PINTURA ALEMANA ANTERIOR A
DURERO
DURERO
CRANACH Y GRÜNEWALD
HANS HOLBEIN
FRANCIA
PINTURA ALEMANA ANTERIOR A DURERO
. —Como se ha dicho, uno de los países donde el
estilo internacional arraiga más profundamente y produce obras más bellas es en
el noroeste de Alemania. Colonia, que conservará su fecundidad hasta fines de
siglo, produce alguna de las obras más representativas, entre las que descuella
la Verónica, con ángeles diminutos, de la Pinacoteca de Munich. La gran figura
de la escuela es Esteban Lochner, que trabaja en el segundo cuarto del siglo y
se siente ya influido por el estilo flamenco. Su obra maestra es la Adoración de
los Reyes, de la Catedral; pero la más representativa de este momento es la
Virgen del Rosal (fig. 1782), del Museo de aquella población.
(fig. 1782)
Virgen del Rosal

Plenamente dentro
del estilo internacional se encuentra, en Hamburgo, el Maestro Francke, cuyo
Nacimiento es de las interpretaciones más poéticas del tema. Aunque de autor
desconocido, es típica creación de esta fase estilística el Jardín del Paraíso,
del Museo de Francfort.
Después de este florecimiento de la pintura
alemana de principios del siglo XV, la actividad pictórica no decae. Antes al
contrario, adquiere amplitud geográfica mucho mayor. A la vieja escuela de
Colonia se agregan ahora otras varias en el Alto Rhin y en Baviera, todas ellas
dominadas desde mediados del siglo XV por la influencia flamenca.
Colonia, debido a su proximidad a los Países
Bajos, se distingue por la mayor intensidad de esa influencia. En el Maestro de
la Vida de María, por ejemplo, se advierte claramente que el modelo inspirador
es Dirck Bouts, si bien la claridad del color y la expresión más dulce responden
a la sensibilidad ancestral de la región. En el Alto Rhin, en Basilea, trabaja
ya antes de mediar el siglo Conrado Witz en un estilo de tipo francamente
eyckiano, de intenso valor plástico y modelos muy personales (fig.
1783). Sus
obras más importantes y numerosas se conservan en el Museo de aquella población,
y ya hemos visto cómo su estilo influye en nuestro Gallego.
(fig. 1783)
Santas

