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Transformaciones y perspectivas en
el uso humano del <espacio Mundo>
Estudio de geografía económica y política que trata sobre las transformaciones
del uso humano del espacio geográfico mundo en sus relaciones
político-económicas desde el siglo XVI hasta el siglo XXI y de las perspectivas
de conformación del mismo.
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PRIMERA PARTE
Año 2005: La
formación del espacio económico mundo (Del siglo XVI al siglo XXI) |
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SEGUNDA PARTE
Año 2007 /
2010: El proceso productivo mundial (siglo XXI) |
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TERCERA PARTE
Año 2007: El
porvenir del Sistema Energético Mundial |
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CUARTA PARTE
Año 2007: Los
probables impactos climáticos, derivado de las emisiones de CO2 |
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QUINTA PARTE
Año 2009: La
Tercera Civilización |
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Quinta parte
TÍTULO
La Tercera Civilización Mundial
Llegará un día que la humanidad sea gobernada como una gran nación de
naciones donde todas las personas sean iguales y tengan los mismos derechos
Autor:
Javier Colomo Ugarte
Año 2009
TEMARIO
*. Prólogo
1. De la primera a la segunda Civilización
2. Auge y decadencia de las ideologías universales
3. El final de los imperialismos
4. Hacia un nuevo paradigma emancipador universal
5. La crisis del modelo económico mundial vigente a comienzos del
siglo XXI
6. Encrucijada de intereses en la salida a la crisis económica
mundial
7. El desarrollo económico y los límites del crecimiento
8. La Tercera Civilización
9. Epílogo
Prólogo
Las civilizaciones a lo largo de la historia han estado circunscritas a países o
regiones, si bien, la humanidad globalmente se ha desenvuelto en dos grandes
civilizaciones: la del Antiguo Régimen regida por Reyes y emperadores hasta el
periodo de la Ilustración en el siglo XVIII y el inicio de la revolución
industrial, donde se alumbrará una segunda civilización mundial regida por el
Estado Nación de soberanía popular, y la implementación de los combustibles
fósiles a gran escala como forma de transformar la energía en trabajo
productivo. Civilización de la cual formamos parte.
La Tercera Civilización Mundial es un ensayo político - histórico en el que se
vierten ideas y conceptos de lo que ha sido el periplo de la humanidad en los
últimos trescientos años, en el cual se ha ido conformando, en la memoria
colectiva, un legado histórico universal de avances y fracasos que nos ha
situado a principios del siglo XXI en una situación mundial donde se precisa
rearticular un mensaje de esperanza para el conjunto de la humanidad. Un mensaje
cuya praxis debiera inaugurar una nueva o Tercera Civilización Mundial para
abordar globalmente los graves desequilibrios socioeconómicos, así como, detener
los perversos efectos medioambientales que el vigente modelo de desarrollo
económico y energético está produciendo.
Periodos históricos de las civilizaciones globales
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PRIMERA CIVILIZACIÓN MUNDIAL
De Antiguo Régimen regida por Reyes y Emperadores:
EDAD ANTIGUA
Inicios datos arqueológicos y escritos hasta: La caída del
imperio Romano (476)
EDAD MEDIA
Final del Imperio Romano hasta: La caída de Constantinopla
(1453)
EDAD MODERNA
Renacimiento al final del siglo XV hasta: La Revolución
Francesa (1789) |
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SEGUNDA CIVILIZACIÓN MUNDIAL
De Estados Nación de soberanía popular, y revolución
industrial basada en los combustibles fósiles:
EDAD CONTEMPORÁNEA
Desde la Revolución francesa hasta: Nuestros días |
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TERCERA CIVILIZACIÓN MUNDIAL
FINAL SIGLO XXI
En la que se logre la superación de los desequilibrios
socioeconómicos mundiales y de los graves efectos medioambientales que el
vigente modelo de desarrollo económico y energético está produciendo.
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*
COMENTARIO
Nunca en la historia, el Mundo estuvo tan interconectado en las relaciones
económicas y políticas como en la actualidad, sin embargo, los inicios del
presente siglo XXI, es uno de esos momentos en la historia contemporánea cuando
más se carece de un pensamiento universal transformador cuyo sujeto principal
sea el género humano y sus fines sean alcanzar la redención de las plagas que le
azotan: hambre, miseria, guerras, analfabetismo, discriminación de la mujer,
falta de atención sanitaria y degradación medioambiental.
El discurso del ensayo discurre en un nivel donde se da por supuesto que el
lector ya conoce muchas de las situaciones históricas, conceptos sociales,
económicos y políticos. En su formato el ensayo es pretendidamente corto, para
facilitar la lectura de quien se asoma a sus páginas.
1. De la primera a la segunda Civilización
Con la ilustración en el siglo XVIII, comenzó una corriente de pensamiento en la
que el “ser humano” se constituyó en el “centro de todas las cosas”, por él
debían regirse las normas sociales, expresadas en los derechos inalienables de
las personas. Al fin, tras siglos de oscurantismo, el siglo de las luces
alumbraba un ideal para la humanidad por el cual la Tierra podía dejar de ser un
“Valle de Lágrimas” donde, en base a las leyes divinas, le había sido negado al
ser humano su capacidad de transformar la realidad social en su propio
beneficio.
Había llegado para la humanidad el momento de su periplo histórico, en el que
como género, podía aspirar a lograr la felicidad social en la Tierra porque el
hombre era perfectible y por lo mismo susceptible de alcanzar la felicidad en un
paraíso terrenal y no celestial. De lo que para los ilustrados significó ese
gran acto de fe vivificante dio cuenta Saint-Just (1767-1794), el joven
revolucionario francés quien ante la Convención (1793) afirmó, con una gran
simplicidad, lo que fuera el credo de toda una época: "la felicidad social"
-dijo- es una idea nueva. Una idea que ya había sido recogida en la declaración
de independencia de los Estados Unidos de América del 4 de julio de 1776 y que
tuvo su concreción en el artículo 1 de la Declaración de los derechos del Hombre
y del Ciudadano (24 junio 1793, Año I del gobierno jacobino) por el que se
establece: El objetivo de la sociedad es la felicidad común”.
En esta nueva era que se iniciaba de la mano de un nuevo pensamiento político,
el destino de la humanidad ya no pertenecía a los designios divinos y de sus
representantes en la Tierra, la soberanía de los pueblos podía dejar de ser
“Patrimonio de los Reyes” y los Reyes, hasta entonces omnipresentes en la
historia de la humanidad, comenzaron a ser cuestionados.
Era el principio del final de la Primera Civilización que había regido los
destinos de la humanidad durante milenios.
El siglo XVIII, o siglo de las luces inauguró, pues, una Segunda Civilización y
lo era, porque rompía con el paradigma del pensamiento universal, de que la
estructura de la sociedad, sustentada en “incuestionables” leyes divinas y
sociales, era inmutable y lo era también, porque el nuevo pensamiento
proporcionaba al género humano la capacidad de transformar la realidad social,
para bien y para mal pero, basándose en su instinto de conservación y en su
humanidad, debía y podía aspirar a construir un mundo donde la satisfacción de
las necesidades básicas, la justicia social y la libertad de pensamiento
abarcaran a todo el género humano sin exclusión.
La Revolución Francesa de 1789 fue el primer gran revulsivo de la historia de la
humanidad, el primer paso práctico por el que se iniciaba el camino de la
transformación política basada en los derechos de ser humano.
La teoría social formulada por ilustrados como Rousseau, Montesquieu y Voltaire,
abrió un nuevo camino a las clases sociales subordinadas a los poderes
absolutistas.
Esas clases sociales no solamente podían rebelarse contra dichos poderes, como
ya había ocurrido otras veces en la historia, pero que siempre habían quedado en
simples revueltas ante la falta de un discurso alternativo al de Dios y sus
representantes en la tierra sino que desde ese momento, existía un camino
diferente para organizar la sociedad, era posible creer en la igualdad en la
libertad y la fraternidad de todos los seres humanos. Las rebeliones contra los
poderes entonces establecidos, dejaron de ser revueltas y pasaron a ser
revoluciones.
El mundo comenzó a cambiar de base y los que hasta entonces “nada” eran, podían
aspirar a un mañana en el que todo podía ser.
Pero esa aspiración que en el pensamiento parecía irrefutable, en la práctica,
se encontró con serios obstáculos fundamentados en los intereses creados de
clases sociales y sectores de pensamiento del Antiguo Régimen, que veían que el
camino hacía ese fin en beneficio del género humano, contradecía sus intereses
particulares y por ello, se opusieron al mismo.
De esta manera el avance hacia tal objetivo emancipador universal solo podía
lograrse mediante la lucha de quienes tenían todo por ganar, contra los que
tenían todo por perder en esa lucha, en la que estos últimos defenderían con
todos los medios a su alcance: su poder económico y político.
2. Auge y decadencia de las ideologías universales
El pensamiento liberal, auspiciado por las nuevas clases emergentes burguesas
que detentaban el poder de los medios de producción acrecentado por la expansión
de la revolución industrial, fue el que barrió políticamente al Antiguo Régimen.
Con las desamortizaciones, las propiedades de los nobles y de la iglesia pasaron
a regirse por las leyes del mercado y la propiedad privada se convirtió en el
nuevo paradigma del desarrollo de las fuerzas productivas. La libertad
individual, el triunfo del más fuerte sobre el más débil era la nueva norma de
convivencia. La “nación” sustituía al “reino” como marco político para el
desarrollo económico.
Pero la mayoría de la población que había creído en el mensaje de la libertad,
la igualdad y la fraternidad universal, vieron como ese mensaje, de nuevo,
solamente beneficiaba a unos pocos. Y en oposición al pensamiento liberal, el
socialismo prendió entre amplios sectores desfavorecidos de obreros y campesinos
como ideal universal emancipador enfrentando al nuevo poder del capitalismo
pensado y estructurado para perpetuar el interés particular de determinadas
clases sociales y naciones por encima del interés general de la humanidad.
