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LA
SOCIEDAD
FEUDAL
TOMO
II
1940
Marc Bloch
*1
(1866-1944)
(*Notas)
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ÍNDICE
PRÓLOGO:
La formación
de la
nobleza, fragmentación
de los
poderes y renacimiento del
Estado
Libro
Primero: LAS
CLASES
Capítulo
I, Los
Nobles como
clase de
hecho
Capítulo II. La
Vida Noble
Capítulo III.
La Caballería
Capítulo
IV. La
transformación de la
Nobleza de
hecho en
Nobleza de
Derecho Capítulo V. La distinción de Clases en el interior de la Nobleza
Capitulo
VI. El
Clero y
las Clases
Profesionales
Libro
Segundo: EL GOBIERNO
Y LAS
CLASES
Capitulo I. Las
Justicias
Capítulo II. Los
Poderes Tradicionales: Reinos e Imperio
Capítulo
III. De
los principados territoriales a
las Castellanías
Capítulo IV. El
Desorden y la lucha contra el Desorden
Capitulo
V. Hacia
la reconstitución
de los
Estados: Las
evoluciones Nacionales
Libro
Tercero: EL FEUDALISMO
COMO TIPO
SOCIAL Y
SU ACCIÓN
Capítulo
I. El
feudalismo como tipo
social
Capítulo
II. Prolongaciones
del feudalismo
Europeo
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
TOMO
SEGUNDO
LAS
CLASES Y
EL GOBIERNO DE
LOS
HOMBRES
PRÓLOGO
FORMACIÓN
DE LA
NOBLEZA, FRAGMENTACIÓN
DE LOS
PODERES Y RENACIMIENTO DEL
ESTADO
La estructura de la
sociedad feudal puede ser estudiada desde dos puntos de vista
diferentes. En lo
que tiene
de más
característico: el establecimiento,
entre los hombres, de una superposición y de un entremezclamiento de los
vínculos de dependencia.
Es lo
que Marc
Bloch ha
expuesto y
explicado luminosamente en un volumen
anterior. En lo que
tiene de
común con
toda organización
social —las clases y el gobierno—;
pero que, en esa sociedad, presenta también caracteres peculiares; y ése es el
objeto de este segundo volumen.
La primera parte
está casi exclusivamente consagrada a la clase noble, de la que se trata de
explicar la formación.
Marc Bloch muestra
de forma clara que la primera edad feudal no conoció la nobleza en el sentido
propio y jurídico de la palabra. Sin duda, ocurría a veces que la palabra
“noble”, en un sentido vago, designaba al “ingenuo” en relación con el liberto,
al “propietario alodial” en relación con el hombre de un señor, al hombre libre
en relación con el siervo, a los seguidores de armas y el personal identificado
por el vasallaje por oposición al “pueblo vulgar”, y con más razón,
a los magnates, representantes de las familias más poderosas.
Esta palabra,
auténtico comodín, que no tenía más que un valor distintivo muy relativo, tendió
a tomar un sentido cada vez más restringido, antes de tomarlo
absoluto.
Desde el siglo XI,
sin que hubiese aún estatuto social ni casta, se discierne una clase noble por el género de vida —que excluía el trabajo
personal, la actividad económica directa—. Posesión de tierras, sobre todo,
tesoro de monedas o de joyas, y como consecuencia, poderes de mando sobre los
demás hombres: he aquí lo que caracteriza a la nueva aristocracia. Ya no es una
“raza sagrada”; su función propia es la guerra.
Se encontrará en
este libro páginas —que, como todas las de Marc Bloch, al mismo tiempo explican
y depuran— en las que esta primera edad feudal aparece “impregnada, de arriba
abajo de la sociedad, por el gusto o el temor
de la 'violencia'”. En ese mundo, el menor desplazamiento es en sí una
“aventura”. Todos tienen necesidad de armarse. Pero el guerrero profesional,
el guerrero “caballero”, provisto de armamento integral, ofensivo y
defensivo, disfruta de un monopolio de hecho que pasará a ser de derecho. Por
encima de los que trabajan, e incluso
de los que rezan, están los que combaten y para los que la guerra es la “razón
de vivir”. La guerra ocupa en la vida noble un lugar del que —en
particular, con la ayuda de los cantares de gesta— Marc Bloch nos ayuda a
comprender la importancia: derivada de los provechos diversos que de
ella obtiene el caballero — donaciones
del señor,
botín, pillaje, rescates—, pero, también, de la atracción de la aventura,
del deporte de las grandes estocadas. Es un medio, el principal medio, de evitar
el aburrimiento que acecha a las cabezas generalmente vacías.
Cuando nuestro
colaborador describe la vivienda del noble, primero de madera, después, de piedra, que por muchas razones se sitúa en el
campo — esas fertés rurales “cuya sombra no debía ya dejar de pesar sobre
los campos de Europa”, esos castillos con que se eriza todo el Occidente—,
muestra al señor constantemente rodeado, guardado, servido y distraído por los
vasallos y la turba de criados. Pero
sus grandes diversiones, “llenas de un humor guerrero” son la caza y los
torneos: estos últimos, constituyeron el placer más vivo
de la clase
noble, en
los que
se obstinó
—como debía
hacer con
el
duelo—
incluso cuando
la realeza
y la
iglesia se
opusieran a
ellos.
En la segunda edad
feudal, con una vida de relaciones más intensa, la adquisición de conciencia de
clase distinta y superior dio nacimiento a las “reglas de conducta”. Dos
palabras las resumen: courtoisie (cortesía) y — cuando ésta se vulgarizó—
prudhommie (honestidad, lealtad). Francia es la patria de todo lo que
encierran estas expresiones; es una de las formas de
esta cultura que Francia propagó entonces por toda Europa.*2
Y es del sur de Francia desde donde se extendió sobre la Francia del Norte la
influencia de la “cámara de las damas” —que refino al caballero hasta
transfigurarlo en el poeta del amor
courtois—*
3.
El código amoroso, que hace conocer la literatura, no extinguió los apetitos
realistas, pero marcaba la ambición de
“no amar como la generalidad”.
“Distinta así por su poder, su género de fortuna y de
vida, incluso
por su moral, la
clase social
de los
nobles estaba,
hacia mediados del siglo XII,
presta a solidificarse en clase jurídica y hereditaria”.
Sobre esa
institución tan particular que es la caballería, el autor da indicaciones muy penetrantes. Se ve cómo su ritual recordaba las
“iniciaciones” de las sociedades primitivas; como el adoubement,
la investidura,*4
constituía la entrada en una clase de la sociedad, en una orden: se “ordenaba”
caballero.*5
El código que se formó hacia fines del siglo XI conservó lo mejor de la moral
mundana, pero, bajo la influencia de la Iglesia, asignó a la orden de los
caballeros —progresivamente identificada con la colectividad de los armados
caballeros— una tarea ideal. La espada del caballero ya no está destinada a la
guerra por la guerra, sino que debe
servir a las buenas causas, “defender la Justicia y el Derecho”,
El paso de la
iniciación directa al privilegio hereditario se realiza entre 1130 y 1250,
aproximadamente. La importancia de esta transformación inspira a Marc Bloch
reflexiones que, como siempre en él, conceden su parte a los
económico. Es el empuje de las "nuevas capas", del patriciado urbano, que
lleva a la clase noble a cerrarse, o al menos a esforzarse en hacerlo. Pero, por otra parle, el esfuerzo de la realeza tendió a disponer del
derecho a “bajar la barrera”, a “regularizar, sancionándolos, los inevitables y
saludables pasos de un orden
a otro”,
y al
mismo tiempo
sacar provecho
de ello.
Al principio, la barrera no estuvo
más que entreabierta. El período entre 1250 y 1400 aproximadamente “fue, en el
continente, el de la más rigurosa jerarquización de las capas sociales”. De ahí, la violenta reacción que, en
Francia al menos, se produjo en el siglo XIV contra la nobleza. Al mismo tiempo,
la acción de los reyes cobraba mayor impulso: “A la época de las formaciones
nobiliarias espontáneas, sucedía otra nueva en que,
de arriba a abajo de la escala social, el Estado, en adelante, iba a
detentar el poder de fijar y de cambiar las
categorías”.
En líneas
generales, el código nobiliario es parecido en todos los países. Sólo Inglaterra
presenta algunas diferencias sensibles. La aristocracia inglesa se “mantuvo
cerca de las realidades que forjan el verdadero poder sobre los hombres”: no se
distinguía de los “hombres libres” más que por la posesión de los señoríos o de
los cargos, por la riqueza y el género de vida.
En Ia jerarquía
nobiliaria, hay, entre los países de Occidente, diferencias que Marc Bloch anota
con erudita precisión. Una vez mas comprueba que esta sociedad no tiene nada de
un “teorema”. Si la jerarquizarían se acrecentó, de forma simultánea se
manifestaba la tendencia a la ascensión social de la “ministerialidad” —en
función de la fortuna, de la participación en los poderes de mando y del manejo
de las armas—, Incluso hubo “siervos de vida caballeresca” y caballeros-siervos.
Las evoluciones nacionales divergieron, pero, de una manera general, “las
realidades triunfaron”.
Pasando
al mundo
eclesiástico, el autor analiza su
papel en el feudalismo, que
varía según las categorías y los tiempos.
Entre los que hacen
la guerra y los que trabajan, algunos de los que oran se encuentran en los
confines de ambas categorías. Los grandes señores de la Iglesia estaban al nivel
de los más altos barones de la espada. Los estableci- mientos
eclesiásticos sacaban de
la protección,
material y
espiritual, dada
a los humildes inmensas
ventajas. Las riquezas amasadas por el clero dieron
pábulo al '”género de anticlericalismo elemental que ha dejado en buen
número de pasajes de la epopeya tan brutales expresiones”. Por otra
parte, la feudalización del alto clero se encontró en oposición —más o menos
viva— con los derechos del poder
temporal. La reforma gregoriana fue una “tentativa apasionada para arrancar las
fuerzas sobrenaturales de la influencia del siglo”. Pero, hecha su estimación,
se mostró impotente para privar a los grandes poderes temporales de “este
instrumento de mando... que era el derecho de escoger los principales
dignatarios de la Iglesia o, por lo menos, de vigilar su
elección”.
En cuanto a la
tercera clase, su unidad teórica comprendía categorías muy diferentes:
“rústicos” —bastante desiguales entre sí desde el punto de vista económico—,
hombres de las ciudades —cuya diferencia con el caballero, el clérigo, el
“villano” se acusó de forma tan clara que, desde el siglo XVI, la palabra
burgués, francesa de origen, se hizo de uso internacional—. “Un instinto muy
seguro había acertado a advertir que la ciudad se caracterizaba, ante todo, como
el lugar de una humanidad particular”.
De
forma breve
—pues el
tema se
volverá a
encontrar en
la historia
económica de la Edad Media—, Marc Bloch muestra cómo la ciudad, tal como
la concibe el burgués, constituye, en
la sociedad feudal, una especie de “cuerpo extraño” y cómo la fuerza burguesa, a
medida que crece, toma figura de “elemento destructor de la
estructura feudal". La
commune, palabra “cargada de
pasión” y dinámica: el
juramento comunal unía a los iguales. “Este fue propiamente el fermento
revolucionario..., violentamente antipático a un mundo jerarquizado”. Páginas
notables por la luz que proyectan sobre los siglos siguientes.
*
La segunda parte
del libro, El gobierno de los hombres, se une y completa con el estudio
tan nuevo sobre la monarquía feudal que ha dado nuestro colaborador Petit-Dutaillis,
para Francia e Inglaterra en su estrecha relación de los siglos X a XIII. El
“orden esporádico” que el feudalismo introdujo en el Occidente europeo para
atemperar la anarquía tiende a ser sustituido por un orden superior. Este orden,
que evidentemente respondía a una necesidad interna, estaba ligado también a la
tradición monárquica, “mucho más antigua que el feudalismo y destinada a
sobrevivirle durante mucho tiempo”.
El autor de Los
Reyes Taumaturgos; estudio sobre el “carácter sobrenatural” atribuido al
poder real, en particular en Francia y en Inglaterra”— muestra
cómo la supervivencia de este privilegio místico de que estaban dotados
los reyes germánicos y los emperadores romanos, al menos después de su
muerte —para
no remontarnos
más lejos
aún, hasta
los soberanos
del
Oriente—, distinguía los reyes de los
otros jefes y les daba, entre la “proliferación de las dominaciones” un poder
sui generis. Si no eran sacerdotes, ungidos del Señor, tampoco eran puros
laicos, y su carácter sagrado estaba admitido por los que de ellos dependían, en
todos sus grados. El rey disponía de “dos grandes fuerzas latentes, prestas a
desarrollarse bajo la influencia de condiciones más favorables: la intacta
herencia de su antiguo prestigio; la renovación que encontraba” en el nuevo
sistema social, puesto que en la cima de la pirámide feudal era el supremo
soberano.
Este principio que
caracterizaba al rey parecía unido a una familia predestinada “a la que se creía única capaz de dar jefes
eficaces”: por ello, las dinastías
sucesivas se esforzaban en unirse unas a otras. Según las circunstancias, los
medios y los tiempos, unas veces la elección se opuso al principio hereditario,
y otras, se concilio con él, no haciendo más que
sancionarlo.
Francia se
convirtió en reino hereditario, mientras que en Alemania, con la preocupación
del Imperio, la tradición romana reforzó el principio de la
elección. El ambicionado título de emperador representaba una
superioridad sobre la generalidad de los reyes. Para poseerlo, era necesario ser
Rey de Romanos, pues el recuerdo de los Cesares y el de los Apóstoles
daban al señor, real o teórico, de Roma una autoridad particular. El rey de
Alemania pretendía ser ese emperador augusto, y aspiró a la monarquía universal,
considerándose como protector del papado y, por ello, de toda la Cristiandad.
Entre lo espiritual y lo temporal, surgió, por este motivo, un germen de
inevitable discordia.
La tendencia
unificadora que se manifiesta entonces tenía que encontrarse en conflicto con
una tendencia disolvente.
Marc Bloch
consagra un
capitulo, rico de
detalles, a
la fragmentación del poder que
resultaba de la “irresistible presión de las fuerzas locales”. Lo que se produjo
al final del Imperio
romano, la disolución
que el Imperio carolingio puso a raya,
empezaba a reproducirse. Condes, vizcondes, archicondes,
marqueses, duques: nombres variados para los representantes del poder
central, cuyos poderes,
en un momento
dado, se
hicieron hereditarios.
“La idea del oficio público se
borraba ante la comprobación, simplísima, del poder de
hecho”.
Los fundadores de
los principados tuvieron un mejor éxito allí donde la geografía favorecía sus
ambiciones. Sobre todo en Francia. En Alemania, los grandes ducados se
constituyeron más bien sobre la base étnica. Pero esos principados, que
limitaban el poder
del rey, estaban ellos mismos
amenazados por las fuerzas de la fragmentación. Los castillos fueron para el
poder como “puntos de cristalización”. Al propio tiempo que un refugio,
constituían “una cabeza de distrito administrativo y el centro de una red de
dependencias”.
El autor completa
el cuadro de esa fragmentación del poder con interesantes indicaciones sobre los
dominios eclesiásticos —gracias a los cuales los reyes esperaron luchar contra
el acaparamiento o la indocilidad de los magnates— y sobre las “procuradurías”.
Especie de delegados de la monarquía junto a los obispos y a los monasterios,
los procuradores eran, al principio, modestos funcionarios: su papel fue
creciendo y el título tomó prestigio hasta el punto de que los reyes y barones
de muy elevada categoría fueron titulares de procuradurías generales.*6
Sin detenernos en
los matices que, para el gobierno de los hombres, Marc Bloch, con afán de
precisión, discierne entre un país y otro de Occidente, insistiremos en la
penetrante psicología colectiva que, en él, va unida al estudio institucional. Como dice en algún lugar, lo que él
pretende es trazar la historia profana a de esta época. Señala que esta edad,
“más que a las sutilezas jurídicas, era sensible a la fuerza del hecho”; que “de
la idea abstracta del poder se
separaba mal la imagen concreta del jefe.” Por esto, el poder se fragmentaba;
por esto, el protector más próximo era aceptado o buscado: “En esta incapacidad
de concebir el lazo político de modo distinto al aspecto de cara a cara, dice,
reconocemos una vez más una de las causas profundas del desmembramiento feudal”.
Pero el protector
próximo tendía a ser un explotador; y su poder, limitado, era incapaz de
asegurar la paz social. Por ello, en ese reinado de la violencia, característico
de la
época, habían
de darse
los éxitos
futuros de
la realeza,
que representaba, con el recuerdo del “gran sueño imperial carolingio”,
un orden superior y la esperanza de paz.
La aspiración hacia
esa paz era tanto más viva cuanto el desorden era más violento. Hay, en el
presente libro, páginas de un incomparable interés en las que, por su
objetividad misma, se estremece la vida de esos tiempos desgarrados. “Medianamente capaces
de reprimir
su primer
movimiento, poco sensibles,
nerviosamente, al espectáculo del dolor, poco respetuosos de la vida, donde sólo
veían un estado transitorio antes de la Eternidad, los
hombres, además, eran muy inclinados a poner su punto de honor en el
despliegue de la fuerza física, casi animal”. El exceso del mal provocó el
movimiento de las “Paces” y de la tregua de Dios —movimiento específicamente
francés en sus orígenes, y más precisamente, aquitano—. Limitación de los actos,
limitación de los días autorizados para Ia violencia; uniones juradas para el
respeto de estas limitaciones; milicias o ligas creadas para imponer el respeto
a estos juramentos; policía, en suma, emprendida por grupos sin mandato, que a
veces enfrentaba a los villanos con el señor. La obra tenía que fracasar, pero
dejando profundas huellas. “¿Cómo no recordar, sobre todo, del pacto de paz al
pacto comunal, la filiación establecida por este rasgo, presente en las dos
partes y del que ya hemos visto el acento revolucionario: el juramento de los
iguales?”.
El movimiento de
paz tuvo suerte diversa en los diferentes países; pero, de manera general, los
reyes y príncipes, conforme a su papel y a su interés, se aprovecharon de él y
se constituyeron en “grandes pacificadores”.
Tanto en la
justicia como en la policía, la autoridad del rey aumentó poco a poco. En el
desarrollo de los vínculos de hombre a hombre, que se ha seguido en el tomo
LII, todo jefe aspiraba a ser juez. Bajo Carlomagno y sus sucesores
inmediatos, la distinción de las causas en mayores y menores diferenció la
acción judicial de los jefes. Pero “la idea muy antigua, a la vez que más y más
viva, que se tenía de los poderes propios del jefe” fundaba verdaderamente el
derecho. La justicia se fue haciendo cada vez más señorial. Sin embargo, el
rey seguía siendo, en principio, el juez supremo. Y en el “reagrupamiento
general de fuerzas que marcó el término de la segunda época feudal”, realizado
por los soberanos anglonormandos y angloangevinos en primer lugar, y más tarde, y mucho más lentamente, por los Capelos, la
realeza, por medio de sus delegados o gracias a los “llamamientos”, dio a la
organización judicial alguna unidad.
De manera general,
en el curso de la segunda edad feudal, “se vio, por todas partes, al poder sobre
los hombres, hasta entonces dividido al extremo, comenzar a concentrarse en
organismos más vastos”, no nuevos, sino renovados. Es el Estado que renace, en
el sentido propio de principio de estabilidad (status) o de orden.*7
Detención de las invasiones;
crecimiento de la densidad de población y desarrollo de las ciudades; cambio de
las condiciones económicas y
mentales; mejoramiento
del régimen
monetario y
aumento de
los recursos públicos; renacimiento cultural, que “había hecho a los
espíritus más aptos para concebir el lazo social... que es la subordinación del
individuo al poder público”; uso más extendido de la escritura, que proporciona
al poder sus archivos y anuncia la burocracia: tales son las causas de la
restauración del Estado.
Y, aquí, Marc Bloch,
en una rápida comparación entre Inglaterra, Francia y Alemania, diferencia tres
tipos de Estados. La monarquía nueva de los
Caperos crea auténticos funcionarios, bailíos y senescales, en su dominio
propio; pero este dominio es limitado, y más que unificar, se puede decir que
reúne a Francia. La monarquía anglo-normanda, nacida de las conquistas, puede
establecer con más rapidez una unidad más fuerte. En Alemania, por el contrario,
la monarquía, durante mucho tiempo fiel al modelo carolingio y siempre influida
por la idea del Imperio, está como superpuesta a los duques —con frecuencia
rebeldes— a los obispos —que tendieron a emanciparse: fueron “las Alemanias” las
que se unificaron, y “el reagrupamiento... no se operó más que al precio de una
larga fragmentación del antiguo Estado”.
Imperio y
Cristiandad son los dos grandes cuadros humanos que, tradicionalmente,
obsesionan los espíritus.
Sin embargo,
los grupos
nacionales empiezan en
estos tiempos
a tomar conciencia de
sí mismos.
Más de
lo que
se ha dicho muchas veces “por reacción contra la historiografía
romántica”. La nacionalidad se nutría de aportaciones complejas: antagonismo
contra el extranjero, “comunidad de lengua”,*8
de tradición de recuerdos históricos más o menos bien entendidos; sentido del
destino común que imponía cuadros políticos limitados muy al azar, pero del que
cada uno respondía, no obstante, en su conjunto, a afinidades profundas y ya
antiguas”.
En el curso de la
segunda edad feudal, allí mismo donde sus límites eran inciertos, el Estado,
trabajando por la unidad, despertaba o fortificaba el sentimiento nacional Es
indudable que este sentimiento, a
su vez, fortificaba al Estado
En una conclusión
importante, nuestro colaborador trata un problema general de Sociología. ¿El
feudalismo de la Europa occidental es un acontecimiento único, como lo creyó
Montesquieu, o una forma, social muy extendida, como sostuvo Voltaire?
Marc Bloch insiste
en el carácter fundamental del feudalismo europeo: el vínculo de hombre a hombre
—obediencia debida por el subordinado al jefe, quien le debe su protección— y el
vasallaje, que es la forma de este lazo en la clase guerrera. Recuerda que el
feudalismo, en Occidente, nace de circunstancias que debilitaron el Estado, al
mismo tiempo que aumentaban el desorden, y de cierta mentalidad “ligada a lo
sensible y a lo próximo”.
En el “eterno
cambio que es la Historia”, hay en ello, como hubiera dicho Lacombe,
algo de
“acontecimiento” —digamos: algo
contingente; y
hay algo
de contingente asimismo
en los
rasgos con
que se
matizan las
diferentes regiones de la
Europa feudal—. Sin duda es abusivo llamar feudal a toda organización social en
la que el poder está fragmentado. Pero analogías aproximativas, nacidas de
circunstancias aproximativamente semejantes, no son imposibles. Por escrúpulos
de competencia, Marc Bloch no se decide a resolver el
problema:
“El autor de este
libro se sentiría feliz si, al proponer a los investigadores este cuestionario,
pudiera prepararse el camino para un trabajo que superase por completo el
ofrecido aquí”.
Se contenta con
marcar de manera sumaria las semejanzas y las diferencias que presenta con el
europeo el feudalismo japones.
Por otra parte,
como las sociedades están “dotadas de memoria” señala en la continuidad de los
tiempos los recuerdos o las sugestiones del pasado feudal. La nobleza de espada
hereda a la caballería. El contrato bilateral que liga el hombre a su señor y el
súbdito a su rey, es el principio fecundo de cartas y de instituciones
liberadoras.
*
En el volumen
precedente de nuestro colaborador, hemos subrayado ya sus méritos. Su
conocimiento de la Edad Media, de una excepcional riqueza, se nutre en las
fuentes más diversas. Recordemos, en particular, el uso que hace de la
lingüística y la literatura: Ia epopeya, “fiel Intérprete de la realidad”, la
poesía lírica, los fabliaux.*9
Con frecuencia, mediante sobrias indicaciones, extiende su estudio, abriendo
perspectivas sobre temas que no puede hacer más que desflorar: son lo que él
llama mises en place, que permiten apreciar toda la extensión de su
saber.
La posición de Marc
Bloch es la del prudente investigador de la verdad. No duda en reconocer la
“gran imprecisión” de ciertos textos, las lagunas de la documentación y las de
su obra personal.
En esta obra, tal
como se presenta, la erudición se expande al mismo tiempo en visión del pasado y
en ciencia explicativa. “El historiador tiene sólo el deber de comprender”,
dice. Marc Bloch hace comprender la sociedad feudal. Se puede estimar, en suma,
que restaba demasiado mérito a lo que llamaba su “ensayo”. Y su respeto
por la ciencia lo hace quizá injusto con la Historia y consigo mismo, cuando se
pregunta “si no es vano el esfuerzo para pretender explicar lo que, en el estado
presente de nuestros conocimientos sobre el hombre, parece ser el dominio de lo
inexplicable: el tonus de una civilización y sus capacidades magnéticas”.
Henri
Berr
*
ADVERTENCIA
AL
LECTOR
Una red de vínculos
de dependencia, tejiendo sus hilos de arriba abajo de la escala humana, dio a la
civilización del feudalismo europeo su carácter más original.
Cómo, bajo
la acción de
qué circunstancias
y de
qué ambiente
mental, con la ayuda de qué influencias de un lejano pasado, esta
estructura tan particular pudo nacer y evolucionar, es lo que se ha intentado
mostrar en el volumen precedente. Nunca, sin embargo, en las sociedades a las
que de manera tradicional se da el epíteto de feudales, los destinos
individuales estuvieron regulados exclusivamente por estas relaciones de próxima
sujeción o de gobierno inmediato.
Los hombres, en
ellas, se repartían también en grupos, colocados uno encima del otro, a los que
distinguían la vocación profesional,
el grado
de poder
o el
prestigio. Además,
por encima
de la
multitud de pequeños señoríos, de todo género, subsistieron siempre
poderes de radio más amplio y de naturaleza diferente. A partir de la segunda
edad feudal, se vio, a la vez, a las clases ordenarse más estrictamente, y a la
reunión de las fuerzas, alrededor de algunas grandes autoridades y de algunas
grandes aspiraciones, realizarse con un vigor creciente. Es hacia el estudio de
este segundo aspecto de la organización social donde tenemos que dirigir ahora
nuestras miradas. Hecho esto, nos será posible intentar responder a las
preguntas que, desde los primeros pasos de la investigación, habían parecido
dominarla: ¿Por qué rasgos fundamentales, propios o no a una fase de la
evolución occidental, estos pocos siglos han merecido el nombre que los pone asi
aparte del resto de nuestra Historia? De su herencia, ¿qué tenia que
quedar en las épocas que les iban a seguir?

Buhonero.
Códice de Manesse - El buhonero o "Pies Polvoriento", era un personaje
corriente en las calles y plazas de las poblaciones medievales. En una tienda
móvil, colgada a los hombros o a lomos de un pequeño burro, vendía baratijas
como botones, agujas, cintas, peines, etcétera. El Arcipreste de Hita los
describe por las plazas «tañendo» cascabeles para atraer al público
LA
SOCIEDAD FEUDAL
LA
FORMACIÓN DE
LOS VÍNCULOS DE DEPENDENCIA
LIBRO
PRIMERO
LAS
CLASES
CAPITULO
I
LOS
NOBLES COMO CLASE DE
HECHO
I. DESAPARICIÓN
DE LAS
ANTIGUAS ARISTOCRACIAS DE LA
SANGRE
Para los primeros
escritores que definieron el feudalismo y para los hombres
de la Revolución, que trabajaron para destruirlo, la noción de nobleza
era inseparable del mismo. No existe, sin embargo, una asociación de ideas más
francamente errónea. Al menos, por poco que se quiera conservar al vocabulario
histórico alguna
precisión. Es
bien seguro
que las
sociedades de la época feudal no
tuvieron nada de igualitario, pero no toda clase dominante es una nobleza. Para
merecer este nombre, según parece, debe reunir estas dos condiciones: la
posesión de un estatuto jurídico propio, que confirme y materialice la
superioridad que pretende tener, y, en segundo lugar, que este estatuto se
perpetúe por la sangre —salvo, de todas maneras, la posibilidad para algunas
familias nuevas de abrirse camino en ella, aunque en número restringido y según
unas normas regularmente establecidas—. En otras palabras, ni el poder de hecho
puede bastar, ni incluso esa forma de herencia, en la práctica, no obstante, tan
eficaz, que tanto como de la transmisión de la fortuna,
emana de
la ayuda dada
al niño por
unos padres
bien situados;
aún es necesario que estas
ventajas sociales y esta herencia sean reconocidas de derecho. ¿Tratamos en la
actualidad a nuestra gran burguesía de "nobleza capitalista", a no ser
irónicamente? Incluso en los países como las democracias,
donde los
privilegios legales
han desaparecido,
es su
recuerdo el que alimenta la
conciencia de clase: no existe noble auténtico si no puede probar la existencia
de unos antepasados nobles. Pues bien, en este sentido, que es el único
legítimo, la nobleza no fue en Occidente más que una
aparición relativamente tardía. Las primeras líneas de la institución no
empezaron a dibujarse antes del siglo XII, y no se fijaron hasta el siglo
siguiente, cuando
feudo y
vasallaje estaban
ya en decadencia.
Toda la primera edad feudal,
con su época inmediata anterior, la desconoció.
Por esta nota
distintiva, se oponía a las civilizaciones cuyo legado lejano recibió. El
Bajo-Imperio tuvo el orden senatorial, al que, bajo los primeros merovingios, a
pesar de la casi desaparición de los privilegios jurídicos de antaño, la mayor
parte de los principales súbditos romanos del rey franco estaban
todavía orgullosos
de relacionar su genealogía. Entre
muchos pueblos germánicos,
existieron ciertas familias calificadas, oficialmente, de nobles: en
lengua vulgar edelinge, voz que los textos latinos traducen por nobiles y
que, en franco-borgoñón, sobrevivió largo tiempo bajo la forma de adelenc.
A este título,
disfrutaban de ventajas precisas, en particular, un precio de la sangre mucho
más elevado; sus miembros, como dicen los documentos anglosajones, eran “nacidos
más queridos” que los demás hombres. Surgidas, según
todas las
apariencias, de antiguos
linajes de
jefes locales
—los “príncipes de las
provincias” de que nos habla Tácito—, la mayor parte de ellas, en los lugares
donde el Estado tomó la forma monárquica, fueron poco a poco
desposeídas de su
poder político
en provecho
de la
dinastía real,
surgida, originariamente, de sus filas. Pero no por ello dejaron de
conservar más de un rasgo de su primitivo prestigio de razas sagradas.
Pero estas distinciones no
sobrevivieron la época
de los reinos bárbaros.
Entre los linajes de edelinge, muchos, sin duda, se extinguieron
en época temprana. Su propia grandeza los convertía en el blanco preferido de
las venganzas privadas, de las proscripciones y de las guerras. Dejando aparte
la Sajonia, eran muy poco numerosos después del período que siguió
inmediatamente a las invasiones, por ejemplo, sólo cuatro entre los bávaros del
siglo VIl. Entre los francos, si se
supone, lo que no está probado, que entre ellos estuviese también representada
esta aristocracia de la sangre en una época antigua, había ya desaparecido antes
de los primeros monumentos escritos. Asimismo, el orden senatorial no constituía
más que una oligarquía escasa y frágil. Pues estas castas, que basaban su
orgullo en antiguas reminiscencias, ya no se renovaban por orden natural. En los
nuevos reinos, los motivos vivos de desigualdad entre los hombres libres eran de
un tipo muy distinto: la riqueza, con su corolario, el poder; y el servicio del
rey. Uno y otro atributo, en la práctica pasaban a menudo de padres a hijos,
pero no por ello dejaban de ofrecer vía franca a ascensiones o caídas igualmente
bruscas. Por una restricción de sentido altamente significativa, en Inglaterra,
desde los siglos IX o X, sólo los parientes del rey conservan el derecho al
nombre de aetheling.
Así, la historia de
las familias dominantes, durante la primera edad feudal, no ofrece
carácter más
notable que
la brevedad
de su genealogía. Al
menos, si
se rechazan, junto con las fábulas inventadas por la propia Edad Media,
las conjeturas ingeniosas, pero frágiles, que en nuestros días han elaborado
diversos eruditos sobre unas hipotéticas reglas de transmisión de los nombres
propios. De los Güelfos, por ejemplo, que después de haber desempeñado un papel
considerable en Francia Occidental, llevaron, del 888 a 1032, la corona de
Borgoña, el más antiguo antepasado conocido es un conde bávaro, cuya hija fue la
esposa de Luis el Piadoso. El linaje de los condes de Toulouse surgió
bajo Luis el Piadoso; el de los marqueses de Ivrée, más tarde reyes de
Italia, en tiempo de Carlos el Calvo; el de los Liudolfingios, duques de
Sajonia y, después, reyes de la Francia Oriental y emperadores, en tiempo de
Luis el Germánico. Los Borbones, surgidos de los Capelos, son
probablemente hoy en día la más antigua dinastía de Europa. ¿Qué sabemos, sin
embargo, de los orígenes de su tronco, Roberto el Fuerte, que, asesinado
en 866, contaba ya entre los magnates de la Galia? Nada más que el nombre de su
padre, y que, quizá, tenía sangre sajona.*10
Parece como si, una vez llegados al fatal recodo del año 800, la oscuridad fuese
ley. Y aun en los casos mencionados se trata de casas particularmente antiguas y
que, de lejos o de cerca, se relacionaban con esos linajes, originarios en su
mayoría de Austrasia y de más allá del Rin,
a los que los primeros Carolingios confiaron los principales mandos del
Imperio. En la Italia del Norte, en el siglo XI, los Atónidas dominaban
grandes espacios de montes y llanuras; descendían de un tal Sigfrido, poseedor
de importantes bienes en
el condado
de Lucca,
muerto un
poco antes del
año 950: más atrás, una
oscuridad completa. La mitad del siglo X es también el momento
en que
aparecen bruscamente
los Zähringen
suabos, los
Babenberg, verdaderos
fundadores de Austria,
los señores
de Amboise... Y
si pasáramos
a linajes señoriales más modestos, el hilo se rompería en nuestras manos
en una época mucho más baja aún.
En este aspecto, no
basta imputar a la falta de fuentes esos vacíos. Seguramente, si los documentos
de los siglos IX y X fuesen menos raros, descubriríamos algunas filiaciones más.
Pero lo sorprendente es que tengamos
necesidad de estos documentos casuales. Los Liudolfingios, los Atónidas, los
señores de Amboise, entre otros, tuvieron en la época de su grandeza sus
historiadores. ¿Cómo explicar que esos clérigos no supieran nada o no hayan
querido decirnos nada de los abuelos de sus amos? En realidad, transmitidas
durante siglos por una tradición puramente oral, las genealogías de los
campesinos de Islandia son mucho mejor conocidas que las de nuestros barones medievales. Alrededor de éstos,
visiblemente, nadie se interesaba por
la sucesión de las generaciones pasadas hasta el momento, por lo general
relativamente reciente, en que llegaban por primera vez a una posición
verdaderamente elevada. Sin duda, se tenía algunas buenas razones para pensar
que, más allá de la fecha elegida, la historia del linaje nada tenía de
esplendoroso: ya porque hubiese salido de muy bajo — la célebre casa normanda de
los Belléme tenía, según parece, por antecesor un simple ballestero de Luis de
Ultramar—*11,
ya porque, caso más frecuente, hubiese quedado durante mucho tiempo medio oculto
entre la muchedumbre densos pequeños poseedores de señoríos, de los que más
adelante veremos los problemas que suscita su origen, en tanto que grupo. No
obstante, la principal razón de un silencio, en apariencia tan extraño, era que
esos poderosos no formaban una clase noble, en el pleno sentido de la expresión.
Quien dice nobleza, dice cuarteles. En la práctica, los cuarteles no importaban
nada, porque no existía nobleza.
II. DIVERSOS
SENTIDOS DE
LA PALABRA
“NOBLE” DURANTE LA PRIMERA EDAD FEUDAL
Lo expuesto no
quiere decir, sin embargo, que entre los siglos IX y XI la palabra “noble” (en
latín nobilis) no se encuentre con bastante frecuencia en
los documentos. Pero, fuera de toda acepción jurídica precisa, se
limitaba a señalar una preeminencia de hecho o de opinión, según unos criterios
casi cada vez variables. Casi siempre comporta la idea de una distinción de
nacimiento, pero también la de una cierta fortuna. Véase cómo glosando, en el
siglo VIII, un pasaje de la Regla de San Benito, Pablo Diácono, de
ordinario más claro, duda y se confunde entre estas dos interpretaciones.*12
Demasiado inestables para
soportar definiciones precisas, estos
empleos, desde
principios de la edad feudal, respondían al menos a algunas grandes
orientaciones, cuyas mismas vicisitudes son instructivas.
En una época en que
tantos hombres tenían que aceptar obtener sus tierras de un señor, el sólo hecho de escapar a esta sujeción parecía un
signo de superioridad. No
puede, pues,
sorprender si
la posesión
de un alodio —aunque éste
sólo fuese de la naturaleza de un simple bien campesino— fuese considerado a
veces como título suficiente para usar el nombre de noble o de edel.
Es notable, por otro lado, que en la mayor parte de los textos donde
figuran, con este calificativo, pequeños propietarios alodiales, sólo se adornan
con él para abdicarlo en seguida y hacerse dependientes o siervos de un
poderoso. Si después de fines del siglo XI, ya casi no se encuentra esta clase
de nobles, que, en realidad, no eran más que
gente humilde, no fue sólo por la cristalización que se operó entonces,
según líneas completamente diferentes, en la idea de nobleza. En una gran parte
de Occidente, la categoría social misma casi había desaparecido por extinción.
En la época franca,
innumerables esclavos habían recibido la libertad. Como es natural, estos intrusos no eran fácilmente aceptados como
iguales por las familias que siempre estuvieron exentas de la tarea servil. Al
libre, que podía ser un
antiguo esclavo manumitido o su
descendiente próximo, los
romanos de antaño oponían el
puro ingenuo; pero en el latín de la decadencia las dos palabras se
convirtieron casi en sinónimas. ¿No era, sin embargo, una verdadera nobleza, en
el sentido vago que tenía de ordinario este término,
una raza sin mácula? “Ser nobles, es no contar entre los antepasados
nadie que haya estado sometido a servidumbre”. Así se expresaba todavía, hacia
principios del siglo XI, una glosa italiana, sistematizando un uso del que se
encuentran huellas en otras partes.*13
Tampoco aquí
tal empleo
sobrevivió a
las transformaciones de las clasificaciones sociales; en su mayor parte,
los herederos de los antiguos manumitidos, como ya se ha visto, no tardaron en
convertirse en simples siervos.
Pero también
existía el caso, incluso entre los humildes, de individuos que, súbditos de un
señor en cuanto a su tierra, supieron por otra parte conservar su libertad personal. Era inevitable que a una cualidad
que se había hecho tan rara se uniese el sentimiento de una honorabilidad
especial, que no era contra las costumbres del tiempo llamar nobleza. De
hecho, algunos textos parecen inclinarse hacia esta equivalencia.
Pero esta
equivalencia nunca podía ser absoluta. ¿Nobles la masa de
hombres llamados libres, muchos de los cuales en tanto que
tenedores de tierras ajenas, estaban obligados a pesadas y humillantes
prestaciones personales? La idea, para imponerse a la opinión común, repugnaba
demasiado a la imagen que ésta se hacía de los valores sociales. La
sinonimia, entrevista fugazmente, entre las expresiones nobles y
libres no tenía que dejar
huellas duraderas más que en el vocabulario de una forma especial de
subordinación: el vasallaje militar. A diferencia de muchos dependientes,
rurales o
domésticos, la
fidelidad de
los vasallos
no se heredaba y sus
servicios eran compatibles con
la más puntillosa
noción de
libertad: entre todos los hombres del señor, fueron sus “hombres
francos” por excelencia; por encima de los
otros feudos,
sus tenores*14
merecían, como
sabemos, el
nombre de “feudos-francos”. Y, como en la turba abigarrada que vivía a la
sombra del jefe, su papel de seguidores de armas y de consejeros les hacía
figurar como aristócratas, se les vio también distinguirse de esta masa con el
bello nombre de nobleza. La pequeña iglesia que los religiosos de San
Ricario, hacia la mitad del siglo IX,
reservaban a las devociones de los vasallos que habitaban
la corte abacial, llevaba el nombre de “capilla de los nobles”, por
oposición a la del “pueblo vulgar”, en la que los artesanos y los dependientes
de condición modesta, agrupados igualmente alrededor del claustro, escuchaban la
misa. Dispensando del servicio de hueste a los colonos de los monjes de Kempten,
Luis el Piadoso especificaba que esta exención no se aplicaba en absoluto
a “las más nobles personas”,
provisto de beneficios por el monasterio.*15
De todas las acepciones del término, ésta, que tendía a confundir las dos
nociones de vasallaje y
la nobleza, era la que estaba destinada
a un más largo porvenir.
En un grado más
elevado, en fin, esta palabra que abría todas las puertas, podía, en el
número de
hombres que
no eran
ni de
nacimiento servil
ni estaban atados por vínculos
de humilde dependencia, servir para colocar aparte las familias más poderosas,
más antiguas y más provistas de prestigio. “¿No hay otros más nobles en el
reino?” decían, según el testimonio de un cronista, los magnates de la
Francia Occidental, cuando veían a Carlos el Simple dejarse guiar en todo
por los consejos de su favorito Haganon.*16
Pues bien, este “recién llegado”, por mediocre que fuese su origen frente a los
grandes linajes condales, no era, ciertamente, de un rango menos elevado que los
guerreros domésticos a los que San Ricario abría su capella nobilium.
¿Evocaba, pues, el epíteto otra cosa
que una superioridad relativa? Es significativo que con frecuencia se encuentre
empleada la palabra en comparativo: nobilior, “más noble” que el vecino.
Sin embargo,
durante el curso de la primera edad feudal, sus usos más modestos se fueron
borrando poco a poco, y se tendió, cada vez más, a reservarla a los grupos de
poderosos a los que los disturbios internos del Estado y la generalización de
los vínculos de protección permitieron alzarse,
en la sociedad, a una preponderancia creciente. En un sentido más bien
impreciso todavía y extraño aún a toda precisión de estatuto o de casta. Pero no
sin un sentimiento muy fuerte de la supremacía del rango, que de este
modo se calificaba. Es verdad que la imagen de un orden jerárquico
sentido vigorosamente estaba presente en los espíritus de los partícipes en un
pacto de paz
que, en 1023,
juraba no
asaltar a
las “mujeres nobles”; de
las demás, ni se hablaba.*17
En resumen, si la nobleza como clase jurídica, continuaba desconocida, a partir
de este momento es, al precio de una ligera
simplificación de
la terminología, plenamente lícito
el hablar
de una
clase social de los nobles y,
sobre todo quizá, de un género de vida noble. Pues, recordemos que esta
colectividad se definía de modo particular por la naturaleza de la fortuna, por
el ejercicio del mando y por las costumbres.
III_ LA
CLASE DE LOS
NOBLES, CLASE
SEÑORIAL
A veces, se ha
llamado clase terrateniente a esta clase dominante. Lo cual se puede admitir si
con ello se entiende que, en lo esencial, sus miembros obtenían sus rentas del
dominio ejercido sobre la tierra. ¿A qué otra fuente hubiese
podido recurrir?
Todavía hay
que añadir
que la percepción de
peajes, de derechos de
mercado, de
cánones exigidos
de un grupo de
oficios, no
eran, allá donde esto era posible, fuentes de ingresos despreciadas. La
nota característica residía en la forma de la explotación. Si los campos, o
mucho más excepcionalmente, la tienda o el taller alimentaban al noble, era
siempre gracias al trabajo de otros hombres. En otras palabras, el noble era
ante todo un señor. O al menos, si todos los personajes cuyo género de vida
puede ser calificado de nobiliario no tenían la suerte de poseer señoríos
—pensemos en los vasallos mantenidos en casa del jefe o en los segundones
condenados muchas veces aun verdadero nomadismo guerrero—, cualquiera que fuese
señor se clasificaba, por ello mismo, en el nivel más alto de la
sociedad.
Aquí
surge un
problema, uno
de los más
oscuros entre
todos los
que plantea
la génesis de nuestra civilización. Entre los linajes señoriales, sin
duda un cierto número descendía de aventureros salidos de la nada, hombres de
armas convertidos, a expensas de la fortuna del jefe, en sus vasallos
enfeudados. Otros, quizá, tenían por antepasados algunos de aquellos ricos
campesinos cuya transformación en beneficiarios de un grupo de tenures se
entrevé a través de ciertos documentos del siglo X. Es casi seguro que éste no
era, sin embargo, el caso más general. El señorío, en una gran parte de
Occidente, era, en sus formas originalmente más o menos rudimentarias, una
cosa muy vieja. Admitiendo todos los vaivenes que se quieran para ella, hay que
aceptar que la clase de los señores no podía tener una antigüedad menor. Entre
los personajes a los cuales los villanos de los tiempos feudales debían
censos y prestaciones personales, es casi seguro que existían muchos que
hubieran podido inscribir en su árbol genealógico, si hubieran sabido hacerlo,
los misteriosos epónimos de tantos lugares y aldeas —el Brennos de Bernay, el
Cornelius de Cornigliano, el Gundolfo de Gundolfsheim, el Aefred de Alversham— o
bien algunos de aquellos jefes locales de Germania que Tácito nos pinta
enriquecidos por los regalos de los rústicos. El hilo de la verdad
histórica se nos escapa. Pero no es imposible que, en la oposición fundamental entre los dueños de las señorías y el pueblo
innumerable de los campesinos sometidos, toquemos una de las más antiguas líneas
de resquebrajamiento de nuestras sociedades.
IV_ LA
VOCACIÓN GUERRERA
Si la posesión de
los señoríos era la marca de una dignidad verdaderamente nobiliaria y, con los
tesoros de monedas y de joyas, la única forma de fortuna que parecía compatible
con una elevada categoría, era, en principio, en razón de los poderes de mando
que suponía sobre los otros hombres, ¿Existió alguna vez motivo de mayor
prestigio que el poder decir: “yo quiero”? Pero era también que la propia
vocación impedía al noble toda actividad económica directa. Se debía en cuerpo y
alma a su propia misión: la del guerrero. Este último rasgo, que
es capital,
explica la
parte que tuvieron
los vasallos
militares en la formación de la
aristocracia medieval. No llegaron, no obstante, a constituirla por entero.
¿Cómo se hubiese podido excluir a los propietarios de los
señoríos alodiales, muy
pronto asimilados
por las
costumbres a
los vasallos enfeudados y, a veces,
más poderosos que ellos? Pero
los grupos
de vasallaje fueron su
elemento de base. Aquí también la evolución del vocabulario anglosajón ilustra
de manera admirable el paso de la vieja noción de nobleza como raza sagrada a la
noción nueva de nobleza por el género de vida. Allí donde las leyes antiguas
oponían eorl y ceorl —noble,
en el sentido germánico del nombre, y simple hombre libre—, las más
recientes, conservando el segundo de dichos términos, reemplazan el primero por
palabras como thegn, thegn-born,
gesithcund: compañero o
vasallo —ante todo
el vasallo
real o bien, nacido de vasallos.
No es que
precisamente el vasallo fuese el único en poder, deber o hasta incluso desear la
lucha. ¿Cómo hubiese podido ser así durante esa primera edad feudal, impregnada,
de arriba abajo de la sociedad, por el gusto o el temor de la violencia? Las
leyes que debían esforzarse en restringir o prohibir el uso de las armas por las
clases inferiores no aparecieron antes de la segunda mitad del siglo XII;
coincidieron, a la vez, con los progresos de la jerarquización jurídica y con un
relativo apaciguamiento de las violencias. Tal como lo pone en escena una
constitución de Federico Barbarroja, el mercader viajaba en caravanas, “con la
espada junto a la silla”, y una vez vuelto a su mostrador, conservaba las
costumbres adoptadas en el curso de esta vida de aventuras que era entonces el
comercio. De muchos burgueses, en la época del turbulento renacimiento urbano,
se podría decir, como Gilbert de Mons hacía de los de Saint-Trond, que eran “muy
poderosos en las armas”. En la medida
que no
es puramente legendario, el
tipo tradicional
de tendero
enemigo de los golpes, responde a la época del comercio estable —no
anterior al siglo XIII—, opuesto al
antiguo nomadismo de los “pies
polvorientos”. Por otra
parte, por poco numerosos que fuesen los ejércitos medievales, su
reclutamiento no se limitó nunca al elemento nobiliario. El señor hacía levas de
soldados entre sus sometidos. Y si, a partir del siglo XII, se vio restringir
progresivamente las obligaciones militares de éstos, si, en particular, la
limitación, muy frecuente, de
la duración
de su presencia al
espacio de
un día, tuvo por
efecto el
limitar el empleo de los
contingentes rurales a las simples operaciones de policía local, esta
transformación fue exactamente contemporánea del debilitamiento del servicio
mismo de los feudos. Los piqueros o arqueros campesinos no
cedieron entonces su lugar a los vasallos, sino que sus servicios se
hicieron innecesarios por el reclutamiento de mercenarios, que, en el mismo
momento, permitieron cubrir las insuficiencias de la caballería feudal. Pero
vasallo o incluso, allí donde existía todavía señor alodial, el noble de
los primeros tiempos feudales, frente a tantos soldados de ocasión tenía por
característica propia ser un guerrero mejor armado; un soldado profesional.
Combatía a caballo,
o al menos, si por azar durante la acción lo hacían a pie, en sus
desplazamientos siempre iba montado. Además, combatía con el armamento completo. Ofensivo:
la lanza
y la
espada y, algunas
veces, la
maza de combate. Defensivo: el yelmo, que protegía su cabeza; un vestido,
en todo o en parte metálico, que
recubría su cuerpo; por último, en el brazo, el escudo triangular o redondo.
Hablando
con propiedad,
no era
solamente el caballo el que
hacía al caballero. Le era
necesario un compañero humilde, el escudero, encargado de cuidar las
cabalgaduras y de disponer, a lo largo del camino, otras de refresco. A veces,
incluso, los ejércitos, junto a la pesada caballería de la nobleza, contaban con
jinetes equipados de manera más ligera, a los que de ordinario, se llamaba
sergents. Lo que caracterizaba a la más elevada clase entre los combatientes
era la unión del caballo y del armamento completo.
Los
perfeccionamientos de este último, desde la época franca, haciéndolo al propio
tiempo más costoso y más difícil de manejar, cerraron, cada vez con más rigor,
el acceso a
esta forma
de hacer la guerra al
que no
era rico o
fiel de un hombre rico y hombre del oficio. Sacando de la adopción del
estribo todas sus consecuencias, hacia el siglo X se abandonó la corta lanza de
antaño, blandida al extremo del brazo como un dardo, para sustituirla por la
larga y pesada lanza moderna, que el guerrero, en el cuerpo a cuerpo, mantenía
bajo la axila y, en reposo, apoyaba sobre el propio estribo. Al yelmo, se añadió
el nasal y, más tarde, la visera. Por último, el brogne, especie
de combinación de cuero o de
tejido, sobre la que se cosían anillos o placas de hierro, cedió ante el
haubert —cota de malla—, quizás imitado de los árabes. Tejido por
completo con mallas metálicas, era de fabricación más delicada, incluso
cuando no era necesario importarlo. Además, de manera lenta, el monopolio
de clase, impuesto al principio por simples necesidades prácticas, empezó
a pasar al de derecho.
A los oficiales
señoriales a los que procuraban mantener en posición mediocre, los monjes de
Beaulieu, poco después del año 970, prohibían el uso del escudo y la espada; en
el mismo momento, los de Saint- Gall reprochaban a sus alcaldes el llevar armas
demasiado bellas.*18
Dicho esto,
representémonos, en su esencial dualidad, un ejército de esa época.
Por un
lado, una tropa de
a pie
mal pertrechada
tanto para
atacar como para defenderse,
lenta en correr al asalto y en huir, derrengada con rapidez
por las largas caminatas a través del campo o por malos caminos. Por el
otro, mirando desde lo alto de su corceles a los pobres diablos que,
villanamente, como dice un relato cortesano, arrastran sus pies en el fango
y el polvo, los soldados por excelencia, orgullosos de poder combatir y
maniobrar con ligereza, sabiduría y eficacia: la única fuerza, en verdad, que
vale la pena de tener en cuenta cuando se recuenta un ejército, como nos dice la
biografía del Cid.*19
En una civilización
en la que la guerra era una cosa cotidiana, ningún contraste más vivo que éste.
Convertido casi en sinónimo de vasallo,
caballero fue también el equivalente de
noble. Más de un texto, recíprocamente, eleva al valor un término casi
jurídico, para aplicarlo a la gente humilde, el nombre despectivo de pendones,
“infantes”, soldados de infantería, El emir árabe Usáma dice, entre los francos
“toda preeminencia pertenece a los jinetes.
Estos son los únicos hombres que cuentan. A ellos corresponde dar
consejos; y a ellos, asimismo, al administrar la justicia”.*20
Ahora bien, frente
a una opinión que tenía sus buenas razones para estimar muy alto a la fuerza,
bajo sus aspectos más elementales, ¿cómo el combatiente por excelencia no iba a
ser el más temido, buscado y respetado
de los
hombres? Una
teoría entonces
muy en boga representaba
la comunidad humana dividida
en tres órdenes: los que rezan, los que luchan y los que trabajan. Por un
acuerdo unánime se ponía siempre a los segundos muy por encima de los terceros.
Pero el testimonio de la epopeya llega más lejos aún:
el soldado no dudaba en considerar su misión como superior a la del
propio especialista en
el rezo.
El orgullo
es uno
de los
ingredientes esenciales en
toda conciencia de clase. El de los nobles de la era feudal fue,
ante todo, un orgullo guerrero.
Además, para ellos,
la guerra no era sólo un deber ocasional para con el señor, el rey o el linaje, representaba mucho más: una razón de
vivir.
CAPITULO II
LA VIDA NOBLE
I_ LA GUERRA
"'Mucho
me gusta
el alegre
tiempo de
Pascua que hace llegar flores y hojas;
me
place oír
la
alegría
de
los pájaros
que hacen
resonar sus cantos en el ramaje.
Pero
más me
complace cuando
veo, entre
los prados tiendas levantadas
y pendones al viento;
y
me lleno
de
alegría
cuando
veo, alineados
por los campos caballeros y caballos armados;
y
me place
cuando los
batidores
hacen
huir a
las gentes
con su
ganado; y me complace ver tras ellos
un
gran ejército
llegar;
y
me alegro
en el fondo de
mi corazón cuando veo fuertes
castillos sitiados
y
las empalizadas rotas y
hundidas y el ejército sobre la orilla,
toda
rodeada por
fosos
con
una línea
de fuertes
empalizadas levantadas... Mazas
de combate, espadas, yelmos de color, escudos; todo lo veremos roto en pedazos
en
cuanto empiece
el combate
y
muchos vasallos
heridos a
la vez, y por allí errando a
la ventura
los
caballos de
los muertos
y de los heridos. Y cuando
se habrá entrado en el combate, que ningún hombre de buen linaje
piense
más que
en romper
cabezas y
brazos; pues más vale muerto, que vivo y vencido.
Os
lo digo
con franqueza, en nada
encuentro tanto placer ni en el
comer, ni en el beber ni en el dormir
como
en oír
el grito
de “¡A
ellos!” levantarse por ambas partes,
el
relinchar de
los desmontados caballos en
la sombra y las llamadas de
¡Socorredme! ¡Socorredme!;
en
ver caer,
más allá
de los
fosos, a
grandes y
pequeños sobre
la hierba; y en ver, en fin,
los muertos que, en sus costados,
llevan
todavía los
pedazos de
lanzas, con
sus
pendones.”
Así cantaba, en la
segunda mitad del siglo XI, un trovador que probablemente hay que identificar
con el hidalgo de Perigord, Bertrand de Born.*21
La precisión visual y el bello impulso, que chocan con la insipidez de una
poesía de ordinario más convencional, son características de un talento por
encima de lo común. El sentimiento por el contrario, no tenía nada de
excepcional, como lo atestiguan muchas otras piezas, surgidas del mismo medio,
en las que se expresa, con menos brío sin duda, pero con una idéntica
espontaneidad. En la guerra “fresca y alegre”, como debía decir en nuestros días
alguien destinado a verla menos de
cerca, el noble ansiaba en primer lugar el despliegue de una fuerza física
propia de un hermoso animal, cuidadosamente adiestrado mediante ejercicios
constantes, empezados en la infancia. Repitiendo el viejo refrán carolingio, un
poeta alemán dice: “quien, sin montar a caballo, queda en la escuela hasta los
doce años, ya no es bueno más que para clérigo”.*22
Los interminables relatos de combates singulares que llenan la epopeya son
elocuentes documentos psicológicos. El lector de ahora, al que cansa su
monotonía, difícilmente comprende que
el auditor
de antaño
pudiese oírlos
con tanto placer; ¡actitud del hombre
de biblioteca frente al relato de
competiciones deportivas! En las obras de imaginación como en las
crónicas, el retrato de buen caballero insiste sobre todo en sus cualidades de
atleta: es huesudo, membrudo, con el cuerpo bien cortado y
acuchillado de honorables cicatrices, las espaldas anchas y anchas también —tal
como conviene a un jinete— la enfourchure (entrepierna). Y como este
vigor tiene que ser alimentado, un fuerte apetito parece ser también condición
del guerrero. En la antigua Chanson de Guillaume, de resonancias tan
bárbaras, oíd a Dame Guibourc que, después de haber servido en la gran mesa del
castillo al joven Girart, sobrino de su esposo, se dirige a este último:
“Por
Dios ¡bello
señor! ése
es bien
de vuestro
linaje, que come así una gran pierna de puerco
y en dos tragos
bebe medio litro de vino; bien dura
guerra debe
hacer a
su vecino.”*23
Un cuerpo ágil y
musculoso no basta, es superfluo decirlo, para hacer un caballero ideal. Hay que
añadirle el valor. Porque la guerra proporciona la ocasión de manifestarse a
esta virtud, es por eso que lleva alegría al corazón de hombres para los que la
audacia y el desprecio de la muerte son, en cierta forma, valores de profesión.
Seguramente, esta valentía no excluye los alocados
pánicos —ya
conocemos el
ejemplo de
la huida
general ante
los vikingos—, ni, sobre todo,
el recurso a astucias propias de primitivos. Pero la historia está de acuerdo
con la leyenda en que la clase caballeresca supo luchar. Su indiscutible
heroísmo se alimentaba con elementos muy diversos que se alternaban
sucesivamente; simple desahogo físico de un ser sano;
rabia desesperada —incluso el prudente Olivier, cuando se siente
“entristecido de muerte” da terribles mandobles sólo con el fin de “vengarse a
su sabor”—; devoción a un jefe o, cuando se trata de la Guerra Santa, a una
causa; pasión de gloria, personal o colectiva; frente al inevitable destino, esa
aceptación fatalista de la que la literatura no ofrece más estrujantes ejemplos
que algunos cantos entre los últimos a el Nibelungenlied; esperanza, por
última de recompensas en
el otro mundo,
aseguradas, no
sólo al
que muere
por su Dios, sino también al que muere por su señor.
Acostumbrado a no
temer al peligro, el caballero todavía encontraba en la guerra otro encanto: el
de un remedio contra el aburrimiento. Pues para estos hombres, cuya cultura fue
durante mucho tiempo rudimentaria y que —aparte algunos grandes barones y sus
cortes— les preocupaba poco los cuidados de la administración, la vida
transcurría fácilmente en una gris monotonía. Nació así un apetito de
diversiones que, cuando la tierra natal no las ofrecía, se buscaba satisfacer en
otras lejanas. Exigiendo de sus vasallos un servicio exacto, Guillermo el
Conquistador decía de uno de ellos, al que acababa de confiscar los feudos
para castigarle por haber osado, sin su autorización, marchar a la cruzada de
España:
“No creo que se
pueda encontrar, bajo las armas, mejor caballero; pero es inconstante, pródigo y pasa su tiempo corriendo a través de
los países”*24
¿De cuántos otros
no hubiese podido repetir lo mismo? Esta tendencia nómada fue, sin disputa, especialmente frecuente entre los
franceses. Ocurría que su patria no les ofrecía, como la España medio musulmana
o, en menor grado, la Alemania de la frontera eslava, terrenos de conquista o
correrías próximos; ni,
como en
Alemania también, las obligaciones y
los placeres
de las grandes expediciones
imperiales. Es probable, asimismo, que en Francia la clase caballeresca fuese
más numerosa que en otros países y, por tanto, viviera dentro de límites más
estrechos. Dentro de Francia, se ha observado que Normandía fue, entre todas las
provincias, la más rica en atrevidos aventureros.
Ya el alemán
Otón de
Freising hablaba
“de esa
gente tan
inquieta que son los normandos”. ¿Herencia de la sangre de los vikingos?
Quizá. Pero, sobre todo, efecto de la paz relativa que, en ese principado, tan
notablemente centralizado, los duques hicieron reinar desde una época muy
temprana: era necesario ir a buscar al exterior los combates deseados. Flandes,
donde las condiciones políticas no eran muy diferentes, proporcionó a las
peregrinaciones guerreras un contingente similar.
Estos caballeros
errantes —el calificativo es de la época—*25
ayudaron en España a los cristianos indígenas a reconquistar del Islam el Norte
de la Península; crearon,
en la
Italia del
Sur, los
Estados normandos;
se
enrolaron, desde antes de la primera
cruzada, como mercenarios al servicio de Bizancio, en
los caminos
de Oriente;
encontraron, por fin,
en la
conquista y
la defensa de la Tumba de
Cristo su campo de acción preferido. ¿Ya fuese en España o en Siria, no ofrecía
la guerra santa el doble atractivo de la aventura y de la obra
pía?
Como
cantaba un
trovador:
“¡Ya no es
necesario llevar una vida dura en la más severa de las órdenes...!”, (...)
“mediante hechos que dan honor, escapar al mismo tiempo del infierno: ¿qué más
se puede pedir?*26
Estas migraciones
contribuyeron a mantener las relaciones entre mundos separados por distancias
tan largas y tan vivos contrastes; propagaron, fuera de sus propios limites, la
cultura de Europa occidental y, en particular, la francesa. ¿No es para hacernos
pensar, por ejemplo, el destino de un Hervé “el Francopoulo”, tomado por un emir, en 1057, cuando gobernaba a
orillas del lago de Van? Al propio tiempo, las sangrías así practicadas en los
grupos más turbulentos de Occidente, ahorraban a su civilización el peligro de
morir ahogada por las guerrillas. Los cronistas sabían bien que siempre, después
de la partida para una cruzada, el viejo solar encontraba un poco de paz y
respiraba mucho mejor.*27
Obligación jurídica
algunas veces, placer con frecuencia, la guerra también podía ser impuesta al
caballero por un punto de honor. ¿No se vio, en el siglo XII,
el Perigord
ensangrentado porque un
señor, que
encontraba en
uno de
sus nobles vecinos parecido con un herrero, tuvo el mal gusto de no
callarlo?*28
Pero la guerra era también, y quizá principalmente, una fuente de provechos. En
realidad, era la industria nobiliaria por excelencia.
Más arriba hemos
citado las efusiones líricas de Bertrand de Born. Pues bien, él mismo no hacía
ningún misterio de las razones menos gloriosas que, por encima de todo, le
inclinaban “a no encontrar gusto a la paz”. ¿Por qué se pregunta en algún lugar,
deseo “que los hombres ricos se odien entre sí?” “Porque un hombre rico es mucho
más noble, generoso y acogedor en guerra que en paz”. Y con más crudeza, cuando
se anuncian las hostilidades:
“Ahora nos vamos a
reír. Pues los barones nos querrán... y si quieren que
nos quedemos con ellos —nos darán barbarins (una moneda de
Limoges)”.
Pero
este gran
amor a
los combates tiene
aún otro motivo:
“Trompeta,
tambores, banderas
y pendones— y estandartes y
caballos blancos y negros,
esto
es lo
que pronto
veremos. Y
el tiempo
será bueno; pues arrebataremos
sus bienes a los usureros
y
por los
caminos ya
no podrán
ir los animales
de carga
en
plena seguridad durante el
día, ni
los paisanos
sin temer
nada, ni el mercader que camina hacia Francia;
pero
aquél será
rico, quien
tomará de
buen corazón”.
El poeta pertenecía
a esa clase de pequeños poseedores de feudos —de valvasores, como
se denomina
a sí mismo— cuya vida
en el
caserón ancestral no sólo
estaba falta de alegría, sino que muchas veces no era nada fácil. La guerra,
procurando las generosidades de los grandes jefes y las buenas presas, era el
gran remedio.
Para con los
propios vasallos a los que llamaban a su alrededor los más estrictos deberes del
servicio, la preocupación por su prestigio y por su interés bien entendido
obligaban al barón a no ahorrar con ellos los obsequios. ¿Se quería
retener a
los hombres del
feudo más
allá del
tiempo fijado,
llevarlos más lejos o requerirlos con más frecuencia que la fijada por la
costumbre, cada vez más rigurosa? Era necesario redoblar las liberalidades. Por
último, ante la insuficiencia creciente de los contingentes de vasallos, pronto
no pudo existir ejército que pudiese prescindir de la ayuda de esa masa errante
de guerreros sobre los que se ejercía con tanta fuerza el atractivo de la
aventura, con tal de que a la esperanza de las acciones de guerra se uniese la
del botín. Con todo cinismo, nuestro Bertrand se ofrece al conde de Poitiers.
