LA PORCELANA
CERÁMICA: TALA VERA,
ALCORA Y PUEBLA DE LOS ÁNGELES
El VIDRIO TILLADO
EL MUEBLE
TAPICERÍA Y TEJIDOS
LA PORCELANA
. —Pocas industrias artísticas tan representativas
del siglo XVIII europeo como la de la porcelana, que recibe en Europa ese nombre
por su semejanza con la concha marina llamada en Italia «porcella». La
introducción de la del Extremo Oriente en Europa y el rápido favor que encuentra
en las más elevadas clases sociales, induce a los soberanos del despotismo
ilustrado a procurar fabricarla en sus propios países y ahorrar así las grandes
sumas que para adquirirla salen del país.
Conocida la porcelana oriental en Europa desde
tiempos de las Cruzadas, comienza a importarse en grandes cantidades al
descubrir los portugueses la vía marítima del Cabo. Desde poco después, se
inician los intentos de fabricación en Europa, siendo uno de los más importantes
el de la corte de los Médicis, en Florencia, en la segunda mitad del siglo XVI.
Aunque lo que se llega a producir propiamente no lo es, se le denomina porcelana
de los Médicis. A principios del siglo XVIII se realizan experimentos análogos
en diversas fábricas francesas, que no aventajan a los de Florencia, pero que
sirven de base a la futura manufactura de Sévres.
Donde, después de largas pruebas, se llega al
descubrimiento de la verdadera porcelana dura es en la corte del rey Augusto el
Fuerte de Sajonia, que siente pasión profunda por la de origen oriental. Juan
Federico Bottger, antes de conseguir fabricarla, descubre un producto rojo, con
el que imita la forma de los vasos orientales y de la vajilla de plata europea.
Pero en 1709 puede comunicar al soberano que ha encontrado la fórmula eficaz
para fabricar una buena porcelana blanca oriental, fundándose seguidamente la
real manufactura que, para mayor garantía del secreto de su fabricación, se
instala, no en Dresde, la capital, sino en Meissen. Durante los diez años que
vive aún Bottger, se produce principalmente vajilla, más importante desde el
punto de vista técnico que estético.
La reorganización de la manufactura a la muerte de
Bottger hace que rija sus destinos artísticos, desde 1720 hasta mediados del
siglo, el pintor Herold, al que se agrega, diez años más tarde, el escultor
Kandler. Mientras aquél dirige sólo la fábrica, influido probablemente por el
propio monarca, predomina la vajilla de superficie lisa, pintada con grandes
temas orientales de flores, hojas y pájaros, a los que se agregan escenas
chinescas o inspiradas en Watteau. Las formas de los vasos son igualmente
orientales. Los servicios son todavía de escaso número de piezas, y se limitan a
los de desayuno, de té y café, bien para una persona —solitaire—, dos personas —téte-á-téte—
o poco más. La presencia de Kandler hace que en la vajilla se imiten los modelos
de la platería europea, dominando las superficies gallonadas y prodigándose en
asas y tapas la figura humana. Los servicios se hacen, además, de numerosas
piezas, tales como los de los condes Sulkowsky y Brühl, del Museo de Artes
Industriales de Berlín (1735-1741). Pero donde Kandler puede dar rienda suelta a
sus gustos de escultor del rococó es en las graciosas estatuillas que ahora se
fabrican por sus modelos, y que son, en realidad, los productos que más
rápidamente difunden la gran fama de la manufactura de Meissen. Representan
personajes o grupos reducidos, tomados de la comedia italiana, de la ópera
francesa, caballeros y damas en traje de corte, o pastores, que marchan, danzan
o figuran escenas de amor.
Aunque tanto Herold como Kandler continúan
trabajando en Meissen todavía unos veinte años, el momento culminante de la
manufactura corresponde a mediados del siglo, es decir, al pleno rococó. El
neoclasicismo triunfa después en el período Marcolini, así llamado por el nuevo
director el conde Camilo Marcolini; pero, no obstante producir muy bellas
piezas, no continúa Meissen figurando a la cabeza de la porcelana europea como
en tiempos de Herold y Kandler.
A ejemplo de la de Meissen, nacen en diversas
cortes alemanas un gran número de manufacturas de porcelana, entre las que se
distinguen por su mayor importancia las de Viena, Berlín, Hóchst y Nymphenburg
(Munich). En Francia, la principal es la de Sévres, y en Inglaterra, la de
Chelsea.