La “nación” surgida al calor de ilustración como soberanía de los pueblos en
contra del concepto de soberanía del Antiguo Régimen basada en reyes, parecía el
marco adecuado para avanzar en el camino hacia la redención socialista universal
del género humano, en el que cada nación protagonizaría su propio cambio a
través de la desconexión geopolítica del capitalismo mundial y la suma de estas
naciones socialistas llevaría al final del capitalismo, es decir, al final de la
prevalencia de los intereses de una “minoría” sobre los universales del género
humano.
La conquista revolucionaria del Estado nacional era pues la condición
imprescindible. La trágica experiencia de la Comuna de París de 1871, llevó a
fundamentar a los teóricos del cambio del capitalismo al socialismo en el
principio de que la voluntad popular no garantizaba el cambio pacífico del
sistema económico capitalista al socialista, ni siquiera garantizaba las
reformas del propio capitalismo si éstas iban en contra de los intereses de las
clases sociales que detentaban el poder económico, pues, esas clases, utilizaban
todo su poder militar para acabar con los cambios económicos y políticos.
De ese concepto surgió la teoría de que el poder de transformación de la
sociedad no nace de las urnas sino de la punta del fusil y que una vez tomado el
poder, éste, debe mantenerse también a través de la represión de las clases
sociales expulsadas del poder (Teoría que llevaría al movimiento
internacionalista a dividirse entre la II internacional de socialismo
democrático y la III internacional comunista de dictadura del proletariado).
La revolución bolchevique de 1917, guiada por ese pensamiento y formulada como
teoría científica por Lenin en su obra “El Estado y la Revolución” supuso para
millones de personas una luz, un primer paso en el avance hacia el ideal
emancipador del género humano.
Desde el inicio del siglo XIX, el capitalismo de las metrópolis europeas
fortalecido en las revoluciones liberales nacionales se expandió militarmente a
todo el mundo, justificando con el pensamiento de la exportación de los valores
de la civilización de la Ilustración a los pueblos atrasados del mundo, lo que
era imperialismo colonial y expolio económico.
Pero esta expansión de raíz económica y política, llevaba a profundas
diferencias de intereses de dominio territorial geopolítico entre las propias
potencias, de tal manera que, el poder capitalista se reforzó militarmente, no
solo para frenar posibles cambios sociales en la propia metrópolis sino para
expandir sus áreas de influencia geopolítica.
La crisis económica de 1873 y la larga depresión que le sucedió, traería el
final del entendimiento pacífico entre las potencias occidentales en el comercio
y se instauró un modelo económico mundial basado en el proteccionismo de las
áreas de influencia colonial exclusivas de las potencias occidentales,
principalmente de Gran Bretaña y Francia.
Alemania formada tardíamente como nación en el Segundo Reich en 1871, también
conocido como Imperio Alemán, con la proclamación de Guillermo I como emperador,
carecía de áreas de influencia exclusiva coloniales y, por ello, su poder
mundial era escaso, y comenzó a acariciar la idea napoleónica de: “quien
controla el centro del Sistema Global, controla la Periferia global formada por
las colonias”, y se fue preparando para la guerra contra los imperios con mayor
dominio de territorios y recursos mundiales: Gran Bretaña; Francia y Rusia.
La carrera armamentística denominada como “paz armada” culminó en 1914 en una
confrontación sin precedentes: La Primera Guerra Mundial.
Tras esta guerra, con la derrota de Alemania el mundo cambio radicalmente. El
nuevo estatus internacional consolidó en el Tratado de Versalles (1919) el
predominio Británico y Francés frente a Alemania. A ese predominio se añadió una
nueva potencia con valores opuestos al capitalismo: la URSS.
La depresión de los años treinta iniciada tras la crisis económica de 1929, puso
fin al sistema económico liberal restaurado al final de la Primera Guerra
Mundial y volvió a instaurarse un régimen proteccionista basado en las áreas de
influencia exclusiva de cada potencia imperial.
En Alemania, con el triunfo electoral del partido Nacional Socialista (NAZI) se
puso fin a la República de Weimar (1918-1933) conformando un nuevo Estado bajo
el poder del Partido NAZI.
El partido Nacional Socialista Alemán tenía dos objetivos: 1. resarcirse de la
humillación del Tratado de Versalles, en el que se sustentaba su componente
Nacionalista y 2. Poner fin al sistema liberal, dando el peso fundamental de la
economía al Estado, que daba forma su componente Socialista, pero sobre todo, de
nuevo, el partido NAZI comenzó a pretender el control del Centro del Sistema
global para dominar el mundo, preparándose para la guerra contra Gran Bretaña;
Francia y Rusia.
Alemania, y sus aliados Italia y Japón se convirtieron en las potencias
emergentes y trataron de imponer un nuevo orden mundial en el que no habría
lugar ni para las democracias sustentadas en los valores individuales de la
Ilustración, ni para los regímenes socialistas.
La guerra contra ambos sistemas políticos llevó a Alemania a invadir Europa
hacia el Oeste y hacia el Este y a Japón a invadir China, dando lugar a la
Segunda Guerra Mundial, que fue la guerra más grande y devastadora que jamás
conoció el género humano.
La crisis económica de 1929 tuvo la característica de dar un fuerte impulso al
sesgo internacionalista de todas las ideologías emergentes. Por un lado, la
revolución bolchevique empeñada en subvertir el orden capitalista mundial, por
otro, las potencias fascista del Eje (Alemania, Italia y Japón) que aspiraban a
instaurar sus sistemas no únicamente en su naciones de origen, sino en el mundo
entero.
En ese contexto, las democracias sustentadas en los valores liberales de la
Ilustración entendieron que debían hacer lo mismo, siendo Estados Unidos quien
lideraría esta corriente de pensamiento.
La diferencia cualitativa entre la Primera Gran Guerra y la Segunda fue, pues,
que las partes confrontadas no lo hicieron solamente por ambiciones
territoriales sino porque pretendían implantar un sistema político económico e
ideológico a escala planetaria.
En 1945, Alemania, Italia y Japón fueron derrotados por las fuerzas soviéticas
en alianza con EEUU y Gran Bretaña.
En Núremberg, liberales y bolcheviques juzgaron a los vencidos por la
responsabilidad individual en las atrocidades cometidas y a los regímenes nazi y
fascista los sepultaron en el basurero de la historia como los sistemas más
odiosos jamás conocidos.
Mas las diferencias entre la corriente bolchevique y la liberal tapadas por la
alianza frente al nazismo, no tardaría en destaparse, la victoria comunista en
China el país más poblado de la Tierra, puso en guardia al triunfador de la
corriente liberal, EEUU.
La primera gran confrontación tendría lugar en la guerra de Corea, que terminó
en 1953 dividiendo a ese país en dos, en el paralelo 38, eso y la incorporación
de las armas atómicas a los arsenales de EEUU y la URSS, estableció un empate
mundial que dejó al mundo dividido en dos corrientes de pensamiento y zonas
geopolíticas que tenían el afán de cambiar el mundo, exportando, desde la URSS,
el sistema bolchevique y, desde Estados Unidos, la democracia liberal.
Pero a pesar de ese empate que dio lugar a una larga guerra fría, donde se
evitaba el cuerpo a cuerpo, sobre todo por el miedo a desatar una guerra
nuclear, el Primer Mundo el Occidental liberal, industrial y capitalista
liderado por EEUU, y el Segundo Mundo el de la URSS, industrial y socialista
liderado por Rusia, tuvieron un terreno donde llevar sus aspiraciones
expansionistas, un mundo sin industrializar, habitado por la mayoría de la
población mundial, un mundo de pobreza y subordinación a las antiguas metrópolis
imperiales europeas: el Tercer Mundo.
Las viejas potencias coloniales europeas, relegadas ya como imperios por Estados
Unidos, no tuvieron el apoyo de esta nueva potencia para mantener su poder
colonial, y menos interés tenía aun el otro ganador de la Segunda Guerra
Mundial, la URSS.
Por otra parte, el combate de estas dos potencias en el Tercer Mundo estaba más
en ganarse aliados que en buscar una presencia militar directa, pues ello, les
hubiera enfrentado a los sectores sociales más activos de las viejas colonias
con afán de gobernarlas como naciones libres.
De tal manera, después de la Segunda Guerra Mundial, tras el vacío de poder que
dejaron los antiguos imperios europeos en sus colonias, los movimientos de
liberación colonial se desarrollaron con inusitado vigor, rompieron las cadenas
que los unían a sus antiguas metrópolis imperiales y dieron lugar en la segunda
mitad del siglo XX a la mayoría de naciones que constituyen el mosaico
internacional del Tercer Mundo en Asia, África y Oceanía.
La emancipación colonial, según la potencia aliada en el proceso de
descolonización, bien Estados Unidos o la URSS, ampliaba su área de influencia
geopolítica respectiva. La confrontación entre ambas potencias por dominar el
proceso descolonizador tuvo su máxima expresión en la guerra de Vietnam.
La URSS ayudando a los comunistas del Viet-Cong y Estados Unidos con una
intervención militar directa. Estados Unidos poseedor hasta entonces de la
maquinaria de guerra más poderosa de la historia, fue derrotado por un ejército
de campesinos.
Las imágenes de la precipitada y bochornosa retirada de sus últimos efectivos de
Saigón en 1975 fueron grabadas y vistas en todos los medios informativos del
mundo y dejaron un recuerdo imborrable para la historia de que el poderío basado
solamente en la fuerza de las armas, sino está apoyado por amplios sectores
sociales, está destinado al fracaso.
