HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XXX

ARTES INDUSTRIALES DEL RENACIMIENTO

Apunte contexto histórico

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EL MUEBLE. EL TAPIZ

CERÁMICA

EL VIDRIO

HIERROS. ORFEBRERÍA

ESMALTE. ARTE LAPIDARIO

 


EL MUEBLE. EL TAPIZ

. —Así como en el arte del tapiz es Flandes el país que marcha a la cabeza, el mobiliario renacentista es creación italiana.

Como en el período gótico, el mueble más importante es el arcón, el cassone, en el que se guarda no sólo la ropa, sino todos los objetos de valor. Los labrados en ocasión de bodas son particularmente lujosos y se decoran en forma diversa. Aunque lo más frecuente es conservar la madera al descubierto, no falta, sobre todo en el siglo XV, el tipo de cassone recubierto de estuco con decoración ligeramente en relieve. De gran valor artístico son los que presentan en su frente historias de pintura. Ejecutadas en muchos casos por artistas de primer orden, son verdaderos cuadros, y como tales, arrancadas del arca para la que se pintaron, figuran en no pocos museos.

Decoraciones de cierto carácter pictórico son las perspectivas de playas y calles en taracea, o mosaicos de madera de diversos colores. Esta es la técnica llamada en italiano intarsia, con la que se cubren también grandes superficies en algunas sillerías de coro. Labor igualmente de taracea es la llamada a la certosina —a la cartujana—, o de piezas geométricas muy menudas, con las que se forman filetes, estrellas y polígonos para decorar arcones y otros muebles. Dada la semejanza formal del cassone y el sarcófago pagano, y el florecimiento de la escultura en el siglo XVI, se enriquecen también su frentes con relieves; la base entonces suele cargar en garras de león. Cierto parentesco con el cassone tiene el banco, hasta el punto de que, con frecuencia, es mueble qué sirve ambos fines. El banco-arcón se denomina en italiano cassapanca. También suele hacer oficio de arcón la alta tarima en que descansa la cama italiana del Renacimiento.

Aunque la silla de patas cruzadas en aspa es conocida desde la Edad Media, ahora se generaliza bastante la silla de tijera, plegable o fija, y respaldo y asiento de cuero o tela. En la mesa, lo más característico es que apoya en dos patas sobre un larguero, entre las cuales se introduce ya en época avanzada una serie de balaustres. Para escribir se emplea, además, un mueble con tapa móvil, como nuestros bargueños, que se describen a continuación.

En España, el mueble más típico es el bargueño o arquimesa. Consta de una mesa con patas sobre dos travesaños unidos por un larguero en el que descansa una arquería sobre columnillas, y de una especie de arca, cuyo frente anterior abatible, al quedar horizontal, sirve para escribir. Su interior está distribuido en numerosos cajoncillos. Debe su nombre al pueblo toledano de Bargas, que se distingue en su fabricación.

En cuanto a las telas, la principal novedad consiste en que al gran tallo asimétrico ondulado y oblicuo reemplaza una traza de óvalos apuntados perfectamente simétricos.

Del florecimiento de la tapicería en Flandes se trató en el período gótico. Baste decir que durante el Renacimiento la perfección de sus talleres es reconocida en toda Europa, como lo demuestra el hecho de que el Pontífice envíe a Bruselas, para que sean reproducidos en tapices, los cartones de Rafael de los Hechos de los Apóstoles. Para esa fábrica pinta cartones Van Orley. Las mejores colecciones de tapices son las del Palacio Real de Madrid y del Palacio Imperial de Viena.


CERÁMICA

. —Pocas artes industriales alcanzan tan alto grado de esplendor durante el Renacimiento como la cerámica. La italiana es de barro cocido y vidriado, que en Italia adquiere, como hemos visto al tratar de la medieval hispanoárabe, el nombre de mayólica. Los colores que se emplean son azul, amarillo, rojo, violeta y verde, obtenidos, respectivamente, de los óxidos de cobalto, cromo, hierro, manganeso y de la mezcla de cobalto y cromo. El manganeso permite, además, obtener tonos que van desde el castaño al negro. En un principio estos óxidos se dan sobre la capa del vidriado de estaño antes de la cochura, vidriado con que se funde el color de los óxidos metálicos durante ésta. En el siglo XVI, para que el color resulte aún más brillante, sobre este vidriado coloreado de estaño se da una segunda capa de vidriado de plomo, llamado la coperta.

La diferencia entre el vidriado de plomo y el de estaño consiste en que el primero es transparente, y el segundo, después de cocido, resulta blanco. Debido a ello, en un principio, los ceramistas italianos que sólo emplean el primero, para que no se transparente el color del barro, recubren éste con una capa muy fina de arcilla blanca llamada engobio, capa sobre la que dan el color, y que, a su vez, cubren con el vidriado transparente de plomo. Es la cerámica denominada media mayólica y que florece en el siglo XV.

