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ÍNDICE OBRAS

Los Heraldos Negros (1918)

TRILCE (1922)

Poemas en Prosa

Poemas Humanos

España, aparta de mí este cáliz

Notas de Cesar Vallejo


ÍNDICE OBRAS Y POEMAS

LOS HERALDOS NEGROS (1918)

Los heraldos negros

Plafones ágiles

Deshojación sagrada

Comunión

Nervazón de angustia

Bordas de hielo

Nochebuena

Ascuas

Medialuz

Sauce

Ausente

Avestruz

Bajo los álamos

Buzos

La araña

Babel

Romería

El palco estrecho

De la tierra

¿ ...........

El poeta a su amada

Verano

Setiembre

Heces

Impía

La copa negra

Deshora

Fresco

Yeso

Nostalgias imperiales

I.  Nostalgias imperiales

II

III

IV

Hojas de ébano

I. Terceto autóctono

II

III

Oración del camino

Huaco

Mayo

Aldeana

Idilio muerto

Truenos

En las tiendas griegas

Agape

La voz del espejo

Rosa blanca

La de a mil

El pan nuestro

Absoluta

Desnudo en barro

Capitulación

Líneas

Amor prohibido

La cena miserable

Para el alma imposible de mi amada

El tálamo eterno

Las piedras

Retablo

Pagana

Los dados eternos

Los anillos fatigados

Santoral

Lluvia

Amor

Dios

Unidad

Los arrieros

Canciones de hogar

Encaje de fiebre

Los pasos lejanos

A mi hermano Miguel

Enereída

Espergesia

TRILCE (1922)

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

XL

XLI

XLII

XLIII

XLIV

XLV

XLVI

XLVII

XLVIII

XLIX

L

LI

LII

LIII

LIV

LV

LVI

LVII

LVIII

LIX

LX

LXI

LXII

LXIII

LXIV

LXV

LXVI

LXVII

LXVIII

LXIX

LXX

LXXI

LXXII

LXXIII

LXXIV

LXXV

LXXVI

LXXVII

POEMAS EN PROSA

El buen sentido

La violencia de las horas

Lánguidamente su licor

El momento más grave de la vida

Las ventanas se han estremecido...

Voy a hablar de la esperanza

Hallazgo de la vida

Nómina de huesos

Una mujer...

No vive ya nadie...

Existe un mutilado...

Algo te identifica...

Cesa el anhelo...

¡Cuatro conciencias...

Entre el dolor y el placer...

En el momento en que el tenista...

Me estoy riendo

He aquí que hoy saludo...

Lomo de las sagradas escritura

POEMAS HUMANOS

Altura y pelos

Yuntas

Un hombre está mirando a una mujer...

Primavera tuberosa

Terremoto

Sombrero, abrigo, guantes

Hasta el día en que vuelva de esta piedra...

Salutación angélica

Epístola a los transeúntes

Los mineros salieron de la mina...

Fue domingo en las claras orejas de mi burro...

Telúrica y magnética

Gleba

Pero antes que se acabe...

Piensan los viejos asnos

Hoy me gusta la vida mucho menos...

Confianza en el anteojo, nó en el ojo ...

Dos niños anhelantes

Otro poco de calma, camarada...

Esto ...

Al cavilar en la vida, al cavilar...

Quisiera hoy ser feliz de buena gana...

Los nueve monstruos

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política...

Sermón sobre la muerte

Considerando en frío, imparcialmente...

Guitarra

Aniversario

Parado en una piedra...

Va corriendo, andando, huyendo...

Por último, sin ese buen aroma sucesivo...

Piedra negra sobre una piedra blanca

Poema para ser leído y cantado

De disturbio en disturbio...

Intensidad y altura

De puro calor tengo frío...

Un pilar soportando consuelos...

Calor, cansado voy con mi oro, a donde...

Panteón

Quedéme a calentar la tinta en que me ahogo...

Acaba de pasar el que vendrá...

La rueda del hambriento

La vida, esta vida...

Palmas y guitarra

¿Qué me da, que me azoto con la línea...

Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no grimas...

¡Y si después de tantas palabras...

París, octubre

Despedida recordando un adiós

Y no me digan nada...

En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi muerte...

Los desgraciados

El acento me pende del zapato...

La punta del hombre...

¡Oh botella sin vino! ¡Oh vino...

Al fin, un monte...

Quiere y no quiere su color mi pecho...

La paz, la abispa, el taco, las vertientes...

Transido, salomónico, decente...

¿ Y bien? ¿Te sana el metaloide pálido?...

Escarnecido, aclimatado al bien, mórbido, hurente...

Alfonso: estás mirándome, lo v eo ...

Traspié entre dos estrellas

A lo mejor, soy otro...

El libro de la naturaleza

Tengo un miedo terrible de ser un animal...

Marcha nupcial

La cólera que quiebra al hombre en niños...

Un hombre pasa con un pan al hombro...

Hoy le ha entrado una astilla...

El alma que sufrió de ser su cuerpo

¡Ande desnudo, en pelo, el millonario!...

Viniere el malo, con un trono al hombro...

¡Dulzura por dulzura corazona!...

Al revés de las aves del monte...

Ello es que el lugar donde me pongo...

ESPAÑA, APARTA DE MI ESTE CÁLIZ (1937)

I. Himno a los voluntarios de la República

II. Batallas

III. Solía escribir con su dedo grande en el aire

IV. Los mendigos pelean por España,

V. Imagen española de la muerte

VI. Cortejo tras la toma de Bilbao

VII Varios días el aire, compañeros,

VIII. Aquí,

IX. Pequeño responso a un héroe de la República

X. Invierno en la batalla de Teruel

XI. Miré el cadáver, su raudo orden visible

XII. Masa

XIII. Redoble fúnebre a los escombros de Durango

XIV . ¡Cuídate, España, de tu propia España!

XV . España, aparta de mí este cáliz

Notas de Cesar Vallejo sobre Poética

 


*

 

 

Cesar Vallejo

LOS HERALDOS NEGROS

1918

qui pótest cápere capiat

"quien pueda entender,  entienda"

 El evangelio

 


 

LOS HERALDOS NEGROS

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé!

 

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán talvez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

 

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

 


PLAFONES ÁGILES


DESHOJACIÓN SAGRADA

 

Luna ! Corona de una testa inmensa, 

que te vas deshojando en sombras gualdas! 

Roja corona de un Jesús que piensa

trágicamente dulce de esmeraldas!

 

Luna! Alocado corazón celeste

¿por qué bogas así, dentro la copa

llena de vino azul, hacia el oeste, 

cual derrotada y dolorida popa?

 

Luna! Y a fuerza de volar en vano, 

te holocaustas en ópalos dispersos:

tú eres talvez mi corazón gitano

que vaga en el azul llorando versos!

 

 

COMUNIÓN

 

Linda Regia! Tus venas son fermentos

de mi noser antiguo y del champaña

negro de mi vivir!

 

Tu cabello es la ignota raicilla

del árbol de mi vid.

Tu cabello es la hilacha de una mitra

de ensueño que perdí!

 

Tu cuerpo es la espumante escaramuza

de un rosado Jordán;

y ondea, como un látigo beatífico

que humillara a la víbora del mal!

 

Tus brazos dan la sed de lo infinito,

con sus castas hespérides de luz,

cual dos blancos caminos redentores,

dos arranques murientes de una cruz.

Y están plasmados en la sangre invicta

de mi imposible azul!

 

Tus pies son dos heráldicas alondras

que eternamente llegan de mi ayer!

Linda Regia! Tus pies son las dos lágrimas

que al bajar del Espíritu ahogué,

un Domingo de Ramos que entré al Mundo,

ya lejos para siempre de Belén!

 


 

NERVAZÓN DE ANGUSTIA

 

Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla;

desclava mi tensión nerviosa y mi dolor...

Desclava, amada eterna, mi largo afán y los

dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor!

 

Regreso del desierto donde he caído mucho;

retira la cicuta y obséquiame tus vinos:

espanta con un llanto de amor a mis sicarios,

cuyos gestos son férreas cegueras de Longinos!

 

Desclávame mis clavos ¡oh nueva madre mía!

¡Sinfonía de olivos, escancia tu llorar!

Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta,

cuál cede la amenaza, y la alondra se va!

 

Pasas... vuelves... Tus lutos trenzan mi gran cilicio

con gotas de curare, filos de humanidad, 

la dignidad roquera que hay en tu castidad, 

y el judithesco azogue de tu miel interior.

 

Son las ocho de una mañana en crema brujo... 

Hay frío... Un perro pasa royendo el hueso de otro

perro que fue... Y empieza a llorar en mis nervios

un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

 

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática

un dionisíaco hastío de café...!

 


 

BORDAS DE HIELO

 

Vengo a verte pasar todos los días, 

vaporcito encantado siempre lejos...

Tus ojos son dos rubios capitanes; 

tu labio es un brevísimo pañuelo

rojo que ondea en un adiós de sangre!

 

Vengo a verte pasar; hasta que un día, 

embriagada de tiempo y de crueldad, 

vaporcito encantado siempre lejos, 

la estrella de la tarde partirá!

 

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos

de mujer que pasó!

Tus fríos capitanes darán orden; 

y quien habrá partido seré yo ...

 

NOCHEBUENA

 

Al gallar la orquesta, pasean veladas

sombras femeninas bajo los ramajes, 

por cuya hojarasca se filtran heladas

quimeras de luna, pálidos celajes.

 

Hay labios que lloran arias olvidadas,

grandes lirios fingen los ebúrneos trajes.

Charlas y sonrisas en locas bandadas

perfuman de seda los rudos boscajes.

 

Espero que ría la luz de tu vuelta;

y en la epifanía de tu forma esbelta,

cantará la fiesta en oro mayor.

 

Balarán mis versos en tu predio entonces,

canturreando en todos sus místicos bronces

que ha nacido el niño-jesús de tu amor.

 

ASCUAS

 

Para Domingo Parra del Riego

Luciré para Tilia, en la tragedia

mis estrofas en opimos racimos;

sangrará cada fruta melodiosa,

como un sol funeral, lúgubres vinos.

                        Tilia tendrá la cruz

que en la hora final será de luz!

 

Prenderé para Tilia, en la tragedia,

la gota de fragor que hay en mis labios;

y el labio, al encresparse para el beso,

se partirá en cien pétalos sagrados.

                        Tilia tendrá el puñal,

el puñal floricida y auroral!

 

Ya en la sombra, heroína, intacta y mártir,

tendrás bajo tus plantas a la Vida;

mientras veles, rezando mis estrofas,

mi testa, como una hostia en sangre tinta!

                        Y en un lirio, voraz,

mi sangre, como un virus, beberás!

 

MEDIALUZ

 

He soñado una fuga. Y he soñado

tus encajes dispersos en la alcoba.

A lo largo de un muelle, alguna madre; 

y sus quince años dando el seno a una hora.

 

He soñado una fuga. Un “para siempre” 

suspirado en la escala de una proa; 

he soñado una madre; 

unas frescas matitas de verdura, 

y el ajuar constelado de una aurora.

 

A lo largo de un muelle...

Y a lo largo de un cuello que se ahoga!

 

SAUCE

 

Lirismo de invierno, rumor de crespones, 

cuando ya se acerca la pronta partida; 

agoreras voces de tristes canciones

que en la tarde rezan una despedida.

 

Visión del entierro de mis ilusiones

en la propia tumba de mortal herida. 

Caridad verónica de ignotas regiones, 

donde a precio de éter se pierda la vida.

 

Cerca de la aurora partiré llorando; 

y mientras mis años se vayan curvando, 

curvará guadañas mi ruta veloz.

 

Y ante fríos óleos de luna muriente, 

con timbres de aceros en tierra indolente, 

cavarán los perros, aullando, un adiós!

 

AUSENTE

 

Ausente! La mañana en que me vaya

más lejos de lo lejos, al Misterio, 

como siguiendo inevitable raya, 

tus pies resbalarán al cementerio

 

Ausente! La mañana en que a la playa

del mar de sombra y del callado imperio, 

como un pájaro lúgubre me vaya, 

será el blanco panteón tu cautiverio.

 

Se habrá hecho de noche en tus miradas; 

y sufrirás, y tomarás entonces

penitentes blancuras laceradas.

 

Ausente! Y en tus propios sufrimientos

ha de cruzar entre un llorar de bronces

una jauría de remordimientos!

 

AVESTRUZ

 

Melancolía, saca tu dulce pico ya; 

no cebes tus ayunos en mis trigos de luz.

Melancolía, basta! Cuál beben tus puñales

la sangre que extrajera mi sanguijuela azul!

 

No acabes el maná de mujer que ha bajado; 

yo quiero que de él nazca mañana alguna cruz,

mañana que no tenga yo a quién volver los ojos,

cuando abra su gran O de burla el ataúd.

 

Mi corazón es tiesto regado de amargura; 

hay otros viejos pájaros que pastan dentro de él... 

Melancolía, deja de secarme la vida, 

y desnuda tu labio de mujer...!

 

BAJO LOS ÁLAMOS

 

Para José Garrido

 

Cual hieráticos bardos prisioneros, 

los álamos de sangre se han dormido.

Rumian arias de hierba al sol caído, 

las reyes de Belén en los oteros.

 

El anciano pastor, a los postreros

martirios de la luz, estremecido, 

en sus pascuales ojos ha cogido

una casta manada de luceros.

 

Labrado en orfandad baja el instante

con rumores de entierro, al campo orante

y se otoñan de sombra las esquilas.

 

Supervive el azul urdido en hierro,  

y en él, amortajadas las pupilas, 

traza su aullido pastoral un perro.

 


BUZOS


 

LA ARAÑA

 

Es una araña enorme que ya no anda; 

una araña incolora, cuyo cuerpo, 

una cabeza y un abdomen, sangra.

 

Hoy la he visto de cerca. Y con qué esfuerzo

hacia todos los flancos

sus pies innumerables alargaba.

Y he pensado en sus ojos invisibles, 

los pilotos fatales de la araña.

 

Es una araña que temblaba fija

en un filo de piedra; 

el abdomen a un lado, 

y al otro la cabeza.

 

Con tantos pies la pobre, y aún no puede

resolverse. Y , al verla

atónita en tal trance, 

hoy me ha dado qué pena esa viajera.

 

Es una araña enorme, a quien impide

el abdomen seguir a la cabeza.

Y he pensado en sus ojos

y en sus pies numerosos...

¡Y me ha dado qué pena esa viajera!

 

BABEL

 

Dulce hogar sin estilo, fabricado

de un solo golpe y de una sola pieza

de cera tornasol. Y en el hogar

ella daña y arregla; a veces dice:

“El hospicio es bonito; aquí no más! ” 

¡ Y otras veces se pone a llorar!

 

ROMERÍA

 

Pasamos juntos. El sueño

lame nuestros pies qué dulce; 

y todo se desplaza en pálidas

renunciaciones sin dulce.

 

Pasamos juntos. Las muertas

almas, las que, cual nosotros, 

cruzaron por el amor, 

con enfermos pasos ópalos, 

salen en sus lutos rígidos

y se ondulan en nosotros.

 

Amada, vamos al borde

frágil de un montón de tierra.

Va en aceite ungida el ala, 

y en pureza. Pero un golpe, 

al caer yo no sé dónde, 

afila de cada lágrima

un diente hostil.

 

Y un soldado, un gran soldado, 

heridas por charreteras, 

se anima en la tarde heroica, 

y a sus pies muestra entre risas, 

como una gualdrapa horrenda, 

el cerebro de la Vida.

 

Pasamos juntos, muy juntos, 

invicta Luz, paso enfermo; 

pasamos juntos las lilas

mostazas de un cementerio.

 

EL PALCO ESTRECHO

 

Más acá, más acá. Yo estoy muy bien. 

Llueve; y hace una cruel limitación. 

Avanza, avanza el pie.

 

Hasta qué hora no suben las cortinas

esas manos que fingen un zarzal?

Ves? Los otros, qué cómodos, qué efigies. 

Más acá, más acá!

 

Llueve. Y hoy tarde pasará otra nave

cargada de crespón; 

será como un pezón negro y deforme

arrancado a la esfíngica Ilusión.

 

Más acá, más acá. Tú estás al borde

y la nave arrastrarte puede al mar.

Ah, cortinas inmóviles, simbólicas...

Mi aplauso es un festín de rosas negras:

cederte mi lugar!

Y en el fragor de mi renuncia, 

un hilo de infinito sangrará.

 

Yo no debo estar tan bien; 

avanza, avanza el pie!

 

 


DE LA TIERRA


¿ • • •

 

— Si te amara... qué sería?

— Una orgía!

— Y si él te amara?

Sería

todo rituario, pero menos dulce.

 

Y si tú me quisieras?

La sombra sufriría

justos fracasos en tus niñas monjas.

 

Culebrean latigazos, 

cuando el can ama a su dueño?

— No ; pero la luz es nuestra.

Estás enfermo... Vete ... Tengo sueño!

 

(Bajo la alameda vesperal)

se quiebra un fragor de rosa).

— Idos, pupilas, pronto...

Y a retoña la selva en mi cristal!

 

EL POETA A SU AMADA

 

Amada, en esta noche tú te has crucificado

sobre los dos maderos curvados de mi beso; 

y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, 

y que hay un viernesanto más dulce que ese beso.

 

En esta noche rara que tanto me has mirado, 

la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso. 

En esta noche de setiembre se ha oficiado

mi segunda caída y el más humano beso.

 

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos; 

se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;

y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

 

Y ya no habrán reproches en tus ojos benditos; 

ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura

los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

 

VERANO

 

Verano, ya me voy. Y me dan pena

las manitas sumisas de tus tardes.

Llegas devotamente; llegas viejo; 

y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

 

Verano! Y pasarás por mis balcones

con gran rosario de amatistas y oros, 

como un obispo triste que llegara

de lejos a buscar y bendecir

los rotos aros de unos muertos novios.

 

Verano, ya me voy. Allá, en setiembre

tengo una rosa que te encargo mucho; 

la regarás de agua bendita todos

los días de pecado y de sepulcro.

 

Si a fuerza de llorar el mausoleo, 

con luz de fe su mármol aletea, 

levanta en alto tu responso, y pide

a Dios que siga para siempre muerta. 

Todo ha de ser ya tarde; 

y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

 

Ya no llores, Verano! En aquel surco

muere una rosa que renace mucho...

 

SETIEMBRE

 

Aquella noche de setiembre, fuiste

tan buena para mí ... hasta dolerme!

Yo no sé lo demás; y para eso, 

no debiste ser buena, no debiste.

 

Aquella noche sollozaste al verme

hermético y tirano, enfermo y triste.

Yo no sé lo demás... y para eso,

yo no sé por qué fui triste... tan triste...!

 

Sólo esa noche de setiembre dulce, 

tuve a tus ojos de Magdala, toda

la distancia de Dios... y te fui dulce!

 

Y también fue una tarde de setiembre

cuando sembré en tus brasas, desde un auto, 

los charcos de esta noche de diciembre.

 

HECES

 

Esta tarde llueve, como nunca; y no

tengo ganas de vivir, corazón.

 

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser? 

Viste gracia y pena; viste de mujer.

 

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo

las cavernas crueles de mi ingratitud; 

mi bloque de hielo sobre su amapola, 

más fuerte que su “No seas así! ”

 

Mis violentas flores negras; y la bárbara

y enorme pedrada; y el trecho glacial.

Y pondrá el silencio de su dignidad

con óleos quemantes el punto final.

 

Por eso esta tarde, como nunca, voy

con este búho, con este corazón.

 

Y otras pasan; y viéndome tan triste, 

toman un poquito de ti

en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

 

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no

tengo ganas de vivir, corazón!

 

IMPÍA

 

Señor! Estabas tras los cristales

humano y triste de atardecer; 

y cuál lloraba tus funerales

esa mujer!

 

Sus ojos eran el jueves santo

dos negros granos de amarga luz! 

Con duras gotas de sangre y llanto

clavó tu cruz!

 

Impía! Desde que tú partiste

Señor, no ha ido nunca al Jordán, 

en rojas aguas su piel desviste, 

y al vil judío le vende pan!

 

LA COPA NEGRA

 

La noche es una copa de mal. Un silbo agudo

del guardia la atraviesa, cual vibrante alfiler. 

Oye, tú, mujerzuela, ¿cómo, si ya te fuiste, 

la onda aún es negra y me hace aún arder?

 

La Tierra tiene bordes de féretro en la sombra. 

Oye, tú, mujerzuela, no vayas a volver.

 

Mi carne nada, nada

en la copa de sombra que me hace aún doler;

mi carne nada en ella,

como en un pantanoso corazón de mujer.

 

Ascua astral... He sentido

secos roces de arcilla

sobre mi loto diáfano caes

Ah, mujer! Por ti existe

la carne hecha de instinto. Ah, mujer!

 

Por eso ¡oh, negro cáliz! aun cuando ya te fuiste,

me ahogo con el polvo, 

y piafan en mis carnes más ganas de beber!

 

DESHORA

 

Pureza amada, que mis ojos nunca

llegaron a gozar. Pureza absurda!

 

Yo sé que estabas en la carne un día, 

cuando yo hilaba aún mi embrión de vida.

