el retablo mayor de Huejotzingo (1585), su obra maestra, se inspira a veces con bastante fidelidad en su paisano
Martín de Vos. Artista más importante probablemente que Peryns, es el
desconocido autor del hermoso cuadro de Santa Cecilia, del Museo de
Méjico, una de las más bellas creaciones de toda la pintura española de este
momento. A él se debe también la Sagrada Familia, del mismo museo. Baltasar Echave Orio llega en 1573 a Méjico, donde muere hacia 1620, y es cabeza de una
familia de pintores. Hombre erudito, autor de unos Discursos sobre la antigüedad
de la lengua cántabra, es un renacentista tardío, formado probablemente en
Toledo, que no hubiera desentonado en El Escorial, y que por su estilo, aunque
sus obras fechadas son posteriores a 1600, corresponde plenamente a la centuria
anterior. Dentro de su amaneramiento, de estirpe florentina y romana, se
distingue de sus compañeros mejicanos por su sentido colorista, que a veces
delata clara influencia veneciana. En el Museo de Méjico tiene varias pinturas,
entre ellas, el Martirio de San Aproniano (fig. 1777) y la Presentación en el
templo. A él se debe también el retablo de Xochimilco.
(fig. 1777)
Martirio de San Aproniano

En América del Sur, aunque no faltan pintores
españoles, como el sevillano Alonso de Narváez, autor de la venerada Virgen de
Chiquinquirá (1555), en Colombia, los nombres más conocidos son los de los
italianos Mateo Pérez Alesio, a quien ya nos hemos referido, y que pinta el San
Cristóbal de la catedral de Lima, destruido por el terremoto de 1746, y Angelino
Medoro, que trabaja en Bogotá y Lima. En el convento de San Francisco, de esta
última población, se conserva un San Buenaventura suyo.
PINTURA PORTUGUESA DE LOS SIGLOS XV Y XVI
. —La pintura renacentista italiana tiene en
Portugal menos eco que en Castilla. Es cierto que produce un Álvaro Pires de
Evora, que se traslada a Italia y deja allí, en la primera mitad del siglo XV,
pinturas de estilo tan italiano como la Virgen del Museo de Pisa, pero no se
conserva en Portugal un grupo de obras de estilo trecentista equiparable al
citado en la catedral de Toledo.
En cambio, después de mediar el siglo XV
encontramos un artista de indiscutible primer orden, incorporado de una manera
decidida a la nueva tendencia flamenca. Su nombre es Nuño Goncalves, y consta
que en 1463 es pintor del rey. A juzgar por su estilo, parece razonable
suponerlo formado en Flandes. Al par que la técnica y los convencionalismos de
la escuela, debe de aprender allí lo que es mucho más importante: que el nuevo
rumbo de la pintura septentrional es un naturalismo decidido, y el valor del
arte del retrato. Artista de poderosa personalidad, dota su naturalismo de un
tono grave típicamente hispano, que contribuye en no pequeña medida al aire
heroico que distingue a su obra maestra. Y el hecho es tanto más sorprendente
porque es un galería de retratos modelos de la clase social a que cada personaje
pertenece o, lo que es lo mismo, el retrato del pueblo portugués en los días de
su gran empresa de la conquista del mar.
Ese es, en efecto, el verdadero tema del
políptico: el pueblo portugués en el momento de sus gloriosas hazañas marítimas
reunido en torno a San Vicente. Aunque al ser descubiertas hace muchos años, se
supuso que esta serie de tablas procedía de dos trípticos, hoy se
prefiere ordenarlas, de acuerdo con la convergencia de las líneas de la solería,
y con la composición general, formando un gran políptico, con las dos tablas más
anchas en el centro y las cuatro más estrechas a los lados. En él vemos al Santo
diácono adorado por todo el pueblo portugués, desde el pescador, que envuelto en
su red aparece en uno de los extremos, hasta la familia real, que en primer
término rodea al Santo. A la derecha le adoran el rey Alfonso V el Africano, el
futuro Juan II, niño todavía, y el gran don Enrique el Navegante, tío del
monarca y alma de los estudios y empresas marítimas, que tanta gloria y
beneficios materiales reportan al país (fig. 1778).
(fig. 1778)
Poliptico de San Vicente

A Nuño Goncalves se atribuyen además los cartones
de los hermosos tapices flamencos de la Conquista de Ardía, conservados en el
pueblo de Pastrana (Guadalajara).
La pintura portuguesa no vuelve a producir ningún
otro artista del genio de Nuño Goncalves; pero, en cambio, en el siglo XVI el
número de sus cultivadores se multiplica hasta formar una verdadera escuela. Las
riquezas de Oriente, que inundan el puerto de Lisboa, no sólo permiten dar
trabajo abundante a un crecido número de pintores hijos de la tierra, sino que
mantienen una colonia de flamencos establecidos en la gran ciudad, y todavía es
necesario importar de Flandes numerosas obras para satisfacer la necesidad de
nuevos retablos. Como es natural, no obstante el estilo renacentista de la
escuela así formada, la influencia en ella predominante es la flamenca; en
ocasiones tan intensa que no siempre es fácil precisar si se trata de obra
importada o hecha en el país, máxime cuando, como queda dicho, son varios los
pintores flamencos avecindados en Portugal.
Entre la pléyade de pintores de la primera mitad
del siglo XVI destacan: Vasco Fernández, autor del San Pedro, del Museo de Viseo
(fig. 1779), y de la Venida del Espíritu Santo, de
Santa Cruz de Coimbra (1535).
(fig. 1779)
San Pedro

Frey Carlos, de sangre flamenca, aunque nacido en
Lisboa, pinta el
retablo del convento de Espinheiro, donde profesa en 1519, una de cuyas obras
más bellas es la Virgen de la leche , del Museo de Lisboa.
Cristóbal de Figueiredo, que en la historia de Heraclio con la cruz (1522) sabe
reflejar todo el lujo en la indumentaria de la época.
Por desgracia, ignoramos el nombre del Maestro
llamado de Santa Auta, por la encantadora serie de escenas de la vida de esta
santa del convento de Madre de Dios (1520), de Lisboa. Pintada en ocasión del
donativo de las reliquias de la compañera de Santa Úrsula hecho por el emperador
Maximiliano, se narra en ella, con encanto e ingenuidad admirables, la conocida
historia del viaje, esmaltada de pintorescos pormenores, terminándose con la
procesión del traslado de las reliquias al monasterio (fig.
1780).
(fig. 1780)
Santa Auta

Gregorio Lopes,
por último, hace gala de su sentido poético en la Virgen con el Niño rodeada de
ángeles (fig. 1781), del Museo de Lisboa, donde nos ofrece en el lenguaje renacentista una
versión rebosante de vida y fervor del jardín místico de los viejos maestros
góticos.
(fig. 1781)
Virgen con el Niño rodeada de ángeles

Después de tan deslumbrante florecimiento, la vena
pictórica portuguesa disminuye durante la segunda mitad del siglo hasta casi
agotarse.