La necesidad de competir con la cerámica vidriada morisca española, mucho más brillante, hace preferir la mayólica a la media mayólica. Al parecer, la ciudad que a fines del siglo XV se adelanta en su fabricación es Faenza, y la realidad es que ese nombre es en Italia sinónimo de mayólica. La mayólica italiana fabrica piezas muy variadas, pero predominan los grandes platos, y los tarros de botica o albareíli. Aunque en la segunda mitad del siglo XVI el ceramista italiano también se preocupa bastante de la forma del vaso, con anterioridad su principal interés se cifra en la decoración. Esta consiste en bustos, por lo general de mujer, con frecuencia con su nombre y el calificativo de Bella, historias por lo común mitológicas y grutescos.

En Italia existen varias ciudades alfareras con estilo propio, aunque, naturalmente, no falten influencias mutuas y tipos comunes. Figuran entre las principales las que siguen: la ya citada Faenza, con bustos y figuras femeninas y vidriado de fondo azul, cuyo taller más importante es la casa Pirota; Cafaggiolo, próxima a Florencia, es la fábrica de los Médicis, y gusta de grutescos y del empleo del azul intenso junto al rojo oscuro; Venecia se distingue por sus vasos gallonados influidos por los metálicos y por sus colores azulados, que, por imitar las porcelanas de Extremo Oriente, se denominan alia pocellana; Deruta, que durante bastante tiempo se considera la manufactura más antigua de Italia, fabrica grandes platos con bustos sobre fondo azul y bordes con imbricaciones y roleos alternados. Típica de Deruta es la teórica alia madre perla, de influencia morisca, consistente en el empleo de un azul tornasolado con reflejos dorados. En Gubbio son frecuentes bustos de Bellas, o escudos en el centro de la pieza, pero lo más singular es el empleo del reflejo metálico de color rubí, descubierto por su maestro Giorgio Andreloi. El apogeo de las manufacturas citadas corresponde a la primera mitad del siglo XVI; en la segunda se destaca sobre todas ellas Urbino, gracias a la presencia de Nicolás Pellipario. Corsagrado principalmente a los platos, prescinde en ellos de la distinción entre fondo y borde, trazando la decoración por toda la superficie. Esa decoración suele ser de historia, por lo que se le denomina mayólica historiada, y, por lo común, copia grabados rafaelescos. En el colorido prepondera el amarillo naranja (fig.1795).

(fig. 1795)

Cerámica italiana. Platos

En España, la cerámica renacentista se fabrica principalmente en Triana, barrio de Sevilla, y en Talavera de la Reina.

En Sevilla, el introductor de la cerámica, al estilo de Italia es el artista de aquel origen Niculoso Pisano, que firma en 1504 la decoración de la portada de Santa Paula, de azulejos cubiertos de grutescos y medallones con relieves. Pero su obra de mayor empeño es el retablo de la capilla del Alcázar, igualmente cubierto de grutescos y con un gran cuadro central de la Visitación, de estilo gótico, probablemente copiado de una estampa. Sigue la tradición de Niculoso Pisano, en la segunda mitad del siglo, Cristóbal de Augusta, que firma unos hermosos zócalos en el Alcázar (1577) (fig. 1796).

(fig. 1796)

Retablo de la capilla del Alcázar. Sevilla

La cerámica renacentista sevillana, aunque, naturalmente, cultiva también la vajilla, es, sobre todo, cerámica de azulejo. Al menos son la casi absoluta totalidad de lo conservado. Durante el siglo XVI, a más de la técnica plana de tipo italiano, emplean, con decoración renacentista, la de cuenca, y, en mucho menor grado, la de cuerda seca. La colección más hermosa es la de la casa de Pilato. Los alfareros sevillanos no trabajan sólo para la ciudad, sino que exportan al resto de España e incluso a América, y su época de florecimiento se prolonga hasta la primera mitad de la centuria siguiente. A esta época corresponden ya los hermosos zócalos de Santa Clara, y los mejores frontales conservados, de que hay buenos ejemplos en el Museo de Sevilla. Se imitan en éstos los bordados. La cerámica de Talavera, durante el siglo XVI, es también sobre todo de azulejo. Su coloración es más pobre que la trianera. Mientras en ésta los fondos son de color melado, allí se prefiere el blanco. Entre los zócalos más importantes figuran los de la Generalidad de Valencia y los del santuario de Nuestra Señora del Prado, de Talavera.

En Francia debe recordarse al ceramista Bernardo Palissy, cuyas obras más características se distinguen por su decoración vegetal y animal de tipo naturalista y en relieve. El procedimiento seguido explica ese tono naturalista, pues consiste en vaciar fuentes con animales muertos —serpientes, salamandras, peces, frutos, hojas, etc.—, para sacar el positivo que después se vidria y policroma.