 

Pureza en falda neutra de colegio; 

y leche azul dentro del trigo tierno

 

a la tarde de lluvia, cuando el alma

ha roto su puñal en retirada,

 

cuando ha cuajado en no sé qué probeta

sin contenido una insolente piedra,

 

cuando hay gente contenta; y cuando lloran

párpados ciegos en purpúreas bordas.

 

Oh, pureza que nunca ni un recado

me dejaste, al partir del triste barro

 

ni una migaja de tu voz; ni un nervio

de tu convite heroico de luceros.

 

Alejaos de mí buenas maldades, 

dulces bocas picantes...

 

Yo la recuerdo al veros ¡oh, mujeres!

Pues de la vida en la perenne tarde, 

nació muy poco ¡pero mucho muere!

 

FRESCO

 

Llegué a confundirme con ella, 

tanto...! Por sus recodos

espirituales, yo me iba

jugando entre tiernos fresales, 

entre sus griegas manos matinales.

 

Ella me acomodaba después los lazos negros

y bohemios de la corbata. Y yo

volvía a ver la piedra

absorta, desairados los bancos, y el reloj

que nos iba envolviendo en su carrete, 

al dar su inacabable molinete.

 

Buenas noches aquellas, 

que hoy la dan por reír

de mi extraño morir, 

de mi modo de andar meditabundo.

Alfeñiques de oro,

joyas de azúcar

que al fin se quiebran en

el mortero de losa de este mundo.

 

Pero para las lágrimas de amor, 

los luceros son lindos pañuelitos

lilas, 

naranjos, 

verdes,

que empapa el corazón.

Y si hay ya mucha hiel en esas sedas, 

hay un cariño que no nace nunca, 

que nunca muere,

vuela otro gran pañuelo apocalíptico, 

la mano azul, inédita de Dios!

 

YESO

 

Silencio. Aquí se ha hecho ya de noche, 

ya tras del cementerio se fue el sol; 

aquí se está llorando a mil pupilas:

no vuelvas; ya murió mi corazón.

 

Silencio. Aquí ya todo está vestido

de dolor riguroso; y arde apenas, 

como un mal kerosene, esta pasión.

 

Primavera vendrá. Cantarás “Eva” 

desde un minuto horizontal, desde un

hornillo en que arderán los nardos de Eros. 

¡Forja allí tu perdón para el poeta, 

que ha de dolerme aún, 

como clavo que cierra un ataúd!

 

Mas. una noche de lirismo, tu

buen seno, tu mar rojo

se azotará con olas de quince años, 

al ver lejos, aviado con recuerdos

mi corsario bajel, mi ingratitud.

 

Después, tu manzanar, tu labio dándose, 

y que se aja por mí por la vez última, 

y que muere sangriento de amar mucho, 

como un croquis pagano de Jesús.

 

Amada! Y cantarás; 

y ha de vibrar el femenino en mi alma, 

como en una enlutada catedral.

 

 


NOSTALGIAS IMPERIALES


NOSTALGIAS IMPERIALES

 

I

En los paisajes de Mansiche labra

imperiales nostalgias el crepúsculo; 

y lábrase la raza en mi palabra, 

como estrella de sangre a flor de músculo.

 

El campanario dobla... No hay quien abra

la capilla... Diríase un opúsculo

bíblico que muriera en la palabra

de asiática emoción de este crepúsculo.

 

Un poyo con tres potos, es retablo

en que acaban de alzar labios en coro

la eucaristía de una chicha de oro.

 

Más allá, de los ranchos surge el viento

el humo oliendo a sueño y a establo, 

como si se exhumara un firmamento.

II

La anciana pensativa, cual relieve

de un bloque pre-incaico, hila que hila; 

en sus dedos de Mama el huso leve

la lana gris de su vejez trasquila.

 

Sus ojos de esclerótica de nieve

un ciego sol sin luz guarda y mutila...! 

Su boca está en desdén, y en calma aleve

su cansancio imperial talvez vigila.

 

Hay ficus que meditan, melenudos

trovadores incaicos en derrota, 

la rancia pena de esta cruz idiota,

 

en la hora en rubor que ya se escapa, 

y que es lago que suelda espejos rudos

donde náufrago llora Manco-Cápac.

III

Como viejos curacas van los bueyes

camino de Trujillo, meditando...

Y al hierro de la tarde, fingen reyes

que por muertos dominios van llorando.

 

En el muro de pie, pienso en las leyes

que la dicha y la angustia van trocando:

ya en las viudas pupilas de los bueyes

se pudren sueños que no tienen cuándo.

 

La aldea, ante su paso, se reviste

de un rudo gris, en que un mugir de vaca

se aceite en sueño y emoción de huaca.

 

Y en el festín del cielo azul yodado

gime en el cáliz de la esquila triste

un viejo coraquenque desterrado.

IV

La Grama mustia, recogida, escueta

ahoga no sé qué protesta ignota:

parece el alma exhausta de un poeta, 

arredrada en un gesto de derrota.

 

La Ramada ha tallado su silueta, 

cadavérica jaula, sola y rota, 

donde mi enfermo corazón se aquieta

en un tedio estatual de terracota.

 

Llega el canto sin sal del mar labrado

en su máscara bufa de canalla

que babea y da tumbos de ahorcado!

 

La niebla hila una venda al cerro lila

que en ensueños miliarios se enmuralla, 

como un huaco gigante que vigila.

 

 


HOJAS DE ÉBANO


 

Fulge mi cigarrillo;

su luz se limpia en pólvoras de alerta.

Y a su guiño amarillo

entona un pastorcillo

el tamarindo de su sombra muerta.

 

Ahoga en una enérgica negrura

el caserón entero

la mustia distinción de su blancura.

Pena un frágil aroma de aguacero.

 

Están todas las puertas muy ancianas, 

y se hastía en su habano carcomido

una insomne piedad de mil ojeras.

Yo las dejé lozanas; 

y hoy ya las telarañas han zurcido

hasta en el corazón de sus maderas, 

coágulos de sombra oliendo a olvido.

La del camino, el día

que me miró llegar, trémula y triste, 

mientras que sus dos brazos entreabría, 

chilló como en un llanto de alegría.

Que en toda fibra existe,

para el ojo que ama, una dormida

novia perla, una lágrima escondida.

 

Con no sé qué memoria secretea

mi corazón ansioso.

— ¿Señora?... — Sí, señor; murió en la aldea; 

aún la veo envueltita en su rebozo...

 

Y la abuela amargura

de un cantar neurasténico de paria

¡oh, derrotada musa legendaria! 

afila sus melódicos raudales

bajo la noche oscura; 

como si abajo, abajo, 

en la turbia pupila de cascajo

de abierta sepultura, 

celebrando perpetuos funerales, 

se quebrasen fantásticos puñales.

 

Llueve... llueve... Sustancia el aguacero, 

reduciéndolo a fúnebres olores, 

el humor de los viejos alcanfores

que velan tahuashando en el sendero

con sus ponchos de hielo y sin sombrero.

 

TERCETO AUTÓCTONO

 

I

El puño labrador se aterciopela, 

y en cruz en cada labio se aperfila.

Es fiesta! El ritmo del arado vuela; 

y es un chantre de bronce cada esquila.

 

Afílase lo rudo. Habla escarcela...

En las venas indígenas rutila

un yaraví de sangre que se cuela

en nostalgias de sol por la pupila.

 

Las pallas, aquenando hondos suspiros, 

como en raras estampas seculares, 

enrosarían un símbolo en sus giros.

Luce el Apóstol en su trono, luego; 

y es, entre inciensos, cirios y cantares, 

el moderno dios-sol para el labriego.

II

Echa una cana al aire el indio triste.

Hacia el altar fulgente va el gentío.

El ojo del crepúsculo desiste

de ver quemado vivo el caserío.

 

La pastora de lana y llanque viste, 

con pliegues de candor en su atavío; 

y en su humildad de lana heroica y triste, 

copo es su blanco corazón bravío.

 

Entre músicas, fuegos de bengala, 

solfea un acordeón! Algún tendero

da su reclame al viento: “Nadie iguala! ”

 

Las chispas al flotar lindas, graciosas, 

son trigos de oro audaz que el chacarero

siembra en los cielos y en las nebulosas.

III

Madrugada. La chicha al fin revienta

en sollozos, lujurias, pugilatos; 

entre olores de úrea y de pimienta

traza un ebrio al andar mil garabatos.

 

“Mañana que me vaya...” se lamenta

un Romeo rural cantando a ratos.

Caldo madrugador hay ya de venta; 

y brinca un ruido aperital de platos.

 

Van tres mujeres... silba un golfo... Lejos

el río anda borracho y canta y llora

prehistorias de agua, tiempos viejos.

 

Y al sonar una caja de Tayanga, 

como iniciando un huaino azul, remanga

sus pantorrillas de azafrán la Aurora.

 

 


ORACIÓN DEL CAMINO


 

Ni sé para quién es esta amargura!

Oh, Sol, llévala tú que estás muriendo, 

y cuelga, como un Cristo ensangrentado, 

mi bohemio dolor sobre su pecho.

            El valle es de oro amargo; 

            y el viaje es triste, es largo.

 

Oyes? Regaña una guitarra. Calla!

Es tu raza, la pobre viejecita

que al saber que eres huésped y que te odian,

se hinca la faz con una roncha lila.

            El valle es de oro amargo, 

            y el trago es largo... largo...

 

Azulea el camino; ladra el río...

Baja esa frente sudorosa y fría, 

fiera y deforme. Cae el pomo roto

de una espada humanicida!

 

Y en el mómico valle de oro santo, 

la brasa de sudor se apaga en llanto!

 

Queda un olor de tiempo abonado de versos, 

para brotes de mármoles consagrados que hereden

la aurífera canción

de la alondra que se pudre en mi corazón!

 

HUACO

 

Yo soy el coraquenque ciego

que mira por la lente de una llaga,

y que atado está al Globo,

como a un huaco estupendo que girara.

 

Yo soy el llama, a quien tan sólo alcanza

la necedad hostil a trasquilar

volutas de clarín,

volutas de clarín brillantes de asco

y bronceadas de un viejo yaraví.

 

Soy el pichón de cóndor desplumado

por latino arcabuz;

y a flor de humanidad floto en los Andes

como un perenne Lázaro de luz.

 

Yo soy la gracia incaica que se roe

en áureos coricanchas bautizados

de fosfatos de error y de cicuta.

 

A veces en mis piedras se encabritan

los nervios rotos de un extinto puma.

 

Un fermento de Sol;

¡levadura de sombra y corazón!

 

MAYO

 

Vierte el humo doméstico en la aurora

su sabor a rastrojo; 

y canta, haciendo leña, la pastora

un salvaje aleluya!

            Sepia y rojo.

Humo de la cocina, aperitivo

de gesta en este bravo amanecer.

El último lucero fugitivo

lo bebe, y, ebrio ya de su dulzor,

¡oh celeste zagal trasnochador! 

se duerme entre un jirón de rosicler.

 

Hay ciertas ganas lindas de almorzar, 

y beber del arroyo, y chivatear!

Aletear con el humo allá, en la altura; 

o entregarse a los vientos otoñales

en pos de alguna Ruth sagrada, pura, 

que nos brinde una espiga de ternura

bajo la hebraica unción de los trigales!

 

Hoz al hombro calmoso, 

acre el gesto brioso, 

va un joven labrador a Irichugo.

Y en cada brazo que parece vugo

se encrespa el férreo jugo palpitante

que en creador esfuerzo cuotidiano

chispea, como trágico diamante, 

a través de los poros de la mano

que no ha bizantinado aún el guante.

 

Bajo un arco que forma verde aliso, 

¡oh cruzada fecunda del andrajo! 

pasa el perfil macizo

de este Aquiles incaico del trabajo.

 

La zagala que llora

su yaraví a la aurora, 

recoge ¡oh Venus pobre! 

frescos leños fragantes

en sus desnudos brazos arrogantes

esculpidos en cobre.

En tanto que un becerro, 

perseguido del perro, 

por la cuesta bravía

corre, ofrendando al floreciente día

un himno de Virgilio en su cencerro!

 

Delante de la choza

el indio abuelo fuma; 

y el serrano crepúsculo de rosa, 

el ara primitiva se sahúma

en el gas del tabaco.

Tal surge de la entraña fabulosa

de epopéyico huaco, 

mítico aroma de broncíneos lotos, 

el hilo azul de los alientos rotos!

 

ALDEANA

 

Lejana vibración de esquilas mustias

en el aire derrama

la fragancia rural de sus angustias.

En el patio silente

sangra su despedida el sol poniente.

El ámbar otoñal del panorama

toma un frío matiz de gris doliente!

 

Al portón de la casa

que el tiempo con sus garras torna ojosa, 

asoma silenciosa

y al establo cercano luego pasa,

la silueta calmosa

de un buey color de oro,

que añora con sus bíblicas pupilas,

oyendo la oración de las esquilas,

su edad viril de toro!

 

Al muro de la huerta, 

aleteando la pena de su canto, 

salta un gallo gentil, y, en triste alerta, 

cual dos gotas de llanto, 

tiemblan sus ojos en la tarde muerta!

 

Lánguido se desgarra

en la vetusta aldea

el dulce yaraví de una guitarra, 

en cuya eternidad de hondo quebranto

la triste voz de un indio dondonea, 

como un viejo esquilón de camposanto.

 

De codos yo en el muro, 

cuando triunfa en el alma el tinte oscuro

y el viento reza en los ramajes yertos

llantos de quenas, tímidos, inciertos, 

suspiro una congoja, 

al ver que en la penumbra gualda y roja

llora un trágico azul de idilios muertos!

 

IDILIO MUERTO

 

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

 

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir; 

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

 

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar; 

de su sabor de cañas de mayo del lugar.

 

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando: “Qué frío hay... Jesús!

Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

 

 


TRUENOS


 

EN LAS TIENDAS GRIEGAS

 

Y el Alma se asusto

a las cinco de aquella tarde azul desteñida.

El labio entre los linos la imploró

con pucheros de novio para su prometida.

 

El Pensamiento, el gran General se ciñó

de una lanza deicida.

El Corazón danzaba; mas, luego sollozó:

¿la bayadera esclava estaba herida?

 

Nada! Fueron los tigres que la dan por correr

a apostarse en aquel rincón, y tristes ver

los ocasos que llegan desde Atenas.

 

No habrá remedio para este hospital de nervios,

para el gran campamento irritado de este atardecer!

Y el General escruta volar siniestras penas

allá ........................................................

en el desfiladero de mis nervios!

 

AGAPE

 

Hoy no ha venido nadie a preguntar; 

ni me han pedido en esta tarde nada.

 

No he visto ni una flor de cementerio

en tan alegre procesión de luces. 

Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

 

En esta tarde todos, todos pasan

sin preguntarme ni pedirme nada.

 

Y no sé qué se olvidan y se queda

mal en mis manos, como cosa ajena.

 

He salido a la puerta, 

y me dan ganas de gritar a todos:

Si echan de menos algo, aquí se queda!

 

Porque en todas las tardes de esta vida, 

yo no sé con qué puertas dan a un rostro, 

y algo ajeno se toma el alma mía.

 

Hoy no ha venido nadie; 

y hoy he muerto qué poco en esta tarde!

 

LA VOZ DEL ESPEJO

 

Así pasa la vida, como raro espejismo.

¡La rosa azul que alumbra y da el ser al cardo! 

Junto al dogma del fardo

matador, el sofisma del Bien y la Razón!

 

Se ha cogido, al acaso, lo que rozó la mano;

los perfumes volaron, y entre ellos se ha sentido

el moho que a mitad de la ruta ha crecido

en el manzano seco de la muerta Ilusión.

 

Así pasa la vida, 

con cánticos aleves de agostador bacante.

Yo voy todo azorado, adelante... adelante, 

rezongando mi marcha funeral.

 

Van al pie de brahacmánicos elefantes reales, 

y al sórdido abejeo de un hervor mercurial, 

parejas que alzan brindis esculpidos en roca, 

y olvidados crepúsculos una cruz en la boca.

 

Así pasa la vida, vasta orquesta de Esfinges

que arrojaron al Vacío su marcha funeral.

 

ROSA BLANCA

 

Me siento bien. Ahora

brilla un estoico hielo

en mí.

Me da risa esta soga

rubí

que rechina en mi cuerpo.

 

Soga sin fin, 

como una

voluta

descendente

de

mal...

soga sanguínea y zurda

formada de

mil dagas en puntal.

 

Que vaya así, trenzando

sus rollos de crespón; 

y que ate el gato trémulo

del Miedo al nido helado, 

al último fogón.

 

Yo ahora estoy sereno, 

con luz.

Y maya en mi Pacífico

un náufrago ataúd.

 

LA DE A MIL

 

El suertero que grita “La de a mil” 

contiene no sé qué fondo de Dios.

 

Pasan todos los labios. El hastío

despunta en una arruga su yanó.

Pasa el suertero que atesora, acaso

nominal, como Dios, 

entre panes tantálicos, humana

impotencia de amor.

 

Yo le miro al andrajo. Y él pudiera

damos el corazón;

pero la suerte aquella que en sus manos

aporta, pregonando en alta voz, 

como un pájaro cruel, irá a parar

adonde no lo sabe ni lo quiere

este bohemio dios.

 

Y digo en este viernes tibio que anda

a cuestas bajo el sol:

¡por qué se habrá vestido de suertero

la voluntad de Dios!

 

EL PAN NUESTRO

 

Para Alejandro Gamboa

 

Se bebe el desayuno... Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

Ciudad de invierno... La mordaz cruzada

de una carreta que arrastrar parece

una emoción de ayuno encadenada!

 

Se quisiera tocar todas las puertas, 

y preguntar por no sé quién; y luego

ver a los pobres, y, llorando quedos, 

dar pedacitos de pan fresco a todos.

Y saquear a los ricos sus viñedos

con las dos manos santas

que a un golpe de luz

volaron desclavadas de la Cruz!

 

Pestaña matinal, no os levantéis!

¡El pan nuestro de cada día dánoslo,

Señor...!

 

Todos mis huesos son ajenos; 

yo talvez los robé!

Yo vine a darme lo que acaso estuvo

asignado para otro; 

y pienso que, si no hubiera nacido, 

otro pobre tomara este café!

Yo soy un mal ladrón... A dónde iré!

 

Y en esta hora fría, en que la tierra

trasciende a polvo humano y es tan triste, 

quisiera yo tocar todas las puertas, 

y suplicar a no sé quién, perdón, 

y hacerle pedacitos de pan fresco

aquí, en el horno de mi corazón...!

 

ABSOLUTA

 

Color de ropa antigua. Un julio a sombra, 

y un agosto recién segado. Y una

mano de agua que injertó en el pino

resinoso de un tedio malas frutas.

 

Ahora que has anclado, oscura ropa, 

tornas rociada de un suntuoso olor

a tiempo, a abreviación... Y he cantado

el proclive festín que se volcó.

 

Mas ¿no puedes, Señor, contra la muerte, 

contra el límite, contra lo que acaba?

Ay! la llaga en color de ropa antigua, 

cómo se entreabre y huele a miel quemada!

 

Oh unidad excelsa! Oh lo que es uno

por todos!

Amor contra el espacio y contra el tiempo! 

Un latido único de corazón; 

un solo ritmo: Dios!

 

Y al encogerse de hombros los linderos

en un bronco desdén irreductible, 

hay un riego de sierpes

en la doncella plenitud del 1.

¡Una arruga, una sombra!

 

DESNUDO EN BARRO

 

Como horribles batracios a la atmósfera, 

suben visajes lúgubres al labio.

Por el Sahara azul de la Substancia

camina un verso gris, un dromedario.

 

Fosforece un mohín de sueños crueles.

Y el ciego que murió lleno de voces

de nieve. Y madrugar, poeta, nómada, 

al crudísimo día de ser hombre.

 

Las Horas van febriles, y en los ángulos

abortan rubios siglos de ventura.

¡Quién tira tanto el hilo; quién descuelga

sin piedad nuestros nervios, 

cordeles ya gastados, a la tumba!

 

Amor! Y tú también. Pedradas negras

se engendran en tu máscara y la rompen. 

¡La tumba es todavía

un sexo de mujer que atrae al hombre!

 

CAPITULACIÓN

 

A noche, unos abriles granas capitularon

ante mis mayos desarmados de juventud; 

los marfiles histéricos de su beso me hallaron

muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé.

 

Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron

una tarde amaranto que dije un canto a sus

cantos; y anoche, en medio de los brindis, me hablaron

las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed.

 

Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres

sus velas cremas que iban al tope en las salobres

espumas de un marmuerto. Vencedora y vencida,

se quedó pensativa y ojerosa y granate.

 

Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate,

de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.

 

LÍNEAS

 

Cada cinta de fuego

que, en busca del Amor,

arrojo y vibra en rosas lamentables,

me da a luz el sepelio de una víspera.

Yo no sé si el redoble en que lo busco, 

será jadear de roca, 

o perenne nacer de corazón.

 

Hay tendida hacia el fondo de los seres, 

un eje ultranervioso, honda plomada.

¡La hebra del destino!

Amor desviará tal ley de vida, 

hacia la voz del Hombre; 

y nos dará la libertad suprema

en transubstanciación azul, virtuosa, 

contra lo ciego y lo fatal.

