HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XL

ARTES INDUSTRIALES DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

LA PORCELANA
CERÁMICA: TALA VERA, ALCORA Y PUEBLA DE LOS ÁNGELES
El VIDRIO TILLADO
EL MUEBLE
TAPICERÍA Y TEJIDOS


LA PORCELANA

. —Pocas industrias artísticas tan representativas del siglo XVIII europeo como la de la porcelana, que recibe en Europa ese nombre por su semejanza con la concha marina llamada en Italia «porcella». La introducción de la del Extremo Oriente en Europa y el rápido favor que encuentra en las más elevadas clases sociales, induce a los soberanos del despotismo ilustrado a procurar fabricarla en sus propios países y ahorrar así las grandes sumas que para adquirirla salen del país.

Conocida la porcelana oriental en Europa desde tiempos de las Cruzadas, comienza a importarse en grandes cantidades al descubrir los portugueses la vía marítima del Cabo. Desde poco después, se inician los intentos de fabricación en Europa, siendo uno de los más importantes el de la corte de los Médicis, en Florencia, en la segunda mitad del siglo XVI. Aunque lo que se llega a producir propiamente no lo es, se le denomina porcelana de los Médicis. A principios del siglo XVIII se realizan experimentos análogos en diversas fábricas francesas, que no aventajan a los de Florencia, pero que sirven de base a la futura manufactura de Sévres.

Donde, después de largas pruebas, se llega al descubrimiento de la verdadera porcelana dura es en la corte del rey Augusto el Fuerte de Sajonia, que siente pasión profunda por la de origen oriental. Juan Federico Bottger, antes de conseguir fabricarla, descubre un producto rojo, con el que imita la forma de los vasos orientales y de la vajilla de plata europea. Pero en 1709 puede comunicar al soberano que ha encontrado la fórmula eficaz para fabricar una buena porcelana blanca oriental, fundándose seguidamente la real manufactura que, para mayor garantía del secreto de su fabricación, se instala, no en Dresde, la capital, sino en Meissen. Durante los diez años que vive aún Bottger, se produce principalmente vajilla, más importante desde el punto de vista técnico que estético.

La reorganización de la manufactura a la muerte de Bottger hace que rija sus destinos artísticos, desde 1720 hasta mediados del siglo, el pintor Herold, al que se agrega, diez años más tarde, el escultor Kandler. Mientras aquél dirige sólo la fábrica, influido probablemente por el propio monarca, predomina la vajilla de superficie lisa, pintada con grandes temas orientales de flores, hojas y pájaros, a los que se agregan escenas chinescas o inspiradas en Watteau. Las formas de los vasos son igualmente orientales. Los servicios son todavía de escaso número de piezas, y se limitan a los de desayuno, de té y café, bien para una persona —solitaire—, dos personas —téte-á-téte— o poco más. La presencia de Kandler hace que en la vajilla se imiten los modelos de la platería europea, dominando las superficies gallonadas y prodigándose en asas y tapas la figura humana. Los servicios se hacen, además, de numerosas piezas, tales como los de los condes Sulkowsky y Brühl, del Museo de Artes Industriales de Berlín (1735-1741). Pero donde Kandler puede dar rienda suelta a sus gustos de escultor del rococó es en las graciosas estatuillas que ahora se fabrican por sus modelos, y que son, en realidad, los productos que más rápidamente difunden la gran fama de la manufactura de Meissen. Representan personajes o grupos reducidos, tomados de la comedia italiana, de la ópera francesa, caballeros y damas en traje de corte, o pastores, que marchan, danzan o figuran escenas de amor.

Aunque tanto Herold como Kandler continúan trabajando en Meissen todavía unos veinte años, el momento culminante de la manufactura corresponde a mediados del siglo, es decir, al pleno rococó. El neoclasicismo triunfa después en el período Marcolini, así llamado por el nuevo director el conde Camilo Marcolini; pero, no obstante producir muy bellas piezas, no continúa Meissen figurando a la cabeza de la porcelana europea como en tiempos de Herold y Kandler.

A ejemplo de la de Meissen, nacen en diversas cortes alemanas un gran número de manufacturas de porcelana, entre las que se distinguen por su mayor importancia las de Viena, Berlín, Hóchst y Nymphenburg (Munich). En Francia, la principal es la de Sévres, y en Inglaterra, la de Chelsea.