La más renombrada de Italia la funda
Carlos III en Capodimonte, junto a Nápoles. Se distingue por sus piezas de
carácter escultórico de gran tamaño, y, sobre todo, por la porcelana de tipo
arquitectónico para revestimiento de salones, de que son ejemplo los del Palacio
de Capodimonte. Al trasladarse a Madrid, Carlos III trae consigo gran parte de
los operarios de aquella manufactura, entre ellos a los escultores Scheppers y
Gricci, y establece la fábrica del Buen Retiro o, como popularmente se la
conoce, de la China, que hasta la muerte del monarca trabaja sólo para la
Corona. Después vende a particulares, y termina por desaparecer como
consecuencia de la invasión napoleónica. El Buen Retiro fabrica también grandes
revestimientos de interiores. El primero es para un salón del Palacio de
Aranjuez (1763), en que dominan los temas e historias chinescos. En el del
Palacio de Madrid (1770), la influencia neoclásica de la Academia de San
Fernando se hace sensible, tanto en los temas como en la mayor simplicidad del
colorido. Ambos son obra de Gricci y de sus colaboradores.
Además de esas decoraciones, se modelan en la
época en que dirigen la manufactura Gricci y Scheppers gran número de
estatuillas y grupos. Figuran entre éstas escenas mitológicas y populares, de
origen napolitano, grupos llamados de estilo de Teniers, otros imitados de
Sajonia, los Niños del carnero, etc. En 1804, al encargarse de la dirección
Bartolomé Sureda, se abre la segunda época en la que se produce porcelana de
mucha mayor dureza, capaz de resistir altas temperaturas sin quebrarse, lo que
permite fabricar vajilla de mejor calidad. El estilo imperante es el neoclásico,
que se manifiesta ya en los últimos tiempos del período anterior.
"La colección más rica de porcelana del Buen
Retiro se guarda en el Museo Arqueológico Nacional.
Todas las fábricas de porcelana tienen su marca
propia, garantía del producto, que suele pintarse al pie de la pieza. Así, la de
Meissen consiste en dos espadas cruzadas; la de Sévres, en dos L enlazadas,
etcétera.
CERÁMICA: TALA VERA, ALCORA Y PUEBLA DE
LOS ÁNGELES
. —La cerámica de Talavera continúa produciendo
durante el siglo XVIII azulejos y vasijas. De los primeros existen importantes
ejemplos en el Santuario de Nuestro Señora del Prado de aquella población y en
el Ayuntamiento de Toledo; pero lo que difunde más la fama de sus alfareros son
las vasijas, los grandes jarrones y cuencos, que adquieren ahora la decoración
que les será típica. Ocupa ésta la totalidad del cuerpo del jarro o toda la
superficie del interior del cuenco o fuente, y suele consistir en temas de
cacería sobre fondo de paisaje, por lo que se llama decoración de montería. Por
lo general, el cazador a caballo hunde su lanza en el animal; pero también
muestran escenas de caza con red, de pesca y de toreo. Una de las principales
fuentes de inspiración de los decoradores talaveranos para estas escenas
cinegéticas es la serie de grabados del flamenco Stradanus, titulada Venationes
ferarum, avium, piscium (1578). Contra lo que pudiera suponerse, el advenimiento
de los Borbones no benefició a la cerámica de Talavera. La decadencia se inicia
con el nuevo siglo, no pudiendo competir con la calidad de las extranjeras ni
con la nacional de Alcora. En su deseo de responder a los gustos dieciochescos,
aunque continúa empleando los modelos antiguos, utiliza a veces los franceses de
Alcora —incluso trabaja algún tiempo en ella un ceramista procedente de aquella
fábrica— y los chinescos propios del rococó.
En Levante, como dijimos al tratar de la cerámica
de reflejo metálico, la fabricación de Manises llega, en el siglo XVII, a su
máxima decadencia. Es la época en que este reflejo metálico es de color
intensamente cobrizo, y casi sólo se labran grandes platos y cuencos con un gran
pájaro —el Pardalot— o un ramo de claveles en el centro. En la centuria
siguiente las alfarerías de Manises cobran nueva vida, si bien lo que cultivan
es la cerámica de tipo italiano, como Talavera y Sevilla. Ahora se fabrican
numerosos zócalos que decoran iglesias y casas ricas valencianas. Típica
creación del Manises dieciochesco son los revestimientos de cocinas con temas
culinarios, en los que se figuran incluso la cocinera y el mayordomo. Un buen
ejemplo posee el Museo de Artes Decorativas de Madrid.