 

¡Que en cada cifra lata, 

recluso en albas frágiles, 

el Jesús aún mejor de otra gran Yema!

 

Y después... La otra línea...

Un Bautista que aguaita, aguaita, aguaita...

Y , cabalgando en intangible curva, 

un pie bañado en púrpura.

 

AMOR PROHIBIDO

 

Subes centelleante de labios y ojeras!

Por tus venas subo, como un can herido

que busca el refugio de blandas aceras.

 

Amor, en el mundo tú eres un pecado! 

Mi beso es la punta chispeante del cuerno

del diablo; mi beso que es credo sagrado!

 

Espíritu es el horópter que pasa

            ¡puro en su blasfemia!

¡el corazón que engendra al cerebro! 

que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.

 

Platónico estambre

que existe en el cáliz donde tu alma existe!

 

¿Algún penitente silencio siniestro?

¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!

.. . Y saber que donde no hay un Padrenuestro,

el Amor es un Cristo pecador!

 

LA CENA MISERABLE

 

Hasta cuándo estaremos esperando lo que

no se nos debe... Y en qué recodo estiraremos

 nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo

la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.

 

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones

por haber padecido

            Ya nos hemos sentado

mucho a la mesa, con la amargura de un niño

que a media noche, llora de hambre, desvelado...

 

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde

de una mañana eterna, desayunados todos.

Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde

yo nunca dije que me trajeran.

                        De codos

todo bañado en llanto, repito cabizbajo

y vencido: hasta cuándo la cena durará.

 

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla, 

y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara

de amarga esencia humana, la tumba...

                        Y menos sabe

ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

 

PARA EL ALMA IMPOSIBLE DE MI AMADA

 

Amada: no has querido plasmarte jamás

como lo ha pensado mi divino amor.

 

Quédate en la hostia, 

ciega e impalpable, 

como existe Dios.

 

Si he cantado mucho, he llorado más

por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor! 

Quédate en el seso, 

y en el mito inmenso

de mi corazón!

 

Es la fe, la fragua donde yo quemé

el terroso hierro de tanta mujer; 

y en un yunque impío te quise pulir. 

Quédate en la eterna

nebulosa, ahí, 

en la multicencia de un dulce noser.

 

Y si no has querido plasmarte jamás

en mi metafísica emoción de amor, 

deja que me azote, 

como un pecador.

 

EL TÁLAMO ETERNO

 

Sólo al dejar de ser, Amor es fuerte!

Y la tumba será una gran pupila, 

en cuyo fondo supervive y llora

la angustia del amor, como en un cáliz

de dulce eternidad y negra aurora.

 

Y los labios se encrespan para el beso, 

como algo lleno que desborda y muere; 

y, en conjunción crispante,

cada boca renuncia para la otra

una vida de vida agonizante.

 

Y cuando pienso así, dulce es la tumba

donde todos al fin se compenetran

en un mismo fragor;

dulce es la sombra, donde todos se unen

en una cita universal de amor.

 

LAS PIEDRAS

 

Esta mañana bajé

a las piedras ¡oh las piedras!

Y motivé y troquelé

un pugilato de piedras.

 

Madre nuestra, si mis pasos

en el mundo hacen doler, 

es que son los fogonazos

de un absurdo amanecer.

 

Las piedras no ofenden; nada

codician. Tan sólo piden

amor a todos, y piden

amor aun a la Nada.

 

Y si algunas de ellas se

van cabizbajas, o van

avergonzadas, es que

algo de humano harán...

 

Mas, no falta quien a alguna

por puro gusto golpee.

Tal, blanca piedra es la luna

que voló de un puntapié...

 

Madre nuestra, esta mañana

Me he corrido con las hiedras, 

al ver la azul caravana

de las piedras, 

de las piedras, 

de las piedras...

 

RETABLO

 

Yo digo para mí: por fin escapo al ruido; 

nadie me ve que voy a la nave sagrada. 

Altas sombras acuden, 

y Darío que pasa con su lira enlutada.

 

Con paso innumerable sale la dulce Musa, 

y a ella van mis ojos, cual polluelos al grano.

La acosan tules de éter y azabaches dormidos, 

en tanto sueña el mirlo de la vida en su mano.

 

Dios mío, eres piadoso, porque diste esta nave,

donde hacen estos brujos azules sus oficios.

Darío de las Américas celestes! Tal ellos se parecen

a ti! Y de tus trenzas fabrican sus cilicios.

 

Como ánimas que buscan entierros de oro absurdo,

aquellos arciprestes vagos del corazón, 

se internan, y aparecen... y, hablándonos de lejos, n

os lloran el suicidio monótono de Dios!

 

PAGANA

 

Ir muriendo y cantando. Y bautizar la sombra

con sangre babilónica de noble gladiador.

Y rubricar los cuneiformes de la áurea alfombra

con la pluma del ruiseñor y la tinta azul del dolor.

 

¿La vida? Hembra proteica. Contemplarla asustada

escaparse en sus velos, infiel, falsa Judith; 

verla desde la herida, y asirla en la mirada,

incrustando un capricho de cera en un rubí.

 

Mosto de Babilonia, Holofernes sin tropas, 

en el árbol cristiano yo colgué mi nidal; 

la viña redentora negó amor a mis copas;

Judith, la vida aleve, sesgó su cuerpo hostial.

 

Tal un festín pagano. Y amarla hasta en la muerte,

mientras las venas siembran rojas perlas de mal;

y así volverse al polvo, conquistador sin suerte,

dejando miles de ojos de sangre en el puñal.

 

LOS DADOS ETERNOS

 

Para Manuel González Prada esta emoción bravia y

selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha

aplaudido el gran maestro.

 

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; 

me pesa haber tomádote tu pan; 

pero este pobre barro pensativo

no es costra fermentada en tu costado:

tú no tienes Marías que se van!

 

Dios mío, si tú hubieras sido hombre, 

hoy supieras ser Dios; 

pero tú, que estuviste siempre bien, 

no sientes nada de tu creación.

Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

 

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas, 

como en un condenado,

Dios mío, prenderás todas tus velas, 

y jugaremos con el viejo dado...

Talvez ¡oh jugador! al dar la suerte

del universo todo, 

surgirán las ojeras de la Muerte, 

como dos ases fúnebres de lodo.

 

Dios mío, y esta noche sorda, oscura, 

ya no podrás jugar, porque la Tierra

es un dado roído y ya redondo

a fuerza de rodar a la aventura, 

que no puede parar sino en un hueco, 

en el hueco de inmensa sepultura.

 

LOS ANILLOS FATIGADOS

 

Hay ganas de volver, de amar, de no ausentarse,

y hay ganas de morir, combatido por dos

aguas encontradas que jamás han de istmarse.

 

Hay ganas de un gran beso que amortaje a la Vida,

que acaba en el África de una agonía ardiente,

suicida!

 

Hay ganas de ... no tener ganas, Señor; 

a ti yo te señalo con el dedo deicida:

hay ganas de no haber tenido corazón.

 

La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios,

curvado en tiempo, se repite, y pasa, pasa

a cuestas cotí la espina dorsal del Universo.

 

Cuando las sienes tocan su lúgubre tambor, 

cuando me duele el sueño grabado en un puñal, 

¡hay ganas de quedarse plantado en este verso!

 

SANTORAL

 

(Parágrafos)

 

Viejo Osiris! Llegué hasta la pared

de enfrente de la vida.

 

Y me parece que he tenido siempre

a la mano esta pared.

 

Soy la sombra, el reverso: todo va

bajo mis pasos de columna eterna.

 

Nada he traído por las trenzas; todo

fácil se vino a mí, como una herencia.

 

Sardanápalo. Tal, botón eléctrico

de máquinas de sueño fue mi boca.

 

Así he llegado a la pared de enfrente; 

y siempre esta pared tuve a la mano.

 

Viejo Osiris! Perdónote! Que nada

alcanzó a requerirme, nada, nada...

 

LLUVIA

 

En Lima . . . En Lima está lloviendo

el agua sucia de un dolor

qué mortífero. Está lloviendo

de la gotera de tu amor.

 

N o te hagas la que está durmiendo, 

recuerda de tu trovador; 

que yo ya comprendo... comprendo

la humana ecuación de tu amor.

 

Truena en la mística dulzaina

la gema tempestuosa y zaina, 

la brujería de tu “sí” .

 

Mas, cae, cae el aguacero

al ataúd de mi sendero, 

donde me ahueso para ti...

 

AMOR

 

Amor, ya no vuelves a mis ojos muertos; 

y cuál mi idealista corazón te llora.

Mis cálices todos aguardan abiertos

tus hostias de otoño y vinos de aurora.

 

Amor, cruz divina, riega mis desiertos

con tu sangre de astros que sueña y que llora. 

¡Amor, ya no vuelves a mis ojos muertos

que temen y ansían tu llanto de aurora!

 

Amor, no te quiero cuando estás distante

rifado en afeites de alegre bacante, 

o en frágil y chata facción de mujer.

 

Amor, ven sin carne, de un icor que asombre; 

y que yo, a manera de Dios, sea el hombre

que ama y engendra sin sensual placer!

 

DIOS

 

Siento a Dios que camina

tan en mí, con la tarde y con el mar.

Con él nos vamos juntos. Anochece.

Con él anochecemos. Orfandad...

 

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece

que él me dicta no sé qué buen color. 

Como un hospitalario, es bueno y triste; 

mustia un dulce desdén de enamorado:

debe dolerle mucho el corazón.

 

Oh, Dios mío, recién a ti me llego, 

hoy que amo tanto en esta tarde; hoy

que en la falsa balanza de unos senos, 

mido y lloro una frágil Creación.

 

Y tú, cuál llorarás... tú, enamorado

de tanto enorme seno girador...

Yo te consagro Dios, porque amas tanto; 

porque jamás sonríes; porque siempre

debe dolerte mucho el corazón.

 

UNIDAD

 

En esta noche mi reloj jadea

junto a la sien oscurecida, como

manzana de revólver que voltea

bajo el gatillo sin hallar el plomo.

 

La luna blanca, inmóvil, lagrimea, 

y es un ojo que apunta... Y siento cómo

se acuña el gran Misterio en una idea

hostil y ovoidea, en un bermejo plomo.

 

¡Ah, mano que limita, que amenaza

tras de todas las puertas, y que alienta

en todos los relojes, cede y pasa!

 

Sobre la araña gris de tu armazón, 

otra gran Mano hecha de luz sustenta

un plomo en forma azul de corazón.

 

LOS ARRIEROS

 

Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor.

La hacienda Menocucho

cobra mil sinsabores diarios por la vida.

Las doce. Vamos a la cintura del día.

El sol que duele mucho.

 

Arriero, con tu poncho colorado te alejas, 

saboreando el romance peruano de tu coca.

Y yo desde una hamaca,

desde un siglo de duda,

cavilo tu horizonte, y atisbo, lamentado

por zancudos y por el estribillo gentil

y enfermo de una “paca-paca” .

Al fin tú llegarás donde debes llegar, 

arriero, que, detrás de tu burro santurrón, 

te vas... 

te vas...

 

Feliz de ti, en este calor en que se encabritan

todas las ansias y todos los motivos; 

cuando el espíritu que anima al cuerpo apenas,

va sin coca, y no atina a cabestrar

su bruto hacia los Andes

occidentales de la Eternidad.

 

 


CANCIONES DE HOGAR


 

ENCAJE DE FIEBRE

 

Por los cuadros de santos en el muro colgados

mis pupilas arrastran un ¡ay! de anochecer; 

y en un temblor de fiebre, con los brazos cruzados,

mi ser recibe vaga visita del Noser.

 

Una mosca llorona en los muebles cansados

yo no sé qué leyenda fatal quiere verter:

una ilusión de Orientes que fugan asaltados; 

un nido azul de alondras que mueren al nacer.

 

En un sillón antiguo sentado está mi padre.

Como una Dolorosa, entra y sale mi madre.

Y al verlos siento un algo que no quiere partir.

 

Porque antes de la oblea que es hostia hecha de Ciencia,

está la hostia, oblea hecha de Providencia.

Y la visita nace, me ayuda a bien vivir...

 

LOS PASOS LEJANOS

 

Mi padre duerme. Su semblante augusto

figura un apacible corazón; 

está ahora tan dulce... 

si hay algo en él de amargo, seré yo.

 

Hay soledad en el hogar; se reza; 

y no hay noticias de los hijos hoy.

Mi padre se despierta, ausculta

la huida a Egipto, el restañante adiós. 

Estás ahora tan cerca; 

si hay algo en él de lejos, seré yo.

 

Y mi madre pasea allá en los huertos, 

saboreando un sabor ya sin sabor.

Está ahora tan suave,

tan ala, tan salida, tan amor.

 

Hay soledad en el hogar sin bulla, 

sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde, 

y que baja y que cruje, 

son dos viejos caminos blancos, curvos. 

Por ellos va mi corazón a pie.

 

A MI HERMANO MIGUEL

 

In metnoriam

 

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa, 

donde nos haces una falta sin fondo!

Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá

nos acariciaba: “Pero, hijos...”

 

Ahora yo me escondo; 

como antes, todas estas oraciones

vespertinas, y espero que tú no des conmigo.

Por la sala, el zaguán, los corredores.

Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.

Me acuerdo que nos hacíamos llorar, 

hermano, en aquel juego.

 

Miguel, tú te escondiste

una noche de agosto, al alborear; 

pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.

 

Y tu gemelo corazón de esas tardes

extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya

cae sombra en el alma.

 

Oye, hermano, no tardes

en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá.

 

ENEREÍDA

 

Mi padre, apenas

en la mañana pajarina, pone

sus setentiocho años, sus setentiocho

ramos de invierno a solear.

El cementerio de Santiago, untado

en alegre año nuevo, está a la vista.

Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él,

y tornaron de algún entierro humilde.

 

Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale!

Una broma de niños se desbanda.

 

Otras veces le hablaba a mi madre

de impresiones urbanas, de política;

y hoy, apoyado en su bastón ilustre

que sonara mejor en los años de la Gobernación,

mi padre está desconocido, frágil,

mi padre es una víspera.

Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas,

recuerdos, sugerencias.

La mañana apacible le acompaña

con sus alas blancas de hermana de caridad.

 

Día eterno es éste, día ingenuo, infante,

coral, oracional;

se corona el tiempo de palomas,

y el futuro se puebla

de caravanas de inmortales rosas.

Padre, aún sigue todo despertando;

es enero que canta, es tu amor

que resonando va en la Eternidad.

Aún reirás de tus pequeñuelos,

y habrá bulla triunfal en los Vacíos.

 

Aún será año nuevo. Habrá empanadas;

y yo tendré hambre, cuando toque a misa

en el beato campanario

el buen ciego mélico con quien

departieron mis sílabas escolares y frescas,

mi inocencia rotunda.

Y cuando la mañana llena de gracia,

desde sus senos de tiempo

que son dos renuncias, dos avances de amor

que se tienden y ruegan infinito, eterna vida,

cante, y eche a volar Verbos plurales,

jirones de tu ser,

a la borda de sus alas blancas

de hermana de caridad ¡oh, padre mío!

 

ESPERGESIA

 

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Todos saben que vivo,

que soy malo; y no saben

del diciembre de ese enero.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Hay un vacío

en mi aire metafísico

que nadie ha de palpar:

el claustro de un silencio

que habló a flor de fuego.

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Hermano, escucha, escucha...

Bueno. Y que no me vaya

sin llevar diciembres,

sin dejar eneros.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Todos saben que vivo,

que mastico... Y no saben

por qué en mi verso chirrían,

oscuro sinsabor de féretro,

luyidos vientos

desenroscados de la Esfinge

preguntona del Desierto.

 

Todos saben... Y no saben

que la Luz es tísica,

y la Sombra gorda...

Y no saben que el Misterio sintetiza...

que él es la joroba

musical y triste que a distancia denuncia

el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

 

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo,

grave.

 

 


*

 

Cesar Vallejo

 

TRILCE (1922)

 


 

I

 

Quién hace tánta bulla, y ni deja

testar las islas que van quedando.

 

Un poco más de consideración

en cuanto será tarde, temprano,

y se aquilatará mejor

el guano, la simple calabrina tesórea

que brinda sin querer,

en el insular corazón,

salobre alcatraz, a cada hialoidea

grupada.

 

Un poco más de consideración,

y el mantillo líquido, seis de la tarde

DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES.

 

Y la península párase

por la espalda, abozaleada, impertérrita

en la línea mortal del equilibrio.

 

II

 

Tiempo Tiempo.

Mediodía estancado entre relentes.

 

Bomba aburrida del cuartel achica

tiempo tiempo tiempo tiempo.

 

Era Era.

 

Gallos cancionan escarbando en vano.

Boca del claro día que conjuga

era era era era.

 

Mañana Mañana.

 

El reposo caliente aún de ser.

Piensa el presente guárdame para

mañana mañana mañana mañana.

 

Nombre Nombre.

 

¿Qué se llama cuanto heriza nos?

Se llama Lomismo que padece

nombre nombre nombre nombrE.

 

III

 

Las personas mayores

¿a qué hora volverán?

Da las seis el ciego Santiago,

y ya está muy oscuro.

 

Madre dijo que no demoraría.

 

Aguedita, Nativa, Miguel,

cuidado con ir por ahí, por donde

acaban de pasar gangueando sus memorias

dobladoras penas,

hacia el silencioso corral, y por donde

las gallinas que se están acostando todavía,

se han espantado tanto.

Mejor estemos aquí no más.

Madre dijo que no demoraría.

 

Ya no tengamos pena. Vamos viendo

los barcos ¡el mío es más bonito de todos!

con los cuales jugamos todo el santo día,

sin pelearnos, como debe ser:

han quedado en el pozo de agua, listos,

fletados de dulces para mañana.

 

Aguardemos así, obedientes y sin más

remedio, la vuelta, el desagravio

de los mayores siempre delanteros

dejándonos en casa a los pequeños,

como si también nosotros

no pudiésemos partir.

 

Aguedita, Nativa, Miguel?

Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.

N o me vayan a haber dejado solo,

y el único recluso sea yo.

 

IV

 

Rechinan dos carretas contra los martillos

hasta los lagrimales trifurcas,

cuando nunca las hicimos nada.

A aquella otra sí, desamada,

amargurada bajo túnel campero

por lo uno, y sobre duras áljidas

pruebas                       espiritivas.

 

Tendime en són de tercera parte,

mas la tarde — qué la bamos a hhazer—

se anilla en mi cabeza, furiosamente

a no querer dosificarse en madre. Son

los anillos.

 

Son los nupciales trópicos ya tascados.

El alejarse, mejor que todo,

rompe a Crisol.

 

Aquel no haber descolorado

por nada. Lado al lado al destino y llora

y llora. Toda la canción

cuadrada en tres silencios.

 

Calor. Ovario. Casi transparencia.

Hase llorado todo.

Hase                entero velado

en plena izquierda.

 

V

 

Grupo dicotiledón. Oberturan

desde él petreles, propensiones de trinidad, 

finales que comienzan, ohs de ayes

creyérase avaloriados de heterogeneidad. 

¡Grupo de los dos cotiledones!

 

A ver. Aquello sea sin ser más.

A ver. No trascienda hacia afuera, 

y piense en són de no ser escuchado, 

y crome y no sea visto.

Y no glise en el gran colapso.

 

La creada voz rebélase y no quiere

ser malla, ni amor.

Los novios sean novios en eternidad.

Pues no deis 1, que resonará al infinito.

Y no deis O , que callará tánto, 

hasta despertar y poner de pie al 1.

 

Ah grupo bicardiaco.

 

VI

 

El traje que vestí mañana

no lo ha lavado mi lavandera:

lo lavaba en sus venas otilinas,

en el chorro de su corazón, y hoy no he

de preguntarme si yo dejaba

el traje turbio de injusticia.

 

A hora que no hay quien vaya a las aguas, 

en mis falsillas encañona

el lienzo para emplumar, y todas las cosas

del velador de tánto qué será de mí, 

todas no están mías

a mi lado.

                        Quedaron de su propiedad, 

fratesadas, selladas con su trigueña bondad.

 

Y si supiera si ha de volver; 

y si supiera qué mañana entrará

a entregarme las ropas lavadas, mi aquella

lavandera del alma. Qué mañana entrará

satisfecha, capulí de obrería, dichosa

de probar que sí sabe, que sí puede

                        ¡CÓMO NO VA A PODER!

Azular y planchar todos los caos.

 

VII

 

Rumbé sin novedad por la veteada calle

que yo me sé. Todo sin novedad, 

de veras. Y fondeé hacia cosas así, 

y fui pasado.

 

Doblé la calle por la que raras

veces se pasa con bien, salida

heroica por la herida de aquella

esquina viva, nada a medias.

 

Son los grandores, 

el grito aquel, la claridad de careo, 

la barreta sumersa en su función de

                                               ¡ya!

 

Cuando la calle está ojerosa de puertas, 

y pregona desde descalzos atriles

trasmañanar las salvas en los dobles.

 

Ahora hormigas minuteras

se adentran dulzoradas, dormitadas, apenas

dispuestas, y se baldan, 

quemadas pólvoras, altos de a             1921.

 

VIII

 

Mañana esotro día, alguna

vez hallaría para el hifalto poder, 

entrada eternal.