La más renombrada de Italia la funda Carlos III en Capodimonte, junto a Nápoles. Se distingue por sus piezas de carácter escultórico de gran tamaño, y, sobre todo, por la porcelana de tipo arquitectónico para revestimiento de salones, de que son ejemplo los del Palacio de Capodimonte. Al trasladarse a Madrid, Carlos III trae consigo gran parte de los operarios de aquella manufactura, entre ellos a los escultores Scheppers y Gricci, y establece la fábrica del Buen Retiro o, como popularmente se la conoce, de la China, que hasta la muerte del monarca trabaja sólo para la Corona. Después vende a particulares, y termina por desaparecer como consecuencia de la invasión napoleónica. El Buen Retiro fabrica también grandes revestimientos de interiores. El primero es para un salón del Palacio de Aranjuez (1763), en que dominan los temas e historias chinescos. En el del Palacio de Madrid (1770), la influencia neoclásica de la Academia de San Fernando se hace sensible, tanto en los temas como en la mayor simplicidad del colorido. Ambos son obra de Gricci y de sus colaboradores.

Además de esas decoraciones, se modelan en la época en que dirigen la manufactura Gricci y Scheppers gran número de estatuillas y grupos. Figuran entre éstas escenas mitológicas y populares, de origen napolitano, grupos llamados de estilo de Teniers, otros imitados de Sajonia, los Niños del carnero, etc. En 1804, al encargarse de la dirección Bartolomé Sureda, se abre la segunda época en la que se produce porcelana de mucha mayor dureza, capaz de resistir altas temperaturas sin quebrarse, lo que permite fabricar vajilla de mejor calidad. El estilo imperante es el neoclásico, que se manifiesta ya en los últimos tiempos del período anterior.

"La colección más rica de porcelana del Buen Retiro se guarda en el Museo Arqueológico Nacional.

Todas las fábricas de porcelana tienen su marca propia, garantía del producto, que suele pintarse al pie de la pieza. Así, la de Meissen consiste en dos espadas cruzadas; la de Sévres, en dos L enlazadas, etcétera.


CERÁMICA: TALA VERA, ALCORA Y PUEBLA DE LOS ÁNGELES

. —La cerámica de Talavera continúa produciendo durante el siglo XVIII azulejos y vasijas. De los primeros existen importantes ejemplos en el Santuario de Nuestro Señora del Prado de aquella población y en el Ayuntamiento de Toledo; pero lo que difunde más la fama de sus alfareros son las vasijas, los grandes jarrones y cuencos, que adquieren ahora la decoración que les será típica. Ocupa ésta la totalidad del cuerpo del jarro o toda la superficie del interior del cuenco o fuente, y suele consistir en temas de cacería sobre fondo de paisaje, por lo que se llama decoración de montería. Por lo general, el cazador a caballo hunde su lanza en el animal; pero también muestran escenas de caza con red, de pesca y de toreo. Una de las principales fuentes de inspiración de los decoradores talaveranos para estas escenas cinegéticas es la serie de grabados del flamenco Stradanus, titulada Venationes ferarum, avium, piscium (1578). Contra lo que pudiera suponerse, el advenimiento de los Borbones no benefició a la cerámica de Talavera. La decadencia se inicia con el nuevo siglo, no pudiendo competir con la calidad de las extranjeras ni con la nacional de Alcora. En su deseo de responder a los gustos dieciochescos, aunque continúa empleando los modelos antiguos, utiliza a veces los franceses de Alcora —incluso trabaja algún tiempo en ella un ceramista procedente de aquella fábrica— y los chinescos propios del rococó.

En Levante, como dijimos al tratar de la cerámica de reflejo metálico, la fabricación de Manises llega, en el siglo XVII, a su máxima decadencia. Es la época en que este reflejo metálico es de color intensamente cobrizo, y casi sólo se labran grandes platos y cuencos con un gran pájaro —el Pardalot— o un ramo de claveles en el centro. En la centuria siguiente las alfarerías de Manises cobran nueva vida, si bien lo que cultivan es la cerámica de tipo italiano, como Talavera y Sevilla. Ahora se fabrican numerosos zócalos que decoran iglesias y casas ricas valencianas. Típica creación del Manises dieciochesco son los revestimientos de cocinas con temas culinarios, en los que se figuran incluso la cocinera y el mayordomo. Un buen ejemplo posee el Museo de Artes Decorativas de Madrid.

