LA TRADICIÓN SEISCENTISTA
PINTORES FRANCESES E
ITALIANOS: RANC, VAN LOO, GIAQUINTO
TIÉPOLO Y MENGS
PINTORES ESPAÑOLES
GOYA: SU VIDA
EL ARTE DE GOYA
LA OBRA DE GOYA. COMPOSICIONES
EL RETRATO. EL GRABADO
LA TRADICIÓN SEISCENTISTA
. —Como las artes hermanas, la pintura se caracteriza
en este período por el importante papel que en ella desempeñan los
artistas extranjeros, pues aunque en el último tercio del siglo la obra de Goya
compensa en buena parte la infecundidad anterior, no ofrece duda que la falta de
artistas españoles de cierto rango durante estos dos primeros tercios del siglo
es un hecho que merece subrayarse. Evidentemente, la escuela de pintura
madrileña de tradición seiscentista no conserva la vitalidad que la de
arquitectura, y no puede presentar un artista de la categoría de Pedro de
Ribera. Por otra parte, las escuelas provinciales, tan florecientes en el siglo
XVII, decaen hasta el punto de apenas pesar en el conjunto del panorama
pictórico español. Los pintores extranjeros que acuden a la corte son de las más
diversas procedencias: italianos, franceses y uno de Bohemia —Mengs—. Los
primeros son, sobre todo, fresquistas; los segundos, pintores de retrato y de
caballete, y el último, cultiva el fresco y el retrato. Aunque no pueda
considerárseles de escuela española, la influencia ejercida por algunos de ellos
en en los pintores españoles es tan profunda y viven tanto tiempo en nuestro país, que
no se puede por menos de tenerlos presentes al contemplar el panorama pictórico
español dieciochesco.
Tal vez no sea fácil asegurar si la pintura mural,
como consecuencia de la gran empresa que significan las bóvedas de los palacios
reales de la nueva dinastía, se cultiva más que en el siglo XVII; pero,
desaparecido el antiguo Alcázar madrileño y no pocos conventos, se tiene la
impresión de que así es.
Gran novedad del siglo XVIII respecto del
anterior, y también consecuencia de la decoración de los palacios reales, es el
notable desarrollo de la pintura de carácter profano. El pequeño capítulo de
temas profanos de Murillo se amplía en proporciones hasta ahora insospechadas en
España, gracias a la necesidad de pintar los cartones para los tapices, y en él
deja Goya el sello de su estilo personalísimo. Es además el género donde el
espíritu del rococó se manifiesta más puramente.
Novedad también de este período es la importancia
adquirida por el grabado. Uno de los resultados de la fundación de la Academia
de San Fernando es el fomento de este arte, que produce una figura tan estimable
como Manuel Salvador Carmona, y permite que el grabado español, gracias a Goya,
conquiste puesto de primera fila.
Entre los pintores hijos del país, que trabajan
durante la primera mitad del siglo, son los más destacados en Madrid el cordobés
Antonio Palomino (muerte 1726) y Teodoro Ardemáns (muerte 1726); en Barcelona,
Antonio Viladomat (muerte 1755), y en Sevilla, Domingo Martínez. Todos ellos se
forman en la tradición nacional seiscentista.
Palomino estudia en Madrid con Claudio Coello, en
quien ve más al autor de grandes composiciones barrocas que al continuador de
Velázquez en los problemas de la luz. Interesado especialmente por la pintura
mural, la presencia de Lucas Jordán en la corte deja también huella de su
estilo. Es el mejor fresquista de sangre española del pleno barroco. Su
actividad no se reduce a la corte, sino que se extiende a poblaciones tan
distantes como Valencia —bóvedas de San Juan del Mercado (1697) y de los
Desamparados (1701) —, Salamanca —gran medio punto del Triunfo de la Iglesia (fig.
2007), de San Esteban (1705) —y Granada— Sagrario de la Cartuja—. Junto a Madrid
pinta el Sagrario del Monasterio del Paular.
(fig. 2007)
Triunfo de la Iglesia