Una lección que no aprendió, la URSS reconvertida a Imperio Soviético desde que
el PCUS tras su XX Congreso con Nikita Jrushchov como líder decidió convertir a
Moscú en una nueva metrópolis global, y que años más tarde tuvo que
experimentarla en la ocupación a Afganistán y en su posterior expulsión de ese
país por los señores de la guerra.
Ambas derrotas anunciaron un tiempo, consustancial para todos los imperios
habidos, y que habían experimentado previamente una secuencia de tres fases:
inicio, auge y decadencia.
1. los inicios se corresponden con una expansión militar relativamente rápida
donde se incorporan amplios territorios;
2. el período de auge se corresponde con el mantenimiento del estatus quo
territorial basado principalmente en lo que puede denominarse el poder blando,
es decir, la cultura, la ideología o religión y el desarrollo de
infraestructuras;
3. el período de decadencia se produce a partir de que se precisa de nuevo del
poderío militar, pero no para su expansión sino para su mantenimiento, en esta
última fase todos los imperios han sucumbido.
Las dirigencias militares tanto soviéticas como norteamericanas, no percibieron
que se encontraban en esa tercera fase militar de su declive, lección ya
aprendida en otras guerras por el imperio colonial francés en Indochina y
Argelia, o por el británico en Oriente Medio y África Oriental.
Por otra parte, las ideologías en las que se justificaban la ampliación de la
influencia soviética o de EEUU dejaron de ser universales y comenzaron a
prevalecer los intereses de las metrópolis imperiales sobre las propias
ideologías.
En el caso de la URSS desde el XX Congreso del PCUS con la ocupación de los
países del Este europeo incorporados al área soviética después de la Segunda
Guerra Mundial, donde se impuso por la fuerza la planificación de sus economías
en función de los dictados de Moscú en modelos económicos “socialistas” que
tenían el rechazo de amplias capas de la población, como lo acreditó la apertura
de la “primavera de Praga” en 1968 y su posterior aplastamiento ese mismo año
por los tanques del Pacto de Varsovia.
En el caso de EEUU, con el apoyo a los cruentos golpes de Estado en América
Latina para mantener su influencia geopolítica, como fueron, entre otros, los
golpes de Estado en Chile y Argentina, con el fin de frenar los cambios
democráticos liderados por gobiernos que querían implementar reformas sociales
en favor de la mayoría de la población, limitando para ello el poder de las
oligarquías dominantes, y también, con el apoyo a dictaduras sanguinarias como
la de los Somoza en Nicaragua, política que contradecía abiertamente su mensaje
universal de exportación de la democracia.
En el mundo occidental, el pensamiento universal, en el caso del “socialismo”
instrumentalizado por el Imperio soviético y de la “democracia” por el
imperialismo de EEUU, comenzaron a ser cuestionados por la hipocresía en la que
se sustentaban y tuvo su máxima expresión en la denominada “revolución de Mayo
de 1968”, la cual se puede considerar una rebelión contra la falacia entre la
teoría y la práctica de los discursos universales.
Dentro de este movimiento de protesta, en unos casos, se intentó articular
discursos alternativos, en otros, revisar los viejos pero ninguno tuvo el eco
necesario como para recomponer o formular un nuevo discurso universal capaz de
motivar a la sociedades en las diferentes partes del mundo y éstas, y cada una
de ellas, se atrincheraron en las políticas nacionales.
En América Latina, los golpes de Estado contra los gobiernos reformistas salidos
de las urnas, revivieron en la oposición de izquierdas, el principio de que el
único poder político para llevar adelante las reformas sociales estaba en la
“punta del fusil” y un movimiento guerrillero se extendió por varios países del
continente.
En los países que en el tercer cuarto del siglo XX habían salido del dominio
colonial y habían accedido a la independencia, los gobiernos iniciaron el camino
para hacer valer ante sus sociedades el principio de que la consecución de la
independencia política debía servir no solo para restablecer la dignidad
nacional, sino también para hacer avanzar económicamente a las sociedades
respectivas. Pero la crisis económica de 1973 que se prolongaría durante más de
una década, tiraría por tierra esas expectativas. Los países pobres que se
habían endeudado para modernizar sus economías, debido a las características
estanflacionarias de la crisis incrementaron los intereses de las deudas
contraídas y éstas paralizaron el desarrollo económico de la mayoría de los
países del Tercer Mundo y los gobiernos de esos países tuvieron que recurrir a
la represión para mantenerse en el Poder.
El siglo XX, que había comenzado su andadura pensando en una revolución
socialista universal, que había proclamado, a mediados de siglo ante el
fascismo, la vigencia universal de la democracia, en la recta final del siglo XX
fenecían esos valores ante los intereses creados por las elites dominantes en
casi todos los países del mundo.
El sueño universal de libertad, igualdad y fraternidad se desplomaba. Aquellos
que habían levantado la bandera de la democracia apoyaban las dictaduras.
Y quienes habían levantado la bandera roja del socialismo habían convertido a
Moscú en una nueva metrópolis imperial global de un área de influencia de
naciones tuteladas.
En los años ochenta del siglo XX las ideologías universalistas estaban agotadas.
La riqueza del Tercer Mundo redundaba en las sociedades de los países ricos, por
la transferencia de la deuda de los países pobres a los ricos y por el
intercambio desigual de mercancías, por ello, la mayoría social de los países
ricos no precisaba ningún discurso universal redentor y podían mirar para otro
lado cuando sus gobiernos democráticos apoyaban a siniestras dictaduras en el
Tercer Mundo.
En la URSS, el régimen perdía apoyo popular ante el atraso económico en bienes
de consumo respecto de Occidente.
Existía, pues, un agotamiento ideológico mundial. Lo que sostenía a Occidente
era su alto estatus económico, pero en la URSS la economía se había articulado
no en base al desarrollo de las fuerzas productivas en interés de la sociedad
sino en base a la paranoia de la defensa militar. El abandono de las necesidades
de la sociedad como eje central del desarrollo económico generó una economía
sumergida que era la que regía la demanda interna, y una nueva clase social
surgida de las camarillas de burócratas bien situados en el aparato del Estado
eran sus beneficiarios.
Eso llevó a que esa misma clase de funcionarios aspirara a un Estado político en
el que sus intereses fueran legales. Y paradójicamente, la patria donde se había
levantado un sistema social inspirado en el marxismo, veía como se cumplía uno
de los principios con los que Marx había fundamentado sus tesis de los cambios
históricos: “la contradicción que en un momento histórico determinado se
produce entre la necesidad social del desarrollo de las fuerzas productivas y
las relaciones de producción obsoletas existentes para propiciar ese desarrollo”,
contradicción que había dado el triunfo a la burguesía frente al Antiguo Régimen
en el siglo XIX y que daba ahora el triunfo a la nueva burguesía rusa frente al
anquilosado régimen soviético.
Todo se juntó, y en 1989 explotó el sistema soviético, afortunadamente de manera
incruenta, los países del Este Europeo se independizaron de la tutela odiosa de
Rusia y este país entró en la última década del siglo en un proceso de
disgregación social y política.
“A China solo le puede salvar el socialismo” era el eslogan del Partido
Comunista de China (PCCh) en su lucha contra la ocupación japonesa y en la
posterior guerra civil librada contra las fuerzas del Koumitang, frase que se
hizo realidad cuando Mao Zedong proclamó en 1949 en Pekín la fundación de la
República Popular de China, con la frase, ¡China se ha puesto en pie!
“Solo China puede salvar el socialismo” fue el eslogan al que se
aferraron los dirigentes del PCCh ante el retroceso mundial del denominado
“socialismo real” iniciado con la caída del “muro de Berlín” en 1989.
Entre ambas fechas que coinciden con el período de la Guerra Fría, China vivió
aislada del mundo, no era algo nuevo, pues, hasta la ocupación semicolonial
británica y la posterior ocupación japonesa, China el país más populoso y
avanzado hasta el siglo XVII de nuestra era, en el siglo XIX, alejada de la
Revolución Industrial que emponderó a las potencias occidentales inició una
nueva andadura tras la proclamación de la nueva República Popular en 1949.
La construcción del socialismo a escala planetaria fundamentaba en la progresiva
desconexión económica de los países revolucionaros del sistema capitalista, la
tradición histórica de autosuficiencia de China encajaba bien en ese modelo.
Sin embargo, tras el XX del PCUS las pretensiones de Moscú de convertir a Moscú
en una metrópolis imperial y tutelar a China, los dirigentes chinos comenzaron a
distanciarse de su antiguo aliado, resumido en la frase: "No echamos al tigre
por la puerta (refiriéndose a Japón) para dejar entrar a león (refiriéndose a
Moscú) por la ventana".
Finalizada la Revolución cultural (1966-1976), el proceso de reforma y apertura
iniciado por Deng Xiaoping en 1979, puso fin al modelo autárquico de la
Revolución Cultural y pasó a una fase de desarrollo impulsada por la política
económica de "economía socialista y de mercado", socialista para los campesinos
y socialista y capitalista en las zonas industriales específicas de la costa
oriental de China para el desarrollo económico abriéndose a las inversiones
industriales de las empresas occidentales que convirtieron a China en la
“fabrica del Mundo; por otra parte, la política de un "país con dos sistemas”
permitió la incorporación de Macao y Hong Kong a la soberanía China respetando
sus modelos políticos y administrativos. China comenzó a crecer económicamente
como ningún país lo había hecho nunca desde la revolución industrial y cientos
de millones de personas comenzaron a salir del atraso y la miseria.
Tras la desaparición de la URSS el PCCh sorteo la crisis ideológica
desarrollando el aspecto nacionalista de su ideario, y en política exterior tras
la deriva imperial que había tenido el PCUS instrumentalizando para ello los
valores socialistas y la desconexión de las naciones del sistema económico
mundial bajo EEUU, comprendió que la política de la desconexión no
era el mejor método para avanzar en el objetivo comunista de la redención del
género humano, abogando porque cada nación sin injerencias externas debía ser la
que determinase su camino de desarrollo y prosperidad.