Una etapa más
avanzada de la influencia flamenca representa en Nuremberg Miguel Wohlgemut, que
gracias a su activo taller, en que entra el joven Alberto Durero, pinta gran
número de retablos, a uno de los cuales corresponden las historias de la Pasión,
de la Pinacoteca Vieja, de Munich. De calidad artística más fina y de mayor
personalidad es el tirolés Miguel Pacher, que parece recoger algo de la
tradición de Witz; pero, sobre todo, próximo a Italia, aprende de Mantegna el
interés por el escorzo y por el volumen, y se hace eco de los efectos de
perspectiva de cuatrocentismo italiano. Sus historias de San Wolfgango, en
Salzburgo, ponen bien de manifiesto todos estos valores.
Capítulo valioso del primitivismo alemán es el de
sus grabadores, que ya en esta época revelan excepcionales aptitudes para este
género pictórico. Bien en madera —xilografía— o en cobre —calcografía—, producen
ya obras de primer orden. El Maestro E. S., en la Virgen de los Ermitaños,
descubre las grandes posibilidades del grabado en cobre; pero el gran maestro
del grabado alemán anterior a Durero es Martín Schongauer (muerte 1491),
dibujante admirable, de fecundísima fantasía y de profundo sentido dramático.
Sus estampas de la Vida de Jesús tienen tal aceptación, aun fuera de Alemania,
que sugieren composiciones al propio Rafael, y popularizan su nombre, que en
Italia se convierte en «II bel Martino», y en Francia en el «Beau Martin». En
España se copian con extraordinaria frecuencia. Tanto Schongauer como el maestro
E. S. trabajan en el sur de Alemania.
DURERO
. —La intensa actividad pictórica gótica, influida
ya por el Renacimiento, culmina en las grandes figuras de la primera mitad del
siglo XVI, para, prácticamente, desaparecer después y no producir pintores de
interés general hasta tiempos muy recientes. Salvo, tal vez, en Holbein, el
Renacimiento penetra poco en los pintores alemanes, y aun tratando temas
mitológicos, continúan teniendo un sentido de la forma y una expresión
típicamente germánicos.
Alberto Durero (muerte 1528) nace en el corazón de
Alemania, en Nuremberg, la ciudad germánica por excelencia, rodeada de murallas,
con calles empinadas y casas de agudos piñones, que, a pesar de sus
edificaciones renacentistas, continúa siendo gótica. Hijo de un orfebre, estudia
con Wolhgemut, e impulsado por el deseo de saber, emprende largos viajes. Siendo
ya pintor famoso, visita los Países Bajos, donde trata a Patinir y Van Orley;
pero, sobre todo, recorre dos veces el norte de Italia, deteniéndose
principalmente en Venecia. Giovanni Bellini, según el mismo nos dice, es quien
le produce mayor admiración.
En Durero, el afán de saber renacentista se une al
temperamento germánico, igualmente ansioso de nuevos conocimientos y de
superarse. Cuando tiene noticia de algún animal desconocido llegado de Indias,
acude presuroso a dibujarlo, y con el mismo interés de naturalista copia las
flores y plantas de su país. Tal vez los dibujos de Leonardo delatan mirada y
estilo tan penetrantes como los suyos. Y ese mismo deseo de saber es el que le
lleva a convertirse en uno de los teóricos del Renacimiento. La superioridad del
arte clásico es, según él, debida a la teoría, y lamenta que no se conserven los
tratados de los grandes artistas de la antigüedad. Como estima que el artista no
debe dejarse dominar por los impulsos de la imaginación, y cree que la manera de
evitar la arbitrariedad es conocer bien las proporciones, escribe un Tratado de
las proporciones y unas Instrucciones sobre la manera de medir, que no son sino
partes de una obra mayor dedicada a la formación del artista. Allí expone las
diversas proporciones que, en su opinión, debe de tener el cuerpo humano
masculino y femenino en las diversas edades, proporciones que son citadas como
artículo de fe por no pocos tratadistas posteriores. Sus hermosos desnudos de
Adán y Eva (fig. 1784), del Prado, son buen testimonio de estas
preocupaciones.
(fig. 1784)
Eva y Adán

Con igual interés estudia las medidas del caballo, a que dedica
uno de sus grabados. Pero pese a esas preocupaciones y a sus elucubraciones
teóricas para lograr las formas clásicas, precisa reconocer las diversas edades,
proporciones que son citadas como artículo de su temperamento excesivamente
analítico, intensamente expresivo y falto de gracia y ligereza.
Durero ha sido uno de los más grandes dibujantes
que han existido. Pocos han manejado el lápiz con su firmeza y con su seguridad
desde su primera juventud, como lo prueba su extraordinario autorretrato hecho a
los trece años. Formado con un orfebre, debe de entrar pronto en contacto con el
arte del grabado, para el que la seguridad del pulso es uno de los requisitos
indispensables. En ese arte logra perfección no alcanzada por ningún grabador
anterior a él, y será necesario esperar a los días de Rembrandt para que nazca
otro de su categoría.
De sus pinturas juveniles, la más importante es la
Adoración de los Reyes, de los Uffizi (1504), en la que se manifiesta el artista
enamorado del dibujo, y formado en un ambiente gótico (fig.
1785).
(fig. 1785)
Adoración de los Reyes

