VI. (2001)
Epílogo
Poema
Prólogo
Desde hace varios años, en Navarra, en el mes de mayo se
recuerda la fuga en 1938 del fuerte de Ezcaba de cientos de evadidos en
dirección a la frontera francesa. La fuga del penal de Ezcaba fue la más
masiva realizada en el siglo XX en Europa. Está documentado que
solamente tres llegaron a la frontera, y varios centenares fueron
ejecutados en el camino.
El siguiente relato está inspirado en esa fuga, dando vida
a un posible cuarto fugado del que existen indicios de que retornó al
pueblo de montaña de Iragui en el Valle de Esteribar (Navarra).
Los acontecimientos principales en los que está ambientado
el relato
son reales. El hospital de Mataró existió, y la inauguración del
Memorial a las víctimas de franquismo en la Rioja se realizó el 1 de
mayo de 1979. Los nombres de los personajes eran comunes en las fechas
que nacieron. Los nombre de María y Pilar en Mataró están puestos en
rememoración de los nombres de María y Pilar de la novela de Hernest
Hemingway, "Por quién doblan las campanas". Hemingway tomaría el
nombre de María inspirado en María Sans, una enfermera del hospital de
Mataró a quien conoció en 1937 en una visita que realizó a un brigadista
internacional amigo suyo ingresado en ese hospital.
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Cita:
"Hay
quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que
remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que
mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están
perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en
el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único
tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el
olvido verdadero.
Juan Gelman (2007) En el acto de toma del Premio Cervantes
en Lengua Castellana.
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I
1938
Valle
de Esteribar (Navarra)
El
camino hacia la libertad
Javier
había madrugado para ir a los prados del monte Baratxueta donde tenía
pastando su ganado. El sendero cruzaba el hayedo que a finales de mayo
había vuelto a reverdecer con todo su esplendor. Caminaba sin prisa
cuando, de pronto, oyó unos disparos. Sorprendido por la rápida cadencia
de disparo se dio cuenta que no eran escopetas de caza y que algo fuera
de lo común estaba sucediendo.
Tomando
sus precauciones se dirigió hacia el lugar donde sonaban los disparos.
Cuando estimó que estaba cerca subió a una elevación del terreno y se
echó al suelo para observar. En un claro del bosque había varias
personas armadas, vestidas con uniforme, encañonando a un joven tumbado
sobre el terreno, mientras que otros tres de los uniformados, corrían tras
otro joven que se adentró en el hayedo. Pasada media hora los
perseguidores volvieron. Un oficial que parecía al mando les increpó:
¿Donde
está el fugado?
- Ha
huído, pero no irá muy lejos, tenemos controlado el paso de Egozkue.
El
oficial se volvió hacia el apresado que yacía boca abajo en el suelo,
sacó su pistola y le disparó un tiro en la cabeza.
Otro
uniformado se acercó al cuerpo le dio la vuelta y exclamó:
-¿Que
hacemos con él?
El
oficial respondió:
- Dejadlo
donde está no podemos entretenernos, los voluntarios marchad con el
sargento hacia Egozkue y los demás venid conmigo, bajaremos a Eugui y si
toma esa dirección lo atraparemos antes de que cruce el río Arga.
Javier
esperó casi una hora tumbado desde donde había observado la escena.
Cuando creyó que no había nadie en los alrededores se acercó hasta el
cuerpo del joven y lo miró en silencio durante un buen rato. Tenía la
cabeza destrozada por el disparo pero en sus rasgos aun se podía
adivinar que no tendría más de veinte años.
Sin
poder evitarlo se puso a llorar, era 23 de mayo, y hacía exactamente un
año que su hijo había muerto con 21 años en un bombardeo en el frente de
Bilbao. No pudo recuperar el cuerpo de su hijo y ahora tenía a sus pies
el cuerpo sin vida de un joven de su edad. Maldijo la guerra. Él siempre
había pensado que la misma no era el camino para solventar las
diferencias entre los seres humanos. Sin embargo, el general Mola supo
engañar bien a los jóvenes navarros para llevarlos a la guerra.
De poco
sirvieron los consejos que le dio a su hijo para que no se alistara en
el cuerpo de requetés. - La mayoría de los jóvenes se apuntan-, le
respondía su hijo; pero él seguía pensando que la euforia de la defensa
de las tradiciones por medio de la guerra era una manipulación del clero
y de las clases adineradas. Su hijo no había sido un mártir, tal y como
le dijera el párroco cuando le comunicó la fatal noticia de su muerte,
sino que había sido una víctima de quienes antepusieron su odio al
diálogo y la paz, y no tuvieron reparos en sacrificar la vida de una
generación de jóvenes arrastrándolos a la guerra.
Su hijo
y el joven que tenía delante estaban en bandos opuestos, pero al final
su destino fue el mismo, una muerte injustificada. No se hacía idea de
como pudo ser la muerte de su hijo, el párroco no le dio ningún detalle,
pero la muerte que había visto del joven que tenía delante le
horrorizaba. La maldad de quien efectuó el disparo a sangre fría no
debía tener límites y, siendo muy posible que formaría parte del grupo
de personas que gobernaban, debería callar para siempre lo que había
visto. El resto de su vida debería vivir no solo con el dolor por la
muerte de su hijo sino con el miedo de quien se sabe gobernado por
personas crueles.
Comenzó
a llover, el agua le fue empapando hasta que sintió el frío en el cuerpo
que le sacó de sus pensamientos. No podía dejar el cuerpo del joven
allí, debía enterrarlo, no solo porque era una obra de misericordia que
debía cumplir, sino porque también era una reparación por no haber podido
enterrar el cuerpo de su hijo.
Arrastró
el cuerpo hasta el linde del bosque con el claro. Buscó una rama de
árbol que le sirviera para excavar la tierra y comenzó el trabajo. El
agua convertía en barro la tierra que sacaba, pero continuaba sin pausa.
Después de un rato se incorporó para descansar, en ese momento le
pareció oír un ruido, se estremeció, miró a su alrededor, y entonces una
persona joven salió de unas matas que lo ocultaban.
¿Puedo
ayudarle? dijo el joven.
Javier
quedó sorprendido, dedujo por la ropa que era el joven que había visto
huir entre la espesura.
¡Sí!
respondió Javier
- No
tienes miedo de que te pueda delatar.
- No, le
he visto llorar delante del cuerpo de mi amigo y ahora va a enterrarlo,
solo una buena persona es capaz de eso, y yo no tengo miedo de las
buenas personas.
Se
pusieron los dos manos a la obra. Consiguieron abrir un hoyo,
depositaron con cuidado el cuerpo y lo cubrieron de tierra, de tal forma
que pasase desapercibido el lugar que estaba enterrado. El joven se
quedó quieto unos minutos delante de la tumba de su amigo. Javier, entre
las gotas de agua deslizándose por el rostro del joven creyó ver unas
lágrimas.
El joven
se dirigió a Javier.
-¿Puede
indicarme por donde está la frontera?
Javier
se quedo un momento pensativo, y luego le contestó:
- Puedo
llevarte si quieres.
- No
quisiera comprometerle, puede ser peligroso.
- Eso es
asunto mío.
-
Agradezco enormemente su gesto, haré lo que usted me diga.
- Bien,
de momento debemos buscar un refugio, iremos a una cabaña que está al
otro lado del Baratxueta.
- ¿No
notaran su ausencia en el pueblo?
- No, es
normal que falte más de un día, y con esta lluvia pensarán que me he
quedado en la cabaña que tengo junto a los prados.
- Tal
vez, en la cabaña puedan estar los que me persiguen.
- No a la
que vamos, es una pequeña cabaña de piedra muy metida en el bosque que
la usaban los carboneros, pero ahora está abandonada.
Subieron
el Baratxueta, cruzaron su cima alomada y descendieron por la vertiente
noreste. Llegaron a la cabaña, se acomodaron, se quitaron la ropa y
Javier con carbón vegetal que había en la cabaña hizo fuego evitando que
saliera humo al exterior, y de sus alforjas sacó un queso, tocino, pan y
agua.
- Está
todo muy bueno, llevo toda la noche y el día de hoy andando sin comer.
- Me
gusta llevar las alforjas con comida para más de un día, respondió
Javier, y continuó:
- El plan
es el siguiente: estaremos en la cabaña hasta que empiece a anochecer,
cuando oscurezca bajaremos hacia el puerto de Egozkue, es casi seguro
que estará custodiado pero lo cruzaremos por un punto poco transitado.
Una vez que lo hayamos cruzado podremos llegar a la frontera por el
collado de Artesiaga sin que nadie nos vea, andaremos toda la noche por
el bosque de hayas. Si nos ponemos en marcha hacia las diez de la noche
espero que estemos en la frontera sobre las cinco de la mañana, ellos te
estarán esperando por la zona de Eugui a que pases el río Arga pero por
donde vamos a ir no hace falta cruzar ningún río.
Con el
calor del carbón se calentaron y secaron las ropas. El joven le dijo a
Javier que se llamaba Juan, y le contó la fuga que cientos de presos
habían protagonizado el día anterior. Javier se enteró por Juan que en
el fuerte de San Cristóbal en el monte Ezcaba, situado al norte de
Pamplona, había más de mil prisioneros republicanos. El día anterior, un
grupo de reclusos se habían amotinado a última hora de la tarde y
reducido a los guardias, tras lo cual una mayoría de reclusos decidieron
huir aprovechando la noche en dirección hacia la frontera francesa. Él y
su amigo habían cruzado el río Ulzama y subido a una zona elevada al
otro lado, y siguiendo por la misma habían llegado hasta donde les
sorprendió la patrulla que acabó con la vida de su amigo.
Tras la
conversación Juan se durmió. Javier pensó que el hecho de que se
durmiera era una prueba de que confiaba en él. Estaba decidido por
encima de todo a llevar a Juan a la frontera. Era el acto más heroico de
su vida, un compromiso con su sentido de la justicia y una deuda a
saldar con las víctimas de la guerra.
Al
anochecer se pusieron en camino. Había dejado de llover pero el cielo
seguía cubierto de nubes aumentando la oscuridad de la noche. Juan
estaba sorprendido de la facilidad con la que Javier caminaba en la
oscuridad. Después de media hora Javier detuvo la marcha, y en un
susurro le dijo a Juan:
- Vamos a
cruzar el puerto de Egozkue, yo pasaré primero y después de unos minutos
volveré y pasaremos los dos, si no vuelvo permaneces escondido.
A los
diez minutos Javier volvió.
- Vamos,
en esta parte no hay vigilancia.
Siguieron caminando durante varias horas. Sobre las dos de la madrugada
Javier detuvo otra vez la marcha.