La última década del siglo XX supuso el final de las ideologías universales tal
y como las concibieron en su praxis los teóricos liberales y socialistas del
siglo XIX, “la práctica, único criterio científico e histórico de verdad”
proclamado por Marx, así lo atestiguaba. Al mismo tiempo, en muchos de los
países del Tercer Mundo, sus habitantes veían como las ideologías políticas
universalistas en las que se habían apoyado los dirigentes de los movimientos
independentistas, una vez éstos en el gobierno, no habían sido capaces, en su
recorrido histórico desde la independencia hasta el final del siglo XX, de
propiciar un desarrollo económico de las economías nacionales favorable a la
mayoría de la población.
El término de “países en vías de desarrollo” utilizado para definir a los países
pobres, se desveló como un eufemismo sin contenido real, y nadie sabía cuanto
tiempo era necesario para culminar el desarrollo prometido.
Las economías de esos países seguían sustentándose básicamente en ser
suministradores de materias primas de los países ricos, y el declive de las
economías agrarias de autoconsumo para rentabilizar los espacios agrarios a su
vez expulsaban a millones de campesinos a la periferia de las ciudades
conformando grandes aglomeraciones en asentamientos humanos carentes de las
infraestructuras básicas como alcantarillados, luz y agua potable; hábitats
donde la subsistencia se aseguraba a través del desarrollo de un sector
económico informal desligado de las actividades productivas.
Al final del siglo XX, los pobres del planeta quedaron, pues, huérfanos de la
teoría científica transformadora y revolucionaria por la cual todo el género
humano debía beneficiarse por igual de los avances técnicos, científicos,
sanitarios y educativos, así como de los recursos energéticos y alimentarios.
Y, tal vez por ello, en esa década del final del siglo XX, cuando la esperanza
transformadora universal se ha agotado, es cuando se comienzan a gestar los
grandes movimientos migratorios de los países pobres a los países ricos. Las
fronteras de las naciones que constituían el mosaico de los países pobres, y por
las que arduamente se había luchado por su independencia y por el desarrollo
económico, eran percibidas por gran parte de sus habitantes como prisiones de
miseria y éstos, comenzaron a asaltar la fortaleza de los países ricos,
arriesgando en ello su vida, cruzando desiertos a pie, océanos en barcazas de
pesca. Los que conseguían atravesar sus murallas, veían que la tierra prometida
no era tal y caían en redes de explotación de jornadas intensas de trabajo por
escasos salarios, pero esta explotación era considerada, por muchos, como un mal
menor ante la desesperanza de pensar, que en su país de origen, nunca tendrían
un porvenir mejor.
3. El final de los imperialismos coloniales
Agotadas, pues, tanto política como ideológicamente las fuerzas que pretendieron
ser transformadoras de la historia, los países ricos, podían proyectar sin
resistencia su acción dominadora al resto del mundo. El “pensamiento de la
desigualdad universal”, vencedor en los países ricos, se edulcoraba con un
ropaje en el que parecía justo que los triunfadores se beneficiaran de su buen
hacer, mientras que, los pobres del mundo recogían los frutos de su
incompetencia. Por otra parte, EEUU sin oponente militar, por defunción del
adversario (antigua URSS), podía proclamar que la batalla estaba ganada. Era el
momento de lanzarse a regir los destinos del Mundo desde la nación que se había
constituido en el Centro del sistema político y económico mundial: Estados
Unidos.
Con el comienzo del siglo XXI entró en el gobierno de EEUU el partido
republicano con George W. Bush como presidente. Los nuevos estrategas de la Casa
Blanca aspiraban a instaurar un nuevo orden mundial basado en el liderazgo
inequívoco de EEUU ante el "desorden" en el que había quedado el mundo al
finalizar la Guerra Fría. Tras el atentado terrorista contra las torres gemelas
de Nueva York el 11S del 2001, todo se desarrolló como si de un guión escrito se
tratara.
El gobierno de Estados Unidos diseñó un Plan mundial por el que se magnificaba
la amenaza terrorista, con ello, se tenía el pretexto para recortar libertades y
formular la política del ataque preventivo, “atacar para evitar se atacado”.
El primer objetivo fue Afganistán uno de los bastiones del fundamentalismo
islámico.
Se derrocó al gobierno de los talibanes, al mundo le pareció bien y el nuevo
gobierno de ese país tuvo la bendición de la ONU.
Eso animó a los estrategas de EEUU a seguir adelante en su política de instaurar
un mundo unipolar bajo la égida de Estados Unidos, para ello, existían dos
organizaciones de relevancia mundial que debían ser relegadas, la más
importante: la ONU, surgida tras la Segunda Guerra Mundial como equilibrio de
potencias que ya no existían y la segunda en importancia: la OPEP, cártel
petrolero que EEUU no controlaba y, por lo tanto, no podía decidir sobre los
volúmenes de extracción y como consecuencia sobre el precio del crudo. La
invasión de Irak montada sobre la mentira de que el régimen iraquí tenía armas
de destrucción masiva para su uso contra EEUU o sus aliados, servía al propósito
de la guerra preventiva, así como para crear una alianza de países que
funcionarían dejando de lado a la ONU y bajo la dirección de Estados Unidos.
El éxito de esa guerra garantizaba el éxito de esa nueva alianza de naciones, y
también, la ruptura del monopolio de la OPEP, pues la nueva alianza tendría a su
disposición una parte importante de las reservas mundiales de petróleo.
La invasión fue todo un éxito, mas cuando parecía inevitable que este plan
funcionara, comenzó poco a poco a desmoronarse. Francia y Alemania, encasilladas
por la administración de EEUU como países de la vieja Europa que pertenecían ya
a un orden mundial pasado, se resistieron a aceptar de buen grado la nueva
política de hechos consumados de EEUU, la mayoría de los países musulmanes
también veían con recelo que Occidente incrementase su poder en la zona, pero
por encima de estas objeciones a la invasión, lo que hizo inviable la misma, fue
la constatación como una verdad histórica inconmovible: “que la época
histórica de los Imperios coloniales con presencia militar y administración del
invasor en territorio ocupado había pasado”.
Las guerras de independencia contra los últimos imperios coloniales francés y
británico estaban aun calientes en la memoria de quienes habían luchado contra
ellos. No importaba que esta vez la ideología que encabezaba la resistencia no
estuviera inspirada en principios laicos, sino religiosos, el resultado era el
mismo, una fiera resistencia al invasor. Como en Vietnam el guión parecía
también escrito, la ocupación se ganaba pero la guerra se perdía, como más tarde
si vio también en Irak y Afganistán.
Los países que apoyaron a EEUU en la invasión fueron abandonando poco a poco la
coalición. La revelación al mundo de la mentira de las armas de destrucción
masiva y los crueles métodos del invasor utilizados contra la resistencia
desacreditaron a EEUU.
Los estrategas de EEUU y sus aliados se dieron cuenta tarde de que habían
subestimado las lecciones de su propia experiencia histórica y la de otras
potencias coloniales donde se demostraba que la fortaleza de las naciones
descansa en última instancia en la conciencia nacional de las personas que las
pueblan, y por ello, la descolonización no era reversible históricamente y
tampoco era posible que sus propias sociedades aceptaran con indiferencia el
horror de la tortura y de los campos de concentración como el de Guantánamo.
Este intento y fracaso de EEUU de cambiar el estatus mundial por la fuerza de
las armas a un régimen mundial decimonónico, revelaba también que ni el final
político del socialismo soviético y el fracaso de las grandes ideologías
socialistas universales surgidas en el siglo XIX, era suficiente para
transgredir determinados valores alcanzados por la mayoría de las sociedades del
mundo desde que alumbrara la Ilustración en el siglo XVIII. Esos valores tenían
que ver con la asunción colectiva de las “soberanías nacionales” como marco de
decisión política de las sociedades respectivas, y ante las cuales, las
ambiciones imperialistas sucumbían.
El imperialismo colonial como método de expansión militar en los principios del
siglo XXI, tras la guerra de Irak y Afganistan, había muerto, pero no solo había
muerto el imperialismo militar de EEUU sino todos los imperialismos, porque
cualquier experiencia similar estaba de antemano condenada ya a su derrota.
Y También quedaba obsoleto el concepto de guerra ofensiva como método
expansionista, porque el triunfo militar relámpago de la ocupación ya no
garantizaba, a la postre, el éxito de la contienda en la guerra prolongada y
además, producía la pérdida de la influencia política del agresor.
Tras la desaparición de la URSS y el fracasado intento expansionista del
imperialismo americano en Irak y Afganistán, el final de los imperialismos con
dominio militar había llegado históricamente a su fin. No obstante, los cambios
históricos no suelen ser percibidos a veces por las sociedades y dirigentes
políticos y en Estados Unidos, han seguido predominado las fuerzas políticas y
económicas que continuaban apostando por hacer valer su hegemonía militar al
resto del mundo, pero también se instaló la duda de que ese camino solamente
traería un gran sufrimiento de varias y prolongadas guerras a la vez, en
distintas partes del mundo, para las que su sociedad ni su economía estaba
preparada, y a la postre, esa estrategia militar aceleraría su declive como
potencia.
EEUU es una nación que, con independencia de quien gobierne, debe su prosperidad
en gran medida al sometimiento de otras naciones a sus intereses y, por ello, su
acomodación a los nuevos tiempos de potencias emergentes como China y Rusia e
Irán, no va depender del discurso de las campañas electorales sino solo puede
ser fruto del empuje de otras naciones en el escenario internacional, cuestión
que llevará su tiempo.