“Puedo ayudaros. Llevo ya el escudo en el brazo y el yelmo en la cabeza... Pero,
¿cómo ponerme en camino sin dinero?”*29
Entre los mejores
regalos que podía hacer un jefe, sin duda el más apreciado era el permiso para
apoderarse del botín. Tal era asimismo el principal provecho
que, en
las pequeñas
guerras locales,
el caballero que combatía solo
obtenía de las batallas. Doble botín de otra parte: de hombres y de cosas. No
hay duda que la ley cristiana no permitía ya el reducir los cautivos a la
esclavitud: todo lo más, a veces, se trasladaba a la fuerza a algunos campesinos
o artesanos. Por el contrario, el rescate era de uso corriente. Apropiado para
un soberano duro y sabio, como Guillermo el Conquistador, el no poner en
libertad nunca a sus enemigos, cuando
caían en sus manos. Pero la
generalidad de los
guerreros no veía
tan lejos.
Extendida por todas
partes, la práctica
del rescate
tenía en
ciertas ocasiones
consecuencias más
atroces que la antigua
esclavitud. Después de la batalla, cuenta el poeta que indudable- mente se
inspira en cosas vistas, Girard de Roussillor. y los suyos degüellan a la turba
oscura de los prisioneros y de los heridos, respetando sólo a los “poseedores de
castillos”, únicos capaces de redimirse a cambio de dineros contantes y
sonantes.*30
En cuanto al pillaje, era de manera tradicional, una fuente de ganancia tan
regular que en las épocas en que ya era corriente la escritura, los textos
jurídicos, tranquilamente, lo mencionan como tal: leyes bárbaras y contratos de
enrolamiento militar del siglo XIII se hacen eco de ello, reflejando un estado
de cosas idéntico de un extremo a otro de la Edad Media. Pesados
carromatos, destinados a contener
el producto
de las
presas, seguían a los
ejércitos. Lo más grave era que una serie de transiciones, casi
insensibles a las almas un poco simples, llevaba de las formas casi
legítimas de violencia —requisas
indispensables a ejércitos
desprovistos de intendencia,
represalias ejercidas contra el enemigo o sus súbditos— hasta el bandidaje,
brutal y mezquino: mercaderes asaltados a lo largo de los caminos; carneros,
quesos y animales de
pluma robados
de las
granjas o
de los
corrales, como
lo hacía, a principios del siglo XIII, un hidalgo catalán,
obstinado en molestar a sus vecinos del monasterio de Canigó. Aun los mejores
adoptaban extrañas costumbres. Guillermo Le Maréchal era, seguramente, un
esforzado caballero. Sin embargo, cuando, joven y sin tierra, recorrió Francia
de torneo en torneo, como hubiese encontrado en su camino a un monje que huía
con una muchacha noble y, por añadidura, declaraba cándidamente su deseo de
colocar su número a usura, no tuvo ningún escrúpulo en apropiarse, a titulo de
castigo por proyectos tan ruines, de los dineros del pobre hombre. Y aún uno de
sus compañeros le reprocho el no haberse apoderado también del
caballo.*31
Semejantes
costumbres suponían, evidentemente, un gran desprecio por la vida y los
sufrimientos humanos. La guerra de la edad feudal no era ningún juego de niños.
Iba acompañada de usos que hoy día nos parecen salvajes: tal, con frecuencia, el degüello o la mutilación de las
guarniciones que habían resistido “demasiado tiempo”. Y esto, en muchas
ocasiones, con desprecio del juramento. Comportaba, como una accesoria natural,
la devastación de las tierras enemigas. Aquí y allá, un poeta, como Huon de
Burdeos, o más tarde un rey piadoso,
como San Luis, pueden vanamente protestar contra ese gast (ruina,
desolación) de los campos, generador de miserias espantosas para gentes
inocentes. Fiel
intérprete de
la realidad,
la epopeya,
la alemana
como la francesa, está llena de
imágenes de las comarcas humeantes después del saqueo.
“No existe verdadera guerra sin
fuego y
sangre”, decía con su
habitual sinceridad Bertrand de Born.*32
En dos pasajes de
un paralelismo sorprendente, el poeta Girard de Roussillon, y el biógrafo
anónimo del emperador Enrique IV nos muestran lo que era el retorno a la paz
para los “pobres caballeros”: el temor del menosprecio en que en adelante les
tendrán los grandes nobles, que ya no los necesitarán; las exigencias de los
usureros; el pesado caballo de labor sustituyendo al bravo corcel de batalla,
las espuelas de hierro en lugar de las de oro —en una palabra, una crisis
económica y una crisis de prestigio—.*33
Para el comerciante, por el contrario,
y para el campesino, la posibilidad de reanudar
el trabajo, de poder alimentarse y, en suma, de poder vivir. Demos la
palabra, una vez más, al inteligente trovero Girard de Roussillon. Proscrito y
arrepentido, Girard, con su mujer, viven errantes a través de los países. La
duquesa cree bueno persuadir a unos mercaderes que encuentran, de que el
desterrado, al que creían reconocer, ya no existe: “Girard está muerto; yo he
visto enterrarlo” —“¡Dios sea alabado!”, responden los mercaderes, “pues siempre
hacía la guerra y por su causa hemos sufrido muchos males”. Ante estas palabras,
Girard se entristece y si tuviese su espada, “habría golpeado a uno de ellos”.
Vivido episodio en el que se ilustra la antítesis que definía las clases. El
caballero, con la altivez de su destreza guerrera y de su valor, despreciaba
al pueblo
extraño a
las armas,
imbellis; villanos que ante
los ejércitos escapaban “como
ciervos”; burgueses después, cuya potencia económica le parecía tanto más odiosa
porque se obtenía por medios a la vez misteriosos y directamente opuestos a su
propia actividad. Si la inclinación a las gestas de sangre estaba generalmente
extendida —incluso más de un abad murió víctima de un odio de claustro—. la concepción de la
guerra necesaria, como
fuente de
honor y
de ingresos, era la
frontera que
separaba el pequeño pueblo de
las gentes nobles.
II_ EL
NOBLE EN SU
CASA
Esta guerra, tan
apreciada, tenía, sin embargo, sus períodos de calma. En tales ocasiones, aun la clase caballeresca se distinguía de sus
vecinos por un género de vida propiamente nobiliario.
Para esta
existencia, no tenemos que imaginar necesariamente un escenario rústico.
En Italia, Provenza, y el
Languedoc, subsistía la huella milenaria de las civilizaciones mediterráneas, cuya estructura fue
sistematizada por Roma. De manera tradicional, cada pequeño pueblo se agrupaba
alrededor de una ciudad o aldea, a la
vez capital, mercado y santuario y, por consiguiente, residencia habitual de los
poderosos. Estos nunca dejaron de frecuentar los viejos centros urbanos y
tomaron parte en todas sus revoluciones. En el siglo XIII, este carácter
ciudadano constituía una de las originalidades de las noblezas meridionales. A
diferencia de Italia, dice el franciscano Salimbene, que, nacido en Parma,
visitó el reino de San Luis, las ciudades de Francia están sólo pobladas por
burgueses; la nobleza habita en el campo. Pero, verdadera en general para la
época en que escribía el buen fraile, la antítesis no estuvo marcada en el mismo
grado durante la primera edad feudal. Es
cierto que las ciudades puramente comerciales que, sobre todo en los
Países Bajos y la Alemania transrenana, se crearon partiendo de la nada desde el
siglo X o el XI —Gante, Brujas, Soest, Lübeck y tantas otras— no contaban dentro
de sus muros como clase dominante más que la integrada por hombres enriquecidos
por los negocios. En ciertas ocasiones, aun la presencia de un castellano
representante del príncipe mantenía en ellas un pequeño personal de
vasallos no
domiciliados que cumplían
su turno
de servicio.
Por el contrario, en
las antiguas
ciudades romanas
—tales como
Reims o
Tournai— parece
que vivieron durante mucho tiempo grupos de caballeros, muchos de los
cuales sin duda estaban vinculados a las cortes episcopales o abaciales. Fue por
una transición lenta y por una mayor diferenciación de las clases como los
medios caballerescos, fuera de Italia o de la Francia meridional, se hicieron
casi por completo extraños a la vida de las poblaciones propiamente urbanas.
Aunque el noble no haya renunciado a frecuentar la ciudad, ya no comparece en
ella más que ocasionalmente, llamado por su placer o por el ejercicio de ciertas
funciones.
Todo contribuía,
por otra parte, a impelerlo hacia el campo: la costumbre cada vez más extendida
de remunerar a los vasallos por medio de fondos constituidos, en su mayoría, por
señoríos rurales; la debilitación de las obligaciones feudales, que favorecía en
los seguidores armados, domiciliados en adelante, la tendencia a vivir
cada uno en su propia casa, lejos de los grandes
barones y
de los obispos,
señores de
las ciudades; y,
en fin,
la inclinación
y el gusto
por la
vida al aire
libre, concorde con sus
hábitos de
vida.
¿No es emocionante
la historia, contada por un religioso alemán, de aquel hijo de conde que,
consagrado por los suyos al estado monacal y sometido, por primera ver, a
la dura regla de la clausura, subió a la más alta torre del monasterio, con el
fin “de saciar su alma vagabunda con el espectáculo de los montes y de los
campos que en adelante ya no le sería permitido recorrer”?*34
La presión de las burguesías, muy poco deseosas de admitir en sus comunidades a
elementos indiferentes a sus actividades y a sus intereses, precipitó el
movimiento.
Sin embargo, aunque
haya que hacer algunas excepciones al cuadro de una nobleza exclusivamente rural
desde sus orígenes, no es menos cierto que desde que existieron caballeros, la
mayor parte —y en número creciente— en el Norte, y muchos en los países a
orillas del Mediterráneo, tenían como residencia ordinaria una
mansión campestre.
Por lo
general, la
casona señorial se levanta en
una aglomeración o cerca de ella. Alguna vez hay varias en una misma aldea. Se
distingue con facilidad de las casitas que la rodean —como también en las
ciudades de las viviendas de los humildes— no sólo porque está mejor construida,
sino, sobre todo, porque casi siempre está organizada para la defensa.
La preocupación,
entre los ricos de poner sus residencias al abrigo de un ataque era naturalmente
tan antigua como este peligro. Tenemos testimonios en esas villae
fortificadas cuya aparición en los campos de la Galia, hacia el siglo IV,
muestra la decadencia de la pax romana. En algunos lugares, se mantienen
hasta la época franca. No obstante, la mayor parte de las casas habitadas
por los ricos propietarios y hasta los propios palacios reales estuvieron
durante mucho tiempo casi desprovistos de medios de defensa permanente. Fueron
las invasiones normandas o húngaras las que, desde el Adriático a las llanuras
de la Inglaterra septentrional, hicieron levantar, por todas partes,
junto con
las murallas de las ciudades, restauradas
o construidas de nuevo, los
castillos rurales cuya sombra no debía ya dejar de pesar sobre los campos de
Europa. Las guerras intestinas no tardaron en multiplicarlos. El papel de los
grandes poderes, reales o principescos, en esa proliferación de castillos y sus
esfuerzos para fiscalizar su construcción serán más adelante objeto de nuestra
atención. Pues, dispersas por montes y valles, las casas fortificadas de los
pequeños señores, fueron casi siempre construidas sin ninguna autorización
llegada de lo alto. Respondían a necesidades elementales, espontáneamente
sentidas y satisfechas. Un hagiógrafo lo ha explicado de manera muy exacta,
aunque con un espíritu desprovisto de simpatía: “para esos hombres
constantemente ocupados en querellas y matanzas, protegerse de los enemigos,
triunfar entre sus iguales y oprimir a sus inferiores”.*35
En una palabra, protegerse y dominar.
Estos edificios
eran, por lo general, de un tipo muy simple. Durante mucho tiempo el más
extendido, al menos fuera de las regiones mediterráneas, fue la torre de madera
Un curioso pasaje de los Milagros de San Benito describe, hacia fines del
siglo XI, la disposición, singularmente rudimentaria, de una de ellas:
en el primer
piso, una
sala en
la que
el poderoso,
“con los
suyos,
vivía, conversaba, comía
y dormía”; en el
piso bajo,
la bodega
para las provisiones.*36
Al pie de la torre se abría un foso, y, a veces, un muro de empalizadas y tierra
apisonada, rodeada de otro foso, se construía a alguna distancia. En este
espacio, se ponían en seguridad varias construcciones de explotación y la
cocina, apartada del edificio principal por temor a los incendios, y en él se
podían refugiar, en caso de necesidad, los campesinos sometidos, al propio
tiempo que evitaba a la torre un asalto inmediato y hacía difícil el empleo del
ataque más eficaz contra ella, que era el fuego. Pero, para guarnecerla, era
necesario disponer de más seguidores de armas de los que podía mantener la
generalidad de los caballeros. Torre y recinto se levantaban frecuentemente
sobre una
colina, natural
o —al menos
parcialmente— elevada por la
mano del hombre. Con ello, se
pretendía al mismo tiempo oponer al ataque el obstáculo de la pendiente y
vigilar mejor los alrededores. Fueron los grandes magnates los primeros en
recurrir a la piedra: esos “ricos hombres bastidors”, que Bertrand de
Born nos describe felices haciendo “con cal, arena y piedra, portales y
torreones, torres, bodegas y escaleras de caracol”. Su uso se introdujo
lentamente, en el curso del siglo XII o incluso del XIII, para las viviendas de
los pequeños y medianos caballeros. Antes de la terminación de los grandes
desmontes, los bosques parecían de explotación más fácil y
menos costosa que las canteras; y, mientras que la albañilería exigía una
mano de obra especializada, los campesinos, siempre sometidos a las
prestaciones personales, eran casi todos un poco carpinteros a la vez que
leñadores.
Indudablemente,
cuando era necesario, el campesino encontraba protección y abrigo en la pequeña
fortaleza señorial. La opinión de los contemporáneos tenía, sin embargo, buenas
razones para ver en ella, ante todo, una peligrosa guarida. Las instituciones de
paz, las ciudades, deseosas de establecer la libertad de comunicaciones, los
reyes y los príncipes, no tenían preocupación mayor que la de derribar las
innumerables torres, con las que tantos tiranuelos locales habían
cubierto el país. Y, se diga lo que se quiera, no es sólo en las novelas de Anne
Radcliffe donde, grandes o pequeños,
los castillos tenían sus mazmorras. Lambert d'Ardres, describiendo la torre de
Tournehem, reconstruida en el siglo XII, no se olvida de mencionar los calabozos
“donde los prisioneros, en medio de
las tinieblas, los insectos y la porquería, comen el pan del dolor”.
Como lo indica la
misma naturaleza de su vivienda, el caballero vive en estado de perpetuo alerta.
Personaje familiar tanto a la epopeya como a la poesía lírica, un vigía, cada
noche, vela en la torre. Más abajo, en las dos o tres habitaciones de la
estrecha fortaleza, un pequeño mundo de habitantes permanentes mezclados con
huéspedes de paso, se codea en una constante promiscuidad:
resultado de
la falta de
espacio, pero
también de
las costumbres que, entonces,
incluso entre las clases más elevadas, parecían necesarias a toda existencia de
jefe. El barón, literalmente, estaba siempre rodeado de fieles, que —hombres de
armas, turba de criados, vasallos no domiciliados, jóvenes nobles entregados a
sus cuidados como pupilos, le servían, le guardaban, conversaban con él
y, llegada la hora del sueño, continuaban protegiéndole
con su
presencia hasta
los bordes
del lecho
conyugal. En
la Inglaterra del siglo XIII, aún se enseñaba que no es decoroso que un
señor coma solo.*37
En la gran sala, las mesas eran largas y los asientos tenían casi exclusivamente
la forma de bancos, dispuestos para sentarse unos al lado de los
otros. Debajo
de la escalera, los
pobres establecían
su yacija.
En este lugar murieron dos penitentes ilustres, San Alexis, en la
leyenda, y el conde Simón de Crépy, en la Historia. Estas costumbres, contrarias
a todo aislamiento, eran generales en esos tiempos; los propios monjes tenían
dormitorios, no celdas. Ellas nos
explican ciertas huidas
hacia las
únicas formas
de vida
que permitían entonces
disfrutar de la soledad: las del ermitaño, del recluso y del errante. Entre los
nobles, se enlazaban con una cultura cuyos conocimientos eran transmitidos mucho
menos por el libro y por el estudio que por la lectura en
alta voz, la recitación rimada y los contactos humanos.
III_ OCUPACIONES
Y DISTRACCIONES
Aunque habitase de
manera común el campo, el noble no tenía nada de agricultor. Poner la mano en la
azada o en el arado hubiese sido para él un signo de decadencia, como le ocurrió
a un pobre caballero según nos cuenta una colección de anécdotas. Y si en
ocasiones se le veía distraerse contemplando a los trabajadores en sus campos o,
sobre sus tierras, a los trigales maduros, parece que, de ordinario, no dirigía
personalmente el cultivo.*38
Los manuales del buen gobierno señorial, cuando se escriben, estarán destinados
no al amo, sino a sus oficiales, y el tipo del hidalgo rural pertenece
a épocas
más recientes,
después de
la revolución de
las fortunas
en el siglo
XVI. Aunque los derechos
de justicia
de que
dispone sobre
sus colonos sean una de las
fuentes esenciales de su poder, el potentado de aldea, en general, los ejerce
poco en persona, delegándolos en alguaciles, ellos mismos de procedencia
campesina. Sin embargo, la práctica de la jurisdicción es, sin ninguna duda, una
de las raras ocupaciones pacíficas familiares al caballero. Pero, lo más
frecuente es que sólo se dedique a ellas en los límites de su clase: sea que
decida en procesos de sus propios vasallos o que intervenga como juez de sus
pares en el tribunal al que le ha convocado su señor de feudo; sea, asimismo,
allí donde subsisten justicias públicas, como en Inglaterra y Alemania, que tome
asiento en el tribunal del condado o de centena (división territorial del
condado). Esto era suficiente para hacer del espíritu jurídico una de las formas
de cultura más precozmente extendidas en los medios caballerescos.
Las distracciones
nobles por excelencia llevaban la huella de un gusto
guerrero.
En
primer lugar, la
caza que, como ya se ha dicho, no era
sólo un juego, Pues, el hombre de nuestras latitudes no vivía aún, como
nosotros, en el seno de una
Naturaleza definitivamente pacificada por
la exterminación
de los
animales salvajes. La carne de caza, por otra parte, en una época en que
el ganado, desnutrido y mal seleccionado, sólo proporcionaba muy medianos
productos de carnicería, ocupaba en la
alimentación, en particular en la de los ricos, una parte
preponderante. Por
el hecho
de ser
una actividad
casi necesaria,
la
caza no era, hablando de forma
estricta, un monopolio de clase. El caso de Bigorra. donde
estaba prohibida
a los rústicos desde
principios del siglo
XII, parece
que es excepcional.*39
Por todas partes, sin embargo, los reyes, príncipes y señores, cada uno dentro de los límites de su poder, tendían a
acaparar la persecución de
la caza
en ciertos
territorios reservados: la
de la
caza mayor en los bosques,*40
y la de los conejos y liebres, en las garennes o “vedados”. El
fundamento jurídico de estas pretensiones es oscuro; según todas las
apariencias, con frecuencia no tenían otro que
la voluntad del
amo, y fue en un país
conquistado —la Inglaterra de los reyes normandos—, donde la constitución de
bosques reales, a veces a expensas de la tierra de labor, y su protección
llegaron a los más extraños excesos. Semejantes abusos muestran lo arraigado de
un gusto que era también un rasgo de la clase social. Asimismo, las exigencias
impuestas a los colonos: obligación de albergar y alimentar la jauría señorial y
la construcción de barracas en la espesura, en la estación en que tenían
lugar las grandes reuniones de cazadores. A sus alcaldes, a los que acusaban de
quererse elevar a la categoría de nobles, los monjes de Saint-Gall les
achacaban, ante todo, la pretensión de criar perros para correr tras las liebres
y, lo que es peor, detrás de los osos, los lobos y los jabalíes. Por otra parte,
para practicar el deporte bajo sus formas más atractivas —caza con galgos, caza
con el halcón, sobre todo, transmitida al Occidente, junto con otras
aportaciones, por las civilizaciones ecuestres de las llanuras asiáticas—, era
necesario poseer una fortuna, ocios y personas dependientes. De más de un
caballero se hubiese. podido decir, como de un conde de Guiñes el cronista de su
casa, que “de un azor golpeando el
aire con sus alas hacía más caso que de un sacerdote orando”, o repetir la frase
ingenua y encantadora que un juglar pone en boca de uno de sus personajes, ante
el héroe asesinado alrededor del cual la jauría aúlla a la muerte: “Fue un
hidalgo; sus perros lo amaban mucho”*41
Acercando a esos guerreros a la Naturaleza, la caza introducía en su contextura
mental un elemento que, sin ella, sin duda hubiera faltado. ¿Si no hubiesen, por
tradición de grupo, sido educados en
“saber del
bosque y
del río”,
los poetas de
condición caballeresca que
debían dar tanto de sí mismos al lirismo francés y al Minnesang alemán,
habrían encontrado notas tan justas para cantar la aurora o las alegrías del mes
de mayo?
A continuación, los
torneos. En la Edad Media, se les creía de institución relativamente reciente, y
hasta se citaba el nombre de un pretendido inventor, un tal Geoffroy de Preuilly,
muerto, según se decía, en 1066. De hecho, la costumbre de estos simulacros de
combate se remontaba a la lejanía de los tiempos: tenemos un ejemplo en los
“juegos paganos”, a veces mortales, que menciona el concilio de Tribur en el
895. Su uso se mantuvo, entre el pueblo, para ciertas fiestas cristianizadas más
que cristianas, como esos otros “juegos paganos” —es significativa la
coincidencia de la expresión— durante los cuales, en 1077, cuando se entregaba a
ellos en compañía de otros jóvenes, fue
herido de
muerte el
hijo de
un zapatero
de Vendóme.*42
¿Las luchas
de jóvenes
no son
un rasgo
de folclore
casi universal?
En los
ejércitos, además, la imitación
de la guerra sirvió siempre para adiestrar a las tropas y para divertirlas:
durante la célebre entrevista ilustrada por los “juramentos de Estrasburgo”,
Carlos el Calvo y Luis el Germánico se recrearon con un
espectáculo de
este género
y no
desdeñaron tomar parte en
él personalmente. La
originalidad de la era feudal fue el separar de estas justas, o militares o
populares, un tipo de batalla ficticia relativamente bien regulada, dotada por
lo general de premios y, sobre todo, reservada a contendientes montados y
provistos de armas caballerescas: por consiguiente, un verdadero placer de
clase, el más vivo que conocieron los medios de la nobleza.
Como estas
reuniones, cuya organización provocaba gastos bastante elevados, se celebraban
de ordinario con ocasión de las grandes reuniones convocadas de cuando en cuando
por los reyes y los barones, se veía a los aficionados recorrer el mundo de
torneo en torneo. No eran sólo caballeros sin fortuna, agrupados a veces en
compañías, sino también señores de elevada alcurnia, tales como el conde de
Hainaut, Baldumo IV o, entre los príncipes ingleses, el “joven rey” Enrique, que
no salía muy airoso de los mismos. Lo mismo
que en
nuestras competiciones deportivas, los caballeros se
agrupaban de ordinario por regiones: se promovió un gran escándalo el día
en que los de Hennuyers, cerca
de Gournay, se
pusieron al lado
de las
gentes de
Francia, en lugar de unirse a
los flamencos y los habitantes del Vermandois, que eran, al menos en este
terreno, sus aliados habituales. Es indudable que estas asociaciones de juego
contribuyeron a fijar las solidaridades provinciales.
Tanto más cuanto que no se trataba siempre de una guerra en broma: las
heridas, o incluso —cuando, para hablar como el poeta Raúl de Cambrai, la justa
tournait mal (tomaba mal cariz) —, los golpes mortales no eran nada
raros. Este es el motivo por el cual soberanos más prudentes no
favorecían estos pasatiempos en los
que se
derramaba la sangre
de sus
vasallos. Enrique II
Plantagenet los prohibió formalmente en Inglaterra. Por el mismo motivo —y
también en razón de sus relaciones con las diversiones de las fiestas populares,
que olían a paganismo— la Iglesia los proscribió de manera rigurosa,
hasta el punto de rehusar la sepultura en tierra consagrada al caballero,
incluso arrepentido, que en ellos encontrase la muerte. Que, a despecho de las
leyes políticas o religiosas, su uso se manifestara tan enraizado muestra hasta
qué punto respondía a un gusto profundo.
A decir verdad,
como en la guerra verdadera, la pasión no siempre era desinteresada. Como, con
frecuencia, el vencedor se apoderaba del equipo y de los caballos del vencido y,
en alguna ocasión, incluso de su persona para liberarla sólo contra rescate,
la habilidad y la fuerza tenían sus
provechos. Más de un caballero
tournoveur —“torneador”— convirtió su ciencia de los
combates en
una profesión muy
lucrativa. Hasta tal
punto el
amor del
noble por las armas unía
inseparablemente “el júbilo” y la necesidad de ganancia.*43
IV_ LAS
NORMAS DE CONDUCTA
Era natural que una
clase tan netamente delimitada por el género de vida y la supremacía social
llegara a darse un código de conducta que le fuese propio. Pero estas normas no
se precisaron, para refinarse al mismo tiempo, hasta la segunda edad feudal, que
fue, de todas formas. la época en que la clase tomó conciencia de sí misma.
La palabra que,
desde el año 1100 aproximadamente, sirve para designar el conjunto de las
cualidades nobles por excelencia es característica: courtoisie (cortesía)
que viene de cour (corte, que entonces se escribía con t final).
Fue, en efecto, en
las reuniones,
temporales o permanentes,
formadas alrededor
de los principales barones y de los reyes, donde estas leyes tomaron
cuerpo. El aislamiento del caballero en su torre no lo hubiese permitido.
Eran necesarios la emulación y los intercambios humanos. Por esta causa, ese
progreso de la sensibilidad ética estuvo unido, a la vez, a la consolidación de
los grandes principados o monarquías y al retorno a una vida de relacionas más
intensa. Se decía también, a medida
que courtois derivaba hacia un sentido más mundano conforme con su
origen, y con una significación más elevada: prudhomme. Nombre tan grande
y tan bueno que sólo el pronunciarlo “llenaba la boca”, afirmaba San Luis, que,
frente a las virtudes del monje, deseaba, con eso, reivindicar las
del siglo.
Aquí aún
la evolución
semántica es singularmente instructiva, pues prudhomme no es más que
el mismo nombre de preux que, partiendo de la acepción primera, bastante
vaga, de útil o de excelente, acabó por explicar ante todo el
valor guerrero. Las dos palabras divergieron —preux, guardando
su significado
tradicional— cuando se
pensó que
la fuerza
y el
valor no bastaban para hacer un caballero perfecto. “Hay una gran
diferencia entre un hombre preux y un prudhomme”, habría dicho un
día Felipe-Augusto, que tenía al
segundo por muy
superior.*44
En apariencia una sutileza, pero,
yendo al fondo de las cosas, testimonio preciso de la evolución sufrida
por el ideal caballeresco.
Ya se trate de usos
de decoro y bien parecer o de preceptos propiamente morales, de courtoisie,
en sentido estricto, o de prudhommie, el código nuevo tuvo
indiscutiblemente por patria las courts de Francia y de la región del
Mosa, estas últimas también francesas por el lenguaje y las costumbres. Desde el
siglo XI,
las modas
originarias de Francia
se imitaban
en Italia.*45
En el
curso de los dos siglos
siguientes, estas influencias adquirieron todavía más fuerza: por ejemplo,
tenemos el vocabulario caballeresco alemán, lleno de palabras welches*46
—nombres de armas, de vestidos, de costumbres—, llegados de ordinario a
través del Hainaut, el Brabante o Flandes. La misma expresión Höflich no
es más que
un calco de
courtois. Estas
influencias no
se transmitían sólo por la
literatura; más
de un joven noble thiois (alemán) se
trasladaba junto a los príncipes franceses para aprender, con la lengua,
las reglas del buen tono. ¿No llama a Francia “la tierra de la recta caballería”
el poeta Wolfram de Eschenbach? A decir verdad, esta irradiación de una forma de
cultura aristocrática era sólo uno de los aspectos de la acción ejercida
entonces en Europa entera —en particular,
naturalmente, sobre las
clases más
elevadas por el conjunto de la
cultura francesa: propagación de estilos de arte y literatura; prestigio de las
escuelas de Chartres, y, después, de las de París; empleo casi internacional de
la lengua. De ello, no es imposible descubrir algunas razones: largas
expediciones realizadas a través de Occidente por la mas aventurera de las
caballerías; prosperidad relativa de un país influido, antes que Alemania —pero
no que Italia—, por los progresos de los cambios; distinción precozmente
acentuada entre la clase caballeresca y la turba de los imbelles, no
aptos para las armas; a pesar de las guerras locales, ninguna desgarradura
interior comparable a la que provocó en el Imperio la gran querella entre papas
y emperadores. Pero, dicho esto, queda por preguntarse si no es vano el esfuerzo
para pretender explicar lo que, en el estado presente de nuestros conocimientos
sobre el hombre, parece ser el dominio de lo inexplicable: el tonus de
una civilización y sus capacidades magnéticas.
“De esta jornada”,
decía el conde de Soissons, en la batalla de Mansura, “hablaremos más tarde en
la cámara de las damas”.*47
Esta frase, de la que se buscaría en vano el equivalente en las canciones de
gesta, pero que pudo pronunciar más de un héroe de novela desde el siglo XII,
señala una sociedad en la que lo mundano ha hecho su aparición, y con él la
influencia femenina. La mujer noble
nunca estuvo encerrada en el gineceo. Como gobernaba la casa rodeada de
sirvientes, podía llegar a gobernar el feudo, y en muchas ocasiones lo hizo con
dureza. Sin embargo, estaba reservado al siglo XII el crear el tipo de la gran
dama culta y que recibe en sus salones. Profundo cambio,
si se
piensa en la extraordinaria
grosería de
la actitud que los antiguos poetas épicos daban a sus héroes frente a las
mujeres, aunque fuesen reinas: hasta las peores injurias, a las que la arpía
contestaba con golpes. Parece como si se escucharan las grandes risotadas
del auditorio. El público cortés
del siglo XII no era insensible a estas pesadas bromas, pero ya no las
admitía más que, como en los fabliaux, a expensas de las campesinas o de
las burguesas. Pues la cortesanía era ante todo un asunto de clase. La “cámara
de las damas” nobles y, más en general, la corte, es en adelante el lugar
donde el caballero intenta brillar y eclipsar a sus rivales: por la
reputación de sus hazañas; por su fidelidad a los buenos usos, y, también, por
su talento literario.
Como ya hemos
visto, los medios nobles nunca fueron ni totalmente iletrados ni, menos aún,
impermeables a la influencia de la literatura, escuchada más que leída. Pero, un
gran paso adelante se dio el día en que los propios caballeros se hicieron
literatos, Es significativo que el género al que se dedicaron, casi exclusivamente
hasta el
siglo XIII,
fuese la
poesía lírica. El más antiguo de los trovadores que conocemos —hay que advertir
que no fue el primero— era uno de los más poderosos príncipes de Francia:
Guillermo IX de Aquitania, muerto en 1127. En la lista de cantores provenzales
que le siguieron, lo mismo que luego
más tarde entre los poetas líricos del Norte, émulos de los del Sur, todos los
niveles de la caballería estuvieron representados en abundancia. Al lado, como
es natural, de los juglares profesionales que vivían a costa de los nobles. Esas
composiciones cortas y por lo general de un arte erudito —a veces, hasta el
hermetismo voluntario, el famoso
trobar clus—
se prestaban
de manera
admirable a
ser producidas
en reuniones aristocráticas. Al saber
gustar así unos goces cuyo propio refinamiento los hacía inaccesibles a los
villanos, la clase que en ellos se complacía
tomaba de
su superioridad
una conciencia
tanto más
aguda, porque el placer era,
con frecuencia, sentido como muy vivo y muy sincero. Estrechamente unida a la
atracción de la palabra —pues las poesías, de ordinario, se ayudaban con el
canto y el acompañamiento—, la sensibilidad musical no ejercía una menor
influencia. En su lecho de muerte, no osando, aunque lo deseaba, cantar el mismo
Guillermo “Le Maréchal” que fue tan rudo guerrero, no se despide de sus hijas
antes de que le hayan dejado oír una ultima vez el “dulce sonido” de algunas
retrouenges.*48
Y los héroes burgundios del Nibelungenlied se entregan al
ultimo sueño de que disfrutarán en la tierra oyendo la gaita de Volker, en la
paz de la noche.
Frente a los
placeres de la carne, la actitud general de la clase caballeresca parece haber
sido, en la práctica, francamente realista. En su conjunto, correspondía
a la de la
época. La Iglesia
imponía a sus miembros el
ascetismo y ordenaba a los laicos el limitar la unión sexual al matrimonio y a
la procreación. Pero ella practicaba bastante mal sus propias enseñanzas, en
especial los clérigos seculares, entre los que la misma reforma gregoriana no
llegó a depurar más que al episcopado. ¿No se recordaba, con admiración, a
piadosos personajes, sacerdotes de parroquia, incluso abades, que, “se dice”,
murieron vírgenes? El ejemplo de la clerecía prueba hasta qué punto la
contingencia repugnaba a la generalidad de los hombres; en ningún caso era
propia para inspirar a los fieles. En realidad —puesto aparte algún episodio
divertido, como, en el Pelerinage de Charlemagne, las viriles jactancias
de Olivier—, la epopeya es bastante casta. Era porque no concedía gran
importancia a
describir unos
pasatiempos que
no tenían
nada de épico. Incluso en los
relatos, menos reticentes, de la época cortesana, hay un verdadero empeño en
presentar la sensualidad más como un hecho de la mujer que del héroe.
No obstante,
en algunos
lugares se
levanta un
ángulo del
velo: así
en el viejo poema de Girard
de Roussillon, donde se ve a un vasallo, encargado de dar hospitalidad a un
mensajero, proporcionarle una hermosa muchacha para pasar la noche.
Y, sin duda, no todo era ficción en los deleitables encuentros a
los que, si creemos a los cantores, los castillos proporcionaban tan fácil
ocasión.*49
Los testimonios históricos son más claros todavía. El matrimonio del
noble, como se sabe, era con frecuencia un simple negocio. Las casonas
señoriales estaban llenas de bastardos. El advenimiento de la cortesanía parece
que no cambió, en principio, este estado de cosas. Algunas de las canciones de
Guillermo de Aquitania cantan la voluptuosidad en estilo muy realista y
esta vena, entre los poetas que
le siguieron,
tenía que encontrar más de un
imitador. No obstante, ya en Guillermo, heredero de una tradición cuyos
comienzos nos escapan, aparece otra concepción del amor: ese amor
courtois, que seguramente fue una de las más curiosas creaciones
del código moral caballeresco. ¿Se puede separar la idea de Dulcinea de Don
Quijote?
Los rasgos
característicos del amor cortesano pueden resumirse con bastante sencillez. No
tiene nada que ver con el matrimonio o, por decirlo mejor, se opone directamente
a sus leyes, puesto que si la amada es en general una mujer
casada, el
amante no
es nunca
el marido.
Con frecuencia
se dirige
a una dama de rango superior y,
en todo caso, comporta un vivo acento de devoción del hombre hacia la mujer.
Constituye una pasión creciente, llena de dificultades, gustosamente celosa y
alimentada de sus propias inquietudes, pero cuyo desarrollo estereotipado no
deja de llevar consigo, desde muy pronto, alguna cosa de ritual. Por ultimo,
como lo dice el trovador Jaufroi Rudel, en
una poesía
que, interpretada
a contrapelo,
ha hecho
nacer la
famosa leyenda de la Princesa Lejana, es, con preferencia, un amor “de
lejos”. No es que, por principio, rechace el placer carnal o que, si por ventura
—según la expresión de André Le Chapelain que lo puso en teoría— debe renunciar
a l'ultime soulas (lit.: último consuelo), no ambicione al menos la
pequeña moneda de los placeres superficiales. Pero la ausencia o los obstáculos,
en lugar de destruirlo, no hacen más que embellecerlo con una poética
melancolía. ¿Se presenta la posesión, siempre deseable, como decididamente
imposible? El sentimiento no por ello muere, y subsiste como un excitante del
corazón y una punzante alegría.
Tal es la imagen
que nos pintan los poetas. Pues sólo conocemos el amor cortesano por la
literatura, y por
este motivo nos
es difícil separar
con exactitud lo que era
costumbre de la ficción. Es seguro que, tendiendo a disociar, en cierta medida,
el sentimiento de la carne, no impidió en absoluto a ésta el continuar
satisfaciéndose, por su parte, con bastante brutalidad. Por lo demás, es sabido
que, en la mayor parte de los hombres, la sinceridad afectiva se encuentra en
diversos planos. Indiscutiblemente, en todo caso, semejante noción de las
relaciones amorosas, en la que reconocemos tantos elementos que se nos han hecho
familiares, representaba, cuando fue concebida, una combinación muy original.
Debía muy pocas cosas a las artes antiguas de amar, ni incluso —aunque quizá se
le acerquen más— a los tratados, siempre un poco equívocos, que la civilización
grecorromana consagró al análisis de la amistad masculina. La subordinación del
amante, en particular, era una actitud nueva. Ya hemos visto que se expresaba
gustosamente en términos tomados del vocabulario del homenaje del vasallo. La
transposición no era sólo verbal. La confusión entre el ser amado y el jefe
respondía a una orientación de la moral colectiva muy característica de la
sociedad feudal.
En menor grado,
aunque se haya podido decir lo contrario, el código amoroso era tributario del
pensamiento religioso.*50
Si se prescinde de algunas superficiales analogías de forma, que son, todo lo
más, una influencia del ambiente, se deberá incluso reconocer que le era
directamente contrario, sin que, por otra parte, sus representantes tuvieran una
conciencia clara de esta antítesis. ¿No hacía del amor de las criaturas casi una
de las primeras virtudes, y,
ciertamente, la alegría por excelencia? Sobre todo, hasta cuando renunciaba al
placer físico,
sublimaba, pretendiendo
llenar con
él la
existencia, un impulso del
corazón nacido, en su principio, de esos apetitos carnales cuya legitimidad no
admite el cristianismo más que para refrenarlos con el matrimonio —desdeñado de
manera profunda por el amor cortesano—, para asignarles como justificación la
propagación de la especie —en la cual el amor cortesano no pensaba—, para
colocarlos por último, de todas formas, en un registro secundario de la
experiencia moral. No es en el lirismo caballeresco donde se puede esperar
encontrar el auténtico eco del sentimiento de esa época sobre la vida sexual.
Exento de todo compromiso, resuena en ese texto de la piadosa y clerical
Queste du Saint-Graal, donde se ve a Adán y Eva, antes de
unirse, bajo
el Árbol, para concebir a
“Abel el Justo”, suplicar
al Señor para que haga caer
sobre ellos una gran noche, con el fin de comforter (confortar) su
vergüenza.
La oposición, en
este punto, entre las dos morales, quizá nos da la llave del enigma que plantea,
a la geografía social, la génesis de esos raciocinios amorosos. Como la poesía
lírica que nos ha conservado su expresión, nacieron, a partir de fines del siglo
XI, en los medios cortesanos del Midi francés. Lo que un poco más tarde
se encuentra en el Norte, bajo la forma
lírica o interpretada por la novela, lo que pasa a continuación a los
Minnesang alemanes no fueron más que reflejos. Sería un absurdo invocar a
este propósito, en favor de la civilización de langue d’oc, cualquier
clase de superioridad. La pretensión sería igualmente insostenible si se llevara
la atención a los órdenes artístico, intelectual o económico. Ello equivaldría a
negar, en bloque, la epopeya de expresión francesa, el arte gótico, los
primeros esfuerzos de la filosofía en las escuelas entre el Loira y el
Mosa, las ferias de la
Champaña y las colmenas urbanas de
Flandes. Por el contrario, es
indiscutible que, en el Midi, la Iglesia, sobre todo durante la primera
edad feudal, fue menos rica, menos culta y menos activa que en las provincias
septentrionales. Ninguna de las grandes obras de la literatura clerical, ninguno
de los grandes movimientos de reforma monástica salieron de allí. Sólo esta
debilidad relativa de los centros religiosos puede explicar el éxito excepcional
conseguido, desde Provenza a la región de Toulouse, por herejías de tipo
internacional. Además, siendo menos fuerte la influencia de los eclesiásticos
sobre las altas clases laicas, estas últimas desarrollaron con más libertad una
moral puramente mundana. Que, de otra parte, los preceptos del amor caballeresco
se propagaran a continuación con tanta facilidad, atestigua hasta qué punto
respondían a las necesidades nuevas de una clase a la que ayudaron a conocerse a
si misma. ¿No es sentirse otro, amar de manera distinta a los demás?
Que el caballero
calcule con cuidado el botín o los rescates, que, de vuelta a su casa, extorsione pesadamente a sus campesinos extraña poco o
nada. La ganancia es legítima. Pero con una condición: debe ser gastada pronto y
con liberalidad. “Os lo puedo garantizar”, dice un trovador al que se reprochan
sus raterías, “si he tomado, ha sido para dar, no para atesorar”.*51
Hay derecho a juzgar un poco sospechosa la insistencia que los juglares,
parásitos profesionales, ponían en alabar, por encima de todo otro deber, la
generosidad, “dama y reina que todas las virtudes ilumina”. Sin duda
también, entre los
pequeños o
medianos señores
y, más aún quizá,
entre los
altos barones, no faltaron
avaros o, simplemente, prudentes más inclinados a amontonar en los cofres la
moneda rara o las joyas que a distribuirlas. No es menos cierto que al dejar
escapar entre sus dedos la fortuna adquirida con rapidez y con rapidez perdida,
el noble creía afirmar su superioridad sobre las clases menos confiadas en el
porvenir o más preocupadas en calcularlo. La generosidad y el lujo no eran las
únicas formas de esta loable
prodigalidad. Un cronista nos ha transmitido el recuerdo de la singular
competición de despilfarro de la que
fue teatro un día una reunión cortesana en la región de Limoges. Un caballero
hizo sembrar de monedas de plata un terreno, anteriormente labrado; otro, para
su cocina, hacía quemar cirios; un tercero, por jactancia, ordenó quemar
vivos treinta de sus caballos.*52
¿Qué hubiera pensado un mercader de esta justa de prestigio, que evoca a nuestra
memoria ciertos relatos de los etnógrafos? También aquí, la naturaleza del punto
de honor marcaba la línea de separación entre los grupos humanos.
Distinta así por su
poder, su género de fortuna y de vida, incluso por su moral, la clase social de
los nobles estaba, hacia mediados del siglo XII, presta a solidificarse en clase
jurídica y hereditaria. El uso más y más frecuente que para designar a los
miembros se hace entonces de la palabra gentilhombre — hombre de buena
gent, es decir, de buena raza— indica la importancia creciente atribuida a
las cualidades de la sangre. Fue alrededor del rito de armar caballero como se
operó la cristalización.
CAPITULO III
LA
CABALLERÍA
I_ LA
CEREMONIA DE ARMAR
CABALLERO*53
A partir de la
segunda mitad del siglo XI, diversos textos, que pronto se van multiplicando,
empiezan a mencionar una
ceremonia destinada,
según dicen,
a “hacer un caballero”. El ritual comprende diversos actos. Un caballero
de más edad entrega, en primer lugar, las armas significativas de su futuro
estado al postulante, por lo general apenas salido de la adolescencia. En
particular, le ciñe la espada. Después viene, casi siempre, un gran golpe que
con la mano abierta este padrino descarga sobre la nuca o la mejilla del
muchacho: la “palmada” o colée de los documentos franceses. ¿Prueba de
fuerza? O quizá, como lo
pensaron ya
en la Edad
Media algunos
intérpretes de época
tardía,
¿modo de
fijación del recuerdo que deberá evocar al joven,
según la expresión de Raimundo Lulio, la promesa durante toda su
vida? De hecho, los poemas muestran a sus héroes no doblegándose ante la fuerte
bofetada, la única, observa un cronista, que un caballero debe recibir, sin
devolverla.*54
Como ya sabemos, por otra parte, la bofetada era, en las costumbres jurídicas de
la época, uno de los procedimientos de conmemoración con más frecuencia
infligidos a los testigos en actos de derecho, más, en realidad, que a los
participantes. Pero de este acto, originalmente concebido como tan esencial a la
ceremonia, que fue
el que
le dio
nombre en
francés: adoubement (de
un viejo verbo germánico que quería
decir golpear), el sentido primitivo parece muy diferente y mucho menos
racional. El contacto establecido entre la mano del padrino y el cuerpo del
postulante transmitía del uno al otro una especie de influjo, semejante al de
esa otra bofetada que el obispo da al clérigo que consagra como sacerdote. Por
último, una manifestación deportiva terminaba
la ceremonia. En ella, el nuevo caballero se lanzaba, montado, y, de un
golpe de lanza, traspasaba o derribaba una panoplia fijada en un poste: la
quintaine (especie de maniquí o estafermo).
Por sus orígenes y
por su naturaleza, el acto de investir o armar caballero se asemeja visiblemente
a esas ceremonias de iniciación de las que las sociedades primitivas, como las
del mundo antiguo, proporcionan tantos ejemplos: prácticos que, bajo formas
diversas, tienen todas por objeto común
el hacer pasar al muchacho a la categoría de miembro perfecto del grupo,
del que hasta el momento su edad lo excluía. Entre los germanos, eran la imagen
de una
civilización guerrera. Sin perjuicio
quizá de
otros rasgos
—tales como
el corte de cabellos, que
a veces
se encontrará
más tarde
en Inglaterra
unido a
la investidura—, consistían esencialmente en una entrega de armas, que
Tácito describió y cuya persistencia en la época de las invasiones está
atestiguada por varios textos. Es indudable que hay una continuidad entre el
ritual germánico y el de la caballería. Pero, al cambiar de ambiente, el acto
cambió también de sentido humano.
Entre
los germanos,
todos los
hombres libres
eran guerreros. Por consiguiente, no
existía ninguno que no tuviese derecho a la iniciación por las armas: al menos,
allí donde la tradición del pueblo imponía esta práctica, de la que ignoramos si
estaba extendida por todas partes. Por el contrario, una de las características
de la sociedad feudal fue, como es sabido, la formación de un grupo de guerreros
profesionales, constituido, ante todo, por los vasallos militares y sus jefes.
Como es natural, la antigua ceremonia tuvo que restringirse a esos soldados por
excelencia. Se corría el riesgo de que, en el cambio, la ceremonia perdiese todo
substrato social. Había servido de acceso al pueblo; pero éste, en su sentido
antiguo —la pequeña ciudad de los
hombres libres— ya no existía. La ceremonia empezó a servir de rito de
acceso a una clase, pero esta clase estaba falta todavía de un contorno
preciso. Llegó a suceder que, en algunos lugares, el uso desapareció: tal parece
que fue el caso entre los anglosajones. Por el contrario, en los países
influidos por la costumbre franca se mantuvo; pero sin ser, durante mucho
tiempo, de empleo general, ni, en ningún grado, obligatoria.
Después, a medida
que los medios caballerescos tomaban una conciencia más clara de lo que los separaba de la masa de los “sin armas”, y
los elevaba por encima de ella, se hizo sentir, de forma más imperiosa, la
necesidad de sancionar, por medio de un acto formalista, la entrada en la
colectividad así definida: ya fuese que el recién admitido era un muchacho que,
nacido entre los nobles, obtenía el ser aceptado en la sociedad de los
adultos; o porque se tratase, caso mucho más raro, de alguien dichosamente
favorecido por la fortuna, al que su riqueza, su fuerza, o su destreza parecían
igualar a los miembros de los
antiguos linajes.
Desde fines
del siglo
XI, en
Normandía, decir del hijo de
un gran
vasallo “todavía
no es
caballero”, equivalía a suponerlo todavía
niño o adolescente.*55
Seguramente, la preocupación de significar así, por un gesto sensible a los
ojos, todo cambio de estado jurídico, como todo contrato, respondía a tendencias
características de la sociedad medieval; en otro campo tenemos el paralelo, con
frecuencia tan pintoresco, de la entrada
en las agrupaciones de oficios. Para imponer este formalismo era además
necesario que el cambio de estado fuese claramente percibido como tal. Por esto
la generalización de la ceremonia se presentó verdaderamente como el síntoma de
una modificación profunda en la noción de caballería.
Durante la primera
edad feudal, lo que se entendió por la palabra caballero era, ante todo, unas veces una situación de hecho, otras, un
vínculo de derecho, pero puramente personal. Se recibía el nombre de caballero
porque se combatía a caballo, con el equipo completo. Uno era caballero de
alguien cuando se tenia de este personaje un feudo, que obligaba a servirlo
armado. Pero, ahora, ni la posesión de un feudo, ni el criterio, forzosamente un
poco vago, del género de vida, bastaban para merecer tal nombre. En adelante,
será necesaria una especie de consagración. La transformación estaba
realizada a mediados del siglo XII. Un giro de lenguaje usado desde antes del
año 1100
ayudará a
comprender su importancia. No
se hace
sólo un
caballero, sino que se le ordena
como tal. Así se expresa, por
ejemplo, en 1098, el
conde de Ponthieu, que se prepara para armar al futuro Luis VI.*56
El conjunto de los caballeros armados constituye una “orden”: ordo.
Expresiones cultas, términos eclesiásticos, pero que se encuentran, desde el
principio, en bocas laicas. Al menos en
su primer
empleo, no
pretendían en
absoluto sugerir
una asimilación con las
órdenes sagradas. En el vocabulario que los escritores cristianos tomaron de la
Antigüedad romana, un ordo era una división de la sociedad, temporal
tanto como eclesiástica. Pero una división regular, netamente delimitada,
conforme al plan divino. Una institución. Ya no sólo una realidad
desnuda.
¿De qué forma, sin
embargo, en una sociedad acostumbrada a vivir bajo el signo de lo sobrenatural,
el rito, al principio puramente profano, de la entrega de armas, no recibiría
una marca sagrada?
Dos usos, ambos muy
antiguos, sirvieron de punto de partida para la intervención de la Iglesia.
En primer lugar, la
bendición de la espada. En principio, no tenía ninguna relación con el acto de
armar caballero. Todo lo que estaba al servicio del hombre parecía merecer el
ser puerto así al abrigo de las asechanzas del Demonio. El campesino hacía
bendecir sus cosechas, su rebaño y su pozo; el recién casado, la cama nupcial;
el peregrino, su bordóu. El guerrero, naturalmente, hacía lo mismo con los
útiles propios a su profesión. ¿No conocía ya el antiguo derecho longobardo el
juramento “sobre las armas consagradas”?*57
Más que ningunas otras, las que el joven guerrero empuñaba por
primera vez
parecían dignas
de semejantes
santificación. Su
rasgo esencial era un rito de
contacto. El futuro caballero depositaba por un
momento su espada sobre el altar, y el ademán era acompañado o seguido de
oraciones. Inspiradas en el esquema general de la bendición, pronto toman
una forma especial apropiada a una primera “toma de hábito”. Así aparecen
ya, poco después del año 950, en un pontifical redactado en el monasterio
de Saint-Alban de Maguncia, Formada sin duda, en una buena parte, por
aportaciones de fuentes mas antiguas, esa compilación se propagó rápidamente por
Alemania, el norte de Francia, Inglaterra y llegó hasta Roma, donde
fue impuesta
por influencia
de la
corte de
los Otones. Extendió a lo lejos el modelo de
la bendición de la espada “recién ceñida”. Entendamos que, de otra parte, esta
consagración no constituía entonces, en la solemnidad, más que una especie de
prefacio. La investidura se desarrollaba en seguida, según sus fórmulas propias.
Pero también en
este momento la Iglesia podía tener su papel. El cuidado de armar al adolescente
no pudo pertenecer, originalmente, más que a un caballero ya confirmado en
este título: su
padre, por ejemplo, o
su señor.
Pero, llegó un momento en que también se confió a un prelado. Ya en el
846, el papa Sergio pasó el tahalí al
carolingio Luis II. Asimismo, Guillermo el Conquistador hizo investir más
tarde a uno de sus hijos por el arzobispo de Canterbury. Sin duda, este honor se
dirigía menos al sacerdote que al príncipe de la Iglesia, jefe de gran número de
vasallos. ¿Podían un papa o un obispo, no
obstante, renunciar
a rodearse de
una pompa religiosa? Por este
camino, la liturgia estaba
como invitada a impregnar toda la ceremonia.
En el siglo XI, era
ya cosa hecha. En un pontifical de Besançon, redactado en esa época, se
contienen sólo dos bendiciones de la espada, ambas bastantes simples. Pero, de
la segunda, se desprende claramente que es el propio oficiante quien se supone
entrega el arma. Sin embargo, para encontrar un verdadero ritual religioso de la
investidura, hay que mirar más hacia el Norte, hacia las regiones entre el Sena
y el Mosa, que fueron la auténtica cuna de la mayor parte de las instituciones
propiamente feudales. En esta parte, nuestro más antiguo testimonio es un
pontifical de la provincia de Reims, compilado a principios del siglo por un
clérigo que aún inspirándose en la compilación de Maguncia, usó ampliamente las
costumbres locales. La liturgia comporta, con una bendición de la espada que
reproduce la del original renano,
oraciones del mismo sentido aplicables a las demás armas o insignias:
pendón, lanza, escudo, etc., exceptuándose sólo las espuelas, cuya entrega
quedará para siempre reservada a manos laicas. Viene, a continuación, la
bendición del mismo futuro caballero. Y por último, la mención expresa que la
espada será ceñida por el obispo. Más
tarde, después de una laguna de casi dos siglos, el ceremonial aparece,
desarrollado por completo, en el Pontifical del obispo de Mende,
Guillermo Durant, redactado hacia 1295, pero cuyos elementos esenciales remontan
verosímilmente al reinado de San Luis. En él, el papel consagrador del prelado
es llevado a los últimos límites. No sólo ciñe la espada, sino que también da la
palmada; marca, dice el texto, al postulante “con el carácter
caballeresco”. Llevado en el siglo XIV al Pontífici Romano,
este esquema, de origen francés, tenía que convertirse en el rito oficial
de la cristiandad. En cuanto a las prácticas accesorias —el baño purificador,
imitado del de los catecúmenos, la vela de las armas—, parece que fueron
excepcionales no
se introdujeron
antes del
siglo XII.
Además, la
vela
no siempre estaba dedicada por entero
a piadosas manifestaciones. Según un poema de Beaumanoir,
se llegó a hacer
de manera profana, al son de gaitas.*58
No hay que
engañarse: ninguno de esos actos religiosos fue jamás indispensable a la
ceremonia. En muchas ocasiones, por otra parte, las circunstancias hubiesen
impedido su cumplimiento. ¿No se hicieron en todo tiempo caballeros sobre el
campo de batalla, antes o después del combate? Recordemos que, después de
Marignan, Bayardo dio a su rey el espaldarazo con la espada, según el uso de
fines de la Edad Media. En 1213, Simón de Montfort rodeó de un piadoso
esplendor, digno de un héroe cruzado, la investidura de su hijo, que dos
obispos, cantando el Veni Creator, armaron caballero para el servicio de
Cristo. A un asistentes el monje Pierre de Vaux- de-Cernay, esta solemnidad
arrancó un grito característico: “¡Oh nueva moda de la caballería! ¡Moda hasta
ahora inaudita!” Más modesta, la propia. bendición de la espada, según el
testimonio de Juan de Salisbury,*59
no era general hacia mediados del siglo VII. No obstante, parece que estaba muy
extendida. La Iglesia, en una palabra, había procurado transformar la antigua
entrega de las armas en un sacramento, expresión que se encuentra en la
pluma de algunos clérigos y que no tenía nada de chocante en una época en que,
encontrándose la Teología lejos aún de la rigidez escolástica, se continuaba
confundiendo bajo tal nombre toda especie de acto de consagración. No lo
consiguió plenamente, pero sí en una gran parte, según los lugares. Sus
esfuerzos, marcando la importancia que otorgaba al rito de ordenación,
contribuyeron mucho a avivar el sentimiento de que la caballería era una
sociedad de iniciados. Y, como a toda institución cristiana le era
necesaria la sanción
de los
fastos legendarios,
la hagiografía vino en
su ayuda. “Cuando en la misa se
leen las epístolas de San Pablo”, dice un liturgista, “los caballeros quedan de
pie, para honrarlo, pues él también fue caballero”.*60
II_ El
CÓDIGO CABALLERESCO
Sin embargo, una
vez entrado en escena el elemento religioso no limitó sus efectos a fortalecer
el espíritu de cuerpo en el mundo caballeresco. Ejerció, asimismo, una poderosa
acción sobre la ley moral del grupo. Antes de que el futuro caballero recuperase
su espada que se encontraba sobre el altar, se le pedía
de ordinario
un juramento
que precisaba
sus obligaciones.*61
No todos
los investidos los prestaban, puesto que no todos hacían bendecir sus
armas. Pero con Juan de Salisbury, los
autores de la Iglesia estimaban que, por una especie de cuasicontrato, incluso
aquellos que no lo habían pronunciado con los labios se habían sometido a él
tácitamente por el sólo hecho de haber aceptado la caballería. Poco a poco,
las reglas así formuladas penetraron en otros textos: en primer lugar, en las
oraciones, con frecuencia muy bellas, que se recitaban durante el desarrollo de
la ceremonia; más tarde, con inevitables variantes, en diversos escritos en
lengua profana. Tal, poco después de 1180, un pasaje célebre del Perceval
de Chrétien de Troyes. Después, en el siglo siguiente, algunas páginas
de la
novela en
prosa Lancelot,
en los
Minnesang alemanes, una
obra del “Meissner”; por último, y sobre todo, el pequeño poema didáctico francés titulado L'Ordene de Chevalerie.
Este opúsculo tuvo un gran
éxito. Pronto parafraseado
en una
corona de
sonetos italianos, imitado en Cataluña por Raimundo Lulio,
abría el camino a la abundante literatura que, durante los últimos siglos de la
Edad Media, debía agotar hasta la hez la exégesis simbólica de la investidura y,
por sus exageraciones, denunciar, con la decadencia de una institución pasada
del derecho a la etiqueta, la insipidez del propio ideal que tan alto se quería
colocar.
Sin embargo, en su
época de pleno vigor, este ideal no dejó de tener su vida. Se superponía a las
reglas de conducta derivadas anteriormente de la espontaneidad de la
conciencia de clase:
código de
la fidelidad
de los
vasallos—la transición aparece
de forma clara, hacia fines del siglo XI en el Livre de la Vie Chrétienne
del obispo Bonizon de Sutri, para quien el caballero es aún, ante todo, un
vasallo enfeudado—; y, sobre todo, el código de la clase de las gentes
nobles o courtois. De esas morales
mundanas, el nuevo decálogo tomó
los principios más aceptables a un pensamiento religioso: liberalidad;
persecución de la gloria; el los (alabanza); desprecio del descanso, del
sufrimiento y de la muerte —“ese que quiere vivir descansando”, dice el poeta
alemán Thomasin, “no
quiere seguir el oficio de
caballero”—.*62
Pero, todo esto, se llevaba a
cabo matizando esas mismas normas de tintes cristianos, y más todavía, limpiando
el bagaje tradicional de elementos de naturaleza muy profana que antes tuvieron,
y en la práctica continuaron teniendo, tan amplio lugar: esas escorias
que, en
los labios
de tantos
rigoristas, desde San
Anselmo hasta San Bernardo, habían traído el viejo juego de palabras,
lleno de desprecio del clérigo por el siglo: non militia, sed malitia.*63
“Caballería igual a maldad”. ¿Qué escritor, en adelante, hubiese osado repetir
esta ecuación después de la anexión definitiva por la Iglesia de las virtudes
caballerescas? En fin, a los preceptos
antiguos así depurados, se vinieron a unir otros que llevaban la señal de
preocupaciones exclusivamente espirituales.
Clérigos y laicos
están de acuerdo, pues, en exigir del caballero esta piedad, sin la cual el
propio Felipe-Augusto estimaba que no podía existir verdadero prudhomme.
Tiene que ir a misa “todos los días” o, a lo menos, de “buen grado”; debe ayunar
el viernes. No obstante, este héroe cristiano continúa siendo un guerrero por
naturaleza. ¿De la bendición de las armas no debía esperar, ante todo, hacerlas
más eficaces? Las oraciones expresan
claramente esta creencia. Pero la espada, así consagrada —aunque nadie piensa en
prohibir que se esgrima contra los enemigos personales o del propio
señor—, el caballero la ha recibido, ante todo, para ponerla al servicio de las
buenas causas. Ya las antiguas bendiciones de finales del siglo X ponen de
relieve este tema, que las liturgias posteriores desarrollan con amplitud. De
esta forma, se introdujo una discriminación, de interés capital, en el viejo
ideal de la guerra por la guerra misma, o por el botín. Con su espada, el
investido defenderá la ‘Santa Iglesia’, en particular contra los paganos.
Protegerá a la viuda, al huérfano y al pobre. Perseguirá a los malhechores. A
esos preceptos generales, los textos laicos añaden algunas recomendaciones más
especiales que se refieren
a la
conducta en
el combate: no
matar al
vencido sin
defensa —la práctica de los
tribunales y de la vida pública: no participar nunca en un falso juicio o en una
traición y si no se pueden impedir, añade con modestia la Ordene de
Chevalerie, abandonar el lugar—; por último, las incidencias de la vida
cotidiana: no dar malos consejos a una dama; ayudar, “si se puede”, al prójimo
en sus dificultades.
¿Cómo sorprenderse
de que, tejida con multitud de astucias y de violencias, la realidad estuviese
lejos de responder siempre a estas aspiraciones? Por otra parte, acaso podría
parecer que desde el punto de vista ya de una moral de inspiración
social, ya de
un código
más puramente
cristiano, la tabla
de valores es singularmente
corta. Pero esto sería dejarse llevar a juzgar aquello que el historiador tiene
sólo el deber de comprender. Es más importante anotar que, pasando de los
teóricos o liturgistas de Iglesia, a los vulgarizadores laicos, la lista de las
virtudes caballerescas parece haber sufrido una inquietante disminución. “La más
alta orden que Dios haya hecho y mandado, es la orden de la caballería”, dice,
con su acostumbrada ampulosidad, Chrétien de Troyes. Pero hay que confesar que,
después de este preámbulo sonoro, las enseñanzas que su prudhomme da al
muchacho armado por él parecen de una
desconcertante fragilidad. Quizá, a decir verdad, Chrétien representa más bien
la courtoisie de las grandes cortes principescas del siglo XII que la
prudhommie, llena de inspiración religiosa, como en el siglo siguiente se
entendía alrededor de Luis IX. Sin duda, no es por azar que la época y el
medio mismo en que vivió este santo armado caballero, dio nacimiento a la
noble oración que, recogida en el Pontifical de Guillermo Durant, nos
ofrece como el comentario litúrgico de los caballeros de piedra, levantados por
los imagineros en la fachada de Chartres o en el interior de la de Reims:
“Señor muy Santo,
Padre poderoso... Tú que has permitido, sobre la Tierra, el empleo de la espada
para reprimir la malicia de los malos y defender la justicia; que, para la
protección del pueblo, has querido
instituir la orden de la caballería... haz, disponiendo su corazón hacia el
bien, que éste tu servidor no use nunca este acero u otro para perjudicar
injustamente a nadie; pero que se sirva de él para siempre para defender la
Justicia y el Derecho.”
De esta forma,
asignándole una tarea ideal, la Iglesia acababa de legitimar la existencia de
esta orden de guerreros que, concebida como una de las divisiones
necesarias a una sociedad bien organizada, se identificaba de manera progresiva
con la colectividad de los armados caballeros:
“Oh Dios, que
después de la caída has constituido en la naturaleza tres grados entre los
hombres”
Esto puede leerse
en una de esas oraciones de la liturgia de Besançon. Al propio tiempo, era
proporcionar a esta clase la justificación de una supremacía social,
sentida desde
hacía mucho
tiempo. ¿No
dice la
tan ortodoxa Ordene
de Chevalerie que a los caballeros conviene honrarlos por encima de
todos los demás hombres, exceptuado el sacerdote? Con más crudeza, el relato de
Lancelot, después de haber expuesto cómo fueron instituidos “para garantizar
a los débiles y a los de condición tranquila”,
conformándose con el gusto por el símbolo, familiar a toda esta
literatura, muestra en los caballos que montan la propia imagen del pueblo,
al que tienen en derecha sujeción.
Pues el caballero
debe sentarse encima del pueblo. Y del mismo modo que se aguijona al caballero
debe llevar al pueblo según su voluntad”.
Más tarde, Raimundo
Lulio no creerá chocar con el sentimiento cristiano declarando, conforme
con el buen orden, que el
caballero “saque su bienestar” de las cosas que le procuran “la fatiga y
el dolor” de sus hombres.*64
Estado de espíritu nobiliario, si lo hay, eminentemente favorable al nacimiento
de la nobleza más estricta.
