1. De la primera a la segunda Civilización
Con la ilustración en el siglo XVIII, comenzó una corriente de
pensamiento en la que el “ser humano” se constituyó en el “centro de todas
las cosas”, por él debían regirse las normas sociales, expresadas en los
derechos inalienables de las personas. Al fin, tras siglos de
oscurantismo, el siglo de las luces alumbraba un ideal para la humanidad
por el cual la Tierra podía dejar de ser un “Valle de Lágrimas” donde, en
base a las leyes divinas, le había sido negado al ser humano su capacidad
de transformar la realidad social en su propio beneficio.
Había llegado para la humanidad el momento de su periplo
histórico, en el que como género, podía aspirar a lograr la felicidad
social en la Tierra porque el hombre era perfectible y por lo mismo
susceptible de alcanzar la felicidad en un paraíso terrenal y no
celestial. De lo que para los ilustrados significó ese gran acto de fe
vivificante dio cuenta Saint-Just (1767-1794), el joven
revolucionario francés quien ante la Convención (1793) afirmó, con una
gran simplicidad, lo que fuera el credo de toda una época: "la
felicidad social" -dijo- es una idea nueva. Una idea que ya había sido
recogida en la declaración de independencia de los Estados Unidos de
América del 4 de julio de 1776 y que tuvo su concreción en el artículo 1
de la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano (24 junio
1793, Año I del gobierno jacobino) por el que se establece: El objetivo
de la sociedad es la felicidad común”.
En esta nueva era que se iniciaba de la mano de un nuevo
pensamiento político, el destino de la humanidad ya no pertenecía a los
designios divinos y de sus representantes en la Tierra, la soberanía de
los pueblos podía dejar de ser “Patrimonio de los Reyes” y los Reyes,
hasta entonces omnipresentes en la historia de la humanidad, comenzaron a
ser cuestionados.
Era el principio del final de la Primera Civilización
que había regido los destinos de la humanidad durante milenios.
El siglo XVIII, o siglo de las luces inauguró, pues, una
Segunda Civilización y lo era, porque rompía con el paradigma del
pensamiento universal, de que la estructura de la sociedad, sustentada en
“incuestionables” leyes divinas y sociales, era inmutable y lo era
también, porque el nuevo pensamiento proporcionaba al género humano la
capacidad de transformar la realidad social, para bien y para mal pero,
basándose en su instinto de conservación y en su humanidad, debía y podía
aspirar a construir un mundo donde la satisfacción de las necesidades
básicas, la justicia social y la libertad de pensamiento abarcaran a todo
el género humano sin exclusión.
La Revolución Francesa de 1789 fue el primer gran revulsivo de la
historia de la humanidad, el primer paso práctico por el que se iniciaba
el camino de la transformación política basada en los derechos de ser
humano.
La teoría social formulada por ilustrados como Rousseau,
Montesquieu y Voltaire, abrió un nuevo camino a las clases
sociales subordinadas a los poderes absolutistas.
Esas clases sociales no solamente podían rebelarse contra dichos
poderes, como ya había ocurrido otras veces en la historia, pero que
siempre habían quedado en simples revueltas ante la falta de un discurso
alternativo al de Dios y sus representantes en la tierra sino que desde
ese momento, existía un camino diferente para organizar la sociedad, era
posible creer en la igualdad en la libertad y la
fraternidad de todos los seres humanos. Las rebeliones contra los
poderes entonces establecidos, dejaron de ser revueltas y pasaron a ser
revoluciones.
El mundo comenzó a cambiar de base y los que hasta entonces
“nada” eran, podían aspirar a un mañana en el que todo podía ser.
Pero esa aspiración que en el pensamiento parecía irrefutable, en
la práctica, se encontró con serios obstáculos fundamentados en los
intereses creados de clases sociales y sectores de pensamiento del Antiguo
Régimen, que veían que el camino hacía ese fin en beneficio del género
humano, contradecía sus intereses particulares y por ello, se opusieron al
mismo.
De esta manera el avance hacia tal objetivo emancipador universal
solo podía lograrse mediante la lucha de quienes tenían todo por ganar,
contra los que tenían todo por perder en esa lucha, en la que estos
últimos defenderían con todos los medios a su alcance: su poder económico
y político.
2. Auge y decadencia de las ideologías universales
El pensamiento liberal, auspiciado por las nuevas clases
emergentes burguesas que detentaban el poder de los medios de
producción acrecentado por la expansión de la revolución industrial,
fue el que barrió políticamente al Antiguo Régimen. Con las
desamortizaciones, las propiedades de los nobles y de la iglesia pasaron a
regirse por las leyes del mercado y la propiedad privada se convirtió en
el nuevo paradigma del desarrollo de las fuerzas productivas. La
libertad individual, el triunfo del más fuerte sobre el más débil era la
nueva norma de convivencia. La “nación” sustituía al “reino” como marco
político para el desarrollo económico.
Pero la mayoría de la población que había creído en el mensaje de
la libertad, la igualdad y la fraternidad universal,
vieron como ese mensaje, de nuevo, solamente beneficiaba a unos pocos. Y
en oposición al pensamiento liberal, el socialismo prendió entre amplios
sectores desfavorecidos de obreros y campesinos como ideal universal
emancipador enfrentando al nuevo poder del capitalismo pensado y
estructurado para perpetuar el interés particular de determinadas clases
sociales y naciones por encima del interés general de la humanidad.
La “nación” surgida al calor de ilustración como soberanía de los
pueblos en contra del concepto de soberanía del Antiguo Régimen basada en
reyes, parecía el marco adecuado para avanzar en el camino hacia la
redención socialista universal del género humano, en el que cada nación
protagonizaría su propio cambio a través de la desconexión geopolítica del
capitalismo mundial y la suma de estas naciones socialistas llevaría al
final del capitalismo, es decir, al final de la prevalencia de los
intereses de una “minoría” sobre los universales del género humano.
La conquista revolucionaria del Estado nacional era pues la
condición imprescindible. La trágica experiencia de la Comuna de París de
1871, llevó a fundamentar a los teóricos del cambio del capitalismo al
socialismo en el principio de que la voluntad popular no garantizaba el
cambio pacífico del sistema económico capitalista al socialista, ni
siquiera garantizaba las reformas del propio capitalismo si éstas iban en
contra de los intereses de las clases sociales que detentaban el poder
económico, pues, esas clases, utilizaban todo su poder militar para acabar
con los cambios económicos y políticos.
De ese concepto surgió la teoría de que el poder de
transformación de la sociedad no nace de las urnas sino de la punta del
fusil y que una vez tomado el poder, éste, debe mantenerse también a
través de la represión de las clases sociales expulsadas del poder (Teoría
que llevaría al movimiento internacionalista a dividirse entre la II
internacional de socialismo democrático y la III internacional comunista
de dictadura del proletariado).
La revolución bolchevique de 1917, guiada por ese pensamiento y
formulada como teoría científica por Lenin en su obra “El Estado y la
Revolución” supuso para millones de personas una luz, un primer paso en el
avance hacia el ideal emancipador del género humano.
Desde el inicio del siglo XIX, el capitalismo de las metrópolis
europeas fortalecido en las revoluciones liberales nacionales se expandió
militarmente a todo el mundo, justificando con el pensamiento de la
exportación de los valores de la civilización de la Ilustración a los
pueblos atrasados del mundo, lo que era imperialismo colonial y expolio
económico.
Pero esta expansión de raíz económica y política, llevaba a
profundas diferencias de intereses de dominio territorial geopolítico
entre las propias potencias, de tal manera que, el poder capitalista se
reforzó militarmente, no solo para frenar posibles cambios sociales en la
propia metrópolis sino para expandir sus áreas de influencia geopolítica.
La crisis económica de 1873 y la larga depresión que le sucedió,
traería el final del entendimiento pacífico entre las potencias
occidentales en el comercio y se instauró un modelo económico mundial
basado en el proteccionismo de las áreas de influencia colonial exclusivas
de las potencias occidentales, principalmente de Gran Bretaña y Francia.
Alemania formada tardíamente como nación en el Segundo Reich en
1871, también conocido como Imperio Alemán, con la proclamación de
Guillermo I como emperador, carecía de áreas de influencia exclusiva
coloniales y, por ello, su poder mundial era escaso, y comenzó a acariciar
la idea napoleónica de: “quien controla el centro del Sistema Global,
controla la Periferia global formada por las colonias”, y se fue
preparando para la guerra contra los imperios con mayor dominio de
territorios y recursos mundiales: Gran Bretaña; Francia y Rusia.
La carrera armamentística denominada como “paz armada” culminó
en 1914 en una confrontación sin precedentes: La Primera Guerra Mundial.
Tras esta guerra, con la derrota de Alemania el mundo cambio
radicalmente. El nuevo estatus internacional consolidó en el Tratado de
Versalles (1919) el predominio Británico y Francés frente a Alemania. A
ese predominio se añadió una nueva potencia con valores opuestos al
capitalismo: la URSS.
La depresión de los años treinta iniciada tras la crisis
económica de 1929, puso fin al sistema económico liberal restaurado al
final de la Primera Guerra Mundial y volvió a instaurarse un régimen
proteccionista basado en las áreas de influencia exclusiva de cada
potencia imperial.
En Alemania, con el triunfo electoral del partido Nacional
Socialista (NAZI) se puso fin a la República de Weimar (1918-1933)
conformando un nuevo Estado bajo el poder del Partido NAZI.
El partido Nacional Socialista Alemán tenía dos objetivos: 1.
resarcirse de la humillación del Tratado de Versalles, en el que se
sustentaba su componente Nacionalista y 2. Poner fin al sistema liberal,
dando el peso fundamental de la economía al Estado, que daba forma su
componente Socialista, pero sobre todo, de nuevo, el partido NAZI comenzó
a pretender el control del Centro del Sistema global para dominar el
mundo, preparándose para la guerra contra Gran Bretaña; Francia y Rusia.