La cerámica más fina que se produce en esta época en la Península es la de Alcora, también en tierra valenciana. Es debida a la exclusiva iniciativa del conde de Aranda, que funda la fábrica en 1727. Puesta bajo la dirección de dibujantes italianos, trabajan en ella ceramistas franceses, holandeses y del país. Lejos de imitar alguno de los estilos españoles, sigue los modelos extranjeros de la época. Los que se prefieren son los de Moustiers, en el sur de Francia, que se considera la cerámica más fina de la época y en la que imperan, junto a ornamentaciones de tipo berainiano, el repertorio corriente en el arte decorativo francés de estos años. El director artístico, hasta que marcha a Moustiers, en 1737, es el marsellés José Olerys, siendo sus temas preferidos los grutescos de tipo Berain y los medallones con historias. Pero el nombre más ilustre y el autor de las obras más bellas e importantes de la manufactura es Miguel Soliva (muerte 1755), que firma las mejores placas y bandejas con historias religiosas y de la fábula antigua. En la segunda época se pugna en vano por fabricar porcelana. Es época en que el neoclasicismo es cada vez más sensible, y en que se hacen esculturas, entre las que puede recordarse el busto del Conde fundador.

Introducida la cerámica vidriada en Puebla de Méjico por alfareros de Sevilla y Talavera, crea allí después, bajo la intensa influencia del Extremo Oriente, un estilo propio de gran belleza. Gracias a los viajes de la nao de la China, que, cargada de seda y porcelana, desembarca periódicamente sus productos en Acapulco para reembarcarlos en Veracruz con rumbo a España, el contacto de los artistas poblanos con los modelos de las porcelanas orientales es fecundo. De ellos toman no sólo temas decorativos, sino incluso formas de vasos. El tibor, por ejemplo, es vasija corriente en la loza poblana. Su época de mayor florecimiento corresponde a la segunda mitad del siglo XVII y al XVIII, y sus dos tipos de productos son la vajilla y el azulejo.

Para el decorador poblano, el fondo, por lo general, no debe quedar libre. Un follaje menudo, de simples hojas o pintas, sin tallos o líneas que las unan, pero formando ramitos o flores, llena el fondo hasta rodear por completo las figuras animadas. Con ese follaje se entremezclan pájaros de larga cola, conejos, perros y árboles sobre trozos de tierra. Por lo común, una escena con varios personajes o una sola figura humana constituyen el motivo central. Muy representativo de la influencia oriental es el jarrón de la «Hispanic Society», de Nueva York, en que vemos a una dama en su carroza conducida por un cochero chino. En otros vasos se emplea el sistema decorativo, de rancio abolengo chinesco, de cubrir la superficie del vaso de color oscuro —que en Puebla es azul—, reservando medallones en blanco, en los que se traza nueva decoración en aquel color. A su vez, esas superficies en azul, delimitadoras de los medallones blancos, se enriquecen con menudos motivos vegetales sobre fondo blanco. Dos lebrillos del Museo de Filadelfia y de la colección Bello, de Puebla, muestran en el fondo a un jinete chino con su quitasol y a una cazadora, respectivamente.

En el siglo XVIII la técnica de los decoradores poblanos es más nerviosa, movida y efectista. En sus canillas o tarros de botica y en sus barriles se generaliza el tema de la contraposición de un pájaro de larga cola y de un conejo o león, motivo sencillo, pero muy movido, al gusto chinesco; y ese mismo gusto por la asimetría y el movimiento inspira el del pájaro lanzándose oblicuamente sobre una flor.

El azulejo, que, como hemos visto, tan importante papel desempeña en la arquitectura poblana, es parte no menos capital que la vajilla en la cerámica de Puebla de los Ángeles. La obra más valiosa a este respecto es la fachada de San Francisco Acatepec.


