EL MUEBLE. EL TAPIZ
CERÁMICA
EL VIDRIO
HIERROS. ORFEBRERÍA
ESMALTE. ARTE LAPIDARIO
EL MUEBLE. EL TAPIZ
. —Así como en el arte del tapiz es Flandes el
país que marcha a la cabeza, el mobiliario renacentista es creación italiana.
Como en el período gótico, el mueble más
importante es el arcón, el cassone, en el que se guarda no sólo la ropa, sino
todos los objetos de valor. Los labrados en ocasión de bodas son particularmente
lujosos y se decoran en forma diversa. Aunque lo más frecuente es conservar la
madera al descubierto, no falta, sobre todo en el siglo XV, el tipo de cassone
recubierto de estuco con decoración ligeramente en relieve. De gran valor
artístico son los que presentan en su frente historias de pintura. Ejecutadas en
muchos casos por artistas de primer orden, son verdaderos cuadros, y como tales,
arrancadas del arca para la que se pintaron, figuran en no pocos museos.
Decoraciones de cierto carácter pictórico son las
perspectivas de playas y calles en taracea, o mosaicos de madera de diversos
colores. Esta es la técnica llamada en italiano intarsia, con la que se cubren
también grandes superficies en algunas sillerías de coro. Labor igualmente de
taracea es la llamada a la certosina —a la cartujana—, o de piezas geométricas
muy menudas, con las que se forman filetes, estrellas y polígonos para decorar
arcones y otros muebles. Dada la semejanza formal del cassone y el sarcófago
pagano, y el florecimiento de la escultura en el siglo XVI, se enriquecen
también su frentes con relieves; la base entonces suele cargar en
garras de león. Cierto parentesco con el cassone tiene el banco, hasta el punto
de que, con frecuencia, es mueble qué sirve ambos fines. El banco-arcón se
denomina en italiano cassapanca. También suele hacer oficio de arcón
la alta tarima en que descansa la cama italiana del Renacimiento.
Aunque la silla de patas cruzadas en aspa es
conocida desde la Edad Media, ahora se generaliza bastante la silla de tijera,
plegable o fija, y respaldo y asiento de cuero o tela. En la mesa, lo más característico es que apoya en dos patas
sobre un larguero, entre las cuales se introduce ya en época avanzada una serie
de balaustres. Para escribir se emplea, además, un mueble con tapa móvil, como
nuestros bargueños, que se describen a continuación.
En España, el mueble más típico es el bargueño o arquimesa. Consta de una mesa con patas sobre dos travesaños unidos por
un larguero en el que descansa una arquería sobre columnillas, y de una especie
de arca, cuyo frente anterior abatible, al quedar horizontal, sirve para
escribir. Su interior está distribuido en numerosos cajoncillos. Debe su nombre
al pueblo toledano de Bargas, que se distingue en su fabricación.
En cuanto a las telas, la principal novedad
consiste en que al gran tallo asimétrico ondulado y oblicuo reemplaza una traza
de óvalos apuntados perfectamente simétricos.
Del florecimiento de la tapicería en Flandes se
trató en el período gótico. Baste decir que durante el Renacimiento la
perfección de sus talleres es reconocida en toda Europa, como lo demuestra el
hecho de que el Pontífice envíe a Bruselas, para que sean reproducidos en
tapices, los cartones de Rafael de los Hechos de los Apóstoles. Para esa fábrica
pinta cartones Van Orley. Las mejores colecciones de tapices son las del Palacio
Real de Madrid y del Palacio Imperial de Viena.