La cerámica más fina que se produce en esta época
en la Península es la de Alcora, también en tierra valenciana. Es debida a la
exclusiva iniciativa del conde de Aranda, que funda la fábrica en 1727. Puesta
bajo la dirección de dibujantes italianos, trabajan en ella ceramistas
franceses, holandeses y del país. Lejos de imitar alguno de los estilos
españoles, sigue los modelos extranjeros de la época. Los que se prefieren son
los de Moustiers, en el sur de Francia, que se considera la cerámica más fina de
la época y en la que imperan, junto a ornamentaciones de tipo berainiano, el
repertorio corriente en el arte decorativo francés de estos años. El director
artístico, hasta que marcha a Moustiers, en 1737, es el marsellés José Olerys,
siendo sus temas preferidos los grutescos de tipo Berain y los medallones con
historias. Pero el nombre más ilustre y el autor de las obras más bellas e
importantes de la manufactura es Miguel Soliva (muerte 1755), que firma las
mejores placas y bandejas con historias religiosas y de la fábula antigua. En la
segunda época se pugna en vano por fabricar porcelana. Es época en que el
neoclasicismo es cada vez más sensible, y en que se hacen esculturas, entre las
que puede recordarse el busto del Conde fundador.
Introducida la cerámica vidriada en Puebla de
Méjico por alfareros de Sevilla y Talavera, crea allí después, bajo la intensa
influencia del Extremo Oriente, un estilo propio de gran belleza. Gracias a los
viajes de la nao de la China, que, cargada de seda y porcelana, desembarca
periódicamente sus productos en Acapulco para reembarcarlos en Veracruz con
rumbo a España, el contacto de los artistas poblanos con los modelos de las
porcelanas orientales es fecundo. De ellos toman no sólo temas decorativos, sino
incluso formas de vasos. El tibor, por ejemplo, es vasija corriente en la loza
poblana. Su época de mayor florecimiento corresponde a la segunda mitad del
siglo XVII y al XVIII, y sus dos tipos de productos son la vajilla y el azulejo.
Para el decorador poblano, el fondo, por lo
general, no debe quedar libre. Un follaje menudo, de simples hojas o pintas, sin
tallos o líneas que las unan, pero formando ramitos o flores, llena el fondo
hasta rodear por completo las figuras animadas. Con ese follaje se entremezclan
pájaros de larga cola, conejos, perros y árboles sobre trozos de tierra. Por lo
común, una escena con varios personajes o una sola figura humana constituyen el
motivo central. Muy representativo de la influencia oriental es el jarrón de la
«Hispanic Society», de Nueva York, en que vemos a una dama en su carroza
conducida por un cochero chino. En otros vasos se emplea el sistema decorativo,
de rancio abolengo chinesco, de cubrir la superficie del vaso de color oscuro
—que en Puebla es azul—, reservando medallones en blanco, en los que se traza
nueva decoración en aquel color. A su vez, esas superficies en azul,
delimitadoras de los medallones blancos, se enriquecen con menudos motivos
vegetales sobre fondo blanco. Dos lebrillos del Museo de Filadelfia y de la
colección Bello, de Puebla, muestran en el fondo a un jinete chino con su
quitasol y a una cazadora, respectivamente.
En el siglo XVIII la técnica de los decoradores
poblanos es más nerviosa, movida y efectista. En sus canillas o tarros de botica
y en sus barriles se generaliza el tema de la contraposición de un pájaro de
larga cola y de un conejo o león, motivo sencillo, pero muy movido, al gusto
chinesco; y ese mismo gusto por la asimetría y el movimiento inspira el del
pájaro lanzándose oblicuamente sobre una flor.
El azulejo, que, como hemos visto, tan importante
papel desempeña en la arquitectura poblana, es parte no menos capital que la
vajilla en la cerámica de Puebla de los Ángeles. La obra más valiosa a este
respecto es la fachada de San Francisco Acatepec.
El VIDRIO TILLADO
. —Durante el período barroco la vidriera
historiada, que durante la primera mitad del siglo XVI produce ejemplares tan
importantes en las catedrales, casi desaparece. Por lo demás, la industria del
vidrio persiste en sus principales manifestaciones, aunque transformando su
decoración de acuerdo con el estilo de la época.