- Vamos
a subir el Monte Zuriain.
Juan vio
que el camino se empinaba, estaba cansado pero la confianza que le
inspiraba Javier y la esperanza de que podía llegar a la frontera le
daba nuevas energías. Alcanzaron la cima del Zuriain por su cara oeste y
descendieron por el este. Después de una hora de descenso Javier volvió
a detenerse.
- Vamos
a cruzar el collado de Artesiaga. Haremos lo mismo que en Egozkue.
Cruzaron
el collado. El camino comenzó de nuevo a subir y luego a descender.
Sobre las cinco de la mañana Javier se sentó en un tronco de árbol
caído, puso las alforjas en el suelo y en voz alta dijo:
- Hemos
cruzado la frontera.
-
Gracias. Respondió vehementemente Juan.
¿Estás
seguro de que en Francia no te detendrán?
- Sí, hay
un gobierno que apoya a la república.
- Espero
que tengas suerte y esta sea la frontera hacia la libertad.
¡Es la
frontera de la libertad! Volvió a responder enfáticamente Juan.
Se
abrazaron emocionados, luego tras unas indicaciones de Javier se
separaron. Estaba amaneciendo. Juan camino hacia su libertad. Tras él
quedaban cientos de fugados asesinados por las fuerzas franquistas.
Nunca
olvidaría a Javier, le había salvado la vida.
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Después
de dormir dos horas a la intemperie Javier volvió sobre sus pasos. Por
la tarde del día 24 había llegado a la cabaña que tenía junto a los
prados donde pastaba su ganado. Comió y se dispuso a dormir durante unas
horas. En ese momento dos guardias civiles entraron por la puerta.
¿Es usted
Javier?. -Le dijo el que parecía el cabo.
- Sí.
Respondió Javier, intentando disimular cualquier rastro de cansancio.
-¿Ha visto
alguien por los alrededores?. Continuó el cabo.
-¡No!
- En
Iragui nos han informado que usted subió ayer a vigilar el ganado y que
no había vuelto.
- Así es.
Comenzó a llover y me quede en la cabaña. Esta tarde pensaba bajar el
pueblo.
- Se han
fugado unos delincuentes y sabemos que hay varios por esta zona.
- Si veo
alguno les informaré.
-
Nosotros tenemos nuestro centro de operaciones en Urtasun.
Los
guardias civiles salieron de la cabaña y se perdieron en la espesura.
Javier
quedó impresionado por su serenidad en la conversación. No
tenía miedo. Se acostó y durmió durante varias horas. A última hora de
la tarde bajó al pueblo.
Cuando
llegó dos vecinos lo saludaron y se acercaron para informarle de lo que
estaba sucediendo. El mayor de los dos se dirigió a Javier.
- Estamos
asustados, la guardia civil nos ha informado que hay varios delincuentes
peligrosos fugados, no sabemos que hacer.
- Nada.
Respondió Javier.
- Alberto
se ha ofrecido voluntario para ayudarles a explorar la zona. También hay
voluntarios de Zubiri. Nosotros les hemos dicho que tenemos que cuidar
del ganado y de nuestras familias.
Javier
permaneció en silenció. Repasó mentalmente los rasgos de los voluntarios
que estaban con el oficial que disparó contra el amigo de Juan. No
conocía a ninguno.
El otro
vecino rompió el silencio que se había creado.
- Creo
que los están matando. En Urtasun han debido fusilar a tres.
- No
podemos hacer nada. -Replicó Javier. - Cada uno que actúe según su
conciencia.
Se
separaron y Javier entró en su casa.
El más
joven de los vecinos le dijo al otro.
-¿Que
habrá querido decir con eso de que cada uno actúe según su conciencia?
El otro
respondió.
- No lo
sé, pero me ha parecido que le había cambiado la cara de tristeza que
tenía desde que murió su hijo. Lo he visto más animado.
Pasaron
los días, las noticias de la fuga de presos era el comentario común en
todos los pueblos del valle de Esteribar. Se realizaban en un tono de
discreción, como si quien los hiciera o los escuchara temiera que
llegaran a oídos indiscretos.
La
versión más extendida fue que varias docenas de presos recluidos por su
peligrosidad en el fuerte de San Cristóbal en el monte Ezcaba habían
huido después de matar a los guardias y que todos habían sido
capturados. Otra versión que circulaba más en secreto era que los
fugados eran presos republicanos que querían huir a Francia y que la
mayoría de ellos habían sido ejecutados en el camino.
Javier
guardaría en secreto el resto de su vida de lo acontecido el 23 de mayo de
1938. A su mujer jamás le dijo nada, pero ésta, también se dio cuenta
que, tras aquel misterioso día, su marido había recobrado el optimismo y
las ganas de vivir.
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II
1938 - 1939
El precio de
la
libertad
Cuando amaneció Juan estaba cerca de Esnazu. Su intención era ir a una
gendarmería donde contar su huída del presidio franquista de Ezcaba y
solicitar su traslado al consulado que el gobierno de la República tenía
en Biarritz. Como era muy temprano decidió esperar a que la mañana
avanzara antes de entrar en el pueblo.
Se
sentó y comenzó a comer los alimentos que le había dado Javier. Desde
donde estaba, el valle de Alduides se extendía en dirección noreste
mostrando el verdor de su laderas y sus campos de pasto. El fondo del
valle estaba cubierto por una neblina matinal que comenzaba a disiparse
con los primeros rayos de sol. La espera se tradujo en una
recapitulación de su vida y de los hechos trágicos que le habían
acontecido en los últimos meses.
Su
madre había muerto cuando era niño, y fue su padre y una tía quienes lo
cuidaron en Calahorra. El sueño de su padre, farmacéutico en la
localidad, era que estudiara medicina, se matriculó en la Facultad de
Medicina de Zaragoza, pero al tiempo de haber iniciado sus estudios tuvo
que dejarlos por la guerra, trasladándose a vivir con su padre.
A
pesar de las tensiones que la guerra producía en la ciudad él estaba
contento de ayudar a su padre en la gestión de la farmacia. Sin
embargo, la aparente tranquilidad en la que ambos vivían quedaría
truncada el 12 de octubre de 1937, cuando varias personas armadas
vestidas de uniforme entraron a la farmacia.
Su
padre les recibió mientras él desde la trastienda veía lo que sucedía.
Oyó cómo alguien con voz altiva se dirigía a su padre.
- ¿Es
usted el dueño de la farmacia?
-
¡Sí!
-
Queda detenido.
- ¿De
que se me acusa?
-
De colaboración con el enemigo.
-
No sé a que está refiriéndose.
-
Le hemos vigilado y hemos comprobado que ha estado vendiendo medicinas a
personas sospechosas de estar en contacto con milicianos de la
República.
-
Yo no pregunto la filiación política de quien viene a por medicinas.
-
Pues debería haberlo hecho, estamos en guerra. Desde ahora la farmacia
queda confiscada y se pondrá al servicio del "alzamiento nacional".
Sin
mediar más palabras, dos hombres tumbaron al padre de Juan en el suelo,
lo ataron y lo amordazaron. Cuando Juan vio que se llevaban a su padre
se abalanzó sobre el grupo pero otros dos lo sujetaron y lo redujeron.
- ¿Que
hacemos con éste?. - Exclamó uno de ellos.
-
Meterlo también al camión, dijo el de la voz altiva.
En
el camión había varias personas más detenidas. Cuando llegaron a un
cuartel, a Juan lo bajaron y el camión continuó su marcha. Con una mezcla
de furia y miedo Juan vio alejarse el camión. Se temió lo peor. Conocía
de oídas las prácticas del traslado de prisioneros a lugares apartados
donde eran fusilados.
Después de unos días detenido en el cuartel fue trasladado al penal del
monte Ezcaba. Las condiciones de vida en el mismo eran horribles.
Cientos de prisioneros hacinados en muy pocos metros, con la comida y el
agua racionados. El invierno de 1937 a 1938, fue especialmente duro, vio
morir a varias personas, a los enfermos los apartaban de los sanos, y
sospechaba que era para dejarlos morir. En aquellas condiciones, una
manera de no caer en la desesperación era crear grupos de amigos con los
que compartir las vicisitudes de la vida en prisión.
En
esas circunstancias es donde conoció a Luis, un joven jornalero de León,
cuyo delito era haber pertenecido a la CNT. Él fue quien el 22 de mayo,
cuando un grupo de reclusos se sublevó y redujo a la guarnición, le
animó a huir de aquel infierno. Estuvo dudando entre seguir a su amigo o
permanecer junto a los reclusos que habían optado por quedarse, pero no
había mucho tiempo para meditar, y al final optó por seguir a su amigo.
Cuando la patrulla los sorprendió los dos podían haber sido capturados,
pero él tuvo la suerte de encontrar a Javier, a quién nunca olvidaría,
en cambio su amigo quedó para siempre en aquel bosque.
Su
padre, y luego su amigo, habían sido víctimas de una guerra en la que no
habían participado. Ninguno de los dos hicieron
nunca
daño a nadie, fueron asesinados solo por vender medicinas y pertenecer a
un sindicato. La consideración de esos hechos como delito le exasperaba,
y el que hubiera sido suficiente justificación para los asesinos, hacía
revivir en él un sentimiento de venganza que no podía evitar.
Pensó que en las
guerras la venganza personal no tenía razón de ser, pero
sí era posible
el compromiso con quienes combatían al bando franquista, donde
estaban los asesinos de su padre y de su amigo.
Él
se consideraba pacifista y nunca empuñaría un arma para matar a nadie,
su vocación para ser médico la había heredado de la bondad de su padre,
deseoso siempre de ayudar a remediar el dolor de los demás. Y en una
guerra había muchas formas de ser útil y de contribuir a la victoria de
los demócratas sobre el terror del fascismo; una de ellas era atender a
los heridos. Se
comprometió
a que en el caso de que se le presentara la ocasión esa sería su misión.
El
sol fue elevándose en el horizonte, cuando consideró que sería media
mañana se dirigió al pueblo y entabló contacto con un grupo de personas
que quedaron sorprendidas de ver un fugado de las cárceles franquistas.
Hubo varios vecinos que quisieron alojarlo pero optó por quedarse en
la casa de uno de los ediles del municipio, quien gestionó su traslado al
consulado de la República en Biarritz.
Cuando llegó, el cónsul salió a recibirle personalmente felicitándole por
su huída. Juan le relató su fuga del penal de Ezcaba, el cónsul l0
escuchó atentamente y posteriormente le indicó que se estaba preparando
el traslado de un grupo de españoles a Cataluña al que él podía sumarse.