 

Mañana algún día, 

sería la tienda chapada

con un par de pericardios, pareja

de carnívoros en celo.

 

Bien puede afincar todo eso.

Pero un mañana sin mañana, 

entre los aros de que enviudemos, 

margen de espejo habrá

donde traspasaré mi propio frente

hasta perder el eco

y quedar con el frente hacia la espalda.

 

I X

 

Vusco volvvver de golpe el golpe.

Sus dos hojas anchas, su válvula

que se abre en suculenta recepción

de multiplicando a multiplicador, 

su condición excelente para el placer, 

todo avía verdad.

 

Busco volvver de golpe el golpe.

A su halago, enveto bolivarianas fragosidades

a treintidós cables y sus múltiples, 

se arrequintan pelo por pelo

soberanos belfos, los dos tomos de la Obra, 

y no vivo entonces ausencia, 

ni al tacto.

 

Fallo bolver de golpe el golpe.

No ensillaremos jamás el toroso Vaveo

de egoísmo y de aquel ludir mortal

de sábana,

 

desque la mujer esta

            ¡cuánto pesa de general!

Y hembra es el alma de la ausente.

Y hembra es el alma mía.

 

X

 

Prístina y última de infundada

ventura, acaba de morir

con alma y todo, octubre habitación y encinta. 

De tres meses de ausente y diez de dulce.

Cómo el destino, 

mitrado monodáctilo, ríe.

 

Cómo detrás desahucian juntas

de contrarios. Cómo siempre asoma el guarismo

bajo la línea de todo avatar.

 

Cómo escotan las ballenas a palomas.

Cómo a su vez éstas dejan el pico

cubicado en tercera ala.

Cómo arzonamos, cara a monótonas ancas.

 

Se remolca diez meses hacia la decena, 

hacia otro más allá.

Dos quedan por lo menos todavía en pañales.

Y los tres meses de ausencia.

Y los nueve de gestación.

 

N o hay ni una violencia.

El paciente incorpórase, 

y sentado empavona tranquilas misturas.

 

XI

 

He encontrado a una niña

en la calle, y me ha abrazado.

Equis, disertada, quien la halló y la hallé, 

no la va a recordar.

 

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle

el talle, mis manos han entrado en su edad

como en par de mal rebocados sepulcros.

Y por la misma desolación marchóse, 

delta al sol tenebloso, 

trina entre los dos.

 

“Me he casado” , 

me dice. Cuando lo que hicimos de niños

en casa de la tía difunta.

Se ha casado.

Se ha casado.

 

Tardes años latitudinales,

qué verdaderas ganas nos ha dado

de jugar a los toros, a las yuntas,

pero todo de engaños, de candor, como fue.

 

XII

 

Escapo de una finta, peluza a peluza.

Un proyectil que no sé dónde irá a caer. 

Incertidumbre. Tramonto. Cervical coyuntura.

 

Chasquido de moscón que muere

a mitad de su vuelo y cae a tierra.

¿Qué dice ahora Newton?

Pero, naturalmente, vosotros sois hijos.

 

Incertidumbre. Talones que no giran. 

Carilla en nudo, fabrida

cinco espinas por un lado

y cinco por el otro: Chit! Y a sale.

 

XIII

 

Pienso en tu sexo.

Simplificado el corazón, pienso en tu sexo, 

ante el hijar maduro del día.

 

Palpo el botón de dicha, está en sazón.

Y muere un sentimiento antiguo

degenerado en seso.

 

Pienso en tu sexo, surco más prolífico

y armonioso que el vientre de la Sombra, 

aunque la Muerte concibe y pare

de Dios mismo.

Oh Conciencia,

pienso, sí, en el bruto libre

que goza donde quiere, donde puede.

 

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos. 

Oh estruendo mudo.

 

¡ Odumodneurtse!

 

XIV

 

Cual mi explicación.

Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios. 

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro. 

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles.

 

XV

 

En el rincón aquel, donde dormimos juntos

tantas noches, ahora me he sentado

a caminar. La cuja de los novios difuntos

fue sacada, o talvez qué habrá pasado.

 

Has venido temprano a otros asuntos

y ya no estás. Es el rincón

donde a tu lado, leí una noche, 

entre tus tiernos puntos

un cuento de Daudet. Es el rincón

amado. No lo equivoques.

 

Me he puesto a recordar los días

de verano idos, tu entrar y salir, 

poca y harta y pálida por los cuartos.

 

En esta noche pluviosa, 

ya lejos de ambos dos, salto de pronto... 

Son dos puertas abriéndose cerrándose, 

dos puertas que al viento van y vienen

sombra            a          sombra.

 

XVI

 

Tengo fe en ser fuerte.

Dame, aire manco, dame ir

galoneándome de ceros a la izquierda.

Y tú, sueño, dame tu diamante implacable, 

tu tiempo de deshora.

 

Tengo fe en ser fuerte.

Por allí avanza cóncava mujer, 

cantidad incolora, cuya

gracia se cierra donde me abro.

 

Al aire, fray pasado. Cangrejos, zote! 

Avístase la verde bandera presidencial, 

arriando las seis banderas restantes, 

todas las colgaduras de la vuelta.

 

Tengo fe en que soy, 

y en que he sido menos.

 

Ea! Buen primero!

 

XVII

 

Destílase este 2 en una sola tanda,

y entrambos lo apuramos.

Nadie me hubo oído. Estría urente

abracadabra civil.

 

La mañana no palpa cual la primera,

cual la última piedra ovulandas

a fuerza de secreto. La mañana descalza.

El barro a medias

entre sustancia gris, más y menos.

Caras no saben de la cara, ni de la

marcha a los encuentros.

Y sin hacia cabecee el exergo.

Yerra la punta del afán.

 

Junio, eres nuestro. Junio, y en tus hombros

me paro a carcajear, secando

mi metro y mis bolsillos

en tus 21 uñas de estación.

 

Buena! Buena!

 

XVIII

 

Oh las cuatro paredes de la celda.

Ah las cuatro paredes albicantes

que sin remedio dan al mismo número.

 

Criadero de nervios, mala brecha,

por sus cuatro rincones cómo arranca

las diarias aherrojadas extremidades.

 

Amorosa llavera de innumerables llaves,

si estuvieras aquí, si vieras hasta

qué hora son cuatro estas paredes.

Contra ellas seríamos contigo, los dos,

más dos que nunca. Y ni lloraras,

di, libertadora!

 

Ah las paredes de la celda.

De ellas me duelen entretanto más

las dos largas que tienen esta noche

algo de madres que ya muertas

llevan por bromurados declives, 

a un niño de la mano cada una.

 

Y sólo yo me voy quedando, 

con la diestra, que hace por ambas manos, 

en alto, en busca de terciario brazo

que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,

esta mayoría inválida de hombre.

 

XIX

 

A trastear, Hélpide dulce, escampas, 

cómo quedamos de tan quedarnos.

 

Hoy vienes apenas me he levantado.

El establo está divinamente meado

y excrementido por la vaca inocente

y el inocente asno y el gallo inocente.

 

Penetra en la maría ecuménica.

Oh sangabriel, haz que conciba el alma, 

el sin luz amor, el sin cielo, 

lo más piedra, lo más nada,

                        hasta la ilusión monarca.

 

Quemaremos todas las naves! 

Quemaremos la última esencia!

 

Mas si se ha de sufrir de mito a mito, 

y a hablarme llegas masticando hielo, 

mastiquemos brasas, 

ya no hay dónde bajar, 

ya no hay dónde subir.

 

Se ha puesto el gallo incierto, hombre.

 

XX

 

Al ras de batiente nata blindada

de piedra ideal. Pues apenas

acerco el 1 al 1 para no caer.

 

Ese hombre mostachoso. Sol, 

herrada su única rueda, quinta y perfecta, 

y desde ella para arriba.

Bulla de botones de bragueta,

                                   libres,

bulla que reprende A vertical subordinada.

El desagüe jurídico. La chirota grata.

 

Mas sufro. Allende sufro. Aquende sufro.

 

Y he aquí se me cae la baba, soy

una bella persona, cuando

el hombre guillermosecundario

puja y suda felicidad

a chorros, al dar lustre al calzado

de su pequeña de tres años.

 

Engállase el barbado y frota un lado.

La niña en tanto pónese el índice

en la lengua que empieza a deletrear

los enredos de enredos de los enredos, 

y unta el otro zapato, a escondidas, 

con un poquito de saliba y tierra,

                                   pero con un poquito,

                                                           no má-

                                                           .s.

 

XXI

 

En un auto arteriado de círculos viciosos, 

torna diciembre qué cambiado, 

con su oro en desgracia. Quién le viera:

diciembre con su 31 pieles rotas,

                                   el pobre diablo.

 

Yo le recuerdo. Hubimos de esplendor, 

bocas ensortijadas de mal engreimiento, 

todas arrastrando recelos infinitos.

Cómo no voy a recordarle

al magro señor Doce.

 

Yo le recuerdo. Y hoy diciembre torna

qué cambiado, el aliento a infortunio, 

helado, moqueando humillación.

 

Y a la ternurosa avestruz

como que la ha querido, como que la ha adorado. 

Pero ella se ha calzado todas sus diferencias.

 

XXII

 

Es posible me persigan hasta cuatro

magistrados vuelto. Es posible me juzguen pedro. 

¡Cuatro humanidades justas juntas!

Don Juan Jacobo está en hacerio, 

y las burlas le tiran de su soledad, 

como a un tonto. Bien hecho.

 

Farol rotoso, el día induce a darle algo, 

y pende

a modo de asterisco que se mendiga

a sí propio quizás qué enmendaturas.

 

Ahora que chirapa tan bonito

en esta paz de una sola línea, 

aquí me tienes,

aquí me tienes, de quien yo penda, 

para que sacies mis esquinas.

Y si, éstas colmadas, 

te derramases de mayor bondad, 

sacaré de donde no haya, 

forjaré de locura otros posillos, 

insaciables ganas

de nivel y amor.

 

Si pues siempre salimos al encuentro

de cuanto entra por otro lado,

ahora, chirapado eterno y todo,

heme, de quien yo penda,

estoy de filo todavía. Heme!

 

XXIII

 

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos

pura yema infantil innumerable, madre.

 

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente

mal plañidas, madre: tus mendigos.

Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto

y yo arrastrando todavía

uña trenza por cada letra del abecedario.

 

En la sala de arriba nos repartías

de mañana, de tarde, de dual estiba,

aquellas ricas hostias de tiempo, para

que ahora nos sobrasen

cáscaras de relojes en flexión de las 24

en punto parados.

 

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo

quedaría, en qué retoño capilar,

cierta migaja que hoy se me ata al cuello

y no quiere pasar. Hoy que hasta

tus puros huesos estarán harina

que no habrá en qué amasar

¡tierna dulcera de amor,

hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar

cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo

que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tánto!

en las cerradas manos recién nacidas.

 

Tal la tierra oirá en tu silenciar,

cómo nos van cobrando todos

el alquiler del mundo donde nos dejas

y el valor de aquel pan inacabable.

 

Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros

pequeños entonces, como tú verías, 

no se lo podíamos haber arrebatado

a nadie; cuando tú nos lo diste,

¿di, mamá?

 

XXIV

 

Al borde de un sepulcro florecido

transcurren dos marías llorando, 

llorando a mares.

 

El ñandú desplumado del recuerdo

alarga su postrera pluma, 

y con ella la mano negativa de Pedro

graba en un domingo de ramos

resonancias de exequias y de piedras.

 

Del borde de un sepulcro removido

se alejan dos marías cantando.

 

Lunes.

 

XXV

 

Al fan alfiles a adherirse

a las junturas, al fondo, a los testuces, 

al sobrelecho de los numeradores a pie. 

Alfiles y cadillos de lupinas parvas.

 

Al rebufar el socaire de cada caravela

deshilada sin ameracanizar, 

ceden las estevas en espasmo de infortunio, 

con pulso párvulo mal habituado

a sonarse en el dorso de la muñeca.

Y la más aguda tiplisonancia

se tonsura y apeálase, y largamente

se ennazala hacia carámbanos

de lástima infinita.

 

Soberbios lomos resoplan

al portar, pendientes de mustios petrales

las escarapelas con sus siete colores

bajo cero, desde las islas guaneras

hasta las islas guaneras.

Tal los escarzos a la intemperie de pobre

fe.

Tal el tiempo de las rondas. Tal el del rodeo

para los planos futuros, 

cuando innánima grifalda relata sólo

fallidas callandas cruzadas.

 

Vienen entonces alfiles a adherirse

hasta en las puertas falsas y en los borradores.

 

XXVI

 

El verano echa nudo a tres años

que, encintados de cárdenas cintas, a todo

                                   sollozo, 

aurigan orinientos índices

de moribundas alejandrías

de cuzcos moribundos.

 

Nudo alvino deshecho, una pierna por allí, 

más allá todavía la otra,

                                   desgajadas,

                                   péndulas.

Deshecho nudo de lácteas glándulas

de la sinamayera, 

bueno para alpacas brillantes, 

para abrigo de pluma inservible

¡más piernas los brazos que brazos!

 

Así envérase el fin, como todo, 

como polluelo adormido saltón

de la hendida cáscara, 

a luz eternamente polla.

Y así, desde el óvalo, con cuatros al hombro,

                                   ya para qué tristura.

 

Las uñas aquellas dolían

retesando los propios dedos hospicios.

De entonces crecen ellas para adentro.

                                   mueren para afuera, 

                                   y al medio ni van ni vienen, 

                                   ni van ni vienen.

 

Las uñas. Apeona ardiente avestruz coja, 

desde perdidos sures, 

flecha hasta el estrecho ciego

                                   de senos aunados.

 

Al calor de una punta

de pobre sesgo ESFORZADO , 

la griega sota de oros tórnase

morena sota de islas, 

cobriza sota de lagos

en frente a moribunda alejandría, 

a cuzco moribundo.

 

XXVII

 

Me da miedo ese chorro,

buen recuerdo, señor fuerte, implacable

cruel dulzor. Me da miedo.

Esta casa me da entero bien, entero

lugar para este no saber dónde estar.

 

No entremos. Me da miedo este favor

de tornar por minutos, por puentes volados. 

Yo no avanzo, señor dulce, 

recuerdo valeroso, triste

esqueleto cantor.

 

Qué contenido, el de esta casa encantada, 

me da muertes de azoque, y obtura

con plomo mis tomas

a la seca actualidad.

 

El chorro que no sabe a cómo vamos,

dame miedo, pavor.

Recuerdo valeroso, yo no avanzo.

Rubio y triste esqueleto, silba, silba.

 

XXVIII

 

He almorzado solo ahora, y no he tenido

madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,

ni padre que, en el fecundo ofertorio

de los choclos, pregunte para su tardanza

de imagen, por los broches mayores del sonido.

 

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir

de tales platos distantes esas cosas,

cuando habráse quebrado el propio hogar,

cuando no asoma ni madre a los labios.

Cómo iba yo a almorzar nonada.

 

A la mesa de un buen amigo he almorzado

con su padre recién llegado del mundo,

con sus canas tías que hablan

en tordillo retinte de porcelana,

bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;

y con cubiertos francos de alegres tiroriros,

porque estánse en su casa. Así, qué gracia!

Y me han dolido los cuchillos

de esta mesa en todo el paladar.

 

El yantar de estas mesas así, en que se prueba

amor ajeno en vez del propio amor,

torna tierra el bocado que no brinda la

                                   MADRE,

hace golpe la dura deglución; el dulce,

hiel; aceite funéreo, el café.

 

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,

y el sírvete materno no sale de la

tumba,

la cocina a oscuras, la miseria de amor.

 

XXIX

 

Zumba el tedio enfrascado

bajo el momento improducido y caña.

 

Pasa una paralela a

ingrata línea quebrada de felicidad.

Me extraña cada firmeza, junto a esa agua

que se aleja, que ríe acero, caña.

 

Hilo retemplado, hilo, hilo binómico

¿por dónde rompería, nudo de guerra?

Acoraza este ecuador, Luna.

 

XXX

 

Quemadura del segundo

en toda la tierna carnecilla del deseo, 

picadura de ají vagoroso, 

a las dos de la tarde inmoral.

 

Guante de los bordes borde a borde. 

Olorosa verdad tocada en vivo, al conectar

la antena del sexo

con lo que estamos siendo sin saberlo.

 

Lavaza de máxima ablución.

Calderas viajeras

que se chocan y salpican de fresca sombra

unánime, el color, la fracción, la dura vida, 

                        la dura vida eterna.

No temamos. La muerte es así.

 

El sexo sangre de la amada que se queja

dulzorada, de portar tánto

por tan punto ridículo.

Y el circuito

entre nuestro pobre día y la noche grande, 

a las dos de la tarde inmoral.

 

XXXI

 

Esperanza plañe entre algodones.

 

Aristas roncas uniformadas

de amenazas tejidas de esporas magníficas

y con porteros botones innatos.

¿Se luden seis de sol?

Natividad. Cállate, miedo.

 

Cristiano espero, espero siempre

de hinojos en la piedra circular que está

en las cien esquinas de esta suerte

tan vaga a donde asomo.

 

Y Dios sobresaltado nos oprime

el pulso, grave, mudo, 

y como padre a su pequeña,

                                   apenas,

pero apenas, entreabre los sangrientos algodones

y entre sus dedos toma a la esperanza.

 

Señor, lo quiero yo ...

Y basta!

 

XXXII

 

999 calorías

Rumbbb... Trrraprrr rrach... chaz

Serpentínica u del bizcochero

engirafada al tímpano.

 

Quién como los hielos. Pero no. 

Quién como lo que va ni más ni menos. 

Quién como el justo medio.

 

1,000 calorías.

Azulea y ríe su gran cachaza

el firmamento gringo. Baja

el sol empavado y le alborota los cascos

al más frío.

 

Remeda al cuco: Roooooooeeeis... 

tierno autocarril, móvil de sed, 

que corre hasta la playa.

 

Aire, aire! Hielo!

Si al menos el calor (-------------------- Mejor

                                   no digo nada.

 

Y hasta la misma pluma

con que escribo por último se troncha.

 

Treinta y tres millones trescientos treinta

y tres calorías.

 

XXXIII

 

Si lloviera esta noche, retiraríame

de aquí a mil años.

Mejor a cien no más.

Como si nada hubiese ocurrido, haría

la cuenta de que vengo todavía.

 

O sin madre, sin amada, sin porfía

de agacharme a aguaitar al fondo, a puro

pulso,

esta noche así, estaría escarmenando

la fibra védica,

la lana védica de mi fin final, hilo

del diantre, traza de haber tenido

por las narices

a dos badajos inacordes de tiempo

                        en una misma campana.

 

Haga la cuenta de mi vida

o haga la cuenta de no haber aún nacido

no alcanzaré a librarme.

 

No será lo que aún no haya venido, sino

lo que ha llegado y ya se ha ido, 

sino lo que ha llegado y ya se ha ido.

 

XXXIV

 

Se acabó el extraño, con quien, tarde

la noche, regresabas parla y parla.

Ya no habrá quien me aguarde,

dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

 

Se acabó la calurosa tarde;

tu gran bahía y tu clamor; la charla

con tu madre acabada

que nos brindaba un té lleno de tarde.

 

Se acabó todo al fin: las vacaciones,

tu obediencia de pechos, tu manera

de pedirme que no me vaya fuera.

 

Y se acabó el diminutivo, para

mi mayoría en el dolor sin fin

y nuestro haber nacido así sin causa.

 

XXXV

 

El encuentro con la amada

tánto alguna vez, es un simple detalle,

casi un programa hípico en violado,

que de tan largo no se puede doblar bien.

 

El almuerzo con ella que estaría

poniendo el plato que nos gustara ayer

y se repite ahora,

pero con algo más de mostaza;

el tenedor absorto, su doñeo radiante

de pistilo en mayo, y su verecundia

de a centavito, por quítame allá esa paja.

Y la cerveza lírica y nerviosa

a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,

y que no se debe tomar mucho!

 

Y los demás encantos de la mesa

que aquella núbil campaña borda

con sus propias baterías germinales

que han operado toda la mañana,

según me consta, a mí, 

amoroso notario de sus intimidades, 

y con las diez varillas mágicas

de sus dedos pancreáticos.

 

Mujer que, sin pensar en nada más allá, 

suelta el mirlo y se pone a conversarnos

sus palabras tiernas

como lancinantes lechugas recién cortadas.

 

Otro vaso y me voy. Y nos marchamos, 

ahora sí, a trabajar.

 

Entre tanto, ella se interna

entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días

desgarrados! se sienta a la orilla

de una costura, a coserme el costado

a su costado,

a pegar el botón de esa camisa,

que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!

 

XXXVI

 

Pugnamos ensartarnos por un ojo de aguja, 

enfrentados a las ganadas.

Amoniácase casi el cuarto ángulo del círculo. 

¡Hembra se continúa el macho, a raíz

de probables senos, y precisamente

a raíz de cuanto no florece!

 

¿Por ahí estás, Venus de Milo?

Tú manqueas apenas pululando

entrañada en los brazos plenarios

de la existencia, 

de esta existencia que todaviiza

perenne imperfección.