CAPITULO
IV
LA
TRANSFORMACIÓN DE LA
NOBLEZA DE
HECHO EN NOBLEZA DE DERECHO
I_ LA
INVESTIDURA HEREDITARIA
Y EL
ENNOBLECIMIENTO
Fundada, hacia
1119, para la defensa de las colonias de
Tierra Santa, la Orden del Temple agrupaba dos categorías
de combatientes, diferentes por el traje, las armas y el rango: en lo alto, los
caballeros, abajo, los simples sirvientes de armas —mantos blancos
contra mantos oscuros—. Es indudable que,
desde el
principio, la
oposición respondió
a una diferencia de
origen social entre los
reclutas. Sin embargo, redactada en 1130, la más antigua Regla no formula
en este aspecto ninguna condición precisa. Un estado de hecho, determinado por
una especie de opinión común, decidía evidentemente la admisión en uno u otro
grado. Posterior de poco más de un siglo, la segunda Regla procede, por
el contrario, con un rigor muy jurídico. Para ser autorizado
a vestir el manto blanco, es necesario, en principio, que el postulante,
desde antes de su entrada en la Orden, estuviese investido, Pero, esto no era
suficiente. Le era necesario, además, ser “hijo de caballero o de procedencia de
caballeros por parte de su padre”; en otras palabras, como se dice en otro
pasaje, ser gentilhombre. Pues, precisa todavía el texto, es sólo con
esta condición que
un hombre
“debe y
puede” recibir
la caballería. Aún hay
más.
¿Ocurre que un
recién llegado, callando su calidad caballeresca, se deslice entre los
servidores de armas? Una vez conocida la verdad, será encadenado.*65
Incluso, entre
los monjes
soldados, en
plena mitad
del siglo
XIII, el orgullo de casta, que considera un crimen toda renuncia
voluntaria, hablaba más alto que la humildad cristiana. ¿Qué había pasado entre
1130 y 1250? Nada menos que la transformación del derecho a la investidura, en
un privilegio hereditario.
En los países donde
la tradición legislativa no se había perdido o se había reavivado, unos textos
reglamentarios precisaron el nuevo derecho. En 1152, una constitución de paz de
Federico Barbarroja prohibió, a la vez. a los
rústicos el llevar lanza y espada —armas caballerescas— y
reconoció por “legítimo caballero”
sólo a
aquel cuyos antepasados
también lo
fueron; otra,
de 1187, prohíbe
expresamente a los
hijos de
los campesinos
el hacerse
investir.
En 1140, el rey
Roger II de Sicilia; en 1234, el rey Jaime I de Aragón; en 1294, el conde Carlos
II de Provenza ordenan que no se admita en la caballería más que a los
descendientes de caballeros. De Francia no se conoce ninguna ley, pero la
jurisprudencia del tribunal real, en tiempo de San Litis, es formal. Lo mismo se
puede decir de las recopilaciones consuetudinarias. Salvo gracia especial del
rey, ninguna investidura sería válida si el padre del investido o su abuelo, en
línea masculina, no hubieran sido ya caballeros (quizá en este período, o en
todo caso un poco más tarde, las costumbres provinciales de una parte al menos de la Champaña aceptaron no obstante que esta
nobleza pueda también transmitirse por vientre materno). La misma
concepción parece encontrarse en el fondo de un pasaje, en realidad menos claro,
del gran tratado de Derecho
castellano, las Siete Partidas que hizo redactar, hacia
1260, el rey Alfonso el Sabio. Nada más notable que la
casi-coincidencia en el tiempo y la perfecta concordancia de esos diversos
textos, al propio tiempo entre sí y con la regla del Temple, orden
internacional. Al menos, en el continente —pues el caso de Inglaterra es
especial—, la evolución de las clases elevadas obedecía a un ritmo fundamental
uniforme.*66
Sin duda, cuando
levantaban de manera expresa esta barrera, soberanos y tribunales apenas tenían
el sentimiento de una innovación. Desde siempre, la mayoría de las investiduras
se hicieron entre descendientes de caballeros. A los ojos de una opinión de
grupo cada vez más exclusiva, sólo el nacimiento, garantía, como debía
decir Raimundo Lulio "de la continuación del antiguo honor", parecía habilitar
para la observancia del código de vida a que obligaba la entrega de las armas.
“¡Oh Dios, qué mal
recompensado se ve el buen guerrero que hace caballero de un hijo de villano!”
exclama, hacia 1160, el poeta Girad de Roussiilon.*67
Sin embargo, la misma censura de que se hacia objeto a estas intrusiones
prueba que no eran excepcionales. Ninguna ley ni costumbre las hacía caducas. En
ciertas ocasiones, incluso, parecían necesarias para la recluta de los
ejércitos; pues, en virtud del mismo prejuicio de clase, se concebía mal que el
derecho de combatir a caballo y equipado de pies a cabeza pudiera separarse de
la investidura. ¿No se vio aún, en 1302, en vísperas de la batalla de Courtrai,
a los príncipes flamencos, deseosos de contar con una caballería, dar el
espaldarazo a algunos burgueses a los cuales su riqueza permitía procurarse la
montura y
el equipo
necesario?*68
El día
en que,
lo que
no había
sido durante mucho tiempo más
que una vocación hereditaria de hecho, se convirtió en un privilegio legal y
riguroso fue, pues, una fecha muy importante. Los cambios sociales que se
producían entonces en las fronteras del mundo caballeresco contribuyeron a
inspirar medidas tan draconianas.
En el siglo XII,
nació una nueva potencia: la del patriciado urbano. En esos ricos mercaderes que
procuraban comprar señoríos y de
los que
muchos, para sí mismos o para
sus hijos, no hubiesen desdeñado el “tahalí de caballería”,
los guerreros de origen no podían dejar de advertir elementos mucho más
extraños a su mentalidad y a su género de vida, mucho más inquietantes también,
por su número, que los soldados de fortuna o los oficiales señoriales, entre los
que, hasta entonces, se habían reclutado de manera casi exclusiva, aparte las
personas de noble cuna, los candidatos a la iniciación por la espada y el
espaldarazo. Por el obispo Otón de Freising conocemos las reacciones de los
barones alemanes ante las investiduras que juzgaban demasiado fácilmente
distribuidas a la “gente mecánica” en el norte de Italia; y Beaumanoir, en
Francia, expone en forma clara cómo el
empuje de las nuevas capas sociales, ansiosas de colocar sus capitales en
tierras, obligó a los reyes a tomar las precauciones necesarias para que la
compra de un feudo no convirtiese al nuevo rico en el igual a un descendiente de
caballeros. Una clase tiende a cerrarse cuando se siente amenazada.
No por ello hay que
imaginar un obstáculo infranqueable. Una clase de poderosos no podría
transformarse, en absoluto, en casta hereditaria sin condenarse a excluir de sus
filas las nuevas potencias cuyo nacimiento es la misma ley de la vida; por
consiguiente, sin encaminarse, en tanto que fuerza social, a un casi fatal
debilitamiento. La evolución de la opinión jurídica, a fines de la era feudal,
tendía mucho menos, en suma, a prohibir rigurosamente las admisiones nuevas que
a someterlas a una estricta fiscalización. Poco antes, todo caballero podía
hacer un caballero. Así pensaban aún esos tres personajes que Beaumanoir pone
escena, a fines del siglo XIII. Provistos de la orden de caballería, les faltaba
un cuarto comparsa, de la misma dignidad, cuya
presencia era
exigida por
la costumbre,
para un acto de
procedimiento.
¡Eso no iba a ser
obstáculo! Atraparon a un campesino por el camino y le dieron el espaldarazo:
“¡Sed caballero!” Sin embargo, en esas fechas eso significaba un retraso con
respecto a
la marcha del
derecho, y
una fuerte multa fue el justo
castigo de tal anacronismo. Pues, en adelante, la aptitud del ordenado a
conferir el orden no subsiste, en su integridad, más que en el caso de que el
postulante pertenezca a un linaje
caballeresco. Cuando éste no es el caso, la investidura es todavía
posible. Pero a condición de ser autorizado por el único poder al que las
concepciones comunes de la época concedían la extraordinaria facultad de
dispensar de las reglas consuetudinarias: el del rey, único dispensador, como
dice Beaumanoir, de las novelletés.
Ya hemos
visto, tal cual era desde San
Luis, la jurisprudencia del regio
tribunal francés. Pronto se tomó la costumbre, en la corte de los Capetos, de
dar a esas
autorizaciones la forma
de cartas
de cancillería,
denominadas, casi desde el
principio, con el nombre de cartas de nobleza: pues ser admitido a recibir la
caballería equivalía a ser asimilado a los nobles de origen. Los primeros
ejemplos que poseemos de ese género de documentos, llamados a tener un gran
porvenir, remontan a Felipe III o Felipe IV. A veces, el rey usaba de su derecho
a recompensar sobre el campo de batalla, según la antigua usanza, algún rasgo de
bravura: así, Felipe el Hermoso, en favor de un carnicero, después
de la
batalla de
Mons-en Prevéle.*69
Con más
frecuencia, sin
embargo, era para reconocer largos
servicios o una situación social
preeminente. El acto no consistía sólo en crear un nuevo caballero; por la
aptitud de la investidura de
transmitirse de generación en generación, hacía surgir, al propio tiempo, un
linaje caballeresco. La legislación y la práctica sicilianas se inspiraban en
principios semejantes. Lo mismo ocurría en Esparta. En cambio, en el Imperio,
las constituciones de
Barbarroja no prevén
nada parecido.
Pero, por
otra parte, sabemos que el
emperador se creía autorizado a armar caballeros a simples soldados;*70
así, pues, vemos que no se consideraba ligado, personalmente,
por las interdicciones, en apariencia absolutas, de sus propias leyes.
Además, a partir del reinado siguiente, el ejemplo siciliano no dejó de ejercer
su acción sobre soberanos que, durante más de medio siglo, tenían que unir las
dos coronas. Desde Conrado IV. que empezó a reinar independientemente en 1250,
vemos a los soberanos alemanes
conceder por cartas, a personajes que por su nacimiento no estaban habilitados para
ello, el permiso para recibir el “tahalí de la caballería”.
Es probable que las
monarquías no consiguieran establecer este monopolio sin tropezar con dificultades. El propio Rogerio II de Sicilia,
estableció una excepción a favor del abad de La Cava. En Francia, los nobles y
los prelados de la
senescalía de Beaucaire
pretendían aún, en
1298 —no
sabemos con
qué resultado— tener derecho a crear libremente caballeros entre los
burgueses.*71
La resistencia fue viva, en particular del lado de los grandes feudatarios. Bajo
Felipe III. el tribunal del rey tuvo que entablar un proceso contra los condes
de Flandes y de Nevers, culpables de haber investido, por su voluntad, a
villanos —que en realidad eran personajes muy ricos—. Más tarde en los
desórdenes del tiempo de los Valois, los grandes príncipes dotados por la corona
se arrogaron, con menos dificultad, este privilegio. Como era natural, fue en el
Imperio donde la facultad de abrir de esta forma a los recién llegados, el
acceso a la caballería se dividió, finalmente, entre el mayor número de manos:
príncipes territoriales, como, desde 1281, al obispo de Estrasburgo;*72
o, en Italia, comunas urbanas, como
desde 1260, Florencia. Pero, en realidad,
no se trataba de otra cosa que de la desmembración de los atributos
regios. El principio de que el derecho de bajar la barrera correspondía en
exclusiva al soberano quedaba a
salvo. Más
grave era
el caso de intrusos que, en
cantidad considerable, aprovechaban una situación de hecho para
introducirse indebidamente en las filas caballerescas. Como la nobleza
continuaba siendo, en líneas generales, una clase de poder y de género de vida,
la opinión común, a despecho de la
ley, no rehusaba al poseedor de un feudo militar, al dueño de un señorío rural,
al guerrero envejecido sobre el arnés, fuese cual fuese su origen, el nombre de
noble y, por consiguiente, la aptitud para la investidura. Después, naciendo el
título, como de ordinario, por el largo uso, al cabo de algunas generaciones
nadie pensaba en disputarlo a la familia; y la única esperanza que, a fin de
cuentas, les quedaba a los gobiernos era, ofreciéndose a sancionar ese abuso,
obtener un poco de dinero de los que de él se beneficiaban. Y no es menos cierto
que, preparada en el curso de una larga gestación espontánea,
la transformación de la heredabilidad que se daba en la práctica en
heredabilidad jurídica no hubiera sido posible más que por el fortalecimiento de
los poderes monárquicos o principescos, únicos capaces de imponer una policía
social rigurosa y de regularizar, sancionándolos, los inevitables y saludables
pasos de un orden a otro. Si el Parlamento de París
no hubiese existido o
si le hubiese faltado
la fuerza necesaria para la ejecución de sus sentencias,
no se habría visto en el reino ningún pequeño señor que no hubiese
continuado distribuyendo, a su placer, los espaldarazos.
Apenas existían
entonces instituciones que, en manos de gobiernos eternamente necesitados, no se
transformasen, pronto o tarde, en máquinas
de hacer dinero. Las autorizaciones de investidura no escaparon a esta
suerte común. Como los
demás documentos expedidos por
las cancillerías, las cartas reales,
con muy raras excepciones, no eran gratuitas, en ocasiones, también
se pagaba para no tener que probar el origen. Pero, parece que Felipe
el Hermoso fue el primer soberano que puso, abiertamente, la caballería en
el comercio. En 1302, después del desastre de Courtrai algunos comisarios
recorrieron las provincias, encargados de solicitar a los compradores de
ennoblecimientos, al mismo tiempo que de vender su libertad a los siervos
reales. Sin embargo, no se advierte que esta práctica fuera entonces general
ni en Francia ni en el resto de Europa o que haya producido demasiado Más
tarde, los reyes tenían que hacer de la “savonnette á vilains”*73
una de sus fuentes de ingreso regulares, y los ricos contribuyentes un medio de
escapar, por una cantidad entregada
de una
vez, de
los impuestos
de los
que la
nobleza estaba exceptuada. Pero, hasta mediados del siglo XIV, el
privilegio fiscal de los nobles estuvo tan mal definido como el mismo impuesto
estatal, y el espíritu de cuerpo, muy
poderoso en los medios caballerescos —a los cuales los propios príncipes tenían
la conciencia de pertenecer— no hubiese
permitido sin duda el multiplicar favores que se estimaban como otros
tantos insultos a la pureza de la sangre. Si el grupo de los caballeros a título
hereditario no estaba, en rigor, cerrado, la puerta no se hallaba, sin embargo,
más que entreabierta, mucho menos fácil de franquear de lo que lo había sido
hasta entonces o de lo que lo sería en el porvenir. Lo que explica la violenta
reacción antinobiliaria que estalló en Francia, al menos, en el siglo XIV. ¿Se
puede pensar en síntoma más elocuente de la fuerte constitución de una clase y
de su exclusividad que el ardor de los ataques de que es objeto? ”Sedición
de los no-nobles contra los nobles”: la expresión, casi oficialmente
empleada en tiempo de la Jacquerie, es sintomática. Y, no menos, el inventario
de los combatientes. Rico burgués y primer magistrado de la primera de las
buenas ciudades, Étienne Marcel se presentaba, de manera expresa, como enemigo
de los nobles. Bajo el reinado de Luis XI o de Luis XIV, hubiese sido uno de
ellos. No hay duda de que el periodo que se extiende aproximadamente entre 1250
y 1400 fue, en el continente, el de la más rigurosa jerarquización de las capas
social.
II_ CONSTITUCIÓN
DE LOS
DESCENDIENTES DE
CABALLEROS EN CLASE PRIVILEGIADA
Por sí sola, sin
embargo, la restricción de la investidura a los miembros de las familias ya
confirmadas en esta vocación o a los beneficiarios de favores excepcionales no
hubiese bastado para constituir una verdadera nobleza. Pues era todavía hacer depender de un rito, que podía ser o no
cumplido, los privilegios que
la idea
nobiliaria exigía que
estuviesen unidos al nacimiento.
No se trataba
sólo de
prestigio. De forma
progresiva, la situación preeminente
que se reconocía a los caballeros, a la vez en tanto que guerreros ordenados
y en tanto que
vasallos, encargados de
las más
elevadas misiones
de combate
y de consejo, se tendía a
concretarla en un código jurídico preciso. Pues bien, desde fines del siglo XI a
los primeros años del XIII, las mismas reglas se hacen eco a través de la Europa
feudal. Para disfrutar de estas ventajas, es necesario, en principio, que el
hombre responda en forma efectiva de sus deberes de vasallo, “que tenga armas y
caballos, que, salvo si está retenido
por la vejez, tome parte en la hueste y en las cabalgadas, en las audiencias y
en los
tribunales”, dicen los
Usatges catalanes. Es también
necesario que haya sido
investido. El debilitamiento general de los servicios de vasallaje tuvo por
efecto que, poco a poco, se dejara de insistir sobre la primera condición; los
textos más recientes la pasan en silencio. La segunda, por el contrarío, siguió
viva durante mucho tiempo.
En 1238,
todavía un
reglamento familiar
privado, el estatuto de los
pariers que poseían en común el castillo de La Garde-Guérin
en la región de Gévaudan, da la primacía al hermano menor sobre el mayor,
si aquél ha sido armado y éste no, ¿Ocurre, no obstante, donde sea, que un hijo
de caballero haya omitido el someterse a esta ceremonia? ¿Continúa siendo hasta
demasiado tarde simple escudero, según la palabra que, por alusión al
papel tradicional del joven noble cerca de los que le han precedido en la
carrera, se acostumbró a emplear para designar esta posición
de espera? Una vez pasada la edad a partir de la cual semejante
negligencia no parece tolerable —veinticinco años en Flandes y Hainaut, treinta
en Cataluña—, será arrojado, brutalmente, entre los rústicos.*74
Pero el sentimiento
de la dignidad de la raza se hizo demasiado imperioso para que esas exigencias pudiesen mantenerse eternamente. Su
desaparición se operó por etapas. En Provenza, en 1235, y en Normandía hacia la
misma época, sólo al hijo, aparte toda obligación de investidura, se reconocen
los beneficios de la condición paterna, ¿Tiene a su vez un hijo? Este, precisa
el texto provenzal, deberá, si quiere participar en esos privilegios, recibir,
personalmente, la caballería. Más elocuente aún en Alemania, la serie de cartas
reales concedidas a las gentes de Oppenheim: los mismos derechos
son otorgados en 1226 a los caballeros, desde 1269 a los “caballeros e
hijos de caballeros”, y, en 1275, a
los “caballeros, sus hijos y sus nietos”.*75
Seguramente, la recepción solemne de las armas continuaba siendo un deber de
rango al que el joven noble no podía sustraerse sin que ello viniera a
significar cierta
pérdida de
categoría. La
gente se
sorprendía de
la
singular superstición que, en la
dinastía de los condes de Provenza, de la casa de Barcelona, hacía retrasar lo
más posible esta ceremonia, la que se
consideraba como un presagio de muerte próxima.*76
Por el hecho de que parecía garantizar la constitución del equipo completo,
necesario para el buen servicio, los reyes de Francia, desde Felipe-Augusto
hasta Felipe el Hermoso, se esforzaron en imponer su cumplimiento a sus
súbditos de familias caballerescas. No consiguieron gran cosa: del mismo modo
que era impotente para obtener de la percepción de las multas o de la venta de
las dispensas un procedimiento fiscal lucrativo, la administración real tuvo que
contentarse finalmente con prescribir, desde que apuntaba una guerra en el
horizonte, la simple posesión del armamento.
En los últimos años
del siglo XIII, la evolución estaba terminada en casi todas partes.
Lo que
en adelante
crea al
noble no
son ya los
viejos ritos de
iniciación, reducidos al estado de una formalidad de bien parecer, tanto
peor observada, al menos por la masa,
por cuanto de ordinario llevaba consigo grandes gastos; es, aprovéchese o no,
la capacidad hereditaria de pretender los beneficios de tales ritos. Se llama
‘gentilhombre’, escribe Beaumanoir, cualquiera que es “de linaje de caballeros”.
Y, algo posterior a 1284, la más antigua autorización de investidura concedida,
por la cancillería de los reyes de Francia, a un
personaje no
nacido en
uno de
esos linajes,
eleva de
golpe, sin
poner la
menor condición, a toda la posterioridad del recipiendario “a los
privilegios, derechos y franquicias
que acostumbran disfrutar los nobles según las dos líneas de ascendencia. *77
III_ EL
DERECHO DE LOS
NOBLES
Común, en la medida
en que lo permitían las diferencias de sexo, a las “gentiles
mujeres” como
a los gentilhombres,
el código
nobiliario así constituido variaba
sensiblemente, en los detalles, según los países. Por otra parte, se elaboró muy
lentamente y sufrió, en el curso del tiempo, importantes modificaciones.
Nos limitaremos aquí a
indicar sus
caracteres más
universales, tales como fueron surgiendo durante el siglo XIII.
Tradicionalmente,
los vínculos de vasallaje eran la forma de dependencia propia
de las clases elevadas.
Pero, en
ello, como
en otras cosas, el estado de hecho fue
sustituido por un monopolio de derecho. Antes, se pasaba por noble porque se era
vasallo. En adelante, por una verdadera inversión del orden de los términos,
será imposible, en principio, ser vasallo —dicho de otra manera, tener un feudo
militar o feudo franco— si no se figura ya entre los nobles de
nacimiento. Es una cosa generalmente admitida, casi en todas partes, hacia
mediados del siglo XIII. Sin
embargo, la ascensión
de la fortuna burguesa y las necesidades de dinero, que con frecuencia
agobiaban a las viejas familias, no permitían mantener la regla en lodo su
rigor. No sólo, en la práctica, estuvo lejos de ser constantemente observada —lo
que abrió la puerta a muchas usurpaciones de nobleza— incluso de derecho, sino
que, incluso legalmente, fue
necesario prever
ciertas excepciones.
Algunas veces,
generales: así,
a favor de las personas nacidas de una madre noble y de un padre no
noble.*78
Pero, sobre todo, particulares. Estas últimas, una vez más, aprovecharon a las
monarquías, únicas capaces de legitimar semejantes faltas contra el orden
social, y que no tenían por costumbre distribuir gratuitamente sus favores. Como
los feudos eran, por lo general, un
señorío, los poderes de mando sobre las gentes humildes tendían, por esas
derogaciones, a separarse de la
cualidad nobiliaria. ¿Comportaba, por el contrario, la sumisión de los vasallos
de segunda clase? Si éstos eran gentilhombres, de ordinario no se reconocía
al comprador no noble
el derecho
a requerir
su homenaje;
sin ritos
de fidelidad, tenían
que contentarse con
los impuestos
y los
servicios. Incluso se
repugnaba el admitir que pudiese, a su vez, como feudatario, cumplir ese
rito con el señor de grado superior. La ceremonia se reducía a un juramento de
fe o, al menos, se eliminaba el beso demasiado igualitario. Hasta en la forma de
solicitar o de contratar la obediencia había formas prohibidas al hombre de cuna
humilde.
Los vasallos
militares, desde largo tiempo, se
rigieron por un derecho diferente de
las reglas comunes. No eran juzgados por los mismos tribunales que los otros
dependientes. Sus feudos no se heredaban como los otros bienes. Incluso su
estatuto familiar llevaba la señal de su condición. Cuando de los poseedores de
feudos militares hubo surgido la nobleza, lo que había sido la costumbre ajena
al ejercicio de una función tendió a convertirse en la de un grupo de familias.
En este aspecto, un cambio de nombre es muy instructivo: allí donde se hablaba
en otros tiempos de “arrendamiento feudal” —la institución ha sido definida en
otro volumen—,*79
en adelante, se dijo, en Francia, “guardia noble”. Como era natural en una clase
que derivaba su originalidad del reflejo de instituciones muy antiguas, el
derecho privado de los nobles conservó con gusto los giros arcaicos.
Una serie de otros
rasgos marcaban, aún con más vigor, la supremacía social de la clase al propio
tiempo que su carácter de orden militar ¿Se trataba de asegurar
la pureza
de la
sangre? Evidentemente,
ningún medio
más eficaz
que prohibir toda alianza con personas que no fueran de la misma clase.
Sólo se dio, no obstante, en un feudalismo de importación —Chipre— y en la
jerárquica Alemania. Y aun, en este último país, caracterizado, como
veremos, por un
escalonamiento muy pronunciado en
el interior de la propia nobleza,
fue sólo la capa superior de ésta, con exclusión de la pequeña caballería
procedente de los antiguos oficiales señoriales, la que se cerró de esta forma.
En los otros sectores, el recuerdo de la antigua igualdad entre los hombres
libres continuó ejerciendo sus efectos, de derecho, si no en la práctica, en el
ámbito matrimonial. Por el contrario, en todas partes, ciertas grandes
comunidades religiosas que, hasta entonces, no habían manifestado su
espíritu aristocrático más que rechazando a los postulantes de origen
servil, decidieron no
admitir ya
sino a
los salidos de la nobleza.*80
En todos los
lugares también, aquí más
pronto, allí más tarde, se puede comprobar que el noble es particularmente
protegido en su persona contra el no noble; que está sometido a un derecho penal
excepcional, con multas de ordinario más cuantiosas que las impuestas a la
generalidad de las gentes; que el recurso a la venganza privada, considerada
como inseparable del llevar armas, tiende a serle reservada; que las leyes
suntuarias hacen con él excepción. La importancia concedida al linaje, como
portador del privilegio, se expresó en la transformación que de los antiguos
signos individuales de reconocimiento, pintados sobre el escudo del
caballero o grabados sobre su sello, vinieron a hacer los escudos de armas, a
veces transmitidos con el feudo, con más frecuencia hereditarios, incluso sin el
bien, de generación en generación. Nacido al principio en las dinastías reales o
principescas, en las que el orgullo familiar era particularmente fuerte, pronto
adoptado por las casas más modestas, el uso de estos símbolos de continuidad
pasó a ser, en adelante, como un monopolio de las clases catalogadas como
nobles.
Por último, sin que
la exención fiscal hubiese sido no obstante definida con exactitud, la
obligación militar, convertida de antiguo deber de vasallaje en deber
nobiliario por excelencia,
tenía ya por
efecto el colocar
al gentilhombre
al abrigo de las cargas pecuniarias comunes, reemplazadas, en este caso,
por la vocación de la espada.
Fuese cual fuese la
fuerza de los derechos adquiridos por el nacimiento, no era tal que no pudiese perderse por el ejercicio de ciertas
ocupaciones juzgadas incompatibles con la grandeza de la categoría.
Cierto también que,
en esa época, la noción de dérogeance*81
se hallaba lejos de estar plenamente elaborada. La interdicción de comerciar
parece que fue impuesta entonces a los nobles sobre todo por ciertos estatutos
urbanos, más preocupados, con ello, de proteger el cuasi-monopolio de las
burguesías de mercaderes, que de servir al orgullo de una casta enemiga. Pero,
unánimemente, los trabajos agrícolas pasaban por contrarios al honor de las
armas. Aún con su consentimiento, un caballero, según decide el Parlamento de
París, si ha comprado una tenure de villanía, no podrá someterse a las
prestaciones personales rurales. “Labrar, cavar, transportar a lomo de asno
madera o estiércol”, son otras tantas actividades que, según una ordenanza
provenzal, llevan consigo, de manera
automática, la privación de los
privilegios caballerescos. En Provenza también, se caracterizaba a la mujer
noble como la que no va “ni al horno,
ni al lavadero, ni al molino”.*82
La nobleza había dejado de definirse
por el ejercicio de una función: la de la fidelidad armada.
Ya no era una clase de iniciados. Por el contrario, continuaba siendo y
lo será siempre, una clase de género de vida.
IV_ LA
EXCEPCIÓN INGLESA
En Inglaterra,
donde las instituciones de vasallaje y caballerescas eran todas de importación,
la evolución de la nobleza de hecho siguió aproximadamente, en un principio, las
mismas líneas que en el continente. Pero para cambiar de rumbo, en el siglo XIII,
en un sentido muy diferente.
Señores muy
poderosos de un reino insular que concebían, ante todo, como destinado a
proporcionarles los medios de proseguir unas ambiciones realmente imperiales,
los reyes normandos, y después los angevinos, se dedicaron
a fortalecer en él,
hasta el
máximo, la
obligación militar.
Con este
fin, utilizaron a la vez dos principios, de épocas diversas: leva en masa
de todos los hombres libres; servicio especializado reclamado a los vasallos. En
1180 y 1181, se puede ver a Enrique II obligar a sus súbditos, primero en sus
dominios continentales, después en Inglaterra, a procurarse cada uno las
armas conforme a su condición. El tribunal inglés especifica, entre
otras, las que serán exigidas al poseedor de un feudo de caballero, sin hacer
ninguna mención de la investidura. Sin embargo, ya sabemos que se consideraba el
rito como una segura garantía del equipo. Así, en 1224 y 1234, Enrique
III juzgó conveniente, esta vez, obligar a todo poseedor de esos feudos a
someterse sin retraso a esta iniciación, Al menos —ésta fue la restricción
introducida por la segunda ordenanza—, si el homenaje era rendido directamente
al rey.
Hasta aquí, a decir
verdad, en estas medidas no había nada que se diferenciase
sensiblemente de la
legislación capeta de
la misma
época.
¿Cómo, no obstante,
el gobierno inglés, con sus fuertes tradiciones administrativas, no se dio
cuenta de la ineficacia creciente a la que el viejo sistema del servicio feudal
estaba en adelante condenado? Gran número de feudos habían sido fragmentados.
Otros, pasaban a través de las mallas de empadronamientos reiterados y siempre
imperfectos. Por último, su número era
forzosamente limitado. ¿No era más razonable establecer, resueltamente, el deber
de servir y el de armarse sobre una realidad mucho más tangible: la fortuna
territorial, fuese
cual fuese
su naturaleza? Este, por
otra parte,
había ya sido el principio que,
en 1180, se esforzó Enrique II en aplicar a sus Estados continentales, donde la
organización feudal no era, ni con mucho, en todas partes tan regular
como en Inglaterra o el
ducado normando. Lo
mismo se
hizo en la isla, a partir de 1254, usando criterios económicos variables,
cuyo detalle aquí no nos interesa. Pero, allí donde Enrique II se había
limitado a hablar de armamento, fue la investidura la que, conforme a las
costumbres adquiridas, se exigió en
adelante a todos los libres poseedores de cierta cantidad de tierra libre.
Ordenación hecha, sin duda pensando en que las desobediencias previstas
procurarían buenos ingresos al tesoro real, en concepto de multas.
No
obstante, incluso en
Inglaterra, ninguna máquina
estatal estaba
entonces lo bastante bien organizada para asegurar el estricto respeto de
semejantes medidas. Desde fines del siglo, verosímilmente, y en el siglo
siguiente, sin discusión, se habían hecho casi inoperantes. Se tuvo que
renunciar a ellas y, cada vez menos
practicada, la ceremonia caballeresca, como
en el continente, quedó al fin desechada entre los accesorios de una
etiqueta arcaica. Pero, de la política real —a la que se añadió, como inevitable
consecuencia, la falta de toda tentativa para poner una barrera al comercio de
los feudos— se había derivado una gran consecuencia. En Inglaterra, la
investidura, metamorfoseada en institución censual, no pudo servir de centro a
la formación de una clase basada en la herencia.
Esta clase, en
verdad, nunca habría de constituirse
en Inglaterra. En el sentido francés
o alemán de la palabra, Inglaterra nunca tuvo nobleza en la época medieval.
Entiéndase que, entre los hombres libres, no se constituyó ningún grupo
esencialmente superior, provisto
de un
derecho que
se trasmitiese por
la sangre. ¡Estructura, en apariencia, asombrosamente igualitaria! Si se
mira al fondo de las cosas, descansaba, sin embargo, sobre la existencia de una
frontera jerárquica singularmente estática, aunque colocada más abajo. En el
momento mismo, en efecto, en que, por todas partes, la casta de la gente
noble se elevaba por encima de la masa más y más considerable de
una población calificada de libre, en Inglaterra, al contrario, la noción
de servidumbre se extendió hasta el punto de afectar con esta tara a la mayoría
de los campesinos. En la tierra inglesa, el simple freeman, en
derecho, se distinguió poco
del gentilhombre.
Pero, los
propios freeman
son una
oligarquía.
No
es, por
otra parte,
que no
existiese, más allá
de la
Mancha, una
aristocracia tan poderosa como en el resto de Europa, mas poderosa quizá,
porque la tierra campesina estaba en
sus manos por completo. Era una clase de poseedores de señoríos, de guerreros o de jefes de guerra, de oficiales del rey y de
representantes ordinarios, cerca de la monarquía, de los tribunales de condado:
gentes cuyo modo de vida difería mucho y conscientemente de la generalidad de
los hombres libres. Tenía en su cima el círculo estrecho de los condes y los
barones. A decir verdad, durante el siglo XIII ha comenzado a elaborarse
privilegios bastante precisos en beneficio de este grupo. Pero, eran de
naturaleza casi exclusivamente política y honorífica. Sobre todo, unidos al
feudo de dignidad, al honor, no pasaban más que al primogénito. En una
palabra, la clase de los gentilhombres, en su conjunto, era, en Inglaterra, más
social que jurídica; y aunque, naturalmente, poder y rentas se
heredasen a menudo, y aunque, como en el continente, el prestigio de la sangre
fuese sentido con mucha fuerza, esta colectividad estaba demasiado mal definida
para no quedar ampliamente abierta.
La fortuna
territorial había bastado, en el siglo XIII, para autorizar, o incluso imponer,
la investidura. Un siglo y medio más tarde, más o menos, debía — siempre
limitada, según una norma característica, a la tenure libre— habilitar
oficialmente al derecho de elegir, en los condados, los diputados de los
“municipios de la Tierra”. Y si de esos mismos diputados, conocidos bajo el
nombre significativo de “caballeros de los condados”, y que originalmente habían
debido ser reclutados, en efecto, entre caballeros investidos, se continuó
exigiendo, en principio, hasta el fin de la Edad Media, que pudiesen ofrecer la
prueba de un escudo de armas hereditario, no parece que, en la práctica, ninguna
familia, establecida con solidez en riqueza y en distinción social, encontrase
nunca demasiadas dificultades para hacerse reconocer el uso de semejantes
emblemas.*83
Entre los ingleses
de esta época no existieron las cartas de nobleza (la creación de baronets
por la necesitada monarquía de los Estuardos, no será más que una imitación
tardía de las costumbres francesas), pues no había necesidad de ellas. El hecho
bastaba para sustituirlas.
Y de haberse así
mantenido cerca de las realidades que hacen el verdadero poder de los hombres, y
haber escapado a la anquilosis que acecha a las clases demasiado bien
delimitadas y excesivamente dependientes del nacimiento, la aristocracia inglesa
sacó, sin duda, lo mejor de una fuerza que tenía que atravesar las edades.
CAPITULO
V
LA
DISTINCIÓN DE CLASES EN
EL INTERIOR
DE LA
NOBLEZA
I_ LA
JERARQUÍA DEL
PODER Y
DEL RANGO
A pesar de los
caracteres comunes de la vocación militar y del género de vida, el grupo de
nobles de hecho, más tarde de derecho, siempre estuvo lejos de constituir una
sociedad de iguales. Profundas diferencias de fortuna, de poder y, por
consiguiente, de prestigio establecían entre ellos una verdadera jerarquía, más
o menos torpemente expresada al principio por la opinión y,
más tarde, por la costumbre y la ley.
En la época en que
las obligaciones de vasallaje conservaban aún toda su fuerza, se buscó, con
frecuencia, en el propio escalonamiento de los homenajes el principio de esta
clasificación En el escalón más bajo se encontraba el valvasor
que, vasallo
de muchos vasallos
(vassus vassorum), no
es, él mismo, señor de ningún otro guerrero. Esto cuando la palabra, común a
todo el mundo románico, era tomada en su sentido estricto. No mandar o hacerlo
sólo sobre
gentes de
bajo rango social
era no
tener derecho
más que
a una consideración mediocre. En la práctica, esta situación jurídica
coincidía casi siempre con una modesta fortuna, una vida menesterosa de pequeño
hidalgo rural inclinado a la aventura. Véase, en el Erec de Chrétiér de
Troyes, el retrato del padre de la protagonista —moult pauvre était sa cour—
o, en el poema de Gaydon, el del valvasor de gran corazón y rústica
armadura; fuera de la
ficción, la
indigente casona de
la que
se evadió
un Roberto
Guiscardo, en busca de
combates y de botín; la mendicidad de un Bertrand de Born; o, todavía, esos
caballeros que varios documentos
de un
cartulario provenzal nos muestra
provistos, por todo feudo, de un manso, es decir, el equivalente de
una tenure campesina. En el mismo sentido, a veces, se decía
bachiller, literalmente hombre joven. Pues tal era, naturalmente, la
condición normal de muchos jóvenes, no colocados aún o suficientemente dotados
de medios materiales. Situación que podía prolongarse mucho.*84
Cuando el noble se
convertía en jefe de otros nobles, se le veía crecer en dignidad. Después de
haber enumerado las diversas indemnizaciones debidas al caballero, golpeado,
hecho prisionero o, de todas formas, maltratado: “pero si
tiene dos
caballeros establecidos en
las tierras
de su
honor y
mantiene
a otro en su mesnada”, dicen los
Usatges de Barcelona, “la composición será doblada”.*85
Si el
personaje agrupa
bajo su
pendón un
grupo numeroso
de fieles armados, tenemos el
mesnadero.*86
Mirando hacia lo alto y comprobando que ningún otro escalón lo separa del rey o
del príncipe territorial al que presta directamente homenaje, se le llamará
también poseer en jefe, capitán —captal -o
barón.
Tomada de las
lenguas germánicas, esta última palabra pasó primero del sentido de hombre
al de vasallo. ¿Haber puesto y entregado la fe a un señor, no era
reconocerse su hombre? Después, se tomó la costumbre de aplicarla, más
particularmente, a los principales vasallos de los grandes jefes. En esta
acepción, no expresaba más que una supremacía relativa, en relación con los
otros fieles del mismo grupo. El obispo de Chester o el señor de Bellême, tenían
sus barones, al igual que los reyes. Pero, poderosos entre los poderosos, los
más importantes feudatarios de las monarquías eran, en el lenguaje usual,
simplemente los barones.
Casi sinónimo de
barón —de hecho, empleado por algunos textos como su exacto equivalente—,
provisto, sin embargo, desde el origen, de un contenido jurídico más preciso, el
término par pertenecía, en realidad, al vocabulario de las instituciones
judiciales. Uno de los privilegios más apreciados del vasallo era
el no
ser juzgado,
en el tribunal de
su señor,
más que
por los
otros vasallos de éste. La
igualdad resultante de la similitud del vínculo, hacía que el par
decidiese la suerte
de su
par. Pero, entre los
personajes que tenían
sus feudos directamente de un
mismo señor, los había de diversas categorías, según su poder y consideración.
¿Se podía admitir que, haciendo argumento de una pretendida identidad de
sumisión, el más humilde hidalgo obligase al rico mesnadero a inclinarse ante
sus sentencias? Una vez más, las consecuencias de un estado de derecho chocaban
con el sentimiento de realidades más concretas. Muy
pronto, se tomó la costumbre en muchos lugares de reservar a los más
importantes vasallos la facultad de intervenir en los procesos que concernían a
sus verdaderos iguales en dignidad; también, la de ofrecer sus consejos en los
asuntos graves. El círculo de los pares por excelencia, se limitó,
reduciéndolo a una cifra tradicional o mística: siete, como los regidores, en
las jurisdicciones
públicas de
la época carolingia;
doce, como
los Apóstoles. Existían
en señoríos medianos
—el de
los monjes
de Saint-Michel,
por ejemplo, como en los
grandes principados, tales como Flandes. La epopeya imaginaba a los de Francia
agrupados alrededor de Carlomagno en número
apostólico.
Pero otros nombres,
que se contentaban con poner de relieve el poder o la riqueza,
llenaban la
boca de los
cronistas o de
los poetas
cuando evocaban
las figuras de los grandes aristócratas. Magnates, poes-tatz,
potestats, demeines les parecían dominar desde muy por encima la muchedumbre
caballeresca. Pues, los antagonismos de rango eran muy rudos en el interior de
la propia nobleza. Cuando un caballero ha hecho algún agravio a otro caballero,
exponen los Usatges catalanes, si el culpable es superior a la
víctima, no se puede exigir de él, en persona, el homenaje expiatorio.*87
En el Poema del
Cid, los yernos del héroe, salidos de una familia condal, consideran con
desprecio su propio matrimonio con las hijas de un simple
vasallo:
“A menos de ser
rogados no tendríamos que tomarlas ni como concubinas. Para dormir en nuestros
brazos, ellas no eran nuestras iguales”.
A la inversa, las
memorias del “pobre caballero” picardo, Roberto de Clary, sobre la cuarta
Cruzada, nos ha conservado el amargo eco de los rencores mantenidos por “le
commun de l'ost” contra “li hauts hommes”, “lirikes hommes”, “li barons”.
Al siglo XIII, edad
de jerarquía y de claridad, le estaba reservado el buscar hacer de estas
distinciones, hasta entonces sentidas con más viveza que definidas con
precisión, un sistema concebido con rigor. Entre los juristas, con cierto exceso
de espíritu geométrico, que se adaptaba mal a las realidades, conservadas
bastante más flexibles. Entre las evoluciones nacionales hubo, por otra parte,
diferencias bastante notables. Como de costumbre, nos limitaremos a los ejemplos
más característicos.
En Inglaterra,
donde del viejo deber feudal de corte o tribunal, la aristocracia había
sabido obtener un instrumento de gobierno, la palabra barón continuó
designando los principales feudatarios del rey, llamados a su “Gran Consejo”, en
virtud de un monopolio de hecho que, poco a poco, se transformó en una vocación
estrictamente hereditaria. Estos personajes se complacían
igualmente en ser designados con el nombre de “pares de la tierra”, y
consiguieron, al fin, imponer oficialmente este uso.*88
Por el contrario,
en Francia los dos nombres tomaron significados distintos. Nunca se dejó de
hablar de valvasores y de barones. Pero corrientemente, sólo para expresar una simple diferencia de fortuna y de
consideración. La decadencia del vínculo de vasallaje quitaba toda importancia a
los criterios obtenidos de la superposición de los homenajes. Sin embargo, con
el fin de trazar entre una y otra condición una frontera más neta, los técnicos
imaginaron que se podía tomar el principio de la gradación de los poderes
judiciales: el ejercicio de la alta justicia distinguió a la baronía; el feudo
del valvasor estaba reducido a la baja o a la mediana. En este sentido —al que,
por otra parte, el lenguaje usual nunca llegó a adherirse sin reservas—, en cada
país había una multitud de barones. Por el contrario, existían muy pocos pares en Francia.
Puesto que
la influencia de
la leyenda épica
favorecía la
cifra de doce, los seis vasallos más importantes del Capeto consiguieron,
junto con los seis obispos o arzobispos cuyas iglesias dependían directamente
del rey atribuirse el beneficio exclusivo de este título. A riesgo de no obtener
sino un éxito mucho
menor en
sus esfuerzos por
obtener privilegios prácticos:
hasta su derecho a no ser
juzgados más que entre ellos, tuvo que aceptar como límite
la presencia de oficiales de la corona en el tribunal. Eran demasiado
pocos; sus intereses de grandes
príncipes territoriales eran demasiado extraños a los de la alta nobleza, en su
conjunto, y demasiado externos al propio reino, para que fuese posible hacer
pasar al terreno de las realidades políticas una preeminencia condenada a
no ser
más que
mera etiqueta.
Además, tres de
los seis primitivos cargos de pares
laicos se extinguieron en el curso del siglo como consecuencia del retorno al
patrimonio real de los feudos que les sirvieron de base. Por su propia
autoridad, a partir de 1297, los reyes empezaron a crear otros nuevos.*89
A la época de las formaciones nobiliarias espontáneas,
sucedía otra
nueva en
que, de
arriba abajo
de la
escala social,
el Estado, en adelante, iba a detentar el poder de fijar y de cambiar las
categorías.
Tal es asimismo la
lección que impone, en Francia, la historia de los títulos de dignidad. En todo
tiempo, los condes —con los duques o marqueses, jefes cada uno de varios
condados— habían figurado en primera línea entre los magnates.
A su lado, los miembros de su linaje, que,
en el Midi, eran llamados comtors.
Pero, derivados de
la nomenclatura franca,
estas expresiones, en
sus orígenes, expresaban una clase de mando bien definida. Se aplicaban
de manera exclusiva a los herederos de los grandes honores de la época
carolingia, hasta poco antes oficios públicos y ahora feudos. Si algunas
usurpaciones, no obstante, habían tenido lugar desde muy pronto, afectaron, en
primer término, a la propia naturaleza del poder; la palabra, había seguido
al hecho consumado. Poco a poco, sin embargo, como veremos, el haz de
derechos condales se fragmentó hasta el punto de vaciarse de todo contenido
específico. Los detentadores de los diversos condados en vano procuraban
continuar poseyendo
los muchos
derechos que,
de hecho, habían
heredado de sus antepasados
funcionarios; como de uno otro condado su lista variaba mucho, y raras veces los
condes poseían el absoluto monopolio, no se podían identificar el ejercicio con
la noción de una autoridad condal de carácter universal. En suma, el nombre
subsistía sólo como el signo, en cada caso particular, de mucho poder y
prestigio. Por ello, no existía razón valedera para limitar su empleo a los
sucesores de los gobernadores provinciales de tiempos remotos. Al menos desde
1338, los reyes se dedicaron a crear condes.*90
Empezaba así una clasificación de etiqueta que, arcaica por su lenguaje, nueva en su espíritu, se complicaría progresivamente en el
porvenir.
Hay que dejar bien
sentado que estos grados en el honor y, a veces, en privilegio no afectaban la
unidad de conciencia de clase en la nobleza
francesa. Si frente a Inglaterra, donde no existía derecho para los
hidalgos diferenciado del de los hombres libres, la Francia del siglo XIII podía
figurar como una sociedad jerarquizante, a lo menos ese derecho específico era
común en sus líneas esenciales a todas las personas unidas en la caballería. En
Alemania, el desarrollo se orientó en un sentido muy diferente.
En el punto de
partida, se inscribe una regla particular al feudalismo alemán. Según
parece, desde muy pronto
se consideró
que, bajo
pena de
decaer en
su categoría, un
personaje de
un nivel
social determinado no podía
tener un
feudo de quien era considerado su inferior. En otras palabras, mientras
que en otros lugares la gradación de los homenajes, fijaba los rangos, allí se
tenía que modelar su escalonamiento según una distinción de clases preexistente.
Aunque no
fuese siempre
estrictamente respetado
por la
práctica,
este riguroso ordenamiento de los
“escudos caballerescos” expresaba, con mucha fuerza, el espíritu de una sociedad
que, habiendo aceptado con cierta repugnancia los vínculos
de vasallaje,
rechazaba la idea
de que
estos pudieran afectar al
sentimiento jerárquico sólidamente enraizado. Quedaban por establecer los
grados. En la cima de la aristocracia laica, se colocaba a aquellos a los que se
llamaba “los primeros”, Fürsten. Los textos latinos tradujeron por
príncipes y en francés se introdujo la costumbre de
denominarlos princes. Originalmente, es característico que el
criterio que definía esta categoría no tuviera nada que ver con las relaciones
propiamente feudales. Pues el uso primitivo fue comprender bajo este nombre
todos los titulares de poderes
condales, incluso cuando,
por haber
recibido la
investidura de un
duque o
de un
obispo, no
figuraban para
nada entre
los vasallos directos del rey. En este Imperio, donde la huella
carolingia se mantuvo tan viva, el conde, fuese quien fuese el señor que le
había infeudado su dignidad, pasaba siempre por ejercer su cargo en nombre de la
monarquía. Todos los príncipes, así definidos, formaban parte de las grandes
cortes en las que los reyes eran elegidos.
Sin embargo, hacia
mediados del siglo XII. el creciente poderío de los grandes jefes territoriales
y la impregnación, más y más sensible, de las instituciones alemanas
por un
espíritu verdaderamente
feudal, llevaron
a un desplazamiento muy marcado de la frontera entre las categorías.
Por una restricción doblemente significativa, se tomó la costumbre en adelante
de limitar el título principesco a los feudatarios directos del rey; y, en su
número mismo, a los que extendían su
supremacía sobre varios condados. Igualmente, sólo los magnates de primer orden
fueron, con sus colegas eclesiásticos, admitidos a elegir soberano. Al menos,
hasta el día en que, muy pronto, una segunda escisión hizo surgir por encima de
ellos un grupo, más reducido todavía, de electos natos. La nueva clase de los
príncipes laicos, comprendidos los electores, formó definitivamente, detrás del
rey y los príncipes de la Iglesia — que
eran los
obispos y
los grandes
abades dependientes
inmediatamente de la monarquía—, el
tercer grado de los escudos. Tampoco aquí, a decir verdad, la desigualdad
iba tan lejos como para que algo, especialmente en lo que se refiere a la
facultad de contraer matrimonio entre miembros de las diversas clases, no
subsistiera durante mucho tiempo de una especie de unidad interna en
la nobleza.
De todas
formas, existía
un último
escalón caballeresco, que, en tanto que
grupo jurídico, si no como clase social, fue muy característico del apilamiento
de rangos propios de la sociedad alemana de entonces: la caballería servil.
II_ SERVIDORES DE ARMAS*91
Y CABALLEROS SIERVOS
Los poderosos
no pueden vivir sin servidores, ni
gobernar sin ayudantes. En el más modesto de los señoríos rurales era
necesario un
representante del señor para dirigir el cultivo de la propiedad, requerir las
prestaciones personales y vigilar su ejecución, cobrar las rentas y velar por el
buen orden entre los súbditos. Con
frecuencia, este “baile”,
“bayle”, batlle, maire, Bauerrneister
o reeve, disponía a su vez de subordinados. En realidad, tareas tan
simples podían ser desempeñadas por turno entre los propios campesinos, o bien
estos designar a los titulares provisionales de estos cargos. Así ocurrió
con bastante frecuencia en Inglaterra. Por el contrario, en el continente, tales
quehaceres, cumplidos también naturalmente por campesinos, casi siempre
constituían verdaderos oficios, duraderos, remunerados y sometidos, en
exclusiva, al nombramiento del señor. Por otra parte, en su propia casa, el
hidalgo como el barón,
agrupaban en
número extremadamente variable, según su
fortuna o su rango, un pequeño mundo de criados, obreros de los talleres
de la corte y oficiales que ayudaban a gobernar a los hombres o a
la casa. A causa de no clasificarse bajo la honorable rubrica de las
obligaciones caballerescas, entre estas formas de servir, el lenguaje hacía
pocas distinciones. Artesanos, miembros del servicio casero, mensajeros,
administradores de las tierras, jefes de personal, etc., que se encontraban en
la proximidad inmediata del jefe: para todos, las designaciones eran las mismas.
Como lengua internacional, el latín de los documentos decía, por lo general,
ministeriales; el francés, y el alemán Dienstmänner.*92
Como de ordinario,
existían dos procedimientos para recompensar estas diversas cargas;
la manutención por el amo o la tenure, que, por estar gravada por las cargas
profesionales, se llamaba feudo. En realidad, respecto a los sergents
rurales esto no era un gran problema. Campesinos y, por sus propias funciones,
retenidos lejos de su mucho más nómada señor, eran, por definición, colonos; sus
feudos, primitivamente al menos, se distinguían poco de las tierras
señoriales inmediatas. Disfrutaban sólo de algunas exenciones
en los impuestos y en las prestaciones personales, como contrapartida
natural de las obligaciones especiales que pesaban sobre el hombre. Completaba
su salario un cierto porcentaje sobre las rentas, cuya percepción estaba a su
cargo. El régimen de manutención se adaptaba seguramente mucho mejor a las
condiciones de vida de los artesanos domésticos y de los oficiales de la casa. Sin embargo,
la evolución
que trajo
consigo la
instalación —chassement—
de tantos
vasallos se
reprodujo en
los grados
inferiores del
servicio. Un
gran número de ministeriales de este tipo fueron muy pronto
también infeudados; lo que, por otra parte, no les impedía el continuar
obteniendo una parte apreciable de sus
ingresos de las acostumbradas distribuciones de víveres y
de ropas.
Entre los
sergents de todas categorías, muchos eran de estatuto servil. Esta tradición
era muy remota: en todos los tiempos, algunos esclavos se habían visto
encargados de misiones de confianza en la casa del señor, y sabemos que más de
uno, en la época franca, consiguió por este camino introducirse en las filas del
primitivo vasallaje. Pero, sobre todo, a medida que se desarrollaban las relaciones de sujeción personal y hereditaria,
en adelante calificadas como servidumbre, era, como es natural, a los
dependientes de esta clase a los que
el señor entregaba, preferentemente, los oficios cuyo monopolio no reservaba a
sus vasallos. ¿No parecían más que un hombre libre,
por la
humildad de
su condición, por
el rigor
del vínculo,
por
la imposibilidad en que se
encontraban de romper el yugo que los ataba desde el nacimiento, ofrecer las
mejores garantías de una pronta y estricta obediencia? Si la ministerialidad
servil no fue nunca toda la ministerialidad —comprobemos una vez más
que esta sociedad nada tenía de teorema—, su importancia creciente, durante la
primera edad feudal, no puede ser puesta en duda.
De un personaje
que, empleado primero como peletero por los monjes de San Pedro de Chartres,
obtuvo, a continuación, el nombramiento de guarda de la despensa y bodega, la
noticia contemporánea dice: ha querido “subir más
alto”. Expresión sintomática dentro de su ingenuidad. Unidos por la
noción de un género de servicio común, que expresaba la comunidad del nombre,
afectados, en su mayor parte, por la misma mácula servil, los sergents
no dejaban de ser un mundo, no sólo muy mezclado, sino también —y cada vez
más— jerarquizado. Las funciones eran demasiado diversas para no llevar consigo
fuertes desigualdades en el género de vida y en la consideración. Sin duda, a
cargas semejantes, el nivel alcanzado dependía mucho en cada caso de los usos
particulares del grupo, de las oportunidades o de la habilidad del hombre. Sin
embargo, de una manera general, tres características elevaron la categoría del mayor
número de
bailes rurales
por una parte y
de los
principales oficiales de la corte por otra, muy por encima de la
alcanzada por el reducido mundo de los titulares de pequeños mandos rurales, de
los criados propiamente dichos y de los artesanos domésticos: la fortuna, la
participación en los poderes de mando y el manejo de las armas.
Al principio, al
menos, y, algunas veces, hasta el fin, el baile es campesino. Pero,
desde un
principio, un
campesino rico
al que
sus funciones
enriquecieron progresivamente,
pues los
provechos lícitos
eran ya
apreciables y más
aún, sin duda, los derivados
del simple abuso. En esos tiempos en que el único poder eficaz era el poder
próximo, ¿cómo las usurpaciones de derechos que de tantos altos funcionarios
reales hicieron, prácticamente, soberanos independientes, no tenían que
repetirse en lo bajo de la escala, en el cuadro humilde de la aldea? Ya
Carlomagno manifestaba hacia los alcaldes de sus villae una justa
desconfianza y recomendaba que se evitase escogerlos entre los hombres demasiado
poderosos. A decir verdad, si algunos rapaces, aquí y allá, consiguieron
suplantar la autoridad de su señor, se trata de casos extraordinarios, siempre
excepcionales. ¿Cuántos productos, en cambio, escamoteados a los graneros o a
los cofres señoriales? Dominio abandonado
a los sergents, dominio perdido, enseña el avisado Suger.
¡Cuántas
prestaciones personales o censos extorsiona a los villanos, para su único
beneficio, este tiranillo rural: las gallinas arrebatadas de sus corrales, los
sextarios de vino reclamados a sus bodegas, las tajadas de tocino a sus
despensas o los trabajos de telar impuestos a sus mujeres! Al principio, simples regalos, muy pronto la costumbre se encargaba de
transformarlos en deberes. Aun hay más: este palurdo de origen, en su esfera es
un señor. No hay duda de que,
en principio,
manda en nombre de uno
más poderoso que él; pero, la
cuestión es que manda. Más todavía: es juez, y como tal, preside solo los
tribunales campesinos. A veces,
en procesos
graves, juzga
al lado
del abad o del barón. Posee,
entre sus atribuciones, la de trazar entre los campos los límites discutidos.
¿Qué otra función
puede haber más
cargada de
respeto que ésta
para las almas campesinas?
Por último,
llegadas las
jornadas de
peligro, es él quien cabalga al
frente del contingente de villanos. Junto al duque Garin, herido de muerte, el
poeta no supo colocar mejor servidor que un alcalde fiel.
Seguramente,
la ascensión
social tuvo
sus grados,
infinitamente
variables.
¿Cómo, no obstante,
poner en duda las lecciones de tantos documentos, de tantas crónicas monásticas,
cuyas lamentaciones, todas iguales, se hacen eco desde Alemania hasta el
Limousin, y, con ellas, el mismo testimonio de los fabliaux? De todo ello
se desprende un retrato que, con frecuencia, correspondía a la realidad: el del
alcalde feliz. No sólo disfruta de un amplio bienestar Su fortuna nada tiene que
ver con la de un campesino. Posee diezmos, molinos. Establece colonos sobre sus
propias tierras, o, incluso, vasallos. Su vivienda es una casa fuerte. Se viste
como un noble. Tiene caballos de guerra y perros de caza. Se arma con la
espada, el escudo y la lanza
Ricos así por sus
feudos y por los regalos constantemente recibidos, los principales sergents.
que formaban alrededor del
barón como un
estado mayor de la
ministerialidad, estaban aún más elevados en dignidad por la proximidad en
que se encontraban del señor, por las importantes misiones que éste se veía
obligado a confiarlas, por su papel militar de caballeros de escolta o, incluso,
de jefes de pequeñas tropas. Al lado del señor de Talmont, eran, por ejemplo, esos “caballeros
no nobles”,
que un
documento del
siglo XI
menciona, junto a los “caballeros nobles”. Formaban parte de los
tribunales de justicia y de los
consejos. Asimismo, servían de testigos en los actos jurídicos más importantes.
Esto, hasta con personajes a los que la modestia de sus
funciones parecía deber confinar entre la chusma. Así, vemos como los
sergents de cuisine de los monjes de Arras participan en los juicios, y el
cerrajero de los monjes de Saint-Trond, que al propio tiempo era su vidriero y
su cirujano, se esfuerza en transformar su tenure en “libre feudo caballeresco”. Esto era aún más real y más
generalizado entre los que podemos llamar jefes de servicio: el senescal,
encargado al principio del aprovisionamiento, el mariscal, a quien incumbía el
cuidado de las caballerizas, el copero, el
chambelán.
Originalmente, la
mayor parte de estos oficios domésticos eran cumplidos por vasallos generalmente
no asentados. Hasta el fin, la frontera entre las atribuciones reservadas
a los vasallos y las que no les correspondían fue muy vaga. A
medida, sin embargo, que el
vasallaje aumentó en honor, apartándose progresivamente de sus caracteres
primitivos, y que la práctica del feudo, generalizándose, dispersaba el antiguo
grupo casero de los seguidores armados, los señores de todas categorías se
acostumbraron a entregar los cargos de su casa a dependientes de nacimiento más
humilde, más próximos y estimados como
mas manejables. Que, en adelante, el abad, dejando de distribuir beneficios
a los hombres libres, no los conceda más que a los ministeriales de
la iglesia, prescribe, en 1135, un diploma del emperador Lotario dado para S.
Miguel de Lüneburgo. En esa sociedad que, en sus primeros pasos, tanto había
esperado de la fidelidad del vasallaje, los progresos de la ministerialidad
de corte fueron un síntoma de desilusión. Entre los dos tipos de servicio y
las dos clases de servidores, se estableció una real competencia, de la que la
literatura épica o cortesana nos han conservado el eco. Hay que
oír en
qué palabras
el poeta
Wace felicita
a uno
de sus
héroes por no haber dado nunca
más que a gentilhombres los “oficios de su casa”. Pero he aquí un
retrato, en otro poema, hecho también para complacer al público de los castillos
—puesto que el personaje al final se revelará como un traidor—,
y tomado
de una realidad familiar:
“Se veía allí a un
barón que
Girard tenía por el más fiel de los suyos. Era su siervo v su senescal
para un buen número de castillos”.*93
Todo contribuía a
hacer de este grupo de los más distinguidos de entre los sergents un
sector social delimitado, al menos hacia abajo, por contornos
netos y estables. En primer lugar, la heredabilidad: pues, a despecho de
los esfuerzos en contra, intentados principalmente por las iglesias, la mayor
parte de los feudos de sergenterie se
habían convertido
con rapidez, con frecuencia, de derecho, y en la práctica casi siempre,
en transmisibles de generación en generación: el hijo sucedía al padre,
simultáneamente, en la tierra y en la función. A continuación, la costumbre de
los matrimonios entre ellos, que se sigue fácilmente desde el siglo XII por las
actas de los cambios de siervos, establecidos entre los dos señores diferentes:
al hijo o a la hija del alcalde, no encontrando en su aldea persona de su rango,
le era forzoso buscarlos en el señorío vecino. ¿Podría haber una manifestación
más elocuente de una conciencia de clase que el quererse casar “en su
propio mundo”?
No obstante, este
grupo, en apariencia tan sólidamente constituido, sufría una curiosa
antinomia interna. Muchos
rasgos la
unían a
la nobleza de los
vasallos: los poderes, las costumbres, el tipo de fortuna, la vocación
militar. Esta, con frecuencia, había tenido sus consecuencias naturales en el
terreno de los actos jurídicos. Por
una parte, el uso del homenaje “de boca y de manos”: si
los feudos ministeriales estaban lejos de comportarlo todos,
muchos, entre los más importantes,
pudieron imponer
este rito
de la
fidelidad armada.
Por otra,
la iniciación caballeresca: entre los alcaldes y los oficiales de corte,
se encontraba más de un caballero
investido. Pero estos caballeros, estos poderosos, estos adeptos de la vida
noble eran, en su mayor parte, siervos al mismo tiempo: sometidos, en tanto que
tales, a la mano muerta y a la interdicción de matrimonio foráneo (salvo
derogaciones, siempre costosas); excluidos, salvo manumisión, de las órdenes
sagradas; privados del derecho de testimoniar en justicia contra los hombres
libres: afectados, sobre todo, por la humillante tara de una subordinación
extraña a toda elección.
En una palabra, las
condiciones de derecho desmentían brutalmente las de hecho. Sobre las soluciones
dadas, a fin de cuentas, a este conflicto, las evoluciones nacionales
presentaron profundas divergencias.
La sociedad inglesa
fue aquella en que, incluso como simple medio social, en todo tiempo, la
ministerialidad jugó el papel menor. Los sergents aldeanos del señor,
como hemos visto, no eran especialistas. Los oficiales de corte no se reclutaban
de ordinario entre los demasiado humildes y demasiado raros bondmen; más
tarde, sustraídos por definición a las prestaciones personales rurales, ya no
pudo hablarse de clasificarlos entre los villanos. Por consiguiente, en su mayor
parte, escapaban tanto a la antigua como a la
nueva forma de servidumbre. Como hombres libres, disfrutaron simplemente
del derecho
común de
los hombres
libres; como
investidos, si
lo eran,
de la consideración particular
debida a los caballeros. La doctrina jurídica se contentó con elaborar las
reglas propias a los feudos de sergenterie, distinguidos de los feudos
exclusivamente militares, y, sobre todo, se dedicó a establecer, entre los
primeros, una línea de demarcación cada vez más neta entre los más grandes
y los más honorables, que, por ello mismo, obligaban al homenaje, y los
pequeños, casi asimilados a las tenures libres de los
campesinos.
En Francia, se
produjo una escisión. Los menos poderosos o los que tuvieron menos suerte entre
los alcaldes, quedaron simplemente como campesinos ricos, a veces transformados
en arrendatarios del dominio y de los derechos señoriales; a veces, también,
separados poco a poco de todo papel administrativo. Pues, cuando las condiciones
económicas permitieron recurrir de nuevo al salario, muchos señores rescataron
las cargas, con el fin de confiar en
adelante la gestión de sus tierras,
mediante un sueldo, a verdaderos funcionarios. Entre los oficiales de la corte del
barón, un cierto número, mezclados desde hacía mucho tiempo en el gobierno de los señoríos urbanos, quedaron, al fin,
colocados entre el patriciado burgués.
Por el contrario,
muchos otros, con los más favorecidos entre los sergents rurales,
penetraron en la nobleza en el momento en que ésta se constituía en clase
jurídica. Los preludios de esta fusión se dibujaron desde época muy temprana, en
particular bajo la forma de matrimonio, cada vez más frecuentes, entre los
linajes de ministeriales y los del vasallaje caballeresco. En las
malaventuras del caballero que, de origen servil, intenta hacer olvidar esta
tara, para caer, a fin de cuentas, bajo la dura mano de su amo, los
cronistas, como los narradores de anécdotas, encontraron, en el siglo XII, un
tema familiar.