El VIDRIO TILLADO

. —Durante el período barroco la vidriera historiada, que durante la primera mitad del siglo XVI produce ejemplares tan importantes en las catedrales, casi desaparece. Por lo demás, la industria del vidrio persiste en sus principales manifestaciones, aunque transformando su decoración de acuerdo con el estilo de la época.

La gran novedad es la importancia cada vez mayor que desde mediados del siglo XVII adquiere la vajilla de vidrio pulido y tallado en Alemania. El origen de la nueva técnica es, en buena parte, debido al deseo de emular la de cristal de roca, ya citada al tratar de las artes industriales del Renacimiento. Quien da el paso decisivo para el empleo en el vidrio de la técnica, hasta ahora sólo utilizada en el cristal de roca, es Gaspar Lehmann, que precisamente trabaja en Praga hacia 1600, al servicio de Rodolfo II, el gran entusiasta de las obras italianas de cristal de roca. Consecuencia de la nueva técnica es que los vasos, al contrario que los venecianos, cuyas paredes se hacen lo más finas posible, son de paredes bastante gruesas para permitir la decoración, no sólo rehundida, sino de relieve. La nueva técnica arraiga durante el siglo XVII en otras poblaciones, como Nuremberg, donde se distingue la familia Schwanhardt. En el período de máximo florecimiento del cristal tallado, los centros artísticos que figuran a la cabeza son Bohemia, en los últimos años del siglo XVII y primer cuarto del siguiente, y después Silesia, aunque no por ello Bohemia deja de mantenerse en estado de gran prosperidad. Su principal producción está constituida por copas con tapa y vasos decorados, generalmente con follaje, y también con frecuencia historiados. En el soporte y en la parte inferior del vaso, sobre todo, son normales la sección poligonal de lados cóncavos, los gallones y las formas poliédricas. Además de las fábricas dieciochescas de Bohemia y Silesia, deben recordarse las de Brandenburgo.

En España la necesidad de decorar los nuevos palacios reales hace también renacer la industria del vidrio en el reinado de Felipe V, quien en 1734 toma bajo su protección la fábrica fundada en La Granja por el catalán Buenaventura Sit, que en un principio produce, sobre todo, grandes lunas de espejos. Años más tarde la llegada de artistas franceses, alemanes y de otras nacionalidades, amplía su actividad a la vajilla y a las arañas, que desde tiempos de Carlos III se necesitan para los Palacios Reales. Las últimas son de brazos de vidrio con pendientes en forma de hojas, racimos o flores de lis. Desde tiempos de Carlos IV se generaliza la de canastilla o corona de bronce con rosarios de cuentas poliédricas y de prismas. Típicas de la época fernandina son las placas con vistas del Palacio de La Granja, del grabador Félix Ramos.


EL MUEBLE

. —Como hemos visto al tratar de la arquitectura barroca francesa, uno de los aspectos más importantes es el de la decoración interior de los palacios reales. La influencia de ese estilo decorativo es decisiva en el mueble, que vive también bajo los Luises una de sus épocas más florecientes, hasta el punto de imponer sus formas, sobre todo en el siglo XVIII, a casi todo el resto de Europa. Los mueblistas franceses tienen por clientes no sólo al rey de Francia, sino a las cortes europeas más distinguidas.

En tiempos de Luis XIV el mueble francés es todavía de proporciones más bien pesadas, y en su ornamentación domina el estilo decorativo de Berain. El mueblista más famoso y que dentro de esas características crea un tipo de mueble nuevo, es Boulle. Más que por la forma se distinguen sus obras por la técnica de incrustaciones de bronce sobre fondo revestido de concha de carey. El complemento del mueble de Boulle son las aplicaciones de bronce dorado, en las que llegan a labrarse relieves y aun estatuillas y grupos exentos. Aunque en las patas se sigue, a veces, la traza mixtilínea del estilo de Berain, el mueble de Boulle tiende a las superficies planas.

Además de ese tipo de mueble de marquetería de bronce y concha, se emplea, como es natural, el tallado y dorado. Típicas son las consolas de patas de doble curva, a veces decoradas con grandes mascarones e incluso con bichas enroscadas.