Alemania, y sus aliados Italia y Japón se convirtieron en las
potencias emergentes y trataron de imponer un nuevo orden mundial en el
que no habría lugar ni para las democracias sustentadas en los valores
individuales de la Ilustración, ni para los regímenes socialistas.
La guerra contra ambos sistemas políticos llevó a Alemania a
invadir Europa hacia el Oeste y hacia el Este y a Japón a invadir China,
dando lugar a la Segunda Guerra Mundial, que fue la guerra más grande y
devastadora que jamás conoció el género humano.
La crisis económica de 1929 tuvo la característica de dar un
fuerte impulso al sesgo internacionalista de todas las ideologías
emergentes. Por un lado, la revolución bolchevique empeñada en subvertir
el orden capitalista mundial, por otro, las potencias fascista del Eje
(Alemania, Italia y Japón) que aspiraban a instaurar sus sistemas no
únicamente en su naciones de origen, sino en el mundo entero.
En ese contexto, las democracias sustentadas en los valores
liberales de la Ilustración entendieron que debían hacer lo mismo, siendo
Estados Unidos quien lideraría esta corriente de pensamiento.
La diferencia cualitativa entre la Primera Gran Guerra y la
Segunda fue, pues, que las partes confrontadas no lo hicieron solamente
por ambiciones territoriales sino porque pretendían implantar un sistema
político económico e ideológico a escala planetaria.
En 1945, Alemania, Italia y Japón fueron derrotados por las
fuerzas soviéticas en alianza con EEUU y Gran Bretaña.
En Núremberg, liberales y bolcheviques juzgaron a los vencidos
por la responsabilidad individual en las atrocidades cometidas y a los
regímenes nazi y fascista los sepultaron en el basurero de la historia
como los sistemas más odiosos jamás conocidos.
Mas las diferencias entre la corriente bolchevique y la liberal
tapadas por la alianza frente al nazismo, no tardaría en destaparse, la
victoria comunista en China el país más poblado de la Tierra, puso en
guardia al triunfador de la corriente liberal, EEUU.
La primera gran confrontación tendría lugar en la guerra de
Corea, que terminó en 1953 dividiendo a ese país en dos, en el paralelo
38, eso y la incorporación de las armas atómicas a los arsenales de EEUU y
la URSS, estableció un empate mundial que dejó al mundo dividido en dos
corrientes de pensamiento y zonas geopolíticas que tenían el afán de
cambiar el mundo, exportando, desde la URSS, el sistema bolchevique y,
desde Estados Unidos, la democracia liberal.
Pero a pesar de ese empate que dio lugar a una larga guerra
fría, donde se evitaba el cuerpo a cuerpo, sobre todo por el miedo a
desatar una guerra nuclear, el Primer Mundo el Occidental liberal,
industrial y capitalista liderado por EEUU, y el Segundo Mundo el de la
URSS, industrial y socialista liderado por Rusia, tuvieron un terreno
donde llevar sus aspiraciones expansionistas, un mundo sin industrializar,
habitado por la mayoría de la población mundial, un mundo de pobreza y
subordinación a las antiguas metrópolis imperiales europeas: el Tercer
Mundo.
Las viejas potencias coloniales europeas, relegadas ya como
imperios por Estados Unidos, no tuvieron el apoyo de esta nueva potencia
para mantener su poder colonial, y menos interés tenía aun el otro ganador
de la Segunda Guerra Mundial, la URSS.
Por otra parte, el combate de estas dos potencias en el Tercer
Mundo estaba más en ganarse aliados que en buscar una presencia militar
directa, pues ello, les hubiera enfrentado a los sectores sociales más
activos de las viejas colonias con afán de gobernarlas como naciones
libres.
De tal manera, después de la Segunda Guerra Mundial, tras el
vacío de poder que dejaron los antiguos imperios europeos en sus colonias,
los movimientos de liberación colonial se desarrollaron con inusitado
vigor, rompieron las cadenas que los unían a sus antiguas metrópolis
imperiales y dieron lugar en la segunda mitad del siglo XX a la mayoría de
naciones que constituyen el mosaico internacional del Tercer Mundo en
Asia, África y Oceanía.
La emancipación colonial, según la potencia aliada en el proceso
de descolonización, bien Estados Unidos o la URSS, ampliaba su área de
influencia geopolítica respectiva. La confrontación entre ambas potencias
por dominar el proceso descolonizador tuvo su máxima expresión en la
guerra de Vietnam.
La URSS ayudando a los comunistas del Viet-Cong y Estados Unidos
con una intervención militar directa. Estados Unidos poseedor hasta
entonces de la maquinaria de guerra más poderosa de la historia, fue
derrotado por un ejército de campesinos.
Las imágenes de la precipitada y bochornosa retirada de sus
últimos efectivos de Saigón en 1975 fueron grabadas y vistas en todos los
medios informativos del mundo y dejaron un recuerdo imborrable para la
historia de que el poderío basado solamente en la fuerza de las armas,
sino está apoyado por amplios sectores sociales, está destinado al
fracaso.
Una lección que no aprendió, la URSS reconvertida a Imperio
Soviético desde que el PCUS tras su XX Congreso con Nikita Jrushchov como
líder decidió convertir a Moscú en una nueva metrópolis global, y que años
más tarde tuvo que experimentarla en la ocupación a Afganistán y en su
posterior expulsión de ese país por los señores de la guerra.
Ambas derrotas anunciaron un tiempo, consustancial para todos los
imperios habidos, y que habían experimentado previamente una secuencia de
tres fases: inicio, auge y decadencia.
1. los inicios se corresponden con una expansión militar
relativamente rápida donde se incorporan amplios territorios;
2. el período de auge se corresponde con el mantenimiento del
estatus quo territorial basado principalmente en lo que puede denominarse
el poder blando, es decir, la cultura, la ideología o religión y el
desarrollo de infraestructuras;
3. el período de decadencia se produce a partir de que se precisa
de nuevo del poderío militar, pero no para su expansión sino para su
mantenimiento, en esta última fase todos los imperios han sucumbido.
Las dirigencias militares tanto soviéticas como norteamericanas,
no percibieron que se encontraban en esa tercera fase militar de su
declive, lección ya aprendida en otras guerras por el imperio colonial
francés en Indochina y Argelia, o por el británico en Oriente Medio y
África Oriental.
Por otra parte, las ideologías en las que se justificaban la
ampliación de la influencia soviética o de EEUU dejaron de ser universales
y comenzaron a prevalecer los intereses de las metrópolis imperiales sobre
las propias ideologías.
En el caso de la URSS desde el XX Congreso del PCUS con la
ocupación de los países del Este europeo incorporados al área soviética
después de la Segunda Guerra Mundial, donde se impuso por la fuerza la
planificación de sus economías en función de los dictados de Moscú en
modelos económicos “socialistas” que tenían el rechazo de amplias capas de
la población, como lo acreditó la apertura de la “primavera de Praga” en
1968 y su posterior aplastamiento ese mismo año por los tanques del Pacto
de Varsovia.
En el caso de EEUU, con el apoyo a los cruentos golpes de Estado
en América Latina para mantener su influencia geopolítica, como fueron,
entre otros, los golpes de Estado en Chile y Argentina, con el fin de
frenar los cambios democráticos liderados por gobiernos que querían
implementar reformas sociales en favor de la mayoría de la población,
limitando para ello el poder de las oligarquías dominantes, y también, con
el apoyo a dictaduras sanguinarias como la de los Somoza en Nicaragua,
política que contradecía abiertamente su mensaje universal de exportación
de la democracia.
En el mundo occidental, el pensamiento universal, en el caso del
“socialismo” instrumentalizado por el Imperio soviético y de la
“democracia” por el imperialismo de EEUU, comenzaron a ser cuestionados
por la hipocresía en la que se sustentaban y tuvo su máxima expresión en
la denominada “revolución de Mayo de 1968”, la cual se puede considerar
una rebelión contra la falacia entre la teoría y la práctica de los
discursos universales.
Dentro de este movimiento de protesta, en unos casos, se intentó
articular discursos alternativos, en otros, revisar los viejos pero
ninguno tuvo el eco necesario como para recomponer o formular un nuevo
discurso universal capaz de motivar a la sociedades en las diferentes
partes del mundo y éstas, y cada una de ellas, se atrincheraron en las
políticas nacionales.
En América Latina, los golpes de Estado contra los gobiernos
reformistas salidos de las urnas, revivieron en la oposición de
izquierdas, el principio de que el único poder político para llevar
adelante las reformas sociales estaba en la “punta del fusil” y un
movimiento guerrillero se extendió por varios países del continente.
En los países que en el tercer cuarto del siglo XX habían salido
del dominio colonial y habían accedido a la independencia, los gobiernos
iniciaron el camino para hacer valer ante sus sociedades el principio de
que la consecución de la independencia política debía servir no solo para
restablecer la dignidad nacional, sino también para hacer avanzar
económicamente a las sociedades respectivas. Pero la crisis económica de
1973 que se prolongaría durante más de una década, tiraría por tierra esas
expectativas. Los países pobres que se habían endeudado para modernizar
sus economías, debido a las características estanflacionarias de la crisis
incrementaron los intereses de las deudas contraídas y éstas paralizaron
el desarrollo económico de la mayoría de los países del Tercer Mundo y los
gobiernos de esos países tuvieron que recurrir a la represión para
mantenerse en el Poder.
El siglo XX, que había comenzado su andadura pensando en una
revolución socialista universal, que había proclamado, a mediados de siglo
ante el fascismo, la vigencia universal de la democracia, en la recta
final del siglo XX fenecían esos valores ante los intereses creados por
las elites dominantes en casi todos los países del mundo.
El sueño universal de libertad, igualdad y
fraternidad se desplomaba. Aquellos que habían levantado la bandera de
la democracia apoyaban las dictaduras.