4. Hacia un nuevo paradigma emancipador universal
Una nueva realidad política parece, pues, que comienza a abrirse camino con el
final de la hegemonía mundial Occidental: la formación de un mundo multipolar,
donde los nuevos polos geopolíticos emergentes estarían de acuerdo en las
relaciones entre iguales, es decir, sin ambiciones imperialistas como superación
de las dramáticas experiencias históricas vividas, como fue en China la larga
guerra contra la ocupación japonesa, o en el caso de Rusia, por la amarga
experiencia del Imperio Soviético que le arrastró al caos como nación en la
última década del siglo XX. Por otra parte, los países que no son “polo” también
están interesados en que se desarrolle un mundo multipolar porque les permite
establecer sus relaciones internacionales preferentes en libre competencia, en
lugar de depender exclusivamente de Occidente.
En este emergente escenario mundial tras el fracaso en la práctica de las
ideologías universalistas liberal y socialista al que contribuyeron las dos
grandes potencias que las instrumentalizaron en su propio beneficio, EEUU y la
extinta URSS ¿Cabe pensar que el proyecto de una humanidad regida por los
valores de libertad, igualdad y fraternidad son una utopía? ¿Cabe pensar que el
género humano se ha detenido en su afán por transformar la sociedad en la
búsqueda de esos valores comunes a todas las ideologías, sean liberales o
socialistas, nacidas de los ideales de la Ilustración, por las que la humanidad
creyó que la felicidad social en la tierra era posible?
Si la humanidad aceptó con resignación durante milenios que la Tierra era un
valle de dolor regido por reyes y emperadores con un supuesto mandato divino,
¿se ha vuelto de nuevo a esa situación del pensamiento universal?
Cabe pensar que no, y cabe hacerlo, porque tras un recorrido histórico de
doscientos años de lucha por esos ideales, la voluntad transformadora sigue
vigente y la resignación pertenece ya al oscurantismo de otra civilización que
fue sepultada en el siglo de las luces y cabe también pensar que no, porque los
desheredados de la tierra quieren salir de su situación de pobreza y la
humanidad se enfrenta a problemas como el cambio climático, el agotamiento de
los combustibles fósiles, la malnutrición, las enfermedades y el analfabetismo,
problemas que necesitan de soluciones globales.
Lo que ha fracasado, no son, pues, esos grandes ideales, sino el camino trazado
por los teóricos del liberalismo y socialismo del siglo XIX.
El recorrido histórico ha desbrozado lo verdadero de lo falso. Lo falso ha sido
que la verdad de unos no se puede imponer por la fuerza a otros, pretexto bajo
el que actuaron los imperios coloniales europeos, el imperialismo de EEUU y el
de la antigua URSS. Lo verdadero es que el género humano ha extraído de ese
camino de dolor, la experiencia de que solo es posible avanzar desde el diálogo,
el respeto y el entendimiento entre el mosaico de naciones surgidas desde el
siglo XVIII tras un doloroso parto de guerras y lo verdadero es también que el
ritmo de los cambios políticos y sociales lo deben marcar los propios ciudadanos
de cada nación.
Después de dos siglos se ha dado con el método pacífico y científico de cambio.
El poder transformador nace del respeto entre naciones. Pero el método no
significa el cambio, sino las bases para fundamentar el cambio.
Lo que hará que el cambio se ponga en marcha es la necesidad de las naciones en
colaborar para afrontar los graves problemas que tiene la humanidad. No
obstante, si bien el marco de las naciones es la base sobre la que deben
fundamentarse las transformaciones mundiales, el enemigo número uno para llevar
adelante esas transformaciones, paradójicamente, es la concepción retrógrada de
exaltación de la competencia entre naciones, liderada por los antiguos imperios
coloniales y EEUU.
Durante los siglos XIX y XX la competencia entre imperios y naciones se
justificaba porque ante todo, lo que debía prevalecer era el bienestar de cada
nación sobre el resto. Se trataba de sacar beneficio unilateral y ello llevaba
al enfrentamiento, ese modelo vigente en la conciencia de la mayoría de las
sociedades de muchas naciones, sigue siendo una de las herencias negativas del
proceso de fundación de las naciones.
El objetivo de las naciones debe ser apostar por la colaboración porque en la
misma hay más beneficio que en la competencia siendo las propias naciones
quienes vayan determinando los ritmos de integración en las relaciones políticas
y económicas.
Es evidente que las sociedades más enrocadas en el paradigma de confrontación
entre naciones, en lugar del entendimiento, son aquellas en las cuales su grado
de bienestar ha alcanzado un alto desarrollo, pues entienden que los postulados
políticos universales pueden perjudicar su estatus. Serán pues los países o
regiones del mundo más poblados y emergentes económica y políticamente los más
interesados en un proceso integrador.
En el actual momento histórico, corresponde ese papel de liderazgo a los países
emergentes: Rusia y China, seguidos del resto de países emergentes. Por ello, el
proceso de integración política y económica mundial vendrá determinado en gran
medida por la superación de las relaciones de confrontación. principalmente
entre China y EEUU.
Las relaciones políticas que mantienen los países del mundo con China, se pueden
dividir en dos grandes apartados. En el primero estarían los países Occidentales
o países ricos, y en el segundo, los países pobres y países emergentes entre los
que destacan por su importancia Brasil, Rusia e India.
La relación de Occidente con China, es una relación de amor, odio, una relación
que ha venido a denominarse para China en la política denominada de “golpe y
contacto”. Occidente se ha beneficiado en los últimos años de los productos de
exportación baratos de China y en la crisis económica liberal perpetua iniciada
en 2008 espera beneficiarse de la reactivación interna de China. Pero este
interés es contradictorio, pues, si bien Occidente desea que China se reactive
económicamente para beneficiarse de su crecimiento también teme las
consecuencias políticas que implica un mayor peso económico y político de China
en la esfera internacional.
A diferencia, de este bloque de países, la relación de los países del Tercer
Mundo y países emergentes con China es diferente. Su relación se basa únicamente
en la política de “contacto”, pues, China constituye una alternativa de
oportunidades económicas frente a la dependencia que han tenido y tienen del
consumismo de los países ricos y no temen la influencia política China, pues
esta nación secularmente ha basado sus relaciones con otras naciones en el
respeto de los asuntos políticos internos de cada país.
El gobierno de EEUU debido a sus intereses creados como potencia imperial, se
orienta a anteponer en las relaciones con otros países, la fuerza y la
injerencia para conseguir su prevalencia como potencia militar.
El sistema político vigente en China se basa en el sistema de partidos del
Frente Único liderados por el PCCh que dio lugar a la fundación en 1949 de la
actual Republica Popular en la parte continental de China, de la que quedó
excluido el Kuomitang por la confrontación militar entre ambos bandos, quedando
este partido recluido en la isla de Taiwán.
Las décadas de reforma y apertura en China han sido un gran paso adelante en
materia de avances económicos, sociales y desarrollo legislativo para
conformarse como un Estado de derecho, y en política internacional en una
política de respeto entre naciones.
El sujeto trasformador mundial en favor del conjunto de la humanidad tendrá que
nacer del empuje de las naciones que lideran los procesos de integración en el
entendimiento.
Si se llegara a alcanzar un estadio en que todas las naciones se rigieran por
ese principio incluido EEUU, las armas atómicas carecerían de sentido, y se
podría afrontar con garantías de éxito los graves problemas medioambientales,
energáticos y la pobreza en el mundo.
5. La crisis del modelo económico mundial vigente a comienzos del siglo XXI
El capitalismo ha tenido en los últimos ciento cincuenta años cuatro grandes
crisis globales, las de 1873, 1929, 1973 y la presente crisis iniciada el 2008.
El resto de las crisis, aunque han sido importantes, no han tenido carácter
global sino que han afectado a sectores industriales o diferentes zonas del
mundo. En la segunda mitad del siglo XIX, el capitalismo estaba en su fase
imperialista. La salida de la larga depresión iniciada con la crisis de 1873
llevó a las potencias económicas al proteccionismo, propiciando el mismo que el
desarrollo de las fuerzas productivas se realizara expandiendo cada potencia su
área de influencia geopolítica lo que llevaría a su confrontación en la Primera
Guerra Mundial. Tras la misma, comenzó una etapa en la que se pretendió limitar
el proteccionismo, pero la crisis de 1929 derivó en otra profunda depresión y en
una vuelta al proteccionismo y de nuevo se volvió a la lucha por la ampliación
de las áreas influencia geopolíticas que traería otra vez la confrontación
militar y llevaría en esa ocasión a Japón a ocupar gran parte de China y a
Alemania a invadir casi toda Europa y gran parte de Rusia.
Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial del imperio nazi y del imperio del
Sol Naciente, se aceleró el proceso histórico de emancipación colonial y el
mundo político económico se dividió en dos doctrinas económicas. Por una parte,
el mundo capitalista bajo la hegemonía de EEUU, con una economía de mercado pero
en la que los Estados controlaban los sectores económicos estratégicos, como
energía, comunicaciones y algunas grandes industrias y, por otra parte, aquellos
países denominados de “socialismo real” que basaron su sistema económico en la
propiedad de los medios de producción por el Estado y en la “desconexión”
geopolítica del mundo capitalista, representados principalmente por la URSS y
China,
La crisis de 1973 puso en entredicho estos modelos económicos mundiales
conformados tras la Segunda Guerra Mundial. En el mundo Occidental a finales de
los años setenta se dio un paso adelante en la globalización económica con la
implementación del denominado modelo neoliberal. Se privatizaron gran parte de
los sectores económicos estatalizados durante el período de la posguerra, se
fomentó el libre comercio y la globalización del sistema financiero en manos
privadas.