EL VIDRIO

. —La ciudad donde el arte del vidrio alcanza mayor perfección durante el Renacimiento es Venecia. Concentrada la industria a fines del XIII en la isla de Murano, y muy protegida por las leyes, en un principio imita las formas de la orfebrería, y el vidrio es azul, verde o rojo oscuro, siendo raros todavía el blanco lechoso, y aún más el incoloro. Se decoran con temas geométricos o vegetales esmaltados, y, a veces, con escenas figuradas, decoración enriquecida en ocasiones con panes de oro (fig. 1797).

(fig. 1797)

Copa de vidrio veneciano

En el siglo XVI se prefiere el vidrio incoloro, y la industria veneciana se esfuerza por producir vasos de paredes lo más finas y transparentes posible y de las más bellas formas. Típicos de esta época son los vidrios de filigrana o recorridos por un sinnúmero de hilos de vidrio de color lechoso. Cuando éstos se cruzan se produce el hilo reticulado o reticella. No obstante el menor interés por el color, se fabrican piezas muy importantes con la técnica antigua ya citada de mille fiori, y con la llamada de venturina, que consiste en introducir un compuesto de cobre en el vidrio líquido para dar así a la pieza el aspecto de estar espolvoreada con laminillas de cobre.

Fuera de Venecia, tal vez la población en que se fabrica vajilla de vidrio más fina es Barcelona. Es esmaltada en colores, procurando, por lo general, emular los modelos venecianos.

En Alemania, el vidrio es verdoso hasta mediados del siglo XVI, en que se aprende a fabricar el incoloro. Típicamente alemanes son los grandes vasos cilíndricos con el emperador y los electores, o el águila con los escudos de los Estados del Imperio, todo ello pintado en esmalte de colores.

Como es natural, en el siglo XVI siguen haciéndose vidrieras de colores, y a él pertenecen la mayor parte de las conservadas en España. En algún país, como Alemania, el entusiasmo por el vidrio incoloro lleva absurdamente a reemplazar algunas policromas antiguas por otras incoloras.


HIERROS. ORFEBRERÍA

. —El arte de trabajar el hierro continúa produciendo en la España del Renacimiento obras de primer orden. En las rejas, las barras adoptan forma abalaustrada, y los relieves repujados de los cuerpos y las cresterías representan historias de gran desarrollo. El carácter decorativo del plateresco, por otra parte, permite a los rejeros conceder extraordinaria amplitud a las cresterías, que semejan verdaderos encajes metálicos. Uno de los maestros más antiguos es Juan Francés, autor de varias rejas en la catedral de Toledo, entre ellas la de la capilla mozárabe. Cristóbal de Andino, que trabaja en Burgos, es autor de la reja firmada de la capilla del Condestable (1523), de la catedral, su obra más fina; labra también la de la capilla mayor de la catedral de Palencia.

A estos mismos años corresponde la actividad en Sevilla de fray Francisco de Salamanca y fray Juan de Ávila, autores de la reja del coro de aquella catedral (1518). Al primero, en unión de otros varios rejeros, se debe la aún más hermosa de la capilla mayor (fig. 1798), rica en temas figurados y de esbeltísimas proporciones. Discípulo de fray Francisco parece que es Bartolomé de Jaén, que firma la de la Capilla Real de Granada. Rejero también de primer orden es, por último, Francisco de Villalpando, que ejecuta la de la capilla mayor de la catedral de Toledo (1548). De Villalpando son, además, las hojas de bronce de la Puerta de los Leones del mismo templo.

(fig. 1798)

Rejería capilla mayor catedral de Sevilla

Aunque el descubrimiento de la pólvora disminuye la importancia de la armadura, ésta, lejos de desaparecer con el Renacimiento, adquiere más valor artístico gracias a los torneos. Se decora con relieves, no sólo geométricos o vegetales, sino incluso con historias de complicada composición. El complemento del relieve es el grabado y el damasquinado. Los dos centros productores principales radican en Milán y Baviera; y las dos colecciones más ricas son la imperial de Viena y la de la Real Armería de Madrid.

En el Renacimiento continúan cultivándose en la orfebrería las mismas técnicas que durante el período gótico. La personalidad más famosa es Benvenuto Cellini, ya estudiado como escultor. Trabaja para los pontífices, y en Francia, para Francisco I; pero, por desgracia, de las muchas obras que se le atribuyen sólo se considera segura el salero del Museo de Viena.

