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LA
SOCIEDAD FEUDAL
TOMO I
(1940)
Marc Bloch
(1866-1944)
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RECONOCIMIENTOS
“...Marc Bloch, fue fusilado, sin juicio, por los
alemanes el 5 de junio de 1944, poco después del desembarco [Aliado] en
Provenza, cuando vaciaban las prisiones ejecutando matanzas en masa de
patriotas; Marc Bloch, uno de los más firmes espíritus de este tiempo y que
había llegado ya, mediante un sorprendente esfuerzo de aprendizaje (lenguas antiguas y modernas, lecturas
prodigiosamente extensas, estudios penetrantes de textos de todas las
procedencias, viajes y encuestas en el extranjero), a ese punto en que las
grandes obras parece como si nacieran de si mismas, bajo la pluma del maestro
que las lleva en él —Marc Bloch, la más cruel, quizás, y la más inexpiable de
todas las pérdidas humanas sufridas por Francia entre 1940 y 1945.
He dicho en otro sitio cómo, de vuelta a Francia,
después del armisticio, por el peligroso circuito Dunkerque, Londres, Rennes,
lejos de sus notas escondidas en París en lugar seguro, más lejos aún de sus
libros cuidadosamente empaquetados y expedidos a Alemania por el ocupante, este
hombre que detestaba la ociosidad, tomó la pluma y empezó a llenar páginas con
sus reflexiones sobre la historia. Y,
en primer lugar, sobre su
legitimidad, tanto con respecto
a los propios historiadores como con respecto a nuestra civilización,
interesada directamente en el debate.
Porque, en el fondo y desde sus orígenes, se trata
de una civilización de historiadores.
A diferencia de tantas otras, algunas de ellas
importantes como, por ejemplo, la hindú,*1 Incluso el cristianismo,
la religión que expresa tantos de sus aspectos fundamentales, es también,
ciertamente, una religión de historiadores: “Creo en Jesucristo, que nació de
la Virgen María, fue crucificado bajo Poncio Pilatos, resucitó de entre los
muertos al tercer día...”; una religión fechada, Y estas referencias no
constituyen para el fiel un accesorio, en absoluto. No se es cristiano si no se
aceptan esas afirmaciones, que la religión coloca en el umbral de la creencia,
como otras tantas verdades situadas en el tiempo. Igualmente, no se es cristiano
si uno no se sitúa a sí mismo y, con él, las sociedades, las civilizaciones y
los imperios, entre la caída, punto
de partida, y
el juicio,
punto de
llegada de
todo lo que vive aquí abajo.
Lo que significa a la vez encuadrarse a sí mismo y encuadrar al universo en la
duración — y por tanto, en la historia.
Así pues, que muchos portadores de la civilización
occidental se hayan desembarazado, bruscamente en las últimas décadas, de su
viejo gusto por la historia; que hayan puesto
claramente de manifiesto
su desilusión
por hombres
que habían creído demasiado en lo que les gustaba llamar sus “lecciones”;
que el ritmo propio de las revoluciones técnicas, tan furiosamente acelerado,
engendre cada diez o quince años en nuestras sociedades verdaderas mutaciones
psicológicas, que corresponden en cada caso a nuevos cambios: ferrocarriles,
después automóviles, más tarde aviones, y la piel de zapa escogiéndose a
sacudidas; vapor, después fuerza
eléctrica, más tarde energía atómica en vías de domesticación, y todo lo demás,
que harían falta páginas para enumerar, todo lo que afecta al género de vida, el
comportamiento individual o colectivo, las reacciones sensoriales
de los
hombres; que
este ritmo
propio, que esta aceleración prodigiosa de las transformaciones ahonda cada vez
más la fosa que separa las generaciones y rompe las tradiciones. Todo eso es
algo que no puede ahora probarse ampliamente. Consecuencia, entre otras: un gran
desdén por la historia. El desdén de
hombres que se embriagan con sus conquistas, sin tiempo para establecer sobre
ellas una fundamentación duradera; porque, mañana, nuevas conquistas vendrán a
poner todo, de nuevo, en tela de juicio. Desdén de hombres que se proclaman
orgullosamente hijos de sus obras —y no ya de sus predecesores anticuados—. ¿Qué
les importa Volta a nuestros constructores de centrales eléctricas? Es como
hablar de Ícaro a un constructor de aviones. Agua pasada. Y el prejuicio aumenta
cada vez más : ¿cómo perder el tiempo en hacer historia cuando tantas tareas
fecundas y que “rinden” requieren hoy todas las energías, todas las
inteligencias?
¿Hay que reaccionar contra estas tendencias? Sin
duda, en la medida en que presentan el
riesgo de
resquebrajar los fundamentos mismos de
una civilización de
historiadores. Bloch partió de esta gran preocupación. El primer título de su
libro nos lo revela de forma excelente, en tres palabras. Pero hay el segundo.
Ya he dicho que era hermoso. Y lleno de promesas, igualmente.
Es raro que un historiador de la talla de Marc
Bloch saque de sí mismo, de su vivencia —cuando está en plena producción y las
obras que lleva dentro de sí le obsesionan—, es raro, digo, que formule las
lecciones de su experiencia para comunicarlas a sus contemporáneos. Michelet,
que era la historia misma, no lo hizo. Ni Fustel. Ni Jullian en nuestros días.
Tampoco Pirenne. Enseñaron y, en consecuencia, transmitieron a otros un poco de
sus reflexiones. Pero hay diferencia
entre los consejos impartidos a aprendices, en el tajo, de una forma discursiva
y fragmentaria; hay diferencia entre esas indicaciones de trabajo y esta especie
de confidencia humana de un maestro explicando a lectores, que no son
necesariamente “de los suyos”, lo que representa para él su labor, qué fines se
propone y con qué espíritu, la practica: todo, no como un pedante que dogmatiza,
sino como el hombre que trata de comprenderse totalmente. Lo que en el libro de
Marc Bloch [Apologie pour l'histoire ou Métier d'hístorien] gustará ante
todo, más que su alegato en favor de la historia, son esas preciosas
confidencias. Las reflexiones del maestro sobre un oficio delicado. Libres, pero
ordenadas, sin pizca de academicismo, ni de herencia...”
Lucien
Febvre
Hacia
Otra Historia.
“Combates por la
Historia“
“...Marc Bloch
fue torturado
por la Gestapo
y fusilado a la
edad de
cincuenta y siete años el 16
de junio de 1944 en Saint-Didier-de-Formans, Ain, cerca de Lyon,
debido a su participación en la Resistencia. Durante los treinta años que
siguieron a esta heroica muerte, su
reputación como historiador tuvo un triple fundamento:
en primer lugar estaba su papel de cofundador y codirector, junto con
Lucien Febvre, de la revista Annales,*2 que renovó la
metodología de la historia; luego estaban dos grandes libros: el primero, Les
Caractères originaux de l’histoire
rurale française (Los caracteres originales de la historia rural francesa)
de 1931, apreciado sobre todo por los
especialistas que con justicia lo consideraron el punto culminante de la escuela
francesa de historia geográfica y el punto de partida para un nuevo enfoque de
la historia rural tanto medieval como moderna; el segundo,
La Société féudale
(La sociedad
feudal) en 1939-1940,
era una
síntesis poderosa y original que transformaba la historia de las
instituciones al ofrecer una concepción global de la sociedad e integrar
historia económica, historia social e historia de las mentalidades, apelando a
un público más amplio; a estos dos libros se sumaba también un tratado
(póstumo) de metodología histórica, Apologie pour l'histoire ou Métier
d'hístorien (Introducción
a la
historia), publicado por
Lucien Febvre
en
1949.”
Prólogo
de Jacques
Le Goff al
libro de Marc Bloch
“Los Reyes
Taumaturgos”
ÍNDICE
LA SOCIEDAD
FEUDAL
Marc Bloch Tomo I
(1940)*3
(* Notas)
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
PRIMERA
PARTE
Libro Primero;
LAS ÚLTIMAS
INVASIONES
Capítulo I.
Musulmanes y
Húngaros
Capítulo II. Los Normandos
Capitulo III.
Algunas Consecuencias y Algunas
Enseñanzas de las
Invasiones
Libro Segundo:
CONDICIONES DE VIDA Y ATMÓSFERA MENTAL
Capítulo I.
Condiciones Materiales y Aspecto
Económico
Capítulo II. Formas de Sentir y de Pensar
Capítulo III.
La Memoria
Colectiva
Capítulo IV.
El Renacimiento
Intelectual durante
la Segunda
Edad Feudal Capitulo V. Los
Fundamentos del Derecho
SEGUNDA
PARTE
Libro Primero:
LOS VÍNCULOS DE
LA SANGRE
Capítulo I.
La Solidaridad del
Linaje
Capítulo II.
Carácter y
Vicisitudes del
Vinculo de
Parentesco
Libro Segundo: EL
VASALLAJE Y EL FEUDO
Capítulo I.
El homenaje del
Vasallo
Capítulo II. El Feudo
Capítulo III.
Panorama
Europeo
Capítulo IV.
Cómo el
Feudo pasó
al patrimonio del Vasallo
Capítulo V. El hombre de Varios Señores
Capítulo VI.
Vasallo y
Señor
Capítulo VII.
La Paradoja
del
Vasallaje
Libro Tercero:
LOS
VÍNCULOS DE
DEPENDENCIA EN
LAS CLASES
INFERIORES
Capitulo I.
El Señorío
Capítulo II.
Servidumbre y
Libertad
Capítulo III.
Hacia las
nuevas formas
del Régimen
Señorial
NOTAS
PRÓLOGO
LA SOCIEDAD
FEUDAL
Marc Bloch
*4
Homenaje
de respetuosa
y
reconocida
afección
a Ferdinand
Lot
GÉNESIS
DE LA
INSTITUCIÓN FEUDAL
En un volumen precedente,*5
en el que justificamos —con algunas reservas—
la expresión Edad Media, precisamos las divisiones de la Sección a la que
también pertenece el presente. Una primera serie está consagrada a los orígenes
del cristianismo, a su
desarrollo y a la crisis moral
del mundo antiguo. La segunda, que empieza por el magnifico y vigoroso volumen
de Ferdinand Lot, debe mostrar cómo —mientras Bizancio sobrevive con su
civilización cosmopolita, y después que el Imperio de Carlomagno ve producirse
pasajeramente una reacción política y un renacimiento literario— el Occidente se
hunde y, a continuación, se reconstruye según nuevas modalidades. De este
proceso, va a ocuparse Marc Bloch a continuación.
La Europa occidental y central —o simplemente
Europa, pues allí, “entre los hombres que vivían entre el Tirreno, el Adriático,
el Elba y el Océano”, en este mundo romano-germánico limitado por tres “bloques
humanos”, mahometano, bizantino y eslavo, es donde nace, antes de la época
propiamente feudal. la civilización europea—, en el período que abarca desde la
mitad del siglo XIII a las primeras décadas del XIII. He aquí, en el espacio y
en el tiempo, los limites de este volumen y de otro que lo completará. Dentro de
estos limites, el tema de Man Bloch es la llamada sociedad feudal.
Poco importa si la etiqueta —al considerar el
sentido exacto de la palabra— es
criticable: existe una realidad a la que se aplica este nombre y una estructura
social que caracteriza esta realidad. En su trabajo, que se enlaza con otros
volúmenes consagrados a las instituciones políticas*6, nuestro
colaborador se propone analizar
y explicar
esta estructura.
Su análisis es el
más completo que se ha hecho
hasta el momento; su explicación, la más profunda, porque capta la vida de esa
época en sus diversos aspectos y en sus resortes más íntimos. Marc Bloch dice,
con razón, que no se podría, sino por una “ficción de trabajo”, aislar
completamente de los demás un elemento de la vida colectiva. La institución
feudal es el “eje propio” de su estudio; pero, lo que es esencial objeto de
otros volúmenes, centrados en otras cuestiones, le proporciona el punto de
partida y le permite comprender más a fondo.
Abunda así en nuestro criterio; si el plan y el
fin de la Evolución de la Humanidad se encaminan a valorar los factores
generales en volúmenes especializados, si en ellos deben resaltar las
articulaciones de la Historia, es necesario que ello ocurra en medio de la carne
y la sangre de la realidad histórica.
El verdadero y completo historiador que es Marc
Bloch tiende a situar la institución feudal en su medio. Hechos contingentes de
importancia considerable: las
invasiones, circunstancias
económicas, estado
mental, son
el tema de un triple estudio preliminar en el que se justifica el título
adoptado.
Se leerán con el más vivo interés, no sólo por su
relación con el tema, sino por ellas
mismas, las densas páginas que Marc Bloch consagra a los invasores musulmanes,
húngaros y normandos, que asaltan Europa por el Mediodía, el Este y el Norte.
Traza un cuadro, a menudo pintoresco, de sus incursiones y correrías. Sus rasgos
psicológicos están señalados de manera impresionante: piratas sarracenos,
nómadas de la estepa, hombres del mar, para los que las llanuras o las aguas son
“caminos hacia la presa”, pero que llevan consigo “el instinto del espacio”, el
gusto por la aventura, y no solo el afán de ganancia. Sobre su género de vida,
su modo de penetración, sobre lo que aportan y lo que reciben en sus
establecimientos en el suelo que los atrajo, nos dan preciosas indicaciones unas
páginas densas y, no obstante, claras. Y como Marc Bloch no toca ningún punto
sin enriquecerlo, realza con observaciones generales el estudio de esta
penetración. Las invasiones de que se ocupa, continúan a tantas emigraciones
como se han hecho conocer en los
volúmenes precedentes;*7 ellas son las ultimas para “Europa”, tal
como él la ha definido. “Hasta este momento, estos saqueos por las hordas
venidas de fuera y estos
grandes movimientos
de pueblos,
habían dado
su trama
a la
historia de Occidente, como a
la del resto del mundo. De ahora en adelante, el Occidente quedará libre. A
diferencia, casi, del resto del mundo... No es arriesgado
pensar que esta extraordinaria inmunidad... fuera uno de los factores
fundamentales de la civilización europea, en el sentido profundo y justo de la
palabra”
Sin embargo, la inseguridad, la perpetua
inquietud, los saqueos materiales, el choque mental debían acrecentar la
debilidad y el desorden que abrieron el Occidente a las últimas invasiones.
Aquí, Marc Bloch estudia la economía de esos tiempos, profundamente confusos, en
un poderoso compendio —que anuncia y prepara los volúmenes que él mismo debe
consagrar al desarrollo económico de la Edad Media—.
Es necesario distinguir dos edades feudales. Para
la primera, considerando lo que los sociólogos llaman morfología social, se
completa, después del hundimiento del Imperio carolingio, un “universal y
profundo descenso de la curva demográfica”, una débil densidad y una repartición
muy desigual de la población. “la Naturaleza tendía sin cesar a imponerse”. Las
comunicaciones son difíciles; los desplazamientos aventurados, peligrosos, y, no
obstante, como consecuencia de necesidades diversas, son continuos, en una
especie de “movimiento
de Brown”. El
comercio de intercambio
es anémico; la balanza,
deficitaria para Occidente: de donde se daba una “lenta sangría” de oro.
Debido a la penuria de moneda, el intercambio tenía menos sitio que la
prestación vía “manutención”, que anudaban lazos humanos muy diferentes al del
salario.
La situación se transforma a fines del siglo XI.
Una revolución con múltiples causas permite a estos ‘países’, llevar a cabo la
conquista económica del mundo. Sin duda, no todo cambió; pero todo tendía a
mejorar: fin de las invasiones, progreso del poblamiento, facilidad creciente de
las relaciones, ritmo acelerado de la
circulación, mejores condiciones monetarias —de
donde, el resurgimiento del
salario—, múltiples
circunstancias que obraron sobre “toda la
contextura de las relaciones humanas” y, por consiguiente, sobre los caracteres
del feudalismo.
Se
incluyen en esta
obra páginas
notables, interesantes
porque nos
introducen en la intimidad del pasado y porque hacen reflexionar sobre la
actitud del hombre de esa época “ante la Naturaleza y la duración” y, de una
manera general, sobre esos datos psicológicos que son la esencia misma de la
Historia. En
el plan
primitivo de “La Evolución
de la
Humanidad”, yo concebí un
volumen —que debía ser el tomo XLVI— titulado “La educación en la Edad Media
y la mentalidad popular” he tenido que renunciar a esta obra especial y
confiarme, para dar algunos elementos de este delicado tema, elaborado de manera
insuficiente a volúmenes y colaboradores diversos —puesto que la historia no es
hasta aquí completa y, como dice Marc Bloch, “verdaderamente digna de este
nombre”—. A estas cuestiones, nadie habrá aportado en tan pocas páginas lo que
Marc Bloch.
Señala y explica al mismo tiempo que la rudeza y,
si se quiere, —la insensibilidad física— la emotividad de la primera edad
feudal. El ser humano estaba más cerca de la Naturaleza y, en ciertos aspectos,
era duro; las epidemias, la carestía de alimentos, las violencias cotidianas, la
higiene mediocre, la preocupación por lo sobrenatural, todo contribuía a dar al
sistema nervioso una extraordinaria inestabilidad.
Así, no se debe “reconstruir el pasado según las
líneas de la inteligencia”, la precisión,
la posibilidad de precisión
—incluso para
la medida del
tiempo—, era profundamente
extraña a las gentes de esta época. lo que obedecía en gran parte a la
naturaleza del instrumento de expresión. Dos grupos humanos se oponían, “la
inmensa mayoría de analfabetos encerrados, cada uno, en su dialecto regional” y
“el pequeño puñado de gente instruida”, propiamente bilingües, que se servían
tanto del habla corriente y local como del lenguaje culto: éste, “radicalmente
separado de la forma de expresión interna”,
trasponía más
o
menos felizmente el pensamiento,
pero siempre
deformándolo un poco. Esto contribuía a poner una gran incertidumbre en
las relaciones sociales, “La única lengua que pareció digna de fijar, junto a
los conocimientos más útiles para el hombre y su salvación, los resultados de
toda la practica social, no era comprendida por gran número de personas que por
su posición gobernaban los asuntos humanos”. No es que la cultura fuese
despreciada; pero era cosa excepcional entre los grandes nobles: de donde el
papel considerable de los clérigos y, en los hombres de acción, la falta
frecuente de concordancia entre su conducta y los escritos que otros habían
redactado en su nombre.
La concepción que tenían del mundo los hombres de
este tiempo, los hacia extraños a la realidad terrestre y desinteresados de las
cosas. Marc Bloch tiene páginas muy
ricas en agudas observaciones sobre la mentalidad religiosa. La Naturaleza “no
parecía merecer mucho que nadie se ocupase de ella”; el mundo sensible no era
más que un telón tendido delante de la verdadera realidad. Esta, para los
sencillos y para gran parte de los doctos, estaba animada por voluntades
distintas —a veces opuestas—, de las que muchas perpetuaban el paganismo; por
debajo del Dios único, se agitaban “una
multitud de
seres buenos
o malos:
santos, ángeles
y, sobre todo,
diablos”. Sin duda, los terrores del año mil fueron exagerados por los
románticos: la fecha fatídica, por razones que se indican aquí, escapaba a una
previsión exacta; y además la irresistible vida, a pesar de todo, fermentaba
entre los hombres, Pero “casi incesantemente corrían olas de terror” y el miedo
al infierno pesaba sobre la vida terrenal.
Junto a esta obsesión del terrible y próximo
futuro existía una cierta curiosidad por el pasado. El cristianismo se apoyaba
en una historia que conmemoraba las
fiestas y
que enriquecía la leyenda. Obras, que
no fueron olvidadas,
habían intentado la síntesis de dos tradiciones, la de la Biblia y la de
Grecia y Roma. “La preocupación para hacer sensible, detrás de cada minuto
presente, el empuje del gran río de los tiempos” continuaba muy viva. Para
responder a esta curiosidad, eran muchos los creadores de crónicas o de anales.
Pero la dificultad de información se añadía a la imprecisión
de los espíritus.
Un defecto de sentido histérico
—que, de otra parte, también se encuentra en tiempos
más cultivados— “lanzaba el presente hacia el pasado” confundiendo sus
caracteres. Lo más a menudo inconsciente, la alteración era alguna vez deseada.
Las producciones mentirosas abundaron: “a fuerza de respetar el pasado, se
llegaba a reconstruirlo tal como debía haber sido”.
Los libros de Historia de los iletrados eran los
poemas épicos en lengua vulgar Este tema de la epopeya francesa —que en otro
volumen es tratado desde el punto de vista literario y psicológico— Marc Bloch
lo toma desde el punto de vista del historiador, extendiéndolo a las demás
regiones de Occidente, pues “la afición por los poemas históricos y legendarios
no fue, en la época feudal, exclusiva de Francia”. En esta “historia novelada”,
en la que la ficción refleja, como “cristal de aumento”, la sensibilidad y la
imaginación de la Edad Media, el autor
se pregunta si hay un residuo de realidad histórica, y busca lo que en la “memoria colectiva”, tan poco segura, tan poco sostenida por
medios externos, pudo subsistir del pasado. “Parte de autentico; parte de
imaginario”, problema delicado que resuelve según la lógica. Los defensores de
lo “espontáneo” oponen la poesía popular a la literatura latina de los clérigos;
otros, han insistido sobre la influencia monástica, que se advierte de manera
evidente en ciertas obras. Marc Bloch cree que hubo unos temas transmitidos por
sucesivas generaciones y que, según las apariencias, se fijaron en el siglo X:
“¿Cómo sorprenderse de que una tradición narrativa se transmitiese a lo largo
del tiempo, cuando se piensa en el interés que los hombres de la época feudal
tenían por el pasado y el placer que sentían al oírlo contar?”
Pero, en la segunda edad feudal, que empieza en
las dos o tres décadas anteriores al año 1100, se perfilan unos nuevos rasgos
intelectuales. El autor recoge aquí el gran
número de
hechos que,
en el
arte y
en la
literatura, marcan los
progresos de la educación, “tanto en calidad como en extensión, a través
de las diversas capas sociales”. La historia verdadera, la descripción de
lo real se separan poco a poco de la “pura evasión literaria”; y la literatura
tiende, no sin torpeza todavía, al análisis de los sentimientos. Parecido por
muchos detalles a sus predecesores, el hombre de los años cercanos al 1200
“difiere de ellos... en dos puntos. Es más instruido y más consciente”.
Esta adquisición de conciencia se extiende a la
sociedad misma. Se plantean problemas espirituales y de Derecho, que acostumbran
a los espíritus a “razonar en forma” El instrumento de análisis mental se
perfecciona.*8 Y aquí, Marc Bloch insiste, como conviene a su
intención —que es la estructura social
— en la renovación de la influencia del Derecho
romano, ligado a otros movimientos intelectuales de fines del siglo XI. El
Derecho culto tuvo como efecto sobre el Derecho popular, el enseñarle a tornar
una conciencia más clara de sí mismo. Algunas obras “relativamente tardías,
pero en las que se refleja la claridad organizada propia de la edad de las
catedrales y de las sumas”, tendieron a hacer más estables las relaciones
humanas, después de un periodo, “muy movido”, en el que el Derecho romano se
había ido borrando poco a poco, conforme iba disminuyendo la educación, y en el
que la costumbre tomó una creciente importancia. Sin duda, el progreso de este
Derecho consuetudinario había provocado la diversidad. Sin embargo, por
múltiples razones —infidelidad de la memoria, extrema plasticidad, tendencia de todo acto
consumado y,
sobre todo,
repetido, a
convertirse en
precedente
—, algunas ideas colectivas, fuertes y simples
dominaron y acabaron por organizar el Derecho de la época feudal.
*
Explicado el medio y precisada la mentalidad, Marc
Bloch llega al estudio de estos vínculos de hombre a hombre que de manera tan
vigorosa actuaron sobre la propiedad, en la especie de “participación” que
crearon —como dice, ingeniosamente, inspirándose en una fórmula muy conocida en
Psicología, y que también puede usarse en Sociología—.
En la base de la estructura social, están los
lazos de sangre, los “amigos carnales”. La solidaridad del “linaje” era muy
fuerte y se manifestaba, en particular, en la vendetta o venganza “Casi de un
extremo a otro, la Edad Media y, en particular, la era feudal, vivieron bajo el
signo de la “venganza privada”. A ésta, se la llamaba faida. El acto
individual se propagaba en el linaje
“en olas colectivas”. Marc Bloch cita sorprendentes ejemplos de estos “odios
perdurables” cuyos efectos se pudieron atenuar, pero cuya existencia fue imposible prohibir.
Muestra también
la solidaridad del linaje,
prolongándose a menudo en sociedad de bienes, creando una comunidad
económica, que se perpetúa a través del tiempo tomando formas “a la vez menos
fluctuantes y más atenuadas”
El linaje es algo muy distinto de la “pequeña
familia conyugal de tipo moderno” y la vivacidad del “sentido colectivo” no
tenia nada de común con la ternura para
con las personas. Quizá por una
supervivencia del
matriarcado, “los lazos de alianzas a través de las mujeres contaban casi
tanto como los de la consanguinidad paterna”: así, resultaba que, en la sucesión
de las generaciones, el grupo era inestable: la extensión de los deberes para
con los “amigos carnales”, variable e indecisa. Muchas causas debían conducir a
“la mengua y desmenuzamiento del linaje”. Los poderes públicos, en el interés de
la paz, trabajaron contra la solidaridad familiar, y el estado civil, muy
posterior a la sociedad feudal, corono
una evolución que el apellido había empezado. Pero en la misma época en que el
linaje tuvo más fuerza, no bastaba para asegurar la protección del individuo:
“lo que explica que los hombres debieron buscar o sufrir otros vínculos”
El estudio de la sociedad feudal presenta el vivo
interés de ver cómo en ella nacen en forma espontánea, bajo la presión de las
circunstancias, unas instituciones muy características. “Ninguna teoría, dice
Henri Pirenne en su notable obra póstuma Historia de Europa, ninguna
concepción consciente. La propia practica se pone de acuerdo con la realidad”, y
de la práctica, nace la institución. “El Estado se disgrega, se fragmenta, para
reconstruirse bajo otra forma, sobre sus propias ruinas”.*9
Es imposible, con los medios de conocimiento
actuales, seguir más de cerca e interpretar mejor de lo que lo ha hecho Marc
Bloch, este lento y sordo trabajo de disgregación
y reconstrucción
que va desde
la época merovingia al
siglo XII.
El
fundamento de
la institución feudal es,
a la
vez, el vínculo
y la
subordinación de hombre a hombre. Todo un complejo de relaciones
personales, de dependencia y de protección, dio lugar al vasallaje, “forma de
dependencia propia de las clases superiores”.
En otro
tiempo, ciertas teorías
atribuyeron a
la organización
feudal una
filiación étnica: o Roma, o Germania, o los celtas. El autor, en el
vocabulario feudal, encuentra huellas de diversas influencias: con una erudita
ingeniosidad busca los varios
elementos que fueron utilizados y
fundidos por las
circunstancias. La causa eficiente, son precisamente las circunstancias,
es “el poder creador de la evolución”. En la época merovingia, “ni el Estado ni el linaje
ofrecían ya garantía suficiente... Había, de una parte, huida hacia el jefe: por
otra, tomas de mando, con frecuencia
brutales... Se veía en muchos casos a un mismo hombre hacerse simultáneamente
dependiente de otro más fuerte y protector de otros más humildes... Al
someterse de esta forma a las necesidades del momento, estas generaciones no
tenían en absoluto el deseo ni el sentimiento de crear unas formas sociales
nuevas”. Tenemos que insistir en ello con nuestro autor. El derecho abstracto y
las leyes escritas se olvidan: son las relaciones entre “seres de carne y
hueso”, son las vivas representaciones colectivas las que crean la costumbre —y
las que deben deshacerla—. Nunca, dice Marc Block, “una sociedad es una figura
geométrica”, y, con más razón, cuando busca el orden en el desorden.
Subrayemos remarcando
el papel
de la guerra —entonces,
“trama cotidiana de todo el curso de la vida de un jefe”, el del caballo, en
consecuencia, y también el del estribo y la herradura, invenciones llegadas de
las estepas de Oriente. (Con frecuencia hemos señalado las múltiples incidencias
de las iniciativas del homo faber) Los poderosos tenían necesidad de
séquitos armados, de guerreros profesionales —en particular jinetes—, que fuesen
sus “compañeros” de guerra
El vocablo gasindus. que designaba al
compañero germano, fue suplantado por
el nombre vassus, vassallus, de origen celta que denotaba un esclavo
doméstico, o sea, un “criado”. “Salido de los bajos fondos de la servidumbre
para llenarse poco a poco de honor”, la palabra “refleja la curva” de una
institución muy
plástica. En
la descomposición del Estado,
en la
decadencia de las costumbres militares, “servir con la espada, la lanza y el
caballo a un señor del cual uno se había declarado solemnemente fiel”, debía
aparecer como la forma más elevada de subordinación de individuo a individuo.
La monarquía carolingia, en el deseo y la
dificultad de reconstruir el poder publico, tuvo la idea de utilizar el sistema
de subordinaciones constituido. Una política consciente consagró y aumento el
número de estos lazos. Existieron desde entonces, los vasallos del rey, próximos
y lejanos, que formaban, a través de las provincias, “como las mallas de una
extensa red de lealtad”. Entre los
grandes señores, el ejemplo de los reyes y la analogía de las necesidades
favorecieron el establecimiento de contratos de vasallaje
estables.
Sin embargo, el Estado carolingio se hunde a su
vez: nuevo período de disturbios, de guerras y de invasiones. más que nunca,
“el hombre busca un jefe y los jefes buscan hombres”. Como consecuencia, las
relaciones de homenaje y de protección se multiplican, no sólo en provecho de
los poderosos, sino de toda la gradación social. Dos formas de estar ligado a un
jefe se distinguen cada vez más netamente: servidumbre y vasallaje. Este, es la
forma elevada de la antigua “encomendación”. El vínculo del vasallo —que, por lo
general, es “caballero— se contrae por el homenaje de las manos juntas y,
después del siglo X, por el beso en la boca; de derecho, si no de hecho, se
deshace con una u otra de las dos vidas atadas.”
El capítulo dedicado al feudo es de una
importancia capital y hace resallar un aspecto del régimen que no es el menos
interesante. “El único y verdadero dueño era el que había dado”, un beneficio
formaba la contrapartida del acto de
donación personal. El termino “beneficio” fue eclipsado por la palabra “feudo”,
noción de orden económica: bien concedido como cambio, no “de obligaciones de
pagar” sino “de obligaciones de hacer”; y esta noción, primero general, pero que
se transformo en institución de clase, vino a designar “los feudos al propio
tiempo más frecuentes, y, socialmente, los más importantes, alrededor de los
cuales se había desarrollado un derecho propiamente feudal”.
La remuneración del vasallo podía ser manutención
o feudo, establecimiento sobre un fundo, chasement*10 cuyos
beneficiarios fueron creciendo. Sucedió que el protegido, para comprar la
protección, ofreció sus tierras al jefe, quien
se las devolvía en
feudo. “Este
gran movimiento de donación
de la
tierra
se prosiguió durante la época franca
y la primera época feudal, de arriba a abajo de la sociedad”. El número de
“alodios” —tierras sin señor por encima del poseedor— fue decreciendo con
rapidez a partir del siglo X. “La tierra se sometía a sujeción con los hombres”
y de esa manera el feudo tendió a hacerse hereditario, incluso sin la repetición
del homenaje de investidura.*11
A pesar
de lo
semejantes que fueron
las instituciones
en toda
la Europa
feudal, se imponen algunas distinciones —que precisa Marc Bloch en una
ojeada de conjunto, es decir,
en un
valioso estudio
de historia
comparada—. Así,
aparece que el Midi aquitano y la Normandía en Francia, que Italia
del Norte y Alemania, que la Inglaterra anglosajona y la España de las
monarquías astur leonesas, a pesar de las condiciones de vida comunes a todo el
Occidente, diferenciaron el régimen del feudo como consecuencia de
circunstancias particulares que se exponen de manera magistral. Es Francia la
que presenta la red de dependencias de vasallajes feudales más poderosa y mejor
ordenada, y es “un notable fenómeno de emigración jurídica, que las
instituciones feudales francesas fueran llevadas a Inglaterra por los normandos, a Italia del Sur por aventureros llegados también de
Normandía, a Siria por los cruzados. Solamente en Siria, a decir verdad. se
trabajó sobre un campo virgen.
Una tendencia general de la institución feudal,
fue el “deslizamiento hacia la heredabilidad”. El vínculo de la sangre triunfo
sobre el Derecho, y el privilegio se deslizó de arriba a abajo. La relación con
el suelo, fijó la tierra en la familia, sin
que el
señor se
resistiera mucho.
Y las funciones a
“honores” tendieron,
por una evolución asociada a la de los “beneficios”, a convertirse
también en hereditarios. En Francia y en Inglaterra, de los servicios prestados
por el padre, la opinión pública y la
costumbre sacaron un Derecho para su descendencia. En este punto aún, el amor
matiza, segur, los países, la acción de “fuerzas más profundas que los
intereses políticos”. Con la evolución del derecho de sucesión, sigue la
transformación del antiguo “beneficio” en
“patrimonio”.
Habiendo sido la heredabilidad un favor antes de
ser un derecho, el nuevo vasallo debía al señor un regalo: éste era el rescate.
La importancia del rescate varió,
según las regiones: pero de una manera general, estos “derechos casuales”
modificaron el espíritu del problema sucesorio. Para el señor, hicieron del
feudo, “en otro tiempo salario de la fidelidad armada”, una tenure*12 ante todo
“rentable” y para el
vasallo, que cada vez más lo
tuvo por su “rosa”, un recurso utilizable, mediante compra de la
autorización del señor. “En efecto, desde el siglo XII por lo menos, los feudos
se vendían o se cedían casi libremente. La fidelidad entró en el comercio”
Por otra parte, nada tan curioso como comprobar
que los lazos nacidos de la institución feudal obraron de maneras diversas
contra la propia institución. En principio, no se tenía que ser más que el
hombre de un solo señor: pero se tuvo
interés en
ser hombre
de varios.
La abundancia
de homenajes
de
uno solo a varios creó situaciones
muy embarazosas y fue un disolvente del régimen. Para remediar la insuficiencia
del homenaje simple, se extendió la costumbre de hablar de homenajes ligios, es
decir, absolutos (el hombre ligio era primitivamente el siervo). Segunda oleada
del vasallaje destinado a renovar la
primitiva relación humana. Pero como que las mismas causas producen los mismos
efectos, la calidad de ligio se hizo hereditaria y lo que es peor, “objeto de
comercio”. Vulgarizado, el nombre se vació de todo contenido
específico.
Cuando un trabajo de fijación —tardíamente, en el
siglo XI— fue emprendido por turistas profesionales, se ve el contrato
“prudentemente detallado” reemplazar la sumisión del hombre en la integridad de
su persona; y el esfuerzo tendrá tendencia a aligerar los obligaciones del
vasallo y las del señor.*13
Es necesario reconocer, sin embargo, que alguna
cosa subsistió a pesar de todo, de esta especie
de parentesco suplementario que creó
la relación feudal de esta reciprocidad, en deberes, por otra parte
desiguales, que es la característica y la originalidad del sistema. Había bajo
la convención —Marc Bloch lo demuestra con evidencia— una realidad, la unión de
los corazones. Tan poderoso era el íntimo
vínculo, que “cuando la poesía
provenzal inventó el amor cortesano, concibió la fe del perfecto amante según el
modelo de la devoción del vasallo” y el ademán de vasallaje de las manos juntas
“se convierte, en toda la catolicidad, en el ademán de la plegaria por
excelencia”.
“En esencia ligado a la tradición” el hombre de
las edades feudales estaba dispuesto a venerar las reglas que él creó; pero “de
costumbres violentas y carácter
inestable”, lo
estaba menos
a plegarse
a ellas con constancia.
Y, en la medida en que la
dependencia del hombre frente al hombre se vio reemplazada por la dependencia de
una tierra frente a otra, a pesar del juramento, el
interés o la pasión se
hicieron cada vez más fuertes. Y fue en los lugares donde el contacto humano
persistía, en los medios más humildes,
entre los modestos “valvasares”, donde la fe se mantuvo viva durante
largo tiempo.
En que forma el señorío rural, muy anterior al
feudalismo y que tenía que sobrevivirle, sufrió el contragolpe de la institución
pasajera y cuál fue la suerte de las clases inferiores, es lo que muestra la
última parte del libro.
El señor, desde lo primera edad feudal, acrecienta
su poder sobre el hombre y sobre su “tenure”. Las cargas que soportaba el
cultivador se hicieron más pesadas desde el siglo VIII al XII en lo que
concierne, no a las obligaciones de trabajo, sino a las de dinero —diezmo,
talla, derechos de las “banalités”*14—. “Como la historia del feudo,
la historia de la “tenure” rural fue, a fin de cuentas, la del paso de una
estructura social fundada en el servicio de un sistema de rentas territoriales”.
Además, se
establecieron distinciones: en
el caos de las relaciones de
hombre a hombre se va precisando la oposición entre el libre o “franco” y
el siervo. “Tener un señor no parecía contrario a la libertad”: la servidumbre
empezaba allí donde la dependencia era hereditaria y, por tanto, no permitía —ni
una vez en la vida— la facultad de elección del esclavo antiguo, el siervo podía
formarse un patrimonio. No estaba sujeto al suelo, sino a su señor: en el
principio, siempre la relación humana. Si la masa se deslizo lentamente hacia la
servidumbre. subsistieron cultivadores libres; los “villanos”, los “pecheros”.
Marc Bloch subraya la mezcolanza persistente de las condiciones, así como
la diversidad regional; insiste en el peligro de los sistemas, y en el
error de los historiadores que olvidan que “una clasificación social, en último
término, existe sólo por las ideas que los hombres se
hacen de ella, y de
la que no toda contradicción
está forzosamente excluida”.
A
partir del siglo XII, hubo tendencia
a fijar las costumbres
propias de
tal o cual región y a redactar
pequeñas constituciones locales. “Un gusto nuevo de claridad jurídica aseguraba
la victoria de lo escrito”. Se vieron nacer y multiplicarse “las cartas” de
“costumbres” o de “franquicias”. Los rústicos eran “menos pobres, por tanto
menos impotentes y menos resignados”
Hacia el final de la segunda edad feudal, las
relaciones entre señores y súbditos se estabilizan. Pero, al mismo tiempo, el
súbdito tendía a transformarse en “contribuyente” la servidumbre, allí donde
subsistía, estaba vinculada a la tierra, a la “tenure” servil, no al hombre. El
señorío tomo caracteres más territoriales, más puramente económicos.
Por todas partes, el movimiento feudal estrechó,
en principio, las relaciones humanas. Por todas partes, la economía, poco a
poco, deshizo y transformó estas relaciones. El gran mérito del autor es haber
expuesto, de manera luminosa, esta doble evolución inversa.
Marc Bloch es el historiador modelo que estudia el
pasado, a la vez bajo todos sus aspectos y por todos los medios que pueden
servir a la Historia. Su extensa documentación sorprende. No se contenta con las
fuentes propiamente dichas, de las que hace un prudente empleo —como se ve
cuando “entreabre, un instante, la puerta del laboratorio”—, ni con las obras
llamados de segunda mano, que ha aprovechado ampliamente. Recurre a la
lingüística; la
etimología de
las palabras, sus cambios de
forma y
de sentido, la toponimia
y la onomástica le proporcionan preciosos datos. “Nada más revelador, nos dice,
que las vicisitudes de la terminología”. Utiliza los cantares de gesta:
“Literatura, exclamaran quizá los historiadores que no tienen oídos más que
para la seca voz de los documentos”: no acepta estos datos sin retoque, pero no
tiene esta fuente por desdeñable. Arqueología, geografía social, costumbres
agrarias: no hay nada de lo que no saque provecho.
¿No tiene razón cuando declara que “en una
historia más digna de este nombre que los tímidos ensayos a los que nos reducen
ahora nuestros medios, sin duda
concedería un lugar a las aventuras del cuerpo”? “Es una gran ingenuidad, añade,
pretender comprender a los hombres sin saber cómo se comportaban”. Tiene razón
cien veces; pero, quizá dentro del ideal que se forma de la ciencia histórica,
desdeña exageradamente los “ensayos” como el
suyo.
Insistiré, para terminar, sobre ciertos caracteres
de este libro, que ya señalé anteriormente y por los cuales entra, por doble
titulo, en el marco de La Evolución de la Humanidad.
Marc Bloch no se limita a tratar plenamente el
tema previsto por el plan general; apasionado por su obra de historiador,
investiga las causas: entre estas páginas se puede ver un titulo significativo.
Desde los fenómenos particulares y localizados —porque la verdadera historia no
se limita a lo particular— se eleva, hasta el máximo, a la explicación general
que es siempre, en definitiva, de
orden psicológico.
Y por otra parte,
por rico
y profundo
que sea
su estudio,
no sólo
no disimula
las lagunas, sino que se esfuerza en señalarlas. Da a los historiadores
ideas para ir más lejos, en lo que también responde a los fines que se propone
La Evolución de la Humanidad. Al comienzo de nuestra empresa, dijimos que tenía
que ser,
a la vez, un punto de llegada y, al
mismo tiempo,
de partida, que resumiendo el trabajo hecho, mostrase lo que faltaba por
hacer. No sabríamos terminar mejor este prólogo que asociándonos a un
“pensamiento muy caro” a Marc Bloch: “la voluntad de no dejar que el lector
olvide que la Historia tiene aún el acento de una excavación inacabada.”
HENRI
BERR
INTRODUCCIÓN
ORIENTACIÓN
GENERAL DE
LA INVESTIGACIÓN
Un libro titulado La sociedad Feudal, sólo
desde hace apenas dos siglos podía dar
por adelantado la idea
de su contenido.
No es
que por
sí solo
el adjetivo no sea muy antiguo.
Bajo su forma latina —feodalis— remonta a la Edad Media. más reciente,
el sustantivo feudalismo no alcanza más allá del siglo XVII; pero una y
otra palabra conservaron mucho tiempo un valor estrictamente jurídico. Siendo el
feudo, como se verá, un modo de posesión de bienes reales, se entendía por
feudal “lo que concierne al feudo” —así lo definía la Academia, y por
feudalismo, unas
veces “la
calidad de
feudo”, y
otras, las
cargas propias
de esta posesión. En 1630, el lexicógrafo Richelet los califica de
“vocablos de Palacio”, no de historia. ¿Cuándo se pensó en ampliar su sentido
hasta llegar a emplearlos para designar un estado de civilización? “Gobierno
feudal” y “feudalismo” figuran con esta acepción en las «Lettres Historiques
sur les Parlements», aparecidas en 1727, cinco años después de la muerte de
su autor, el conde de Boulainvilliers.*15
Este ejemplo es el más antiguo que una búsqueda
bastante intensa me ha permitido descubrir; quizás
otro investigador
sea algún
día más
afortunado. Sin embargo, de este curioso Boulainvilliers, a la vez amigo de
Pendón y traductor de Spinoza, virulento apologista de la nobleza, que imaginaba
surgida de los jefes germanos, y que con menos verbo y más ciencia sería una
especie de Gobineau, nos dejamos tentar con gusto por la idea de hacer, hasta
que poseamos más amplia información, el inventor de una nueva clasificación
histórica. Pues de esto es de lo que
se trata precisamente, y nuestros estudios han conocido pocas etapas tan
decisivas como este momento en que “Imperios”,
dinastías, grandes etapas
colocadas bajo
la invocación de un
héroe epónimo. en una
palabra, todas esas viejas
divisiones nacidas
de una tradición monárquica y oratoria, empezaron a ceder su puesto a
otro tipo de divisiones, fundadas en la observación de los fenómenos sociales.
Estaba, no obstante, reservado a un escritor más
ilustre el popularizar la noción y su
etiqueta. Montesquieu había leído a Boulainvilliers; el vocabulario de los
juristas, de otra parte, no contenía nada que pudiera asustarle, y después de
pasar por sus manos la lengua literaria quedó enriquecida con los despojos de la
curia. Aunque parece evitar feudalismo, sin duda demasiado abstracto para
el gusto, fue el, indiscutiblemente, quien impuso al publico culto de su siglo,
la convicción de que las “leyes feudales” caracterizan un momento de la
historia. Desde Francia, las voces y la idea pasaron a las otras lenguas
europeas, unas veces por simple calco y otras, como en alemán, traducidas (Lehnswesen).
Por último, la Revolución, levantándose contra lo que aún subsistía de las
instituciones poco antes bautizadas por Boudainvillers, acabó de popularizar el
nombre que, con sentimientos muy opuestos, éste les diera. “La
Asamblea Nacional”,
dice el
famoso decreto
de II
de agosto
de
1789“destruye por completo el
régimen feudal.”
¿Cómo dudar,
desde ese
momento, de la realidad de un sistema social cuya ruina costó tantos
sacrificios?*16
Hay que confesar que esta expresión, destinada a
tener un éxito tan grande, estaba muy mal escogida. Sin duda, las razones que,
en el origen, aconsejaron su adopción
parecen bastante claras. Contemporáneos de la monarquía absoluta,
Baulainvilliers y Montesquieu. tenían la fragmentación de la soberanía entre una
multitud de príncipes o incluso de señores de aldea, como la más patente
singularidad de la Edad Media, Al pronunciar la palabra feudalismo, creían
expresar este carácter; pues cuando hablaban de feudos, pensaban tanto en
principados territoriales como en señoríos. Pero, de hecho, ni todos los
señoríos eran feudos, ni todos los feudos principados o señoríos. Hay que dudar,
sobre todo, que un tipo de organización social muy complejo pueda ser justamente
definido, sea por su aspecto exclusivamente político, sea,
si se
toma feudo
en todo
el rigor
de su
acepción jurídica,
por una
forma de derecho real, entre
muchas otras. Pero, las palabras son como monedas muy usadas: a tuerza de
circular de mano en mano, pierden su relieve etimológico. En el uso corriente
actual, feudalismo y sociedad feudal recubren un conjunto intrincado de
imágenes en las que el feudo. propiamente dicho, ha dejado de figurar en primer
plano. A condición de tratar estas opresiones sólo como la etiqueta, ya
consagrada, de un contenido que queda por definir, el historiador puede
adoptarlas sin más remordimientos que los que siente el físico, cuando con
menosprecio de la lengua griega, continúa denominando átomo a una
realidad que subdivide una y otra vez.
Es una grave cuestión el saber si otras
sociedades, en otros tiempos o bajo otros cielos, han presentado una estructura
parecida, en sus rasgos fundamentales, a la de nuestro feudalismo
occidental, para merecer, a su vez ser llamadas feudales. Volveremos a
encontrarnos con este interrogante al
final de este libro, que no le está propiamente consagrado. El feudalismo que
intentaremos analizar fue el primero en recibir este nombre. Como marco
cronológico, la investigación, aparte algunos problemas de origen o de
supervivencia, se limitará a este período de nuestra historia, que se extendió,
de manera aproximada, desde mediados del siglo IX a las primeras décadas del
XIII. Tendrá como marco la Europa occidental y la Europa central
Esto supuesto, si bien las fechas encontraran su
justificación en el propio estudio, los limites en el espacio, contrariamente,
parecen exigir un breve comentario.
La civilización antigua estaba centrada alrededor
del Mediterráneo. “De la Tierra”, escribía Platón,*17 “no habitamos
más que la parte que se extiende desde el Faso hasta las Columnas de Hércules,
esparcidos alrededor del mar como hormigas o ranas alrededor de un estanque.” A
pesar de las conquistas, esas mismas aguas continuaban siendo, después de tantos
siglos transcurridos, el eje de la Romania. Un senador aquitano podía hacer su
carrera oficial a orillas del Bósforo y poseer vastos dominios en Macedonia.
Las grandes
oscilaciones de los
precios afectaban
la economía
desde
el Eufrates a la Galia. La existencia de la Roma imperial no
podía concebirse sin los trigos de África, de la misma forma que no podía
concebirse la teología católica sin el africano Agustín. Por el contrario,
apenas franqueado el Rin empezaba, extraño y hostil, el inmenso país de los
bárbaros.
Pues bien, en el umbral del período que llamamos
Edad Media, dos profundos movimientos en las masas humanas vinieron a destruir
este equilibrio —del que aquí no
podemos investigar en qué medida estaba ya minado por su parte interna—, para
sustituirlo por una constelación de dibujo bien diferente. En primer lugar, las
invasiones de los germanos; después, las conquistas musulmanas. En la mayor
parte de las comarcas comprendidas poco antes en la fracción occidental del
Imperio, una misma dominación a veces, y, en todo caso, una comunidad de hábitos
mentales y sociales, unen en lo sucesivo las tierras de ocupación germánica.
Poco a poco se les sumarán, más o menos asimilados, los pequeños grupos celtas
de las islas. Contrariamente, el norte
de África se prepara para otros destinos. La resaca ofensiva de los beréberes
preparó la ruptura que el Islam
consuma. Además,
en los territorios de levante,
las victorias árabes acantonaron en los Balcanes y Anatolia el antiguo Imperio
de Oriente y lo convirtieron en el Imperio griego. Unas comunicaciones
difíciles, una estructura social y política muy particular, una
mentalidad religiosa y un armazón
eclesiástico muy diferentes de las de la latinidad lo aislaron en el futuro,
cada vez más , de las cristianos occidentales. Por último, hacia el este del
continente, aunque el Occidente influye ampliamente sobre
los pueblos eslavos y propaga, en algunos, con su forma religiosa propia
que es el catolicismo, sus modos de pensar e incluso algunas de sus
instituciones, las colectividades pertenecientes a esta rama lingüística no
dejan de tener, en su mayor parte, una evolución propia original.
Limitado por estos tres bloques —mahometano,
bizantino y eslavo—, ocupado sin cesar, desde el siglo X, en llevar adelante sus
movedizas fronteras, el haz, de pueblos romano-germánicos estaba lejos de
presentar en si mismo una perfecta homogeneidad. Sobre los elementos que lo
componían, pesaban los contrastes de
un pasado,
demasiado vivos
para no
prolongar sus
efectos hasta el presente.
Incluso donde el punto de partida fue semejante, ciertas evoluciones, a
continuación, se bifurcaron. No obstante, por acentuadas que fuesen estas
diversidades, ¿como no reconocer por encima de ellas una tonalidad de
civilización común la de Occidente? No es, simplemente, con el
fin de ahorrar al lector el fastidio de adjetivos pesados que en las
páginas que siguen, allí donde hubiéramos podido decir “Europa occidental y
central”, diremos sólo
“Europa”. ¿Qué
importan, en
efecto, la
acepción del
término y
sus límites, en la vieja y
artificial geografía de las
“cinco partes del mundo”?
Lo que cuenta es su valor
humano, y esta civilización germinó y se desarrolló, para extenderse por todo el
globo, entre los hombres que vivían entre el Tirreno, el Adriático, el Elba y el
Océano. De manera más o menos oscura, así lo sentía ya aquel cronista español
que, en el siglo VIII, se complacía en calificar de europeos, a los
francos de Carlos Martel, victoriosos del Islam, o, casi doscientos años más
tarde, el monje sajón Widukind, solicito en alabar, en Otón el Grande,
que había rechazado a los húngaros, al libertador de “Europa”.*18 En este
sentido, que
es el más rico
de contenido
histórico, Europa fue una creación
de la alta Edad Media y ya existía cuando empezaron los tiempos propiamente
feudales.
Aplicado
a una
fase de
la historia
europea, en
los límites así fijados. no
importa que el nombre
de feudalismo
haya sido objeto de
interpretaciones a veces casi contradictorias; su misma existencia atestigua la
originalidad reconocida de manera instintiva al periodo que califica. Hasta tal
punto que un libro sobre la sociedad feudal puede definirse como un esfuerzo
para responder a una pregunta planteada por su propio título. ¿Por qué
singularidades este fragmento del pasado ha merecido ser puesto aparte de los
demás? En otras palabras, lo que
se intenta
aquí es
el análisis y
la explicación
de una
estructura social y de sus relaciones. Un método parecido, si la
experiencia se muestra fecunda, podrá emplearse en otros campos de estudio,
limitados por fronteras distintas y espero que lo que la empresa tiene de nuevo.
hará perdonar los errores de ejecución
La misma amplitud del proyecto, así concebido,
hace necesario dividir las presentación de los resultados. Un primer volumen
describirá las condiciones generales del medio social, y, seguidamente, la
constitución de estas relaciones de dependencia de hombre a hombre, que han sido
las que han dado a la estructura feudal su matiz característico. El segundo,
estará dedicado al desarrollo de las
clases y a la organización de los gobiernos. Siempre es difícil cortar en lo
vivo. Al menos, como ese momento que ve, a la vez, precisar sus contornos a las
clases antiguas, afirmar su originalidad a la nueva clase burguesa y salir a los
poderes públicos de un largo marasmo, es
el mismo
en que
empezaron a
borrarse, en
la civilización occidental,
los rasgos más
específicamente feudales, de los dos estudios ofrecidos sucesivamente al lector —sin que entre ellos
una separación estrictamente cronológica haya parecido posible—, el
primero será
sobre todo
el de
la formación, y el
segundo, el del desarrollo final y las supervivencias.
Pero el
historiador no tiene
nada de
hombre libre.
Sabe del
pasado, solo
lo que el mismo pasado quiere confiarle. Además, cuando la materia
que se esfuerza en abarcar es demasiado vasta para permitirle el examen crítico
personal de todos los testimonios, se siente limitado sin cesar por el estado de
las investigaciones. Ciertamente no se encontrará aquí ninguna de esas guerras
imaginarias de
las que
la erudición
dio a
menudo el
espectáculo. Porque,
¿como sufrir que la historia pueda borrarse ante
los historiadores? Contrariamente, yo he procurado no disimular jamás,
cualquiera que fuese su origen, las lagunas o las incertidumbres de nuestros
conocimientos. Por este camino, he creído no correr el peligro de disgustar al
lector. Sería, inversamente, pintando bajo un aspecto falsamente anquilosado una
ciencia llena de movimiento, como se correría el peligro de extender sobre ella
el enojo y la frialdad. Uno de los
hombres que más adelante ha llega do en el conocimiento de las sociedades
medievales, el gran jurista inglés Maitland, decía que un libro de Historia debe
despertar el apetito. Entiéndase: hambre
de aprender y sobre todo de buscar. Este libro no tiene más caro deseo
que el de despertar el apetito en algunos trabajadores.*19

Estatua de bronce dorado, llamada “de
Carlomagno”, Museo Cluny, París. Esta estatuilla del siglo IX o X perteneció a
la catedral de Metz. El jinete lleva el globo
imperial, la espada y un manto
prendido en
el costado derecho. Lleva bigote y no la barba con la que más
tarde será representado Carlomagno.
Corriendo el peligro de ser reprochado de ingrato,
he creído poder dejar a la bibliografía que va al final del volumen, el cuidado
de guiar al lector por los caminos, de la literatura erudita. Por el contrario,
me he obligado a no citar nunca un documento sin dar la posibilidad a todo
trabajador un poco experimentado de encontrar el pasaje examinado y verificar su
interpretación. Si falta la cita, es
que en los datos proporcionados por el propia escrito y, en la publicación de
donde el testimonio está sacado, la
presencia de
índices bien
concebidos bastan
para hacer cómoda la búsqueda.
En el caso contrario, una nota sirve de flecha indicadora. Después de todo, en
un tribunal, el estado civil de los testigos importa mucho más que el de los
abogados.
TOMO
PRIMERO
LA FORMACIÓN DE
LOS VÍNCULOS
DE DEPENDENCIA
PARTE
PRIMERA
EL MEDIO
LIBRO
PRIMERO
LAS
ÚLTIMAS
INVASIONES
CAPITULO I
MUSULMANES
Y HÚNGAROS
I.
EUROPA INVADIDA Y SITIADA
“Ved cómo estalla ante vosotros la cólera del
Señor... Todo son ciudades despobladas,
monasterios destruidos o incendiados,
campos desolados... Por todas partes, el poderoso oprime al débil y los
hombres son iguales que los peces del mar que confusamente se devoran entre si”.
Así hablaban, en el 909, los obispos de la
provincia de Reims, reunidos en Trosly. La literatura de los siglos IX y X, los
documentos, las deliberaciones de los concilios, están llenos de estas
lamentaciones. Dejemos toda la parte que se quiera al énfasis y al natural
pesimismo de los sagrados oradores. En este tema conjugado sin cesar y que, por
otra parte, confirman tantos hechos, es forzoso reconocer algo más que un
simple lugar común. Es cierto que en ese tiempo, las personas que sabían ver y
comparar, en particular los
eclesiásticos, tuvieron el sentimiento de vivir en una odiosa atmósfera de
desórdenes y violencias. El feudalismo medieval nació en una época en extremo
turbulenta. Hasta cierto punto, nació de esas mismas turbulencias. Pero, entre
las causas que contribuyeron a crear un ambiente tan tormentoso, las había
extrañas a la evolución interna de las sociedades políticas europeas. Formada
algunos siglos antes, en el ardiente crisol de las invasiones germánicas, la
nueva civilización occidental, a su vez, representaba la ciudadela
sitiada, o
si se quiere
medio invadida
por tres
lados al
mismo tiempo: al Mediodía, por
los fieles del Islam, árabes o arabizados: al Este, por los húngaros; y al
Norte, por los escandinavos.
II LOS
MUSULMANES
De los enemigos que acaban de ser enumerados, sin
duda el Islam era el menos peligroso No es que a propósito de el se
pueda pronunciar a la ligera la palabra decadencia. Durante mucho tiempo,
ni la Galia, ni Italia pudieron ofrecer nada entre sus propias ciudades que se
aproximase al esplendor de Bagdad o de Córdoba. Sobre el Occidente, el mundo
musulmán con el mundo bizantino, ejerció hasta el siglo XII una verdadera
hegemonía económica: las únicas piezas de oro que circulaban aún por nuestros
países salían de los talleres griegos o árabes, o bien —como más de una moneda
de plata— imitaban sus acuñaciones. Y si los siglos VIII y IX vieron romperse
para siempre la unidad del gran Califato, los diversos Estados que se
levantaron sobre sus ruinas continuaban siendo potencias temibles. Pero, en
adelante, se trata menos de invasiones propiamente dichas que de guerras de
fronteras. Dejemos el Oriente, donde los reyes de las dinastías amoriana y
macedonia (828-1056), de manera penosa y con gran arrojo, procedieron a la
reconquista del Asia Menor. Las sociedades occidentales sólo chocaron con los
Estados islámicos en dos frentes.
En primer lugar, la Italia meridional. Era como el
terreno de caza de los soberanos que reinaban en la antigua provincia romana de
África los emires aglabitas de Kairuán y, después, a partir de principios del
siglo X, los califas fatimitas.
Sicilia fue
poco a
poco arrebatada por los
aglabitas a los
griegos, que la tenían desde
la época de Justiniano, y cuya última plaza fuerte, Táormina, cayó en el 902. Al
mismo tiempo, los árabes pusieron pie en la península: a través de las
provincias bizantinas del Mediodía, amenazaban las ciudades semi-independientes
del litoral tirreno y los pequeños principados lombardos
de la Campania y del Benevento, más o menos sometidos al protectorado de
Constantinopla. Aún
a principios del
siglo XI, llevaron sus
incursiones hasta las montañas de la
Sabina. Una banda, que tenía su guarida en las alturas selváticas del Monte
Argento, muy cerca de Gaeta, no pudo ser destruida
hasta el 915, después de una veintena de años de saqueos y destrucciones.
En el 982, el joven “emperador de Romanos”, Otón II, que aunque era de nación
sajona, no por ello se consideraba menos heredero de los Césares, partió a la
conquista del Sur. Cometió la sorprendente locura, tantas veces repetida en la
Edad Media, de escoger el verano, para conducir hasta estas tierras calurosas a
un ejército habituado a climas muy diferentes, y habiendo chocado, el 25
de julio, en la costa oriental de Calabria, con las tropas mahometanas, éstas le
infligieron una humillante derrota. El peligro musulmán continúo pesando sobre
estas comarcas, hasta el momento en que, en el
curso del siglo XI, un puñado de aventureros llegados de la Normandía
francesa, arrollaron indistintamente a bizantinos y árabes. Uniendo Sicilia con
la parte meridional de la península, el Estado vigoroso que finalmente crearon
debía a la vez, cerrar para siempre el camino a los invasores y representar,
entre las civilizaciones latina y musulmana, el papel de un brillante punto de
mutuas influencias. Como se ve, en el suelo italiano la lucha contra los
musulmanes, que empezó en el siglo IX, se prolongó durante mucho tiempo Pero con
oscilaciones de muy débil amplitud en las ganancias territoriales de una y otra
parte. Y sobre todo en el ámbito de la catolicidad, ello no afectaba más que a
una tierra extrema.
La otra línea de choque estaba en España. En ella,
no se trataba para el Islam de simples expediciones o anexiones efímeras; allí
vivían poblaciones de fe mahometana en gran número y los Estados fundados por
los árabes tenían sus centros dentro
del mismo país. A principios del siglo X, las bandas sarracenas no habían
olvidado todavía por completo el
camino de los Pirineos. Pero estas incursiones lejanas se hacían cada vez
más raras. Salida del extremo norte,
la Reconquista
cristiana a pesar
de los reveses y
humillaciones, progresó
lentamente. En Galicia y
en las mesetas
del Noroeste, que
los emires o califas de Córdoba, establecidos demasiado lejos, en el Sur,
no poseyeron nunca de manera segura, los pequeños reinos cristianos, a veces
fraccionados, otras unidos bajo un sólo príncipe, llegaban desde la mitad
del siglo XI, hasta la región del Duero, llegaron al Tajo en 1085. Por el
contrario, en una región próxima, no
obstante, en el valle del Ebro, al pie de los Pirineos, continuo bastante tiempo
el dominio musulmán; Zaragoza no cayó hasta 1118. Los combates, que por
otra parte no excluían relaciones más pacíficas, no conocieron en su conjunto
más que cortas treguas, y dieron su carácter
original a
las sociedades hispánicas. En
cuanto a
la Europa
“de más allá
de los pasos fronterizos”, no
la afectaban más que en la medida en que —sobre todo a partir de la segunda
mitad del siglo XI— dieron a su caballería la ocasión de brillantes, provechosas
y piadosas aventuras, al mismo tiempo que a sus campesinos la posibilidad de
establecerse en las tierras vacías de hombres, a las que les atraían los reyes o
los señores españoles. Pero, al lado de las guerras propiamente dichas, conviene
situar las piraterías y bandidajes. Con ellas, sobre todo, los sarracenos
contribuyeron al desorden general del
Occidente.
Desde muy antiguo, los árabes fueron marinos.
Desde sus guaridas de África, España y, sobre todo, Baleares, sus corsarios
asolaban el Mediterráneo occidental. Sin embargo, sobre estas aguas, que en
raras ocasiones surcaban los navíos, el
oficio de
pirata propiamente dicho era
de muy
poco provecho. En el dominio
del mar, los sarracenos, como, al mismo tiempo, los escandinavos, vieron sobre
todo el medio de alcanzar las costas y practicar expediciones fructíferas. Desde
el año 842, remontaban el Ródano hasta los alrededores de Arles, saqueando las
dos orillas a su paso. Le Camargue les sirvió entonces
de base ordinaria; pero, pronto el azar debía proporcionales, con un
establecimiento más seguro, la posibilidad de extender mucho sus correrías. En
una fecha difícil de precisar, quizás hacia el año 890, una pequeña nave
sarracena procedente de España fue arrojada por el viento a la costa provenzal.
en los alrededores de la actual población de Saint-Tropez. Sus ocupantes se
ocultaron durante el día, y llegada la noche pasaron a cuchillo a los habitantes
de un pueblo vecino. Montañoso y selvático —se le llamaba entonces el país de
los fresnos o “Frei-net”*20 —, este rincón era favorable para la
defensa. Hacia el mismo tiempo que sus compatriotas del Monte Argento en la
Campania, estas gentes se fortificaron sobre una altura, en medio de malezas de
espinos, y llamaron en su auxilio a sus camaradas. Así, se creó el más
peligroso de los nidos de piratas. A excepción de Frejus, que fue saqueada. no
parece que las ciudades, al abrigo dentro de sus murallas, tuvieran
que sufrir
de manera
directa sus
ataques. Pero
en toda
la
vecindad del litoral, los campos
fueron abominablemente devastados. Los saqueadores del Freinet hicieron además
muchos cautivos, que vendían en los mercados
españoles.
No tardaron mucho tiempo en llevar sus incursiones
más allá de la costa. Seguramente, escasos en numero, parece que rehuían el
arriesgarse en el valle del Ródano, relativamente poblado
y guardado
por ciudades fortificadas y
castillos. El macizo alpino, por el contrario, permitía a pequeñas bandas
deslizarse muy adentro, de montaña en montaña y de zarzal en zarzal, a
condición, bien entendido, de estar acostumbrados a la montaña. Pues bien,
llegados de la España de las sierras o del montañoso Mogreb, estos sarracenos,
como dice un monje de Saint Gall, eran “verdaderas cabras”. Por otra parte, los
Alpes, a pesar de las apariencias, ofrecían presas no menospreciables; valles
fértiles se anidaban en ellos, sobre los cuales era fácil caer de improviso,
desde lo alto de los montes circundantes; por ejemplo, el Graisivaudan. Aquí y
allá se levantaban monasterios, presas de las más atrayentes. Encima de Suse,
el monasterio de Novalaise, de donde habían huido la mayor parte de los
religiosos, fue saqueado e incendiado en el 906. Por los collados, circulaban
pequeños grupos de pasajeros, comerciantes o peregrinos que iban a orar
sobre las tumbas de los apóstoles. ¿Qué más tentador que asaltarlos a su paso?
En 920 o 921, algunos peregrinos anglosajones fueron exterminados a pedradas en
un desfiladero; en adelante, estos atentados tenían que repetirse. Los djichs
árabes no temían aventurarse asombrosamente hacia el Norte. En el 940, se
les señala en las cercanías del alto valle del Rin y en el Valais, donde
incendiaron el celebre monasterio de San Mauricio de Agaune. Hacia la misma
fecha, uno de sus destacamentos acribilló de flechas a los monjes de Saint-Gall,
mientras hacían una procesión pacíficamente alrededor de su iglesia. Este ataque
fue repelido y dispersados los atacantes por el pequeño grupo de auxilio que
precipitadamente reunió el abad: algunos prisioneros llevados al monasterio, se
dejaron heroicamente morir de hambre.
Ejercer una vigilancia en los Alpes o en las
campiñas provenzales sobrepasaba las
fuerzas de los Estados de la época. No había otro remedio que
destruir la
guarida de
la región
de Freinet;
pero existía
un nuevo
obstáculo. Era casi imposible cercar esta ciudadela sin cortarle el
camino del mar. por donde le llegaban
los refuerzos.
Pues bien,
ni los
reyes del país —al
Oeste, los reyes de Provenza y
de Borgoña, al Este el de Italia—, ni sus condes
disponían de flotas. Los únicos marinos expertos, entre los cristianos,
eran los griegos, que a
veces se
aprovechaban de ello
para hacerse
corsarios como los sarracenos.
No saquearon Marsella en el 848? De hecho, en dos ocasiones,
en el
931 y
en el
942, la
flota bizantina
apareció delante
de la costa del
Freinet, llamada en el 942 y, probablemente también once años antes, por
el rey de Italia Hugo de Arles, que tenía muchos intereses en Provenza. Las dos
tentativas quedaron sin resultado. ¿Es que en el mismo año 942, el propio Hugo,
desertando de
la lucha,
no imaginó
el tomar
a los
sarracenos por aliados para
cerrar con su ayuda los pasos de los Alpes a los refuerzos que esperaba uno de
sus competidores a la corona lombarda? Después, el rey de Francia Oriental
—ahora diríamos
“Alemania”—, Otón el Grande, en
951 se
hizo rey
de los lombardos, trabajando así para edificar en la Europa central y en
Italia un poder que imaginaba cristiano y creador de paz como el de los
carolingios.
Considerándose heredero de Carlomagno, del que
tenía que ceñir, en 962, la corona imperial, creyó que le correspondía hacer
cesar el escándalo de los bandidajes sarracenos. Intentando primero la vía
diplomática, procuro obtener del califa de Córdoba la orden de evacuar el
Freinet. más tarde, pensó emprender una expedición que no se realizó jamás.
Mientras tanto, en el 972, los salteadores
hicieron una importante captura. En la
vía del Gran San Bernardo,
en el valle
del Dranse, el
abad de Cluny, Maïeul, que regresaba de Italia, cayó en una emboscada y
fue llevado a uno de esos refugios de la montaña usados por los sarracenos.
En la dificultad de alcanzar, la base de operaciones, no fue devuelto más
que mediante el pago de un fuerte rescate entregado por sus monjes. Pero,
Maïeul. que reformó tantos monasterios, era el amigo venerado, el director de
conciencia, y si se osara decir, el santo familiar de muchos reyes y barones.
En especial, lo era del conde de Provenza,
Guillermo. Este, alcanzó en el camino de regreso a la banda que cometió el
sacrílego atentado y le infligió una
ruda derrota; después, agrupando bajo su mando a muchos señores del valle del
Ródano, a los que tenia que ser distribuidas a continuación las tierras
reconquistadas, preparó el ataque contra la fortaleza del Freinet. Esta vez la
ciudadela sucumbió.
Este fue el fin de los bandidajes de gran alcance
por parte de los sarracenos, pero el litoral de Provenza, como el de Italia,
continuaron expuestos a sus desembarcos.
Todavía en el siglo XI se ve a los monjes
de Lenns preocuparse activamente de rescatar los cristianos que los
piratas árabes arrebataban y llevaban a España. En 1178, un rápido desembarco
les valió gran número de prisioneros cerca de Marsella. Pero el cultivo en las
tierras de la Provenza costera y subalpina pudo reemprenderse, y las rutas
alpinas volvieron a ser ni más ni menos seguras que las del resto de las
montañas europeas. También en el Mediterráneo, las ciudades comerciales de
Italia, Pisa, Génova y Amalfi, desde principios del siglo XI pasaron a la
ofensiva. Arrojando a los musulmanes
de Cerdeña, yendo incluso a buscarlos a los puertos del Mogreb (desde 1015) y de
España (en 1092), empezaron entonces
la limpieza de esas aguas, cuya seguridad al menos relativa —el Mediterráneo no
conocería otra hasta el siglo XIX— tanto importaba a su comercio.
III. EL
ASALTO
HÚNGARO
Como antaño los hunos, los húngaros o magiares
surgieron en Europa casi de improviso, y ya los escritores de la Edad Media,
que aprendieron muy bien a conocerlos, se sorprendían ingenuamente de que los
autores romanos no los hubiesen mencionado. Su primitiva historia es para
nosotros más oscura que la de los
hunos, pues las fuentes chinas que mucho antes que la tradición occidental nos
permite seguir la pista de los “Hioung Nou”, son mudas a este respecto.
Seguramente estos nuevos invasores pertenecían, también. al mundo bien
caracterizado de los nómadas de la estepa asiática: pueblos a menudo de muy
distinto lenguaje, pero de sorprendente parecido en el género de vida, impuesto
por un hábitat común: pastores de caballos, guerreros, alimentados por la leche
de sus yeguas o con el producto de la caza y de la pesca;
enemigos natos,
sobre todo,
de los agricultores vecinos. Por
sus rasgos fundamentales,
el magiar se relaciona con el tipo lingüístico llamado fino-ugrio;
los idiomas a los que se acerca más son los de algunas poblaciones de
Siberia. Pero,
a lo
largo de
sus peregrinaciones, el substrato
étnico primitivo
se mezcló con muchos elementos de lengua turca y sufrió un fuerte influjo
de las civilizaciones de este grupo.*21
A partir del 833, se ve a los húngaros, cuyo
nombre aparece entonces por primera vez, inquietar los pueblos sedentarios —kanato
cázaro y colonias bizantinas—, en los alrededores del mar de Azof. Pronto
amenazan a cada instante con cortar la ruta del Dnieper, en esta época vía
comercial extremadamente activa por la que, de mercado en mercado, las pieles
del Norte, la miel y la cera de los bosques rusos, los esclavos comprados por
todas partes, iban a cambiarse por mercancías o por el oro proporcionado
por Constantinopla o por Asia. Pero nuevas hordas salidas, después de ellos, de
más allá de
los Urales,
los pechenegos,
los hostigaban
sin cesar.
El camino
les estaba cerrado victoriosamente por el imperio búlgaro. Así,
rechazados, y mientras que una de sus fracciones prefería penetrar en la estepa,
más lejos hacia el Este, la mayor parte franquearon los Cárpatos, hacia el año
896, para repartirse por las llanuras del Tisza y del Danubio medio. Estas
vastas extensiones, tantas veces asoladas, desde el siglo IV, por las
invasiones, formaban en el mapa humano de Europa como una enorme mancha blanca.
“Soledades” escribe el cronista Reginon de Prum. No sería conveniente tomar el
nombre al pie de la letra. Los diferentes pueblos que en otros tiempos tuvieron
allí importantes establecimientos o que solamente pasaron, dejaron detrás de sí
pequeños grupos retrasados. Sobre todo, muchas tribus eslavas se fueron
infiltrando poco a poco. Pero el hábitat, indiscutiblemente, era de un nivel muy
bajo: lo atestigua la casi total remoción de la nomenclatura geográfica,
comprendida la de los ríos, después de la llegada de los magiares. De otra
parte, desde que Carlomagno derribara la soberanía avara, ningún Estado
organizado de manera
sólida fue
capaz de
ofrecer una
firme resistencia a los
invasores. Sólo jefes pertenecientes al pueblo de los moravos habían, poco
antes, logrado constituir en el ángulo Noroeste un principado bastante poderoso
y ya oficialmente cristiano: en suma, el primer ensayo de un verdadero Estado
eslavo puro. Los ataques húngaros lo destruyeron, de manera definitiva, en el
906.
A partir de este momento, la historia de los
húngaros toma un nuevo giro. Ya no es posible llamarlos nómadas en el sentido
estricto de la palabra, puesto que
tienen, en
las llanuras
que llevan
ahora su
nombre, establecimientos
fijos. Pero desde allí, se arrojan en bandas sobre los países
circundantes. No buscan conquistar tierras; su único deseo es el pillaje, para
volver con rapidez, cargados de botín,
hacia su emplazamiento permanente. La decadencia del Imperio búlgaro, después de
la muerte del zar Simeón (927), les abrió el camino de la Tracia bizantina, que
saquearon repetidamente. les seducía sobre todo el Occidente, mucho peor
defendido.
Muy
pronto entraron
en contacto con
él. A
partir del año 862,
incluso antes
del paso de
los Cárpatos,
una de sus expediciones
les llevó
hasta las
fronteras de Germania. más
tarde, algunos de ellos fueron enrolados como auxiliares por el rey
de este país, Arnulfo,
en una de sus guerras contra los
moravos. En el 899, sus hordas
caen sobre la llanura del Po; al año siguiente, sobre Baviera. En adelante, casi
no pasa año sin que en los monasterios de Italia, de Germania,
y pronto de Galia, los anales
no anoten, ya de una provincia,
ya de otra “devastaciones de los húngaros”. La Italia del Norte, Baviera y
Suabia sufrieron muy particularmente;
todo el país de la orilla derecha del Enns, en el que los carolingios tenían
establecidos puestos fronterizos y habían
distribuido tierras a las fundaciones monásticas, tuvo que ser
abandonado. Pero las incursiones se extendieron mucho más allá de estos
confines. La amplitud del espacio recorrido confundiría la imaginación, si uno
no se diera cuenta de que las largas expediciones pastoriles a las que los
húngaros se dedicaron en otros tiempos sobre espacios inmensos y que continuaban
practicando en el espacio más restringido de la puzta danubiana, fueron
para ellos una maravillosa escuela; el nomadismo del pastor, ya, al mismo
tiempo, pirata de la estepa, preparo el nomadismo del bandido. Hacia el
Noroeste, la Sajonia, es decir, el vasto territorio que se extendía del Elba al
Rin medio, fue alcanzada desde el 906
y, desde entonces,
devastada en diversas ocasiones. En Italia, se les vio llegar hasta
Otranto. En el 917, se filtraron por el bosque de los Vosgos y el collado de
Saales, hasta los ricos monasterios que se agrupaban alrededor del río Meurthe.
A partir de esta fecha, la Lorena y el norte de la Galia les fueron familiares,
y desde ahí, se atrevieron a llegar
hasta la Borgoña, e incluso al sur del Loira. Hombres de las llanuras, no
temían en absoluto atravesar los Alpes cuando era necesario. Fue “por los atajos
de estos montes” que, regresando de Italia, cayeron sobre la región de Nimes en
el 924.
No siempre rehuían los combates contra fuerzas
organizadas; libraron cierto número con éxito variable. Sin embargo, de
ordinario preferían deslizarse de manera rápida a través de los países:
verdaderos salvajes, que sus jefes llevaban a la batalla a golpes de látigo,
pero soldados temibles, hábiles, cuando se tenía que combatir mediante ataques
por el flanco, encarnizados en
la persecución e ingeniosos,
para salirse
de las
situaciones más difíciles.
¿Era necesario atravesar algún río o la laguna
veneciana? Fabricaban a toda prisa barcas de piel o de madera. Cuando había que
detenerse, plantaban sus tiendas de
gente de la estepa; o bien, se atrincheraban en los edificios de una abadía
abandonada por los monjes y, desde allí, batían los alrededores. Astutos como
primitivos, informados, si era necesario por los embajadores
que enviaban por adelantado, menos para tratar que para espiar, pronto
penetraron en las finezas, poco sutiles, de la política occidental. Estaban al
corriente de los interregnos, muy favorables a sus incursiones, y sabían
aprovechar las desavenencias entre los príncipes cristianos para ponerse al
servicio de uno u otro de los rivales.
Alguna vez, según el uso común de los bandidos de
todos los tiempos, se hacían pagar una cantidad de dinero por las poblaciones
que prometían no atacar; o, también, exigían un tributo regular: Baviera y
Sajonia, debieron someterse a esta humillación durante algunos años. Pero estos
procedimientos de explotación eran sólo practicables en las provincias
limítrofes de la propia Hungría. En los demás lugares, se contentaban con matar
y robar de manera abominable. Al igual que los sarracenos, apenas atacaban las
ciudades fortificadas; puesto que si se arriesgaban a ello, por lo general
fracasaban, como les pasó, en sus primeras correrías alrededor del Dnieper, bajo
los muros de Kiev. La única ciudad importante que tomaron fue Pavía. Eran sobre
todo temibles para los pueblos y monasterios, con frecuencia aislados en los
campos o situados en los arrabales de las ciudades, fuera del recinto
amurallado. Por encima de todo, parece que buscaban hacer cautivos, escogiendo
con cuidado los mejores, reservándose a veces, de un pueblo pasado a cuchillo,
las mujeres jóvenes y los muchachos: sin duda para sus necesidades y placeres y,
en especial, para venderlos. Si se presentaba la ocasión no desdeñaban lanzar
este ganado humano a los mercados del mismo Occidente, donde no todos los
compradores eran personas exigentes; en el 954, una muchacha noble, capturada en
los alrededores de Worms, fue puesta en venta en la misma ciudad.*22
Con más frecuencia, llevaban a los desgraciados cautivos hasta los países
danubianos, para ofrecerlos a los traficantes griegos.
IV. FIN
DE LAS
INVASIONES HÚNGARAS
Sin embargo, el 10 de agosto del 955, el rey de la
Francia Oriental, Otón el Grande, teniendo noticia de una expedición
sobre la Alemania del Sur, encontró a orillas del Lech la banda húngara que
regresaba. Después de un sangriento combate, venció y supo sacar partido de la
persecución. La expedición de pillaje así castigada debía ser la última, Todo se
limitó, desde entonces, en los limites
de Baviera,
a una
guerra “de
cercos”. Pronto,
conforme a la tradición carolingia, Otón reorganizó los puestos de mando
de las fronteras. Se crearon dos marcas, una en los Alpes, a orillas del Mar, la
otra más al norte, en el Enns; esta ultima, rápidamente conocida bajo el nombre
de mando del Este —Ostarrichi, de donde procede la voz Austria,
alcanzó, desde fines del siglo, el bosque de Viena, y hacia mediados del onceno,
el Leitha y el Morava.
Por brillante que fuese y a pesar de toda su
resonancia moral, un hecho de armas aislado, como la batalla del Lech. no habría
bastado para parar en seco las correrías. Los húngaros, cuyo propio territorio
no fue alcanzado, estaban lejos de haber sufrido el mismo revés que infligió
Carlomagno a los avaros. La derrota de
una de
sus bandas,
de las
que algunas
ya habían sido así
vencidas, no hubiera sido bastante para cambiar su modo de vida. La
verdad es que, aproximada mente a partir de 926, sus correrías, más feroces que
nunca, se fueron espaciando. En Italia, sin haberse librado ninguna batalla,
finalizaron igualmente después del año 954 Hacia el Sudeste, a partir del 960,
las incursiones en la Tracia se reducen a mediocres empresas de pillaje. En
realidad, un conjunto de causas profundas hizo sentir lentamente su acción.
Prolongación de las costumbres antiguas, ¿las
largas expediciones a través del
Occidente eran siempre fructíferas y felices? Hasta cierto punto, podemos
ponerlo en duda. Las hordas cometían a su paso espantosos estragos; pero apenas
sí les era posible cargar con las enormes cantidades de botín. Los esclavos, que
en general seguían a pie, disminuían la rapidez de los movimientos y, además,
eran de guardia difícil. Las fuentes nos hablan con frecuencia de fugitivos; por
ejemplo, aquel eclesiástico de la región de Reims que, llevado hasta el Berry.
se escapó una noche, se escondió durante
muchos días en una marisma y, al fin, volvió a
su aldea contando la historia de sus aventuras.*23 Para los
objetos preciosos, los carros, por los deplorables caminos de la época y en
medio de comarcas hostiles, ofrecen un medio de transporte mucho más embarazoso
y menos seguro que las barcas de los normandos por los excelentes ríos de
Europa. Los caballos, en las tierras devastadas, no siempre encontraban con qué
alimentarse; los generales bizantinos sabían bien que “el gran obstáculo ante el
que chocaban los húngaros en sus guerras era la falta de pastos”.*24
De camino, tenían que librar más de
un combate; incluso victoriosas, las
bandas regresaban diezmadas por esta
guerrilla.
Por la enfermedad también: al terminar en sus
anales, redactados día por día, el relato del año 924, el sacerdote Flodoardo,
de Reims, inscribía con satisfacción la noticia, recibida hacía poco, de una
peste disentérica por efecto de la cual, según decían, sucumbieron la mayor
parte de los saqueadores de la
región de
Nimes. Conforme
los años pasaban, por todas
partes las ciudades fortificadas y los castillos se multiplicaban, restringiendo
los espacios abiertos, únicos propicios a las correrías. En fin, después del año
930, más o menos, el continente se había, poco a poco, visto libre de la
pesadilla normanda; reyes y barones tenían, en lo sucesivo, las manos libres
para volverse contra los húngaros y organizar con más método la resistencia
Desde este punto de vista, la obra
decisiva de Otón fue mucho menos la proeza de Lechfeld que la constitución de
las marcas. Muchos motivos debían actuar, pues, para apartar al pueblo magiar
de esta clase de empresas, que, sin duda, reportaban cada vez menos riquezas
y les costaban más hombres. Pero su influencia no se ejerció
de manera
tan fuerte
sino porque
la propia
sociedad magiar sufrió, en
el mismo momento, graves transformaciones.
Aquí, por desgracia, las fuentes nos faltan casi
totalmente. Como tantas otras naciones, los húngaros no empezaron a tener anales
hasta después de su conversión al cristianismo y a la latinidad. Se entrevé, no
obstante, que la agricultura, poco a poco, tomaba lugar junto a la ganadería:
metamorfosis muy lenta y que dio lugar durante mucho tiempo a formas de vida
intermedias entre el nomadismo verdadero de los pueblos pastores y la fijeza
absoluta de las comunidades de puros cultivadores. En 1147, el obispo bávaro
Otón de Freising, que bajaba por el Danubio, como cruzado, pudo observar a los
húngaros de su tiempo. Sus cabañas de cañas, más raramente de madera, no
servían de abrigo más que durante la estación fría: “en verano y en otoño
vivían bajo la tienda”.
Es la misma
alternancia que, un poco
antes, un geógrafo árabe
advertía entre los búlgaros del Bajo-Volga. Las aglomeraciones, muy pequeñas,
eran móviles Mucho después de la cristianización, entre 1012 y 1015, un sínodo
prohibió a las aldeas alejarse excesivamente de su iglesia. Cuando se marchan
demasiado lejos, deben pagar una multa y volver.*25 A pesar de todo,
la costumbre de las largas cabalgadas se perdió. Sin duda, la preocupación por
las cosechas se oponía en adelante a las grandes migraciones
de bandidaje,
durante el
verano. Favorecidas quizá por
la absorción, en la masa
magiar, de elementos extranjeros —tribus eslavas casi sedentarias desde hacía
mucho tiempo; cautivos originarios de las antiguas civilizaciones rurales del
Occidente— estás modificaciones en el género de vida se armonizaban con
profundos cambios políticos.
Entre los antiguos húngaros, adivinamos vagamente,
por encima de las pequeñas sociedades consanguíneas o llamadas tales, la
existencia de agrupaciones más vastas, por otra parte sin gran fijeza; “una vez
acabado el combate”, escribía el emperador León el Sabio, “se les ve dispersarse
en sus clanes (γένη)
y sus tribus (υλαί)”.
Era una organización bastante análoga, en
suma, a la que aun en la actualidad nos presenta Mongolia. Desde la permanencia
del pueblo al norte del Mar Negro, se hizo un esfuerzo, a imitación del Estado
kázaro, para elevar por encima de todos los jefes de
horda un “Gran Señor” (éste es el nombre que emplean, de común acuerdo, las fuentes griegas y latinas). El elegido fue un tal Arpad, y,
desde entonces, sin que pueda hablarse de ninguna forma de un Estado unificado,
su dinastía se tuvo por destinada a la hegemonía. En la segunda mitad del siglo
X, consiguió, no sin luchas, establecer su poder sobre la nación entera. Unas
poblaciones estabilizadas o que, al menos, no erraban más que en el interior de
un territorio poco extendido, eran más fáciles de someter que los nómadas,
constantemente en movimiento. La obra parecía terminada cuando, el 1001 el
príncipe Vaik, descendiente de Arpad, tomó el título de rey.*26 Un
grupo poco consistente de hordas saqueadoras y vagabundas se convirtió en un
Estado implantado de manera sólida en su trozo de suelo, a la manera de las
monarquías de Occidente, casi como imitación suya. Como con tanta frecuencia,
las luchas más atroces no impidieron un contacto de las civilizaciones, de las
que la más avanzada ejerció su atracción sobre la más primitiva.
La influencia de las instituciones políticas
occidentales estuvo, por otra parte, acompañada de una penetración más
profunda, que interesaba a la
mentalidad por entero; cuando Vaik se proclamo rey, había ya recibido el
bautismo con el nombre de Esteban, que la Iglesia Católica le ha conservado
colocándole en el rango de sus Santos. Como todo el vasto “no man's land”
religioso de la Europa oriental, desde Moravia hasta Bulgaria y Rusia, la
Hungría pagana estuvo al principio disputada por dos equipos de apóstoles, cada
uno de los cuales representaba uno de los dos grandes sistemas, desde entonces
netamente diferenciados, que se repartían la cristiandad: el de Bizancio y el de
Roma. Algunos jefes húngaros se hicieron bautizar en Constantinopla y
monasterios de rito griego subsistieron en Hungría hasta un momento avanzado del
siglo XI. Pero las misiones bizantinas, que llegaban de demasiado lejos,
tuvieron al fin que retirarse ante sus rivales.
Preparada en las casas reales, por matrimonios que
ya atestiguan una voluntad
de acercamiento,
la obra
de conversión
era llevada
activamente por la clerecía
bávara. En especial, el obispo Pilgrim, que de 971 a 991 ocupó la
sede de Passau, la convirtió en empresa personal. Soñaba para su iglesia,
el papel de
metropolitana sobre los
húngaros, igual
al que
incumbía
a Magdeburgo sobre los eslavos de más
allá del Elba y que Brema reivindicaba sobre los pueblos escandinavos Por
desgracia, a diferencia de Magdeburgo y de Brema, la sede de Passau no era más
que un simple obispado sufragáneo de Salzburgo. Pero los obispos de Passau
lucharon contra esta dificultad. Aunque.
en realidad
la diócesis
se fundó
en el
siglo VIII,
se consideraban
como sucesores de los que en época romana tuvieron su sede en la
población fortificada de Lorch, a orillas del Danubio. Cediendo a la tentación,
a la que sucumbieron tantos hombres de su clase, Pilgrím hizo fabricar una serie
de falsas bulas en las que Lorch era reconocida como metropolitana de la
“Panonia”. A continuación, se trataba de reconstruir esta antigua provincia;
alrededor de Passau, que rotos todos los lazos con Salzburgo volvería a tener su
pretendida antigua categoría, vendrían a agruparse como satélites los nuevos
obispados de una “Panonia” húngara. Sin embargo, ni los papas ni los emperadores
se dejaron persuadir.
En cuanto a los príncipes magiares, si bien
estaban dispuestos a bautizarse, no
deseaban en absoluto depender
de prelados alemanes. Como
misioneros y más tarde como obispos, preferían llamar a sacerdotes checos, y, a
veces, a venecianos; y cuando, hacia el año mil, Esteban organizó la jerarquía
eclesiástica de su Estado, fue, de
acuerdo con el papa, bajo la
autoridad de un metropolitano propio.
Después de su muerte, las luchas motivadas por su sucesión,
aunque devolvieron por algún tiempo algo de prestigio a ciertos jefes que se habían conservado paganos, no
afectaron de manera seria a su obra. Cada vez más profundamente ganado para el
cristianismo, provisto de un rey coronado y de un arzobispo, el último en llegar
de los pueblos de “Escitia” — como dice Otón de Freising— renunció a las
gigantescas correrías de antaño para encerrarse en el horizonte, en adelante
inmutable, de sus campos y de sus pastos. Las guerras con los soberanos
de la próxima Alemania fueron frecuentes, pero en adelante, los que se
enfrentaban eran los reyes de dos naciones sedentarias.*27
CAPITULO II
LOS
NORMANDOS
I.CARACTERES
GENERALES
DE LAS
INVASIONES
ESCANDINAVAS
Desde
Carlomagno, todas las poblaciones de lengua
germánica que
habitaban al sur de Jutlandia eran ya cristianas y estaban incorporadas a
las monarquías francas, formando parte de la
común civilización occidental. más lejos, hacia el Norte, vivían
otros germanos que conservaban, junto a su independencia, sus tradiciones
peculiares. Sus hablas, bastante diferentes entre sí, pero aún más distantes de
los idiomas de la Germania
propiamente dicha, pertenecían
a otra de las ramas salidas hacía poco del tronco lingüístico común; en
la actualidad, la llamamos rama escandinava. La originalidad de su cultura, en
relación con la de sus vecinos más
meridionales, se perfiló de manera definitiva como consecuencia de las grandes
migraciones que, en los siglos segundo y tercero de nuestra era, hicieron
desaparecer muchos elementos de contacto y de transición, dejando casi
inhabitadas las tierras germánicas a lo largo de la
costa báltica y alrededor del estuario del Elba.
Estos habitantes del extremo Septentrional no
formaban ni un simple conglomerado de
tribus dispersas,
ni una
nación única.
Se podían
distinguir los daneses en la Escania, en las islas y, un poco más tarde, en
la península de Jutlandia; los Götar, de los que las provincias suecas de
Oester y Vestergötland han conservado el recuerdo*28: los suecos,
alrededor del lago Malar; y, por ultimo, las poblaciones diversas que separadas
por vastas extensiones de bosque, de landas medio cubiertas de nieve y hielo,
pero unidas por el mar familiar, ocupaban los valles y las costas del país que
pronto se llamaría Noruega. Existían, no obstante, entre estos grupos semejanzas
muy pronunciadas y, sin duda, mezclas muy frecuentes, para que sus vecinos no
hubiesen tenido la idea de aplicarles una denominación común. No encontrando
nada tan característico en el extranjero, ser misterioso por naturaleza,
como el lugar de donde parecía
surgir, los germanos de la
parte de acá del Elba tomaron la costumbre de llamarlo simplemente “hombre del
Norte”, Nordman.
Esta palabra,
cosa curiosa,
fue adoptada
sin más,
a pesar de su forma
exótica, por la población románica de la Galia: ya fuese porque antes de conocer
de forma directa “la salvaje nación de los normandos”, hubiesen tenido noticia
de ella por los relatos llegados de las provincias limítrofes, o porque las
gentes de habla vulgar los hubieren oído nombrar a sus jefes, funcionarios
reales de los que la mayor parte, a principios del siglo IX, por proceder de
familias de Austrasia. hablaban de ordinario el fránquico. De otra parte, el
empleo de esta palabra quedo limitado al continente. Los ingleses, o bien se
esforzaban en distinguir entre los diferentes pueblos, o los designaban
colectivamente, por el nombre de uno de ellos, el de los daneses, con los cuales
se encontraban muy en contacto.*29
Tales eran los “paganos del Norte”, que con sus
incursiones, bruscamente desencadenadas hacia el año 800, debían hacer gemir el
Occidente durante un siglo y medio
aproximadamente. Mejor que los vigías que escudriñando el mar temblaban ante la
idea de ver aparecer las proas de los barcos enemigos, o que los
monjes ocupados
en sus scriptoria en anotar
los pillajes,
podemos en la actualidad
restituir a las correrías normandas su verdadera perspectiva histórica.
Vistos así. nos aparecen simplemente como un episodio, muy sangriento, a decir
verdad, de una gran aventura humana: las amplias migraciones escandinavas que,
en la misma época, desde Ukrania a Groenlandia establecieron tantos nuevos lazos
comerciales y culturales. Pero, corresponde a otra obra, consagrada a los
orígenes de la economía europea, el
mostrar cómo con estas epopeyas, campesinas y mercantiles tanto como guerreras,
se amplió el horizonte de la civilización europea. Los saqueos y conquistas en
Occidente cuyos comienzos serán relatados en otro volumen — nos interesan aquí
sólo como uno de los fermentos de la sociedad feudal.
Gracias a los ritos funerarios, podemos
representarnos con precisión una flota normanda, debido a que la tumba preferida
por los jefes era un navío oculto bajo una pequeña colina de tierra. Ahora, las
excavaciones, en especial en Noruega, han sacado a la luz del día muchos de
estos féretros marinos: se trata, en realidad, de embarcaciones de lujo,
destinadas a pacíficos desplazamientos de fiordo en fiordo, más que a los
viajes hacia lejanas tierras, pero capaces para largos recorridos si era
necesario, pues un navío copiado exactamente de una de ellas —la de Gokstad—, ha
podido, en pleno siglo XX, atravesar el Atlántico de parte a parte. Las “naves
largas” que esparcieron el terror por Occidente eran de un tipo sensiblemente
diferente. No basta el punto, sin
embargo, que, completado y corregido por los textos, el testimonio de
las sepulturas no permita reconstruir
con bastante
facilidad su imagen.
Eran barcos sin puente; por su carpintería, obras maestras de un pueblo
de leñadores, y por la perfecta proporción de sus líneas, maravillosas
creaciones de un gran pueblo de marineros. Por lo general de una longitud de
unos veinte metros, podían moverse a remo o a vela, y llevaban cada una, por
término medio, de cuarenta a sesenta hombres, que no debían viajar muy
holgadamente. Su rapidez, si se juzga por el modelo construido a imitación del
hallazgo de Gokstad, alcanzaba con facilidad unos diez nudos. El calado era muy
escaso, apenas más de un metro, lo que era una gran ventaja, cuando se trataba,
dejando la alta mar, de aventurarse en los estuarios o, incluso, de remontar los
ríos.
Pues para los normandos, como para los sarracenos,
el agua no era más que el camino hacia las presas terrestres. Si bien cuando
tenían ocasión no desdeñaban las lecciones de los tránsfugas cristianos, poseían
por sí mismos una especie de ciencia innata de los ríos, familiarizados con
tanta rapidez con la complejidad de sus entrecruces, que en el 830. algunos de ellos
sirvieron de guías, desde Reims, al arzobispo Ebbon, que huía de su emperador.
Ante las proas de sus
barcas, la ramificada
red de
los afluentes abría la
multiplicidad de sus rodeos, propicios
a las sorpresas En el Escalda, se les vio hasta Cambrai; en el Yonne, hasta Sens;
en el Eure, hasta Chaitres: y en el Loira, hasta
Fleury, mucho más arriba de Orleáns. Incluso en Gran Bretaña, donde las
corrientes de agua, más allá de la línea de las mateas, son mucho menos
favorables a
la navegación,
el Ouse
les llevo hasta York, y el
Támesis y uno de sus afluentes,
hasta Reading. Cuando las velas o los remos no bastaban, se recurría a la sirga.
Con frecuencia para no sobrecargar las barcazas, un destacamento las seguía por
tierra. Si era necesario llegar a la orilla con
fondos bajos, o deslizarse para un saqueo por un río poco profundo, se
utilizaban los botes. Si, por el contrario, se imponía el sortear el obstáculo
de unas fortificaciones que cerraban el camino del agua, se improvisaba el
transporte de las embarcaciones, como se hizo en el 888 y en el 890 para evitar
a París.
Hacia el Este, en las llanuras rusas, los
comerciantes escandinavos adquirieron
una gran práctica en estas alternativas entre la navegación y el transporte de
las embarcaciones de un río a otro, o a lo largo de los rápidos.
Además, estos maravillosos marinos no temían en
absoluto la tierra, sus caminos y sus combates. No dudaban en dejar el río para
lanzarse a la caza del botín: como los que, en el 870, siguieron, a través de la
selva de Orleáns, la pista dejada por
los carromatos de los monjes de Eleury, huyendo de su monasterio de las orillas
del Loira. Para sus desplazamientos, más que para sus combates, se fueron
acostumbrando a usar los caballos, que en su mayor parte obtenían del propio
país, según iban saqueándolo. De esta forma, hicieron
en el
866 una
redada en
Anglia Oriental.
A veces
los transportaban
del lugar de una correría a otro; en el 885, por ejemplo, de Francia a
Inglaterra.*30 Así. se podían separar cada vez más de la orilla; en
el 864 se les vio abandonar sus naves en el Charente y aventurarse hasta
Clermont de Auvernia, que tomaron. Además, la mayor rapidez les servía para
sorprender mejor a sus adversarios. Eran muy hábiles en atrincherarse y,
superiores en ello a los jinetes húngaros, sabían atacar los lugares
fortificados. En el 888, ya era larga la lista de ciudades que, pese a sus
murallas, habían sucumbido al asalto de los normandos: Colonia. Rúan, Nantes,
Orleáns, Burdeos, Londres y York, para citar sólo las más importantes.
La verdad es que, además de la sorpresa, jugó, a
veces, su papel, como en Nantes tomada un día de fiesta, el poco cuidado que se
dedicaba a las viejas murallas romanas y la falta de coraje para defenderlas.
Cuando, en el 888, un puñado de hombres enérgicos supo, en París, poner a punto las fortificaciones de la Cite y tuvo espíritu suficiente para combatir, la ciudad que en el 845,
casi abandonada por sus habitantes, fue saqueada y que, probablemente, sufrió
este ultraje otras dos veces, resistió ahora en forma victoriosa.
Si los pillajes eran fructuosos, también lo era el
terror que de antemano inspiraban. Colectividades que veían a los poderes
públicos incapaces de defenderlas
—tales como,
desde el
810, ciertos
grupos de
frisones— y algunos monasterios
aislados empezaron a pagar rescate. Después, los propios soberanos se
acostumbraron a esta práctica: por un precio determinado, conseguían de las
bandas la promesa de cesar, al menos provisionalmente, sus saqueos, o volverse
hacia otras presas. En Francia Occidental, Carlos el Calvo dio el ejemplo
desde el 845; el rey de Lorena, Lotario II, lo imitó en el
864.
En Francia Oriental, le tocó el turno a Carlos
el Gordo en 882. Entre los anglosajones, el rey de Mercia hizo lo mismo,
quizá desde el 862, y el de Wessex, a partir del 872. Estaba en la misma
naturaleza de estos rescates, que
sirviesen de incentivo siempre
renovado y que por tanto, se
repitiesen casi sin fin. Como los príncipes debían reclamar a sus súbditos y a
sus iglesias las cantidades necesarias, estableció, al fin, todo un derrame de
las economías occidentales hacia las economías escandinavas. Todavía hoy. entre
tantos recuerdos de estas edades heroicas, los museos del Norte conservan, en
sus vitrinas, sorprendentes cantidades de oro y plata: en gran parte,
aportaciones del comercio, pero también, como decía el sacerdote alemán Adán de
Brema. muchos “frutos del latrocinio”.
Llama la atención el que, siendo robados o
recibidos en tributo, a veces bajo forma de moneda y otras en forma de joyas,
según la moda de Occidente, estos metales preciosos fuesen en general fundidos
de nuevo para fabricar con ellos
alhajas, de acuerdo con el gusto de sus poseedores: prueba de una civilización
singularmente segura de sus tradiciones.
Asimismo se hacían cautivos que, salvo rescate,
eran llevados a otras tierras. Poco después del 860, se vio vender-
en Irlanda a prisioneros negros capturados en Marruecos.*31 Añadamos,
por ultimo, a estos guerreros del
Norte, de apetitos sensuales muy fuertes y brutales, el gusto de la sangre y la
destrucción, manifestándose casi siempre por una violencia sin freno: así, la
famosa orgía durante la que, en 1012, el arzobispo de Canterbury, que sus
raptores habían hasta entonces guardado con cuidado para obtener rescate, fue
lapidado con los huesos de los animales devorados en el festín. De un islandés,
que hizo su campaña en Occidente, una saga nos dice que se le llamaba el “hombre
de los niños”, porque se negaba a ensartarlos en las
puntas de sus lanzas “como era la costumbre entre sus compañeros”.*32
Creemos que lo dicho es suficiente para hacer comprender el terror que en todas
partes esparcían ante sí estos invasores.
II.
DE LA CORRERÍA
AL ESTABLECIMIENTO
No obstante, desde la época en que los normandos
saquearon un primer monasterio en la costa de Northumbria en 793, y en que, a
partir del año 800, forzaron a Carlomagno a organizar con rapidez la defensa del
litoral franco del canal de la Mancha,
las empresas de los invasores
nórdicos cambiaron poco a poco de carácter y de alcance. Al principio, habían
sido pequeños golpes de mano, realizados durante la buena estación en las costas
todavía septentrionales —Islas Británicas, bajas tierras costeras de la gran
llanera del Norte, acantilados de la Neustria—, organizados por pequeños grupos
de vikingos. La
etimología de
este nombre
es discutida*33,
pero que
servía
para designar a los aventureros en
busca de botín y de episodios guerreros, no es discutible. No se puede dudar de
que estos grupos estuviesen en general constituidos, aparte los lazos de familia
o de nación, de manera expresa para la
aventura. Sólo los reyes de Dinamarca, situados a la cabeza de un Estado menos
rudimentariamente organizado, ensayaban ya verdaderas conquistas
en sus fronteras del Sur, aunque sin mucho éxito.
A continuación, el ámbito de estas empresas se
extendió con rapidez; las naves llegaron hasta el Atlántico, y aún más lejos,
hacia el Mediodía. Desde el 844, algunos puertos de
la España
occidental recibieron
la visita de
los piratas. En el 859 y el 860, le tocó el turno al Mediterráneo:
los normandos llegaron a las Baleares, Pisa y el Bajo Ródano y remontaron el
valle del Arno hasta Fiésole. Esta incursión mediterránea no debía tener una
continuación. No es que la
distancia asustara a
los descubridores
de Islandia
y de
Groenlandia.
¿No debía verse, por un movimiento inverso, en el
siglo XVII, a los musulmanes norafricanos, arriesgarse hasta las costas de la
región de Saintonge y hasta los bancos de Terranova? Pero, sin duda, las flotas
árabes eran demasiado buenas guardadoras de los mares.