Juan aceptó la propuesta convencido de que Cataluña, en la que gobernaba
la República, era el mejor lugar donde podía ir.
En
el consulado le proporcionaron la documentación necesaria para el viaje
por Francia hasta la frontera con Cataluña y una carta con la que
presentarse a las autoridades republicanas en Barcelona. En la misma, el
cónsul hacía mención expresa que Juan era un estudiante avanzado de
medicina que podía prestar sus servicios a la República.
Cuando
cruzaron
la frontera un autobús de la república
que
les estaba esperando les trasladó a Barcelona. El grupo fue recibido en
un cuartel por un oficial republicano quien provisionalmente les acomodó
en el cuartel. Durmieron en un barracón, por la mañana un soldado
preguntó por Juan, manifestándole que el coronel del cuartel quería
verle. Le llevó a una sala del cuartel en la que había varios oficiales
en torno a una mesa cubierta de mapas. El soldado se acercó a uno de los
oficiales y le saludó.
-
Aquí está el fugado de la cárcel franquista, mi coronel.
El
coronel le estrechó la mano. Tendría unos cincuenta años, y su voz y
maneras eran educadas.
-
Según la información de que dispongo consiguió escapar en Navarra de una
cárcel franquista.
-
Así es. Respondió Juan, mientras observaba los rasgos del coronel.
-
En la guerra la suerte es un factor que cuenta, y usted la ha tenido.
Espero que en el futuro siga teniéndola, necesitamos gente dispuesta a
defender la República.
Juan le entregó la carta del cónsul.
El
coronel la leyó y se dirigió a Juan.
Osea qué es médico.
-
No pude terminar mis estudios, pero tengo bastantes conocimientos de
medicina.
-
Bien, estamos muy necesitados de personal sanitario.
Cuando terminó la frase el coronel cambió su actitud afable,
y con un tono serio de voz, continuó.
-
¿Cual es su grado de compromiso con la República?
Juan se quedó sorprendido por lo inesperado de la pregunta, y meditó
unos segundos su respuesta.
-
No me gustan las guerras, mi vocación es la medicina y la guerra ha
truncado mi formación, pero no puedo situarme al margen. Mi padre pensó
que podía hacerlo ayudando indistintamente a unos y otros, pero los
fascistas no lo entendieron así, y lo asesinaron. Estamos en una guerra
y estoy obligado a tomar partido, y está claro que mi opción es la
República porque representa la legalidad y la democracia quebrantada por
los fascistas.
La
sonrisa volvió al rostro del coronel.
-
Creo que estoy ante un pacifista, pero no dudo de su sinceridad en la
defensa de la República. Le buscaré un destino en un hospital donde
pueda atender a los soldados republicanos heridos en combate.
Juan se mostró de acuerdo. El coronel hizo una señal al soldado que le
había acompañado, quien le condujo de regreso al barracón donde estaba
instalado. A los dos días, cuando estaba con sus compañeros en la
cantina, uno de los cocineros se acercó y le dijo:
- Ahí
hay alguien que pregunta por ti. Y señaló la puerta de la cantina.
Una
mujer de unos veinte años vestida de uniforme se encontraba en el umbral
de la puerta. El grupo de compañeros de Juan bromearon.
¡Que hermosura de mujer! - exclamó uno de ellos.
-
Creo que no te vas a resistir a ir a tu destino, - dijo otro.
La
joven se dio cuenta que su presencia era objeto de comentarios entre los
presentes y esbozó una sonrisa. El cocinero acompañó a Juan a presencia
de la joven. Juan le preguntó.
-¿Está buscándome?
- Sí.
Vengo a llevarle a su destino en el hospital de Mataró. Aquí tengo la
autorización del coronel del cuartel, y enseñó un documento a Juan.
-
Recojo mis cosas y cuando quiera partimos.
En
la puerta del cuartel había un coche esperándolos que los llevó hasta el
hospital. Juan y la Joven ocuparon el asiento posterior. Una vez
acomodados, la joven se presentó.
-
Me llamo María, soy enfermera en el hospital de Mataró, me han informado
que viene usted como ayudante de médico.
Juan, un poco turbado, sin saber si era por la emoción de su nuevo
trabajo o por la presencia de la hermosa joven,
respondió.
-
Soy estudiante de medicina, pero creo que podré ayudar en lo que me
digan.
-
Tenemos mucho trabajo. Nuestro hospital atiende principalmente a los
brigadistas internacionales que llegan heridos del frente.
Cuando llegaron, María acompañó a Juan ante el director del hospital
quien le asignó un turno de trabajo en la dependencia de: "Urgencias y
primeros auxilios". María le enseño el hospital y luego lo acompañó a
una casa cercana.
-
Esta es una residencia para personal del hospital, creo que podrás
contar con una habitación. Los turnos en el hospital son de doce horas,
pero si hay alguna emergencia debemos estar disponibles las 24 horas del
día. Mi casa tampoco está lejos del hospital, yo nací en Mataró y vivo
con una tía, mis padres murieron en los bombardeos de marzo.
Juan quedó impresionado del resumen de María y que incluyese en el mismo
el hecho de que sus padres habían muerto. Era como si tratara de
situarle en la nueva situación haciéndole ver que lo importante no era
lo que se podía haber sufrido en la guerra sino la dedicación presente
al trabajo de atención a los heridos. No creyó conveniente hablar de su
pasado, no parecía necesario, lo que tenía que hacer era demostrar su
valía y entrega en su nuevo trabajo.
María se despidió en la puerta de la residencia y se fue. Juan se
instaló en una de las habitaciones. Al atardecer cenó en compañía de los
residentes casi todos empleados del hospital. A las ocho de la mañana
del día siguiente comenzó su turno. El médico jefe de urgencias le
presentó al
médico al que acompañaría en sus prácticas, un joven
de nombre Robert
de nacionalidad estadounidense algo mayor que él, con el que
establecería una estrecha relación profesional y de amistad. La sala de
"Urgencias y primeros auxilios" estaba compuesta de varias habitaciones
para atender a los heridos recién llegados, y una sala con unas veinte
camas en la que se recuperaban otros heridos en espera de darlos de
alta.
Juan agotaba el turno curando heridas, principalmente de metralla. A
veces veía a María quien acudía a urgencias a por pacientes que
precisaban de convalecencia en otras salas del hospital. Sus miradas se
cruzaban, y María siempre las respondía con un sonrisa. Juan se
acostumbró a esos encuentros esporádicos y fugaces, y comenzó a notar
que cuando María entraba por la puerta de la sala de urgencias una
sensación de felicidad le embargaba.
Los
turnos de doce horas a veces eran de catorce y solamente acudía a la
residencia para dormir y comer, momento en el que, con sus compañeros
residentes, compartía sus experiencias en el hospital. Sin embargo, a
mediados del mes de julio el tema de conversación cambió. La anunciada
ofensiva de la República en el eje del río Ebro ocupaba la mayor parte
del tiempo de conversación. Las esperanzas de la República se
encontraban en esa ofensiva. Todos preveían que el trabajo en el
hospital se incrementaría notablemente ante la magnitud de la contienda
que se esperaba.
El
25 de julio comenzó la ofensiva republicana, los éxitos iniciales se
vieron frenados por los sublevados franquistas y las operaciones de
ambos bandos se estancarían en el tramo del río Ebro. Los bombardeos de
la aviación insurrecta comenzaron a llegar con regularidad a la capital
catalana. En el hospital de Mataró los heridos que estaban
imposibilitados para caminar fueron instalados en los sótanos del
hospital, y el resto de convalecientes y el personal sanitario cuando
sonaban las sirenas tenían que refugiarse también en los sótanos.
En
el mes de noviembre con el avance de los sublevados se intensificaron
los bombardeos. Juan y María coincidían en el refugio del hospital cada
vez que sonaban las alarmas. María mostraba un pánico atroz al ruido de
las bombas. Juan la observaba y sentía su dolor como suyo. Un día que
los bombardeos duraron algo más de lo habitual acudió a su lado. María
instintivamente se le abrazó con fuerza. Juan experimentó una sensación
de amor al saber que podía consolarla. Desde ese día los dos
permanecerían unidos en el refugio en el tiempo que duraban los
bombardeos.
Era
mediados de noviembre,
Juan oyó la sirena y acudió al refugio, buscó a María con la vista y no
la encontró. Una sensación de inquietud se apoderó de él. Acudió hasta
el grupo de sanitarios en el que trabajaba María y con voz angustiosa,
les preguntó:
-
¿Donde está María?
-
Estaba con nosotros cuando sonaron las sirenas, nosotros corrimos, pero
cuando llegamos al refugio no estaba ella. Respondió uno de ellos.
-
Creo que esta vez las bombas alcanzaron el hospital, cayeron cerca de
nosotros. Añadió otro.
Juan sintió como si el corazón se le detuviese en ese momento. Sin
meditarlo salió al exterior. Un ala del hospital se encontraba en
llamas, era en donde trabajaba María. Corrió hasta cerca de una parte
del edificio que estaba parcialmente derruido por las bombas,
y
sin
pensar en los riesgos se adentró en los escombros buscando entre el humo
y el polvo. De repente, vio que un cuerpo se movía.
Otra
vez su corazón pareció detenerse. Era María. La cogió en brazos y salió
del edificio. Depositó a María en la hierba del jardín, aunque estaba
inconsciente respiraba agitadamente, sin pensarlo dos veces Juan le
aplicó los primeros auxilios para reanimarla.
Los
bombardeos habían cesado, el humo de la bombas se levantaba hacía el
cielo azul formando negras columnas como emblemas de su devastación y
muerte. El personal sanitario comenzó a salir al jardín, acudieron donde
estaban Juan y María y trajeron una camilla para transportar a María a
la sala de urgencias, mientras tanto,
otros acudieron a las ruinas a rescatar a posibles heridos. Cuando
pusieron a María en una de las camas estaba recobrando el sentido y lo
primero que vio fue a Juan. María sonrió y Juan emocionado le agarró de
las manos y las besó.
María tenía pequeñas contusiones y una fractura de muñeca que le
apartaron de su actividad en el hospital, recuperándose en la casa de su
tía Pilar. Juan iba todos los días a visitarla. Pilar era una mujer de
unos cincuenta años, y por ella conoció algunos detalles de la vida de
María. Supo que María vio morir a sus padres en los bombardeos
entre el 16 y el 18
de marzo en Barcelona, y desde entonces el ruido de las bombas le
causaban un pánico incontrolable.