Dictadores de países latinoamericanos
Y quienes habían levantado la bandera roja del socialismo habían
convertido a Moscú en una nueva metrópolis imperial global de un área de
influencia de naciones tuteladas.
En los años ochenta del siglo XX las ideologías universalistas
estaban agotadas. La riqueza del Tercer Mundo redundaba en las sociedades
de los países ricos, por la transferencia de la deuda de los países pobres
a los ricos y por el intercambio desigual de mercancías, por ello, la
mayoría social de los países ricos no precisaba ningún discurso universal
redentor y podían mirar para otro lado cuando sus gobiernos democráticos
apoyaban a siniestras dictaduras en el Tercer Mundo.
En la URSS, el régimen perdía apoyo popular ante el atraso
económico en bienes de consumo respecto de Occidente.
Existía, pues, un agotamiento ideológico mundial. Lo que sostenía
a Occidente era su alto estatus económico, pero en la URSS la economía se
había articulado no en base al desarrollo de las fuerzas productivas
en interés de la sociedad sino en base a la paranoia de la defensa
militar. El abandono de las necesidades de la sociedad como eje central
del desarrollo económico generó una economía sumergida que era la que
regía la demanda interna, y una nueva clase social surgida de las
camarillas de burócratas bien situados en el aparato del Estado eran sus
beneficiarios.
Eso llevó a que esa misma clase de funcionarios aspirara a un
Estado político en el que sus intereses fueran legales. Y paradójicamente,
la patria donde se había levantado un sistema social inspirado en el
marxismo, veía como se cumplía uno de los principios con los que Marx
había fundamentado sus tesis de los cambios históricos: “la
contradicción que en un momento histórico determinado se produce entre la
necesidad social del desarrollo de las fuerzas productivas y las
relaciones de producción obsoletas existentes para propiciar ese
desarrollo”, contradicción que había dado el triunfo a la burguesía
frente al Antiguo Régimen en el siglo XIX y que daba ahora el triunfo a la
nueva burguesía rusa frente al anquilosado régimen soviético.
Todo se juntó, y en 1989 explotó el sistema soviético,
afortunadamente de manera incruenta, los países del Este Europeo se
independizaron de la tutela odiosa de Rusia y este país entró en la última
década del siglo en un proceso de disgregación social y política.
“A China solo le puede salvar el socialismo” era el
eslogan del Partido Comunista de China (PCCh) en su lucha contra la
ocupación japonesa y en la posterior guerra civil librada contra las
fuerzas del Koumitang, frase que se hizo realidad cuando Mao Zedong
proclamó en 1949 en Pekín la fundación de la República Popular de China,
con la frase, ¡China se ha puesto en pie!
“Solo China puede salvar el socialismo” fue el eslogan al
que se aferraron los dirigentes del PCCh ante el retroceso mundial del
denominado “socialismo real” iniciado con la caída del “muro de Berlín” en
1989.
Entre ambas fechas que coinciden con el período de la Guerra
Fría, China vivió aislada del mundo, no era algo nuevo, pues, hasta la
ocupación semicolonial británica y la posterior ocupación japonesa, China
el país más populoso y avanzado hasta el siglo XVII de nuestra era, en el
siglo XIX, alejada de la Revolución Industrial que emponderó a las
potencias occidentales inició una nueva andadura tras la proclamación de
la nueva República Popular en 1949.
La construcción del socialismo a escala planetaria fundamentaba
en la progresiva desconexión económica de los países revolucionaros del
sistema capitalista, la tradición histórica de autosuficiencia de China
encajaba bien en ese modelo.
Sin embargo, tras las pretensiones de de Moscú de tutelar a
China, los dirigentes Chinos comprendieron que los tiempos estaban
cambiando y que había que “avanzar al paso de los nuevos tiempos”.
El proceso de reforma y apertura iniciado por Deng Xiaoping en
1979, puso fin al modelo autárquico de la Revolución Cultural y pasó a una
fase de desarrollo impulsada por la política económica de "economía
socialista y de mercado", socialista para los campesinos y socialista y
capitalista en las zonas industriales específicas de la costa oriental de
China para el desarrollo económico abriéndose a las inversiones
industriales de las empresas occidentales que convirtieron a China en la
“fabrica del Mundo; por otra parte, la política de un "país con dos
sistemas” permitió la incorporación de Macao y Hong Kong a la soberanía
China respetando sus modelos políticos y administrativos. China comenzó a
crecer económicamente como ningún país lo había hecho nunca desde la
revolución industrial y cientos de millones de personas comenzaron a salir
del atraso y la miseria.
Tras la desaparición de la URSS el PCCh sorteo la crisis
ideológica desarrollando el aspecto nacionalista de su ideario, y en
política exterior tras la deriva imperial que había tenido el PCUS
comprendió que el objetivo comunista de la redención del género humano
debía basarse en la premisa de que cada nación sin injerencias externas
encontraría su camino de desarrollo y prosperidad.
La última década del siglo XX supuso el final de las ideologías
universales tal y como las concibieron en su praxis los teóricos liberales
y socialistas del siglo XIX, “la práctica, único criterio científico e
histórico de verdad” proclamado por Marx, así lo atestiguaba. Al mismo
tiempo, en muchos de los países del Tercer Mundo, sus habitantes veían
como las ideologías políticas universalistas en las que se habían apoyado
los dirigentes de los movimientos independentistas, una vez éstos en el
gobierno, no habían sido capaces, en su recorrido histórico desde la
independencia hasta el final del siglo XX, de propiciar un desarrollo
económico de las economías nacionales favorable a la mayoría de la
población.
El término de “países en vías de desarrollo” utilizado para
definir a los países pobres, se desveló como un eufemismo sin contenido
real, porque los pobres cada vez eran más pobres, y nadie sabía cuanto
tiempo era necesario para culminar el desarrollo prometido.
Las economías de esos países seguían sustentándose básicamente en
ser suministradores de materias primas de los países ricos, y el declive
de las economías agrarias de autoconsumo para rentabilizar los espacios
agrarios a su vez expulsaban a millones de campesinos a la periferia de
las ciudades conformando grandes aglomeraciones en asentamientos humanos
carentes de las infraestructuras básicas como alcantarillados, luz y agua
potable; hábitats donde la subsistencia se aseguraba a través del
desarrollo de un sector económico informal desligado de las
actividades productivas.
Al final del siglo XX, los pobres del planeta quedaron, pues,
huérfanos de la teoría científica transformadora y revolucionaria por la
cual todo el género humano debía beneficiarse por igual de los avances
técnicos, científicos, sanitarios y educativos, así como de los recursos
energéticos y alimentarios.
Y, tal vez por ello, en esa década del final del siglo XX, cuando
la esperanza transformadora universal se ha agotado, es cuando se
comienzan a gestar los grandes movimientos migratorios de los países
pobres a los países ricos. Las fronteras de las naciones que constituían
el mosaico de los países pobres, y por las que arduamente se había luchado
por su independencia y por el desarrollo económico, eran percibidas por
gran parte de sus habitantes como prisiones de miseria y éstos, comenzaron
a asaltar la fortaleza de los países ricos, arriesgando en ello su vida,
cruzando desiertos a pie, océanos en barcazas de pesca. Los que conseguían
atravesar sus murallas, veían que la tierra prometida no era tal y caían
en redes de explotación de jornadas intensas de trabajo por escasos
salarios, pero esta explotación era considerada, por muchos, como un mal
menor ante la desesperanza de pensar, que en su país de origen, nunca
tendrían un porvenir mejor.
3. El final de los imperialismos
Agotadas, pues, tanto política como ideológicamente las fuerzas
que pretendieron ser transformadoras de la historia, los países ricos,
podían proyectar sin resistencia su acción dominadora al resto del mundo.
El “pensamiento de la desigualdad universal”, vencedor en los países
ricos, se edulcoraba con un ropaje en el que parecía justo que los
triunfadores se beneficiaran de su buen hacer, mientras que, los pobres
del mundo recogían los frutos de su incompetencia. Incluso se podía
manifestar la bondad de los triunfadores con los fracasados en las “ayudas
al desarrollo” y, por otra parte, EEUU sin oponente militar, por defunción
del adversario, podía proclamar que la batalla estaba ganada. Era el
momento de lanzarse a regir los destinos del Mundo desde la nación que se
había constituido en el Centro del sistema político y económico mundial:
Estados Unidos.
Con el comienzo del siglo XXI entró en el gobierno de EEUU el
partido republicano con George W. Bush como presidente. Los nuevos
estrategas de la Casa Blanca aspiraban a instaurar un nuevo orden mundial
basado en el liderazgo inequívoco de EEUU ante el desorden en el que había
quedado el mundo al finalizar la Guerra Fría. Tras el atentado terrorista
contra las torres gemelas de Nueva York el 11S del 2001, todo se
desarrolló como si de un guión escrito se tratara.
El gobierno de Estados Unidos diseñó un Plan mundial por el que
se magnificaba la amenaza terrorista, con ello, se tenía el pretexto para
recortar libertades y formular la política del ataque preventivo, “atacar
para evitar se atacado”.
El primer objetivo fue Afganistán bastión del fundamentalismo
islámico.
Se derrocó al gobierno de los talibanes, al mundo le pareció bien
y el nuevo gobierno de ese país tuvo la bendición de la ONU.
Eso animó a los estrategas de EEUU a seguir adelante en su
política de instaurar un mundo unipolar bajo la égida de Estados Unidos,
para ello, existían dos organizaciones de relevancia mundial que debían
ser relegadas, la más importante: la ONU, surgida tras la Segunda Guerra
Mundial como equilibrio de potencias que ya no existían y la segunda en
importancia: la OPEP, cártel petrolero que EEUU no controlaba y, por lo
tanto, no podía decidir sobre los volúmenes de extracción y como
consecuencia sobre el precio del crudo. La invasión de Irak montada sobre
la mentira de que el régimen iraquí tenía armas de destrucción masiva para
su uso contra EEUU o sus aliados, servía al propósito de la guerra
preventiva, así como para crear una alianza de países que funcionarían
dejando de lado a la ONU y bajo la dirección de Estados Unidos.