Por el
contrario, las correrías
penetraron progresivamente en
el continente
y en la Gran Bretaña. Nada más
evidente que el gráfico de las peregrinaciones de los monjes de San Filiberto.
con sus
reliquias. El monasterio fue
fundado, en el siglo VII, en la isla de Noirmoutier: lugar apropiado para
cenobitas, mientras el mar se mantuvo en calma, pero que se hizo singularmente
peligroso; cuando aparecieron en el golfo los primeros barcos escandinavos. Un
poco antes del 819, los religiosos se hicieron construir un refugio en tierra
firme, en Dées, a orillas del lago de Grandlieu. Pronto tomaron la costumbre de
trasladarse a él al principio de la
primavera, y cuando las tempestades, hacia fines del otoño, parecían impedir la
navegación a los enemigos, la iglesia de la isla se abría de nuevo para los
oficios divinos. Sin embargo, en el 836, Noirmoutier, devastado sin cesar y cuyo
aprovisionamiento chocaba sin duda con dificultades crecientes, fue juzgado
decididamente insostenible. Dées, hasta entonces refugio temporal, pasó a la
categoría de establecimiento permanente, mientras que, más lejos, hacia el
interior, un pequeño monasterio adquirido poco antes en Cunauld, arriba de
Saumur, sirvió en adelante, de
posición de repliegue. En el 858, se produce un nuevo retroceso: Dées, demasiado
próximo a la costa, tuvo que ser a su vez abandonado, y los monjes se fijaron en
Cunauld. Por desgracia, el
lugar, a
orillas del
Loira, tan
fácil de
remontar, no
fue una
elección acertada. En el 862, hubo que trasladarse tierra adentro, a
Messay, en el Poitou, pero sólo para advertir, al cabo de diez años, que el
océano todavía estaba demasiado próximo. Esta vez no se creyó excesiva toda la
extensión del Macizo Central como escudo protector; en el 872 u 873, los monjes
estaban instalados en Saint-Pourcain-sur-Sioule. Tampoco aquí
permanecieron mucho tiempo; más lejos aún, hacia el Este, en el burgo
fortificado de Tournus, a orillas del Saona, a partir del 875, encontró asilo el
cuerpo santo, traqueteado por tantos caminos, y pudo, al fin, hallar el “lugar
de quietud” de que habla un diploma real.*34
Estas expediciones a larga distancia exigían,
naturalmente, una organización muy diferente de la que correspondía a las
bruscas correrías de antes. En primer
lugar, fuerzas más numerosas. Los pequeños grupos que se reunían alrededor de
un “rey del mar”, se unificaron poco a poco y se vieron surgir verdaderos
ejércitos; tal, por ejemplo, la "Gran Hueste" (magnus exercitus)
que, formado a orillas del Támesis y, después de su paso a la costa
de Flandes, acrecentado por la aportación de muchas bandas aisladas, saqueó
de manera abominable la Galia, desde el 879 al 892, para ir. finalmente,
a disolverse en las costas de Kent. Sobre todo, se hizo imposible el regresar
cada año al Norte. Los vikingos tomaron la costumbre de invernar, entre dos
campañas, en la región misma que habían elegido como terreno de caza. Así
lo hicieron a partir del 835 aproximadamente, en Irlanda; en la Galia,
por primera vez en el 843, en Noirmontier; en 851, en las bocas del Támesis, en
la isla de Thanet. Primero,
estos refugios se
encontraban en la costa,
pero pronto no
temieron internarse en
el país. Con
frecuencia, se atrincheraban en una
isla de un río, o bien se conformaban con instalarse al alcance de un
curso de agua. Para estas estancias prolongadas, algunos llevaban consigo
mujeres y niños; los parisienses, en el 888, pudieron oír, desde sus murallas,
voces femeninas entonando en el campo adverso cánticos en honor de los guerreros
muertos. A pesar del terror que rodeaba a estos nidos de piratas, de donde
partían constantemente nuevas expediciones, algunos habitantes de las cercanías
se aventuraban a llegar hasta los campamentos de los invernantes para vender en
ellos sus mercancías. La guarida, por un momento, se convertía en mercado. De
esta forma, siempre filibusteros, pero, en adelante, filibusteros
semisedentarios, los normandos se preparaban para convenirse en conquistadores
del suelo.
Todo, en verdad, predisponía a los simples
bandidos de hace poco a esta transformación. Estos vikingos, atraídos por los
campos del Occidente para el pillaje, pertenecían a un pueblo de campesinos,
herreros, escultores en madera y
mercaderes, tanto como de guerreros. Llevados lejos de sus casas, por el deseo
de botín o de aventura, a veces obligados a este exilio por venganzas familiares
o por rivalidades entre los jefes, no dejaban de sentir detrás de sí las
tradiciones de una sociedad bien estructurada. También como colonos,
los escandinavos se establecieron,
en el
siglo VII,
en los
archipiélagos del Oeste, desde las Far-Oë hasta las Hébridas, y asimismo,
como cultivadores de tierras vírgenes,
a partir del 870 procedieron a la gran "ocupación del suelo" en la Landnáma
de Islandia. Habituados a mezclar el comercio con la piratería, crearon
alrededor del Báltico todo un círculo de mercados
fortificados, y desde
los primeros
principados que, durante
el
siglo
IX.
fundaron, en
los dos
extremos de
Europa, algunos
de sus
jefes de
guerra
—en Irlanda, alrededor de Dublín. de Cork y de
Limerick; en la Rusia ucraniana, a lo largo de las etapas de la gran vía
fluvial—, el carácter común fue el presentarse como Estados esencialmente,
urbanos, que desde una ciudad, tomada como centro, dominaban el territorio
circundante.
Forzoso es no detenemos, por atractiva que sea, en
la historia de las, colonias formadas en las islas occidentales. Shetlands y
Orcadas que, unidas desde el siglo X, al reino de Noruega, no debían pasar a
Escocia hasta finales de la Edad Media (1468); Hébridas y Man, constituidas,
hasta la mitad del siglo XIII, en un principado escandinavo autónomo; reinos de
la costa irlandesa, los cuales, después de ver interrumpida su expansión a
principios del siglo XI, no desaparecieron definitivamente hasta un siglo más
tarde aproximadamente, ante la conquista inglesa. En estas tierras situadas en
la punta extrema de Europa, la civilización escandinava chocaba con las
sociedades célticas. Solo debemos referirnos con algún detalle al
establecimiento de los normandos en los dos grandes países feudales:
antiguo Estado franco y Gran Bretaña anglosajona.
Aunque entre
uno y otro
—al igual que con las islas
vecinas— los intercambios humanos
fueron muy frecuentes hasta el final y las bandas armadas atravesaron siempre
con facilidad el canal de la Mancha o el mar de Irlanda, y que los jefes, cuando
fracasaban en una de las orillas, tuvieron por costumbre constante el ir a
buscar fortuna en el litoral de enfrente, será necesario, para más claridad,
examinar separadamente ambos territorios de
conquista.
III.
LOS ESTABLECIMIENTOS ESCANDINAVOS: INGLATERRA
Las tentativas de los escandinavos para instalarse
en el suelo británico se dibujaron desde que invernaron por primera vez, en el
851, como se ha visto. Desde entonces, las bandas, relevándose más o menos
entre ellas, ya no abandonan su presa. Entre los Estados anglosajones, unos,
muertos sus reyes, desaparecieron, como el de Deira, en la costa occidental,
entre el Humber y el Tees, y el de Anglia Oriental, entre el Támesis y el Wash.
Otros, como el de Bernicia, en el extremo norte, y el de Mercia, en el centro,
subsistieron algún tiempo, pero muy disminuidos en extensión y colocados
bajo una especie de protectorado. Sólo el de Wessex, que se extendía
entonces por todo el Sur, consiguió preservar su independencia, no sin duras
guerras, ilustradas partir del año
871, por el heroísmo
prudente y sagaz del rey Alfredo. Producto perfecto de esta civilización
anglosajona la cual, mejor que ninguna otra, en los reinos bárbaros, había
sabido fundir en una síntesis original las aportaciones de tradiciones
culturales opuestas, Alfredo, rey sabio, fue también un rey soldado. Consiguió
someter, hacia el 880, lo que quedaba de Mercia, sustrayéndola así a la
influencia danesa. Por el contrario, le fue necesario abandonar al invasor toda
la parte oriental de la isla, mediante un auténtico tratado. No es que este
inmenso territorio, limitado aproximada- mente, hacia el Este, por la vía romana
que unía a Londres con Chester, formara entonces, en manos de los
conquistadores, un sólo Estado. Reyes o iarls escandinavos y sin duda
también pequeños jefes anglosajones, como los sucesores de
los príncipes de Bernicia,
se repartían
el país,
unas veces unidos entre
ellos por lazos de
alianza o
de subordinación, otras
peleándose. En
otros lugares, se constituían pequeñas repúblicas aristocráticas, de un
tipo análogo a la de
Islandia. Se construyeron
ciudades fortificadas que servían de
punto de apoyo, al
mismo tiempo
que de.
mercados, a
los diversos ejércitos,
convertidos en Sedentarios.
Y como
era forzoso
alimentar a
las tropas llegadas
de más
allá de los mares,
se distribuyeron
tierras a
los guerreros. Sin
embargo, en
las costas, otras bandas de vikingos continuaban sus pillajes. ¿Cómo
sorprenderse si, hacia el fin de su reinado, la memoria llena todavía de
escenas de horror, Alfredo, traduciendo, en las Consolaciones de
Boecio, el cuadro de la Edad de Oro, no pudo resistir la tentación de añadir a
su modelo esta observación:
“entonces, no
se oía
hablar de
embarcaciones armadas
para la guerra”?*35
El estado de anarquía en que vivía la parte
danesa de la isla explica que a partir del 899, los reyes del Wessex, que
eran los únicos que en la Gran Bretaña
disponían de
un poder territorial extendido
y de
recursos relativamente
considerables, pudiesen, apoyándose en una
red de
fortificaciones construidas poco a
poco, llevar a cabo la reconquista. Desde el 934, después de una lucha muy ruda, su autoridad suprema es
reconocida por todo el país antes ocupado por el enemigo. Pero las huellas de
los establecimientos escandinavos no se borraron en absoluto. Aunque es verdad
que algunos iarls, con sus bandas de seguidores, se reembarcaron
más o menos voluntariamente,
la mayor parte de los invasores
se quedaron
en sus
emplazamientos; los jefes
conservaban, bajo la hegemonía real, sus derechos de mando, y las gentes del
pueblo conservaron sus tierras.
Mientras tanto, en la misma Escandinavia, se
operaron profundas transformaciones políticas Por encima del caos de los
pequeños grupos tribales, se consolidan o formaban verdaderos Estados: aun
inestables, desgarrados por las innumerables luchas dinásticas y ocupados sin
cesar en combatirse unos a otros eran capaces, sin embargo, de realizar temibles
concentraciones de fuerzas. Al lado de Dinamarca, donde el poder de los
soberanos se reforzó de manera notable a fines del siglo X, y al lado del reino
de los suecos, que absorbió al de los “Götar”, vino entonces a colocarse la más reciente de las monarquías septentrionales, creada, hacia el
año 900, por una familia de jefes locales, establecidos al comienzo en las
tierras, relativamente abiertas y
fértiles, alrededor
del fiordo
de Oslo
y del
lago Mjösen. Este fue el reino
del “camino del Norte”, o, como nosotros decimos, Noruega:
el mismo
nombre, de
simple orientación y sin
ninguna resonancia
étnica, evoca una autoridad
impuesta tardíamente al particularismo de pueblos hasta entonces muy
diferenciados. A estos príncipes, dueños de las más poderosas unidades
políticas, la vida del vikingo les era cosa familiar; de jóvenes, antes
de su elevación al trono, recorrieron los mares, más tarde, si algún
revés les forzaba a huir momentáneamente ante un rival más afortunado, pronto se
les veía dispuestos a recomenzar la gran aventura. Y ¿cómo una vez capaces de
ordenar, sobre un
territorio extenso, grandes levas
de hombres y de
navíos, no iban a mirar hacia las costas para buscar, más allá del
horizonte, la ocasión de nuevas conquistas?
Cuando
las incursiones a la
Gran Bretaña
empezaron a intensificarse,
después del 980, es característico que pronto hallemos a la cabeza de las
principales bandas dos pretendientes a los reinos nórdicos: uno, a la corona de
Noruega, otro, a la de Dinamarca. Los dos fueron, más adelante, reyes. El
noruego, Olaf Trygvason, no volvió
nunca a la isla. Por el contrario, el danés, Svein “de la barba partida”, no
olvidó el camino. Según parece, volvió llevado por una de esas venganzas que
un héroe
escandinavo no podía,
sin vergüenza,
rehuir.
Como, entre tanto, las expediciones de pillaje
continuaron dirigidas por otros jefes, el rey de Inglaterra, Etelredo, creyó que
la mejor manera de defenderse de los
piratas era
tomando algunos
de ellos
a su
servicio. Oponer, así,
vikingos contra vikingos era un juego clásico, practicado muchas veces
por los príncipes del continente y,
casi siempre, con éxito mediocre. Al comprobar la infidelidad de sus mercenarios
daneses, Etelredo se vengó, ordenando, el 13 de noviembre de 1002 -día de
Saint-Brice- la matanza de todos aquellos que fueron capturados. Una tradición
posterior, que no es posible verificar, cuenta entre las víctimas a la propia
hermana de Svein. A partir de 1003, el rey de Dinamarca incendiaba ciudades
inglesas. En adelante; una guerra casi constante asoló el país, y no tuvo fin
hasta la muerte de Svein y de Etelredo. En los primeros días del año 1017, una
vez que los últimos representantes de la
casa de
Wessex se
refugiaron en
la Galia
o fueron
enviados por
los daneses vencedores al
lejano país de los eslavos, los “sabios” de la tierra —o sea, la asamblea de los
grandes barones y de los obispos— reconocieron como rey
de todos los ingleses a Canuto, hijo de Svein.
No se trataba de un simple cambio de dinastía.
Canuto, si en el momento de su
entronización en Inglaterra no era todavía rey
de Dinamarca. donde reinaba uno de sus hermanos,
lo fue dos años más tarde. Y, posteriormente,
conquistó Noruega, y, a lo menos, intentó también establecerse entre los
eslavos y fineses de más
allá
del Báltico,
hasta Estonia.
A las
expediciones de pillaje
que tuvieron el mar por canino, sucedía, de manera natural, un ensayo de
imperio marítimo. En él, Inglaterra no era más que la provincia más
occidental; pero, precisamente en el suelo inglés, pasó Canuto el final de su
vida. Prefería a la clerecía inglesa para organizar las iglesias de misión de
sus Estados escandinavos. Pues hijo de un rey pagano, quizá convertido en sus
últimos momentos, Canuto fue un devoto de la Iglesia romana, fundador de
monasterios, legislador piadoso y moralizante, a la manera de un Carlomagno. Con
ello, se acercaba a sus súbditos de la Gran Bretaña. Cuando, fiel al ejemplo de
muchos de sus predecesores, anglosajones, en 1027, hizo su peregrinación a Roma
“para la redención de su alma y la salvación de sus pueblos”, pudo asistir a la
coronación del más grande de los soberanos de Occidente, el emperador Conrado
II, rey de Alemania y de Italia, y se encontró también con el rey de Borgoña;
como buen hijo de un pueblo que siempre fue tan comerciante como guerrero, supo
obtener de estos dueños de los pasos alpinos, para los mercaderes de Inglaterra,
fructuosas exenciones de peajes. Pero, la mayor parte de las fuerzas con las que
mantenía el orden en la gran isla salían de sus reinos escandinavos. “Aale se
hizo levantar esta piedra. Cobró el
impuesto en Inglaterra para el rey
Canuto. Dios lo tenga en su gloria”.
Esta inscripción en caracteres rúnicos, se lee todavía en una estela funeraria
cerca de un pueblo de la provincia sueca de Upland.*36 Legalmente
cristiano, a pesar de la presencia, en algunas de sus regiones, de muchos
elementos aún paganos o cristianizados muy superficialmente, abierto a través
del cristianismo a los recuerdos de
las literaturas antiguas, mezclando, por ultimo, a la herencia de la tradición
anglosajona —ella misma a la vez germánica y latina— las tradiciones propias de
los pueblos escandinavos, este Estado, centrado alrededor del mar del Norte,
veía entrecruzarse curiosamente múltiples
corrientes de
civilización. Quizá
fue en
esta época,
o
probablemente un poco antes, en la
Nortumbria poblada por antiguos vikingos, cuando un poeta anglosajón, poniendo
en verso antiguas leyendas del país
de los “Götar” y de las islas
danesas, compuso el Lai de Beowulf, lleno de ecos de una vena poética aún
plenamente pagana —el extraño y sombrío lai de los monstruos fabulosos
que, por
un nuevo testimonio de
este juego
de influencias
contrarias, al manuscrito al que
debemos su conocimiento, hace
preceder de una carta de Alejandro
de Aristóteles
y seguir
de un
fragmento traducido
del Libro
de
Judith-.*37
Pero este Estado singular no tuvo nunca gran
cohesión. Las comunicaciones entre tan grandes distancias y en mares tan
difíciles comportaban azares sin cuento. Hay algo de inquietante en las frases
de Canuto, en la proclama que en 1027,
en camino de Roma a Dinamarca, dirigía a los ingleses: “Me propongo ir a
visitaros una vez pacificado mi reino del Este... y tan pronto como este verano pueda procurarme una flota”. Las partes del
Imperio en loas que el soberano no estaba presente debían ser puestas en manos
de virreyes, que no siempre fueron fieles. Después de la muerte de Canuto, la
unión que él creó y mantuvo por la fuerza, se rompió. Inglaterra fue primero
atribuida, como reino aparte,
a uno
de sus
hijos, y
después, se
volvió a
unir, por
corto tiempo,
a Dinamarca (Noruega estaba separada de manera definitiva). En 1042, por
ultimo, fue de nuevo un príncipe de la casa de Wessex, Eduardo, más tarde
llamado “el Confesor”, reconocido como rey.
Sin
embargo, ni
las incursiones escandinavas
por las costas habían
terminado, ni las ambiciones de los jefes del Norte se habían extinguido.
Desangrado por tantas guerras y pillajes, desorganizado en su armazón política y
eclesiástica, perturbado por las rivalidades entre las familias nobles,
el Estado inglés no era capaz más que de una débil resistencia. Esta
presa era codiciada por dos lados: más allá del canal de la Mancha, por los
duques franceses de Normandía, cuyos súbditos, durante todo el primer período
del reinado de Eduardo, él mismo educado en la corte ducal, formaron el séquito
del príncipe y el alto clero; y, más
allá del mar del Norte, por los reyes escandinavos. Cuando, después de la
muerte de Eduardo, uno de los principales magnates del
reino, Haroldo,
escandinavo de
nombre y
medio escandinavo
por su
origen, fue coronado rey, dos ejércitos desembarcaron en la costa inglesa
con pocas semanas de intervalo. Uno, en el Humber, era el del rey de Noruega,
otro Haroldo o Haraoldo, el llamado por las sagas Haraldo “del duro consejo”:
verdadero vikingo, que llegó al trono después de largas aventuras, antiguo
capitán de guardias escandinavos en la corte de Constantinopla, jefe de las
tropas bizantinas
lanzadas contra
los árabes
de Sicilia,
yerno de un
príncipe de Novgorod y atrevido
explorador de los mares árticos. El otro ejército, desembarcado en el litoral de
Sussex, estaba mandado por el duque de Normandía, Guillermo el Bastardo.*38
El noruego Haraldo fue derrotado y
muerto en
el puente
de Stamford.
Guillermo venció
en la
colina de
Hastings.
Sin duda, los sucesores de Canuto no renunciaron
en seguida a su sueño imperial: en dos ocasiones durante el reinado de
Guillermo, el Yorkshire vio reaparecer a los daneses. Pero estas empresas
guerreras degeneraban en simples bandidajes: hacía el final, las expediciones
escandinavas volvían a tomar los caracteres que tuvieron al principio. Sustraída
de la órbita nórdica, a la que pareció por un momento que tenía que pertenecer
definitivamente, Inglaterra estuvo
casi durante
un siglo
y medio
englobada en un
Estado que
se extendía sobre ambas orillas del canal, y unida para siempre a los
intereses políticos y a las corrientes de civilización del próximo Occidente.
IV.LOS
ESTABLECIMIENTOS
ESCANDINAVOS:
FRANCIA
Ese mismo duque de Normandía, conquistador de
Inglaterra, por francés que fuese por su lengua y su género de vida, no dejaba
de ser un auténtico descendiente de vikingos, pues tanto en el continente como
en la isla, más de un “rey del mar” se convirtió en señor o príncipe de la
Tierra.
La evolución empezó muy
pronto. Alrededor del año 850, el delta del Rin vio el primer ensayo de
constitución de un principado escandinavo, incrustado en el edificio político
del Estado franco. Hacia esta fecha, dos miembros de la casa real de Dinamarca,
exiliados de su país, recibieron al emperador Luis el Piadoso, en
beneficio, la región que se extendía alrededor de Durstede, entonces el
principal puerto del Imperio en el mar del Norte. Ensanchado más tarde con
diversos trozos de la Frisia, el territorio así concedido continuó de manera
casi permanente
en manos de
personajes de esta
familia, hasta que el último de ellos fue muerto, acusado de traición, en el 885,
por orden de Carlos el Gordo, su señor. Lo poco que entrevernos de su
historia basta para mostrar que, con sus preocupaciones, unas veces dirigidas a
Dinamarca y a sus querellas dinásticas, otras, a las provincias francas que no
dudaban en saquear, a pesar de que se habían hecho cristianos, no fueron sino
vasallos desprovistos de fe y malos custodios de la tierra. Pero, esta Normandía
holandesa, que pronto dejó de existir, posee a los ojos del historiador el valor
de un síntoma precursor. Un poco más tarde, un grupo de normandos, aun paganos
parece haber vivido bastante tiempo en Nantes, o en sus
alrededores, en buenas relaciones
con el conde bretón.
En muchas ocasiones, los reyes
francos tomaron a su servicio a jefes de barda. Por ejemplo, si ese Völundr que,
en el 862, rindió homenaje a Carlos el Calvo no hubiese sido muerto poco
después en un duelo judicial, no hay duda de que muy pronto se le hubiera tenido
que proveer de feudos, ni de que esta inevitable
consecuencia no estuviese ya prevista. De manera patente, a principios
del siglo x, la idea de estos establecimientos está en el aire.
¿Como y en que forma uno de estos proyectos se
convirtió en realidad? Lo sabemos de manera muy deficiente; el problema técnico
es demasiado grave para que el historiador pueda, honestamente, abstenerse de
hacerlo conocer al lector.
Entreabramos, pues, un instante, la puerta del laboratorio.
En esta época, en diversas iglesias de la
Cristiandad existían clérigos que se ocupaban en anotar, año por año, los
sucesos contemporáneos. Era un antiguo
uso, nacido antaño del empleo de documentos de cómputo cronológico, para
inscribir en ellos los hechos notables del año transcurrido o en curso. Así, a
principios de la Edad Media, cuando se fechaba todavía por cónsules, se había
procedido de esta forma para los fastos consulares; más tarde, se hacía lo
mismo con las tablas pascuales destinadas a indicar, en su sucesión
las fechas tan variables de esta
fiesta, de
la que depende
casi todo
el ano litúrgico. Después, en los comienzos del período Carolingio. el
momento histórico se separó del calendario, aún conservando sus rigurosos cortes
anuales. Como es natural, la
perspectiva de estos memorialistas difería mucho de la nuestra; se interesaban
por las caídas de granizo, las penurias de trigo o de vino y por los prodigios,
tanto como por las guerras, la muerte de príncipes
y las revoluciones del Estado o de la iglesia. Además, eran no sólo de
inteligencia desigual sino que estaban muy desigualmente informados. La
curiosidad, el arte de interrogar y el celo variaban según las personas. Sobre
todo, el número y el valor de las informaciones recogidas dependía del
emplazamiento de
la casa
religiosa, de
su importancia y de
sus relaciones más o menos
estrechas con la corte y con la nobleza. A fines del siglo IX y en el curso del
X, los mejores analistas de la Galia fueron, sin discusión, un monje anónimo del
gran monasterio de Saint-Vaast de Arras, y un sacerdote de Reims, Flodoardo, que
unía, a un espíritu muy sutil, la ventaja de vivir en un centro incomparable de
intrigas y de noticias. Por desgracia, los anales de Saint-Vaast se interrumpen
totalmente a mediados del año 900; en cuanto a
los de Flodoardo, al menos tal como han llegado a nosotros —pues también
hay que
tener en
cuenta las injurias del
tiempo— su punto de partida se
coloca en el 919. Pues bien, por la más inoportuna de las casualidades, este
vacío corresponde precisamente al establecimiento de los normandos en el
occidente de Francia.
Es verdad que estas agendas no son las únicas
obras históricas legadas por una época a la que el pasado preocupaba mucho.
Menos de un siglo después de la fundación del principado normando del Bajo Sena,
el duque Ricardo I, nieto de su fundador, decidió hacer relatar las hazañas de
sus antepasados y las suyas propias, encargando esta labor a un canónigo de Samt-Quentin,
llamado Doon. La obra, realizada antes de 1026, está llena de enseñanzas; se ve
en ella al escritor del siglo XI, ocupado en compilar las informaciones sacadas
de los anales anteriores, que no cita nunca con algunas comunicaciones
orales, que
siempre proclama,
y con los embellecimientos
que le sugieren sus recuerdos eruditos o, simplemente, su imaginación. Se
recogen al vivo los florilegios que un clérigo instruido tenía por dignos
de realizar el
mérito de
un escrito
y un adulador fino,
como propios
para halagar
el orgullo de sus amos. Con la ayuda de algunos documentos auténticos por
los que se puede verificar el relato, nos hacemos cargo de la capacidad de
olvido y de deformación de que era
susceptible la memoria histórica de los hombres de esa época, al cabo de algunas
generaciones. Sobre la mentalidad de un medio y de una época es un testimonio
precioso; acerca de los hechos que relata, al menos en lo que se refiere a la
primitiva historia del ducado de Normandía, su valor es casi nulo.
He aquí, pues lo que con la ayuda de algunos
mediocres anales y un corto número de
documentos de archivo,
se llega
a percibir
de unos
acontecimientos tan oscuros.
Sin descuidar de manera absoluta las
desembocaduras del Rin y del Escalda, el
esfuerzo de
los vikingos, a partir
del 885,
se concentró
en los
valles del
Loira y del Sena. Una de las bandas, instalada de manera fija en el
Bajo-Sena en el 896, asolaba todo el país en busca de botín. Pero estas
expediciones lejanas no siempre terminaban bien; en el 911, los bandidos fueron
vencidos varias veces bajo los muros de Chartres. Por el contrario, en el
Roumois y comarcas cercanas eran los amos, y sin duda para mantenerse durante
los inviernos, debían cultivar o hacer cultivar la tierra; hasta tal punto, que
este establecimiento constituyo un centro de atracción de nuevas bandas de
aventureros que vinieron a engrosar el pequeño grupo primitivo. Si bien la
experiencia demostraba que no era imposible refrenar sus devastaciones, el
desalojarlos de sus guaridas parecía por el contrario, sobrepasar las fuerzas
del único poder interesado: el del rey. Pues en esta región, horriblemente
saqueada y que no tenía por centro más que una ciudad en ruinas, las jerarquías
locales habían
desaparecido por
completo. Además, el
nuevo rey
de Francia occidental, Carlos el Simple, consagrado en el 893 y
reconocido en todas partes después de la muerte de su rival Eudes, desde su
subida al trono parecía tener la
intención de llegar a un acuerdo con el
invasor. Durante el
año 897, puso en practica este proyecto, llamando a su lado al jefe que
dirigía entonces a los normandos del Bajo-Sena y sirviéndole de padrino; pero
esta primera tentativa no tuvo resultados, sin embargo, no puede sorprender nos
que los tuviera catorce años más tarde, al dirigirse esta vez a Rollon que, al
frente del mismo ejército, era
el sucesor de su ahijado de antaño. Por su
parte, Rollon acababa de ser vencido ante Chartres, derrota que acabó de
abrirle los ojos sobre las dificultades que se oponían a la prosecución de las
correrías. Creyó conveniente el reconocimiento de los hechos consumados. Con la
ventaja, desde el punto de vista de Carlos y de sus consejeros, de tener unido
por los vínculos del vasallaje y, por consiguiente, con la obligación de la
ayuda militar, a un principado ya organizado y que sería el primer interesado en
guardar la costa contra los ultrajes de nuevos piratas. En un documento del 14
de marzo del 918, el rey menciona las concesiones otorgadas “a los normandos del
Sena, es decir, a Rollon y a sus compañeros... para la defensa del reino”.
La fecha del acuerdo no puede ser fijada con
exactitud: desde luego, después de la batalla de Chartres (20 de julio de 911);
probablemente poco después Rollón, y muchos de los suyos, recibieron el
bautismo. En cuanto a los territorios cedidos,
sobre los que Rollon, a partir
de entonces, tema que ejercer los poderes, de hecho hereditarios, del más alto
funcionario local de la jerarquía franca —el conde—, comprendían, según la única
fuente digna de crédito —Flodoardo,
en su
Histoire de l'Eglise
de Reims—,
“algunos condados” alrededor de Ruán; según parece, la parte de la
diócesis de Ruán que se extendía del Este al mar y una fracción de la de Evreux.
Pero los normandos no eran gentes para
conformarse durante mucho tiempo con un territorio tan reducido, y la llegada de
nuevos inmigrados les impelía a agrandarlo. Las nuevas guerras dinásticas en el
reino, no tardaron en proporcionarles la ocasión
de hacerse
pagar sus
intervenciones. En el
924, el
rey Raúl
entregó
el Bessin a Rollon*39 y en
el 933, las diócesis de Avranches y de Coutances, a su hijo y sucesor. Así, de
forma progresiva, la “Normandía” neustriana encontró sus limites, que se
mantuvieron casi inmutables.
Quedaba, no obstante, el Bajo Loira con sus
vikingos: idéntico problema que en el
otro estuario, y para empezar, idéntica solución. En el 921, el duque y marqués
Roberto, hermano del difunto rey Eudes, que se comportaba como soberano autónomo
en sus grandes territorios del Oeste, cedió a los piratas
del río, de los que sólo algunos estaban bautizados, el condado de
Nantes. En esta región, los escandinavos se hallaban en menor número y la
atracción ejercida por los
establecimientos de Rollon.
organizados desde unos diez
anos antes, dificultaba su aumento. Además, el condado de Nantes no era
precisamente un bien vacante como los de los alrededores de Ruán, ni se
encontraba aislado. Sin duda, en el reino o ducado de los bretones- armoricanos,
al que se incorporó poco después del 840, las luchas entre los pretendientes y
las mismas correrías escandinavas provocaron una extrema anarquía. No obstante
los duques o los pretendientes a la dignidad ducal, en particular los condes del
próximo Vannetais, se consideraban como señores legítimos de esta marca de
lengua románica; para reconquistarla, contaba con el apoyo de tropas que podían
movilizar entre sus súbditos de la Bretaña propia. Uno de ellos. Atan Barba
Torcida, llegado de Inglaterra, donde estaba refugiado, expulso a los invasores.
La Normandía del Loira, a diferencia de la del Sena, tuvo una existencia
efímera.*40
El establecimiento de Rollon y sus compañeros en
las costas del canal de la Mancha, no puso fin de inmediato a las devastaciones.
Aquí y allá, jefes aislados, irritados por no haber recibido también tierras,*41
siguieron asolando los campos durante algún tiempo. La región de Borgoña, fue
saqueada de nuevo en el 924. A veces, los normandos de Ruán se sumaban a estos
bandidos; los propios duques no rompieron súbitamente con sus antiguas
costumbres. Un monje de Reims, Richer, que escribía en los últimos años del
siglo X, casi nunca se olvida de llamarles los “duques de los piratas”. De
hecho, sus expediciones guerreras no diferían mucho de las correrías de
otros tiempos. Tanto mas, porque en ellas empleaban con frecuencia tropas de
vikingos llegados recientemente del Norte, como los que en 1013 más de un siglo
después del homenaje de Rollon, llegaron “jadeantes de deseo de botín”,*42
mandados por
un pretendiente a
la corona
de Noruega,
Olaf. entonces pagano, pero
destinado a convertirse, después de su bautismo, en el santo nacional
de su
patria. Otras bandas operaban
por su
propia cuenta
en el litoral. Una de ellas, desde el 966 al 970. se aventuró hasta las
costas de España y tomó Santiago de Compostela. Todavía en 1018, apareció una
expedición en las costas
del Poitou.
Pero, poco
a poco,
las barcas
escandinavas fueron olvidando el
camino de las aguas lejanas. más allá
de las fronteras de Francia, el delta
del Rin también se había liberado. Hacia el 930, el obispo de Utrech pudo
regresar a
su ciudad, en
la que
su predecesor
no había podido
habitar de manera duradera, y
la hizo reconstruir
Ciertamente las orillas
del mar del Norte quedaron durante mucho tiempo abiertas a los golpes de
mano de los piratas. En 1006, el puerto de Tiel, a orillas del Waal. fue
saqueado, y Utrech, amenazado; los habitantes incendiaron ellos mismos las
instalaciones de los muelles y del barrio comercial, que no estaban amurallados.
Un poco más tarde, una ley frisona preveía, como un acontecimiento casi normal, el caso de
que un hombre del país, raptado por los normandos, fuese enrolado de
inseguridad, tan característico de la época. Pero el tiempo de las incursiones
lejanas, invernando en los países saqueados, y, después del desastre del Puente
de Stamford, la de las conquistas más allá de los mares, había
terminado.
V.
LA
CRISTIANIZACIÓN DEL
NORTE
Mientras tanto, el Norte se cristianizaba poco a
poco. El historiador conoce pocos fenómenos que permitan observaciones tan
apasionantes corno el de una civilización pasando, lentamente, de una a otra fe,
sobre todo cuando, como en el caso presente, las fuentes, aunque con
irremediables lagunas, permiten seguir las vicisitudes tan de cerca que se logra
una experiencia natural, capaz de aclarar otros movimientos del mismo tipo. Su
estudio detallado desbordaría los límites de este libro, por lo que tendremos
que conformarnos con dar algunos puntos de referencia.
No seria exacto decir que el paganismo nórdico no
hizo resistencia. pues fueron necesarios tres siglos para vencerlo. Con todo,
entrevemos algunas de las razones internas que facilitaron la derrota final.
Escandinavia no oponía ningún cuerpo análogo al clero, muy bien organizado, de
los pueblos cristianos; los únicos
sacerdotes eran los jefes de los grupos consanguíneos o de los pueblos. Sin
duda, los reyes, en particular si perdían sus derechos a los sacrificios, podían
temer la ruina de uno de los elementos esenciales de su grandeza. Pero, como
veremos más adelante, el cristianismo no les forzaba a abandonar del todo su
carácter sagrado. En cuanto a los jefes de familias o de tribus, hay que creer
que los cambios profundos de la estructura social, correlativos a la vez a las
migraciones y a la formación de los Estados, afectaron peligrosamente a su
prestigio sacerdotal. La antigua religión no estaba sólo falta de la armazón de
una Iglesia sino que, en la época de la conversión, según parece, presentaba los
síntomas de una especie de descomposición espontánea. Los textos escandinavos
ponen con frecuencia en escena a
verdaderos incrédulos. A la larga, este grosero escepticismo
debía llevar no a la falta de toda fe, casi inconcebible en esos días,
sino a la adopción de una nueva fe. Por último, el mismo politeísmo abría un
camino fácil al cambio de obediencia. Los espíritus que desconocen toda critica
del testimonio, no se inclinan apenas a negar lo sobrenatural, venga de donde
viniere. Cuando los cristianos se negaban a orar ante los dioses de los
diferentes paganismos, no era
porque no
admitiesen su
existencia, sino
porque los tenían por demonios perversos, peligrosos sin duda, pero
débiles ante el único Creador.
Asimismo, muchos
textos nos
atestiguan que
cuando
los normandos aprendieron a conocer
al Cristo y a sus Santos, se acostumbraron con rapidez a tratarlos como deidades
extranjeras que, con la ayuda de sus dioses propios, se podían combatir, cuyo
oscuro poder, sin embargo, era demasiado temible para que lo inteligente, en
otras circunstancias, no fuese el propiciárselos y respetar la misteriosa magia
de su culto. Así, vemos que en el 860 un vikingo enfermo hace un voto a San
Riquier. Un poco más tarde, un jefe
islandés, sinceramente
convertido al
cristianismo, seguía
invocando a
Thor en ocasiones difíciles.*43
De reconocer al dios
de los
cristianos como una
fuerza temible, hasta aceptarlo como único Dios, la distancia se podía
salvar por etapas casi insensibles.
Las expediciones en busca de botín, interrumpidas
por treguas y negociaciones, también ejercían su influencia. más de un marino
del Norte, al regresar de sus correrías guerreras, llevo a su hogar la nueva
religión como parte del botín. Los dos grandes reyes propagadores de las
conversiones en Noruega, Olaf hijo de Trygvi, y Olaf hijo de Haroldo, recibieron
ambos el bautismo —el primero, en tierra inglesa, en el 994. el segundo en
Francia, en 1014— en la época en que, sin reino aún, dirigían bandas de
vikingos. Estos cambios o deslizamientos hacia la ley cristiana se multiplicaban
a medida que, a lo largo del camino, los aventureros encontraban compatriotas
establecidos de manera fija
en tierra
antiguamente cristianos y en
su mayor parte
conversos a las creencias de las poblaciones sometidas o vecinas. Por su
parte, las relaciones comerciales anteriores a las grandes empresas guerreras y
que nunca se interrumpieron, favorecían las conversiones. En Suecia, los
primeros cristianos fueron en su mayor parte mercaderes que frecuentaban el
puerto de Durstede, entonces el principal centro de comunicaciones entre el
imperio franco y los mares septentrionales. Una antigua crónica gotlandesa,
refiriéndose a los habitantes de la isla, escribe: "Viajaban con sus mercancías
hacia todos los países...; en el de los cristianos, vieron las costumbres
cristianas; algunos de ellos fueron bautizados y trajeron consigo varios
sacerdotes". De hecho, las más antiguas comunidades de que se tiene noticia, se
constituyeron en poblaciones comerciales: Birka, en el lago Mälagar, Ripen y
Schleswig, en los dos extremos del camino que,
de mar a mar, atravesaba el itsmo de Jutlandia. En Noruega, a principios del
siglo XI, según la penetrante observación del historiador islandés Snorri
Sturluson:
“la mayor parte de los hombres que habitaban en
las costas estaban bautizados,
mientras que en
los valles altos y en
las zonas montañosas el pueblo continuaba completamente pagano”.*44
Durante mucho tiempo, estos contactos de hombre a
hombre, al azar de las migraciones estacionales, fueron para la fe extranjera
agentes de propagación mucho más eficaces que las misiones organizadas por la
Iglesia.
Estas, sin embargo, comenzaron en época muy
temprana. Trabajar en la extinción del paganismo era a la vez para los
carolingios como un deber inherente a su vocación de príncipes cristianos y como
el camino más seguro para extender su hegemonía
sobre un
mundo unido
en adelante
en una
misma plegaria. Y lo
mismo ocurría
a los
grandes emperadores
alemanes
herederos de sus tradiciones. ¿Cómo no
pensar en los germanos del Norte, una vez convertida
la Germania propiamente
dicha? Por
iniciativa de
Luis el
Piadoso se mandaron
misiones para anunciar la 'Ley de Cristo' a los daneses y a los suecos.
Como, en otros tiempos, Gregorio el Grande pensó hacer con los ingleses,
se compraron jóvenes escandinavos en los mercados de esclavos para ser educados
en el sacerdocio y en el apostolado. En fin, la obra de cristianización obtuvo
un punto de apoyo permanente al establecerse, en Hamburgo,
un arzobispado del que
fue primer
titular el
monje picardo
Anscario, a su regreso de Suecia, Metrópoli sin sufragáneas, por el
momento, pero ante la que se abrían, más allá de las próximas fronteras
escandinavas y eslavas, inmensos territorios para evangelizar. No obstante, las
creencias ancestrales tenían todavía raíces, demasiado firmes; los sacerdotes
francos, en los que se veía a servidores de príncipes extranjeros, despertaban
vivas sospechas, y los mismos equipos de misioneros, aparte de algunas almas
encendidas de fe como Anscatio, eran bien difíciles de reclutar para que esos
grandes sueños pudieran convertirse pronto en realidades. Al ser saqueado
Hamburgo por los vikingos en
el 845,
la iglesia
madre de
las misiones
sobrevivió gracias a que
se decidió agregarle, separándola
de la
provincia de
Colonia, la
sede episcopal
de Brema, más antigua y menos pobre.
Esta era, al menos, una posición de repliegue y
espera. De Brema-Hamburgo, en efecto, volvió a partir en el siglo X un nuevo
esfuerzo que tuvo resultados más felices. Al mismo tiempo, llegados de otro
sector del horizonte cristiano, los sacerdotes ingleses disputaban a sus
hermanos de Alemania el honor de bautizar a los paganos de Escandinavia.
Habituados desde hacía mucho tiempo al oficio de captadores de almas, servidos
por las comunicaciones constantes que unían los puertos de su isla con las
costas fronteras, menos sospechosos también, su cosecha parece haber sido mucho
más abundante. Es característico que en Suecia. por ejemplo, el vocabulario del
cristianismo esté compuesto de palabras tomadas del anglosajón, más bien que
del alemán. Y no lo es menos que
muchas parroquias tomaran por patronos a santos de la Gran Bretaña. Aunque,
según las reglas jerárquicas, las diócesis más o menos efímeras que se fundaban
en los países escandinavos tuvieren que depender de la archidiócesis de Brema-Hamburgo, los reyes, cuando eran
cristianos, hacían consagran con gusto a sus obispos en la Gran Bretaña. Con más
razón aún, la influencia se extendió ampliamente sobre Dinamarca, e incluso
sobre Noruega, en tiempos de Canuto y sus primeros herederos.
Y es que, en realidad, la actitud de los reyes y
de los principales jefes era el elemento decisivo La Iglesia lo sabía bien y
siempre procuró atraérselos. A medida que los grupos cristianos se
multiplicaban, a causa de su mismo éxito encontraban ante si a grupos paganos
más conscientes del peligro y, por consiguiente, más resueltos a la lucha.
Ambos partidos ponían su esperanza en el poder coactivo ejercido por los
soberanos, en general con extrema dureza. Y, sin este apoyo, no era posible
lanzar sobre el país la red de obispados y de monasterios, sin los cuales el
cristianismo habría sido incapaz de mantener su orden espiritual y llegar a las
capas profundas de la población. Recíprocamente, en las guerras entre
pretendientes que sin cesar
desgarraban a los Estados escandinavos, las discordias religiosas no dejaban de
ser explotadas: más de una revolución dinástica arruinó por algún tiempo una
organización eclesiástica en vías
de establecimiento.
El triunfo
pudo tenerse por seguro el día en que, en cada uno de los tres reinos, sé
vio una sucesión ininterrumpida de reyes cristianos: primero, en Dinamarca,
después de Canuto; en Noruega, desde Magno el bueno (1035): y
sensiblemente más tarde en Suecia, a partir del rey Inge que, hacia finales del
siglo XI; destruyó el antiguo santuario de Upsala, donde con tanta frecuencia
sus predecesores habían ofrecido en sacrificio la carne de los animales, e
incluso la de los hombres.
Como en Hungría, la conversión de estos países del
Norte, celosos de su independencia,
tenía que
llevar consigo
en cada uno de
ellos la
constitución de una jerarquía propia, sometida directamente a Roma. Llegó el
día en que la sede archiepiscopal de Brema-Hamburgo fue ocupada por un político
lo bastante sagaz como
para inclinarse
ante lo
inevitable e intentar salvar
algo de la supremacía
tradicionalmente reivindicada por su Iglesia. El arzobispo Adalberto —desde
1043— concibió la idea de un vasto patriarcado nórdico, en cuyo seno, bajo la
tutela de los sucesores de San Anscario, se crearían las metrópolis nacionales.
Pero la curia romana, poco amiga de los poderes intermedios, se abstuvo de
favorecer este plan, que además, a causa de las querellas entre la nobleza, en
la misma Alemania, su autor no pudo llevar adelante con el suficiente empuje. En
1103, fue fundado un arzobispado en Lund, en la Escania danesa, con jurisdicción
sobre todas las tierras escandinavas. Después en 1152, Noruega obtuvo el suyo,
que estableció en Nidaros (Trondheim), junto a la tumba, verdadero santuario
nacional, donde reposaba el rey mártir Olaf. Suecia, por último, en 1164, fijo
su metrópoli cristiana muy cerca del sitio donde se levantan, en tiempos
paganos, el templo real de Upsala. De esta forma, la Iglesia escandinava
consiguió escapar de las manos de la Iglesia alemana. Paralelamente, en el
terreno político, los soberanos de la Francia Oriental, a pesar de sus
innumerables intervenciones en las guerras dinásticas de Dinamarca, no llegaron
nunca a imponer de manera duradera a los reyes de este país el pago de un
tributo, signo de sujeción, ni consiguieron adelantar gran cosa sus fronteras.
La separación se señaló de manera creciente entre las dos grandes ramas de los
pueblos germánicos. Alemania no era ni nunca llegó a ser toda la Germania.
VI.
A LA
BÚSQUEDA DE
LAS
CAUSAS
¿Fue su conversión lo que persuadió a los
escandinavos a renunciar a sus hábitos de pillaje y de lejanas migraciones?
Concebir las correrías de los vikingos como una guerra de religión desencadenada
por el ardor de un implacable fanatismo pagano, expiación que ha sido insinuada,
choca demasiado con lo que sabemos de sus almas inclinadas a respetar todas las
magias. Por el contrario, ¿no es más fácil creer en los efectos de un profundo
cambio de mentalidad, bajo la acción del cambio de fe? Seguramente, la historia
de las navegaciones e invasiones normandas sería ininteligible sin ese amor
apasionado por la guerra y la aventura que, en la vida moral del Norte,
coexistía con la práctica de las artes más tranquilas.
Los mismos hombres que se veía
frecuentar tomo sagaces
comerciantes los mercados
de Europa,
desde Constantinopla hasta los puertos del delta renano, o que, bajo las
escarchas, colonizaron las solitarias tierras de Islandia, no conocían mayor
placer ni más alta fuente
de fama
que “el
batir del
hierro” y
“el chocar de
los escudos”,
como atestiguan tantos poemas y
relatos, no puestos por escrito hasta el siglo XII, pero en los que resuena el
eco fiel de la edad de los vikingos; y, también, las estelas, piedras funerarias
o simples cenotafios que, sobre las colinas del país escandinavo, a lo largo de
los caminos o cerca de los lugares de asamblea levantan hoy aún sus runas,
grabadas, en rojo vivo, sobre la roca gris. En su mayor parte no conmemoran,
como tantas tumbas griegas o romanas, a los que murieron pacíficamente en el
hogar natal. Lo que recuerdan es, casi exclusivamente, los héroes caídos durante
alguna expedición sangrienta. Es evidente que esta tonalidad de sentimiento
puede parecer incompatible con la 'ley de Cristo', comprendida con una
enseñanza de mansedumbre y de misericordia. Pero, a lo largo de este libro,
tendremos otras ocasiones de comprobar entre los pueblos occidentales. durante
la era feudal, que la fe más viva en los misterios del cristianismo se asoció,
sin aparentes dificultades, con el gusto por la violencia y el botín, a veces,
con la más consciente exaltación de
la guerra.
Cierto que los escandinavos comulgaron, en lo
sucesivo, con los otros miembros de la catolicidad en un mismo credo, se
alimentaron de las mismas leyendas piadosas, siguieron los mismos caminos de
peregrinaje, leyeron o se hicieron leer, por poca instrucción que desearan, los
mismos libros en los que se reflejaba, más o menos deformada, la tradición
romano-helénica. ¿Pero, es que la unidad esencial de la civilización occidental
ha evitado jamás las guerras
intestinas? Corno máximo, se puede admitir que la idea de un Dios único y
omnipotente, sumada a concepciones muy nuevas sobre el otro
mundo, a la larga, hubiese afectado rudamente a esta mística del destino
y de la gloria, tan característica de la antigua poesía del Norte y en la que
más de un
vikingo había, sin
duda, encontrado la
justificación de
sus pasiones. ¿Quien estimará que esto era bastante para ahuyentar en los
jefes todo deseo de seguir el camino de Rollon y de Svein o para impedirles
reclutar los guerreros necesarios a sus ambiciones?
A decir verdad,
el problema tal como lo hemos
enunciado más arriba no queda claro. ¿Cómo intentar explicar por qué un fenómeno
llegó a su fin sin preguntarse antes por qué se produjo? En este caso, esto no
es quizás otra cosa que llevar más lejos la dificultad, pues el comienzo de las
invasiones escandinavas es tan oscuro en sus causas como en su final. No es, por
otra parte, que quepa detenerse demasiado investigando las razones de la
atracción ejercida sobre los hombres del Norte por las tierras, en general más
fértiles y civilizadas desde muy antiguo, que se extendían hacia el Sur.
La historia de las grandes invasiones germánicas y
de los movimientos de pueblos que los precedieron ya tuvo este carácter de
desplazamiento hacia el Sol. La misma tradición de los bandidajes por mar era
muy antigua. En una notable coincidencia, Gregorio de Tours y el poema de
Beowulf nos han conservado el recuerdo de la expedición que, hacia el 520, un
rey de los “Götar” emprendió en las costas de Frisia; otras tentativas
semejantes se nos escapan sin duda a causa de la falta de textos. No es menos
cierto que, de manera bastante brusca, hacia fines del siglo VIII, estas
incursiones lejanas tomaron una amplitud hasta entonces desconocida.
¿Hay que creer por ello que el Occidente, mal
defendido, fue entonces una presa más fácil que en el pasado? Pero, aparte de
que esta explicación no podría aplicarse a hechos exactamente paralelos en el
tiempo, como el poblamiento de Islandia y la fundación de los reinos varegos a
orillas de los ríos rusos, existiría
una inadmisible paradoja si se pretendiera que el Estado merovingio. durante su
periodo de descomposición. apareciera más temible que la monarquía de Luis
el Piadoso o de sus hijos. Hay que pedir al estudio
de los propios países del Norte, la llave de su destino. La comparación
de los navíos del siglo IX con algunos otros hallazgos de fecha más antigua,
señala que durante el periodo inmediatamente, anterior a la edad de los
vikingos, los marinos de Escandinava perfeccionaron mucho la construcción de sus
barcos. No hay duda de que sin estos progresos técnicos, las lejanas
expediciones a través de los océanos hubiesen sido imposibles. ¿Fue, no
obstante, por el placer de
utilizar barcos mejor ideados por lo
que tantos normandos
decidieron ir a buscar aventuras lejos de su país? más bien hay que creer que se
preocuparon de mejorar sus construcciones navales con el fin, precisamente, de
llegar más lejos por los caminos del mar.
Otra explicación, por último, se propuso en el
siglo XI por el propio historiador de los normandos de Francia, Doon de San
Quintín. Veía la causa de las emigraciones en la superpoblación de los países
escandinavos, y el origen de ésta, en la práctica de la poligamia. Dejemos esta
última interpretación: sólo los jefes
poseían verdaderos harenes y las
observaciones demográficas nunca
han mostrado que la poligamia sea particularmente favorable al crecimiento de la
población. Incluso la hipótesis de la superpoblación puede, en principio,
parecer sospechosa. Casi siempre los pueblos victimas de invasiones la han hecho
servir de justificación, con la esperanza, bastante ingenua, de justificar sus
derrotas por el aflujo de un número prodigioso de enemigos: así, por ejemplo,
los mediterráneos ante los celtas y los romanos ante los germanos. Aquí, sin
embargo, merece mayor consideración, porque Doon la recibió probablemente, no de
la tradición de los vencidos, sino de la de los vencedores, y en especial, en
razón de una cierta verosimilitud intrínseca. Desde el siglo II al IV, los
movimientos de pueblos que debían finalmente provocar la caída del Imperio
romano, dejaron en la península escandinava,
las islas del Báltico y Jutlandia, grandes extensiones vacías de hombres.
Los grupos que quedaron en dichas regiones pudieron durante varios siglos
instalarse libremente. Después, llegó un
momento, hacia el siglo VIII, en el
que sin, duda empezó a faltar espacio, al menos, tomando en cuenta el
estado de su agricultura.
En realidad, las primeras expediciones de los
vikingos a Occidente, tuvieron por objeto mucho menos la conquista de
establecimientos permanentes que la busca de un botín destinado a ser llevado al
hogar. Pero éste era también un medio de compensar la falta de tierra. Gracias a
los despojos de las civilizaciones meridionales, el jefe, que se preocupaba por
la reducción de sus campos y de sus pastos, podía mantener su forma de vida y
continuar otorgando a
sus compañeros las liberalidades
necesarias a
su prestigio. En las clases más
humildes, la emigración ahorraba a
los segundones la mediocridad
de un hogar demasiado repleto. Probablemente, más de una familia
campesina debió parecerse a la que nos da a conocer una piedra funeraria
sueca de principios
del siglo
XI: de
cinco hijos,
el mayor
y el
más joven
se quedaron en el país, los otros
tres sucumbieron lejos, uno en Bornholm, otro, en Escocia, y el tercero, en
Constantinopla.*45 Asimismo, hay que citar el caso de que la querella
o la venganza, que la estructura social y las costumbres conspiraban para
multiplicar, obligase a un hombre a abandonar el gaard ancestral. La
escasez de espacios vacíos le hacia más difícil que en otros tiempos la busca,
en su propio país, de una nueva vivienda; hostilizado, muchas veces no
encontraba otro asilo que el mar o los lejanos países a que éste daba acceso.
Con más razón, si el enemigo de que huía era uno de esos reyes a los que el
tipo de población más denso permitía extender, sobre territorios más vastos, un
poder de gobierno más eficaz. Ayudado por el hábito y el éxito, el gusto se
sumó pronto a la necesidad, y la aventura, que casi siempre era fructuosa, se
convirtió, a la vez, en un oficio y en un deporte.
Como para el comienzo de las invasiones normandas,
su fin no podría explicarse por la situación de los poderes políticos en los
países invadidos. No hay duda de que la monarquía de Otón era más capaz de
defender su litoral que la de los últimos carolingios; Guillermo el Bastardo
y sus sucesores habrían constituido en Inglaterra adversarios terribles.
Pero, precisamente, ocurrió que
ni los unos ni los otros tuvieron, o
poco menos,
nada que
defender. Y difícilmente se creerá que Francia, desde la segunda mitad
del siglo X, o Inglaterra bajo Eduardo el Confesor, pareciesen presas
demasiado difíciles. Según toda verosimilitud, la misma consolidación de las
monarquías escandinavas, después de haber fomentado, en sus orígenes,
momentánea- mente las migraciones lanzando a los caminos del océano muchos
desterrados y pretendientes desengañados, llegó finalmente a agotar las
fuentes. En adelante, las levas de hombres y de navíos eran monopolizadas por
los Estados, que organizaron especialmente con cuidado minucioso la requisa de
embarcaciones. Por otra parte, los reyes no favorecían las expediciones
aisladas, que fomentaban el espíritu de turbulencia y proporcionaban a los que
se encontraban fuera de la ley fáciles refugios, así como a los conspiradores
—como nos lo cuenta la saga de San Olaf el medio de acumular las riquezas
necesarias para sus negros proyectos. Se dijo que Svein, una vez dueño de
Noruega, las prohibió. Los jefes se habituaron poco a poco a una vida más regular, en
la que las ambiciones procuraban saciarse en la misma patria, junto al soberano
o sus rivales. Para procurarse tierras
nuevas, se fomentó la roturación interior. Quedaban las conquistas monárquicas,
como las que llevo a cabo Canuto y las que ensayó Haraldo el del Duro
Consejo. Pero los ejércitos reales
eran máquinas pesadas, difíciles de
poner en marcha en Estados de armazón tan poco estable. La última tentativa de
un rey de Dinamarca en Inglaterra, en tiempo de Guillermo el Bastardo,
fracasó antes de que la flota hubiese levado anclas, a causa de una revolución
palatina. Pronto los reyes de Noruega limitaron sus planes a
reforzar o establecer su dominación en las islas del Oeste, desde
Islandia, a las Hébridas; los reyes de
Dinamarca y Suecia, a proseguir contra sus vecinos eslavos, letones y fineses
largas campanas, que, a la vez empresas de represalias — pues estos pueblos
llevaban la inquietud al Báltico con sus piraterías—,
guerras de
conquista y
cruzadas. no dejaban de parecerse
mucho a las incursiones que las orillas del Escalda, del Támesis o del
Loira sufrieron durante tanto tiempo.
CAPITULO
III
ALGUNAS
CONSECUENCIAS Y ALGUNAS
ENSEÑANZAS DE LAS INVASIONES
I.EL
DESORDEN
De la
tormenta de las últimas invasiones, el Occidente salió
cubierto de ruinas. Las mismas ciudades no se salvaron, a lo menos de los
escandinavos, y si muchas de ellas, después del pillaje o el abandono, se
rehicieron, bien o mal, de entre sus ruinas, ésta brecha en el curso regular de
su vida las dejó debilitadas para mucho tiempo. Otras, tuvieron menos suerte:
los dos principales puertos del Imperio carolingio en los mares septentrionales,
Durstesde, en la delta del Rin. y Quentovic, en la desembocadura del Canche,
perdieron toda su categoría, convirtiéndose, el primero, en una mediocre
aldea, y el segundo, en un pueblecito de pescadores. A lo largo de las
vías fluviales, los intercambios perdieron toda seguridad: en el 861, los
mercaderes parisienses, huyendo con su flotilla, fueron alcanzados por las
barcas normandas y conducidos a la cautividad. El campo, sobre todo, sufrió
atrozmente y algunas comarcas se convirtieron en verdaderos desiertos. En la
región de Toulon, después de la expulsión de los bandidos del Freinet,
la tierra tuvo que ser roturada de
nuevo; y
como los antiguos
limites de
las propiedades ya no eran reconocibles, cada uno, dice un
documento, “se apoderaba de la tierra según sus fuerzas”.*46 En la
Turena, recorrida tan frecuentemente por los vikingos, una acta del 14 de
septiembre del año 900 nos muestra un pequeño señorío en Vontes, en el valle del
Indre, y un pueblo entero en Martigny, en el Loria. En Vontes, cinco hombres de
condición servil “podrían conservar la tierra si hubiese paz”. En Martigny, se enumeran cuidadosamente
los censos. Pero, con referencia al pasado, pues si aún se distinguen diecisiete
unidades de tenures o mansos, ya no producen nada. Dieciséis jefes de
familia viven solamente sobre esta tierra empobrecida: uno menos que el número
de mansos, por consiguiente, mientras que, normalmente, cada parte de estos
hubiera estado ocupada por dos o tres parejas, como mínimo. Entre los hombres,
muchos no tienen “ni mujeres ni niños”. Y se repite de continuo la misma trágica
frase: “Estas gentes podrían guardar y cultivar su tierra si hubiera paz”.*47
De todas formas, no todas las devastaciones eran obra de los invasores. Pues,
para reducir al enemigo a la impotencia, no se dudaba en destruir el propio
país. En el 894, como una banda de vikingos se viera obligada a refugiarse en el
viejo recinto romano de Chester, la hueste inglesa, dice la crónica, “se llevo
todo el ganado de los alrededores de la plaza, quemo las cosechas e hizo que los
caballos se comieran todos los frutos de las tierras
vecinas”.
Más que ninguna otra clase social, la de los
campesinos se desesperaba. Hasta el punto de que, en varias ocasiones, entre
Sena y el Loira y cerca del Mosela, se les vio juramentarse y correr tras los
bandidos. Sus tropas, mal organizadas,
fueron cada
vez pasadas
a cuchillo.*48
Pero no
eran los
únicos
en sufrir las consecuencias de
la desolación
de los campos.
Las ciudades, incluso cuando sus murallas resistían, pasaban hambre. Los
señores, que sacaban sus rentas de la
tierra, se encontraban empobrecidos. En particular, los señoríos
eclesiásticos vivían
con grandes
dificultades. De
lo que
se
derivaba
—como más tarde, después de la guerra de los
Cien Años— una profunda decadencia del monacato y, como consecuencia, de la
vida intelectual. Inglaterra fue quizá el país más perjudicado. En el prefacio
de la Regla Pastoral de
Gregorio el Grande, cuya traducción estuvo a su cuidado, el rey Alfredo
evoca dolorosamente “los tiempos en que, antes de que todo fuese saqueado
o quemado,
las iglesias
inglesas rebosaban
de tesoros
y de libros”.*49 De hecho, fue el toque de agonía de
esta cultura eclesiástica anglosajona, que poco antes influyó sobre toda
Europa. Pero, sin duda, el efecto más duradero, en todos los lugares,
se resumió en
una terrible pérdida de fuerzas.
Cuando se hubo restablecido una
seguridad relativa, los
hombres, disminuidos
en número, se encontraron ante
vastas extensiones,
antes cultivadas y ahora cubiertas
por la maleza. La conquista del suelo virgen,
todavía tan abundante, se
retrasó por más de un siglo.
Estos estragos materiales no eran únicos, pues hay
que tener también en cuenta el choque mental. Este fue tanto más profundo
porque la tempestad, sobre todo en el Imperio franco, sucedía a una calma
relativa. Sin duda, la paz carolingia no era muy antigua y nunca llegó a ser
completa, pero la memoria de los
hombres es corta y su capacidad de ilusiones, insondable. Nos lo atestigua la
historia de las fortificaciones de Reims, que, además, se repitió, con algunas
variantes, en más de alguna otra ciudad.*50 En tiempo de Luis el
Piadoso, el arzobispo solicitó del emperador el permiso para sacar piedras
de la antigua muralla romana y emplearlas en la reconstrucción de su catedral.
El monarca, que. escribe Flodoardo. “disfrutaba entonces de una paz profunda y,
orgulloso del poder de su Imperio, no temía ninguna incursión de bárbaros”,
dio su
consentimiento. Apenas
transcurridos cincuenta
años, llegaron
de nuevo los bárbaros,
y se tuvieron que construir a toda prisa nuevas fortificaciones.
Los muros y las empalizadas con las que entonces Europa empezó a
erizarse, fueron como el símbolo visible de una gran angustia. En adelante, el
pillaje se convirtió en un acontecimiento familiar, que las personas prudentes
preveían en sus contratos. Tal es, ese arrendamiento rural de los alrededores de
Luca, que en el 876, estipulaba la suspensión del alquiler “si la nación pagana
quema o devasta las casas y su contenido o el molino”;*51
o también, dieciocho años más tarde, el testamento de un rey de Wessex:
las limosnas con que carga sus bienes se pagarán sólo si cada tierra así gravada
“continúa poblada de hombres
y de
ganado y
no cambia en
desierto”.*52
Diversas en
su aplicación, semejantes por el sentimiento, trémulas oraciones,
que nos han conservada algunos libros litúrgicos, se rezaban de uno a otro
extremo de Occidente. En Provenza: “Trinidad eterna, libra a tu pueblo cristiano
de la opresión de los paganos” (que
en este
caso, como es lógico, son los musulmanes). En el norte de
la Galia:
“de la
feroz nación
normanda, que
devasta nuestros
reinos, líbranos, “oh Señor”.
En Módena, se dirigían a San Geminiano: “contra las flechas de los húngaros, sed
nuestro protector”.*53 Imaginemos, por un minuto, el estado de
espíritu de los fieles que. cada día, se asociaban a estas imploraciones. No es
en vano que una sociedad vive en situación de continua alerta. Es verdad que las
incursiones árabes, húngaras o escandinavas no tenían toda la responsabilidad de
la sombra que pesaba sobre las almas. Pero si una amplia parte.
Sin embargo, la sacudida no fue sólo destructora.
Del mismo desorden nacieron ciertas modificaciones, a veces profundas, en las
líneas fundamentales de la civilización en Europa occidental.
En la Galia, tuvieron lugar desplazamientos de
población que, si pudiéramos hacer algo más que adivinarlas, nos parecerían sin
duda trascendentales. A partir de Carlos el Calvo, vemos al gobierno
preocuparse, con poco éxito, de devolver a sus hogares a los campesinos que
huían del invasor. ¿Podemos creer que los habitantes del Bajo Limousin, que
varios textos nos muestran buscando asilo en la montaña, volvieran cada vez a su
punto de partida? Así, las llanuras, en particular la de Borgoña, parece que
estuvieron más afectadas por la despoblación que las tierras altas.*54
Entre los antiguos asentamientos que, en todas partes, desaparecieron, no todos
fueron destruidos a sangre y fuego. Muchos fueron simplemente abandonados por
refugios más seguros: como de ordinario, el peligro universal llevaba a la
concentración de la población. Mejor que las peregrinaciones de los laicos,
conocemos las de los monjes. Como, a lo largo de los caminos del exilio,
llevaban consigo, con sus cajas de reliquias, sus piadosas tradiciones, se
produjo un movimiento legendario muy propicio para fortificar, al propio tiempo
que el culto de los santos, la unidad católica. En especial, el gran éxodo de
las reliquias bretonas llevó muy lejos el conocimiento de una hagiografía
original, acogida con facilidad por las almas a las que agradaba la singularidad
misma de sus milagros.
Como consecuencia de una ocupación extranjera muy
extendida y persistente, fue en Inglaterra donde el mapa político y cultural
sufrió alteraciones más sensibles. El hundimiento de los reinos, hasta hace
pocos poderosos, de Northumbria, en el Noreste, y de la Mercia, en el Centro,
favoreció la ascensión del Wessex,
empezada ya en el periodo precedente, y convirtió a los reyes surgidos de esta tierra meridional en “emperadores de
toda la Bretaña”, como dice uno de sus documentos:*55 herencia de
Canuto, y, después, Guillermo el Conquistador, tenían que limitarse a
recoger de sus manos. Las ciudades del Sur, Winchester y, más tarde, Londres,
atrajeron en adelante a los tesoros guardados en sus castillos el producto de
los impuestos recaudados en todo el país. Los monasterios de Northumbria habían
sido ilustres centros de estudio; allí vivió Beda, y de allí partió Alcuino. Los
pillajes de los daneses, a los que vinieron a sumarse los saqueos sistemáticos
emprendidos por
Guillermo el
Conquistador, con
el fin
de castigar
y
prevenir las sublevaciones, pusieron
fin a esta hegemonía intelectual. Es más: una parte, de la zona septentrional
escapó para siempre de la propia Inglaterra. Cortadas
de las otras poblaciones
de igual
lengua por
el establecimiento de
los vikingos en el
Yorkshire, las tierras
bajas de
habla anglosajona, alrededor de
la ciudadela northumbria de Edimburgo, cayeron bajo la dominación de los
jefes celtas de las montañas. De esta forma el reino de Escocia, en su dualidad
lingüística. fue por contragolpe, una creación de la invasión escandinava.
II. LA APORTACIÓN HUMANA: EL TESTIMONIO DE LA
LENGUA Y DE LOS HOMBRES
Ni los bandidos sarracenos, ni, fuera de la
llanura danubiana, los andariegos húngaros mezclaron su sangre, en proporción
apreciable, a la de la vieja Europa. Los escandinavos, por el contrario, no se
limitaron sólo al pillaje: en sus establecimientos de Inglaterra
y de la Normandía
introdujeron un elemento humano
nuevo. ¿Como medir esta aportación? Los datos antropológicos son incapaces de
proporcionar nada seguro en el estado actual de la ciencia. Es necesario
recurrir, resumiéndolos, a diversos testimonios de naturaleza más indirecta.
Entre los normandos del Sena, en los alrededores
de Ruán, desde 940 aproximadamente, la lengua nórdica cesó de ser de uso
general. Contrariamente, en esta época continuaba siendo hablada en el Bessin,
quizás poblado en tiempos más tardíos
por una nueva corriente de emigrados; y su importancia
en el principado seguía siendo los bastante grande para que el duque
reinante creyese necesario hacerla aprender a su heredero. Por una coincidencia
sorprendente, en este momento podemos observar, por última vez, la existencia de
grupos paganos con suficiente fuerza par desempeñar un importante papel en los
disturbios que siguieron a la muerte del duque Guillermo de la Larga Espada,
asesinado en el 942. Hasta los primeros años del siglo XI, alrededor de estos
“condes de Rúan” largo tiempo fíeles, nos dice una saga, “al recuerdo de su
parentesco” con los jefes del Norte,*56 debieron existir hombres que,
sin duda bilingües, eran capaces de usar idiomas escandinavos. De otra forma no
se podría explicar cómo, hacia el año mil, los allegados de la vizcondesa de
Limoges, raptada en las costas del Poitou por una banda de vikingos y llevada
por sus raptores “mas allá de los mares”, recurrieran para obtener su liberación
a los buenos oficios del duque Ricardo II; que este mismo
príncipe, en 1013, tomase
a su
servicio las hordas de Olaf y
que, al año siguiente, algunos de sus súbditos pudiesen combatir en el ejército
del rey danés de Dublín.*57 Sin embargo, desde este momento,
favorecida a la vez por el acercamiento religioso y por la disminución de las
aportaciones humanas, que en el período inmediato a la conquista se sucedieron
con cortos intervalos, la asimilación lingüística debía estar casi terminada;
Adémar de Chabannes, que
escribía en
1028 o
poco antes,
la consideraba
realizada.*58 Del
habla de los compañeros de Rollon, el dialecto románico de Normandía y, por su
mediación, el
francés vulgar,
no tomaron
más que
algunas
palabras técnicas, que casi todas
—dejando aparte de manera provisional la vida agraria— se refieren a la
navegación o a la topografía de las costas; havre y crique, por
ejemplo. Si las palabras de este tipo continuaron vivas, a pesar de la
influencia románica, fue por la imposibilidad de hallar equivalentes en el
lenguaje de
un pueblo
del interior, incapaz
tanto de
construir navíos como para
describir la fisonomía de un litoral.
En Inglaterra, la evolución siguió otros caminos.
Como en el continente, los escandinavos no persistieron en su aislamiento
lingüístico; aprendieron el anglosajón, pero de una manera muy particular.
Sometiéndose bien o mal a su gramática y adoptando una gran parte de su léxico,
no dejaron de introducir palabras de su lengua original. En contacto estrecho
con los inmigrados, los indígenas, a su vez, se acostumbraron a usar con
amplitud este vocabulario extranjero. El nacionalismo de la palabra y del estilo
era entonces un sentimiento desconocido. incluso entre los escritores más
aferrados a las tradiciones de su pueblo. ¿Acaso uno de los más antiguos
ejemplos de préstamos tomados a la lengua de los vikingos, no lo tenemos en el
canto de la batalla de Maldon que
enaltece la gloria de los guerreros de Essex, caídos, en el 991, en un combate
contra una banda de estos “locos asesinos”? No es necesario aquí hojear
diccionarios técnicos. Nombres muy
usuales, tales como “cielo” (sky) o “compañero” (fellow);
adjetivos de uso tan corriente como “bajo” (low) o “enfermo” (ill);
verbos continuamente empleados como “llamar” (to call) o “tomar”
(lo take); hasta algunos pronombres (los de la tercera persona del plural);
tantos términos que nos parecen hoy día típicamente ingleses y que,
en realidad, con muchos otros, nacieron en el Norte. De suerte, que los
millones de hombres que en el siglo XX hablan, por todo el mundo, la más
extendida de las lenguas europeas, se expresarían en su vida cotidiana de forma
muy distinta si las costas de Northumbria no hubieran visto jamás las barcas de
los “hombres del mar”.
Muy imprudente sería, sin embargo, el historiador
que, comparando esta riqueza con la pobreza de la deuda contraída por el francés
con las lenguas escandinavas imagínese entre las cifras de las poblaciones
inmigradas una diferencia exactamente proporcional a la de los prestamos
lingüísticos. La influencia de una lengua que muere sobre otra en competencia
que sobrevive, no puede calcularse con exactitud por el número de individuos a
los que la primera servía
originalmente de
medio de
expresión. Las
condiciones propias
a los hechos del lenguaje no tienen un papel menos considerable.
Separados por un verdadero abismo de
los dialectos románicos de la Galia, el danés y el noruego, en la época de los
vikingos, se acercaban, por el contrario, al viejo inglés, nacido como ellos del
tronco germánico común. Tanto por el valor semántico, como por la forma, algunas
palabras eran iguales. Otras, que
tenían el mismo sentido, ofrecían formas cercanas, entre las que se podía
titubear. Incluso donde un vocablo escandinavo suplantó al inglés, de aspecto
muy distinto, la introducción
fue facilitada
con frecuencia
por la
presencia, en la lengua indígena,
de otras palabras que, por tener la misma raíz, se relacionan con
un orden
de ideas
análogo. De
todas suertes,
la formación
de esta
especie de jerga quedaría inexplicada si muchos escandinavos no hubiesen
vivido en el territorio inglés y
mantenido constantes relaciones con los antiguos
habitantes.
Si muchos de estos préstamos acabaron por
infiltrarse en la lengua vulgar fue casi siempre por mediación de los dialectos
propios de Inglaterra del Norte y del Nordeste. Otros, quedaron confinados en
estos dialectos. En efecto, allí — en particular en el Yorkshire, Cumberland,
Westmoreland, norte de Lancashire y región de los “Five Boroughs” (Lincoln.
Stamtord, Leicester, Nottíngham y Derby) — los nobles, llegados de más allá de
los mares, organizaron sus señoríos más importantes y duraderos. También en
esta región y con gran intensidad, había tenido lugar la ocupación del suelo Las
crónicas anglosajonas cuentan que, en
el 876, el jefe vikingo que residía en York cedió la región de Dura a sus
compañeros “y estos desde entonces la cultivaron”. Y más tarde, en el año 877:
“después de la cosecha, el ejército danés ocupó la Mercia y se atribuyó una
parte”. Acerca de esta ocupación campesina, las indicaciones de la lingüística,
cuyo interés no es menor, confirman plenamente el testimonio de los narradores.
Pues la mayor parte de las palabras cedidas designaban
objetos humildes o acciones
familiares y sólo los rurales, en
íntimo contacto con otros rurales podían enseñar a sus vecinos nombres nuevos,
para el pan (bread), el huevo (egg) o la raíz (root).
La importancia, en suelo inglés, de esta
aportación resalta con no menos nitidez del estudio de los nombres de persona.
Los más instructivos no son los que usaban las clases altas, pues, para ellas,
la elección obedecía ante todo a los prestigios de una moda jerárquica, seguida
con tanta más voluntad cuanto que ningún otro principio le hacia competencia en
los siglos X y XI: las reglas de la transmisión familiar perdieron toda
vigencia; los padrinos no tenían todavía la costumbre de imponer sus nombres a
sus ahijados, ni los padres y la
madres, incluso entre las personas más piadosas, la de dar unidamente santos
por epónimos a sus hijos. De hecho, después de la conquista de 1066, los nombres
de origen escandinavo, hasta entonces muy extendidos entre la aristocracia
inglesa, no tardaron más de un siglo en ser unánimemente abandonados por todos
los que pretendían una cierta distinción social. Por el contrario, continuaron
durante mucho tiempo en
uso en las masas campesinas e incluso en las burguesas, a las que no
asaltaba la idea de asimilarse a una casta victoriosa: en Anglia Oriental, hasta
el siglo XIII; en los condados de Lincoln y de York, hasta el siglo siguiente:
en el de Lancaster hasta los últimos tiempos
de la Edad
Media. Naturalmente,
nada autoriza
a pensar
que entonces fuesen
llevados de
manera exclusiva por los
descendientes de los
vikingos.
¿Cómo no creer, por el
contrario, que en el campo, en
el interior
de una
misma clase social, la imitación y los matrimonios no habían ejercido su
acción habitual? Pero estas
influencias sólo pudieron
ejercerse porque
los inmigrantes se establecieron en
gran número
entre los antiguos habitantes,
para vivir, junto a ellos la
misma vida humilde.
Acerca de la Normandía neustria, lo poco que
permite entrever la lamentable falta de investigaciones eruditas conduce a
imaginar una evolución sensiblemente paralela a la de los condados ingleses más
influidos por los escandinavo. Aunque el uso de algunos nombres de origen
nórdico, como Osbern, se conservase entre la nobleza hasta el siglo XII. al
menos, las clases sociales altas, en su conjunto, parecen haber seguido pronto
las modas francesas. El propio Rollon dio el ejemplo, haciendo bautizar a su
hijo, nacido en Rúan, con el nombre de Guillermo.
Desde entonces ningún duque
volvió en este punto
a las tradiciones
ancestrales; es
evidente que
no
deseaban distinguirse de los otros
grandes nobles del reino. Del mismo modo que en la Gran Bretaña las capas
inferiores de la población se mantuvieron mucho más fieles a la tradición,
corno lo atestigua la actual existencia, en la región normanda, de
un cierto número
de patronímicos sacados de
antiguos nombres escandinavos. Por lo que sabemos de la onomástica, no podemos
pensar que se pudieran fijar, hereditariamente, antes del siglo XIII. Aunque en
menor número e intensidad que en Inglaterra, estos hechos evocan la existencia
de un cierto poblamiento campesino.
Así, en las propias regiones donde habían creado
tantos vacíos, los vikingos, llegado el momento, fundaron más de un nuevo
establecimiento; de esto, la toponimia nos ha de proporcionar suficientes
pruebas.
A decir verdad, en Normandía no es fácil separar
los nombres de lugar escandinavos de los de un substrato germánico, más
antiguo, que provendría de una colonización sajona contemporánea de las
invasiones bárbaras y muy bien atestiguada, como mínimo en el Bessin. Parece,
sin embargo, que las dudas, en la mayoría de los casos, hay que resolverlas en
favor de la inmigración más reciente. Si, por ejemplo, se establece, como es
fácil hacerlo con bastante exactitud, la lista de las tierras que poseían
alrededor del Bajo Sena los monjes de Saint-Wandrille, hacia el final de la
época merovingia, se desprenden dos enseñanzas características: los nombres son
todos galorromanos o de la época franca, sin confusión posible con la aportación
nórdica posterior; una gran parte son imposibles de identificar, justamente
porque en tiempos de la invasión normanda la mayoría de los centros de población
fueron destruidos o perdieron su
nombre.*59 Pero en
el presente caso sólo nos interesan los fenómenos de masa, que son los
menos sujetos a caución. Los pueblos con desinencia escandinava se agrupan, muy
próximos unos a otros, en el Roumois y el Caux. más allá se espacian, si bien
se encuentran algunas pequeñas constelaciones relativamente agrupadas, como la
que, entre el Sena y el Risle, junto al bosque de Londe —cuyo nombre es también
nórdico—, recuerda las roturaciones de colonos familiarizados, ya en su madre
patria, con la vida de la gente de los bosques. Según todas las apariencias, los
conquistadores evitaban, a la
vez, el dispersarse con
exceso y el alejarse demasiado del mar. Parece que no puede señalarse
ninguna huella de su ocupación en el Vexin, el Alençonnais o la región de
Avranches.
Al otro lado del canal se encuentran los mismos
contrastes, si bien esparcidos sobre espacios más vastos. Muy densos en el gran
condado de York y en las regiones que. al sur de la bahía de Solway, bordean el
mar de Irlanda, los nombres característicos —escandinavos por completo o, en
ocasiones, escandinavizados van clareando a medida que se pasa hacia el Mediodía
o el Centro, hasta el punto de reducirse a unas pocas unidades cuando, con los
condados de Buckingham
y Bedford, se llega
a las proximidades de
las colinas que limitan la llanura del Támesis por el Nordeste.
Cierto que no todos los lugares bautizados a la
moda de los vikingos eran aglomeraciones nuevas o de población completamente
renovada. Existen excepciones, probadas
por hechos
indiscutibles. Los colonos
que al
fijarse
a orillas del Sena, en la salida de un
pequeño valle, imaginaron llamar a este establecimiento, en su lengua, “el
riachuelo frío” —ahora, Candebec—, no se puede poner en duda que eran todos, o
casi todos, de habla nórdica. Muchos lugares, en el norte del Yorkshire, se
llaman “pueblo de los Ingleses”, étglemt (la partícula by es, de
otra parte, indiscutiblemente escandinava), denominación que hubiese estado desprovista de sentido si, en un
momento y en un lugar dado de la vida del país, el poseer una población inglesa
no hubiese sido algo muy particular. En los sitios donde, al propio tiempo que
la aglomeración urbana, los demás sectores de la comarca tomaron nombres
importados, es evidente que la humilde toponimia de los campos no pudo ser
renovada de esta forma más que por gentes campesinas. Este caso es frecuente en
el nordeste de Inglaterra. Por lo que se refiere a Normandía, tenemos que
confesar de nuevo que las investigaciones son insuficientes. Por desgracia,
otros testimonios ofrecen menor seguridad. Tanto en Inglaterra como
a orillas
del Sena,
un gran
número de
aldeas se
designan por
un nombre compuesto, cuyo
primer término es siempre un nombre de hombre, de origen escandinavo. Pero que
este personaje epónimo, en el que hay que ver seguramente un jefe, fuese un
inmigrado, no implica que todos sus súbditos tuvieran el mismo origen. Entre los
labrantines de cuyo trabajo vivía Hastein, señor de
Hattentot en Caux o Tofi,
señor de Towthorpe en el
Yorkshire, ¿quién nos dirá
cuantos, antes de la llegada de estos amos, de generación en generación, habían
vivido ya en el suelo que regaban con su sudor? Estas reservas se imponen aún
con más evidencia cuando, en el doble nombre, el segundo elemento, que en los
ejemplos precedentes era, como el primero, de procedencia extranjera, pertenece,
por el contrario, a la lengua indígena. Los hombres que al hablar de la tierra
del noble Hakon, la llamaban Hacquenville, habían olvidado la lengua de los
invasores o, con más probabilidad, no la usaron nunca.
III. LA
APORTACIÓN HUMANA:
EL TESTIMONIO
DEL DERECHO
Y DE
LA ESTRUCTURA SOCIAL
En el terreno jurídico, los testimonios también
son de desigual importancia. Muchas influencias se explican por la presencia del
grupo de gobernadores extranjeros. En la Inglaterra conquistada, por ejemplo,
como quiera que los señores administraban justicia, habituaron a sus súbditos,
incluso a los ingleses, a invocar la ley bajo el nombre familiar a los hombres
de más allá de los mares: lagulaw. A la manera del mundo nórdico, dividieron el
país en circunscripciones: wapentakes, ridings. Bajo la acción de los
jefes inmigrados, se introdujo un Derecho completamente nuevo. Hacia el 962,
después de las victorias de los reyes de Wessex, uno de ellos, Edgardo,
declaraba: “Ordeno que entre los daneses
el Derecho
secular continúe
regulado según
sus buenas costumbres”.*60
De hecho, los condados, que poco artes Alfredo tuvo que abandonar a los vikingos
continuaron, en su mayor parte, hasta el siglo XII, reunidos bajo
la denominación
común de
“país de
ley danesa” (Danelaw),
Pero la región así llamada, se extendía mucho más allá de los
limites en el interior de los cuales la toponimia señala un intenso poblamiento
escandinavo; lo que se debe
a que,
en cada
territorio, los usos
jurídicos eran fijados
por
grandes asambleas judiciales locales,
en las que los poderosos, muchas veces de distinto origen que la masa, tenían
voz preponderante. En Normandía, aunque el vasallo continuó durante algún tiempo
siendo designado con el término importado de dreng y la legislación de
paz conservó, hasta el fin. la huella escandinava, estas supervivencias son de
las que no permiten ninguna conclusión cierta sobre la amplitud de la
inmigración, pues el vocabulario del vasallaje, afectaba a un medio muy
restringido, y el orden público era, por esencia, cosa del príncipe.*61
En su conjunto, y haciendo excepción, como veremos, de ciertas particularidades
relativas a la jerarquía de las clases militares, el Derecho normando perdió muy
rápidamente todo color étnico original. Sin duda, la misma concentración de la
autoridad en manos de los duques, que muy pronto se complacieron en adoptar las
costumbres de la aristocracia francesa, era más favorable a la asimilación
jurídica que, en el Danelaw, el fraccionamiento de los poderes.
En ambos lugares, para
medir la profundidad de la
ocupación escandinava hay que observar, con preferencia, la estructura de los
grupos inferiores en dimensiones a la provincia o al condado; las villas
inglesas, de las que muchas, como
Leicester y Stamford, durante largo tiempo conservaron las tradiciones
judiciales, de los guerreros y mercaderes establecidos allí en el momento de la
invasión; y sobre todo, en Normandía, lo mismo que en Inglaterra, las pequeñas
colectividades rurales.
El conjunto de tierras dependientes de la casa
rural se llamaba, en la Dinamarca medieval, bol. La palabra pasó a
Normandía, donde se fijó más tarde en algunos nombres de lugar y también tomó
el sentido de cercado, comprendiendo, con el jardín o el huerto, los
edificios de explotación. En la llanura de Caen y en una gran parte del Danelaw,
una misma palabra designa, en el
interior de
las fincas, los conjuntos
de parcelas alargadas una junto
a otra siguiendo una
orientación paralela: delle en Francia, date en Inglaterra. Una
coincidencia tan sorprendente entre dos zonas sin relaciones directas entre sí,
no puede explicarse más que por una influencia étnica común. La región de Caux
se distingue de las regiones francesas cercanas por la forma particular
de sus campos,
que son
toscamente cuadrados y
repartidos como al
azar; esta originalidad
parece suponer
una remoción
rural, posterior al
poblamiento de
los alrededores. En la Inglaterra danesa, la mudanza fue lo
bastante grave para producir la desaparición de la unidad agraria primitiva, la
hide, y su sustitución por otra medida más pe quena, la charruée.*62
Algunos jefes satisfechos de ocupar sobre los villanos nacidos en la misma
tierra el lugar de los antiguos señores, ¿hubieran tenido el deseo o la fuerza
suficiente para transformar de este modo el modesto léxico de los campos o para
modificar el dibujo de los límites de las fincas?
Entre la estructura social del Danelaw y la de
Normandía, se marca un rastro común que muestra un profundo parentesco de las
instituciones. El vínculo servil que, en el resto del norte de Francia,
establece entre el señor y su hombre una relación hereditaria tan fuerte
y tan dura, las tierras normandas no lo conocieron en absoluto o si, quizá antes
de Rollon, empezó a formarse, su desarrollo se interrumpió entonces por
completo. Asimismo, el norte y el noreste de Inglaterra se caracterizaron
durante mucho tiempo por la extensión de las inmunidades campesinas. Entre los
pequeños agricultores, muchos, aunque generalmente dependientes de tribunales
señoriales, tenían categoría de hombres libres por completo: podían cambiar de
señorío a voluntad; enajenaban sus tierras según sus conveniencias y, en total,
soportaban cargas menos pesadas y mejor reguladas que las que pesaban sobre
algunos de sus vecinos menos favorecidos, es decir, fuera de
la tierra danesa, sobre la mayor parte de los villanos o pecheros.
Fuego, es seguro que en la época de los vikingos
el régimen señorial era en absoluto
extraño a
los pueblos
escandinavos. Sin
embargo, los conquistadores
que, poco numerosos, se limitaban a vivir del trabajo de las poblaciones
vencidas, no debieron repugnar el mantener a éstas en la antigua sujeción. El
hecho de que los invasores hubieran transportado a sus nuevos establecimientos
sus tradicionales costumbres de independencia campesina habría supuesto, con
toda evidencia, un poblamiento mucho más intenso y masivo; no era una
servidumbre ignorada en la madre patria lo que los guerreros, cambiando, después
del reparto de la tierra, la lanza por el arado o la azada venían a buscar tan
lejos. Sin duda con bastante rapidez los sucesores de los primeros llegados
debieron aceptar algunos de los cuadros
de mando
que imponían
las condiciones del ambiente. Los jefes inmigrados se esforzaron en
imitar el fructuoso ejemplo de sus iguales de otra raza. Y una
vez reinstalada, la Iglesia, que sacaba de las rentas señoriales lo mejor
de su subsistencia, actuó en un sentido análogo. Ni Normandía ni el Danelaw
fueron países sin señorío, pero, durante largos siglos, la subordinación fue en
ellos menos estricta y general que en otras partes.
Vemos, pues, que todo conduce a las mismas
conclusiones. Ninguna imagen tan falsa como el representarse, por el ejemplo de
los compañeros*63 franceses de Guillermo el Conquistador,
a los inmigrados escandinavos únicamente bajo el
aspecto de
una clase
de jefes.
Ciertamente, en
Normandía, como en
el norte y
nordeste de Inglaterra,
fueron muchos
los guerreros
campesinos, semejantes a los
representados en la estela sueca, que desembarcaron de las naves nórdicas.
Establecidos una veces en los espacios arrebatados a los antiguos ocupantes o
abandonados por los fugitivos, y otras, en los intersticios del primitivo
sistema de poblamiento, estos colonos fueron los suficientes para crear o
repoblar pueblos enteros, para esparcir alrededor de ellos su vocabulario y su
onomástica y para modificar, en algunos puntos vitales, la armazón agraria y
hasta la misma estructura de las sociedades campesinas, por otra parte ya
profundamente trastocadas por la invasión.
No obstante, en Francia, la influencia escandinava
fue en suma menos fuerte y, salvo en la vida
rural, que es conservadora
por naturaleza, se mostró
menos perdurable que en tierra inglesa. Acerca de esto, el
testimonio de la Arqueología confirma lo mencionado precedentemente. A pesar de
la lamentable imperfección de nuestros inventarios, nadie puede poner en duda
que los vestigios del arte nórdico son en Normandía mucho más raros que en
Inglaterra. Muchas razones explican estos contrastes. La menor extensión de la región granear escandinavizada, la hacía más permeable a las
acciones exteriores. La antítesis, mucho más radical, entre la civilización
autóctona y la civilización importada, por el hecho mismo de no favorecer los
cambios entre una y otra, llevaba a la asimilación, pura y simple, de la menos
resistente de las dos. El país,
verosímilmente, estuvo siempre más poblado, y, por consiguiente, a excepción
del Roumois y el Caux devastados de manera salvaje, los grupos indígenas, que
habían permanecido en sus tierras después de la invasión, conservaban una mayor
densidad. Por último, llegados en algunas oleadas durante un periodo muy corto
—mientras que en Inglaterra el aflujo por olas sucesivas se prosiguió durante
más de dos siglos— los invasores fueron, incluso proporcionalmente al terreno
ocupado, en numero sensiblemente menor.
IV. LA
APORTACIÓN HUMANA:
PROBLEMAS DE
PROCEDENCIA
Poblamiento más o menos intensivo por gentes del
Norte, sea, pero, ¿de qué regiones exactamente? La discriminación no era siempre
fácil, incluso a los mismos contemporáneos. Entre uno y otro dialecto
escandinavo no había mucha diferencia, y las primeras bandas, compuestas de
aventureros unidos para el pillaje, estaban según parece muy mezcladas. Sin
embargo, los diversos pueblos poseían cada uno sus propias tradiciones y,
siempre vivo, el sentimiento que tenían de su individualidad nacional, a medida
que se constituían los grandes reinos, se fue agudizando. En las tierras
conquistadas, daneses y noruegos se enfrentaron en ásperas luchas.
Sucesivamente, se vio a estos hermanos enemigos disputarse las Hébridas, los
pequeños reinos de la costa irlandesa,
el de York y en los Five Buroughs, a las guarniciones danesas llamar, contra el
ejército rival, al rey inglés de Wesex.*64 Este particularismo, que
provenía a veces de diferencias profundas entre las costumbres étnicas, hace más
deseable el poder determinar, establecimiento por establecimiento, el origen
preciso de los invasores.
Como se
ha visto,
entre los
conquistadores de Inglaterra
bajo Canuto
figuraban suecos. Otros tomaron
parte en
el saqueo
de los
Estados francos:
por ejemplo, ese Gudmar cuyo
cenotafio, en la provincia a de Södermanland, evoca la muerte “allá, hacia el
Oeste, en la Galia”.*65 No
obstante, la mayor parte de sus compatriotas preferían otros caminos; las
orillas orientales y meridionales del Báltico estaban demasiado próximas y las
presas que ofrecían los mercados de
los ríos rusos demasiado tentadoras para que no se les concediese la
preferencia. Familiarizados con la ruta marítima que contorneaba la Gran Bretaña
por el Norte, los noruegos proporcionaron el mayor contingente a la a la
colonización de los archipiélagos sembrados a lo largo de este periplo, así como
a la de Irlanda. más que de la península escandinava, fue de estas islas de
donde partieron para la conquista de Inglaterra. Se explica así que fueran casi
los únicos invasores que poblaron los condados de la costa occidental, desde la
bahía de Solway hasta el Dee, más adentro, se señalan aun sus huellas,
relativamente abundantes en el oeste del de los Five Boroughs. Pero, en estas
tierras, mezclados siempre con los establecimientos daneses. Estos, en toda la
zona mixta, fueron en total infinitamente más densos. Es evidente que la mayor
parte de los emigrantes establecidos en el suelo inglés pertenecían al más
meridional de los pueblos escandinavos.
Por lo que se refiere a Normandía, las fuentes
narrativas son de una desesperante pobreza. Y lo que es peor, se contradicen:
mientras que los duques parecen haberse presentado a sí mismos como de origen
danés, una saga normanda hace a Rollon noruego. Quedan los testimonios de la toponimia y de las costumbres agrarias, pero unos y otros han
sido estudiados de manera insuficiente. La presencia de elementos daneses parece
cierta; asimismo la de hombres del sur de Noruega. ¿En qué proporciones? ¿Según
qué repartición geográfica? Por el momento, no es posible contestar a estas
preguntas. Y si nos arriesgamos a insinuar que los contrastes tan netos entre
las tierras del Caux de una parte y las de la llanura de Caen por la otra,
podrían relacionarse con una diferencia de poblamiento —los campos
irregulares del Caux recuerdan los de Noruega, los alargados del Bessin, los
de Dinamarca—, no lanzamos esta hipótesis tan frágil más que con una
intención bien clara: la voluntad de no dejar que el lector olvide que la
historia tiene aún todo el encanto de una excavación inacabada.
V. LAS
ENSEÑANZAS
Que un puñado de bandidos encaramados en una
colina provenzal pudiese, casi durante un siglo, esparcir la inseguridad a lo
largo de un inmenso macizo montañoso y semi-taponar algunos de los caminos
vitales de la cristiandad; que durante mayor tiempo aún, pequeñas hordas de
jinetes de la estepa pudiesen asolar el Occidente en todos sentidos; que, de año
en año, desde Luis el Piadoso hasta los primeros Capetos y, en
Inglaterra, hasta Guillermo el Conquistador las barcas del Norte lanzasen
impunemente a las costas germanas, galas o británicas las bandas dedicadas al
saqueo; que, para apaciguar a estos bandidos, fuesen quienes fuesen, fuera
necesario entregarles elevados
rescates, y, a
lo más
temibles de ellos,
cederles extensos territorios: todo esto forma un conjunto de hechos
sorprendentes. Lo mismo que los progresos de la enfermedad, señalan al medico la
vida secreta de un cuerpo, asimismo, a los ojos del historiador, la marcha
victoriosa de una gran calamidad
toma, para
con la
sociedad así
atacada, todo
el valor
de un síntoma.
Los
sarracenos del
Freinet recibían
sus refuerzos
por mar:
las olas
llevaban las naves
de los
vikingos hasta
los terrenos
de caza
que les
eran familiares.
Cortar a los
invasores el
camino marítimo era sin duda
el mejor
medio de
prevenir sus saqueos. Así,
vemos a los árabes españoles impidiendo a los piratas escandinavos la navegación
por las aguas meridionales; más tarde, las victorias de la flota creada por el
rey Alfredo y, en el siglo XI, la limpieza
llevada a cabo en el Mediterráneo por las ciudades italianas Pues bien,
al principio al menos, los poderes del mando cristiano manifestaron en este
aspecto una incapacidad casi unánime. ¿No se vio a los señores de esa costa
provenzal, donde se anidan hoy día tantos pueblos de pescadores, implorar el
socorro de la lejana marina griega? No digamos que los príncipes no poseían
navíos de guerra. En el estado en que se encontraba el arte naval, hubiera sido suficiente requisar algunas barcas de pesca y de comercio, o
reclamar, para lograr mayor perfección, los buenos oficios de algunos calafates;
cualquier población de marineros hubiese proporcionado las tripulaciones. Pero parece que el Occidente se encontraba entonces casi
totalmente deshabituado a las cosas del mar, y este extraño desvío no es la
menos curiosa evidencia que nos ofrece la historia de las invasiones. En el
litoral de Provenza, las poblaciones situadas en la época romana a orillas de
las calas, se habían trasladado hacia el interior.*66 Alcuino, en la
carta que escribió al rey y a
los grandes de Northumbria, después del primer pillaje normando, el de
Lindisfarne, tiene una expresión que hace meditar: “jamás”, dice, “se creyó en
la posibilidad de una navegación semejante”.*67 Y, sin embargo, no se
trataba más que de atravesar d mar del Norte. Cuando, después de un intervalo
de casi un siglo. Alfredo se decidió a combatir a los enemigos en su propio
elemento, tuvo que reclutar una par de sus manos en (la) Frisia, cuyos
habitantes estaban especializados, desde muy antiguo, en el oficio, casi
abandonado por sus vecinos, de la navegación de cabotaje a lo largo de las
costas septentrionales. La marina indígena no estuvo organizada hasta la época
de su bisnieto Edgardo (959-975).*68 La Galia se mostró todavía mucho
más lenta en saber observar más allá de sus acantilados o de sus dunas. Es
significativo que el vocabulario marítimo francés en su parte más considerable,
al me nos en la región del Oeste, sea de formación tardía, a base de
elementos del escandinavo y del inglés.
Una vez en tierra las bandas sarracenas o
normandas, así como las hordas húngaras, eran muy difíciles de detener. Sólo
pueden existir condiciones de seguridad
allí donde los
hombres viven
unos próximos
a los otros: pero,
en esa época, hasta en las
regiones más favorecidas, la población, en relación con nuestros patrones
actuales, no alcanzaba más que una débil densidad.
Multitud de
espacios vacíos,
eriales y
bosques ofrecían
caminos propicios
a las sorpresas. Estas
espesuras pantanosas que un día ocultaron la huida del rey Alfredo, podían
también encubrir el camino de los invasores. En suma, el obstáculo era el mismo
con el que se enfrentan en la actualidad los oficiales que se esfuerzan en
mantener la seguridad en las fronteras marroquíes o las de Mauritania.
Aumentado, como es lógico, por la ausencia de toda superior autoridad capaz de
vigilar con eficacia tan vastas extensiones.
El armamento de los sarracenos y normandos no era
superior al de sus adversarios. En las tumbas de los vikingos, las mejores
espadas son de fabricación franca; son las “espadas de Flandes”, de que hablan
tan a menudo las leyendas
escandinavas. Los
mismos textos tocan a sus
héroes con
“yelmos galeses”. Los húngaros, jinetes de la estepa. eran
probablemente mejores jinetes y mejores arqueros que los occidentales y, sin
embargo, fueron vencidos muchas veces en batalla campal. Si los invasores
poseían una superioridad militar, era mucho menos de naturaleza técnica que de
origen social.
Como
mucho más tarde
los mogoles,
los húngaros
por su
misma forma
de vida estaban preparados para
la guerra.
“Cuando
dos bandos
son iguales
por el
numero y
por la fuerza,
el más habituado a la vida
nómada consigue la victoria.”
La
observación la
hizo el
historiador árabe
Ib-Khaldun.*69 Tuvo
en la
Antigüedad una trascendencia casi
universal: al menos, hasta el día en que los
sedentarios pudieron llamar en su auxilio los recursos de una organización
política perfeccionada y de un armamento científico. Es que el nómada es un
“soldado nato”, siempre dispuesto a salir de expedición con sus medios
ordinarios, su caballo, su equipo y sus provisiones; poseyendo un instinto
estratégico, muy raro, por lo general, en los sedentarios. En cuanto a los
sarracenos, y, sobre todo, los vikingos, sus destacamentos esta han expresamente
constituidos para la lucha. ¿Que
podían, frente a esas tropas curtidas, las levas improvisadas, reunidas en el
último momento por todo el país va invadido? Compárese, en
los relatos
de las crónicas inglesas,
el entusiasmo del here -—el
ejército
danés
— con la torpeza del fyrd anglosajón,
pesada milicia de la que sólo se puede obtener
rendimiento, si ha de ser algo
prolongado, permitiendo, por un sistema de relevos,
el retorno periódico de cada
hombre a su
tierra, Estos
contrastes, a decir verdad,
sólo fueron particularmente vivos al principio. A medida que los vikingos se
transformaban en colonos y los húngaros, alrededor del Danubio, en campesinos,
nuevas preocupaciones dificultaron sus movimientos. Además el Occidente con su
sistema de vasallaje o de feudos tuvo pronto una clase de combatientes
profesionales. La incapacidad
de este
mecanismo, montado para la
guerra, para proporcionar los medios de una resistencia verdadera mente eficaz,
dice mucho acerca de sus defectos internos.
¿Consentían realmente en batirse estos soldados de
oficio? “Todo el mundo huye”, escribía en el 862 o poco después el monje
Ermentario.*70 De hecho, hasta en los hombres en apariencia mejor
preparados, los primeros invasores parecen haber producido una impresión de
terror pánico cuyos efectos paralizantes evocan los relatos de los etnógrafos
sobre la huida desatinada de ciertas tribus primitivas —por otra parte muy
belicosas—, ante la presencia de todo extranjero:*71 valientes frente
el peligro que les es familiar, las almas rudas son de ordinario incapaces de soportar la
sorpresa y el misterio. El monje de Saint-Germain-des-Prés que relató, poco
después del acontecimiento, la incursión por el Sena de las bandas normandas en
el 845, observa con acento confundido
"que nadie
hasta entonces
oyó hablar
de una
cosa parecida
ni leído nada semejante en los
libros”.*72 Esta emotividad estaba fomentada por la atmósfera de
leyenda y de Apocalipsis que inundaba las mentes. En los húngaros, según Rémi de
Auxerre, “innumerables personas” creían reconocer los pueblos de Gog y Magog,
anunciadores del Anticristo.*73 La idea misma, extendida
universalmente, de que estas calamidades eran un castigo divino predisponía a
inclinarse mansamente ante los hechos. Las cartas que Alcuino expidió desde
Inglaterra después del desastre de Lindisfarne, no son más que exhortaciones a
la virtud y al arrepentimiento; pero, de la organización de la resistencia, ni
una palabra. Sin embargo los ejemplos de cobardía verdadera- mente probada
corresponden al período más antiguo; más tarde, se adquirió algo más de
presencia de ánimo.
La verdad profunda es que los jefes eran mucho más
capaces de combatir, si su propia vida o sus bienes estaban en juego, que de
organizar metódicamente la defensa y
—con pocas excepciones—de comprender las relaciones entre el interés particular
y el general. Ermentario no se equivocaba cuando, entre las causas de las
victorias escandinavas, colocaba, junto a la pusilanimidad y el embotamiento
de los cristianos, sus disensiones. Que los bandidos del Freinet
viesen a un rey de Italia pactar con ellos; que otro rey de Italia, Berenguer
tomase a su servicio a los húngaros y un rey de Aquitania, Pipino a los
normandos; que los
parisienses lanzasen, en
el 885, a
los vikingos sobre la Borgoña; que la ciudad de Gaeta, durante mucho
tiempo aliada de los sarracenos del
Monte Argento,
consintiese sólo a
cambio de
tierras y
de oro en prestar su apoyo
a la liga formada para expulsar a esos bandidos; estos episodios, entre
tantos otros, lanzan una luz particularmente cruel sobre la mentalidad común. A
pesar de todo, ¿los soberanos se esforzaban en luchar? Con demasiada frecuencia,
la empresa acababa como, en 881, la de Luis III, que
habiendo construido
un castillo
junto al
Escalda para
cerrar el
camino a
los normandos, “no pudo encontrar nadie para guardarlo”. Para la
generalidad de las huestes reales, se puede repetir lo que, no sin un cierto
optimismo, decía un monje parisiense
de la leva del 845: “de los guerreros convocados acudieron muchos, pero no
todos”.*74 más sintomático es aún el caso de Otón
el Grande, que siendo el monarca más poderoso entre los de su
tiempo, no consiguió nunca reunir una pequeña hueste con la cual poner fin a los
disturbios en el Freinet. Si, en Inglaterra, los reyes de Wessex, hasta el
hundimiento final, llevaron con valentía y con eficacia el combate contra los
daneses; si, en Alemania, Otón actuó del mismo modo contra los húngaros, la
única resistencia
acertada en
el conjunto del
Continente surgió más
bien
de los poderes regionales, que.
más fuertes que las monarquías por estar más próximos a la materia humana y
menos preocupados por las grandes ambiciones, se constituían lentamente por
encima de la polvareda de los pequeños señoríos.
Por rico en enseñanzas que sea el estudio de las
últimas invasiones, no hay que dejar que sus
lecciones nos
oculten un
hecho más
considerable todavía: la detención
de las invasiones propiamente dichas. Hasta entonces, estos estragos
causados por
las hordas venidas
de fuera
y los
grandes
movimientos de pueblos dieron su
verdadera trama a la historia de Occidente, que desde aquí, quedará exento. A
diferencia, o poco menos, del resto
del mundo. —Más tarde, los mogoles y los turcos no harán otra cosa que rozar sus
fronteras—. Ciertamente, existieron discordias, pero internas. De lo que se
deriva la posibilidad de una evolución cultural y social mucho más regular, no
interrumpida por ningún ataque exterior ni por ningún aflujo humano
procedente del extranjero.
Véase, por contraste, el destino de Indochina
donde, en el siglo XIV, el esplendor de los Chams y de los Khmers se hundió a
causa de las invasiones anamitas o
siamesas. Y más cerca
de nosotros, véase el ejemplo de la
Europa Oriental, batida por los pueblos de la estepa y por los turcos casi hasta
nuestros días. Piénsese un minuto en cuál hubiera sido la suerte de Rusia sin
los Polovtsi y los mogoles. Podemos pensar que esta extraordinaria
inmunidad, privilegio que sólo hemos compartido con el Japón, fue uno de
los factores fundamentales de la civilización europea, en el sentido justo y
profundo de la palabra.
Batalla
del Emperador
Enrique I
contra los
húngaros. miniatura de un
manuscrito del monasterio de San
Gall (hacia 925). Enrique I el Cetrero, emperador de Alemania, venció a
los daneses (928-936) y húngaros (933), sometió a suabios y bávaros, y fundó el
Imperio germánico.
LIBRO
SEGUNDO
CONDICIONES
DE VIDA
Y ATMÓSFERA
MENTAL
CAPÍTULO
I
CONDICIONES
MATERIALES Y ASPECTO
ECONÓMICO
I.LAS
DOS
EDADES
FEUDALES
La armazón de instituciones que rige una sociedad
no podría, en última instancia, explicarse más que por el conocimiento del
medio humano por entero. Pues la ficción de trabajo que, en el ser de carne y
hueso, nos obliga a recortar estos fantasmas: homo oeconomicus, philosophicus,
juridicus, sin duda
es necesaria, pero
soportable sólo a
condición de
no dejarse engañar.
Es por lo que. a pesar de la presencia, en esta misma colección, de otros
volúmenes consagrados a los diversos aspectos de la civilización medieval, nos
ha parecido que las descripciones así emprendidas bajo ángulos
diferentes del nuestro, no podían dispensar de acordar aquí los
caracteres fundamentales del clima histórico que fue el del feudalismo europeo.