A
finales de noviembre, tras la derrota republicana en el frente del Ebro,
la toma de Barcelona por el ejército franquista parecía inevitable. Juan
y María encontraban tiempo para estar juntos. Acudían junto al mar, se
sentaban mirando en silencio la belleza del Mediterráneo, rota
asiduamente con el siniestro ruido de los bombarderos italianos Savoia-
Marchetti S.M.81, y los cazas Fiat-CR-32, que despegaban desde sus bases
en Mallorca. Sabían que no había tiempo para el futuro, y comenzaron a
amarse con la intensidad de quien piensa que cada día que pasaba, tal
vez, podía ser el último.
Los
brigadistas internacionales habían decidido retirarse de la contienda en
octubre, y el hospital del
Prat que los atendía se fue desalojando. El ejército de la república
había comenzado a su vez a organizar el traslado de los heridos hacia la
provincia de Gerona. María y Juan querían seguir el destino de los
heridos, pero Pilar les insistía en que debían trasladarse a Francia
donde miles de republicanos iban a necesitar ayuda médica. En diciembre,
los bombardeos sobre Barcelona llevados a cabo por bombarderos alemanes
Heinkel He-111 escoltados por cazas Messerschmitt Bf-109, se hicieron
singularmente intensos.
Decenas de miles de republicanos comenzaron a huir de Barcelona. Pilar
comenzó a organizar en Mataró la marcha hacía la frontera francesa. En
enero de 1939 dos camiones salieron desde Mataró,
María acompañaba a Pilar en uno de los camiones, y Juan iba en el otro
con personal sanitario. El camino estaba plagado de dificultades. En
enero el invierno se volvió particularmente frío, los alimentos y el
combustible estaban racionados y el trayecto estaba asediado por los
aviones italianos y alemanes.
Cerca de Figueras vieron que una unidad motorizada de soldados
franquistas les seguía de lejos. Los conductores confiaban que llegarían
a la ciudad, bajo control republicano, antes de que les dieran alcance.
En ese momento, dos cazas alemanes sobrevolaron el convoy en el que viajaban.
Tras una primera pasada los aviones se perdieron momentáneamente de
vista en el horizonte, pero de nuevo volvieron, esta vez disparando sus
ametralladoras y soltando sus bombas. Los ocupantes comenzaron a
descender precipitadamente de los camiones buscando refugio fuera de la
carretera, en ese momento, el camión que viajaba Juan fue alcanzado por
las bombas y comenzó a arder.
María y Pilar habían conseguido refugiarse en unas rocas junto a la
carretera. María cuando vio arder el camión en el que viajaba Juan, intentó
correr hacia el mismo, pero Pilar la sujeto con fuerza, diciéndole:
-
No puedes ir.
-
¡Juan! ¡Juan! - Gritó desgarradoramente María.
Los
aviones de nuevo se perdieron en el horizonte, pero esta vez no
volvieron. El conductor del camión que no había sido alcanzado por las
bombas se dirigió a los que estaban refugiados en las cunetas.
-
¡Venga, subid!
Salieron y subieron al camión. Pilar arrastraba a María.
-
¡Quiero ir con Juan!
-
¡No puedes! - le gritaba Pilar.
La
unidad motorizada franquista se encontraba a unos dos kilómetros. El
conductor del camión apuraba a los viajeros.
-
¡Deprisa, deprisa, subid!
El
camión quedó abarrotado de viajeros e inicio la marcha hacia Figueras.
Algunos faltaban, entre ellos Juan. María con un contenido llanto,
hundió la cabeza en el regazo de Pilar. La unidad motorizada franquista
llegó hasta el camión incendiado y se detuvo. Figueras quedaba a unos
pocos kilómetros, y el camión en que viajaban Pilar y María consiguió
llegar a la ciudad.
Desde Figueras, Pilar y María, con otros republicanos, partieron hacia
Francia. En la noche del 27 al 28 de enero, el gobierno francés abrió
los pasos fronterizos a los refugiados republicanos, esa noche 15.000
personas pasaron a suelo francés y en los días siguientes tal número
aumentaría hasta los 200.000. María y Pilar se encontraban entre los mismos. El precio
de su lucha por la libertad se saldaba con un duro exilio por delante.
- - - -
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III
1944
Esperanza en la adversidad
Valle de Esteribar (Navarra)
El 1 de
abril de 1939 las fuerzas franquistas dieron por concluida la guerra. El
siniestro régimen que le sucedió y la propaganda política de los
vencedores enterraría junto con los ejecutados cualquier rastro de la
multitudinaria fuga de presos del 22 de mayo de 1938. En el valle de
Esteribar el miedo a hablar de aquella tragedia contribuyó también a que
la misma se borrara de los temas de conversación.
Javier
había decidido llevar una vida desconectada de la evolución de los
acontecimientos, su trabajo se lo permitía. La cría de ganado vacuno le
daba, en un momento de escasez, una cierta solvencia económica con la
venta de reses para carne. Tras su experiencia con Juan sintió que las
ganas de vivir habían renacido de nuevo en él. Un sentimiento de
felicidad volvió de nuevo al matrimonio. Era como si en medio de la
penumbra que se cernía sobre Europa con el auge del fascismo hubiera
encontrado en el mundo de los sentimientos un espacio para la esperanza
y el amor.
El
párroco le decía a Javier que llevaba una vida demasiado reservada, y
que no parecía alegrarse del triunfo de la religión sobre el ateísmo.
Juan no respondía a los comentarios del párroco. Se consideraba un buen
cristiano, pero tras la muerte de su hijo detestaba en silencio a la
jerarquía eclesiástica. Él y su mujer cumplían con los servicios
religiosos, y ayudaban en Pamplona al sustento de una hermana de su
mujer.
Cuando
viajaban a la ciudad se informaban de lo que acontecía en Europa y de
las penurias por la que atravesaban los habitantes de Pamplona. El
régimen franquista combatía la escasez de alimentos y de artículos de
primera necesidad con alardes ideológicos del Nacional- Catolicismo.
En los
años siguientes a la guerra civil el miedo del régimen franquista a una
invasión por el pirineo navarro se tradujo en una desenfrenada
construcción de infraestructuras militares. Javier fue testigo de la
construcción de la carretera Egozkue- Iragui en 1940, y de la carretera
de Irurita a Artesiaga en 1941, en la que la principal mano de obra eran
miles de prisioneros republicanos. En 1943, simultáneamente al retroceso
militar del fascismo en Europa Oriental, se acentuaría la construcción
de Bunkers en la línea fronteriza. Javier no sabía que podía pasar,
aunque viendo el ritmo de construcción de infraestructuras militares, la
sombra de la guerra estaba siempre presente.
Sin
embargo, a mediados de ese año un acontecimiento le haría ver de nuevo
la vida con optimismo. Su mujer le anunció que estaba embarazada. Era lo
que más había estado anhelando desde el final de la guerra civil. Pensó
que en medio de la adversidad siempre existe un lugar para la esperanza.
Rebosante de alegría el fin de semana invitó a todos su vecinos a una
celebración en su casa. A principios de 1944 nació Teresa, una niña
morena de ojos negros, a la que Juan y su mujer como fruto de su amor
criarían con devoción.
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París
1944
París,
veinticuatro de agosto de 1944. La entrada de las fuerzas aliadas es
inminente. Durante todo el día miles de parisinos han comenzado a ocupar
las calles para apoyar a los libertadores. Pilar y María se encuentran
en las proximidades de la Puerta de Italia. Es la última hora de la
tarde, se escuchan disparos y la marcha de varios vehículos blindados.
Entre los presentes en la calle se escucha un voz que dice: ¡Es la
novena división!.
María no
puede dar crédito a lo que ven sus ojos, un contingente de vehículos y
soldados irrumpen en la plaza de Italia en dirección al ayuntamiento
portando la bandera tricolor francesa y la tricolor de la II república
de España. Se oyen voces en español y gritos de alegría ¡Viva la
Novena!. Pilar con una sonrisa que ilumina su tez morena grita ¡Son de
los nuestros!, y le dice a María.
- En la
Novena hay más de cien republicanos españoles luchando contra el
fascismo.
María se
siente conmovida por un profundo sentimiento de felicidad y nostalgia.
El recuerdo de la imagen de Juan se hace más presente que nunca. Pilar
la agarra fuertemente de la mano, y le dice ¡vamos!, uniéndose a la
población que ha comenzado a inundar las calles cantando La Marsellesa,
a la vez que repican sin parar las campanas de las iglesias de París.
En medio
del clamor popular, María se siente transportada en los recuerdos.
Cuando se separaron de Juan era enero de 1939, todos los que estaban con
ella le aseguraron que estaba muerto, pero ella nunca aceptó esa
realidad, se aferraba a la posibilidad de que estuviera vivo y que el
ejército franquista lo apresara y no lo matara, pero sabía que los
fascistas nunca hacían prisioneros cuando se trataba de personas como
Juan.
Después
de instalarse en un campamento de refugiados cercano a la frontera, en
el verano de 1939 se instalaron en París. Desde junio de 1940, fecha en que los
nazis ocuparon París, vivieron en la clandestinidad, pero en medio de la
adversidad hicieron buenos amigos a los que les unía la lucha contra al
fascismo.
María al
ver la bandera republicana en las calles de París estaba rebosante de
alegría. Pensó que en los duros tiempos que le tocaba vivir los
sentimientos se viven al límite, tal vez, porque la vida debe vivirse
con gran intensidad ante la incertidumbre del futuro. Los días que pasó
con Juan tenían ese sentido de la urgencia del momento, necesitaban
quererse intensamente porque el día siguiente no existía.
Ahora que
el fascismo estaba llegando a su fin comenzaría un nuevo tiempo en el
que la gente podría rehacer sus vidas. Ella era joven y tendría que
hacerlo, pero todavía estaba muy aferrada a los recuerdos, quizás porque
desde los veinte años no había conocido más que la guerra y la
improvisación. Pilar le decía que cuando llegase la paz el tiempo curaría
todas las heridas que la guerra tiene abiertas, y la esperanza del
futuro se superpondría al dolor del pasado y a la incertidumbre del
presente. Sin embargo, ella no tenía con quien ni dónde rehacer su vida.
El hombre que amaba estaba muerto, y su país dominado por un régimen
fascista, al que no podía volver.
El día
25, Pilar y María, tras haber dormido unas pocas horas continuaron por
las calles de París. Durante la noche habían estado sonando sin cesar
tiroteos y explosiones, pero conforme iba avanzando el día París
comenzaba a parecerse más a una fiesta que a una guerra. Por la tarde se
extendió la noticia: "El Estado Mayor alemán había sido hecho prisionero
por los soldados de la "novena", y el general Dietrich von Choltitz,
capturado por los republicanos españoles, y al fin, a media tarde llegó
la esperada noticia: en la estación de Montparnasse los alemanes habían
firmado su rendición.