La gran novedad es la importancia cada vez mayor
que desde mediados del siglo XVII adquiere la vajilla de vidrio pulido y tallado
en Alemania. El origen de la nueva técnica es, en buena parte, debido al deseo
de emular la de cristal de roca, ya citada al tratar de las artes industriales
del Renacimiento. Quien da el paso decisivo para el empleo en el vidrio de la
técnica, hasta ahora sólo utilizada en el cristal de roca, es Gaspar Lehmann,
que precisamente trabaja en Praga hacia 1600, al servicio de Rodolfo II, el gran
entusiasta de las obras italianas de cristal de roca. Consecuencia de la nueva
técnica es que los vasos, al contrario que los venecianos, cuyas paredes se
hacen lo más finas posible, son de paredes bastante gruesas para permitir la
decoración, no sólo rehundida, sino de relieve. La nueva técnica arraiga durante
el siglo XVII en otras poblaciones, como Nuremberg, donde se distingue la
familia Schwanhardt. En el período de máximo florecimiento del cristal tallado,
los centros artísticos que figuran a la cabeza son Bohemia, en los últimos años
del siglo XVII y primer cuarto del siguiente, y después Silesia, aunque no por
ello Bohemia deja de mantenerse en estado de gran prosperidad. Su principal
producción está constituida por copas con tapa y vasos decorados, generalmente
con follaje, y también con frecuencia historiados. En el soporte y en la parte
inferior del vaso, sobre todo, son normales la sección poligonal de lados
cóncavos, los gallones y las formas poliédricas. Además de las fábricas
dieciochescas de Bohemia y Silesia, deben recordarse las de Brandenburgo.
En España la necesidad de decorar los nuevos
palacios reales hace también renacer la industria del vidrio en el reinado de
Felipe V, quien en 1734 toma bajo su protección la fábrica fundada en La Granja
por el catalán Buenaventura Sit, que en un principio produce, sobre todo,
grandes lunas de espejos. Años más tarde la llegada de artistas franceses,
alemanes y de otras nacionalidades, amplía su actividad a la vajilla y a las
arañas, que desde tiempos de Carlos III se necesitan para los Palacios Reales.
Las últimas son de brazos de vidrio con pendientes en forma de hojas, racimos o
flores de lis. Desde tiempos de Carlos IV se generaliza la de canastilla o
corona de bronce con rosarios de cuentas poliédricas y de prismas. Típicas de la
época fernandina son las placas con vistas del Palacio de La Granja, del
grabador Félix Ramos.
EL MUEBLE
. —Como hemos visto al tratar de la arquitectura
barroca francesa, uno de los aspectos más importantes es el de la decoración
interior de los palacios reales. La influencia de ese estilo decorativo es
decisiva en el mueble, que vive también bajo los Luises una de sus épocas más
florecientes, hasta el punto de imponer sus formas, sobre todo en el siglo XVIII,
a casi todo el resto de Europa. Los mueblistas franceses tienen por clientes no
sólo al rey de Francia, sino a las cortes europeas más distinguidas.
En tiempos de Luis XIV el mueble francés es
todavía de proporciones más bien pesadas, y en su ornamentación domina el estilo
decorativo de Berain. El mueblista más famoso y que
dentro de esas características crea un tipo de mueble nuevo, es Boulle. Más que por la forma se distinguen sus obras por la técnica de
incrustaciones de bronce sobre fondo revestido de concha de carey. El
complemento del mueble de Boulle son las aplicaciones de bronce dorado, en las
que llegan a labrarse relieves y aun estatuillas y grupos exentos. Aunque en
las patas se sigue, a veces, la traza mixtilínea del estilo de Berain, el mueble
de Boulle tiende a las superficies planas.
Además de ese tipo de mueble de marquetería de
bronce y concha, se emplea, como es natural, el tallado y dorado. Típicas son
las consolas de patas de doble curva, a veces decoradas con grandes mascarones e
incluso con bichas enroscadas.