¿Hay necesidad de añadirlo? Insertando esta exposición casi en cabeza del libro,
no se piensa en absoluto en postular, a favor de las órdenes de hechos que en él
se relatarán brevemente, ninguna clase de ilusoria primacía. Cuando se trata de
confrontar dos fenómenos particulares, pertenecientes a series distintas — una
cierta repartición
del hábitat, por ejemplo, con
ciertas formas de los grupos jurídicos—, el delicado problema de la causa y del
efecto se plantea con seguridad. Por otra parte, poner frente a frente, a lo
largo de una evolución varias veces secular, dos cadenas de fenómenos,
diferentes por naturaleza, y después decir: “he aquí, en este lado, todas las
causas; en el otro, véanse todos los efectos”, seria algo desprovisto en
absoluto de sentido. La sociedad, como el espíritu, ¿no está tejida por
perpetuas infracciones? Sin embargo,
toda investigación tiene su eje propio. Puntos de llegada para con respecto a
otras investigaciones centradas de otra manera, el análisis de la economía o
de la mentalidad son, para el historiador de la estructura social, un
punto de partida.
En este cuadro preliminar, de objeto limitado a
propósito, será forzoso no retener más que lo esencial y lo menos sujeto a duda.
Entre todas, una laguna voluntaria merece unas palabras de explicación. La
admirable floración artística de la
época feudal, al menos del siglo XI, no es sólo, a los ojos de la posteridad, la
más duradera gloria de este período de la historia de la humanidad. Sirvió
entonces de lenguaje a las más elevadas formas de sensibilidad religiosa y a
esta interpenetración, tan característica, de lo sagrado y de lo profano que ha dejado sus más ingenuos
testimonios en ciertos frisos y en ciertos capiteles de claustros e iglesias.
También fue, con frecuencia, el refugio de los valores que no conseguían
manifestarse en otras esferas. La sobriedad, de la que la epopeya era incapaz,
hay que buscarla en las arquitecturas románicas. La precisión de espíritu que
los notarios, en sus documentos, no sabían alcanzar, presidía los trabajos de
los constructores de bóvedas. Pero las relaciones que unen la expresión plástica
con los otros aspectos de una civilización son todavía muy mal conocidos y los
entrevemos demasiado complejos
y susceptibles
de retrasos
o de
divergencias, por lo
que hemos resuelto
dejar aquí de
lado los problemas planteados
por relaciones tan delicadas y por contradicciones, en apariencia, tan
sorprendentes.
Sería, de otra parte, un gran error el tratar “la
civilización feudal” como constituyendo en el tiempo un bloque unido. Provocadas
sin duda o hechas posibles por el fin de las últimas invasiones, pero, en la
medida misma en que ellas eran el resultado de este gran hecho, en retraso
respecto a él de algunas generaciones, una serie de transformaciones muy
profundas y generales, se observan
hacia la
mitad del
siglo XI. Ciertamente, no un
corte radical,
sino más bien un cambio de
orientación que, a pesar de algunos desvíos, según los países o los fenómenos
observados, alcanzó poco a poco a casi todas las curvas de la actividad social.
En una palabra: hubo dos edades feudales sucesivas, de tonos muy
diferentes. En el texto que sigue, nos esforzaremos
en hacer justicia, tanto a sus rasgos comunes como a los contrastes de
estas dos fases.
II.
LA
PRIMERA EDAD
FEUDAL: EL
POBLAMIENTO
Nos es y nos será siempre imposible calcular, aun
aproximadamente, la población de nuestras regiones durante la primera edad
feudal. Seguramente, existían fuertes variaciones comarcales, acentuadas
constantemente por los disturbios sociales. Frente al verdadero desierto que, en
la meseta ibérica, imprimía a los confines de la cristiandad y del Islam toda la
desolación de un vasto no man's land, incluso frente a
la antigua Germania, donde
se reparaban lentamente las brechas causadas por las migraciones de la
edad precedente, los campos de Flandes o de Lombardía figuraban como zonas
relativamente favorecidas. Fuese cual fuere la importancia de estos contrastes,
como de sus resonancias sobre todos los matices de la civilización, el rasgo
fundamental continúa siendo el universal y profundo descenso de la curva
demográfica, Incomparablemente en
menor número, en toda la
superficie de Europa, que
no sólo a
partir del
siglo VIII,
sino, incluso,
del siglo
XII, los
hombres eran
también, según todas las apariencias, en las provincias antaño sometidas
a la dominación romana, sensiblemente más escasos que en los buenos tiempos del
Imperio. Incluso en las ciudades, entre las que las mujeres no sobrepasan la
cifra de algunos miles de habitantes, los terrenos abandonados, los huertos,
campos y pastos se mostraban por todas partes, entre las casas.
Esta falta de densidad estaba aún agravada por una
repartición muy desigual. Seguramente, las condiciones físicas y los hábitos
sociales conspiraban para mantener en
los campos
profundas diferencias
en los
regímenes de
vida. Unas veces, las familias,
o al menos una parte de ellas, se establecían bastante
lejos unas de otras, cada una en medio de su explotación propia; así, en
el Limousin. Otras, por el contrario, corno en la Lle-de-France, casi
todas se amontonaban en aldeas. No
obstante, en
conjunto, la
presión de
los jefes
y, en especial, la preocupación por la seguridad eran obstáculos para una
extensa dispersión. Los desórdenes de la alta Edad Media dieron lugar a
frecuentes agrupamientos. En estas aglomeraciones, los hombres vivían en
estrecho contacto, pero esos núcleos se hallaban separados por múltiples vacíos.
La tierra cultivable, de la que la aldea obtenía su alimentación, tenía que ser,
en proporción a sus habitantes, mucho más extensa de lo que es en nuestros
días, pues la agricultura era entonces una gran decoradora de espacio. Sobre los
campos privados de
labores profundas y de
abonos suficientes, las
espigas no crecían con plenitud ni profusión. Sobre todo, nunca toda la
extensión cultivable se cubría a la vez de cosechas; los sistemas de
alternativas de cultivo más perfeccionados exigían que, cada año, la mitad o un
tercio del suelo cultivado quedase en descanso. Con frecuencia, barbechos y
cosechas se sucedían sin una alternancia fija, que siempre concedía a la
vegetación espontánea un período más largo que al de cultivo; en este caso, los
campos no eran más que breves y provisionales conquistas sobre los baldíos. De
esta manera, en el propio seno de las tierras de cultivo, la Naturaleza tendía
sin cesar a imponerse. más allá de estas tierras, rodeándolas, penetrándolas,
se desarrollaban los bosques, las zonas de matorrales y los eriales, inmensas
extensiones salvajes, en las que el hombre raramente faltaba, pero que,
carbonero, pastor, ermitaño o perseguido por la ley, las frecuentaba sólo al
precio de un gran alejamiento de sus semejantes.
III.
LA
PRIMERA EDAD
FEUDAL: LA
VIDA DE
RELACIÓN
Entre esos grupos humanos tan dispersos, las
comunicaciones eran muy difíciles. El hundimiento del Imperio carolingio acababa
de arruinar el último poder lo bastante inteligente para preocuparse de trabajos
públicos y lo bastante poderoso para hacer que se ejecutaran, al menos, algunos.
Incluso las antiguas vías romanas, construidas con menos solidez de lo que a
veces se ha ponderado, se arruinaban
faltas de cuidados. Sobre todo, los puentes, que ya no se reparaban, fallaban en
un gran número de pasos. Añádase la inseguridad, acrecentada por la despoblación
que ella misma había provocado en parte. Causo gran sorpresa, en el 841, en la
corte de Carlos el Calvo, ver llegar a Troyes los mensajeros que le
traían a este príncipe, desde Aquitania, los ornamentos leales: ¡un numero tan
reducido de hombres, con una carga
tan preciosa, atravesar sin dificultades extensiones tan vastas, infestadas de
ladrones!*75 La crónica
anglosajona se sorprende mucho menos
cuando explica como, en 1061, uno de los más grandes barones de Inglaterra, el
conde Tostig, fue detenido a las
puertas de Roma por un puñado de bandidos, que exigieron rescate por él.
Comparado con lo que nos ofrece el mundo
contemporáneo, la rapidez de los desplazamientos humanos, en esa época, nos
parece ínfima. Sin embargo, no era sensiblemente menor de lo que tenía que
mantenerse hasta el fin de la Edad Media,
incluso hasta los comienzos del siglo XVIII. A
diferencia de lo que ocurre en la actualidad, la velocidad mayor se
alcanzaba en los viajes que se realizaban por mar. Un navío podía hacer
normalmente de 100 a 150 kilómetros por día, con tal, naturalmente,
de que a ello no se opusieran
vientos desfavorables. Por vía terrestre, el recorrido normal en un día parece
que alcanzaba una media de treinta a cuarenta kilómetros. Estas cifras se
entienden para viajeros sin prisas, caravanas de
mercaderes, grandes señores circulando
de castillo
en castillo
o de
monasterio en monasterio,
armados y
con toda su impedimenta. Pero un correo, o un puñado de hombres resueltos
podían, esforzándose, hacer el doble o más. Una carta escrita por Gregorio VII
en Roma el 8 de diciembre de 1075, llegó a Goslar, al pie del Harz, el primero
de enero siguiente;
su portador
realizó, a
vuelo de
pájaro, alrededor de
47 kilómetros por día, que, en la
realidad, debían ser muchos más. Para viajar sin demasiada
fatiga ni lentitud, era necesario ir montado o
en carruaje: un caballo o un mulo no sólo son más rápidos que el hombre,
sino que se adaptan mejor a
los desniveles del terreno. Lo que
explica la
interrupción pasajera
de muchas relaciones, no tanto
en razón del mal tiempo como por la falta de forrajes: los missi
carolingios no empezaban sus viajes hasta que la hierba estaba crecida.*76
No obstante, como ahora en África, un peatón entrenado conseguía cubrir, en
pocos días, distancias sorprendentemente largas y, sin duda, franqueaba con más
rapidez que un jinete ciertos obstáculos. Al organizar su segunda expedición a
Italia, Carlos el Calvo tenía la intención de asegurar, en parte, sus
comunicaciones a través de los Alpes con la Galia mediante mensajeros a pie.*77
A pesar de ser malos y poco seguros estos caminos,
o estas pistas, no estaban desiertos,
sino muy al contrario. En los lugares donde los transportes son difíciles, el
hombre va más fácilmente hacia las cosas que hace ir las
cosas hacia él. Sobretodo ninguna institución de ninguna técnica podían
suplir el contacto personal entre los seres humanos. Hubiese sido imposible
gobernar un Estado desde el fondo de un palacio: para mantener bien
sujeto un país, ningún medio mejor que
cabalgar por él sin tregua y recorrerlo en todos los sentados.
Los reyes de la primera edad feudal, literalmente
se mataron viajando. En el curso, por ejemplo, de un año que no tiene nada de
excepcional —en 1033—, se ve al emperador Conrado II trasladarse sucesivamente
de Borgoña a la frontera polaca, y
de allí, a
la Champagne,
para volver después a Lusacia. Con su
séquito, el barón circulaba de continuo de una a otra de sus tierras; no sólo
con el fin de vigilarlas mejor, sino también para consumir sobre el terreno los
productos, cuyo transporte hacia un centro común hubiese sido incómodo
tanto como
costoso. Sin
corresponsales en los que
poder descargar el
cuidado de comprar o de vender, casi seguro de no encontrar nunca
reunida, en un mismo lugar, una clientela suficiente para asegurar sus
ganancias, todo mercader era una buhonero, un “pies polvorientos” que perseguía
la fortuna por montes y por valles.
Sediento de ciencia o de ascesis, el sacerdote debía recorrer toda Europa en
busca del maestro deseado: Gerberto de Aurillac aprendió las Matemáticas en
España y la Filosofía, en Reims; el inglés
Esteban Harding se impuso del perfecto monaquismo en el monasterio
borgoñón de Molesmes. Antes que él, San Odón, el futuro abad de Cluny, recorrió
Francia en la esperanza de encontrar una casa en la que se viviese según la
regla.
A pesar de la vieja hostilidad de la ley
benedictina contra los girovagos.*78 los malos monjes que sin
cesar “vagabundean en redondo”. En la vida clerical
todo favorecía ese nomadismo: el carácter internacional de la Iglesia; el
uso del latín como lengua común entre
sacerdotes o monjes instruidos; las afiliaciones entre monasterios; la
dispersión de sus patrimonios territoriales y, por
último, las
reformas que,
sacudiendo periódicamente
este gran
cuerpo eclesiástico, hacían de
los primeros lugares elegidos por el nuevo espíritu, a la vez,
hogares de
llamada, a
donde se
acudía desde
todas partes
para buscar
la buena regla,
y centros
de dispersión
desde los
cuales los
“zelotes” se
lanzaban a la conquista de la catolicidad. ¡Cuántos extranjeros fueron
acogidos así en Cluny! ¡Cuantos cluniacenses se expandieron por todos los países
europeos! En tiempo de Guillermo el Conquistador, casi todas las diócesis
y grandes monasterios de Normandía, a
los que
empezaban a llegar
las primeras
olas del despertar
gregoriano, tenían a su frente italianos o loreneses; el arzobispo de Rúan.
Maurille, era natural de Reims y, antes de ocupar su sede de Neustria, estudio
en Lieja, enseño en Sajonia y practicó en Toscana la vida eremítica.
Pero, en los caminos de Occidente, tampoco
faltaban las gentes humildes: fugitivos, expulsados por la
guerra o el hambre;
aventureros, medio soldados y medio
bandidos: campesinos que, ávidos de una existencia mejor, esperaban encontrar,
lejos de su primera patria, algunos campos por roturar; y, también, peregrinos.
Pues la mentalidad religiosa provocaba muchos desplazamientos, y más de un buen cristiano, rico o pobre, clérigo o laico,
pensaba no poder conseguir la salvación del cuerpo o del alma más que mediante
un viaje a un lugar lejano.
Con frecuencia se ha observado que lo
característico de los buenos caminos es el
provocar el
vacío a
su alrededor y en
su provecho.
En la
época feudal, en la que todos
era malos, no existía ninguno capaz de acaparar así el tráfico. Seguramente, las
características del relieve, la tradición, la presencia de un mercado o de un
santuario podían intervenir para que un camino fuera más frecuentado, pero con
mucha menos fijeza de lo que a veces han creído los historiadores de las
influencias literarias o estéticas.
Un acontecimiento fortuito
—accidente material, exacciones de un señor tallo
de dinero, etc. — bastaba para desviar
la corriente,
a veces
por mucho
tiempo. La
construcción, junto
a la antigua vía romana, de un
castillo, en manos de una familia de caballeros bandidos —lo señores de
Méréville, y el establecimiento, a poca distancia, del priorato de San Dionisio
de Toury, donde mercaderes y
peregrinos eran, por el contrario, bien acogidos, fue suficiente para desviar
definitivamente hacia el Oeste el trozo de la Beauce, de la vía de París a
Orleáns, que, en adelante, habría de ser infiel a las antiguas losas. Sobre
todo, desde la partida hasta la llegada, el viajero podía casi siempre escoger
entre muchos itinerarios, de los que ninguno se imponía de manera absoluta. En
una palabra, la circulación no se canalizaba según algunas grandes arterias,
sino que se repartía, caprichosamente, en una multitud de pequeños caminos. No
había castillo, burgo o monasterio, por aislados que estuviesen, que no pudiesen
recibir algunas veces la visita de gentes errantes, lazos vivos con el vasto
mundo. En cambio, eran raros los lugares donde estas visitas se producían con
regularidad.
Así, los obstáculos y los peligros del camino no
impedían en absoluto los desplazamientos. Pero de cada uno de ellos, se hacía
una expedición, casi una aventura. Si
los hombres, bajo la presión de la necesidad, no temían el emprender largos
viajes —lo temían menos quizá que lo que habían de temerlos en tiempos más
recientes—, dudaban ante esas idas y venidas repetidas, en un radio corto, que
en otras civilizaciones son como la trama de
la vida
cotidiana: en especial,
cuando se
trataba de
gente modesta,
de
oficio sedentario. De ello, se
derivaba una estructura, a nuestros ojos sorprendente, del sistema de
comunicaciones. No existía casi ningún rincón de tierra que no tuviese algunos
contactos, por intermitencia, con esta especie de movimiento de Brown, a
la vez perpetuo e inconstante, del que toda la sociedad estaba atravesada. Por
el contrario, entre dos aglomeraciones próximas, las relaciones eran mucho más raras, y el alejamiento humano, se
podría decir, infinitamente más considerable que en nuestros días. Si, según el
ángulo que se considera, la civilización de la Europa feudal parece unas veces
maravillosamente universalista, y otras, particularista hasta el extremo, esta
antinomia tiene, ante todo, su origen en un régimen de comunicaciones tan
favorablemente a la lejana propagación de las corrientes generales de
influencia, como rebelde, en el detalle, a la acción uniformadora de las
relaciones de vecindad.
El único servicio de correo casi regular que
funcionó durante toda la era feudal unía Venecia con Constantinopla. En la
práctica, era extraño al Occidente. Los últimos ensayos para mantener al
servicio del príncipe un sistema de postas, según el modelo legado por el
gobierno romano, se desvanecieron con el Imperio carolingio. Es significativo de
la desorganización general el hecho de que los propios soberanos alemanes,
heredemos auténticos de este Imperio y de sus ambiciones, estuvieran faltos de
la autoridad o de la inteligencia necesarias para hacer revivir una institución
tan indispensable, sin embargo, para el gobierno de vastos territorios.
Soberanos, barones y prelados debían confiar su correspondencia a correos
expedidos expresamente. O bien —en especial, entre los personajes menos elevados
en dignidad— se confiaba a la amabilidad de viajeros: por ejemplo, los
peregrinos que hacían su camino hacia
Santiago de Galicia.*79 La lentitud relativa de los mensajeros, los
accidentes que a cada paso amenazaban con detenerlos, hacían que sólo el poder
local fuese un poder eficaz. Llevado a tomar constantemente las más graves
iniciativas —la historia de los legados pontificios es, en este aspecto, rica en
enseñanzas—, todo representante local de un gran jefe rendía, por inclinación
natural, a tomarlas en su propio provecho y a convertirse, al fin, en personaje
independiente.
En cuanto a saber lo que pasaba a lo lejos, era
forzoso para cada uno, cualquiera que
fuese su
rango, confiar
en el azar de
los encuentros. La imagen del mando
contemporáneo que llevaban en si los hombres mejor informados presentaba muchas
lagunas; de ello podemos formarnos una idea por las omisiones
a las
que no
escapan los
mejores anales
monásticos, que
son corno las actas de
cazadores de noticias. Y, esa imagen, raramente marcaba la hora
justa.
Es sorprendente, por ejemplo, el ver un personaje
tan bien situado para informarse, como el obispo Fulberto de Chartres, admirarse
cuando recibe para su iglesia los
regalos de Canuto el Grande: pues, confiesa, que creía aún pagano a este
príncipe, en realidad bautizado desde la infancia.*80
Muy bien informado de los asuntos alemanes, el
monje Lamberto de Hersfeld, cuando pasa al relato de los graves sucesos que se
desarrollan, en su tiempo, en Flandes, limítrofe, sin embargo, del Imperio y,
además, feudo imperial en parte, acumula en seguida burdas y fantásticas
noticias. ¡Mediocre base la suministrada por unos conocimientos tan
rudimentarios, para toda política de vastos designios!
IV.
LA
PRIMERA EDAD
FEUDAL LOS
CAMBIOS
La Europa de la primera edad feudal no vivía en
absoluto replegada sobre si misma; entre ella y las civilizaciones lindantes
existía más de una corriente de intercambios. La más activa era quizá la que
le unía con la España musulmana, como
lo atestiguan las muchas monedas de oro árabes que, por esta vía, penetraron al
norte de los Pirineos y fueron lo bastante buscadas
pera llegar a ser objeto de frecuentes imitaciones. En cambio, en el
Mediterráneo occidental se perdió casi por completo la navegación de altura, y
las principales líneas de comunicación con Oriente estaban en otras partes. Una,
marítima, pasaba por el Adriático, en el que Venecia era a modo de un enclave
bizantino incrustado en un mundo extraño. Por tierra, el camino del Danubio,
durante mucho tiempo cortado por los húngaros, estaba casi
desierto. Pero, más al Norte, en las pistas que unían Baviera con el
gran mercado de Praga, y desde allí, por el flanco septentrional de los Cárpatos,
se proseguían hasta
el Dnieper,
las caravanas
circulaban cargadas, al
regreso, de algunos productos
de Constantinopla o de Asia. En Kiev, encontraban el gran camino transversal
que, a través de las llanuras, y
de un curso de agua al otro, ponía los países ribereños del Báltico en
contacto con el Mar Negro, el Caspio o los oasis del Turquestán. Pues el oficio
de mercader entre el norte o el nordeste del continente y el Mediterráneo
oriental escapaba entonces al Occidente: y, sin duda, en éste no existía nada
análogo para ofrecer en su propio suelo al poderoso vaivén de mercancías que
hizo la riqueza de la Rusia de Kiev.
Concentrado en ese escaso numero de vías, este
comercio era muy débil y, lo que es
peor, su
balanza parece
haber sido claramente
deficitaria, al menos
por lo que respecta a Oriente. El Occidente recibía de los países de
Levante, casi de manera exclusiva, algunas mercancías de lujo, cuyo valor, muy
elevado en relación con su peso, permitía no detenerse ante los gastos y riesgos
del transporte. A cambio, no podía ofrecer más que esclavos; y aun parece que
la mayor parte del ganado humano capturado en las tierras eslavas y
letonas de más allá del Elba o adquirido a los traficantes de la Gran Bretaña,
tomo el camino de la España islámica. El Mediterráneo oriental estaba, por sí
mismo, provisto con abundancia de esclavos, para tener necesidad de importarlos
en cantidades considerables. Las ganancias
de la
trata, en
total bastante
escasas, no bastaban pues, para compensar, en los mercados del mundo
bizantino, de Egipto o del Asia próxima, las compras de objetos preciosos y de
especias. Esto produjo una lenta sangría de dinero y, sobre todo, de oro. Aunque
algunos mercaderes debían su fortuna a este lejano trafico, la sociedad,
en su conjunto, sólo obtuvo de él una causa más para la falta de numerario.
Seguramente, en el Occidente feudal, la
moneda no llegó a faltar por completo en las transacciones, incluso entre las
clases campesinas, y, en particular, siempre tuvo un papel de patrón para la
realización de cambios El deudor pagaba con frecuencia en géneros; pero, en
géneros apreciados de ordinario, uno a uno, de manera que el total de
estas evaluaciones coincidiese con un precio estipulado en ‘libras’,
‘sólidos’ y ‘dineros’. Por esta causa, debemos evitar la expresión
“economía natural”, demasiado vaga y sumaria; valdría más
hablar de hambre monetaria. La penuria de metal amonedado estaba
agravada por la anarquía de las acuñaciones, resultado, a la vez, del
fraccionamiento político y de la dificultad de comunicaciones, pues, en cada
mercado importante, era necesario un taller local, bajo pena de escasez. Aparte
la imitación
de acuñaciones
exóticas, y
dejando de
lado algunas
ínfimas pequeñas piezas, no se fabricaba otra cosa que dineros,
que eran piezas de plata de ley muy débil. El oro no circulaba más que bajo la
forma de monedas árabes y Bizantinas, o de sus copias. La libra y el
sólido no eran más que múltiplos aritméticos, sin garantía material
efectiva. Pero los diversos dineros, bajo un mismo nombre, tenían, según
su procedencia, un valor metálico distinto; o lo que es peor, en un mismo lugar,
casi cada emisión ofrecía variantes en el peso y en las aleaciones. A la vez
rara e incómoda, la moneda circulaba muy lenta e irregularmente, sin que nadie
tuviese la seguridad de podérsela procurar en caso de necesidad. Esto también a
causa de la falta de intercambios suficientemente frecuentes.
En este aspecto, guardémonos también de una
fórmula demasiado rápida: la de economía cerrada, que no se podría
aplicar exactamente a las pequeñas explotaciones campesinas. Conocemos la
existencia de mercados, donde los labriegos vendían ciertamente algunos
productos de sus campos o de sus corrales a los habitantes de las ciudades, a
los clérigos y a los hombres de armas. De esta forma, se procuraban el dinero
para el pago de los censos. Y tenía que ser muy pobre el que no comprara
nunca un poco de sal o de hierro. En cuanto a la autarquía de los grandes
señoríos, habría supuesto que sus dueños prescindieran de armas y de joyas, no
hubieran bebido nunca vino, si su tierra no lo producía, y se hubieran
contentado, para sus vestidos, con paños groseros, tejidos por las mujeres de
los colonos. Además, hasta las insuficiencias de la técnica agrícola, los
disturbios sociales y las intemperies contribuían a la existencia de un cierto
comercio interior: pues, cuando faltaba la cosecha, si muchos estaban
condenados, literalmente, a morir de hambre, toda la población no quedaba
reducida a este extremo, y sabemos que, desde los países más favorecidos a los
afectados por la escasez, se establecía un tráfico de trigo que se prestaba a
muchas especulaciones. Los intercambios,
no faltaban, pero eran irregulares hasta un grado extremo. La sociedad de
esa época no ignoraba, en verdad, la compraventa, pero no vivía de ella, como la
nuestra.
De otra parte, el comercio, aunque fuese bajo la
forma de trueque, no era el único ni, quizás, el más importante de los canales
por donde se operaba entonces, a través de las capas sociales, la circulación de
bienes. Era a título de censos, entregados a un jefe como remuneración por su
protección o, simplemente, como reconocimiento de su poder, como un gran número
de productos pasaban de mano en mano. Lo mismo se puede decir respecto a esta
otra mercancía
que es
el trabajo
humano: la
corvea (prestación
personal) proporcionaba
más brazos que el arrendamiento de
trabajo. En una palabra, el
cambio, en sentido estricto, tenía en la vida económica menos lugar, sin duda,
que la prestación: y porque el cambio, de esta manera, era poco frecuente, y
porque, de todos modos, sólo los miserables podían resignarse a no vivir sino de
su propia producción, la riqueza y el bienestar parecían inseparables del
mando.
Sin embargo, una economía como esa, no ponía a la
disposición de los propios poderosos
más que unos medios singularmente restringidos. Quien dice moneda dice
posibilidad de reservas, capacidad de espera, “anticipación de valores futuros”,
cosas todas que, recíprocamente, la falta de moneda acuñada hacían singularmente
difíciles. No hay duda de que muchos se esforzaban
en atesorar bajo
otras formas.
Los barones
y los
reyes acumulaban en sus cofres la vajilla de oro o de plata y las joyas;
las iglesias acumulaban las orfebrerías litúrgicas. Si se presentaba la necesidad de un
desembolso imprevisto, se vendía o se empeñaba la corona, las grandes copas, o
el crucifijo; o bien, se fundían en el cercano taller monetario. Pero esta
liquidación, en razón precisamente de la lentitud de los cambios, no era siempre
cómoda ni de provecho seguro: y los mismos tesoros no alcanzaban en total una
suma muy considerable. Poderosos y humildes vivían al día, obligados a
conformarse con los recursos del momento y casi obligados a consumirlos en el
mismo lugar de producción.
La atonía de los cambios y de la circulación
monetaria tenía aún otra consecuencia y de las más graves: reducía al extremo
el papel social del salario. Este, en
efecto, supone
de parte
del que
facilita el
trabajo un
numerario suficientemente abundante y cuyo caudal no corra el riesgo de
agotarse a cada momento; del lado del
asalariado la certidumbre de poder emplear la moneda así recibida para
procurarse los artículos necesarios para la vida. Otras
tantas condiciones que faltaban
durante la
primera edad
feudal. En
todos los grados de la jerarquía, ya se tratara para el rey de asegurarse
los servicios de un gran oficial, para el hidalgo, de retener los de un seguidor
armado o de un servidor campesino, era forzoso recurrir a un sistema de
remuneración que no estuviese basado en la entrega periódica de una suma de
dinero.
Dos alternativas se ofrecían: tomar al hombre en
la propia casa, alimentarlo y vestirlo, suministrarle, como se decía, la
“provende” (provisiones); o bien, cederle, en compensación por su trabajo, una
tierra que, por explotación directa o
bajo la forma de censos pagados por los cultivadores del suelo, le permitiese
proveer por sí mismo a su propia manutención.
Pues bien, ambos métodos alentaban, aunque en
sentidos opuestos, relaciones humanas muy diferentes de las de un régimen
asalariado. Del hombre mantenido, al señor a cuya sombra vivía, el vínculo tenía
que ser mucho más íntimo que entre un patrono y un asalariado, libre este, una
vez su trabajo terminado, de irse con su dinero en el bolsillo. Por el
contrario, se veía relajarse este vínculo, una vez que el subordinado se
encontraba establecido sobre la tierra, que poco a poco, por un movimiento
natural, tendía a considerar como
suya, esforzándose, no obstante, en disminuir el peso de los
servicios.
Añádase que en un tiempo en que la incomodidad de
las comunicaciones y la anemia de los cambios hacían difícil el mantener en una
relativa abundancia las grandes casas, el sistema de manutención estaba,
en conjunto, mucho menos extendido que el de remuneraciones territoriales.
Si la sociedad feudal osciló perpetuamente entre estos dos polos, la estrecha
relación de hombre a hombre y el vínculo distendido de la tenure
territorial, la responsabilidad corresponde, en gran parte, al régimen económico
que, en el origen al menos, le impide el salariado.
V.
LA
REVOLUCIÓN ECONÓMICA DE
LA SEGUNDA
EDAD
FEUDAL
En otro libro habremos de esforzarnos en describir
el intenso movimiento de poblamiento que, entre 1050 y 1250 aproximadamente,
transformo la faz de Europa: colonización de la meseta ibérica y de las grandes
llanuras de más allá del Elba en los
confines del mundo occidental; en el mismo corazón del viejo continente, los
bosques y los páramos disminuidos de continuo por el surco del arado; en los
claros abiertos entre los árboles o la maleza, los pueblos
nuevos surgidos
de la
tierra virgen;
y por otras partes,
alrededor de los centros
de población
seculares, la ampliación
de los
campos cultivados,
bajo la presión irresistible de
los roturadores. En este texto convendrá distinguir las etapas y caracterizar
las variedades regionales. Por el momento, sólo nos interesan, junto al propio
fenómeno, sus principales efectos.
El más inmediatamente sensible fue sin duda el
acercar los unos a los otros a los grupos humanos. Entre los diversos
establecimientos, salvo en algunas regiones desheredadas, dejaron de existir, a
partir de este momento, los vastos
espacios vacíos, y lo que subsiste de las distancias se hizo, por otra parte, de
tránsito más fácil. Pues, favorecidos precisamente en su ascensión por el
progreso demográfico, surgieron o se consolidaron poderes a los que su horizonte
ensanchado impuso nuevos cuidados: burguesías urbanas, que sin
el tráfico no serian nada; realezas y principados, interesados también en
la prosperidad de un comercio del que obtienen, por los impuestos y los peajes,
grandes sumas de dinero, conscientes también, mucho más que en el pasado, de la
importancia vital que para ellos tiene la libre circulación de las ordenes y de
los ejércitos.
La actividad
de los
Capelos, hacia
ese giro
decisivo que
marca el reino de Luis VI, su esfuerzo guerrero, su política patrimonial,
su intervención en la organización del
poblamiento respondieron, en gran parte, a preocupaciones de esta clase,
conservar el dominio de las comunicaciones entre las dos capitales, París y
Orleáns; más allá del Loira o del Sena,
asegurar el enlace, ya con el Berry, con los valles del Oise y del Aisne.
Es verdad que si bien la vigilancia de los caminos mejoró, no puede decirse lo
mismo de su estado material. Pero los trabajos de ingeniería adquirieron una
real importancia; durante el siglo XII se tendieron multitud de puentes sobre
todos los ríos de Europa. Por ultimo, un feliz perfeccionamiento en las
prácticas del enganche de las caballerías aumentó, en ese momento, en
grandes proporciones, el rendimiento de los acarreos.
Idéntica metamorfosis se observa en las relaciones
con las civilizaciones limítrofes El Mar Tirreno surcado cada vez por mayor
numero de embarcaciones; sus
puertos, desde
la roca
de Amalfi
hasta
Cataluña, levantados al rango de grandes centros de comercio; la
expansión incesante de los negocios
venecianos; la ruta de las llanuras danubianas, recorrida por caravanas de
pesados carromatos, son ya de por sí hechos considerables. Pero
las relaciones con Oriente
no sólo
se hicieron
más fáciles y más intensas; el rasgo capital es que cambiaron de naturaleza.
Antaño casi únicamente importador, el Occidente se convirtió en un poderoso
proveedor de productos manufacturados. Las grandes cantidades de mercancías que
expedía hacia el mundo bizantino, hacia el
Levante islámico
o latino
e incluso,
aunque en
menor medida, hacia el Mogreb, eran de naturaleza muy diversa. Sin
embargo, una de ellas domina sobre las
demás: en la expansión de la economía europea de la Edad Media, los tejidos
tuvieron el mismo papel primordial que, en el siglo XIX, en la de Inglaterra, la
metalurgia y las telas de algodón. Si en Flandes, en Picardía, en Bourges, en el
Languedoc, en Lombardía y en otros muchos lugares —pues los centros textiles
están repartidos casi por todas partes—, se oyen zumbar los telares y golpear
los batanes, es tanto al servicio de los mercados exóticos como del consumo
interior. Sin duda, para explicar esta revolución —que vio cómo nuestros países
comenzaban con el Oriente la conquista económica del mundo—, convendría evocar
sus múltiples causas y mirar —dentro
de lo posible— hacia el Este tanto como al Oeste. No es
menos cierto que únicamente los fenómenos demográficos que hemos
recordado la hicieron posible. Si la población no hubiera sido más numerosa que
antes y la superficie del suelo cultivado más extensa; si, mejor trabajados por
más brazos, sometidos a labores más intensas, los campos no hubieran producido
mayores y más frecuentes cosechas, ¿cómo se hubiesen podido reunir y alimentar
en las poblaciones tantos tejedores, tintoreros y fundidores de
paños?
Como el Oriente, el Norte también es conquistado
Desde fines del siglo XI se vendían en Novgorod paños de Flandes. Poco a poco,
la ruta de las llanuras rusas decae y llega a cerrarse, y, por ello,
Escandínavia y los países bálticos se
vuelven hacía el Oeste. El camino que así se dibuja, terminará cuando, en el curso del siglo XII, el comercio alemán se apropie el Báltico.
Desde entonces, los puertos de los
Países Bajos, Brujas en
particular, son los lugares donde
se cambian, con los productos septentrionales, no solo los del propio Occidente,
sino también las mercancías que este importa de Oriente. Una poderosa corriente
de relaciones mundiales enlaza, por Alemania y, en especial, por las ferias de
Champagne, los dos frentes de la Europa feudal.
Un comercio exterior tan favorablemente
equilibrado no podía dejar de canalizar hacia Europa monedas y metales
preciosos, acrecen tanto como consecuencia, en proporciones considerables, el
volumen de los medios de pago. A esta holgura monetaria, al menos relativa, se
sumaba, para multiplicar sus efectos, el ritmo acelerado de la circulación.
Pues, en el propio interior del país, los progresos del poblamiento, la mayor
facilidad en las comunicaciones, el fin de las invasiones, que hicieron pesar
sobre Europa una atmósfera de desorden y de pánico, y muchas otras causas que
sería largo examinar, reavivaron los intercambios.
Guardémonos, sin embargo, de exagerar. Esta visión
tendría que ser cuidadosamente matizada por regiones y por clases. Vivir de su
propia producción tenia
que ser,
durante largos
siglos, el
ideal —casi
nunca alcanzado— de muchos
campesinos y de la mayor parte de las aldeas. Por otra parte, las
transformaciones profundas de la economía obedecieron a una cadencia muy lenta.
Detalle significativo: de los dos síntomas esenciales en el orden monetario,
uno, la acuñación de grandes piezas de plata, mucho más pesadas que el dinero,
no apareció hasta principios del siglo XIII —y aún en esta fecha, sólo en
Italia—, y el otro, la reanudación de
las acuñaciones de oro según un tipo indígena, se hizo esperar hasta la segunda
mitad del mismo siglo. En muchos aspectos, la segunda edad feudal vio menos la
desaparición de las condiciones anteriores que su atenuación. Esta observación
vale tanto para el papel de la distancia como para el régimen de cambios. Pero
que, entonces, los reyes y los grandes señores pudieran comenzar a reconstituir,
a fuerza de impuestos, importantes tesoros; que. a veces bajo formas jurídicas
torpemente inspiradas en prácticas antiguas, el salariado volviera, como forma
de remuneración de los servicios, a adquirir un lugar preponderante, estos
signos de una economía en vías de renovación actuaron, a su vez, desde el siglo
XII, sobre todo el contexto de las relaciones humanas.
Y esto no era todo. La evolución de la economía
llevaba consigo una verdadera revisión
de los valores sociales. Siempre existieron artesanos y mercaderes;
individualmente, estos últimos al menos, habían podido incluso desempeñar, en
diversos lugares, un papel importarte. Pero, como grupos, ni unos ni otros
tenían mucho peso. A partir de fines del siglo XI, comerciantes y artesanos,
mucho más numerosos e indispensables para la vida de todos, se fueron afirmando
cada vez con más fuerza en la vida urbana. En lugar principal, la clase de los
comerciantes, pues la economía medieval, después
de la gran renovación de estos años decisivos, estuvo siempre dominada,
no por el productor, sino por el mercader. Fundada en un régimen económico en
el que solo tenían un lugar mediocre, no era para esa gente, para la que
se constituyó la armazón
jurídica de
la edad precedente. Sus
exigencias prácticas y su mentalidad tenían que introducir en ella un fermento
nuevo. Nacida en una sociedad de
trabazón muy débil, en la que los cambios eran escasos y el dinero raro, el
feudalismo europeo se altero profundamente en el momento en que las mallas de la
red humana se fueron estrechando y la circulación de los bienes y del numerario
se hizo más intensa.
CAPÍTULO II
FORMAS
DE SENTIR
Y DE
PENSAR
I.EL
HOMBRE
ANTE LA
NATURALEZA Y EL
TIEMPO
El hombre de las dos edades feudales estaba, mucho
más que nosotros, próximo a una Naturaleza, por su parte, mucho menos ordenada
y endulzada. El paisaje rural, en el que los yermos ocupaban tan amplios
espacios, llevaba de una manera menos sensible la huella humana. Las bestias
feroces, que ahora sólo vemos en los cuentos para niños, los osos, los lobos
sobre todo, vagaban por
las soledades y, en ocasiones, por los mismos campos de
cultivo. Tanto como un deporte, la caza era un medio de defensa
indispensable y proporcionaba a la alimentación una ayuda también necesaria. La
recolección de frutos salvajes y la de la miel seguían practicándose como en los
primeros tiempos de la humanidad. En los diversos útiles y enseres, la madera
tenía un papel preponderante. Las noches, que no se sabía iluminar, eran más
oscuras y los fríos, hasta en las salas de los castillos, más rigurosos. En
suma, detrás de toda la vida social existía un fondo de primitivismo, de
sumisión a las fuerzas indisciplinables, de contrastes físicos sin atenuantes.
Imposible hacernos cargo de la influencia que semejante ambiente podía ejercer
sobre las almas. ¿Cómo no suponer, sin embargo, que contribuía a su rudeza?
Una historia más digna de este nombre que los
tímidos ensayos a los que nos reducen ahora nuestros medios, sin duda concedería
un lugar a las aventuras del cuerpo. Es una gran ingenuidad pretender comprender
a los hombres sin saber cuáles eran sus reacciones normales, como y cuanto
vivían; pero el estado de los textos, y, más aún, la insuficiente agudeza de
nuestros métodos de investigación limitan nuestras ambiciones.
Indiscutiblemente, muy fuerte en la
Europa feudal,
la mortalidad
infantil no dejaba de
endurecer los sentimientos frente a unos lutos casi normales. En cuanto a
la vida de los adultos, dejando de lado los accidentes de guerra, era
relativamente corta, al menos por lo que podemos juzgar por los grandes
personajes a los que se refieren los únicos datos más o menos precisos de que
disponemos. Roberto el Piadoso murió hacia los sesenta años; Enrique I, a
los 52 años; y Felipe I y Luis VI, a los 56. En Alemania, los cuatro primeros
emperadores de la dinastía sajona llegaron, respectivamente, a los 60 años, 28,
22 y 52 años. La vejez parece que empezaba muy pronto, confundiéndose con lo que
nosotros llamamos edad madura. Este mundo que, como veremos, se creía muy viejo,
de hecho estaba dirigido por hombres jóvenes.
Entre tantas muertes prematuras, muchas eran
debidas a las grandes epidemias que con frecuencia
se abatían sobre una humanidad mal preparada para combatirlas; y entre
los humildes, además, el hambre. Sumadas a las violencias diarias, estas
catástrofes daban a
la existencia
un gusto
de perpetua precariedad. Esto
contribuyó, probablemente, a una de las mayores razones
de la inestabilidad de sentimientos, tan característica de la mentalidad
de la era feudal, en particular
durante su primer período. A este nerviosismo contribuía una higiene muy
mediocre. Se ha intentado demostrar, en tiempos recientes, con grandes
esfuerzos, que la sociedad señorial no ignoraba los baños.
Algo hay
de pueril
en olvidar,
a favor
de esta
observación, tantas lastimosas
condiciones de vida: en especial, la falta de alimentación entre los pobres y
los excesos de comida entre los ricos. En fin, ¿cómo desdeñar los efectos de una
sorprendente sensibilidad ante las manifestaciones pretendida- mente
sobrenaturales? Ponía a los espíritus, de manera constante y casi enfermiza, a
la espera de toda clase de signos, de sueños o de alucinaciones. Este rasgo se
encontraba, en particular, en los medios monásticos, en los que las maceraciones
y las mortificaciones sumaban su influencia a la de una reflexión profesional
centrada en los problemas de lo invisible. Ningún psicoanalista
ha escrutado
jamás sus
sueños con
más ardor
que los
monjes de los siglos X y
XI. Pero, también los laicos participaban de la emotividad de una
civilización en la que el código moral
o mundano no imponía
todavía a la gente bien educada la
obligación de reprimir sus lágrimas y sus desmayos. Las desesperaciones,
los furores, los caprichos, los bruscos cambios de humor, plantean grandes
dificultades a los historiadores, llevados, por instinto, a reconstruir el
pasado según las normas de la inteligencia; elementos considerables de toda
historia sin duda, ejercieron sobre el desarrollo de los acontecimientos
políticos, en la Europa feudal, una acción que no podría pasarse en silencio por
una especie de vano pudor.
Estos hombres, sometidos alrededor de ellos y en
sí mismos a tantas fuerzas espontáneas, vivían en un mundo cuyo tiempo escapaba
tanto más a su observación cuanto que apenas los sabían medir. Costosos y
molestos, los relojes de agua existían en escaso número. Los de arena parece que
fueron un poco más corrientes. La
imperfección de los cuadrantes solares, en
especial bajo los cielos brumosos del Norte, era evidente. Este fue el
motivo del empleo de curiosos
artificios. Preocupado en regular el curso de una vida muy nómada, el rey
Alfredo imaginó el transportar con él, por todas partes, unos cirios de igual
longitud, que hacía encender uno tras otro.*81 Este deseo de uniformidad en la división del día, era entonces excepcional.
Contando de ordinario, a ejemplo de la Antigüedad, doce horas de noche y doce de
día, en todas las estaciones, las personas más instruidas se conformaban con
ver cada una de estas fracciones, tomadas una a una, crecer y disminuir sin
tregua, según la revolución anual del Sol. Así tenía que ser hasta el momento en
que, hacia
el siglo
XIV, los
relojes de
contrapeso trajeron
consigo, al
fin, con la mecanización del
instrumento, la del tiempo.
Una anécdota, narrada por una crónica del Henao,
confiere una admirable luz a esta
especie de perpetua flotación del tiempo. En Mons, debía tener lugar un duelo
judicial. Un solo contendiente se presenta al alba; una vez llegada la hora nueve, que
marca el término
de la
espera prescrita por la costumbre, pide que sea atestiguada la ausencia de su
adversario. Sobre el punto de Derecho no existía duda. ¿Pero, era en verdad la
hora prescrita? Los jueces del condado deliberan, miran al Sol, interrogan a los
clérigos, a los que la práctica de la liturgia ha dado un mayor conocimiento del
ritmo horario y cuyas campanas, lo dividen, de manera aproximada, en provecho de
la generalidad de los hombres. Al fin el tribunal se pronuncia en el sentido de
que la hora nona ha pasado.*82
¡Hasta qué punto no parece lejana, a nuestros ojos
de hombres modernos, habituados a vivir pendientes del reloj, esta sociedad en
la que un tribunal tenía que discutir
e investigar para saber la hora del día!
Desde luego, la imperfección de la medida horaria
no era más que uno de los síntomas, entre muchos, de una vasta indiferencia
ante el tiempo. Nada hubiese sido más cómodo y más útil que anotar, con
precisión, fechas tan importantes en Derecho como las de los nacimientos de los
príncipes; sin embargo, en 1284, tuvo que llevarse a efecto toda una
investigación para determinar, por aproximación, la edad de una de las grandes
herederas del reino de los Capetos, la joven condesa de Champaña.*83
En los siglos X y XI, innumerables documentos, cuya única razón de ser era, no
obstante, el guardar un recuerdo, no llevan ninguna mención cronológica. Y los
que la tiene, no sabemos hasta qué
punto es exacta. El notario, que emplea simultáneamente
diversos sistemas
de referencias,
con frecuencia
no consigue hacer concordar
sus diversos cálculos. Aún hay más: estas brumas que pesaban sobre el tiempo se
extendían también sobre la noción del número.
Las cifras insensatas de los cronistas no son más que una ampliación
literaria: atestiguan la falta de toda sensibilidad para la verosimilitud
estadística. Cuando
Guillermo el
Conquistador no había
con toda
seguridad establecido en
Inglaterra más que unos cinco mil feudos de caballeros, los historiadores de
los siglos siguientes, o incluso ciertos administradores a los que, sin
embargo, no hubiera resultado difícil informarse, le atribuían con gusto la
creación de treinta y dos a sesenta mil de esas tenures militares. La
época tuvo, en especial desde fines del siglo XI, sus matemáticos, que tanteaban
intrépidamente siguiendo las huellas de griegos y árabes; los arquitectos, los
escultores sabían practicar una geometría bastante simple. Pero, entre todas las
cuentas que han llegado hasta nosotros —y esto vale hasta el fin de la Edad
Media—, hay pocas que no contengan faltas sorprendentes. Las incomodidades de la
numeración romana, aún ingeniosamente corregidas de otra parte por el empleo del
ábaco, no bastan para explicar estos errores. La verdad es que el gusto por la
exactitud, con su más seguro apoyo, el respeto por
la cifras, continuaba
siendo muy
extraño a
los espíritus, incluso
a los de
los jefes.
II.
LA EXPRESIÓN
Por una parte, la lengua de cultura, que era, de
manera casi uniforme, el latín; de la otra, en su diversidad, las lenguas de uso
cotidiano: tal es el singular dualismo bajo cuyo signo vivió casi toda la época
feudal. Era privativo de la civilización occidental propiamente dicha, y
contribuía a oponerla de manera vigorosa a sus vecinas: mundos celta y
escandinavo, provistos de ricas literaturas, poéticas y didácticas, en lenguas
nacionales; Oriente griego: Islam, a lo menos, en las zonas arabizadas.
A decir verdad, en el propio Occidente, una
sociedad constituyó durante mucho
tiempo una excepción: la Gran Bretaña anglosajona. No es que allí no se
escribiera el latín, y muy bien. Pero no era la única lengua que se escribía. El
antiguo inglés
se elevó
pronto a
la dignidad
de lengua
literaria y
jurídica.
El rey Alfredo quería que los jóvenes
los aprendiesen en las escuelas, antes,
para los mejor dotados, de pasar al latín.*84 Los poetas lo
empleaban en cantos que, no contentos con recitar, hacían transcribir. Asimismo,
los reyes, en sus leyes; las cancillerías, en los documentos de los reyes o de
los grandes; e incluso los monjes, en sus crónicas: caso verdaderamente único,
en ese tiempo, el de
una civilización
que supo mantener el
contacto con los
medios de expresión de
la masa.
La conquista
normanda rompió
este desarrollo. Desde la carta
dirigida por Guillermo a los habitantes de Londres, inmediatamente después de la
batalla de Hastíngs, hasta algunos raros mandatos de fines del siglo XII, no se
pueden encontrar un documento real que no esté redactado en latín. Con una única
excepción, las crónicas anglosajonas callan a partir de la mitad del siglo XI.
Respecto a las obras que con buena voluntad se pueden llamar literarias, no
tenían que reaparecer hasta poco antes del año 1200, y sólo, al principio, bajo
la forma de algunos libritos de devoción.
En el continente, el magnífico esfuerzo cultural
del renacimiento carolingio no descuidó
por completo las lenguas nacionales.
En verdad, a nadie
entonces se le ocurría
considerar como dignas de la escritura las lenguas románicas, que
se consideraban, simplemente, como latín corrompido. Los dialectos
germánicos, por el contrario, despertaron la atención de hombres, de los que
muchos, en la corte y entre el alto clero, los tenían por lengua materna. Se
copiaron viejos poemas hasta entonces puramente orales: se compusieron otros
nuevos, principalmente sobre temas religiosos; manuscritos en lengua Thiois
figuraban en las bibliotecas de los magnates. Pero, también en este caso,
los acontecimientos políticos —hundimiento del Imperio carolingio, con los
desordenes que siguieron— produjeron una
rotura. Desde
fines del
siglo IX a fines del XI, algunas poesías piadosas y algunas traducciones:
éste es el parco inventario que tienen que limitarse a registrar los
historiadores de la literatura alemana. Nada, en comparación con los escritos
latinos, redactados en las mismas regiones
y en el mismo periodo, tanto por el número como por su valor intelectual.
Por otra parte, no debemos imaginar a este latín
de la era feudal bajo la forma de una lengua muerta, con todo lo que este
calificativo sugiere a la vez de estereotipado y uniforme. A pesar del gusto por
la corrección y el purismo restaurados por el renacimiento carolingio, todo
tendía a imponer, en proporciones muy
variables según
los medios o
los individuos, palabras o
giros nuevos: la necesidad de expresar realidades desconocidas a los
antiguos o pensamientos que, en particular en el orden religioso, les fueron
extraños; la contaminación del mecanismo lógico, muy distinto del de la
tradicional gramática al que la práctica de las lenguas populares acostumbraba a
los espíritus; y, en
último lugar, la
ignorancia o la
falsa ciencia.
Del mismo
modo, si el libro favorece la
inmovilidad, la palabra es siempre factor de movimiento. Y
el latín no sólo se escribía, se cantaba —lo atestigua la poesía, al
menos bajo sus formas cargadas de sentimiento verdadero, abandonando la clásica
prosodia de las largas y de las breves para unirse al ritmo acentuado, única
música en adelante perceptible a los oídos—, y se hablaba. A causa de un
solecismo cometido en la conversación, un literato italiano, llamado a la corte
de Otón I, fue cruelmente ridiculizado por un monje de Saint-Gall.*85
Cuando el obispo Notker de Lieja predicaba, si se dirigía a los laicos usaba el
walón, y el latín si lo hacia a los eclesiásticos. Seguramente, muchos clérigos,
en especial entre los curas de las parroquias, habrían sido incapaces de
imitarlo, o incluso de comprenderlo. Pero para
los sacerdotes
y monjes
cultos, la
vieja χοιυη
de
la Iglesia conservaba su papel de instrumento oral. ¿Como, sin su ayuda,
en la Curia, en los grandes concilios o en el curso de su vagabundeo de
monasterio en monasterio, estos hombres, llegados de patrias distintas, habrían
conseguido comunicarse entre sí?
Creo que en casi toda sociedad, los modos de
expresión varían, a veces de manera muy sensible, según el empleo que se les
quiera dar o según las clases. Pero el contraste se limita de ordinario a
matices en la exactitud gramatical o en la calidad del vocabulario. En cambio,
aquí era mucho más profundo. En una gran parte de Europa, las lenguas usuales,
emparentadas con el grupo germánico, pertenecían a otra familia que la lengua de
la cultura. Las hablas románicas mismas se separaron hasta el punto del tronco
común, que pasar de ellas al latín suponía un largo aprendizaje escolar. De tal
forma, que el cisma lingüístico
llevaba, a fin
de cuentas, la oposición entre
dos grupos humanos. Por un lado, la inmensa mayoría de los iletrados,
encerrados, cada uno, en su dialecto regional, reducidos, como conocimiento
literario, a algunos poemas profanos, que se transmitan casi únicamente de viva
voz, y a las piadosas cantinelas que ciertos clérigos bien intencionados
componían en lengua vulgar, en provecho de los simples y que, a veces, para
recordarlos, confiaban al pergamino.
En la otra orilla, el pequeño puñado de gente
instruida, que, oscilando sin cesar
entre el habla cotidiana y local y la lengua culta y universal, eran,
propiamente bilingües. Para ellos, eran las obras de Teología y de Historia
escritas de manera uniforme en latín; el conocimiento de la liturgia y el de los
documentos de negocios. El latín no constituía solo la lengua vehículo de la
enseñanza; era la única
que se
enseñaba. Saber leer, era,
simplemente, saber leerlo. Si, por
excepción, en un instrumento jurídico, se usaba la lengua nacional, no dudemos
en descubrir en esta anomalía un síntoma de
ignorancia. Si, desde
el siglo
X, en ciertos documentos de
Aquitania meridional aparecen,
en medio de un latín más o menos incorrecto, muchísimos vocablos provenzales,
es debido a que, alejados de los grandes focos del renacimiento carolingio, los
monasterios del Rouergue o del Quercy contaban con muy escasos religiosos
educados en las bellas letras. Debido
a que
Cerdeña era
un país pobre, en el que las poblaciones huyendo del litoral asolado por
los piratas vivían en un casi total aislamiento, los primeros
documentos escritos del sardo son
mucho más antiguos que los más viejos textos italianos de la
península.
De esta jerarquización de las lenguas, la
consecuencia más inmediatamente aparente es, sin duda, el haber enfadosamente
embrollado la imagen que la primera edad feudal dejó de sí misma. Actas de venta
o de donación, de servidumbre o de libertad, sentencias judiciales, privilegios
reales, actas de homenaje, etc., los documentos de la práctica son la fuente más
preciosa a la que pueda dirigirse el
historiador de la
sociedad. Si no
siempre son
sinceros,
al menos, a diferencia de los textos
narrativos, destinados a la posteridad, tienen el mérito de no haber querido
engañar, en el caso peor, más que a los propios contemporáneos, cuya credulidad
tenia otros límites que los nuestros. Pues bien,
con pocas excepciones,
que acaban
de ser explicadas, fueron
constante- mente redactados en latín hasta el siglo XIII. Pero no era así
como se expresaron, en principio, las realidades, cuyo recuerdo se esforzaban en
conservar. Cuando los señores debatían el precio de una tierra o las cláusulas
de una relación de dependencia, es seguro que no conversaban en la lengua de
Cicerón. Correspondía al notario el descubrir en
seguida, fuese como fuese un ropaje clásico para su acuerdo.
Todo documento o noticia en latín presenta, o poco
menos, el resultado de un trabajo de transposición, que el historiador actual,
si quiere descubrir la verdad subyacente, debe reconstruir a la inversa.
Tarea relativamente fácil si la evolución hubiese
seguido siempre las mismas reglas, pero no fue así. Desde el tema escolar,
calcado con torpeza de un esquema mental en lengua vulgar, hasta el discurso
latino, pulido con cuidado por un clérigo instruido, se encuentra toda la
gradación. En ciertas ocasiones
—y este es indiscutiblemente el caso más
favorable— la palabra corriente es simplemente disfrazada, bien o mal,
añadiéndole una terminación latina postiza: por ejemplo, homenaje, apenas
enmascarado en homagium. Otras veces, se hacia un verdadero esfuerzo en
no usar más que expresiones clásicas, hasta llegar a escribir —asimilando, por
un juego de espíritu casi blasfemo, al sacerdote de Júpiter con el del Dios
Vivo— archiflamen por arzobispo. Lo peor era que, en la búsqueda de
paralelismo, los puristas no tenían inconveniente en tomar por guía la analogía
de los sonidos más que la de los significados: porque “conde” tenía en francés,
por Cas sujeto cuens, se le traducía por cónsul; o “feudo”,
a veces, por Fiscus. Poco a poco, se establecieron unos sistemas
generales de transcripción, algunos de los cuales participaron del carácter
universalista de la lengua sabía: “feudo”, que en alemán era Lehn, tenía
en los documentos latinos de Alemania, como equivalentes regulares, palabras
forjadas partiendo del francés.
Está demostrado que, hasta en sus empleos menos
torpes, el latín notarial nunca traducía sin deformar un poco.
De esta forma, la propia lengua técnica del
Derecho no disponía más que de un
vocabulario demasiado arcaico y demasiado fluctuante para permitirle captar de
cerca la realidad. En cuanto al léxico de las hablas corrientes, tenia toda la
imprecisión y la inestabilidad de una nomenclatura puramente oral y popular.
Ahora bien, en materia de instituciones sociales, el desorden de las palabras
lleva consigo, casi de manera, necesaria e inevitable el de las cosas.
Aunque no fuese más que
en razón de la imperfección de su
terminología, una gran incertidumbre pesaba sobre la clasificación de las
relaciones humanas. Pero la observación tiene que ser aún ampliada. A cualquier
uso que se aplicara, el latín tenía la ventaja de ofrecer, a los intelectuales
de la época, un medio de comunicación internacional. Por el contrario,
presentaba el temible inconveniente de estar, entre la mayor parte de los
hombres que lo usaban, separado de manera radical de la palabra interna, de
obligarles, por consiguiente, en la
enunciación de su
pensamiento, a perpetuas
aproximaciones. La falta de
exactitud mental que fue, como hemos visto, una de las características más
destacadas de la época, tiene, entre las múltiples causas que la explican, este
vaivén incesante entre los dos planos del lenguaje.
III.
CULTURA
Y CLASES
SOCIALES
¿En qué medida el latín medieval, lengua de
cultura, era la lengua de la aristocracia? ¿Hasta qué punto, en otras palabras,
el grupo de los litterati se confundía con el de los jefes? Por lo que se
refiere a la Iglesia, no hay dudas. Poco importa que el deficiente sistema de
los nombramientos llevase, en algunos lugares, a ignorantes hasta los primeros
puestos. Las sedes episcopales, los grandes monasterios, las capillas de los
soberanos, en una palabra, todos los estados mayores del ejército eclesiástico,
nunca estuvieron faltos de clérigos instruidos que, con frecuencia de origen
noble, se formaban en las escuelas monásticas y, en especial, en las catedrales.
Si pasamos al mundo laico, el asunto se hace más delicado.
No hay que imaginar, ni en las horas más
sombrías, una soledad hostil por completo a todo alimento intelectual. Que, por
lo general, se estimaba útil a un conductor de hombres el acceso al tesoro de
reflexiones y de recuerdos de los que sólo lo escrito, es decir el latín, podía
proporcionar la llave, nos lo
atestigua la importancia dada por muchos soberanos a la instrucción de sus
herederos. Roberto el piadoso, “rey sabio en Dios”, fue en Reims el
discípulo del ilustre Gerberto; Guillermo el Conquistador dio a su hijo
Roberto un clérigo por preceptor. Entre los nobles, se encontraban verdaderos
amigos de los libros: Otón III, si bien es verdad que fue educado por su madre
—princesa bizantina que aportó de su patria los hábitos de una civilización
mucho más refinada—, hablaba correctamente el griego y el latín; Guillermo III
de Aquitania reunió una biblioteca en
la que, a veces, se le veía leer hasta horas avanzadas de la noche.*86
Todavía hay que añadir el caso, nada excepcional, de los príncipes que,
destinados primero a la Iglesia, conservaron de su
primer aprendizaje ciertos conocimientos y ciertas inclinaciones propias
del medio clerical; tenemos un ejemplo en Balduino de Boulogne, rudo guerrero,
no obstante, que llegó a ceñir la corona de Jerusalén.
Pero, a estas educaciones superiores les era
necesaria la atmósfera de los elevados linajes, ya sólidamente asentados en su
poder hereditario. Nada más significativo que, en Alemania, el contraste, casi regular,
entre los fundadores de dinastías y sus sucesores: a Otón II, el tercer rey
sajón y a Enrique III, el segundo de los Salios, ambos instruidos con esmero, se
oponen sus padres: Otón el Grande, que aprendió a leer a los
30 años, y Conrado II, cuyo
capellán confiesa que “no conocía las letras”. Como ocurre con frecuencia, uno y
otro fueron lanzados demasiado jóvenes a una vida de aventuras y de peligros,
para haber
tenido la
posibilidad de
instruirse y
formarse en
su oficio
de jefes
de otra manera que por la práctica o por la tradición oral. Con más
razón ocurría lo mismo cuando se
descendía más bajo en la escala social. La cultura relativamente
brillante de
algunas grandes
familias reales
o de
la nobleza
no debe engañar. Ni tampoco la
excepcional fidelidad que las clases hidalgas de Italia y de España conservaron
por las tradiciones pedagógicas, ellas mismas bastante rudimentarias: aunque su
ciencia quizá no llegaba más lejos, el Cid y doña Jimena sabían, por lo menos,
escribir su nombre.*87 No se puede poner
en duda que
al norte
de los
Alpes y
de los Pirineos
por lo
menos, la
mayoría de los señores,
pequeños y medianos, que detentaban en esta época los principales poderes
humanos, no estuviera compuesta de verdaderos letrados en el amplio sentido de
la palabra; hasta tal punto, que en los monasterios donde algunos se retiraban
hacia el final de sus vidas, se consideraban sinónimas las expresiones
conversas, es decir, el llegado tardíamente a la vocación religiosa, e
idiota, que designaba al monje incapaz de leer las Sagradas Escrituras.
Por esta falta de educación en el siglo, se
explica el papel de los clérigos, a la vez como intérpretes del pensamiento de
los grandes y como depositarios de las tradiciones políticas. Era forzoso a los
príncipes pedir a esta categoría de sus servidores lo que el resto de su círculo
no les podía proporcionar. Hacia la mitad del siglo VIII, habían desaparecido
los últimos refrendarios laicos de los reyes merovingios; en abril de
1298. Felipe el Hermoso entregó los sellos al caballero Pierre Flotte:
entre ambas fechas transcurrieron más de cinco siglos, durante
los cuales
las cancillerías
de los
soberanos que
reinaron sobre
Francia tuvieron a su frente solo a hombres de Iglesia. En los demás
países, ocurrió algo parecido. No se podría considerar corno un hecho
indiferente que las decisiones de los poderosos de este inundo fuesen algunas
veces sugeridas y siempre expuestas por hombres que, fuesen cuales fueren sus
tendencias de clase y de nación, pertenecían por su educación a una sociedad de
naturaleza universalista y con bases espirituales. No hay duda de que, por
encima de la mezcolanza de los pequeños conflictos locales, contribuyeron a
mantener una preocupación por horizontes más amplios. Por otra parte,
encargados de dar forma escrita a los actos de la política, se encontraron
necesariamente llevados a
justificarlos de manera oficial por motivos derivados de su propio código moral,
y a extender así, sobre los documentos de la época feudal casi entera, ese
barniz de considerandos, en buena parte engañadores, como atestiguan, en
particular, los preámbulos de tantas
franquicias logradas a peso de dinero
y disfrazadas de
simples liberalidades,
o tantos privilegios reales que se pretende dictados por la más común piedad. Como,
durante mucho tiempo, también la historiografía, con sus juicios de valor,
estuvo en manos de los clérigos, las convenciones del pensamiento, tanto como
las convenciones literarias,
conspiraron para
tejer ante
la cínica
realidad de
los motivos
humanos una especie de velo, que no habría de ser rasgado, en el umbral
de los tiempos nuevos, sino por la
dura mano de un Commynes y de un Maquiavelo.
No obstante, los laicos continuaron siendo en
muchos aspectos el elemento activo de la sociedad temporal. Sin duda, los más
iletrados de entre ellos no eran por eso unos ignorantes. Además de que no
dejaban, en caso necesario, de hacerse traducir lo que no eran capaces de leer,
veremos en seguida cómo los relatos en lengua vulgar pudieron transmitirles
recuerdos e ideas. Pero, no obstante, hay que imaginarse el caso de la mayor
parte de señores y de gran número de
individuos de
la alta
nobleza: administradoras incapaces
de consultar personalmente una
relación o una cuenta; jueces cuyas sentencias eran redactadas —cuando lo eran—
en una lengua desconocida del tribunal. Reducidos
de ordinario a reconstruir
de memoria
sus decisiones
pasadas
¿cómo
extrañarse de
verlos con
frecuencia totalmente desprovistos del
espíritu de continuidad que muchos historiadores, bien equivocadamente,
se obstinan a veces en atribuirles?
Si lo escrito les era extraño, en ocasiones
llegaba a serles indiferente. Cuando Otón el Grande recibió, en el 962,
la corona imperial, dejó que se estableciese bajo su nombre un privilegio que,
inspirado en los pactos de los emperadores carolingios y quizás por la
historiografía, reconocía a
los papas, “hasta el fin de los
siglos”, la posesión de un inmenso territorio; despojándose así el emperador-rey
hubiera abandonado al Patrimonio
de San
Pedro la
mayor parte de Italia e
incluso el dominio
de algunos de los más
importantes pasos alpinos. Desde
luego, Otón
no imaginó un
solo minuto
que estas
disposiciones, por otra parte muy
precisas, pudieran ser llevadas a la realidad. No seria tan sorprendente si se
tratara de uno de esos tratados engañosos que, en todos los tiempos, bajo la
presión de las circunstancias, fueron firmados con el firme propósito de no
ejecutarlos. Pero nada en absoluto,
sino una tradición
histórica más o menos mal comprendida, obligaba al príncipe sajón a
semejante hipocresía. Por una parte, el pergamino y su tinta; por la otra, sin
relación con él, la acción: tal era el último y, bajo esta forma particularmente
cruda, el excepcional resultado de una escisión mucho más general. La única
lengua que pareció digna de fijar, junto a los conocimientos más útiles al
hombre y a su salvación, los resultados de toda práctica social, no era
comprendida en absoluto por un gran número de personajes en situación de
conducir los asuntos humanos.
IV.
LA
MENTALIDAD RELIGIOSA
Para caracterizar la actitud religiosa de los
hombres de la Europa feudal, se acostumbra decir “pueblo de creyentes”. Nada más
justo, si con ello se entiende que toda concepción del mundo de la que lo
sobrenatural estuviese excluido era completamente extraña a los espíritus de esa
época, y que, con más exactitud, la imagen que se hacían del destino del hombre
y del universo se inscribía casi unánimemente en el modelo trazado por la
teología y la escatología cristianas bajo sus formas occidentales. Poco importa
que en algunos lugares surgieran algunas dudas opuestas a las fábulas de
las Sagradas Escrituras; desprovisto de toda base racional, este escepticismo
rudimentario, que en general no era propio de personas cultivadas, llegado el
día del peligro, se fundía como la nieve ante el Sol. Es lícito, incluso, decir
que nunca la fe mereció más puramente su nombre. Pues, interrumpido desde la
extinción de la filosofía cristiana antigua, apenas reavivado temporalmente,
durante el renacimiento carolingio, el esfuerzo de los doctos para dar a los
misterios el apoyo de una especulación lógica no debía recomenzar antes de fines
del siglo XI. En cambio, sería un grave error atribuir a estos creyentes un
credo uniforme.
En efecto, no sólo el catolicismo estaba lejos de
haber definido por completo su
dogmática: tanto, que la más estricta ortodoxia disponía entonces de un juego
mucho más libre del que debía tener más tarde, después de la teología
escolástica, primero, y de la Contra-Reforma, a continuación. No sólo, en el
margen indeciso
donde la herejía cristiana
se degradaba en religión
opuesta al cristianismo, el viejo maniqueísmo conservaba, en diferentes lugares,
más de un adepto, de los que no se sabe exactamente si heredaron su fe de
grupos que continuaron obstinadamente fieles, desde los primeros siglos de la
Edad Media, a esta secta perseguida o
si, por el contrario, la recibieron de la Europa oriental, después de una larga
interrupción. Lo más notable era que el catolicismo penetró en las masas de
manera muy incompleta. Reclutando sin
la debida fiscalización e instruido de manera imperfecta —con frecuencia, el
azar de
las lecciones dadas por algún
sacerdote, el mismo poco
instruido, a un muchacho que,
ayudando la misa, se preparaba para recibir órdenes—, el
clero parroquial era en su conjunto, moral e intelectualmente, inferior a
la tarea que se proponía. La
predicación, único instrumento capaz
de abrir eficazmente al pueblo el acceso de los misterios encerrados en
las Escrituras Sagradas, era
practicada de manera muy irregular. En 1031, el Concilio de Limoges se levanto
contra un error que pretendía reservarla a los obispos, los que a su vez, no podían por sí solos evangelizar toda su diócesis.
La misa católica se decía con más o menos
corrección —a veces, incorrectamente— en todas las parroquias. “Textos de los
que no saben leer”, los frescos y los bajorrelieves en los muros de las
principales iglesias o en sus capiteles, prodigaban conmovedoras, pero
imprecisas lecciones. Ciertamente, los fieles tenían, casi todos, un
conocimiento sumario de los aspectos más patentes para la imaginación de las
representaciones cristianas sobre el pasado, el presente y el porvenir del
mundo. Pero, al lado de esto, su vida religiosa se alimentaba de una multitud de
creencias y de prácticas que, unas veces legadas por magias milenarias, y
otras, nacidas, en una época reciente, en el seno de una civilización todavía
animada de una gran fecundidad mítica, ejercían sobre la doctrina oficial una
constante presión. En los cielos de tormenta, se continuaba viendo pasar los
ejércitos de fantasmas: los muertos, decía la multitud; los demonios, decían los
doctos, mucho menos inclinados a negar estas visiones que a encontrarles una
explicación aproximadamente ortodoxa.*88 Innumerables ritos
naturalistas, entre los que la poesía nos ha convertido en familiares las
fiestas del árbol de mayo, se celebraban en la
campiña.
En resumen, nunca la teología se confundió más
con la fe colectiva, sentida y vivida religiosamente.
A pesar de los infinitos matices, según los medios
y las tradiciones regionales, algunos caracteres comunes de la mentalidad
religiosa así comprendida pueden ser señalados. A riesgo de dejar escapar más
de un rasgo profundo o conmovedor y más de una interrogación apasionada y
cargada de valor humano, tendremos que limitarnos aquí a retener las
orientaciones de pensamiento y de sentimiento cuya acción sobre la conducta
social parece haber sido particularmente fuerte.
A los ojos de todas las personas capaces de
reflexionar, el mundo sensible no era más que una especie de más cara, detrás
de la cual ocurrían las cosas verdaderamente importantes, un lenguaje también,
encargado de expresar por signos una realidad
más profunda. Y
como una
trama externa
no ofrece
mucho interés en si misma, el resultado de este perjuicio era que la
observación, generalmente se abandonaba
en provecho
de la
interpretación. En un
pequeño tratado sobre el universo que, escrito en el siglo IX, gozó de
fama durante mucho tiempo, Rabano Mauro explicaba, como sigue, su intento:
“me ha venido al espíritu la idea de componer un
opúsculo... que tratase, no sólo de la naturaleza de las cosas y de la propiedad
de las palabreas..., sino también de
su significación mística”.*89
Con ello
se explica en gran parte la mediocre
interpretación de la ciencia
sobre la Naturaleza, que no parecía merecer mucho que nadie se ocupase de
ella. La técnica, hasta en sus
progresos, a veces considerable, no era más que
empirismo.
¿Por lo
demás, esta
naturaleza despreciada, cómo hubiese
parecido apta
para sacar de
sí misma
su propia
interpretación? ¿No
era, en
el infinito detalle de
su desarrollo ilusorio, concebida ante todo como obra de voluntades
ocultas?
Voluntades en plural, si tenemos que creer a los
sencillos, e incluso a muchos doctos; pues, por debajo del Dios Único y
subordinados a su Omnipotencia — sin que, por otra parte, se tuviese una idea
exacta de esta sujeción—, la generalidad de los hombres imaginaba, en estado de
lucha perpetua, los deseos opuestos de una multitud de seres buenos o malos:
santos, ángeles y, sobre todo, diablo.
“¿Quién no sabe, —escribía el sacerdote Helmold—,
que las guerras, los huracanes, las pestes y todos los males que se abaten sobre
el género humano, llegan por ministerio de los demonios?”*90
Las guerras, como puede advertirse, se citan
entremezcladas con las tempestades; los accidentes sociales, pues, en el mismo
plano que aquellos a los que hoy día llamaríamos naturales. De donde se deriva
una actitud mental que ya puso en relieve la historia de las invasiones: no
renunciamiento, en el sentido preciso de la expresión; más bien, refugio hacia
medios de acción reputados más eficaces que el esfuerzo humano. Es cierto que
las reacciones instintivas de un vigoroso realismo no faltaron nunca. Sin
embargo, los historiadores que ante el hecho de que un Roberto el Piadoso
o un Otón III pudiesen acordar a una peregrinación tanta importancia como a una
batalla o una ley, unas veces se escandalizan, y otras se obstinan en descubrir
tras de estos piadosos viajes, secretos fines políticos, atestiguan simplemente
su propia incapacidad para desprenderse de los anteojos de hombres de los
siglos XIX y XX. El egoísmo de la salvación personal no era lo único que
inspiraba a estos peregrinos reales; de los santos protectores que iban a
venerar, esperaban para sus súbditos, y para ellos mismos, los bienes terrenales
junto a las promesas eternas. En el santuario, tanto como en el combate o en el
tribunal, actuaban como conductores de sus pueblos.
Este mundo de apariencias era también un mundo
transitorio. Inseparable en sí mismo
de toda representación cristiana del universo, raramente la imagen
de la catástrofe final se aferró de manera tan fuerte a las conciencias.
Se meditaba sobre ella; se computaban los síntomas precursores. Universal entre
todas las historias universales, la crónica del obispo Otón de Freising, que
empieza con la Creación, acaba trazando un cuadro del Juicio Final.
Aunque, como es natural, con una laguna: de 1146 —fecha en que el escritor
terminó de escribir— al día del
hundimiento total. Otón estimaba que este intermedio sería de poca duración:
“nosotros que hemos sido colocados en el fin de los tiempos”, repite en varias
ocasiones. Como él, pensaba corrientemente las personas de su tiempo y de los
tiempos anteriores. No pensemos que se trata sólo
de ideas de clérigos. Esto
sería olvidar la interpenetración profunda de los dos grupos, clerical y laico.
Incluso entre los que no llegaban, como San Norberto, a anunciar la amenaza tan
próxima que la generación presente no tenia que extinguirse sin verla llegar,
nadie dudaba de su inminencia. En cada príncipe malo, las almas piadosas creían
ver la garra del Anticristo, cuyo atroz imperio precederá el advenimiento del
Reino de Dios.
¿Cuándo sonaría esta hora tan cercana? El
Apocalipsis parecía proporcionar la
respuesta: “Cuando mil años habrán transcurrido...” ¿Había que entender: después
de la muerte de Cristo? Algunos lo pensaban así, colocando en 1033 el gran
acontecimiento. ¿O se tenía que contar desde su nacimiento? Esta última
interpretación parece que fue la más general. En todo caso, es cierto que en la
víspera del año mil, en las iglesias de París un predicador anunciaba para esta
fecha el ‘Fin de los Tiempos’. Si, sin embargo, no se vio extenderse
sobre las masas el terror universal que nuestros maestros del romanticismo
tan equivocadamente pintaron, la razón está ante todo en que atentos al
desarrollo de las estaciones y al ritmo anual de la liturgia, los hombres de
esta época no pensaban en general en cifras de años, ni, menos aún, por cifras
calculadas con claridad partiendo de una base uniforme. Los documentos sin
ninguna clase de mención cronológica son muy abundantes. Por lo que se refiere
incluso a los otros, hay una gran diversidad en los sistemas de referencia, en
su mayor parte sin relación con la vida de Jesucristo: años de reinado o de
pontificado, referencias astronómicas de todo género, ciclo quindecenal de la
indicción, surgido antaño de las prácticas del sistema fiscal romano, etc. Un
país entero, España, aun usando de forma más generalizada que en otras partes
de una era precisa, le daba, no se sabe muy bien por qué, un origen
absolutamente extraño al Evangelio: 38 a. de C. Aún en el caso excepcional de que
las actas, o con más frecuencia
las crónicas,
se refieren
al cómputo de la Encarnación, era necesario tener en cuenta las
variaciones en el principio del año,
pues la Iglesia condenó al ostracismo la fecha del primero de enero, fiesta
pagana. Según la provincias o las cancillerías, el llamado año milésimo empezaba
en una de las seis o siete fechas distintas que se sitúan, según nuestro
calendario, entre el 25 de marzo del 999 y el 31 de marzo del año 1000. Lo que
es peor, fijados en tal o cual momento litúrgico del periodo pascual, algunos de
estos puntos de partida, eran, por esencia, móviles y, por tanto, imprevisibles
a falta de tablas, reservadas sólo a los sabios y muy propicias también a
confundir los cerebros, puesto que condenaban los años sucesivos a tener
duraciones muy desiguales. Con bastante frecuencia, bajo
un mismo
número de
año, se
veía repetirse
una misma
fecha, en
marzo o
abril o la festividad de un
mismo santo. En realidad, para la mayor parte de los occidentales, la expresión
año mil, que se nos ha pintado llena de angustias, era incapaz de evocar ninguna
etapa situada con exactitud en la sucesión de los días.
¿Es, sin embargo, tan falsa la idea de la sombra
lanzada sobre las almas por el anuncio
del ‘Día del Juicio Final’? No; toda Europa tembló hacia fines del primer
milenio, para
calmarse bruscamente tan pronto
pasó esta
fecha fatídica. Pero, lo que
tal vez fue peor, las olas de pánico corrían sin cesar, y no se apaciguaban en
un lugar más que para renacer en seguida un poco más lejos. A veces, una
visión proporcionaba el impulso, o bien una gran tragedia de la historia, como
en 1009, la destrucción del ‘Santo Sepulcro’, o incluso, más
simplemente, una violenta tempestad. Otro día era el cálculo de unos
liturgistas, que desde los círculos instruidos descendía hasta la masa.
“Por
casi todo
el mundo
se había esparcido el rumor
de que
el Fin
llegaría cuando la Anunciación coincidiera con el Viernes Santo”
Escribía
Abbon de
Fleury, poco
antes del año mil.*91
En realidad, recordando que San Pablo, dice que el
Señor sorprenderá a los hombres “como un ladrón nocturno”, muchos teólogos
censuraban estas indiscretas tentativas de penetrar el misterio con que la
Divinidad se complace en envolver sus rayos. ¿Por ignorar, no obstante, cuándo
llegará el momento, es acaso la espera menor ansiosa? En los desórdenes del
ambiente, que con gusto calificaríamos casi de agitaciones adolescentes,
unánimemente, los contemporáneos no veían más que la decrepitud de una
humanidad envejecida, La irresistible vida, a
pesar de
todo, fermentaba entre los
hombres; pero en cuanto meditaban, ningún pensamiento les era más
extraño que el de un porvenir inmenso, abierto ante las fuerzas jóvenes.
Si la humanidad entera parecía correr con rapidez
hacia su fin con más razón esta sensación de en camino se aplicaba a
cada vida, tornada aisladamente. Según la palabra cara a tantos escritos
religiosos, el fiel no era, sobre la tierra, más que un peregrino, al
cual el término del viaje importaba mucho más que los
azares del
trayecto. Es
verdad que
la mayoría
de los hombres no
pensaban de manera constante en su
salvación; pero cuando
lo hacían, era con fuerza
y, sobre todo, con la ayuda de imágenes muy concretas. Estas vivas
representaciones les llegaban a modo de sacudidas; pues sus almas, en esencia
inestables, estaban sujetas a bruscos cambios. Junto al gusto de cenizas de
un mundo que se encaminaba hacia su fin, la preocupación cor las eternas
recompensas interrumpió, por la huida al claustro, más de un destino de jefe,
incluso cortó por completo la sucesión de más de un linaje señorial; por
ejemplo, los seis hijos del señor de Fontaine-lés-Dijon, entrando en el
monasterio llevados por el más ilustre de ellos. Bernardo de Clairvaux. Así, la
mentalidad religiosa
favorecía, a su
manera, la
remoción de
las capas
sociales.
Muchos cristianos, sin embargo, no se sentían con
el corazón bastante firme para plegarse a estas duras prácticas.
Por otra parte,
se estimaban. y quizá no sin razón,
incapaces de ganar
el cielo
por sus
propias virtudes.
Por ello,
ponían su esperanza en las
oraciones de
las almas piadosas,
en los
méritos acumulados, en provecho
de todos los fieles, por algunos grupos de ascetas y en la intercesión de los
santos, materializados por sus reliquias y representados por los monjes, sus
servidores. En esta sociedad cristiana, ninguna función de interés colectivo
parecía más indispensable que la de los organismos espirituales. Y no nos
engañemos: en tanto, precisamente que espirituales. El papel caritativo,
cultural y económico de los grandes capítulos catedralicios y de los monasterios
pudo ser, de hecho, considerable, pero, a
los ojos de los contemporáneos, no era más que accesorio. La noción de
un mundo terrestre completamente penetrado por lo sobrenatural conspiraba aquí
con la obsesión del más allá. La felicidad del rey y del reino, en el presente;
la salvación de los antepasados reales y del mismo monarca, a través de la
Eternidad éste
era el
doble beneficio
que esperaba
de su
función Luis el
Gordo al establecer en San Víctor de París una comunidad de canónigos
regulares.
“Creemos,
—decía Otón
I—, que
a la
creciente prosperidad
del culto divino se halla unida
la salvaguardia de nuestro imperio”.*92
Iglesias poderosas, ricas y creadoras de
instituciones jurídicas originales, una multitud de problemas debatidos con
ardor y que debían pesar mucho en la evolución general de Occidente, suscitados
por la adaptación delicada de esta ciudad religiosa a la ciudad
temporal: en presencia de estos rasgos inseparables de toda imagen del mundo
feudal, ¿cómo no reconocer, en el miedo al infierno, uno de los grandes hechos
sociales de la época?
CAPITULO
III
LA
MEMORIA COLECTIVA
I.LA
HISTORIOGRAFÍA
Multitud de
influencias se
unían en
la sociedad feudal
para inspirar
el gusto por el
pasado. La religión, como libros sagrados tenia
libros de Historia; sus fiestas conmemoraban
sucesos; bajo sus formas más populares, se nutría de
cuentos compuestos sobre vidas de santos muy antiguos; y en fin,
afirmando que la Humanidad estaba cerca de su fin, descartaba la ilusión que
arrastra a las edades de grandes esperanzas a no interesarse más que por su
presente o por su porvenir. El Derecho
canónico se fundaba en textos antiguos; el Derecho laico,
en los precedentes. Las horas vacías,
del claustro o del castillo,
favorecían los largos relatos, En realidad, la Historia no se explicaba ex
professo en las escuelas, sino por intermedio de lecturas encaminadas, en
principio, a otros fines: escritos religiosos, en los que se buscaba una
instrucción teológica o moral; obras de la Antigüedad clásica destinadas, ante
todo, a proporcionar modelos
del bien
decir. En el
bagaje intelectual común, no
dejaba de ocupar, sin embargo, un lugar casi preponderante.
¿A qué fuentes acudían las personas instruidas
ávidas de saber lo ocurrido en tiempos pasados? Aunque conocidos sólo por
fragmentos, los historiadores de la
Antigüedad latina no perdieron nada de su prestigio; si bien Tito Livio no era
el consultado con más frecuencia, su nombre figura entre los libros
distribuidos, entre 1039 y 1049, a los monjes de Cluny para sus lecturas
de Cuaresma.*93 Las obras narrativas de la alta Edad Media tampoco
eran olvidadas: de Gregorio de Tours, por ejemplo, se poseen varios manuscritos
ejecutados entre los siglos X y XII. Pero la influencia más considerable
correspondía, sin discusión, a los escritores que, en el momento decisivo de
los siglos IV y V, se propusieron la tarea de sintetizar las dos
tradiciones históricas, hasta
entonces bien extrañas la una y la
otra, y cuya doble
herencia se imponía al mundo nuevo: la de la Biblia y la de Grecia y
Roma. Para aprovechar el esfuerzo de conciliación procurado entonces por un
Eusebio de Cesarea, un San Jerónimo
o un
Paulo Orosio,
no era
absolutamente necesario
recurrir directamente a estos iniciadores. La sustancia de sus obras había
pasado, y continuaba pasando sin cesar, a gran número de escritos de fecha más
reciente.
Pues la preocupación por hacer sensible, detrás
del último minuto presente, el empuje de la gran corriente del tiempo, era tan
viva que muchos autores, incluso entre los que llevaban su atención a los
acontecimientos más próximos,
juzgaban útil hacer preceder sus textos, a guisa de preámbulo, de una especie de
vista de conjunto de la historia universal. En lo Anales que redactó,
hacia 1078,
en su
celda de
Hersfeld, el
monje Lamberto,
es no posible encontrar otra cosa que información sobre las
turbulencias del Imperio durante el reinado de Enrique IV, pero, en realidad,
tienen como punto de partida “la Creación” bíblica. Entre los investigadores que
consultan en la actualidad la crónica de Reginon de Prüm, acerca de los reyes
francos después del hundimiento del poder carolingio, las crónicas de Worcester
o de Peterborough, sobre las
sociedades anglosajonas, y las pequeñas particularidades de la historia
borgoñona en los Anales de Bèze, ¿cuantos tienen ocasión de advertir que en ellas los destinos de la humanidad
están bosquejados desde ‘la Encarnación’? Incluso cuando el relato no se remonta
tan lejos, es frecuente verlo empezar en una época mucho más antigua que
los recuerdos del memorialista. Construidos a fuerza de lecturas casi
siempre mal digeridas o mal comprendidas, incapaces, por consiguiente, de
enseñarnos nada sobre los hechos demasiado lejanos que pretenden relatar,
estos prolegómenos constituyen, por el contrario, un precioso testimonio de
mentalidad; ponen ante nuestra vista la imagen que la Europa feudal se formaba
de su pasado; y atestiguan, con fuerza, que los fabricantes de crónicas o de
anales no tenían el horizonte estrecho por propia voluntad. Desgraciadamente,
tan pronto como saliendo del seguro refugio de la
literatura, el escritor quedaba reducido a informarse por sí mismo, la
fragmentación de la sociedad limitaba sus conocimientos; tanto, que con
frecuencia, por un singular contraste, la narración, a medida que
progresa, a la vez se enriquece en detalles y, en el espacio, restringe
su visión. Así, por ejemplo, la gran historia de los franceses, elaborada en un
monasterio de Angulema, por Ademar de Chabannes, llegó de etapa en etapa, a
quedar reducida simplemente a una historia de Aquitania.
La misma variedad de los géneros practicados por
los historiógrafos atestigua, por otra parte, el universal placer que se
encontraba en aquel tiempo en narrar o en escuchar los relatos del pasado. Las
historias de pueblos y las historias
de iglesias se entremezclan con las simples recopilaciones de noticias,
establecidas año por año. Cuando las grandes acciones impresionaban las almas,
todo un ciclo narrativo las tomaba por motivo: la lucha entre emperadores y
papas y, sobre todo, las Cruzadas. Aunque los escritores— como los escultores—,
no fuesen hábiles en mostrar los rasgos originales que hacen del ser humano un
individuo, la biografía estaba de moda. No sólo bajo la forma de vidas de
santos. Guillermo el Conquistador, Enrique IV de Alemania y Conrado II, que desde luego no poseían ningún título
para figurar en los altares, encontraron clérigos dispuestos a contar sus
hazañas. Un gran señor del siglo XI, Foulque le Réchin, conde de Anjou, fue más
lejos: redactó por sí mismo, o hizo redactar con su nombre, su propia historia
y la de su linaje, lo que muestra la importancia que los grandes señores
daban al recuerdo. Algunas regiones se nos aparecen como relativamente
desheredadas en este aspecto, debido a que en ellas se escribía poco. Mucho más
pobres en crónicas y anales que las regiones entre el Sena y el Rin, Aquitania
y Provenza también produjeron muchos menos trabajos teológicos. En las
preocupaciones de la sociedad feudal, la historia tenia un papel
bastante considerable para proporcionar, por su variable prosperidad, un
buen barómetro de la cultura en general.
Sin embargo, no debemos engañarnos: esta edad que
se volvía tan gustosamente hacia
el pasado,
contaba para
ello con
instrumentos mucho
más abundantes que verídicos. La dificultad de informarse, incluso sobre
acontecimientos muy recientes, así como la inexactitud general de los
espíritus, condenaba a la mayor parte de obras históricas a arrastrar
extrañas escorias. Toda una tradición narrativa italiana, que empieza hacia la
mitad del siglo IX, olvidando registrar la coronación del año 800, hacía de Luis
el Piadoso el primer emperador
carolingio.*94 Inseparable
casi de
toda reflexión, la crítica
del documento no era
absolutamente desconocida; tenemos
una prueba de ello en el curioso
tratado de Guibert de Nogent sobre las reliquias. Pero, nadie pensaba en
aplicarla sistemáticamente a los documentos antiguos, al menos, antes de
Abelardo, y aún en este gran hombre, en un terreno muy restringido.*95
Como molesto legado de la historiografía clásica, un prejuicio oratorio y
heroico pesaba sobre los escritores. Si ciertas crónicas de monasterios se nos
muestran repletas de documentos de archivos es porque, modestamente se
proponían, como designio casi único, justificar los derechos de la comunidad
sobre su patrimonio. Por el contrario un tal Gilles d'Orval, en una obra de tono
más sostenido, en la que relata los hechos de los obispos de Lieja, al
encontrar en su camino una de las primeras cartas de libertades urbanas, la de
Huy, rehúsa analizarla por temor a fastidiar a sus lectores. Uno de los
méritos de la escuela irlandesa, tan superior en inteligencia histórica a las
crónicas del mundo latino, fue el escapar a estas pretensiones. Por su parte, la
interpretación simbólica, que imponía otra corriente mental, turbaba la
comprensión de
las realidades.
¿Libros de
Historia, los
Libros de
Santos?
Sin duda; pero al menos en una parte
de esta historia, la de la Antigua Alianza, la exégesis reconocía, más
que acontecimientos con sentido propio, la prefiguración de lo que tenia que
suceder: “la sombra del futuro”, según las palabras de San Agustín.*96
Por último, y sobre todo, la imagen adolecía de
una imperfecta percepción de las diferencias entre los planos sucesivos de la
perspectiva.
No es que, como Gastón París se ha atrevido a
decir, se creyesen la inmutabilidad
de las cosas. Semejante
actitud no habría sido compatible
con la noción de una humanidad
en marcha, a grandes pasos, hacia un fin fijado de antemano. “Del cambio de los
tiempos”, titulaba su crónica Otón de Freising,
de acuerdo con la opinión común. No obstante, sin que nadie se mostrara
extrañado, los poemas en lenguas vulgares presentaban por igual a los paladines
carolingios, los hunos de Atila y los héroes antiguos bajo los rasgos de
caballeros de los siglos XI y XII. Aunque no era negada, en la práctica existía
una absoluta incapacidad para comprender la amplitud de esta eterna
transmutación. Por ignorancia, sin duda; pero, sobre todo, porque la
solidaridad entre el pasado y el presente, concebida con demasiada
fuerza, enmascaraba los
contrastes y alejaba
hasta la
posibilidad de
percibirlos.
¿Cómo resistir a la tentación de imaginar a los
emperadores de la vieja Roma iguales por completo a los soberanos
contemporáneos, si aún se tenía por vigente el Imperio romano y a los príncipes
sajones o salios por sucesores en línea recta de César y de Augusto? Todo
movimiento religioso se entendía bajo
el aspecto de una reforma, en la acepción estricta de la palabra: entiéndase, un
retorno hacia la pureza original. ¿La actitud tradicionalista, por otra parte,
que sin cesar atrae el presente hacia el pasado y con ello produce
la confusión entre los colores de ambos, no está en los antípodas del
espíritu histórico, dominado por el sentido de la diversidad?
Con frecuencia inconsciente, el espejismo se hacía
algunas veces voluntario. Sin duda,
las grandes
falsedades que ejercieron
su acción
sobre la
política civil o religiosa de
la era feudal, le son ligeramente anteriores; la pseudo-donación de Constantino
databa de fines del siglo VIII; los productos del sorprendente taller al que se
deben, como obras principales, las falsas decretales puestas bajo el
nombre de Isidoro de Sevilla y las falsas capitulares del diácono Benito
fueron un fruto del renacimiento carolingio, en el momento de su esplendor. Pero
el ejemplo tendría imitadores a través del tiempo. La colección canónica
compilada, entre 1008 y 1012, por el santo obispo Burchard de Worms, está
repleta de atribuciones engañosas y de retoques casi cínicos. Se fabricaron
documentos falsos en la corte imperial, y otros, en cantidad innumerable, en
los scriptoria de
las iglesias, tan mal
afamados en este aspecto que,
conocidas o adivinadas, las falsedades que en ellos eran endémicas,
contribuyeron a desacreditar el testimonio escrito: “cualquier pluma puede
servir para contar cualquier cosa”, decía un noble alemán en el curso de un
proceso.*97 Seguramente, si la industria, eterna en sí misma, de los
falsarios y mitómanos conoció, durante esos siglos, una excepcional prosperidad,
la responsabilidad incumbe en gran parte, a la vez, a las condiciones de la vida
jurídica, que descansaba en
los precedentes, y al
desorden ambiental:
entre
los documentos
inventados, más
de
uno lo
fue sólo
para prevenir
la destrucción
de un texto auténtico. Sin embargo, que tantas producciones falseadas
fuesen llevadas a cabo, que tantos personajes piadosos, de una elevación de
carácter indiscutible, interviniesen en estas maquinaciones —condenadas por el
Derecho y la moral de
su tiempo—,
constituye un síntoma psicológico
digno de reflexión: por una curiosa
paradoja, a fuerza de respetar el pasado, se le llegaba a reconstruir tal como
hubiera debido ser.
Por abundantes que fuesen, los escritos históricos
eran sólo accesibles a una minoría
bastante restringida, pues, a
excepción de
los anglosajones, tenían
por lengua el latín. Según que un conductor de hombres perteneciese o no
al círculo de los litterati, el pasado, auténtico o deformado, actuaba
sobre él con más o menos plenitud. Testigos, en Alemania, después del realismo
de un Otón I, la política de reminiscencias de un Otón III; y después del
iletrado Conrado II, inclinado a abandonar la Ciudad Eterna a las luchas de sus
facciones aristocráticas y de sus pontífices fantoches; el muy instruido Enrique
III, “patricio de
los romanos” y reformador del
papado. Sin
embargo, incluso
los menos cultos entre los jefes, no dejaban de participar en alguna
medida en este tesoro de recuerdos, ayudados en ello por sus clérigos
familiares. Seguramente mucho menos sensible de lo que sería su nieto a los
prestigios de la atmósfera romana, Otón I puso, sin embargo, el mayor interés en
ceñir como el primero de su dinastía, la corona de los Césares. ¿Cómo sabremos
nunca de qué maestros, traduciéndole o resumiéndole qué obras, este rey,
casi incapaz de leer, conoció, antes de restaurarla, la tradición
imperial?
Los relatos épicos en lengua vulgar, sobretodo,
eran los libros de historia de las
personas que no sabían leer, pero a las que gustaba escuchar. Los problemas
que suscita
la epopeya
son quizá
los más debatidos
en el
ámbito de los estudios
medievales. Es difícil dar idea de su complejidad en unas pocas páginas. Pero, a
lo menos, expongámoslos aquí desde el punto de vista que ante todo importa a la
estructura social y que, más generalmente no resulta al menos apropiado para
abrir perspectivas fecundas: el de la memoria colectiva.
II.
LA EPOPEYA
La
historia de
la epopeya francesa, tal como
la interpretamos,
empieza hacia
la mitad del siglo XI, quizá un poco antes. Es cierto, en efecto, que
desde ese momento circularon por el norte de Francia canciones; heroicas en
lengua vulgar. Acerca de estas composiciones de fecha relativamente antigua,
sólo poseemos, desgraciadamente, noticias indirectas: algunas alusiones en las
crónicas o el fragmento de una adaptación latina (el misterioso “fragmento de La
Haya”) Ningún manuscrito épico es anterior a la segunda mitad del siglo
siguiente, pero de la fecha de una copia no se puede deducir la del texto
copiado. Claros indicios aseguran que alrededor del año 1100, lo más tarde,
existían al menos, tres poemas en una forma muy cercana al que en la actualidad
leemos: la Chanson de Roland: la Chanson de Guillaume —que, de
pasada, menciona otros cantares; de los que no se conocen versiones antiguas—,
y, por último, conocido a la vez por el principio de un manuscrito y por algunos
análisis, entre los que el primero en fecha remonta a 1088, el
relato del que se ha convenido en titular Gormont et Isembart.
La intriga del Roland tiene más un origen
folclórico que histórico: odio del
yerno y del padrastro, envidia y traición. Este último motivo reaparece en
Gormont. En la Chanson de Guillaume, la trama es legendaria por
completo. En unos y otros poemas, la mayor parte de los actores del drama, entre
los más importantes, parecen de pura invención: por ejemplo, Olivier, Isembart
y Vivien. Sin embargo, bajo el adorno literario, asoma la trama histórica. Es
completamente histórico que el 15 de agosto del 778, la retaguardia de
Carlomagno fue sorprendida, al pasar los Pirineos, por una hueste enemiga —
vascos, según los datos históricos; la leyenda los llamará sarracenos— y que, en
ruda refriega, un conde llamado Rolando murió junto a muchos otros jefes.
Las llanuras del Vimeu, en las que se desarrolla
la acción de Gormont, vieron en el 881 a un auténtico rey Luis —que era
el carolingio Luis III— triunfar gloriosamente frente a verdaderos paganos: los
normandos, en realidad, que una vez más la ficción transmutó en soldados del
Islam. El conde Guillermo y su mujer Guiburc vivieron en la época de Carlomagno;
era el conde un intrépido matamoros, como en la Chanson, a veces,
como en ella, vencido por los infieles, pero siempre con heroísmo. En un segundo
término de las tres obras, o incluso en la penumbra de sus fondos, no es difícil
reconocer, al lado de sombras imaginarias, más de un personaje, que no por
estar mal situado cronológicamente por los poetas tuvo una existencia menos
real: por ejemplo, el arzobispo Turpin, el rey pagano Gormont, que fue un
célebre vikingo, o ese oscuro conde de Brujas, Esturmi, que la Chanson de
Guillaume pinta con negros colores solamente como inconsciente eco del
menosprecio a que, en su tiempo, le
expuso un nacimiento servil.
El mismo contraste se encuentra en los poemas, que
en gran número y sobre temas análogos se pusieron por escrito en el curso de los
siglos XII y XIII. La fábula se hace en ellos más abundante, a medida que el
género, enriqueciéndose, no consigue renovar su temática más que a base de
ficción. No obstante, casi siempre, en las obras cuyas líneas generales, si no
en la redacción actualmente conocida, remontan a una época bastante antigua, se
percibe, en ocasiones en el centro de la acción un motivo indudablemente
histórico, a veces, entre los detalles, un recuerdo de una precisión inesperada:
figura episódica, castillo cuya existencia se hubiese podido suponer olvidada
desde hacía mucho tiempo. Esto plantea al investigador dos problemas
indisolubles. ¿Por qué puentes, tendidos sobre un abismo varias veces
secular, el conocimiento de un pasado tan lejano se transmitió a las
poetas?
Entre la tragedia del 15 de agosto de 778, por
ejemplo, y la Chanson de los últimos años del siglo XI, ¿qué tradición
tejió sus hilos misteriosos? Y, en el siglo XII, ¿cómo supo el trovador de
Raoul de Cambrai del ataque lanzado en el 943, contra los hijos de Herberto
de Vermandois por Raúl, hijo de Raúl de Gouy, de la muerte del invasor y, junto
a estos acontecimientos, situados en el nudo del drama, los nombres de muchos
contemporáneos del héroe: Ybert, señor de Ribemont, Bernardo de Rethel y Ernaul
de Douai? Esto para el primero de los enigmas, pero no es menos grave el
segundo: ¿por qué estos datos exactos se transmiten de forma tan extraviadamente
desnaturalizada? O más bien —pues no
se puede hacer a los últimos redactores responsables por entero de la
deformación—, ¿cómo explicar que el buen grano les llegase mezclado con tantos
errores e invenciones?
Parte de lo auténtico y parte de lo imaginario:
toda tentativa de interpretación que dejase de dar cuenta, con igual plenitud de
uno y otro elemento estaría condenada al fracaso.
Al principio, las gestas épicas no se
destinaban a la lectura, sino a ser declamadas o, más bien, salmodiadas. De
castillo en castillo o de plaza pública en plaza pública, eran traídos y llevadas por recitadores
profesionales, a lo que se llamaba juglares. Los más humildes, que
subsistían con las pequeñas monedas
que cada
auditor sacaba
"”de los
faldones de
su camisa”.*98
sumaban al oficio de narradores ambulantes el de saltimbanquis. Otros, eran más
felices
y conseguían
la protección
de algún
gran señor
que los
agregaba a su corte,
asegurándose así una ganancia menos precaria. Entre estos ejecutantes, se
reclutaban también los autores de los poemas. En otras palabras, los juglares
unas veces presentaban oralmente las composiciones ajenas, mientras otras,
habían primero “encontrado” por sí mismo los cantos que declamaban. Entre uno y
otro extremo existían una infinidad de matices. Raramente, el “que había
encontrado” inventaba por completo su tema; raramente también, cuando era
intérprete, se abstenía de introducir cambios. Un público diverso, en su mayoría
inculto, casi siempre incapaz de pesar la autenticidad de los hechos, mucho
menos sensible por otra parte a la verdad que a la diversidad y a la exaltación
de los sentimientos familiares; como creadores,
hombres habituados
a rehacer
sin cesar
la sustancia
de sus
relatos, entregados a un género de vida poco favorable al estudio, pero,
en posición, sin embargo, de
frecuentar de vez en cuando a los poderosos y
cuidadosos de agradarles; tal era el trasfondo humano de esta literatura.
Buscar cómo se infiltraron en ella tantos recuerdos exactos, equivale a
preguntarse por qué caminos los juglares se pusieron al corriente de los
acontecimientos o de los nombres.
Es casi superfluo recordarlo: todo lo verídico
que, según nuestros conocimientos, encierran los cantares, se encuentra, bajo
una forma diferente, en las crónicas o
en los documentos: si hubiera sido de otra forma, no nos sería posible ahora
separar lo verdadero de lo falso. Sin embargo, sería inverosímil imaginar a los
juglares como escudriñadores de bibliotecas. Por el contrario, es lógico hacerse
la pregunta de si pudieron tener acceso, indirectamente, al asunto de los
escritos, que ellos no estaban en condiciones de consultar.
Como intermediarios hay que pensar en los
guardianes ordinarios de estos documentos: los clérigos en particular, los
monjes. En sí, esta idea no tiene nada que repugne a las condiciones de la
sociedad feudal. En efecto preocupados, equivocadamente, en oponer en todos los
terrenos el espontáneo al sabio, los historiadores de inspiración
romántica imaginaron, entre los cultivadores de la poesía llamada popular y esos
adeptos profesionales de la literatura latina que eran los clérigos, un abismo
infranqueable. A falta de otros testimonios, el análisis de la canción de Gormont en la crónica del monje Hariulfo, el “fragmento de La
Haya”, que es probablemente un ejercicio escolar, y el poema latino que un
clérigo francés del
siglo XII compuso
sobre la
traición de
Ganelon, bastarían
para asegurarnos de
que, a
la sombra
de los
claustros, la epopeya
en lengua
vulgar no
era ni ignorada ni
desdeñada. Asimismo, en Alemania, el Waltharius, cuyos exámetros
virgilianos adornan de forma tan curiosa una leyenda germánica, nació quizá de
una tarea escolar, y sabemos que, más tarde, en la Inglaterra del siglo XII, el
patético relato de las aventuras de Arturo arrancaba lágrimas por igual a los
jóvenes monjes como a los laicos.*99 A todo lo cual hay que añadir
que, a pesar de los anatemas de algunos rigoristas en contra de los
historiones, los religiosos en general, naturalmente inclinados a propagar
la gloria de sus carne y de las reliquias que constituían sus mejores tesoros,
no eran hombres que desconociesen en los juglares, habituados a declamar en la plaza pública tanto los cantos más profanos como
los relatos piadosos de la hagiografía, una fuerza propagandística, casi sin
igual.
De hecho, como ha demostrado Joseph Bédier en
términos inolvidables, la huella monacal, está de manera clara inscrita en más
de una leyenda épica. Sólo la insistencia de los monjes de Potières y, más
aun, de Vézelay puede explicar el traspaso, a Borgoña, de la acción de Gerardo
de Roussillon, de la que todos los elementos históricos se localizan a orillas
del Ródano. Sin la abadía de Saint-Denis-de-France, su feria y sus cuerpos
santos, no se podría concebir ni el poema del Voyage de Charlemagne,
humorístico relato sobre la historia de las reliquias, más para uso de los
clientes del ferial que de los peregrinos de la iglesia,
ni el Floovant, que
trata, con más gravedad y tedio, un tema semejante, ni alguna otra canción donde aparecen, ante
un telón de fondo en el que perfila el monasterio, los príncipes carolingios,
cuya memoria en él se conservó piadosamente. Acerca de la parte de esta gran
comunidad, aliada y consejera de los reyes capetos, en la elaboración del tema
de Carlomagno, es seguro que aún no se ha dicho todo.
Sin embargo,
en muchas otras obras, en especial
entre las
más antiguas, seria difícil
descubrir la huella de su influencia monástica, a lo menos concertada y
sostenida: tales, la Chanson de Guillarme, Raoul de Combrai y todo el
ciclo de los Lorrains.
En el
propio cantar
de Roland,
que se
ha querido relacionar
con la peregrinación a
Compostela, ¿cómo, si esta hipótesis fuera verdadera, no se cita,
entre tantos santos a Santiago,
ni entre tantas ciudades españolas al gran santuario de Galicia?