CERÁMICA
. —Pocas artes industriales alcanzan tan alto
grado de esplendor durante el Renacimiento como la cerámica. La italiana es de
barro cocido y vidriado, que en Italia adquiere, como hemos visto al tratar de
la medieval hispanoárabe, el nombre de mayólica. Los colores que se emplean son
azul, amarillo, rojo, violeta y verde, obtenidos, respectivamente, de los óxidos
de cobalto, cromo, hierro, manganeso y de la mezcla de cobalto y cromo. El
manganeso permite, además, obtener tonos que van desde el castaño al negro. En
un principio estos óxidos se dan sobre la capa del vidriado de estaño antes de
la cochura, vidriado con que se funde el color de los óxidos metálicos durante
ésta. En el siglo XVI, para que el color resulte aún más brillante, sobre este
vidriado coloreado de estaño se da una segunda capa de vidriado de plomo,
llamado la coperta.
La diferencia entre el vidriado de plomo y el de
estaño consiste en que el primero es transparente, y el segundo, después de
cocido, resulta blanco. Debido a ello, en un principio, los ceramistas italianos
que sólo emplean el primero, para que no se transparente el color del barro,
recubren éste con una capa muy fina de arcilla blanca llamada engobio, capa
sobre la que dan el color, y que, a su vez, cubren con el vidriado transparente
de plomo. Es la cerámica denominada media mayólica y que florece en el siglo XV.
La necesidad de competir con la cerámica vidriada
morisca española, mucho más brillante, hace preferir la mayólica a la media
mayólica. Al parecer, la ciudad que a fines del siglo XV se adelanta en su
fabricación es Faenza, y la realidad es que ese nombre es en Italia sinónimo de
mayólica. La mayólica italiana fabrica piezas muy variadas, pero predominan los
grandes platos, y los tarros de botica o albareíli. Aunque en la segunda mitad
del siglo XVI el ceramista italiano también se preocupa bastante de la forma del
vaso, con anterioridad su principal interés se cifra en la decoración. Esta
consiste en bustos, por lo general de mujer, con frecuencia con su nombre y el
calificativo de Bella, historias por lo común mitológicas y grutescos.
En Italia existen varias ciudades alfareras con
estilo propio, aunque, naturalmente, no falten influencias mutuas y tipos
comunes. Figuran entre las principales las que siguen: la ya citada Faenza, con
bustos y figuras femeninas y vidriado de fondo azul, cuyo taller más importante
es la casa Pirota; Cafaggiolo, próxima a Florencia, es la fábrica de los
Médicis, y gusta de grutescos y del empleo del azul intenso junto al rojo
oscuro; Venecia se distingue por sus vasos gallonados influidos por los
metálicos y por sus colores azulados, que, por imitar las porcelanas de Extremo
Oriente, se denominan alia pocellana; Deruta, que durante bastante tiempo
se considera la manufactura más antigua de Italia, fabrica grandes platos con
bustos sobre fondo azul y bordes con imbricaciones y roleos alternados. Típica
de Deruta es la teórica alia madre perla, de influencia morisca, consistente en
el empleo de un azul tornasolado con reflejos dorados. En Gubbio son frecuentes
bustos de Bellas, o escudos en el centro de la pieza, pero lo más singular es el
empleo del reflejo metálico de color rubí, descubierto por su maestro Giorgio
Andreloi. El apogeo de las manufacturas citadas corresponde a la primera mitad
del siglo XVI; en la segunda se destaca sobre todas ellas Urbino, gracias a la
presencia de Nicolás Pellipario. Corsagrado principalmente a los platos,
prescinde en ellos de la distinción entre fondo y borde, trazando la decoración
por toda la superficie. Esa decoración suele ser de historia, por lo que se le
denomina mayólica historiada, y, por lo común, copia grabados rafaelescos. En el
colorido prepondera el amarillo naranja (fig.1795).
(fig. 1795)
Cerámica italiana. Platos

En España, la cerámica renacentista se fabrica
principalmente en Triana, barrio de Sevilla, y en Talavera de la Reina.