Lo que ha hecho más conocido el
nombre de Palomino es su libro Museo Pictórico (1715-1724), más importante que
por su parte teórica, por la colección de biografías de artistas españoles, que
le convierten, como se ha dicho en repetidas ocasiones, en nuestro Vasari. Es la
obra que sirve de base a los estudios histórico-artísticos posteriores. Teodoro
Ardemáns, aunque de padre alemán, es hijo de la tierra, pero practica, sobre
todo, la arquitectura. Como pintor queda bastante por debajo de Palomino, y no
poseemos de él ninguna gran obra.
Con el colorido claro de Palomino forma contraste
el de Antonio Viladomat por sus tonos oscuros y rojizos, que parecen enlazar con
la tradición seiscentista valenciana. Artista bien dotado, la falta en su patria
de buenos modelos hace que su obra resulte un tanto provinciana y arcaizante. Su
serie más conocida es la de San Francisco, del Museo de Barcelona. En Sevilla,
Domingo Martínez se limita a conservar, con una cierta personalidad, el decoro
de la tradición de la escuela.
PINTORES FRANCESES E ITALIANOS: RANC, VAN
LOO, GIAQUINTO
. —Entre los artistas extranjeros que acuden a la
corte forman grupo bastante definido los pintores de retrato. Figura a su cabeza
Juan Ranc (muerte 1735), que trae a la corte de Felipe V el tipo de retrato
ampuloso francés, aprendido en su maestro Rigaud. Uno de los más importantes es
el ecuestre del propio Felipe V (fig. 2008).
(fig. 2008)
Retrato ecuestre de Felipe V

A Ranc sucede en el puesto de pintor de cámara
Luis Miguel Van Loo (muerte 1771), de familia de origen flamenco establecida en
Francia, y que cultiva un tipo de retrato oficial no menos aparatoso que el de
Ranc. Ninguno tan representativo, desde este punto de vista, como el enorme
lienzo del Museo del Prado de La familia de Felipe V (fig.
2009), donde, ante un
fondo ampuloso, vemos a los reyes con sus hijos, todos ellos interpretados en un
tono oficial que mata toda intimidad.
(fig. 2009)
Familia de Felipe V

A estos dos retratistas del fundador de la
dinastía sigue, en tiempos de Fernando VI, el napolitano J. Amiconi (muerte
1752), que como tal es buen colorista y que muere a los pocos años de su
llegada. El retratista de Carlos III es A. R. Mengs, pintor de composiciones.
Otro aspecto de la escuela cortesana extranjera es
el de la pintura de historia, cuya gran empresa es la decoración de las bóvedas
del Palacio Real. Ausente Lucas Jordán, que regresa a su patria a principios de
siglo, el primer fresquista que acude a la obra de palacio, ya bajo Fernando VI,
es el napolitano Conrado Giaquinto (muerte 1765), formado en el estilo de su
patria del que es cabeza Solimena. Con un tono ya netamente dieciochesco y
bellas entonaciones azules y verdes, su estilo entronca, sin embargo, como es
natural, con el de Lucas Jordán. A él se deben en Palacio las grandes
composiciones de España ofrendando a la Iglesia y Apolo guiando su carro, en las
bóvedas de la escalera y de uno de los salones respectivamente, y La Trinidad y
La batalla de Clavijo (fig. 2010), en la de la Capilla.
(fig. 2010)
Batalla de Clavijo

TIÉPOLO Y MENGS
. —Lo avanzado de las obras de Palacio hace que
Carlos III, a poco de subir al trono, llame a otros dos pintores para que
decoren sus bóvedas. El mejor de ellos es el ya citado Juan Bautista Tiépolo
(muerte 1770), artista, como hemos visto, el más importante de la Italia del
siglo XVIII. Con una carrera gloriosa tras sí cuenta ya los setenta, pero su
imaginación conserva la vitalidad de sus mejores años, y su retina se encuentra
tan ávida como siempre de color, de trajes ricos y de inmensos espacios celestes
con gigantescas nubes. En el gran Salón del Trono pinta las Glorias de la
Monarquía (1764), donde forman corte a España diversos dioses de la antigüedad y
figuras alegóricas, todo ello enmarcado por hermosísimos grupos y personajes que
simbolizan las diversas provincias, tanto peninsulares como ultramarinas. Pocas
obras tan bellas y optimistas como este inmenso conjunto de espléndidos
personajes, animales y nubes, sobre un dilatado firmamento de azul purísimo. De
magnificencia extraordinaria, al torbellino de escorzos y al encrespado mar de
nubes de Lucas Jordán, sucede ahora un amplísimo cielo sereno, de enormes
extensiones azules en que triunfan estáticas gigantescas nubes blancas y
doradas. En las bóvedas de otras dos salas pinta la historia de Eneas (fig.
2011), y La Monarquía española atendida por los dioses del Olimpo.
(fig. 2011)
Triunfo de Eneas