¿Cómo explicar, por otra parte, en una obra pretendidamente inspirada por los
monjes, el virulento desprecio que el poeta manifiesta por la vida del claustro?*100
Y, de otra parte, si es indiscutible que todos los datos auténticos utilizados
por las gestas, hubieran podido, en principio, ser obtenidos de la consulta de
cartularios y de bibliotecas, los documentos donde figuran no los presentan, de
ordinario, más que en un estado disperso, entre otros rasgos que no fueron
recogidos; tal es así, que para obtenerlos de estos textos, y obtenerlos solos,
se hubiera necesitado un trabajo de asimilación y de selección, un trabajo de
erudición, en una palabra, de los más extraños a las costumbres intelectuales de
la época. Y en último lugar, y sobre todo, postular en el origen de cada canción
esta pareja pedagógica: por maestro, un clérigo instruido, por alumno, un dócil
juglar, es según parece renunciar a explicar, al lado de la verdad, el error.
Pues, por mediocre que fuese
la literatura
de los
anales, por
llenas de
leyendas
y falsedades que se imaginen con razón
las tradiciones de las comunidades religiosas,
por rápidos
en alterar
o en
olvidar que
se suponga a
los juglares,
los peores relatos construidos con retazos de crónicas o de documentos no
hubieran podido contener ni una cuarta parte de los embustes que presenta la
menos mentirosa de las canciones. Además, tenemos en este aspecto una
contraprueba: hacia la mitad del siglo XII, encontramos dos eclesiásticos que,
sucesivamente, ponen en verso francés, en un estilo casi calcado de la epopeya,
un asunto histórico que, en gran parte, estaba sacado por ellos de manuscritos.
Pues bien, ni en el Román de
Rou, de Wace, ni en la Histoire
des ducs de Normandie, de Benito de Sainte-Maure, faltan las leyendas ni las
confusiones, pero, al lado de la Chanson de Roland, son obras maestras de
exactitud histórica.
Si por tanto hay que tener por improbable que, al
menos en la mayor parte de los casos, los trovadores de finales del siglo
XI y de principios del XII, obtuvieran, en el momento preciso en que componían,
incluso indirectamente, los elementos para sus gestas de crónicas o de piezas de
archivo,*101 es forzoso
admitir, en la base de sus relatos, una tradición anterior. A decir verdad, esta
hipótesis, durante mucho tiempo clásica, no ha sido puesta en peligro sino por
las formas con que demasiado a menudo se la revistió. En el origen, cautos muy
cortos, contemporáneos de los acontecimientos, y después, los cantares tal como los conocemos, tardíamente y mejor
o peor confeccionados con la ayuda de estas primitivas cantinelas,
cosidas una a continuación de la otra; en el punto de partida, en una palabra,
la espontaneidad del alma popular, en el de llegada el trabajo del literato:
esta imagen, cuya simpleza de líneas pudo seducir, no resiste al análisis.
Cierto que no todas las canciones son,
digamos, de “una pieza”; las hay que
muestran evidentes las señales de los groseros puntos de enlace. Pero nadie
podría, al leer sin prejuicios la Chanson de Roland, dejar de ver en ella
una obra escrita por una sola mano, la obra de un hombre, y de un gran hombre,
cuya estética, en la medida que no le era personal, representaba las
concepciones de su época y no el pálido reflejo de himnos perdidos. En este
sentido, se puede decir sin engaño que los cantares de gesta latieron
hacia fines del siglo XI. Pero incluso cuando tiene talento —lo que seguramente
no era el caso más frecuente, se olvida demasiado hasta qué punto la belleza
del Roland es excepcional—, un poeta, por lo general, no hace otra cosa
que utilizar, según su arte, los temas de la herencia colectiva transmitida por
las generaciones.
¿Cómo sorprenderse de que una tradición narrativa
se transmitiese a lo largo del tiempo, cuando se piensa en el interés que los
hombres de la época feudal tenían por el pasado y el placer que sentían al oírlo
contar? Como hogares predilectos, esa tradición, tenía todos los lugares donde
acudían gentes errantes: esas peregrinaciones, esos campos de feria y esos
caminos de peregrinos y de mercaderes cuyo recuerdo han marcado tantos poemas.
Los comerciantes que recorrían largas distancias, de los que sabemos, por el
azar de un texto, que,
alemanes, llevaron
al conocimiento del mundo
escandinavo ciertas leyendas
alemanas*102, cuando fueran franceses, ¿dudaremos de que hayan
transportado, con sus bultos de tejidos o sus sacos de especias, de un extremo
al otro
de sus itinerarios familiares,
buen número
de temas heroicos,
y otras veces, simples nombres? Fueron seguramente sus relatos, junto con
los de los peregrinos, los que
enseñaron a los juglares la
nomenclatura geográfica del Oriente, y dieron a conocer a los poetas del
Norte la belleza del olivo mediterráneo, que, con un ingenuo gusto por lo
exótico y un admirable desprecio del color local, los cantantes plantan con
arrojo en las colinas de Borgoña o de Picardía. Aunque de ordinario no hubieran
dictado las leyendas, los monasterios ofrecieron un terreno muy favorable a su
desarrollo: porque, por ellos,
pasaban muchos viajeros;
porque en
ellos, la
memoria se
anclaba en más de un viejo
monumento; y por último, porque los monjes siempre han tenido
afición a
narrar —excesiva,
al decir de puritanos
como Pedro
Damián*103
—Las más antiguas anécdotas sobre Carlomagno se
escribieron, en el siglo IX, en Saint-Gall;
redactada a principios del siglo XI, la crónica del monasterio de Novalaise, en
el camino del Mont-Cenis, está llena de rasgos legendarios.
No obstante, no imaginemos que todo salía de los
santuarios. Las familias señoriales, por su parte, tenían sus tradiciones, por
donde debió llegar más de un recuerdo, exacto o deformado; y el mismo placer se
sentía en hablar de los antepasados
en las
salas de
los castillos que bajo
las arcadas de
los claustros, sabemos que el duque Godofredo de Lorena gustaba de
entretener a sus huéspedes con historietas sobre Carlomagno.*104 ¿Se
puede estimar que este gusto le era exclusivo? En la epopeya, por otra parte, no
es difícil encontrar dos imágenes del
‘gran carolingio’ que se contradicen violentamente: al noble soberano del
Roland, rodeado de una veneración casi religiosa, se opone el viejo
codicioso, ridículo, de tantos otros cantares. La primera corriente
concordaba con la historiografía eclesiástica tanto como con las necesidades de
la propaganda de los Capetos; en la segunda, no se puede dejar de reconocer la
huella antimonárquica de los nobles.
Las anécdotas pueden transmitirse
muy bien
de generación en generación,
sin por ello
tomar la
forma de
poemas. Pero,
estos poemas
existieron al
fin.
¿Desde cuándo? El problema es casi insoluble. Pues
el asunto se relaciona con el francés, es decir, con una lengua que tenida por
una simple corrupción del latín, empleó muchos siglos en elevarse a la dignidad
literaria. En los “cantares
rústicos”, ósea en lengua popular, que,
a fines del siglo IX, un
obispo de Orleáns creía deber prohibir a sus sacerdotes, ¿se introducía
ya algún elemento heroico? Nunca lo sabremos, porque todo esto ocurría en una
zona situada muy por debajo de la atención de las gentes de letras. Sin embargo,
sin querer sacar del argumento a silentio un partido excesivo, es
forzoso comprobar que las primeras menciones relativas a los cantos épicos
surgen sólo en el siglo XI; la brusca aparición de estos testimonios después de
una larga noche, parece sugerir que las gestas versificadas no se desarrollaron
mucho antes, al menos, con cierta
abundancia. Es notable, por otra
parte, que, en la mayor parte de los
poemas antiguos, Laon figura como residencia habitual de los reyes
carolingios; el mismo
Roland, que restablece a
Aquisgrán en su verdadera
categoría, no deja de arrastrar, como por inadvertencia, algunas huellas de la
tradición de Laon. Pues bien, ésta no podría haber
nacido más que en el siglo X, cuando el “Mont-Loon” tenía el verdadero
papel que los poemas le asignan. Antes o después, la referencia sería
inexplicable.*105 Según todas las apariencias, hay que
atribuir a este siglo la fijación de los principales temas de la epopeya, si no
ya bajo una forma prosódica, al menos dispuestos a recibirla.
Una de las características esenciales de los
cantares fue, de otra parte, el no querer describir más que acontecimientos
antiguos. En época posterior, sólo las Cruzadas parecieron dignas de la epopeya.
Y es porque éstas reunían todas las características para excitar a las
imaginaciones, y, sin duda, también porque trasponían al presente una forma de
heroísmo cristiano, familiar,
desde el siglo XI, a los poemas. Estas obras de actualidad proporcionaban
a los juglares la ocasión de ejercer sobre sus mecenas una dulce presión: por
haber rehusado a uno de ellos dos calzas de escarlata. Arnoul d'Ardres vio su
nombre borrado de la Chanson d'Antioche.*106 Por
placer que encomiaran los nobles en oír el relato de sus hazañas volando en la
boca de los hombres, y por provecho que los poetas pudieran esperar de
semejantes composiciones, las guerras contemporáneas, si no tenían por teatro la
Tierra Santa, no encontraban por lo general nadie que las celebrara bajo esta
forma. ¿Quiere ésto decir, como escribió Gastón París, que la “fermentación
épica” se detuvo en el momento en que la nación francesa se hubo constituido de
manera definitiva? Esta tesis, en sí misma poco verosímil, supondría que los
relatos relativos a los siglos IX
y X
revistieron inmediatamente un forma poética, lo que es muy inseguro. Sin
duda, la verdad es que, llenos de respeto por los tiempos pretéritos, los
hombres no sabían entonces buscar la exaltación más que en los recuerdos ya
cargados del prestigio propio de las cosas muy antiguas. Un juglar, en 1066,
acompañaba en Hastings a los guerreros normandos. Su cantar versó sobre de
Karlemaigne et de Rollant. Otro, hacia 1100, precedía a una banda de
ladrones borgoñones, en una menuda guerra local. Su tema era “los grandes hechos
de los antepasados”*107 Cuando las hazañas de los siglos XI y XII se
hicieron, a su vez. historia, el gusto por el pasado aún subsistía, pero se
satisfacía de otra manera. La historia, a veces todavía versificada, pero
apoyada en adelante en la transmisión escrita y por consiguiente mucho menos
contaminada por la leyenda, reemplazó a la
epopeya.
El amor de los relatos históricos y legendarios no
fue, en la época feudal, exclusivo de Francia. Pero, común a toda Europa,
satisfacía de diversas formas.
Tan lejos como nos remontemos en la historia de
los pueblos germánicos, los vemos habituados a celebrar en versos los éxitos de
los héroes. Entre los germanos del continente y de la Bretaña, como entre los
escandinavos, fueron practicados dos géneros de poesías guerreras, uno al lado
del otro; unas, se consagraban a personajes muy
antiguos, a
veces míticos; otras,
cantaban
la gloria de jefes todavía vivos, o
muertos hacia poco. En el siglo X se abre un periodo en el que apenas se
escribía, y, con pocas excepciones, sólo en latín. Durante estos siglos oscuros,
la supervivencia de las viejas leyendas, en tierra alemana, está atestiguada
casi únicamente por una traducción latina —el Waltharius—, y por la
emigración de ciertos temas hacia los países del Norte, donde la fuente de la
literatura popular brotaba siempre fresca. Sin embargo esas viejas leyendas no
dejaron de vivir ni de seducir. A la lectura de San Agustín o de San Gregorio,
el obispo Gunther que, de 1057 a 1065, ocupó la sede de Bamberg, prefería, si
tenemos que creer a uno de sus canónigos, los relatos sobre Atila y sobre los
Amalos, es decir, la antigua dinastía ostrogoda, extinguida en el siglo VI.
Quizá, incluso —el texto no es claro— poetizaba, de su propia cosecha,
sobre estos temas profanos.*108 Se continuaban, pues, contando,
alrededor de él, las aventuras de reyes desaparecidos hacía mucho tiempo. Sin
duda, se continuaban cantando también, en la lengua de todo el mundo, pero de lo
que se cantaba, nada ha llegado a nosotros. La vida del arzobispo Anno, puesta
en versos alemanes, poco después de 1077, por un clérigo de la diócesis de
Colonia, pertenece a la hagiografía más que a la literatura narrativa destinada
a amplios auditorios.
El velo no se levanta a nuestros ojos más que
alrededor de un siglo después de la aparición de las gestas francesas, y después
que, precisamente, la imitación de esas gestas o de obras más recientes, pero
de la misma procedencia, había, a partir ya de un generación, acostumbrado al
público alemán a apreciar los grandes
frescos poéticos en lengua
vulgar. Los primeros poemas heroicos de inspiración indígena, no fueron
compuestos bajo una forma próxima
a la que conocemos
en la
actualidad antes de
fines del
siglo XII. Abandonando, desde
ese momento, a los cronistas o a la versificación latina los grandes hechos de
los contemporáneos, piden sus motivos, como en Francia, a aventuras ya
engrandecidas a través de una larga transmisión. Lo curioso es que este pasado
predilecto fue aquí mucho más remoto. Un solo Lied —el del duque
Ernesto— se relaciona, aunque deformándolo de manera extraña, con un
acontecimiento de principios del siglo XI. Los otros, junto con leyendas y
relatos maravillosos, de gusto a veces aun muy pagano, mezclan antiguos
recuerdos de la
época de
las invasiones,
por lo
ordinario rebajados
de su dignidad de catástrofes mundiales a la categoría de simples
venganzas personales. Los veintiún principales héroes susceptibles de
identificación, que se han podido enumerar en el conjunto de esta literatura, se
escalonan desde un rey godo, muerto en el 375, a un rey lombardo, muerto en el
575. Si en algún caso se ve aparecer un personaje de fecha más reciente, como
en la Canción de los Nibelungos, en la que vemos a un obispo del siglo X
deslizarse en medio de la asamblea, ya singularmente disparatada, que al lado de
sombras sin consistencia histórica, como Sigfrido y Brunilda, forman Atila,
Teodorico el Grande y los reyes burgundios del Rin, estos intrusos no
figuran más que a título episódico, probablemente por efecto de una influencia
local o clerical. No habría sido así, seguramente, si los poetas hubiesen
recibido sus temas de los clérigos ocupados en consultar los documentos
escritos: como fundadores los monasterios alemanes no tenían jefes bárbaros, y
si los cronistas hablaban bien de Atila y hasta del tirano Teodorico, era
con colores mucho más
negros
que aquellos
con los
que los
adorna la
epopeya.
¿Existe algo, sin embargo, más
sorprendente que este contraste? Francia, cuya civilización fue profundamente
rehecha en el crisol de la alta Edad y cuya lengua, en tanto que entidad
lingüística verdaderamente diferenciada, era relativamente
joven, si
se volvía
hacia su
tradición más remota, descubría a
los carolingios (según nuestros
conocimientos, la dinastía
merovingia sólo aparece en el
cantar de Floovant, muy tardío y que, probablemente, forma parte de un
grupo de obras inspiradas directamente por los cultos monjes de Saint-Denis);
Alemania, por el contrario, disponía para alimentar sus cuentos de un material
infinitamente más antiguo, porque, oculta durante mucho tiempo, la corriente
de los relatos y quizás de los cantares nunca se interrumpió.
Castilla coloca ante nuestros ojos una experiencia
también muy instructiva. La sed de recuerdos no era en ella menor que en otras
partes. Pero en esta tierra de Reconquista, los más antiguos recuerdos
nacionales eran completamente nuevos. De ello resultó que los juglares, en la
medida que no reproducían modelos
extranjeros, se
inspiraron en
acontecimientos relativamente
recientes. La muerte del Cid ocurrió el 10 de julio de 1099; único superviviente
de toda una familia de cantares consagrados a los héroes de las guerras
recientes, el Poema del Cid se puede fechar alrededor de 1150. más
singular es el caso de Italia; este país parece que nunca tuvo epopeya
autóctona. ¿Por qué? Seria una temeridad pretender solucionar con dos palabras
un problema tan confuso. Sin embargo, una solución merece ser sugerida. En la
época feudal, Italia fue uno de los raros países donde en la clase señorial, y
también entre los comerciantes, un
gran número de personas sabían leer. ¿Si el gusto por el pasado no hizo nacer
poemas, no sería a causa de que se encontraba satisfacción suficiente en la
lectura de las crónicas latinas?
La
epopeya, allí
donde pudo
desarrollarse, ejercía
sobre las
imaginaciones una acción tanto más fuerte cuanto que en lugar, como el libro,
de dirigirse exclusivamente a los ojos, se beneficiaba de todo el calor de la
palabra humana y de esta especie de martilleo intelectual que nace por la
repetición, por la
voz, de
los mismos
temas, o
incluso de
las mismas
coplas. Pregúntese
a los gobiernos de la actualidad si la radiodifusión no es un medio de
propaganda aun más eficaz que la prensa. Sin duda, fue a partir de fines
del siglo XII, en los medios en adelante muy
profundamente cultos, donde se vio a las clases elevadas ocuparse en
vivir en realidad sus leyendas: un caballero, por
ejemplo, no
encontrará para
chancearse una
burla más
clara
y más picante que una alusión
tomada de un cuento cortesano; más tarde, todo un grupo de la nobleza de Chipre
se entretendrá en personificar los actores del ciclo de Renard, como más
cerca de nosotros, según parece, ciertos círculos mundanos hacían con los
héroes de Balzac.*109 Apenas nacidas las gestas francesas, antes del
año 1100, los señores ya se complacían en dar a sus
hijos los nombres de Olivier o de Roland, al mismo tiempo que, afectado
de infamia, el de Ganelon desaparecía para siempre de la onomástica.*110
A estos cuentos se llegó a referirse como a auténticos documentos.
Hijo de una época, sin embargo, ya muchos más
libresca, el célebre senescal de Enrique II Plantagenet, Renoul de Glanville,
al que interrogaba sobre las razones de la inveterada debilidad de los reyes de
Francia frente a los duque normandos, respondía invocando las guerras que antaño
habían “casi destruido la caballería francesa”, atestiguándolo con los relatos
de Gormont y de Raoul de Cambrai.*111 Ciertamente, fue
ante todo en tales poemas donde este gran político aprendió a reflexionar sobre
la Historia. A decir verdad, la concepción de vida que expresaban las gestas no
hacia, en muchos aspectos, más que reflejar la de su público: en toda
literatura, una sociedad contempla siempre su propia imagen. No obstante, con el
recuerdo, por mutilado que estuviese, de los antiguos acontecimientos, más de
una tradición realmente tomada del pasado se filtró, de la que, en varias
ocasiones, volveremos a encontrar la huella.
CAPITULO IV
EL RENACIMIENTO INTELECTUAL DURANTE
LA SEGUNDA
EDAD FEUDAL
I.ALGUNOS
CARACTERES
DE LA
NUEVA CULTURA
La aparición de los grandes poemas épicos en la
Francia del siglo XI, puede concebirse como uno de los síntomas precursores por
los que se anunciaba el poderoso desarrollo
cultural del período
siguiente. “Renacimiento del siglo XII”, se dice con frecuencia, fórmula que
puede conservarse, con la reserva de que la expresión, interpretada al pie de la
letra, evocaría una simple resurrección, en lugar de un cambio, y asimismo, con
la condición de no atribuirle un significado cronológico muy preciso. En efecto,
si el movimiento no tomó toda su amplitud más que en el curso del siglo del que
toma nombre, sus primeras manifestaciones, como las de las metamorfosis
demográficas y económicas concomitantes, pueden fecharse en la época decisiva,
que fueron las dos o tres décadas
inmediatamente anteriores al año 1100. A este momento remontan, para no citar
más que algunos ejemplos, la obra filosófica de Anselmo de Canterbury, la obra
jurídica de los más antiguos romanistas italianos
y de
sus émulos
los canonistas,
y el
principio del esfuerzo matemático
en las escuelas de Chartres. Como en los otros terrenos, en el orden de la
inteligencia la revolución no fue total. Pero aunque cercana por su mentalidad
a la primera edad feudal, la segunda esta señalada por rasgos
intelectuales nuevos, cuya acción hay que intentar precisar.
Los progresos de la vida de relación, tan
aparentes en el campo económico, no lo
son menos en el aspecto cultural. La abundancia de traducciones de obras griegas
y, sobre todo, árabes —estas últimas, en su mayor parte intérpretes del
pensamiento helénico—, y la acción que ejercieron sobre la ciencia y la
filosofía de Occidente atestiguan una civilización en lo sucesivo más ávida de
conocimientos. No es por azar que entre los traductores se contaran muchos
miembros de las colonias de mercaderes establecidas en Constantinopla. En el
interior mismo de Europa, las viejas leyendas célticas llevadas
de Oeste
a Este
vinieron a
impregnar con
su extraña
magia
la imaginación de
los narradores
franceses. A su
vez, los
poemas compuestos
en Francia —gestas antiguas o relatos de un gusto más reciente— son
imitados en Alemania, en Italia y en España. Los centros de la nueva ciencia son
grandes escuelas internacionales: Bolonia, Chartres y París, “escalera de Jacob
levantada hacia el cielo”.*112 El arte románico, en lo que por encima
de sus innumerables variedades regionales tenía de universal, expresaba ante
todo una cierta comunidad de civilización o la interacción de una
muchedumbre de pequeños focos de influencia. El arte gótico, por el
contrario, va a dar el ejemplo de formas estéticas de exportación que, sujetas
naturalmente a toda clase de modificaciones, se propagan a partir de centros de
irradiación bien determinados: la región entre el Sena y el Aisne y los
monasterios cistercienes de Borgoña.
El abad Guibert de Nogent que, nacido en 1053,
escribía hacia 1115 sus Confesiones, opone en las siguientes palabras los
dos extremos de su vida. “En los tiempos que precedieron inmediatamente a mi
infancia y aun durante ésta, la escasez de maestros de escuela era tal, que era
casi imposible encontrar uno en una aldea y apenas si se encontraban en las
ciudades, cuando se hallaba
uno por
azar, su
ciencia era
tan insignificante que incluso
no podría compararse
a la
de los clérigos vagabundos de la
actualidad”.*113 No
hay duda de que la instrucción, durante el siglo XII, realizó, en cualidad tanto
como en extensión por las diversas clases sociales, inmensos progresos. más que
nunca, se
fundaba en
la imitación de modelos
antiguos, quizá no venerados en
mayor grado, pero mejor conocidos, mejor comprendidos y mejor sentidos: hasta el
punto de haber provocado en ocasiones, en ciertos poetas de los situados al
margen del mundo clerical, como el famoso Archipoeta renano, la eclosión
de una especie de paganismo moral completamente extraño al período precedente.
En general, el nuevo humanismo era un humanismo
cristiano. “Somos enanos montados sobre la espalda de gigantes”, esta fórmula de
Bernardo de Chartres, repetida con frecuencia, ilustra la extensión de la deuda
que los más graves espíritus de la época se reconocían para con la cultura
clásica.
El nuevo aliento alcanzó los medios laicos. A
partir de este momento, ya no son
excepcionales los casos como el de aquel conde de Champagne. Enrique el
Liberal, que leía los textos de Vegecio y Valerio Máximo, o el conde de
Anjou, Godofredo el Hermoso, que, para construir una fortaleza, se
ayudaba de Vegecio también.*114
Con frecuencia, no obstante, estos gustos chocaban con los obstáculos de
una educación
demasiado rudimentaria para
penetrar en los arcanos de
obras escritas en la lengua de los sabios. Pero, muchos no renunciaban a este
placer.
Véase el caso de Balduino de Guines (muerto en
1205), cazador, bebedor y gran
mujeriego, experto tanto como un
juglar en
canciones de
gesta, y
también en trovas groseras este señor de Picardía, por iletrado que
fuese, no se conformaba solamente
con los
cuentos heroicos
o picarescos. Buscaba
la conversación de los clérigos, a
los que en recompensa, pagaba con historietas paganas. Excelentemente
instruido, al gusto de un sacerdote de su país, para estas doctas
conversaciones, ¿acaso no usaba esa ciencia teológica para discutir con sus
maestros? Pero no se conformaba con cambiar opiniones. Se hizo traducir al
francés, para serle leído en voz alta, más de un libro latino:
junto al Cantar de los Cantares, los Evangelios y la
Vida de San Antonio, una gran parte de la Física de Aristóteles y
la vieja Geografía del romano Solino.*115 De estas
nuevas necesidades, nació así, casi por toda Europa, una literatura en lengua
vulgar que, destinada a las gentes del siglo no se proponía solamente
divertirles. Poco importa que al principio, se compusiera casi exclusivamente de
paráfrasis; ella abría ampliamente el acceso de toda una tradición, de un pasado
pintado con colores menos ficticios.
Durante mucho tiempo, a decir verdad, los relatos
históricos en lenguas nacionales siguieron fieles a la forma prosódica y al tono
de las viejas gestas. Para verlos usar la prosa, instrumento natural de una
literatura de hechos, habrá que esperar, en las primeras décadas del siglo XIII,
la aparición unas veces de memorias compuestas por personajes extraños al mundo
de los juglares y al de la clerecía —un gran señor, Villeardouín; un modesto
caballero, Roberto de Clary—, y otras, la de compilaciones destinadas a
informar a un vasto público: los
Hechos de los Romanos, la suma que sin falsa modestia se titulaba Toda la
historia de Francia, la Crónica Universal sajona, etc.
Aproximadamente, hacia las mismas fechas, primero en Francia y
después en los Países-Bajos y en Alemania, algunos documentos, aun raros,
redactados en el lenguaje corriente, permitieron, al fin, a los hombres
participantes en un contrato el conocer directamente el contenido del mismo.
Entre la acción y su expresión el abismo se rellenaba con lentitud.
Al propio tiempo, en las cortes letradas que se
agrupaban alrededor de los grandes jefes —Plantagenets del Imperio angevino,
condes de Champagne, Welfos de Alemania— toda una literatura de fábulas y de
sueños tejía sus prestigios. Desde luego, más o menos modificadas según el
gusto del momento y llenas de episodios añadidos, las canciones de gesta no
perdieron su prestigio. Sin embargo, a medida que la verdadera historia, poco a
poco, tomaba en la memoria colectiva el lugar de la epopeya, surgieron unas
formas poéticas nuevas, provenzales o francesas por su origen y, muy pronto,
esparcidas por toda Europa. Se trata de novelas de pura ficción, en las que las prodigiosas estocadas, los “grans borroflemens”,
siempre gustados por un sociedad que continuaba siendo básicamente guerrera,
tenían, a partir de este momento, como
telón de fondo familiar, un universo
atravesado de misteriosos
encantamientos: por la ausencia de toda pretensión histórica y por esta huida
hacia el mundo de las hadas, expresiones de una edad desde ahora lo bastante
refinada para separar de la descripción de lo real, la pura evasión literaria.
Eran también poemas líricos cortos, de una antigüedad casi igual, en sus
primeros ejemplos, a la de los mismos cantos heroicos, pero compuestos en número
cada vez mayor y con más sutiles búsquedas. Pues un sentido estético más
agudizado concedía un valor creciente a los hallazgos e
incluso a los preciosismos de la forma; es de este momento el sabroso
verso en que, evocando el
recurso de
Cristián de
Troves, en
el que
el siglo
XII conoció
su más seductor narrador, uno
de sus émulos no sabía encontrar, para alabarlo, mejor elogio que éste: “tomaba
el francés a manos llenas”. Y, sobre todo, las novelas y los poemas líricos no
se limitan ya a describir acciones, sino que se esfuerzan, no sin torpeza, pero
con mucha aplicación, en analizar los sentimientos. Hasta en los episodios
guerreros, la justa de dos combatientes adquiere mayor importancia que los
grandes choques de ejércitos, tan apreciados en los antiguos cantos. De todas
maneras, la nueva literatura tendía
a reintegrar
lo individual
e invitaba
a los
auditores a meditar
sobre su
yo. En esa inclinación a la introspección, colaboraba con una influencia
de orden religioso: la práctica de la confesión auricular, del fiel al
sacerdote, que, encerrada durante mucho tiempo en el mundo monástico, se propagó
durante el siglo XII entre los laicos. Por muchos rasgos, el hombre de los años
alrededor del 1200, en las clases superiores de la sociedad, se parece a su
antecesor de las generaciones precedentes: igual espíritu de violencia, los
mismos bruscos cambios de humor, idéntica preocupación por lo sobrenatural,
acrecentada quizá,
en cuanto
a la
obsesión de
las presencias diabólicas, por
el dualismo que, hasta en los medios ortodoxos, esparcía la vecindad de
las herejías maniqueas, entonces tan florecientes. Pero difiere de él en dos
puntos; es más instruido y es más consciente.
II.
LA
ADQUISICIÓN DE CONCIENCIA
Incluso esta adquisición de conciencia sobrepasaba
al hombre aislado para extenderse a la misma sociedad. El impulso lo dio, en la
segunda mitad del siglo XI, el gran despertar religioso que, del nombre del
Papa Gregorio
VII, que fue uno de sus principales actores, se ha tornado la costumbre
de llamar “reforma gregoriana”. Movimiento complejo como el que más , en el que
a las aspiraciones de los clérigos y, en particular, de los monjes, educados en
los viejos textos, se mezclaron representaciones surgidas de lo más profundo
del alma popular: la idea de que el clérigo cuya carne haya sido mancillada por
el acto sexual, se hace incapaz de celebrar eficazmente los divinos misterios,
más que entre los ascetas del monaquismo y mucho más que entre los teólogos,
fue en las multitudes laicas donde encontró sus más virulentos adeptos.
Movimiento extraordinariamente poderoso asimismo, en el que es posible, sin
exageración, situar la formación definitiva del catolicismo latino, entonces
precisamente, y no por efecto de una coincidencia fortuita, separado para
siempre del cristianismo oriental. Por variadas que fueran las manifestaciones
de este espíritu, más nuevo de lo que él mismo sabia, su esencia puede
resumirse en unas pocas palabras en un mundo en el que
hasta el momento se vio mezclarse casi inextricablemente lo sagrado y lo
profano, el esfuerzo gregoriano tendió a afirmar la originalidad y la supremacía
de la misión espiritual de que la Iglesia se hace depositaría, y a poner al
sacerdote aparte y por encima del simple fiel.
Con seguridad que los más rigoristas entre los
reformadores, eran poco amigos de la
inteligencia. Desconfiaban de la Filosofía, despreciaban la Retórica, no sin
sucumbir con frecuencia a su prestigio —“mi gramática es Cristo”, decía Pedro
Damián, que, sin embargo, declamaba y conjugaba muy correctamente—. Estimaban
que lo religioso estaba hecho para el llanto más que
para el
estudio. En
una palabra, en
el gran
drama de
conciencia que, desde San
Jerónimo, desgarrará más de un corazón cristiano, dividido entre la
admiración por el pensamiento o por el arte antiguos y las celosas exigencias de
una religión de ascetismo, ellos se colocaban resueltamente en el partido
de los intransigentes que, lejos de respetar como Abelardo en los
filósofos del paganismo a “hombres inspirados en Dios”, querían, según el
ejemplo de Gerhoh de
Reichersberg, ver en
ellos “enemigos
de la
cruz de
Cristo”. Pero,
en su tentativa de enderezamiento, y, después, en el curso de los
combates que su programa les obligó a librar contra los poderes temporales y, en
especial, contra el
Imperio, les
fue forzoso
dar forma
intelectual a sus
ideales, razonarlos e invitar
a que fueran razonados. De manera brusca, problemas que hasta entonces no habían
sido debatidos más que por un puñado de doctos tomaron un
valor de actualidad ¿No se leían en Alemania, según se nos dice, o, a lo menos,
no se hacían traducir hasta en las plazas públicas y en las tiendas, los
escritos en los que los clérigos, aún acalorados por la disputa, disertaban en
sentidos diversos acerca de los fines del Estado, de los derechos de los reyes,
de sus pueblos o de los papas?*116 En los demás países no se llegó
hasta este grado, pero en ningún lugar estas polémicas quedaron sin efecto. más
que antaño, se consideró ahora a los asuntos humanos como sujetos a reflexión.
Otra
influencia ayudo a
esta metamorfosis
decisiva. La
renovación del
Derecho científico, que será estudiada más adelante, alcanzaba extensos
círculos en esta época, en la que todo hombre de acción tenía que ser un poco
jurista; y llevaba a ver en las realidades sociales algo que podía ser descrito
con método y elaborado
científicamente. Aunque, sin duda, los efectos más directos de la nueva
educación jurídica deben ser buscados en otra dirección. Ante todo, fuese cual
fuese la materia del razonamiento, habituaba a los espíritus a pensar con
método. Por este lado, se unía con los progresos de la especulación filosófica,
que, por otra parte, le están estrechamente relacionados. Es verdad que el
esfuerzo lógico de un San Anselmo, de un Abelardo o de un Pedro Lombardo no
podía ser seguido más que por un pequeño grupo, reclutado de forma casi
exclusiva entre los clérigos. Pero incluso estos estaban con frecuencia
mezclados a la vida más activa: antiguo alumno de las escuelas de París,
Reinaldo de Dassel, canciller del Imperio y, después, arzobispo de Colonia,
dirigió durante muchos años la política alemana; prelado filósofo, Esteban
Langton tomó, en tiempo de Juan sin
Tierra, el mando de la nobleza inglesa sublevada. Por otra parte, para
experimentar la influencia de un pensamiento, ¿fue jamás necesario participar en
sus más elevadas creaciones?
Póngase
uno junto
a otros
dos documentos, uno, de
los años
cercanos al
1000 y otro, de finales del siglo XII: casi siempre, el segundo es más
explícito, más preciso y mejor ordenado. No es que en el propio siglo XII no
subsistieran contrastes muy sensibles entre los documentos, según el medio de
donde surgían: dictados por la burguesía, en general más avisada que instruida,
los documentos urbanos son de ordinario, en el aspecto del buen orden de su
creación, muy inferiores, por ejemplo, a las bellas escrituras salidas de la
cancillería erudita de un Barbarroja. Sin embargo, en una
visión de conjunto, la diferencia
entre las
dos épocas
es muy
clara. Ahora
bien, la
expresión, aquí, era inseparable de
su contenido. ¿Cómo tener por indiferente, en la historia, aún tan misteriosa,
de las relaciones entre la reflexión y la práctica, que hacia el final de la
segunda edad feudal, los hombres de acción dispusieran por lo común de un
instrumento de análisis mental más perfecto que en otros
tiempos?
CAPITULO
V
LOS
FUNDAMENTOS DEL
DERECHO
I.EL
IMPERIO
DE LA
COSTUMBRE
¿Cómo debía dictar sentencia un juez en la Europa
prefeudal de principios del siglo IX? Su primer deber era interrogar los textos:
compilaciones romanas, si el proceso tenía que ser decidido por las leyes de
Roma; costumbres de los pueblos germánicos, casi en su totalidad fijadas, poco a
poco, por escrito; y, por último, edictos legislativos, que los soberanos
bárbaros promulgaron en gran número. Donde estos monumentos eran explícitos, no
había más que obedecer, pero la tarea no siempre era tan simple. Incluso
dejando de lado el caso, sin duda
en la
practica bastante
frecuente, de
que faltando
el manuscrito, o
pareciendo —como las
pesadas recopilaciones
romanas— de
consulta difícil, la disposición, aunque
tuviera su
origen en
el libro,
no fuera
de hecho
conocida más que por la práctica. Lo más grave era que ningún libro era
suficiente para decidir sobre todas las cuestiones. Fracciones enteras de la
vida social —las relaciones en el interior del señorío, los vínculos de hombre a
hombre, en los que ya se prefiguraba el feudalismo— estaban reguladas en los
textos con mucha imperfección o no lo estaban en absoluto. Por ello, junto al
Derecho escrito, existía ya una zona de tradición puramente oral. Uno de los
caracteres más importantes
del período
que siguió
—en otras
palabras, de la
edad en
que se constituyó de manera efectiva el régimen feudal— fue que este
margen creció desmesuradamente, hasta el punto, en algunos países, de invadir
por completo el terreno jurídico.
En
Alemania y
en Francia,
la evolución
alcanzó sus
límites extremos. Se acaba la
legislación: en Francia, la última capitular, muy poco original por otra
parte, es del 884; en Alemania, la
fuente parece agotada desde el
desmembramiento del Imperio, después de Luis el Piadoso. Apenas si
algunos príncipes territoriales —un
duque de
Normandía, un
duque de
Baviera— promulgan aquí y allá una o dos medidas de carácter un poco general. En
esta pobreza se ha creído a
veces reconocer
un efecto
de la
debilidad en
que había caído el
poder monárquico. Pero esta explicación, que se podría admitir para
Francia, evidentemente no vale para Alemania, donde los soberanos eran mucho más
fuertes. Incluso, esos emperadores sajones o salios que, al norte de los Alpes,
siempre trataban casos individuales en sus diplomas, en sus Estados de Italia se
hacían legisladores, aunque en ellos no poseían una fuerza superior a la que
tenían en Alemania. Si, más allá de los Alpes, no se sentía necesidad de añadir
nada a las leyes poco antes formuladas, la verdadera razón era que estas mismas
leyes habían caído en
el olvido. En el
curso del siglo
X. las leyes bárbaras, como las ordenanzas carolingias, cesan poco a poco
de ser transcritas o
mencionadas, como
no sea
mediante ligeras
alusiones. Las
citas de leyes romanas que
puede hacer algún notario son, en la mayoría de los casos, vulgaridades o, bien,
carecen en absoluto de sentido. ¿Cómo podía ser de otro modo? Comprender el
latín —lengua común, en el antiguo continente, de todos los documentos
jurídicos— era, en general, monopolio de los
clérigos. Pero la sociedad eclesiástica se creó un Derecho propio, cada
vez más exclusivo. Fundado en los textos —tanto que las únicas capitulares
francas que continuaban siendo comentadas eran las concernientes a la Iglesia—
este Derecho canónico se enseñaba en las escuelas, todas
clericales. Por
el contrario, el Derecho
profano no
era materia de
instrucción en ninguna parte. Es cierto que la familiaridad con las viejas
compilaciones no se habría perdido del todo si hubiera existido una profesión de
hombres de leyes. Sin embargo, el procedimiento no comportaba la intervención de
abogados, y todo jefe era juez. Es decir, que la mayor parte de los jueces no
sabían leer: mala condición, sin duda, para el mantenimiento de un Derecho
escrito.
Las relaciones estrechas que unen así, en Francia
y en Alemania, la decadencia de los antiguos derechos con la de la educación
entre los laicos, resaltan, por otra parte, con claridad por algunas
experiencias en sentido inverso. En Italia, ya en el siglo XI, la relación fue
admirablemente advertida por un
observador extranjero, el capellán imperial Wipo; en este país, donde, dice,
“toda la juventud” —entiéndase la de las clases dirigentes— “era enviada a
las escuelas
para trabajar
en ellas
con el
sudor de
sus frentes”*117,
ni las
leyes bárbaras, ni las capitulares carolingias, ni el Derecho romano
cesaron de ser estudiados, resumidos y glosados. Asimismo, una serie de
documentos, espaciados, pero cuya continuidad es visible, atestiguan la
persistencia del hábito legislativo. En la Inglaterra anglosajona,
en la que la lengua de las leyes era la de todo el mundo, donde, por
consiguiente, como lo describe el biógrafo del rey Alfredo, los jueces que no
sabían leer podían hacer que otra persona les leyera los manuscritos y
comprenderlos,*118 los príncipes, hasta Canuto, se ocuparon en
codificar las costumbres o en completarlas, y hasta en modificarlas expresamente
mediante sus edictos. Después de la conquista normanda, pareció necesario poner
al alcance de los vencedores o, al menos, de
sus clérigos, la sustancia de
estos textos, cuyo lenguaje
les era ininteligible. Entonces, se
desarrolló en la isla, desde principios del siglo XII, esta cosa desconocida, en
el mismo momento, al otro lado de la Mancha: una literatura jurídica que, latina
por la expresión, era anglosajona en lo esencial de sus
fuentes.*119
No obstante, por considerable que fuese la
diferencia que se marcaba así entre
los diversos sectores de la Europa feudal, no llegaba a afectar el fondo mismo
del desarrollo. Allí donde el Derecho cesó de fundarse sobre lo escrito,
multitud de reglas antiguas, de diversas procedencias, se conservaban, no
obstante, por tradición oral. Inversamente, en los países que continuaban
conociendo y respetando
los antiguos
textos, las
necesidades sociales
hicieron surgir a su lado, completándolos o suplantándolos, un gran
numero de nuevos usos.
En una palabra, en todas partes una misma
autoridad decidía al final la suerte reservada al patrimonio jurídico de la
época precedente: la costumbre, única fuente viva del Derecho en ese momento y
que los príncipes, incluso cuando legislaban, no pretendían más que
interpretar.
Los progresos de este Derecho consuetudinario iban
acompañados de una profunda remoción de la estructura jurídica. En las
provincias continentales de la antigua Romania, ocupada por los bárbaros,
más tarde en la Germania, conquistada por los francos, la presencia, unos junto
a otros, de hombres que pertenecían por su nacimiento a pueblos distintos,
provocó, en un principio, la más singular mezcolanza que pueda imaginar, un
profesor de Derecho en sus pesadillas. En principio, y hechas todas las reservas
sobre las dificultades de aplicación que no faltaban en las cuestiones entre dos
litigantes de origen distinto, el individuo, en cualquier lugar que habitase,
continuaba sometido a las leyes que
gobernaron a sus antepasados. Hasta tal punto esto era cierto que, según una
frase célebre de un arzobispo de Lyon, cuando en la Galia franca
se reunían
cinco personajes
no había
lugar a
sorprenderse si —romano, franco
salio, franco ripuario, visigodo y burgundio— cada uno obedecía a una ley
diferente. A partir del siglo IX, nadie podía poner en duda que, impuesto en
otro tiempo por necesidades imperiosas, un régimen tal se hizo en exceso molesto
y que cada
vez se
adaptaba menos
a las condiciones
de una
sociedad en la que la fusión de los elementos étnicos estaba casi
realizada. Los anglosajones, que no tuvieron que contar mucho con los pueblos
indígenas, nunca lo conocieron. La monarquía visigoda lo
eliminó conscientemente desde el año 654. Pero cuando estos derechos
particulares estaban fijados por escrito, su fuerza de resistencia era grande.
Es significativo que el país donde se mantuvo más tiempo —hasta el umbral del
siglo XII— esta multiplicidad de obediencias jurídicas fue la culta Italia.
Pero, a cambio de una extraña deformación, pues, siendo las filiaciones cada vez
más difíciles de determinar, se introdujo la costumbre de hacer especificar para
cada persona —en el momento en que tomaba parte en un acto—, la ley a la que se
reconocía sujeta y que a veces
variaba, a voluntad del contratante, según la naturaleza del asunto. En el resto
del continente, el olvido en que, desde el siglo X, cayeron los textos de la
época precedente, permitió la instauración de un orden nuevo.
Régimen de
costumbres territoriales, se dice
algunas veces,
pero valdría más decir, sin duda, de costumbres de grupos.
Cada colectividad humana, en efecto, grande o
pequeña, inscrita o no en un territorio determinado, tiende a desarrollar su
propia tradición jurídica: hasta el punto de verse al hombre, según los diversos
aspectos de su actividad, pasar sucesivamente de una a otra de estas zonas de
Derecho. Veamos, por ejemplo, una aglomeración rural: el estatuto familiar de
los campesinos sigue, de ordinario, unas normas parecidas en toda la comarca
vecina. Su Derecho agrario obedece, por el contrario, a las costumbres
particulares de su comunidad. Entre las cargas que recaen sobre ellos, unas, que
soportan en tanto que ocupantes del suelo, están fijadas por la costumbre del
señorío, cuyos límites casi nunca coinciden con
los del
terruño de la aldea; otras que,
si son de condición servil, alcanzan a sus personas, se regulan por la
ley del grupo, en general más restringido, que componen los siervos de un mismo
señor, habitando el mismo lugar. Todo ello, como es natural, sin perjuicio de
diversos contratos
o precedentes,
estrictamente personales o
capaces
de transmitir sus efectos de padres a
hijos a lo largo de todo un linaje. Incluso allí donde, en dos pequeñas
sociedades vecinas y de contextura análoga, los sistemas consuetudinarios se
constituyeron en su origen según unas líneas semejantes, era fatal que, al
cristalizar los por la escritura, se las viese divergir en forma progresiva.
Ante una tal fragmentación, ¿qué historiador no se siente tentado de repetir por
su cuenta las frases desilusionadas del autor de un Tratado de las leyes
inglesas, redactado en la corte de Enrique II: “poner por escrito, en su
universalidad, las leyes y derechos del reino seria en la actualidad
completamente imposible… tan confuso es su número”?*120
La diversidad residía sobre todo en el detalle y
en la expresión. Entre las reglas practicadas en
el interior de distintos grupos
de una
determinada región, reinaba de ordinario una gran semejanza; a menudo,
incluso, este parecido se extendía más lejos. Algunas ideas colectivas, sólidas
y simples, dominaron el Derecho de
la era
feudal, unas veces propias de
tal o
cual sociedad
europea, y otras, comunes a
toda Europa. Y si bien es cierto que la variedad de sus aplicaciones fue
infinita, este prisma, descomponiendo los múltiples factores
de la evolución, ¿qué hace sino dar a la Historia un juego
excepcionalmente rico en experiencias naturales?
II.
LOS
CARACTERES DEL DERECHO
CONSUETUDINARIO
Tradicionalmente en esencia, como toda la
civilización de la época, el sistema jurídico de la primera edad feudal reposaba
sobre la idea de que lo que fue, tiene
derecho, por
ello, a
seguir siendo;
no sin algunas reservas,
inspiradas por una moral, más elevada. Frente a una sociedad temporal,
cuya herencia estaña lejos de
concordar con sus ideales, los clérigos tenían buenas razones para rehusar el
confundir lo justo con lo ya visto. El rey, declaraba ya Hincmar de Reims, no
juzgará según la costumbre si ésta se muestra más cruel que la “rectitud
cristiana”. Intérprete del
espíritu gregoriano, que
inflamaba a los
puros de espíritu revolucionario, apropiándose, de otra parte, como una
herencia natural, una idea
de ese
otro flagelador
de las
tradiciones que fue
en su
tiempo el viejo Tertuliano, el papa Urbano II escribía, en 1092, al conde
de Flandes: “¿Pretendes hasta el
momento haberte conformado con
el uso
muy antiguo
del país? Sin embargo, debes saberlo,
tu Creador ha dicho: Mi nombre es Verdad. No ha dicho: Mi nombre es Uso”.*121
Vemos, por consiguiente, que podían
existir “malos usos”. De hecho, los documentos de la práctica repiten con
frecuencia estas palabras; pero es casi siempre para estigmatizar reglas de
reciente introducción o creídas tales: “estas detestables innovaciones”, “estas
exacciones jamás vistas”, que denuncian tantos textos monásticos. En otras
palabras una costumbre parecía condenable, sobre todo, cuando era demasiado
reciente. Tanto si se trata de la reforma de la Iglesia como de un proceso entre
dos señores vecinos, el prestigio del pasado no podía ser discutido más que
oponiéndole otro pasado más venerable todavía.
Lo curioso es que este Derecho, a cuyos ojos todo
cambio parecía un mal, lejos de quedar inmutable fue, en efecto, uno de los más
sujetos a variaciones que nunca se ha visto; falto, ante todo, de hallarse en
los documentos de la práctica, como bajo la forma de leyes, estabilizado por la
escritura. La mayor parte de los tribunales se contentaban con decisiones
orales. Cuando era necesario recordar su contenido, se procedía a una
información entre los que fueron jueces, si todavía vivían. En los contratos,
las voluntades se ligaban, esencialmente por medio de gestos y, a veces, de
frases consagradas, en una palabra, mediante un formulismo propio para
impresionar las imaginaciones poco sensibles a lo abstracto, Si en Italia, por
excepción, se
veía al documento escrito intervenir en el intercambio de voluntades, era
simplemente como un elemento del ritual: para significar la cesión de una tierra
se pasaba de las manos de un
contratante a
las del
otro, como
se hubiese
hecho con
un terrón
o una paja en otros lugares. Al norte de los Alpes, el pergamino, cuando
por casualidad era usado, no servía más que de momento: desprovista de todo
valor auténtico, esta “noticia” tenía por objeto principal registrar una lista
de testigos. Pues en último análisis, todo reposaba en el testimonio, lo mismo
si se usó la “tinta negra”, que si,
con más razón, y esto era lo más frecuente, se prescindió de su uso. Como el
recuerdo prometía evidentemente ser más durable cuanto más tiempo vivieran los
testigos, los contratantes, con frecuencia llevaban niños consigo. ¿Se temía la
confusión mental propia de esta edad? Diversos procedimientos permitían
prevenirla mediante una oportuna asociación de imágenes: una bofetada, un
pequeño regalo o incluso un baño forzoso.
Ya se tratase de transacciones particulares o de
reglas generales de uso, la tradición no tenía apenas otras garantías que la
memoria. Pero la memoria humana, la fluyente, “la dispersante” memoria, según la
expresión de Beaumanoir, es un maravilloso útil de eliminación y de
transformación: en especial, lo que llamarnos
memoria colectiva y
que no
siendo, en
realidad, más que una
transmisión de generación en generación,
añade, si está privada de lo
escrito, a los errores de la observación en cada cerebro individual, los malos
entendimientos de la palabra. Lo que aún podría pasar si en la Europa feudal
hubiese existido una de estas castas de profesionales mantenedores de los
recuerdos jurídicos, como las conocieron otras civilizaciones, la escandinava,
por ejemplo. Pero, en la Europa feudal y entre los laicos, la mayor parte de los
hombres que se pronunciaban sobre el Derecho no lo hacían de una manera
profesional. No teniendo adiestramiento metódico, en general quedaban reducidos,
como se quejaba uno de ellos, a “seguir sus posibilidades o sus fantasías”*122.
La jurisprudencia, en resumen, expresaba menos unos conocimientos que unas
necesidades. Creyendo perdurar, la primera edad feudal cambió muy rápida y muy
profundamente, porque, en su esfuerzo por imitar el pasado, no disponía más que
de espejos poco fieles.
La misma autoridad que se reconocía a la
tradición, favorecía, en cierto sentido, el cambio, pues todo acto, una vez
realizado, o repetido tres o cuatro veces,
podía convertirse en precedente
incluso si
en su origen
fue excepcional, o hasta
frescamente abusivo. Los monjes de Saint Denis, en el siglo XI, en ocasión
de faltar el
vino en
las bodegas
reales en
Ver, fueron
solicitados para llevar allí cien
moyos. A partir de entonces, esta prestación les fue reclamada todos los años a
título obligatorio, y para abolirla fue necesario un diploma imperial. Exista
una vez en Ardres un oso, llevado por el señor del lugar y los habitantes que se
divertían viéndolo pelear contra los perros, se brindaron a alimentarlo. Después
el animal murió, pero el señor continuó exigiendo los panes.*123 La
autenticidad de la anécdota es quizá discutible, pero su valor simbólico está
fuera de duda. Muchos censos nacieron así de benévolas donaciones, y durante
mucho tiempo conservaron el nombre de tales. A la inversa,
una renta
que dejaba
de ser
pagada durante
un cierto
número de
años o un rito de sumisión que dejaba de ser renovado, se perdían, casi
fatalmente, por prescripción.
De suerte que se introdujo
la costumbre,
en numero
creciente de establecer estos curiosos documentos que los versados en
diplomática llaman “cartas de no perjuicio”. Un noble o un obispo piden albergue
a un abad; un rey, necesitado de
dinero, hace un llamamiento a la generosidad de un súbdito. De acuerdo, responde
el personaje así solicitado, pero con una condición, la de que quede bien
especificado, en negro sobre blanco, que mi complacencia no creará un derecho a
mis expensas. No obstante, estas precauciones que sólo podían tomar personas de
cierto rango, no tenían eficacia más que cuando la balanza de fuerzas no era
demasiado desigual. Una de las consecuencias de la concepción consuetudinaria,
fue, con demasiada frecuencia, el legitimar la brutalidad y, haciéndola
provechosa, propagar su empleo. ¿O acaso no era uso en Cataluña, cuando una
tierra era alienada, el estipular, en una fórmula llena de cinismo, que era
cedida con todas las ventajas de que disfrutó su posesor, “espontáneamente o por
la violencia”?*124
Este respeto para con el hecho antaño consumado,
actuó con una fuerza particular sobre el sistema de los derechos reales. Durante
toda la época feudal, es raro que se hable de la propiedad, ya de una tierra, ya
de un poder de mando, y mucho más raro aún —fuera de Italia el caso no se
encuentra casi nunca— que se lleve a
cabo un proceso sobre esta propiedad. Lo que las partes reivindican, casi de
manera uniforme, es la “posesión” (en alemán, Gewere; en
francés, saisine). En
el mismo siglo XIII el Parlamento de los reyes Capetos,
dócil a las influencias romanas, se preocupa en vano de que en toda sentencia
sobre la “saisine” quede reservada la petitoria, es decir la
reclamación de la propiedad; no se sabe que el procedimiento así previsto fuera
nunca utilizado. ¿Qué era esta famosa “saisine”? No precisamente una
posesión que hubiese podido crear la simple aprehensión del suelo o del derecho,
sino una posesión hecha venerable por el tiempo. ¿Dos litigantes se disputan un
campo o el derecho a un punto judicial? Sea el que sea el detentador actual,
triunfará el que pueda probar haber trabajado o juzgado durante
los años precedentes o, mejor aún, demostrar
que sus padres hicieron lo
mismo antes que él. Por ello, en la medida en que no se recurre a las ordalías o
al duelo judicial, en general se invoca “la memoria de los hombres, tan lejos
como llegue”. ¿Se exhiben títulos? Es sólo para ayudar al recuerdo o, si
atestiguan una transmisión, es ya la de una saisine. Una vez aportada la
prueba del largo uso, nadie estima que tenga que ser probado nada más.
Asimismo, por otras razones todavía, la palabra
propiedad, aplicada a un inmueble, hubiera estado casi vacía de sentido. O, al
menos, se habría tenido que decir como se hará más tarde cuando se disponga de
un vocabulario jurídico mejor elaborado— propiedad
o posesión de tal o cual derecho sobre el feudo Sobre casi toda la tierra, en
efecto, y sobre muchos hombres, pesaban, en esta época, una multiplicidad de
derechos, diversos por su naturaleza, pero cada uno de los cuales parecía
igualmente digno de respeto en su esfera. Ninguno presentaba esta rígida
exclusividad característica de la propiedad de tipo romano. El poseedor que —de
padres a hijos por lo general— trabaja y cosecha; su señor directo, al que paga
censos y que en ciertos casos sabrá volver a llevar su esfuerzo hasta la tierra;
el señor de este señor, y así sucesivamente, todo lo largo de la escala feudal:
multitud de personajes que con tanta razón unos como otros pueden decir “¡mi
campo!”. Y esto aun no es todo, pues las ramificaciones se extendían
horizontalmente tanto como de arriba abajo, y hay que recordar también a la
comunidad lugareña, que ordinariamente recupera el uso de su terruño tan pronto
como queda vacío de cosechas; a
la familia
del poseedor,
sin cuyo asentimiento
el bien
no podría
ser alienado; y a las familias de los señores sucesivos. Este embrollo
jerarquizado de las relaciones entre el hombre y la tierra se fundaba sin duda
en origines muy antiguos. ¿Fue algo
más que una simple fachada, en
una gran parte de la misma Romania, la propiedad quintaría? Sin embargo,
el sistema floreció con incomparable vigor en los tiempos feudales. Semejante
compenetración de posesiones sobre una misma cosa no podía chocar a los
espíritus tan poco sensibles a la lógica de la contradicción y, quizá, para
definir este estado de Derecho y de opinión, tomando de la Sociología una
fórmula celebre, lo mejor seria decir: mentalidad de participación
jurídica.
III.
RENOVACIÓN
DE LOS
DERECHOS
ESCRITOS
En las escuelas de Italia, el estudio del Derecho
romano nunca dejó de cultivarse. Pero hacia fines del siglo XI, según el
testimonio de un monje marsellés, verdaderas multitudes se apretujaban
para escuchar las lecciones dadas por equipos de maestros, en mayor número y
mejor organizados;*125 particularmente, en Bolonia, que ilustró el
gran Imperio, “antorcha del Derecho”.
De manera simultánea, la materia enseñada sufrió profundas transformaciones.
Hasta entonces desdeñadas con frecuencia en provecho de mediocres
compendios, las
fuentes originales volvieron a
tomar el
primer lugar; en especial el
Digesto, que
casi había caído
en olvido, abre
a partir de
ahora el acceso a la reflexión
jurídica latina en lo que ella tenía de más refinado. Nada más aparente
que las relaciones de esta renovación
con los otros movimientos
intelectuales de la época. La crisis de la reforma gregoriana suscitó en todos
los partidos un esfuerzo de especulación jurídica tanto como política; no fue
por un simple azar que la composición de las grandes-colecciones
canónicas que inspiró directamente, fuese contemporánea de los primeros trabajos
de la escuela boloñesa. ¿Cómo no
reconocer en
estos la
huella de
ese retorno
hacia lo antiguo y de este gusto por el análisis lógico que iban a
desarrollarse en la nueva literatura y en la filosofía renacentista?
Hacia la misma época, en el resto de Europa,
nacieron unas necesidades análogas. Los grandes señores empezaban a sentir el
deseo de ayudarse con las opiniones de jurisperitos profesionales: a partir del
1096 aproximadamente, entre los jueces que componen la corte del conde de Blois,
se ve aparecer personajes que, no sin orgullo, se titulan '”doctos en las
leyes”.*126 Quizá se educaron en alguno de los textos de Derecho
antiguo que se conservaban todavía en las bibliotecas monacales de más acá de
los Alpes. Pero estos elementos eran demasiado pobres para proporcionar, por sí
solos, la materia de un renacimiento local. El impulso llegó de Italia;
favorecida por una vida de relaciones más intensas que las de antaño, la acción
del grupo boloñés se propagó por sus enseñanzas, abiertas a los auditores
extranjeros, por el escrito y por la
emigración, en fin, de muchos de sus maestros. Soberano del reino italiano y de
Germania, Federico Barbarroja acogió en su séquito, durante sus expediciones italianas, a algunos legistas lombardos.
Un antiguo alumno de Bolonia, Placentino, se estableció en Montpellier poco
después de 1160; otro, Vaccarius, fue llamado a Canterbury pocos años antes. Por
todas partes, en el curso del siglo XII, el Derecho romano penetró en las
escuelas. Hacia 1170, por ejemplo, se enseñaba, junto con el Derecho canónico, a
la sombra de la catedral de Sens.*127
Esta penetración no dejó de suscitar vivas
oposiciones. De esencia secular, inquietaba, por su paganismo latente, a muchos
hombres de iglesia. Los guardianes de la virtud monástica lo acusaban de desviar
a los religiosos de la oración. Los teólogos lo acusaban de suplantar las únicas
especulaciones que les parecían dignas de los eclesiásticos. Los propios reyes
de Francia o sus consejeros, al menos después de Felipe-Augusto, parecen haberse
mostrado inquietos por las justificaciones que proporcionaba con facilidad a los
teóricos de la hegemonía imperial. No obstante, lejos de conseguir detener el
movimiento, estos anatemas no hicieron más que atestiguar su fuerza.
En el Mediodía de Francia, donde la tradición
consuetudinaria conservó con fuerza la huella romana, los esfuerzos de los
juristas, permitiendo el acceso a los textos originales, tuvieron por resultado
elevar el Derecho escrito a la categoría de una especie de Derecho común,
que se aplicaba a falta de usos expresamente contrarios. Lo mismo ocurría en
Provenza, donde, desde mediados del siglo XII, el conocimiento del Código de
Justiniano parecía tan importante a los propios laicos que se tomó el
cuidado de proporcionarles un resumen en lengua vulgar. En otras partes, la
acción fue menos directa; incluso allí
donde encontraba un terreno favorable las leyes ancestrales estaban enraizadas
con demasiada solidez en la “memoria de los hombres” y demasiado estrechamente
ligadas a la estructura social muy diferente de la de la antigua Roma, para
tolerar ser trastornadas por la voluntad aislada de algunos profesores de leyes.
Es cierto que en todos los lugares, la hostilidad contra los viejos sistemas de
prueba, en particular el duelo judicial, y la elaboración, en el Derecho
publico, de la noción de lesa majestad debieron algo a los ejemplos del
Corpus Juris y a la
glosa. En la práctica, la imitación de los antiguos era aún poderosamente
ayudada por otras influencias: el horror
de la
Iglesia hacia
la sangre,
como hacia
toda práctica
que pudiese
parecer destinada a “tentar a Dios”; la atracción, ejercida sobre los
comerciantes en especial, de los procedimientos más cómodos y más racionales;
y, por último, la renovación del prestigio monárquico. Si, en los siglos XII y
XIII, se ve a algunos notarios luchar para expresar, en el vocabulario de los
códigos, la realidad de su tiempo, estas torpes tentativas no tocaban al fondo
de las relaciones humanas. Fue por otro camino por el que el Derecho culto actuó
entonces sobre el Derecho vivo:
enseñándole a
tomar conciencia más clara de
sí mismo.
Enfrentados, en efecto, con los preceptos
puramente tradicionales que hasta entonces gobernaron la sociedad, la actitud de
los hombre formados en la escuela del Derecho romano debía ser necesariamente la
de trabajar para borrar sus contradicciones y sus incertidumbres. Siendo propio
de estos estados mentales el extenderse con rapidez, estas tendencias, por otra
parte, no tardaron en sobrepasar los círculos relativamente estrechos que tenían
una familiaridad directa con los maravillosos instrumentos de análisis
intelectual legados por la doctrina antigua. Además, concordaban con algunas
corrientes espontáneas. Menos ignorante, la civilización tenía sed de lo
escrito; las colectividades, sintiéndose más fuertes —en especial, los grupos
urbanos— reclamaban la fijación de las reglas cuyo carácter vacilante había dado
lugar a tantos abusos. La reagrupación de los elementos sociales en grandes
Estados o principados favorecía no sólo el renacimiento de la legislación sino
también, en vastos territorios,
la extensión
de una
jurisprudencia, unificados. El
autor del Tratado de las
leyes inglesas, en la continuación del pasaje que se ha citado más arriba,
no sin razón, frente a la desalentadora multiplicidad de los usos locales,
oponía la práctica, mucho mejor ordenada, del tribunal regio. En el reino Capeto,
es característico que en las cercanías del año 1200 se vea
surgir, junto a la antigua mención de la costumbre del lugar, en el
sentido más estricto, los nombres de áreas consuetudinarias más amplias:
Francia alrededor de París, Normandía, Champaña, etc. Con todos estos signos, se
preparaba una obra de cristalización, de la que el siglo XII, que agonizaba,
tenía que conocer, si no la completa realización, al menos los indicios.
Después de la carta de Pisa del año 1142,
en Italia los estatutos urbanos se van multiplicando. Al norte de los Alpes, las
concesiones de franquicias otorgadas a las burguesías tienden cada vez más a
cambiarse en relaciones detalladas de
las costumbres Enrique II,
rey jurista,
“sabio en
la concesión y en la
corrección de las leyes, sutil inventor de sentencias inusitadas”*128
despliega en Inglaterra una actividad legisladora desbordante. Encubierta por el
movimiento de paz, la práctica de la legislación vuelve a introducirse hasta en
Alemania. En Francia, Felipe-Augusto, imitando en todas las cosas a sus rivales
ingleses, regula, mediante ordenanzas, diferentes asuntos feudales.*129
Existen, por último, escritores que, sin misión oficial y, simplemente, para
comodidad de los prácticos, se dedican a poner por escrito las normas
jurídicas en vigor en sus regiones. Como es natural, la iniciativa llegó
de los medios habituados,
desde mucho
tiempo, a
no contentarse con una
tradición puramente oral: el
norte de Italia, donde, hacia 1150, un compilador reunió, en una especie de
corpus, las consultas sobre el derecho de los feudos que inspiraron a los
juristas de su país las leyes promulgadas sobre esta materia por los emperadores
en su reino lombardo; Inglaterra, que hacia 1187 vio establecer, en la esfera de
influencia del justista Renoul de Glanville, el
Tratado al que ya hemos
hecho varias
referencias. A continuación,
hacia 1200, se puede fechar la
más antigua recopilación de costumbres normandas; hacia 1221, el Espejo de
los Sajones que, redactado en lengua vulgar*130 por un caballero,
atestiguaba así doblemente las profundas conquistas del espíritu nuevo. Durante
las generaciones siguientes, la obra debía proseguirse con actividad; tanto que,
para comprender una estructura social imperfectamente descrita antes del siglo
XIII y de la que, a pesar de graves transformaciones, muchos rasgos
subsistían todavía en
la Europa
de las grandes monarquías,
es forzoso referirse con frecuencia, con todas las precauciones
necesarias, a estas obras relativamente tardías, pero en las que se refleja la
claridad organizadora propia de la edad de las catedrales y de las sumas. ¿Qué
historiador del feudalismo podría renunciar a la ayuda del más admirable
analista de la sociedad medieval, el caballero poeta y jurista, Felipe de
Beaumanoir, autor del baile de los reyes hijos y nietos de San Luis y, en 1283,
de las Costumbres del Beauvaisis?
¿Pero, este Derecho que a
partir de ahora, estaba fijado
en parte, y que, en su totalidad, se
enseñaba y escribía, no perdería mucho de su plasticidad y diversidad?
Es cierto
que nada
en absoluto
le impedía
evolucionar, y eso
fue lo que hizo. No obstante,
se modificaba más conscientemente y, por consiguiente, más raramente, pues reflexionar sobre un cambio es
siempre exponerse a renunciar a él. A un período singularmente inconstante, a
una edad de oscura y de profunda gestación, va a suceder, a partir de la segunda
mitad del siglo
XII, una era
en que la
sociedad tendrá
tendencia a
organizar las relaciones
humanas con más rigor, a establecer unos límites más claros entre las clases,
a barrer muchas variedades locales y a no admitir, en fin, más que
transformaciones muy lentas. De esta decisiva metamorfosis de los aledaños del
año 1200
no fueron
seguramente las
únicas responsables
las vicisitudes
de la mentalidad jurídica, por otra parte estrechamente relacionadas con
otras cadenas causales. No hay duda, sin embargo, que contribuyeron a ella con
gran amplitud.

Cruzados
en marcha,
del
manuscrito «De
pasagiis in
terram sanctam», Venecia, (1300)
PARTE
SEGUNDA
LOS VÍNCULOS DE HOMBRE A
HOMBRE
LIBRO
PRIMERO
LOS
VÍNCULOS DE
LA SANGRE
CAPITULO
I
LA
SOLIDARIDAD DEL
LINAJE
I.LOS
“AMIGOS
CARNALES”
Muy anteriores y, por esencia, extraños a las
relaciones humanas características del feudalismo, los vínculos fundados en la
comunidad de la sangre continuaron jugando, en el propio seno de la nueva
estructura un papel demasiado considerable para que sea posible excluirlos de su
imagen. Por desgracia, su estudio es difícil. No sin razón, en la antigua
Francia se designaba de ordinario a la comunidad familiar campesina con el
nombre de comunidad callada; entiéndase, silenciosa. Está en la
misma naturaleza de las relaciones entre parientes próximos el prescindir de
escritos, que para los pocos casos en que se usaban —en general por las clases
señoriales— se han perdido por
completo, al menos por lo que se
refiere a fechas anteriores al
siglo XIII. Pues hasta esa época, casi los únicos archivos que se han conservado
son los de las iglesias. Pero éste no es el único obstáculo. Se puede intentar
trazar un cuadro de conjunto de las instituciones feudales, porque, nacidas en
el mismo momento en que realmente se constituía una Europa, se extendieron, sin
diferencias fundamentales, a todo el mundo europeo. Las instituciones de
parentesco, por el contrario, eran, para cada
uno de los grupos de orígenes diversos que su destino llevó a vivir unos
junto a otros, el legado singularmente tenaz de su pasado particular. Compárese,
por ejemplo, la casi uniformidad de las reglas relativas a la herencia del feudo
militar con la infinita variedad de las que fijaban la transmisión de los otros
bienes. En el texto que sigue, más que nunca, nos será preciso contentamos con
señalar algunas grandes corrientes.
En toda la Europa feudal, pues, existen grupos
consanguíneos. Los nombres que sirven para designarlos son bastante vagos: en
Francia, de ordinario, parentesco o linaje. Por el contrario, los
vínculos así establecidos tienen fama de ser de un vigor extremo. Una palabra es
característica; en Francia, para hablar de los parientes, se dice, simplemente,
los amigos, y, en Alemania, Freunde. “Sus amigos, es decir su
madre, sus hermanos, sus hermanas y sus otros parientes por la sangre o por la
alianza”, dice un documento de Lle-de- France en el siglo XI.*131
Sólo por un deseo de exactitud, poco frecuente, a veces se precisa “amigos
carnales”, como si en realidad no existiese
verdadera amistad más que entre las personas unidas por la sangre.
El héroe mejor servido es aquel cuyos guerreros le
están vinculados por la nueva relación propiamente feudal del vasallaje o por la
antigua relación del parentesco;
ambas ligaduras se ponen
de ordinario
en el
mismo plano,
porque, igualmente absorbentes, parecen tener prioridad sobre todas las
demás. Magen und mannen: la aliteración en la epopeya alemana tiene casi
la categoría de proverbio. Pero en este aspecto, la poesía no es la única
garantía, y el sagaz Joinville, en el siglo XIII todavía, sabe que si la
tropa de Guy de Mauvoisin hizo maravillas en Mansourah, fue porque estaba
compuesta por completo o de hombres ligios del jefe o de caballeros de su
linaje. La adhesión llega a su máximo fervor cuando las dos solidaridades se
confunden; como ocurrió, según el cantar de gesta, al duque Begue, cuyos mil
vasallos estaban
“unidos por
parentesco”. Según
el testimonio de los
cronistas, un noble, de Normandía, de Flandes o de donde fuese, sin duda
tenía su fuerza en sus castillos, en sus ingresos y en el número de sus
vasallos, pero también en el de sus parientes. Y lo mismo ocurría a lo largo de
la gradación social. Incluso los mercaderes, como aquellos burgueses de Gante, que
según un autor que los
conocía bien,
disponían de
dos grandes fuerzas:
“sus
torres”
—torres patricias, cuyos muros de piedra en las
ciudades, lanzaban una sombra espesa sobre las pequeñas casas de madera de la
gente humilde— y “sus parientes”. Eran, en una parte al menos, simples hombres
libres, caracterizados por el modesto wergeld de 200 shillings, y,
probablemente, en gran parte campesinos, los miembros de estas parentelas,
contra las cuales, en la segunda mitad
del siglo X, los habitantes de Londres se declaraban dispuestos a ir a la
guerra, “si ellas impiden que ejerzamos nuestros derechos, constituyéndose en
protectoras de los ladrones”.*132
Llevado ante un tribunal, el hombre encontraba en
sus parientes una ayuda natural. Los cojuradores,*133 cuyo
juramento colectivo bastaba para
librar al que había sido objeto de una acusación o para confirmar la
demanda de un litigante, allí donde este antiguo procedimiento germánico
continuaba en uso, se tomaban
entre los
“amigos carnales”,
ya por
prescripción ya
por conveniencia. Tales, por
ejemplo, en Usagra, en Castilla, los cuatro parientes llamados a jurar
con la
mujer que
se presentaba
como víctima
de
violación.*134
¿Se prefería, como medio de prueba, el duelo
judicial? En principio, expone Beaumanoir, éste tenía que ser reclamado por una
de las partes; aunque generalmente con dos excepciones: es lícito al vasallo
ligio pedir el combate por su señor y todo hombre puede hacerlo asimismo cuando
está en entredicho alguien de su
linaje. Una vez más, las dos relaciones aparecen en
la misma categoría. Así, vemos, en el Roland, a la parentela de
Canelón delegar en uno de los suyos para entrar en liza contra el que había
acusado al traidor. Por otra parte, en la Chanson la solidaridad se
extiende mucho más lejos todavía. Después de la derrota de su campeón, los
treinta del mismo linaje que lo afianzaron, serán colgados. en racimo, en
el árbol del Bosque Maldito. No hay duda de que estamos ante una exageración
poética; la epopeya era un cristal de aumento.
Pero estas invenciones no podían esperar el éxito
si no lisonjeaban el sentimiento común. Hacia 1200, el senescal de Normandía,
representante de un Derecho más evolucionado, tenía dificultades para impedir a
sus agentes que en el castigo de un criminal incluyesen a todos sus parientes;*135
lo que muestra hasta qué punto individuo y grupo parecían inseparables.
A su manera, tanto como un apoyo, el linaje era un
juez. Hacia él, si tenemos que creer a las gestas, iba el pensamiento del
caballero en el momento del peligro, “Acudid a mi socorro a fin de que no me
comporte de manera vil que pueda ser reprochada a mi linaje”; con estas palabras
implora ingenuamente a la Virgen, Guillermo de Orange;*136 y si
Roland desecha la idea de llamar en su ayuda al ejército de Carlomagno, es
por temor a que sus parientes, por su causa, sean infamados. El honor o el
deshonor de uno de sus miembros se refleja sobre la pequeña colectividad por
entero.
Era, sin embargo, sobre todo, en la venganza donde
los vínculos de la sangre se manifestaban en toda su fuerza.
II.
LA VENGANZA
Casi de uno a otro extremo, la Edad Media, y en
particular la era feudal, vivieron bajo el signo de la venganza privada. Esta,
incumbía ante todo, lógicamente, como el más sagrado de los deberes, al
individuo ofendido. Aunque fuese desde ultratumba.
Nacido en una de las burguesías
a las
que su propia independencia,
frente a los grandes Estados, permitió una larga
fidelidad a los puntos de honor tradicionales, un rico florentino,
Velluto di Buonchristiano, herido
de muerte
por uno
de sus
enemigos, hizo
su testamento en 1310. En este
documento que, obra llena de piedad tanto como de sabia administración, parecía,
en este momento destinado ante todo a asegurar la salvación del alma por medio
de devotas liberalidades, no tuvo reparo en inscribir un legado en beneficio de
su vengador cuando surgiera.*137
Sin embargo, el hombre aislado no podía hacer
mucho, además, con frecuencia lo que había que expiar era una muerte. Entonces,
en traba en liza el grupo familiar y se veía nacer la faide, según la
vieja palabra germánica que se extendió por toda Europa: “la venganza de los
parientes que llamamos faide”, dice un canonista alemán*138.
Ninguna obligación moral parecía más sagrada que ésta. En Flandes, hacia fines
del siglo XII, vivía una dama noble, cuyo marido y sus dos hijos fueron muertos
por sus enemigos, y, desde entonces, las venganzas perturbaban a toda la región.
Un santo varón, el obispo de
Soissons, Arnaldo,
quiso predicar
la reconciliación
y, para no
oírle, la viuda hizo levantar
el puente levadizo. Entre los frisones, el mismo cadáver reclamaba la venganza;
guardado en la casa, se consumía, hasta el día en
que los
parientes, cumplida
la faide, tenían
por fin
derecho a
enterrarlo.*139
¿Por qué en Francia, en las últimas décadas del siglo XIII, el prudente
Beaumanoir, servidor de reyes buenos
guardianes de la
paz entre
todos, aconseja
que cada uno sepa calcular
bien los grados de parentesco? Con el fin dice, de que en
las guerras privadas se pueda requerir “la ayuda del amigo”.
Todo el linaje, agrupado de ordinario bajo las
ordenes de un “jefe de guerra”, tomaba las armas para castigar la muerte o
solamente la injuria inferida a uno de los suyos. Pero, no sólo contra el autor
de la ofensa, pues a la solidaridad activa respondía, igualmente poderosa, una
solidaridad pasiva. En Frisia, la muerte del asesino no era absolutamente
necesaria para que el cadáver, ya aplacado, fuese bajado a la tumba; bastaba la
de un miembro de su familia. Y si, veinticuatro años después de su testamento,
se nos dice que Velluto encontró, en uno de sus parientes, el vengador deseado,
la expiación a su vez no cayó sobre el culpable, sino sobre un pariente.
Hasta qué punto estas acciones fueron poderosas y
duraderas nada lo atestigua mejor que una decisión relativamente tardía, del
Parlamento de París. En 1260, un
caballero, Luis Defeux, herido por un tal Thomas
d'Ouzouer, demandó a su agresor ante el Tribunal. El acusado no negó el
hecho, pero expuso que poco tiempo antes fue atacado por un sobrino de su
victima. ¿Qué se le reprochaba? ¿No esperó, conforme a las ordenanzas reales,
cuarenta días para ejecutar su venganza? —Este plazo era el tiempo que se
estimaba necesario para que todo el linaje estuviese advertido del peligro—. De
acuerdo, replicó el caballero, pero lo que hace mi sobrino no me afecta para
nada. El argumento no fue válido, pues el acto de un individuo obligaba a todos
sus familiares. Así lo decidieron, al menos, los jueces del piadoso y pacífico
San Luis. De esta forma, la sangre llamando a la sangre se hacían interminables
las querellas, nacidas con frecuencia de causas fútiles, lanzando unas contra
otras las casas enemigas. En el siglo XI, una disputa entre dos casas nobles de
Borgoña, empezada en época de vendimia, se prolongó por espacio de unos treinta
años; en los primeros combates, uno de los partidos perdió más de once hombres.*140
Entre estas venganzas, las crónicas han retenido en especial las luchas entre
los grandes linajes caballerescos, por
ejemplo, el
“odio perdurable”, mezclado de
traiciones atroces que, en la Normandía del siglo XII, enfrentó los
Giroie y los Talvas.*141 En los relatos salmodiados por los juglares,
los señores encontraban el eco de sus pasiones, agrandadas hasta la epopeya. Las
venganzas de los loreneses contra los bordeleses, de la familia de
Raúl de Cambrai contra la de Herberto de Vermandois llenan algunas de las gestas
más bellas. El golpe mortal que un
día de fiesta uno de los infantes de Lara asestó contra uno de los parientes de
su tía, engendró
una serie
de muertes
que, encadenadas,
forman, el asunto de un famoso
cantar español. Pero, en todas las capas sociales triunfaban las mismas
costumbres. Sin duda, cuando en el siglo XIII la nobleza se constituyó
definitivamente en cuerpo hereditario, tendió a reservarse, como un timbre de
honor, todas las formas del recurso de las armas. Los poderes públicos —por
ejemplo, el tribunal condal de Henao en 1276—*142 y la doctrina
jurídica ajustaron a esto su conducta; por simpatía para con los prejuicios
nobiliarios. pero también porque príncipes y juristas, preocupados en establecer
la paz, sentían más o menos ocultamente la necesidad de sacrificar algo para
salvar lo que se pudiera. La
renunciación a toda venganza, que no era ni posible en
la práctica, ni moralmente concebible imponerla a una casta guerrera era
más fácil obtenerla del resto de la población. Así la violencia se convirtió en
un privilegio de casta; al menos en principio. Pues incluso autores que estiman,
como Beaumanoir, que “sólo los gentilhombres pueden guerrear” no disimulan la
ineficacia real de esta regla. Arezzo no era la única ciudad de donde San
Francisco tal como lo vemos pintado en los muros de la basílica de Asís, hubiera
podido exorcizar los demonios de la discordia. Si las primeras constituciones
urbanas tuvieron la paz como principal motivo de preocupación: si aparecieron,
en esencia, según el nombre que ellas mismas se daban a veces, como documentos
de paz, fue en especial, porque entre muchas otras causas de desórdenes,
las burguesías nacientes estaban desgarradas, como nos dice asimismo Beaumanoir,
“por las contiendas y malas inteligencias que mueven a un linaje contra el
otro”. Lo poco que sabemos de la vida oculta del campo indica un estado de cosas
semejante.
Por suerte, estos sentimientos no eran únicos,
sino que chocaban con todas las
fuerzas intelectuales de la época: el horror ante la sangre vertida que enseñaba
la Iglesia; la noción tradicional de paz pública y, sobre todo, la necesidad de
que esta paz no fuese alterada. más lejos se encontrará la historia del
doloroso esfuerzo hacia la tranquilidad interna que, a través de
toda la época feudal, fue uno de los síntomas más notables de los mismos
males contra los cuales, con más o menos acierto, se intentaba luchar. Los
“odios mortales” —la unión de las dos palabras había tomado un valor casi
técnico— que sin cesar engendraban los vínculos del linaje eran
indiscutiblemente una de las causas principales del ambiente de desorden. Pero
sólo algunos utópicos podían soñar en conseguir su total abolición, pues
formaban parte integrante de un código moral al que, en lo secreto de sus
corazones, los más ardientes apóstoles del orden continuaban fieles. Aún
fijando tarifas o señalando lugares prohibidos al ejercicio de la violencia,
cualquiera que
fuera, muchas
de las
convenciones de
paz
reconocían expresamente la legitimidad
de la faide. En su mayor parte, los poderes públicos no actuaron de otro
modo; se dedicaron a proteger a los inocentes contra los más injustos abusos de
la solidaridad colectiva y fijaron plazos para prevenirse: se dedicaron a
distinguir las represalias autorizadas de los simples bandidajes,
emprendidos con la
excusa de
una expiación.*143
A veces,
probaron a limitar el número y la naturaleza de las ofensas susceptibles
de ser lavadas con sangre: según las ordenanzas normandas de Guillermo el
Conquistador, sólo la muerte de un padre o de un hijo. Cada vez con más
frecuencia, a medida que sentían más fuertes, procuraron adelantarse a la
venganza privada en la represión de
los delitos flagrantes o de los delitos que caían bajo la rubrica de la
violación de la paz. Sobre todo, trabajaron en solicitar de los grupos adversos,
algunas veces en imponerles, la conclusión de tratados de armisticio o de
reconciliación, arbitrados por los tribunales. En una palabra, salvo en
Inglaterra, donde, después de la conquista, la desaparición de todo derecho
legal de venganza fue uno de los aspectos de la tiranía real, se
limitaron a moderar los excesos de prácticas que no podían, ni quizá
deseaban, impedir. Tanto más que los propios procedimientos judiciales,
cuando por casualidad la parte lesionada los prefería a la acción directa, no
eran otra cosa que venganzas regularizadas. Véase, en caso de homicidio
voluntario, la significativa partición de atribuciones que prescribe, en 1232,
la carta municipal de Arques, en Artois: al señor, los bienes del culpable: su
cuerpo, para que sea muerto, a los parientes de la victima.*144 La
facultad de querellarse correspondía casi siempre de manera exclusiva a los
parientes;*145 y aún en el
siglo XIII, en las ciudades y principados mejor organizados, en Flandes. por
ejemplo en Normandía, el homicida no podía ser perdonado por
el soberano o por los jueces si antes no se conciliaba con la familia de
la víctima.
Pues, por respetables que pareciesen “estos viejos
rencores bien conservados”, de que hablan con complacencia los poetas españoles,
no era posible esperar que se
eternizasen. más pronto o más tarde era necesario
que se llegase a perdonar, como se dice en Girart de Roussillon,
la “faide de los muertos”. Según usos muy antiguos, la reconciliación se hacía,
de ordinario, mediante la entrega de una indemnización. “Si tienes la lanza
apuntando tu pecho, cómprala si no quieres recibir el golpe”: el consejo de este
viejo refrán anglosajón no había dejado de ser sabio.*146
A decir verdad, las tarifas de composición que
poco antes las leyes bárbaras elaboraron con tanta minucia y, en particular, en
caso de muerte, el sabio escalonamiento de los “precios del hombre” ya no se
mantenía, y aun muy retocada, más que en algunos lugares: en Frisia, en Flandes
y en algunos puntos de España. En Sajonia, de tendencia conservadora, sin
embargo, si el “Espejo” de
principios del siglo
XIII aún
contiene una
composición de
esta clase, no hace
en él
más que
figura de
vano arcaísmo;
y el “reconocimiento del
hombre” que, bajo San Luis, ciertos textos del valle del Loire continúan fijando
en 100 sueldos, se aplicaba sólo en circunstancias excepcionales*147.
¿Como podía ser de
otra manera? Los
viejos derechos étnicos,
habían sido
sustituidos por costumbres de grupo, comunes a poblaciones de tradiciones
penales opuestas. Los poderes púdicos, en otros tiempos interesados en el
estricto pago de las sumas prescritas, porque en ellas tenían una parte,
perdieron durante la anarquía de los siglos X y XI la fuerza de reclamar nada.
En fin, las distinciones de clases en que se basaban los cálculos antiguos
estaban profundamente alteradas.
Pero la desaparición de los baremos estables no
afectó al uso mismo del rescate. Este persistió, hasta el fin de la Edad Media,
en competencia con las penas
aflictivas, impuestas
por los
movimientos de paz
como más
propias para atemorizar a los criminales. Sólo que el precio de la
injuria o de la sangre, al que a veces se sumaban piadosas fundaciones en favor
del alma difunta, estuvo a partir de esta época resuelto en cada caso
particular, por acuerdo, arbitraje o decisión de la justicia. Así, para no citar
más que dos ejemplos tomados en los dos extremos de la jerarquía, se vio, hacia
1160, al obispo de Bayeux recibir una iglesia
de un
pariente del noble que mato a
su sobrina y, en 1277, a una campesina de Sens, cobrar del asesino de su
marido una pequeña cantidad de dinero.*148
Como la venganza, el pago que le ponía fin
interesaba a grupos enteros, si bien parece que cuando se trataba de una simple
ofensa, se estableció el uso, desde muy antiguo, de limitar la compensación al
individuo ofendido. Cuando, por el contrario,
se trataba de una muerte o de una mutilación, era la familia de la
victima la que, en todo o en parte, cobraba el precio del hombre. En todos los casos, la del culpable contribuía al pago, en virtud de una
obligación estrictamente legal y según unas normas preestablecidas, en los
lugares donde las tarifas regulares
continuaban en vigor: en los otros sitios, la costumbre decidía, o quizá el
simple decoro, ambos lo bastante apremiantes para que los poderes públicos les
reconociesen casi fuerza de ley. “De la hacienda de los amigos”: así,
transcribiendo en su formulario una orden real que ordenaba la fijación, después
de encuesta sobre la costumbre, de la
cuota o parte de los diversos “amigos carnales” llamados a pagar, los oficiales
de la cancillería de Felipe el Hermoso, titulaban este modelo de
documento, del que sin duda estimaban que tendrían que hacer frecuente empleo.*149
De ordinario, el pago de la indemnización no
bastaba para sellar el trato; era necesario, además, un rito de satisfacción o
más bien de sumisión para con la víctima o
los suyos. Con frecuencia, al
menos entre
personas de una categoría
relativamente distinguida, revestía la forma del gesto de subordinación de más
grave sentido que se conocía entonces: el del homenaje "de boca y de
manos". Incluso en este acto, contaban más los grupos que los
individuos. Cuando, en 1208, el alcalde de los monjes de Saint-Denis, en
Argenteuil, concluyó la
paz con
el del
señor de
Montmorency, al que
había herido,
tuvo que llevar consigo a
veintinueve de sus amigos para
el homenaje expiatorio; y, en marzo
de 1134, después del asesinato del subdeán de Orleáns, se pudo
ver a todos los parientes del muerto reunidos con el fin de recibir los
homenajes, no sólo de uno de los asesinos, de sus cómplices y de sus vasallos,
sino también de los “mejores de su parentela”: en total, doscientas cuarenta
personas.*150 De
todas formas,
el acto
del hombre
se propagaba,
en el seno de su linaje, en
ondas colectivas.
III.
LA
SOLIDARIDAD ECONÓMICA
El Occidente feudal reconocía, de manera unánime,
la legitimidad de la posesión individual, pero en la práctica, la solidaridad
del linaje se prolongaba, con frecuencia, en sociedad de bienes. Por todas
partes, en los campos, numerosas hermandades agrupaban, alrededor de un
mismo fuego, de un mismo puchero y en la misma tierra indivisa, a
varias familias emparentadas. El
señor, muchas veces, animaba o imponía estas compañías, pues juzgaba
ventajoso el tener a sus miembros, de buen o mal grado, como solidarios del pago
de los censos. En una gran parte de Francia, el régimen sucesorio del siervo no
conocía otro sistema de transmisión de bienes que la continuación
de una comunidad ya existente. Sólo cuando el heredero natural, hijo o a
veces hermano, abandonaba el hogar colectivo antes de la apertura de la
sucesión, perdía sus derechos, que se borraban totalmente ante los del señor.
Sin duda
estas costumbres eran
menos generales
en las clases más elevadas, porque el fraccionamiento se hace más fácil
a medida que la riqueza aumenta; sobre todo, quizá, porque los ingresos
señoriales se distinguían mal de los poderes
de mando, que,
por naturaleza,
se prestan
menos cómodamente
a ser ejercidos en
colectividad. Multitud de pequeños señores, sin embargo, en particular en el
centro de Francia y en Toscana, practicaban como los campesinos, la indivisión,
explotando en común el patrimonio y viviendo todos juntos en el castillo
ancestral o, al menos, relevándose en su guardia. Eran los “copartícipes de la
capa agujereada”, de los que uno, el trovador Bertrán de Born, constituye el
tipo de caballero pobre, como los treinta y uno que, en
1251, poseían en comunidad una fortaleza del Gévaudan.*151
Cuando un extraño conseguía
sumarse a
un grupo,
tanto si
se trataba
de rústicos
como de altos personajes, el
acto de asociación revestía la forma de una ficticia fraternidad, como si
no existiese contrato de
sociedad más sólido que el
que, a falta de sustentarse en la sangre, al menos imitaba sus vínculos. Incluso
los grandes señores no ignoraban siempre estas costumbres comunitarias:
durante muchas generaciones, los Bosónidas, señores de los condados
provenzales, aunque reservando a cada rama una zona de influencia
particular, consideraron como indiviso el gobierno general del feudo, y
usaban todos, de manera uniforme, el mismo título de conde o príncipe,
de toda Provenza.
Cuando, por otra parte, la posesión era
francamente individual, tampoco escapaba por ello de toda traba familiar. Entre
dos términos que nosotros juzgaríamos antinómicos, esta edad de participación
jurídica no veía ninguna contradicción. Si hojeamos los documentos de venta
o de donación que nos conservan los cartularios eclesiásticos de los siglos X,
XI y XII, veremos con frecuencia, en un preámbulo redactado por clérigos, que el
enajenador proclama su derecho a disponer, con toda libertad, de sus bienes.
Esta era, en efecto, la teoría de la Iglesia. Enriquecida sin cesar por
las donaciones, guardiana además, del destino de las almas, ¿cómo hubiese
admitido que ningún obstáculo se opusiera a los fieles deseos de asegurar, por
medio de generosidades piadosas, su salvación o la de los seres queridos? Los
intereses de la alta aristocracia, cuyo patrimonio aumentaba con las
cesiones de tierras, consentidas, más o menos voluntariamente, por los pequeños
propietarios, iban en el mismo sentido. No es por mero azar si, desde el siglo
IX, la ley sajona, enumerando las circunstancias en que la alienación debe tener
por efecto el desheredar la familia, permite e inscribe, junto a las
liberalidades para con las iglesias o el rey, el caso del pobre diablo que,
“empujado por el hambre”, ponga como condición el ser alimentado por el
poderoso, al que cede su mísera parte.*152 Casi siempre, no obstante,
documentos o noticias, por alto que hagan sonar los derechos del individuo,
nunca dejan de mencionar, a continuación, el consentimiento de los diversos
parientes del vendedor o del donador. Estas aprobaciones parecían hasta tal
punto necesarias que muchas veces no se dudaba en remunerarlas ¿Ocurre que algún
pariente, no habiendo sido consultado en la ocasión, pretende, a veces después
de muchos años, argüir la nulidad del acto? Los beneficiarios claman la
injusticia o la impiedad, y algunas veces llevan el asunto ante un tribunal y
ganan la causa.*153 Pero, nueve veces de cada diez, pese a las
protestas y fallas judiciales, les es forzoso, a fin de cuentas, llegar a una
avenencia. Hay que dejar bien claro que no se trata en absoluto, como en
nuestras legislaciones, de una protección ofrecida a los herederos, en el
sentido restringido de la palabra. Sin que ningún principio fije el límite del
circulo del que hay que requerir el asentimiento, es práctica constante que
intervengan los colaterales, a pesar de la presencia de descendientes, o que, en
una misma rama, las diversas generaciones sean llamadas por orden para dar la
aprobación. El ideal era, como, por ejemplo, el caso de un hombre de armas de
Chartres, el procurarse —incluso cuando ya habían aceptado la mujer, hijos y
hermanos— la
opinión favorable de “tantos parientes
y familiares como sea posible”.*154 Toda la familia se sentía
lesionada cuando un bien cualquiera salía de su dominio.
Sin embargo, después del siglo XII, a estas
costumbres a menudo inciertas, pero
sometidas a algunas grandes ideas colectivas, las
substituyo poco a
poco un Derecho más lleno de rigor y de claridad. Por otra parte, las
transformaciones de la economía hacían cada vez menos soportabas las
dificultades opuestas a los cambios. Hasta poco antes las ventas inmobiliarias
habían sido bastante raras;
incluso su
legitimidad, ante
la opinión
común, parecía discutible, si
no tenían por excusa una gran pobreza. Cuando el comprador era una
iglesia se disfrazaba bajo el nombre de limosnas. O, más exactamente sin duda,
de esta apariencia, engañosa sólo a medias, el vendedor esperaba una doble
ganancia: en este mundo, el precio inferior, posiblemente, a lo que hubiera sido
de no mediar otra remuneración; en el
otro, la salvación obtenida por las oraciones de los servidores de Dios. A
partir de ahora, la pura venta, por el contrario, va a convertirse en una
operación frecuente y que se declara con franqueza. Ciertamente, para hacerla
libre en absoluto, fue necesario, en sociedades de tipo excepcional, el espíritu
comercial y la audacia
de algunas
grandes burguesías.
Fuera de
estos medios, se conformaron
con darle un Derecho propio, diferente por completo del de la donación. Derecho
sometido aún a más de una limitación, pero menos
estrictas que en el pasado y mucho mejor definidas.
Se aspiraba en principio a que, antes de cualquier enajenación a título
oneroso, el bien fuese objeto de una oferta previa a los parientes, al menos si
provenía de una herencia; restricción grave que debía hacerse duradera.*155
Después, a partir de principios del siglo
XIII, se
reconoció a
los miembros de
la familia,
en un
radio y según un orden dados,
la facultad, una vez hecha la venta, de sustituir al comprador mediante la
entrega del mismo precio pagado por éste. En la sociedad medieval, no hubo
institución más universal que este “retracto de linaje”.
Con la
única excepción
de Inglaterra*156
—y aun
bajo reserva
de algunas de sus costumbres
urbanas—, triunfó desde Suecia a Italia. Ni tampoco institución más fuertemente
enraizada: en Francia, no tenía que ser abolida hasta la época de la Revolución.
Así, a través de los tiempos, se perpetuaba, bajo formas a la vez menos
fluctuantes y más atenuadas, el imperio
económico del linaje.
CAPITULO II
CARÁCTER
Y VICISITUDES
DEL VINCULO
DE PARENTESCO
I.LAS
REALIDADES DE
LA VIDA
FAMILIAR
Sería un error concebir la vida interna del linaje
bajo unos colores uniformemente idílicos, a pesar de su fuerza de protección y
de sujeción. Que las familias emprendiesen con gusto las faides unas
contra otras no era impedimento para que, en su propio seno, se suscitasen las
querellas más atroces. Por
lastimosas que Beaumanoir estime
las guerras entre parientes, es
evidente que no las considera excepcionales, ni tampoco prohibidas, salvo entre
hermanos carnales. Acerca de este asunto bastaría examinar la historia de las
casas principescas; seguir, por ejemplo, de generación en generación,
el desuno de los Anjou, verdaderos Atridas de la Edad Media; la guerra
“más que civil”, que, durante siete años,
enfrentó al conde Foulque Nerra con su hijo Geoffroi Martel; Foulque le
Réchin, después de haber desposeído a su hermano,
arrojándolo a
un calabozo,
para sacarle
de él
sólo al
cabo
de dieciocho años, completamente
loco; bajo Enrique II, los odios furiosos sentidos por los hijos contra el
padre; por último, el asesinato de Arturo por su tío, el rey Juan.
En la categoría inmediata inferior, se sitúan las
sangrientas disputas de la nobleza alrededor de su castillo familiar. Tal, por ejemplo, la
aventura de aquel caballero de Flandes que, arrojado de su casa por sus dos
hermanos, vio cómo éstos asesinaban a
su joven esposa y a su hijo, y después mató por su propia mano a uno de los
asesinos.*157 Tal, sobre todo, la gesta de los vizcondes de Comborn,
un relato impresionante que nada pierde al sernos transmitido por el plácido
conducto de un escritor monástico.*158
En el origen, vemos al vizconde Archambaud que,
vengador de su madre abandonada, mata a uno de sus hermanastros tenido por su
padre con otra mujer después de repudiar a esta. Muchos años después consigue el
perdón de su
padre, mediante
la muerte
de un
caballero que poco
antes había
infligido al viejo señor una herida incurable. A su vez, Archambaud, deja
tres hijos. El mayor, que hereda el vizcondado, muere pronto sin otro heredero
que un niño. Desconfiando del segundo de sus hermanos, había confiado a
Bernardo, el menor, la guardia de sus tierras durante la minoría. Llegado a la
mayoría de edad, el infante Eble reclama en vano su herencia. Sin
embargo, gracias a mediaciones amistosas, obtiene, a falta de otra cosa mejor,
el castillo de Comborn. Allí vive, con la rabia en el corazón, hasta el momento
en que, habiendo por azar capturado a su tía, la viola públicamente, esperando
así obligar al marido ultrajado a repudiarla. Bernardo acoge a su mujer y
prepara la venganza. Un día aparece ante los muros con una pequeña
escolta, como para fanfarronear. Eble, que se levantaba de la mesa, con la
cabeza turbia por los vapores alcohólicos, se lanza locamente a perseguirlo. A
alguna distancia, los pretendidos fugitivos se vuelven, se apoderan del
adolescente y lo hieren de muerte. Este fin trágico, las injusticias sufridas
por la víctima y, sobre todo, su juventud conmovieron al pueblo; durante muchos
días, se hicieron ofrendas sobre su sepultura provisional, en el mismo lugar
donde había caído, como si se tratase de las reliquias de un mártir. Pero el tío
perjuro y asesino, y sus descendientes, después de él, conservaron
tranquilamente la fortaleza y el vizcondado.
No proclamemos la contradicción. En esos siglos de
violencia y de nerviosismo, los
vínculos sociales podían pasar por ser muy fuertes e incluso mostrarse
con frecuencia
como tales,
y encontrarse,
sin embargo,
a merced
de un rapto de pasión. Pero, aparte estas brutales rupturas provocadas
por la avaricia tanto como por la cólera, es evidente que en circunstancias
normales, un sentido colectivo muy vivo se acomodaba con facilidad a una
mediocre ternura entre las personas. Como quizá era natural en una sociedad
donde el parentesco era concebido como un medio de ayuda mutua, el grupo contaba
mucho más que sus miembros tomados uno a uno. Debemos a un historiador oficial,
asalariado por una gran familia noble, el recuerdo de una frase característica,
pronunciada un día por el antepasado del linaje. Como Juan, mariscal de
Inglaterra, rehusase, a pesar de sus compromisos, devolver una
de sus fortalezas
al rey
Esteban, sus
enemigos lo
amenazaron con ejecutar
a un hijo que hacia poco diera
en rehén: “Qué me importa el niño”, respondió nuestro hombre, “¿no tengo todavía
los yunques y los martillos con que forjar otros más bellos?”*159 En
cuanto al matrimonio no era con frecuencia, de la manera más simple, sino una
asociación de interés y, para las mujeres, una institución de protección.
Recuérdense, en el poema del Cid, las palabras de las hijas del héroe
cuando éste les anuncia que las ha prometido a los infantes de Carrión. Las
jovencitas que, naturalmente, nunca han visto a sus futuros maridos, le dan las
gracias: “Cuando nos hayáis casado, seremos ricas damas”.
Estas concepciones eran tan vigorosas que, en pueblos por otra parte
profundamente cristianos, llevaron a una extraña y doble antinomia entre las
costumbres y las leyes religiosas.
La iglesia no simpatizaba mucho con las segundas o
terceras nupcias, cuando no les era abiertamente hostil. Pero, al contraer nuevo
matrimonio tenía casi fuerza de ley en todas las clases sociales, sin duda, por
el cuidado de colocar la satisfacción de la carne bajo el signo de sacramento.
Pero, también, cuando era el hombre el que desaparecía primero, porque el
aislamiento parecía un peligro demasiado grande para una mujer y porque el
señor, en toda tierra puesta en manos de mujer veía una amenaza al buen orden de
los servicios. Cuando en 1119, después de la derrota de la caballería de
Antioquía en el Campo de Sangre, el rey Balduino II de Jerusalén se preocupo de
reorganizar el principado, se impuso como deber el conservar a los huérfanos su
herencia y el procurar a las viudas
nuevos esposos. Y. de seis de sus caballeros que murieron en Egipto, Joinville
anota con simplicidad: “por lo que convino que
sus mujeres se casasen de nuevo las seis”.*160 A veces, la
misma autoridad señorial intervenía imperiosamente para que fuesen “provistas de
maridos” las campesinas a las que una inoportuna viudez impedía cultivar bien
los campos o cumplir las prestaciones
prescritas.
Por otra parte, la Iglesia proclamaba la
indisolubilidad del vínculo conyugal. Pero ésto no impedía, en particular entre
las clases elevadas, que las repudiaciones fueran frecuentes, inspiradas muchas
veces en los deseos más bajos. Un testimonio, entre mil, lo constituyen las
aventuras matrimoniales de Juan el Mariscal, contadas, siempre con el
mismo tono, por el trovador al servicio de sus nietos. Había tomado una esposa
de alto rango, dotada, según el poeta, de todas las cualidades de cuerpo y de
espíritu: “estuvieron juntos con gran alegría”. Pero, por desgracia, Juan tenía un “vecino
demasiado poderoso”, con el que era prudente conciliarse; despidió a su
encantadora mujer y se unió a la hermana de este peligroso personaje.
Pero, sin duda, seria deformar mucho las
realidades de la era feudal el colocar el matrimonio en el centro del grupo
familiar. La mujer no pertenecía más que
a medias al
linaje al que
su destino la hizo entrar,
y aún quizá por
poco tiempo. “Callaos”, dice
rudamente Garin le Lorrain a la viuda de
su hermano asesinado que, encima del cadáver, llora y se lamenta, “un
caballero gentil os tomará por esposa... soy yo quien tiene que guardar luto
riguroso”.*161 Si en el poema, relativamente tardío, de los
Nibelungos, Crimilda venga en sus hermanos la muerte de Sigfrido, su primer
esposo —sin que por otra parte la legitimidad de este acto parezca cierta—,
parece que, por el contrario, en la versión primitiva, se la ve proseguir la
venganza de sus hermanos contra Atila, su segundo marido y su asesino. Por el
tono sentimental así como por su extensión, la parentela era una cosa muy
distinta de la pequeña familia conyugal de tipo moderno. ¿De qué manera se
definían, con justeza sus contornos?
II.
LA ESTRUCTURA DEL
LINAJE
El tipo de extensas gentes, fuertemente
cimentadas por el sentimiento, verdadero o falso, de una ascendencia común, y
por ello, delimitadas con mucha precisión, no era conocido en el Occidente
feudal más que en sus fronteras extremas, fuera de las tierras auténticamente
feudalizadas: a orillas del mar del Norte, los Geschlechter de la Frisia
o del Dithmarschen; en el Oeste, las tribus
o clanes
célticos. Según todas
las apariencias,
grupos de
esta naturaleza los había habido aún entre los germanos en la época de
las invasiones: tales, las fárae lombardas y francas, de las que más de
una aldea, italiana o francesa, conserva en la actualidad el nombre; tales
también, las genealogías
alemanas y bávaras, que
ciertos textos nos
muestran en
posesión del suelo. Pero estas unidades, demasiado amplias, poco a poco
se habían desmoronado.
La gens romana debió el excepcional rigor
de su organización a la absoluta primacía de la descendencia por línea
masculina. Pero nada igual se encontraba en la época feudal. Ya en la antigua
Germania, vemos que cada individuo tenía dos categorías de parientes, unos “del
lado de la espada”, los otros “del lado de la madre” y era solidario en arados
distintos, tanto de los primeros como
de los segundos; tal como
si, entre los germanos, la
victoria del principio agnaticio no hubiese sido nunca lo bastante completa como
para hacer desaparecer toda huella de un más antiguo sistema de filiación
uterina. Por desgracia, no sabemos casi nada de las tradiciones familiares
indígenas de los países sometidos a
Roma. Pero, pensemos lo que pensemos de estos problemas de orígenes, es cierto
en todo caso que, en el Occidente medieval, el parentesco tomó o conservó un
carácter bipartito. La importancia
sentimental que la epopeya atribuye a las relaciones del tío materno con el
sobrino no es más que una de las expresiones de un régimen donde los vínculos
de alianza por las mujeres contaban casi tanto como los de consanguinidad
paterna.*162 Así nos lo asegura, entre otros, el seguro
testimonio de la onomástica.
La mayor parte de los nombres de persona
germánicos estaban formados de dos elementos unidos, cada uno de los cuales
poseía su significación propia. Mientras se mantuvo la conciencia de la
distinción entre los demás, fue, si no obligatorio,
al menos
de uso frecuente el marcar
la filiación
tomando uno
de los componentes. Esto, incluso en tierras románicas, en las que
el prestigio de los vencedores propagó ampliamente, entre las poblaciones
indígenas, la imitación
de su
onomástica. Pero podía
ser tanto
al padre
como a
la
madre, indiferentemente al que se
uniera por este artificio verbal, la sucesión. En el pueblo de Palaiseau, por
ejemplo, a principios del siglo IX, el colono Teud- ricus y su mujer
Ermen-berta, bautizaron a uno de sus hijos con el nombre de Teut-hardus,
a otro con el de Erment-arius y al tercero, con una doble referencia
Teut-bertus.*163 Después, se tomó la costumbre de hacer pasar
de generación en generación el nombre completo, pero alternando de nuevo las dos
ascendencias. Así los dos hijos de Lisois, señor de Amboise, que murió hacia
1065, si uno recibió el nombre de su padre, el otro, que era el mayor, se llamó
Sulpicio, como el abuelo y el hermano de su madre. más tarde aun, cuando se
comenzó a añadir a los nombres de pila un patronímico, durante mucho
tiempo se
continuó dudando
entre los
dos sistemas
de transmisión.