El éxito de esa guerra garantizaba el éxito de esa nueva alianza
de naciones, y también, la ruptura del monopolio de la OPEP, pues la nueva
alianza tendría a su disposición una parte importante de las reservas
mundiales de petróleo.
La invasión fue todo un éxito, mas cuando parecía inevitable que
este plan funcionara, comenzó poco a poco a desmoronarse. Francia y
Alemania, encasilladas por la administración de EEUU como países de la
vieja Europa que pertenecían ya a un orden mundial pasado, se resistieron
a aceptar de buen grado la nueva política de hechos consumados de EEUU, la
mayoría de los países musulmanes también veían con recelo que Occidente
incrementase su poder en la zona, pero por encima de estas objeciones a la
invasión, lo que hizo inviable la misma, fue la constatación como una
verdad histórica inconmovible: “que la época histórica de los Imperios
coloniales con presencia militar y administración del invasor en
territorio ocupado había pasado”.
Las guerras de independencia contra los últimos imperios
coloniales francés y británico estaban aun calientes en la memoria de
quienes habían luchado contra ellos. No importaba que esta vez la
ideología que encabezaba la resistencia no estuviera inspirada en
principios laicos, sino religiosos, el resultado era el mismo, una fiera
resistencia al invasor. Como en Vietnam el guión parecía también escrito,
la ocupación se ganaba pero la guerra se perdía.
Los países que apoyaron a EEUU en la invasión fueron abandonando
poco a poco la coalición. La revelación al mundo de la mentira de las
armas de destrucción masiva y los crueles métodos del invasor utilizados
contra la resistencia desacreditaron a EEUU.
Los estrategas de EEUU y sus aliados se dieron cuenta tarde de
que habían subestimado las lecciones de su propia experiencia histórica y
la de otras potencias coloniales donde se demostraba que la fortaleza de
las naciones descansa en última instancia en la conciencia nacional de las
personas que las pueblan, y por ello, la descolonización no era reversible
históricamente y tampoco era posible que sus propias sociedades aceptaran
con indiferencia el horror de la tortura y de los campos de concentración
como el de Guantánamo.
Este intento y fracaso de EEUU de cambiar el estatus mundial por
la fuerza de las armas, revelaba también que ni el final político del
socialismo soviético y el fracaso de las grandes ideologías socialistas
universales surgidas en el siglo XIX, era suficiente para transgredir
determinados valores alcanzados por la mayoría de las sociedades del mundo
desde que alumbrara la Ilustración en el siglo XVIII. Esos valores tenían
que ver con la asunción colectiva de las “soberanías nacionales” como
marco de decisión política de las sociedades respectivas, y ante las
cuales, las ambiciones imperialistas sucumbían.
El imperialismo como método de expansión militar en los
principios del siglo XXI, tras la guerra de Irak, había muerto, pero no
solo había muerto el imperialismo militar de EEUU sino todos los
imperialismos, porque cualquier experiencia similar estaba de antemano
condenada ya a su derrota.
Y También quedaba obsoleto el concepto de guerra ofensiva como
método expansionista, porque el triunfo militar relámpago de la ocupación
ya no garantizaba, a la postre, el éxito de la contienda en la guerra
prolongada y además, producía la pérdida de la influencia política del
agresor.
Tras la desaparición de la URSS y el fracasado intento
expansionista del imperialismo americano en Irak, el final de los
imperialismos con dominio militar había llegado históricamente a su fin.
No obstante, los cambios históricos no suelen ser percibidos a veces por
las sociedades y dirigentes políticos y en Estados Unidos, seguían
existiendo fuerzas políticas y económicas que continuaban apostando por
hacer valer su hegemonía militar al resto del mundo, pero también existían
fuerzas que habían comprendido que ese camino solamente traería un gran
sufrimiento de varias y prolongadas guerras a la vez, en distintas partes
del mundo, para las que su sociedad ni su economía estaba preparada. A la
postre, esa estrategia militar aceleraría su declive como potencia y por
ello, estos sectores políticos de EEUU apostaban por iniciar una etapa en
la que el país debiera tratar de consolidar su supremacía mundial a través
del desarrollo de un poder blando basado en el respeto y el diálogo con
las naciones y revitalizando coherentemente los valores universales de la
democracia liberal, acabando con los campos de concentración, con la
institucionalización de la tortura y dejando de promover golpes de Estado
contra sistemas democráticos. Estas dos opciones se enfrentaron en las
elecciones presidenciales de EEUU en el 2008, y la ciudadanía apostó por
un discurso basado en una política de diálogo y entendimiento con el resto
de los países del mundo, pero, como se ha visto con el paso del tiempo,
EEUU es una nación que, con independencia de quien gobierne, debe su
prosperidad en gran medida al sometimiento de otras naciones a sus
intereses y, por ello, su acomodación a los nuevos tiempos no va depender
del discurso de las campaña electorales sino solo puede ser fruto del
empuje de otras naciones en el escenario internacional, cuestión que
llevará su tiempo.
4. Hacia un nuevo paradigma emancipador universal
Una nueva realidad política parece, pues, que comienza a abrirse
camino con el final de la hegemonía mundial Occidental: la formación de un
mundo multipolar, donde los nuevos polos geopolíticos emergentes estarían
de acuerdo en las relaciones entre iguales, es decir, sin ambiciones
imperialistas como superación de las dramáticas experiencias históricas
vividas, como fue en China la larga guerra contra la ocupación japonesa,
en los países latinoamericanos el largo período de subordinación política
a su vecino del norte y el azote de los golpes de Estado, o en el caso de
Rusia, por la amarga experiencia del Imperio Soviético que le arrastró al
caos como nación en la última década del siglo XX. Por otra parte, los
países que no son “polo” también están interesados en que se desarrolle un
mundo multipolar porque les permite establecer sus relaciones
internacionales preferentes en libre competencia, en lugar de depender
exclusivamente de Occidente.
En este emergente escenario mundial tras el fracaso en la
práctica de las ideologías universalistas liberal y socialista
al que contribuyeron las dos grandes potencias que las instrumentalizaron
en su propio beneficio, EEUU y la extinta URSS ¿Cabe pensar que el
proyecto de una humanidad regida por los valores de libertad,
igualdad y fraternidad son una utopía? ¿Cabe pensar que el
género humano se ha detenido en su afán por transformar la sociedad en la
búsqueda de esos valores comunes a todas las ideologías, sean liberales o
socialistas, nacidas de los ideales de la Ilustración, por las que la
humanidad creyó que la felicidad social en la tierra era posible?
Si la humanidad aceptó con resignación durante milenios que la Tierra era
un valle de lágrimas y que solo en otro mundo metafísico dejaría de serlo
¿Se ha vuelto de nuevo a esa situación del pensamiento universal? Cabe
pensar que no, y cabe hacerlo, porque tras un recorrido histórico de
doscientos años de lucha por esos ideales, la voluntad transformadora
sigue vigente y la resignación pertenece ya al oscurantismo de otra
civilización que fue sepultada en el siglo de las luces y cabe
también pensar que no, porque los desheredados de la tierra quieren salir
de su situación de pobreza y la humanidad se enfrenta a problemas como el
cambio climático, la malnutrición, las enfermedades y el analfabetismo,
problemas que necesitan de soluciones globales.
Lo que ha fracasado, no son, pues, esos grandes ideales, sino el
camino trazado por los teóricos del liberalismo y socialismo
del siglo XIX.
El recorrido histórico ha desbrozado lo verdadero de lo falso. Lo
falso ha sido que la verdad de unos no se puede imponer por la fuerza a
otros, pretexto bajo el que actuaron los imperios coloniales europeos, el
imperialismo de EEUU y el de la antigua URSS. Lo verdadero es que el
género humano ha extraído de ese camino de dolor, la experiencia de que
solo es posible avanzar desde el diálogo, el respeto y el entendimiento
entre el mosaico de naciones surgidas desde el siglo XVIII tras un
doloroso parto de guerras y lo verdadero es también que el ritmo de los
cambios políticos y sociales lo deben marcar los propios ciudadanos de
cada nación.
Después de dos siglos se ha dado con el método pacífico y
científico de cambio. El poder transformador ya no nace de la punta del
fusil sino del respeto entre naciones y de la democracia interna en cada
una de ellas. Pero el método no significa el cambio, sino las bases para
fundamentar el cambio.
Lo que hará que el cambio se ponga en marcha es la necesidad de
las naciones en colaborar para afrontar los graves problemas que tiene la
humanidad. No obstante, si bien el marco de las naciones es la base sobre
la que deben fundamentarse las transformaciones mundiales, el enemigo
número uno para llevar adelante esas transformaciones, paradójicamente, es
la concepción retrógrada de exaltación de la competencia entre naciones.
Durante los siglos XIX y XX la competencia entre imperios y naciones se
justificaba porque ante todo, lo que debía prevalecer era el bienestar de
cada nación sobre el resto. Se trataba de sacar beneficio unilateral y
ello llevaba al enfrentamiento, ese modelo vigente en la conciencia de la
mayoría de las sociedades de muchas naciones, principalmente de las que
fueron antiguos imperios coloniales, sigue siendo una de las herencias
negativas del proceso de fundación de las naciones.
El objetivo de las naciones debe ser su desaparición por
superación de las fronteras, al entender que en la colaboración hay más
beneficio que en la competencia siendo las propias naciones quienes vayan
determinando los ritmos de integración en las relaciones políticas y
económicas.
Es evidente que las sociedades más enrocadas en el paradigma de
confrontación entre naciones, en lugar del entendimiento, son aquellas en
las cuales su grado de bienestar ha alcanzado un alto desarrollo, pues
entienden que los postulados políticos universales pueden perjudicar su
estatus. Serán pues los países o regiones del mundo más poblados y
emergentes económica y políticamente los más interesados en un proceso
integrador.