Venus de Milo, cuyo cercenado, increado

brazo revuélvese y trata de encodarse

a través de verdeantes guijarros gagos, 

ortivos nautilos, aúnes que gatean

recién, vísperas inmortales,

Laceadora de inminencias, laceadora

del paréntesis.

 

Rehusad, y vosotros, a posar las plantas

en la seguridad dupla de la Armonía.

Rehusad la simetría a buen seguro.

Intervenid en el conflicto

de puntas que se disputan

en la más torionda de las justas

el salto por el ojo de la aguja!

 

Tal siento ahora el meñique

demás en la siniestra. Lo veo y creo

no debe serme, o por lo menos que está

en sitio donde no debe.

Y me inspira rabia y me azarea

y no hay cómo salir de él, sino haciendo

la cuenta de que hoy es jueves.

 

¡Ceded al nuevo impar

                                   potente de orfandad!

 

XXXVII

 

He conocido a una pobre muchacha

a quien conduje hasta la escena.

La madre, sus hermanas qué amables y también

aquel su infortunado “tú no vas a volver” .

 

Como en cierto negocio me iba admirablemente

me rodeaban de un aire de dinasta florido.

La novia se volvía agua,

y cuán bien me solía llorar

su amor mal aprendido.

 

Me gustaba su tímida marinera

de humildes aderezos al dar las vueltas, 

y cómo su pañuelo trazaba puntos, 

t»ldes, a la melografía de su bailar de juncia.

 

Y ruando ambos burlamos al párroco,

quebrose mi negocio y el suyo

y la esfera barrida.

 

XXXVIII

 

Este cristal aguarda ser sorbido

en bruto por boca venidera

sin dientes. No desdentada.

Este cristal es pan no venido todavía.

 

Hiere cuando lo fuerzan

y ya no tiene cariños animales.

Mas si se le apasiona, se melaría

y tomaría la horma de los sustantivos

que se adjetivan de brindarse.

 

Quienes lo ven allí triste individuo

incoloro, lo enviarían por amor, 

por pasado y a lo más por futuro:

si él no dase por ninguno de sus costados; 

si él espera ser sorbido de golpe

y en cuanto transparencia, por boca ve-

nidera que ya tendrá dientes.

 

Este cristal ha pasado de animal, 

y márchase ahora a formar las izquierdas, 

los nuevos Menos.

Déjenlo solo no más.

 

XXXIX

 

Quién ha encendido fósforo!

                        Mésome. Sonrío

a columpio por motivo.

Sonrío aún más, si llegan todos

a ver las guías sin color

y a mí siempre en punto. Qué me importa.

 

Ni ese bueno del Sol que, al morirse de gusto,

lo desposta todo para distribuirlo

entre las sombras, el pródigo, 

ni él me esperaría a la otra banda.

Ni los demás que paran sólo

entrando y saliendo

 

Llama con toque de retina

el gran panadero. Y pagamos en señas

curiosísimas el tibio valor innegable

horneado, trascendiente.

Y tomamos el café, ya tarde,

con deficiente azúcar que ha faltado,

y pan sin mantequilla. Qué se va a hacer.

 

Pero, eso sí, los aros receñidos, barreados.

La salud va en un pie. De frente: marchen!

 

XL

 

Quién nos hubiera dicho que en domingo

así, sobre arácnidas cuestas

se encabritaría la sombra de puro frontal.

(Un molusco ataca yermos ojos encallados,

a razón de dos o más posibilidades tantálicas

contra medio estertor de sangre remordida).

 

Entonces, ni el propio revés de la pantalla

deshabitada enjugaría las arterias

trasdoseadas de dobles todavías.

Como si nos hubiesen dejado salir! Como

si no estuviésemos embrazados siempre

a los dos flancos diarios de la fatalidad!

            Y cuánto nos habríamos ofendido.

Y aún lo que nos habríamos enojado y peleado

y amistado otra vez

y otra vez.

 

Quién hubiera pensado en tal domingo,

cuando, a rastras, seis codos lamen

de esta manera, hueras yemas lunesentes.

 

Habríamos sacado contra él, de bajo

de las dos alas del Amor,

lústrales plumas terceras, puñales,

nuevos pasajes de papel de oriente.

Pero hoy que probamos si aún vivimos,

casi un frente no más.

 

XLI

 

La Muerte de rodillas mana

su sangre blanca que no es sangre.

Se huele a garantía.

Pero ya me quiero reír.

 

Murmurase algo por allí. Callan. 

Alguien silba valor de lado, 

y hasta se contaría en par

veintitrés costillas que se echan de menos

entre sí, a ambos costados; se contaría

en par también, toda la fila

de trapecios escoltas.

 

En tanto, el redoblante policial

(otra vez me quiero reír)

se desquita y nos tunde a palos, 

dale y dale

de membrana a membrana

tas

con

tas.

 

XLII

 

Esperaos. Ya os voy a narrar

todo. Esperaos sossiegue

este dolor de cabeza. Esperaos.

 

¿Dónde os habéis dejado vosotros

que no hacéis falta jamás?

 

Nadie hace falta! Muy bien.

 

Rosa, entra del último piso.

Estoy niño. Y otra vez rosa:

ni sabes a dónde voy.

 

¿Aspa la estrella de la muerte?

O son extrañas máquinas cosedoras

dentro del costado izquierdo.

Esperaos otro momento.

 

No nos ha visto nadie. Pura

búscate el talle.

¡A dónde se han saltado tus ojos!

 

Penetra reencarnada en los salones

de ponentino cristal. Suena

música exacta casi lástima.

 

Me siento mejor. Sin fiebre, y ferviente. 

Primavera. Perú. Abro los ojos.

Ave! No salgas. Dios, como si sospechase

algún flujo sin reflujo ay.

 

Paletada facial, resbala el telón

cabe las conchas.

            Acrisis. Tilia, acuéstate.

 

XLIII

 

Quién sabe se va a ti. No le ocultes.

Quién sabe madrugada.

Acaríciale. No le digas nada. Está

duro de lo que se ahuyenta.

Acaríciale. Anda! Cómo le tendrías pena.

 

Narra que no es posible

todos digan que bueno, 

cuando ves que se vuelve y revuelve, 

animal que ha aprendido a irse... No?

Sí! Acaríciale. No le arguyas.

 

Quién sabe se va a ti madrugada.

¿Has contado qué poros dan salida solamente, 

y cuáles dan entrada?

Acaríciale. Anda! Pero no vaya a saber

que lo haces porque yo te lo ruego.

Anda!

 

XLIV

 

Este piano viaja para adentro, 

viaja a saltos alegres.

Luego medita en ferrado reposo, 

clavado con diez horizontes.

 

Adelanta. Arrástrase bajo túneles, 

más allá, bajo túneles de dolor, 

bajo vértebras que fugan naturalmente.

 

Otras veces van sus trompas, 

lentas asias amarillas de vivir, 

van de eclipse,

y se espulgan pesadillas insectiles,

ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis.

 

Piano oscuro ¿a quién atisbas

con tu sordera que me oye. 

con tu mudez que me asorda?

 

Oh pulso misterioso.

 

XLV

 

Me desvinculo del mar

cuando vienen las aguas a mí.

 

Salgamos siempre. Saboreemos

la canción estupenda, la canción dicha

por los labios inferiores del deseo.

Oh prodigiosa doncellez.

Pasa la brisa sin sal.

 

A lo lejos husmeo los tuétanos

oyendo el tanteo profundo, a la caza

de teclas de resaca.

 

Y si así diéramos las narices

en el absurdo,

nos cubriremos con el oro de no tener nada,

y empollaremos el ala aún no nacida

de la noche, hermana

de esta ala huérfana del día,

que a fuerza de ser una ya no es ala.

 

XLVI

 

La tarde cocinera se detiene

ante la mesa donde tú comiste; 

y muerta de hambre tu memoria viene

sin probar ni agua, de lo puro triste.

 

Mas, como siempre, tu humildad se aviene

a que le brinden la bondad más triste.

Y no quieres gustar, que ves quien viene

filialmente a la mesa en que comiste.

 

La tarde cocinera te suplica

y te llora en su delantal que aún sórdido

nos empieza a querer de oírnos tanto.

 

Yo hago esfuerzos también; porque no hay

valor para servirse de estas aves.

Ah! qué nos vamos a servir ya nada.

 

XLVII

 

Ciliado arrecife donde nací, 

según refieren cronicones y pliegos

de labios familiares historiados

en segunda gracia.

 

Ciliado archipiélago, te desislas a fondo,

                                   a fondo, archipiélago mío!

Duras todavía las articulaciones

al camino, como cuando nos instan, 

y nosotros no cedemos por nada.

 

Al ver los párpados cerrados, 

implumes mayorcitos, devorando azules bombones, 

se carcajean pericotes viejos.

Los párpados cerrados, como si, cuando nacemos,

siempre no fuese tiempo todavía.

 

Se va el altar, el cirio para

que no le pasase nada a mi madre, 

y por mí que sería con los años, si Dios

quería, Obispo, Papa, Santo, o talvez

sólo un columnario dolor de cabeza.

 

Y las manitas que se abarquillan

asiéndose de algo flotante, 

a no querer quedarse.

Y siendo ya la 1.

 

XLVIII

 

Tengo ahora 70 soles peruanos.

Cojo la penúltima moneda, la que suena

69 veces púnicas.

Y he aquí, al finalizar su rol, 

quémase toda y arde llameante,

                                   llameante,

redonda entre mis tímpanos alucinados.

 

Ella, siendo 69, dase contra 70; 

luego escala 71, rebota en 72.

Y así se multiplica y espejea impertérrita

en todos los demás piñones.

 

Ella, vibrando y forcejeando, 

pegando grittttos,

soltando arduos, chisporroteantes silencios, 

orinándose de natural grandor, 

en unánimes postes surgentes, 

acaba por ser todos los guarismos,

                                   la vida entera.

 

XLIX

 

Murmurando en inquietud, cruzo, 

el traje largo de sentir, los lunes

                                   de la verdad.

Nadie me busca ni me reconoce, 

y hasta yo he olvidado

                                   de quién seré.

 

Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá

a todos en las blancas hojas

de las partidas.

Esa guardarropía, ella sola, 

al volver de cada facción,

                                   de cada candelabro

                                   ciego de nacimiento.

 

Tampoco yo descubro a nadie, bajo

este mantillo que iridice los lunes

            de la razón; 

y no hago más que sonreír a cada púa

de las verjas, en la loca búsqueda

                        del conocido.

 

Buena guardarropía, ábreme

                        tus blancas hojas; 

quiero reconocer siquiera al 1, 

quiero el punto de apoyo, quiero

                        saber de estar siquiera.

 

En los bastidores donde nos vestimos, 

no hay, no Hay nadie: hojas tan sólo

                        de par en par.

Y siempre los trajes descolgándose

por sí propios, de perchas

como ductores índices grotescos, 

y partiendo sin cuerpos, vacantes,

                        hasta el matiz prudente

de un gran caldo de alas con causas

y lindes fritas.

Y hasta el hueso!

 

L

 

El cancerbero cuatro veces

al día maneja su candado, abriéndonos

cerrándonos los esternones, en guiños

que entendemos perfectamente.

 

Con los fundillos lelos melancólicos, 

amuchachado de trascendental desaliño, 

parado, es adorable el pobre viejo.

Chancea con los presos, hasta el tope

los puños en las ingles. Y hasta mojarrilla

les roe algún mendrugo; pero siempre

cumpliendo su deber.

 

Por entre los barrotes pone el punto

fiscal, inadvertido, izándose en la falangita

del meñique,

a la pista de lo que hablo, 

lo que como,  

lo que sueño.

Quiere el corvino ya no hayan adentros, 

y cómo nos duele esto que quiere el cancerbero.

 

Por un sistema de relojería, juega

el viejo inminente, pitagórico! 

a lo ancho de las aortas. Y sólo

de tarde en noche, con noche

soslaya alguna su excepción de metal.

Pero, naturalmente, 

siempre cumpliendo su deber.

 

LI

 

Mentira. Si lo hacías de engaños, 

y nada más. Ya está. De otro modo, 

también tú vas a ver

cuánto va a doler me el haber sido así.

 

Mentira. Calla.

Y a está bien.

Como otras veces tú me haces esto mismo, 

por eso yo también he sido así.

 

A mí, que había tanto atisbado si de veras

llorabas,

ya que otras veces sólo te quedaste

en tus dulces pucheros, 

a mí, que ni soñé que los creyeses, 

me ganaron tus lágrimas.

Ya está.

 

Mas ya lo sabes: todo fue mentira.

Y si sigues llorando, bueno, pues!

Otra vez ni he de verte cuando juegues.

 

LII

 

Y nos levantaremos cuando se nos dé

la gana, aunque mamá toda claror

nos despierte con cantora

y linda cólera materna.

Nosotros reiremos a hurtadillas de esto, 

mordiendo el canto de las tibias colchas

de vicuña ¡y no me vayas a hacer cosas!

 

Los humos de los bohíos ¡ah golfillos

en rama! madrugarían a jugar

a las cometas azulinas, azulantes, 

y, apañuscando alfarjes y piedras, nos darían

su estímulo fragante de boñiga,

                                   para sacamos

al aire nene que no conoce aún las letras, 

a pelearles los hilos.

 

Otro día querrás pastorear

entre tus huecos onfalóideos

                        ávidas cavernas, 

            meses nonos, 

                        mis telones.

 

O querrás acompañar a la ancianía

a destapar la toma de un crepúsculo, 

para que de día surja

toda el agua que pasa de noche.

 

Y llegas muriéndote de risa, 

y en el almuerzo musical, 

cancha reventada, harina con manteca, 

con manteca,

le tomas el pelo al peón decúbito

que hoy otra vez olvida dar los buenos días,

esos sus días, buenos con b de baldío,

que insisten en salirle al pobre

por la culata de la v

dentilabial que vela en él.

 

LIII

 

Quién clama las once no son doce!

Como si las hubiesen pujado, se afrontan

de dos en dos las once veces.

 

Cabezazo brutal. Asoman

las coronas a oír, 

pero sin traspasar los eternos

trescientos sesenta grados, asoman

y exploran en balde, dónde ambas manos

ocultan el otro puente que les nace

entre veras y litúrgicas bromas.

 

Vuelve la frontera a probar

las dos piedras que no alcanzan a ocupar

una misma posada a un mismo tiempo.

La frontera, la ambulante batuta, que sigue

inmutable, igual, sólo

más ella a cada esguince en alto.

 

Veis lo que es sin poder ser negado, 

veis lo que tenemos que aguantar, 

mal que nos pese.

¡Cuánto se aceita en codos

que llegan hasta la boca!

 

LIV

 

Forajido tormento, entra, sal

por un mismo forado cuadrangular.

Duda. El balance punza y punza

hasta las cachas.

 

A veces doyme contra todas las contras, 

y por ratos soy el alto más negro de las ápices

en la fatalidad de la Armonía.

Entonces las ojeras se irritan divinamente, 

y solloza la sierra del alma, 

se violentan oxígenos de buena voluntad, 

arde cuanto no arde y hasta

el dolor dobla el pico en risa.

 

Pero un día no podrás entrar

ni salir, con el puñado de tierra

que te echaré a los ojos forajido!

 

LV

 

Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza.

 

Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un frontal, donde hay algas, toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia, y versos antisépticos sin dueño.

 

El miércoles, con uñas destronadas se abre las propias uñas

de alcanfor, e instila por polvorientos

harneros, ecos, páginas vueltas, sarros, 

zumbidos de moscas

cuando hay muerto, y pena clara esponjosa y cierta esperanza.

 

Un enfermo lee La Prensa, como en facistol.

Otro está tendido palpitante, longirrostro, 

cerca a estarlo sepulto.

Y yo advierto un hombro está en su sitio

todavía y casi queda listo tras de este, el otro lado.

 

Y a la tarde pasó diez y seis veces por eí subsuelo empatrullado

y se está casi ausente

en el número de madera amarilla

de la cama que está desocupada tanto tiempo

                                   allá .....................................

                                                           enfrente.

 

LVI

 

Todos los días amanezco a ciegas

a trabajar para vivir; y tomo el desayuno, 

sin probar ni gota de él, todas las mañanas.

Sin saber si he logrado, o más nunca, 

algo que brinca del sabor

o es sólo corazón y que ya vuelto, lamentará

hasta dónde esto es lo menos.

 

El niño crecería ahíto de felicidad

                                   oh albas,

ante el pesar de los padres de no poder dejarnos de arrancar de sus sueños de amor a este mundo; ante ellos que, como Dios, de tanto amor

se comprendieron hasta creadores

y nos quisieron hasta hacernos daño.

 

Flecos de invisible trama, 

dientes que huronean desde la neutra emoción,

                                   pilares

libres de base y coronación,

en la gran boca que ha perdido el habla.

 

Fósforo y fósforo en la oscuridad, 

lágrima y lágrima en la polvareda.

 

LVII

 

Craterizados los puntos más altos, los puntos

del amor de ser mayúsculo, bebo, ayuno, ab-

sorbo heroína para la pena, para el latido

lacio y contra toda corrección.

 

¿Puedo decir que nos han traicionado? No. 

¿Que todos fueron buenos? Tampoco. Pero

allí está una buena voluntad, sin duda, 

y sobre todo, el ser así.

 

Y qué quien se ame mucho! Yo me busco

en mi propio designio que debió ser obra

mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.

 

Y sin embargo, quién me empuja.

A que no me atrevo a cerrar la quinta ventana.

Y el papel de amarse y persistir, junto a las

horas y a lo indebido.

 

Y el éste y el aquél.

 

LVIII

 

En la celda, en lo sólido, también

se acurrucan los rincones.

 

Arreglo los desnudos que se ajan, 

se doblan, se harapan.

 

Apéome del caballo jadeante, bufando

líneas de bofetadas y de horizontes; 

espumoso pie contra tres cascos.

Y le ayudo: Anda, animal!

 

Se tomaría menos, siempre menos, de lo

que me tocase erogar, 

en la celda, en lo líquido.

 

El compañero de prisión comía el trigo

de las lomas, con mi propia cuchara, 

cuando, a la mesa de mis padres, niño, 

me quedaba dormido masticando.

 

Le soplo al otro:

Vuelve, sal por la otra esquina; 

apura... aprisa... apronta!

 

E inadvertido aduzco, planeo, 

cabe camastro desvencijado, piadoso:

N o creas. Aquel médico era un hombre sano.

 

Ya no reiré cuando mi madre rece

en infancia y en domingo, a las cuatro

de la madrugada, por los caminantes, 

encarcelados, 

enfermos

y pobres.

 

En el redil de niños, ya no le asestaré

puñetazos a ninguno de ellos, quien, después, 

todavía sangrando, lloraría: El otro sábado

te daré de mi fiambre, pero

no me pegues!

Ya no le diré que bueno.

 

En la celda, en el gas ilimitado

hasta redondearse en la condensación,

¿quién tropieza por afuera?

 

L I X

 

La esfera terrestre del amor

que rezagóse abajo, da vuelta

y vuelta sin parar segundo, 

y nosotros estamos condenados a sufrir

como un centro su girar.

 

Pacífico inmóvil, vidrio, oreñado

de todos los posibles.

Andes frío, inhumanable, puro.

Acaso. Acaso.

 

Gira la esfera en el pedernal del tiempo, 

y se afila,

y se afila hasta querer perderse; 

gira forjando, ante los desertados flancos, 

aquel punto tan espantablemente conocido, 

porque él ha gestado, vuelta

y vuelta,

el corralito consabido.

 

Centrífuga que sí, que sí, 

que Sí,

que sí, que sí, que sí, que sí: NO !

Y me retiro hasta azular, y retrayéndome

endurezco, hasta apretarme el alma!

 

LX

 

Es de madera mi paciencia, 

sorda, vegetal.

 

Día que has sido puro, niño, inútil, 

que naciste desnudo, las leguas

de tu marcha, van corriendo sobre

tus doce extremidades, ese doblez ceñudo

que después deshiláchase

en no se sabe qué últimos pañales.

 

Constelado de hemisferios de grumo, 

bajo eternas américas inéditas, tu gran plumaje, te partes y me dejas, sin tu emoción ambigua, sin tu nudo de sueños, domingo.

 

Y se apolilla mi paciencia, 

y me vuelvo a exclamar: ¡Cuándo vendrá

el domingo bocón y mudo del sepulcro; 

cuándo vendrá a cargar este sábado

de harapos, esta horrible sutura

del placer que nos engendra sin querer, 

y el placer que nos DestieRRA!

 

LXI

 

Esta noche desciendo del caballo, 

ante la puerta de la casa, donde

me despedí con el cantar del gallo. 

Está cerrada y nadie responde.

 

El poyo en que mamá alumbró

al hermano mayor, para que ensille

lomos que había yo montado en pelo, 

por rúas y por cercas, niño aldeano; 

el poyo en que dejé que se amarille al sol

mi adolorida infancia... ¿ Y este duelo

que enmarca la portada?

 

Dios en la paz foránea, 

estornuda, cual llamando también, el bruto; 

husmea, golpeando el empedrado. Luego duda

relincha,

orejea a viva oreja.

 

Ha de velar papá rezando, y quizás

pensará se me hizo tarde.