Hija de Santiago d'Arc y de Tsabei Romée, “a veces se me llama Juana
d'Arc, y, a veces, Juana Romée”, decía a sus jueces la que la historia conoce
sólo con el primero de estos nombres, Juana de Arco; y observaba que, en su
región, la costumbre daba con frecuencia a las muchachas el apellido de su
madre.
Esta dualidad de relaciones traía graves
consecuencias. Teniendo cada generación su círculo de parientes, que no se
confundía con el de la generación precedente, la zona de las obligaciones de
linaje cambiaba perpetuamente de límites. Los deberes eran rigurosos, pero el
grupo demasiado inestable para servir de
base por completo
a la organización
social. O lo que es peor: cuando dos linajes se enfrentaban, podía
ocurrir que un mismo individuo
perteneciese, en uno, por el
lado de
su padre, y
en el
otro, por el de su madre, a los dos a la vez. ¿Cómo escoger?
Prudentemente, Beaumanoir aconseja inclinarse por el pariente más próximo y, si
eran del mismo grado, abstenerse. No hay duda de que en la práctica la decisión
era a menudo dictada por las preferencias personales. A propósito de las
relaciones propiamente feudales, encontraremos de nuevo este confusionismo
jurídico, en el caso del vasallo de
dos señores, Caracterizaba una mentalidad y, a la larga, tenia que aflojar los
vínculos. ¡Cuanta fragilidad interna en un sistema familiar que obligaba, como
se hacía en el Beauvaisis del siglo XIII, a admitir como legítima la guerra
entre dos hijos de un mismo padre, si, siendo de madres diferentes, se
encontraban mezclados en una venganza entre sus parentelas maternas!
¿Hasta dónde se extendían a lo largo de los dos
linajes los deberes para con los “amigos carnales”? Sus fronteras no se
encuentran delimitadas con alguna precisión más que en las colectividades que
continuaban fieles a las tarifas regulares de composición. Y aun estas
costumbres no fueron puestas por escrito hasta una época bastante tardía. Y no
es sino más significativo verlas fijar
zonas de
solidaridad activa
y pasiva
asombrosamente amplías: pero
zonas degradadas, pues la tasa de las sumas recibidas o entregadas
variaba según la
proximidad del parentesco.
En Sepúlveda
(Castilla), en el
siglo XIII, para
que la venganza ejercida
sobre el
homicida de
un pariente
no pudiera
ser imputada como crimen, era
suficiente tener, con la víctima, un tatarabuelo común. El mismo vínculo, según
la ley de Audenarde, autorizaba a cobrar una parte del precio de la sangre y, en
Lille, imponía el contribuir a su pago. En Saint-Omer, se
llegaba, en
este último
caso, hasta
hacer nacer
la obligación
de
la existencia, como tronco común, de
un abuelo de bisabuelo.*164 En otras partes, la reglamentación era
más vaga. Pero, como ya hemos observado, la prudencia aconsejaba requerir, para
las enajenaciones, el consentimiento de tantos colaterales como fuera posible
reunir. En cuanto a las comunidades silenciosas de los campos, durante
mucho tiempo reunieron bajo su techo a numerosos individuos: hasta cincuenta en
la Baviera del siglo XI, y setenta en la Normandía del XV.*165
Si se observa atentamente, parece, sin embargo,
que a partir del siglo XIII, se opera una especie de contracción en todas
partes. Las extensas parentelas de antaño, se ven poco a poco sustituidas por
grupos mucho más cercanos a nuestras familias reducidas de la actualidad. Hacia
fines del siglo, Beaumanoir tiene la impresión de que el círculo de las personas
atadas por el deber de venganza ha ido disminuyendo, hasta no comprender, en su
tiempo, a diferencia de la época precedente, más que los primos segundos, y
como esfera en que la obligación era sentida con mucha intensidad, los simples
primos hermanos. Desde los últimos años del siglo XII, en los documentos
franceses se nota una tendencia a limitar a los parientes más próximos la
demanda de aprobación para las enajenaciones. Después, vino el sistema del
derecho de rescate. Con la distinción que establecía entre las adquisiciones y
los bienes familiares y, entre éstos, entre los bienes abiertos, según su
procedencia, a las reivindicaciones de
los linajes materno
o paterno, respondía
mucho menos que la antigua práctica a la noción de un linaje casi infinito. El
ritmo de la evolución fue, naturalmente, muy variable según los lugares. Aquí,
bastará indicar con rapidez las causas más generales y más probables de una
transformación tan llena de consecuencias.
Ciertamente, los poderes públicos, en su acción de
guardianes de la paz, contribuyeron a desgastar la solidaridad familiar de
muchas maneras y en especial, como lo hizo Guillermo el Conquistador,
limitando el círculo de venganzas legítimas; sobre todo, quizá, favoreciendo las
renuncias a toda participación en la venganza. El salirse voluntariamente de la
parentela, era una facultad antigua y general; pero si, por una parte, permitía
escapar a muchos riesgos, por otra, privaba en el futuro de una ayuda
considerada indispensable durante mucho tiempo. Una vez la protección del Estado
se hizo más eficaz, estas renuncias se hicieron menos peligrosas. A veces, la
autoridad no
dudaba en imponerlas:
así, en
1181, el conde de Henao, después de un
homicidio, quemó por adelantado las casas de todos los parientes del culpable,
con el fin de arrancarles la promesa de no socorrerlo.
No obstante, el debilitamiento y la fragmentación
del linaje, como unidad económica, al
mismo tiempo
que como
órgano de
la faide, parece que
fue ante todo efecto de cambios
sociales más profundos. El progreso de los cambios llevaba a limitar las trabas
familiares, sobre los bienes; los de la vida de relación, provocaban la ruptura
de colectividades demasiado vastas que, a
falta de todo estado civil, no podían
conservar el sentimiento de su
unidad más que quedándose agrupadas en un mismo lugar. Así, ya las
invasiones casi hicieron desaparecer los Geschlechter de la antigua
Germania, constituidos con mucha más solidez. Las rudas sacudidas sufridas por
Inglaterra — incursiones y migraciones escandinavas, conquista normanda—
tuvieron parte importante en la precoz ruina de los antiguos linajes. Casi en
toda Europa, en ocasión de las grandes roturaciones, la atracción de los nuevos
centros urbanos y de las aldeas fundadas sobre las zonas, seguramente rompió más
de una comunidad campesina. No se debe a ningún azar que, en Francia al menos,
las comunidades
familiares campesinas se
mantuvieran más tiempo
en las provincias más pobres.
Es curioso, pero no inexplicable, que este
período, en el que las amplias parentelas de las épocas anteriores comenzaron a
fragmentarse de este modo viese, precisamente, la aparición de los nombres de
familia, si bien bajo una forma aun rudimentaria. Como las gentes
romanas, los Geschlechter de Frisia y del Dithmarschen poseían cada uno
su denominación tradicional, como también, en la época germánica, las dinastías
de jefes investidas de un carácter hereditariamente sagrado. Por el contrario,
los linajes de la época feudal fueron durante mucho tiempo extrañamente
anónimos: en razón, sin duda, de la indecisión de sus contornos, pero también
porque las genealogías eran demasiado bien conocidas para que se sintiese la
necesidad de un recordatorio verbal. Después, a partir del siglo XII en
particular, se tomó la costumbre de añadir al nombre único que se usaba hasta
entonces —nuestro nombre de pila actual— un apodo o, a veces, un segundo nombre.
El desuso en que habían caído, poco a poco, muchos nombres antiguos, y también
el aumento de
la población, tuvieron por efecto
el multiplicar los homónimos
de la manera más molesta. Al propio
tiempo, las transformaciones del Derecho, ya familiarizado con el documento
escrito, y las de la mentalidad, que exigía más claridad que en el pasado,
hacían cada vez menos tolerables las confusiones nacidas de esta pobreza del
material onomástico y empujaban a buscar los medios de diferenciación. Pero
todavía no eran más que señales individuales. El paso decisivo sé dio sólo
cuando el segundo nombre, cualquiera que fuese su forma, convertido en
hereditario, se transformó en patronímico. Es característico que el uso de las
designaciones verdaderamente familiares se abriera paso, primero, en los medios
de la alta aristocracia, donde el hombre era, al propio tiempo, más móvil y
sentía más necesidad, cuando se alejaba,
de no perder el apoyo del grupo. Durante el siglo XII, en Normandía, ya
se hablaba corrientemente de los Giroie y de los Talvas, y en el Oriente latino,
hacia 1230, de “aquellos del linaje que tienen por apellido D'Ybelin”.*166
A continuación, el movimiento pasó a las burguesías urbanas, acostumbradas
también a los desplazamientos e inclinadas, por las necesidades del comercio, a
temer todo riesgo de error en las personas, o incluso en las familias, que
coincidían a menudo con las asociaciones de negocios. Por último se propagó al
conjunto de la sociedad.
Tiene que quedar bien entendido que los grupos
cuya denominación se precisaba así, no eran ni muy fijos ni de una extensión
comparable a la de las antiguas parentelas. La transmisión, que como se ha visto
oscilaba a veces entre los dos linajes,
paterno y
materno, sufría
muchas, interrupciones.
Las ramas, separándose,
acababan siendo conocidas bajo nombres diferentes. En cambio, los servidores
tomaban con gusto el
de su amo. En
suma, más que de gentilicios,
se trataba, conforme a la evolución general de los vínculos de sangre, de apodos
de familias, cuya continuidad estaba a merced del menor accidente que ocurriese
al destino del grupo o del individuo. La estricta heredabilidad no fue impuesta
hasta mucho más tarde, con el estado civil, por los poderes públicos, deseosos
de facilitarse así su labor de vigilancia y de administración. De forma que, muy
posterior a las últimas vicisitudes de la sociedad feudal, el inmutable apellido
que hoy reúne bajo un nombre común a hombres con frecuencia extraños a todo
sentimiento de viva solidaridad, debía ser al fin, en Europa, la creación no del
espíritu de linaje, sino de la institución más fundamentalmente contraría a
este espíritu: el Estado soberano.
III.
VÍNCULOS
DE SANGRE
Y
FEUDALISMO
Guardémonos, de otra parte, de imaginar una
emancipación regular del individuo desde los lejanos tiempos tribales. En el
continente al menos, parece que en la época de los reinos bárbaros las
enajenaciones dependían menos de
la buena
voluntad de
los parientes
de lo
que tendrían
que depender
durante la primera edad feudal. Lo mismo ocurría con las disposiciones
por causa de muerte. En los siglos VIII y IX, por el testamento romano o por los
diferentes sistemas desarrollados por las costumbres germánicas, el hombre podía
regular por sí mismo, con cierta libertad, la transmisión de sus bienes. A
partir del siglo XI, salvo en Italia y en España —excepcionalmente fieles, como
se sabe, a las lecciones de los antiguos derechos escritos—, esta facultad
sufrió un verdadero eclipse,
aunque estuviesen
destinadas a
tener afectos
póstumos, las liberalidades, a partir de este momento, revestían casi
exclusivamente la forma de
donaciones, sometidas por naturaleza
al asentimiento del linaje. Pero este
sistema no se acomodaba a los intereses de la Iglesia. Bajo su influencia, el
testamento propiamente dicho resucitó en el siglo XII, limitado primero a las
limosnas piadosas, y, después, extendido, poco a poco, bajo reserva de algunas
restricciones en provecho de los herederos naturales. Era el mismo momento en el
que, por su parte, el régimen atenuado del retracto subsistía al de las
aprobaciones familiares. La misma venganza vio su campo de acción limitado por
las legislaciones de los Estados surgidos de las invasiones, pero una vez
derribadas estas barreras, volvió a ocupar su principalísima categoría en el
Derecho penal hasta el día en que perdió de nuevo su importancia, ante los
asaltos de los poderes reales o principescos restaurados. En resumen, el
paralelismo es completo. El período que vio el florecimiento de las relaciones
de protección y de subordinación personales, características del estado social
que llamamos estrechamiento de los vínculos de la sangre. Debido a la
inseguridad de los tiempos y a que la autoridad pública carecía de vigor, el
hombre tenía una conciencia más viva de sus relaciones con los pequeños grupos,
cualesquiera que fuesen, de los que podía esperar ayuda. Los siglos que, más
tarde, asistieron a la ruina o a la progresiva metamorfosis de la estructura
auténticamente feudal, conocieron también, junto a la disgregación de las
grandes parentelas, los signos precursores de la lenta desaparición de las
solidaridades de linaje.
Sin embargo, para el individuo amenazado por los
múltiples peligros de una atmósfera de violencia, el parentesco, aún en la
primera edad feudal, no presentaba una protección que se considerase suficiente.
Era, sin duda, bajo la forma en que se
presentaba entonces, demasiado vaga y variable en sus contornos y demasiado
minada, interiormente, por la dualidad de las descendencias, masculina y
femenina. Por esta causa, los hombres tuvieron que buscar, o sufrir, otros
vínculos. Tenemos acerca de ésto una experiencia decisiva:
las únicas
regiones donde
subsistieron poderosos
grupos
agnaticios
—tierras
alemanas de las
orillas del
mar del
Norte, comarcas celtas en
las islas
— ignoraron al mismo tiempo el vasallaje, el feudo
y el señorío rural. La fuerza del linaje fue uno de los elementos esenciales de
la sociedad; su debilidad relativa explica que existiese el feudalismo.
Ceremonia
feudal alrededor
del año
1100.
Imagen
del «Liber
feudorum» (Libro
de los
feudos)
Archivo
de la
Corona de
Aragón.
LIBRO
SEGUNDO
EL
VASALLAJE Y EL
FEUDO
CAPITULO
I
EL
HOMENAJE DEL
VASALLO
I.EL
HOMBRE
DE OTRO
HOMBRE
Ser hombre de otro hombre: no hay en todo
el vocabulario feudal alianza de palabras más extendida que ésta, ni de un
sentido más pleno. Común a las lenguas románicas y germánicas, servía para
expresar la dependencia personal, fuese cual fuese la naturaleza jurídica exacta
del vínculo y sin que sirviese de óbice ninguna distinción de clase. El conde
era el hombre del rey, como el siervo era el de su señor rural. A veces,
en un mismo texto, con algunas líneas de intervalo, se evocaban así condiciones
radicalmente diferentes: tal. por ejemplo, hacia fines del siglo XI, un memorial
de unas monjas normandas, de clausura, quejándose de que sus hombres —es
decir, sus campesinos— fuesen obligados por un gran señor a trabajar en los
castillos de sus hombres, —entiéndase, sus caballeros, sus vasallos—*167
El equívoco no sorprendía en absoluto porque, a pesar del abismo que existía en
la gradación social, la idea se refería al elemento fundamental común: la
subordinación de un individuo a otro.
Sin embargo, si el principio de esta relación
humana impregnaba toda la vida social, las formas que revestía no dejaban de ser
singularmente diversas, con transiciones a veces casi insensibles, desde los más
poderosos a los más humildes. Añádanse, de país a país, buen número de
divergencias. Será cómodo tomar, como hilo conductor, una de las más
significativas entre estas relaciones de dependencia: el vínculo de vasallaje;
estudiarlo primero en la zona mejor feudalizada de Europa, a saber, el
corazón del antiguo Imperio Carolingio, el norte de Francia y el Rin y la Suabia
en Alemania; y, después, esforzarse,
antes de toda
investigación acerca
de los orígenes,
en describir los rasgos, al
menos los más aparentes de la institución, en la época de su pleno
florecimiento: los siglos X al XII.
II.
EL
HOMENAJE EN
LA ERA
FEUDAL
He aquí, frente a frente, a dos hombres: uno
quiere servir, el otro acepta o desea ser jefe. El primero, junta las manos y
las coloca, así unidas, en las manos del segundo: claro símbolo de sumisión,
cuyo sentido se acentuaba, a veces, con una genuflexión. Al propio tiempo, el
personaje de las manos cerradas pronuncia algunas palabras, muy breves, por las
que se reconoce el hombre del que tiene enfrente. Después, jefe y
subordinado se besan en la boca: símbolo de conciliación y de amistad. Tales
eran -muy simples y, por ello, propios
para impresionar a los espíritus sensibles a las cosas vistas- los actos que
servían para anudar uno de los vínculos sociales más fuertes que conoció la era
feudal. Cien veces descrita o mencionada en los textos, reproducida
en los
sellos, en
las miniaturas y en
los bajorrelieves,
la ceremonia recibía el
nombre de
homenaje (en francés,
hommage; en alemán
Mannschaft.
Para designar al superior que creaba, ninguna otra
palabra más general que señor”,*168 Con frecuencia, el
subordinado es llamado, sin más, el hombre de este señor. Alguna vez, con
más precisión, su “hombre de boca y de manos”. Pero también se emplean palabras
más especializadas: vasallo o, hasta principios del siglo XII,
encomendado.
Concebido de esta forma, el rito estaba
desprovisto de toda señal cristiana. Explicable por los remotos orígenes
germánicos de su simbolismo, semejante laguna no podía subsistir en una sociedad
en la que no se admitía una promesa por válida si no tenía a Dios por garantía.
El homenaje, propiamente dicho, en su forma no fue nunca modificado. Pero,
verosímilmente, en el periodo carolingio, un segundo rito, propiamente
religioso, se le superpuso: con la
mano extendida sobre los Evangelios o sobre las reliquias, el nuevo vasallo
juraba ser fiel a su amo. Era lo que se llamaba la fe (en alemán Treue
y, antiguamente, Hulde). El ceremonial estaba, pues, dividido
en dos fases que, sin embargo, no
tenían, ni con mucho, el mismo valor.
En efecto, la fe no tenia nada de
específico. En una sociedad revuelta, en la que la desconfianza era la regla, al
propio tiempo que el llamamiento a las sanciones divinas parecía uno de los
raros frenos más o menos eficaces, el juramento de fidelidad tenía mil razones
de ser exigido con frecuencia Los oficiales reales o señoriales de todas las
categorías lo prestaban a su entrada en el servicio. Los prelados lo pedían con
gusto a sus clérigos, y los señores rurales, a veces, a sus campesinos. A
diferencia del homenaje que, obligando de una vez al hombre por entero, pasaba
por incapaz de ser renovado, esta promesa, casi trivial, podía ser discutida en
muchas ocasiones con respecto a la misma persona. Existían, pues, muchos actos
de fe. Además, cuando los dos ritos se realizaban juntos, la preeminencia
del homenaje quedaba patente por su lugar en la ceremonia: siempre se llevaba a
cabo en primer lugar. Era, por otra parte, el único que hacia intervenir, en
estrecha unión, a los dos hombres; la fe del vasallo constituía una promesa
unilateral, a la que en muy pocas ocasiones correspondía un juramento paralelo
por parte del señor.
El homenaje, en una palabra, era el verdadero
creador de la relación de vasallaje, bajo su doble aspecto de dependencia y de
protección.
En principio, el vínculo así establecido duraba
tanto tomo las dos vidas que relacionaba. Mas, en seguida que la muerte ponía
fin a una o a otra, se deshacía por sí mismo. Pero veremos cómo en la practica
el vasallaje se transformó con rapidez en una condición hereditaria, aunque este
estado de hecho dejo, hasta el fin, subsistir intacta la regla jurídica. Poco
importaba que el hijo del vasallo
muerto prestase de ordinario su homenaje al señor, que lo recibió de su padre; o
que el heredero del precedente señor recibiese, casi siempre, los homenajes de
los vasallos paternos: cada vez que
la composición de la pareja se modificaba, el rito tenía que ser renovado
Asimismo, el homenaje no podía ser rendido ni
aceptado por procuración: los ejemplos en contra datan de una época muy tardía,
en la que el sentido de los viejos actos casi estaba perdido. En Francia, con
respecto al rey, esta facultad no se hizo legal hasta el reinado de Carlos VII,
y aun no sin vacilaciones.*169 Hasta tal punto de vinculo social
parecía inseparable del contacto físico que el acto formalista establecía entre
los dos hombres.
El deber general de ayuda y obediencia que se
imponía al vasallo, le era común con cualquiera que se hiciese hombre de
otro hombre, pero, en la práctica, se matizaba con obligaciones particulares, de
cuyo detalle nos ocuparemos más adelante. Su naturaleza respondía a condiciones
de rango y de género de vida, determinadas de forma bastante estricta. Pues, a
pesar de grandes diversidades de riqueza y de prestigio, los vasallos no se
reclutaban indiferentemente entre todas las clases sociales. El vasallaje era la
forma de dependencia propia de las clases superiores, que distinguían, ante
todo, la vocación guerrera y la de mando; o al menos pasó a serlo. Para
comprender bien sus caracteres, conviene ahora investigar cómo, progresivamente,
se desprendió de todo un complejo de relaciones personales.
III.
LA
GÉNESIS DE LAS RELACIONES
DE DEPENDENCIA
PERSONAL
Buscarse un protector, complacerse en proteger:
dos aspiraciones que son de todos los tiempos. Pero no acostumbran a dar origen
a instituciones jurídicas originales más que en las civilizaciones donde los
otros marcos sociales flaquean. Este fue el caso en la Galia, después del
hundimiento del Imperio romano.
Imaginémonos, en efecto, la sociedad de la época
merovingia. Ni el Estado ni el linaje ofrecían ya garantía suficiente; la
comunidad rural no tenía fuerza más que para su organización interna. La
comunidad urbana casi era inexistente.
En todas partes, el débil sentía la necesidad de lanzarse en brazos de uno
más poderoso que él. El poderoso, a su vez, no podía mantener su
prestigio o su fortuna, ni aun garantizar su seguridad, más que procurándose,
por la persuasión o por la violencia, el apoyo de inferiores obligados a
ayudarle. Había, de una parte, huida hacia el jefe; por otra, tomas de mando,
con frecuencia brutales. Y como las nociones de debilidad y de poder siempre son
relativas, se veía en muchos casos a un mismo hombre hacerse simultáneamente
dependiente de otro más fuerte y protector de otros más humildes. Así, empezó a edificarse un vasto sistema de relaciones personales, cuyos hilos entrecruzados corrían de un
piso a otro del edificio social.
Al someterse de esta forma a las necesidades del
momento, estas generaciones no tenían en absoluto el deseo ni el sentimiento de
crear unas formas sociales nuevas. Por instinto, cada uno se esforzaba en sacar
partido de los recursos que le ofrecía la armazón social existente y si se
terminó, sin darse exacta cuenta, creando
cosas nuevas, fue en
el esfuerzo
para adaptar
lo viejo. La herencia de instituciones y de prácticas de que disponía la
sociedad surgida de las
invasiones estaba, por
otra parte,
entremezclada: al legado
de Roma y al de los pueblos
que conquistó, sin jamás borrar, de hecho, sus propias costumbres, vinieron a
mezclarse las tradiciones germánicas. No caigamos en el error de buscar al
vasallaje ni a las instituciones feudales una filiación étnica particular, de
encerrarnos, una vez más, en el famoso dilema: Roma o “los bosques de Germania”.
Hay que dejar estos juegos a las edades que, con menos conocimientos que
nosotros acerca del poder creador de la evolución, pudieron creer, con
Boulainvilliers, que la nobleza del siglo XVII descendía, casi por completo, de
los guerreros francos, o interpretar, con el joven Guizot, la Revolución
Francesa como un desquite de los galorromanos. Por este camino, los antiguos
fisiólogos imaginaban en la esperma un homúnculo completamente formado. Las
lecciones del vocabulario feudal son, sin embargo, bien claras. Esta
nomenclatura, donde se entremezclan, como veremos,
elementos de todos
los orígenes
—los unos
tomados de
la lengua de los vencidos,
otros de la de los vencedores y otros, como homenaje, forjados de nuevo
cuño —nos ofrece el fiel espejo de un régimen social que, no por haber sufrido
la influencia de un pasado, él mismo singularmente compuesto, deja de ser ante
todo el resultado de las condiciones originales del momento. “Los hombres”, dice
el refrán árabe, “se parecen más a su época que a su
padre”.
Entre los débiles que se buscaban un defensor, los
más miserables se hacían simplemente esclavos, obligando, con ellos mismos, a
su descendencia, Sin embargo, muchos otros, incluso entre los humildes,
procuraban preservar su condición de hombres libres. A semejante deseo, los
personajes que recibían su obediencia no tenían, por lo general, nada que
objetar. En esa época en que los vínculos personales todavía no habían ahogado las
instituciones públicas, disfrutar de lo que se llamaba libertad era
esencialmente pertenecer, en cualidad de miembro de pleno derecho, al pueblo
gobernado por los monarcas merovingios: al populus francorum, se decía
corrientemente, confundiendo bajo el mismo nombre a conquistadores y vencidos.
Nacida de esta equivalencia, la sinónima de las dos palabras libre y
franco debía llegar a nuestros
días. Ahora
bien, para
un jefe, rodearse
de dependientes
provistos de los privilegios judiciales y militares que caracterizaban al
hombre libre, era, en muchos aspectos, más ventajoso que disponer sólo de una
horda servil.
Estas dependencias "de orden ingenuo", como dice
una fórmula de Tours, se expresaban con la ayuda de palabras tomadas, en su
mayor parte, del más puro latín Pues, a través de las vicisitudes de una
historia inestable, las antiguas costumbres de patronato nunca desaparecieron
del mundo romano o romanizado. En especial, en la Galia, se implantaron con
facilidad porque concordaban con las costumbres de las poblaciones sometidas.
Antes de la llegada de las legiones, no existía jefe galo que no tuviese a su
alrededor un grupo de fieles, campesinos o guerreros. Conocemos muy mal lo que
pudo subsistir de los antiguos usos indígenas después de la conquista y bajo un
barniz de civilización ecuménica, pero todo induce a pensar que algo su
pervivió, más o menos modificado por la presión de un estado político muy
diferente. En todo caso, en el Imperio entero, los disturbios de los últimos
tiempos hicieron más necesario que nunca el recurrir a las autoridades más
próximas y más eficaces que las instituciones de Derecho público. En toda la
gradación de la sociedad, cualquiera que, en los siglos IV o V, deseaba
prevenirse contra
las duras
exigencias de los
agentes fiscales,
inclinar a
su favor la benevolencia de
los jueces o tan solo asegurarse un porvenir honorable, no hallaba nada mejor
que vincularse, aun siendo libre y, a veces
de categoría distinguida, a un personaje mejor situado. Ignorados e
incluso prohibidos por el Derecho oficial, estos vínculos no eran legales y, sin
embargo, constituían una de las bases más poderosas de la estructura
social. Multiplicando los convenios de protección y de obediencia, los
habitantes de la nueva Galia franca, tenían conciencia de no hacer nada que no
pudiera, fácilmente, encontrar un nombre en la lengua de sus antepasados.
En verdad, la antigua palabra clientela,
dejando de lado las reminiscencias literarias,
cayó en desuso desde los últimos
siglos del
Imperio. Pero
tamo en la Galia merovingia como en Roma, se continuaba diciendo del jefe
que “tomaba a cargo”
(suscipire) al
subordinado, del que se
constituía, por ello en “patrono”:
del subordinado, se decía que se "encomendaba" —entiéndase, se "entregaba"—
a su
defensor. Las
obligaciones así
aceptadas, eran,
en general, calificadas de
“servicio” (servitium). Poco antes, la palabra habría causado horror a un
hombre libre, pues en latín clásico no lo conocía más que como sinónimo de
servidumbre: los únicos deberes que eran compatibles con la libertad eran los
officia. Pero, desde fines del siglo IV,
servitium ya no tenía ese sentido peyorativo.
Germania, en tanto, también aportaba su parte. La
protección que el poderoso extendía sobre el débil se llamaba muchas veces
mundium, mumdeburdum (maimbour, en francés), o mitium, sí bien esta
última palabra designaba más particularmente el derecho y la misión de
representar al dependiente ante la justicia. Vocablos germánicos, mal
disimulados bajo la vestidura latina que les daban los documentos.
Estas diversas expresiones, casi sinónimas, se
aplicaban por igual a los contratantes, cualquiera que fuese su origen, romano o
bárbaro. Las relaciones de
subordinación privada escapaban al principio de las leyes étnicas, porque se
mantenían aún al margen de todos los derechos.
Por el hecho de no estar reglamentadas, se
mostraban capaces de adaptarse con facilidad a las situaciones más diversas. El
mismo rey que, en tanto que jefe del pueblo, debía conceder su apoyo a todos los
súbditos indiferentemente, y tenía derecho a su fidelidad, sancionaba por
el universal juramento de los hombres libres, concedía sin embargo su
maimbour (protección) particular a un cierto número de ellos. Quien
agraviaba a estas personas, colocadas “bajo su palabra”, parecía ofenderle a él
directamente e incurría, por consiguiente, en un castigo de excepcional
severidad. En el seno de su muchedumbre, medianamente variada, se distinguía un
grupo más restringido de fieles reales, a los que se llamaba los leudes
del príncipe,*170 es decir,
sus gens, que, en
la anarquía de los últimos
merovingios, dispusieron en más de
una ocasión de la corona y del Estado. Como antaño en Roma, el hombre
joven de
buena familia
que deseaba
avanzar en
el mundo se
“ponía en manos” de un
personaje poderoso, a no ser que ya su porvenir no hubiera estado
así asegurado, desde la infancia, por
un padre previsor. En contra
de lo legislado por los
concilios, muchos eclesiásticos de todas las categorías, no tenían reparo en
buscar el
patronato de
laicos. Los
grados inferiores de
la sociedad parecen haber sido
aquellos en que las relaciones de subordinación fueron desde un principio las
más extendidas, así como las más rígidas. La única fórmula de encomienda
que poseemos pone en escena un pobre infeliz que no acepta un dueño más que
porque “no tiene de qué comer ni con qué vestirse”. Por otra parte, entre todos
estos diversos aspectos de la dependencia, tan opuestos en su aspecto social, no
existía, sin embargo, ninguna diferencia de problemas, ni incluso, bien
señalada, de ideas.
Según parece, fuere quien fuere el encomendado,
casi siempre prestaba juramento a su amo. ¿Le aconsejaba el uso someterse
también a un acto formalista de sumisión? No lo sabemos bien. El Derecho oficial
nada nos dice en este aspecto, encerrado en sus viejos marcos del pueblo y del
linaje. En cuanto a los tratos particulares, no hacían intervenir el documento
escrito, que es el único que deja huellas. Sin embargo, a partir de la segunda
mitad del siglo VIII, los documentos empiezan a mencionar el rito de la
colocación de las manos en las manos. El primer ejemplo nos lo muestra empleado
en principio sólo entre personajes de alto rango: el protegido es un príncipe
extranjero; el protector, el rey de los francos. Pero este prejuicio de los
cronistas no debe engañarnos. La ceremonia no parece merecer ser descrita más
que cuando, asociada a acontecimientos de alta política, figura entre los
episodios de una entrevista principesca. En la vida ordinaria pasaba por un
hecho vulgar y, por tanto, condenado al
silencio. Es indiscutible
que estuvo
en uso
mucho antes
de surgir, así, a la luz de los textos. La concordancia de las costumbres
franca, anglosajona y escandinava atestigua su origen germánico, pero el símbolo
era demasiado claro para no ser adoptado por toda la población. Se la ve, en
Inglaterra y entre los escandinavos, expresar, indiferentemente, formas muy
diversas de subordinación- de esclavo a dueño, de compañero de
séquito a jefe de guerra. Todo induce a pensar que, durante mucho tiempo,
ocurrió lo mismo en la Galia franca. El acto servía para establecer contratos de
protección de naturaleza variable y, cumplido o descuidado, no parecía
indispensable para ninguno. Una institución exige una terminología sin demasiada
ambigüedad y un ritual relativamente estable; pero, en el mundo merovingio, las
relaciones personales no eran todavía más que una práctica.
IV.
GUERREROS
DOMÉSTICOS
Sin embargo, ya desde entonces existía un grupo de
personas en dependencia, distinto por sus condiciones de vida. Era el que
integraban, alrededor de cada poderoso y del propio rey, sus guerreros
domésticos Pues el más urgente de los
problemas que se imponían entonces a las clases dirigentes era mucho menos el
administrar, durante la paz, el Estado o las fortunas particulares, que
procurarse los medios de combatir. Pública o
privada, emprendida como diversión o con el fin de defender los bienes y
la existencia, la
guerra tenía que
aparecer, durante muchos
siglos, como la trama cotidiana de
toda la vida de un jefe y la razón de ser profunda de todo poder
del mando.
Cuando los reyes francos se hicieron dueños de la
Galia, se encontraron con dos sistemas que ambos, para formar los ejércitos,
recurrían a las masas: en Germania, todo hombre libre era un guerrero; Roma, en
la medida en que aun utilizaba tropas indígenas, las reclutaba, especialmente,
entre los cultivadores del suelo. El Estado franco, bajo sus dos dinastías
sucesivas, mantuvo el principio de la leva general que, por otra parte, tenía
que mantenerse durante toda la edad feudal y aún sobrevivirle. Las ordenanzas
reales se esfuerzan en vano para regular esta obligación proporcionalmente a los
medios de fortuna, intentando reunir a las gentes más pobres en pequeños
grupos, cada uno de los cuales
debería proporcionar un soldado.
Variables según las exigencias del
momento, estas medidas de aplicación práctica, dejaban intacta la legislación.
Del mismo modo, los grandes señores, en sus conflictos, no dudaban en llevar al combate a sus campesinos.
En los reinos bárbaros, sin embargo, la máquina de
reclutamiento era lenta y pesada, por estar en manos de una administración cada
vez menos capaz de bastarse en su labor burocrática. Por otra parte, la
conquista había roto la organización jerárquica que las sociedades germánicas se
habían dado, tanto para la guerra como para la paz. Y por último, ocupado por
los cuidados de una agricultura más
estabilizada, el germano común, en la época de las migraciones, guerrero más
que campesino, se convertía, poco a poco, en campesino más que guerrero. Es
cierto que el colono romano de otros
tiempos, al ser arrancado de la gleba e incorporarse al ejército, no se hallaba
en una situación más ventajosa; pero se encontraba incluido en las filas de las
legiones organizadas, que lo instruían. En cambio, en el Estado franco, aparte
de las guardias que rodeaban al rey y a los grandes nobles, no existían otras
tropas permanentes, y, por tanto, tampoco instrucción regular de los reclutas.
Falta de diligencia y de experiencia y dificultades de armamento —en tiempo de
Carlomagno, se tuvo que prohibir que nadie se presentase a la hueste provisto
sólo de un bastón—, esos defectos pesaron sin duda desde un principio en el
sistema militar del periodo merovingio. Pero todavía se hicieron más notables a
medida que la preponderancia, en el campo de batalla, pasó del
infante al
jinete, provisto
de un importante armamento
ofensivo y
defensivo. Pues, para disponer de una montura de guerra y equiparse de
pies a cabeza, era necesario disfrutar de una cierta riqueza o recibir subsidios
de un poderoso. Según la ley ripuaria,
un caballo valía seis veces lo que un buey;
una loriga —especie de coraza de piel reforzada con placas de metal—, el
mismo precio; un yelmo, sólo la mitad menos. ¿No vemos, en el 761, a un pequeño
propietario de Alemania, ceder sus campos paternos y un esclavo a cambio de un
caballo y una espada?*171 Además, era necesario un largo aprendizaje
para saber manejar un corcel en el combate y practicar, bajo un pesado
arnés, una difícil esgrima.
“De un muchacho en la edad de la
pubertad, puedes hacer un caballero; más tarde, jamás”. Bajo los
primeros carolingios, esta máxima se había convertido en un proverbio.*172
¿A qué se debía esta decadencia de la infantería,
que tendría repercusiones sociales tan considerables? A veces, se ha creído que
era un efecto de las invasiones
árabes: con
el fin
de sostener
el choque
de los
jinetes
musulmanes o de perseguirlos, Carlos
Martel habría transformado a sus francos en
hombres a caballo. La exageración es manifiesta. Incluso suponiendo —lo
que se ha debatido— que la caballería jugase entonces en los ejércitos del Islam
un papel
tan decisivo,
los francos,
que siempre
poseyeron tropas
montadas, no esperaron a Poitiers para
cederles un lugar preponderante. Cuando, en el
755, la reunión anual de los grandes y de la hueste fue trasladada por
Pipino del mes de marzo al mes de mayo, que es el tiempo de los primeros pastos,
esta medida significativa marca solo el punto culminante de una evolución
empezada hacía
ya algunos siglos. Común a
la mayoría de
los reinos bárbaros y al
mismo Imperio de Oriente, sus razones no siempre fueron bien comprendidas, por
una parte, por no haberse valorado suficientemente ciertos factores técnicos;
por otra, porque, en el terreno propio del arte militar, la atención se llevo
demasiado exclusivamente hacia la táctica del combate, en perjuicio de sus
preparativos y de sus consecuencias.
Ignorados por las sociedades clásicas del
Mediterráneo, los estribos y las herraduras no aparecen antes del siglo IX en
las representaciones del Occidente europeo; pero, parece que las imágenes
estaban en retraso con respecto a la vida. Inventado,
probablemente, entre los
sármatas, el estribo fue un
regalo hecho a Europa por los nómadas de la estepa euroasiática, y su traspaso,
uno de los efectos del contacto que la época de las invasiones estableció, mucho
más , frecuente que antes, entre los sedentarios del Oeste y las civilizaciones
ecuestres de las grandes llanuras; tanto de manera directa, gracias a las
migraciones de los alanos, fijados poco antes en el norte del Cáucaso y de los
cuales muchas fracciones, arrastradas por la oleada germánica, encontraron asilo
en el corazón de la Galia o de España, como, principalmente, por intermedio de
los pueblos germánicos que. como los godos, habían vivido algún tiempo en las orillas del Mar Negro.
También es verosímil que
la herradura
viniese de
Oriente; este
perfeccionamiento facilitaba de forma singular la carrera y la carga en los peores
terrenos. Por su parte, el estribo, no sólo ahorraba fatiga al jinete, sino que,
dándole mejor asiento, acrecentaba la eficacia de su ímpetu.
En cuanto al combate, la carga a caballo se
convirtió en una de sus formas más frecuentes, pero no la única. Cuando las
condiciones del terreno lo exigían, lo guerreros desmontaban y,
provisionalmente, se convertían en soldados a pie; la historia militar de la era
feudal abunda en ejemplos de esta táctica. Pero, a falta de caminos practicables
o de tropas instruidas en esas maniobras sabiamente coordinadas que hicieron la
fuerza de las legiones romanas, sólo el caballo permitía llevar a buen fin,
tanto las largas incursiones que imponían las guerras entre los príncipes, como
las bruscas guerrillas en las que
todos los jefes se complacían; llegar con rapidez y sin mucha fatiga, a través
de campos cultivados y de zonas selváticas, al campo de batalla: una vez
en él,
desconcertar al enemigo
con movimientos
inesperados; y si
la suerte volvía la espalda,
escapar de la muerte con una huida oportuna. Cuando, en 1075, los sajones fueron
derrotados por Enrique IV de Alemania, la nobleza debió a la agilidad de sus
monturas el sufrir menos pérdidas que la chusma campesina, incapaz de escapar de
la carnicería con suficiente rapidez.
Todo conspiraba,
pues, en la Galia franca, para
hacer cada vez más necesaria la
presencia de
guerreros profesionales, educados
por una
tradición de grupo
y que fuesen, ante todo, jinetes. Aunque el servicio a caballo en
provecho del rey, continuó, casi hasta fines del siglo IX, siendo exigido en
principio a todos los hombres libres suficientemente ricos para ser sometidos al
mismo, el núcleo de estas tropas
montada, ejercitadas y bien equipadas, que eran las únicas de las que se
esperaba una real eficacia, fue proporcionado por los seguidores
armados que, desde hacia
mucho tiempo,
rodeaban a
los príncipes y a los grandes nobles.
En las antiguas sociedades germánicas, si los
cuadros de las asociaciones consanguíneas
y de
los pueblos
bastaban al
desarrollo normal de
la existencia, el espíritu de
aventura o de ambición nunca pudo contentarse con ellos. Los jefes, en especial
los jefes jóvenes, agrupaban a su alrededor algunos “compañeros” (en alto alemán
gisind, o sea, compañero de expedición; Tácito tradujo exactamente esta
palabra por el latín comes). Los dirigían en el combate y en el pillaje
y, durante los descansos, les daban hospitalidad en los grandes halls de
madera, propicios a las orgías. El pequeño grupo era la
fuerza de su capitán en las guerras o las venganzas; le aseguraba su autoridad en las deliberaciones de los hombres libres; las
liberalidades —de alimentos, de esclavos, de anillos de oro— que el jefe
prodigaba sobre el constituían un elemento indispensable de su prestigio. Así
nos describe Tácito el sistema (compagnonnage) en la Germania del siglo
l, e igual lo vemos, siglos más
tarde, en
el poema
de Beowulf y, con
algunas inevitables pequeñas variantes, en las viejas sagas escandinavas.
Establecidos en los restos de la Romania,
los jefes bárbaros no renunciaron a estas prácticas, porque en el mundo donde
acababan de penetrar, el uso de soldados privados florecía desde hacia mucho
tiempo. En los últimos siglos de Roma, eran pocos los miembros de la alta
aristocracia que no tuvieran los suyos. Se les llamaba, a menudo, bucellarii,
del nombre de una especie de bizcocho (bucella) —mejor que el pan de
munición— que generalmente se les distribuía. Eran asalariados, más que
compañeros, pero en bastante número y lo suficientemente leales para que estas
escoltas personales, rodeando a sus amos convertidos en generales del Imperio,
tuviesen dentro del ejército un lugar que con frecuencia fue de primer orden.
En medio del desorden de la época merovingia, el
empleo de semejantes séquitos armados debía imponerse más que nunca. El rey
tenía su guardia, a la que se llamaba truste y que, en gran parte, estaba
formada por jinetes. También la tenían sus principales súbditos, ya fuesen
francos o de origen romano. Incluso algunas iglesias juzgaban necesario asegurar
así su seguridad. Estos gladiadores, como los llama Gregorio de Tours,
formaban cuadrillas bastante mezcladas, en las que no faltaban aventureros de la
peor calaña, Los amos no dudaban en enrolar a ellas a los más vigorosos de sus
esclavos; sin embargo, parece que los hombres libres eran en mayor número. Pero
no siempre pertenecían a las clases distinguidas, aunque sin duda el servicio
comportaba más de un grado en la consideración y en la recompensa. No obstante,
es significativo que, en el siglo VII, una misma fórmula pudiese servir
indiferentemente para la donación de una “tierra pequeña” en favor de
un esclavo o de un gasindus.
En esta última expresión, se reconoce el antiguo
nombre del compañero de guerra germánico. Parece que, en la Galia merovingia
como en todo el mundo bárbaro, servía para designar de forma corriente al hombre
de armas privado. No obstante, de manera progresiva cedió lugar a un nombre
indígena: el de vasallo (vassus, vassallus), destinado a tener una gran
expansión. Esta nueva denominación no era de origen romano, sino celta.*173
Es casi seguro que penetro en el latín hablado de la Galia mucho antes de que se
le encuentre escrito, por
primera vez, en
la Ley Sálica, pues el
paso de
una a
otra lengua
no pudo hacerse más que en el tiempo, muy alejado del de Clodoveo, en
que, junto a las poblaciones asimiladas por la lengua de Roma, vivían grupos
importantes que
continuaban fieles a
la de
sus antepasados.
Veremos, pues,
si ése es nuestro gusto, en el viejo término, uno de esos descendientes
auténticos del habla de los galos, cuya vida se prolonga en las capas
profundas del francés. Pero del hecho de su adopción por el léxico
feudal, no se puede deducir una lejana filiación del vasallaje militar. Es
verdad que la sociedad gala, antes de la conquista, como las sociedades celtas
en general, practicó un sistema de compañía, semejante en muchos aspectos
al de la antigua Germania, pero cualquiera que haya podido ser. bajo la
superestructura romana, la supervivencia de estos usos, un hecho se impone: los
nombres del cliente armado,
tal como los menciona César —ambacte o,
en la Aquitania, soldurius—, desaparecieron sin dejar trazas.*174
El sentido de vasallo en el momento de su paso al latín vulgar, era mucho más
humilde muchacho joven —significación que tenía que perpetuarse durante toda la
Edad Media, en el diminutivo francés valet— y también, por un
deslizamiento semántico análogo al que sufrió el latín puer, esclavo
doméstico. ¿A los que el amo tiene siempre a su alrededor no los llama con
naturalidad sus muchachos? Este
segundo valor es el que continúan dando a la expresión en la
Galia Franca
diversos textos
escalonados entre
los siglos
VI y
VIII. Después, poco a poco, se
abre paso una acepción nueva, que en el siglo VIII hace la competencia a la
precedente, a la que en el siglo siguiente sustituye. más de un esclavo de la
casa era honrado con su admisión en la guardia. Los otros miembros de
esta cohorte, sin ser esclavos, vivían también en la vivienda del amo, llamados
a servirle de mil maneras y a recibir directamente sus órdenes. Ellos eran,
también, sus muchachos, por lo que se les incluyó, junto con sus
camaradas de nacimiento servil, bajo el nombre de vasallos, desde entonces
especializado en su significación de seguidores de armas.
Por último, la denominación que hasta entonces
había sido común, evocadora de familiaridad, fue reservada sólo para los hombres
libres de la tropa.
Pues bien, esta historia de una palabra surgida de
lo más bajo de la servidumbre para cargarse poco a poco de honor, refleja la
propia curva de la institución. Por modesta que fuese en sus orígenes, la
condición de muchos sicarios al servicio de los grandes y del mismo rey,
no dejaba de contener serios elementos de prestigio. Los vínculos que unían a
estos camaradas de guerra con su jefe, eran uno de esos contratos de fidelidad
libremente consentidos propios de
las situaciones
sociales más
respetables. El
nombre que designaba la guardia real
está lleno de significación: truste, es decir, fe. El nuevo recluta
enrolado en esta tropa juraba fidelidad, a cambio de lo cual el rey se comprometía a socorrerlo. Estos eran los principios
en que se basaba toda encomienda; sin duda, los poderosos y sus
gasindi o vasallos intercambiaban promesas análogas. Estar protegido por un
alto personaje ofrecía, no sólo una garantía de seguridad, sino también de
consideración. A medida que, en la descomposición del Estado, todo gobernante
tenia que buscar sus
ayudas de una
forma más
exclusiva entre los
hombres que
estaban directamente agregados, y que. en la decadencia de las viejas
costumbres militares, el llamamiento al guerrero profesional se hacía cada día
más necesario y más admirada la función de todos los que eran portadores de
armas, fue evidente que, entre todas las formas de subordinación entre
individuos, la más elevada consistía en servir con la espada, la lanza y el
caballo a un señor al que se declaraba solemnemente fidelidad.
Pero ya empezaba a vislumbrarse una influencia
que, actuando profunda- mente sobre la institución del vasallaje, debía, de
manera amplia, hacerla desviar de su primera orientación. Esta fue la
intervención, en estas relaciones humanas, hasta entonces extrañas al Estado, de
un Estado si no nuevo, al menos renovado: el de los carolingios.
V.
EL
VASALLAJE CAROLINGIO
De la política de los carolingios —por la que hay
que entender, como de costumbre, junto a los deseos personales de los príncipes,
algunos de los cuales fueron hombres notables,
los puntos
de vista
de sus
estados
mayores
—, se puede decir que estuvo dominada, a la vez,
por principios y por hábitos adquiridos. Salidos de la aristocracia, llegados al
poder como consecuencia de un largo esfuerzo contra la monarquía tradicional,
los primeros de ellos se hicieron, poco a poco, amos del pueblo franco,
agrupando a su alrededor un ejército
de guerreros domésticos, e
imponiendo su patronazgo
a otros
jefes.
¿Cómo sorprenderse si una vez en la cima,
continuaron por normales los vínculos de esa naturaleza? Por otra parte, su
ambición, desde Carlos Martel, fue la de reconstruir esta fuerza pública que al
principio, con sus iguales, contribuyeron a destruir. Deseaban que reinase el
orden y la paz cristiana en sus reinos, y querían soldados para extender a lo
lejos su dominación y llevar contra los infieles la guerra santa, generadora de
poder y fructuosa para las almas.
Pero las antiguas instituciones parecían
insuficientes para esta tarea. La monarquía sólo disponía de un pequeño número
de agentes, además poco seguros y —aparte algunos eclesiásticos— desprovistos de
tradición y de cultura profesionales. Además, las condiciones económicas
impedían la institución de una vasta red de funcionarios asalariados. Las
comunicaciones eran largas, poco cómodas e inciertas. La principal dificultad
con que chocaba, pues, la administración central era el llegar hasta los
individuos, para exigirles los servicios debidos y ejercer sobre ellos las
sanciones necesarias. Por este motivo, surgió la idea de utilizar para los fines
de gobierno el sistema de relaciones de subordinación ya constituidos de una
manera tan firme; el señor, en todos
los grados
de la jerarquía,
convirtiéndose en
responsable de
su hombre, estaría
encargado de mantenerlo en el deber. Los carolingios no tuvieron el monopolio de
esta concepción, que ya inspiró a la monarquía visigoda de España muchas
prescripciones legislativas; en gran número en la corte-franca, después de la
invasión musulmana, los refugiados españoles contribuyeron quizá a hacer conocer
y apreciar estos principios. La desconfianza muy viva que las leyes anglosajonas
debían testimoniar más tarde ante el “hombre sin señor” refleja prejuicios
semejantes. Pero pocas veces una política semejante fue tan conscientemente
proseguida, ni —se podría añadir— igual ilusión fue mantenida con más espíritu
de prosecución que en el reino franco, en los alrededores del año 800. “Que cada
jefe ejerza una acción coercitiva sobre sus inferiores, con el fin de que éstos,
cada vez mejor, obedezcan de
buen grado
los mandatos y preceptos imperiales”:*175 esta frase
de una
capitular del año
810 resume, con
brevedad expresiva, una de
las máximas fundamentales del edificio construido por Pipino y
Carlomagno. De forma semejante, en Rusia, en la época de la servidumbre, se dice
que el zar Nicolás I se enorgullecía de tener en sus pomiechtniks,
señores de las aldeas, “cien mil comisarios de policía”.
En este orden de ideas, la más urgente de las
medidas a tomar era evidentemente la integración en la ley de las relaciones de
vasallaje y, al propio tiempo darles
una afabilidad sin la cual no podían ser un firme apoyo. Desde muy pronto, sin
duda, los encomendados de categoría inferior habían comprometido
su vida:
por ejemplo,
el hambriento
de la
fórmula de
Tours. Pero si desde hacía
mucho tiempo, por haberlo expresamente prometido o porque
la costumbre o sus intereses los obligaran, se había visto, en la
práctica, a muchos compañeros de guerra servir a su señor hasta la muerte, esto
no prueba que bajo los merovingios esta regla fuese ni mucho menos general. En
España, el derecho visigodo nunca dejo de reconocer a los soldados privados la
facultad de cambiar de dueño: pues, decía la ley “el hombre libre conserva
siempre el poder sobre su persona”. En cambio, los carolingios, en varios
edictos reales o imperiales, se preocuparon de determinar con precisión las
faltas que, cometidas por el señor, justificaban la ruptura del contrato por
parte del vasallo. Era lo mismo que deducir que, a excepción de estos casos o de
una separación por consentimiento mutuo, el vínculo era indisoluble durante toda
la vida.
El señor, por otra parte, fue encargado
oficialmente, bajo su responsabilidad, de asegurar la comparecencia del vasallo
ante los tribunales o en el ejército, Sus vasallos combatían bajo sus órdenes, y
sólo en sus ausencia, pasaban a ser mandado directamente por el representante
del rey: el conde.
¿Pero como pretender servirse de los señores para
tener sujetos a los vasallos, si estos señores, a su vez, no estaban sólidamente
vinculados al soberano? Fue esforzándose en realizar esta indispensable
condición de un gran intento, como los carolingios contribuyeron a extender
basta el extremo las aplicaciones sociales del vasallaje.
Instalados en el poder, tuvieron que recompensar a
sus hombres y les distribuyeron tierras, según procedimientos que más
adelante precisaremos. Además,
mayordomos de
palacio, después
reyes, para
procurarse los
apoyos necesarios y, sobre
todo, para formarse un ejército, se vieron obligados, muchas veces también
mediante donaciones de tierras, a atraer bajo su dependencia a una multitud de
personajes, en su mayor parte de alta categoría. Los antiguos miembros del
séquito militar, establecidos en los
bienes concedidos de personajes, en su mayor parte de alta categoría. Los
antiguos miembros del séquito militar, establecidos en los bienes concedidos por
el príncipe, no dejaron de ser tenidos por vasallos suyos. El mismo vínculo se
consideró que los unía con sus nuevos fieles, aunque no hubiesen sido nunca
sus compañeros de armas. Los unos
y los otros le servían en el
ejército, seguidos, si los tenían, de sus propios vasallos. Pero, como
tenían que vivir la mayor parte de su tiempo lejos de él, sus condiciones de
vida eran por completo distintas de las de los guerreros domésticos de poco
antes. Como compensación, por ser cada uno punto central de un grupo más o
menos extendido de sometidos, se
esperaba de ellos que
mantuviesen a estas gentes en el orden; y si era necesario, incluso que
ejercieran sobre sus vecinos una vigilancia análoga. Así, se distinguió, entre
las poblaciones del inmenso Imperio, una clase muy numerosa de “vasallos del
Señor” —entiéndase “del Señor Rey” (vassi dommici)—, que disfrutando de
la protección particular del soberano y encargados
de proporcionarle
una gran
parte de
sus tropas,
debían formar, además, a través de las provincias, como las mallas de una
vasta red de lealtad.
Cuando, en 871, después del triunfo sobre su hijo
Carlomán, Carlos el Calvo quiso hacer volver al deber a los cómplices del
joven rebelde, no encontró mejor manera de conseguirlo que obligándoles a
escoger, cada uno a su voluntad, un señor entre los vasallos regios.
Es más, este vínculo de fidelidad, cuya fuerza
parecía probada por la experiencia, quisieron emplearlo los carolingios para
asegurarse la fidelidad eternamente vacilante de funcionarios. Siempre se
concibió a estos como colocados bajo la protección especial del soberano,
al cual prestaban juramento y, cada vez con más frecuencia, eran reclutados
entre los hombres que, antes de recibir de él esta misión, le sirvieron como
vasallos. Poco a poco, esta práctica
se generalizó.
Al menos a partir del reinado de Luis el
Piadoso, no existió oficio palatino ni jefatura
de tropas,
en particular
condado, cuyo titular
si no
lo era
ya, no debiera hacerse,
juntando las manos, vasallo del monarca. Incluso a los príncipes extranjeros, si
reconocen el protectorado franco, se les exige, desde mediados del siglo VIII,
que se sometan a esta ceremonia, y se les llama, a su vez, vasallos del rey o
del emperador.
Nadie esperaba, ciertamente, de estos altos
personajes que, como los compañeros de otros tiempos, montasen la guardia en la
vivienda del señor. Con todo, a su manera, pertenecían a su casa militar puesto
que debían, ante todo y junto a su fe, sin que esto pudiera eludirse, la ayuda
en la guerra.
Ahora bien, los grandes nobles, por su parte, se
habituaron a ver en los buenos
compañeros que formaban sus bandas a hombres de confianza dispuestos
a las misiones más diversas. Cuando un
empleo lejano,
la donación de una tierra o
una herencia alejaban a uno de estos leales muchachos del servicio
personal, el
jefe no por ello
dejaba de seguir considerándolo
su fiel.
En este caso también, por un
movimiento espontáneo, el vasallaje tendía a escapar del círculo estrecho del
hogar señorial. El ejemplo de los reyes y la influencia de las reglas de Derecho
que promulgaron estabilizaron estos usos inestables. Señores y subordinados no
podían dejar de ir naturalmente hacia una forma de contrato que, en adelante,
iba a estar provista de sanciones legales. Por los vínculos del vasallaje, los
condes unieron a ellos a los funcionarios de rango inferior, y los obispos o
abades, a los laicos, a los que encargaban de administrar justicia o de llevar a
la guerra a sus súbditos. Los poderosos,
cualesquiera que
fuesen, se
esforzaban en
atraer, así,
a su
órbita a crecientes multitudes
de pequeños señores, que, a su vez, actuaban de la misma forma con los todavía
menos fuertes.
Estos vasallos privados formaban una sociedad
entremezclada, pero sin que hubiese confusión en ella, en la que figuraban aún
elementos bastante humildes.
Entre los que los condes, obispos, abades y
abadesas están autorizados a dejar en su tierra cuando se convoca la hueste,
figuran aquellos, como los vassi
dominici de
poca categoría, a los
que queda
confiado el
noble cuidado
de mantener la paz. más modestamente, otros guardan la casa del señor,
dirigen las cosechas
y vigilan la
servidumbre.*176 Por
lo menos,
éstas eran ya funciones de
mando bastante
respetables. Alrededor
de los jefes de
todas las
categorías, como alrededor de los reyes, el servicio puramente doméstico
era el molde en el que iba a verterse toda sujeción no desprovista de honor.
VI.
PROCESO
DE FORMACIÓN
DEL VASALLAJE
CLÁSICO
Llegó el hundimiento del Estado carolingio: rápida
y trágica derrota de un puñado de hombres que, al precio de muchos arcaísmos y
torpezas, pero con una inmensa buena voluntad, se esforzaron en preservar
ciertos valores de orden y de civilización. Se abrió entonces un largo periodo
de disturbios y, al propio tiempo, de gestación; en su transcurso, el vasallaje
tenía que precisar sus rasgos de manera definitiva.
En el estado de guerra permanente en que vivió
Europa a partir de este momento —invasiones, luchas intestinas—, más que nunca
el hombre buscaba un jefe y los jefes buscaban hombres. Pero la extensión
de estas relaciones de protección dejó de hacerse en provecho de los reyes Los
homenajes privados van a multiplicarse. Alrededor de los castillos
especialmente, que desde las incursiones escandinavas o húngaras se
edifican cada vez en mayor número en todas las regiones,
las señores, que en su propio nombre o en el de alguien más poderoso que
ellos, dirigen estas fortalezas, se esfuerzan en reclutar vasallos encargados de
asegurar su custodia.
“El rey no tiene de rey más que el nombre y su
corona... es incapaz de defender contra los peligros que los amenazan ni a sus
obispos ni a sus otros súbditos. Y así se ve a unos y a otros ir, con las manos
juntas, a servir a los poderosos; con ello obtienen la paz.”
Tal es
el cuadro
que, hacia
1016, trazaba un prelado alemán de
la anarquía en el reino de Borgoña.
En Artois, en el siglo siguiente, un monje explica cómo sólo un pequeño numero
de hombres de la nobleza pudieron, evitando los vínculos de dominación
señorial “quedar sólo sometidos a las sanciones
públicas”.
En esta última expresión, conviene entender no
tanto la autoridad monárquica, demasiado alejada, como la del conde,
depositario, en lugar del soberano, de lo que quedaba poder superior, por su
esencia, a las subordinaciones personales.*177
La dependencia, naturalmente,
se propagaba de arriba abajo de la
sociedad y no sólo
entre estos nobles
de que
nos habla nuestro monje.
Pero entre sus diversas formas, caracterizadas por distintas atmósferas
sociales, la línea de demarcación que empezó a marcar la época carolingia acabó
de ahondarse
Es cierto que la lengua, e incluso las costumbres,
conservaron por largo tiempo muchos
vestigios de la antigua confusión. Algunos grupos de muy modestos súbditos
señoriales, condenados a los trabajos despreciados de la tierra y obligados a
cargas que se consideraban ya como serviles, continuaron hasta el siglo XII,
llevando el nombre de encomendados que no lejos de ellos, la Chanson
de Roland aplicaba a los más altos vasallos. De los siervos,
porque eran los hombres de su señor, se decía con frecuencia que
vivían en su homenaje. Hasta el
acto formalista por el que un individuo se reconocía siervo de otro era alguna
vez designado con este nombre, e, incluso, en algunos lugares, recordaba, en su
ritual, los gestos característicos del homenaje “de manos”.*178
No obstante, este homenaje servil, en los lugares
donde tenía lugar, se oponía al de
los vasallos por un contraste decisivo: no tenia necesidad de ser renovado de generación
en generación.
Pues se llegaron a distinguir,
cada vez con más nitidez, dos maneras de estar ligado a un jefe. Una es
hereditaria, y está marcada por toda clase de obligaciones que son tenidas como
de naturaleza bastante baja. Sobre todo, porque excluye toda elección en la
sujeción, ella constituye todo lo contrario de lo que ahora se llama
libertad. La mayor parte de encomendados de orden inferior cayeron en
la servidumbre, a despecho del carácter ingenuo de que, originalmente, se
afectó su sumisión, en una época en
que las clasificaciones sociales respondían a principios diferentes. La otra
relación, que se llama vasallaje, dura de derecho, si no de hecho, únicamente
hasta el día en que terminará una u otra de las dos vidas atadas. Por esta misma
nota distintiva, que le ahorra el ofensivo aspecto de una obligación heredera
con la sangre, se acomoda al honorable servicio de la espada, pues la forma de
ayuda que comporta es esencialmente guerrera. Por una sinonimia característica,
desde fines del siglo IX, los documentos latinos dicen indiferentemente de un
hombre que es el vasallo o el miles de un señor. Al
pie de la
letra, este
último término
tendrá que
traducirse por
soldado,
pero los textos franceses, desde su
aparición, lo convierten en caballero, y es esta expresión de la lengua
no escrita, la que ciertamente los notarios de otros tiempos habían ya tenido en
el pensamiento. El soldado por excelencia era el que servía a caballo, con el
gran arnés de guerra y, equipado de esta suerte, su función de vasallo consistía
ante todo en combatir para su amo. De suerte que, por otra transformación del
viejo nombre poco antes tan humilde, el bosquejo usual acabará por denominar
corrientemente “vasallaje” a la más bella de las virtudes que puede reconocer
una sociedad que siempre tiene las armas
en la
mano, a
saber, la
bravura. La
relación de
dependencia así
definida se contrata mediante el homenaje manual, a partir de este
momento especializado, o poco menos, en este papel. Pero este rito, de profunda
clasificación, parece que se completó, generalmente a partir del siglo X, con la
ceremonia del
beso, que,
poniendo a
los dos individuos
en el
mismo terreno
de igualdad, confería a la
subordinación del tipo del
vasallaje una
mayor dignidad. De hecho, solo obliga a los personajes de clase
distinguida, y a veces, incluso muy elevada. Surgido, por una lenta
diferenciación, de la antigua y dispar encomienda, el vasallaje militar
representaba, en definitiva, su aspecto más
elevado.
CAPITULO
II
EL FEUDO
I.“BENEFICIO”
Y FEUDO:
LA “TENURE-SALARIO”
Entre los encomendados de época franca, la
mayor parte no esperaba sólo protección por parte de su nuevo amo. Pedían a este
poderoso, que al propio tiempo era un rico, que también les ayudase a vivir.
Desde San Agustín, describiendo, hacia el fin del Imperio, los pobres en busca
de un patrono que les proporcionase “qué comer”; hasta la fórmula merovingia que
hemos citado en varias ocasiones, la misma llamada obsesionante se deja oír: la
de los vientres vacíos. El señor, por su parte, no tiene como única ambición el
dominar a las personas: a través de ellas, con frecuencia se esforzaba en
llegar a los bienes. En una palabra, desde su origen, las relaciones de
dependencia tuvieron su aspecto económico. Y el vasallaje, igual que las demás.
Las liberalidades del jefe para con sus compañeros, en la época carolingia. la
entrega de algunos presentes —un caballo, armas, joyas— formaba la contrapartida
casi ritual del gesto de entrega personal. ¿Prohibían las capitulares romper el
vínculo al vasallo? No en ningún caso, según expresión de una de ellas, al
hombre que hubiese recibido de su señor el valor de un sólido de oro. El único
señor verdadero era el que daba algo.
Pues bien, al jefe de un grupo de vasallos, como a
todo patrono, las condiciones generales de la economía no le dejaban elegir más
que entre dos sistemas de remuneración. Podía retener al hombre en su vivienda,
alimentarlo, vestirlo
y equiparlo a su costa.
O bien, atribuyéndole una
tierra o al menos unas rentas fijas
sacadas del suelo, dejarle a su propio cuidado: a lo que se llamaba chaser
en los países de lengua francesa*179, o sea, dotarle de
su vivienda particular (casa). Desconocemos en qué forma, en este
último caso, se debía hacer la concesión.
La simple donación, sin cláusula que aboliese o
limitase la heredabilidad, parece que fue en épocas antiguas practicada con
bastante frecuencia. Bajo esta forma vemos, en una fórmula del siglo VII, a un
jefe entregar a su compañero una pequeña finca; y más tarde aún, a los
reyes hijos de Luis el Piadoso, manifestar, en varias ocasiones, su
generosidad para con sus vasallos, con la declarada intención de mantenerles en
el deber y no sin reservarse, a veces, la facultad de revocar la donación, si
esta esperanza fallaba. Sin embargo, teniendo los bienes distribuidos con
regularidad por el señor a los individuos de su séquito la naturaleza de un
salario, mucho más que la de una recompensa, era importante su recuperación
cuando el servicio cesaba de cumplirse: por consiguiente, lo
más tarde, cuando la muerte venía a romper el vínculo. En otras palabras, no
transmitiéndose el vasallaje por la sangre, la remuneración del vasallo no podía
tampoco, sin paradoja, revestir un
carácter hereditario.
A semejantes concesiones territoriales,
transitorias por definición y que, originalmente al menos, estaban desprovistas
de toda garantía, ni el Derecho romano oficial, ni la costumbre germánica, con
sus rígidos sistemas de contratos bilaterales, ofrecían ningún precedente. Por
el contrario, la practica, en el
Imperio, bajo
la influencia de los
poderosos, había desarrollado
ya mucho este género de acuerdos, naturalmente asociados al uso del
patronato, puesto que hacían depender del señor la manutención del protegido. Su
terminología era bastante confusa, como es lógico en una institución que se
mantiene al margen de la legalidad. Se hablaba de precarium —a causa de
la petición (preces) que emanaba o debía emanar del donatario— y también
de “beneficio” (beneficium).
Que la ley, ignorando estas convenciones, no ofreciese al arrendador el medio de
exigir ante los tribunales la prestación de las cargas a las que, de ordinario,
sometía el bien, poco le importaba, puesto que tenía siempre la facultad de
reclamar lo que no era, en principio, más que un don gratuito. Una y otra
palabra continuaron siendo empleadas en la Galia franca. El de precarium,
sin embargo, al precio de una transformación gramatical que ha hecho soñar mucho
a los historiadores. Del neutro pasó al femenino: precaria. Según rodas
las apariencias, se trata de un simple caso particular de un fenómeno
lingüístico corriente en el bajo latín; el mismo que, por
una contaminación
nacida de
la desinencia
en a de
los plurales
neutros, ha hecho, entre
otros, de la palabra folium, nuestra “hoja”. La transformación estuvo
facilitada por la atracción que ejerció el mismo nombre de la demanda dirigida
por el peticionario: “carta de rogación” [epístola] precaria.
Los dos nombres, precario y beneficio,
parecen haber sido en principio
usados indiferentemente. Pero, a medida que el precario, incorporándose
elementos tomados del derecho de arrendamiento, se convertía poco a poco en un
contrato de contornos bastante estrictos, se tendió a reservar su nombre a las
concesiones hechas con la condición de pagar un censo. La etiqueta de
beneficio, por el contrario, a la vez más vaga y más honorable, puesto que
no sugería la idea de una súplica, se aplicó con preferencia a las liberalidades
provisionales, consentidas,
mediante un
servicio, a
favor de
personas afectas
a las casas señoriales, y, en especial, a los vasallos. Un acontecimiento
de considerable importancia contribuyó a fijar la distinción. Para procurarse
las tierras destinadas a asegurarles el apoyo de muchos fieles, los carolingios
las tomaron, sin
reparo, de
las inmensas posesiones
del clero.
La
primera expoliación, en tiempo de
Carlos Martel, fue brutal. Sus sucesores no renunciaron a estas requisas, pero
regularizaron de una vez la operación pasada, las del presente y las del
porvenir y se preocuparon de reservar, en alguna medida, los derechos de los
legítimos propietarios. El obispo o el monasterio, propietarios del suelo cuyo
disfrute tenían que ceder al vasallo regio, percibían en adelante un alquiler;
el rey, por su parte, recibiría el
servicio. Con respecto a la Iglesia, el bien, jurídicamente, era pues, un
precario. Del rey, el hombre lo tenía en beneficio.
El uso
de esta
última palabra para designar las
tierras concedidas a cambio
de un servicio y, en particular, de un servicio de vasallaje, tenía que
perpetuarse, en el latín
de las
cancillerías y de
las cronistas,
hasta muy
adelantado el
siglo
XII. No obstante, a diferencia de los términos
jurídicos vivos de verdad, tales como “encomendado”, beneficium no dio
ningún derivado en las lenguas románicas, lo que prueba que retardado en el
vocabulario, lleno de reminiscencias amadas por los eclesiásticos, pudo ser
sustituido por otro nombre en el lenguaje hablado. Durante los tiempos feudales,
quizá desde el siglo IX, cuando los escribas franceses escribían beneficium,
pensaban en feudo.
A pesar de algunas dificultades de orden fonético
que, por lo demás, afectan menos a las formas románicas que a sus
transcripciones latinas, la historia de este vocablo famoso es clara. Las
lenguas germánicas antiguas poseían
todas un nombre que, lejanamente emparentado con el latín pecus, servía,
unas veces sucesivamente, o según las hablas, para designar los bienes muebles
en general, y otras, sólo la forma más extendida y más preciosa de
estos bienes: el ganado. El alemán que conservó fielmente la segunda de dichas
acepciones, lo posee todavía en la actualidad y escribe Vieh. Los
galorromanos, tomándolo de los invasores germánicos lo convirtieron en fief
(en provenzal, feu; en español feudo.)*180 En
principio, fue
para conservarle uno de sus sentidos tradicionales; el más amplio, el de bienes
muebles. Esta acepción está aun atestiguada hasta principios del siglo X, por
diversos documentos borgoñones. El precio se estipuló en moneda ordinaria, pero
el comprador no posee en numerario esta cantidad y por ello paga, conforme a una
costumbre corriente entonces, en objetos de valor equivalente. Lo que en los
textos se expresa así: “hemos recibido de ti el precio convenido, en feos
equivalentes al
valor de
tantas libras, sólidos
o dineros”.*181
La comparación
con otros documentos prueba que, por lo general, se trataba de armas,
vestidos, caballos y, a veces, artículos comestibles. Aproximadamente, eran los
mismos objetos que en las distribuciones recibían los seguidores mantenidos que
habitaban en la casa del señor, o que eran equipados a sus costas. No hay
que dudar de que, en estos casos, también se hablara de feos.
Pero, surgido de lenguas que en la Galia románica
nadie comprendía, aislado en seguida de todos los lazos con el conjunto del
vocabulario que primitivamente lo
respaldaba, este vocablo
tenía que
apartarse con
facilidad de su contenido
etimológico. En las casas señoriales, donde era de uso cotidiano, se acostumbró
a reservarle sólo la idea de la remuneración en sí misma, sin poner atención ya
en la naturaleza, mobiliaria o inmobiliaria, de las
donaciones. ¿Recibía
una tierra
un compañero, hasta entonces
alimentado por el jefe? Esta era llamada el feus de dicho hombre.
Después, como la tierra se convirtió poco a poco en el salario normal del
vasallo, fue a esta forma de retribución, con exclusión de toda otra, a la que
finalmente el viejo nombre, salido de una significación opuesta por completo,
quedó reservado. Como ocurrió en alguna otra ocasión, la evolución semántica
acabó en un contrasentido. De estos feudos de vasallaje y rústicos, el ejemplo
más antiguo que nos ha llegado a través de los documentos escritos pertenece a
los últimos años del siglo IX.*182
Lo debemos a una de estas cartas meridionales que, redactadas por clérigos
ignorantes, concedían amplio lugar al vocabulario hablado. Del siglo siguiente,
tenemos algunos otros documentos también del Languedoc. más preocupadas por el
purismo, las cancillerías de Bretaña, del norte de Francia y de Borgoña se
resignaron sólo un poco antes o un poco después del año mil a
ceder, en
este punto, a
la presión
de la
lengua común. Y aún, en los
primeros tiempos, reduciendo la palabra popular a la categoría de una glosa,
destinada a aclarar la expresión clásica. “El beneficio (beneficium), que
vulgarmente se llama feudo”, dice, en 1087, un documento de Hainaut.*183
En los países de expresión germánica, sin embargo,
Vieh conservaba su sentido de ganado, excluyendo acepciones más nobles.
En realidad, nada impedía a la lengua de los documentos tomar de los notarios de
la Galia uno u otro de los calcos latinos de los que con su ingeniosidad
proveyeron al feudo románico; el más extendido de ellos, feodum,
fue familiar a las cancillerías alemanas como a las del reino Capeto. Pero para
responder a la realidad cotidiana, la lengua vulgar tenía necesidad de un
vocablo privativo. Siendo, en principio, provisionales las distribuciones de
tierra con que se beneficiaban los hombres de servicio, se tomó la costumbre de
designarlas por un sustantivo sacado de un verbo muy corriente, cuya
significación era: ceder a tiempo, prestar. El feudo fue un préstamo: Lehn.*184
De todas formas, como entre este término y su raíz verbal, cuyo uso,
muy amplio, continuaba muy vivo, la
relación seguía constantemente sensible, no llegó a alcanzar nunca una
especialización tan
perfecta como
su equivalente francés. En
su forma
popular, al menos, no ceso de aplicarse para designar toda clase de
concesiones de tierras. Hasta tal punto es cierto que las palabras tomadas de
otra lengua se acomodan con más facilidad
que las demás a un
valor técnico
nuevo y
preciso.
“Beneficio”, “feudo”, lehn.:*185
lo que estos diversos sinónimos pretendían explicar era una noción muy
clara, y, no nos engañemos, en su esencia, de orden económico. Quien decía
feudo, decía bien concedido a cambio, fundamental-mente, no de obligaciones de
pagar —cuando éstas intervenían era
sólo a
título accesorio—, sino de
obligaciones de hacer.
más precisamente, para que hubiese feudo, no bastaba que los servicios
constituyesen la carga principal del bien, sino que era necesario que
comportasen un elemento muy claro de especialización profesional y también de
individualización. Los señoríos rurales, a los que los documentos del siglo XI,
adelantándose a los juristas del XIII, oponen de manera expresa el feudo,
estaban gravados con trabajos, además de las cargas censuales. Pero prestaciones
de cultivo, acarreos e incluso suministro de pequeños productos de la industria
doméstica, los trabajos a que obligaba parecen ser de aquellos que todo
hombre podía cumplir. Además, estaban regulados por la costumbre colectiva. Por
el contrario, ¿una tierra fue concedida a un agente señorial, bajo la
condición de gobernar con fidelidad a los otros poseedores de tierras? ¿A un
pintor, a cambio de la misión de decorar la iglesia de los religiosos, sus
señores? ¿A un carpintero o a un orfebre, que debían en adelante poner su arte a
disposición del señor? ¿O a un sacerdote, como retribución del cuidado de las
almas en la parroquia? ¿A un vasallo por último, que era compañero armado y
guerrero de oficio?
La tenure, así obligada a servicios de una
naturaleza muy particular, que en cada caso fijaba una convención o una
tradición diferente, se definía ante todo por su carácter de remuneración, o
sea, como una tenure-salario. Se le
llamaba feudo*186. Esto, aparte de toda consideración de rango
social y, bien entendido, cuando se trataba de un modesto obrero, sin que fuese
pedida la prestación de homenaje. El agente señorial era con frecuencia un
siervo; y ni los cocineros de los benedictinos de Maillezais o del conde de
Poitou, ni el manejador de lanceta al que incumbía el deber de sangrar
periódicamente a los monjes de Tréveris, no obtenían sin duda de sus ocupaciones
habituales un gran prestigio. Pero no
era menos legítimo que estando, unos y otros, dotados de tenures propias,
en lugar de vivir simplemente de los alimentos distribuidos en la
casa del
señor, estos servidores profesionalmente
calificados eran contados entre los dependientes enfeudados. Algunos
historiadores, al encontrarse con algunos ejemplos de estos humildes feudos, han
pensado, equivocadamente, en una desviación tardía. Los censualistas del siglo
IX conocían ya los beneficios en manos de alcaldes rurales, de artesanos
y de palafreneros; Eínhard,
bajo Luis el
Piadoso, menciona
el beneficio de un
pintor, cuando aparece por primera vez, en la región renana, entre 1008 y
1016, la palabra feudo, disfrazada de latina, es para aplicarla a la tenure
de un herrero. Una institución, en su origen de alcance muy general, que,
poco a poco, se transformó en institución de clase, fue la curva del feudo, como
del vasallaje y de muchas otras formas jurídicas en los tiempos feudales. Nunca
el camino inverso.
Era lógico que, a la larga, para el sentimiento
común resultara molesto el tener que designar así, con un mismo nombre, a unos
bienes, que, de extensión y de
naturaleza profundamente distintas, estaban detentados por hombres de
condiciones sociales tan opuestas como un insignificante alcalde de aldea, un
cocinero, un guerrero, que era a su vez señor de muchos campesinos, un conde o
un duque.
¿No sentimos, hasta en nuestras sociedades
relativamente democráticas, la necesidad de levantar, con las palabras, una
especie de barrera de respetabilidad entre el salario de un obrero, el sueldo de
un funcionario y los honorarios de las profesiones liberales? No obstante, la
ambigüedad subsistió durante mucho tiempo. En la Francia del siglo XIII se
continuaba hablando de feudos de oficiales señoriales y de artesanos, de suerte
que preocupados en esperar los feudos de vasallaje, los juristas los
caracterizaban con el epíteto de
francos, o sea, sometidos sólo a obligaciones dignas de un hombre
perfectamente libre.
Otras lenguas que, paulatinamente, recibieron la
palabra del uso francés, le conservaron más tiempo todavía el sentido general
de salario, incluso aparte de toda donación de tierra: en Italia, en el siglo
XIII, los sueldos en dinero de ciertos magistrados o funcionarios urbanos eran
llamados fio; en el inglés actual, se continúa llamando fee a los
honorarios del médico o del abogado. Cada vez con más frecuencia, sin embargo,
cuando la palabra era empleada sin adjetivación particular, se tendía a
comprenderla como aplicándose a los feudos al propio tiempo más frecuentes y,
socialmente, los más importantes, alrededor de los cuales se había desarrollado
un Derecho propiamente feudal; a saber, las tenures encargadas de
los servicios de vasallaje en el sentido netamente especializado que, en época
muy temprana, tomó esta expresión. “El feudo (Lehn)” dirá en el siglo XIV
la Glosa del Espejo de Sajonia, “es el salario del caballero”.
II.
LA
“DOMICILIACIÓN” DE LOS
VASALLOS
Entre las dos formas de remuneración del vasallo,
por el feudo y por la alimentación, la incompatibilidad no era absoluta. Una vez
establecido en su feudo, el fiel no renunciaba por ello a las otras muestras de
la liberalidad señorial: a esas distribuciones, en especial de caballos, de
armas y, sobre todo, de ropas, de
capas, pieles “blancas y grises”, que muchas costumbres acabaron por codificar y
que incluso los más altos personajes —por ejemplo, un conde de Henao, vasallo
del obispo de Lieja— se guardaban mucho de despreciar. En ocasiones, como se ve
en 1166, alrededor de un barón inglés de alcurnia, ciertos caballeros,
debidamente provistos de tierra, continuaban viviendo con su señor, y recibían
de él “lo que les era necesario”.*187 No obstante, aparte algunas
situaciones excepcionales: vasallos mantenidos y vasallos con casa representaban
dos variedades bien diferenciadas y, con respecto al señor, de diferente
utilidad, de suerte que, desde Carlomagno, se consideraba como anormal que un
vasallo del rey, sirviendo en el palacio, tuviese “sin embargo” un beneficio. En
efecto, fuese lo que fuese lo que se podía
pedir a
los feudatarios, como ayuda
en un
momento de
peligro,
o consejo y vigilancia durante la paz,
era sólo de los vasallos de la casa,
capaces de una presencia constante, de los que había que esperar los mil
servicios de la escolta o de la vida doméstica. A causa de que las dos
categorías no eran, pues, susceptibles de ser intercambiadas, la oposición entre
ellas, no fue,
al pie de la letra, la de estadios sucesivos del desarrollo.
Es verdad que el tipo de compañero mantenido en la casa del jefe era el
más antiguo, pero continuó durante mucho tiempo coexistiendo con el tipo más
reciente del dependiente enfeudado.
¿Obtenía el hombre un domicilio después de una estancia en el séquito
inmediato? Otro —un adolescente, a menudo, todavía sin derechos hereditarios—
venía a ocupar
en la
mesa señorial
el lugar que quedaba
vacante, y la seguridad de este vivir, así garantizado, parecía tan digna de envidia, que las familias de
la nobleza media lo solicitaban para los más jóvenes de sus miembros.*188
A principios del reinado de Felipe Augusto, estos vasallos sin feudo eran
tantos como para que, en su ordenanza sobre el diezmo de la cruzada,
el rey, preocupado en no dejar escapar ningún género de contribuyentes, creyera
conveniente reservarles un lugar aparte.
Con todo, no se puede poner en duda, que, desde la
época carolingia, existía entre los dos grupos de vasallos y en provecho de los
detentadores de feudo, una desproporción que, después, fue creciendo. Sobre este
movimiento y sobre algunas,
al menos,
de sus
causas, poseemos
un testimonio lleno de
vida en un episodio que, aunque desarrollado fuera de Francia, puede ser
legítimamente invocado, en razón del origen auténticamente francés de las
instituciones en juego.
Cuando Guillermo el Bastardo conquistó
Inglaterra, su primer cuidado fue transportar a su nuevo reino la notable
organización de reclutamiento feudal que
funcionaba en su
ducado normando. Impuso, pues, a
sus principales fieles la obligación de tener de manera constante a su
disposición un número determinado de caballeros, cuya cifra fue fijada de una
vez para siempre en todas las baronías. De esta forma, cada gran señor,
dependiente inmediatamente del rey, estaba obligado a asegurarse, a su vez, una
cierta cantidad de vasallos militares. Pero, desde luego, quedaba en completa
libertad de decidir cómo
asegurar su
mantenimiento. Muchos
obispos y
abades prefirieron, al principio, alojarlos y alimentarlos “en el
dominio”, sin darles tierras. Naturalmente, en todos los países, ésta era la
solución que más seducía a las jerarquías eclesiásticas, porque, en teoría,
respetaba el inalienable patrimonio inmobiliario que habían recibido en
depósito; alrededor de un siglo más tarde, el biógrafo del arzobispo Conrado I
de Salzburgo, todavía felicitaba a su héroe por haber sabido llevar sus guerras
“sin ganar la buena voluntad de sus caballeros más que mediante regalos de
cosas muebles”. No obstante, sólo con raras excepciones, los prelados ingleses
debieron renunciar muy pronto a este sistema tan conforme con sus principios,
para, en adelante, descansar de la carga de la hueste regia sobre feudos,
arrebatados a la tierra eclesiástica.*189 El cronista de Ely cuenta
que los vasallos, en la época en que eran alimentados por el monasterio, se
hicieron insoportables por las tumultuosas reclamaciones con que acosaban al
racionero. No
es difícil
comprender que
un ruidoso
grupo de
hombres
de armas de apetitos indiscretos
debía ser una inoportuna vecindad para la paz del claustro;
sin duda, en la misma Galia, estas molestias no fueron extrañas a la
rápida y precoz desaparición de estos vasallajes domésticos de las iglesias, en
tan gran número aun alrededor de las grandes comunidades religiosas a principios
del siglo IX, que en Corbie, por ejemplo, los monjes les reservaban entonces un
pan especial, más fino que el que se daba a los demás dependientes del
monasterio. En tanto, a este inconveniente, propio de los señoríos de un tipo
particular, se sumaba otra dificultad más grave que, si no impedía de manera
absoluta la manutención en el domicilio, al menos limitaba singularmente
su empleo.
Durante la
primera edad
feudal, constituía una ardua empresa
querer abastecer regularmente a un grupo extenso. más de un redactor de anales
monásticos nos habla de hambre en el refectorio. Lo más seguro, en la mayoría
de los casos, tanto para el señor como para el allegado de armas, era dejar a
este último, con los medios necesarios, la responsabilidad de proveer a su
propia subsistencia.
Con más razón, el régimen de manutención se hacía
impracticable cuando los vasallos, a los que se trataba de pagar la fidelidad,
eran de categoría demasiado elevada para acomodarse a una completa existencia a
la sombra del señor. Para estos, eran necesarias rentas independientes que,
unidas al ejercicio de los poderes de gobierno, les permitiesen vivir en
condiciones conformes a su prestigio. También obligaba a ello, en ocasiones, la
dedicación al servicio. El cargo de un vassus dominicus carolingio
suponía que debía pasar la mayor parte del tiempo en su provincia, ocupado en
vigilarla. De hecho, en la época carolingia, la extensión de las relaciones de
vasallaje, no sólo en número, sino también, si se puede decir, en altura, estuvo
acompañada de una inmensa distribución de beneficios.
Sería, de otra parte, formarse una imagen muy
imperfecta de la multiplicación de las relaciones feudales, el pensar que en el
origen de todos los feudos existía una concesión del señor al vasallo. Muchos,
por el contrario y por paradójico que esto pueda parecer, nacieron, en realidad,
de una donación hecha por el vasallo al señor. El hombre que buscaba un
protector debía, con frecuencia, comprar esta protección. El poderoso que
forzaba a uno más débil a vincularse a él, exigía que las cosas le estuviesen
sometidas como las personas. Los inferiores ofrecían, pues, con sus propias
personas, sus tierras al jefe. Este, una vez contraído el vínculo de
subordinación personal, restituía al
nuevo sometido los bienes cedidos, pero no sin haberlos, en ese transito,
ligados a su derecho superior, lo que se expresaba por el peso de cargas
diversas. Este gran movimiento de entrega del suelo prosiguió, durante la época
franca y la primera edad feudal,
de arriba abajo de la sociedad.
Pero las formas eran muy distintas, según la categoría del encomendado
y su género de vida. Al rústico, su fondo le era devuelto cargado de censos,
en especie o en dinero, y de prestaciones personales agrícolas. El personaje de
condición más elevada y de costumbres guerreras, después de haber prestado
homenaje, recuperaba su antiguo
patrimonio en calidad de
honorable feudo de vasallaje.
Entonces, acabó de marcarse la oposición entre las dos grandes clases de
derechos reales: por un lado, las modestas tenures en villanía,
que obedecían a las costumbres colectivas de los señoríos y los feudos; y por el
otro, exentos de toda dependencia, los alodios.
Como feudo, pero con una filiación etimológica
mucho más directa (od, “bien”, y, quizá, al,
“total”), “alodio”, era de
origen germánico; adoptado en las
lenguas románicas no podía sobrevivir sino en este medio ficticio En el mismo
sentido, el alemán decía Eigen (“propio”) A despecho de algunas
inevitables desviaciones, la significación de estas palabras sinónimas continuó
estable, desde la época franca al final de los tiempos feudales, y más tarde
todavía. A veces se la define como “plena propiedad”, lo que es olvidar que esta
expresión siempre se aplica mal al Derecho de la Edad Media. Incluso
independientemente de las trabas de linaje, siempre presentes, un poseedor
de alodio, por poco que el mismo sea aún señor, puede con facilidad tener
por debajo suyo, a
poseedores, o
incluso a
feudatarios, cuyos derechos de disfrute del suelo, en la práctica, con frecuencia hereditarios,
limiten imperiosamente el suyo. En otras palabras, el alodio no es
forzosamente hacia abajo un derecho absoluto; pero, lo es hacia arriba. “Feudo
del Sol” —entiéndase sin señor humano—, dirán de él, con elegancia, los juristas
alemanes de finales de la Edad Media.
Naturalmente,
toda clase de inmueble o de renta inmobiliaria podía disfrutar de este
privilegio, fuese cual fuese la naturaleza del bien —desde la pequeña
explotación campesina hasta el más vasto complejo de censos o de poderes
de mando— y fuese cual fuese, también, el rango social del detentador.
Existía, pues, una antítesis alodio-censo igual a la de alodio-feudo. Por
el momento, sólo
nos interesa
la segunda.
En este
aspecto, la
evolución francesa y renana
estuvo marcada por un ritmo a dos tiempos, de amplitud desigual.
La anarquía que acompañó y siguió al
desmoronamiento del Estado carolingio ofreció en principio a bastantes
feudatarios la ocasión de apropiarse, pura y simplemente, de los feudos que
recibieran en concesión condicional, en particular cuando el que había concedido
era una iglesia o el rey. He aquí, por ejemplo, con treinta y ocho años de
diferencia, dos documentos de Limoges. En el 876, Carlos el Calvo entrega
al fiel Aldebert, para el resto de su vida y la de sus hijos, la tierra llamada
de Cavaliacus, “a titulo de usufructuario, en beneficio”.
En el 914, Alger,
hijo de
Aldebert, hace
donación a
los canónigos de Limoges de “mi alodio llamado Cavaliacus que recibí de
mis padres”.*190
Sin embargo a menos de haber caído, como el
mencionado, en manos del clero, ni estos alodios de usurpación ni los de origen
antiguo y autentico estaban destinados, en su mayor parte, a conservar su
cualidad durante largo tiempo. Existían una vez, cuenta un cronista, dos
hermanos llamados Herroi y Hacket que, después de la muerte de su padre, rico
señor de Poperinghe, se repartieron sus alodios. El conde de Boulogne y el conde
de Guiñes se esforzaban sin tregua en obligarles a que rindieran homenaje por
estas tierras. Hacket, “temiendo a los hombres más que a Dios”, cedió a los
requerimientos del conde de Guiñes. Herroi, por el contrario, no queriendo
someterse a ninguno de sus dos perseguidores, llevó su parte de la herencia al
obispo de Thérouanne y la volvió a tomar de él en feudo,*191 Relatada
en época tardía, la tradición no es quizá muy segura en sus detalles. Por su
fondo, proporciona ciertamente una imagen exacta de lo que podía ser la suerte
de estos pequeños señores alodiales,
atenazados entre las
ambiciones rivales de
los altos barones de la
vecindad. Asimismo, se ve en la exacta crónica de Gilbert de Morís, que los
castillos levantados en las tierras alodiales de la región de Henao son poco a
poco reducidos a la condición de feudos por los condes de Henao y de Flandes.
Como el sistema feudal, que se definía esencialmente bajo la forma de una red de
dependencias, no alcanzó jamás, ni aún en las regiones donde había nacido, el
estado de un régimen perfecto, siempre subsistieron alodios. Eran, muy
abundantes todavía bajo los primeros carolingios —hasta el punto de que la
posesión de uno de ellos, que estuviese situado en el mismo condado, era
entonces la condición necesaria para poder ser designado procurador de
una iglesia, es decir, su representante laico—, su número, a partir del siglo X,
fue decreciendo con rapidez, mientras que el de los feudos aumentaba sin cesar. El suelo entraba en sujeción
junto con los hombres.
Fuese cual fuese la procedencia real del feudo de
vasallaje —separación operada sobre la fortuna del jefe, o feudo de
repetición como dirán más tarde los juristas, es decir, antiguo alodio
abandonado y después feudalmente
“vuelto a tomar” por su detentador primitivo—, se presentaba oficialmente
como concedido
por el
señor. De
donde, la
intervención de
un acto
ceremonial, concebido según las formas comunes entonces a todas las
tradiciones de derechos reales, que recibía el nombre de investidura. El
señor entregaba al vasallo un objeto que
simbolizaba el bien,
con frecuencia
un simple
bastoncillo. También podía ocurrir que se prefiriese una imagen más
simbólica: terrón de tierra, en recuerdo de la gleba concedida: lanza, que
evocaba el servicio de armas; pendón, si el feudatario tenia que ser no sólo
guerrero, sino jefe de guerra, agrupando a su vez, bajo su estandarte, a otros
caballeros.
Sobre este sustrato, que originalmente fue
bastante vago, la costumbre y el genio de los juristas bordaron poco a poco una
multitud de distinciones, variables según los países. Cuando la donación era
entregada a un nuevo vasallo, la investidura tenía lugar inmediatamente después
del homenaje y la fe; nunca antes.*192 El rito creador de la
fidelidad debía necesariamente preceder a su recompensa.
En principio, cualquier bien podía ser feudo. En
la práctica, sin embargo, la condición social de los beneficiarios, cuando se trataba de feudos de vasallaje, imponía ciertos
límites. Al menos desde que se estableció, entre las diversas formas de la
encomienda, una neta distinción de clases. La fórmula de la donación
otorgada al compañero, tal como nos lo ha conservado un
documento del siglo XII, parece prever que se podrán reclamar
prestaciones personales agrícolas. Pero los vasallos de épocas posteriores no
condescendían a trabajar con sus propias manos, por lo cual les era forzoso
vivir del trabajo de otro. Cuando recibían una tierra, convenía que estuviese
poblada de cultivadores sometidos, de una parte, al pago de censos y de la otra,
a prestaciones de mano de obra que permitiesen el cultivo de la fracción de
suelo generalmente reservada a la explotación directa por el señor. En una
palabra, la mayor parte de los feudos de vasallaje eran señoríos grandes o
pequeños. Otros, sin embargo, consistían en rentas que, dejando por igual a sus poseedores el
privilegio de una
noble ociosidad,
no incluían,
salvo a
título accesorio, poderes sobre
otros dependientes: diezmos, iglesias con sus dependencias, mercados y peajes.
En realidad, incluso los derechos de este último
tipo, estando, en alguna medida, fijados al suelo, eran, según la clasificación
medieval, colocados entre las cosas inmuebles Sólo más tarde, cuando los
progresos de los cambios y de la
organización administrativa permitieron, en los reinos o grandes principados, la
acumulación de depósitos monetarios relativamente considerables, los reyes y
grandes señores se dedicaron a distribuir, como feudos, simples rentas que, sin
soportes inmobiliarios, no por ello dejaban de exigir la prestación de homenaje.
Estos feudos de cámara, es decir, de tesoro,
tenían múltiples ventajas. Evitaban toda enajenación de tierras y escapando, en
general, a la deformación que —como
veremos— transformó la mayor parte de los feudos en bienes
hereditarios, conservados, por tanto, a
lo sumo,
vitalicios, mantenían de forma mucho más estricta, al detentador en la
dependencia del que concedía. A los jefes de Estado, les daba el medio de
asegurarse fieles lejanos, incluso
fuera de los territorios sometidos de forma inmediata a su dominación.
Los reyes de
Inglaterra, que, acaudalados desde
antiguo, parecen haber sido los
primeros en usar este procedimiento, lo aplicaron, desde fines del siglo XI, a
los señores flamencos, con su conde al frente, de los que buscaban el apoyo
militar. Después, Felipe Augusto, siempre pronto a imitar a los Plantagenets,
sus rivales, se esforzó en hacerles la competencia, por el mismo método y sobre
el mismo terreno. De esta forma, todavía en el siglo
XIII, los Staufen se conciliaban con los consejeros de los Capetos y los
Capetos con los de los Staufen. Así, San Luis se vinculó directamente a
Joinville que, hasta entonces, no había sido más que su vasallo en segundo
grado.*193 Cuando se trataba de guerreros domésticos, la retribución
pecuniaria evitaba las molestias del abastecimiento. Si, en el curso del siglo
XIII, el número de vasallos de esta clase disminuyó con mucha rapidez, fue, en
más de un caso, porque la entrega de alimentos pura y simple quedó reemplazada
por la donación, bajo forma de feudo, de un sueldo fijo en dinero.
¿Era bien seguro,
sin embargo, que una renta exclusivamente mueble pudiese ser de manera
legítima el objeto de una infeudación? El problema no era sólo verbal, pues
equivalía a preguntarse hasta dónde tenían que extenderse las reglas jurídicas,
muy especializadas, que se elaboraron de manera lenta alrededor del concepto de
feudo de vasallaje. Este es el motivo por el que en Italia y en Alemania, donde,
en condiciones distintas, que se expondrán más adelante, este Derecho
propiamente feudal consiguió constituirse mejor en el sistema autónomo, la
doctrina y la jurisprudencia llegaron a denegar a las rentas en numerario la
cualidad de feudo. Por el contrario, en Francia, parece que la dificultad no
preocupó mucho a los juristas. Bajo nombre de tenure militar, las grandes
baronías y las casas principescas pudieron en ella pasar, de forma insensible, a
un régimen de cuasi-salariado, característico de una economía nueva que se
fundaba en la compraventa. Sueldo de un encomendado, la concesión en
feudo tenía por duración natural la del vínculo humano, que era su razón de ser.
Desde el Siglo IX, aproximadamente, se
consideraba que el vasallaje unía dos vidas. En consecuencia, el beneficio
o feudo fue, en adelante, considerado como debiendo ser detentado por el
vasallo hasta su muerte o la de su señor, y sólo hasta ahí. Esta fue hasta el
final la regla inscrita en el formalismo del Derecho- de
la misma
forma que
entre el
superviviente de la pareja primitiva y el
sucesor del otro la relación de vasallaje no persistía más que con la
repetición del homenaje, la conservación del feudo al heredero del feudatario o
al feudatario por el heredero del que lo había concedido, exigía que fuese
reiterada la investidura. La forma en que los hechos no tardaron en dar a los
principios un inmediato mentís
es lo
que examinaremos
en seguida.
Pero como
la evolución, en este punto,
fue común a toda la Europa feudal, conviene primero intentar bosquejar el
desarrollo de las instituciones parecidas o análogas a las que acaban de ser
descritas en los países que hasta ahora han quedado fuera de nuestro horizonte.
CAPITULO III
PANORAMA
EUROPEO
I.LA
DIVERSIDAD
FRANCESA: SUDOESTE
Y
NORMANDÍA
Que desde la Edad Media, Francia tuvo por destino
el vincular en la unidad nacional —al igual que, según la bella frase de
Mistral, el Ródano acoge al Durance—, un haz de sociedades en sus orígenes
separadas por poderosos contrastes, todos lo saben o lo presienten. Pero ningún
otro estudio está hoy día más atrasado que el de la Geografía social, por lo
que tendremos que limitarnos a proponer a los investigadores algunos puntos de
referencia.
He aquí, en primer lugar, el Midi aquitano
regiones de Toulouse, Gascuña y Guyena. En estas comarcas, de estructura muy
original en todos los aspectos y que
sólo de manera débil estuvieron sometidas a la acción de las instituciones
francesas, la propagación de las relaciones de dependencia parece
que encontró
muchos obstáculos.
Hasta el
final, los
alodios continuaron siendo
frecuentes: tanto pequeñas explotaciones campesinas, como señoríos. La misma
noción de feudo, a pesar de todo, introducida, perdió rápidamente la nitidez de
sus contornos. Desde el siglo XII, calificaban así, alrededor de Burdeos y de
Toulouse, todas las especies de tenures, sin exceptuar las que estaban
gravadas con humildes censos rústicos o prestaciones personales agrícolas. Lo
mismo se puede decir respecto al vocablo honor, convertido, en
el Norte, como consecuencia de una evolución semántica, de la que nos
ocuparemos más adelante, en casi sinónimo de feudo. En realidad, los dos
nombres fueron adoptados, en principio, con su sentido ordinario, bien
especializado. La desviación, desconocida para los países verdaderamente
feudalizados, no llegó hasta más tarde.
Eran los propios conceptos jurídicos, los que
había comprendido de manera imperfecta una sociedad regional imbuida de otras
costumbres muy distintas. Acostumbrados al régimen de compañía cercano a
los primitivos usos francos, los escandinavos de Rollon, al establecerse en
Neustria, no encontraban en sus
tradiciones nacionales nada que
se asemejase
al sistema
de feudo
y
de vasallaje, tal como se
desarrollaba entonces en la Galia. En cambio, sus jefes se adaptaron al mismo
con una sorprendente facilidad. En ningún otro lugar mejor que en este país de
conquista, los príncipes supieron utilizar en
provecho de su autoridad la red de las relaciones feudales. Pero, en las
capas profundas de la sociedad,
continuaron subsistiendo ciertos
rasgos exóticos. En Normandía,
como en
las orillas del Garona,
la palabra
feudo tomó
rápidamente el sentido general de tenure. Pero no fue por razones
exactamente equivalentes; pues aquí parece que lo que faltó fue el sentimiento,
en otros lugares tan poderoso, de la
diferenciación de las clases y, por consiguiente, de las tierras por el género
de vida. Lo atestigua el derecho especial de los
valvasores.
El vocablo, en sí mismo, nada tenía de
excepcional. A través de todo el dominio románico, designaba, en la cadena de
posesores de feudos militares, los colocados en los grados más bajos, los que,
en relación con los reyes o grandes señores, no eran más que vasallos (vassus
vassorum). más la originalidad del valvasor normando residía en el singular
embrollo de cargas que, por lo general, pesaban sobre su posesión. Junto a
obligaciones de servicio armado, a pie o a caballo, la valvasoría
soportaba censos, e, incluso, prestaciones personales; por tanto, era
medio-feudo, medio-villanía. ¿Se puede dudar que
esta anomalía
sea un
vestigio del
tiempo de
los vikingos? Para borrar cualquier duda que sobre ello pudiera subsistir,
bastará mirar hacia la Normandía
inglesa, o
sea, los
condados del
Norte y
del Nordeste,
llamados “de costumbre
danesa”. La misma dualidad de cargas pesaba en estas comarcas sobre las tierras
de los dependientes, a los que se llamaba drengs, es decir — igual
que a
los vasallos—, muchachos:
palabra esta
vez nórdica, que, como se ha
visto, parece que también se usó, en la época inmediata a la invasión, en las
orillas del Sena.*194 Valvasor y dreng, cada uno por su parte,
tenían que dar en el curso
de los siglos siguientes mucho
que hablar a
los juristas, prisioneros de
clasificaciones cada vez más cristalizadas. En un mundo que, por encima
de todas las otras actividades sociales y aparte de ellas colocaba las
armas, eran como un persistente y molesto recuerdo de la edad en que entre los
“hombres del Norte”, tal como se ve aún en tantas sagas islandesas,
ningún abismo separaba la vida del campesino de la del guerrero.
II.
ITALIA
La Italia lombarda vio desarrollarse de forma
espontánea unas prácticas de relación personal casi en todos sus aspectos
análogas a las de las Galias: desde la simple entrega de la propia persona en
servidumbre hasta la compañía militar. Los compañeros de guerra, al menos
alrededor de los reyes, de los duques y de los principales jefes, llevaban el
nombre germánico común de gasindi. Muchos de ellos recibían tierras, con
la obligación, en general, de restituirlas si retiraban su obediencia al jefe
que se las dio. Pues, conforme a las costumbres que encontramos en todas partes
en el origen de este género de relaciones, el vínculo no tenía entonces nada de
indisoluble. Al lombardo libre, con tal de que
no saliese del
reino, la ley
le reconocía de
manera expresa el derecho “de
ir a donde quiera
con su familia”.
Sin embargo, la noción de una
categoría jurídica de bienes especializados en la remuneración de los
servicios, parece que no se estableció con claridad antes de la absorción
del Estado lombardo en el Estado carolingio. El beneficio fue en Italia
una importación franca. Por lo demás, pronto, como en la propia patria de la
institución, se prefirió decir feudo. La lengua lombarda poseía este
vocablo en el sentido antiguo de bien mueble, pero, desde fines del siglo IX, la
nueva acepción de tenure militar está atestiguada en los alrededores de
Lucca.*195 Al propio tiempo, el galo-franco vasallo sustituía
poco a poco a gasindus, que se conservó para indicar al seguidor de armas
no domiciliado. Y es que la dominación extranjera imprimió su marca en las
propias realidades, No sólo la crisis social provocada por las guerras de
conquista y sobre la cual una capitular carolingia*196
aporta un curioso testimonio, y
no sólo
las ambiciones
de la aristocracia inmigrada, dueña y señora de los altos cargos,
provocaron la multiplicación de patronazgos de todo orden. Pero la política
carolingia, a ambos lados de los Alpes, regularizó y extendió a la vez el
sistema, primitivamente poco firme, de las dependencias personales y
territoriales. Si el norte de
Italia fue,
entre todos los países de
Europa, el
que tuvo un régimen
de vasallaje y de
feudo más
parecido al de
Francia, fue
a causa de
que, en
ambas parte, las condiciones primeras eran casi idénticas: en la base, un
substrato social del mismo tipo, en el que las costumbres de la clientela romana
se mezclaban con las tradiciones germánicas, y, trabajando esta masa, la obra
organizadora de los primeros carolingios.
Pero, en esta tierra, donde ni la actividad
legisladora, ni las enseñanzas jurídicas se interrumpieron nunca, el Derecho
feudal y de vasallaje debía, muy pronto, dejar de estar constituido sólo, como
lo estuvo durante tanto tiempo en Francia, por un conjunto bastante ondulante de
preceptos tradicionales o nacidos de la jurisprudencia, casi puramente orales.
Alrededor de las ordenanzas promulgadas sobre la materia, desde 1037, por los
soberanos del reino de Italia —que, de hecho, eran los reyes alemanes—, surgió
una literatura técnica que al lado del comentario de estas leyes, se dedicaba a
describir “las
buenas costumbres
de las
cortes”. Como
se sabe,
sus principales fragmentos
fueron reunidos en la famosa compilación de los Libri Feudorum. Pues
bien, el derecho de vasallaje, tal como lo exponen estos textos, presenta una
particularidad singular: en ellos, nunca se menciona el homenaje de boca
y de
manos; el
juramento de fe
parece bastar
para fundamentar la fidelidad,
En realidad, había en ello una
parte de sistematización y
de artificio, conforme con el
espíritu de casi todas las obras doctrinales de este tiempo. Los documentos de
la práctica atestiguan que en Italia, durante la época feudal,
el homenaje de tipo franco se prestaba algunas veces. Pero no siempre, ni
siquiera con frecuencia, pues no parecía necesario para la creación del vínculo.