En Sevilla, el introductor de la cerámica, al
estilo de Italia es el artista de aquel origen Niculoso Pisano, que firma en
1504 la decoración de la portada de Santa Paula, de azulejos cubiertos de
grutescos y medallones con relieves. Pero su obra de mayor empeño es el
retablo de la capilla del Alcázar, igualmente cubierto de grutescos y con un
gran cuadro central de la Visitación, de estilo gótico, probablemente copiado de
una estampa. Sigue la tradición de Niculoso Pisano, en la segunda mitad del
siglo, Cristóbal de Augusta, que firma unos hermosos zócalos en el Alcázar
(1577) (fig. 1796).
(fig. 1796)
Retablo de la capilla del
Alcázar. Sevilla

La cerámica renacentista sevillana, aunque,
naturalmente, cultiva también la vajilla, es, sobre todo, cerámica de azulejo.
Al menos son la casi absoluta totalidad de lo conservado. Durante el siglo XVI,
a más de la técnica plana de tipo italiano, emplean, con decoración
renacentista, la de cuenca, y, en mucho menor grado, la de cuerda seca. La
colección más hermosa es la de la casa de Pilato. Los alfareros sevillanos no
trabajan sólo para la ciudad, sino que exportan al resto de España e incluso a
América, y su época de florecimiento se prolonga hasta la primera mitad de la
centuria siguiente. A esta época corresponden ya los hermosos zócalos de Santa
Clara, y los mejores frontales conservados, de que hay buenos ejemplos en el
Museo de Sevilla. Se imitan en éstos los bordados. La cerámica de Talavera,
durante el siglo XVI, es también sobre todo de azulejo. Su coloración es más
pobre que la trianera. Mientras en ésta los fondos son de color melado, allí se
prefiere el blanco. Entre los zócalos más importantes figuran los de la
Generalidad de Valencia y los del santuario de Nuestra Señora del Prado, de
Talavera.
En Francia debe recordarse al ceramista Bernardo
Palissy, cuyas obras más características se distinguen por su decoración vegetal
y animal de tipo naturalista y en relieve. El procedimiento seguido explica ese
tono naturalista, pues consiste en vaciar fuentes con animales muertos
—serpientes, salamandras, peces, frutos, hojas, etc.—, para sacar el positivo
que después se vidria y policroma.
EL VIDRIO
. —La ciudad donde el arte del vidrio alcanza
mayor perfección durante el Renacimiento es Venecia. Concentrada la industria a
fines del XIII en la isla de Murano, y muy protegida por las leyes, en un
principio imita las formas de la orfebrería, y el vidrio es azul, verde o rojo
oscuro, siendo raros todavía el blanco lechoso, y aún más el incoloro. Se
decoran con temas geométricos o vegetales esmaltados, y, a veces, con escenas
figuradas, decoración enriquecida en ocasiones con panes de oro (fig.
1797).
(fig. 1797)
Copa de vidrio veneciano

En el siglo XVI se prefiere el vidrio incoloro, y
la industria veneciana se esfuerza por producir vasos de paredes lo más finas y
transparentes posible y de las más bellas formas. Típicos de esta época son los
vidrios de filigrana o recorridos por un sinnúmero de hilos de vidrio de color
lechoso. Cuando éstos se cruzan se produce el hilo reticulado o reticella. No
obstante el menor interés por el color, se fabrican piezas muy importantes con
la técnica antigua ya citada de mille fiori, y con la llamada de venturina, que
consiste en introducir un compuesto de cobre en el vidrio líquido para dar así a
la pieza el aspecto de estar espolvoreada con laminillas de cobre.
Fuera de Venecia, tal vez la población en que se
fabrica vajilla de vidrio más fina es Barcelona. Es esmaltada en colores,
procurando, por lo general, emular los modelos venecianos.
En Alemania, el vidrio es verdoso hasta mediados
del siglo XVI, en que se aprende a fabricar el incoloro. Típicamente alemanes
son los grandes vasos cilíndricos con el emperador y los electores, o el águila
con los escudos de los Estados del Imperio, todo ello pintado en esmalte de
colores.