Además de estas grandes bóvedas cultiva en Madrid
la pintura de caballete, de la que son testimonio los lienzos de la Concepción y Abraham y el Ángel, del
Museo del Prado.
Muerto en Madrid el gran pintor, permanecen en
nuestra patria sus hijos Domingo (muerte 1804) y Lorenzo (muerte 1776). Del
primero se conserva en el Museo del Prado la serie de la Pasión, y del segundo,
en Palacio, varias pinturas al pastel de tipos populares, muy bellos en sí, y
muy interesantes en relación con los maestros españoles del último tercio del
siglo.
Si J. B. Tépolo es el último gran barroco de la
pintura italiana y, como buen veneciano, un enamorado del color, Antonio Rafael
Mengs es un dibujante meticuloso y seguro, de factura colorista muy terminada y
gran teorizante de la belleza ideal griega. Aunque, en realidad, se mantiene muy
dentro del rococó, es uno de los autores del triunfo del neoclasicismo. Cuando
llega a España viene rodeado de tal fama, que con el apoyo de la corte y su tono
doctrinal ejerce profunda influencia en los jóvenes pintores españoles de su
tiempo. Las tres bóvedas que pinta en Palacio están dedicadas a las Apoteosis de
Hércules y Trajano y a La Aurora. En cuanto a su labor de retratista, el Museo
del Prado posee toda una galería de personajes reales (fig.
2012).
(fig. 2012)
Carlos III

De dibujo
impecable, factura minuciosa y charolada, algunos de gracia un tanto en pugna
con sus teorías. Muy atractivo es el de la marquesa del Llano, vestida de
manchega, de la Academia de San Fernando (fig. 2013).
(fig. 2013)
Marquesa del Llano

Persona de carácter engolado, y muy
poseída de su saber, choca Mengs con la sencillez de Tiépolo. Permanece en
Madrid diez años.
Además de estos pintores, que dejan obras
numerosas o de grandes proporciones, vienen a la corte otros que ejercen también
alguna influencia en la escuela madrileña posterior. El más interesante es, al
parecer, Miguel Ángel Hbuasse (muerte 1730), que hace larga estancia en nuestra
patria, y que es un ilustre precedente de Goya en su interés por los temas
populares. Debe también recordarse el nombre del discípulo de Boucher, La
Traverse.
PINTORES ESPAÑOLES
. —A mediados de siglo encontramos ya una serie de
pintores españoles que, influidos por los principales maestros anteriores, y
formados en Italia o en la recién creada Academia de San Fernando, o en
contacto con ella, practican un estilo puramente dieciochesco. Al significado de
la Academia en la evolución artística de esta época queda ya hecha referencia.
Se distingue entre ellos, como cultivadores del fresco, los hermanos Luis, Alejandro (muerte 1772) y Antonio González Velázquez (muerte
1793), a los que se deben bóvedas no sólo en Palacio, sino en varias iglesias de
Madrid y su región. Recuérdense las de la Encarnación, las Salesas y San Marcos.
Su estilo se relaciona más con el de Giaquinto que con el de Tiépolo.
Pintores también al fresco, aunque se dedican
además a otras técnicas, son Salvador Maella y la familia aragonesa de los Bayeu.
Formados bajo la influencia de Mengs —Maella es su principal ayudante (fig.
2014)—, pintan bóvedas en los palacios reales, en el Pilar de Zaragoza,
catedral de Toledo (fig. 2015), etc.
(fig. 2014)
Baco

(fig. 2015)
Delación de Santa Casilda

Tanto Maella como Francisco Bayeu cultivan además el retrato, el
primero muy en el estilo de Mengs.
Lo que hace más atractivos a varios pintores de la
segunda mitad del siglo son los numerosos cartones con escenas de carácter
popular que pintan para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Gracias a
la iniciativa de Mengs, en vez de limitarse ésta a reproducir en los tapices
cuadros existentes en las colecciones reales o encargar algún cartón que otro a
los pintores de cámara, como se venía haciendo, en 1775 se designa a un grupo de
pintores jóvenes para que hagan los cartones necesarios. Destacan entre los
primeros nombrados el joven Goya, José del Castillo y Ramón Bayeu;
entre los restantes puede recordarse a un nuevo miembro de la familia González
Velázquez, Zacarías, y a Ginés de Aguirre, que después marcha a Méjico. Pero
esta pintura de carácter profano no se reduce a los cartones de tapices. Aun mal
conocidos, no faltan cuadros, en general de tamaño pequeño, en que estos y otros
artistas cultivan ese género de pintura.
Muy superior a todos ellos es
Luis Paret y Alcázar (muerte 1799), que nace en Madrid el mismo año que Goya. Artista
culto, se forma bajo la influencia del ya citado La Traverse y en sus viajes por
el extranjero. La Comida de Carlos III y el Baile de máscaras (1766), del Museo
del Prado, y la Tienda de cuadros (fig. 2016), del Museo Lázaro,
también de Madrid; de color esmaltado y concebidos con arte menudo y elegante,
típicamente dieciochesco, lo convierten en el más genuino y original
representante del estilo francés que culmina en Watteau.
(fig. 2016)
Tienda de cuadros