No
obstante, el posible avance en un proceso de entendimiento entre naciones
a escala mundial dependerá de las naciones que tienen más poder económico
y capacidad de decisión para implementar políticas globales por su peso
económico y demográfico. En el actual momento histórico, corresponde ese
papel de liderazgo a EEUU y a China en primer lugar y, en un segundo
plano, a los países emergentes: Brasil, Rusia, India, seguidos del resto
de países emergentes. Por ello, el proceso de integración política y
económica mundial vendrá determinado en gran medida por la relación entre
Occidente y Oriente.
Las relaciones políticas que mantienen los países del mundo con
China, se pueden dividir en dos grandes apartados. En el primero estarían
los países Occidentales o países ricos, y en el segundo, los países pobres
y países emergentes entre los que destacan por su importancia Brasil,
Rusia e India. La relación de Occidente con China, es una relación de
amor, odio, una relación que ha venido a denominarse para China en la
política de “golpe y contacto”. Occidente se ha beneficiado en los últimos
años de los productos de exportación baratos de China y en la presente
crisis económica espera beneficiarse de la reactivación interna de China.
Pero este interés es contradictorio, pues, si bien Occidente desea que
China se reactive económicamente para beneficiarse de su crecimiento
también teme las consecuencias políticas que implica un mayor peso
económico y político de China en la esfera internacional. A diferencia, de
este bloque de países, la relación de los países del Tercer Mundo y países
emergentes con China es diferente. Su relación se basa únicamente en la
política de “contacto”, pues, China constituye una alternativa de
oportunidades económicas frente a la dependencia que han tenido y tienen
del consumismo de los países ricos y no temen la influencia política
China, pues esta nación secularmente ha basado sus relaciones con otras
naciones en el respeto de los asuntos políticos internos de cada país. La
manera de desacreditar a China que tienen los países occidentales en la
esfera internacional es proclamando su sistema político democrático como
el más evolucionado de la historia de la humanidad por estar basado en la
libre pluralidad política. Este mensaje tiene una verdad y una mentira, la
verdad es que la libertad de asociación política constituye un estadio
superior de la democracia y la mentira, es que las democracias
occidentales tienen sobre sus espaldas una negra historia de injerencia en
otros países de guerras y de apoyo a golpistas, consecuencia y herencia
política y cultural de su pasado colonial e imperialista, por eso los
países pobres desconfían de los países ricos, particularmente de EEUU.
El sistema político vigente en China se basa en el sistema de
partidos del Frente Único liderados por el PCCh que dio lugar a la
fundación en 1949 de la actual Republica Popular en la parte continental
de China, de la que quedó excluido el Kuomitang por la confrontación
militar entre ambos bandos, quedando este partido recluido en la isla de
Taiwán. Los treinta años de reforma y apertura en China han sido un gran
paso adelante en materia de avances económicos, sociales y desarrollo
legislativo para conformarse como un Estado de derecho, pero la pregunta
que cabe hacerse es: si China, ante la necesidad cada vez más imperiosa de
la humanidad por avanzar en la construcción de un mundo multipolar basado
en la democracia y la justicia social mundial, entenderá que el principio
de Deng Xiaoping de “caminar al paso del tiempo” deberá traer un
cambio cualitativo interno deberá traer un cambio cualitativo interno
desde la perspectiva de la política de Reforma y Apertura.
El gobierno de EEUU debido a sus intereses creados como potencia
imperial, se debate en la ambivalencia de anteponer en las relaciones con
otros países, la fuerza y la injerencia para conseguir su prevalencia como
potencia militar, o el abandono de está política arrogante en favor de una
política de diálogo entre iguales con el resto de países del mundo. El
gobierno de China en su política de reforma y apertura se basa en
el principio de caminar hacia una mayor democratización y desarrollo
legislativo de los derechos de la persona pero asegurando en todo momento
un poder fuerte del Estado que de estabilidad al proceso de reformas.
Sería deseable, que desde tradiciones distintas China y EEUU pudieran
caminar hacia objetivos comunes, en la conformación de un mundo basado en
la paz, el respeto entre naciones y el pluralismo político que posibilite
un cambio cualitativo con el resto de naciones del mundo hacia un estadio
superior político de gobierno mundial.
No obstante, el liderazgo del proceso integrador entre naciones
no va a depender solamente de la fortaleza económica, sino también de la
emergencia política en el pensamiento y proyectos integradores de las
naciones comprometidas con ese ideario. En la historia hay ejemplos de
naciones que se han convertido en potencias transformadoras principalmente
por su emergencia mundial en el pensamiento político, como lo fue EEUU
tras su declaración de independencia en 1776, que determinó la marcha de
un pensamiento político que favorecería la independencia del resto de
países en América y las revoluciones liberales en Europa, sin que en ese
momento histórico EEUU tuviera como nación relevancia geopolítica.
En América Latina desde el comienzo del siglo XXI está surgiendo
un nuevo pensamiento político basado en la integración de las naciones y
de desarrollo democrático con inclusión social, si bien en su vertiente
económica el proceso de unificación está más retrasado que en la Unión
Europea (UE), la profundidad y el alcance del ideario político universal
que mueve la integración es mayor. En cambio en la UE se evidencia una
creciente incapacidad para articularse como una realidad política única
debido a la desconfianza de la mayoría de la ciudadanía por el proyecto
político europeo y por su rechazo a cualquier ideario universalista que se
manifiesta en su recelo ante los inmigrantes extracomunitarios, por lo que
la UE a pesar de ser la cuna de las grandes ideologías universales ha
entrado en una fase de decadencia histórica en el pensamiento
transformador.
El sujeto trasformador mundial en favor del conjunto de la
humanidad está, pues, en las naciones que lideran los procesos de
integración regional, que son las que buscan las ventajas en el
entendimiento y no en la competencia y en las sociedades que apuestan por
la democracia y por formar parte de un conjunto de naciones en un nivel
superior de relaciones, no para competir entre bloques sino para colaborar
a favor del bienestar y la libertad del género humano. Estos son los
grandes postulados que pueden redimir al género humano de las guerras, de
las armas atómicas, el racismo y la xenofobia y que pueden propiciar la
colaboración necesaria para enfrentar con garantía de éxito los graves
problemas medioambientales y la pobreza en el mundo.
5. La crisis del modelo económico mundial vigente a comienzos del
siglo XXI
El capitalismo ha tenido en los últimos ciento cincuenta años
cuatro grandes crisis globales, las de 1873, 1929, 1973 y la presente
crisis iniciada el 2008. El resto de las crisis, aunque han sido
importantes, no han tenido carácter global sino que han afectado a
sectores industriales o diferentes zonas del mundo. En la segunda mitad
del siglo XIX, el capitalismo estaba en su fase imperialista. La salida de
la larga depresión iniciada con la crisis de 1873 llevó a las potencias
económicas al proteccionismo, propiciando el mismo que el desarrollo de
las fuerzas productivas se realizara expandiendo cada potencia su
área de influencia geopolítica lo que llevaría a su confrontación en la
Primera Guerra Mundial. Tras la misma, comenzó una etapa en la que se
pretendió limitar el proteccionismo, pero la crisis de 1929 derivó en otra
profunda depresión y en una vuelta al proteccionismo y de nuevo se volvió
a la lucha por la ampliación de las áreas influencia geopolíticas que
traería otra vez la confrontación militar y llevaría en esa ocasión a
Japón a ocupar gran parte de China y a Alemania a invadir casi toda Europa
y gran parte de Rusia. Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial del
imperio nazi y del imperio del Sol Naciente, se aceleró el proceso
histórico de emancipación colonial y el mundo político económico se
dividió en dos doctrinas económicas. Por una parte, el mundo capitalista
bajo la hegemonía de EEUU, con una economía de mercado pero en la que los
Estados controlaban los sectores económicos estratégicos, como energía,
comunicaciones y algunas grandes industrias y, por otra parte, aquellos
países denominados de “socialismo real” que basaron su sistema económico
en la propiedad de los medios de producción por el Estado y en la
“desconexión” geopolítica del mundo capitalista, representados
principalmente por la URSS y China,
La crisis de 1973 puso en entredicho estos modelos económicos
mundiales conformados tras la Segunda Guerra Mundial. En el mundo
Occidental a finales de los años setenta se dio un paso adelante en la
globalización económica con la implementación del denominado modelo
neoliberal. Se privatizaron gran parte de los sectores económicos
estatalizados durante el período de la posguerra, se fomentó el libre
comercio y la globalización del sistema financiero en manos privadas. En
China se inició a finales de la década de los setenta el proceso de
“reforma y apertura” que terminaría tras su ingreso en la OMC con el
modelo de “desconexión” económica del mundo capitalista de la época de la
guerra fría. En la URSS, el inmovilismo de las fuerzas contrarias a la
apertura económica supuso un freno al desarrollo de las fuerzas
productivas en el ámbito soviético, lo que contribuyó a crear una
potente economía sumergida de bienes de consumo liderada por nuevas clases
sociales que representaban el desarrollo económico, y que acabarían en
1989 con el burocrático sistema soviético. Será, pues, a partir de 1989,
cuando toma cuerpo verdaderamente la globalización de la economía mundial.
Desde esa fecha el modelo neoliberal, sustentado en el consumo de los
países ricos, hizo crecer velozmente la economía mundial y permitió que
algunos países pobres se beneficiaran de esa expansión, particularmente
China que se convirtió en la fábrica del mundo al inundar el mercado con
productos basados en una mano de obra barata, creciendo durante dos
décadas su PIB en torno al 10% anual.
No obstante, la incidencia que el modelo económico neoliberal
tuvo en la mayoría de los países pobres fue negativa. Muchos países pobres
para impulsar el desarrollo económico habían adquirido préstamos de los
organismos financieros internacionales o directamente de los países ricos
con bajo interés, pero esta situación cambio radicalmente tras la crisis
de 1973. Las características estanflacionarias de esta crisis, creada por
la emisión abusiva de dólares de EEUU durante los años sesenta y setenta
del siglo XX para financiar la guerra de Vietnam, llevó a los países
acreedores a elevar el tipo de interés, encadenando a los países pobres al
incremento continuado del “servicio de la deuda” a pagar a los países
ricos, con la que éstos, amortizaron la inflación derivada de los gastos
sobredimensionados de EEUU.