En China se inició a finales de la década de los setenta el proceso de “reforma
y apertura” que terminaría tras su ingreso en la OMC con el modelo de
“desconexión” económica del mundo capitalista de la época de la guerra fría. En
la URSS, el inmovilismo de las fuerzas contrarias a la apertura económica supuso
un freno al desarrollo de las fuerzas productivas en el ámbito soviético, lo que
contribuyó a crear una potente economía sumergida de bienes de consumo liderada
por nuevas clases sociales que representaban el desarrollo económico, y que
acabarían en 1989 con el burocrático sistema soviético.
Será, pues, a partir de 1989, cuando toma cuerpo verdaderamente la globalización
de la economía mundial. Desde esa fecha el modelo neoliberal, sustentado en el
consumo de los países ricos, hizo crecer velozmente la economía mundial y
permitió que algunos países pobres se beneficiaran de esa expansión,
particularmente China que se convirtió en la fábrica del mundo al inundar el
mercado con productos basados en una mano de obra barata, creciendo durante dos
décadas su PIB en torno al 10% anual.
No obstante, la incidencia que el modelo económico neoliberal tuvo en la mayoría
de los países pobres fue negativa. Muchos países pobres para impulsar el
desarrollo económico habían adquirido préstamos de los organismos financieros
internacionales o directamente de los países ricos con bajo interés, pero esta
situación cambio radicalmente tras la crisis de 1973. Las características
estanflacionarias de esta crisis, creada por la emisión abusiva de dólares de
EEUU durante los años sesenta y setenta del siglo XX para financiar la guerra de
Vietnam, llevó a los países acreedores a elevar el tipo de interés, encadenando
a los países pobres al incremento continuado del “servicio de la deuda” a pagar
a los países ricos, con la que éstos, amortizaron la inflación derivada de los
gastos sobredimensionados de EEUU.
Los países pobres, endeudados por el pago abusivo de los intereses de la deuda,
recurrieron a la expoliación de las materias primas destinadas a satisfacer la
demanda de la sociedad de consumo de los países ricos; ello traería consigo un
proceso acelerado de explotación de la tierra en los países pobres acabando, en
gran medida, con las economías de autoconsumo, lo que acompañado de un fuerte
crecimiento demográfico derivó, en estos países, en un rápido éxodo del campo a
la ciudad, produciéndose un desordenado crecimiento urbano que ha provocado
grandes problemas de asentamientos humanos al carecer los mismos de
infraestructuras básicas como agua potable, alcantarillados y redes de
transporte.
Por otra parte, las relaciones económicas entre países pobres y ricos han venido
determinadas por la concentración de la demanda económica mundial en los países
ricos, que en la primera década del siglo XXI con menos de un tercio de la
población mundial acaparaban más de dos tercios del consumo mundial, con lo
cual, los procesos productivos globales se articulan para esta demanda. La
ventaja histórica de dos siglos en la industrialización les ha permitido a los
países ricos obtener el liderazgo en materia de innovación y productividad
técnica en los procesos de producción, disponiendo de una ventaja comparativa en
el intercambio comercial de productos tecnológicos por materias primas, ventaja
que solamente pueden acortar los países pobres con una productividad económica
basada en salarios bajos, produciéndose un intercambio comercial desigual
favorable a los países industrializados. Esta desfavorable relación comercial
para los países pobres ha hecho, pues, más ricos a los países ricos, dejando de
lado las necesidades más perentorias de la mayoría de la humanidad.
La concentración histórica de la demanda efectiva en los países desarrollados y
su ventaja histórica en la industrialización ha desembocado en un modelo de
crecimiento consumista favorecido en los últimos años por el modelo de
crecimiento neoliberal basada en el consumo privado, hasta que este modelo ha
entrado en crisis en el año 2008 propiciado por las contradicciones propias de
la economía sustentada básicamente en el mercado.
La optimización continua de los productos y de los procesos de producción
permite producir a menor coste y en una economía de libre mercado para mantener
la ventaja de la competitividad también disminuye el precio del producto en
cuestión.
El empresario productor, en cada optimización productiva, tiene que vender más
productos para asegurar los mismos beneficios lo que obliga a acortar el ciclo
de renovación del consumo, pero llega un momento que ello no es suficiente pues,
por ejemplo, si el empresario produce ordenadores éstos no pueden estar
renovándose cada mes para mantener la tasa de ganancia y se necesita ampliar y
diversificar la oferta de bienes y servicios.
Para ello tienen que crearse nuevas necesidades subjetivas a través de la
publicidad orientadas a quienes detentan la demanda efectiva, de tal manera que
se genera la necesidad en el consumidor de pasar, por ejemplo, de tener un
televisor a tener dos, lo mismo pasaría con un segundo coche, una segunda
residencia, nuevas vacaciones, y ello solo es posible con el crédito.
El sistema financiero privado desempeña un papel fundamental en este modelo de
crecimiento a través de la concesión de créditos al consumidor.
La banca para mantener su actividad de negocio precisa del creciente
endeudamiento de los consumidores a través del crédito, pero ese endeudamiento
tiene un límite, que viene determinado por la creciente deuda de los
consumidores que limita la capacidad de comprar más bienes y servicios. El
sistema financiero no puede sustraerse a la economía real, pues el dinero que el
financiero presta (tal y como explicó Marx), no es sino un adelanto de futuro de
la parte de la ganancia que el empresario obtendrá de la venta de sus productos
o servicios, de tal manera que el sistema financiero, se retroalimenta de ese
crecimiento futuro, hasta que llega el momento en que se produce la crisis de
sobreproducción, es decir, la capacidad de producción supera la capacidad del
gasto a través del endeudamiento, lo que repercute en una disminución de la
producción, aumenta el paro y como consecuencia también la morosidad por impagos
a la que tienen que hacer frente los bancos.
Esta dinámica productiva, consustancial al liberalismo económico, no es nueva,
en realidad es la causante de las crisis más importantes de este modelo de
capitalismo en 1873 y 1929.
Pero tanto la crisis de 1873 como la de 1929, tuvieron una respuesta
proteccionista por parte de las potencias económicas que les llevó a una
expansión en áreas de influencia político económicas y que propició las dos
guerras mundiales.
Esa respuesta a la crisis iniciada en 1873 y que llevaría al enfrentamiento
entre potencias en la Primera Guerra Mundial, llevó al teórico del socialismo
Lenin a considerar que el imperialismo y su disputa por las áreas de influencia
geoeconómicas era la fase superior del capitalismo, cuestión que la nueva
disputa por las áreas de influencia tras la crisis de 1929 y que dio lugar a la
Segunda Guerra Mundial parecía darle la razón.
Sin embargo, la historia ha demostrado que ese estadio de lucha
interimperialista de desarrollo del capitalismo era solamente una fase
intermedia y que el capitalismo llega a su fase superior de desarrollo cuando
las relaciones de producción se interconectan fuertemente a escala planetaria,
es decir, cuando las relaciones de producción se vuelven irreversiblemente
globales y ya no es posible implementar medidas proteccionistas territoriales
como salida a la crisis.
Solamente a partir de finales del siglo XX, tras el desplome de la URSS, la
incorporación de China a la OMC y la globalización de las finanzas mundiales se
puede decir que el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales articuladas
bajo el sistema económico neoliberal llegó al estadio de la economía mundo donde
no es posible retornar al proteccionismo.
En este contexto, la crisis iniciada en el 2008, es una crisis con
características especiales: 1º- porque es una crisis global del capitalismo en
la fase superior de su desarrollo; 2º- porque la crisis se ha generado en los
centros más poderosos de la economía mundial y lo ha hecho a su vez en el
corazón que rige el sistema económico global, el sistema financiero, y 3º-
porque es una crisis para la cual debido a las profundas interconexiones
económicas no caben soluciones parciales proteccionistas.
La crisis financiera en el mundo occidental como factor detonante de la crisis
mundial representa el fracaso del modelo neoliberal de crecimiento económico,
sustentado básicamente en los sectores sociales con fuerte poder adquisitivo de
los países ricos y estimulado en base a la especulación crediticia. Está
especulación se fundamentó en un mercado de futuros que se creía ilimitado.
Los créditos hipotecarios se concedían no tanto por la solvencia personal de los
hipotecados, sino porque la supuesta revalorización futura del inmueble
hipotecado compensaría la posible insolvencia del adjudicatario del crédito.
En base a esta especulación financiera los defensores del neoliberalismo creían
que se había encontrado por elevación del consumismo la fórmula para evitar la
crisis de subconsumo pero la realidad de la crisis vino a demostrar que había un
umbral al desarrollo económico basado fundamentalmente en la demanda efectiva de
unos cientos de millones de personas de los países ricos. No obstante, los
países del G7 siguen imperturbables aferrados a ese modelo de crecimiento, y
constantemente siguen chocando contra el umbral que impide revivir el
neoliberalismo.
6. Encrucijada de intereses en la salida a la crisis económica mundial
Si la crisis económica mundial iniciada en el 2008 afectara a una región o
sector, tendría un horizonte cíclico dentro del paradigma de crecimiento
económico neoliberal dominante, pero al ser una crisis financiera global de los
países desarrollados y producirse en la fase superior de desarrollo capitalista
mundial, sin que se pueda recurrir a medidas proteccionistas, su salida no es
previsible. La estrategia de los gobiernos de los países ricos para salir de la
crisis se basa en confiar en que sea la clase financiera privada, la que de
nuevo, pasado un tiempo, reactivará el modelo consumista de los países ricos a
través del crédito.
La estrategia de la clase financiera Occidental, de ganar tiempo para rehacerse
de su crisis, además de afectar negativamente a las clases medias de los países
ricos, tiene también una incidencia negativa en los países en desarrollo que ven
mermada su actividad productiva de exportación al no reactivarse la demanda en
los países ricos.