Pintor de este momento
es, además, Antonio Carnicero.
Con estas vistosas y alegres escenas de la vida
madrileña forman vivo contraste los admirables bodegones (fig.
2017) de
Luis Meléndez (muerte 1780), de ejecución segura y precisa, y excelente calidad.
(fig. 2017)
Bodegón

GOYA: SU VIDA
. —Cuando toca a su término la primera mitad del
siglo, hasta entonces tan infecundo para la pintura española, nace en el
pueblecito aragonés de Fuente de todos, Francisco de Goya y Lucientes (1746
11828). Hijo de un dorador, comienza sus estudios en Zaragoza con el
pintor José Luzán, discípulo en Nápoles de Lucas Jordán, pero a los diecisiete
años se encuentra ya en Madrid, donde continúa su aprendizaje, intentando en
vano triunfar en los concursos de la Academia de San Fernando. De su juvenil
visita a Italia apenas sabemos sino que la Academia de Parma le concede un
segundo premio por su cuadro, hoy perdido, de Aníbal pasando los Alpes. De
regreso a Zaragoza, en 1771 recibe el primer gran encargo conocido: la pintura
de la bóveda del coreto, del Pilar. Cuatro años más tarde, su casamiento con la
hermana de Bayeu, aragonés como él, le facilita el establecimiento en la corte,
donde, como hemos visto, entra a formar parte del grupo de pintores de cartones
para la Real Fábrica de Tapices. Goya va a cumplir los treinta años.
Aunque los primeros tapices no dan idea de sus
obras posteriores, su fama va en aumento. En 1780 se le encomienda otra bóveda
en el Pilar de Zaragoza, que es causa de su rompimiento con Francisco Bayeu, a
quien debe el encargo, y por los mismos años pinta para San Francisco el Grande
de Madrid.
Pero donde su arte va conquistando más admiradores
es en la aristocracia y principales personajes de la corte. Gracias a sus
excepcionales dotes de retratista, que no tarda en descubrir, se le abren las
puertas de casas tan principales como las de Osuna y Alba, cuya amistad
frecuenta, hasta el punto de sentir por la joven duquesa Cayetana un amor que
deja patentes huellas en algunas de sus obras. Pasa algunos días con el infante
don Luis, retratando a la familia de éste, y el propio Carlos III posa ante él.
Nombrado pintor del rey y ocupando ya un distinguido puesto en la Academia de
San Fernando, los encargos de toda suerte se multiplican. La muerte del viejo
monarca, lejos de cortar su carrera, aumenta su prosperidad, y la penúltima
década del siglo es la más optimista de la vida de Goya. Disfruta de tal holgura
económica, que hasta le permite tener coche, y según él mismo confiesa, no
aspira a nada más. Es la época de las alegres composiciones de los tapices y de
los primeros retratos de las bellas damas de la corte. Pero poco antes de 1790
sufre una enfermedad que pone en peligro "su vida y deja honda huella en su
manera de ser y en su arte. Al quedarse sordo se aísla del exterior y su
espíritu se concentra en sí mismo, manifestando una imaginación de que hasta
entonces no ha dado muestra. Ya no contempla el mundo desde el ángulo optimista
de los tapices. Siente que la humanidad tiene defectos de toda índole y descubre
sus aspectos grotescos, que se complace en representar en sus horas de obligado
recogimiento. Esa imaginación hasta ahora dormida le sugiere toda una serie de
escenas que no pueden ser pintadas para su antigua clientela, pero que a él le
proporcionan el placer de la creación sin trabas. Son los años en que produce
los Caprichos, en los que nos descubre esta nueva faceta de su alma, que,
alternando con otras más amables, continuará inspirándole hasta el final de su
vida.
Como es natural, Goya sigue retratando a los reyes
y a los principales personajes de la corte —en 1799 es nombrado primer pintor de
cámara— y pintando composiciones como los frescos de San Antonio de la Florida,
donde ese mundo de los Caprichos no tiene cabida.
La invasión napoleónica hace pasar a Goya días amargos. Ha de transigir con los dominadores e incluso ser pintor de cámara de
José I y retratar a algún general francés. Aunque su naturaleza de roble le
conserva joven, ha cumplido los sesenta años. Pero lo importante de esa etapa de
su vida, desde el punto de vista artístico, es el reflejo que tanta ruina, tanta
crueldad y tanto dolor tienen en su obra. La veta pesimista de su alma,
despertada con el aislamiento de su sordera, le hace dibujar ahora escenas y más
escenas de lo que ve, le cuentan o imagina. Es lo que después nos ofrecerá en
los Desastres.
Restaurado en su trono Fernando VII, Goya es
mantenido en su cargo de pintor de cámara. Ahora da forma, definitiva a sus
escenas de guerra, pero sigue pintando retratos, dibuja escenas de toros que
graba en su serie de la Tauromaquia, y, sobre todo, renueva constantemente su
técnica pictórica. Viudo ya desde poco antes de cumplir los setenta y cinco
años, hacia 1820, sufre otra grave enfermedad que su poderosa naturaleza logra
vencer. Su vida afectiva se centra en su nieto Mariano y en la niña Rosario
Weiss, hija de la mujer que está al cuidado del pintor. Vive al otro lado del
Manzanares, en una casita a la que las gentes llaman Casa del Sordo, y cuyas
paredes decora con negras pinturas, en las que da rienda suelta a su imaginación
cada vez más exaltada y poblada de monstruos y brujas. El absolutismo fernandino
que sigue al breve período constitucional de 1820 a 1823 no puede por menos de
despertar serios temores en el artista, que sin duda se siente más atraído por
los nuevos que por los viejos tiempos; y con permiso del monarca se traslada al
sur de Francia y se establece en Burdeos, donde frecuenta la amistad de los
refugiados españoles, entre los que se cuenta Moratín. Continúa pintando con su
acostumbrado entusiasmo y renovando siempre su técnica. Tras breve visita a
Madrid regresa definitivamente a la ciudad francesa, donde muere.
Persona de complexión robusta, rostro de
proporciones cuadradas, frente amplia, nariz pequeña, labios gruesos y enérgicos
y ojos vivos y hundidos, Goya nos es conocido físicamente por sus varios
autorretratos y por el retrato, que, ya viejo, le hace Vicente López al regresar
de Burdeos y que se guarda en el Museo del Prado (fig.
2018).
(fig. 2018)
Goya. Autorretrato