En efecto, la
servidumbre levantaba la única barrera que podía oponerse eficazmente a una
asimilación preparada por tantos caracteres comunes. A partir del siglo XIII, en
cierto sentido, el obstáculo podía parecer más infranqueable que nunca. Pues,
por una ruptura significativa con un uso casi inmemorial, la jurisprudencia, a
partir de esta fecha, decidió considerar la investidura como incompatible con la
servidumbre: hasta tal punto el sentimiento jerárquico se hizo vivo. Pero se
estaba también en la época del gran movimiento de manumisiones. Mejor provistos
de dinero que la generalidad de los siervos, los sergents fueron los
primeros en comprar su libertad. En adelante, nada impedía, pues, que el derecho
se adaptase al hecho y aquellos que estaban más cerca de la vida caballeresca y
contaban ya, con frecuencia, con
antepasados armados caballeros, no entrasen a pie llano en el orden de las
personas a las que su nacimiento habilitaba para la caballería. Puesto que
entraban desprovistos de toda mácula, nada ya les marcaba con una
nota distintiva en
sus rangos. Debían
formar el
tronco de
una buena parte de la baja nobleza campesina, que en muchas ocasiones
sobrepasaron. Los duques de Saulx-Tavannes, que figuraban, hacia fines del
antiguo régimen, en lo más elevado de la aristocracia de las armas,
descendían de
un preboste
del señor
de Saulx,
manumitido por
éste en
1284.*94
En Alemania, el
grupo de los Dienstmänner de corte, con algunos sergents rurales,
tomó muy
pronto una
importancia excepcional. La relación
de vasallaje no tuvo nunca, en
la sociedad alemana, una importancia tan grande como en
la Francia del Norte y en Lotaringia. Que, en todo caso, la decadencia
del vínculo fuese muy temprana y que nadie se preocupase de buscarle remedio
está probado manifiestamente por la ausencia del esfuerzo de recuperación que
fue, en otras partes, el homenaje ligio. Más que en ningún otro país, pareció,
pues, deseable confiar a dependientes no libres los cargos de las casas
señoriales. Desde principios del siglo XI, estos “siervos de vida caballeresca”,
según la
expresión de
un texto
alemán, eran
tantos alrededor
de los principales magnates, el espíritu de solidaridad que animaba sus
turbulentas pequeñas sociedades tan vivo, que para registrar y fijar sus
privilegios, se había creado una serie de costumbres de grupos, pronto puestas por escrito y dispuestas a confundirse en una costumbre
de clase. Su suerte parecía digna
de envidia, hasta
el punto de
que, en
el siglo
siguiente, se vio a más de un hombre libre, de rango honorable, someterse a
servidumbre para entrar en la ministerialidad. Desempeñaban un primordial
papel en las expediciones militares. Tomaban asiento en los tribunales, por
haber sido admitidos, según decisión de una dieta del Imperio, a formar parte de
las cortes de los príncipes, con la
condición de que a su lado estuviesen al menos dos nobles. Tenían en los
consejos de los grandes nobles un lugar tal que la única condición puesta, por
una sentencia imperial de 1216, a la enajenación, por el emperador, del homenaje
de un principado, era, con el consentimiento del propio príncipe, el de sus
ministeriales. En los señoríos de la Iglesia tomaban parte algunas veces en
la elección del obispo o del abad y cuando este último se ausentaba, tiranizaban
a los monjes.
En primer plano, se
colocaban los Dienstmänner del soberano. Pues los grandes oficios de la
corte, que los Capetos confiaban a los miembros de las familias de vasallos, su
vecino de Alemania los entregaba a simples sergents nacidos en la
servidumbre. Felipe I de Francia sabemos que tomó un siervo como chambelán.*95
Pero el cargo era relativamente modesto y el caso parece que fue excepcional.
Por senescal, el rey de Francia acostumbra tener un elevado personaje; por
mariscales, pequeños nobles reclutados en la región entre el Loira y el Somme.
En Alemania —donde, a decir verdad, los cambios de dinastía y, como lo veremos,
ciertas peculiaridades en la estructura del Estado impidieron a los reyes llegar
a crearse jamás una ville de France,
reserva de una fiel y estable clase de gentilhombres—, senescales y
mariscales del Imperio eran escogidos entre gentes de condición servil.
Seguramente, entre la aristocracia hubo algunas resistencias que, reflejadas,
como de costumbre, por la literatura cortesana, fueron el origen de ciertas
rebeliones.
A pesar de esas
dificultades, los “ministeriales” formaron, hasta el fin, la corte habitual de
los Salios y de los Staufen. A ellos estaba encomendada la educación de los
príncipes, la guardia de los castillos más importantes y, algunas veces, en
Italia al
menos, los grandes mandos
militares; en
sus manos estaba, también, la
mas pura tradición de la política imperial. En la historia de Barbarroja y de
sus primeros sucesores, pocas figuras se elevan a la altura de la
ruda silueta
del senescal
Markward de Anweiler, que murió
como regente
de Sicilia: no había sido manumitido hasta 1197, el día en que se señor
lo invistió con el ducado de Ravena y el marquesado de Ancona.
El lógico que en
ninguna parte como aquí el poder y el género de vida colocaran a estas gentes
tan cercanas al mundo de los vasallos. Sin embargo, no se les vio introducirse
en la nobleza que tenía el vasallaje como origen.
Para ello, su número era excesivo; su carácter de clase estaba acentuado
desde hacía demasiado tiempo por las costumbres propias que les regían; en
Alemania, todavía se daba demasiada importancia a la antigua noción de la
libertad de Derecho público; por último, la opinión jurídica alemana gustaba
demasiado de las distinciones jerárquicas. La caballería no estuve prohibida a
los siervos. Pero los caballeros-siervos —algunas veces, por un extremo
refinamiento, divididos ellos mismos en dos clases superpuestas— formaron, en la
clase general de los nobles, un escalón aparte: el más bajo. Y ningún problema
dio tanto que pensar a los teóricos y a la jurisprudencia como el decidir el
rango exacto que convenía atribuir, en relación con la comunidad de los hombres
libres, a esos personajes tan poderosos y, no obstante, afectados por tal tara.
Pues, extraños a tantas razones como hacían el prestigio de los
ministeriales, burgueses y campesinos libres, no dejaban de ser, después de
todo, superiores a ellos por la pureza de su
nacimiento. La dificultad era grave, en particular cuando se trataba de
componer los tribunales. “Que ningún hombre de condición servil pueda ser puesto
para juzgaros en el porvenir”: esta
promesa se puede leer todavía en el privilegio que Rodolfo de Habsburgo concedió
entonces a los campesinos de la primitiva Suiza.*96
Llegó un día, de
todas formas, en que, como en Francia, pero —según la diferencia habitual entre
las dos evoluciones— con un siglo o un siglo y medio de retraso, lo inevitable
se realizo. Las menos felices entre las familias de Dienstmänner
continuaron entre la clase campesina rica o se deslizaron entre la burguesía de
las ciudades.
Las que habían
tenido acceso a la dignidad caballeresca, en adelante ya no fueron
separadas por
ninguna marca
especial de
la caballería de origen
libre, a excepción de la más
elevada nobleza —pues el derecho nobiliario alemán continuo hasta el fin fiel al
espíritu de casta—. También en este terreno —y ésta es, sin duda, la lección más
importante que aporta la historia de la ministerialidad— la tradición
jurídica tuvo al fin que rendirse ante la realidad.
CAPÍTULO
VI
EL
CLERO Y
LAS CLASES
PROFESIONALES
I_ LA
SOCIEDAD ECLESIÁSTICA EN
EL
FEUDALISMO
Entre la clerecía y
los seculares, en la época feudal, la frontera no era esa línea clara y firme que la reforma católica tenía que esforzarse
en trazar durante el Concilio de Trento. Un verdadero pueblo de tonsurados, de
condición mal definida, formaba, en los confines de ambos órdenes, un
margen de color indeciso. No por ello el clero dejaba de constituir
eminentemente una clase jurídica. En su conjunto, se caracterizaba por un
derecho muy particular y privilegios de jurisdicción celosamente defendidos. Por
el contrario, no tenía nada de clase social. En sus filas, coexistían tipos
humanos muy diversos por los sistemas de vida, el poder y el prestigio.
Primeramente, la
multitud de monjes, todos “hijos de San Benito”, pero sometidos de hecho a las
más variadas formas de la primitiva ley benedictina: mundo divino y vibrante,
movido sin cesar entre la pura ascesis y los cuidados más terrenos que imponían
la administración de una gran fortuna, incluso la humilde obsesión del pan
cotidiano. No hay, pues, que imaginarlos, aislados del pueblo laico por barreras
infranqueables. Las mismas reglas que inspiraba el espíritu de soledad más
intransigente, tuvieron siempre que rendirse, a fin de cuentas, ante las necesidades de la acción. Los monjes tienen
el cuidado de las almas en parroquias.
Los monasterios abren sus escuelas a alumnos que nunca vestirán la cogulla.
Desde la reforma gregoriana, sobre todo, los claustros será un semillero de
obispos y de papas.
En lugar inferior
del clero secular, los capellanes de las parroquias rurales, de mediocre
instrucción y de cortos ingresos, llevan una vida poco diferente de la de sus
ovejas. Antes de Gregorio VII, casi todos estaban casados. Incluso después del
gran soplo ascético desencadenado —como dice un texto monástico— por este
“preceptor de cosas imposibles”,*97
la sacerdotisa, compañera de hecho y a veces de derecho, figuraría aún
largo tiempo entre los personajes familiares del folclore campesino. De suerte que
el nombre de clase no estaba tan lejos de ser tomado en su sentido más preciso:
las dinastías de sacerdotes, en la Inglaterra de Tomás Becket, no parecen haber
sido más raras que los linajes de los popes en los países ortodoxos de nuestros
días, ni tampoco, en líneas generales, menos honorables.*98
En los grados superiores, se encuentra el medio más holgado y más refinado de
los párrocos de las ciudades, los canónigos agrupados alrededor de la catedral,
de los clérigos o dignatarios de las cortes episcopales.
Por último, en la
cumbre, estableciendo en cierta manera el enlace entre las dos jerarquías
regulares y seculares, se alían los prelados: abades, obispos, arzobispos, por
su fortuna, por el poder, por la vocación del mando, estos ‘grandes señores’ de
la Iglesia se equiparaban con los más altos barones.
Pero el único
problema que nos ocupa es el de orden social. Esta colectividad de servidores de
Dios, cuya misión, heredada de una tradición antigua, permanecía
en principio
ajena a
toda preocupación
temporal, tuvo,
no obstante, que buscar su
lugar dentro de la estructura característica de la sociedad feudal. ¿Hasta qué
punto sufrió la influencia de las instituciones circundantes al mismo tiempo que
se resistía a ellas? Dicho de otra forma, ya que
los historiadores se han
habituado a
hablar de
feudalización de la
Iglesia,
¿qué
sentido concreto
se ha
de atribuir
a esta fórmula?
Retenidos por los
deberes de la liturgia o de la ascesis, por el gobierno de las almas o por el
estudio, era imposible exigir a los clérigos su subsistencia en un trabajo
directamente productivo. Los renovadores del monacato ensayaron en diversos
intentos de persuadir a los religiosos a alimentarse sólo de los frutos de los
campos cultivados por ellos mismos. La experiencia chocó siempre con la misma
dificultad fundamental: el tiempo ocupado en estos menesteres demasiado
materiales era tiempo quitado a la meditación o al servicio divino. En cuanto a
un régimen de asalariados, no había que pensar en ello. Era natural, pues, que,
de modo parecido al caballero de que habla Raimundo Lulio, el monje y el
sacerdote viviesen de la fatiga de los otros hombres. El propio cura
rural, si bien no desdeñaba el manejo, si se le presentaba la ocasión, del arado
o de la azada, obtenía la parte mejor de sus pobres ventas del pie de altar
o del diezmo, de los que el señor del lugar le había dejado el disfrute. El
patrimonio de las grandes iglesias, constituido por la acumulación de las
limosnas de los fieles, acrecentado por las compras, en las que el beneficio de
las plegarias prometidas al alma del vendedor figuraba con frecuencia como uno
de los elementos del precio; o más aún —pues tal era la noción
corriente, bien lejos de
ser algo más que una simple ficción
jurídica— el patrimonio de los santos fue por esencia de
naturaleza señorial. Inmensas fortunas se constituyeron de esta forma en manos
de comunidades o de prelados, llegándose a veces hasta esas aglomeraciones casi
principescas de tierras y de derechos varios, cuyo papel en el establecimiento
de los dominios territoriales veremos más adelante. Entonces, el que decía
señorío decía censo, y, también, poderes de mando. Los jefes del clero tuvieron,
pues, bajo sus órdenes gran numero de dependientes laicos de toda categoría:
desde los vasallos militares, indispensables para la guarda de tan cuantiosos
bienes, hasta rústicos y encomendados del grado inferior.
Estos últimos
acudieron en multitud a las iglesias. ¿Era, pues, cierto que vivir bajo el
báculo era más de envidiar que vivir bajo la espada? La polémica viene de
muy lejos. En el siglo XII, al abad de Cluny, que se mostraba solícito en cantar
las dulzuras de la dominación monástica, Abelardo le oponía su
crítica.*99
Dentro de la medida en que es permitido hacer abstracción del factor individual,
la cuestión se reduciría, ante todo, a preguntarse si un maestro exacto, cual
debía serlo generalmente los clérigos de la época, vale más que un maestro
desordenado: problema, en realidad, insoluble. Dos cosas sin embargo son
ciertas. La perennidad propia de los establecimientos eclesiásticos y el respeto
que los rodeaba hacían de ellos, para los humildes, lugares de protección muy
solicitados. De otra parte, que el que se entregaba
a un santo, no sólo contrataba un seguro contra los peligros del siglo,
sino que se procuraba además los beneficios, no menos preciosos, de una obra
pía. Doble ventaja que documentos, expedidos en los conventos, expresaban con
gusto al
afirmar que
el hecho
de constituirse en siervo
de una
iglesia era,
en realidad, tener acceso a la verdadera libertad. Entendamos que
no siempre se distinguía claramente entre las dos nociones, participar, a la
vez, en este mundo de las franquicias de una corporación privilegiada y, en el
otro, asegurarse “la libertad eterna que está en Cristo”.*100
¿No se veía a peregrinos reconocidos solicitar de su primer señor la
autorización de someterse, con su posteridad, a los representantes del poderoso
intercesor que los había curado?*101
Así, en la formación de la red de sus acciones personales, que fue tan
característica de la época,
las casas de oración se
contaron entre los polos más eficaces de atracción.
Sin embargo, al
transformarse de esta manera en gran poder humano, la Iglesia de la era feudal
se exponía a dos peligros, de los que los contemporáneos tuvieron clara
conciencia. En primer lugar, un olvido demasiado fácil de su propia vocación.
“Qué bello sería ser arzobispo de Reims, si no la tuviera que cantar misa”: el
rumor público atribuía esta afirmación al arzobispo Manassé, depuesto en 1080
por los legados pontificios. Verdadera
o falsa, esta anécdota simboliza en la historia del episcopado francés la época
de la peor selección. Después de la reforma gregoriana, su cinismo hubiera
parecido demasiado inverosímil. Pero el tipo
del prelado
guerrero de
estos “buenos
caballeros del
clero”, de
los que hablaba un obispo
alemán pasó a la historia. Por otra parte, el espectáculo de tantas riquezas
amontonadas por los clérigos, los rencores que despertaba en el corazón de los
herederos empobrecidos, el recuerdo de tantas tierras cedidas en otro
tiempo por sus antepasados a monjes hábiles en el manejo del terror del
infierno: tales fueron —junto con el desprecio del hombre de armas hacia una
vida demasiado cómoda, para su gusto— los alimentos de que se nutrió, en la
aristocracia laica, el género de anticlericalismo elemental que ha dejado en
buen número de pasajes de la epopeya tan brutales expresiones.*102
Para conciliarse con los rodeos de una generosidad que da limosna en la hora de
los remordimientos o de la agonía, estos sentimientos no debían menos
sostener, a la vez, más de una actitud política y más de un movimiento
políticamente religioso.
En un mundo que se
inclinaba a concebir todos los vínculos de hombre a hombre bajo la imagen del
que recibe más de entre ellos, era casi fatal que en el mismo interior de la
sociedad clerical se viera impregnar las costumbres del vasallaje de relaciones
de subordinación mucho más antiguas de una naturaleza en sí muy diferente. Se
dio el caso de obispo que requirió el homenaje de los dignatarios de su
capítulo, o de abades de sus diócesis y de canónigos, provistos de prebendas de
las más importantes, el de sus compañeros menos afortunados; curas que tuvieron
que prestarlo al jefe de la comunidad
religiosa de
la que
dependían sus
parroquias.*103
La introducción
en la esfera espiritual de costumbres tan visiblemente tomadas
del siglo, no podía por menos de
levantar las protestas de los
rigoristas, el mal era aún más
grave cuando las manos del sacerdote, santificadas por el óleo sagrado
del orden y por el contacto de la Eucaristía, se colocaban, por el rito de la
sumisión, en las manos laicas. El problema es inseparable de otro más vasto, uno
de los más angustiosos, seguramente, de cuantos se han
elevado ante la Iglesia: el de los nombramientos de la jerarquía
eclesiástica para los diversos puestos.
No fue la era
feudal la que inventó el remitir a los poderes temporales el cuidado de elegir
los pastores de las almas. Entre los curas de aldea, donde los señores disponían casi libremente, la costumbre remontaba a
los mismos orígenes del sistema parroquial. ¿Qué ocurría cuando se trataba de
obispos o abades? Incontestablemente el único procedimiento de acuerdo con el
Derecho canónico
era la
elección: por
el clero
y el pueblo de
la ciudad,
para los primeros; por los
monjes, para los segundos. Pero, desde los últimos tiempos de la dominación
romana, los emperadores no habían temido imponer su voluntad
a los
electores, y, en las
ciudades, a veces,
incluso, habían
nombrado directamente a los obispos. Los soberanos de las monarquías
bárbaras imitaron en
dos ejemplos
y, sobre todo,
el último,
mucho más
ampliamente que antes. En cuanto a los monasterios, aquellos que no
dependían directamente del rey, recibían ellos también con frecuencia sus abades
de manos del fundador de la casa o de sus descendientes. La realidad era que
ningún gobierno serio podía tolerar el que quedara fuera de su fiscalización la
atribución de cargos que, junto a una pesada responsabilidad religiosa —de la
que ningún jefe, atento al bien de sus pueblos, tenía el derecho de
desinteresarse—, comportaban una gran parte de mando propiamente humano.
Confirmada por la práctica carolingia, la idea de que pertenecía a los reyes el
designar los obispos acabó pasando a la categoría de máxima. En el siglo
X y a principios del XI, papas y prelados se avienen a expresarlo así.*104
Sin embargo, allí
como en cualquier parte las instituciones y las costumbres legadas por el pasado
debían sufrir la acción de una atmósfera social nueva
Toda tradición,
tierra, derecho o cargo, en la era feudal tenía lugar por la transmisión de un
objeto material que, pasando de mano a mano, era una alegoría del valor
concedido. El clérigo, reclamado por un laico para el
gobierno de una parroquia, de una diócesis o de un monasterio, recibía,
pues, de este colador, una investidura en las formas ordinarias. Para el
obispo, en particular, el símbolo elegido fue de modo natural, desde los
primeros carolingios, un báculo,*105
al que se unió más tarde el anillo pastoral. No hay que decir que esta entrega de insignias, por parte de un jefe
temporal, no dispensaba en modo alguno la consagración litúrgica. En este
sentido, era impotente para crear un obispo. Pero se equivocaría quien imaginara
que su papel se limitaba a señalar la cesión, al prelado, de los bienes
agregados a su nueva dignidad.
Eran, juntamente,
el derecho
a la
función y
el derecho a
su salario, los que —sin que
nadie sintiera la necesidad de distinguir entre dos elementos indisolubles— se
otorgaban simultáneamente. Si bien esta ceremonia subrayada con demasiada
crudeza la parte preponderante que se atribuían los poderes seculares en los
nombramientos, no añadía en sí misma casi nada a un hecho tan patente desde
tanto tiempo. Fue muy distinto de otro gesto, cargado de resonancias humanas
mucho más profundas.
Del clérigo
al que
acababa de
confiar una carga eclesiástica,
el potentado local o el soberano esperaba en retorno una segura fidelidad.
Ahora bien, después de la constitución del vasallaje carolingio, ningún
compromiso de esta naturaleza, por lo menos entre las clases elevadas, parecía
verdaderamente constriñente si no se contrataba de acuerdo con las formas
elaboradas por la encomienda franca. Los reyes y los príncipes se acostumbraron
a exigir, pues, de los obispos o abades de su nombramiento, una prestación de
homenaje, y los señores de los lugares hicieron lo mismo con sus clérigos. Pero
el homenaje, propiamente, era un rito de sujeción. Es más, un rito muy
respetado. Mediante esto, la subordinación de los representantes del
poder espiritual ante los del poder laico no era sólo manifestada con
ostentación. Se encontraba también reforzada. Tanto más que la unión de los dos
actos formalistas, homenaje e investidura, favorecía una peligrosa asimilación
entre el oficio del prelado y el feudo del vasallo.
Atributo
esencialmente regalista, el derecho de nombrar obispos y grandes abades,
no podía escapar
a la fragmentación de
los derechos
monárquicos, en general, que fue uno de los caracteres de las sociedades
feudales. Pero esta fragmentación, no tuvo lugar en todas partes en su grado
igual. De donde, sobre el reclutamiento del personal eclesiástico, los efectos
fueron a su vez extremadamente variables. En lugares que, como en Francia, sobre
todo en el Mediodía y en el Centro, muchos obispados cayeron bajo la autoridad
de los barones altos e incluso medios, tuvieron su terreno abonado los peores
abusos: desde la sucesión hereditaria del hijo al padre, hasta la venta
reconocida. Si nos referimos a Alemania, veremos que, por contraste, los
reyes han sabido conservarse dueños de casi todas las sedes episcopales.
Ciertamente, que
no les inspiran
sólo motivos
espirituales en sus
elecciones.
¿No les era más
conveniente, antes que nada, prelados capaces de gobernar, y hasta de combatir?
Bruno de Toul, que bajo el nombre de León IX había de ser un papa muy santo,
debió su sede episcopal, antes que nada, a las cualidades de que hizo gala como
oficial de ejército. A las iglesias pobres, el emperador, da de preferencia
obispos ricos. No desdeña, para sí, los regalos que la costumbre tiende a
imponer a los nuevos investidos, ya
sea el objeto de la investidura un
feudo militar o una dignidad religiosa. Nadie duda, sin embargo, que en
conjunto, el episcopado imperial, bajo los sajones y los primeros salios,
no sobrepasó en mucho por la instrucción y la conducta moral al de sus países
vecinos. Desde el momento en que le era preciso obedecer a un poder laico, a la
Iglesia, evidentemente, le convenía más depender de un poder más elevado y, por
lo mismo, susceptible de mayores posibilidades.
Llegó el impulso
gregoriano. De esta tentativa apasionada por arrancar las fuerzas
sobrenaturales de la
influencia del siglo
y reducir
los poderes
humanos al papel, subordinado discretamente, de simples auxiliares
incorporados a la gran obra
de la
salvación, las
peripecias no
las vamos
a exponer
aquí.
Respecto del
balance definitivo, haciendo abstracción de algunos matices nacionales, se puede
resumir en pocas palabras.
El principal
esfuerzo de los reformadores no se dirigió precisamente del lado del sistema
parroquial. En realidad, pocas cosas se cambiaron en el régimen jurídico
parroquial. Un nombre más discreto, el de patronato, substituyó definitivamente
al término rudo de propiedad; una fiscalización algo más
exacta de las elecciones, por parte de la autoridad episcopal: estas
innovaciones modestas no pesaban mucho frente al derecho de
nombramiento, conservado en la práctica por los señores. El único rasgo
nuevo de alguna trascendencia, pertenecía al área del hecho más que a la
del derecho: por donación o por compra gran número de iglesias de pueblos habían
pasado de manos laicas a las de establecimientos eclesiásticos y, en especial,
de monasterios. El dominio señorial subsistía. Pero, por lo menos,
en provecho de dueños que se contaban en la milicia del clero. Una vez
más se comprobaba que, en la armadura social del feudalismo, el señorío rural,
más antiguo en sí mismo que las demás piezas, constituía una de las más
resistentes.
En lo concerniente
a las altas dignidades de la Iglesia, las formas ofensivas de la sujeción al
poder temporal se habían eliminado. Ya no hay monasterios abiertamente
apropiados por las dinastías locales. No más barones de espada erigiéndose
ellos mismos en abades o archi-abades de tantas casas piadosas. No más
investiduras por las propias insignias del poder espiritual: el cetro reemplaza
báculo y anillo, y los canonistas sientan como principio que la ceremonia, así
comprendida, tiene por objeto único otorgar el goce de los derechos materiales
sujetos al ejercicio de una función religiosa conferida independientemente. La
elección es reconocida universalmente como regla, y los laicos, incluso a titulo
de simples electores, quedan excluidos definitivamente de toda participación
regular en la elección del obispo, designado a partir de este momento —como
consecuencia de una evolución que ocupa todo el siglo XII— por un colegio
reducido a los canónigos de la iglesia catedral: rasgo nuevo, absolutamente
contrario a la ley primitiva y que más que otro cualquiera manifestaba
obviamente el creciente cisma entre el sacerdocio y la muchedumbre profana.
No obstante, el
principio electivo funcionaba con dificultad, porque no se resignaban a
contar simplemente los votos. La
decisión parecía pertenecer,
no sólo a
la mayoría, sino según la fórmula
tradicional, a
la fracción que fuese a la vez
“la más numerosa y la más sana”. ¿Qué minoría resistía a la tentación de denegar
a sus adversarios, victoriosas según la ley del número, la menos ponderable de
estas dos cualidades? De ahí, la frecuencia de elecciones discutidas.
Ellas favorecían
la intervención
de las
autoridades más elevadas:
la de los papas, seguramente, pero, asimismo, la de los reyes. A ello,
debe añadirse que nadie podía alimentar ilusiones sobre los prejuicios de los
colegios electorales muy restringidos, con frecuencia sometidos a la influencia
de los intereses locales menos confesables. Los canonistas más inteligentes
apenas negaban que una fiscalización, ejercida en un radio de acción más amplio,
no fuera bienhechora. En este punto, aun entraban en competencia el jefe supremo
de la Iglesia y los jefes de Estado. En verdad, a favor del reagrupamiento general de
las fuerzas
políticas, la morralla
de los
barones,
en la mayor parte del Occidente,
se vio poco a poco eliminada en
provecho de los reyes o de algunos príncipes particularmente poderosos. Pero los
soberanos, que quedaban así los únicos amos del terreno, eran aún más capaces de
manejar eficazmente los diversos medios de presión de que disponían con respecto
a los cuerpos eclesiásticos. Uno de estos procedimientos de intimidación, la
presencia en los escrutinios, ¿no había sido acaso reconocido como legal, en
1122, por el Concordato concluido entre el Papa y el Emperador? Los monarcas más
seguros de su fuerza
no dudaban
en recurrir
a veces a
la designación directa.
La historia
de la
segunda época
feudal, como
la de los siglos que siguieron, guarda el eco de las querellas
levantadas, de un confín al otro de la Cristiandad, por los nombramientos
episcopales o abaciales. Bien considerada, sin embargo, la reforma gregoriana
había demostrado su impotencia para arrancar a los grandes poderes temporales
este instrumento de mando, en verdad casi indispensable para su misma
existencia, que era el derecho de escoger los principales dignatarios de la
Iglesia o, por lo menos, de vigilar su elección.
Dotado de vastos
señoríos, que imponían a su posesor, con respecto al rey o príncipe, las cargas
ordinarias de todo alto barón, que incluso —pues el dominio eclesiástico, como
veremos estaba concebido como ligado al dominio real por un lazo particularmente
estrecho— llevaban consigo la obligación de servicios más importantes que los de
otros, el obispo o el abad de los tiempos nuevos quedaba sujeto así, a su
soberano con deberes de fidelidad de los que nadie podía negar su legítimo
poder. Los reformadores se limitaron a reclamarles una expresión conforme a la
eminente dignidad del clero. Que el prelado pronuncie el juramento de fe, nada
mejor. Pero, para él, nada de homenaje. Tal fue la teoría, muy lógica y clara,
que, desde el fin del siglo XI, desarrollaron, a quién mejor, concilios, papas y
teólogos. La costumbre se separó de ello durante mucho tiempo. Pero, poco a
poco, no obstante, fue ganando terreno. Hacia la mitad del siglo XIII, había
triunfado casi en todas partes. Con sólo una excepción, pero de categoría.
Tierra de predilección del vasallaje, Francia quedó, en este punto,
obstinadamente respetuosa para con las prácticas tradicionales. Bajo reserva de
algunos privilegios particulares, debía quedar ligada de esta suerte hasta el
siglo XVI. No hay demostración más elocuente de esta extraordinaria tenacidad,
de la que, hasta en su extensión a una sociedad de esencia espiritual, fueron
testimonio las representaciones más características del feudalismo,*106
que el hecho de que un San Luis,
llamado al orden a uno de sus obispos, no temiera decirle “vos sois mi hombre,
de vuestras manos”.
II_ VILLANOS
Y BURGUESES
Por debajo del
noble y del clérigo, la literatura de inspiración caballeresca afectaba no
advertir más que un pueblo uniforme de rústicos o de villanos. En
realidad, esta multitud enorme estaba atravesada por un gran número de líneas de hendidura social, profundamente marcadas. Esto era
auténtico entre los propios
rústicos, en el
sentido exacto
y restringido de la
palabra. No
sólo en sus filas,
los diversos
grados de sujeción respecto
del señor trazaban
fronteras jurídicas oscilantes, poco a
poco llevadas a la antítesis entre servidumbre y libertad. Junto a
estas diferencias de estatuto y sin confundirse con ellas, graves desigualdades
económicas dividían también las pequeñas colectividades rurales. Para no citar
más que la oposición más sencilla y más pronto formulada, ¿qué labrador,
orgulloso de sus animales de acarreo, hubiese aceptado como sus iguales a los
braceros de su pueblo, que para ganar su sustento no poseían más que sus
músculos?
Sobre todo, aparte
la población campesina, y de los grupos consagrados a las honorables tareas del
mando, habían existido siempre unos núcleos aislados de mercaderes y de
artesanos. De estos gérmenes, la revolución económica de la segunda época feudal hizo surgir, acrecida por innumerables
aportaciones nuevas, la masa poderosa y bien diferenciada, de las clases
urbanas. El
estudio de
sociedades de
un carácter
tan netamente
profesional no podría emprenderse fuera de un examen profundizado de su
economía. Una rápida localización bastará aquí, indicando su posición sobre el
telón de fondo del feudalismo.
Ninguna de las
lenguas habladas en la Europa feudal disponía de términos que permitiesen distinguir claramente, en tanto lugar habitado,
la ciudad del pueblo. “Ciudad”, town, Stadt, se aplicaban
indiferentemente a dos tipos de agrupación.
Burgo designaba todo
espacio fortificado,
“Cité” se
reservaba a
las capitales de diócesis o, por extensión, a algunos centros de
importancia excepcional. Desde el siglo XI. por el contrario, a los nombres de
caballero, clérigo, villano, el nombre de burgués, francés de origen pero pronto
adoptado por el uso internacional, se opone en un contraste sin ambigüedad. Si
la aglomeración en
sí queda
anónima, los
hombres que
allí viven,
o por lo menos, en esta
población, los elementos más activos, por sus actividades mercantiles o
artesanales, los más
específicamente urbanos poseían
pues, en
adelante, en la nomenclatura social, un lugar adecuado a ellos. Un
instinto muy seguro había acertado a advertir que la ciudad se caracterizaba,
ante todo, como el lugar de una humanidad particular.
Ciertamente,
sería muy
cómodo forzar
la antítesis. Con el
caballero, el burgués de la
primera época urbana comparte el humor guerrero y el porte usual de las armas.
Se le vio largo tiempo, como un campesino, tan pronto dedicado a los cuidados
del campo, del que los surcos a veces se prolongaban hasta el
mismo interior del recinto, o bien, fuera de los muros, mandar sus
rebaños a pacear en
la hierba
de los bienes comunales
celosamente guardados. Una
vez rico, se convertirá a su vez en comprador de señoríos rurales. Nada
hay más falso, como ya se sabe, que imaginar una clase caballeresca idealmente
desarraigada de toda preocupación de fortuna. Pero, para el burgués, las
actividades que parecen aproximarle
a las otras clases no
son en
realidad más que algo
accesorio y, lo más frecuente, como los testimonios retrasados de antiguas
maneras de vivir, poco a poco olvidadas.
En esencia, vive de
cambios. Se procura sus medios de vida con la diferencia entre el precio de
compra y el de venta, o entre el capital prestado y el valor
del reembolso. Y como la legitimidad de este provecho intermediario, al
no tratarse de un simple salario de obrero o de transportista, es negado por los
teólogos, y
como los medios
caballerescos no
entienden bien
su naturaleza,
su código de conducta se encuentra así en antagonismo flagrante
con la ética de su ambiente. Porque busca poder especular con los terrenos, las
trabas señoriales sobre sus bienes le resultan insoportables. Porque siente la
necesidad de tratar rápidamente sus negocios y éstos, al desarrollarse, no cesan
de plantearle problemas jurídicos nuevos, las lentitudes, las complicaciones, el
arcaísmo de las justicias tradicionales le exasperan. La multiplicidad de
dominaciones que se dividen la misma ciudad le choca como un obstáculo a la
buena política de las transacciones y como un insulto a la solidaridad de
su clase. Las diversas inmunidades de que disfrutan sus
vecinos de Iglesia o de espada le parecen unos obstáculos más para la
libertad de sus ganancias. En los caminos que él frecuenta sin cesar,
aborrece con odio
parecido las
exacciones de
los cobradores de peajes
y los
castillos en que se cimientan
los señores que acometen a las caravanas. En una palabra, en las instituciones
creadas por un mundo en el que apenas tenía un pequeño lugar, casi todo le
atormenta y le contraría. Provisto de franquicias conquistadas por la violencia
u obtenidas por buen dinero, organizado en grupo, sólidamente armado por la
expansión económica al mismo tiempo que por las necesarias represalias, la
ciudad que él aspira a construir será en la sociedad feudal como un cuerpo
extraño.
Raramente, es
verdad, la independencia colectiva, que fue el ideal de tantas comunidades
exaltadas, debía
aventajar, a
fin de
cuentas, los variables grados de una autonomía administrativa bastante
modesta en su conjunto. Pero para escapar a las poco inteligentes sujeciones de
las tiranías locales, se ofrecía otro remedio, que, para no parecer tal vez sino
un mal mayor, con la experiencia vino a afirmarse como lo más seguro: recurrir a
los grandes gobiernos monárquicos
o territoriales,
guardianes del orden
en vastos
espacios y por el cuidado mismo de sus finanzas, interesados —como
supieron entenderlo más y más— en la prosperidad de los ricos contribuyentes.
Por aquí, y quizás con más eficacia, el advenimiento de la fuerza burguesa se
presentó como elemento destructor de la estructura feudal, en uno de sus rasgos
característicos: el desmembramiento de los poderes.
Un acto,
significativo entre todos, marcaba generalmente la entrada en escena de la nueva
comunidad urbana, por medio de la revuelta o de la organización: el juramento
mutuo de los burgueses. Hasta entonces, no había más que individuos aislados. En
adelante, había nacido una entidad colectiva. Era la asociación jurada,
creada así y que, propiamente, se nombraba en Francia commune. No hubo
palabra más cargada de pasión. Grito de alianza de las burguesías, en el día de
la revuelta, grito de socorro del burgués en peligro, despertaba en las clases
antes únicas dirigentes, largos ecos de odio. ¿Por qué, tanta hostilidad hacia
este “nombre nuevo y detestable”, como dice Guibert de Nogent? Muchos
sentimientos contribuyeron a ello, sin duda, inquietudes de los poderosos,
amenazados directamente en su autoridad, sus rentas y su prestigio: temores que,
no sin razón, inspiraban a los jefes de la Iglesia las ambiciones de grupos muy
poco respetuosos, cuando les contrariaban, con las libertades
eclesiásticas; desprecios o rencores del caballero hacia el traficante;
indignaciones virtuosas encendidas en el corazón del
clérigo por
la audacia
de estos
usureros, de
estos oportunistas,
cuyas ganancias parecían
provenir de fuentes impuras.*107
Había, no obstante, más cosas, y más profundas.

En la sociedad
feudal el juramento de ayuda y de amistad había figurado, desde un
principio, como una de las piezas fundamentales del sistema. Pero, era un
compromiso de abajo hacia arriba, que, a un superior, unía un súbdito. La
originalidad del juramento comunal estuvo en unir dos iguales. Seguramente, el
hecho no podría pasar por absolutamente inédito. Tales habían sido los
juramentos prestados, como veremos, “los unos a los otros”
por los cofrades de las guildas populares, que prohibió
Carlomagno; y, más tarde, por los miembros de las asociaciones de paz, de los
que, en más de un rasgo, las comunas urbanas debían recoger la herencia. Tales,
todavía, aquellos por los que se unían los mercaderes agrupados en pequeñas
sociedades, a veces también llamadas
guildas, que formadas
simplemente por las necesidades del comercio y de sus aventuras habían ofrecido,
antes de los primeros esfuerzos de las ciudades hacia la autonomía, una de las
manifestaciones más antiguas de la solidaridad burguesa. No obstante, jamás,
antes del movimiento comunal, la práctica de esta fe recíproca había tomado
semejante incremento ni revelado tal fuerza. Las conspiraciones, surgidas
por todas partes, eran verdaderamente, según palabras de un sermonario, como
“espinas entrelazadas”.*108
Este fue
propiamente el fermento revolucionario dentro de la comuna, violentamente
antipático a un mundo jerarquizado.
Ciertamente, estos
primitivos grupos urbanos nada tenían de democrático. Los “altos
burgueses”, que fueron sus auténticos fundadores y a los que, con frecuencia,
los pequeños siguieron con dificultad, eran, para los pobres, amos, con
frecuencia duros, y despiadados acreedores. Pero, al sustituir la promesa de
obediencia, remunerada por la
protección, la promesa de ayuda mutua, aportaban a Europa un elemento de vida
social nuevo, profundamente ajeno
al espíritu
que es lícito llamar
feudal.
Eduardo
III de Inglaterra confiere
la embestidura del ducado de Aquitania a su hijo: El Príncipe Negro.
Escena contenida en la letra inicial del documento de otorgación
LIBRO
SEGUNDO
EL
GOBIERNO DE
LOS HOMBRES
CAPITULO I
LAS
JUSTICIAS
I_ CARACTERES
GENERALES DEL
RÉGIMEN JUDICIAL
¿Cómo eran juzgados
los hombres? Para un sistema social, no hay mejor piedra de toque que ésta.
Interroguemos acerca de ello a la Europa de las cercanías del año mil. En el
primer examen, algunos rasgos, que dominan en mayor grado el detalle jurídico,
sobresalen en vivo relieve. Es el prodigioso desmembramiento de los poderes
judiciales. Es asimismo su entrecruza- miento. En fin, su mediocre eficacia.
Gran número de tribunales eran llamados a resolver, unos al lado de otros,
los asuntos más difíciles. Entre ellos,
algunas reglas fijaban, en teoría, el reparto de las competencias. Pero
no sin dejar la puerta abierta a constantes incertidumbres. Los expedientes de
los señoríos, tal como nos han llegado, abundan en documentos relativos a
disputas entre las justicias rivales. Desesperados, por no saber ante qué
justicia llevar sus asuntos, los litigantes con frecuencia se ponían de acuerdo
para constituir, por propia iniciativa, árbitros, o. en la sentencia, preferían
un acuerdo amigable, que una vez en paz, ya no respetaban.
Dudoso de su
derecho, incierto de su fuerza, el tribunal no desdeñaba siempre el reclamar,
por adelantado o después, la aquiescencia de las partes a su sentencia. ¿Se
había obtenido una decisión favorable? Para hacerla ejecutar, con mucha
frecuencia, no quedaba otro recurso que avenirse con un adversario
recalcitrante. En una palabra, aquí tenemos que recordar que el desorden puede
ser, a su manera, un gran hecho histórico. Un hecho, que, sin embargo, debe ser
explicado. Visiblemente se basaba, en gran parte, en la coexistencia de
principios contradictorios, que surgidos de tradiciones
diversas, obligados además a adaptarse más o menos acertadamente a las
necesidades de una sociedad eminentemente fluctuante, iban, sin cesar, chocando
entre si. Pero también tenía su fuente en las condiciones concretas que el medio
humano imponía al ejercicio de la justicia.
En esta sociedad
que había multiplicado los lazos de dependencia todo jefe — y Dios sabe cuántos
eran— deseaba ser un juez. Porque sólo el derecho de juzgar permitía mantener
eficazmente en el deber a los subordinados, y, evitando que se sometieran a las
resoluciones de tribunales extraños, proveía el medio más seguro para, al mismo
tiempo, protegerlos y dominarlos.
Además, este derecho era a su vez lucrativo en esencia. No sólo comportaba
la percepción de multas y de gastos de justicia, así como los ingresos
fructuosos de las confiscaciones; más que otro cualquiera, favorecía esa
transformación de las costumbres en obligaciones, de la que los amos
sacaban tan grande provecho. No fue por azar que el término ‘justicia’
viese extender su acepción hasta el punto de designar el conjunto de poderes
señoriales. Al parecer, había en ello la expresión de una necesidad común a casi
toda vida de grupo: en nuestros mismos días, todo comerciante, en su empresa,
todo comandante de tropa ¿no es, a su guisa, un juez? Pero sus poderes,
bajo este
título, tienen
por límite
una esfera
de actividad
bien determinada. Juzga, debe
juzgar al obrero y al soldado en cuanto a tales. El jefe de los tiempos feudales
alcanzaba a más, porque los lazos de sumisión tendían a sujetar al hombre
entero.
Hacer justicia, en
época feudal no era, por otra parte, un ejercicio complicado. Sin duda, hacía
falta cierto conocimiento del derecho. Allí donde subsistían los códigos
escritos, esta ciencia se reducía a saber de memoria o hacerse leer sus reglas,
con frecuencia múltiples y detalladas, pero lo suficientemente rígidas para
evitar todo esfuerzo de pensamiento personal. ¿La costumbre oral, por el contrario, había desplazado al texto? Bastaba tener
alguna familiaridad con
esta tradición
difusa. De
todos modos,
convenía saber
los ritos prescritos y las
palabras necesarias, que encerraban el procedimiento en un formalismo. Asunto de
memoria, en total, y de práctica. Los medios de prueba eran rudimentarios y de
aplicación fácil. El empleo de testigos, medianamente frecuente, se limitaba a
registrar las declaraciones más que a investigarlas. Levantar
acta del
contenido de un
escrito auténtico
—el caso
fue, durante
largo tiempo, bastante raro—, recibir el juramento de una de las partes o
de los cojuradores, comprobar el resultado de una ordalía o de un duelo judicial
—esto último cada vez más extendido, en detrimento de las otras formas de juicio
de Dios—: semejantes cuidados no exigían apenas preparación técnica. Los
procesos mismos no se referían más que a materias poco numerosas y sin
sutilezas. La anemia de la vida comercial reducía al extremo el capitulo de los
contratos. Cuando, en ciertos medios particulares, se vio desarrollar de nuevo
una economía de cambios más activa, la incapacidad de la que el derecho común,
así como los tribunales habituales, hacían gala con respecto a semejantes
debates, llevó muy pronto a grupos de mercaderes a decidirlos entre sí, primero
con arbitrajes no oficiales, y, más tarde, por medio de propias jurisdicciones.
La saisine,
esto es, la
posesión sancionada por el
uso duradero, los poderes sobre las cosas y los hombres, tal era el
objeto de casi todos los litigios. Además de los crímenes y delitos, como es
natural. Pero aquí, la acción era, en la práctica, singularmente limitada por la
venganza privada. Ningún obstáculo intelectual, impedía que cualquiera que
dispusiese del poder necesario o hubiese recibido la delegación, se erigiese en
juez.
Junto
a los
ordinarios, existía un
sistema de
tribunales especializados, los de
la Iglesia. Entendamos: de la
Iglesia, en el ejercicio de su propia
misión. Pues los poderes judiciales
que obispos
y monasterios
poseían sobre
sus dependientes, con título
parecido al de tantos señores de espada, no se situaban naturalmente bajo la
rubrica de la jurisdicción eclesiástica. De ésta, el campo de acción era doble.
Aspiraba a extenderse sobre todas las personas que llevaban el signo de la
consagración, clérigos y monjes. Además, se había anexionado en mayor o menor
grado ciertos delitos o actos que, aunque realizados por gentes del siglo, se
concebían como de naturaleza religiosa,
así, desde la herejía hasta el
juramento o el matrimonio. Su desarrollo,
durante la época feudal, no revela sólo la debilidad de los grandes
poderes temporales—la monarquía carolingia en este punto, había dispensado a su
clerecía mucha menos independencia—.
Atestigua a su vez, la tendencia del mundo clerical a ensanchar el abismo entre
la pequeña colectividad de los servidores de Dios y la multitud profana. Aquí
también el problema de las competencias provocó vivas querellas de límites,
encarnizadas, sobre todo, a partir del momento
en que frente a
las usurpaciones
de lo
espiritual, se levantaron
de nuevo, verdaderos gobiernos
de Estado. Pero, precisamente, porque la
justicia, como el derecho de la Iglesia, eran verdaderamente, entre las
instituciones propias al feudalismo, como un imperio dentro de otro imperio,
seta conforme a la realidad, hacer abstracción de ellas, una vez recordadas,
en una palabra, su importancia y su papel.
II_ LA
FRAGMENTACIÓN DE
LAS JUSTICIAS
Igual que el
derecho de las personas, el sistema judicial había sido en la Europa bárbara
dominado por la oposición tradicional entre los hombres libres y los esclavos.
Los primeros eran, en principio, juzgados por tribunales compuestos, a su vez,
de otros hombres libres y cuyos debates eran dirigidos por un representante del
rey. Sobre los segundos, el amo ejercía un poder de decisión, en los litigios
entre ellos, y de corrección, demasiado gobernado por su antojo para poderlo
calificar de justicia. Se
daba el caso,
por excepción, que los
esclavos fuesen entregados al tribunal público, ya porque el propietario hubiese
elegido espontáneamente este medio de poner a salvo su responsabilidad, o que.
en interés de una buena vigilancia, la ley en ciertos casos hubiese
hecho de
ello una obligación. Pero esto
era también
para ver
su suerte en manos
de superiores
y no
de iguales.
Nada más
claro que
semejante antítesis. Muy pronto, sin embargo, tuvo que ceder ante la
presión irresistible de la vida.
En la
práctica, en efecto,
la brecha entre las dos
categorías jurídicas tendía, se sabe, de
más en más a llenarse. Muchos esclavos se habían convertido en colonos, con el
mismo título que los hombres libres. Muchos hombres libres vivían bajo la
autoridad de un señor, y de éste poseían sus campos. Sobre
este pueblo mezclado, al que unían los lazos de una común sumisión, ¿cómo
el señor no iba a extender uniformemente su derecho de corrección?, ¿cómo no iba
a erigirse en juez de los litigios surgidos en el grupo? Desde el fin de la
época romana se ve apuntar al margen de la ley, estas justicias privadas de
los poderosos, a veces, con sus
prisiones. Cuando el biógrafo de San
Cesáreo de Arles, muerto en el 542, alaba a su héroe por no haber distribuido
nunca, por lo menos de una sola vez, más de treinta y nueve golpes de bastón a
ninguno de sus dependientes, es para precisar que usaba de esta mansedumbre no
sólo hacia sus esclavos, sino también con los “ingenuos de su obediencia”.
Estaba reservado a los reinos bárbaros, en derecho, el reconocer esta situación
de hecho.
Tal fue
especialmente uno de los objetos principales, desde un principio, y pronto la
verdadera razón de ser de la inmunidad franca, que, muy antigua en la
Galia, debía
extenderse, por
obra de
los carolingios, a todo
su vasto
Imperio. La palabra designaba la unión de dos privilegios: dispensa de
ciertas percepciones del fisco,
prohibición a los
oficiales reales
de penetrar, cualquiera que fuese el motivo, en territorio inmune De
ello resultaba, casi necesariamente,
la delegación al señor,
de ciertos
poderes judiciales,
sobre los
habitantes.
En realidad, el
otorgamiento, por medio de un diploma expreso, de estas inmunidades parece haber
estado estrictamente limitado a las iglesias. Los ejemplos
raros, en
el sentido
contrario, que se
hayan podido
invocar, no
son sólo muy tardíos; se justificaban visiblemente por
circunstancias del todo excepcionales. Más que el silencio, siempre sospechoso,
de los cartularios, merece tomarse en cuenta el de los formularios empleados por
la cancillería franca; se buscaría en vano un modelo de acta de tal tipo en
favor de laicos. En la práctica, no
obstante, un gran número de éstos, por otro camino, habían llegado a las mismas
ventajas. Tradicionalmente, los bienes reales eran clasificados dentro de los
inmunes. O sea, que explotados directamente en provecho del príncipe y
administrados por un cuerpo especial de agentes, escapaban
a la autoridad
de los
funcionarios del cuadro
normal. Al
conde y
sus subordinados, les estaba prohibido percibir nada e, incluso, entrar
en ellos. Cuando, en recompensa de servicios prestados o por prestar, el rey
cedía una de sus tierras, era, ordinariamente, conservando la exención antigua.
Acordado a título provisional, ¿el beneficio, no continuaba
formando parte teóricamente, del dominio de la monarquía? Los poderosos, cuya
fortuna provenía en gran parte de estas liberalidades, se encontraron, pues, en
muchos de sus señoríos, gozando de privilegios semejantes a los de los exentos
de la Iglesia. Nadie duda, por otra parte, que hayan logrado extender, y menos legítimamente, el provecho a sus posesiones
patrimoniales, sobre las que estaban acostumbrados desde largo tiempo a mandar
como dueños y señores.
A estas
concesiones, que debían proseguirse durante toda la primera época feudal y de
las que las cancillerías continuaron transmitiendo las fórmulas, que ya se
habían vuelto vanas, los soberanos estaban inclinados por diversas razones, pero
todas igualmente imperiosas. ¿Se trataba de iglesias? Colmarlas de favores era un deber de piedad, que estaba próximo a
convertirse en deber de buen gobierno; por ello, el príncipe reclamaba
sobre sus pueblos el rocío de las bendiciones celestiales. En lo tocante a los
magnates y a los vasallos, estas atribuciones eran para ellos el precio
necesario de su
frágil lealtad.
¿Había, de
otra parte, un grave inconveniente en restringir el campo de acción de los
oficiales reales? Duros para las poblaciones,
medianamente dóciles a
su dueño,
su conducta
no daba
más que motivos de
desconfianza, Al mismo tiempo que sobre ellos, era sobre los jefes de pequeños
grupos entre los que se repartía la masa de sujetos en los que la monarquía
hacía reposar el cuidado de asegurar el orden y la obediencia; fortaleciendo
la autoridad de estos
responsables, pensaba consolidar
su propio sistema de
vigilancia. Largo tiempo, en fin, las jurisdicciones privadas se habían mostrado
tanto más invasoras cuanto que, nacidas del simple ejercicio de la fuerza, sólo
ésta decidía en cuanto a sus límites. Su legalización debía permitir, al mismo
tiempo, ajustar estos límites. Muy sensible en la inmunidad carolingia, esta
última preocupación se unía a la reforma general del régimen judicial, que,
emprendida por Carlomagno, estaba destinada a pesar con
fuerza sobre toda la evolución siguiente.
En el Estado
merovingio, la circunscripción judicial fundamental había sido un territorio de
extensión bastante mediocre; en cuanto al orden de amplitud — haciendo
excepción, como es
de suponer,
de innumerables
variaciones locales
—
era, poco más o menos,
el equivalente de los más pequeños distritos napoleónicos. Se le designaba,
generalmente, con nombres romanos o germánicos, que significaban centena:
designación de origen oscuro, que remontaba a las
viejas instituciones
de los
pueblos germánicos
y, quizá,
a
un sistema de numeración distinto del
nuestro (el sentido primario de la palabra, que en alemán moderno es hundert,
debió haber sido probablemente: ciento veinte).
En países
de habla
románica, se decía
también voirie o veguería
(latín: vicaría). El conde, en el curso de sus excursiones por
las diversas centenas colocadas bajo su autoridad, convocaba a todos los hombres
libres ante su tribunal. Allí, las sentencias se otorgaban por un pequeño grupo
de jueces elegidos de entre la asamblea; el papel del oficial real se limitaba a
prescindir las deliberaciones, y, luego, a hacer cumplir los dictámenes.
En la experiencia,
sin embargo, este sistema pareció envolver un doble inconveniente: imponía a los
habitantes convocatorias demasiado frecuentes; al conde, una carga demasiado
pesada para cumplirla correctamente. Carlomagno lo sustituyó instituyendo la
gradación de las dos jurisdicciones, dueñas cada una de su esfera. El conde
continúa yendo regularmente a la centena, para reunir allí su tribunal; en éste,
como en tiempos anteriores, todo el pueblo debe presentarse. Pero estas
reuniones condales y plenarias sólo tienen
lugar tres
veces al
año: reducida
periodicidad, que
ha hecho
posible una limitación
de competencia. Pues, de
aquí en
adelante, sólo
serán llevados
ante estos “tribunales generales” los procesos que versen sobre las
materias más importantes: “causas mayores”. Las “causas menores” serán
reservadas a reuniones, menos raras y más reducidas, en las que sólo los jueces
están obligados a presentarse, y cuya presidencia está reservada a un simple
subordinado del conde: el centenaire o voyer, que es su
representante en la circunscripción.
A pesar de la gran
imprecisión de los documentos, no podemos dudar que, bajo Carlomagno y sus
sucesores inmediatos, la amplitud de la jurisdicción reconocida a los exentos
sobre los hombres libres de sus tierras, no
coincidiera generalmente con las “causas menores”. En otras palabras,
podemos decir que el señor, con estas prerrogativas, tiene en realidad la
función de centenaire en sus dominios. ¿Se trata, por el contrario, de
una causa mayor? La inmunidad se opone a cualquier tentativa del conde para
hacerse cargo en el territorio exento del acusado, el defensor o los testigos.
Pero el señor, bajo su propia responsabilidad, debe presentar las personas
requeridas al tribunal condal. De esta manera, el soberano esperaba
conservar, por lo menos, en los tribunales de derecho público, las
decisiones más graves.
La distinción entre
causas mayores y menores, debía tener larga resonancia. Durante toda la época
feudal, y todavía mucho más tarde, vemos esta distinción bajo nuevos nombres:
“alta y baja justicia”. Esta antítesis fundamental, común a
todos los países que han sufrido
la influencia carolingia, continúa
oponiendo dos
grados de
competencia que,
en un
mismo territorio, no han de estar por fuerza reunidos bajo la misma mano. Pero, ni
los límites de las atribuciones
superpuestas de esta manera, ni su distribución, permanecen tal como habían sido
primitivamente establecidas.
En cuanto a lo
criminal, la época carolingia, después de varias dudas, había fijado, en las
causas mayores, un criterio que provenía de la naturaleza del castigo: sólo el
tribunal condal podía condenar a muerte o reducir a esclavitud. Este principio,
tan claramente formulado, perdura a través del tiempo. A decir verdad, la
transformación de la noción de libertad hace desaparecer rápidamente la
servidumbre penal (los casos en que se ve al asesino de un siervo contraer con
el señor de la víctima los mismos lazos de servidumbre que ésta tenía, aparecen bajo otra rubrica: la indemnización). La
justicia mayor, en cambio, queda
siempre como jueza habitual de los crímenes “de sangre”, es decir, aquellos que
merecen la pena capital. La novedad fue que los “pleitos de espada”, como dice
el derecho normando, cesan de ser el privilegio de algunos
tribunales importantes. El
hecho más
impresionante, en la primera época
feudal, es la multitud de pequeños jefes provistos del derecho de matar; aunque
este hecho está particularmente acentuado en Francia, no hallamos rasgo más
universal y más decisivo para el destino de las comunidades
humanas. ¿Qué
ha ocurrido? Evidentemente, ni
la fragmentación de ciertos
poderes feudales, por herencia o por donación, ni incluso las usurpaciones puras
y simples son suficientes para explicar semejante hecho. Ciertos indicios
muestran claramente un verdadero desplazamiento de los valores jurídicos.
Todas las iglesias
poderosas ejercen, por sí mismas o por sus representantes, la justicia de
sangre, y es que ésta, despreciando las antiguas reglas, se ha convertido en una
consecuencia lógica de la inmunidad. A veces se la denomina
centena o
voirie: esto
es, en
cierta manera,
una forma
de comprobar oficialmente que estaba, desde entonces, considerada como de
la competencia de los tribunales de
segundo grado. Dicho en otras palabras, la barrera elevada antes por los
carolingios había cedido. Y, sin duda, la evolución no es inexplicable.
No nos engañemos,
en efecto. Las sentencias capitales, reservadas antiguamente
a los tribunales condales —así
como, en
grado más
alto todavía, al tribunal real
o a las reuniones convocadas por los missi— no habían sido nunca, en la
época franca, muy frecuentes.
Únicamente los crímenes que eran considerados como particularmente odiosos para
la paz pública, estaban castigados con semejante pena. Mucho más a menudo, el
papel de los jueces se limitaba
a proponer
o imponer
un acuerdo,
y después
a prescribir
el pago
de una indemnización, conforme a la tarifa legal, y de la cual la
autoridad, dotada de poderes judiciales, percibía una parte. Pero vino, en el
momento de la gran penuria de los Estados, un período de venganzas y violencias
casi constantes. Contra el viejo sistema de represión, cuya ineficacia parecen
denunciar los mismos hechos, se alza una reacción estrechamente unida al
movimiento de las ligas de paz. En la nueva actitud adoptada por los medios más
influyentes de la Iglesia, encuentra su expresión más característica. En otros
tiempos, por el horror a la sangre y a las largas rencillas, estos medios habían
favorecido la práctica de las “composiciones pecuniarias”, pero, ahora, los
vemos reclamar ardientemente que sean sustituidos estos rescates demasiado
fáciles por penas aflictivas, las únicas capaces según ellos de asustar a los
malvados. Es en este tiempo, hacia el siglo X, cuando el código penal de Europa
empieza a revestirse de un aspecto de extrema dureza, cuyo sello conservará
hasta el esfuerzo humanitario de un tiempo mucho más cercano a nosotros:
metamorfosis feroz que si a la larga debía facilitar la indiferencia ante el
sufrimiento humano, en un principio había estado inspirada por el deseo de
ahorrar este mismo sufrimiento.
Ahora bien, en
todas las causas criminales, por graves que fuesen, donde el verdugo no
intervenía, las jurisdicciones inferiores, asambleas de centenas o de inmunidades, habían
sido siempre
competentes. Cuando el
precio en
dinero poco a poco retrocedió ante la sanción, los jueces fueron los
mismos; sólo cambió la naturaleza de las sentencias, y los condes cesaron de
tener el monopolio de las condenas a muerte. La transición fue facilitada por
dos rasgos del antiguo régimen. Los tribunales de las centenas habían
tenido siempre el derecho de castigar a la última pena a los culpables
sorprendidos en delito flagrante. Así
había parecido exigirlo el cuidado del orden público. Esta misma preocupación
aconsejó a estos tribunales no detenerse en estos límites precedentemente
fijados. Siempre, los que gozaron de inmunidad, habían dispuesto de la vida de
sus esclavos. Entre los dependientes ¿dónde estaba, a partir de este momento, la
frontera de la servidumbre?
Dejando aparte los
crímenes, las asambleas condales habían tenido dos categorías de procesos en su
competencia exclusiva, a saber: los que ponían en juego el estatuto, servil o
libre, de una de las partes o concernían la posesión
de los esclavos; los
que se
referían a
la posesión de
los alodios.
Esta doble herencia no debía pasar intacta a los. en mucho mayor número,
justicias mayores de la época posterior. Los litigios relativos a los alodios
—cada vez más raros— fueron con frecuencia el monopolio de los verdaderos
herederos de los derechos condales: así, hasta el siglo XII, en Laon, donde el
conde era el obispo.*109
En lo tocante a las cuestiones relativas a la servidumbre, la casi total
desaparición de la esclavitud domestica, así corno la aparición de una nueva
concepción de la libertad,
determinaron una confusión en el conjunto de los debates sobre
el patrimonio
en general
o sobre
la dependencia
del hombre: clase de disputas
que nunca habían formado parte de las “causas mayores”. Despojada, de tal
suerte, tanto en lo superior como en lo inferior, se podía
creer que la justicia mayor estaba condenada al papel de una jurisdicción
puramente penal. Lo civil,
en el sentido moderno de
la palabra, se introdujo,
no obstante, por medio del procedimiento. En la época feudal, un gran
número de diferencias de toda naturaleza se resolvían por medio del duelo. Por
una asociación de ideas natural se admite —no siempre, pero con frecuencia—
que este modo de prueba sangrienta no podía desarrollarse más que ante
las justicias de sangre.
Toda justicia
mayor, en los tiempos feudales, posee igualmente, en las tierras de obediencia
directa, la justicia menor. Lo contrario no era cierto o, por lo menos, no debía
serlo más que en ciertos países —si creemos a Beaumanoir, el Beauvaisis del
siglo XIII— y sólo al fin de la evolución. Dicho de otra manera, durante largo tiempo, no fue excepcional el caso de
hombres que, sometidos a la jurisdicción del señor del suelo de que vivían, para
procesos de grado inferior,
acudían por
el contrario ante
un tribunal
vecino, para
sus causas más graves.
Cualquiera que hubiese sido la dispersión de los poderes judiciales, ésta no
había suprimido el escalonamiento de las competencias, entre manos distintas.
Pero con el descenso de un escalón, en toda la línea. Igual, en efecto, que los
sucesores de los voyers o centenarios, y los inmunes, como,
ciertamente, fuera
de todo
privilegio, un
gran número
de
simples poderosos,
han privado al
conde —aparte
los asuntos
referentes a
los alodios— del monopolio
de causas mayores y se han convertido así en justicias mayores, y también se les
ha visto perder, a su vez, en provecho de los señores, el de las causas menores.
Quienquiera que se encuentre a la cabeza de un pequeño grupo de humildes
dependientes, o perciba las cargas de un pequeño grupo de tenures rurales
dispone, en adelante, como mínimo, de la justicia inferior. En ésta, por otra
parte, se habían ido mezclando elementos de época y naturaleza distintas.
Comprendía, en
principio, la facultad de juzgar en todas las cuestiones que enfrentaban
al señor
y sus
colonos. Especialmente,
en cuanto
a las
cargas que pesaban sobre estos
últimos. Es inútil citar aquí la herencia de los sistemas judiciales oficiales.
La verdadera fuente de este derecho estaba concebida en la idea muy antigua, a
la vez que más y más viva, que se tenía de los poderes propios del jefe. Mejor
dicho: del personaje, sea quien fuere, que se
encontraba en posesión de exigir de otro hombre el pago de una obligación
matizada de inferioridad. ¿No vemos en Francia, en el siglo XII, al que detenta
una modesta tenure en vasallaje, la que, a su vez, ha dado en censo a un
cultivador, hacerse reconocer como propio señor, sobre este censatario, en caso
de que dejara de pagarse la suma convenida, “el ejercicio de la justicia, para
eso solamente y para nada más”?*110
De la jurisdicción propiamente dicha a la ejecución personal por el acreedor,
tan frecuentemente practicada y también con frecuencia reconocida, las
transiciones no eran siempre muy sensibles y la conciencia común, entre las dos
nociones, distinguía, sin duda, bastante mal. Esta justicia sobre las rentas, la
“justicia territorial” de los juristas de la época posterior, no constituía, sin
embargo, toda la baja justicia. En la justicia
menor, los
hombres que
vivían en su tierra encontraban
también al
juez corriente para todos los procesos civiles que podían entablar entre
ellos, bajo reserva del recurso al duelo judicial, así como de todos sus delitos
pequeños y medianos: papel en el que se confundían el legado de las “causas
menores” y el de los derechos de decisión y de corrección, tanto tiempo
manejados de hecho por los señores.
Justicias mayores y
menores estaban tanto unas como otras ligadas al suelo. El que residía dentro de
sus fronteras les estaba sometido. El que vivía fuera de ellas, escapaba. Pero,
en esta sociedad en la que los lazos de hombre a hombre eran tan fuertes, este
principio territorial sufría perpetuamente la competencia de un principio
personal. A cualquiera que extendía su maimbour sobre uno más débil que
el, correspondía en la época franca, al mismo tiempo como un derecho y un deber,
acompañar a su protegido ante el tribunal, defenderlo
y avalarlo. De
esto a
reivindicar el poder
de pronunciar
sentencia, el paso debía fácilmente ser franqueado. Lo fue, en efecto, en
todos los grados de la jerarquía.
Entre los
dependientes personales, los más humildes y más estrictamente sometidos eran los
que, de acuerdo con el carácter hereditario del círculo, se había acostumbrado a
llamar no libres. Por regla general, fueron considerados de manca de no poder
tener otro juez o, por lo menos, jueces de sangre, distintos de sus señores “de
cuerpo”. Esto incluso en el caso de que no viviesen en tierra
del señor,
o de
que éste
no ejerciese
sobre los
demás colonos
la justicia
mayor. Con
frecuencia, se
intentó aplicar
principios análogos a otros
tipos de subordinados modestos, que, por no estar sujetos al señor de padre a
hijo, no dejaban de estar próximos a su persona: así, a los servidores
y sirvientas, o a los mercaderes que, en las ciudades, los barones de
Iglesia encargaban de sus compras y sus ventas. Estas reivindicaciones,
difíciles de poner en práctica, eran una fuente constante de incertidumbre y de
conflictos.