Como es natural, en el siglo XVI siguen haciéndose
vidrieras de colores, y a él pertenecen la mayor parte de las conservadas en
España. En algún país, como Alemania, el entusiasmo por el vidrio incoloro lleva
absurdamente a reemplazar algunas policromas antiguas por otras incoloras.
HIERROS. ORFEBRERÍA
. —El arte de trabajar el hierro continúa
produciendo en la España del Renacimiento obras de primer orden. En las rejas,
las barras adoptan forma abalaustrada, y los relieves repujados de los cuerpos y
las cresterías representan historias de gran desarrollo. El carácter decorativo
del plateresco, por otra parte, permite a los rejeros conceder extraordinaria
amplitud a las cresterías, que semejan verdaderos encajes metálicos. Uno de los
maestros más antiguos es Juan Francés, autor de varias rejas en la catedral de
Toledo, entre ellas la de la capilla mozárabe. Cristóbal de Andino, que trabaja
en Burgos, es autor de la reja firmada de la capilla del Condestable (1523), de
la catedral, su obra más fina; labra también la de la capilla mayor de la
catedral de Palencia.
A estos mismos años corresponde la actividad en
Sevilla de fray Francisco de Salamanca y fray Juan de Ávila, autores de la reja
del coro de aquella catedral (1518). Al primero, en unión de otros varios
rejeros, se debe la aún más hermosa de la capilla mayor (fig.
1798), rica en temas figurados
y de esbeltísimas proporciones. Discípulo de fray Francisco parece que es
Bartolomé de Jaén, que firma la de la Capilla Real de Granada. Rejero también de
primer orden es, por último, Francisco de Villalpando, que ejecuta la de la
capilla mayor de la catedral de Toledo (1548). De Villalpando son, además, las
hojas de bronce de la Puerta de los Leones del mismo templo.
(fig. 1798)
Rejería capilla mayor
catedral de Sevilla

Aunque el descubrimiento de la pólvora disminuye
la importancia de la armadura, ésta, lejos de desaparecer con el Renacimiento,
adquiere más valor artístico gracias a los torneos. Se decora con relieves, no
sólo geométricos o vegetales, sino incluso con historias de complicada
composición. El complemento del relieve es el grabado y el damasquinado. Los dos
centros productores principales radican en Milán y Baviera; y las dos
colecciones más ricas son la imperial de Viena y la de la Real Armería de
Madrid.
En el Renacimiento continúan cultivándose en la
orfebrería las mismas técnicas que durante el período gótico. La personalidad
más famosa es Benvenuto Cellini, ya estudiado como escultor. Trabaja para los
pontífices, y en Francia, para Francisco I; pero, por desgracia, de las muchas
obras que se le atribuyen sólo se considera segura el salero del Museo de Viena.
En España, la orfebrería tiene durante el siglo
XVI su época de mayor florecimiento. En él adquiere su máximo desarrollo su
creación más genuina, que son las custodias. Entre los plateros más afamados
descuella la familia de los Arfe, el más viejo de los cuales, Enrique, alemán de
nacimiento, del valle del Rhin, trabaja todavía en gótico y es autor de las
hermosas custodias de Toledo (1515) y Córdoba (1518). Su hijo Antonio emplea ya
las formas renacentistas en la custodia de Santiago de Compostela (1539) (fig.
1799), que, sobre un basamento hexagonal con relieves, presenta cuatro cuerpos de
planta de igual forma y altura decreciente, el inferior de los cuales decora sus
ángulos con pequeños pórticos.
(fig. 1799)
Custodia Santiago de
Compostela

A él se debe también la de Ríoseco. El tercer
miembro de la familia, Juan de Arfe Villafañe, estudia las proporciones del
cuerpo humano de su Varia conmensuración (1585). Si Antonio emplea el estilo
plateresco, su hijo pertenece a una etapa más avanzada del Renacimiento, en la
que la reacción bramantesca hace desaparecer las columnas abalaustradas. A él se
debe la custodia de la catedral de Ávila (1564), de seis cuerpos alternados, de
planta hexagonal y circular; pero su obra magna es la gran custodia de Sevilla
(1587) (fig. 1800), la mayor de todas. En ella, el número de los cuerpos
disminuye y, sobre todo, con criterio más unitario, se abandona la forma
poligonal, de tradición gótica, y tienen todos, planta circular.