Los países pobres, endeudados por el pago abusivo de los
intereses de la deuda, recurrieron a la expoliación de las materias primas
destinadas a satisfacer la demanda de la sociedad de consumo de los países
ricos; ello traería consigo un proceso acelerado de explotación de la
tierra en los países pobres acabando, en gran medida, con las economías de
autoconsumo, lo que acompañado de un fuerte crecimiento demográfico
derivó, en estos países, en un rápido éxodo del campo a la ciudad,
produciéndose un desordenado crecimiento urbano que ha provocado grandes
problemas de asentamientos humanos al carecer los mismos de
infraestructuras básicas como agua potable, alcantarillados y redes de
transporte.
Por otra parte, las relaciones económicas entre países pobres y
ricos han venido determinadas por la concentración de la demanda económica
mundial en los países ricos, que en la primera década del siglo XXI con
menos de un tercio de la población mundial acaparaban más de dos tercios
del consumo mundial, con lo cual, los procesos productivos globales se
articulan para esta demanda. La ventaja histórica de dos siglos en la
industrialización les ha permitido a los países ricos obtener el liderazgo
en materia de innovación y productividad técnica en los procesos de
producción, disponiendo de una ventaja comparativa en el intercambio
comercial de productos tecnológicos por materias primas, ventaja que
solamente pueden acortar los países pobres con una productividad económica
basada en salarios bajos, produciéndose un intercambio comercial desigual
favorable a los países industrializados. Esta desfavorable relación
comercial para los países pobres ha hecho, pues, más ricos a los países
ricos, dejando de lado las necesidades más perentorias de la mayoría de la
humanidad.
La concentración histórica de la demanda solvente en los países
desarrollados y su ventaja histórica en la industrialización ha
desembocado en un modelo de crecimiento consumista favorecido en los
últimos años por el modelo de crecimiento neoliberal basada en el consumo
privado, hasta que este modelo ha entrado en crisis en el año 2008
propiciado por las contradicciones propias de la economía sustentada
básicamente en el mercado.
La optimización continua de los productos y de los procesos de
producción permite producir a menor coste y en una economía de libre
mercado para mantener la ventaja de la competitividad también disminuye el
precio del producto en cuestión.
El empresario productor, en cada optimización productiva, tiene
que vender más productos para asegurar los mismos beneficios lo que obliga
a acortar el ciclo de renovación del consumo, pero llega un momento que
ello no es suficiente pues, por ejemplo, si el empresario produce
ordenadores éstos no pueden estar renovándose cada mes para mantener la
tasa de ganancia y se necesita ampliar y diversificar la oferta de bienes
y servicios.
Para ello deberán crearse nuevas necesidades subjetivas a través
de la publicidad orientadas a quienes detentan la demanda efectiva,
de tal manera que se generará la necesidad en el consumidor de pasar, por
ejemplo, de tener un televisor a tener dos, lo mismo pasaría con un
segundo coche, una segunda residencia, nuevas vacaciones, y ello solo es
posible con el crédito.
El sistema financiero privado desempeña un papel fundamental en
este modelo de crecimiento a través de la concesión de créditos al
consumidor.
La banca para mantener su actividad de negocio precisa del
creciente endeudamiento de los consumidores a través del crédito, pero ese
endeudamiento tiene un límite, que viene determinado por la creciente
deuda de los consumidores que limita la capacidad de comprar más bienes y
servicios. El sistema financiero no puede sustraerse a la economía real,
pues el dinero que el financiero presta (tal y como explicó Marx), no es
sino un adelanto de futuro de la parte de la ganancia que el empresario
obtendrá de la venta de sus productos o servicios, de tal manera que el
sistema financiero, se retroalimenta de ese crecimiento futuro, hasta que
llega el momento en que se produce la crisis de sobreproducción, es decir,
la capacidad de producción supera la capacidad del gasto a través del
endeudamiento, lo que repercute en una disminución de la producción,
aumenta el paro y como consecuencia también la morosidad por impagos a la
que tienen que hacer frente los bancos.
Esta dinámica
productiva, consustancial al liberalismo económico, no es nueva, en
realidad es la causante de las crisis más importantes de este modelo de
capitalismo en 1873 y 1929.
Pero tanto la crisis de 1873 como la de 1929, tuvieron una
respuesta proteccionista por parte de las potencias económicas que les
llevó a una expansión en áreas de influencia político económicas y que
propició las dos guerras mundiales.
Esa respuesta a la crisis iniciada en 1873 y que llevaría al
enfrentamiento entre potencias en la Primera Guerra Mundial, llevó al
teórico del socialismo Lenin a considerar que el imperialismo y su disputa
por las áreas de influencia geoeconómicas era la fase superior del
capitalismo, cuestión que la nueva disputa por las áreas de influencia
tras la crisis de 1929 y que dio lugar a la Segunda Guerra Mundial parecía
darle la razón.
Sin embargo, la historia ha demostrado que ese estadio de lucha
interimperialista de desarrollo del capitalismo era solamente una fase
intermedia y que el capitalismo llega a su fase superior de desarrollo
cuando las relaciones de producción se interconectan fuertemente a
escala planetaria, es decir, cuando las relaciones de producción se
vuelven irreversiblemente globales y ya no es posible implementar medidas
proteccionistas territoriales como salida a la crisis.
Solamente a partir de finales del siglo XX, tras el desplome de
la URSS, la incorporación de China a la OMC y la globalización de las
finanzas mundiales se puede decir que el desarrollo de las fuerzas
productivas mundiales articuladas bajo el sistema económico neoliberal
ha llegado al estadio de la economía mundo donde no es posible
retornar al proteccionismo.
En este contexto, la crisis iniciada en el 2008, es una crisis
con características especiales: 1º- porque es una crisis global del
capitalismo en la fase superior de su desarrollo; 2º- porque la crisis se
ha generado en los centros más poderosos de la economía mundial y lo ha
hecho a su vez en el corazón que rige el sistema económico global, el
sistema financiero, y 3º- porque es una crisis para la cual debido a las
profundas interconexiones económicas no caben soluciones parciales
proteccionistas.
La crisis financiera en el mundo occidental como factor detonante
de la crisis mundial representa el fracaso del modelo neoliberal de
crecimiento económico, sustentado básicamente en los sectores sociales con
fuerte poder adquisitivo de los países ricos y estimulado en base a la
especulación crediticia. Está especulación se fundamentó en un mercado de
futuros que se creía ilimitado.
Los créditos hipotecarios se concedían no tanto por la solvencia
personal de los hipotecados, sino porque la supuesta revalorización futura
del inmueble hipotecado compensaría la posible insolvencia del
adjudicatario del crédito. En base a esta especulación financiera los
defensores del neoliberalismo creían que se había encontrado por elevación
del consumismo la fórmula para evitar la crisis de subconsumo pero la
realidad de la crisis vino a demostrar que había un umbral al desarrollo
económico basado fundamentalmente en la demanda solvente de unos cientos
de millones de personas de los países ricos.
6. Encrucijada de intereses en la salida a la crisis económica
mundial
Si la crisis económica mundial iniciada en el 2008 afectara a una
región o sector, tendría un horizonte cíclico dentro del paradigma de
crecimiento económico neoliberal dominante, pero al ser una crisis
financiera global de los países desarrollados y producirse en la fase
superior de desarrollo capitalista mundial, sin que se pueda recurrir a
medidas proteccionistas, su salida no es previsible. La estrategia de los
gobiernos de los países ricos para salir de la crisis se basa en confiar
en que sea la clase financiera privada, la que de nuevo, pasado un tiempo,
reactivará el modelo consumista de los países ricos a través del crédito.
La estrategia de la clase financiera Occidental, de ganar tiempo
para rehacerse de su crisis, además de afectar negativamente a las clases
medias de los países ricos, tiene también una incidencia negativa en los
países en desarrollo que ven mermada su actividad productiva de
exportación al no reactivarse la demanda en los países ricos. Esta
situación está llevando a los países emergentes: Brasil, Rusia, India y
China (BRIC), a actuar con premura y a no esperar la reactivación de los
países ricos, orientándose éstos hacia un cambio de su modelo de
desarrollo económico de producción manufacturera y de exportación de
materias primas hacía los países ricos por otro que complemente el mismo,
con el desarrollo del consumo interno de bienes y servicios y el
fortalecimiento de las relaciones comerciales entre los propios países
emergentes.
Esta estrategia económica de los países ricos basada en confiar
en la clase financiera privada para remontar la recesión seguirá
determinando por un tiempo la marcha de la crisis, pero esta clase social
de financieros se ha convertido en un lastre para el desarrollo de las
fuerzas productivas mundiales, no solo, porque su insolvencia lastra
la salida de la crisis, sino porque el modelo de crecimiento económico
basado en el despilfarro de unos pocos es difícil que pueda reactivarse.
Por ello esta crisis mundial, a diferencia de las anteriores, pone en
entredicho el vigente modelo económico mundial regido por las potencias
económicas del Primer Mundo pues, en los países ricos no existen intereses
económicos (fuerzas objetivas) ni pensamiento político (fuerzas
subjetivas) para reorientar su modelo de crecimiento hacia otro basado en
incorporar al consumo de bienes y servicios a la población del Tercer
Mundo, debiendo ser desde la periferia del sistema económico mundial
(países pobres y emergentes) donde deberá surgir la iniciativa para
liderar un cambio en las relaciones de producción entre países que
favorezca el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales.