De su genio vivo,
intranquilo y desenfadado, y de su rebosante personalidad, que tan de manifiesto
ponen sus retratos, nos habla además su correspondencia con su amigo de la
infancia Zapater.
EL ARTE DE GOYA
. —Goya es figura cumbre que no precisa el pobre
fondo de la pintura española de su tiempo para resultar gigantesca. Muy
desigual, trabajando muchas veces de prisa y con desgana, sus múltiples obras de
primer orden le dan rango no inferior al de Velázquez, al que supera en variedad
y fecundidad. No es artista precoz, pero, en cambio, su arte y su técnica no
cesan de progresar a lo largo de su vida nada corta. Su prolongada vejez es,
desde el punto de vista técnico, extraordinariamente fecunda. Mientras que su
riguroso contemporáneo, el francés David, vuelto de espaldas a la verdadera
naturaleza de la pintura termina arruinándola como arte del color, Goya es
pintor esencialmente colorista, que, como los ingleses, desoye las predicaciones
del neoclasicismo y, partiendo del rococó, concluye ejerciendo influencia
decisiva en la moderna pintura del siglo XIX. Las etapas de esa evolución no son
difíciles de distinguir. La serie de los tapices, con la gran diferencia
existente entre los más antiguos y los últimos, revela cómo en esta primera fase
juvenil su arte de componer se hace cada vez más fácil y sabio, y cómo el
colorido, primero terroso y opaco, se limpia y llena de luz. En los últimos años
del siglo descubre la belleza de los grises, no obstante lo cual siente cada vez
mayor entusiasmo por los rojos y las coloraciones intensas, y sobre todo
abandona la técnica terminada a lo Mengs y se entrega decididamente a la factura
suelta de tradición barroca, cada vez más desenfadada y sumaria, factura que
refleja la rapidez de su ejecución a que él mismo atribuye gran eficacia para la
bondad del retrato. Entrado ya el siglo XIX, el negro va ganando terreno en su
paleta. Con él pinta las grandes composiciones de la Quinta del Sordo, y él
desempeña papel de primer orden en retratos de su última época.
Lo mismo que su verdadero temple de pintor no
permite a Goya seguir el estilo tan poco colorista de los dravidianos, su
decidida vocación naturalista no le deja sentir entusiasmo por el idealismo
neoclásico. Templado ese naturalismo en su época juvenil por el tono amable de
la vida del rococó, las tremendas escenas de la Guerra de la Independencia hace
que se le imponga en todo su vigor la solera realista, y produce trozos de pintura donde se nos muestra digno hermano de un
Ribera y de un Valdés Leal. Sus retratos reflejan, cada uno en su medida, esa
misma entrega al natural. Y es lógico que, dada esta actitud, lo mismo que
enlaza con el arte barroco, ejerza profunda influencia en la generación
siguiente, educada en el odio al neoclasicismo. Pero Goya no es sólo un pintor
de temple naturalista de primer orden. Como hemos visto, es pintor de intensa
vida interior y de imaginación extraordinaria que, partiendo del comentario
satírico y humorista de la realidad, se entrega al capricho, deformando la
naturaleza en aras de la expresión, y llega a complacerse en lo monstruoso y en
lo puramente fantástico. Desde los días del Bosco la pintura de imaginación no
ha escalado alturas equiparables a las alcanzadas por Goya. Con tan amplio
horizonte, desde la realidad más brutal hasta las fantasías más extraordinarias,
se comprenderá que la riqueza del repertorio de temas cultivados por Goya carece
de precedentes en la pintura española.
LA OBRA DE GOYA. COMPOSICIONES
. —Para la más fácil exposición de la numerosísima
obra de Goya puede ésta agruparse en historias, retratos y grabados.
En el primer aspecto, la gran empresa de Goya es
la serie de los cartones para tapices, en la que trabaja unos quince años.
Los temas representados son en su mayoría
populares de la vida del Madrid alegre de fines del siglo XVIII, que bulle en
verbenas y romerías luciendo trajes de colores claros, talle ajustado y zapatos
menudos, apuesto y bien plantado, que todavía no ha conocido los días aciagos de
la francesada. Goya se identifica con este ambiente y crea un mundo de chisperos
que ocultan su rostro en el embozo de la capa, de majas bellas y risueñas que
beben, bailan y se divierten. Varios de los tapices menores están dedicados a
los juegos de niños (fig. 2019).
(fig. 2019)
Gigantillas