Rito de importación, no podía ser adoptado por una opinión jurídica mucho más
fácilmente dispuesta que en otras partes a admitir obligaciones contractuales
fuera de todo acto formalista.
Otra región de Italia arroja una luz interesante
para la historia de la noción del feudo de vasallaje: el Patrimonio de San
Pedro. En el 999, el favor del emperador Otón III puso en el pontificado a un
hombre que, nacido en el corazón de Aquitania, en
el transcurso
de su
brillante y
agitada carrera
adquirió la experiencia de las grandes monarquías y de los grandes
principados eclesiásticos, tanto del antiguo país franco como de la Italia
lombarda. Era Gerberto de Aurillac,
que tomó como papa el nombre de
Silvestre II. Aunque la Iglesia romana tenía sus sometidos, el nuevo papa
comprobó que sus predecesores ignoraron el feudo. La Iglesia, ciertamente,
distribuía tierras, pero usaba para
ello antiguas formas, romanas, en especial la enfiteusis. Adaptados a las
necesidades de sociedades de tipo muy diferente, estos contratos respondían mal
a necesidades del momento presente. No comportaban en sí mismos cargas de
servicios. Temporales, pero de una duración de varias vidas, no conocían la
obligación del retorno al donador, de generación en generación. Gerberto quiso
sustituirlos por verdaderas infeudaciones y, además, justificó el porqué.*197
Si bien su primer esfuerzo no tuvo mucho éxito, después de él, poco a poco,
feudo y homenaje penetraron en la
práctica del gobierno papal. Hasta tal punto esta doble institución parecía en
adelante indispensable a toda buena organización de la dependencia en la clase
militar.
III.
ALEMANIA
A las provincias del Mosa y del Rin, partes
integrantes, desde el principio, del reino fundado por Clodoveo y principales
núcleos de la potencia carolingia, el Estado
alemán, tal
como se
constituyo de manera definitiva hacia
principios del siglo X unía vastos territorios que habían quedado separados
del gran movimiento de hombres y de instituciones, característico de la Sociedad
galo- franca. Tal ante todo, la llanura sajona, del Rin al Elba, occidentalizada
sólo desde la época de Carlomagno. Las prácticas del feudo y del vasallaje se
extendieron no obstante por toda la Alemania transrenana, aunque sin
penetrar nunca, sobre todo en el Norte, en el cuerpo social tan a fondo
como en los viejos territorios francos. No habiendo sido adoptado por las clases
superiores, de una forma tan completa como en Francia, como la relación humana
propia de su clase, el hombre se conservó más cerca de su
naturaleza primitiva, que
hacía de
él un
rito de
pura subordinación:
a la
entrega de manos, sólo en ocasiones excepcionales se sumaba el beso de
amistad, que ponía casi en
el mismo nivel a señor y
vasallo. Es posible
que, al principio, los
miembros de las grandes familias de jefes sintieran alguna repugnancia en entrar
en relaciones consideradas aun como medio serviles. En el siglo XII, se relataba
entre los Welfs, cómo uno de los antepasados del linaje, habiéndose enterado
del homenaje
prestado por
su hijo al
rey, concibió por este acto, en el
que veía una ofensa a la nobleza y
a la libertas de su sangre,
una irritación tan viva que, retirándose a un monasterio, rehusó hasta su
muerte volver a ver al culpable. La tradición, entremezclada de errores
genealógicos, no tiene una autenticidad indudable, pero, no por ello, deja de
ser sintomática. En el resto del mundo feudal, no se advierte nada semejante.
Además, la oposición entre el servicio de las
armas y el cultivo del suelo, verdadero fundamento en otros lugares de la
diferenciación de las clases, tardo
mucho tiempo en imponerse en estas tierras. Cuando, en los primeros años del
siglo X, el rey Enrique I, el mismo de origen sajón, proveyó de puntos de apoyo
fortificados la frontera oriental de Sajonia, amenazada sin cesar por eslavos y
húngaros, sabemos que confió su defensa a guerreros repartidos regularmente en
grupos de nueve. Los ocho primeros, establecidos alrededor de la fortaleza, iban
a guarnecerla sólo en caso de alarma. El noveno, vivía en ella de manera
permanente, con el fin de vigilar las casas y las provisiones reservadas a sus
compañeros. A primera vista, el sistema no deja de tener analogías con los
principios adoptados, en la misma época, para la guardia de diversos castillos
franceses. Pero, observándolo con más detalle, se marca una diferencia muy profunda. Estas guarniciones de los confines
sajones, en lugar de pedir, como los vasallos pensionados del Oeste, sus
medios de subsistencia a las distribuciones hechas por el amo, o. bajo la forma
de censos, a feudos concedidos por el
mismo, eran ellos mismos verdaderos campesinos, que cultivaban el suelo con sus
propias manos; agrarii milites.
Dos rasgos continuaron, hasta el fin de la Edad
Media, atestiguando esta feudalización retrasada de la sociedad alemana.
En primer lugar, el numero y la
extensión de los alodios, en particular de los alodios de jefes Cuando el güelfo
Enrique el León, duque de Baviera y de Sajonia, fue, en 1180, privado,
por juicio, de los feudos que tenía en el Imperio sus tierras alodiales, que
quedaron en manos de sus descendientes, fueron todavía lo bastante considerables
para constituirles un verdadero principado, que, transformado a su vez, setenta
y cinco años más tarde, en feudo imperial, debía, con el nombre de
ducado de Brunswick y
Lüneburg, formar la base
de los Estados de Brunswick y
Hannover en la futura confederación germánica.*198 Por otra parte, en
Alemania el derecho de feudo y de vasallaje, en lugar, como en Francia, de
mezclarse de
manera inextricable
a todo
el aparato
jurídico, fue
concebido bajo la forma de un
sistema aparte, cuyas reglas, aplicables sólo a ciertas tierras o
a ciertas personas, dependían de tribunales especiales: aproximadamente,
como entre nosotros, en la actualidad, independiente del Derecho civil, existe
un Derecho de los actos de comercio y de los comerciantes. Lehnrecht,
derecho de los feudos; Landrecht, derecho general del país: los grandes
manuales del siglo XIII están por completo construidos sobre este dualismo en el
que jamás pudo soñar el francés Beaumanoir. Solo tenía senado porque, incluso en
las clases elevadas, muchas relaciones jurídicas no habían entrado todavía bajo
la rubrica feudal.
IV, FUERA DE LA INFLUENCIA CAROLINGIA: LA
INGLATERRA ANGLOSAJONA Y
LA ESPAÑA
DE LA MONARQUÍA ASTURIANO-LEONESA
Al otro lado del canal de la Mancha, que ni en las
peores horas dejó de ser atravesado, los reinos bárbaros de la Gran Bretaña no
se encontraban al abrigo de las
influencias francas. La admiración que el Estado carolingio
inspiro a las monarquías de la isla parece haber llegado a veces a
verdaderas tentativas de imitación. Tenemos un testimonio, entre otros, en la
palabra vasallo, que aparece, evidentemente
copiado, en algunos documentos y
textos narrativos. Pero estas
influencias extranjeras fueron
superficiales. La Inglaterra
anglosajona ofrece al historiador del feudalismo la más preciosa de las
experiencias naturales: la de una sociedad de contextura germánica, que
prosigue, hasta fines del siglo XI, una evolución casi completamente
espontánea.
Como sus contemporáneos, los anglosajones no
encontraban en los lazos del pueblo o de la sangre nada que pudiese satisfacer
en los humildes su necesidad de protección, y en los fuertes, sus instintos de
poder. Desde el momento en que, a principios del siglo VII, se levanta a
nuestros ojos el velo de
una Historia
hasta entonces privada
de escritos,
vemos dibujarse las mallas de un
sistema de
dependencias que
acabarán de
desarrollarse, dos
siglos más tarde, con
las turbulencias de la
invasión danesa.
Las leyes, desde el
principio, reconocieron y reglamentaron estas relaciones, a las que
también aquí, cuando se trataba de
indicar la sumisión del inferior, se quería indicar la protección concedida por
el señor, con el vocablo germánico mund. Su expresión fue favorecida por
los reyes, al menos a partir del siglo X; las tenían por útiles para el orden
público.
Si un hombre, señala Aethelstan, entre 925 y 935,
no tiene señor y se comprueba que esta situación perjudica el ejercicio de las
sanciones legales, su familia, ante la asamblea pública, deberá designarle un
lord. Y si ella no quiere o no puede hacerlo, el hombre quedará fuera de la
ley y cualquiera que lo encuentre podrá matarlo como a un bandido. Es natural
que la regla no afectase a los personajes de situación lo bastante elevada para
encontrarse sometidos a la autoridad inmediata del soberano; estos respondían de
si mismos. Pero tal como era —sin que por otra parte podamos saber hasta qué
punto tuvo efectos en la práctica—, iba, en intención al menos, más lejos que
Carlomagno o sus sucesores nunca osaron hacerlo.*199 Los mismos reyes
no desdeñaron aprovechar estas relaciones. Sus dependientes militares, a los
que se llamaba sus thengs, eran como otros tantos vassi
dominici repartidos por todo el reino, protegidos por tarifas de composición
especiales y encargados de verdaderas funciones públicas. Sin embargo, si, por
una de esas mutaciones en las que la Historia se complace a veces, las
relaciones de dependencia no superaron nunca, en la Inglaterra anterior a la
conquista normanda, el
estado aún
fluctuante que
había sido
aproximadamente el
de
la Galia merovingia, la razón se debe
buscar, no tanto en la debilidad de una monarquía profundamente afectada por las
guerras danesas, como en la persistencia de una estructura social original.
Entre la multitud de dependientes, pronto se
distinguieron, como en todas partes, los fieles armados con que se rodeaban los
grandes y los reyes. Diversos nombres que no tenían en común más que una
resonancia bastante humilde y doméstica, designaron, a la vez o sucesivamente, a
estos guerreros familiares: gesith, la palabra tantas veces encontrada;
gesella, es decir, compañero de sala; geneat, compañero de
alimentación; thegn, que emparentado
lejanamente con el
griego
τεχνον,
tenía, como
vasallo, un
sentido primitivo de “muchacho joven”, knight, que es la misma
palabra alemana Knecht, servidor o esclavo. Desde la época de Canuto, se
tomó del escandinavo, para aplicarlo a los seguidores de armas del rey o de los grandes, el vocablo housecarl, “muchacho de la casa”. El
señor —del leal militar o del más mediocre encomendado, incluso del
esclavo— es llamado hlaford (de donde procede la palabra lord del
inglés actual): en sentido propio, “dador
de panes”,
del mismo
modo que
los hombres
agrupados en su
casa son sus "comedores de pan"
(hlafoetan). Al mismo tiempo que un defensor, ¿no
era acaso un alimentador? Un curioso poema pone en escena la queja de uno
de estos compañeros de guerra, reducido, después de la muerte de su jefe, a
correr los caminos en busca de un nuevo “distribuidor de tesoros”: punzante
lamento de una especie de aislado social, privado a la vez de protección, de
ternura y de los placeres más necesarios a la vida.
“En ocasiones, sueña que estrecha y besa a su
señor, pone las manos y la cabeza sobre sus rodillas,
como en otros tiempos cerca del alto asiento de donde llegaban los
regalos; después, el hombre sin amigos se despierta y no ve ante él más que las
sombras vagas... ¿Dónde están las alegrías de la gran sala? ¿Donde, ay, la
brillante copa?”
Alcuino, describiendo en el 801, alrededor del
arzobispo de York, uno de estos séquitos guerreros, señala en él, codo con codo,
la presencia de “guerreros nobles” y “guerreros sin nobleza”: prueba, al mismo
tiempo, de la mezcla original propia de estas tropas y de las distinciones que,
sin embargo, ya empezaban a marcarse en sus filas. Uno de los servicios
que nos hacen los documentos anglosajones es el resaltar, sobre este punto, una
unión causal que la deplorable pobreza de las fuentes merovingias no deja
entrever mucho: la diferenciación se hallaba en la naturaleza de las cosas,
pero, sin duda, fue apresurada por la costumbre, que se extendió
progresivamente, de establecer a estos hombres de armas en las tierras. La
extensión y la naturaleza de la concesión, variables según la cualidad del
hombre, acababan, en efecto, de precisar el contraste. Nada más revelador que
las vicisitudes de la terminología. Entre las palabras que hemos enumerado,
algunas cayeron finalmente en desuso; otras, se especializaron hacia lo alto o
hacia lo bajo. El geneat es, a principios del siglo VII, un verdadero
guerrero y un personaje bastante importante; en el siglo XI, se ha convertido en
un modesto colono, que no se distingue
de los otros campesinos más que por estar obligado a montar la guardia junto al
señor cuando es necesario, y también a llevar sus mensajes. Thegn, por el
contrario, siguió siendo la denominación de una categoría
de dependientes militares mucho
más considerada; pero como
la mayor parte de los
individuos así denominados habían sido dotados de tenures, pronto surgió
la necesidad de usar un vocablo nuevo para designar
los hombres de armas domésticos que los habían sustituido en el servicio
militar de la casa señorial. Este fue el knight, entonces desembarazado
de su tarea servil. Pero el movimiento que llevaba a la institución de una
retribución territorial era tan irresistible que en la víspera de la conquista
normanda, más de un knight había sido provisto de tierra.
Lo que esas distinciones verbales conservaban de
inconstante indica hasta qué punto la
discriminación, en los hechos, quedaba incompleta. Otro testimonio nos lo ofrece
también el formalismo de los actos de sumisión, que hasta el fin, cualquiera que
fuese su importancia social, pudieron, de manera uniforme, ya comportar el rito
de ofrenda de las manos, ya prescindir de él. En la Galia franca, el gran
principio de la escisión, que finalmente llegó a separar de manera tan radical
el vasallaje de las formas inferiores de la encomienda, había sido doble:
por una parte, la incompatibilidad entre dos géneros de vida y, como
consecuencia, de las obligaciones —el del guerrero y el del campesino—; por la
otra, el abismo abierto entre un vínculo vitalicio, libremente escogido, y las ataduras hereditarias. Pues
bien, ni uno ni otro factor actuaban
en el mismo grado en la sociedad anglosajona.
Agrarii milites,
“guerreros campesinos”: esta alianza de palabras,
que ya hemos encontrado en Alemania,
servia a un cronista, en 1159, para caracterizar a ciertos elementos
tradicionales de las fuerzas militares, que Inglaterra, cuya estructura no fue
trastornada por completo por la Conquista, continuaba poniendo a disposición de
su rey extranjero.*200 Simples supervivencias en este momento, las
realidades a las que se
refería la alusión, respondían, un siglo antes, a prácticas muy
generales. ¿No eran, en efecto, hombres de armas y rústicos, todo al mismo
tiempo, esos geneat o esos radmen
cuyas tenures, en
tan gran
número en
el siglo
X, estaban gravadas por servicios
de escolta o de mensaje, así como por censos y prestaciones agrícolas? ¿Y no
eran algunos de esos thegns, sometidos, por sus tierras, a humildes
prestaciones al mismo tiempo que al servido de guerra? Todo conspiraba
para mantener así una especie de
confusión de géneros: la falta de
ese substrato social galorromano que, sin que se pueda saber con exactitud el
grado de su influencia, parece haber contribuido en la Galia a imponer la
costumbre de las distinciones de clases —la influencia de las civilizaciones
nórdicas: era en los condados del Norte, profundamente escandinavizados, donde
se encontraban en especial, junto a los drengs que ya conocemos, los
thengs campesinos—, y por último, la menor importancia concedida al caballo.
No es que muchos leales anglosajones estuviesen desprovistos de monturas
pero, en
el combate, acostumbraban
desmontar. La batalla
de Hastings fue, en lo esencial, la derrota de una infantería por un ejército
mixto en el que la caballería sostenía con sus maniobras a los soldados a pie.
En la Inglaterra anterior a la Conquista, fue desconocida la equivalencia, usual
en el continente, entre vasallo
y caballero, y si knight, después de la llegada de los normandos,
acabó, no sin titubeos, por ser empleado en el sentido de la segunda de dichas
designaciones, se debió, sin duda, a que los caballeros llegados
con los
invasores eran en
su mayor
parte, como
la mayoría de
los knights, guerreros sin tierras. Para cabalgar hasta el lugar
de la pelea, al campesino no le eran necesarios el aprendizaje y los ejercicios
constantes a que tenía que someterse el caballero obligado a montar un caballo
de batalla, o a manejar, montado,
pesadas armas.
En cuanto a los contrastes, que, en otros lugares,
derivaban de la duración más o menos
larga del vínculo, en Inglaterra no tenían la posibilidad de manifestarse con
fuerza. Pues —con la excepción como es lógico, de las servidumbres puras y
simples— las relaciones de dependencia en todos los grados eran susceptibles de
fácil ruptura. Es verdad que las leyes prohibían al hombre abandonar a su señor
sin el asentimiento de éste. Pero este permiso no
podía ser
denegado si
los bienes entregados a cambio de
los servicios
eran restituidos y no quedaba pendiente ninguna obligación pasada. La
“busca del lord”, siempre renovable, parecía un imprescriptible
privilegio del hombre libre. “Que ningún señor” dice Aethelstan, “ponga a ello
obstáculos, porque se trata de un derecho.” Seguramente, el juego de los
acuerdos particulares, de las costumbres locales o familiares y de los abusos de
fuerza, era a veces más poderoso que la ley: más de una subordinación se
convertía, en la práctica, en vínculo vitalicio, o incluso, hereditario. Muchos
dependientes, en ocasiones de condición muy modesta, conservaban la facultad,
como dice el Domesday Book, “de irse hacia otro señor”. Además, ninguna
clasificación rígida de las relaciones territoriales proporcionaba su armazón al
régimen de relaciones personales, Sin duda, si entre las tierras que los señores
concedían a sus fieles, muchas, como en el continente en tiempos de los primeros
vasallajes, eran cedidas en pleno derecho, otras,
por el contrario, debían ser conservadas sólo por el tiempo que durara la
misma fidelidad. Estas concesiones
temporales llevaban con frecuencia, como en Alemania, el nombre de préstamo (laen. en latín praestitum). Pero no se ve
que se hubiese elaborado con nitidez la noción de un bien-salario, con retorno
obligatorio al donador, en ocasión de muerte. Cuando el obispo de Worcester
procede, hacia principios del siglo XI, a distribuciones de esta especie,
mediante, a la vez, el deber de obediencia, censos y servicio de guerra, adopta
para ello el viejo sistema familiar a la Iglesia,
del arrendamiento por tres
generaciones. Podía ocurrir
que los dos vínculos, del hombre y del suelo, no coincidiesen: bajo Eduardo
el Confesor, un personaje que se había hecho conceder, por un señor
eclesiástico, una
tierra, por
tres generaciones también, recibió
al mismo
tiempo la autorización “de ir con ella durante este plazo, con el señor
que le plazca”; es decir, de encomendarse, él y el feudo, a otro señor distinto
del concedente: dualidad que, a lo menos, entre las clases elevadas de Francia
de la misma época, habría sido inconcebible.
Además, por importante que
se hubiese
hecho, en la Inglaterra
anglosajona, el papel social jugado por las relaciones de protección,
distaba mucho de haber ahogado todo otro vínculo. El señor respondía
públicamente de sus hombres; pero, junto a esta solidaridad de amo a
subordinado, subsistían, muy
rigurosas y organizadas con cuidado por la ley, las antiguas solidaridades
colectivas de los linajes y de los grupos de vecinos. Asimismo, sobrevivía la
obligación militar de todos los
miembros del pueblo, más o menos proporcional a la riqueza de cada uno. De tal
suerte, que en este terreno se produjo una contaminación muy instructiva. Dos
tipos de guerreros servían al rey con armamento
completo; su
thegn, equivalente aproximado del
vasallo franco,
y el simple hombre libre, con
tal de que tuviese cierta fortuna. Como es natural, las dos categorías se
recubrían parcialmente, pues el thegn, de ordinario, no era un pobre.
Hacia el siglo X, se acostumbró, pues, a llamar
thegns —sobreentendiendo reales— y a considerar como dotados de privilegios
propios de esta condición, a todos los súbditos del rey que, incluso sin estar
colocados bajo su encomienda particular, poseían tierras suficientemente
extendidas, o. incluso, habían ejercido, con provecho, el honorable comercio de
ultramar. Así, la misma palabra caracterizaba unas veces la situación creada por
un acto de sumisión personal, y otras, la pertenencia a una clase económica:
equívoco que, aun teniendo en cuenta una notable impermeabilidad en los
espíritus al principio de contradicción, no podía admitirse como una fuerza tan
poderosa que nada pudiese compararse con ella. Quizá no sería del todo inexacto
interpretar el
hundimiento de
la civilización anglosajona como
la derrota
de una sociedad que, habiendo
visto, a pesar de todo, desmoronarse sus viejos cuadros sociales, no supo
sustituirlos por una armazón de dependencias bien definidas y netamente
jerarquizadas.
No es hacia el nordeste de España donde tiene que
mirar el historiador del feudalismo, en busca, en la Península ibérica, de un
campo de comparaciones verdaderamente particularizado. Marca desprendida del
Imperio carolingio, Cataluña conservó profundamente la huella de las
instituciones francas. Lo mismo se puede decir, aunque de forma más indirecta,
del vecino Aragón. Por el contrario, nada más original que la estructura de las
sociedades del grupo astur-leonés: Asturias, León, Castilla, Galicia y, más
tarde, Portugal Desgraciadamente, su
estudio no
ha sido llevado
muy lejos.
He aquí, en
pocas palabras, lo que se puede entrever.*201
La
herencia de
la sociedad
visigoda, transmitida
por los primeros reyes y
por la aristocracia, y las
condiciones de vida entonces comunes a todo el Occidente favorecieron el
desarrollo de las dependencias personales. Los jefes en particular, tenían sus
guerreros familiares, a los que de ordinario llamaban sus criados,*202
es decir,
sus “alimentados”, y que
los textos,
a veces,
tratan también de vasallos,
Pero, este último término era importado y su empleo, muy raro, tiene el
interés de recordar que incluso este sector del mundo ibérico, más autónomo que
ninguno, sufrió, sin embargo, también y con fuerza creciente, la influencia de
los feudalismos de más allá de los Pirineos. ¿Cómo podía ser de otra manera, si
tantos caballeros y sacerdotes franceses atravesaban constantemente los pasos
fronterizos? Asimismo, se encuentra en algunas ocasiones la palabra homenaje, y
con ella, el rito. Pero el gesto indígena de entrega
era otro; consistía en el
besamanos, rodeado de un formalismo menos riguroso y susceptible de repetirse
con bastante frecuencia, como acto de simple cortesía. Aunque el nombre
criados parezca evocar, ante todo, a los fieles domésticos y el Poema del
Cid llama todavía a los seguidores del héroe “los que
comen su
pan”, la
evolución que en
todas partes
tendía a subsistir,
las distribuciones de alimentos y de regalos por las dotaciones en
tierras, no dejó de hacerse
sentir aquí
también, si
bien atemperada
por los
muy
excepcionales recursos
que el
botín ponía
en manos
de reyes y
grandes señores, después
de las expediciones a territorio ocupado por los moros. Se fue abriendo
paso una noción, bastante clara, de la tenure gravada de servicios y
revocable en caso de falta. Algunos documentos, inspirados por el vocabulario
extranjero, en ocasiones, redactados por clérigos llegados de Francia, la
denominan feudo (en sus formas latinas). La lengua corriente elaboró, con
plena independencia, un vocablo propio: préstamo.*203 que
presenta un curioso paralelismo de ideas con el lehn alemán o anglosajón.
Sin embargo estas prácticas nunca dieron origen,
como en Francia, a una red poderosa, invasora y bien ordenada, de dependencia de
vasallaje y feudales. Se debe a que dos grandes acontecimientos dieron, a la
historia de la sociedad astur-leonesa,
un tono particular: la reconquista y la repoblación. En los vastos espacios
arrebatados a los moros, fueron establecidos-campesinos, en concepto
de colonos, que en su mayor parte escapaban de la sujeción señorial, a lo menos,
en sus formas más apremiantes y además, debían conservar necesariamente las
aptitudes bélicas de una especie de milicia de
fronteras.
Resultaba
de todo
ésto que
muchos menos
vasallos que
en Francia
podían ser dotados con rentas
sacadas del trabajo de colonos que pagaban censos y estaban sometidos a
prestaciones personales; y que, sobre todo, si el fiel armado era el combatiente
por excelencia, no era el único en luchar ni
tampoco el único en ir montado al combate. Junto a la caballería de los
criados, existía una “caballería villana”, compuesta por lo más ricos
entre los campesinos libres.
Por otra
parte, el
poder del
rey, jefe
de la
guerra, era
mucho más eficaz que el que tenían los soberanos al norte de los
Pirineos.
Puesto que, por añadidura, los reinos eran mucho
más pequeños, los monarcas no tenían tanta dificultad para llegar directamente
a la masa de sus súbditos; por tanto, no era posible que existiese confusión
entre el homenaje del vasallo y la subordinación del funcionario, entre el
oficio y el feudo. Y, tampoco,
escalonamiento regular de
homenajes, subiendo de
grado en
grado
—salvo interrupción por el alodio— desde el más
humilde caballero hasta el rey. Aquí y allá existían grupos de fíeles con
frecuencia dotados de tierras que remuneraban sus servicios. Imperfectamente
ligados entre sí, estaban lejos de constituir
la armazón
casi única
de la
sociedad y del
Estado. Hasta
tal punto es cierto que dos
factores parecen haber sido indispensables a todo régimen feudal perfeccionado:
el casi monopolio profesional del vasallo-caballero y la desaparición, más o
menos voluntaria, de los otros medios de acción de la autoridad pública, ante la
relación de vasallaje.
V. LOS
FEUDALISMOS DE
IMPORTACIÓN
Con el establecimiento de los duques de Normandía
en Inglaterra podemos observar un notable fenómeno de migración jurídica: el
traspaso de las instituciones feudales francesas a una tierra conquistada. Se
produjo en ocasiones durante un mismo siglo. Al otro lado del canal de La
Mancha, en 1066. En
Italia del
Sur, donde,
desde 1030,
aproximadamente aventureros llegados
también de Normandía empezaron a crearse principados, destinados al
fin, al cabo de un
siglo, a constituir por
su unión al llamado reino de
Sicilia. Y por último, en Siria, en
los Estados fundados por los cruzados
a partir
de 1099. En
tierra inglesa, la
presencia entre los vencidos
de costumbres ya cercanas
al vasallaje facilitó la adopción del régimen extranjero. En la Siria
latina, se trabajaba partiendo de cero. Y en cuanto a la Italia meridional,
había estado dividida, antes
de la llegada de
los normandos,
entre tres
dominaciones. En los principados
lombardos de Benevento, Capua y Salerno, la práctica de las dependencias
personales estaba muy extendida, pero sin que se hubiesen organizado en un
sistema bien jerarquizado, en las provincias bizantinas, oligarquías
territoriales, guerreras, con frecuencia, mercantiles dominaban la masa de los
humildes, que a veces se vinculaban en una especie de patronazgo. Por último,
allí donde reinaban los emires árabes, no existía nada análogo, ni de lejos, al
vasallaje. Pero por fuertes que fuesen estos contrastes, el trasplante de las
relaciones feudales y de vasallaje fue facilitado en todas partes por su
carácter de institución de
clase. Por encima de las plebes
rurales y a veces de la burguesía, ambas de tipo ancestral, los grupos
dirigentes, compuestos esencialmente de invasores, a los que
en Inglaterra y, sobre todo, en Italia se sumaron algunos elementos de
las aristocracias indígenas, formaban otras tantas sociedades coloniales,
gobernadas por costumbres exóticas, como ellas mismas.
Estos feudalismos de importancia tuvieron por
carácter común el estar mejor sistematizados que en los lugares donde el
desarrollo fue puramente espontáneo. Es verdad que el sur de Italia, conquistado
poco a poco, como consecuencia de acuerdos tanto como de guerras, no vio
desaparecer totalmente sus altas clases sociales ni sus tradiciones y
subsistieron siempre alodios. Por un rasgo característico, muchos de ellos
estaban en manos de las viejas
aristocracias de las
ciudades. Por el contrario, ni
en Siria ni
en Inglaterra
—si dejamos de lado, al principio, ciertas
oscilaciones de terminología—, fue admitida la existencia de bienes alodiales.
Toda tierra debe estar en la mano de
un señor, y esta cadena, que en ninguna parte se interrumpe, llega, de eslabón
en eslabón, hasta el rey. Todo vasallo, por consiguiente, está vinculado al
soberano, no sólo como su súbdito, sino también por una relación que asciende de
hombre a hombre. El viejo principio carolingio de la coerción por el
señor, recibía así, en tierras extrañas al viejo imperio su aplicación casi
idealmente perfecta.
En Inglaterra, gobernada por una realeza poderosa,
que aportó a la tierra conquistada los fuertes hábitos administrativos de su
ducado natal, las instituciones así introducidas no dibujaron sólo una armazón
más rigurosamente ordenada que en ninguna otra parte; por efecto de una especie
de contagio de arriba abajo, penetraron de manera progresiva en casi toda la
sociedad. Como sabemos, en Normandía la palabra feudo sufrió una profunda
alteración semántica, hasta el punto de llegar a designar toda clase de
tenure. La desviación es
probable que
empezara antes
de 1066,
pero en
esta fecha
no estaba acabada por completo. Pues, si se produjo paralelamente en
ambas orillas del Canal, no fue exactamente según las mismas líneas. El Derecho
inglés en la segunda mitad del siglo XII, se vio obligado a distinguir de forma
muy clara entre dos grandes categorías de tenures. Unas, que comprendían
la mayoría de las pequeñas
explotaciones campesinas, estando
consideradas a la vez como de
duración precaria y como afectas a servicios deshonrosos, fueron calificadas de
no-libres. Las otras, cuya posesión estaba protegida por los tribunales reales,
formaron el grupo de tierras libres. El nombre de feudo (fee) se extendió
al conjunto de estas últimas. En ellas, los feudos de caballeros aparecían al
lado de los censos rurales o burgueses, y, desde
luego, no hay que pensar en una asimilación puramente verbal. En toda la
Europa de los siglos XI y XII, el feudo militar, como veremos en seguida, se
transformó prácticamente en un bien hereditario. Además, en muchos países,
siendo concebido como indivisible, se transmitía de primogénito en primogénito.
Este era el caso especialmente de Inglaterra. Pero el sistema se fue extendiendo
poco a poco, llegando a aplicarse a todas las tierras denominadas fees y,
a veces, más abajo todavía. Así, este privilegio de primogenitura, que debía
convertirse en uno de los caracteres más originales de las costumbres sociales
inglesas y en uno de los de mayores consecuencias, expreso, en su principio una
especie de sublimación del feudo a la categoría de derecho real de los nombres
libres. En un sentido, en la escala de las sociedades feudales, Inglaterra se
coloca en los antípodas de Alemania. No contenta, como Francia, con no
constituir en cuerpo jurídico diferenciado la costumbre de las gentes
enfeudadas, en ella toda una parte considerable del Landrecht el capítulo
de los derechos territoriales— fue
Lehnrecht.
CAPÍTULO IV
COMO EL
FEUDO PASO
AL PATRIMONIO DEL VASALLO
I.El
PROBLEMA
DE LA
HERENCIA: “HONORES”
y SIMPLES
FEUDOS
El establecimiento de la heredabilidad de los
feudos fue puesto por Montesquieu —no sin razón— entre el número de elementos
constitutivos del “gobierno feudal”, opuesto al “gobierno político” de los
tiempos carolingios. Entiéndase bien,
sin embargo,
que, tomada
con rigor,
la expresión
es inexacta. Jamás la posesión
del feudo se transmite de manera automática por la muerte del precedente
detentador. Pero, salvo por motivos válidos, estrechamente determinados, el
señor perdió la facultad de rehusar al heredero natural la reinvestidura que
precedía al nuevo homenaje. El triunfo de la heredabilidad
así comprendida,
fue el
de las
fuerzas sociales
sobre un
Derecho caduco.
Para penetrar en sus causas, debemos —limitándonos al caso más simple:
el del vasallo que no dejaba más que un sólo hijo— intentar representarnos, en
lo concreto, la actitud de las partes en cuestión.
Que incluso a falta de toda concesión de tierra,
la fidelidad tendía a unir más que a dos individuos a dos linajes, llamados uno
a mandar y otro a obedecer; no podía ser
de otra
forma en
una sociedad en
la que
los vínculos de la sangre tenían
tanta fuerza: toda la Edad Media puso un gran valor sentimental en las palabras
“señor natural”, o sea, por nacimiento. Pero, cuando el vasallaje se basaba en
la posesión de bienes, el interés del hijo en suceder a su padre en
el feudo se hacia casi apremiante. Rehusar el homenaje o dejar de
ofrecerlo, era perder el propio tiempo, junto con el feudo, una parte
considerable del patrimonio paterno,
cuando no
su totalidad. Con más
razón,
la
renunciación debía parecer dura cuando
el feudo era de reincorporación, es decir, que representaba
en realidad un antiguo alodio familiar. Fijando el vínculo en la tierra, la
práctica de la remuneración territorial llevaba de manera fatal a fijarla en la
familia,
La posición del señor era menos franca. Le
importaba que el vasallo perjuro fuese castigado, y que el feudo, si las
cargas dejaban de ser satisfechas, quedase disponible para un servidor mejor. En
una palabra, su interés le empujaba a insistir con vigor en el principio de la
revocabilidad. Por el contrario, la
heredabilidad no encontraba su hostilidad, pues, por encima de muchas
cosas, estaba
la necesidad
de hombres.
¿Dónde reclutarlos
mejor que entre la
descendencia de los que ya le habían servido? Añádase que rehusando el hijo al
feudo paterno, no sólo se arriesgaba a desanimar las nuevas fidelidades, sino
que se exponía, cosa más grave aún, a desagradar a sus demás vasallos,
inquietos por la suerte reservada a sus propios descendientes. Según la
expresión del monje Richer, que escribía bajo Hugo Capeto, despojar al niño era
“llevar a la desesperación a todas las buenas gentes”. Pero, podía ocurrir que
este amo, que se había desprendido provisionalmente de una
parte de
su patrimonio,
desease de
manera imperiosa recuperar su
tierra, sus castillos o sus poderes de mando; o bien, incluso cuando se decidía
a una nueva infeudación, preferir al heredero del
precedente vasallo por otro encomendado, juzgando más seguro o más
útil. Por ultimo, las iglesias, guardianas de un patrimonio en principio
inalienable, sentían especial repugnancia en reconocer un carácter definitivo a
aquellas infeudaciones a las que, con frecuencia, sólo a regañadientes habían
consentido.
Nunca el juego complejo de estas diversas
tendencias apareció con más claridad que bajo los primeros carolingios. Desde
entonces, los beneficios se transmitían con frecuencia a los
descendientes: por ejemplo, una tierra de Folembray, beneficio real al
propio tiempo que precario de la iglesia de Reims, que desde el reino de
Carlomagno al de Carlos el Calvo, pasó, de manos en manos, a través de
cuatro generaciones.*204 A veces, la heredabilidad venía impuesta por
la consideración debida al fiel, todavía vivo. Cuando un vasallo, nos dice el
arzobispo Hincmar, debilitado por la edad o la enfermedad, se encuentra incapaz
de cumplir con sus deberes, puede ser sustituido en el servicio por su hijo y,
en este caso, el señor no está autorizado a desposeerlo.*205
Aproximadamente, era reconocer por adelantado a este heredero una sucesión de la
que había asumido las cargas en vida del detentador Incluso, ya se juzgaba duro
arrebatar el beneficio paterno al huérfano, por joven que fuese y, por
consiguiente, no apto para el servicio de armas. En un caso de esta especie,
vemos cómo Luis el Piadoso se deja enternecer por las suplicas de
una madre, y como Loup de Ferrières hace un llamamiento al buen corazón de un
prelado. Sin embargo, nadie dudaba de
que el beneficio, en Derecho estricto, fuese aún un derecho puramente
vitalicio. En el 843, un tal Adarlard dio al monasterio de Saint-Gall
extensas posesiones, de las que una parte estaba distribuida a vasallos. Estos,
al pasar bajo la
dominación de
la iglesia,
deberán conservar
sus beneficios
durante toda
su vida y, después de
ellos, sus hijos, si
consienten en servir.
Después, el abad dispondrá de
las tierras a su voluntad.*206 Es evidente que hubiese parecido
contrario a
la buena
reglamentación atarle
indefinidamente de manos. Asimismo,
Adalard quizá no se interesaba más que por los niños que había tenido ocasión
de conocer: próximo aún a su origen, el homenaje no engendraba más que
sentimientos estrechamente personales.
Sobre este primitivo fondo de comodidades y
conveniencias, la verdadera heredabilidad se estableció poco a poco, en el curso
del período turbulento y fértil en novedades que
se abrió
cor la
fragmentación del Imperio
carolingio. En todas partes, la evolución tendió hacia ese fin. Pero el
problema no se planteaba en los mismos términos en todas las clases de feudo Hay
que colocar aparte una categoría: los feudos que más tarde los feudistas
llamaran “de dignidad”, o sea, los que estaban constituidos por oficios
públicos, delegados por el rey.
Como hemos visto, desde el comienzo de la dinastía
carolingia, el rey se vinculaba por medio del vasallaje las personas a las que
confiaba los principales cargos del Estado y, en especial, los grandes mandos
territoriales, condados, marcas o ducados. Pero estas funciones, que conservaban
el antiguo nombre latino de honores, eran entonces claramente
distinguidas con minucioso cuidado de los beneficios.
Diferían entre si, en efecto, por un rasgo, entre
otros, particularmente notable: la falta de todo carácter vitalicio. Sus
titulares podían ser siempre revocados, aun sin faltas por su parte o incluso
para su ventaja particular. Pues el cambio de puesto era a veces un ascenso, por
ejemplo, el caso de aquel modesto conde de orillas del Elba que, en 817, fue
puesto a la cabeza de la importante marca de Friul. Enumerando los favores con
que el soberano ha gratificado a tal o cual de sus fieles, los textos de la
primera mitad del siglo IX no dejan nunca de dividirlos en dos partes:
honores y beneficios.
A falta de toda retribución en dinero, que
impedían las condiciones económicas, la función era ella misma su propio
salario. En su circunscripción, el conde no sólo percibía el tercio de las
multas; entre otras ventajas, tenia concedido el disfrute de ciertas tierras
fiscales, ya afectadas a este fin. Y los mismos poderes ejercidos sobre los
habitantes que —además de las
ganancias ilegales a que con frecuencia daban ocasión— debían parecer, por sí
mismos, un auténtico provecho en esa época en que la verdadera fortuna era tener
categoría de señor. En más de un sentido, la concesión de un condado era, pues
uno de los más bellos regalos con que se podía recompensar a un vasallo. Que,
además, el donatario fuese por este hecho juez y jefe de guerra no comportaba
nada que lo diferenciase en suma, sino
por el grado, de muchos detentadores de simples beneficios, pues estos
llevaban consigo, en su mayor parte, el ejercicio de derechos señoriales.
Quedaba la
revocabilidad. A
medida que
la realeza,
a partir
de Luis
el Piadoso, fue
debilitándose, este principio, salvaguardia de la autoridad central, se hizo de
aplicación cada vez más difícil. Pues los condes, renovando las mismas
costumbres que habían
sido las
de la
aristocracia en el
momento de
la decadencia de la dinastía merovingia, trabajaron con éxito
creciente para transformarse en potentados territoriales, enraizados sólidamente
en el suelo. En 867, vemos cómo Carlos el Calvo se esfuerza en vano para
recuperar de un servidor rebelde el
condado de Bourges. Nada se opuso en adelante a una asimilación preparada por
indiscutibles semejanzas. Ya en los buenos tiempos del Imperio carolingio se
empezó a considerar honores a todos los beneficios de los vasallos
reales, a los que su papel en el Estado colocaba tan cerca de los funcionarios
propiamente dichos. La palabra acabo siendo un simple sinónimo de feudo, bajo la
reserva de que en ciertos países al menos —tales como la Inglaterra normanda—,
se tendió a limitar su empleo a los feudos más extensos y dotados
de importantes poderes de mando. Paralelamente, las tierras afectadas a la
remuneración del oficio, por una desviación más grave fueron ellas mismas
calificadas de beneficio o de feudo. En Alemania, donde las tradiciones
de la política carolingia continuaron muy vivas, el obispo- cronista Thietmar,
fiel al primero de estos dos empleos, distingue aún con claridad, hacia 1015, el
condado de Merseburg del beneficio anexo a este condado. Pero, desde
hacia mucho tiempo el lenguaje corriente no se preocupaba por estas sutilezas:
lo que denominaba beneficio o feudo era la carga entera, fuente
indivisible de poder y de riqueza. En el 881, los Annales
de Fulda escribían, de Carlos el Gordo, que en dicho año dio a
Hugo, su pariente, “para que le fuese fiel, diversos condados en beneficio”.
Pues bien, estos que los autores eclesiásticos
llamaban los nuevos sátrapas de
las provincias, procuraban en vano sacar de la delegación regia lo esencial de
los poderes que en adelante pretendían usar en su provecho. Para mantenerse de
manera sólida en la región necesitaban algo más adquirir aquí
y allá nuevas tierras; construir, castillos en los nudos de caminos;
erigirse en protectores interesados de las principales iglesias; y, ante todo,
reclutar fieles en dichos lugares. Esta obra de gran alcance, exigía el trabajo
paciente de generaciones, sucediéndose sobre la misma tierra. En una palabra,
los esfuerzos hacia la heredabilidad nacían de forma natural de las necesidades
del poder territorial. Sería, pues, un craso error el considerarlos simplemente
como un efecto de la asimilación de los honores a los feudos. Tanto como a
los condes francos se impuso a los earls anglosajones, cuyas
vastas posesiones nunca fueron consideradas como tenures, y a los
gastaldos de los principados lombardos, que no eran vasallos. Pero, como en
los Estados surgidos del Imperio franco, los ducados, marcas o condados tomaron
lugar muy pronto entre las concesiones feudales, la historia de su
transformación en bienes familiares se encontró mezclada de manera Inextricable
con la de la patrimonialidad de los feudos en general. Por otra parte, sin haber
dejado nunca de presentarse como un caso particular.
El ritmo de la evolución no solo fue en todas partes diferente para los
feudos ordinarios y para los feudos de dignidad. Cuando se pasa de un Estado a
otro se ve a esta oposición cambiar de sentido.
II.
LA
EVOLUCIÓN: EL CASO
FRANCÉS
En Francia occidental y en Borgoña, la precoz
debilidad de la realeza tuvo por resultado que los beneficios
constituidos por funciones públicas fueran los primeros en conquistar la
heredabilidad. Nada más instructivo en este aspecto que las disposiciones
tomadas por Carlos el Calvo, en 877, en el famoso documento de Quierzy. A
punto de marchar a Italia, se preocupaba por regular el gobierno del reino
durante su ausencia. ¿Qué hacer si en este intervalo moría un conde? Ante todo,
avisar al soberano; éste, en efecto, se reserva
todo nombramiento definitivo. A su hijo Luis, encargado de la regencia,
sólo le concede la facultad
de designar
administradores provisionales. Bajo
esta forma general, la
prescripción respondía al espíritu de celosa autoridad de la que el resto de la
capitular nos aporta tantas pruebas. No obstante que se inspiraba también, en
grado al menos igual, en la preocupación de bienquistarse con los grandes en
sus ambiciones familiares, lo
comprobamos en la expresa
mención que se hace de dos casos particulares. Puede ocurrir que, el
conde, dejando un hijo tras sí, éste haya seguido al ejército a otras tierras.
Rehusando al regente la facultad de proveer él mismo a la vacante. Carlos, en
esta hipótesis quería, ante todo, tranquilizar a sus compañeros de armas;
¿convenía que su fidelidad les privase de la esperanza de recoger una sucesión
desde hacía tanto tiempo deseada? También era posible que el hijo, que se
quedaba en Francia, fuese “muy pequeño” será en nombre de este niño que, hasta
el día en que se conozca la decisión
suprema, el condado tendrá que ser administrado por los oficiales de su padres.
El edicto no va más lejos. Visiblemente, parecía preferible no inscribir con
todas las letras, en una ley, el principio de la devolución hereditaria. Estas
reticencias, por el contrario, no se encuentran ya en la proclamación que el
emperador hizo leer, por su canciller, ente la asamblea. Entonces, promete sin
ambages entregar al hijo soldado en Italia o de menor edad, los honores
paternos. Seguramente se trataba de lírica de magnificencia, sin comprometerse
para el porvenir. Pero, menos aún, rompían con el pasado, sino que reconocían de
manera oficial y por un tiempo dado un privilegio de costumbre.
Asimismo, hasta seguir, paso a paso, en los
lugares donde es posible, las principales series condales para observar, en los
vivos, la tendencia hacia la heredabilidad. He aquí, por ejemplo, los
antepasados de la tercera dinastía de reyes franceses. Todavía en 864 Carlos
el Calvo puede retirar a Roberto el Fuerte de sus honores de Neustria
para darle un destino en otra parte. Pero, por poco tiempo, pues cuando Roberto
cae en Brissarthe, en 866, lo hace de nuevo al frente de sus gentes de entre
Sena y Loire. Pero, aunque deja dos hijos, en realidad muy jóvenes ninguno de
ellos hereda sus condados, de los que el rey dispone para otro magnate. Habrá
que esperar la desaparición de este intruso, en el 886, para que el mayor, Eudes,
recupere el Anjou, la Turena, y,
quizá, el Blesois. En adelante, estos territorios ya no saldrán del patrimonio
familiar, al
menos hasta
el día en que
los descendientes de Roberto sean
arrojados de ellos por sus propios oficiales, transformados a su vez en
potentados hereditarios. En la serie de condes, todos del mismo linaje, que
desde alrededor del 885 hasta la extinción de la descendencia, en 1137, se
sucedieron en Poitiers, hay una sola brecha, muy corta (de 890 a 902) y
provocada por una minoría de edad agravada con una sospecha de bastardía. Y aun,
por un rasgo doblemente característico, esta disposición, decidida por el
monarca, aprovechó al fin, a despecho de sus órdenes, a un personaje que, hijo
de un conde más antiguo, podía también invocar derechos de raza. más allá de
los siglos, un Carlos V o un José II, no poseerán Flandes sino porque, de
matrimonio en matrimonio, habrá llegado hasta ellos un poco de la sangre de
aquel Balduino Le Ferré, que, en el 862, había enamorado con tanta gallardía a
la hija del rey de los francos. Como podemos ver, todo nos lleva a las mismas
fechas: indiscutiblemente, la etapa decisiva se coloca hacia la segunda mitad
del siglo IX.
¿Qué ocurría, mientras tanto, con los feudos
ordinarios? Las disposiciones de Quierzy
se aplicaban
de forma
expresa, al
propio tiempo que a los
condados, a los beneficios de los vasallos reales, honores
también a su manera. Pero edicto y
proclamación no se conforman con
esto; las reglas a las que Carlos el Calvo se compromete en favor de sus
vasallos, exigen que éstos, a su vez,
las extiendan en provecho de sus propios hombres. Prescripción dictada también,
evidentemente, por
los intereses
de la
expedición italiana. ¿No
era aconsejable dar las
seguridades necesarias, tanto como a algunos grandes jefes, al grueso de las
tropas, compuestas de vasallos? Por tanto, nos encontramos ante algo más
profundo, ocasionado por una simple medida. En una sociedad donde tantos
individuos eran, al propio tiempo, encomendados y señores, repugnaba la
idea de que el que se había hecho reconocer alguna ventaja como vasallo,
pudiese, como señor, rehusarla a los que estaban unidos a su persona. De la
vieja Capitular carolingia a la Carta Magna, fundamento clásico de
las libertades inglesas, esta especie de igualdad ante el privilegio,
que, así, se deslizaba de arriba abajo, debía quedar como uno de los principios
más fecundos de la costumbre feudal.
Su acción, y más aún, el sentimiento, muy
poderoso, de una especie de reversibilidad familiar que, de los servicios
prestados por el padre, obtenía un derecho para su descendencia, gobernaban la
opinión pública. Y ésta, en una civilización sin códigos escritos y sin
jurisprudencia organizada, estaba muy cerca de confundirse con el Derecho. Esta
opinión encontró en la epopeya francesa un eco fiel. No es que el cuadro que nos
trazan los poetas pueda ser aceptado sin retoques. El ámbito histórico que la
tradición les imponía les llevaba a no plantear el problema más que a propósito
de los grandes feudos reales. Además, poniendo en escena a los primeros
emperadores carolingios, se los representaban,
no sin razón, como mucho más
poderosos que los reyes de los siglos XI o XII, por consiguiente, todavía lo
bastante fuertes para disponer con libertad de los honores naturales. Cosa para
la que los Capetos habían acabado siendo incapaces. En este aspecto, pues, su
testimonio no tiene otro valor que el de una reconstrucción, aproximadamente
exacta, de un pasado acabado desde hacía tiempo. Lo que es propio de su época,
en cambio, es el juicio que, extendiéndolo sin duda a toda clase de feudos,
exponen sobre estas prácticas. No las dan precisamente como contrarias al
Derecho, pero las estiman moralmente condenables. Como si el cielo se vengase,
ellas engendran
las catástrofes:
¿una doble
expoliación de esta
clase no se
encuentra en
el origen
de las desgracias inauditas que
llenan la
gesta de Raúl de Cambrai? El
buen señor es aquel que guarda en su memoria esta máxima, que una de las
canciones cuenta entre las enseñanzas de Carlomagno a su sucesor:
“Guárdate
de arrebatar
su feudo
al niño
huérfano”*207
¿Cuántos eran los buenos señores, o que estuviesen
obligados a serlo? Escribir la historia de la heredabilidad tendría que ser
trazar, período por período, la estadística de los feudos que se heredaban y de
los que no se heredaban; casi un sueño que, en el estado de los documentos, no
será jamás realizable. Ciertamente, en cada caso particular, la solución
dependió durante mucho tiempo de la
balanza de las fuerzas. más débiles y, con frecuencia, mal administradas, las iglesias, desde principios
del siglo X, parecen haber cedido en general,
a la presión de sus
vasallos. En los grandes principados laicos,
por el contrario, se entreve, hasta la mitad del siglo siguiente, una costumbre
aún muy inestable. Podemos seguir la historia de un feudo angevino —el de Saint-
Saturnin— bajo los condes Foulque-Nerra y Geoffroi Martel (987-1060).*208
El conde no sólo lo vuelve a tomar al primer signo de infidelidad, sino cuando
la partida del vasallo hacia una provincia cercana pone obstáculos al servicio.
No se advierte en absoluto que se sienta obligado a respetar los derechos
familiares.
Entre los cinco detentadores que se relevan
durante un período de una cincuentena de años, dos sólo —dos hermanos— aparecen
vinculados por la sangre; y, aun entre ellos, se había deslizado un extraño. Si
bien dos caballeros fueron juzgados dignos de guardar Saint-Saturnin durante
toda su vida, la tierra después de ellos sale de su linaje aunque es verdad que
nada indica de manera expresa que dejaran hijos. Pero. incluso suponiendo la
falta, en ambos casos de toda descendencia masculina, nada parece más
significativo que
el silencio que
guarda sobre
este punto
la documentación
muy detallada a la que debemos estas informaciones. Destinada a
establecer los derechos de los monjes de Vendôme, a quienes finalmente el
dominio había correspondido, sí bien descuida el justificar, por la extinción de
las diversas descendencias, los sucesivos traspasos, cuyo provecho debía recoger
la abadía, la razón se debe, evidentemente, a que el desposeimiento del
heredero no parecía entonces de ninguna forma ilegitimo.
Una tal movilidad, sin embargo, en este momento ya
era casi anormal. En el mismo Anjou, a partir de las proximidades del año mil,
se fundaron las principales dinastías de señores castellanos. Se hace necesario,
de otra parle, que el feudo normando, en 1066, fuese universalmente estimado
transmisible a los herederos, puesto
que en Inglaterra, donde fue entonces importado, esta cualidad no le fue nunca
discutida en la practica. En el siglo X, cuando un
señor aceptaba, casualmente,
reconocer la devolución
hereditaria de un
feudo, hacia escribir esta confesión, en términos expresos, en el acta de
otorga- miento. Desde mediados del siglo XII, la situación fue inversa: las
únicas estipulaciones que en adelante se consignan son las que, por una
excepción rara, pero siempre lícita, limitan el disfrute de un feudo a la vida
del primer beneficiario. La presunción actúa ahora en favor de la heredabilidad
En Francia y en Inglaterra en esta
época, quien dice simplemente feudo dice herencia, y cuando, por ejemplo, las
comunidades eclesiásticas, contraria- mente a las antiguas formas de lenguaje,
declaran rehusar este título a las cargas
de sus
oficiales, entienden solamente
con ello
rehusar toda
obligación de aceptar los
servicios del hijo después de los del padre, favorable a los descendientes desde
la época carolingia, confirmada por la existencia de numerosos feudos de
reincorporación a los que su propio origen confería casi inevitablemente un
carácter patrimonial, la práctica en la época de los últimos carolingios y de
los primeros capelos, imponía ya, casi en todas partes, la investidura del hijo
después de la del padres. Durante la segunda edad feudal caracterizada por una
especie de adquisición de conciencia jurídica, esta práctica se convirtió en
derecho.
III.
LA
EVOLUCIÓN: EN EL
IMPERIO
El conflicto de las fuerzas sociales, subyacentes
a la evolución del feudo, en ninguna parte aparece con más relieve que en el
norte de Italia. Representé- monos en su graduación la sociedad feudal del reino
lombardo: en la cima, el rey, que desde 951, con breves interrupciones, es, al
propio tiempo el rey de Germania y, una vez coronado por las manos del papa,
emperador; inmediatamente, debajo de él, sus
barones, grandes señores de la
Iglesia o de la espada; y por debajo de éstos, la modesta masa de los vasallos
de los barones, vasallos en segundo grado
del rey
por consiguiente y, por esta
razón, llamados por lo común valvasores. Una grave querella divide
los dos últimos grupos a principios del siglo XI. Los valvasores pretenden
tratar sus feudos como bienes familiares; los grandes señores, por su parte,
insisten en el carácter vitalicio de la concesión y en su constante
revocabilidad. En 1035, estos choques engendran finalmente una verdadera guerra
de clases; unidos por juramento, los valvasores de Milán y los alrededores
infligen al ejército de los magnates una estrepitosa derrota. Llega el
Rey-Emperador Conrado II, al que la noticia de estos disturbios ha alarmado en
su lejana Alemania. Rompiendo con la política de los Otones, sus predecesores,
que se habían mostrado respetuosos con la inalienabilidad de los dominios
eclesiásticos, toma partido por los
vasallos de grado inferior y, como Italia el país de las leyes, tiene según dice
él, “hambre de leyes”, dicta una verdadera ordenanza legislativa, el 28 de mayo
de 1037, que va a fijar el derecho en favor de sus protegidos. En adelante,
decide, serán tenidos por hereditarios, en provecho del hijo, del nieto o del
hermano, todos los beneficios que tienen por señor un jefe laico, un
obispo, un abad o una abadesa; y, lo mismo, respecto a los feudos de segundo
grado constituidos sobre estos mismos beneficios. No se hace mención de
las infeudaciones otorgadas por los poseedores de alodios.
Visiblemente, Conrado estimaba legislar más como
jefe de la jerarquía feudal que en calidad de soberano. Su actitud alcanzaba
también a la inmensa mayoría de los feudos caballerescos pequeños y medianos.
Aun cuando se hayan podido ver en su actitud ciertas razones circunstanciales y,
en especial, la enemistad personal que lo oponía al principal adversario de los
valvasores, el arzobispo de Milán, Ariberto, parece que en el fondo vio más
lejos que sus, intereses momentáneos o que sus rencores. Buscaba una especie de
alianza con propias
gentes en
contra de
los grandes
feudatarios, siempre
terribles para las monarquías. Tenemos la prueba de ellos en que, en
Alemania, donde le faltaba el arma de las leyes, se esforzó en alcanzar el mismo
fin por otros medios: probablemente, inclinando en el sentido deseado la
jurisprudencia del tribunal real.
En aquel
país también,
según el
testimonio de su
capellán,
“ganó los
corazones de
los caballeros no
tolerando que los
beneficios otorgados a
los padres fuesen arrebatados a su descendencia”.
Lo cierto es que esta intervención de la monarquía
imperial en favor de la heredabilidad, se insertaba en una línea evolutiva ya
casi acabada. ¿No se había visto, desde principios del siglo XI, multiplicarse
en Alemania los acuerdos sobre tal o
cual feudo particular? Si, en
1069, el duque
Godofredo de Lorena creyó todavía poder disponer con libertad de las
tenures estipendiarias de sus caballeros para darlas a una iglesia, los
murmullos de los fieles perjudicados se hicieron oír tanto, que su sucesor,
después de su muerte, debió cambiar este regalo por otro.*209 En la
Italia legisladora, en la Alemania sometida a reyes relativamente poderosos, en
la Francia sin leyes y, prácticamente, casi sin reyes, el paralelismo de las
curvas denuncia la acción de fuerzas más profundas que los intereses políticos.
Al menos, en cuanto a los feudos
ordinarios. Hay que buscar en la suerte reservada a los feudos de dignidad la
señal original impresa a la historia de los feudalismos alemán e italiano, de un
poder central más eficaz que en otras partes.
Recibida directamente del Imperio, la ley de
Conrado II no les afectaba para nada. Quedaba el prejuicio favorable que se
concedía por lo común a los derechos de la sangre y que aquí no dejaba asimismo
de actuar. A partir del siglo IX sólo en ocasiones excepcionales el soberano se
decide a romper con una tradición tan
digna de respeto. Cuando lo hace, la opinión que nos
aportan los cronistas podría hacer creer en raras arbitrariedades. No
obstante, de hecho, cuando se trata de recompensar a un buen servicio, o de
eliminar a un hijo demasiado joven o a un joven juzgado poco seguro, el paso se
lleva a cabo, si bien el heredero así perjudicado es indemnizado por la
concesión de algún otro cargo análogo. Pues los condados,
en particular, pasan de mano
en mano sólo en el interior de un pequeño número de familias, y la
vocación condal, en sí, encuentra tal suerte hereditaria, mucho antes de que lo
fuesen los condados aisladamente. Los mayores mandos territoriales, marcas y
ducados, fueron asimismo los que estuvieron más tiempo expuestos a estos actos
de autoridad. Dos veces por ejemplo, durante el siglo X, se vio cómo el ducado
de Baviera escapaba de las manos del hijo del precedente titular. Y lo mismo
ocurrió en 935 en la marca de Misnia, y, en 1075, en la Lusacia. Por
uno de estos arcaísmos corrientes en la
Alemania medieval, la situación de los principales honores del Imperio
continuó siendo hasta fines del siglo XI la misma que en Francia bajo Carlos
el Calvo.
Pero sólo hasta dicha fecha; durante el curso del
siglo el movimiento se fue precipitando. Del propio Conrado II se posee una
concesión de condado hereditario. Su nieto. Enrique IV, y su biznieto, Enrique
V, reconocieron el mismo carácter a los ducados de Carintia y de Suabia y al
condado de Holanda. En el siglo XII, el principio ya no será discutido. Los
derechos del señor, aunque fuese el rey habían tenido que ceder paso, poco a
poco, a los de los linajes de
vasallaje.
IV.
LAS TRANSFORMACIONES DEL FEUDO VISTAS A TRAVÉS DE
SU DERECHO SUCESORIO
Un hijo, un solo hijo y que fuese apto para la
sucesión inmediata; este podría ser el caso que nos proporcionara un cómodo
punto de partida para nuestro análisis. Pero, con frecuencia, la realidad era
menos simple. Desde el día en que la opinión tendió a reconocer los derechos de
la sangre, se encontró en presencia de situaciones familiares variadas, cada una
de las cuales suscitaba sus problemas propios. Aunque sumario, el estudio de las
soluciones que las diversas sociedades dieron a estas dificultades nos permitirá
observar, en su propia vida, las metamorfosis del feudo y del vinculo
vasallático.
El hijo,
o en su defecto
el nieto, parecían los
continuadores naturales del
padre o del abuelo en sus servicios que, con frecuencia, todavía durante
su vida, les habían ayudado a cumplir. Por el contrario, un hermano o un primo,
tenían de ordinario su camino abierto en otra parte. Por ésto, el reconocimiento
de las herencias colaterales en realidad, en su estado simple, es la medida de
la transformación del antiguo beneficio en patrimonio.*210 Las
resistencias fueron vivas, en particular en Alemania. En 1196, el emperador
Enrique VI, que solicitaba de su nobleza el asentimiento para otra herencia —la
de la corona real— podía aún ofrecerles, como premio de tal don, el
reconocimiento oficial de la devolución de los feudos a los colaterales. Pero el
provecto no llegó a realizarse. A menos de existir disposiciones expresas
insertas en la colección original o de costumbres particulares, como la que, en
el siglo XIII, regía los feudos de los ministeriales del Imperio, nunca, durante
la Edad Media los señores alemanes fueron autorizados a otorgar la investidura a
otros herederos que
los descendientes; lo que no impedía en
absoluto que de hecho concediesen, con bastante frecuencia, esta gracia. En
otros lugares, pareció lógico introducir una distinción: el feudo se transmitía
en todos sentidos en el interior de la descendencia de su primer beneficiario;
pero no fuera de ella. Esta fue la solución del Derecho lombardo. Igualmente
inspiró. en Francia y en Inglaterra, a partir del siglo XII, las cláusulas de
bastantes constituciones de feudos de nueva creación. Sin embargo, en estos
casos, era por derogación del Derecho común, pues, en los reinos del Oeste, el
movimiento hacia la patrimonialidad fue lo bastante poderoso para ejercerse en
provecho de la casi-universalidad de
los parientes. Sólo un hecho continuo recordando que la costumbre feudal se
elaboró bajo el signo del servicio: durante mucho tiempo se sintió repugnancia
en admitir, y en Inglaterra no se aceptó jamás, que el vasallo muerto tuviese a
su padre como sucesor; hubiera sido una paradoja que una tenure militar
pasase de un joven a un viejo.
Nada parecía más contrario a la naturaleza del
feudo en sí mismo que el permitir la herencia a las mujeres. No es que la Edad
Media las juzgase incapaces de ejercer los poderes de mando; a nadie extrañaba
ver a la gran señora presidir el tribunal de la baronía en lugar del esposo
ausente. Pero las mujeres no llevaban las armas. Es característico que, en la
Normandía de los últimos años del siglo
XII, el
uso, que
ya favorecía
la vocación
hereditaria de las hijas, fue
deliberadamente abolido por Ricardo Corazón de León, en seguida
que estalló
la inexpiable
guerra contra
el Capeto.
Los derechos que se esforzaban
en conservar más
celosamente
a la
institución su carácter
original
—la doctrina jurídica lombarda, las colecciones de
costumbres de la Siria latina, la
jurisdicción del tribunal real de Alemania—
nunca cesaron de rehusar, en principio,
a la
heredera, lo
que concedían al
heredero. Que
Enrique VI ofreciese a sus grandes vasallos la supresión de esta
incapacidad y la que afectaba a los colaterales, prueba hasta qué punto la regla
se conservaba viva en el Derecho alemán. Pero el episodio también nos habla de
las aspiraciones de la opinión señorial: así, el favor que el Staufen proponía
como cebo a sus fundadores del Imperio latino de Constantinopla. De hecho,
incluso en los lugares donde la exclusión subsistía en teoría, muy pronto en la
práctica sufrió numerosas excepciones. Aparte que el señor tenia siempre la
facultad de no tenerla en cuenta, podía ocurrir que se doblegara ante alguna
costumbre particular o que fuese levantada por la propia acta de concesión,
como, por ejemplo, en 1156, para el ducado de Austria. En esta fecha, ya hacia
mucho tiempo que
en Francia
y en la Inglaterra
normanda, se
reconocía a
las hijas,
en defecto de hijos, o hasta a simples parientas, en defecto de parientes
de igual grado, los mismos derechos sobre los feudos que sobre los demás bienes.
Es que se dieron cuenta pronto de que si la mujer era incapaz para servir, su
marido podía hacerlo en su lugar. Por un paralelismo característico, los más
antiguos ejemplos en que la primitiva costumbre de vasallaje aparece así
desviada en provecho de la hija o del yerno, se relacionan todos con esos
grandes principados franceses que fueron los primeros también en conquistar la
simple heredabilidad y que ya casi no comportaban servicios personales. Esposo
de la
hija del
“principal conde de
Borgoña”, el
descendiente de Roberto el
Fuerte, Otón, debió a esta unión, en el 956, la posesión de los condados,
base material de su futuro título ducal. De esta forma —habiendo sido admitidos
además los derechos sucesorios de los descendientes en línea femenina, casi al
propio tiempo que los de las mujeres personalmente— las familias feudales,
grandes o pequeñas, vieron abrirse ante ellas la política de los matrimonios.
Sin duda, el mayor de los problemas que, desde sus
principios, tuvo que resolver la costumbre feudal fue el planteado por la
presencia de un heredero menor de edad. La literatura de ficción, no dejaba de
tener sus razones al enfocar preferentemente bajo este ángulo la gran polémica
sobre la herencia. Entregar a un niño una tenure militar era un
contrasentido; pero despojar al pequeñuelo, una crueldad. La solución que
tenia que permitir salir de este dilema había sido ya imaginada en el siglo IX.
El menor es reconocido como heredero, pero hasta el día en que estará en
condiciones de cumplir sus deberes de vasallo, un administrador provisional se
hará cargo del feudo en su
lugar, rendirá el homenaje y
prestará los servicios. No se le puede llamar tutor, pues el baillistre, al que incumben las cargas del feudo,
recoge igualmente sus rentas,
sin otras obligaciones
para con
el menor
que asegurar
su manutención. Aunque la
creación de esta especie de vasallo temporal afectaba de manera sensible
a la noción
misma de
la relación de
vasallaje, concebida como
vínculo del hombre hasta la muerte, la institución conciliaba de tan buen
modo las necesidades del servicio con el sentimiento familiar como para ser
adoptada ampliamente en todos
los lugares
por donde
se extendió
el sistema
de
feudos surgido del Imperio franco.
Sólo Italia, dispuesta nada más que a medias a multiplicar en favor de los
intereses feudales los regímenes de excepción, prefirió contentarse con la
simple tutela
No obstante, una curiosa desviación se abrió
pronto camino. Para ocupar el sitio del niño a la cabeza del feudo, lo más
natural parecía ser escoger un miembro de su parentela. Tal fue, según todas
las apariencias, en sus orígenes, la regla universal y muchas costumbres
continuaron fieles a ella hasta el fin. Aunque el señor tuviese también para con
el huérfano deberes que derivaban de la fe prestada anteriormente por el muerto, la
idea de que, durante la minoridad, pudiese intentar convertirse él mismo en
suplente de su propio vasallo en perjuicio de los parientes, hubiese sido tenida
en el origen por absurda, el señor
tenía necesidad de un hombre, no de una tierra. Pero la realidad desmintió con
rapidez los principios. Es significativo que uno de los más antiguos ejemplos
de sustitución, al menos intentada, del pariente por el señor, pusiese en
presencia al rey de Francia, Luis IV, y al joven heredero de uno de los más
grandes honores del reino: Normandía. Seguramente, valía más gobernar en
persona en Bayeux o en Rúan que tener que contar con la ayuda incierta de un
regente del ducado. La introducción, en diversos países, del arrendamiento
señorial marca el momento en que el valor del feudo, en tanto que
explotación provechosa, pareció sobrepasar la de los servicios que podían
esperarse.
En
ningún lugar este uso se implanto más
sólidamente que en Normandía y
en Inglaterra, donde, de todas maneras, el régimen de vasallaje se
organizó en provecho de las clases elevadas. Esto perjudicaba a los barones
ingleses cuando el señor era el rey y, por el contrario, los beneficiaba cuando
podían ejercer este derecho para con sus dependientes. De tal suerte, que,
habiendo obtenido, en 1100, el retorno al arrendamiento familiar, no supieron o
no quisieron impedir que esta concesión se convirtiese en letra muerta. Además,
en Inglaterra la institución se separo pronto de su significación primitiva
hasta el punto de verse a los señores
—el rey en primer lugar— corrientemente
ceder o vender la guarda del niño, con la administración de sus feudos.
Un regalo de esta especie era en la corte de los Plantagenets una de las
recompensas más envidiadas. En realidad, aunque
fuese muy bello el
poder, a favor de tan honorable misión, tener guarnición en los
castillos. percibir las rentas, cazar en los bosques o variar los viveros, en
semejantes casos las tierras no eran más que una pequeña parte de la merced. La
persona del heredero o heredera valía más todavía, pues al señor guardián o a
su representante correspondía, como
veremos, el
cuidado de
casar a
sus pupilos; y de este derecho no dejaban de sacar utilidad.
Nada más claro que la noción de que el feudo, en
su principio, debió ser indivisible. Si se trataba de una función pública, al
soportar la partición la autoridad superior corría el peligro de dejar debilitar
los poderes de gobierno ejercidos en su nombre y, al propio tiempo, hacer su
vigilancia más incómoda. Si de un simple feudo caballeresco, el desmembramiento
provocaba la confusión en la prestación de los servicios, eran muy difíciles de
repartir eficazmente entre los participes, la división. Además, estando
calculada la concesión primitiva para subvenir al pago de un único vasallo, con
su séquito, se corría
el peligro
de que
los fragmentos
no bastasen
para la
manutención de los nuevos
detentadores y, por tanto, de condenarles a mal armarse o buscar fortuna en
otros lugares. Convenía, pues, que hecha hereditaria la tenure, no pasase
más que a un solo heredero. Pero, en este punto, las exigencias de la
organización feudal
entraban en
conflicto con
las reglas ordinarias del
Derecho sucesorio, favorables, en la mayor parte de Europa, a la igualdad de los
herederos del mismo grado. Bajo la acción de las fuerzas antagonistas, este
grave debate jurídico recibió soluciones variables según los lugares y según
los tiempos
Una primera dificultad se presentaba: ¿con que
criterio escoger el heredero único
entre dos postulantes igualmente próximos
al difunto,
entre sus
hijos, por ejemplo? Varios
siglos de Derecho nobiliario y de Derecho dinástico nos han acostumbrado a
atribuir una especie de evidencia al privilegio de la primogenitura. En
realidad, no es más que una cosa semejante a tantos otros mitos sobre los
cuales reposan en la actualidad nuestras sociedades: la ficción mayoritaria, por
ejemplo, que de la voluntad de los más hace un intérprete legítimo de los
propios oponentes. Incluso en las casas reales, en la Edad Media, el orden de
primogenitura no fue aceptado sin mucha resistencia. En ciertas regiones
campesinas, costumbres que remontaban a tiempos muy lejanos, favorecían a uno de
los muchachos, pero era al
más joven.
Cuando se trataba
de un
feudo, la
costumbre primitiva
parece haber
reconocido al señor
la facultad de investir a aquel de los hijos que juzgaba más apto. Tal
era aún la regla en Cataluña hacia el año 1060. A veces, el propio padre
designaba su sucesor, según la elección hecha por el jefe, después de habérselo
asociado en vida al servicio. O también, al quedar los herederos en la
indivisión, la investidura se hacia colectiva.
En ningún otro lugar estos procedimientos arcaicos
tuvieron una vida más duradera que en Alemania. En pleno siglo XII, continuaban
en vigor. Junto a ellos, en Sajonia
al menos,
otro uso
manifestaba la profundidad
del sentimiento familiar: los
propios hijos elegían aquel de entre ellos que debía recibir la herencia.
Naturalmente, podía ocurrir, y con frecuencia ocurría, que la
elección, fuese el que fuese el método adoptado, recayese sobre el
primogénito. No obstante, el Derecho alemán no era lógico conceder a esta
preferencia una fuerza obligatoria. Era, como dice un poeta, una costumbre
welsch, una “influencia extranjera”.*211 ¿No se había visto, en
1169, al propio emperador Federico Barbarroja, disponer de la corona en favor de
un segundón? Ahora bien, la falta de un principio único de discriminación
claramente establecido entre los herederos,
hacía en la práctica singularmente incómoda la observancia de la
indivisibilidad. Así en las tierras del Imperio, las antiguas representaciones
colectivas, hostiles a la desigualdad entre hombres de la misma sangre, no
encontraban, en la política feudal de los poderes
reales o principescos, un contrapeso tan poderoso como en otras partes.
Menos dependientes que en
Francia de
los servicios de sus vasallos,
los reyes y los jefes
territoriales de Alemania, a los cuales la armazón legada por el Estado
carolingio pareció bastar durante mucho tiempo para asegurar sus derechos de
mando, concedían una atención menos sostenida al sistema de los feudos. Los
reyes, en particular,
se dedicaron
casi exclusivamente
—como lo hizo,
en 1158,
Federico Barbarroja— a proscribir
el desmembramiento
de los “condados, marcas y
ducados”. En esta fecha, ya había empezado la fragmentación de los condados. En
1255, un título ducal, el de Baviera, fue dividido por primera vez junto con el
territorio del ducado. Respecto a los feudos ordinarios, la ley de 1158 tuvo que
reconocer que la partición era licita. En
resumen, el
Landrecht triunfó finalmente sobre
el Lehnrecht.
La reacción
no llegó hasta mucho más tarde, hacia el fin de la Edad Media y bajo el
impulso de fuerzas diferentes. En los
grandes principados fueron los propios príncipes los que se esforzaron, por
leyes sucesorias apropiadas, en prevenir el desmenuzamiento
de un
poder adquirido
al precio
de tantos
cuidados. Para
los feudos en general, la introducción de la primogenitura, por el rodeo
del mayorazgo, fue concebida como un medio de reforzar la propiedad nobiliaria.
Inquietudes dinásticas y preocupaciones de clase realizaron así, tardíamente, lo
que el Derecho feudal fue incapaz de realizar.
En la mayor parte de Francia, la evolución siguió
caminos muy distintos. Los reyes no tuvieron interés en impedir el
fraccionamiento de los grandes principados territoriales, formados por la
aglomeración de diversos condados, en tanto pudieron emplear estas agrupaciones
en la defensa del país. Pero, con mucha rapidez, los jefes provinciales se
convirtieron, para la realeza, en adversarios, en lugar de servidores.
Los condados, tomados aisladamente, fueron pocas
veces divididos; en cambio, en su conjunto, cada hijo se formaba su herencia.
Esta era una política peligrosa a la
que las grandes casas señoriales, más pronto o más tarde, pusieron remedio por medio
de la primogenitura.
Transformación que en el siglo XII, aproximadamente, ya estaba casi totalmente
realizada. Como en Alemania, pero en una fecha muy anterior, los grandes mandos
de poco antes habían vuelto a la indivisibilidad, no tanto como feudos cuanto
que como Estados de un nuevo tipo.
Respecto a los feudos de menor importancia, los
intereses del servicio, mucho más respetados en esta tierra preterida del
feudalismo, llegaron pronto, después de algunos tanteos, a someterlos a la ley
precisa y clara de la primogenitura. Sin embargo, a medida que la tenure
de otros tiempos se convertía en bien patrimonial, parecía más duro excluir de
la sucesión a los segundones. Solo algunas costumbres excepcionales, como la de
la región de Caux, salvaguardaron hasta el fin el principio, «en todo su rigor».
En otros lugares, se admitió que el primogénito, obligado moralmente a no dejar
a sus hermanos sin subsistencia, podía, o, incluso, debía cederles el disfrute
de algunos trozos de la tierra paterna. De esta forma se estableció, en gran
número de regiones, la institución conocida por lo general con el nombre de
parage. Sólo el primogénito rendía homenaje al señor y, por consiguiente,
asumía, también sólo, la responsabilidad de las cargas. De él obtenían sus
hermanos sus porciones. Unas veces, como en Ille-de-France, le prestaban
homenaje; otras, como en Normandía y en Anjou, la fuerza del vínculo familiar
parecía hacer inútil, en el interior del grupo de parientes, toda otra forma de
relación; al menos, hasta el día en que el feudo principal y los feudos
subordinados hubieran pasado
de generación
en generación, las relaciones
de parentesco entre
los sucesores
de los
hombres de
parage primitivos llegaban a grados
demasiado alejados para que pareciese inteligente basarlos sólo en la
solidaridad de la sangre.
A pesar de todo, este sistema estaba lejos de
prevenir todos los inconvenientes de la fragmentación. Por ello, en Inglaterra,
donde fue introducido después de la Conquista, fue abandonado hacia la mitad del
siglo XII, en provecho de la estricta primogenitura. En la misma Normandía, los
duques, que para el
reclutamiento de sus tropas
consiguieron sacar tanto
partido de
las obligaciones feudales, no admitieron nunca el parage más que
cuando la sucesión estaba compuesta
de varios
feudos de
caballero, susceptibles, de
ser distribuidos, uno por uno, entre los herederos. Si era uno solo el
feudo existente, pasaba en su integridad al primogénito. Pero semejante rigor en
la delimitación de la unidad de servicio, no era posible más que bajo la acción
de una autoridad territorial excepcionalmente poderosa y organizadora. En el
resto de Francia, la teoría consuetudinaria en vano procuraba sustraer el
desmembramiento, al menos a los feudos más considerables, calificados
corrientemente de
baronías; de
hecho, los
herederos se
partían casi
siempre la masa sucesoria por
entero, sin distinguir entre sus elementos. Sólo el homenaje prestado al
primogénito y a sus descendientes por orden de primogenitura preservaba algo de
la antigua indivisibilidad. Finalmente, ésta salvaguardia también acabó por
desaparecer, en condiciones que nos aclaran mucho las últimas transformaciones
de la institución feudal.
Durante mucho tiempo, la heredabilidad, antes de
ser un derecho pasó por un favor. Parecía pues conveniente que el nuevo vasallo
señalase su reconocimiento para con el señor por medio de un regalo, uso que
está atestiguado desde el siglo IX. Pues bien, en esa sociedad fundada en la
costumbre, el destino de todo regalo por poco habitual que fuese, era
convertirse en obligación. Esta práctica se impuso con fuerza de ley porque
encontraba, a su alrededor, precedentes. Desde tiempos muy antiguos, nadie podía
entrar en posesión de una tierra campesina, gravada por censos y servicios
debidos a un señor, sin haber obtenido antes de éste una investidura que, de
ordinario, no era gratuita. Ahora bien, el feudo militar, a pesar de ser una
tenure de un carácter muy particular, venía a insertarse en ese sistema de
derechos reales entrecruzados que caracterizan el mundo medieval. Rescate,
relief, a veces mano muerta, las palabras, en Francia y en otros
países, son semejantes, tanto si la tasa sucesoria pesa sobre los bienes de un
vasallo, de un rústico o, incluso, de un siervo.
El relief (rescate) feudal se distinguía
sin embargo, por sus modalidades. Como, hasta el siglo XIII, la mayor parte de
las rentas análogas era con frecuencia pagada, al menos en parte, en especie.
Pero allí donde el heredero del campesino entregaba, por ejemplo, una cabeza de
ganado, el del vasallo militar debía entregar un arnés de guerra, es
decir, un caballo, armas o ambas cosas juntas. De esta forma, el señor adaptaba
sus exigencias al tipo de servicios
que recaían
sobre la
tierra.*212 En
ocasiones, el
recién investido
no era deudor
más que
de ese arnés, pudiendo
además liberarse,
por
acuerdo común, mediante la entrega de
una suma de dinero equivalente. En otras ocasiones a la guarnición de un caballo
de batalla, se añadía una tasa en numerario. Por ultimo, también podía ocurrir,
que habiendo caído en desuso las otras
prestaciones, el pago se hiciese por completo en dinero. En una palabra, la
variedad era, en el detalle, casi infinita, porque el trabajo de la costumbre
llegó a cristalizar, en cada región, en cada grupo de vasallaje o hasta en modos
caprichosos de abuso. Laicamente las divergencias fundamentales tienen un valor
de síntomas.
Muy pronto, en Alemania, se restringió la
obligación del rescate de forma casi exclusiva a los feudos, de orden inferior,
detentados por oficiales señoriales que, a menudo, eran de origen servil. Sin
duda, ésta fue una de las expresiones de la jerarquización de las clases y de
los bienes, tan característica de la estructura alemana en la Edad Media. Su
repercusiones serían considerables. Cuando hacia el siglo XIII, como
consecuencia de la decadencia de los servicios,
se hizo
casi imposible
obtener soldados
del feudo, el señor alemán no
pudo sacar ya nada de el: falta grave, sobre todo para los Estados, pues los
príncipes y los reyes que dependían naturalmente de los feudos eran los más y
los de mayor fortuna.
Los reinos del Oeste, conocieron un estadio
intermedio, en el que el feudo, reducido a casi nada como fuente de servicios,
continuaba siendo provechoso como fuente de ingresos. En particular, gracias al
rescate, cuya aplicación era en estos países muy general. Los reyes de
Inglaterra, en el siglo XII, sacaron de él enormes sumas Con este título, Felipe
Augusto se hizo ceder en Francia la plaza fuerte de Gien, que le abría un paso
por el Loira. En la masa de los pequeños feudos, la opinión señorial llegó a no
ver nada más digno de interés que estas tasas sucesorias. ¿No se acabó, en el
siglo XIV, en la región parisiense, por admitir oficialmente que la presentación
del roncin (caballo que el vasallo debía al señor) dispensaba al vasallo
de toda otra obligación que no fuese el deber, puramente negativo, de no
perjudicar a su señor? No obstante, a medida que los feudos entraban cada vez
más en los patrimonios se resignaban con más dificultad a no obtener más que
abriendo los cordones de su bolsa
una investidura a la
que parecían
tener todos
los derechos.
Incapaces de imponer la abolición de la carga, con el tiempo consiguieron
que fuese aligerada de manera sensible. Ciertas costumbres no se conservaron más
que para los colaterales, cuya vocación hereditaria parecía menos evidente.
Sobre todo —conforme a un movimiento que se desarrolló, a partir del siglo XII,
de arriba abajo de la sociedad— por pagos variables, cuyo monto estaba
determinado en cada caso por un acto arbitrario, o era consecuencia de espinosas
negociaciones, se tendió a sustituir la regularidad de las tarifas graduadas de
manera inmutable. Todavía subsistía, cuando —según uso frecuente en Francia— se
adoptaba por norma el valor de la renta anual producida por la tierra, como base
de evaluación, que quedaba sustraída de
las fluctuaciones monetarias. Allí donde, por el contrario, las tasas
fueron establecidas de una vez para siempre en numerario el censo se encontró al
fin afectado por esta disminución progresiva que —el más ilustre ejemplo nos lo
ofrece la Carta Magna inglesa—, desde el siglo XII hasta los tiempos
modernos, sería la suerte fatal de todos los créditos fijos.
Mientras tanto, sin embargo, la atención concedida
a estos derechos casuales había modificado por completo las bases del problema
sucesorio. El parage, si bien salvaguardaba los servicios, reducía los
provechos del rescate, que restringía a las mutaciones ocurridas en la rama
primogénita, única ligada directamente al señor del feudo original. Aceptada con
facilidad mientras los servicios contaron más que todo el resto, esta falta de
ganancias pareció insoportable desde que se cesó de valorarlos tanto. Por esto,
reclamada por los
barones de
Francia y
obtenida verosímilmente sin dificultad
de un
soberano que era, al propio
tiempo, el más
grande señor del reino,
la primera ley
que fue promulgada por un rey Capeto, en materia feudal, tuvo
precisamente por objeto, en 1209, la supresión del parage. No es que se
tratase de abolir la fragmentación, ya entrada de manera definitiva en las
costumbres, pero, en adelante, todos los lotes debían depender del señor
primitivo, sin ningún intermediario. En realidad, “el establecimiento” de Felipe
Augusto no parece haber sido observado de manera muy fiel. Una vez más, las
antiguas tradiciones del Derecho familiar se encontraban en conflicto con los
principios feudales: después de imponer el desmembramiento del feudo, trabajaban
ahora para impedir que los efectos de esta fragmentación afectasen a la
solidaridad del linaje. De hecho, el parage desapareció de manera muy
lenta. Respecto a él, el cambio de frente de la opinión de los señores franceses
marca con claridad el momento en que el feudo, antes retribución de la fidelidad
armada, cayó a la categoría de una tenure ante todo rentable.*213
V.
LA FIDELIDAD EN
EL COMERCIO
En tiempos de los primeros carolingios, la idea de
que el vasallo pudiese alinear el feudo a su voluntad, hubiese parecido
doblemente absurda: pues el bien no le pertenecía en absoluto y. por añadidura,
no le estaba confiado más que a cambio de deberes estrictamente personales. Sin
embargo, a medida que la precariedad original de la concesión fue menos sentida,
los vasallos, faltos de dinero o de dádivas, se inclinaron cada vez más a
disponer libremente de lo que
consideraban como suyo. A ello les animaba la Iglesia que, en todos los
terrenos, trabajó tan eficazmente, durante la Edad Media, para derribar las
trabas señoriales y familiares que, con sus viejos derechos, habían ahogado la
posesión individual: las limosnas se hubieran hecho imposibles, el fuego del
infierno que apagaban “como el agua”, habría quemado sin remedio y las
comunidades religiosas habrían corrido el peligro de perecer de inanición, si tantos señores,
que no poseían más que feudos, se hubiesen encontrado impedidos
de separar
algo de
su patrimonio,
en provecho de Dios y de los
santos. En realidad, la enajenación de un feudo revestía, según los casos, dos
aspectos muy diferentes.
Podía ocurrir que afectase sólo a una porción del
bien. Las cargas tradicionales que antes
habían gravado
el conjunto,
se reunían
ahora, de
cierta forma, en
la parte
que continuaba en manos
del vasallo.
Salvo en
las hipótesis, cada
vez más excepcionales, de
una confiscación o de
un desheredamiento,
el señor no
perdía, pues,
nada de
sus utilidades. De todas
formas, podía
temer que el feudo, así
disminuido, no fuese suficiente para mantener a un dependiente capaz de cumplir
sus deberes. En una palabra, la enajenación parcial entraba —con las exenciones
de censos concedidas a los habitantes del campo— bajo la rubrica de lo que el
Derecho francés llamaba abreviación del feudo, o sea, su desvalorización.
Ante ella, como ante la abreviación en general, las costumbres reaccionaron de
forma distinta. Algunas acabaron por autorizarla, pero limitándola.
Otras costumbres persistieron, hasta el fin en
sometería a la aprobación del señor inmediato, o incluso a los diversos
señores en sus respectivos grados. Como es natural, de ordinario, este
consentimiento se compraba y como era una fuente de percepciones lucrativas,
cada vez se concibió menos que se pudiese negar. Una vez más la preocupación
por el provecho se enfrentaba con la preocupación del servicio.
La enajenación integral era más opuesta aún al
espíritu del vínculo. No es que las cargas estuviesen amenazadas de
desaparición, puesto que seguían la tierra; pero el sirviente cambiaba. Era
llevar hasta sus últimas consecuencias
la paradoja que ya resultaba de la herencia. Pues esta lealtad innata, que con
un poco de optimismo se podía prometer por generaciones sucesivas de un mismo
linaje, ¿cómo esperarla de un desconocido, que al vasallaje, de que asumía los
deberes, no tenía otro título que el de haberse en un buen momento, encontrado
con los bolsillos llenos? Este peligro desaparecía si el señor era
obligatoriamente consultado; y lo fue durante mucho tiempo. más precisamente:
primero se hacía restituir el feudo, después, si tal era su voluntad, reinvestía
con él al comprador, a continuación de haber recibido su homenaje. Como es
lógico, casi siempre un acuerdo previo permitía al vendedor o donador no
desprenderse del bien más que después de haber
visto aceptado al reemplazante con el que había tratado. La operación,
así comprendida, se venía produciendo sin duda desde que existieron feudos o
beneficios. Como para la herencia, la etapa decisiva fue salvada cuando el
señor perdió, con respecto a la opinión primero, y después también ante el
Derecho, la facultad de rehusar la nueva investidura.
Pero no
debemos imaginar
una curva
sin interrupciones.
A favor de
la anarquía de los siglos X y XI, los derechos de los señores de
feudos habían caído en el olvido con frecuencia. Sin embargo, fueron de nuevo
puestos en vigor en los siglos siguientes, como consecuencia, a la vez, de los
progresos de la lógica jurídica y de la presión de ciertos Estados interesados
en una buena organización de las relaciones feudales; por ejemplo, en la
Inglaterra de los Plantagenets. Incluso en un punto, esta renovación de los
preceptos antiguos fue casi universal. El hecho de que el señor pudiese oponerse
en absoluto al traspaso de un feudo a una iglesia, se admitía en el siglo
XIII de manera mucho más general y con más firmeza que en el pasado.
El esfuerzo mismo que había realizado la clerecía con el fin de separarse de la sociedad feudal parecía
más que nunca una regla que se fundaba en la ineptitud de los eclesiásticos
para el servicio de las armas. Reyes y príncipes cuidaban
de la observancia
de esta
regla, porque
veían en
ella unas
veces una salvaguardia contra temibles
acaparamientos, y otras,
un medio
de extorsiones
fiscales.
Dejando de lado este caso, el consentimiento
señorial no tardo en sufrir la habitual
degradación, llegando
a legitimar
simplemente el cobro
de una
tasa de mutación. Todavía le
quedaba al señor otro recurso: guardar para sí mismo el feudo en trámite,
indemnizando al comprador. De esta forma, el debilitamiento de la supremacía
señorial se traducía exactamente por la misma institución
que la decadencia del linaje: paralelismo tanto más notable cuanto que
allí donde el retracto familiar faltó, como en Inglaterra, tampoco
existía el retracto feudal. Nada, por otra parte, mejor que este último
privilegio reconocido a los señores,
manifiesta hasta
qué punto
el feudo
estaba sólidamente anclado en
el patrimonio del vasallo: puesto que para recuperar lo que, según ley,
le pertenecía, le era necesario entregar el mismo precio que otro comprador. De
hecho, al menos desde el siglo XII, los feudos se vendían o se cedían casi con completa
libertad. La fidelidad entró en el comercio, y no precisamente para
ser reforzada.
CAPITULO
V
EL
HOMBRE DE
VARIOS SEÑORES
I.PLURALIDAD
DE
LOS HOMENAJES
“Un samurai no tiene dos señores”, en esta máxima
del antiguo Japón, que en 1912 invocaba aún el mariscal Nogi para rehusar el
sobrevivir después de la muerte de su emperador, se expresa la inevitable ley de
todo sistema de fidelidades
vigorosamente concebido. Sin duda,
ésta fue
la bien
asentada regla del vasallaje
franco en sus principios.
Las Capitulares carolingias no la formulan
de manera expresa, porque probablemente se la consideraba una cosa natural;
todas sus disposiciones la postulan. El encomendado podía cambiar de
señor, si el personaje al que en principio había entregado su fe consentía en
devolvérsela. Entregarse a un segundo señor, continuando hombre del primero,
estaba estrictamente prohibido con regularidad, se ve en las reparticiones del
Imperio tomar las medidas necesarias para evitar toda confusión de vasallaje. El
recuerdo de este primitivo rigor se conservó durante mucho tiempo. Hacia 1160,
un monje de Reichenau, habiendo puesto por escrito el reglamento del servicio de
hueste, tal como los emperadores de su tiempo lo exigían para sus expediciones
romanas, imaginó al colocar apócrifamente este texto bajo el nombre venerable de
Carlomagno. “Si por azar”, dice, con palabras que sin duda juzgaba confome al
espíritu de las costumbres antiguas, “ocurre que un mismo caballero se haya
vinculado a varios señores en razón de beneficios diferentes, y que
Dios no lo quiera”.*214
Sin embargo, en esta fecha ya hacía tiempo que se
veía a los miembros de la clase caballeresca construirse en vasallos al mismo
tiempo de dos o varios señores. El más antiguo ejemplo que hasta ahora Se ha
señalado es de 895 y procede de Tours.*215
Los casos
se hacen
más y
más frecuentes en los
siglos sucesivos, hasta el
punto que un poeta bávaro, en el siglo XI, y un jurista lombardo,
en el XII, consideran
expresamente esta situación
como normal.
Las cifras alcanzadas por estos homenajes sucesivos eran a veces muy
elevadas.
En los últimos años del siglo XIII, un barón
alemán se reconocía hombre de feudo de veinte señores distintos, y, otro, de
cuarenta y tres.*216
Que semejante pluralidad de sumisiones era la
misma negación de esa devoción del ser por entero, del que el contrato de
vasallaje, en su frescor primitivo, había exigido la promesa hacia un jefe
libremente escogido, los más reflexivos entre los contemporáneos lo tuvieron
presente tanto como nosotros. De tiempo en tiempo, un jurista, un cronista,
incluso un rey, como San Luis, recuerdan melancólicamente a los vasallos las
palabras de Cristo: “nadie puede servir a dos amos”. Hacia fines del siglo XI,
un buen canonista, el obispo Ivo de
Chartres, estimaba deber desligar a un caballero del juramento de fidelidad,
según todas las apariencias de vasallaje, que había prestado a Guillermo el
Conquistador, pues, decía el prelado, “semejantes promesas son contrarias a
las que este hombre anteriormente ha contraído con los señores legítimos, por
derecho de nacimiento, y de los cuales recibió antes sus beneficios
hereditarios”. Lo sorprendente es que esta notable desviación se produjese tan
pronto y con tanta amplitud.
Los historiadores hacen responsable
de ello a la costumbre que muy pronto se tomó de remunerar a los vasallos
mediante feudos. En efecto, no se puede poner en duda que el aliciente de buenas
guerras no llevase a más de un guerrero a multiplicar las prestaciones de
homenajes. En la época de Hugo Capeto vemos a un vasallo directo del rey negarse
a ayudar a un conde, antes de que éste no le acepte, con las manos juntas, como
hombres suyo. “A causa”, dice, “de que no es costumbre entre los francos
combatir más que en presencia o bajo las órdenes de su señor”. El pretexto era
bueno, pero la realidad lo era menos, pues sabemos que una aldea de ille-de-France
fue el precio de esta nueva fidelidad.*217 Con todo, queda por
explicar por qué los señores acogieron con tanta facilidad, o incluso
solicitaron, estas mitades, tercios o cuartos de consagración y por qué los
vasallos pudieron, sin escándalo, ofrecer tantas promesas contradictorias.
¿Habrá que invocar, con más precisión, en lugar de la institución de la
tenure militar en sí misma, la evolución que de la antigua concesión
personal, hizo un bien patrimonial y un objeto de comercio? Seguramente, el
caballero que, habiendo prestado su
fe a un primer señor, se encontraba, por herencia o por compra, en
posesión de un feudo colocado bajo la dependencia de otro señor, difícilmente
puede imaginarse que. por lo general, no haya preferido plegarse a una nueva
sumisión, antes de renunciar a este feliz acrecentamiento de su fortuna.
Pero, guardémonos de obtener conclusiones
apresuradas. El doble homenaje no fue, en el tiempo, consecuencia de la
herencia, por el contrario, sus ejemplos más antiguos aparecen como
contemporáneos de ésta, en el momento en que se estaba abriendo camino. Y,
lógicamente, no era su consecuencia.
El Japón,
que nunca
conoció, salvo
a título
de
abuso excepcional, las fidelidades
múltiples, tuvo sus feudos hereditarios, e incluso, enajenables. Pero, como cada
vasallo no los tenía más que de un solo señor, su paso de
generación en generación
llevaba simplemente
a fijar
la vinculación de un linaje de
siervos en un linaje de jefes. En cuanto a su cesión, no estaba permitida más
que en el interior del grupo de fieles, centrados alrededor de un señor
común. Reglas simples, la segunda de las cuales fue con frecuencia impuesta, por
nuestra Edad Media, a dependientes de un grado inferior: los terratenientes de
los señoríos rurales. No hubiese sido inconcebible sacar de ella la ley tutelar
del vasallaje, pero de todas maneras, nadie parece haberse dado cuenta de ello.
En realidad, destinado a convertirse, sin disputa en uno
de los principales disolventes de
la sociedad de vasallaje, la abundancia de los homenajes de un solo hombre a varios
señores, no fue en sí misma, originalmente, más que un síntoma, entre otros, de
la debilidad casi congénita que, por razones que examinaremos, sufría un vínculo
presentado, sin embargo, como tan estrecho.
En todo tiempo, esta diversidad de lazos era
molesta. En los momentos de crisis, el dilema se planteaba con demasiada
evidencia para que la doctrina y las costumbres pudiesen excusarse de buscarle
respuesta. ¿En que bando debía colocarse el buen vasallo cuando dos de sus
señores se hacían la guerra? Abstenerse, hubiera sido simplemente doblar la
felonía. Era necesario escoger. ¿Pero cómo? Se fue elaborando una casuística que
no es monopolio de las obras de los juristas. Se la ve, también, expresarse,
bajo forma de estipulaciones
cuidadosamente calculadas, en
los documentos
que, a
partir del momento en que la
letra escrita reivindica sus derechos, acompañaron a los juramentos de fe cada
vez con más frecuencia. La opinión parece haber oscilado entre tres principales
criterios. En primer lugar, se podía clasificar los homenajes por orden de
hechos: el más antiguo aventajaba al más reciente; a menudo, en la misma
fórmula en la que se reconocía hombre de un nuevo señor, el vasallo reservaba de
manera expresa la fidelidad anteriormente prometida a otro señor. Sin embargo,
otra idea se ofrecía, que, en su ingenuidad, lanza una luz muy cruda sobre el
tono de tantas protestas de afecto: el más respetable de los señores era el que
‘había dado el feudo más rico’. Ya en 895, en una situación ligeramente
diferente se oyó responder al conde de
Mans, al
que los
canónigos de
Saint-Martín rogaban
llamase al
orden a uno de sus vasallos, que este hombre era “mucho más” el vasallo
del conde- abad Roberto, “puesto que tenia de este último un beneficio más
importante”. Esta era, todavía a fines del siglo XI, la regla seguida, en caso
de conflicto de homenajes, por el tribunal condal de Cataluña.*218
Por último, llevando al otro extremo
el nudo
del debate,
se tomó
por piedra
de toque
la propia
razón de
ser de la lucha: frente al señor entrado en liza para defender su propia
causa, la obligación parecía más imperiosa que con aquel que se limitaba a
socorrer a “sus amigos”.
Además, ninguna de estas soluciones agotaba el
problema. El que un hombre tuviese que combatir a su señor era ya bien grave.
¿Podía, para colmo, emplear con este fin los recursos de los feudos que le
fueron confiados con una finalidad tan
distinta? Se obvió la dificultad autorizando al señor a
confiscar provisionalmente, hasta el
momento de
la paz, los
bienes
antes infeudados al vasallo, ahora
legítimamente infiel. O bien, de forma más paradójica, se admitió que obligado
a servir con su persona a aquel de los dos enemigos al cual iba ante todo su fe,
debía no menos, en las tierras que tenia del otro contendiente reunir tropas
integradas, especialmente, con sus propios feudatarios, si los tenia, con el fin
de ponerlas al servicio de este señor de segundo grado. Así, por una especie de
prolongación del abuso primitivo, el hombre de dos jefes corría el peligro, a su
vez, de enfrentarse en el campo de batalla con sus propios sometidos.
En la práctica, estas sutilezas, complicadas aun
por los frecuentes esfuerzos para conciliar los diversos sistemas, no tenían
otro resultado que abandonar a la arbitrariedad del vasallo una decisión largo
tiempo evitada. Cuando, en 1184,
estalló la guerra entre los condes de Henao y de Flandes, el señor de Avesnes,
vasallo de los dos barones al mismo tiempo, comenzó solicitando,
del tribunal, del primero, un juicio que fijase prudentemente sus
obligaciones. Después de
lo cual,
se entrego
con todas
sus fuerzas
al partido
flamenco.
¿Una
fidelidad tan
indecisa, era
todavía una
auténtica
fidelidad?
II.
GRANDEZA
Y DECADENCIA
DEL HOMENAJE
LIGIO
No obstante en esta sociedad, que ni en el Estado
ni en la familia encontraba cimientos suficientes, la necesidad de unir con
solidez los subordinados al jefe era tan viva que, habiendo fallado en su misión
el homenaje ordinario, se intentó crear, por encima de él, una especie de
súper-homenaje, al que se llamo ligio.
A pesar de algunas dificultades fonéticas,
comunes, durante la Edad Media, a la
historia de
muchos vocablos
jurídicos —probablemente,
a causa
del trasiego que las hacia
pasar de la lengua culta a la vulgar, o viceversa—, no se puede poner en duda
que este famoso adjetivo derivaba de una palabra franca, que tiene su
correspondiente en alemán moderno: ledig, libre, puro. Este paralelismo
ya fue advertido por los amanuenses renanos, que, en el
siglo XIII, transponían
ledichman por “hombre ligio”. Dejando de lado este secundario problema de
los orígenes, es evidente que el sentido del epíteto, tal como lo empleaba el
francés medieval, no tiene nada de oscuro. Los notarios del Rin acertaban otra
vez cuando lo traducían al latín por absolutus, Aun hoy,
absoluto sería
su traducción
menos inexacta.
De la
residencia a la
que estaban obligados ciertos
eclesiásticos, en sus iglesias, se decía, por ejemplo, que
tenía que ser “personal y ligia”. Con más frecuencia, era el ejercicio
de un derecho el
que se
calificaba así.
En el
mercado de
Auxerre, el
peso, monopolio condal, era
“ligio del
conde”. Librada por la
muerte de
toda autoridad marital, la viuda, extendía su “ligia viudedad” sobre sus
propios bienes. En el Henao, la reserva explotada directamente por el señor,
constituía, por oposición a las tenures de los vasallos, sus “tierras
ligias”. Al repartirse dos monasterios de
ille-de-France un señorío, hasta entonces indiviso, cada mitad pasaba a
la ligiedad del que en adelante será su único posesor. No se hacía
diferencia cuando este poder exclusivo pesaba, no sobre las cosas, sino sobre
los hombres. Sin otro superior canónico que su arzobispo, el abad de Morigny se
delataba “ligio de monseñor de Sens”. En muchas regiones, el siervo, atado a su amo por
los vínculos
más rigurosos que se
puedan imaginar,
era denominado
su “hombre ligio”
(en Alemania,
se empleaba
algunas veces, en la misma
acepción, ledig).*219
Cuando, entre
los homenajes de un
mismo vasallo
a varios señores, se quería distinguir uno cuya originalidad tenía que
ser una fidelidad lo bastante absoluta para pasar delante de todas las
demás promesas, se acostumbró hablar de “homenajes ligios”, de “señores ligios”
y también, con ese admirable menosprecio de lo equívoco que ya hemos encontrado,
de “hombres ligios”, no siervos, sino vasallos.
En el origen de la evolución se sitúan
obligaciones todavía desprovistas de terminología específica: el señor, al
recibir el homenaje del vasallo le hacía simplemente jurar que preferiría la fe
contraída a todo otro deber. Pero, a excepción de algunas regiones donde el
vocabulario relacionado con ligio no penetró hasta muy tarde, esta fase
de anónima génesis se pierde a nuestros ojos
en la neblina de los tiempos:
en los que, aun las promesas más sagradas, no acostumbran tomar la forma
escrita. Pues, en un vasto ámbito, la entrada
en escena del nombre ligio, como la de la cosa, siguió de muy cerca la
generalización de las fidelidades múltiples. Se ve a los homenajes así
calificados surgir, al azar de los textos, en el Anjou, en 1046, aproximada-
mente, apenas más tarde en el Namurois, después, a partir de la segunda mitad
del siglo, en Normandía, en Picardía y en el condado de Borgoña. En 1095, su
práctica ya estaba lo bastante extendida para llamar la atención del Concilio de
Clermont. Hacia la misma época, bajo otra etiqueta, hablan hecho su aparición en
el condado de Barcelona: en lugar de hombre ligio, los catalanes decían,
en pura lengua románica, “hombre sólido” (soliu). Desde fines del siglo
XII, la institución había alcanzado casi todo el ámbito en que el era
posible enraizarse, al
menos en
la medida
en que
la palabra ligio
respondió a una realidad viva. más tarde, habiéndose debilitado su
sentido primero, su empleo se convirtió en las cancillerías casi en un asunto de
moda. Su repartición geográfica, de
acuerdo con la documentación
anterior a 1250. y por indecisos que, ante la ausencia de conclusiones
sistemáticas, permanezcan los
contornos, nos ofrece una lección bastante clara. Junto con Cataluña — especie
de marca colonial fuertemente feudalizada—, la Galia, entre el Mosa y el Loira,
y Borgoña fueron la verdadera patria del nuevo homenaje. Desde allí, emigró
hacía los feudalismos de importación;
Inglaterra, Italia normanda. Siria. Alrededor de su primitivo hogar, su uso se
propago hacia el Mediodía, hasta el Languedoc, de manera bastante esporádica,
según parece; y hacia el Nordeste, hasta el valle del Rin. Ni en la Alemania
transrenana, ni en la Italia del Norte, donde el Libro de los feudos
lombardo se atiene a la clasificación
por fechas, no lo conocieron nunca con toda su fuerza. Esta segunda oleada
de vasallaje —oleada de refuerzo, se podría decir— surgió de las mismas
comarcas que la primera, pero no llegó tan lejos como ella.
“Cualquiera que sea el número de señores que
reconozca un hombre, — dice, hacia 1115, una colección de costumbres
anglonormanda—, se debe principalmente
a aquel del “hombre ligio”.
Y, más abajo:
“se debe guardar la fe hacía todos los señores,
salvaguardando siempre la del señor
precedente. Sin embargo, la fe más fuerte corresponde a aquel del que se es
hombre ligio”.
Del
mismo modo
se expresan, en Cataluña,
los Usatges
del tribunal
condal:
“Quien es hombre soliu de su señor, debe
servirle bien, según su poder y según convenga;
y el señor debe contar con el contra
todos, y
nadie debe disponer contra el
señor”.*220
El homenaje
ligio, pues,
supera a todos los demás,
sin distinción de fechas.
Se le sitúa fuera de toda categoría, aunque, en realidad, este puro
vínculo renovaba, en toda su integridad, la primitiva relación humana.