Las hermanas, canturreando sus ilusiones

sencillas, bullosas,

en la labor para la fiesta que se acerca, 

y ya no falta casi nada.

Espero, espero, el corazón

un huevo en su momento, que se obstruye.

 

Numerosa familia que dejamos

no ha mucho, hoy nadie en vela, y ni una cera

puso en el ara para que volviéramos.

 

Llamo de nuevo, y nada.

Callamos y nos ponemos a sollozar, y el animal

relincha, relincha más todavía.

 

Todos están durmiendo para siempre, 

y tan de lo más bien, que por fin

mi caballo acaba fatigado por cabecear

a su vez, y entre sueños, a cada venia, dice

que está bien, que todo está muy bien.

 

LXII

 

                        Alfombra

cuando vayas al cuarto que tú sabes, 

entjra en él, pero entorna con tiento la mampara

                        que tánto se entreabre,

 

casa bien los cerrojos, para que ya no puedan

volverse otras espaldas.

 

                        Corteza

Y cuando salgas, di que no tardarás

a llamar al canal que nos separa:

fuertemente cogido de un canto de tu suerte, 

te soy inseparable,

y me arrastras de borde de tu alma.

 

                        Almohada

Y sólo cuando hayamos muerto ¡quién sabe!

Oh nó. Quién sabe! 

entonces nos habremos separado.

Mas si, al cambiar el paso, me tocase a mí

la desconocida bandera, te he esperar allá, 

en la confluencia del soplo y el hueso, 

como antaño,

como antaño en la esquina de los novios

                        ponientes de la tierra.

 

Y desde allí te seguiré a lo largo

de otros mundos, y siquiera podrán

servirte mis nós musgosos y arrecidos, 

para que en ellos poses las rodillas

en las siete caídas de esa cuesta infinita, 

y así te duelan menos.

 

LXIII

 

Amanece lloviendo. Bien peinada

la mañana chorrea el pelo fino.

Melancolía está amarrada; 

y en mal asfaltado oxidente de muebles indúes,

vira, se asienta apenas el destino.

 

Cielos de puna descorazonada

por gran amor, los cielos de platino, torvos

de imposible.

 

Rumia la majada y se subraya

de un relincho andino.

 

Me acuerdo de mí mismo. Pero bastan

las astas del viento, los timones quietos hasta hacerse uno,

y el grillo del tedio y el jiboso codo inquebrantable.

 

Basta la mañana de libres crinejas

de brea preciosa, serrana, 

cuando salgo y busco las once

y no son más que las doce deshoras.

 

LXIV

 

Hitos vagarosos enamoran, desde el minuto montuoso que obstetriza y fecha los amotinados nichos de la atmósfera.

 

Verde está el corazón de tanto esperar; y en el canal de Panamá ¡hablo con vosotras, mitades, bases, cúspides! retoñan los peldaños, pasos que

suben,

pasos que baja-

n.

Y yo que pervivo, 

y yo que sé plantarme.

 

Oh valle sin altura madre, donde todo duerme horrible mediatinta, sin ríos frescos, sin entradas de amor. Oh voces y ciudades que pasan cabalgando en un dedo tendido que señala a calva Unidad. Mientras pasan, de mucho en mucho, gañanes de gran costado sabio, detrás de las tres tardas dimensiones.

Hoy                 Mañana                       Ayer

(No, hombre! )

 

LXV

 

Madre, me voy mañana a Santiago, 

a mojarme en tu bendición y en tu llanto. 

Acomodando estoy mis desengaños y el rosado

de llaga de mis falsos trajines.

 

Me esperará tu arco de asombro, 

las tonsuradas columnas de tus ansias

que se acaban la vida. Me esperará el patio,

el corredor de abajo con sus tondos y repulgos

de fiesta. Me esperará mi sillón ayo, 

aquel buen quijarudo trasto de dinástico

cuero, que pára no más rezongando a las nalgas

tataranietas, de correa a correhuela.

 

Estoy cribando mis cariños más puros.

Estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?

                        ¿no oyes tascar dianas? 

estoy plasmando tu fórmula de amor

para todos los huecos de este suelo.

Oh si se dispusieran los tácitos volantes

para todas las cintas más distantes, 

para todas las citas más distintas.

 

Así, muerta inmortal. Así.

Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde

hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre

para ir por allí,

humildóse hasta menos de la mitad del hombre, 

hasta ser el primer pequeño que tuviste.

 

Así, muerta inmortal.

Entre la columnata de tus huesos

que no puede caer ni a lloros, 

y a cuyo lado ni el Destino pudo entrometer

ni un solo dedo suyo.

 

Así, muerta inmortal.

Así.

 

LXVI

 

Dobla el dos de Noviembre.

 

Estas sillas son buenas acogidas. 

La rama del presentimiento

va, viene, sube, ondea sudorosa, 

fatigada en esta sala.

Dobla triste el dos de Noviembre.

 

Difuntos, qué bajo cortan vuestros dientes

abolidos, repasando ciegos nervios, 

sin recordar la dura fibra

que cantores obreros redondos remiendan

con cáñamo inacabable, de innumerables nudos

latientes de encrucijada.

 

Vosotros, difuntos, de las nítidas rodillas

puras a fuerza de entregaros, 

cómo aserráis el otro corazón

con vuestras blancas coronas, ralas

de cordialidad. Sí. Vosotros, difuntos.

 

Dobla triste el dos de Noviembre.

Y la rama del presentimiento

se la muerde un carro que simplemente

rueda por la calle.

 

LXVII

 

Canta cerca el verano, y ambos

diversos erramos, al hombro

recodos, cedros, compases unípedos, 

espatarrados en la sola recta inevitable.

 

Canta el verano y en aquellas paredes

endulzadas de marzo, 

lloriquea, gusanea la arácnida acuarela

                                   de la melancolía.

 

Cuadro enmarcado de trisado anélido, cuadro

que faltó en ese sitio para donde

pensamos que vendría el gran espejo ausente. 

Amor, éste es el cuadro que faltó.

 

Mas, para qué me esforzaría

por dorar pajilla para tal encantada aurícula, 

si, a espaldas de astros queridos, 

se consiente el vacío, a pesar de todo.

 

Cuánta madre quedábase adentrada

siempre, en tenaz atavío de carbón, cuando

el cuadro faltaba, y para lo que crecería

al pie de ardua quebrada de mujer.

 

Así yo me decía: Si vendrá aquel espejo

que de tan esperado, ya pasa de cristal.

Me acababa la vida ¿para qué?

Me acababa la vida, para alzarnos

 

                        sólo de espejo a espejo.

 

LXVIII

 

Estamos a catorce de Julio.

Son las cinco de la tarde. Llueve en toda

una tercera esquina de papel secante.

Y llueve más de abajo ay para arriba.

 

Dos lagunas las manos avanzan

de diez en fondo,

desde un martes cenagoso que ha seis días

está en los lagrimales helado.

 

Se ha degollado una semana

con las más agudas caídas; hase hecho

todo lo que puede hacer miserable genial

en gran taberna sin rieles. Ahora estamos

bien, con esta lluvia que nos lava

y nos alegra y nos hace gracia suave.

 

Hemos a peso bruto caminado, y, de un solo

                        desafío,

blanqueó nuestra pureza de animales.

Y preguntamos por el eterno amor, 

por el encuentro absoluto,

por cuanto pasa de aquí para allá.

Y respondimos desde dónde los míos no son los tuyos

desde qué hora el bordón, al ser portado, 

sustenta y no es sustentado. (Neto.)

 

Y era negro, colgado en un rincón, 

sin proferir ni jota, mi paleto, 

a

t

o

d

a

s

t

A

 

LXIX

 

Qué nos buscas, oh mar, con tus volúmenes

docentes! Qué inconsolable, qué atroz

estás en la febril solana.

 

Con tus azadones saltas, 

con tus hojas saltas, 

hachando, hachando en loco sésamo, 

mientras tornan llorando las olas, después

de descalcar los cuatro vientos

y todos los recuerdos, en labiados plateles

de tungsteno, contractos de colmillos

y estáticas eles quelonias.

 

Filosofía de alas negras que vibran

al medroso temblor de los hombros del día.

 

El mar, y una edición en pie, 

en su única hoja el anverso

de cara al reverso.

 

LXX

 

Todos sonríen del desgaire con que voyme a fondo, celular de comer bien y bien beber.

 

Los soles andan sin yantar? O hay quien

les da granos como a pajarillos? Francamente, 

yo no sé de esto casi nada.

 

Oh piedra, almohada bienfaciente al fin. Amémonos los vivos a los vivos, que a las buenas cosas muertas será después. Cuánto tenemos que quererlas

y estrecharlas, cuánto. Amemos las actualidades, que siempre no estaremos como estamos.

Que interinos Barrancos no hay en los esenciales cementerios.

 

El porteo va en el alfar, a pico. La jornada nos da en el cogollo, con su docena de escaleras, escaladas, en horizontizante frustración de pies, por pávidas sandalias vacantes.

 

Y temblamos avanzar el paso, que no sabemos si damos con el péndulo, o ya lo hemos cruzado.

 

LXXI

 

Serpea el sol en tu mano fresca, 

y se derrama cauteloso en tu curiosidad.

 

Cállate. Nadie sabe que estás en mí, 

toda entera. Cállate. No respires. Nadie

sabe mi merienda suculenta de unidad:

legión de oscuridades, amazonas de lloro.

 

Vanse los carros flagelados por la tarde, 

y entre ellos los míos, cara atrás, a las riendas fatales de tus dedos.

Tus manos y mis manos recíprocas se tienden

polos en guardia, practicando depresiones

y sienes y costados.

 

Calla también crepúsculos futuros, 

y recógete a reír en lo íntimo de este celo

de gallos ajisecos soberbiamente, 

soberbiamente ennavajados

de cúpulas, de viudas mitades cerúleas. 

Regocíjate, huérfano; bebe tu copa de agua

desde la pulpería de una esquina cualquiera.

 

LXXII

 

Lento salón en cono, te cerraron, te cerré, 

aunque te quise, tú lo sabes, 

y hoy de qué manos penderán tus llaves.

 

Desde estos muros derribamos los últimos

escasos pabellones que cantaban.

Los verdes han crecido. Veo labriegos trabajando,

los cerros llenos de triunfo.

Y el mes y medio transcurrido alcanza

para una mortaja, hasta demás.

 

Salón de cuatro entradas y sin una salida, 

hoy que has honda murria, te hablo

por tus seis dialectos enteros.

Y a ni he de violentarme a que me seas, 

de para nunca; ya no saltaremos

ningún otro portillo querido.

 

Julio estaba entonces de nueve. Amor

contó en sonido impar. Y la dulzura

dio para toda la mortaja, hasta demás.

 

LXXIII

 

Ha triunfado otro ay. La verdad está allí.

Y quien tal actúa ¿no va a saber

amaestrar excelentes digitígrados

para el ratón. ¿S í... No ...?

 

Ha triunfado otro ay y contra nadie.

Oh exósmosis de agua químicamente pura.

Ah míos australes. Oh nuestros divinos.

                        Tengo pues derecho, 

a estar verde y contento y peligroso, y a ser el cincel, miedo del bloque basto y vasto; 

a meter la pata y a la risa.

 

Absurdo, sólo tú eres puro.

Absurdo, este exceso sólo ante ti se

suda de dorado placer.

 

LXXIV

 

Hubo un día tan rico el año pasado ...! 

que ya ni sé qué hacer con él.

 

Severas madres guías al colegio, 

asedian las reflexiones, y nosotros enflechamos

la cara apenas. Para ya tarde saber

que en aquello gozna la travesura

y se rompe la sien.

Qué día el del año pasado, 

que ya ni sé qué hacer con él, 

rota la sien y todo.

 

Por esto nos separarán, 

por eso y para ya no hagamos mal.

Y las reflexiones técnicas aún dicen

¿no las vas a oír?

que dentro de dos gráfilas oscuras y aparte, 

por haber sido niños y también

por habernos juntado mucho en la vida, 

reclusos para siempre nos irán a encerrar.

 

Para que te compongas.

 

LXXV

 

Estáis muertos.

 

Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. 

Pero, en verdad, estáis muertos.

 

Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del zenital nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.

 

Mientras la onda va, mientras la onda viene, cuán impunemente se está uno muerto. Sólo cuando las aguas se quebrantan en los bordes enfrentados y se doblan y doblan, entonces os transfiguráis y creyendo morir, percibís la sexta cuerda que ya no es vuestra.

 

 

Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero, en verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino. El no haber sido muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás. Orfandad de orfandades.

 

Y sinembargo, los muertos no son, no pueden ser cadáveres de una vida que todavía no han vivido. Ellos murieron siempre de vida.

 

Estáis muertos.

 

LXXVI

 

De la noche a la mañana voy

sacando lengua a las más mudas equis.

 

En nombre de esa pura

que sabía mirar hasta ser 2.

 

En nombre de que la fui extraño, 

llave y chapa muy diferentes.

 

En nombre della que no tuvo voz

ni voto, cuando se dispuso

esta su suerte de hacer.

 

Ebullición de cuerpos, sinembargo, 

aptos; ebullición que siempre

tan sólo estuvo a 99 burbujas.

 

¡Remates, esposados en naturaleza, 

de dos días que no se juntan, 

que no se alcanzan jamás!

 

LXXVII

 

Graniza tánto, como para que yo recuerde

y acreciente las perlas

que he recogido del hocico mismo

de cada tempestad.

 

No se vaya a secar esta lluvia.

A menos que me fuese dado

caer ahora para ella, o que me enterrasen

mojado en el agua

que surtiera de todos los fuegos.

 

¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?

Temo me quede con algún flanco seco;

temo que ella se vaya, sin haberme probado

en las sequías de increíbles cuerdas vocales,

por las que,

para dar armonía,

hay siempre que subir ¡nunca bajar!

¿No subimos acaso para abajo?

 

Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!

 

 


*

 

Cesar Vallejo

 

POEMAS EN PROSA

 


 

EL BUEN SENTIDO

 

Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.

 

Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.

 

La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al retornar. Por eso me dieran tánto sus ojos, justa de mí, in fraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas, por pactos consumados.

 

Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí. ¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!

 

Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso.

Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.

 

— Hijo, ¡cómo estás viejo!

 

Y  desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido, en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de mí, se entristece de mí. ¿Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas? ¿Y por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más se aproximan a los padres? ¡Mi madre llora por que estoy viejo de mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo!

 

Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres llamas. Le digo entonces hasta que me callo:

 

— Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande.

 

La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales descienden suavemente por mis brazos.

 

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

 

Todos han muerto.

 

Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

 

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: “Buenos días José! Buenos días, María! ”

 

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.

 

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.

 

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

 

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.

 

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

 

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

 

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

 

Murió mi eternidad y estoy velándola.

 

LÁNGUIDAMENTE SU LICOR

 

Tendríamos ya una edad misericordiosa, cuando mi padre ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar de oración. En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta.

 

— Tocan a la puerta! — mi madre.

 

— Tocan a la puerta! — mi propia madre.

 

— Tocan a la puerta! — dijo toda mi madre, tocándose las entrañas a trastes infinitos, sobre toda la altura de quien viene.

 

— Anda, Nativa, la hija, a ver quién viene.

 

Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien salió a ver quién venía así, oponiéndose a lo ancho de nosotros.

 

Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mamá salió, avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes.  Se hizo patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras frentes.

 

— Porque no le dejé que saliese a la puerta, — Nativa, la hija— , me ha echado Miguel al pavo. A su pavo.

 

¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padrE, revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño! Podía así otorgarle las venturas que el hombre deseara más tarde. Sin embargo:

 

— Y mañana, a la escuela, — disertó magistralmente el padre, ante el público semanal de sus hijos.

 

— Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida.

 

Mamá debió llorar, gimiendo a penas la madre. Ya nadie quiso comer.

En los labios del padre cupo, para salir rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada.

 

Más, luego, de improviso, salió de un albañal de aguas llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca después tuvo el verbo.

 

Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse por su gran calofrío maternal.

 

— ¿Dónde están los hijos de la gallina vieja?

 

— ¿Dónde están los pollos de la gallina vieja?

 

¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!

 

EL MOMENTO MAS GRAVE DE LA VIDA

 

Un hombre dijo:

 

— El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne, cuando fui herido en el pecho.

 

Otro hombre dijo:

 

— El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yoko-hama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.

 

Y otro hombre dijo:

 

— El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.

 

Y otro dijo:

 

— El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.

 

Y otro dijo:

 

— El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú.

 

Y otro dijo:

— El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre.

 

Y el último hombre dijo:

 

— El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.

 

LAS VENTANAS SE HAN ESTREMECIDO...

 

Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del universo.

Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su espalda.

 

Es el huracán. Un castaño del jardín de las Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos, habrán caído, hendiendo, matando.

 

¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los océanos, de qué punto viene este huracán, tan digno de crédito, tan honrado de deuda, derecho a las ventanas del hospital? Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el huracán y esta pena directa de toser o defecar! Ay! las direcciones inmutables, que así prenden muerte en las entrañas del hospital y despiertan células clandestinas a deshora, en los cadáveres.

 

¿Qué pensaría de sí el enfermo de enfrente, ése que está durmiendo, si hubiera percibido el huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin, pronunciar sus llanas palabras de hombres.

 

La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes regresivas, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio. La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.

 

Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana?  Y ¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente, una mujer? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? Porque esta mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no le ha sanado.

 

El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan tierra.

La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de novios, del corazón.

 

El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas, rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de números, en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.

 

Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta mosca, a lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos, sus zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del disparo, en las noches tremebundas.

 

¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en tales condiciones, anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad para adentro!  ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias, prójimos de las bases! Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a las malas, en mi temperatura polvorosa.

 

En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva en que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego, percute aquí otra risa de contrapunto.

 

En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de espantosa incertidumbre.

 

En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando, al regresar, hay discordia bastante para el diálogo.

 

¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de dolor, si, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?

 

De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y sería ya mucho sonreír.

 

Se atumulta la sangre en el termómetro.

 

¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!

 

VOY A HABLAR DE LA ESPERANZA

 

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente.  Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.

 

Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.

 

Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre de mi tumba una brizna de hierba al menos. Lo mismo el enamorado. ¡Qué sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!

 

Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda.

Hoy sufro solamente.

 

HALLAZGO DE LA VIDA

 

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.

 

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.

 

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.

 

Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.

 

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí!

 

Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora, avancé paralelamente a la primavera, diciéndola: “Si la muerte hubiera sido otra...” . Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y, me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.

 

¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.

 

NOMINA DE HUESOS

 

Se pedía a grandes voces:

 

— Que muestre las dos manos a la vez.

Y esto no fue posible.

 

— Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos.

Y esto no fue posible.

 

— Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero permanece inútil.

Y esto no fue posible.

 

— Que haga una locura.

Y esto no fue posible.

 

— Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una muchedumbre de hombres como él.

Y esto no fue posible.

 

— Que le comparen consigo mismo.

Y esto no fue posible.

 

— Que le llamen, en fin, por su nombre.

Y esto no fue posible.

 

UNA MUJER

 

Una mujer de senos apacibles, ante los que la lengua de la vaca resulta una glándula violenta. Un hombre de templanza, mandibular de genio, apto para marchar de dos a dos con los goznes de los cofres. Un niño está al lado del hombre, llevando por el revés, el derecho animal de la pareja.

 

¡Oh la palabra del hombre, libre de adjetivos y de adverbios, que la mujer declina en su único caso de mujer, aun entre las mil voces de la Capilla Sixtina! ¡Oh la falda de ella, en el punto maternal donde pone el pequeño las manos y juega a los pliegues, haciendo a veces agrandar las pupilas de la madre, como en las sanciones de los confesionarios!

 

Yo tengo mucho gusto de ver así al Padre, al Hijo y al Espiritusanto, con todos los emblemas e insignias de sus cargos.

 

NO VIVE YA NADIE...

 

— No vive ya nadie en la casa — me dices— ; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.

 

Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.

 

Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continúa en la casa, es el sujeto del acto.

 

EXISTE UN MUTILADO.

 

Existe un mutilado, no de un combate sino de un abrazo, no de la guerra sino de la paz. Perdió el rostro en el amor y no en el odio. Lo peruió en el curso normal de la vida y no en un accidente. Lo perdió en el orden de la naturaleza y no en el desorden de los hombres. El coronel Piccot, Presidente de “Les Gueules Cassées” , lleva la boca comida por la pólvora de 1914. Este mutilado que conozco, lleva el rostro comido por el aire inmortal e inmemorial.

 

Rostro muerto sobre el tronco vivo. Rostro yerto y pegado con clavos a la cabeza viva. Este rostro resulta ser el dorso del cráneo, el cráneo del cráneo. Vi una vez un árbol darme la espalda y vi otra vez un camino que me daba la espalda. Un árbol de espaldas sólo crece en los lugares donde nunca nació ni murió nadie. Un camino de espaldas sólo avanza por los lugares donde ha habido todas las muertes y ningún nacimiento. El mutilado de la paz y del amor, del abrazo y del orden y que lleva el rostro muerto sobre el tronco vivo, nació a la sombra de un árbol de espaldas y su existencia transcurre a lo largo de un camino de espaldas.