Bajo la Regencia (1715-1723) y Luis XV (muerte 1774), el mueble francés gana en ligereza y elegancia, mostrando amplias superficies convexas y cóncavas . Se tiende a crear una envolvente general que funda en un conjunto las diversas partes, ocultando la diferencia entre soportes y soportado. Las tapas dejan de ser rectangulares y dibujan curvas y contracurvas a tono con las inflexiones de los frentes del mueble. Las aplicaciones de bronce, como es natural, reflejan primero las características de la ornamentación de la Regencia, en que persiste el gusto por la simetría, y después las del estilo Luis XV, en las que domina la rocalla. Los muebles preferidos de este período son la mesa de escritorio —burean— y la cómoda, y se crea toda una serie nueva de muebles, tales como los armarios de esquina —encoignure— o rinconera, «secretaire» de señora, de patas altas y tapa oblicua, cartonnier o armarios de cajones para papeles, coronado por un reloj. Y sobre todo se multiplican los asientos, surgiendo el canapé, la chaise longue, etc. Bajo Luis XV se introduce además el mueble cubierto con laca y decorado al estilo chinesco. Ejecutados los primeros muebles de esta técnica y los más importantes por la familia de mueblistas Martin, se designa esta técnica del «barniz Martin».

El mueblista principal de tiempos de la Regencia es Carlos Cressent, en su juventud broncista, y el del reinado Luis XV, el italiano Caffieri, también broncista. Hacia 1760 el gusto por las líneas movidas del estilo Luis XV comienza a ceder, preparándose el tránsito al neoclasicismo.

El mueble neoclásico francés recorre su primera etapa bajo Luis XVI (1774-1789), y la segunda bajo el Imperio, etapas caracterizadas, respectivamente, por el empleo de los elementos decorativos de esos estilos. En cuanto a la concepción del mueble mismo, el neoclasicismo significa el retorno al dominio de lo constructivo. Si bajo Luis XV el ebanista parece modelar el mueble ocultando la personalidad de sus elementos constructivos, ahora vemos subrayar de nuevo la de las patas y de cada uno de los elementos soportados, y emplearse otra vez temas decorativos arquitectónicos como estrías, capiteles, etc. Se retorna a los planos y líneas rectas y a las formas cilíndricas.

El mueble de estilo Imperio, aunque responde en sus rasgos esenciales a los mismos principios, es de aspecto muy diferente. En su formación tienen parte decisiva los dos arquitectos del Imperio, Perder y Fontaine, gracias a su Recueil de décorations intérieures (1801), que es tomado como modelo por los mueblistas de las principales cortes europeas. Se tiende a formas más macizas, en las que dominan las superficies lisas de la madera, casi sólo interrumpidas por aplicaciones de bronce muy planas y finas. Típica del estilo es la preferencia por la caoba en su color. También se crean nuevos tipos de muebles.

El único país que además de Francia, crea en el siglo XVIII y principios del XIX un tipo de mueble con verdadera personalidad y que influye fuera de su propia patria, es Inglaterra. Después del estilo Reina Ana, la etapa correspondiente al Luis XV es el estilo Chippendale, así llamado por el mueblista de ese nombre que publica en 1754 un libro de modelos que alcanza gran difusión. Chippendale conserva del mueble inglés anterior la pata convexa en su parte alta y terminada en garra sobre una bola, y suele trabajar la caoba maciza. Naturalmente, emplea también la rocalla y se deja influir por el mueble francés contemporáneo. Típicos de sus sillas y sillones son los respaldos calados de dibujos diversos. El estilo equivalente al Luis XVI francés llena el último tercio del siglo, y también ahora es un arquitecto quien ejerce influencia decisiva en el abandono del rococó en el mobiliario. Se llama Roberto Adam, y sus grabados de decoraciones de interiores y de muebles se distinguen por la sencillez y la elegancia de su forma. Dentro de ese estilo neoclásico trabajan dos mueblistas célebres, cuyas publicaciones de modelos alcanzan el mayor éxito. Su fama llega a borrar la de Adam, hasta el punto de ser sus nombres los que sirven para designar el mueble inglés de este período. Son Jorge Hepplewhite y Tomás Sheraton. El estilo del primero abandona un tanto el clasicismo de Adam, inclinándose de nuevo hacia los tipos de Chippendale, y crea un cierto número de muebles nuevos. Con él se intensifica el gusto inglés por las rejillas de madera sobre puertas de cristal. El estilo de Sheraton es muy sobrio, luciendo en él la caoba lisa o con sencillos filetes de taracea (fig. 2064).