Todo
París estaba en la calle. Pilar y María participaban con la multitud de
la fiesta de la libertad. Pilar acudió a saludar a unos amigos y María
la esperó a distancia. En ese momento oyó por detrás una voz varonil que
la llamaba por su nombre ¡María!. Su cuerpo se estremeció como una hoja
sacudida por una tormenta. Miles de pensamientos acudieron a su mente.
No podía ser, era la voz de Juan. Temía darse la vuelta y sentir la
decepción de que no era él, cuando de nuevo oyó otra vez su nombre
¡María!. Se volvió, y vio a Juan. No podía ser, que en un mismo día se
cumplieran los dos deseos que más había estado anhelando durante los
últimos años, el ocaso del fascismo y que Juan estuviera vivo.
- ¡Juan!
-
Gritó María.
- María,
María, - repetía Juan mientras la abrazaba y la colmaba de besos.
Pilar
observó de lejos el encuentro de María y Juan. No podía dar crédito a lo
que veía. Se acercó y abrazó a Juan, luego se abrazaron los tres.
Caminaron hasta la orilla del Sena y Juan les relató su periplo de los
últimos años.
Cuando el
avión alemán bombardeó el camión donde viajaba, él ya estaba fuera, pero
la onda expansiva de una de las bombas lo dejó momentáneamente
inconsciente. Junto a él estaba su compañero Robert que le ayudó a
incorporarse. Vieron como la unidad franquista motorizada se acercaba, y
se escondieron en el bosque. Los soldados franquistas inspeccionaron el
camión en llamas, dos de los médicos habían muerto. Luego miraron por
los alrededores y se fueron.
Robert y
él emprendieron un largo camino hacía la frontera. A principios de
febrero consiguieron cruzarla. Estuvieron en varios campos de refugiados
buscándolas. Pasado un tiempo, Robert le informó que las autoridades
consulares de su país estaban trasladando a Estados Unidos a todos sus
compatriotas, y que podía acompañarle. Le propuso a Robert seguir en la
búsqueda un mes más, prometiéndole que en caso de no encontrar pistas le acompañaría.
En el mes
de Mayo viajó con Robert a EEUU. La madre de Robert lo acogió en su casa
como a un hijo. Obtuvo la nacionalidad estadounidense y pudo ir a la
universidad donde terminó sus estudios de medicina. Sin embargo, su
obsesión era volver a Francia para encontrar a María. En 1943 se alistó
en el servició médico del ejército de Estados Unidos. A principios de
1944 fue trasladado a Gran Bretaña, en junio de ese año participó en el
desembarco de Normandía. En el avance hacia París oyó hablar de la
novena división compuesta por republicanos españoles. Se puso en
contacto con ellos con el fin de hallar pistas sobre María, y al final,
la perseverancia y el destino hicieron el milagro del reencuentro.
De nuevo
los tres juntos, la celebración de la liberación del París adquiría un
significado especial. Pilar le dijo a María que tenía que rehacer su
vida junto a Juan, era la oportunidad de ser felices. Juan les propuso
viajar a EEUU, pero Pilar le dijo que su sitio estaba en París y que
allí continuaría hasta que, tal vez, llegara el momento en el que podría
volver a Cataluña.
A finales
de 1944 Juan y María se casarían en París y viajarían a EEUU a iniciar
una nueva vida.
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IV
1966
El final de los malvados
Tras la derrota del fascismo en 1945 la esperanza de la desaparición del
régimen franquista volvió con fuerza a las filas republicanas. La
estrecha alianza que Franco
había mantenido con Hitler y Mussolini, quienes habían contribuido
decisivamente con armas y soldados a la aniquilación de la democracia
republicana, lo señalaba como destacado colaborador del fascismo que
había llevado a Europa a la mayor devastación de su historia.
Sin
embargo, las esperanzas chocarían con la indiferencia de los vencedores
de la Segunda Guerra Mundial, que se mantendrían al margen de los
intentos republicanos por extender la contienda a España para recuperar
la democracia y acabar con los restos del fascismo en todo el continente
europeo.
El
régimen franquista resistiría el aislamiento internacional al que se le
sometió al término de la Segunda Guerra Mundial. En 1950 la guerra de
Corea cambiaría globalmente la política de alianzas. La colaboración
establecida entre Estados Unidos y la URSS en la lucha contra el
fascismo quedaría rota, dando paso a la Guerra Fría entre ambas
potencias. En 1952 Estados Unidos reconocería al régimen franquista
otorgándole un balón de oxigeno internacional que le permitiría perdurar
hasta 1977 aferrado a la ideología del nacional-catolicismo.
Sin
embargo, internacionalmente el estigma de su pasado y de su anacrónico
régimen continuó, y el largo periodo que el régimen franquista mantuvo a
España en esa situación la relegaría de su secular estatus de potencia
europea. En la década de los cincuenta España era una nación
subdesarrollada, gobernada por una dictadura y relegada
internacionalmente.
Desarrollo y democracia eran los dos grandes desafíos a los que se
enfrentaba, y del éxito de los mismos dependía, a su vez, su
posicionamiento en las relaciones internacionales. En 1959 se adoptaría
el Plan de Estabilización Económica y se promoverían los Planes de
Desarrollo. En la década de los sesenta España comenzaría una acelerada
transformación de su población rural a urbana, y de agraria a
industrial.
Sin
embargo, el desafío de la instauración de la democracia era contrario a
la naturaleza del régimen, y mantenía a España relegada en el ámbito
internacional. Esta contradicción generaría internamente fuerzas
contrarias al régimen que comenzarían a manifestarse tímidamente entre
sectores de intelectuales en la década de los sesenta.
En
1965 tres importantes catedráticos: Enrique Tierno Galván, Agustín
García Calvo y José Luis López Aranguren, serían expulsados de sus
cátedras por manifestar su solidaridad con las reivindicaciones
democráticas de los estudiantes. En marzo de 1966, con motivo de una
asamblea del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de
Barcelona (SDEUB), en el Convento de Capuchinos de Sarriá, el convento
sería tomado por la policía política franquista, acontecimiento
conocido como "La Capuchinada", que posteriormente conllevaría el
cierre en abril de la Universidad de Barcelona. Aunque estos sucesos no
trascendían en los
medios de comunicación franquistas, entre los grupos de estudiantes más
politizados no pasaban desapercibidos. Los ecos de los sucesos de Sarriá
llegarían a todas las universidades españolas.
En
esas fechas Teresa la hija de Javier estaba cursando estudios de
medicina en la Universidad de Navarra. A mediados de mayo, Pedro, un
estudiante de su facultad, le informó que varios estudiantes querían
realizar en el
campus
un acto de protesta por lo acontecido en Sarriá
y
en solidaridad con los estudiantes y profesores de la Universidad de
Barcelona. Teresa le dijo que se lo pensaría y le informaría de su
decisión.
Teresa había cumplido 24 años y tenía los estudios de medicina muy
avanzados. Sabía que la participación en un acto de protesta podía
traerle consecuencias negativas y decidió esperar a hablar previamente
con su padre, con quien mantenía una estrecha relación.
Vivía con su tía en Pamplona, y los domingos se trasladaba a Iragui a
visitar a sus padres. Cuando llegó su padre se encontraba dando forraje
a unas vacas estabuladas.
-
Padre, tengo que hablar contigo. - Le dijo Teresa.
-
Dime. - Contestó Javier, sin dejar de atender el ganado.
Teresa le contó el motivo de su consulta. Javier detuvo su trabajo y
volviéndose hacia ella, le dijo:
-
Si crees que es un acto de justicia debes acudir a la reunión.
Teresa se alegró por la decisión de su padre. Él siempre le decía que en
la vida hay momentos en que el sentido de la justicia debe prevalecer sobre
todo lo demás. Nunca llegó a comprender muy bien qué quería decir su
padre con ello, pero ahora lo entendía.
El
lunes Teresa le dijo a Pedro que acudiría a la reunión en el campus. El
acto se realizó el jueves de esa semana. Unos treinta estudiantes de
diferentes facultades se encontraban reunidos. Pedro tomó la palabra y
habló.
-
Compañeros, todos estamos informados del acto brutal de represión que el
régimen ha llevado a cabo en Sarriá y de la injusticia que supone castigar a
toda una Universidad con su cierre. Este acto es para expresar nuestra
protesta y solidaridad con los estudiantes y profesores de la
universidad de Barcelona y enviarles un comunicado de apoyo.
Un
- "Sí, Sí..", colectivo, sucedió a la intervención de Pedro.
Teresa quedó admirada del valor de Pedro, pero, a su vez, sintió una
profunda preocupación por lo que le pudiera pasar. Al día siguiente
Teresa vio a Pedro en la biblioteca, se le acercó y le preguntó:
¿Que tal estás? ¿Te han dicho algo?. - Refiriéndose implícitamente a las
autoridades académicas.
-
Sí. Me llamó el rector, me dijo que había cometido un acto ilegal,
que su responsabilidad era sancionarlo y por ello quedaba suspendido de
acudir a la universidad hasta final del curso.
¡Pero eso es una injusticia! - respondió Teresa, con un gesto de enfado.
-
Sí, eso me obliga a tener que intentar recuperar el curso en septiembre.
Creo que al resto de asistentes no os van a decir nada; por el momento
parece que con un cabeza de turco tienen suficiente, aunque el rector me
dijo también que la policía político- social posiblemente nos llamaría a
declarar a todos.
-
No me parece justo que pagues tu solo cuando hemos asistido más de
treinta estudiantes a la reunión. - Prosiguió Teresa en tono de enfado.
-
De momento, es mejor dejarlo como está. - Respondió Pedro como si se
tratara de una orden, y añadió:
-
Creo que no existen condiciones para una protesta continuada.
-
¿Que quieres decir con que no existen condiciones?
-
Quiero decir que la protesta ya está hecha, y que continuarla podría
acarrear consecuencias para las que todavía no estamos preparados.
Teresa,
aunque no estaba muy de acuerdo, no quiso insistir más. Consideraba que
Pedro
no era ningún cobarde y tenía el suficiente talento para saber qué era
lo mejor en aquellos momentos. Teresa se despidió.
-
Te deseo lo mejor.
-
Gracias. Respondió Pedro, expresando a su vez con una sonrisa su
agradecimiento por la preocupación manifestada por Teresa.
El
anuncio de Pedro de que la policía político- social les llamaría a
declarar a los asistentes a la reunión, no se hizo esperar.
Cuando Teresa acudió a casa de su tía ésta con gran preocupación le
dijo:
-
Ha estado un funcionario del Gobierno Civil y ha dejado una citación
para que te pases por comisaría mañana a las diez.