Esta situación está llevando a los países emergentes: Brasil, Rusia, India y
China (BRIC), a orientarse hacia un cambio de su modelo de desarrollo económico
de producción manufacturera y de exportación de materias primas hacía los países
ricos por otro que complemente el mismo, con el desarrollo del consumo interno
de bienes y servicios y el fortalecimiento de las relaciones comerciales entre
los propios países emergentes.
Esta estrategia económica de los países ricos basada en confiar en la clase
financiera privada para remontar la recesión seguirá determinando por un tiempo
la marcha de la crisis, pero esta clase social de financieros se ha convertido
en un lastre para el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales, no solo,
porque su insolvencia lastra la salida de la crisis, sino porque el modelo de
crecimiento económico basado en el despilfarro de unos pocos es difícil que
pueda reactivarse.
Por ello esta crisis mundial, a diferencia de las anteriores, pone en entredicho
el vigente modelo económico mundial regido por las potencias económicas del
Primer Mundo pues, en los países ricos no existen intereses económicos (fuerzas
objetivas) ni pensamiento político (fuerzas subjetivas) para reorientar su
modelo de crecimiento hacia otro basado en incorporar al consumo de bienes y
servicios a la población del Tercer Mundo, debiendo ser desde la periferia del
sistema económico mundial (países pobres y emergentes) donde deberá surgir la
iniciativa para liderar un cambio en las relaciones de producción entre países
que favorezca el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales.
De los países emergentes, China es el país que está en mejores condiciones de
remontar la crisis económica en un corto plazo al no tener apalancamiento
financiero, ni intereses creados que puedan frenar la reactivación económica.
China dispone de una potente banca pública que le permite controlar los procesos
especulativos financieros. Y aunque va a sufrir durante un tiempo indeterminado
la crisis y reconversión de su industria exportadora debido a la caída de la
demanda de los países ricos, la estrategia económica basada en la implementación
de la demanda agregada interna a través de inversiones públicas, es probable,
que en un corto plazo de tiempo, tenga dos efectos positivos. Por una parte,
ayudará a aliviar la caída de las exportaciones por el retraimiento de la
demanda exterior y por otra, le permitirá crear infraestructuras que faciliten
la incorporación de millones de personas a lo bienes y servicios de consumo
privado, de esta forma se creará un nuevo paradigma económico de fortalecimiento
de la demanda interna, favoreciendo con ello una rápida superación de la
recesión económica.
Este ritmo diferente para salir de la crisis, rápida y cierta en China, y lenta
e incierta en los países desarrollados puede contribuir a que China se convierta
en un polo económico articulador de otras economías emergentes principalmente de
Latinoamérica y los países euroasiáticos.
En esa dirección, sería importante para los países emergentes no solo tener
respuestas para su desarrollo interno, sino estar preparados para liderar
propuestas que faciliten una mayor integración económica de los países en vías
de desarrollo, potenciando la inversión en infraestructuras a través de la
creación de bancos públicos regionales coordinados con los organismos
internacionales.
La economía global se encuentra en una encrucijada histórica, como nunca lo
estuvo antes y los países emergentes pueden hacer que el vigente sistema
capitalista neoliberal dominante en el mundo pueda experimentar una profunda
transformación que traiga un modelo económico basado en el respeto entre
naciones, entre naciones, la integración económica mundial y la armonía con el
medioambiente.
Sin embargo, el final de los combustibles fósiles y la resistencia de EEUU a ser
uno más entre el resto naciones puede abrir un periodo de inestabilidad
civilizatoria incontrolable de guerra por los recursos energéticos.
7. El desarrollo económico y los límites del crecimiento
Si la ilustración inauguró una nueva civilización en el campo del pensamiento,
las innovaciones técnicas como la máquina de vapor y el motor de combustión que
permitían transformar el calor en trabajo productivo, lo hizo en el campo de la
producción de bienes y servicios.
Hasta el siglo XVIII de nuestra era, las únicas fuentes de energía susceptibles
de ser transformadas en trabajo habían sido, el esfuerzo, humano, el animal de
tiro y carga, los saltos de agua y la fuerza del viento aplicada a la navegación
e industrias rudimentarias.
La posibilidad de transformar mecánicamente el calor en trabajo productivo
demandó nuevas fuentes de energía como la madera y posteriormente los
combustibles fósiles. Transformó paulatinamente las sociedades rurales al
mecanizar los trabajos agrícolas liberándose ingentes recursos de mano de obra
para la industria y los servicios.
Estos profundos cambios operados durante los siglos XVIII, XIX y XX se
entendieron como un “progreso” en el que no se concebía que el uso masivo de los
recursos naturales pudiera tener unos límites por su impacto en el medio
ambiente.
Desde otro enfoque, solo Malthus plantearía la cuestión al considerar inviable
el crecimiento demográfico ilimitado en un Planeta con recursos limitados.
Durante casi todo el siglo XX los países industrializados tanto los basados en
la economía de mercado como los antiguos países socialistas del denominado
“socialismo real”, basaron su desarrollo económico en el optimismo del
crecimiento ilimitado.
El movimiento descolonizador que tuvo su mayor expansión después de la Segunda
Guerra Mundial puso sobre la mesa las necesidades de los nuevos países
emancipados que se tradujo en la aspiración por alcanzar los grados de
desarrollo de las antiguas metrópolis imperiales.
En la década de los setenta del siglo XX resurgirá el debate de los límites del
crecimiento económico y demográfico a través de instituciones como el club de
Roma.
La conferencia de Estocolmo y los movimientos ecologistas que comienzan apuntar
las catastróficas consecuencias medioambientales y climáticas que puede tener la
externalización de gases de efecto invernadero como consecuencia de un
desarrollo económico sustentado en un modelo energético de combustibles fósiles.
La conferencia de Río Janeiro en 1992 sobre Medio Ambiente alertó sobre los
límites ambientales del vigente modelo de crecimiento económico, lo que dio
lugar con posterioridad al protocolo de Kyoto para la reducción de emisiones de
gases de efecto invernadero de los países industrializados para situarlas en el
2012 en los niveles de 1990.
Alcanzado, pues, en el siglo XXI un desarrollo económico mundial que está
afectando al clima de la Tierra la pregunta que cabe hacerse es ¿Si con las
cotas de riqueza actuales, patrimonio en dos terceras partes de un tercio de la
población mundial, se disparan las alarmas medioambientales, es posible alcanzar
niveles de desarrollo económico en todo el mundo equivalentes a los de los
países industrializados sin que tal desarrollo lleve a un desastre
medioambiental?
La respuesta a esta pregunta, presenta intereses encontrados, pues todos quieren
evitar el deterioro medioambiental pero nadie quiere renunciar al crecimiento
económico. Los países ricos porque no quieren ni pueden renunciar al sistema de
crecimiento económico basado en la sociedad de consumo y los países pobres
porque no quieren ni pueden renunciar a su desarrollo económico para poder
atender a las necesidades más perentorias de la población, en materia de
alimentación, salud y educación. La consecuencia política, hasta ahora, no ha
estado en buscar soluciones globales sino en el enrocamiento de cada parte en
sus posiciones.
Los políticos de los países ricos intentan justificar ante sus sociedades que
los países pobres deben aceptar con resignación su destino de miseria, ante la
imposibilidad de un crecimiento ilimitado debido a los efectos medioambientales,
mientras que los países pobres acusarán a los países ricos de nadar en la
opulencia y ser los principales responsables desde la revolución industrial de
la concentración de CO2 en la atmósfera. Pero las acusaciones de unos y otros no
pueden evitar que la contradicción entre el desarrollo económico y los límites
del crecimiento se acentúe por los siguientes factores:
1. El funcionamiento político económico mundial que basado principalmente en el
consumo de los países ricos y la externalización de costes medioambientales en
forma de gases de efecto invernadero.
2. La imposibilidad de controlar el crecimiento demográfico a escala mundial,
debido a un funcionamiento político, donde cada nación por sus tradiciones y
realidades económicas tiene políticas diferentes al respecto, o carecen de
ellas. Cuando sería necesaria una planificación demográfica para no sobrepasar
un límite de habitantes de la Tierra (que se podían situar sobre los once mil
millones de personas previstos para la segunda mitad del siglo XXI) tanto por
los recursos alimentarios, como por la cantidad de energía necesaria para
promover y mantener el desarrollo económico de ese volumen de población mundial.
3. La necesidad de los países pobres de atender no solamente a la alimentación,
sino a la generación y consumo energético para poder propiciar su desarrollo
económico. Cuestión que en el vigente sistema energético mundial lleva
inevitablemente a un crecimiento sostenido de la utilización de combustibles
fósiles, pues no existe en el corto y medio plazo, en el actual paradigma
tecnológico, alternativas a la dependencia energética de los combustibles
fósiles y aunque se consiguiera atenuar esta dependencia por la implementación
de otras energías como la de fisión nuclear o las energías renovables, los
países pobres no tienen ni tendrán a corto plazo posibilidades de acceso ni
dinero para pagar esas tecnologías, por lo que deberán seguir recurriendo al
carbón por ser el combustible más barato, abundante y accesible como fuente
principal de generación eléctrica.
Por ello, va a ser inevitable que las actuales reservas probadas de combustibles
fósiles sean externalizadas en formas de gases de efecto invernadero a la
atmósfera, produciéndose, al ritmo de consumo actual, el agotamiento de las
reservas probadas del petróleo y el gas natural para finales del siglo XXI
cuando quedarán solamente reservas de carbón.
La externalización a la atmósfera, para esas fechas, de las reservas de
combustibles fósiles principalmente en forma de CO2, debido a la cantidad y
corto espacio de tiempo de su emisión, no va a poder ser absorbida por los
sumideros naturales de la biosfera, por lo que se producirá una concentración de
CO2 en la atmósfera no reciclable por la fotosíntesis, lo que producirá que el
efecto invernadero, al ser el CO2 un gas de gran longevidad, continúe por muchas
décadas incluso después de haberse agotado las reservas de combustibles fósiles.