(fig. 2064)

Muebles estilo Luis XV, Luis XVI e Imperio


TAPICERÍA Y TEJIDOS

. —La tapicería continúa floreciendo en el período barroco. En la primera mitad del siglo figuran a la cabeza los talleres flamencos de Bruselas, cuyo estilo renueva Rubens con sus cartones cargados de barroquismo. Ya queda citada, al tratar de este pintor, alguna serie tan importante como la de la Eucaristía, que se hace para la iglesia y claustro de las Descalzas Reales de Madrid.

En la segunda mitad del siglo, la tapicería francesa, que hasta ahora no ha conseguido figurar en primer plano, da un paso decisivo. El deseo de crear grandes talleres reales data de tiempos de Enrique IV, y consecuencia de su interés son el del flamenco Comans, el del Louvre y el de la Jabonería. En 1662 Luis XIV funda la Manufactura real de muebles de la Corona o Manufactura de los Gobelinos, para cuya dirección nombra al pintor Le Brun. No se concibe como fábrica exclusiva de tapices, sino de arte decorativo en general, y el nombre de Gobelinos se debe al de esta familia, famosa ya en el siglo XV como tintoreros, y que termina después cultivando la tapicería. En los tapices de la Manufactura parisiense de los Gobelinos se reproducen composiciones renacentistas tan conocidas como los Hechos de los Apóstoles, de Rafael, pero las series más representativas e interesantes son las de cartones pintados, entre los que figuran la Historia del Rey, de Le Brun y de Van Meulen, la Historia de Alejandro y las Estaciones, de Le Brun. Manufactura también de gran importancia es la de Beauvais. Con la muerte de Luis XIV a principios del siglo XVIII, el tono de la tapicería, como el de todo el arte francés, cambia. Ya no gustan las grandes series históricas de las campañas del monarca. Se prefieren los temas cinegéticos, hasta el punto de ser las Cacerías de Luis XV una de las principales series producidas, agregándose a ellos los de carácter literario, como el del Quijote, o aquellos que permiten recrear la fantasía en el caprichoso escenario de la mitología o de países lejanos. Así se fabrican el Tapiz de las Indias, el Tapiz chino, el de las Sultanas, el de las Fiestas rusas, etc. Aspecto también interesante de la tapicería francesa es la moda introducida de cubrir con tapices labrados expresamente los respaldos y asientos de sillas, sillones y canapés.

En España, la implantación de la tapicería es obra del reinado de Felipe V, que funda la fábrica madrileña de Santa Bárbara en el año 1720. Su primer director es Santiago Van der Goten, cuya familia continúa al frente de los trabajos después de su muerte. Como hemos visto al tratar de la pintura española de esta centuria, durante mucho tiempo se limita la fábrica a copiar series antiguas y a reproducir cuadros de las galerías reales, en particular de Teniers. Uno de los mejores tapices de este género es el de la Perla, de Rafael. A veces pintan cartones para los tapices los pintores de Cámara. Y ya queda citada a este respecto la laudable iniciativa de Mengs, que tiene como consecuencia la intervención de varios pintores jóvenes, entre ellos Goya. Interrumpida la fabricación durante la Guerra de Independencia, se reanuda en 1815.

La principal novedad en los comienzos del tejido barroco es la diferenciación entre la tela de vestir, que por la nueva indumentaria prefiere decoraciones menudas, y la tela para cubrir paredes en la que se emplean decoraciones de cierta grandiosidad arquitectónica, con ejes centrales, vasos y hojas dispuestos a los lados de aquéllos. Desde fines del siglo XVII es Francia la que impone la moda, y los esquemas diagonales, abandonados bajo el Renacimiento, vuelven a reaparecer. Uno de los centros textiles más activos es Lyon, siendo típicas sus decoraciones de follaje, cuyas hojas copian blondas de encaje en su interior. El Luis XV se distingue por su interpretación naturalista de los temas vegetales y animales, los motivos chinescos y, en resumen, por las características generales del estilo. Con el neoclásico se ordena la decoración en fajas verticales, en las que se alinean temas menudos, por lo común flores y hojas.