Teresa leyó la citación en la que escuetamente se leía que por motivos
de seguridad pública debía presentarse en la comisaría. A través de un
vecino se puso en contacto con su padres y Javier a última hora de la
tarde se encontraba en Pamplona. Teresa le contó lo sucedido, a lo que
Javier respondió.
-
No debes preocuparte. Yo te acompañaré mañana.
-
Es posible que no te dejen.
-
Lo intentaré. - Respondió con contundencia Javier.
Por
la mañana Teresa y Javier acudieron al Gobierno Civil. Teresa enseñó su
citación al policía de la puerta y pasaron al interior de las
dependencias. En una sala grande había varios estudiantes que Teresa
reconoció de la asistencia a la reunión del campus. Los estudiantes eran
llamados por sus nombres y pasaban a una dependencia contigua. Al cabo
de unos minutos salían.
- ¿De
que se trata? - dijo Teresa a uno de los estudiantes que salía.
-
Nos están fichando.
-
Sobre la doce todos los estudiantes habían salido. Solo quedaban en la
sala Teresa y Javier. En ese momento de otra de las dependencias vio
salir a Pedro. No lo había visto mientras estaban esperando por lo que
supuso que Pedro llevaba bastante tiempo en comisaría. Pedro se acercó a
Teresa y le dijo.
-
Me dejan libre.
Teresa observó que
Pedro
se movía con dificultad y en su rostro se apreciaba un acentuado
cansancio.
-
¡Que te han hecho!. - Exclamo Teresa!
-
Me han retenido toda la noche haciéndome preguntas, y un policía se ha
extralimitado.
Cuando Teresa iba a continuar la conversación, una voz le interrumpió.
-
Teresa, pase a declarar.
Teresa y Pedro se miraron, luego las miradas de Pedro y Javier también
se encontraron, Pedro salió de la comisaría y Teresa pasó a la
dependencia donde iba a prestar declaración. Al cabo de unos diez
minutos Teresa salió y se dirigió a donde estaba su padre. Cuando se disponían a
salir de la comisaría un oficial vestido con su uniforme salió de la
dependencia en la que había estado Teresa.
Javier quedó perplejo. Los recuerdos volvieron como un ciclón a su
cabeza. Era él. No cabía duda, era el oficial que había disparado a la
cabeza del amigo de Juan. La turbación de Javier no pasó desapercibida
al oficial, y éste se dirigió a
él.
-
Por lo que me ha dicho Teresa, usted es su padre.
-
Sí. -Respondió Javier, intentando recomponer su expresión de sorpresa.
-
Si tiene unos minutos me gustaría hablar con usted.
Javier quedó un momento pensativo, pero se dio cuenta que debía
responder rápida y afirmativamente para no acentuar las sospechas del
oficial.
-
Bien. - Respondió Javier, luego se dirigió a Teresa:
-
Espérame afuera, en unos minutos me reúno contigo.
Teresa salió de la comisaría y el oficial y Javier pasaron a una de la
dependencias. El oficial se sentó detrás de una mesa e invitó a Javier a
sentarse. Luego con un tono amable inició la conversación.
-
Sé que su hija Teresa es una excelente estudiante y una buena cristiana,
no creo que le convenga la compañía de revolucionarios.
Javier no sabía qué contestar. Observaba los rasgos del oficial, sabía
que tras su tono amable se escondía un ser despiadado,
y que ante él debía contenerse y disimular el desprecio que le causaba
para no suscitar su curiosidad que podía llevarle a hurgar en su vida.
-
Ella es adulta y la considero una persona responsable. Sé que su
prioridad es acabar la carrera de Medicina. - Respondió Javier en un tono
relajado.
-
Creo que es lo que conviene a todos. Como comprenderá, mi deber es
asegurar la paz social que de un tiempo a esta parte un grupo de
revolucionarios está intentando perturbar. - Respondió el oficial y dejó
una pausa invitando a Javier a contestar.
Javier quedó en silencio, y entonces el oficial continuó.
-
Por mi experiencia sé que las personas que ahora protestan en el futuro
serán los dirigentes, y por ello debemos tener un control. La ficha que
hemos abierto a su hija no tendrá importancia si no se mete en
problemas.
-
Si no tiene más preguntas me gustaría marcharme. Respondió Javier.
El oficial interpretó la respuesta de Javier como la de alguien que está
abrumado por temas que se escapan de su comprensión y quiere poner fin a
la conversación. Además consideró que Javier era un vaquero de más de
setenta años que tampoco tenía mucha capacidad de entendimiento de la
situación política.
A
la salida de la comisaría Javier se reunió con Teresa.
¿Qué quería?. - Le interpeló con preocupación Teresa. - Javier sonrió.
-
Nada importante. - Y cambiando el tema de conversación prosiguió. - ¿Que tal
se han comportado contigo?
-
Normal, me han abierto un ficha, pero yo estoy preocupada por Pedro, lo
han maltratado, me parece infame,
no
hemos hecho
daño a nadie,
solo
por reunirnos y hablar nos han tratado como a delincuentes.
-
No debes preocuparte. Voy a la estación de autobuses para volver a casa.
Teresa acompañó a Javier a la estación. Cuando llegaron Javier vio a
Pedro que estaba esperando un autobús y sin dudarlo dos veces, le dijo a
Teresa.
-
Ahí está tu amigo Pedro ¿puedes presentármelo?, tengo curiosidad por
conocerlo.
Teresa quedó admirada de que su padre no dejara de sorprenderle. Cuando
lo habitual hubiera sido que le recomendara que se alejara de personas
como Pedro, él manifestaba interés por conocerlo, lo que agradó a Teresa. Se acercaron donde estaba Pedro.
-
Pedro, te presentó a mi padre. - Pedro le dio la mano.
-
Vuelvo a mi casa en San Sebastián, para
este curso
mi estancia en la universidad ha terminado.
-
Mi hija me ha hablado muy bien de usted. Espero que pueda hacernos una
visita. Vivo con mi mujer en un pueblo de montaña, pero será bien
recibido.
Pedro quedó sorprendido de la franqueza del padre de Teresa.
-
Tengo parientes en Pamplona con los que he vivido mientras estaba en la
universidad, pero pienso seguir viniendo a visitarlos.
-
Cuando vengas, me avisas y organizaremos la visita al pueblo. Intervino
vehementemente Teresa, quien vio que la conversación había tomado el
camino que ella deseaba.
Lo
haré. Respondió Pedro, y se dirigió a las escaleras del autobús.
Teresa, contenta de la reacción de su padre, le dijo.
-
¿Que has visto en Pedro para querer conocerlo?.
-
Que es un hombre honrado y que te gusta.
Teresa quedó un poco desconcertada por el descubrimiento de su padre de
que Pedro le gustaba.
¿Como sabes que me gusta?
-
Salta a la vista.
Llegó el verano y Teresa y se disponía a pasarlo con sus padres en el
pueblo. El día que acabó el curso cuando llegó de la universidad a casa
de su tía ésta le dijo.
-
Un joven ha preguntado por ti.
¿Un
joven? - Respondió Teresa con cara de sorpresa.
-
Sí. Ha dicho que se llamaba Pedro y que volverá más tarde.
Teresa sintió como un vuelco en su interior. A la hora llegó Pedro, se
saludaron efusivamente, luego Pedro le dijo.
-
He venido a pasar unos días
a Pamplona con mis parientes y a aceptar la invitación de tu padre de
visitar el pueblo.
-
Este fin de semana voy al pueblo para todo el verano, cualquier día que
vengas serás bien recibido.
Dos
días más tarde Pedro le pidió prestada una motocicleta a un tío suyo y
partió hacia Iragui. Era finales de junio, salió muy de mañana, el día
era soleado pero unas nubes de tormenta se avistaban en el horizonte. En
Zubiri paró para informarse sobre el camino a seguir para llegar a
Iragui. Emprendió de nuevo la marcha, tomó el cruce de Eugui hasta
Urtasun y luego la carretera de montaña del puerto de Egozkue hacia
Iragui. Cuando comenzó la subida del puerto un trueno anunció la
tormenta e
inmediatamente comenzó
a llover, dudó entre continuar o volverse pero optó por continuar.
Circulaba
despacio, la carretera era estrecha, la visibilidad con la lluvia se
reducía a unos metros y comenzaba a sentir la humedad de la lluvia que
había empapado sus ropas. En una de las curvas un vehículo que bajaba el
puerto le obligó a tener que parar en la cuneta. Siguió con la vista al
vehículo entre la lluvia, y de pronto vio cómo en la siguiente curva el
vehículo se salía de la carretera y se precipitaba a un profundo
barranco.
Quedo atónito. Tomó la motocicleta y bajó hasta la curva en la que se
había salido el vehículo. Miró al barranco, al fondo se veía el
vehículo. Pensó en bajar a Zubiri a notificar lo sucedido, pero optó por
descender al barranco ante la posibilidad de que hubiera alguien herido
al que pudiera prestar los primeros auxilios.
Llegó
donde estaba el vehículo y vio un cuerpo y oyó gemidos. Se acercó, una
persona vestida de uniforme yacía boca abajo. Le dio la vuelta con
cuidado.
Cuando vio la cara del herido dio un paso atrás. Quien tenía delante
era el oficial que le había estado torturando durante una noche entera.
Una mezcla de odio y venganza se apoderó de él. Podía rematarlo allí
mismo, pero era un herido que necesitaba ayuda y su deber como
estudiante de medicina era atenderlo. El herido vio la indecisión de
Pedro, y un tenue gemido salió de su garganta: "Ayuda".
Se
acercó más al herido y se dio cuenta que estaba en un estado agónico.
Las miradas de ambos se cruzaron. Pedro tuvo la convicción de que, por
un instante, el moribundo lo había reconocido porque la expresión de su
cara cambió hasta convertirse en un rictus. El destino vino a resolver
el dilema que
se le había planteado, el
oficial tras un estertor que convulsionó su cuerpo quedó inmóvil con la
boca y los ojos abiertos.
Se
cercioró de que había muerto. Lo que había deseado se había cumplido,
que aquel malvado muriese. No parecía un pensamiento muy cristiano,
pero por qué iba a tener compasión de alguien que lo
había torturado, y que con toda probabilidad lo había hecho con otros
por el único delito de amar la libertad.
Recapituló sobre todo lo sucedido y pensó que no merecía la pena seguir
cavilando sobre tan siniestro personaje. Subió de nuevo a la carretera,
tomo la motocicleta y volvió a Zubiri. Paró en el cuartel de la Guardia
Civil y les notificó lo acontecido. De inmediato dos vehículos de la
Guardia Civil partieron al lugar de los hechos. Pedro esperó a que
pasara la tormenta, luego tomó de nuevo la motocicleta y se dirigió a Iragui.