De los países emergentes, China es el país que está en mejores
condiciones de remontar la crisis económica en un corto plazo al no tener
apalancamiento financiero, ni intereses creados que puedan frenar la
reactivación económica, sino todo lo contrario, tiene sus finanzas
saneadas y con una gran reserva de recursos financieros siendo el
principal acreedor de EEUU.
China ha conseguido sus reservas gracias al ahorro en dólares de
los ingresos por las ventas de sus productos destinadas a satisfacer, en
los años anteriores a la crisis, los mercados de los países ricos. Por
otra parte, dispone de una potente banca pública que le permite controlar
los procesos especulativos financieros. Y aunque va a sufrir durante un
tiempo indeterminado la crisis y reconversión de su industria exportadora
debido a la caída de la demanda de los países ricos, la estrategia
económica basada en la implementación de la demanda agregada
interna a través de inversiones públicas, es probable, que en un corto
plazo de tiempo, tenga dos efectos positivos. Por una parte, ayudará a
aliviar la caída de las exportaciones por el retraimiento de la demanda
exterior y por otra, le permitirá crear infraestructuras que faciliten la
incorporación de millones de personas a lo bienes y servicios de consumo
privado, de esta forma se creará un nuevo paradigma económico de
fortalecimiento de la demanda interna, favoreciendo con ello una rápida
superación de la recesión económica.
Este ritmo diferente para salir de la crisis, rápida y cierta en
China, y lenta e incierta en los países desarrollados puede contribuir a
que China se convierta en un polo económico articulador de otras economías
emergentes principalmente de Latinoamérica y los países euroasiáticos.
En esa dirección, sería importante para los países emergentes no
solo tener respuestas para su desarrollo interno, sino estar preparados
para liderar propuestas que faciliten una mayor integración económica de
los países en vías de desarrollo, potenciando la inversión en
infraestructuras a través de la creación de bancos públicos regionales
coordinados con los organismos internacionales.
A la crisis económica le falta recorrido en el tiempo para que,
ante la incapacidad de los países del ricos para promover el desarrollo de
las fuerzas productivas mundiales, los países emergentes y sectores
sociales de los países ricos cuestionen la estrategia de la oligarquía
financiera mundial para ganar tiempo e intentar reproducir el modelo
desarrollista y consumista de los países ricos.
La economía global se encuentra en una encrucijada histórica,
como nunca lo estuvo antes y los países emergentes pueden hacer que el
vigente sistema capitalista neoliberal dominante en el mundo pueda
experimentar una profunda transformación que traiga un modelo económico
más humanizado orientado a la satisfacción de las necesidades básicas de
los pobres del mundo, así como su acceso a los bienes de consumo, ello
redundaría en beneficio de la humanidad en general.
7. El desarrollo económico y los límites del crecimiento
Si la ilustración inauguró una nueva civilización en el campo del
pensamiento, las innovaciones técnicas como la máquina de vapor y el motor
de combustión que permitían transformar el calor en trabajo productivo, lo
hizo en el campo de la producción de bienes y servicios.
Hasta el siglo XVIII de nuestra era, las únicas fuentes de
energía susceptibles de ser transformadas en trabajo habían sido, el
esfuerzo, humano, el animal de tiro y carga, los saltos de agua y la
fuerza del viento aplicada a la navegación e industrias rudimentarias.
La posibilidad de transformar mecánicamente el calor en trabajo
productivo demandó nuevas fuentes de energía como la madera y
posteriormente los combustibles fósiles. Transformó paulatinamente las
sociedades rurales al mecanizar los trabajos agrícolas liberándose
ingentes recursos de mano de obra para la industria y los servicios.
Estos profundos cambios
operados durante los siglos XVIII, XIX y XX se entendieron como un
“progreso” en el que no se concebía que el uso masivo de los recursos
naturales pudiera tener unos límites por su impacto en el medio ambiente.
Desde otro enfoque,
solo Malthus plantearía la cuestión al considerar inviable el crecimiento
demográfico ilimitado en un Planeta con recursos limitados.
Durante casi todo el siglo XX los países industrializados tanto
los basados en la economía de mercado como los antiguos países socialistas
del denominado “socialismo real”, basaron su desarrollo económico en el
optimismo del crecimiento ilimitado.
El movimiento descolonizador que tuvo su mayor expansión después
de la Segunda Guerra Mundial puso sobre la mesa las necesidades de los
nuevos países emancipados que se tradujo en la aspiración por alcanzar los
grados de desarrollo de las antiguas metrópolis imperiales.
En la década de los setenta del siglo XX resurgirá el debate de
los límites del crecimiento económico y demográfico a través de
instituciones como el club de Roma.
La conferencia de Estocolmo y los movimientos ecologistas que
comienzan apuntar las catastróficas consecuencias medioambientales y
climáticas que puede tener la externalización de gases de efecto
invernadero como consecuencia de un desarrollo económico sustentado en un
modelo energético de combustibles fósiles.
La conferencia de Río Janeiro en 1992 sobre Medio Ambiente alertó
sobre los límites ambientales del vigente modelo de crecimiento económico,
lo que dio lugar con posterioridad al protocolo de Kyoto para la reducción
de emisiones de gases de efecto invernadero de los países industrializados
para situarlas en el 2012 en los niveles de 1990.
Alcanzado, pues, en el siglo XXI un desarrollo económico mundial
que está afectando al clima de la Tierra la pregunta que cabe hacerse es
¿Si con las cotas de riqueza actuales, patrimonio en dos terceras partes
de un tercio de la población mundial, se disparan las alarmas
medioambientales, es posible alcanzar niveles de desarrollo económico en
todo el mundo equivalentes a los de los países industrializados sin que
tal desarrollo lleve a un desastre medioambiental?
La respuesta a esta pregunta, presenta intereses encontrados,
pues todos quieren evitar el deterioro medioambiental pero nadie quiere
renunciar al crecimiento económico. Los países ricos porque no quieren ni
pueden renunciar al sistema de crecimiento económico basado en la sociedad
de consumo y los países pobres porque no quieren ni pueden renunciar a su
desarrollo económico para poder atender a las necesidades más perentorias
de la población, en materia de alimentación, salud y educación. La
consecuencia política, hasta ahora, no ha estado en buscar soluciones
globales sino en el enrocamiento de cada parte en sus posiciones.
Los políticos de los países ricos intentan justificar ante sus
sociedades que los países pobres deben aceptar con resignación su destino
de miseria, ante la imposibilidad de un crecimiento ilimitado debido a los
efectos medioambientales, mientras que los países pobres acusarán a los
países ricos de nadar en la opulencia y ser los principales responsables
desde la revolución industrial de la concentración de CO2 en la
atmósfera. Pero las acusaciones de unos y otros no pueden evitar que la
contradicción entre el desarrollo económico y los límites del crecimiento
se acentúe por los siguientes factores:
1. El funcionamiento
político económico mundial que basado principalmente en el consumo de los
países ricos y la externalización de costes medioambientales en forma de
gases de efecto invernadero.
2. La imposibilidad de controlar el crecimiento demográfico a
escala mundial, debido a un funcionamiento político, donde cada nación por
sus tradiciones y realidades económicas tiene políticas diferentes al
respecto, o carecen de ellas. Cuando sería necesaria una planificación
demográfica para no sobrepasar un límite de habitantes de la Tierra (que
se podían situar sobre los once mil millones de personas previstos para la
segunda mitad del siglo XXI) tanto por los recursos alimentarios, como por
la cantidad de energía necesaria para promover y mantener el desarrollo
económico de ese volumen de población mundial.
3. La necesidad de los países pobres de atender no solamente a la
alimentación, sino a la generación y consumo energético para poder
propiciar su desarrollo económico. Cuestión que en el vigente sistema
energético mundial lleva inevitablemente a un crecimiento sostenido de la
utilización de combustibles fósiles, pues no existe en el corto y medio
plazo, en el actual paradigma tecnológico, alternativas a la dependencia
energética de los combustibles fósiles y aunque se consiguiera atenuar
esta dependencia por la implementación de otras energías como la de fisión
nuclear o las energías renovables, los países pobres no tienen ni tendrán
a corto plazo posibilidades de acceso ni dinero para pagar esas
tecnologías, por lo que deberán seguir recurriendo al carbón por ser el
combustible más barato, abundante y accesible como fuente principal de
generación eléctrica.
Por ello, va a ser inevitable que las actuales reservas probadas
de combustibles fósiles sean externalizadas en formas de gases de efecto
invernadero a la atmósfera, produciéndose, al ritmo de consumo actual, el
agotamiento de las reservas probadas del petróleo y el gas natural para
mediados del siglo XXI cuando quedarán solamente reservas de carbón.
La externalización a la atmósfera, para esas fechas, de las
reservas de combustibles fósiles principalmente en forma de CO2,
debido a la cantidad y corto espacio de tiempo de su emisión, no va a
poder ser absorbida por los sumideros naturales de la biosfera, por lo que
se producirá una concentración de CO2 en la atmósfera no
reciclable por la fotosíntesis, lo que producirá que el efecto
invernadero, al ser el CO2 un gas de gran longevidad, continúe
por muchas décadas incluso después de haberse agotado las reservas de
combustibles fósiles.
Las consecuencias climáticas pueden ser variadas y todavía
impredecibles, pero en general asumibles por la humanidad hasta la mitad
del presente siglo, pues pueden consistir, en ciclones de fuerza
desconocida, sequías prolongadas en las áreas de los anticiclones
subtropicales, debido al ajuste de las masas térmicas de aire que regulan
la circulación atmosférica, e inundaciones en las zonas templadas por el
rápido deshielo de las Pero la consecuencia más predecible y de mayor
coste para la actual civilización industrial podría venir en la segunda
mitad del siglo XXI, debido a que la externalización de CO2 ya
habrá sido suficiente para que el efecto invernadero haya afectado a la
temperatura glaciar de manera irreversible, es decir, el inicio del
deshielo de las plataformas continentales heladas: Groenlandia y la
Antártida, lo que puede provocar a partir del 2040 el inicio de la subida
del mar hasta finales de siglo entre uno y tres metros, afectando a todos
las asentamientos humanos costeros del planeta donde vive más del 50% de
la población mundial.