Cuentan entre los cartones más antiguos los del
Baile en San Antonio de la Florida y de La Cometa (1777). Algo posterior es el
Juego de pelota a pala. Como es lógico alcanza mayor perfección en los últimos
años, hacia 1790. Los zancos, poco anterior a esa fecha, es una de sus
composiciones más claras y naturales. En La gallina ciega (1791) (fig.
2020), La florista (fig. 2021), La vendimia
(fig. 2022), La primavera, El otoño, El pelele y El columpio, entre otros,
la gracia y ligereza del rococó produce por mano de Goya varias de sus obras más
encantadoras y representativas.
(fig. 2020)
Juego de la gallina ciega

(fig. 2021)
La florista

(fig. 2022)
La vendimia

Para un gran tapiz que no llega a hacerse pinta
el bellísimo cuadrito de la Pradera de San Isidro (fig.
2023).
(fig. 2023)
Pradera de San Isidro

Animadas por el mismo espíritu optimista
dieciochesco de los cartones, pinta Goya un crecido número de obras no menos
valiosas, tales como las Majas vestida y desnuda (fig.
2024), la primera de
factura muy suelta y la segunda muy apretada y precisa, acerca de cuya
identificación se han hecho muchas suposiciones, y que, en definitiva, ignoramos
a quién representan.
(fig. 2024)
Las Majas vestida y desnuda

En La maja en el balcón, de propiedad particular, la figura
de la celestina, que se dibuja en la sombra, descubre cómo el pesimismo ha hecho
ya brecha en su alegría primera.
Esta nota crítica y pesimista aparece cada vez más
poderosa en sus pinturas de carácter profano, y a las alegres escenas de los
cartones suceden cuadros como La casa de los locos y Los disciplinantes, de la
Academia de San Fernando, en los que todo optimismo ha desaparecido. La guerra
con sus horrores no inspira sólo al Goya grabador, sino que le hace crear sus
dos obras maestras de El dos de Mayo (fig. 2025) y Los fusilamientos (fig.
2026),
donde la violencia de la lucha, las cabezas destrozadas y anegadas en sangre de
los caídos en la pelea, y el terror y la rebeldía ante la muerte inmediata de
los que van a ser fusilados, aparecen con una verdad e intensidad expresiva no
imaginable en el autor de La gallina ciega y La florista.
(fig. 2025)
El dos de Mayo