Cuando llegó aún tenía las ropas empapadas y la mujer de Javier le
ofreció ropa seca. Pedro les contó lo que le había pasado, sin mencionar
que el fallecido era la persona que se había ensañado con él. Al
mediodía el sol volvió a brillar, Javier le enseñó a Pedro los establos
con el ganado y dieron una vuelta al pueblo, entretanto Teresa y su
madre prepararon la comida.
Por
la tarde de nuevo volvieron las tormentas. Javier y Teresa le dijeron a
Juan que no debía volver con ese tiempo en motocicleta a Pamplona y que
podía quedarse a pasar la noche, la casa donde vivían
era muy grande y tenía varias habitaciones. Al atardecer las tormentas
continuaban y Pedro decidió quedarse. Al día siguiente el sol volvió a
brillar y el riesgo de tormentas había desaparecido. Por la mañana
Javier llevó a Pedro a la cabaña que tenía juntos a los prados. Pedro le
dijo que era aficionado al excursionismo de montaña y que el lugar le
parecía extraordinariamente hermoso. Javier le contestó.
-
Lo que para ti es hermoso para mi es además mi medio de vida y el lugar
donde he vivido las experiencias más intensas.
Pedro no sabía a qué se refería con la última frase, ni tampoco
preguntó. Tampoco preguntó porqué Javier, en el camino de vuelta, dio un
rodeo como tratando de evitar pasar por el lugar en el que, tal vez,
vivió sus "intensas
experiencias".
Cuando llegaron al pueblo Teresa salió al encuentro, llevaba el
periódico local en la mano. Les mostró la foto del oficial muerto al que
Pedro encontró el día anterior.
-
Es el que nos interrogó. - Dijo Teresa.
Pedro y Javier miraron la foto en silencio, ambos no pudieron evitar un
gesto de desprecio. Ninguno de los dos conocía la causa por la que uno y
otro detestaban a aquel personaje, pero los dos pensaron que
afortunadamente las fechorías de aquel malvado habían llegado a su fin.
Los malvados pueden morir en un accidente o de muerte natural rodeados
de aduladores, pero su final no es solamente su muerte sino el desprecio
con el que pasan a la posterioridad, y ese sentimiento es el que
compartieron Pedro y Javier. Teresa intuyó que el largo silencio de
ambos guardaba algún secreto en el que era mejor no penetrar, y sin
mediar palabra regresaron a la casa. Teresa y Pedro siguieron viéndose,
ambos terminaron la carrera de medicina y se casaron.
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V
1979
La reconciliación del olvido
Cuando
Juan y María llegaron a Estados Unidos fijaron su residencia en
Washington. Juan encontró trabajo en una clínica y María en una consulta
médica. Convertidos en ciudadanos estadounidenses tuvieron dos hijos que
los arraigaron con fuerza a su nueva patria, sin embargo, España estaba
siempre presente en sus conversaciones, y acostumbraban a compartir
veladas con republicanos españoles exiliados, en las que seguían de
cerca la evolución política en España.
En el
periodo franquista, Juan y María habían viajado un par de veces a París
a visitar a Pilar. En 1977 cumplió noventa años y su salud comenzó a
resentirse. En abril de 1979 Juan y María recibieron la noticia de su
muerte y acudieron a su funeral en París. María muy afligida sintió que
una parte de su vida se iba con ella. Las esperanzas de Pilar de volver
a Mataró, tras la desaparición en 1977 del régimen franquista, habían
quedado truncadas a las puertas. María le dijo a Juan que quería visitar
Mataró.
Cuando
llegaron recorrieron sus calles, fueron hasta la orilla del mar que
despertó la intensidad de su amor y, por último, se acercaron hasta
donde estaba el hospital al que se entregaron con toda la pasión de su
juventud para curar heridos y salvar vidas. El antiguo hospital ya no
existía, en su lugar había un parque. Se sentaron en uno de sus bancos,
y abstraídos se agarraron de la mano como si tuvieran que atravesar
juntos el umbral al pasado. Juan rompió el silencio.
- He
estado meditando y quiero ir a mi pueblo natal para hacer averiguaciones
sobre la tumba de mi padre.
María
asintió con la cabeza. La muerte de Pilar le había hecho ver que el
pasado no desaparece, está en nuestras vidas, y de vez en cuando
reaparece con fuerza para formar parte del presente. Desde Barcelona
María volvió a Estados Unidos junto a sus hijos, y Juan se dirigió a
Calahorra a buscar la tumba de su padre.
Cuando
llegó a Calahorra, a pesar de los cambios de la ciudad todo le resultaba
familiar, cada esquina era un recuerdo. En sus averiguaciones descubrió
que existía un creciente movimiento en favor de recuperar los restos de
los fusilados durante la Guerra Civil. Casi todo giraba en torno al
cementerio civil que se había creado en la Dehesa de Barrigüelo, un
término del municipio de Lardero, conocido como "La Barranca".
El 1 de
mayo estaba previsto que se inaugurase el Memorial a los fusilados en
ese lugar. Juan, junto con una multitud, asistió ese día a la
inauguración en recuerdo de los más de 400 ejecutados, entre los que se
encontraba su padre. La mayoría de los familiares habían acordado que
los restos permanecieran en ese lugar convertido en cementerio civil.
Juan sabía ahora dónde estaba su padre, junto a los restos de las muchas
personas a las que ayudó.
Una vez
cumplido el propósito de su viaje pensó en ir al valle de Esteribar en
Navarra para visitar el lugar en el que le ayudó Javier, pero desistió
de hacerlo. Sabía que Javier prefería dejar aquel episodio de su vida en
el anonimato como medida de protección de los suyos, y el final de la
dictadura era todavía muy reciente. Desconocía si vivía, pero no le
parecía prudente desvelar con su presencia un hecho que pudiera
perturbar la vida de sus familiares y amigos. No obstante, se prometió a
sí mismo, que no moriría sin visitar la tumba de Javier.
Cuando el
acto de inauguración del Memorial terminó, Juan, ensimismado en sus
pensamientos, no se dio cuenta que una persona le seguía de cerca, hasta
que está se puso delante de él, y le preguntó.
¿Usted se
llama Juan?
Juan
quedó sorprendido, no sabía que contestar, pensó que podía ser un
policía quien le preguntaba, pero esa idea la descarto rápidamente.
Su
interlocutor le sacó de su perplejidad diciéndole.
-
Estuvimos juntos en el fuerte de San Cristóbal.
Juan lo
miró detenidamente, y para salir de dudas le preguntó:
- ¿Como te
llamas?
- Soy
Gregorio, el de Azagra.
Juan vio
como si los años desapareciesen del rostro de Gregorio. Ahora lo
recordaba como era de joven.
¡Gregorio!. - Respondió, y le dio un abrazo.
- Te
creía muerto. Continuó Gregorio.
- Tuve
suerte y logré escapar, pero tú decidiste no participar en la fuga.
- Sí,
bastantes nos quedamos, luego supimos que la mayoría de los que
escaparon fueron fusilados, algunos volvieron de nuevo al fuerte, desde
ese día la vida en el fuerte se hizo muy dura. Después de la guerra nos
tuvieron trabajando haciendo carreteras, y al tiempo a algunos nos
dejaron volver a casa, en cambio otros, ya sabes, se quedaron en el
camino, no pudieron soportar aquel infierno.
-
Y que tal te ha ido la vida después?. - Volvió a preguntarle Juan.
- Durante
los años duros del franquismo a los que estábamos fichados nos
controlaban mucho, pero luego ya nos dejaron en paz. Me casé y tuve una
hija; pero háblame de ti, qué ha sido de tu vida. Le interpeló Gregorio
poniendo cara de curiosidad.
- Logré
escapar, estuve en Cataluña, me fui a Estados Unidos, vivo allí, estoy
casado y tengo dos hijos. - Resumió Juan.
Gregorio
se dio cuenta que Juan no quería entrar en detalles, y no insistió más.
- Si
pasas por Azagra, pregunta por mí.
- Me
vuelvo a Estados Unidos, no sé cuándo volveré, el motivo de mi viaje a Calahorra ha sido porque quería ver el lugar
en el que está enterrado mi
padre.
- Ahora
están dejando recuperar a los fusilados, pero en nombre de la
reconciliación han igualado a las víctimas y a sus ejecutores, respondió
Gregorio, y le tendió la mano. Juan la estrechó, y luego se abrazaron
con la fuerza de quienes han forjado su amistad en la adversidad.
En su
viaje de vuelta a Estados Unidos Juan reflexionó sobre su viaje. En los
pocos días que había estado en su tierra natal había podido ver que
España entraba en una nueva etapa, de lo cual se alegraba, pero a su
vez, creía que las palabras de Gregorio eran verdad, y eso no le parecía
justo ni bueno para el país.
No se
imaginaba que tras la victoria sobre el nazismo en Alemania y el
fascismo en Italia se hubiera perdonado a los responsables en base a una
supuesta reconciliación. Los que siguieron defendiéndoles buscaban en la
argumentación de que los vencedores también habían cometido terribles
crímenes de guerra la exculpación de quienes habían sumido a Europa en
una devastación sin precedentes.
No podía
ser así, existían responsables y estos eran quienes iniciaron la
contienda, por ello fueron juzgados, y el legado que se ha transmitido
en Europa a las generaciones posteriores no fue el de la reconciliación
sino el de la justicia, no fue el olvido, sino la memoria de que el
juicio y castigo a los culpables era necesario.
En España
están los que tratan de desvincular la dictadura franquista de la
barbarie fascista que asoló Europa, pero tal afirmación es una
tergiversación de la verdad. Franco, quienes lo secundaron en el
levantamiento del 18 de julio de 1936, y los que lo apoyaron desde el
exterior como Hitler y Mussolini, fueron los que iniciaron la guerra
civil y, por ello, son los responsables de haber sumido a España en la
mayor tragedia de su historia, que causó más sufrimiento y durante más
años que el que pudieron padecer muchos países europeos ocupados por el
fascismo.
Se
equivocan quienes separan la contienda civil española de la guerra que
más tarde lanzaría la Alemania Nazi en toda Europa. ¿Acaso de haber
perdido Franco, Hitler y Mussolini la guerra en España, sus ambiciones
de dominar Europa no se habrían visto seriamente afectadas? ¿Acaso Gran
Bretaña y Francia, de haber valorado correctamente las ambiciones de
Hitler, como lo comprobaron cuando era demasiado tarde, no habrían
ayudado a la República, en lugar de seguir una política de
apaciguamiento con Alemania?