A raíz de su
viaje a Venecia, en 1506, durante el que pinta algunos de sus mejores cuadros
religiosos, su estilo se hace más jugoso y su colorido se enriquece
notablemente. En la Fiesta del Rosario, que pinta para el «Fondaco dei tedeschi»
de la ciudad de las lagunas, hoy en el Museo de Praga, es fácil advertir cómo
quiere mostrar a los venecianos que no es sólo el grabador detallista y de
dibujo seguro. Las formas se hacen más blandas, y hasta en algunos personajes es
patente la influencia de Giovanni Bellini, por quien tanta admiración siente.
Composiciones de numerosas figuras son también la Coronación y la Trinidad.
Pero las más monumentales de todas sus figuras son
las dos tablas de los Cuatro Santos (1526) (fig. 1786), poco anteriores a
su muerte. Convertido recientemente al luteranismo, coloca en primer plano a San
Pablo y a San Juan, los santos preferidos por el reformador, y nos los presenta
de perfil, mientras sus dos compañeros aparecen de frente; es decir,
inspirándose directamente en las tablas laterales de la Virgen, de Bellini,
inspiradas a su vez en Mantegna. Pero si la monumentalidad se remonta, en su
origen, al maestro de Padua, el dramatismo de la expresión de los rostros es
germánico. El hondo estudio expresivo de las cabezas explica que estas cuatro
figuras se hayan denominado «los cuatro temperamentos»: el sanguíneo, el
colérico, el flemático y el melancólico. Realmente, en ninguna obra alcanza en
tal grado la fusión del sentido italiano de la grandiosidad de la forma con la
intensidad expresiva germánica.
(fig. 1786)
Tablas de los Cuatro Santos

Durero es también gran pintor de retratos. Él
mismo se retrató en repetidas ocasiones; a los trece años, en dibujo con punta
de plomo, hoy en Viena; en 1493, en pergamino, en el Louvre, de tres cuartos, y
sobre fondo negro, con unas hojas de cardo en la mano; cinco años más tarde, en
el Museo del Prado (fig. 1787), con larga melena y ventana al fondo, y en 1506
—Museo de Munich—, de frente, con cabellera aún más abundante, mirar clavado en
el espectador, y mano nerviosa, sobre el pecho, en primer término.
(fig. 1787)
Autorretrato (Museo del
Prado)

El retrato dureriano, con el viaje a los Países Bajos y el avanzar de los años, adquiere
más suave modelado y, en cierto grado, una expresión más dulce. El retrato de
Van Orley (1521), del Museo de Dresde, y el de Desconocido del Museo del Prado,
son buena prueba de ello.
Mucho más que la pintura de caballete difunden la
fama de Durero fuera de Alemania sus grabados, en los que hace gala no sólo de
sus dotes de dibujante, sino de su gran imaginación y fuerza expresiva. En los
primeros años del siglo (1418-1506) graba en madera las tres grandes series: el
Apocalipsis (fig. 1788), la Gran Pasión y la Vida le la Virgen, a las que siguen
otras en cobre, que descubren la influencia del viaje a Italia, no sólo en los
modelos, sino en la mayor claridad en la composición. Mientras en el Apocalipsis
patentiza la profundidad del genio dramático de su raza, en las historias del
Nuevo Testamente deja uno de los repertorios iconográficos más consultados por
los artistas de los siglos posteriores.
(fig. 1788)
Apocalipsis

Además de estas series, graba estampas
sueltas, algunas tan famosas como el Caballero y la muerte (1513), la Melancolía
o el San Jerónimo (1514). Suele firmar con un monograma formado por una D
encajada en una A, ambas capitales.
CRANACH Y GRÜNEWALD
. —El pintor Lucas Cranach (muerte 1533), de la
misma generación de Durero, es, como él, de Franconia, pero trabaja
principalmente en la Corte del elector de Sajonia. Amigo de Lutero, a quien
retrata, es el pintor de la Reforma. Cranach no es artista de la categoría de
Durero. No obstante, su interés por los temas mitológicos y por el
desnudo, su concepto de la belleza es menos clásico que el de aquél. Sus Venus (fig.
1789) están casi tan lejanas del ideal clásico como las Evas de Van der Weyden, y
otro tanto sucede a su París, barbado y tocado al gusto de la época; pero, con
todo, sus pinturas de este género constituyen una de las manifestaciones más
curiosas del renacimiento pictórico alemán.
(fig. 1789)
Venus