A decir verdad, en
la medida que la nueva servidumbre había conservado la huella de la antigua, la
justicia exclusiva del señor sobre sus siervos podía pasar como la continuación
natural del viejo derecho de corrección; tal es, de otra parte, la
idea que
parece expresar
aún un
texto alemán del siglo
XII.*111
Los vasallos militares, por el contrario, siendo hombres libres,
dependían sólo del tribunal publico, en la época carolingia. A lo menos, de
derecho. ¿Cómo dudar de que el señor, en realidad, no se esforzara en solucionar
las dificultades que amenazaban con enfrentar a sus fieles o que las personas,
ofendidas por los satélites de
un poderoso,
no estimarán
más seguro buscar
en éste el enderezo de su entuerto? A partir del siglo X, estas prácticas
dieron origen a una verdadera justicia. La metamorfosis había sido favorecida y
se había hecho a veces casi insensible por el favor que la evolución general de
los poderes había hecho a las
jurisdicciones públicas. “Honores”, después feudos patrimoniales, estos, en su
mayoría, habían caído en manos de los magnates. Los poblaban con sus leales y se
puede seguir claramente, en ciertos principados, cómo la asamblea condal, así
compuesta, se transformó poco a poco en un tribunal verdaderamente feudal, donde
el vasallo, antes que nada, resolvía los procesos de los otros vasallos.
III_ ¿JUICIO
ANTE LOS IGUALES O
JUICIO ANTE EL SEÑOR?
El hombre libre
juzgado por una reunión de hombres libres, el esclavo corregido sólo por el amo,
este reparto no podía sobrevivir a los trastornos de la clasificación social, y
especialmente a la entrada en servidumbre de tantos hombres antiguamente libres
que, en estos lazos nuevos, conservaban un buen número de rasgos de su primitivo
estatuto. El derecho de ser juzgados por “sus pares” no fue nunca discutido a
personas de categoría tan poco elevada. Esto, mediante la introducción de
distinciones jerárquicas que, como se ha visto, no dejaban de atentar gravemente
al viejo principio de la igualdad judicial, nacida simplemente de una libertad
común. Además, en muchos lugares, la costumbre extendió al conjunto de
dependientes, e incluso a los siervos, la práctica del juicio si no siempre ante
los exactamente iguales por lo menos ante colegios compuestos de súbditos del
mismo amo. En la región entre el Sena y el Loira, la justicia mayor continuaba
ordinariamente dictándose en las
“asambleas generales”, donde toda la población de la tierra debía asistir. En
cuanto a los jueces con frecuencia se les veía aún, conforme
a la
más pura tradición
carolingia, nombrados
por vida
por el
que detentaba
los poderes judiciales —éstos eran los regidores—; o bien, al
intervenir así la feudalización de las funciones, la obligación de actuar en el
tribunal había terminado fijándose hereditariamente sobre ciertas tenures.
En otros lugares, el señor o su
representante parecen contentarse rodeándose, un poco al azar, de los notables
principales, las “buenas gentes” de la localidad. Por encima de estas
divergencias queda un hecho central. Hablar de justicia real, señorial, baronal,
puede ser cómodo. Pero sólo será legítimo con la condición de no olvidar que
casi nunca, ni el rey ni el alto barón, juzgaban en persona y que ocurría lo
mismo con muchos señores o alcaldes de pueblos. Reunido por el jefe, puesto con
frecuencia bajo su presidencia, su tribunal era el que decía o hallaba
el derecho: entiéndase, recordando las reglas, las incorporaba a su
sentencia. “La corte hace el juicio, no el señor”, afirma en términos propios un
texto inglés.*112
Sin duda, sería también imprudente tanto exagerar como negar absolutamente las
garantías ofrecidas con esto a los juzgados. “Aprisa, aprisa, apresuraos a
hacerme un juicio”, así hablaba el impaciente Enrique Plantagenet, reclamando de
sus fieles la condena de Tomás Becket.*113
La frase resume bastante bien los
límites —infinitamente variables según los casos— que el poder del jefe sometía
a la imparcialidad de los jueces y la imposibilidad en que se encontraba el más
imperioso de los tiranos de omitir un
juicio colectivo.
Pero, el que los no
libres y, por asimilación muy natural, los más humildes dependientes, tuviesen
que verse obligados a no tener otro juez que su señor, era una idea anclada
demasiado antiguamente en las conciencias para borrarse fácilmente. En los
países romanizados en otro tiempo, encontraba, además un apoyo en lo que podía
quedar de señal o de recuerdo de la organización romana; los magistrados habían
sido los superiores, no los iguales, de sus juzgados. Una vez, más, la oposición
de principios contrarios, entre los que era necesario optar, se traducía en la
diversidad de costumbres. Según las regiones, incluso los pueblos, los
campesinos eran juzgados ya por tribunales colegiados, ya por el señor o su
alguacil solos. Este último sistema, no parece haber sido, en un principio, el
más frecuente. Pero, en la segunda época feudal, la evolución se inclinó
netamente en su favor. “Tribunal barón”, compuesto de colonos libres que decidía
la suerte de sus iguales; “tribunal consuetudinario”, en el que el villano, en
adelante considerado como privado de
libertad, inclina la cabeza ante las decisiones del senescal: tal es la
distinción, de grandes consecuencias, que en el siglo XIII los juristas ingleses
se esfuerzan en introducir en la estructura judicial, hasta entonces mucho más
simple de los palacios ingleses. De la misma manera, en Francia, con desprecio
de una práctica aún muy extendida, la doctrina, de la que Beaumanoir es el
intérprete, quiere ver en el juicio de los iguales el monopolio de los gentiles
hombres. La jerarquización, que era una de las señales de la época, doblegaba a
sus fines incluso el régimen de los tribunales.
IV_ AL MARGEN DEL
FRACCIONAMIENTO: SUPERVIVENCIAS Y
FACTORES NUEVOS
Por muy desmembrada
y señorial que fuese la justicia, sería un error grave imaginar que en el mundo
feudal nada había sobrevivido de las antiguas jurisdicciones
del derecho
popular o
público. Pero
su fuerza
de resistencia,
que en parte alguna fue desdeñable, varió enormemente según los países.
El momento ha
llegado de
acentuar, con más nitidez que hasta ahora nos ha
sido posible, los contrastes nacionales.
En despecho de
originalidades incontestables, la evolución inglesa no dejó de presentar
evidentes analogías con la del Estado franco. Ahí aún, en la base
de la organización judicial, encontramos la centena, con su tribunal de
jueces libres. Después, hacia el siglo X, empezaron a establecerse, por encima de las
centenas, los condados, en lengua indígena shires. En el Sur, respondían
a divisiones étnicas vivas, antiguos reinos absorbidos por monarquías más
vastas, así,
los de Kent
o el Sussex,
o bien
grupos formados
espontáneamente en el seno de un pueblo en vías de establecimiento: así,
el Suffolk o el Norfolk, “gentes del Sur” y “gentes del Norte”, que
representaban las dos mitades de la primitiva Anglia oriental. En el Centro y
Norte, por el contrario, no fueron,
desde su origen, más que
circunscripciones administrativas y militares creadas más tardíamente y
más arbitrariamente, en el momento de la lucha contra los daneses, con una
fortaleza por centro: por eso, -en esta parte del país, se les ve, en su
mayoría, llevar el nombre de la cabeza de partido. El shire tuvo
asimismo, en adelante, tribunal de hombres libres. Pero la división de las
competencias fue aquí menos neta que en el Imperio carolingio. A pesar de
algunos esfuerzos para reservar al tribunal del condado la jurisdicción sobre
ciertos crímenes particularmente odiosos a la paz pública, parece haber
intervenido especialmente en los casos en que la jurisdicción inferior se había
demostrado impotente.
Por ello,
se explica
que la
distinción de la
justicia mayor haya sido
siempre extraña al sistema inglés.
Como en el
continente, estas jurisdicciones de naturaleza pública tropezaron con la
competencia de las justicias de los jefes. Muy pronto, encontramos noticias de
tribunales reunidos por el señor en su casa, en su hall, Después,
los reyes legalizaron este estado de hecho. A partir del siglo X, se les
ve distribuir permisos para juzgar lo que se llamaba derechos de sake and
soke (sake, que corresponde al
sustantivo alemán Sache,
significa causa
o proceso; soke,
que hay que aproximar al verbo alemán suchen, designaba la
investigación del juez, esto es, el recurso a sus decisiones). Aplicables ya
a una tierra donada, ya a un grupo de personas, los poderes así otorgados
coincidían casi con la competencia, muy amplia, como se sabe, de la centena
anglosajona, lo que les confirió,
desde un principio, un radio de acción
superior a la capacidad que comportaba, en un principio, la inmunidad
carolingia, aproximadamente igual, por el contrario, a los derechos que en el
siglo X los inmunitas habían ido apropiándose. Su repercusión sobre los lazos
sociales, parecía tan grave que el colono libre adquirió, de su sumisión al
tribunal del señor, su nombre: sokeman, o sea, “el sometido a
jurisdicción”. A veces, incluso ciertas iglesias o ciertos magnates recibieron,
a titulo de donación perpetua, el derecho de poseer un tribunal de centena; y se
llegó a reconocer a algunos monasterios, ciertamente en número reducido, la
facultad de juzgar todos los crímenes, mientras el juicio, habitualmente, se
reservó al rey.
Por más importantes
que fuesen tales concesiones, jamás borraron por completo las viejas
jurisdicciones colegiadas del derecho popular. Allí, incluso, donde la corte de
la centena estaba en manos de un barón, continuaba reuniéndose de igual manera
que en el tiempo en que estaba presidida por un delegado regio. En lo referente
a los tribunales del condado, su
funcionamiento, según el esquema antiguo, no fue nunca interrumpido. Sin duda,
los grandes personajes, demasiado elevados para someterse a sus decisiones, los campesinos,
incluso libres,
que se
habían asido
a la justicia señorial, cesaron en general de acudir a estas
asambleas; salvo, por otra parte, la
gente humilde de los pueblos, que, en principio, por deber, debían hacerse
representar por el sacerdote, el oficial señorial y cuatro hombres. Por el
contrario, todo lo que había de mediano en cuanto al poder y a la libertad,
quedaba obligado a frecuentarlos Ahogadas por los tribunales señoriales y,
después de la conquista normanda, por la invasión de la jurisdicción real, su
papel judicial se redujo progresivamente a poca cosa. No era absolutamente
desdeñable, sin embargo. Ante todo, era allí, en el marco del condado
principalmente, pero también en el más restringido de la centena, donde los
elementos verdaderamente vivos de la nación conservaban el hábito de
encontrarse, para fijar la costumbre del grupo territorial, responder, en su
nombre, a toda suerte de preguntas, hasta llevar si era necesario la
responsabilidad de sus faltas colectivas: hasta el día en que, convocados
todos juntos, los diputados de los tribunales del condado formaron el
primer núcleo de lo
que debía
ser más
tarde la Cámara
de los Comunes.
Ciertamente, el régimen parlamentario inglés no tuvo su cuna en “los bosques de
Germania”. Recibió profundamente la huella del medio feudal de donde
salió. De su matización propia, que le situó tan netamente aparte de los
sistemas de “Estados” del continente, y más generalmente, de esa colaboración de
las clases acomodadas con
el poder,
tan característico
desde la
Edad Media,
de la estructura política
inglesa, ¿cómo no reconocer su origen en el sólido enraizamiento, sobre el suelo
insular, de la armazón de las asambleas de los hombres libres, según la
costumbre antigua de los tiempos bárbaros?
Por encima de la
infinita variedad de las costumbres locales o regionales, dos grandes hechos
dominaron la evolución del régimen judicial alemán. El “derecho de los feudos”,
conservándose distinto del “derecho de la tierra”, fue, junto con las antiguas
jurisdicciones y sin absorberlas, como se desarrollaron los
tribunales de los
vasallos. Por otra
parte, el
mantenimiento de
una jerarquía social más
escalonada, la larga supervivencia, ante todo, de la idea de que disfrutar de la
libertad era depender, sin intermediarios, del poder público, conservó a las
viejas asambleas judiciales del condado y de la centena —con competencias, entre
sí, imperfectamente delimitadas— un radio de acción aún bastante extendido. Este
fue el caso, sobre todo, de los Alpes suabos y de Sajonia, país de muchos
alodios y de incompleta señorialización. Se acostumbró, no obstante, a exigir a
jueces o regidores, por regla general, una cierta
fortuna en
tierras. Incluso
se llegó,
de acuerdo
con la
tendencia entonces casi
universal, a considerar sus cargos como hereditarios. De suerte, que el respeto
al viejo principio, que sometía el hombre libre a juicio ante tribunales
de hombres libres, llevó frecuentemente a una composición de tribunales
más oligárquica que en otros lugares.
Francia, con Italia
septentrional, fue el país por excelencia de la justicia señorial. Cierto que
los vestigios del sistema carolingio quedaron profundamente marcados, sobre todo
hacia el Norte. Pero no afectaron más que a la jerarquización interna. Las
asambleas judiciales de centena o de
voirie desaparecieron muy pronto y por completo. Es muy característico
que la jurisdicción de la
justicia mayor
haya recibido
el nombre
de castellanía,
como si la
conciencia colectiva no
reconociese otra fuente,
origen y
símbolo a
la vez
de una potencia de hecho. Esto no quiere decir que no subsistiera nada de
las antiguas justicias condales. En los grandes principados territoriales,
el príncipe supo reservarse, a veces, el monopolio de las causas de
sangre, por lo menos en vastas extensiones: así, en Flandes, Normandía, Bearne.
Con frecuencia, como se ha visto, el conde
juzga sobre los alodios;
decide los procesos en que las
iglesias, imperfectamente introducidas en la jerarquía feudal, figuran como
partes; salvo concesiones o usurpaciones, detenta, en principio, la justicia de
los mercados y de las vías públicas. Había allí
ya, por lo menos en germen, un
potente antídoto contra la dispersión de los poderes judiciales.
Y no era el único,
en toda Europa, dos grandes fuerzas trabajaban para limitar o contrarrestar el
desmembramiento de las justicias; tanto la una como la otra fueron mucho tiempo
de eficacia mediocre, pero con un porvenir igualmente
rico.
Primeramente, la
realeza. En que el rey fuera, por
esencia, el juez supremo de sus pueblos, estaba todo el mundo de acuerdo.
Faltaba sacar de este principio todas sus consecuencias. El problema aquí iba
más allá del plan de acción y del poder de hecho. En el siglo XI, el tribunal
del rey de Francia no funciona más que para juzgar a los dependientes inmediatos
del príncipe y sus iglesias, o bien, más excepcionalmente y con mucho menos
eficacia, como tribunal de vasallos, cuya jurisdicción alcanza, en teoría, a los
grandes feudatarios de la Corona. El del rey alemán por el contrario, concebido
según el modelo carolingio, todavía atrae a él buen número de causas
importantes. Pero, aunque fuesen relativamente activos, estos tribunales ligados
a la persona del soberano eran, con toda evidencia, Incapaces de alcanzar a la
masa de súbditos. Incluso no bastaba que, como ocurría en Alemania, por allí
donde pasaba el rey en el curso de sus visitas de buen gobierno, se borrará toda
otra justicia ante la suya. El poder de la monarquía no podía convertirse en un
elemento decisivo del sistema jurisdiccional más que con la condición de
prolongar sus tentáculos a través del reino entero, gracias a una red de jueces
especiales o delegados permanentes.
Tal fue la obra realizada,
en el momento del reagrupamiento general de fuerzas, que marcó el término
de la segunda época feudal, primero, por los soberanos anglonormandos y
angloangevinos, después, y mucho más tarde y lentamente, por los Capetos. Tanto
los unos como los otros, pero, sobre todo, los últimos, debían encontrar un
punto de apoyo precioso en el sistema mismo de vasallaje. Pues la feudalización
que, había tenido entre tantas manos el derecho de juzgar, suministraba, no
obstante, por el sistema de las apelaciones, un remedio contra este
fraccionamiento.
No se concebía en
esta época que un proceso una vez solucionado pudiese recomenzar, entre los
mismos adversarios, ante otros jueces. En otros términos, el error propiamente
dicho, honestamente cometido, no parecía susceptible de arreglo. Uno de los
litigantes, por el contrario, ¿estimaba que el tribunal había juzgado mal?, o
bien, ¿le reprochaba, más brutalmente aún, haberse negado a fallar? Nada impedía
que persiguiese a los miembros ante una autoridad superior. Si, en esta acción,
absolutamente distinta de la anterior,
obtenía la razón, los malos jueces sufrían generalmente un castigo y su
sentencia, de todas maneras, era reformada. La apelación entendida así —
nosotros la llamaríamos hoy responsabilidad judicial— existía desde la época de
los reinos bárbaros. Pero entonces sólo podía ser llevada ante la única
jurisdicción que
se levantaba
por encima
de las
asambleas de
los hombres libres: a
saber, el tribunal real. Esto es tanto como decir que la práctica era
rara y difícil. El régimen de vasallaje abrió nuevas posibilidades. Todo
vasallo, en adelante, tenía a su señor de feudo por juez ordinario. Ahora bien,
la denegación de justicia era un crimen, como los otros. Se le aplicaba,
naturalmente, la regla común y las apelaciones subieron así, de escalón en
escalón, a lo largo de la serie de homenajes. El procedimiento era de delicado
manejo; sobre todo, era peligroso: pues la prueba se hacía habitualmente por
medio del duelo. Pero, por lo menos, el tribunal feudal al que era preciso
dirigirse, en
adelante, se
encontraba singularmente más accesible
que el
de un rey demasiado lejano;
cuando finalmente se llegaba al soberano era de grado en grado. De hecho, las
apelaciones en la práctica de las clases superiores, poco a poco se fueron
haciendo menos excepcionales. Pero el hecho de que comportaba una jerarquía de
dependencias y, entre los jefes instalados uno
por encima del otro, establecía una serie de contactos directos, el
sistema del vasallaje y del feudo permitía volver a introducir en la
organización judicial un elemento de unidad, que las monarquías del tipo
antiguo, fuera del alcance de la mayoría de poblaciones consideradas sometidas,
se habían mostrado impotentes para salvaguardar.
CAPITULO
II
LOS
PODERES TRADICIONALES: REINOS
E IMPERIO
I_ GEOGRAFÍA DE
LOS
REINOS
Por encima de la
multitud de señoríos, de las comunidades familiares o campesinas y de los grupos
de vasallaje, se elevaban, en la Europa feudal, diversos poderes, cuyo horizonte
más extendido tuvo como precio una acción mucho menos eficaz, pero cuyo destino,
sin embargo, fue mantener en esta sociedad fragmentada ciertos principios de
orden y de unidad. En la cima, reinos e Imperio sostenían su fuerza o sus
ambiciones de larga historia. Más abajo, tipos de dominio más recientes se
escalonaban, en una gradación casi insensible, desde el principado territorial
hasta la simple baronía o castellanía. Conviene, en primer lugar, fijar la
atención en las potencias más cargadas de historia.
El Occidente,
después de la caída del Imperio romano, quedó dividido en reinos gobernados por
dinastías germánicas. De esas monarquías bárbaras, por
una sucesión
más o
menos directa,
descendían casi todas
las de
la Europa feudal. La filiación
era particularmente clara en la Inglaterra anglosajona, que, hacia la primera
mitad del siglo IX, se dividía todavía en cinco o seis Estados, auténticos
herederos —aunque en mucho menos número— de los antiguos dominios fundados por
los invasores. Ya hemos visto como las incursiones escandinavas dejaron sólo
dejaron en pié el reino de Wessex, aumentado con los despojos de sus vecinos. Su
soberano tomó, en el siglo X, la costumbre de titularse rey de toda la Bretaña,
o mucho más frecuentemente, rey de los anglos o ingleses. En las fronteras de
ese regnum Anglorum subsistía, sin embargo,
en la
época de
la conquista
normanda, una
franja celta.
Los bretones del País de Gales
se repartían entre diversos pequeños principados. Hacia el Norte,
una familia de
jefes escotos,
es decir,
irlandeses, sometieron poco
a poco las otras tribus celtas
de las tierras altas y las poblaciones germánicas o germanizadas del Lothian,
constituyeron una vasta monarquía, que tomó de
los vencedores su nombre nacional: Escocia.
En
la Península
Ibérica, algunos
nobles godos,
refugiados en
Asturias después de la invasión
musulmana, eligieron un rey. Dividido en diversas ocasiones entre los herederos
del fundador, pero considerablemente acrecentado por la Reconquista, el
Estado así formado tuvo su capital trasladada, a principios del siglo X, a León,
en la Meseta al sur de las montañas. Durante el curso de ese mismo siglo, un
mando militar establecido, hacia el Este, en Castilla y que al principio había
dependido de los reyes astur-leoneses, se fue haciendo autónomo y su jefe, en
1035, tomó el título de rey. Después, un centenar de años más tarde, una
escisión análoga dio nacimiento, en el Oeste, a Portugal. Por su parte, los
vascos de los Pirineos Centrales, a los que se llamaba navarros, vivían aparte,
en sus valles. También ellos acabaron
constituyéndose en reino, que aparece de forma clara alrededor del 900 y del que
se separó, en 1037, otra pequeña monarquía, denominada “Aragón”, nombre del
pequeño río que la bañaba. Añádase, al norte del bajo curso del Ebro, una
marca creada por los francos y que, bajo el nombre de condado de Barcelona,
fue considerada de derecho, hasta la época de San Luis, como un feudo del rey de
Francia. Tales fueron —con fronteras muy variables y sometidas a todas las
vicisitudes de los repartos, de las conquistas y de la política matrimonial— las
formaciones políticas de las que nacieron “las
Españas”.
Al norte de los
Pirineos, uno de esos reinos bárbaros, el de los francos, creció
desmesuradamente por obra de los Carolingios. La deposición de Carlos el
Gordo, en noviembre del 887, a la que siguió pronto su muerte, el 13 de
enero del año siguiente, señaló el fracaso del último esfuerzo de unidad. No fue
por ningún capricho por lo que el nuevo rey del Este, Arnulfo, no demostró prisa
alguna en aceptar asimismo la dominación sobre el Oeste, que le ofrecía el
arzobispo de Reims. Era bien visible que la herencia de Carlomagno parecía
demasiado pesada. En líneas generales, la división se efectuó según los
límites fijados por la primera partición, la de Verdún, en el 843.
Constituido, en esa fecha, por la unión de las tres diócesis de la orilla
izquierda del Rin — Maguncia, Worms y Spira— con las vastas comarcas germánicas
antes sometidas, al este del río, por las dos dinastías francas, el reino de
Luis el Germánico fue. en el 888, restablecido en provecho del único
superviviente entre sus descendientes Arnulfo de Carintia.
Esta fue la “Francia oriental”,
que, por su
anacronismo sin
peligro, si
es consciente, ya podemos
llamar a partir de ahora “Alemania”.
En el antiguo reino
de Carlos el Calvo, la “Francia Occidental”, dos grandes señores fueron
casi simultáneamente proclamados reyes: un duque italiano, pero de familia
franca, Guido de Spoleto, y un conde de Neustria, de origen probablemente
sajón, Eudes.
El segundo,
que disponía
de una
clientela mucho más extensa y
que se llenó de
gloria en
la guerra contra
los normandos, triunfó sin dificultad. Aquí también la frontera fue
aproximadamente la de Verdún. Hecha por una yuxtaposición de límites entre
condados, cortaba y recortaba vanas veces el Escalda y tocaba el Mosa más abajo
de su confluencia ron el Semois; más
allá, corría
casi paralela
al río
y a
unas cuantas
leguas de
él,
por la orilla izquierda. Llegaba al
Saona aguas abajo de Port-sur-Saona, contundiéndose con su curso en una
distancia bastante larga y separándose sólo
de él frente a Chalón,
por una
inflexión hacia el Este. Por último,
al sur del Mâconnais, abandonaba la
línea Saona-Ródano, de forma que dejaba a la potencia vecina todos los condados
de la orilla occidental, y no volvía a coincidir con el curso del agua hasta el
delta para correr hasta el mar con el Pequeño Ródano.
Quedaba la banda
intermedia, que, insertándose al norte de los Alpes, entre
los Estados de Luis el Germánico y los de Carlos el Calvo,
se prolongaba por la península
italiana hasta Roma y había formado, en el 843, el desigual reino de Lotario. De
este príncipe, ya no quedaba ningún descendiente por la línea masculina.
Finalmente, su herencia debía ser anexionada por completo a la Francia Oriental.
Pero lo fue fragmento por fragmento.
Sucesor del antiguo
Estado lombardo, el reino de Italia cubría el norte y el centro de la península,
a excepción de Venecia la bizantina. Durante más de
un siglo
conoció el
destino más
tempestuoso. Diversos
linajes se disputaron
su corona: duques de Spoleto en
el Sur, y, sobre todo,
hacia el Norte, los señores de los pasos alpinos, desde los que era tan
fácil y tan tentador caer sobre la llanura, marqués de Friul o de Ivréa, reyes
de Borgoña, amos de los pasos de los Alpes Peninos, reyes o condes de Provenza,
duques de Baviera, etc. Además, muchos de estos pretendientes se hicieron
consagrar emperadores por el papa; pues, después del primer reparto del Imperio
en tiempo de Luis el Piadoso, la posesión de Italia, en razón de los
derechos de protección y de dominación que llevaba consigo sobre Roma y sobre la
Iglesia romana, parecía, a la
vez, la
condición necesaria
de esta
prestigiosa dignidad
y el mejor de los títulos para conseguirla. Sin embargo —a diferencia
de los reyes de la Francia Occidental, a los que su alejamiento ahorraba
alimentar ambiciones italianas o imperiales— los soberanos de la Francia
Oriental también se contaban entre
los próximos vecinos del
bello reino
abandonado. Ya, en
el 894 y el 896, Arnulfo,
orgulloso de su origen carolingio, penetró en él, se hizo reconocer como rey y
recibió la unción imperial. En el 951, uno de sus sucesores, Otón I, un sajón,
cuyo abuelo quizá había acompañado a Arnulfo
en su expedición ultramontana, emprendió el mismo camino. Fue proclamado
rey de los lombardos en Pavía, la vieja capital, y, después de un intervalo de
diez años, sometió mejor el país y llegó hasta Roma, donde el papa hizo de él un
“augusto emperador” (2 de febrero del 962). En adelante, salvo en cortos
periodos de crisis, Italia, en el concepto expuesto, no tendrá otro monarca de
derecho que el de Alemania.
En el 888, un
notorio personaje de raza bávara, el güelfo Rodolfo, se encontraba al frente del
gran gobierno militar que los Carolingios, en el curso de los años precedentes,
estableció entre el Jura y los Alpes lo que se acostumbraba llamar ducado de
Transjurana: posición capital, puesto que dominaba algunos de los principales
pasos interiores del Imperio. Rodolfo intentó también pescar en las aguas
revueltas una corona y escogió, para ello, esa
especie de no man's land
que constituía, en el
espacio entre
las “Francias” del Este y del Oeste, la región que más tarde se debía
llamar, con tanta exactitud, de Entre Deux (Entre las Dos). Que se
hiciese consagrar en Toul indica de manera suficiente
la orientación de
sus esperanzas. No obstante,
tan lejos de su propio ducado, estaba falto de fieles. Derrotado
por Arnulfo, tuvo que —conservando el título real— contentarse con añadir a la
Transjurana la mayor parte de la provincia eclesiástica de Besançon.
Al norte de
ésta, un buen
trozo de la herencia de
Lotario quedaba vacante.
Era la región que, a falta de una expresión geográfica apropiada, se
denominaba con el nombre de un príncipe que, hijo y homónimo del primer Lotario,
había reinado en ella durante algún tiempo: la “Lotaringia”. Se trataba de un
vasto territorio bordeado al Oeste por los límites de la Francia Occidental, tal
como han sido descritos, al Este por el curso del Rin, que la frontera sólo
abandonaba por unos doscientos kilómetros aproximadamente, para dejar a la
Francia Oriental sus tres diócesis de la orilla izquierda; región de grandes
monasterios y
de ricos
obispados, de
bellos ríos
surcados por
las barcas
de los mercaderes; comarca
venerable asimismo, puesto que fue la cuna de la casa carolingia y el corazón
mismo del gran Imperio. Los vivos recuerdos que en
ella dejó la ‘dinastía legítima’ es probable que fueran el
obstáculo que impidió que alguna monarquía indígena se hiciese del poder. Como
tampoco aquí faltaban los ambiciosos, su juego fue enfrentar a las monarquías
limítrofes. Sometida en principio
nominalmente a Arnulfo
que era
en el
888 el
único de
los descendientes de Carlomagno que llevaba corona, muy indócil a
continuación para un rey particular que en la persona de uno de sus bastardos le
había dado Arnulfo, la Lotaringia,
después que en el 911 la rama carolingia de Alemania
desapareció, fue
durante mucho
tiempo disputada
entre los
príncipes vecinos. Aunque una sangre diferente corriese por sus venas,
los reyes de la Francia Oriental se consideraban herederos de Arnulfo. En cuanto
a los soberanos de la Francia Occidental —al menos cuando pertenecían al linaje
carolingio, como
ocurrió entre
898 y
923, y
entre 936
y 987—
nunca dejaron
de reivindicar la sucesión de sus antepasados entre el Mosa y el Rin. Sin
embargo, la Francia Oriental era visiblemente más fuerte, y, cuando en el 987,
los Capetos, a su vez, ocuparon en el reino contrario el lugar de la antigua
raza, renunciaron a proseguir un proyecto extraño a sus propias tradiciones
familiares y para el que, por otra parte, no hubiesen encontrado sobre el
terreno el apoyo de una clientela bien dispuesta. Por largos siglos —incluso
para siempre en lo que se refiere a su parte Nordeste, Aquisgran y Colonia,
Tréveris y Coblenza—, la Lotaringia quedaba incorporada a la constelación
política alemana.
En las fronteras de
la Transjurana, el Lyonnais, el Viennois y Provenza, la diócesis alpinas
estuvieron casi dos años sin reconocer ningún rey. En esas regiones
subsistían el recuerdo
y los
fieles de
un ambicioso personaje,
llamado Boson, que, con desprecio de la legitimidad carolingia, supo
constituir en ellas un reino independiente desde antes del 887. Su hijo Luis
—descendiente, además, por su madre, del emperador Lotario—, consiguió al fin
hacerse consagrar en Valence, hacia fines del año 890. Pero esta monarquía tenía
que ser efímera. Ni Luis, que en el 909 fue cegado en Verona, ni su pariente
Hugo de Arles, que, después de esa circunstancia, gobernó mucho tiempo en nombre
del desgraciado ciego, vieron en sus dominios de entre el Ródano y
las montañas
más que un cómodo
punto de
partida para
la atrayente conquista de Italia. De suerte que, después de la muerte de Luis
(928), Hugo, proclamado rey en
Lombardía, dejó que los Güelfos llevasen su dominación hasta
el mar.
A partir
de la
mitad del
siglo X,
aproximadamente, el reino
de Borgoña —se llamaba así
generalmente al Estado fundado por Rodolfo— se extiende, pues, de Basilea al
Mediterráneo. En ese momento, sin embargo, esos débiles monarcas figuraban como
modestos protegidos de los reyes o emperadores alemanes. Finalmente —no sin
muchas repugnancias y tergiversaciones— el último de la raza, que murió en 1032,
reconoció como sucesor al soberano alemán. A diferencia de la Lotaringia, pero
como Italia, la “Borgoña” así entendida —que, a partir del siglo XIII, será
mejor conocida bajo el nombre del reino de Arles— no fue precisamente absorbida
en la antigua Francia Oriental. Se concebía la unión más bien como la de tres
reinos diferentes, reunidos, indisolublemente, en una misma mano.
De esta forma, la
era feudal vio dibujarse los primeros esbozos de una mapa político europeo,
algunos de cuyos rasgos perduran aún en los nuestros, y también discutirse
problemas de zonas fronterizas destinadas, hasta nuestros días, a hacer correr
unas veces la tinta, y, otras, la sangre. Pero quizá, bien considerado, el rasgo
más característico de esta geografía de las monarquías fue, con límites tan
movedizos entre sus territorios, la sorprendente estabilidad de su número. Si,
en el antiguo Imperio carolingio, se levantaron una multitud de dominios casi
independientes, para incesantemente destruirse entre sí, ninguno de esos
tiranos locales, entre los más poderosos, osó —a partir de Rodolfo y Luis
el Ciego— atribuirse el título de rey ni negar que fuese, de derecho, el
súbdito o el vasallo de un rey. Prueba más que elocuente del vigor que
conservaba la tradición
monárquica, mucho más
antigua que
el feudalismo y destinada a sobrevivirle durante mucho tiempo.
II_ TRADICIONES
Y NATURALEZA DEL
PODER
REAL
Los reyes de la
antigua Germania, gustosamente hacían remontar su genealogía hasta los dioses.
Parecidos ellos mismos, como dice Jordanes, a semidioses, era de la
virtud mística de que sus personas estaban hereditariamente impregnadas, de la
que sus pueblos esperaban la victoria en el combate, y, durante la paz, la
fecundidad de los campos. Por su parte, los emperadores romanos vivieron
rodeados de un nimbo divino. De esta doble herencia y, sobretodo, de la primera,
las monarquías de la edad feudal derivaron su carácter sagrado. El cristianismo
lo sancionó, tomando de la Biblia un
viejo rito de elevación al trono, hebraico o siriaco. En los Estados sucesores
del Imperio carolingio, en Inglaterra en Asturias, los reyes no sólo reciben de la mano de los
prelados las insignias
tradicionales de su
dignidad y, en particular, esa corona con la que, solemnemente, cubrirán
en adelante su cabeza durante los consejos o las grandes fiestas, las cours
couronnées que evoca un documento de
Luis VI
de Francia.*114
Un obispo,
como nuevo
Samuel, unge esos nuevos Davides, en varias partes de su cuerpo, con un
óleo bendito:
acto cuyo sentido
universal, en
la liturgia
católica, es
el hacer
pasar un hombre o
un objeto de la
categoría de profano
a la de sagrado. A decir
verdad, el arma tenía un doble filo. “El que bendice es superior al que
es bendecido”, dijo San Pablo. ¿No tenía, pues, que derivarse la supremacía de
lo espiritual de
esta consagración del rey
por los
sacerdotes? Tal fue,
en efecto,
casi desde sus
orígenes, el sentimiento de
más de
un autor de
la Iglesia. La
conciencia de las amenazas que
semejante interpretación llevaba consigo, explica sin duda que, entre los
primeros soberanos que de la Francia Oriental, varios descuidaron o rehusaron el
hacerse ungir. Pero sus sucesores no tardaron en enmendarse. ¿Cómo podían
abandonar a sus rivales del Oeste el privilegio de ese prestigioso carisma? La
ceremonia eclesiástica de la entrega de las insignias —anillo, espada,
estandarte, incluso corona— tuvo sus imitadores, más o menos tardíos,
en diversos principados:
Aquitania, Normandía, ducados de Borgoña o de Bretaña.
Es característico
que, por el contrario, ningún gran feudatario, por poderoso que fuese, osaba
nunca elevar sus pretensiones hasta la consagración, en el sentido propio de la
expresión, es decir, la unción. Aparte de los sacerdotes,
no se veía a “Cristos del Señor” más que entre los reyes.
De
esta marca
sobrenatural, de la
que la
unción era
la confirmación más
que el origen, el valor no
podía dejar de ser vivamente sentido por una edad acostumbrada a mezclar en todo
momento las influencias del más allá con la vida cotidiana. Es seguro que una
realeza verdaderamente sacerdotal hubiese sido incompatible con la religión por
todas partes reinante. Los poderes del sacerdote
católico son
algo perfectamente definido: con
el pan
y el vino
puede, él solo, hacer la sangre y
el cuerpo de Cristo. Incapaces, por no haber recibido la ordenación, de
guardar santo ‘sacrificio’, los reyes no eran, pues, en sentido estricto,
sacerdotes. Pero tampoco eran simples laicos. Es difícil explicar con claridad
esas nociones, rebeldes por si misma a toda lógica moderna. Se tendrá, no
obstante, una idea aproximada diciendo que, sin estar revestidos
del sacerdocio, los reyes, según palabras de un autor del siglo XI,
participaban de su ministerio. De lo que se deriva la consecuencia,
gravísima, de que en sus esfuerzos
para gobernar la Iglesia, creerán y se les creerá actuar como miembros de la
misma. Esta era al menos la opinión común que en los medios eclesiásticos nunca
dejó de ser discutida.
En el siglo XI, los
gregorianos la atacaron con el más rudo y perspicaz vigor. Luchaban por esa
distinción entre lo espiritual y lo temporal, en la que Rousseau y Renán nos han
enseñado a ver una de las grandes innovaciones del cristianismo. De todas
formas, ellos tenían interés en separar tan bien los dos poderes sólo con el fin
de humillar a los dueños de los cuerpos ante los dueños de las almas: “la Luna”,
que no es más que un reflejo ante “el Sol”, fuente de toda luz. Pero su éxito,
en este punto, fue escaso. Tenían que transcurrir muchos siglos antes de que a
los ojos de los pueblos las monarquías apareciesen en su papel de potencias
modestamente humanas.
En el espíritu de
las masas, este carácter sagrado no se traducía sólo por la noción, demasiado
abstracta, de un derecho de dirección eclesiástica. Alrededor de la realeza, en
general, o de diversas realezas particulares, se elaboró todo un ciclo de
leyendas. A decir verdad, no alcanzó su pleno desenvolvimiento hasta el momento
en que se fortalecieron, de hecho, la mayor parte de los poderes monárquicos, o
sea, hacia los siglos XII y XIII. Pero
sus orígenes remontaban a la primera edad feudal. Desde fines del siglo IX, los
arzobispos de Reims pretenden conservar el depósito de un óleo milagroso, en
otro tiempo aportado a Clodoveo por una paloma desde lo alto del
firmamento: admirable privilegio
que permitirá,
a la
vez, a
esos prelados reivindicar, en
Francia, el
monopolio de
la consagración, y a sus reyes, el
decir que están consagrados por el propio cielo.
Los reyes de
Francia, desde Felipe I al menos, probablemente desde Roberto el Piadoso,
y los reyes de Inglaterra desde Enrique I, tienen fama de curar ciertas
enfermedades por el contacto de sus manos. Cuando en 1081 el emperador Enrique
IV —excomulgado, sin embargo—, atravesó la Toscana, los campesinos acudían al
camino y se esforzaban en tocar sus vestidos, persuadidos de asegurarse con ello
magníficas cosechas.*115
¿Al aura
maravillosa que rodeaba de esta forma a las personas reales, opondremos, para
poner en duda la eficacia de esta imagen, el poco respeto que con demasiada
frecuencia obtenía la autoridad monárquica? Esto sería plantear mal el problema.
Pues, mirando de cerca, vemos: un sinnúmero de reyes imperfectamente obedecidos,
combatidos o escarnecidos por sus feudatarios o, incluso, prisioneros de éstos.
Pero reyes que perecieran de muerte violenta en manos de sus súbditos, en la
época que nos ocupa, salvo error, encuentro exactamente tres: en Inglaterra,
Eduardo el Mártir, victima de una revolución palatina fomentada en
provecho de su propio hermano; en Francia, Roberto I, usurpador, muerto en un
combate por un partidario del rey legítimo; en Italia, tan llena de luchas
dinásticas, Berenguer I. Al lado de las hecatombes del Islam, a la vista de lo
que ofrecerá, en el propio Occidente, la lista de muertes cometidas por los
grandes vasallos de las diferentes coronas, y teniendo en cuenta las costumbres
familiares a una época de violencias, hay que admitir que es muy poco.
Esas
representaciones, así escalonadas de lo religioso a lo mágico, no eran, en el terreno de las fuerzas sobrenaturales, más que la expresión
de la misión política reconocida como propia de los reyes: la de “jefe del
pueblo”, thiudans, según el viejo nombre alemán. En la proliferación de
las dominaciones, que caracterizaba el mundo feudal, los reinos, como ha escrito
justamente Guizot constituían poderes sui generis: no sólo superiores, en
principio, a todos los demás, sino también de un orden realmente diferente.
Rasgos significativo: mientras que los derechos diversos, cuyo entrecruzamiento
hace imposible el representar en una mapa ninguno de esos feudos, grandes
o pequeños, por medio de unos contornos lineales, existían, por el contrario,
entre los Estados monárquicos lo que
legítimamente se puede
llamar fronteras. No
exactamente, tampoco, como
líneas tiradas a cordel, pues la ocupación del suelo,
muy frágil, no imponía su
necesidad. Para separar Francia del Imperio en las marcas del Mosa, bastaban los
matorrales desiertos de la región de Argona. Pero, al menos, una ciudad o una
aldea, por disputada que fuese su pertenencia, pertenecía a uno o a otro de los
dos reinos que se la podían disputar, mientras que en ellas se podía ver a
cualquier potentado ejercer, por ejemplo, la alta justicia, a otro poseer en ella siervos,
un tercero, censos con sus
jurisdicción, y a un cuarto, el
diezmo. En otras palabras: para una tierra como para un hombre tener muchos señores era casi normal: varios reyes,
imposible.
Lejos de Europa, en
el Japón, se formó un sistema de subordinaciones personales, muy análogo a
nuestro régimen feudal, levantado poco a poco frente
a una monarquía, como
en Occidente,
mucho más
antigua. Pero,
allí,
las dos instituciones coexistieron
sin penetrarse. Personaje sagrado, como nuestros reyes, y mucho más próximo a la
divinidad que ellos, el emperador del
país del Sol Naciente continuó, de derecho, como soberano de todo el pueblo. Por
debajo de él, la jerarquía de los vasallos se detenía en el shogun, su
jefe supremo.
El resultado
fue que,
durante largos
siglos, el
shogun acaparó todo el
poder real. En Europa, por el contrario, las monarquías, anteriores por su
fecha, y, por su naturaleza, extrañas a la red de vasallaje, no dejaron de
ocupar su lugar en la cima. Supieron evitar el verse ellas mismas envueltas en
el sistema de dependencias. ¿Ocurría que, por el juego de la patrimonialidad de
los feudos, una tierra, antes sometida a un señor particular o a una iglesia,
entrase en el dominio real? La regla, universalmente admitida, era que el rey,
aunque tuviese que soportar algunas de las cargas, estuviese dispensado de todo
homenaje: pues no podía declararse fiel de uno de sus súbditos. Por el
contrario, nada había impedido jamás que, entre éstos, que todos eran, en tanto
que tales, sus protegidos, no escogiese a ciertos privilegiados para extender
sobre ellos, según el rito del homenaje, una protección particular.
Pues bien, en el
número de esos encomendados reales figuraban desde el siglo IX, como ya
se ha visto, junto a
una multitud de pequeños satélites, todos los magnates, altos
funcionarios pronto convertidos en príncipes regionales.
De suerte que,
rector del pueblo
en su
conjunto, el
monarca es,
además, grado por grado, el
señor superior de una cantidad prodigiosa de vasallos y a través de ellos, de
una multitud, más numerosa aún, de humildes dependientes. En los
países en
los que
la estructura
feudal excepcionalmente
rigurosa excluye el alodio
—tal, la Inglaterra de después de la conquista normanda—, no existe ningún pobre
tonto, por bajo que esté en la escala de las sujeciones que, levantando los
ojos, no perciba, en el último estrado, al rey. En otras partes, la cadena a
veces se rompe antes de llegar tan arriba. Sin embargo, por todas partes, esta
feudalización de las monarquías fue para ellas un elemento de salvación. Allí
donde no conseguía mandar como jefe del Estado, el rey, al menos, podía utilizar
en provecho propio las armas del derecho de vasallaje, alimentado con el
sentimiento del más vivo entonces de todos los vínculos humanos. ¿En la Chanson,
Rolando por quién combate, por su
soberano o por su señor, al que ha prestado homenaje? Sin duda ni él
mismo lo sabe. Pero si combate con tanta abnegación por su soberano, es porque
éste es, al propio tiempo, su señor. Más tarde, cuando Felipe Augusto discutirá
al papa la facultad de disponer de los
bienes de un conde herético, dirá
todavía, con toda naturalidad “este conde lo tengo en feudo”; y no “este conde
es de mi reino”. En este sentido, la
política de
los Carolingios, que habían
pensado construir
su gobierno sobre el vasallaje, no debía mostrarse a la larga tan vana
como sus primeros fracasos voluntarios lo
hicieron creer.
Muchas razones —lo hemos ya
observado y volveremos sobre ello— conspiraron, durante la primera edad feudal,
para reducir a muy poco la acción verdaderamente eficaz del poder
real. Al menos, disponía de dos grandes fuerzas latentes, prestas a
desarrollarse bajo la influencia de condiciones más favorables: la intacta
herencia de su antiguo prestigio; la renovación que encontraba en su adaptación
al nuevo sistema social.
III_ LA
TRANSMISIÓN DEL PODER
REAL; PROBLEMAS
DINÁSTICOS
¿Cómo se transmitía
esta dignidad monárquica tan repleta de tradiciones entremezcladas?
¿Herencia? ¿Elección? En
nuestro tiempo,
nosotros tenemos estas dos
denominaciones como incompatibles. Que durante la era feudal no
lo eran en el mismo grado están concordes en enseñárnoslo muchos textos.
“Hemos obtenido la elección unánime de los pueblos y de los príncipes y la
sucesión hereditaria del reino indiviso”, así se; expresa en 1003 el rey de
Alemania Enrique II. Y, en Francia, el excelente canonista que era Ivo de
Chartres: “Está consagrado como rey a justo título, aquel a quien la realeza
correspondía por derecho hereditario y que ha sido designado con el unánime
consentimiento de los obispos y de los grandes”.*116
Esto era así porque no se concebía ninguno de los dos principios bajo su forma
absoluta. Concebida menos como el ejercicio de un libre arbitrio, que bajo el
aspecto de obediencia una especie de revelación íntima, que hacia descubrir al
elegido, la elección pura encontró defensores entre los eclesiásticos. Hostiles
a la idea casi pagana, de una virtud sagrada de la raza, se inclinaban, además,
a ver la fuente legítima de todo poder en un sistema de nombramiento que la
Iglesia reivindicaba para si misma, como el único conforme con el rey ¿no tenía
que ser escogido el abad por sus monjes, el obispo por el clero y el pueblo de
la ciudad? Estos teólogos coincidían en ese aspecto con las ambiciones de los
grandes feudatarios, que no deseaban más que ver caer la monarquía bajo su
dependencia. Pero, impuesta por todo un mundo de representaciones que la Edad
Media recibió principalmente de Germania, la opinión generalmente extendida era
muy distinta. Se creía en la vocación hereditaria, no de un individuo, sino de
un linaje, al que se juzgaba único capaz de dar jefes eficaces.
La conclusión
lógica hubiese sido sin duda el ejercicio de la autoridad en común por todos los
hijos del rey difunto o la repartición del reino entre ellos. Interpretaba, a
veces, muy equivocadamente, como probando la pretendida asimilación del reino a
un patrimonio, mientras que, por el contrario, expresaban la participación de
todos los descendientes en un mismo privilegio dinástico, estas prácticas, como
se sabe, fueron familiares al mundo bárbaro. Los Estados anglosajones y
españoles las perpetuaron durante mucho tiempo en la era feudal. Sin embargo,
parecieron peligrosas para el bien de los pueblos. Chocaban con esa noción de
una monarquía indivisible, que un Enrique II ponía conscientemente de relieve y
que respondía a la supervivencia, entre tanta confusión, de un sentimiento, aun
vigoroso, del Estado. Prevaleció, pues, otra solución que, por otra parte, actuó
siempre paralelamente con la primera. En esta familia predestinada, y en ella
sola —a veces, si la línea masculina se extinguía, en las familias afines— los
principales personajes del reino, representantes natos del conjunto de
todos los súbditos, nombran el nuevo
rey. “El uso de los francos”, escribe, pertinentemente en 893, Fulco, arzobispo
de Reims, “fue siempre, una vez muerto su rey, elegir otro en la estirpe real”*117
Esta herencia
colectiva, así comprendida, tenía que
llevar necesariamente a la herencia individual en línea directa. ¿No
participaban los hijos del último rey,
de manera eminente, de las virtudes de su sangre? Pero aquí, el factor
decisivo fue otro uso que la Iglesia también aceptaba, en sí misma, como
un útil antídoto contra el azar de las elecciones. Con frecuencia, el abad, aún
en vida, hacía reconocer por sus monjes el personaje que él mismo designaba como
sucesor. Así procedieron, en particular, los primeros jefes del gran monasterio
de Cluny. Asimismo, el rey, o el príncipe, obtenían de sus fieles que, estando
aún vivo, uno de sus hijos fuese asociado a su dignidad, o
incluso —si se trataba de un rey— consagrado inmediatamente: práctica
realmente universal durante la edad feudal, en la que se vio a los dogos de
Venecia o los cónsules de Gaeta comulgar con todas las monarquías de
Occidente. Otro caso es el de que hubiera varios hijos. ¿Cómo escoger entre
ellos el feliz beneficiario de esta elección anticipada? Como en el derecho de
los feudos, el derecho monárquico no se relacionó en principio con la
primogenitura. Es más, a ella se oponían los derechos del hijo nacido “en la
purpura”, es decir, cuando su padre era ya rey; o bien, razones más
personales hacían inclinar la balanza. Sin embargo, ficción cómoda
impuesta, poco a poco, por el ejemplo mismo del Feudo, el privilegio de
primogenitura, pese a algunas tentativas contrarias, se impuso casi desde el
origen en Francia. Alemania, más fiel al espíritu de las viejas costumbres
germánicas, nunca lo admitió sin reservas. En pleno siglo XII, Federico
Barbarroja tuvo aún que designar a su segundo hijo como continuador.
Todo ello no era,
de otra parte, más que el signo de divergencias más profundas. En efecto,
surgidas de las mismas nociones en las que se unían el principio electivo y el
derecho del linaje, las costumbres monárquicas evolucionaron, en los diversos
Estados europeos, en sentidos singularmente variables. Bastará con fijar nuestra
atención en dos experiencias
especialmente típicas: las que nos ofrecen Francia, por una parte, y Alemania,
por otra.
La historia de
Francia occidental empezó, en el 888, por una total ruptura con la tradición dinástica. En la persona del rey Eudes los grandes
nobles escogieron, en toda la amplitud del término, un hombre nuevo. De
la descendencia de Carlos el Calvo no quedaba entonces más que un niño de
ocho años que, a causa de su juventud, había sido separado ya dos veces del
trono. Sin embargo, apenas este muchachito —llamado también Carlos y que una
historiografía sin compasión tenia que motejar el Simple— cumplió los
doce años, edad en la que el derecho de los franco-salios fijaba la mayoría, se
vio, el 28 de enero de 893, consagrado en Reims. La guerra entre los dos
reyes duró mucho tiempo. Pero, poco antes de su muerte, ocurrida el I de
enero del 898, Eudes, conforme a un acuerdo establecido según parece algunos
meses antes, invitó a sus partidarios, una vez él muerto, a unirse al
carolingio. Este no encontró un rival hasta veinticuatro años después. Irritados
por el favor que Carlos concedía a un pequeño caballero, inclinados por
naturaleza a la indocilidad, algunos de los más elevados personajes del país se dedicaron a buscar otro rey. Como Eudes no dejó hijos, su
hermano Roberto había heredado sus
honores patrimoniales y su clientela. Fue él el elegido por los rebeldes (29 de
junio del 922). Por el hecho de haber ya
llegado a la corona, esta familia parecía ya medio consagrada.
Después,
cuando Roberto,
el año
siguiente, fue
muerto en
el campo
de batalla, su yerno, el duque
de Borgoña, Raúl, recibió a su vez la unción; y la emboscada que, poco
después, hizo
de Carlos,
para toda
su vida,
el prisionero de uno de los
principales sublevados, aseguró la victoria del usurpador. No obstante, la
muerte de Raúl, también sin sucesión masculina, debía dar la señal de una
verdadera restauración. El hijo de Carlos el Simple, Luis IV, fue llamado
de Inglaterra
donde se encontraba refugiado (junio del 936). Su propio hijo, y su nieto a continuación, le
sucedieron sin dificultad. Hasta tal punto que, a fines del siglo X, todo
parecía dar por definitivo restablecimiento de la
legitimidad.
Para ponerla en
discusión de nuevo, bastó el azar de un accidente de caza en el que sucumbió el
joven rey Luis V. La asamblea de Novan, el 1 de junio de 987, proclamó al nieto
del rey Roberto, Hugo Capeto. Sin embargo, todavía existía un hijo de Luis IV.
Carlos, al que el emperador alemán había nombrado duque de la Baja-Lorena. No
tardó en reivindicar por las armas su herencia, y mucha gente, sin duda, según
la expresión de Gerberto, no veía en Hugo más que un rey interino. Un
feliz golpe de mano cambió este estado de cosas. Engañado y traicionado por el
obispo de Laon, Carlos fue hecho prisionero en esta ciudad el Domingo de Ramos
del año 991. Como su abuelo, Carlos el Simple, tuvo que morir en el
cautiverio. Hasta el día en que Francia dejara de ser una monarquía, no conocerá
más reyes que los del linaje de los Capetos.
De esta larga
tragedia, con un desenlace debido a la suerte, se deduce que el sentimiento de
legitimidad tuvo durante largo tiempo algo de fuerza. Más que los documentos de
la Aquitania, que bajo Raúl, y después bajo Hugo Capeto, marcan
sus fórmulas
para fechar
la voluntad
de reconocer
los
usurpadores—los países al sur del
Loira llevaron siempre una vida aparte y su nobleza era hostil a los jefes
salidos de Borgoña o de la Francia propia—, y mucho más
que la indignación convencional o interesada de ciertas crónicas, los
hechos hablan aquí muy alto. Necesariamente la experiencia de Eudes, de Roberto
y de Raúl hubo de parecer mediocremente tentadora para que tardase tantos años
en ser renovada. Ningún escrúpulo impidió al hijo de Roberto, Hugo el Grande,
tener durante cerca de un año prisionero a Luis IV. Lo curioso es que no se
determinase, aprovechando esta circunstancia tan favorable, a proclamarse rey.
Consecuencia de la más inesperada de las muertes, el acontecimiento del 987 no
fue, aunque se haya dicho, “un hecho eclesiástico ante todo”. Si el arzobispo de
Reims, Adalberón, fue indiscutiblemente su principal artesano, no toda la
Iglesia se colocó detrás de él. Según todas las apariencias, los hilos de la
intriga llegaban de la corte imperial de Germania, a la
que el
prelado y
su consejero Gerberto estaban
unidos a
la vez por
el interés personal y por las
convicciones políticas. Pues, a los ojos de estos clérigos instruidos. Imperio
era sinónimo de unidad cristiana. En los Carolingios de Francia, los sajones,
que reinaban entonces en Alemania y en Italia, temían la sangre de Carlomagno,
del que ellos mismos, sin ser sus descendientes, habían recogido la augusta
herencia. Más concretamente, de un cambio de dinastía, esperaban, a
justo titulo, la pacífica posesión
de esa
Lorena en
la que los Carolingios se sentían en su casa y nunca renunciaron a
disputarles. El éxito estuvo facilitado, en la propia Francia, por la balanza de
fuerzas. Obligado a buscar fortuna
fuera de su país natal, Carlos de Lorena no tenía muchos fieles. De
una manera
más general,
la causa
carolingia fue víctima
de la incapacidad de los
últimos reyes para conservar bajo su dominio directo bastantes tierras o
iglesias para asegurar el apoyo hereditario de una vasta clientela de vasallos,
siempre animada por la esperanza de nuevas recompensas. En este sentido, el
triunfo de los Capetos representa la victoria de un poder joven —el de un
príncipe territorial señor y distribuidor de muchos feudos— sobre la potencia
tradicional de una realeza ‘casi pura’.
Menos que su éxito,
es sorprendente el apaciguamiento de toda querella dinástica después de 991. El
linaje carolingio no estaba extinguido con Carlos de Lorena. Dejó
hijos que
—unos más
pronto y
otros más tarde—
escaparon al cautiverio. Según nuestros conocimientos, nunca intentaron
nada. Como tampoco, a pesar de su turbulencia, los condes de Vermandois, cuya
casa, fundada por un hijo de Carlomagno, no se extinguiría hasta la segunda
mitad del siglo
XI. Quizá por
una especie de
estrechamiento de la
lealtad, se
dudó en extender los derechos de la sangre hasta esos colaterales que,
si se hubiese, tratado de un feudo, hubiesen sido entonces considerados como
excluidos de la sucesión Parece que este argumento fue utilizado en 987 contra
Carlos. En esta fecha, y en la boca de adversarios, es sospechoso. Sin embargo
¿sirve para explicar, en cierta medida, la abstención de la rama de Vermandois
en el 888? Y quién sabe cuál hubiese sido la suerte de los Capetos, sin el
maravilloso azar que, de 987 a 1316, hizo que cada padre encontrase un hijo como
sucesor. Sobre todo, olvidada por los poderosos por sus ambiciones, privada del
apoyo que le hubiese podido proporcionar un grupo importante de fieles
personales, el respeto de la legitimidad carolingia no hubiera podido ser
mantenido más allá de las pequeñas intrigas cotidianas. Que los más activos y
los más inteligentes entre los jefes
de la Iglesia, un Adalberón, un Gerberto, en razón de su misma vinculación a la
idea imperial, creyesen un deber sacrificar a los representantes actuales de
esta idea la dinastía de Carlomagno, fue sin duda el elemento decisivo en el
equilibrio de fuerzas, no materiales sino
morales.
¿Cómo explicar, sin
embargo, que aparte los últimos representantes carolingios, los Capetos no
viesen levantarse contra ellos nunca ningún rival? Durante mucho tiempo, la
elección no desapareció por completo. Véase la cita anterior del Ivo de Chartres,
que se refiere a Luis VI, que fue consagrado en 1108. Una corte solemne se
reunía y proclamaba un rey. Después, el día de la consagración, el prelado,
antes de proceder a la unción, pedía todavía a los asistentes su consentimiento.
Sólo que esta pretendida elección recaía invariablemente en el hijo del
precedente soberano, en general cuando éste todavía vivía, gracias a la práctica
de la asociación. Ocurría que tal o
cual gran feudatario ponía poca prisa en prestar homenaje Las sublevaciones eran
frecuentes. Pero nunca surgió un anti-rey. Es significativo que la nueva dinastía —como
Pipino y
sus sucesores
lo hicieron
respecto a
los
merovingios
—
manifestase su voluntad
de unirse a la tradición del linaje que habían suplantado. Los reyes hablan de
los Carolingios como de sus predecesores. Desde un principio, según parece, se
enorgullecieron de descender de ellos
por las mujeres: lo que se puede creer exacto, pues, probablemente, algo de
sangre de Carlomagno corría por las venas de la mujer de Hugo Capeto. Después, a
partir, lo más tarde, del reinado de Luis VI, se ve a la familia reinante
procurando utilizar en su provecho la leyenda del gran emperador
que, llevada
por la epopeya, se
extendía entonces
por toda
Francia.
Incluso, es probable que colaboraran a
su expansión. No tardaron mucho en añadirle, de su propia cosecha, un milagro
especialmente emocionante: el de la curación. El respeto por la unción, que no
impedía las revueltas, prevenía las usurpaciones. En una palabra, casi extraño
al mundo romano, pero llegaba a Occidente por la Germania, de los lejanos
tiempos primitivos, el sentimiento del
misterioso privilegio que parecía unirse a una raza predestinada y poseía tanto
vigor que, desde el día en que se vio ayudado a la vez por el azar de los
nacimientos masculinos fieles, se vio una fresca legitimidad reconstruirse con
rapidez sobre las ruinas de la antigua.
En Alemania, la
historia de las sucesiones regias ofreció, en sus principios, unas líneas mucho
más simples. Cuando la dinastía carolingia, en su rama germánica, se extinguió
en el 911, la elección de los magnates recayó sobre un señor franco, Conrado I, emparentado con la familia
desaparecida. Mal obedecido, pero sin que nunca se levantase contra él un rival,
este príncipe designó él mismo, para reinar después de su muerte, al duque de
Sajonia, Enrique, que, a pesar de la rivalidad del duque de Baviera, fue elegido
y reconocido sin muchas dificultades. Desde entonces —mientras el reino del
Oeste se debatía en una larga querella dinástica—, los soberanos de esta familia
sajona se seguirán de padres a hijos durante más de una centena de años
(919-1024). La elección, que continuaba haciéndose de forma regular, parece que
no servía más que para confirmar la herencia. Pues bien, damos ahora
un salto
de un
siglo y
medio aproximadamente
a través
del tiempo.
Entre las dos naciones, subsiste el contraste. Pero está invertido. En
adelante, uno de los lugares comunes de la especulación política europea será el
oponer al reino hereditario de Francia la llamada monarquía electiva de
Alemania.
Tres causas, que
actuaron en el mismo sentido, desviaron de este modo la evolución alemana. El
azar fisiológico, que fue tan favorable a los Capetos, se inclinó en Alemania
contra la continuidad dinástica: sucesivamente se vio sucumbir sin descendencia,
al quinto de los reyes sajones, después, al cuarto rey salido de la familia
salía, es decir, franca, que había ocupado su lugar. Por otra parte, la
realeza alemana, desde Otón I, parecía unida a la dignidad imperial. Pues
bien, si las realezas de tradición básicamente germánica reposaban sobre
la idea de una vocación hereditaria, si no del individuo, al menos del linaje de
la tradición romana, que se encontraba en el origen de la idea de Imperio por
una literatura histórica o pseudo-histórica cada vez más conocida desde fines
del siglo XI, no había, contrariamente, aceptado jamás
de manera plena estos privilegios de la sangre. “Es el ejército quien
nombra al Emperador”, se repetía con gusto; y los grandes nobles asumían con
placer el papel de las legiones o incluso, como se complacían en denominarse,
del “Senado”. Por último, la lucha violenta que, en tiempos del movimiento
gregoriano, estalló entre los soberanos alemanes y el papado, poco antes
reformado por su interés,
llevó a los papas a
levantar, contra
el rey enemigo, al que
deseaban hacer deponer, el principio de la elección tan conforme, por otra
parte, con el sentimiento de la Iglesia. El primer anti-rey que conoció
Alemania después del 888, fue elegido contra el salio Enrique IV, el 15
de marzo del 1077, en presencia de los legados pontificios. No fue, ni con
mucho, el último; y si, sin
duda, es
inexacto que
esta asamblea
se pronunciara
expresamente en favor del carácter electivo que para siempre debía tener la
monarquía, la opinión que,
a través
de los
monasterios, se fue
extendiendo, atestiguaba
lo que sería el porvenir. Pero la
aspereza misma de la querella que dividía así a los emperadores alemanes y la
curia no se explica, a su vez, más que porque estos reyes eran también
emperadores. Mientras que a otros soberanos los papas no podían reprochar más
que la opresión de iglesias particulares,
en los sucesores de Augusto y de Carlomagno encontraban rivales a la
dominación de Roma, de la Sede Apostólica y de la Cristiandad.
IV_ EL
IMPERIO
El hundimiento del
Estado Carolingio tuvo por efecto librar a facciones locales las dos dignidades
pan-cristianas: el papado, a los clanes de la aristocracia romana; el Imperio, a
los partidos que se formaban y se deshacían sin cesar entre la nobleza italiana.
Pues, como ya hemos visto, el título imperial parecía unido a la posesión de
Italia. No tuvo algún sentido más que cuando fue,
desde el 962, adoptado por los soberanos alemanes, cuyas pretensiones
podían apoyarse sobre una fuerza considerable para su tiempo.
No
es que,
en ningún
caso, los
dos últimos
títulos, real
e imperial, se
llegaran a confundir. Durante
el período que transcurre entre Luis el Piadoso y Otón I, se había visto
afirmarse definitivamente el doble carácter, a la vez romano y pontifical, del
Imperio de Occidente. Para llamarse emperador, no bastaba con ser reconocido y
consagrado en Alemania. Era necesario, en absoluto, haber recibido en la propia
Roma, de las manos del papa, una consagración específica, mediante una segunda
unción y la entrega de las insignias imperiales. Lo nuevo es que, en adelante,
el elegido por los magnates alemanes pasa por ser el único candidato legítimo a
este augusto rito. Como tenía que escribirlo, hacia fines del siglo XII, un
monje alsaciano: “sea quien sea el príncipe que Germania haya escogido como
jefe, delante de él la opulenta Roma inclina la cabeza y lo adopta como su
señor”. Muy pronto incluso se considerará que, desde su advenimiento como rey de
Alemania, este monarca accede por ello
mismo, y súbitamente, al gobierno no sólo de la Francia Oriental y de la
Lotaringia, sino también de todos los territorios imperiales: Italia y, más
tarde, el reino de Borgoña. En otras palabras, por ser, según la expresión de
Gregorio VII, el “futuro emperador”, gobierna ya en su Imperio:
situación de espera
expresada, desde fines
del siglo
XI, por el nombre de Rey de
Romanos que el soberano alemán lleva en adelante desde su elección a orillas de
Rin, para cambiarlo por un nombre más bello sólo el día
en que, habiendo emprendido la clásica “expedición romana”, el
Römerzug tradicional, podrá cubrirse, a orillas del Tíber, con la corona de
los Césares. A menos que las circunstancias, poniendo obstáculos a este largo y
difícil viaje, no lo condenen a contentarse, durante toda su vida, con ser rey
de un Imperio.