(fig. 2026)
Fusilamientos

Y escenas análogas de
furor bélico y de bandidaje pinta en toda una serie de cuadros pequeños menos
conocidos.
Al pasar al mundo del capricho y de la fantasía,
el pintor aragonés siente especial atracción por la brujería. A ella dedica
algunos cuadros pequeños, y es el tema de la decoración de su casa. Pintadas en
negro, como la noche en que se mueven, nos presenta a las brujas escuchando
predicaciones del macho cabrío, siniestras procesiones, discípulos de Satanás
que vuelan, viejos desdentados tomando sopas; visiones, en fin, en que da rienda
suelta a su imaginación y en que lo expresivo triunfa sobre la belleza de las
formas, como en: La romería de San Isidro (fig. 2027),
El aquelarre (fig. 2028), o en Saturno devorando a
su hijo
(fig. 2029).
(fig. 2027)
La romería de San Isidro

(fig. 2028)
Aquelarre

(fig. 2029)
Saturno devorando a su hijo
Tema en
Goya y Rubens

Aunque lo religioso pasa a segundo plano en el
conjunto de la obra de Goya, es género que cultiva en alguna ocasión, poniendo
en él toda la pasión de que es capaz. A la época de los cartones corresponden
las bóvedas del Pilar de Zaragoza, la del coreto (1782) y una de las cúpulas
dedicada a la Reina de los Mártires (1780), obras en las que se mantiene dentro
del estilo imperante en la corte, aunque en la última se reflejan los progresos
realizados en los cartones. A esta época juvenil pertenecen además las pinturas
de la Cartuja de Aula Dei, muy inspiradas en estampas. En la década siguiente,
de 1780 a 1790, pinta varios cuadros de carácter religioso, entre los que tiene
especial interés La predicación de San Bernardino (1784), que por ser parte de
una serie de encargos para San Francisco el Grande, hechos a los mejores
pintores de la época, significa para Goya una especie de consagración. Algo
posterior es el Crucificado, del Museo del Prado. Pero donde Goya crea una de
sus obras maestras es en las bóvedas de la ermita de San Antonio de la Florida
(1798), dedicadas a la historia del Santo (fig. 2030).
(fig. 2030)
Bóvedas de la ermita de San
Antonio de la Florida

Han transcurrido cerca
de veinte años desde su última bóveda del Pilar, y la larga serie de cartones
para tapices que, como hemos visto, culminan en 1790, ha transformado su estilo,
centrándolo en torno a lo profano. Inspirada, tal vez, la idea general de la
composición en Mantegna, lo profano invade también aquí la escena y le presta
vida y encanto extraordinarios. La técnica es de sorprendente soltura. Con el
alegre optimismo y el carácter profano de los frescos de San Antonio de la
Florida forman intenso contraste algunas de sus pinturas religiosas de caballete
de los últimos tiempos; la espléndida Comunión de San José de Calasanz y la Oración del Huerto, de San Antón, de Madrid, al mismo tiempo que
delatan profunda emoción religiosa, son obras importantes desde el punto de
vista técnico, por estar pintadas sobre la base de negro y por la valentía de su
factura.
EL RETRATO. EL GRABADO
. —Como retratista, Goya es de sinceridad
sorprendente, a veces de sinceridad despiadada. Género que cultiva con
frecuencia, y a lo largo de toda su vida, por lo general con entusiasmo pero
también a veces con desgana, sus retratos son de valor muy desigual. En ellos
podemos contemplar a lo más principal de su tiempo y a no pocos representantes
de la clase media, artistas, actores y toreros famosos, captados en sus rasgos
más esenciales con penetración admirable, pero delatándonos también la simpatía,
el interés o la indiferencia que siente el pintor por el modelo.
Esa sinceridad antes aludida no se cohíbe ante los
reyes, y así, mientras en los retratos de Carlos IV se advierte la limitación
del monarca, en los de María Luisa pinta con fuerza el plebeyismo de su carácter
y lo picaresco de su espíritu. Recuérdense los de cuerpo entero y los ecuestres
del Museo del Prado. Los de Fernando VII descubren la escasa simpatía que le
inspira el modelo. Sus retratos reales culminan en el de La familia de Carlos IV
(1800), del mismo Museo (fig. 2031), donde se guardan también los retratos
preparatorios de busto que hace de cada uno de los personajes. De pie todos
ellos y con escaso movimiento, tal vez debido a influencia neoclásica, aparece
el monarca acompañado por su mujer, hermanos e hijos, dando frente al espectador
mientras Goya se nos presenta, como Velázquez en Las Meninas, en segundo término
y en la sombra, ante el caballete. Los rostros de los futuros Fernando VII y del
pretendiente don Carlos, el del
infante don Antonio,
y los de todos los demás que componen el grupo, reflejan el carácter del
retratado.
(fig. 2031)
Familia de Carlos IV