Bajo la Regencia (1715-1723) y Luis XV (muerte
1774), el mueble francés gana en ligereza y elegancia, mostrando amplias
superficies convexas y cóncavas . Se tiende a crear una
envolvente general que funda en un conjunto las diversas partes, ocultando la
diferencia entre soportes y soportado. Las tapas dejan de ser rectangulares y
dibujan curvas y contracurvas a tono con las inflexiones de los frentes del
mueble. Las aplicaciones de bronce, como es natural, reflejan primero las
características de la ornamentación de la Regencia, en que persiste el gusto por
la simetría, y después las del estilo Luis XV, en las que domina la rocalla. Los
muebles preferidos de este período son la mesa de escritorio —burean— y la
cómoda, y se crea toda una serie nueva de muebles, tales como los armarios de
esquina —encoignure— o rinconera, «secretaire» de señora, de patas altas y tapa
oblicua, cartonnier o armarios de cajones para papeles, coronado por un reloj. Y
sobre todo se multiplican los asientos, surgiendo el canapé, la chaise longue,
etc. Bajo Luis XV se introduce además el mueble cubierto con laca y decorado al
estilo chinesco. Ejecutados los primeros muebles de esta técnica y los más
importantes por la familia de mueblistas Martin, se designa esta técnica del
«barniz Martin».
El mueblista principal de tiempos de la Regencia
es Carlos Cressent, en su juventud broncista, y el del reinado Luis XV, el
italiano Caffieri, también broncista. Hacia 1760 el gusto por las líneas movidas
del estilo Luis XV comienza a ceder, preparándose el tránsito al neoclasicismo.
El mueble neoclásico francés recorre su primera
etapa bajo Luis XVI (1774-1789), y la segunda bajo el Imperio,
etapas caracterizadas, respectivamente, por el empleo de los elementos
decorativos de esos estilos. En cuanto a la concepción del mueble mismo, el neoclasicismo
significa el retorno al dominio de lo constructivo. Si bajo Luis XV el ebanista
parece modelar el mueble ocultando la personalidad de sus elementos
constructivos, ahora vemos subrayar de nuevo la de las patas y de cada uno de
los elementos soportados, y emplearse otra vez temas decorativos arquitectónicos
como estrías, capiteles, etc. Se retorna a los planos y líneas rectas y a las
formas cilíndricas.
El mueble de estilo Imperio, aunque
responde en sus rasgos esenciales a los mismos principios, es de aspecto muy
diferente. En su formación tienen parte decisiva los dos arquitectos del
Imperio, Perder y Fontaine, gracias a su Recueil de décorations intérieures
(1801), que es tomado como modelo por los mueblistas de las
principales cortes europeas. Se tiende a formas más macizas, en las que dominan
las superficies lisas de la madera, casi sólo interrumpidas por aplicaciones de
bronce muy planas y finas. Típica del estilo es la preferencia por la caoba en
su color. También se crean nuevos tipos de muebles.
El único país que además de Francia, crea en el
siglo XVIII y principios del XIX un tipo de mueble con verdadera personalidad y
que influye fuera de su propia patria, es Inglaterra. Después del estilo Reina
Ana, la etapa correspondiente al Luis XV es el estilo Chippendale,
así llamado por el mueblista de ese nombre que publica en 1754 un libro de
modelos que alcanza gran difusión. Chippendale conserva del mueble inglés
anterior la pata convexa en su parte alta y terminada en garra sobre una bola, y
suele trabajar la caoba maciza. Naturalmente, emplea también la rocalla y se
deja influir por el mueble francés contemporáneo. Típicos de sus sillas y
sillones son los respaldos calados de dibujos diversos. El estilo equivalente al
Luis XVI francés llena el último tercio del siglo, y también ahora es un
arquitecto quien ejerce influencia decisiva en el abandono del rococó en el
mobiliario. Se llama Roberto Adam, y sus grabados de decoraciones de interiores
y de muebles se distinguen por la sencillez y la elegancia de su forma. Dentro
de ese estilo neoclásico trabajan dos mueblistas célebres, cuyas publicaciones
de modelos alcanzan el mayor éxito. Su fama llega a borrar la de Adam, hasta el
punto de ser sus nombres los que sirven para designar el mueble inglés de este
período. Son Jorge Hepplewhite y Tomás Sheraton. El estilo del primero abandona
un tanto el clasicismo de Adam, inclinándose de nuevo hacia los tipos de
Chippendale, y crea un cierto número de muebles nuevos. Con él se intensifica el
gusto inglés por las rejillas de madera sobre puertas de cristal. El estilo de
Sheraton es muy sobrio, luciendo en él la caoba lisa o con sencillos filetes de
taracea (fig. 2064).