Cuando el vasallo moría a mano airada correspondía al “señor ligio”, recoger si
había lugar, el precio de la sangre. Cuando se trata de percibir el diezmo de la
Cruzada bajo Felipe Augusto, se encarga a cada señor que perciba la parte debida por los
feudos que
de él dependen;
el señor
ligio cobra
la tasa
sobre los muebles, que durante
la Edad Media se consideraron siempre como particularmente agregados a la
persona. En el inteligente análisis que el canonista Guillermo Durand, poco
después de la muerte de San Luis, dio de las relaciones de vasallaje, resaltó, con razón este carácter
“principalmente personal” del
homenaje ligio.
No se
podría expresar
mejor el
retorno a
la fuente viva de la encomienda franca.
Pero, precisamente porque el homenaje ligio no era
más que la restauración del homenaje primitivo, no podía dejar de ser afectado,
a su vez por las mismas causas de
decadencia. Esta se encontraba facilitada porque nada,
sino una frágil convención por palabras o por escrito, lo distinguía de
los homenajes simples, de los que reproducía, sin modificaciones, los ritos. Tal
como si, después del siglo IX, la facultad de inventar un simbolismo nuevo se
hubiese agotado.
Muchos hombres ligios, desde el
primer momento, recibieron la investidura de tierras, de poderes de mando y de
castillos. ¿Como, en efecto,
privar de
esta recompensa o de
estos instrumentos
ordinarios del poder a los
seguidores sobre cuya fidelidad se reposaba? La intervención del feudo llevo
consigo, también en este terreno, sus consecuencias habituales: el subordinado
alejado de su jefe; las cargas, poco a poco, separadas de la persona para
ligarlas a la tierra, hasta llegarse a hablar de “feudo ligio”; la heredabilidad
de la calidad de ligio y, lo que es peor, su transformación en objeto de
comercio. La acumulación de sumisiones, verdadera lepra de vasallaje, ejerció
asimismo sus estragos; y, sin embargo, la condición de ligio se creó para
combatirla. Pero, desde los últimos años del siglo XI, los “Usatges”
barceloneses preveían una inquietante excepción. “Ninguno”, dicen, debe hacerse
soliu más que de un solo señor, a menos que se lo consienta aquel del
que primeramente se ha hecho “soliu”.*221 Poco más de un
siglo después, la etapa se había franqueado casi en todas partes. En adelante
era frecuente que un solo hombre reconociese dos o varios señores ligios.
Las promesas así calificadas continuaban pasando delante de las demás. Pero,
entre ellas, era forzoso graduar las obligaciones por medio de los mismos
reactivos, deplorablemente inciertos, que
ya habían
servido para
clasificar los homenajes simples.
Al menos en teoría. En la práctica, se abría de nuevo la puerta a una felonía
casi necesaria. En resumen se llegó a crear dos categorías de vasallaje: nada
más.
Así, esta propia jerarquización no tardó en
convertirse en un vano arcaísmo, pues el homenaje ligio tendió, con
rapidez, a convertirse en el nombre normal de casi todo homenaje. Se había
imaginado dos modalidades del vinculo de vasallaje: una más fuerte, y, otra, más
débil. ¿Qué señor era lo bastante modesto para contentarse con la segunda?
Hacia 1260, de cuarenta y ocho vasallos del conde de Forez, en el Roannais, sólo
cuatro prestaban el homenaje simple. En su carácter de excepcional, la relación
habría podido conservar alguna eficacia, pero vulgarizada, perdió todo su
contenido específico. Nada más significativo que
el caso de los Capetos. Persuadiendo a los grandes señores del
reino de que se reconocieran sus hombres ligios, no hicieron otra cosa
que obtener de estos jefes territoriales, cuya situación era incompatible con la
entrega total territoriales, cuya situación era incompatible con la entrega
total del seguidor armado, una demasiado fácil aquiescencia a una formula
inevitablemente vacía. Era renovar, en segundo grado, la ilusión de los
carolingios, creyendo fundar sobre el simple homenaje la fidelidad de sus
agentes.
En dos feudalismos de importancia, sin embargo, el
Estado anglo-normando, después de la conquista, y el reino de Jerusalén, la
evolución fue desviada por la acción de monarquías mejor armadas. Estimando que
la única fe ligia, es decir preferible a
ninguna otra, era la que se
les debía, los reyes trabajaron, no
sin éxito, en un principio, en atribuirse el monopolio de recibir los homenajes
así calificados. Pero con ello no entendían limitar su autoridad a sus propios
vasallos. Cualquiera que fuese su súbdito, aunque no tuviese su tierra
directamente de
la Corona,
les debía
obediencia. Lentamente, en
estos países, se fue, pues,
imponiendo la costumbre de reservar el calificativo ligio a la fidelidad,
muchas veces confirmada por un juramento, para con el soberano, que se exigía de
la totalidad de los hombres libres, fuese cual fuese su sitio en la jerarquía
feudal. De esta forma, la noción de este vínculo absoluto no conservaba
algo de su valor original más que allí
donde se separó del sistema de ritos de vasallaje, para contribuir, como
acto de sumisión sui generis del Derecho público, al reagrupamiento de
las fuerzas en el marco del Estado. Frente al viejo vinculo personal, afectado
de fatal decadencia, la ineficacia del remedio era patente.
CAPITULO VI
VASALLO
Y SEÑOR
I.AYUDA
Y
PROTECCIÓN
Servir,
o, como también se decía, ayudar y proteger;
con estas sencillas palabras de los más antiguos textos resumían las
obligaciones recíprocas del fiel armado y de su jefe. El vínculo jamás fue
sentido como más poderoso que en el tiempo en que los efectos se expresaban así
de la forma más vaga y, como consecuencia, más comprensible. ¿Definir, no es
siempre limitar? Era fatal, sin embargo, que se sintiese, de manera creciente,
la necesidad de precisar las consecuencias jurídicas
del contrato
de homenaje; en
particular en cuanto a las cargas del subordinado. Una vez salido el
vasallaje del humilde círculo de la lealtad doméstica, ningún vasallo hubiese
creído compatible con su dignidad que se le dijese sencillamente, como en los
primeros tiempos, que estaba obligado “a servir al señor en todas las tareas que
le sean ordenadas”.*222 Además, no era posible continuar esperando el
concurso inmediato del personal que, en adelante, establecido en su gran mayoría
en sus feudos, vivían lejos del señor.
En el trabajo de fijación, que se operó
lentamente, los juristas profesionales no tuvieron más que un papel tardío y,
en suma, mediocremente eficaz. Ciertamente, vimos en los años cercanos al 1020,
al obispo Fulberto de Chartres, formado en los métodos de la reflexión jurídica
por el Derecho canónico, ensayando un análisis del homenaje y de sus efectos.
Pero, aunque interesante como síntoma de la penetración del Derecho culto en un
terreno que hasta entonces le había sido extraño, esta tentativa consiguió
elevarse poco por encima de una escolástica bastante vacía. La acción decisiva,
en todas partes, correspondió a la costumbre, alimentada por los precedentes y
cristalizada de
manera progresiva
por la
jurisprudencia de
tribunales de
los que formaban parte muchos
vasallos. Después se tomó la costumbre, cada vez
con más frecuencia, de hacer pasar estas estipulaciones, antes puramente
tradicionales, al propio acuerdo. El juramento de fe, que se podía alargar a
voluntad, se prestaba a su minucia mejor que las pocas palabras con que se
acompañaba el homenaje. De esta forma, la sumisión del hombre fue reemplazada
por un contrato prudentemente detallado. Por un exceso de precaución,
que nos dice mucho sobre la debilitación del vínculo, el vasallo, de
ordinario, no prometió sólo ayudar, sino que también se comprometió a no
perjudicar. En
Flandes, desde
principios del
siglo XII,
estas cláusulas negativas revestían suficiente importancia para dar lugar a un
acto aparte: la seguridad que, jurada después de la fe, autorizaba al
señor, en caso de incumplimiento, al
embargo de determinadas prendas. Como es natural, durante mucho
tiempo, las obligaciones positivas continuaron siendo las más
importantes.
Por definición, el deber
primordial era la ayuda de guerra.
El hombre de boca y de mano debe, en principio y ante todo servir en
persona, a caballo y con su arnés completo. Sin embargo, raramente comparece
solo. Además de sus propios vasallos, si los posee, que se agruparán bajo su
bandera, su comodidad, su prestigio y la costumbre le obligan a hacerse seguir
por uno o dos escuderos como mínimo. Por el contrario, en su contingente, por lo
general, no se incluyen soldados a pie. Su papel, en el combate, se juzga
demasiado mediocre, y la dificultad de alimentar masas humanas
relativamente considerables es demasiado grande para que el jefe de un
ejército desee otra cosa que la chusma campesina, proporcionada por sus propias
tierras o las de las iglesias, de las que, oficialmente, se ha constituido en
protector. Con frecuencia, el vasallo es asimismo obligado a tener guarnición en
el castillo señorial, ya durante las hostilidades sólo, ya —pues una fortaleza
no puede quedar sin guardia— en todo tiempo,
por turno con sus iguales. Cuando el mismo posee una casa fuerte, deberá
abrirla a su señor.
Poco a poco, las diferencias de rango y de poder,
la formación de tradiciones necesariamente divergentes los acuerdos
particulares, e incluso, los abusos transformados en derechos introdujeron en
estas obligaciones innumerables variantes. A fin de cuentas, esto fue casi
siempre para aliviar su peso.
Un grave problema nacía de la jerarquización de
los homenajes. Al propio tiempo súbdito y señor, más de un vasallo disponía, a
su vez, de vasallos. El deber, que le
mandaba ayudar
a su
señor con
todas sus
fuerzas, parece
que le debía obligar a
presentarse en la hueste señorial rodeado por todos sus dependientes. La
costumbre, no obstante, le autorizó muy pronto a no llevar consigo más que una
cantidad de servidores fijada una vez por todas y muy inferior al número de los
que él podía utilizar en sus propias guerras. He aquí, por ejemplo, hacia fines
del siglo XI, al obispo de Bayeux. más de un centenar de caballeros le deben
servicio de armas, pero sólo está obligado a proporcionar veinte al duque, su
señor inmediato. más todavía: si es en
nombre del rey, del que Normandía es un feudo, que el duque reclama el
socorro del prelado, la cifra, en este grado superior, se reduce a diez. Esta
progresiva reducción, hacia arriba, de la obligación militar —contra la que la
monarquía de los Plantagenets se esforzó, sin éxito, en luchar durante el siglo
XII— fue, sin duda, una de las principales causas de la ineficacia final del
sistema de vasallaje, como medio de defensa o de conquista en manos de los
poderes públicos.*223
Los vasallos, grandes y pequeños, aspiraban ante
todo a no ser retenidos en el servicio
de manera indefinida. Para limitar la duración de éste, ni las tradiciones del
Estado carolingio, ni los usos primitivos del vasallaje ofrecían precedentes
directos: el vasallo,
como el
guerrero doméstico,
quedaba bajo
las armas tanto tiempo como su presencia parecía necesaria al rey, o al
jefe. Por el contrario, los viejos
derechos germánicos usaron con amplitud de una especie de plazo tipo, fijado en
cuarenta días o, como se decía más antiguamente, cuarenta noches. No sólo
regulaba múltiples actos de procedimiento. La
legislación militar franca lo
adoptó como límite del tiempo de
reposo a que tenían derecho los llamados a las armas entre dos convocatorias. Esta cifra tradicional, que acudía naturalmente al
espíritu, proporcionó, desde fines del siglo XI, la norma ordinaria de la
obligación impuesta a los vasallos. Una vez transcurrido el plazo, eran libres
de volver a sus casas, lo más a menudo para el resto del año. Con frecuencia,
se les veía quedarse en
la hueste;
algunas costumbres, incluso, buscaban
hacer de
esta prolongación un deber.
Pero, entonces, debían ser pagados por el señor. El feudo, antaño salario del
satélite armado, había dejado de cumplir su primera misión hasta tal punto,
que era preciso suplirla con otra remuneración.
El
señor no
se limitaba
a llamar
a sus
vasallos sólo
para el
combate. En
tiempo de paz, formaban su corte, que en fechas más o menos
regulares, coincidiendo de ordinario con las principales fiestas litúrgicas
convocaba con gran pompa: era al mismo tiempo tribunal, consejo que la moral
política de la época imponía al señor en todas las circunstancias graves, así
como también servicio de honor.
Aparecer a los ojos de todos rodeado de gran
número de dependientes; obtener de estos, que,
a veces,
eran de
rango elevado,
el cumplimiento
público de aquellos gestos
de deferencia
—oficios de
escudero, de
copero, de
servidor en la mesa— a los que una época sensible a las cosas vistas
concedía un alto valor de símbolo: ¿podía existir, para un jefe, manifestación
más ostentosa de su prestigio, ni medio más delicioso de tener conciencia de
ello?
Los poemas épicos, que son uno de sus elementos
familiares, han exagerado ingenuamente el esplendor de estas cortes “plenarias
maravillosas y amplias”. Incluso aquellas en las que los reyes figuraban con la
corona en la cabeza, según los ritos, nos aparecen pintadas con colores
demasiado lisonjeros. Y, con más razón, si lo que se evoca son las modestas
asambleas alrededor de los señores de mediana categoría. Pero los textos más
serios no nos permiten dudar sobre el hecho de que en estas reuniones se
trataban muy variados asuntos; que, en ellas, el señor, por la costumbre y por
el interés, distribuía a sus hombres los
regalos de caballos, de armas
y de vestidos que eran a la vez la
prenda de su fidelidad y el signo de su subordinación; y, por último, que la
presencia de los vasallos —cada uno, como prescribía el abad de Saint- Riquier,
“cuidadosamente adornado, según su poder”— no dejó nunca de ser exigida con
exactitud.
El conde debe, según dicen los Usatges de
Barcelona, cuando tiene reunida su
corte, “administrar justicia...; ayudar a los oprimidos...; y a la hora de las
comidas, hacerlas anunciar a son de cuerno, para que, nobles y no nobles, acudan
a tomar parte; repartir vestiduras entre los magnates y séquito; regular la
hueste, para llevar la devastación a tierras de España, y crear nuevos
caballeros”.
En un grado más
bajo de la jerarquía social,
un modesto caballero de Picardía, declarándose, en 1210, hombre ligio del vidame
de Amiens, le prometía al mismo tiempo la ayuda de guerra durante seis semanas y
“venir, cuando me
sea pedido,
a la
fiesta que hará el
dicho vidame,
para quedarme
en ella durante ocho días con mi mujer y a mis costas”.*224
Este último ejemplo muestra, con muchos otros,
cómo, al mismo titulo que el servicio de hueste, el servicio de corte fue poco a
poco reglamentado y limitado. No quiere decir esto que la actitud de los grupos
de vasallos frente a las dos obligaciones fuese
semejante en
todos los
aspectos. La
hueste no
era más que una carga. En
cambio, la asistencia a la corte comportaba algunas ventajas: prodigalidades
señoriales, comilonas gratuitas y, también, participación
en los poderes de mando. Por
ello, los vasallos no la rehuyen.
Hasta el fin de la era feudal, estas asambleas, equilibrando en parte el
alejamiento nacido de la práctica del feudo, trabajaron para mantener entre el
señor y sus hombres el contacto
personal, sin el cual se hace difícil el mantenimiento de cualquier vínculo
humano.
La fe imponía al vasallo ayudar a su señor
en todas las cosas. Desde luego, con su espada y con su consejo; a lo que más
tarde se añadió: con la bolsa también. Ninguna institución mejor que esta del
apoyo pecuniario revela la unidad profunda del sistema de dependencias sobre el
que estaba construida la sociedad feudal Todos los que obedecen —siervo,
terrateniente, llamado libre, de un señorío; súbdito real, vasallo, en
fin deben socorrer a su jefe o señor en sus necesidades. Pues bien, ¿existe otra
mayor que la falta de dinero? Los nombres de la contribución que el señor, en
caso de necesidad, estaba autorizado a pedir a sus hombres, fueron semejantes, a
lo menos en el Derecho feudal francés, en toda la gradación social. Se decía
simplemente ayuda o
también talla,
expresión sacada del
verbo tallar,
literalmente, tomarle
a uno un
trozo de
su sustancia,
y, como consecuencia,
tasarla.*225
Naturalmente a pesar de
esta similitud
en principio,
la historia
de la
obligación siguió, según
los medios sociales a los que se aplicaba, unas líneas muy diferentes.
Por el momento, sólo nos interesa la talla de los vasallos.
En sus principios, se entrevé una simple práctica
de regalos, excepcionales y más o menos benévolos. Ni Alemania, ni la Italia
lombarda parecen haber pasado de este estadio: un pasaje significativo del “Espejo
de los Sajones” pone aún
en escena
al vasallo
“cuando entrega
al señor
sus regalos”. En
estos países, la relación de vasallaje no tenia suficiente fuerza para
que, una vez cumplidos los servicios primordiales, el señor deseoso de un
socorro suplementario pudiese sustituir una simple demanda por una orden. En el
ámbito francés, la cosa ocurrió de otra forma. Allí desde los últimos años del
siglo XI
o los primeros del XII —es decir, en el
mismo momento en que, en otro plano social, se extendió igualmente la talla
de los humildes, en que la circulación monetaria se hacía en todas partes
más intensa y, por consiguiente, más urgentes las necesidades de los jefes y menos
estrechas las posibilidades de los
contribuyentes—, el trabajo de la costumbre llegó, a la vez, a hacer
obligatorios los pagos y, por compensación, a fijar las fechas en que se tenían
que hacer. Así, en 1111, en un feudo angevino ya pesaban
“las cuatro tallas derechas: por el rescate del
señor, si es hecho prisionero; para cuando su hijo mayor sea armado caballero;
para cuando su hija mayor contraiga matrimonio; y para cuando el mismo
tenga que hacer una compra [de tierra]”.*226
Este último caso, de aplicación demasiado
arbitraria, desapareció rápidamente
de la mayor parte de las costumbres. En cambio, las tres primeras fueron
reconocidas casi en todas partes. A veces, se sumaron otras: en particular, la
ayuda para ‘la Cruzada’ o, también, la que el señor cobraba cuando sus
superiores lo tallaban a él mismo. De esta forma, el elemento dinero, que
ya hemos visto bajo la forma de rescate, se introducía poco a poco, entre las
viejas relaciones hechas de fidelidad en los hechos.
Todavía debía introducirse por otro camino.
Forzosamente, el servicio de guerra dejaba por momentos de ser cumplido.
Entonces, el señor reclamaba una multa o indemnización; en ocasiones, el vasallo
ya la ofrecía por adelantado. Se la llamaba servicio, conforme a la
costumbre de las lenguas medievales, que al pago de una compensación atribuían
el mismo nombre que a la obligación que con el se saldaba; en Francia, también
se le llamaba “talla de la hueste”. En realidad, la práctica de estas dispensas
por medio de dinero no tomó gran
extensión más
que
en dos
categorías de feudos:
los que
cayeron en manos de comunidades religiosas, ineptas para llevar las
armas, y los que dependían de las grandes monarquías, hábiles en aprovechar en
beneficio de su hacienda incluso las insuficiencias del sistema de reclutamiento
de los vasallos. Para la generalidad de las tenures feudales, a partir
del siglo XIII, el deber militar se hizo simplemente cada vez menos apremiante,
sin tasa de sustitución. Hasta las ayudas pecuniarias acabaron muchas veces por
caer en desuso. El feudo dejó de procurar buenos servidores, sin conseguir, por
ello, mantenerse durante mucho tiempo como provechosa fuente de rentas.
De ordinario, la costumbre no imponía al señor
ninguna promesa, verbal o escrita, que respondiese por el juramento del vasallo.
Estas, promesas del superior no aparecieron hasta época tardía y fueron siempre
excepcionales. Falta, pues, la ocasión de definir las obligaciones del jefe con
tanto detalle como las del subordinado.
De todas forman el deber de
protección se prestaba menos que el
de servicios
a semejantes
precisiones. El hombre
será defendido por su señor
“contra toda criatura que viva o que muera”. Sobre todo, en su integridad
física: también
en sus bienes y, más particularmente, en sus feudos. De protector además convertido, como veremos, en
juez, se espera de él buena y pronta justicia. Añádanse las ventajas,
imponderables y, sin embargo, preciosas, que, en una sociedad tan anárquica,
auguraba, el patronato de un poderoso. Todo esto esta lejos de pasar por
desdeñable; pero es indiscutible que, a fin de cuentas, el vasallo debía más de
lo que recibía. Primitivamente, como retribución del servicio, el feudo había
restablecido el equilibrio. A medida
que, transformado en la práctica en bien patrimonial, su función primitiva cayó
en el olvido, la desigualdad de las cargas pareció más evidente; y más vivo,
por consiguiente, fue el deseo de limitar su carga entre aquellos a los que
perjudicaba.

La jerarquía social, representada en una
ilustración del « Sachsenspiegel » (antiguo Código
de Derecho sajón) hacia el año 1222. * ORDEN RELIGIOSO: 1, Dios; 2, el
Papa; 3, Obispo; 4, Abad; 5,
Abadesa; 6,
Sacerdote. *
ORDEN LAICO:
7, Emperador;
8, Rey; 9, Duque;
10, Señor
feudal; 11, Juez;
12, Juez
regional; 13,
Miembro del
jurado; 14,
Burgomaestre;
15, Alcalde;
16, Alguacil; 17,
Labrador; 18,
Vasallo; 19,
Mujer y
niña; 20,
Pastor; 21,
Sajón;
22, Vendo; 23,
Venda; 24,
Judío.
II.
EL
VASALLAJE SUSTITUYENDO AL
LINAJE
Si nos limitáramos a este balance del debe y el
haber, no obtendríamos de la naturaleza
profunda del
vínculo más
que
una imagen
singularmente pobre.
Las relaciones de dependencia entraron en la Historia como una especie de
sucedáneo o complemento de la solidaridad de linaje, que llego a ser
insuficientemente eficaz. El hombre que no tiene señor, si su parentela no
toma su suerte en sus manos, es, según el Derecho anglosajón del siglo X,
un ser fuera de la ley.*227 El vasallo, frente al señor, y éste,
frente sometido, quedó durante mucho tiempo como un pariente suplementario,
asimilado en sus deberes y en sus derechos a uno que lo fuere por la sangre.
Cuando un incendiario, dice Federico Barbarroja en una de sus constituciones de
paz, busca asilo en un castillo, el señor de la fortaleza está obligado, si no
quiere pasar por cómplice, a entregar el fugitivo, “a no ser que éste sea su
señor, su vasallo o su pariente”.
Y no era por simple azar que la más vieja
colección de costumbres normandas, tratando de la muerte del vasallo por el señor y
de la del señor por el vasallo, clasificaba estos crímenes
entremezclándolos en un mismo capítulo con
los más horribles homicidios
cometidos en el seno
de la
parentela. De este carácter casi
familiar del vasallaje tenían que derivar en las reglas jurídicas y
en las costumbres, muchos rasgos perdurables.
El primer deber de un miembro de un linaje era la
venganza; como el del que bahía recibido o prestado un homenaje Una vieja glosa
alemana traducía ya ingenuamente el
latín ultor
—vengador— por el
antiguo alto
alemán
mundporo —patrono—.*228
Esta igualdad de vocación entre la parentela y el vinculo vasallático, empezaba
en la faide y continuaba ante el juez. Esto dice una recopilación de
costumbres inglesas del siglo XII.
“Si no ha sido testigo del crimen, nadie puede
convertirse en acusador, a menos que sea pariente del muerto, su señor o su
hombre por el homenaje.”
La obligación se imponía con igual fuerza por
ambas partes. Sin embargo, se marcaba una diferencia de grado, conforme al
espíritu de esta relación de sumisión. Según el poema de Beowulf, los
compañeros del jefe asesinado habrían tenido, en la antigua Germania, una parte
en el ‘precio de la sangre’. En cambio,
no ocurría así en
la Inglaterra normanda. El señor participaba en la compensación entregada
por el homicidio del vasallo; pero, en la debida por la muerte del señor, el
vasallo no tenía ninguna participación. La pérdida de un servidor se paga, la de
un señor, no. El hijo del caballero no era educado, por lo general, en la casa
paterna. La costumbre, que fue respetada mientras los usos feudales tuvieron aún
alguna fuerza, quería que su padre lo confiase, ya de muy tierna edad, a
su señor o a uno de sus señores. Al lado de este jefe, el muchacho,
además de hacer el servicio de paje, se instruía en las artes de caza y de la
guerra, y más tarde, en la vida cortesana, en las artes y la
Historia. Como el joven Arnaldo de Guines, en casa del conde Felipe de
Flandes, y, en la leyenda, el pequeño Garnier de Nanteuil, que bien servía a
Carlomagno:
“Cuando
el rey va al
bosque, el
niño no quiere
dejarle; Unas veces lleva su arco, otras le sostiene el estribo.
¿El rey va al río? Garnier lo acompaña. O bien
lleva el azor, o el halcón que sabe cazar la grulla. Cuando el rey quiere
dormir, Garnier está a su cabecera y, para distraerlo, entona canción con
música”.
Prácticas análogas fueron conocidas por otras
sociedades de la Europa medieval, con el fin de reavivar, por los jóvenes, los
lazos que el alejamiento amenazaba romper. Pero el fosterage*229
de Irlanda parece haber servido,
sobre todo, para estrechar la relación del niño con el clan materno y, en
ocasiones, para asentar el prestigio pedagógico de una corporación de sacerdotes
cultos. Entre los escandinavos, correspondía al fiel el deber de educar a la
descendencia de su señor, cuando Haraldo de Noruega quiso manifestar a los ojos
de todos la subordinación en que pretendía tener al rey Aethelstan de
Inglaterra, no encontró para ello medio mejor, según cuenta la saga que hacer
colocar, por sorpresa, a su hijo
sobre las rodillas de este
padre nutricio a pesar suyo, la originalidad del mundo feudal es haber
concebido la relación desde abajo hacia arriba. Las obligaciones de deferencia y
de gratitud así contraídas eran muy fuertes. Toda su vida, el muchachito de
amaño tenía que recordar que había sido el criado del señor —el nombre,
como la cosa, data, en la Galia, de la época franca y se encuentra todavía en
los escritos de Commynes—.*230
Seguramente, la realidad
desmentía con
frecuencia las
reglas del honor. ¿Cómo rechazar,
sin embargo,
toda eficacia
a una
costumbre
que —al propio tiempo que ponía en
manos del señor un precioso rehén— hacía revivir a cada generación de vasallos
un poco de aquella existencia a la
sombra del jefe, de la que el primer vasallaje obtuvo lo más seguro de su valor
humano?
En una sociedad en la que el individuo se
pertenecía tan poco, el matrimonio, que, como ya sabemos, ponía en juego tantos
intereses, estaba lejos de parecer un acto de voluntad personal. Ante todo la
decisión correspondía al padre. “Quiere que, mientras el viva, su hijo tome
mujer, y para ello le compra la hija de un noble”, así se expresa, sin ambages,
el viejo Poème de Saint Alexis. Al lado del padre en ocasiones, pero,
sobre todo, cuando este ya no existía, intervenían los parientes y, junto a
estos, cuando el huérfano era hijo de un vasallo,
el señor.
En algunas
ocasiones, incluso cuando
se trataba
de un señor,
intervenían sus
vasallos. En
este último
caso, a
decir verdad,
la regla
no pasó nunca de ser un simple uso de bien parecer, en toda circunstancia
grave, el barón debía consultar con sus hombres, y ésta era una de ellas. Por el
contrario, del señor para con el vasallo los derechos se hicieron mucho más
precisos. La
tradición remontaba a
los más lejanos orígenes del vasallaje “Si el soldado privado (buccellarius)
no deja más que una hija”, dice, en el siglo V, una ley visigoda:
“queremos que quede bajo el poder del patrono,
quien le procurará un marido de igual condición. Y si, de todas maneras, escoge
ella misma un esposo que
no sea
del agrado
del patrono
deberá restituir
a éste
todas las donaciones que de él
había recibido su padre”.*231
La
herencia de
los feudos
ya presente, por
otra parte,
en este
texto, aunque
en una forma rudimentaria— proporcionó a los señores un motivo más, y muy
poderoso, para vigilar las uniones que, cuando la tierra correspondía a una
mujer, tendían a imponerles un fiel extraño al linaje primitivo. Sus poderes
matrimoniales, sin embargo, no se desarrollaron de una manera plena más
que en Francia y en Lotaringia, verdaderas patrias del sistema de
vasallaje, y en los feudalismos de importación. Sin duda, las familias de
condición caballeresca no fueron las únicas en sufrir semejantes injerencias;
pues muchas otras se encontraban, por otros lazos, sometidas a una autoridad de
naturaleza señorial, y los propios reyes, en tanto que tales, se estimaban a
veces con derecho a disponer al menos de la mano de sus súbditos. Pero, Dará con
los vasallos —algunas veces para con los siervos, otros
dependientes personales— se consideraba casi universalmente como legítimo
lo que, frente a subordinados de grados diferentes pasaba por un abuso de
fuerza. “No haremos que las viudas y
las hijas contraigan matrimonio
contra su voluntad”, promete Felipe
Augusto a las gentes de Falaise y de Caen, “a
menos que ellas no tengan de nosotros, en todo o en parte, un feudo de
coraza” (feudo militar, caracterizado por el servicio con cota de malla).
Lo legal era que el señor
se pusiese
de acuerdo
con los
familiares, colaboración que
en el siglo
XIII, por ejemplo,
una costumbre
de Orleáns,
se esforzaba
en organizar y que una curiosa
carta real pone en escena en tiempo de Enrique I de Inglaterra.*232
Sin embargo, cuando el señor era poderoso conseguía suplantar a todos sus
rivales. En la Inglaterra de los Plantagenets, esta institución, surgida de los
principios tutelares, degeneró al fin en un extravagante tráfico. Los reyes y
los barones —sobre todo los reyes— daban o vendían huérfanos en matrimonio al
mejor postor. O bien, amenazada con un matrimonio a disgusto, la viuda pagaba
con dineros contantes y sonantes el permiso para rehusarlo. A pesar del
relajamiento progresivo del vínculo, el vasallaje como puede verse, no pudo
escapar a este peligro, cuya sombra acecha a casi todo régimen de protección
personal transformarse en un mecanismo de
explotación del débil por el fuerte.
III.
RECIPROCIDAD
Y RUPTURAS
El contrato de vasallaje unía dos hombres que, por
definición, no eran del mismo rango. Nada más elocuente, en este aspecto, que
una disposición del antiguo Derecho
normando: sí el señor
que ha
matado a su vasallo y el
vasallo que ha matado a su señor son condenados a muerte, el crimen
contra el superior es indudablemente el más grave, puesto que lleva consigo la
infamante ejecución en la horca.*233 Pero fuese cual fuese el desequilibrio entre las cargas exigidas de una y otra parte, no
dejaban de formar un todo indisoluble; la obediencia del vasallo tenia como
condición la exactitud del señor en cumplir sus promesas. Señalada desde el
siglo XI por Fulberto de Chartres, sentida con fuerza hasta el fin, esta
reciprocidad en los deberes desiguales fue el rasgo distintivo del vasallaje
europeo. Por ella, se diferenciaba no sólo de la antigua esclavitud, sino que
difería también, profundamente, de las formas de libre dependencia propias de
otras civilizaciones, como la japonesa, o, más cerca de nosotros, las de
ciertas sociedades limítrofes de la zona auténticamente feudal. Los mismos ritos
expresan a la perfección esta antítesis: al “saludo frontal” de la gente de
servicio rusa y al besamanos de los guerreros castellanos, se opone nuestro
homenaje que, por el ademán de las manos cerrándose sobre las manos y por la
unión de las dos bocas, hacía del señor más que un simple amo llamado a
recibir, un participante en un verdadero contrato. Escribe Beaumanoir:
“Tanto, el hombre debe a su señor fe y lealtad en
razón de su homenaje, como éste debe a su hombre”.
El acto solemne que había creado el acuerdo
parecía poseer una fuerza tal que, incluso ante las peores faltas, se mal
imaginaba la posibilidad de borrar sus efectos sin recurrir a una especie de
contra-formalismo. Al menos, en los antiguos países-francos. En Lotaringia y en
el norte de Francia, se fue dibujando un rito de ruptura del homenaje, en el que
quizás revivía el recuerdo de los
actos que, en tiempos remotos, servían a los franco-salios para renegar de su
parentela.
En la ocasión, el señor, pero, con más
frecuencia, el vasallo, declarando su deseo
de arrojar
lejos de
sí al felón,
lanzaba violentamente
a tierra
una
ramita —a veces, después de haberla
roto— o un pelo de su capa. Para que la ceremonia pareciese tan eficaz como
aquella de la que se debía destruir el poder, era necesario que también pusiese
en presencia uno de otro, los dos individuos.
Esto, no
dejaba de
tener sus
peligros, por
lo cual,
al rompimiento de la ramita que, incluso antes de sobrepasar la fase en que una
costumbre se hace ley, cayó en el olvido, se prefirió un simple desafío —en el
sentido etimológico de la palabra, es decir, retractación de fe—, por carta o
mediante un heraldo. Los menos escrupulosos que eran los más, se contentaban,
naturalmente, con emprender las hostilidades, sin declaración previa.
Pero en la inmensa mayoría de los casos, el
vínculo personal se unía a uno material. ¿Cuál debía ser la suerte del feudo,
una vez roto el vasallaje? Cuando la
falta incumbía al vasallo, no había dificultad: el bien volvía al señor
ofendido, Era lo que se llamaba el comiso. El desheredamiento del
duque Enrique el León
por Federico
Barbarroja y
el de
Juan Sin
Tierra por
Felipe Augusto son sus ejemplos
más ilustres. Cuando, por el contrario, la responsabilidad de la ruptura
parecía corresponder al señor, el problema era más delicado. El feudo,
remuneración de los servicios que se dejaban de prestar, perdía su razón de ser.
¿Pero como despojar a un inocente? La jerarquización de las fidelidades permitió
salir de esta dificultad. Los derechos del señor indigno pasaban a su propio
señor: igual que si, habiendo saltado un eslabón, la cadena se cerrase por
encima del vacío. En realidad, cuando el feudo era tenido directamente del rey,
eslabón supremo, la solución resultaba inoperante. Pero, según parece, se
admitía que frente al rey no se podía renegar del homenaje de forma duradera.
Sólo Italia escogió una solución particular. Víctima de una felonía señorial, el
feudo del vasallo se transmutaba simplemente en alodio: rasgo sintomático, entre
muchos otros, del escaso vigor que en dicho país tuvieron las concepciones más
estrictamente feudales.
La legislación carolingia definió los agravios
que, a sus ojos, justificaban el abandono del señor por el vasallo. Sus
preceptos no se borraron de las memorias de todos. En el poema de Raúl de
Cambrai el criado Bernier, a pesar de
tantas razones de odio, no reniega de Raúl hasta que éste lo golpea. Pues bien,
una capitular carolingia decía: “nadie abandonará a su señor después de haber
recibido de él el valor de un sueldo... salvo si este señor ha querido pegarle
con un palo”. Invocado también, un
poco más tarde, por una novela cortesana, en el curso de una curiosa discusión
de casuística feudal, este motivo de ruptura fue retenido de manera expresa en
diversas recopilaciones consuetudinarias francesas del siglo XIII, y principios
del siglo siguiente, por el Parlamento del primer Valois.*234 No
obstante, las más sólidas entre las reglas jurídicas de antaño no sobrevivían a
los tiempos feudales más que incorporadas a una fluctuante tradición. Lo
arbitrario, que nacía de esta metamorfosis de un código de Derecho y un vago
conjunto de leyes morales, hubiese podido ser combatido por la acción de
tribunales capaces de fijar y de imponer una jurisprudencia. De hecho, ciertas
jurisdicciones se abrían a semejantes disputas. En primer lugar, el tribunal
señorial, formado por los propios vasallos, a los que se tenía por jueces
naturales de los procesos entre el señor, su amo, y el hombre de éste, su igual;
después, en el grado superior, del jefe al que el señor, a su vez, había
prestado el homenaje. Ciertas costumbres, puestas pronto por escrito, como la de
Bigorra, se preocupaban por trazar un procedimiento al que el vasallo debía
plegarse, antes que su partida fuese legítima.*235 Pero el gran
defecto del feudalismo fue precisamente su ineptitud para construir un sistema
judicial verdaderamente coherente y eficaz.
En la práctica, el
individuo, víctima de lo
que a
él lo
afectaba o
estimaba un ataque a sus derechos, decidía romper el vínculo, y la
solución del conflicto dependía del equilibrio de fuerzas. Tal como un
matrimonio que estableciese por adelantado el derecho al divorcio, sin que fuese
necesario establecer los motivos ni hubiese magistrados para aplicarlo.
CAPITULO
VII
LA
PARADOJA DEL
VASALLAJE
I.CONTRADICCIONES
DE
LOS
TESTIMONIOS
Por encima de las múltiples cuestiones que plantea
la historia del vasallaje europeo, un gran problema humano las domina todas:
¿cuál fue, en las acciones y en los corazones, la verdadera fuerza de este
cimiento social? Pues bien, la primera
impresión que dan, en este aspecto, los documentos es la de una extraña
contradicción, ante la cual no conviene dar rodeos.
No hay necesidad de estrujar mucho los textos para
sacar una emocionante antología en alabanza de la institución del vasallaje.
En ésta, celebran, en primer lugar, un vínculo muy
estimado. Vasallo tiene por sinónimo corriente amigo y, con más
frecuencia aún, el viejo nombre, probablemente céltico, de dru,
aproximadamente equivalente, pero cuyo sentido
comportaba un
matiz más preciso
de elección;
pues si bien
se aplicaba a veces a la
afección amorosa, no se extendió nunca, a diferencia de amigo, a las
relaciones de parentesco. Vocablo común, por otra parte, al galorromano y al
alemán y en el que, a través de las edades, se corresponden los textos más
completos; “en el último momento”, dicen, en el 858, los obispos de la dalia a
Luis el Germánico, “no tendrás para ayudarte ni mujer ni hijos; ni para
socorrerte compañía de drus, ni de vasallos”. La afección, como es
lógico, sube del hombre hacia el señor
y baja del señor hacia el hombre. “Girart se ha hecho el hombre ligio de
Carlomagno”, dice un personaje de la epopeya francesa, “y de él recibe entonces
amistad y señorío”. Literatura, exclamarán quizás los historiadores que no
tienen oídos más que para la seca voz de los documentos. ¡Qué eso no sea
obstáculo! “De esta tierra soy señor”, hacen decir a un modesto hidalgo angevino
los monjes de Saint-Serge; pues Godofredo, que la poseía, “la tuvo de mí, como
feudo, en amistad”. Tampoco se pueden rechazar
estos versos
de Doon
de Mayence,
en los
que se
expresa, con franca simplicidad,
la verdadera unión de los corazones,
la que no concibe la vida del uno sin la del otro:
“Si mí
señor es muerto,
quiero ser muerto.
¿Colgado?
Colgadme con
él.
¿Entregado a las
llamas? Quiero
ser quemado. Y se es ahogado,
echadme al agua con él”*236
Relación que exige una devoción sin flaquezas y
que el hombre, como dice la Chanson de Roland, debe soportar por ella “el
frío y el calor”. “Amaré lo que tú amares;
detestaré lo
que tu
detestares”, jura
el encomendado
anglosajón. Y
he aquí, en el continente, otros textos: “Tus amigos serán mis amigos;
tus enemigos, mis enemigos”.
El primer deber del buen vasallo es, naturalmente,
el saber morir por su jefe con la espada en la mano: suerte digna de envidia,
pues este fin es el de un mártir y con el se abre el paraíso. ¿Quién habla así?
¿Los poetas? Sin duda; pero, también la Iglesia. Un caballero, bajo amenazas,
mata a su señor: “Tu hubieras debido aceptar la muerte en su lugar”, declara un
obispo, en nombre del Concilio de Limoges, en 1031, “tu fidelidad habría hecho
de ti un mártir de Dios”*237
Vinculo
tal, por
último, que
desconocerlo es
el más
repugnante de los
pecados. Cuando los pueblos de Inglaterra se hicieron cristianos, escribe
el rey Alfredo, fijaron, para la mayor parte de faltas, caritativas tarifas de
compensación, “excepto para la traición del hombre para con su señor, no osando
frente a este crimen usar de esta
misericordia... de la misma forma que Cristo no la había concedido a los que lo
entregaron a la muerte”. “No puede existir redención para el hombre que ha
matado a su señor”, repite, con más de dos siglos de intervalo, en la
Inglaterra ya feudalizada según el modelo del continente, la recopilación
consuetudinaria titulada Lois de Henri Premier;
“para él, la muerte en las más atroces torturas”. Se contaba en el
Henao, que un caballero, habiendo matado en un combate al joven conde de
Flandes, su señor ligio,
fue, como penitente, a
Roma como el Tánnhäuser de la leyenda. El
pontífice mandó que se le cortasen las manos; sin embargo, como estas no
temblaban, dejó
sin efecto
el castigo.
Pero con
la condición
de llorar
el resto
de su vida
el crimen
en un
claustro. “Es mi
señor”, dirá,
en el
siglo XIII, el
señor de Ybelin, a
quien proponen
hacer asesinar al
emperador, convertido en
su mayor enemigo; “haga lo que
haga, le guardaremos nuestra fe”.*238
Esta relación era sentida con tal fuerza que su
imagen se proyectaba a todos los otros vínculos humanos, más antiguos que ella
y que habrían podido parecer más venerables. Así, el vasallaje impregnó la
familia. “En los procesos de los padres contra los hijos o de los hijos contra
los padres”, declara el tribunal condal de Barcelona, “habrá que tratar, en el
juicio, a los padres como si fuesen señores y a los hijos, como sus hombres,
encomendados por las manos”. Cuando la poesía provenzal inventó el amor
cortesano, concibió la fe del perfecto amante bajo el modelo de la devoción del
vasallaje. Tanto más fácilmente que, de hecho, el adorador era con frecuencia
de clase menos elevada que
la dama
de sus pensamientos.
La asimilación fue llevada
tan lejos que, por un extraño
giro del lenguaje, el nombre o sobrenombre de la amada era dotado del
género masculino, como corresponde al nombre del jefe: Bel Senhor, “mi
hermoso señor”, sólo bajo este seudónimo conocemos a una de aquellas a las que
Bertrand de Born entregó su corazón inconstante. En su sello, a veces, el
caballero se hacía grabar con las manos unidas en las de su Dulcinea ¿Y no
sobrevive todavía probablemente reanimado, en la época del primer romanticismo,
por una moda arqueológica— el recuerdo de este simbolismo en la actualidad, en
las reglas de educación que nos prescriben un empleo casi unilateral del vocablo
homenajes? Incluso la misma mentalidad religiosa se impregnaba de estas
ideas. Darse al diablo, era hacerse vasallo: junto
con lo
sellos amorosos,
las escenas
de entrega
de uno
mismo
al Demonio se cuentan entre las
mejores representaciones del homenaje que poseemos. Para el anglosajón
Cynewulf, los ángeles son los
thegns de Dios, y para el obispo Eberhard de Bamberg, Cristo es el
vasallo del Padre. Pero, sin duda, de la omnipresencia del sentimiento de
vasallaje no existe mejor testimonio que, en sus vicisitudes, el propio ritual
de la devoción: reemplazando la actitud de los antiguos orantes con las manos
extendidas, el ademán de las manos juntas, imitado de la encomendación,
se convirtió, en toda la catolicidad, en el gesto de la oración por excelencia.*239
Ante Dios, en el secreto de su alma, el buen cristiano se veía como un vasallo
doblando las rodillas ante su señor.
Era imposible, sin embargo, que la obligación de
vasallaje no entrase en conflicto alguna vez con otras obligaciones: las del
súbdito, o las del pariente, por ejemplo. Era, casi siempre, para triunfar de
sus rivales, no sólo en la práctica, sino también en el derecho. En el momento
en que Hugo Capeto, en el 991, recuperó a Melun, el vizconde, que defendió
contra él la fortaleza, fue colgado con su mujer, sin duda, menos por rebeldía
contra su rey que por el crimen atroz de haber faltado a la fe para con su señor
directo, el conde, que se encontraba presente en el bando del rey. Por el
contrario, el séquito de Hugo exigió la gracia para los caballeros del castillo:
vasallos del vizconde, al hacerse cómplices de su rebelión, no habían hecho otra
cosa que manifestar su virtud, como dice el cronista. Entiéndase su
fidelidad al homenaje, que era superior a la fidelidad al Estado.*240
Incluso los vínculos de la sangre, que seguramente parecían más sagrados que
los del Derecho público,
cedían ante los deberes de la
dependencia personal. En Inglaterra, las leyes de Alfredo
dicen:
“Se pueden tomar las armas por el pariente
injustamente atacado. Salvo, sin embargo, contra el señor; esto no lo
permitimos”.
En un pasaje célebre, la Crónica Anglosajona
pone en escena a los miembros de un linaje que la venganza de dos señores,
entre los cuales reparte su obediencia, lanza a
los unos contra los otros. Pero aceptan su
destino: “ningún pariente nos
es más querido que nuestro lord”, dicen. Grave expresión, a la
que hace eco, en pleno siglo XII y en la Italia tan respetuosa de las
leyes, la frase del Libro de los feudos “Contra todos, los vasallos deben
ayuda al señor: contra sus hermanos, contra sus hijos y contra sus padres”.*241
Pero “contra los mandamientos de Dios y de la fe
católica, no hay orden que sea válida”, precisa con cuidado una recopilación
consuetudinaria anglo- normanda. Así pensaban los eclesiásticos; la opinión de
los caballeros exigía un renunciamiento más acabado.
“Raúl,
mi señor,
tiene a bien ser más
felón
que Judas;
pero es
mi señor...”
Sobre este tema, las canciones presentan
innumerables variantes. Y, a veces también las convenciones de la práctica. Como
dice un contrato de feudo
inglés
“Si el
abad tiene
algún proceso
en la
corte del
rey, (…)
el vasallo
lo ayudará, salvo contra el propio rey”.
Dejemos la reserva final, que indica el
excepcional respeto que sabía imponer una monarquía nacida de la conquista. Sólo
la primera parte de la cláusula, en su candor cínico, tiene un valor general:
visiblemente, el deber de fidelidad hablaba
tan alto
que era
imposible preguntarse en qué
parte estaba
la
razón.
¿Y por qué, de otra parte, embarazarse con tantos
escrúpulos? Poco importa que mí señor no tenga razón, piensa Renaud de Montauban,
“la falta caerá sobre el”. Quien se entrega por completo hace, por ello,
abdicación de su responsabilidad personal.*242
En los ejemplos citados, ha sido forzoso invocar
juntos testimonios de órdenes y
edades distintas, y podríamos temer que los textos antiguos, la literatura
jurídica y la poesía no hayan aventando demasiado a realidades más vivas o
menos lejanas. Para sosegar estas dudas bastará con citar, por último, a
Joinville, observador frío que escribía en tiempo de Felipe el Hermoso.
Ya hemos citado el pasaje: un cuerpo de tropas, en el combate, se distinguió de
manera singular; lo que no puede sorprender, pues todos los guerreros que lo
componían, cuando no pertenecían al linaje de su capitán, eran sus hombres
ligios.
Pero,
he aquí,
el reverso.
Esta misma
epopeya, que
coloca tan
alta la
virtud del vasallaje, no es más
que una larga lista de los combates que lanzan los vasallos contra sus señores.
En ocasiones, el poeta vitupera, pero, con más frecuencia, se complace
ante los
casos de
conciencia. Lo
que no
hay duda
que sabe es que de estas rebeliones se nutre la trágica cotidiana
existencia. En esto, las canciones no hacían más que dar un pálido reflejo de
la realidad. Luchas de los grandes feudatarios contra los reyes; rebeliones,
contra estos grandes señores, de sus propios hombres; deserciones ante el
servicio, debilidad de los ejércitos de vasallos, incapaces, desde los primeros
tiempos, de detener a los invasores: todos estos rasgos se leen en cada página
de la historia feudal. Un documento de fines del siglo XI nos muestra a los
monjes de Saint-Martin-des-Champs
ocupados en fijar la suerte de una renta, establecida sobre un molino, en el
caso en que este fuese saqueado, durante una
guerra sostenida
por los
dos hidalgos
a los
que se
debe dicha
cantidad. Lo que el texto
expresa con estas palabras: “si ocurriere que hiciesen la guerra a sus señores o
a otros hombres”. *243Así, entre todas las ocasiones de guerrear,
tomar las armas contra su señor era la primera que venía al espíritu. Para
estos pretendidos crímenes, la vida era singularmente más indulgente que
la ficción. De Heberto de Vermandois, que traicionó a Carlos el Simple,
su señor y su rey, la leyenda cuenta
que murió colgado, ‘como Judas’. Pero la historia nos enseña que sucumbió
de muerte natural y a una edad muy avanzada.
Seguramente era inevitable que hubiese buenos y
malos vasallos, y, sobre todo, que se viese a muchos de ellos, según los
intereses o el humor del momento, oscilar desde la devoción a la infidelidad.
Frente a tantos testimonios que
parecen contradecirse los unos a los otros ¿bastara repetir, con el poeta del
Couronnement de Louis?
“Allí,
todos prestaron
juramento.
Hubo
quien lo
juró y
lo mantuvo con bravura.
Otro
también juró,
pero no
lo mantuvo en absoluto”.
En su simplicidad, la explicación no es del todo
despreciable. Ligado a conciencia con la tradición, pero de costumbres violentas
y de carácter inestable, el hombre de los tiempos feudales estaba, de todas
maneras, más inclinado a venerar las reglas que a doblegarse a ellas con
constancia. ¿No hemos notado ya, a propósito de los vínculos de la sangre, estas
reacciones contradictorias? No obstante, parece que aquí el nudo de la antinomia
debe ser buscado más lejos: en la
propia institución del vasallaje, en sus vicisitudes
y en su diversidad.
II.
LOS
VÍNCULOS DE
DERECHO Y
EL CONTACTO
HUMANO
Agrupando alrededor del jefe a sus seguidores
armados, el primer vasallaje tenía, incluso en su vocabulario, como un olor de
pan cocido en casa. El señor era el “viejo” (sénior, herr) o “el que da
los panes” (lord). Los hombres, sus compañeros (gasindi), sus
muchachos (vasi, thegns.. knights), o sus comedores de pan (buccellarii;
hlafoetan). La fidelidad se fundaba entonces en
el contacto personal y la sujeción se matizaba de camaradería.
El vínculo, primitivamente limitado a la casa
señorial, llegó, no obstante, a engrandecer su campo de acción de una manera
desmesurada. Porque se quiso continuar imponiendo el respeto a unos hombres que,
después de una estancia en la vivienda del señor, se separaban para vivir lejos
de él, a menudo en las tierras que
éste mismo les había dado. Pero sobre todo porque ante la anarquía creciente,
los grandes nobles y, más todavía, los reyes creyeron encontrar en esta
relación, tan fuerte, o en su imitación, un remedio para las fidelidades
flaqueantes e, inversamente, muchas personas amenazadas, un medio de procurarse
un defensor. Cualquiera que, de un cierto rango social quería o debía servir fue
asimilado a un seguidor de armas.
Pero al pretender someter así a una fidelidad casi
doméstica a personajes que ya no
compartían la
mesa del
jefe ni
su destino,
cuyos intereses con
frecuencia se oponían a los suyos, que incluso, a veces, en lugar de
haberse enriquecido con sus presentes se habían visto obligados a cederle, para
volverlo a tomar de sus manos gravado de cargas nuevas, su propio patrimonio, esta
fe, tan buscada, acabó por vaciarse de todo contenido vivo. La dependencia del
hombre con respecto al hombre no fue muy pronto más que el resultado de la
dependencia de una tierra con respecto a otra.
La propia herencia, en lugar de sellar la
solidaridad de dos linajes, ayudó, contrariamente, al relajamiento del vínculo,
porque se aplicó ante todo a los intereses de la tierra: el heredero no prestaba
el homenaje más que para conservar el feudo.
El problema
estaba planteado
de igual
forma para
los humildes feudos de los
artesanos que para los honorables feudos de los caballeros. En ambas partes, fue
resuelto en términos de apariencia
semejante. El hijo del pintor o del carpintero sucedía a su padre en su finca
sólo si era también heredero de su arte.*244 Igualmente, el hijo del
caballero no recibía la investidura si no se comprometía a continuar los
servicios paternos. Pero la habilidad de un obrero calificado era una realidad
de comprobación mucho más segura que la abnegación de un guerrero, tan fácil
para la promesa como para el
incumplimiento. Con una precisión muy significativa,
una ordenanza
de 1291,
al enumerar
los motivos
de recusación
que podían
ser invocados contra los jueces del tribunal real de Francia, considera
como sospechoso de parcialidad al vasallo de uno de los litigantes sólo si su
feudo es vitalicio; ¡hasta tal punto
el vínculo heredado parecía entonces falto de
fuerza!*245
El sentimiento de la libre elección se perdió
hasta el punto que fue frecuente ver al vasallo enajenar,
con el feudo, los deberes del
vasallaje, y al señor dar o vender, con sus campos, sus bosques y sus castillos, la lealtad
de sus hombres Sin duda, el feudo no
podía, en principio, cambiar de manos sin la autorización del
señor. Sin duda también, los
vasallos, por su parte, deseaban no ser cedidos sin su consentimiento; hasta el
punto de que el reconocimiento oficial de este derecho fue uno de los favores
concedidos, en 1037, por el emperador Conrado a los valvasores de Italia. Sin
embargo, la práctica no tardó mucho en derribar estas frágiles barreras. Salvo
en Alemania, casi preservada, como veremos, de este abuso por un sentido
excepcional de la jerarquía, la
entrada de
las relaciones feudales en
el comercio
tuvo, además,
el absurdo efecto de que, en algunas ocasiones, un poderoso se veía
obligado a hacerse hombre “de boca y de manos” de otro mucho más débil que él.
¿Se puede creer que el gran conde que adquiría un feudo en el pequeño territorio
de un castellano, pudo nunca tomar en serio un rito de entrega al que un vano
uso le obligaba a someterse? Por ultimo, a pesar de la tentativa de salvación
que fue la introducción del ligio, la pluralidad de los homenajes, consecuencia
del relajamiento del vínculo, acabó de retirarle hasta la posibilidad de actuar.
De un compañero de armas, cuya afección se alimentaba de los regalos
constantemente recibidos y de presencia humana, el vasallo se convirtió en una
especie de arrendatario, no demasiado diligente en el pago de su alquiler de
servicios y de obediencia. Sólo quedaba un freno: el respeto al juramento. No
dejaba de tener su fuerza, pero, cuando las sugestiones del interés personal o
de la pasión hablaban muy alto, esta traba abstracta resistía mal.
Así era, al menos, en la medida, precisamente, en
que el vasallaje se había alejado de su carácter primitivo. Ahora bien, en este
movimiento, hubo una serie de gradaciones. Sería un grave error adoptar como
modelo del sentimiento del vasallaje las relaciones, tantas veces enturbiadas,
de los grandes y medianos señores
con los
reyes o príncipes
territoriales, sus
jefes. A ello, parecen
invitarnos las crónicas y las canciones de gesta, debido a que,
por ser dramas de gran importancia en la escena política, las ruidosas
infidelidades de
estos magnates
atraían, ante
todo, las
miradas de
la historia
y de la ficción. ¿Qué prueban,
sin embargo, sino que creyendo haberse vinculado de manera eficaz a sus
principales oficiales por un lazo tomado de otra esfera, los
carolingios y sus
imitadores se habían
equivocado torpemente?
Más abajo en la escala social, los textos dejan
entrever unos grupos mucho más apretados alrededor de jefes mejor conocidos y
mejor servidos. Eran, en primer lugar, esos
caballeros no residenciados,
estos bachilleres
de la
mesnie —o sea, de la
casa del señor— cuya condición, durante mucho tiempo y en todo el Occidente,
continuó reproduciendo en todos sus rasgos, la vida de los primeros vasallos.*246
Ahí, la epopeya francesa no se equivoca. Sus grandes rebeldes, como, por
ejemplo, un Ogier, un Girard, un Renaud, son poderosos
feudatarios.
¿Se trata, por el contrario, de pintar un buen
vasallo? Tenemos el bernier de Raúl de Cambraí: Bernier, fiel a pesar de
la injusta guerra que contra su parentela hace su señor, fiel todavía después de
haber visto a su madre perecer en el incendio provocado por este “Judas” y que,
una vez decidido a abandonar el más deplorable de los amos a causa de una atroz
afrenta, no parece saber, como el poeta, si ha hecho bien o mal en romper así la
fe; Bernier, el simple criado de armas cuya devoción se robustece con el
recuerdo, no de un terreno recibido, sino del caballo y de los vestidos
liberalmente distribuidos. Estos leales servidores se reclutaban entre la más
numerosa tropa de los modestos valvasores, que muchas veces tenían sus
pequeños feudos reunidos
en los
alrededores del castillo,
donde unos
después de otros montaban la guardia demasiado pobres, de ordinario, para
tener sus tierras mediante más de un homenaje o, al menos, más de un homenaje
ligio,*247 demasiado débiles como para no concederle mucha
importancia a la protección, única cosa que podía asegurarles el exacto
cumplimiento de sus deberes; demasiado poco mezclados con los grandes
acontecimientos de la época, para que sus intereses, como sus sentimientos, no
tomasen de buen grado por centro al señor que los convocaba con regularidad a su
corte, suplía los escasos productos de los campos o de las rentas con oportunos
regalos, acogía a sus hijos como criados y los conducía a la guerra,
‘alegre y lucrativa’.
Tales fueron los medios en los que, a pesar de
inevitables choques pasionales se mantuvo durante mucho tiempo, en su primitiva
lozanía, la fe del vasallaje; en los que, asimismo, cuando sus viejos ritos
caducaron definitivamente, fueron
sustituidos, como veremos, por otras formas de dependencia personal. Haberse
fundado, originalmente, en el amistoso compañerismo del hogar y de la aventura;
después, una vez salido de ese círculo doméstico, haber conservado un poco de su
valor humano, solamente en los lugares donde la separación era más pequeña, en
este destino, el vasallaje europeo encuentra su nota distintiva y la explicación
de sus aparentes paradojas.
LIBRO
TERCERO
LOS
VÍNCULOS DE
DEPENDENCIA EN
LAS CLASES INFERIORES
CAPITULO I
EL SEÑORÍO
I.LA
TIERRA
SEÑORIAL
Los medios sociales relativamente elevados
caracterizados por el homenaje militar, no eran los únicos
en que existían hombres de
otros hombres. Pero,
en el grado inferior, los vínculos de dependencia encontraron su marco
natural en un agrupamiento que, mucho más antiguo que el vasallaje, debía
sobrevivir largo tiempo a su decadencia: el señorío territorial. Ni los orígenes
del régimen señorial ni su papel en la economía corresponden a esta obra, en la
que solo nos interesa subrayar su lugar en la sociedad feudal.
Mientras que los derechos de mando,
cuya fuente era el homenaje del vasallo, no dieron lugar a utilidades
hasta una época tardía, y aún por una indiscutible desviación de su sentido
primigenio, en el señorío el aspecto económico era primordial. En él, los
poderes del jefe tuvieron, desde el principio, por objeto, si no
exclusivo, al menos
preponderante, el proporcionarle unas
rentas, obtenidas sobre
los productos
de la
tierra. Un
señorío es,
pues, ante todo, una tierra —es
el único nombre que se le daba en el francés hablado—, pero una tierra habitada,
y por gentes sometidas. Normalmente, el espacio así delimitado se divide, a su
vez, en dos fracciones, unidas por una estrecha interdependencia. Por una parte,
el dominio, también llamado por los historiadores reserva, de la
que el señor recoge directamente los frutos. Por la otra, las tenures,
explotaciones campesinas pequeñas o medianas que, en número más o
menos considerable, se agrupaban alrededor de la corte dominical. El
derecho real superior, que el señor extiende sobre la choza, el labrantío y el
prado del pechero, se traduce por su
intervención para una nueva investidura, raramente gratuita, cada vez que
cambian de manos; por la facultad de apropiárselos en caso de desheredamiento o
de legítima confiscación; y en último, pero principalmente, por la percepción de
tasas y de servicios. Estos consistían, en su mayor parte, en prestaciones
personales agrícolas ejecutadas en la
reserva. De suerte que estas tenure —al menos al principio de la era
feudal, cuando estas prestaciones de trabajo eran especialmente gravosas— no
sólo unían las gavillas o los dineros de sus censos a las rentas de los campos
explotados de manera directa por el amo, sino que constituían, además, para éste
una reserva de mano de obra, a falta de la cual estos campos habrían estado
condenados a quedar baldíos.
Como es lógico, no todos los señoríos eran de
iguales dimensiones. Los mayores, en los países de gran densidad de población,
cubrían todo el territorio de una
aldea. Pero
este caso,
desde el
siglo IX,
probablemente no
era el más frecuente. A pesar de algunas felices incorporaciones de
tierras, debía, en el transcurso del tiempo, hacerse cada vez más raro, a causa,
sin duda, de las particiones sucesorias. Pero también como un efecto de la
práctica de los feudos. Para remunerar a sus vasallos, más de un jefe tuvo que
dividir sus tierras. Como, además, ocurría con bastante frecuencia, que, por
donación o venta o
como consecuencia
de uno
de estos
actos de
sujeción territorial,
cuyo mecanismo será descrito
más adelante, un poderoso hacía pasar bajo su dependencia explotaciones
campesinas dispersas en un radio bastante extendido, muchos señoríos se
encontraron tendiendo sus tentáculos sobre varios terrenos a
la vez, sin
coincidir, exactamente con ninguno.
En el
siglo XII, los límites ya no
concordaban más que en las zonas de roturación reciente, donde señoríos y aldeas
se habían fundado al mismo tiempo, partiendo de cero. La mayor parte de los
campesinos dependían pues, a la vez, de dos grupos constantemente fuera de
lugar: uno formado por los súbditos de un mismo señor, y el otro por los
miembros de una misma comunidad rural. Pues los
agricultores cuyas casas se
elevaban unas
junto a
otras y
cuyos campos
se entremezclaban dentro de unos mismos límites, estaban forzosamente
unidos, aunque se encontrasen repartidos entre varias dominaciones, por toda
clase de lazos de interés común,
incluso por la obediencia a las mismas servidumbres agrícolas. Esta dualidad
debía ser, a la larga, un importante factor de debilitamiento para los poderes de mando
señoriales. En cuanto
a las regiones donde las
familias, de tipo patriarcal, vivían ya aisladas, ya reunidas cuando más por
grupos de dos o tres, en minúsculos caseríos, cada señorío comprendía un número
más o menos elevado de estos pequeños establecimientos y esta dispersión les
imponía, sin duda, una contextura
menos firme.
II.
CONQUISTAS
DEL
«SEÑORÍO»
¿Hasta dónde extendían su dominación estos
señoríos? Y si es verdad que siempre subsistieron islotes de independencia ¿cuál
fue, según los tiempos o los lugares, su variable proporción? Problema difícil
de dilucidar, pues sólo los señoríos —y en particular, la Iglesia— tenían sus
archivos, y los campos sin señor son también campos sin historia. Si alguno de
ellos aparece por azar a la luz de los
textos, es solamente en el momento en que se desvanece, o sea, en el momento en
que un escrito comprueba su absorción final en el complejo de los derechos
señoriales. De modo que, tanto más la exención fue duradera, más
nuestra ignorancia corre el riego de no poder ser remediada. Para alumbrar un
poco esta oscuridad, convendrá distinguir con cuidado dos formas de sujeción: la que
pesaba sobre el hombre en su persona y la que sólo le alcanzaba como detentador
de una tierra determinada. Entre ambas, existían estrechas relaciones, e
incluso, llegaban a superponerse. Sin embargo, en las clases inferiores —a
diferencia del mundo del homenaje y del feudo— estaban lejos de poderse
confundir. Reservando las condiciones personales para un próximo capitulo,
empecemos por la dependencia de la tierra, o a través de la
tierra.
En las regiones donde las instituciones romanas,
ellas mismas superpuestas a antiguas tradiciones italiotas o célticas, habían
influido profundamente en la sociedad rural, el señorío, bajo los primeros
carolingios, presentaba ya unos límites muy claros. No es difícil todavía
descubrir en las ‘villae’ de la Galia franca o de Italia, la huella de
los diversos sedimentos que las formaron. Entre las tenures o, como se
denominaba a las principales unidades territoriales, caracterizadas por su
indivisibilidad, entre los mansos, una parte eran calificados de
serviles; este epíteto, como las cargas más pesadas y más arbitrarias
a las que estaban
sometidos, recordaba los
tiempos en
que los amos los habían constituido, entregando a esclavos, a los que
transformaban en cultivadores, en forma de lotes, vastas porciones de sus
antiguos latifundia, mediocremente rentables bajo esta forma
directa de explotación. Al admitir en este sistema de fragmentación a
cultivadores libres se dio lugar, simultánea- mente, a otros tipos de
concesiones, destinadas a entrar en la categoría general de los mansos
ingenuos, cuyo nombre evocaba la condición extraña a toda servidumbre de los
primeros así nombrados. Pero en la masa considerable de las tenures
designadas con este adjetivo, la mayor parte
tenían un origen muy distinto. Lejos de remontar a concesiones hechas a
expensas de un dominio en vías de repartición, eran explotaciones campesinas de
siempre, tan
viejas como la propia
agricultura. Los
censos y las prestaciones
personales que las gravaban no fueron primitivamente más que
la señal de dependencia en que se encontraban los habitantes con respecto
a un jefe de poblado, de tribu o de clan, o de un patrono de clientela, poco a
poco transformados en verdaderos señores. Por ultimo —lo mismo que aún
hace poco en México, donde vivían grupos de campesinos propietarios al lado de
las haciendas— subsistían todavía una notable cantidad de auténticos campesinos,
exentos de toda supremacía señorial.
En cuanto a las regiones propiamente germánicas
—cuyo tipo más puro era, sin duda, la llanura sajona, entre el Rin y el Elba—
se encontraban en ellas también esclavos, libertos e, incluso, colonos libres,
establecidos unos y otros en las tierras de los poderosos, a cambio de tasas y
de servicios. Pero, en la masa campesina, la distinción entre los dependientes
de los señoríos y los poseedores de alodios era mucho menos clara, porque de la
autentica institución señorial sólo habían hecho aparición los primeros
indicios. Además se había superado la base en que un jefe de poblado o de una
porción del mismo se prepara para transformarse en señor; en que los regalos que
recibe de forma
tradicional —como lo
atestigua Tácito
respecto a
los jefes
germanos
—
empiezan a
transformarse en
censos.
Pues bien, en ambas partes, la evolución, durante
la primera edad feudal debía
orientarse en un mismo sentido, tendiendo, de manera uniforme, hacia una
imposición creciente de los señoríos. Fusión, más o menos completa, de las
diversas especies de tenures; adquisición de nuevos poderes por los
señoríos; paso, sobre todo, de muchos alodios a depender de la autoridad de un
poderoso, forman un conjunto de hechos que, entonces, se dieron casi en todas
partes. Pero, además, allí donde al comienzo no habían existido más que
relaciones de dependencia territorial aún bastante poco consistentes y confusas,
se las vio, regularizándose poco a poco, dar origen a verdaderos señoríos. No
hay que imaginar que surgieran exclusivamente de manera espontánea. En ello tuvo
su importante papel el juego de las influencias, favorecido por la inmigración y
la conquista. Así, en Alemania, donde, en el Sur, desde antes de la época
carolingia, y, después, bajo los carolingios, en la propia Sajonia, los obispos,
los abades y los magnates llegados del reino franco contribuyeron a extender las
costumbres sociales de su patria, fácilmente imitadas por la aristocracia
indígena. Y. más netamente todavía, en Inglaterra. Mientras las tradiciones
anglosajonas o escandinavas se mantuvieron preponderantes, la red de sujeciones
territoriales continuó muy entremezclada y sin fuerza duradera; las “tenures”
y el dominio estaban enlazados de manera
muy imperfecta.
El advenimiento
de un
régimen
señorial excepcionalmente riguroso se
efectuó sólo bajo el brutal esfuerzo de los dominadores extranjeros, después de
1066,
En esta marcha triunfal del señorío, en ninguna
parte del abuso de fuerza fue un elemento desdeñable. Con razón, los textos
oficiales de la época carolingia se lamentaban ya de la opresión de los
pobres por los poderosos. Estos, en general, cuidaban de no despojar al
hombre de su tierra, pues el suelo sin brazos valía muy poco. Lo que deseaban
era someter a los humildes con sus campos.
Para conseguirlo, muchos encontraban un arma
preciosa en la estructura administrativa del Estado franco. Cualquiera que
todavía escapase a toda autoridad señorial dependía, en principio, directamente
del rey, lo que equivalía a decir, de
sus funcionarios. El conde o sus representantes
conducían estas gentes a la hueste, presidían los tribunales en que eran
juzgados y percibían de ellos lo que subsistía de las cargas públicas. Todo,
desde luego, en nombre del príncipe. ¿Aparecía, no obstante, con claridad
esta distinción a los contribuyentes? Lo que en todo caso es seguro es
que de los súbditos libres, confiados a su custodia, los oficiales reales no
tardaron mucho en exigir,
por su
propia cuenta,
más de
una tasa
o de
una prestación de trabajo.
Era de buen grado, con el nombre honorable de
regalo o servicio benévolo, pero pronto, como dice una Capitular, el
abuso se convertía en costumbre.*248 En Alemania, donde el
viejo edificio carolingio perduró durante tanto tiempo, por lo menos los
derechos nuevos derivados de esta usurpación quedaron con frecuencia unidos al
oficio; el conde los ejercía, en tanto que tal, sobre unos hombres cuyos bienes no
habían sido
anexionados a
sus tierras
señoriales. En otras partes,
gracias al fraccionamiento de los poderes condales —entre los herederos del
primer titular, los subordinados del conde o sus vasallos—, el propietario
alodial de poco antes, en lo sucesivo obligado a los censos y a las prestaciones
personales, acabó por confundirse, pura y simplemente, con la masa de los
sometidos al señorío y sus campos pasaron a ser tenures.
Así, no era necesario retener una función
propiamente dicha para disponer, de manera legítima, de una parte de la
autoridad pública. Por el juego de la autoridad franca, que será
estudiada más adelante, la mayor parte de los señores eclesiásticos y un gran
número de poderosos laicos recibieron la delegación de una fracción como mínimo
de los poderes judiciales del Estado, y, además,
derecho de cobrar en beneficio propio algunas de sus rentas. Esto, bien
entendido, solo sobre las tierras que ya eran o debían ser en el porvenir de su
dependencia. La inmunidad fortificaba el poder señorial, pero no lo creaba,
al menos
en principio. Pero los
señoríos en
raras ocasiones eran de
un sólo poseedor, con frecuencia, en ellos se encontraban enclavados
pequeños alodios. Llegar hasta ellos era muy difícil para los oficiales reales
y, en ocasiones, según parece, por decisión expresa del soberano se abandonaban
a la jurisdicción y fiscalización del que gozaba de la inmunidad. Con mucha más
frecuencia, sucumbían por sí mismos a esta inevitable atracción.
Quedaban por fin, y no dejaba de ser frecuente, la
violencia sin disimulos. Hacia principios del siglo XI, una viuda vivía en un
alodio de su propiedad, en Lorena. Como la muerte de su marido la había dejado
sin defensor, los alguaciles del señor vecino pretendían hacerle pagar un censo
rústico, como signo de sujeción por la tierra. La tentativa fracasó, en este
caso, porque la mujer se puso bajo la protección de los monjes.*249
¡Cuántos fracasos no debieron producirse a cambio de un éxito como este! El
Domesday Book, que nos ofrece, a través de la historia del suelo inglés,
como dos cortes sucesivos, uno
inmediatamente antes
de la
conquista normanda,
y, el otro, dieciocho
años después, muestra cómo durante el periodo intermedio, muchos pequeños
bienes independientes fueron, sin ninguna clase de proceso, sumados a los
señoríos o. para hablar con el lenguaje del Derecho anglo-normando, a los
manoirs limítrofes. Si existiese un Domesday Book alemán o francés
del siglo X, seguramente pondría en evidencia más de una simple adición,
de esta especie.
Sin embargo los señoríos se extendieron también, y
quizá con preferencia, por otro
procedimiento, que, al menos en apariencia,
era irreprochable:
a fuerza
de contratos. El pequeño propietario alodial cedía su tierra —a veces,
como veremos, con su persona— para volver a tomarla a continuación a título de
tenure: del mismo modo
que el
caballero que
de su alodio
hacía un
feudo y
por el mismo motivo confesado, que era encontrar un defensor. Sin
excepción, estas convenciones aparecen como enteramente voluntarias. ¿Lo eran de
verdad en todas partes y siempre? En realidad, el adjetivo hay que usarlo con
mucha prudencia. Seguramente, existen muchos medios para imponer la protección a
uno más débil, aunque no sea más que empezando por perseguirlo. Añádase a ello
que el primer acuerdo no siempre era respetado. Al tomar como protector a un hidalgo de la vecindad, las gentes
de Wolen, en Alemania, no prometieron más que un censo, pero por asimilación
con otros sometidos a dicho potentado, fueron pronto obligadas a prestaciones
personales y a no usar el bosque próximo más que a cambio de abonar un censo.*250
Una vez puesto el dedo en el engranaje, se corría el peligro de que pasara todo
el cuerpo. No por ello debemos pensar que la situación del
hombre sin señor era uniformemente envidiable. Aquel campesino del Forez
que, en fecha tan tardía como 1280, transformaba su alodio en censo, bajo la
condición de ser en adelante “guardado, defendido y garantizado” por los
hospitalarios de Montbrison, sus nuevos señores, “como lo son los demás hombres
de esta
casa”, sin
duda no
creía hacer
un mal negocio.*251
Y, con todo, los tiempos no eran
entonces tan turbulentos como durante la primera edad feudal. En ocasiones era
una aldea en bloque la que se colocaba bajo la protección de un poderoso. Este
caso fue frecuente en Alemania, porque allí subsistían, al principio de la
evolución, un buen número de comunidades rurales que escapaban por entero al
poder señorial. En Francia y en Italia donde, desde el siglo IX, este poder
había llevado muy adelante su ocupación de las tierras alodiales, los actos
de entrega
de fincas revistieron
por lo
general un carácter individual. Pero, no por ello fueron menos
abundantes. Hasta catorce hombres libres habían, de esta suerte, gravado sus
propios bienes de prestaciones en favor de una abadía de Brescia, hacia el año
900.*252 En realidad, las más evidentes brutalidades como los
contratos más sinceros y espontáneos, denunciaban la acción de una misma causa
profunda: la debilidad de los campesinos independientes. No hay que pensar en
una tragedia de orden económico. Esto seria olvidar que no todas las conquistas
de los señoríos fueron rurales: al ejemplo de las antiguas villae
rústicas, el régimen de la tenure, con sus cargas ordinarias, se
introdujo hasta en las antiguas ciudades romanas, o al menos en un buen número
de ellas que, bajo la dominación de Roma, seguramente no habían conocido nada
semejante. Y seria, sobre todo, pretender
establecer una comparación,
de hecho
incompleta, con el antagonismo
que, en
otras civilizaciones,
pudo oponer
los métodos
de la pequeña y de la gran
propiedad. Pues el señorío era, ante todo, una aglomeración de pequeñas fincas
sometidas, y, el propietario alodial, al convertirse en colono, aunque asumía
obligaciones nuevas no cambiaba para nada las condiciones de su explotación. No
buscaba o sufría un amo más que en razón de la insuficiencia de los otros
cuadros sociales, ya fuese la solidaridad del linaje o los poderes estatales. Es
significativo el caso de los hombres de Wolen que, víctimas de la más
manifiesta tiranía, quisieron elevar su queja al rey y, mezclados entre la
multitud de un gran tribunal plenario, no consiguieron ni hacer oír su rústico
lenguaje. La atonía de los cambios y de la circulación monetaria tenía, sin
duda, su parte en esta falta de autoridad pública, e, indudablemente también,
privando a los cultivadores de toda
reserva de instrumentos de pago contribuía a debilitar su capacidad de
resistencia. Pero fue sólo por estas vías indirectas como las condiciones
económicas ejercieron alguna acción sobre la crisis social de los campesinos. En
el humilde drama rústico, hay que reconocer un aspecto del mismo movimiento que,
en un grado superior, precipitó a tantos hombres en los lazos de la
subordinación del vasallaje.
Acerca de
esta relación, bastará
referirnos a las experiencias
diversas que nos ofrece Europa.
La Edad Media conoció, a decir verdad, una
sociedad ampliamente señorial y que no estuvo feudalizada: Cerdeña. No hay que
sorprenderse de que en esta tierra,
durante tanto
tiempo sustraída
a las
grandes corrientes
de influencia que recorrieron el
continente, pudiese mantenerse
un antiguo
sistema de
pequeños señoríos rurales, regularizado durante el período romano, sin
que el poder de las aristocracias locales revistiese la forma específica de la
encomienda franca. En cambio,
no existe país sin señoríos que no haya sido también país sin vasallaje: la
mayor parte de las sociedades célticas de las islas; la Península Escandinava y,
en la propia Germania, las tierras bajas de la costa del mar del Norte:
Dithmarscben, más allá del estuario del Elba, y la Frisia, del
Elba al Zuíderzee. En esta última región fue hasta el siglo XIV o el XV,
cuando por encima de la masa de campesinos libres se elevaron algunos linajes de
jefes (voz que corresponde exactamente al frisón hoveling).
Apoyados en una fortuna de
bienes raíces acumulada generación tras
generación, en las
bandas armadas que ellos mantenían y en el apoderamiento de ciertas
funciones judiciales, estos pequeños tiranos de aldea consiguieron transformarse
en época tardía,
en los
verdaderos embriones del
señorío. Esto
se debía a
que los viejos cuadros de la
sociedad frisona, fundados esencialmente en los vínculos de la sangre, empezaban
a fallar. En la época en que florecían en otras partes las instituciones
feudales, estas diversas civilizaciones, al margen de nuestro Occidente,
seguramente no ignoraban ni la dependencia del pequeño colono, esclavo, liberto
o libre, con relación a otro más rico que él, ni la consagración del compañero
a un príncipe o capitán de aventuras; por el contrario, nada recordaba en ellas
la vasta red jerarquizada de sumisiones campesinas y de
fidelidades militares a
la que
damos el
nombre de
feudalismo.
Podemos preguntarnos si de esta carencia puede ser
única responsable la falta común de
toda sólida influencia franca (pues, incluso en Frisia, la organización
administrativa impuesta por los carolingios de manera momentánea, se hundió
pronto). El hecho, sin duda, tiene importancia; pero, seguramente, hay que
conceder mayor interés a la impotencia de la relación
de compañía para transformarse en vasallaje. Los hechos dominantes
superaban a los problemas de influencia.
Allí donde el hombre libre, quienquiera que fuese,
continuó siendo guerrero apto para ser llamado en todo momento al servicio, y
que nada esencial, en el equipo, lo distinguía de las tropas selectas, el
campesino escapó fácilmente a la
influencia señorial, mientras que
los grupos
de seguidores
de armas
dejaban de dar origen a una clase de caballeros especializada y provista
de una armazón jurídica sui generis. Allí donde los hombres, en todos los
grandes reinos, podían apoyarse en otros poderes y en otras solidaridades que la
protección personal, parentelas,
entre los frisones,
las gentes de Dithmarschen
y los celtas, y también parentelas, pero instituciones de Derecho público
asimismo, según el tipo de los pueblos germánicos, entre los escandinavos—, ni
las relaciones de
subordinación propias del señorío territorial,
ni el
homenaje con el feudo invadieron toda la vida social.
Aún hay más . Como el sistema propiamente feudal,
el régimen señorial no alcanzaría un estado de perfección más que en los países
donde fue importado. La Inglaterra de los reyes normandos no admitió alodios
campesinos, como no admitía alodios de caballeros. En el continente, los alodios
campesinos tuvieron una
vida mucho
más difícil. En los
siglos XII
y XIII, se hicieron muy raros en las regiones francesas de entre
el Mosa y el Loire y en Borgoña; según parece, habían desaparecido por completo
en amplias zonas. En cambio, subsistían en número más o menos importante, pero
siempre apreciables, en el
sudoeste de
Francia, en
ciertas provincias del centro, como el
Forez, en Toscana y, sobre todo, en Alemania, donde Sajonia fue su tierra
preferida. Eran las mismas regiones donde, por un paralelismo notable, se
mantenían los alodios de jefes, aglomeraciones de tenures, de dominios y
de poderes de mando cuya posesión no obligaba a ningún homenaje. El señorío
rural era mucho más viejo que las instituciones verdaderamente características
de la primera edad feudal. Pero sus victorias durante este período, como sus
fracasos parciales, se explican —todo tiende a probarlo— por
las mismas causas que provocaron u
obstaculizaron el éxito del vasallaje y del
feudo.
III.
SEÑOR Y
POSEEDORES DE
LA
TIERRA
Aparte los contratos de sujeción individual cuyas
cláusulas acostumbraban ser tan imprecisas como olvidadas con rapidez, las
relaciones del señor con los colonos no tenían otra ley que la “costumbre de la
tierra”: hasta el punto de que
en francés
el nombre
ordinario de
los censos era
coutumes y
el del deudor de los mismos, homme coutumier. Desde que existió
un régimen señorial, aunque fuese
en estado
embrionario —desde el
Imperio Romano,
por ejemplo, o en la Inglaterra
anglosajona— esta tradición particular fue lo que en realidad definió cada
señorío como grupo humano, oponiéndolo a sus vecinos. Los precedentes que
decidían de esta forma la vida de la colectividad debían ser, ellos mismos, de
naturaleza colectiva. Poco importa que una tasa hubiera cesado, desde tiempo
casi inmemorial,
de ser
pagada por
una de
las
tenures
—dice,
en lo
esencial, una
sentencia del
Parlamento de
la época
de San
Luis
—; si durante este intervalo las otras
explotaciones la han pagado con regularidad, continúa siendo obligatoria incluso
para aquella que durante tanto tiempo dejó de hacerlo.*253 Así
pensaban los juristas; sin duda, la práctica fue, en general, menos severa. El
respeto de estas reglas ancestrales se imponía, en principio, a todos, igual al
señor que a los subordinados. Sin embargo, ningún ejemplo podría poner mejor en
evidencia lo que esta pretendida fidelidad a lo ya hecho tenía de engañador,
pues, unidas a través de las edades, por una costumbre reputada de inmutable,
nada se parecía menos a un señorío del siglo IX, que uno del XIII.
No hay que buscar la causa en la transmisión oral.
En tiempo de los carolingios, muchos señores, después de una información,
hicieron poner por escrito los usos de sus tierras, bajo la forma de
descripciones detalladas a las que más tarde se llamaría censarías (censiers
o terriers). Pero la presión de
las condiciones sociales del ambiente era más imperiosa que el respeto hacia el
pasado.
A favor de los mil conflictos de la vida
cotidiana, la memoria jurídica se
atestaba sin cesar de nuevos precedentes. Sabemos que una costumbre no puede ser
verdaderamente obligatoria más que allí donde encuentra como salvaguardia una
autoridad judicial acatada por todos. En el Estado franco, en el siglo IX, los
tribunales reales llegaban, en ocasiones, a asumir este papel, y si de ellos no
conocemos más que decisiones siempre desfavorables a los colonos, la razón
quizá esté en que los archivos eclesiásticos no se preocupaban mucho de
conservar las demás. A continuación, el acapara- miento de los poderes de
jurisdicción por los señores vino a suprimir la posibilidad de semejantes
recursos. Los más escrupulosos de entre ellos, no siempre
temían atropellar
a la
tradición cuando
afectaba a
sus intereses o a
los que les estaban confiados. En sus memorias, vemos cómo el abad Snger
se felicita de haber impuesto, con su autoridad, a los campesinos de una de sus
tierras la institución del censo en dinero, que siempre pagaron, por una suma
proporcional a la cosecha, de lo que se podía esperar un mayor provecho.*254
Los abusos de los amos no tenían más contrapesos —con frecuencia, muy eficaces—
que la maravillosa capacidad de inercia de la masa rural y el desorden de sus
propias administraciones.
Nada más variable, según los lugares y los
señoríos, y nada más diverso que las cargas del cultivador durante la primera
edad feudal. En las fechas fijadas, se le ve llevar al representante del señor
algunas monedas, o con más frecuencia, algunas gavillas cosechadas en sus
campos, aves de su corral o panales de miel sacados de sus colmenas o de los
enjambres del bosque cercano. En otros momentos, trabaja en los campos o en los
prados de la reserva: o por cuenta del amo, transporta hacia residencias más
lejanas toneles de vino o sacos de trigo. Los muros o los fosos del castillo
son reparados con la fuerza de sus brazos. Cuando el amo recibe a forasteros, el
campesino despoja su propio lecho para proporcionar a los huéspedes la ropa de
cama necesaria. En ocasión, de las grandes partidas de caza, debe alimentar a la
jauría. Y por último, cuando estalla la guerra, bajo la bandera desplegada por
el alcalde de la aldea se improvisa soldado a pie o escudero.
El estudio detallado de estas obligaciones corresponde, en particular, al
estudio del señorío como empresa económica y fuente de ingresos.
Aquí nos limitaremos a poner de relieve los hechos de evolución que afectaron
más profundamente la relación propiamente humana.
La dependencia de las explotaciones campesinas
frente a un señor común se reflejaba
por el
pago de
una especie
de alquiler
de la
tierra. En
este aspecto, la obra de la
primera edad feudal fue, ante todo, de simplificación. Un número bastante grande
de pagos que, en la época franca, se entregaban por separado, acabaron por
fundirse en una renta rústica única, que, en Francia cuando se pagaba en dinero,
se conocía por lo general con el nombre de censo. Pues bien, entre las tasas
primitivas había algunas que, originalmente, no fueron cobradas por las
administraciones señoriales más que por cuenta
del Estado. Tales, los suministros debidos al ejército real o los pagos
de sustitución a que daban lugar. Su misión a una carga que, al aprovechar sólo al señor,
era concebida
como la
expresión de
sus derechos superiores
sobre el suelo, atestigua, con
particular claridad, la preponderancia adquirida por el poder próximo del
pequeño jefe de grupo, a expensas de toda relación más alta.
El problema de la herencia, uno de los más
candentes que planteó la institución
del feudo militar, no tuvo casi ninguna importancia en la historia de las
tenures rurales, al menos durante la era feudal. De manera casi universal,
los campesinos se sucedían, de generación en generación, sobre el mismo suelo.
En ciertas ocasiones, como se explicara más adelante, los colaterales eran
excluidos cuando el cultivador era de condición servil. Por el contrario,
siempre el derecho de los descendientes debía ser respetado, con tal de que no
hubiese abandonado prematuramente el círculo familiar.
Las reglas sucesorias sólo estaban fijadas por las
viejas costumbres regionales, sin otra intervención por parte de los señores que
sus esfuerzos, en ciertas épocas y en
determinados países, para velar por la indivisibilidad de los bienes, que se
juzgaba necesaria para la exacta percepción de las cargas. Además de
ésto, la
vocación hereditaria
de los
labradores parecía
tan evidente que, en general,
los textos, dando por sentado el principio, no se tomaban la pena
de mencionarlo,
como no
fuera por
alusión. Sin duda,
porque ésta
fue, en la
mayor parte de
las explotaciones campesinas,
antes de que
los jefes locales se
transformasen en señores, la costumbre inmemorial, extendida poco a
poco a los mansos más
recientemente separados en el dominio. Pero también porque los señores no
tenían ningún interés en romper este hábito. En esa época, en que la tierra era
más abundante que el hombre, en la que, además, las condiciones económicas
impedían valorizar reservas demasiado extensas con la ayuda de una mano de obra
asalariada o mantenida a domicilio, más que juntar parcela tras parcela
era preferible disponer de manera permanente de los brazos y de la fuerza
contributiva de los dependientes, capaces de mantenerse por sí mismos.
Entre todas las exacciones nuevas,
impuestas a los cultivadores, las más características fueron los monopolios,
muy variados, que el señor se atribuyó en perjuicio de aquéllos. Unas veces, se
reservaba, durante ciertos periodos del año, la venta del vino o de la cerveza;
otras, reivindicaba el derecho exclusivo de proporcionar, mediante pago, el toro
o el verraco necesarios para la reproducción de
los rebaños,
o también
los caballos que, en ciertas
regiones meridionales, eran utilizados para la trilla de los granos.
Con más frecuencia, obligaba a los campesinos a
moler en su molino, cocer el pan en su horno y prensar la uva en su prensa. El
mismo nombre de estas cargas era significativo; comúnmente se les llamaba
banalités.*255 Ignorados en la época franca, no tenían otra base
que el poder de mandar reconocido al señor y designado con el viejo vocablo
germánico ban. Poder, naturalmente, inseparable de toda autoridad de jefe
y, por tanto, como parte de la autoridad señorial, muy antiguo, pero que en
manos de los pequeños potentados
locales se había reforzado mucho por el desarrollo de su papel de jueces. No
menos instructiva es la repartición de estos monopolios en el espacio. Su patria
de elección fue Francia, donde el debilitamiento del poder público y el
acaparamiento de la justicia en manos de una clase determinada fueron llevados
hasta un punto extremo. En este país eran sobre todo ejercidos por
los señores que detentaban los derechos de justicia más elevados,
llamados de “alta justicia”.
En Alemania,
donde no
se extendían
a un
tan gran
número de actividades, parecen
haber sido con frecuencia retenidos por los directos herederos de los condes,
los jueces por excelencia del Estado franco. En Inglaterra, no fueron
introducidos —de manera incompleta, por lo demás — hasta la conquista normanda.
Evidentemente, a medida que el otro ban —el
del rey o de sus representantes— ofrecía menos resistencia y se hacía
menos eficaz, el poder de mando de los señores se hizo más extenso y lucrativo.
Casi en todas partes, la iglesia parroquial
dependía del señor o de uno de ellos,
si existían varios en una misma parroquia. Con frecuencia había sido construida
por uno de sus predecesores, pero esto no era bastante para justificar semejante
apoderamiento. Pues entonces, se concebía el lugar de culto colectivo como cosa
de los fieles. Allí donde, como en Frisia, no existía señorío, la iglesia
pertenecía a la comunidad rural; en el resto de Europa, el grupo campesino, al
no tener existencia legal, no podía estar representado
más que
por su
jefe o
por uno
de sus
jefes. Este
derecho de
propiedad —como se decía antes
de la reforma gregoriana— de patronato —como se dijo más tarde, con
mayor modestia—, consistía, ante todo, en el poder de nombrar o presentar
al sacerdote
que tenía
que cumplir
el oficio
parroquial. Pero
los señores pretendían también
deducir de él la facultad de percibir, en provecho propio, al menos una parte de
las rentas parroquiales. Entre éstas los
derechos de pie de altar, sin ser desdeñables, no eran muy elevados; en
cambio, el diezmo producía ingresos saneados. Después de haber pasado durante
mucho tiempo como un deber puramente moral, su pago fue rigurosamente impuesto a
todos los fieles, en el Estado franco, por los
primeros carolingios y, al propio tiempo, en Gran Bretaña, por los reyes
anglosajones, imitadores de los primeros. Al principio, era una tasa de un
décimo, pagada en especie y que afectaba a todos los ingresos sin excepción. En
la realidad, de manera muy rápida, acabó aplicándose sólo a los productos
agrícolas. Su apropiación por los señores no fue total; Inglaterra, se benefició
del tardío desarrollo de su régimen señorial; en el continente, el cura, con
frecuencia, y algunas veces, el obispo, retenían algunas fracciones. Además,
el despertar religioso nacido de la reforma gregoriana llevó rápidamente
a hacer restituir al clero —es decir, en la mayor parte de los casos,
prácticamente a los monasterios—, con un mayor número de iglesias, muchos
diezmos que hasta entonces estuvieron en manos de laicos. El acaparamiento de
esta renta, de origen ‘espiritual’, por gentes eminentemente temporales fue,
durante la
primera edad
feudal, una
de las
manifestaciones más sorprendentes
y provechosas de las conquistas de un poder que parecía, decididamente, no
reconocer a ningún otro el derecho de pedir algo a sus súbditos.
“La ayuda” pecuniaria o talla de los
agricultores nació, como la talla de los vasallos y aproximadamente al mismo
tiempo, del deber general que era ley para todo subordinado de ayudar a su jefe.
Como ella, adoptó al principio la más cara de un regalo, recordada hasta el fin
por algunos de los nombres con que se la designaba: en Francia, “demanda” o
queste*256 y, en Alemania, Bede, que significa “ruego”.
Pero, con más sinceridad, también se le llamaba toulte, del verbo
tolir, “tomar”. Su historia, aunque empezó más tarde, no dejó de tener analogías con la de los monopolios señoriales. Muy
extendida en Francia, importada en
Inglaterra por los conquistadores normandos, quedó en Alemania como privilegio
de un pequeño número de señores: los que detentaban los poderes superiores de
justicia, menos fragmentados que
en las regiones francesas. Como la talla de los vasallos, a la de los
rústicos no debía escapar a la acción reguladora del uso, aunque con resultados
sensiblemente diferentes. Los contribuyentes, faltos, con frecuencia, de la
fuerza necesaria para imponer una estricta definición de los casos, se
encontraron con que el impuesto, que primero había sido excepcional, les fue —a
medida que la circulación monetaria se hacía más intensa— reclamado con
intervalos cada vez más próximos. Desde luego, con grandes variedades entre los
diferentes señoríos. En la región de Ile-de-France, hacia el año 1200, tierras
en que las colectas eran anuales, e incluso bienales, estaban junto a otras en
las que no tenían lugar más que a largos intervalos. En casi todas partes, el
derecho era incierto, pues para incorporarse con facilidad al sistema de las
demás “buenas costumbres” esta carga no era sólo la más reciente.
Su periodicidad mal fijada e, incluso allí donde
el ritmo se estabilizó, la irregularidad del importe que cada vez que exigía, le
conservaba un aire arbitrario. En los medios eclesiásticos, “buenas gentes”,
como dice un texto parisiense,
discutían su
legitimidad. En
particular, era
odiosa a
los campesinos, a los que
algunas veces
llevó a
sangrientas revoluciones. Medio cristalizada
en una época de escaso numerario, la tradición del señorío no se prestaba
sin choques a las necesidades de una nueva economía.
De esta forma, el agricultor de fines del siglo
XII paga el diezmo, la talla y los múltiples monopolios señoriales; conjunto
que, incluso en las comarcas donde el señorío tenía larga historia, su antecesor
del siglo VIII, por ejemplo, no conoció. Indiscutiblemente, las obligaciones de
pagar se hicieron más pesadas, aunque
no sin compensaciones —al menos, en algunas regiones— respecto a las
obligaciones de trabajo.
Pues por una especie de prolongación del
desmembramiento de que antaño fue victima el latifundium romano, los
señores, en una gran parte de Europa,
se dedicaron a dividir vastas porciones de sus reservas: a veces, para
distribuirlas, trozo a trozo, entre sus antiguos labriegos; otras, para formar
con ellas nuevas tenures o, a veces, para integrar pequeños feudos de
vasallaje, pronto fragmentados, a su vez, en censos campesinos. Provocado por
causas especialmente de tipo económico, cuyo examen se sale de los límites de
esta obra, el movimiento comenzó en los siglos X y XI en Francia, en Lotaringia
y en Italia; un poco más tarde en la Alemania transrenana y, más
lentamente, todavía, y no sin fluctuaciones, en Inglaterra, donde el propio
régimen señorial era más moderno. Ahora bien, quien decía dominio disminuido
decía también, a la fuerza, prestaciones abolidas o aligeradas. Allí donde el
campesino, en tiempo de Carlomagno, debía varios días por semana, en la Francia
de Felipe Augusto o de San Luis, no se le veía trabajar en los campos o prados
dominicales más que algunos días por año. El desarrollo de las nuevas
exacciones no fue sólo, país por país, proporcional al acaparamiento, más o
menos adelantado, del derecho
de ordenar. Se
operó también en
razón directa del abandono por
el señor de un derecho personal a rentar las tierras. Disponiendo, al mismo
tiempo, de más tiempo y de más tierra, el campesino podía pagar con más
facilidad. Y el amo, naturalmente, buscaba recoger por
un lado lo que perdía por el otro; privado de los sacos de trigo de la
reserva, el molino señorial, sin el monopolio del ban, se habría visto
obligado a parar sus muelas. Sin embargo, al dejar de exigir a sus súbditos, a
lo largo del año, una intensa labor en sus campos, al transformarlos de manera
definitiva en productores, con pesadas tasas es cierto, pero económicamente
autónomos, al transformarse él mismo en simple rentista del suelo, el señor,
en los lugares donde esta evolución se realizó en toda su plenitud, dejaba de
manera inevitable que se relajase un poco el vinculo de dominación humana. Como
la historia del feudo, la historia
de la tenure rural fue, a fin
de cuentas, la del paso de una estructura social fundada en el
servicio a un sistema de rentas
rústicas.
CAPITULO II
SERVIDUMBRE
Y LIBERTAD
I.
EL
PUNTO DE
PARTIDA: LA
CONDICIÓN PERSONAL
EN LA ÉPOCA FRANCA
Imaginemos, en el Estado franco —al que,
provisionalmente, limitaremos nuestro examen— y hacia principios del siglo IX, a
un personaje que, en presencia de una muchedumbre humana se esfuerza en
discernir las diferentes condiciones
jurídicas de sus componentes: alto funcionario de Palacio enviado en misión a
las provincias, prelado enumerando sus ovejas, señor ocupado en hacer el censo
de sus sometidos. La escena no tiene nada de ficticio, pues conocemos más de
una tentativa de esta especie. La
impresión que dan es la de muchas dudas y divergencias. En la misma región en
fechas cercanas, casi nunca se ve a dos censuarios usar criterios semejantes. Es
bien visible que a los mismos hombres de la época, la estructura de la sociedad
en que vivían no se les aparecía con líneas bien determinadas. Se debía a que se
entrecruzaban sistemas de clasificación muy diversos. Unos, tomando su
terminología de las tradiciones —a veces discordantes— de Roma o de Germania, se
adaptaban imperfectamente al momento presente: otros intentaban, como podían,
expresar la realidad, y lo hacían con torpeza.
En realidad, una oposición primordial se ofrecía,
muy simple en sus términos: por una parte, los hombres libres, por la otra, los
esclavos (en latín servi). Bajo reserva de las atenuaciones aportadas a
la dureza de los principios por lo que aún podía sobrevivir: de la legislación
humanitaria de los emperadores romanos, por el espíritu del cristianismo y por
las inevitables transacciones de la vida cotidiana, los servi continuaban siendo, de derecho, la cosa de un
amo, que disponía soberanamente de su cuerpo, de su trabajo y de sus bienes.
Desprovisto de personalidad propia, al margen del pueblo, el esclavo era un
extraño. No es convocado a la hueste real; no tiene lugar en las asambleas
judiciales, no puede llevar a ellas sus quejas y no es justiciable más que en
el caso en que, cometiendo una falta grave en un tercero, su amo le libra a la
venganza pública. Que sólo los hombres libres, independientemente de toda
distinción étnica, compusieron el populus Francorum, está probado por la
sinonimia que se estableció entre el nombre nacional y la cualidad jurídica:
libre o franco, los dos vocablos se hicieron equivalentes.
No obstante, examinando de cerca esta antítesis,
en apariencia tan clara, no daba más que una imagen muy inexacta de la viva
diversidad de las condiciones. Entre los
mismos esclavos —cuyo número
no era
muy elevado—, los modos de
existencia introdujeron diferencias profundas. Cierto número de ellos, empleados
en los pequeños trabajos domésticos o en las labores del campo, eran mantenidos
en la vivienda del amo o en sus granjas. Estos quedaban reducidos a la suerte de
un verdadero ganado humano, oficialmente colocado entre los bienes muebles. Por
el contrario, el esclavo cultivador tenia su
propia casa,
subsistía con el
producto de
su propio trabajo,
nada le
impedía, en caso necesario,
vender en
provecho propio
el sobrante
de su cosecha,
para su mantenimiento no dependía directamente de su amo, y la mano de
éste no le alcanzaba más
que
en raras
ocasiones. Es verdad
que quedaba
sujeto
al pago de cargas terriblemente
pesadas al poseedor de la corte
dominical. Pero, al menos, estaban limitadas, algunas veces por el Derecho y
siempre por la práctica. En vano, algunos censuarios hacen resaltar que el
hombre “debe servir todas
las veces
que recibe
orden para
ello”; en
la práctica, el
interés bien entendido del amo
aconseja dejar a cada pequeño cultivador la disposición de las jornadas de
trabajo necesarias para el cultivo del manso, en cuyo defecto, la materia
misma de las rentas se habría desvanecido. Al llevar así una vida muy análoga a
la de los otros campesinos, llamados libres, con cuyas familias se unía
con frecuencia por matrimonio, el servus “asentado” comenzaba ya a
aproximarse también a ellos por un rasgo capital de su estatuto jurídico. Los
tribunales reales reconocían que sus deberes estaban también en su caso, fijados
por la costumbre de la tierra: estabilidad contraria en absoluto a la noción
misma de esclavitud, en la que lo arbitrario es un elemento esencial. Ciertos
esclavos, por último, figuraban, como hemos visto, en las tropas de fieles
armados de los que se rodeaban los grandes nobles. El prestigio de las armas, la
confianza de que eran objeto, en una palabra, para hablar como un capitular, “el
honor del vasallaje” les aseguraban en la sociedad una categoría
y unas posibilidades de acción hasta tal punto por encima de toda tarea
servil que los reyes juzgaron conveniente reclamarles, por excepción, ese
juramento de fidelidad del que no participaban, en principio, más que los
verdaderos francos.
Entre los hombres libres, la mezcolanza era aún
mayor. Las diferencias de fortuna, que eran considerables, no dejaban de
repercutir sobre las distinciones
jurídicas. ¿Se tenía que considerar aún como auténtico miembro del pueblo franco
al personaje que de buena cuna, demasiado miserable para equiparse, no podía ser
convocado a las armas, o, a lo menos, acudir por sus propios
medios a
la convocatoria
del ejército?
Como dice
una capitular,
éste no era más que un “libre
de segundo orden”. Otra ordenanza, de manera más brutal, contrapone ricos
y pobres.*257 Sobre todo, al mismo tiempo que súbditos
del rey, la mayor parte de los hombres teóricamente libres se encontraban
también en dependencia de tal o cual jefe particular, y eran los matices casi
infinitos de esta subordinación los que determinaban, en cada caso, la condición
del individuo.
Los agricultores de los señoríos, cuando no eran
de estatuto servil, llevaban, en
general, en los documentos oficiales, redactados en latín, el nombre de
colonos. En efecto, muchos de ellos, en
las partes del
Estado franco que antes fueron
romanas, descendían sin duda de antepasados sometidos a las leyes del colonato.
Pero la sujeción al suelo, antaño característica esencial de esta condición cayó
en desuso. Varios siglos antes, el Bajo Imperio concibió el pensamiento
de fijar a todos los hombres a su labor hereditaria, al mismo tiempo que a su
cuota de impuestos: el soldado, en el ejército; el artesano, en su oficio; el
decurión, en el senado municipal, y el labriego, en su terruño, del que no
podía separarse y del que el propietario eminente del suelo no podía arrancarlo.
El poderío de una administración soberana, que dominaba inmensos espacios
permitió entonces hacer de este sueño casi una realidad. Por el contrario, los
reinos bárbaros y la mayor parte de los Estados medievales
que los
sucedieron, no disponían
de la
autoridad necesaria
para perseguir al campesino fugitivo o impedir que un nuevo dueño lo
acogiese. Además, la decadencia del impuesto rústico, en manos de gobiernos
inexpertos, quitó
todo interés
a estos
esfuerzos. Es significativo
que, en
el siglo IX, muchos colonos se
encontraran establecidos en mansos serviles, es decir, que habían sido
entregados antiguamente a esclavos, y muchos esclavos, en mansos ingenuos,
atribuidos al principio a colonos. Este desacuerdo entre la calidad del
hombre y la calidad de la tierra —cuyas cargas específicas continuaban
recordando el pasado— no sólo venía a sumarse a la siempre cambiante situación
de clases, atestiguaba hasta qué punto la perpetuidad de la sucesión sobre un
mismo trozo de tierra dejaba de ser respetada.
Así, podemos preguntarnos, qué sentido podía
conservar, para una edad demasiado realista para no atribuir todas las
relaciones sociales a un intercambio de obediencia y de protección entre seres
de carne y hueso, la noción abstracta del Derecho romano que del colono, hombre
libre por su estatuto personal, hacía “un esclavo de la tierra en que ha
nacido”, o sea, el dependiente no de un individuo, sino de una cosa. Ya
en el lugar donde una constitución imperial había dicho “que el colono sea
devuelto a su tierra de origen”, el manual de Derecho romano redactado
para las necesidades del Estado visigodo a principios del siglo VI, decía “que
sea devuelto a su amo”.*258 Seguramente, como su lejano predecesor,
el colono del siglo IX continúa siendo una persona libre. Presta juramento de
fidelidad al soberano. En algunas ocasiones, forma parte de las asambleas
judiciales. Sin embargo, con las autoridades públicas no tiene más que
contactos muy escasos. ¿Va a la hueste?
Cuando lo
hace, es
bajo la
bandera del
jefe del
que posee
la
tierra.