Lo femenino y la infancia tienen para Goya
particular atractivo. En su primera etapa ve la gracia femenina con finura
típicamente dieciochesca y algunos de sus retratos parecen figuras salidas de
los cartones de sus tapices —familia del duque de Osuna, retratos de la duquesa
de Alba, doña Tadea Arias—. En el de la condesa de Chinchón (fig.
2032) en estado de esperanza, crea una de sus obras maestras.
(fig. 2032)
Condesa de Chinchón

El retrato de doña
Isabel Cobos, de la Galería Nacional de Londres, y el de La Tirana (fig.
2033),
de la Academia de San Fernando, nos dicen cómo le entusiasma la arrogancia
femenina; el de doña Antonia de Zarate, de grandes ojos negros melancólicos,
cómo sabe penetrar en el alma del modelo, y así un sinnúmero de retratos
atestigua su fina sensibilidad para expresar los más diversos matices de lo
femenino.
(fig. 2033)
La Tirana

Como pintor de retratos de niño sólo tiene
parangón en la escuela inglesa, por la que, al parecer, se deja influir.
Increíble parece que el artista que se recrea en las cruentas escenas del Dos de
Mayo y en las tenebrosas visiones de la Casa del Sordo, sea capaz de expresar la
inocencia y el encanto infantiles de los retratos de su nieto Mariano (fig.
2034), de Pepito Corte, etc.
(fig. 2034)
Nieto Goya, Mariano

La galería de retratos de hombres es numerosa.
Adviértase que con los anteriores suman cerca del medio millar. Figura, entre
los más antiguos, el del ministro Jovellanos, que realmente no delata lo que
será Goya como retratista, pero entre los posteriores abundan las obras
maestras. El del conde de Fernán Nuñez es la réplica en gallardía
varonil del de la Tirana; el de su nieto Mariano, ya mayor, y el del marqués de
San Adrián, son dechados de elegancia y de distinción; el de Llórente delata a
las claras su condición aviesa; el de don Juan de Villanueva, el del embajador
francés Guillemardet, etc., son reflejo de un carácter diferente y definido.
La personalidad de Goya quedaría incompleta sin su
obra gráfica. En ella es donde contempla la realidad desde el ángulo crítico,
pesimista y humorista, y donde se eleva más alto en el mundo de la imaginación.
Los Caprichos, ejecutados al agua fuerte, y
recogidos a poco de publicados, por recelos del Santo Oficio, aunque en algún
caso contienen figuras monstruosas, ofrecen, en general, una serie de tipos
cuyos rasgos, certeramente subrayados, intensifican su expresión (fig.
2035).
(fig. 2035)
Caprichos

El mundo de las brujas, que hace reír a Goya en
sus cartas, ocupa en ellos buen espacio. A los Caprichos siguen los Desastres de
la Guerra, en los que con sentido realista, pero desde un plano muy general y
sin dejarse impresionar por el carácter patriótico de la lucha, desarrolla el
tema de los horrores de la guerra en la que la bestia humana se mueve sin freno. Donde su
imaginación se manifiesta más libremente es en la serie de los Disparates. Lo
monstruoso, la realidad deformada por la libre fantasía, escalan en esta serie
alturas no alcanzadas en las obras gráficas anteriores.
Su última serie de estampas es la Tauromaquia. Los
toros aparecen en más de una ocasión en su obra pintada, y según Moratín, el
propio Goya llega a torear. Recuérdese que estamos en la época en que se crea el
toreo moderno con profesionales (fig. 2036), y que él retrata a los toreros más famosos
(fig. 2037).
(fig. 2036)
Corrida de toros en una
plaza dividida en dos

(fig. 2037)
Retratos de toreros de la
época

Recién descubierta la litografía, la emplea Goya
en sus últimos años.
Entre sus discípulos, el de más talento es Agustín
Esteve, a quien se deben no pocas de las réplicas y copias de retratos del
maestro, retocadas por éste. Algunos de los. suyos, aunque sin el fuego de los
de Goya, son tan excelentes como el pequeño Marqués de Cogolludo y sus hermanas
(1819), de la colección Osuna.