Esta contradicción entre límites medioambientales y crecimiento
económico solamente es posible resolverla desde planteamientos a escala
planetaria en los que prevalezcan los intereses del conjunto del género
humano sobre los intereses creados de determinadas clases sociales y
naciones.
8. La Tercera Civilización
La civilización nacida de la Ilustración está agotada. Y esta
agotada porque esta civilización que se articuló fundando y tomando la
nación como espacio político por la ideología liberal y socialista para
traer la libertad y el bienestar, después de dos siglos en los que se ha
avanzado enormemente en logros científicos y tecnológicos, en los que el
desarrollo de las fuerzas productivas ha alcanzado cotas
inimaginables al principio de la revolución industrial, ha sido incapaz de
conseguir las metas humanísticas de redención del género humano.
La Segunda Civilización Mundial está agotada porque después de
doscientos años de dominio de las potencias occidentales, de pensar sin
éxito que la descolonización traería el progreso para los pobres, de
soportar dos guerras mundiales, el riesgo de una conflagración nuclear y
la amenaza cada vez más evidente de una catástrofe medioambiental; la
mayoría de la humanidad percibe el agotamiento de todas las alternativas
políticas experimentadas en estos dos últimos siglos para solucionar los
graves desafíos del siglo XXI, y lo está, porque con la crisis iniciada en
el año 2008, el modelo económico basado en la competencia de las ventajas
de unas naciones sobre otras ha quedado obsoleto para promover el
desarrollo de las fuerzas productivas mundiales, así como para resolver
los graves problemas universales de desigualdad que tienen sumida a la
mayoría de la humanidad en la pobreza, la ignorancia, la discriminación de
la mujer, la mal nutrición, las enfermedades y la guerras locales,
mientras un tercio de la población mundial vive en la opulencia.
Se ha llegado a un punto en que los problemas globales, sino se
cambia el rumbo, pueden afectar a la propia supervivencia del género
humano. Ya no es posible que se salven solo las naciones poderosas,
también sus habitantes están condenados a sufrir las consecuencias
derivadas del estancamiento económico, el crecimiento demográfico y la
catástrofe medioambiental.
Pero una vez más, no serán los poderosos quienes tomen la
iniciativa para promover los cambios que precisa el género humano, la
transformación deberá venir de aquellos países emergentes que marquen la
pauta política para diseñar un mundo nuevo de integración política y
económica y en la medida en que eso suceda, los países ricos deberán
seguir su estela.
Llegará un día en que la humanidad sea gobernada como una gran
nación donde todas las personas sean iguales y tengan los mismos derechos,
obligaciones y libertades, ese será el momento en que se alcance
la
Tercera Civilización universal en la que se fundamentarán los destinos de la humanidad.
La antítesis de esta realidad es la conformación de un mundo unipolar, en
el que muchos sectores sociales y políticos de los países ricos estarían
de acuerdo para hacer prevalecer sus particulares intereses. Un paso
intermedio entre esa antítesis y un gobierno fundamentado en los intereses
de toda la humanidad, es la formación de un mundo multipolar basado en la
colaboración y el equilibrio de intereses entre las grandes naciones, ese
es un mundo por el que apuestan los países emergentes.
Pero este paso intermedio, aunque puede suponer un avance en la
paz y el desarrollo económico mundial, es insuficiente para conseguir
abordar con éxito los problemas de la pobreza y medioambientales que tiene
actualmente planteados la humanidad. Solamente acometiendo una profunda
reforma política y económica mundial donde los destinos de la humanidad
sean gestionados globalmente sería posible hacer de la Tierra un lugar de
libertad y prosperidad para la humanidad, porque se ha llegado a un punto,
en que el mundo se ha convertido en un barco en el que solamente es
posible evitar el naufragio con el empeño y el compromiso de una única
tripulación, el género humano.
Los aspectos fundamentales que debieran regir la conformación de
la gestión universal basada en los ciudadanos del Mundo debieran ser:
1. Reforma de las Naciones Unidas democratizando sus estructuras
en base a la representación poblacional de las naciones. Reforma
necesaria porque la actual estructura de la ONU diseñada como orden
mundial de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial no representa la
opinión de la mayoría de la humanidad.
2. Elaboración de una constitución por la que se debieran regir
los destinos del mundo, en la que se definirían las competencias de la ONU
y la de los gobiernos nacionales. Constitución por la que todos los
ciudadanos del mundo dispondrían de un marco de referencia de derechos y
obligaciones universales.
3. Aprobación de la constitución por sufragio universal de todos
los ciudadanos del Mundo. Procedimiento democrático que daría a la
constitución vigencia universal y uniría a los ciudadanos del mundo en un
marco de referencia legal.
4. Elección democrática del presidente de la ONU y del Gobierno
por los representantes de las Naciones elegidos según población. El
procedimiento de elección por voto de los representantes de las naciones,
permitiría establecer un equilibrio entre el presidente y el gobierno
mundial, con los representantes de las naciones.
5. Declaración universal de los derechos humanos por consenso de
la asamblea de representantes de las naciones, tomando como referencia la
declaración de 1948, donde se debiera hacer especial incidencia en la no
discriminación de la mujer, la abolición del trabajo infantil y de toda
forma de esclavitud. La necesidad de una nueva declaración viene
determinada porque la vigente de 1948, ha sido instrumentalizada por unos
países en contra de otros, por ello sería necesario consensuar la nueva
declaración entre todas las naciones.
6. Abolición de las armas nucleares. Las armas nucleares son
producto de la confrontación imperialista entre la antigua URSS y Estados
Unidos, a la que se han sumado otras naciones como elemento de disuasión
para no ser agredidas. Con la institucionalización de un gobierno mundial,
las armas nucleares, no solamente estarían de más por el peligro que
suponen para la humanidad sino porque su finalidad geomilitar entre
potencias tampoco tendría razón de ser.
7. Creación de fuerzas militares de la ONU. La necesidad de
fuerzas militares de intervención en conflictos entre naciones, es un
instrumento necesario para salvaguardar el que sería el nuevo orden
mundial.
8. Constitución de un Banco Mundial Público con fondos de las
naciones según PIB per cápita de cada nación y constitución de bancos
regionales públicos en coordinación con el Banco Mundial para gestionar
los fondos estructurales destinados a programas de desarrollo, con el
objetivo principal de cumplir los objetivos y metas del milenio. El
modelo económico que la experiencia de los últimos años se ha demostrado
como el más prospero y equitativo, es el que combina la propiedad pública
de los sectores estratégicos de la economía con la propiedad privada del
resto de sectores económicos. Las finanzas son el elemento fundamental que
permite orientar las inversiones para el desarrollo de las fuerzas
productivas en función de los intereses de unas pocas naciones o, por el
contrario, del conjunto de las necesidades de la humanidad por ello, el
grueso del sistema financiero debiera ser público pues permitiría
articular la demanda agregada para la implementación de infraestructuras y
programas de desarrollo.
9. Constitución de una agencia mundial de la energía para
fomentar las energías renovables y acelerar la investigación para la
sustitución del motor de combustión interna con el que funcionan los
grandes trasportes marítimos y terrestres, la maquinaria pesada para la
construcción de infraestructuras y la explotación agraria, así como
dedicar los mayores esfuerzos científico-técnicos para conseguir la
generación de energía mediante la fusión nuclear por ser la fuente de
generación masiva de energía sin costes medioambientales, actualmente en
fase de investigación en el proyecto ITER. Esta agencia debería
garantizar que se atendieran las necesidades energéticas en todas las
regiones del mundo, así como, la implementación de un programa de
sumideros naturales y artificiales de CO2 a escala planetaria.
10. Implementar, según las condiciones de cada país, un programa
de planificación demográfica mundial. El crecimiento demográfico de la
humanidad no puede considerarse ilimitado y dado el número de habitantes
ya alcanzado y las altas tasas de crecimiento existentes, se precisa de
una política de planificación demográfica que lleve a estabilizar la
población mundial sobre los once mil millones de personas. Las diferentes
realidades demográficas de las distintas regiones del mundo hace necesario
que está planificación se realice con características diferentes en cada
una de ellas pero en cualquier caso, sería deseable para finales del siglo
XXI haber estabilizado el crecimiento demográfico mundial.
Estos debieran ser los puntos más importantes para inaugurar una
nueva civilización que podría abrir las puertas a la libertad y el
bienestar de la humanidad en armonía con el medio ambiente.
9. Epílogo
Ya no es viable abordar los graves problemas que enfrenta la
humanidad desde los intereses exclusivistas nacionales, las naciones que
se enroquen en esa política irán perdiendo protagonismo internacional,
mientras que las que apuesten por el desarrollo de los valores de
integración política y económica para superar diferencias y abordar
conjuntamente los problemas globales de todo el género humano, son las que
podrán avanzar hacia un estadio superior supranacional. La convicción y la
sinceridad en esos postulados es lo que posibilitará que la humanidad
reconozca a las naciones líderes que precisa para avanzar en ese camino.
La herencia histórica de enfrentamientos entre naciones e injerencias es
un lastre que solo puede ser superada por las pruebas de confianza entre
naciones. Los sectores sociales que se han beneficiado y se benefician con
la desigualdad ofrecerán resistencia a las políticas de entendimiento
entre naciones y de profundización de la democracia universal. La lucha
democrática de la mayoría de la humanidad, contra los intereses creados de
esas minorías, es lo que puede traer un tiempo nuevo de integración
política y económica mundial, en el que el género humano tiene todo un
mundo por ganar.
La humanidad debe y puede soñar, ahora más que nunca, que los
ideales democráticos universales, la emancipación social de la humanidad,
la aspiración de la unión de las naciones, y los principios de la armonía
entre seres humanos y naturaleza, pueden fundirse ideológicamente en un
abrazo.
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