De escasa fantasía, su ideal humano
lo repite con tanta insistencia que hace su obra no poco monótona; mas a pesar
de ella, sus composiciones religiosas tienen gran aceptación, a juzgar por las
muchas que se conservan de su estilo. Cranach pinta también retratos, entre los
que pueden recordarse los de Lutero y del Elector de Sajonia. El Museo del Prado
posee dos Paisajes de Cranach con escenas de cacería y los retratos de Carlos V
y del Elector de Sajonia., Suele acompañar su firma con un dragoncillo.
De mayor valía que Cranach es Matías Grünewald
(muerte 1530), algo más joven que él, que muere al cumplir cuarenta y cinco
años. Es el pintor en quien la expresión trágica alcanza su máxima intensidad.
Pocos han forzado las proporciones de la figura humana y violentado los gestos
como él en el Calvario (fig. 1790), del Museo de Colmar. En el deseo de
intensificar la sensación de muerte, clava en unos maderos mal encuadrados un
cuerpo gigantesco, cosido de espinas y salpicado de sangre, cuyos pies y manos
se retuercen como las raíces de un olivo milenario. Su realismo, unido a la
exaltación dramática del grupo de la Virgen y San Juan, y a la despreocupación
más absoluta por la belleza clásica, más hace pensar en el barroquismo expresivo
del gótico de última hora que en una obra renacentista.
(fig. 1790)
Calvario

La deslumbrante historia
de la Resurrección descubre además en Grünewald a un colorista de primera
calidad, amigo de los efectos de luz. Sandrart, el Vasari tudesco, le llama «el
Correggio alemán».
Formando contraste con la nota trágica de
Grünewald, trabaja en el sur de Alemania un grupo de pintores que se dedica a
cantar la belleza del frondoso paisaje alpino. La figura más destacada de esta
escuela, llamada del Danubio, es Alberto Altdorfer (muerte 1538), autor de la
Batalla de Alejandro, de la Pinacoteca Vieja de Munich.
HANS HOLBEIN
. —Holbein (muerte 1543) es bávaro como Durero,
pero de una generación más joven que él. Es hijo de Augsburgo, el balcón del
mundo germánico sobre Italia. Si Durero es el vivo reflejo del fuerte
temperamento de Franconia, Holbein parece encarnar la blanda sensibilidad suaba.
Marcha muy joven a Basilea, la población donde convergen Alemania, Francia y los
Países Bajos, famosa por sus impresores y por su Universidad. Allí trata a
Erasmo, y provisto de cartas de éste para Tomás Moro, marcha a los pocos años,
antes de cumplir los treinta, a Londres, consiguiendo, al fin, retratar al
monarca y convertirse en el pintor de la aristocracia inglesa.
Sin la inquietud espiritual de Durero y Grünewald,
es el temperamento más clásico que ha producido la pintura alemana de esta
época. Es, en realidad, el más internacional y el que asimila más intensamente
el Renacimiento, aunque lo mismo que Durero, sólo visita el norte de Italia. La
huella dejada en él por Leonardo es, sin embargo, fecunda. Su principal obra de
carácter religioso, en la Virgen del burgomaestre Meyer (1526) (fig.
1791), sin duda
la Virgen más renacentista de toda la pintura alemana, descubre su admiración
por Rafael. En El Cristo muerto, del Museo de Basilea, no obstante lo que el
tema se presta a ello, se limita a expresar con fuerza, pero sin estridencia, la
idea de la muerte.
(fig. 1791)
Virgen del burgomaestre Meyer