Supongamos, sin
embargo, que se encuentra lo bastante feliz por haber sido hecho emperador, como
será, por otra parte, la suerte, más pronto o más
tarde, hasta Conrado III exclusivamente (1138-1152), de todos los
monarcas alemanes. ¿Cuál era, pues, el contenido de este título tan deseado? No
hay duda de que, en principio, parecía expresar una superioridad sobre la
generalidad de los reyes: los “reyezuelos” (reguli) como se complacerán
en decir los cortesanos del monarca en el siglo XII. Se explica así que a veces
se haya visto adornarse con él, fuera de los límites del antiguo Imperio
carolingio, a soberanos
que con
ello pretendían,
al propio
tiempo, señalar
su independencia frente a
toda monarquía con pretensiones de universalidad y
su propia hegemonía sobre los reinos o antiguos reinos vecinos: tales, en
Inglaterra, ciertos reyes de Mercia o de Wessex y, con más frecuencia, en
España, los de León. En realidad, se trata de simples plagios. En Occidente,
no existía otro emperador auténtico que el emperador “de Romanos”, según
la fórmula que, desde el 982, la cancillería otomana empleada frente a Bizancio.
La memoria de los Césares proporcionaba, en efecto, el alimento con que se
alimentaba el mito del imperio. Y preferentemente, los recuerdos de los Césares
cristianos, ¿No era Roma, al mismo tiempo que “la cabeza del Mundo”,
la ciudad
apostólica, renovada
por la
preciosa sangre
de los mártires? A las
reminiscencias de la universalidad romana, la imagen de Carlomagno, también él,
según expresión de un obispo imperialista, “conquistador del Mundo”,*118
venía a mezclarse para fortificar con sus evocaciones menos lejanas esta idea.
Otón III, que sobre su sello inscribió la divisa “Renovación
del Imperio romano” —ya empleada por el propio Carlomagno—, hizo buscar
en Aix la tumba del gran emperador, que generaciones más indiferentes a la
historia habían descuidado y, además de procurar a tan gloriosos restos un
sepulcro esta vez digno de su renombre, recogió, para su propio uso y como otras
tantas reliquias, una joya y algunos fragmentos del vestido del cadáver: gestos
paralelos por los que se expresaba elocuentemente la fidelidad a una doble e
indisoluble tradición.
Seguramente todas
éstas eran, ante todo, ideas de eclesiásticos. Al menos en su origen. No es muy
seguro que guerreros casi incultos, como un Otón I o un Conrado II, las llegaran
a asimilar. Pero los clérigos, que rodeaban y aconsejaban a los reyes y a veces
habían cuidado de su educación, no dejaban de tener influencia sobre sus actos.
Porque era joven, instruido, de temperamento místico, por haber nacido en la
púrpura y haber recibido las lecciones de su
madre, una
princesa bizantina, Otón III
agotó la
embriaguez de los sueños imperiales.
“Romano, triunfador
de los sajones, triunfador de los italianos, esclavo de los Apóstoles, por la
gracia de Dios Augusto emperador del Mundo”
¿Se puede creen que
el notario que, a la cabeza de uno de sus diplomas desarrollaba así sus títulos,
no estaba seguro, por adelantado, del
asentimiento de su señor? Como un sonsonete, las expresiones de “gobernador del
Mundo”, “señor de los señores del Mundo”, surgen de nuevo, un poco más de un
siglo más tarde, bajo la pluma del historiógrafo oficial del primero de los
salios.*119
Sólo que esta
ideología, sí se mira de cerca, es un tejido de contra dicciones. Nada
más seductor,
en apariencia,
que dejarse,
como Otón
I, tratar
de sucesor del gran
Constantino. Pero la falsa, Donación, que la Curia puso bajo el
nombre del autor de la Paz de la Iglesia y por la cual se le atribuía el
haber entregado Italia, al papa, o incluso todo el Occidente, era para el poder
imperial, tan molesta que en la corte de Otón III se hizo un esfuerzo para
demostrar su falsedad; el espíritu de partido despertó el sentido crítico.
Haciéndose consagrar
con preferencia,
desde Otón
I, en
Aquisgrán, los
reyes alemanes significaban que se tenían que por los legítimos
herederos de Carlomagno. Sin embargo, en Sajonia, de donde salió la dinastía
reinante, el recuerdo de la guerra atroz llevada a cabo por el conquistador
había dejado — lo sabemos por
la historiografía—
muchos rencores.
¿Vivía todavía en realidad el Imperio romano? Entre los clérigos, se contestaba en
sentido afirmativo, puesto que la interpretación que de ordinario se daba al
Apocalipsis obligaba a ver en
él el
último de los cuatro Imperios,
antes del fin
del Mundo.
No obstante, otros escritores
dudaban de esta perennidad; en su opinión, el reparto de Verdun marcó el
comienzo de un nuevo periodo histórico. Por último, esos sajones, francos,
bávaros o suabos —emperadores o grandes señores del Imperio—, que querían
‘calzarse los zapatos’ de los romanos de antaño, se sentían, en realidad, frente
a los romanos de su tiempo, almas extrañas y vencedoras. No los amaban ni los
estimaban y ellos, por su parte los detestaban con ardor. Por las dos partes se
llegaba a las peores violencias. El caso de Otón III, verdadero romano de
corazón, fue excepcional, y su reinado se terminó en la tragedia de un sueño no
realizado. Murió lejos de Roma, de donde le había arrojado el populacho,
mientras que, entre los alemanes, se le acusaba de haber descuidado, por amor a
Italia, “la tierra de su nacimiento, la deliciosa Germania”.
En cuanto a las
pretensiones a la “monarquía universal”, es evidente que estaban faltas
de todo apoyo material por parte de soberanos que —para no hablar de
dificultades más graves— con frecuencia se veían impedidos de gobernar
eficazmente sus propios Estados por una asonada de los romanos o de la gente de
Tívoli, por un castillo ocupado por un señor rebelde en un lugar clave o,
incluso, por la mala voluntad de sus propias tropas. De hecho, hasta Federico
Barbarroja (que subió al trono en 1152), tales pretensiones parece que
no pasaron del
ámbito de las fórmulas de cancillería. No
se ve en
absoluto que en el curso de las frecuentes intervenciones de los primeros
emperadores sajones en la Francia Occidental, fuesen puestas en práctica. O, al
menos, estas inmensas ambiciones no intentaban entonces manifestarse sino
indirectamente. Dueño
supremo de
Roma, por
tanto, procurador
de San
Pedro, es decir, su defensor, heredero, en particular, de los derechos
tradicionales que los emperadores
romanos y los primeros carolingios ejercieron sobre el pasado; guardián, por
último, de la fe cristiana por todos los países en donde se extendía su
dominación, real o pretendida, el emperador sajón o salio no tenía
desde su punto de vista, una misión más elevada ni más estrechamente ligada a su
dignidad que el proteger, reformar y dirigir la Iglesia romana. Como dice un
obispo de Vercelli, es “bajo la protección del poder del César” que “el papa
lava a los siglos de sus pecados”.*120
Este “César”, estima que tiene el derecho de nombrar al soberano pontífice o, al
menos, el de exigir que no sea designado sin su consentimiento.
“Por amor a San
Pedro hemos escogido como papa a nuestro preceptor
el señor Silvestre y, con la voluntad de Dios, lo hemos ordenado y
establecido como papa”.
Así habla Otón III
en uno de sus diplomas. Por ello, puesto que el papa no era sólo
obispo de
Roma, sino
también y
sobre todo
el jefe
de la
Iglesia
Universal —universalis
papa, repite
en dos
ocasiones el
privilegio concedido
por Otón
el Grande a la Santa
Sede—, el emperador se reservaba sobre la cristiandad entera una especie de
derecho de fiscalización que, llevado a la práctica, hubiese hecho de él mucho
más que un rey. Por ello, también, un germen de inevitable discordia entre los
espiritual y lo temporal se introdujo en el Imperio: un germen de muerte, en
verdad.
CAPITULO
III
DE
LOS PRINCIPADOS
TERRITORIALES A LAS
CASTELLANÍAS
I_ LOS
PRINCIPADOS
TERRITORIALES
En sí misma, la
tendencia que llevaba a los grandes Estados a fragmentarse
en formaciones políticas de menor extensión era una cosa muy vieja en
Occidente. Casi
en el
mismo grado
que las
ambiciones de
los jefes
del ejército, la indocilidad
de las aristocracias de las ciudades, en ocasiones agrupadas en ligas
regionales, habían amenazado la unidad del Imperio romano agonizante. En ciertos
sectores de la Europa feudal, sobrevivían aún, como testimonios de edades en
otras partes olvidadas, algunas de estas pequeñas Romaniae oligárquicas,
como la “comunidad de los venecianos”, asociación de poblados fundados en las
lagunas por los fugitivos de Tierra Firme y cuyo nombre colectivo, tomado
de la provincia de origen, no tenía que fijarse hasta un momento tardío en la
colina del Rialto —nuestra Venecia—, promovida lentamente a la categoría de
capital. Tales, asimismo, en Italia del Sur,
Nápoles y Gaeta. En Cerdeña, algunas dinastías de jefes indígenas
dividieron la isla en judicaturas. En otras partes, el establecimiento de
las monarquías bárbaras frenó este
fraccionamiento. No sin
que, de todas maneras, no
tuviese que hacerse más de una concesión a la irresistible presión de las
fuerzas locales. ¿No se había visto a los reyes merovingios obligados a
reconocer, unas veces a la aristocracia de tal o cual condado el derecho de
elegir el conde; otras, a los grandes de Borgoña, el de darse a sí mismos su
mayordomo de palacio particular? Hasta el punto de que la constitución de
poderes provinciales, que se efectuó en todo el continente en el momento del
hundimiento del Imperio carolingio y cuyo paralelo se encuentra, un poco más
tarde, entre los anglosajones, pudo parecer, en cierto sentido, un simple salto
atrás. Pero la influencia de las instituciones públicas, muy fuertes, de la
época inmediatamente anterior, imprimió un giro original al fenómeno.
En todo el Imperio
franco, en la base de los principados territoriales, encontramos regularmente
aglomeraciones de condados. En otras palabras — puesto que el
conde carolingio
era un
verdadero funcionario— los beneficiarios de los nuevos poderes pueden, sin un excesivo
anacronismo, ser comparados con una
especie de
subprefectos, cada
uno de
los cuales, al propio tiempo
que jefe de tropas, hubiese reunido varios departamentos bajo su
administración. Se dice que Carlomagno tenía por norma no confiar nunca a un
mismo conde varias circunscripciones a la vez. No se podría asegurar, sin
embargo, que incluso bajo su gobierno, esta prudente precaución fuese siempre
observada. Es seguro que, bajo sus sucesores y en particular después de la
muerte de Luis el Piadoso, dejó de serlo No sólo chocaba con la voracidad
de los magnates, sino que las mismas circunstancias la hacía difícilmente
aplicable.
Habiendo llegado la
guerra hasta el corazón del mundo franco, a causa de las invasiones y de las
luchas entre los reyes rivales, el establecimiento de extensos mandos militares,
semejantes a los que siempre existieron en las marcas, se imponía un poco en
todas partes. En ocasiones, tenía su origen en una de esas visitas de inspección
instituidas por Carlomagno; el inspector temporal, el missus, se
transformaba en gobernador permanente, como lo hicieron, entre el Sena y el
Loira, Roberto el Fuerte, y más al Sur, el antepasado de los condes de
Toulouse.
A estas concesiones
de condados se añadía de ordinario la de los principales monasterios reales de
la región. Convenido en su protector, o hasta en su abad laico, el gran jefe sacaba de ellos importantes
recursos en bienes y en hombres. Con frecuencia, ya enraizado, por su propia
cuenta, en la provincia, adquiría en ella nuevos feudos o nuevos alodios, y se
constituía —en particular, usurpando
el homenaje de los vasallos reales— una importante clientela. Incapaz de ejercer
su autoridad sobre todos los territorios que le estaban legalmente sometidos,
obligado, por consiguiente, a instalar o a aceptar, en algunos de ellos, a
condes de categoría inferior, o simples vizcondes (o sea, simples delegados del
conde), procuraba al menos unirse a estos subordinados por los vínculos del
homenaje. Para designar a estos gobernadores de varios condados la costumbre
antigua no proporcionaba ningún nombre. Casi de manera indiferente, se les
titulaba y se intitulaban, archicondes, condes principales, marqueses —es
decir, gobernadores de una marca, por analogía con los gobiernos de las
fronteras que proporcionaron el modelo de los del interior —duque, por último,
expresión tomada de la terminología merovingia y romana. Pero esta última
palabra no se empleaba más que allí donde la unidad provincial o étnica antigua
servía de soporte a la nueva organización.
La moda, de manera
lenta, hizo triunfar aquí uno, y allí otro de estos títulos, o, a veces, al
final, el simple nombre de conde, como en Toulouse o en Flandes.
Estas
constelaciones de poderes no adquirieron una verdadera estabilidad más que a partir del momento en que se introdujo la posibilidad
de heredar honores en general; es decir muy pronto en la Francia
Oriental; mucho más tarde en el Imperio.
Hasta este momento,
una muerte inoportuna, los cambiantes caprichos de un rey por una vez capaz de
hacer sentir con eficacia su autoridad, la hostilidad de los poderosos o hábiles vecinos podían, a cada instante,
arruinar el edificio. En el norte de Francia dos tentativas al menos, de reunión
de condados, por dos linajes diferentes, precedieron a la obra que los
“marqueses de Flandes”, desde su ciudadela de Brujas, debían llevar a buen fin.
En una palabra, en el éxito o en el fracaso, el azar tuvo indiscutiblemente una
gran parte. Sin embargo, los caprichos de la suerte, no lo explican todo.
Los fundadores de
los principados sin duda no eran geógrafos muy sutiles. Pero no hicieron una
labor útil más que allí donde la geografía no contradecía sus ambiciones: allí
donde supieron anudar, unos a otros, territorios entre los que las
comunicaciones eran suficientemente cómodas y tradicionalmente frecuentadas;
allí, sobre todo, donde les fue posible adueñarse de los puntos de paso, cuya importancia
ya nos ha
demostrado el
estudio de
las monarquías, al propio
tiempo posiciones militares decisivas y, a causa de los peajes, fuentes de excelentes ingresos. ¿Cómo hubiese conseguido vivir y
prosperar el principado borgoñón,
amenazado por tantas
circunstancias desfavorables si,
desde Autun, el valle
de Duché,
los duques
no hubiesen
dominado los
caminos que, a través de las ásperas soledades del ‘país alto’, unían la
Francia propia con la
cuenca del
Ródano? “Ardía
en deseos
de poseer
la ciudadela
de
Dijon” —dice, de un pretendiente, el monje Richer—, “pensando bien
que el día en que dispondría de esta fortaleza, podría someter a sus leyes la
mejor parte de Borgoña”. Señores de los Apeninos, los castellanos de Canossa no
tardaron en extender, desde lo alto de
las montañas, su poder sobre las llanuras cercanas, anto hacia el Arno
como hacia el Po.
Con frecuencia,
asimismo, la labor estaba preparada por antiguos hábitos de vida en común. Y no
fue sin razón que, bajo los títulos de muchos jefes nuevos, se vio reaparecer los viejos nombres nacionales. A decir
verdad, allí donde el grupo así designado era demasiado extenso, no subsistió, a
fin de cuentas, nada más que una etiqueta, bastante arbitrariamente aplicada a
un fragmento de un todo.
Entre las grandes
subdivisiones tradicionales del Estado franco, que en más
de una ocasión constituyeron monarquías separadas, Austrasia había sido
absorbida casi por completo en la Lorena. De las otras tres, por el contrario —
Aquitania, Borgoña y Neustria, a la que se acostumbraba llamar simplemente
Francia— el recuerdo, hacia el año 900, aun no se había borrado de la memoria de
los hombres. Colocados a la cabeza de grandes mandos regionales, diversos
personajes se titularon. después, duques de los
aquitanos. de los borgoñones o de los francos. La reunión de estos tres
principados parecía remitir hasta tal punto el reino entero, que el propio
monarca era llamado algunas veces “rey de los francos, de los aquitanos y de los
borgoñones” y que, aspirando a dominarlo todo. Hugo el Grande, no creyó
encontrar para ello un medio más seguro que sumar al ducado de Francia, en el
que había sucedido a su padre, la investidura de los otros dos: concentración
demasiado grandiosa para que durase más de un momento.*121
Pero, de hecho, los
duques de Francia, convertidos mas tarde en reyes Capetos, no ejercieron nunca
una autoridad real más que sobre los condados que tenían directamente en sus
manos y que —los del bajo Loira fueron usurpados por sus propios vizcondes— se
reducían, hacia el 987, a seis u ocho
circunscripciones aproximadamente,
alrededor de
París y
de Orleáns.
El nombre de la antigua tierra
de los burgundios se repartió, al fin, en la época feudal, entre el reino de los
descendientes de Rodolfo, un gran feudo poseído de
manos de
estos reyes (la
comté de
Borgoña, nuestro
Franco-Condado) y un ducado francés. Y
aún este último, extendido desde el Saona a la región de Autun y a la de Avallon,
estaba lejos de comprender todas las comarcas, —las de Sens y de Troyes, por
ejemplo— que, en la Francia Occidental, continuaban siendo consideradas “en Borgoña”. El reino de
Aquitania se había extendido por el Norte hasta el Loira, y, durante mucho
tiempo, el centro de gravedad del ducado, que le sucedió, se mantuvo cercano al
río. El duque Guillermo el Piadoso fechó en Bourges (910), el documento
de fundación de Cluny. Sin embargo, como el título fue disputado entre varias
casas rivales, la que lo conservó se encontró con que. en principio, sólo poseía
derechos efectivos en las
llanuras al
oeste del
Macizo Central.
Después, hacia
1060. una herencia afortunada
le permitió sumar a su primer patrimonio el principado fundado, entre Burdeos y
los Pirineos, por una dinastía indígena, cuyos miembros —a causa de haber estado
antaño ocupado el país por gentes de lengua euskera— se llamaron duques de los
vascos o de los gascones. El Estado feudal surgido de esta fusión era
realmente considerable y, sin embargo, dejaba fuera de sus fronteras buenos
trozos de la primitiva
Aquitania.
En otras partes, la
base étnica era más clara. Con ello, se debe entender, abstracción hecha de toda
clase de
consideraciones pretendidamente raciales, la presencia, como substrato, de un
grupo provisto de cierta unidad tradicional de civilización. A través de muchas
vicisitudes, el ducado bretón fue el heredero del reino que, a favor de
las turbulencias del imperio carolingio, habían creado jefes, célticos de la
Armórica, reuniendo —como los reyes escotos en el Norte— a las tierras del
poblamiento céltico sus confines de otra lengua: aquí, las antiguas marcas
romanas de Rennes y de Nantes. Normandía debía su nacimiento a los piratas escandinavos.
En Inglaterra, las
antiguas divisiones de la isla, trazadas por el establecimiento de los
diferentes pueblos germánicos, sirvieron de manera aproximada de marco a los
grandes gobiernos que los reyes, a partir del siglo X, tomaron la costumbre de
constituir en provecho de algunos aristócratas. Pero en ningún sitio este
carácter había de acentuarse más que en los ducados alemanes.
En su origen,
encontramos los mismos hechos que en la Francia Occidental o en Italia: reunión
de varios condados en mandos militares; indeterminación primitiva de la
designación. Esta, sin embargo, se fijó aquí con mucha más rapidez
y con
mucha más
uniformidad. En un
espacio de
tiempo cortísimo —del 905 al
915, aproximadamente—, se vieron surgir los ducados de Alemania
o Suabia,
de Baviera,
de Sajonia,
de Franconia
(diócesis ripuarias
de la orilla izquierda del Rin y tierras de colonización franca en el
bajo Main), sin contar el de Lorena, cuyo duque no era más que el sucesor
minimizado de un rey. Esos nombres son significativos. En la “Francia del Este”,
que no sufrió, como la antigua Romania, los grandes movimientos de las
invasiones, persistían, bajo la unidad de principio de un Estado muy reciente,
las antiguas divisiones en naciones germánicas. ¿No era según sus grupos étnicos
como se veía a los magnates
comparecer, o abstenerse, en la elección real? Mantenido
por el
uso de
costumbres codificadas, propias de
cada pueblo
y, prácticamente, de su
territorio, el sentimiento particularista se aumentaba con los recuerdos de un
pasado muy próximo. Alemania, Baviera, Sajonia no fueron anexionadas, sucesivamente, al Estado carolingio hasta la
segunda mitad del siglo VIII y el mismo título de duque, adoptado por los
príncipes feudales, reproducía el que habían llevado durante mucho tiempo, bajo
una intermitente hegemonía franca, los soberanos hereditarios de los dos
primeros países. Obsérvese, por contraste, la perfecta experiencia negativa que
ofrece la Turingia. Desprovista de existencia nacional independiente, desde que
el poder real sucumbió en el 534, ningún poder ducal duradero consiguió
establecerse en esa región. El duque era considerado hasta tal punto como
jefe de un pueblo, más que como simple administrador de una
circunscripción provincial, que la aristocracia del ducado pretendía, de buen
grado, elegirlo y, en Baviera, se hizo en algunas ocasiones reconocer por los
reyes el derecho de participar, por lo menos con su asentimiento, en la
designación. No obstante, la tradición del Estado carolingio era, en Alemania,
todavía lo bastante viva para que los reyes pudiesen renunciar a tratar a los
personajes provistos de estos grandes gobiernos como siendo, ante todo, sus
delegados. Durante mucho tiempo, como se ha visto, se negaron a reconocerles el
derecho hereditario.
Ahora bien, el
carácter de función pública, conservado de esta forma por el poder ducal, se
unió al sentimiento persistente de la nacionalidad étnica, para hacer del ducado
alemán del siglo, algo muy distinto a los principados franceses: algo, si se
quiere, mucho ‘menos feudal’, muy sintomático, por consiguiente, en un país que
llegó, en el mismo grado que Francia, a no conocer, entre los poderosos, otra
forma eficaz de gobierno y de obediencia que la relación de vasallaje. Mientras
que en Francia, a pesar de los esfuerzos de los primeros duques de los francos,
de los aquitanos o de los borgoñones,
el duque, el marqués, el archiconde
pronto no ejercieron más poder real
que el que tenían
sobre los
condados de
los que
estaban personalmente investidos, o que de
ellos, eran poseídos en feudo; el duque alemán, sacando evidentemente una gran
parte de su fuerza de sus propios honores, continuó, sin embargo, como
jefe supremo de un territorio mucho más vasto que éstos. Podía ocurrir que,
entre los condes cuyas circunscripciones^ encontraban comprendidas en las
fronteras de la provincia ducal, algunos debiesen homenaje directo al rey. Pero
también estaban, en parte, subordinados al duque: un poco —osando emplear una
vez más una comparación demasiado anacrónica— como, entre nosotros, un
subprefecto, nombrado por el poder central, queda, a pesar de ello, subordinado
al prefecto. El duque convoca a sus consejos solemnes a todos los grandes del
ducado, dirige su hueste y, encargado
de mantener la
paz, extiende sobre él
un derecho
de justicia
que no deja de ser fuerte a
pesar de tener unos contornos bastante imprecisos.
Sin embargo, estos
ducados étnicos —los Stammesherzogtümer de los historiadores
alemanes— estaban amenazados desde lo alto por la monarquía, cuyo poder limitaban singularmente, y desde abajo, por
todas las fuerzas de fragmentación, cada vez más activas en una sociedad que,
apartándose de sus orígenes, como del recuerdo de los pueblos antiguos, iba
hacia una progresiva feudalización. En ocasiones suprimidos pura y simplemente
—este fue el caso de Franconia en el 939—, con
más frecuencia, divididos por
los reyes,
privados de
toda autoridad sobre las
principales iglesias y sobre
los condados a ellas unidos, perdieron de forma progresiva
sus caracteres primitivos. Después de que el título ducal de Baja-Lorena
o Lothier pasó, en 1106, a la casa de Lovaina, ocurrió que, ochenta y
cinco años más tarde,
el poseedor
de esta
dignidad pretendió
hacer valer
sus derechos
en todo el espacio antiguo.
La corte imperial
le respondió que, según costumbre probada, “él no tenia como ducado más que los
condados que poseía por sí mismo o que otros tenían por él”. Lo que un cronista
contemporáneo traducía diciendo que los duques de este linaje “nunca ejercieron
la justicia fuera de los límites de sus propias tierras”.*122
Imposible expresar mejor la orientación nueva de la evolución. De los antiguos
ducados, subsistieron algunos títulos y, a veces, algo más. Pero los pocos
principados así calificados no se distinguían ya mucho de la multitud de
potencias territoriales que, aprovechando la debilidad creciente de la
monarquía, se constituyeron de manera tan fuerte en la Alemania
de fines
del siglo
XII y, sobre
todo, del siglo
XIII, para
dar nacimiento, por fin, a los
Estados federados en la forma que han durado hasta hace pocos años: organismos
políticos mucho más próximos al
tipo francés, puesto que no eran,
en suma,
ellos también,
más que
conglomerados de
derechos condales
y de otros poderes de esencia variada. Por una diferencia cronológica en
la evolución, como las que ya nos son familiares, Alemania entraba, con unos
dos siglos de diferencia, en la misma vía que su vecina del Oeste ya
parecía abandonar.
II_ CONDADOS
Y CASTELLANÍAS
Convertidos, más
pronto o más tarde, en hereditarios, los condados, en los Estados surgidos del
Imperio carolingio, no todos fueron absorbidos por los grandes principados. Algunos,
continuaron llevando durante
mucho tiempo
una existencia independiente: tal, aunque siempre bajo la amenaza de sus
vecinos angevinos o normandos, el del Maine, que lo fue hasta 1110. Pero, el
juego de las particiones,
la institución
de numerosas
inmunidades, las usurpaciones,
por ultimo, consiguieron la fragmentación de los derechos condales Hasta
el punto que entre los herederos legítimos de los funcionarios francos y los
simples poderosos, bastante afortunados o
bastante hábiles para haber
reunido en sus manos gran número de señoríos y de justicias, la
diferencia, cada vez más, tendió a reducirse al uso o no uso de un nombre —que,
por otra parte, en algunas ocasiones era usurpado por ciertos representantes
laicos de las iglesias (así los
avoués de
Saint-Riquier, convenidos
en condes
de Ponthieu)
o incluso, en Alemania, por algunos ricos propietarios alodiales—. Hasta
tal punto la idea del oficio público
se borraba ante la comprobación, simplísima, del poder de hecho.
En el
establecimiento y fortalecimiento de estas dominaciones, de título y de
extensión variables, se señala un rasgo común: el papel jugado, como punto de cristalización, por los castillos. “Era poderoso”, dice
Orderico Vital del señor de Montfort, “como hombre que disponía de fuertes
castillos, guardados por fuertes guarniciones”. No evoquemos aquí ya la imagen
de simples casas fortificadas con
las que
se contentaba
la masa de
los caballeros. Los alcázares
de los magnates eran verdaderas fortalezas. Subsistía la torre, al propio
tiempo vivienda del amo y último reducto de la defensa. Pero, alrededor
de ella, uno o varios muros
circunscribían un espacio bastante vasto en el que se agrupaban los edificios
para el alojamiento de tropas, de servidores y de artesanos,
o para almacenes
en los
que se
guardaban los
censos en
especie o las provisiones. En
esta forma, nos aparece, en el siglo
X, el castrum condal de Warcq-sur-Meuse;
y de
la misma forma, pasados dos siglos,
los de
Brujas y de Ardres, de una construcción indudablemente más perfeccionada,
pero casi iguales en las líneas fundamentales de su plano.
Las más antiguas entre estas ciudadelas fueron levantadas, en tiempo de
las invasiones húngara y normanda, por los reyes o los jefes del ejército; y
jamás, en lo futuro, se borró de hecho la idea de que el derecho de
fortificación era, en su esencia, un atributo del poder publico. De una edad a
otra, siempre se calificará de ilegítimos o, según la expresión anglo-normanda,
de adulterinos, los castillos construidos sin el permiso del rey o del
príncipe. La regla, sin embargo, no tenía otra fuerza real que la de la
autoridad interesada en hacerla aplicar, y
sólo la consolidación de los poderes monárquicos o territoriales, a
partir del siglo XII, tenía que restituirle un contenido concreto. Cosa más
todavía grave: impotentes para impedir la construcción de nuevas fortalezas, los
reyes y príncipes no consiguieron tampoco conservar la disposición de las que,
después de
haberlas construido ellos mismos,
entregaron a la
guarda de
fieles, a titulo de feudos. Contra los duques o grandes condes se
vio levantarse a sus propios castellanos, ellos también oficiales o
vasallos prontos a transformarse en dinastas.
Pero esos castillos
no eran sólo un refugio seguro para el señor y, a veces, para sus súbditos.
Constituían asimismo, para toda la región del contorno, una cabeza de distrito
administrativo y el centro de una red de dependencias. En ellos, los campesinos
ejecutaban las prestaciones personales de fortificación y aportaban sus censos;
los vasallos de los alrededores tenían que hacer sus guardias, y, con
frecuencia, se decía que sus feudos los tenían —así, en el Berry, de la
“grosse tour” de Issoadun— de la propia fortaleza. Allí se administraba
justicia y de allí partían todas las manifestaciones sensibles de autoridad.
Un hecho
sintomático es
que, en
Alemania, a
partir de
fines del
siglo XI, muchos condes incapaces en adelante de ejercer sus derechos de
mando sobre la totalidad de una circunscripción irremediablemente fraccionada,
se acostumbraron a sustituir, en su titulación, al nombre del distrito —del
Gau—, el de su principal fortaleza
patrimonial. El uso de esta denominación se extendió a veces hasta personajes
más elevados aún en dignidad: así, vemos como Federico I trataba al duque de
Suabia de duque de Staufen.*123
En Francia, aproximadamente en la misma época, se acostumbró a calificar de
castellanía el territorio de una alta justicia. Más rara aun tenía que ser la
fortuna de un castillo aquitano, el de Bourbon-l'Archambault: aun que sus
poseedores no fuesen de categoría condal, dio origen, finalmente, a un verdadero
principado territorial, cuyo nombre sobrevivió en el de una de las provincias
famosas —el Bourbonnais—, y en el patronímico de una ilustre familia.
Las torres
y los
muros que
eran la
fuente visible
del poder
le servían de etiqueta y de
justificación.
III_ LOS
DOMINIOS ECLESIÁSTICOS
Siguiendo la
tradición merovingia y romana, los Carolingios siempre tuvieron por
normal y deseable
la participación del obispo
en la
administración temporal de su diócesis. Pero, era a titulo de colaborador o, a
veces, de inspector del delegado real, o sea, del conde. Las monarquías de la
primera edad feudal fueron más lejos al convertir en conde al propio obispo.
La evolución tuvo
lugar en dos fases. Más aún que el resto de la diócesis, la población donde se
levantaba la iglesia catedral parecía colocada bajo la protección y la autoridad
especiales de su pastor. Mientras que el conde tenía mil ocasiones de recorrer
los campos, el obispo residía, con preferencia, en su ciudad. En los días
de peligro, mientras que sus hombres ayudaban a guarnecer las murallas, en
muchas ocasiones construidas y reparadas a su costa, y mientras sus graneros se
abrían para alimentar a los sitiados, con frecuencia él mismo asumía el mando.
Reconociéndole sobre está fortaleza urbana
y sus
próximas defensas
los poderes
condales, sumados
de ordinario a otros derechos, tales como la moneda o la posesión del
recinto, los reyes sancionaban un estado de hecho que se juzgaba favorable a la
defensa. Este fue el caso de Langres, a partir de 887; de Bergamo, sin duda en
el 904; de Toul, en el 927; de Spira, en el 946, para no citar, región por
región, más que el
ejemplo más
antiguo que
se conoce.
El conde
conservaba el gobierno
de las tierras próximas,
reparto que algunas veces tenía que ser duradero. Durante siglos, la ciudad de
Tournaí tuvo su obispo o su capítulo catedralicio como conde;
el conde de
Flandes fue
conde del
Turnaisis. En
otras partes,
se prefirió finalmente otorgar
al obispo todo el territorio. La concesión del condado de Langres sucedió así,
con sesenta años de intervalo, a la del condado en Langres. Y una vez
introducido el uso de esas donaciones de condados completos, el proceso se
aceleró: sin haber llegado a ser sólo condes de Reims, los arzobispos se
convirtieron, en el 940, en condes de Reims y del
Remois.
Las razones que
empujaban a los reyes a estas concesiones son evidentes. Pensaban en el Cielo y
en la Tierra. Allí arriba, los santos se alegraban seguramente de ver a sus
servidores, a la vez, provistos de
lucrativos ingresos y desembarazados de incómodos vecinos. Aquí abajo, dar al
condado al obispo, era entregar el mando a manos juzgadas más seguras. Pues el
prelado, con el que no se corría el riesgo de que quisiese transformar su cargo
en patrimonio hereditario, cuyo
nombramiento estaba
sometido al asentimiento del rey
—cuando no
era otorgado directamente
por éste—,
que por
su cultura
y sus intereses se encontraba entre los partidarios de la monarquía,
constituía, en la mayor parte de las circunstancias, el menos indócil de los
funcionarios. Es significativo
que los
primeros condados
confiados por
los reyes
alemanes al episcopado fuesen,
lejos de las ciudades con catedrales, ciertas circunscripciones alpinas, cuya
pérdida, cerrando los pasos de las montañas, hubiese comprometido de manera
grave la política imperial.
Sin embargo,
surgida de necesidades parecidas, la institución evolucionó, según los países,
en sentidos muy diferentes.
En la monarquía
francesa, muchos obispados habían caído, desde el siglo X, bajo la dependencia
de príncipes territoriales, o incluso de simples condes. El resultado fue que
sólo un número bastante pequeño de obispos, agrupados, sobre todo, en la Francia
propia y en la Borgoña, obtuvieron para sí mismos
los poderes condales. Dos de ellos, al menos, los de Keims y Langres,
parecieron por un momento a punto de constituir verdaderos principados,
reuniendo alrededor de la circunscripción central, que ellos mismos gobernaban,
una constelación de condados vasallos. En las guerras del siglo X, no hay
fuerza militar citada con más frecuencia, ni con más respeto, que los
“caballeros de la iglesia de Reims”. Pero, encerrados entre los principados
vecinos, víctimas, por otra parte, de la infidelidad de sus propios feudatarios,
estos vastos dominios eclesiásticos
tuvieron una
vida efímera.
A partir
del siglo XI, los
obispos-condes, de toda categoría, no tienen, contra las fuerzas enemigas, otro
recurso que confiarse por completo a la monarquía.
Fieles a la
tradición franca, parece que los soberanos alemanes dudaron durante bastante
tiempo en tocar la antigua organización condal. No obstante, hacia fines del
siglo X, se multiplicaron rápidamente, en provecho de los obispos, las
concesiones de condados enteros, o incluso de grupos de condados: hasta el punto
que, añadiéndose a estas donaciones, inmunidades de toda clase y concesiones
diversas, en pocos años se crearon grandes dominios territoriales de la Iglesia.
Visiblemente, los reyes, aunque a regañadientes, adoptaron la idea de que, para
luchar contra el acaparamiento de los poderes locales por indóciles magnates, en
particular, por los duques, no existía
mejor arma que el poder temporal de los influyentes prelados.
Es notable que
estos territorios eclesiásticos fueran, sobre todo, numerosos y fuertes
en los
lugares en
que los ducados
habían sido
ya borrados del
mapa — como en Franconia—, o,
como en la antigua Lorena Renana o la Sajonia Occidental, privados de toda
dominación eficaz sobre una parte de su antiguo territorio, Pero, a fin de
cuentas, los hechos debían oponerse a estos cálculos, la
larga querella
entre papas
y emperadores y el
triunfo, al
menos parcial, de la reforma eclesiástica, hicieron que los obispos alemanes, a
partir del siglo XII, se consideraran cada vez menos como funcionarios de la
monarquía y, todo lo más, como sus vasallos. Aquí, el principado eclesiástico
acabó por ocupar un lugar entre los elementos de desunión del Estado nacional.
En la Italia
lombarda y —aunque en menor grado— en Toscana, la política imperial siguió al
principio las mismas líneas que en Alemania. De todas formas, las aglomeraciones
de condados, entre las manos de una misma iglesia, fueron allí mucho más raras y
la evolución llevó a unos resultados muy diferentes. Detrás del obispo-conde
pronto surgió un nuevo poder: el de la comunidad urbana. Poder rival en muchos
aspectos, pero que supo, finalmente, utilizar, en provecho de sus ambiciones
propias, las armas preparadas por los antiguos señores de la ciudad. En muchas
ocasiones, a título de herederos del obispo, o escondiéndose detrás de su
nombre, a partir del siglo XII, se vio a las grandes repúblicas oligárquicas de
las ciudades lombardas afirmar su independencia y extender su dominación sobre
la
llanura.
Seria un excesivo
refinamiento jurídico el querer, en país alguno, establecer una distinción
demasiado rigurosa entre la iglesia provista de condados y la que, privada de
toda concesión de esta especie, no por ello poseía menos señoríos de inmunidad,
menos vasallos, campesinos sometidos, etc., para figurar, casi con el mismo
título, como verdadera potencia territorial. Por todas partes, el suelo de
Occidente estaba surcado por las fronteras de esas grandes libertades
eclesiásticas. En
algunas, alineaciones
de cruces
jalonaban sus contornos, semejantes, según la expresión de Suger, a otras
tantas “columnas de Hércules”, infranqueables a los profanos.*124
Infranqueables, al menos, en principio. En la práctica, la cosa era muy
distinta. En el patrimonio de los santos y de los pobres, la aristocracia laica
supo encontrar uno de los alimentos preferidos de su apetito de riqueza y de
poder: por medio de infeudaciones, arrancadas por amenazas u obtenidas por la
complacencia de demasiado fáciles amigos; algunas veces, por la expoliación más
brutal; por último —al menos en los limites del antiguo Estado carolingio— por
el camino indirecto de la protección señorial (avouerie).*125
Cuando la primera
legislación carolingia regularizó el funcionamiento de las inmunidades, apareció
la necesidad de dotar a cada iglesia inmunita de un representante laico,
encargado al mismo tiempo de convocar, en el propio señorío, las asambleas
judiciales autorizadas y de conducir, ante el tribunal comunal, los súbditos
que, llamados a comparecer en él, no podían ser directamente buscados por los
oficiales del rey en esa tierra exenta. Esta creación respondía a un doble
deseo: evitar el distraer, con obligaciones profanas, a los clérigos y en
especial a los monjes de los deberes de su
estado; y como precio del reconocimiento oficial concedido a las
jurisdicciones señoriales, el insertarlas en un sistema regular y controlado de
justicias bien definidas. Y no sólo toda iglesia dotada de inmunidad tuvo que
poseer su avoué (advocatus) o sus avoués, sino que la elección de
este agente fue vigilada de cerca por la autoridad pública. El procurador
carolingio, en una palabra, aunque estaba al servicio del obispo o del
monasterio, no dejaba de desempeñar junto a ellos el papel de una especie de
delegado de la monarquía.
El hundimiento del
edificio administrativo levantado por Carlomagno no llevó consigo la
desaparición de la institución. Pero, ésta, se alteró profundamente. Es
indudable que desde el principio el avoué estuvo remunerado por el goce
de un beneficio, obtenido del patrimonio de la Iglesia. Cuando la
noción de función publica se oscureció ante el triunfo de los lazos de
dependencia personal, se dejó generalmente de considerarlo como vinculado al
rey, al que no prestaba
homenaje, para no
ver en
el más
que el
vasallo del
obispo o
de los monjes. En adelante, de
la libre elección de éstos dependió su nombramiento. Al menos, hasta el momento
en que, rápidamente, a pesar de algunas
reservas de derecho, su feudo, como los otros, con el oficio, se
convirtió en hereditario
Al propio tiempo,
el papel del avoue había aumentado mucho. En primer lugar, como juez.
Habiendo acaparado las inmunidades las causas de sangre, se le vio, en adelante,
en lugar de conducir a los criminales al tribunal condal, manejar por si mismo
el arma temible de la alta justicia, y, sobre todo, ya no
era sólo un juez. En aquellos turbulentos tiempos, eran necesarios a las
iglesias jefes de tropas para llevar sus hombres al combate, bajo el
gonfalón del santo. Habiendo dejado el Estado de ser un protector eficaz, les
eran necesarios defensores más próximos, para asegurar la salvaguardia de unos
bienes constantemente amenazados. Las iglesias creyeron encontrar unos y otros
en los representantes laicos de que les había dotado la legislación del gran
emperador; y según parece, esos
guerreros profesionales se apresuraron a ofrecerse, o, incluso, a imponer sus
servicios para tareas que se presentaban llenas de posibilidades de honor o de beneficios. Lo
que motivó un verdadero desplazamiento
del centro de gravedad de la carga. Cada vez más, cuando los textos se esfuerzan
en definir la naturaleza de la avouerie o
en justificar las indemnizaciones reclamadas por el avoué,
acentúan la idea de protección. De manera paralela, el reclutamiento se
modificó. El procurador carolingio no
había sido más que
un oficial
bastante modesto.
En el
siglo X, los primeros entre
los poderosos, los propios miembros de
los linajes condales, no desdeñaban procurarse un título que poco antes les habría
parecido muy por debajo de su categoría.
Sin embargo, la
fragmentación, que fue entonces la suerte común a tantos derechos, no dejó de
afectar también a éste. La legislación carolingia parece que previó, para los
establecimientos con posesiones en vastos espacios, la presencia de un
procurador por condado. Pero pronto su número se multiplicó. A decir verdad, en
Alemania y en Lotaringia donde, de todas formas, la institución se separó menos
de su carácter original, estos avoués locales, con frecuencia llamados
sous avoués, fueron en principio los delegados y, de ordinario, los vasallos
ya de procurador general de la iglesia, ya de uno u otro de los dos o tres
avoués generales entre los que ésta había repartido sus bienes. En Francia,
como era de prever, la fragmentación aún fue llevada más lejos; hasta el punto
de que no hubo, a fin de cuentas, tierra o grupo de tierras importante que no
dispusiese de su defensor particular, reclutado entre los nobles de la
vecindad. También aquí, sin embargo, el personaje, de categoría superior, por lo
general, al que correspondía la guarda del obispado o del monasterio,
sobrepasaba en mucho, en ingresos y en poder, a la multitud de pequeños
protectores locales. Podía ocurrir, además, que ese magnate, al propio tiempo
que avoué de la comunidad religiosa fuese su propietario —
entiéndase, el que designaba al abad—, o que, incluso, llevase él mismo, aunque
laico, el título abacial: confusión de nociones muy características de una edad
que, más que a las sutilezas jurídicas, era sensible a la fuerza del
hecho.
El avoué no
disponía sólo de feudos, importantes por lo general, unidos a su función. Esta
misma le permitía extender hasta sobre las tierras de la iglesia sus derechos de
gobierno y percibir de ellas buenos censos. En Alemania,
más que en otros lugares, aunque convertido en protector, continuó siendo
juez. Arguyendo el
viejo principio
que prohibía
a los clérigos verter
sangre, más de un Vogt
alemán consiguió casi por completo monopolizar, en los señoríos monásticos,
el ejercicio
de la
alta justicia.
La fuerza
relativa de
la monarquía
y su fidelidad a la tradición
carolingia contribuyeron a facilitar este apodera- miento. Pues, si bien los
reyes habían tenido que renunciar a designar a los avoués,
al menos
continuaban dándoles, en
principio, la investidura
del ban,
es decir, del derecho de obligar. ¿Con qué título los religiosos
podían administrar justicia privados de esta delegación de no-der que
pasaba directamente de soberano a vasallo? Apenas si conseguían conservar la
facultad de castigar a los dependientes que les estaban unidos por lazos más
estrechos, sus criados o sus siervos. En Francia, donde todos los vínculos
habían sido cortados entre la autoridad real y los avoués, el reparto de
las jurisdicciones se realizó según líneas más variables; y este desorden, más
sin duda que el orden alemán, sirvió a los intereses eclesiásticos. ¡Cuántas
exacciones, en desquite —para hablar como los documentos—, impuestas a los
sometidos a las iglesias por sus defensores, reales o pretendidos!
Es
muy probable
que, incluso
en Francia,
donde la avouerie
cayó en manos
de innumerables tiranillos campesinos, esta protección no
siempre fuese tan vana como la historiografía clerical quisiera hacerlo
creer. Un diploma de Luis VI, que no
obstante parece redactado en un monasterio, la confiesa “extremadamente
necesaria y muy útil”.*126
Pero es indiscutible que se pagaba muy cara. Servicio de ayuda en todas sus
formas, desde la prestación personal
rural al hospedaje, de la hueste a los trabajos de fortificación; rentas en
avena, en vino, en pollos, en numerarios, obtenidas en el propio campo y, con
más frecuencia todavía (pues era la aldea ante todo lo que se tenía que
defender) en las chozas: sería casi infinita la lista de todo lo que la
ingeniosidad de los avoués supo sacar de los campesinos, de los
que no eran señores directos. Como dice Suger, es innegable que los devoraban “a
dos carrillos”.*127
El siglo X y la
primera mitad del XI fueron la edad de oro de las avoueries: se entiende
sobre el continente, puts Inglaterra, extraña al ejemplo carolingio, no conoció
nunca la institución. Después, la Iglesia, reavivada por el esfuerzo gregoriano,
pasó a la ofensiva. Por acuerdos, por decisiones de justicia, por rescates, y
gracias también a las concesiones gratuitas obtenidas por el arrepentimiento o
la piedad, consiguió, poco a poco, limitar a los avoués al ejercicio de
derechos estrictamente definidos y progresivamente reducidos. Entre tanto, es
indudable que tuvieron que cederles buena parte de sus antiguos patrimonios. Sin
duda, también continuaron extendiendo, sobre más de
una de-sus
tierras, sus
poderes judiciales, y percibiendo
censos cuyo
origen era cada vez más difícil de comprender. Por otra parte, los
campesinos nunca sacaron gran provecho de la obra paciente de sus amos. Pues la
renta rescatada no dejaba por ello de ser percibida: simplemente, en adelante
era pagada al
señor obispo
o a los señores monjes, en
lugar de
enriquecer a
algún hidalgo vecino. Pero,
una vez consentidos los inevitables sacrificios,
el poderío señorial de
la Iglesia escapaba a
uno de
los más
insidiosos peligros que nunca la habían amenazado.
Mientras tanto,
obligados a renunciar a la explotación de recursos hasta ahora casi
indefinidamente abiertos y sin los cuales más de una familia caballeresca del
pasado no hubiese jamás llegado a salir de su primitiva mediocridad, las
dinastías pequeñas y medianas de avoués sufrían los efectos de la
reforma. Los locales, hacia fines de la segunda edad feudal, eran ya casi
inofensivos. Las avoueries generales subsistían en manos de reyes y de
elevados personajes que habían sido, desde siempre, sus principales titulares. Y
ya se empezaba a ver a las monarquías reivindicando, sobre todas las iglesias de
sus Estados, una guardia universal. Pues si obispos, capítulos o
monasterios osaron desechar los onerosos servicios de tantos pequeños
defensores, era porque, para garantizar su seguridad, podían contentarse en
adelante con el apoyo, otra vez eficaz, de los grandes gobiernos monárquicos o
principescos Pero también esta protección, con cualquier nombre que se
encubriese, tuvo que comprarse mediante servicios muy onerosos y contribuciones
en dinero, siempre en aumento. “Es necesario que las iglesias sean ricas”, hacía
decir, ingenuamente, a Enrique II de Alemania, un falsario del siglo XII; “pues
cuanto más tienen, mas se les puede exigir”.*128
Inalienables en principio, preservados por su propia naturaleza del eterno
peligro de los repartos sucesorios, los dominios eclesiásticos habían
sido, desde
sus orígenes, en un
mundo tan
lleno de inseguridades, un notable elemento de estabilidad. Llegado el
momento del reagrupamiento general de las fuerzas, tenían que constituir un
instrumento todavía más precioso en manos de los grandes poderes.
CAPITULO
IV
EL
DESORDEN Y
LA LUCHA CONTRA
EL DESORDEN
I_ LOS
LÍMITES DE LOS
PODERES
Hablamos sin reparo
de los Estados feudales. Ciertamente, la noción no será extraña al
bagaje mental de los doctos; los documentos mencionan alguna vez la vieja palabra
república. Junto a los deberes hacia el señor próximo, la moral política
reconocía aquellos que se imponían con relación a esta autoridad más elevada. El
caballero, dice Bonizon de Sutri, debe “no ahorrar su vida en defensa de la de
su señor y por el estado de la cosa pública ha de combatir hasta la muerte”.*129
Pero la imagen así evocada era muy distinta de lo que sería hoy día. Tenia, ante
todo, un contenido más insignificante.
Sería larga la
lista de las actividades que nos parecen inseparables de la idea de Estado y que
los Estado feudales ignoraron radicalmente. La enseñanza pertenecía a
la Iglesia.
Asimismo, la resistencia social,
que se confundía con la
caridad. Los trabajos públicos eran abandonados a la iniciativa de los usuarios
o de los pequeños poderosos locales: sensible ruptura, entre todas, con la
tradición romana, e, incluso, con la de Carlomagno. Los gobernantes no empezaron
a tener semejantes preocupaciones hasta el siglo XII, y menos
aun, en esta fecha, en las monarquías que en ciertos principios de
evolución precoz: el Anjou de Enrique Plantagenet, constructor de los diques de
Loira; Flandes, que debe a su conde Felipe de Alsacia algunos canales. Es
preciso esperar al
siglo siguiente
para ver a los
reyes o
príncipes intervenir,
como lo habían hecho los
carolingios, en la tasación de precios y esbozar tímidamente una política
económica. A decir verdad, a partir de la segunda época feudal,
los verdaderos mantenedores de una legislación de bienestar habían sido
casi exclusivamente los poderes de más escaso radio de acción, y, por su
naturaleza, extraños por completo al feudalismo propiamente dicho: las ciudades,
preocupadas, casi desde su constitución en comunidades autónomas, por las
escuelas, los hospitales y los reglamentos sobre la
economía.
De hecho, el rey o
el barón tiene tres deberes fundamentales y no tiene más que éstos: por medio de
piadosas fundaciones y por la protección acordada a la verdadera fe, asegurar la
salud espiritual de su pueblo; defender a éste contra los enemigos del exterior,
función tutelar a la que se añade, cuando se puede, la conquista, inspirada por
el honor tanto como por el deseo de poder; hacer reinar, en fin, la justicia y
la paz interior. Su misión, pues, al imponerle antes
que nada
el destruir
a los
invasores o a
los maleantes,
lo lleva
a guerrear y
castigar, reprime más que administra.
No obstante,
la tarea
así entendida
era ya bastante pesada.
Uno de los rasgos
comunes de todos los poderes es si no precisamente su debilidad, por lo menos el
carácter siempre intermitente de su eficacia; y esta tara en lugar alguno se
muestra con más brillo que allí donde las ambiciones son mayores y más vasto el
radio de acción pretendido. Cuando un duque de Bretaña, en 1127, se declara
incapaz de proteger uno de sus monasterios contra sus propios caballeros, con
esto no hace sino denunciar la debilidad de un principado territorial mediocre.
Pero, entre los soberanos de los que los cronistas cantan
su alto
poderío, no se encontraría
ni uno
siquiera que
no haya tenido que pasar largos años sofocando revueltas.
El menor granito de
arena sirve para detener la maquina. Un pequeño conde rebelde que se fortifica
en su madriguera, y he aquí al emperador Enrique II detenido durante tres
meses.*130
Ya hemos encontrado las principales razones de esta falta de aliento; lentitud y
dificultades en los vínculos; ausencia de reservas en numerario; necesidad, para
ejercer una autoridad verdadera, de un
contacto directo con los hombres. En 1157, dice Otón de Freising, que cree con
ello ingenuamente encomiar a su héroe, Federico Barbarroja: “ganó de nuevo
el norte
de los
Alpes; por
su presencia
la paz
fue devuelta
a los
francos” —entiéndase a los
alemanes—; “por su ausencia, fue retirada a los italianos”. Añádase,
naturalmente, la tenaz competencia de los lazos personales. En pleno siglo XIII,
una recopilación consuetudinaria francesa reconoce aún que hay casos en que el
vasallo ligio de un barón puede hacer legítimamente la guerra al rey, abrazando
la causa defendida por su señor.*131
Los mejores
espíritus concebían netamente la permanencia del Estado. A Conrado II de
Alemania, su capellán le atribuye esta frase: “Cuando el rey perece, el reino
subsiste, como el navío cuyo capitán ha muerto”. Pero las gentes de Pavía a las
que se dirigía esta amonestación estaba más próximas sin
duda de
la opinión
común, cuando
negaban que
se les pudiera
imputar como crimen la
destrucción del palacio imperial. Pues, decían ellos, que ésta había tenido
lugar durante el interregno. “Hemos servido a nuestro emperador mientras vivió;
muerto él no
teníamos ya rey”. las gentes pudientes no
dejaban de hacerse confirmar por el nuevo soberano los privilegios
otorgados por su predecesor, y, en pleno siglo XII, unos monjes ingleses no
temían sostener ante la corte real que un edicto derogando una vieja costumbre
no debía tener fuerza sino durante la vida de su autor.*132
En otros términos, de la idea abstracta del poder se separaba mal la imagen
concreta del jefe. Los reyes mismos tenían dificultad en elevarse por encima de
un sentimiento familiar estrechamente limitado. Veamos en qué términos Felipe
Augusto, marchando a la Cruzada,
dispone el empleo que habrá de hacerse de su tesoro, base indispensable de todo
poder monárquico, en caso de que muera en su viaje a ‘Tierra Santa’. Si
su hijo le sobrevive, sólo se repartirá la mitad en limosnas; todo, si el hijo
muere antes que el padre.
No pensemos, sin
embargo, en un régimen de absolutismo personal, ni de derecho ni de hecho. Según
el código de buen gobierno entonces aceptado, ningún jefe, quienquiera que
fuese, podía decidir nada grave sin haber antes pedido consejo. No por cierto
del pueblo. Nadie pensó que debía ser interrogado, directamente o por medio de
sus elegidos. Por representantes naturales, ¿acaso no tenía, según
el plan divino, a los ricos y a
los poderosos? Será, pues, de sus principales súbditos y de sus fieles
particulares de los que el rey o el
príncipe pedirá consejo: de su corte, en resumen, en el sentido feudal
de la
palabra. Los
monarcas más
orgullosos nunca
dejan de
recordar en sus diplomas esta
consulta necesaria. El
emperador Otón I, ¿acaso
no declara que una ley, cuya promulgación estaba prevista para una
asamblea determinada, no ha podido promulgarse “a causa de la ausencia de
algunos grandes?”*133
La aplicación mas o menos estricta de la regla dependía del equilibrio de las
fuerzas. Pero jamás hubiera sido prudente violarla abiertamente. Pues las únicas
órdenes que los miembros de una categoría un poco elevada se creían obligados a
respetar eran aquellas que habían sido dadas, si no siempre con su asentamiento,
por lo menos en su presencia. En esta incapacidad de concebir el lazo político
de modo distinto al aspecto de cara a cara, reconocemos una vez más una de las
causas profundas del desmembramiento feudal.
II_ LA
VIOLENCIA Y LA
ASPIRACIÓN A LA
PAZ
En cuanto a la
sociedad feudal, sobre todo en su primera época, se
condenaría a no dar de la realidad más que una imagen falsificada si,
preocupados sólo por las instituciones jurídicas, se olvidara que el hombre vivía entonces en
estado de
perpetua y
dolorosa inseguridad. No era
como hoy la angustia del
peligro atroz, sino colectivo, pero intermitente, que recela de un conjunto de
naciones en armas. Ni tampoco el cerco de las fuerzas
económicas que trituran al
pequeño o
al desgraciado. La
amenaza de
cada día pesaba sobre cada
destino individual. Alcanzaba tanto a los bienes como la misma carne. Además, la
guerra, el asesinato, el abuso de la fuerza, no hay páginas de nuestro
análisis en
la que no
dejen de
perfilar sus
sombras.
Algunas
palabras bastarán
para recoger
las causas
que hicieron
de la
violencia la marca de una época y de un sistema social.
“Cuando el Imperio
romano de los Francos haya perecido, diferentes reyes ocuparán el trono augusto,
cada hombre no se fiará más que de su espada”,
Así bajo el tono de
profecía, hablaba, a mediados del siglo IX, un clérigo de Rávena, que había
visto y deplorado el desvanecimiento del gran sueño imperial carolingio.*134
Los contemporáneos tuvieron, pues, una conciencia clara; efecto ella misma en
gran parte de irreprimibles hábitos de desorden, la penuria de los Estados había
a su vez favorecido al desencadenamiento del mal. Asimismo, las invasiones, que
haciendo penetrar por todo el homicidio y
el pillaje, trabajaron eficazmente para romper los viejos cuadros del
poder. Pero
la violencia
llegaba también
a lo
más profundo
de la estructura social
y de la mentalidad.
Estaba en la
economía; en una época de cambios raros y difíciles, para hacerse rico ¿qué
medio más seguro que el botín o la opresión? Toda una clase dominadora y
guerrera vivía de esto y un monje fríamente podía decir a un pequeño señor, en
un documento: yo doy esta tierra “libre de todo censo,
de toda exacción, de toda talla, de todo trabajo manual... y de todas
esas cosas que, por violencia los
caballeros tienen costumbre de arrancar a los
pobres”.*135.
Estaba en el
derecho: de acuerdo con el principio consuetudinario que a la larga tendía a
legitimar casi toda usurpación; como consecuencia, también, de la tradición
sólidamente enraizada que al individuo o al pequeño grupo reconocía la facultad
o, incluso, imponía el deber de hacerse justicia a sí mismo. Responsable de una
infinidad de dramas sangrientos, la faida familiar no era la única forma
de ejecución personal que puso constantemente en peligro el orden público.
Cuando a la víctima de un daño material, real, o ficticio, las asambleas de paz
prohibían indemnizarse directamente arrebatando algunos de los bienes del autor del desaguisado,
sabían así esperar de ello una de las ocasiones más frecuentes de desorden.
La violencia, en
fin, estaba en las costumbres, porque medianamente capaces de reprimir su primer
movimiento, poco sensibles, nerviosamente, al espectáculo del dolor, poco
respetuosos de la vida, donde sólo veían un
estado transitorio antes de la Eternidad, los hombres, además, eran muy
inclinados a poner su punto de honor en el despliegue de la fuerza física, casi
animal. “Todos los días”, escribe, hacia 1024, el obispo Burchard de Worms,
“crímenes, a
la manera
de bestias
salvajes, se
cometen entre
los dependientes de San Pedro,
se persiguen por embriaguez, por orgullo o por nada”.
“Durante un año,
treinta y cinco siervos de la iglesia han sido muertos, completamente inocentes,
por otros siervos de la iglesia; y los criminales, lejos de arrepentirse, se
glorían de su crimen”.
Casi un siglo
después, una crónica inglesa, alabando la gran paz que
Guillermo el Conquistador había establecido en Inglaterra, no
creía poder expresarla mejor que con estos dos rasgos: ningún hombre puede matar
a otro,
sea cual
sea el
daño que
haya recibido de éste,
cualquiera puede recorrer
Inglaterra con el cinturón lleno de oro, sin peligro alguno.*136
Esto era descubrir ingenuamente la doble raíz de los males más comunes:
la venganza, que, según las ideas de la época, podía conllevar una justificación
moral, y, también, el pillaje en su
crudeza.
Sin embargo, estas
brutalidades, todo el mundo, en resumidas cuentas, las sufría, y los jefes, más
que nadie, tenían conciencia del desastre que
suponían. De
tal suerte, que de
las profundidades
de esta
época perturbada
se levanta con toda la fuerza de una aspiración hacia el más precioso y
el más inaccesible de los
“dones de
Dios”, un
largo grito
de paz.
Entiéndase antes que nada, la paz
interior. Para un rey. para un príncipe, no hay elogio más bello
que el título de pacífico. La palabra ha de tomarse en su pleno sentido,
no que acepte la paz, sino que la imponga “Que la paz sea en el reino”: así se
ruega en el día de la
consagración. “Benditos los pacificadores”, exclamará San
Luis. Común a todos los poderes, esta preocupación se expresa a veces en
términos de un candor impresionante. Este mismo rey Canuto, del que un
poeta de su corte había dicho “tú eras aún joven, ¡oh! Príncipe, y ya se veía
quemar las moradas de los hombres a medida que tú avanzabas”, escuchadle en sus
sabias leyes. “Nosotros queremos” —dice— “que todo hombre, de más de doce años,
jure que no robará jamás ni será cómplice de un ladrón”. Pero como,
precisamente, los grandes poderes temporales era ineficaces, se vio desarrollar,
al margen de las autoridades regulares y bajo el impulso de la Iglesia, un
esfuerzo espontáneo en favor de la organización de este orden tan
deseado.
III_
PAZ Y
TREGUA DE
DIOS*137
Fue en las
reuniones episcopales donde nacieron las asociaciones de paz. Entre los clérigos
el sentimiento de solidaridad humana se alimentaba de la imagen de la
Cristiandad, concebida como el cuerpo místico del Salvador.
“Que ningún cristiano mate a otro cristiano” dicen, en 1054, los obispos
de la provincia de Narbona;
“pues matar un cristiano,
nadie duda que es derramar la sangre
de Cristo”.
En la
práctica, la
Iglesia se
sabía particularmente vulnerable. Consideraba como su deber particular el proteger, con
sus propios miembros, a todos los
débiles, a esas “miserables personas” de las que el Derecho canónico le confiaba
la tutela.
No obstante, a
pesar del carácter ecuménico de la institución madre y hecha excepción
del apoyo
tardío del
papado reformado, el movimiento.
en
sus orígenes, fue muy específicamente
francés. Nacido, según parece, hacia el 989, cerca de Poitiers, en el Concilio
de Charroux, al que desde la Marca de España hasta el Berry o el Ródano, debían
seguir numerosos sínodos, fue solamente en la segunda década del siglo XI cuando
se le vio propagarse con Borgoña y el norte del reino. Algunos prelados del
reino de Arles y el abad de Cluny, en
1040 y
1041, se
hicieron sus
propagandistas cerca
de los
obispos de Italia. Sin gran
éxito, según parece*138,
Lorena y Alemania no fueron decisivamente influidas hasta fin de siglo;
Inglaterra, nunca. Las diferencias de la estructura política explican fácilmente
las particularidades de este desarrolla Cuando, en 1023, los obispos de Soissons
y de Beauvais, habiendo formado una asociación de paz, comprometieron a su
colega de Cambrai a unírseles, este prelado, como ellos sufragáneo de la
diócesis metropolitana de Reims, que estaba situada en Francia, pero sujeta al
Imperio, rehusó: sería “inconveniente”, dijo, que un obispo se mezclara en lo
que corresponde a los reyes. En el Imperio, en especial entre el episcopado
imperial, la idea de Estado era aún viva, y el Estado mismo no aparecía
completamente incapaz de cumplir con
su obligación. De igual manera, en Castilla y León fue
menester, en 1124, una crisis de
sucesión, que debilitó
considerablemente a
la monarquía, para permitir la introducción por parte del gran arzobispo
de Compostela, Diego Gelmírez, de las decisiones conciliares tomadas a
imitación “de los romanos y de los francos”. En Francia, por el
contrario, la impotencia de la monarquía saltaba a la vista por todas partes.
Pero, en lugar alguno con mayor amplitud que en los países anárquicos del Sur y
del Centro, acostumbrados desde mucho tiempo a una existencia casi independiente
Además, allí ningún principado tan sólidamente constituido como Flandes o
Normandía, por ejemplo, había logrado establecerse. Era, pues, necesario
ayudarse a sí mismo o perecer en el desorden.
No había que soñar
en suprimir todas las violencias. Pero, por lo menos, se podía esperar fijarles
unos límites. Se trabajó en un principio, y fue lo que se llamó propiamente “Paz
de Dios”, colocando bajo una especial salvaguardia ciertas personas o ciertos
objetos. La lista del Concilio de Charroux es aún
muy rudimentaria: prohibición de penetrar por la fuerza en las iglesias o
saquearlas, de robar a los campesinos sus ganados, de golpear a un clérigo, en
caso de que no lleve armas, luego, se desarrolló más y se precisó. Se incluyó a
los mercaderes entre los protegidos por naturaleza: por primera vez, parece que
fue en el sínodo de Puy, en el 990. Se elaboró, bajo una forma cada vez más
detallada, el inventario de los actos prohibidos: por ejemplo, destruir un
molino, arrancar las viñas, atacar a un hombre que vaya o vuelva
de la iglesia. Aún se preveían ciertas excepciones. Unas parecían
impuestas por las
necesidades de
la guerra:
el juramento
de Beauvais,
en 1023
autoriza a matar los animales
de los campesinos, si es para alimentarse o para alimentar a la escolta. Otras
se explican por el respeto de las amenazas, hasta de las violencias, entonces
concebidas como inseparables de todo ejercicio de mando: “Yo no despojaré a los
villanos”, prometen, en 1025, los señores reunidos en Anse, en el Saona, “yo no
mataré sus animales, salvo en mis propias tierras”. Otras, por último, eran
inevitables por las tradiciones jurídicas
o morales
obedecidas universalmente.
Expresamente o
por preterición casi siempre el
derecho a la faida, después de un crimen, era reservado, impedir que los
inocentes y los pequeños fuesen arrastrados a las querellas de los poderosos;
prevenir la venganza, cuando ésta no tenía otra justificación, como dice el
Concilio de Narbona, que un debate acerca de la tierra o sobre una deuda; sobre
todo, poner freno al pillaje: incluso estas aspiraciones parecían demasiado
elevadas.