 

Como el rostro está yerto y difunto, toda la vida psíquica, toda la expresión animal de este hombre, se refugia, para traducirse al exterior, en el peludo cráneo, en el tórax y en las extremidades. Los impulsos de su ser profundo, al salir, retroceden del rostro y la respiración, el olfato, la vista, el oído, la palabra, el resplandor humano de su ser, funcionan y se expresan por el pecho, por los hombros, por el cabello, por las costillas, por los brazos y las piernas y los pies.

 

Mutilado del rostro, tapado del rostro, cerrado del rostro, este hombre, no obstante, está entero y nada le hace falta. No tiene ojos y ve y llora. No tiene narices y huele y respira. No tiene oídos y escucha. No tiene boca y habla y sonríe. No tiene frente y piensa y se sume en sí mismo. No tiene mentón y quiere y subsiste. Jesús conocía al mutilado de la función, que tenía ojos y no veía y tenía orejas y no oía. Yo conozco al mutilado del órgano, que ve sin ojos y oye sin orejas.

 

ALGO TE IDENTIFICA

 

Algo te identifica con el que se aleja de ti, y es la facultad común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.

 

Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de partir: de ahí tus más nimios regocijos.

 

Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como a las colectividades individuales y a los que, entre unas y otras, yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso inmóvil en el borde del mundo.

 

Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto, así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa triste.

 

¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno, de ser malvado?

 

¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras.

 

CESA EL ANHELO...

 

Cesa el anhelo, rabo al aire. De súbito, la vida amputa, en seco. Mi propia sangre me salpica en líneas femeninas, y hasta la misma urbe sale a ver esto que se pára de improviso.

 

— Qué ocurre aquí, en este hijo del hombre? — clama la urbe, y en una sala del Louvre, un niño llora de terror a la vista del retrato de otro niño.

 

— Qué ocurre aquí, en este hijo de mujer? — clama la urbe, y a una estatua del siglo de los Ludovico, le nace una brizna de hierba en plena palma de la mano.

 

Cesa el anhelo, a la altura de la mano enarbolada. Y yo me escondo detrás de mí mismo, a aguaitarme si paso por lo bajo o merodeo en alto.

 

¡CUATRO CONCIENCIAS...

 

¡Cuatro conciencias

simultáneas enrédanse en la mía!

¡Si vierais cómo ese movimiento

apenas cabe ahora en mi conciencia!

 

¡Es aplastante! Dentro de una bóveda

pueden muy bien

adosarse, ya internas o ya externas,

segundas bóvedas, mas nunca cuartas;

mejor dicho, sí,

mas siempre y, a lo sumo, cual segundas.

No puedo concebirlo; es aplastante.

Vosotros mismos a quienes inicio en la noción

de estas cuatro conciencias simultáneas,

enredadas en una sola, apenas os tenéis

de pie ante mi cuadrúpedo intensivo.

¡Y yo que le entrevisto (Estoy seguro)!

 

ENTRE EL DOLOR Y EL PLACER...

 

Entre el dolor y el placer median tres criaturas,

de las cuales la una mira a un muro,

la segunda usa de ánimo triste

y la tercera avanza de puntillas;

pero, entre tú y yo,

sólo existen segundas criaturas.

 

Apoyándose en mi frente, el día

conviene en que, de veras,

hay mucho de exacto en el espacio;

pero, si la dicha, que, al fin, tiene un tamaño, principia ¡ay! por mi boca,

¿quién me preguntará por mi palabra?

 

Al sentido instantáneo de la eternidad

corresponde

este encuentro investido de hilo negro,

pero a tu despedida temporal,

tan sólo corresponde lo inmutable,

tu criatura, el alma, mi palabra.

 

EN EL MOMENTO EN QUE EL TENISTA.

 

En el momento en que el tenista lanza magistralmente

su bala, le posee una inocencia totalmente animal;

en el momento

en que el filósofo sorprende una nueva verdad

es una bestia completa.

Anatole France afirmaba

que el sentimiento religioso

es la función de un órgano especial del cuerpo humano,

hasta ahora ignorado y se podría

decir también, entonces

que, en el momento exacto en que un tal órgano

funciona plenamente,

tan puro de malicia está el creyente,

que se diría casi un vegetal.

¡Oh alma! ¡Oh pensamiento! ¡Oh Marx! ¡Oh Feuerbach!

 

ME ESTOY RIENDO

 

Un guijarro, uno solo, el más bajo de todos,

controla

a todo el médano aciago y faraónico.

 

El aire adquiere tensión de recuerdo y de anhelo, y bajo el sol se calla

hasta exigir el cuello a las pirámides.

 

Sed. Hidratada melancolía de la tribu errabunda,

gota

a

gota

del siglo al minuto.

 

Son tres Treses paralelos,

barbados de barba inmemorial,

en marcha        3          3          3

 

Es el tiempo este anuncio de gran zapatería,

es el tiempo, que marcha descalzo

de la muerte     hacia    la muerte.

 

HE AQUÍ QUE HOY SALUDO

 

He aquí que hoy saludo, me pongo el cuello y vivo, superficial de pasos insondables de plantas.

Tal me recibo de hombre, tal más bien me despido

y de cada hora mía retoña una distanciA.

 

¿Queréis más? encantado.

Políticamente, mi palabra

emite cargos contra mi labio inferior

y económicamente,

cuando doy la palabra a Oriente,

distingo en dignidad de muerte a mis visitas.

 

Desde ttttales códigos regulares saludo

al soldado desconocido

al verso perseguido por la tinta fatal

y al saurio que Equidista diariamente

de su vida y de su muerte,

como quien no hace la cosa.

            El tiempo tiene hun miedo ciempiés a los relojes.

 

(Los lectores pueden poner el título que quieran a este poema)

 

LOMO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

 

Sin haberlo advertido jamás exceso por turismo y sin agencias

de pecho en pecho hacia la madre unánime.

 

Hasta París ahora vengo a ser hijo. Escucha

Hombre, en verdad te dijo que eres el HIJO ETERNO, pues para ser hermano tus brazos son escasamente iguales y tu malicia para ser padre, es mucha.

 

La talla de mi madre moviéndome por índole de movimiento y poniéndome serio, me llega exactamente al corazón: pesando cuanto cayera de vuelo con mis tristes abuelos, mi madre me oye en diámetro callándose en altura.

 

Mi metro está midiendo ya dos metros,

mis huesos concuerdan en género y en número

y el verbo encarnado habita entre nosotros

y el verbo encarnado habita, al hundirme en el baño,

un alto grado de perfección.

 

 


* 

 

Cesar Vallejo

 

POEMAS HUMANOS

 


 

ALTURA Y PELOS

 

¿Quién no tiene su vestido azul?

¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,

con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?

¡Yo que tan sólo he nacido!

¡Yo que tan sólo he nacido!

 

¿Quién no escribe una carta?

¿Quién no habla de un asunto muy importante,

muriendo de costumbre y llorando de cído?

¡Yo que solamente he nacido!

¡Yo que solamente he nacido!

 

¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?

¿Quién al gato no dice gato gato?

¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!

¡Ay! yo que sólo he nacido solamente!

 

YUNTAS

 

Completamente. Además, ¡vida!

Completamente. Además, ¡muerte!

 

Completamente. Además, ¡todo!

Completamente. Además, ¡nada!

 

Completamente. Además, ¡mundo!

Completamente. Además, ¡polvo!

 

Completamente. Además, ¡Dios!

Completamente. Además, ¡nadie!

 

Completamente. Además, ¡nunca!

Completamente. Además, ¡siempre!

 

Completamente. Además, ¡oro!

Completamente. Además, ¡humo!

 

Completamente. Además, ¡lágrimas!

Completamente. Además, ¡risas! ...

 

¡ Completamente!

 

UN HOMBRE ESTA MIRANDO A UNA MUJER...

 

Un hombre está mirando a una mujer,

está mirándola inmediatamente,

con su mal de tierra suntuosa

y la mira a dos manos

y la tumba a dos pechos

y la mueve a dos hombres.

 

Preguntóme entonces, oprimiéndome

la enorme, blanca, acérrima costilla:

Y este hombre

¿no tuvo a un niño por creciente padre?

¿Y esta mujer, a un niño

por constructor de su evidente sexo?

 

Puesto que un niño veo ahora,

niño ciempiés, apasionado, enérgico;

veo que no le ven

sonarse entre los dos, colear, vestirse;

puesto que los acepto,

a ella en condición aumentativa,

a él en la flexión del heno rubio.

 

Y exclamo entonces, sin cesar ni uno

de vivir, sin volver ni uno

a temblar en la justa que venero:

¡Felicidad seguida

tardíamente del Padre,

del Hijo y de la Madre!

¡Instante redondo,

familiar, que ya nadie siente ni ama!

¡De qué deslumbramiento áfono, tinto,

se ejecuta el cantar de los cantares!

¡De qué tronco, el florido carpintero!

¡De qué perfecta axila, el frágil remo!

¡De qué casco, ambos cascos delanteros!

 

PRIMAVERA TUBEROSA

 

Esta vez, arrastrando briosa sus pobrezas

al sesgo de mi pompa delantera,

coteja su coturno con mi traspié sin taco,

la primavera exacta de picotón de buitre.

 

La perdí en cuanto tela de mis despilfarros,

juguéla en cuanto pomo de mi aplauso;

el termómetro puesto, puesto el fin, puesto el gusano,

contusa mi doblez del otro día,

aguardéla al arrullo de un grillo fugitivo

y despedíla uñoso, somático, sufrido.

 

Veces latentes de astro,

ocasiones de ser gallina negra,

entabló la bandida primavera

con mi chusma de aprietos,

con mis apocamientos en camisa,

mi derecho soviético y mi gorra.

 

Veces las del bocado lauríneo,

con símbolos, tabaco, mundo y carne,

deglución translaticia bajo palio,

al són de los testículos cantores;

talentoso torrente el de mi suave suavidad,

rebatible a pedradas, ganable con tan sólo suspirar...

 

Flora de estilo, plena,

citada en fangos de honor por rosas auditivas...

Respingo, coz, patada sencilla,

triquiñuela adorada... Cantan... Sudan...

 

TERREMOTO

 

¿Hablando de la leña, callo el fuego?

¿Barriendo el suelo, olvido el fósil?

Razonando,

¿mi trenza, mi corona de carne?

(Contesta, amado Hermenegildo, el brusco;

pregunta, Luis, el lento! )

 

¡Encima, abajo, con tamaña altura!

¡Madera, tras el reino de las fibras!

¡Isabel, con horizonte de entrada!

¡Lejos, al lado, astutos Atanacios!

 

¡Todo, la parte!

Unto a ciegas en luz mis calcetines,

en riesgo, la gran paz de este peligro,

y mis cometas, en la miel pensada,

el cuerpo, en miel llorada.

 

¡Pregunta, Luis; responde, Hermenegildo!

¡Abajo, arriba, al lado, lejos!

¡Isabel, fuego, diplomas de los muertos!

¡Horizonte, Atanacio, parte, todo!

¡Miel de miel, llanto de frente!

¡Reino de la madera,

corte oblicuo a la línea del camello,

fibra de mi corona de carne!

 

SOMBRERO, ABRIGO, GUANTES

 

Enfrente a la Comedia Francesa, está el Café

de la Regencia; en él hay una pieza

recóndita, con una butaca y una mesa.

Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie.

 

Entre mis labios hechos de jebe, la pavesa

de un cigarrillo humea, y en el humo se ve

dos humos intensivos, el tórax del Café,

y en el tórax, un óxido profundo de tristeza.

 

Importa que el otoño se injerte en los otoños,

importa que el otoño se integre de retoños,

la nube, de semestres; de pómulos, la arruga.

 

Importa oler a loco postulando

¡qué cálida es la nieve, qué fugaz la tortuga,

el cómo qué sencillo, qué fulminante el cuándo!

 

HASTA EL DIA EN QUE VUELVA

            DE ESTA PIEDRA...

 

Hasta el día en que vuelva, de esta piedra

nacerá mi talón definitivo,

con su juego de crímenes, su yedra,

su obstinación dramática, su olivo.

 

Hasta el día en que vuelva, prosiguiendo,

con franca rectitud de cojo amargo,

de pozo en pozo, mi periplo, entiendo

que el hombre ha de ser bueno, sin embargo.

 

Hasta el día en que vuelva y hasta que ande

el animal que soy, entre sus jueces,

nuestro bravo meñique será grande,

digno, infinito dedo entre los dedos.

 

SALUTACIÓN ANGÉLICA

 

Eslavo con respecto a la palmera,

alemán de perfil al sol, inglés sin fin,

francés en cita con los caracoles,

italiano ex profeso, escandinavo de aire,

español de puro bestia, tal el cielo

ensartado en la tierra por los vientos,

tal el beso del límite en los hombros.

 

Más sólo tú demuestras, descendiendo

o subiendo del pecho, bolchevique,

tus trazos confundibles,

tu gesto marital,

tu cara de padre,

tus piernas de amado,

tu cutis por teléfono,

tu alma perpendicular

a la mía,

tus codos de justo

y un pasaporte en blanco en tu sonrisa.

 

Obrando por el hombre, en nuestras pausas,

matando, tú, a lo largo de tu muerte

y a lo ancho de un abrazo salubérrimo,

vi que cuando comías después, tenías gusto,

vi que en tus sustantivos creció hierba.

 

Yo quisiera, por eso,

tu calor doctrinal, frío y en barras,

tu añadida manera de mirarnos

y aquesos tuyos pasos metalúrgicos,

aquesos tuyos pasos de otra vida.

 

Y digo, bolchevique, tomando esta flaqueza

en su feroz linaje de exhalación terrestre:

hijo natural del bien y del mal

y viviendo talvez por vanidad, para que digan,

me dan tus simultáneas estaturas mucha pena,

puesto que tú no ignoras en quién se me hace tarde diariamente,

en quién estoy callado y medio tuerto.

 

EPÍSTOLA A LOS TRANSEÚNTES

 

Reanudo mi día de conejo,

mi noche de elefante en descanso.

 

Y, entre mí, digo:

ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros,

éste mi grato peso, que me buscara abajo para pájaro;

éste es mi brazo

que por su cuenta rehusó ser ala,

éstas son mis sagradas escrituras,

éstos mis alarmados compañones.

 

Lúgubre isla me alumbrará continental,

mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe

y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.

 

Pero cuando yo muera

de vida y no de tiempo,

cuando lleguen a dos mis dos maletas,

éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,

ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en

                                                                                  mis pasos,

éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,

éste ha de ser mi cuerpo solidario

por el que vela el alma individual; éste ha de ser

mi hombligo en que maté mis piojos natos,

ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.

 

En tanto, convulsiva, ásperamente

convalece mi freno,

sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;

y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,

convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.

 

LOS MINEROS SALIERON DE LA MINA...

 

Los mineros salieron de la mina

remontando sus ruinas venideras,

fajaron su salud con estampidos

y, elaborando su función mental,

cerraron con sus voces

el socavón, en forma de síntoma profundo.

 

¡Era de ver sus polvos corrosivos!

¡Era de oír sus óxidos de altura!

Cuñas de boca, yunques de boca, aparatos de boca ( ¡Es formidable!)

 

El orden de sus túmulos,

sus inducciones plásticas, sus respuestas corales,

agolpáronse al pie de ígneos percances

 

y airente amarillura conocieron los trístidos y tristes,

imbuidos

del metal que se acaba, del metaloide pálido y pequeño.

 

Craneados de labor,

y calzados de cuero de vizcacha

calzados de senderos infinitos,

y los ojos de físico llorar,

creadores de la profundidad,

saben, a cielo intermitente de escalera,

bajar mirando para arriba,

saben subir mirando para abajo.

 

¡Loor al antiguo juego de su naturaleza,

a sus insomnes órganos, a su saliva rústica!

¡Temple, filo y punta, a sus pestañas!

¡Crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios!

¡Felpa de hierro a sus nupciales sábanas!

¡Mujeres hasta abajo, sus mujeres!

¡Mucha felicidad para los suyos!

¡Son algo portentoso, los mineros

remontando sus ruinas venideras,

elaborando su función mental

y abriendo con sus voces

el socavón, en forma de síntoma profundo!

¡Loor a su naturaleza amarillenta,

a su linterna mágica,

a sus cubos y rombos, a sus percances plásticos,

a sus ojazos de seis nervios ópticos

y a sus hijos que juegan en la iglesia

y a sus tácitos padres infantiles!

¡Salud, oh creadores de la profundidad! ... (Es formidable.)

 

FUE DOMINGO EN LAS CLARAS

OREJAS DE MI BURRO...

 

Fue domingo en las claras orejas de mi burro,

de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza) Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal, experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho, de una sola burrada, clavada en pleno pecho,

de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.

 

Tal de mi tierra veo los cerros retratados,

ricos en burros, hijos de burros, padres hoy de vista,

que tornan ya pintados de creencias,

cerros horizontales de mis penas.

 

En su estatua, de espada,

Voltaire cruza su capa y mira el zócalo,

pero el sol me penetra y espanta de mis dientes incisivos

un número crecido de cuerpos inorgánicos.

 

Y entonces sueño en una piedra

verduzca, diecisiete,

peñasco numeral que he olvidado,

sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo,

lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo!

¡cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales!

y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano,

quiero decir mi trémulo, patriótico peinado.

 

TELÚRICA Y MAGNÉTICA

 

¡Mecánica sincera y peruanísima

la del cerro colorado!

¡Suelo teórico y práctico!

¡Surcos inteligentes; ejemplo: el monolito y su cortejo!

¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena!

¡Cultivos que integra una asombrosa jerarquía de útiles

y que integran con viento los mujidos,

las aguas con su sorda antigüedad!

 

¡Cuaternarios maíces, de opuestos natalicios,

los oigo por los pies cómo se alejan,

los huelo retornar cuando la tierra

tropieza con la técnica del cielo!

¡Molécula ex abrupto! ¡Átomo terso!

 

¡Oh campos humanos!

¡Solar y nutricia ausencia de la mar,

y sentimiento oceánico de todo!

¡Oh climas encontrados dentro del oro, listos!

¡Oh campo intelectual de cordillera,

con religión, con campo, con patitos!

 

¡Paquidermos en prosa cuando pasan

y en verso cuando páranse!

¡Roedores que miran con sentimiento judicial en torno!

¡Oh patrióticos asnos de mi vida!

¡Vicuña, descendiente nacional y graciosa de mi mono!

¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra,

que es vida con el punto y, con la línea, polvo

y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta!

 

¡Siega en época del dilatado molle,

del farol que colgaron de la sien

y del que descolgaron de la barreta espléndida!

¡Ángeles de corral,

aves por un descuido de la cresta!

¡Cuya o cuy para comerlos fritos

con el bravo rocoto de los temples!

(¿Cóndores? ¡Me friegan los cóndores!)

¡Leños cristianos en gracia

al tronco feliz y al tallo competente.

¡Familia de los liqúenes,

especies en formación basáltica que yo

respeto

desde este modestísimo papel!

¡Cuatro operaciones, os sustraigo

para salvar al roble y hundirlo en buena ley!

¡Cuestas en infraganti!

¡Auquénidos llorosos, almas mías!

¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,

y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!

¡Estrellas matutinas si os aromo

quemando hojas de coca en este cráneo,

y cenitales, si destapo,

de un solo sombrerazo, mis diez templos!

¡Brazo de siembra, bájate, y a pie!

¡Lluvia a base del mediodía,

bajo el techo de tejas donde muerde

la infatigable altura

y la tórtola corta en tres su trino!

¡Rotación de tardes modernas

y finas madrugadas arqueológicas!

¡Indio después del hombre y antes de él!

¡Lo entiendo todo en dos flautas

y me doy a entender en una quena!

¡Y lo demás, me las pelan !...

 

GLEBA

 

Con efecto mundial de vela que se enciende,

el prepucio directo, hombres a golpes,

funcionan los labriegos a tiro de neblina,

con alabadas barbas,

pie práctico y reginas sinceras de los valles.

 

Hablan como les vienen las palabras,

cambian ideas bebiendo

orden sacerdotal de una botella;

cambian también ideas tras de un árbol, parlando

de escrituras privadas, de la luna menguante

y de los ríos públicos! (Inmenso! Inmenso! Inmenso!)

 

Función de fuerza

sorda y de zarza ardiendo,

paso de palo,

gesto de palo,

acápites de palo,

la palabra colgando de otro palo.

 

De sus hombros arranca, carne a carne, la herramienta florecida,

de sus rodillas bajan ellos mismos por etapas hasta el cielo,

y, agitando

y

agitando sus faltas en forma de antiguas calaveras,

levantan sus defectos capitales con cintas,

su mansedumbre y sus

vasos sanguíneos, tristes, de jueces colorados.

 

Tienen su cabeza, su tronco, sus extremidades,

tienen su pantalón, sus dedos metacarpos y un palito;

para comer vistiéronse de altura

y se lavan la cara acariciándose con sólidas palomas.

Por cierto, aquestos hombres

cumplen años en los peligros,

echan toda la frente en sus salutaciones;

carecen de reloj, no se jactan jamás de respirar

y, en fin, suelen decirse: Allá, las putas, Luis Taboada, los ingleses;

allá ellos, allá ellos, allá ellos!