¿Es citado ante la justicia? El juego de las
inmunidades y, más todavía, los usos que estos privilegios de ordinario se
limitaban a sancionar le imponían de nuevo a su señor como juez habitual. De
manera progresiva, su lugar en la sociedad se define por su sujeción a otro
hombre: sujeción tan estrecha, en verdad, que se estima natural el limitar su
estatuto familiar, prohibiéndole contraer matrimonio fuera del señorío; que su
unión con una mujer completamente libre es considerada “matrimonio ilegal”; que
el Derecho canónico tiende a impedirle la entrada en las órdenes sagradas, y el
Derecho secular, a infligirle los castigos corporales antiguamente reservados a
los esclavos; y por último, que cuando su señor le hace remisión de sus cargas,
este acto es calificado de manumisión. No fue sin motivo que, a diferencia de
tantos vocablos jurídicos procedentes del latín, colonus quedó al fin sin
posteridad en las hablas galorromanas. La persistencia de otros términos para
designar también condiciones humanas, tuvo a cambio, como es lógico, muchos
cambios de sentido; pero no deja de atestiguar el sentimiento o la ilusión de
una continuidad. Pero, desde la época carolingia, el colono empezó
a perderse en la multitud uniforme de los dependientes del señorío, que
los documentos reunían bajo el nombre de mancipia (antes, en latín
clásico, sinónimo de esclavos) y la lengua vulgar, con el de hombres del
señor, más vago todavía. Por un
lado, muy
próximo de los esclavos asentados,
por el
otro, casi se confundía —hasta el punto de que, a veces, en la
terminología, se borra toda distinción— con los protegidos propiamente dichos,
cuando estos no eran guerreros.
Pues, como sabemos, la práctica de la
encomienda no se limita a las clases superiores. Muchos modestos hombres
libres se buscaban un defensor, sin
por ello hacerse esclavos. Al mismo tiempo que le entregaban su tierra, para
tomarla en seguida a título de tenure, se establecía, entre los dos
individuos, una relación de carácter más personal, que, de otra parte, durante
mucho tiempo quedó definida de manera muy deficiente. Cuando empezó a
precisarse, lo hizo tomando más de un rasgo de otra forma de dependencia muy
extendida, que parecía predestinada a servir de modelo a todos los lazos de
humilde sujeción: la condición del manumitido “con obediencia”.
Desde los últimos siglos del Imperio romano,
tuvieron lugar innumerables manumisiones de esclavos en los países que debían
componer el Estado franco. En tiempo de los carolingios, cada año se concedían
otras muchas. Para los jefes, esta política era muy aconsejable. Las
transformaciones de la economía invitaban a disolver los grandes equipos que
antes sirvieron para cultivar los latifundia, ahora divididos. Del mismo modo
que la riqueza parecía deberse fundar, en adelante, más en la percepción de
censos y de servicios que en
la explotación directa de
vastas propiedades,
la voluntad
de poder,
a su vez, encontraba en la
protección extendida sobre hombres libres, miembros
del pueblo, un instrumento singularmente más eficaz que el que podía
proporcionar la posesión de un ganado humano desprovisto de derechos.
Por último, el deseo de salvación espiritual, que
se hacía sentir más al acercarse la muerte, inclinaba a escuchar la voz de la
Iglesia, que aunque no luchaba contra
la servidumbre
en si, hacía de la
liberación del
esclavo cristiano una obra piadosa por excelencia. También la conquista
de la libertad había sido en todo
tiempo, en Roma tanto como en Germania, el fin normal de muchos destinos
serviles. Simplemente, parece probable que en los reinos bárbaros el ritmo se
fuera acelerando poco a poco.
Pero los señores no se mostraban tan generosos, en
apariencia, más que porque estaban muy lejos de cederlo todo. Nada más
frondoso, a primera vista, que el
régimen jurídico de las manumisiones en el Estado franco del
siglo IX. Las tradiciones del mundo romano por una parte y los diversos
derechos germánicos por la otra, proporcionaban una enorme cantidad de medios
diferentes para concluir la operación, y fijaban la condición de sus
beneficiarios en términos de una pasmosa variedad. Ateniéndose, sin embargo, a los resultados prácticos, concordaban, en general, en
ofrecer la elección entre dos grandes categorías de formas. Unas veces, el
manumitido escapaba en adelante a toda autoridad privada que no fuera del tipo
de aquellas en las que podía, más tarde, según su voluntad, buscar el apoyo.
Otras veces, por el contrario, quedaba obligado, en su nuevo estatuto, a
ciertos deberes de sumisión, ya para con su antiguo amo, ya hacia un
nuevo dueño —por ejemplo, una iglesia— al que el antiguo señor consentía en
cederle. Estando por lo general estas obligaciones concebidas como destinadas a
transmitirse de generación en generación, se las veía llevar a la creación de
una verdadera clientela hereditaria. El primer tipo de manumisión era raro. En
cambio, el segundo era muy frecuente. El manumiso: renunciaba a un esclavo, pero procuraba conservar un dependiente. El
manumitido, que no hubiera osado vivir
sin defensor, encontraba así la protección deseada. La subordinación
contratada en esta
forma se
tenía aún
por tan
fuerte que
la Iglesia, llegaba a exigir de sus sacerdotes una plena independencia,
repugnaba el conceder la ordenación a estos nuevos hombres libres,
encerrados todavía, a despecho de su designación, en unos vínculos demasiado
estrechos. Era costumbre que el manumitido fuese, al mismo tiempo, el cultivador
de su patrono, ya porque hubiese sido asentado por él antes de librarse
de la tarea servil, ya porque la liberación se hubiese acompañado de una
donación de
tierra. Además, con frecuencia la
sujeción se subrayaba con
cargas de
carácter más personal.
Unas veces,
era una
parte de la herencia,
percibida, en ocasión de cada muerte, por el señor. Con más frecuencia
todavía, era
una tasa
por cabeza,
que de
año en
año debía
pagar el manumitido y como él,
y después de él, cada individuo de su descendencia. Al mismo tiempo que
procuraba una renta no despreciable, este impuesto,
gracias a la corta periodicidad de sus cobros, impedía que, por la mala voluntad del subordinado, o la negligencia del superior, el
vínculo corriese el riesgo de caer en olvido. El modelo lo proporcionaron
ciertos sistemas germánicos de manumisión. Pronto fue imitado en casi todas las
manu- misiones, con tal de que comportasen la obediencia.
Estas dos expresiones de la sujeción —tasa
sucesoria y capitación— estaban destinadas, en las sociedades medievales, a
tener una gran aceptación. La segunda dejó muy pronto de estar confinada al
pequeño mundo de las personas liberadas de la servidumbre. Como lo indican, en
términos expresos, ciertas actas de manumisión, los pocos dineros o panes de
cera, pagados anualmente, representaban el precio de la protección extendida
sobre su antiguo esclavo, por el amo transformado en patrono. Pues bien, los
manumitidos no eran los únicos hombres llamados libres que, de grado o
por fuerza, eran llevados a colocarse bajo la protección de un poderoso.
Desde el siglo IX, la capitación, extendiéndose, aparecía ya como el
signo específico de todo un grupo de dependencias personales que, por sus
caracteres comunes, superiores a todos los caprichos de la terminología,
representaban, por parte del subordinado, una humilde sumisión, por lo general
hereditaria, y por la parte del protector, un vigoroso poder de mando, generador de
percepciones lucrativas. De esta forma, en el caos de las relaciones de hombre a
hombre, aún muy entremezcladas, empezaban a dibujarse algunas líneas precisas,
alrededor de las cuales las instituciones de la época siguiente cristalizarían
poco a poco.
II.
LA
SERVIDUMBRE FRANCESA
Durante la primera edad feudal, en Borgoña y en la
propia Francia, una serie de acciones convergentes vinieron a desembarazar la
antigua nomenclatura social. Las leyes escritas estaban olvidadas. Una parte de
los registros de los censos de la época franca se habían perdido, y los demás, a
causa de las transformaciones del vocabulario y en razón del cambio de
distribución de muchas tierras, ya no podían ser consultados más que con
dificultades. Por último, señores y jueces eran por lo general demasiado
ignorantes para acudir a recuerdos jurídicos. En la nueva clasificación de las
condiciones que se operó entonces,
correspondió un papel considerable a una noción familiar, desde
tiempo inmemorial, a la conciencia
colectiva: la antítesis entre la
libertad y la servidumbre. Pero fue al precio de un profundo cambio de
sentido.
No puede sorprender que el contenido antiguo de la
oposición hubiese dejado de hablar a los espíritus. Pues en Francia casi ya no
existían esclavos propiamente dichos, y muy pronto ya no los hubo. El género de
vida de los esclavos cultivadores nada tenía de común con la esclavitud. En
cuanto a los pequeños grupos serviles que antes subsistían con la manutención
que les daba el amo, disminuían de continuo a causa del juego combinado de las
manumisiones y de la mortalidad. En efecto, el sentimiento religioso prohibía
reducir a esclavitud a los prisioneros de guerra cristianos. Quedaba todavía la
trata de esclavos alimentada por las expediciones a “tierras de paganos”. Pero
sus grandes corrientes o bien no alcanzaban Francia y el centro de Europa, o
bien —a falta de ricos compradores— no hacían más que atravesar esas regiones
para dirigirse
hacia la
España musulmana
o el
Oriente. Por
otra parte, el debilitamiento
privaba de toda significación concreta la antigua distinción entre el hombre
libre, súbdito de pleno derecho, y el esclavo, extraño al funcionamiento de las
instituciones públicas. No obstante, no se perdió la costumbre de imaginar la
sociedad como compuesta de personas las unas libres y las otras no libres; para
éstas se conservó el viejo nombre latino de servi, del que se derivaron
sus formas románicas. De manera insensible, la línea de separación entre los dos
grupos se fue desplazando.
Tener un señor no parecía en absoluto contrario a
la libertad. ¿Quién no lo tenía? Pero se concibió la idea de que esta cualidad
acababa allí donde se perdía la facultad de elección, ejercida al menos una vez
en la vida. En otras palabras, toda
relación hereditaria
fue calificada de tener
un carácter
servil.
¿No fue
una de
las grandes crueldades de
la esclavitud tradicional el
inevitable lazo que hacía del niño un esclavo “ya en el vientre de la
madre”? Este sentimiento de sujeción, casi físico, se expresa a maravilla en la
expresión “hombre de cuerpo”, forjada por la lengua popular como sinónimo de
siervo. El vasallo, cuyo homenaje no se
heredaba, como
hemos visto, era
esencialmente libre. Por el contrario, se incluyó bajo la etiqueta
de una servidumbre común, junto con los descendientes, en corto número, de los
esclavos cultivadores, a la masa,
mucho más densa, de los dependientes cuyos antepasados comprometieron, con su
propia persona, a toda su descendencia: herederos
de manumitidos o humildes encomendados. Y por un cruce
significativo, se incluyó en el grupo a los bastardos, a los extranjeros o
forasteros, y, algunas veces, a los judíos. Desprovistos de todo apoyo
natural en la familia o en el pueblo, fueron automáticamente confiados, por los
antiguos derechos, a la protección del príncipe o
del jefe de su residencia: la
era feudal los convirtió en siervos, sometidos por ello al señor de la tierra
sobre la que vivían o, como mínimo, al que en ella detentaba los poderes
superiores de justicia. En la época carolingia, un numero creciente de
protegidos pagó la capitación; esto, con la condición de conservar o recibir el
estatuto de hombres libres. Pues el esclavo tenía un amo que se lo podía
arrebatar todo, no un defensor al que se debía una compensación. No obstante,
poco a poco, se vio esta obligación, antes considerada como perfectamente
honorable, teñirse con un tinte de menosprecio, para ser, al fin, contada, por
los tribunales, entre los signos característicos de la
servidumbre. En este
momento, continuaba
siendo exigida a las mismas
familias que en otros tiempos y por las mismas razones fundamentales. Sólo había
cambiado el lugar que se atribuye, en la clasificación corriente, al lazo del
que el censo parecía la expresión.
Casi imperceptible para los contemporáneos, como
ocurre con todas las mutaciones semánticas,
esta gran
mudanza del
sistema de
valores sociales se anunció, desde fines de la época franca, por un
empleo muy debilitado del vocabulario de la
servidumbre, que, desde
entonces, empezaba a oscilar entre
las dos acepciones del pasado y del porvenir. Estos titubeos continuaron durante
mucho tiempo. Según las regiones y según los clérigos llamados a redactar los
documentos, los límites de la nomenclatura variaban. En muchas provincias,
ciertos grupos, descendientes de esclavos manumitidos mediante obediencia,
conservaron hasta principios
del siglo
XII, como etiqueta de
origen, su designación especial de culverts, derivaba del latín
collibertus, “liberto” o “manumitido”. Con menosprecio de la manumisión de
antaño, se les tuvo en adelante por privados de la libertad, en el
sentido nuevo de la palabra. Pero se les consideraba como una clase superior a
los simples siervos. A otras
familias, a pesar de una asimilación de hecho a todas las cargas de la condición
servil, se las continuó conociendo durante mucho tiempo con las expresiones de
encomendados o “gentes de avouerié”
(sustantivo sinónimo de protección). Cuando un hombre se colocaba,
con su descendencia, bajo la dependencia de un amo, al que, entre otras
obligaciones prometía la capitación, este acto era unas veces calificado de
entrada voluntaria en la servidumbre; pero, otras, se insertaba, como en la
antigua fórmula franca de la
encomendación, una cláusula para salvaguardar la libertad. O incluso en la
redacción se podía eludir toda expresión comprometedora. Sin embargo, cuando un
expediente, como el de la abadía de Saint-Pierre de Gante, se extiende a varios
siglos, no es difícil observar, en el transcurso del tiempo, los progresos de
una fraseología cada vez más puramente servil.
Cualquiera que, de otra parte, haya sido el número
de estas auto-entregas, cuya proporción, notablemente considerable en relación
con la pobreza de nuestros documentos, ofrece motivos de sorpresa, es evidente
que no contribuyó por si solo a multiplicar las filas de la servidumbre. Aparte
toda convención precisa, por el simple juego de la prescripción, de la violencia
y de los cambios efectuados en la opinión jurídica, la masa de los súbditos de
los señoríos, antiguos
o recientes,
pasó de
manera lenta
a esta
condición, definida con un nombre viejo y con unos criterios casi todos
nuevos. En la aldea de Thiais, en París, que, a principios del siglo IX, entre
146 jefes de familia contaba sólo 11 esclavos frente a 130 colonos y de donde
dependían además 19 protegidos pagando capitación, vemos que en la época de San
Luis, casi toda la población se componía de personas cuyo estatuto era
calificado de servil.
Hasta el fin quedaron individuos, e, incluso,
colectividades enteras, a las que no se sabía exactamente dónde clasificar.
¿Eran o no siervos de Sainte- Geneviève los campesinos de Rosny-sous-Bois? ¿Eran
siervos de su monasterio los
habitantes de
Lagny? Estos
problemas preocuparon a reyes
y a papas desde el tiempo de
Luis VII al de Felipe III. Obligados de padres a hijos al pago de la capitación
y a varias otras costumbres que, por lo general, se estimaban opuestas a
la libertad, los miembros de diversas aglomeraciones urbanas del norte de
Francia no aceptaban, en el siglo XIII, sin embargo, dejarse tratar de siervos.
Indecisiones y anomalías nada quitaban al hecho esencial. Lo más tarde desde la
primera mitad del siglo XII —habiendo dejado de existir los
culverts como clase
y habiéndose
convertido su nombre
en sinónimo de siervo—, se
construyó una categoría única de humildes dependientes personales, vinculados al
amo por su nacimiento y, por tanto, afectados por la mácula servil.
No se trataba de una simple cuestión de
denominación. Ciertas taras, que tradicionalmente eran concebidas como
inseparables de la servidumbre, se encontraron de manera casi necesaria
aplicadas a estos no libres de un
género nuevo, pero cuya novedad no era claramente sentida. Por ejemplo, la
prohibición de recibir
órdenes sagradas;
la privación del derecho
de testimoniar contra hombres
libres (salvo privilegio particular, concedido por principio, a los siervos
reales y
extendido a los de algunas
iglesias) y, de una manera general, una
nota muy dolorosa de inferioridad y de desdén. Por otra parte, se elaboró un
verdadero estatuto, definido sobre todo por un conjunto de cargas específicas.
Aunque con modalidades infinitamente variables, según las costumbres de los
grupos en sus líneas generales eran muy semejantes en todas partes: contraste
que se repite sin cesar en esa sociedad, al mismo tiempo dividida y
fundamentalmente una. Era la capitación. Era —no siendo con permiso especial que
se pagaba muy caro— la prohibición de contraer matrimonio con una persona que no
fuese de la misma condición y no dependiese del mismo señor. Era, por último,
una especie de impuesto sobre la
herencia. En las regiones de Picardía y de Flandes, esta mano muerta
tomaba habitualmente la forma de una tasa sucesoria regular, por la que el
señor, en cada defunción, recibía ya una pequeña suma, ya, con más frecuencia,
el mejor mueble o la mejor cabeza de ganado. En otros sitios, descansaba sobre
el reconocimiento de la comunidad familiar: cuando el difunto dejaba hijos (en
ocasiones también los hermanos) que hubiesen vivido con él alrededor del mismo
hogar, el señor no recibía nada; en el caso contrario, lo confiscaba
todo.
Ahora bien, por gravosas que estas obligaciones
puedan parecer, eran, en cierta forma, antípodas de la esclavitud, puesto que
suponían, en manos del deudor, la existencia de un verdadero patrimonio. En
tanto que cultivador, el siervo tenía exactamente los mismos deberes y los
mismos derechos que cualquier otro: su posesión no era más precaria y su
trabajo, hechos los servicios y pagados los censos, no le pertenecía más que a
él. No nos lo figuremos tampoco con la imagen del colono fijado a su gleba.
Es verdad que los señores procuraban retener a sus campesinos. ¿Sin el
hombre qué valía la tierra? Pero era difícil impedir las partidas porque la
fragmentación de la autoridad se oponía, más que nunca, a toda vigilancia
efectiva, y, por otra parte, como
el suelo
virgen era
todavía muy
abundante, no
servía de
gran cosa amenazar al fugitivo
con la confiscación, pues este casi siempre tenía la seguridad de encontrar en
otra parte un nuevo establecimiento. Además, lo
que con más o menos éxito se intentaba prevenir era el abandono de la
tenure en sí misma; el estatuto particular del que la explotaba importaba
poco. En las ocasiones en que se ve a dos personajes ponerse de acuerdo para no
acoger cada uno por su parte a ninguno de los súbditos del otro, de ordinario no
se hace ninguna distinción entre las condiciones, servil o libre,
de los individuos cuya emigración se intenta impedir.
En
ningún caso
era necesario que el campo
hubiese seguido,
en la sujeción,
el mismo camino que el hombre. Nada impedía, en principio, que el siervo
conservase para sí mismo incluso alodios, sustraídos a toda supremacía
territorial. A decir verdad, en semejante caso se admitía —conocemos
ejemplos hasta el siglo XIII— que, aún quedando ajeno a las obligaciones
censuales, el fundo no podía, sin embargo, ser enajenado sin la autorización
‘del dueño’ de la persona: lo que, en la práctica, hacía bastante imperfecto el
carácter alodial. Era mucho más frecuente que, poseyendo sólo tenures el
siervo, no procediesen, todas o en parte, del señor al que le unían los vínculos
propios de su condición; incluso que un siervo de cierto señor viviera sobre la
tierra de otro. ¿Repugnó a la era feudal la confusión de poderes? “Doy a San
Pedro de Cluny esta explotación con sus pertenencias" —entiéndase, “cedo
los derechos eminentes sobre el suelo”—, “a excepción del villano que lo
cultiva, su mujer, sus hijos y sus hijas, pues no me pertenecen”, de esta forma
se expresa, hacia fines del siglo XI, un documento borgoñón.*259
Desde el origen, este dualismo fue inherente a la situación de ciertos
protegidos y la movilidad de la población lo hizo poco a poco menos excepcional.
Como es natural, no dejaba de suscitar delicados problemas de partición y más
de un amo, ya de la tenure, ya del hombre, acabó perdiendo su derecho.
De todas maneras, acerca de un punto, muy significativo, existía casi la
unanimidad en reconocer a la relación de hombre a hombre una especie de
primacía. Se estimaba que el siervo, al menos en caso de crimen, que llevase
consigo una pena de sangre, no debía tener otro juez que su señor de
cuerpo, fuesen cuales fuesen, a la vez, los poderes judiciales habituales de
este último y el domicilio del reo. En resumen, el
siervo no
se caracterizaba en
absoluto por un vínculo con el suelo.
Su característica era, por el contrario, el depender tan estrechamente de otro
ser humano que, a cualquier sitio que fuese, esta atadura le seguía y se
transmitía a su descendencia.
Así, del mismo modo que los siervos, en su mayor
parte, no descendían de antiguos esclavos, su condición no representaba una
transformación, más o menos mitigada, de la antigua esclavitud o del colonato
romano. Bajo viejos vocablos, con rasgos tomados del pasado, la institución
reflejaba las necesidades y las representaciones colectivas del medio mismo que
la vio formarse. Seguramente,
la suerte
del siervo
era muy
dura. Detrás
de la
frialdad de los textos, hay que reconstituir toda una atmósfera de
aspereza, a veces trágica. La genealogía de una familia servil, recopilada en el
Anjou durante el siglo XI para las necesidades de un proceso, se cierra con la
siguiente mención:
“Nive,
que fue
degollado por Vial, su
señor”.
Aun con menosprecio de la costumbre, el dueño
pretendía ejercer un poder arbitrario: “Es mío desde la planta de los pies
hasta la cima del cráneo”, decía un abad de Vezelay de uno de sus siervos. A
su vez, más de un hombre de cuerpo, por la astucia o por la huida, se
esforzaba en escapar al yugo. Con todo esto, sin duda algo hay de verdad en las
consideraciones de aquel monje de Arras que nos pinta a los siervos de su
monasterio apresurados por igual a negar el vínculo, cuando su vida era
apacible, como a proclamarlo cuando la cercanía de un peligro aconsejaba buscar
un defensor.*260 Protección y
opresión son los dos polos opuestos entre los que casi de manera
ineludible oscila todo régimen de clientela. Y era, en efecto, como una de las
piezas maestras de un sistema de esta clase, como se constituyó la servidumbre
en sus orígenes.
Pero no todos los campesinos pasaron a la
servidumbre, incluso cuando su tierra cayó en la sujeción o continuó en ella.
Entre los cultivadores de los señoríos, algunos textos, que se siguen sin
interrupción en toda la época feudal, ponen en escena, junto a los siervos, a
grupos calificados expresamente de libres.
Sobre todo, no tenemos que imaginarnos a unos
simples arrendatarios sosteniendo con el dueño supremo del suelo otra cosa que
unas frías relaciones entre deudores y acreedores. Sumergidos en una atmósfera
social en la que toda relación de
inferior a
superior reviste un matiz muy
directamente humano, esta gente no está sólo obligada a los múltiples
censos o servicios que pesan sobre la casa y los campos sino que deben ayuda y
obediencia al señor y de él esperan protección. La solidaridad que así se
establece es lo bastante fuerte para que el señor tenga derecho a una
indemnización si su libre
sometido es herido y para que, en la hipótesis de una venganza, o bien, de
simples represalias, se juzgue legítimo atacar a todo el grupo de sus sometidos,
sin distinción de estatuto. Además, parece lo bastante respetable para pasar por
encima de deberes en apariencia más altos. No eran siervos
los burgueses de una villa nueva, indivisa entre Luis VI y el señor de
Montfort, a los que su fuero autorizaba a guardar la neutralidad en caso de
guerra entre sus dos señores, con todo y ser uno de ellos su propio rey.*261
Pero tal vínculo, pese a su importancia, queda como circunstancial. Véanse las
palabras: villano, es decir, habitante del señorío, en latín villa;
huésped; rústico; estos términos, que sugieren simplemente la idea de
residencia, se aplicaban a todos los
cultivadores, en tanto que fuesen siervos. Pero el cultivador libre no
tenía otro nombre, porque era un habitante en estado puro. ¿Vende, dona,
abandona su tierra para irse a vivir a otra parte? Nada le liga ya al señor del
trozo de tierra que trabajaba.
Precisamente, por esto, este villano, este rústico, pasa por
dotado de la libertad y —aparte un período de formación y de incertidumbres en
algunos sitios— exceptuado, en consecuencia, de estas limitaciones del derecho
matrimonial y sucesorio que, en el hombre de cuerpo, al contrario, marcan
el rigor de una sumisión en la que están encerrados tanto el individuo como la
familia.
¡Cuántas lecciones podrían obtenerse de un mapa
donde aparecieran repartidas la libertad y la servidumbre campesinas! Por
desgracia, sólo podemos permitirnos algunas
aproximaciones. Ya sabemos por qué
razones la Normandía, modelada
de nuevo por las invasiones escandinavas, formaría, en ese croquis supuesto, una
amplia mancha blanca. Aquí y allá aparecerían
otros espacios también sin servidumbre, menos extendidos y más difíciles
de interpretar, por
ejemplo, el
Forez, En
el resto
del país,
veríamos una
mayoría de siervos, y, a su
lado, grupos de villanos libres, de densidad variable, En ocasiones, se les
vería mezclados de manera estrecha con la población servil, casa contra casa y
bajo la misma autoridad señorial. Otras, por el contrario, parecerían ser aldeas
enteras que escaparon a la servidumbre. Incluso si estuviéramos mejor informados
sobre el juego de las causas que aquí precipitaron una familia en la sujeción
hereditaria, y en otra parte la retuvieron en el terreno libre, seguramente
siempre habría algo que resistiría a nuestro análisis. El conflicto de fuerzas infinitamente imponderables, a veces, el
simple azar, fijaban el desenlace, con frecuencia precedido de muchas
oscilaciones. De este modo, la mezcolanza persistente de las condiciones
constituye quizá el fenómeno más
instructivo. En un régimen feudal ‘perfecto’, lo mismo que toda tierra
hubiese sido o feudo o tenure de villano, todo hombre se hubiese
hecho vasallo o siervo, Pero es conveniente que los hechos vengan a recordarnos
que una sociedad es una figura geométrica.
III.
EL CASO
ALEMÁN
Un estudio completo del señorío europeo en la
época feudal exigiría que, pasando ahora al Midi de Francia, señalásemos
la existencia, junto con la servidumbre
personal, de
una especie
de servidumbre
territorial que pasaba
de la tierra al hombre y lo fijaba a ella: institución
tanto más misteriosa a causa de que su aparición es muy difícil de
fechar. Después, tendríamos que recordar, en Italia, el desarrollo de una noción
de servidumbre, relacionada de manera estrecha con la creación del Derecho
francés, pero según parece, menos extendida y de contornos más imprecisos. Por
último, España ofrecería el contraste esperado que, frente a Cataluña, con su
servidumbre ‘a la francesa’, colocaba las tierras de reconquista, Asturias, León
y Castilla, regiones, como toda la Península, de
persistente esclavitud, en
razón de
las aportaciones de
la guerra santa, pero donde, en las poblaciones nativas, las
relaciones de dependencia personal fueron, incluso en ese grado de la sociedad,
poco estrechas, y por consiguiente, casi exentas de tarea servil. Pero, más
bien que intentar esta revisión demasiado larga y llena de incertidumbre, será
mejor examinar dos experiencias particularmente ricas, la de Alemania y la de
Inglaterra.
Hablar de las tierras alemanas como una unidad no
deja de ser un artificio. El estudio de las tierras de colonización al este del
Elba, corresponde poco a nuestro período. Pero en el corazón mismo de la vieja
Alemania, una antítesis masiva oponía a Suabia, Baviera, Franconia, a la orilla
izquierda del Rin, donde
el señorío
tenía una
cierta antigüedad y profundidad,
la Sajonia,
que por el número de
campesinos libres —libres por sus tierras y por sus personas— parecía formar la
transición con la Frisia, sin señorío, y por consiguiente, sin siervos.
Limitándonos a las líneas fundamentales, sin embargo, resaltan con claridad
algunos caracteres auténticamente nacionales.
Como en Francia, asistimos —por los mismos medios—
a una amplia generalización de las relaciones de sumisión hereditaria. Los actos
de donación de la propia persona son
en los cartularios alemanes tan frecuentes como en los franceses. Como en
Francia, entre la condición de estos protegidos
de nuevo
cuño y
la de
los antiguos
súbditos de
los señoríos,
tendió a operarse una
aproximación, y el modelo del estatuto así elaborado tomó muchos rasgos de la
subordinación tipo que fue la manumisión “con obediencia”; filiación que, aquí,
el lenguaje debía subrayar con un rasgo especialmente claro. Bajo el nombre de
Laten, cuya etimología evoca la idea de una liberación, se había
designado poco antes en Derecho germánico una clase jurídicamente bien definida
que, con algunos residentes extranjeros y, a veces, los miembros de poblaciones
vencidas, unía a los manumitidos ligados aún a sus antiguos dueños por los
vínculos de una especie de patronato.
En el siglo XII, bajo este mismo nombre, se comprendía, en la Alemania del
Norte, a vastos grupos de dependientes, en lo que los hijos de los esclavos
antes transformados en clientes no formaban seguramente más que una minoría. La
capitación, las tasas sucesorias —en general bajo el aspecto de un objeto mueble
obtenido de cada generación— se habían convertido en cargas características de
la subordinación personal; y lo mismo se puede decir respecto a la interdicción
del matrimonio fuera del señorío. Como en Francia, por último, desviando de su
sentido primitivo las nociones de libertad y de no- libertad, se tendía en
adelante a tildar de servidumbre toda relación cuya influencia se heredara con
la vida. En las tierras del monasterio alsaciano de Marmoutier, las tenures
ingenuas y serviles del siglo IX, están en el siglo XII fundidas en una
categoría única, a la que se llama servil. A pesar de su nombre, los laten
de la
época feudal
—igual, que
sus hermanos de
más allá
de las fronteras, los
culverts franceses— por lo
general dejaron de ser tenidos por
hombres libres, hasta el punto que, de manera paradójica, si el señor renuncia a
sus derechos sobre ellos,
se dirá que manumite a estos ex
manumitidos. Por el contrario, la libertad es reconocida por todos a
los Landsassen (“gente establecida en la tierra”), llamados también, por
una analogía con Francia, “huéspedes” (Gäste) y que son verdaderos
rústicos, sin otra obligación que la nacida de la residencia.
Sin embargo, diversas condiciones, específicamente
alemanas, perturbaron este desarrollo. La primitiva concepción de la libertad no
pudo alterarse en Francia tan profundamente más que
en razón del
debilitamiento del
Estado, en particular en el
terreno judicial. Pues bien, en Alemania, y, sobre todo en el Norte,
durante toda
la era
feudal, subsistió
en muchos
lugares, en
competencia con la justicia señorial, la jurisdicción pública conforme al
tipo antiguo. ¿Cómo no tenia que sobrevivir, de manera más o menos oscura, la
idea de tener por libres a todos los hombres y sólo aquellos que formaban parte
de esas asambleas y que por ellas eran juzgados? Allí, donde, como en
Sajonia abundaban los alodios campesinos, se producía otra causa de
complicación. Pues entre el propietario alodial y el simple poseedor, incluso
cuando ambos estaban exentos de todo vínculo personal y hereditario, la
conciencia común no podía dejar de ver
una diferencia
de nivel. La libertad del propietario
alodial, por extenderse también a la tierra, parecía más completa. Sólo
él —al menos cuando su alodio alcanzaba unas ciertas dimensiones—, tenía el
derecho de figurar en el tribunal como juez, o según la antigua terminología
franca, como échevin (“regidor”), y era, por tanto, “libre échevinable”
(Schöffenbarfrei). Por último, también intervenían factores de orden
económico. Sin ser tan desdeñable como en Francia —pues la proximidad de los
países eslavos alimentaba las correrías y la trata—, la esclavitud propiamente
dicha no tenia, sin embargo, en la Alemania feudal, un papel muy importante. Por
el contrario, los antiguos serví, domiciliados en
la reserva,
no fueron
de manera
tan general como en Francia
transformados en poseedores, debido a que las reservas conservaban, con
frecuencia, una superficie más considerable.
Es verdad que en su mayor parte fueron
domiciliados a su manera, pero tan solo para recibir insignificantes trozos
de tierra. Obligados a prestaciones personales cotidianas, estos “criados al
día” (Tagess-chalken), verdaderos jornaleros forzados, cuya especie era
desconocida en Francia, vivían en un estado de sujeción profunda, más servil
que ninguna otra.
Por olvidar que una clasificación social, en
último término, existe sólo por las ideas que los hombres se
hacen de ella, y de la que no toda
contradicción está excluida, ciertos historiadores se dejaron llevar a
introducir, a la fuerza, en el derecho de las personas, tal como funcionaba en
la Alemania feudal, una claridad y una regularidad que le eran muy extrañas. En
este esfuerzo, les precedieron los juristas de la Edad Media; pero sin más
éxito. Hay que reconocerlo: los sistemas que nos proponen los grandes autores
de recopilaciones consuetudinarias, como Eike von Repgow en su “Espejo de los
Sajones”, no sólo
son poco
lógicos, sino
que, además,
no concuerdan
más que de manera mediocre con el lenguaje de los documentos. Aquí no
hay nada semejante a la simplicidad relativa de la servidumbre en Francia. En la
práctica, en el interior de cada señorío, los dependientes a título
hereditario no estaban casi nunca reunidos en una clase única, obligada al
cumplimiento de unos deberes uniformes. Además, de señorío en señorío, las
fronteras entre los grupos y sus
terminologías variaban en extremo. Uno de los criterios más usuales lo ofrecía
la capitación, a la que aún se atribuía un poco de su antiguo valor como signo
de una protección que no reportaba nada humillante. Los sometidos a prestaciones
diarias eran tan pobres que, con frecuencia, se les tuvo que dispensar de las
tasas sucesorias y, desde luego, de la capitación. Pero ésta tampoco figuraba en
el bagaje tradicional de las cargas, no obstante muy gravosas, que pesaban sobre
una parte de los poseedores de condición servil. De suerte que —aún consideradas
con frecuencia como privadas de la libertad a causa de la heredabilidad
del vínculo— las familias en las que este censo, evocador de una sumisión antes
voluntaria, era la nota distintiva, pasaban, al menos como regla general, por
superiores, por su rango, a las otras “no-libres”. Los descendientes de los
antiguos protegidos eran conocidos en otras partes con el antiguo nombre de “Muntmen”,
derivado del término germánico Munt, que, en época muy antigua, designó
la autoridad ejercida por un defensor. En un país de habla románica, se habrían
llamado encomendados. Pero mientras que, en el campo francés, los
encomendados campesinos del siglo XII, por lo demás en corto número, no
guardaban de su origen más que un nombre vano, y, de hecho, estaban fundidos
con los siervos, sus iguales alemanes supieron mantener en gran parte su
existencia como clase particular, y algunas veces incluso su libertad
originaria. Entre estas diversas capas de población sometida, la prohibición de
los matrimonios mixtos, o, al menos, el descenso estatutario que llevaba
consigo, en derecho, toda unión contratada con otra parte de estatuto inferior,
contribuían a mantener unas firmes barreras.
Pero, a fin de cuentas, quizá fue a una diferencia
cronológica a lo que la evolución alemana debió lo más claro de su
originalidad. Con sus tenures indivisibles, repartidas con frecuencia en
varias categorías jurídicas, con los múltiples compartimientos con que se
esforzaba en clasificar las condiciones humanas, el señorío alemán, hacia el año
1200, continuaba muy próximo, en suma, al tipo carolingio;
mucho más que el señorío
francés de
la misma época. Pero, en los
dos siglos sucesivos, se debía separar de él de manera progresiva. En
particular, la fusión de los dependientes hereditarios bajo una rubrica jurídica
común, tuvo lugar hacia fines del siglo XIII: por consiguiente, dos o
trescientos años más tarde que en Francia, también en Alemania, la nueva
terminología se nutrió de préstamos que recordaban la esclavitud. El
calificativo de “hombre propio” (homo proprius, Eigen), después de
designar al principio, más particularmente, a los no-libres mantenidos como
mozos de granja, se extendió, poco a poco, a muchos poseedores, por poco que se
hallasen, de padres a hijos, unidos al amo. Después, se tomó la costumbre de
contemplar la expresión añadiendo otro vocablo, que expresaba con vigor la
naturaleza personal de la relación: por un curioso paralelismo con uno de los
más extendidos nombres del siervo francés, en adelante se dirá: “hombre propio
de su cuerpo”, eigen von dem Upe, Leibeigen. Naturalmente, entre esta
tardía Leibeigenschaft, cuyo estudio no corresponde a la era feudal, y la
servidumbre francesa del siglo XII, las diferencias de medio y de época provocó
muchos contrastes. Y no es menos verdad que una vez más aparece aquí este
singular carácter de arcaísmo que, a través de casi toda la época feudal, parece
ser del signo distintivo de la sociedad alemana.
IV.
EN
INGLATERRA: LAS VICISITUDES
DEL
VILLANAJE
El estado de las clases campesinas en la
Inglaterra de la mitad del siglo XI evoca aún, de manera invencible —a dos
siglos de distancia— la imagen de los
viejos censatarios carolingios cierto que con una organización menos firme del
señorío territorial, pero, en el sistema de los vínculos de dependencia humana,
con una complejidad al menos igual. Este caos, al que no estaban acostumbrados,
puso muchos obstáculos a los clérigos continentales encargados por Guillermo
el Conquistador de levantar el catastro del nuevo reino. Tomada, por lo
general, de la Francia occidental, su terminología se aplica bastante mal a los
hechos. No obstante, algunos rasgos generales resaltan de forma clara. Existen
auténticos esclavos (theow), de los que algunos están domiciliados.
Existen cultivadores cargados de censos y de servicios, pero que pasan por
libres. Por último, están los encomendados, sometidos a un protector, que
no es necesario que sea el señor del que tienen la tierra si es que tienen una.
En ocasiones, esta subordinación de hombre a hombre es lo bastante débil como
para poder ser rota a conveniencia del inferior; otras veces, es indisoluble y
hereditaria. También existen —sin el nombre— verdaderos campesinos propietarios
de alodios. Además, otros dos principios de distinción coexistían con los
precedentes, sin recubrirse necesariamente con ellos: uno, sacado de la
extensión variable de las explotaciones; y el otro, de la sumisión a tal o cual
de las nacientes justicias señoriales.
La conquista normanda, que renovó casi totalmente
el personal detentador de los señoríos, cambió este régimen y lo simplificó.
Algunas huellas del antiguo sistema subsistieron: en particular, en el Norte,
donde hemos visto cuántos campesinos guerreros dieron quehacer a juristas
acostumbrados a otra división de
clases. En su conjunto, sin embargo, un siglo después de Hastings la situación
se hizo muy semejante a la de Francia. Frente a los cultivadores, que dependen
de un señor sólo porque tienen de él su casa y sus tierras, se vio constituirse
una clase de “hombres ligados” (bondmen), de “hombres por nacimiento”
(nativi, niefs), súbditos personales y hereditarios a los que se considera,
por este motivo, privados de la libertad. Sobre ellos pesan obligaciones
e incapacidades, de las que ya conocemos el esquema casi invariable: prohibición
de recibir órdenes sagradas y de contraer matrimonio fuera del señorío;
percepción en ocasión de cada muerte, del mejor mueble; capitación (pero ésta,
siguiendo un uso que se encuentra de forma análoga en ciertos puntos de
Alemania, sólo era percibida si el individuo vivía fuera de la tierra de su
amo). Añádase una curiosa carga protectora de las buenas costumbres y cuyo
equivalente —hasta tal punto esta sociedad feudal era uniforme— se encuentra en
la lejana Cataluña: la muchacha sierva, si ha faltado, paga una multa a su
señor. En mucho mayor número que los esclavos de antaño, estos no-libres no se
parecían ni por el género de vida, ni por el derecho que los regía. Rasgo
significativo: a diferencia del theow de la época anglosajona, su
familia, en caso de homicidio, participaba, con el señor, en el precio
de la
sangre. Extraña al esclavo,
la solidaridad del linaje no
lo fue nunca al siervo de los nuevos
tiempos.
En un punto se marcaba, sin embargo, un profundo
contraste con Francia. Mucho mejor que su vecino del continente, el señor inglés
conseguía retener a sus siervos en la
tierra, incluso
a los
cultivadores libres.
Esto se debía a
que en este país, notablemente
unificado, la autoridad real tenía bastante fuerza para hacer buscar a los
niefs fugitivos y castigar al que los hubiera ocultado. Y también, que en el
interior mismo del señorío, el dueño disponía de una institución, para tener
sujetos a los sometidos, cuyos precedentes indudable- mente eran anglosajones,
pero que los primeros reyes normandos regularizaron y desarrollaron. Se le
llamaba frankpledge, que quiera decir fianza —entiéndase fianza mutua— de
los hombres libres. Tenía por objeto establecer, en provecho de la represión,
una vasta red de solidaridad. En este intento, la población, en casi todo el
suelo inglés, estaba repartida en
secciones de diez. Cada decena era responsable solidariamente de la
comparecencia de sus miembros ante la justicia. A
intervalos determinados, su
jefe tenía que presentar los culpables o prevenidos al delegado de los poderes
públicos, y éste, al propio tiempo, vigilaba que nadie escapara a la red así
tendida. Primitivamente, se quiso
agrupar en
este sistema
a todos
los hombres libres, con la sola excepción de las clases elevadas y de los
servidores u hombres de armas mantenidos en la casa y de los clérigos. Después,
muy rápidamente, una grave transformación se operó, No se obligó al
frankpledge más que
a los dependientes de
los señoríos,
y se
incluyó a
todos, sin
distinción de estatuto. Con ello, el propio nombre de la institución se
hizo engañador, puesto que muchos de los dependientes ya no eran tenidos por
libres: prueba paradójica y elocuente de un cambio de sentido que ya hemos visto
en otras ocasiones. Por
otra parte,
el derecho
a proceder
a esta
especie de
revistas judiciales, siendo imposible ejercerlo mediante un corto número
de funcionarios, fue entregado, cada vez con más frecuencia, a los mismos
señores o, al menos, a muchos de ellos. En sus manos debía de ser un maravilloso
instrumento de coacción.
La conquista, que imprimió a los señoríos una
estructura tan sólida, favoreció también el establecimiento de una realeza muy
bien armada. La especie de acuerdo fronterizo que se concluyó entre los dos
poderes explica la última transformación que sufrió, en la Inglaterra medieval,
la ordenación de las clases y hasta la
misma noción de libertad. Desde mediados del siglo XII, bajo la acción de las
dinastías normanda y angevina, los poderes judiciales de la monarquía alcanzaron
un extraordinario desarrollo. Esta rara precocidad tuvo, sin embargo, su precio.
Obligados a respetar una barrera que, por una consecuencia natural, los Estados
de formación más lenta, como Francia, no tuvieron
tanta dificultad en transponer,
los jueces
de los
Plantagenets, después de algunas dudas, renunciaron a interponerse entre el
lord del manoir y sus hombres. No es que éstos estuviesen impedidos
de acudir a los tribunales reales. Sólo los procesos que se relacionan con sus
relaciones con el señor tenían que ser llevados ante éste o su corte. Pero las
causas así definidas alcanzaban a estas gentes humildes en sus intereses más
queridos: peso de las cargas, posesión y transmisión de la tierra. Además, el
número de personas interesadas era
considerable: pues se incluían, en los bondmen, a la mayor parte de los
simples poseedores, que, con un nombre tomado del vocabulario francés, se
llamaban vilains (villanos). De esta forma, una nueva falla,
cuya importancia práctica
se manifestaba
a los
ojos de
todos, se
perfilaba a través de la sociedad inglesa; por un lado, los verdaderos
súbditos del rey, sobre los cuales se extendía siempre la sombra protectora de
la justicia; por el otro, la masa campesina, casi abandonada por completo a las
arbitrariedades señoriales.
Ahora bien, probablemente, nunca desapareció la
idea de que ser libre era ante todo tener
derecho a
la justicia pública.
El esclavo
sólo estaba
sometido al castigo de su amo.
Los juristas dirán, pues, sutilmente, que, sólo por la
relación con su señor (puesto que contra terceros nada impide el recurso
a las jurisdicciones ordinarias), el villano es un no-libre. La opinión común y
la misma jurisprudencia vieron mejor y
más sencillo. A partir del siglo XIII, se admite corrientemente la sinonimia de
las dos palabras, antes, como en Francia, casi antitéticas: villano y
siervo. Asimilación muy grave, porque no se limitaba al lenguaje; éste no
hacía, en realidad, más que expresar las vivas representaciones colectivas. En
adelante, el villanaje se hizo también hereditario; y aunque entre la
muchedumbre de los villanos, una cierta nota de inferioridad
continuaba poniendo al
lado a
los antiguos bondmen,
de otra
parte, siempre en menor número
que los
siervos franceses,
se tendió
cada vez
más —ayudando la omnipotencia
de los
tribunales de manoir—
a sujetar
a todos
los miembros de la nueva clase servil a las cargas y a las taras que años
atrás solamente pesaban sobre los “hombres ligados”.
Sin embargo, definir el villano como el hombre
que, en sus relaciones con su señor,
dependía de la justicia de éste; y, después —a medida que, gracias a la
movilidad de los bienes territoriales, el estatuto del hombre y el del suelo
cesaron, cada
vez con
más frecuencia, de coincidir—
definir, a
su vez,
la tenure del villano como
aquella en que la posesión estaba falta de la
protección de los tribunales reales, era, sin duda, plantear las
características de una clase humana o
de una categoría de inmuebles. No era fijar sus contornos. Pues todavía era
necesario que se presentase un medio de determinar, entre las personas o las
tierras, las que debían caer bajo esta incapacidad, de la que se deriva todo el
resto. Colocar bajo una rubrica tan despectiva a todos los individuos que tenían
un señor, o todos los fundos sometidos a dependencia, nadie podía
pensarlo. Incluso no bastaba con
excluir los feudos caballerescos. Entre los poseedores de censos comprendidos en
un manoir se encontraban muchos personajes de categoría demasiado elevada, o muchos
campesinos cuya libertad estaba desde antiguo sólidamente atestiguada para que
fuese posible confundir de golpe a toda esta gente en una masa servil. La
jurisprudencia usó un criterio proporcionado por la herencia de ideas o prejuicios profundamente enraizados en la
conciencia común. El esclavo debía todo su trabajo al amo. Por consiguiente,
deber a un señor una
gran parte
del tiempo
parecía afectar
seriamente a
la libertad. Sobre todo,
cuando las tareas exigidas pertenecían a estas labores manuales, juzgadas
bastante bajas y que, por lo general, en toda Europa se designaban con el nombre
sintomático de obras serviles. La tenure en villanaje fue pues,
aquella que obligaba con el señor a pesadas prestaciones agrícolas —muchas veces
hasta el punto de llegar a ser arbitrarias—
y otros servicios considerados
como mediocremente honorables; y los hombres que, en el siglo XIII, se
encontraban detentado estas tierras formaron el tronco de la clase de los
villanos. En los casos particulares, la discriminación fue con frecuencia
caprichosa. También hubo regiones donde no se llevó a cabo. Pero se había
hallado el principio.
El problema concreto que a los juristas de los
Plantagenets planteó la coexistencia de una justicia real precozmente
desarrollada y una poderosa aristocracia territorial, era, como esos mismos
hechos, específicamente inglés. Asimismo, la distinción de clases, que permitió
resolverla y cuyas consecuencias lejanas, más allá de nuestro período, tenían
que ser muy graves. Por el contrario, las concepciones que la opinión jurídica
usó para elaborar la nueva noción de servidumbre pertenecían al patrimonio común
de la
Europa feudal.
Que el
villano, incluso
libre, no
debiese tener
otro juez
que su señor, era lo que
sostenía aún en la corte de San Luis, un jurista francés; y sabemos, además,
cómo la ecuación libertad-justicia pública continuó viva en Alemania. Que, por
otra parte, la obligación de prestar ciertos servicios juzgados poco honorables
o demasiado rigurosos fuera tenida
como una señal de servidumbre,
era un sentimiento contrario al Derecho escrito y combatido por los tribunales,
pero aún alimentaba los odios aldeanos en ill-de-France, hacia el año 1200.*262
Pero la evolución lenta y segura del Estado francés impidió que una frontera
señalada tan netamente, se estableciese al fin entre los poderes judiciales del
rey y los de los señores. En cuanto a la noción de trabajos deshonrosos, en
Francia tuvo su papel en la delimitación de la clase nobiliaria, no consiguió
nunca suplantar los antiguos criterios de la servidumbre, porque nada vino a
imponer la necesidad de una nueva clasificación de los estatutos.
Así, el caso inglés muestra, con gran claridad,
cómo en el seno de una civilización en
muchos aspectos
muy unida,
ciertas ideas-fuerzas,
cristalizando bajo la acción de un medio dado, pudieron llegar a la
creación de un sistema jurídico completamente original, mientras que, en otras
partes, las condiciones ambientales las condenaban a un estado perpetuamente
embrionario. En este aspecto, tiene el valor de una verdadera lección de método.
CAPITULO
III
HACIA
LAS NUEVAS
FORMAS DEL
RÉGIMEN SEÑORIAL
I.ESTABILIZACIÓN
DE
LAS CARGAS
Las profundas transformaciones que, a partir del
siglo XII, empezaron a metamorfosear las relaciones de súbdito a señor debían
extenderse a varios centenares de años. Aquí, será suficiente señalar cómo la
institución señorial salió del feudalismo.
Desde que, inaplicables en la práctica y cada vez
más difícilmente inteligibles, los registros censuales carolingios cayeron en
desuso, la vida interior de los señoríos, incluso entre los más grandes y los
menos mal administrados, amenazaba con no conocer otras reglas que las puramente
orales. Es verdad que nada impedía establecer, según un modelo análogo, listas
de los bienes y de los derechos mejor adaptadas a las condiciones del momento.
Así actuaron, en efecto, ciertas
iglesias en las regiones donde, como la Lorena, la tradición carolingia se
mantuvo muy viva. La costumbre de levantar estos inventarios no tenia que
perderse nunca. Muy pronto, no obstante, se llevó la atención a otro tipo de
escrito que, desdeñando la descripción del suelo para dedicarse a establecer las
relaciones humanas, parecía responder más exactamente a
las necesidades de una
época en
la que el señorío
se convirtió, por encima de
todo, en un órgano de gobierno.
El señor, mediante un acta auténtica, fijaba las
costumbres propias de tal o cual
tierra. Otorgadas en principio por los dueños, esta especie de pequeñas
constituciones locales eran, en muchas ocasiones, el resultado de convenios
previos con los propios sometidos. Este acuerdo parecía tanto más necesario
cuanto que el texto no se limita a registrar la práctica antigua, sino que la
modifica en algunos aspectos. Tal, por ejemplo, la carta por la que, en el 967,
el abad de Saint-Arnoul de Metz aligeró los servicios de los hombres de Morville-sur-Nied;
tal, asimismo, en sentido inverso, el pacto que, hacia 1100, los monjes
de Bèze, en Borgoña, antes de permitir la reconstrucción de una aldea
incendiada, impusieron a los habitantes cláusulas bastante duras.*263
Pero, hasta principios del siglo XII, estos documentos son raros.
Por el contrario, a partir de esta fecha, diversas
causas contribuyeron a multiplicarlos. En los medios señoriales, un gusto nuevo
de claridad jurídica aseguraba la victoria de lo escrito. Hasta entre los
humildes esto, como consecuencia de los progresos de la instrucción, parecía más
precioso que en otros tiempos. No
es que,
en su
inmensa mayoría,
fuesen capaces
de leer
por si mismos, pero sí tantas
comunidades rurales reclamaron estas cartas y las conservaron, seguramente se
debe a que, en su vecindad inmediata, se encontraban hombres —clérigos,
mercaderes, juristas— dispuestos a interpretarles estos documentos.
Sobre todo, las transformaciones de la vida social
presionaban para fijar las cargas y atenuar su peso. En casi toda Europa se
proseguía un gran movimiento de roturación. Quien quería atraer colonos a su
tierra, debía prometer condiciones favorables y estos, lo menos que podían
pedir, era saberse garantizados por adelantado,
frente a
las arbitrariedades.
Después, en los
contornos, el
ejemplo así
dado se
imponía pronto
a los
dueños de
las viejas aldeas, so pena
de ver a sus sometidos, ceder a la llamada de una tierra con cargas menos
pesadas. No fue sin duda por azar que las dos constituciones consuetudinarias
que tenían que servir de modelo a tantos otros textos semejantes, la carta de
Beaumont-en-Argonne y la de Lorris, cerca del bosque de Orleáns, otorgadas, una,
a una aglomeración de fundación reciente, y la otra, por el contrario, a un
establecimiento muy antiguo, tienen corno rasgo común, nacidas paralelamente a
la sombra de los grandes macizos boscosos, el haber sido acompañadas,
en su primera lectura, por el sonido de las hachas de los leñadores. No
es menos significativo que, en Lorena, la palabra villanueva acabó por
designar a toda localidad, aunque fuese milenaria, que hubiera recibido una
carta.
El espectáculo de los grupos urbanos actúa en el
mismo sentido. Sometidos también al régimen señorial, muchos, desde fines del
siglo XI, consiguieron obtener importantes ventajas estipuladas sobre pergamino.
La noticia de sus triunfos animaba a las masas campesinas, y la atracción que
las ciudades privilegiadas podían ejercer, hacía reflexionar a los amos. Por
último, la aceleración de los cambios económicos no sólo inclinaba a los señores
a desear ciertas
modificaciones en la distribución de
las cargas; haciendo que
se filtrara un poco de dinero hasta las arcas de los rústicos, abría ante
ellos nuevas posibilidades. Menos pobres y, por tanto, menos impotentes y menos
resignados, podían en adelante comprar lo que no se les concedía, o luchar
por ello, pues es lógico que no todas las concesiones señoriales fuesen
gratuitas o consentidas por pura buena voluntad. Así, aumentó, por los montes y
valles, el número de estos pequeños códigos aldeanos. En Francia, se les llamaba
cartas de costumbres, o de franquicias. A veces, se unían en ellas
los dos nombres. El segundo sin significar de manera necesaria la abolición de
la servidumbre evocaba las disminuciones obtenidas en las cargas tradicionales.
La carta de costumbre fue, en Europa de los
últimos tiempos feudales y del período siguiente, una institución muy general.
Se la encuentra muy extendida en todo el reino de Francia, en la Lotaringia y el
reino de Arles, en la Alemania renana, en casi toda Italia, comprendido el reino
normando, y en toda la extensión de la Península ibérica. Seguramente, las
cartas de población, o los fueros de España y los statuti
italianos difieren algo más que por el nombre de las cartas francesas, y estas
mismas, distaban mucho de estar fundidas todas en el mismo molde. Una gran
diversidad se marca igualmente, según las regiones o las provincias, en la
densidad de repartición, y, también, no menos acentuada, en la fecha del
movimiento. Contemporáneas de los esfuerzos de los
cristianos para repoblar las
tierras conquistadas, las más antiguas cartas de población
de Esparta
datan del
siglo X.
En el
Rin medio,
las primeras
cartas imitadas, según parece, de modelos más occidentales no son
anteriores a los años próximos al 1300.
Sin embargo, por importantes que estas
divergencias puedan parecer, sus problemas son poca cosa al lado del que plantea
la presencia, en el mapa de las franquicias rurales, de dos enormes
espacios blancos: Inglaterra, por una parte; la Alemania transrenana, por la
otra, lo es que en ambos países un número bastante grande de comunidades no
hubiesen recibido cartas de sus señores, pero eran casi exclusivamente grupos
urbanos. Sin duda, en casi toda ciudad
medieval, a excepción de las grandes metrópolis comerciales, subsistió
siempre alguna
cosa de
campesino: la colectividad
tenía sus
pastos y los habitantes tenían sus campos, que los más humildes
cultivaban por si mismos. La mayor parte de las localidades alemanas o inglesas
que se encontraban en este caso, entrarían en el concepto actual de burgos
más que en el de ciudades. No es menos cierto que lo que decidió cada vez
el otorgamiento de semejantes favores fue la existencia de un mercado, de una
clase de mercaderes o de artesanos. En otras partes, en cambio, el
movimiento incluyó las simples aldeas.
Parece que la fuerte estructura del manior
y su evolución en un sentido favorable a la arbitrariedad señorial, bastan para
explicar que Inglaterra no conociese
las cartas de costumbres rurales.
Para servirles de memoria
escrita, los lords tenían sus registros mensuales y los rollos de
sentencias de sus tribunales de justicia. ¿Para qué habrían sentido la necesidad
de codificar de otra forma los usos cuya misma movilidad tenía que permitirles,
poco a poco, hacer singularmente precaria la posesión de las tenures?
Añádase que las roturaciones parece que en la isla fueron poco intensivas, y que
los señores tenían medios coercitivos para retener a sus sometidos, por lo que
una de las causas que, en el continente, motivaron mayor número de concesiones,
en este país no tuvo ninguna influencia.
Nada semejante ocurría en Alemania. La carta de
costumbres fue, pues, allí excepcional
en razón de
la predilección
que se
tenía por otro procedimiento
de fijación de las cargas: esa Weistum que, Ch. Edmon Perrin, ha
propuesto ingeniosamente que llamemos “relación de derechos”. Conservaba la
costumbre, en los señoríos alemanes, de reunir a los dependientes en asambleas
periódicas, herederas de
los plaids (asambleas)
judiciales de
época carolingia, se encontró cómodo dar lectura en esas ocasiones a las
disposiciones tradicionales que debían regirlos y a las que, por la asistencia
misma a esta proclamación, parecían someterse: especie de investigación
consuetudinaria que, renovada de manera continua, se parecía mucho, en su
origen, a aquellas de otros tiempos cuyos resultados se registraban en los
registros censuales. Se establecieron así unos textos, a los que no se
prescindía de añadir, de cuando en cuando, algunos complementos. La “relación de
derechos” tuvo en la Alemania de más allá del Rin su dominio propio; por la
orilla izquierda, y hasta tierra de lengua francesa, se extendió
una amplia zona de transición, en la que compartió su influencia con la
carta de costumbres. De ordinario, más
minuciosa que esta última, se prestaba en cambio a modificaciones más fáciles.
Pero, en ambos casos, el resultado fundamental era el mismo. Aunque siempre
hubo, y por todas partes, muchas aldeas desprovistas de Weistum o de
carta, aunque ni uno ni otro modo de regulación, allí donde existían, poseyeren
el exorbitante poder de detener la vida, fue verdaderamente bajo el signo de una
estabilización creciente de las relaciones entre señores y sometidos que se
abrió, en la historia del señorío europeo, una nueva fase. “Que no se cobre
ningún censo si no está escrito”, esta frase de una carta del Rosellón era como
el programa de una mentalidad y de una
estructura jurídica, igualmente alejadas de las costumbres de la primera edad
feudal.*264
II.
TRANSFORMACIÓN
DE LAS
RELACIONES HUMANAS
Al mismo tiempo que la vida interna del señorío se
hacía menos inestable, se modificaba, en ciertos aspectos, de una manera
completa. Reducción general de las prestaciones personales; substitución de
éstas, o de los pagos en especies, por pagos en dinero eliminación progresiva,
por último, de lo que, en el sistema de cargas, tenía un carácter incierto y
fortuito: estos hechos se inscribían en adelante en todas las páginas de los
cartularios. La talla, antaño arbitraria, en Francia fue ampliamente
abandonada, o sea, transformada en una tasa de importe y periodicidad
inmutables. Asimismo, a las provisiones debidas
al señor en ocasión de sus
estancias variables, se las
sustituyó por un impuesto a
tanto alzado. A pesar
de múltiples variaciones
regionales o locales, era natural que, cada vez más , el sometido tendiese a
convertirse en contribuyente, cuya cuota, de año en año, no sufría más que
débiles variaciones.
Por otra parte, la forma de dependencia en que la
subordinación de hombre, a hombre encontró su expresión más pura, unas veces
desaparecía y otras, se alteraba. Las manumisiones repetidas que en ocasiones se
aplicaban a aldeas completas,
disminuyeron considerablemente, a partir del siglo XIII, el número de siervos
franceses e italianos. Otros grupos pasaron a la libertad por simple desuso. Aún
hay más : allí donde, en Francia, la
servidumbre subsistía todavía, se la vio alejarse progresivamente del antiguo
“homenaje de cuerpo”. Se la concibió menos como una relación personal, más como
una inferioridad de clase, que
podía pasar, por una especie
de contagio, de la tierra al hombre. En
adelante, hubo tenures serviles cuya posesión hacía siervo y cuyo
abandono, a veces libertaba. El mismo
conjunto de obligaciones específicas, en más de una provincia se disoció.
Aparecieron criterios nuevos. Antes, innumerables poseedores sufrieron la talla
arbitraria; en cambio, ahora, los siervos que continuaban siéndolo se
beneficiaron con el abono. En adelante, pagar a voluntad del señor fue,
por lo menos, una presunción de servidumbre. Novedades que entonces fueron casi
universales. A pesar de sus originalidades
tan notables,
el villanaje
inglés ¿era
otra cosa
que una
definición del estatuto por la incertidumbre de las cargas —con la
prestación personal como tipo— y de cargas esencialmente unidas a un bien-fundo?
Mientras que antes, en el tiempo en que no había otros hombres libres que los
bondmen, el “vínculo del hombre” pasó por ser una señal de servidumbre, en
lo futuro, fue en calidad de rústico, de villano que se encontró afectado
por esta tara; y el villano, por
excelencia, era el que,
sometido a servicios
de fijeza,
“no sabía
por la tarde lo que
tendría que hacer al día siguiente
por la mañana”. En Alemania, donde la
clase de los “hombres propios de cuerpo” no se unificó hasta muy tarde, la
evolución fue más lenta, pero no dejó de operarse, al fin, según unas líneas
casi iguales.
El señorío, en sí mismo, no tiene ningún título
para ocupar un lugar en el cortejo de las instituciones que llamamos feudales.
Coexistió, como todavía lo hará a continuación, en un Estado más fuerte, con
relaciones de clientela más raras y menos estables, con una más amplia
circulación del dinero. Sin embargo, ante las nuevas condiciones de vida que
surgieron a partir aproximadamente del siglo IX, esta antigua forma de
agrupamiento no sólo debió extender su influencia a una parte más considerable
de la población, sin dejar de consolidar singularmente la influencia del
ambiente. El señorío de las edades en
que se desarrolló y vivió
el vasallaje
fue, ante todo, una colectividad de
dependientes, sucesivamente protegidos, mandados y explotados por su jefe, al
que muchos estaban unidos por una especie de vocación hereditaria, sin ninguna
relación con la posesión del suelo. Cuando las verdaderas relaciones
características del feudalismo perdieron vigor, el señorío subsistió. Pero con
caracteres diferentes, más territoriales, más puramente económicos. Así un
tipo de organización social que dio tono particular a las relaciones humanas, no
sólo se manifestó por creaciones nuevas, sino que dio color, como en el paso de
la luz por un prisma, a lo que recibió del pasado, para transmitirlo a las
épocas siguientes.
FINAL
-----------------
NOTAS
1 Sobre la historicidad de las
diversas civilizaciones sabemos muy pocas cosas. Demasiado dichosos somos cuando
podemos recurrir a Granet para la China. Habría que provocar estudios
semejantes, alertar a los indianistas, los egiptólogos, los asiriólogos, etc.
Tales estudios sólo se harán a partir de la solicitación directa de los
interesados.
2 La revista, fundada en 1929
con el título Annales d'histoire
économique et sociale [Anales
de historia económica y social), se convirtió con la guerra en Annales
d'histoire sociale (Anales de historia
social) (de 1939 a 1941 y de nuevo en 1945); entre 1942 y 1944 se tituló
Mélanges d'histoire sociale (Miscelánea de historia social) debido a las
leyes de Vichy, que exigieron incluso que ‘el nombre del judío Marc Bloch’
desapareciera de la portada de la revista. Marc Bloch, quien ya había expresado
en una carta de mayo de 1941 a Lucien
Febvre su renuencia para continuar la publicación de la revista bajo el gobierno
de Vichy, colaboró, no obstante, con el seudónimo de Marc Fougeres. En octubre
de 1942, en otra carta dirigida a
Lucien Febvre en la que reconsidera su desacuerdo, reconoce el buen fundamento
de la decisión que tomó el primero al continuar con la revista. Acerca de si
tenía intenciones, si hubiera sobrevivido, de volver a asumir o no sus funciones
en la revista después de terminada
la guerra,
los testimonios son contradictorios. Después de
su muerte la revista tomó, en
1946, el título de Annales: Économies-Sociétés-Civilisations,
Anales: economías, sociedades, civilizaciones).
3 En la imagen de tapa puede
verse una notable muestra de arte bizantino. El emperador Justiniano, con su
séquito en un mosaico del siglo VI de la iglesia de San Vital en Ravena, Este
mosaico y otro que muestra a la emperatriz Teodora con sus damas fueron
terminados cerca del año 548. Las figuras del Emperador, la de su esposa y la
del sacerdote católico Maximiano de Ravena, cuyo nombre está escrito encima, son
retratos auténticos.
4
Título
Original: «La
société féodale». Sobre una
traducción de Eduardo
Ripoll
Perelló.
5
T. XLVII,
“El
fin del
mundo antiguo
y el
comienzo de
la Edad
Media”.
6
T. VI, “De los clanes a los imperios”; t, XV,
“La ciudad griega”; t. XIX, “Las instituciones políticas romanas, de
la ciudad al Estado”, t. LXI. “La monarquía
feudal”.
7
Véanse,
en particular.
En “marge
de l’Histoire universelle”,
pp. 11,
87-91 y
t. XLVII, p. VIII
8 C
f . l. LXVI, «La
Philosophie du Moyen Age», en particular pp. 121 y sigs: (San Anselmo) y 148
y sigs. (Abelardo).
9
Pirenne,
pp. 102,
105.
10
Chasement,
goce
de una
tierra acordado
a título vitalicio,
a cambio de
renta o
servidumbre.
11Aunque el feudo en general era
un señorío grande o pequeño, podía ser, en Francia al menos, también una
renta: hecho importante desde el punto de vista económico.
12 Tenure, en el Derecho
feudal francés, tierra concedida a cambio de servicios y de la que el concedente
retiene e la propiedad para no otorgar sino el goce revocable por causas
determinadas (N. del R
13 En estas obligaciones —ayuda
de guerra, presencia en la “corte” venganza, ayuda pecuniaria o “talla”, la
talla de la “hueste” reemplazando a veces el servicio de guerra—, el elemento
dinero juega un papel creciente. Sobre este punto, como sobre otros muchos, Marc
Bloch establece distinciones regionales.
14 Banalité, en el
Derecho feudal francés, uso común y obligatorio de un objeto perteneciente al
señor. (N. del R.)
15 «Histoire de l'ancien
gouvernement de la France avec XIV Lettres Historiques sur les Parlemens ou
Etats-Généraux», la Haya, 1727. La cuarta carta tiene por titulo «Détail
du gouvernement féodal et de l'établissement des Fiefs» (t I p. 286) y en
ella se lee (p 300) esta frase: "Me he extendido en el extracto de esta
ordenanza, creyéndola propia para dar una
idea exacta del antiguo feudalismo"
16 Entre los franceses
condecorados con la Legión de Honor, ¿cuántos saben que uno de los
deberes impuestos a su orden por la reglamentación fundacional de 19 de mayo de
1802 era “combatir toda empresa que se propusiera restablecer el régimen
feudal”?
17
Fedón,
109
h.
18
“Auctores
Antiquissimi” (Mon.
Germ.),
t, XI, p.
362; Wolkind,
1,
19.
19 Toda obra de Historia, por
poco que se dirija a un público relativamente extendido, plantea a su autor un
problema práctico difícil de resolver: el de las referencias. Sería de justicia
que en la parte interior de las páginas figuraran las citas de los sabios
trabajos sin los cuales este libro no existiría.
20
Es el nombre del
que la
población actual de
La Garde
Freinet conserva
el recuerdo.
Pero, situada a orillas del
mar, la ciudadela musulmana no se encontraba en La Garde, que está
en el interior.
21 El mismo nombre de “húngaro”
es probablemente turco. Lo mismo que, en uno de sus elementos a lo menos, quizás
el de “magiar”, que parece, por otra parte originariamente aplicado a una
tribu.
22
Lantbertos.
Vita Heriberti, c.
1. en
SS. t.
IV, p
741
23
Flodoardo
Annales,
937.
24
León.
Táctica, XVIII.
62.
25
K. Schünemann Die Entstehung
des Städtewessens
in Südosteuropa
Breslav, s. f.
p. 18-19.
26
Para las
condiciones, bastante
obscuras, de
la constitución
de Hungría
en reino,
véase, P.
E.
Schramm.
Kaiser. “Rom
und Renovatio”,
tomo I, 1929,
pág. 153
y sigs.
27 La historia del mapa étnico
en la Europa “extra-feudal” no nos interesa aquí de manera directa. Señalemos,
sin embargo, que el establecimiento húngaro, en la llanura danubiana, tuvo por
consecuencia cortar en dos el bloque eslavo.
28 Las relaciones de estos Götar
escandinavos con los Goths o godos que tuvieron un papel tan considerable en la
historia de las invasiones germánicas plantea un problema delicado sobre cuya
solución los especialistas no se han puesto de acuerdo.
29 Los "normandos" que la
fuentes de origen anglosajón a veces son —según el mismo uso de los textos
escandinavos— los noruegos, en oposición a los daneses
stricto sensu.
30
Asser, of king Alfred, ed W.
H. Stevensom,
1904, c.
66
31
Shetelig.
[250], p.
10.
32 Landnamabök,
c. 303.
334, 344
y
379.
33 Se han propuesto dos
interpretaciones. Ciertos eruditos derivan este nombre del escandinavo, virk,
Bahía; otros, ven en él un derivado del germánico común wick, de
signando un burgo o un mercado. (Cf. el bajo alemán Weichbild,
derecho urbano, y un gran número de nombres de
lugar, tales
como Norwich,
en Inglaterra,
o Brunswick,
Brounschweig— Alemania). En el
primer caso, los vikingos habrían sacado su nombre de las bahías donde se
refugiaban; en
el segundo,
de los
poblados que
frecuentaban, cono
comerciantes o
como bandidos. Ningún argumento
decisivo se ha
aportado hasta
ahora en
uno u
otro
sentido.
34
R.
Poupardin, «Monuments de l'histoire
des abbayes
de Saint-Philibert»,
1905, con Introduction, y G.
Tessier. Bibliothèque, de l'Éc. des Chartes, 1932, p.203.
35
King Alfred's old
English versión
of Boethius
ed.
W. J. Sedgeield,
XV.
36
Montelius,
[243], o.
14 (muchos
otros ejemplos).
37 Acerca de la enorme
literatura relativa al poema, puede orientar la edición Klaeber, 1928.
Su fecha es discutida pues los
criterios lingüísticos son de interpretación singularmente difícil. La
opinión expuesta en el texto nos parece responder a la verosimilitud histórica:
Cf. L. I Schückingt Wann entstand der Beowulf?, en Beiträge zur Gesch.
der deustchen Sprache, t. XLII, 1917. En fecha reciente, M. Ritchie Girvan (Beowulf
and the seventh century, 1935) se
ha esforzado en llevar la redacción hasta el 700 aproximadamente, pero no
explica la huella escandinava, tan sensible incluso en el propio tema.
38 M. Petit Dutailis, “La
monarchie féodale”, p. 63. considera probable un entendimiento entre los dos
invasores que habrían imaginado un pacto de repartición. La hipótesis es
ingeniosa, pero casi imposible de probar.
39 Parece que también le fue
entregada la región del Maine, cesión que más tarde fue revocada.
40 más tarde en diversos
lugares de Francia, muchas familias señoriales pretendieron tener por
antepasados a jefes normandos: por ejemplo. los señores de Bignory y de la Ferté-sur-
Aube (M. Chaume “Les origines du duché de Bourgogne”, 1. 1 p. 400. n° 4).
Un erudito. M. Moranvillé, atribuyo el mismo origen a la casa de Rouey (Bibl.
Ec. Chartes, 1922). pero faltan las pruebas seguras.
41
Flodoardo,
annales, 924 (a
proposito de
Rognvald).
42
Guillaume de
Jumiéges. Gesta, ed.
Marx, V,
12, p.
86
43
Mabillón.
AA. SS. ord.
S
Bened. saec.
II. ed.
de 1733.
t. II. p
214.—
Landnamabök,
III. 14.
3.
44
Saga
d'Olaf le
Saint.
C. L
X. Cf.
traducción Sautreal. 1930.
p
56
45
Nordenstreng.
[244], p.
19.
46
Cartulaire
de l'abbaye
de Saint-Victor-de
Marseille, ed.
Guerard, n.º
[XXVIl].
47
Bibl.
Nacional de
París. Baluze
76, fol.
99 (900.
14
sept.)
48 Ann Bertiniani, 859 (con la
corrección propuesta por F. Lot, Bibl. Ec. Chartes. 1908. p. 32,
nº 2) (Regino de Prüm. 882- Dudon de Saint Quentin.
II, 22
49
King,
Alfred's West
Saxon Version
of Gregory's
Pastoral Care,
ed.
Sweet
(E.E.S. 45), pág.
4
50 cf. Vercateuren. Étude sur les
cités de
la Belgique
seconde. Bruselas, 1934. p.
371. n°
1; cf. para Tournai. V. S.
Amandi, III, 2 (Poetae aevi carol., t. III. p. 589)
51 Memorie
e documenti per servir
all'isioria del ducato
di Lucca.
t. V,
2, nº
855
52
Testimonio del
rey Etelwulfo, en Asser's Life
of King Alfred,
ed.
Stevenson.
c. 16.
53
R
Poupardin. p
408 .
—L. Delisle,
«instrucctions adressées
par le
Comité des
travaux historiques... Litérature latine», 1890, p. 17. . —Muratori «Antiquitates»,
1738. t. I. col. 22.v
54 Capitularía,
t. 11, n° 273,
c. 31.
—F. Lot,
en Bib., Éc. Chartes.
1915 p
486. —Chaume, «Les origines
du duché de Bourgonge». t. II, 2, p. 468-469.
55
Jolliffe
[158], p.
102.
56
Saga
d'Olaf le
Saint, c.
XX (trad.
Sautreau, p
24).
57 Ademar De Chabannes, «Chronique»,
ed. Chavanon, III, c. 44 (acerca de la aventura de la presencia de contingentes
normandos en la batalla de Clontarf).
58
III. c.
27.
59 Cf. F. Lot, Études
critiques sur l'abbaye de Saínt Wardrille, 1913 (Bibl. École Hautes
Etudes, Sc. histor., fasc. 204), p. XIII y sigs. y p. L. nº 2.
60
Ketes de
Edgardo, IV
21.
61 Acerca de la palabra dreng.
Steestrup.[252], p 268. Acerca de la legislación de paz. Yver [294]
bis. Se puede leer con provecho el articulo de K. Aamira (a propósito de
Steenstrup Normamrne, t. 1): Die Anfange des normannischen Rechts, en
Hits. Zeitschrift, l XXXIX. 1878
62 Creemos que se equivoca M.
Jolliffe cuando, contrariamente a la opinión general de los eruditos ingleses,
rehúsa reconocer en la “charruée” del nordeste de Inglaterra un efecto de los
trastornos causados por la invasión escandinava; véase, en especial. The era
of the folk, en Oxford Essays in medieval history presented to H. E.
Salter, 1934 [Es el trabajo de un hombre durante un día arando con una yunta.)
63 ‘Compagnons’; denominación
que se daba en la época franca, a los guerreros que rodeaban al rey.
(N del R.).
64
Cf. Allen
Mawer,
The redemption
of the
five buroughs.
en Engl.
Hist.
Rev., I.
XXXVIII.
1923.
65
Montelius,
[243] p.
20.
66 E. H Duprat. «A propos de
l'itinéráire maritime: I Citharista La Cioat», en Mem. de l'Institut Historique
de Provence, t. IX. 1932.
67
Ep.
16 (Monum Germ., E.
E., t. IV). p.
42
68
Sobre esta lentitud en el desarrollo marítimo de
inglaterra. cf. F Lieberman Matrosentellung aus Landgutern der Kirche London
um 1000, en Archiv für das Studíum der neueren
Sprachen l. CIV, 1900. La batalla naval librada, en el 851 por los
habitantes de Kent es un hecho aislado; asimismo, en este sector del litoral,
las relaciones con los puertos de la Galia, dieron algo de actividad a la vida
marítima.
69 Prolégomènes,
trad. Slane.
t. 1, p.
291- Sobre los mongoles, véanse las
acertadas observaciones de Grenard en Anmales d'hist, Econom., 1931, p. 564, del que hemos tomado algunas
expresiones.
70
Monuments
de l'historie des abbayes
de Saint-Philibert,
ed.
Poupardin, p.
62.
71
Cf,. por ejemplo,
L. Levy-Bruhl.
“La mentalité
primitive”, p
377
72
Analécta
Bollandiana.
1883, p,
71.
73
Migne,
P. L
t. CXXXI,
col. 966.
74
Analecta
Bollandiana,
1883, p.
78.
75
Nithard «Histoire
des fils de
Louis le
Pieux», ed. Lauer,
II. c.
8.
76
Loup de
Ferriéres, Correspondance,
ed Levillain t. 1. nº
41
77
Capitularia,
t. II.
nº 281.
c.
2
78 Monjes de la alta Edad Media, que
peregrinaban de monasterio en monasterio, viviendo de limosnas. (N. del T).
79
Cf.
E.
Faral. en
Revue Critique, 1933, p.
454.
80
Ep.
n.º 69,
en Migne, P.L., t.
CXLI, col. 235.
81
Asser,
Life of
King Alfred,
Stevenson, c.
104 Si
debemos creer
a L.
Reverchon, “Petite histoire
de l’horígene”. p. 55. Un sistema
semejante había sido empleado por Carlos V.
82
Gislebert
de Mons.
ed. Pertz, págs.,
188-189
(1188).
83
Violet
[137]. t.[I]. p.
165 n.
8.
84
Pastoral
Care,
ed. Sweet. p.
6.
85
Gunzo
Novariensis,
en Migne.
P.L., t.
CXXXVI, col.
1286.
86
A, Adémar
de Chabannes,
Chronique, ed. Chavanon,
III, c.
54. El
emperador Enrique III,
del que nos ocuparemos más adelante, se hacia copiar manuscritos por los
monjes: Codex epistolarum Tegernseensium (Mon. Germ. Ep, selectae)
t. III, nº 122.
87 Menéndez
Pidal, [339], t. II, págs.
590 y
619.
88 Cf.
O. Höfler,
Kultische Geheimbünde
der Germanen,
t. I.
1934, p.
160.
89 Rabanus
Maurus, De
Universo libri XXII,
en Migne,
P. L.,
t.
CXI
90
Helmold,
Chronica Slavorum, I,
55
91
Apologéticas, en
Migne. P.
L., t. CXXXIX,
col.
472.
92
Tardif,
Cartons des rois.
nº. 357. Diplom.
regum et
imperatum Germanae
. t.
I.
Otón
I, nº
366.
93
Wilmart,
en Revue
Mabillon, t. XI,
1921.
94
Cf.
E. Perels,
Das kaisertum
Karls des
Grossen in
mittelalterlichen
Geschichtsquellen, en
Sitzungsberichte
der preussischen
Akademie, phil-hist. Klasse,
1931.
95
P. Foornier
y G. Le
Bras, Histoire
des collections
canoniques, t. II,
1932, p.
33
96
De
civ. Dei, XVII, 1
97
Ch.
E
Perrin, [485],
pág.
684.
98
Huon
de Bordeaux,
ed. Guessard y Grandmaison,
p.
148,
99
Aireld de
Rievaux, Speculum
cháritatis, II.
17. en
Migne, P.
L., t.
CXCV.
100 V. 1880-1882. Estas
opiniones son tanto más notables por ponerlas la Chanson en boca
de un arzobispo. Es evidente que la reforma gregoriana todavía no había
tenido efecto en este caso.
101 No es imposible que en el
Couronnement de Louis, no se encuentren, por excepción. algunas trazas de
utilización de crónicas: cf. Schladko. en Zeitschrift für die französische
Sprache, 1931. p, 428.
102
Prólogo
de la
Thidreksaga; cf.
H. J. Seegfr. Wetsfalens
Handel, 1926,
página
4,
103
De
perfectione monachorum,
en Migne,
P. L..
t. CXLV,
col.
324.
104 Pedro
Damian, De
elemosina, c. 7 en Migne,
P. L
, t. CXLV,
col.
220.
105 Cf. F. LOT, en Romanía,
1928, p. 375, y, sobre todo lo que precede, la serie de artículos publicada
por este erudito.
106
Lambert
D'Ardre. Chrartique de Guines
et d'Ardre,
c. CXXX.
ed. Ménilglainse,
p.311.
107
Miracles
de Saint
Benoít. d.
Certain, VIII,
36.
108 D
Ferdmann. en
Zeitschrift für deutsches Altertum. 1936,
p. 88
y 1937, página
116.
109
Histoire
de Guillaurme le Maréchal,
ed. P
Meyer, t.
I. v.
8444 y
sigs. Philippe
de
Novare,
Memoires,
ed, Ch. Kohler.
c. LXXII;
cf c, CL.
110
Desaparición que, digámoslo de pasada, no parece
haber sido estudiada hasta ahora y
que podría proporcionar un buen medio de fechar la popularidad de la
leyenda de Roland.
111
Giraldus
Cambrensis, De
principis instructione, dist.
I
I I
,c. XII
(Opera. Rolls
Series, t.
V I
I I
, p
. 2 5 8 ) .
112
Jean de Salisbury en H. Denifle y E. Chatelain.
Chartularíum universitatis Parisiensis, t. I ps.
18-19.
113
Histoire
de sa
vie,
I, 4:
ed. G.
Bougin, ps.
12-13.
114
D'Arbois
de Jubaínville, Histoire des
ducs et
comtes de
Champagne, t. 111,
p. 189
y
sigs.
Chroniques
des comtes d'Aríjou,
ed. Halphen y
Poupardin. p. 217-219.
115
Lambert
D'ardre. Chronique. c..
I XXX.
LXXXI.
LXXXVIII
y
LXXXIX
116
Manegold
de Lautembach. Ad Gebebardum
líber, en
Monum Germ., Libelli de
lile. t. I. pág, 311 y 420.
117
Tetralogus.
ed.
Bresslau, v.
197 y
sigs.
118
Asser,
Life of
King Alfred, ed.
Stevenson, c.
106.
119
También
en España,
donde, como
se ha
visto, entre
los laicos
subsistía una
cierta instrucción, la codificación visigoda continuó siendo copiada y
estudiada.
120
Glanvill,
[135], p.
24.
121 Hincmar. De ordine palutii, c.
21. Migne, P. L., i. CLI, col 356 (1092, 2 de diciembre). Cf. Tertuliano, De virginibus velandis, C. I.
122 Chron.
Ebersp., en
ss, t.
XX, p.
14; todo el
pasaje es
sumamente curioso.
123
Histor.
de Fr.,
t.
VI, p,
541 Lambert
D'Ardre. Chronique,
CXXVIII.
124
Hinojosa
[479], ps,
250-251.
125
Martene y
Durand, Ampl.
Collectio, t.
I, col.
470
(1065).
126
E.
Mabille, Cartulaire de Marmoutier pour
le Dunois,
1874, nº CLVI
y
LXXVIII.
127Rev.
histor. de
Droit.
1922, p.
301.
128 Walter
Map, De
nugis curialium,
M. R.
James, p.
237.
129 Entre las más antiguas
legislaciones reales, figura también la de los reyes de Jerusalén.
Cf. H. Mitteís, en Biträge
zur Wirtschaftsrecht, t. I, Marburgo. 1931, y
Grand-Claude en Mélanges Paul Fournier, 1929. Igualmente, la de los reyes
normandos de Sicilia, pero esta, en
parte, continuaba tradiciones extrañas al Occidente
130
Al menos,
en la
única versión
que poseemos.
Seguramente fue precedido
de una redacción latina hoy
perdida.
131 Caartulaire de Sainte
Madeleine de Davron: Blbl. Nacional de París, ms. latino nº 288, fol, 77
v.°. Esta equivalencia entre las palabras “amigo” y “pariente” se encuentra
también en los textos jurídicos galeses e irlandeses: cf. H. Thurneyssen, en
Zeitschr der Savingny-Stiftung,
G. A.,
1935,
pps. 100-101.
132
Joinville,
ed. de
Wailly (
Soc. de
l'histoire de Francé) p
88. Garin
le Lorrain,
ed., P.
París, t. I, p. 103. Robert de
Torigny, ed. L. Delisle, ps.
224-225. Gislebert de Mons,
ed. Pertz.
p. 235 y
p. 258.
Aethelstan, Lois, VI,
c. VIII 2.
133 En Castilla también llamados
"compurgadores"; cf., el juramento de Alfonso VI ante el Cid
y otros nobles castellanos en Santa Gadea de Burgos. (N. del T.).
134
Hinojosa,
[288]. p.
291, n°
2.
135 J,
Tardif, «Coutumiers de Normandie»,
t. I,
p. 52, c.
LXI
136
«Le
couronnement de
Louis»,
ed. E.
Langlois, v.
787-789.
137 Davidson,
Oeschichte van
Florenz, 1,
IV. 3,
1927, ps.
370 v
384
385.
138
Regíno
de Prum,
De synodalibus causis, ed.
Wasserschueben. II,
5.
139
Hariulf.
Vita Arnulfi
episcopi, en
SS., t.
XV p.
889. Thomas
de Cantimpré,
Bonum universale de apibus, II, I, 15.
140
Raúl
Glaber. ed.
Prou. II.
c. x.
141
En el libro del
vizconde Du
Motey, Origines de la Normandie et
du duché d'Alencon,
1920, se encontrará un
relato animado por una cándida parcialidad en favor de los Talvas.
142
F.
Cattier, [284],
ps. 221-223,
para Baviera,
cf..
Schnelbogl
Die innere
Entwicklung des bayerischen
Landfriendens, 1932. p. 312.
143
Por
ejemplo en
Flandes cf.
Walterus, Vita
Karoli, c,
19, en
SS, t.
XII, página
547
144 4. G. Espinas, Recueil de
documents relatifs à l'histoire du droit municipal, Artois, t. I, p. 236, c,
XXVIII. Es significativo que esta prescripción desapareciese de la “Keure” de
1469, p. 251, c. IVJ.
145
Y
también, como
se verá
más adelante, al señor
de la
victima o
a su vasallo;
pero esto,
por una verdadera asimilación del vínculo de protección y de dependencia
personales con la relación de parentesco.
146
Girart de
Roussillon, trad.
P. Meyer,
p. 104,
n° 787.
Leges Edwardi Confessoris,
XII,
6
147
Établissements
de Saint
Louis,
ed., P.
Viollet.
148 L. Delisle E Berger, Recueil
des actes de Henri II nº XLXII: cf. CXCIV. M. quantin. Recueil de pieces
pour faire suite au curtulaire genéral de l'Yonne. nº 349.
149
Bibl.
Nacional de
París, ms.
latino nº
4763, fol.
47.
150
Félibien. Histoire
de l'abhaye
royale de
Saint Denys. doc. just., nº CLV.
A. Luchaire, Louis VI, nº 531.
151
B. de
Born, ed appel.
19. y
16-17. Porée,
[303].
152
Les
Saxonum, c.
LXII:
153
Véase un
ejemplo sentencia
del tribunal
de Bloís—,
en Ch.
Métais, Cartulaire
de Notre- Dame de Josaphat,
t. I, nº CIII; cf. n° CII
154 B.
Guérard, Cartulaire de l'abbaye
de Saint
père de
Chartres, t II
p. 278 n.º
XIX.
155 Esta restricción aparece, en
1055-1070. en una noticia del Livre Noir de Saint Florent de Saumur, Bibl.
Nacional de París, “nouv. acquis. lat”. 1930, fol. 113 v.°.
156 Por otra parte, desde la
época anglosajona, se creó en Inglaterra una categoría de tierras, no en gran
número, que, bajo el nombre de booik-land, escapaban a las restricciones
consuetudinarias y podían enajenarse libremente.
157
Miracuta
S. Ursmari,
c. 6, en
SS., t. XV, 2,
p.
839.
158 Geoffroi
de Vigeois,
I, 25 en Labbe,
Bibliotheca nova, t.
II,
291.
159
L'histoire de
Guillaume le
Maréchal.
ed. P.
Meyer, t.
I, v.
399 y
sigs.
160 Guillermo
de Tyr.
XII. 12.
Joinville. ed.
de Wailly
(Soc. de
l'His. de
France), ps.
105-106.
161
Garin
le Lorrain,
ed. P. París.
t. II,
p.
268.
162
W. O. Farnsworth, Uncle and nephew in the old French chansons de geste: a
study in the survival of matriarchy, New York, 1913
(Columbia
University: Studies in romance philology
and literature: Cf.
H. Bell. The sister's son in the medieval german epic: a study in the
survival of matriliny, 1922 (University
of California Publications in modern, philology,
vol. X, nº 2).
163.
Polyptyque de l'abbé irminon,
ed A Longnon. I
I .
87. Este deseo de señalar la doble
filiación, llevaba a verdaderos contrasentidos: tal, el nombre anglosajón
Wigfrith, que traducido literalmente quiere decir “paz de la guerra”.
164 Livre Roísin, ed. R.
Monier, 1932 § 143-144 —A Giry, Histoire de la ville de Saínt Omer, t. II,
p. 578, c. 791. Así se explica
que el derecho canónico pudiese, sin excesiva presunción, extender hasta el
séptimo grado de prohibición de los matrimonios consanguíneos.
165 Annales Altahenses
maiores, 1073, en SS., t. XX, p. 792. —Jehan Masselin, Journal des Etats
Généraux, ed.
A. Bernier, ps. 582-584
166 Felipe de Novare, Mémoires, ed. Kohler, pgs 17 y 56.
167
Haskins,
[174], p.
63.
168
En francés ha empleado torcidamente la palabra
suzerain (tít. soberano), introducida con esta acepción
a partir de los especialistas del Antiguo Régimen. Su verdadero
significado es distinto Supongamos que
Pablo presta homenaje a Pedro, y, éste a Juan. Juan —y no Pedro— es el suzerain de Pablo: entiéndase el señor superior (la palabra parece derivar del adverbio sus,
por analogía con soberano). En otras
palabras, mi suzerain, es el señor de mi señor, no mi señor directo. La
expresión ademas, parece tardía
(¿siglo XIV?).
169
Mirot.
[384]; G.
Dupont-Ferrier, Les
origines et
le premier siècle
de la Cour
du Trésor,
1936.
p.
108; P. Dognon. Les institutiones
politiques el administratives du
pays de
Languedoc,
1895,
p.
576
(1530)
170
Nombre
dado a
los “compañeros” que formaban
el cortejo
de los
reyes merovingios.
(N.
del
T.)
171
H.
Wartmann. Urkindenbuch
der Abtei
Sanet-Galleen, t.
I, nº 31
172
Rabanus
Mauro, en
Zeitschrift für
deutsches Alterium, t. XV,
1872, página
444
173
G.
Dottin, La
langue gauloise, 1920, p.
296.
174 Al menos, en este sentido, pues a
la palabra “ambacte” remonta, por cambios que aquí no interesan, el moderno
nombre “ambassade”, embajada.
175
Capitularía, t. I, nº 64, c. 17
176
176 Capitularía, t. I, nº 141, c. 27.
177 Thietmar de Mersebourg.
Chronique, VII, 30. Miracula S. Bertini, II. 8, en Mabillon. AA.
Ss. ord. S. Benedicti, III, 1, ps. 133-134.
178 La utilización del homenaje
como acto expiatorio que se ha mencionado anteriormente, entra en su papel como
gesto de sumisión, propio de clases relativamente elevadas. Los testimonios
publicados por Platón en un artículo poco crítico muestran en este rito un medio
de contratar diversas obligaciones del Derecho privado. Se trata de una práctica
desviada, limitada a un corto número de regiones (Cataluña y quizá Castilla) y
de fecha tardía.
179
Este
significado primitivo de chaser,
como dar
casa, actualmente se ha
perdido. (N.
del
T.)
180 La mejor exposición, desde
el punto de vista lingüístico, en Wartburg, [29], t. 11) (pero el documento de
Carlos el Gordo, del año 884, es apócrifo),
181 Recueil
des chartes de l'abbaye
de Cluny. ed
Bruel y Bernard,
t. I, nov, 24; 39: 50; 54;
103: 236 y 243.
182 Cartulaire de Maguelonne,
ed. J. Rouquette y A. Villemagne. nº III (texto diferente en Histoire de
Languedoc, t. V, nº 48). Fecha: 893, 23 de enero —894, 27 de enero, o (con
más probabilidad) 898, 1 de marzo— 31 de diciembre. Para los ejemplos
posteriores, me es imposible aquí citar mis referencias. La forma provenzal
feuz está documentada el 9 de junio de 956 (Hist. de Langued., t. V.
nº 100).
183
A.
Miraeus, Donationes
belgicae, II,
XXVII
184
6
185 En
el poema
del Heliand (822-840),
los dos temas
con los que
enlazan nuestro
"feudo" y el alemán Lehn se encuentran curiosamente asociados en
la expresión lehni fecho = bien prestado (v. 1548.).
186 Los ejemplos de feudo de
alguacilazgo (el feuum sirventale del Midi francés: cf. Hist. de
Langued.. t. V. n,° 1037), son bien conocidos. Asimismo, el feudum
presbyterale Sobre los feudos de artesanos, véanse mis referencias, [318],
ps. 54-55.
187
Gislebert de
Mons, ed.
Pertz, p.35.
Red Book of
the Exchequer,
ed. H.
Hall, t.
I, p.
283
I.
188
Cartulaire
de Saint-Sernin
de Toulouse.
ed. Douais. nº
155.
189
Round, [335]; Chew. [332],
Para
Salzburgo,
SS„ t.
XI, c.
25, p.
46.
190
S.
Stephani. Lemovic Cartul.,
ed Font
Réaulx. n
º XCI
y
XVIII.
191
Lambert
D'Ardre, Chronique de
Guines, ed.
Menuglaise,
c.
CI.
192 Al menos en las regiones
profundamente feudalizadas, como la mayor parte de Francia.
En Italia se hizo de otra forma.
193 G. G. Dept, Les
influences anglaise et française dans le comte de Flandre, 1928; Kienast
Die deutschen Fürsten im Dienste der Westmächte, t. I, 1924. p. 159; t. II.
p. 76, n° 2; 105. nº 2; 112; H. F. Delaborde, Jean de Joinville, n° 341.
194
Sobre los
drengs ingleses,
el mejor
texto por
Lapsley, en
Victoria County
Histories Durham, t. I, p. 284; cf. Jollife. [333] bis
195 P Guidi v. E. Pellegrinetti,
Inventari del vescovato, della cattedrale e di altre chiese di
Lucca, en Studi e Testi pubblicati per cura degli scrittori della
Biblioteca Vaticana t. XXXIV, 1921. nº 1.
196
Capitularía,
t. I,
n° 88.
197
En la bula referente
a Terracina:
26 de
diciembre del año
1000. Cf.
jordan.
[358]
198
Cf. L Hüttebräuker. Das
Erbe Heinrichs
des Löwen.
en Studien
und Vorarbeiten
zum historischen Adas Niedersachsens, H. 9, Gotinga, 1927
199 Aethelstan, II, 2. Entre las
convenciones concluidas en Mersen, en 847, por los tres hijos
de Luis el Piadoso,
figura, en la proclamación
de Carlos
el Calvo, la frase
siguiente: “Volumus etiam ut unusquisque liber homo in nostro regno
seniorem, qualem voluerit, in nobis et in nostris fidelibus accipiat”. Pero el
examen de las disposiciones análogas contenidas en las diversas particiones del
Imperio muestra que “volumus” significa aquí “permitimos” y no
"ordenamos".
200
Robert de
Torigny, ed.
L. Delisle,
t. I, p.
320
201 Acerca
de las instituciones astur-leonesas, debemos
útiles indicaciones
a la
amabilidad del
P.
Bernard, archivero de
Saboya.
202 En
español en
el original. (N. del
R.).
203
En
español en
el
original.
204
Lesne,
[319] t.
II, 2,
págs. 251-252
205
Pro
ecclesiae libertatum defensione
en
Migne, P.
L., t. CXXV,
col.
1050.
206
Mon
Germ, E.
E., t. V,
pág. 290,
nº 20;
Loup de
Ferriéres. ed, Levillain,
III nº
122. — Wartmann.
Urkundenbuch der Abtei Sanet-Gallen,
t. II n° 386.
207 Le
Couronnement de
Louis, ed,
E. Langlois. v.
83.
208
Métais,
Cartulaire de
l'abbaye cardinale
de La Trinité de
Vendôme, t. I,,
n.º LXVI
y LXVII
209
Cantaorium
S. Huberti,
en SS., t.
VII, ps. 581-582.
210 De todas maneras, los
hermanos fueron pronto objeto de privilegios especiales —véase la ley de Conrado
II—, que, a veces, conforme a las tendencias de derechos populares en favor de
la generación más vieja fueron hasta darles preeminencia sobre los hijos;
cf. M. Garaud, en
Bullet. Soc. Antiquaries
Ouest, año 1921.
211
Wolfram
von Eschenbach.
Parzival, I pág.
4-5.
212 Algunos historiadores
explican esta prestación por la costumbre que habrían tenido primitivamente los
señores de equipar por si mismos a sus vasallos el arnés así proporcionado,
dicen, debía ser devuelto después de la muerte del hombre. Pero, ¿para qué
servía esta restitución, puesto que el hijo era aceptado a su vez como vasallo?
La interpretación entre el rescate feudal
y los otros censos de
naturaleza semejante; por ejemplo los derechos de entrada en ciertos oficios,
también entregados al señor bajo la forma de objetos que respondían a la
profesión del censatario
213 Las mismas preocupaciones
impusieron en Inglaterra, en 1290, la prohibición de practicar la venta del
feudo bajo la forma de la sub-infeudación. El comprador tuvo que recibir en
adelante el bien directamente del señor de su vendedor.
214
Mon.
Germ, Constitutiones, t. I,
nº 447.
c.
5
215 Mitteis. [322], p, y Kienast,
[432], creen haber encontrado ejemplos más antiguos. Pero el único en que se ve
realmente expresarse una doble fidelidad tiene relación con la repartición de la
autoridad en Roma, entre el papa y el emperador: dualismo de soberanía, no de
relación entre
señor y
“encomendado”. Él
documento de
Saint-Gall, que
ni Ganshof
ni
Mitteis han podido encontrar y que
lleva en el Urkundenbuch el nº 440, se relaciona con una cesión de tierra
mediante un censo.
216
Ruodhieb,
ed F.
Seiler, I v.3 [146] II. 2, 3.
W. Lippert
[330] , p.
2.
217
Vita Burchardi, ed.
De
La Ronciére,
p. 19; cf. p
XVII
218Ganshof.
[432], Us.
Barc., c.
25.
219 Para las referencias véanse
los trabajos citados en la bibliografía. Añádanse: para los dos monasterios,
Arch, Nat. LL 1450 A fol. 68 Iº y v°(1200-1209): los siervos; Marc Bloch,
Rois et serfs, 1920, p. 23 nº 2.
220
Leges
Henríci.
43. 6 y
82: 55.
2 y
3; Us
Barcin., c
36.
221
Chartes
du Forez,
nº 467
222
Mon.
Germ. E.E..
t.
V, p.
127 nº
34.
223
Haskins, [174], P 15. —Round, Family Origins 1930, p. 208; Chew [332], —
Gleason, An ecclesiastical barony of the middle ages, 1936. —H. Navel,
L'enquête de 1133, 1935, p 71.
224
Hariulfo,
Chronique III 3 ed Lot, p. 97 —Us. Barc., c. CXXIV —Du
Cange. Dissertations sur l'hist. de Saint-Louis, V. ed.
Henschel, t. VII. p 23 [Vidame, era el que tenia las
tierras de un obispado o abadía, dirigía las tropas de éste y lo defendía en lo
temporal] (N. del T.)
225
En
Inglaterra, los
términos acabaron
por jerarquizarse;
el de
"ayuda", se reservó
a los vasallos, y el de
"talla", a los sometidos. de categoría más modesta.
226
Primer
cartulario de
Saint-Serve,
restitución de
Marchegay.
Arch,
Maine-et-Loire, H
fol.
293. Naturalmente.
los casos
se presentaban de forma
distinta en los feudos
de iglesia;
en los que dependían del obispo
de Bayeux, por ejemplo, eran el viaje del obispo a Roma, una reparación en la
catedral, el incendio del palacio episcopal (Gleason, An ecclesiastical
barony. p. 50).
227
Cf.
supra.
228
Steinmeyer
y Sievers,
Althochdeutschen Glossen, I.
p.
268.
23.
229 Costumbre irlandesa de
educar los menores —los varones, hasta los 17 años, y las mujeres hasta los 14—
fuera del hogar, pero en la misma tribu. Los irlandeses decían altrum,
los ingleses, fosterage. (N. del R.)
230 Flodoardo. Hist. Remensis
eccl., III, 26, en SS. t. XIII, p. 540; cf ya Actus pontifícum
Cenomannensium, pgs. 134-135 (616; “nutritura”). — Commynes, VI, 6 (ed
Mandroi, t. II, p. 50)
231 Codex Euricionus, c.
310 Por el contrario: el vasallo, casado por sus dos amos sucesivos, que pone en
escena el sínodo de Compiègne del 757, es, conforme al sentido primero del
vocablo, un simple esclavo y no nos interesa aquí.
232
Ordonnances,
XII. p 295
—Ét. de
Saint Louis,
1. c.
67. —
Stenton [338].
pág: 33-34.
233
Tres
uncien Coutumier. XXXV
5.
234
Le
Román de
Thèbes,
ed.
L.
Constans, t. I,
v. 8041
y sigs. 8165 y sigs.
Arch Nat„ 1A,
6, fol. 185; cf. O. Martín, [177], t. I. p. 257. nº 7
235
[138],
c.
6.
236
Girart
de Roussillon,
trad. P. Meyer,
p. 100
(ed Foerste,
Romanische Studien, t.
V. v. 3054).
—Primer cartulario
de Saint-Serge,
restitución Marchegay, Arch
Mainet-Loire, H.,
fol.
88.—Doon
de
Mayence, ed.
Guessard, p.
276.
237
Por
ejemplo. Girart
de Roussillon,
trad. P.
Meyer, p.
83; Garin
le Lorrain,
ed. P.
París, t.
II,
p.
88. —Concilio: Migne, P.L.,
t. CXLII, col.
400.
238
Alfred
Liebermann. [132], t. 1, p. 47 (49,7); Leges Henrici, 75, 1. —Gislebert
de mons, e d
. Pertz, p . 30— Felipe de
Novara, ed. kohler, p 20
239
The Christ of Cynewulf,
ed., A.S. Cook, v.
457 —Migne, P.L..
t. CXCII1, col
523 y
524. —L. Goüdaud, Dévotions
pratiques du moyen âge, 1925, p. 20 y sigs.
240
Richer,
IV. 78.
Otros ejemplos
(hasta el
siglo XIII),
Jolliffe.
[158]
p,
164.
241
Alfred,
XLII,
6. —Two
of the
Saxon chronicles,
ed, Plummer,
t. I.
pgs.
48 -
49 (755).
— [145], vulgata.
11. 28, 4.
242 Leges, Henrici, 55, E.
—Raoul de Cambrai, v. 1381. —Chron. mon. de Abingdon (R.S.), t. II,
p. 133 (1100-1135). —Renaus de Montauban, ed. Michelant, p. 373, v. 16.
243
J.
Depoin Recueil de Chartes
et documents
de Saint-Martin-des-Champs,
t .I
nº 47,
y Líber Testamentorum S. Martini, n° XVIII.
244
Por
ejemplo, feudo
del pintor,
B. de
Broussillon, Cartulaire de
l'abbaye de
Saint Aubin d'Angers, t.
II. n.° CCCCVIII.
245
Ch.V.
Langlois. Textes relatifs
a l'histoire
du Parlement,
nº CXI,
c. 5
bis
246 A los ejemplos franceses
pueden añadirse por ejemplo, Chalandon, [123], t. II, p 565, Homeyer,
[329], p. 273; Kienast, [316], t. II. p. 44.
247 Quizá no se ha señalado
suficientemente que, evocado la imagen de estos pequeños vasallos, la ordenanza
francesa de 1188 sobre el diezmo de la Cruzada, postula, en efecto, que tienen
un solo señor ligio.
248
Cap.,
t. I, nº 132,
c.
5.
249
A.
Libort, Chronique et
chartes... de
Saint-Mihel, nº.
33.
250
Acta
Murensia, en Quellen zur Schweizer Geschickte,
t. III. 2, p. 68. c.
22.
251
Chartes du
Forez antériures au XIV' siècle,
n.° 500
(t. IV).
252
Monumenta
Historiae Patriae,
t. XIII, col.
711.
253
Olim,
t, I,
p. 661,
n.º
III
254
Suger.
De, rebus,
ed, Lecoy
de la
Marche, c.
x. p.
167.
255 En algunas regiones españolas
recibieron el nombre de “poyas”, que todavía sobrevive para indicar los derechos que se pagan por cocer el pan en horno comunal. (N. del
T.)
256
En francés
moderno quête,
colecta o
demanda. (N.
del
T.)
257
Cap. I. n°
162, c.
3, nº 50. c.
2.
258 Lex
Romana Visigothorum, ed.
Haenee.
Cod. Theod..
V. 10,
1 e
Interpretatio.
259 A.
Bernard. y
A. Bruel. Rec.
des Chartes de...
Cluny. t IV,
nº
3024.
260 Bibl. de Tours, ms. 2041, hoja de
guarda —Histor. de France, t. XII p. 340. —Cartulaire de Saint-Vaast,
p. 177.
261
Costumbres
de Montchauvel (concedidas hacia
1101-1137), en
Mêm. Soc.
Archéolog. Rambouillet.
t. XXI.
1910. p. 301. Cf. también
Ordonn.. l. XI.
p. 286 (Saint-Germain-des-Bois).
262 Pierre
de Fontaine, [136], XXI,
8. p.
225. Marc
Bloch, [474]
bis, pgs. 55 y
sigs.
263
Perrin.
[485), p
225 y
sigs. Chronique de l'abbaye
de Saint-Bénigne...
ed. E.
Bougaud y
J. Garnier, pgs. 396-397 (1088-1119).
264 Carta de Codalet de Conflent,
1142, en B, Alart, Privilèges et relatifs aux franchises... de Roussiilíon,
t. I. p. 40.
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