Pero
si había
seres y cosas especialmente
respetables, ¿por qué no
unos días cerrados a toda violencia? Ya una capitular carolingia prohibía
que la faida fuese proseguida el
domingo. Recogida
por primera vez en un modesto
sínodo diocesano reunido en el Rosellón, en 1027, “en el prado de Toulonges”,
según parece, no sin la duda de que se conociera directamente la oscura
capitular, pero la
idea era
viva, esta prescripción, que
se unía
generalmente a las de otro tipo,
tuvo un rápido éxito. Muy pronto, dejó de parecer suficiente una sola jornada de
descanso. Paralelamente al tabú dominical, el de Pascua había hecho su
aparición, esta vez en el Norte (en Beauvais, en 1023). La “tregua de
Dios”, así se llamaba a este armisticio periódico, se extendió poco a poco, al
mismo tiempo que a las grandes fiestas, a los tres días de la semana (a partir
del miércoles por la noche) que precedían al domingo y que parecían prepararlo.
Así, pues, la guerra disponía de menor tiempo que la paz. Como aquí no existía,
en principio, excepción admitida, ninguna ley hubiera sido más saludable, pero,
por haber exigido demasiado, la regla quedó, la más de las veces, en letra
muerta.
Los más antiguos
concilios, como
el de
Charroux, se habían limitado
a legislar, de la manera más
trivial, bajo la sanción de penas religiosas. Pero, hacía el 990, el obispo de
Puy, Guy, habiendo reunido a sus diocesanos, caballeros y villanos,
en un prado
“les rogó se
comprometieran por
un juramento a observar la paz, a no oprimir las iglesias ni los pobres en sus
bienes, a restituir lo que habían
robado... Ellos
rehusaron”. A
esto, el
prelado hizo
venir, al
amparo de
la noche, tropas que secretamente había reunido. “De mañana, emprendió de
nuevo la tarea de obligar a los recalcitrantes a jurar la paz, a entregar
rehenes; lo que, Dios mediando, fue hecho”.*139
Tal fue, según la tradición local, el
origen, que no podríamos llamar puramente voluntario, del primer “pacto de paz”.
Siguieron otros, y pronto no hubo casi asamblea, ocupada en limitar las
violencias, que no se prolongara así por medio de un gran juramento colectivo de
reconciliación y
de buena conducta, Al mismo tiempo,
la promesa, inspirada en decisiones conciliares, se hacía más y más precisa.
Algunas veces, se acompañaba de entregas de rehenes. En estas uniones juradas,
que a la obra de pacificación se esforzaban en asociar el pueblo entero,
representado naturalmente, ante todo, por sus jefes, pequeños o mayores, residió
la verdadera originalidad del movimiento de las paces.
Quedaba el
constreñir o castigar a los que no habían jurado o que, habiéndolo hecho, habían
faltado a sus compromisos. De las penas espirituales no había que esperar,
evidentemente, más que una eficacia muy variable. En lo concerniente a los
castigos temporales, que las asambleas se esforzaban en establecer
—especialmente bajo forma de indemnizaciones a las víctimas y multas—, no podían
ellos mismos tener eficacia sí no se encontraba una autoridad capaz de
imponerlos.
Parece que, en
principio, se acudió a los poderes existentes. La violencia de la paz era
exigible al “señor del país”, debidamente obligado por su juramento y cuya
responsabilidad, ésta
también, como
se ve
en el
Concilio de
Poitiers en
el año mil, podía hacerse efectiva por medio de rehenes. ¿No era esto,
sin embargo, volver al sistema que se había manifestado impotente? Por una
evolución casi fatal, las asociaciones juradas, cuyo objeto primero no había
sido sino el de
unir a
los hombres por una vasta
promesa de
virtud, tendieron a
transformarse en órganos de ejecución. Tal vez se dieron algunas veces, por
lo menos en el Languedoc, jueces particulares, encargados, al margen de
las jurisdicciones ordinarias, de castigar los delitos contra el buen orden. Es
seguro, en todo caso, que muchas de entre ellas constituyeron verdaderas
milicias: simple regularización de la vieja costumbre de perseguir a los
bandidos. Esto fue, originariamente, con el visible deseo de respetar las
autoridades establecidas: las fuerzas a las que el Concilio de Poitiers confía
la misión de reducir a contrición y propósito de enmienda al culpable,
si su propio señor no ha logrado llegar a término, son las de otros
señores participantes en el juramento común. Pero pronto se crearon ligas de un
tipo nuevo, que desbordaron absolutamente los marcos tradicionales. El azar de
un texto nos ha conservado el recuerdo de la confederación que en el año 1038
instituyó el arzobispo de Bourges, Aimon. El juramento era exigido a todos los
diocesanos que tuvieran más de quince años, por la mediación de sus sacerdotes.
Estos, desplegando
las banderas de sus iglesias, marchaban a la cabeza de las levas parroquiales.
Más de un castillo fue destruido e incendiado por este ejército popular, hasta
el día en que mal armado y reducida su caballería, según se dice, a montar a
lomo de asnos, se hizo destrozar por el señor de Déols, en las orillas del Cher.
Uniones de esta
clase necesariamente habían de levantar vivas hostilidades, que no se limitaban
a los círculos más directamente interesados en la prolongación del desorden.
Pues había en ellas, incontestablemente, un elemento antitético a la jerarquía,
no sólo porque a los señores dedicados al pillaje oponía los villanos, sino
también, y quizá ante todo, porque invitaban a los hombres a defenderse ellos
mismos, en lugar de esperar su protección de los poderes regulares.
No estaba muy
lejano el tiempo en que, en los bellos días de los Carolingios, Carlomagno había
proscrito las gildas o cofradías, incluso aquellas que tenían por
objeto el reprimir el pillaje Lo que, sin duda, sobrevivía en estas asociaciones
de prácticas heredadas del paganismo germánico, no había sido entonces
el único motivo
de la
prohibición. Un Estado
que buscaba
edificarse a la vez sobre la idea de función pública y de las relaciones de
subordinación personal, empleadas en
provecho del
orden monárquico, no podía
permitir que la policía cayera en manos de grupos sin mandato, que las
capitulares nos presentan ya como compuestos generalmente por campesinos. Los
barones y los señores de la era feudal no eran menos celosos de sus derechos.
Sus reacciones se manifestaron, con un relieve singular, en un episodio que fue
como el último sobresalto de un movimiento casi dos veces secular.
En 1182, un
carpintero de Puy, alucinado por visiones, fundó una cofradía de paz,
que se
extendió rápidamente
en toda
la región
del Languedoc,
en Berry
y hasta el Auxerrois. El
emblema era una capucha blanca con una especie de chal cuya parte anterior,
colgando sobre el pecho, llevaba, alrededor de la imagen de la Virgen María, la
inscripción: “Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz”.
Se contaba que la Virgen misma, apareciéndose al artesano, le había entregado la
insignia con la divisa. Toda faida estaba expresamente proscrita del
grupo. Si uno de los miembros ha cometido un crimen, el hermano del muerto, si
él también pertenece a los encapuchados, dará al criminal el ósculo de paz, y
conduciéndolo a su propia casa le dará de comer, en testimonio de olvido. Estos
pacíficos, así gustaban de ser llamados, no tenían, de otra parte, nada de
tolstoizantes. Emprendieron contra los salteadores de caminos una guerra dura y
victoriosa, pero estas ejecuciones
espontáneas no
tardaron en
suscitar las
inquietudes de
los medios señoriales. Por un
repentino cambio significativo, se ve al mismo monje, en Auxerre, en 1183,
llenar de elogios a estos buenos servidores del orden, después, al año
siguiente, cubrir de oprobio a
su secta indócil. Según palabras de otro cronista, se les acusaba
de perseguir “la ruina de las instituciones que nos rigen por voluntad de Dios y
el ministerio de los poderosos de este
mundo”. Añádase que las inspiraciones sin freno de un iluminado laico y, por con
secuencia, presumiblemente ignorante, trátese del carpintero Durand o de Juana
de Arco, siempre han parecido, y no sin razón, a los guardianes de la fe
cargadas de amenazas para la ortodoxia. Aplastados por las armas
conjugadas de los barones, obispos y salteadores de caminos, los
jurados del Puy y sus aliados acabaron tan miserablemente como en el siglo
anterior las milicias del Berry.
Estas catástrofes
no eran sino el síntoma, particularmente elocuente, de un fracaso de alcance más
general. Incapaces de crear, por entero, la buena policía y la recta justicia,
sin las que no era posible la paz, los concilios y las ligas jamás llegaron a
reprimir de modo duradero las perturbaciones. “El genero humano”, escribe Raúl Glaber “fue semejante al perro que
vuelve a su vómito. La promesa
se había hecho. No
fue mantenida”. Pero, en
otros medios y bajo formas diversas,
el gran sueño desvanecido debía dejar trazas
profundas.
El movimiento
comunal francés debutó con las expediciones de castigo, con las banderas de las iglesias al viento, contra los castillos de
los señores dedicados al pillaje, en Mans, en 1070. Hasta a las palabras “santas
instituciones”, con las que la joven colectividad de Mans designaba sus
decretos, el historiador de las paces da un sentido familiar.
Ciertamente, otras necesidades, de naturaleza
bien distinta,
obligaban a
los burgueses a
unirse.
¿Cómo olvidar, sin
embargo, que en la amistad urbana, según el bello nombre que ciertos
grupos gustaban darse, la represión o el apaciguamiento de las venganzas entre
los asociados, y la lucha exterior contra el pillaje, fueron desde el principio
una de las principales justificaciones? ¿Cómo no recordar, sobre todo, del pacto
de paz al pacto comunal, la filiación establecida por este rasgo, presente en
las dos partes y del que ya hemos visto el acento revolucionarlo: el “Juramento
de los iguales”. Pero a diferencia de las grandes confederaciones creadas bajo
los auspicios de los concilios y prelados, la comuna se limitaba a reunir en una
sola ciudad, a hombres ligados por una vigorosa solidaridad de clase y ya
acostumbrados a codearse frecuentemente. Este estrecho contacto fue una de las
grandes razones de su fuerza.
Sin embargo, los
reyes y los príncipes, sea por vocación o por interés. buscaban también el orden
interno. Este movimiento, que nacía surgido fuera de ellos, ¿podían dudar largo
tiempo en sacarle provecho, constituyéndose, a su vez, cada uno en su esfera,
según el título que debía darles expresamente, en 1226, un conde de Provenza, de
“grandes pacificadores”?*140
Parece que el arzobispo Aimon había soñado en hacer en su provecho de las
milicias de Berry una verdadera soberanía provincial. En Cataluña, se vio a los
condes, que en principio se habían limitado a participar en los sínodos,
incorporar pronto las decisiones en sus propios ordenamientos, no sin dar a
estos préstamos un giro tal que la paz de la Iglesia se convertía en paz del
príncipe. En el Languedoc, y, notablemente, en las diócesis del Macizo Central,
los progresos, en el siglo XII, de la circulación monetaria habían permitido
constituir, en las asociaciones de paz finanzas regulares: bajo el nombre de
“común de paz” o pezade, se había recaudado un subsidio que tenía por
objeto, a la vez, indemnizar a las víctimas de las perturbaciones y pagar las
expediciones. Los cuadros parroquiales servían para la percepción. El obispo
llevaba la caja. Pero, muy rápidamente, esta contribución cambió su primitiva
naturaleza. Los magnates, condes de Toulouse, sobre todo, dueños o señores
feudales de muchos condados, forzaron a los obispos a repartir con ellos los
ingresos; los obispos mismos olvidaron el primer destino. Hasta el punto de
que el gran esfuerzo de defensa espontáneo tuvo aquí a fin de cuentas
como resultado mas duradero el de favorecer la creación, notablemente precoz, de
un impuesto territorial, pues la pezade debía subsistir tanto como el
Antiguo Régimen.
A excepción
de Roberto el Piadoso,
que reunió grandes asambleas para
hacer jurar paz, los Capetos no parecen hacerse preocupado mucho por las
instituciones que
ellos consideraban incluso como
atentatorias contra su
propia misión de justicieros. Fue en servicio del rey cuando, bajo Luis
VI, se vio a los contingentes de las parroquias tomar al asalto las fortalezas
señoriales. En lo relativo a ‘la paz solemne’ que, en 1155, su sucesor
promulgo por diez años, por muy sensible que fuera en ella la influencia de las
decisiones conciliares usuales, llevaba en sí misma todos los caracteres de un
acto de autoridad monárquica. Por el contrario, en los principados más poderosos
de la Francia del Norte, Normandía y Flandes, los príncipes estimaron útil al
principio asociarse a la obra de las paces juradas. En 1030, Balduino IV de
Flandes se unió al obispo de Noyon-Tournai, para provocar una amplia promesa
colectiva. En 1047, un concilio en Caen, quizá bajo la influencia de los textos
flamencos, proclamo la ‘Tregua de Dios’. Nada, sin embargo, de ligas
armadas. No habrían sido toleradas y
habrían parecido sin objeto. Más tarde, muy rápidamente, el conde o el duque,
este último ayudado, en Normandía. por ciertas tradiciones propias del derecho
escandinavo, sustituyeron a la Iglesia
en el papel de legisladores, jueces y guardias del buen orden.
Fue en el Imperio
donde el movimiento de las paces tuvo a la vez los efectos más prolongados y
sufrió las más curiosas deformaciones. Ya hemos visto las oposiciones con que
había tropezado. Cierto que también aquí se vieron, a partir del principio del
siglo XI, a los pueblos, en el curso de las asambleas, invitados
a la
reconciliación general y
a abstenerse
de toda
violencia. Pero esto ocurría en las dietas reales y por medio de los
decretos reales. Por lo menos las
cosas quedaron en este estado
hasta la gran
querella de Enrique IV y
Gregorio VII.
Después, por
primera vez,
en 1082,
se proclamó
en Lieja,
por el obispo asistido de los
barones de la diócesis, una Tregua de Dios.
El lugar y la fecha merecen
igualmente la atención. Más que la propia Alemania, la Lotaringia se abría a los
influjos del Oeste. Apenas transcurridos cinco años desde que se había sublevado
contra Enrique IV, el primer anti-rey. Debido a
la iniciativa de un obispo imperialista,
por otra parte el acto no había dirigido su blanco, en modo alguno,
contra la monarquía. Enrique lo confirmó. Pero desde el interior de Italia.
Hacia el mismo tiempo, en las partes de Alemania donde la autoridad imperial ya
no se reconocía, los barones sentían la necesidad de unirse para luchar contra
el desorden. La Iglesia y los poderes locales tendían visiblemente a apoderarse
de la tarea de los reyes.
No obstante, la
monarquía imperial era todavía demasiado fuerte para abandonar estas armas.
Desde su regreso de Italia, Enrique IV se puso a legislar a su vez contra las
violencias, y, en adelante, durante siglos, se vio a emperadores y reyes
promulgar de tiempo en tiempo vastas constituciones de paz aplicables ya a una u
otra provincia particular, o, con más frecuencia, al Imperio entero. No era esto
el retorno puro y simple a las prácticas anteriores. Trasmitida por Lorena, la
influencia de las paces francesas había enseñado a sustituir las órdenes muy
generales de otra época, por un gran lujo de reglas, cada vez más minuciosas. A
tal punto, que la costumbre se introdujo progresivamente
de deslizar
en estos
textos toda
suerte de
prescripciones, que sólo
tenían una
lejana relación
con su
primitivo objeto.
Las “Friedes-briefe”
dice justamente una crónica suaba de principios del siglo XIII,”son las
únicas leyes que usan los alemanes”.*141
Entre las consecuencias del gran esfuerzo intentado por los concilios y las
asociaciones juradas, la menos paradójica no fue la de, habiendo ayudado en el
Languedoc al nacimiento del impuesto principesco, favorecer en Alemania la
resurrección de la legislación monárquica.
Inglaterra, desde
el siglo X y XI, tuvo también, a su guisa, sus ligas, sus guildas de paz. Puestos por escrito entre
el 930 y el 940, los estatutos de la de Londres son un documento
extraordinario de inseguridad y de violencia:
justicia expeditiva, perseguidores lanzados a la pista de los ladrones de
ganado, ¿no creería uno hallarse entre los pioneros del Far West, en los tiempos
heroicos de la “Frontera”? Pero se trataba, en este caso, de la policía
completamente laica de una ruda comunidad, un código penal popular cuyo
sangriento rigor —una adición al texto nos lo atestigua— no dejaba de chocar con
el rey y los obispos. Bajo el nombre de guildas, el derecho germánico había
entendido las asociaciones de hombres libres formadas aparte los lazos de
parentesco y de destinos, y encaminadas, en cierto modo, a sustituirlos: un
juramento, bebidas periódicas que, en tiempos paganos, se acompañaron de
borracheras religiosas, a veces, una caja común, y, sobre todo, una obligación
de ayuda mutua eran las características principales: “por la amistad como por la
venganza permaneceremos unidos pase lo que pase”, dicen las ordenanzas
londinenses. En
Inglaterra, donde
las relaciones de dependencia
personal tardaron mucho más que
en el continente en invadirlo todo, estos agrupamientos, lejos de ser
prohibidos, como en el Estado Carolingio, fueron reconocidos de buen grado por
los reyes, que esperaban apoyarse en ellos para el mantenimiento del orden. ¿La
responsabilidad del linaje o del lord dejaban de jugar su papel? La
responsabilidad de la guilda por sus miembros las reemplazaba. Después de
la conquista normanda, cuando se hubo instaurado una monarquía fuerte, tomó de
la tradición anglosajona esas prácticas de caución mutua. Pero fue para hacer,
finalmente, bajo el nombre de
frankpledge, del que ya hemos esbozado la historia,
uno de los resortes del nuevo sistema señorial. En la original evolución
de la sociedad inglesa, que de un régimen donde la acción colectiva del hombre
libre no había sido completamente rebajada ante el poder del jefe, pasó
directamente a una dura monarquía, las instituciones de paz del tipo francés no
encontraron medio de introducirse.
En el
continente mismo, era a las
realezas y
a los principados
territoriales a los que se había reservado, mediando el indispensable
agrupamiento de fuerzas, el dar cuerpo, en bien, a las aspiraciones por las que
los concilios y pactos habían manifestado al menos un intenso fervor.
CAPITULO
V
HACIA
LA RECONSTITUCIÓN
DE LOS
ESTADOS:
LAS EVOLUCIONES
NACIONALES
I_ RAZONES
DEL REAGRUPAMIENTO DE
FUERZAS
En el curso de la
segunda época feudal, se vio, por todas partes, que el poder sobre los hombres,
hasta este momento dividido al extremo, comenzaba a concentrarse en organismos
mas vastos: no nuevos, ciertamente, pero sí renovados en su capacidad de acción.
Las aparentes excepciones, como Alemania, se desvanecen desde que se quiere
cesar de ver el Estado únicamente bajo los colores de la realeza, Un fenómeno
tan general no podía ser dirigido más que por causas comunes por igual a todo el
Occidente. Para enumerarlas, bastaría tomar en sentido inverso el cuadro de las
que precedentemente habían conducido al desmembramiento.
La detención de las
invasiones había libertado a los poderes reales y principescos de una obligación
que agotaba sus fuerzas. Al mismo tiempo, permitía un prodigioso crecimiento
demográfico que denuncia, a partir de la mitad del siglo XI, el empuje de la
roturación. La densidad creciente de la población no sólo hacía más fácil el
mantenimiento del orden. Favorecía también la renovación de las ciudades, del
artesanado y de los cambios. Gracias a una circulación monetaria más abundante y
más activa, el impuesto reaparecía. Con él, el funcionario asalariado y los
ejércitos mercenarios, sustituyendo al régimen ineficaz de servicios
hereditariamente contractuales. Seguramente, el pequeño señor, o el medio, no
dejaba de sacar su provecho, él también, de las transformaciones de la economía;
tuvo sus tallas, como se ha visto. Pero el rey, o el príncipe, poseía,
casi siempre, más tierras y más vasallos que cualquiera. Además, la naturaleza
propia de su autoridad le proporcionaba múltiples ocasiones de cobrar impuestos
sobre iglesias y villas. La renta diaria de
Felipe Augusto, a
su muerte, igualaba, en orden
de cantidad, a casi la mitad de
las rentas anuales confesadas, un poco más tarde, por un señorío eclesiástico
que, sin contar entre las más ricas, disponía no obstante de bienes muy
extendidos en una provincia particularmente próspera.*142
Así, el Estado había empezado a
adquirir desde entonces este elemento esencial de su supremacía: una fortuna
incomparablemente más considerable que la de cualquiera persona o colectividad
privadas.
Las modificaciones
de la mentalidad iban en el mismo sentido. El renacimiento cultural,
desde fines del siglo XI, había hecho a los espíritus más aptos para concebir el
lazo social, siempre un poco abstracto por naturaleza, que es la subordinación
del individuo al poder público.
Recreaba también, el recuerdo de los
grandes Estados civilizados y monárquicos del pasado: el Imperio romano,
cuyos códigos, como los libros de Historia, hablaban de majestuosa
grandeza, bajo príncipes absolutos; o el Imperio carolingio,
embellecido por la leyenda. Sin duda, los hombres lo bastante instruidos para
que pudiera ejercerse en ellos
semejantes influencias, eran, proporcionalmente
a la
mayoría, un
puñado. Pero esta élite se había hecho más numerosa. La
instrucción, sobre todo, había ganado en los medios laicos al lado de la alta
aristocracia hasta la clase caballeresca. Más útiles que los clérigos, en una
época en que todo administrador debía ser, al mismo tiempo, jefe de guerra,
menos sujetos que ellos a la atracción
de los intereses extraños a los
poderes temporales, duchos desde
largo tiempo en la práctica del Derecho, estos gentiles hombres de mediana
fortuna debían formar, mucho antes que la burguesía, el estado
mayor de las monarquías renovadas: la Inglaterra de Enrique Plantagenet,
la Francia de Felipe Augusto y de San Luis. El uso, el gusto, la posibilidad del
escrito permitieron
a estos
Estados, constituir esos archivos
administrativos sin los que no podría
existir un poder verdaderamente
continuo. Relaciones de los servicios debidos por los feudos, contabilidad
periódica, registros de las actas expedidas o recibidas: otras tantas minutas
que se ven aparecer, desde mediados del siglo XII, en el Estado anglonormando y
en el reino, también normando, de Sicilia; hacia
el fin
del mismo
siglo o
en el curso
del siguiente, en el reino de
Francia y en la mayoría de sus grandes principados. Su aparición fue como el
signo de advertencia de que se elevaba en el horizonte una nueva potencia o, por
lo menos, reservada hasta entonces a las glandes iglesias y a la corte
pontificia: la burocracia. Por más que haya sido casi universal, en sus rasgos
fundamentales, este desarrollo, según los países, siguió líneas bien diferentes.
Aquí nos limitaremos a considerar rápidamente, a título en cierta manera
experimental, tres tipos de Estado.
II_ UNA
NUEVA MONARQUÍA:
LOS CAPETOS
La monarquía
carolingia de la gran época había obtenido su fuerza, por otra parte muy
relativa, de la aplicación de algunos principios generales: servicio militar
exigido a
todos los
súbditos, preeminencia del tribunal
real; subordinación
de los condes,
entonces funcionarios
auténticos; red de
vasallos reales, extendidos por todas partes; poder sobre la Iglesia. De
todo esto, ¿qué quedaba a la realeza francesa hacia fines del siglo X? Casi
nada, en realidad. Seguramente, sobre todo después que llegando a la corona los
duques robertinos le habían hecho aportación de sus fieles, un gran número de
caballeros medios y pequeños continúan prestando el homenaje directamente al
rey. Pero se les encuentra, en adelante, casi exclusivamente, en ese
espacio bastante
restringido de
Francia del
Norte donde
la dinastía
disfruta ella misma de
derechos condales. En las otras regiones no tiene apenas más que vasallos
indirectos, salvo los altos barones: inconveniente terrible en una
época en que el señor próximo es el único al que se siente uno moralmente
ligado. Los condes
o acumuladores
de condados,
que se
han convertido
así en el eslabón intermedio
de tantas cadenas de vasallaje, no niegan que su dignidad la obtienen del rey.
Pero el oficio se ha convertido en un patrimonio, lleno de obligaciones de un
tipo particular. “Yo no he obrado en nada contra el rey”, hace decir un
contemporáneo a Eudes de Blois, que había intentado quitar
a otro
vasallo de
Hugo Capeto el
castillo condal
de Melun:
“No le importa que un hombre u otro posea el feudo”.*143
Entiéndase: siempre que la relación de vasallaje subsistía. Se creería a un
granjero: “Mi persona es indiferente, siempre que el alquiler sea satisfecho.
Aún este alquiler de fidelidad y de servicio era muy mal pagado con frecuencia.
Por todo
ejército, el rey corrientemente
está reducido
a sus pequeños vasallos, a
los caballeros de las iglesias sobre las que no ha perdido
todo el poder,
a los reclutados en sus propias
villas y en las tierras de estas mismas iglesias. A veces, algunos duques o
grandes condes le aportan su contingente. Como aliados, más que como súbditos.
Entre los litigantes que persisten en llevar su causa a los tribunales, son aún
los mismos círculos los que encontramos casi exclusivamente representados:
pequeños señores ligados por el homenaje directo, iglesias reales. Si, en 1023,
un magnate, el conde de Blois, acepta someterse al juicio de la corte, es
poniendo como condición que, primero, le sean concedidos los feudos que eran
precisamente el objeto del litigio. Pasados al dominio de las dinastías
territoriales, más de dos tercios de los obispados con cuatro provincias
eclesiásticas enteras: Ruán. Dol, Burdeos y Narbona, escapaban totalmente a la
realeza. A decir verdad, eran aún muchos los que le quedaban inmediatamente
sometidos. Gracias a ciertos de ellos, queda aún presente hasta el corazón de la
Aquitania, con el Puy, o, con Noyon-Tournai,
en el centro mismo de los países de dominación flamenca
Pero la mayoría de estos obispados reales están también concentrados
entre el Loira y la frontera del
Imperio. Tal es igualmente el caso de las abadías reales, de las que
muchas provienen de la herencia de los Robertos, en su época ducal cínicos
acaparadores de monasterios. Estas iglesias debían ser una
de las mejores reservas de fuerza
de la
monarquía. Los primeros
Capelos, no obstante, parecen demasiado débiles para que a los
privilegios que podían distribuir atribuyera su propio clero verdadera
importancia. De Hugo Capeto se conocen, en diez años de reinado, una docena de
diplomas; de su contemporáneo Otón III de Alemania, en menos de veinte años —de
los que los primeros fueron de minoridad— más de cuatrocientos.
Esta oposición
entre el desfallecimiento de la realeza, en Francia Occidental, y su
relativo florecimiento en
el gran
Estado vecino,
no dejó de impresionar
a sus contemporáneos. Se
hablaba libremente en Lotaringia de las “costumbres indisciplinadas” de los “Kerlinger”,
esto es, de los habitantes del antiguo reino de Carlos el Calvo.*144
Es más fácil comprobar el contraste que dar cuenta de
él. Las instituciones carolingias no habían tenido en un principio menos
fuerza de un lado que de otro. Probablemente, la explicación debe buscarse en
hechos profundos de estructura social. El gran principio motor del
desmembramiento feudal fue siempre el poder del jefe local o personal sobre
pequeños grupos, sustraídos así a toda autoridad mayor. Pues, una vez
dejada de lado la Aquitania, tradicionalmente indócil, las regiones que
formaban propiamente el corazón
de la
monarquía francesa eran
precisamente estos países entre el Loira y Mosa, donde la señoría rural
se remontaba a la más lejana de las épocas y en la que la encomienda de
hombre a hombre había encontrado su tierra predilecta. En una región en la que
la mayoría de los bienes rurales eran
ya tenure, ya feudo, y donde se llegó, muy pronto, a llamar libre,
no al hombre sin señor, sino a aquel a quien quedaba como todo privilegio el
derecho de escoger a su dueño, no había lugar para un verdadero
Estado.
No obstante, esta
misma ruina del Derecho público antiguo debía servir finalmente
al destino
de la
monarquía capeta. Ciertamente
la nueva
monarquía nunca se había propuesto romper con la tradición carolingia, de
la que sacaba su mejor fuerza
moral. Pero
a los viejos
órganos carcomidos
del Estado
franco, se vio obligada a sustituirlos por otros instrumentos de poder.
Teniendo a los condes por delegados, los reyes de entonces no habían imaginado
poder gobernar ningún territorio importante de modo distinto que a través de
estos oficiales. No se observa que ningún condado, colocado directamente bajo el
poder real, lo encontrara Hugo Capeto en la herencia de los últimos Carolingios.
Por el contrario, surgidos de una familia en la que la grandeza había nacido de
una acumulación “de honores” condales, los Capetos, naturalmente, continuaron en
el trono la misma política.
Esto fue así, pero
no sin algunas incertidumbres. Alguna
vez se ha comparado a nuestros reyes con campesinos, cosiendo pacientemente un
campo a otro campo. La imagen es doblemente engañosa Expresa muy mal la
mentalidad de ungidos del Señor, por añadidura grandes distribuidores de
estocadas, y en todo tiempo, como la clase caballeresca a la que les
unían sus maneras de sentir, sometidos peligrosamente a los prestigios de la
aventura. Supone, en sus intenciones, una continuidad que los historiadores, por
poco que observen de cerca, comprueban raramente. Si este Bouchard de Vendôme,
al que Hugo Capeto había hecho conde de París, de Corbeil y de Melun, no se
hubiese encontrado desprovisto de todo otro heredero directo que un hijo, desde
hacía mucho tiempo religioso, se hubiera visto constituir, en el corazón mismo
de la ille-de-France, el más peligrosamente situado de los principados
territoriales. Enrique I, aún considerará, en un diploma, la infeudación de
París como una eventualidad no del todo inverosímil.*145
Visiblemente, aún había dificultades en desprenderse de las prácticas
carolingias.
No obstante,
después del comienzo del siglo XI, los reyes adquieren sucesivamente una serie
de condados sin establecer en ellos ningún nuevo conde. En otras palabras, los
soberanos han cesado de considerar a estos magnates como funcionarios, y dudan
cada vez menos en erigirse ellos mismos condes. En las tierras heredadas de los
antepasados o adquiridas recientemente, se elimina la sombra de una potencia
intermedia y los únicos representantes de la autoridad real son personajes de
escasa categoría, colocados cada uno a la cabeza de una circunscripción también
pequeña: y si en un principio, alguno de estos prebostes, cuya
mediocridad los hacía poco peligrosos, se suceden en sus cargos de padres a
hijos, sus señores no tuvieron dificultad, durante el siglo XII, en
transformarlos casi todos en colonos temporales. Después, a partir de Felipe
Augusto, como grado superior de la jerarquía administrativa, aparecen auténticos
funcionarios asalariados, “bailes o senescales”. Al adaptarse a las nuevas condiciones sociales, la
monarquía francesa había hecho basar modestamente su poder en el mando directo
de grupos de hombres poco extendidos, y debido a esto, cuando las circunstancias
favorecen el reagrupamiento de las fuerzas, puede, en
provecho de las ideas y de los sentimientos antiguos que ella ha ido
incorporando continuamente, obtener la mayor ventaja.
La
monarquía francesa no es la
única en beneficiarse de
este hecho.
El mismo fenómeno se produce en el seno de los grandes principados
territoriales todavía subsistentes. Entre el mosaico de condados que desde
Troves a Meaux y a Provins, Eudes de Blois había logrado, hacia 1022, y gracias
a lazos familiares astutamente
explotados, apropiarse el Estado de Champaña, de principios de siglo XIII, con
su derecho sucesorio, que, fundado en la primogenitura, excluía en adelante los
repartos. Con sus circunscripciones administrativas
bien delimitadas, sus funcionarios
y sus
archivos, no
había más diferencia que entre
el reino de Roberto el Piadoso y el de Luis VIII. Los cuadros así
constituidos fueron tan fuertes que ni la misma absorción final por la monarquía
fue capaz de romperlos.
De todos modos, los
reyes más que la unificar, reunieron Francia. En Inglaterra, la Carta Magna; en
Francia, de 1314 a 1315, las Cartas a los normandos, a los habitantes de
Languedoc, a los bretones, a los borgoñones,
a los picardos, a los de Champaña, a los auvermenses, a las gentes de las
“Bajas Marcas” del Oeste, a los del Berry, a los de Nivers —en Inglaterra el
Parlamento; en
Francia los
estados Generales, siempre mucho
más frecuentes y mucho más
activos que los Estados Generales—; en Inglaterra, el “Common Law” apenas
con algunas excepciones regionales; en Francia, el abigarramiento de las
costumbres regionales: en fin, tantas contrastes que había de pesar fuertemente
en la evolución nacional francesa. Parece que la ‘realeza’ francesa, hasta el
mismo Estado una vez resucitado, haya quedado para siempre marcado por el hecho
de haber obtenido su primera fuerza, muy feudalmente, de la aglomeración de
condados, de castellanías y de derechos sobre las iglesias.
III_
UNA MONARQUÍA ARCAIZANTE:
ALEMANIA
Comprobando
que “la
perpetuidad de los feudos
se establece en
Francia antes que en Alemania”, Montesquieu ponía en duda “el humor
flemático y, si me atrevo a
decir, la
inmutabilidad del
espíritu de
la nación
alemana”.*146
Psicología seguramente aventurada, aunque la precedamos, como Montesquieu,
de un quizá. Pero la intuición subsiste, de manera penetrante. En lugar
“de humor flemático” digamos modestamente “arcaísmo”: ésta será la palabra que
habrá de imponerse a todo estudio de la sociedad medieval alemana comparada
fecha por fecha con la sociedad francesa. Pues exacta, como hemos visto,
tratándose del vasallaje y el feudo, el régimen señorial, la epopeya —
verdaderamente arcaica por sus temas legendarios y la atmósfera pagana de
lo maravilloso no menos cierta en el dominio de la economía (el
“renacimiento urbano” en Alemania va con uno o dos siglos de retraso con
respecto a Italia, Francia y Flandes), la observación conserva todo su valor
cuando pasamos al estudio de la evolución del Estado. Ninguna experiencia tan
decisiva como esta concordancia, encontrada una vez más entre la estructura
social y la política. En Alemania, menos profundamente feudalizada y
señorializada y con menos uniformidad que en Francia, la monarquía permaneció
fiel al tipo carolingio mucho más tiempo que en Francia.
El rey gobierna con
la ayuda de condes que tardan tiempo en ver confirmada su herencia, y que aún
una vez establecida ésta son concebidos más como titulares de una función que de
un feudo. Aun cuando no sean directamente vasallos del soberano, es de él, corno
los “avoués de las Iglesias inmunes”,
que tienen por una concesión especial el poder de mandar y castigar, su
mando. Cierto que también aquí la monarquía choca con la rivalidad de los
principados territoriales, sobre todo bajo la forma de esos ducados de los
cuales ya hemos descrito su original estructura, A pesar de las supresiones y
divisiones hechas por los Otones, los duques no cesaron de ser poderosos e
indóciles. Pero, contra ellos, los reyes supieron utilizar la Iglesia.
Pues, a diferencia
de los Capetos, el heredero alemán de Carlomagno supo quedar como dueño de casi
todos los obispados de su reino. Los obispados bávaros, que Enrique I tuvo que
ceder al duque de Baviera, solo fue una medida eventual, muy
pronto retirada; la tardía concesión de
las sedes de más allá del Elba, otorgada por Federico Barbarroja al duque de
Sajonia, sólo interesaba a un país de misioneros alpinos entregados a la
investidura del metropolitano de Salzburgo, constituía una excepción sin
importancia. La capilla real es el seminario de los prelados del Imperio y este
personal de clérigos instruidos, ambiciosos, habituados a los negocios,
mantendrá la continuidad de la idea monárquica. Obispados y monasterios reales,
del Elba al Mosa, de los Alpes al Mar
del Norte, ponen a disposición del soberano sus servicios: prestaciones
en metálico o en especies; vivienda ofrecida al príncipe o a su gente; y, sobre
todo, la obligación militar. Los contingentes de las iglesias forman la parte
más considerable y más estable del ejército real. No la única.
Pues el rey
persiste en
reivindicar la
ayuda de todos sus súbditos, y
si el reclutamiento en masa
propiamente dicho, “la llamada al país” (“clamor patriae”), no tiene más
aplicación real que en las fronteras, en casos de correrías
bárbaras, la
obligación de
servir con
la caballería incumbe a
los duques y condes de todo el reino, no deja de ser cumplida con
bastante eficacia.
Sin embargo, este
sistema tradicional no funcionó jamás perfectamente. Sin lugar a duda, hizo
posibles las grandes finalidades de “las expediciones romanas”. Pero, por esto
mismo, al favorecer ambiciones demasiado vastas y anacrónicas, era ya peligroso.
Pues, en el interior del país, la armazón no era
lo suficientemente
fuerte para
sostener semejante
peso. Este
gobierno, sin otro impuesto que
algunos servicios financieros de la Iglesia, sin funcionarios
asalariados, sin ejército permanente; este gobierno nómada, que no disponía de
medios de comunicación convenientes y al que los hombres sentían muy lejano
física y moralmente, ¿cómo habría logrado obtener una obediencia constante? No
hay reino sin rebeliones.
Con algún retraso y
con bastantes diferencias, la evolución hacia el desmembramiento de los poderes
públicos en pequeña grupos de mando personal
arrastraba consigo
tanto a
Alemania como
a Francia, La
disolución de las condados, entre otras causas, retiraba poco a poco la base
necesaria del edificio. Ahora bien, los reyes alemanes, siendo bastante más que
príncipes territoriales, no
se habían
dado nada
que semejase
al dominio
restringido, pero bien centrado, de los duques robertinos, convertidos en
reyes de Francia. Incluso el ducado de Sajonia, que Enrique I había detentado
antes de su advenimiento, logró finalmente, aunque con menor extensión, escapar
a la realeza. Fue uno de los primeros ejemplos de una costumbre que
progresivamente tomó
fuerza de
ley. No
hubo feudo
de dignidad
que, adquirido
provisionalmente de la Corona, sea por confiscación o por vacante, no tuviera
que ser casi al momento vuelto a infeudar: esta regla, característica de la
monarquía imperial, fue crítica para
sus progresos. Aplicada a
Francia, hubiera impedido a
Felipe Augusto conservar Normandía, como en Alemania, unos treinta años antes,
se había opuesto, de hecho, a la anexión por Federico Barbarroja de los ducados
arrebatados a Enrique el León, Seguramente, se había reservado al siglo
XII el formularla en todo su rigor, bajo la presión de la baronía. Pero, sin
duda alguna, derivó sus orígenes del carácter de función pública tenazmente
ligada, allí, a los honores condales ducales. ¿Un soberano podría, sin
paradoja, constituirse en su propio delegado? Ciertamente, el rey alemán era el
señor directo de muchas ciudades; tenia sus vasallos particulares, Sus
ministeriales, sus castillos. Todo ello, sin embargo, diseminado por inmensos
espacios. Tardíamente, Enrique IV comprendió el peligro. Se le vio, a partir de
1070, esforzarse en crear, en Sajonia, una verdadera ille-de-France, erizada por
compilo de fortalezas. Fracasó, pues ya se preparaba la gran crisis de la lucha
con el papado, que debía poner a la luz tantos gérmenes de debilidad.
Aquí también hay
que decidirse a usar la palabra anacronismo. Si, debido al conflicto, de
apariencia trivial, que, después, de algunos años, enfrentaba a Enrique IV de
Alemania y Gregorio VII, brotó bruscamente, en 1076, una
guerra inmisericorde, el golpe teatral de Worms fue la causa: esa
deposición del papa,
pronunciada, después de
consulta con
un concilio alemán,
por un
rey que aún no estaba excomulgado. Ahora bien, este gesto no era más que
producto de reminiscencias. Otón I había hecho derribar a un papa; el propio
padre y predecesor de
Enrique IV, a tres de una vez. Sólo
que después de
eso el
mundo había
cambiado. Reformado
por los
mismos emperadores,
el papado había reconquistado
su ‘prestigio moral’ y un gran movimiento de despertar religioso hacía de
él el símbolo más alto de los ‘valores espirituales’.
Ya hemos visto cómo
esta larga querella arruinó definitivamente el principio hereditario en
Alemania. Acabó de lanzar a los soberanos en el avispero italiano, que sin cesar
renacía. Sirvió de punto de cristalización a todas las revueltas. Sobre todo,
afectó profundamente los poderes sobre la Iglesia. Porque si bien hasta el siglo
XIII los reyes no cesaron de ejercer una influencia sobre los nombramientos
episcopales o abaciales que, aun variando extremamente según los reinados o los
momentos, no dejaba de ser menos considerable en su totalidad, los prelados
investidos por el cetro, símbolo del feudo, cesaron sin embargo de aparecer como
detentadores de una función pública, para aparecer en el futuro como simples
feudatarios. Además, la evolución de la conciencia religiosa, sacudiendo la idea
del valor sagrado ligado hasta entonces a la dignidad real, hacía al clero
incontestablemente menos dócil ante las tentativas de dominación, que chocaban
en él con un sentido más agudizado de la preeminencia de lo sobrenatural.
Paralelamente, las transformaciones de la sociedad cambiaban definitivamente los
antiguos representantes de la realeza en las provincias, en señores hereditarios
de dominios fragmentados,
disminuían el
número de
hombres libres,
en la primera acepción de la palabra y retiraban, en fin, gran parte
del carácter a los tribunales progresivamente señorializados. Seguramente, en el
siglo XII, Federico Barbarroja se presenta aún como un monarca muy poderoso.
Nunca se expresará la idea imperial, alimentada por una cultura más rica y más
consciente, de manera más fuerte que bajo su reinado y en su ambiente. Pero el
edificio, mal dispuesto, mal adaptado a las fuerzas del presente está ya a
merced de todo choque un poco rudo.
No obstante, otros
poderes se apresuran a nacer sobre las ruinas de la monarquía y de los viejos
ducados étnicos. Principados territoriales, hasta ese momento bastante
débilmente unidos, se les verá, después del decisivo giro
de fines del sigilo XIII, desgajarse poco a poco de los Estados
burocratizados, relativamente organizados, sometidos a impuestos, provistos de
asambleas representativas. Lo que subsiste de la organización del vasallaje se
ha convertido en provecho del príncipe y la misma Iglesia obedece. Nada ya de
Alemania, políticamente hablando; sino, como se decía entre los franceses,
“las Alemanias”, Por una parte el retraso, específicamente alemán, de la
evolución social; por otra el advenimiento común a casi toda Europa de las
condiciones propias de una concentración del poder público: el encuentro de
estas dos urdimbres causales hizo que el reagrupamiento en Alemania no se
operase más que al precio de una larga fragmentación del antiguo Estado.
IV_ LA
MONARQUÍA ANGLONORMANDA:
HECHOS
DE CONQUISTA
Y SUPERVIVENCIA
GERMÁNICAS.
El
Estado anglonormando
había surgido
de una
doble conquista:
de la
Neustria occidental, por Rollon, de Inglaterra, por Guillermo el
Bastardo. A este origen debió una estructura más regular que la de los
principados edificados a base de
piezas y
trozos o
la de
las monarquías
cargadas de
una larga
y, a
veces confusa tradición.
Añádase que la segunda conquista, la de Inglaterra, se
había producido en el momento mismo en el que el cambio de condiciones
económicas y mentales en todo el Occidente comenzaba a favorecer la lucha contra
el desmembramiento. Es significativo que, casi desde el comienzo, esta
monarquía, nacida de una guerra afortunada, se nos presente fundada en el
documento escrito: muy pronto también provista de un personal instruido y de
costumbres burocráticas.
La Inglaterra
anglosajona de los últimos tiempos había visto la constitución, en manos de sus
earls, dé verdaderos principados territoriales, formados, de acuerdo con
el tipo clásico, por aglomeraciones de condados. La guerra de conquista y las
posteriores revueltas, dominadas rudamente, habían hecho desaparecer
de la
escena a
los grandes
jefes indígenas
con lo
que todo
peligro por esta parte parecía descartado para la unidad del Estado. Sin
embargo, la idea de la posibilidad de que el rey gobernase directamente su reino
entero, aparecía entonces tan extraña a los espíritus que Guillermo se creyó en
el deber de crear, a su alrededor, cargos de mando de tipo análogo. Felizmente
para la monarquía, la misma infidelidad de estos altos barones, llevó
rápidamente —con las únicas excepciones del condado de Chester, en las marcas de
Gales, y del principado eclesiástico de Durham, en las marcas escocesas— a la
supresión de las temibles formaciones políticas en las que
los rebeldes se
habían colocado.
Los reyes persisten
a veces en
la creación
de condes; pero, en los condados donde ellos poseían el título, estos
personajes se limitaron en adelante a recibir una parte de los productos de la
justicia. El mismo ejercicio de los poderes judiciales, el reclutamiento de
tropas, la percepción de rentas
fiscales correspondía
a los
representantes directos
de los reyes, designados, en
inglés, sheriffs. ¿Funcionarios? No lo parece. En primer lugar, porque
ellos afianzaban su cargo, mediante una suma fija entregada al tesoro en un
tiempo en que las condiciones económicas no permitían aún el sueldo, este
sistema de arriendo era la única alternativa que se ofrecía, si no
se quería acudir a la infeudación. Luego, por el hecho de que, al
principio, un número bastante grande de entre ellos consiguieron convertir sus
cargos en hereditarios.
Pero esta evolución
amenazadora fue detenida bruscamente por la mano fuerte de los soberanos angevinos. El día en que, en 1170, se vio
a Enrique II destituir de una sola vez a todos los sheriffs del reino,
someter su gestión a una investigación y no reponer más que a algunos de ellos, fue
evidente para todos que en toda Inglaterra el rey era dueño de los que mandaban
en su nombre. Por el hecho de que la función pública no se había confundido
plenamente con el feudo. Inglaterra fue mucho antes que cualquier otro reino del
continente, un Estado, verdaderamente único.
No
obstante, ningún
estado, en
ciertos aspectos, fue más
perfectamente feudal que éste. Pero, de tal suerte, que el poder real sacaba
de ello un aumento de prestigio. En este país en que toda la tierra era una
tenure, ¿el rey no era acaso literalmente el señor de todos los señores? En
parte alguna, sobre todo el sistema de feudos militares, se aplicó más
metódicamente. En los ejércitos así reclutados, el problema esencial estribaba,
se sabe, en obtener que los vasallos
directos del
rey o
del príncipe
se hiciesen
acompañar, en la
hueste, de un
número suficiente de vasallos
indirectos, de los
que necesariamente
se componía el grueso de las
tropas. Pero en lugar de dejarse, como ocurría en otras partes, esta cifra al
arbitrio de una costumbre variable o a convenciones individuales
más o
menos respetadas, en el
ducado normando
y, luego, en
una escala más vasta, en Inglaterra, fue fijada definitivamente para cada
baronía por el poder central, por lo menos a título de minino. Y de acuerdo con
el principio de que casi toda obligación de hecho podía sustituirse por su
equivalente en numerario, los reyes, desde los primeros años del siglo XII,
tomaron la costumbre de exigir de sus tenentes directos en lugar de soldados, un
impuesto percibido a prorrata del número de caballeros o, según la expresión
corriente, “de escudos” que tuviesen que proporcionar.
Pero esta
organización feudal, admirablemente concertada, se aliaba a tradiciones tomadas
de un pasado lejano. ¿Cómo no reconocer en la fuerte
paz establecida, desde la ocupación de los condados neustrios, por
los “duques de los piratas”, el código de un ejército acantonado, semejante a
las leyes que el historiador danés Saxo Grammaticus atribuye al rey Frode,
conquistador legendario? Sobre todo, hemos de evitar el disminuir con exceso la
parte de herencia anglosajona. El juramento de fidelidad que en 1086 Guillermo
requirió de todos los que tenían autoridad en Inglaterra, “de
cualquier señor de quien ellos fuesen los nombres”, y que, a
continuación, sus dos primeros sucesores hicieron
renovar —esta promesa
trascendente a todos los lazos
de vasallaje y que los superaba—, ¿era, acaso, otra cosa, que el antiguo
juramento de los súbditos, familiar a todos los reinos bárbaros y que
los soberanos de la dinastía de Wessex, así como los Carolingios habían
practicado? Por débil que parezca en sus últimos tiempos la monarquía
anglosajona, no había dejado de mantener, única entre sus contemporáneas, un
impuesto, que por haber servido primero
para pagar rescate a los
invasores daneses, y después para combatirlos, había tomado el nombre de
Danegeld. En esta supervivencia sorprendente, que parece suponer en la isla
una circulación monetaria menos debilitada que en otras partes, los reyes
normandos debían encontrar un instrumento singularmente eficaz. En fin, la
persistencia, en Inglaterra, de los antiguos tribunales de hombres libres,
asociados de 'ancas maneras al mantenimiento del orden público —institución
netamente germánica— favoreció enormemente la conservación, después la extensión
de la justicia y del poder administrativo reales.
La fuerza de esta
monarquía compleja no era de otra parte más que relativa. También en ella los
elementos de disociación permanecían activos. El servicio de los feudos fue, de
más en mas obtenido con dificultad, porque, capaz de ejercer cualquier coacción
sobre sus principales tenentes, el gobierno real lo era muchos menos de llegar,
a través de ellos, a la masa de pequeños feudatarios, a menudo recalcitrantes La
baronía fue casi constantemente indócil. De 1135 a 1154. durante las largas
perturbaciones dinásticas del reinado de Esteban, la construcción de numerosos
castillos adulterinos, la heredabilidad reconocida a los sheriffs,
que reunían a veces diversos condados
bajo su dominio y llevaban ellos mismos el título de condes,
parecían anunciar el irresistible empuje del desmembramiento. No
obstante, después del resurgimiento que marcó el reinado de Enrique II, veremos
a los magnates, en sus rebeliones, buscar no desgarrar el reino, sino dominarlo.
La clase caballeresca, por su lado, encontraba en los tribunales de los condados
la ocasión de agruparse y de darse sus delegados. La potente realeza de los
conquistadores no había destruido todos los restantes poderes. Pero los habla
forzado a no actuar, aun cuando fuera contra ella, sino en los cuadros del
Estado.
V_ LAS
NACIONALIDADES
¿En qué medida
estos Estados fueron o se convirtieron en naciones? Como todo problema, de
psicología colectiva, éste exige que se distingan con atención, no sólo los
tiempos, sino los medios.
No fue entre los
hombres más instruidos donde pudo nacer el sentimiento nacional. Todo cuanto
subsistía de cultura algo profunda se refugió, hasta el siglo XII, en una
fracción del clero. Ahora bien, muchas razones desviaban a esta
intelligentzia de decisiones que ella, de buen grado, habría tratado de
prejuicios: el uso del latín, lengua internacional, con las facilidades de
comunicación intelectual que se derivaban;
el culto, sobre todo, de los grandes ideales de paz, de piedad y de
unidad que, humanamente, parecían concretarse en las imágenes aparejadas de
Cristiandad e Imperio. Aquitano y antiguo dignatario de la iglesia de Reims, con
este doble título súbdito del rey de Francia, Gerberto no creía traicionar
ningún deber esencial haciéndose, en la época en que el heredero de Carlomagno
era un sajón, “soldado en el campo de César”.*147
Para descubrir los oscuros preludios de la nacionalidad, hay que volverse a los
medios más rudos y más acostumbrados a vivir en el presente; menos, sin duda,
hacia las clases populares, de las que, de otra parte, ningún documento nos
permite adivinar sus estados de ánimo, que del lado, a la vez, de las clases
caballerescas y de esa parte del mundo clerical que, de mediana instrucción, se
limitaba a reflejar en sus escritos, con acento más neto, las opiniones del
ambiente.
Como reacción
contra la historiografía romántica, ha estado de moda, en ciertos historiadores
más recientes, rehusar a los primeros siglos de la Edad Media toda conciencia de
grupo, nacional o étnica. Era olvidar que bajo la forma ingenuamente brutal del
antagonismo contra el extranjero, el forastero, semejantes sentimientos
no exigen un gran refinamiento de espíritu. Sabemos hoy día que se manifestaron,
en la época de las invasiones germánicas, con mucha más fuerza que no lo creía,
por ejemplo, Fustel de Coulanges. En la única gran experiencia de conquista que
nos ofrece la era feudal —la de Inglaterra normanda—, se les ve claramente en
acción. Cuando el último hijo de Guillermo, Enrique I, por un gesto
característico en sí mismo, juzgó
oportuno desposar una princesa de la antigua dinastía de Wessex —de la “recta
ascendencia de Inglaterra”, decía un monje de Canterbury— los caballeros
normandos, en burla, se complacieron en cubrir a la pareja real de apodos
sajones. Pero, festejando este mismo enlace, medio siglo después, bajo el
reinado del nieto de Enrique y Edith, un hagiógrafo escribía:
“Ahora,
Inglaterra tiene un
rey de
raza inglesa;
ella encuentra
en la
misma raza obispos, abades, barones, bravos caballeros, salidos de una y
otra semilla”.*148
La historia de esta
asimilación, que es en ella misma la de la nacionalidad inglesa, no podría ni
siquiera esbozarse aquí, en un marco tan estricto. Es fuera de todo hecho de
conquista en los límites del antiguo Imperio tranco, en el norte de los Alpes,
donde nos habremos de contentar con escrutar la formación de las entidades
nacionales: el nacimiento, si se quiere, de la pareja
Francia-Alemania.*149
La tradición era
aquí, desde luego, la unidad: tradición, a decir verdad, relativamente reciente
y un poco artificial, en su aplicación a todo el Imperio carolingio; varias
veces secular, sin embargo, y apoyada sobre una verdadera comunidad de
civilización cuando se trata sólo del viejo regnum Francorum. Por
sensibles que puedan ser, una vez alcanzadas las capas profundas de la
población, los contrastes de costumbres y lenguas, una misma aristocracia y
un mismo clero habían ayudado a los carolingios a gobernar el inmenso
Estado, desde el Elba hasta el Océano. Y aún estas grandes familias,
emparentadas, habían dado, después del 888,
a los reinos o a los principados, surgidos del desmembramiento, sus
jefes, nacionales solamente en
apariencia. Francos se disputaban la corona de Italia; un bávaro había ceñido la
de Borgoña; un sajón de origen, posiblemente con Eudes, la de Francia
occidental. Como en los vagabundeos que les imponían tan pronto la política de
los reyes, distribuidores de honores, como sus propias ambiciones, los magnates
arrastraban tras de sí toda una clientela, la misma clase de los vasallos
participaba de este carácter que podríamos llamar supraprovincial. El
desgarramiento de 840-843, con toda razón había causado en los contemporáneos el
sentimiento de una guerra civil. Sin embargo, bajo esta unidad subsistía el
recuerdo de agrupaciones más antiguas.
Estas fueron a las que, en Europa dividida, se vio primero reafirmarse,
en una reciprocidad de desprecio o de odio. Neustrios, desde la cima del orgullo
que les inspira pertenecer a “la más noble región del mundo”, prestos a tratar a
los aquitanos de pérfidos y a los borgoñones de perezosos; la
perversidad de los francos
es, a su vez, denunciada por los aquitanos y el fraude suabo por los
del Mosa; los sajones valientes y que nunca han huido, destacan al negro cuadro
de la cobardía turingia, de las rapiñas alemanas, sacados de escritores que se
escalonan desde fines del siglo noveno hasta principios del XI, esta antología
de injurias.*150
Por razones ya conocidas, este tipo de oposiciones fueron particularmente
tenaces en Alemania. Lejos de servir a los Estados monárquicos amenazaban su
integridad. El patriotismo del monje cronista Widukindo, bajo Otón I, no carecía
ciertamente ni de fervor ni de
intransigencia, pero era un patriotismo sajón y no alemán. ¿Cómo se operó el
paso a la conciencia de las nacionalidades adaptadas a los nuevos cuadros
políticos?
No podemos pensar
en una patria anónima. Ahora bien, nada más instructivo que la dificultad en que
los hombres se encontraron, durante largo tiempo,
para dar nombre a los dos Estados principales surgidos de las diversas
divisiones realizadas dentro del regnum Francorum. Los dos eran “Francias”.
Pero los adjetivos de oriental y occidental, que los distinguieron durante largo
tiempo, no constituían una denominación demasiado evocadora para una conciencia
nacional. En cuanto a los nombres de Galia y Germania que algunos escritores,
desde un principio, ensayaron revivir sólo hablaban al espíritu de los doctos.
Acordándose que César había detenido la Galia en el Rin, los cronistas alemanes
designaban con este nombre sus propias provincias de la margen izquierda. A
veces, subrayando inconscientemente lo que las delimitaciones habían tenido
originalmente de artificial, se aferraban al recuerdo
del primer
soberano en
cuyo provecho se había
dividido el
reino: para sus vecinos,
loreneses o gentes de más allá, los francos del Oeste seguían siendo los hombres
de Carlos el Calvo (Kerlinger, Carlenses), así como los propios loreneses
eran los del oscuro Lotario II. Durante mucho tiempo, la literatura alemana
debía permanecer fiel a esta terminología, probablemente porque le repugnaba
reconocer al pueblo occidental el monopolio del título de francos simplemente, o
de franceses —la Canción de Rolando emplea todavía indiferentemente los
dos términos—, al que todos los Estados sucesores parecían tener igual derecho.
Todos saben que,
sin embargo, esta restricción de sentido acabó por producirse. En la misma época
del Rolando, el cronista lorenés Sigberto de Gembloux la tenía por
generalmente admitida.*151
¿Cómo tuvo lugar? Está aún mal estudiado el gran enigma del nombre nacional
francés. La costumbre parece haberse implantado durante la época en que frente
al reino del Este, gobernado por
sajones, el
del Oeste había
vuelto a
la auténtica
dinastía franca, la
caza carolingia. Encontró un
apoyo en el
título real
mismo. Por
contraste con sus rivales, que
en sus diplomas no se denominaban más que reyes, sin más,
y precisamente con el fin de señalar con brillo su dignidad de heredero
de Carlomagno, Carlos el Simple, después de la conquista de Lorena, había
desempolvado el viejo título de rex Francorum. Sus sucesores, aunque no
reinaban más que sobre Francia e incluso habían cesado de pertenecer al antiguo
linaje, continuaron engalanándose con
él. Añádase el hecho de
que en Alemania el nombre de francos, frente a otros grupos étnicos,
conservaba casi forzosamente un carácter particularista: servía, en efecto. para
designar corrientemente las gentes de las diócesis rípuarias y del valle del
Main, lo que hoy se llama Franconia—, y un sajón, por ejemplo,
no hubiera aceptado el que le llamaran así. En el lado opuesto de la
frontera, por el contrario, se aplicaba sin dificultades, si no a todas las
poblaciones del reino, por lo menos a los habitantes de ese país de entre el
Loira y el Mosa, en el que las costumbres estaban impregnadas profundamente de
la huella franca. Por último, a la Francia del Oeste le fue más fácil reservarse
el empleo, por cuarto la otra Francia estaba en vías de darse un nombre
distinto, salido de una realidad sensible entre todas.
Entre los “hombres
de Carlos” y los del reino del Este, se apreciaba un contraste muy sorprendente.
Era —en despecho de las diferencias dialectales, en el interior de cada grupo—
una antítesis lingüística. Por una parte, los Francos romanos; por otra,
los Francos thiois. Por medio de esta última palabra, conforme al uso
medieval, traduzco el adjetivo del que ha salido el alemán actual, deutsch,
y que entonces los clérigos, en su latín, lleno de reminiscencias clásicas,
convertían, con desprecio de toda etimología, en teutón.
El origen no da
lugar a duda. La theotisca lingua, de que hablaban los misioneros de la
época carolingia, no era otra cosa que la lengua del pueblo (thiuda),
opuesta al latín de la Iglesia; quizá también la lengua de los paganos, de los
gentiles. Ahora bien —el termino de germano, más docto que
popular, habiendo estado siempre desprovisto de raíces profundas, en la
conciencia común—, la etiqueta creada así para designar una manera de
expresarse, pasó rápidamente a la dignidad de nombre étnico: “el pueblo que
habla thiois”, dice ya, bajo Luis el Piadoso, el prólogo de uno de los
poemas más antiguos compuestos en este lenguaje. De ahí a designar una formación
política, el paso a franquear no era
difícil. El uso, probablemente lo decidió antes que los escritores osasen dar
derecho de ciudadanía a un giro tan poco de acuerdo con la historiografía
tradicional. A partir del 920, sin embargo, anales salzburgueses mencionan el
reino de los Thiois (o Teutones).*152
Quizá esta aventura
semántica no dejará de asombrar a las personas que, en su adhesión a los hechos
de lengua, se inclinan a ver una efervescencia reciente de la conciencia
nacional. El argumento lingüístico, no obstante en manos de políticos, no es de
hoy. En el siglo X, un obispo lombardo, indignándose de las pretensiones
—históricamente bien fundadas— de los bizantinos sobre la Apulia, ¿acaso no
escribía: “que este país pertenezca al reino de Italia, lo prueba la lengua de
sus hablantes”?*153
No sólo el uso de los medios de expresión comunes hace siempre a los hombres más
próximos los unos a los otros y manifiesta, al mismo tiempo que crea otras
nuevas, las semejanzas de las tradiciones mentales. Cosa más sensible aún a las
almas todavía rudas: la oposición de lenguajes mantenía el sentimiento de las
diferencias, fuente a su vez de antagonismos.
Un monje suabo, en
el siglo IX, notaba ya que los “Latinos” se reían de las palabras germánicas, y
fue de las burlas sobre sus idiomas respectivos cómo, en el 920,
nació entre
las escoltas
de Carlos
el Simple
y Enrique
I, una
pelea lo suficientemente
sangrienta para poner fin a la entrevista de ambos monarcas.*154
Asimismo, en el interior mismo del reinado del Oeste, la curiosa evolución, aún
mal explicada, que en el galorromano había provocado la formación de dos grupos
de habías distintas, hizo que durante siglos los “Provenzales” o gentes del
Languedoc. sin poseer, ni mucho menos, la unidad política, tuvieran netamente el
sentimiento de constituir una colectividad
aparte. Igualmente, con
ocasión de la segunda cruzada, se vio a
los caballeros loreneses,
súbditos del
Imperio, aproximarse a los
franceses, de los
que entendían y hablaban la
lengua.*155
Nada más absurdo que confundir la lengua con la nacionalidad. Pero no lo sería
menos negar su papel en la cristalización de las conciencias nacionales.
Que éstas
—tratándose de Francia y Alemania— aparezcan ya muy claramente formadas hacia
los alrededores del año 1100, los textos no nos lo permiten dudar. Durante la
primera Cruzada, Godofredo de Bouillon, que, gran señor lotaringio, hablaba,
afortunadamente para él, las dos lenguas, tuvo mucho que hacer para apaciguar
las hostilidades, según parece ya tradicionales, entre las caballerías francesa
y thioise.*156
La “douce France” de la
Chanson de Rolando está presente
en todas
las memorias:
Francia aún
algo incierta en sus límites, fácilmente confundida con el gigantesco
Imperio de un Carlomagno de leyenda, pero cuyo corazón colocaba, con toda
evidencia, en el reino capeto.
Al haber sido así
como dorado por el recuerdo carolingio —el empleo del nombre de Francia
favoreciendo la asimilación, y la leyenda, a su vez, ayudando a fijar el
nombre—, el orgullo nacional, en hombres ebrios de conquistas, recibía un vigor
mayor. Los alemanes, por otra parte, ostentaban con gran altivez el haber
permanecido como pueblo imperial. La lealtad monárquica contribuía a mantener
estos sentimientos. Es significativo que su expresión esté casi por completo
ausente en los poemas épicos de inspiración puramente baronal, como el ciclo de
los Loreneses.
No hay que
imaginar, sin embargo, una confusión total. Patriota ferviente, el monje
Guiberto, que, bajo Luis VI, dio a su relato de la Cruzada el título famoso de
Gesta Dei per Francos, no era más que un tibio admirador de los Capetos.
La nacionalidad se nutría de
aportaciones más complejas: comunidad de lengua, de tradición, de recuerdos
históricos más o menos bien entendidos; sentido del destino común que imponían
cuadros políticos limitados muy al azar, pero del que cada uno respondía, no obstante, en su conjunto, a afinidades
profundas y ya antiguas.
Todo esto,
no lo había creado el
patriotismo, Pero en el curso de esta segunda época feudal, caracterizada a la vez por
la necesidad que los hombres sentían de agruparse en colectividades más extensas
y por la más clara conciencia que, de todos modos, la sociedad adquiría de ella
misma, estas realidades latentes fueron como la manifestación, al fin explícita,
y por ello, creadora a su vez, de nuevas
realidades. Ya, en un
poema algo
posterior al
Rolando, “ningún Francés vale más que él”, se dice, para alabar a
un caballero particularmente digno de estima.*157
La época de la que buscamos trazar la
historia profunda no vio sólo
formar los Estados. Vio. también, confirmarse o constituirse — expuestas aún a
muchas vicisitudes— las patrias.
LIBRO
TERCERO
EL
FEUDALISMO COMO
TIPO SOCIAL
Y SU ACCIÓN
CAPITULO
I
EL
FEUDALISMO COMO TIPO SOCIAL
I_ ¿FEUDALISMO
O FEUDALISMOS: SINGULAR
O PLURAL?