 

PERO ANTES QUE SE ACABE

 

Pero antes que se acabe

toda esta dicha, piérdela atajándola,

tómale la medida, por si rebasa tu ademán; rebásala,

ve si cabe tendida en tu extensión.

 

Bien la sé por su llave,

aunque no sepa, a veces, si esta dicha

anda sola, apoyada en tu infortunio

o tañida, por sólo darte gusto, en tus falanjas.

Bien la sé única, sola,

de una sabiduría solitaria.

 

En tu oreja el cartílago está hermoso

y te escribo por eso, te medito:

No olvides en tu sueño de pensar que eres feliz,

que la dicha es un hecho profundo, cuando acaba,

pero al llegar, asume

un cáotico aroma de asta muerta.

 

Silbando a tu muerte,

sombrero a la pedrada,

blanco, ladeas a ganar tu batalla de escaleras,

soldado del tallo, filósofo del grano, mecánico del sueño.

(¿Me percibes, animal?

¿me dejo comparar como tamaño?

No respondes y callado me miras

a través de la edad de tu palabra).

 

Ladeando así tu dicha, volverá

a clamarla tu lengua, a despedirla,

dicha tan desgraciada de durar.

Antes, se acabará violentamente,

dentada, pedernalina estampa,

y entonces oirás cómo medito

y entonces tocarás cómo tu sombra es ésta mía desvestida

y entonces olerás cómo he sufrido.

 

PIENSAN LOS VIEJOS ASNOS

 

Ahora vestiríame

de músico por verle,

chocaría con su alma, sobándole el destino con mi mano,

le dejaría tranquilo, ya que es un alma a pausas,

en fin, le dejaría

posiblemente muerto sobre su cuerpo muerto.

 

Podría hoy dilatarse en este frío,

podría toser; le vi bostezar, duplicándose en mi oído

su aciago movimiento muscular.

Tal me refiero a un hombre, a su placa positiva

y, ¿por qué no? a su boldo ejecutante,

aquel horrible filamento lujoso;

a su bastón con puño de plata con perrito,

y a los niños

que él dijo eran sus fúnebres cuñados.

 

Por eso vestiríame hoy de músico,

chocaría con su alma que quedóse mirando a mi materia...

 

¡Mas ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana;

ya nunca, ya jamás, ya para qué!

 

¡Hay que ver! ¡qué cosa cosa!

¡qué jamás de jamases su jamás!

 

HOY ME GUSTA LA VIDA MUCHO MENOS...

 

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve

con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

 

Hoy me palpo el mentón en retirada

y en estos momentáneos pantalones yo me digo:

¡Tánta vida y jamás!

¡Tántos años y siempre mis semanas!...

Mis padres enterrados con su piedra

y su triste estirón que no ha acabado;

de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,

y, en fin, mi sér parado y en chaleco.

 

Me gusta la vida enormemente

pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café

 

y viendo los castaños frondosos de París

y diciendo:

Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:

¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!

¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!

 

Dije chaleco, dije

todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.

Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado

y está bien y está mal haber mirado

de abajo para arriba mi organismo.

 

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,

porque, como iba diciendo y lo repito,

¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,

y siempre, mucho siempre, siempre siempre!

 

CONFIANZA EN EL ANTEOJO, NO EN EL OJO ...

 

Confianza en el anteojo, nó en el ojo;

en la escalera, nunca en el peldaño;

en el ala, nó en el ave

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

 

Confianza en la maldad, nó en el malvado;

en el vaso, mas nunca en el licor;

en el cadáver, no en el hombre

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

 

Confianza en muchos, pero ya no en uno;

en el cauce, jamás en la corriente;

en los calzones, no en las piernas

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

 

Confianza en la ventana, no en la puerta;

en la madre, mas no en los nueve meses;

en el destino, no en el dado de oro,

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

 

DOS NIÑOS ANHELANTES

 

No. No tienen tamaño sus tobillos; no es su espuela

suavísima, que da en las dos mejillas.

Es la vida no más, de bata y yugo.

 

No. No tiene plural su carcajada,

ni por haber salido de un molusco perpetuo, aglutinante,

ni por haber entrado al mar descalza,

es la que piensa y marcha, es la finita.

Es la vida no más; sólo la vida.

 

Lo sé, lo intuyo cartesiano, autómata,

moribundo, cordial, en fin, espléndido.

Nada hay

sobre la ceja cruel del esqueleto;

nada, entre lo que dio y tomó con guante

la paloma, y con guante,

la eminente lombriz aristotélica;

nada delante ni detrás del yugo;

nada de mar en el océano

y nada

en el orgullo grave de la célula.

Sólo la vida; así: cosa bravísima.

 

Plenitud inextensa,

alcance abstracto, venturoso, de hecho,

glacial y arrebatado, de la llama;

freno del fondo, rabo de la forma.

Pero aquello

para lo cual nací ventilándome

y crecí con afecto y drama propios,

mi trabajo rehúsalo,

mi sensación y mi arma lo involucran.

Es la vida y no más, fundada, escénica.

 

Y por este rumbo,

su serie de órganos extingue mi alma

y por este indecible, endemoniado cielo,

mi maquinaria da silbidos técnicos,

paso la tarde en la mañana triste

y me esfuerzo, palpito, tengo frío.

 

OTRO POCO DE CALMA, CAMARADA

 

Otro poco de calma, camarada;

un mucho inmenso, septentrional, completo,

feroz, de calma chica,

al servicio menor de cada triunfo

y en la audaz servidumbre del fracaso.

 

Embriaguez te sobra, y no hay

tanta locura en la razón, como este

tu raciocinio muscular, y no hay

más racional error que tu experiencia.

 

Pero, hablando más claro

y pensándolo en oro, eres de acero,

a condición que no seas

tonto y rehúses

entusiasmarte por la muerte tánto

y por la vida, con tu sola tumba.

 

Necesario es que sepas

contener tu volumen sin correr, sin afligirte,

tu realidad molecular entera

y más allá, la marcha de tus vivas

y más acá, tus mueras legendarios.

 

Eres de acero, como dicen,

con tal que no tiembles y no vayas

a reventar, compadre

de mi cálculo, enfático ahijado

de mis sales luminosas!

 

Anda, no más; resuelve,

considera tu crisis, suma, sigue,

tájala, bájala, ájala;

el destino, las energías íntimas, los catorce

versículos del pan: ¡cuántos diplomas

y poderes, al borde fehaciente de tu arranque!

¡Cuánto detalle en síntesis, contigo!

¡Cuánta presión idéntica, a tus pies!

¡Cuánto rigor y cuánto patrocinio!

 

Es idiota

ese método de padecimiento,

esa luz modulada y virulenta,

si con sólo la calma haces señales

serias, características, fatales.

 

Vamos a ver, hombre;

cuéntame lo que me pasa,

que yo, aunque grite, estoy siempre a tus órdenes.

 

ESTO . . .

 

Esto

sucedió entre dos párpados; temblé

en mi vaina, colérico, alcalino,

parado junto al lúbrico equinoccio,

al pie del frío incendio en que me acabo.

 

Resbalón alcalino, voy diciendo,

más acá de los ajos, sobre el sentido almíbar,

más adentro, muy más, de las herrumbres,

al ir el agua y al volver la ola.

Resbalón alcalino

también y grandemente, en el montaje colosal del cielo.

 

¡Qué venablos y harpones lanzaré, si muero

en mi vayna; daré en hojas de plátano sagrado

mis cinco huesecillos subalternos,

y en la mirada, la mirada misma!

(Dicen que en los suspiros se edifican

entonces acordeones óseos, táctiles;

dicen que cuando mueren así los que se acaban,

¡ay! mueren fuera del reloj, la mano

agarrada a un zapato solitario)

 

Comprendiéndolo y todo, coronel

y todo, en el sentido llorante de esta voz,

me hago doler yo mismo, extraigo tristemente,

por la noche, mis uñas;

luego no tengo nada y hablo solo,

reviso mis semestres

y para henchir mi vértebra, me toco.

 

AL CAVILAR EN LA VIDA, AL CAVILAR...

 

Al cavilar en la vida, al cavilar

despacio en el esfuerzo del torrente,

alivia, ofrece asiento el existir,

condena a muerte;

envuelto en trapos blancos cae,

cae planetariamente

el clavo hervido en pesadumbre; cae!

(Acritud oficial, la de mi izquierda;

viejo bolsillo, en sí considerada, esta derecha).

 

¡Todo está alegre, menos mi alegría

y todo, largo, menos mi candor,

mi incertidumbre!

A juzgar por la forma, no obstante, voy de frente,

cojeando antiguamente,

y olvido por mis lágrimas mis ojos (Muy interesante)

y subo hasta mis pies desde mi estrella.

 

Tejo; de haber hilado, heme tejiendo.

Busco lo que me sigue y se me esconde entre arzobispos,

por debajo de mi alma y tras del humo de mi aliento.

Tal era la sensual desolación

de la cabra doncella que ascendía,

exhalando petróleos fatídicos

ayer domingo en que perdí mi sábado.

 

Tal es la muerte, con su audaz marido.

 

QUISIERA HOY SER FELIZ DE BUENA GANA...

 

Quisiera hoy ser feliz de buena gana,

ser feliz y portarme frondoso de preguntas,

abrir por temperamento de par en par mi cuarto, como loco,

y reclamar, en fin,

en mi confianza física acostado,

sólo por ver si quieren,

sólo por ver si quieren probar de mi espontánea posición,

reclamar, voy diciendo,

por qué me dan así tánto en el alma.

 

Pues quisiera en sustancia ser dichoso,

obrar sin bastón, laica humildad, ni burro negro.

Así las sensaciones de este mundo,

los cantos subjuntivos,

el lápiz que perdí en mi cavidad

y mis amados órganos de llanto.

 

Hermano persuasible, camarada,

padre por la grandeza, hijo mortal,

amigo y contendor, inmenso documento de Darwin:

¿a qué hora, pues, vendrán con mi retrato?

¿A los goces? ¿Acaso sobre goce amortajado?

¿Más temprano? ¿Quién sabe, a las porfías?

 

A las misericordias, camarada,

hombre mío en rechazo y observación, vecino

en cuyo cuello enorme sube y baja,

al natural, sin hilo, mi esperanza...

 

LOS NUEVE MONSTRUOS

 

I-DESGRACIADAMENTE,

el dolor crece en el mundo a cada rato,

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces

y la condición del martirio, carnívora, voraz,

es el dolor dos veces

y la función de la yerba purísima, el dolor

dos veces

y el bien de sér, dolemos doblemente.

 

Jamás, hombres humanos,

hubo tánto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!

Jamás tánto cariño doloroso,

jamás tan cerca arremetió lo lejos,

jamás el fuego nunca

jugó mejor su rol de frío muerto!

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud

más mortal

y la migraña extrajo tánta frente de la frente!

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,

el corazón, en su cajón, dolor,

la lagartija, en su cajón, dolor.

 

Crece la desdicha, hermanos hombres,

más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece

con la res de Rousseau, con nuestras barbas;

crece el mal por razones que ignoramos

y es una inundación con propios líquidos,

con propio barro y propia nube sólida!

Invierte el sufrimiento posiciones, da función

en que el humor acuoso es vertical

al pavimento,

el ojo es visto y esta oreja oída,

y esta oreja da nueve campanadas a la hora

del rayo, y nueve carcajadas

a la hora del trigo, y nueve sones hembras

a la hora del llanto, y nueve cánticos

a la hora del hambre y nueve truenos

y nueve látigos, menos un grito.

 

El dolor nos agarra, hermanos hombres,

por detrás, de perfil,

y nos aloca en los cinemas,

nos clava en los gramófonos,

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente

a nuestros boletos, a nuestras cartas;

y es muy grave sufrir, puede uno orar...

Pues de resultas

del dolor, hay algunos

que nacen, otros crecen, otros mueren,

y otros que nacen y no mueren, otros

que sin haber nacido, mueren, y otros

que no nacen ni mueren (son los más)

 

Y también de resultas

del sufrimiento, estoy triste

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,

de ver al pan, crucificado, al nabo,

ensangrentado,

llorando, a la cebolla,

al cereal, en general, harina,

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,

al vino, un ecce-homo,

tan pálida a la nieve, al sol tan ardió!

¡Cómo, hermanos humanos,

no deciros que ya no puedo y

ya no puedo con tánto cajón,

tánto minuto, tánta

lagartija y tánta

inversión, tánto lejos y tánta sed de sed!

Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?

¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,

hay, hermanos, muchísimo que hacer.

 

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA

GANA UBÉRRIMA, POLÍTICA..

 

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,

de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,

y me viene de lejos un querer

demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,

al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,

a la que llora por el que lloraba,

al rey del vino, al esclavo del agua,

al que ocultóse en su ira,

al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.

Y quiero, por lo tanto, acomodarle

al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado; su luz, al grande; su grandeza, al chico.

Quiero planchar directamente

un pañuelo al que no puede llorar

y, cuando estoy triste o me duele la dicha,

remendar a los niños y a los genios.

 

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo

y me urge estar sentado

a la diestra del zurdo, y responder al mudo,

tratando de serle útil en

lo que puedo y también quiero muchísimo

lavarle al cojo el pie,

y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

 

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,

interhumano y parroquial, provecto!

Me viene a pelo,

desde el cimiento, desde la ingle pública,

y, viniendo de lejos, da ganas de besarle

la bufanda al cantor,

y al que sufre, besarle en su sartén,

al sordo, en su rumor craneano, impávido;

al que me da lo que olvidé en mi seno,

en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

 

Quiero, para terminar,

cuando estoy al borde célebre de la violencia

o lleno de pecho el corazón, querría

ayudar a reír al que sonríe,

ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,

cuidar a los enfermos enfadándolos,

comprarle al vendedor,

ayudarle a matar al matador — cosa terrible—

y quisiera yo ser bueno conmigo

en todo.

 

SERMÓN SOBRE LA MUERTE

 

Y, en fin, pasando luego al dominio de la muerte,

que actúa en escuadrón, previo corchete,

párrafo y llave, mano grande y diéresis,

¿a qué el pupitre asirio? ¿a qué el cristiano púlpito,

el intenso jalón del mueble vándalo

o, todavía menos, este esdrújulo retiro?

 

¿Es para terminar,

mañana, en prototipo de alarde fálico,

en diabetis y en blanca vacinica,

en rostro geométrico, en difunto,

que se hacen menester sermón y almendras,

que sobran literalmente patatas

y este espectro fluvial en que arde el oro

y en que se quema el precio de la nieve?

¿Es para eso, que morimos tánto?

¿Para sólo morir,

tenemos que morir a cada instante?

¿Y el párrafo que escribo?

¿Y el corchete deísta que enarbolo?

¿Y el escuadrón en que falló mi casco?

¿Y la llave que va a todas las puertas?

¿Y la forense diéresis, la mano,

mi patata y mi carne y mi contradicción bajo la sábana?

 

¡Loco de mí, lovo de mí, cordero

de mí, sensato, caballísimo de mí!

¡Pupitre, sí, toda la vida; púlpito,

también, toda la muerte!

Sermón de la barbarie: estos papeles;

esdrújulo retiro: este pellejo.

 

De esta suerte, cogitabundo, aurífero, brazudo,

defenderé mi presa en dos momentos,

con la voz y también con la laringe,

y del olfato físico con que oro

y del instinto de inmovilidad con que ando,

me honraré mientras viva — hay que decirlo;

se enorgullecerán mis moscardones,

porque, al centro, estoy yo, y a la derecha,

también, y, a la izquierda, de igual modo.

 

CONSIDERANDO EN FRÍO, IMPARCIALMENTE. ..

 

Considerando en frío, imparcialmente,

que el hombre es triste, tose y, sin embargo,

se complace en su pecho colorado;

que lo único que hace es componerse

de días;

que es lóbrego mamífero y se peina...

 

Considerando

que el hombre procede suavemente del trabajo

y repercute jefe, suena subordinado;

que el diagrama del tiempo

es constante diorama en sus medallas

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,

desde lejanos tiempos,

su fórmula famélica de masa...

 

Comprendiendo sin esfuerzo

que el hombre se queda, a veces, pensando,

como queriendo llorar,

y, sujeto a tenderse como objeto,

se hace buen carpintero, suda, mata

y luego canta, almuerza, se abotona...

 

Considerando también

que el hombre es en verdad un animal

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...

 

Examinando, en fin,

sus encontradas piezas, su retrete,

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

 

Comprendiendo

que él sabe que le quiero,

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

 

Considerando sus documentos generales

y mirando con lentes aquel certificado

que prueba que nació muy pequeñito...

 

le hago una seña,

viene,

y le doy un abrazo, emocionado.

¡Qué más da! Emocionado... Emocionado..

 

GUITARRA

 

El placer de sufrir, de odiar, me tiñe

la garganta con plásticos venenos,

mas la cerda que implanta su orden mágico,

su grandeza taurina, entre la prima

y la sexta

y la octava mendaz, las sufre todas.

 

El placer de sufrir... ¿Quién? ¿a quién?

¿quién, las muelas? ¿a quién la sociedad,

los carburos de rabia de la encía?

¿Cómo ser

y estar, sin darle cólera al vecino?

 

Vales más que mi número, hombre solo,

y valen más que todo el diccionario,

con su prosa en verso,

con su verso en prosa,

tu función águila,

tu mecanismo tigre, blando prójimo.

 

El placer de sufrir,

de esperar esperanzas en la mesa,

el domingo con todos los idiomas,

el sábado con horas chinas, belgas,

la semana, con dos escupitajos.

 

El placer de esperar en zapatillas,

de esperar encogido tras de un verso,

de esperar con pujanza y mala poña;

el placer de sufrir: zurdazo de hembra

muerta con una piedra en la cintura

y muerta entre la cuerda y la guitarra,

llorando días y cantando meses.

 

ANIVERSARIO

 

¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

¡Qué créditos con bruma, en una esquina!

qué diamante sintético, el del casco!

¡Cuánta más dulcedumbre

a lo largo, más honda superficie:

¡cuánto catorce ha habido en tan poco uno!

 

¡Qué deber,

qué cortar y qué tajo,

de memoria a memoria, en la pestaña!

¡Cuanto más amarillo, más granate!

¡Cuánto catorce en un solo catorce!

 

Acordeón de la tarde, en esa esquina,

piano de la mañana, aquella tarde;

clarín de carne,

tambor de un solo palo,

guitarra sin cuarta ¡cuánta quinta,

y cuánta reunión de amigos tontos

y qué nido de tigres el tabaco!

¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

 

¿Qué te diré ahora,

quince feliz, ajeno, quince de otros?

Nada más que no crece ya el cabello,

que han venido por las cartas,

que me brillan los seres que he parido,

que no hay nadie en mi tumba

y que me han confundido con mi llanto.

 

¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

 

PARADO EN UNA PIEDRA...

 

Parado en una piedra,

desocupado,

astroso, espeluznante,

a la orilla del Sena, va y viene.

Del río brota entonces la conciencia,

con peciolo y rasguños de árbol ávido:

del río sube y baja la ciudad, hecha de lobos abrazados.

 

El parado la ve yendo y viniendo,

monumental, llevando sus ayunos en la cabeza cóncava,

en el pecho sus piojos purísimos

y abajo

su pequeño sonido, el de su pelvis,

callado entre dos grandes decisiones,

y abajo,

más abajo,

un papelito, un clavo, una cerilla...

 

¡Este es, trabajadores, aquel

que en la labor sudaba para afuera,

que suda hoy para adentro su secreción de sangre rehusada!

Fundidor del cañón, que sabe cuántas zarpas son acero,

tejedor que conoce los hilos positivos de sus venas,

albañil de pirámides,

constructor de descensos por columnas

serenas, por fracasos triunfales,

parado individual entre treinta millones de parados,

andante en multitud,

¡qué salto el retratado en su talón

y qué humo el de su boca ayuna, y cómo

su talle incide, canto a canto, en su herramienta atroz, parada,

y qué idea de dolorosa válvula en su pómulo!

 

También parado el hierro frente al horno,

paradas las semillas con sus sumisas síntesis al aire,

parados los petróleos conexos,

parada en sus auténticos apostrofes la luz,

parados de crecer los laureles,

paradas en un pie las aguas móviles

y hasta la tierra misma, parada de estupor ante este paro,

¡qué salto el retratado en sus tendones!

¡qué transmisión entablan sus cien pasos!

¡cómo chilla el motor en su tobillo!

¡cómo gruñe el reloj, paseándose impaciente a sus espaldas!

¡cómo oye deglutir a los patrones

el trago que le falta, camaradas,

y el pan que se equivoca de saliva,

y, oyéndolo, sintiéndolo, en plural, humanamente,

¡cómo clava el relámpago

su fuerza sin cabeza en su cabeza!

y lo que hacen, abajo, entonces, ¡ay!

más abajo, camaradas,

el papelucho, el clavo, la cerilla,

el pequeño sonido, el piojo padre!

 

VA CORRIENDO, ANDANDO, HUYENDO

 

Va corriendo, andando, huyendo

de sus pies...

Va con dos nubes en su nube,

sentado apócrifo, en la mano insertos

sus tristes paras, sus entonces fúnebres.

 

Corre de todo, andando

entre protestas incoloras; huye

subiendo, huye

bajando, huye

a paso de sotana, huye

alzando al mal en brazos,

huye