Holbein es, sobre todo, pintor de retratos. Su
vista para penetrar en el modelo es tan inquisitiva como la de Durero, pero sabe
subordinar el detalle al conjunto, y, aunque con precisión admirable, dibuja con
blandura tal que presta vida nada corriente al retrato. Sus dibujos
preparatorios, hechos con minuciosidad de obra definitiva, son retratos de
delicadeza extraordinaria. El conocido retrato de Erasmo (1523) pintado para
Tomás Moro es obra juvenil, en la que descubre su compenetración con el
retratado, para quien ilustra el «Elogio de la locura». Debido en buena parte a
la influencia de los retratistas flamencos, y particularmente de Metsys, su
concepto del retrato se enriquece, y de ello es buena prueba el de Su mujer y
sus hijos (1528), que permite imaginar lo que seria el de Tomás Moro y su
familia, sólo conocido por un dibujo. En ellos sienta las bases de lo que será
el retrato del grupo al norte de los Alpes. A su primera etapa inglesa
corresponde el espléndido retrato de Jorge Gize (1532) (fig.
1792), alemán establecido en
Londres, que aparece en su gabinete de trabajo con un sinnúmero de pormenores en
el fondo, pero donde la finura del modelado del rostro contribuye a subrayar la
distinción con que Holbein procura presentarnos a sus modelos.
(fig. 1792)
Retrato de Jorge Gize

Esta nota de
distinción, que caracteriza a sus personajes, será semilla que, como veremos,
echará hondas raíces en la escuela inglesa. En el retrato de Enrique VIH, que
pinta cuatro años después y que le franquea la entrada en la Corte, se ve cómo
ese deseo de elegancia lucha con modelo poco apropiado para satisfacerlo. Siguen
a éste los de las reinas Juana Seymour y Ana de Cleves, el de Juana de Cleves y
el del Príncipe de Gales, niño, género infantil de tan brillante porvenir en la
pintura inglesa. En el de los Dos embajadores (fig. 1793), de la Galería Nacional
de Londres, crea el tipo de retrato doble, también de fecundas consecuencias en
Inglaterra.
(fig. 1793)
Los dos embajadores

FRANCIA
. —La pintura francesa del siglo XVI, aunque en
realidad sólo es de interés nacional, descubre ya algunos de los rasgos que la
distinguirán en las dos centurias siguientes. Las fuentes de inspiración
principales son la italiana y la flamenca. La presencia de Leonardo de Vinci y
de Andrea del Sarto, en Francia, es de escasa influencia. La difusión del nuevo
estilo italiano se debe a la escuela de Fontainebleau, formadas por artistas
italianos allí establecidos, entre los que sobresalen los manieristas
florentinos Rosso y Primaticcio y el paisajista Niccolo del'Abbate. Gracias a
ellos, la mitología y el desnudo se introducen en Francia. De los franceses que
se forman con los italianos debe recordarse a Juan Cousin, autor del Juicio
final, del Louvre.
El otro capítulo de la pintura renacentista
francesa está constituido por los retratistas. El gusto por retratarse se
difunde con rapidez en Francia, y si la costumbre de dibujar previamente al
modelo con la mayor precisión resta valor al colorido en el retrato al óleo, da
lugar a que se considere retrato definitivo el simplemente dibujado. Hechos a
punta de plomo y a veces tocados al pastel, suelen ser de una precisión y, al
mismo tiempo, de una delicadeza y blandura de modelado dignas de Holbein. Aunque
en los pintados al óleo no falte la influencia italiana, el retrato francés de
este período es ante todo de inspiración flamenca. Considerados durante mucho
tiempo los más de estos retratos obra de Clouet, sabemos hoy que bajo ese nombre
se oculta la actividad de varios pintores, entre ellos dos Clouet (fig.
1794), de
origen flamenco; Corneille de Lyon, que propiamente es de La Haya, etcétera.
(fig. 1794)
Retrato de Isabel de
Austria