Esa
visión de la naturaleza del fascismo que no la tuvieron entonces los
gobernantes de Francia y Gran Bretaña, la tuvieron los brigadistas
internacionales y por eso apoyaron a la República, y muchos de ellos
pagaron con su vida la ceguera de sus gobernantes.
A
diferencia de Europa, tras el final de la dictadura franquista, España
recurre al olvido, incluso siguen existiendo quienes se aferran a un
pasado franquista oprobioso que sumió a España en el atraso, y la
convirtió en un paria internacional durante cuarenta años relegándole de
su papel histórico en Europa.
Quienes
persisten en el olvido y la exención de responsabilidades por la
sublevación del 18 de julio de 1936 y por las decenas de miles de
fusilados y desaparecidos bajo la dictadura franquista, han anclado a
España a un pasado fuera de la cultura europea antifascista que surgió
tras la Segunda Guerra Mundial.
¿Que
proyección internacional de España pueden emitir quienes siguen
justificando su pasado fascista, cuando en el mundo entero es un
capítulo sentenciado como uno de los más horribles de la historia
universal? ¿Con qué argumento se puede defender que existan monumentos
apologéticos de los sublevados fascistas, cuando en Europa la apología
al fascismo está condenada con cárcel?
Ante la
imposibilidad de demandar responsabilidades por el pasado franquista,
las generaciones futuras tendrán que ser educadas en una eufemística
reconciliación basada en el olvido que emana de la ley de punto final
que supone la Ley de Amnistía de 1977, que impide la exigencia de
responsabilidades. Con ello, España se convierte en una nación en la que
una parte importante de su historia queda cercenada. La historia en las
escuelas tendrá que ser enseñada con una visión aséptica desprovista de
alma, y una nación sin alma colectiva pierde su identidad.
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VI
2001
Epílogo
El
coche se detuvo junto a la pronunciada curva que realiza la carretera en
el pueblo de Iragui. Una persona que tendría más de 80 años descendió
del mismo, miró a su alrededor, y como no vio a nadie se sentó en un
banco de madera junto a la pared de una de las casas. Era mayo, y a
media mañana el sol comenzaba a calentar. Juan recostó la cabeza contra
la pared y cerró los ojos para concentrarse en el calor de los rayos de
sol en su cara.
Los
recuerdos comenzaron a aflorar en su mente, estaba allí por ellos. Los
percibía envueltos en una sórdida penumbra. No se imaginaba estar cerca
de donde se originaron y poder detenerse a admirar el paisaje sin miedo
a ser apresado. Se veía en medio de la espesura del bosque tendido en el
suelo, mientras en sus oídos retumbaban los gritos de sus perseguidores.
¡Se ha escapado por ahí!
Oyó
una voz de alguien que le saludaba.
-
Buenos días.
Abrió los ojos y vio a una persona de mediana edad que se dirigía a él
amablemente.
-
¿Puedo ayudarle en algo?, no es muy frecuente que alguien de su edad
suba hasta el pueblo.
-
Posiblemente pueda ayudarme. - Respondió Juan, y prosiguió:
-
Tengo interés en conocer la historia de una persona del pueblo, que me
imagino ya habrá fallecido, porque era unos 25 años mayor que yo.
-
Creo que no soy el más indicado para informarle, pero puedo llamar a mi
padre que es aproximadamente de su edad, y seguro que habrá conocido a
la persona que busca.
Entró en la casa junto a la que estaba sentado Juan y salió acompañado
de una persona mayor.
-
Es mi padre.
Se
presentaron.
-
Mi nombre es Manuel, y me ha dicho mi hijo que está interesado en
conocer qué pasó con alguien del pueblo.
-
Sí. Su nombre era Javier y tendría ahora más de cien años.
-
¿Javier? - Hay varios en el pueblo que se han llamado así. En Navarra es
el nombre del Patrón, y en aquellos tiempos era uno muy utilizado.
-
Tenía una cabaña en el monte para cuidar el ganado. Un hijo suyo murió
en la guerra. - Preciso Juan.
-
¡Javier Esparza!. - Exclamó Manuel.
-
No sé como se apellidaba, pero posiblemente estamos hablando de la misma
persona.
-
No hay otro, este pueblo es pequeño y solamente hay dos que murieron en
la guerra, uno de ellos era el hijo de Javier, que era el dueño de la
cabaña que usted dice.
La
cara de Juan experimentó una gran alegría.
-
¿Puedo visitar su tumba?
-
Por supuesto, pero debiéramos avisar a su hija, se alegrará de conocer a
alguien que conoció a su padre.
-
No sabía que tenía una hija,
solo me habló de su hijo.
-
No sé cuando conoció a Javier, después de la muerte de su hijo estuvo un
año muy triste pero luego se recuperó, y unos años más tarde tuvo una
hija.
- ¿Y
donde puedo conocerla?
-
Vive con su familia en Pamplona pero los fines de semana viene al
pueblo. Esa es su casa, la heredó de sus padres. - Señaló una de las casas
del pueblo, y continuó.
-
Hoy es sábado y es casi seguro que vendrá esta tarde, puede esperarle en
mi casa.
A
media tarde el hijo de Manuel le dijo a Juan que Teresa la hija de
Javier le estaba esperando. Juan acudió a la cita.
La
hija de Javier tendría cerca de sesenta años, le recibió a Juan con un
par de efusivos besos.
- ¿Es
usted Juan?
Sorprendido por la pregunta como si la misma requiriese una confirmación
de su identidad,
Javier respondió con cierta contundencia.
-
¡Sí!
-
Tengo algo para usted. Respondió Teresa.
¿Para mí?. Volvió a responder Juan, que no salía de su asombro.
-
Sí. Es este sobre. Cuando murió mi padre hace 20 años se lo dio a mi
madre, y cuando ella murió hace 15 años me lo dio a mí, con la
indicación de que si alguien de nombre Juan preguntaba por mi padre se
lo diéramos.
Juan quedó profundamente emocionado, no sabía qué decir. Al fin,
recuperado de su sorpresa respondió:
-
Me gustaría estar unos minutos a solas.
-
Desde luego, si necesita algo estoy en la habitación de al lado.
Juan abrió el sobre con una sensación de inquietud. Nunca había
imaginado que Javier lo tuviera en su memoria con la intensidad que él
lo había tenido en la suya. Recordó una frase de cierto escritor:
"Cuando una persona salva la vida de otra con riesgo de la propia, sus
almas permanecen unidas para siempre".
El
sobre contenía una carta y un mapa. El texto de la carta era breve.
Juan si lees esta carta sabrás que he muerto pero que nunca te he
olvidado. Tras nuestra experiencia juntos mi vida cambió. Salí de la
postración que me había dejado la muerte de mi hijo y recuperé la
alegría de vivir. El amor volvió a mi familia y mis plegarias se vieron
cumplidas con el nacimiento de mi hija Teresa. Gracias.
En
el mapa está detallado el sitio donde está enterrado tu amigo. Creo que
recuperar su cuerpo es un acto de justicia que se le debe.
Javier.
Juan temblaba de emoción. Pensó que tal vez no había actuado
correctamente al no intentar ponerse en contacto con Javier en 1979,
pero sabía que su voluntad era mantener en secreto el encuentro de ambos
hasta su muerte, y era lo que decidió respetar.
Teresa preocupada por el tiempo que pasaba sin que Juan diera señales
desde la puerta de la sala se dirigió a Juan.
-
¿Está bien?
-
Sí. Pase, tengo que desvelarle un secreto que su padre guardó siempre, y
que ahora creo debe conocerlo.
Ahora la sorprendida era Teresa.
¿Un
secreto?. Respondió con una voz que reflejaba la incertidumbre de qué
pudiera ser.
-
Sí. Tome. Juan le dio la carta y Teresa la leyó.
-
No sé que pasó entre usted y mi padre pero por lo que dice en la carta
algo importante sucedió que cambió su vida. Mi madre cuando me hablaba
de mi hermano muerto también se refería a lo mal que lo pasaron, pero
cómo hubo un día que mi padre cambió positivamente y fue para ambos como
empezar una nueva vida.
Juan le relató lo acontecido el 23 de mayo de 1938 y cómo su padre le
salvó la vida. Al termino de su explicación concluyó.
-
Nunca pude imaginar que lo que su padre hizo por mí fuera tan importante
para él. Su padre me salvó la vida y estoy en deuda, y ahora que ha
muerto lo estoy con la memoria del gran hombre que fue.
Teresa visiblemente emocionada se abrazó a Juan.
La
gente del pueblo se enteró de la historia. Algunos quisieron realizar un
homenaje a Javier, pero al final resolvieron mantener la discreción que
es lo que a él le hubiera gustado.
Juan se hospedó durante unos días en Eugui, quería estar presente cuando
exhumaran a su amigo. Al fin llegó el día. Los vecinos del pueblo
ayudaron a Juan a llegar al lugar indicado por Javier donde estaba la
fosa.
Tumbado boca arriba yacían los restos de su amigo. En la cabeza se podía
ver con claridad un agujero de bala. Juan se agarró a Teresa y comenzó a
llorar, era la segunda vez que lo hacía, cuando Junto a Javier lo
enterraron y ahora que recuperaban sus restos.
En
la trágica huída que emprendieron juntos del penal de Ezcaba aquel 22 de
mayo de 1938, él alcanzó la frontera de la libertad que ambos
anhelaban, sin embargo, su amigo, como cientos de fugados,
pagarían con la muerte la esperanza de alcanzarla.
FIN
*
EL CAMINO DE LA LIBERTAD
En las viejas grietas del fuerte de Ezcaba
se puede oír el pasado,
es el viento del 22 de mayo de 1938
que sopla contra los muros del penal.
Miles de voces de seres hacinados:
que explosionan,
saltan los muros,
penetran en el bosque
y se desparraman en la noche,
impulsados por la fe
de alcanzar la libertad
Después,
los muros se convulsionan
con el viento gélido de la muerte,
que aplasta con mano cruel
el sueño de libertad
de cientos de fugados
El viento se apaga
y la piedra vuelve al silencio,
el que oculta a las víctimas
y protege a los asesinos
Ha pasado el tiempo,
los asesinos murieron,
recorro el camino,
ya no hay miedo,
miro al pasado,
un golpe helado
estremece el alma
No hay perseguidores
pero se oyen,
no hay balas ejecutoras
pero se oyen,
y veo resucitados
los ojos criminales
de los asesinos
Pienso en los muertos
que no conozco,
todos tienen el rostro
de la injusticia
y por el mismo
si los reconozco,
recorro el camino de la fuga
por ellos,
y junto a ellos,
por todos los que murieron
por la justicia y la libertad