A los ojos de
Montesquieu, el establecimiento de las “leyes feudales” en Europa era un
fenómeno único en su género, “un acontecimiento ocurrido una vez en el mundo y
que quizá no volverá a repetirse jamás”. Menos experto, sin duda, en la
precisión de las definiciones jurídicas, pero curioso por horizontes más
amplios, Voltaire protestó:
“El feudalismo no
es en absoluto un acontecimiento; es una forma muy antigua que subsiste en los
tres cuartos de nuestro hemisferio, con administraciones diferentes”*158.
La ciencia
actual se ha inclinado, por lo general, por el parecer de Voltaire.
Feudalismo egipcio, aqueo, chino, japonés: otras tantas alianzas de palabras, en
adelante familiares. A veces no dejan de inspirar a los historiadores de
Occidente discretas inquietudes. Pues no podrían ignorar la diversidad de
definiciones de que ha sido objeto este famoso nombre en su propia tierra natal.
La base
de la
sociedad feudal,
ha dicho Benjamín Guérard,
es la
tierra.
—No. Es el
grupo personal, replica
Jacques Flach—. Los feudalismos exóticos de
los que
la historia
universal aparece
hoy día llena, ¿lo son
según
Guérard?,
¿o según Flach?
Ante esos equívocos no hay otro remedio que examinar el problema desde sus
principios. Puesto que, con toda evidencia, tantas sociedades separadas por el
tiempo y el espacio no han recibido el nombre de feudales más que en razón de
sus similitudes, verdaderas o supuestas, con nuestro feudalismo, los caracteres
de este caso tipo, colocado de esta forma como centro de un vasto sistema de
referencia, son
los que nos importa definir antes que nada. No sin que, de antemano,
separemos algunos empleos, manifiestamente abusivos, de una expresión demasiado
sonora para no haber sufrido muchas desviaciones.
En el régimen que
bautizaron con el nombre de feudalismo, sus primeros padrinos, como sabemos,
percibían ante todo lo que tenía de antitético con la noción de un Estado
centralizado. De aquí a calificar de este modo toda fragmentación de los poderes
sobre los hombres, la distancia era corta. Tanto más, que a la simple
comprobación de un hecho se venía a mezclar, de ordinario, un juicio de valor.
Concibiéndose como la regla la soberanía de un Estado bastante vasto, toda
excepción a este principio parecía clasificarse entre lo anormal. Esto sólo
bastaría para condenar un uso que, por otra parte, no haría más que engendrar un
insoportable caos. A veces, se entrevé una noción más precisa. En 1783, un
modesto agente municipal, el guarda del mercado de Valenciennes, denunciaba como
responsable del encarecimiento de las
mercancías “un grupo
feudal de
grandes propietarios rurales”.*159
¡Cuántos
polemistas, desde entonces, han llevado y traído los feudalismos
bancarios o industriales! Cargada de reminiscencias históricas más o menos
vagas, la palabra parece, en ciertas plumas, no evocar nada más que la
brutalidad del mando; pero, con frecuencia también, de una forma menos
elemental, la idea de una invasión de la vida pública por las potencias
económicas. Pues
es innegable,
en efecto,
que la
confusión de
la riqueza —entonces
principalmente rústica— con la autoridad fue uno de los rasgos característicos
del feudalismo medieval. Pero era menos en razón de los caracteres propiamente
feudales de esta sociedad que porque ella estaba, al mismo tiempo, fundada en el
señorío.
Feudalismo régimen
señorial: la confusión aquí remonta mucho más lejos. En principio, se produjo en
el empleo de la palabra vasallo. La huella aristocrática que este nombre
había recibido de una evolución en suma secundara, no era tan fuerte como para
que no se la viese aplicada, desde la Edad Media, a siervos —primitivamente muy
próximos a los vasallos por la naturaleza
persona de su dependencia— o a simples colonos. Lo que no era entonces
más que una especie de aberración semántica, frecuente en particular en las
regiones incompletamente feudalizadas, como Gascuña o León, se convirtió, a
medida que se borraba la conciencia del auténtico vínculo de vasallaje, en un
uso cada vez más extendido: “Es bien sabido por todos”, escribe, en 1786,
Perreciot, “que en Francia los súbditos de los señores son por lo general
llamados sus vasallos”.*160
De forma semejante, se tomó la costumbre de designar, a despecho de la
etimología, con el nombre de “derechos feudales” las cargas que pesaban sobre
las tenures campesinas: aunque anunciando su intención
de destruir
el feudalismo,
los hombres de la revolución
entendían con ello su idea de hacer desaparecer al señorío rural. Pero
aquí también el historiador tiene que reaccionar. Elemento esencial de la
sociedad feudal, el señorío, como tal, era más antiguo y tenía que ser más
duradero. Es importante para una clara nomenclatura que las dos nociones queden
bien diferenciadas.
Intentemos, pues,
reunir, en grandes rasgos, lo que del feudalismo europeo,
en su justo sentido, nos ha enseñado la historia.
II_ CARACTERES
FUNDAMENTALES DEL
FEUDALISMO EUROPEO
Lo más importante
será sin duda empezar por decir lo que esta sociedad no era. Aunque las
obligaciones nacidas del parentesco fuesen concebidas en
ella como muy vigorosas, no se fundaba por completo en el linaje. Dicho
con más precisión: los lazos propiamente feudales tenían su razón de ser en que
los de la sangre no bastaban. Por otra parte, a pesar de la pertenencia de la
noción de una autoridad pública, superpuesta a la multitud de pequeños poderes,
el feudalismo coincidió con un profundo debilitamiento del Estado, en particular
en cuanto a su función protectora. Pero la sociedad feudal no sólo era diferente
a una sociedad de parentelas y a una sociedad dominada por la fuerza
del Estado.
Venía a
continuación de sociedades
así constituidas
y llevaba
su huella.
Las relaciones
de dependencia
personal que
las caracterizan tenían algo de
parentesco artificial que fue, en muchos aspectos, el primitivo lazo entre los
compañeros, y entre los derechos de gobierno ejercidos por tantos
pequeños jefes una buena parte representaban despojos arrancados a potencias
regalistas.
El feudalismo
europeo se presenta, pues, como el resultado de la brutal disolución de
sociedades más antiguas. Sería, en efecto, inexplicable sin el gran trastorno de
las invasiones germánicas que, obligando a fusionarse a dos sociedades
originariamente colocadas en estadios muy diferentes de
evolución, rompió los cuadros de ambas e hizo volver a la superficie
muchos modos de pensar y hábitos
sociales de un carácter singularmente primitivo. Se constituyo de forma
definitiva en la atmósfera de las últimas incursiones bárbaras. El feudalismo
suponía una profunda disminución de la vida de relaciones, una circulación
monetaria demasiado atrofiada para permitir la existencia
de funcionarios asalariados, y
una mentalidad
apegada a
lo sensible y a lo próximo. Cuando estas condiciones empezaron a
cambiar, le llegó el comienzo del fin.
Más
que jerarquizada,
fue una
sociedad desigual;
de jefes,
más que de nobles; de siervos
y no de esclavos. Si la esclavitud no hubiera desempeñado un
papel tan débil, las formas de dependencia auténticamente feudales, en su
aplicación a las clases inferiores,
no hubieran tenido razón de existir. En
medio del desorden general, el lugar del aventurero era demasiado grande, la
memoria de los hombres excesivamente corta y la regularidad de la clasificación
social demasiado mal asegurada para permitir la estricta constitución de castas
regulares.
Sin embargo, el
régimen feudal suponía la estrecha sujeción económica de una multitud de gente humilde hacia algunos poderosos. Habiendo
recibido de edades anteriores la villa ya señorial del mundo romano y el
sistema de gobierno germánico de las aldeas, extendió y consolidó estas formas
de explotación del hombre por el hombre y, sumando en inseparable haz el derecho
a la renta de la tierra con el derecho al mando, hizo de todo ello el verdadero
señorío. En provecho de una oligarquía de prelados o de monjes encargados de
propiciar el cielo. En provecho, especialmente, de una oligarquía militarista.
La más rápida de las investigaciones comparativas basta para mostrarnos que, en
efecto, entre los caracteres distintivos de las sociedades feudales se debe
colocar la casi coincidencia establecida entre la clase de los jefes y una clase
de militares profesionales, sirviendo de la única forma que entonces parecía
eficaz, es decir, como jinetes pesadamente armados. Ya lo
hemos visto: las sociedades en las que persistió un campesino armado,
ignoraron la organización del vasallaje o el señorío, o conocieron de ambas
formas muy imperfectas: así, en Escandinavia, por ejemplo, o en los reinos del
grupo astur-leonés. El caso del Imperio bizantino quizá es aún más
significativo, porque
las instituciones
llevaron en
él la huella
de un
pensamiento director mucho más consciente. Allí, después de la reacción
anti-aristocrática del siglo VII, un gobierno que había conservado las grandes
tradiciones administrativas de la época romana y al que preocupaba, por otra
parte, la necesidad de tener un ejército sólido, creó tenures cargadas de
obligaciones militares para
con el
Estado verdaderos
feudos en
un sentido, pero,
a diferencia
del Occidente,
feudos de
campesinos, constituidos cada
uno por
una modesta explotación rural. Los soberanos, en el futuro, no tendrán
preocupación más grata que el proteger estos “bienes de soldados”, así como
a los pequeños poseedores en
general, contra el acaparamiento
por los ricos y poderosos.
Llegó, sin embargo, hacia fines del siglo XI, el momento en que el Imperio,
desbordado por las condiciones económicas que hacían la autonomía cada vez más
difícil a los campesinos cargados de deudas, debilitado también por las
disensiones internas, cesó de extender sobre los libres cultivadores alguna
protección útil.
Con ello,
no solo
perdió preciosos recursos fiscales,
sino que cayó
en manos
de los
magnates, únicos
capaces, en
adelante, de
reclutar, entre sus dependientes, las tropas necesarias.
En la sociedad
feudal, el lazo humano característico fue la vinculación del subordinado a un
jefe muy próximo. De escalón en escalón, los nudos así formados alcanzaban, como
por otras tantas cadenas indefinidamente ramificadas, desde los más pequeños a
los más grandes. La misma tierra sólo parecía tan preciosa porque permitía
procurarse hombres, remunerándolos. Queremos tierras, dicen en sustancia
los señores normandos, que rechazan
los regalos de joyas, armas y caballos ofrecidos por su duque. Y, entre ellos,
añaden: “así nos será posible mantener muchos caballeros y el duque no
podrá hacerlo”.*161
Quedaba por crear
una modalidad de derechos rústicos apropiada para la recompensa de los servicios
y cuya duración se modelase sobre la misma devoción. De la solución que supo
encontrar a este problema, el feudalismo occidental sacó uno de sus rasgos más
originales. Mientras que las gentes de servicio agrupadas alrededor de los
príncipes eslavos continuaban recibiendo tierras en concepto de donación, el
vasallo franco, después de algunas vacilaciones, sólo se
lo vio
otorgar feudos,
en principio
vitalicios. Pues
entre las clases más elevadas,
distinguidas por el honorable deber de las armas, las relaciones de dependencia
revistieron, al principio, la forma de contratos libremente
establecidos entre dos
personas vivas colocados frente a
frente. De la necesidad de este
contacto personal, sacaron siempre lo mejor de su valor moral. Pero, muy pronto, diversos elementos vinieron a oscurecer la pureza de la
obligación: la herencia, natural en una sociedad en la que la familia continuaba
constituida con tanto vigor; la práctica del chasement
(domiciliación) que,
impuesta por
las condiciones económicas, llegaba
a cargar la tierra de
servicios más que al hombre de fidelidad; la pluralidad de los homenajes, en
último y principal lugar. La lealtad del encomendado seguía siendo, en
muchos casos, una gran fuerza. Pero como cemento social por excelencia, llamado
a unir, de arriba a abajo, los diversos grupos, a prevenir la fragmentación y a
poner a raya el desorden, se manifestó decididamente
ineficaz.
En
realidad, en la
inmensa trascendencia
concedida a
esos lazos,
hubo, desde un principio, una
parte de artificial. Su generalización fue, en los tiempos feudales, el legado
de un Estado moribundo —el de los Carolingios— que a la esterilización social
pensó oponer una de las instituciones nacidas de esta propia esterilización. Por
ella misma,
la gradación
de las
dependencias que
no era totalmente incapaz de servir
para la cohesión del Estado, como lo
atestigua la monarquía anglo-normanda,
necesitaba para ello de una autoridad
central secundada, como en Inglaterra, menos que por la sola conquista por la
coincidencia, con ella, de condiciones materiales y morales nuevas. En el siglo
IX, el empuje hacia la dispersión era demasiado fuerte.
En el área de la
civilización occidental, el mapa del feudalismo ofrece algunos amplios vacíos:
península escandinava, Frisia, Irlanda. Quizá es más importante aún comprobar
que la Europa feudal no estuvo feudalizada en el mismo grado ni según el mismo
ritmo y, sobre todo, que en ninguna parte lo
fue por completo. En ningún país la población rural cavó totalmente en
los vínculos de
una dependencia
personal y
hereditaria. En
casi todos
los
lugares —aunque en numero muy variable
según las regiones— subsistieron alodios, grandes o pequeños. La noción de
Estado nunca desapareció por completo y, allí donde conservó más fuerza, algunos
hombres insistieron en llamarse
libres, en el sentido antiguo de la palabra, por el hecho de que no
dependían más que del jefe del pueblo o de sus representantes. Grupos de
campesinos guerreros se mantuvieron en Normandía en la Inglaterra danesa y en
España. El juramento mutuo, antítesis de los juramentos de subordinación, vivió
en las instituciones de paz y triunfó en los concejos. Es indudable que va con
el mismo destino de todo sistema de instituciones humanas el no realizarse nunca más que de una manera imperfecta. Más de una empresa
escapaba al esquema general en la economía europea de principios del siglo XX,
colocada indiscutiblemente bajo el signo del capitalismo.
Entre el Loira y el
Rin y en la Borgoña de las dos orillas del Saona, un espacio muy sombreado, que,
en el siglo XI, las conquistas normandas ensancharan de manera brusca hacia Inglaterra y el sur de Italia; alrededor
de este núcleo central las tintas disminuyendo con regularidad, hasta alcanzar
en Sajonia y, sobre todo, en León y Castilla, unas tonalidades muy claras: he
aquí, de forma aproximada, bajo qué aspecto se presentaría rodeado por sus
blancos, el mapa feudal que hemos
ideado. En la zona marcada con más fuerza, no es difícil reconocer las comarcas
donde la influencia de la regularización
carolingia fue más profunda, donde asimismo la mezcla, más intensa que en
otras partes, de los elementos romanos y de los elementos germánicos debió
dislocar de manera más completa la armazón de las dos sociedades, y permitió el desarrollo de gérmenes particularmente antiguos de
señorío rústico y de dependencia personal.
III_ UN
CORTE A TRAVÉS
DE LA
HISTORIA
COMPARADA
Sujeción campesina;
en lugar del salario, por lo general imposible, amplio empleo de la tenure-servicio,
que es, en el sentido preciso, el feudo; superioridad de una clase de guerreros
especializados; lazos de obediencia y de protección que atan el hombre al hombre
y, en esa clase guerrera, revisten la forma pura del vasallaje; fraccionamiento
de los poderes, generador del desorden; pero en medio de todo esto, la
supervivencia de otros sistemas de agrupación, parentela y Estado, entre los que
el último tenía que recobrar, durante la segunda edad feudal, un nuevo vigor:
estos parecen ser los rasgos fundamentales
del feudalismo europeo. Como
todos los
fenómenos
revelados por esa ciencia del eterno
cambio que es la Historia, la estructura social así caracterizada llevó
ciertamente la huella original de un tiempo y de un medio. Del mismo modo, sin
embargo, que el clan de filiación femenina o agnático o, incluso,
que ciertas
formas de
empresas económicas, se encuentran
en formas muy semejantes en
civilizaciones muy diferentes, no es imposible que civilizaciones distintas a la
nuestra hayan atravesado un estadio aproximada- mente análogo al que acaba de
ser definido. Si es así, merecieron, durante tal fase, el nombre de feudales.
Pero el trabajo de comparación así comprendido excede de manera patente a las
fuerzas de un sólo hombre. Me limitaré, por este motivo, a un único ejemplo,
capaz de sugerir al menos la idea de lo que, llevada por manos más seguras,
podría dar semejante investigación. La labor está facilitada por excelentes
estudios que llevan la marca del más sano método comparativo.
En la lejanía de la
historia del Japón, lo que se entrevé es una sociedad de grupos consanguíneos,
o reputados
tales. Después,
viene, hacia
fines del
siglo VII de nuestra era, bajo la influencia china, la instauración de un
régimen de Estado que, como los carolingios, se esfuerza en una especie de
patronato moral de los súbditos. Por último se abre —a partir del siglo XI,
aproximadamente— el periodo que se acostumbra a llamar feudal y cuya
llegada, según el esquema que ya conocemos, parece coincidir con cierta
disminución de los cambios económicos. Aquí, pues, como en Europa, el
feudalismo habría estado precedido por dos estructuras sociales muy
diferentes. Como entre nosotros asimismo, conservó profundamente la huella de
ambas. Más extraña, como ya hemos dicho, que en Europa al edificio
feudal —puesto que la red de homenajes se detenía antes de alcanzar al
emperador—, la monarquía subsistió, de derecho, como la fuente teórica de todo poder; y, allí
también, la
fragmentación de
los derechos
de mando,
que se alimentaba de costumbres
muy antiguas, se presentó oficialmente como una serie de usurpaciones sobre el
Estado.
Una clase de
guerreros profesionales se levantó por encima de la masa campesina. Y fue en ese
medio donde, sobre el modelo dado por las
relaciones del seguidor de armas con su jefe, se desarrollaron las
dependencias personales, afectadas por ello, según parece desde sus orígenes,
por un carácter de clase mucho mas acentuado que la encomienda europea.
Lo mismo que en Europa, estaban jerarquizadas. Pero el vasallaje japonés fue,
mucho más que el nuestro, un acto de sumisión y, mucho menos, un contrato.
También fue mucho más riguroso, puesto que no admitía la pluralidad de señores.
Como era necesario mantener a estos guerreros, les fueron distribuidas
tenures muy parecidas a nuestros feudos. A veces, incluso, a la manera de
nuestros feudos de reincorporación, la otorgación, puramente ficticia, se
realizaba sobre tierras que habían pertenecido originalmente al patrimonio del
pretendido donatario. Como es lógico, estos combatientes accedieron cada vez
menos a cultivar la tierra, aunque existieron algunas excepciones. Pues en el
Japón también hubo, hasta el fin, casos de
valvasores campesinos. Los vasallos vivieron sobre todo de las
rentas de sus propios colonos. Su masa, sin embargo, era demasiado numerosa
—mucho más, en apariencia, que en Europa— para permitir la constitución, en su
provecho, de verdaderos señoríos con fuertes poderes sobre sus sometidos. Sólo
algunos se
formaron, en
manos de los
barones y
de los
templos.
Y aún estos,
dispersos y desprovistos de
reservas de explotación directa,
recordaban más bien los señoríos embrionarios de la Inglaterra
anglosajona que los de las regiones realmente feudalizadas de Occidente. Además,
en ese suelo donde los arrozales regados representaban el principal cultivo, las
condiciones técnicas eran demasiado diferentes de las prácticas europeas para
que la sujeción campesina no revistiese igualmente, unas formas originales.
Demasiado sumario
y, en la apreciación de los contrastes entre las dos sociedades,
insuficientemente matizado, este esquema no deja de permitir, a nuestro parecer,
una conclusión bastante firme. El feudalismo no ha sido “un acontecimiento
ocurrido una vez en el mundo”. Como Europa —aunque con inevitables y profundas
diferencias— el Japón atravesó esta fase. ¿Ha habido otras sociedades que hayan
pasado por ella? Y si es así, ¿bajo la acción de qué causas, quizá comunes? Éste
es el secreto que encierran los futuros trabajos. El autor de este libro se
sentiría feliz si, al proponer a los investigadores este cuestionario, pudiera
preparar el camino para un trabajo que superase por completo el ofrecido aquí.
CAPITULO II
PROLONGACIONES
DEL FEUDALISMO
EUROPEO
I_ SUPERVIVENCIAS
Y
RENOVACIONES
A partir de la
mitad del siglo XIII, las sociedades europeas se apartaron definitivamente del
tipo feudal. No obstante, simple momento de una evolución continua en el seno de
grupos dotados de memoria, un sistema social no podría morir por completo y de
un sólo golpe. El feudalismo tuvo sus
prolongaciones.
Durante
mucho tiempo,
le sobrevivió el régimen
señorial, al que
había marcado con
su huella,
si bien
entre vicisitudes que aquí
no nos
corresponde estudiar.
¿Cómo no observar,
sin embargo, que, dejando de estar inserto en una red de instituciones de
gobierno con las que tenía estrecho parentesco, no podía dejar de parecer, a los ojos de las poblaciones sometidas, cada
vez más ininteligible y, por consiguiente, más odioso? De todas las formas de
dependencia existentes
en el
interior del
señorío, la
más auténticamente feudal había sido la servidumbre. Con todo, profundamente
transformado, convertido en más territorial que personal, subsistió en Francia
hasta en vísperas de la Revolución. ¿Quién se acordaba entonces de que, entre
los sometidos a las manos muertas, seguramente los había que tenían
antepasados encomendados por voluntad propia a un defensor? ¿Y si se
hubiese conocido tan lejano recuerdo, habría hecho éste más ligera una condición
anacrónica?
A excepción de
Inglaterra, donde la primera revolución del siglo XVII abolió toda distinción
entre los feudos de caballeros y las otras tenures, las obligaciones de
vasallaje y feudales, inscritas en la tierra, duraron tanto como el régimen
señorial —ejemplo de Francia— o hasta que se procedió a la alodificación
general de los feudos —ejemplo de Prusia en el siglo XVIII—, apenas menos
tiempo. Únicos capaces, en el futuro, de utilizar la jerarquía de las dependencias, los
Estados renunciaron
con lentitud
a sacar
partido
del instrumento militar que parecía
poner en sus manos. Luis XIV todavía convocó en varias ocasiones el arrière
ban de los vasallos.*162
Pero, por parte de la mayoría de gobiernos, esto no era más que una medida
desesperada ante la falta de soldados, o en otros casos, por el juego de las
multas y las exenciones, un simple
expediente fiscal. Entre los caracteres del feudo, sólo
las cargas pecuniarias que pesaban sobre él y las reglas particulares a
su sucesión conservaban realmente un valor práctico, desde fines de la Edad
Media. Como ya no existían los vasallos domésticos, el homenaje había quedado
uniformemente ligado a la posesión de una tierra. Su aspecto ceremonial,
por vano
que pueda
parecer a
los ojos
de los
juristas formados
por el racionalismo de los tiempos nuevos,*163
no era indiferente a una clase nobiliaria
con preocupaciones por la
etiqueta. Pero el
propio rito,
antes cargado de un sentido
humano tan profundo, casi no servía más —aparte las percepciones a que a veces
daba lugar— que para comprobar el traspaso del bien, fuente de derechos más o
menos lucrativos, según las costumbres. Esencialmente contenciosas, las
“materias feudales” ocupaban a la jurisprudencia y suministraban hermosos temas
de disertación a una abundante literatura de doctrinarios y de prácticos. Que,
con todo, el edificio estaba carcomido por completo y los provechos que
esperaban sus beneficiarios fueron de rendimiento muy débil, nada lo muestra
mejor, en Francia, que su fácil hundimiento. La desaparición del régimen
señorial se realizó al precio de bastante resistencia y no sin perturbar de
manera grave la repartición de las fortunas. La del feudo y del vasallaje
pareció el inevitable y casi insignificante final de una larga agonía.
No obstante, en una
sociedad que continuaba sometida a tantos desórdenes, las necesidades que habían
suscitado las antiguas prácticas de los compañeros y, después, del
vasallaje no habían dejado de hacer sentir sus efectos. Entre las razones
diversas que provocaron la creación de las órdenes de
caballería, fundadas,
en tan gran número,
en los
siglos XIV
y XV,
una de
las más decisivas, sin duda, fue la necesidad que sentían los príncipes
de vincularse, mediante un lazo lo bastante fuerte, un grupo de fieles bien
situados Los
caballeros de
Saint-Michel, según
los estatutos
dados por
Luis XI, prometían al rey
bonne et vraye amour y servirle lealmente en sus justas guerras.
Tentativa, por
otra parte,
tan vana
como antaño
lo fue
la hecha
por los carolingios: en la más
antigua lista de personajes honrados con el famoso collar, el tercer lugar
estaba ocupado por el condestable de Saint-Pol, que de fema tan rastrera
tenía que traicionar a su señor.
Más eficaz —y más
peligrosa— fue, durante los desórdenes de fines de la Edad
Media, la
reconstitución de
tropas de
guerreros privados,
muy próximos
a los vasallos satélites, cuyos bandidajes fueron denunciados por
los escritores de la época merovingia. Con frecuencia, su dependencia se
expresaba por llevar un traje con los colores de su señor de guerra o con sus
armas. Condenado en Flandes por Felipe el Atrevido,*164
parece que este uso estuvo muy extendido en la Inglaterra de los últimos
Plantagenets, de los Lancaster y de
los York,
hasta el
punto de
que los
grupos así formados
alrededor de la
alta nobleza recibieron el
nombre de livrées (de librea). De la misma forma que el vasallaje “no
domiciliado” de otros tiempos, no sólo comprendían aventureros de humilde
nacimiento, sino que la gentry les proporciona la parte más grande de sus
contingentes. Cuando uno de estos hombres se veía envuelto en un proceso, el
lord lo cubría con su autoridad ante el tribunal. Ilegal, pero singularmente
tenaz, como lo demuestran las repetidas prohibiciones de los Parlamentos, esta
práctica del mantenimiento o apoyo ante la justicia reproducía, casi
rasgo por rasgo, el antiguo mithium que, en la Galia franca, el
poderoso había extendido sobre su fiel. Y como los soberanos también
encontraban provecho en utilizar, bajo su forma nueva, el vínculo personal, se
vio a Ricardo II esforzándose por extender a través de su reino a sus
seguidores, semejantes a otros tantos vassi dominici, reconocibles por el
“blanco corazón” que lucían sobre su uniforme.*165
En la misma Francia
de los primeros Borbones, el gentilhombre que, para progresar en la vida, se
hacía doméstico de un grande ¿no ofrecía la imagen de una condición
singularmente cercana al primitivo vasallaje? Con una fuerza digna del viejo
lenguaje feudal,
se decía
de tal o cual
que era del
Príncipe o
del Cardenal. Pero faltaba el rito, que a veces se sustituía por un
compromiso escrito. Pues, desde fines de la Edad Media, la “promesa de amistad”
había sustituido al debilitado homenaje. Léase este billet que, el 2 de
junio de 1658, escribía a Fouquet un llamado capitán Deslandes:
"Je promets et
donne ma foy à Monseigneur le Procureur Général... de n'estre jamais à autre
personne qu'à luy, auquel je me donne et m'attache du dernier attachement que je
puis avoir, et je luy promets de le servir généralement contre toute personne
sans exception et de n'obéir à personne qu'à luy, ni mesme d'avoir aucun
commerce avec ceux qu'il me défendra... Je luy promets de sacrifier ma vie
contre tous ceux qu'il luy plaira... sans en excepter dans le monde un seul...”*166
¿No se cree oír, a
través de las edades, el eco de las fórmulas de encomendación: “tus amigos serán
mis amigos, tus enemigos serán mis enemigos”? ¡Incluso sin la reserva en
provecho del rey!
En una palabra, el
vasallaje auténtico podía no sobrevivir más que como un conjunto de gestos
vanamente ceremoniales y de instituciones jurídicas anquilosadas para siempre;
de todas formas, el espíritu que lo había animado renacía sin cesar de sus
cenizas. Y sin duda no sería muy difícil encontrar en sociedades aún más
próximas a nosotros manifestaciones de sentimientos y de necesidades casi parecidas. Pero no eran más que prácticas
esporádicas, particulares a ciertos medios, proscritas por el Estado en cuanto
parecían amenazarlo, incapaces, en suma de unirse en un sistema bien homogéneo y
de imponer a toda la estructura social su tonalidad.
II_ LA
IDEA GUERRERA Y
LA IDEA
DE
CONTRATO
A las sociedades
que la siguieron, la era feudal legó la caballería, cristalizada como ‘nobleza’.
De ese origen, la clase dominante conservó el orgullo de su vocación militar,
simbolizada por el derecho a llevar la espada. Se unió a ella con una fuerza
particular allí donde, como en Francia, obtenía de la misma la justificación
de preciosas ventajas
fiscales. Los
nobles no deben pagar la taille,
exponen, hacia 1380, dos escuderos de Varennes-en-Argone; pues “por la
nobleza, los nobles son obligados a exponer sus cuerpos y sus haberes a las
guerras”.*167
Bajo el Antiguo Régimen, la nobleza de vieja extracción, por oposición a la
aristocracia de los oficios, persistía en llamarse “de espada”. Hasta en
nuestras sociedades, en las que el hacerse matar por su país ha dejado
de ser
el monopolio de una clase o de
un oficio, el tenaz sentimiento de una
especie de
supremacía moral
unida a
la función
del guerrero
profesional —cosa extraña a
otras civilizaciones, como en china— continúa como un recuerdo de la división
efectuada, al principio de los tiempos feudales, entre rústicos y caballeros.
El homenaje del
vasallo era un verdadero contrato bilateral. El señor, si faltaba a sus
compromisos, perdía sus derechos. Transportada, como era inevitable, al terreno político —puesto que los principales súbditos del rey
eran al mismo tiempo sus vasallos—, sumada en este aspecto a las muy antiguas
representaciones que, teniendo al jefe del pueblo por místicamente responsable
del bienestar de sus súbditos, le llamaban al castigo en caso de desgracia
pública, esta idea tenía que ejercer una profunda influencia. Y aún más porque
esas viejas corrientes se unieron con otra fuente de pensamiento, nacida, en la
Iglesia, de la protesta gregoriana contra el mito de la realeza sobrenatural y
sagrada. Fueron los escritores de este grupo, religioso en esencia,
los primeros
en exponer,
con fuerza
desigual, la
noción de
un contrato que alaba al
soberano de
su pueblo, “como el
porquero al amo
que le emplea”, escribía,
hacia 1080, un monje alsaciano. Frase que adquiere todavía un
mayor significado puesta frente al grito de indignación de un partidario,
moderado sin embargo, de la monarquía: “un ungido del Señor no puede ser
destituido como un alcalde de aldea”. Pero esos doctrinarios del clero no
dejaban, ellos mismos, de invocar, entre las justificaciones de la pérdida de
derechos a que condenaban al mal príncipe, la facultad universalmente reconocida
al vasallo de abandonar al mal señor.*168
Sobre todo, el paso
a la acción vino de los medios del vasallaje, bajo la influencia de las
instituciones que habían formado su mentalidad. En este sentido, existía, en
tantas revueltas que en principio no parecían más que desorden, un principio
fecundo:
“El
hombre puede
resistir a
su rey
y a
su juez,
cuando éste
actúa contra
el derecho, e, incluso, ayudar a hacerle la guerra... Con ello no viola
el deber de fidelidad”.
Así habla el
Espejo de los Sajones.*169
Ya en germen en los Juramentos de Estrasburgo
del 843
y en
el pacto
concluido, en
el 856, por Carlos el Calvo
con los grandes, ese famoso “derecho de resistencia” resuena, en los siglos
XIII y XIV, de un extremo al otro del mundo occidental, en una multitud de
textos salidos, en su mayor parte, de la reacción nobiliaria o del egoísmo de
las burguesía, y sin embargo lleno de porvenir: Carta Magna inglesa de
1215; “Bula de Oro” húngara de 1222; Libro de las costumbres del
reino de Jerusalén; Privilegio de
la nobleza de Brandeburgo; Acta de la Unión Aragonesa de 1287;
Carta Brabanzona de Cortenberg; Estatuto del Delfinado de 1341;
Declaración de los Concejos del Languedoc 1356.
Seguramente no fue
por puro azar que el régimen representativo, bajo la forma, muy aristocrática, del Parlamento inglés, de los
estados franceses, de los Stände de Alemania o de las Cortes
españolas, nació en Estados que apenas empezaban a salir del estadío feudal y
sufrían aún su influencia; que, por otra parte, en el Japón, donde la sumisión
del vasallaje era mucho más unilateral y que, por lo demás, dejaba al divino
emperador fuera del edificio de los homenajes, nada semejante salió de un
régimen, en tantos otros aspectos, muy vecino a nuestro feudalismo. En ese
acento, puesto sobre la idea de una convención, capaz de ligar los poderes,
reside la originalidad de nuestro feudalismo. En este aspecto, por duro que ese
régimen haya sido para los débiles, ha legado a nuestras civilizaciones algo que
todavía debemos vivir.

Estatuilla de
Juana de Arco, una campesina de Lorena, que al frente de un ejército, obligó
a los ingleses a levantar el sitio de Orleáns, y luego hizo su entrada en la
ciudad vestida como un caballero de la época
BIBLIOGRAFÍA
NOTA
PARA EL USO DE LA
BIBLIOGRAFÍA
Tal y como se ha
tratado el tema en esta obra una bibliografía de la sociedad feudal, exigiría un
espacio desmesurado; y reproduciría inútilmente, y de manera limitada,
otras listas. Para las fuentes, pues, me he limitado a indicar los grandes
inventarios elaborados por los eruditos.
Sólo se
mencionan aparte, en este
volumen, los
principales documentos de la
literatura jurídica. En
cuanto a los trabajos de los historiadores, me ha parecido que sobre los
aspectos sociales que no han sido abordados de manera directa —mentalidad, vida
religiosa, modos de expresión literaria— bastaba con rogar al lector, una ve
por todas, se dirija a los otros volúmenes de la Evolución de la
Humanidad, en los que estos problemas son
examinados. Se ha hecho excepción
con algunas cuestiones que se
han estudiado con detalle y que seguramente no serán tratadas en dichos
volúmenes, tales como los terrores del año mil. Se ha puesto verdadero
interés, por el contrario, en proporcionar bibliografías de trabajo mucho más
completas sobre las últimas invasiones, por una parte, y
los hechos de la estructura social por otra. Estas bibliografías,
naturalmente, no son exhaustivas sino
escogidas. Entre las lagunas que en ellas podrán señalar los especialistas,
seguramente las hay involuntarias; pero otras son plenamente conscientes: ya
porque no habiendo podido consultar la obra se haya prescindido de una
referencia de segunda mano, ya porque habiéndola consultado no se ha considerado
digna de cita.
Conviene añadir que
en el volumen que seguirá a éste,
que estará consagrado al estudio de las clases y el gobierno de los
hombres durante la era feudal, se incluirá la bibliografía correspondiente. Nos
hemos tomado la libertad de remitirnos a ella, de antemano, para los problemas
que, destinados a ser examinados entonces de una forma más completa, han tenido
que ser insinuados en el presente libro.
Se ha intentado una
clasificación, que, como todas las clasificaciones es imperfecta. A pesar de
esta dificultad, ha parecido mejor que una simple enumeración a renglón seguido.
A continuación, se da el plan de las
principales divisiones. En el interior de cada rubrica, el orden seguido, según
los casos metódico, geográfico o simplemente alfabético, esperamos que no
presentará muchas dificultades a los que lo usen. Las obras sin indicación de
lugar de impresión han sido publicadas en París.
FIN
PLAN DE
LA BIBLIOGRAFÍA
I.
LOS TESTIMONIOS. —1. Principales
inventarios de documentos. —2. Semán —3. La historiografía. — 4. Examen crítico
de los testimonios literarios.
II.
LAS ACTITUDES MENTALES. —1. Maneras
de sentir y de pensar; costumbres, instrucción. —2, Los terrores del año mil.
III.
Principales
historias generales. —1. Europa.
—2. Historias
nacionales o por
reinados.
IV.
ESTRUCTURA
JURÍDICA Y
POLÍTICA. —1. Principales
fuentes jurídicas. —2. Principales obras
sobre la historia de las instituciones y del Derecho. —3. La mentalidad jurídica
y la enseñanza del Derecho. —4. Las ideas políticas.
V.
LAS ÚLTIMAS INVASIONES. —1.
Generalidades. —2. Los sarracenos en los Alpes y la Italia peninsular. —3. Los
húngaros. —4. Los escandinavos en general y sus invasiones. —5. La conversión
del Norte. —6. Huellas y efectos de los establecimientos escandinavos.
VI.
LOS VÍNCULOS DE LA SANGRE. —1.
Generalidades; solidaridad criminal. — 2. El linaje como sociedad económica.
VII.
LAS INSTITUCIONES PROPIAMENTE
FEUDALES. —1.Generalidades; orígenes del feudalismo franco. —2. Estudios por
países o por regiones. —3. Compañía, vasallaje y homenaje. —4. Precario,
beneficio, feudo y alodio. — 5. El Derecho del feudo. —6. La pluralidad de
señores y el homenaje ligio.
VIII.
EL
RÉGIMEN FEUDAL
COMO INSTITUCIÓN MILITAR. —1.
Obras generales
sobre
el arte
militar y
los ejércitos.
—2. Los
problemas de la
caballería y del
armamento. —3. La obligación
militar y los ejércitos asalariados. —4. El castillo.
IX.
LOS
VÍNCULOS DE
DEPENDENCIA EN
LAS CLASES
INFERIORES.
ALGUNOS
PAÍSES SIN FEUDALISMO. —1. Cerdeña. —2.
Las sociedades alemanas de las orillas del mar del Norte.
NOTAS
1
En la imagen de tapa, campesinos entregando sus
contribuciones al señor feudal.
Xilografía de 1475.
2
Véase:
“El arte de la Edad Media
y la
civilización francesa”.
3
Marc Bloch explica el papel del Sur por una menor influencia de la Iglesia. El
amor del caballero por su dama es más bien vasallaje que devoción. Por el
contrario, el papel acrecentado de la dama tuvo su repercusión en el culto de la
Virgen.
4
En Francia, en la Edad Media, el adoubement era el conjunto de defensas
que llevaba el hombre de
guerra, distintas de la
armadura. Para adouber
(armar o investir) a un caballero se le calzaban las espuelas y se le daba la acolada
(N. del R ).
5
Sobre la investidura o ceremonia de armar caballero, se mencionan detalles
precisos, en parte nuevos: M. Bloch muestra en qué medida el rito ha sido
religioso
6
Marc
Bloch reclama el estudio
profundo, que no existe,
sobre la
procuraduría post
Carolingia
7
Notemos que en cierto grado de la jerarquía, e incluso, en ciertas regiones —
particularmente en Inglaterra—, en
todos los grados, la justicia era
administrada por los pares y no por
el señor.
8
Sobre el origen de los nombres de
países de los francos “romans” y "thiois”:
France y Deutschland: “Nada
más absurdo que confundir la lengua con la nacionalidad. Pero no lo
sería menos negar su papel en la cristalización de las conciencias
nacionales”.
9
Especie
de trova
de los
siglos XII
y XIII .
10
El último
trabajo sobre el problema
por J.
Calmette, en Annales
du Midi, 1928.
11
H. P
Rentout, Les origines de
la maison
de Bellême,
en Études
sur quelques
points d ’histoire de Normandie,
1926.
12
Bibliotheca
Casinensis,
t. IV. p.
151.
13
Mon.
Germ. LL.,
t. IV, p.
557, col. 2, 1,
6.
14
"Tenure", tierra concedida
a cambio
de servicios,
de la
que el
concedente retiene la propiedad y
sólo otorga el goce, revocable por causas determinadas.
(N. de R.)
15
Haruilf,
Chronique, ed. Lot, p. 308;
cf. p.
300.
Monumenta boica,
t. XXVIII ,
2 , p. 27,
n° XVII.
16
Richer.
Histoires, I,
c.
15.
17
Juramento
de paz
de Beauvais,
en
Pfister. Études
sur le
règne de
Robert le
Pieux, p.
L X
I
,
18
Deloche.
Cartulaire de I'abbaye de
Beaulieu, n° L:
—Casus S.
Galli, c.
48.
19
Fritz Meyer. Di Stände... dargestellt nach den altfr.
Artus und Abenteuerromanen,
1892, p. 114.— Poema del mío Cid, ed. Menéndez Pidal, v. 918,
20
H.
Derenbourg, Ousama
ibn Mounkidh,
i. t (Publications École Langues
Orientales, 2° serie, t. XII, 1),
p. 476.
21
Ed. Appel, n°
40; compárese, por
ejemplo.
Girart de
Vienne,
Ed. Yeandle, v. 2108
y sig.
22
Hartmann
von Aue,
Gregorius, v.
1547-1553.
23
La
Chanson de Gullerme, ed. Suchier,
v.. 1055 y
sig.
24
Orderic
Vidal, Histoire
ecclésiastique, ed.
Le Prévost.
I. III. P.
248.
25
Guillaume
le Maréchal, ed .
P. Meyer,
v. 2777
y 2782
(se trata
de caballeros
que toman parte en los torneos)
26
Pons de
Capdeuil, en
Raynouard, Choix, IV,
p. 89 y
92.
27
Erdmann ,
LXX, p.
312-313.
28
Geoffroi
de Vigeois,
1, 6, en Labbe,
Bibliotheca, t.
II, 281
29
Bertrand
de B., ed. Appel, 10, 2
;35, 2; 37,
3; 28, 3.
30
Guibert
de Nogent,
De vita, ed.
Bourgin,
I, c.
13, p.
43. —Girard
de
Roussillón,
trad.
P. Meyer,
p. 42.
31
Para el botín, por ejemplo, Codex Euricianus, c. 323; —Marlot,
Histoire de l’église de Reims, t.
III, P. just, n° LXVII (1127). Los
carromatos: —Garin le Lorrain, ed. P. Paris. t, I, p. 195 y 197. —Las
quejas de los monjes de Canigó: —Luchaire, La société française au temps de
Philippe-Auguste, 1909, p. 265.
32
Huon, ed. F. Guessard, p. 41, v. 1353-54, — Louis IX, Enseignements c.
23, en CH. V. Langlois, La vie spirituelle, p. 40. —B, DE Born, 26, v.
15.
33
Girard
de Roussillon, trad. P. Meyer. §
633 y 637.
Vita Heinrici, ed.
W. Eberhard,
c.
8
34
Casus
S. Galli,
c.
43.
35
Vita Johannis
et.
Teruanensis, e. 12.
en SS.,
t. XIV, 2,
p. 1146.
36
Miracula
S. Benedicti,
ed. Certain,
VIII, c.
16
37
Règles de Robert
Grossetête en Walter
of Henley’s Husbandry. ed.
E.
Lamond.
38
Marc
Bloch, Les
caractères origine aux
de l'histoire
rurale française,
1931, p.
148
39
Fors
de Bigorre, c.
XIII.
40
La
expresión francesa
forets, designaba
originariamente toda
extensión, boscosa
o no, reservada para este tipo
de caza.
41
Gentilhomme
fut; moult
l ’aimaient
ses chiens.
Lambert D
’Ardres, Chronique,
c.
LXXXVIII.
—Garin
le Lorrain,
ed.
P. París ,
t. I I , p.
244.
42
Ch.
Mêtais, Cartulaire
de l'abbaye...
de la
Trinité de
Vendôme, t.
I. n.°
CCLXL
43
Acerca de los torneos, además de los trabajos señalados en la Bibliografía,
véase Waitz, Deutsche Verfussungsgeschichte, t. V. 2°. ed.. p. 456. —Guillaume
le Maréchal, ed. Meyer. t. III, p.
XXXVI y
sig. —
Chronique de
Gislebert de
Mons, ed.
Pertz. pp. 92-93; 96; 102;
109-110; 128-130; 144. —Raoul de Cambrai. v. 547.
44
Joinville,
c.
CIX.
45
Rancerius,
Vita Anselmi
en SS,, XXX,
2 , p. 1252,
v.
1451.
46
Término
despectivo aplicado por los alumnos
a todo lo
que es extranjero. (N.
del
T)
47
Joinville,
c.
XLIX.
48
Una de las más antiguas formas de la poesía lírica francesa. Estrofas que
terminaban necesariamente con un refrán. La famosa canción que Ricardo Corazón
de León compuso durante su cautiverio es un rotrouenge. (N. del R.)
49
Girart de Roussillon, trad, P. Meyer, S. 257 y 299. Cf. La Mort de Garin,
ed. du Méril, p. XL. Y véase, entre otras, la escena delicadamente voluptuosa de
Láncelot, ed. Sommer. The
vulgare versión of the Arthurian romances, t. III, p. 383.
50
A propósito del amor cortesano y de la poesía lírica que le servía de expresión,
se ha planteado también el problema de una una influencia árabe. Parece que,
hasta el momento, no se ha aportado ninguna prueba concluyente. Cf.,
además de Jeanroy, [74], II. p. 366. una recensión de C. Aappel. en
Zeitschrift für romanische PhiÍologie, t. I II, 1932,. p. 770 (acerca de A.
A. Nykl).
51
Albert
de Malaspina, en C.
Appel, Provenzalische
Chrestonmathie, 3°
ed., n°
90, v.
19 y
sig
52
Geoffroi
de Vigeois, I, 69 en
Labbe, Bibliotheca, t. II, p.
322.
53
Como ya
se ha indicado,
traducimos adoubement por
“investidura”.
54
[51],
IV, 11.
Lambert d
‘Ardres, Chronique,
c.
XCI.
55
Haskins.
Norman institutions, 1918, p.
282, c.
5.
56
Rec. des
Histor, de
France, t.
X V
, p.
187.
57
Ed. Rothari, c. 359. La liturgia de este acto de investir o armar
caballero no ha sido objeto hasta el presente sino de investigaciones
insuficientes. Este primer ensayo de clasificación, aunque no poco rudimentario,
no me hubiera sido posible sin la ayuda que me ha querido prestar mi colega de
Estrasburgo, el sacerdote Michel Andrieu.
58
Jehan et Blonde, ed. H. Suchier
(Ouvres poétiques de Ph.
de Rémi,
t. II, v.
5916 y
sigs.).
59
Policraticus, V, 10
(ed. Webb,
t. II,
p.
25).
60
Guillaume
Durant, Rationale,
IV,16
61
Pierre
de Blois,
ep.
XCIV
62
Der
Xalsche Gast,
ed. Ruckert,
v. 7791-92.
63
Anselmo,
Ep,
I (P.L., t.
CLVIII, col.
1147), -
S. Bernardo.
De
laude novae militiae, 77,
c.
2.
64
Ll. T.
9. Todo
el pasaje
tiene un
sabor
singular.
65
Antigua regla; O. Schnürer, Die Ursprüngliche Templerregel, 1903. —Regla
en Francés: H. de Curzon, La regle du Temple (Soc. de l'hist. de France),
c. 431; 445; 446; 448. — Disposiciones análogas entre los Hospitalarios, en el
capítulo general de 1262, 19 sept.: Delaville Le Rouix, Cartulaire general,
t. III, p. 47, c. 19.
66
Constituciones, t. I, p. 197, c. 10; p. 451, c. 20. — H. Niese, Die
Gesetzgebung der norm. Dynastie, p. 67. — Marca. Marca Hispánica,
col. 1430, c. 12. Pappon, Histoire genérale de Provence,
t. III. p. 423. —
Siete partidas, Part.
II, l. XXI.
I, 2.
Para Portugal
CF., Prestage,
[56].
p. 143. — Para Francia hay referencias
demasiado numerosas para ser citadas; cf. Petit Dutaillis, L'essor des États
d'Occident, p. 22 y sgs.
67
[51], III,
8. —
Girart de
R . trad. P.
Meyer. p
28 (cf.
ed. Foerster, Roman
Studien, t.
V. v.
940 y sigs.).
68
P.
Thomas,
Textes historiques sur
Lille,
t. II. 1936, p.
237.
69
Rec.
des Hist.
de France.
t. XXII, p.
18.
70
Otton
de Freising,
Gesta, t.
I.
23.
71
Hist.
de Languedoc, 2° ed.,
t. VIII,
col.
1747.
72
Annal. Colmar., en SS., t. XVII, p.
208, 1,
15: cf.
p: 224,
t, 31.
73
‘Jabón de villanos’, nombre que despectivamente se dio en Francia a los títulos
y cargos que los plebeyos compraban
para ennoblecerse. (N. del t.).
74
Usatici
Barcin.,
t.. 9
y 8.
— Ch.
Porée, Études historiques
sur le
Gévaudan, 1919
(y Bibl.
Éc. Chartres, 1907), p, 62, c. 1. — Carta de paz de Hainaut
(1200), en S.S.. XXI, p. 619.
75
Summa
de legibus
en Tardif,
t. II,
XIV, 2. —
F. Benoit,
Recueil des
actes des
comtes de Provence,
t. II,
n° 246,
c. IX
a, 275,
c; v
a 277,
278 (1235-1238). Guilhiermoz, [15],
p. 481,
n°
5.
76
Annales
Colonîenses max.,
en SS.,
t, XVII,
p.
845.
77
Barthélemy,
[62), p.
198.
78
Beaumanoír,
t. II,
§ 1434.
79
La
société féodale.
La formation des liens
de dépendance,
p. 311-313.
80
Los trabajos de A. Schulte, [33], y de Dom Ursmer Berlière, Le recrutement
dans les monastères bénédictins aux XIII°
et XIV°
siècles (Mém.
Acad. royale
Belgique, in-8°,
2.a serie, t. XVIII)
proporcionan en este aspecto gran número de datos. Pero con precisiones
cronológicas y críticas insuficientes. Contrariamente a lo que piensa Schulte,
de los textos citados se desprende que —haciendo todas las reservas al empleo
muy ambiguo hecho antiguamente de las
palabras nobiles o ignobiles— el monopolio
de los
nobles, en
el
sentido exacto de la
expresión, fue por
todas partes un
fenómeno relativamente reciente. En
cuanto a la admisión de los no
libres, aceptada o no, plantea un problema muy distinto.
81
Acto que
significaba perder
la condición
de noble.
(N, del
R.).
82
Olim., t. I. p. 427, n° XVII (Chandeleur, 1255). — F. Benoit, Recueil
des actes, (pasajes ya citados) — M. Z. Isnard, Livre des privilèges de
Manosque, 1894. n° XLVII, p. 154.
83
Cf. E.
y A. Porritt.
The
unreformed House
of Commons,
2.°
ed., 1909,
t. 1.
p.
122
84
Para Provenza, Kiener, [195], p. 107. Acerca de los “bachilleres”, cf. E. F.
Jacob, Studies in the period of baronial Reform, 1925 (Oxford
Studies in social and legal history,
VIII), p. 127 y sígs.
85
Usatici,
c.
6.
86
En
francés
banneret.
87
Usatici,
c.
6
88
Cf.
F. Tout
, Chapters
in administrative history,
t. Ill,
p. 136
y
sig.
89
En favor del duque de Bretaña: Dom Morice. Histoire de Bretagne. Pr. T.
I, col. 1122. — Sobre las reivindicaciones de los pares, cf. Petít Dutaillis,
L’essor des États d’Occident, p.
266-267.
90
Borrell
de Serres,
Recherches sur divers
services publics,
t. III,
1909, p.
276
91
El texto francés dice “sergents”; se trata de una serie de servidores que no
eran caballeros, pero que servían a pie o a caballo, voluntariamente, o como
poseedores de “feudos de sergentería”. (N. del R.)
92
Se comprenderá que se hayan reducido las notas al mínimo estricto porque las
referencias para este
parágrafo son
fáciles de
encontrar en
los trabajos
indicados en
la bibliografía,
nos.
[89]
y sig.
a los
que hay
que añadir Rom von
Schreckénstein,
[58].
93
Girard
de Roussillon.
Trad.
P. Meyer,
§ 620 (ed. Foerster. v.
9139).
94
Sur
les routes
de l’émigration.
Mémoires de
la duchesse de
Sautx-Tavannes, ed. De Valous, 1934,
Introduction, p. 10.
95
La condición servil de este personaje —como ha visto bien W. M. Newman, Le
domaine royal sous les premiers Capétiens, 1937, p. 24. n. 7—, se desprende
del hecho de que, después de su muerte, el rey recogió su mano muerta.
96
Quellenwerk
zur Entstehung der schweizerischaft,
n° 1650
97
K.
Rost. Die Historia pontificum Romanorum
aus Zwettl,
Greifswald, 1932,
p. 177,
n°
4.
98
V.
especialmente Z. N. Brooke en
Cambridge Histórical Journal, t.
II, p.
222.
99
Migne,
P. L., t . CLXXXIX, col.
146. —P.
Abaelardi, Opera, ed.
V. Cousin, t. I, p,
572.
100
A.
Wauters. Les
libertes communales,
Preuves, Bruxelles,
1869, p.
83 (1221,
avril), —c
f .
Marc
Bloch, en Anuario de historia del
derecho español, 1933,
p. 79
y
sigs.
101
L. Raynal, Histoire du Berry, t. t, 1845, p. 477, n° XI (1071, 23 abril
1093, 22 abril. Saint- Silvain de Levroux).
102
Guibert de Nogent, Histoire de su vie, I, II (ed. Bourgin, p. 31). —Thietmar
de Mersebourg, Chronicon, II, 27 (ed. Holtzmann, p. 72-73). —Texto épico
característico: Garin le Lorrain, ed. P, París, L. I, p. 2.
103
Se ha atribuido a los papas de la gran época gregoriana la intención de
constituir se en señores feudales de ciertos reyes. Parece que se limitaron a
reclamar y, a veces, a obtener, un
juramento de
fidelidad y
un tributo:
formas de
sujeción, seguramente,
pero que
no
tenían
nada propiamente feudal. El homenaje
entonces no era exigido más que a príncipes territoriales (jefes normandos de
Italia del Sur; conde languedociano de Substantion). Juan sin Tierra lo prestó, es verdad, pero mucho más tarde (1213).
104
Jaffé-Wattenbach, Regesta
pontificum. t. I,
n °
3564 .
—Rathier de
Vérona, en
Migne. P.
L.,
t.
CXXXVI, col.
249. —Thietmar, Chronicon, I,
26 (p.
34-35).
105
Uno de
los más
antiguos ejemplos,
con frecuencia omitido. G.
Busson en
Ledru, Actus pontificum
Cenomannensium, p. 299 (832).
106
Joinville,
t.
CXXXVI.
107
Cf. de
sínodo de
París, 1212:
Manst Concilia,
t. XXII,
col. 851
c. 8
(feneratoribus et exactoribus).
108
A. Gïry,
Documents sur les
relations de la
royauté avec les villes,
1885, n°
XX,p.
109
Institución
de paz
de Laon (1128, 26 de
agosto) en
Warnkoening y Steín,
Französische Staats-und Rechtsgeschichte, l. I, Urkundenbuch, p.
31, c. 2.
110
Cartulaire
du prieuré
de
N.-D. de
Longpont, ed.
Marión, n°
25
111
Ortlieb
de Zwiefalten, Chronicom, I,
c. y
en SS.,
t. X,
p.
78
112
Monumenta
Gildhallae Londoniensis (Rolls Series),
t. I, p.
66,
113
Roger
de Hoveden,
Chronica (Rolls
Series), t. I.
p.
228.
114
Warnkoening
y Stein.
Französische Staats-und Rechtsgeschichte.
t. I,
Urkindenbuch. p.
34,
c.
22.
115J.
Rangerius. Vita
Anselmi, en SS., XXX,
2. p.
1256, v.
4777 y
sigs.
116
Diplom, regum
et imp.,
t. III,
n° 34.
—Histor de
France, t. XV,
p. 144,
n°
CXIV.
117
Flodoardo,
Historia Remensis
ecdesiae, IV,
5, en SS., t.
XIII, p,
563.
118
Liudprando,
Antapodosis, II, c.
26.
119
Wiponis,
Opera, ed.
Bresslau, p.
3, 5
y 106,
11.
120
Herman
Bloch. en
Neues Archiv.
1897. 115.
121
Algunas veces se ha sostenido que el titulo de duque de Francia, llevado por
Roberto I y por sus descendientes, expresaba una especie de vice-realeza sobre
toda la monarquía. Es posible que ciertos contemporáneos tuviesen este
sentimiento, aunque yo no encuentro su expresión bien clara en ningún texto (el
término dux Galliarum empleado por Richer, II, 2, no es más que una
traducción pedante de dux Franciae; II, 39, omnium Galliarum ducem
constituít hace alusión a la investidura en Hugo El Grande del ducado
de Borgoña, junto al ducado de Francia). Pero que el sentido originario fuese
territorial no parece dudoso. ¿Cómo comprender, en la hipótesis contraria, la
reunión de los tres ducados intentada por Hugo? Quizá la dignidad de conde de
palacio (real) había sido también dividida, como en Alemania, según las mismas
líneas, teniendo en adelante cada ducado su conde de palacio particular: así se
explicaría el titulo de conde palatino paralelamente reivindicado, en “Francia”,
por el conde de Flandes, en Borgoña, por el conde de Troyes (llamado, más tarde,
“de Champaña”) y en Aquilania,
por el
conde de
Toulouse, Acerca
del título real tripartito,
cf., Rec. des Hist. De
France. t. IX, p. 578 y 580 (933 y 935).
122
Gistber
de Mons,
ed. Pertz, p.
223-224 y
58.
123
Monumentu
Boica,
l. XXIX,
I, n°
CCCCXCI; Württemberger
Urkundenbuch, t. II
, n°
CCCLX
XXIII.
124
Suger,
Vie de
Louis VI,
ed. Waquet.
p. 228.
125
No existe ningún estudio detallado sobre la protección señorial post-carolingia
en Francia: constituye una de las lagunas más graves de las investigaciones
sobre la Edad Media y una de las más fáciles de llenar. En Alemania la
institución ha sido examinada, sobre todo —no
sin un cierto abuso de la teoría—, en sus relaciones con el sistema
judicial.
126
Mérn.
Soc. archéol.
Eure-et-Loir, t.
X, p.
36.. y
Gallia christ., t. VIII,
instr., col.
323,
127
De
rebus, ed.
Lecoy De
la Marche .,
p.
168.
128
Diplom.
regum et
imperatorum,
t. III. n.°
509.
129
[45].
Véase, t.
II, cap.
I.
130
Cartulaire
de Redon, ed. de
Courson. p.
298, n° CCCXLVII;
Cf. p,
449. —S.
Hirsch,
Jahrbücher
des d.
Reiches unter Heinrich
II. t, id, p.
174.
131
Et.
de Saint Louis,
I, 53
132
Bigelow,
Plácita Anglo-Normannica,
p.
145.
133
Constitutiones
regum et
imp.
t. I, n°
XIII, p.
28-29.
134
SS.
rer. Langob.
Saec. VI-IX
(Mon, Germ.),
p. 385, c.
166.
135
Cartulaire
de Saint-Aubin d’Angers, ed.
B.
de Brousissillon.
t, II,
número DCCX,
1138.
17
sept
136
Constituciones,
t. I,
p. 643,
c. 30
—Two of
the Saxon
Chronicles, ed.
Plummer.
t. I.
p.
220.
—Imposible acumular anécdotas. Serian
precisas, sin embargo, para poder recoger el verdadero color de la época.
Enrique I de Inglaterra, p. ej., no ha dejado reputación de fiera salvaje.
Véase, sin embargo, en Orderic Vidal, como habiendo el marido de una de sus
bastardas hecho arrancar los ojos a un joven, hijo de un castellano real, el
monarca ordenó a su vez que fuesen cegadas y mutiladas sus propias nietas.
137
Las obras relativas a la historia de la paz de Dios (especialmente, Hubert.
[137], Göris, [139], contienen muchas referencias fáciles de localizar. No hay,
pues, que extrañar que en las citas a continuación haya un gran número sin llamadas.
138
En el
sur de
la península,
la tregua
de Dios
fue introducida
por un
papa francés
(Urbano II) y
por los
barones normandos; Jamison en Papers
of the British School
at Rome, 1913, p.
240
139
Histoire
du Languedoc.
t. V, col.
15.
140
R.
Busquet, en
[195], p.
563.
141
SS.,
t. XXIII,
p. 361.
Cf. Frensdorff
en
Nacht von
der Kgl.
Gesellsch.
zu Göttingen.
Phil,
hist.
Kl., 1894.
Igual transformación
tuvo lugar
en Aragón
y Cataluña
142
Renta
diaria a
la muerte
de Felipe-Augusto, según el
testimonio de Conon
de
Lausana,
1.200 libras parisienses (SS. t.
XXIV., p. 728). Renta anual de la abadía de Santa Genoveva de París, según
apreciación de los diezmos, en 1246, 1.810 libras para: Biblioth. Sainte
Geneviève, ms.
256, p.
271. La
primera cifra, probablemente
demasiado elevada: la segunda, demasiado
baja. Añádase,
para restablecer la
relación, que
una alza de precios,
entre las dos fechas, es
verosímil, De todas maneras, el contraste es sorprendente.
143
Richer,
IV, 80
144
Gesta ep.
Cameracensium, III, 2,
en SS.,
XVII, p.
466; cf.
III, 40,
p. 481.
145
Tardif,
Cartons des
rois, n°
264.
146
Esprit
des Lois,
XXXI. 30.
147
Lettres,
ed.
Havet, n°.
12 y
37.
148
Marc Bloch, La vie de S. Edouard le Confesseur par Osbert en
los Analecta Bollandiana, t. XLI, 1923, págs. 22-38.
149
Además de la Bibliografía núm. [202] y sigs., ver Lot, Les derniers
carolingiens, pág. 330 y sigs. —Lapôtre,
L'Europe et le
Saint-Siège, 1895, pág.
330 y
sigs. —F.
Kern, Die Anfänge der französischen Ausdehnungspolitik, 1910. pág.
124 y sigs.— M. L. Bulst-Thiele., Kaiserin Agnes, 1933, pág. 3, n° 3.
150
Abbo De Bello Parisiaco, ed. Pektz. I, v. 618: II, v. 344 y 452. —Ademar
De Chabannes, Chronique, ed.
Chabanon, pág. 151. —Gesta ep. Leodensium, 11. 26 en SS. t. VII,
pág. 204 — Widukind, ed. P. Hirsch. 1, 9 y 11: II,
3. —Thîetmar de Mersebourg. ed. R. Holtzmann. V, 12 y 19
151
SS., t. VI,
p. 339;
41-42.
152
Prólogo de Heliand, d. E. Sievers, pág. 3. La distinción de los vasallos
reales. Teutisci quam et Langobardi se hace en una acta italiana de
845. (Muratori, Ant. t. II, col. 971).— Annales Juvavenses maximi,
en SS., t. XXX. 2. página 738.
153
Luidprand,
Légatio, c.
7.
154
Walafrid
Strabo, De
exordiis, c. 7,
en
Capitularía reg.
Francorum,
t. II, p.
481.- Richer,
I,
20.
155
Eudes de
Deuil, en
SS., t. XXVI,
p.
65.
156
Ekkehard
D'Aura ,
en SS.,
p.
218.
157
Girart
de Rousillón, trad. P.
Meyek, 631;
ed.
Foerster
(Romanische Studien, V.)
9324.
158
Esprit des Lois, XXX, I, —Voltaire, Fragments sur quelques révolutions
dans l’inde, II (ed. Garnier, t. XXIX, p. 91).
159
G. Lefebvre,
Les paysans
du Nord,
1924, p.
309.
160
Por ejemplo, E. Lodge, Serfdom in the
Pyrenees, en Vierteljahrschr. für
Soz.
Und W. G., 1905, p. 31.
—Sánchez-Albornoz, Estampas de la vida de León, 2° ed., p. 86,
n°37
. —Perreciot, De l’état-civil des
personnes, t. I I , 1786,
p. 19
3 , n?
9.
161
Dudon de Saínt-Quentin, ed. LAIR, Mém. Soc. Antiquaries Normandie, t.
XXIII, III, 43-44
(933).
162
Bando por
el que el
rey convocaba a
sus vasallos
indirectos para ir
a la
guerra (N.
del T.)
163
P. Hévin,
Consultations et
observations sur la
coutume de
Bretagne, 1724,
p.
343.
164
P. Thomas,
textes historiques sur Lille
et le Nord, t. II, 1936, p. 285 (1385 y 1897); cf. p.
218 (n° 68).
165
T.
F. Toar,
Chapters in
the administrative history,
t. IV,
1928, p.
62
s
166
“Prometo
y doy
mi fe
a Monseñor
el Procurador
General... de no
ser jamás
de otra
persona que de él, a quien me entrego y vinculo con el lazo mayor de que
yo pueda disponer; y le prometo servirle generalmente contra toda persona sin
excepción y no obedecer a nadie sino a él,
ni, incluso, tener ningún comercio con aquellos con los
que él me lo prohíba. Le prometo sacrificar mi vida
frente a todos los que él tenga a
bien, sin exceptuar
uno solo en el mundo...”
Colbert, Lettres, ed.
P. Clément, t. II, p. xxx.
Para un ejemplo antiguo de promesa de amistad, véase J. Quicherat,
Rodrigue de Villandrando, 1879, doc. just. N°. XIX.
167
Ch.
Aimond, Histoire
de la
ville de
Varennes, 1925,
p.
50.
168
Manegold
de Lautenbach,
en
Libelli de
lite (Mon.
Germ.),
t. I,
p. 365.
—Wenrich, Ibíd.,
p. 289.
—Paul
de Bernried, Vita Gregorii, c. 97
en Watterich,
Romanorum pontificum vitae, t.
I, p.
532.
169
Landr., III, 78, 2. Sentido discutido por Zeumer en Zeitschrift des
Savigny-Stiftung, G. A., 1914, p. 68-75; pero restablecido por Kern, [154].
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