(fig. 1800)
Custodia Catedral de Sevilla

Aunque anónimas, existen otras custodias dignas de
los Arfe, tales como las de Fuenteovejuna y la de la catedral de Santo Domingo
en la República Dominicana, de estilo semejante al de Antonio de Arfe. A esa
misma etapa correspondía la de Jaén, de Juan Ruiz, bárbaramente fundida en 1936.
Pero, además, tenemos noticia de varios plateros de nombre conocido que dejan
obras de primer orden. Cuentan entre ellos, en Cuenca, los Becerriles, por uno
de los cuales —Cristóbal— está firmada la custodia de la «Hispanic Society», de
Nueva York (1585) (fig. 1801), de estilo, no obstante su fecha, todavía muy plateresco; en Madrid, Francisco Álvarez, autor de la rica custodia (1560) del
Ayuntamiento de esta ciudad, y en Zaragoza, Pedro Lamaison, que lo es de la de
aquella catedral.
(fig. 1801)
Custodia de la «Hispanic Society», de
Nueva York

En el Renacimiento, las piezas de orfebrería
tienen ya con gran frecuencia la marca de la población donde se labran,
consistente en una figura o en un letrero, o en ambas cosas a la vez. Así, en
Sevilla es la Giralda; en Segovia, el Acueducto, etc.
La orfebrería alcanza también gran florecimiento
en Alemania, donde se hacen copas que a veces tienen proporciones gigantescas.
Así las hay desde las grandes de «bienvenida», que el recién llegado apura de un
trago, hasta las de gremios, de no menos de un metro de altura. A veces adoptan
forma de mujer. Tal es el caso de las «copas nupciales», en las que la
estatuilla con los brazos en alto sostiene una copa pequeña, de la que bebe la
desposada, mientras el marido lo hace simultáneamente en la formada por las
faldas de aquélla. Entre los plateros conocidos, el más famoso es Wenceslao
Jamnitzer, que trabaja en Nuremberg. De él se conserva una arqueta firmada en
las Descalzas Reales de Madrid.
ESMALTE. ARTE LAPIDARIO
. —El esmalte de Limoges vive una nueva etapa de
esplendor. Ahora se fabrican vasijas de cobre cubiertas con esmalte blanco
opaco, sobre el que, en un principio, se pintan historias con esmaltes de
colores diversos, y después en gris y oro. Además se esmaltan láminas con
historias que constituyen verdaderos cuadros de pequeño tamaño. Tanto en unas
como en otras, la superficie metálica y la del esmalte son lisas, sin tabiques
ni separaciones. Los principales artistas son los Penicaud y P. Reymond.
El arte de trabajar las piedras preciosas y finas
adquiere en Italia durante el Renacimiento gran desarrollo. Como consecuencia
del amor al arte antiguo se imitan los camafeos clásicos, que se labran en
ónice, cornalina, lapislázuli, etc. El arte lapidario dedica particular interés
al cristal de roca, en el que se tallan vasos, a veces en forma de naves y de
animales. El centro de esta industria es Milán, donde trabajan Leone Leoni y
Jacopo da Trezzo, nuestro Jacometrezo, que, trasladado después a Madrid, hace
retratos en camafeo de varios miembros de la familia real. En el trabajo del
cristal de roca se distinguen V. Belli (muerte 1546), A. Fontana (muerte 1587) y
los hermanos Sarachi, aunque la identificación de sus obras ofrece grandes
problemas. Una de las mejores colecciones de vajilla de cristal de roca de esta
escuela es la del Tesoro del Delfín, del Museo del Prado.