Las consecuencias climáticas pueden ser variadas y todavía impredecibles, pero
en general asumibles por la humanidad hasta la segunda mitad del presente siglo,
pues pueden consistir, en ciclones de fuerza desconocida, sequías prolongadas en
las áreas de los anticiclones subtropicales, debido al ajuste de las masas
térmicas de aire que regulan la circulación atmosférica, e inundaciones en las
zonas templadas por el rápido deshielo de las precipitaciones nivales. Pero la
consecuencia de mayor coste para la actual civilización industrial podría venir
a finales del siglo XXI, debido a que la externalización de CO2 ya habrá sido
suficiente para que el efecto invernadero haya afectado a la temperatura glaciar
de manera irreversible, con el inicio del deshielo de las plataformas
continentales heladas: Groenlandia y la Antártida, lo que puede provocar la
subida del mar entre uno y tres metros, afectando a todos las asentamientos
humanos costeros del planeta donde vive más del 50% de la población mundial.
Esta contradicción entre límites medioambientales y crecimiento económico
solamente es posible resolverla desde planteamientos a escala planetaria en los
que prevalezcan los intereses del conjunto del género humano sobre los intereses
creados de determinadas clases sociales y naciones.
Reflexión complementaria
Energía, Clima y Civilización
8. La Tercera Civilización
La civilización nacida de la Ilustración está agotada. Y esta agotada porque
esta civilización que se articuló fundando y tomando la nación como espacio
político por la ideología liberal y socialista para traer la libertad y el
bienestar, después de dos siglos en los que se ha avanzado enormemente en logros
científicos y tecnológicos, en los que el desarrollo de las fuerzas productivas
ha alcanzado cotas inimaginables al principio de la revolución industrial, ha
sido incapaz de conseguir las metas humanísticas de redención del género humano.
La Segunda Civilización Mundial está agotada porque después de doscientos años
de dominio de las potencias occidentales, de pensar sin éxito que la
descolonización traería el progreso para los pobres, de soportar dos guerras
mundiales, el riesgo de una conflagración nuclear y la amenaza cada vez más
evidente de una catástrofe medioambiental, la mayoría de la humanidad percibe el
agotamiento de todas las alternativas políticas experimentadas en estos dos
últimos siglos para solucionar los graves desafíos del siglo XXI, y lo está,
porque con la crisis iniciada en el año 2008, el modelo económico basado en la
competencia de las ventajas de unas naciones sobre otras ha quedado obsoleto
para promover el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales, así como para
resolver los graves problemas universales de desigualdad que tienen sumida a la
mayoría de la humanidad en la pobreza, la ignorancia, la mal nutrición, las
enfermedades y la guerras locales, mientras una cuarta de la población mundial vive en la opulencia.
Se ha llegado a un punto en que los problemas globales, sino se cambia el rumbo,
pueden afectar a toda la humanidad. Ya no es posible que
se salven solo las naciones poderosas, también sus habitantes están condenados a
sufrir las consecuencias derivadas del estancamiento económico, el crecimiento
demográfico, el agotamiento de los combustibles fósiles sin una energía de
reemplazo para el motor de combustión interna y la catástrofe medioambiental.
Las condiciones para que se pueda inaugurar un nueva civilización deben estar
sustentadas principalmente en los siguientes postulados.
1. El consenso de las principales potencias: Rusia, China y EEUU en favor del
respeto entre naciones, la integración económica mundial y la armonía con el
medioambiente.
2. La colaboración de estas tres potencias para la minería del helio 3 en la
luna con el fin de destinarlo a la implementación de la energía de fusión
nuclear a escala planetaria, creando generadores de electricidad que permitan no
solo la electrificación global de todos los países, sino la creación mediante la
electrolisis de reservorios de hidrógeno para sustituir el motor de combustión
interna en la transformación de la energía en trabajo productivo con el que
funcionan los grandes transportes terrestres marítimos y aéreos; la maquinaria
pesada móvil para la construcción de infraestructuras, y la destinada al sector
agrario que permite liberar del trabajo manual agrícola a la mayoría de la
población activa para emplearse en otros sectores económicos.
3. La implementación a escala global de tecnología de captura y sumideros de
CO2, con el fin de disminuir las probables 620 ppm de CO2 previstas en el aire
atmosférico cuando se acerque en el último cuarto de siglo el agotamiento de los combustibles fósiles de
petróleo y gas natural, a fin de estabilizar la
atmósfera en las 334 ppm correspondientes al año 1980.
La antítesis de esta realidad es la persistencia por parte de EEUU en revivir un
mundo unipolar, intentando acaparar los últimos restos de los
combustibles fósiles, que podría llevar una guerra global sin solución, o al
propio cuestionamiento de la especie humana.
Solamente si prospera la política de colaboración entre las grandes potencias se
podría acometer una profunda reforma política y económica mundial donde los
destinos de la humanidad sean gestionados globalmente.
Los aspectos fundamentales que debieran regir la conformación de la gestión
universal debieran ser:
1. Elaboración de una constitución por la que se debieran regir los destinos del
mundo, democratizando sus estructuras en base a una combinación de la representación de cada nación
y del conjunto población global.
2. Establecimiento de las competencias de la nueva ONU y de los gobiernos
nacionales, en la que todos los ciudadanos del mundo dispondrían de un marco de
referencia de derechos y obligaciones universales.
3. Aprobación de la constitución por sufragio universal de todos los ciudadanos
del Mundo y de cada nación. Procedimiento democrático que daría a la
constitución vigencia universal y uniría a los ciudadanos del mundo en un marco
de referencia legal.
4. Elección democrática del presidente de la ONU por la asamblea elegida por
sufragio de los ciudadanos del mundo, y elección del gobierno de la ONU por los
representantes de las Naciones que permitiría establecer un equilibrio entre el
presidente y el gobierno mundial.
5. Declaración universal de los derechos humanos por consenso de la asamblea de
representantes de las naciones, tomando como referencia la declaración de 1948.
6. Abolición de las armas nucleares. Las armas nucleares son producto de la
confrontación imperialista entre la antigua URSS y Estados Unidos, a la que se
han sumado otras naciones como elemento de disuasión para no ser agredidas y que
se perpetúa en la actualidad por la hostilidad y desconfianza existente entre
grandes potencias. Con la institucionalización de un gobierno mundial, las armas
nucleares, no solamente estarían de más por el peligro que suponen para la
humanidad sino porque su finalidad geomilitar entre potencias tampoco tendría
razón de ser.
7. Creación de fuerzas militares de la ONU. La necesidad de fuerzas militares de
intervención en conflictos entre naciones, es un instrumento necesario para
salvaguardar el que sería el nuevo orden mundial.
8. Constitución de un Banco Mundial Público con fondos de las naciones según PIB
per cápita de cada nación y constitución de bancos regionales públicos en
coordinación con el Banco Mundial para gestionar los fondos estructurales
destinados a programas de desarrollo.
El modelo económico que la experiencia de los últimos años se ha demostrado como
el más prospero y equitativo, es el que combina la propiedad pública de los
sectores estratégicos de la economía con la propiedad privada del resto de
sectores económicos. Las finanzas son el elemento fundamental que permite
orientar las inversiones para el desarrollo de las fuerzas productivas en
función de los intereses de unas pocas naciones o, por el contrario, del
conjunto de las necesidades de la humanidad por ello, el grueso del sistema
financiero debiera ser público pues permitiría articular la demanda agregada
para la implementación de infraestructuras y programas de desarrollo.
9. Implementar, según las condiciones de cada país, un programa de planificación
demográfica mundial. El crecimiento demográfico de la humanidad no puede
considerarse ilimitado y dado el número de habitantes que puede superar los
9.000 millones, se precisa de una política de planificación
demográfica que lleve a estabilizar la población mundial sobre los once mil
millones de personas. Las diferentes realidades demográficas de las distintas
naciones del mundo hace necesario que está planificación se realice con
características diferentes en cada una de ellas pero en cualquier caso, sería
deseable para finales del siglo XXI haber estabilizado el crecimiento
demográfico mundial.
Estos debieran ser los puntos más importantes para inaugurar una nueva
civilización que podría abrir las puertas al bienestar de la
humanidad en armonía con el medio ambiente.
9. Epílogo
Ya no es viable abordar los graves problemas que enfrenta la humanidad desde los
intereses exclusivistas de unas pocas naciones. La herencia histórica de
enfrentamientos e injerencias entre naciones es un lastre que solo puede ser
superada por las pruebas de confianza entre naciones, y es lo que puede traer un
tiempo nuevo de integración política y económica mundial, en el que el género
humano tiene todo por ganar
Sin embargo, los sectores sociales que se han beneficiado y se benefician con la
desigualdad ofrecerán resistencia a las políticas de entendimiento entre
naciones y tratarán de imponer un dominio totalitario global.
La percepción subjetiva de ese Estado de Cosas puede llegar cuando se
acerque el final de los combustibles fósiles en el último cuarto del presente siglo.
La lucha ya está latente en la actualidad, y el desenlace es incierto en el que
el género humano puede alcanzar un nuevo orden civilizatorio mundial de respeto
entre naciones en armonía con el medio ambiente o, por el contrario, se entre en
una confrontación global que ponga en riesgo la propia supervivencia del género
humano.
*
Colaboración entre naciones o barbarie. Esa será la tesitura en unas décadas.
*
El presente ensayo tiene registro de propiedad intelectual a
nombre de:
Javier Colomo Ugarte
Doctor en geografía económica regional,
Asentamientos Humanos y Actividades Económicas.
Navarra (España)
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