En España, la orfebrería tiene durante el siglo XVI su época de mayor florecimiento. En él adquiere su máximo desarrollo su creación más genuina, que son las custodias. Entre los plateros más afamados descuella la familia de los Arfe, el más viejo de los cuales, Enrique, alemán de nacimiento, del valle del Rhin, trabaja todavía en gótico y es autor de las hermosas custodias de Toledo (1515) y Córdoba (1518). Su hijo Antonio emplea ya las formas renacentistas en la custodia de Santiago de Compostela (1539) (fig. 1799), que, sobre un basamento hexagonal con relieves, presenta cuatro cuerpos de planta de igual forma y altura decreciente, el inferior de los cuales decora sus ángulos con pequeños pórticos.

(fig. 1799)

Custodia Santiago de Compostela

A él se debe también la de Ríoseco. El tercer miembro de la familia, Juan de Arfe Villafañe, estudia las proporciones del cuerpo humano de su Varia conmensuración (1585). Si Antonio emplea el estilo plateresco, su hijo pertenece a una etapa más avanzada del Renacimiento, en la que la reacción bramantesca hace desaparecer las columnas abalaustradas. A él se debe la custodia de la catedral de Ávila (1564), de seis cuerpos alternados, de planta hexagonal y circular; pero su obra magna es la gran custodia de Sevilla (1587) (fig. 1800), la mayor de todas. En ella, el número de los cuerpos disminuye y, sobre todo, con criterio más unitario, se abandona la forma poligonal, de tradición gótica, y tienen todos, planta circular.

(fig. 1800)

Custodia Catedral de Sevilla

Aunque anónimas, existen otras custodias dignas de los Arfe, tales como las de Fuenteovejuna y la de la catedral de Santo Domingo en la República Dominicana, de estilo semejante al de Antonio de Arfe. A esa misma etapa correspondía la de Jaén, de Juan Ruiz, bárbaramente fundida en 1936. Pero, además, tenemos noticia de varios plateros de nombre conocido que dejan obras de primer orden. Cuentan entre ellos, en Cuenca, los Becerriles, por uno de los cuales —Cristóbal— está firmada la custodia de la «Hispanic Society», de Nueva York (1585) (fig. 1801), de estilo, no obstante su fecha, todavía muy plateresco; en Madrid, Francisco Álvarez, autor de la rica custodia (1560) del Ayuntamiento de esta ciudad, y en Zaragoza, Pedro Lamaison, que lo es de la de aquella catedral.

(fig. 1801)

Custodia de la «Hispanic Society», de Nueva York

En el Renacimiento, las piezas de orfebrería tienen ya con gran frecuencia la marca de la población donde se labran, consistente en una figura o en un letrero, o en ambas cosas a la vez. Así, en Sevilla es la Giralda; en Segovia, el Acueducto, etc.

La orfebrería alcanza también gran florecimiento en Alemania, donde se hacen copas que a veces tienen proporciones gigantescas. Así las hay desde las grandes de «bienvenida», que el recién llegado apura de un trago, hasta las de gremios, de no menos de un metro de altura. A veces adoptan forma de mujer. Tal es el caso de las «copas nupciales», en las que la estatuilla con los brazos en alto sostiene una copa pequeña, de la que bebe la desposada, mientras el marido lo hace simultáneamente en la formada por las faldas de aquélla. Entre los plateros conocidos, el más famoso es Wenceslao Jamnitzer, que trabaja en Nuremberg. De él se conserva una arqueta firmada en las Descalzas Reales de Madrid.


ESMALTE. ARTE LAPIDARIO

. —El esmalte de Limoges vive una nueva etapa de esplendor. Ahora se fabrican vasijas de cobre cubiertas con esmalte blanco opaco, sobre el que, en un principio, se pintan historias con esmaltes de colores diversos, y después en gris y oro. Además se esmaltan láminas con historias que constituyen verdaderos cuadros de pequeño tamaño. Tanto en unas como en otras, la superficie metálica y la del esmalte son lisas, sin tabiques ni separaciones. Los principales artistas son los Penicaud y P. Reymond.

El arte de trabajar las piedras preciosas y finas adquiere en Italia durante el Renacimiento gran desarrollo. Como consecuencia del amor al arte antiguo se imitan los camafeos clásicos, que se labran en ónice, cornalina, lapislázuli, etc. El arte lapidario dedica particular interés al cristal de roca, en el que se tallan vasos, a veces en forma de naves y de animales. El centro de esta industria es Milán, donde trabajan Leone Leoni y Jacopo da Trezzo, nuestro Jacometrezo, que, trasladado después a Madrid, hace retratos en camafeo de varios miembros de la familia real. En el trabajo del cristal de roca se distinguen V. Belli (muerte 1546), A. Fontana (muerte 1587) y los hermanos Sarachi, aunque la identificación de sus obras ofrece grandes problemas. Una de las mejores colecciones de vajilla de cristal de roca de esta escuela es la del Tesoro del Delfín, del Museo del Prado.