(fig. 2064)
Muebles estilo Luis XV, Luis
XVI e Imperio

TAPICERÍA Y TEJIDOS
. —La tapicería continúa floreciendo en el período
barroco. En la primera mitad del siglo figuran a la cabeza los talleres
flamencos de Bruselas, cuyo estilo renueva Rubens con sus cartones cargados de
barroquismo. Ya queda citada, al tratar de este pintor, alguna serie tan
importante como la de la Eucaristía, que se hace para la iglesia y claustro de
las Descalzas Reales de Madrid.
En la segunda mitad del siglo, la tapicería
francesa, que hasta ahora no ha conseguido figurar en primer plano, da un paso
decisivo. El deseo de crear grandes talleres reales data de tiempos de Enrique
IV, y consecuencia de su interés son el del flamenco Comans, el del Louvre y el
de la Jabonería. En 1662 Luis XIV funda la Manufactura real de muebles de la
Corona o Manufactura de los Gobelinos, para cuya dirección nombra al pintor Le
Brun. No se concibe como fábrica exclusiva de tapices, sino de arte decorativo
en general, y el nombre de Gobelinos se debe al de esta familia, famosa ya en el
siglo XV como tintoreros, y que termina después cultivando la tapicería. En los
tapices de la Manufactura parisiense de los Gobelinos se reproducen
composiciones renacentistas tan conocidas como los Hechos de los Apóstoles, de
Rafael, pero las series más representativas e interesantes son las de cartones
pintados, entre los que figuran la Historia del Rey, de Le Brun y de Van Meulen,
la Historia de Alejandro y las Estaciones, de Le Brun. Manufactura también de
gran importancia es la de Beauvais. Con la muerte de Luis XIV a principios del
siglo XVIII, el tono de la tapicería, como el de todo el arte francés, cambia.
Ya no gustan las grandes series históricas de las campañas del monarca. Se
prefieren los temas cinegéticos, hasta el punto de ser las Cacerías de Luis XV
una de las principales series producidas, agregándose a ellos los de carácter
literario, como el del Quijote, o aquellos que permiten recrear la fantasía en
el caprichoso escenario de la mitología o de países lejanos. Así se fabrican el
Tapiz de las Indias, el Tapiz chino, el de las Sultanas, el de las Fiestas
rusas, etc. Aspecto también interesante de la tapicería francesa es la moda
introducida de cubrir con tapices labrados expresamente los respaldos y asientos
de sillas, sillones y canapés.
En España, la implantación de la tapicería es obra
del reinado de Felipe V, que funda la fábrica madrileña de Santa Bárbara en el
año 1720. Su primer director es Santiago Van der Goten, cuya familia continúa al
frente de los trabajos después de su muerte. Como hemos visto al tratar de la
pintura española de esta centuria, durante mucho tiempo se limita la fábrica a
copiar series antiguas y a reproducir cuadros de las galerías reales, en
particular de Teniers. Uno de los mejores tapices de este género es el de la
Perla, de Rafael. A veces pintan cartones para los tapices los pintores de
Cámara. Y ya queda citada a este respecto la laudable iniciativa de Mengs, que
tiene como consecuencia la intervención de varios pintores jóvenes, entre ellos
Goya. Interrumpida la fabricación durante la Guerra de Independencia, se reanuda
en 1815.
La principal novedad en los comienzos del tejido
barroco es la diferenciación entre la tela de vestir, que por la nueva
indumentaria prefiere decoraciones menudas, y la tela para cubrir paredes en la
que se emplean decoraciones de cierta grandiosidad arquitectónica, con ejes
centrales, vasos y hojas dispuestos a los lados de aquéllos. Desde fines del
siglo XVII es Francia la que impone la moda, y los esquemas diagonales,
abandonados bajo el Renacimiento, vuelven a reaparecer. Uno de los centros
textiles más activos es Lyon, siendo típicas sus decoraciones de follaje, cuyas
hojas copian blondas de encaje en su interior. El Luis XV se distingue por su
interpretación naturalista de los temas vegetales y animales, los motivos
chinescos y, en resumen, por las características generales del estilo. Con el
neoclásico se ordena la decoración en fajas verticales, en las que se alinean
temas menudos, por lo común flores y hojas.